EPISODIOS NACIONALES

Benito Pérez Galdós

(1843-1920)

SERIE CUARTA

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ÍNDICE

1902.- 31 “Las tormentas del 48” (cp.I--XXXI)

1902.- 32 “Narváez” (cp.I--XXXII)

1903.- 33 “Los duendes de la camarilla” (cp.I--XXXIII)

1904.- 34 “La revolución de julio” / 35 “O´Donnell” (cp.I--XXXI)

1905.- 36 “Aita-Tettauen” (cp.I--IV)

1905.- 37 “Carlos VI en la Rápita” (cp.I--XXX)

1906.- 38 “La vuelta al mundo en la Numancia” (cp.I--XXXI)

1906.- 39 “Prim” (cp.I--XXXIII)

1907.- 40 “La de los tristes destinos” (cp.I--XXXVIII)

 


&

(EPISODIO 31)

LAS TORMENTAS DEL 48

 

Ep-31-I -

Vive Dios, que no dejo pasar este día sin poner la primera piedra del grande edificio de mis Memorias.. Españoles nacidos y por nacer: sabed que de algún tiempo acá me acosa la idea de conservar empapelados, con los fáciles ingredientes de tinta y pluma, los públicos acaecimientos y los privados casos que me interesen, toda impresión de lo que veo y oigo, y hasta las propias melancolías o las fugaces dulzuras que en la soledad balancean mi alma; sabed asimismo que, a la hora presente, idea tan saludable pasa del pensar al hacer. Antes que mi voluntad desmaye, que harto sé cuán fácilmente baja de la clara firmeza a la vaguedad perezosa, agarro el primer pedazo de papel que a mano encuentro, tiro de pluma y escribo: «Hoy 13 de Octubre de 1847, tomo tierra en esta playa de Vinaroz, orilla del Mediterráneo, después de una angustiosa y larga travesía en la urca Pepeta, ¡mala peste para Neptuno y Eolo!, desde el puerto de Ostia, en los Estados del Papa..».

Y al son burlesco de los gavilanes que rasguean sobre el papel, me (p.5938) río de mi pueril vanidad. ¿Vivirán estos apuntes más que la mano que los escribe? Por sí o por no, y contando con que ha de saltar, andando los tiempos, un erudito rebuscador o prendero de papeles inútiles que coja estos míos, les sacuda el polvo, los lea y los aderece para servirlos en el festín de la general lectura, he de poner cuidado en que no se me escape cosa de interés, en alumbrarme y guiarme con la luz de la verdad, y en dar amenidad gustosa y picante a lo que refiera; que sin un buen condimento son estos manjares tan indigestos como desabridos.

¿Posteridad dijiste? No me vuelvo atrás; y para que la tal señora no se consuma la figura investigando mi nombre, calidad, estado y demás circunstancias, me apresuro a decirle que soy José García Fajardo, que vengo de Italia, que ya iré contando cómo y por qué fui y a qué motivos obedeció mi vuelta, muy desgraciada y lastimosa por cierto, pues llego exánime, calado hasta los huesos, con menos ropa de la que embarqué conmigo, y más desazones, calambres y mataduras. Peor suerte tuvo la caja de libros que me acompañaba, pues por venir sobre cubierta se divirtieron con ella las inquietas aguas, metiéndose a revolver y esponjar lo que las mal unidas tablas contenían, y el estropicio fue tan grande, que los filósofos, historiadores y poetas llegaron como si hubieran venido a nado.. Pero, en fin, con vida estoy en este posadón, que no es de los peores, y lo primero que hemos hecho mis libros y yo es ponernos a secar.. ¡Oh rigor de los hados! Los tomos de la Storia d'ogni Letteratura, del abate Andrés, y el Primato degli italiani, de Gioberti, están caladitos hasta las costuras del lomo: mejor han librado Gibbon, Ugo Fóscolo, Pellico, Cesare Balbo y Cesare Cantú, con gran parte de sus hojas en remojo. Helvecio se puede torcer, y Condillac se ha reblandecido.. De mí puedo decir que me voy confortando con caldos sustanciosos y con unos guisotes de pescado muy parecidos a la Zuppa alla marinara que sirven en los bodegones de la costa romana.

15 de Octubre.- Advierto que la fisgona Posteridad, (p.5939) volviendo hacia atrás la cabeza, me interroga con sus ojos penetrantes, y yo le contesto: «Se me olvidó deciros, gran señora, que tres días antes de abandonar el italiano suelo cumplí años veintidós; que mi rostro y talle, según dicen, antes me restan que me suman edad, y que mis padres me criaron con la risueña ilusión de ver en mí una gloria de la Iglesia». Cómo disloque por natural torcedura de mi espíritu la vocación irreflexiva de mis primeros años, y cómo desengañé cruelmente a mis buenos padres, no puedo referirlo mientras no me oree, me desentumezca y me despabile.

San Mateo, 19 de Octubre. Ayer, no repuesto aún del quebranto de huesos ni del romadizo que me dejó la mojadura, aproveché la salida de un tartanero y acá me vine en busca de mejor vehículo que me lleve a Teruel, desde donde fácilmente podré trasladarme a la ilustrísima ciudad de Sigüenza. Allí rodó mi cuna, si no de marfil y oro, de honrados mimbres con mecedoras de castaño, y allí reside desde los comienzos del siglo mi familia, cuyo fundamento y solar figuran en los anales de la histórica villa de Atienza.. Adivino la curiosidad de i posteri por conocer los móviles que me sacaron de mi casa dos años ha, llevándome casi niño a tierras distantes, y allá van mis noticias. Sepan que, apenas entrado en la edad de los primeros estudios, diome el Cielo luces tan tempranas, que mi precocidad fue confusión de los maestros antes que orgullo y esperanza de mi familia, pues declarándome fenómeno, creyeron mis padres que yo viviría poco, y maldecían mi ciencia como sugestión de espíritus maléficos. Pero al fin profesores y familia convinieron en que yo era un prodigio, con más intervención de las potencias celestes que de las demoníacas, y sólo se pensó en equilibrarme con buenas magras y un cuidado exquisito de mi nutrición. Ello es que a los catorce y a los dieciséis años ostentaba yo variados conocimientos en Humanidades y en Historia, y a los diecinueve era más filósofo que los primeros que en el Seminario de San Bartolomé gozaban de esta (p.5940) denominación. Devoré cuantos libros atesoraban aquellas henchidas bibliotecas y otros muchos que por conductos diferentes a mí llegaron; poseía el don de una memoria tan holgada, que en ella, como en inmenso archivo, cabía cuanto yo quisiera meter; poseía también la facultad de vaciarla, sacando de mis depósitos con fácil y seductora elocuencia todo lo que entraba por las lecturas, y lo mucho que daba de sí mi propio caletre. Antes de cumplir los cuatro lustros, mis adelantos eran tales, que los maestros y yo reconocimos haber llegado al summum del conocimiento posible en cátedras de Sigüenza, y que ni yo ni ellos podíamos saber más.

En esto, un eclesiástico de espléndida fama como teólogo y canonista, D. Matías de Rebollo, primo de mi madre, protegido de Don José del Castillo y Ayenza (que como asesor de la Embajada le llevó a Roma, dejándole después en la Rota) , recaló un verano por Sigüenza, y no bien hizo mi descubrimiento, propuso a mis padres llevarme consigo a la llamada Ciudad Eterna, para que en ella diese la última mano a mis estudios y recibiera las órdenes sagradas. Por su posición y valimiento en la Corte Pontificia podía el buen señor dirigirme en la carrera sacerdotal y empujarme hacia gloriosos destinos.. Mi juvenil ciencia, que a todos deslumbraba, y la dulzura de mi trato inspiraron a D. Matías un ansia muy viva de cuidarme y protegerme; y a las dudas de mis padres, que no querían separarse de mí, contestaba con la brutal afirmación de llevarme aunque fuera entre alguaciles. Por fin, mi madre, que era quien más extremaba la fuerza centrípeta por ser yo el Benjamín de la familia, cedió tras largas disputas que de lo familiar subían a lo teológico, y sublimado su amor hasta el sacrificio, entregome al reverendo canonista, pidiendo a Dios los necesarios años de vida (que no habían de ser muchos) para verme volver con mitra y capelo.

Ved aquí el porqué de mi partida para Italia. Sabed también que me instalé en Roma en Septiembre del 45, bajo el pontificado de Gregorio XVI, el cual al año (p.5941) siguiente pasó a mejor vida, y que aposentado en la propia casa de mi protector, fui atacado de malaria y estuve a dos dedos de la muerte; que restablecido concurrí a las cátedras de la Sapienza y a otros centros de enseñanza, disponiéndome para la tonsura. De lo que en el transcurso del 46 hice, y de lo que no hice; de lo que me ocurrió por sentencia de los hados, y de lo que mi voluntad o irresistibles instintos determinaron, hablaré otro día, pues para ello necesito prepararme de sinceridad y aun de valor.. ¿Debo decirlo, debo callarlo? ¿Qué cualidad preferís en el historiador de sí mismo: la melindrosa reserva o la honrada indiscreción?

23 de Octubre.- Molido y hambriento llego a Teruel. Uno de mis compañeros de suplicio, que con sus donosas ocurrencias amenizó el molesto viaje en la galera, me decía, cuando avistamos la ciudad, que se comería las momias de los amantes si se las sirvieran puestas en adobo con un buen moje picante y alioli.. En la posada, un arrumbado catre es para mis pobres huesos mejor que la cama de un rey, y la olla con más oveja que vaca, manjar digno de los dioses. Mientras como y descanso, no se aparta de mi mente el compromiso en que estoy de referir los graves motivos de mi regreso a la patria. Ello es un tanto delicado; pero resuelto a perpetuar la verdad de mi vida para enseñanza y escarmiento de los venideros, lo diré todo, encerrando la vergüenza con la izquierda mano, mientras la derecha escribe; y por fin, las precauciones que tomo para que nadie me lea hasta después de mi muerte (que Dios dilate luengos años) , quitan terreno a la vergüenza y se lo dan a la sinceridad, la cual debe producirse tan desahogadamente, que, más que Memorias, sean estas páginas Confesiones.

Al relato de mi salida de Roma precederán noticias del tiempo que allí estuve. Algo y aun algos hay en esta parte de mi existencia que merece ser conocido. Mi protector era demostración viva de la flexibilidad de los castellanos en tierras extranjeras; adaptábase maravillosamente a los usos romanos, (p.5942) reblandeciendo la tosquedad austera del carácter español para que como cera tomase las formas de una nación y raza tan distintas de la nuestra. Desde que le vi en Roma, D. Matías me parecía otro, y su habla y sus dichos, sus maneras y hasta sus andares, no eran los del clérigo seguntino austero y grave, con menos gracia que marrullería, siempre dentro del correcto formulario de nuestra encogida sociedad eclesiástica. Desde que desembarcamos en Civitavecchia, tomó los aires del prete romano y la desenvoltura graciosa de un palaciego vaticanista. La severidad de que blasonaba en España, cayó de su rostro como una careta sofocante, y le vi respirando bondad, indulgencia, y preconizando en la práctica toda la libertad y toda la alegría compatibles con la virtud. Espléndida era su mesa, y extensísimo el espacio de sus amistades y relaciones, comprendidas algunas damas elegantes que frecuentaban su trato sin el menor detrimento de la honestidad. Digo esto para explicar que no aprisionara mi juventud en la estrechez de las obligaciones escolares, ni me encerrara en conventos o seminarios de rigurosa clausura. Confiado en la sensatez que mi apocamiento le revelaba, y creyéndome exento de pasiones incompatibles con mi vocación, me instaló en su propio domicilio, fijándome horas para concurrir a las cátedras de la Sapienza, horas para leer y estudiar en casa, y dejándome lo restante del día en el franco uso de mi libertad. Debo indicar que ésta consistía en andar y rodear por Roma con dos muchachos de mi edad, de familia ilustre, que tenían por ayo a un modenés llamado Cicerovacchio, personaje mestizo de laico y clérigo, árcade, mediano poeta, buen arqueólogo, reminiscencia interesante de los abates del siglo anterior.

Que fue para mí gratísima tal compañía, y muy provechosas aquellas deambulaciones por la grande y poética Roma, no hay para qué decirlo. A los tres meses de fatigar mis piernas corriendo de uno en otro monumento y de ruina en ruina, y al través de tantas maravillas enteras o despedazadas, (p.5943) ya conocía la ciudad de las siete colinas como mi propia casa, y fui brillante discípulo del buen Cicerovacchio en antigüedades paganas y papales, y casi su maestro en el conocimiento topográfico de la magna urbs, desde la plaza del Popolo a la vía Apia, y desde San Pedro a San Juan de Letrán. El Campo Vaccino fue para mí libro sabido de memoria, y los museos del Vaticano y Capitolio estamparon en mi mente la infinita variedad de sus bellezas. A los seis meses hablaba yo italiano lo mismo que mi lengua natal; los pensamientos se me salían del caletre vestidos ya de las galas del bel parlare, y metidos Maquiavelo y Dante, Leopardi y Manzoni dentro de mi cerebro, me enseñaban a componer verso y prosa, figurándome yo que no era más que una trompa o caramillo por donde aquellas sublimes voces hablaban.

No quiso Dios que me durase mucho esta dulce vida, y sentenciándome tal vez a ser contrastado por pruebas dolorosas, convirtió la tolerancia de mi protector en severidades y desconfianzas, que poniendo brusco término a mi libertad iniciaron el incierto, novísimo rumbo de mi existencia, como diré cuando tenga ocasión y espacio en las pausas de este camino. Y por esta noche, ¡oh Posteridad que atenta me escuchas!, no tendrás una palabra más, que me caigo de sueño, y con tu licencia me voy al camastro.

 

Ep-31-II -

Molina de Aragón, 27 de Octubre.- Vedme aquí alojado y asistido a cuerpo de rey, en casa de unos primos de mi padre, los Ximénez de Corduente, labradores ricos, hechos a la vida oscura y fácil de estos tristes pueblos, con las orejas enteramente insensibles a todo mundanal ruido. Para obsequiarme a sus anchas, hácenme comer cinco veces más de lo que soporta mi estomago, y como no valen protestas ni excusas contra tan desmedido agasajo, me resigno a reventar una de estas noches. Adiós Memorias, adiós Confesiones mías: ya no podré continuaros: mi fin se acerca. Muero de la enfermedad contraria al hambre.. Luego, estos azarantes primos de mis pecados, curioseando de continuo en derredor de (p.5944) mí, me privan del sosiego necesario para escribir. Pongo punto.. Quédese para mejor ocasión, si escapo con vida de estos atracones.

Anguita, 29.- Aquí paso la noche, y en la soledad de mi alojamiento angosto y frío, me dedico a escribir lo que me dejé en los tinteros de Molina. Y ahora que estoy, por la gracia de Dios, a nueve leguas largas de los Ximénez de Corduente, y no pueden refitolear lo que escribo, voy a vengarme de los hartazgos con que me pusieron al borde de la apoplejía, y en la libertad de mis Confidencias declaro y afirmo que no hay mayores brutos en toda la redondez de la Alcarria, si alcarreña es la tierra de Molina. Respecto a los padres atenuaré la calificación, consignando que por sus prendas morales se les puede perdonar su estolidez; pero en cuanto a los hijos, no retiro nada de lo dicho: nunca he visto señoritos de pueblo más arrimados a la cola de la barbarie, ni gaznápiros más enfadosos con sus alardes de fuerza fruta y su desprecio de toda ilustración. Y no tomen esto a mala parte los demás chicos de Molina, que allí los hay tan listos y cortesanos como los mejores de cualquiera otra ciudad. Sólo contra mis primos va esta flagelación, porque son ellos raro ejemplo de incultura en su patria. Ni una chispa de conocimientos ha penetrado en tan duras molleras, y alardean de ignorantes, orgullosos de poder tirar del arado en competencia con las pujantes mulas. Mirábanme como a un bicho raro, y viendo la mezquindad de mi equipaje al volver de Italia, zaherían mi saber de latín y griego. Ellos son ricos, yo pobre. No les envidio; deme Dios todas las desdichas antes que convertirme en mojón con figura humana, y príveme de todos los bienes materiales conservándome el pensamiento y la palabra que me distinguen de las bestias..

Y sigo con mi historia. ¿Queréis saber por qué me retiró su confianza D. Matías? Ved aquí las causas diferentes de mi desgracia: la inclinación vivísima que a las cosas paganas sentía yo sin cuidarme de disimularla; mis preferencias de poesía y arte, manifestadas con un (p.5945) calor y desparpajo enteramente nuevos en mí; la soltura de modales y flexibilidad de ideas que repentinamente adquirí, como se coge una enfermedad epidémica o se inicia un cambio fisiológico en las evoluciones de la edad; mi despego de los estudios teológicos, exegéticos y patrológicos, en los cuales mi entendimiento desmentía ya su anterior capacidad; la insistencia con que volvía los cien ojos de mi atención a historiadores y filósofos vitandos, y aun a poetas que mi protector creía sensuales, frívolos y de poco fuste, pues él, por una aberración muy propia de la monomanía humanista, no quería más que clásicos latinos, sin poner pero a los que más cultivaron la sensualidad. Presumo yo que en esta displicencia del bondadoso D. Matías no tenía poca parte su grande amigo y mecenas el embajador de España, D. José del Castillo, el cual nunca se mostró benévolo conmigo, y opinaba por que se me sometiera a un régimen más riguroso, resueltamente eclesiástico.

Si no me quería bien D. José del Castillo y Ayenza, yo le pagaba en la moneda de mi antipatía. Aquel señor chiquitín y enteco, desapacible y regañón, consumado helenista, mas tan celoso guardador de su conocimiento que a nadie quería transmitirlo, no fue entonces ni después santo de mi devoción. Cuando llegué a Roma, examinome de poetas griegos, y hallándome no mal instruido, pero poco fuerte en la lengua, me indicó los ejercicios que debía practicar, se jactó de la constancia de sus estudios y me cantó el versate mane; mas no añadió aquel día ni después ninguna advertencia o nuevo examen por donde yo le debiera gratitud de discípulo o maestro. Tengo por seguro que él fue quien sugirió a D. Matías la idea de encerrarme, porque mi buen paisano no veía más que por los ojos del traductor de Anacreonte, ni apartarse sabía de la órbita de pensamientos que su amigo le trazaba. Ningún día dejaba Rebollo de meter sus narices en el Palazzo di Spagna, y ambos se entretenían en dirigir con el cocinero guisos españoles, o en chismorrear de cuanto en el (p.5946) Vaticano y Quirinal ocurría. En aquellas merendonas y comistrajes de arroz con mariscos, nació sin duda la resolución de mi encierro, para lo cual se escogió el colegio de San Apolinar, regido por los frailes del inmediato convento de San Agustín. Entre uno y otro instituto, próximos a la plaza Navona, corre la torcida via Pinellari, de interesante memoria para el que esto escribe.

Duro fue el paso de la relativa libertad a la prisión, y mis ojos, habituados a la plena luz, penosamente se acomodaban a la oscuridad de tan estrecha vida, con disciplina entre militar y frailesca. Debo declarar que los agustinos no eran tiranos en el régimen escolar ni en el trato de los alumnos, y entre ellos los había tan ilustrados como bondadosos. Gracias a esto, mi pobre alma pudo entrar por los caminos de la resignación. Pero mi mayor consuelo fue la amistad que desde los primeros días contraje y estreché con dos mozuelos de mi edad, reducidos a la sujeción del colegio con un fin penitenciario. Llamábase el uno Della Genga, perteneciente a la ilustre familia de León XII, antecesor del que entonces regía la Iglesia; el otro, Fornasari, milanés, de una familia de ricos mercaderes. Ambos eran muy despiertos y de gentil presencia. Della Genga sentía inclinación ardiente a la política y a la poesía, dos artes que allí no rabiaban de verse juntas, y con sutil ingenio daba romántico esplendor a las ideas subversivas; Fornasari, revolucionario en música, nos repetía los alientos vigorosos de Verdi y sus guerreras estrofas, que hacían estremecer los muros viejos, como las trompetas de Jericó. Su aspiración era dedicarse a cantante de ópera, y creía poseer una voz de bajo de las más cavernosas. Pero su familia le queda clérigo, y le sentenció al internado como expiación de travesuras graves. Fogoso y sanguíneo, el milanés contrastaba con nuestro compañero y conmigo, pues ambos éramos de complexión delicada, nerviosa y fina. Della Genga tenía semejanza con Bellini y con Silvio Pellico.

Si yo había entrado en San Apolinar con fama de (p.5947) inteligente y aplicado, no tardé en adquirirla de negligente y díscolo, mereciendo no pocas admoniciones de los maestros y del Rector. No había fuerza humana que me hiciera mirar con interés el estudio de la Escolástica y de la Teología, y aunque a veces, cediendo a la obligación, intentaba encasillar estos conocimientos en mi magín, salían ellos bufando, aterrados de lo que encontraban allí. Fue que, impensadamente, había yo hecho en mi cerebro una limpia o despejo total, repoblándolo con las ideas que Roma y mis nuevas lecturas me sugirieron. Ya no tomaba tanto gusto de las Humanidades puras, ni encerraba la belleza poética dentro de los áureos linderos del griego y del latín; ya la filosofía que aprendí en Sigüenza se me salía del entendimiento en jirones deshilachados, y no sabía yo cómo podría recogerla y apelmazarla en las cavidades donde estuvo; ya las nociones primarias de la sociedad y de la política, de la vida y de los afectos, ante mí yacían rotas y olvidadas, como los juguetes que nos divierten cuando niños, y de hombres nos enfadan por la ridiculez de sus formas groseras.

Los tres que nos habíamos unido en estrecho pandillaje ofensivo y defensivo leíamos a escondidas libros vitandos, y los comentábamos en nuestras horas de recreo. Della Genga introdujo de contrabando las Ideas sobre la Historia de la humanidad, de Herder, y Fornasari guardaba bajo llave, entre su ropa, el libro de Pierre Leroux De l'humanité, de son Principe et de son avenir. Con grandes embarazos leíamos trozos de ambas obras, que cada cual explicaba luego a los dos compañeros. El hábito de la ocultación, del misterio, nos llevó a sigilosas prácticas inspiradas en el masonismo, y no tardamos en inventar signos y fórmulas con las cuales nos entendíamos, burlando la curiosidad de nuestros compañeros. Estaban de moda entonces la masonería y el carbonarismo, y Fornasari, que era el mismo demonio y se había instruido no sé cómo en los ritos y garatusas de aquellas sectas, estableció entre nosotros un remedo de ellas, poniéndonos (p.5948) al tanto de los sistemas y artes de la conspiración. Nos teníamos por representantes de la Joven Italia dentro de aquellos muros, y con infantil inocencia creíamos que nuestra misión no había de ser enteramente ilusoria.

D. Matías, que en los comienzos de mi encierro me visitaba con frecuencia, reprendiéndome por mi desaplicación, iba después muy de tarde en tarde, y la última vez que le vi me sorprendió por la demacración de su rostro y por el ningún caso que hacía de mis estudios. Otra particularidad muy extraña en él me causó pena y asombro: habíame hablado siempre mi buen protector en castellano neto, sin que empañara la majestad del idioma con extranjero vocablo. Pues aquel día mascullaba un italiano callejero que era verdadera irrisión en su limpia boca española, y cortando a menudo el rápido discurso cual si su entendimiento trepidara con interrupciones rítmicas y la memoria se le escapara, decía: «Ho perso il boccino», y esto lo repetía sin cesar, dando vueltas por la sala-locutorio con una inquietud impropia de su grave carácter. Despidiose bruscamente sonriendo, y en la puerta me saludó con la mano como a los niños, y se fue agitando las dos junto a su cráneo, sin dejar el estribillo ho perso il boccino.. (se me va la cabeza) .

Grandemente me alarmó la extraordinaria novedad en las maneras y lenguaje de mi protector, y en ello pensé algunos días, hasta que absorbieron mi atención sucesos que a mí y a mis caros compañeros nos afectaban profundamente. La imposición de un fuerte castigo al bravo Fornasari fue parte a que nos declarásemos en rebeldía franca. Mientras nuestro amigo gemía en estrecho calabozo, discurríamos Della Genga y yo las fechorías más audaces, sin otros móviles que el escándalo y la venganza; y por fin, adoptando y desechando diferentes planes sediciosos, concluimos por escoger el más humano y atrevido; sacar de su prisión a Fornasari y escaparnos los tres, aventura novelesca cuyos peligros nos ocultaba el entusiasmo que nos poseía y la jactanciosa confianza en nosotros mismos. Lo que de (p.5949) fuerza física nos faltaba lo suplía la astucia, y en aquel trance me revelé yo de revolucionario y violador de cárceles, porque todo lo urdí con admirable precisión y picardía, ayudado del claro juicio de mi compañero. La suerte nos favoreció, y la Naturaleza coadyuvó al éxito de la empresa, desatando aquella noche sobre Roma una tempestad que nos hizo dueños de los tejados, pues ni aun los gatos se atrevían a andar por ellos. Amparados de la oscuridad y del ruido con que los furiosos elementos asustaban a todos los moradores de San Apolinar, violentamos la prisión de Fornasari; provistos de sogas escalamos las techumbres, y envalentonados por la libertad que de fuera nos llamaba, así como por el miedo que de dentro nos expelía, saltamos al techo de las capillas bajas, de allí a la sacristía y baptisterio anexo, y por fin a la via Pinellari, donde ni alma viviente podía vernos, pues hasta los búhos se guarecían en sus covachas, y el viento y la lluvia eran encubridores de nuestra juvenil empresa.

Ya teníamos concertado refugiarnos en el Trastévere y plantar allí nuestros reales, por ser aquel arrabal propicio al escondite, y además muy del caso para el vivir económico a que nos obligaba la flaqueza de nuestro peculio. Della Genga tenía algún oro, yo un poco de plata, y Fornasari piezas de cobre. Reunidos en común acervo los tres metales y nombrado yo tesorero, nos aposentamos cerca de la Puerta de San Pancracio en una casa modestísima, donde fuimos recibidos con desconfianza por no llevar más ropa que la puesta. En el aprieto de nuestra fuga, que no nos permitía ninguna clase de impedimenta, harto hicimos con procuramos el vestido seglar que había de cubrir nuestras carnes al despojarnos de la sotana. Fue primera y necesaria diligencia, apenas instalados, comprar algunas camisas, para que viesen nuestras locandieras que no éramos descamisados; pero no nos valió este alarde de dignidad, porque la desconfianza patronil no disminuyó, y en cambio creció nuestro miedo al reparar que nos habíamos metido en una cueva de (p.5950) ladrones y desalmada gentuza de ambos sexos. Salimos de allí con nuestras ansias, y rodando por la gran ciudad dimos con nuestros cuerpos en un casucho situado en la Bocca della Verità, donde hallamos acomodo entre gente pobrísima.

Indudablemente, nuestro destino nos llevaba a situaciones arriesgadas, pues sin pensarlo nos habíamos ido a vivir en el cráter de un volcán: debajo de nuestro aposento, en lugar oscuro y soterrado, había una logia. Lejos de contrariarnos esta peligrosa vecindad, fue para los tres motivo de contento, y Della Genga, que era tan antojadizo como tenaz, no paró hasta procurarnos entrada en aquel antro, donde podíamos satisfacer nuestro candoroso anhelo de masonismo. Lo que allí vi y escuché no correspondió al concepto que de los sectarios habíamos formado los tres en nuestras íntimas conversaciones. Mi desilusión fue, sin duda, mayor que la de mis amigos. Fornasari largó una noche un discurso lleno de hinchados disparates; pero su espléndida voz triunfó de los desvaríos de su lógica, y le aplaudieron a rabiar.

Hubiera yo querido que durante el día nos ocupáramos en algo que nos trajese medios de sustento, y que destináramos las noches a cosas distintas del vagar por calles y plazuelas, o del servir de coro trágico en la logia; pero la desmayada voluntad de Della Genga no me ayudaba en mis iniciativas, y el otro parecía encontrar en la profesión masónica el ideal de sus ambiciones. En esto sobrevino la muerte del papa Gregorio XVI, motivo de grande emoción en Roma, y en nuestra pequeñez no pudimos sustraernos al torbellino de opiniones y conjeturas referentes a la incógnita del sucesor. Durante muchos días no hablábamos de otra cosa, y cada cual tomaba partido por este o el otro candidato: ¿Sería elegido Lambruschini? ¿Seríalo Gizzi? A tontas y a locas, y sin ningún conocimiento en que fundar mi presunción, yo patrocinaba a Mastai Ferretti: era mi candidato, y lo defendía contra toda otra probabilidad, cual si hubiera recibido secretas confidencias del Espíritu Santo. Della Genga apostaba por (p.5951) Lambruschini, amigo de la familia y hechura de León XII; Fornasari, oficiando de cónclave unipersonal, votaba por Gizzi, que gozaba opinión de liberal con ribetes de masónico, como había demostrado en su gobierno de la Legación de Forli. Iba más lejos Fornasari, asegurando que Gizzi tomaría el nombre de Gregorio XVII. De mi candidato Mastai se burlaban mis compañeros, declarando el uno que Austria no le quería, y que Francia y Bélgica apoyaban resueltamente a Gizzi. En estas disputas llegaron los perros.. quiero decir los criados de Della Genga, a punto que entrábamos en la trattoria de la plaza Cenci, a dos pasos del Ghetto, y ayudados de polizontes cogieron al prófugo caballerito, y poco menos que a viva fuerza se le llevaron. Escapamos Fornasari y yo corriendo como exhalaciones.

¡Cuán triste fue la pérdida, o digamos salvación, de nuestro amigo! Aquella noche, viéndonos sin su compañía en el sucio camaranchón, lloramos como si se nos hubiera muerto un hermano. Y a la noche siguiente, hallándome yo dolorido de todo el cuerpo, salió Fornasari a comprar en la tienda cercana algunas fruslerías para nuestra nutrición, que de manjares, ¡ay!, muy pobres nos sustentábamos. Le esperé toda la noche, y no pareció.. Para no cansar: ésta es la hora en que no he vuelto a verle; ni volvió, ni he sabido más de mi desgraciado amigo. Digo desgraciado, por no saber qué decir. Pasados tres días de ansiedad e inanición, salí de mi tugurio, no con intento de buscar al perdido, sino de alejarme de aquellos lugares, en que de continuo turbaba mis oídos runrún de polizontes.

Amparado de la callada noche, me fui hacia Monte Testaccio, donde tuve la suerte de encontrar un alfarero que quiso admitirme, sin más estipendio que la comida, a las faenas de su industria, aplicándome a dar vueltas a la rueda del artefacto con que amasaba la arcilla. El primer día, ¡cosa más rara!, me agradó el continuo revolver de noria, que a pensar me estimulaba. Pero pronto hube de cansarme de aquel método de raciocinio, y como el pienso no era bueno ni me (p.5952) daba el necesario vigor para sostener mis funciones de caballería pensante, me despedí. La vagancia, la mendicidad, el dormir en bancos al raso o bajo pórticos del Campo Vaccino, el comer lo que me daban en porterías de hospicios o conventos, fueron mis modos de existencia en aquellos tristes días. Harto ya de sufrir ayuno de buenos alimentos, y cubierto de andrajos, llegué al límite en que mi dignidad se reconciliaba con mis angustiosas necesidades físicas. Viendo en mí la dramática situación del Hijo Pródigo, me decidí a volver a la casa de mi buen D. Matías. Costome no pocas ansiedades el resolverlo, y tan pronto caminaba hacia allá, como retrocedía, con terror de merecidas reprimendas.. Por fin cerré los ojos, y llena el alma de contrición y humildad, llamé a la puerta de mi salvación, en la plaza de San Lorenzo in Lucina. Abrió un criado vestido de luto, que no me conoció: tan lastimosa era mi facha. Insistí en que no era yo un pobre desconocido que imploraba limosna: mi voz reveló lo que ocultaban mis harapos. Al fámulo se unió la cocinera, y con fúnebre dúo de requiem me dijeron que mi protector había muerto. ¡Oh súbita pena, oh inanición cruel!.. Mi turbada naturaleza no supo separar el noble sentimiento del brutal instinto, y llorando me abalancé a la comida que me ofrecieron.

 

Ep-31-III -

Sigüenza, Noviembre. Al amanecer de hoy, bajando de Barbatona, vi a la gran Sigüenza que me abría sus brazos para recibirme. ¡Oh alegría del ambiente patrio, oh encanto de las cosas inherentes a nuestra cuna! Vi la catedral de almenadas torres; vi San Bartolomé, y el apiñado caserío formando un rimero chato de tejas, en cuya cima se alza el alcázar; vi los negrillos que empezaban a desnudarse, y los chopos escuetos con todo el follaje amarillo; vi en torno el paño pardo de las tierras onduladas, como capas puestas al sol; vi, por fin, a mi padre que a recibirme salía con cara doble, mejor dicho, partida en dos, media cara severa, la otra media cariñosa. Salté del coche para abrazarle, y una vez en tierra, hice mi entrada (p.5953) a pie, llegando a la calle de Travesaña, donde está mi casa, con mediano séquito de amigos, y de pobres de ambos sexos, ciegos, mancos y cojos, que sabedores de mi llegada querían darme la bienvenida.. La severidad de más cuidado para mí, que era la de mi padre, se disolvió en tiernas palabras. Verdad que de mis horrendas travesuras en Roma no le habían contado sino parte mínima. Seguía, pues, creyendo con fe ciega en mi glorioso destino eclesiástico, y suponía que, al regresar a la patria, almacenadas traía en mi cerebro todas las bibliotecas de Italia. Mi hermano Ramón fue quien más displicente y jaquecoso estuvo conmigo, anunciándome que si no me determinaba a recibir las órdenes en España, aspirando a un curato de aldea, o cuando más a una media ración en aquella Santa Catedral, la familia tendría que abandonarme, dejándome correr por los caminos más de mi gusto, ora fuesen derechos, ora torcidos.. De todo esto hablaré más oportunamente, pues anhelo proseguir lo que dejé pendiente de mi romana historia.

Pego la rota hebra diciendo que el mayordomo de mi tío, Cristóbal Ruiz, español italianizado que había sido fámulo en Monserrat, me informó de la dolencia y muerte del bendito Rebollo. Había sido un lamentable desarreglo de la mente, motivado, según colegí de las medias palabras de Ruiz al tratar este punto, por agrias discordias con otros clérigos de la Rota. De mis desvaríos en San Apolinar y de mi escandalosa fuga y vagancia no dieron al buen señor conocimiento, pues ya había perdido el suyo, y desprovisto de memoria y de juicio, su vocabulario quedó reducido al ho perso il boccino, que estuvo repitiendo hasta el instante de su muerte. Quién se cuidó de participar a mi familia, con el fallecimiento de Rebollo, mis atroces barrabasadas, es cosa que no he sabido con certeza; pero, si no me engaña el corazón, el encargado de esta diligencia fue un secretario del embajador Don José del Castillo. Díjome también Cristóbal Ruiz que una radical divergencia en la manera de apreciar no sé qué asunto de (p.5954) derecho canónico había turbado profundamente la cordial amistad entre el representante de España y su protegido, llevando a éste al remate de su delirio. Cuando apenas se había iniciado la dolencia, hizo D. Matías testamento, nombrando ejecutor de sus disposiciones a otro de sus mejores amigos, monseñor Jacobo Antonelli, segundo tesorero, o como si dijéramos, secretario de Hacienda, persona muy bien mirada en la Corte Pontificia por su talento político y su mundana ciencia. Al tal sujeto habría yo de presentarme; pues, según Ruiz, debía tener instrucciones de Rebollo referentes al cuidado de mis estudios y a la paternal tutela que conmigo ejercía.

Vacilando entre la vergüenza de presentarme a Monseñor y el estímulo de poner fin a mi desamparo, pasaron algunos días que no fueron malos para mí, pues me hallaba asistido de ropa, casa y alimento, y además libre, con toda Roma por mía, para pasar el tiempo en amena vagancia, reanudando mis amistades de artista y de arqueólogo con tantas grandezas muertas y vivas. Los ruidosos acontecimientos de aquellos días de junio me arrastraban a vivir en la calle, siempre con la esperanza de tropezar con mis perdidos camaradas Fornasari y Della Genga. Mientras duró el Cónclave que debía darnos nuevo Papa, me confundí con las multitudes que aguardaban ansiosas en Monte Cavallo. En la noche del 16 al 17, corrió la voz de que había sido elegido Mastai, lo que fue para mí motivo de grandísimo contento, porque el Espíritu Santo me daba la razón contra mis amigos. Al día siguiente, vi al cardenal camarlengo monseñor Riario Sforza salir al balcón del Quirinal, pronunciando con viva emoción el Papam habemus. ¡Y era Mastai Ferretti, mi candidato, el mío, qui sibi imposuit nomen Pium IX! A las aclamaciones de la multitud uní todo el griterío de que eran capaces mis pulmones, y cuando el nuevo Pontífice salió a dar al pueblo romano su primera bendición, creí volverme loco de entusiasmo y alegría. Si mil años viviera, no se borraría de mi alma la impresión de aquellos solemnes (p.5955) instantes, ni tampoco la del 21 en San Pedro, inolvidable día de la coronación. Imposible que dé yo idea del cariño que despertó el nuevo Papa. Toda Roma le amaba, y yo, con íntima efusión que no sabía explicarme, le amaba también y le tenía por mío, sin dejar de ver en él el amor de todos, creyendo cifradas en su persona la felicidad de Roma y de Italia.

Decidido a presentarme al famoso Antonelli, pues algún término había de tener mi vagabunda interinidad, vi aplazada de un día para otro la audiencia que solicité. Monseñor fue nombrado Ministro de Hacienda, después Cardenal. Los negocios de Estado y las atenciones sociales alejaban de su grandeza mi pequeñez. Por fin, una tarde de julio me llamó a su casa, y fui temblando de esperanza y emoción. Recibiome en su biblioteca, y se mostró desde el primer momento tan afectuoso que ganó mi confianza, haciéndome desear que llegase una feliz ocasión de confiarle todos mis secretos. Era un hombre alto y moreno, de mirada fulminante, de rasgada y fiera boca con carrera de dientes correctísimos, que ostentaban su blancura dando gracia singular a la palabra. El rayo de sus ojos de tal modo me confundía, que no acertaba yo a mirarle cuando me miraba. Sujetome a un interrogatorio prolijo, y con tal arte y gancho tan sutil hacía sus preguntas, que le referí todas mis maldades, sintiéndome muy aliviado cuando no quedó en mi conciencia ninguna fealdad oculta. A mi sinceridad correspondió Su Eminencia poniendo en su admonición un cierto aroma de tolerancia, que del fondo de su pensamiento a la superficie de sus palabras severas trascendía.

Díjome, entre otras cosas que procurase fortalecer mi quebrantada vocación religiosa, redoblando mis estudios, aislándome del mundo y reedificando mi ser moral con meditaciones. Insistí yo en manifestarle que me sería muy difícil sostener mi vocación; pero que aplicaría a tan grande intento toda mi voluntad, sometiéndome a cuantos planes de conducta me señalara y sistemas educativos se sirviera proponerme. (p.5956) No me acobardaban los estudios penosos; pero el internado y la disciplina cuartelesca de los principales centros de enseñanza no se avenían con mi natural inquieto, ni con las osadas independencias que me habían nacido en Roma, como si al pisar aquella tierra me salieran alas. Sin duda le convencí, ¡no era flojo triunfo!, porque me propuso hacer conmigo esta prueba: durante un año emprendería yo formidables estudios, conforme a un plan superior acomodado a mi primitiva vocación, y sin someterme a la esclavitud del internado. Enumerando el programa de mis tareas, señalome el Colegio Romano para las ciencias eclesiásticas, la Sapienza para la Jurisprudencia y Filosofía, y para las lenguas sabias el colegio de la Propaganda, regido a la sazón por el portentoso políglota Mezzofanti. En todo convine yo, con expresiones de reconocimiento, y éste subió de punto cuando el Cardenal me manifestó que cuidaría de alojarme, si no en su propia casa, junto a personas de su familiaridad o servidumbre, en lo cual no hacía nada extraordinario, pues D. Matías había dejado caudal suficiente para ésta como para otras sagradas atenciones. Encantado le oí, y mayor fue mi entusiasmo cuando al despedirme me ordenó volver tres días después.

En la segunda entrevista, disponiéndose Su Eminencia a partir para Castel Gandolfo, recreo estival del Papa, me indicó que fuese a pasar las vacaciones a su quinta de Albano, donde hallaría dispuesta una estancia. Me encargaba del arreglo de su biblioteca, que tenía en gran desorden: innumerables libros sin catalogar, y todos los que fueron de D. Matías metidos en cajas, esperando ser clasificados por materias y puestos en los estantes. No me dio tiempo ni a expresarle mi gratitud, porque el coche le aguardaba a la puerta. Salió para Castel Gandolfo, y yo al siguiente día para Albano, gozoso, con ilusiones frescas y ganas de vivir, creyendo que la vida es buena y que en ella hay siempre algo nuevo que ver y descubrir.

La residencia del Cardenal en Albano es arreglo de una incendiada villa de los Colonnas, (p.5957) recompuesta modestamente. Elegantísima puerta del Renacimiento se da de bofetadas con ventanas vulgares. Restos de soberbia escalinata son el ingreso de la biblioteca, y en las cocinas hay un friso con bajorrelieves. La misma confusión o engarce de riquezas muertas con vivas pobrezas se advierte en el jardín, donde permanece un trozo en setos vivos de ciprés lindando con plantíos nuevos y cuadros de hortaliza. Hermosa es por todo extremo la situación del edificio, al sur de la ciudad, no lejos de la nueva vía Apia. Desde la ventana de mi aposento veía yo el sepulcro de los Horacios y Curiacios, y los montes Albanos y los pueblecitos de Ariccia y Genzano.. Tal era el desorden de la biblioteca, que empleé todo el verano en remediarlo; y absorto en faena tan grata para mí, se me iba el tiempo sin sentirlo, en dulce concordia con los habitantes de la casa, que me asistían cariñosamente y me tenían por suyo. Siete mujeres había en la villa, y aunque viejas en su mayor parte (dos eran niñas de catorce a quince años) , gustábame su cordial trato. Entendí que eran familias de la servidumbre jubilada del Cardenal, que conservaba los criados aun en el período de su decadencia inútil. Todo aquel mujerío y dos hombres, el uno jardinero, cochero el otro, ambos con traza de bandidos, procedían de Terracina, el país de Antonelli. Las dos ragazze, una de las cuales era bonitilla, la otra jorobada, me ayudaban juguetonas y alegres en mis tareas de bibliófilo, y al caer de la tarde nos íbamos a dar una vuelta por las orillas del lago Albano, o emprendíamos despacito y charlando la ascensión al monte Cavo para gozar la vista de todo el territorio albano y del mar, incomparable belleza de suelo y cielo, ante la cual acompañado me sentía de los antiguos dioses.

Terminadas las vacaciones, volví a Roma con cuatro de aquellas mujeronas y la corcovadita, y empecé mis estudios, instalado en el piso alto del palacio de Su Eminencia, en el Borgo-Vecchio. Comenzó para mí una vida monótona y de adelantos eficaces en mis conocimientos. Los estudios (p.5958) de lenguas orientales en la Propaganda me cautivaban; tanto allí como en la Sapienza hice amistades excelentes, y un día de diciembre tuve la inefable sorpresa de encontrarme a Della Genga, que me abrazó casi llorando. Sus padres, convencidos al fin de que a la naturaleza varonil del chico se ajustaba mal la sotana, dedicáronle a la jurisprudencia y al foro. Estaba mi hombre contento y orgulloso de su moderada libertad. Restablecida nuestra fraternal concordia, juntos estudiábamos y juntos nos permitíamos algún esparcimiento propio de la juventud. Debo declarar con toda franqueza que Della Genga me corrompió un tantico, y empañó la pureza de mi moral en aquellos días, comunicándome eficazmente, hasta cierto punto, su innata afición a la mitad más amable del género humano. Acúsome de esto, afirmando en descargo mío que mis debilidades no pasaron de la medida discreta. Y para que todo sea sinceridad, añadiré que no tuvo poca parte en mi comedimiento mi escasez de dineros, la cual vino a ser un feliz arbitrio de la Providencia para preservarme de chocar contra escollos, o de ser arrastrado en vertiginosos remolinos.

 

Ep-31-IV -

Majora(1) canamus. -Igualábame Della Genga en la admiración al nuevo Pontífice y en creerle como enviado del Cielo para devolver a Italia su grandeza, y dar a los pueblos fecundas y libres instituciones. Toda Roma creía lo mismo. Mastai Ferretti sería como un pastor de todas las naciones, que sabría conducirlas por el camino del bien eterno y de la terrestre felicidad. Cuantas disposiciones tomaba el Santo Padre eran motivo de festejos, y las iluminaciones con que fue celebrada la amnistía repetíanse luego por motivos de menos trascendencia. Siempre que a la calle salía Pío IX, se arremolinaba la multitud junto a su carruaje, y los vivas y aclamaciones, repitiéndose en ondas, conmovían a toda la ciudad. Por cualquier suceso dichoso, y a veces sin venir a cuento, se improvisaban procesiones y cabalgatas, y las sociedades que habían sido secretas y ya se habían hecho públicas, salían con sus (p.5959) abigarrados pendones entonando himnos. Pasado algún tiempo de esta patriótica efervescencia, el entusiasmo empezó a degenerar en delirio, y las demostraciones en vocerío y alborotos.

Era Della Genga devotísimo de las ideas de Gioberti, y yo no le iba en zaga. Habíamos leído y releído el Primato degli italiani, y soñábamos con la redención de Italia y su gloriosa unidad bajo la sacra bandera del Vicario de Cristo. Esto pensaba yo, y con inquebrantable fe pensándolo sigo y me creo portador de tan saludables ideas a mi querida patria. Pío IX, que en sus virtudes preclaras, en su poderoso entendimiento y hasta en su rostro plácido y expresivo, conquistador de voluntades, trae el sello de una misión divina, efectuará la restauración civil de la península itálica, inmensa obra que no ha podido ser realidad por no haberse empleado en ella el ligamento de las creencias comunes, de la enseñanza católica. Roma será, pues, la metrópoli de la Italia moral, y cabeza de la política, y creará un pueblo robusto, tan grande por la fuerza como por la fe. El báculo de San Pedro guiará en esta conquista a los italianos, enseñando a la Europa entera el camino de la fecunda libertad. De esta idea y de sus infinitas derivaciones hablábamos mi amigo y yo a todas horas, siempre que nuestra malicia o la frivolidad propia de muchachos no nos llevaban a conversaciones menos elevadas.

Y escribíamos sobre el mismo tema político sendas parrafadas ampulosas, que nos leíamos ore alterno buscando el aplauso, y éste fácilmente coronaba nuestras lucubraciones. Por cierto que un día (pienso que por febrero de este año) mi orgullo me sugirió la idea de mostrar al Cardenal una enfática disertación que escribí sobre el magno asunto de la época, con el título de Risorgimento dell'Italia una e libera, y quedándose con mi mamotreto para leerlo en el primer rato que tuviera libre, a los ocho días me llamó para decirme que no estaba mal pensado ni escrito; pero que no robase tiempo a mis estudios para meterme a divagar sobre lo que (p.5960) ya habían tratado las mejores plumas italianas. Comprendiendo que ni mi discurso ni la materia de él eran de su agrado, salí de la presencia del grande hombre un tanto corrido.

Bien entrada ya la primavera, un ataquillo de malaria, que me cogió debilitado, interrumpió en mal hora mis estudios y hube de guardar cama, presentándose la calentura tan insidiosa que ni alivio ni recargo sentí en todo un mes. Por fin, el Cardenal me mandó a Subiacco, acompañado de la jorobadita y de una de las vejanconas. El puro aire de los montes Albanos me restableció en otro mes de régimen severo y de mental descanso; pero no pude asistir a exámenes ni pensar en nueva campaña escolar hasta el otoño próximo, lo que sentí de veras, porque en la Propaganda me iba encariñando con el hebreo y sánscrito, y en la Sapienza figuraba entre los más lúcidos estudiantes de Patrología y de Lugares teológicos, sin olvidar la Jurisprudencia, Concilios, etc.

Y heme de nuevo, apenas apuntaron los calores de julio, en la placentera residencia de Albano, libre y bien atendido, compartiendo mis horas entre los paseos por las alamedas que conducen a Castel Gandolfo, o por la nueva vía Apia, y el trajín de la biblioteca, que me recibió como un viejo amigo brindándome con todo el embeleso de sus mil libros interesantes, apetitosos, llenos de erudición los unos, de amenidad los otros. ¡Oh soledad dichosa, oh dulce presidio!

De un verano a otro, había cambiado el personal de la villa, pues dos ancianos murieron, otros dos se habían ido a Terracina, y en su lugar hallé un matrimonio de edad avanzada y dos mozas muy guapas: una de ellas, a poco de estar yo allí, fue conducida a Frascati, donde veraneaba el Cardenal con una noble familia polaca. La que en casa quedó no era jovenzuela, sino propiamente mujer y aun mujerona, de más que mediana talla, esbelta, gran figura, tipo romano de lo más selecto, cabello y ojos negros, la tez caldeada, con tono de barro cocido. Su trato pareciome un poco salvaje, como recién cogida con lazo en los campos de Terracina; vestía poco, (p.5961) despreciando las modas y prefiriendo los trajes de su pueblo. ¿Era casada o viuda? Nunca lo supe, pues de sus palabras a veces se colegía que el esposo había fenecido en la plenitud de sus hazañas bandoleras, a veces que se había marchado a Buenos Aires. Esta doble versión podía explicarse por el hecho de que no fuese un marido, sino dos los que ya contaba en su martirologio. No insistí yo mucho en inquirirlo, pues noté en la buena moza marcada repugnancia de los estudios biográficos. Llamábanla Bárbara o Barberina, nombre que le cuadraba maravillosamente, porque leía muy mal y apenas sabía escribir; mas con su natural despejo disimulaba tan graciosamente la ignorancia, que valía más su conversación que la de veinte sabios. Gustaba yo de charlar con ella, mas que por la rudeza de sus dichos, por verle los blanquísimos dientes que al sonreír mostraba, y admirar el encendido color de su rostro iluminado por la elocuencia de mujer burlona.

Pero no se crea que las burlas, a que tan aficionada era, escondían un carácter avieso y malicioso, no. Era muy buena la salvaje Barberina, y a mí me tomó decididamente bajo su amparo y protección, y me cuidaba como a hermano. Viéndome tan endeblucho, se desvivía por reparar mi quebrantado organismo, dándome calditos o infusiones entre horas, y haciéndome el plato en las comidas con propósito de llenarme el buche de cosas sustanciosas y bien digeribles. Guardaba en sus bolsillos golosinas para obsequiarme, de sorpresa, cuando paseábamos junto al lago con la jorobadita y otras muchachas, y atendía también singularmente a mi descanso nocturno, evitando todo ruido en la villa, y alejando de mi aposento la caterva de gatos y perros que en la casa tenían su albergue.

Agradecido a tantas bondades, se me ocurrió la felicísima idea de pagarle sus beneficios con otros no menos valiosos. Cualquiera, por egoísta que fuese, habría pensado lo mismo, ¿verdad? Ella cuidaba de mi corporal existencia, dándome salud y robustez; pues yo cuidaría de embellecer su espíritu, dándole el jugo (p.5962) de la ilustración, de que se alimentan los seres escogidos, etcétera.. En fin, que si ella me nutría, yo la educaba, le devolvía sus obsequios perfeccionándola en la lectura y enseñándola a escribir correctamente. Cuánto se holgó Barberina de mi plan de recíproca beneficencia, no hay por qué decirlo. Al punto empezamos la campaña, brindándonos a ello el tiempo que en aquel apacible retiro nos sobraba, y el sosiego de la retirada y fresca biblioteca. La hice leer I Promessi Sposi, y advirtiendo su predilección por lo que más hería su sensibilidad, nos metimos con los poetas, prefiriendo los modernos, para huir del estorbo de los arcaísmos. Con tal cariño tomó estas lecturas, que al fin se me hizo largo el espacio de sus lecciones. Y yo no volvía de mi sorpresa viendo que todo lo comprendía, que ninguna delicadeza de sentimiento, ni alegórica ficción, ni gallardía de estilo se le escapaba. Y cuando nos poníamos a comentar, ¡qué claro juicio en aquella salvaje! Lloraba con las ternezas religiosas de Manzoni, se entusiasmaba con el fiero nacionalismo de Monti y de Alfieri, y Leopardi la dejaba no pocas veces silenciosa y cejijunta.

Menos afortunado era el maestro en la escritura, porque los dedos de la cerril discípula no conservaban la flexibilidad y sutileza de su virgen entendimiento. Gustábame guiar aquella dura y fuerte mano, tan bien modelada que parecía la mano de Minerva o de Ceres. Pero los adelantos no correspondían a los esfuerzos de ella, acompañados de hociquitos y muecas con sus carnosos labios, ni a la paciencia y esmero que yo ponía en mis lecciones. Acababan éstas con los dedos de ambos manchados de tinta, y con la exclamación de ella lamentando su torpeza. Hecha su mano al rastrillo, al bielgo, a la pala y a otros rústicos instrumentos, se avenía mal con la pluma. Por consolar a mi educanda, decíale yo que trocaría mi buen manejo de escritura por la fuerza y la paz que da la vida del campo, y que un labrador inteligente es el primero de los sabios, que con el arado escribe en la (p.5963) tierra el gran libro de la felicidad humana. Pero estas pedanterías no la curaban de su desconsuelo, y a la siguiente lección volvía con más empeño a la faena.

Corriendo con lenta placidez los días, Barberina progresaba en la instrucción, y ambos en la confianza mutua, sin el menor detrimento de la honestidad. Pedíame ella que le hablase de mi familia y de mi pueblo, y que le contara cuanto de mi infancia recordaba. De la suya y de su parentela, así como de su matrimonio, nada me contaba ella, creyendo, sin duda, que su historia no podía interesarme. Cada día se inquietaba más por mi salud, y a sus cuidados del orden doméstico añadía discretas exhortaciones referentes a la vida moral. En sus sermones me incitaba a la pureza de costumbres, y afeaba mi ardorosa afición a las cosas paganas. De tiempo en tiempo hacía yo veloces escapadas a Roma, volviendo con algunos libros o cualquier objeto, cuya compra, según yo decía, me precisaba. Recibíame Barberina, al regreso, con dolorida severidad, afirmando que mi salud y aun mi decoro estaban en peligro, si no me penetraba del respeto que debemos a nosotros mismos y a la sociedad. Más sutil moralista no he visto nunca. No pude menos de rendirme a tan sabios consejos, bendiciendo la boca que me amonestaba y declarando que a cuanto me ordenase había de someterme. Todo el afán de mi amiga era preservarme de los peligros que en el mundo cercan a una juventud delicada, y yo, considerando la inmensa valía de esta tutela, me abrasaba en admiración y reconocimiento.

No disminuía con esto nuestra afición a las lecturas, y si ella leía por ejercitarse, hacíalo yo por darle el modelo de la entonación y por entretenerla y deleitarla con útiles pasatiempos. Observé que las cosas serias la interesaban más que las jocosas, y las humanas, construidas con elementos de verdad, más que las imaginativas. Después del Jacopo Ortis y de las Prisiones, leí parte de la Eloísa de Rousseau, y de aquí saltamos a las Confesiones, cuyos primeros capítulos fueron el (p.5964) encanto de Barberina. Burla burlando llegamos a la presentación de Juan Jacobo en la casa de Madame Warens, al carácter y figura de ésta, a la maternal protección que dispensó al joven ginebrino, y por fin, al ingenioso arbitrio de la dama para preservar a su amiguito de los riesgos que corre un jovenzuelo impresionable si se le deja solo ante el torbellino del mundo y las asechanzas del vicio. Admirable nos pareció a entrambos aquel pasaje, que Barberina alabó con vivos encarecimientos.. Mi amor a la verdad me obliga a terminar este relato repitiendo el famosísimo quel giorno più non vi leggemmo avanti.

 

Ep-31-V -

Alegría insensata y sombríos temores alternaban en mi alma desde aquel día. ¡Amor, conciencia, cuán desacordes vais comúnmente en la vida humana! Amargaban la dulzura de mi juvenil triunfo sobresaltos y presentimientos tristísimos, y mi felicidad en ellos se disolvía como la sal en el agua. Perseguíame el espectro del Cardenal pronunciando la acusación y cruel sentencia que yo merecía, y en mis sueños me visitaba, y despierto le sentía próximo a mí. Seguramente no tendría yo valor para poner mi rostro pecador ante el de Su Eminencia. El temido rayo de sus ojos me haría caer exánime; me faltaría valor aun para pedirle perdón de mi vergonzoso ultraje a la ley de hospitalidad.

Algún alivio me dio la noticia, por la propia Barberina comunicada, de que el Cardenal no parecería en mucho tiempo por Albano, ni aun de paso para Castel Gandolfo. Desde Frascati, deteniéndose en Roma sólo una noche, había pasado a Rímini, sin duda con una misión secreta de Su Santidad para el Embajador de Austria que allí veraneaba. Calculando mis huéspedes la duración de la ausencia por el equipo y servidumbre que Antonelli llevaba, presumían que iría también a Viena. No obstante estas seguridades de respiro, yo no tenía sosiego, y pedía fervorosamente a Dios que complicase los asuntos diplomáticos de la Santa Sede en términos tales, que mi protector tuviese que ir también a San Petersburgo, y de allí a Pekín, atravesando toda el (p.5965) Asia en camello, en elefante, o en otro vehículo animal de los más lentos.

Por aquellos días empezaron a tomar mal cariz las cosas políticas. La popularidad del Papa era ya molesta, tirando a la confianza irrespetuosa: los entusiasmos de la plebe, dirigida por las Sociedades o Círculos, no eran ya simples alborotos, sino motines en toda regla. Las concesiones de Su Santidad al espíritu moderno les parecían poco, y ya pedían la Luna, la Osa Mayor y el Zodíaco entero. El clamor de reformas era tan intenso, que el adorado Mastai Ferretti se veía compelido a dar gusto al pueblo nombrando un Ministerio laico. Gustaba yo de la inquietud, porque no sólo veía en ella la palpitación generatriz del ideal de Gioberti, tomando carne y forma de cosa real, sino porque el tumulto y todo aquel revolver de las ondas sociales me parecían a mí muy propios para que en ellos se escondiera mi delito y quedase ignorado, impune. ¡Ahi, come mal mi governasti, amore!

Mas un día, ¡corpo di Baco!, anunciaron que el Cardenal estaba de vuelta en Roma, y ya no hubo para mí tranquilidad. Pasó por mi mente la idea de fugarme: comuniqué este pensamiento a Barberina, la cual me dijo que había pensado lo mismo. Propúsome que nos fuéramos a España.. ¡A buena parte!, dije yo. De escapar, a Nápoles para plantarnos en Egipto, o a Génova para emigrar calladitos a Buenos Aires, donde pondríamos café, una tienda de bebidas.. no, mejor un colegio, en el cual yo abriría cátedra de omni re scibile. Felizmente, ninguno de estos disparates prendió en mi mente, y la irresolución, que en normales casos suele perdernos, en aquél fue mi salvación.. Mientras discutíamos mi amada y yo si nos estableceríamos en Corfú o en Alejandría, vino un recado de Antonelli, llamándome con urgencia. ¡Ay!.. ¡ay!

Se me olvidó apuntar que el matrimonio anciano que regía la casa mirábame ya como cosa perdida. Días antes, notaba yo en sus rostros cólera, menosprecio, amenaza: cuando me vieron llamado a la presencia del amo, su actitud era compasiva, como la de los curiosos que (p.5966) asisten al paso del condenado a muerte, camino de la horca o de la guillotina. Y en efecto, en mí se determinaba la insensibilidad del reo en la capilla momentos antes del suplicio. Salí de la casa sin poder ver a Bárbara; creí que se había encerrado en su habitación. Quise subir, y no me dejaron. «¡Barberina!», grité desde abajo, y nadie me respondió.. Partí con el corazón despedazado, mordiendo mi pañuelo. Luego me dijo el cochero que aquella madrugada, la buena moza, obedeciendo órdenes terminantes del Cardenal y guardando el mayor secreto, había partido para Terracina.. a pie, sola.. Y no había miedo de que se desviara de su ruta, ni que desobedeciera la terrible y concisa orden. Protesté, lloré, rugí, y el cochero, con filosófico humor y flemático desdén, me dijo: «¡Ah, signore!, questo e peggio che l'Inquisizione. Ma, non dubiti, la sconteranno sti pretacci, figli di cani». Hablamos de política. Pronto comprendí que estaba el hombre cogido por las sociedades secretas.

«Un hombre, sólo hay un hombre que pueda traernos la revolución.

-¿Y quién es ese hombre?

-Mazzini..».

Mi pena no me dejó espacio para sostener la conversación. ¿Qué me importaban a mí Mazzini y toda la turbamulta de las logias?

Llegué al palacio del Cardenal con la esperanza de que sus ocupaciones no le permitirían acordarse de mí, de que no podría recibirme, de que tendría yo que aguardar horas, días quizás.. Quedeme aterrado al ver que el portero, como si me esperase, me mandó pasar en cuanto bajé del coche, y luego un ujier, sin darme descanso ni respiro, me introdujo en la biblioteca, donde vi a Su Eminencia despachando con un secretario. Yo apenas respiraba: yo pensaba en Dios, como el espía, víctima de la ley de guerra, que es conducido ante el pelotón que ha de fusilarle. Más atento al despacho que a mí, el grande hombre no se dignó mirarme. Un cuarto de hora, que hubo de parecerme un cuarto de siglo, duró mi ansiedad; y cuando el secretario, recogiendo papeles, a marchar se disponía, yo, paralizado y mudo en el centro de la (p.5967) pieza, extrañaba que no me vendasen los ojos para el trance fatal.

No vi la mirada de Antonelli cuando me mandó acercarme, porque yo no podía levantar del suelo mi vista. El tono de su voz no me pareció demasiado duro. Me atreví a mirarle, y hallé en su rostro un desdén compasivo, no la cólera de Júpiter que yo esperaba. La angustia que me oprimía tuvo el primer alivio cuando Su Eminencia me preguntó por mi salud, aunque debía yo creer que era pura fórmula. Como le contestase, por decir algo, que no me encontraba bien, díjome que me propondría un remedio eficaz para la completa reparación de mi organismo. Nueva sorpresa mía con su poquito de pavor. ¿Cuál era este remedio? No tardó en decírmelo: el regreso a España. Los aires natales me serían muy provechosos. Con más miedo que finura contesté que me parecía muy bien. Ed egli à me: «Hijo mío, bien a la vista está que tus esfuerzos para conservar la vocación religiosa son inútiles. La Naturaleza manda en ti como señora absoluta, y no sabes cultivar el espíritu robusto que debe sojuzgarla..». Admirado de tanta sabiduría, nada supe contestar. Pareciome que aquello de sojuzgar la Naturaleza era también fórmula, y que Su Eminencia echaba mano de los tópicos que sólo sirven para aleccionar a la infancia, sin tener más que un valor pedagógico semejante al de las palmetas. Poi ricommincio: «Tus facultades prodigiosas se pierden en la distracción. Tal vez has errado la vía, y debes buscar otra en que la distracción misma no sea un impedimento, sino un estímulo. Para brillar en artes o ciencias no es necesario ser benedictino. La tutela que me delegó el buen D. Matías, yo la devuelvo a tus padres, que la ejercerán con más fruto que yo. En Italia te pierdes: gánate en España, donde empezarás por hacer efectiva tu vocación de marido.. Tu familia te procurará un buen matrimonio».

Pausa. Conmovido pronuncié al fin vagas expresiones de aquiescencia. Y como indicase que me prepararía para el regreso a mi tierra, dijo el Cardenal: «De aquí a la noche, (p.5968) recogerás cuanto necesites llevar contigo, libros y ropa; al amanecer saldrás de Ostia en un barco que se da a la vela para la costa valenciana». Dejome atónito esta conminación que no admitía réplica, y con un gesto manifesté mi conformidad. Ya sabía yo con quién me las había y cómo las gastaba el caballero. Al despedirme, sólo me dijo: «En la política de tu país puedes abrirte camino ancho, que allá tienes dos especies de hombres afortunados: los tontos y los que se pasan de listos. Procura tú ser de los últimos». La sustanciosa frase me hizo sonreír, y besándole la mano, salí para disponerme a cumplir mi sentencia. Ya no le vi más. Comí, llené de libros una caja y un cofrecillo, de ropa un baúl, y me entregué al mayordomo, encargado por Su Eminencia de ponerme en camino. La sentencia se cumplió manu militari, porque un agente de policía fue quien me condujo a Ostia, a poco de anochecido, no soltándome de su férrea mano hasta dejarme a bordo de la urca, libre y quito de todo gasto, bien amonestado el patrón para que pusiese cien ojos en mí mientras el barco no se diese a la vela.

¡Adiós, Italia; adiós, Roma, corazón del Paganismo, cabeza de la Iglesia; adiós, Barberina, ara de mi primera ofrenda al tirano Dios! Así como los antiguos ponían sus muertos en las constelaciones, yo quiero darte luminosa eternidad en el firmamento.. Durante las noches de mi largo viaje, he clavado de continuo mis ojos nelle vaghe stelle dell'Orsa.

 

Ep-31-VI -

Sigüenza, Noviembre.- Quedamos en que bauticé con el nombre de Barberina la estrella más brillante de la Osa Mayor, la que los astrónomos, según creo, llaman Mizar, y con esto puse final punto a mi historia de Albano..

Cosas y personas mueren, y la Historia es encadenamiento de vidas y sucesos, imagen de la Naturaleza, que de los despojos de una existencia hace otras, y se alimenta de la propia muerte. El continuo engendrar de unos hechos en el vientre de otros es la Historia, hija del Ayer, hermana del Hoy y madre del Mañana. Todos los hombres hacen historia inédita; todo el que (p.5969) vive va creando ideales volúmenes que ni se estampan ni aun se escriben. Digno será del lauro de Clío quien deje marcado de alguna manera el rastro de su existencia al pasar por el mundo, como los caracoles que van soltando sobre las piedras un hilo de baba, con que imprimen su lento andar. Eso haré yo, caracol que aún tengo largo camino por delante; y no me digan que la huella babosa que dejo no merece ser mirada por los venideros. Respondo que todo ejemplo de vida contiene enseñanza para los que vienen detrás, ya sea por fas, ya por nefas, y útil es toda noticia del vivir de un hombre, ya ofrezca en sus relatos la diafanidad de los hechos virtuosos, ya la negrura de los feos y abominables, porque los primeros son imagen consoladora que enseñe a los malos el rostro de la perfección para imitarlo; los otros, imagen terrorífica que señale a los buenos las muecas y visajes del pecado para que huyan de parecérsele. Habiendo aquí, como habrá seguramente, enseñanza para diferentes gustos, no me arrepiento del propósito de mis Memorias o Confesiones, y allá voy ahora con mi cuerpo y mi juventud y mi buen ingenio por el anchuroso campo de la vida española.

Ya es ocasión de que os hable de mi familia. Propietario de flacas tierras en este término es, mi padre: poséelas mi madre de más valor en Atienza; pero reunidos ambos patrimonios no bastaron para el sostén de familia tan numerosa, por lo cual mi señor padre ha tenido que arrimarse a la política y a la Iglesia, y tiempo ha que desempeña la Contaduría de esta Subalterna, y es además habilitado del Clero. Gran administrador de lo suyo y de lo ajeno ha sido siempre Don José García, y en su honradez, que la opinión ha consagrado como artículo de fe, nunca puso el menor celaje la malicia. La vida metódica y sin afanes, la paz de la conciencia, el ejercicio saludable, le conservan entero y enjuto, sin achaques de los que a su edad pocos se libran, aunque es algo aprensivo, y tan friolero que anda de capa todo el año, de Agosto a Julio.

Mi madre es una santa, que hoy vive (p.5970) petrificada en los sentimientos elementales y en las ideas de su juventud, creyendo a pie juntillas que la inmovilidad es la forma visible de la razón. La palabra progreso carece para ella de sentido, y si en modas no ha querido pasar del año 23, cuando vinieron con Angulema los chales de crespón, rayados, en lo demás que atañe a la vida general no quiere entender de nada: ni discute novedades, ni comprende constituciones, ni se cura de opinar conforme a estas o las otras ideas, firme en su inquebrantable dogmatismo religioso que a lo social y político extiende.. «Así lo encontramos y así lo hemos de dejar», es su fórmula, que a todo aplica, creyendo firmemente que el mundo, por muchos tumbos que dé, vuelve siempre a lo que ella vio, conoció y sintió en su florida mocedad. Completan el retrato la dulzura y placidez de un rostro angelical, que aún parece más divino con su copete de cabellos blancos, y el mirar confiado y sereno, reflejo de un alma en que moran todas las virtudes cristianas y domésticas sin sombra de maldad. Nueve hijos nacimos de esta ejemplar señora: vivimos siete, con quienes harán conocimiento mis lectores, que algo hay en ellos digno de la posteridad. A mí me tuvo mi madre en edad extemporánea, cuando ya nadie esperaba fruto de ella, y por esto el más joven de mis hermanos me lleva ocho años. Y como coincidieran con mi tardío nacimiento una aurora boreal, un cometa, con más otros terrestres acontecimientos, formidable crecida del Henares, y la aparición de una espléndida luz que en las noches oscuras se paseaba por el tejado y torres de la catedral, dio en creer la gente que aquellos inauditos fenómenos anunciaban mi venida al mundo como prodigioso niño, llamado a revolver toda la tierra. Mi madre se reía de estos disparates; pero confiaba siempre en que su Benjamín no habría de ser un hombre vulgar.

Mi hermano Agustín, el primogénito, que ya cumplió los cuarenta, casó en Madrid, y allá disfruta de un buen empleo arrimado a los hombres de la moderación. Mi hermano Vicente casó con una (p.5971) rica labradora de Brihuega, viuda, y está hecho un bienaventurado patán, con cinco hijos y labranza de doce pares de mulas; Gregorio, que estudió en Madrid la carrera de abogado, también anda por allá, buscándose un acomodo en las Sociedades mineras o de seguros; y Ramón, que es el más joven, no se ha separado de mis padres, y disfruta un sueldecito en la Subalterna. De mis hermanas, la mayor, Librada, que ahora tiene treinta y ocho años, casó en Atienza con un primo mío, ganadero de buen acomodo y propietario de dos molinos harineros y de una fábrica de curtidos; la segunda, Catalina, que ya rebasa de los treinta, profesó en el convento de la Concepción Francisca de Guadalajara, no recuerdo en qué fecha (sólo sé que a mí me tenían aún vestidito de corto) , y luego pasó a La Latina de Madrid, donde ahora se encuentra. He aquí mi familia, mis sagrados vínculos con la Humanidad.

Vivimos en la calle de Travesaña, angosta y feísima, pero muy importante, porque en ella, según dicen aquí ampulosamente, está todo el comercio. La casa es de mi padre, tan antigua, que la tengo por del tiempo de la guerra de los Turdetanos con Roma, cuando Catón el Censor puso sitio a esta noble ciudad. A pesar de las restauraciones hechas en ella, mi vivienda natal, en la cual no hay techo que no se alcance con la mano, se pierde en la noche de los tiempos; y a pesar de todo, como en ella vi la primera luz, paréceme la más cómoda y bonita del mundo. En los bajos hay un alquilado para botica, la cual creo yo que radica en aquel sitio desde que vino a España el primer boticario, traído quizás por Protógenes, obispo fundador de nuestra diócesis. Ahora la regenta un tal Cuevas, hombre muy entendido en su oficio, y es centro de reunión o mentidero de cuantos en el pueblo discurren con más o menos tino de la cosa pública.

Seis o siete sujetos calificados clavan allí sus posaderas en sendas sillas toda la tarde y a prima noche, entre ellos mi padre; D. José Verdún, coronel retirado; el juez Sr. Zamorano, el canónigo de esta (p.5972) Catedral D. Jacinto de Albentós, que entró aquí con Cabrera el año 36, mandando una partida de escopeteros, bien ajeno entonces de que se le recompensaría su hazaña con esta prebenda, y otros que no cito por no transmitir vanos nombres a la posteridad. Cada cual lleva su periódico, que lee o comenta: mi padre saca El Faro, que goza opinión de sensato; el canónigo desenvaina La Iglesia y El Lábaro, ambos de su cuerda; el coronel esgrime el Clamor, órgano del Progreso; otro tremola El Heraldo, y Cuevas, en fin, enarbola El Tío Carcoma, satírico y desvergonzado, pues algo hay que dar también a la risa y al honrado esparcimiento. Predomina en la botica el tinte moderado, y contra una mayoría formidable luchan gallardamente los dos únicos progresistas, el coronel y el boticario. De entre las ruidosas peloteras que allí se arman salen airadas voces aclamando el nombre sonoro del primate a quien cada cual debe su destino, y si el uno pone sobre su cabeza a Bravo Murillo, el otro no deja que toquen ni al pelo de la ropa de Seijas Lozano, de Pidal o de Bahamonde.

Allí me enteré de sucesos que ignoraba, y que, siendo ínfimos en la esfera total del humano vivir, parecían grandes a los pobres enanos que de ellos se ocupaban. Supe que habían caído los Puritanos, y pues yo no conocía más Puritanos que los de Bellini, pedí informes de tales sujetos, sabiendo al fin que eran como una cofradía que dentro de la moderada comunidad alardeaba de pureza. Supe asimismo que el Rey y la Reina andaban desavenidos, él haciendo solitaria vida en El Pardo, ella en Madrid gozando de la cariñosa popularidad que había sabido ganarse con su gracia y desenfado; y supe que los narvaístas andaban locos por volver al Gobierno, y que los progresistas, alentados por Bullwer, embajador inglés, hacían sus pinitos por colarse en Palacio. Todo ello me importaba un bledo, como la caída del Ministerio Salamanca, sucesor de los Puritanos, para dar entrada al temido y ensalzado D. Ramón, que, según mi padre, es el único que entiende este complejo tinglado del (p.5973) gobierno de España.

Sigüenza, 25 de Noviembre.- La comidilla de esta tarde en la botica ha sido la reconciliación del Rey y la Reina. Vaya, picaruelos, se os perdona, pero no volváis a poneros moños, que perturban la tranquilidad de estos reinos. ¡Ay qué cosas han dicho los tertulios, Santa Librada bendita! Que si costó más trabajo reconciliar a los Reyes que casarlos.. que Serrano y Narváez se entendieron, retirándose el primero a la Capitanía General de Granada, y cogiendo el otro las riendas del poder.. que ello es juego de rabadanes, y cambalache gitanesco.. ¡Dios mío, cómo ponen a Serrano mi boticario y mi coronel por haber abdicado sin dejar el mango de la sartén en manos progresistas! Los motes menos injuriosos que le cuelgan son los de Judas y Don Opas. En cambio los otros échanle en cara el abuso de su poder y su falta de discreción, tacto y delicadeza. Y yo le digo al tal: «Si me viera en tu caso, haría las cosas mejor, y si no pudiera escribir la Historia de España con la mano derecha, sabría educar y adestrar mi mano zurda».

27 de Noviembre.- Esta tarde fui yo quien hizo el gasto contándoles las magnificencias del rito en la Corte Papal, describiéndoles con la facundia pintoresca que me permitían mis conocimientos de las cosas romanas, los restos maravillosos del Paganismo, el esplendor de San Pedro, de Santa María Mayor y de San Juan de Letrán, el lujo y señorío de los cardenales, la opulencia artística de los Museos, las mil estatuas, fuentes y obeliscos, y no necesito decir que me oían con la boca abierta, suspensos de mi voz, y que alabaron en coro mi feliz retentiva. Mayor éxito, si cabe, tuve cuando de las cosas me llevó a las ideas el curso de mi fácil palabra, y les expliqué la misión que Dios confiere al sucesor de San Pedro en la segunda mitad del siglo que corre. Sursum corda, y álcense unidos el dogma cristiano y la libertad de los pueblos. Para redimir a Italia y hacerla una y fuerte, se constituirá una federación bajo el patrocinio del Soberano Pontificio, y un sabio Estatuto, en que se amalgamen y (p.5974) compenetren los católicos principios con las reformas liberales, dará la felicidad a los italianos, ofreciendo a las demás naciones europeas una norma política, invariable y sagrada por traer la sanción de la Iglesia.

La polvareda que levantó en el farmacéutico senado de este novísimo punto de vista, como decía el juez, fue tremenda. Ya el señor Zamorano tenía de ello noticia por haber leído párrafos de un artículo de Balmes en la revista El Pensamiento de la Nación. Para los demás, el asunto era enteramente virgen. Cuevas y el coronel acogieron la misión papal con benevolencia, afirmando que, pues las ideas de Cristo eran francamente liberales, su Vicario en la tierra debía pastorear a las naciones enarbolando en su báculo la bandera del Progreso. Oír esto el canónigo y soltar la risa estúpida, grosera y provocativa, fue todo uno. «¡Vaya, que será linda cosa un Papa progresista!.. ¡La Iglesia dando el brazo a los hijos de la Viuda!.. ¡Cristo entre masones.. ja, ja, ja.. y la Santísima Virgen bordando banderas liberales como la Mariana Pineda!..». Así desembuchaba sus salvajes burlas el sacerdote bizarro que había entrado en Sigüenza once años antes, viribus et armis, asolando el país y llevándose cincuenta mil reales como botín de guerra. Y luego siguió: «¡Pero este Pepito, qué ruedas de molino se trae de Roma para comulgarnos! Listo eres, hijo; pero no afiles tanto, que te vemos la intención chancera. A Roma fuiste con ínfulas de sabio, que debía tragarse el mundo, y nos vuelves acá con juegos de cubilete para embaucar a estos pobres patanes. No nos creas más tontos de lo que somos, y si vas a Madrid llévate allá los chismes de titiritero, y ponte en las plazas a predicar toda esa monserga del Papa liberal y de la Iglesia metida con los ateos. Aquí somos brutos, y no entendemos de fililíes romanos ni de obeliscos, ni de cardenales que visten capita corta y calzón a la rodilla; pero tenemos los sesos en su sitio, y debajo del paño pardo guardamos el discernimiento español, que da quince y raya a todo lo de extranjis».

Respondí que no intentaba yo convencerle, (p.5975) porque él era como Dios le había hecho, un clérigo de caballería, de los que defienden el dogma a sablazo limpio. Contradiciéndole le puse tan desaforado y nervioso, que no hacía más que morder el cigarro, echar salivazos en el corro, y dar resoplidos como un flatulento a quien se le atraviesan en el buche los gases. Intervino Cuevas en la contienda con sus opiniones emolientes, y mi padre sacó todo el espíritu de conciliación que comúnmente usa, asegurando que no hay que tomar a chacota mis ideas, pues vengo yo de donde las guisan; que él no da ni quita liberalismo al Papa, pero que si éste se liberaliza, habrá de ser siempre moderado. Con esto y con llegar la hora en que a cada cual le llamaban las sopas de ajo de la cena, terminó la gran disputa. Era el desvaído rumor con que llegaba a mi rústico pueblo la grave cuestión que entonces inquietaba a todos los pensadores de Italia.

30 de Noviembre.- He aquí que mi hermano Agustín, el gallito de la familia, que desde Madrid dirige nuestros asuntos encaramado en su posición política, comunicó por carta felices nuevas de su valimiento en el Ministerio de la Gobernación, gracias al amparo que le dispensa el nuevo Ministro D. Luis Sartorius. Extranjero en mi patria, era la primera vez que oía yo tal nombre. Púsome en autos mi padre refiriéndome que este Sartorius es un mozo andaluz tan agudo y con tal don de simpatía que se lleva de calle a la gente joven. Ha brillado en el periodismo; plumeando en las columnas de El Heraldo se hizo fácilmente un nombre, y.. periodista te vean mis ojos, que ministro como tenerlo en la mano. Con sólo este breve informe me fue muy simpático el tal Sartorius, y me entraron ganas de conocerle. Añadía mi hermano en la carta que era llegada la ocasión de colocarme, toda vez que no había para mí, después del desengaño de mi viaje a Italia, mejor arrimo que el de la Administración Pública, sin perjuicio de aplicarme a cualquier carrerita de las que en Madrid están abiertas para todo muchacho que tenga alguna sal en el caletre. Quedó, pues, determinado que para (p.5976) no perder tan dichosa coyuntura partiese yo a la Corte sin dilación, llevándome toda la balumba de mis libros, los cuales habían de ser mi mejor ornamento, y mi garantía más segura de que no se me volvieran humo las esperanzas cortesanas.

1.º de Diciembre.- Mi buena y santa madre, mientras estibaba con delicado esmero en el baúl mi provisión de ropa, añadiendo no pocas prendas, obra reciente de sus hábiles manos, me dio estos consejos que así demostraban su cariño como su bendita inocencia: «Hijo mío, vas a un pueblo muy grande, donde todo cuidado será poco para precaverte de los peligros que te cercaran. Mas tú eres bueno, y tu alma paréceme que está cerrada a piedra y barro para las malas tentaciones. Pero Madrid no es Roma; en la ciudad que llaman Eterna, creo yo que no habrás visto más que ejemplos de virtud y buenas costumbres, pues otra cosa no puede ser viviendo entre tantísimo sacerdote y personas consagradas al servicio de Dios. Madrid no es lo mismo, y los ejemplos que allí encuentres serán de corrupción y escándalo, así en mujeres como en hombres. Te recomiendo y encargo, hijo mío, que contra las innumerables incitaciones al pecado que has de sentir, ver y escuchar, te fortalezcas con el temor de Dios y con el recuerdo de las virtudes que habrás observado siempre en tu familia. Y no insisto sobre punto tan delicado, pues, como dijo el otro, 'peor es meneallo'.. Yo confío en tu buen juicio y en la limpieza de tus pensamientos». Respondile muy conmovido que ya cavilaba yo en la manera de sortear esos peligros, pues conocía bastante la sociedad para distinguir el bien del mal; y que el refrán a Roma por todo quiere decir que allá van los hombres a enterarse de cuanto en lo humano existe, y a doctorarse en la ciencia del mundo como en todas las ciencias.

«Bien, hijo mío -dijo entonces mi madre con dulce conformidad-. Pero hay otro peligro en el cual quiero que fijes tu atención, y es que en Madrid abundan los envidiosos; y como tú despuntas por una capacidad y sabidurías tan extraordinarias, no dejarán de caer sobre ti (p.5977) las malas voluntades y peores lenguas para cerrarte los caminos de la gloria. Mucho cuidado con esto, Pepe mío. No hagas alardes de ciencia, y tus razones te acrediten más de modesto que de jactancioso, para que la envidia tenga menos abrazaderas por donde cogerte.. Verdad que casi está de más este consejo, pues de Roma has vuelto ocultando tu ciencia más que ostentándola sin ton ni son, como hacías cuando fuiste. Ya no te pones a recitar la retahíla de cánones y decretales; ya no hablas de la Summa de Santo Tomás ni de lo que escribieron Aristóteles y Belarmino; ya no nos hablas en griego para mayor claridad; y como no puedo pensar que sabes ahora menos, pienso que eres más precavido y mejor guardador de tu ciencia, a fin de no dar resquemores a la envidia y vivir en paz con tanto majadero.

-Algo hay de eso, señora madre -repliqué yo-; pero el principal motivo de mi reserva del saber es que ahora sé mucho más que antes, y cuanto más se sabe más se ignora, y más miedo tenemos de incurrir en el error que de continuo nos acecha. Estudiando y aprendiendo he llegado a medir la extensión de lo que aún no ha entrado en mi entendimiento, y sabiendo cada día más voy hacia el término a que llegó el gran filósofo que dijo: 'Sólo sé que no sé nada.' Vea usted por qué parece que sé menos sabiendo más. No compare usted, señora madre, la ciencia de un niño con la de un hombre».

Muy complacida de mi explicación, añadió este último consejo, dándome a entender con su sonrisa que lo estimaba por muy práctico: «No te cuides, hijo de mi alma, de lucirte entre los necios, cuyo aplauso para nada ha de servirte, ni de enseñar a los ignorantes, ni de desasnar a los torpes. Para divertir y admirar a cuatro gansos no has estado tú quemándote las cejas desde que eras tamaño así. Toda Sigüenza sabe que prontitud como la tuya para el conocimiento no se ha visto jamás, pues aún estabas mamando y las primeras voces que dabas rompiendo a hablar parecía que eran en latín.. Digo que te contengas, y que guardes toda tu ciencia para las buenas ocasiones, (p.5978) desembuchándola como un torrente cuando te halles en presencia de personas que sepan apreciarla, pongo por caso, el señor De Sartorius, que dicen es tan sagaz y tan buen catador de los talentos. Tengo por indudable que le deslumbrarás, y el hombre no sabrá qué hacer contigo.. Para mí, y como si lo estuviera viendo, es seguro que te pondrá en alguna de las grandes bibliotecas que hay allá, o en la mismísima Gaceta, para que escribas todo lo que se ordena, manda y dispone, y hasta lo que la Reina le dice a las Cortes, o a otros Reyes, o al mismo Papa».

Encantado de su sancta simplicitas y estimando ésta como un bien muy grande, corona de las virtudes de mi madre en su patriarcal vejez, corroboré aquellas ideas, y para fortalecer su inocencia hermosa me fingí convencido de que Madrid y Sartorius me subirían a los cuernos de la luna. Lloraba la pobrecita oyéndome, y yo, traspasado de pena, hice mental juramento de conservar siempre a mi madre en aquel ideal ensueño que aseguraba la felicidad de sus últimos días.

Partí aquella noche en el coche correo.

 

Ep-31-VII -

14 de enero del 48.- Carguen con Madrid y su vecindario todos los demonios, y permita Dios que sobre esta villa, emporio de la confusión y maestra de los enredos, caigan todas las plagas faraónicas y algunas más. Rayos arroje el Cielo contra Madrid, pestes la tierra, y queden pronto hechas polvo casas y personas. Hágase luego gigante el enano Manzanares, para que con revueltas aguas borre hasta el último vestigio de la capital, y quede el suelo de ésta convertido en inmenso charco donde se establezca un pueblo de ranas que cante noche y día el himno de la garrulería..

No tuvo la Villa y Corte mis simpatías cuando en ella entré: pareciome un hormiguero, sus calles, estrechas y sucias; su gente, bulliciosa, entrometida y charlatana; los señores, ignorantes; el pueblo, desmandado; las casas, feísimas y con olor de pobreza. Pero no proviene de esto el odio que hoy siento, sino de positivas desdichas que en esta Babilonia de cuarta clase me ocurrieron a poco (p.5979) de mi llegada. Dos familias, la de mi hermano Agustín y la de mi hermano Gregorio, se disputaron desde el primer momento la honra de albergarme, y ésta tiraba de mí por un brazo, aquélla por otro, y en poco estuvo que me descuartizaran. De una parte a otra iban mis baúles y maletas. Por la mañana se decidía que mi casa fuera la de Gregorio; por la tarde venía la mujer de Agustín, cargaba con mi ropa, y era forzoso meterlo todo a puñados en los baúles. Tres días estuve de mazo en calabazo, comiendo en una casa, cenando en otra, y a lo mejor me hallaba sin corbata, que se había quedado allá, o me faltaba la levita, el sombrero, los guantes.. Y cuando tras tantas fatigas, triunfante Gregorio, me vi definitivamente instalado en casa de éste, ¡oh inmensa desventura!, eché de ver que en los trasiegos de mi persona y de mis cosas entre una y otra vivienda, se había perdido el manuscrito de mis Memorias, todo lo que escribí desde Vinaroz a Sigüenza, mi vida en Italia.. ¿Hay mayor desdicha, ni más estúpido contratiempo? En vano lo he buscado en las dos casas, preguntando a los aturdidos amos y a las cerriles criadas. Nadie lo ha visto, nadie da razón de aquellas hojas en que vertí la verdad de mis sentimientos y los secretos más graves.. Y la idea de que mis apuntes hayan ido a parar a indiscretas manos me vuelve loco. ¡Escriba usted confesiones con el fin de deleitar e instruir a la juventud, ponga usted en ellas toda su alma, para que caigan en manos de un zafio que haga de ellas chacota, o de una maritornes que las emplee para encender la lumbre!

Aunque las diversas personas a quienes pregunté por mis papeles me negaban con notoria ingenuidad haberlos visto, yo sospechaba de mi cuñada, la mujer de Agustín, sin que pudiera decir en qué fundaba mi sospecha, pues con la mayor serenidad me ayudaba a buscar el tesoro perdido y lamentábase con desconsuelo verdadero o falso de la inutilidad de mis investigaciones. Y hoy, cuando ya he perdido la esperanza de recobrar mi tesoro, persisto en creer que ella lo guarda como un feliz hallazgo, sin duda (p.5980) con la idea de variar los nombres de personas, alterar algún incidente y publicarlo como novela de su invención. Porque ha de saberse que mi cuñada Sofía es lo que llamamos politicómona, con sus perfiles de literata, pues aunque alardea modestamente de no escribir, presume de buen gusto y promulga juicios sentenciosos sobre toda obra poética o narrativa que cae en sus manos. Comúnmente le sorbe los sesos la batalladora política más que las pacíficas letras, y toda la mañana la veis en su cuarto, con bata encarnada y una cofia en la cabeza, devorando periódicos. ¡Y la casa sin barrer! ¡Y la señora no se peina hasta media tarde!

Permitid que me ensañe en ella, pues le tengo odio y mala voluntad desde que se me metió en la cabeza que es ladrona de mi manuscrito. Si mi hermano la supera en discreción, ella le gana en edad; no tiene hijos, pero sí un bigotillo con más lozano vello que el que a su sexo corresponde. Por las mañanas, a la hora en que se halla en todo el furor de su loco entretenimiento, las greñas se le salen por debajo de la cofia, las uñas guardan todavía luto y las manos le huelen a tinta de periódico; su gordura fofa se escapa por uno y otro lado, evadiéndose del presidio de un destartalado corsé, cuyas ballenas no son más que un andamiaje en ruinas.

Y también digo que a zalamera y engañadora no le gana nadie. Se precia de quererme mucho y de tratarme como a un hijo. Me riñe con suavidad cariñosa, si es menester, y me colma de elogios cuando a su parecer lo merezco. Ella fue quien me notificó, a los ocho días de mi llegada, mi nombramiento para una plaza en la Gaceta. Éste era el veni vidi vici, y pocos podrían alabarse de tanta prontitud en el logro de sus esperanzas. «Como ahora no se nos niega nada -me dijo azotándome la cara con el número de El Clamor-, te hemos sacado ese destinito con ocho mil reales, que no es mal principio de carrera. Luego se verá. Me ha dicho Agustín que no tendrás nada que hacer en la Gaceta, y que te recomendará al director para que te perdone la asistencia a la oficina los más de los (p.5981) días». A ella y a mi hermano di las gracias, añadiendo que no me conformo con tan denigrante ociosidad; que pediría trabajo, si no me lo diesen, para devolver a la Nación en honrado servicio la pitanza modesta que pone en mi boca. Y éste no fue ciertamente un vano propósito, pues al tomar posesión de mi destino hube de protestar contra la holganza, a lo que me contestó el director, hombre amabilísimo, y el más zalamero, creo yo, que existe en el mundo: «Ya sé por su hermano que es usted un prodigio de talento y erudición. Sería imperdonable que por exigirle a usted la debida puntualidad en esta oficina, le apartara yo de sus profundos estudios, privándole de consagrar las más de sus horas a revolver libros y compulsar códices en las bibliotecas públicas». Creía, en conciencia, servir al Estado y al país declarándome vagabundo erudito. Afortunadamente, la Gaceta tenía personal de sobra, y muchos iban allí a escribir comedias o a componer sonetos de pie forzado. No insistí. ¡Delicioso jefe, fantástica oficina, sabrosa y dulce nómina!

12 de Enero.- En cuanto llegó a Sigüenza la noticia de mi nombramiento, me escribió mi buena madre vertiendo en las cláusulas de su epístola todo el cariño y la inocencia de su alma seráfica. Conocía yo la magnitud de su alborozo por el temblor de su nada correcta escritura. Todo había resultado tal como ella lo pensara: llegar yo un viernes a Madrid, y al siguiente viernes, ¡pum!, el destino. Estas brevas no caen más que para los hombres escogidos, en cuyas molleras ha puesto el divino Criador toda su sal y pimienta.. Ya le había contado a ella un pajarito que el Sr. Sartorius me recibió poco menos que con palio, y que yo me puse muy colorado con las alabanzas que tanto el señor Ministro como los otros señores presentes habían echado por aquellas bocas.. «Nadie me ha dicho esto -añadía con candorosa persuasión-, pero lo sé. No puede haber sucedido de otro modo.. Al mandarte a la Gaceta, claro es que se ha fijado Su Excelencia en que el desempeño de aquellas plazas exige las cabezas mejores, (p.5982) y allá vas tú para poner en buena consonancia de frase todo lo del Procomún y demás cosas que en tales hojas se estampan. Ya, ya saben esos señores a qué árbol se arriman.. Te recomiendo, hijo mío, que no trabajes demasiado. Ya estoy viendo que muchos de tus compañeros se aliviarán de su faena recargando la tuya, fiados en que para tu entendimiento grandísimo son juguete de chico las dificultades que a ellos les agobian. No seas tan bonachón como sueles, ni tengas lástima de holgazanes y torpes, que de esos se compone, según me dicen, la turbamulta de las oficinas.. Por aquí se corre que has empezado a escribir una magnífica obra sobre el Papado y.. no sé qué otras cosas, la cual no tendrá menos de quince tomos. Date prisa, no vaya yo a morirme sin poder leer aunque sea sólo el título. Dime si es verdad esto, y cuántos pliegos llevas escritos ya.. Adiós, Pepe mío: cuídate mucho, abrígate, y que en esos trajines no se te olvide la obligación de tus oraciones de mañana y noche. Siempre que puedas, oye misa toditos los días. Yo no ceso de pedir al Señor que te ilumine y no te deje de su mano. Recibe todos los pensamientos, el alma toda, y la bendición de tu madre. -Librada».

En mi contestación, todas las ternezas me parecieron pocas, y poniendo especial cuidado en no ajar sus ilusiones, le dije cuanto pudiera conservarla en aquel sonrosado cielo donde su espíritu encontraba la felicidad. Su vida era un dulce sueño. Antes muriera yo que despertarla.

28 de Enero.- Dejo pasar muchas noches sin añadir una línea a la Segunda Parte de mis Memorias, porque el desconsuelo de haber perdido la Primera enfría mis entusiasmos de cronista y biógrafo, llenándome de crueles dudas respecto al futuro destino de lo que escribo. ¿Quién me asegura que mis confidencias salvarán el largo espacio que desde la hora presente de mi vida se extiende hasta el reino oscuro de lo que llamamos Posteridad, la vida y sucesos de los que aún no han nacido o están todavía mamando? Para que estos renglones lleguen a su destino, hago firme propósito de (p.5983) resguardarlos de curiosas miradas, y de trazarles un caminito subterráneo por donde lleguen salvos a manos de un discreto historiador del próximo siglo, que los acoja, los ordene y utilice de ellos lo que bien le parezca.

Voy a contarte ahora, oh tú, mi futuro compilador, la vida y milagros de mi hermano Gregorio, con quien vivo, y verás que, si por el talle y rostro se distingue de mi hermano Agustín, mayor diferencia has de encontrar entre uno y otro por los hábitos, gustos y ambiciones. El primogénito es alto, airoso, elegante, de seductor trato, y cifra toda su existencia presente y futura en la política; Gregorio es de mediana estatura, achaparrado, de mal color, aunque de complexión recia; y desengañado de la poca sustancia que se saca del trajín de la cosa pública, adulando a poderosos sin ningún valor, o sentando plaza en el bullicioso escuadrón de majaderos o malvados, ha querido llevar su existencia por mejores rumbos.

Si diferentes son mis buenos hermanos, mayor desemejanza hay entre sus respectivas mujeres, pues la de Gregorio no es politicastra, ni bigotuda, ni gordinflona, sino muy bella y elegante, aunque, dicho sea en secreto, un poquito retocada con sutiles afeites; sabe cumplir con su casa y con la sociedad, gobernando muy bien la primera, y atendiendo a las buenas relaciones, tan necesarias al género de vida que hoy lleva su activo esposo. Si Sofía estanca a su marido en la charca pantanosa del politiqueo, Segismunda dirige los pasos del suyo por caminos penosos y difíciles, pero de sólido piso, y que pueden conducir a las zonas más fructíferas de la existencia. A poco de tratar a esta segunda cuñada mía, la tuve por mujer de entendimiento y de voluntad firme. En vez de afligirse ante las necesidades, busca medios seguros de atender a ellas, y mirando al porvenir tanto como al presente, fijo el pensamiento en sus dos hijos y en los que aún pudiera tener, lanza valerosa y cruelmente a su marido a un trabajo rudo, no de gabinete, sino de actividad febril, mañana, tarde y noche, por las anchuras y estrecheces de (p.5984) Madrid.

Y ella por su lado y en su femenil esfera, trabaja también ayudando al hombre, suavizándole asperezas o allanándole obstáculos. Viste bien, recibe y paga visitas, aparenta holgada posición, no deja traslucir al exterior las ascéticas economías que practica en su vivienda. Sonríe cuando por dentro le andan terribles procesiones; en su pintado rostro bonito se revela la mujer audaz y codiciosa que desea la buena vida para sí y para los suyos, y sabiendo dónde lo hay, pone en juego todos los recursos para traerlo a casa. Anda el pobre Gregorio todo el día como un azacán, y a marcadas horas recibe mucha gente en su despacho: señores y aun damas entran y salen sin cesar. Algunos días veo traslucir el contento tras de la fatiga: los negocios van bien, y el hombre saca de su cansancio nuevas fuerzas para seguir en tan terrible zarandeo. Ama tiernamente a su mujer, que ha sido, según puedo colegir, su musa, su Minerva, y ella también le ama, viéndole realizar con gallardo tesón cuantos pensamientos ha sabido sugerirle.

Una tarde que estaba yo en el comedor jugando con los chiquillos, Segismunda se lamentaba de que Gregorio no hubiera tenido aquel día un rato libre para comer con sosiego. «Pero no hay más remedio -me dijo-, y en este vértigo hemos de vivir hasta que llegue el descanso. Seremos ricos, Pepe, tú lo has de ver, y nuestra posición desahogada la debemos a nosotros mismos, es decir, Gregorio me la debe a mí.. Te contaré: al año de casarme vi yo bien clarito que lo de la política es una guasa indecente. Tres meses o seis con un mezquino sueldo, y luego cesantías largas, angustiosas. 'Esto no puede ser, me dije yo, y buen tonto será el que lo sufra'. Gregorio no tenía las necesarias agallas para lanzarse a los negocios; yo discurría por él; concluimos por discurrir los dos, y al fin, el hombre se penetró bien de mis ideas, y.. ¡a trabajar!.. ¡Qué comienzos tan penosos, hijo! Yo me consumía, y Gregorio se despernaba. Pero al fin empezó la suerte a ponerse a nuestro lado. Cuando él quería (p.5985) achicarse, yo me engrandecía, haciendo papeles superiores a nuestros medios. Esto precisamente, la figuración bien sostenida, nos acrecentaba la buena suerte, y al fin, ya ves.. vamos prosperando, y ya no hay desaliento, sino esperanza: los asuntos marchan a pedir de boca..».

Aquí cerró el pico. Más poderosa mi discreción que mi curiosidad, no me atreví a pedirle explicación clara de tan estupenda granjería.

 

Ep-31-VIII -

6 de Febrero.- Debo consagrar una de estas hojas, o un par de ellas, a las reuniones que da cada martes y cada viernes mi cuñada Sofía, bajo un régimen de confianza que excluye toda etiqueta enfadosa, y que tiene por norma: amenidad, buen gusto y versificación. Suelen concurrir los compañeros de oficina de mi hermano, con señora y niñas el que las tiene. De hombres importantes no he visto a ninguno de los que hoy dan que hacer a la fama. Ni Pastor Díaz, ni Donoso, ni González Brabo, han pisado hasta hoy aquellos salones. De literatos he visto a Rubí, sólo una noche, y varias a Navarrete, a Larrañaga, Antonio Flores, Ariza y el gracioso Villergas. Con arte y rigores de corsé consigue Sofía meter en cintura su deslavazado cuerpo y tener a raya las exuberancias que por las mañanas hemos visto salidas de madre. Esto, y el esmerado lavatorio de sus manos y pescuezo, y la compostura de la carátula, con algún retoque de colorete y abundantes polvos, le dan cierta dignidad majestuosa, que ella sabe realzar con su trato fino y amable. Es justo decir que en sociedad tiene Sofía el tacto de olvidar sus mañas de marisabidilla, evitando así la ridiculez que caería seguramente sobre ella. Limítase a exigir de los jóvenes concurrentes que lean versos tristes o declamen alguna llorona leyenda en prosa sobre asunto caballeresco. Alaba desmesuradamente toda poesía de moco y baba, o narración fatídica, vaticinando a sus autores que eclipsarán las glorias de Zorrilla o de Tula (con este familiar laconismo suele designar a la señora Avellaneda) , y luego toca la vez a las señoritas de piano y solfa: rara es la noche que no tenemos (p.5986) Fantasía sobre motivos.. y Cavatina de Beatrice di Tenda o de María di Rudenz.

Pero nada me divierte tanto a mí como el rincón de personas serias que dignifica la tertulia de mi hermano, cotarro que tiene su asiento en un gabinetillo próximo a la sala, y del cual son figuras principales D. José del Milagro, Ferrer del Río, D. Gabino Tejado, un muchacho muy listo llamado Santa Ana, un viejo de la tanda del año 23, llamado Muñoz; un D. Basilio Andrés de la Caña, a quien solemos llamar el sesudo por la gravedad de sus juicios, y otros cuyos nombres no recuerdo ahora. Ante aquel discreto senado quiere Agustín hacer gala de suficiencia, y de hallarse muy al tanto de las ideas que en la actualidad agitan a los pensadores europeos, y como la idea del día es el liberalismo papal y la filosofía histórica de Gioberti y de Balbo, viene a mí por las tardes, un poquito antes de comer, a pedirme que en cuatro palotadas le dé una tintura de estas sabias doctrinas. No me cuesta trabajo complacerle. Llega la hora de la tertulia y cae mi hermano en el corro de las personas serias como un pedrisco de erudición. La lección que le di, y que lleva pegada con saliva, se produce en deshilvanados conceptos que van saliendo en tropel de la memoria, como avecillas prisioneras a las que se abre la jaula.

Sin dejar meter baza a nadie, Agustín desembucha: «Según expone Gioberti en su Primato, el redentor, el jefe, el príncipe de la nación italiana, en la esfera del pensamiento, debe ser el Papa, cabeza visible de la Iglesia católica..». «Tengan ustedes por cierto que se formará una confederación o liga de todos los pueblos y soberanos de Italia bajo la presidencia del gran Pío IX». Y recordando luego, no sin fatigas, lo más intrincado y sutil de la lección, dice: «Contra dos elementos tiene que luchar Gioberti para implantar su tesis. El primero es el filosofismo que niega la revelación cristiana, y por eso veis que truena contra Descartes y toda la tropa de filósofos alemanes. El segundo elemento enemigo es la intransigencia de los que niegan la libertad, la ciencia y (p.5987) el progreso humano, y por eso le veis revolverse contra los jesuitas. Entre la filosofía racionalista y la intolerancia inquisitorial está el término prudente y conciliador en que ha de fundarse la sana doctrina de la Libertad por el Pontificado, término que nuestro autor explana admirablemente en su Introducción al estudio de la filosofía..». Y cuando a mi hermano se le acaba la cuerda, van entrando en juego los demás, cada cual con su tesis, y oímos opiniones muy originales. Ninguno me hace tanta gracia como el sesudo, que luce su marrullero escepticismo cerrando las discusiones, al fin de la tertulia, con esta frase: «Y por último, señores, que lo veamos, que lo veamos.. Yo voy más allá que Santo Tomás, y digo: ¿Papa liberal? Cuando lo vea.. no lo creeré».

8 de Febrero.- Palabras sueltas que al vuelo cogí de un reservado coloquio entre Agustín y el sesudo, algo más que oí en el café de los Dos Amigos, arrojaron súbita y esplendente luz sobre la misteriosa granjería del hermano con quien vivo. Yo no sabía nada, y todo de improviso lo supe, penetrando con mirada sintética en la negra y pavorosa mina que explota Gregorio. Allí le ve mi pensamiento arrancando en mal alumbradas cavernas el rico filón, bajo el látigo de su esposa inflexible, y me tiemblan las carnes sintiéndome tan cerca de la región de dolor y tinieblas. Consisten estos negocios en agenciar préstamos con usura, sencillísimo y elemental arbitrio en todo país pobre, donde se disputan la vida dos fuerzas negativas: la holganza y la vanidad.

Al desilusionarse de la política, ocupose mi bendito hermano en la colocación de pequeñas cantidades a rédito subidísimo; no tardó en tomar el gusto a la carne, y poniéndose en relación con personas adineradas, trabajó en los préstamos con tal celo, finura de trato, y con tan escrupulosa puntualidad y honradez, relativa si se quiere, que en corto tiempo tuvo una clientela formidable de necesitados, y otra no menos fuerte de poderosos que sin quemarse las pestañas querían aumentar su peculio.. En la red que Gregorio tiende han venido a caer (p.5988) propietarios y labradores de poco seso, señoritos de familia ilustre, que liquidan el pasado histórico entregando sus vestigios a una mesocracia insaciable; industriales y mercaderes demasiado atrevidos viudas y huérfanos predestinados a la mendicidad, y otros infelices a quienes habría que calificar entre la necedad y la locura, o en ambas a la vez.

A la fecha en que esto escribo, y trayendo a la memoria dichos y hechos del que antes no comprendía y ahora sí, tengo por cierto que mi hermano, sin dejar el manejo de capitales de incógnitos vampiros, opera también con dinero propio, ganado en tres años de jugadas pingües. Ahora me explico el sentido de un diálogo breve, a medias palabras, que oí a Segismunda y Gregorio a los pocos días de mi llegada. Mi hermano, cuyo corazón y buenos sentimientos no han acabado de atrofiarse, suele tener reblandecimientos de la voluntad, remusguillos de compasión. Si le dejara su mujer, alguna de sus víctimas le vería desmayar en el rigor usurario. Pero así como el intrépido caudillo, al ver los primeros síntomas de cobardía o desmoralización en el soldado, cae sobre él y a empujones o sablazos le endereza, le vigoriza y le restituye a la disciplina y al honor, del mismo modo la fiera Segismunda, de acerado temple, cae sobre el tímido logrero, y con iracundas voces le pone ante la vista el porvenir de sus niños nacidos y por nacer, engendrados y por engendrar; le pinta con brillantes colores el desquiciamiento que puede sobrevenir en la familia con tales flaquezas, y asienta dos grandes principios: que la suprema caridad es la que sobre nosotros mismos ejercemos, y que el verdadero prójimo es la familia; todos los demás prójimos son fraudulentos, apócrifos y mixtificados.

Mutatis mutandis, acabó diciéndole: «¿A qué vienen esas blanduras sabiendo que nadie las tendría contigo si en igual caso te vieras? Bueno que se dé una limosna o se haga un favor; pero siempre que no nos perjudiquemos, porque si ahora te enterneces, todos querrán lo mismo, y adiós tu negocio y nuestro porvenir. Ya (p.5989) te he dicho que el mundo que habitamos es como un gran campo de batalla, en que todos luchan por el pan, por la vida. Entre tantos que aquí combatimos, hay cobardes y menguados de una parte, valientes de otra. Aquéllos se contentan con un pedazo de pan: dignos de la victoria son los que van tras el pan de hoy y el de mañana, tras el bienestar, las comodidades y todo lo que constituye el decoro de nuestra existencia. El tesón ennoblece; la sensiblería degrada. ¿Qué vale más, comer o ser comido? Hay que optar entre estos dos papeles: el del cocinero, o el del pobre animal que cae en la cazuela». Esto dijo, y yo, sin variar a sus ideas ni un ápice, condimento la frase para quitarle su bárbara crudeza.

Esta tarde se reprodujo la cuestión que acabo de referir, y los términos del diálogo fueron aún más vivos. Oí desde mi cuarto el rumor de la disputa, y pasado un gran rato, cuando me llamaron a la mesa, vi a Segismunda que acababa de engalanarse para ir al teatro después de la comida; contemplé su belleza y la expresión dura de su rostro, que parecía verdaderamente trágico cuando mostraba de perfil sus líneas helénicas; me pareció una euménide, o la propia cabeza de Medusa con serpientes por cabellos.

16 de Febrero.- Ved aquí la lista de mis amigos: Bruno Carrasco, más joven que yo, aficionadísimo a Historia y Literatura, que encuentra en mí una viviente enciclopedia, y no me deja a sol ni a sombra; Donato Sarmiento, sobrino de mi cuñada Sofía, buen chico, ávido siempre de pasatiempos y muy descuidado en el estudio; Pascual Uhagón, bilbaíno, que estudia para ingeniero; un hermano de Segismunda, que se llama Leovigildo (en esa familia todos llevan nombres germánicos) ; un Bringas, un Pez, un Caballero, un Trujillo, un Arnáiz, un Moreno Isla, un Trastamara, un Aransis, y otros que irán saliendo en el curso de estas Memorias. Inmensamente vario es el jardín de mis amistades, y yo me trato con muchachos de todas las jerarquías. La confusión de clases, característica de España, tiene su principal fundamento en la fraternidad de las (p.5990) generaciones tiernas. Amigos tengo de familias del comercio, de familias vinculadas en la Administración Pública, de familias aristocráticas. Ricos y pobres alternan conmigo, y tontos y discretos; jóvenes estudiosos, de gran porvenir, y zotes que no sirven para nada. En mis preferencias no brilla una lógica sana: es común verme a distancia de los chicos aplicados, que como yo devoraron muchos libros; algunos que presumen de sabios porque ganaron laureles en las aulas, me son antipáticos; otros que hacen vida irregular y nocturna, con gracioso desenfado de galanes de comedia, me atraen y seducen; los hay reservaditos y juiciosos, aspirantes a empleados o catedráticos, que a mí se me sientan en la boca del estómago. Me agradan más los que brillan con luces naturales que los que las han adquirido en forzados estudios, y ejercen mayor influencia sobre mí los aristócratas, a quienes me gusta imitar, seducido por el no sé qué de sus modales y de su conducta.

Gracias a Segismunda, que con toda su dureza de euménide es una gran administradora y cuida de vestirme y engalanarme dignamente, poseo un fraquecito azul con botón dorado, obra de un buen sastre, y todas las demás prendas accesorias. Hablando con la Posteridad, que está tan lejos y no puede ni contradecirme ni burlarse de mí, me atrevo a consignar que mi figura es buena, que no desagrado al bello sexo.. que algunos me toman por diplomático, y otros me lo llaman en broma sin saber que la cuchufleta encierra un elogio. Mis amigos me cuentan maravillas de los bailes de máscaras en Villahermosa, y yo, que no he podido asistir a ninguno por carecer de ropa elegante, ahora que la tengo no veo las santas horas de meter mis narices en aquella diversión, pues entiendo que el juego de máscaras es cifra de la poesía social.

 

Ep-31-IX -

18 de Febrero.- ¡Ay, ay, ay!.. Esto no es quejido lastimero, sino el lenguaje del asombro y confusión que desde anoche llevo en mi alma, sin que haya podido atenuarlos con el sueño matutino ni con el paseo de la tarde. ¿Estoy (p.5991) demente, o qué me pasa? De veras digo que si llevaran rótulo los capítulos o tratados de estas Confesiones, el presente debía ser encabezado así: De la singular y nunca imaginada aventura que le salió al caballero Fajardo en el baile de Villahermosa con el inaudito encuentro de una misteriosa máscara.

Las diez serían cuando Aransis, Donato, Bringas y yo subíamos por la escalera de Villahermosa, que, con tener espacio y anchuras grandes, le venía muy corta al tropel de personas, con careta o sin ella, que intentábamos franquearla. En la puerta que abría paso a la antesala y guardarropa, las apreturas de la multitud impaciente producían gemidos de asfixia, alguna imprecación seca, y desperfectos de ropa, principalmente en las delgadas telas de algunos disfraces. Entramos al fin: nos despedimos de nuestros abrigos con cierta desconfianza de volver a ponérnoslos, y nos lanzamos en el barullo ardiente, revoltijo de mil colores, ondulaciones de cuerpos que parecen nadar en el líquido tibio y perfumado de una redoma.. Tal fue mi aturdimiento en los primeros instantes, que tardé en sentirme gozoso. Se me iba la cabeza, no sabía para dónde volverme: mis amigos se reían de verme tan provinciano, y me llevaban de un lado para otro, señalándome las máscaras bonitas, las extravagantes, las que tenían cariz y sello aristocráticos. A la media hora de navegar en aquel océano, ya recobré la serenidad; había vencido el mareo: era un mediano navegante y me permitía dirigir la palabra a las mascaritas que junto a mí pasaban, o respondía sin cortedad a cuantas bromas venían dirigidas al grupo de mis amigos, reforzado con otros que allí se nos unieron.

Fuera de Aransis y Trujillo, que iban a tiro hecho, en amorosa connivencia con determinada mascarita, novia, compromiso, o sabe Dios qué, todos los de la partida íbamos a lo que saltara; algunos, con esperanzas de fáciles conquistas, cegados por la vanidad; los más, sin otro móvil que pasar agradablemente el tiempo, recogiendo una dulce impresión, alguna hoja (p.5992) desprendida de la flor del misterio. Y era yo ciertamente de los que menos podían esperar, porque escasos eran mis conocimientos en la Corte, y además carecía del arranque necesario para lanzarme en busca de la aventura si ésta no quería venir a mí. A medida que pasaba el tiempo sin la emergencia de un encuentro fatal, principio del enredo de amores (ilusión corriente en todo mozalbete) , iba creciendo mi timidez hasta llegar a una sosería que a mí mismo me daba de cara. A las doce empecé a creer que me aburría; a las doce y media confesé y reconocí mi soberano aburrimiento; y cerca de la una declaré que aquel inmenso hastío era incompatible con mi dignidad de caballero. Mi persona y mi facha, tan semejantes a las de un diplomático, naufragaban en un mar de ridiculez. Esto pensaba al filo de la una, y ya encariñándome iba con la resolución de marcharme, cuando el Cielo, que hasta en los bailes de máscaras cuida de organizar las tangencias de cosas y personas para que la armónica ley se cumpla, me puso ante dos máscaras.. Mejor será decir que el Cielo las trajo hacia mí, pues yo estaba quieto y como alelado, y ellas avanzaban con paso vivo, cual si me hubieran buscado y en aquel punto me encontraran.

Vestían traje popular italiano las dos mujeres, desiguales en estatura y empaque, y la más alta de ellas clavó en mí sus ojos.. Al través de los agujeros de la careta los vi, negros, fulgurantes, y temblé.. No me quedó gota de sangre en las venas cuando la máscara, tocándome en el hombro, no por cierto con suavidad, me dijo: «Sono Barberina..». Y sin darme tiempo a expresar mi admiración, me soltó una retahíla de apóstrofes italianos, de los que suelen usar las mujeres del pueblo en casos de pasión o de ira, dejándome absolutamente confuso, lelo y turulato.

¡Barberina! En el barullo mental a que me llevó tan gran sorpresa, vi en aquella mujer a la propia Barberina de Albano.. La seguí como un loco. Su estatura y talle, el aire, el andamento eran los mismos.. ¡Pues digo, los ojos..! La voz, aun con el disimulo de timbre que se (p.5993) imponen las máscaras, también me parecía la suya.. En italiano le hablé sin poder obtener más que la repetición de los dicterios, y cruelísimas apreciaciones de mi conducta. Siete un povero pazzo.. Vi sprezzo.. bruto villaco.. Avete obeditto al geloso pretaccio come un eunuco, come un cane.. Non sapete aprezzare l'amore d'una donna passionata..

Debió de durar poco en mí la persuasión de que me hablaba la Barberina de mi albanesa historia; pero duró, sí, un espacio de tiempo que ahora no puedo precisar, y mientras subsistió aquel engaño, díjele cuantas necedades se me ocurrieron en son de disculpa, y mezclando las explicaciones con el galanteo. Observé la autenticidad del traje de ciociara: podía jurar que era el mismo que Barberina guardaba en su arca y que se puso un día para que yo lo viese. En cambio, el vestido de la acompañante a la legua revelaba la confección casera y carnavalesca, hecho con retazos mal cortados y peor zurcidos para una noche. También advertí que la segunda máscara, con todas las trazas de criada o confidente, no pronunciaba una sílaba en lengua italiana. Barberina, que así tengo que llamarla, me permitió que la acompañase a dar una vuelta por los salones; pero se negó resueltamente a bailar. Yo no merecía, según ella, más que odio y desprecio. No me perdonaba mi abandono, y había venido a España con el solo propósito de vengarse. Fuérame, pues, preparando yo a recibir el golpe súbito de la más terrible vendetta que en dramas y novelas se ha visto.

Cuando a este punto de nuestro coloquio llegaba mi mascarita, ya se había disipado en mi mente el primer engaño, y la claridad envolvía mi aventura. Tan Barberina era ella como yo el Papa; era, sí, una dama o mujer.. no, no, dama sin duda, a cuyas manos por ignorados senderos había llegado el manuscrito de mis Confesiones de Italia. Lo había leído y quería embromarme con gracia. Díjele así: «Máscara de mis pecados, si no quieres que yo me vuelva loco, abandona la farsa ingeniosa de hacerte pasar por Barberina, y dime cómo y (p.5994) cuándo llegó a tu poder un manuscrito mío en que digo y cuento.. lo que sabes. Dos fines aparecen en mi existencia desde esta noche feliz amarte con pasión, con locura, con frenesí, y recobrar mis papeles. Te diré todo lo que ordenan los poetas: eres ya el ángel de mis sueños; muéstrame tu faz para que pueda adorar tu belleza». Rompió en sonoras risas, diciéndome en italiano inseguro que yo era tonto, y que así como soñaba con una belleza que no existía, soñaba también con un libro que no había sabido escribir.

«Ya es inútil que sostengas la farsa -le dije-. Ni tú eres romana, ni sabes de aquella lengua más que algunos dicharachos comunes. Tu linda boca te ha vendido dejando escapar frases en el castellano más correcto. Seamos amigos. ¿No quieres mi amor? Pues recíbelo como amistad, y descúbrete, o, sin descubrirte, dime dónde y en qué lugar debo recoger mi manuscrito».

Riendo con más gana, repitió dos o tres veces la frase morbosa del buen D. Matías, que me hizo un efecto terrible pronunciada en medio de la febril alegría del baile: Ho perso il boccino. Por fin, reducirla pude a que me hablara en castellano. Y oí de sus labios estas palabras dulces, afectuosas, como reprimenda de hermana mayor: «Eres un chiquillo inocente, y corres en el mundo inmenso peligro si no caes en manos piadosas que te guíen».

-«Pues sean esas manos las tuyas, máscara.. ¿Quieres que te llame hurí? Te llamaré mi ideal, mi sueño o el oriente de mi dicha.

-No empalagues con merengues poéticos.

-¿Te gusta la prosa?

-Sí, la prosa correcta y clara.

-Pues te amo, ¿es esto claro? Quítate la careta, y a renglón seguido.. te propondré casarme contigo.

-¡Ay, qué prisita! ¿Y si yo no aceptara?

-Al romper el alba me pegaría un tiro.

-Eso no.

-¿Para qué quiero vivir?

-Pues para seguir escribiendo las Confesiones.

-Dame la Primera Parte.

-No la tengo.

-Eso no es verdad.

-Cortada en pedacitos, fue convertida en papel para tirabuzones.

-Pues dame los papeles con pelo y todo, que si es tuyo me parecerá cabello de ángel.

-No, que (p.5995) empalaga..

-Tú tienes las Confesiones: devuélvemelas.

-No me da la gana.

-Te recompensaré poniéndote a ti en la Segunda Parte.

-Si tú me conocieras, yo te tendría miedo; pero soy un arcano para ti. Escribe todo lo que quieras de una máscara vestida de ciociara.

-Tú no eres italiana, pero has estado en Roma. Tú eres amiga de mi cuñada Sofía, de mi cuñada Segismunda.

-Sonsaca, sonsaca, pobre tonto.

-Tú eres persona principal..

-Principal con entresuelo: de modo que soy más alta de lo que creías.

-Yo he de conocerte. Revolveré la tierra por descubrirte, porque, ya lo habrás conocido, ardo.. ardo en amoroso incendio.

-No veo más que el humo.

-Yo me muero si ese maldito antifaz continúa ocultándome el sol.

-Más vale así: podría deslumbrarte.

-No veo más que tus ojos.. Déjame que los mire: en el fondo de esas pupilas negras como la noche, veo mi escritura, veo mis Confesiones. Tú me has leído. Divinos ojos, a vosotros pertenecí por algunos instantes, y mientras me leías, yo me paseaba por el alma que está tras de vosotros.

-Entraste en el alma como el burro que se mete en un jardín..

-Me comí una flor.. ¿No lo habías notado? ¿No echaste de menos alguna?

-Donde hay tantas, ¿qué significa una de menos?.. Dime: ¿qué estimas por lo mejor de tus Memorias?

-Lo de.. Juan Jacobo fu il libro e chi lo scrisse.

-No: lo más bonito es aquel pasaje tierno.. cuando el Cardenal te manda embarcar, escoltadito por la policía.

-La policía me empujó hacia España, y una mujer enmascarada me atraía, como el imán al acero.

-El imán era yo. Benditos seamos los imanes.

-Ya que no enseñas tu rostro ni me das el manuscrito, ¿querrás decirme la primera letra de tu nombre?

-Es la I.. Imán.

-Puede que en broma me hayas dicho la verdad. ¿De veras empieza con i?

-Pero ahora me acuerdo: es con h.. Hi..

-No será Higinia.

-Hombre, ¿y porque fuera Higinia habías de perder la ilusión?

-Ya que no quieres enseñarme toda la cara, descúbreme siquiera un poco de la barbilla.. el piquito de la boca.. Me está diciendo el corazón que debajito de (p.5996) él tienes un lunar.

-El lunar no está sino encimita. Pero no lo verás, a fe de Higinia.

-Pero ¿de veras es tu nombre?

-Sí, hombre; y para más señas te diré que soy de Puentedeume.

-Esa no cuela: tu acento es de purísima tierra castellana.

-Porque me he criado en Tordehúmos.

-¡Ay qué mentira más gorda!.. En fin, he llegado al último paroxismo de la desesperación. Sultana, yo te amo.

-Abencerraje, tu frenesí no llega a embriagarme. No toques más la guzla, y lárgate de mi lado.

-Serás responsable de mi fin tétrico.. Dame siquiera una esperanza. ¿Vendrás al baile del Domingo?

-Vendré con otro disfraz para que no me conozcas.

-¿Te veré en sociedad; sabré de ti? ¿No quedará pendiente esta noche un hilo, por donde yo pueda..?»

Ya iba a contestarme cuando avanzó hacia nuestro grupo una máscara procerosa, cubierta más que vestida con dominó negro guarnecido de picos verdes, horrorosa estantigua que hubo de parecerme funcionario de la Inquisición o del mismo Infierno cuando la vi gesticular ante mi desconocida y hablarle en tono displicente como de superior a inferior. «Sí, sí -dijo la que llamaré Barberina mientras no pueda darle otro nombre-: son las dos. ¡Qué tarde, Dios mío! Vámonos». Y el inexorable tagarote, que con descompuestos modos cortaba rudamente la interesante ansiedad de mi aventura, se permitió apartarme con un gesto poco urbano. Por los ademanes le entendía yo más que por las voces, pues hablaba una endemoniada lengua de mí jamás comprendida. ¡Vascuence, Señor! La confusión de idiomas dominante en mi aventura, bien pudo hacerme creer que estaba en la torre de Babel. Y otra cosa me confundía más. Aquel desaforado vestiglo que me arrebataba mi ilusión, ¿era criado, mayordomo, amigo o qué demonios era? Obedeciéronle las mascaritas, y sin volver la cabeza para mirarme, rompieron por entre la muchedumbre.

«¿Qué haces que no la sigues, tonto?» -me dijo Arnáiz, que en la última parte de mi aventura había cortejado a la máscara chica. Y viéndome como lelo, me (p.5997) sacudió con fuerte brazo. Estalló mi voluntad, lanzándome por el camino que ellas seguían, y me abrí paso a codazo limpio, guiado por la cabezota del vestiglo, que entre mil cabezas fluctuaba de salón en salón. «Se nos escaparán -dijo Arnáiz-, porque ellas no se detienen en el guardarropa y nosotros sí. Tendrán criados en la escalera que les darán los abrigos».

-Salgamos sin abrigos -dije sin apartar mi vista de la cabezota, que más parecía boya arrastrada por la resaca. Así lo hicimos, y al precipitarnos por la escalera, observamos que otro mascarón ponía sendos chales de cachemira sobre los hombros de nuestras damas, pues por tales sin ninguna duda las teníamos ya. En la calle nos escurrimos en su seguimiento, mientras iban en buca del coche, situado muy lejos, más allá del portal de Medinaceli. Las vimos subir a un carruaje anticuado, alquilón, de los más feos que nos han transmitido las generaciones pasadas, del cual tiraban dos caballotes angulosos, pero de bastante poder, que arrancaron veloces desempedrando el suelo por la calle del Prado arriba. Buscó Arnáiz un simón con idea de salir dando caza al armatoste; mas no lo halló tan pronto como fuera preciso. Emprender a la carrera la cacería habría sido inútil locura.. Y en esto, un polizonte se cuadró delante de nosotros y en tono socarrón nos dijo: «Caballeritos, vuélvanse al baile, y busquen allí otro enredo, que lo que es éste se les ha destripado». Pareciole a Arnáiz juicioso el consejo; a mí no, y en poco estuvo que lo contestara con un par de mojicones.

Volvimos a Villahermosa, donde vi que la diversión llegaba al período vertiginoso y candente: sentime agobiado por infinita tristeza, sin voluntad, sin resolución, y me entregué a un loco devaneo, arrastrado por mis alegres amigotes. Bailé, di vueltas como una peonza, perdí toda formalidad y discreción, salieron de mi boca cuantas garrulerías vanas pueden imaginarse. Para remate de fiesta, caímos a la hora última en el ambigú, y allí, prestándome a la imitación de lo que veía, metí en mi cuerpo todo el champagne que me (p.5998) ofrecieron, y me puse tan perdido, que renació en mí la erudición que con el tráfago vital se había ido desvaneciendo. Improvisé versos sáficos, imitando los de Anacreonte; canté el Amor en prosa poética, y el vino y los placeres; hablé en latín y en griego, y recité casi todo el Ultimo canto di Saffo, de Leopardi: Placida notte, e verecondo raggio-della cadente luna.. añadiendo en diversidad de lenguas extravagantes desatinos, que mis amigos aplaudían a rabiar. De día entré en mi casa, más triste que loco, y más enfermo que borracho.

 

Ep-31-X -

26 de Febrero.- Señora Posteridad, mi amiga y dueño: La turbación de mi ánimo en estos días me ha privado del gusto de escribir a usted. Ya comprenderá que no estoy para bromas después de la que me dio la máscara de negros ojos, y que bastante ocupación han tenido mis sesos devanándose a todas las horas para desentrañar aquel arcano, sin haber logrado hasta la presente la claridad que ansío.. Más de una vez he preguntado a mi cuñada Sofía si conoce a una dama llamada Higinia, y a todo el ardid capcioso con que trato de descubrir su pensamiento contesta con risotadas. La única adquisición que he podido hacer en esta mi contienda con lo desconocido es la certidumbre de que fue Sofía quien me robó mis Confesiones. No me lo ha dicho claramente; pero su familiar risa picaresca me declara el delito, al cual parece dar el carácter de travesura inocente.

Hoy está fuera de sí con las noticias que corren de una revolución en Francia. Cree Sofía que si las terribles nuevas se confirman, tendremos aquí grave trapatiesta, y cuando le digo yo que de ello me holgara mucho, se pone hecha un basilisco. «¿Te parece bien que ahora, por seguir aquí el ejemplo de Francia, se nos cuelen en el poder los progresistas, que después de tantos años de oposición deben de traer hambre atrasada? Pues como levanten la cabeza Olózaga y Don Juan y Medio, Sancho y Madoz, con toda la taifa nueva de los democratistas, ya podemos recoger los bártulos.. Bien dije yo que con este idilio del Papa liberal se habían (p.5999) trastornado los caletres de los políticos españoles. Vino Espartero de Inglaterra, y no supo D. Ramón qué hacer para festejarle. A Olózaga le levantan el destierro, y hasta le dan indulto al pícaro Godoy. ¿Qué resulta de estas blanduras? Que los progresistas no agradecen el favor, y que al calorcillo de tanta liberalidad la gusanera carlista o montemolinista revive, y ya tenemos a nuestras tropas dando caza a los Tristanys, a Tintoret de Igualada y al Tuerto de la Ratera.. Todo ello es por haber tomado en serio ese poema católico y político del Papado al frente del liberalismo, y de la unidad de Italia, que en rigor nos importa un comino.. Pues ahora, si se confirma el topetazo que anuncian de allende el Pirineo, no sé por dónde van a salir nuestros hombres públicos.. Las últimas noticias comunicadas por las torres telegráficas son que en París está el trono patas arriba, y que Luis Felipe salió con las manos en la cabeza..».

Respondí yo, para hacerla rabiar, que de todo lo que en Francia sucedía me alegraba, y que vería con gusto que, no ya los progresistas, sino los demócratas (que así se dice y no democratistas) , cogieran la sartén por el mango; que me quitaran mi destino, y que a los vagos como Agustín y otros les dejaran cesantes; que se decretara el socialismo y el comunismo y los falansterios, con lo cual quedábamos todos de un color, en el seno de la más perfecta igualdad. Quimerista y disputadora por naturaleza, tomaba muy a pechos mis desahogos, y queriendo defender la razón, el justo medio y el buen sentido, despotricaba más disparatadamente que yo. Sorprendidos por mi hemano en agria querella, suspendimos las hostilidades para oír las nuevas que traía. Éstas no podían ser peores. En Francia se había proclamado la República o andaban en ello. «Pero ¿qué hace Odilon Barrot? -decía mi cuñada, roja como un tomate-. Si nos saldrá también grilla, como Guizot y ese Thiers..». La cara de Agustín revelaba una gran consternación. ¿Qué iba a pasar aquí? Ya estaba viendo el tricornio del Duque entrando por la Puerta (p.6000) de Alcalá. ¡Y que vendría el hombre con pocas ganas de gresca!.. Sería forzoso apechugar de nuevo con la Milicia Nacional y soportar los desmanes de las turbas. «Ya en Francia no se dice las turbas -indicó Sofía-, sino las masas, nombre nuevo del populacho, y me parece que también por acá vamos a tener masas, que es lo único que nos faltaba». Dejéles comentando a su antojo los sucesos de París, y a mi casa me vine, donde encontré una carta de mi madre, que abrí con presteza para saborear el consuelo que siempre me trae el vivir ilusorio de la santa señora. Ved aquí el sabroso mentir de las estrellas:

«Pero ¿tan engolfado estás, hijo mío, en tu ciencia y en la lectura de impresos y manuscritos, y tan metido en el trajín de archivos y bibliotecas, que no te queda un rato para llegarte al convento de la Concepción Francisca, por otro nombre La Latina, y visitar a tu querida hermana, a quien no has visto desde que estás en la Corte? Aquí supiste que mi reverenda hija fue a las Concepcionistas Calzadas de Talavera acompañando a una señora monja enferma, de notable virtud y santidad, a quien recetaron los doctores aquellos aires. De Talavera pasó Catalina a Torrelaguna, siempre en compañía de la venerada religiosa, y ya la fienes en Madrid. No te disculpes con que no lo sabías, pues tu hermana me escribe que con mucho interés preguntó a Sofía por ti cuando ésta la visitó en el convento. Discúlpate con tus atracones de lectura, y te perdonaré, sí, te perdono, con tal que al recibo de ésta des de mano a los cánones y a las historias de romanos y griegos, y te vayas corriendo a ver a Catalina.

»El pajarito que me cuenta tus pasos me dice que renegaste de toda diversión en los malditos carnavales, huyendo del barullo de las llamadas máscaras, y prefiriendo el goce de tus libros a ese torbellino indecente de bailes y comilonas. Pequen otros todo lo que quieran emborrachándose y dando bromas, y consérvate tú en tu celestial pureza, dedicado a las ciencias de Dios. Sé también que si algún tiempo has robado a los estudios, ha sido para (p.6001) consagrarlo a devotos ejercicios en la iglesia.. Lo sé, y no venga tu modestia diciéndome que no.. No se me cocerá el pan hasta que me digas que has visto a tu hermana y me cuentes lo que habéis hablado, que ello ha de ser muy sustancioso y tocante a las cosas de tejas arriba. Porque por estas bajezas, hijo mío, todo es vanidad, mentira, y afanes inútiles que no conducen más que a la perdición. Me imagino que tratará de encaminarte por los senderos que pisabas cuando eras niño. Vuelve, vuelve, Pepe querido, a esos divinos campos. Haz caso de tu hermana que ya está en salvo, y quiere verte salvado con ella.. Me figuro también que por Catalina trabarás conocimiento con esa bendita monja, su compañera, de quien la fama refiere tales maravillas que hasta se susurra ya que hace alguno que otro milagro. Los hará muy sonados cuando menos se piense. Dará gusto oíros a los dos platicando de cosas divinas, pues la santidad y la ciencia frente a frente ya tendrán qué decirse. ¡Lástima que no pudieran escribirse por máquina o cosa tal vuestros coloquios, que ello habría de ser de gran enseñanza y edificación!

»Quedamos en que cuando recibas ésta, cogerás al instante tu sombrero y te irás al convento de La Latina, que entiendo está en la calle de Toledo, bajando a mano derecha, y en la portería llamarás, preguntando por Sor Catalina de los Desposorios, la cual debe de estar consumida por verte, y pedirá todos los días al Señor que encamine tus pasos hacia la Concepción Francisca. Espero tu carta dándome cuenta de la visita, y contenta de tu virtud, gozosa de tu piedad y aplicación constante, te manda su bendición tu amante madre. -Librada».

Mi primer impulso, bebiéndome las lágrimas que la carta me hizo derramar, fue coger la pluma, y responder a su soñador optimismo con el desengaño de la verdad.. Hubiera yo dicho, vaciando de golpe mi oprimida conciencia: «Señora madre, para mí no hay ya más cánones que los ojos negros de la misteriosa hembra que en el baile se me apareció dándome el nombre (p.6002) de Barberina; para mí no hay más estudio que el intrincado enigma de esa mujer, su calidad, su nombre; saber si es tan hermosa como al través del antifaz la imagina mi amor, y si la lectura de mis Confesiones de Italia despertó en ella un sentimiento que me haría más dichoso que poseer los tesoros de ciencia encerrados en todas las Enciclopedias y Antologías del mundo.. No piense mi madre que me seducen las muertas bellezas de los libros, goces ilusorios, que si fueron quizás verdaderos para quien los escribió, no lo son para quien los lee; busco mi ciencia en las páginas vivas, y en los textos que respiran y ríen y lloran, compilados en la gran biblioteca humana. Soy joven: no me pide el cuerpo una decrepitud prematura averiguando cosas que ya están averiguadas, o consumiéndome en medir y pesar la vida que otros tuvieron. Anhelo vivir..». Pero si yo le dijera esto.. ¡pobre madre! No: malo es engañarla; peor sería darle muerte.

27 de febrero.- Recogidos y alineados mis recuerdos, puestas en orden todas las piezas de la máquina cerebral para que no resulte desconcertado el grave relato de hoy, empiezo.. Pero ¿por dónde empiezo? Naturalmente, por mi entrada en La Latina, por las palabras que dije a la tornera, la cual me mandó esperar un ratito.. Yo no quitaba mis ojos de la reja, esperando a cada instante la conmovedora aparición del rostro de mi querida hermana. ¿La reconocería yo después de tanto tiempo? Habíanme dicho que de su singular belleza apenas quedaban reflejos pálidos. ¡Pobre Catalina! Yo niño y ella mujercita, había sido para mí la hermana predilecta, algo como una madre chica: yo la adoraba, y ella cifraba en mí todos sus amores. Tenía nueve años más que yo; me llevó mucho tiempo en brazos, y le serví de muñeca para sus juegos. Nunca he sabido por qué abrazó la vida religiosa. Ello fue determinación repentina, en pocos días tramitada. Más de una vez pregunté a mi madre por qué era monja Catalina, y me respondía lacónica y evasivamente que porque Dios así lo dispuso.. En aquel plantón que precedió a la visita, (p.6003) mi memoria refrescaba los días pasados en que mi hermana vivía con nosotros en Sigüenza y en Atienza; después hice mental cálculo de su edad: debía de estar ya en los treinta y dos cumplidos.

El súbito descorrer de la cortina me sacó de mis remembranzas; temblé, vi el rostro de mi hermana desvaído en las tinieblas como la imagen de un ensueño. «Gracias a Dios, hombre -fue lo primero que dijo-; gracias a Dios que te dejas ver». Se sentó junto a la reja, y llevándose a los ojos sus blancos dedos lloró un ratito. Dile las necesarias disculpas de mi tardanza, con no poca turbación, porque también a mí se me saltaron las lágrimas y no sabía qué decir. Serenados ambos, y hechos mis ojos a la oscuridad, observé a Catalina y no me parecía tan decaída su belleza como me habían dicho. Fuera del descuido de la dentadura, que afeaba un tanto la boca, no hallé su rostro descompuesto: su blancura era como el mármol, y sus negros ojos conservaban el encanto de otros tiempos. La voz se había hecho un poco gangosa y desapacible, por el hábito de hablar compungidamente. «Ya sé -dijo contestando a mis disculpas-, que te has lanzado al vivir como las mariposas a la luz; pero esto no hay que decírselo a madre, porque se moriría de pena. Como hermana mayor y como religiosa, yo tengo que advertirte los peligros que corres, Pepe. No trataré de renovar en ti una vocación que ya me parece ha volado para siempre; pero he de procurar que en ese remolino del mundo te trastornes lo menos posible, y que no te apartes demasiado de la ley de Dios..».

Le di gracias por su benevolencia, y luego prosiguió así: «Pero, hijo, has dado un cambiazo tan grande en tu carácter, que no conozco en ti al muchacho formalito, apocado y estudioso que dejé en casa cuando Dios me llamó a esta vida. Roma, que para otros es medicina y confortamiento del espíritu, para el tuyo ha debido de ser veneno, pues allí, como las serpientes mudan la piel, soltaste todas las virtudes y te vestiste de todos los vicios.. Y sabe Dios hasta dónde llegaste, hermano, que el pajarito que a mí me cuenta (p.6004) todo, no me habrá dicho sino una parte de la verdad.

-¿Qué te ha contado ese pícaro? -pregunté viéndola venir-; porque ya no dudo de que andan por ahí gorriones que van de oreja en oreja desacreditándome..

-No, lo que es el mío no me engaña. Pienso que se habrá quedado corto en contarme tu libertinaje de Roma. No quiero decirte los azotes que yo te hubiera dado si te cojo en el momento de descolgarte, con aquel par de mequetrefes, de los techos de San Apolinar.. Pues ¿qué te habría hecho si te veo entrar en la infernal caverna masónica?

-Querida hermana, tú has leído mis Confesiones..

-Yo no he leído nada. ¿Necesito yo leer para enterarme? Aquí sabemos todos los pasos buenos y malos de las personas que nos interesan.

-Entonces.. ¿Sofía te ha contado..?

-Yo estoy aquí para interrogar, no para que me interrogues tú, mocoso, a quien he saltado en mis brazos, a quien he dado la papilla, y luego las sopitas..».

Y pegando su rostro a la reja interior, y ordenándome que a la de fuera me aproximase, me miró bien, y orgullosa y risueña me dijo: «Pues estás guapo de veras. En figura el cambiazo no es menos notorio que en lo demás.. Bueno: siéntate y escúchame con atención. No quiero hablar del grandísimo pecado.. ¡Jesús, Jesús! Fue tan horrible que mi boca no puede mentarlo. Pero ya tu conciencia sabe a qué pecado me refiero, al horrendo delito que no deberías recordar sin que se te cayera la cara de vergüenza.

-Se me cae la cara, sí.. pero ¿cuándo y cómo has leído..?

-Cállate la boca, y déjame seguir. Digo que no quiero hablar de ese pecado, porque repugna a mi conciencia, porque mancha mi boca.. Pero de su conocimiento y del horror que me causa partiré para la grande obra de tu redención; porque yo quiero redimirte, hermano querido, apartándote de los peligros que corre una naturaleza ya dañada y que se dañará más cada día; quiero formarte una vida nueva, como jaula segura de la que no puedas escaparte.. ¿no me entiendes?

-Querida hermana, si pretendes llevarme a una vida para la que no siento inclinación, desde hoy te digo que (p.6005) pierdes el tiempo.

-No es vida eclesiástica la que te propongo, pues ni tú la mereces ya, ni la divinidad de esa vida corresponde a tu naturaleza impura. Quiero echar cadenas a tu libertad para que no acabes de perderte; pero la esclavitud que te preparo no es la esclavitud de perfección, aunque también has de ver en ella carácter sagrado.

-Por Dios, que ya te voy entendiendo, hermana. Has de decirme qué pajarito te ha traído esa idea.

-¡Ah!, un pajarito precioso..

-Ruiseñor tal vez.

-No; su belleza no consiste en el canto, sino en el color de sus plumas: es todo encarnado.

-Será entonces Cardenal.

-Justo.. y tú le conoces. A mí ha venido y habló en mi oreja, diciéndome lo que ya te había dicho a ti.

-A mí no me hablan nunca los pájaros.

-Sí, Pepe, sí.. Hay en Roma un alto personaje, el hombre de confianza del Sumo Pontífice, un sabio y prudente ministro que, al verte huérfano de Don Matías, te amparó en su propia casa, y extendió sobre ti el manto de su noble protección. Cómo correspondiste a su hospitalidad y agasajos, mejor lo dirá tu conciencia que mi boca: no hablemos de eso.. Pero recordarás que al despedirte para España con severidad dulce de gran señor, levísima pena de tu delito, te dijo estas o parecidas palabras: 'Tienes vocación de marido.. Que tu familia te procure un buen matrimonio'. Consejo más sabio no ha salido de humana boca. Ese remedio, esa medicina recetada por el hombre más sabio de la Europa, yo te la proporcionaré. Déjame ser tu boticaria..».

No puedo seguir.. Al reproducir en mi mente aquel coloquio interesante, mis nervios se disparan, y ved aquí los temblorosos garabatos que traza mi pluma.. Intenso dolor de cabeza detiene el curso de la función mental, literaria.. No puedo, no. Hasta mañana.

 

Ep-31-XI -

¡Casarme! ¡Dios! Inaudita sorpresa.. De cuanto en el mundo existe pensé que me hablaría mi hermana menos de matrimonio. ¡Casarme! ¿Y con quién? ¿Será con la incógnita dama del baile? Esta sospecha elevó al máximo grado el inmenso desvarío que la extraña declaración de Catalina produjo en mi mente. (p.6006) Bueno, Señor; que me la traigan, en su verídica forma y rostro, pues yo no puedo comprometerme a ser esposo de una máscara.

-Está bien -dije a mi hermana..-. ¿Y puedo saber con quién me caso?

-¿Quieres callarte, chiquillo? -replicó ella con infantil enojo-. Apenas se te habla de boda, ya estás pensando en melindres. Conténtate por ahora con saber que me ocupo en curarte, conforme a la receta del prudentísimo Cardenal, y espera mis acuerdos con todo el recogimiento y la honestidad que el caso pide.

-Pero, hermana querida, ¿por qué has de ver malos pensamientos en este deseo mío, tan natural, tan humano, de saber qué persona..? ¿Acaso no lo sabes tú todavía?

-Lo sé; pero no quiero decírtelo.. Empezarías a calentarte la cabeza, a mirar por el lado de la liviandad cosa tan grande y santa como el matrimonio. No me repliques: con lo que hoy te digo debe bastarte. Y ponte muy contento, Pepe.. da gracias a Dios por haberme inspirado esta idea de tu regeneración por la esclavitud.

Diciendo esto se levantó. Al verla yo en pie, lanzando sobre mí por los huecos de la doble reja su mirada fulgurante, fui asaltado de un pensamiento dulcísimo. Quise rechazarlo, y como un rayo atravesó de nuevo mi mente. Dios me lo perdone. Vi tal semejanza entre la mirada de Catalina al través de los hierros y la de la mascarita por los agujeros de su careta, que creí que monja y máscara eran una misma persona. Vuelvo a decir que me lo perdone Dios, porque sin duda tal pensamiento fue de los más ruines, y un agravio soez al decoro monástico de mi hermana, y a la Orden, y al mismo Jesucristo.. No podía ser, no, y sólo en la corrupción de mi entendimiento podía encontrar el germen de tan desatinada sospecha. No tardé en reflexionar, en comparar.. Indudablemente, entre el lenguaje mundano y un si es no es desenvuelto de la máscara, y el acento quejumbroso, salmista y nasal de Catalina, no había la menor concomitancia.. La única relación estaba en los ojos.. ¿Pero eso qué?.. ¡Locura, perversión de jovenzuelo que en nuestra sociedad (p.6007) se llena de malicias antes de ser hombre! Fuera, fuera, pensamiento vil.

Sin duda influyen en mí los desvaríos de la literatura corriente: en Italia como en España se ha puesto de moda introducir en dramas y novelas personajes monjiles, con desprecio de la dignidad religiosa, y ya vemos profesas y novicias que se dejan robar, o que se descuelgan de las rejas a la calle, ya otras no menos desatinadas que burlan la clausura para salir encubiertas a ver mundo, o a husmear, amparadas de la noche y de un buen tapujo, en las fiestas de Carnaval. Las aventuras de monjas, hoy tan del gusto de los poetas, pasan de la creación literaria a nuestro pensar y sentir en los casos de la vida real. Perdóneme Sor Catalina de los Desposorios que manchara su pureza arrojando sobre ella jirones de una literatura insana.

«¿En qué piensas? -me dijo la monja como riñéndome-. En vanidades del mundo, en corruptelas y vicios..

-No, hermana querida: pienso que antes de dar el sí a tu proyecto, necesito saber..

-¡Dale!.. Por hoy, no se hable más del asunto. Déjalo que madure; espera y calla.

-Sí; pero..

-Que calles te digo y te mando. Volverás cuando yo te avise y hablaremos otro poquito.. Ya no puedo entretenerme más; dentro de un instante llamarán a coro.

-En ese caso, debo retirarme.

-Aguarda un momento, que quiero hablarte de otras cosillas. Según parece, en París han puesto la República. Los demonios andan sueltos otra vez por allá: pronto veremos cómo asoman la oreja o el cuerno los diablejos de aquí. Cuidadito, Pepe, con meterte entre revolucionarios. Mira bien con quién andas.. Y no creas que con callarte y disimular tus locuras, no las voy a saber. Aquí lo sabemos todo. No te trates con progresistas, que de ésos sacarás lo que el negro del sermón. Mantente a distancia de los que alborotan, y no te faltarán adelantos en tu carrera.. Bien mirado, no porque haya República en Francia, hemos de tener aquí Progresismo, que en nuestra tierra sobran medios para poner un dique a la maldad. En Francia no hay religión, aquí sí; en Francia (p.6008) no hay hombres que expongan su vida por los Reyes, aquí los hay. Luego.. En fin, que me llaman a coro. Otro día te lo explicaré mejor.. Adiós, hermanito. Que seas sumiso y bueno. Escribiré a madre que has venido a verme, y se pondrá muy contenta la pobre.. Retírate ya.. El Señor te acompañe..».

Salí de La Latina con tanta confusión y alboroto en mi cabeza, que en todo el resto del día no fui dueño de mis pensamientos. Las alusiones al manuscrito, la propuesta de casorio, la sospecha de que mi hermana y la máscara no eran personas distintas, y, por fin, las vagas apreciaciones políticas que oí de sus labios al despedirme, tantas emociones y sorpresas en el breve espacio de una visita que apenas duró media hora, eran para volverme tarumba, si no tuviese yo un cerebro muy bien organizado, gracias a Dios. Por fin, al anochecer empecé a ver claro, y entendí que la protección de Sor Catalina de los Desposorios (¡vaya que el nombre tiene miga!) era de un carácter positivo, como fundada en el cariño fraternal. Debía yo, pues, esperar a que se fueran aclarando las nieblas que envolvían el pensamiento de mi bendita y muy amada hermana.

3 de Marzo.- Las noticias de Francia son cada día más interesantes, y en ellas palpita el drama político, tan del gusto de estos pueblos imaginativos y apasionados. La fuga del Rey, las escenas teatrales de la duquesa de Orleáns en las Cámaras, con sus niñitos de la mano; las barricadas, la proclamación de la República, llegan aquí como páginas epilogales del sangriento poema del 93. Es muy comentada, con evidente exaltación de la susceptibilidad española, la noticia de que la infanta Luisa Fernanda, duquesa de Montpensier, quedó abandonada en las Tullerías al huir toda la familia real: en aflictiva soledad estuvo la pobre niña un mediano rato, oyendo el rugido de las turbas, hasta que se salvó, nadie sabe cómo, pero ello fue por arte milagroso.

Con estas cosas, y lo que aquí se presume y teme, tenemos el cerebro de Sofía en espantosa ebullición: su voz no cesa de explanar las causas de la catástrofe, y la precisión en que (p.6009) estamos de poner una aduana de ideas en la frontera para que no pase acá la dolencia revolucionaria, ni se nos cuelen en España esas malditas utopías. «Aquí no queremos utopías -repite con un flujo de amplificación que acaba por ser insoportable-, pues bastante guerra nos han dado las que introdujeron los caballeros de la emigración».

Lo único que la consuela del detestable cariz que toman los asuntos europeos es que al frente de la República francesa aparezca la interesante figura de un poeta, el dulce y tiernísimo Lamartine, que ahora debe aplicar al arte político las sonrosadas imágenes, las opalinas nieblas y los reflejos lacustres de sus admirables versos. Habla Sofía del poeta que hoy preside los destinos de Francia como si fuera uno de los más puntuales asistentes a su tertulia. Le alaba y glorifica, recita o manda recitar fragmentos traducidos de las Meditaciones, y pone los ojos en blanco cuando llega un pasaje de azucarada ternura o rosadas ensoñaciones. «Hay que reconocer -nos dijo anoche- que Francia nos lleva ventaja en lo de enaltecer a los hombres eminentes de la literatura. Miren qué pronto han puesto en la cumbre política a uno de sus primeros poetas. Aquí, por mucho que adelantemos, no se hará jamás otro tanto. Ni nos cabe en la cabeza que un día, al tener que cubrir la vacante de Jefe del Estado, cojamos a Pepe Zorrilla y de golpe y porrazo lo nombremos Presidente o como quiera llamársele. Lamartine al frente de la República francesa es como si aquí, hallándonos sin Reina constitucional, nombrásemos a Tula para este cargo.. Si cada cual estuviese en su sitio, ¿quién duda que Don Juan Nicasio Gallego sería Arzobispo Primado, y que otros ocuparían puestos altísimos correspondientes a su categoría?» Todos convinimos en que cuanto decía la ilustrada señora estaba muy puesto en razón.

6 de marzo.- Escribo esta noche sin otro objeto que consignar la trastada que me ha hecho mi jefe, el nuevo director de La Gaceta, a quien aquí saco a la vergüenza pública para que la Posteridad le vitupere y maldiga. Apenas (p.6010) tomó posesión el tal de su altísimo cargo, le enteró la envidia de que su antecesor me había dispensado de ir a la oficina, con excepción de los días de la sacra nómina, y al punto mandó un recadito a mi hermano ordenando que me presentase en mi puesto, pues había pendiente gran balumba de trabajo que exigía las inmediatas funciones de todo el personal de la dependencia. Acudí al cumplimiento de mi deber, con la idea de que me encargarían alguna faena delicada, propia de mi grande erudición, como traducir discursos o memorias del italiano y del francés. Pero no fueron estas ramas del saber las que encomendó el jefe a mi cuidado, sino otras que no sé si clasificar en el orden de la Partida Doble o de la Estadística, ciencias que requieren entendimientos privilegiados para su cultivo. Pues, señor: todo el santo día me han tenido sacando el duplicado y triplicado de la nota de líneas compuestas por cada cajista, operación no exenta de aparato, porque las tales listas van en pliegos de marquilla de lo más fino, y se me exige un esmero y limpieza de trazos que me ponen en grande apuro. Mi inmediato jefe, que es uno de los mayores gaznápiros que comen el pienso de la Administración, no aprueba mis prolijos estados sin fruncimiento de cejas, prolongaciones de hocico y reparos necios por si eché un rasgo para abajo en vez de echarlo para arriba, o por si mis cincos parecen ochos, deformación que, de no sufrir ejemplar correctivo, traería la catástrofe de todo el mundo aritmético. Esta tarde apuró tanto mi paciencia aquel prototipo de la imbecilidad, que mi mano estuvo a muy poca distancia de su calva asquerosa, y poco faltó para que su nariz y toda su jeta se aplastaran contra el pupitre y los papeles que examinaba. Me contuve; pero salí de la oficina con la certidumbre de que si mañana se repite tan estúpido vilipendio, no sabré reprimirme. Dígolo porque de algún tiempo acá siento en mí estímulos de orgullo y extremado concepto de mi personalidad. No me rebajo fácilmente a nadie, y menos a un ínfimo, que sólo es mi superior en el brutal (p.6011) escalafón administrativo.. Las once dan, yo me duermo..

7 de Marzo.- ¿Sabes, oh Posteridad, que resultó lo que yo me temía? Pudo más la rabia de verme humillado que la paciencia y abnegación propias de un funcionario de corto sueldo, y viendo gesticular ante mí las patas delanteras de mi jefe, protesté en la más desabrida forma. Irguiose él sobre los cuartos traseros, y me dijo que inmediatamente daría parte al director de mi falta de respeto, y yo le contesté que lo mismo a él que a nuestro director me los pasaba por las narices; que yo no había nacido para hacer listines de imprenta, y que antes que a esto a barrer la casa me prestaría. Replicó entonces con grosería chabacana: «¡pues no tiene el hombre pocos humos!», y yo fui tan dueño de mí en aquel supremo instante que no le vacié el tintero en la calva, conforme a mi primera intención, y me contenté con decirle: «me voy, por no romperle a usted el alma, so mamarracho». Cogiendo mi sombrero, salí por entre los compañeros, mudos de asombro.

Vedme aquí, pues, cesante, pues no tengo duda de que mi arrebato es motivo suficiente para que la señora Administración me ponga de patitas en la calle. Tendría que oír mi hermano Agustín y mi cuñada Sofía cuando se enteren del suceso. Pero no me importa. He dado gusto a mi dignidad ofendida, y no me pesa, no, esta arrogancia que el trato social de Madrid va despertando en mí. Sabed, ¡o posteri!, que practico el nosce te ipsum; que por las noches, una vez cumplida la obligación de emborronar papel, examino mi interior, y hago cómputo y análisis de mis pensamientos y mis acciones. Pues bien: declaro que me siento altanero; atribuyo ese fenómeno al efecto del ambiente en que vivo, y a mi fácil asimilación de caracteres y costumbres. Cuando los años me den mayor experiencia haré la crítica de esta nueva evolución mía, ahondando bien en sus causas; hoy por hoy me limito a consignar el caso, y echo la culpa al tiempo, a la atmósfera, como hacemos comúnmente en el primer diagnóstico de nuestras dolencias. Añado a lo dicho que entre (p.6012) mis numerosos amigos, de varia educación, origen y clase, doy la preferencia a los aristócratas; siento que mi naturaleza se asemeja y adapta cada día más a la de los que nacieron en elevada cuna y enaltecen su voluntad sobre las voluntades ajenas. Nacido yo en esfera humilde, aunque no de las más bajas, ¿por qué me siento noble? Privado de bienes de fortuna, viviendo al amparo de mis hermanos con sólo un triste sueldo para ropa y gastos menudos, ¿por qué me atrae y seduce la compañía de los ricos? No lo sé; pero como es así, así lo digo, sin comprender bien la razón de esta sinrazón.

Entre mis amigos, como dije en otra confesión, los hay de todas las categorías y para todos los gustos. Bringas y Arnáiz, ambos hijos de comerciantes, no me inspiran el mismo afecto; Caballero, hijo de un pastor, me da lecciones de cultura social; Donato es un tarambana muy divertido, pero que no ahondará en mi corazón; a Leovigildo, la peor cabeza de Madrid, desordenado y voluntarioso hasta lo increíble, le tengo yo mucho cariño. De los dos aristócratas que figuran en mi trinca, Trastamara no es santo de mi devoción; en cambio, Guillermo Aransis forma conmigo una pareja indisoluble. ¿Qué parentesco moral, étnico, fisiológico iguala nuestros gustos y unifica nuestros pensamientos? No entiendo este gemelismo (excusad la palabra) , siendo él rico, yo pobre; él de raza histórica, yo de cepa plebeya. Verdad que físicamente tenemos gran semejanza, y mayor aún en el temperamento. Nos asimilamos el uno al otro con pasmosa rapidez. Absorbe él mis ideas apenas yo las expreso; me apropio yo sus modos elegantes apenas los indica. Naturalmente, dada la situación social de cada uno, no le arrastro yo a él, sino él a mí; Aransis me lleva a su esfera, sin que yo me dé cuenta de ello, por graduales movimientos, tirando de mí; me introduce en el campo de las aficiones, de los hábitos y, ¿por qué no decirlo? de los vicios aristocráticos. A mí nada me asusta en el medio de vida a que mi amigo me conduce: no me asusta la disipación, ni el convencionalismo, ni (p.6013) el vértigo de las alturas.

 

Ep-31-XII -

12 de Marzo.- Llevado al mundo por Aransis, gracioso diablillo que no me deja de su mano, heme metido en casas de las clases alta y media, y en ellas me han salido conocimientos y relaciones que en mucho estimo y han de serme de no poca utilidad. Algunos días he pasado en grande aturdimiento, sin fijarme en nada, más deslumbrado que sorprendido, confundiendo cosas y personas.. Pero el mundo nunca es un páramo, y si lo fuera, la juventud que va por él haría salir flores del suelo con sólo pisarlo. Eso me ha pasado a mí. Sentíame yo un tantico aburrido andando sobre tan diferentes alfombras, cuando una noche, inopinadamente, en una casa de medio tono, modestita y al propio tiempo distinguidita, vi surgir ante mí flores risueñas y fragantes.. Verde y con asa, dirán los que esto lean: ya tenemos enamorado al confesor de sí mismo. Poco a poco: necesito explicar..

¡Ay, Dios mío!.. se me olvidó un caso interesantísimo, cuya preterición podría traer grave oscuridad a este relato. No tengo más remedio que volver un poquito atrás con permiso de los que dentro del siglo me lean, y si por acaso no les pareciere bien retroceder conmigo, espérenme aquí, que pronto vuelvo.

¿No dije, al referir mi querella con el jefe de la oficina, que el cataclismo era inevitable, y que se decretarla una fuerte pena, quizás la cesantía? Pues así sucedió a los pocos días del dramático lance; pero ello fue muy distinto de como yo lo esperaba y temía. Excuso decir que no he vuelto a parecer por la Gaceta, y que me doy por expulsado ignominiosamente. Pues ved lo que pasó, y asombraos conmigo. Acababa yo de almorzar, cuando me anunciaron que un señor viejo deseaba verme. Aunque se me dijo que era de traza humilde y que sin duda venía con propósito mendicante, mandé que le pasaran a la sala. Imaginad mi sorpresa cuando me vi ante D. Faustino Cuadrado, mi superior inmediato en la oficina, al cual ultrajé de palabra más que de obra. Mi estupefacción llegó a lo terrible cuando el desdichado (p.6014) sujeto, elevando hacia el techo sus trémulas palmas, exclamó con luctuoso acento: -¡Cesante!

Yo.. -dije extrañando mucho que llorara para darme la noticia. Y él replicó:

-No: usted no.. ¡Yo.. yo.. cesante yo..

-Pues no lo entiendo, señor mío. Usted cumplió con su deber. Yo no creía compatible mi dignidad con el deber de usted.. y..

-En buena lógica, a usted le correspondía el castigo. ¿A mí, por qué?.. ¿Qué hice yo, desdichado de mí, que llevo veinte años con diez mil cochinos reales; yo, que fui de los que en las Cabezas de San Juan se unieron a Riego; yo que serví lealmente con seis mil al Gobierno del Sr. Zea Bermúdez; yo que en tiempo de la Gobernadora retrocedí a cinco mil, y luego fue menester que por mí sacara el Cristo el Sr. de Istúriz para recobrar los seis?.. yo que serví con Mendizábal, y juntos trabajamos en el decretito aquel de las campanas; yo, casado y con seis de familia, que por llevar a casa unos tristes garbanzos he apechugado con lo más contrario a mis convicciones, sirviendo con el mismo celo a Espartero y a Narváez, a González Brabo y a Olózaga, a los Puritanos y a los Ayacuchos y al demonio coronado; yo que en tantísimos años no he faltado un solo día a mi obligación, ni tengo la más insignificante nota desfavorable; yo que con nadie me meto; yo, Faustino Cuadrado, cesante.. cesante! ¿Y por qué, Señor, por qué? Sea usted imparcial, caballero, y diga, ante Dios y los hombres, si yo le he faltado..

-Yo falté a usted, lo reconozco -dije noblemente, sintiéndome confuso, lastimado por tanta injusticia-, y de todo corazón tengo que inclinarme ante su desgracia, y pedirle que me perdone aquel arrebato.

-¡Cesante.. mis hijos sin pan, yo trastornado, pues no sé a qué santo encomendarme, ni a quién volverme, ni en qué árbol ahorcarme!

-¿Está usted bien seguro de que la causa de su cesantía fue la cuestión aquella?

-¡Cristo me valga! Pues si el director, cuando me leyó la sentencia me lo dijo bien clarito: «Por haber faltado al respeto al señor de Fajardo..». Y luego me salió con que es usted un sabio.. un (p.6015) sabio de reputación europea.. que nos está escribiendo la Historia del Papado.. ¡Pues por qué no me lo advirtió, rabo y uñas de Satanás! ¿Por qué al darme prisa para los listines, y encargarme que no le tuviera a usted ocioso, no me dijo: «Guarda que es podenco, guarda que es sabio, guarda que ha escrito la vida del Santo Padre, que para mí ha sido la vida de Judas Iscariote..?» La culpa la tiene el señor director, que no me puso en autos.. Sin duda estaba tan enterado como yo de la dichosa sabiduría..Y se me figura que también a él le han acusado las cuarenta, porque cuando me dio el escopetazo, se rascaba la barba y decía: «Debieran los sabios llevar chapa en el sombrero, para que los conociese todo el mundo».

Como yo afirmase con toda sinceridad que no se me alcanzaba de dónde podía venir el tremendo golpe, puso cara fatídica, y alzando el dedo índice cual si quisiera horadar el techo, repitió: «De arriba, Sr. de Fajardo, de arriba.

-Creo que padece usted una alucinación. Yo puedo asegurarle que a nadie he dicho nada, ni aun a mi hermano..

-¡De arriba, de arriba!.. Imposible, señor de Fajardo, que usted no lo haya dicho. Por las once mil Vírgenes, haga memoria.

-De veras: nadie sabe que nos peleamos, que abandoné la oficina..

-Haga memoria, por los clavos de Cristo.

-Recordando estoy.. Tan sólo a una persona..

-¿Lo ve? ¡Cuando digo..!

-Tan sólo lo he contado a mi hermana, a una hermana mía, monja.

-¿Monja? ¡Dios uno y trino, como si lo viera! ¿Conque monjita? ¿Y en qué convento?»

Cuando le dije que en La Latina, cayó el hombre desplomado en un sofá, y llevándose ambas manos a la cabeza, apoyados los codos en las rodillas, quedó un rato como estatua de la consternación, sin otra señal de vida que un mugido cadencioso. Confuso yo de verle en tan extraña actitud, no hacía más que contemplar su espaciosa calva granulosa, aquella calva sobre la cual, días antes, había pensado vaciar el tintero.

«Como si lo viera, como si lo viera.. -murmuró incorporándose-. ¿No dije que de arriba, de muy arriba?.. ¡Ay, que mundo, (p.6016) qué país!.. ¿Verdad que es divertido nacer español?

-No es muy divertido que digamos, principalmente para los que no nacen ricos.

-O hijos de frailes.. o hermanos de monjas.

-Pero ¿usted cree..?

-Sr. de Fajardo -dijo entre suspiros-, viniendo de donde viene el rayo que me ha partido, ya no tengo compostura como no salga usted mismo en mi defensa. Pida a su señora hermana mi reposición.

-Sí que lo haré. Mi hermana es buena.

-Será una santa. Diga: ¿y tiene llagas?

-Hombre, no sé..

-¿Siquiera postemas?.. En fin, bendita sea si me socorre. Para usted propio no necesita pedirle nada, pues a estas horas ya le habrán ascendido. Bueno es nacer de pie, caballerito; pero aún es mejor nacer a caballo. Y ya que va usted tan a gusto en el machito, lléveme a la grupa. Pido bien poco: la reposición, a no ser que usted y la reverenda monja, considerando que fui yo el ofendido, me consigan el ascenso a diez mil. No habría nada más justo».

Dicho esto, se despidió el infeliz hombre, no sin arrancarme formal promesa de interceder en su favor. Le consolé y alenté con toda mi alma, y desde aquel punto y hora, la compasión me hizo su amigo y mi conciencia su protector, comprendiendo que no es el buen Cuadrado tan tonto como yo creía. Dejome aquella visita una impresión extraña, no sé si de asombro, no sé si de miedo.. ¡Mi hermana.. La Latina! Por hoy no digo más.

13 de Marzo.- Ya estoy aquí otra vez. Perdónenme el plantón los que no quisieron volver atrás conmigo. Quedamos, si no recuerdo mal, en que mis futuros leyentes podrían decir: «Ya tenemos enamorado al confesor de sí mismo». Pues no hay aún motivo para suposición tan grave como la de que ardo en amores. Es tan sólo una dulce ilusión, un regocijo estético. Y al emplear este calificativo, no vacilo en asegurar que las dos señoritas de Socobio, Virginia y Valeriana (a la que llaman Valeria) , conocidas por mí en los salones, más bien sala y gabinetes de D. Serafín de Socobio, no son prodigios de belleza. Nadie que las vea con ojos de crítica, encontrará en las diferentes partes de (p.6017) rostro y cuerpo la necesaria armonía y proporciones de que resulta la hermosura; pero también digo que todo el que las mire, las oiga y trate, sentirá un agrado que bien puede subir a los espacios del amor. Son delgaditas, muy derechas, torneaditas en donde es debido, esbeltas y flexibles. De cara se parecen y no se parecen. No sé qué las iguala, qué las distingue.

Por el sentimiento se meten Virginia y Valeria en el corazón de sus amigos; por su picardía decente y bien sazonada de ingenio los esclavizan y confunden. Yo paso junto a ellas mis ratos más divertidos, y las vuelvo locas con las mil niñerías chispeantes que les digo y cuento. Ambas son muy inteligentes; tienen alguna cultura y anhelan más. En justicia declaro que no las divierto yo a ellas menos que ellas a mí. Formamos un trío delicioso, en el cual no falta godeo de amores, sin formalidad por ahora. Si se me permite mostrarme en toda la fatuidad que voy adquiriendo, diré que las dos me quieren: a solas conmigo me pregunto: «¿Es verdadero amor lo que sienten por mí?» Y no pudiendo ser igual, con exacta medida, el efecto de una y otra, pregunto también: «¿Cuál de las dos me quiere más?»

No debiendo por hoy consagrar a la interesante pareja de señoritas desmedido lugar en mis Confesiones, paso a mejor asunto, que aún no he hablado sino de una parte mínima de las flores que van brotando en mi camino. Doy la preferencia a la que ahora os presento para que la admiréis como yo la admiro. Hará cinco noches que vi en casa de Socobio a una gallarda mujer de tez morena, pelo y ojos muy negros, el talle reducido al mínimo volumen, el seno al máximo, todo ello sin menoscabo de la buena armonía. La señora de Socobio me presentó a ella designándola como de la familia: era también esposa de un Socobio, y su nombre, Eufrasia, quedó grabado en mi memoria. Pero tan ceremoniosa estuvo conmigo, y encontré en ella tal desvío y reserva, siempre que intentaba yo pegar la hebra de una galante conversación, que me retiré a mis tiendas, reduciéndome a mirarla todo lo (p.6018) posible con un interés que no dependía exclusivamente de su belleza un tanto moruna. A la noche siguiente mis queridas niñas hablaron de la dama con más respeto que cariño. Supe que Eufrasia se había casado en Roma con un tío de ellas, D. Saturnino del Socobio; mas no supieron o no quisieron decirme por qué casó en Italia y no en España. ¿Es por ventura italiana? A esta duda respondió Valeria diciéndome: «No, Pepito: es manchega». Y agregó Virginia que el padre de Eufrasia es un progresistón de los que figuran en el grupo sensato de Mendizábal, Cortina, Infante y Madoz. Según esto, la mujer morena es hermana de mi íntimo amigo Bruno Carrasco.

Con estas y otras noticias que iban llegando a mi conocimiento, aumentaba el interés que por la manchega dama sentía yo, y éste subió de pronto anteanoche, viéndola menos esquiva y casi casi gustosa de mi conversación. Aprovechando la feliz coyuntura de encontrarnos lejos de la masa de tertuliantes, díjele que habiendo yo pasado en Roma días críticos de mi vida, gozaba mucho hablando de aquella gloriosa ciudad con cuantas personas la hubieran visitado.

Agregué a este exordio calurosa declaración de la amistad que tengo con su hermano, y protestas de lo mucho que le admiro por su bondad y talento, y no fue preciso más: entré, entramos en un diálogo vivo. «Ya me han dicho las niñas que estaba usted en Roma cuando la elección de Pío IX». Y ella: «Sí, y aquéllos fueron para mí días muy felices». Y yo: «Para mí no tanto». Y ella: «Lo supongo: perdió usted a su protector, el Sr. D. Matías de Rebollo». Y yo, sin manifestar sorpresa de oírle nombrar a mi amigo: «Perdí mi sostén, mi guía, mi amparo». Y ella: «Pero luego no le faltaron a usted amigos.. y amigas..». Diciendo esto, se echó a reír de un modo tan franco, que me sentí como invitado a mayores franquezas. «Yo creí -le dije-, que se llamaba usted Higinia, y que era natural de Puentedeume». «Cállese la boca -replicó-, y no me haga reír más, que ya estamos llamando la atención».

Aproximáronse dos damas y hube de (p.6019) suspender mi indagatoria; pero media hora después, cuando volvíamos del comedor dándole yo el brazo, abordé la cuestión y me fui derecho al bulto, conforme a los sabios consejos y reglas de vida que me había dado Aransis. «Ya es inútil -le dije-, que usted finja más tiempo conmigo.

-Si yo no finjo, ni hay para qué. Trátase de una broma inocente, de la que no tengo por qué avergonzarme.

-Así, así me gusta..

-Pues sí, señor mío, yo soy la máscara. ¿Qué tal?

-Me volvió usted loco».

Y como siguiera yo expresando con cierta exaltación mi deseo de mayores explicaciones, dejó de reír y gravemente me dijo: «No hablemos una palabra más de aquella tontería sin importancia. Aquí, hábleme usted de la función de anoche, de la nueva moda que ha venido para el peinado en bandós, o de política si le gusta; a mí no. Y de aquella broma, punto en boca. Si quiere usted saber más, lo sabrá en mi casa. Desde la semana próxima recibiré a los amigos los miércoles. Mi marido le invitará a usted. Debo advertirle que mis explicaciones serán breves, y que no ha de encontrar en ellas ni sombra de malicia, ni el menor asomo de aventura». No tuve tiempo más que para decirle con cierta ansiedad: «Por Dios, no se olvide usted de advertir a su esposo..».

-Sí, sí.. vendrá usted a casa, o, como ahora se dice, será usted de los nuestros.

 

Ep-31-XIII -

14 de Marzo.- Sin aguardar a que me llamase mi hermana, he ido a verla; tanto me aprieta el afán de reparar la injusticia cometida con el pobre Cuadrado. Aunque la espera no fue larga, aburríame el plantón en la penumbra fría del locutorio, aspirando el singular tufo de convento, mezcla de olorcillos de humedad, de incienso, de ropas de lana en continuo uso. Para colmo de hastío, no había en la estancia ninguna obra de arte con que entretenerme, pues un San Francisco recibiendo la impresión de las llagas, pintura nefanda, con el lienzo podrido a trozos y el marco apolillado, más causaba miedo que admiración. Llegó Sor Catalina presurosa quejándose de que mi visita no anunciada la (p.6020) distraía de ocupaciones apremiantes; pedile perdón por la inoportunidad, y al punto explane el caso de Cuadrado y mi disgusto por la absurda situación en que nos veíamos: él, inocente, castigado; yo, culpable, impune.

Sin mostrarse sorprendida de que yo acudiese a ella para tal negocio, negó su influencia y puso muy en duda la posibilidad de servirme; pero bien se le conocía el discreto fingimiento, porque ni aguzaba las razones ni extremaba el sonsonete gangoso y aflautado. El argumento de más eficacia que esgrimí fue éste: Querida hermana, si tú no hallas la manera de reponer a Cuadrado en su destino, me presento yo al Ministro, y le suplico que dé al otro mi plaza y a mí la cesantía. La abnegación gallarda de este propósito hizo efecto en Catalina, que muy satisfecha me dijo: «¡Cuánto me place ver tan al descubierto tu buen corazón! Así, así quiero yo a mi hermano. Si pudiera yo influir en que se quiten y den destinos, muy pronto quedaríais complacidos los dos. Pero.. en fin, yo veré si puedo.. No sé a quién podría recomendar..». Aplicando a estas formulillas hipócritas la clave monjil, las interpreté como un lenguaje parabólico para decirme que todo se arreglaría, y que la reparación del grave yerro corría de su cuenta.

Repetía yo con cierta pesadez mi petición para que quedara fija en su ánimo, cuando entró una señora en el locutorio. Catalina se alegró de verla. Era la tal pequeñita, ya entrada en años, vivaracha, de semblante risueño y simpático, y no se contentó con mirarme una vez, sino que en mí ponía sus ojos con fijeza, como si quisiera tomarme la filiación. «Es mi hermano», le dijo Catalina; y oyéndolo la viejecita me saludó muy afectuosa, obsequiándome con estas finuras: «Ya decía yo.. la cara no miente. ¡Y qué guapo es! Sor Catalina, bien puede usted estar orgullosa.. Ya, ya le conocía yo a usted, caballerito, por lo que cuenta la fama..». Dábale yo las gracias por su amabilidad, y ella, ocupándose más de mi hermana que de mí, introdujo por la reja estas palabritas: «Eufrasia no puede venir: (p.6021) tiene hoy la casa llena de mueblistas, tapiceros y doradores.. Es tan grande el barullo que..». No acabó el concepto, porque aparecieron tras de los hierros otras monjas: vi que eran dos, y oí una gangosa y compungida voz que claramente dijo: «¡Oh, Cristeta.. qué cara te vendes!» Mi hermana me indicó por señas que debía retirarme, y así lo hice: salí a la calle atando cabos, encasillando rostros y casos en mi memoria con el debido método, en previsión de acontecimientos futuros.

20 de Marzo.- Conforme al gracioso anuncio que oí de labios de su esposa, el Sr D. Saturnino del Socobio me invitó a sus reuniones, y con esto queda expresada la diligencia con que yo acudí a la casa de aquel buen señor, en la cual pude advertir que todo era nuevo, allegadizo, dispuesto por la mano inteligente de la dama moruna. Allí encontré mucha y buena gente, aunque no la mejor de Madrid, pues había un poquito de entredicho social contra el tal matrimonio, por lo que yo supe aquella misma noche y contaré después para la más ordenada composición de mi relato. Amable con todos la dueña de la casa, lo estuvo conmigo singularmente, más que por lo que me dijo, por lo que con cautelosas y bien medidas razones me dio a entender. He aquí la muestra: «Tengo que advertirle, señor mío, que procure no desentonar en sus opiniones políticas cuando tenga ocasión de manifestarlas. Hace poco le hablaban a usted mi marido y sus amigos del liberalismo de Pío IX.. y, como es natural, lo condenaban.. porque ésas son sus ideas. Cuando el Sr. de Conard dijo que el Papa actual es un Robespierre con tiara, y que preside las logias masónicas, usted se indignó, puso el grito en el Cielo y.. ya recuerda lo demás. Pues es preciso que varíe de táctica, y que acomode sus opiniones a las de mi gente, si no quiere que con suavidad y finura le cierre yo las puertas de mi casa».

Segunda muestra: «Óigame, Fajardo: no se le ocurra a usted elogiar otra vez al Paganismo. Siempre que se trate de griegos o romanos, llámelos gentiles o idólatras, como a usted le parezca, y póngalos (p.6022) que no haya por donde cogerlos. Volviendo a lo de la máscara, no pretenda saber más de lo que ya sabe. Yo fui al baile con el consentimiento de mi marido, sin más objeto que el inocentísimo de pasar un rato y ver la gente. No iba con propósito de ver a usted ni mucho menos. Que se le quite eso de la cabeza. Por mi hermano conocía yo personalmente a usted: una noche, en el Príncipe, hallándonos en un palco, me enseñó un grupo en que estaban varios de sus amigos, designándolos por sus nombres.. Al encontrármele a usted en Villahermosa, perdido en el salón grande como un palomino atontado, me dije: 'Ya tengo a quién dar una broma que ha de ser muy divertida'. Y como el día antes había leído las Confesiones, ya ve.. todavía me estoy riendo.. Y no me pregunte más.. Cierre el pico y tenga paciencia».

Tercera muestra, la segunda noche, invitado a comer: «Otra vez tengo que reñirle. Por las llagas de Cristo, no hable usted mal de los que antes abominaron de la desamortización y ahora compran los bienes raíces que fueron de frailes y monjas. Mire usted que los amigos de casa adquieren todo lo que sale, y mi marido anda ahora en tratos con la Hacienda para quedarse con una gran finca que fue de los Jerónimos en la provincia de Cáceres. ¿Qué le importa a usted que compren o que no compren? Sea usted cauto y hágase al ambiente. Respecto a sus Confesiones, diré que Sofía las llevó a una monja de La Latina, que no debo nombrar. No se incomode usted con su cuñada, que el abuso de confianza no significa en ella más que una grande admiración hacia usted, y el deseo de que todos participen de esa admiración. La monjita que disfrutó esa historia por primerva vez después de Sofía, y que es algo literata y no muy intransigente con lo mundano, me la dio a leer a mí: somos grandes amigas, paisanas, y a sus buenos consejos debo yo el haber salido bien de ciertas borrascas que en su día sabrá. Pues de mis manos pasó el cartapacio a otras: no se asuste. A estas horas lo ha leído medio Madrid, y tiene usted una celebridad (p.6023) reservada, que no sale en papeles públicos, mas no por eso menos extendida. Direle que después de dar la vuelta, tornó el manuscrito al convento, y luego ha vuelto a salir. Estuvo en poder de Sartorius, que leyó un poquito, y por cierto lo alabó grandemente; de las manos de Sartorius pasó a perfumadas manos, y ahora está.. esto sí que no puedo decírselo.

-Me sumergirá usted en un mar de confusiones si no me lo dice.

-Pues está en una casa muy grande.

-En casa de Montijo.

-No: allí ya estuvo. Eugenia lo ha ponderado muchísimo. La casa donde ahora está es más grande.

-¿La de Altamira, la de Osuna?

-No: es mayor, mucho mayor.

-Ya.

-No me pregunte usted más.

-Dígame usted sólo una cosa.. el sexo de la persona que me ha leído en esa casa grande.

-¡Ah!, le habrán leído personas de ambos sexos.

-Quiero decir, la persona que pidió mi manuscrito.

-Mucho quiere usted saber. Cierre el pico y agradézcame las franquezas que tengo con usted. Si no corresponde a mi confianza con su discreción, no cuente ya conmigo para nada».

¿Qué tal, señores de la Posteridad? ¿Tengo o no motivos para estar estos días nervioso, distraído, inquieto, como si en torno mío zumbarán avispas?

26 de Marzo.- Mi amigo Aransis, para quien no tengo secretos, me aconseja que no retrase el declararme a Eufrasia con las demostraciones más apasionadas, cuidando, eso sí, de hacerle comprender que sabré emplear la delicadeza más exquisita para no comprometerla. No necesitaba yo de estos estímulos para lanzarme, y en la primera ocasión propicia, el miércoles último, le mostré mi corazón lacerado y el trastorno inmenso que han traído a mi alma las gracias de su persona. Estimando más interesante que mi declaración la respuesta de la dama, doy aquí preferente lugar a los retazos más bonitos de la admirable tela que tejió con sus palabras:

«¿Querrá usted callar? Por Dios, Pepe, ¿se ha vuelto usted loco? Pues a mí no me enloquecerá usted, yo se lo aseguro, que por naturaleza tengo la cabeza bien firme, y además las desgracias me (p.6024) la han claveteado y endurecido. Calma, amigo mío; tenga calma y juicio. Aun cuando yo creyera que es verdad todo lo que usted acaba de decirme, tendría que darle un no como esta casa, o como otra casa más grande. Es usted un chiquillo, y yo, si en años le aventajo más de lo que parece, en experiencia, ¡ay!, lo que es en experiencia, Pepe, le doblo la edad, créame.. No quisiera yo hablar de esto: usted me obliga a recordar mis amarguras.. he vivido, he padecido lo que usted no puede imaginar.. sé lo que son los diferentes suplicios a que nos condena nuestra condición; conozco la esperanza hoy viva, mañana moribunda; conozco la ansiedad, la desesperación, la dignidad herida; conozco los ultrajes, la cólera propia y ajena; conozco todo.. hasta la vergüenza..».

Llevose la mano al rostro. La pausa que entonces se produjo llenela yo con frases vacías, porque no se me ocurrieron otras. Luego siguió: «Yo he sido muy desgraciada. Me sería muy fácil demostrárselo contándole algunos pasos de mi vida; pero no hay para qué.. Algo habrá quizás que usted sepa; algo que no ha de saber si yo no se lo cuento. Pero ni lo uno ni lo otro le contaré: no quiero entristecerme. He sido muy, muy, pero muy desgraciada. Ahora, válgame la verdad, ahora no tengo la felicidad, esa felicidad con que se sueña a los veinte años.. ya ve usted qué cosas le digo.. No tengo la felicidad; pero tengo el sosiego, la paz; y esta paz y este sosiego no los tiraré por la ventana.. Sé lo que son pasiones de hombres, y como lo sé, no cambio por ninguna de ellas mi paz..».

Tomando en seguida un tonillo jovial, y antes de que yo desembuchara los conceptos que se me habían ocurrido, prosiguió: «Engolosinado usted, amigo mío, con su aventurilla de Italia y con alguna otra que habrá tenido por acá, de esas fáciles y para un rato, ha llegado a creer que todo el monte es orégano. Me coge usted vieja, si no de años, de picardía y conocimiento del mundo; me coge usted, se lo diré claro, muy escarmentada.. Déjese usted de locuras, y seamos buenos amigos.. y nadita más, Pepe.. (p.6025) Una cosa en que yo le aventajo a usted, ¿a que no sabe lo que es? Pues es el don de conocer y apreciar lo muchísimo que vale la amistad. Y ésta tiene sus goces, sus incertidumbres; también sus penitas, dulzuras no digamos, que se avaloran más con la pureza.. En fin, mi amigo, haga caso de mí, y no se le ocurra volver a decirme lo que me ha dicho. ¿Estamos en ello?

-Estaremos en ello y en todo lo que pueda sobrevenir -respondí-. Claro es que mi primera obligación con usted es la obediencia. Y yo le aseguro que no tendrá queja de mí.. Pero advierta, mi dulce amiga y dueño, advierta que manda usted en mis actos, no en mi corazón.

-También en su corazón.. ¡Pues no faltaría más sino que a ese loquillo le dejáramos hacer de las suyas! Es un niño, créame usted, y a los niños se les educa, se les guía, y también se les da una buena solfa cuando es menester.

-Niño será, como usted supone. El niño es comúnmente revoltoso, y aunque se le castigue, con sus gracias y zalamerías acaba por ser el amo de la casa. Todos le riñen si es travieso; todos tiemblan cuando le ven malito. Y la idea de que pueda morirse conturba más que el cataclismo universal. Este chiquillo que yo tengo en mi pecho pertenece a usted.. No me le castigue, por Dios; déjele vivir a su gusto.. Yo le respondo de que será obediente, juicioso, calladito.. Vivirá en la adoración de usted..

-Déjese usted de adoraciones, por Dios.

-En la idolatría, en un culto mudo, escondido a todas las miradas..

-¿Catacumbas tenemos?

-Catacumbas.

-¡Ay, no!, que son muy tristes. Crea usted que he tomado aborrecimiento a todo lo que sea oscuridad, ocultación, misterio, vivir con el temor de que me descubran.. Prefiero la vida en plena luz, con sólo un bienestar tranquilo..

-Yo no le pido a usted que se meta bajo tierra, ni que viva en el misterio. El que andará escondido seré yo, porque así me lo impone la que ha venido a ser mi dueño absoluto. No le ocasionaré la menor inquietud. Amor y abnegación son hermanos gemelos.. Tan difícil será que yo altere la paz de usted como dejar de amarla, (p.6026) porque mi amor es toda mi alma, y nada puedo contra él, como no se puede nada contra Dios. Es este amor mi suplicio y mi encanto, Eufrasia. Déjeme usted que en silencio me arregle yo en mi cenáculo escondido. Aquí tengo mi altar, y en el altar mi divinidad.

-¡Divinidad yo!.. ¿Ahora salimos con eso?

-Divinidad, a quien adoro más porque ha sido mártir.. porque ha padecido.. Ahora me toca a mí el padecimiento.

-No le compadezco si se empeña en ser tonto.

-Así somos llamados los que adoramos un ideal, los que por ese ideal vivimos, los que por él estamos dispuestos a morir..

-¿Con que ideal?.. ¿yo ideal?.. No me jaga uté reír, Joselito».

 

Ep-31-XIV -

28 de Marzo.- Leído lo último que escribí, me han dado intenciones de borrarlo, pues si los conceptos de Eufrasia me resultan hermosos y sinceros, como producto inmediato de la realidad, los míos se me antojan artificiosos y de poco fuste, pues todo aquello de la divinidad, del ideal y del altarito pertenece al manoseado repertorio de los amantes que por primera vez en su vida abordan tan grave cuestión. Muy santo y muy bueno que con una inocente o novata de amor emplease yo tales pamplinas; pero con mujer que ha corrido ya temporales duros en el océano de la pasión, estimo que debí emplear otro lenguaje y método. Sea como quiera, no borraré nada del texto escrito, porque ante todo ha de prevalecer la verdad en estas Confesiones; y si estuve tonto, que tonto me vean los que han de leerme, y yo de ello me consuelo con la esperanza de ser en otra ocasión más agudo.

No creo frustrada mi conquista, por más que la moruna Eufrasia se mantiene en el firme terreno de la amistad, donde yo le propongo levantar una tienda para platicar juntos y solos sobre las inmensas dulzuras de ese sentimiento, que tanto ennoblece a los humanos. Ella no quiere nada de tienda, temerosa del recogimiento y soledad que este mueble trae consigo, y prefiere que no tengamos más abrigo que la anchura de la casa y del mundo, sin escondrijo, ni misterio, ni arrumacos de ninguna clase. A pesar de esto, voy (p.6027) creyendo que mi aventura no lleva mal giro. Por cierto que a la consolidación de mi creencia no contribuye poco la misma Eufrasia sentando las bases, como ahora se dice, de nuestro pacto de amistad, y va teniendo ésta tal extensión que se nos impone el secreto en diversidad de momentos y casos; amistad muy bonita y amena, con frecuentes consultas de una parte y otra, consejitos, protección moral y otras cosas dulces. Mejor que por mis referencias, lo comprenderán mis lectores por la fiel copia de algún fragmento de los sabios discursos que la dama me endilga:

«Ha seguido usted mis consejos, menos uno, y en él tengo que insistir. Es forzoso que en el teatro suprima usted el mirar constante con gemelos o sin ellos. Pero ¿no se hace cargo todavía de que no sólo es inconveniente, sino de mal gusto? Tome ejemplo de mí, criatura, que todo lo veo sin parecer que miro nada. Sin clavarle los ojos, le he visto tan acaramelado que me daba risa.. Ya notaría usted que la noche de Borrascas del corazón me puse en la cintura el ramito de verbenas, que son las flores más de su gusto, y lo hice para obtener de usted ahora la reducción de sus visitas a casa, que no deben pasar de tres por semana.. Y a propósito de Borrascas del corazón: ¿le gusta a usted esa obra? A mí no: tanta melosidad me fastidia, como el arrope de mi tierra, que me empalaga, y además me sabe a botica.. Pues siguiendo con mis advertencias, diré a usted que sí, sí, está muy bien que sea expresivo con mis sobrinas Virginia y Valeria; pero no tanto, caballerito, no tanto, porque son muy tiernas, demasiado sensibles, y podrían las chiquillas alborotarse más de la cuenta. Su madre es tonta y nada de esto ve: yo lo veo todo. No me cansaré de recomendarle que, al ser amable con ellas, no haga diferencia entre las dos y las iguale siempre en sus demostraciones, para que ninguna se crea con derecho a tenerle por novio. Mírelas como gemelas en su amistad, o como aquellas hermanas que estaban unidas por el estómago, por el costado, no sé por dónde. Así no habrá peligro».

Para (p.6028) muestra basta lo copiado. Debo decir que el entredicho en que tiene la buena sociedad a Eufrasia no lleva trazas de concluir. A su casa no acuden señoras de alto copete, ni otras que, nacidas y criadas en las zonas medias, son extremadamente melindrosas en la moral casera y pública. Verdad que mi amiga se defiende valerosa, y con su talento, amabilidad y exquisito tacto va ganando cada día más voluntades y atrayendo gente; pero aún le falta mucho para llegar a la rehabilitación que anhela. El motivo de su aislamiento me lo explicó Ramón Navarrete, hombre de grande erudición social, y a la sazón mi segundo jefe en la Gaceta. Después del ruidoso tropiezo de la señorita de Carrasco, bajo el poder de Terry, aventura de que se enteró todo Madrid, anduvo la infeliz por senderos torcidos, amparándose contra la opinión en las tinieblas del incógnito. De su existencia en aquellos terribles días poco se sabe, algo se sospecha, y mucho quizás se miente. Y así como el río de su patria manchega se mete bajo tierra cuando le parece bien, y luego vuelve a salir a flor del suelo, del mismo modo, pasado algún tiempo en subterráneo curso, volvió afuera la dama y el mundo la vio llevada de la mano por un hombre benéfico, D. Saturnino del Socobio.

Recatábase Eufrasia en aquel tiempo de toda relación social, y hasta de su propio padre y familia, y como su protector tuviese que emprender un largo viaje a Roma (que en negocio de capellanías y colaciones tenía no pocos entuertos que enderezar allá) , pidiole ella el extremo favor de acompañarle, movida no tan sólo del cariño, sino también del deseo de cuidarle y asistirle (que no carecía de achaques el buen señor) ; resistiose D. Saturno temiendo el qué dirán de su familia, así en Madrid como en Italia; pero con su labia y embelecos de lo más fino salió adelante la hembra con su gusto, que algunos creyeron capricho y ganitas de ver mundo.

Roma fue para los dos dichosa tierra, porque D. Saturno mejoró notablemente de sus alifafes, y ella se reconstituyó físicamente, y se puso tan lozana que (p.6029) daba gozo. Vieron y admiraron cuanto encierra la metrópoli del Paganismo y de la Cristiandad; él se esponjó y se hizo más sociable; ella aprendió un poco de italiano y de literatura dantesca y petrarquina. Por dicha de Eufrasia les precedió en el viaje a Roma Don Vicente de Socobio y Suazo, canónigo patrimonial de Vitoria, nombrado para ocupar la plaza vacante por defunción de mi protector D. Matías de Rebollo, y una de las cosas en que puso el venerable varón más empeño fue reducir a buen orden cristiano las relaciones de D. Saturno con la manchega. Ésta, que por casarse bebía los vientos, desplegó todo su talento y trastienda para cautivar el ánimo del clérigo, hombre sencillo y bondadoso que fácilmente vio en la buena moza una Hija Pródiga que en gran desolación tornaba al hogar paterno, y debía ser recibida y perdonada.

Conociendo a Eufrasia como la conozco, no necesito que nadie me cuente las sutiles artes que desplegaría su ingenio en aquella crítica ocasión de su vida. Sin duda, viendo que su señor y el D. Vicente intimaban mucho con los Padres del Colegio Romano, con los Observantes de Santa María de Araceli, con las monjas de Santa Clara en Quirinal, elevó al grado máximo de intensidad sus devociones, aficionándose al besuqueo de imágenes, aprendiéndose de memoria trozos de literatura mística, con todo lo demás que creía pertinente a la grande empresa de su redención. Resistíase Don Saturno a dar su consentimiento, atento siempre al qué dirán probable, y temiendo los escrúpulos de la familia más que los suyos propios. Pero D. Vicente y otros clérigos que a la santa obra arrimaban el hombro, decíanle que por encima de la familia estaba el deber, y por encima de la Sociedad, Dios; que en Eufrasia eran infalibles las señales de arrepentimiento, y que por fin, su protector o cortejo que con llama inextinguible la amaba, debía santificar aquellos criminales lazos, y limpiar su conciencia y la de ella en las aguas purísimas del matrimonio.

Libre ya de pasiones y de juveniles devaneos, (p.6030) Eufrasia quería sobre todas las cosas humanas una posición, y en ello puso las dotes singulares de su espíritu. Como Dios, al fin y al cabo, protege a los tenaces y agudos contra los romos y debilitados de voluntad, la manchega vio colmadas sus ansias, y recibió franco pasaporte para el mundo moral. En la española iglesia de Santiago (plaza Navona) , no lejos del esquinazo en que está la famosa efigie de Pasquino, se casaron Don Saturno y Eufrasia, precisamente en los días de mi segunda villeggiattura en Albano. ¡O tempora, o mores! Naturalmente, la primera noticia del casorio levantó en la familia de Madrid gran polvareda, y cuando el matrimonio llegó acá, manteniendo en los primeros días una reserva parecida al incógnito, para sofocar hasta los más leves rumores de escándalo, no faltaron disgustos, rozamientos, y aun dicharachos ruines. Mas de todo ello fue triunfando poquito a poco la diplomacia de la manchega, que con sus astutas carantoñas pudo atraer uno tras otro a los enojados parientes, y hacerse querer de los que antes la aborrecían. Doña Cristeta, que había sido la más intransigente, olvidando su amistad con Doña Leandra, se rindió más pronto que ninguna a la sutil táctica de la dama moruna, recibiendo de ésta cantidad de preciosas reliquias, huesecillos de santos, acompañados del diploma que acreditaba su autenticidad, y sinfín de rosarios, medallas, indulgencias y demás cositas interesantes a los buenos corazones cristianos.

He referido sin ningún recelo lo que sé de la señora de Socobio, juntando las noticias que me dio Navarrete con las que yo por directo modo he sacado de la fuente histórica, y puedo escribirlo sin temor de que mis indiscreciones lastimen a nadie, pues estas páginas quedarán ocultas, y nadie ha de leerlas hasta que la señora y yo, y los demás que me veo precisado a citar, hayamos entregado nuestros huesos a la madre tierra.

30 de Marzo.- ¡Cómo está mi cabeza, señores! ¿Creerán que con la golosina de estas vanas crónicas mujeriles se me ha olvidado escribir que hace días tuvimos aquí (p.6031) una revolución? Ello fue de harta resonancia, pero de resultado nulo, como obra de unos locos, cuyos nombres oí y ya se me fueron de la memoria. Corren voces de que se repetirá: los progresistas exaltados y los demócratas no descansan, ávidos de ocupar las poltronas, y más que en los elementos revolucionarios de aquí, confían en el apoyo que les darán los de Francia. La novísima República establecida en aquel país tiene a nuestros moderados con el alma en un hilo. Por mi parte, declaro que no me quitan el sueño las políticas inquietudes, ni los problemas que, según dicen, señalarán el presente año como uno de los más agitados del siglo, porque he decretado mi absoluta independencia del organismo general, creando un sistemita planetario para mi exclusivo uso, y de él no me sacan atracciones públicas de ningún género. Y creed que no me interesa nada ya la cuestión del Papado liberal, en la que puse tanta vehemencia y gasté tanta saliva. Gioberti y Balbo en Italia, y aquí Balmes y Donoso Cortés, valen para mí, con todas sus retóricas elocuentes, tanto como un comino, y el buen Pío IX, a quien de veras quise y admiré, ya no me embarga el ánimo con el supuesto carácter de pastor de los pueblos y patrono de la regeneración itálica. Vivo ahora de mi propio jugo, y todas mis empresas son absolutamente mías, principio y fin de mis ideas y sentimientos. También digo que la Democracia que en forma de virgen en paños menores se nos aparece salvando el Pirineo, me encuentra insensible a sus encantos. Ya no me embelesan lecturas de Lamennais o Ledru Rollin, y me resigno a que la humanidad se regenere sin mi auxilio: ya iré a verla cuando esté regenerada, y a festejarla y aplaudirla. En tanto consagro mis horas a proporcionarme todos los gustos posibles, eliminando sinsabores y rehuyendo penas.

¿Queréis que os hable de los que para mí son capitales acontecimientos? Pues sabed que de la noche a la mañana me vi trasladado a la Secretaría de Gobernación con doce mil reales, sin que yo a ciencia cierta entendiese de (p.6032) dónde me había caído breva tan sustanciosa, pues mi hermano Agustín me declaró que no era cosa suya. En cambio, al pobre Cuadrado se le contentó con la promesa de reponerle, y volvió el hombre a mí afligidísimo, diciendo que ya se había proporcionado una pistola para poner fin a sus días si no se le daba pronto la debida reparación. Yo le consolé, y avivé sus esperanzas, socorriéndole de mi bolsillo para que mantuviera con sopas o potajes a la extenuada familia, mientras el remedio de su triste situación llegaba. Hablé nuevamente del caso a mi hermana, y la oí condolerse del pobre cesante con el registro más gangoso de su voz, para venir a parar en la negación de su influencia. «¿Qué más quisiera yo que enjugar todas las lágrimas que veo derramar? Pero, ¡ay!, no puedo hacer más que pedir a Dios que ilumine a los que dispensan esta clase de favores, y Dios me oirá, Pepe, Dios me oirá: con tanto fervor se lo pido».

 

Ep-31-XV -

1.º de Abril.- Las confesiones de hoy son un poco amargas; pero allá van para que todo, conducta y conciencia, quede guardado en el archivo de estas hojas.

Cierto que mi ascenso a doce mil es un felicísimo suceso que cualquiera, en caso normal, estimaría como don extraordinario de la Providencia, o premio gordo de Lotería. Pero en mi caso, por distintos conceptos irregular, ni los doce mil, ni el doble, si doble fuera mi estipendio, me bastan para la vida que me doy y el pie de disipación en que me he puesto. Ya se habrán maravillado los que leyeron las anteriores páginas de cómo logro sostenerme en una sociedad tan superior a mis escasos medios. Pero hasta hoy, lo digo sinceramente, no he caído en la cuenta de que voy andando a ciegas por los caminos más arduos de la vida; y lo peor es que no puedo retroceder, ni me siento con el suficiente brío de voluntad para detenerme, porque me atraen metas muy seductoras, y corro tras ideales muy lindos, que embriagan mi mente y adormecen mi razón. Hablo con desnuda verdad de este desequilibrio en que se desliza mi existencia, y afirmo que, (p.6033) aun hospedado y mantenido por mi hermano Gregorio, con el sueldo no tiene mi agitada vida para empezar. Sin contar más capítulo que el de ropa (y no sé dónde pararía si en otros capítulos o renglones me metiera) , digo que necesitaré dos años de sueldo para pagar los trapos que en un solo mes he encargado a mi sastre, cuyo elogio se hace con decir que es el más caro de esta Corte. Incapaz de contener los estímulos de mi presunción, quiero surtirme de toda la rica variedad de levitas y fracs impuesta por la moda. En chalecos poseo maravillas, y París tiene poca inventiva para colmar mi gusto. De corbatas no hablemos. En perfumería y accesorios de tocador no me pongo tasa. Ahora, supla la fantasía del pío lector los innumerables motivos de dispendio inherentes a este lujo de vestir.

Añado que mis hermanos me riñen; que se asusta Sofía, vaticinándome que acabaré en un hospicio; que Gregorio pone el grito en el Cielo. Únicamente mi cuñada Segismunda, la Medusa que tiene culebras por cabellos, no extrema sus reparos, y aun se permite opinar con cierto dejo sibilino que yo, lanzándome locamente por las trochas y desfiladeros sociales, llegaré a los más envidiados puestos. El mundo, según ella, es de los atrevidos, no de los cuitados; es de los que corren, no de los que miden encogidamente sus pasos. Esta opinión me consuela de los achuchones que me da mi familia cuando entra en casa sombrero nuevo, antes de que su antecesor envejezca, o cuando a la puerta llama el oficial del sastre con rimeros de ropa elegantísima.

Añado también, aunque me cueste alguna vergüenza el declararlo, que hace dos meses me hizo probar mi amigo Aransis las emociones del juego, y que desde el punto y hora en que de aquel fuerte licor gusté, ya no he sabido vencer el anhelo de catarlo cada día, ya por la espera de una ganancia que engorde mi flaco bolsillo, ya por la simple maña de hacerle cosquillas a la fortuna, y ver si me sonríe placentera. No debo quejarme del azar, que me ha sido propicio más de una vez (p.6034) permitiéndome dar algunos toques a las apariencias de mi vida fastuosa. Sólo en los últimos días me ha torcido el gesto la deidad voluble, y heme visto obligado a contraer deudas, algunas muy enfadosas. Pero espero y busco un glorioso desquite.

2 de Abril.- Sepa la Posteridad, y sépalo con satisfacción, que el desquite es un hecho. Mas no he podido sofocar el tumulto de mis deudas, porque si algunas reduje o rematé, me han nacido otras por inevitable exigencia de los compromisos sociales y de nuevas aventuras que sin saber cómo me salen de debajo de las piedras. Me consuela el ver que Aransis se halla en mayores apreturas, y en él son más aterradores los efectos por ser de superior gravedad las causas, pues mantiene caballos, disfruta coches, gasta bailarinas y figurantas del Circo, y se mermite otras formas de opulencia propias de un aristócrata. Días pasados, cuando después de hacerme horripilante descripción de sus ahogos, me anunció mi amigo su propósito de levantar un empréstito, echeme a temblar, y al temblor siguió sudor frío cuando me dijo que nadie como mi hermano podría encargarse de ello. Fue para mí como un tiro su indicación de que yo hablase a Gregorio.. ¡Ay!, mucho quería yo a Guillermo, y por servirle y ayudarle aceptaría cualquier sacrificio; pero que no pusiese en mis labios semejante cáliz. Atento a mis razonadas excusas, y sin ofenderse por mi negativa, buscó entre sus conocidos otros amañadores de tales negocios, y al fin (el lunes lo supe casualmente) el empréstito de Guillermo ha venido a parar a mi casa. Hoy me dijo Gregorio con punzante burla: «¡Vaya con tu amiguito! ¡Dios tenga piedad de la casa de Aransis! Al paso que lleva ese mequetrefe, pronto empeñará los pararrayos.. Y como los que le den dinero no cobrarán hasta que muera su abuelita la señora Marquesa, que aún está de buen año, entienda Don Guillermo que le harán pagar caro el plantón».

Informado por Aransis, día por día, de la marcha de su asunto, supe que tardaba en efectuarse más de lo que él quisiera.. Surgían temores, (p.6035) dificultades; la cuantía del préstamo era objeto de meditaciones aritméticas por parte de los que habían de aflojar la mosca.. En mi casa, sin hacer la menor pregunta a mi hermano ni a los dependientes, yo inquiría y olfateaba, con la mira de comunicar a Guillermo cuanto pudiese averiguar. Pero nada en limpio saqué de la contemplación de aquellas esfinges. Yo veía entrar y salir gente; pero iban a otros degüellos: unos salían conformes, cadavéricos otros y con el mal de San Vito. Oía yo el rechinar de dientes, y el estertor de las víctimas en el momento agónico; pero nada pude pescar que a los intereses de mi amigo se refiriese. Sin duda no se había encontrado el vampiro, y mi hermano y otros andaban en su busca y descubrimiento. Por fin, en estas oscuridades, vi aparecer súbitamente una luz, primero lívida, después resplandeciente, y ello fue en el salón de la dama moruna.

Aprovechó Eufrasia un oportuno ratito para decirme: «¿No sabe usted nada del empréstito de su amigo Aransis? Trabajillo ha costado a Gregorio encontrar quien cargue con ese mochuelo; pero al fin veo que.. vamos, que parecieron los cuartos.. No me pregunté quién los dará. Ni lo sé ni se lo diría aunque lo supiera, que esas cosas son muy reservadas. Lo que sí le digo y le ruego es que use usted de toda la influencia que tiene con su amigo para irle quitando de la cabeza esa vanidad estúpida, pues si no se enmienda, pronto dará en tierra con esa casa, un día tan poderosa, hoy resquebrajada y tambaleándose como los borrachos. Y todo lo que he dicho de Aransis, aplíqueselo usted, que también va por malos caminos, y no tiene casa grande que devorar. Modere usted a su amigo, y modérese a sí propio, si no quiere que yo le retire mi amistad, y le deje solo y desamparado en el mundo.

Contestele agradecido, agregando la promesa de sermonear a Guillermo y de sermonearme también a mí propio, aunque no era menester, porque ella lo hacía ya con notoria eficacia. Y la dama siguió así: Hágase cargo de lo que pasa en esta sociedad. La aristocracia, que no sabe (p.6036) administrar su riqueza, ni cuidar sus fincas, se va quedando en los huesos. Toda la carne viene a poder de los del estado llano, que cada día afilan más las uñas, y acabarán por ser poderosos.. ¡Como que también están afanando lo que fue de frailes y monjas!.. Claro que luego volverán las aguas a su nivel; los que vivan mucho verán cómo se forma una nueva aristocracia de la cepa de esos ricachos, y cómo recobrará el clero lo suyo, no sé por qué medios, pero ello ha de ser. El mundo da vueltas, y al cabo de cada una de ellas se encuentra donde antes estuvo. Por esto digo yo que andando hacia adelante, andamos hacia atrás».

Oíala yo encantado de su donaire. A más de los saludables consejos, saqué en limpio de aquel coloquio dos cosas: la noticia de que es un hecho la estrangulación de Aransis, y la casi certidumbre de que el ejecutor es mi amigo D. Saturnino del Socobio, el cual no pierde ripio cuando le cae un pájaro de esta calidad.

8 de Abril.- Consagro la confesión de esta noche, oh amigos venideros, al que se precia de serlo mío en la hora presente, el esposo de Eufrasia, por ésta comúnmente llamado Saturno. Comprenderéis esta preferencia cuando sepáis que anoche fue grandísimo estorbo para mi palique con la señora, llevándome a un apartado sitio de la sala para charlar conmigo.. Vean primero el hombre. Aunque no ha llegado a los cincuenta, parece haber traspuesto esa línea, porque su naturaleza viene arruinada, de años atrás, por achaques de que se defiende hoy con un método riguroso impuesto por su mujer. De cuerpo menos que mediano, escaso de carnes y de pelo, fatigoso en el habla, todo su ser se condensa en la viveza de los ojos y en la movilidad de los brazos cuando pone el paño al púlpito. Gasta bigote recortado y triangular, lo que más le asemeja a Espartero que a Zumalacárregui, y unas cortas patillas cuyo trazado le he visto variar en pocos meses. Viste bien; come con grandes remilgos higiénicos, desechando hoy lo que ayer le gustaba; habla con elocuencia reposada y construcción (p.6037) castiza; discurre con tino, en su cuerda, esquivando la paradoja y la hipérbole; es en su trato cortés, en todo lo social correctísimo. Gusta de la política, y creería faltar a un deber profesional si no hiciera cada noche un resumen claro y juicioso, a su modo, de los sucesos del día. Habla despacio, y es de los que se escuchan. Conocedor yo de su debilidad por el éxito oratorio, pongo exquisito cuidado en escucharle también con todo mi oído, ya que no con toda mi alma. Oídle conmigo:

«¿Me preguntan si acepto el sistema parlamentario con todas sus consecuencias? Lo acepto como ensayo, sin asegurar que pueda caber dentro de ese molde la vida de la Nación. Es régimen de garantía siempre que en él se diga: 'fiscalicemos'. Pero es régimen de barullo cuando sea preciso decir: 'gobernemos'. Yo, ya lo saben todos mis amigos, no hago un misterio de mi procedencia, ni reniego de mis antecedentes. Tengo a gala el haber influido con Maroto para llevarle al convenio de Vergara. Serví honradamente a D. Carlos.. fui bastante leal para decirle: 'Señor, esto es imposible..'. El 38, cuando la Corte y el ejército llegaron a las puertas de Madrid, tuve una fuerte agarrada con González Moreno, en Arganda, y me separé del partido para siempre. Mis hermanos luchaban en uno de los campos, yo en otro: vimos clara la inútil inhumanidad de semejante lucha, nos abrazamos, y aquí estoy.. ¿No convienen ustedes conmigo en que los tiempos cambian, y en que su variar continuado trae la evolución?.. Pues la evolución es como la conciencia de la sociedad. Yo evoluciono, luego existo».

Mis noticias son que D. Saturno fue el representante de la familia en el campo carlista, mientras otros acá la representaban, atentos al recíproco auxilio, y a mirar por todos cuando Marte decidiera entre Isabel y Carlos. Sé también que arrimado a los Socobios, que venían mangoneando en Gracia y Justicia desde el tiempo de Calomarde, D. Saturno aumentó considerablemente su peculio, gestionando asuntos eclesiásticos. Heredó luego de su (p.6038) primera esposa un buen caudal. Arregladísimo en todo, menos en un aspecto muy importante de la vida humana, el hombre cuerdo y sesudo para los negocios y la política, para las relaciones varias del organismo social, no era un modelo en la vida doméstica, ni practicaba con rigor los buenos principios que rigen y gobiernan las costumbres. Mutilaba y subvertía la ley moral, dejando a salvo, con no poca sofistería, sus religiosas creencias. De él se ha dicho que es un valiente campeón católico que ha reformado el Catecismo, reduciendo a seis los pecados capitales.

Siguió diciendo: «¿Convienen ustedes conmigo en que es preciso transigir, amoldarse a las circunstancias, a los hechos? Lo digo sin rebozo. Yo acepto el parlamentarismo y el liberalismo siempre que se encierren dentro de los límites de la mayor moderación, poniendo por encima de todo el principio de autoridad y la fe religiosa. Sin estas dos grandes columnas no hay edificio social que se mantenga en pie.. Alguien me ha dicho que debiera yo predicar con el ejemplo más que con la palabra: a eso respondo yo que no me tengo por hombre impecable. Al contrario: pecador he sido, y pecador reincidente. Lo reconozco, lo confieso. ¿Qué más quieren? Mi temperamento ha podido en otros días más que mi razón.. Ésta y la edad me han traído la enmienda. A muchos conozco y conocemos todos que no podrán decir lo mismo. ¿Es verdad o no es verdad?»

Yo supe que a su definitiva enmienda le habían traído los alifafes más que la razón. Padecía D. Saturno de sorderas periódicas, de inflamación de los oídos, de irritaciones gástricas, de dolores en la osamenta, gajes, ¡ay!, de sus formidables campañas.. Su última pasión fue la hija de Don Bruno Carrasco, y si en ella gastó al principio lo que le restaba de salud y padeció ansiedades y disgustos, luego Dios le deparó en aquel mismo pecado su salvación, trayéndole por los trámites de ley a la honrada paz que ahora disfruta. Adelante.

Tres amigos fumadores escuchábamos con benevolencia de estómagos agradecidos las (p.6039) campanudas estolideces que Socobio nos endilgaba. Uno de aquéllos, de traza muy respetable, aparecía por vez primera en la tertulia, y desde que fui presentado a él por D. Saturno puso en mí toda su atención. En los respiros que nos daba el orador (a quien afligían ciertas intermitencias del resuello) , el Sr. de Emparán (que así se llamaba aquel sujeto) mirábame con fijeza inquisitiva y me hacía preguntas algo extrañas acerca de mis ocupaciones, de mis placeres, de mis estudios.. ¡Estudios a mí! Aquel buen señor soñaba despierto: era quizás de los que me tenían por sabio, y quería obtener informes directos y personales de mi prodigiosa ciencia. Tentado estuve de devolverle curiosidad por curiosidad, preguntándole a mi vez: «¿Y usted quién es, en qué se ocupa? ¿A qué debo el honor de ese prolijo interés por mi humilde persona? ¿Qué idea le mueve a querer penetrar en el segundo fondo de mi existencia?» Pero mi buena crianza me libró de cometer tal grosería con un señor que me triplicaba la edad, y que al interrogarme disimulaba su impertinencia con la urbanidad más exquisita. De pronto, una frase del investigador arrojó alguna claridad sobre la confusión de mi mente. «Sr. de Fajardo -dijo-, con su señora hermana, Sor Catalina de los Desposorios, sostenemos mi familia y yo amistad cariñosa, y aunque de tanto oír hablar de usted casi casi llegábamos a conocerle como si le hubiéramos tratado, he querido yo tener este careo, y no me pesa, no me pesa..».

Acercose más a nosotros el dueño de la casa, y dándome palmaditas dijo a su amigo: «Aquí le tiene usted, Sr. D. Feliciano. Es buen chico, aunque un poquillo desordenado y calavera. Pero, si bien se le mira, en su fondo no hay malicia, y será lo que se quiera hacer de él». ¡Y yo sin comprender lo que oía, ni atreverme a pedir categóricas explicaciones! Levantose el Sr. de Emparán para despedirse, y después de ofrecerme su casa y de rogarme que la honrara, me apretó la mano con fuerte sacudida, diciéndome: «Su señora hermana me ha indicado esta tarde que desea verle a usted (p.6040) pronto por allá.. No tarde, D. José, que, según yo pienso, tiene que decirle alguna cosa.. que no es baladí; ciertamente no es baladí».

Al verle salir acompañado de Socobio, empecé a descifrar el enigma y poco después lo vi completamente claro en los ojos negros de Eufrasia.

 

Ep-31-XVI -

12 de Abril.- Hace días deserté de la casa y reunión de D. Saturno, prefiriendo las de su hermano D. Serafín. He querido probar el juego desdeñoso, y no sé por qué pienso que ha de marrarme. Allá lo veremos.. Continúan las dos chiquillas Virginia y Valeria embelesándome con sus donaires, que ahora van trocando en agudísimas y a veces mortificantes burlas. Con tal confianza me tratan ya que hasta me tutean, sin que yo me atreva a rebajarles el tratamiento. Óigalas el que esto lea: «¡Ay, Pepito, qué lástima te tenemos!.. Aunque ahora nos veas reír, puedes creer que por ti hemos llorado..». «Vaya, que no tienen mal fin tus picardías.. Ya no más revoloteos, gavilancito. Ahora te ponen una calza como a los pollos, y te meten en un corral con las bardas muy altas, para que no puedas escabullirte..». «Esas bardas son la casa de los Emparanes. No te pongas afligido, Pepe, que la novia que te han buscado es tan buena que no te la mereces. A talento podrán ganarle otras, pero a hermosura no..». «Tiene una nariz muy mona, encorvadita sobre el labio como si quisiera averiguar lo que hay dentro de la boca..». «Y antes que ver los dientes, ve las encías. El talle, eso sí, es tan bien torneadito como el globo terráqueo, y lo mismo se redondea para los lados que de abajo arriba..». «Su habla es graciosa, sobre todo cuando tartamudea; pero esto no es todos los días, sino cuando hay viento de Toledo..». «Los ataques le suelen dar los días en que se saca ánima». «¡Ay, Pepito, qué feliz vas a ser, con una esposa lánguida aunque no sin carnes, con una esposa que tendrás que mecer en tus brazos cuando se te desmaye! Pero tú te harás la cuenta de que no la cargas a ella, sino a sus talegas..». «Anda, pícaro, y qué bien rebozada en millones te la dan.. Tajadas como ésa no pasan (p.6041) de otro modo».

Yo me reía, queriendo seguir la broma. Oigan lo que les contesté: «¿Pero qué desatinos están ustedes diciendo ahí? ¿Y qué novia es esa que no conozco ni quiero conocer?.. Yo no me caso más que con ustedes, con mis amiguitas Virginia y Valeria, con las dos, porque a las dos las quiero por igual, y ellas a mí me quieren lo mismo la una que la otra.. Con las dos, con las dos, que ahora se reformará la ley de matrimonio, para que un hombre tenga dos mujeres.

-¡Ay, qué pillo, y qué poca vergüenza! ¡Vaya con las indecencias que dice! ¡Casarse con dos!

-Con una ya es mucho apechugar, cuanto más con dos.

-¡Si es un pilluelo de la calle! Si pudiéramos, le clavaríamos cada una un alfiler de los gordos para oírle chillar.

-Si le cogiéramos a solas, le daríamos una broma pesada: ofrecerle una yema llena de polvos de escribir, o echarle tinta del tintero en la taza de café.

-Nos vengaremos hablando pestes de él y sacándole los colores a la cara, ya que no podamos sacarle los ojos».

Río yo y me distraigo con estas burlas donosas; pero la procesión me anda por dentro. Lo diré sin ninguna reserva: Eufrasia me trae loco, respondiendo a mi juego de desdenes con una frialdad y displicencia que revelan la perfección de su histrionismo. Anoche no pude cambiar con ella dos palabras: diome con la puerta de su mal humor en los hocicos. Ya ni amigo siquiera. Y esa dulce amistad me hace ahora más falta que nunca, pues necesito consultar con la morisca dama puntos delicadísimos de conducta y aun de conciencia. Su marido, en cambio, me asedia con oficiosas amabilidades y una protección que me enfada sobremanera. Hoy me le encontré en casa del general Fulgosio, y se permitió reñirme con tonillo paternal. «Es muy extraño, Pepe -me dijo-, que no haya usted visitado a los Emparanes.. ¿Apostamos a que tampoco ha ido usted a ver a su señora hermana? Vaya pronto, que algo tendrá que decirle Sor Catalina de los Desposorios; y luego prepárese a ir a vistas.. Cada día que pasa está usted más en falta. (p.6042) Hoy me ha dicho mi esposa que usted no sabe apreciar el bien que se le hace, y con ello viene a demostrar que no lo merece».

Contesté con lugares comunes, sin pedir mayor claridad, porque la claridad en aquel asunto me causaba miedo, y llevé la conversación a la política, buscando los efectos emolientes y narcóticos. D. Saturno me dijo que si Narváez no mostraba más coraje, se le vendría encima todo el Progreso avanzado, con los demócratas, que conspiran descaradamente, protegidos por Bullwer, embajador de Inglaterra. «Yo no sé en qué está pensando lord Palmerston, no lo sé, no lo sé..». Yo tampoco sabía en qué estaba pensando lord Palmerston, ni me importaba.

14 de Abril.- Continúo indiferente a lo que piense o deje de pensar lord Palmerston. Y eso que esta noche, en casa de Alvear, he sido presentado a Bullwer, Ministro inglés, el cual no se ha cuidado de saber lo que opino de su cacareado metimiento en los asuntos de España. Me ha tomado por aristócrata, engañado de las apariencias, y de ello me huelgo muy mucho. Mañana iré por primera vez a casa de Montijo con Aransis. Anteanoche estuve en el Príncipe y vi dos actos de La Rueda de la Fortuna.. Yo esperaba verla allí; pero no fue: brillaba por su ausencia, como dice Ramón Navarrete. A medida que avanza la estación, resplandece en los teatros de un modo fatídico el vacío de las señoras ausentes.. He querido hacer una figura, y no me sale. Es que estoy tonto; así quiero hacerlo constar aquí, dejando correr desde la mente al papel el inagotable chorro de mis necedades; la tristeza que me consume agrava mi tontería y la hace insufrible. Soy un necio afligido y un fúnebre mentecato. Mas ahora caigo en que contra estado tan lastimoso hay un remedio, que es la divina sinceridad, medicina segura de las turbaciones del historiador. Salga, pues, de mi corazón ese bálsamo, y váyanse al demonio todos los reparos y las sofisterías del amor propio.

Sí, señores del venidero siglo: vedme restablecido en mi ser por la eficacia de las verdades que a revelaros voy. Mis murrias provienen del diferente (p.6043) y contrapuesto enfado que me causan dos hembras: la una, después de negarme su amor, resignada o convencida, no lo sé, me retira también la opaca dicha de su amistad; la otra se enciende en tan loca pasión por mí, y de tal modo me asedia y mortifica, que llega, ¡vive Dios!, a serme intolerable. Dos grandes anhelos llenan hoy mi alma: atar lazos de amor con la una, desatarlos con la otra. ¿Y esta otra quién es? Porque de ésta, si mal no recuerdo, no he dicho aún palabra, y ello ha sido por haber clasificado el presente enredillo entre los de puro pasatiempo, llamados a un facilísimo desenlace sin dejar rastro en la vida. Pero en su breve curso tomó inopinadamente tal vuelo, y dio margen a tales enojos míos, que es forzoso historiarlo.. Pero ¿quién es?, dirán los señores y amigos cuando esto lean (ya habrá llovido para entonces) . Pues una mujer del pueblo, una demócrata, que así debo llamarla por ser de lo más selecto y fino dentro del tipo plebeyo. Llámase Antoñita, y pertenece a una familia de cordoneros subdividida hoy en diferentes tiendas y portales de calles próximas a la plaza Mayor. Añado que es muy guapa y graciosa, el más delicado ejemplar de manola que puede imaginarse, y que tiene por esposo a un tal Trujillo, abominable truhán de Madrid, hijo de una honrada familia de comerciantes en peletería, hoy apartado de sus padres y de su mujer, viviendo en oscuros garitos y revolcándose en el más bajo cieno social.

Vino a mí la preciosa Antoñita por conquista de unas cuantas horas, realizada con jactancia y perfidia. Bringas la cortejaba y la tenía por suya; yo se la quité en los rápidos galanteos de una tarde. Cambió la esclava de dueño como si con unas cuantas monedas la comprara yo en un mercado de Oriente, y desde el primer instante se arrebató en tan loca pasión, que el cansancio mío hubo de venir más pronto de lo que pareciera justo, dadas la belleza y donaire de tal mujer. Era su amor tan absorbente que no dejaba respiro, y de un egoísmo tan bárbaro que en constante suplicio vivía por ella el objeto amado. Y no me han valido (p.6044) las ganas y la determinación de ruptura, pues apenas me separaba, venía la desolada mujer con tales asedios, persecuciones, súplicas y lloriqueos, que de nuevo me dejaba encadenar, compadecido de aquella violentísima fiebre, y de aquel amor inextinguible que para su defensa se amparaba del cielo y la tierra.

Y en otro orden muy distinto (todo se ha de decir) , llévame Antoñita con el vértigo de su pasión a un cruel sacrificio, porque si ella no es en verdad un juguete caro, y sabe practicar el contigo pan y cebolla, en torno de ella viene contra mi peculio su insaciable familia, asediándome con brutalidad famélica. Un día es la pobre abuelita; otro la hermana perlática; sigue el primo que tiene taller de cordonería, y como padre de diez hijos se ve en fuertes apuros; arremete también contra mí la tía, que está medio ciega, y anda tras de que la operen; y por fin se presenta con infalible periodicidad el degradado esposo, que al despertar de sus borracheras viene a cobrar el alquiler, canon, peaje.. o no sé cómo llamarlo. Estos repetidos golpes y socaliñas me traen a una situación pecuniaria de grande ahogo, porque no sé negarme al gemido del pobre, y aun cedo a las cobranzas de Sotero (que así se llama el vil marido) , por evitar algún grave estropicio en la persona de Antoñita.

Quiero zafarme y no puedo, porque para ello tendría que obsequiar caballerosamente a toda la taifa postulante con una gorda suma de que no dispongo. Entre tanto, mis recursos bajan, mis deudas crecen como la espuma, y yo voy cayendo en sorda desesperación. Huyo de Antoñita, y ella va tras de mí; me la encuentro en la puerta de la Embajada inglesa cuando salgo, y su tétrica faz y ademanes de loca me infunden lástima; o bien me escribe lacrimosas cartas despidiéndose hasta el valle de Josafaz. Vienen a contarme que la han sorprendido encerrada en compañía de un braserillo de carbón, o tratando una pistola en casa del armero.. En fin, no sigo, porque escribiendo esta desastrada historia me pongo malo, y huye de mí la alegría de vivir, (p.6045) que ha sido en días más venturosos mi sostén y mi encanto.

17 de abril.- Esta noche os doy cuenta de un caso extraordinario. ¿Cómo y por qué conductos ha llegado este romántico sainete a conocimiento de la sin par Eufrasia? No lo sé, ni ella me lo ha dicho al arrojarme a la cara el caso de Antoñita la cordonera con todos sus incidentes y perfiles. Pues sí: ayer, después de largo paréntesis en nuestra amistad, hablamos largamente. Me la encontré en la calle, saliendo ella de San Ginés en compañía de su amiga Rafaela Milagro, ambas en pergenio de devociones, vestidas modestísimamente. Ignoro si venían de confesar, o de alguna Novena o Manifiesto. Las detuve un instante, y obtenido permiso para acompañarlas, fui con ellas a la casa de Rafaela, esposa de mi amigo D. Federico Nieto, alias Don Frenético. La sequedad de la manchega, efectivo trasunto del hielo de su alma para conmigo, o un acabado modelo de simulación, me llevó a mayor abatimiento.

Hablamos extensamente delante de Rafaela, mejor dicho, habló la morisca dama todo lo que quiso, y yo la oí, defendiéndome en breves conceptos de las acusaciones que me dirigió, más en tono de maestro inflexible que de amiga. Díjome que, sabedora de mis desvaríos, había decidido privarme del apoyo de sus consejos; pero que a tal punto llegaban ya mis locuras, que a salvarme acudía, no por mí, sino por mi madre y hermanos, pues ya miraba próxima la catástrofe. Contome ce por be todo lo de Antonia y los ataques de su hambrienta familia, y me preguntó si había yo perdido en absoluto la vergüenza y el instinto de conservación. Como un pobre estudiante, cogido en graves deslices, le contesté que no son las rupturas de amores tan fáciles como ella supone, pues lo que en conversación de personas indiferentes se tiene por muy hacedero, en la realidad y en la situación particularísima de los interesados presenta dificultades y peligros enormes. A esto dijo que ella me propondría un plan de conducta enérgica, para conseguir en breve tiempo la liberación que me devolvería el (p.6046) honor y la paz. A no estar presente Rafaela, hubiérale espetado allí mismo nueva y más ardiente declaración de amor, echándole la culpa de mis desastres por causa del abandono en que me tiene.

Continuó la dama, en el resto del coloquio, tan frigorífica como en la primera parte: ni una sola vez vi la sonrisa en sus labios, ni en su faz morena el encendido tono que al acalorarse le daba singular encanto; sus negros ojos parecían haberse impuesto la obligación de atenuar la mirada con el amparo de sus admirables pestañas, y aquel rayo que herirme solía, a mí llegaba sin la acerada punta, tibio y ceniciento. Desdeñosa, siguió fustigándome: «Está usted de algún tiempo acá tan desatinado, que sin darse cuenta de ello, comete las mayores inconveniencias. Al demonio se le ocurre dejar en casa, para que yo las lea, esas novelas de los Balzaques, Suéses y Souliéses. Pero ¿está usted soñando? Ya creo haberle dicho que aunque traje de Roma licencia para leer obras prohibidas, no quiero hacer uso de ella, por conformarme con los gustos de mi esposo y no chocar con su familia y amigos. Yo no leo nada de eso, Pepe, bien lo sabe usted, pues en una casa como la mía no pueden entrar libros estimados como peligrosos por la moral depravada que encierran».

Tomando en este punto la palabra Rafaelita la Frenética, que hasta entonces poco menos que muda había permanecido, me dijo: «Yo no tengo licencia; pero si la tuviese, tampoco la usaría, porque de esos libros no se saca más que barullo en la cabeza y cosquillas en el corazón.. Cuando una llega a cierta edad y ha encontrado su oasis, buena tonta sería si no se sentara a la sombra de las palmeras de Dios, esperando allí a ver pasar las caravanas.. A mí me gusta ver pasar las caravanas, y me alegro de no ir en ellas.

-¡Dichosa usted que tiene oasis! -le respondí-. Dígame dónde está el mío, si lo sabe, para irme corriendo a él.

-El oasis de usted yo sé dónde está -me dijo Eufrasia-, y usted también lo sabe; sólo que, como es un pillo, se hace el distraído y el (p.6047) desmemoriado, porque le gusta más andar por el desierto, de Zeca en Meca.. comiendo dátiles podridos..

 

Ep-31-XVII -

18 de Abril.- Muerto de sueño, no pude terminar anoche la sustanciosa conversación que tuvimos Eufrasia y yo en casa de Rafaela Milagro. Sigo en el punto en que la dejé, o sea, en lo de que yo me alimentaba con dátiles podridos a mi paso por el desierto. Nada quise responder sobre aquella supuesta putrefacción del fruto de las palmeras, y abordé valeroso el tema que mi amiga me proponía para seguir peleándonos. Precisamente, allí quería yo verla y escuchar lo que pensaba de un problema de mi vida sobre el cual no había querido darme opinión. No he necesitado decir que en la famosa noche de mi conocimiento con Emparán, relacioné las enigmáticas preguntas que éste me hizo con el plan casamentero de mi hermana sin consultar para nada mi voluntad, como si yo fuera un objeto insensible y de poco precio, que se regala, o de mucho precio y que se vende. Más sorprendido que indignado, y mirando por el lado de las burlas aquel mercantilismo matrimonial, corrí a llevarle el cuento a Eufrasia. Al punto advertí en sus ojos una gran estupefacción, después un rayo de cólera que me colmó de alegría. Sus palabras, pasada la impresión primera, y echados rápidamente los frenos del disimulo, no correspondieron al lenguaje anímico de los ojos.

-Está usted divertido -me dijo echándose a reír-. Quieren llevarle al matrimonio como se lleva al colegio un chiquillo mal criado para domarle. Es usted un ángel de Dios, Pepe. Deben de conocerle bien los que así disponen de su corazón y de su mano. Veo que usted lo toma a broma, y ello prueba una pachorra.. tan fenomenal.. vamos, que si la pachorra fuera motivo de canonización, ya estaría usted subidito en los altares con una vela a cada lado..». Por más que en mi respuesta me mostré irritadísimo ante aquel menosprecio que se hacía de mi voluntad, no logré que cambiara el tonillo sarcástico por otro más conforme con mis sentimientos. Repitió las burlas, llevándolas (p.6048) hasta un extremo que jamás vi en ella, y desde aquella noche levantó delante de mí el muro de hielo que mis atenciones y mi cariño no han podido escalar, ni menos romper, como he consignado en las confesiones de los últimos días.

Y ahora, planteada de nuevo la cuestión, le digo: «Estoy esperando, amiga mía, su pensamiento acerca de eso que llama mi oasis». Y ella, más glacial que nunca: En otra ocasión pude reírme de que le quisieran a usted.. para mejorar la yeguada de los Emparanes. Ahora, conociéndole mejor, veo que los que así disponen de usted, saben lo que se hacen. Y estará loco si no cierra los ojos y se presta.. al cruzamiento.. antes hoy que mañana. Si así no lo hace usted, está perdido. Nada, Pepe: ahora mismo escriba usted a Catalina dándole prisa para que lo arregle todo prontito. Le ha venido Dios a ver con esa boda. Ni usted merece más, ni podría esperar solución más acertada de los conflictos de su existencia.. Más le digo: ¿quiere usted que volvamos a ser amigos?

-Es mi mayor anhelo.

-Pues vaya, Pepe, vaya pronto a esas vistas que le proponía mi marido; vea y examine el bien que Dios le ha deparado, y cuando usted salga de aquella casa, comuníqueme sus impresiones.. Entonces, cuando yo me entere del estado de su ánimo, le indicaré la forma y manera más dignas de dar ese sí que tanto se desea.

-Déjese usted de síes y noes, que no tienen sentido común. ¿Será usted mi amiga, me aconsejará?

-Aconsejándole estoy ahora.

-¿De modo que usted cree..?

-Ya lo he dicho: cierre usted los ojos.. y ¡adentro!

-Como quien toma una medicina muy amarga.

-Exactamente -dijo tapándose la boca con el libro de rezos para ocultarme su risa.

Creí observar que el muro de hielo, con aquel reír gracioso, se agrietaba; pero ella prontamente acudió a repararlo, revistiéndose de gravedad severa.. Entraron otras dos señoras que también de la iglesia venían; tras ellas un sacerdote.. Eufrasia me indicó que debía retirarme, y así lo hice, desdoblando lentamente, en el descenso por los escalones, mis inquietudes y (p.6049) tristezas.

29 de Abril.- Tanto tengo que referir esta noche que no sé por dónde empezar. Con las fatigas de estos días y la tardanza en recogerme (que casi con las primeras luces de la mañana entro en mi casa) , me han faltado tiempo y gusto para escribir. Procuraré ganar lo perdido, y presentaros con el posible método y precisión los acontecimientos de este capítulo de mi historia. Lo primero que debo decir es que Sotero Trujillo, marido de Antonia, se personó un día en mi casa, proponiéndome un negocio, en el cual me daría participación si yo le anticipaba la cantidad necesaria para plantearlo. ¡Vaya una minita que era el tal negocio! Con él se ganaría el dinero a espuertas.. Tocante al secreto, a nadie lo revelaría. Fue mi única contestación agarrarle por un brazo y llevármele como a rastras hacia la puerta. Ya fuera de ella, quiso el hombre revolverse contra mí; pero mi fuerza nerviosa, que a falta de la muscular me asiste en casos tales, pudo más que su impetuosa rabia.. De un empujón bajó Sotero rodando el primer tramo de la escalera. Sangraba por frente y narices, escupía maldiciones, y si no intervienen los porteros que al escándalo acudieron, sigo tras él y le lanzo a nueva carrera por el segundo tramo. Hacia la calle le precipitaron los porteros y un polizonte, y no volví a saber de él en todo el día. Mi hermano y Segismunda me riñeron por el escándalo, echándome en cara que a casa llegasen tan ignominiosas visitas, por la desigual vida que yo llevo entre las personas más altas y las más bajas.

Siguió a este ruidoso acontecimiento, en la serie de aquel día, otro no inferior en importancia, pero sumamente grato para mí; y fue que aquella tarde, hallándome, diré que por casualidad, en mi oficina (a la cual yo no voy más que a fumar cigarrillos y a escribir mi correspondencia) , tuve el honor de ser llamado por Sartorius a su despacho, y recibido por él con delicada llaneza. Su Excelencia había oído hablar de mí y deseaba conocerme. La rápida lectura de las primeras hojas de un manuscrito mío le había revelado disposiciones literarias no (p.6050) comunes, y como protector de las letras y de sus cultivadores, me incitaba bondadosamente a poner más atención en los trabajos de pluma que en el tumulto de la vida social elegante. Debía yo, pues, probar fortuna en el Teatro o en la Novela, género muy desmedrado entonces en España, y mejor aún en la historia nutrida y amena. Nos hacen mucha falta, según Sartorius, buenos escritores que aprendan y cultiven el arte de la amenidad, y nos libren de esas investigaciones pesadas y macizas sobre cosas de la Edad Media, que no hay cristiano que las trague; y convendría también que los de literatura entretenida abandonasen la cuerda sentimental, que ya empalaga, reanudando la tradición de la prosa humorística, española, expresión de la vida real..

Representa Sartorius cuarenta años; es de buena presencia, el rostro expresivo, el bigote corto y rubio, la mirada sagaz, modales y conversación de exquisita urbanidad. En él veo un raro ejemplo de aristócratas espontáneos, como yo, es decir, hombres que, sin haber nacido en dorada cuna, parecen destinados por Dios a ser fundamento de la nueva nobleza que ha de levantarse sobre las ruinas de la antigua.. Terminó Su Excelencia con una indicación que fue signo de interés y simpatía por mi humilde persona. «A usted -me dijo-, le convendría entrar en la carrera diplomática, para la cual parece cortado, no sólo por su ilustración y su conocimiento de lenguas extranjeras, sino por su buena figura. Podría ir de agregado a París o a Roma, y en ello habría para usted dos ventajas: la de abrirse una brillante carrera, y la de ausentarse de Madrid.. que no le vendrá a usted mal, según entiendo». Comprendí que mi hermano Agustín había sugerido al señor Ministro la idea de echarme de aquí, como el único medio práctico de cortar de un tajo los innumerables enredos en que aprisionada está mi pobre existencia. Agradeciendo la noble intención, me despedí, no sin protestar en mi interior del destierro que me preparaban, pues la vida esta en que sufrimientos y goces se confunden (p.6051) con dramático enlace, me cautiva, me embriaga, y como los borrachos, amo el licor que endulza y alegra mis horas.

Observando un puntual orden cronológico, refiero que aquella noche fui a la tertulia de Montijo. Nada de extraordinario me ocurrió en el palacio de la plaza del Ángel, pues no lo fue que la menor de las hijas de la Condesa, Eugenia, lindísima criatura, de una belleza espiritual cuando está seria, picaresca cuando ríe (y no escasea la risa) , me dijese que, pues yo poseía el italiano, habláramos un ratito en esta lengua, que ella con mucho gusto estudia.. Gramaticalmente la domina ya, y desea soltarse.. Hablamos, no tanto como yo quisiera, y pude recrearme en la gracia, en el ingenio y donosura de esta sin par mujer; pero de mis ejercicios italianos hubieron de arrebatármela, con los españoles, Bermúdez de Castro y Roca de Togores, que andaban locos tras ella, pretendientes más tenaces cuanto menos favorecidos. Eugenia se divierte con ellos, como con otros, como conmigo, y a todos da cuerda, mas no esperanzas.. En el rincón de los políticos presencié una viva disputa entre Borrego y Salamanca, del cual se dice que ha vuelto la espalda a Narváez y a la misma Reina, lastimado del alevoso puntapié que aplicaron a su Ministerio, no más sólido que una estatua de escayola, como todo figurón que no tiene por ánima, dentro del yeso, una espada formidable. Aburriome la disputa, en la cual no se oían más que los comunes tópicos, y me fui al olor de las damas, que no pocas allí había de mi conocimiento, y algunas a quienes yo solía cortejar con la audacia propia de galanes españoles, maestros de dar formas finísimas a la grosería. Detúveme un mediano rato con la de Torrefirme, casi cuarentona, que me mostraba singular deferencia ya tocante en la inclinación, y como advirtiese yo aquella noche que la caída hacia mí se acentuaba locamente, excediendo en desnivel a la torre de Pisa, miné y destruí su cimiento todo lo que pude para que se derrumbase pronto, como en efecto.. Pero de esto no debo decir más ahora.

Esclavo de la (p.6052) escrupulosa cronología, digo que a la mañana siguiente me despabilaron dos visitas harto funestas: el pobre Cuadrado, que iba al olor de socorros y esperanzas, y la prima de Antonia, prendera, que me dio la noticia de hallarse ésta enferma y poco menos que moribunda. Para recibir y contentar a los dos visitantes derroché tesoros de filosofía. Ni sorpresa ni alarma me causaron los suspiros y lamentos con que la prendera me llevó su embajada, porque ya estaba yo hecho a noticiones de aquel calibre y a las actitudes sentimentales; no obstante, sentí lástima de la cordonera, a quien no había visto en luengos días, y sospeché que padeciese hambre o que le dieran tormento los infinitos diablos que componen su familia. Con promesa de pasar por allá despedí a la llorona mensajera; a Cuadrado le di todo el contenido de mi bolsa, que no era mucho, y por consuelo le dije que ya había hablado de su asunto con el propio Ministro. Esto no era verdad, porque en mi entrevista con Sartorius, de todo me acordé menos del infeliz cesante; pero al soltarle la fábula, hice mental propósito de enmendar pronto mi negligencia: «Váyase tranquilo, amigo Cuadrado, que no pasará esta semana sin que usted reciba la reposición: corre de mi cuenta». Y él: «Como no se den prisa, puede que antes de reponerme esté todo el Gobierno en medio del arroyo. Oiga usted a los progresistas y entérese.. Cuentan con la Inglaterra, que ha mandado ya para acá sin fin de cajas llenas de libras esterlinas..

-¿Usted las ha visto?

-¿Cómo he de verlas, si todavía no han llegado? Ahora vienen por la travesía de mar. Pero vendrán, y las veremos todos, que buena falta nos hace. Esto está perdido; en Castilla y Extremadura habrá mala cosecha, y como siga el espadón, tendremos hambre pública.. Pues digo: cuentan con la Inglaterra; cuentan con diez o doce batallones.. ya comprometidos, y cuentan con gente de mucho dinero, que no tengo por qué nombrar».

Preguntele si conspiraba, y con viva efusión, iluminado el rostro por llamaradas de alegría, me (p.6053) contestó que sí. Conspiraba porque se lo pedía el cuerpo, porque el conspirar era olvido de las penas, venganza de la injusticia y fuente de risueñas esperanzas; conspiraba también por patriotismo, para que la Nación saliera pronto de tantas desventuras. Como no tenía ocupaciones de oficina ni de nada, se pasaba el día charlando de la conspiración con sus amigos viejos, o con los nuevos que en el campo democrático le habían salido. El rincón de un café, el cuchitril de una portería o las negras estancias de una mala imprenta eran sus logias, y cuando no se terciaba el arrimo a cualquier tertulia revolucionaria, satisfacía su anhelo en los corrillos de la Puerta del Sol, conventículo habitual de cesantes. Díjome que si sus hijos fueran mayores, a todos pondría un trabuquito en la mano para defender la primera barricada que se levante. Él y otro amigo no menos enamorado de las trifulcas, y que con ellas soñaba dormido y despierto, habían recorrido todo Madrid, barrio por barrio, estudiando sobre el terreno los puntos más estratégicos para emplazar barricadas, con el menor riesgo de sus defensores y mayor desamparo de la tropa que tomarlas quisiese. Las enfilaciones de las calles, la orientación de los edificios, todito lo tenían bien observado, medido y presupuesto para el caso muy próximo de dar el grito contra Narváez. No era puro platonismo y ojalatería, que también, según dio a entender, andaba en pasos de pronunciar a cabos y sargentos, sirviendo de auxiliar a otros dos, ya muy duchos en este arte. Despedile al fin, incitándole a perseverar en su trabajo, pues aunque yo creía firmemente que se le repondría, debíamos prepararnos para toda contingencia desfavorable, y si la gran injusticia no se remediaba, echar a rodar todo lo rodable, Gobierno, Constitución y el Trono mismo.

Comí con presteza y me eché a la calle, movido de la absoluta precisión de buscar dinero, pues el cesante había limpiado mis bolsillos: visité a tres usureros, arreglándome al fin con el más cruel y de más arrebatada fantasía para elevar hasta el (p.6054) cielo los intereses y remontar mis deudas. Me reparé de mi necesidad, y aunque me acosaban tristes presentimientos del abismo a que yo corría, bien pronto el torbellino vital, el encadenamiento rápido de las obligaciones con los goces, y de los apetitos con los nuevos deseos, las ambiciones soñadas sucediendo a las satisfechas, me volvían al normal abandono y a no pensar más que en el momento presente.. Sigo contando.

Con dinero fresco, corrí a casa de Antonia, un piso tercero en la Plaza Mayor, y mi sorpresa fue terrible ante el desastre que mis atónitos ojos contemplaron al entrar en la estancia. Trujillo, según me explicó la prendera, allí presente, había cargado con todos los muebles para empeñarlos o venderlos, no perdonando más que la cama en que Antonia yacía con altísima fiebre y angustias del ánimo, que se disiparon al verme. El miserable se había llevado hasta los clavos, haciendo tabla rasa de cortinas y alfombras, con lo que la casa se había convertido en nevera. Nada de esto me había dicho en mi casa Margarita, que así se llama la prima de Antonia, porque lo ignoraba: el villano despojo fue perpetrado de once a una por el Sotero y dos compinches. Mientras acudía yo a reanimar con palabras afectuosas a la pobre Antoñita, hizo la otra una visita de inspección a los aposentos interiores, y volvió con las manos en la cabeza, diciendo: «Han afanado también toda tu ropa, hija, no dejándote mas que cuatro pingos. ¡Habrá infames, habrá trastos!.. En la salita queda un espejo chico, el lavabo viejo y unas mantas y almohadas.. ¡Jesús, Jesús!..».

Sonriendo, y sin quitar de mí sus ojos, nos contó la enferma que al partir Sotero con el ajuar de la casa le dijo: «Ahí quedan unas cosas. No vayas a creer que te las dejo. Volveré por ellas esta tarde».

Yo no tenía más arma que un bastón de estoque. Ya estaba yo viendo el hierro traspasando de parte a parte al ladrón si volvía mientras yo estuviese allí.. Pero no había que perder el tiempo en quejas y apóstrofes vanos, pues Antoñita necesitaba con premura cuidados, alimento, (p.6055) medicinas. Llamada por la prendera una chiquilla de la vecindad que todos conocíamos, muy amable y vivaracha, de nombre Encarna, empezamos a reparar el gran desavío causado por aquellos bergantes, y acudiendo algunas vecinas, entró en la casa lo más necesario en aquel conflicto: caldo, pan, agua caliente, carbón, leche, velas.. Bajando y subiendo Encarna con ratonil prontitud las escaleras, trajo de las tiendas próximas todo lo que el dinero podía facilitar de momento; y al ver el trajín que unos y otros traían, Antoñita reía y daba palmadas, no sé si delirando, o por efecto del extremado gozo que mi presencia le causaba, el cual parecía tener virtud bastante para sofocar las mayores tribulaciones. Procuré hacer a su lado la calma: dispuse que todo el mujerío se retirase al comedor y cocina, di a Margarita cuanto necesitaba para completar la provisión de lo más indispensable, ordené que fuese llamado un médico, y quedeme solo con la infeliz mujer, arropándola cuidadosamente para que no se enfriara, y sosegando su ánimo con dulces acentos de amistad y compasión. Pero si logré que guardara bien los brazos bajo el rebozo, no pude poner freno a su desmandada locuacidad.

 

Ep-31-XVIII -

«¿Qué me importa que ese gandumbas indecente me haya llevado todo lo que había en casa, trebejos, trapos y chirimbolos, si te tengo a ti? Por la puerta por donde salieron los trastos entraste tú. Bendita sea la puerta. Estoy contenta; no me cambio por nadie.. Bueno. Que Sotero se ha llevado lo que no era suyo, vaya bendito de Dios.. pero si da en robarme también a mí, que soy lo menos suyo de todo lo que había en la casa.. ¡ay!, si da en robarme, entonces sí que la hacemos buena.. ja, ja.. No, Chinito, no me digas que me calle después de haber estado quince días o quince siglos sin verte.. No, no: todo el palabreo que se me ha quedado dentro de la boca en tantos días, ahora tiene que salir.. ¡Si estoy hablando como una fuente! ¿Callarme yo? Aunque quisiera, Chinito, no podría. Déjame que despotrique, y si me sube la calentura, que suba hasta el Cielo, y si por (p.6056) hablar he de morirme, muérame con la última palabra cogida en la boca como un cigarro puro.. Ayer dije entre mí: 'Voy a figurar que estoy mala, para forzarle a venir. Me meteré en la cama, y estaré un día sin comer para ponerme languiducha, y tomaré la yerba que dicen enciende calentura, para que el timo sea completo.' Esto pensé, y de tanto pensarlo, Chinito, caí mala de verdad.. Ayer vino Sotero y me contó que le habías echado por las escaleras.. Hiciste mal en incomodarte, pues todo el negocio, es un suponer, no llevaba otra malicia que sacarte doce o catorce reales; y se habría ido tan contento.. En venganza de ti y de mí, porque ayer le dije: 'apártate, asqueroso, que tu olor a vinazo me tumba', ha venido hoy con dos granujas para desvalijarme.. Es un pillo, un borracho, un gandul y un sinvergüenza; y si yo no le aborrezco todo lo que debiera, ¿sabes por qué es? Porque sé que te quiere.. No, no te rías. Sotero te quiere. Me ha dicho que eres bueno, y que si alguien te tocara al pelo de la ropa, ya se vería con él.. No es vengativo, ni picajoso; casi, casi es un poquito noble.. no te rías. Como te le encuentres por ahí, no le temas, que nunca fue traicionero. Le sueltas un duro, y verás qué contento se pone..

»No callo, no me da la gana de callarme.. Yo creo que estoy mala por el aquel de tantos días sin hablar, y es que se me han podrido dentro las palabras, y de la pudrición del vocablo ha venido esta calentura.. Pues no me callo, que parloteando se me despeja la cabeza.. Vuelvo a decirte, Chinito, que no me importa que Sotero se haya llevado los ajuares. Déjale que se remedie el pobre, y que mire por su vicio. ¿Y para qué quiero yo muebles, para qué nos hacen falta sillas, cómodas ni espejos, si ahora nos vamos tú y yo a vivir a un monte? Tú me lo has dicho cuando entraste a verme, y ya no puedes volverte atrás.. ¿Que no me lo has dicho? ¡Ay, qué mentiroso!.. No te hago caso. Quieres divertirte conmigo. Sí que me lo dijiste.. Nos vamos a un monte.. y pronto, mañana por la mañana, y viviremos en una choza, solitos.. (p.6057) Ni tú verás más mujer que yo, ni yo veré más hombre que tú.. Y que nos entren moscas. Nos vestiremos a lo salvaje con unos pedazos de pellejos en donde sea más preciso, y no tendremos que averiguar lo que es moda y lo que no es moda para vestirnos.. Mira Chinito: no te vuelvas atrás, que me lo has dicho.. tú me lo has dicho, y yo te pregunté que cuándo nos íbamos, y me respondiste que mañana.. Bueno: pues ya que estamos conformes, sigo.. Para nada necesitamos allí mesas de noche ni mesas de día, ni más batería de cocina que unos pucheritos.. Sobre tres piedras pondré yo la olla con que guisaré nuestra comida. Iremos juntos a recoger leña, y cuando nos paseemos por el monte, no veremos más que algún conejo que pasa, y las maricas que volarán delante de nosotros, las abubillas, y algún lagarto que nos mire y se escurra.. Pero no veremos lo que acá llaman personas, ni señores con frac, ni mujeres con zapatitos.. Yo iré descalza y tú también, luciendo la bella patita, y por sombrero nuestras greñas, que nos peinaremos, yo a ti, tú a mí.. ¡Cuánto me alegro de que Sotero se haya llevado los trastajos!.. Así no veré más la cómoda, ni el lavabo, ni las rinconeras.. Allá, nuestra choza, con paredes de piedra y techo de paja, es más bonita que todos estos cuartos segundos y terceros con entresuelo, y tantísima escalera que bajar y subir.. Y nuestra choza no tendrá campanilla para llamar cuando entremos, porque visitas no habrá más que la de alguna comadreja, o quizás de algún galápago que entre despacito sin dar los buenos días. ¡Ay qué felicidad! Yo contigo, sin ver gente, sin tener celos de marquesas y condesas.. Porque allá, ¿qué marquesas ha de haber? Ninguna: ¿verdad que no habrá ninguna?.. Tampoco tendremos allá papeles públicos, ni libros, ni nada de eso, y así no se quemará mi gitano las cejas averiguando lo que piensan en Francia, o lo que guisan en Constantinopla.. Y con esta vida, ¿cuánto viviremos? Yo creo que doscientos años, es un suponer, y nos moriremos el mismo día y a la misma hora: ¿verdad, Chinito mío? (p.6058) Y en esos doscientos o más años no nos aburriremos ni un solo ratito, porque tú mirarás mis ojos verdes, yo los tuyos garzos.. ¡ay, qué bonitos!.. y cuando se nos abran goteras en el tejado, tú subirás a componerlo mientras yo lavo nuestros camisolines y nuestras pieles en el arroyo que va corriendo al pie de la cabaña.. Y otra cosa: allí, lejos de este mundo maldito, desaprenderemos todo lo que hemos aprendido, para que se nos olvide hasta el nombre de tanta miseria y tanta porquería.. Y hasta el alma hemos de cambiar, sacando de nuestras cabezas un habla nueva, de poquitas palabras, lo preciso para decir cuánto nos queremos, y nombrar las tres o cuatro cosas que usamos; y esa habla pienso yo que ha de ser a modo de poesía, o al modo de música.. ¿verdad, gitano, que tendrá cancamurria de canción o de verso?..».

Esta charla delirante, a la que ningún freno podían poner mis cariñosas incitaciones a la quietud y al mutismo, fue interrumpida por el médico, desconocido para mí, hombre tan pequeño que mis ojos turbados le vieron liliputiense, que no levantaba una cuarta del suelo. Era un viejecillo de acicalado rostro, el bigote a lo Espartero, pintado; su sonrisa mostraba una mala dentadura postiza; su cabeza forrada en un peluquín negro tirando a rucio; capita corta; las manos con guantes, de cuyos dedos sobraba la mitad. Suelo yo incurrir en la alucinación de que la realidad no engendra el arte, sino el arte la realidad. Vi en aquel mediquillo un ser creado por el prodigioso dibujante Alenza.

Con amable ademán, que inspiraba confianza, examinó a la enferma, interrogándonos sobre la iniciación de su malestar. Dio mejores explicaciones que yo la prima de Antonia, parroquiana antigua del doctorcillo, el cual era especialista en partos, y muy acreditado como tal entre las vecinas de aquel barrio. Ya llevaba Antonia cuatro días de indisposición, cayendo y levantándose. No se recataba del frío, y sin comer, ardiente su cabeza del cavilar continuo, lanzábase a la calle, ansiosa de buscarme las vueltas y de salirme al encuentro. Comía tarde alimentos (p.6059) fríos, indigestos; dormía de día, velaba de noche.. Con el pecho al aire poníase a lavar la ropa en la cocina, frente a una ventana por donde entraba todo el frío que arroja sobre Madrid el Guadarrama.. Total, que había cogido un dolor de costado, o un pasmo de todo el órgano de la respiración.. Hecho el examen de pulso y lengua, nos dijo el doctor que era pronto para precisar el mal; mas por el momento había que poner a la enferma un vejigatorio en el vacío izquierdo, y arroparla y cuidar de que conservase el calor. Recetó una pócima que se le daría en determinados espacios de tiempo, y se despidió hasta la siguiente mañana. Acariciando las mejillas de Antonia, le dijo que por picaruela se veía en aquel mal paso; que a los hombres hay que dejarlos, y no correr tras ellos, pues mejor sistema que perseguirlos es hacerles rabiar huyendo de ellos; que él tenía de estas cosas no poca experiencia por haber sido muy galanteador y pizpireto en sus mocedades, y que también le habían perseguido casadas y aun doncellas; añadió luego que él tenía muy buena mano para las enfermas bonitas, y no se le moría ninguna, ninguna, siempre que hicieran con gracia y paciencia lo que él mandaba, y durante la enfermedad pensaran en el médico antes que en los novios o querindangos que las traían a mal traer.. Al despedirse de mí en la puerta díjome que el mal parecía de cuidado, y que se presentaba con cariz de pulmonía del izquierdo.. Al siguiente día nos lo diría claramente. Salió, y al verle yo coronar su cabeza con el desmedido sombrero que usaba, adquirió proporciones humanas su menguada estatura.

Después de la visita del médico, advertimos en Antonia sedación y tranquilidad. Hablaba menos y se conformaba con la prisión entre las sábanas, con tal que la dejara yo tener una de mis manos entre las suyas. A media noche, viéndola dormida, resolví marcharme, pues aquella mi larga ausencia de los amigos y de mis entretenimientos nocturnos ya pesaba en mi ánimo. Prometí a Margarita que antes de retirarme a mi casa volvería, y allí se quedó ella de guardiana y (p.6060) enfermera al cuidado de todo. No salí a la calle sin alguna inquietud, pensando en la posibilidad de tropezar con el bestia de Sotero a la vuelta de la primera esquina, y anduve cuidadoso, requiriendo mi bastón y la fácil salida del estoque, con el propósito de acometerle antes de ser acometido; pero por mi ventura y la suya, llegué a donde iba sin que fuese menester sacar el hierro de la caña, donde dormía su inutilidad como el otro duerme sus monas.

30 de Abril.- Por indiscutible derecho de lógica primacía, corresponde este lugar a la carta de mi madre, recibida hoy, y cuyos párrafos culminantes copiaré para mi vergüenza, y edificación de los que me leyeren: «Hijo mío, no sabré expresarte mi gozo al tener noticia de tu ascenso, que sin duda ha sido motivado por tus méritos hoy reconocidos y aclamados por grandes y chicos; y esta mi creencia quedó confirmada con lo que me escribió Agustinito de las ganas que el señor de Sartorius tenía de conocerte, y tanta era su curiosidad que no se le coció el pan hasta que te llamó a su bufete y estuvo platicando contigo larguísimo rato. ¡Vamos, que no se quedaría el buen señor poco asombrado de tu saber!.. ¡Y cómo se le caería la baba!.. ¡Ay!, a mí sí que se me cae, considerando que es hijo mío el que tanto da que hablar por su sabiduría y aplicación.. De veras te digo que si no supiera yo cuán gran pecado es el orgullo, me llenaría de soberbia y vanagloria pensando en ti noche y día, y no hablando de otra cosa más que de tu superior inteligencia. Pero yo me contengo en mi entusiasmo, y doy gracias a Dios por el beneficio que me concede.

»Hijo de mi alma, por el pajarito que me cuenta todo, sé que vives muy retirado, y que eres Alejandro en puño por la moderación y el tino de tus gastos. Sírvate ahora el aumento de sueldo para que ahorres y vayas juntando con qué hacerte dos trenes de ropita decente, negra por supuesto, que tú llamado estás a ser siempre persona grave, aun siendo joven, por la seriedad de tus estudios y tus modos reservaditos. Y como, según me asegura el pajarillo una y otra vez, (p.6061) huyes del trato de mujeres y mujeronas, y te pones colorado en cuanto te ves en presencia de alguna hembra, no hagas por quebrantar ese tu honesto y recomendable encogimiento, aunque algunos bergantes te ridiculicen. No te metas, pues, en gastos de chalecos vistosos, ni de corbatas de colorines, ni para nada tienes que usar pantalones claros ajustadicos, que eso, digan lo que quieran, es cosa fea, impropia de un varón digno.. Presumo que de tu sueldo no ha de sobrarte gran cosa si, como te encargué, haces en las fiestas y días de santo regalillos delicados a Segismunda, con quien vives, y a Sofía, que tanto mira por ti. Con cajitas de dulces, algún juguete para los chiquillos de Gregorio, y para tus cuñadas cualquier alhajita de poco precio, jabón fino, paquetes de polvos o cosa tal, cumples, hijo. Pensando siempre en esto, y con la mira de que quedes bien, deseo ayudarte, y allá te mando con el ordinario de Molina ochenta reales, ahorrados por mí cuarto a cuarto, para que los emplees en algún esparcimiento decoroso, como ir a la función de teatro, un domingo, como el Munuza, que yo vi el año 23, o una comedia mora, como El Delincuente honrado, que tu padre y yo vimos en Guadalajara; por cierto que toda la función estuve llorando, creyendo que cuanto allí pasaba era verdad.

»Además de los ochenta reales en un doblón de a cuatro, dentro de un paquetito donde he metido la oración de Santa Librada y unos papeles de perfumería, mando un mediano lío con chorizos, de los que hicimos este año. Van envueltos en una lona cosida por mí con mucho esmero, y bien rotulado por tu hermano Ramón, como conocerás por la letra. Los chorizos son de calidad tan superior que no se hallará en Madrid género igual. Los mando por el ordinario de Molina, porque éste va más pronto que el de acá, que se duerme en las largas estancias de Alcalá y Meco. Vete al parador denominado del Peine, en la calle de las Postas, y pregunta por Quiterio.. Me parece que tú le conoces. Te encargo que hagas este recado tú mismo, y que no te fíes de criados, (p.6062) no vayan a cambiarnos los chorizos por otros de los que se compran en las tiendas. Tú mismo recoges el dinero y el paquete grande, y ten mucho cuidado en repartir los chorizos por partes iguales entre las dos casas. No vayan a ponerte hocicos por si la una o la otra llevó menos parte.

»No me cuentas nada, picarillo, de la obra que sobre el Papado estás escribiendo. Si no me hubiera dicho el pajarito que llevas ya lo menos cuarenta capítulos, nada sabría de tu trabajo. Imagino que estarán los libreros y todo el personal de sabios esperando que sueltes el primer tomo para caer sobre él como lobos hambrientos. Tratarás del Papado completo, de la cruz a la fecha, empezando por San Pedro y no parando hasta el Santísimo Pío IX. Materia más interesante no puede haberla. No sabiendo yo qué leer en estas largas horas de la tarde y la noche, pedí a D. Julián, chantre de la catedral y profesor del Seminario, que me trajera algún libro que yo comprendiese, y que conteniendo buena doctrina, tuviera también recreo para personas legas, y me trajo la Historia de los Concilios, que estoy leyendo con muchísimo gusto. Ya llevo lo menos treinta hojas, y todavía no he sentido cansancio, sino más bien un gran interés, admirando las virtudes de tantos Santos Padres y esperando a saber en qué para tan larga historia. Tú, que todo esto te lo sabes como el Padrenuestro, te reirás de mí. Me ha dicho D. Julián que esa obra que estás plumeando será muy larga, y que tú lo has tomado tan a pechos que no se te queda por registrar ninguna biblioteca profana de las que hay en Madrid, y que en todas te metes, así en las públicas como en las privadas, pasando en ellas largas horas de la noche. Hijo querido, trabaja con calma y prudencia: no consumas tus facultades abusando de ellas; no te calientes el entendimiento; modera, hijo, modera, y pon en todo pulso y medida. No desoigas este consejo dictado por mi cariño; recíbelo, con la bendición de tu amante madre. -Librada».

 

Ep-31-XIX -

31 de Abril.- La carta que anoche agregué a mis Confesiones removió en mi conciencia la (p.6063) turbación que en ella mora, unas veces adormilada, otras en profundo sueño. Pero los afanes de cada día, que en la mundana corriente van creciendo y encrespándose como un oleaje furioso, han ahogado aquel sentimiento trayéndome a inquietudes inmediatas y más positivas. Parte del día he pasado en la casa de Antonia disponiendo sustituir lo más indispensable del ajuar robado por Sotero, y en ello se me fue todo lo que no hace mucho me entregó con enorme usura el prestamista. ¡Aciaga tarde la de hoy, en la cual he llegado a creer razonables los delirios de la cordonera, pues no habría para mí mejor solución que abrazar la vida de ermitaño, con ermitaña o sin ella, en un solitario y agreste yermo, comiendo raíces y vistiéndome de lampazos! Cuando vio la enferma que la casa se iba reparando de su desnudez, empezó a curarse de la manía del salvajismo, y aunque siempre tiraba al monte, no lo hacía con tanta vehemencia. A sus parientes míseros, que acudieron maldiciendo su suerte y bendiciendo mi caridad, tuve que socorrer hasta quedarme sin un maravedí. Por la calle Mayor adelante, pensaba yo que no poseía en aquel momento más peculio que el dobloncito de mi madre, aún no recogido del ordinario, y antes que se me olvidara fui al parador, donde puntualmente me entregaron moneda y chorizos, todo lo cual llevé a mi casa con gran respeto, como si llevara el Viático, y después de partir con religiosa equidad entre las dos familias los embutidos, miré y acaricié y escondí mi doblón bajo llave, precaviendo de este modo la probable ignominia de ponerlo a una carta.

1.º de Mayo.- Con endiablado afán de probar suerte, por irresistible instinto de mejora, me pasé la noche dando tremendos estirones a las orejas de Jorge, mas con tan loco desacierto en cuanto apuntaba, que ni un instante me sonrió la fortuna. La terrible deidad me asestaba golpe tras golpe, como si fuese yo un excomulgado de la diabólica secta que tiene por biblia los naipes malditos. Concluí en el mayor desastre, debiendo a mis amigos sumas que mi abrasada mente (p.6064) imaginaba fabulosas. Para pagarlas érame forzoso pedir a la usura nuevos auxilios, que más bien serían dogales con que pronto habría yo de llegar a mi definitiva estrangulación. Abrasado mi cerebro, dormí con pesadillas parte de la mañana, y al despertar entráronme una carta de Sor Catalina en que me afea destempladamente, no sin razón, mi grosero descuido en la prometida visita a los Emparanes. ¡Dichosos Emparanes! No vacilo más, y vencida mi repugnancia, me dispongo a cumplir. Almuerzo tarde, me visto, espero la hora oficial de visitas de etiqueta, y tomo pausadamente el caminito de la plazuela de Navalón, leyendo en las rayas del embaldosado de las calles cifras misteriosas de mi destino.

La casa es antigua reformada, grandona, irregular, revocada de amarillo con rayas que figuran el ajuste de ilusorias piedras, la puerta de berroqueña con un escudo pintado de blanco, los balcones con palomillas de hierro, y en ellos las descoloridas palmas de Domingo de Ramos, con los trenzados en hilachas y los lazos ya desteñidos por la lluvia. En todo esto reparé antes de entrar, así como en el aspecto del portal, de una limpieza rara en Madrid. El portero, viejo y medio cegato, limpio también como la casa, ostentando chaleco rojo y gorra galonada, me acogió con marcado respeto, y oído mi nombre, díjome con el acento más satisfactorio que los señores estaban, y me franqueó la entrada de la escalera, lóbrega, sin más adorno que unos faroles de navío y cuadros viejos, cuyo asunto se pierde en la oscuridad de la ennegrecida tela.

Un portero de estrado, viejo también y con chaleco rojo, me introdujo en el salón, que examiné con rápido golpe de vista a la escasa luz que por los entornados huecos de los balcones entraba. Vi retratos de personajes del pasado siglo, consejeros de Castilla y de Indias, almirantes, generales, todos con el peluquín de ala de pichón, los rostros amarillos y sin relieve, detestables pinturas en su mayor parte; vi santos y frailes de diferentes Órdenes, de mano de (p.6065) Orbaneja; vi, por fin, retratos de Papas, en los cuales me fijé singularmente. Aquí, Mauro Capellari (Gregorio XVI) , de aspecto achaparrado; allí, Della Genga (León XII) , de noble rostro; a la otra parte, las finas facciones de Chiaramonti (Pío VII) . Como pintura, estos retratos merecen el fuego, salvando sus espléndidos marcos. Mil otras obras de inferior y menguado arte vi en el salón: pinturas milagreras, relicarios con más riqueza que gusto, autógrafos de monjas en cuadros de plata, dos o tres arquetas de indudable mérito, y una disforme y amazacotada araña de cristal. Contrastaban con estas antiguallas los muebles construidos en estilo modernizante, los sillones y canapés de raso anaranjado, los chinescos jarrones, las consolas de caoba con adorno de bronce dorado, algún espejo de marco a la griega, y los candelabros encerrados en fanales. Movido de no sé qué fanatismo suspicaz, creí ver dentro de aquellos vidrios las velas verdes de la Inquisición. En todo reparé fugazmente, maravillándome así de la muchedumbre de objetos que respiraban devoción, como de la perfectísima limpieza que en lo antiguo y lo nuevo resplandecía, cual si muchas manos escrupulosas diariamente persiguieran el polvo, la mugre y toda suciedad por menuda que fuese.

No acabé mi examen, porque un criado me rogó que pasase al próximo gabinete, donde salió a mi encuentro el Sr. D. Feliciano de Emparán con luengo levitón que rápidamente se abrochaba, como si acabara de ponérselo para recibirme; y estrechándome las manos muy afectuoso, me hizo sentar en un blando sofá, sobre el cual ostentaba su dulce rostro, en marco flamante de cornucopia, la imagen de Mastai Ferretti, a quien yo amaba desde que fue mi preferido y victorioso candidato a la sucesión de San Pedro. Daba yo a D. Feliciano noticias de mi salud, que con muy vivo interés me pedía, cuando entró la señora de Emparán, doña Visitación de Baraona, en bata morada con encajes, y sus primeras palabras, después de oír mis cumplidos, fueron para redoblar las (p.6066) interrogaciones acerca de mi salud: «Ayer nos dijo Sor Catalina que ya estaba usted en plena convalecencia y podía salir a la calle». Yo asentí, comprendiendo que mi hermana había disculpado la tardanza de mi visita con un inocente embuste. «En seguida vendrá María Ignacia -añadió doña Visita-, que ya está concluyendo la lección de piano. La pobre no oculta su alegría, porque, a pesar del mal tiempo que tenemos, se va recobrando de sus alifafes nerviosos».

Sobre estos alifafes hablábamos, declarando yo su escasa importancia en el organismo, cuando llegó otra señora mayor, Doña Rita, hermana de D. Feliciano, en traje de merino negro, con escofieta blanca; y no había yo concluido de saludarla, cuando vi aparecer la tercera señora mayor, valdría más decir máxima, Doña Josefa Baraona, tía de Doña Visita, también uniformada de negro, viejísima, desdentada, pero no falta de viveza y agilidad. «Ya tenía yo el gusto de conocerle -me dijo cuando le ofrecí mis respetos-. Le vi una mañana en el locutorio de La Latina». Y yo miraba a la puerta esperando que acabara de salir el coro de Emparanas y Baraonas mayores, pues me habían dicho mis amiguitas Valeria y Virginia que no bajaba de seis la cifra de venerables matronas que habitaban allí. Oyendo el remoto cascabeleo de un piano, esperé ansioso la presencia de María Ignacia, la señorita con quien querían casarme, tierna paloma que todas aquellas cornejas agasajaban entre sus plumas.

Debo declarar, poniendo la verdad por encima de mis antipatías, que las cuatro personas mayores eran de trato muy fino y de exquisita educación, a la antigua española. Sosteniendo con ellas un coloquio de pura fórmula, pensaba yo para mis adentros en los artificios de que ha debido valerse mi hermana Catalina para conquistar el ánimo de aquella familia, y qué grande ascendiente ha podido adquirir sobre todos para meter en sus duras cabezas, y darle allí fuerza dogmática, la peregrina idea de que yo soy el hombre designado por Dios para realizar los grandes fines de la sucesión (p.6067) Emparánica. Sin género de duda, es mi hermana mujer de extraordinario entendimiento, y de una travesura que bien puedo llamar política, pues en esa cualidad estriba el dominio de las gentes y la generación de los grandes sucesos públicos y privados. Ello es que Catalina, sorbiéndoles el seso, trata de realizar con firme voluntad la filosofía del gran Antonelli, condensada en esta fórmula: «Tu familia te procurará un buen casamiento».

Impaciente Doña Visita por lo mucho que su niña se entretenía en los musicales ejercicios, fue en su busca, y a poco la trajo de la mano, diciéndome al presentarla: «Dispénsela usted. Quería mudarse de vestido; pero como usted es de confianza, puede verla en el trajecito de casa». Hago acopio de toda mi sinceridad y rectitud para declarar que la primera impresión que en mí produjo la niña de Emparán fue atrozmente desagradable. ¡Válgame Dios qué niña! Y aunque en el breve espacio de una visita sólo podía yo juzgar el ser físico, éste y el espiritual, representados en un solo ser, pareciéronme de lo más desgraciado que Dios ha puesto en el mundo. Es Mariquita Ignacia lo más contrario al tipo de muchachas que comúnmente vemos en todas las clases sociales, pues no hay ninguna que en la florida sazón de los dieciocho no tenga en su persona, siquier sea la misma fealdad, algún rasgo de gracia y donaire, algún tono de frescura y de seductora juventud. El cuerpo es un mentís de su edad, que en ella parece un fraude. Rara vez se revisten los verdes años de aquella gordura desatentada, contraria a todo sentimiento de proporción, pelmazos de carne distribuidos sin ninguna lógica en las partes de un defectuoso esqueleto. Abulta el seno enormemente, saliéndose del círculo natural de la doncellez, y para acabar de arreglarlo, la cintura y vientre con aquella otra zona quieren confundirse, rompiendo la esclavitud del corsé y arrollando las filas de ballenas que martirizan el pobre cuerpo. Son los brazos chicos, el cuello corto, gordezuelas y bonitas las manos, única nota bella en que puede recrearse la vista. (p.6068) Ella lo sabe y habla más con las manos que con la boca.

Hice un mental esfuerzo por descubrir en el rostro de María Ignacia algo que despertar pudiese admiración o agrado, y no lo encontré, bien sabe Dios que no lo encontré. En la estricta verdad me inspiro al firmar que la señorita de Emparán nació desfavorecida de todas las hadas. Deseando conceder algo, sostengo que es aceptable su rostro cuando la niña permanece con la boca cerrada; pero en cuanto descorre la cortinilla de sus labios, aparece el rojo escándalo de sus encías que todo lo afean; los dientes son desiguales, colocados anárquicamente, sin más atractivo que una limpieza tan esmerada como la de toda la casa de Emparán. Bien sabe la niña que su boca es la negación de la juventud, de la alegría y del amor, y no cesa de hacer hociquitos y muecas para tenerla siempre tapada. Hay que ver sus apuros cuando, en los incidentes de la conversación, forzada se ve a la risa franca: de aquí proviene la seriedad que la hace más desapacible. Rubios tirando a bermejos son sus cabellos, peinados con arte, y sus ojos claros, sin viveza, miran medrosos reclamando la compasión más que la simpatía. ¡Pobre María Ignacia! Yo sentía lástima de ella y de sus padre y familia, que en tan infeliz persona concentran todos sus afectos y aspiraciones.

Del trato, revelador seguro de las dotes de ingenio, poco puedo decir todavía, porque María Ignacia no pronunció en la visita más que cortadas y tímidas expresiones: su condición huraña, nacida de la conciencia de su fealdad, y el mimo que le daba toda la familia, reducían su vocabulario a la mínima expresión: las ideas no se manifestaban en ella más que en forma rudimentaria, y su palabra torpe y balbuciente no hacía nada por sacarlas a luz. Llevaron los padres y las señoras mayores la conversación al terreno más propio para que la niña pudiera lucirse un poco, el terreno de la vida mundana, paseos, teatros, modas, la esclavitud que traen tantas vanidades; pero ni por ésas.. Tuve yo que hacer el gasto, y con facilidad suma (p.6069) traté la cuestión. Las personas mayores oíanme admiradas; y la pobre niña, que desde que entró hasta que me fui no quitó de mí sus claros ojos, escuchaba mi acento con una fijeza que al éxtasis se me parecía. Apunto esto sin vanidad, mirando a la exactitud de los hechos, y sin que mi relato signifique alabanzas de mí mismo, pues nada dije que no fuese de lo más común. Ante cualquier otro joven de mi edad habría pasado lo mismo.. Por fin llegó el momento en que yo no podía prolongar la visita sin incurrir en falta de urbanidad, y me despedí. Invitome a comer la señora de Emparán para día fijo, a lo que accedí porque no podía eximirme de ello; señalome además ciertas noches de la semana en que los amigos van a jugar al tresillo y a pasar un rato en amenas charlas, y prometiendo acudir alguna vez, les expresé mis gratitudes, y él y ellas me dieron las suyas en la forma más expansiva. María Ignacia, al decirme adiós, bajó los ojos como avergonzada.

Salí de la casa de Emparán con simpatía hacia la familia, mas también con el firme propósito de oponer un inquebrantable non possumus a los planes de mi hermana. Sin duda, el dominio moral de Catalina sobre aquella gente se fundaba en algo de autoridad religiosa: los Emparanes debían de mirarla como a ser superior, que llevaba dentro el Espíritu Santo. Pero si la bendita monja se había hecho absoluta señora del corazón de la ilustre familia, no podría por ningún medio hacerme esposo de la desgraciada, de la imposible María Ignacia.

 

Ep-31-XX -

2 de Mayo.- No he querido que pase el día de hoy sin comunicar a mi hermana mi decidida protesta contra sus planes de matrimonio. Pero como, si le manifiesto de palabra mi negativa, es fácil que su carácter despótico caiga con abrumadora grandeza sobre mi pobre voluntad y acabe por aplastarla, he preferido escribirle. Al convento mandé esta tarde mi carta, en la cual vengo a decir con corteses y limpias expresiones, que no aceptaré la mano de la niña de Emparán aunque me den con ella todas las riquezas que el mundo atesora. Se casa uno (p.6070) con una mujer, a la cual no estorban sus talegas si está de buenas y bellas cualidades adornada; pero no se casa nadie con un capital personificado en una criatura que carece hasta de los atractivos más elementales. Esto sería venderse, no casarse.. En fin, bien hilada va la epístola, y no sé por qué lógicos vericuetos echará para contestarla Sor Catalina de los benditos Desposorios.

Hablando de otro asunto, dos cosas me afligen esta noche: Antoñita en mayor gravedad, y mis bolsillos en absoluta limpieza. He tenido que apurar a los usureros y porfiar con ellos en la forma más humillante, para reblandecer estas rocas de la desconfianza y el egoísmo. Por fin logro extraer de sus arcas alguna cantidad en condiciones horrendas, y con ello puedo atender a una de las deudas contraídas la noche de mi catástrofe de juego. Pero aún me falta el compromiso más apremiante, por tratarse de compinches de timba, que me han fijado improrrogable plazo para cumplir. Acudo a Guillermo Aransis, que se encuentra en situación no menos ahogada que la mía, y acudo a todas las potencias infernales para que me saquen del pantano. Ni del cielo ni de la tierra viene auxilio para este infeliz. He pasado una tarde horrible y una noche peor, apretándome los sesos para que de ellos salga la chispa de una resolución salvadora. Si no estoy loco ya, poco me falta.

Mis pobres sesos dan por fin una luz, resplandor muy lejano, que indica inciertas probabilidades de éxito: ello consiste en recurrir a mi hermano Gregorio. Me armo de valor, hago acopio de argumentos aderezados con sensiblería, y por fin, esta noche abordo la cuestión ante Segismunda, pues el directo trato con mi hermano en este asunto es empresa superior a mi audacia.. ¡Santo fuerte, Santo inmortal, cómo se puso mi cuñada apenas formulé mi petición! Ni me dejó concluir la frase angustiosa, trémula y antigramatical.. Creí ver enroscarse las serpientes que tiene por cabellos, y su boca griega, volviéndose cuadrada como las de una máscara de tragedia, vomitó sobre mi pena injurias que sonaban a (p.6071) sordidez furiosa y a egoísmo de parientes desnaturalizados. No podré reproducir aquí sus brutales anatemas. Que cómo y con qué respondo del cumplimiento de mis obligaciones.. que si creo posible hacer vida de señorito de la Grandeza sin más patrimonio que el día y la noche.. que estoy deshonrando a la familia, y que he perdido la vergüenza, y acabaré en el Hospicio, si no voy a parar a la cárcel.. que si no hago enmienda total trayendo a casa el dinero de los Emparanes, no espere socorro de la familia, sino desprecios y maldiciones.

Al discorde ruido que la condenada mujer hacía, no tardó en acudir Gregorio, el cual, adivinando la cuestión por la lividez de mi rostro y los apóstrofes crudos de Segismunda, prosiguió la filípica con no menos ira en los denuestos. Atrevime yo a replicarle, y trabados los tres en furibunda querella, llegamos al desconcierto más escandaloso. Como dijese mi hermano que era grande enojo para él tenerme en su casa, por el continuo jubileo de acreedores que a la puerta venían con atrasadas cuentas o recibos, sin que hubiera ya palabras con que aplacarles o persuadirles a la paciencia, estalló Segismunda en nuevas iras, abominando de los ilícitos enredos que estorbaban el casamiento patrocinado por la monja; amosqueme yo más de lo que estaba, y subido el tono y coraje de todos hasta el punto de la ronquera, corté la disputa con la resolución de renunciar a su hospitalidad y dejarles tranquilos. Nada dijo Gregorio para contenerme, ni mi designio sirvió de agua mansa para templar sus arrebatos; antes bien, parecían contentos de que yo tomara el portante. Recogí lo que podía llevar conmigo, guardé mi ropa en maletas para que fácilmente pudieran llevármela a mi nuevo domicilio, y me vine a la casa de Antoñita, donde doy testimonio de mi existencia escribiendo junto al lecho de esta pobre mujer páginas amarguísimas de mis Confesiones.. ¡Dos de Mayo! La fecha no puede ser más lúgubre. ¡Quiera Dios que no sea trágica!

3 de Mayo.- Llena está mi alma de presagios siniestros, pues me (p.6072) siento rodeado de sombras por todas partes, y cerca y lejos de mí veo los espectáculos más tristes que ofrece la humana vida: a mi lado, la muerte; a distancia, la deshonra posible, la probable miseria. Escribo por la mañana, tras largo insomnio, y noto que el acto de trasladar al papel mis dolorosas impresiones amansa mis penas y las hace tolerables. Parece que hay alguien que a soportarlas me ayuda, o que mis propios escritos, transmitidos a una Posteridad lejana, me dicen que la vida es larga y que en ella no pueden ser duraderos los infortunios como no lo son las dichas. Tras unos días vienen otros, y la naturaleza rehúye la uniformidad de las cosas.. Vienen a mi pensamiento estas candorosas filosofías velando el sueño inquieto de Antonia, que ha entrado en un período de suma gravedad, según me ha dicho el médico enano.. Si bien lo miro, no sé si estoy aquí porque debo estar, o porque no puedo estar en otra parte. Sobre esto me interrogo y, la verdad, no sé responderme categóricamente.

Avanzado el día, entran en esta casa algunas niñas de la vecindad que andan en el divertido juego de pedir para la Cruz de Mayo. Vestiditas de limpio, con su pañuelo de talle cruzado a la cintura, y flores en la cabeza, se disponen a la persecución y despojo de los transeúntes. Entre ellas, una muy linda, que no tendrá más de cinco años, me hace mil carantoñas, se sube a mis rodillas, no se contenta con un cuarto ni con dos, y metiendo su manecita en mi bolsillo, me saca la única peseta que hay en él. Me resigno a tan dolorosa expoliación, y la despido con besos. Ella me dice: «caballero, usted me estrena», y se va ondulando el cuerpo con meneos graciosos. Salen tras ella las demás, después de aligerarme del cobre que poseo, y sus risotadas se pierden en la escalera. ¡Dichosa edad!

Vuelvo a coger la pluma después de un largo rato de tedioso paseo en la estancia. La pobre Antonia está muy caída de espíritu y en gran debilidad de cuerpo; pero en sus ratos de lucidez, que son pocos, no ceja en su manía proyectista: muchas ideas la (p.6073) atormentan, menos la de la muerte. El hecho de haber yo trasladado a su casa mi vivienda, por el deseo y el deber de cuidarla, según cree y dice, enciende en su pobre alma vivísima gratitud, y el ardor de este sentimiento, brotando del corazón a la piel, entiendo yo que es ayuda y estímulo de la naturaleza en su lucha contra la fiebre.

No pudiendo apartar mi pensamiento de otros conflictos, de intensa gravedad para mí, escribo a Guillermo llamándole a mi lado para que vea mi anómala situación, y me ayude por cualquier arbitrio extraordinario a salir del compromiso en que estoy, por la deuda de juego no saldada. Contéstame Aransis a las dos horas que se ocupa de mi asunto, y que espera resolverlo a prima noche; que de diez a once me espera en el Casino, y me encarece con vivas instancias que no falte a la cita, pase lo que pase, pues tenemos que hablar. La carta de mi amigo me hace recobrar la esperanza, y para mayor consuelo, el médico liliputiense no hace malos augurios en su visita de la noche. Puedo sin cuidado alejarme, y en posesión de mi ropa, que al mediodía me trajeron sin otra merma que un par de corbatas, un chaleco de alepín, y alguna prenda interior, me visto y salgo, dejando a Margarita bien aleccionada, y con la advertencia de que volveré pronto, infalible ardid para que esté muy alerta en su obligación.

4 de Mayo.- Déjame, déjame, oh ignoto público de la Posteridad, si en efecto existes y me lees; déjame que tome respiro y ataje los vuelos de mi pluma en esta parte de mis Memorias, pues tantas desdichas en ella se reúnen, que me será difícil transcribirlas con orden para que aparezcan en la serie aterradora con que me las ha deparado el Destino. Me río, pueden creérmelo, con risa que es una mixtura increíble de rabia y gozo, al sentir sobre mi cabeza esta ingente acumulación de males. ¿Son obra lógica de mi propia conducta, o fatal embestida de un espíritu diabólico que se entretiene castigando a los inocentes? ¿Quién dispone esta convergencia de todos los dolores en un solo punto?.. No lo sé; (p.6074) pero doy en pensar que lo que llamamos Casualidad es un desconocido método de las cosas invisibles y el superior ordenamiento de las causas.

Aunque gusto más de filosofar sobre mis penas que referirlas, dejo a un lado las metafísicas y me voy a la relación de los hechos, empezando por decir que me personé en el Casino a la hora marcada por Aransis y que éste no tardó en llegar. Con lenguaje precipitado y ansioso me participó el arreglo de mi asunto, aprovechando una extrañísima coyuntura favorable que la casualidad le había deparado. Diole su abuela el encargo de llevar una cantidad de consideración a su primo el conde de Tarfe, y él ¿qué hizo? Diferir para mañana la entrega, destinando la mayor parte del dinero a sacarme del compromiso y guardando lo demás. Era, pues, indispensable que los dos revolviéramos el mundo para reponer la suma en el fatal plazo. Mucho agradecí a Guillermo el apurado socorro que me traía; pero con el reconocimiento se confundió el terror del nuevo y mayor aprieto que para el día siguiente se nos preparaba. A lo hecho, pecho: tomé el dinero; pagué incontinenti, excusándome de la tardanza con el aquel de tener en casa un enfermo grave, y mi amigo Caballero, que era mi acreedor, dejó de serlo y volvimos a encontrarnos en afectuosas relaciones ante la sociedad y ante el vicio.

Cuestionando con Aransis acerca de la responsabilidad del día próximo, propúsome mi amigo que con el dinero restante probásemos a obtener del azar lo que nos hacía falta. Fuera miedo; buscáramos nuestra solución en el desquite, pues bien podía la suerte mostrarse benigna después de tantos desdenes. Yo creí lo mismo, que si no hay bien eterno, no hay mal que cien años dure. Jugamos, y el demonio de amarillos ojos cuando uno pierde, de pupilas rojas cuando uno gana, se divirtió en balancearnos de las ansiedades pavorosas a las hondas alegrías. A la una estaba yo boyante; pero quise más, y a las dos lo había perdido todo. Busqué a Guillermo con angustiados ojos para que me favoreciera, y advertí que había (p.6075) desaparecido de la criminal sala. Agencié un empréstito, hice nuevas cucamonas a la fortuna, y ésta siguió tratándome como a un perro. A las tres de la mañana, apartándome de la mesa de juego, halleme sin saber cómo en un grupo compuesto de caras amigas y otras simplemente conocidas, no todas simpáticas. Entre estas caras destacose la de un hombre de mediana edad, señalado en la trinca nuestra por su índole maleante, sus dichos a veces graciosos, groseros a veces, el cual, riendo con desenfado, me dijo estas palabras: «Si quiere dinero, yo tengo para usted cuanto necesite». El valor gramatical de las palabras era tan distinto del tono con que fueron dichas, que me sentí ofendido, y respondí en el mismo tono: «Gracias: no juego más. Celebro verle a usted tan generoso». Y él con disparada lengua: «Lo soy con los que como usted ofrecen garantía segura, con los que cultivan mujeres ricas que les pagan las deudas».

Tenía yo, al oír esto, apoyada mi mano derecha en el respaldo de una silla. Ciego enarbolé la silla, apuntando a la cabeza del insolente; mas interpuestos los amigos, ni la silla fue a estrellarse donde yo quería, ni pude saciar mi furor con las manos. El tumulto fue ruidoso; se arremolinaron los amigos y conocidos, unos allá, otros acá, para separarnos y agrandar la distancia, y entre tantas voces oí la de aquel bruto que, alejándose a la fuerza, chillaba: «¡Dejarme a ese Don Líquido, Catacaldos..!»

Llámase el tal Jiménez de Andrade, y goza fama de temerón y perdonavidas. Es de Écija o de Marchena, no recuerdo bien; ha derrochado dos fortunas; entiende de caballos más que de política, y en ésta quiere señalarse ahora, ahuecando la voz entre los progresistas exaltados y los demócratas. Frecuenta el trato de militares, jactándose de seducirles para la revolución; es, en suma, un bárbaro, que no busca más que el ruido y el escándalo para sacar su persona de la oscura vulgaridad a que pertenece.. No necesito indicar que al instante determiné lavar con sangre el oprobio que aquel bestia arrojó sobre mí; yo quería matarle o que él me matara. Mis (p.6076) amigos hicieron suya mi causa, y como alguno expresara su inquietud por la desigualdad de la lucha entre un hombre diestro en las diferentes armas y otro que apenas manejarlas sabe, afirmé yo que tal desigualdad tendrá para mí la ventaja de proporcionarme una muerte muy expeditiva. «Estoy cansado de vivir -les dije-. Acabemos de una vez».

Yo deliraba. Mis amigos procuraron sosegarme, y a ellos me confié para que cuidasen conmigo de poner en salvo mi honor. Quise nombrar padrino al Marqués de Bedmar, amigo mío que me distingue y considera; pero no habiendo podido encontrarle a tan avanzada hora, elegí a Bermúdez de Castro y a Guillermo Aransis. Dos horas estuvieron mis amigos buscando a éste, y en casa de unas famosas cucas le encontraron a las tres y media de la madrugada. En el propio Casino intentaron mis apoderados un arreglo amistoso, fundados en que Andrade estaba ebrio en el momento del insulto, y creyendo que gallardamente daría explicaciones al despejársele la cabeza. Pero ya porque ésta no se despejara, ya porque su razón nada pudiera contra su brutalidad, no hubo arreglo, y Andrade insistió en que tendría el gusto de mandarme al otro mundo..

Asomaba la aurora por los balcones y ventanas del madrileño horizonte, cuando mis amigos me trajeron a esta casa, dejándome en el recogimiento que necesito para la meditación y el descanso. Las vivas emociones, el insomnio de las noches pasadas habíanme traído a tan gran quebranto de la naturaleza, que caí en el camastro como en un pozo, y dormí con sueño parecido a la embriaguez. Mediodía era por filo cuando me despertó Aransis para decirme que los padrinos del contrario son dos andaluces, Sánchez Silva y Nicolás María Rivero. A éste le conozco: es muchacho de mérito, áspero, cetrino, ceceoso en el hablar. Añade que no se ha podido conseguir de Andrade un honroso acomodamiento, el cual habría de fundarse en una satisfacción hidalga por parte de él. Digo yo que me alegro de que no haya componendas artificiosas (p.6077) y cobardes. Me informa Guillermo de que a pistola será el lance, y no le dejo seguir cuando quiere puntualizar las condiciones, tantos pasos, avance gradual.. Las condiciones, que poco me importan, las conoceré mañana. Me basta con saber la hora, ocho en punto, y el lugar, la huerta de Moreno-Isla, cerca de la Fuente del Berro. Insiste con grande interés mi amigo en que dedique la tarde y parte de la noche a ejercitarme en el tiro de pistola, a lo cual me niego resueltamente, pues con lo que sé me bastará para matarle si los hados me favorecen, y lo que aprender pueda en tan poco tiempo no impedirá mi muerte si está ya escrita y decretada en el fatídico libro de los Sucesos.. Vase Aransis, y al quedarme solo, siento lo fatídico en torno mío.. y se me enfría todo el cuerpo. Me dejo abrigar por Margarita en un pesado mantón suyo.

 

Ep-31-XXI -

No tardé en advertir que mi estoicismo era un tanto figurado, histriónico, y con esfuerzos de la razón me puse en el verdadero punto psicológico que los hechos imponían, ni medroso ni arrogante, fiado en que me ampare Dios, y desechando la insana idea de que deseo morir, fraudulento recurso teatral, cuya procedencia descubro en los afectados versos de la época. Que yo no estaba en mis cabales cuando Guillermo me habló del lugar y hora del duelo, lo demuestra que olvidé preguntarle si había resuelto el conflicto pecuniario que para hoy nos reserva el cruel Destino. Mañana me lo dirá, si estoy en disposición de oírlo.. También podría suceder que me fuese a la Eternidad sin saberlo, ni importárseme un ardite de las menudencias que aquí se nos hacen montañas. Yo pregunto cuáles serán las estrellas que se vendrán abajo porque traigamos a nuestros bolsillos el dinero que a Guillermo entregó su abuelita.. ya no me acuerdo para qué.

Vuelvo a tomar la pluma, ya anochecido, y como mis cavilaciones no me hacen perder la noción del método, escribo que la pobre Antoñita va de mal en peor, y que ella será motivo de que el Destino se ensañe más en mí, prolongando indefinidamente la (p.6078) serie angustiosa de sus furibundas estocadas. Esta tarde nos vimos y nos deseamos Margarita y yo para sujetarla cuando se arrojó del lecho, pidiendo que la vistiéramos. Quería irse conmigo a la verbena de San Antonio. «¡Si no es hoy la verbena, tonta! -le dijo su amiga-. Es mañana, que ahora andan trabucados los meses, y el 12 de Junio por la tarde viene a caer mañana, que así lo dispuso el Padre Santo, por ser el año cuatro veces bisiesto..». Tan ardiente era la calentura que su rostro quemaba, y brillaban sus ojos como luceros. Logré calmarla, prometiéndole que iríamos juntos a la verbena, y recostado en su propio lecho sobre las mantas, para con mis brazos aprisionar los suyos, oí sus expresiones amorosas, más que nunca impregnadas de ternura. Díjome que yo le pertenecía, que juntos estaríamos hasta que nos muriésemos, y que viviríamos un sin fin de años, pues así lo había ordenado el Papa. Desde la tarde anterior intervenía en su atroz delirio la figurada persona del Sumo Pontífice, eclipsando con su grandeza las demás figuras que poblaban la mente trastornada de la pobre mujer. ¿Quién puede fijar de dónde le vienen las ideas al que enloquece? Vienen quizás de pensamientos sedimentados antes de incurrir en la demencia.

-«El santo Papa -dijo Antonia dejándose arrullar- me aseguró ayer tarde, cuando vino vestidito de paisano y con ramo de azucenas, que me descasaría de Sotero para casarme contigo, y yo me alegré tanto que.. se me saltaron las lágrimas. Bien puedes estar con cuidado para abrir la puerta en cuanto llame, que esta tarde ha de volver, revestido de todos los pontificales, con capa colorada. Vendrán con él siete cardenales; no te descuides, que como la visita es motivada de las ganas que tiene de conocerte y alternar contigo, es justo que tú seas fino con él, verbigracia, y correspondas, gitano mío..». Cortó su locuacidad la tremenda sacudida de aquel toser que parecía partir el tórax en mil pedazos. El silbido del aire en las cavernas de su seno causaba espanto. ¡Pobre Antoñilla! ¿Por qué Dios no había de salvarla? Esto (p.6079) me preguntaba yo, entendiendo cada vez menos el misterioso ordenamiento de muertes y vidas.

Las primeras horas de la noche transcurren amargas disponiendo nuevas tomas de drogas prescritas por el médico chico, y más vejigatorios, que acabarán de desollar aquel pobre cuerpo martirizado.. La enferma cae al fin en dulce desvanecimiento. Atacado de un furioso pesimismo, pienso en su muerte y en la mía, por bien diferentes modos de morir.. Me paseo por la estancia, de un ángulo a otro, rodeando la mesilla donde están la luz y los potingues, y en este cadencioso movimiento de fiera enjaulada transcurre no sé cuánto tiempo. Por fin, me siento a escribir, apartando las medicinas que me estorban; y apenas cojo la pluma, oigo que da la hora el reloj de la Casa Panadería. Cuento las doce campanadas para cerciorarme de que paso del hoy al mañana, o de que el mañana se pone las insignias del hoy, y empiezo por consignar la fecha:

Cinque maggio.- Lo escribo en italiano porque la fecha trae a mi memoria la muerte de Napoleón y la célebre oda de Manzoni. ¡Vaya, que no es floja honrilla morir el mismo día que el primer Capitán del siglo! Con cierto humorismo me aplico los viriles acentos del poeta:

Ei fu. Siccome immóbile

dato il postrer sospiro..

Trato de penetrar el arcano de los acontecimientos que mi Cinco de Mayo me guarda en el preñado vientre de la entidad diurna. ¿Qué sucederá?.. Pienso después en que habito un mundo apartado de la ordinaria esfera de mi vida. Ninguna persona de mi familia ha parecido por aquí. O ignoran dónde estoy, o soy para ellos como un ausente, como un difunto. Hasta la presente hora no había sentido desconsuelo por este alejamiento de los míos. Mi hermano Agustín, ¿por qué no viene a verme? Y mi cuñada Sofía, ¿cómo no deja asomar por aquí sus voluminosas ubres, ya que no por afecto hacia mí, siquiera por curiosear en estos desórdenes de mi existencia? No es mala la politicómana, y alguna pena tendrá de mis infortunios. Aun Segismunda y Gregorio vienen a mi memoria (p.6080) despojados ya de la siniestra antipatía que nos puso frente a frente en aquella memorable tarde. Me figuro que uno y otra deploran ya los arrebatos que me obligaron a salir de su casa. De mis caros sobrinitos, que sin duda confusos y tristes preguntarán por mí, también me acuerdo, y a todos desde esta mansión de dolor envío mis ternuras..

Divagando por los espacios del mundo que dejé, me propongo estos temas de adivinación: ¿Sabrá Eufrasia lo que ocurre y dónde estoy?.. Y mis amiguitas Virginia y Valeria ¿tendrán noticia de que vivo en el seno de las tempestades?.. Sin duda la dama moruna lo ignora todo, porque de lo contrario no me habría faltado un recadito, carta o mensaje discreto, que bien podría ser gozándose irónicamente en mis desdichas y cantándome el trágala.. Corre después mi pensamiento a La Latina, y veo a mi hermana inquietísima por lo que me sucede. A estas horas la bendita monja o reniega de mí para siempre, o pone velas a los santos de su predilección para que me saquen de estos malos pasos. Estoy viendo las velas, las imágenes, y a Sor Catalina de los Desposorios de rodillas en devota oración. Por estos espirituales caminos voy hacia mi buena madre, y al llegar a ella, la exaltación de mis sentimientos no me deja escribir.

A la madrugada, después de dar las medicinas a la enferma, cuidando de no despertar a Margarita, que rendida de cansancio duerme en un sillón, vuelvo a coger la pluma. Paseando se me ha ocurrido escribir una carta a mi madre, para que Guillermo se la envíe, en caso de que mi contrario se salga con la suya.. No sé qué me pasa. Hace un rato veía la carta bien clara y completa, cual si escrita la tuviese delante de mis ojos, y ahora nada veo. Todas las ideas se me han ido con vuelo, rápido, como aves, como sombras, como humo, y ya no sé con qué palabras empezar ni con cuáles concluir.. Mejor será que no escriba nada. ¿Para qué, si Andrade no ha de poder más que yo? Me herirá tal vez.. pero matarme, nunca. Rarísimas son hoy las muertes en desafío.. Protesto contra la idea de mi muerte, (p.6081) y el duelo sería la más estúpida de las instituciones si no se concretara a un simple alarde de valor convencional entre caballeros.. Y pensando siempre en mi madre, lo que me importa, si salgo en bien de estas trapisondas, es impedir por todos los medios que a conocimiento suyo lleguen referencias de mi conducta y desarreglada vida; que ningún nacido le lleve al desengaño que habría de matarla; y el villano que lo llevare, sea mil veces maldito entre los hombres, y condenado en el Infierno por veraz a mayor suplicio que el que sufren los mentirosos.

Ya amanece. Dormiré un poquito, pues hasta las siete no vendrá Guillermo a buscarme. ¿Qué quieres que te diga, Posteridad, al despedirme de ti?.. ¿Me atreveré a decir: «hasta mañana»..? Sí que me atrevo, y sí en ello miento, mándame tus quejas a la Eternidad.

 

Ep-31-XXII -

6 de Mayo.- Amigos míos del tiempo futuro, sabed que no me mató Andrade. Imagino vuestra inquietud y la impaciencia con que aguardáis el resultado del temido choque, y me apresuro a tranquilizaros, declarando que vuelvo incólume a mi guarida, sin un rasguño, sin el menor desperfecto en ninguna de las partes de mi interesante persona.. En cambio, mi enemigo..

Pero no quiero precipitar los sucesos, y proponiéndome que estas relaciones remeden en lo posible los procederes de la grave Historia, dejadme que refiera con pausa y método mi lance de honor, con todos sus preámbulos y secuencias.

Pues cuando llegó Aransis, serían las siete, me dispuse a salir con él, tratando de escabullirme sin que Antonia se enterase. Ni ésta debía verme, ni Margarita conocer los motivos de mi salida en hora tan temprana. Mas no me valieron mis precauciones, porque la enferma, que con sagaz atención de oreja me había sentido vestirme en la estancia próxima, me llamó con las voces más fuertes que pudo articular, y a su lecho corrí, prodigándole caricias e inventando excusas. «Gitano -me dijo-, ¿para qué andas en tapujos con tu gitana? Ya sé a dónde vas. Hoy llega de Sigüenza tu madre, y vas a (p.6082) recibirla.. La galera de Padriz, que trae los viajeros de Sigüenza, para en la calle de San Miguel.. No te descuides, Chinito.. Has hecho bien en ponerte levita y sombrero góndola, porque con tu madre viene el Obispo.. Mira, yo que tú, a esta casa les traería, pues si tu madre viene por las ganas que tiene de conocerme, es un suponer, véame pronto, ¡caramba! Yo estaré vestida y peinada cuando vengáis.. Y que no sobra tiempo.. ¡Margara..!» Cuantos disparates dijo la pobre mujer, fueron por mí confirmados, para que su delirio no me estorbara la salida indispensable, y prometiéndole volver muy pronto, nos fuimos Guillermo y yo a nuestra fatal obligación.

El coche que en la puerta nos esperaba llevonos a recoger a Bermúdez de Castro en su casa; de allí nos fuimos a la huerta que había de ser teatro del lance, y por el camino me explicaron mis amigos los concertados trámites y condiciones. El aire fresco de la mañana diome serenidad y una confianza saludable, que me permitió afrontar la situación con grande entereza, ni encogido ni arrogante, en el exacto punto de la dignidad conforme a la ley de caballería. Casi al mismo tiempo que nosotros llegaron los dos médicos, y minutos después Andrade con sus padrinos. Conferenciaron aparte los amigos de uno y otro campeón, nos preparamos, se marcó el terreno de la lucha, fuimos colocados en la fatal línea, se nos dio a cada uno nuestra arma; se nos advirtió el orden de los disparos, los pasos que debíamos dar, y.. ¡a matarse, caballeros! Esto no lo dijo nadie; lo dije yo en mi interior, pensando que si deplorable sería que yo matase al hombre que me había ofendido, más triste y lastimoso sería que él me matase a mí, o me hiriese, añadiendo a la injuria el daño material. Sentíame yo muy sereno y despejado, sin rencor hacia mi contrario, y sobre todas mis ideas, dominaba la de conservar mi dignidad en el curso del lance cualesquiera que fuesen sus accidentes.. Dieron la señal, disparé yo apuntando muy alto, disparó él.. sentí pasar la bala silbando junto a mi oído.. Avanzamos los pasos (p.6083) designados.. vi en el rostro adusto de Andrade no sé qué hostil designio.. apunté menos alto.. disparé, pensando que me sería más sensible morir que dar muerte, y a mi disparo hizo Andrade un rápido movimiento llevándose la izquierda mano al otro brazo sin soltar la pistola. Estaba herido: diose la voz de alto; acudieron sus amigos..

Había terminado el juicio de Dios, declarándolo así los jueces del campo. Andrade y yo resultábamos igualmente caballeros, igualmente coronados de honor y dignidad, con la diferencia de que yo estaba ileso y él tenía una bala dentro de los tejidos del antebrazo.. Llegó el momento de las paces por tan guerreros caminos traídas, y fui a saludar al que ya debía ser mi amigo. Antes de que sus padrinos y su médico le desnudasen el brazo derecho, Andrade me estrechó con efusión la mano diciéndome: «Ya puedo asegurarle que pronuncié aquellas palabras teniéndole a usted por otro.. por otro, no sé por quién. Yo me había bebido media botella de champagne, y confundía nombres y caras de personas.. Pronto conocí mi error; pero en estos casos, si uno se desdice le toman por cobarde; no tenía yo más remedio que sostenerme en lo dicho y aceptar el reto..». Con emoción sincera le contesté que sentía en el alma grandísima pena de haberle herido, y que debíamos atribuirlo a la fatalidad, no a mi intención..

Ya no había que pensar más que en retirarnos todos, rodeando al herido de los cuidados más exquisitos hasta dejarle en su casa. Dijeron los dos médicos que el hueso no estaba interesado, y que la bala podía ser extraída fácilmente. Hablé con el médico de Andrade, un joven muy simpático llamado Corral; y como yo expresara mi anhelo de tener prontas noticias del herido, brindose Nicolás Rivero, que médico es también, a llevármelas en el curso del día, pues a Corral no le era esto fácil, imposibilitado del tráfago incesante de sus visitas. Emparejados vinieron nuestros coches hasta más acá de la Cibeles, esquina a la calle de Barquillo, donde nos separamos por diferentes rumbos, y no eran las diez cuando volví (p.6084) a esta casa. Al quedarme solo con Aransis, despedidos de Salvador Bermúdez, le pregunté por el temido asunto que tras la solución del duelo recobraba el primer lugar en nuestros afanes, y no me dio respuesta categórica, pues aún estaba en tramitación, con esperanzas de un dichoso resultado. Prometió volver, y en la puerta nos separamos. Yo subí a esta jaula donde tengo mi encierro, y no pude saborear el término feliz del desafío, porque encontré a mi pobre Antoñita en tristísimo estado, sin conocimiento; a Margarita llorosa, al mediquín aturdido y rebuscando las expresiones menos aflictivas para pronosticar la catástrofe.

Con revulsivos enérgicos devolvimos a la pobrecita cordonera una premiosa vida, y en aquel regateo doloroso ayudaba yo la resurrección con las palabras más tiernas que se me ocurrían, administrándoselas en el oído para que con la virtud de ellas reviviese más pronto. Volviendo por un instante a ser sombra o remedo de lo que fue, Antonia me dijo: «El Obispo es el causante de que yo no haya podido ver a mi Doña Librada». Con disparates parecidos a los suyos teníamos que procurar su sosiego, pues las expresiones lógicas la excitaban más. Díjome el médico al salir que pues era tan apretada la situación, y la ciencia se declararía pronto impotente, dejando su puesto a la fe, debíamos preparar a la enferma para que como buena cristiana se entendiese con Dios.

Esta inhibición de la ciencia pronunciándose en retirada, me colmó de amargura; yo no sabía qué hacer, ni con qué fórmulas piadosas abordar a los que deben disponerse para el trance último. Consultada Margarita sobre el particular, puso fin a mis dudas diciéndome que en la vecindad hay un clérigo que suele asistir a los moribundos pobres. Llámase el tal D. Martín, y vive en el Callejón del Infierno. Margarita le conoce y Antonia también. Propúsome la prendera preparar el ánimo de su infeliz amiga con un caritativo embuste, para que conceptuase natural la visita del clérigo, y así lo ha hecho esta tarde; véase cómo: Querida, ¿no sabes a quién me (p.6085) encontré en la plaza hace un ratito, cuando bajé? Pues a D. Martín, que me preguntó por ti con muchísimo interés. Díjele yo que subiera a verte, y él dijo, dice: 'Ahora no; cuando esté mejor. No quiero molestarla'. Y yo dije, digo: 'Pues mejor está, gracias a Dios y a San José bendito. Bien puede subir cuando quiera'. Calló Margarita esperando el efecto de su ficción en el turbado cerebro de Antonia, y ésta, tras larga pausa, respondió: 'Me alegraré que suba pronto D. Martín, para que me descase de Sotero, pues ya me pesa este vejigatorio de hombre pegado a mí.. ¡Y cómo apesta a vinazo!' Determinamos llamar al cura, y discutiendo estábamos Margarita y yo la ocasión de esta visita, cuando llamaron a la puerta, y entró Leovigildo, sobrino de Segismunda. Al fin, mi cara familia se acordaba de mí, y me enviaba por embajador aquel chico simpático, mala cabeza con excelente corazón y salidas de lenguaje muy oportunas. Por él supe que allá tenían noticia del duelo, ¿cómo no, si todo Madrid lo sabía?, y se alegraban de que yo no hubiese tenido ni un rasguño. Se hablaba mucho de mi valor en el lance, de mi arrogancia serena, y era motivo de general alegría que lo hubiese roto un hueso al Sr. Andrade, que presumía de comerse los niños crudos.

Díjome también que en el café de los Dos Amigos y en el de Amato ha corrido esta tarde la voz de que Andrade está dando las boqueadas, y que yo soy el héroe del día en Madrid. Contome además las historias que acerca de los orígenes del lance corrían, y en ellas he visto cuán locamente levanta el vuelo la fantasía del público. La versión más corriente era que Andrade había insultado a unas damas, y que yo, sin conocer a éstas, salí a su defensa, con exaltación de andante caballero, y de paladín del sexo débil. Eterna loa merezco yo por tal conducta y también por mi generosidad, pues habría podido matar a mi contrario con sólo quererlo, como que es mi puntería tan certera que donde pongo el ojo pongo la bala, ¡anda morena!.. pero me contenté con romperle el brazo derecho. Por fin entregome (p.6086) Leovigildo una carta que habían llevado a casa. Era de la benditísima Sor Catalina de los Desposorios, contestación a la que le escribí negándome por conocimiento propio, ex visu et auditu, a tragar la píldora matrimonial que propinarme quería. No se mostraba iracunda mi hermana en su respuesta, sino burlona y algo maleante, tratándome como a un chiquillo, y asegurando que no tendría yo más remedio que someterme a cuanto ella y otras personas dispusieran acerca de mí. Guapezas de monja no me afectaban mayormente: no hice caso, y con mi amigo hablé de toros, a que él era muy aficionado, y de teatros, mi predilecta afición.

En ello estábamos cuando entró Nicolás Rivero, que, si bien no disipó la inquietud que yo sentía por Andrade, deshizo en un instante el embuste contado por Leovigildo: el herido no estaba peor, y el pronóstico no era malo. La bala, adherida al húmero, sería pronto y fácilmente extraída. En esto pasó Leovigildo a ver a Antonia, a quien conocía, por ser hombre muy bien relacionado en la sociedad de manolas, y Rivero me habló un poco de política, que a la verdad no despertaba en mí gran interés. A la curiosidad que en otro orden de ideas me manifestó, hube de responder explicándole por qué concatenación de circunstancias anómalas me encuentro aposentado en esta casa; y al saber que hay en ella un caso grave de pulmonía, invocó mi amistad y su título de médico para que le permitiese verlo y darme una opinión. Accedí gustoso, y cuando volvimos a la sala, después de pulsada la enferma, y prolijamente examinada de rostro y pecho, díjome que la encontraba mal, y que hiciésemos la última prueba dándole a beber jerez superior, a ver si pega un bote la naturaleza, ya tan caída, y se levanta. Como buen vitalista, cree inútil combatir los síntomas y aun el trastorno general que los produce. La medicina no es más que el arte de ayudar a la vida, y lo que no haga ésta defendiéndose como una leona, no lo harán la Terapéutica y la Farmacia. Si esta teoría es la única eficaz en el cuerpo humano, no lo es (p.6087) menos en el cuerpo social.. ¿Qué son las revoluciones más que pura teoría vitalista? Estas generalidades le llevaron a un nuevo despotrique político, asegurando que España está cataléptica y necesita de grandes sacudimientos que la despabilen.. ¡Reformas, reformas! Es Rivero un talento viril, algo difuso, que fácilmente salta de cima en cima, con más brillantez que método.. Oí con gusto su lengua ceceosa, que al despedirse me dijo: «Ya ze verá si dezpertamo al dormido y rezuzitamo al muerto.. Quédeze con Dios, y hazta que noz veamo por el mundo.. o en el valle de Jozafá».

En la puerta se cruzó Rivero con un sacerdote que entraba. Saludó el andaluz, el clérigo no, y entró en mi casa como en la suya, diciéndome con fría confianza y sin ningún preámbulo de urbanidad: «¿Se muere esa niña o no se muere?..». Metiose adentro, y yo tras él, asombrado de sus extraños modos. En la desmantelada salita donde escribo nos hallamos frente a frente, y él, sin quitarse la teja, cogió un botón de mi levita y me dijo: «Aquí me tiene a la disposición de esa enferma y de usted. Yo me llamo Martín Merino, soy riojano, y no gasto cumplidos. Como tengo pocos quehaceres, volveré si ahora no es oportuno.. Ya sabe Margarita dónde estoy: que me llamen a cualquier hora de la noche. Yo no duermo.. quiero decir, duermo muy poco.. ¿Y usted está bueno? Lo celebro.. Con este tiempo variable andan los cuerpos trastornados, y las cabezas más, más las cabezas».

 

Ep-31-XXIII -

8 de Mayo.- La precipitada serie de acontecimientos que cayeron sobre mí, con ruido y azote de pedrisco pavoroso, me han impedido tomar la pluma. Hoy tengo que recoger y archivar todo lo que vino con abundancia no proporcionada a la brevedad del tiempo, y he de andar despacio y atento para que me asista mi buena memoria en la reproducción exacta de tanto dolor y sorpresas tantas, así como en el orden que traían.

Enlazo este relato con el último hilo del antecedente, diciendo que aquel clérigo buscado por Margarita para la espiritual asistencia de (p.6088) Antonia, me pareció muy extravagante. Pasó a ver a la enferma, y hallándola dormida tornó a la sala, y como yo le invitase a tomar alguna cosa (de lo que mandé traer para reparo de mi cuerpo desfallecido) , contestome: «Gracias, señor: yo no como.. quiero decir, como muy poco. Hablele yo de las dificultades y sinsabores de su ministerio, y me dijo que él es pobre y que vive con gran estrechez. Como yo le indicase que debía proporcionarse una prebenda, respondió que, aunque le sobraban amigos poderosos, ni pretendía nada, ni eran de su gusto las altas posiciones eclesiásticas. Odivi ecclesiam malignantium -me dijo con fácil expresión latina-, et cum impiis non(2) sedebo; o más claro: aborrezco la congregación de los malignos, y entre impíos no he de sentarme». Otros muchos latines hubo de soltar en el transcurso del diálogo, y explicó su erudición con estas palabras: «Perdone usted que le hable así: me sé de memoria los Salmos del ritual, y sin quererlo, todo lo digo por boca del rey David».

En esto entró Aransis, cuya visita deseaba yo como agua de mayo, y D. Martín se fue a la alcoba llamado por Margarita. Antes que yo le preguntara, me dio mi amigo el notición de que había resuelto el conflicto pecuniario del modo más ingenioso. ¿Cómo? Le dejo hablar, y así será más fácil la explanación del caso. «Pues me sacó del compromiso nuestra amiga Doña Manolita la Cuca. Cuando estalló en el Casino tu cuestión con Andrade, yo no estaba allí: ya lo recordarás. Me había ido a probar fortuna en casa de las Cucas; allí encontré a las dos pájaras de Mora, a doña Berenguela, a las piculinas; estaban también Pepe Cruz y otros amigos: hallé todo lo de costumbre; pero no a la Fortuna, que aquella noche no quería cuentas conmigo.. En mi rabia, tuve una inspiración, y cogiendo a Doña Manolita, me la llevé al gabinete amarillo, ya sabes, donde está el retrato del que dice fue su padre, el caballerizo de Carlos IV, y las vistas de los Reales Sitios; y tales discursos le eché y tan elocuente estuve, jurando que me pegaría un tiro si no me (p.6089) amparaba, que la conmoví, chico, figúrate, y empezó a echar suspiros y a despintarse las ojeras con el pañuelo. Díjome que no podía darme un maravedí, que lo siente en el alma, etcétera, etcétera. En fin, ayer al mediodía, después del duelo, volví allá con mi cantinela, y tales extremos hice, que la señora Cuca se arrancó con un rasgo de bondad heroica y me dijo: No tengo el dinero; pero ahora mismo voy a pedirlo. Si me lo dan, en tus manos estará esta tarde, Guillermito de mis entrañas.. Pues ¿sabes a quién pidió el dinero y quién se lo dio?.. No adivinas: tu hermano Gregorio.. mejor dicho, no fue él, sino Segismunda, quien nos ha favorecido. Por supuesto, no sabe que es para nosotros. Segismunda suele dar sus ahorros a la Cuca, que se los devuelve muy aumentados casi siempre.. Bueno: para no cansarte, Doña Manolita, guardándonos el secreto, nos exige que le firmemos un documento, obligándonos a devolverle los cuartos el día 20, y aquí traigo el papel para que pongas tu firma junto a la mía. Conque.. De aquí al 20 ya tenemos un buen respiro, y si no pudiéramos cumplir con la Cuca, ya nos esperará, y si no, que se la lleven los demonios».

Pareciome la solución muy feliz, porque en catorce días bien pueden venir infinidad de contingencias favorables: que nos caiga la lotería, que encontremos un tesoro, o que lluevan doblones. Luego me contó Aransis que en la tertulia de las Cucas había oído rumores de tormenta, es decir, de revolución próxima. Suelen ir al cenáculo de la cuquería progresistas de los más inquietos; aquella noche estaban presentes dos tan sólo, y la gravedad de los futuros acontecimientos se colige de lo que aquéllos dijeron, y más aún de la ausencia significativa de los que faltaban. «Doña Manolita -dijo por fin Aransis- me aseguró, al soltarme la mosca, que están en puerta los progresistas, porque las tropas que ahora se subleven no se pararán en pelillos, y obligarán a Su Majestad a poner en la calle a Narváez. No lo siento más que por mi abuela, que cuando Narváez no está en el poder, cree en el fin del mundo, y se pone de (p.6090) un humor tan endiablado, que sacarle dinero es más difícil que extraer aceite de un ladrillo».

Reapareció el clérigo, que había echado un parrafito con Antonia, y me dijo: «No está la pobre en disposición de confesarse; pero arriba, arriba se confesará. Revela Domino viam tuam, et spera in eo».

Mirábale atentamente Guillermo, examinando su cara lívida, pomulosa, sus ojos ratoniles; midiole de pies a cabeza con sagaz mirada, y al fin, evocando recuerdos, llegó a la filiación incompleta del estrafalario sacerdote. «Perdone, señor cura. ¿No he tenido yo el gusto de verle en casa de Don José de Olózaga? ¿No es su nombre..?

-Martín Merino -respondió el clérigo inclinándose-, y en casa de Pepe Olózaga me habrá usted visto.. el gusto es mío: allá suelo ir algunos ratos.. También conozco a Salustiano, aunque no le trato como a Pepe. Riojanos somos: ellos de Ocón, y se criaron en Arnedo, que es mi pueblo para serviles.

-Pues dígale usted a su amigo y paisano que ahora se armará de veras.. Aunque él puede que lo sepa mejor que nosotros, porque estará en el ajo..

-En el ajo están todos los que miran a las cosas pequeñas y no a las grandes.

-¿Cree usted que triunfará el Progreso?

-Yo no creo nada.. Y el Progreso ¿qué es? Lo que yo creo es que el mundo será de los pacíficos.. Mansueti autem haereditabunt terram, et delectabuntur in multitudine pacis.

-Pues usted es de los mansos que triunfarán y gozarán la paz, como uno de los pocos progresistas que visten sotana. No será mala canonjía la que le darán a usted los Olózagas cuando venga la revolución.

-¿A mí?.. No me hará daño. Verba oris ejus(3) iniquitas et dolus..

-Pero ¿de veras no es progresista?

-Yo nada soy.

-¿Ni siquiera masón?

-Nihil.

-¿No cree usted que la Reina dará pronto el poder a los progresistas?

-¿Yo qué sé de eso? Y pregunto.. ¿quién es la Reina? En los Estados no me pongan monarcas con faldas, sino Rey macho. Yo hablo siempre del Rey.

-Entonces es usted carlista.

-Yo no.. Creo en un soberano.

-Y de ese soberano ¿qué opina?

-Poca cosa. Iniquitatem meditatus est in (p.6091) cubili suo: astitit omni viae non bonae.. 'En su cama medita iniquidades.. anda en malos pasos'.

-¿Es eso salmo? ¿Y qué tiene que ver con lo que hablamos?

-Nada. Por eso lo he dicho. Sabrán ustedes que yo no hablo, quiero decir, que hablo poco.

-Y usted mismo no se entiende. ¿Está seguro, Sr. Merino, de tener la cabeza buena?»

Esto le preguntó Aransis, y él vacilaba en la contestación, rezongando al fin: «Buena o mala, no tengo otra».

Callamos. Acudí a mi pobre Antonia, que me llamaba. Prometile que de ella no me separaría, y me repitió sus protestas de eterno amor en tono y estilo de niño quejumbroso. Aseguraba que ya no le dolía el pecho, y que durmiendo acabaría de curarse; tomaba aliento a cada dos palabras, en las cuales el acento infantil, de truncados términos y sílabas primarias, se iba marcando como si los minutos que transcurrían le quitasen años y días, tornándola a la edad más tierna. Cuando calló, cerrando los ojos, volví a la sala, y encontré solo a Guillermo. El cura se había ido, prometiendo volver a la tarde.

Solo y en tenebrosa tristeza estuve en la tarde del 6, pues la compañía del presbítero D. Martín no era la más propia para mitigar con dulces coloquios mi pena. Hablábale yo de su ministerio, procuraba sondearle y descubrir qué clase de espíritu bajo tan extravagantes formas y estilo se escondía, y a todo me contestaba con versículos de Salmos, no siempre aplicados con oportunidad a lo que decíamos.. Tan marcados vi en la pobre Antonia los signos de su próximo acabamiento, que deseché hasta las últimas esperanzas que en mi alma querían entrar. ¿A qué esperanzas, si no había remedio, como no fuera la cristiana resignación? Largo tiempo estuve a su lado, recogiendo con avaro afán cuanto me decía en fugaces, desconcertadas, infantiles expresiones: «Tero agua.. tero mimir.. daca mano tuya..». Con modulaciones sólo por mí entendidas decíame que le limpiara la boca del agua que bebía, la frente del sudor, y que no quitase de su cuello el brazo mío que le servía de almohada. Serían las cuatro (p.6092) cuando me dijo: «No veo a ti, gitano.. tae luz.. ¿Por qué tanto oscuro?..». La besé una y otra vez, y ella intentaba contestarme del mismo modo.. Sus labios no podían ya besarme. Cayó en profundo sopor de agonía. No había nada que hacer, más que contemplar con dolor callado su muerte. Traspasado de aflicción, apoyé mi rostro en el lecho; mas D. Martín me sacudió la cabeza diciéndome: «Atienda, señor: ya concluye». Atención puse, y en unos segundos de suprema ansiedad recogí el último aliento de la pobre Antonia. El cura, de rodillas, encomendaba en alta voz el alma, y Margarita lloraba sin consuelo. El tiempo flotaba silencioso entre las cuatro y las cinco de la tarde.

Mi tribulación y desconsuelo eran grandes, pues ya no podía ver las desazones y enojos que por aquella mujer sufrí, y tan sólo veía el generoso ardor de su corazón amante, su ingenua, inquebrantable devoción de mi persona, que más bien era un culto idolátrico. La lloré con el alma por el amor que me tuvo, y del cual seguramente era yo indigno. Las incongruencias sociales, contra las cuales nada podemos, fueron las causas de que aquel amor no tuviese en mí la debida correspondencia, y de que su ser y el mío no llegaran a la soberana fusión para la que sin duda habíamos nacido. ¡Pobre Antonia! Error suyo fue amarme; mayor dislate mío dar alientos a su afición. Yo no merezco piedad del Cielo por esta falta, y si aquí tienen proporcionado castigo nuestros errores, no me faltará en la vida que me resta mi parte de Infierno.

Partió el clérigo; acomodamos Margarita y yo en su lecho a la pobre muerta, la cabeza sobre mullidas almohadas, el martirizado y ya insensible cuerpo extendido y envuelto en sábanas limpias, y aun no sabíamos cómo amortajarla, porque el vil marido, entre los efectos que sustrajo se había llevado el traje negro, medias y zapatos, y las mejores prendas de ropa que la infortunada mujer poseía. Acordamos al fin que para vestirla traería la prendera ropa blanca de la suya, y lo necesario para calzarla decorosamente, y que luego (p.6093) le pondríamos el hábito del Carmen, por ser esta advocación de la Virgen la más firme devoción de Antonia. Las seis serían cuando salió Margarita en busca de la fúnebre vestimenta y de las velas que habíamos de encender junto al cadáver; yo, solo en la casa, quedeme sentado junto al lecho mortuorio, contemplando la marchita belleza, que aún conservaba sus lindas facciones sin la menor descomposición de líneas, como vaciadas en transparente cera. Tardó mucho Margarita en su diligencia; llamaron al fin a la puerta, y seguro de quién era, salí y abrí.. ¡Dios mío, qué estupor!

La sorpresa dejome paralizado, mudo. Era Eufrasia la que ante mí apareció en traje muy sencillo, como de ir a la iglesia, con el libro de rezos en la mano. «Supe que no puede usted salir de aquí -me dijo trémula-, por.. vamos.. esa mujer enferma.. he querido saber de usted.. informarme.. Alguien ha dicho que estaba usted herido..». Le señalé el paso, la conduje a la salita, y ella entró con recelo, temerosa de miradas impertinentes. En mi rostro debió de leer mi consternación. «¿De veras no resulta cierto lo de la herida? -me preguntó ya en la sala, negándose a aceptar el sillón que le ofrecí-. Gracias: no me siento. ¡Si me voy ahora mismo! He salido al rosario. Acabo de rezarlo en Santa Cruz, y.. Por Rafaela, que todo lo sabe, supe anoche el número de esta casa, el piso, y he subido.. Subo un momento con el único fin de.. Me dijeron que esa señora está muy malita, en peligro de muerte, y, naturalmente, la situación de usted en esta leonera es poco agradable. Los buenos amigos deben prestarle su apoyo, ver si en algo pueden servirle.. No se asombre usted tanto de verme aquí: sé que es una imprudencia, un desatino.. pero antes que mandarle un recado, he querido venir en persona.. ¿Y es de veras que está usted solo, enteramente solo con la enferma..?»

Díjele que estaba solo con la muerta, y por la puerta de cristales que con la alcoba comunicaba le mostré el lecho, del cual se veía la parte de los pies, y el bulto de los de Antonia cubiertos por la sábana. Grande impresión hizo en Eufrasia el (p.6094) ver en la penumbra los pies de la yacente estatua, como incipiente escultura en el bloque de mármol, y sin expresar su consternación más que con un ¡ay!, dejose caer en el sillón próximo, cerró los ojos, y se llevó a la frente el libro de rezos, como si con él quisiera persignarse. «Mi dolor no lo comprenderán muchos -le dije-; usted sí lo comprenderá. Antonia me amaba.. No era su amor de los que se amoldan a los respetos y se someten al artificio social; era un amor que llamaríamos loco, revolucionario, que no reconoce más ley que la de sí mismo. Fue mi suplicio cuando ella vivía, y ahora que la he visto morir, es mi remordimiento. Yo no era digno de un cariño tan hondo, tan puro, tan superior a todo interés y a las conveniencias humanas. ¿Verdad que no lo merecía yo? ¿No piensa usted lo mismo?

-Ciertamente, no era usted digno.. -respondió la dama morisca, echando atrás la cabeza y dejando caer sus dos brazos sobre los del sillón-. Nadie que viva en sociedad es digno.. de eso.. Ni esas pasiones tan a lo primitivo caben en los moldes de nuestra vida..».

En esto llegó Margarita con velas y ropas. Eufrasia turbose un poco al verla; yo la tranquilicé, asegurándole la discreción y delicadeza de la que había sido mi auxiliar en aquellas tribulaciones. Mostró la prendera el hermoso hábito del Carmen que había comprado, y Eufrasia, con un arranque de valor y piedad, que fue mayor brillo de su belleza, se levantó y me dijo: «Viva no la vi nunca.. quiero verla ahora..». Antes que yo me decidiese a ser acompañante de su curiosidad, Margarita le franqueó el camino, andando delante de ella. Entraron en la alcoba. Yo vi a Eufrasia desde la sala, fijando sus miradas en el rostro marchito cuando la otra con pausa y respeto cariñoso levantó el blanco lienzo que lo cubría.. Durante un corto rato, las dos mujeres no estuvieron mudas. Sus cuchicheos lo mismo podían ser comentario de admiración que afligidos rezos.. Volvió a mí la manchega con el rostro mojado por las lágrimas que de sus ojos corrían; dejó el devocionario en la mesa donde yo escribo, (p.6095) se quitó los guantes y la mantilla, y me dijo: «Hermosa fue sin duda, y aun muerta está guapísima.. ¡Pobre corazón amante! Por amar con tanta independencia y con tanta fe, despreciando el mundo y toda vanidad, merece mi simpatía.. Usted y esta buena señora me permitirán.. No se asombre, Pepe. Quiero amortajarla».

 

Ep-31-XXIV -

Mientras Eufrasia y la prendera se consagraban sin descanso a su piadosa obra, entró Aransis que venía a traerme dinero, tan necesario para mí en los días fúnebres como en los alegres días. «Márchate ahora mismo -le dije-, que hay aquí una señora, mi amiga, a quien no gustará que la veas». Invocó él nuestra amistad, que no admitía secretos entre los dos, para que yo abriese un poco la mano en la confianza; mas no accedí a ello, y que quieras que no, le expulsé con recomendación enérgica de no atisbar en la calle la salida de la dama.. Terminado el acto de vestir a la pobre muerta, Eufrasia volvió a ponerse mantilla y guantes. Su palidez intensa declaraba su grande emoción. «Está guapísima -me dijo-, y la toca blanca da a su rostro una expresión enteramente mística. Nunca, por mucho que viva, olvidaré esa cara, que tan muerta y callada me ha dicho cosas muy bellas.. Yo también le he dicho a ella.. algo que sólo se dice a los que no pueden oír.. con los oídos naturales». Encargome luego, camino de la puerta, que en cuanto volviese yo a la vida regular fuese a verla, pues tenía que hablarme de cosa urgente: hablaríamos en mejor ocasión y lugar. Prometile ponerme a sus órdenes muy pronto, y con ella bajé, pues no quería que en escalera tan bulliciosa tuviese encuentros de gente grosera y de chiquillos importunos. En el portal nos despedimos, reiterando yo mi gratitud por su visita, y ella los honores de su amistad, que en aquel día por especial gracia éranme de nuevo concedidos.

Al subir, sentí pasos detrás de mí. Volvime y encaré con Sotero, que llevándose un pañuelo a los ojos, me dijo:

-Don José, lo supe hace un rato.. por el bruto del cerero.. ¡ay Jesús!, que vendió a Margarita las velas.

-Sí, hombre: la pobre Antonia, (p.6096) cansada de sufrir, se nos ha ido a otro mundo mejor..

-¿Y a usted le costa que es mejor? Yo no lo sé, ni lo sabe nadie, como se dice. En fin, yo he sido malo, y la última que hice no me la perdonó Toña.

-Sí, hombre: te perdonó. No llores por eso.. ¿Necesitas algo?

-No quiero cansarle ahora. Subiré, si me necesita. De usted para mí, le digo que es mi deber velarla.

-Hombre, no; te fatigarás. Más que para velar estás tú para que te velen. Tienes cara de no haber comido desde anteayer.

-Así es, D. José; pero yo nada le pido en esta circunstancia, Dios me libre.. Si me apetece subir es por velarla: que yo seré todo lo perro que quieran, pero tocante a buen cristiano, lo soy como el primero.

-Eso te honra, Sotero -le dije dándole para comer-. Pero atiende antes a la necesidad de vivir.. No tendría gracia que también tú te murieras ahora.. Come y bebe esta noche; duermes los garbanzos, y de madrugada vienes a velar a la pobrecita Antonia.. Así alternamos: yo descansaré cuando amanezca, y a fe que estoy rendido.

Tomó lo que le di, y prometiendo volver a las altas horas de la noche, se despidió con una caballerosa manifestación, la mano en el pecho, los ojos húmedos, la palabra balbuciente: «Sé cumplir el cometido de mi deber. Velaré esta noche, y mañana la llevaré hasta el propio cementerio, como se dice, camposanto, que ésta es mi obligación, D. José de mi alma, como marido que soy del cadáver».

A poco de esto, cuando ya teníamos a la pobre Antoñita enteramente ataviada de muerte, en un lujoso ataúd, llegaron otros parientes, y lloráronla todos y compadecieron su temprano fin. Era un dolor verla partir en la edad florida y dichosa. Trajeron algunas flores naturales muy lindas, con que la adornamos, poniendo en ello un cuidado y esmero tan grandes como si adornáramos a un vivo. «Aquí hacen mejor las violetas.. Las rosas coloradas entre las manos.. Con las rosas blancas formemos un cerquillo en derredor de la cara».

Pasada media noche, volvió Aransis. Él y yo, en el desmantelado comedor, cenamos algo, buenos fiambres que trajo (p.6097) un criado suyo, y bebimos de un rico burdeos. El reparo de mi desfallecimiento me produjo un sopor intensísimo: no vi salir a Guillermo, no vi nada, porque me quedé dormido en la silla, recostando mi cabeza en el ruedo que hacían mis brazos sobre la mesa.. Fue mi sueño como indigestión cerebral de las imágenes que en aquel día y los precedentes habían pasado ante mis ojos. Y como entre estas imágenes descollaba la yacente figura lastimosa de mi pobre Antoñita, vestida del hábito del Carmen y de cirios humeantes rodeada, esta visión no me abandonó en todo el espacio de mi sueño, harto parecido a la embriaguez cebándose en el cansancio. Vi el cuerpo de mi amada en un alto y aparatoso túmulo a la romana; las velas se trocaron en antorchas, y el religioso traje en túnica de vestal. Vi que todo ello se alzaba sobre un monumento de formas ondulantes y cartilaginosas, en nada parecidas a las clásicas formas de arquitectura; vi un conjunto armónico de tallos y miembros vegetales, con flores muy abiertas de monstruosa sencillez. «¿Será esto -me dije yo soñando- el tipo de un arte que, andando los siglos, vendrá potente a derrocar los tipos y módulos que hoy componen nuestra arquitectura y nuestras artes decorativas?..».

Seguramente, los funerales que en torno de este gran túmulo se hacían a la pobre cordonera eran espléndidos, con asistencia de innumerables sacerdotes de no sé qué religión, y de un gentío inmenso, cuyas voces turbaban mis oídos. Era un estruendo parecido al del mar bravo, que va y viene, azotando las rocas y plegándose con espumante ira sobre sí mismo. No podía yo entender lo que decían aquellas voces, ni supe si eran himno, plegaria, o quejumbrosa oración fúnebre.. Y luego sonaron salvas, que a mí me parecieron el más natural ornamento de aquel acto. Oí un disparo, luego dos, en seguida muchos, sucediéndose y acelerándose como las notas de una tocata que empieza en adagio y acaba en presto, prestísimo.. ¡Vaya un traqueteo y estallido de ingenios de guerra! En las tinieblas de mi (p.6098) sueño empezaba yo a sorprenderme de que las lucidas exequias se celebraran con función pirotécnica o juego de pólvora. ¿Sería esto también un arte funerario del porvenir, llamado a reformar los actuales modos de honrar a los muertos?.. No sé cuánto tiempo duraron estas impresiones y ruidos disparatados.. Ello es que yo iba despertando, y mis sentidos se mecían entre el sueño y la realidad sin que cesaran los disparos, o al menos sin que dejase yo de oírlos. Una mano vigorosa sacudía mi hombro, y lo primero que oí claramente fue la voz de Margarita, que decía: «No le despiertes, ganso».

El que me despertaba era un ser de pesadilla, odioso y repugnante. Tardé un rato en reconocer al maldito Sotero, esposo de la difunta. Era él, él mismo, desfigurado por una corbata de luto mal liada a su pescuezo, las greñas en desorden, la cara sin lavar en tres días, el cuerpo en mangas de camisa, con un chaleco negro que por la holgura parecía de otra persona. Con tabernaria voz graznaba: «Despierte, despierte, D. José, que hay revolución».

«¡Revolución!» Yo me erguí en un desperezo total, queriendo sobreponerme a mi cansancio. Vi la claridad del día. No creía nada de lo que en torno de mí se hablaba. Mujeres medrosas decían: «¡Ay, señor, qué Infierno en la plaza!..». «Venga al balcón y verá..». «La tropa sublevada por aquí, y enfrente, asomando por el arco de la calle de Toledo, la tropa del Gobierno..». «Que no salga al balcón; no le suelten un tiro». Como el tumulto que de la plaza venía no cesaba, tuve que rendirme a la evidencia. Soñoliento me asomé al balcón, y en la plaza vi un hormiguero de soldados y paisanos que parapetados tras montones de piedras hacían fuego contra otros que en el arco les atacaban. El tiroteo era tan vivo, que hube de cerrar a escape.. «Por Dios, señor -dijo una mujer-, no se asome: cierre vidrios y maderas, que a un vecino del 7, que se asomó a guluzmear, le han dejado seco».

Mandé cerrar a piedra y barro, y esperamos.. ¿En qué pararía toda aquella gresca? Los parientes de Antonia y otras (p.6099) vecinas aquí congregadas, se complacían en ilustrarme acerca de aquel hecho político, que pronto había de ser histórico. Lo que quiere ahora el Progreso es poner la República y quitar a la Reina, pues la República no es otra cosa que un Gobierno todo de hombres, sin Rey ni Reina, ni cosa ninguna de Majestad.. Según afirmó un vejete que entre las mujeres rebullía, el propio Narváez mandaba la fuerza que abrasaba a los patriotas.. Éstos se defendían sin coraje, por no contar con toda la tropa comprometida, y ello acabaría mal, fusilando a medio Madrid y cargando de cadenas al otro medio.. También se dijo que estas marimorenas no son de nuestra invención, y que todo viene armado de fuera, de la Europa y de las naciones extranjeras, que están toditas revolucionadas y dadas a los demonios. El Reino de Nápoles arde; el mismo Papa no ha tenido más remedio que largar una constitucioncita para sosegar a los masones; otro Rey italiano, D. Carlos Alberto, va contra el Austria, para quitarle unas provincias que ya son italianas, ya tudescas; y un país que se llama la Hunguería, porque de él vienen los húngaros, anda también muy revuelto con un demonio de hombre, de apellido Cosuto (Kossuth) , el cual predica la libertad, la religión libre y otras monsergas libres. La Hunguería y la tierra de los austriacos no son lo mismo, pues la una linda con las Américas, y la otra es propiamente como una familia real, por lo cual, nombrando a nuestros Reyes de antaño, se dice la casa de Austria..

A todos los presentes prohibí que abriesen las tres ventanas de la casa, y en la sala nos quedamos en fúnebre penumbra, mortecina claridad de los cirios, que ya gastados se derretían en gruesos cuajarones. La faz hermosa de Antoñita se descomponía de hora en hora, tiñéndose de una lividez tristísima. La contemplé largo rato, recogí sobre el rostro la plegada toca, añadí flores en derredor, y al volverme di de manos a boca contra Sotero, que mostrándome su atavío me dijo: «Vea, D. José, que así no estoy decente, y que me van a criticar por no presentarme como requiere la (p.6100) defunción. Pedí a Dimas, el tabernero, que me prestase ropa negra, y no ha podido encontrar más que este pingo de chaleco y la corbata.. Yo se lo digo al Sr. D. José para que vea el ridículo.. mi ridículo ante la vecindad y ante la comitiva del féretro. A usted no le ha de gustar que me vean así.. Soy, como se dice, el esposo de la finada, y si no estoy todo puesto de luto riguroso, pero muy riguroso, ¿qué dirán, D. José, qué dirán?..

-Bueno, hombre, ya lo arreglaremos. Déjame ahora.

-Mi parecer es que debemos apañarnos como Dios manda, para que no tengan que criticar.. Yo sé de un sastre que alquila ropa de entierros, y allí se puede vestir uno para toda la pompa enlutada que se ofrezca. Con que, si quiere, allá me voy.. y pido precios..

-Está bien. Irás cuando se concluya la gresca en la plaza. Ahora no se puede salir.. ¿Y cómo va eso?

-Parece que van ganando los de Narváez. Ya no atacan tan sólo por la Sal y por Atocha, sino también por los Portales de Bringas. En una casa de la calle Mayor con balcones que caen a la Plaza, junto a la Panadería, metieron tropa, y ya están largando tiros desde el piso segundo.. Oiga, Don José: yo he traído mi pistola y pólvora. Si quiere que dispare desde el balcón contra los republicanistas, verá qué pronto pongo a dos o tres patas al aire.

-No, no: aquí somos neutrales. Vencerá el Gobierno. No tomemos partido ni por la revolución ni por el orden.

-Yo estoy siempre con el Orden, y por esto hay en la vecindad más de cuatro que no me tragan. En la taberna de la calle Imperial oí ayer tarde runrunes, y así como latines masónicos.. Me dio en la nariz olor de chamusquina, y me traje la pistola por lo que pudiera tronar».

Entreabierto el balcón, noté gran desorden en la plaza y que el tiroteo era menos vivo. Vi grupos que huían por la calle de Botoneras, próxima a esta casa.. Pasado un rato, hallábame en expectativa de nuevos incidentes y sorpresas, cuando Margarita, muy asustada, vino a decirme que un señor había preguntado por mí en la puerta, y que sin esperar a que se le mandara pasar, (p.6101) habíase colado muy resuelto en el pasillo. Salí al instante, y me encontré con Nicolás Rivero, bastante desordenado de ropa, que sin ningún preámbulo, ni la menor alteración en su rostro cetrino y ceñudo, me dijo: «¿Puedo ezconderme aquí, Pepito? Me ha dicho eza zeñora que a la otra zeñora la tenemoz de cuerpo prezente. Lo ziento.. Pero no podía yo zoñar mejor ezcondite».

Ofrecile todo mi amparo con la mayor cordialidad, y me le llevé al comedor, donde podíamos hablar sin testigos: «Ezto ze acabó.. Adioz mundo amargo.

-Es la primera revolución que veo en Madrid, y la verdad, me ha parecido una fiesta de pólvora. ¿Es siempre así?

-Ziempre azí.. tropa contra tropa.. el pobrecito pueblo en medio.. ¡Pueblo crucificado!.. Dígame: ¿el entierro zerá ezta tarde? Bonita ocazión para zalir y ezcabullirme.. por donde ze pueda.. Dizpénzeme que me alegre del entierro.. La humanidá ez azí.. Del llanto zale la alegría».

Dicho esto, renegó de los que no acudieron al puesto de peligro, y tronó contra Narváez, contra Figueras, Fulgosio, Lersundi y demás instrumentos del Orden.. El Orden por sí no es nada, y cuando se ejerce contra la voluntad del Pueblo, es el Desorden con insignias usurpadas.. El Pueblo ama la Libertad.. sólo que no le dejan manifestarlo.. ¿Pues la tropa? ¿Qué es la tropa más que Pueblo con uniforme?..

Entró Sotero a decirme que los soldados de Lersundi ocupaban la plaza, y que los insurrectos huían por la calle de Toledo. Metíase aquel bestia con grosero desenfado en nuestra conversación, por lo cual hube de tenerle a raya; llevémele a un cuarto próximo, y después de prohibirle salir a la calle, ni aun con el razonable motivo de procurarse ropa de luto, le pedí su pistola; diómela con la polvorera, rezongando, y en mis manos el arma, le dije: Como suban polizontes o militares en pesquisa de algún paisano refugiado aquí, y tú pronuncies una sílaba sola delatando a este joven, te levanto la tapa de los sesos. De aquí no me sales hasta la hora del entierro, si nos permiten que sea esta tarde. Margarita alquilará la ropa de luto, la cual se pondrá (p.6102) Rivero, después de bien afeitado, figurando como esposo de la finada. Tú quedas relegado al puesto de primo del cadáver, y te vestirás con las ropas que te traerá Julián, el cordonero de la calle de Bordadores. Cuidado, Sotero, con lo que haces y dices mientras estés aquí. Ha de venir el celador del barrio para tomar nota del nombre de la difunta, etcétera, de la hora y lugar del enterramiento: no salgas tú a recibirle; saldré yo, y diré lo que se ha de decir, lo que me dé la gana, y tú te callas, que aquí no eres nadie, ¿lo entiendes bien?.. Si no nos permiten que la llevemos esta tarde, ya veré lo que se ha de hacer mañana. Y no se hable más, Sotero: silencio y obediencia, o ten por seguro que te mato.

Con gruñidos iba marcando a cada frase su bárbara sumisión a mis órdenes.

 

Ep-31-XXV -

14 de Mayo.- Pasó la tormenta, dejando en mi alma gran destrozo, árboles caídos, caminos deshechos, ruinas y cambios lamentables. Termino las referencias del día 8, manifestando que todo lo presupuesto se hizo con arreglo al programa: en un nicho de la Sacramental de San Andrés guardamos los restos de la enamorada Antoñita, a quien debo en estas Memorias enaltecer singularmente por su devoción de amor y sus arrebatos afectivos, sin mentar sus pecados y errores, que de ellos no pudo verse libre quien tenía la pasión y la fragilidad por componentes del alma. Y el acto de conducirla a su última morada me sirvió para proporcionar fáciles medios de ocultarse al amigo Nicolás Rivero, que temía los rigores de la policía por haber metido sus narices en aquel fregado de la plaza Mayor. Liquidé cuentas con Margarita, cuentas con Sotero, a quien di cuanto me pidió a condición de que no volviera jamás a ponérseme delante, y abandoné la triste casa en que apurado había tantas amarguras.

Volví fatigado al mundo y a la vida corriente, instalándome en casa de Agustín, y mi primera visita fue para Andrade, a quien encontré muy mejorado de su herida, de lo que recibí gran satisfacción. Dos amigos míos, Uhagón y Pepe Arana, en (p.6103) su compañía estaban, y poco después que yo entró el que con Rivero había sido su padrino, Sánchez Silva. Del ruidoso escándalo militar del día 7 hablamos los cinco, y allí me dieron exacto informe de su móvil inicial y de los pormenores que yo no había visto. Como apenas pongo atención en las cosas políticas, ignoraba el argumento del confuso drama cuya principal escena, si no la más trágica, fue representada tan cerca de mí. Había sido Ruiz de Arana testigo y actor muy principal en la marimorena, por parte del Gobierno. Él vio a los soldados de España bajar en desordenado tropel por la calle de la Montera; él corrió de una parte a otra con una sección de coraceros, llevando órdenes del capitán general Fulgosio; él le vio caer miserablemente en la Puerta del Sol, a los tiros del paisanaje; él con tesón juvenil se halló en todos los sitios donde casi era milagroso no perder la vida. No reproduzco su prolija referencia, que ha venido a ser histórica, porque, la verdad, ni a mí me interesa grandemente la detallada relación de los movimientos de la tropa leal y de la tropa rebelde, con tanto general que va y viene de calle en plaza, o de uno a otro cuartel, ni creo que la remota posteridad que esto lea con ello se divierta ni se instruya. Porque, si bien se mira, por lo muy repetidos, son estos movimientos sediciosos como los amanerados poemas de corta inspiración y de frase pedestre, y sólo en el caso de que el triunfo los haga eficaces merecen la atención de las gentes. En los pronunciamientos fallidos veo yo la más tediosa sarta de aleluyas que nos ofrece nuestra historia. Mirémoslas de prisa, y pasemos a otro asunto.

Lo más triste de aquella jornada fue la muerte de Fulgosio, necio y bestial asesinato, sin gloria de él ni de sus inicuos matadores. Fue mártir antes que héroe. Y por mártires hemos de tener también a los infelices que en la misma tarde del 7 fueron fusilados a la salida de la Puerta de Alcalá.. Eran de tropa, pueblo uniformado, según Rivero, y se habían batido contra el Orden con locura patriótica y militar ceguera. ¿Qué se dirían Fulgosio y estos (p.6104) desventurados si en el primer paso dentro de la Eternidad se encontraron y se vieron?.. No se dirían nada tal vez, porque del lado allá no habrá palabra con que expresar la inmensa estolidez de lo que acá llamamos política, orden y revolución..

Hablamos los cinco del suceso y sus consecuencias, y por mi gusto no me habría entretenido en puntualizar la psicología de aquel movimiento: todo era vanidad, interés de personas, Salamanca, Buceta, lord Bullwer, Gándara, y luego una cáfila de nombres de progresistas, llenaban la histórica aleluya. Los cinco estábamos conformes en que una férrea dictadura de Narváez se nos venía encima. Pronto seríamos sometidos todos los españoles a un duro régimen penitenciario. La tormenta que habíamos visto estallar aquí era no más que un leve desorden atmosférico, anuncio de mayores desastres; y en aquel motín o pronunciamiento tan pronto sofocado, no debíamos ver más que una centella perdida de la furibunda tempestad que corría por toda Europa. En Francia, gran diluvio que anegaba el trono; en Nápoles, truenos y rayos; en Roma, centellas y exhalaciones que aterraban al Papa, moviéndole a cambiar su política de liberal en despótica; en Hungría, viento huracanado; en Austria, formidable pedrisco que derribaba el árbol corpulento de Metternich, y en las demás naciones, azoramiento y terror por el hondo ruido subterráneo que se sentía, como anunciando terremotos. Es la voz pavorosa del Socialismo, la nueva idea que viene pujante contra la propiedad, contra el monopolio, contra los privilegios de la riqueza, más irritantes que los de los blasones. Tiembla la presente Oligarquía ante estos anuncios, y no sabiendo cómo defenderse, sólo pide que esta gran vindicación la coja confesada.

Fue mi segunda visita para Eufrasia, a quien encontré celebrando sesión de la Sociedad de Socorros de Religiosas, de que es Presidenta interina. Actuaba como secretaria Rafaela Milagro, y como informantas o procuradoras otras dos damas a quienes no conozco, y asistía como asesor un capellán (p.6105) de monjas, antiguo jesuita, que yo había visto antes en la casa de Socobio. Ya estaban terminando cuando yo llegué, por lo cual pude acceder a no retirarme discretamente. Contáronme las damas el gran beneficio que hacían a la religión, socorriendo a las pobres monjitas expoliadas por Mendizábal, y abandonadas de estos infames gobiernos sin creencias. Rafaela, por lo que allí oí, es el alma de la Sociedad, a la que se consagra con tanta actividad como pasión. En el arte de allegar fondos, excitando la caridad vanidosa, es maestra consumada; al verla, sus amigas tiemblan. Madrid entero conoce su labor ratonil, las monjas comen y viven.. Los elogios que de la Secretaria hizo el clérigo allí presente sonábanme a panegírico de santa. Y ella, serena y modestísima, insensible a los encomios, continuaba extendiendo recibos en el pupitre cercano al sillón presidencial que ocupaba Eufrasia. Por fin, con el desfile oportunísimo de las procuradoras y del cura, que no abandonó el campo sin hablar pesadamente de una rifa que se proyectaba, quedeme solo con mi amiga y Rafaela.

«Siéntese usted a mi lado -me dijo la moruna, que por lo visto, o nada reservado quería decirme, o no le estorbaba la presencia de la Secretaria-. Esta tarde recibirá usted una invitación de los Emparanes para comer mañana en su casa. Ya sabe usted que allí no han entrado por el uso nuevo de comidas a la francesa, y sirven los garbanzos a la una y media.. No vuelva usted a dirigirme la palabra si no acude como un doctrino al llamamiento de esa familia, Pepe. Se le disculpó a usted la otra vez por las razones que callo; pero si mañana se excusa o hace rabona, ya sabe que no habrá perdón, sino azotes, y buena mano tiene Catalina para dárselos. No le digo más sino que ayer tarde di yo a su señora hermana mi palabra de empujarle a usted hacia la plazuela de Navalón, y la seguridad de que el simpático dandy no se quedará a mitad del camino. Con que ya lo sabe. Me parece que ya van resultando ridículos los papeles de galán melindroso y de caballero que adora los ideales. (p.6106) Déjese de andar por las nubes, y bájese a la realidad. ¿Quiere más sermón? Pues se continuará esta noche en casa de mi cuñado Serafín. No falte». Quise yo responderle; pero la Secretaria reclamó toda la atención de la Presidenta para el colosal proyecto de rifa, y me retiré teniendo buen cuidado de no preguntar por D. Saturno. Temía yo que mi fórmula de urbanidad fuese como evocación que le hiciese surgir por alguna de aquellas doradas puertas.

16 de Mayo.- ¡Con qué ganas de solaz honesto, de desconocidas emociones, entré esta noche en la sala de mi señor Don Serafín de Socobio! A mí acudieron gozosas Virginia y Valeria, con gorjeo de pajarillos, y no me abrazaron por respeto a sus papás. Yo sentí en mi alma una onda de frescura cuando las vi, y deploré que el respeto social no me permitiera cogerlas y sentarlas en mis rodillas, una a cada lado, y darles besos inocentes. Empezaron por acribillarme con dicterios graciosos y con bromas que no carecían de malicia y picor. Dijéronme luego que cuando se corrió la voz de que en el desafío había yo perdido una pata, ambas habían llorado por el hombre y por la pata perdida, sintiendo que no pudieran ellas pegármela con cola, como la pata de una mesa. Se acordaban de mí, y sabían las cosas terribles que me pasaron por mi mala cabeza, sin que el castigo me enmendase; enteradas estaban también de que ya no tardaré en caer en la ratonera que me han armado.. Contra esto hube de protestar, asegurándoles que yo no me caso con ningún bicho viviente más que con ellas, con ellas dos, Virginia y Valeria, mis dos novias hoy, mis dos mujeres mañana. Vi sus rostros pasando de la risa a la seriedad, y por igual impregnándose de no sé qué melancolía cavilosa. Callaban, y aun querían huir de mi presencia por no saber qué decirme, pues aquella broma del casorio con las dos, a entrambas lastimaba, como si fuera la única idea que cortase de raíz la membrana moral y física que las unía. Sentían quizás el desconsuelo de ser dos y no una sola.. También yo me llenaba de gran (p.6107) confusión, no pudiendo destruir la dualidad sin matar a uno de aquellos ángeles. ¡Imposible el dualismo, imposible la unidad!

Ya muy tarde pude quedarme solo con Eufrasia en un rincón del gabinete donde Rafaela Milagro explicaba su magno plan de benéficas rifas a dos señoras ancianas y al vetusto coronel Sureda, convenido de Vergara, hombre muy dado a la protección de monjas. ¿De modo que usted -dije a mi amiga en cuanto entramos en materia-, persiste en que yo no tenga dignidad y me venda a los Emparanes?

-Esto no es venderse, Pepe -respondió mirándome cariñosa-. No tome usted actitudes de teatro ni se nos ponga fatídico..

-Es una venta, señora mía. Yo doy una figura regular, un carácter ameno, instrucción, hábito social, buenas relaciones, y encima de todo ello mi libertad y mi felicidad. Ellos lo toman, quiero decir, lo compran, dándome dos clases de valores: su riqueza, que es efectiva, y su hija, que es una falsificación de mujer, un valor de engañifa, un papel mojado, como si dijéramos. ¿Para qué quiero yo a María Ignacia? De todas las personas que conozco podría yo esperar que me aconsejaran esa boda, menos de usted.. y ésta es mi mayor pena, Eufrasia, porque ya no tengo duda: usted me detesta. Si en algo me estimara, no sería corredora de esa venta infame.

-Yo creí que era lo contrario -me dijo bajando los ojos-. Por su mejor amiga, por su amiga franca y leal me tenía y me tengo yo al agenciarle esa colocación.. No se ofenda usted de la palabra, Pepe.. Colocación: no hay otra manera de decirlo; y yo, que no reparo en soltarle a usted las verdades más amargas, le digo que está perdido si no se coloca, y que no encontrará, créame a mí, mejor plaza que ésa, porque no la hay, ni lugar más ancho y cómodo para el descanso de toda su vida.. Dé gracias a Dios y a su hermana, que es para usted como un ángel bajado del Cielo.

-Mi hermana es, sí, el ángel del comercio matrimonial, y usted otro ángel que ha venido a volverme loco.. porque si en efecto me estima, no puede usted aconsejarme la entrega (p.6108) vil de mi persona.. porque, si yo sigo su consejo, usted debe despreciarme.. ¿Y cómo compagino un sentimiento con otro, el desprecio con la estimación?

-No hay tal desprecio.

-Digo y repito que usted me ha hecho perder la cabeza. Diré con D. Matías: Ho perso il boccino.. Contésteme: si yo rechazo lo que me propone, ¿qué seré para usted?

-Será usted un ingrato -replicó fijando en mí sus ojos con dulce tristeza-, porque no sabrá corresponder al grandísimo interés que por usted me tomo. Yo le aconsejo la boda porque sé que le conviene, que no hay otra salvación para usted, que no hay mejor remedio para salir del laberinto de sus deudas y reconstruir su vida sobre una base firme..

-¿Y llama base firme a un matrimonio en el cual no puede haber amor, por mi parte?

-No sigamos, Pepe -dijo la dama, viendo que en nuestra discusión, algo semejante al revolver de una madeja, se había formado un nudo difícil de deshacer-. Si nos ponemos en lo fatídico, no hemos hecho nada.. Me da usted, créalo, una pena muy grande rechazando mi consejo.. consejo de amiga..

-Pero ¿qué amiga es usted, Eufrasia?

-La mejor -afirmó sin disimular su emoción-, la mejor, la única que ha tenido usted en su vida. Si así no lo aprecia, déjeme, no vuelva a verme más, y siga, siga en esa vida absurda, que le llevará al precipicio.. Yo quiero salvarle, y usted no se deja. Bueno: ya me dará la razón algún día.. Ya me dirá: «¡Qué razón tuviste, mujer.. a quien no comprendí..!»

Y recelando ser oída, varió de tono, puso freno a su emoción. La vi pestañear, fruncir la boca; mas pronto compuso admirablemente sus facciones, y sonriendo me dijo: «No hablemos más esta noche, Pepe. Dejémoslo para otro día..

-¿Para cuándo?

-Vuelvo a repetirlo: ¡ingrato, ingrato!.. No digo más por hoy.. Mañana..».

Hizo una larga pausa meditando. El mañana y la pausa fueron como un balancín en que se meció mi espíritu dulcemente.

«Pues mañana..

-Acabe usted, por la Virgen Santísima -dije, mareándome un poco en el balancín.

-Déjeme usted: estoy (p.6109) haciendo cálculos de tiempo.. Pues sí, a última hora de la tarde podremos vernos. ¿Dónde? Sorpresita tenemos.. Pues al marido de la Teresona, criada antigua de esta casa, le hemos dado la plaza de conserje del Casino. ¿Sabe lo que es el Casino? No vaya a confundirlo con esa maldita sociedad donde se pasa usted las noches jugando, y hablando mal de todo el mundo. Hablo del Casino de la Reina, un Sitio Real chiquito, al fin de la calle de Embajadores, con jardín muy hermoso y un poco de templete y un poco de palacio; recreo que fue de la Reina Gobernadora.. Pues el otro día estuve a ver a la Teresona, y pasé un rato muy agradable. Adoro los jardines, y las flores me enloquecen..

-¿Y mañana..?

-Mañana volveré allá, sí, señor..

-¿Irá usted sola?

-No puedo asegurar que vaya sola.. Quizás tenga que llevar a Rafaela Milagro.

-Bueno: ¿y yo..? Descuide usted, que antes faltará el sol en el cielo que yo en ese Casino, venturoso rincón del paraíso terrenal.

-No vaya usted a creer que es un Versalles, ni un Pincio, ni un Aranjuez.

-Será más bello que todo eso; sólo con servir de fondo a la belle jardinière..

-¡Ay, ay, ay!.. ¡qué florido!..».

 

Ep-31-XXVI -

17 de Mayo.- No falté, no, a la comida en casa de los Emparanes, y debo decir que fue muy de mi gusto, y en todo, cosas y personas, hallé gratísimas impresiones, menos en la señorita de la casa, quien, por refinada crueldad de mi destino, hubo de acrecentar en mí la antipatía que me inspiraba. Sentáronse a la mesa conmigo, como invitados, el coronel Sureda y el Sr. de Roa, secretario que había sido del Infante D. Sebastián en la Corte de Oñate, y la siempre vistosa y guapísima Doña Genara Baraona, viuda de Navarro, de cabello blanco como la nieve, rostro fresco y sonriente boca. Los años no pasan por ella, o le tributan los más ricos honores viéndose obligados a envejecerla. Es un monumento esta dama, cuya belleza va unida a medio siglo de nuestra historia, con adherencia y comunidad de sucesos interesantes, así públicos como privados. Desde la batalla de Vitoria, el año 13, (p.6110) hasta la Regencia de Espartero, el 40, la católica Genara y la profana Clío han corrido juntas algunas parrandas, y ello se les conoce en la amistad que las une. Así, no hay historia más instructiva y amena que la que cuenta esta ilustre viuda cuando alguien incita su natural vanagloria de crónica viviente..

De las señoras mayores que dan lustre y dignidad a la casa, sólo dos estaban en la mesa, además de Doña Visitación, en todo el esplendor de su atavío morado, de amplitudes y magnificencia episcopales. Las otras vestían de negro, con cofias elegantes del año 30, y de pies a cabeza eran la corrección y la pulcritud más exquisitas. Gravemente amable, como perfecto caballero de antigua cepa, estuvo conmigo el señor Don Feliciano, y su esposa le imitaba en cuanto podía, sin llegar al punto y filo de la perfecta urbanidad castellana. Las señoras mayúsculas cotorreaban, Genara quería distinguir su elegancia flexible y modernizada, y los dos personajes carlistas, muy finos, aunque algo seco el uno, demasiado charlatán el otro, completaron el lucido y decoroso cuadro. Todo, como dije, contribuyó a mi solaz y contento, menos la desgraciada niña, que a mi lado tuve, y que en el largo curso de la comida no supo responder con el menor chispazo de gracia o de ingenio a las excitaciones que por vía de tienta le hacía yo. Huraña y melancólica, ni una vez la vi reír, ni salieron de su siempre repulgada boca más que frases vulgarísimas, o desabridas observaciones. Nunca vi cortedad semejante, ni mayor indigencia de ideas, ni criatura menos mujer. Por momentos parecíame un chico gordinflón y mal educado a quien no habían podido enseñar más arte que el del silencio.

La conversación, que al principio fue bastante amena, porque Genara y los carlistas se enzarzaron en una controversia recreativa sobre el casamiento de D. Carlos con la de Beira, recayó luego en temas fastidiosos. Como estamos en plena romería de San Isidro, las señoras maduras sacaron a relucir la historia del santo, y después hubo grande palique sobre el hecho de que se (p.6111) conservase incorrupto el cuerpo del patrón de Madrid. Aseguró D. Feliciano que lo había visto, y podía dar fe de su perfecta conservación en estado de mojama, sin que ninguna parte le faltara, y nos ponderó su gigantesca estatura, como nueva demostración de la divinidad del bienaventurado labriego. Los carlistas, que me parecían algo escépticos en materias de milagrería y momias de santos, contaron anécdotas vascas muy graciosas, que no hay para qué reproducir aquí, pues de asunto más pertinente a mi persona debo ocuparme.

Ello fue que en el salón, después de la comida, cuyo suculento aliño a la española tengo que elogiar aunque sea de pasada, probé a sacar del pedernal duro de María Ignacia algunas chispas, hiriéndola por uno y otro lado de su entendimiento con el eslabón de estudiadas preguntas y proposiciones. Mas no me dio resultado la prueba, y fuera de alguno que otro rasgo de ingenuidad casi infantil, no daba lumbres la infeliz criatura con quien querían emparejarme para toda la vida. A posta me dejaron los padres con ella en un extremo de la estancia, para que la señorita, sin tener sobre sí la vista y atención de las personas mayores, pudiera despabilarse; doña Genara me miraba compasiva; los carlistas, hablando pestes del Gobierno, no nos hacían caso; y María Ignacia continuaba en el bloque ingente de su estolidez, como un grosero pedrusco diamantino en el cual no entraba la lima, ni aun el filo de otro ya bien tallado diamante. No hacía más que clavar en mi rostro, o en las guirindolas de mi pechera, sus ojos fríos, vidriosos, con una expresión de arrobamiento que me confundía, y estar pendiente de mis palabras, como si yo fuese oráculo que debía ser oído religiosamente, mas no contestado.

Incitarla quise a la risa, y sus esfuerzos por no descubrir el feo panorama de las encías daban a su boca cierta semejanza con el hociquito de no sé qué animal. Díjele, por no dejar de ser galante, que estaba muy bien vestida (y era la verdad, aunque con la perfección del traje no lograba hermosear su (p.6112) cuerpo) , y me respondió que soy un embustero.. Vamos, esto me hizo alguna gracia. Luego tuvo más de un rasgo de suprema modestia, expresada con primitiva sencillez; pero al instante destruyó el buen efecto con unos solecismos imposibles, y me preguntó con mimo quejumbroso si iba yo a misa todos los días. «Ya lo creo -le respondí-. Mi misa de ocho todas las mañanas no hay quien me la quite». Decidiose a reír, y volvió a llamarme embustero, y después malo.. De diferentes modos me dijo que yo soy muy malo, añadiendo que si encuentro quien interceda por mí, Dios me perdonará.. No hubo manera de sacarla de esto.. Yo me aburría, lo confieso.. Vi con júbilo llegar el momento del desfile, y salí renegando de mi hermana Catalina, sobre cuya cabeza vería con gusto caer un rayo del Cielo.

30 de Mayo.- El largo paréntesis entre la última y la presente confesión no sea mirado como efecto de la holganza, sino de las inquietudes, amarguras y sobresaltos que en el intermedio de las dos fechas han agitado mi alma y absorbido mi tiempo, no dejándome espacio para el recreo de estas Memorias. Con la atención prisionera y esclava de los acontecimientos, ni aun el descanso del cuerpo me ha sido posible, y no pocas noches pasé de claro en claro, abrasado el cerebro por las cavilaciones.. Desembarazada ya mi atención de aquellas cadenas, quiero ganar el tiempo perdido, y llenar toda esa laguna con una confesión extensa y sustanciosa.

Pues, señor, el 17 de Mayo (no olvidaré nunca la fecha) se me hacían siglos las horas, esperando la de la cita que me había dado Eufrasia en el apartado Casino de la Reina, y en mi loca impaciencia, incapaz de adelantar el tiempo, me adelanté yo, llamando a la puerta de aquella posesión a las cinco y media de la tarde. Entré: vi con sorpresa que la dama me había cogido la delantera, pues allí estaba ya. La vi entre la arboleda corriendo gozosa, y fui en su seguimiento: se me perdía en el ameno laberinto, pasando de la verde claridad a la verde sombra, y no encontraba yo la callejuela que me había de (p.6113) llevar a su lado. Llamé, y sus risas me respondieron detrás de los altos grupos de lilas. Se escondía, queda marearme. Corrí por el curvo caminillo que tenía delante, y luego sonaron las risas detrás de mí. Una voz que no era la de Eufrasia dijo: «Por aquí, D. José». Creí escuchar a Rafaela Milagro, y ello me dio mala espina, porque era un testigo sumamente importuno. Después reconocí el acento de la doncella de mi amiga. Ésta fue, por fin, la ingeniosa Ariadna, que con el hilo de sus voces me fue guiando hasta que pude verme en su presencia y rendirle mis cariñosos homenajes. ¡Qué hermosa estaba, encendido el rostro por la agitación de sus carreritas y el contento de la libertad! En su peinado advertí alguna incorrección, sin duda producida por las mismas causas. Vestía con sencillez deliciosa. Nunca la vi más interesante.

Del ramo de flores recién cogidas entresacó la morisca el más bonito capullo de rosa para ponérmelo en el ojal, y luego me dijo: «¿Verdad que es bonito este vergel? Aquí me pasaría yo todo el día si pudiera». Satisfecha de mi admiración, que por igual a ella y a la Naturaleza tributaba yo, quiso enseñarme toda la finca, el Sitio Real de juguete. A cada instante se detenía para señalarme los grupos de rosas que con insolente fragancia y risotadas de colores nos daban el quién vive. Por otro lado, me mostraba los cuajarones de lilas inclinando con su peso las ramas de que pendían, como millares de hijos colgados de los pechos de sus madres; luego vi el árbol del amor, con su infinita carga de flores entre las hojuelas incipientes, símbolo de la precocidad juvenil y de la desnuda belleza pagana; vi el árbol del Paraíso, de lánguidas ramas que huelen a incienso hebraico, y la acacia de mil flores olorosas.. En los cuadros rastreros, los lirios de morada túnica eran los heraldos de las no lejanas fiestas del Señor, Ascensión, Corpus, y las blancas azucenas anunciaban la proximidad del simpático San Antonio.

Mil tonterías dijimos en alabanza de tan bello espectáculo. No sé si el encanto de éste era cualidad intrínseca del risueño jardín, o (p.6114) estado mío de alborozo. Ambas cosas serían. Después de divagar solos por aquella ondulada amenidad, llevome la dama a un templete, erigido entre verdosos estanquillos. Era de piedra y mármoles, semejante a los que hay en Aranjuez, pero de juguete, abierto por tres costados de su cuadrangular arquitectura, y decorado con bichas y quimeras al fresco, un poco deslucidas por la humedad, todo en el estilo neoimperial de Fernando VII. Allí nos sentamos. Eufrasia dejó la carga de flores que traía, señalando un grupo muy grande para sí, un ramo para mí, y apartando después otro montón de lilas y rosas, acerca del cual me dijo: «Ya sabrá usted luego para quién es esto». Entablé sin esfuerzo ni premeditación un coloquio dulce y cariñoso, que fácilmente afluía de mí sin más estímulo que la fragancia del ambiente y el aspecto de tanta flor sobre la verde arboleda. Hablé a la moruna del religioso fervor con que yo practico el culto de su amistad, haciendo de ésta la clave de mi vida; entoné otras estrofas, y en variados metros de amor canté mis quejas por el desdén que me mostraba, y le rendí toda mi voluntad. Cuando callábamos, oíamos el zumbar de insectos y el vuelo de moscas o moscones que en el templete requerían la sombra. Por fin, en premio de mis líricos arrebatos, permitiome Eufrasia besar su mano; y ya tenía yo en la boca y en el pensamiento intención y palabras para empezar a desmandarme, cuando sentimos pasos que por lo fuertes parecían de hombre. Levantose mi amiga, dejándome todo lo suspenso que puede estar un enamorado, y saliendo a uno de los huecos del templete, dijo: «Teresona, aquí estamos».

Salí yo también, a punto que una voz hombruna decía: «Yo pensé que estaba la señora cogiendo flores». En la gigantesca mujer que se acercaba, reconocí, más por los andares y por la facha de osa polar que por la voz, a la estantigua que en el baile de Villahermosa se apareció tocando a retirada. Ya me había dicho Eufrasia que la mascarita compañera era su doncella Rufina. El acento vizcaíno de Teresona la hizo (p.6115) revivir en mi mente con el dominó negro guarnecido de picos verdes. Por segunda vez venía el odioso espantajo a cortar bruscamente mi recreo, mejor será decir mi felicidad. Y lo peor fue que no pareció Eufrasia disgustada de verla, y que, antes bien, acogía su presencia como se acoge a quien nos preserva de un peligro. En calidad de cancerbero teníala allí la dama, y sin duda le había encargado que ladrase con sus tres bocas en cuanto notara el menor riesgo de fragilidad. «Venga, venga la señora -dijo Teresona-, y verá la pollada que me sacó ayer la moñuda». Y Eufrasia (confúndanla Venus y Cupido) , para contrariarme más y darme el quiebro, alegrose o fingió alegrarse del recreo que la criada le propuso, porque al punto echó tras ella, llevándome a un corral próximo a la casa del guarda o conserje. Malditas ganas sentía yo de ver pollitos; pero no tuve más remedio que acompañar a la dama y hacerle el dúo en la admiración de la gallina conduciendo y educando a sus graciosos hijuelos.

Volvimos luego a pasear, mas por sitios elegidos sin duda con astuta precaución, para que encontrásemos a cada paso, bien a la vizcainota, bien a su marido o a la doncella, que charloteaba con un jardinero jovencito. -Bien, señor.. Adelante.. «Sé apreciar, amigo mío, la lealtad de su afecto -me dijo Eufrasia respondiendo a las protestas apasionadas que de nuevo le hice-, y no le faltarán a usted ocasiones de conocer lo que vale su amiga.

-Esas ocasiones vengan pronto; pero no se me ordene lo que no puedo cumplir.

-¿Cómo que no? Hará usted todo lo que yo le mande, todo absolutamente, sin vacilar.

-Y por esa obediencia mía tan penosa, ¿tendré la recompensa que más anhelo?

-Déjese de recompensas y de bobadas. Está usted loco con la idea de que le quieren vender o comprar, y ahora quiere comprarme a mí. Yo no me vendo ni por su obediencia, que es valor muy grande, ni por nada.. Al aconsejarle yo que tome a Ignacia, lo hago porque sé cuánto le conviene ese cáliz, Pepito. Es un elixir bien probado el matrimonio: con él tendrá usted la posición (p.6116) que merece, y la libertad que no puede esperar de esa vida falsa entre tantas esclavitudes, deudas, compromisos, el quiero y no puedo, que es el más grande suplicio de los tiempos que corren. Dese usted por convencido, y no hablemos más del asunto.

-Ni amo ni puedo amar a María Ignacia».

Eufrasia no me contestó, y mascando un palito de rosa, miraba al suelo. «Vamos, no sea usted tonto, ni haga uso de un argumento en que no cree.. No, no cree usted que eso del amor sea una razón.. Fíjese usted en su situación social, y haga caso de lo que le aconsejamos las que conocemos el mundo, la vida: su hermana Catalina, que tiene la inspiración del Cielo; yo, que tengo la inspiración de mi experiencia.. quiero decir, que mis desdichas me han enseñado la inmensa mentira de amor.

-Cierto -dije yo-, que debo tener muy en cuenta su opinión..

-Y la de otras. Consulte usted el caso con otras amigas.. ¿Por ventura la de Torrefirme no le aconseja lo mismo?

-No, señora: me aconsejó lo contrario.. Hoy no puede aconsejarme nada, porque hemos roto..

-Ya lo supe.. Esa mujer no le amaba a usted, Pepe. Por no amarle ni pizca, le aconsejó tan disparatadamente. Quería su perdición, su ruina, su muerte en la sociedad y en la familia, que es lo que yo no quiero; no, Pepe, no lo quiero.. Y como no deseo nada malo para usted, le aconsejo y le mando que se case.. Su obediencia es una virtud que será pagada con mi amistad.

-¿Y cómo será esa amistad?

-Muy cariñosa: una amistad.. tutelar -declaró después de pensarlo un ratito.

-¿Y qué más?

-Una amistad entrañable..

-¿Y qué más?

-Eterna -dijo volviéndome la espalda, para que no la viese llevarse la mano a los ojos.

-¿Eterna dice..?

-Sí, sí.. Ponga usted todos los adjetivos que quiera, Pepe; siempre serán pocos.. Y no hablemos más de eso, Pepe, por Dios, no hablemos más».

 

Ep-31-XXVII -

En efecto, no hablamos más del asunto; pero con sus ojos más negros que el alma de los condenados, con la lividez que los circundaba, y con el timbre opaco de su voz, picando en cosas comunes, me cantaba el (p.6117) poema más halagüeño para mi vanidad. Bien segura en su conciencia exterior por el amparo que le daba la guardia de sus cancerberos, y cuidando de que no la perdiesen de vista, no temía ya manifestarme su apasionada ternura por medios y signos que yo solo había de entender. Era mía; pero no sé qué voces del corazón me susurraban que mi victoria quedaría por algún tiempo circunscrita al terreno de los principios, como la entrega de una plaza psicológica.

«Volvamos al templete -me dijo con cierto donaire, en que vi algo de travesura-. Se me ha olvidado una cosa». Y adelantándose, antes de que yo llegara la vi salir con el gran manojo de flores que apartado había sin decirme para quién era. Mandó a la Teresona que armase un lucido ramo. Paseamos de nuevo, y a mis preguntas contestó así, maravillándose de mi torpeza. «¡Ingrato! ¡No adivinar para quién son estas flores!..».

Un rayo iluminó mi mente. «Ya.. de veras he sido torpe.. El ramo es para la pobre Antoñita..

-Que está bien cerca.

-Hermosa idea, y más hermosa si vamos los dos a llevárselo.

-Pepe -me dijo poniendo otra vez en la mirada toda su ternura-, permítame que le eche en cara su torpeza, su.. ¿cómo decírselo? No ha sido usted muy delicado. La persona en quien menos debe usted pensar para que le acompañe al llevar esas flores soy yo. (p.6118)

-Pero de usted ha sido la idea de adornar con ellas el nicho.

-Mía fue la idea, creyendo que era idea suya.. ¿me entiende?

-Sí.. En todo tiene usted razón. Debo ir solo. Pero no ahora. Es un poquito lejos, y no me esperará usted hasta que vuelva.

-Le prometo que sí le esperaré, si no se entretiene mucho. Es cerca. Coge usted el paseo de las Acacias..

-Lo cojo.. sí.. pero si con cogerlo bastara.. Después de cogido tengo que andarlo todo.

-¿Y qué? Luego pasará el puente de San Isidro..

-Si tuviera usted aquí su coche..

-Vendrá a buscarme luego.. Pero en mi coche no debe usted ir, criatura.

-Es verdad.. Bueno, amiga del alma. Voy, y cuando vuelva encontraré aquí a su esposo que viene a (p.6119) buscarla.

-No vendrá, tontín; yo le aseguro que no vendrá».

Díjome que su marido y ella andaban algo torcidos, por cuestiones caseras de poca monta.. No era nada: genialidades de uno y otro. Y como yo le manifestase grande anhelo de conocer la causa de aquellos moños, me dijo: «Si usted es tan bueno y tan agradecido y tan caballero que le lleva las flores a la pobre Antoñita, y las pone con muchísimo respeto y cariño sobre su sepulcro, tenga por seguro que aquí le espero y que le contaré.. vamos, eso, la gacetilla doméstica que desea conocer.. Para usted no debo tener secretos».

Francamente, esto de no tener secretos para mí me entusiasmó, la verdad, me colmó de orgullo. Instándola a que reiterase su promesa, y cambiadas las generales fórmulas de contrato, salí con mi hermoso ramillete, deseando que en pujantes alas se me convirtiera. Tuve la suerte de encontrar coche de alquiler apenas andado un tercio del paseo de las Acacias, y a los quince minutos ya daba yo fondo en el cementerio. Interneme de patio en patio; algunas personas enlutadas andaban tristes y lentas por allí, cumplidas o por cumplir obligaciones semejantes a las que yo llevaba; otras se entretenían en leer doloridos o rimbombantes epitafios, y en mirar las coronas ya mustias del último Noviembre.

Llegué a donde iba: un guarda, cuyo auxilio reclamé y tuve mediante propina, me trajo dos búcaros que para el adorno de los nichos allí se facilitan; dividimos el ramo en dos, y puestos en su lugar, no tan alto que necesitáramos escalera, quedó muy bonito, descollando por su lucimiento en la descarnada tristeza del camposanto. La imagen de la muerta, que ya navegaba con veloz carrera por el piélago de un inmenso olvido, y casi traspasaba sus horizontes, revivió en mi mente: la vi como si con los carnales ojos la viese. ¡La pobrecita gustaba tanto de las flores! El cierre del nicho, sin letrero aún, no tenía más que un número, tres guarismos que no decían nada; para mí eran un triste nombre y un sentimiento no apagado todavía, pero ya muy débil y (p.6120) casi expirante, como las luces que absorben con ansia de vivir su último aceite. ¡Infeliz Antonia! ¡Tan joven, y ya reducida a un signo de cantidad pintorreado sobre un tabiquillo de yeso!.. Mirando la cifra, pensé en la discordia conyugal de Eufrasia, y en volver pronto al Casino para que mi amiga me la refiriese.. Pensé también que Antonia, si su espíritu no estaba lejos de aquel depósito de su descompuesta humanidad, se alegraría de ver las flores y el gitano que se las ponía.

El guarda o sepulturero miraba mi obra con un guiño de ojos enteramente escéptico y casi casi burlón. «Cuidará usted de que los ramos no se caigan -le dije-. ¿Cree usted que durarán mucho?» Y él, guiñando el ojo no para el nicho, sino para mí: «Como durar, no sé.. Piense que son flores.. Pero yo estaré al cuidado para que no las roben; que aquí.. ya sabe.. anochecen los ramitos en un nicho y amanecen en otro.. Vienen algunos llorando, y el que no trae flores las toma de donde las hay.. Pero yo estaré con mucho ojo.. Si alguien las quitara, yo las volveré a poner en su sitio. A cada uno lo suyo.. Váyase tranquilo». Me retiré, y al atravesar el patio, volvime más de una vez a mirar si alguna enlutada de las que por allí discurrían me quitaba las flores, mejor dicho, se las quitaba a mi nicho, o sea el nicho de Antonia, para ponerlas en cualquier enterramiento de muertos extraños.. Pero cuando pasé al otro patio, mis reflexiones encamináronse por vía más generosa y alta, y pensé así: «Dejemos el egoísmo a las puertas de esta morada de la igualdad.. y las flores, como toda ofrenda.. sean para todos».

En quince minutos, arreando de firme, me llevó el coche al Casino; aún era día claro cuando me vi de nuevo en presencia de Eufrasia, y dándole cuenta de mi comisión, oí de su boca plácemes sinceros por mi obediencia. Y yo: «Por mi parte cumplido está nuestro contrato; cumpla usted ahora; refiérame..». Y ella, riendo: «¿Pero de veras le prometí..?» «Prometió usted, con una fórmula agravante..». «¿Cuál, pobre niño?..». «La declaración de que no debe tener secretos (p.6121) conmigo..». «¿Eso dije? ¿Está usted seguro?..». «¡Eufrasia!»

-Bueno, Sr. D. Pepe, mi amigo, mi protegido y mi criatura inocente: le contaré la gacetilla.. Vámonos por aquí y demos la vuelta chica del jardín, por las lilas.. Ha de saber usted que mi marido, desde que mataron bárbaramente las turbas al pobre Fulgosio, está con la bilis tan revuelta y con el genio tan amargado que no se le puede sufrir.. Naturalmente, Fulgosio era un amigo muy querido: juntos sirvieron en la facción, el pobre D. José como general, Saturno como intendente.. Pues está el hombre poseído de un furor tan grande contra las masas, y contra el Progresismo y contra Bullwer, que a ratos parece que pierde la razón.. Su odio más vivo es contra el Socialismo, secta que dice ha salido del Infierno, o es el Infierno mismo traído a la faz del mundo, y no hay, según él, penas ni castigos bastante fuertes para los que propagan tal doctrina. Yo, por no encalabrinarle más, le digo a todo que sí: por este lado no viene la discordia. Pero hay otra cuestión, no política, sino particular, planteada entre nosotros antes del 7 de Mayo, en la cual no estamos conformes.. Por mucho que usted cavile, Pepito, no encontrará la solución del acertijo. Óigala: Lorenzo Arrazola, Ministro de Gracia y Justicia, que es amigo de Saturno y le debe favores, le habló, allá por abril, de la concesión de un título de Castilla. A nuestro amigo el Sr. Clonard le pareció de perlas esta idea, porque, lo que dice, la mejor recompensa para las personas que de otro campo han venido a reconocer a Isabel II es darles acceso hasta lo que llaman gradas del Trono, por medio de la investidura de nobleza y grandeza de España, y qué sé yo qué.. El Rey D. Francisco, a quien hablaron de ello algunos de su tertulia, se mostró muy complacido, y dijo que se contara con él.. A mi marido se le encendieron de tal modo las pajarillas de la vanidad, que andaba demente con el Marquesado, descrismándose para elegir el nombre de finca o lugar que había de ser el apodo heráldico..

«En fin, todos perdidos de la cabeza, menos yo, que (p.6122) me conservo serena, y no quiero motes ni honores ni nada de eso.. al menos por ahora.. Veo que usted se asombra, Pepe: sin duda no me conoce bien. No soy vanidosa; me gustan las comodidades, la riqueza, que nos hacen alegre y fácil la vida; me gusta poseer los bienes positivos, vengan como vinieren; pero las apariencias chillonas no son de mi devoción.. Además, yo no quiero lanzarme al mundo con un título rimbombante. Es muy pronto para mí. Parecería una provocación, un trágala.. Están muy frescas en la memoria de la gente ciertas cosas que a mí me pasaron, y.. no quiero, no quiero que la malicia me haga la autopsia, y empiece a sacar cosillas y a comparar, y a decir esto y esto y esto.. Ya sé que otras se curarían poco de la murmuración, y corriendo ellas el velo, creerían que todo estaba bien tapadito. Yo no pienso así; sé que la sociedad es bastante desmemoriada; pero yo no lo soy.. En principio, lo que se llama en principio, Pepe, no rechazo el Marquesado, y para más adelante, no digo que no lo admita, y me encasquete la corona y dé a muchas dentera, y a otras les refriegue los hocicos con mi escudo; pero ahora no.. es muy pronto. Esperaremos cuatro o cinco años. ¿No cree usted que soy razonable?»

Díjele que la tengo por la misma razón, y que cada día encuentro en ella nuevos motivos para admirarla y adorarla, amén de tenerla por eminente maestra del vivir. Y ella siguió: «Pues aquí verá usted el porqué de las desavenencias entre Saturno y yo de algún tiempo acá, y del horrible altercado que tuvimos ayer. Díjome cosas que en verdad me lastimaron.. me rasguñó en lo más delicado de mi alma.. Luego, por la noche, vino a mí tan manso y tan tiernecito, que me dio asco.. Para usted no tengo secretos.. Hoy no sabía qué hacerme, ni en qué altarito colocarme. Yo me mantuve en mis trece.. Es un hombre de una vulgaridad que no se cuenta en un año.. Esta tarde le dije que iba al Sacramento, y del Sacramento a las Comendadoras de Santiago, donde hay dos señoras de piso, amigas mías, y de allí a las Góngoras; y en vez de andar esas (p.6123) estaciones, me he venido aquí a rezar con mis rosas y mis lilas. Por allá andará buscándome con el señor de Clonard.. Luego le diré que he venido a La Latina y a Santa Isabel.. Tengo la buena costumbre de variar el itinerario de mis devociones.. Así se me hace mi cruz más ligerita..».

Encantado la oí, y mi vanidad ante aquel espiritual divorcio se infló hasta no caber dentro de mí. Entre las diversas expresiones enfáticas que le dije, lo más presente en mi memoria es que me tengo por el más feliz de los mortales, admirando el pórtico de la felicidad. «Es usted un niño -me contestó ella con adorable acento al despedirme-. Por más que presuma de hombre hecho, no es más que una criatura, criatura muy esbelta y llena de atractivos, pero que todavía necesita crecer un poquito y reforzarse del entendimiento, y endurecer las ideas..». Indicome, al fin, que partiese antes de que llegara su coche, que ya estaba al caer, y me empujó hacia la puerta con un desenfado gracioso.. «De aquello no se habla ya -me dijo-. Obedecerá el niño a todo lo que se le mande. Adiós.. En casa de Serafín nos veremos.. Adiós, adiós».

Salí, mas no me alejé de la calle de Embajadores hasta que la vi pasar. Ya sabía la muy pícara que yo rondaba. ¿Cómo no presumirlo? Y al pasar, ya oscurecido, vi su rostro en la portezuela, y una mano que hacía el gesto de azotar.. Y sus ojos negros también los vi, o me los figuré rivales de la noche y de toda la oscuridad del mundo.

 

Ep-31-XXVIII -

Sigo con mi historia de estos días, y de los hechos gratos paso a los menos placenteros, de las flores a los abrojos, y de lo perfumado a lo pestilente. ¿Qué cosa existe más fea y desagradable para nuestros sentidos, tacto, vista, olfato, que el vernos privados de los precisos dineros para las atenciones de la vida, ora sean éstas de las elementales, ora de las artificiosas y superfluas que crea y fomenta nuestra estúpida vanidad? Y no era lo peor que yo careciese de aquella materia vivificante, sino que me apretasen los usureros para el pago de lo que les debía, (p.6124) estrechándome con tal rigor de cerco militar, que se creería que el cielo los desataba en mi persecución, como aquellos vándalos que del Norte vinieron sobre estos infelices pueblos mediterráneos. Mi insolvencia, más marcada cada día, les irritaba, trocándoles en fieras. Contra su persecución no me valían ya ni escondites, ni esquinazos, ni artes escurridizas de ningún género. Y para colmo de infortunio, mi amigo Aransis, de quien yo ampararme solía en estas guerras contra la cobranza, se hallaba en situación más angustiosa, requerido y deshonrado ante tribunales, sin apoyo material de su noble familia. ¿De la mía qué podía yo esperar? Nada más que anatemas y malas caras. Mis hermanos no podían o no querían hacer nada por mí. Sofía llegó a proponerme que huyera, que me embarcara, y no volviese a parecer más por la Corte. Ya no había manera de enmendar tantos yerros míos, ni de poner puertas al campo de mi disipación. Ya serían inútiles todas las precauciones y disimulos para mantener en mi madre la ignorancia de estos graves desórdenes. Si no lo sabía ya, sabríalo mañana o la semana próxima. Ésta era para mí la más penosa de las aprensiones, y el terror que mayormente me turbaba. Y no podía dudar que algún indiscreto, o algún avieso amigo, le llevarían el cuento. Cuantos afanes y desazones pudiera traerme mi endiablada situación, parecíanme tolerables y llevaderos ante el conflicto inmenso de que mi buena madre despertara del engañoso ensueño en que vivía. La muerte sería su despertar..

Pasaron días en ansiedad terrible y en continuo bochorno. Yo no visitaba a nadie, no me presentaba de noche en ninguna casa conocida. Esperé salir de las apreturas con nuevos dogales; mas aunque volaba por Madrid en busca de un confiado judío que me atendiese, no pude encontrarle, y llegué a creer que a todos los logreros crédulos y candorosos se los había tragado la tierra. Y mientras esto ocurría, todo el mundo me abandonaba; nadie iba en mi busca; huían de mí los amigos; las amigas no me solicitaban. Sólo de (p.6125) Virginia y Valeria recibí, por Ramón Navarrete, un recado afectuoso que me endulzó un poquito el alma sin aliviarme de mi desazón. Segismunda iba de vez en cuando a mi casa, y como si yo fuese San Esteban, que había de lograr la palma del martirio con pedradas en el cráneo y el machacar de sesos, me decía: «Así estás porque quieres, gran mentecato. Pronuncia una palabra.. muy chiquita por cierto, la palabra más chica, sólo compuesta de dos letras, y tendrás todo el dinero que necesites..». Pero no me convencía, y viendo cómo se enroscaban ante mí las serpientes de sus cabellos, y cómo sonaban con metálico timbre las voces que salían de su cuadrada boca de máscara griega, érame a cada instante más odiosa, y sus consejos me sonaban a horrible sugestión de los demonios.

Pero de pronto, hallándome en el culminante punto de mi desesperación, llegó a mí un consejo, un reclamo dulcísimo, una voz que me sacudió y volvió del revés.. no puedo expresarlo de otro modo. Un rayo no me partiera como me partió y anonadó un billetito de Eufrasia, escrito en los términos más propios para destruirme y hacer de mis restos un hombre nuevo.. El billete muy breve trazado con trémula mano, no decía más que esto: «Niño mío, pobre náufrago, ¿te ahogas, y aún dudas?» ¡Me tuteaba! El cariño encerrado en esta corta frase hizo explosión en mí.. pudo más que mi conciencia y que todo lo del mundo.. ¡Me tuteaba! Teníame por suyo.. Salté de la silla, y empecé a dar vueltas por la habitación, gritando: «No dudo, ya no dudo..». Besé la carta, y me sometí como un pájaro atontado a la fascinación de los negros ojos, que en los trazos azules de la escritura me miraban.. Movido de una valiente resolución salí a la puerta de mi cuarto, llamé a la criada para decirle que avisase a mi hermano, a quien yo tenía que comunicar algo muy urgente. Pero Agustín acababa de salir, y su mujer no había entrado aún.. Sentime muy solo, y desconsoladísimo de no poder comunicar a la familia mis trascendentales pensamientos.

Volví a encerrarme, y caí en profundas (p.6126) meditaciones. Me sentí filósofo, me sentí pensador, como ahora se dice, y me dio por descender con mirada sutil hacia el fondo de las cosas. Y lo primero que en la profundidad vi fue la pingüe fortuna de D. Feliciano de Emparán, que por una combinación social de las más sencillas vendría pronto a mis manos pecadoras, y si no venía para el libre dominio, vendría para el prudente usufructo en una medida proporcionada a mis necesidades, apetitos y larguezas. Según datos que han llegado a mí sin que yo los busque, el ilustre señor disfruta un caudal diez veces, quizás veinte veces mayor que lo heredado de sus padres, y éstos fueron ricos. Se cuenta que Emparán retuvo, el cómo no lo sé, una gran parte de los valores públicos que poseían las monjas, y que anduvieron de mano en mano en la catástrofe de la desamortización. Con estos papeles, D. Feliciano y otros cuyos nombres suenan mucho, realizaron un negocio facilísimo, de esos que no exigen rudo trabajo ni quemazón de cejas.. Bienes de frailes compró Emparán por mano ajena, y bienes de aristócratas, que en la continua liquidación del acervo histórico pasan, por pacto de retro, o por venta al contado rabioso, de las manos que llevaron guantelete a las desnudas y puercas manos de la usura. Del amigo Emparán son las tierras del Condado de Tarfe, que ocupan casi media provincia; las dehesas de Somolinos y de Doña Sancha, en las faldas de la sierra de Gredos, y la vega de Santillán, bañada por el Tajo de arenas de oro.

Añádanse a esto las tierras patrimoniales en Azpeitia, y otras adquiridas en el valle del Oria, en Durango, en Oñate, y se formará la cabal cuenta.. ¡No, no, qué tonto yo! Falta una brillante partida. ¡Diecisiete casas en Madrid! De éstas, cuatro son de corredor, para gente pobre, y como toda industria que explota la indigencia, producen renta lucida. Entre las demás, las hay antiguas sin reforma, antiguas pintorreadas que no logran rejuvenecerse, como los viejos que se tiñen, y modernas de nueva planta, bien repartidas en cuartos bonitos para (p.6127) empleados y pensionistas. ¡Y de todo esto voy yo a participar! Llueven sobre mí estos bienes sin que yo haya hecho nada para merecerlos.. Me tranquilizo recordando la idea que en la tarde del Casino, y antes de aquella dichosa tarde, expresó Eufrasia con la serenidad y aplomo que hacen de ella un oráculo infalible. Hela aquí: «Vivamos con todo el bienestar posible; rodeémonos de comodidades, vengan de donde vinieren; evitemos la penuria, las deudas; tengamos todo lo preciso para evitar afanes; y en el seno de la opulencia bien ordenada, seamos modestos, caritativos, religiosos y todo lo buenos que hay que ser..».

El examen de la gran riqueza que yo había de disfrutar me llevó al intento de inquirir las razones de que fuese yo el elegido para Coburgo de la poderosa dinastía de Emparán. Habiendo tantos jóvenes de excelentes condiciones para cargar con María Ignacia, ¿por qué se pensó en mí, y en ello se puso tan tenaz empeño; en mí, que por mis ideas desentono bastante de la noble familia; en mí, pobre, de muy dudosa moralidad, paseante en corte, sin carrera ni oficio ni más patrimonio que mi figura, mis modales finos, mi labia, mi saber ameno, hoy más social que científico? Éste es un misterio que yo quería desentrañar, y por Dios que lo he desentrañado, como verá el lector futuro, si tiene la paciencia de seguirme en estas meditaciones.

Mi hermana Catalina.. lo diré con todo el respeto del mundo.. Mi hermana Catalina es el demonio.. No quiere decir esto que sea mala, ni que en su privada conducta y en sus relaciones con la sociedad emplee infernales artes, ni que haya hecho pacto con el Tartáreo Querub, como suelen llamar los poetas a Lucifer, ni que lleve consigo peste de azufre, ni nada de eso.. Demonio quiere decir el arte sumo de la astucia, de la trastienda y de la diplomacia para lograr lo que nos proponemos; significa el empleo habilísimo de medios espirituales para nuestros materiales fines. Es indudable la comunicación, el visiteo y confraternidad de los Emparanes, señor y señoras mayores, con Sor Catalina de los (p.6128) Desposorios, y con otras monjas de La Latina que no conozco, y que son sin duda mujeres de grandísimo talento para establecer y afianzar el dominio de unas almas sobre otras, para someter, en suma, las voluntades seglares a las voluntades religiosas. Y aquí debe de existir un factor desconocido, una fuerza poderosa, que entre las monjas y los Emparanes actúa como eficacísimo instrumento de captación, para que aquéllas cojan a éstos, y los tengan en la garra y se los coman vivos cuando les venga en deseo.

Ahondando, ahondando, llego a ver en la idea de mi boda un caso inicial de conciencia. Ha llegado a persuadirse D. Feliciano de que una gran parte de sus bienes no son adquiridos cristianamente: cierto que no le trajo a tal convencimiento la simple acción mujeril, y que en ello hay de fijo obra de varón docto y que sabe su oficio. Pero si el docto varón y las monjitas están en espiritual connivencia, como Dios manda, resulta que, por la ley de predominio feminista, las franciscanas de la Concepción son las amas, y las que llevan y traen a mi futuro suegro y a las señoras mayores cogido y cogidas por una oreja. Veo también muy claro que mi bendita hermana, unida en apretada piña con sus compañeras, obtuvieron del opulento Emparán dones valiosos para su casa y Orden, y entre las concesiones a que se ha visto obligado D. Feliciano, no ha sido la más floja la mano de la niña para persona por la comunidad designada. Sin duda, Catalina se ha hecho lenguas de mí, marcando y enalteciendo mis cualidades, y haciendo ver quizás que el Cielo mismo me designa para perpetuar, en mi coyunda con María Ignacia, la noble raza y nombre de los Emparanes de Azpeitia. Fascinados éstos, míranme como el mejor modelo de caballeros y de maridos en lo espiritual, y en lo físico como el excelso tipo caballar para el cruzamiento y mejora de una casta que en su vástago último aparece un poco y un mucho degenerada.. Esto he pensado, este lógico aparato he construido para penetrar en la sima profunda donde está la verdad, y creo (p.6129) haber dado con ella. ¿Lo que he sacado de la hondura es la verdad, y verdad respiran las páginas que acabo de escribir?.. Tú me lo dirás, ¡oh tiempo!, eterno hijo y padre de ti mismo, que en lo que nos enseñas eres siempre el revelador infalible.

 

Ep-31-XXIX -

Entró mi hermano de la calle, y al punto que sentí sus pasos, le llamé y le dije: «Agustín, cuando quieras, puedes visitar a los señores de Emparán y pedirles para mí la mano de su hija María Ignacia. Mi determinación, claramente revelada por la firmeza con que la expresé, colmó de júbilo a mi hermano, que aturdido me dijo: '¡Ay, qué sorpresa tan grata me das..! Si te parece, voy ahora mismo. El llanto sobre el difunto, Pepe.. ¡No vayas a arrepentirte!.. Sí, sí, voy.. Me pongo la levita nueva, el sombrero nuevo.. Todo nuevo..'».

Entraba en aquel punto Sofía, que de labios de su feliz consorte oyó la noticia en el oscuro pasillo, y vino a mí con los brazos en cruz, y antes que yo pudiera zafarme, me cogió y estrujó contra el colchón de su exuberante pecho.. Sentí en mi cuello y rostro la fofa blandura, el crujir de ballenas, y alguna de éstas me hizo daño. «¡Ay, mírame: se me saltan las lágrimas, Pepillo! ¡Qué bueno eres! No podías menos de rendirte a la razón, al justo medio de las cosas y al sentido práctico.. Dispensa, hijo, que no te acompañe. Ahora mismo me vuelvo a la calle para llevar la noticia a los de la familia, a todos los amigos, todos, todos. Quiero que lo sepan, y que rabien.. Alguno rabiará.. Ya andan diciendo que tal y qué sé yo.. ¿Pero no sabes una cosa? Ahora te lo digo a boca llena, porque si no te lo digo reviento. Extendida está ya la real cédula del título de Castilla que se concederá al Sr. de Emparán. Será regalo de boda del Gobierno a esa familia ilustre, firmísima columna del Trono y del Altar.. Con que ya lo sabes: Marqués de Beramendi, y de no sé qué otra cosa muy sonada.. Pues hasta luego: no quiero que nadie se me anticipe.. Ese pelmazo de Agustín, que va a pedir la mano, no ha concluido de arreglarse.. Voy a peinarle un poco las melenas, y a ponerle la levita bien (p.6130) ajustadita, para que no le haga pliegues en la espalda.. ¡Ah!, se me olvidaba lo mejor, chiquillo. El título no se le concede a D. Feliciano, sino a María Ignacia.. Mira si la cosa es delicada.. Adiós, marquesito de Beramendi».

Se fue, se fueron marido y mujer a espaciar en la calle su loco júbilo; quedeme solo, y las meditaciones tornaron a posesionarse de mi cerebro, presentándome las diversas fases del inmenso problema de mis nupcias. Volví a preguntarme qué había hecho yo para merecer participación tan lucida en aquella colosal riqueza. ¿Qué organismo social es éste, fundado en la desigualdad y en la injusticia, que ciegamente reparte de tan absurdo modo los bienes de la tierra? Retumba en mi mente, al pensar en esto, el fragor de las tempestades que pavorosas estallan en toda Europa. Mis conocimientos de las teorías o utopías socialistas reviven en mí, y reconozco y declaro la usurpación que efectúo casándome con Mariquita Ignacia. Yo, señorito holgazán inútil para todo; yo que no sé trabajar ni aporto la menor cantidad de bienes a la familia humana, ¿con qué derecho me apropio esa inmensa fortuna? Mas ahora entiendo que es también muy dudoso el derecho de mi señor D. Feliciano a poseer lo que posee. Por nacimiento se le dio lo que fue producto del trabajo de otra generación, y por combinaciones mercantiles, con algo de políticas, ha venido a sus manos lo que debe pertenecer a las clases indigentes, que dejarían de serlo si recibieran lo que les corresponde, en buena ley de Naturaleza.. Recapacitando en ello, me siento Sansimoniano, y afirmo que el mundo es del pueblo, de todos, y que el derecho a los goces no es exclusivo de una clase privilegiada. La riqueza pertenece a los trabajadores, que la crean, la sostienen y aquilatan, y todo el que en sus manos ávidas la retenga, al amparo de un Estado despótico, detenta la propiedad, por no decir que la roba.

Comprendo el terror que causan estas ideas en la sociedad en que vivo. Yo, que antes no me curaba del Socialismo y sólo me servía de él para producir algún (p.6131) frívolo chiste en las conversaciones mundanas, ahora tiemblo ante el problema, monstruo cejijunto, de grosera voz y manos rapaces. Me pone carne de gallina la idea de que una súbita y despiadada revolución venga a despojarme de todo esto que será mío, que ya casi en principio lo es. A más de poseer bienes raíces y valores públicos, tendré coches, caballos de silla (no me contento con menos de tres) , casas de campo, cotos para mis cacerías.. tendré para otros recreos mil y mil superfluidades, de las cuales seré despojado por el pueblo, por lo que Sofía con supremo desdén llama las masas. Pero bien podré yo, sigo discurriendo, prevenirme contra el desastre por medio de un feliz arbitrio que mi riqueza me permitirá realizar.

El recuerdo de mis lecturas de Fourier y Considerant me sugiere la idea de hacer un ensayo de la grande y nueva asociación humana dividida en los elementales estamentos: capital, trabajo, inteligencia. Y sobre esta sólida base estableceré un falansterio modelo, construido para la existencia cómoda de los trabajadores que en él han de habitar por grupos o falanges, conforme a las aptitudes y gustos de cada uno. Por este medio me adelanto a la revolución, la inutilizo, le corto las uñas, y.. ¡Qué tonterías digo! ¡Bonito es el genio de D. Feliciano y bonito corte de fourieristas el de las señoras mayores para permitirme tales extravagancias! Y aunque me dejaran, ¿pensaría yo en ello después de cabalgar tan a gusto en el machito del privilegio? ¡Qué delirios se me ocurren! De veras estoy loco. La revolución vendrá.. La tormenta que vaga por Europa, de pueblo en pueblo, descargando aquí centellas, allá granizo, en una parte y otra eléctrico fluido que todo lo trastorna, ha de ser, andando el tiempo, furioso torbellino que arrase el vano edificio de nuestra propiedad, sin que contra él nos valgan falanges ni falansterios.. ¿Tardará meses, años, lustros; tardará siglos?.. Que a mí no me coja es lo que deseo, y que cuando estalle, ya estén leídas y dadas al olvido mis deslavazadas Confesiones.. ¡Y con qué incongruencias nos (p.6132) sorprende nuestro juguetón Destino! ¡Yo que quizás habría sido revolucionario, y que sentí en mi alma vagos estímulos de rebeldía y protesta, ahora me coloco entre las víctimas de la revolución, y ya no seré pueblo justiciero, sino aristocracia justiciada, como enemigo del pobre y ladrón de propiedad! ¡Yo que había mirado con tan tiernos ojos al dulce clérigo Lamennais, viendo en él al apóstol del proletariado en nombre de Cristo, primer pobre; yo que como él llamaba esclavitud moderna al viejo pauperismo, y pedía la redención de los menesterosos, víctimas de un corto número de opresores y verdugos, ahora me paso con armas y bagajes a esta minoría cruel y egoísta, y sentado en la mesa de Epulón, arrojaré los huesos y piltrafas a la humanidad desheredada por inicuas leyes..!

De idea en idea, he venido a parar en que mi nueva familia querrá rehacer mi personalidad en los viejos hábitos de sus devociones y de su santurronería, así como en el continuo trato con clérigos y monjas. Eso no: ya me defenderé hábilmente, y en último caso, mi externa flexibilidad me permitirá compaginar las ideas con las obligaciones, que si París valió una misa rezada, esta conquista mía vale misa cantada con tres curas. Venga lo que viniere, ya no me arredro.. Me asalta el recuerdo de las teorías de Owen, que hoy, con las de Fourier y las de Saint-Simon, levantan en el mundo amenazadoras borrascas. Rechazo con Owen todas las religiones, y establezco como fundamento moral de la sociedad la Benevolencia. Mi riqueza me hace benévolo. Imitando al filósofo inglés, erigiré una gran fábrica o manufactura a estilo de la New Lanark, y entre mis felices y bien alimentados obreros practicaré todas las virtudes evangélicas.. Seré apóstol, seré el Verbo de la Benevolencia universal, y daré un ejemplo a mis contemporáneos y a las generaciones futuras para que sin dogma religioso aguarden tranquilas las revoluciones que se avecinan, y las deshagan como la sal en el agua.. Heme aquí, señores de la Posteridad, en la mayor crisis de mi espíritu. (p.6133) ¡Yo que tan donosamente me burlé de la llamada Economía Política, negándole títulos y honores de ciencia, ahora ved cómo me vuelvo economista, económico, o como queráis llamarme! ¡Fatal evolución, radicales mudanzas del hombre dentro del curso de su propia existencia, tan sólo por las misteriosas transfusiones del oro de bolsillo a bolsillo!

..¿Pero es verdad que yo soy rico, que lo seré dentro de algún tiempo? Así parece. Pues bien: el mal camino, andarlo pronto. Con mi conciencia hecha jirones ante mí, inútil despojo que para nada me sirve ya, pienso que tendré coches, caballos de silla.. tres por lo menos no hay quien me los quite.. montes para mis cacerías de reses mayores, quintas para convidar a mis amigos; palacio en Madrid, algún otro en provincias.. Compraré lindas estatuas y hermosas pinturas que sustituyan a los abominables cuadros milagreros y feísimos retratos de Pontífices, que adornan los salones de mi nueva familia.. Y en cuanto a María Ignacia, la llevaré a París para que los más hábiles corseteros del mundo me le arreglen aquel cuerpo imposible, aunque tengan que amputar alguna parte de él y ponérsela postiza; las modistas más hábiles harán para ella seráficos trajes y sombreros olímpicos que la hermoseen, la corrijan, la.. ¡Qué delirio! No puedo seguir.

 

Ep-31-XXX -

6 de Junio.- Al reanudar hoy el cuento de mi vida, veo que la confesión última, con la cual debo empalmar la presente, es irrespetuosa y depresiva para mi futura compañera. Pero, atento a que la sinceridad resplandezca siempre en cuanto escribo, no borraré aquellos conceptos, impresión fiel de lo que entonces pensaba y sentía. Distintas son hoy mis impresiones, y puedo manifestar que en estos días no me ha parecido mi novia tan desgraciada de figura como la describí en otra ocasión. Sea porque le han puesto algún milagroso corsé, sea porque la naturaleza, por influjo de amor, tiende a enmendar sus propias imperfecciones, ello es que, viendo ayer a María Ignacia, antojóseme regularmente formada, y casi casi un poquito esbelta; (p.6134) y aún me dan tentaciones de creer que se le va corrigiendo la fealdad de la boca, o que se le reduce a un simple defecto que fácilmente se disimula con la seriedad: no veo yo que sea la risa el mejor adorno del rostro humano, y antes bien entiendo que la mujer casada no tiene por qué enseñar los dientes.

Pues la causa de que la última confesión quedase interrumpida fue que entraron como avalancha mis dos cuñadas, y Segismunda se precipitó a mí para abrazarme, diciendo que quedaban olvidadas nuestras querellas y que volvíamos a la cariñosa concordia entre hermanos, como mandan Dios, la Sociedad, la familia, y no sé quién más. A poco llegó Agustín, contándonos el buen acogimiento que habían dado los Emparanes a su mensaje matrimonial. La escena fue conmovedora: el regocijo bailaba en los ojos de D. Feliciano y de las señoras maduras. María Ignacia, cuando entendió que yo la pedía, estuvo si cae o no cae con el accidente. «En fin -dijo a su esposa-, para el domingo estamos todos convidados a comer.. todos, y tú también, Segismunda.. la familia en masa.. No faltaremos.. ¡Y qué casa, qué lujo, qué señorío a la antigua usanza! Vengo encantado..». Como un pavo cuando endereza el moco y se hincha rastreando las alas, salió Agustín hacia su habitación, y en apostura semejante, inflada como un globo, le siguió Sofía, dejándome solo con Segismunda (cosa convenida entre las dos) , que al punto me dijo: «Ya puedes disponer, querido Pepe, de cuanto dinero necesites para quitarte esa roña indecente de tus deudas.. Si quieres evitarte la molestia de tratar con esos tíos marrulleros, mándales a casa, y Gregorio se encargará de despacharles, recogiendo todo tu papelorio. De buena has escapado, hijo. Ya ves cómo tenía yo razón cuando te decía que ibas al abismo. Felizmente has hecho caso de mis consejos, y ya estás salvo. Ahora, cuando te entreguemos tus pagarés, nos firmas tú una obligación por la cantidad que resulte, y en paz. Ya nos pagarás cuando gustes..».

Parecíame bien discurrido el plan, y le di las gracias por su diligencia y el (p.6135) cuidado de mis asuntos. Y ella, sentándose junto a mí en el modesto canapé de Vitoria: «Pues ahora, ya que eres tú el grande, o lo serás, y nosotros chiquitos, obligado estás a mirar por tus hermanos. Tu posición de millonario y de marqués todo te lo facilita.. Óyeme con atención un rato, querido Pepe. Ya ves que vamos subiendo, subiendo, no tanto como subirás tú; pero tampoco nos arrastraremos por la tierra. Agustín es el que no saldrá ya de la condición de empleado, y lo más a que podrá aspirar es a una plaza de director general en Hacienda.. que es lo mismo que nada. Gregorio y yo.. no digamos que somos ricos, pero vamos en camino de serlo si la Providencia sigue ayudándonos como hasta aquí. La semana pasada hemos comprado un terreno muy grande más allá de la Era del Mico, pagándolo como fanegadas de pan llevar, y dentro de algunos años, si Madrid crece y crece, como dicen que crecerá cuando haya ferros-carriles, lo venderemos a tanto el pie.. Fuera de esto, es posible que nos quedemos con una finca muy buena en la Vega de Añover.. Nos sale por una bicoca, y es tal que, poniéndole riego, será, según dicen, el Potosí del espárrago y la California del melón.. Bueno, Pepe: vete un día por casa y verás qué muebles antiguos y modernos tengo allí, y qué espejos con marco de ébano, y qué tapices de Santa Bárbara.. Nos hemos quedado con todo ello por un pedazo de pan, como quien dice. Te enseñaré además un magnífico collar de diamantes gordos montados en plata, y un par de esmeraldas espléndidas, procedentes de la casa de Ceriñola.. Pues bien: a mí también se me suben los humos a la cabeza, y aspiro ¿cómo no? a darme un poco de lustre, no digo que hoy, no digo que mañana, porque es demasiado pronto, sino dentro de un par de años, o de tres.. Eso lo dejo a tu buen juicio.. No pretendo yo un título de Castilla, que eso me parece mucho para mis cortas ambiciones; pero un titulito de esos que da el Papa, y que cuestan poco dinero, sí que me convendrá, y tú, tú me lo vas a conseguir».

La sorpresa no me dejó expresarle (p.6136) ni conformidad ni reprobación. Debí de estar un rato con los ojos muy abiertos, espantados, porque Segismunda, sin acobardarse, prosiguió así: «¡No es para tanto asombro, vaya! Pues qué, ¿no somos todos hijos de Dios? Tú, que pronto serás influyente y poderoso, podrás hacer lo que te digo; y no te nos endioses ahora, ni desprecies a los humildes. Cristeta me ha dicho que tú, con ponerle una carta a tu amigo Antonelli, el Ministro del Papa, tendrás cuantos títulos se te antoje pedirle, y aun es fácil que el mío te lo dé libre de gastos, lo que sería miel sobre hojuelas. La oportunidad de la petición es cosa tuya.. Otra cosa: de esto no debe enterarse Gregorio: quiero darle una sorpresa».

No tardé en volver sobre mí, respirando de lleno el ambiente social que tanto había contribuido a la evolución de mi conciencia y de mi carácter, y benévolo y sonriente le dije: «Sí, sí, querida Segismunda: lo que ambicionas paréceme muy razonable, y cuenta con que si de mí depende la concesión del título, ya puedes empezar a usarlo. ¿Y qué, piensas bautizar tu nobleza con el nombre de esa gran finca que pronto será vuestra por pacto de retro, o por embargo?.. Sea por lo que fuere, ¿fundarás en ella tu ejecutoria de nobleza pontificia?

-En ello he pensado -respondió cavilosa-; pero el título de Condes de Titulcia, que es el nombre del lugar próximo, no me parece que suena bien.. ¿A ti cómo te suena?

-¡Titulcia, Titulcia!.. En efecto: como sonido es algo semejante al de la moneda falsa, o que tiene hoja.. Suena también a título de sainete.

-Eso digo yo.. Pues verás: devanándome los sesos, he inventado este otro título: Condes de la Vera de Tajo.

-¡Oh!, es admirable, como invención de tu caletre. Segismunda, tú pitarás, tú serás Condesa, y por mi parte, espero a que me señales el momento oportuno para escribir a Roma y empezar mis gestiones..

-Ya contaba yo contigo. Nadie como tú ha podido apreciar mis esfuerzos para engrandecer a la familia, y labrarnos una vida de comodidades: así lo hace todo el que sabe y puede.. Gracias a mí, no es Gregorio un (p.6137) triste empleado, y mis hijos unos pobres lambiones.. Ya ves qué flaca me estoy quedando de tanto como discurro para marcarle a Gregorio cada día lo que debe hacer.. Y estas noches me ha quitado el sueño eso del maldito Socialismo, de que los periódicos hablan como si fuera el fin del mundo. Dice Gregorio que ese tremendo huracán que anda retumbando por las naciones quedará en agua de cerrajas; pero yo que pienso, yo que examino las cosas, veo que ello trae miga, y muy mala intención, Pepe, muy mala intención. ¡Vaya con la tecla de que todo ha de ser para todos, y de que se deben repartir por igual los bienes de la tierra! Ello será justo, pero imposible. ¿No crees tú lo mismo? ¿Quién es el guapo que nos quite lo que hemos ganado con el sudor de nuestra frente para dárselo a tanto vagabundo y a tanto perdido piojoso? ¿Y habrá por esto una revolución muy grande, la sublevación de los pobres contra los ricos, de los muchos contra los pocos? Tú que lo has estudiado en los libros, me dirás si debo tener mucho miedo, o tranquilizarme pensando que la catástrofe vendrá, sí, pero vendrá cuando los que hoy vivimos estemos ya gozando de Dios.

Díjele que por lo que he sacado de mis estudios y de la observación de lo presente, la revolución ha de venir; pero tardará un rato. Entre tanto, debemos vivir lo mejor que podamos, y criar a los hijos, el que los tenga, en la devoción de la buena vida, y enseñarles a que no humillen al pobre y a que le den cariñosamente las sobras de nuestras mesas, para que comiendo se curen de la manía de arrebatarnos lo que poseemos.

«Me parece muy bien -dijo Segismunda-: fomentemos también la religión, de la que nace la conformidad del pobre con la pobreza. ¿Para qué pagamos tanto clérigo, y tanto obispo y tanto capellán, si no es para que enseñen a los míseros la resignación, y les hagan ver que mientras más sufran aquí, más fácilmente ganarán el Cielo?

-Justo; y entre tanto ganemos nosotros la tierra..

-Que es lo más próximo.. y lo más seguro».

Poco más hablamos, y se fue, (p.6138) dejándome en poder de Agustín y Sofía, que con el convite en la grandiosa casa de Emparán estaban como chiquillos con zapatos nuevos. Me consultaron si el frac de mi hermano sería bastante de moda para una solemnidad tan extraordinaria, y si Sofía haría mal papel llevando el vestido color de níspero con frunces y adorno de galones de seda. Respondile que mis presuntos suegros y las señoras mayores saben conciliar la opulencia noble con la llaneza, y no reparan en cortes de fracs ni en colorines de vestidos, con lo que quedaron tan satisfechos.

8 de Junio.- He vuelto al mundo, he reanudado mis relaciones. En ningún semblante he visto el menor rasgo de irónica burla por mi casamiento. He oído muchos plácemes. Alguien me ha mirado con asombro, alguien con envidia. Sólo en las caras de Virginia y Valeria encuentro una sombra de lástima mezclada de tristeza. No me hablan de mi boda, y aun noto en ellas algo como supremo esfuerzo de discreción tocante a este suceso. No pronuncian palabra alguna que suene a casorio, noviazgo, ni cosa tal. Pero su seriedad me causa pena; creería yo que me estiman menos, o que me miran como una amistad perdida para siempre. Ya no revolotean junto a mí, ya no me marean dulcemente con risueñas chanzas; ya soy para ellas un viejo.. Anoche, en sueños, las he visto huir de mí, enlazadas de la mano, sin volver atrás los ojos, dejándome en una especie de dorada sepultura, amortajado en hielo..

Muchos días pasaron sin ver a Eufrasia, y la primera vez que a su lado me encontré después de la dulce entrevista del Casino, no pudo hablarme con confianza por estar presentes el Sr. de Roa, Cristeta y a ratos Don Saturno, que entraba y salía estorbándonos toda comunicación. Sólo pudo decirme que está contenta de mí, y que no me aparto de sus pensamientos. ¿Cuándo podré verla? Respondió a esto que al Casino no volvería.. y que.. ¡ay!, que acelerase mi boda todo lo que pudiese. Retireme sin comprender bien la intrincada psicología de aquella mujer, mas con esperanza de (p.6139) entenderla y desentrañarla pronto, algún día.. Desde la sala próxima, volviéndome para mirarla, vi que en mí clavaba sus negros ojos, y en ellos se me reveló su soberano talento, su apasionado corazón.. y su profunda inmoralidad..

Eran sus ojos el signo de los tiempos.

 

Ep-31-XXXI -

12 de Junio.- Ayer empezó el día con un tremendo disgusto. Presentóseme muy de mañana una mujer desgreñada y con aspecto de loca; rodeábala un enjambre de chiquillos de diferente edad, rotos y sucios, mocosos y famélicos. Era la esposa del buen Cuadrado, y a contarme venía un infortunio que para ella es como si todo el firmamento con estrellas grandes y chicas, y el Sol y la Luna, se le hubiese caído encima. El pobre D. Faustino, que movido del hambre más que del furor político, tuvo platónica participación en la trifulca de mayo, llevando recadillos y órdenes al cuartel del Hospicio, residencia del regimiento de España, había sido preso y llevado a San Francisco. Véase cómo: Una mañanita se presentó la policía en la casa, y sin más que un véngase usted con nosotros, se le llevaron.. Creyó la pobre mujer que pronto le soltarían, como a tantos otros, por no poder probarles nada, y así se lo decía él cuando la infeliz mujer iba a llevarle la comida. «Pero ayer, ¡Cristo Padre! -prosiguió ella-, va una servidora al cuartel y dicen: '¿Cuadrado? Ya está en camino para el embarque'. ¡A Filipinas, Señor! Ya me le llevan, ya se fue, ya no volverá..». Y al decir esto la madre, rompieron los pequeñuelos en tan aflictivo coro de llantos y chillidos, que yo me vi precisado a llorar también.

Les consolé y socorrí, les aseguré que yo cuidaría de mantenerlos hasta que el buen Cuadrado volviese, y corrí a Gobernación con ansia de impedir iniquidad tan grande. Pero ya era tarde: ya no había medio de tirar de la cuerda para detenerla y soltar de sus nudos un solo cuerpo de los que a la proscripción conducía. Narváez era inflexible, y acordadas las deportaciones, se tapaba el rostro la clemencia, pues en todos aquellos que el Estado maldecía, echándoles de (p.6140) casa, estaba bien manifiesta la culpabilidad revolucionaria. ¿Qué sería de un país sin Orden Público? ¿Y cómo se asegura el Orden Público sino desprendiendo y arrojando fuera todos los miembros o partes corruptas de la enferma Nación?

¡Qué triste mañana, y qué atrevidos pensamientos en ella me asaltaron! Los escribiré otro día. Ahora doy la preferencia a la carta de mi madre, que encontré al volver a casa, y que fielmente, sin variar coma ni punto, traslado a mis Confesiones:

«Hijo queridísimo, ya lo sé; ya estoy enterada. ¡Alabanzas mil al Señor! Por lo que Catalina me dice, entiendo que de algún tiempo acá se le aparecían en sueños unos ángeles que de ti le hablaban, y juntamente le anunciaron maravillosas determinaciones del Cielo.. Que el Señor lo ha dispuesto a su gusto y para sus altos fines, bien a la vista está.. Digo que aquellos ángeles, y ángeles fueron aunque Catalina por modestia no los nombre, le comunicaron la voluntad de Dios, y ella procedió con arreglo al divino mandato.. Perdona que no vaya esto muy bien hilado, porque la sorpresa y el contento, hijo mío, me desconciertan todo el sentido, y tanto quiero escribir, que saltan las palabras unas encima de otras, y no sé si escribo lo que pienso, o si pienso escribir lo que no escribo.. Pues sí, Catalina oyó a los ángeles, y aun creo que los vio en corporal figura cuando rezaba, y al punto se dio a combinar y resolver que de la soledad de tus estudios pasaras a los afanes y obligaciones de hombre casado.. Las noticias que me da tu hermana de las virtudes de esa familia, que tiene en su sala las imágenes de todos los Pontífices, me han hecho llorar.. ¡Ay qué familia, y qué señores y señoras tan santos! Ello ha sido que tú fuiste a esa casa movido del ansia de tus lecturas, y en son de consultar libros antiguos y cuadros de Papas, y allí os visteis y os conocisteis tú y la virginal Ignacia, de quien tendré la honra de ser madre.. ¡Oh delicias mías, oh alegría de mi vejez, oh inefable don del Espíritu Santo!.. Pues os visteis, y en uno y otro se encendió un amor casto, como el de los serafines. ¡Cuán (p.6141) grande será tu mérito, hijo mío, que sólo con mirarte entendieron el Sr. D. Feliciano y esas señoras graves que eras el niño enviado por Dios para hacer feliz coyunda con la niña! ¡Y cuán altas y nobles serán las prendas de Ignacia cuando tú, sólo con verla una vez, la diputaste por esposa que el Cielo te designaba! ¡Ay!, vuelvo a llorar de alegría. Mis lagrimones caen sobre el papel; pero sigo escribiéndote, y digo que no necesito que tú y Catalina me ponderéis la belleza de Ignacia para que yo la vea tal cual es realmente, la más hermosa criatura puesta por Dios en el mundo, con la inocencia pintada en su rostro angélico, los ojos como luceros, la boca como la misma pureza entre rosas y jazmines, y el cuerpo tan gallardo que no hay palmeras ni juncos que se le puedan comparar.. ¡Ay, qué abrazos te doy con el pensamiento, y a ella también, a los dos, a los dos, para que juntos recibáis los cariños de vuestra amorosa madre!.. Como el Señor no ha de querer, pienso yo, que seas tan sólo esposo putativo (que a sus fines no convendrá estado tan perfecto) , ya estoy viendo la caterva de graciosos nietecillos.. No, no puedo seguir: los extremos de alegría me han llevado a soltar la pluma y a dar por la estancia no sé cuántos paseos y aun algunos brincos. Me recojo por si alguien entra y cree que me he vuelto loca.

»Tu padre, de la sorpresa de este notición, se ha quedado como lelo, y tu hermano quiere ir a la boda. De los tantísimos millones que dicen vas a poseer, nada quiero saber yo, porque eso me importa un bledo. Ya sé que todo lo has de emplear en servicio de Dios, conforme al ejemplo que te dan los padres de la bendita Ignacia.. Ya sé que como no tienes vicios, ni hábitos de lujo, ni gustas de vanidades, todos esos tesoros serán empleados en obras de religión, y ya estoy viendo el suntuoso convento que construirás para la Concepción francisca en Madrid. El pajarito que todo me lo cuenta y que jamás me engaña, me dice que harás otro convento de la misma Orden aquí, trayéndonos de priora a tu hermana, y otro en Atienza. Buena falta hace allí (p.6142) una casa religiosa de mucha santidad, que está el pueblo muy perdido.. Y ya estoy viendo que con esos ríos de oro que entran en tu casa, se acabarán los pobres en Madrid, pues tu mujer y tú, mis queridos hijos, no daréis descanso a las manos en la limosna.. y tanto tenéis, que os sobrará para los pobres de Atienza, donde por las malas cosechas están los labradores muertos de hambre y no saben a quién volverse.. Pienso yo que, por muchos pobres que salgan, no habrá número bastante para dar abasto a vuestra caridad. ¿Verdad, hijo mío, que así es?.. Ahora sí que podrá decir tu padre que se acabó el Socialismo; y por cierto que cada mañana y cada noche me ha de dar matraca con el Socialismo dichoso. Yo no le temo ya.. Vivan mis hijos, a quienes Dios concede tanta riqueza para que alivien las miserias de la Humanidad, para que les quiten de la cabeza a los pobres esa mala idea de revolucionarse por el tuyo y mío.

»Cuento con que, recibidas las bendiciones, os vendréis a pasar el verano en Atienza, que es tierra de mucha frescura. Allá iré yo a prepararos la casa, y por de pronto voy a poneros unos juegos de sábanas de hilo que la misma Reina y el Rey no los tienen mejores en su real cama. Casaos; venid pronto, hijos míos.. No tardéis, por si me mata tanta alegría. Yo me pasaré el resto de mi vida dando gracias a Dios por el inmenso beneficio que te ha hecho; venid, venid. Véate yo, y muérame después, que para nada sirvo ya en el mundo.. No sigo; no puedo más: los lagrimones han mojado todo el papel. Recibe con ellos para ti y para María Ignacia el amantísimo corazón de tu madre.- Librada».

 

FIN DE LAS TORMENTAS DEL 48

 

 

&

(EPISODIO 32)

NARVÁEZ

 

Ep-32-I -

Atienza, Octubre.- Dirijo hacia ti mi rostro y mi pensamiento, consoladora Posteridad, y te llevo la ofrenda de mi vida presente para que la guardes en el arca de la futura, donde renazca con toda la verdad que pongo en mis Confesiones. No escribo estas para los vivos, sino para los que han de nacer; me despojo de todo artificio, cierro los ojos a toda mentira, a (p.6143) las vanas imágenes del mundo que me rodea, y no veo ante mí más que el luminoso concierto de otras vidas mejores, aleccionadas por nuestra experiencia y sabiamente instruidas en la social doctrina que a nosotros nos falta; veo la regeneración humana levantada sobre las ruinas de nuestros engaños, construida con los dolores que al presente padecemos y con el material de tantos yerros y equivocaciones.. Asáltame, no obstante, el temor de que la enmienda social no sea tan pronta como ha soñado nuestra desdicha, de que se perpetúen los errores aun después de conocidos, y de que al aparecer estas Memorias en edad distante, encuentren personas y cosas en la propia hechura y calidad de lo que refiero; que si la Historia, mirada de hoy para lo pasado, nos presenta la continuidad monótona de los mismos crímenes y tonterías, vista de hoy para lo futuro, no ha de ofrecernos mejoría visible de nuestro ser, sino tan sólo alteraciones de forma en la maldad y ridiculez de los hombres, como si estos pusieran todo su empeño en amenizar el Carnaval de la existencia con la variación y novedad pintoresca de sus disfraces morales, literarios y políticos.

Esto pienso, esto temo, esto discurro; mas no me arredro ante la sospecha de que los futuros nada puedan o nada quieran aprender de mí, por no sentirse peores que yo, o estimarse incapaces de mejora; que en último caso, no habrán de negarme que mis defectos son el abolengo de los suyos, y mis faltas semilla de las que ellos estarán cometiendo cuando me lean, muy satisfechos de ver que los predecesores no les llevamos ventaja en la virtud, y de que en vanidades y simplezas allá se van los presentes con los pretéritos. Sin meterme, pues, a discernir si mis amigos de la Posteridad son más tontos que yo, o por el contrario más despiertos, sigo poniendo en el papel el traslado fiel de mis actos y de mis intenciones, historiador y crítico anatómico de mí mismo. Y lo primero que tengo que hacer en esta nueva salida de mi conciencia al campo de la confesión, es explicar a la Posteridad el por qué de la (p.6144) gran laguna de mis apuntes, suspensos desde el último Junio hasta los días de Octubre en que renacen o despiertan de un largo sueño. No vean en este paréntesis una voluntad perezosa, sino más bien atareada en demasía y solicitada de mil externos incidentes, y añadan, para mi completa disculpa, estorbos materiales de mi trabajo, como verán por lo que sin pérdida de tiempo voy a contarles.

Es el caso que los señores de Emparán, hostigados sin duda por mi bendita hermana Sor Catalina de los Desposorios, querían apresurar los míos con María Ignacia, apretándoles a ello, o impaciencias de la niña, que anhelaba la dulce coyunda, o el recelo de que yo me volviese atrás, renegando a deshora del consentimiento que di. Esta segunda hipótesis, como explicación de tales prisas, debe atribuirse a la desconfiada monja antes que a los Emparanes, cuya voluntad había yo ganado con mis demostraciones de afecto. La verdadera razón del precipitado acontecimiento no debió ser otra que un dictamen de los principales doctores de Madrid acerca de los nerviosos achaquillos de mi futura, pues según oí, opinaron unánimes que la niña no entraría en caja mientras no tomase la medicina que llamamos marido. Ved por qué móviles farmacéuticos me llevaron una mañana de fines de Julio al convento de la Encarnación, en cuya sacristía entramos libres María Ignacia y yo, y esclavos salimos el uno del otro, enlazados por una moral cadena que en toda nuestra vida no podíamos romper. No describiré la ceremonia, poco aparatosa en verdad, conforme al gusto de mi nueva familia, que era también el mío: una vez que nos dimos el sí, y significamos con la unión de las manos el venturoso empalme de las existencias, recibidas las bendiciones, oída la Epístola y cuanto quiso endilgarnos el curita que nos casó, fuimos en coche a La Latina, a recibir los plácemes de mi hermana y de otras monjas muy reverendas, de quienes hablaré en su día. Allí se nos sirvió un chocolate espléndido con bollos y bizcotelas entre jazmines, agua de limón en cristalinos vasos, alternados con (p.6145) búcaros de claveles y rosas, todo ello tan delicioso que nos daba la falsa visión de un desayuno en la Corte Celestial. La vanagloria de mi hermana se traslucía en el rayo ardiente de sus ojos, que por los huequecillos de la doble reja nos flechaban, y las otras monjas no parecían menos ufanas de la victoria que habían ganado. «¡Ay, hermano mío -me dijo Catalina, embellecida por el júbilo-, bendito sea el Señor, que me ha dejado ver este gran día! No dejaré de alabar su misericordia mientras la vida me dure. ¡Feliz tú, feliz tu esposa, que parecéis nacidos y cortados para constituir una santa pareja, y realizar en la tierra los fines más puros! Obra de Dios, no nuestra, es este matrimonio; como obra de Dios, sus frutos serán divinamente humanos y humanamente divinos». Oímos atentos y conmovidos esta corta homilía mi mujer y yo, y metimos mano por segunda vez a las bizcotelas y bollos, dejando las bandejas poco menos que limpias, y apuramos los vasos de limón, que con el calor de aquel día y el sofoco de la ceremonia, nuestra sed no acababa de aplacarse.

Del convento fuimos a casa, y a las doce se sirvió la comida, a la que asistieron como quince personas, los carlistones amigos de la casa, Conde de Cleonard, Roa, Sureda; Doña Genara representando la rama de Baraona, y por mi familia mis dos hermanos con sus respectivas esposas, las cuales de la infladura de la satisfacción no cabían dentro de sí mismas. Tampoco referiré pormenores de la comida, larga y agobiante por causa del calor, y abrevio mi relato para llegar al más importante suceso, que fue la libre partida, a primera hora de la noche, en viaje de novios, con el fin de llevar nuestra luna de miel a la soledad y frescura de Atienza. En silla particular de posta, adquirida espléndidamente por D. Feliciano, salimos con dos servidores, la doncella Calixta para cuidar de mi esposa, y el criado Francisco, en calidad de mayordomo y asistente de ambos para todo servicio de viaje y de casa, hombre excelente, de fidelidad y diligencia bien probadas. Magnífico era el coche, los criados (p.6146) selectos, y para completar tan buen avío llevaba yo un bolso con surtido abundante de monedas de oro y plata, y Francisco un cinto con doscientas onzas, como para hacer boca, pues la cartera de viaje contenía libramientos para cobrar en Guadalajara o Zaragoza (en previsión de viaje más extenso) cuantas cantidades pudiéramos necesitar.

No acabaría si a relatar me pusiera el trámite sin fin de las despedidas y del besuqueo con que agobiaron a mi esposa su madre y la innumerable caterva de sus amantes tías, de la rama de Baraona y de Emparán, y Genara y las demás amigas, y las criadas todas; si describiera el silencioso lagrimeo de D. Feliciano y los tiernos adioses de los íntimos de la casa, y de los parientes, entre los cuales no eran mis hermanos y cuñadas los menos hiperbólicos en las demostraciones. Creí que aquello no tenía fin, pues terminada una ronda de besos que restallaban en las mejillas de María Ignacia, empezaba otra ronda, y entre tantas babas, pucheros y suspiros, se repetían sin cesar las recomendaciones de que escribiéramos, de que nos cuidáramos, de que nos guardásemos del relente al apuntar del alba, y los votos ardientes por nuestra felicidad.. También a mí me tocó parte de aquellas efusiones, y hasta sobras del amante besuqueo; sentí regado mi rostro por el llanto de las señoras mayores, y la impresión de sus labios en mi frente y mejillas. Fue precisa la autoridad de D. Feliciano para poner término a los adioses, y hubimos de arrancar a mi mujer de los brazos de Doña Visita, que allí quedó medio desmayada. A estrujones nos metieron en el carruaje, y este arrancó por la calle de Alcalá en dirección de la Puerta del mismo nombre, cuyo arco central franqueamos ya de noche; y cuando nos vimos fuera, Ignacia, y yo respiramos cual si nos sintiéramos libres de un peso y ligaduras oprimentes. En aquel punto fue común y acorde en los dos la primera sensación de vivir el uno para el otro, para nosotros mismos y para nadie más; por primera vez advertí en mi esposa la satisfacción de hallarse en mi compañía sin más (p.6147) testigos que los criados, y bajo el yugo de mi exclusiva autoridad. Con la vaga ternura de sus miradas, más que con sus balbucientes razones, me decía que para ella era yo toda su familia, y que el amor nuestro reducía los demás afectos a secundaria condición.

No habíamos llegado a las Ventas del Espíritu Santo, cuando me pareció advertir que la memoria de los amados padres y tías se iba desvaneciendo a cada vuelta de las ruedas del coche, y que la pobre niña entraba en la vida nueva con ganas de gustarla, y de morar apaciblemente en el campo florido del matrimonio, desligada ya de la protección paterna, innecesaria. A mí convergían todos los estímulos de su voluntad y los vuelos tímidos de su imaginación juvenil: yo era su centro de atracción y de gravedad; a mí volaba y en mí caía, respondiendo a mis pensamientos con la sumisión de los suyos.. La presencia de los criados llegó a sernos de una molestia intolerable, por lo cual resolví que no en Guadalajara, sino en Alcalá hiciéramos la primera paradita, que había de ser etapa capital en la existencia de Ignacia, esposa mía desde aquel descanso en calurosa noche.. Habíamos pasado la divisoria que nos transportaba en alegre vuelo a valles muy distantes de aquel en que se meció la inocencia de la señorita de Emparán, y aunque para mí los valles pasados y los venideros no diferían grandemente en ciertos órdenes, no dejé de notar en mi ser algo grande y bello, imponente armonía de satisfacciones y responsabilidades.

El calor nos impedía mayor celeridad en nuestro viaje: caminábamos en las horas frescas de la madrugada y en las primeras de la noche. Por mi gusto habría ordenado que anduviera nuestro vehículo más aprisa; pero mi mujer no mostraba deseos de llegar pronto: hacíala dichosa el vivir errante, y se encariñaba con la repetición de etapas y paraditas, aunque fuese en mesones incómodos o en poblachos míseros, como las que hicimos, por gusto de ella y al cabo también mío, en la Venta de Meco, en Hontanar, en Sopetrán, y en un solitario y (p.6148) umbroso bosque junto a las Casas de Galindo, y a la vera del manso Henares. Debo decir también que cuando pernoctamos en Alcalá y aun un poquito antes, María Ignacia dio en mostrarme zonas desconocidas de su espíritu, como si dormidas facultades fuesen con el nuevo estado despertando en ella. Era como una planta mustia que súbitamente reverdece y echa flores, sin que antes se viera muestra de botones ni capullos en sus deslucidas ramas. Sorprendiome mi mujer con rasgos de ternura primero, de ingenio después, que no creí pudieran brotar de su ser imperfecto, o que tal me parecía. Y lo más extraño fue que sus propias facciones sin encanto lo adquirían gradualmente, por virtud de la inesperada presencia de ciertas donosuras del entendimiento. Fue para mí criatura vuelta a criar, o mujer que en forma de mariposa salía del caparachón del gusano. ¿Sería duradera esta ilusión de un recién casado? Aún no es tiempo de contestarme a la pregunta que entonces me hice.

Siempre que nos hallábamos solos, dábame Ignacia muestras felices de aquel su renacimiento a la gracia, y tal poder tenía su mudanza espiritual, que hasta en su fea boca se me antojó iniciada una metamorfosis, obra milagrosa del Arte y la Naturaleza. Era, sin duda, el momentáneo influjo de la exaltación matrimoñesca en sus verdores iniciales, y debía yo temer de la severa realidad la pronta remisión de las cosas a su verdadero punto. Díjome una noche Ignacia: «Cuando vean mis papás lo buena que estoy, no lo van a creer. Ya pensaba yo meses ha que casándome contigo no serían menester más medicinas. Pero aunque así lo creía, me daba vergüenza decirlo. Esto de la vergüenza fue mi mayor tormento desde que te conocí, Pepe mío.. Delante de ti estaba yo tan vergonzosa, que ni a mirarte a mi gusto me atrevía.. ¡Vaya una estupidez! Y cuando me quedaba sola, echábame las manos al pelo y me arañaba la cara, diciéndome: 'Por esta vergüenza maldita va a creer Pepe que soy una bestia..'. Y no lo soy, ya lo has visto.. Aquí tienes la (p.6149) causa de los arrechuchos que me daban. Todo era pensar en ti, y rabiar de verme tan mal formada, y por lo mal formada, vergonzosa.. Yo te quería, Pepe, y le pedí a Dios muchas veces que te murieras antes que casarte con otra».

Y otra noche: «De ti me habló una mañana Sor Catalina, y con lo que me dijo quedé tan enamorada, que sin haberte visto nunca, te conocía ya y estuve pensando en ti todo aquel día. Por la noche tuve un fuerte ataque y pegué muchos gritos, y no podían sujetarme. No era más que las ganas de verte y de tenerte a mi lado.. Pues aunque nunca te había visto, ni sabía que existieras hasta que Sor Catalina me habló de ti, ya éramos antiguos conocidos, Pepe, pues yo me imaginaba que vendría un hombre muy fino y muy guapo a ser mi marido, y que me haría muchas fiestas, y que yo me abrasaría de amor por él.. A solas conmigo, no tenía yo vergüenza, y sin hablar, decía todo lo que se me antojaba».

Y otra noche: «Cuando nos visitaste por primera vez, la impresión que recibí fue de que eras como un ángel con levita, corbata, y lo demás que vestís los hombres.. Por la noche no hacía más que llorar, llorar, y a nadie quería decir el motivo de lo afligidísima que estaba. Pero mi tía Josefa, que es la que me adivina cuanto pienso, se acostó conmigo, me arrulló como a un niño, y dándome golpecitos en la espalda, me decía: 'No llores, boba, que con él te casarás, quiera o no quiera'. Por lo visto, tú no querías, Pepe. Ya sé la razón: tu delicadeza, tus escrúpulos de caballero por ser yo más rica que tú. Bien me lo dio a entender la Madre Catalina una tarde, pintándote como el dechado de la caballerosidad, con lo que mi amor por ti fue ya locura. Una noche mordí las almohadas y las desgarré con mis dientes.. Otra me tiré al suelo, y descalza, a obscuras, anduve a gatas por mi alcoba buscando un botón de tu chaleco que se te cayó el día de tu primera comida en casa. Yo lo había recogido sin que nadie me viera, y lo puse debajo de mi almohada. Con las vueltas que di, sin poder dormir, se me cayó.. Habías de verme como una (p.6150) cuadrúpeda buscando el botón.. Pues mira, lo encontré: en un relicario lo guardo.. Lo encontré hozando en el suelo como los cochinos.. lo descubrí por el olor, o no sé por qué.. Ya ves cuánto te quería.. Yo confiaba en las promesas de tu hermana, que siempre me decía: 'Dios lo hará, Dios lo hará'. Y acertó la santa señora, porque Dios lo hizo, y ahora te tengo bien cogidito.. y ya no te me escapas, Pepillo; ya no te me escapas, ratón mío.. que tu gata tiene las uñas muy listas y.. aunque juegue contigo, no creas que te me vas, no.. porque te cazo, te cojo, te aprieto, te como, te trago..».

 

Ep-32-II -

El camino carretero por donde veníamos, que es el de Guadalajara a Soria por Almazán, aún no concluido, se nos acabó en Rebollosa de Jadraque, y con él la comodidad del coche. Mandamos este a Sigüenza; de aquí salieron a nuestro encuentro, prevenidos del itinerario, mi padre y mi hermano Ramón con buenas caballerías, y en ellas continuamos el viaje hasta la gran Atienza, donde ya estaba instalada mi madre con dos semanas de antelación preparando el formidable avío de nuestro alojamiento. Triunfal como entrada de reyes fue la nuestra en la muy noble y muy leal villa, en tiempos remotos tan despierta y gloriosa, ogaño pobre, olvidada y dormilona. A distancia de más de media legua por el camino de Angón, salieron a recibirnos multitud de jinetes en asnos, mulas y rocines, enjaezados con sobrejalmas y pretales de borlones rojos, precedidos del tamborilero y dulzainero, que oprimían los lomos de unas poderosas burras blancas. En medio de la gallarda procesión vi el estandarte de la Hermandad de los Recueros, y al término de ella se me aparecieron el que venía como Prioste y otros dos que hacían de secretario y seise, a su lado un cura, que hacía el abad, de luenga capa los paisanos, el cura con balandrán, los cuatro caballeros en lucidos alazanes. Y apenas llegó cerca de nosotros la interesante cuadrilla, empezó un griterío de aclamaciones y plácemes cariñosos, mezclados con vítores o simplemente berridos de júbilo. Al punto (p.6151) comprendí que los vecinos de Atienza, en obsequio mío y de mi esposa, reproducían la carnavalesca y tradicional procesión llamada la Caballada, con que la Hermandad de los Recueros conmemora, el día de Pentecostés, un hecho culminante de la historia de Atienza. A la de España tengo que recurrir para dar una idea del origen de esta venerable fiesta que ya cuenta siete siglos y medio de antigüedad.

Menor de edad el Infante D. Alfonso, que luego fue el VIII de su nombre, vencedor en las Navas, anduvo de mano en mano, cogido y soltado, entre guerras y alteraciones sangrientas, por los señores feudales que se disputaban su tutela. Ya le tenía D. Gutierre de Castro, a quien el Rey Don Sancho había designado para la regencia, ya los Laras y otros tales, hasta que su tío Don Fernando, Rey de León, entró por Castilla, y apoderándose del chiquillo Rey, consiguió que las Cortes de Soria confirmaran a su favor la entrega de Alfonsito y de las rentas reales. Hecho esto, recluye al niño en el castillo de San Esteban de Gormaz y se va para su reino. No contentos los señores de Castilla, o ricos-omes, que venían a ser algo semejantes, por el poder y la audacia, a nuestros hombres públicos, sacaron al reyecito de donde estaba y lo depositaron en el castillo de Atienza, que se tenía entonces por de los más seguros del reino.. Pero luego vino otro bando de ricos-omes, y no conformes con el encierro del Rey niño, idearon robarlo y llevárselo a Ávila, empresa no fácil, porque el Rey de León, sabedor de aquellas feudales discordias, avanzaba con su aguerrido ejército, y ya venía tan cerca que casi se sentían los pasos de los honderos de su vanguardia. ¿Qué hicieron los ricos-omes? Pues confabularse con los arrieros de la villa, recueros, o conductores de recuas, afamados por su robustez, ligereza y osadía, y organizar una caravana, en la cual, clandestinamente, vestido de arrierito, fue bravamente conducido y salvado, pasando ante las barbas de las tropas leonesas, el niño que andando los años había de ser Don Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa.

Y en (p.6152) cuanto cogió el cetro, quiso premiar la bizarría y tesón de los arrieros de Atienza concediéndoles el privilegio de llamarse caballeros, y el de constituirse en Hermandad o Cofradía para practicar entre sí la caridad y ayudarse en los trabajos de la vida. Desgastada por el tiempo, llega esta Hermandad a nuestros días, y anualmente, en el de Pentecostés, celebra su hazaña con un como simulacro de ella, a la que se da el nombre de la Caballada, y empieza en procesión para concluir en jolgorio y comistrajes al uso moderno. Con la idea de obsequiarnos a mi mujer y a mí (pienso que por sugestión de mi madre) organizaron la nueva salida de la Caballada de este año, la cual sorprendió y divirtió grandemente a María Ignacia. Para que comprendiese la significación de aquel lindo espectáculo, le di la explicación histórica que aquí reproduzco. Más que por mi propio contento, por la sorpresa y alborozo de mi mujer agradecí la delicada invención de agasajo tan pintoresco, y a las aclamaciones con que nos recibían contesté con vivas a la Hermandad, al glorioso pendón y a todos los recueros presentes, herederos de la hidalguía de los pasados.

En la falda oriental de un cerro coronado por gigantesco castillo en ruinas, el más insolente guerrero de piedra que cabe imaginar, está edificada la Muy Noble y Leal villa realenga. Sus casas son feas y caducas, rodeadas de un misterio vivo; sus calles irregulares invitan al sonambulismo; en sus ruinas se aposenta el alma de los tiempos muertos. Dos órdenes de murallas la cercan, quiero decir que la cercaban, porque de la exterior sólo quedan algunos bastiones y los cubos. Y de las puertas que antaño daban paso desde el campo al primer recinto y de este al segundo, permanecen dos en lo exterior y dentro no sé cuántas, que no me he parado a contarlas. Por la que llaman de Antequera hicimos nuestra entrada con cabalgata y pendón, y si bullicio hubo fuera, mayor fue dentro, con la añadidura de los chiquillos de ambos sexos y de las mujeres, que por todas las ventanas y ventanuchos de la carrera asomaban (p.6153) sus rostros, y lanzaban exclamaciones de sorpresa y alegría. La comitiva recorrió toda la calle Real hasta la plaza del Mercado, y entrando luego por el arco de San Juan a la plaza donde está la iglesia de este nombre y la casa de mi madre, llegamos al término del viaje y de la ovación. El cura D. Juan de Taracena, que en la Caballada venía como abad, y el Prioste D. Ventura Miedes, habíanse adelantado hasta mi casa para prevenir a mi madre. Apenas llegamos a la plaza, acudió el cura a tenerme el estribo, y antes que el compás de mis piernas se desembarazara de la silla, me cogió el hombre en sus atléticos brazos, y con violento apretón privome de resuello. Fue la primera vez en mi vida que me oí llamar Marqués, confundidos en familiar lenguaje la llaneza y el cumplimiento. «Ven aquí, Pepillo, hijo mío.. ¡Qué guapo estás y que caballerete! Bendiga Dios al Excelentísimo Sr. Marqués de Beramendi».

Pasé de unos brazos a otros. En aquel vértigo, dando y recibiendo saludos, perdí de vista a mi mujer. Después me contó que, apenas bajada del caballo por mi hermano Ramón, llegáronse a ella unas mujeres con blancos delantales, y cogiéndola en brazos sin pronunciar palabra, la llevaron como en volandas adentro y por las escaleras arriba. Fue como un paso milagroso, de santo arrebatado al cielo por manos de serafines. Como recibe Dios a los bienaventurados, así la recibió mi madre, y puesta Ignacia en un cómodo sillón, cual una imagen en sus andas, encargáronle que no se diera la molestia de ningún movimiento y le trajeron una taza de caldo. Tomándolo estaba cuando yo subí por mi pie, seguido del cura, del Alcalde D. Manuel Salado y otras eximias personalidades del pueblo, y mi madre me cogió por su cuenta para besarme amorosa y decirme tiernas palabras.. El júbilo de la santa señora me inspiraba cierta inquietud: la fuerza del contento, a su cuerpo da a pasmosa agilidad, a su rostro arrebatos de color, a su mirada un centelleo vivo, a su boca una continua tentación a la risa.. Temiendo que diese con su alegría en los límites (p.6154) de la locura, la incité al reposo; pero no me hacía caso. Alarmado la veía yo entrar y salir por esta y la otra puerta con un vertiginoso tráfago de menesteres, órdenes que dar, necesidades a que atender, inconvenientes que prevenir. Y era que en la crítica ocasión de nuestra llegada, habíamos de obsequiar a los ilustres recueros organizadores de la cabalgata. Felizmente abreviaron ellos la recepción, y repitiendo sus bienvenidas y ofrecimientos, tocaron a retirada, después de poner en la ventana de mi casa el histórico pendón de la Hermandad, en señal de que se me nombraba Prioste por todo el año corriente.

Ya sola con nosotros, mi madre enseñó a Ignacia los aposentos que había de ocupar. Inauditos refinamientos de comodidad en nuestra alcoba y gabinete encontramos, con escrupuloso aseo y tal profusión de finísimos lienzos de cama y tocador, tal bruñido de caobas y nogales, tan ingeniosa precaución contra moscas, mosquitos, hormigas y otros bicharracos, que maravillados nos recogimos en aquel rincón de un paraíso casero.. Así empezó la vida ordinaria en mi casa, y así transcurrieron plácidos los días y las semanas, sin ningún cuidado por mi parte, pues todos los ponía sobre sí mi buena madre, disponiendo las suculentas comidas y la constante añadidura de golosinas, dedicadas singularmente a lisonjear el paladar de mi esposa. En esta veía mi madre un ser bajado del Cielo y de sobrenatural delicadeza. «¿Pero qué hija es esta tan divina que me has traído, Pepe? -me dijo una tarde encontrándonos solos-. ¿Ha existido jamás hermosura como la suya? ¿Dónde se han visto ojos tan dulces, igualitos a los del Cordero Pascual que tenemos en el Sagrario de la Parroquia, ni piel más fina, en cuya comparación el raso parecería estameña, ni boca más graciosa, ni cabellos más lucidos, verdaderas hebritas de oro de Arabia? Cuando tu mujer se ríe, paréceme que todo el cielo se rasga dejando ver los espacios de la bienaventuranza. ¿Ha visto nadie encías más encarnadas que las de María Ignacia? ¿Y (p.6155) qué me dices de aquel cuerpo tan gordito por arriba como por abajo, que no parece sino una de esas nubes en forma de almohadón que se ven en los cuadros de gloria, y en ellos juegan los angelitos y dan vueltas de carnero?.. No, no hay otra más bella en toda la redondez del mundo, hijo mío, y ahora comprendo que te enamorases de ella como un bobo, así me lo decía tu hermana, quedándote en los huesos de tanto penar y discurrir por si te la daban o no te la daban».

Hablome también aquel día y los siguientes de la urgencia de poner nuestros cinco sentidos, y aún eran pocos, en el cuidado de la sucesión. Tanto tenía Ignacia de ángel como de niña, y mirada por ambos aspectos, observábala mi madre juguetona, gustosa de ingenuas travesuras, y de correr y brincar cuando salíamos de paseo. No encajaba esto propiamente en la gravedad de una señora casada, según mi madre, la cual, mirando siempre al enigma interesante de la sucesión, intentaba sujetar a su nuera al martirio de una quietud solemne y expectante. «Hija de mi alma -solía decirle-, no pises tan fuerte.. Anda con pausa, sentando bien el pie, y no cargues el cuerpo a un lado ni a otro, sino al centro».. «Ángel, no abras la puerta tan de golpe.. ya ves: ahora, con el batiente te has dado en los pechos, y parecía que la llave se te clavaba en la boca del estómago».. «Oye, no te rías así, desaforadamente, sino poquito a poco, evitando la carcajada, que te hace estremecer el hipocondrio, y podría sobrevenir una relajación. A Pepe le encargo que no diga cosas de mucha gracia que te hagan romper en risotadas, sino soserías de mediano chiste, para que te rías moderadamente, que de otro modo la risa podría ser causa de un fracasito».. «Créeme, Ignacia, cada vez que te veo dar brinquitos, cuando vamos de paseo, se me sube toda la sangre a la cabeza».. Tenemos una huerta muy amena y lozana, a corta distancia de la villa, no lejos de la histórica ermita de la Estrella, y allí solemos merendar a la vuelta del paseo. A propósito de esto, decía mi madre: «Si esta tarde tomamos chocolate en la (p.6156) huerta, con D. Juan, D. Ventura y D. Manuel, no te pongas a correr como una chicuela, ni a columpiarte en las ramas del nogal, que esos señores se asustan de verte tan volatinera, me lo han dicho, y también temen que sobrevenga el fracaso.. Yo te encargo mucho que al sentarte en el ruedo tomes una postura circunspecta y de peso, derechita, aplomándote bien sobre el asiento sin hacer contorsiones ni cargar sobre los vacíos. Si sientes calor, abanícate con pausa y compás lento, como se estila entre señoras; si no, posas las manos una sobre otra y ambas sobre el vientre.. Hágote esta advertencia, porque ayer te movías en la silla como si tuvieras azogue en todo el cuerpo, y te abanicabas con furor, y hasta me pareció que te reías del pobre D. Buenaventura cuando nos contaba lo del celtíbero y lo del romano y lo del maldito agareno que armaban sus guerras en esta villa. Más que mil libros sabe el hombre, y aunque le entendemos como si nos hablara en griego, no podemos negarle nuestra veneración.

Previo el acordado signo de inteligencia con Ignacia, yo daba la razón a mi madre en cuanto decía, para no turbar su sancta simplicitas, don del cielo que a mis ojos la elevaba sobre toda la miseria humana. Conforme conmigo, a su suegra tributaba mi mujer el homenaje de una filial obediencia, y así vivíamos en admirable paz, gozosos, descansados, dejándonos querer, y abdicando toda nuestra voluntad en la de aquel ser angélico y providente que no vivía más que para nuestro bien. Tales miramientos y cuidados, que más bien eran mimos, gastaba en el trato de su hija, que no permitía que se levantase para tomar el desayuno, y había de servírselo en la cama ella misma, dándole el chocolate sorbo a sorbo, y metiéndole en la boca el bizcocho mojado, como a los niños, con rigurosa medida de los bocadillos y de las tomas; todo ello entreverado de frasecillas tiernas, a media lengua, como si, más que con la hija, hablase con el nieto que según ella pronto había de venir al mundo. Y a mí solía decirme muy seria: «Ya empiezan los antojitos, y si no estoy (p.6157) equivocada, también hay mareos..». «¡Pero, mamá -le contestaba yo-, si todavía..». Pero como no había razones que de su infundado convencimiento la apeasen, tanto Ignacia como yo dejábamos que su alma se adormeciera en aquel dulce ensueño.

Por mi padre, no menos inocente que mi madre, si bien eran de orden distinto sus candideces, venían a mí noticias de Madrid y los dejos de aquel mundo tumultuoso así en lo político como en lo social. Moderado acérrimo, el buen señor ponía sobre su cabeza, después de Narváez, al gran Sartorius que a todos nos protegía, y suscrito al Heraldo se lo leía enterito desde el artículo de fondo hasta el pie de imprenta final, sin omitir los anuncios y el folletín, que era en aquellos días Las Memorias de un Médico, por Alejandro Dumas. Terminado el gran atracón de lectura, extractaba mentalmente lo más interesante para ponerme al tanto de los sucesos, y lo hacía por el método y plan de aquel famoso periódico, que dividía todo su material en secciones bajo la denominación de Partes: Parte Política, Parte Oficial, Parte Religiosa, Parte Industrial, y por último la gacetilla, noticias de orden privado, y cuchufletas, que eran la Parte Indiferente.

Dando a cada suceso su verdadero valor informativo, que con el tiempo debía ser histórico, mi padre me contaba las incidencias del grave pleito que teníamos con la Inglaterra, por haberse atrevido Narváez a dar los pasaportes al inquieto y entrometido Embajador Bullwer; y repetía trozos del Times (pronunciado como lo escribimos) , y los discursos que sobre el caso oyó la Cámara de los Comunes, de la propia boca de Lord Palmerston y de D'Israeli y del afamado Sir Roberto Peel (pronunciado también como se escribe) . También me daba cuenta del inaudito chorreo de firmas que diariamente se agregaban a la exposición dirigida a Su Majestad, pidiéndole que siguiera Narváez atizando palos a roso y velloso, único medio de atajar la revolución que de las naciones europeas quería metérsenos aquí; luego me hacía un resumen de las críticas literarias de Cañete y de Navarrete, sobre esta (p.6158) y la otra función dramática, y por fin, concediendo un modesto lugar a la Parte Indiferente, me refería que habían llegado Mister Price y su hijo al Circo de Paúl, y que Macallister y su esposa maravillaban con sus artes diabólicas al público de San Sebastián. Esta parte del periódico solía ser más que ninguna otra del agrado de Ignacia, y yo mismo encontraba en ella noticias que, referidas como cosa baladí resultaban a mis ojos como sucesos de inaudita gravedad; por ejemplo: leyó mi padre que en un pueblo de Soria se había descubierto el estupendo caso de que todos los mozos útiles y robustos, de ocho años acá, daban en la flor de cortarse la primera falange del dedo índice de la mano derecha con el santo fin de eludir el servicio militar. ¡Qué cosa más tremenda! ¡Brutal crimen contra la patria! ¿Qué país era este? ¿Quam rempublicam habemus? ¿In qua urbe vivimus? Sin quererlo imitaba yo a Cicerón en la iracundia de mis anatemas contra un pueblo que de tal modo delata su desquiciamiento moral y político. Donde así se debilita el sentimiento patrio, ¿qué puede resultar más que un engaño de nación, un artificial organismo sin eficacia más que para la intriga y los intereses bastardos? Esto de los intereses bastardos fue dicho por mi padre, que usaba para todo este modo de señalar el egoísmo de nuestros políticos. Yo iba más allá, y con frase más enérgica marcaba la ineptitud de la raza para las ideas modernas.

Lo que no nos decía El Heraldo (que los papeles sólo nos dan la corteza y rara vez la miga del pan público) lo sabíamos por cartas que mi hermano Ramón recibía de Agustín. Las discordias entre los moderados de más viso no dejaban a Narváez entregarse con desahogo al ejercicio de su dictadura paternal, y por otra parte siempre estaba el hombre con la pulga en el oído, temiendo que en Palacio le armaran la zancadilla. El Rey no le quiere, la Reina Madre tampoco, y alrededor de Sus Majestades bullen enemigos encubiertos del Espadón de Loja. Las últimas noticias de desavenencias entre los políticos eran que los acusadores (p.6159) de Salamanca extremaban la guerra contra el simpático capitalista, y que Pidal y Escosura se tiraban los trastos a la cabeza. Decíase que Pidal trabajaba con O'Donnell para que viniese a ser la espada moderada, quitando de en medio a D. Ramón por atrabiliario y un poquito populachero. Y como la inquietud de los demagogos y anárquicos era cada día mayor, Narváez no cesaba en los envíos de deportados a Filipinas, sistema expurgatorio que mi padre juzgaba de segura eficacia. «No hay otro medio -nos decía con dogmático acento-. Si el cuerpo humano no se limpia de malos humores y de los elementos de toda indigestión más que con las tomas de buenas purgas que acarreen para fuera lo que sobra y perjudica, el cuerpo social no entra en caja de otra manera, hijos míos. Y el buen resultado de estos limpiones tan bien administrados por Sartorius y Narváez es doble, porque purgamos a España, y a las islas Filipinas las beneficiamos.. pues».

 

Ep-32-III -

Llamados por las obligaciones de su oficina regresaron padre y hermano a Sigüenza. La compañía de mi madre colmaba todos los anhelos de nuestro corazón, y como sociedad, bastante teníamos con los amigos que nos visitaban, descollando en nuestro afecto el Sr. D. Buenaventura Miedes, erudito investigador de las antigüedades atenzanas. Por su extremada bondad, por la pureza de su alma candorosa, le perdonábamos la pesadez e inoportunidad de sus históricas lecciones, y llevábamos con paciencia las prolijas noticias que nos daba de la antigua Tutia, capital de los afamados Thicios. Todo esto, así como las guerras de Sertorio, la traición de Perpenna, la muerte alevosa que este dio al arrogante tribuno militar, nos tenía sin cuidado. Una tarde entera de las de la huerta, nos tuvo con las ansias del fastidio contándonos la batalla que riñeron el dicho Sertorio y un tal Metelo en las inmediaciones de Sigüenza. Luego nos habló del monte llamado Alto Rey, y del hondo valle que al pie de esta eminencia y frente a nuestro Castillo se abre, desde la cuenca del (p.6160) Henares a la del Duero. «Esta angostura -nos dijo-, es el pasadizo habitual de la Historia de España. Iberos y romanos, castellanos y agarenos han entrado y salido por él en sus invasiones y continuas guerras. Por allí pasó Almanzor cuando vino a encontrar la muerte en Medinaceli; por allí pasó el Cid cuando despedido del Rey emprendió la gloriosa campaña que nos cuenta y canta el Romancero; por allí todos los Alfonsos; por allí en nuestro siglo el General Hugo; por allí el Empecinado; por allí Cabrera..».

Sólo mi madre ponía en aquellas rancias historias una deferente atención, que no por manifestarse con la fijeza de los ojos y la benévola sonrisa era menos inconsciente. Oyéndole otra tarde repetir el nombre de Sertorio, preguntó mi madre si el caballero romano de este nombre era o pudo ser antecesor de nuestro contemporáneo D. Luis Sartorius, Conde de San Luis, pues la semejanza de ambos términos hacía creer que fueran un solo apellido alterado por el tiempo. Acudí yo pronto a desvanecer lo que juzgaba disparate; pero el eruditísimo Miedes, que como buen caballero no quería que el corto saber histórico de mi madre quedase desairado, tomó la palabra y salió por este hábil registro: «No diré yo que los Sartorius de Sevilla vengan del romano Quinto Sertorio; pero tampoco lo negaré, pues sabido es que la larga permanencia de este en España dejó sin duda semilla en toda la región Tarraconense y aun en la Lusitana y Bética.. No obstante, con permiso de mi señora Doña Librada, me atreveré a poner en cuarentena toda etimología romana de apellidos españoles, pues aun a la del mismo Diego Porcellos, poblador de Burgos, que según el Cronicón Emilianense era el apellido señorial más antiguo, le ha negado la moderna crítica el abolengo romano, y demostrado está que no viene de procella, como quien dice, tempestad; ni de porcelli, reunión o ayuntamiento de animalitos de la vista baja, con perdón; ni tampoco se debe buscar su origen en el Monasterio de Porcellis, en territorio de Oca, como asientan Sandoval y (p.6161) Berganza; ni en el señorío de Porciles, perteneciente a la mitra de Burgos, según el libro Becerro, resultando que ni por una parte ni por otra se puede probar que fuera romano el tal Porcellos, cuyo verdadero nombre castellano fue Didacus Roderici, que es como decir Diego Rodríguez.. Búsquese el origen de nuestros apellidos en los troncos góticos o germánicos y sarracenos, por donde se ve que los Bustos de Lara vienen de los Gustioz, Gudestios o Gudesteos; los González de Gundisalvos; los Suárez de Suero, y estos del arábigo Azur..». Aprovechamos mi mujer y yo la llegada del correo para huir graciosamente de la desencadenada sabiduría del buen Miedes; pero mi pobre madre, que en paciencia y bondad se deja tamañitos a todos los santos del Cielo, aguantó sin pestañear el chubasco, que aún duró media hora, más bien más que menos.

En la dulce uniformidad de aquella existencia, sucediéndose placenteras las horas, sólo un hecho me sorprendía y maravillaba, y era el despertar de Ignacia, el paso de su timidez a las solturas de un nuevo carácter, y la resplandeciente aurora de su inteligencia, como un fiat lux pronunciado por el dios Himeneo. Mientras se trató de que nos casáramos, en lo que, según dije, no hubo poca violencia de mi parte, ni la más leve muestra vi del fruto que después había de admirar en ella. ¡Y yo, en aquellos días tristes, ufano de conocer el mundo y la humanidad, me equivocaba como un tonto, suponiendo en mi prometida las cualidades negativas de una bestia que a su fealdad unía la supina estolidez! ¿Cómo no percibí, cómo no adiviné las facultades de Ignacia, escondidas bajo tan desairadas apariencias? Era que la educación encogida, con tanto mimo y tanto arrumaco doméstico y religioso, había guardado en envoltura de sobrepuestas vitelas aquellos tesoros, poniéndole sellos tan firmes que no pudiera romperlos más que el matrimonio, cariño y confianza de marido. Arrancado el sello por un amor que a los demás amores se sobreponía, descubriéronse las escondidas joyas, y una tras otra iban saliendo del (p.6162) forrado y pegoteado estuche.

La mujer que antes me había parecido despojada de todo encanto era la misma bondad; los chispazos de razón fueron bien pronto un luminoso rayo que todo lo encendía y alumbraba. Discurría sobre lo divino y lo humano con un sentido que era mi mayor gozo; y descubriendo cada día nuevas aptitudes, expresaba las ideas con donaire, que el uso iba trocando en gracia exquisita. Pero lo más admirable en ella, lo que mayormente me cautivaba era su templada voluntad, procurando en todo caso acordarse con la mía y con la de mi madre, la ausencia completa de gazmoñerías, impertinencias y salidas de tono, y el sentido de corrección unido siempre a la ternura conyugal y filial. Desgraciadamente, a la transformación espiritual no podía corresponder la física, y María Ignacia en rostro y talle no podía desmentirse a sí propia. Un poco había enflaquecido y el desaire de su cuerpo era menos notorio; en su rostro, los ojos habían ganado en viveza, o al menos a mí me lo parecía; la boca no tenía enmienda, por más que yo, influido de la buena voluntad en contados momentos, la creyese menos desapacible. Diré también, completando el elogio de mi cara mitad, que Ignacia tenía conciencia de su falta de encantos naturales, y que resignada y tranquila sobre este punto, no pretendía con afeites o violentos artificios disimular sus defectos. Era una fea que no presumía de guapa ni reclamaba los honores de tal; la sencillez y la naturalidad sin pretensiones dábanle un cierto encanto que por momentos podía sustituir a los que el Cielo no quiso concederle.

Adivino la pregunta que me hacen los que esto lean, y acudo a contestarla. Sí: yo amaba a Ignacia, y mejor será que hable en presente asegurando que le tengo amor, sin meterme en un profundo análisis de este sentimiento, que podría resultarme estimación cariñosa. Sea lo que quiera, mi consorte me inspira un entrañable afecto, que ha de crecer y arraigarse con el trato. La obra de Sor Catalina de los Desposorios ha resultado más dichosa de lo que yo creía. ¿Sabéis en qué conozco (p.6163) que amo a mi mujer? Pues en que ahora me sabe muy mal la suposición de que se hubiera casado con otro. Este otro, que no existe, pero que bien pudo existir a poco que yo persistiera en mis escrúpulos, es un ente de comparación, o una equis que me sirve para demostrar la realidad del bien que disfruto. Y no entiendo por bienes exclusivamente las materiales riquezas, sino ella, mi esposa, en quien veo un apoyo moral, inapreciable refugio del espíritu si el Destino me depara, como presumo y temo, grandes tribulaciones y naufragios.

La templanza del estío en aquel clima convidábanos a pasear por el campo, y este era el mayor deleite de María Ignacia, que sabía satisfacer su gusto sin contravenir las prescripciones de mi madre en lo tocante a brincos y carreras. Largas caminatas hacíamos por los contornos del pueblo, por las vegas estrechas o las lomas de sembradura y pastos, por las sierras calvas o arbolados montes. Mi madre nos acompañaba hasta donde le parecía, aguardándonos con Úrsula, su criada predilecta, en cualquier paraje visible donde pudiéramos reunirnos fácilmente. Solían ir con nosotros los chicos del confitero (D. Casimiro Gutiérrez del Amo) , alguna vez Tomasita la del Fiel de Fechos, casi siempre Calixta, la criada que trajimos de Madrid, y Rosarito Salado, la hija mayor del Alcalde, gran peatona, de extremada agilidad para escalar peñas y trepar a los árboles. Admirábamos la hermosura del campo y montañas; platicábamos con toda persona que al encuentro nos salía, mendigos inclusive; visitábamos casas, casitas y chozas; hacíamos paradas en medio de los rebaños, vadeábamos arroyos, saltábamos cercas; tomábamos el tiento a la vida campesina, que es la vida madre de todas las demás que componen la nacional existencia. ¡Mundo harto diferente del de las ciudades, pero no menos instructivo! En él recibimos enseñanzas más profundas que las que nos ofrece la sociedad formada; en él nos preparamos para el conocimiento sintético de la humana vida. ¡El campo, el monte, el río, la cabaña! No es (p.6164) sólo la égloga lo que en tan amplios términos se encuentra, sino también el poema inmenso de la lucha por el vivir con mayores esfuerzos aquí que en las ciudades, y el cuadro integral de nuestra raza, más enlazada con la Historia que con la Civilización, enorme cantera de virtudes y de rutinas que componen el ser inmenso de esta nacionalidad.

Divagando en fáciles charlas, nos acomodábamos a las cortas luces de los que iban en nuestra compañía, y si algo aprendían ellos de nosotros, yo no extraía poca substancia de sus pintorescos relatos y de sus ingenuas observaciones. Monte arriba, o por tortuosos senderos faldeando las colinas, hablábamos de animales, de cosechas, de brujas, de milagros, de pobres y ricos, de personas, anécdotas y chismajos del pueblo, o de astronomía popular, sacándole a relucir a la luna y a las estrellas toda su historia secular y romántica. Una tarde que volviendo del camino de Naharros, entrábamos por junto al Salvador y la Corredera, nos paramos a contemplar la mole del Castillo y su ingente pedestal de roca, inmensa hipérbole del esfuerzo humano trabajando en audaz porfía con la Naturaleza. Rosarito Salado, que siempre iba delantera, nos dijo que por la cuesta empedrada, más arriba de la Trinidad, iba D. Ventura Miedes. Propuso la Rosarito que subiéramos en su seguimiento; pero María Ignacia se negó a ello recordando que mi madre nos tenía muy encomendado que no fuéramos nunca al Castillo, porque entre sus ruinas andan demonios maléficos, o genios burlones, amén de alimañas terrestres de lo más dañino.. Vimos al sabio; con la mirada le seguimos en su marcha fatigosa, y por el Arco de Guerra tomamos la dirección de nuestra casa.

Era D. Ventura Miedes de alta estatura que rara vez se veía derecha, sin ningún aire ni garbo; vestía en invierno y verano un cumplido levitón que le hacía más enjuto, y en sus andares iba siempre tan desaplomado como si fuera movido del viento más que de su propia voluntad. Sus pies grandísimos calzaba con zapatos de paño, en que se marcaban (p.6165) tales protuberancias que parecían dos sacos negros llenos de avellanas y nueces.

A la siguiente tarde, visitando las ruinas de San Antón, también le vimos subir al Castillo. Como el viento fresco que venía de Monte Rey agitaba sus faldones, y las desigualdades del piso le obligaban a hacer balancín de sus brazos, se me representó cual un árbol escueto, de la familia de los chopos, que descalzando del suelo sus raíces se lanzase a correr, perseguido de Céfiro y Abrego burlones. ¡Pobre Miedes! Según mi madre, no había hombre más completo, de corazón más puro, de procederes más intachables. Poseedor, en mejores tiempos, de unas tierras de labor y prados, tuvo y gozó el bienestar que da una medianía decorosa; pero la pasión de los libros, en que empleaba lo más de su hacienda, llegando a vender una finca para comprar papel impreso, su despego del trabajo agrícola, y sobre tantos yerros la mala cabeza y devaneos de su mujer, ya difunta, y de su hijo único, profesor de todos los vicios, le habían traído a la miseria mal tapada con sutilezas de la dignidad y disimulos ingeniosos. Vivía solo con su biblioteca y una criada viejísima, a quien llamaban la Ranera, que guisaba para los dos y barría toda la casa menos la librería, donde es fama que jamás entraron escobas. La edad del erudito señor andaba ya al ras de los setenta. Según oí, se había conservado con ágiles disposiciones hasta bien pasados los sesenta; pero ya iba de capa caída y daba tumbos con los pies y la cabeza, la cual, de tanto cavilar en romanos y celtíberos, perdía notoriamente su aplomo y gravedad.

Otra tarde que también le vimos (y era la tercera vez) camino del Castillo, mi madre no le quitó los ojos hasta que le vio perderse entre los muros, como el aguilucho que penetra en su nido, y a poco nos dijo suspirando: «A mí, que le conozco bien, no me hará creer D. Buenaventura que todas esas visitas al Castillo, mañana y tarde, son para deletrear los garabatos, en lengua romana o arábiga, de aquellas piedras más viejas que el pecar. Todo lo que allí escribieron los antiguos, lo (p.6166) tiene el buen señor bien sabido de memoria. Va sin duda por la querencia de alguna familia de menesterosos que se ha refugiado entre las ruinas, porque habéis de saber, hijos míos, que no ha nacido hombre más cristiano ni más caritativo que este señor de Miedes. En pobreza y falta de medios pocos le ganan. Pues ahí le tenéis buscando miserables con quienes partir el pedazo de pan que Dios le concede.

-Así es sin duda -dijo María Ignacia-. Ayer me contó la Prisca que le vio subir muy de mañana con un manojo de cebollas y la mitad de un pan de cuatro libras. Pobres habrá en el Castillo, y si usted nos da licencia, allá iremos Pepe y yo a conocerles y a llevarles algo para que coman y vivan. Mala cosa es la necesidad, y no tiene perdón de Dios el que conociéndola no acude a remediarla.

 

Ep-32-IV -

-Andaos con pulso en esto, queridos hijos -díjonos mi madre-, que si os inflama el espíritu de caridad, bien podéis satisfaceros mandando vuestra limosna con persona de casa. Pero no subáis: yo no he subido nunca, que desde niña me infundieron miedo al Castillo, y jamás, en mi larga vida, lo he podido desechar. ¿Llamáis a esto superstición? Dadle el nombre que gustéis: yo lo llamo respeto a la costumbre, y persistencia en los sentimientos que en mi niñez me inculcaron. Harto sé que es pecado creer en brujas y en apariciones de duendes o trasgos; pero no me negaréis que el Espíritu Maligno existe, y que hay Infierno, y por consiguiente diablo y diablillos que andan siempre en el ministerio de tentarnos y hacernos todo el mal que pueden.. Y no me digáis que lo que hace D. Buenaventura podéis hacerlo vosotros, pues con eso no estoy conforme. Es el amigo Miedes muy descuidado, no sólo en las ideas, sino en su persona y vestimenta, como habéis visto, y con tal de socorrer a una cuadrilla de vagabundos, no repara en que sean gitanos piojosos o ladrones disfrazados de mendigos. ¿Qué le importan a él las porquerías y el mal olor? Me ha contado la Ranera que una vez, volviendo de pasar la tarde entre unos (p.6167) húngaros caldereros, trajo el buen señor tal carga de miseria, que para limpiarle y mondarle el cuerpo fue menester ponerle en cueros vivos y sahumar toda la ropa. ¿Pues quién os asegura que los tales inquilinos del Castillo no son una partida de bandoleros, que se hacen los pobrecicos para merodear durante la noche y quizás para asesinar al que cojan descuidado? No, no; no subáis allá, que yo, por de pronto, trataré de sonsacar al sabio para que me cuente el motivo de tantas subidas y bajadas, llevando provisiones de boca y trayendo.. sabe Dios lo que traerá».

Interrogado al día siguiente, Miedes nos contestó con evasivas que aumentaron nuestra curiosidad. Lo que mi madre principalmente daba por averiguado era que el erudito de Atienza padecía miseria horrorosa, que ya no cabía dentro de los decorosos engaños. Para remediarle sin ofensa y proveerle de víveres, mi madre se valía de mil artificios. Con pretextos más o menos ingeniosos, allá iba el criado casi todas las mañanas llevando al anticuario, para que lo probase y diera su opinión, bien la cesta de patatas nuevas, bien la ristra de cebollas, el montón de judías o la media docena de frescas lechugas, todo de nuestra feraz huerta. Con estos regalitos y otros que en forma no menos delicada le hacía el Cura, se apañaba el pobre y reparaba las faltas de su menguada despensa.

Invitado a cenar con nosotros el Cura Don Juan Taracena, nos dio explicación de las antiguas y de las nuevas candideces caritativas del Sr. de Miedes, refiriéndolo con risas y comentarios humorísticos que revelaban así la compasión por el anticuario, como la estima en que tenía sus buenos sentimientos. «Es un sabio tonto -nos dijo-, y un alma de Dios, en la cual se juntan la erudición pasmosa y una simplicidad digna del Limbo. Desde que le conozco, y de ello hará treinta años largos, le he visto dominar todas las ciencias históricas y proteger a todos los perdidos. Su mujer le salió rana, y pez el hijo único que tuvo, el cual desde temprana edad despuntó por su vagancia y malos instintos. El dinero (p.6168) de Miedes, antes que suyo era del primero que lo había menester, y con tanto descuido lo daba, que era como si se dejase robar o si se estafara a sí mismo. Regalaba hoy un puñado de duros al primer farsante que pasaba por el pueblo, y mañana le veíamos remendando sus propios zapatos. Delante de mí cambió una excelente mula por dos tomos del Cronicón del Obispo de Tuy. En cierta ocasión hipotecó el prado de Huérmeces para socorrer a unos parientes pobres, que a los dos meses le pusieron pleito; y cuando su mujer, que se había fugado con Boceguillas, fue a parar abandonada y enferma al hospital de Cogolludo, ¿qué hizo el hombre? Pues ir en su busca y socorrerla y traerla a casa.

-Eso es caridad -dijo prontamente mi madre-, y con perdón, no hay que vituperarlo.

-Caridad es, sí señora, y soy el primero en alabar el rasgo; pero fíjense en una cosa: para todos los gastos del viaje a Cogolludo y retorno, y el costerío de médicos y medicinas, vendió el sabio por poco más de un pedazo de pan sus tierras de Cincovillas. ¿Y todo para qué? Para que la Bibiana se pusiese buena. Buena que estuvo la condenada, le faltó tiempo para fugarse con el barbero de Zorita de los Canes.. ¿Y Miedes? Pues emborronando una resma de papel para demostrar.. allá lo mandó a la Academia de la Historia.. para demostrar que el llamado García Eneco, yerno de Isur o Suero, y muerto en la batalla de Albelda, no es Íñigo Arista, primer caudillo de los navarros, sino.. qué sé yo, el demonio coronado. Para no cansar a ustedes, ¿saben de qué gentuza se nos apiada hoy D. Ventura? ¡Ay! estos son otros Sueros, otros celtíberos o de la familia del propio Túbal, el primer vecino de España. ¿Se acuerda usted, Doña Librada, de aquel Jerónimo Ansúrez, que llegó acá de la parte de Sacedón hará diez o más años, tomó en renta las tierras de los Garcías del Amo en Alpedroches, y unas veces por poca suerte y asolación de sequías y pedriscos, otras por mal arreglo, vino a la ruina, y anduvo en justicia, los hijos se le desmandaron, y uno de ellos dio muerte al (p.6169) molinero de Palmaces?

-¡Ah! sí, ya me acuerdo.. ¡Ansúrez! Llamábanle el alforjero, que este es el mote que aquí damos a los de Alpedroches.. Ya recuerdo.. Y el hombre tenía lo que llaman ilustración, o un atisbo de ella. Se expresaba con donaire y daba gusto oírle.

-Como que le criaron los benedictinos de Lupiana, y hasta su poco de latín burdo sabía. ¿Recuerda la señora que tuvimos que echar un guante los pudientes para reunirle con qué salir de aquí? Pues esta calamidad de familia fue a caer en el Burgo de Osma, donde no tuvo más suerte o mejor conducta que en Atienza. Uno de los hijos mató a un sanguijuelero, y otro descalabró al alcalde de Quintanas Rubias. Echados del Burgo, se perdieron de vista por algún tiempo. Dispersáronse los hijos como para asolar toda la tierra: uno de ellos dicen que se mutiló el dedo índice para esquivar el servicio del Rey; volvieron algunos junto al padre.. Por fin, según entiendo, después de vagar en tierras de Soria y de Teruel, o pidiendo limosna, o quizás tomándola antes que se la den, han recalado por aquí.

-¿Y esos son -dijo mi madre tan sorprendida como alarmada-, los nuevos amigos del bendito Miedes?.. ¿Y esa es la pandilla que visita y la miseria que socorre?.. ¿Ansúrez..?

-El mismo que viste y calza.. Miento, que según me ha dicho el sabio, van todos ellos un poco ligeros de ropa.

-Pues debemos vestirles y calzarles -dijo Ignacia-, para que cuando entre el frío no les coja en tal desamparo. ¡Pobrecitos!

-Ya sabrá nuestro Alcalde -indiqué yo-, qué clase de huéspedes tenemos, y procurará darles pasaporte. Sean como quiera, vagos de oficio, apóstoles de la religión del dolce farniente o ladrones en cuadrilla, no se van de aquí sin que yo los vea».

Sobre esto se discutió largamente, opinando mi madre por que no subiera yo al Castillo, a menos que me acompañase con la Guardia civil el señor Cura, para que su presencia ahuyentase y confundiese cualquier invisible maleficio que por allí anduviera. Defendió María Ignacia con calor la visita, y resumió graciosamente el Cura las diferentes (p.6170) manifestaciones proponiendo ir todos, menos mi madre, a quien contaríamos lo que viésemos, en la seguridad de que ni rastro de demonios o duendes habíamos de encontrar en aquellas alturas. Sin negar que existiesen demonios, aseguró el buen Taracena que él no los había visto nunca, como no fueran tales los que en forma humana vemos por el mundo, con cara y hábitos de perversos egoístas, embusteros, crueles, hipócritas, matones y aficionados a lo ajeno. Para estos no había más exorcismo que la ley, y a falta de esta la sanción religiosa, que a cada cual en la otra vida designa su merecido según sus obras. Es el Cura de San Juan de Atienza un excelente hombre, puntual y correctísimo en las funciones de su ministerio, buen maestro en cosas del mundo y en el conocimiento de toda flaqueza, sin que se le pueda poner tacha más que por los pecadillos de hablar sin freno, de comer con demasiado gusto y abundancia, y de beber intrépidamente en solemnes casos. Siendo yo niño y él grandullón, me quería, y con amenos cuentos, a veces sucios, nunca deshonestos, me divertía; ahora me considera, y gran devoción tiene por mí. Aunque nada me dice, yo le descubro la ambición de una canonjía de dignidad en la catedral de Sigüenza. Ya veremos..

Y a la mañana siguiente muy temprano, cuando yo no había salido aún de mi cuarto, sentí discretos golpes de nudillos en la puerta, y a poco una voz comedida y grave que decía: «Sr. D. José, si la señora Marquesa está con usted en este camarín, no pretendo entrar, ¡Dios me libre!; pero si está usted solo en sus lavatorios de caballero, le suplico que, aunque se halle en paños menores me franquee el paso, que es muy urgente, pero mucho, lo que tengo que decirle».

No conocí la voz de Miedes hasta la mitad de la oración suplicante, y antes de que sonaran los últimos vocablos abrí la puerta, y doblándose penetró en mi cuarto la estirada figura del sabio de Atienza. Con menos pureza de frase que la que comúnmente usaba, turbado y presuroso, me pidió que interpusiese mi (p.6171) valimiento con el Alcalde D. Manuel Salado para que este no arrojara del Castillo al infeliz padre y más infelices hijos que entre aquellos muros se albergaban, y que le quitase de la cabeza la cruel idea de mandarles a Guadalajara por etapas entre estos cuadrilleros a la moderna que llamamos guardias civiles.. Como yo me mostrase muy dispuesto a secundar sus humanitarios propósitos, díjome con cierto temblor del habla que los tales no podían ser calificados de malhechores ni tampoco de personas recomendables, y que su exacta calificación no será fácil mientras no se admita con carta de naturaleza regular la clase y matrícula de delincuentes honrados, o sea de los que por designio de la Fatalidad, o por impulso de las hondas necesidades no satisfechas, hambre y sed, o por diversos móviles nacidos de las mismas leyes que nos protegen, así como de las que nos oprimen, se ven lanzados a una o más acciones.. maléficas, o con apariencias de maldad, conservando en sus almas la buena intención y el principio fundamental de la virtud..

No copio más que lo esencial de la retahíla que me endilgó el cuitado Miedes, acariciando los botones del levitín que yo acababa de ceñirme, y añado que la cabeza de mi amigo ilustre me pareció enteramente trastornada. Con todo ello se redobló mi curiosidad. Mi mujer, no menos interesada que yo en el asunto, vistiose prontamente en el cuarto próximo y salió a saludar al sabio; invitámosle a desayuno; recogimos a Taracena, que en el comedor nos esperaba ya charlando con mi madre; echonos esta su bendición, y subimos a la Trinidad para emprender de allí la marcha hacia el Castillo. Por el empinado sendero, explicaba D. Juan a mi mujer la importancia de aquella feudal fortaleza y atalaya, las ventajas de su emplazamiento frente a la angostura o pasadizo que comunica las dos Castillas; y D. Ventura, que a cada paso que dábamos me parecía más dislocado del cerebro, me anticipó la presentación de las ilustres personas que íbamos a visitar: «.. Este Ansúrez, Jerónimo en lenguaje cristiano, (p.6172) por distintos motes conocido: el alforjero en Alpedroches, hidalgo en Bustares, bragado en Atienza, respeño en Hiendelaencina, hombre aquí y acullá digno de estudio, no tiene, como verá usted, nada de vulgar. Por algún tiempo le diputé sucesor de aquel famoso Abo l'Assur, o Al Ebn Asshaver, que de ambos modos lo designan las historias, señor de las ciudades de Nájera y Viguera, en los confines de Castilla y Navarra.. pariente próximo de Abo l'Alondar (hijo del Victorioso) , a quien se atribuye la destrucción de la antigua Centóbriga, que algunos llaman Contrebia..».

Por piadosa cortesía, que siempre debemos a los dañados del juicio, le manifesté mi sorpresa de que se hallaran tan dejadas de la mano de Dios personas de altísimo abolengo; y él me contestó: «No presume este buen hombre de linajudo. La investigación de su progenie es cosa mía.. cosa enteramente mía, Sr. D. José..». Y parándome luego en lo peor de la cuesta, cuando ya María Ignacia y el cura se aproximaban a las ingentes ruinas, el trastornado investigador de la Historia bajó la voz para decirme con misterioso acento: «Dando vueltas en el magín a esta pícara idea, he venido a rectificar mi primera opinión, y cayendo del burro de mis preocupaciones arábigas, opino y sustento que estos Ansúrez no tienen nada que ver con el caballero Abo Assur, ni con ningún otro de casta agarena, y que su abolengo es celtíbero, pura y castizamente celtíbero, como lo acredita el nombre, que derivo del Zuria o Zuri, digamos Jaun Zuri (el señor blanco) , tronco y fundamento de los afamados vascones». Di algunos pasos hacia arriba; pero Miedes me detuvo, clavó en mis botones la crispada garra, y mirándome con ojos centelleantes, acabó su lección en esta extraña forma: «Es indudablemente el Zuria celtíbero, conservado al través de los siglos en su prístino vigor de raza. Demuestro, como dos y tres son cinco.. sí, D. José querido, lo demuestro, y veamos si hay un guapo que me desmienta.. demuestro, digo, y ello es tan claro como la luz del día, que este Zuria viene (p.6173) de aquella rama o familia céltica que del Monte Taurus o de la Paphlagonia nos mandó el Oriente y se estableció en esta región, que andando los siglos vino a llamarse Algaria, en labios del moderno vulgo Alcarria. La tal rama céltica, que Strabón y Appiano llaman Kimris, y Diodoro de Sicilia Cimmerianos, era sin duda la más hermosa, la más inteligente; y no falta quien sostenga que estas tribus, a su paso por el Ática, engendraron a los Titanes y a los dioses Saturno, Rea y Júpiter, de quienes salió todo el paganismo; como también se dice, y yo no he de negarlo, que de los mismos proceden los hebreos y caldeos.. Que en el curso de tantos siglos y con tantas alteraciones y mudanzas se mantiene pura esta soberana raza, la más bella, Sr. D. José; la mejor construida en estéticas proporciones, Sr. D. José, la que mejor personifica la dignidad humana, la indómita raza que no consiente yugo de tiranos, Sr. D. José, bien a la vista está; y usted podrá, ¡carambo! apreciar por sí mismo estas verdades, que no desmentirá.. verdades que no consiento sean contradichas, porque aquí está Ventura Miedes para sostenerlas en todo terreno, Sr. D. José.. para imponerlas y hacerlas tragar a los incrédulos y testarudos.. Lo dice Ventura Miedes, y basta, basta..».

Pensé que me arrancaba los botones. Ya comenzaba a serme molesto el tal sabio, y hube de apartarle para seguir mi camino. En esto, mi mujer y el Cura, que habían traspasado ya el arco de entrada al Castillo, salieron, Ignacia de prisa y ceñuda, Taracena con calma y jovial. Advertí en mi esposa una palidez y expresión de susto que me alarmaron, y no dudé que había visto algo muy desagradable. Antes que yo pudiera interrogarla, me dijo: «No entres, Pepe.. Mamá tenía razón.. Hay demonios».

 

Ep-32-V -

La franca risa con que el buen párroco acogió estas turbadas expresiones, me tranquilizó. «No hagas caso, Pepito: la señora Marquesa se asusta de la majestad del lugar, de la imponente elevación de los muros. En cuanto a los habitantes, nada tienen de terroríficos. Entra y verás.

-Fue (p.6174) la primera impresión -dijo Ignacia agarrándome el brazo-. Entraré contigo si quieres; pero mejor fuera no haber venido.

-¡Qué tontería! Sean lo que quieran, ¿nos van a comer? Entremos, y vaya por delante de cicerone el Sr. de Miedes».

Salvamos el boquete abierto en el adarve, pasamos junto al cubo, que enhiesto y amenazador se mantiene, desafiando el cielo, subimos la escalera que conduce al interior de la torre del Homenaje, de la cual sólo queda un cascarón informe, y bajo una bóveda festoneada de hierbatos, encaramos con la familia errante, que allí tenía su aposento. Adelantose a recibirnos el padre o cabeza de la pequeña tribu, Jerónimo Ansúrez, el cual, con cortesía solemne, muy de caballero, nos dio los buenos días. Era un viejo hermosísimo, de barba corta como de quien abandona por muchos días el cuidado de afeitarse, expresivo de ojos, aguileño de nariz, la cabeza gallardamente alzada sobre los hombros, el cuerpo airoso y gentil, fácil en los movimientos, noble en las actitudes, vestido de paño pardo con no pocos remiendos, que parecían heráldicos dibujos. Quedeme absorto mirándole, y por estar tan fija en él mi atención, tardé en hacerme cargo de las otras figuras. Eran sus hijos, tres en pie, dos tumbados. Al extender la vista por el círculo que formaban no lejos de su padre, vi entre ellos a una mujer, que subyugó mis ojos. Era la mujer más hermosa que yo había visto en mi vida. Ni en Italia ni en España se me apareció jamás hermosura que con aquella pudiera compararse.. Perfección tal de rostro y formas no se hallara más que en la Grecia de Fidias. Diría que me pareció cariátide; pero su temprana juventud no acusaba la necesaria robustez para sostener arquitrabes con su linda cabeza.. La vi arrimada a un trozo de muro, a la izquierda; era la figura más distante de la de su padre. Apoyaba el codo derecho en una piedra, en la mano la barbilla. Cruzados los pies desnudos, cargaba sobre el izquierdo el peso del cuerpo esbeltísimo, incomparable en todas sus partes y líneas, de absoluta proporción en todos sus bultos.

«Es mi hija Lucila (p.6175) -dijo el padre señalándola, y ella mirándonos con curiosidad un tanto desdeñosa, no hizo ni un movimiento de cabeza ni pronunció palabra alguna.

-Este es el hijo segundo -dijo Miedes designando a un muchachón fornido, guapo, de tez tostada, que altanero nos contemplaba-. Su nombre es Didaco o Yago, aunque vulgarmente lo llaman Diego. Y este otro es Egidio, Gil que decimos ahora».

El tal Egidio, jovenzuelo muy parecido a su hermana, se adelantó a besarnos la mano. Junto a él vimos al que Miedes llamó Ruy, un chiquillo como de diez años, lindísimo, curtido del sol, medio desnudo, con una piel cruzada en la cintura que le asemejaba al San Juan Bautista de la iconografía corriente. Los dos restantes eran yacentes estatuas: el uno dormía, el otro acababa de despertar y con soñolientos ojos nos miraba.

«Y a estos dos gandules -preguntó Taracena riendo-, ¿qué nombre les da el amigo Miedes? ¡Ah! ya me acuerdo: el tagarote grande es Gundisalvo, y el otro Leguntio. Dígame, Ansúrez: ¿ese Leoncio ha cumplido los catorce (p.6176) momentos, no desplegaba los labios, y Miedes hablaba en voz queda con la moza Lucila, cuyo timbre de voz hasta mí llegaba como dulce y lejana música. Interrogado Ansúrez por el Cura y por mí acerca de las desdichas que le habían traído a tal pobreza y desamparo, se sentó en una piedra, y con gran sencillez de lenguaje, ni jactancioso ni servil, sino en un punto de sinceridad grave, nos dijo: «Yo, señores míos, soy un hombre de buen natural, ni de los que van para santos, ni de los que merecen condenarse; bueno cuando me ponen en condición de serlo, malo cuando me obligan a volver por mi interés; mas no tanto que puedan los más tirarme la piedra. El mundo es malo de por sí, y esta nuestra tierra de España tan sembrada y rodeada está de males, que no puede vivir en ella quien no se deje poner trabas en manos y pies, dogales en el pescuezo, que al modo de cordeles son las tantísimas leyes con que nos aprieta el maldito Gobierno, y lazos los arbitrios en que nos cogen para comernos tantos sayones que llamamos jefe político, alcalde, obispo, escribano, procurador síndico, repartidor de derramas, cura párroco, fiel de fechos, guardia civil, ejecutor y toda la taifa que mangonea por arriba y por abajo, sin que uno se pueda zafar.. Yo, aquí donde me ven, no soy de los más legos, que los benitos de Lupiana me enseñaron lectura y escritura, y me apacentaron el entendimiento con libros que en mí dejaron alguna ciencia, aunque corta.. Pero sin saber cómo pasé de aquel vivir a otro, y me metí a labrador, lo cual fue, pueden creérmelo, como meterme en el laberinto de la perdición y en el infierno de la miseria. Quien dice labranza dice palos, hambre, contribución, apremios, multas, papel sellado, embargo, pobreza y deshonra.. Pues aunque labrador, digo que no soy lerdo, y que si no me falta paciencia, condición primera del que se pone a dar azadonazos en la tierra mirando siempre para el cielo, me sobra lo que llamamos orgullo, o como se dice, apersonamiento, que es el hipo de no dejarse atropellar, ni permitir que a uno le popen y (p.6177) atosiguen. Labrar la tierra es cosa dura, ¡ay!.. ¡con doscientos y el portero!.. y por labrarla de la peor suerte, con trabajo propio en tierras ajenas, salta en cada momento la cuestión de las cuestiones, aquella que ya trae revueltos a los hombres desde que los hijos de Adán, o sus nietos y biznietos, dieron en sembrar la primera semilla: la cuestión del tuyo y mío, o del averiguar si siendo mío el sudor, mía, verbigracia, la idea, y míos los miedos del ábrego y del pedrisco, han de ser tuyos los terrones abiertos y la planta y el fruto.. Pues yo, que sé trabajar como el primero, que en el libro de la tierra y del cielo estrellado leo sin equivocarme, no he podido trabajar nunca sin que a cada vuelta me salieran la Partida tal, el Fuero cual, el fisco por este lado, la escribanía por otro, las ordenanzas, los reglamentos, las premáticas, el amo de la tierra, el amo del agua, el amo del aire, el amo de la respiración, y tantos amos del Infierno, que no puede uno moverse, pues de añadidura viene el sacerdote con sus condenaciones, y delante de todos el guardia civil, que se echa el fusil a la cara.. y si uno chista, cátate muerto. ¿Quién vive así? Yo he sido honrado, luego tentado a no serlo. Me han perseguido, me han atropellado, me han quitado lo mío y lo que tomaba para que los tomadores de lo mío me pagaran con lo suyo.. me han metido en cárceles, me han puesto en escritura con papeles, y aquí estoy valiendo menos que la tinta que gastaron en contar mis desavíos; he perdido en una semana lo que en seis años gané; he recibido palos y los he dado con más gana de romper cabezas que de guardar la mía, y, por fin, llego a la vejez cansado de la lucha y sin otro provecho que las amarguras, rabietas y achuchones..

»Yo he mirado siempre por mis hijos, y ellos, si bien me quieren, mal me asisten, porque han heredado mi orgullosa condición, y son tales que no sufren dueño, de lo que resulta que descalabraron a mucha gente, y a más de cuatro hicieron sangre, pues cada cual tiene su honor, que no de otra manera que con sangría debe lavarse si es manchado. Mis hijos (p.6178) son bravos, sufridos, y de mucho ingenio para todo; sólo que no ha nacido quien los meta en cintura, porque yo, que hacerlo podría, he olvidado el modo de ordenar a los demás, no sabiendo ya cómo a mí propio me ordene. Somos todos indómitos, y aborrecemos leyes, y renegamos del arreglo que han traído al mundo los reyes por un lado, los patriotas por otro, con malditas constituciones que de nada sirven, y libertad que a nadie liberta, religión que a nadie redime, castigos que no enmiendan a nadie, civilización que no instruye, y libros que no se sabe lo que son, porque este los alaba y el otro los vitupera. Por encima, un Dios que mira y calla y no suelta mosca, y por debajo un Diablo que si uno quiere venderse a él, no da ni para zapatos: tacaño el de arriba, tacaño el de abajo, y los hombres que están en medio, más tacaños todavía.. Y si con lo dicho les basta para conocerme, no se hable más, y socórranme, librándome de que la Guardia civil nos fusile, o de que un juez de manga estrecha nos meta en el pudridero de una cárcel.. El señor Marqués, que es poderoso, hable con el Alcalde para que nos dé un salvoconducto con que podamos llegar a Madrid, pueblo grande y revuelto, donde hallaremos algún modo de vivir ni mas honrado ni más deshonrado que los muchos que por allí hay. Oíganlo, señores, y sean compasivos, y no nos tengan por peores que los tantísimos que andan por campos y ciudades amparados de leyes, vestidos de doctrinas, y con todos esos atalajes de honradez que han inventado los muchos para comer a costa de los pocos, o los pocos que supieron hacer su granjería de la necedad de los muchos».

La primera impresión de este discursillo fue que teníamos que habérnoslas con un pillete de finísimo sentido y trastienda. María Ignacia le oyó absorta, yo con el agrado que comúnmente producen las bellezas del arte popular, Taracena con burlonas risas. Miedes, sentado a distancia, la cabeza entre las manos, parecía hondamente abstraído. Preguntado si era viudo, Ansúrez nos dijo: «Viudo tres (p.6179) veces. Mi primera mujer era manchega, aragonesa la segunda, las dos de muy buen ver..

-¿Y la tercera?

-Hermosa si las hubo.. valenciana.. Con esta no estuve casado por bendiciones, sino por nuestro arrimo y conveniencia natural. De Dios están gozando las tres.. Mucha ley me tenían, ¡con doscientos y el portero!

-¿Y qué nos cuenta el amigo Ansúrez de esta hija tan guapa, de esta Lucila -preguntó el Cura-, a quien el Sr. Miedes llamará Lucinda, Lucania o Lucinelda?

-Esta hija mía -replicó Ansúrez mirándola cariñoso-, ha venido a estas miserias por lo mucho que quiere a su padre: ¿verdad, Lucihuela?».

Con miradas no más contestó la hermosa, conservando su gravedad de estatua. Los chistes, no de muy buen gusto, con que Taracena ponderó el contraste entre tan admirable belleza y la ruindad de su vestimenta (que sólo consistía en una vieja falda y en una envoltura de trapo para el cuerpo) , no merecieron de ella ni fugaz sonrisa. Pensé que a todos nos despreciaba profundamente.

«Aquí donde la ven los señores, sabe expresarse como las personas finas; sólo que es muy vergonzosa, y su mal pelaje le aumenta la cortedad. En una de las peores borrascas que me ha traído mi mala suerte, la puse a servir. Hallándose en Molina de Aragón, la vio una señora de Zaragoza, y tanto gustó de ella y de su buen modo, que se la llevó consigo, y en su casa la tuvo, tratada y vestida como una damisela, no sin que también le dieran la enseñanza de leer, escribir y algo de cuentas, coser, bordar y otras filigranas.. Pero como para mi generación no hay manera de torcer el maldito sino con que todos venimos al mundo, la dama protectora de Lucila cerró la pestaña, y los herederos, que no gustaban de intrusos, plantaron a mi niña en la calle sin más que lo puesto y un cestito con vituallas para dos días. Anduvo la pobre de puerta en puerta en busca de acomodo, y ya porque lo hallara muy malo, ya porque el que halló pecaba de bueno en demasía, ello fue que mi honrada niña corrió por montes y laderas en busca de padre y hermanos, y después de andar todos tomando (p.6180) lenguas, ella por nosotros, nosotros por ella, nos juntamos en la gran ciudad de Tarazona, y de ella hemos venido en luengos meses partiendo nuestra miseria, como los señores nos ven..».

Al llegar a este punto de su historia, hizo Ansúrez como que se secaba una lágrima, y Lucila miró para la otra parte de las ruinas; mas no advertí que llorase. Pensé que no gustaba de vernos, sintiéndose quizás ofendida de nuestra curiosidad reparona, y deseando la soledad como el más preciado ambiente de su salvaje belleza. De improviso levantose mi mujer, y cogiéndome el brazo, con notoria inquietud y turbación me dijo: «Vámonos, Pepe; no quiero estar más aquí».

No la insté a consentir que permaneciéramos un ratito más interrogando a los Ansúrez, porque la vi con ardiente anhelo de retirarse. Tiraba de mi brazo con fuerza, y sin darme tiempo más que para prometer a los desgraciados que intercederíamos en favor suyo, me sacó de las ruinas repitiendo: «Vámonos.. salgamos de aquí, si no quieres que me ponga mala».

 

Ep-32-VI -

De mediano talante estuve toda la mañana, pues el grato efecto de la visita al Castillo se me convirtió en amargura viendo a María Ignacia muda y cavilosa, metida en sí, cual si una idea pesimista esclavizara su pensamiento. Sagaz observadora mi madre, al pasar junto a nosotros, murmuraba: «¡Cuando digo yo que hay demonios!». Con su sombría tristeza efectuaba María Ignacia una violenta reversión a los días pasados; se parecía más a mi novia que a mi mujer; creyérase que se le disipaba la recién adquirida gracia, y que se extinguían los chispazos de inteligencia, volviendo a imperar el mohín de niña vergonzosa y la desapacible estolidez de los días en que se me propuso el casorio. De sobremesa, se me antojó romper el silencio que mi mujer y yo guardábamos, convencido de que callando no íbamos a ninguna parte, y de que las explicaciones razonables disiparían aquella nube. Y antes de que yo dijese lo que decir quería, me interrumpió Ignacia con esta observación: «Guapísima es la hija de Ansúrez, (p.6181) ¿verdad? No creo que exista en el mundo mujer más hermosa. ¿Qué dices tú, Pepe?

-Digo que es linda, sí; pero que con aquella suciedad y aquel vestir harapiento.. Quita allá, mujer.

-O eres tonto verdadero, o tonto fingido, Pepe, y a mí no me haces creer lo que has dicho. ¡Suciedad! Todo eso es música. No había de tardar mucho en lavarse y ponerse como una patena cuando lo necesitara.. Y a mí me parece que como la hemos visto luce más su hermosura. Parece una estatua, un cuadro no sé si de la Virgen o de alguna diosa muy al fresco y a la pata la llana.. Es la belleza en estado natural, lo mismo que Dios la crió. ¿No eran así las mujeres de la antigüedad, cuando nosotras no usábamos corsé, y ustedes los hombres no conocían los pantalones, y andábamos todos con trajes largos, túnicas o qué sé yo qué..?».

Al quedarnos solos, prosiguió María Ignacia de este modo: «Te aseguro que esa mujer me ha trastornado. ¡Qué quieres! empiezo a creer en el mal de ojo. De veras te digo que me cambiaría por ella, comprometiéndome a estar descalza toda la vida, mal cubierta de guiñapos indecentes, vagabunda, sin casa ni hogar.. siempre que adoptaras tú la misma vida, dejándote crecer las guedejas y cambiando tu condición de señorío por el oficio de vender burros o de componer calderos. Con tal de tener la cara de esa mujer y su cuerpo precioso, yo diría la buenaventura, y tú y yo nos ejercitaríamos en robar lo que pudiéramos. Puedes creerme que es verdad lo que digo. Dios, que ve los corazones sabe que no miento, que no me hago la romántica.. Mujer y esposa, estimo la hermosura como el mayor de los bienes: todo lo demás no vale nada».

El tema era gracioso; pero aunque intenté glosarlo con todo el ingenio de que yo podía disponer, no conseguí hacer reír a María Ignacia, ni sacarla de su tenebrosa melancolía. Como había comido poco y estaba necesitada de alimento y distracción, le propuse que fuésemos a dar un paseo por el camino de Riofrío, llevándonos una buena merienda. Aprobó mi madre este plan, y antes de las cuatro ya (p.6182) teníamos preparada una cesta con diversidad de fiambres y golosinas, la cual fue por delante, alternando en cargarla los chicos del confitero y Calixta; luego salimos mi mujer y yo con Tomasa y Rosarito Salado. La tarde se presentó calurosa, por lo que no andábamos muy aprisa, y requeríamos la sombra que las encinas y castaños proyectaban sobre el sendero a la falda del Padrón de Atienza. Media hora llevábamos de paseo, cuando advertí que de la parte de los altos de Barahona venía una nube parda con visos amarillos en sus rebordes desgreñados; avanzaba como fúnebre cortina que sólo cubría parte del cielo, pues hacia el Oeste brillaba el sol. La nube pareciome de las que traen mala intención, y esta sospecha fue confirmada por el sonar lejano de truenos hacia el Este. Felizmente llevábamos a prevención paraguas y sombrillas, y no faltaban por allí casitas en que guarecernos en caso de aguacero. «Me alegraré de que llueva», dijo María Ignacia, que de su mal humor se consolaba con las displicencias de la atmósfera, o en estas vio perfecta imagen del estado de su espíritu. Que la nube nos estropearía la tarde quitándonos el regocijo de la merienda, ya no podíamos dudarlo viendo los goterones que nos mandaba el cielo, y que caían estampando en el camino redondeles como piezas de dos cuartos. No tardó en deslumbrarnos un relámpago que de lo más próximo de la nube venía, y con el trueno que a poco retumbó, echonos el cielo una rociada de agua y viento que no nos dio tiempo a buscar abrigo. Ruidos en lo alto anunciaban estragos mayores; la lluvia era como un sin fin de látigos que nos azotaban. Rosarito se amparó tras una peña; guarecidos mi mujer y yo bajo una encina, vimos que empezaban a caer con las gotas confites de hielo, que tal parecía el granizo, primero del tamaño de cañamones, luego como garbanzos. Las exhalaciones, difundiendo en todo lo que alcanzaba la vista repentina claridad lívida, nos deslumbraban. «¿Tienes miedo?» pregunté a mi mujer; y ella me respondió: «Ninguno; que caigan las piedras como (p.6183) castañas es lo que deseo».

Sobrevino una clara, y quise aprovecharla para llegar hasta un caserío que veíamos a tiro de fusil. Emprendida la marcha, ¡María Santísima!, y cuando no habíamos andado un tercio del camino, estalló sobre nuestras cabezas formidable estruendo, y fuimos azotados de lluvia y piedra, que ya superaba el grandor de las avellanas. Apretamos el paso, defendiendo nuestras cabezas de los coscorrones del cielo, y pudimos alcanzar la casa más próxima en un momento verdaderamente angustioso, pues al llegar al amparo del edificio, ya eran nueces lo que con estruendo y vibración del aire caía.. Ante nosotros corrían los cerdos, las cabras, ávidas de refugio; corría también Rosarito con las faldas por la cabeza; y cuando llegamos jadeantes, apedreados y hechos una sopa, vimos que bajo el ancho balcón de la casa unas veinte o treinta mujeres, algunas con sus críos en brazos, puestas de rodillas en actitud luctuosa, invocaban al cielo con lamentos desgarradores, mezclados de oraciones, y con súplicas que en algunas bocas se trocaban en blasfemias. Nunca vi espectáculo más lastimoso, ni oí voces que más hondamente me sorprendieran y aterraran.. Como si el cielo, benigno en su fiereza, hubiera esperado a que estuviésemos en salvo para descargar sobre la tierra toda su ira, la terrible lapidación tomó fuerza aterradora: las piedras, cayendo en espesa lluvia, eran ya como huevos, y el suelo se vio pronto cubierto de aquel blanquísimo material. Algunas, como proyectiles lanzados por furibunda mano, rebotaban al caer y salpicaban en pedazos angulosos, estallando como rotos vidrios, y a la caída sonaban como un chasquido de huesos o de bolas de billar. Al compás de la furiosa pedrea crecía el gran vocerío de las mujeres, roncas ya de tanto pedir misericordia. A la Virgen invocaban unas creyéndola más compasiva, otras a San Roque, a San Antonio, o a la Santísima Trinidad, que era lo más seguro, y alguna voz que empezó rezando el Padrenuestro, lo acababa diciendo: «¡Señor, Señor, que esté una (p.6184) trabajando todo el año para que venga una cochina nube de ese cochino cielo a quitarle a una lo ganado!».. Y por otra parte oíamos: «Santos, ¿qué jacedes que esto consentides? Mala peste con vos y con el cura que no echa las aconjuraciones».. «Virgen del Pilar, acude pronto acá y libranos».. «San Roque, ¿a dónde vos metéis, santico, que estos cielos dejáis a los demonios?».. «Padre nuestro.. todo perdido, todo arrasado.. venga a nos el tu reino.. mi patatal que estaba como un verjel de Dios, y ahora.. el pan nuestro.. Perdición, Señor, perdición y vengan rayos».. «Jesús, Jesús, ¿aónde estás metío, señor Jesús de la cruz a cuestas?».. «Tiran coces los ángeles, y aquí nos mandan los cascos del pavimento celestial».. «Virgen, para, para; ya no más.. que nos morimos».. «¿Quién da patás en el cielo, y quién descuaja los afirmamentos y nos echa encima too este vridio?».. «¡Malhaya quien trabaja, malhaya quien trae criaturas al mundo! Santo Jesús, ¿no diz que sodes Pastor? ¿Por qué matas tu ganado? ¡Trocarte has en labrador para que no mandes truenos, ni esta encandilación de tufo de azufre, ni estos cantos de dos libras!».. «¿Qué pecado hicisteis, patatas mías; en qué habedes faltado, judías, tomates y lechugas?».. «Apóstoles y mártires, ¿qué enfado tenéis? Semos pobres, trabajamos para vivir, y nos dejáis en los huesos. Pelados huesos, ya no tenéis sino hebras de carne, y estas hebras los perros de la contribución vendrán a quitárnoslas. El niño no saca de nuestros pechos más que amargura, y el marido, si no le dan vino, quiere que seamos burras para el trabajo».. «¡Malhaya el mundo, malhaya el trabajo, ábranse las sepulturas!»..«¡Justicia caiga sobre los malos, no sobre los pobres, que meten su alma en la tierra!».. «Virgen pura, Madre nuestra, líbranos de todo mal perverso, quítanos el rayo y la piedra, amén, y guarece nuestros campos, amén, amén, amén».

En su consternación, no faltaron a la cortesía las espantadas mujeres, y nos abrieron paso. El amo de la casa nos dio un buen acogimiento en el lugar de más respeto, que era la (p.6185) cocina. Mi mujer contemplaba, por un estrecho ventanucho, el tremendo caer de piedra, y se divertía viendo a Rosarito y a los chicos correr en busca de los mayores guijarros de hielo y traerlos para que les tomáramos el peso. Algunas mujeres se recogieron junto a nosotros, enumerando con febril palabra los estragos causados por el temporal en sus huertos y plantíos. «¿Pero será verdad que lo habéis perdido todo?» -les decíamos. «Sí, señor Marqués y Marquesa, todo perdido, todo arrasado. Trabajamos para la nube, que se come nuestro sudor en tan intanto que se reza un credo. Lo mismo fue hace tres años.. La contribución, que nos la pidan a tiros, como el cielo nos afeita el campo a pedradas». Por disposición de Ignacia, Tomasa y Rosarito repartieron entre aquellos infelices el contenido de la cesta, y fue muy interesante ver cómo en breve tiempo las bocas de algunas mujeres y de los chicos dieron cuenta del copioso repuesto. El generoso aldeano que nos albergaba mandó recado a casa, a fin de que viniesen con socorro de vestidos para mudarnos. Despejose el cielo a las seis, y salieron las labradoras a buscar a sus hombres y a medir el aterrador destrozo de sus campos.

Vino a poco el Alcalde con el secretario Zafrilla y gente de mi casa para conducirnos al pueblo, como si fuésemos náufragos o aeronautas caídos de las nubes, y aunque en ello había más oficiosidad y adulación que justificado servicio, lo agradecimos. Mudados de ropa y puestos en camino, díjome Salado que, sabedor de nuestros caritativos sentimientos en pro de los refugiados en el Castillo, había dispuesto que se les dejase salir libremente, dispensados de los honores de la Guardia civil, y socorridos por cuenta del Ayuntamiento hasta Guadalajara. A esto dijo María Ignacia, reiterando su gratitud al Alcalde, que no bastaba permitirles la salida, sino obligarles a que salieran, antes hoy que mañana, pues tal gente vaga y sin oficio conocido no era el mejor ejemplo para un pueblo tan honrado como Atienza. En ello convinimos todos, y a este punto encontramos a Taracena presuroso, (p.6186) que también quería coadyuvar a nuestro salvamento. Mi mujer se adelantó con el cura, y Zafrilla con Rosarito, llevando de batidores a los expedicionarios de menor cuantía, y Salado y yo, a retaguardia de la caravana, charlamos un poco sobre la calidad y circunstancias que creíamos ver en los Ansúrez. Según D. Manuel, el padre es inteligentísimo en toda labor agrícola, y conocedor de cuanto hay en la Naturaleza, hombre de bien, en el fondo, pero echado a perder por las desgracias, por su descuido y falta de orden, y mayormente por la índole perversa de sus hijos, que si eran malos de suyo, la miseria los hacía peores. De Lucila no dijo más sino lo que ya sabíamos, que era una magnífica hembra. ¡Lástima que el padre no la vendiera! Venderíanla quizás sus hermanos si pudiesen, o esperarían unos y otro a llegar a Madrid, lugar de ricos compradores, que saben apreciar el ganado de calidad superior y no regatean su precio. «¡Vaya una res, compadre! -decía un poquito encandilado de ojos, parándose ante mí en mitad del camino-. Y puedo dar fe de que si mucho le falta de ropa, otro tanto le sobra de orgullo. No he visto mayor recato, ni menos tela en lo que debe taparse.

-Es que ahora viaja en calidad de estatua, y como tal estatua no repugna el desnudo, ni se deja querer.

-Pues no es de mármol ni de talla, Don José mío, que ayer le pude echar un pellizco y.. Por poco me pega.. Cuando llegue a Madrid, si antes no la roban, tendrá que ver esa ninfa después de un buen lavatorio.

-Yo me la figuro lavada y bien vestida, y.. me parece que pierde, quiero decir que estará menos bella.

-¡No, por Dios, D. José..! Yo me la imagino con ropa, y francamente..

-Vamos, le gustaría a usted ponerle ropa.

-Naturalmente, para quitársela».

No pudimos seguir porque mi mujer retrocedía con Rosarito, llamándome. Inquieto corrí hacia ella, entendiendo que se sentía mal. «¿De qué hablabais? -me dijo colgándose de mi brazo-. ¿Por qué se iban quedando atrás y a cada ratito se paraban? Alcalde, ¿podrá decirme qué cosas de tantísimo interés le (p.6187) contaba usted al marido mío?

-Señora -replicó Salado prontamente-, le hablaba de establecer en Atienza una fábrica de jabón.

-¡Jabón! ¿Y a quién quieren lavar? ¡Valientes pillos están ustedes! Vayan por delante y no se aparten mucho. Que yo los vea.. Y cuidado con secretearse. Ya saben que por lejos que se pongan, yo todito lo oigo.. y nada se me escapa, ¡cuidadito!».

 

Ep-32-VII -

Es Salado un trucha de primera, si falto de autoridad y luces para el gobierno de la ínsula concejil, sobrado de marrulleras habilidades para los enredos de campanario y los empeños de su egoísmo. Servicial y deferente con los poderosos y con todo el que ayudarle pueda en su privanza política, guarda sus rigores de ley y sus asperezas de carácter para los humildes sometidos a su vara, por una punta más dura que roble, blanda por otra como junco. Nada teme de los de abajo, infeliz rebaño de hombres sencillos, más embrutecidos por la miseria que por la ignorancia, los cuales bajo el falso colorín de una Constitución que proclama y ordena franquicias mentirosas, gimen en efectiva esclavitud. Nada teme tampoco de los de arriba, con tal que en la votada saque el candidato que se le designó, y se constituya después en agente o truchimán del diputado, del jefe político y del ministro, cualesquiera que sean los caprichos contra la ley o antojos contra la justicia que inspiren los mandatos de estas insolentes voluntades. Fuera de las infamias propias del oficio, que pocos ven, porque los que trabajan y sufren están ciegos, insensibles, y los que tienen luces y algún dinero huyen de los pueblos para refugiarse en Madrid, donde lo espacioso de la jaula garantiza relativamente la libertad y la dignidad cívica; fuera de esto, digo, Salado puede figurar entre los hombres corrientes, simpáticos, agradables, tan dispuestos para un fregado como para un barrido. Casado y con hijos, es mejor padre que esposo, y mejor Alcalde para sí que padre para el pueblo que administra.

Sigo contando. Cerca ya de la Puerta de Antequera, salió el sacristán de San (p.6188) Gil, apodado el Né, a contarnos la más lastimosa ocurrencia entre las innumerables, cómicas y trágicas, que produjo el pedrisco. Pasando por alto las gallinas y pollos ahogados, el cerdo que perdió el uso de la palabra, quiere decirse del gruñido, la burra que en los momentos de pánico se metió en la iglesia y no paró hasta la sacristía, la desaparición de cabras, cabrones y carneros; omitiendo asimismo la rotura del brazo de la Tía Mortifica, las descalabraduras de otras viejas, las caídas de ancianos y tullidos que por su calidad de pordioseros representaban menos valor que los animales, puso el narrador toda su labia en referirnos el grave estropicio de D. Ventura Miedes. Bajaba el benéfico sabio de socorrer a los Ansúrez (y consta que les llevó tres libras de peras y una botella de tostadillo) , cuando fue sorprendido del temporal, y si él apresuraba el paso para evitar la lluvia y los coscorrones, más prisa se dieron las piedras en caer furiosas, creciendo de volumen a cada segundo. Arrebatado de su cabeza el sombrero por una racha, fue a parar a la veleta de la torre de la Trinidad. Hallábase el pobre D. Ventura en lo más desamparado del cerro, sin ver en derredor suyo árbol ni cueva, ni pedazo de muro en que guarecerse, y en esto las piedras como huevos de gallina, de los de dos yemas, le caían sobre el cráneo y las sienes, aporreándole sin ninguna compasión. Una, mayor que las demás, como huevo de pava, le dio con fuerza y se rompió en cascos de hielo; vino luego un canto que más bien parecía ladrillo, y al tremendo golpe perdió el sentido D. Ventura, y cayó rodando por el suelo hasta dar en un hoyo, donde aún el cielo despiadado siguió apedreándole como los gentiles a San Esteban.

Presenciaron esto desde el pórtico de Santa María unos mendigos; mas no pudiendo socorrerle, dieron voces, que con el estrépito de la granizada oír no pudo ningún cristiano. Pasado había la tormenta y ya lucía el arco iris, cuando fue descubierto el infeliz Miedes hecho un ovillo entre montones de granizo, y le recogieron medio (p.6189) helado y casi difunto, llevándole a su casa en una burra, a la manera de los sacos que van al molino, la cabeza cayendo por un lado, los pies por otro. Visto y examinado del médico D. Pascual Pareja, dijo este, según nos refirió el Né, que las abolladuras hechas en el casco por las piedras eran de cuidado; pero que la mayor gravedad estaba en los propios sesos, de la conmoción y el derramen. Grande fue nuestra pena por el accidente del anciano sin ventura. Ignacia me dijo: «Día que empezó tan mal no había de concluir sino con esta sarta de calamidades horrorosas».

Habríamos corrido a casa de Miedes si no estuviese muy cerrada ya la noche y no sintiéramos tanta prisa de vernos junto a mi madre. En casa, el fenómeno meteorológico no había causado ningún desperfecto grave. Describiendo con pintoresco estilo la lluvia de piedra, mi madre nos dijo que creyó ver la espadaña de San Juan volando por los aires y estrellándose sobre nuestro techo. Cenamos, y María Ignacia, rendida del cansancio, se durmió con sueño tranquilo, Por la mañana despertó gozosa, poseída de un cierto ardor de beneficencia, y me propuso socorrer a las víctimas del temporal. «¿Y de los del Castillo qué se sabe? -me dijo risueña-. A esos no los parte un rayo. Si se van hoy, debemos favorecerles, y fuera de aquí arréglense para vivir con las mañas que usan; que llevando algún dinero serán mañas menos malas». Pareciome esta observación la propia sensatez, y sobre lo mismo hablábamos después del desayuno, cuando nos avisaron que el Sr. Ansúrez, a punto de partir, quería despedirse de nosotros y darnos las gracias. No quisimos hacerle esperar, y encontramos al celtibero, secundum Miedes, con uno de sus hijos en la cocina, donde ya mi madre nos había tomado la delantera, llevando dos hogazas, un manojo de cebollas y un cesto de ciruelas, para obsequiar a la trashumante familia. Por cierto que en aquella segunda entrevista, hubo de parecerme aún más gallarda que en la primera la figura del viejo Ansúrez, y su rostro más impregnado de exquisita nobleza. Sus elegantes actitudes (p.6190) no desmerecían con la pobre vestimenta del coleto burdo, el remendado calzón y las abarcas de cuero. Su afable sonrisa, su despejada frente, sus cabellos blancos, todo el conjunto de su vejez vigorosa me hacían el efecto de ver reproducidos en él los caballeros de remotas edades, que seguramente no irían mejor vestidos, ni hablarían con más entonada y cortés gravedad. Su hijo Gonzalo, que en realidad veíamos por primera vez, pues en nuestra visita de la mañana anterior dormía, era una hermosa figura juvenil, el rostro ennegrecido, los ojos con llamas, la mano poderosa, el desplante galán y altanero.

«Queremos -dijo el padre sin extremar la inclinación del cuerpo-, despedirnos de Sus Excelencias y ofrecernos para cuanto hayan menester de nosotros en estas o quellotras tierras.. Manden lo que gusten, que si por nuestra pobreza no podemos servirles en acordancia con lo que son Sus Mercedes, válganos por lo chico del servicio lo grande de la voluntad».

A mi pregunta de si pensaba la tribu trasladarse a Madrid, contestó que él trataba de mantener a toda la familia en un haz y llevarla por un solo rumbo; pero que esto no sería fácil, y tendrían que dispersarse tomando cada cual por los caminos a que le llevasen sus diferentes querencias. «A todos mis hijos -prosiguió-, ha puesto el Señor mucha sal en la mollera, tanto que del rebosamiento de tanta sal han venido sus desafueros y las maldades de algunos. Y con la sal abundante les puso el Señor inclinaciones fuertes, a cada cual para lo suyo. A Gonzalo, que está presente, le tira la milicia, pero la milicia libre, que no hallará mientras no salten otras guerras como las pasadas; a Diego le tira la mar, de quien se enamoró en cuanto la vido en la salida del Ebro por los Alfaques, y tanto es su amor de las aguas, que en ellas se metería dentro de un zapato para ver toda tierra descubierta o por descubrir; a Gil le llama el mando, la guapeza, y no es capitán de bandoleros, porque eso no trae cuenta con tanta Guardia cívica que tenemos ahora; a Leoncio le tira la cerrajería fina, o sea el amañar (p.6191) armas de fuego, y llaves tan sutiles que con ellas no pueda cerrar y abrir quien no tenga el secreto; y si de Rodriguillo no diré, por razón de su corta edad, que está ya bien clara la inclinación, pienso que le tira la música, o el arte de sacar coplas y de componer lo prosaico con buena concordancia. Si unos irán con gusto a Madrid, otros quieren más campo, más aire y espacios grandes. De mí digo que me tira Madrid, porque habiendo padecido trabajos y agonías debajo del trillo, que con esto comparo al Gobierno y Fisco que nos aplastan, antes que ser la espiga que está debajo, quiero ponerme donde va el trillador, y ayudarle a llevar la máquina, si me dejan. Créanme los señores excelentísimos: mejor que ser la liebre guisada, es ser el cocinero que la guisa, ya que no sea uno el rico que se la come. Feo y mal mirado es el oficio de verdugo; pero vale más ser ejecutor de la justicia que ajusticiado. Labrador fuí, y los mejores años de mi vida me los entretuvo y gastó el amor de la tierra; mas desengañado ya y harto de fatigas sin fruto, digo: «¡Adiós, tierra, con doscientos y el portero!».. A mí me han molido, me han zarandeado, y me han quitado una y mil veces lo que gané con mi sudor. Déjenme ahora maldecir y renegar del diezmo, de la primicia, del voto de Santiago, del apremio, del montonero, del embargo, de la mano muerta, de la mano viva. ¡Arre allá por cepas! Más vale saber que haber. Váyanse al demonio el alcalde, el jefe político, el regidor decano, el síndico personero, el agente de apremios, el recaudador, el fiel de fechos, el escribano, el alguacil, el del fielato, el pontonero, y cuantos tienen autoridad del Ministro para abajo. Pues ahora quiero yo vengarme, o como se dice, ponerme encima, y ya que mis espaldas saben a lo que saben los golpes, sepa también mi mano a qué sabe tener el palo, y con el palo licencia para pegar de firme.

-Comprendido, Sr. Ansúrez -dijo mi madre risueña-: lo que usted quiere ahora es un destinito. Vaya, vaya: es tonto y pide para las ánimas.

-Destino tendrá -afirmó María Ignacia, que encontraba (p.6192) graciosas las cuitas y las ambiciones del buen Ansúrez-. Y si, como dicen, es usted leído y escribido, bien podrá entrar en una oficina.

-Más que oficinante, me gustaría ser guarda de Sitios Reales, administrador de un pósito.. verbigracia, o almacenero de los tabacos de Su Majestad.

-Vaya, vaya -dijo mi madre-; aquí viene bien lo de aún no ensillades y ya cabalgades. Pepe, ya puedes recomendarle..».

Preguntado si tenía relaciones en la Corte, o si en su larga vida había hecho conocimiento con alguna persona de viso, que ahora le pudiera favorecer, contestó que su estrechez y desgracia no le han traído más que conocimiento de gente miserable, pues por algo se dice: en cama angosta y en luengo camino no hallarás amigos.

En este punto de la sabrosa conversación, precipitose mi mujer con esta pregunta: «Ya sabemos que a uno de sus hijos le tira el mar, a este la milicia, al otro la música, a usted le tira Madrid; ¿y a su hija Lucila, qué le tira?

-Mi hija tira al monte, quiero decir, a las grandezas -replicó el viejo-, como si de padre y madre coronados hubiera nacido esa criatura; y aunque Sus Mercedes la ven tan extremada en el trajín pobre, vistiéndose por la moda de las imágenes, es que gusta de pintar la grandeza con la rematada pobreza, por aquello de parezco nada para serlo todo.. Tiene buen natural, eso sí, y a compasiva no le gana ni Santa Leocadia.. Pero yo quisiera que si vamos a Madrid, encontráramos para Lucila un buen recogimiento al lado de señoras maduras y sentadas que la enseñaran la gobernación de casa humilde, y le quitaran de la cabeza la idea de que vuelven al mundo las hembras guapas de la idolatría.. no sé explicarme..

-Lo entendemos muy bien -observó mi madre-. Esa niña de usted, según me dicen, es como si viniera de gentiles, o nos quisiera traer la moda del tiempo en que eran vivas las estatuas.. ¡Buena pécora será la muchacha si no la curan de esa manía!.. Pero mis hijos le darán a usted cartas de recomendación para que en Madrid halle donde colocarla (p.6193) honestamente».

Esta idea sugirió a mi mujer el propósito de formular las recomendaciones inmediatamente, ansiosa de mirar por la errante familia. Sus nervios disparados no admitían espera, y que quieras que no, tiró de mí y arriba me llevó para que escribiera las cartas. «¿Pero a quién he de escribir, mujer?..

-A tu familia, a tus amigos, a Eufrasia, a tu hermana Catalina..

-Creo -le respondí-, que recomendándola a mi hermana no será preciso molestar a nadie. Lo que no haga Catalina no lo hará ni el propio Narváez».

Obediente al caprichoso estímulo de María Ignacia, forma de un recelo que locamente la inquietaba, cogí la pluma y empecé la carta. Mi mujer miraba por encima de mi hombro lo que yo escribía; y viéndome indeciso en los términos de recomendación, me apuntó resoluciones y fines concretos: «Diles claramente, y encárgales con gran interés, que la metan monja.

-Pero, mujer, falta que tenga vocación.

-La vocación se hace.. ¡Qué tonto eres! Monja, monja, que no hay como la disciplina del claustro para domar a estas que dan en la flor de vestirse por los figurines del Paraíso Terrenal. Así evitará su perdición y la de muchos hombres. Ponlo, ponlo bien claro.. Que nos interesamos por esa joven; que deseamos su ingreso en un convento de regla muy estrecha..

-¡Pero si no tiene dote, y ya sabes que sin dote es difícil..!

-Yo la dotaré. Ponlo clarito: eso hace mucha fuerza».

 

Ep-32-VIII -

Pues Señor, escribí la carta conforme al deseo de mi mujer, y cuando bajamos y la dimos al interesado, Taracena, que a la sazón llegaba, vaticinó al viejo Ansúrez y a su hijo dichas y grandes medros por nuestra protección. «No han tenido poca suerte en caer acá -les dijo-, y en la coyuntura de hallar en Atienza a los señores Marqueses. Digan que les ha venido Dios a ver, porque de estas gangas caen pocas.

-Ya lo sabemos, y yo doy gracias a Dios por esta bienandanza -replicó Ansúrez-; que después de tantas perrerías de la suerte, alguna vez habíamos de pelechar. Y la dicha será completa si Su (p.6194) Excelencia pone en la carta, a más de lo tocante a la hija, alguna buena exhortación para los señores que podrían colocarme.

-Pepe, hijo mío -dijo mi madre-, puesto ya en eso del recomendar, escríbele a Sartorius, o al propio D. Ramón Narváez».

A esto observó María Ignacia que si mi hermana tomaba bajo su santa protección al buen Ansúrez, no necesitaba este de nadie, pues los mismos San Luis y Narváez con todo su poder de relumbrón, quedan hoy muy por bajo de Sor Catalina y de las otras monjas sus compañeras, las cuales, a la calladita, llevan su influjo a todos los ramos, y a la mismísima Superintendencia de Palacio y Sitios Reales.

Oyó esto con viva satisfacción el padre de la tribu, y D. Juan Taracena, dándole una palmadita en la rodilla, le dijo: «Alforjero te llaman, no porque las haces, sino porque las llevas; bragado, porque no hay quien te tosa; hidalgo, porque lo pareces. Tú te abrirás camino, y como las monjas interesen por ti a Narváez, cuéntate colocado». Y volviéndose a nosotros, agregó: «¡Quién sabe si el Espadón, con ese ojo certero que tiene para descubrir aptitudes, encontrará en este viejo ladino y fuerte el auxiliar de sus grandes ideas!

-Señor clérigo, no se burle de estos pobres -murmuró Ansúrez con humildad que no debía de ser muy sincera.

-¿Qué idea tiene usted de Narváez? -le pregunté yo-. ¿Cree que si se presenta al General con carta o recadito de mi hermana, pidiéndole un destino, le recibirá bien, o te dará un sofión, que bien podría ser un par de palos?

-Señor -replicó Jerónimo prontamente-, creo que me dará los palos.. y después de los palos el destino que se le pida.

-Vamos, que no le falta penetración. ¿Ha visto a Narváez alguna vez?

-No, señor; pero por lo que oí contar de ese sujeto, tocante a sus guerras y a la política, he venido a conocer que el hombre es fuerte y bueno, que pega y favorece.

-¡Sopla, sopla, que vivo te lo doy! -dijo el Cura sacudiéndose los dedos como quien se ha quemado-. Pues no afila poco el tío. Basta de examen y démosle la borla de doctor in utroque. Váyase (p.6195) pronto a Madrid, alforjero, que si no le falta alguna cualidad de las que son precisas para vivir entre gentes, pronto encontrará su acomodo.. Y como los hijos salgan al papá, no es floja la plaga que va a caer sobre la Administración Pública.

-Y si conforme llega cansado y viejo -observó mi madre-, llegara en la flor de la edad, lo que es este se metía en el bolsillo a todo el Madrid pretendiente.

-No me hagan mofa, señora y caballeros. No es sino que por luengos años estudié en el mejor libro del mundo, que es la tierra. Sé cómo viene el fruto, y cómo se pierde; sé que una cosa es sembrarlo y otra comerlo, y de dónde salen las manos que cogen lo que no sembraron. Pues con estas lecciones y experiencias, y con la continua desgracia, que a los más torpes nos hace abrir el ojo, acaba uno por saber más que Merlín».

Como le echase mi madre un sermoncillo cariñoso, haciéndole ver que no hallaría la fortuna fuera de los caminos de la virtud, de la honradez y del santo temor de Dios, el patriarca celtíbero se sacudió las moscas con esta donosa frase: «Yo quiero ser honrado; siempre lo he querido; pero ¿quién es el guapo.. a ver, que salga ese guapo.. que ajusta y acorda el querer con el poder? Y yo digo también a los señores: el que de Vuestras Excelencias, grande o chico, sepa y pueda vivir entre tantísimas leyes divinas y humanas sin poner el dedo en la trampa de alguna de ellas para escaparse, que me tire todas las piedras que encuentre encima de la haz de la tierra.

-Yo se las tiraría -dijo mi madre con profunda convicción-, si la doctrina cristiana que profeso, sin trampa, entiéndalo, no me prohibiera descalabrar a mis semejantes».

Reímos todos esta sincera y valiente salida; riose también Ansúrez, y despidiéndose muy agradecido del bien que le habíamos hecho (añadidos a la carta y hortalizas algunos dineros) , salió de casa con su hijo. Según mi criado Francisco, que acompañó a la tribu hasta la salida del pueblo, partieron todos antes de mediodía.. Acabando nosotros de comer, vino el Alcalde con el triste cuento de que el bonísimo (p.6196) Miedes iba de mal en peor, por lo cual el médico había mandado que le sacramentaran. Si sobrevenía la muerte, cosa muy de temer en su edad y con aquel endiablado achaque cerebral, cogiérale prevenido y bien aligerado para el final viaje. Por deseo de ver y consolar al pobre señor, y suponiendo además que carecería de lo más necesario, resolvimos visitarle mi mujer y yo. Mi madre, que es la misma previsión y no pierde ripio para sus actos de caridad, nos advirtió que despacharía por delante, y así lo hizo, un buen codillo de jamón y obra de dos libras de carne, porque el puchero que tendría puesto la Ranera habría de dar caldos de los que sirven para bautismo de cristianos.

Vivía el buen Miedes en el barrio más pobre, más excéntrico y solitario de Atienza, en antigua y fea casa del primer recinto, apoyada en el muro de base celtíbera, romana o agarena. La distancia no larga que la separaba de nuestra vivienda, nos pareció enorme por la desigualdad de rasantes y el empedrado inicuo, reproducción exacta de los pavimentos del Purgatorio. En la soledad lúgubre de aquella parte de la villa, las casas son como tumbas abiertas, deshabitadas de muertos, y que se arriman unas a otras para no desplomarse. Preguntando a unos niños que pasaban comiéndose el pan de la merienda, dimos con la morada del sabio. Un zaguán largo y estrecho, de empedrado piso con hoyos, conducía de la puerta a la cocina, dando ingreso por izquierda y derecha a diferentes estancias, la cuadra con pesebre vacío, el camarín de la Ranera, y algo más que no vimos: una escalera de palo sin pintar, de color sienoso, como teas que piden lumbre, y festoneada de telarañas, conducía desde el zaguán al salón alto, que era en una pieza biblioteca y alcoba, separadas hasta media pared por tabique de mal juntas tablas que nunca vieron pintura, y sí papeles pegados, suciedades de moscas y otros bichos. Imposible describir el desorden de aquel local, émulo del Caos la víspera de la Creación. Los libros debían de ser semovientes, y en el silencio de (p.6197) la noche se pondrían todos en marcha, subiéndose y bajándose de estantes a mesas y del techo al suelo, como ratones sabios o cucarachas eruditas que salieran a pastar polvo. Los grandes estaban sobre los chicos, y algunos abiertos yacían hojas abajo sobre el suelo, mientras otros, hojas arriba, aleteaban subidos a increíbles alturas. No podíamos explicarnos cómo andaba el tintero con sus plumas de ave, acompañado de una pantufla, por los huecos de un estante vacío, mientras se arrastraba por el suelo el velón, entre dos tomos de las Antigüedades de Berganza con las hojas manchadas de aceite.

El otro departamento, dormitorio del sabio, era como trastienda o sacristía de la biblioteca, llena también de libros, que asomaban en montones desiguales por debajo de la cama, o servían apilados para colocar objetos pertinentes al servicio de alcoba. Allí vimos, entre las polvorientas masas de papel, un cuadro de pintada talla que me pareció pieza de mérito, un monetario, algunos trozos de cemento romano, y pedazos de mármol con inscripciones y garabatos ininteligibles. Y allí vimos también, como gusano dentro de su capullo, al gran D. Ventura, tendido en el lecho debajo de una colcha que en su juventud fue blanca rameada de rojo, la cabeza casi invisible de los vendajes que la oprimían, los brazos fuera, vestidos de amarillenta lana, todo él con aspecto tan fúnebre, que al echarle la vista creímos que estaba ya muerto. Tras de nosotros entró la Ranera, señora de edad muy alta, con pañuelo negro liado a la cabeza, saya y jubón de estameña, los pies en abarcas, la cara como pergamino, los ojos, pitañosos de su natural, en aquella ocasión ribeteados del grandísimo duelo por la inminente defunción de su amo; y después de mirar al demacrado D. Ventura, que no remuzgaba ni se daba cuenta de nuestra visita, nos dijo sin recatarse de bajar la voz, como es usual etiqueta ante moribundos: «Muy malo está el pobrecito, y el rostril lo tiene ya como un terrón de tierra. Dende que cayó, no se le han vuelto a encajar en su sitio los sesos, que con los (p.6198) porretazos de la piedra se le desengonzaron, y ni come ni duerme, ni habla cosa denguna con juicio.

-¿Pero qué dice el Médico, señora Ranera; qué ha recetado? ¿Y usted qué dispone?

-¿Qué ha de recetar D. Pascual más que traerle la Majestad? Y tocante a comida, ¿para qué enciendo lumbre, si ya no le hace falta más que el pan del cielo, y este lo trae el Cura? Pues yo, que todo lo presupongo, vengo ahora de comprarle la mortaja, y no encontré más que una en casa del Pocho; pero tan corta, que no le llegará ni tan siquiera al tobillo, según es mi señor de larguirucho.. A pegarle voy un pedazo de estameña que tengo, del mesmo color franciscano, de una saya de mi difunta güela, y con ello quedará mi cadáver bien adecentado de pie y pierna».

En esto, y antes que pudiéramos expresar a la maldita vieja el horror que nos producía, despertó D. Ventura, o más bien se recobró un tanto de la somnolencia febril, y revolviendo en torno sus miradas, sin mover la cabeza, dijo con apagada voz de lo profundo: «Llevo lo menos seis días durmiendo, y ahora con tanto dormir no veo claro, ni me ayuda el discurso. Dime, Ranera: ¿quién son estas venerables personas que han entrado y me están mirando?

-Válgame Dios; ¿pero no conoce a los señores Marqueses?.. Y ahora entra el señor Cura, que no podía venir en mejor coyuntura. Vea, señor, que no está ya para más visitas que la de D. Juan, ni para requilorios de comistraje y golosinas. Déjese de vanidades, y piense en lo que más le importa, que es la salvación. Apañado está si despide al Cura con cuatro bufidos, como esta mañana..».

Sin atender a lo que la Ranera decía, más bien como si no lo escuchara, volviose Miedes hacia el párroco, moviendo todo el cuerpo dentro de las sábanas como si intentara levantarse, y animándose de mirada y gesto, soltó la voz a estas peregrinas razones: «Curángano, ya te dije que no tenías para qué venir acá. Soy celtíbero: ¿no sabes que soy celtíbero, de la familia de los Pelendones celtiberorum, que dijo el amigo Plinio, o más bien de los (p.6199) Turdimogos, que vivían de la parte del valle de Valdivielso?.. ¿Y no es sabido que por el lado materno vengo del propio Cáucaso.. y que mi abuela era de la familia de los Istolacios?.. Soy Miedes, que es lo mismo que decir Cuerno.. pero este cuerno no es otro que el símbolo de la inmortalidad.. ¿Qué vienes tú a buscar aquí, curángano de Atienza, que es como decir Tutia? Yo nací en Numancia: digo, en Comphloenta.. tampoco; digo, en Quintanilla de Tres Barrios, que es un pago de San Esteban de Gormaz.. Yo no soy de tu Iglesia, pues soy celtíbero.. Vete.. Que te vayas.. Señores Marqueses, llévenselo, si no quieren que le tire a la cabeza esta sagrada pantufla..».

Tratamos de sosegarle con cariñosas expresiones, y de traer a vías de razón su descarriado entendimiento: todo inútil. Con el Cura y con la Ranera no quería cuentas. Yo, a fuerza de perífrasis, logré de él alguna docilidad de pensamiento haciéndole comprender que no perdía nada con prepararse, sin que ello significara peligro de muerte, y cogiéndome la mano con la suya pegajosa y fría, me dijo: «D. José mío: porque usted no se enfade, me confesaré; pero que me traigan un druida, porque si no me traen un druida, ya ve usted que no puede ser.. Es mucho cuento. Yo digo que cada uno vive y muere al son de sus creencias.. Yo adoro al Dios desconocido, y le tributo mis homenajes en el plenilunio.. Tú, Juanillo Taracena, a quien he conocido mocoso y descalzo, con el calzón agujereado por las rodillas, trayendo leña y carbón del monte, tú no eres druida, tú no has cogido el muérdago.. ¿Qué tengo yo que ver contigo ni con tu negra hopalanda?».

Opinó Taracena que no debíamos insistir. «Es un santo -nos dijo-, y si Dios le ha privado de juicio en esta hora última, será porque le tiene ya por suyo. Dejémosle, y si del descanso sale un ratito lúcido, le traeré fácilmente a la razón». Para ver si llevándole el genio se le despejaba la cabeza, le aseguró que él, sacerdote cristiano, era también druida, y que practicaba el rito celta en los plenilunios o (p.6200) fiestas de guardar. Después le habló de sus amigos los vagabundos Ansúrez, lo que fue gran despropósito, porque con este recuerdo y encadenamiento de ideas nuevas con otras rancias y arraigadas en el meollo del sabio, se disparó más y acabó de quitar el freno a sus furibundos disparates. «Tú, pastor Taracena -dijo con gran desvarío de miradas, trabamiento de lengua y agitación de manos-, me declaras la guerra, porque me has visto perdidamente enamorado de la hermosa Illipulicia, hija del rey Zuria o Zuri, que a mi parecer es familia que ha venido de la Troade, vulgarmente Troya, destruida por los griegos.. Teucro engendró a Tros, y Tros engendró a Ilo, fundador de aquel pueblo, al que dio el nombre de Ilium. De allí procede esta preciosa niña, quien de sus abuelos tomó el dulce nombre de Illipulicia, que es como decir Estrella del Reino. A esa divina estrella insultaste tú, clerizonte, diciéndonos que no se había lavado desde que a nado pasó el río Scamandro para venir aquí. Tú sí que no te has lavado, sucio, desde que te echaron el agua del Bautismo.. Pues el bellaco de nuestro alcalde te dijo: «¡Juan, vaya una hembra! ¡Y es de la casta fina de amas de cura!». Tú te echaste a reír como un sátiro, y yo que oí estas infamias, resolví amar a Illipulicia y hacerla dueña de mi albedrío para defenderla contra vuestras artes seductoras.. Atreveos, disolutos; acercaos, viciosos. Rabiad, rabiad, que vuestra no ha de ser, aunque vengáis con todas las redes y anzuelos infernales.. Los cuernos del dios Ibero la protegen.. y el cuerno sacro soy yo, yo, Buenaventura Miedes. Illipulicia es la virginal sacerdotisa, la diosa casta, en quien está representada el alma ibera, el alma española.. Ella es mi dama, o como quien dice, mi inspiración, o llámese musa, y siendo ella el alma hispana y yo el historiador, engendraremos la verdadera Historia, que aún no ha salido a luz. Y como la Historia es la figura y trazas del pueblo, ved a Illipulicia en la forma de pueblo más gallarda.. Sabed que todo pueblo es descalzo, y que la Historia es más bella cuanto más desnuda, y (p.6201) cuanto menos etiqueta de ropas ponemos sobre su cuerpo.. Con que, vedme aquí enamorado de ella, y rejuvenecido con este amor. Rabiad, vejetes caducos, de verme tornado a la mocedad florida.. Soy un joven lozano y fresco..».

Por señas me indicó Ignacia que no podía resistir más tiempo ni aquella atmósfera nauseabunda, ni el espectáculo de tanta miseria unida a tan lastimosos extravíos de la razón. Salimos a respirar aire puro, y paseamos por las calles visitando y admirando una vez más las incomparables iglesias románicas de la villa, reliquias espléndidas y tristes que nos hablan poético lenguaje. Ya conocíamos las bellezas de Santa María y la Trinidad: empleamos la tarde en explorar los mutilados restos de San Bartolomé y de San Gil, no sin que amargara nuestros goces el melancólico recuerdo de D. Ventura, porque de él habíamos aprendido a entender y saborear el divino arte de aquellas piedras.

 

Ep-32-IX -

Al pasar de nuevo por la casa de Miedes, vimos en la puerta a la tía Ranera, dentro de un círculo formado por otras vejanconas y unos arrapiezos de la vecindad. Con diligente afán cosía en la mortaja el pedazo de estameña que faltaba. «Está igual o pior -nos dijo-, y tan disparado del caletre, que discurre lo mesmo que un molino de viento. El médico ha prenosticado que si le repite el arrebato de pintarla de galán, poniéndose negro del golpe de sangre en la cabeza, en él se quedará como si le retorcieran el pescuezo.. Ya ven los señores que me estoy dando priesa, y para tenerlo todo aparejado y que no digan, también he traído las velas.. ¡Pobre señor! era el primer cristiano de la cristiandad, más bueno que San José bendito.. ¡Vaya por lo que le ha dado ahora, al cabo de los años!.. ¡Por enamorarse de la que llama la princesa Filipolida, que según dicen es una puerca, y viste a la similitú de las gitanas! Dios le lleve a su gloria, que bien se la merece, y perdónele aquesta ventolera, por no ser pecado, sino locura. No: no peca un hombre para quien fue siempre más amoroso el pergamino de los libros que el pellejo fino de (p.6202) mujeres, y a la suya propia, la Bibiana Conejo, que de Dios goza, no le decía jamás cosa denguna, aunque era tan limpia que se lavaba las manos con jabón de olor.. así le trascendían a claveles.. ¡Y el que despreció a la que tan bien golía, como que se mudaba los bajos cada semana, y de camisa siempre que bajaba a la villa, que entonces vivían en Bochones, ahora se trastorna por una que anda como la Madalena, hermana de unos tales vagamundos.. que según dicen, no se puede entrar a ellos, porque el fetor de cuadra da en la nariz!.. ¡Lo que una vede, Señor! Y era tan simple mi amo y tan arrebatado de su caridad, que toda la despensa de casa, donde siempre hubo de cuanto Dios crió, verbigracia, cebollas, pan y vinagre, iba a parar al Castillo, y aquí están estas mis encías con telarañas para dar testimonio de las hambres que pasé.. Pero, al fin, esos diablos de los infiernos se han ido ya, y mi Don Ventura subirá esta noche al Cielo, donde le darán su puesto entre la sinfinidá de arcángeles. Váyanse ya tranquilos los señores a su casa, y díganle a Doña Librada que mi amo es concluido. Ahora quedaba porfiando que ha de volverse mozo, y entre el albéitar y D. Juan el cura no lo podían asujetar.. Luego entrará en la agonía, y por mucho que tire no ha de pasar de las diez de la noche. Vaya por él y su descanso este Padrenuestro.. «Padre nuestro..». Rezaron todos, viejas y chiquillos, y mi mujer y yo nos retiramos angustiados ante tan aterrador ejemplo de la miseria humana. A la mañana siguiente, supimos que el buen Miedes había expirado al filo de media noche. Fuimos a misa todos los de casa, y mi madre dispuso costearle el entierro y funeral.

Difícil me será explicar la pena que sentí en los días siguientes, no sé qué vacío en mi alma, como si la desaparición del sabio me afectara más de lo que lógicamente correspondía, un desconsuelo de lo pasado fugitivo, un temor de lo futuro incógnito. Mi mujer, restablecida en su equilibrio nervioso, ocupábase con mi madre en formar lista y presupuesto de las limosnas que habíamos de (p.6203) repartir en el pueblo y sus arrabales, como tributo reclamado a nuestra sobrante riqueza por la necesitada humanidad, con lo que satisfacían nuestros corazones un generoso anhelo y se cumplía la ley de nivelación económica, o al menos poníamos de nuestra parte la intención de cumplirla. Intacto estaba el repuesto de onzas que habíamos traído de Madrid, y ante tales tesoros lanzábase mi madre con grande espíritu a los más atrevidos cálculos de caridad, reflejando en su rostro todos los esplendores de la Bienaventuranza. «Gracias doy a Dios -nos dijo una mañana la santa señora, viendo a mi mujer muy afanada en escribir los listines de limosnas-, por este favor inmenso de veros socorrer delante de mí tanta miseria, y os juro que no gozaría más si lo hiciera yo misma con mi hacienda propia. No hay vida más ejemplar que la del que cultiva los campos, porque toda ella es sacrificio y paciencia, de que no tenéis idea los ricos que vivís y triunfáis en las ciudades. Mala es hoy la condición del labrador rico, agobiado de contribuciones y gabelas, y expuesto a que se lo coman, al menor descuido, los viles usureros; pero la del labrador pobre, que apenas saca para el sostén de su familia y animales, es mucho peor, como que vive de milagro; y nada quiero deciros de los que no poseyendo más que sus cuerpos se atienen a un jornal, cuando lo hay, que estos son como esclavos propiamente».

La idea que expresó María Ignacia de socorrer a los que habían perdido sus cosechas por el pedrisco, entusiasmó a mi madre, hasta el punto de saltársele las lágrimas. «Bendito sea tu corazón piadoso, hija mía, y el tino que tienes para todo -le dijo-. No podías pensar cosa más acertada.. Poned, pues, en la lista a los infelices que en aquella calamidad perdieron su esquilmo; pero no debéis olvidar a otros tan desventurados como aquellos, o más, si me apuran; que si malo fue el pedrisco que presenciasteis y que quitó la vida a nuestro pobre D. Ventura, peor fue la horrible seca de este año, la cual asoló tanto, que muchos no pueden llevar a las eras más que un (p.6204) puñado de espigas. Yo que les conozco a todos, os diré cómo habéis de hacer la distribución, para que no queden desigualados en el beneficio y sea el socorro conforme a necesidad. A los que perdieron sus patatales y el sembrado de judías y menudencias, les asignaréis doblón de a cuatro, o doblón de a ocho, según tengan más o menos familia de hijos y animales.. De todo este contingente puedo yo daros razón.. Y a los que no trillan, por causa de la sequía, ni un tercio de su cosecha, les señalaréis a onza por barba. ¡Ay, hijos míos, no conocéis del campo más que las galas con que se viste por estos meses! Quedaos por acá y veréis la cara que pone cuando se desnuda de todas las alegrías verdes y se recoge para preparar las fatigas del año próximo. Ya habéis visto que el invierno asoma el hocico por los altos de Sierra Pela. Los hogares ya quieren lumbre, y los cuerpos echan mano de cualquier trapajo para abrigarse. Pues imaginad qué días esperan a esa pobre gente que no tiene trigo para pan, ni patatas, ni dinero con que proveerse de ello. Dios que no abandona a sus criaturas, si mandó sequía y granizo para probar la conformidad de estos pobres esclavos del terruño, os mandó luego a vosotros, hijos míos, para traer el remedio, y seréis el uno el arco iris que aparece después del Diluvio, la otra la paloma que viene con el ramo de oliva en el piquito».

Paloma y arco iris nos pusimos a formar la nueva estadística con los datos que nos daba mi madre. Otra tarde nos dijo: «También en el pueblo tenéis dónde emplear lo mucho que os queda, pues los telares están parados, y los abarqueros y curtidores no saben de dónde sacar una hogaza. La miseria proviene de estas modas malditas que traen ahora trastornados a los pueblos, y de las muchas telas que aquí llegan, falsas como Judas, tejidas como telarañas, pero lucidas a la vista, y baratas, eso sí, con una baratura que desvanece a los tontos y aburre a nuestros tejedores. ¡Vaya unos lienzos indecentes que nos traen, y unas estameñas y unos tartanes que mirados al trasluz, (p.6205) parecen cedazos! Pues los montereros también andan de capa caída. Ahora salen estos brutos con la tecla de que las monteras de pellejo, para diario, no son elegantes, y algunos se cubren las chollas con esos buñuelos de paño que vienen de las Provincias.. Y habéis de ver a las chicas vistiendo ya por la moda de Madrid, con esas indianas de a dos reales la vara, y esos pañuelos de listas que hasta parece que no visten, sino que desnudan..».

Como allí nos sobraba el dinero, y no temíamos ulteriores escaseces, pues mi próvido suegro ya nos anunciaba nueva remesa, abrimos gallardamente la mano, y fuimos como benéfico rocío que derramó algún consuelo sobre las entristecidas almas. Mas era tal el ardor que ponía mi buena madre en aquellas empresas de caridad, que mientras más dábamos, mayores larguezas nos pedía, como si el ejercicio del bien llevase a su noble alma del entusiasmo a la embriaguez. «Ya podía tu padre -dijo a María Ignacia-, mandaros un par de mulas cargadas de onzas para que os decidáis a edificar aquí el convento de monjitas de que me habló Catalina en sus cartas. Tan apagada está la cristiandad en este pueblo, que nos hace falta un instituto religioso que avive el fuego de la fe. ¡Ay, qué bien nos vendría un convento para la enseñanza de niñas, donde estuvieran desde los cinco años hasta que saliesen para casarse, aprendiendo todas las labores, y bien guardaditas del melindre de novios, cartitas, bailoteo y demás perdición! Andan las muchachas aquí tan desenvueltas, que esto parece un rincón de Madrid, y las de buen palmito no piensan más que en retratarse cuando recala por Atienza alguno de esos que traen maquinilla del garrotipo, con las que sacan unos retratos que se miran a contraluz para ver lo blanco negro y lo negro blanco. Y mocosas hay que hasta llegan a decir que les gusta el café, y lo toman si se lo dan. Otras.. tú las conoces.. han aprendido a ponerse el peinado de tirabuzones, que es una indecencia, con aquellos mechones colgando; y algunas.. pongo por caso, las de (p.6206) Cuadra y las de Aparicio.. mandan traer de Madrid corsés como el tuyo, de los que sacan el pecho.. cosa impropia de solteras. Este pueblo no es conocido. Me acuerdo de la villa de mi juventud, y me parece que han pasado siglos, o que la humanidad se nos ha vuelto loca».

Con estas cosas y la satisfacción de hacer el bien a tanto desvalido, íbamos pasando los días de Atienza, que ya comenzaban a ser un poquito enojosos. Expirante Septiembre, se descolgaba de la sierra, por las tardes, un vientecillo enteramente soriano; crecían las noches; descargaban a menudo copiosas lluvias que nos privaban del paseo, y pronto nos haría la nieve sus primeras visitas. Preparados estaban ya los hogares, limpias las chimeneas y apilada la leña que pronto habríamos de quemar si no buscábamos mejor otoño en tierra templada. La casa patrimonial, donde tan alegres habían transcurrido los días y las semanas, ya se llenaba de una vaga tristeza, que hacía más obscuros sus anchos aposentos, más bajas las techumbres, que casi se ponían a la altura de nuestras cabezas, más negro el maderamen de las pesadas puertas. Por los resquicios de las tuertas ventanas, avaras de luz, se colaba con insolencia el aire frío; a media tarde teníamos que subir a tientas para no tropezar en la escalera; los cortinajes nuevos con que mi madre había decorado nuestro aposento, se trocaban en fúnebres colgaduras, y las imágenes de Vírgenes y Santos nos ponían el ceño adusto, o se asombraban de vernos allí.

Hube de fijarme entonces en un accidente de mi casa que en todo el verano no mereció mi atención, y era el ruido, o más bien concierto de ruidos que hacían las diferentes puertas del vetusto edificio al ser abiertas o cerradas. Cada noche observaba yo un nuevo rumor o musical concepto, ya como lastimero quejido, ya como frase de angustia o sorpresa, y aplicando el oído y la imaginación, concluía por dar un significado verbal a sones tan extraños. Por entretenernos en algo en las lentas noches, comuniqué mis observaciones a Ignacia, y apoderada esta de lo que tanto era (p.6207) artificio de la mente como realidad sonante, oyó más que yo, y compuso todo un poema con los ruidos de las viejísimas tablas de mi casa solariega. «La puerta del comedor, siempre que entra alguien, dice: «¡ay, ay, ay!, ¿cuándo os cansaréis de abrirme?..» y la de la despensa: «Dejadme morir cerrada..». Pues fíjate en los peldaños de la escalera cuando sube Úrsula, que es de libras.. Dicen: «Muero porque no muero». Y cuando baja Prisca, que corre como una rata, hablan en lenguaje familiar. Yo lo oigo así: «Pues aquí venimos los frailes gilitos vendiendo cabriiitos..». Pon atención y oirás lo mismo que oigo yo..

«Pepe, Pepe -me dijo Ignacia una noche cuando desperté del primer sueño-, fíjate en ese ventanón que han dejado abierto en el desván. El viento lo mueve, y al abrirse canta el primer verso de la jota.. atiende y oirás: 'Hay en el mundo una España..' luego se cierra con un golpe, pum, al cual sigue un ruido muy suave, algo así como el de las chupadas de un niño cuando coge la teta». Puestos a oír, oíamos verdaderas maravillas. La puerta del comedor hablaba en griego y en latín, y decía cosas de la misa para echarse después a reír con alguna frase desgarrada, más propia de boca de manola que de una venerable puerta de casa ilustre; la que comunica el comedor con la pieza donde están los armarios de ropa decía: «Madre, unos ojuelos vi», y los armarios remedaban rezos de monjas, ronquidos de durmientes, pregones como el «¡De Jarama, vivos!» que tanto habíamos oído en Madrid..

Llegamos a componer el completo inventario de estos domésticos ruidos, con música y letra; y como alguna noche nos molestase tanta música, nos atrevimos a decir a mi madre que mandara untar de aceite los mohosos goznes para que callasen, o fueran más silenciosas las parlantes y cantantes puertas. Pero ella, sonriendo con la dulce severidad que empleaba siempre que se veía en el caso de negarse a darnos gusto, nos dijo: «Por Dios, hijos míos, no me pidáis que suprima los ruiditos de mi casa, que si ella no me cantara con el son de sus puertas y el (p.6208) estribillo de sus gonces, me parecería que pasaba de casa viva a casa muerta. Con esos ruidos melancólicos, que me cuentan cosas del presente y del pasado, me crié, y con ellos quisiera morirme. En ellos oigo la voz de mis padres y de mis hermanos, la de mi tío Anselmo, corregidor que fue de Guadalajara. Amigo íntimo del Empecinado y de D. Vicente Sardina, nos refería las palizas que estos daban al General Hugo. También me traen a la memoria esos murmullos la voz de mi abuela, cuando a mí y a mi hermana nos contaba las fiestas que dieron en el Retiro por el casorio de Doña Bárbara con Fernando VI; la voz de mi padre ¡ay! una tarde, cuando, sentaditas mi madre y yo en este mismo sitio desgranando judías, entró y muy afligido nos dijo que le habían cortado la cabeza al Rey de Francia. Esto fue el año 93: la noticia de tal atrocidad llegó a nuestra villa el día de San Blas: ya veis si tengo memoria.. Con que, no matéis los ruidos, y dejadme mi casa como está.. No seáis, por Dios, tan modernos».

 

Ep-32-X -

El testamento de Miedes, otorgado en Sigüenza veinte años ha, carecía de interés por la desaparición de los bienes raíces. Los consistentes en papel impreso y escrito pasaban a ser propiedad del Seminario de San Bartolomé de Sigüenza, y el ajuar de casa, ropa y trebejos, que en buena tasación no valdrían arriba de ochenta reales, se adjudicaba íntegramente a la señora Laureana de La Toba, conocida por la Ranera. Habiéndome dicho un día D. Juan Taracena, testamentario con el confitero Gutiérrez del Amo y D. Cosme Aparicio, que en el revoltijo de la biblioteca se había encontrado un cajón de papeles escritos de puño y letra del erudito atenzano, me picó el deseo de echar la vista sobre ellos, y accedí a la invitación del señor Cura para examinarlos juntos, y rebuscar algunos destellos de inteligencia dentro de aquel caos. Y aquí viene a pelo la explicación de que lleve la fecha de Octubre esta parte de mis Confesiones, toda en una pieza, después del largo silencio de cuatro meses en que suspendida tuve mi (p.6209) comunicación con la Posteridad. Lo poco que escribí desde la petición de mano hasta el día de mi casamiento, pareciome tan falto de interés y sobrado de fastidiosas declamaciones tocantes a la dignidad humana sacrificada en aras del positivismo, que lo rompí para no causar risa y tedio a mis futuros lectores.. Entré por el aro del matrimonio agenciado por mi hermana; nos vinimos a esta villa mi mujer y yo, y pronto advertí la imposibilidad de escribir mis reservados pensamientos, porque mi esposa y mi madre no me dejaron ni un instante en la soledad necesaria para tal desahogo. Han pasado los meses en espera de una ocasión dichosa, la cual no ha venido hasta que, sin recelo de María Ignacia, he podido recluirme en la caverna del viejo Miedes con el pretexto muy razonable de la compulsa y escrutinio de sus descabalados papelotes.

En tres mañanas de recogimiento y aplicación, he podido emborronar toda esta parte de los días de Atienza, que a mi parecer no será de las que menos ilustren y amenicen la historia de mi vida, en contacto con la vida y alma españolas. Ni mi mujer ni mi madre se sorprenden de que pase aquí mañanas enteras, y aun les parece poco cuando a la hora de comer les doy cuenta de los peregrinos borrones en prosa y verso que D. Juan, revolviendo lo pasado, mientras yo escribo para lo futuro, ha podido descubrir en este maremágnum: un Discurso de tesis escolástica (Alcalá, 1801) , una epístola en ripiosos tercetos Contra el vicio de hablar y vestir a la francesa (1823) , un extenso alegato refutando las crónicas que atribuyen la fundación de León al Rey egipcio Mercurio Trismegisto (muy señor mío) , y por fin una serie de cartas que D. Ventura, por comezón monomaníaca, escribía desde su solitaria cueva a todo personaje que descollaba en la celebridad militar y política. Había carta a Espartero, al Marqués de Miraflores, a Olózaga, a Martínez de la Rosa, a Mendizábal y a Narváez, y era particularidad de todas ellas que, principiadas con gran esmero de letra y profusión de atrevidos pensamientos, ninguna estaba (p.6210) concluida y, por tanto, ninguna había ido a su destino. Graciosísima entre todas era la que empezó a escribir para Narváez, con fecha reciente. Tanto gusto tuve de su lectura que Taracena me la regaló, y aquí transcribo un párrafo de ella muy interesante: «En vos, Señor, saludan las presentes kalendas al esclarecido descendiente de aquellos Turdetanos que en el Sur de nuestra Península renovaron la ciencia de los famosos Túrdulos, compañeros de nuestro común padre Túbal. La historia que de Vuecencia se ha de escribir notará la concordancia del su carácter con el etimológico sentido de la palabra Túrdulo, que se compone de Thur (buey) y de Duluth (exaltado) . Reconociendo en Vuecencia el primer túrdulo del Reino, yo le proclamo Buey, que es lo mismo que decir fuerte, y Exaltado, que suena lo mismo que liberal, de donde sale la especiosa síntesis de Vuecencia, o sea el ayuntamiento y consorcio de los atributos de Fuerza y Libertad..».

La soledad de Atienza se alegró estos días con la llegada de los maranchoneros.. Son estos habitantes del no lejano pueblo de Maranchón, que desde tiempo inmemorial viene consagrado a la recría y tráfico de mulas. Ahora recuerdo que el gran Miedes veía en los maranchoneros una tribu cántabra, de carácter nómada, que se internó en el país de los Antrigones y Vardulios, y les enseñaba el comercio y la trashumación de ganados. Ello es que recorren hoy ambas Castillas con su mular rebaño, y por su continua movilidad, por su hábito mercantil y su conocimiento de tan distintas regiones, son una familia, por no decir raza, muy despierta, y tan ágil de pensamiento como de músculos. Alegran a los pueblos y los sacan de su somnolencia, soliviantan a las muchachas, dan vida a los negocios y propagan las fórmulas del crédito: es costumbre en ellos vender al fiado las mulas, sin más requisito que un pagaré cuya cobranza se hace después en estipuladas fechas; traen las noticias antes que los ordinarios, y son los que difunden por Castilla los dichos y modismos nuevos de origen (p.6211) matritense o andaluz. Su traje es airoso, con tendencias al empleo de colorines, y con carreras de moneditas de plata, por botones, en los chalecos; calzan borceguíes; usan sombrero ancho o montera de piel; adornan sus mulitas con rojos borlones en las cabezadas y pretales, y les cuelgan cascabeles para que al entrar en los pueblos anuncien y repiqueteen bien la errante mercancía.

Todo Atienza se echó a la calle a la llegada de los maranchoneros con ciento y pico de mulas preciosas, bravas, de limpio pelo y finísimos cabos, y mientras les daban pienso, empezaron los más listos y charlatanes a dar y tomar lenguas para colocar algunos pares. En mi casa estuvieron dos, sobrino y tío, que a mi madre conocían; mas no iban por el negocio de mulas, sino por llevarnos memorias y regalos de mi hermana Librada y de su familia. (Si no lo he dicho antes, ahora digo que mi hermana mayor, casada en Atienza con un rico propietario, primo nuestro, había trasladado su residencia, en Abril de este año, a Selas, y de aquí a Maranchón, por el satisfactorio motivo de haber heredado mi primo tierras muy extensas en aquellos dos pueblos.) Obsequiados los mensajeros con vino blanco y roscones, de que gustaban mucho, se enredó la conversación, y al referirnos pormenores de su granjería y episodios de sus viajes, vino a resultar que inesperadamente, sin que precediera curiosidad ni pregunta nuestra, tuvimos noticia de la cuadrilla o tribu de los Ansúrez.

Entre otros cuentos o aventuras refirieron los tales que en una venta cerca de Trijueque habían topado con los vagabundos, entrando en pláticas y tratos con ellos, porque el Jerónimo les propuso comprarles una mula de las ancianas, no para comerciar, sino para andar en ella, no llegando a entenderse porque parecía insegura la fianza. Vista y examinada la linda moza que los Ansúrez llevaban, propusieron los marchantes tomarla a cambio, no de una mula, sino de dos, a escoger, y con algún dinero encima si así fuese menester para igualar, y de esto vino una pendencia con palos recíprocos, (p.6212) teniendo que salir más que de prisa los agitanados para que no acabara en sangre la función.. Después volvieron a encontrarse en Taracena, resultando que la moza se había comprado zapatos en Valdenoches, y algún trapo con que más honestamente se tapaba. Esquivaron los de Maranchón nuevas disputas; pero la casualidad les hizo presenciar la que tuvieron los Ansúrez entre sí, unos hijos con otros y algunos con el padre, saliendo de la refriega la hermanita con un chichón en la frente; y a consecuencia de este gran cisco se separaron, tirando cada cual por su lado, como huyendo unos de otros, con intención de no volver a juntarse nunca. Uno de los hijos tiró hacia Brihuega, otro se metió por el camino que conduce a Pastrana y al paso para Cuenca y Reino de Valencia, el tercero subió hacia el lugar de Talamanca, como para correrse a Segovia; el cuarto dijo que se quedaría en Guadalajara, y el chiquitín, con la hija guapa y el padre anciano dijeron que derechamente se iban a Madrid. La dispersión de la tribu, contada con tanta sencillez por los traficantes de mulas, me hacía el efecto de las emigraciones de los hijos de algún patriarca, tal como la fábula o la Historia nos las transmiten, y la salida de cada cual para fundar pueblos y difundir ideas al Norte y al Sur, hacia donde nace o se pone el sol. Estaba sin duda mi cerebro bajo el influjo de las ideas de Miedes, y en todo veía éxodos de razas, familias dispersas, y viajes que traen la civilización o van en pos de ella.

Y como persisto en no ocultar nada de lo que siento, séame o no favorable, diré que desde que oí a los muleros, no se apartó de mi pensamiento la imagen de la hija de Ansúrez. «¿Qué apuestas a que te adivino lo que estás pensando? -me dijo Ignacia por la noche, ya solos en nuestra alcoba. Y yo me eché a temblar, porque en efecto, mi mujer de algunos días acá me adivina los pensamientos con sólo mirarme, y a veces sin este requisito, por pura infiltración del rayo de sus ojos al través de mi frente, o por misteriosa lectura de signos que trazan sin quererlo mis manos, mis pasos, mi sombra (p.6213) sobre las paredes o el suelo. Antes que acabara de responderle con una donosa evasiva, me dijo: «¡Mentiroso! estás pensando en Lucila, o digamos Illipulicia, como la llamaba su enamorado caballero D. Ventura». Negué; di nuevo giro a nuestro coloquio; mas era verdad que en Lucila pensaba, llevando muy a mal que descompusiese su escultural figura imponiendo a sus libres pies el suplicio y la fealdad de estas horribles invenciones de los zapateros. Por mi gusto habríale comprado en Guadalajara, en Cogolludo o donde la encontrase, túnica y manto de finísima franela blanca, con las cuales prendas y un delgadísimo camisolín de batista cubriese y guardase honestamente toda su persona, sin añadidura de corsé, ni faja, ni cinturón, ni canesú, ni medias, ni cosa alguna más que lo dicho, privándola asimismo de toda suerte de alhajas o accesorios, que siempre habían de interceptar alguna parte o pedacito de su soberana belleza, y de distraer los ojos que en contemplarla se embelesaban. Sólo en su cabeza consentiría un aro de metal, oro puro sin ornato ni piedras preciosas, que sujetase su espléndida cabellera, recogida y arrollada en una sola onda. Guardaba yo esta imagen en el más recóndito espacio de mi pensamiento, bien sujeta de mis disimulos para que no se me escapase, y le tributaba culto espiritual, castísimo, haciéndome la cuenta, como el loco Miedes, de que en tal figura amo el alma de un pueblo y la historia de las cosas vivas.

El invierno nos arroja de Atienza. Echo muy de menos la sociedad, mis amigos, la política, el fácil y pronto conocimiento de cuanto pasa en el mundo. Ya resuenan lúgubremente en los empedrados de la antigua Tutia las herraduras de las caballerías que suben y bajan por estas empinadas calles y carreras; ya se me hace fúnebre como el Dies irae el ladrido de los perros en largas noches, y hasta el matutino canto de los gallos me suena como una invitación a que tomemos el portante. Y de los ruidos del maderamen de la casa no digamos: ellos son de tal modo tristes, que harían regocijadas (p.6214) las Noches de Young y de Cadalso.. Ya me inspiran profunda antipatía los señores y damas del pueblo, que con su apéndice de niñas emperejiladas a estilo de Madrid redoblan ahora sus fastidiosas visitas, sin duda porque no tienen a dónde ir. No puedo soportar a las de Aparicio; las del Confitero me amargan, y las del Médico me enferman. D. Lucas de la Cuadra se me ha sentado en la boca del estómago, y D. Manuel Salado en la coronilla.. Ya los pórticos románicos se desdicen de todas aquellas donosuras poéticas que nos habían cantado, y el alto Castillo se reviste de una fiereza tal, que no nos atrevemos a mirarle cara a cara. Si al pronto las nieves nos alegran la vista, no tardamos en asustarnos de su blancura irónica, que deslíe y absorbe los colores de la campiña, mata todo sonido y borra todo signo vital. Vientos glaciales bajan del Alto Rey y quieren barrernos. La vida se reconcentra en las cocinas, como en el orden vegetal desciende a las raíces la savia, y junto al fuego se agrupa toda la bárbara inocencia y la marrullera ignorancia de la humanidad campestre.

Madrid nos llama y Atienza nos despide, pues mi propia madre, que no se cansa de tenernos a su lado ni de prodigarnos su inextinguible cariño, reconoce que es hora de que ella torne a Sigüenza y nosotros a la Villa y Corte, con todas las precauciones imaginables y cien más, y aún es poco, porque.. hace días anduvieron ella y María Ignacia en secreteos, y según parece, ya no hay dudas respecto a lo que más deseamos todos, esposo y padres.. ¡Ay, Dios mío! El temor de un fracaso, que ahora no sería imaginario como en los días de nuestra llegada, inspira a mi señora madre las más audaces previsiones y los planes más peregrinos respecto a viaje, método y pausas con que debemos realizarlo, estructura y acomodos del coche, limpieza y monda de piedras en todos los caminos que hemos de recorrer.. Pronto a partir, precisado me veo a poner fin a estas páginas trazadas al descuido y como a hurtadillas en la polvorosa madriguera del erudito atenzano. ¿Pluma (p.6215) de estas Confesiones, cuándo volveré a cogerte?.. Adiós, Atienza, ruina gloriosa, hospitalaria; adiós, santa madre mía; adiós, Noble Hermandad de los Recueros, que me hicisteis vuestro Prioste; adiós, amigos míos, curas de San Juan, San Gil y la Trinidad; adiós, Teresita Salado, Tomasa y chiquillos que alegrabais nuestras tardes; adiós, paz y recreo del campo, simplicidad de costumbres; adiós, sombra del grande y misterioso Miedes, el de la locura graciosa y sublime, el soñador celtíbero, enamorado de la más bella representación del alma hispana; adiós, en fin, imagen de la errante Lucila, mentira de la realidad y verdad casi desnuda que pasaste como un relámpago de hermosura entre el polvo de los deshechos terrones.. adiós, adiós, adiós.. Ved aquí las últimas plumadas, las últimas sin remedio, porque tengo que sellar y empaquetar cuidadosamente estos papeles para llevármelos bien guardaditos.. No más, no más.. Hasta que Dios quiera.

 

Ep-32-XI -

Madrid, 22 de Noviembre.- Me parece mentira que puedo consagrar un rato al desahogo de estas Confesiones, en lugar seguro, lejos de la inspección y vigilancia de mi mujer, de mis suegros y de toda la ilustre familia con quien vivo, tratado como príncipe, regalado hasta el mimo, pero sin libertad. No debo quejarme, pues los bienes que Dios derrama generoso sobre mí aligeran la cadena de oro que arrastro, reduciéndola, fuera de contadas ocasiones, al peso y tensión de un cabello. No me quejo; voy muy a gusto en este gallardo machito: en mi casa me aman, y tienen de mí la más alta idea; en sociedad me veo rodeado de consideraciones; el respeto me sigue, la admiración me acompaña, y el dorado vulgo me rinde homenajes que en mi vida de célibe nunca pude soñar. A mi nombre va unida, con el flamante título que ostento, la idea de sensatez; pertenezco a las clases conservadoras; soy una faceta del inmenso diamante que resplandece en la cimera del Estado y que se llama principio de autoridad: en mí se unen felizmente dos naturalezas, pues soy elemento (p.6216) joven, que es como decir inteligencia, y elemento de orden, que es como decir riqueza, poder, influjo. Váyanse, pues, unas libertades por otras, que algo se puede sacrificar de la doméstica para gozar la pública, la que nos autoriza para campar con nuestra caprichosa voluntad por encima de la cuitada multitud, a quien nunca falta Rey que la ahorque ni Papa que la excomulgue.

Desde que regresamos de Atienza, toda tentativa de confesión escrita hallaba en la curiosidad de los míos insuperable obstáculo: ¿pues qué había yo de escribir que mi mujer no atisbase, receloso fiscal de mis pensamientos? Ausente mi amigo Aransis, no tenía yo quien me diese seguro asilo, que bien puedo llamar confesonario; ahora que vuelve Guillermo a Madrid, a su casa me voy y en su cuarto me meto, y en su papel escribo.. Sepan los que en futura edad me leyeren que amo a Ignacia con plácida ternura, y que estoy muy contento de haberla hecho mi esposa. El afecto que le doy débilmente corresponde, así debo declararlo, al exaltado amor que ella tiene por mí, y a la ofrenda que constantemente me hace de su sinceridad, pues todo me lo revela y confía, desde las cosas más importantes a las más menudas, y no hay repliegue de su conciencia ni secreto de su mente que no ponga ante mí. Su inteligencia descubre y ostenta de día en día nuevos tesoros. Con sus padres es la niña encogida y vergonzosa de siempre, petrificada en las ñoñerías tradicionales de la casa; para mí es la mujer de libre pensamiento, la mujer de ideas propias que en el sagrario matrimonial rompe el cascarón en que la criaron, y conservando hacia la familia las fórmulas de un pasivo respeto, sólo en el esposo pone su alma entera.

Padre seré de los hijos que Ignacia quiera darme, y como es bueno que me ejercite en las paternales obligaciones, de la Patria quieren hacerme venturoso papá. Me ha llamado Sartorius para decirme con cortesana franqueza que, por mi posición independiente y mis dotes intelectuales, estoy llamado a representar un distrito en el futuro Congreso. ¡Paso a los (p.6217) hombres de arraigo; atrás los vividores! Este lema de regeneración política me parece muy bello, y no vacilo en poner al servicio del país todo mi arraigo, que espero ha de aumentarme Dios. Aunque las elecciones generales para nuevas Cortes no han de ser hasta el año próximo, el previsor Conde me pregunta si llegado el caso podría yo disponer en Sigüenza de los necesarios elementos para el triunfo. Le contesto que no me faltan allí parentela y amigos; pero desconfío del éxito si vuelve a presentarse, como presumo, el señor Conde de Fabraquer. Por lo que me aseguró el alcalde de Atienza, D. Manuel Salado, con Fabraquer no será posible la lucha, a menos que el Gobierno no haga un verdadero desmoche y tabla rasa.. Hablamos en seguida de Brihuega, donde toda la fuerza es de D. Luis María Pastor; de Almazán, donde probablemente luchará, y no han de faltarle medios y buenas armas, el Sr. Ramírez de Arellano, funcionario de Gracia y Justicia; y por fin echamos una miradita a Molina de Aragón, donde la desventaja de tener enfrente a un antagonista tan formidable como D. Fernando Urries, se compensara con el apoyo que ha de darme mi cuñado y primo, gran propietario en Selas y Maranchón, y a poco que me ayude el Gobierno.. Pensó en ello un instante Sartorius, y después me dijo: «Ya lo resolveremos de aquí a las elecciones generales, que serán el invierno próximo.. y por mi gusto no se convocarían nuevas Cortes hasta el 50.. De todos modos tenemos tiempo.. Pero usted no debe estar ocioso, amigo mío. Cada día se nota más en esas malditas Cortes la falta de personas de arraigo.. Las complacencias de los Gobiernos con los que hacen de la política un oficio, van desmoronando el Régimen.. Yo veré si le sacamos a usted en alguna elección parcial..».

Volví, por indicación del amable Ministro, a los cuatro días; pero nada de mi presunta paternidad política pudimos hablar, porque las graves noticias llegadas de Roma arrebataban la atención de los hombres más o menos arraigados, no dejando (p.6218) espacio para tratar de personales asuntillos. A pesar de esto, debo confesar ingenuamente que si en la concurrida recepción o tertulia de Sartorius, a horas altas de la noche, aparecí asociado al general asombro y pena que ocasionan los graves sucesos de Italia, sentí en mi interior el hielo de la desafección a todo lo que no trajera ligamentos o enlace con mi propio bienestar. En verdad digo que lo ocurrido en Roma me inspira un cuidado muy relativo, y no ha de quitarme porción ninguna del sosiego de mis días ni del sueño de mis noches. Pero, como todos me creen muy entendedor de cosas y personas romanas, no cesaron aquella noche de interrogarme acerca de los antecedentes y móviles de los aterradores acontecimientos; contesté conforme a mi conocimiento personal, y añadiendo a lo que ignoro alguna ingeniosa gala de mi fantasía, satisfice la curiosidad y escuchado fui como un oráculo.

Acerca del Marqués de Azeglio, propagandista de las ideas liberales bajo la bandera papal, y del partido llamado Joven Italia, que proclamaba las dos grandes ideas Libertad y Unidad; acerca del grande y austero revolucionario Mazzini, que a su fin va sin reparar en los medios, hombre de robusta inteligencia, de formidable voluntad, frío, despiadado, cerrado a todo sentimiento que no sea el de un patriotismo fanático, a la romana, mezcla imponente de Catón y Sila, les di prolijos informes que a mi parecer se aproximaban bastante a la verdad. Las concesiones de Pío IX a los revolucionarios, que aparecían en las calles de Roma ennegrecidos aún con el tizne de las logias, yo las había presenciado; y también vi que el Papa, otorgando al pueblo cuanto este pedía, llegó al límite de la generosidad. El pueblo, desvanecido por las ideas de Balbo y Gioberti, y por la predicación del Marqués de Azeglio, pedía más cuanto más obtenía. Mastai Ferretti concedió el Ministerio laico, y Constitución y Cámaras. La moda de las Constituciones llegó a invadir la morada de la inmutable Iglesia. Contra la Joven Italia y los revolucionarios (p.6219) alzaba fuerte antemural el Imperio austriaco, poseedor de las más bellas regiones del Norte de Italia; contra el Austria armaba sus huestes Carlos Alberto, Rey de Cerdeña. ¿Ante cuál de estos dos poderes se inclinaría San Pedro?.. Diles una explicación sucinta de las dos ideas fundamentales que la Historia expresa con los términos rutinarios de güelfos y gibelinos, y les referí que en los postreros días de mi estancia en Roma yo había visto al Papa indeciso (perdonad, yo le veía en la opinión que me rodeaba, dándome la perspectiva general de las cosas) , y, por fin, inclinado a no romper con el Imperio. Si Julio II gritó «fuera los bárbaros», Pío IX creyó sin duda comprometer su tiara si los bárbaros, entiéndase austriacos, negaban su apoyo al débil Estado romano y a la Barca del Pescador.

Incansable en organizar las demostraciones patrioteras, a la calle lanzaba Mazzini las multitudes, con cuyo vocerío halagaba y amedrentaba al Pontífice, el cual, harto de vanos ruidos y agobiado bajo la pesadísima responsabilidad de la Iglesia que llevaba sobre sus hombros, gritó un día en el balcón del Quirinal: «No puedo, no debo, no quiero». Con esto, y con la Encíclica en que desmintió el Pontífice su política del 46 y 47, se desligó de la Joven Italia: deshecha como el humo la popularidad de Mastai Ferretti, el sentimiento popular le acusó de defección a la causa de la patria. Lanzado a la resistencia, Su Santidad nombró Ministro al Conde de Rossi.

A una me interrogaron acerca de este desgraciado personaje, y aunque yo no le conocía más que de verle en la calle cuando era Embajador de Francia, hice de él pintura física y moral con los elementos de la opinión oída o sentida, que casi siempre han sido los más eficaces medios de la Historia. Rossi era un hombre pálido y pensativo, poco elegante y un tanto displicente, gran jurisconsulto y expositor de ciencia jurídica.. Ministro papal (esto no lo alcancé yo, pero hablé de ello como si lo hubiera visto) , desplegó una energía que había de ser insuficiente contra la hinchada onda de la (p.6220) revolución.

«¿Conoce usted el palacio de la Cancillería, en cuya escalera ha sido asesinado Rossi? -me preguntan con el intenso interés trágico que despierta el lugar de un crimen. Y yo impávido, bien asistido de mis luminosos recuerdos, les describo todo el barrio, la via Pellegrini, el Campo di Fiori; encaro con la majestuosa fachada de la Cancillería, trazada por Bramante; traspaso el monumental pórtico, obra de Fontana; entro en el bello patio, y torciendo a mano izquierda, señalo el arranque de la escalera, en cuyos primeros peldaños ha perecido a manos de la demagogia desmandada el Ministro de Pío IX. Luego me lanzo de nuevo a la calle, y con mi fácil vena descriptiva les guío hacia las construcciones heteróclitas entremezcladas con los vestigios del Teatro de Pompeyo, ¡donde fue asesinado César!.. y admiran la coincidencia, que no está en las personas, ni en la calidad o móviles del delito, quedando sólo reducida a la vecindad de lugares trágicos. En pueblos tan pletóricos de Historia como aquel, las tragedias se tocan, y juntas están las piedras en que sucumbieron mártires o afilaron sus cuchillas los verdugos.

1.º de Diciembre.- Según las noticias de Roma que nos llegan por los correos de Francia, Rossi fue víctima de su temeraria confianza o de su indomable valentía. Más altanero que precavido, despreció los avisos que se le dieron de que las logias habían decretado su muerte. Entró solo, sin miedo ni precaución, en la Cancillería, rompiendo por entre una multitud enconada y bullanguera. Al poner el pie en el primer peldaño recibió un garrotazo en el costado derecho. Volviose, y en el mismo instante, por la izquierda, una furibunda mano armada de cuchillo le cortó la yugular. Muerto el Ministro, la autoridad temporal del Pontífice era una vana sombra. El siguiente día, 16 de Noviembre, trajo el desenfreno de las muchedumbres, las gesticulaciones del patriotismo epiléptico frente al Quirinal, la ansiedad de Pío IX, el ir y venir de comisiones pidiendo y negando.. Las noticias de hoy confirman que Su (p.6221) Santidad huyó de Roma. ¿En qué forma? ¿Disfrazado de aldeano como Juan XXII escapando del Concilio de Constanza, o de mercader como Clemente VII escabulléndose por entre las tropas españolas?

3 de Diciembre.- Por referencias de nuestra Embajada se sabe que Mastai Ferretti salió del Quirinal vestido de simple cura, y en velocísima carrera de coche se plantó en Albano. Allí le tomó de su cuenta el Ministro bávaro, conde de Spaur, que viajaba con su señora y familia menuda. Con el carácter de ayo de los niños salvó Pío IX felizmente la distancia entre Albano y la frontera de Nápoles.. Ya le tenemos en Gaeta, que ha venido a ser la provisional Sede y metrópoli del mundo católico. En Roma imperan Mazzini, Sterbini, Cicerovacchio, el Príncipe Canino, que es un Bonaparte encenagado en la demagogia, y les sigue y hace coro la ronca turba insaciable. Grandes acontecimientos se preparan en el mundo. Arde Italia. El caballeresco Carlos Alberto reúne la más florida milicia lombarda y piamontesa para marchar contra Austria.. ¿Qué pasará? ¿En qué pararán estas colosales trifulcas, que comparadas con nuestras revoluciones de campanario no nos parecen menos grandes que los combates de Dioses y Héroes en los cantos de Homero, o las peleas de arcángeles en las estrofas de Milton?.. No lo sé, ni en verdad me importa mucho. Rueden los tronos; vacile, ya que rodar no pueda, la inmortal tiara; sobre las monarquías deshechas alcen su imperio efímeras o vigorosas repúblicas. Nada de esto alterará la paz del hombre árbol, que ve resueltos los problemas de su nutrición vegetal, y siente bien asegurado el suelo entre sus hondas raíces. Mi optimismo me asegura que las tempestades europeas no se correrán a España, porque aquí tenemos la Providencia de un D. Ramón María Narváez que con el ten con ten de su fiereza y gracias andaluzas, tigre cuando se ofrece, gato zalamero si es menester, maneja, gobierna y conduce a este díscolo Reino, y en él asegura el bienestar de los que lo han adquirido, o están en el (p.6222) trajín de su adquisición. Vívame mil años mi Espadón de Loja, y durmamos tranquilos los que juntamente somos usufructuarios y sostenedores del orden social.

 

Ep-32-XII -

16 de Marzo de 1849.- De tal modo absorben mi espíritu el cuidado de mi cara mitad y el problema de la sucesión, que ha de resolver María Ignacia, según los cálculos más discretos, en fines de Mayo o principios de Junio, que no hay espacio en mi pensamiento para suceso alguno de orden distinto, así privado como público. ¿Qué me importan las alteraciones de Francia, de Roma o de Hungría, ni las malandanzas del Estado español, ante este inmenso enigma del embarazo, cuyo término y desenlace feliz esperamos con el alma en un hilo? ¿Qué puede afectarme ese lejano enredo de la República Romana, ni las diabluras de los Mazzinis, Caninos y Garibaldis? ¿Ni qué atención puedo prestar a los entusiasmos de mi cuñada Sofía por Luis Napoleón, Presidente de la República Francesa, o por Manin, desgraciado Dux de la de Venecia? Y cuando mi hermano Gregorio me da irresistibles matracas por el desconcierto de la Hacienda española, ¿qué he de hacer más que abrir la oreja derecha para que salga lo que por la izquierda entró? Ya comprenderéis que de la guerra intestina que arde en Cataluña hago tanto caso como de las nubes de antaño, que lo mismo es para mí Cabrera que un monigote de papel, y que los movimientos de Pavía, de Concha o de Córdova en persecución de los facciosos no mueven mi curiosidad. Entre o salga Montemolín, lo mismo me da, por no decir que ahí me las den todas.

No me cansaré de afirmar que son cada día más vivos y puros mis afectos hacia la compañera de mi vida, y que esta ha llegado a seducirme y enamorarme con sólo el talismán de sus anímicas dotes. Diré también que mis suegros y toda la familia me quieren entrañablemente, viendo y comprobando con diarios ejemplos que hago feliz a la niña. Cuido mucho de no dar pretexto al menor disgusto de mis papás políticos, atento siempre a mi completa (p.6223) identificación con ellos y a fundirme en las ideas y rutinas del mundo Emparánico, sin hipocresía ni violencia. Sólo en los comienzos de mi asimilación me causaron enojo las extremadas santurronerías a que las señoras mayores me sometieron, y se me hacía muy largo el tiempo consagrado, sobre la diaria misa, a Triduos, Cuarenta Horas, o visitas a las monjas del Sacramento, de la Latina y de Santo Domingo el Real; pero a ello me fui acostumbrando con graduales abdicaciones del albedrío, hasta llegar a cierta somnolencia que se compadece con las materiales ventajas de mi posición. Por el bienestar que me rodea y las comodidades que disfruto, doy gracias a Dios y a mi hermana Catalina, sintiendo mucho no poder dárselas más que con el pensamiento, pues desde que volví de Atienza no he visto a la bendita religiosa, que ahora está rigiendo la comunidad Concepcionista Franciscana de Talavera de la Reina. Ved aquí por qué no la he nombrado en esta parte de mis Confesiones. De veras me ha dolido no encontrarla en Madrid, no sólo porque estoy privado de sus consejos amorosos, sino porque su ausencia me tiene ignorante de si recibió y acogió a los Ansúrez, recomendados por mi carta. Nada sé de esta gente, nada del noble patriarca de la tribu, nada de la sin par Lucila, y pienso que, desamparados aquí, se han corrido a tierras distantes.

Volviendo a mi nueva familia y al fenómeno de mi adaptación social, diré que fue para mí un poquito duro, en los primeros días, el trato de las personas que frecuentaban mi casa en las veladas de invierno. Poca substancia, o más bien ninguna, sacaba yo de la conversación de los respetables señores carlinos o convenidos de Vergara, a los que no creo ofender si digo de ellos que su desenfrenado absolutismo me daba de cara como un mal olor de boca. A los que ya he dado a conocer tendré que añadir alguno, si Dios me da salud y tiempo, que ostentando traje militar o civil, trae olor de curas y tipo de la Bóveda de San Ginés. Pero con todos estos tufos y apariencias desagradables, yo voy (p.6224) apechugando con ellos, y ya no me causan la menor molestia ni sus personas anticuadas ni sus estrafalarios discursos. A todo se hace el hombre en las diferentes situaciones a que le lleva su Destino, y por algo dice la filosofía popular: No con quien naces, sino con quien paces. En realidad yo pacía exclusivamente con mi mujer, y de este nuestro pastar reservado en el íntimo campo conyugal, nació el que yo me adaptase fácilmente a la vida Emparánica, como se verá por lo que voy a referir ahora.

Me lanzo a descubrir y delatar lo más secreto de mis conversaciones con María Ignacia. Ya en los días de Atienza, cuando nos quedábamos solos, se me quejaba de la pesadez insulsa del rosario que mi madre nos hacía rezar con ella todas las noches. Claro es que estas opiniones eran sólo para mí, y ante mi madre nada decía que pudiera disgustarla. En Madrid me manifestó las propias ideas, y una noche llegó a decirme: «El rosario me sirve a mí para pensar en mis cosas. No hay nada más propio que esta taravilla para meterse una en sí misma. Ya tengo yo mi lengua bien acostumbrada a rezárselo ella sola, y la dejo ir al compás de la cancamurria de los demás. Dentro de mí, yo solita pienso, y si viene a pelo, le pido a Dios con palabras mías lo que quiero pedirle.. ¡Vaya, que si dijese yo estas cosas a mis tías, creerían que me he vuelto loca! Pues hace tiempo que pienso así; pero a nadie lo he dicho, porque la vergüenza me sellaba la boca. Como entre nosotros no hay vergüenza, todos mis pensamientos son tuyos.

Y en la noche de un día consagrado a religioso bureo, con misa solemne por la mañana, por la tarde manifiesto y procesión, y como fin de fiesta, fastidiosa charla mística del Sr. Sureda con nuestras reverendas tías, María Ignacia, cuando estuvimos donde nadie pudiera oírnos, me dijo: «Con muchos días como este, pronto se hace una volteriana, aunque yo, la verdad, no he leído a ese Voltaire ni falta que me hace. Oye, Pepe: ¿no te parece que sobre todas las estupideces humanas está la de adorar a esos santos de palo, más sacrílegos aún cuando los visten (p.6225) ridículamente? ¿No crees que un pueblo que adora esas figuras y en ellas pone toda su fe, no tiene verdadera religión, aunque los curas lo arreglen diciendo que es un símbolo lo que nos mandan adorar entre velas? Yo te aseguro que no siento devoción delante de ninguna imagen, como no sea la de Jesucristo, y que si yo tuviera que arreglar el mundo, mi primer acto sería condenar al fuego a toda esa caterva de santos de bulto, empezando por los que llevan ropa.

-Lo mismo pienso -le respondí-. Pero nosotros, que tenemos nuestro entendimiento limpio de esos desvaríos, hemos de disimularlo, y hacer como que no discurrimos, ni vemos más allá de las narices del Sr. Sureda, o de tu tía Josefa.. Seamos cautos, mujer mía, que nada cuesta decir a todo amén, y vivir en santa paz con la familia».

Y una noche, recordando lo que desentonadamente se habló en nuestra tertulia de la situación del Papa, y de las tropas que mandaremos a Italia para restablecerle en su trono, mi mujer se dejó decir: «Ya ese bendito Conde de Cleonard me tenía estomagada con que la Iglesia debe ser maestra de la vida en todos los órdenes, con que los liberales están condenados, con que debemos traernos para acá al Papa, y hacerle cabeza de nuestra nación.. Pues yo digo que si es Vicario de Jesucristo, ¿para qué necesita fusiles y cañones? Jesucristo no tuvo artilleros, ni le hacían falta para nada.. Y también digo que no tuvo embajadores, ni ministros de Hacienda, ni cobraba dinero por bulas o dispensas, ni gastaba esos lujos.. como que nunca se puso zapatos. ¿Lo entiendes tú, Pepe? Me dirás que no, y que tus dudas son iguales a las mías.. Pero tienes razón, hijito: callémonos y hagámonos los tontos, que así nadie se mete con nosotros, y vivimos tan tranquilos».

El escepticismo de mi cara esposa no se estacionaba: era esencialmente progresivo, como se verá por los conceptos formulados hará unos veinte días: «Esto de que hemos de confesar y comulgar todos los meses me parece un abuso de nuestra paciencia, Pepe. ¿No crees lo mismo? Bueno que me hagan confesar a mí; (p.6226) pero tú, que eres hombre, ¿por qué has de arrodillarte tan a menudo delante de un sacerdote para contarle lo que has hecho? ¡Pues buena tendrías el alma si a cada treinta días te la llenaras de nuevos pecados! Con confesar una vez al año, o dos, vamos, bastaría, pienso yo. Claro es que salimos del paso muy lindamente. Yo de algún tiempo acá no le digo al cura más que lo que me parece. Ya te conté los disparates que me preguntó el de las Descalzas. Desde entonces hago mi composición y no me apuro por nada. ¿Y tú cómo te las arreglas con D. Sinforoso? ¿Es preguntón; es de los que se pasan de listos y quieren saber, a más de los pecados cometidos, los pecados probables, y se meten en lo que no les importa?.. Verdad que tú ya sabrás desenvolverte. A buena parte van. Yo digo que la mujer casada no debe confesarse más que con su marido, si este no es un pillete, como hay muchos. A ti te digo yo todo lo que pienso; tú me dices a mí parte de lo que discurres, porque un hombre, naturalmente, debe tener alguna más libertad de pensar, y así somos felices, y nos entendemos a maravilla».

30 de Marzo.- Suspendo aquí los desenfados de María Ignacia, para dar sitio al estupendo notición de hoy. En Novara, gran batalla entre piamonteses y austriacos, vencedores estos, viéndose precisado Carlos Alberto a salir de estampía, previa abdicación en su hijo Víctor Manuel. No caben en sí de contento los de mi tertulia Emparánica, y mi hermano Agustín ya ve asegurada la paz del mundo y el orden social con este triunfo del Imperio.. Ni ante la rota de Novara, que ha sido el humo en que se desvanecen las esperanzas unitarias de los italianos, entran en razón los descamisados y descalzonados de Roma, que siguen adorando a esa tarasca ebria de su República. El Papa, muy obsequiado del Rey Piísimo (Fernando II) , continúa en Gaeta esperando que las tropas francesas y españolas le devuelvan sus Estados, hoy en poder de todos los demonios. Estos no van con exorcismos ni anatemas, y es menester gran cantidad de pólvora y balas para (p.6227) conseguir arrojarlos del santo cuerpo en que se han metido.

«¿No has reparado -me dijo anoche Ignacia-, que en casa no quieren a Narváez? Lo habrás notado sin duda. Ello está bien a la vista. Siempre que hablas de él, para elogiarle, naturalmente, o callan o salen con alguna cuchufleta.. y que el Sureda las dice del peor gusto. Luego papá y las tías no pierden ripio para ponerle faltas: que si es un cascarrabias, que si no guarda la religión, que si no mira más que por sí, que si todo lo arregla con andaluzadas, que si debajo de la capa de moderado es un liberal tremendo, que si ha dicho o no ha dicho del Nuncio una frase muy fea.. y no pude enterarme, porque entre sí los hombres la pronunciaron muy en secreto, y unos se indignaban, otros se reían.. En fin, Pepe, que no le quieren en casa, desengáñate. ¿Sabes la que soltó esta noche D. Serafín Cleonard? Pues que la Reina ha perdido el miedo a Narváez; pero que le mantiene en el poder por meterle miedo a su marido D. Francisco y tenerle siempre en jaque.. Mi tía Josefa, que, como sabes, está muy al tanto de lo que pasa en el cuarto del Rey, se echó a reír y dijo: «Ya no le temen. ¿Qué han de temerle, si el tigre va saliendo gato? Preparado está ya el cascabel que han de ponerle.

-¿Y no añadió quién es el guapo que se lo pondrá?

-Se lo calló la muy ladina. Si mañana se les va la lengua un poquito más.. seré toda orejas, para grabarlo bien en mi memoria y poder contártelo».

 

Ep-32-XIII -

17 de Mayo.- No me preguntéis nada de cosas públicas, ni aun de la expedición militar que ha salido ya para Italia. Todo lo ignoro, y lo que traen a mi oído derecho los amigos cuenteros y parlanchines, o el bullicio de las calles, no tardo en arrojarlo por el izquierdo hasta dejar mi caletre vacío de cuanto no pertenezca a mis personales intereses y cuidados. He tenido a mi mujer muy malita. ¡Qué días, qué cinco semanas de mortal ansiedad! En mi sobresalto y tribulación temí que no sólo perdiéramos el fruto, sino el árbol. Gracias a Dios, vimos felizmente resuelto el infarto de la garganta y cuello con alarmantes (p.6228) manifestaciones de erisipela.. Dejadme que respire. Ya la tenemos completamente bien: el mundo recobra su alegría. Yo le digo a María Ignacia que Dios está resueltamente de nuestra parte; ella se ríe y me contesta, barajando la fe con el escepticismo: «Acá para entre los dos, Pepe, yo pienso que Dios me ha de conceder.. ya sabes qué.. el tener felizmente a nuestro hijo, pues ya que me negó tantas cosas buenas que otras poseen, esta me la tiene que dar. Si no, no sería justo.. Aunque.. vete a saber si es justo. Yo voy creyendo que no lo es, y que su principal atributo es la injusticia, al menos lo que por tal tenemos de tejas abajo, y que es quizás.. la sublime esencia de la justicia. En fin, chico, lo que quiera Dios ha de ser, y, como dice tu madre, venga lo que viniere, siempre tendremos que dar gracias».

Así en la enfermedad como en la convalecencia y franca mejoría, se redoblaron los mimos que a María Ignacia prodigamos todos, y por mi parte, a más de renovar ante ella la declaración y juramento de fidelidad que como esposo le debo, le sometí y entregué mi lícita libertad, que tal fue el compromiso de alejarme sistemáticamente de todo lugar donde pudiera presentárseme ocasión pecaminosa. Con ello no hago, en realidad, gran sacrificio, porque de tal modo embarga mi voluntad el indescifrado misterio de la sucesión, que al presente nada me solicita fuera de mi casa, y me sorprendo de encontrarme desalentado y glacial ante personas que el año anterior me sacaban fácilmente de quicio. Desde mi regreso de Atienza, he visto más de una vez a Eufrasia, en su casa, en las ajenas, en el teatro, en la calle. En nuestras primeras entrevistas, encareció sin ironía mis virtudes, incitándome a persistir en ellas. En Febrero último, un casual incidente nos aproximó y puso en soledad con tan tentadoras circunstancias, que el no desmandarme habría sido, más que honradez, santidad. Por fortuna, la presteza con que acudió la manchega a la corrección de mi atrevimiento, nos salvó a los dos, acreditando su virtud más que la mía. Desde entonces nos hemos visto (p.6229) poco y sin ocasión de largas explicaderas. Me han dicho que en su casa, donde politiqueaban el año anterior los disidentes de la situación moderada, cabildean ahora los enemigos más obscuros del régimen. No sé qué hay de verdad en esto, ni me importa.

De Virginia y Valeria debo decir que cada una tiene de novio a un capitán.. Por extraordinario efecto de reflexión de lo femenino a lo masculino, los dos novios me parecen un capitán solo. Ya no bromean conmigo las dos chiquillas, ni yo, respetándome y respetándolas, me permito jugar con ellas a los amorcitos. Sé lo que debo a la sociedad, a los amigos y a mí propio: siento en mí la saludable invasión anímica de la sensatez; como árbol magnífico que soy, plantado en el suelo de la patria, me duelen las raíces al menor movimiento de mi tronco.. Noto en mí un sentimiento nuevo, la alegría de la corrección, porque nace entre las vanaglorias de una vida llena de ventajas y dulzuras del orden material. En la cúspide de mi sensatez, pirámide que tiene por base mi sólida posición, afirmo de nuevo que la renuncia que hice a María Ignacia de mi asistencia a reuniones mundanas, no es en realidad un sacrificio muy meritorio, pues en muchos casos no iba yo a ciertas casas más que a medir la longitud y latitud de mi aburrimiento. Tan sólo echo de menos la tertulia de María Buschental, cenáculo de hombres presidido por una mujer encantadora, de sutil ingenio. Allí van mis mejores amigos; allí se habla de lo divino y lo humano con deliciosa libertad, y se lleva puntual cuenta y razón de las flaquezas cortesanas que ofrecen interés por andar en ellas los poderosos, pues las flaquezas de los pequeños a nadie interesan; allí se hace la exacta crítica de las cosas públicas, harto más sincera que la de los periódicos, porque las causas y móviles de los hechos, comúnmente reseñados con falaz criterio por la Prensa, salen de las bocas vestidos y armados de la refulgente verdad.. Espero que en cuanto rebasemos la formidable línea de la sucesión, recabaré de mi bendita esposa que, a (p.6230) cambio de otras concesiones, me dé de alta en el amenísimo conciliábulo de la calle del Príncipe. Por hoy, me resigno a no tener más sitio de esparcimiento y charla que el Teatro de Oriente (convertido en Congreso, mientras se concluye la nueva Cámara de los Comunes) , aunque allí, como dice Salamanca, tiene uno la desdicha de encontrar siempre a todas las personas que le cargan.

29 de Mayo.- Pongo en conocimiento de la Posteridad un importante suceso. Ayer estuvo en casa mi amigo Eduardo San Román con esta comisión: «Vengo de parte del General Narváez a llevarte a su presencia.. No te asustes: desea conocerte». Sorpresa y confusión: esta sube de punto cuando agrega el simpático emisario que no se trata de concederme audiencia, por otra parte no solicitada, ni de una entrevista ceremoniosa: será una simple presentación de confianza, por la mañana, cuando el General, no vestido aún, o a medio vestir y quizás tomando chocolate, recibe a sus amigos más íntimos. Francamente, no entraba en mi cabeza que con tan primitivas formas de llaneza me llamase y recibiese D. Ramón a mí, para él desconocido, o apenas conocido de nombre. Llegué a creer que San Román me daba una broma; pero con tal seriedad insistió en su mensaje, que hube de tenerlo por verídico. Pensando que me hallaba en vísperas de una singular emergencia, me dije: «¿Qué es esto? ¿Para qué me querrá el dueño y árbitro de los destinos de la Nación?.. No puede ser para ofrecerme un acta en elección parcial, que de esto se ocupa Sartorius.. Para reñirme no ha de ser, porque en nada le ofendí, y no soy su subordinado.. ni para darme las gracias, porque ningún servicio me debe..». En fin, pronto saldría de confusiones. Convine con Eduardo en que nos reuniríamos en casa, por hoy, a la hora que él designara.

Por la noche, mi mujer y yo apuramos hipótesis y conjeturas para dar con el quid de tan extraña cita, y en el giro de nuestra charla, hablamos de mi presunto introductor San Román, en quien reconozco a uno de mis mejores amigos. Soldado de (p.6231) pluma más que de espada, sus notables escritos de Arte Militar le han valido el entorchado de plata. Es quizás el brigadier más joven del ejército, y en política no anda ciertamente a retaguardia: D. Ramón le ha hecho diputado por Loja, su pueblo, que es como hacerle de la familia.. La tenaz adhesión de nuestro pensamiento a la persona del guerrero de Arlabán, nos llevó a recordar la carta inédita, inconcluida y sin curso del pobre Miedes, que de Atienza trajimos y conservamos como oro en paño en recuerdo de nuestro bondadoso y trastornado amigo.

«Mira tú -dije a María Ignacia-, que sería muy gracioso entrar yo a la presencia de Narváez saludándole con el dictado de Buey liberal, que según Miedes es la fórmula sintética de su carácter.

-Gracioso sería, sí.. ¡Lo que tardaría el hombre en tirarte por las escaleras abajo!

-Como no dispusiera que me agregaran a la primera cuerda que salga para Filipinas..».

Bromas aparte, no llegué sin temor, esta mañana, a la Inspección de Milicias, morada del General cuando es Ministro Presidente. La idea que todos los españoles, con razón o sin ella, han formado de la fiereza del personaje, justificaba mi vago recelo, que San Román cuidó de disipar asegurándome que no debía temer ningún arranque iracundo, porque el león, no tan fiero como se le pinta, sólo echa el zarpazo a los subalternos que no cumplen su deber. Entramos, y en una estancia nada elegante, que más bien parecía cuerpo de guardia, vi que hacían antesala unas cinco o seis personas, algunas de las cuales conocía yo. Eran D. Juan Gaya, Administrador de la Imprenta Nacional y Director de la Gaceta, mi jefe un año ha, hoy Diputado por la Seo de Urgel (¡Cielos, apiadaos del inocente Cuadrado, mi compañero de oficina!) ; el corpulentísimo D. José María Mora, Diputado por un distrito de Alicante y oficial en Gobernación, y el de tenebroso entrecejo y desapacible rostro Don Claudio Moyano, Rector de la Universidad. Además vi a uno que me pareció periodista, cara que conozco mucho, mas el nombre se me ha ido de la memoria.. (p.6232) Mientras yo saludaba a mi antiguo jefe en la Gaceta, y le proponía que trabajásemos juntos para traer de su destierro al sin ventura Cuadrado, desapareció Eduardo San Román. Al poco rato le vi volver con un ayudante, y ambos me llevaron afuera, como quien desanda lo andado, y luego me condujeron por un pasillo con dobleces que no parecía sino un rompecabezas. Al término de esta caminata, entramos en un aposento grande, todo claridad, donde lo primero que vi ¡Dios me valga!, fue la propia persona del Túrdulo D. Ramón Narváez en mangas de camisa. Entrar yo por aquella puerta y salir él de otra frontera, con vivo paso, mirar fiero y arranque impetuoso, que me dio la impresión de un toro saliendo del toril, fue todo uno. Quedeme parado a pocos pasos de la puerta sin saber qué hacer, ni a dónde volverme, ni a quién saludar. Por un momento dudé que fuera el Duque de Valencia quien de tal modo me recibía. Mis introductores, no menos perplejos que yo, se pararon también en firme junto a mí, a punto que el General, en medio de la estancia, gritaba como quien da la voz de mando en lo más comprometido de una batalla: «¡Bodegaaa!

-Mi General -dijo el ayudante-, yo le llamaré.

-En el pasillo se cruzó con nosotros cuando entrábamos», balbució San Román, señalando al ayudante la dirección que tomar debía.

Narváez, gritando nuevamente «¡Bodega!» reforzaba su exclamación con el repique de una campanilla que cogió de la mesa y agitaba en su mano. Después se volvió hacia mí, y secamente, sin dar espacio al saludo que inicié, me dijo: «Dispense usted, pollo». Al poco rato, como si la presencia de un extraño calmase su furia, aplacó los gritos, y no hacía más que sacudir la campana, diciendo por lo bajo: «Este Bodega me va a quitar a mí la vida». De pronto entró el ayudante, y tras él un criado como de cincuenta años con un servicio de chocolate. Lo mismo fue verlo Narváez que le tiró la campanilla con toda la fuerza de su brazo, diciendo: «Ahora te lo tomas tú, arrastrado.. que ya con tu cachaza me has quitado la (p.6233) gana.. ¡Si me tienes podrida la paciencia!.. Que te lo lleves, te digo.. ¡Qué no lo tomo, ea, que no lo tomo!».

Cayó la campanilla a los pies del criado, el cual, imperturbable, como si creyera en conciencia que de su enrabiscado señor no debiera hacer más caso que de un niño, dio con el pie al proyectil que este le había lanzado, y siguió su camino rodeando la pieza hasta dejar el servicio en una mesa próxima a la ventana. Yo había oído hablar del famoso Bodega, del viejo soldado, compañero y servidor del General en la guerra, y ahora su ayuda de cámara y mayordomo; pero no le había visto nunca. Encontrele alguna semejanza con el gran Miedes, la cual, si muy vaga en la fisonomía, más acentuada en la traza y estatura, salva la diferencia de edad, era exactísima en los pies, grandes, juanetudos, como los del sabio celtíbero, marcando bajo el paño de los zapatos bultos como nueces. Pues el fiel servidor, mudo y flemático, sin precipitarse en sus movimientos, luego que dejó el chocolate en la mesa, cogió el chaleco, y alzándolo en ambas manos, hizo un movimiento semejante al del banderillero cuando cita al toro y le muestra los palillos que ha de clavarle. Narváez arrojó sobre su asistente una mirada de indignación, y llegándose a él dio media vuelta y se dejó meter los brazos por los agujeros de aquella prenda. Luego se abrochó de prisa, y antes que Bodega trajera la levita le echó otra rociada: «Te digo que te lleves ese menjurje. He dicho que no lo tomo ya. Llévatelo, o te lo tiro a la cabeza». Bodega, sin la menor alteración en su rostro, que parecía de palo, puso a su amo la levita; el General, volviéndole la espalda, se la ajustó con un nervioso estirón del paño sobre la cintura; luego palpó y aseguró su peluquín, que con los berrinches parecía desviarse un poco. Retirose Bodega con la tranquilidad del justo, sin cuidarse de obedecer a su señor en lo de llevarse el desayuno, y el Duque, al verle salir, le flechó de nuevo con una mirada de odio; después dirigió otra de desdén al chocolate; por último, volviéndose a mí, me señaló un sofá, a punto que él también se (p.6234) sentaba, y me dijo: «Dispense, pollo, que le reciba con esta confianza.. Voy a decirle con qué objeto me he tomado la libertad de llamarle..

 

Ep-32-XIV -

-Mi General -le respondí-, estoy siempre a sus órdenes. No podía usted hacerme honor más grande que tratarme con esta confianza..

-Pues, verá..

-Tome usted su chocolate, mi General -le dije creyendo corresponder a su franqueza-. Por mí no se prive..».

Me interrumpió con un gesto impaciente que traduje de este modo: «No se ocupe usted de lo que no le importa. Yo tomaré o no tomaré el chocolate conforme a mi santa voluntad; usted oiga y calle». Así lo hice. No sin grande estupor oí estas palabras, que reproduzco suprimiendo el ligero ceceo andaluz con que el Dictador las pronunciaba: «Pues quería decir a usted lo siguiente: en su casa, en la casa de los señores De Emparán se conspira de un modo descarado contra mí.. No, no me lo niegue. Con usted no va nada. Tengo de usted la mejor idea: ya sé que es sensato, muy sensato, y que entre las ideas del Marqués de Beramendi y las de su suegro.. hay un abismo.. Lo que no quita que usted aparente amoldarse.. Naturalmente, es esposo de su hija.. ¡Si me hago cargo!.. Es posible también que delante del yerno no se permitan decir todo lo que sienten, ni dejar traslucir sus intenciones. Yo lo sé todo, y si no lo sé todo, sé mucho, lo bastante para no dejarme sorprender. Mi objeto al llamarle no es pedirle que me cuente lo que se habla en su casa. Ni yo acostumbro apelar a esos medios, ni usted, que es un joven pundonoroso, de gran talento, según me dicen, se había de prestar a un espionaje de tal naturaleza.. No, no: mi objeto es tan sólo decirle que haga entender a su familia que Narváez no está ignorante de lo que se trama contra él, y que se halla dispuesto a meter mano a todo el que perturbe, sin distinción de pobres y ricos. Es gran injusticia mandar a Filipinas a tanto infeliz descamisado, y dejar aquí a los revoltosos de buena posición, que pelean contra lo existente.. con armas que no son el trabuco naranjero, y se hacen fuertes en (p.6235) barricadas.. que no son las de las calles. Aquí donde usted me ve, soy yo más liberal que nadie, y si me apuran, más demócrata que la Virgen Democracia. Ni temo a los de abajo ni adulo a los de arriba.. Si los que pintan el diablo en la casa de Emparán son carlinos, enhorabuena: que salgan al campo, que den la cara. Yo he visto de cerca las caras de Zumalacárregui, de González Moreno, de Don Basilio, de otros muchos guerreros muy respetables, y no me dan asco. Ellos luchaban en su campo, yo en el mío; ellos se mataban por su Rey, yo por mi Reina. Éramos rivales nobles. Ganamos nosotros la partida. Por zancas o barrancas, quedaron los facciosos debajo; nosotros encima.. Pues ahora los convenidos de Vergara, y los clérigos de capa corta que allí tuvieron su desengaño, quieren suplantarnos y abolir el Régimen, y traernos el carlismo sin D. Carlos, o el absolutismo con Isabel, y esto no hemos de tolerarlo, ¡carape!.. Como no hemos de consentir que los que tronaron contra la desamortización, sean ahora los que quieran echar abajo lo existente.. No será tan malo el árbol cuando a su sombra hicieron sus pacotillas estos ricachones que ahora se gastan el dinero en escapularios, y que me acusan de que no miro por la Religión.. Hable usted de esto con su señor papá político, y con otros que en pocos años se han llenado de millones. Si es tan malo el Régimen, que se lo cuenten a los que por ese mismo sistema político, ¡ahí duele! fueron Comisionados del crédito público, y se encargaron de recoger el papel-moneda de los conventos.. ¿Dónde está ese papel? Yo no digo nada: hable usted con los que dicen que se ha convertido en ladrillos y estos en casas..».

Aprovechando el primer descanso que tomó el orador, dije que si en mi casa se hablaba mal del Gobierno, común achaque de toda casa de Madrid, cualquiera que fuese la procedencia de sus ladrillos, no debía ello tomarse como efectiva conjura, sino como desahogo natural de las almas españolas; a lo que me contestó el Duque con un suspiro que de su pecho salía como avergonzado, por (p.6236) no ser aquel pecho de los que albergan la resignación, o el sentimiento de una radical impotencia contra fatales obstáculos. Después miró un instante al suelo, y me dijo que aunque la intriga no tuviese su principal centro en mi casa, allí debía él dar un toque de atención en esta forma: «Cuidado, caballeros, que tengo abierto el registro para Filipinas..». En esto apareció de nuevo Bodega, y su amo le interpeló en el tono más suave: «Bodega, hijo, ¿qué haces que no te llevas ese chocolate maldito? No lo tomo.. Oye otra cosa: sírvenos el almuerzo a las doce en punto. Este señor almuerza hoy conmigo». Cuando yo le daba las gracias por tanta fineza, entró el ayudante, al cual preguntó su jefe si había más personas en la antesala. «Acaba de entrar D. Pedro Egaña; hace un rato llegaron el Sr. Sagasti y D. Pascual Madoz.

-Que pasen a esa sala los que aguardaban y los recién venidos: los despacharé a todos de una estocada -dijo el Duque abriendo la puerta que a la estancia próxima conducía-. Bodega, no hay prisa para el almuerzo, porque hoy no tengo que ir a Palacio: de aquí me iré al Senado».

Y con severidad tutelar, tranquilo y apacible, como quien ejerce paternalmente la autoridad doméstica, el gran Bodega recogió el servicio, diciendo: «Buena memoria nos dé Dios. Si no va mi General a Palacio, bien sabe que le espera en su casa el Sr. D. Luis Mayans. ¿No quedaron en eso?

-¡Oh! sí: tienes razón.. Almorzaremos a las doce en punto».

Pasando el Duque a la sala de audiencias, quedamos allí el ayudante y yo con San Román, el cual, mientras hablamos Narváez y yo lo que referido queda, había permanecido en discreto apartamiento, leyendo no sé si La España o El Heraldo, a la claridad del balcón. Luego que estuvimos solos, vino Eduardo a mí para darme instrucciones acerca de la actitud que debo observar ante el General en las incidencias probables de un largo coloquio. «Si te trata con confianza, guárdate mucho de hacer lo mismo con él; si te da alguna broma, aguántala sin que se te pase por el magín la idea de (p.6237) devolvérsela, aun siendo de las más inocentes. No tolera confianzas de nadie, como no sea de Bodega, y en cuanto a bromas, no ha nacido todavía quien se las dé. Es un hombre bonísimo, pero de un amor propio que no le cabe en el alma. Admite que se le contradiga en ideas; pero no quiere oír cosa alguna por donde a él se le figure que queda en ridículo a sus propios ojos. Nada de chistes, Pepe, alusivos a lo que ha hecho, o pueda hacer y acontecer. Cuanto al General se refiera, sea dicho en el tono más serio».

Terció el simpático ayudante en la conversación para añadir nuevas advertencias a las expresadas por San Román, lo que yo agradecí mucho, porque con tales maestros no había medio de desbarrar. «Fíjese usted también en esto: de las caricaturas que le sacan en los periódicos callejeros, no tiene usted que hacer mención ni aun para reprobarlas, ni tampoco hablar de los papeles satíricos, ni reírles las gracias. Los muñecos y las sátiras más o menos chistosas o indecentes, le sacan de quicio.. Dé la prensa en general, aun de la moderada, hable usted con poca estima.

-Es un gran corazón y una gran inteligencia -dijo San Román-; pero inteligencia y corazón no se manifiestan más que con arranques, prontitudes, explosiones. Si mantuviera sus facultades en un medio constante de potencia afectiva y reflexiva, no habría hombre de Estado que se le igualara.

-Es todo inspiración, todo inspiración.

-Lanza el gran bufido, y cuanto mayor sea este, más pronto vuelve el hombre al estado de calma y prudencia. Créelo: si a todos los que ha mandado fusilar, pudiera resucitarlos, lo haría de buena gana.. Si es duro en los hechos, en la palabra suele ser muy inconveniente.. pero su furor pasa pronto.

-Le hemos visto pedir perdón a muchos que le oyeron cosas terribles, cogidos de las solapas.

-Las personas a quienes más ha protegido y protege, digo yo que son las hechuras del arrepentimiento. Recibieron algún apabullo, les salpicó a la cara el espumarajo de la ira del león.. Pero luego ha venido el león mismo a limpiarlo, (p.6238) concluyendo por colmar de beneficios al ofendido.

-La principal regla de conducta es no tomarse con él ni la más ligera confianza.

-Una mañana estuvo aquí un diputado andaluz, que es hombre graciosísimo. Fue en las Cortes pasadas. De su nombre no me acuerdo; de su cara sí: alto, moreno, con patillas de boca de jacha, dientes muy blancos, y un decir ameno, con chiste en cada frase, y los ademanes tan sueltos y desahogados que ellos bastaran para hacer reír. Narváez se divirtió oyéndole contar cosas de la tierra: aquel día ceceaba como en su mocedad. El pobre granadino, viendo a su paisano tan gozoso y bromista, se fue del seguro y cometió la pifia de ponerle la mano en el hombro. Sentir la mano del andaluz en su hombro fue para D. Ramón como sentir la picadura de una víbora. Volviose, cogió con violencia la insolente mano, y echando lumbre por los ojos, le dio un fuerte estirón hacia abajo, diciendo: «¡Esa mano en los calzones!». Quedose el otro de una pieza. No volvió a soltar chistes, ni D. Ramón se los hubiera reído aunque a chorros los echara. Pasado algún tiempo, el tal se trocó de amigo en furioso enemigo de Narváez, y escribió sus chirigotas en La Postdata.. Al fin se hizo progresista: ha estado en un tris que le mandemos a Filipinas».

Antes que San Román concluyera, oímos la voz del General en la sala próxima. Reñía con D. Pedro Egaña y con D. Pascual Madoz, que también es hombre de malas pulgas. Luego supimos por el ayudante que los Sres. Gaya, Mora, Sagasti y Moyano se habían retirado después de oír alguna palabra, ni agria ni dulce, del Espadón. Este toreaba por lo fino a D. Pedro Egaña, que venía con pretensiones vascongadas, y a Don Pascual Madoz, que solicitaba privilegios para Cataluña. Era un caso de incompatibilidad irreductible entre los intereses catalanes y los vascos. Llamado por el Duque, pasó el ayudante a la sala de audiencias para hacerse cargo de todo el papelorio que dejaban los dos pedigüeños de gollerías, y al abrirse la puerta oímos a Narváez que gritaba: «¿Pero esto es España o la (p.6239) ermita de San Jarando que hay en mi tierra, donde cada sacristán no pide más que para su santico? Ea, caballeros, yo estoy aquí para mirar por el Padre Eterno, que es la Nación, y no por los santos catalanes o vascongados..». Les despidió con buena sombra, y si Egaña partió cejijunto, conteniendo su enfado dentro de la cortesía, D. Pascual, que es muy nervioso, chillón, rudo, francote, como cuarterón de catalán y aragonés, y de aragonés y navarro, salió con la peluca bermeja un tanto descompuesta y erizada, diciendo: «General, es usted atroz, y a este paso iremos.. a donde no queremos ir».

Terminadas las audiencias, creímos que nadie quedaba en la sala; pero el periodista que vi al entrar, y que según dicho del ayudante se había retirado, apareció de nuevo como un duende, no sé si por secreta puertecilla o surgiendo de los pliegues de un cortinón. Con forzada sonrisa y pruritos de ligereza que eran disimulo y atenuantes de su miedo, adelantose en seguimiento del General que a nuestro lado volvía. Infeliz esclavo de las duras necesidades de su oficio, se arriesgaba, con peligro de la existencia, a quitarle motas o pulgas al león. Volviose este con el movimiento rápido que a sus arranques de ira o de generosidad precedía, y tocado por suerte de la segunda más que de la primera, dijo al intruso en el tono con que imitaba la paciencia: «Pero, condenado Santanita, ¿cuándo concluirá usted de freírme la sangre?

-Mi General -dijo con ceceo andaluz el llamado Santana, tranquilizándose-, es usted más bueno que el pan y más dadivoso que San Antonio bendito. ¿Qué le cuesta decirme con palabra y media lo que está pidiendo con tanta necesidad mi Carta autógrafa de esta noche?

--¡Si no hay nada, si no tengo nada que decirle!

-Mi General, yo le voy conociendo ya, y sé que cuando más regatea más da, y que si al principio le niega a uno hasta la sal del bautismo, luego le entrega su corazón, ese corazón más grande que la Puerta de Alcalá..

-Basta, Santana.. -replicó D. Ramón, en plena expresión de benevolencia-. Ahora no puedo (p.6240) entretenerme. Véngase esta noche antes de comer, a la salida del Congreso.. no, no: de diez a once, y hablaremos.

-¿Pero no podré llevarme ahora un par de rengloncitos, como quien dice, nada?.. La expedición ha llegado a Gaeta. ¿Se sabe ya si Córdova ha conferenciado con el Papa?.. ¿Cuándo empezamos las operaciones?.. ¿Atacaremos a Garibaldi antes que lleguen los refuerzos?..

-Que vuelva esta noche, ¡jinojo! -dijo Narváez como con ganas de enfadarse una chispita, pues con la mayor presteza pasaba de un extremo a otro de la gama humoral-. Esta noche, y no moler, amigo. Ya sabe que le quiero bien, por trabajador y honrado, y que le distingo entre tanto holgazán trapisondista.

-A la orden, mi General -murmuró el otro despidiéndose con militar saludo y saliendo como un cohete.

 

Ep-32-XV -

-Este Santana me gusta -nos dijo Narváez cuando nos sentábamos a la mesa-. Es hombre de gran mérito; es un inventor que adivina alguna cosa que no se ve y que él quiere descubrir; confía en sí mismo; no tiene capital: él lo creará con cuatro pedazos de papel y una piedra litográfica.. y con la paciencia de todo el mundo, ¡carape!, pues el maldito pone a contribución a cuantos podemos darle alguna noticia, y hasta que no aflojamos la mosca no nos deja en paz.. Pero con eso y con todo, este hombre es una voluntad, y merece que se le proteja.. Le conozco desde que empezó. Me ha dado algunas jaquecas..».

Luego me contó San Román este pasaje delicioso de las relaciones de Narváez con Santana. «En los primeros días de la Autógrafa, se le fue la mano al periodista apreciando ciertos actos del General. Este, al leer el periódico bufaba como un gato. 'Si encuentro en la calle a ese catatintas, le deshago -me dijo. Y una tarde quiso la mala suerte del periodista que, viniendo él por la calle Mayor fuésemos por la misma calle y acera, en dirección contraria, el General y yo.. Santana, con ojo de lince, le vio desde lejos y se pasó a la acera de Platerías; Narváez, que también tiene buen ojo, le sorprendió el movimiento y se fue a él como un (p.6241) ave de presa, y antes que pudiera escabullirse le agarró por las solapas y.. yo no sé las perrerías que le dijo. El otro daba sus excusas.. Realmente, el agravio era insignificante, de esos que se hacen un día y otro a los hombres políticos, censurándoles con más o menos equidad sin lastimar su honra. Seguimos calle adelante, sin que yo me permitiese hacerle ninguna observación sobre la aspereza de su genio, porque le vi sofocadísimo, y tardaba más que de costumbre en recobrar la calma. Por la noche, aquí, le noté bastante aplanado, taciturno, contestando poco y mal a los hombres políticos que vinieron a verle. Hasta con su íntimo amigo, el granadino D. Miguel Roda, estuvo muy avinagrado. A la mañana siguiente le encontré en la misma disposición de espíritu; a Bodega tan pronto le llenaba de improperios como le llamaba hijo.. Bien se veía que un pesar le agobiaba; pero como es hombre de arranques, y los de sinceridad son quizás los más hermosos que tiene, así como no se le pudre en el cuerpo ningún resquemor por agravio recibido, tampoco se le quedan dentro las espinillas de los disparates que hace. Soltando un terno volviose a mí de repente y me dijo: '¡Qué me traigan a ese Santana!.. Eduardito, hazme el favor de traérmele. Ayer, ya lo viste, le atropellé estúpidamente.. No había motivo.. Estuve muy duro.. ¡Un hombre que se gana la vida sin pedir a nadie más que noticias!.. Este le mete a uno los dedos en la boca, jamás en los bolsillos. Quiero hacer algo por él, y demostrarle que Narváez no es rencoroso. Dispondré que se suscriban a la Carta autógrafa todas las Direcciones Generales, a más de los Ministerios.. y se recomendará la suscripción a todos los jefes políticos y a los cuerpos del Ejército'.. Con que ya ves si el hombre es de buen natural. Esto pasó tal como te lo cuento». Era en verdad un rasgo que descubría la integridad del carácter, una línea que era toda la figura.

Durante el almuerzo, del que participaron también San Román y el ayudante, nada nos dijo el Duque digno de que yo lo mencione. El hábito del gobierno le había curado de sus (p.6242) resabios expansivos, y comúnmente, como alguna cuestión picante no excitara su nativa franqueza, nada decía que debiera reservarse. De los diversos asuntos políticos o internacionales que estaban, como suele decirse, sobre el tapete, apenas habló; ocupose más de nosotros que de sí mismo, pidiéndonos noticia de la sociedad que frecuentamos, y distinguiéndome a mí con sus finezas. No sé si debo contar como tal la insistencia en darme la denominación de pollo, que me pareció de notoria impropiedad, pues aunque soy joven efectivo, por razón de mi estado y circunstancias no pertenezco a la juventud suelta y de cascos ligeros designada vulgarmente con aquel término gallináceo. Este se aplica hoy sin ton ni son, y significa frivolidad, corbatas de colorines, primeros pasos en cualquier carrera; significa infatigabilidad en el baile, lanzándose a la moderna polka con vértigo y furor, audacia en los amores, atreviéndose con las damas de alto copete, alegría decidora, jactancia de los triunfos cuando los hay, resignación en las calabazas; significa el desprecio del romanticismo y la repugnancia de venenos y puñales. El llamar pollos a los muchachos es uso moderno, y data del 46; lo inventó, que invento es la novísima aplicación de las cosas, así vocablos como fuerzas naturales, una dama muy linda, en una reunión aristocrática, no sé si en casa de Montúfar o de Montijo, o de Santa Cruz (averígüenlo los eruditos) . Oía esta señora las arrebatadas declaraciones de un jovenzuelo tan elegante como atrevido, y aunque las oía con agrado, hubo de contestarlas con una negativa graciosa. El mancebo, que no era bastante fino para guardarse el no sin más explicaciones, pidió a la dama razón de su desvío, y ella, tomando el brazo de un señor maduro (cuarenta años) , le dijo: «¿Por qué? Porque es usted todavía demasiado pollo». La frase fue de las que caen en terreno fértil: hizo fortuna, sin duda como flor nacida en tales labios, y no tardó en extenderse rápidamente al lenguaje común. Bautizados por la hermosa dama, nombre de pollos tuvieron ya para (p.6243) in aeternum todos los jovencitos bien vestidos y arrogantes que buscan dotes o pretenden los favores de mujeres hechas, más o menos casadas, bien o mal avenidas con sus esposos. Ha llegado a tener un uso constante y amaneradísimo la palabreja: a mí me llamaron pollo desde que vine de Italia hasta que me casé. Después del cambio radical de mi posición, nadie me ha llamado así más que Narváez, del cual me ha dicho San Román que aplica el mote a muchos que ya gallean. Para él son todavía pollos Cumbres Altas y Pepe Casasola.

Otro toque del General. A mitad del almuerzo noté que no le parecía bastante bueno el vino que bebíamos. «Tráenos el borgoña del año 4», dijo a Bodega que hacía de maestresala, tan imperturbable, metódico y puntual en estas funciones como en todas las demás de su omnímodo servicio. Sin mirar a su amo, ni alterar ningún rasgo de su fisonomía, que era siempre de palo, Bodega contestó: «El borgoña se guarda para las comidas de etiqueta». Yo temblé; no me atreví a mirar al Duque, creí que ya volaba un plato desde la mano del anfitrión a la cabeza del criado; pero no cruzó los aires más que esta frase con que el General nos explicaba su mansedumbre, después de mirar compasivamente al gran Bodega: «A este bruto hay que matarlo o dejarlo».

Servido el café, mandó poner junto al balcón una mesita, y me hizo señas de que allí nos apartáramos para tomarlo juntos y solos. «Vaya -pensé yo-, ahora me dirá lo que resta, pues ya no tengo duda de que hay segunda parte». En efecto: no tardó el hombre en explicarse. Ved aquí cómo: «Pues hay conspiración, pollo, por más que usted no se entere bien de lo que se habla en su casa. ¿No va usted por la de Socobio, Saturnino? ¿No frecuenta usted la de Socobio, Serafín, que hoy vive en las habitaciones altas de Palacio?». Díjele que muy rara vez voy yo a esas casas, y siempre de visita, acompañado de mi mujer, a lo que él replicó: «Pues en este mal negocio anda, como portadora de recaditos y de instrucciones, una señora que.. no es ofensa, pollo.. (p.6244) una señora que, según públicos rumores, ha tenido y tiene amistades íntimas con usted». Al oír esto me turbé un poco. Si se refería el General a Eufrasia, podía ser verdad que esta señora conspirase; mas no lo es que tenga conmigo las concomitancias de hecho que el vulgo supone.

«¿Qué señora es esa, mi General? Creo que a usted le han informado mal.

-La de Terry, hijo.. ¡Si es más conocida que la ruda!.. Pero ¿se hace usted el novicio, o cree que yo lo soy?..

-Yo le juro que..

-¿Pero es de veras?.. Vamos, ahora que es usted hombre de arraigo no quiere ponerse a la altura de su reputación».

Le conté ingenuamente el caso, mi amor por Eufrasia, mis largas esperas, y por fin, mi retirada honesta al campo de la fidelidad conyugal. No me creía. Riendo me dijo: «¡Pamplinoso!.. Pues quien lleva el alza y baja de estos enredos me había asegurado que no era usted solo.. porque esa no está por exclusivismos, ¿sabe usted?.. Es de las de ancha base, como el Ministerio que quiere Pacheco, donde entran todos.. Otra: también oí que se jacta de haber hecho la boda de usted.

-No es cierto, mi General -respondí, molesto de tener que dar tales explicaciones.

-Ahora resulta que este pollo cándido y honesto no se entera de nada. ¿No sabe tampoco que Eufrasia y una tal Rafaelita, hija de uno que fue jefe político en tiempo de Espartero, son los correos de gabinete que llevan a la casa de Socobio y al palacio de usted las órdenes de otra casa más grande?

-No lo sabía, mi General.

-¿Y también ignora que esta y otras andan ahora continuamente entre curas?

-He observado en esa, como en otras amigas mías, un furor de moda religiosa, y demasiada querencia de los altares, sacristías y confesonarios.

-La manchega y su editor responsable, Socobio, confiesan ahora con el Padre Fulgencio.

-Sé que el escolapio es muy amigo de esa familia.

-Pues siento mucho que no se haya usted arreglado con esa señora, pues de usted pensaba valerme para hacer entender, tanto a la Eufrasia, como a la Rafaela..».

Detúvose y lanzó un (p.6245) terno de los garrafales acompañado del destello iracundo de sus ojos, y seguido de esta explosión: «Como me llamo Narváez, que no quisiera morirme sin coger un barco viejo, de los más viejos que tenemos en los arsenales, y llenarlo de estas beatas.. y mandarlo bien abarrotado de ellas.. ¿Qué Canarias ni qué Filipinas?..¡a las islas Marianas!».

Dando un golpetazo en la mesilla, levantose repitiendo: «¡A las islas Marianas!». Recorrió una y otra vez la estancia, corajudo, apretando las mandíbulas y mascando el cigarro, y sus labios escupían el nombre de aquel remoto archipiélago: «Marianas.. Islas Marianas..».

Pasado lo más vivo del arrechucho, volvió a mi lado y prosiguió así: «¿Tienen algo que echarme en cara como jefe de un Gobierno que está obligado, como todos, a mirar por los intereses eclesiásticos? Hablo de intereses, porque de Fe y de Principios no hay que hablar, que católicos el que más y el que menos somos todos aquí. ¿No he mandado un ejército a Italia para restaurar a Pío IX en sus Estados, que le birlaron los demagogos de Roma? ¿No estoy dispuesto, luego que el Papa recobre su Silla y en ella esté bien seguro, a tratar con él del nuevo Concordato, cediendo en todo, y haciéndolo a gusto de nuestras reverendas beatas, y de nuestros venerables obispos, y de nuestros convenidos de Vergara, y de nuestros apreciabilísimos compradores de bienes del Clero?.. No me digan a mí que estos quieren el Régimen: en esa intriga no hay más que Carlismo, Montemolinismo.. Parece que aquí todos están locos.. locos los de abajo, locos los de arriba y los de más arriba.. Créalo usted: a veces, metido yo en mí mismo, me pregunto: ¿Pero seré yo solo el cuerdo entre tanto tocado, y mi papel aquí es el de rector de un manicomio?.. ¡España y los españoles! ¡Vaya una tropa, compadre! Aquí, el Gobierno no halla día seguro; aquí es imposible acostarse sin pensar: ¿qué absurdo, qué disparate nos caerá mañana? Y se da usted a discurrir cosas raras, y nunca acierta. Mil veces me digo yo: ¿tendrán razón los anárquicos? ¡Porque (p.6246) mire usted que tenemos cosas, carape! El que inventó el llamar cosas de España a todos los desatinos que da de sí esta Nación, ya supo lo que decía.. Y aquí no se puede gobernar porque nadie está en su puesto, nadie en su obligación y en su papel, sino todo el mundo en el papel de los demás. Como que hay quien conspira contra sí mismo, sí, no lo dude usted, quien se entretiene en destruir su propia casa.. labrada, Dios sabe cómo, con esfuerzos.. que me río yo..! ¡Ay, pollo! usted no es militar, usted no ha hecho la guerra, peleándose con otros españoles por un sí y un no; usted no se ha metido hasta la cintura en ríos de sangre. ¿Y todo para qué? Para que, a la vuelta de algunos años de lucha y de otros tantos de celebrar la victoria con himnos y luminarias, nos encontremos como el primer día.. ni más ni menos que el primer día, creyendo, como antes se creyó, que puede venir el Zancarrón, y que aquí no ha pasado nada.. Lo que digo: todos locos..».

Comprendí que el General, en esta familiar y quizás indiscreta expansión de su ánimo, sólo mostraba una mínima parte de su pensamiento. Oyéndole por primera vez en mi vida, parecíame ver en todo su desarrollo la procesión que le andaba por dentro. Acordeme de un concepto enigmático de Miedes, que así dice con enrevesado estilo: «Gobernáis atado de pies y manos, con ligaduras palatinas, y os estorba el paso y el gesto la polvorienta madeja de supersticiones, o de místicos escrúpulos que descienden de la altura como telarañas de los tiempos..». Esta monserga del sabio atenzano, que copio de memoria sin responder de la exactitud de su fraseología, ya no me parece tan estrafalaria.

«Dispénseme usted, pollo, que le haya molestado -me dijo después-. Y admitiendo que su dominio sobre esa viborilla de la Socobio no es como creí, bien podrá valerse de algún medio, como su pretendiente y adorador que fue, para persuadirla de que ella y su amiga la Milagro corren el riesgo de salir un día codo con codo entre guardias civiles.. No es broma, no.. Yo soy capaz de eso.. Que me busquen el (p.6247) genio y verán.. Las contemplaciones tienen un límite. O gobierno como se debe gobernar, o me voy a mi casa. Tener fama de duro y no serlo es gran tontería. Exigirme que lleve a todo el mundo derecho, ir yo más derecho que nadie, y que se me tuerzan los que a todos deben darnos ejemplo, es fuerte cosa..». Algo más entre dientes dijo que no pude entender. Hállase, sin duda, estos días atormentado por la tenaz aprensión de que no le permiten desplegar alguno de sus capitales atributos. O no le dejan ser thur, que es como decir buey (fuerte) , o no le dejan ser duluth (liberal) , o le estorban sistemáticamente para dar al mundo la feliz combinación de ambas cualidades. Saco de la entrevista la impresión de que es un hombre de tanta voluntad como inteligencia; pero le falta el resorte que hace mover concertadamente estas dos preciosas y fundamentales piezas del mecanismo anímico.

¿Y cómo puedo yo explicarme que viéndome aquel día D. Ramón por primera vez, dejara traslucir ante mí una parte, siquier pequeña, de sus amarguras políticas? Lo explico y razono por mi insignificancia, porque nunca fue, según mil veces oí, tan hábil en disimular sus agravios como expresivo en arrojarlos a la cara del primero que le sale. Tratando conmigo de un negocio de espionaje, sin quererlo, abandonándose a la sinceridad, se le fue un poco la mano, y como el velo que tapaba el asunto privado estaba unido por invisible alfiler al velo del público asunto, vi más de lo que el General quería que viese.. Si no hubiera nombrado al Padre Fulgencio, nuestra conversación no habría salido de los términos de la gacetilla; pero en un descuido de su boca andaluza, movida siempre de la imaginación y harto abundante en amarga saliva, escupió al fraile (a quien sin duda no podía tragar) , y desde aquel momento lo que sólo había sido gacetilla fue Historia.. Historia no fría y colada como la que pasa a los libros, sino viva y caliente como la sangre de nuestras venas.

 

Ep-32-XVI -

31 de Mayo.- Asistido de mi excelente memoria pude contarle a María Ignacia los varios incidentes y (p.6248) dichos de mi conferencia con Narváez. No se contuvo mi mujer en el asombro que tan interesante visita debía de causarle, sino que se divirtió grandemente oyéndome referir los pasajes cómicos, y se rió con ellos como en la representación de un gracioso sainete. «Por lo que cuentas -me dijo-, pienso, como tú, que le falta un resorte, y es lástima que un hombre de tan buenas prendas no las tenga completas y bien ordenadas. Pero se me ocurre una cosa, Pepe. Dios le negó a D. Ramón el resorte o clavija para concertar la voluntad con la inteligencia; pero le ha concedido a Bodega, que viene a ser como clavija suplente, que hace las veces de la que falta. Me parece a mí que España estaría gobernada con perfección si el Duque fuera ejecutor de lo que pensara y dispusiese el Bodega.. ¿No crees tú lo mismo?».

Hablamos aquella noche y al siguiente día de lo que Narváez llamaba conspiración en casa de Emparán, y convinimos en que, si no formal conjura, hay un exceso de comidillas que pueden ocasionar algún disgusto. Me ha dicho Ignacia que delante de ella suspenden la conversación o varían de tema. Como en mi presencia no se habla tampoco de Narváez y sus Ministros, resultamos mi mujer y yo en una especie de aislamiento político dentro de la familia. Don Feliciano, en puridad, parece curarse poco de las hablillas de sus amigotes, o no les da importancia real, como hombre que llegado al colmo de sus ambiciones, bien cubierto el riñón, vive persuadido de que con unos y con otros siempre ha de estar a flote. Que personalmente no patrocina aventuras, bien a la vista está. Es absolutista furibundo, cimentado en el pedernal de la religión, más que por la pura fe, por la tenaz creencia de que las artes de Gobierno se derivan del dogma, y de que la potestad civil y la divina son dos brazos de un solo cuerpo. A pesar de esto, no se lleva mal con lo existente, ni apetece variaciones que podrían traernos un estado peor. Su gran riqueza es la consejera de su inestabilidad, y le inspira el prudente sistema de poner toda cuestión política en manos de Dios. «A lo que (p.6249) el Señor disponga debemos atenernos -es su lema-. Ni se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad celeste, ni los titulados gobernantes disponen cosa alguna que no venga de lo alto». Esta filosofía, adoptada por mi ilustre suegro en la plenitud de sus materiales provechos, es de lo más práctico que han ideado los hombres.

Por picar en todo, de Eufrasia charlamos mi mujer y yo. Indudablemente, la conjura que trae tan desasosegado al bueno de Don Ramón es la de casa de Socobio, no la de la nuestra. Por algo que María Ignacia ha oído a su tía Josefa, hemos podido traslucir que los hilos de alguna tramoya palaciega pasan por los dedos de la dama moruna y rematan en su conciliábulo, viniendo sólo al nuestro alguna ramificación secundaria. No puedo menos de abominar del politiqueo de las mujeres, sacando a relucir el ejemplo de mi cuñada Sofía y de otras de igual laya, que con sus hombrunas aficiones dan a todos de cara y sirven de fácil asunto a los escritores satíricos. Dijo a esto mi sabia esposa que no es Eufrasia una marisabidilla o politicómana a estilo de Sofía, pues su talento la preserva de caer en tal ridiculez. Las intrigüelas de la Socobio no la privan del encanto femenino, ni su natural instinto de toda elegancia la permite incurrir en afectaciones que destruyen la gracia. Y acabó exhortándome (fórmula donosa del mandato) a que me abstuviese de acercarme a la tal sirena (monstruo medio mujer, mitad merluza) , pues corro el peligro de que sus cantos armoniosos y pérfidos me arrastren a algún escollo del que no pueda salir, o tengan que sacarme sabe Dios cómo.

3 de Junio.- Por accidente natural de lo que llamo cacerías de hechos y pesca de personas, vino a caer anoche en nuestras manos el Padre Fulgencio, por todos muy nombrado, de pocos conocido. Veréis lo que pasó. Fui a Gobernación a visitar a Sartorius. Por la noche, una vez solos, le faltó tiempo a mi cara esposa para decirme: «¿No sabes, Pepillo, quién ha estado aquí esta tarde? Pues el Padre Fulgencio. No lo tomes a broma: el celebérrimo escolapio, confesor de monjas, (p.6250) confesor de reyes.. Asómbrate, chico: dijo que sentía tanto no verte.. que la fama de tu talento le ha despertado la curiosidad, y que desea echar un párrafo contigo. Mis tías no sabían qué hacerle. Por poco le ponen un cirio a cada lado del sillón donde estaba sentadito.. Antes que se me olvide: tantas flores quiso echarme el hombre, que ya me apestaba. Que soy modelo de esposas, modelo de hijas y modelo de no sé qué. Le consta que Dios se ocupa mucho de mí, y que tiene muy bien arregladitas todas las cosas para mi felicidad.. Ha dispuesto Su Divina Majestad que yo te dé sin fin de hijos, y que todos ellos sean muy buenos, pero muy buenos, alguno santo. Ya ves qué gloria para ti y para mí.. Pues te aseguro que nos hemos equivocado de medio a medio, chico, y la idea que teníamos del Padre no concuerda ni poco ni mucho con la realidad. Recordarás que nos lo figurábamos como uno de esos frailachos sin educación, puercos, zafiotes, de esos que hablando contigo, a lo mejor te sueltan un eructo, sin más precaución que ponerse la mano en la boca en el momento de darlo a la luz. Ni es tampoco viejo, sino así, entre-joven; ni es sucio, Pepe; antes bien, me ha parecido que se rocía la sotana con aguas olorosas.. Como lo oyes: no te rías. Su rostro es más bien guapo que feo, dentro del tipo de guapeza propio de curas, que es muy distinto de la hermosura de hombres.. ya me entiendes. Los ojos son negros y listos, la tez bastante morena, y el habla.. ¡ay, hijo! el habla fue lo que más me sorprendió, pues nosotros nos lo figurábamos con una voz muy bronca, como de castellano cerril o vizcainote medio salvaje, y resulta que es andaluz, que cecea un poquito, y con su miajita de gracia y aquel. No habló más que de temas de religión pura, sin mezcla de política, y de personas religiosas. ¡Ah!.. se me olvidaba lo mejor: mis tías le preguntaron por tu hermana.. Sabrás que de Talavera tratan de mandárnosla otra vez acá, porque no le prueba aquel clima, ni las franciscanas de Madrid se pueden pasar sin su dulce compañera. Vuelven todas las palomas dispersas a (p.6251) juntarse en su nido.. ¡Ay! si yo fuera Reina, si yo fuera Narváez y Bodega reunidos, ¿sabes lo que haría? Plantar en la calle a todas las monjas, y suprimir la vida de claustro. La que quiera dedicarse a rezar por los pecadores, que rece en su casa. ¡Mira que llamarlas esposas de Jesucristo! ¡Qué indecencia! ¿Cuándo tuvo el Redentor esposas, ni mentó para nada estos casorios? ¿Ni qué falta le hacen a Dios estos coros de Vírgenes flatulentas, aburridas y desaseadas?.. ¡Ay, si mis tías me oyeran! Creerían que me he vuelto loca.. Pues algún día, cuando yo acabe de perder la vergüenza, pues hasta hoy no la he perdido más que para ti, les diré que el Señor no puede estar conforme con tanta virginidad, ni estimar a las doncellas más que a las casadas. ¡A dónde iría a parar la Humanidad si todas nos quedásemos para vestir imágenes! ¿Nacen o no nacen las criaturas? Pues si nacemos, claro es que tiene que haber madres, ¡y lo que es madres vírgenes..! No se sabe más que de una, María Santísima.. Con que, sin mamás y papás, ¿cómo ha de haber mundo y personas?.. Pero dejemos esto, y sigo contándote que el Padre Fulgencio tomó chocolate, no sin hacer antes muchos repulgos con su boquita, los cuales no acabaron hasta que entró mi tía Josefa con la jícara y bollos, diciendo: «Hágalo por penitencia, Padre, y si es exceso, cárguelo a nuestra cuenta». Bueno: pues ni la más ligera alusión a las cosas de que hemos hablado nosotros, hizo el escolapio, acreditándose así de hombre ladino. Si yo no hubiera estado presente, ¡sabe Dios..! En resumidas cuentas, el D. Fulgencio no me resultó antipático. El será un peine, como dicen que dijo Narváez en casa de la Generala Córdova; pero lo que es en visita, nadie verá en él más que un pobre gaznápiro correctito, bien criado, insignificante. Se fue a las seis, repitiendo sus plácemes y cucamonas al despedirse de mí».

La visita del famoso escolapio solo sirvió para que María Ignacia conociera su facha, modos y habla dengosa. De lo interno, nada. «Fue -me dijo, expresando gráficamente lo incompleto de (p.6252) su observación-, como si me presentaran un libro de Historia escrito en lengua desconocida y con estampas. No comprendí nada del texto. Contentéme con ver los monigotes».

4 de Junio.- A mí viene mi nunca bastante ensalzado suegro, y me manifiesta que seré pronto diputado en elección parcial. Aunque harto estaba yo de saber lo que se urdía, híceme de nuevas, para que el señor de Emparán pudiera darse el lustre de su protección y de mi agradecimiento. Desde Abril venía mi hermano Agustín trabajando a la calladita con el Conde de San Luis este negocio, y elegida entre las dos vacantes la de Tolosa, no necesitó más el Gobierno para ver en mí una firmísima columna del Régimen. A fines de Mayo, sólo faltaba el exequatur de los cacicones, diputados por Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, que poseedores de toda influencia en las tres provincias, tienen hecho un pacto fraternal con visos de masónico, por el cual mandan ellos solos dentro de aquel país, con cierta independencia del mangoneo ministerial. Para obtener el pase o conformidad de estos reyezuelos de taifa, solicitó mi hermano la mediación de mi suegro, según este me dijo al referirme las dificultades vencidas. Habló, pues con D. Pedro Egaña y D. Francisco Hormaeche, con el médico Sánchez Toca y D. Fermín Lasala, que representan los distritos de Vitoria, Guernica, Vergara y San Sebastián respectivamente, y si en los dos últimos halló excelentes disposiciones en favor mío, los primeros se le pusieron de uñas, y hubo de sacar el Cristo de su amistad y de su arraigo en Guipúzcoa para que me tragasen y digiriesen. Debo advertir que tanto el Sr. Egaña como el Sr. Hormaeche son cabezas de pedernal, y tan extremadamente celosos de la conveniencia y franquicias de aquellos pueblos, que a todo las anteponen, y sólo a la defensa de esta particularidad española se consagran. Por esto, más que de diputados tienen, según la gente dice, traza de embajadores, que como tales proceden, y como tales cobran. Mi buen padre político cuida mucho de hacerme (p.6253) comprender que su noble país me acepta, no por mi nombre, que allí nada significa, sino por el nombre adyecticio que me ha dado mi matrimonio, y por el sonoro título vasco de Beramendi.

Mi mujer y yo, que en las noches pasadas divagamos acerca de este asunto, riéndonos de las Cortes, de los electores de Tolosa, y de los discursos que tengo que pronunciar defendiendo los fueros, acabamos de ponernos en solfa con esta metamorfosis de mi nombre en el pensamiento tolosano, pues no soy quien soy, sino un yerno, al que se pega la etiqueta de un marquesado. Nos hace muchísima gracia lo que anoche mismo nos contó San Román. Preguntado Narváez por el candidato nuevo, y no acordándose de mi apellido, salió del paso así: «¿Candidato por Tolosa? El pollo de Emparán».

 

Ep-32-XVII -

8 de Junio.- Obligado a reflejar en estos papeles, con mis particulares andanzas, algo de lo que anda o corre en tomo mío, diré que la expedición que hemos mandado a Italia en socorro del Soberano Pontífice continúa moviendo la opinión y dando mucho que hablar. Considérase afortunado todo aquel madrileño que puede mostrar una carta de Reina, de Estébanez Calderón, de Lersundi o de Arteche, describiendo la marcialidad y gallardía de las tropas en el acto de recibir la papal bendición, y manifestando las ganas que tienen de batirse y acá volver cargaditos de laureles. Sobre este particular, mi buena madre ha escrito a María Ignacia lo que a la letra copio, reflejo del popular sentimiento: «Y de la Cruzada que habéis mandado a Italia para reponer al Papa en su Silla, no te digo más sino que me pasé la tarde lloriqueando; tal efecto me hizo el relato que trae el periódico de la bendición de Su Santidad a las tropas, cosa grande, hija, cosa sublime, que a todos los españoles debe llenarnos de satisfacción y júbilo. ¿Qué más podían ambicionar nuestros militares? Me los figuro locos de alegría, deseando que les den la voz de fuego y de ataque, para no dejar títere con cabeza, y dar cuenta de toda esa caterva de anárquicos, infieles y (p.6254) republicanos que le han usurpado al Pontífice su bendito reino. Digo yo que si los soldados españoles han sido y son de suyo valientes, como hijos, hermanos y sobrinos del Cid Campeador, y no han menester de bendiciones del Papa para vencer a todo el mundo, ahora que les cae tan de cerca y como de primera mano el rocío celestial, su arranque y bríos serán tales que no habrá poder humano que les haga frente. El cartaginés y el romano, el celtíbero, el godo y el sarraceno de que nos hablaba el pobrecillo Miedes, que de Dios goce, serían ahora niños de teta delante de nuestra milicia. Pienso que cuando esta leas, querida hija, habrán llegado a Madrid noticias de alguna tremenda batalla en que no queden ni los rabos de los Garibaldis y Mazzinis.. Ya estoy viendo al gran Pío entrando triunfalmente en Roma en brazos de los Córdovas y Lersundis, que ahora son los caballeros o paladines de Dios.. Hemos de consagrar, hijita del alma, nuestro sufragio y nuestras oraciones a los pobrecitos que han de morir, pues muertes habrá, que ellas son inseparable calamidad de las guerras. Y no es bien que nos metamos en averiguaciones del por qué permite Dios peleas sanguinarias entre los hombres, pudiendo arreglar las cosas con sólo su querer. Tratándose ahora de poner en su Silla al que es Vicario del mismo Dios, parecía natural que Dios, en este caso juez y parte, dispusiese hacer polvo a los malos sin sacrificar la vida de los buenos. Pero ¡ay! la semejanza de esta campaña por la Fe con las comunes querellas entre naciones, más debe maravillarnos que confundirnos, pues lo que hay es que Dios abandona su causa a los humanos, y es grande orgullo que sea España la que ahora pelea por Él.. Ya estoy viendo, hija mía, los beneficios que van a llover sobre nuestra Nación por esta Cruzada. En premio de haber salido a su defensa, el Señor nos dará la paz en todo lo que resta de siglo, y si me apuras, por el que viene; y a nuestra Reina piadosa colmará de venturas, y al Rey muy pío otro tanto, y les concederá numerosa y masculina sucesión para dicha (p.6255) del Reino; y entre todos los Ministros y magnates que habéis dispuesto la Cruzada repartirá felicidades, buenas cosechas, suerte en los negocios y demás cosas buenas.

Hija muy amada, ya espero todos los días la noticia de tu alumbramiento, y lo veo tan feliz que más no puede ser. Dios y la Santísima Virgen te asistirán. Y como Pepe me ha dicho que me mandará la noticia por el telégrafo del Gobierno, no hago más que mirar a la torre que tenemos en el alto de Baides a ver si hace alguna garatusa con las bolas.. Yo no lo entiendo; pero como el telegrafista D. León Preciado me ha prometido que me comunicará la noticia tan pronto como llegue, en él descanso, y no hago más que pedir a Dios que te dé un buen cuarto de hora. Supongo que en estos días estarás muy molesta.. Llévalo con paciencia, niña mía, y no dudes de la completa felicidad del suceso. Verás como no me equivoco en lo que te anuncié, y para que no lo olvides y cobres ánimo, te lo repito: Tendrás hijo varón, tan robusto y sanote que si te descuidas la emprenderá contigo a bofetadas a poquito de nacer. Será tan guapo que las muchachas, en su día, se volverán locas por él, y sacará todo el talento de su padre, y todita tu bondad, tu prudencia y tu gracia. Apúntalo, hija, para que veas que acierta y no se equivoca en un solo punto de estas adivinanzas vuestra amante madre -Librada».

12 de Junio.- Agustín y D. Feliciano me notifican que ya parieron los de Tolosa el embuchado de mi elección. Me imagino los terribles incidentes del acto, tantas firmas en el Ayuntamiento como colegios electorales componen el venturoso distrito, descanso de las urnas, que no habrán tenido que indigestarse de papeletas; algunos vasitos de sagardúa empinados a mi salud por los muñidores electorales de cada barrio, y luego un acta más limpia que la cosa más limpia del mundo, la cual es, según el gracioso marqués de Albaida, mi amigo, el bolsillo de los contribuyentes. Aunque tengo bien aprendida mi lección política, me advierte Agustín que estoy obligado a votar siempre (p.6256) con el Gobierno, salvo en alguna cuestión vascongada que pudiera surgir, y en caso de disidencia, votar con Sartorius, como fiel parroquiano de su iglesia.. No puedo seguir. Me llaman de mi casa. Ya me figuro.. Abandono mi confesonario, la biblioteca del Congreso..

15 de Junio.- El día 12, a las tres de la tarde, salió mi mujer de su cuidado con felicidad y presteza, que parecieron maravillosas al propio Corral. Según este, que presidió el acto en nombre de Esculapio, y mi suegra, que al mismo llevaba su conocimiento práctico y el maternal cariño, no se ha visto alumbramiento más fácil y espontáneo, ni primeriza más valiente, ni criatura más desahogada que la que Dios me ha dado por hijo. Sus primeros berridos revelaron un carácter impetuoso, dominante, que no admite objeciones a su potente albedrío. Mi suegra observó que cuando lo fajaban después de lavarlo, daba manotazos como un atleta del circo, y que su robustez es lo mismo que la de un aguador. Mi mujer dice que es muy pillo, y que le da unos tremendos estrujones con aquellas manazas. No necesito contarle a la Posteridad mi satisfacción, mi orgullo, mi gratitud a Dios, omnipotente y próvido; ni afirmar que se centuplica el cariño a mi mujer por los extraordinarios bienes que me ha traído, entre ellos la inefable dicha de ser padre, cabeza de familia, dicha que las redondea y resume todas, así las espirituales como las del orden social, así las que tienen su raíz en el corazón como las que extienden por todo el ancho campo de la vida sus lozanas ramificaciones.

Tres días he permanecido junto a María Ignacia sin separarme de ella un instante, platicando del chiquillo y de lo bravo y jacarandoso que viene. Bien quisiera criarlo, y asegura que le sobra lozanía para ello; pero los abuelos y yo entregamos el heredero de Emparán a la opulenta ubre de una de las dos amas alcarreñas enviadas por mi madre. No debe exponerse mi esposa a los peligros y pejigueras de la lactancia, ni ello estaría, como dice mi suegro, en armonía con su (p.6257) posición..

Si hoy he tenido que abandonar mi grato puesto de honor y de alegría junto a María Ignacia, débese al enfadoso deber de jurar mi cargo en este maldito Teatro Congreso. Tres días ha, me estrené de padre de familia; hoy me estreno de padre de la patria. Una vez prestado, con la debida solemnidad, de rodillas, la mano sobre los Santos Evangelios, el juramento que confirmaba mi investidura, pasé a sentarme en los escaños, prestando voluble atención al rezo perezoso con que aquellos señores, mis compadres de la patria, en corto número allí reunidos, examinaban y discutían los Aranceles de Aduanas; y fue tal mi embeleso ante tan entretenido asunto, que habría caído en profundo sopor si no escapara del salón, buscando mayor amenidad en el de Conferencias, ancho vestíbulo de lo que ha de ser teatro. Allí me encontré a mi caro amigo Federico Vahey, diputado por Vélez-Málaga, el hombre de mejor sombra de este Congreso, el que con sus oportunidades y agudezas ameniza las soñolientas páginas del Diario de las Sesiones; y sentándome con él en un diván excéntrico, pasamos revista al nutrido personal de periodistas y diputados que allí bullía. Después de apurar graciosos comentarios de aquel vano tumulto, y de trazar con fácil palabra retratos breves de este y el otro, díjome Vahey que lleva una exacta estadística de los representantes del país que gastan peluca, los cuales no son menos de diez y siete. Con disimulo me los designa en los grupos próximos, sin cuidado en los distantes, para que yo aprecie la variedad de color y estilo de aquellos capilares artefactos, que tapan calvas venerables. La primera peluca que me hace notar es la de Pascual Madoz, rubia y con ricitos, como las que las beatas suelen poner a San Rafael o al Ángel de la Guarda; veo y examino después la del Sr. Maresch y Ros, diputado por Barcelona, excelente persona, de notoria honradez y trato muy afable, mas de un gusto marcadamente catalán en la disposición de sus pelos postizos. Muy bien hecha y ajustada, hasta parecer cabellera de verdad, es la falsa de (p.6258) Martínez Davalillo, representante de Santa Coloma de Farnés; pero no puedo decir lo mismo de la del Sr. D. Joaquín López Mora, de un gris polvoroso, y con bucles que parecen serpientes; ni merece mejor crítica la del Sr. Ruiz Cermeño, representante de Arévalo, que parece de hojas secas. Pero después de bien vistas y examinadas todas, asignamos el primer premio de fealdad a las que ostentan los dos hermanos Ainat y Funes, el uno diputado por Pego, el otro no sé por dónde, las cuales, sobre ser mayores que el natural, imitan en su bermeja color tirando a rucia, las greñas del león viejo del Retiro. Ved aquí en lo que nos entreteníamos dos descuidados padres de la patria, novel el uno, corrido y desengañado el otro.

No quise volverme a casa sin echar otra ojeada al Salón de Sesiones, por ver a qué alturas andaba la divertidísima cuestión de Aranceles. Ante una docena de diputados soñolientos, hablaba un orador de alta estatura, ya viejo, de bella fisonomía y cabellos blancos naturales, vestido con luenga levita de corte inglés, muy elegante, la palabra tan pronto atropellada como premiosa, el gesto vivo, tendiendo con facilidad a descomponerse. Era Mendizábal.

En el momento de mi entrada en el Salón, decía: «Yo, señores, repitiendo lo que ayer tuve el honor de manifestar al Sr. Infante, soy partidario del libre comercio; pero no desconozco que en espera de tiempos mejores, hemos de conceder a nuestra industria una protección prudente..». Después se metió en un laberinto de cifras, en el cual no pude seguirle. Entendí que hacía estudio comparativo de la fabricación algodonera en Inglaterra y en Cataluña. En el Banco Negro, o de los Ministros, sólo estaba el Sr. Mon, con benévolo cansancio, mirando al orador, y denegando alguna vez con signos de cabeza, o con un sonreír bonachón. En el banco de la Comisión, había dos individuos, el señor Amblard y otro que no conozco (me parece que era el Sr. Barzanallana, pero no puedo asegurarlo) , ambos de bruces en el respaldo delantero, o sea el Ministerial, en actitud de hastío. Entre los diputados que (p.6259) escuchaban al orador vi a Gonzalo Morón, que a todo atiende, de todo habla y en todo ha de lucir su ingenio fecundo; Sánchez Silva, que no pierde ripio en las cuestiones de Hacienda; Madoz, que entró poco antes que yo, y D. Alejandro Oliván. Los demás, como el gotoso Sr. Álvaro, director de Aduanas, y el Sr. Canga Argüelles, que, según creo, es director de Fincas del Estado, dormían una siestecita o escribían en sus pupitres. Detúveme un rato, atraído de la familiar sencillez de aquel cuadro que me pareció interesante, y no pude menos de contemplar con tanta tristeza como admiración al hombre de voluntad atlética, que expresaba su pensamiento rodeado de un silencio tedioso y de una desatención lúgubre, ante unas cuantas personas que representaban a la generación heredera de la suya.. Por fin, oí decir a Mendizábal tras un leve suspiro: «Y no sigo, señores diputados, porque el Congreso está fatigado, con razón fatigado de este interminable debate.. y yo también lo estoy». Recogiendo con ambas manos los largos faldones de su levita, se dobló despacio para sentarse. Como entonces le veía yo por primera vez en mi vida, me pareció que buscaba el descanso como todo aquel que cree haber hecho grandes cosas.

El Vicepresidente, Conde de Vistahermosa, a quien faltaba poco para descabezar un sueñecico, levantó la sesión.

20 de Junio.- Ayer volví al Congreso porque era día de Secciones y querían meterme en una comisión de importancia. Fuera de este motivo, relacionado con mis altos deberes, vine por el gustillo de oír a Olózaga, que hablaba por primera vez después de su vuelta de la emigración, y aunque el asunto en que había de intervenir era la enojosa y nunca terminada cuestión de Aranceles, se creyó que de esto tomaría pie para un discurso político de sensación y bullanga. Hubo, pues, plena entrada y concurso de gente política o de afición, y las tribunas, que aquí son palcos, se habían llenado dos horas antes de la hora reglamentaria. Ya después de las cinco empezó el célebre agitador progresista su (p.6260) discurso, que como retórica parlamentaria me pareció admirable, oración capciosa en que los derechos de Aduanas eran un pérfido artificio combinado con arte sagaz para producir gran cisma y confusión en la inquieta mayoría. Gracias que el Gobierno anduvo listo y acudió con remedios oportunos a componer el cotarro. Terminado todo con menos rebullicio de lo que se esperaba, no pude consagrar el resto de la tarde al recreo de mi confesión, porque se me atravesó inopinadamente una eventualidad que no sé si llamar feliz o adversa, y que debió de ser obra de un diablillo chancero, a juzgar por la extraña mezcolanza de sorpresa, sobresalto y alegría que ante ella sentí. No había concluido D. Salustiano su perorata, cuando un ujier me entregó un papelito enviado desde las tribunas. Era de una señora que me suplicaba subiese a verla antes de que terminara la sesión. Leer la esquela, alzar la vista hacia el palco frontero y ver a Eufrasia, que en aquel instante me miraba risueña, llevándose a la mejilla su abanico cerrado, fue todo uno. No había escape. ¿Cómo eludir, sin pecado de grosería, un reclamo tan halagüeño? Pensé que algún asunto más importante para ella que para mí quería comunicarme la señora de Socobio, y con esta idea tomé la resolución de acceder a su ruego; así, en cuanto Olózaga se sentó, levantéme yo, y al palco me fui derecho. Salió a mi encuentro la dama, y en el antepalco, que es de los mayores en este soberbio edificio teatral, fuí recibido sin ceremonia, ambos en pie porque no teníamos donde sentarnos. Como las demás señoras no se habían movido de su sitio, atentas a la respuesta que daban a Olózaga los oradores de la comisión, pudimos hablar lo que fielmente copio:

«Ante todo, amigo mío, abra usted de par en par su alma para recibir mis enhorabuenas; ábrala mucho, porque si no, no caben. Ya es usted padre; asegurada está la sucesión de su casa y familia.. Créalo: he tenido un alegrón muy grande. Ya sé que la madre y el niño siguen muy bien: él como un ternero, ella como una excelente vaca. Ya (p.6261) tiene usted todo lo que deseaba: un hogar feliz, una posición independiente.. Con lo que no estoy conforme, es con que me le hayan metido en política, trayéndole a esta farsa del Congreso. Porque esto es una mascarada, y si no sirve usted para dar bromas, vale más que se largue de aquí».

Díjele que yo tomaba la política a beneficio de inventario, o con un simple fin decorativo; que mi hermano Agustín y Sartorius me habían dado la investidura, propiamente así llamada porque era como ponerse un vestido elegante, o un lucido uniforme social. A esto respondió con gracia:

«El traje ha de resultar molesto para quien se lo pone sin la mira de hacer el papelón. Esto es muy bueno para los que buscan el negocio; pero los que ya lo tienen hecho no vienen aquí más que a servir de comparsas.. Vamos, no me mire usted tanto: creeré que estoy hecha una visión.

-Es todo lo contrario. La encuentro a usted guapísima.

-Un poquito flaca.

-Propiamente flaca no: con tendencias a la estabilidad de formas, y a no engordar.. En el rostro no hallo variación: solamente los ojos me parecen más grandes, más soñadores.. o soñolientos..

-Pensé que iba usted a decir que estoy ojerosa. Eso no: duermo perfectamente, y no lloro nunca ni tengo por qué».

Reparé en su traje elegantísimo, de batista de Escocia chaconada, con fino dibujo verde musgo sobre fondo blanco; el sombrero de paja gruesa de Italia, con lazos y flores de tafetán de los mismos tonos. El ajustado cuerpo en forma de blusa marcaba su inverosímil talle gentil, unión de las abultadas zonas del seno y caderas.

«Ya habrá usted comprendido -prosiguió- que no te he llamado exclusivamente para darle mis parabienes. Tenemos que hablar un poquito.. pero aquí no puede ser. Cuando se levante la sesión, véngase a dar conmigo una vuelta por la Castellana. Mi coche está en esa calle por donde se sube a la parroquia de Santiago. Allí le espero.. Y ahora, no se entretenga más. Ya suena la campana llamando a votación.. También aquí tengo yo que ser su maestra, instruyéndole en las (p.6262) obligaciones parlamentarias. Ese cencerro convoca a todo el ganado de la mayoría para que vote lo que manda el Gobierno. Vaya usted, corra, y lleve preparado el sí o el no, según lo que sea.. Con que ¿le espero en mi coche?».

Mirando cara a cara el peligro y sobresaltado de la atracción que sobre mí sentía, contesté que daríamos la vuelta en la Castellana.. una sola vuelta, todo lo más dos.. Media hora después navegaba yo en el coche, y por cierto que al entrar en él iba ya un poquito mareado.

 

Ep-32-XVIII -

Sépase ante todo que no íbamos solos Eufrasia y yo. Nos acompañaba una vieja muy compuesta, hermosura en ruinas, que tuvo su apogeo y esplendor en los años medios de Fernando VII, camarista que fue de la Reina Doña Isabel de Braganza. Perteneciente a la aristocracia mercenaria, de creación palatina, ostenta el deslucido título de Condesa o Baronesa (no estoy bien seguro) de San Roque, de San Víctor, o de no sé qué santo. En la duda, la designaré provisionalmente por el primer bienaventurado que se me ocurra. Es mujer histórica y de historia, hoy mandada recoger por la subida cuenta de sus años, aunque todavía colea en la vida social. Entiendo que tiene un hijo y un yerno en la regia servidumbre.

«Ya sé -me dijo Eufrasia en el rápido avance del coche por la calle del Arenal-, que Rafaela y yo estamos amenazadas de salir, codo con codo, en la primera cuerda para Filipinas».

Soltaron ambas la risa, y yo agregué, siguiendo la broma: «A donde van usted y su amiga es a las islas Marianas.. ¿Pero cómo lo saben si yo a nadie lo he dicho?

-Lo sabemos -replicó la veterana beldad-, porque el fantasmón no lo dijo a usted solo. Por Pepe Villavieja me mandó un recado para que yo lo pusiera en conocimiento de las interesadas.. No hicimos caso: nos reímos..

-Tan bien le resulta a ese espantajo -observó Eufrasia-, el meter miedo a los hombres, que cree poder amedrentar fácilmente a las mujeres. ¡A buena parte viene!.. ¿Pero qué ha de hacer él más que estar a la defensiva, muy al cuidado de su pelleja? ¿Con que a las islas (p.6263) Marianas nada menos? ¿Está él bien seguro de que no le embarcarán para allá con viento fresco? Si en aquellas islas hay caribes, ¡qué buen maestro se pierden para perfeccionarse en la barbarie!

-¿Pero es verdad que conspiramos, amiga mía? Yo no lo creí. Pensé que se trataba de una intrigüela.. no política.

-Puede usted tranquilizar a su amigo, asegurándole que se han suspendido los trabajos, y que no hemos de volver a las andadas hasta que no se sepa cómo va el negocio de Italia.

-Hasta que no veamos -dijo la San Víctor-, si Fernandito pega o no pega.

-Yo todo lo temo de esta gente y de su mala pata -declaró mi amiga-. Al refrán que reza Por todas partes se va a Roma, debe añadírsele: menos por Gaeta.

-Pero explíqueme, Eufrasia -dije yo riendo de verla tan oposicionista-, ¿qué motivos, qué razones.. porque alguna razón habrá.. la han traído a la enemistad de Narváez? Antes no pensaba usted así.. ¿Ha recibido D. Saturno algún agravio del Presidente del Consejo?».

Mordisqueando el abanico, la moruna miraba hacia la calle con evidente ira, más bien rabia. Durante una pausa breve, la San Blas y yo nos miramos, como interrogándonos sobre cuál de los dos hablaría primero, y sobre lo que debíamos decir para poner airoso término a la pausa. Rompió por fin el silencio la marchita beldad con esta familiar explicación: «Usted, Sr. de Fajardo, merece toda confianza, y como está en antecedentes.. me consta por la misma Eufrasia que está en antecedentes.. yo me permito responder por mi amiga, para que esta pobre no se vea en la precisión de recordar.. ciertas infamias. Narváez es hombre muy deslenguado. No respeta ni categorías ni reputaciones, y poniéndose a soltar chascarrillos, no se detiene ante ningún reparo. Hablando de esta una noche en casa de Santa Coloma, refirió no sé qué incidentes, de esos que los hombres poco delicados se confían unos a otros, escenas o casos de la vida que el tuno de Terry hubo de relatarle viajando por el extranjero.. cosas reservadísimas que contadas con descaro y mala intención.. resultan..

-¡Mentiras, (p.6264) fábulas absurdas! -dijo Eufrasia pálida y balbuciente y completando la información de su amiga-. Cuando me trajeron el cuento, no sentía más que una cosa: no poder volverme hombre.

-Pues hay más, Sr. de Fajardo -prosiguió la otra-. Al Presidente del Consejo se le podrán perdonar las botaratadas de lenguaje, que quien trata con políticos es natural que alguna vez se desboque; pero al caballero no se le perdona que sin venir al caso ridiculice a personas de arraigo, apartadas de estas miserias de la vida pública. Ya sabe usted que se trató de conceder a Saturnino un título de Castilla. Esta no quería; pensaba que era subir demasiado pronto. Pero el pobre Saturno, que de algún tiempo acá venía sonando con el Marquesado, no era tan modesto en sus ambiciones. El asunto iba por buenos caminos. Arrazola estaba conforme; el Rey se interesaba en ello. Un día, en el mismísimo Palacio Real, preguntó a Narváez el Duque de Gor qué título se pensaba dar a Saturnino, y el Espadón, como si dijera una cosa muy seria, respondió: «Le haremos Marqués de Capricornio». Ya ve usted qué grosero insulto.

-Tanta grosería y bajeza -dijo Eufrasia-, me han hecho mudar de parecer respecto a esa gracia y a su oportunidad. Ahora, viendo en qué manos está la Nación, lo que antes creí prematuro ya me parece tardío. Seremos Marqueses. Esta Sociedad no merece la modestia. Donde ya no hay ninguna virtud, donde todo se ha pisoteado, y por si algo faltaba, ya pisotean de firme, la mayor de las tonterías es tener delicadeza y escrúpulos. Coronas que fueron de oro han venido a ser de papel dorado, y las de papel se han hecho de oro. Respetar lo pasado, mirarlo mucho, ya para amarlo, ya para temerlo, es cosa que ahora no se usa. Pues vivamos en lo presente, y coloquémonos donde sea más fácil pisotear que ser pisoteado».

Causáronme pena este pesimismo y el nuevo ser psicológico de mi amiga. Yo no comprendía por qué rápida evolución, la que hace un año me daba prácticos consejos del vivir manso, cauteloso y positivo, esquivando las pasiones, se dejaba (p.6265) contaminar de las más violentas. Sobre esto dije algo, a lo que me respondió imperturbable: «Las pasiones vienen cuando tenemos arreglada la vida. Si por acaso llegan antes, se encuentran la puerta cerrada, por estar una en los afanes de dentro.. Y como al encontrar cerrado se marchan las pasiones, de aquí que pasen por virtuosos los que no lo son. Va una mujer tan tranquila, y a lo mejor alguien le da con el pie; entonces se acuerda de que es víbora, de que puede serlo, y lo es».

Admirando su ingenio, díjele que todo aquel reconcomio contra Narváez podía muy bien carecer de fundamento, como nacido de hablillas y dicharachos de los desocupados. ¿Quién le aseguraba que eran del propio Duque las malvadas referencias de Terry, y la grosería del título de Capricornio?

«¡Ay! -exclamó Eufrasia-; como si yo misma lo hubiera escuchado, segura estoy de que esas infamias salieron de aquella boca, manchada con tantas blasfemias y palabrotas de cuartel. Usted, por lo visto, se ha dejado deslumbrar por el brillo falso de ese soldadote, y ha creído la leyendita que propalan los adulones que le rodean. ¡Oh, Narváez, león que lleva dentro un cordero! ¿No es eso? Un hombre que en sus arranques instintivos de mal humor atropella sin reparo al más pacífico, y luego le pide perdón y le hace favores, y le da chocolate de Astorga. Ese es el tipo que quieren darnos en aleluyas, corazón sensible que cuando se irrita ruge, y cuando se aplaca es lo mismo que un niño.. ¿No es esta la leyenda? ¿Apostamos a que usted es de los que la ponen en circulación y la reparten de oreja en oreja para que corra?».

Respondí que la tal leyenda, bosquejo biográfico del natural trazado por los contemporáneos, me parecía lo más próximo a la verdad, y que por ella, pues no hay mejor modelo, fijarán los historiadores futuros la figura de Narváez. Eufrasia sonrió, recreándose en la fuerza de los argumentos que en contra de la leyenda cree poseer, y reclamada la atención de su amiga y la mía nos dijo: «Pues aquí me tienen ustedes con voz y autoridad de Historia (p.6266) para echar abajo esa mentira novelesca. Lo que voy a contar, yo lo he sentido muy de cerca, y mi padre, que vivo está, y otros señores manchegos muy respetables, pueden dar de ello testimonio. El año 38 pasó este caballero por un pueblo de la Mancha que se llama Calzada de Calatrava.. Iba en persecución del carlista Gómez.. ya sabe usted, la famosa expedición de Gómez.. De aquel pueblo al mío, donde yo estaba con mis padres, no hay más distancia que dos leguas o poco más. Yo era entonces una mozuela: me acuerdo de aquellos sucedidos como si fueran de ayer, y la impresión de terror que dejaron en mí no se borrará nunca; que si espanto causaban allí los facciosos con sus crueldades y saqueos, no daba menos que sentir este maldito que los perseguía en nombre de la Reina, pues unos y otros llegaban, asolaban y partían como una legión de demonios. Era en el mes de Agosto; llegó Narváez tal como ayer, y hoy mandó fusilar, con juicio sumarísimo, al último Prior de la Orden de Calatrava, D. Valeriano Torrubia, a un rico propietario de la misma ciudad y a una mujer. ¿Creerán ustedes que este hecho brutal era escarmiento de facciosos porque las víctimas habían dado apoyo al cabecilla Gómez? Pues están muy equivocados, y si la Historia se escribe así, maldita sea mil veces. El delito del pobre D. Valeriano era estar emparentado con la familia de Espartero, y ser, como este, hijo de Granátula, que sólo dista de la Calzada una hora de camino. Para condenarlo, así como a sus compañeros, en la sumaria hecha de mogollón sin más objeto que cubrir el expediente, se alegó la entrega de un fuerte, realizada siete meses antes, al paso de Cabrera, después de una reñida acción en que perecieron trescientos y pico de liberales. Oigan ustedes a mi padre. Mi madre, que era Torrubia y tenía parentesco con el Prior, diría, si viviera, que ninguno de aquellos infelices era carlista ni tuvo arte ni parte en la entrega del fuerte. Todo esto, si no lo he presenciado, lo he sentido en derredor mío, expresado con gritos de dolor que eran gritos de verdad. (p.6267) No son referencias lejanas desfiguradas por el tiempo y la distancia, sino hechos que palpitaban a mi lado, entre mi familia y mis convecinos, y que siguieron estampados en la memoria de todos los que entonces vivíamos en la Mancha.

«Pues oigan más. La única persona, entre las principales de la Calzada, que pudo intervenir en la entrega del fuerte, fue un cura llamado Vadillo. ¿Por qué, pregunto yo, este hombre de la leyenda, este cordero con garras de león no fusiló a Vadillo y sí a los otros, que nunca se significaron como carlinos? ¿Por qué no quiso escuchar, ni recibir siquiera, al hermano de Espartero, canónigo de Ciudad Real, que acudió a pedir clemencia, y llevaba, según dicen, órdenes de que se suspendiera la ejecución? Porque, sépanlo ustedes y sépalo el mundo todo, lo que menos le importaba a este tío era perseguir carlistas y alentar liberales; su pasión dominante era el odio a Espartero, y la envidia de los triunfos y de los increíbles adelantos de mi paisano; su móvil, la idea de ser como él, poderoso y popular; su fin, destruir todo lo que significase adhesión a Espartero, partido de Espartero, familia de Espartero.. Esto, que aquí no se vio nunca, lo vimos claro todos los que allá vivíamos: yo respiré estas ideas, y de su verdad no puedo dudar.. Ahora viene la segunda parte de mi cuento, y aunque para mí esta parte es tan verdadera como la que acabo de referir, no me atrevo a darla como Historia. Vamos, que también traigo yo mi poquitín de leyenda para colgársela al Espadoncito andaluz. La noche antes del fusilamiento, la pasó D. Ramón en compañía de una guapísima mujer.. La conocí: había sido mi amiguita; tenía tres años más que yo.. Fue público y notorio que el cura Vadillo no era extraño a las amistades de la buena moza con el General. Si un día entregó un fuerte a Cabrera, otro día le entregaba otro fuerte a Narváez; sólo que este castillo, aunque muy bonito como mujer, no valía nada como fortificación.. Cierto es lo que digo de esas amistades: lo que presento como leyenda, usted, Pepe, puede ponerlo en claro si (p.6268) se atreve a preguntárselo a Narváez.. o a Bodega, que debe saberlo lo mismo que su amo. Pregunte usted a cualquiera de los dos si es cierto que en la noche de marras vacilaba el General entre el rigor y la clemencia, y que Rufina Campos le pidió que fusilara sin piedad, ofreciendo su cuerpo en pago de la orden; si es verdad que en su impaciencia por concluir aquel negocio de las muertes, le hizo coger la pluma y le llevó la mano para que firmara.. Este es un punto que yo no me atrevo a sacar de la Fábula para llevarlo a la Historia: lo cuento como me lo contaron, y no respondo de ello.

Lo que no tiene duda, amigo mío, es que en Calzada de Calatrava había por aquel tiempo una fuerte discordia entre dos bandos que se habían formado, y ardían en rencores con más fuego de pasioncillas locales que de ideas políticas, y que uno de estos bandos se valió del tremendo Narváez para desbaratar al otro. Pescaron al Espadón echándole por cebo la carne fresca de Rufina Campos. Con que ahí tienen los señores Narvaístas una vela que encenderle a su ídolo, el borrego con zarpa de león, que más valdría decir de hiena, por la propiedad de las cosas históricas.. ¡Y este hombre quiere que ahora nos dobleguemos ante su Orden y ante su Principio de autoridad, él, que siempre fue díscolo y revolucionario, él, que no hizo más que pisotear su tan cacareado Principio! ¿Cómo se ha de respetar a quien nada respetó? ¿Cómo ha de sofocar las conspiraciones quien toda su vida se la pasó conspirando? Si los sublevados victoriosos del 40 llamaban insurrectos a los vencidos, y estos a su vez, triunfantes el 43, llamaron rebeldes a los del 40, ¿qué nombre hemos de dar a todos más que el de bandidos? No se asombre usted, Pepe, ni me ponga la carita burlona, que sus burlas y su estupefacción no son más que una máscara con que tapa un escepticismo tan negro como el mío. Yo no creo en estos hombres, Pepe, ni usted tampoco. La Historia de España, mientras hubo guerra, es una Historia que pone los pelos de punta; pero la que en la paz escriben ahora estos (p.6269) danzantes, no se pone los pelos de ninguna manera, porque es una historia calva, que gasta peluca. Yo, qué quiere usted que le diga, entre una y otra, prefiero la primera.. me repugnan los pelos postizos».

Esta idea nos dio pie para reír, dejando incontestada la graciosa sátira contra los hombres públicos, y sin comentario el terrible cuento manchego.

 

Ep-32-XIX -

Recorriendo la Castellana, cuando ya la tarde caía, deploraba yo que la presencia de la beldad vetusta me privase de hablar con Eufrasia libremente. Perdóneme mi cara esposa; yo me sentía de improviso arrastrado fuera de la existencia regular, al influjo de aquella mujer, que si fue mi tentadora en tiempos libres, cuando con piadosa mano hacia las pacíficas venturas materiales me guiaba, ahora, por diverso estilo, me trastorna y enciende con los atrevimientos de su voluntad sin freno. Lo único de que yo hablarle podía delante de la señora mayor, era la conspiración de ópera cómica en que ponía todos los donaires y sutilezas de su entendimiento, y sobre ello le pedí más explicaciones, que sólo a medias quiso darme. «Conténtese usted, por ahora, con lo que le dije.. y es que por el momento hay tregua.. ¡Pues no faltaría más sino que yo le revelara a un enemigo nuestros planes! Bastante haré, el día en que se den los pasaportes al Ministerio Narváez-Bodega, y se haga limpia general de hombres públicos, bastante haré, digo, con librarle a usted de que le lleven a las Marianas, a tomar los aires que me recetaron a mí.. Esté, pues, tranquilo.. Y no le digo que se venga a conspirar a mi campo, porque con el Marqués de Beramendi no hay que contar ya para nada. Hombre acaudalado y padre de familia, sus ambiciones deben limitarse a cuidar hijos, que los tendrá en gran número, sin que pueda en ningún caso dudar que son suyos.. ¿Le parece que es ésta poca ventaja en los tiempos que corren?

-Es usted mala, Eufrasia, y pensando bien por el lado mío, arroja por otros lados su sátira cruel.

-¿Pero no le he dicho que soy víbora, Pepe? Entre morder y ser mordida, con veneno, ¿qué es (p.6270) preferible?.. Y en resumidas cuentas, el ser satírica no es lo peor que puede ser una mujer.. Porque yo muerda un poco, no se escandalizará usted, Pepe.

-Pero creeré que no está en carácter, y que pierde parte de su encanto con esas mordeduras. ¿Recuerda usted lo que significa en griego su bonito nombre? Eufrasia.

-Ya me lo dijo usted en otra ocasión: significa Alegría.

-Pues eso ha de ser usted siempre: Alegría, la alegría del mundo, de la sociedad..

-¡Ay, Pepito, Pepito.. a buenas horas!.. En otro tiempo pude pensar que sería eso.. ¡Pero hoy, después de tantas penas y de tanto luchar!.. Además, mi condición alegre se va saliendo de mí a medida que va entrando la hipocresía.

-¡Hipócrita.. también se declara hipócrita!

-Me declaro práctica, maestra en filosofía marrullera, con arreglo a la época y al país en que vivimos. ¡Y usted me desconoce, y usted me niega, Pepe, usted que es mi mejor discípulo!..».

En esto, echábase encima la noche, y una contingencia venturosa vino a conjurarse contra mi virtud y a favorecerme en mis desatinados estímulos de perdición. La Condesa o Baronesa de San Lucas, de San Gil o de no sé qué santo, dijo a su amiga que, llegada la hora de recogerse, diese orden al cochero de dejarla en su casa, Costanilla de la Veterinaria.. ¡Con cuánto gozo sentí el traqueteo de las ruedas, corriendo presurosas, descontando los segundos que faltaban para que sola conmigo se quedase la moruna! El ansiado instante llegó al fin, y con él reverdecieron mis antiguas cualidades de audacia y desparpajo. Mis primeros conceptos, reforzados con ademanes que centuplicaban su expresión, fueron para darle a entender que mi ciencia de hipocresía era una vana fórmula, mientras no la justificara con faltas positivas y delitos categóricos que..

«¡Eh, eh! -me dijo más serena que yo-. ¡Mucho cuidado, señor pollo.. con espolones! Estese quieto, y no se me desmande tampoco de palabra. Tome ejemplo de mí. Es hora de que yo vuelva a mi casa, y usted forzosamente ha de irse a la suya, donde le esperan su mujer y su hijo. A los disparates (p.6271) que me ha dicho contestaré muy poco; pero ello será tal que habrá de agradecérmelo. ¿Quiere usted que seamos amigos, que empecemos otro curso de amistad? Pues para hablar de eso, para discutir si puede ser o no, si usted y yo merecemos el beneficio de esa amistad.. quizás no lo merezca usted, quizás sea yo quien no lo merece.. pues digo que para tratar de esto, es menester que nos veamos otro día, o que nos escribamos. ¿Qué prefiere?

-Las dos cosas. ¿Va usted por las tardes al Casino de Embajadores?

-¡Ay, qué chiquillo!.. Basta: yo escribiré a usted.

-¿Al Congreso?

-Al Congreso. Y usted tomará las precauciones debidas para que no le lleven las cartas a su casa.

-¿Y yo a dónde contesto?

-Déjeme que lo piense.

-¡Ay, qué pensadora se nos ha vuelto!

-Hijo, me llamo Alegría, no me llamo Locura. ¡Pues si yo no pensara, qué sería de mí! Pensando, pensando, he llegado a donde estoy. Si mucho he discurrido para subir, no tendré que discurrir menos para no caerme».

La extraordinaria donosura con que lo dijo desató en mí con mayor fuerza los en mal hora resucitados ímpetus amorosos o de aventureros amoríos.. Pero no me dio tiempo la dama moruna para la debida manifestación, puramente verbal, de lo que yo sentía, y tirando del cordón avisó al cochero para que parase.. Estábamos en la calle del Arco de Santa María. «Bájate prontito, y no seas loco -me dijo endulzando con el tuteo el amargor y crudeza de la expulsión-. Obedéceme sin chistar, y te escribiré al Congreso». ¿Qué había de hacer yo más que resignarme? Triste cosa era quedarme a pie de un modo tan brusco, aunque mi desairada situación fuese la más conforme con los buenos principios.. Pero lo más singular de aquel paso, no sé si comienzo fin o empalme de livianas empresas, fue que al desaparecer de mi vista el coche de la moruna, se apagó en mi pensamiento la ilusión que con tan vivo centelleo me había turbado. Cierto que a una caída más o menos hipócrita quedaba no sólo expuesto, sino comprometido, por ley caballeresca no muy (p.6272) ajustada a la eterna ley moral; pero en medio de los velados desórdenes de un extravío de esta naturaleza, no creo que deje de conservar intangible y puro el bien de mi casa, ni la paz que allí me rodea. Si contemplando a Eufrasia y oyendo su gracioso divagar de política, pude repetir para mis adentros el verso de Leopardi E il naufragar m'e dolce in questo mare, caminito de mi casa, y acercándome a este refugio bien templado, me dije: «En ese mar bonito y placentero, podré pasearme sin que nadie me vea; pero nunca naufragaré».

Firme en estas ideas, y comprendiendo cuán penoso y desairado sería para mí que María Ignacia tuviese conocimiento de mi paseo con la Socobio, por soplo de algún paseante que me hubiera visto, eché por la calle de en medio, y se lo conté yo con franqueza relativamente honrada. Claro es que no le conté todo porque no era preciso; y cuidé de advertir que nos acompañó en todo el paseo la respetable señora Condesa o Baronesa de San Juan Nepomuceno. Con gran sorpresa mía, no pareció mi mujer enojada de aquel incidente. Tuve la suerte de cogerla en un momento en que las expansiones de su grande alegría no daban a su alma tiempo ni espacio para el recelo. Nuestro niño revela una resolución firmísima de vivir, y aptitudes colosales para proveerse de medios de vida. Mama de una manera insolente, bárbara, y se apodera de la teta con muy mala educación. El ama es robusta, inagotable, y además, de buen natural. Todas estas bienandanzas se reflejan en el alma de mi esposa, y ayudan a su restablecimiento, franco, rápido y seguro. No quiere María Ignacia abrir en su espíritu ningún hueco por donde entre la tristeza; no quiere más que afianzarse en la posesión de sus felicidades, que estima bien ganadas. Dios le concede lo que merecía.

Viéndola tan bien dispuesta, me permití ampliar un poquito las referencias de mi paseo romántico, y ella con gran sentido me dijo: «Procura no volver más, y si otra vez te invita, busca una manera delicada de zafarte sin caer en grosería.. La verdad, esa intriganta me ha tenido (p.6273) por algún tiempo en ascuas; pero esas ascuas ya no me queman.. ¿En qué me fundo para sentirlo así? No lo sé; en algo que se nos revela por el corazón, por las ideas y el cavilar de una misma. Yo no creo en angelitos que vienen con recados a la oreja, como es uso y manía de monjas; pero sí creo que Dios nos baraja los pensamientos para que con ellos sepamos la verdad de las cosas nuestras, de lo que nos llega a lo vivo, Pepe. Como te digo, las ascuas en que estuve por esa maldita manchega, ya no me queman.. No viene el mal por ese lado. O no habrá más ascuas, o cree que vendrán de otra parte. Pero de ninguna parte vendrán, ¿verdad, marido mío?».

23 de Junio.- Viendo crecer de día en día la estimación en que mi suegro y toda la familia me tienen, siento en mí la autoridad; me lanzo a platicar con el Sr. D. Feliciano del delicado asunto de las habladurías de su tertulia, pues sin que yo vea en ello, como Narváez, el escándalo de una conspiración, pienso que tales enredos no armonizan con la respetabilidad de la casa. Presentada exquisitamente la cuestión, mi ilustre padre político concuerda conmigo, y alabando mi prudencia y sensatez, se arranca con estas sesudas consideraciones: «Yo me encargo de llamar al orden a estos mis amigos, y de hacerles comprender que, si vienen mudanzas hondas en la política, no quiero que salgan de mi casa.. Tengamos en cuenta que eres diputado, y ministerial de añadidura, y que si algo ocurre y te ves en el caso de tomar la palabra en el Congreso para defender la situación, no es bien que te acusen de jugar con dos cartas.. Puedes decirle al señor Presidente del Consejo, si de esto vuelve a hablarte, que si algunos sujetos graves, y otros que no lo son, le tienden algún lazo para que se enrede y caiga, los hilos no pasan por mi mano. Yo, bien lo sabe él, no soy partidario del Parlamentarismo, ni creo en este Régimen de estira y afloja; pero respeto lo existente, por el hecho de ser existente, que no es poco. También nosotros tenemos nuestros hechos consumados, como ahora se dice, dignos de todo respeto. ¿Qué sería de (p.6274) la Sociedad si cada cual no permaneciera en los puestos adquiridos? El disputar los puestos es lo que da alas al funesto Socialismo, y lo que fomenta la Demagogia, ese virus, Pepe, ese maldito virus que hace estragos en todo el mundo. Ya que la República Romana, centro de ladrones y asesinos, está a punto de caer arrasada por nuestras tropas, vean ahora estos gobiernos de poner aquí un poco de orden, y de refrenar a tanto periodicucho, y de hacer entender a los del Progreso que se despidan del poder para siempre..».

Conforme con todo lo sustancial de esta arenga me manifesté, añadiendo que las clases pudientes somos las llamadas a conducir el rebaño social. Pero me recaté de expresar la idea que al oír a mi suegro me andaba por el magín, esto es: que todos los pudientes, cuál más, cuál menos, llevamos dentro el demagogo, y si me apuran, el socialista, que son dos clases de virus, de donde resulta que no habrá orden verdadero hasta que no nos metan en cintura.. o nos metamos nosotros mismos.

Esto pensaba, y ansioso de distracción, di con mi cuerpo en el Congreso, donde me aburrí soberanamente; por la noche, previo el asentimiento de María Ignacia, con quien yo consultaba siempre mis visitas nocturnas, me fui a casa de María Buschental, donde encontré algunos amigos de mi época de soltero, y otros con quienes había hecho conocimiento en las Cortes: Escosura, Tassara, Borrego, Carriquiri. Departimos de cosas sociales y políticas con la libertad que es el fresco ambiente de aquella morada neutral de las opiniones, y si he de decir verdad, también allí, entre tan amenos narradores y comentaristas, me sentí, como quien dice, a dos dedos del hastío. Hallábame en un estado particular de mi alma, sensación de ansiedad y de vacío, dolencia que de tarde en tarde y sin ninguna inmediata razón ni causa conocida suele acometerme, y que por lo común, lo mismo que viene se va, dejándome un leve rastro de tristeza. Ni aun María Buschental, cuyo trato y gracias amables con puntaditas (p.6275) maliciosas fueron y son siempre el antídoto de las murrias, logró desvanecer las mías. Por último, confabulados ella y mi amigo Escosura, aplicaron solapadamente a mi melancolía el tratamiento de las bromas, sin excusar las del género más agresivo, y hube de oír sátiras crueles en que no salía yo muy bien librado.

Según María, yo penaba por la Socobio, mujer corrida y de mucha trastienda, maestra y grande erudita en todos los artes de amor. Según Patricio, yo no he tenido con ella más que triunfos pasajeros, regateados, y felicidades suspendidas de improviso para precipitarme a la desesperación.. Yo negué, declarando que no hay tales triunfos ni los he solicitado. Reían a carcajadas, y sin duda todo lo que dijeron lo creían como artículo de fe. Así es el mundo: en la crónica social, disfrutaba yo injustamente reputación de glorias y fracasos, como los falsos héroes que con apócrifas grandezas usurpan un lugar en la Historia. Así lo dije a la dama y a mi maleante amigo, añadiendo no sé qué frivolidades para seguir la broma, y algún chiste, que no me salió, francamente, pues no estaba yo para chistes. Por fin, agarrándome a la primera coyuntura que se me presentó, me despedí cuando empezaban la animación y el interés dramático en el gracioso mentidero de María Buschental.

Deseaba yo verme en la calle y respirar aire menos impuro que el de un salón. Sentía vivísimo anhelo de llegar a mi casa, de ver a mi mujer y a mi hijo, y buscar mi solaz y recreo en la felicidad que nadie podía disputarme. Sinceramente y sin la menor afectación, me reí de la historia que mis amigos me colgaban, y ahondando con miradas atentas en todo mi ser, por una parte y otra, advertí que la moruna no me interesaba ni poco ni mucho, que la fascinación de sus gracias es pasajera. Mas no porque observase todo esto, y de mi observación o descubrimiento me alegrase, se mitigaba mi tristeza. «Es el pícaro trastorno de nervios, o del cerebro, quizás desfallecimiento del espíritu -me dije-, ese vacío, esa expectación inexplicable.. Voy (p.6276) corriendo a mi casa, y allí se me quitará».

Sentí detrás de mí una voz que me llamaba, y me estremecí cual si sonara un disparo en mis oídos.. Era mi amigo, el pintor Genaro Villaamil, que al salir del café de la Iberia, me vio pasar, y corrió en mi seguimiento. Algunas noches solemos retirarnos juntos, pues somos casi vecinos. Vive en el Postigo de San Martín. Hablome de no sé qué.. algo de la expedición de Italia, de la Fuoco, de su peinado, no menos famoso que sus pies.. Yo le oía sin ninguna atención, y deseaba que me dejara solo. Parecíame que teniendo que oírle y contestarle, por urbanidad, tardaría más en llegar a mi casa.

Íbamos por la calle del Arenal, él, más corto de piernas que yo, acelerando su andar para seguirme, cuando una mujer pasó frente a nosotros como a diez pasos de distancia.. Cruzaba de la acera de San Martín a la de San Ginés, y nosotros íbamos ya muy cerca de la iglesia de este nombre. La mujer que vimos se paró un instante ante mí y me miró fijamente. Yo la vi a la claridad de la luna que inundaba la calle, la vi, la miré y la reconocí.. Era Lucila.. Siguió la moza su camino. ¡Cielos! entraba en la iglesia. Atravesó el patio, y antes de llegar a la puerta volvió a detenerse y a mirarme. Antes dudara de mi existencia que dudar que aquella mujer era Lucila, la hermosura salvaje que descubrí en el castillo de Atienza, la sacerdotisa, la musa histórica del gran Miedes, la perfecta hermosura, la ideal hembra, con quien ninguna de las de nuestra edad y raza puede ser comparada.. Mi amigo Villaamil, apretándome el brazo, exclamó con entusiasmo de artista y de varón: «¡Qué mujer, Pepe! Nunca vi figura igual». Habíamos entrado en el patio; yo me abalancé hacia la puerta de la iglesia, engañado por la ilusión de que Lucila me esperaba en aquella penumbra.. Nada vi: la soberana imagen habíase apagado en la cavidad del templo, como luz devorada por el vacío.

 

Ep-32-XX -

La impresión que de aquella imagen quedó en mi retina y en mi mente fue tan viva, que puedo describirla como si aún la tuviera delante. La que en su (p.6277) cuerpo y rostro es la perfección misma, cifra y conjunto de proporcionadas partes armónicas, vestía como las hijas del pueblo más elegantes, entre manola y señorita, la falda sin vuelos, de medio paso, un pañuelo por los hombros. No llevaba mantilla; el peinado, de lo más sencillo, gracioso y coquetón que puede imaginarse.. Con ardiente curiosidad y anhelo me metí en la iglesia, Genaro detrás de mí, y apenas dimos algunos pasos hacia la capilla en que veíamos claridad, bultos, y oíamos murmullo de rezos, la poca gente que allí había salió perezosa, arrastrando los pies. El rosario, novena o lo que fuese había terminado. Las luces se apagaban: el sacristán pasó junto a mí con un manojo de llaves. En la vaga sombra, difícilmente se conocían las personas que iban hacia las puertas.. Busqué inútilmente entre ellas a la que, tan descuidada en su devoción, llegaba en las postrimerías del piadoso acto.. Pero pensé que situándome en la salida no podía escapárseme. A un tiempo, Villaamil y yo nos hicimos cargo de una grave dificultad estratégica. San Ginés tiene dos entradas, y por consiguiente dos salidas. Yo hubiera querido dividirme y vigilar ambas puertas. «Usted mire por la calle del Arenal -me dijo el pintor con rápida previsión militar-; yo miraré por la plazuela». Así lo hicimos.

Vi salir a pocos hombres, en los que no me fijé, y mayor número de mujeres que observé atentamente, cerciorándome de que todas eran viejas, y las que no lo eran, no daban lugar a confusión a causa de su ostensible fealdad. Por mi puesto de guardia, puedo jurarlo, no salió la mujer de las soberanas proporciones. Cuando terminada la requisa, y expulsado yo por el sacristán, me reuní en la plazuela con mi amigo, este me comunicó que por su puerta no había salido la moza, podía jurarlo. Mi desconsuelo y ansiedad fueron tales que no acerté con ninguna explicación del caso, y sin el testimonio del pintor habríalo tenido por un caso de alucinación. «Para mí, querido Pepe -me dijo Villaamil-, esa mujer no ha salido».. «¿Cómo que no ha salido? (p.6278) ¿Es acaso alguna efigie que pernocta en los altares?».. «Si no es efigie sagrada, merece serlo. Ahora me confirmo en que no fue engaño lo que creí ver. La moza, al entrar en la iglesia, avanzó derechamente hacia la sacristía». Un rato estuvimos discutiendo este enrevesado punto: ¿Tiene la sacristía comunicación directa con la calle? Hicimos reconocimiento topográfico, dando la vuelta a la parroquia por el arco y pasadizo. Sostenía Villaamil que por una puertecilla que hay en la plazuela, muy cerca del arco, había visto salir varios bultos; pero la distancia y el sombrajo que allí hacen los muros le impidió distinguir si eran clérigos o mujeres. La portezuela por donde se desvanecieron estos fantasmas estaba cerrada a piedra y barro. El balcón estrecho y las desiguales ventanas que a cierta altura vimos nos indicaban que hay allí una habitación aneja a la parroquia. ¿Será la vivienda del párroco? Villaamil declaró con firmeza que a la mañana siguiente lo averiguaría. Mis deseos eran averiguarlo al punto. De pronto, como quien encuentra la solución de un problema obscuro, Genaro me dijo: «Oiga usted, Pepe: ¿se habrá metido en la bóveda, en la célebre bóveda de los disciplinantes?».. «¿Y dónde está la bóveda?».. «Viene a caer aquí debajo, y su entrada es por la capilla del Cristo, donde estaban rezando cuando entramos».. «¿Y esa bóveda tiene luego salida por alguna parte?».. «Dicen unos que sale a las Descalzas Reales, otros que a San Felipe el Real; pero esto me parece fábula..».

Propúsome el pintor interrogar al sereno, pero a ello me negué, no por falta de ganas: deseaba emprender solo mis investigaciones. La intervención de Villaamil en un asunto que yo consideraba enteramente mío me molestaba. Todo intruso que me disputara mi absoluto derecho a descubrir a Lucila era ya mi enemigo. Fingiendo un poco le hice creer que sólo un interés caprichoso y pasajero me había movido, y me le llevé hacia la calle del Arenal, para dejarle en su casa antes de entrar yo en la mía. Por el camino le hablé de todo menos de aquel (p.6279) misterioso hallazgo y pérdida de la mujer bonita; pero él, sin poder apartar de lo que vimos su potente imaginación de artista, exclamaba: «¡Qué cuadro! Es la primera vez que veo en Madrid un asunto poético y una composición prodigiosa.. La mujer furtiva es lo de menos.. ¡Pero la plazuela iluminada por la luna, el arco de San Ginés, donde se alcanza a ver el farolillo del sereno.. luz rojiza.. los desiguales edificios, la disposición irregular de las casas y tejados..! Es un cuadro, Pepe, un soberbio cuadro..». No tuve yo tranquilidad al quedarme solo, y abrasado de celos precoces, no podía desechar el temor de que Villaamil se me anticipara en la busca y rastreo de la mayor belleza del mundo.

Entré en mi casa en una situación de ánimo que no permitía otro disimulo que el darme por enfermo y necesitado de soledad y descanso. Mi mujer, con tierna solicitud, dispuso que me trajeran tacitas de tila y de té. No podía yo resistir su mirada penetrante, y cerraba los ojos con afectación de dolor de cabeza, que no tardó en ser efectivo. Varias veces he preguntado a María Ignacia si hablo yo en sueños, y me ha dicho que no, que tan sólo doy grandes suspiros. Esto me tranquiliza, pues tendría muy poca gracia que durmiendo nombrase yo a Lucila, o por ella preguntase a imaginarios guardianes.. La noche fue malísima, y los ratos de insomnio me atormentaban menos que los breves letargos con angustiosa opresión y terrores. Ni un momento dejé de sentir la presencia vigilante y cariñosa de mi mujer. Su ternura me incomodaba; le mandé que se recogiese, afirmando que me sentía bien y que mi desazón había pasado.

Otro día de Junio.- Pienso que he perdido la razón, o que llevo dentro de mí un ser nuevo, invasor intruso que ha desalojado mi antiguo ser. No me conozco. Dudo si la continua presencia de Lucila en mi alma es un suplicio intolerable, o un bien necesario que me ocasionaría la muerte si desapareciese. Ninguna mujer se ha posesionado de mi pensamiento y de mi voluntad con tan absorbente tiranía. Soy suyo, y por mía la tengo desde el principio al (p.6280) fin del mundo. Porque desde su emergencia en el castillo, fue para mí la ideal mujer, la perfección del tipo, y ante ella no puede haber otra, ni la hubo ni la habrá. ¿Esto que escribo es locura? Así lo pienso; pero una vez escrito no será tachado por mi mano. Quiero manifestarme cual soy en el momento presente, y si deliro ¿qué razón hay para que me obstine en aparecer discreto y sesudo, tal y como mi señor suegro me ve, o quiere verme, representándome a su imagen y semejanza? Salgan al papel mis desatinos, si lo son, en espera de que el tiempo los convierta en concertadas razones.

La inutilidad de las diligencias que hoy he practicado en San Ginés y contornos, me ha traído a un abatimiento lúgubre. Ni sacristanes y monaguillos, ni el sereno, ni el celador del barrio, ni los tenderos vecinos saben nada de semejante mujer.. He recorrido las calles próximas, he dado vuelta a toda la manzana. Recordando que Lucila apareció por el lado de San Martín, he reconocido también las calles de Capellanes, Tahona de las Descalzas y otras, con la esperanza de encontrarme al patriarca Ansúrez, o al hermanito pequeño; pero ningún rostro de la familia celtíbera he topado en mi divagación por este barrio. En casa logro componer mi pálido semblante, para que ni aun mi mujercita, con su milagrosa perspicacia, entre en el sagrado de mis pensamientos. Voy al Congreso, que es donde más solo puedo sentirme, y huyendo de los amigos que en el Salón de conferencias y pasillos me agobian con su enfadosa charla, busco un refugio en mi asiento de los escaños rojos, y me sumerjo en las narcóticas aguas de la discusión de Aranceles. Me creo dentro de una redoma, y mi atención es como la del pececillo colorado que nada en redondo mirando el cristal que lo aprisiona. Veo al cetrino Nicolás Rivero, al fornido Pidal, a Cantero chiquitín, a Moreno López elegante, a Negrete proceroso, y oyendo el run-run de un orador, para mí desconocido, cierro los párpados; el sueño me rinde.. Al volver en mí me siento demagogo, me descubro anárquico; no (p.6281) encuentro palabras bastante expresivas para calificar el horripilante desenfreno y audacia de las ideas que se congestionan en mi mente. Porque la somnolencia no acabe de aplanarme, huyo del Teatro-Congreso, y me voy de paseo por la calle Mayor y Carrera de San Jerónimo sin parar hasta el Retiro, donde encuentro amigos, algunos diputados; hablo con ellos; sigo, empalmo con otros; vuelvo a charlar, tomo y dejo, y lo mismo acompañado que solo, continúo sintiendo en mí el llamear ardiente de las fieras pasiones revolucionarias. Los sombreros de copa que cubren el cráneo de tanto señor y señorete me producen indecible antipatía, y nada sería para mí tan sabroso como emplear mi bastón en el apabullo de todos los tubos de felpa que me salgan al paso. ¿Hay nada más imbécil que la invención de esta ridícula tapadera de nuestras cabezas?.. En mi negro humor, hasta las señoras se me hacen odiosas y soberanamente grotescas, con sus modas de París y el artificio vano de su exótica finura.

Sí, sí, debo de estar enfermo: esta noche, de las cenizas de la hoguera en que prendí fuego a toda la sociedad de mi clase, ha surgido mi grande amor al pueblo. Todo lo que no sea pueblo no es más que una comparsería indecente, figuras de un carnaval que a lo chocarrero llama elegante, y a las pesadas bromas da el nombre de cultura. Los días del vivir actual, esto que con tanto énfasis llamamos nuestro siglo, nuestra época, ¿qué es más que un lapso de tiempo alquilado para fiestas? El plazo de alquiler a su fin se aproxima, y en ese momento del quitar de caretas, volveremos todos a ser pueblo, o no seremos nada.. Amo a Lucila porque amo al pueblo: estos dos amores no son más que uno.. Presumo que voy al mayor desconcierto de mi razón, y dejo la pluma..

Vuelvo a tomarla, después de una pausa de dos horas, y declaro que veré con grandísimo gozo los disturbios y convulsiones que tanto temen nuestros hombres públicos. La tan maldecida República Romana tiene todas mis simpatías, y los Mazzinis y Garibaldis son mis ídolos.. Lleno (p.6282) estoy del condenado virus que es la desesperación de mi suegro ilustre, y con este veneno apaciento mis ideas, con él mis deseos de que nuestras tropas, impotentes para reponer a Pío IX en su eterna Silla, tengan que traérsele para acá, de que húngaros y austriacos hagan polvo a los Radecskys y Metterniches, de que todos los pueblos ardan y todas las artificiales categorías sucumban, de que Francia sea inmensa barricada donde alcen su haraposa bandera los socialistas, comunistas y falansterianos del mundo entero.. Ya veis que voy de mal en peor.. Me siento insufrible: vuelvo a dejar la pluma.. Suspendo esta confesión; pero conste que soy demagogo, furiosamente demagogo..

Otro día de Junio.- Hoy, gracias a Dios, en mi alma turbada se van apagando los incendios revolucionarios. No obstante, oyendo al Sr. de Emparán, que me ha dado matraca horrible con la carta filosófica remitida por Donoso Cortés desde Berlín, y publicada estos días por El Heraldo, he sentido en mí un vivo anhelo de que lo maten, no a Donoso Cortés, sino a mi suegro (a los dos no fuera malo) , de que vengan al Gobierno las hordas socialistas y le arrebaten cuanto posee, sus riquezas todas, raíces, valores públicos, etcétera, no dejándole más que la camisa, y esto por el aquél de la decencia. ¿Qué?.. ¿qué tenéis que decirme? Ya entiendo: que Emparán en la miseria sería yo miserable, reducido a la extrema necesidad de pedir limosna. ¿Y qué? ¿Pensáis que esto me arredra? Pues bien: seré mendigo, andaré descalzo, gozando en la total ruina de los zapateros y en el acabamiento de todo sastre. ¿No iban descalzos y muy ligeritos de ropa los iberos y celtas, y eran felices, y se gobernaban admirablemente y vivían luengos años?.. Si por algo, fijaos bien, rectifico esta idea destructora, y dejo a la remota Posteridad el despojo y aniquilamiento de mi padre político, es porque me aterra pensar que mi mujer y mi hijo anden también descalzos y en paños menores por esos mundos. No: sálvense de la catástrofe estos caros objetos, y si para ello es indispensable (p.6283) el indulto del Sr. de Emparán, recojo todo mi virus, y perdonado queda en este renglón. Para quien no tendré misericordia es para Donoso Cortés, que en su famosa carta berlinesa me ha estomagado con sus ñoñerías filosófico-ultramontanas. ¿Hay elocuencia más vacía ni retórica más insustancial? Desde que ha sabido que Narváez le odia cordialmente y se jacta de no haberle leído nunca, se aviva y enciende más mi cariño al Espadón, y voy creyendo que es el único grande hombre entre tanto necio hablador y tanto acebuche barnizado. Sostuve esta tarde una viva disputa en el Casino, defendiendo rabiosamente a Narváez, y abominando de los que con desdeñoso humorismo llama la cáfila de abogados.. Éntrame ardiente anhelo de ver al Duque, y de platicar con él de los diversos temas que hoy mueven las lenguas de nuestros hombres públicos y de nuestras mujeres.. privadas (guarda, Pablo) . De mañana no paso sin que yo me encare con el buey liberal, o en su defecto, con Bodega, que en este momento de la Historia mía y de España también merece mi afectuoso respeto. Él es pueblo, como yo, pueblo que resplandece en las alturas.

 

Ep-32-XXI -

Primeros de Julio.- Han pasado algunos días, no sé cuántos: llevo mal ahora la cuenta del tiempo.. En este paréntesis corto de mis Confesiones, mi pensamiento no ha estado libre de alternativas y mudanzas. Sufrí recrudescencias de mi rabia demagógica, y he visto luego que esta formidable pasión o dolencia remitía, dejándome volver a mi normal estado de sensatez. Conviéneme declarar que ni en mis delirios ni en mis sedaciones me ha faltado el cariño a mi mujer y a mi chiquillo, sentimiento de un orden reposado, compuesto de deber y amor, y que ha llegado a parecerme armonizable con mis ensueños. Cuando disponga de más reposo, explicaré la filosofía que pongo en práctica para socorrerme con ese cómodo sincretismo.. Lo más urgente ahora es que traslade al papel un suceso mío, que no por mío precisamente, sino por suceso en sí propio importante, debe ser comunicado a la (p.6284) indagadora Posteridad. Ello es que al cabo quiso Eufrasia que se cumplieran las profecías: así llamo a las promesas de ella, y a las malignas suposiciones del vulgo. Una carta que al Congreso me escribió, la respuesta mía, una breve entrevista después en el paseo, determinaron lo que por lo visto deseaba ella más que yo en aquel día, no muy lejano del presente. Cogiome en tal estado espasmódico y cerebral, que mi primer impulso fue no acudir al dulce reclamo. Después lo pensé mejor, y entendí que el Acaso me deparaba quizás un grande alivio de mis murrias; deparábame asimismo el gusto de dar la razón al penseque mundano, y de convertir el cronicón apócrifo en historia verídica, espejo de la vida real. Me molestaba la mentira ¡y era tan fácil trocarla en verdad!

Diome la verdad mi amiga una tarde en el Casino de Embajadores.. Perdonad que me interrumpa para deciros otra vez, y van dos, que me carga Donoso Cortés, y que ya estoy ahíto de la indigesta carta filosófica que nos enjaretó desde Berlín. Infinitas veces se ha tragado su lectura mi papá político, y algunos párrafos quedaron impresos en su memoria como el Padrenuestro. Creeré que lo aprendió en viernes. Esta mañana lo repetía en tono triunfal: «Si se me preguntara mi opinión particular sobre el eclecticismo, diría que es una rama seca y deshojada del árbol del racionalismo. Del racionalismo ha salido el spinozismo, el volterianismo, el kantismo, el hegelianismo y el cousinismo, doctrinas de perdición.. La sociedad europea se muere: sus extremidades están frías, su corazón lo estará dentro de poco. ¿Sabéis por qué se muere?». A esta pregunta que mi suegro hacía con entonación propia, como si fuera de su cosecha, contestábamos al unísono mi mujer y yo: «No señor: no sabemos nada». Y él, hinchándose de vana elocuencia, como lo estaban sus bolsillos de copiosos caudales, se contestaba: «Muere porque la sociedad había sido hecha por Dios para alimentarse de la substancia católica, y médicos empíricos le han dado por alimento la sustancia racionalista..».

Pero lo que (p.6285) más a mi señor suegro, reventando de rico, seduce y entusiasma, es aquel pasaje sentimental en que nuestro rutilante orador nos revela que hemos venido al mundo para llorar y padecer. La cosa resulta clarísima y se demuestra con un ejemplo. «La vida es una expiación -decía D. Feliciano con semblante fúnebre al repetir uno de los trozos más enfáticos de la carta-; la tierra es un valle de lágrimas. Si no queréis alzar la vista a los Cielos, ponedla en la cuna del niño sin pecado.. ¿Qué hace el niño privado aún de pensamiento, de razón y hasta de voluntad? Pues llorar..». Argumento incontestable: si el niño, que todavía es un ángel, llora, nosotros que estamos llenos de pecados, ¿qué fin y destino tenemos más que hacer pucheros en todo el curso de nuestra vida? Observaba yo que mi ilustre suegro, con tanto recomendar el llanto a las personas mayores, se abstenía personalmente de toda demostración de duelo, y nos decía, más regañón que dolorido: «Esta es la verdad, la doctrina pura. Aprended, aprended aquí».

Perdónenme la digresión. Sigo contando. Quedamos en que fui a la calle de Embajadores. Ya comprenderéis que de tan delicado asunto sólo debo hablar lo preciso para establecer la debida coordinación lógica entre las diversas partes de estas confidencias. Me permito saltar de la primera a la segunda entrevista con Eufrasia, que fue ayer, y añado que las alegrías de estos reservados encuentros dejan en mí un sedimento amargo, y que no han apagado, no, el volcán que suscitó en mi mente la fatal aparición de la salvaje Lucila. Os diré con confianza que los halagos de la moruna, con ser en determinadas ocasiones de extraordinaria intensidad sensitiva, me traen el hielo en inmediata concatenación con el fuego, cual si fuesen eslabones que forman un toisón de alternados metales. En sus encantos, a poco de gustarlos, no me ha sido difícil ver el desabrimiento de las cosas de serie, que traen de atrás su principio y continúan repitiéndose en la igualdad de sus casos y consecuencias. Yo me sentía sucesor de alguien y predecesor de otro u otros, y (p.6286) si mi herencia me parecía triste, más lástima que envidia sentía de mis presuntos herederos.

Otro día de Julio.- A la tercera vez, con más empeño que en la primera y segunda, trato de indagar el móvil y fin de aquella conspiración de zarzuela en que la moruna entretiene sus ocios. La reciente intimidad no tiene bastante poder para quebrantar el secreto. Eufrasia elude las preguntas, cambia de conversación, niega cuando se ve estrechada; acaba por afirmar que todo concluyó, que fue una broma, chismorreo de damas locuaces, que no saben cómo pasar el rato. Mis coloquios en tan cercana disposición me permiten observar que es recelosa, sagaz y reservada, que las pasiones no ahogan jamás su discernimiento, que poniendo en sus empresas toda la perseverancia del mundo, sabe esperar. Yo no me recato de confesarle mis simpatías por la demagogia, sin descubrir el secreto psicológico de esta novedad, y ella me alienta, declarándose también un poquito revolucionaria, sin precisar ideas.

Permitidme que en una nueva digresión afirme otra vez, y van ciento, que me encocoran lo indecible el Sr. Donoso, Marqués de Valdegamas, y su ciencia relamida. Si me ofrecéis recibo lo tomaré, y sigo en mi cantinela.. Es que a diferentes horas, en las situaciones más diferentes, invade mi alma el desdén de estas retóricas vacías. Ese buen señor que a mis contemporáneos entusiasma, a mí me revienta: no puedo remediarlo.. Y a propósito, para que no me acuséis de inoportunidad: Eufrasia, tomando pie de no sé qué apreciación mía, me ha dicho, mientras se arreglaba el desordenado cabello: «¿Verdad que es hermosa la carta de Donoso Cortés?». Yo troné contra el ídolo de las damas y de los grillos parlamentarios, y mi amiga lo defendió con grandes hipérboles, repitiendo algunas de sus vaciedades más rotundas: «Luzbel no es el rival, es el esclavo del Altísimo».

-Bueno, ¿y qué? Concedo que no es el rival, sino el esclavo.. ¿Y qué?

-Que el mal no es obra de Satanás: «el mal que el ángel rebelde infunde o inspira, no lo (p.6287) inspira y no lo infunde sino permitiéndolo el Señor, y el Señor no lo permite sino para castigar a los impíos, o para purificar a los justos con el hierro candente de las tribulaciones..». Así lo parla el maestro..

-Eso va con nosotros: falta saber si somos impíos y merecemos azotes, o justos que seremos purificados.

-No seas tonto. Eso lo dice por las revoluciones..

-¿Qué más revolución que nosotros?

-No hables en plural: tú eres demagogo.

-Y tú descamisada..

-¡Ay, qué pillo!.. El descamisado, el sans culotte eres tú.. Las palabras de Quiquiriquí sobre el Sr. de Luzbel no van con nosotros. Es que algunos han dicho que la revolución de Febrero del año pasado en Francia, la que echó del trono a Luis Felipe, fue un castigo, y que después vendría la misericordia de Dios. Pues no es eso: Donoso Cortés, con ese talentazo que no le cabe en la cabeza, ve las cosas claras y dice que no habrá misericordia.. «Los que vivan verán asombrados que la revolución de Febrero no fue más que una amenaza, y que ahora viene el castigo..».

-¡Ya escampa! Pongámonos en salvo.

-No te burles. Vendrá un cambiazo muy gordo que nos libre de tanto pillo.

-Y en ese cambiazo trabajas tú y otras, a cencerros tapados.. Destruiréis todo lo actual, y pondréis al frente de la Administración un Ministerio de niños llorones presidido por Quiquiriquí.

Soltó al oír esto una risa franca, fresca, sonora, expresión de abandono y travesura.

«Déjame que cierre así la discusión -me dijo-. Mi nombre es Alegría..». Y acabó por confesarme que también a ella le revuelven el estómago los sermones de Valdegamas, y que si los celebra y repite es por seguir la corriente; que toda aquella hinchazón insubstancial no sirve para nada, ni traerá la más pequeña mudanza de las cosas públicas. El mundo, según Eufrasia, se gobierna por pasiones, no por ideas, y estas no influyen sino cuando son apasionadas. No echo yo en saco roto esta sentencia, que me parece de un profundo sentido en los tiempos que corren. Tiene la moruna mucho talento. Así lo declaro, y ella con (p.6288) candoroso orgullo me dice: «¿Pues qué eres tú..? Si yo fuera Reina haría de España una gran Nación. Yo sabría ser mujer y soberana, sin que la soberana y la mujer se estorbasen la una a la otra. Yo poseería y practicaría el arte más difícil, que es el de escoger hombres más o menos públicos, y en cada puesto estaría el sujeto apto para desempeñarlo.. Yo los examinaría bien, y hasta que no estuviera bien segura de sus cualidades no les daría el rango.. Créete que yo haría una Reina admirable, como Isabel de Inglaterra, o Catalina de Rusia; pero con la condición de ser soberana absolutamente absoluta, porque de otro modo no respondería del acierto. ¿Libertad? No habría más libertad que la mía. ¿Religión? La mía, y que fuera yo mi propio Papa. ¿Ejército? Yo Generalísima. ¿Marina? Yo Almirantísima. ¿Gobierno? Yo Ministrísima.. Verías tú qué bien andaba todo. Yo y el Pueblo, y entre este y yo un cierto número de lacayos instruidos que sirvieran fielmente al Pueblo en mi nombre». Preguntada por mí acerca del lugar que a su esposo daría en este absolutísimo gobierno mujeril, me contestó que en su Reino decretaría el cese de todos los maridos que no fueran padres, y que a D. Saturno, por gratitud, le nombraría Inspector General de Matrimonios, para divorciar a los que no tuviesen prole.. Yo, como padre que soy bien acreditado, tendría un puesto de importancia en la Nación..

Con estas y otras tonterías pasamos el rato. El ingenio de esta mujer me divierte.. pero el vacío de mi alma continúa sin llenar. Termina la moruna diciéndome que se va a la Granja, donde está la Corte, y me incita a que vaya también yo con mi familia.. Si María Ignacia y sus padres desean lo mismo, ¿por qué no acabo de resolverme? ¿Qué interés o querencia me amarran a Madrid? Respondo que sí, que no y qué sé yo.

Otro día de Julio.- Hoy, después de dos infructuosas tentativas, he logrado satisfacer mi vivo deseo de hablar con Narváez, de quien tenía yo las mejores ausencias, pues supe no ha mucho que en casa del Duque de San Carlos me alabó y (p.6289) encareció infinitamente más de lo que yo merezco. Antes de pasar a la presencia del Espadón tocome un poco de antesala, la cual se me hizo corta por la agradable compañía de mi amigo y compañero de Congreso, Eusebio Calonge, el más joven quizás de los mariscales de Campo. ¿De qué habíamos de hablar sino de la expedición a Italia, general comidilla en estos días? Marchitas las ilusiones de los que vieron en el envío de tropas a Gaeta un principio de históricas hazañas militares, ¿qué hacían allí los españoles? Recibir la bendición del Papa, ocupar a Terracina, y gastar su ardimiento en marchas y contramarchas.

«El veto del General francés, cerrándonos el camino de Roma -me dijo Calonge-, nos ha puesto en situación muy desairada. La expedición queda reducida a un acto diplomático, y únicamente con ese carácter se la puede defender hasta cierto punto. Mi opinión es que los actos diplomáticos de un ejército sólo son eficaces después de actos verdaderamente militares. La fuerza que pega duro es la fuerza que puede negociar..». Pareciome de perlas esta observación de mi amigo, que revelaba la viveza de su entendimiento, y algo más habríamos divagado sobre aquel asunto, si no nos interrumpiera D. Juan Bravo Murillo, que salía de hablar con Narváez. Tocaba su vez a Calonge, que según me dijo despacharía en cinco minutos. No llegaron a tantos los que empleamos D. Juan y yo en recíprocas salutaciones. No he tenido ocasión de decir que el ilustre extremeño y hombre público es antigua relación de los Emparanes, y ha dirigido como letrado en ocasiones diversas, y en una muy reciente, los asuntos de la casa. D. Feliciano le estima como amigo, y le mira como a un santo en la religión de la jurisprudencia. Nada teme mi suegro del rigor de las leyes teniendo en sus altares a San Juan Bravo Murillo.

«¡Dichosos los ojos..! -exclamó Narváez al recibirme-; y conste que ya no le llamo pollo. Por muchas razones merece usted el empleo inmediato..».

Hablamos de todo, de Eufrasia, de mi familia, de mi hijo, de los (p.6290) Emparanes, de los Socobios, de todo menos de la campaña de Italia, punto delicadísimo que no me atreví a tocar, sabedor de lo aburrido que anda mi hombre con este frustrado intento de intervención gloriosa. En su tono, en su mirada, descubro la calma que ha sucedido a su recelo de las conjuras, y siempre que la conversación recae en cosa referente a mi persona, sus elogios me colman de gratitud, no inferior a mi confusión, pues ignoro en qué funda el alto concepto que de mí ha formado. Háblame de que desea utilizar mis dotes, esas dotes que con increíble benevolencia y engaño llama extraordinarias, y cuando pienso que su idea es ofrecerme un puesto diplomático, sale por un registro que me causa tanta sorpresa como disgusto. ¿Sabéis a qué quiere aplicar el Duque las facultades mías, que estima o parece estimar desmedidamente? Pues a las funciones de un cargo palatino. La independencia que disfruto me permite tomar a risa la propuesta de mi jefe y amigo, y manifestarle que podrá hacer de mí lo que quiera, pero jamás hará un palaciego. Él se ríe también; al despedirme me da palmaditas, repite en forma humorística su pensamiento de vestirme de gentilhombre, sumiller de corps o cosa tal, y con toda seriedad me dice: «Yo miro este asunto por el lado mío, por el lado de la conveniencia oficial, y sostengo que es necesidad imperiosa del Estado tener en aquella casa un personal inteligente, instruido, que posea las buenas formas y las ideas liberales.. Ya ve usted si es difícil.. digamos imposible. Adiós; que vuelva usted pronto por aquí, y aunque no quiera hablaremos de lo mismo..». Salí: la idea del General, descartando radicalmente de ella mi persona, pareciome idea luminosa y madura, de hombre de mundo, de hombre de Estado.

Al anochecer, camino de mi casa, no falté a la estación que dos veces al día, una por lo menos, hago en San Ginés, por la querencia misteriosa de los lugares donde, visto una vez el paso de la felicidad, creemos que allí nos está esperando para pasar de nuevo. Es aquel mi sitio de peregrinación, y a él acudo (p.6291) por devota costumbre, o por impensado rumbo de mis andares. No diré que hayan sido absolutamente infructuosas mis pesquisas en la parroquia y sus aledaños, porque si ningún conocimiento positivo ha venido a saciar la sed que me devora, creo haber descubierto hilos menudos que a otro más grande, y finalmente al ovillo de esta sin igual aventura, pueden conducirme. Desengañado de sacristanes y monagos, así como de vecinos y porteras, me dediqué al trato de pobres de ambos sexos que piden en aquel santo lugar. Repartiendo sin tasa calderilla y algo de plata, he adquirido en tan mísera república relaciones muy útiles.. Pero anoche encontré la puerta cerrada; la turba mendicante se había retirado de sus puestos, faltándome hasta el más fiel y consecuente amigo, que esperarme suele a deshora en la escalerilla del patio por la calle del Arenal. De los hilos tenues, imperceptibles casi, que este hilandero de chismes ha puesto en mi mano, no quiero ni debo hablar mientras no sepa si han de conducirme a la esperanza o a mayor desesperación.

 

Ep-32-XXII -

16 de Julio.- Decididamente nos vamos a la Granja. Habría yo preferido pasar en Atienza los rigores del verano, por disfrutar de mayor sosiego y dar a mi madre el gustazo de tenernos en su compañía. Estos eran también los deseos y planes de María Ignacia; pero el unánime voto de todo el señorío Emparánico en favor del Real Sitio de San Ildefonso se impone a nuestra voluntad. Punto final en las discusiones, y comienzo de los fastidiosos preparativos.. Mi mujer, o ignora en absoluto mi devaneo con Eufrasia, o lo considera superficial y sin importancia, aplicando al caso una filosofía suya, soberana, elevadísima, que en rigor no puede admitirse más que estableciendo ley conyugal distinta para cada sexo.. Cuido de rodear mi falta de cuantas precauciones pueden preservarla del conocimiento y aun de la sospecha de esta familia; pero creo difícil mantener la ignorancia más allá de los temporales límites que encierran todo humano artificio.

Deseaba yo una ocasión de ver (p.6292) a Eufrasia antes de su partida, y hablarle de estos temores, apelando a su buen discernimiento para que, mientras dure la jornada en el Real Sitio, encerremos en mayor tapujo nuestras intimidades, o las encubramos con la soberana hipocresía de suspenderlas efectivamente. De fijo accederá, porque, como gran maestra de la vida, es cautelosa, ve y entiende toda realidad, y en sus programas, según me ha dicho mil veces, figura en primer término la conservación de mi prestigio y buena fama en la familia. La ocasión que yo buscaba se me ha presentado esta tarde. Habiendo ido con mi señor suegro a visitar a Bravo Murillo (para consultarle un pleito Emparánico entablado en el Consejo Real) , tuve el gusto de toparme allí con Don Saturno del Socobio y su morisca esposa, que se despedían del extremeño, con quien están todos los Socobios del mundo en buena amistad social y jurídica.

Pero antes de que yo refiera esta visita y las entretenidas pláticas que en casa del insigne letrado y ministro tuvimos, oblígame el orden del relato a contar alguna meditación mía muy interesante; que las meditaciones, y aun los volubles escarceos de la mente, son materia o documentación utilísima de la historia de un hombre, más o menos sincero confesor de sí mismo. Es, pues, el caso que al despertar esta tarde de la siestecilla con que suelo pagar mi tributo a los ardores veraniegos, sentí en mi alma un bienestar hondo, cual si de ella, con la virtud de aquel descanso, se desprendiera un formidable peso que la oprimía. Sentíame no ya aliviado, sino totalmente restablecido de lo que yo llamaba el mal de Lucila, la monomanía, la horrenda pasión de ánimo que encadenó mi pensamiento y todo mi ser a la imagen más soñada que vista de aquella mujer. Y la súbita extinción de mi mal, habíamela traído.. ¿A que no lo adivináis? Pues una idea, que al despertar apareció posesionada de mi mente, y encendida dentro de ella como vivísima luz, semejante por su potencia a las que en los faros alumbran el paso de las naves. La idea que me iluminaba, única, (p.6293) despidiendo rayos en mi cerebro, era esta: la enfermedad que yo he padecido no es más que una efusión estética.

«Mujer -dije a la mía, que en el momento de mi despertar se me apareció con el chiquillo en brazos-, ¿no sabes que ahora caigo en que soy un artista sin arte.. un hombre que crece, vive y toma puesto en la vida social fuera de su vocación? En mí has de ver un artista inmenso, escultor, pintor, músico tal vez.. quiero decir que yo he debido ser ese gran creador de arte, y por no serlo, me pongo malísimo, y hasta parece que se me va el santo al Cielo».

Echose a reír mi digna esposa, y sin dejar de zarandear en sus brazos al crío, me contestó: «¡Pero, bobito, si eso que me dices no es idea tuya!.. ¡Si eso te lo dije yo anoche cuando te acostabas! Y te lo repetí no sé si dos o tres veces hasta que te quedaste dormidito. ¿Ya no te acuerdas?

-Sí: algo voy recordando. Me hablaste de eso; pero no dijiste el nombre del mal que tuve. El nombre de lo que padecemos es muy importante, y creo yo que el hecho solo de saber ese nombre nos cura. Esto que padecí se llama efusión estética.

-No me vengas a mí con terminachos. Yo no sé más sino que no te conviene estar ocioso. Tu mamá te conocía bien cuando te recomendaba que escribieras la Historia del Papado, y aun creía la pobre que la estabas escribiendo. Yo soñé noches pasadas que habías hecho una catedral tan magnífica, que las de Toledo y León parecían al lado de la tuya buñuelos de piedra.. Y otra noche pensé, esto no fue sueño, que si llegas a dedicarte a la estatuaria, habrías hecho maravillas.. De todo entiendes, y sobre cada cosa discurres con tanto tino que se queda una tonta oyéndote.. Más de una vez te dije que has sido muy desgraciado, Pepe, porque primero quisieron hacerte clérigo y te mandaron a Roma, donde no te encaminaron por el lado del arte, sino por el de desempolvar bibliotecas; luego viniste aquí, te dieron un empleo; nadie se cuidó de ver para qué servías; te lanzaste al mundo; te hiciste señorito elegante; y por fin, sin que lucharas por la vida, ni por el arte, ni por (p.6294) nada, te viste en buena posición y casado con una fea.. ¡Ya lo creo que estarás enfermo, Pepe! Y has de ir de mal en peor como no busques ahora otro rumbo, y te ocupes en algo que sea boca de volcán por donde arrojes todo lo que tienes dentro del alma».

Respondile que cuanto me decía era exactísimo, menos que yo me hubiese casado con una fea, y quien así lo afirmara mentía bellacamente. Varió con rápido giro María Ignacia la conversación, diciéndome que su padre me esperaba ya para ir a la visita del Sr. Bravo Murillo. Vestime de prisa y corriendo; a los veinte minutos ya estábamos en la calle suegro y yerno. Por el camino iba yo pensando en mi enfermedad, la cual, al paso por San Ginés, no me pareció radicalmente curada.. ¿Podría creer al menos en una mejoría profunda y franca, precursora del perfecto equilibrio? La idea que al despertar de mi siesta me trajo conciencia luminosa de curación, había sufrido alguna mudanza, como el lento correr de una veleta, y observándola me dije: «No era efusión estética, sino efusión popular». Oyendo las campanudas majaderías que D. Feliciano me echó por el camino, tocantes al Principio de Autoridad y a las medidas que debían adoptarse contra el tremendo virus, me sentí otra vez dañado profundamente, y el síntoma denunciador de mi recaída no era otro que un vivo afán de que reventara mi suegro, o de que un alzamiento de las turbas le hiciese total liquidación de vida y hacienda. En este morboso anhelo mío no entraba para nada la idea de herencia: mi furor revolucionario contra el Sr. de Emparán era esencialmente desinteresado y justiciero..

Adelante. Antes de que yo tuviese el honor de conocer a D. Juan Bravo Murillo, me contó mi suegro que este grave señor se desayuna con media docena de chorizos crudos y medio cuartillo de Valdepeñas. Pensaba yo que quien con tan grosero y bárbaro comistraje se prepara el cuerpo para los trabajos matutinos, no podía ser una inteligencia sutil, de penetrantes destellos. Mas luego, viéndole, oyéndole y tratándole, (p.6295) reconocí en él cualidades de hombre entero, sesudo, tenaz, de viril discernimiento sin fantasía, que me reconciliaron con aquel hábito suyo de la ingestión de chorizos cuando los demás tomamos café o chocolate. La persona de D. Juan no puede ser más extremeña: como político es compacto, duro, consistente; como orador, macizo, aplastante, pesado, de una claridad pasmosa en los asuntos de ley escrita. Al jurisperito le tengo por excelente, al político por uno de los más vulgares, hombre aferrado a ideas viejas, y hecho a las rutinas como a los embutidos de su país. La extremeña virtud de la voluntad le sirve para enranciarse más cada día, y es lástima que tal virtud se aplique a convertir en actos el pensar retrógrado y los sentimientos absolutistas. Menos austero de lo que parece, goza no obstante fama de honrado, y lo es. Ha podido ser millonario, y su fortuna, según dicen, no pasa de moderada, en el sentido general. No escandaliza con su lujo, y su vanidad se reduce a vestir bien: usa levitas de buen paño de Sedán bien cortadas, guantes amarillos, botas de charol, y fuma puros de a cuarta, del mejor habano. En sociedad es afable, muy distante de la zalamería; en la Administración todo lo severo que puede ser aquí un Ministro, tratante en favor y credenciales.

Encontramos la sala de D. Juan llena de gente, y a él recibiendo plácemes por su recobrada salud. Había tenido un ataquillo de grippe, la enfermedad que ahora está de moda, y restablecido ya, sus amigos políticos, sus clientes y una caterva de extremeños acudían a felicitarle. Diputados vi unos doce, y al poco rato, con los que en pos de mí llegaron, la cifra pasó de veinte. Allí estaba Cándido Nocedal, que a mi parecer se pasa de listo, de fácil y seductora palabra, progresista el 40, el 44 moderado de la fracción Puritana, en la cual permanece; allí también Carriquiri, hombre rico y por lo tanto ameno, alegre y de afable trato; allí D. Cristóbal Campoy, auditor de Guerra en el ejército de D. Carlos, hoy moderado de los de peso, que andando se tambalea como un santo que llevan en (p.6296) procesión; allí Don Félix Martín, el diputado labrador, el villano de Illescas, como suelen llamarle, alto, moreno, con gruesos anteojos, y un levitón que debiera ser de paño pardo para que el hombre estuviese más en carácter; allí Don Santiago Negrete, diputado por Llerena, corpulento, cetrino, de voz atronadora; allí los extremeños Ayala y Fernández Daza, este de figura juvenil y semblante risueño; allí, en fin, D. Joaquín Compani, el ingenuo del Congreso, o hablando en francés, l'enfant terrible, porque las verdades se le salen de la boca sin que pueda la discreción contenerlas, hombre de una franqueza sublime, orador altísono y de voz cavernosa, que se ha hecho célebre por haber soltado la bomba de que sólo hay en España dos elementos de gobierno: el cansancio de los pueblos y la empleomanía. Naturalmente, tal afirmación fue terror y escándalo de los que viven dentro de la ficción y el convencionalismo; pero no se arredró el ingenuo, y sin pararse en pelillos hizo brava defensa de la empleomanía, y sostuvo que es un hecho contra el cual nada pueden los declamadores, porque escaseando en España los medios de vivir, hay que reconocer a los españoles el derecho al presupuesto.

Ofrecidos mis respetos a D. Juan, dejéle con D. Feliciano hablando del asunto contencioso, y pasé a saludar a mis amigos de la Cámara. Entró en seguida D. Joaquín Rodríguez Leal, diputado extremeño, independiente, progresista, amigo particular de Bravo Murillo, y tras él el Marqués de Torreorgaz, menguadito de talla, de buen humor, contento de la vida, como hombre adinerado. Este representante del país no deja transcurrir ninguna legislatura sin presentar y apoyar una proposición de ley declarando la absoluta incompatibilidad del cargo de diputado en los empleos, honores y obvenciones. ¡Qué si quieres! Es un soñador, el hombre de lo imposible, y D. Juan Bravo Murillo, según cuentan, ha sudado más de una vez la gota gorda contestando a tales utopías. Son amigos y paisanos, y no riñen más que en el Congreso. Llegaron (p.6297) luego otros extremeños desconocidos, dos de ellos con sus respectivas señoras, de la tierra de Hernán Cortés y Pizarro, y por fin hizo triunfal entrada el matrimonio Socobio, D. Saturno risueño, claudicante, envejecido; Eufrasia elegantísima, dominando desde el primer instante con su desenvoltura graciosa toda la reunión. No fueron pocas las alabanzas que D. Juan le tributó por su hermosura, y los piropos con que le rindió pleitesía como dueño de la casa y admirador respetuoso del bello sexo. Las extremeñas damas allí presentes, que aún vestían por la última moda de Badajoz, o por las retrasadas de Madrid, no quitaban los ojos de la vestimenta y accesorios de la manchega, reparando todo lo que llevaba.

Iniciamos la conversación por el tema fácil de los insufribles calores y de lo bien que sienta un viajecito a la Granja en esta canicular estación, y D. Juan saca uno de sus tópicos predilectos, que es traer aguas a Madrid. Asegura que el abastecernos de tan precioso elemento de vida se impone, cueste lo que costare, para que la capital de las Españas no sea un pueblo sediento y sucio. A renglón seguido se entabla una interesante porfía sobre la calidad de los cuatro viajes que surten esta capital, y se marcan bandos o partidos, pues si el uno defiende el sabor del Bajo Abroñigal o la Castellana, no falta quien pondere la delgadez del Abroñigal Alto y la Alcubilla. D. Juan, que ha estudiado detenidamente el asunto, nos dice que Madrid se despoblará si continúa bebiendo por la primitiva medición de reales, que se dividen en cuartillos y estos en pajas. La pobreza de aguas de la Corte se evidencia con sólo decir que corren en ella, cuando corren, treinta y tres fuentes, en las cuales hay ochocientos y pico de aguadores que distribuyen en todo el vecindario trescientos treinta y siete reales de líquido potable. Pero D. Juan presentará a las Cortes un proyecto de ley para traer acá el Lozoya, sacándolo enterito de su lecho y derramándolo por nuestras calles, plazas, paseos y jardines. Oyeron esto los presentes como un cuento de hadas. La pintura que (p.6298) hizo Bravo Murillo de los espléndidos chorros de agua que su proyecto realizado habría de verter sobre Madrid, cautivó de tal modo al auditorio, que no sólo se nos refrescaban las imaginaciones, sino también los cuerpos.

 

Ep-32-XXIII -

Pero el marrullero y pesadísimo D. Saturno, que anda de algún tiempo acá medio trastornado con la manía de antiparlamentarismo, y consagra sus estrechas facultades y su holgado tiempo a proveerse de razones, datos y copiosas estadísticas que demuestren la inutilidad o más bien el perjuicio de las llamadas Cortes, ora sean Constituyentes, ora Ordinarias, echó sobre el proyecto del Lozoya no diré un jarro de agua, sino cántaros de fuego, asegurando que de la Representación Nacional no puede salir traída de aguas ni de ninguna cosa buena, sino traída de barullo, confusión, corruptelas e inmoralidad.

«Y no lo tome a mala parte, D Juan, que contra usted no voy, porque usted no ha inventado el Parlamentarismo, ni en él.. las cosas claras.. se encuentra muy a gusto, por más que lo calle, vamos, que no pueda decirlo.. ¡Pero qué bien gobernaríamos sin Cortes, D. Juan, y qué derecho andaría todo el mundo!

-Eso habría que verlo..

-Muy pronto se dice; pero en la práctica..

-No está el mal en las Cortes, sino en el maldito Reglamento.

-Por mi parte, que las supriman».

Estas y otras observaciones que como granizada caían sobre la opinión de D. Saturno, salieron de los grupos en que estaban Torreorgaz, Negrete, Compani, Campoy, D. Félix Martín y Carriquiri.

«Si me dejan meter baza, señores -indicó la moruna-, les diré que mi marido no condena el Parlamentarismo en principio..

-¡Oh, sí! en principio, en principio y en fin. Es malo, malo per se -vociferó Socobio-, y en ningún caso puede ser bueno. No hagan ustedes caso de mi mujer, que está un poco tocada, y transige, transige con el mal, por aquella falsa teoría de que se puede consentir un mal relativo para evitar un mal absoluto.

-Bueno -prosiguió Eufrasia, sin hacer gran caso del orador-: reneguemos del Parlamentarismo en principio y en (p.6299) postre, pues todo lo que conocemos de él es ruin y corrompido.. Se puede demostrar que las Cortes actuales no son más que un Régimen de comedia, porque los procuradores de los pueblos o distritos no los representan más que en el nombre; todos salen elegidos por obra y gracia del Gobierno, que primero los trae y luego los paga.. Señores, no hay que ofenderse.. Cuando quieran se saca la cuenta parlamentaria, y se demuestra que de los trescientos y tantos señores que dicen sí y no, los más son funcionarios, y por tanto cobran.. Todo es engañifa.. No hay farsa más repugnante que esta de las Cámaras..

-¡Señora, por Dios..!

-¡Señora.. por decirlo usted, puede pasar.. Pero..

-¡Señora..!

-¡Si nadie tiene por qué ofenderse! ¡Oído! -exclamó D. Saturno, echándose mano al bolsillo de la levita-. Soy el litigante monomaníaco, y digo como él: «¿Hablaba usted de mi pleito? Aquí traigo los papeles». Yo, señores, soy un hombre muy práctico, y de mucha paciencia. Soy un hombre, señores, que cuando digo una cosa la pruebo, y.. aquí traigo los papeles. Llevo ya algunos meses recogiendo datos, y formando mi estadística.. Voy siempre prevenido, señores. Papel canta. Contra la realidad, contra los números, no hay aquello de tal y qué sé yo.. Esto es indiscutible.. Si el Sr. D. Juan me lo permite, y estos caballeros me honran con su atención, les leeré mi cuadro sinóptico».

Sacó un doblado papelote, y mientras con solemne pausa lo desplegaba, su mujer dijo: «No es necesario leerlo. Hartos están de saber los señores del margen, que si se exceptúan tres o cuatro próceres, como Berwick, Bedmar y Vistahermosa, media docena de propietarios ricos, y otra media de fabricantes, los cuales, entre paréntesis, vienen al Congreso engañados y para dar a la reunión algún viso de independencia; exceptuando esos poquitos, todos, todos cobran sueldo en una forma o en otra.

-Señora, yo no sé lo que es un sueldo -dijo respetuoso el Villano de Illescas.

-¡Sr. Martín, feliz garbanzo que no figura en esta olla!

-¿Y yo, señora? -preguntó risueño Rodríguez Leal, rico hacendado de Badajoz.

- (p.6300) Tampoco usted cobra.. directamente; pero se le da su partija.. no se ofenda.. en empleítos para repartir en casa. Que levante el dedo el independiente que no lleva tras de sí una cáfila de primos, sobrinos o cuñados, que piden y toman destino.

-Señora, ¿pero se ha de hilar tan delgado que..?

-Saturno -prosiguió la dama-, para que se convenzan de que el Congreso no es más que una legión asalariada, léeles tu estadística.

-Que la lea, que la lea».

Y D. Juan Bravo Murillo se volvió para mí, que a su lado estaba, diciéndome risueño: «¿Para qué endilgarnos el mamotreto? Peor es meneallo.

-En el trabajo que ha hecho mi marido con escrupuloso esmero y paciencia, se ve lo que todos cobran, y también.. aunque sea mala comparación.. el plato donde comen».

Breve silencio. Entra pomposo y risueño en la sala D. Nicolás Hurtado, diputado por Zafra, el cual, después de saludar al señor Ministro, se encara con Eufrasia y le dice graciosamente: «Amiga mía, ya está usted con la cantinela de si comemos o no comemos.. Deje usted vivir a todo el mundo, criatura, que estando bien comidos, mejor podremos admirar y festejar a usted..

-Gracias, D. Nicolás.. Siéntese a mi lado, y vote conmigo.

-Sí lo haré. Ya sabe usted que no cobro.

-Así consta en el decreto de su nombramiento.. No podía ser de otro modo para poder estar sujeto a reelección.. Pero en nuestro delicioso país para todo tenemos trampa; y así, por bajo cuerda, mediante un solapado artificio, percibe usted..

-Veinticuatro mil reales como Oficial Primero en la Sección de lo Contencioso del Ministerio de Hacienda -dijo D. Saturno impávido-. Y no hay que asustarse, Nicolás, que aquí no nos ponemos colorados por estas cosas.

-Explicaré a ustedes..» rezongó el señor Hurtado, llevándose la mano a las gafas.

Por lo bajo le dijo la moruna no sé qué conceptos afables y donosos, que le redujeron a prudente mutismo, y siguió lo que podremos llamar información alimenticio-parlamentaria. El ingenuo Compani, l'enfant terrible del Congreso, afirmó que por sí no (p.6301) cobraba; pero que entre parentela y amigos tiene como unos treinta chupones sobre su conciencia, sin que por esto abomine del Parlamentarismo, porque la vida moderna requiere un nutrido presupuesto para dar de comer a los que carecen de bienes de fortuna, y no son hábiles para ninguna industria, ni aun siquiera para la de pescadores de caña.

«Allá voy, allá voy -dijo D. Saturno impaciente-. En mi Cuadro Sinóptico figuran veintinueve sanguijuelas parlamentarias que chupan por Gobernación.

-Hombre, me parecen muchos para un solo Ministerio -observó Carriquiri.

-Papeles hablan, y numeritos cantan -dijo Socobio-. Y si hay un guapo que se atreva a rectificarme lo que tengo escrito, aquí le espero.. Adelante. Por Gracia y Justicia cobran treinta y dos padres de la patria, comprendidos jueces, oidores y empleados del Ministerio.

-No puede ser.

-Se le ha ido a usted la mano en la estadística, amigo D. Saturno.

-Pues yo aseguro que los de Gobernación me parecen pocos -afirmó la moruna-. ¿A que me pongo yo a contar y saco más?

-¡No por Dios!

-Verán.. el Sr. D. Ricardo de Federico, treinta mil reales; el Sr. Fernández Espino, treinta mil; cincuenta mil el Sr. Gaya, director de la Gaceta; el Sr. D. José Juan Navarro, cuarenta mil; el Sr. Ruiz Cermeño, cuarenta..

-Basta.

-Collantes, cincuenta mil; D. Joaquín Cezar, cuarenta; Álvaro, Anduaga.. Bueno, señores: me callo. Saturno, échanos los de Gracia y Justicia.

-Bastará decir que son treinta y dos.

-Se te ha olvidado agregar a D. Manuel Ortiz de Zúñiga, que ahora se nutre.. por la Comisión de Códigos.

-No se olvida nada. Ahora van los de Hacienda, que son ¡ay! veinticuatro, y con cada sueldazo que da miedo.

-Pero en esa lista estarán comprendidos los ex-ministros que disfrutan su cesantía -indicó el Sr. Campoi.

-No están incluidos -replicó Socobio-. Esos componen otra serie de comilones. Constan también aquí los ex-ministros que no perciben cesantía, rara avis, los señores Mendizábal, Cantero..

-Ya que estoy en el uso de la palabra -dijo el ex-carlista Campoi-, (p.6302) protesto de que se me haya metido entre los que manducan en Gobernación. Yo no cobro más que en el concepto de Jefe político cesante de Granada, a donde fui sacrificando mi salud, sacrificando mi tranquilidad, y sacrificando mis ideas. Si no tuviera que contender con una bella y distinguida señora, yo sostendría.. Pero vale más que renuncie a la palabra y.. He dicho.

-Sigamos. Adelante, D. Saturnino.

-En Instrucción Pública tenemos quince; en Guerra, veintidós; en Marina, ocho; en el Consejo Real.. tantos como Consejeros.. Señores, esto da grima. ¿Qué Parlamento es este, ni qué Representación Nacional, ni qué niño muerto? Pues vean más: Empleados en Palacio, seis; en Estado, nueve».

Nocedal, Carriquiri, Negrete y el mismo D. Juan sonreían entre burlones y melancólicos, como si juntamente vieran la extensión del mal y la imposibilidad de remediarlo. Las damas extremeñas, del antiguo tipo de señoras, calladitas y vergonzosas, no hacían más que sonreír, abanicarse con pausado ritmo, y apoyar las exclamaciones de los más próximos con algún término de su cortísimo vocabulario social, con un ¡enteramente!.. ¡qué cosa!.. ¡es muy extraño!.. Si antes admiraron y repararon el atavío de la bella manchega, cuando la oyeron despotricar con tan picante y hombruno desenfado, no volvían de su asombro, y la diputaban mujer de poco seso, contaminada de la chocarrería francesa.

Antes se trocarían en caudalosos ríos los viajes de Madrid, inundando las calles de la Villa y Corte; trocáranse los aguadores en marineros y los coches en góndolas; antes el calor africano que sentíamos, en celliscas y hielos de Diciembre se convirtiera, que renunciar D. Saturno a la cumplida explanación de sus estadísticas ante cada uno de los grupos en particular, y luego persona por persona, mostrando las notas y comprobantes que sobre sí llevaba, y deteniéndose a convencer con mayor esfuerzo de razones a D. Juan Bravo Murillo, que oía, suspiraba, y moviendo la pesada cabeza decía que había que verlo, que una cosa es (p.6303) predicar y otra dar trigo.. Opinaba lo mismo Emparán, fiel eco del eximio letrado y político, y detrás repetía lo propio el coro de Carriquiri, Campoi, Negrete y otros. Torreorgaz pretendía convencer a D. Nicolás Hurtado de que si cuajara su salvador proyecto de incompatibilidad absoluta, el Parlamento sería lo que debe ser, y D. Nicolás Hurtado fruncía el entrecejo, acabando por afirmar que con Parlamento libre iríamos a la Convención, sí señor.. ¡y a los horrores del 93! El ingenuo Compani, a quien nadie hacía caso, explicaba a las señoras su plan de reglamentación de la empleomanía, y Nocedal, siempre ferviente devoto de las mujeres graciosas y bonitas, se fue derecho a Eufrasia diciendo que a Saturno se le había olvidado la estadística más interesante, la de los diputados maridos, la de los viudos con enredo, o solteros en estado de merecer. Al lado de cada cifra de sueldo debe ponerse: «¿Quién es ella?

-Cándido -replicó la moruna-, no tome usted a risa nuestro Cuadro Sinóptico, que es un monumento de sinceridad. Hay que decir las cosas claras, para que pueblo y reyes y hombres públicos abran los ojos y vean. Y no me diga usted que algunos pocos, muchos si se quiere, no figuran en nómina. Esos que parecen estar curados de empleomanía, padecen de otro mal mayor, lo que llama Sánchez Toca la empleopesía, o furor de apandar destinos para fomentar la vagancia de provincias enteras. Hable usted de esto a los hidrópicos de credenciales, a los Mones y Pidales y Canga-Argüelles, a D. Fernando Muñoz, a los Collantes, a Sartorius, al mismo D. Juan, a Venavides, con ser puritano, y verá usted que el Régimen es una farsa, un engaña-bobos.

-Crea usted, señora, que yo no defiendo el Régimen, ni lo creo perfecto; pero tal como es, con él hemos de seguir mientras no nos descubran otro mejor. Esos que no llamaré lunares, sino verrugas y lamparones que afean el bello rostro del Régimen, son inherentes a toda innovación, y se irán corrigiendo con el tiempo. Como decía D. Juan Nicasio, dentro de unos trescientos años (p.6304) se habrá completado la educación del país, y las espinas de hoy serán entonces rosas y claveles. No todas las cosas del mundo son como la mujer, que en el principio fue bella, y bella y seductora es hoy.. como la muestra.

-Gracias, Candidito.

-Pero la mujer es obra de Dios, mientras que el Parlamento es obra de los hombres: por eso es tan imperfecto..

-Pues suprimirlo.

-Mejor será corregirlo. ¿Cuánto mal no se ha dicho de las mujeres? Y buenas o malas, tuertas o derechas, sin ellas no podemos vivir. ¿Qué defecto ve usted en el Parlamento? ¿Que en él se habla demasiado?

-Eso no es defecto, porque yo.. ya ve usted si hablo sin ton ni son, y digo mil disparates.. ¿pero eso qué? Yo siempre estoy dentro de la legalidad. Soy quizás demasiado rigorista en mis actos, aunque en la palabra parezca un poquito casquivana.

-Usted no parece más que una belleza superior, y por eso tiene algún derecho a no ser tan rigorista.. Así como hay bulas para difuntos, haylas para las mujeres que unen a la belleza el ingenio.

-¿Bula yo? No la quiero ni me hace falta. La bula es dispensa de algo, y yo, cumpliendo, como cumplo, mis deberes, no necesito..

-Quiero decir.. ¿No sabe usted que el justo peca siete veces?

-Yo ni siete ni ninguna, Cándido; y por justa me tengo».

 

Ep-32-XXIV -

Desfilaban los visitantes; mas D. Saturno embistió al Ministro y a mi suegro con su salmodia de moscardón, sin darles respiro, de lo que me alegré mucho, porque así pudimos tener Eufrasia y yo algunos apartes, y comunicarnos las respectivas instrucciones y consignas. Muy contenta de que fuese yo a la Granja con mi familia, me dijo: «Allí no hay que pensar en tonterías. Virtud a todo trance, y edificación completa. Déjalo de mi cuidado, y verás que bien me arreglo para que tú en tu terreno y yo en el mío edifiquemos con nuestra conducta intachable. Ya nos veremos allá, en el teatro, en los jardines, y hablaremos.. pero poquito y con la mayor cautela. Hasta la Granja, Pepe.. ¡Ay! ¿no ves? Mi Saturno se ceba en el pobre D. Juan y en D. Feliciano». En efecto: (p.6305) miré con disimulo las caras de las víctimas, y vi que a D. Juan lo había volteado ya dos veces, recogiéndolo para despedirlo de nuevo. Rogué a mi amiga que echase un capote, y así lo hizo, librando de la cogida feroz a tan respetables señores. Poco después de esto, marido y mujer salieron, y quedándonos solos con D. Juan mi suegro y yo, escuchamos las observaciones que el extremeño nos hizo acerca de la cosa pública. No ve claro.. El verano, políticamente hablando, viene cargado de nubarrones. Los grupos disidentes de Venavides, González Brabo, Ríos Rosas, ayudados de Gonzalo Morón y Bermúdez de Castro, dan mucha guerra. La mayoría va sacando los pies de las alforjas, y no hay ya destinos con que amansarla y sostener en ella esa satisfacción interior que es el nervio y alma de todo ejército.. Las actuales Cortes envejecen ya, y están minadas por las malas pasiones. Hay que traer nuevas Cortes el año próximo.. ¿Pero quién puede hacer cálculos para un año más, en este país de lo imprevisto? Teme que las tempestades que se anunciaron no ha mucho estallen ogaño.. Los revolucionarios no desmayan; la sociedad, apenas curada de una fiebre, se inficiona de otra.. Y esto ¿qué es? Es, a su juicio, que el pueblo español no quiere curarse de su principal defecto, la exageración.

Oyendo esto, mi suegro echaba lumbre por los ojos, señal de la conformidad de sus ideas con las que expresaba D. Juan. El cual, vanaglorioso como si acabara de descubrir un mundo, continuó así: «Sí, amigos míos, la exageración es lo que nos pierde a los españoles. Aquí el religioso cree que no lo es si no le damos la Inquisición, y el filósofo no ha de parar hasta la impiedad y el descreimiento; el militar quiere guerras para su medro personal, y el civil revoluciones para desarmar al ejército; el negociante no está contento si no alcanza ganancias locas por la usura y el monopolio; el hombre público no piensa más que en acaparar toda la influencia, dejando a los contrarios en seco. En todo la exageración, el fanatismo.. Si Dios quisiera hacer de (p.6306) España un gran pueblo, nos haría lo que no somos, sensatos.. Pero búsquenme en esta Nación la sensatez. ¿Dónde está? En ninguna parte. No veo sensatez en los partidos; no la veo en la Prensa; no hay sensatez en el Gobierno.. no hay sensatez, digámoslo aquí en confianza, ni en la Familia Real.. ¿Y cómo le decimos al pueblo bajo que sea sensato si los que andamos por las alturas no lo somos?.. En fin, amigos míos, buenas tardes.. Es un poco insensato tanto charlar.. Ya saben que me tienen siempre a sus órdenes».

En la calle, oyendo repetir a Emparán la muletilla de la sensatez, con hipérboles harto empalagosas, me sentí repentinamente recaído en mi demagógica dolencia, y se me representó como el más gustoso espectáculo la ejecución de mi suegro, en garrote vil, haciendo artístico juego con D. Juan, en dos lados del mismo patíbulo, y ambos echando un palmo de lengua con muchísima sensatez.. En casa, el mal me acometió con mayor furia, y del exterminio general no exceptuaba yo más que a mi cara esposa y a mi hijo. Como no quería salir de Madrid sin despedirme de Narváez, a quien debo tantas atenciones, me fui a la Presidencia: no estaba. Dejé recado a Bodega; volví más de una vez, y al fin, a media noche, antes de retirarme al descanso, el General me hizo la distinción de recibirme a mí solo, entre tantos postulantes de audiencia, y tuve el gusto de platicar con él, viéndole en zapatillas, sin peluca, con holgado traje de nankín.

«Yo también iré a la Granja -me dijo-, pero lo menos posible.. Allí no va uno más que a ver cosas desagradables.. Hay que decir a todo amén, repudriéndose uno por dentro. Esta vida de Gobierno es muy perra. Aquí el gobernante está siempre vendido, porque cuando no hay revoluciones hay intrigas, y estas salen de donde menos debieran salir; cuando no le atacan a uno de frente o por el costado, le minan el terreno..». Aquí se detuvo, creyendo sin duda que había dicho demasiado. Pareciome que se esforzaba en desechar tristezas, y que buscaba temas susceptibles de charla jovial. De pronto me (p.6307) sorprendió con esta familiar salida: «Bien, pollo, bien. ¿Sabe usted que ahora me dan ganas de volver a llamarle pollo?.. No sé si es porque le veo más joven, o me siento yo más viejo.. Antes que se me olvide: lo que me dijo usted hace días se ha confirmado plenamente. Ya no conspiran en casa de Emparán, ni tampoco en las de Socobio. Toda esa gente arrimada a la cola es muy cuca: no quiere comprometerse. ¿Sabe usted dónde se reúnen ahora los zorros? En la Escuela Pía de San Antón. Creen que cuando toquen a escurrir el bulto los salvará el lugar sagrado. No me conocen. La suerte de ellos es que ya no les hago caso. Sí, hijo: me les he metido en el bolsillo. Nada temo por ese lado. En Aranjuez hablé con Su Majestad.. Ella, naturalmente, me dio la razón, y con la razón la seguridad de que no tendremos un disgusto. La Reina es un ángel; pero.. no está averiguado que los ángeles sirvan para ceñir la corona en una Monarquía constitucional.. Pero en fin, es buena, y como ella pueda hacer el bien, crea usted que lo hace.. No falta sino que pueda hacerlo, que la dejen.. que no se atraviese alguna influencia mala.. y vaya usted a responder de que no habrá malas influencias en ese maldito Palacio donde entra y sale todo el que quiere.. En fin, de esto no puedo decirle a usted más».

Charlamos un poco de política, expresé mi recelo de que no pudiera gobernar más tiempo con las actuales Cortes, y él, expansivo y desdeñoso, me contestó que con estas y con otras es muy difícil el gobierno.. Le informé de la Estadística de D. Saturno, y no le pareció mal; que las verdades suelen decirlas los niños y los tontos. De lo que hablamos deduje su desprecio del Parlamento, mecanismo que hacía funcionar sin conocer bien su objeto, pues los que lo pusieron en sus manos no le habían demostrado para qué servía, y los que hoy le ayudan a moverlo no están de ello muy bien enterados. ¡El Parlamento! Funcionando por sí, no permitiría gobernar; funcionando a fuerza de mercedes, no sirve para nada. Tal como tenemos hoy el Régimen, no es otra cosa que el (p.6308) absolutismo adornado de guirindolas liberales.. Así lo manifesté al General, correspondiendo a la franqueza que me daba y pedía; y él, después de una pausa en que su mente parecía perderse en penosas vacilaciones, me dijo: «Yo quiero poner muy alto el Principio de autoridad, porque sin eso, ya usted lo ve, no hay país posible; pero al propio tiempo quiero ser liberal, muy liberal, más liberal que nadie».

Iba yo a contestarle, viendo clara una gallardísima respuesta; pero a las primeras palabras se me fue el santo al cielo; se evaporaron mis ideas y me llené de confusión. Yo no sabía cómo puede un gobernante ser liberal, muy liberal; yo ignoraba lo que es Libertad.. «¿Pero qué es Libertad, mi General? -le pregunté por disimular mi turbación. Y él me respondió: «Pues Libertad.. Ello es, es.. Yo lo siento, pero la definición no me sale, no doy con ella. Dígame usted ahora qué entiende por Principio de autoridad».. «¡Ah! -repliqué yo más confuso a cada instante-. Principio de autoridad es pura y simplemente el aforismo de quien manda manda.. Ahora el porqué del mando, el origen de la autoridad, yo no lo veo claro. Usted recibe la facultad de mandarnos a todos; la Reina, que hoy le da a usted el bastón, ya sea garrote o junquillo, mañana se lo quita. ¿Por qué?.. ¿Porque el Espíritu Santo inspira a los Reyes? No: no creamos eso. ¿Es la Soberana la suma sabiduría, como dicen los Mensajes a la Corona? No. A Su Majestad no la inspira el Espíritu Santo, sino la opinión, que puede equivocarse. Y esa opinión ¿cómo llega a Su Majestad? Puede llegar por boca de leales consejeros; pero puede llegar, y llega también, por boca de una monja histérica, o de un fraile, o de un criado de Palacio. En fin, que la autoridad viene.. del aire, como la salud y las enfermedades, y usted es un continuo enfermo que está esperando siempre que un soplo lo mate o que otro lo resucite.

-Pollo, no se guasee usted conmigo -me dijo Narváez nada colérico, antes bien inclinado a las bromas-. Quedamos en que usted sabe menos que yo del (p.6309) Principio de autoridad, y de quien lo trae y lo lleva. Bueno: explíqueme ahora en qué consiste la Libertad.. porque yo soy liberal, quiero serlo.

-Quiere serlo.. adora la Libertad. Yo también amo algo que no poseo.. que ni siquiera sé dónde está. Precisamente eso nos distingue de los tontos a usted y a mí, General: que amamos lo que no entendemos.

-Con muchísimo salero se está burlando de mí este ángel. Y digo que se burla, porque.. me habían asegurado que tiene usted mucho talento; que desde su más tierna infancia no hizo más que tragar libros y librotes, y que en Roma todas las bibliotecas eran pocas para usted. Eso me habían dicho y lo creí; pero ahora, a los que me trajeron la copla del niño Beramendi, o Fajardo, tengo que decirles que me devuelvan el dinero.. porque resulta que usted sabe de estas cosas lo mismo que yo, total, nada; que en usted, como en mí, todo es un sentimiento, un deseo, una soñación y nada más. ¿Bastará con eso? Porque, oiga pollo, aquí en confianza: yo he sondeado a Sartorius, a Bravo Murillo, a todas las eminencias del moderantismo, para que me expliquen bien esto de la Libertad y de la Autoridad y del Régimen, y la verdad, camará, no me han sacado de mis dudas. Dígame: en estas cosas ¿habrá que decir lo de aquel sabio: sólo sé que no sé nada?

-Sí, mi General, al menos por lo que a mí toca. Cierto que yo almacené infinidad de textos en mi caletre; pero aunque algo conservo de aquel fárrago, no me sirve para responder a su pregunta. El punto que me consulta es de acción, y yo en cosas de acción estoy poco fuerte. Todos los problemas de la vida me los han dado resueltos. Hablando en plata, soy un hombre de inspiración que no tiene arte en que ejercitarla. Usted me lleva a mí gran ventaja, porque tiene inspiración y arte, el arte de Gobierno.

-Y según eso, yo debo dejarme llevar de la inspiración, o hablando en oro, hacer mi santa voluntad.

-La santa voluntad de un hombre de gran entendimiento, como el que me escucha, no puede ser otra que salvar al país de un (p.6310) cataclismo.. Si me lo permite, General, me atreveré a preguntarle..

-Atrévase: ya ve que soy muy llano. Me ha cogido en la hora del pavo.

-¿Cree usted, como Bravo Murillo, que esto se va poniendo mal, que por debilidades de todos, la política ¿cómo diré..? fundamental, lleva una dirección torcida?

-Sí señor, así lo creo.

-Y esta dirección torcida de la política fundamental ¿quién puede enmendarla, estableciendo la dirección derecha?

-Sólo hay en España un hombre capaz de hacer eso.

-¿Quién es? ¿se puede saber?

-O ese hombre no existe, o es Narváez.

-Pues conociendo usted, mi General, mejor que nadie, la torcedura de que hablo, ¡ánimo y a ello!».

Se levantó como por un resorte, y se lanzó a dar paseos por la estancia marcando enérgicamente el paso militar. Luego se paró ante mí, y tomando la actitud de gallo insolente, provocativo, de indómito coraje, me dijo: «¡Carape, Pepito, que me está usted buscando el genio! ¿Se atreve a dudar que puedo..?

-¡A ello, mi General!

-¿Va usted pronto a la Granja?

-Mañana, si no me manda otra cosa.

-¿Conoce usted de cerca la Corte? ¿No? Pues es preciso que la conozca -dijo reanudando el paseo casi a paso de carga-. Dígame, niño del mérito: ¿no le convendría ser Gentilhombre de Su Majestad?

-Soy harto subversivo para servir en Palacio.

-Vamos, como yo. Tampoco serviría en la Corte por nada de este mundo. Primero sería sereno del barrio, salvaguardia, rebuscador de colillas. Veo que somos igualmente demagogos, o demócratas, hablando en oro con diamantes.. Oiga usted, joven (nueva parada brusca ante mí con tiesura de gallo) : yo haré que le presenten a la Reina.. ¡Verá usted qué agradable, qué simpática!.. ¡Oh, si con un gran corazón se gobernara..!

-Accedo a la presentación.. Y al Rey ¿por qué no? Deseo conocerle.

-Muy agradable también.. a primera vista, muy inteligente.. Le cautivará a usted. Pero.. ya sabe que ese buen señor y yo andamos algo esquinados. Por hoy, no puedo decirle a usted más.. Pues bien: conocerá usted la Corte de cerca, la verá por dentro y por debajo, (p.6311) y cuando haya leído ese libro al derecho y al revés, convendrá conmigo en que dentro de lo humano no hay nada más difícil que..

-¿Que qué?

-Basta. Pasemos a otro asunto -dijo con rápido giro del pensamiento, volviendo a sentarse junto a mí-. Ahora me contestará el simpático Beramendi a una pregunta un poquito escabrosa.. Ya comprenderá que este cura no se asusta de nada.

-Ni yo.

-Lo que hablemos no sale de aquí.

Reiterada mi disposición a la confianza, me interrogó respecto a Eufrasia. ¿Insistía yo en negar mis amorosas relaciones con ella? ¿Desde mi última negativa no había ocurrido novedades que..? No le dejé concluir. A un hombre que con tanta llaneza me trataba, no podía yo negarle la verdad. Apenas se la di, me permití agregar: «General, aprovecho este momento de espontaneidad para pedir a usted un favor, una merced.. No es para mí..

-Ya la adivino: me pide usted el título de Castilla para esa ave fría de Socobio. Bueno, pollo. Yo hablaré con la Reina y con Arrazola, y cuando volvamos a Madrid se hará.. La razón de haber detenido ese asunto es que.. vamos; bastaba que fuera recomendación de D. Francisco para que yo le diera carpetazo. Pero ahora, hijo mío, mediando usted.. las cosas varían..

-En este caso, señor Duque, más que en otro alguno, le conviene a usted ser generoso.

-Y ya que hablamos de ese diablo de mujer -me dijo sonriendo con picardía-, de confianza en confianza llegaré hasta preguntarle a usted si es celoso.

-No, mi General; no tengo ese defecto.

-Vamos, que es usted de una pasta angelical. Tendrá usted otro enredo que le interese más. Bien, pollo. El mundo es de los pollos.

-¿Y por qué me hace usted, mi General, esa pregunta de los celos? ¿Puedo saberlo?».

Bien porque de improviso terminase la hora del pavo, bien porque calculadamente quisiera mostrarme el lado áspero de su carácter, ello es que le vi cambiar de fisonomía y de tono. El bueno y jovial amigo se retiraba dejando el puesto al hombre autoritario y de inseguro genio. «Camará -me dijo acudiendo a coger despachos (p.6312) y cartas que le traía Bodega-, no tarde usted en irse a la Granja.. Es la una.. Descansar.. Le conviene conocer de cerca la Corte.. Será usted presentado a la Reina.. Vaya, con Dios». (p.6313)

 

Ep-32-XXV -

San Ildefonso, Agosto.- El General Gobernador del Real Sitio, permitiéndome escribir estas páginas en su oficina de la Casa de Canónigos, ha venido a ser el Mecenas de mis Confesiones, y a su graciosa protección deberá la Posteridad el conocimiento de mis singulares aventuras o desventuras (que de todo hay) en esta veraniega Corte de las Españas; y sabrá lo que he pensado y visto, extrañas ideas, excelsas personas.

Sean las primeras líneas de esta crónica para consignar que mi hijo continúa famoso vividor y mamón impertérrito, anunciando con su precoz robustez los grandes arrestos de una existencia fuerte y emprendedora. Su madre goza de perfecta salud; come con apetito, y se recrea en observar cómo se nutre y vigoriza; no pierde ocasión de hacerme notar la dureza de sus carnes y el apretado tejido de sus músculos, diciéndome mientras yo apruebo y admiro: «¿Te parece, Pepillo, que estoy bien dispuesta para mi oficio de madre? Ya sabes que mi gloria es tener muchos hijos y poder criarlos gordos y sanos, y educarlos después para que sean hombres de mérito, o mujeres de su casa. Es mi ambición y no tengo otra. Ahora, tú verás..». No necesito decir cuánto me agradan estos proyectos de hacerme patriarca, y por mi parte estoy decidido a no poner limitación a la numerosa tribu que mi esposa me anuncia. Aumenta mi gozo el ver que María Ignacia no vigila mis actos, cual si no dudase de mi honradez conyugal, o se viese plenamente compensada de cualquier disgusto con las garantías de no interrumpir la serie prolífica que ambiciona. Sin duda se dice: «Dame hijos y llámame tonta». Pero yo me guardo muy bien de llamarla tonta. Su inteligencia es cada día más alta, y quizás por tanta elevación y sutileza, ha dejado de estar a mi alcance. (p.6314) Pido a Dios que mi hijo se parezca más a mi mujer que a mí.

Pues señor.. a los cuatro días justos de mi estancia en este Real Sitio fuí presentado al Rey, a la salida de la Colegiata, por el Marqués de Malpica. No hubo en la presentación más que los cumplimientos de ritual; pero dentro de ellos supo D. Francisco mostrarme excepcional afabilidad, seguro indicio de que mi persona no le era desconocida. Al siguiente día recibí la visita del gentilhombre, D. Juan Quiroga, quien me señaló hora para tener el honor de ser recibido por Su Majestad. A fin de que esto vaya con el mejor método, debo empezar por dar conocimiento del Gentilhombre, hermano de la religiosa francisca Sor María de los Dolores Rafaela Patrocinio, comúnmente nombrada Sor Patrocinio, quien con la celebridad que adquiriendo va, paréceme que llegará al futuro siglo antes que estas páginas en que por primera vez escribo su nombre. No la he visto nunca; tan sólo sé de ella lo que la fama con el resonar de estupendos milagros nos cuenta un día y otro; por lo cual no es ocasión todavía de que a mis Memorias la traiga, como hago ahora con su hermano, a quien tuve por persona noble, juzgándole por su apostura, tono y modales.

No se compadece la nobleza del aspecto con el origen y crianza del Sr. Quiroga, de quien se cuenta que tuvo niñez mísera y juventud harto trabajosa, pues el hombre se formó y educó en un modestísimo establecimiento de bebidas del Paseo de la Virgen del Puerto, donde, para estímulo del despacho, había el pasatiempo de juegos de envite, como el cané y el famoso de las tres cartas para descubrir el as de oros; y tan buena organización tuvo la casa, según dicen, en este enredillo, que los viandantes salían de allí muy ligeros de todo lo que llevaban. Pues ved de qué bajas capas ha salido este hombre, y admirad conmigo que haya sabido disimular y poner en olvido su ruin escuela, tomando aspecto, lenguaje y modos tan finos que ello parece milagro. Sin duda lo es, si no de la virtud, de la ambición, anímica y social fuerza capaz no sólo de mover (p.6315) las montañas, sino de purificar las charcas cenagosas, y hacer de un Rinconete un Don Quijote. Este ha dado quince y raya, por la trayectoria de su transformación, a los Godoyes y Muñoces, y si bien se eleva mucho menos, es su mérito mayor, porque se ha elevado de más bajo. Y hay más: si de los milagros de su bendita hermana dudan los incrédulos, y aun algunos teólogos, de los de éste nadie puede decir lo mismo. En fin, que el hombre me agradó mucho, y sin esfuerzo le ofrecí mi amistad a cambio de la suya.

Pero si grato fue el emisario del Rey Francisco, mayor encanto tuvo este para mí, contribuyendo no poco a mi satisfacción la sorpresa, porque me habían hecho formar del esposo de Isabel idea muy distante y muy distinta de la realidad. Juzgando por los pareceres del vulgo, que se forman sabe Dios cómo, creía yo encontrarme con un señor desabrido y chillón, de escasa cultura, ideas pobres y encogidas maneras, y no le vi conforme al anticipado retrato, al menos en lo esencial; pues si bien no suena su voz con el timbre más robusto, en finura de trato, extensión de conocimientos comunes para poder hablar superficialmente con todo el mundo, y arte Real de desplegar toda la amabilidad compatible con la etiqueta, creo que no hay en la familia quien pueda superarle. Me agradó la pureza de su pronunciación castellana; de rostro le encontré demasiado bonito, con perjuicio de la gravedad varonil; de cuerpo algo menguado en la mitad inferior. A la conciencia de estos defectillos atribuyo la timidez que en él he creído advertir: la vencerá cuando en la conciencia de su posición se afirme. ¡Cuidado que está fuerte el hombre en literatura italiana! Tengo por cierto que hubo de prepararse para mi visita, la cual creyó que debía constar de dos materias principales: mi manuscrito de Roma, que ha leído, y algo de literatura y artes de aquella tierra. Juicios muy atinados, del patrón selecto, le oí sobre pintura y escultura, sobre los Médicis, sobre León X y Julio II; y españolizando su erudición me habló del Marqués de Pescara (p.6316) y Victoria Colonna, de la Campaña del Garellano, del grande Osuna, del pintor Ribera, y de otros asuntos y personas en que los nombres de Italia y España suenan juntos en dulce armonía. De la presente expedición en auxilio del Pontífice.. se calló muy buenas cosas..

Y por fin le tocó la vez al manuscrito de mis romanas aventuras. Yo, francamente, quizás por haber transcurrido tanto tiempo desde que perdí mis papeles, no me ruboricé oyendo elogiar aquella joya. Si no tuviera la mejor idea de la discreción de Su Majestad, habría podido creer que se burlaba de mí. Entre col y col no dejó de tirarme alguna china, siempre con bastante delicadeza, por la malicia y poca vergüenza que revelo en algunos pasajes de mi autobiografía.. Hasta aquí, fuera de lo hiperbólico de las alabanzas y de lo atenuado de las censuras, no había nada de particular. Lo extraordinario, lo que suscitó en mí tanta sorpresa como admiración, por el poder adivinatorio que en D. Francisco revelaba, fue que me hablase de la continuación de mis Memorias, escrita en Madrid en Febrero y Marzo del año anterior, parte que no se me ha perdido, y bien guardada está en mi poder, y yo bien seguro de que por nadie ha sido leída.

«Será interesante, en esa Segunda Parte -me dijo sonriendo con aires de agudeza-, aquel pasaje del baile de Villahermosa, en que se le aparece bajo el disfraz de una ciociara la propia Barberina, y le embroma a usted de lo lindo diciéndole que es gallega recriada en Tordehúmos. Principia usted creyendo que es Barberina, y luego ve en la máscara una dama incógnita que le ha robado su manuscrito y quiere divertirse un rato a costa del autor.. Es graciosísimo, convenga usted en que es saladísimo. La falsa italiana se divirtió todo lo que quiso, y luego se le escapó a usted metiéndose en un coche con sus criadas..

-Señor -respondí con todo el descaro del mundo-, si Vuestra Majestad conoce esa parte de mi historia, la habrá leído en el manuscrito de la máscara, no en el mío.

-Yo no digo que lo haya leído, señor Marqués; digo que será interesante escrito (p.6317) por usted.. La escena de Villahermosa se hizo pública. ¿Cómo? Lo ignoro. Lo que sí sé es que la primera lectora de su manuscrito de Italia fue una ilustrada monjita.. A propósito, Marqués, puedo dar a usted una noticia que seguramente le será muy grata.. Su señora hermana, Sor Catalina de los Desposorios, a quien usted no ha visto desde el año pasado, volverá este otoño al lado de las religiosas de la Concepción Francisca, que están ahora en el convento de Jesús».

Siguiéndole, pues así me lo ordenaba la cortesía, en el repentino quiebro que dio a la conversación, hube de mostrarme muy gozoso de que mi hermana volviese a Madrid, de que se juntara prontito con las otras monjas franciscanas y milagreras, no sé si descalzas, calzadas o por calzar. El bondadoso Príncipe quiso halagarme en el orgullo de linaje, tributando a mi señora hermana elogios que sin duda merecía, y que yo escuché con bien acentuadas muestras de gratitud. «Es Sor Catalina de los Desposorios -dijo D. Francisco gravemente, marcando con la cabeza cada palabra encomiástica-, una religiosa eminentísima, por sus virtudes, por su talento, verdadera gloria de la Orden Franciscana; y yo creo que, si no fuese tan modesta, luciría más, mucho más.. Pero si con la modestia de Sor Catalina, insigne escritora que no quiere escribir, pierde mucho la Orden, con la misma virtud gana mucho ella en su alma, y.. váyase lo uno por lo otro».

No sabiendo cómo corresponder a estos encomios, declaré que el alma es lo primero; glosé con afectados conceptos la idea excelsa que el Rey tiene de mi hermana, y sospechando que la visita pasaba de las dimensiones convenientes, pedí la venia para retirarme. El Rey no me retuvo, y saludándome afectuoso, después de poner en mi mano el manuscrito, me dijo: «Isabel también lo ha leído, y desea conocer a usted». Respondí que ansío ofrecer mis respetos a la Reina: sólo aguardo que se me conceda la audiencia solicitada.. Cortesías, un sonreír ceremonioso, y afuera, Pepe.. La verdad, no salí descontento, con mejor opinión (p.6318) de la Majestad Consorte que la que al entrar llevaba, y con mis recobrados papeles bajo el brazo. Milagro me parece que haya vuelto a mí lo que Sofía sigilosamente me sustrajo, ahora restituido a su dueño por este discreto y piadoso varón.

Sigo mi cuento. En la Granja he podido añadir a mis buenas relaciones de Madrid otras muy agradables. Cuento entre mis amistades, pollos, hombres maduros de ambas aristocracias, y damas y señoritas o pollas de la más alta distinción. Los amigos que más trato son Pepe Ruiz de Arana, Enrique Galve (Alba) y Juanito Arcicollar (Santa Cruz) . Los corros que en los jardines se forman son las más risueñas tertulias que cabe imaginar, encanto de los ojos y del oído, cual si los arriates de flores se animaran, cobrando el don de mirada y el don de palique, entre los murmullos y risotadas del agua de las fuentes mitológicas. Allí se juntan, formando lindos grupos de matronas y ninfas, la Marquesa de Santa Cruz, las Duquesas de Gor y de San Carlos, la Princesa de Anglona, y entre ellas, diseminadas por su propia ligereza versátil, Carmen, Pepa, Luisa, Encarnación, Rosario, Jacoba, Cristina, Joaquina y otras, retoños lindísimos de las casas de Malpica, Gor, Santiago, Santa Cruz, que pronto formarán nuevas ramas frondosas del árbol de la Grandeza.. En rancho aparte se reúne la aristocracia nueva, producto de la riqueza, de la audacia mercantil o de la usura; mas no veo un extremado prurito de separación entre estos dos firmamentos sociales que pretenden destacarse sobre el vulgo. Hay tangencias y aun inmersiones de unas masas en otras. Yo mismo entro y salgo de esfera en esfera, y llevo y traigo ideas de aquí para allá, confundiendo, hibridizando las clases. Mi amiga Eufrasia ha compuesto hábilmente su círculo, atrayendo a no pocos ancianos y pollos de ilustre nombre, mientras D. Saturno, infatigable en su proselitismo antiliberal y antiparlamentario, se infiltra en los corros aristocráticos, y busca y halla catecúmenas para su iglesia entre las matronas de Malpica o de Santa Coloma.

Paso ratos (p.6319) entretenidos en estas tertulias au grand air, bajo los olmos y tilos de los incomparables jardines. Pero no puedo arrastrar a mi mujer a que participe de mi distracción; ha tomado el hábito y el gusto del vivir obscuro y retraído, y no hay quien la saque de su estuche, o del capullo que ha labrado con las atenciones del niño y su propia timidez. A mis instancias para que no se retraiga en absoluto de la vida social, responde que no le hacen falta corros, ni le interesa saber cómo se viste Fulanita o se peina Doña Mengana: de lo que en los jardines se hable y se murmure se enterará cuando yo se lo cuente. D. Feliciano y su esposa sí frecuentan la sociedad jardinesca, arrimándose a la gente de sangre azul, entre la cual tienen no poca simpatía por la noble ranciedad de sus caracteres. A excepción de Doña Josefa, inseparable de María Ignacia en sus caseras afecciones y menesteres, las damas maduras se han quedado en Madrid a las inmediatas órdenes de Genara Baraona, consagradas al visiteo de monjas, vestidero de imágenes, y al trajín de hermandades caritativas o de pura devoción santurrónica.

Tenemos en el teatro compañía modesta de ópera; en la Colegiata funciones religiosas de gran lucimiento. Pero las más divertidas fiestas de la jornada son las cacerías en Riofrío, paseos a Balsaín, en coche o caballo, y las excursiones borricales a la Boca del Asno, Chorro Grande, Silla del Rey, y otros agrestes y pintorescos lugares. En el descanso y merienda de una de estas caminatas fuí presentado a Su Majestad, que me agració con amables atenciones, riñéndome blandamente por no haber ido a visitarla. Excuseme como pude, y aunque la culpa no era mía, sino de ella, culpable me declaré, y prometí enmendar pronto mi descuido. No he visto mujer más atractiva que Isabel II, ni que posea más finas redes para cautivar los ánimos. Pienso que una gran parte de sus encantos los debe a la conciencia de su posición, al libre uso de la palabra para anticipar su pensamiento al de los demás, lo que ayuda ciertamente a la adquisición de majestad o (p.6320) aire soberano. Pero no hay duda que ella ha sabido crearse una realeza suya, en perfecta armonía con sus azules ojos picarescos y con su nariz respingada, realeza que toca por un extremo con la dignidad atávica, y por otro con no sé qué desgaire plebeyo, todo gracejo y donosura. Es la síntesis del españolismo, y el producto de las más brillantes épocas históricas. Manos diferentes han contribuido a formar esta interesante majestad. No es difícil ver en tal obra la mano de Fernando III, de Felipe IV, quizás la de otros reyes y princesas de la sucesiva y cruzada serie, manos austriacas y borbónicas, y si hay manos de poetas castizos, digamos que la última pasada se la dio D. Ramón de la Cruz.

Fue tan extraño, tan inaudito lo que me pasó en las entrevistas o audiencias que se ha dignado concederme la Reina, que para contarlo con el debido respeto de la Historia general y de la de mi vida, necesito tomar resuello, y preparar bien mi espíritu para que no me falte la sinceridad, ni el adecuado lenguaje de esta virtud.

 

Ep-32-XXVI -

La tarde de la merienda, a la vuelta de la Boca del Asno, Su Majestad, pasado un rato después de los saludos de ceremonia, y cuando yo pensé que no se acordaba ni del santo de mi nombre, se volvió de repente a mí y me dijo: «Pero tú, Beramendi, que tan bien sabes escribir las cosas que pasan.. y con tanta naturalidad, que parece que las estamos viviendo, ¿por qué no escribes esto que ahora ocurre con la Lola Montes?». Por aquellos días traían los periódicos el proceso que a nuestra célebre compatriota le formaban por bigamia. Afortunadamente, yo había leído el caso, y pude contestar a Su Majestad con dominio del asunto. «Señora, para escribir eso -le dije-, necesitaría conocerlo por mí mismo, y esto no es fácil; la propia Montes no habría de contarme toda la verdad..». «Pues yo declaro -añadió la Reina-, que me ha hecho gracia el desahogo de esa mujer para casarse con el teniente Heald, estando casada con otro. Vamos, que daría yo cualquier cosa por oír lo que dice el teniente, que, según cuentan, (p.6321) es una criatura.. ¡Y qué monísimo estará llorando por su Lolita, que el otro reclama! Lo que es mujer de talento, vaya si lo es. ¿Y qué me dices de la que le armó al Rey de Baviera? Ello será una barbaridad; pero a mí me agrada, no puedo remediarlo, que sea española la que ha hecho tantas diabluras.. Anímate, anímate a escribirlo, y desde ahora te aseguro que si lo imprimes lo leeré con muchísimo gusto». Respondí que si la señora tenía gran empeño en que tal historia escribiese, la obedecería; pero que yo, no sé si por mi suerte o mi desgracia, no me dedico a las letras, ni paso de un simple aficionado sin pretensiones. Díjome Su Majestad que no fuera tan modesto, y ya no se habló más del asunto, porque quien variaba la conversación a su antojo, picando aquí y allá, se puso a bromear con la Marquesa de Sevilla la Nueva sobre la mayor o menor gallardía de los buches en que cabalgaban los señorones de su cortesano acompañamiento. La verdad, no estaba yo satisfecho de aquella mi primera conversación con Isabel II, porque si su idea fue plantear un tema literario, no había estado muy atinada en la elección, y además, yo no había sabido darle un airoso giro.

Sigo contando. Llegó el deseado instante de ser recibido por Su Majestad, y al referir la audiencia, tengo que condolerme otra vez de mi mala suerte, porque si desgraciado fuí en la presentación, al aire libre, peor anduve en la visita entre paredes, llegando al extremo de turbarme y no saber qué decir. Pues señor: hice mi antesalita, no muy larga, y cuando el Gentilhombre me condujo hasta la puerta de la cámara, iba yo un tanto perplejo y sobresaltado. La Reina estaba en pie. Junto a la mesa central hojeaba un álbum que me pareció de paisajes de Italia. A mi reverencia correspondió con una sonrisa, dejando con desdén el álbum; sentose, señalándome una silla frontera, y me miró. Creí que su mirada medía mi talla, y que sus ojos penetraban en los míos. Vestía un traje blanco con motitas, muy ligero y elegante. Advertí sus formas llenas, redondas, contenidas dentro de la más perfecta esbeltez. «¿Qué te parece (p.6322) -me dijo-, la vida en el Real Sitio? ¿Verdad que es un poco triste?.. ¿Sabes que han venido a invitarme para que vaya a Madrid a ver una lucha de fieras? ¿La has visto tú?». Contestele que todo se reduce a echar a pelear un toro con un tigre, y a poner un rinoceronte gordo delante de un león flaco. Opinaba yo que Su Majestad no se divertiría mucho en este ejercicio. «No sé si determinarme a ir a ver eso -prosiguió en un tonillo de dubitación tediosa-. Mamá y el Rey quieren ir.. Ya les he dicho que vayan ellos.. ¿Y tú estás contento aquí?.. Lo dudo: ¡en Madrid os divertís tanto los jóvenes! Madrid es muy bonito, y a mí me gusta mucho. ¡Qué poco vale la ópera que acá tenemos! Anoche fui a oír el Macbeth, y francamente, me indigné viendo la facha con que entran los espectros de Banquo y Duncan en el banquete. Yo recordaba los gigantones del Corpus.. Y luego, lady Macbeth con su ronquera en el brindis y los tambaleos que hace para soltar la voz, me parecía que brindaba con Peleón.. Aquí es gran tontería traer esp (p.6323) venían a ser gacetillas ennoblecidas por la palabra Real. Por fin, poniendo cara compasiva, y agraciándome con una sonrisa bondadosa que a mi parecer a la de los ángeles igualaba, me dijo: «Mira, Beramendi, de tu asunto me ocuparé con muchísimo interés. Hoy no puedo decirte nada concreto, no puedo.. vamos, que no puedo. Pero cree que no habrá para mí mayor gusto que complacerte. Quisiera contentar a todos, y que nadie tuviese en España ningún.. vamos, ninguna pretensión que yo no pudiera satisfacer.. ¡Pero hay tantos, tantos que a mí vienen, y yo..! ¡Pobre de mí! no puedo ser tan buena como quiero..».

Yo no sabía qué decir; no comprendía ni palabra. ¿Qué asunto mío era aquel en que no podía complacerme? Por mi desgracia no caí en la cuenta de que Su Majestad era víctima de un error, y relacioné sus manifestaciones con el ridículo plan de mi suegro de obtener para mí un cargo en Palacio. Algo de esto me había dicho también Narváez; yo no hice caso. La Reina, obcecada, remató mi confusión con estos conceptos, un poco menos obscuros que los anteriores: «Narváez me habló; me habló Santa Coloma por encargo de tu suegro. A ti te digo lo que a ellos dije.. que lo haré más adelante. Siento un deseo vivísimo de complacerte, como a todo el mundo.. Ten un poco de paciencia, y aguárdate un mes, dos meses..».

A decirle iba que no tengo ningun interés en ocupar un puesto palatino; pero por no desautorizar a Narváez ni a mi suegro me callé. Estas discreciones ridículas, en la conversación con Reyes, le comprometen a uno tanto como las indiscreciones más estúpidas.. Me limité a indicar: «No se inquiete Vuestra Majestad por mí. ¡Si para mí es igual!..». Y ella, gozosa de oírme tan poco impaciente, se levantó en son de despedida, y como quien pronuncia la última palabra de un asunto fastidioso, me dijo: «Bueno, Beramendi: queda de mi cuidado.. Yo no lo olvido. Será mi mayor gusto.. Adiós, Marqués.. Confía en tu Reina..».

Le besé la mano y salí aturdido, no sin los resquemores que nos ocasiona la (p.6324) sospecha de haber cometido falta grave de cortesía, por mal entender de las cosas. Aquel confía en tu Reina quedó estampado en mi mente con letras de fuego. No se apartaba de mí la idea de que entre la Reina y yo se cernía.. no puedo expresarlo de otro modo.. un error formidable, y de que fue gran torpeza mía no disiparlo sobre el terreno. Toda la tarde estuve en esta ansiedad, discurriendo de qué medios valerme para salir de tan cruel incertidumbre. Pero a nadie osaba comunicar mi recelo, por la ridiculez que el caso entrañaba. Figúrese ahora el pío lector de la Posteridad (si he de merecer ¡vive Dios! el honor de que la Posteridad me lea) , cuál sería mi asombro cuando aquella misma noche, acabadito de comer, recibí la visita del Gentilhombre Marqués de Iturbieta, que en mi busca venía de parte de Su Majestad para llevarme inmediatamente a su presencia, ¡a la presencia de Su Majestad!..

Hubo de decírmelo tres veces para que me persuadiese de que no soñaba. «Pero esta no es hora de audiencia -le dije; y el amable señor sólo contestaba dándome prisa para que me vistiera y me fuese con él. Así lo hice, y al cuarto de hora, sin más que una breve antesala, me vi delante de Isabel II, que venía del comedor, elegantísima, descotada con cierta demasía generosa muy de moda hoy, y harto apropiada a la estación canicular.. Cuando la vi venir hacia mí, sonriente; cuando alargó su mano hacia la mía, como si quisiera sacarme a bailar, vi en ella una figura ideal, vi a la Reina.. harto distinta de la otra Reina que había visto por la mañana, y oí un acento que no me pareció el mismo que, algunas horas antes, pronunciaba las cláusulas vulgarísimas de un coloquio entre señorita pobre y caballero simple. Me dejó atónito y como embelesado con estas sus primeras palabras: «Si no hubieras venido, me habrías hecho pasar una mala noche; tal disgusto tenía yo por la barbaridad que hice esta tarde.. Cuando caí en ello no tenía consuelo.. ¡Pero qué habrás pensado de mí!.. Puedes creer que es la primera vez en mi vida que esto me pasa..

- (p.6325) Señora -le dije-, no es para que Vuestra Majestad se disguste..

-Pero tú, tonto, ¿por qué no me advertiste.. que estaba yo tocando el violón?».

La familiaridad de la frase me hizo reír.. «No he tenido sosiego -prosiguió-, hasta que decidí mandarte llamar, para suplicarte que me perdones..

-¡Señora.. perdonar!».

Indicándome que me sentara, se sentó ella de través en una silla, apoyando el codo en el respaldo de la misma. «Sí, perdonarme, porque.. ¡vaya, que estuve torpísima!.. ¡Confundir una persona con otra!.. Nunca me había pasado cosa semejante. Lo único que como Reina me han enseñado es el conocimiento de las personas, no confundirlas, no hacer trueques de nombres ni de fisonomías. En este arte he sido siempre muy segura. ¡Cómo que no sé otra cosa!.. Pues hoy.. ¿Pero dónde tenía yo mi cabeza, Señor?».

Decía esto Su Majestad, firme el brazo en la silla, cogiéndose con la mano derecha el pendiente de la oreja del mismo lado. Y luego, con soberana modestia de gran persona, prosiguió: «Te explicaré en qué consistió el error. Pero antes has de perdonarme.

-Señora, por Dios, no tengo por qué perdonar ofensa que no ha existido.

-¿Qué no? Vas a verlo.. Pues como recibo a tanta gente, como me hablan de este y el otro, como vienen a mí cada día centenares de recomendaciones, no es extraño que alguna vez confunda nombres.. asuntos. Las caras no las he confundido nunca: por esto me ha causado tanto enojo la torpeza de hoy. Vamos, que esta tarde, cuando me hicieron comprender mi equivocación.. me hubiera pegado.. Porque es gran desatino confundir tu cara con la de.. Dispénsame que calle este nombre. El milagro puedes saber; el santo no hay para qué.

-Puede Vuestra Majestad callar también el milagro. Yo no necesito explicaciones..

-No, no está mal que lo sepas. Figúrate.. Estoy asediada de peticiones.. Naturalmente, todo el que algo necesita, acude a mí. Soy la dispensadora de mercedes y gracias, soy la Reina que desea serlo, haciendo felices a todos los españoles, lo que es un poquito difícil.. pero, en fin, se hace lo que se (p.6326) puede.. Y como yo, si en mí consistiera, a ninguno de los que piden le dejaría ir con las manos vacías, resulta que.. En una palabra, un hijo de un Grande de España que va a contraer matrimonio, no el Grande de España, sino el pequeño hijo del Grande, me hizo saber hace días que para sostener el lustre de su nombre le hace falta.. una friolera.. treinta mil duros.. Mayores cantidades que ésas he dado yo sin ton ni son.. Por ahí corre un cuento acerca de mí.. ¿no lo has oído tú? Pues te lo voy a contar; porque aunque parece cuento, no lo es; es Historia.. sólo que estas cosas no pasan a la Historia.. Aún no era yo mayor de edad, cuando un desgraciado caballero, hijo de un servidor muy leal de mi padre y de mi madre, vino a decirme que se veía en grande aprieto, que le ejecutaban, le deshonraban y qué sé yo qué.. Vamos, que le hacían falta veinte mil duros.. El lloraba pidiéndomelos, y yo lloraba también, más que de pena, de la alegría que me daba el poder remediar tamaña desgracia.. ¿Qué creerás que hice? pues llamar a D. Martín de los Heros, que era entonces mi Intendente, y decirle con la mayor naturalidad del mundo: «Heros, tráeme ahora mismo veinte mil duros..». El pobrecito D. Martín, que era más bueno que San José, me miraba y suspiraba, y no decía nada; no se atrevía.. Como que nadie se ha cuidado de advertirme las cosas, ni de instruirme, por lo cual yo ignoraba todo, y principalmente las cantidades. Tanto sabía yo lo que son veinte mil duros, como lo que son veinte mil moscas. D. Martín ¿qué hizo? Pues se fue a la Intendencia, y mientras yo estaba de paseo, hizo subir veinte mil duros, en duros ¿eh?, y me los puso sobre la mesa, así, muy apiladitos. ¡Jesús de mi alma! ¡yo que vuelvo del paseo con mi hermana, y me veo aquel catafalco de dinero, aquello que parecía un monte de plata..! Llamo y entra D. Martín, que me acechaba en la cámara próxima. «Intendente, ¿qué es esto?». Y él muy serio: «Señora, esto es lo que Vuestra Majestad me ha pedido, veinte mil pesos». ¡Ave María Purísima! ¡qué miedo me entró!.. «¿Pero es tanto? ¿Pero veinte (p.6327) mil duros son tantísimos duros? No, no es esto lo que yo pedía. Es que no me han enseñado ni siquiera el mucho y poco de las cosas. No, no, Martín: no hay que darle tanto a ese perdido, que según dicen, maltrata a su mujer».. ¿Qué te parece? Pues aquella lección se me ha quedado muy presente, y no fue lección perdida. Por fin, el donativo se redujo a cinco mil duros, y aún me parece que me corrí demasiado.

-La bondad de una Reina justo es que no esté contenida dentro de la prudencia.

-Pero todo tiene un límite, no convenía que me criaran en las Mil y una noches.

-Por lo visto, ni con la lección de Don Martín se ha curado Vuestra Majestad de su esplendidez.. El caso de ahora..

-El caso de ahora se inició con petición de treinta mil duros; pero yo los reduje a quince.. Lo tremendo es haber confundido al peticionario contigo, quid pro quo muy extraño, pues no os parecéis más que en el título; en las fisonomías, nada. El tiene cara de tonto, y tú de todo lo contrario.

-Señora, ¿cómo agradeceré yo distinción tan grande?

-Pues perdonando mi simpleza y no hablando con nadie de este asunto. ¡Cuidado si estuve torpe y ciega! Y ello fue porque ayer me hablaron del otro, me anunciaron su visita para hoy, y yo me preparé de razones para entretenerle. Al hablarte de tu suegro me refería.. al que va a ser suegro del otro, ¿me entiendes? De ti ya sé que eres casado. Y a propósito: tráeme a tu mujer; deseo conocerla. Entiendo que es muy feliz contigo.

-Señora, si así lo dijeron a Vuestra Majestad, será cierto.. pero yo no lo aseguro.

-Pues yo no lo inventé. Alguien me lo ha dicho.

-Señora, no siempre se dice la verdad a los Reyes.

-Según eso, no es verdad que hagas feliz a tu mujer. Es muy buena. ¿También en eso me han engañado?

-En esto sí que han dicho a Vuestra Majestad una verdad como un templo. Mi mujer es un ángel».

-¡Un ángel! Así llaman a todas las mujeres sufridas. que llevan con paciencia las trastadas de sus maridos.. Yo concibo que la mujer modelo sea un demonio. Beramendi..».

Al decir esto, la Reina se (p.6328) levantó. Yo hice lo mismo, creyendo que se me daba señal de retirada. «No, no -me dijo con la mayor delicia de su voz y toda la nobleza de su alma-. Quédate un rato.. Te invito a una pequeña soirée.. de provincias. Estamos solas mi madre y yo, con el Rey y algunos amigos».

 

Ep-32-XXVII -

La señora Posteridad se hará cargo de mi satisfacción y gratitud por tantas bondades. Retirose Su Majestad, y a poco entraron en la sala donde yo estaba, el pianista Guelbenzu, amigo mío; la dama de servicio, Condesa de Sevilla la Nueva, y Bravo Murillo, Ministro de jornada. Pasamos a un salón próximo, donde volví a ver a Isabel II, acompañada del Rey y de la Reina Madre, con D. Fernando Muñoz y dos o tres figuras palatinas. Amabilidad ceremoniosa y fría merecí del Rey, que algo me dijo, sonriendo, del quid pro quo motivo de mi presencia en Palacio. Doña María Cristina, a quien me presentó su hija, acogiome con notoria sequedad, y en su mirada recelosa leí estos o parecidos pensamientos: «¿Quién será este pájaro?.. ¿A qué vendrá éste aquí?..». Don Fernando Muñoz me hizo varias preguntas con acompasada rigidez, propia de un examen, y luego me habló de Roma y sus monumentos, con erudición fresca, reciente, aprendida de los cicerones.

Mientras escuchaba yo al Duque, la Reina, no lejos de mí, hablaba con Guelbenzu de programas musicales. «Esta noche no canto -le decía-. Tengo la voz tomada..». La vi acercarse a un espejo Psiquis, arrimado al ángulo del salón, y contemplarse un instante, componiendo con sutil mano los bandós que rodean sus orejas, y recogiendo un poco el escote que se abría demasiado. Después vino a mí; reparé su andar ligero, los pies chicos con zapatitos blancos que sacudían los bordes de estas faldas en forma de campana que ahora se usan.. Yo me condolí de mi desgracia, pues desgracia era, y de las más grandes, que Su Majestad no se dignara cantar aquella noche; y ella me dijo: «Pues mira, no pierdes nada con no oírme, porque canto muy mal. Además, estoy perdida de la voz. En (p.6329) los jardines me enfrié esta tarde. Oiremos a Guelbenzu solo, y todos vamos ganando». Bruscamente, saltando de un asunto a otro, como el pájaro que aletea de rama en rama, me dijo: «Beramendi, ¿no tienes tú ninguna Gran Cruz?.. ¿que no? Pues es preciso que tengas una, la que quieras..». Me incliné. D. Fernando Muñoz, que no se movía de mi lado como si montara una guardia, quiso introducir otro tema de conversación; pero no le resultó el juego, y la Reina, sin parar mientes en su padrastro morganático, continuó así: «El 25 tengo Besamanos, por ser los días de mi hermana. Vendrá Narváez, y le diré lo de tu Gran Cruz. Ya sé que Narváez es amigo tuyo.. Pero di una cosa: ¿puedes tú aguantarle? Cuidado, que de Narváez no puedo decir nada que no sea para colmarle de elogios, como militar valiente, como hombre de gobierno; ¡pero qué genio, Señor!.. En su casa no te sufre más que Bodega, que debe de ser un santo.

-El genio fuerte del General -dijo Muñoz-, tiene su razón de ser. Con blanduras no hay modo de gobernar a este país.

-Ciertamente -indiqué yo-. Y también puede asegurarse que el General no es todo asperezas. En más de una ocasión le he visto cariñoso, amabilísimo..

-Esas ocasiones habrán sido pocas para su mujer -afirmó la Reina-. La pobre Duquesa de Valencia no gusta de vivir en Madrid. Su marido la trata peor que a los progresistas. Pero, en fin, el hombre vale mucho, y se le pueden perdonar las rabietas por el talento que tiene, y aquella firmeza de carácter.. Por cierto que a ti te aprecia, te quiere: me lo dijo. Y a propósito, Beramendi: ¿es cierto que estás escribiendo la Historia del Papado? A mí me lo han dicho.

-Algo de esto oí yo también -apuntó D. Fernando Muñoz por no estar silencioso.

Respondí que, en efecto, había pensado escribir esa Historia, pero que las dificultades del asunto me habían hecho desistir..

«Pues es lástima, porque ahí tendrías campo ancho donde lucirte. ¡Y que no harías poco servicio a la Religión! Al Santo Padre le había de gustar muchísimo que escribieras las Vidas de todos sus (p.6330) antecesores desde San Pedro..».

El movimiento de las figuras que componían la reunión era determinado por la Reina, que pasaba de grupo en grupo. Dirigiéndose a Bravo Murillo, me libró de la guardia del Duque de Riánsares, que allá se fue también, y la razón de esto voy a decirla al instante. En estos días ha corrido la voz de que abandona D. Alejandro Mon el Ministerio de Hacienda, y que le sustituye Bravo Murillo. Descontentísimo del asturiano está el Sr. Muñoz, porque aquel se ha cansado de colocarle la interminable cáfila de parientes y demás indígenas de Tarancón, y en cuanto vio que la Reina hablaba con el Ministro de Instrucción y Comercio, acudió a olfatear si es cierto lo del cambio ministerial. Cierto debe de ser a juzgar por el interés del diálogo que en aquel grupo observé, mediando principalmente la Reina Madre. En uno de estos pases y renovación de los corrillos, vine a encontrarme junto a D. Francisco y la Camarista. Díjome el Rey: «Es preciso hacer tocar a Guelbenzu las sonatas de ese Beethoven.. Oirá usted la mejor música que se ha escrito en el mundo». Intervino la dama para revelarnos que como Los Puritanos no hay nada.. Sonó el piano: no me fijé en lo que tocó el maestro, ni puedo apreciar el tiempo que duró la tocata. Sólo sé que un ratito estuve en pie junto a la Reina sentada, y que ella me dijo: «Es natural que no estés alegre, a pesar de la buena música.. Comprendo que tienes tu pensamiento lejos de aquí.. No creas, por ello te aplaudo. Eres consecuente..». Contesté que nada echaba de menos, ni lamentaba ausencias; y ella prosiguió: «A propósito, Marqués, o sin venir a cuento, si quieres: esta tarde he visto a la moruna y he hablado con ella. Es una mujer interesantísima». Me disculpé, negué: vano empeño mío. Levantose Su Majestad, y dando yo algunos pasos en pos de ella, pude recibir de sus labios esta donosa prueba de confianza, que me encantó: «Lo sé todo, como dicen en esa pieza de cuyo título no me acuerdo; lo sé todo, Marqués; te alabo el gusto». No me (p.6331) dio tiempo a contestarle, pues era como la mariposa, que apenas pica en una flor, en busca de otra vuela.

Minutos después, la Reina Madre me preguntaba si conocía yo Nápoles, y Bravo Murillo se condolió de que yo hubiera desistido de escribir la Historia de toditos los Papas, obra que sería, sin duda, de las más edificantes. Ya me iba cargando a mí tanta insistencia sobre un propósito que nunca tuve; mas como no podía contestar con una grosería, hube de aguantar la mecha y decir que sí, que no y qué sé yo. Fácilmente, las conversaciones con personas Reales le llevan a uno a las mayores hipocresías del pensamiento, y a las más chabacanas formas del lenguaje. Sólo la Reina con su libre iniciativa y su arte delicioso para revestir de gracia la etiqueta, rompía la entonada vulgaridad del hablar palatino. Ya muy avanzada la reunión, en pie los dos, me dijo que no se contenta con darme a mí la Gran Cruz, sino que también dará a María Ignacia la banda de María Luisa. Su deseo es recompensar a las personas que lo merecen, y yo soy de los primeros, no sólo por mi adhesión a la Real familia, sino por mi inteligencia de escritor, pues si no he podido escribir aún la Historia del Papado (¡otra vez!) , la escribiré, que viene a ser lo mismo. «Tengo la convicción -añadió-, de que eres de los buenos, de los seguros, y la independencia que disfrutas garantiza tu lealtad. Me dijo Narváez que tu suegro era partidario de mi primo Montemolín, y que tú le has quitado de la cabeza esa debilidad, ganándole para mi causa. Te lo agradezco mucho. La verdad es que Dios me ha traído al mundo con bendición, pues bendición es el sin número de personas honradas que me han defendido, me defienden y me defenderán en lo que me quede de reinado. He sido muy dichosa.. Tú calcula los miles de hombres que se han dejado matar por mí, y los que aún harán lo mismo cuando llegue el caso, que ojalá no llegue.. Por eso quiero yo tanto al pueblo español, y, créelo, estoy siempre pensando en él.. ¡Qué pueblo tan bueno! ¿verdad? Él me adora y yo lo (p.6332) adoro a él.. Muchas veces, cuando estoy solita, cierro los ojos y procuro borrar de mi memoria las caras que comúnmente veo, toda esta gente de Palacio, y los Ministros y Generales.. Pues lo hago para representarme el pueblo, de quien sale todo, los pobrecitos españoles esparcidos por tantas villas, aldeas, valles y montes. Ellos son los que sostienen este trono mío, y me amparan con sus haciendas y sus vidas. Y yo digo: «Por fuerza pensarán en mí, como yo pienso en ellos, y al nombrarme dirán: nuestra Reina, como yo digo: mi Pueblo..».

A tan nobles palabras contesté con las más expresivas de gratitud y amor que se me ocurrían, y pensé que Su Majestad y yo nos parecemos: padece la efusión popular.

«Por mi parte hago lo que puedo para que mi pueblo sea feliz -declaró Isabel contestando a un concepto mío-. ¡Y cuidado si es difícil esto de la felicidad de un pueblo! Porque uno viene y te dice una cosa, y luego entra otro y te dice otra cosa, y por aquí salta una capital gritando tal y que sé yo, y por allá otra grita lo contrario. Ya ves que no es fácil percibir la verdad en medio de esta grillera. Nunca sabe una si acierta o no acierta. ¿De quién hacer caso, a quién oír? Porque esto no se estudia, y aunque yo me aprendiera de memoria cuanto dicen los libros sobre los modos de gobernar, no adelantaría nada. No queda más que la inspiración, y pedir a Dios que me dirija, que me ponga las cosas bien claras, de modo que yo las pueda resolver. De Dios viene todo lo bueno.. Dios, que ha permitido los sacrificios que este pueblo ha hecho por mí, me iluminará para que yo no resulte una ingrata.

-Seguramente, la inspiración del Cielo debe guiar a todo Soberano -le dije permitiéndome aconsejarle sin lisonja-. Pero cuide mucho Vuestra Majestad de ver de dónde viene, y quién se la trae. Porque entre muchas inspiraciones verdaderamente celestiales, podría venir alguna que no lo fuese..

-¡Oh, no! ya tengo yo cuidado -replicó-. Las personas que traen la inspiración de arriba, muy pronto se conocen.. Mi sistema es ponerme en brazos de la (p.6333) Providencia. ¿Quién ha sacado adelante mi causa y este trono mío más que la Providencia? Pues Dios no abandona a Isabel II, Dios quiere a Isabel II.

-Sin duda..».

Con mucho salero se echó a reír Su Majestad, repitiendo la popular frase Fíate de la Virgen y no corras, y luego añadió: «No: yo no me entrego a una confianza ciega, ni espero de Dios que vaya diciéndome todo lo que tengo que hacer.. Algo ha de discurrir una por sí.. yo cavilo también un poquito.. Verdad que me canso pronto. ¡Es tan fácil y tan cómodo no pensar nada!.. Pues sí, yo pienso.. Y a donde no llega la razón, llega el sentimiento: ¿no opinas tú lo mismo? Sentimos una cosa.. Pues aquello es lo mejor.

-No siempre, señora.

-Sentimos, y.. Sí, sintiendo acertamos.

-Se corre el riesgo, por ese camino, de sentir y pensar algo que luego a Dios no le parece bien. Y Dios se vuelve y dice: ¡pero si no es eso lo que yo te inspiré!..

-¡Ay! en lo que Dios inspira no nos equivocamos.. No hay guía como nuestro corazón.

-No es mala guía; pero que vaya con él la razón -le contesté hablándole como a una niña-. Así lo quiere Dios, y si no lo hacemos se incomoda y nos pega.

-¡Ah!.. Dios es muy bueno.. bueno con los buenos, se entiende, que no tienen malas entrañas. Es soberanamente bondadoso, y se enfada menos de lo que dicen. Esas voces de los enfados de Dios las hacen correr los malos, que temen el castigo.

-Nadie como Vuestra Majestad puede asegurar que Dios es bueno.. Pero por lo mismo que ha sido tan pródigo con la Reina de España, no debe la Reina de España pedirle demasiado.

-Vaya, explícame bien eso. ¿Qué has querido decir? Te autorizo para que me hables con la mayor franqueza.

-Pues diré que Vuestra Majestad tiene un gran corazón, y en él inmensos tesoros de bondad, de generosidad y ternura que no deben ser derrochados. No olvide Isabel II la lección de D. Martín de los Heros, y antes de regalar veinte mil duros de corazón, fíjese bien en el bulto que hacen apilados estos veinte mil duros de corazón, y asústese ahora, como se asustó entonces, y (p.6334) rebaje, rebaje, y no dé más que cinco mil.. y mejor si los reduce a reales.. Señora, yo me permito abusar de la autorización de franqueza que mi Reina me ha dado, y digo mil disparates, que Vuestra Majestad se dignará perdonarme.

-No, no -dijo Isabel revistiendo de gravedad su picaresco rostro-. Has hablado como un libro, como hablará la Historia de los Papas cuando la escribas».

Un nuevo movimiento de las figuras de la reunión puso fin a este sabroso diálogo. Volví a encontrarme junto al Rey, mejor dicho, vino él hacia mí, y me dijo: «¿Y por qué no se decide usted a darnos una Historia de España verdad? Está por escribir.. Todo lo que va de siglo es interesantísimo, y pues no parece fácil superar a Toreno en la guerra de la Independencia, el historiador que tal emprenda debe empezar en el 14, cuando mi tío volvió a España.. Una Historia imparcial, que se aparte del criterio extremado de las facciones; una relación verídica, escrita con talento, revisada por personas peritas, y autorizada por la Iglesia, crea usted que sería una gran cosa. Y la publicación de esa obra, no faltará quien la patrocine». Contesté reconociendo la importancia de un trabajo tan considerable, y la cortedad de mis fuerzas para realizarlo.. Arrimose a la sazón la Reina a los que de ello hablábamos, y éramos ya más de dos, por inopinado crecimiento del grupo, y nos dijo: «¿Hablan de escribir la Historia de Isabel II? Sí, Beramendi, sí.. Yo subvenciono esa obra.

-Es pronto -afirmó el Rey con gran sentido-: no ha de ir el historiador por delante del Reinado, sino detrás..

-¿Y por qué no han de ir juntos, cogiditos de la mano? -indicó la Reina.

-Porque la Historia verde sabe mal, como la fruta. Hay que dejarla madurar en el árbol.

-¿De modo -dijo Su Majestad haciendo reír a todos con su donosa ocurrencia-, que aún estamos verdes? Más vale así.. Pues yo deseo que pronto hablen y escriban de mí, por supuesto que escriban bien, elogiándome mucho y poniéndome en las nubes.. Yo aspiro a que de mi Reinado se cuenten maravillas.

-Los pueblos más felices -dijo (p.6335) Montesquieu por boca del Rey-, son aquellos cuya Historia es fastidiosa.

-Pues yo no quiero -afirmó la Reina-, que al leer mi Reinado bostece la gente.. ¡Historia fastidiosa! Eso ni deleita ni enseña.

-La de España -indicó María Cristina, melancólica-, es y será siempre un folletín.

-Mamá, eso es tener mala idea de los españoles.

-Tengo la que ellos me han dado -replicó la ex-Gobernadora.

-Los españoles son buenos, valientes, honrados, caballeros -declaró Isabel-; en general, se entiende, porque ¡también hay cada pillo..!».

Encontrándonos de nuevo frente a frente, me dijo: «¿No crees tú que la Crónica mía, la de mi Reinado será bella?

-Bella será.. ¿pero quién asegura que no será también triste?

-¿Por qué?.. Me asustas.. Yo no ceso de pensar en mi Historia, y me la represento como una matrona gallardísima..

-Sí, con un laurel en la mano y un león a los pies. Esa es la Historia oficial, académica y mentirosa. La que merece ser escrita es la del Ser Español, la del Alma Española, en la cual van confundidos pueblo y corona, súbditos y reyes..

-¡Oh, sí!.. así debe ser.

-Y esa Historia me la represento yo como una diosa, mujer real y al propio tiempo divina, de perfecta hermosura..

-Vestidita por la moda griega, con túnica muy ceñida, que marque bien las formas. Así representa el Arte todo lo ideal, así el ser de las cosas, así el alma de los pueblos.. Esa figura que tú ves, como española castiza, será morena.

-Tostada del sol, de este sol de España, que no es un sol cualquiera.

-Y la verás esbeltísima, con poca ropa, descalza.. no diré que sucia, sino empolvada.. naturalmente, de andar por estos caminos y vericuetos del demonio, por tanta sierra, por tanto páramo.. País grandioso el nuestro, pero empolvado..

-¡Oh, qué bien lo expresa Vuestra Majestad!».

Al decir yo esto, sentí turbación angustiosa. Hallábame solo, apartado en un ángulo de la sala. Me asaltó la duda de que la Reina me hubiese ayudado, dialogando conmigo, a la descripción de la bella figura que veo y siento.. Pronto adquirí la certidumbre de que yo me lo había pensado y dicho solo.. (p.6336) Cuando dije a Su Majestad que la Historia de su Reinado podría ser triste, ella no pronunció más que estas palabras: «¿Por qué?.. ¡Me asustas!» y se alejó de mí, solicitada su atención de los otros grupos. Lo demás que hablamos, lo hablé para mí, súbitamente atacado del mal de Lucila, de la efusión que llamo estética y popular.

Llegó el instante final. La Reina y demás personas augustas nos hicieron reverencia y se retiraron. Los que no somos augustos nos fuimos a la calle. En la escalera de Palacio, resplandeciente en la obscuridad de los jardines, llevaba conmigo la imagen de aquella ideal princesa Illipulicia, soñada por el celtíbero Miedes. Toda la noche me la pasé en este delirio.. Mi cerebro era una linterna mágica. Reproducía en serie circular la plataforma del Castillo de Atienza, el patio de San Ginés, un cielo turbio, un suelo árido, una estancia del Alcázar Real.. Isabel, vestida de manola, me decía que escribiese su Historia; Lucila callaba siempre, imagen y representación del inmenso enigma.

 

Ep-32-XXVIII -

San Ildefonso, Septiembre.- El 25 de Agosto, día de San Luis Rey de Francia, a los pocos de mi doble entrevista con la Reina, fue para mí memorable, por la aglomeración y enracimado de sucesos que voy a enumerar. Asistí al Besamanos; vi a Narváez y a Sartorius; vi a D. Saturno con un resplandeciente uniforme no sé de qué, cubierto el pecho de cruces y cintajos de variados colorines; en los dorados salones tuve el honor de ser presentado al Nuncio de Su Santidad, monseñor Brunelli, y al Embajador de Austria, un caballero muy guapo vestido de magiar; y en fin, terminada la ceremonia palatina, bajé al parque con toda la Corte, y corrieron las fuentes en presencia de Su Majestad, soberana pastora de aquella Arcadia de abanicos. Mi mujer también paseó por los jardines, y juntos disfrutamos de aquel lindo espectáculo de las aguas amaestradas y sacadas a bailar sobre el verdor de los parterres y arboledas. En el teatro, donde cantaron Don Pasquale por despedida, vi a Eufrasia, que con (p.6337) misterio de ópera cómica me dijo que se hablaba sotto voce de mis frecuentes visititas a Palacio. No le hice caso: yo no había vuelto allá desde la soirée que he escrito.

A Narváez le vi al anochecer en la Casa de Canónigos, y me dijo.. ¿qué me dijo? Ya no me acuerdo.. No sé cómo tengo mi cabeza. De dos semanas acá, mi aturdimiento y mis distracciones graves suscitan alarmas de mi cara esposa, que inquieta por mi salud me somete a cariñosos interrogatorios acerca de cuanto hago y dejo de hacer, de cuanto hablo, pienso y sueño. «No es nada, mujer -le contesto yo, que a todo antepongo su tranquilidad-; no es más que.. eso que padezco, y que me ataca de vez en cuando, la efusión.. ¿de qué?, la efusión de lo ideal, de lo desconocido, de lo que debiendo existir no existe. Volvemos a lo mismo: yo debí dedicarme a un arte, y en él habría sido maestro.. Pero no tengo arte, y mis facultades funcionan en el vacío.. No me hagas reír, mujer. ¿Qué dices, que el ser padre es un arte?.. ¿padre de muchos hijos..? Bueno, mujer. Lo admito, si en ello te empeñas.. Pero ese arte, como la historia de un reinado que empieza, está todavía verde».

Ahora me acuerdo de lo que me dijo Narváez. Fue de lo más insignificante, y en realidad no merece ser transcrito. «Yo me vuelvo a Madrid, y dentro de unos días saldré para las aguas de Puertollano.. Aquí nada tiene usted ya que hacer. Pronto se irá la Corte. Se le van a usted la Marquesa de Capricornio y los demás enredillos que tiene el pollo aquí.. A mi regreso de la Mancha espero encontrarle a usted en los Madriles..». En efecto, pasados algunos días, desapareció la Corte; partió Eufrasia sin despedirse de mí, y el Real Sitio, árboles y flores, aguas transparentes y sutiles aires, se adormecían lentamente en una soledad dulce y fresca. Contenta de esta soledad, mi mujer desea permanecer hasta fin de Septiembre, y del mismo parecer son sus padres. Yo lo apruebo. Deseo el descanso.

Madrid, Octubre.- Ya estamos aquí. Escribo en el Congreso. Nada digno de mención nos ocurrió en la Granja después de la (p.6338) partida de la Corte, como no sea la tranquilidad que disfruté, la íntima vida que hice con mi mujer, consagrándole yo todos los instantes de mi vida, y las feroces mañas que va sacando mi hijo, las cuales manifiesta tirándome del bigote hasta hacerme llorar..

La traviesa, la diabólica Eufrasia no ha vuelto a llevarme a la isla de Paphos (Casino de la Reina) . La he visto poco y de prisa, coincidiendo en visitas, o encontrándonos en el Prado, y no he podido hablar con ella detenidamente de cosa alguna. Sus ojos, que ni en las ocasiones de mayor disimulo dejan de ser elocuentes, me dicen que se halla en grave crisis de ambición o de amor. El anuncio que le hice de la pronta concesión del título, no produjo en ella la grata sorpresa que yo esperaba. «¿Y hemos de agradecerlo al Espadón? -me dijo-. Pues que nos titulen Marqueses de la Ingratitud».

Y voy con el asunto que, a mi entender, merece aquí preferente lugar, por el grande espacio que ocupa en mi espíritu noche y día. Ya dije que entre los pobres pedigüeños de la parroquia de San Ginés, hay uno con quien entablé relaciones policíacas, socolor de caridad, tocantes al descubrimiento de la hermosura celtíbera vista y evaporada en la puerta de aquella sacra mansión. Mi amigo, que me ha resultado también celtíbero de los llamados Ilergetes, consagró su vida al negocio de sanguijuelas en tierras de Teruel.. Es hombre muy corrido; peleó por D. Carlos en la partida del Serrador, y establecido por fin en Madrid como herbolista, ha venido por sucesivas desgracias comerciales y domésticas a la mísera condición presente. Conserva el hombre agilidad de piernas y lucidez del entendimiento, lo que no es poca ventaja para el trabajo diplomático que yo le encomendé; pero tales partes pierden mucho de su energía por la deplorable ruina de otras: uno de los brazos, envuelto en amarillas bayetas, no funciona; el cuello se le tuerce del lado izquierdo, los ojos son como fuentes, y la lengua y boca sufren de un paralís que desfigura su sintaxis y su pronunciación, pues por causa de tal dolencia (p.6339) compone los conceptos al revés, y suele comerse las primeras sílabas de las palabras más importantes. Con todos estos inconvenientes, el pobre Gambito, que tal es su nombre o su apodo, me sirve bien, añadiendo a sus incompletas facultades una voluntad y una diligencia increíbles.

Antes de irme a la Granja, díjome que la hermosa mujer había vuelto, sin hacer más que llegarse a la sacristía con una carta.. ¿Para quién? Para un capellán, que habría estado en la iglesia, sino estuviera en el cementerio: había fallecido dos días antes.. Desconsolada se fue la moza llevándose la carta. ¿De quién era esta? Gambito no lo sabía ni pudo averiguarlo entonces. A mi regreso de la Granja, estimulado el hombre por mis donativos, y en espera de mayor recompensa, me da cuenta de sus minuciosas pesquisas en Agosto y Septiembre, y de ellas resulta una luz desigual, que tan pronto esclarece el asunto como lo rodea de mayores tinieblas. Con mi feliz memoria reproduzco textualmente el informe, componiendo a mi modo la sintaxis, y supliendo las sílabas comidas: «El Surez Jeromo entró servicio de Colapios (los Escolapios) señores Padres de Tafe (Getafe) , y la su hija, que la llaman Cigüela (Lucihuela) , moró en una casa de Madres Colapias donde se arrecogen hijas de Padres, o hijas de cualsiquiera Madres putativas..». Para que yo descifrara lo restante de esta jerga hubo de repetirlo una y otra vez, y aún así no pude llegar a la interpretación exacta. Toda la paciencia del mundo no basta para poner en claro los trazos de este borrado palimpsesto. Creo haber sacado en limpio que Lucihuela estuvo unos días en el convento de Jesús, y que después pasó al servicio de un señor que Gambito llama Taja (ignoro el verdadero nombre, al que creo falta una sílaba) , administrador de los lavaderos del Pío Infante Don Cisco (traduzco: lavaderos del Príncipe Pío, pertenecientes al infante Don Francisco) ..

Débil luz, resplandor vago, ¿a dónde me llevas?

Madrid, 20 de Octubre.- Ayer reventó sobre Madrid una bomba. Pienso que su (p.6340) estruendo formidable es público ruido de los que han de llegar a la Posteridad sin que yo los transmita; pero ahí van por mi cuenta noticias de cómo fue la explosión y de las cóleras y risas que produjo, refiriendo después el desarrollo de suceso tan extraordinario hasta su inaudita solución. Desde el jueves por la noche empezaron a correr voces de crisis, suponiendo en esta los caracteres más extraños.. Oílo yo en casa de María Buschental; mas no le di crédito, y aun me permití negarlo autorizadamente. Por la tarde había yo visto al Duque de Valencia en su casa, y nada le oí que pudiera ser vaticinio de cambio de Gobierno. Pero las afirmaciones que hice no acallaban los rumores, que a cada instante venían más densos y con más visos de verdad, de esa verdad inverosímil que aquí gastamos. «Hay crisis -dijo Carriquiri, entrando a media noche-; la crisis más absurda y más.. demagógica que puede imaginarse.. Nada: que a D. Ramón, sin decirle oste ni moste, le ponen la cuenta en la mano y le señalan la puerta». Llegó luego Tassara y nos contó que la primera noticia de este gatuperio la tuvo Molins, Ministro de Marina, el cual, comiendo en su casa, recibió un pliego de la Reina, incluyéndole carta que le había escrito su marido, en la cual este le decía en substancia: «Narváez y compinches son unos tales y unos cuales, y para que no acaben de perder a la Nación, hay que sustituirles inmediatamente por estos caballeros muy dignos cuyos nombres van en la adjunta lista».

-¿Quiénes son?

-No recuerdo más que al Conde de Cleonard y al Sr. Cea Bermúdez, Conde de Colombí.. La lista ha sido inspirada por personas que traen recados del Altísimo.

-Esto es ignominioso.

-Esto es simplemente cómico y no puede prevalecer. ¿Y el Duque?

-Al llegar a su casa se encontró con una comunicación semejante a la que recibió Roca de Togores».

Puso fin a la confusión Andrés Borrego, refiriendo que aquella misma tarde (lo sabía de la mejor tinta) , habiendo tenido Narváez un soplo de lo que se tramaba, fue a Palacio y habló a la Reina: «Señora, esto se ha (p.6341) dicho, esto se susurra..». Y la Reina le contestó riendo: «No hagas caso. Son patrañas que salen del cuarto de ese..». Oyendo esto, muchos negábamos que pudiera ser verdad; otros lo confirmaban, algunos callaban, mordiéndose las uñas. «Es forzoso -dijo no recuerdo quién-, abrirle a la opinión unas tragaderas del tamaño de esta casa. Según se van poniendo las cosas, todo es posible, todo puede suceder, y no hay bola, por disparatada que sea, que no entrañe la verdad..». Y otro: «La historia de España se nos está volviendo folletín». Y otro: «Eso no lo inventa usted. Es frase de doña María Cristina».. «Pero la Reina Madre habló del folletín sin calificarlo, y ahora debemos decir folletín malo».. «No, folletín tonto». Y todos concluían por llevarse las manos a la cabeza, exclamando: «¡Señores, cómo estará Narváez! Será cosa de alquilar balcones..».

Participando de esta curiosidad, y con medios de satisfacerla, me fui a la Presidencia. Al bajar presuroso por la calle de Alcalá, me encontré a San Román que llevaba la misma dirección y objeto que yo, y hablando del suceso de la noche, entramos en la gruta de la fiera, a quien suponíamos en el paroxismo del furor. Un ayudante nos dijo en la puerta que el General estaba en el palacio de la Reina Madre, y que le aguardaban muchos señores en el salón, ávidos de saber la verdad o mentira de una crisis que parece comedia. Subimos. Entre los que allí esperaban el parto de la Fatalidad (así lo dijo uno de los presentes, creo que Bermúdez de Castro) , vi a Sartorius y a D. José Zaragoza, Jefe político de Madrid, el cual hacía rudo contraste con el Ministro, pues si este es la propia distinción y delicadeza, la sangre fría y comedimiento en todas las ocasiones, el diputado por Ciudad Real, cenceño, rudo, de faz temerosa y mirada fulgurante, parece cortado para la acción vehemente y repentina. Otros había en la sala, entre ellos mi hermano Agustín, comentando lo que ignoraban o arrojando bilis sobre lo que sabían; a cada instante entraban más caras de estupefacción, de impaciencia, (p.6342) de ira.. Por fin, como todo llega en este mundo, vimos que la mampara roja se abrió con chirrido estridente, por la violencia del golpe que la empujara, y entró Narváez con paso y tiesura de gallo, y sin quitarse el sombrero echó una fulmínea mirada en redondo, diciendo: «Señores, ya lo ven ustedes: esto no tiene nombre.. Sí, sí; lo tiene: es una canallada.. ¡Ni entre gitanos, señores; ni entre gitanos!

-¿Qué dice la Reina Madre? -preguntó San Luis, que más que anatemas y desvergüenzas, deseaba hechos para someterlos a un frío examen.

-Doña María Cristina.. -contestó el de Loja, ya en el colmo de la fiereza y de la amargura-. Pues nada, señores: que todos son unos. La Reina Madre no sabe nada; dice que no tiene arte ni parte.. y yo no sé si creerlo.. no creo nada.

-Yo pongo mi mano en el fuego -declaró Sartorius con cierta solemnidad-, por la inocencia de la Reina Cristina en este asunto.

Algo más expresó no sé quién en defensa de la ex-Gobernadora.

«Mi General -dijo con acentos de club el Jefe Político-, bien claro está que la voluntad de Isabel II ha sido secuestrada. Esto es una intriga, y la primera víctima de la intriga es Su Majestad. O no servimos para nada, o debemos echar el cuerpo adelante para amparar a la Reina.

-¡Sacar el cuerpo, yo! Lo he sacado ya mil y mil veces. ¡Si mi cuerpo ¡ajo! es una criba, de los balazos que ha recibido ¡ajo! defendiendo el trono liberal!.. Y ya ven el pago.. El Gobierno, señores, ha presentado su dimisión. No podía hacer otra cosa sin faltar a la decencia.. ¡y a la vergüenza, ¡ajo!.. Ceder a esto es declarar que la vergüenza se ha concluido en España».

Insistió Zaragoza en que esta crisis no es más que una infame celada. «Corramos a Palacio -gritó con destemplada voz-, rompamos los lazos pérfidos que oprimen a Su Majestad.

-El que tenga la cara endurecida para los bofetones y quiera ir a Palacio, que vaya -dijo Narváez sin mirar a nadie, paseándose, la vista arrastrada por el suelo-. Yo no me expongo a que un mequetrefe con medias coloradas, o un fantasmón cargado de veneras, (p.6343) me mande salir a la calle.. Vámonos a nuestras casas, y que se arreglen como puedan.

-Mi General -le dijo enfáticamente Don José María Mora-. Usted tiene a su lado la mayoría de las Cortes; usted tiene el Ejército..

-Yo no soy ya jefe del Ejército.. Lo es el general Cleonard, que a estas horas habrá jurado en manos de la Reina.. ¿Pero no se han enterado todavía, ajo?».

Soltó esta bomba gritando en medio de la sala con gesto de ira y menosprecio, y a sus palabras sucedió un silencio de consternación. Casi todos los presentes, hasta que oyeron aquella declaración fatídica, conservaban un resto de esperanza; algunos, ciegos optimistas, creían que habría componenda, bien porque Narváez hubiese amedrentado a Isabel, bien porque esta pudiera librarse a tiempo del encantamento que aprisionaba su soberano albedrío.. La noticia, dada por el propio Espadón, de que Cleonard juraba, y era ya sin duda Presidente y Ministro de la Guerra, abatió grandemente los ánimos.

«Pues si es así -murmuró mi hermano Agustín-, digo que esa señora está loca.

-Encantada, señores, o hechizada como el Carlos II.

-El hechizado aquí soy yo.. y después sacado a bailar -dijo Narváez pasando de la cólera al sarcasmo-. ¿Pues no querían que refrendara yo los decretos? Todos están locos allá.. ¡A fe que tengo yo cara de zurcidor de estos.. líos! Molins ha ido a Palacio a ejercer de escribano..

-Mi General -declaró el impetuoso Don José Zaragoza avanzando al centro de la sala-, el Jefe Político de Madrid sabe dónde se ha tramado este maquiavelismo. Ya no tengo por qué guardar secreto. En la Escuela Pía de San Antón se reunieron esta tarde los que serán compañeros del Sr. Cleonard en el flamante Ministerio, y los que han engañado a nuestra querida Soberana. Los conozco a todos; sé cuanto allí pasó y cuantos disparates allí se hablaron. Había en la reunión hombres que quieren ser públicos, y mujeres que lo fueron. Al anochecer trasladáronse todos en coches al convento de Jesús a recibir órdenes.. Lo mismo se hizo hace ocho días; pero la Monja (p.6344) que da la consigna les dijo entonces: «Aún es pronto, hijos míos. Esperad hasta que yo os avise. La Reina no cede. Ya cederá..». Hoy, la impostora les ha dicho que todo estaba hecho, y locos de contento se han ido al cuarto del Rey, el cual los presentó a su augusta esposa. La Reina.. me consta, señores, y lo aseguro como si lo hubiera visto.. nuestra amada Soberana habló con ellos un momento.. les despidió diciendo a los nuevos gobernantes que mañana jurarán, y luego rompió a llorar.. Pues bien, mi General: conozco a todos los que andan en esta intriga, y tengo notas bien claras de sus domicilios.. Con media palabra que se me diga, voy y los prendo a todos antes que sea de día, sin distinción de sexo, calidad ni estado, sin reparar en uniformes ni en faldas, ni en hábitos ni en sobrepellices, y mañana, es decir, hoy, antes de las ocho salen para Leganés, y de Leganés, por la tarde para donde se disponga, sea Cádiz, sea Cartagena, que no faltará un cachucho en un puerto o en otro, que los lleve a tomar los aires de Filipinas.. Esto haré, si el Jefe lo manda, y respondo de que no es atropello, sino justicia».

Pausa. El murmullo que resonó en la sala demostraba cuán feliz y oportuno pareció a todos los presentes este atrevido plan policíaco.

 

Ep-32-XXIX -

No tardó en llegar Molins, próximas ya las tres de la madrugada. Es este un caballero tan acompasado en la vida social como en la política, como en la literaria. Sus actitudes son como sus versos; sus actos como sus discursos, y su traje como toda su correcta y atildadísima persona. Su estatura es aventajada, su talle esbelto, su rostro grave, abundante el cabello en cabeza y barba, la dentadura perfecta, todo suyo y de intachable limpieza. En el trato cautiva, en la oratoria instruye más que arrebata, en la conversación corriente se oye y se le oye con agrado. Aunque allí le esperaban como agua de Mayo, ansiosos de conocer lo ocurrido en la refrendación, el Ministro de Marina no se precipitó a narrar el acto: es hombre que en nada se precipita. Venía de (p.6345) uniforme, el peinado sentadísimo, sin que un solo pelo se desmandara; traía cara melancólica, como de quien sabe apreciar serenamente el punto y ocasión en que los sucesos particulares revisten la suficiente gravedad para convertirse en históricos. Ama con caballeresco ardor, de índole política, a nuestra excelsa Soberana y al Principio que representa, y cree en la ficción Constitucional-Monárquico-Parlamentaria, como se cree en los Misterios dogmáticos, sin entender ni jota de ellos.

Con elegancia narrativa dio cuenta Molins de su cometido, y la serenidad y pulcritud de su palabra fueron como bálsamo que aplacaba la irritación de que los oyentes estaban poseídos. El hecho que refirió habría carecido totalmente de interés si el cuentadante no hubiera marcado muy bien en el relato la nota patética, que acrecía su valor histórico. La Reina, en todo el tiempo que duraron los trámites, no cesaba de llorar, y a la conclusión, su dolor parecía no tener consuelo.

Maravillados escucharon todos esta relación, y la crítica del suceso adquirió un tinte compasivo. No quedaba duda de que circunstancias y resortes misteriosos, que los de fuera no podían penetrar, constreñían a Isabel II a cambiar de Gobierno.

«¡La Reina está secuestrada! -gritaron algunos; y otros-: ¡Salvemos a la Reina!».

Y Ruiz Cermeño, diputado por Arévalo, con calma y agudeza, como hombre que se precia de penetrar hasta el fondo de las cosas, nos dijo a los que le rodeábamos: «Esto es un golpe de Estado, un verdadero golpe de Estado». Mi hermano Agustín, que tan hondamente se afana por el porvenir de esta Nación, no dejaba de expresar sus temores: «¡Pero el Régimen, Señor..! ¿A dónde va a parar el Régimen con estas cosas?.. Y ahora precisamente, cuando el Régimen iba como una seda..».

Lo que contó Molins del llanto amargo de Isabel fue desconsuelo y aflicción de todos, menos de Narváez, el cual, irguiéndose más bravo, echando por aquella boca terno sobre terno, hizo estas terribles manifestaciones: «Dejarla que llore.. Ríos de sangre han corrido por causa de (p.6346) ella.. Y ahora nos quiere pagar con lágrimas.. No queremos lágrimas, sino justicia, razón y formalidad. Se reina con juicio, no con lloriqueos.. Ella se ha metido en este pantano.. Pues vea cómo sale. Que la saquen los angelitos, o esa beata de las llagas asquerosas.. Nosotros, señores, a nuestras casas, a ver pasar la mojiganga Cleonard-Colombi. (Risas.) Usted, amigo Zaragoza, ¿qué ha dicho de prender y de encarcelar? De eso se cuidará el que le suceda, que a estas horas estará usted destituido.. y habrán nombrado a un escolapio, o al demandadero de las monjas. (Carcajadas.) El que sea recibirá órdenes de prender a todos los que estamos aquí, a mí el primero.. En mi casa me encontrarán. (Rumores.) Con que, caballeros, a dimitir todo el que tenga posición para ello.. Arrojarle las posiciones a la cara, para que vea lo que somos. Que el Gobierno encuentre vacantes la multitud de plazas que necesita para monagos, cornudos y demás patulea.. La orden del día es esta: ¡vergüenza, dimisiones!».

Conticuere omnes, y empezó el desfile. Vi salir cariacontecidos a Esteban Collantes y a D. José María Mora, al corpulento D. Ramón López Vázquez y al gracioso Vahey, al narigudo Martínez Almagro y al elegante Lillo. Disponíame yo a partir con mi hermano, cuando me indicó San Román que me quedara de los últimos, pues el General tenía que hablarme. No tuve necesidad de aguardar al día, porque Narváez me cogió por un brazo y llevándome aparte me dijo: «Váyase usted, Beramendi, que es muy tarde. Mañana charlaremos. Si entre tanto ve usted a esa.. (y lo soltó redondo) , dígale que le cortaré las orejas.. cuando la coja, que algún día será».

Madrid, 22 de Octubre.- El viernes 19 fue día grande en Madrid por lo divertido y fecundo en sorpresas. Desde muy temprano se estacionaban grupos frente al Principal, signo infalible de jarana o de expectación, y de doce a una, ya los cafés hervían de gente ociosa, que es la más numerosa gente de esta capital. Desiertas, según oí, estaban las oficinas; un sentimiento de ansiosa interinidad (p.6347) lanzaba a los funcionarios a la calle y a todo sitio donde corrieran auténticas noticias, y aquí y allá los poseedores del presupuesto encontraban la nube de famélicos cesantes. En el tiempo que llevamos de Régimen, el pánico de unos y las esperanzas de otros, confundiéndose, han creado un mundo de necesidades que ha sido y es en España la principal inspiración de los poetas cómicos. Hay una rama de la literatura contemporánea consagrada exclusivamente al turrón y a los hambrientos, sátira en que se moteja a los que comen, y se ridiculiza a los que piden pan, revelándose el poeta tan necesitado como los lambiones que describe.

En grupos y corrillos se habla del nuevo Ministerio con desprecio y asombro, y menudean las preguntas maleantes: «¿Pero ese Armesto quién es?».. «¿Pueden ustedes decirme quién es ese Manresa?». Entre miles que no saben responder a estas preguntas, sale alguno que tiene vagas noticias de los improvisados hombres públicos. «Pues ese D. Vicente Armesto es empleado supernumerario en el Tribunal de Cuentas, con el sueldo de veinte mil reales..

-¡Vaya una carrerita, señores!.. ¿Y es por ventura yerno, sobrino, hermano de leche de alguno de Palacio, o tiene que ver con monjas?

-Es cuñado del general Cleonard.. o concuñado, que para el caso es lo mismo.. Vaya, señores; yo convido a café y copas al que me diga quién es Colombi.

-Y yo obsequio con un almuerzo al que me demuestre con datos.. ha de ser con datos.. que Manresa es alguien.

-Hombre, no hay que confundir a Colombi con Manresa, pues de este no se ha podido averiguar sino que no le conoce ni su familia, mientras que Colombi es nuestro embajador en Lisboa, y al parecer hermano del Sr. Cea Bermúdez, de reaccionaria memoria.. He oído, no respondo de ello, que ese Sr. Colombi es persona respetable y que no aceptará el cargo.. En cuanto a Manresa, por aquí andaba uno que aseguró conocerle. Es murciano, auditor de Guerra de la categoría de capitán.. y está procesado porque de palabra faltó al tribunal, se ignora cómo y cuándo».

Las voces (p.6348) más absurdas y los dicharachos más irrespetuosos animaban los corrillos de la Carrera de San Jerónimo y calle de Sevilla. «Por más que me digan, yo sostengo que ese Padre Fulgencio es un mito. No creo en Padres ni Madres que quitan y ponen Ministros».. «Existe un Pae Fulgencio; pero hay quien dice que es el Pae Cirilo, que se ha cambiado el nombre».. «Todo esto, créanme, es obra de un tal Isidrito, que fue cerero y hoy la persona de mayor metimiento en la Concepción Francisca. Todos los días toma café con ese Manresa en los Dos Amigos, y por las noches lleva los cirios benditos a Palacio, para encender a la Virgen del Olvido que tiene el Rey en su cámara».. «No hay que tomar a broma lo de las llagas, que quien las ha visto de cerca me asegura que son de ley, y que la monja tiene pasadas de parte a parte las palmas de las manos. Las enseña poniéndose en un escabel con los brazos en cruz; pero la del costado, por donde se le ve el corazón, la enseña echándose boca arriba y quedándose en éxtasis».. «Dicen que el primer decreto de Manresa será para nombrar Obispo al Pae Fulgencio, dándole la mitra de Aunque os pese, diócesis de la calle de la Justa».. «Hombre, no: es calle de las Beatas».

Por la tarde, no se hablaba más que de las dimisiones que todo el personal de algún viso arrojaba a la cabeza de los nuevos Consejeros. Dimitía el Capitán General de Madrid, Conde de Mirasol; el Gobernador Militar, el Jefe político, el Alcalde corregidor y las Secretarías en masa de Gobernación y Gracia y Justicia. Al anochecer, decían los guasones que Armesto no admitía la cartera de Hacienda, y que en su lugar se nombraba a un bollero ambulante de la Plaza de Toros, llamado Maza. Corrió el rumor de que el Tribunal Supremo en peso dimitía; que será nombrado Capitán General de Madrid el General Villarreal, convenido de Vergara, y Jefe político el Sr. Ferreira Caamaño. A este señor le conozco: es diputado a Cortes por un distrito de Galicia, y habla con gran violencia dando manotazos. Ha sido juez de primera instancia, jefe político, y hoy está (p.6349) furioso porque el Gobierno no es bastante reaccionario.. A costa del Sr. Balboa, a quien llaman Don Trinidad, corren y circulan enormes chirigotas. Su Excelencia, al tomar posesión, dijo a los pocos empleados que concurrieron, que él es muy liberal y que respetará todas las libertades, menos la de imprenta, y luego preguntó cómo se extendían los reales decretos. Cierra la noche con una atmósfera tan densa contra el nuevo Gabinete, del cual hacen descarada burla hasta los chicos de las calles, que hay ya quien profetiza la vuelta de Narváez antes de veinticuatro horas.

Al entrar en mi casa encuentro un billete de Eufrasia, escrito con todo el ingenioso disimulo que acostumbra, fingida letra y firma varonil, diciéndome que tiene que hablarme y que me espera en Gobernación a las nueve de la noche. Según la antigua clave de nuestra criminal correspondencia, artificio vigente en el verano último, Gobernación quiere decir la iglesia de San José, como Gracia y Justicia es San Sebastián, y Hacienda San Ginés. Las iglesias que no tienen más que una puerta se designan con nombres de Direcciones Generales; por ejemplo: Aduanas es el Oratorio del Olivar, Rentas Estancadas las Niñas de Leganés.. La hora que se indica de noche se entiende siempre de la mañana.. Fui y esperé su salida por la calle de las Torres, sitio muy del caso para figurar un encuentro fortuito, y conferenciar brevemente sobre cualquier asunto, o ponernos de acuerdo para fijar día y hora de bajar al Casino. Generalmente no eran largos mis plantones, porque a tantas cualidades de tacto y agudeza, Eufrasia añadía la preciosa puntualidad. Extrañome anteayer su tardanza, y ya me cansaba de dar vueltas arriba y abajo, cuando me veo venir presurosa por la calle de la Reina con rumbo hacia mí, a Rafaela Milagro, vestida del trapillo de andar por iglesias, armada de ridículo y de un par de libros devotos. Requiriéndome con mirada expresiva para que a su encuentro avanzara, nos pusimos al habla en la citada calle, después en la de San Jorge, donde de sus labios oí lo (p.6350) que a la letra copio, previa la advertencia de que Rafaela y Eufrasia se comunican y guardan recíprocamente sus secretos con escrupulosa fidelidad: «Pues no puede venir, Pepe, y por eso vengo yo.. Me manda que venga.. para decirle que no la espere y contarle lo que ha pasado.. ¡Ay, hijo! una zaragata horrorosa.. que si nos descuidamos saldrá en los papeles, y aumentará el escándalo de esta maldita crisis.. Esos señores han faltado, Pepe; se han portado cochinamente, pues harto les consta que si no es por Eufrasia no cogen el Gobierno.. Han sido unos puercos.. Aguarde que le cuente. Era cosa convenida.. si antes no lo supo, sépalo usted ahora.. que Saturno sería Ministro de Gracia y Justicia. ¡Qué más natural! ¡Con lo que él sabe de cosas de clero y curia! Y de que así fue tratado solemnemente, pueden dar testimonio el señor Cleonard, Quiroguilla, Rodón, y otros que no nombro. Pues dan la lista a la Reina, y nos encontramos de Ministro de Gracia y Justicia a ese Manresa. Para mí fue como un escopetazo. Eufrasia se voló.. Había que oírla. Nos echamos la mantilla, corrimos al convento de Jesús.. 'Hija, no se ha podido evitar -le dijeron-. El Sr. Manresa ha sido impuesto por quien puede.. Su nombramiento vino de arriba'.. Y Eufrasia contestó con salero: 'Por eso parece un pájaro que se ha caído del nido.. Pues del nido no me caigo yo, y esta me la pagan'.. 'Hija, tenga paciencia, otra vez será'.

»Salimos de allí más furiosas que entramos. Eufrasia mandó recado al Padre Fulgencio llamándole a su casa, y al mediodía.. pim.. el Padre.. Venía temblando, y entró haciendo mil zalamerías.. Que lo sentía tanto, que era resolución superior.. que al Sr. Manresa no se le podían negar condiciones.. en fin, que él lo arreglaría esta misma tarde, pues como gran amigo y capellán de Saturno, contaba con él para el Ministerio.. El arreglo, Pepe, vea usted lo que era. Parece que ayer el Sr. Armesto le hacía fu a la cartera de Hacienda, abroncado por las perrerías que le dicen los periódicos. Pues si en efecto no aceptaba, Hacienda ría para Saturno. Eufrasia, (p.6351) hinchadas las narices, y con ese imperio que tiene, le dice: 'Váyase usted ahora mismo, y antes de la noche me lo trae arreglado en esa forma. Si así no lo hace, usted y los demás que nos han dado este bofetón, se acordarán de mí'. ¡Ay, Dios mío, qué cosas pasan! Pues llega el escolapio al anochecer, sudando como un pollo, y con el resuello tan corto como el que se está ahogando..

-¿Y no traía el arreglo?

-¡Qué arreglo ni qué ocho cuartos! Lo que traía era un miedo fenomenal. Verá usted.. Que lo sentía muchísimo; que había tenido un gran disgusto; que desde luego contara Saturno con la cartera en la primera crisis parcial; pero que hoy por hoy no podía ser.. porque los de arriba.. siempre los de arriba, habían dispuesto que en caso de no admitir el Sr. Armesto, fuera Ministro el Sr. Maza.

-¿Maza? Por eso anoche se hablaba de un bollero..

-No sé si es o no bollero; lo indudable es que a Saturno le han dado el pastel de gato. ¿Verdad que han sido unos grandísimos puercos? Pues considere usted ahora cómo se pondría nuestra amiga.. usted que la conoce.. cuando el Padre vino con aquellas tintinimarras. Tormenta mayor no he visto nunca. Primero, se quedó lívida.. yo pensé que le daba algo.. después soltó la risa, una risa sarcástica, como esas de las cómicas en el teatro, cuando fingen que se vuelven locas.. yo creí que enloquecía de verdad.. después se encaró con el escolapio.. Cristeta, que también estaba presente, y yo creímos que le pegaba.. A dos dedos estuvieron sus manos de la cara del pobre señor.. Y disparándose en gritos, ¡Dios mío, Dios mío, qué cosas salieron por aquella boca!.. Cristeta y yo aterradas, Saturno gritándole que callase, y ella, mientras más la amonestaba el marido, más descompuesta y furiosa..

-¿Y el Padre?

-De todos colores, mirando por dónde podría escabullirse.. Querido Pepe, no me atrevo a repetir los horrores que oímos, y que el desventurado D. Fulgencio soportó con humildad evangélica.. Pero lo más gracioso fue la escena final.. Salió escapado el escolapio corriéndose del gabinete a la sala; pero (p.6352) con el azoramiento de la huida se le olvidó el sombrero de teja; volvía por él.. ¿Qué hizo Eufrasia? Agarró el sombrero que estaba en una silla, lo tiró en el suelo, y bailó sobre él un zapateado, dejándolo como usted puede suponer. Después lo arrojó a los pies del clérigo, diciéndole: 'Váyase usted pronto de mi casa, mal caballero y peor sacerdote, y no se le ocurra volver a poner las patas en ella'..

-Y ustedes acudirían a calmarla..

-Calle usted, hijo; tuvimos que acudir a Saturno, que nos dio el gran susto. ¡Vaya un soponcio! A fuerza de refregones, logramos volverle en sí; pero luego se nos puso gravemente enfermo, y a media noche tuvo un vómito de sangre.. El pobrecito me parece que no la cuenta.. ¡Lo que usted oye!.. La leona, que de otra manera no puedo llamarla, está consternadísima. Me dijo: 'Rafaela, vete a San José por la calle de las Torres, y entérale de la situación'.. Esta mañana Saturno ha pedido confesarse.

-¿Pero tan grave está?

-Y no es para menos, Pepe. A cualquiera le doy yo este desengaño. ¡Pues no estaba poco consentido en que sería Ministro! Y sobre el disgusto, el escándalo.. El pobrecito ha pedido los Sacramentos.. Y aquí me tiene usted con el encargo de buscarle confesor.. porque no hemos de llevarle el suyo, que era el dichoso Fulgencio.. Ahora, una vez informado usted de estas trapisondas, entraré en San José, y si no encuentro al padre Morales, iré a Monserrat en busca del padre Claret.. Vaya, Pepe, adiós. Le diré que le he visto a usted tan bueno y tan guapo. Dígame: ¿cree que este maldito Ministerio durará mucho?

-Muchísimo: según mis informes, tendrá una vida muy larga.. lo menos de veinticuatro horas.

-¿Es de verdad? ¡Oh, qué noticia le llevo a la pobre Eufrasia! Aunque resulte falsa, se consolará con ella.. Adiós, hijo, adiós».

 

Ep-32-XXX -

Página histórica me pareció el verídico cuento traído por Rafaela, y pensando en él y en la profunda lección que entraña, me fui a correr por Madrid en busca de las novedades que diera de sí el día, las cuales se me antojó que (p.6353) habían de ser gordas y buenas. No me equivoqué. Menudeaban las dimisiones; los valores públicos, que el viernes coadyuvaron no poco a la rechifla del nuevo Gabinete, bajándose dos enteros, seguirían descendiendo el sábado, según opinión de todos los agentes y bolsistas que encontré por las calles. Engrosaban los grupos. Contáronme los empleados de la Secretaría de Gobernación que D. Trinidad no resolvía nada, y asombrado de recibir dimisiones, se pasaba el tiempo enterándose, con infantiles preguntas, de las funciones más elementales de su cargo. En Hacienda, supe que había tomado la cartera el Sr. Armesto, vencidos sus escrúpulos, y en Guerra funcionaba ya el Sr. Cleonard, determinando.. que no podía ni sabía resolver nada. Por la tarde, cruzando Narváez a pie la Puerta del Sol, fue aclamado por la multitud. Así se contó en la redacción de El Heraldo. No presencié yo el caso; mis noticias fueron que no hubo aclamación, sino un respetuoso saludar del público y frases de simpatía. Me lo figuro con su andar de gallo arrogante, por entre el gentío, recibiendo las demostraciones afectuosas, y contestándolas no más que con un ligero movimiento de cabeza, tieso y avinagrado, que así es Narváez ante las tropas y ante el pueblo.

Por la tarde no falté a su casa, en la calle de Isabel la Católica o de la Inquisición. Entré y salí, con estos o los otros amigos. Se acentuaban los rumores de que volvía El Espadón. ¿Pero cuándo? Los más impacientes concedían al nuevo Ministerio ocho días de existencia. La generalidad opinaba que se le dejaría vivir un mes, siquiera por decoro de la Prerrogativa regia, pues esta quedará muy mal parada si los Gobiernos que nombra no hacen más que jurar y dimitir. Podrá Su Majestad hacer un desatino, mas no es bien que lo confiese, y todo monárquico fiel debe ayudar a la Reina al disimulo de sus torpezas políticas. Esto se decía, esto se pensaba. A las cuatro de la tarde supimos unos cuantos a ciencia cierta, o poco menos, que se planteaba la contra-crisis aquella misma noche del sábado.. A las (p.6354) cinco, repercutían los destemplados acordes de una murga en la calle de Valverde, donde vive el Sr. Armesto, y una vez que los felicitantes atronaron bien la calle, retirándose mustios y sin blanca, porque el señor Ministro no se hallaba en su domicilio, corriéronse con las propias intenciones concertistas a la calle Ancha de Peligros, donde reside, en humilde casa de huéspedes, el Sr. Manresa, y hasta el obscurecer escucharon los vecinos el horrible estrépito de clarinetes y trompas. Mientras el Ministerio recibía estas demostraciones harto equívocas del entusiasmo popular, corría de mano en mano por Madrid un soneto de pie forzado, creación repentina de un ingenio muy chusco. Sólo recuerdo ahora, mientras esto escribo, el primer cuarteto, que dice así:

Temo que el cetro se convierta en báculo,

Y el Estado, hoy caduco, muera ético,

Si otro escolapio en ademán ascético

Logra ser del Rey cónyuge el oráculo..

No recuerdo bien lo demás. Me procuraré copia de los catorce versos.

A las siete, todo Madrid sabía ya que el Ministerio Cleonard-Manresa, o Fulgencio-Patrocinio, que de las dos maneras se decía, apenas nacido estaba dando las boqueadas.. Es muy tarde: yo me duermo.

Madrid, 23 de Octubre.- Continúo el relato fiel de estos inauditos sucesos, refiriéndome a la tarde del 21, con lo cual pego la hebra en el mismo punto en que la rompí. Pues serían las siete cuando determiné visitar a Eufrasia, compadecido del desdichado D. Saturno, y anhelando saber si era su enfermedad tan grave como burlesca fue la sofoquina que la motivó. Llegueme, pues, a la calle de Fuencarral, frente a la capillita del Arco de Santa María, y subí al principal de la histórica morada que perteneció al Duque de Montellano. Al abrirme la puerta, un criado puso en mi conocimiento que el señor se había tranquilizado después de la confesión, que hizo con grandísima piedad a las once de la mañana.. Al mediodía se le dio un sopicaldo, que no devolvió como se temía, y en aquel momento acababa de coger el sueño. La señora y Doña Cristeta estaban en la sala con la (p.6355) Condesa y otras visitas.. Ya me disponía yo a retirarme, informado de lo que quise saber, cuando apareció Cristeta, que atisbando desde el pasillo había conocido mi voz. «Pase, pase, Pepe -me dijo-. Viene usted que ni bajado del Cielo para sacarnos de estas dudas. ¿Pero es cierto lo que nos cuenta el amigo Campoi? ¿que corren rumores.. vamos, que todo se deshace como la sal en el agua?».

En la sala encontré a Eufrasia, arrebujada en un luengo manto, pálida y echando lumbre de sus negros ojos; a la veterana beldad, su amiga, cuyo título de Condesa o Baronesa de no sé qué santo no quiere albergarse en mi memoria; al respetable auditor que fue del ejército carlino y hoy diputado por Vera, D. Cristóbal Campoi, acompañado de su señora, y a otra pareja de dama y caballero que no conocí. Brevemente satisfice la curiosidad de todos dando cuenta de lo que sabía, y extendiendo la papeleta de defunción del enteco y llagado Ministerio Cleonard-Patrocinio-Fulgencio.

«¿De modo -dijo Eufrasia sin reír, más bien lúgubre, como enfermo de fiebre que se ve obligado a romper el silencio-, de modo que ha sido como un relámpago?.. Bien se le puede llamar El Ministerio Relámpago». Ved aquí el origen de una denominación que aquella noche y al siguiente día cundió con asombrosa rapidez, y de ella se apoderaron todas las bocas de Madrid. Renegando de una criatura, en cuyo engendro había tenido eficaz participación, Eufrasia le administró el agua de socorro, dándole apropiado nombre, y diciendo al verle expirar: «Es un fenómeno. No podía vivir. Relámpagos al Cielo». Celebraron los visitantes la ocurrencia del nombre, y hallándose a medio despejar la sala, llevome la moruna al gabinete próximo, donde a solas pudimos hablar un instante. La pulsé: su piel abrasaba. Diome rápida noticia de su dolencia: sentíase febril en grado sumo; mas el desasosiego nervioso no le consentía permanecer acostada. Todo su anhelo era ver gente, oír noticias, enterarse del espantoso ridículo de los Ministros nuevos, y sólo así se calmaba la sed de su espíritu, ávido de (p.6356) venganza. «Siéntate un rato, y cuéntame, cuéntame.. Ante todo: ¿conoces el soneto? Esta tarde me lo trajo Navarrete. Es graciosísimo.. ¡Ah! entre las burbujas del chiste palpitan verdades históricas que andando el tiempo darán mucho que hablar. Se me ha grabado en el pensamiento el segundo cuarteto, que dice:

Venero a Dios, venero al tabernáculo;

Mas no a hipócrita Sor, que con emético

Llagas remeda, a cuyo humor herpético

Fue quizá el torpe vicio receptáculo.

-Sigue, acaba.. he olvidado los tercetos.

-Yo también. Lo recordaba todo; pero.. no sé.. la fiebre me ha borrado de la memoria el final.. Dejemos el soneto. Cuéntame, cuéntame..».

Lo que yo pudiera contarle, al dominio público pertenecía ya. Mayor interés había de tener lo que ella, como partícipe más o menos esencial en la conspiración, podía traer al acervo de la Historia, o a los archivos anecdóticos que guardan quizá la más interesante documentación de los pueblos. A esto me dijo: «Desengañada y herida, me revuelvo como mujer contra los que me han traído a esta ridícula situación.. Ellos, con apariencia de hombres, se asemejan a nosotras por la viveza de sus odios ocultos, por el delirio de sus ambiciones disimuladas, y por el arte de fraguar en la obscuridad las intrigas.. Todos somos unas.. La amargura de mi desengaño se me ha derramado por todo el cuerpo y el alma, y no me consuelo más que con la idea de abandonar lo que fue mi partido, y pasarme con armas y bagajes al que quise combatir. Esto es de mujer, y yo soy mujer entera, sin mezcla, de una pieza en mis odios como en mis cariños. No sé si cuando vengan las represalias de Narváez, que las gasta pesadas, me tocará alguna china. Si así fuere, me pongo en tus manos para que me evites cualquier molestia..».

Sin temor de prometer lo que no podría cumplir, la tranquilicé sobre este punto, dándole seguridades categóricas de que su nombre no figurará para nada, en caso de formación de procesos. Y ella prosiguió: «Así lo harás, Pepe, y yo te lo agradeceré en el alma.. Ahora no estoy (p.6357) para largas conversaciones, porque el hablar mucho y vivo me pone los nervios como cuerdas de violín. Ni podemos entretenernos demasiado, porque vendrán más visitas, y yo tengo que recibirlas o retirarme. Una sola cosa te diré esta noche para que los vencedores la tengan en cuenta y es.. que me gustaría ver que sentaban la mano de firme.

-La sentarán.. y duro; todo lo que se pueda sin herir en las partes más vivas de la Nación, naturalmente.

-¡Ay, ay, ay! Pepe. No harán nada, no perseguirán a nadie.

-¿Lo crees tú?.. Así será, cuando lo asegura la que podría ser historiadora de esta intriga, si quisiera.

-¡Historiadora yo! -dijo tristemente, sin poder atajar su locuacidad-. ¡Quién pudiera serlo! Si piensas que yo conozco la conspiración y sus resortes, estás equivocado. Conozco algo; pero los móviles hondos, que determinan hechos positivos, han sido y son un misterio para mí.. Y vas a ver el misterio más impenetrable, Pepe. Pon toda tu atención en esto: la Reina se resistió una vez y otra al cambio de Ministerio que le proponía el Rey. No tragaba a Cleonard y sus cofrades ni aun envueltos en la confitura religiosa. Y era tal su resistencia que perdimos toda esperanza. ¿Cómo es que de la noche a la mañana consiente la niña en despedir a Narváez de mala manera?.. Fíjate en esto, Pepe.. ¿Y cómo es que a su consentimiento acompañan lloros y suspiros?

-Los lloriqueos parecen indicar que no está contenta de lo que hace.

-O que forzada se ve a determinar lo que no quiere. Yo, que algo entiendo de cosas palatinas, no me explico este cambio más que por el miedo. ¿Y cómo han logrado infundirle ese pánico que la pone atadita de pies y manos a merced de los intrigantes? Voy a decírtelo.. y perdóneme Dios esta sospecha, esta.. inspiración. Para mí, se apoderaron de un secreto de la Reina, y con este secreto, cogido como un puñal, la han amenazado, le han dicho: 'O eres nuestra o mueres'.

-¿Creerás que entre los infinitos disparates que corren en bocas de la gente no ha faltado ese?

-Y vosotros los sensatos, los que todo lo veis (p.6358) recortado y medidito, habréis creído que esos disparates son obra de imaginaciones locas, y un plagio de los melodramas tremebundos, traducidos del francés.

-Yo ni afirmo ni niego.. En eso como en todo, el misterio existe; ¿pero quién es el guapo que lo descifra?

-El guapo, la guapa sería yo, si me dejaran, si me dieran medios de indagación.

-Aun con tales medios no te lanzarías a poner tu mano en lo más delicado del asunto.

-Ya.. tú eres de los que creen que estos misterios son como los del dogma.. Se les mira de lejos, se les adora, y es locura intentar comprenderlos y desentrañarlos».

Tan exaltada la vi, que para sosegarla hube de emplear este razonamiento: «Pero dime una cosa, Eufrasia, y apelo a tu conciencia: ¿antes de que esos pícaros le birlaran a tu marido la cartera prometida, pensabas eso mismo?

-No: entonces no pensaba nada malo de los que eran mis amigos. Todo me parecía bien. Te abro mi conciencia: estos horrores los he pensado después, cuando he sido chasqueada vilmente.

-No estás serena. ¿Cómo has de juzgar la maldad de otros, no estando tú libre de maldad?.. Pero sea lo que quiera, y dejando a un lado tu conciencia, respóndeme: la captación infame del secreto, ¿a quién la atribuyes? Tu lógica infernal.. seguimos en el melodrama.. tu lógica, como aguja imantada por los demonios, ¿señala un punto fijo? ¿Es Fulgencio, es la Monja?

-No: no puedo fijarme en nadie, y ahora que tengo conciencia, menos. La iniciativa puede haber sido de esos, no lo sé: la ejecución ha sido de otros. ¿Quién.. quiénes? Cualquiera lo sabe. Cristeta, que ha vivido largo tiempo en Palacio, dice que aquello es un mundo, un mar, un convento.. ¡Ya ves si será difícil..! En fin, Pepe, tú que tan en gracia le has caído a Narváez, puedes decirle que no se entretenga en cazar moscas, esto es, en prender Manresas, Armestos y Balboas, pobres títeres que no valen el hilo que los mueve..».

Con arrogante voz y ademán, en pie, actuando de ideal dictadora, completó así su pensamiento: «Que prendan a Fulgencio y (p.6359) le registren bien la celda.. que prendan a la Monja y la registren.. sin respetar ni celda, ni ropas, ni relicarios, ni altaritos, ni llagas..

-Con todo eso, amiga mía, más fácil será encontrar una aguja en un pajar que la verdad en un monasterio.

-Que prendan a Rodón, Secretario del Rey..

-¿No será más culpable su Gentilhombre, el hermano de la Monja?

-Quiroga, que no tiene más ambición que la de las cruces y cintajos, no es hombre de travesura.. Pero nada se pierde con ponerlo a la sombra.. El primero a quien deben echar mano es un señor Taja, administrador de las huertas y lavaderos del Príncipe Pío, posesión Real cedida en usufructo al Infante D. Francisco..

-¿Has dicho Taja? ¿No faltará a ese apellido la primera sílaba? ¿No es Re-Taja, Mor-taja?

-No.. Taja no más. Y para que la redada sea completa, caigan también el hermano de ese señor y su mujer, ujier él, si no estoy equivocada, azafata ella: viven en los altos de Palacio.

-Esos nombres, esos Tajas masculinos y femeninos -dije yo redoblando la atención que en la dictadora ponía-, no son desconocidos para mí: en mi mente están días ha, relacionados con otro asunto, que no pertenece a la Historia de España; aunque sí, puede que sea de lo más nacional, de lo más histórico.. Dime: ¿no es criado, o subalterno de ese Taja que sirve al Infante, un viejo llamado Ansúrez, de aspecto noble..?

-No sé su nombre; pero he visto al anciano gallardo, de barba blanca y figura señoril. Dos veces me ha traído cartas del Taja, y por conducto de él he mandado la contestación.

-¿Y tú sabes.. haz memoria, rebaña bien en tus recuerdos.. sabes algo de una hija de ese viejo noble, guapísima, de extraordinaria belleza?

-Algo de una moza muy linda oí.. ¿a quién?.. a Fulgencio.. quizás al propio Taja.. pero no puedo asegurarlo. Novicia fue según creo, antes de servir a los Tajas.. O me engaño mucho, o algo me dijeron de que por segunda vez volvió al convento.. ¿Sabes quién puede darte noticia de esa familia de padres nobles barbudos y de hijas como estatuas? Pues tu hermana (p.6360) Catalina.

-¿Y dónde está mi hermana Catalina?

-No sé: si estuviese en Madrid, ella sería, y no te ofendas, una de las primeras que yo señalaría a los corchetes del Sr. Zaragoza..

-¡Estás loca!.. ¡Mi hermana!

-Sí, sí: no me vuelvo atrás de lo dicho.. Si te asustas de oírme, culpa a mi calentura, que con el mucho hablar se me enciende más y acaba por trastornarme.

-Y a mí. Me has pegado tu fiebre.

-Pues vete.. Yo estoy atroz.. los dos deliramos. Empiezo a ver visiones.

-Yo también.. Veo la historia interna de los pueblos, la historia verdad, representada en una mujer vestida de ninfa, de diosa.. no diré que sucia, sino empolvada, de andar por estos caminos de la vida española, secos, tortuosos, ásperos..

-Pepe mío, si has de ponerte malito, vete a tu casa, que bastantes enfermos tengo yo en la mía.

-Sí, me voy.. Adiós.. duerme..

-Adiós.. No olvides mi encargo. Prender, registrar bien..».

Salí: hasta que pude respirar el aire fresco, calle adelante, no me sentí sereno, en disposición de apreciar las cosas en su sentido y aspecto real. «Taja, Taja, Taja..». Esto repetía yo, y las dos sílabas pronunciadas por mi boca, me sonaban como un idioma de salvajes.. Ya veía más claro en el asunto que periódicamente me enfermaba con penosísimas efusiones.. Ya la fugitiva imagen de Illipulicia no burlaba mi persecución; ni le valdrían sus disfraces, manola gallarda o franciscana monja, para perderse en las tinieblas. Cerca venía ya, y con ella se juntaba, sin confundirse, otra ideal figura, la majestuosa y gentil Reina, próvida de todos sus tesoros, enamorada del bien y de su pueblo.. Las dos andaban hacia mí, sin que yo pudiera decir cuál venía delante y cuál detrás, cuál de las dos guiaba y cuál se dejaba conducir.

Deliré aquella noche.. así me lo dijo mi mujer.. Pero antes que os hable de mi delirio, dejadme que acabe el cuento histórico.

 

Ep-32-XXXI -

Si recibió la vida el Gabinete Relámpago en la Cámara del Rey, el golpe de muerte se lo dio María Cristina en su propio palacio, donde tuvo con Isabel II una larga encerrona. ¿Qué le diría? Lo (p.6361) adivino. El meollo del extenso sermón de la Reina Madre no pudo ser más que este: «Hija querida, se puede hacer todo.. todo precisamente no, pero bastante sí; se puede hacer mucho. Lo que no puede de ningún modo hacerse es lo que has hecho». Grabadas en mi mente la mirada y la sonrisa, el rostro hechicero de Su Majestad; grabado también en mí su pensamiento por la honda estampación de sus facciones; metido su carácter dentro de mi ser, y sintiendo lo que ella siente, expresaré la idea de que Isabel II, sin conocimiento del Régimen, que nadie le ha enseñado; sin conocimiento del pueblo que rige, más que por las vagas impresiones que llegan hasta ella, hizo lo que hizo movida del miedo y sabiendo que hacía un disparate. La calidad, la intensidad de aquel miedo es lo que no llego a penetrar todavía; pero he de poder poco, o yo conoceré ese estímulo de las regias acciones.. La madre ha debido de decirle: «¿Por qué antes de cometer esa barbaridad no hablaste conmigo y con el mismo Narváez? Entre los dos habríamos hallado un medio de sacarte del conflicto». Seguramente, Isabel, más fuerte en el sentir que en el razonar, no responde a su madre, y con infantil silencio, los ojos bajos, da a entender que reconoce su error y espera un buen consejo para enmendarlo. La madre (hablo como si lo oyera) le dice: «Hija mía, a grandes males, grandes remedios. Faltas nacidas de inmensas tonterías son más difíciles de corregir que las que nacen de un error del entendimiento. Pero hay que hacer frente a ellas, y corregirlas sin reparar en sacrificios del amor propio y aun de la misma dignidad. Hasta la dignidad debe ponerse a un ladito para componer estas roturas.. Fuera miedo: vete pronto a Palacio; llamas a Narváez y le encargas de formar el Ministerio lo mismo que estaba, o como él quiera. Por hacer un poco de papelón, él se negará.. se pondrá unos moños de este tamaño.. Te dirá que el poder le fatiga.. ¡y sin el poder no puede vivir!; te dirá que llames a otros hombres; que él no tiene inconveniente en apoyar a esos hombres por servirte.. ¡y lo que (p.6362) hará es rabiar como un perro si llamas a otros! No; por hoy no hay aquí más hombres que él y su cuadrilla.. Más adelante se verá.. Tú no hagas caso de los escrúpulos que ha de sacar: son fingidos y mentirosos.. Hará la comedia de despreciar lo que más desea. Tú te aguantas, insistes, haciéndole creer que le tienes por necesario.. y nada. Verás cómo Narváez te desenreda esta gran madeja que has enredado tú.. Ánimo, hija mía, y a Palacio.. Yo iré contigo y estaré al cuidado de ti, no sea que desbarres otra vez..».

Los que agazapados en la Mayordomía Mayor vimos a Narváez entrar en Palacio, no dudábamos de que saldría Presidente del Consejo, por más que la conferencia con Isabel, larga como la Cuaresma, pudo despertar en los más impacientes algún recelo. A las diez llegó Sartorius, llamado para el refrendo, llevando de secretario particular a mi hermano Agustín, y poco después vimos pasar la desconsolada figura del Conde de Cleonard. Expliconos mi hermano la tramitación que había de llevar a la Gaceta las formas legales e históricas. Cleonard daría la estocada a su propio Ministro de la Gobernación, D. Trinidad Balboa; entregaría después los trastos al Conde de San Luis, y este, con la simple puntilla, remataba prontamente a todo el intruso, llagado y relampagueante Ministerio, restablecida la íntegra cuadrilla del diestro de Loja. Lo que no nos contó Agustín, que no pudo presenciarlo, y sí el Gentilhombre, Marqués de Torralba, testigo de la escena, fue la cruel expresión que Narváez, rara vez comedido en la victoria, arrojó a la cara del vencido D. Serafín María de Matta, Conde de Cleonard, cuando este se retiraba de la Cámara regia: «Ahora, váyase usted a descansar de sus fatigas». No eran flojas las que debió de pasar el hombre, llevado a tales trotes por monjas y clérigos, él, maduro ya, militar de valía, más distinguido en la técnica que en guerreras campañas, persona, en fin, merecedora de respeto.

Todo quedó, pues, enmendado en la noche del 20 al 21, y al feísimo desperfecto político se le puso un parche, o se le echó un zurcido, (p.6363) para que los tiempos futuros no lo conozcan; intento inútil, pues aunque buena zurcidora es la reina Cristina y no tiene Narváez malas agujas, entre todos no han podido disimular el desgarrón ni esconder sus hilachas.. No eran aún las doce cuando me fui a la Presidencia, donde Narváez recibía plácemes por su nuevo triunfo, y humaradas de incienso de los aduladores, que en aquella dichosa ocasión horrorosamente se multiplicaban. El Presidente, Sartorius y D. José Zaragoza estaban encerrados. Por mi hermano supe que serían reducidas a prisión aquella misma noche las siguientes personas: Sor Patrocinio, el Padre Fulgencio, el Sr. Rodón, Secretario del Rey; el señor Quiroga y otros, y que se efectuarían no pocos registros domiciliarios en casas muy principales. Impaciente por hablar con mi D. Ramón, busqué y hallé un medio de romper la consigna, llegándome a donde los ejecutores de la ley estaban con las manos en la masa, ávidos de castigo, de venganza, de sentar en los huesos de todo culpable, o que lo pareciera, los nudos más duros del garrote de la autoridad. De la mente de Narváez salía centelleando el famoso Principio; con ráfagas de él forjaba San Luis los rayos, y Zaragoza, juntándolos en haces y probándoles las puntas, se relamía de gusto y pedía más, siempre más..

Con palabra rápida y festiva conté al Espadón el saladísimo chasco de D. Saturno y el trágico furor de mi amiga, la rociada de improperios con que obsequió al escolapio, y por fin, el donoso zapateado que bailó sobre el sombrero de teja. Las carcajadas del General retumbaron con tal estruendo, que creí oírlas repetidas por todo el edificio, y si no se echó a reír también la cercana Cibeles, poco debió de faltarle. Puesto a referir, le informé del arrepentimiento de la moruna, del ardor vengativo con que viene a nuestro partido, y de sus opiniones acerca del obscuro resorte empleado para vencer y anonadar la entereza de la Reina. Si todo lo oyó Narváez con regocijo, esta última referencia le movió a fruncir el ceño y a soltar de sus ojos una (p.6364) centella de ira, que me hizo temblar. Sobre cuanto dije hizo observaciones muy vivas; mas sobre aquello puso la losa de su silencio, y sobre la losa trazó un rayo..

«Amigo Zaragoza -dijo Narváez transmitiendo al Jefe Político las ideas que le sugerí tocantes a prisiones-. Agregue usted a la lista esos Tajas.. el que administra la posesión del Príncipe Pío..

-Ya está--replicó Zaragoza-; pero se trata de otros Tajas, de un matrimonio que vive en Palacio.. ¿No es eso?

-Justamente.. Y no estará de más, Don José -indiqué yo-, que sea buscado, cogido, interrogado, un tal Jerónimo Ansúrez, viejo de aspecto noble, que tiene una hija muy guapa..

-Este pollo -dijo D. Ramón con salero-, quiere que la policía se ponga al servicio de sus galanteos, y que le haga una leva de todas las mozas de buen trapío».

Apuntados los Tajas y los Ansúrez por la mano del Jefe Político, que rasgaba el delgado papel añadiendo nombres a la preciosa lista, volvió el General al recuerdo de Eufrasia y de su furibundo rompimiento con los del Relámpago. «Esa diabla no será molestada en lo más mínimo -me dijo-. No me pesa tenerla por aliada, pues es más viva que la pólvora.. Y del título, ¿qué?.. Por mi parte, pasado algún tiempo, no habrá inconveniente en concedérselo».

A mi casa me fui caviloso y con fiebre, que sin duda me había comunicado la morisca, y mi mujer me encontró mal, tan mal como en la famosa noche del encuentro de Lucila en San Ginés. Dormí con frecuentes intervalos de insomnio angustioso, y no sé si deliraba más dormido que despierto. Respetando mi turbación en los ratos de desvelo, María Ignacia no me interrogaba; pero viéndola yo, al apuntar el día, dar vueltas junto a mí con maternal cariño, más atento a mi sosiego que al suyo, la llamé a mi lado y le dije: «No es nada, chiquilla: es eso que padezco, la efusión de lo ideal.. y todo proviene de que hay un arte que yo debí cultivar y no cultivo..

-El arte que echas de menos será el estudio de lenguas antiguas o salvajes, porque toda la noche has estudiado conjugando (p.6365) los verbos caribes, que dicen: Taja, taja, taja.

No, mujer. No pienso yo en lenguas sabias; ni el arte mío perdido es la escultura, ni la música, ni la poesía: es la Historia interna y viva de los pueblos.. Esa Historia no puedo escribirla.. Para conocer sus elementos necesito vivirla, ¿entiendes? vivirla en el pueblo y junto al trono mismo. ¿Y cómo he de estudiar yo la palpitación nacional en esos dos extremos que abarcan toda la vida de una raza..? ¿No ves que es imposible? El ideal de esa Historia me fascina, me atrae.. ¿pero cómo apoderarme de él? Por eso estoy enfermo: mi mal es la perfecta conciencia de una misión, llámala aptitud, que no puedo cumplir..». Tuve bastante tino para contenerme y callar en el momento de sentir el chispazo de una idea que podría lastimarla. La idea era esta: «El hombre que no lucha por un ideal, el hombre a quien le dan todo hecho, en la flor de los años, y que se encuentra en plena posesión de los goces materiales sin haberlos conquistado por sí, es hombre perdido, es hombre muerto, inútil para todo fin grande». Callé. Ignacia me dijo:

«Pues todo eso de la Historia interna, de arriba y de abajo, lo vamos conociendo sin andar a vueltas con ideales y fantasías. Nos basta con tener oídos y ojos.

-¿Qué has de ver ni oír tú, pobrecilla, ni yo, ni nadie?.. ¡El vivir del pueblo, el vivir de los reyes! ¿Quién lo ha podido penetrar y menos escribir?

-Pues bien al tanto estamos de lo que pasa estos días. ¿Qué ha sido ello? Que nuestra simpática Reina, engañada por esos señores que venían a casa, y por otros, quiso cambiar de Gobierno. Luego llegó la Madre y le dijo: «Isabel, eso está mal hecho». La pobrecita no sabe todavía el oficio; pero ya lo irá aprendiendo.. En fin, que ello ha tenido un buen arreglo, como en las comedias.

-Me confirmo en que sólo conoces la superficial apariencia, la vestidura de las cosas. Debajo está el ser vivo, que ni tú ni yo conocemos. Es lo histórico inédito, que dejaría de serlo si yo pudiera cultivar mi arte.

-¡Qué tonto! No hay más que lo que se ve. ¿Qué hablas ahí del fondo de las cosas, y de (p.6366) seres vivos que se ocultan? Todo se reduce a que esos caballeros querían mandar, disponer de los destinos públicos para sus paniaguados, y no pudieron valerse de otro resorte que el que les dio la influencia del Rey.

-Si lo sucedido fuese tan vulgar no valdría la pena de contarlo. Hay algo más.

-Hay, ya lo sé, que estos tales son los carlistas derrotados, el eterno Pretendiente absolutista, que no ceja. Lo desarman en los campos de batalla, y acá se viene y trata de infiltrarse.. Lo que no consiguió con la guerra lo intenta con el milagro. Ya ves: ha empezado por procurarse una monja con llagas.. ¡Vaya una porquería!

-¿Y por qué tiene poder esa monja?

-Porque es una embaucadora lista, y hace creer a muchos, mentira parece, que está inspirada por Dios.

-Si hace creer eso no es una mujer adocenada.

-Tienes razón: vulgar no es. Talento muy sutil se necesita, y un gran saber de cosas místicas, para engañar con su falsa santidad al Rey y a la Reina.. Y yo digo: ¿me engañaría también a mí si se lo propusiera? Me da miedo pensarlo.. No, no, a mí no me engañaba. Aunque parezco tonta, no lo soy: ¿verdad, Pepe? En esta cabeza mía no entran tales paparruchas. ¡Ay, Virgen del Carmen, si me oyeran mis padres y mis tías..!

-Tus tías y tus padres viven de ficciones; tú, si no posees la verdad, la vislumbras, ves el camino por donde a ella se va..

-Veo que los caminos de esa gente codiciosa y milagrera no son los de Dios».

Al oír estas palabras de mi mujer, vinieron a mi memoria (¡oh misterioso contacto de las ideas en nuestra mente!) los dos tercetos del soneto que corría por Madrid, y con cierto júbilo hube de recitarlos.

¿Cuestión de religión lo que es de clínica?

¿Y darnos leyes desde el torno? ¡Cáscaras!

Esto no se tolera ni en el Bósforo.

Mas si la farsa demasiado cínica

Se repite, caerán todas las máscaras,

Y arderá España entera como un fósforo.

-Cálmate, Pepe, y suprime por ahora los versos -me dijo María Ignacia arropándome cariñosa-. Tienes fiebre.

 

Ep-32-XXXII -

24 de Octubre.- Muy tarde me levanté el 21, (p.6367) y antes de salir de casa, me informaron de que el Gobierno funcionaba con perfecta regularidad, y de que se habían efectuado las prisiones. A Balboa le mandaban a Ceuta, en posta; al Secretario del Rey le despachaban para Oviedo; a Quiroga, para Ronda. El efímero Presidente del Consejo no había sido preso, pero sí separado de la Dirección del Colegio Superior Militar. Los cuitados Manresa y Armesto, padecieron tan sólo el sustillo de una detención, después de la cual se les mandó a casa.. Del Padre Fulgencio supe que se le había llevado al Gobierno civil, mientras la policía le registraba minuciosamente la celda. Luego me enteré de que se le encontró un cajoncito con bastante dinero en oro y billetes del Banco, y un retrato suyo vestido mismamente de obispo, con báculo, mitra y pectoral, en actitud de dar la bendición. El revoltoso clérigo se daba el solitario gusto de anticipar, por medio de una mala pintura, su elevación al episcopado, que era el ensueño de su vida y la meta de sus ambiciones. Se decía que le mandaban a la casa que los Escolapios tienen en Archidona.

Si en estos escarmientos iban de prisa las autoridades, aún no habían podido poner la mano sobre la venerada y llagada Monja, por estar metida en clausura. Narváez, que tan valiente parece, y realmente lo es frente a demagogos, progresistas radicales y conspiradores del estado laico, anda con pies de plomo allí donde puede tropezar con el fuero de la Iglesia. Su famoso Principio de autoridad, fulminante espada contra los perturbadores del orden en las calles o en la tribuna, se convierte en caña frente a la obscura facción fortificada en conventos, sacristías o beaterios.. Más fácil era, pues, tomar las formidables alturas de Arlabán que forzar los enmohecidos cerrojos del claustro de Jesús. Puedo dar fe, por haberlo presenciado, de la confusión y rabia de D. José Zaragoza, que por temperamento habría cumplimentado en un santiamén las órdenes de apoderarse de la Monja, y por disciplina no podía salirse del estrecho camino de la legalidad eclesiástica. (p.6368) El hombre bufaba.. era un gato, a quien se ordenaba que se pusiese guantes para cazar el ratón.. Sartorius, aún más que Narváez, quería que, tratándose de contener y escarmentar a personas religiosas, se procediera con la corrección más exquisita. Los que en todas sus campañas por el Orden eran incorrectos, autoritarios, y no reconocían obstáculo ni miramiento, en aquella empresa contra sus mayores enemigos procedían con tanta parsimonia como delicadeza, de lo que resultaba que el gran Principio era burlado y escarnecido por los delincuentes, y estos a la postre resultaban los verdaderos poseedores de la Autoridad.

Acordado el destierro de Patrocinio, no era dable llegar hasta ella sin que el Ordinario permitiera la violación de clausura, y el Ordinario no podía disponerlo sin previo consentimiento del Vicario de la Orden. He aquí, pues, a mi Jefe Político, mordiendo los guantes que aprisionaban sus rapantes uñas, y corriendo a contarle sus cuitas a D. Ramón, que soltaba todos los registros de su cólera blasfemante, sin resolverse a embestir como de ordinario suele. Ante la majestad religiosa, la de la ley se achicaba y sucumbía. Desesperado y reconociendo su impotencia, el Espadón clamaba: «Tráiganme todos los ejércitos carlistas, y me batiré con ellos; pero no me pongan frente a monjas, protegidas por vicarios». En suma, no era ni Buey ni Liberal, y por no determinarse a ser ambas cosas, o siquiera una, ha dejado tan incompleto y deslucido su papel histórico.

Mientras esto se resolvía, en el transcurso de las horas del 21, me fui en busca de mi buen Gambito, el pobre de San Ginés, y le encontré, sí, pero con tal turbación en la descompuesta máquina de sus nervios, y tan avanzado en su tartamudez, que me vi negro para comprender lo que decirme quería: «Ñor, Cigüela.. vento.. sus.. llagas». Me determino a traducir que Lucila está en el convento de Jesús; pero no sé si debo creer que también tiene llagas, o que simplemente está donde las hay para edificación de los creyentes. Gambito vuelve a tomar la palabra, o el tartamudeo, y (p.6369) continúa esclareciendo mis dudas, o aumentando mi turbación: «Santismas llagas, ñor.. Güela convento.. Sor y Sores.. Taja preso..». Si de esta horrible jerga sale una verdad, la presencia de Illipulicia en el claustro de Jesús, no he perdido el tiempo, ni es tan imperfecto el órgano de información que en mi provecho explora lo desconocido..

Por la tarde, hablé con Zaragoza, que ya parecía loco, de la contrariedad que le causaba su infructuosa cacería monjil. Narváez, a quien vi después, ponía el grito en el Cielo descargando su verbosidad injuriosa sobre toda la Corte celestial. Avanzada ya la noche, se obtuvo el consentimiento del Vicario; pero.. A cada paso por tan escabrosa senda, tropezaban los aburridos gobernantes con una nueva dificultad. Exigía el Vicario que se le presentase una orden del Nuncio.. Ved al pobre Zaragoza camino de la Nunciatura, con medio palmo de lengua fuera. Ya Narváez, en el paroxismo de la rabia, hablaba de fusilar al primer magnate religioso que se le pusiera por delante. Bien sabían ellos que el Espadón no haría nada.. Dejaría de ser poder si lo hiciese.. Por fin, trajo Zaragoza el consentimiento del Nuncio; pero..

Pero no haría nada mientras el señor Ministro de Gracia y Justicia no le dirigiese una comunicación exponiendo los motivos en que se fundaba el Gobierno para quebrantar la clausura.. Narváez alcanzó el techo con las manos, y se desahogó en sucias imprecaciones, no sólo contra el Nuncio, sino contra la madre de tan venerable señor, contra el padre, los abuelos y toda la familia.. Ya iba comprendiendo que su autoridad en aquel caso era irrisoria, y que las limitaciones del poder que representaba ponían a este bajo las sandalias de poderes más altos. No hubo más remedio que correr al domicilio de Arrazola, sacarle del lecho, y hacerle extender de prisa y corriendo la comunicación que había de ser llave de la voluntad de Monseñor Brunelli, para que éste abriese la del Vicario, y el Vicario la del Ordinario, y este descorriera sin violencia los claustrales cerrojos.

A la madrugada del 22, toda la (p.6370) tramitación jurídico-eclesiástica parecía terminada, y Zaragoza fue al convento decidido a romper las puertas si se le oponían nuevos obstáculos. Pedile permiso para acompañarle, disfrazado de corchete, en la interesantísima diligencia que a efectuar iba, y me dijo que no necesitaba ningún disfraz ni disimulo de mi persona; que bien podía ir en su compañía como empleado de la Jefatura, y que si era mi deseo sacar del convento monja o novicia, podía sin temor hacerlo, pues ya le tenían tan frita la sangre las señoras franciscanas, que se permitiría la venganza de no mirar por ellas si tocaban a violar, o si alguien promovía la desbandada del místico rebaño. En la plazuela de Jesús había gran gentío esperando la función sabrosa y gratuita: hombres de ideas exaltadas, restos de los disueltos clubs, manolas y mozos crúos, el público de las ejecuciones de pena de muerte y de todo espectáculo callejero. Supimos que antes de llegar el Jefe Político no faltó quien propusiera quemar el monasterio: corría entre la multitud el notición de que Patrocinio había intentado envenenar a la Reina con unas rosquillas, y en este y el otro grupo se repetían los versos:

¿Cuestión de religión lo que es de clínica,

y darnos leyes desde el torno? ¡Cáscaras!..

Media hora larga transcurrió antes de que se nos franqueara la puerta mayor del convento de Jesús. Un clérigo casi enano entraba y salía, y habría estado saliendo y entrando hasta el amanecer si Zaragoza no pronunciara, como pronunció, y con toda energía, la última palabra de la tramitación y de los pretextos y largas para ganar tiempo. Penetramos al fin, Zaragoza bufando, yo con una emoción que fue de las más intensas que he sentido en mi vida.. Pasamos a un ancho recinto donde estaba el torno. A la voz de trueno del Jefe Político abriose otra puerta cuyos goznes gimieron; a lo largo de un obscuro pasadizo llegamos al claustro, donde vimos a toda la comunidad en fila, alumbrada por faroles que tenían unas monjas, por cirios en manos de otras. Era un hermoso cuadro de ópera seria, extremadamente seria. No faltaba más (p.6371) que el canto. Dijo la primera palabra Zaragoza con voz que empezó un tanto brusca y acabó por ser comedida.. Siguió un corto silencio, durante el cual busqué con ansiosa mirada la imagen de Lucila entre los fantasmas de azul y blanco que componían el coro. No la vi; volví a recorrer de un extremo a otro la fila.. Mas no había claridad suficiente para el examen de tantos rostros, y alguno de estos, situado en último término, ocultaba sus facciones en la penumbra. La que claramente vi, por ser la que más descollaba, fue la famosa Patrocinio, cuyo semblante iluminaban los cirios próximos. Era de extraordinaria blancura, y afectaba o tenía serenidad grande. En verdad que la Monja de las llagas me pareció hermosa, y su grave continente, su mirar penetrante y la tenue sonrisa plácida con que acentuaba la mirada, eran el exterior emblema de un soberano poder político y social. Sus manos con guantes blanquísimos parecían de mármol: en ellas sostenía una imagen pequeña, la Virgen del Olvido, como ofreciéndola en adoración a los que profanábamos la santa casa.

Oí la voz de Zaragoza, dirigiéndose a la Sor con gran mesura; mas sin atender a lo que decía, eché mis ojos a lo largo de la fila buscando lo que más me interesaba, y en esto vi al extremo izquierdo unos ojos negros, que me turbaron y estremecieron. No me miraban a mí, sino a la llagada Monja con supremo interés fraternal. Era mi hermana Catalina.. En contestación a lo que Zaragoza le dijo, la de las llagas pronunció alguna frase mística que no entendí: tanta unción y misterio quiso poner en ella. Si en efecto era una embaucadora, prodigioso arte desplegaba para el dominio de los que caían bajo su mano milagrera.. Busqué de nuevo a mi hermana, y la vi andar con lento paso hacia el centro de lo que llamo coro, por delante de la primera fila de religiosas. Sor Patrocinio, que a cada instante descollaba más por su estupenda blancura, por su serenidad y el perfecto histrionismo de sus actitudes hieráticas, dio un paso hacia mi hermana diciéndole: «Hija mía, (p.6372) salgamos».

Acudieron a besarle las enguantadas manos todas las monjas, y en este desfile pude examinarlas a gusto, rostro por rostro, sin que ninguno se me escapara. No vi a Lucila: alguna vi que podía ser ella desfigurada de cara y talle por el hábito y la toca; mas no era fácil comprobarlo.. Miré de nuevo.. No la vi; no estaba: casi, casi tenía de ello completa certidumbre. Mi hermana pasó muy cerca de mí sin verme: no concedía el don de su mirada a ninguno de los que presenciábamos el acto. Salieron las dos, y Zaragoza, que iba detrás, me cogió de un brazo para llevarme consigo, lo que sentí mucho, porque me habría gustado quedarme un poco más, apurando mi examen de monjiles rostros. Salimos. Vi que Patrocinio y mi hermana entraron en un coche de posta que aguardaba en la calle; que tras ellas entraba también un clérigo, al cual yo no había visto hasta aquel instante, y tras el clérigo un seglar, que era, sin duda, delegado de policía. El coche partió por la calle del Fúcar. Luego supe que las dos monjas con su Virgen del Olvido iban camino de Badajoz.

Entre la satisfacción y el desconsuelo se compartía mi alma. Si había yo visto un hermoso cuadro de la vida española, faltábame ver el corazón y la interna fibra de aquel extraño asunto. «¡Y pensar -me dijo Zaragoza sombrío, cuando nos retirábamos-, pensar que ni con estos rigores ni con todos los de la Inquisición, si los empleáramos, llegaríamos a conocer la verdad..! quiero decir, el resorte principal, el nervio de este negocio».

Callé meditabundo. Sin saber de dónde venían, yo sentía esperanzas que aleteaban cerca de mí. La verdad estaba próxima: yo la descubriría pronto, yo encontraría la representación viva del alma española. Lucila se acercaba. «No ceso de pensar en esa verdad que se nos oculta», me dijo Zaragoza: y yo a él: «Pienso en lo mismo, Don José.. y espero llegar a ella, descubrirla, dominarla, poseerla..». Amanecía.

 

FIN DE NARVÁEZ

 

 

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(EPISODIO 33)

LOS DUENDES DE LA CAMARILLA

 

Ep-33-I -

Medio siglo era por filo.. poco menos. Corría (p.6373) Noviembre de 1850. Lugar de referencia: Madrid, en una de sus más pobres y feas calles, la llamada de Rodas, que sube y baja entre Embajadores y el Rastro.

La mañana había sido glacial, destemplada y brumosa la tarde; entró la noche con tinieblas y lluvia, un gotear lento, menudo, sin tregua, como el llanto de las aflicciones que no tienen ni esperanza remota de consuelo. A las diez, la embocadura de la calle de Rodas por la de Embajadores era temerosa, siniestro el espacio que la obscuridad permitía ver entre las dos filas de casas negras, gibosas, mal encaradas. El farol de la esquina dormía en descuidada lobreguez; el inmediato pestañeaba con resplandor agónico; sólo brillaba, despierto y acechante, como bandido plantado en la encrucijada, el que al promedio de la calle alumbra el paso a una mísera vía descendente: la Peña de Francia. Ánimas del Purgatorio andarían de fijo por allí; las vivientes y visibles eran: un ciego que entró en la calle apaleando el suelo; el sereno, cuya presencia en la bajada al Rastro se advirtió por la temblorosa linterna que hacía eses de una en otra puerta, hasta eclipsarse en el despacho de vinos; una mendiga seguida de un perro, al cual se agregó otro can, y siguieron los tres calle abajo.. En el momento de mayor soledad, una mujer dobló con decidido paso la esquina de Embajadores, y puso cara y pecho a la siniestra calle, sin vacilación ni recelo, metiéndose por la obscuridad, afrontando animosa las molestias y peligros del suelo, que no eran pocos, pues donde no había charco, había resbaladizas piedras, y aquí y allá objetos abandonados, como cestos rotos o montones de virutas, dispersos bultos que figuraban en la obscuridad perros dormidos o gatos en acecho.

Que la mujer era joven se revelaba en la viveza de su marcha, y en la gracia exquisita de aquel paso de baile con que sus pies ligeros sabían evitar las mojaduras y asentar en los puntos más sólidos. Tan pronto se arrimaba a las casas de la derecha como a las de la izquierda, con pericia de práctico navegante. Las gotas de lluvia (p.6374) bailaban en los charcos, produciendo un punteado luminoso: era la única claridad que permitía discernir los contornos de aquel archipiélago, y precisar sus sirtes engañosas o el seguro de sus islotes. La moza, que tal era sin duda, pues no hay disfraz que disimule la juventud, iba totalmente vestida de negro, falda y pañuelo de manta del color de la noche, lo mismo que el pañuelo de la cabeza. Sólo llevaba color chillón en los pies, calzados con zapatos o borceguíes rojos, de un tono vivo de púrpura, como la sotana de los monagos. Esto era en verdad singularísimo, y cuando se levantaba la faldamenta, no tanto para evitar el lodo, como para tener mayor desembarazo en sus ondulaciones coreográficas, el paso de la consabida mujer hacía pensar en artes y travesuras de brujería.. En la pendiente de la calle estaba ya, donde los baches y pedruscos entorpecían más el perverso camino, cuando vio sombrajos de personas que subían del Rastro. El recelo y la curiosidad la detuvieron; se metió detrás de un esquinazo para observar. Su actitud habría podido trasladarse al lenguaje común sin más literatura que esta sencilla interrogación: «¿Serán..?». Parecía que se tranquilizaba oyendo y reconociendo sus voces; y cuando les vio escurrirse por la Peña de Francia, descender aprisa dando tumbos, por lo que más parecía torrente que calle, y sumirse por un agujero, como alimañas que habitan en los cimientos de los edificios, la moza recobró completamente su tranquilidad. Los chapines rojos, que eran lo único de ella que en aquel silencioso navegar hablaba, dijeron claramente, brincando de guijarro en guijarro: «No hay cuidado; son..». A poco de esto, empujaba una puerta, en la acera derecha, y se metía en un antro..

El cual no era otra cosa que un vasto depósito de puertas, ventanas, balcones, rejas y persianas, despojo de casas derribadas, todo ello, por obra de la obscuridad de aquella noche tristísima, convertido en aglomeración de formas durmientes. Dormían las filas de puertas ordenadas por tamaños, como inmensos tomos (p.6375) de interminables enciclopedias; dormían los que fueron balcones y ya parecían jaulas; dormían las rejas, que ya eran como descomunales parrillas para el asado de bueyes enteros. Peor estaban aquellos pisos que los de la calle, porque junto a la entrada se había formado una laguna de riberas lejanas, desconocidas. Pero la viajera de los rojos escarpines, que ya dominaba la orografía de aquellos lugares, se escabulló lindamente con viradas o quiebros oportunos, hasta que arribó al puerto.. Vio luz, entró bajo techo, y una mujer o señora, que esto no podía definirse aún, le tocó la ropa y con lástima cariñosa le dijo: «Vienes caladita. Vete a la cocina y sécate, y come alguna cosa, mujer». La de los zapatos colorados respondió con una fórmula de gratitud, añadiendo que no podía entretenerse.. Fácilmente se comprendía que una mayor querencia que el secarse y comer solicitaba con imperio su voluntad. «Vete, vete pronto arriba -le dijo la que sin duda era dueña de la casa-. Estás deshecha por llegar pronto, y hartarte de mimo.. ¡Ay, hija! la juventud es un gusanillo que pide ilusión y tienes que dársela: si no, te come toda la vida. Más vale suspirar de joven por enamorada que de vieja por desconsolada. Aprovecha el tiempo, que vuela, hija, llevándose las ocasiones, y el muy perro se las guarda para que no puedan volver..». Más dijo, más quiso decir, revelándose en tan corto instante como habladora sin tasa; pero la otra, que ya conocía y padecer solía el torbellino de sus vanos discursos, no la dejó aquella noche asegurar la hebra, y extremando sus prisas impacientes dijo: «Señá Casta, con permiso.. déjeme subir, que vengo retrasada y estará con cuidado».

Sin dar espacio a más razones metiose por un pasillo anguloso, saludó a una criada, acarició a dos niños que de los aposentos alumbrados y calentitos salían a verla, y por una puerta próxima a la cocina humeante pasó a otro patio más pequeño que el primero, y como aquel, húmedo, tenebroso, atestado de material de derribos, predominando los fragmentos de altares, de púlpitos y (p.6376) demás carpintería eclesiástica. Por la estrecha calle que las pilas de aquellos nobles vestigios dejaban al tránsito, se escabulló con ligereza hasta dar con una escalera por la cual subió, como si dijéramos, de memoria, palpando y reconociendo con manos y pies. De ladrillo y nada corto era el primer tramo. Torciendo a la derecha encontró la moza el segundo, de madera, interminable serie de peldaños temblorosos y gemebundos, sin ningún descanso, sin vuelta, todo seguido, seguido, en fatigante línea recta trazada en los senos de la pesadilla. La última parte de aquella lucha opresora con las alturas iba por descubiertos espacios. Mirando hacia abajo se veía el patio grande, parte de la calle de Rodas, y a la izquierda patios de casas domingueras, en cuyas celdas se veían claridades, y a lo largo de los corredores o en las entornadas puertas sombras movibles. Rumor de humanidad subía también, y un cuchicheo de la vida afanosa requiriendo el descanso nocturno..

Vencido el último escalón encontrose la mujer en un secadero de pieles, que antes de ser visto se denunciaba por el olor nauseabundo. Pasó la viajera, conteniendo el aliento, por los bordes del tenderete, y llegó a una como azotea, secadero abandonado y en ruinas, conservando los pies derechos que habían sostenido su techumbre. Allí se detuvo un instante para tomar resuello y meter aire limpio en sus pulmones. Vio el patio de otra casa de corredor, correspondiente a la calle de la Pasión, y por costumbre de mirar al cielo en tales alturas echó atrás la cabeza con movimiento de astrónomo. Pero el cielo, que otras noches desplegaba su soberana hermosura sobre este montón de miseria y porquería en que vivimos, aquella noche parecía espejo en que se retrataba lo de abajo, un fangal sucio, tenebroso. Arreciaba la lluvia en aquel instante, y el agua, escurriéndose aquí, goteando allá, buscando presurosa todos los caminos y conductos que la condujeran a la tierra, hacía los ruidos más extraños. En los apanzados techos mohosos corría un bullicio de arroyuelo campesino, y en las canales rotas (p.6377) entregábase a ejercicios de fontanería burlesca. Los absorbederos en buen uso la paladeaban antes de tragarla.

En todo esto fijó brevemente su atención la de los rojos chapines, buscando en la observación de tales ruidos un alivio al miedo que otros le causaban, como el galopar frenético de ratones en retirada, y el bufido de gatos feroces que les buscaban las vueltas en las entradas y salidas del colgadero de pellejos.. Aún tenía que franquear la moza un paso difícil para llegar al término de su viaje. Pisando tablas rotas, metiose por estrecho espacio entre una medianería y un grupo de chimeneas; llegó al alcance de un ventanón de vidrios emplomados, en parte rotos y sustituidos con papeles, y al reconocerlo por la claridad que los sucios cristales transparentaban, golpeó con los nudillos como anunciando su llegada.. De allí pasó a un segundo hueco, que lo mismo podía ser ventana que puerta, con un batiente de cuarterones y otro de cristalera alambrada: empujó.. Entró como paloma que vuelve al nido.

Era un recinto abohardillado, como de seis varas de largo por tres de anchura; por un extremo, de elevación bastante para que personas de buena estatura pudieran estar en pie, por el otro suficiente no más para un perro de mediana talla.. La entrada de la mujer fue ruidosa: en ella, como un júbilo triunfal; en el que la esperaba, como término de ansiedad expectante. El farolillo que alumbraba la mísera estancia daba la claridad precisa para determinar vagamente los objetos, y no tomar por personas las prendas de ropa colgadas de una cuerda. La moza se adelantó hacia un camastro, que más bien debiera llamarse rimero de pieles, mantas y enjalmas; de aquel diván humilde surgió el busto de un hombre, que abiertos en cruz los brazos, exclamó: ¡Cuánto has tardado, mi alma! ¡En qué ansiedad me has tenido, corazón! No me consolaba más que la idea de morirme esta noche.

-¿Morirte tú, mi Tolomín, sin que tu Cigüela te dé licencia?.. No faltaba más.. -dijo ella sin abrazarle más que con la intención-. Chiquillo, no me abraces tú.. Toca, y (p.6378) verás que estoy hecha una esponja. Déjame que me sacuda..

Diciéndolo, de un tirón desenlazó el pañuelo de la cabeza, quitose el de manta, y ambas piezas colgó en la cuerda de que pendían otras. Luego, risueña, con gracioso brinco, llegose al camastro, y alzando una pierna mostró el chapín rojo puntiagudo: Mia, mia qué pinreles traigo, Tolomín.

-¡Ay, qué bonitos! ¿De dónde has sacado eso? -dijo el hombre tirando del borceguí, que chorreaba.

-Ya te contaré -replicó la moza alargando el otro pie para que lo descalzara-. Pero antes de hablar eso, tengo que contarte otras cosas.. muchas cosas, Tolomín.

Desnudos quedaron los pies de Cigüela, y mojaditos como si hubiera venido descalza. El hombre acostado le tiró de la falda, la obligó a sentarse junto a él, y le secó un pie diciéndole cariñoso: ¡Pobre Güela, los trabajos que ella pasa por su Tolomín!.. Dame ahora el otro: están heladitos.

-Ya se calentarán.. ¡Con sentarme sobre ellos..! Pero antes tengo que arreglarte un poco tu sala, tu gabinete, tu camarín y toítas estas dependencias maníficas, como decimos las manolas, y maggg.. níficas, como decimos las señoritas del pan pringado.. Verás, Tolomín, qué pronto despacho.

-Mientras me ordenas el mechinal, cuéntame lo que pasa en Madrid, que ello habrá sido gordo..

-No pasa nada, hijo..

-¿Cómo que no? Yo he oído tiros.

-Estás soñando.

-Tiros de fusilería, y alguno, alguno de cañón -afirmó el hombre con sincero convencimiento-. Oyéndolos, me dije: 'Ya se armó'. Y como tardabas, pensé que por estar cortadas las calles no podías pasar hacia acá, y también me asaltó la idea de que te cogiera una bala perdida..

-¡Pobre Tolomín!.. Dormido has oído los tiros; que quien despierto sueña con revoluciones y trifulcas, más ha de soñar cuando cierra el ojo.

-No, no: bien despierto estaba cuando oí los disparos de fusilería.. y ello sonaba por esta parte: primero lejos, como en la Puerta del Sol; después más cerca, como en Puerta Cerrada.

-¡Ay, qué engañoso y qué visionero!.. Te aseguro que esos tiros no han sonado más que en tu (p.6379) pobre magín enfermo, y que Madrid está más tranquilo que un convento de monjas.. no, no es buena comparación.. más tranquilo que un cementerio..

-¿De veras no hay barricadas?.. ¡Cigüela!

-Tolomín, no hay barricadas. Las habrá; consuélate con la esperanza. Las habrá.. y tan altas que lleguen a los pisos terceros, si quieres.. Pero lo que es hoy.. ¡Bueno ha estado el día, y bonita la noche para esas bromas! Con las calles mojadas y la pólvora revenida ¿quieres tú jarana?.. Las revoluciones quieren sol, como los toros, y el patriotismo no ha de ser pasado por agua..

-Por decírmelo tú lo creo, que cuanto tú dices es para mí artículo de fe; pero yo estoy bien seguro de lo que oí.. segurísimo.. ¡Pim, pam..! ¡Fuego..! ¡pim, pam..! duro y a la cabeza.. ¡pim, pam!

-Ea, no te encalabrines.. Te volverá la calentura.

-¡Libertad o muerte! ¡Fuego!

-Juicio, mi Capitán.. No estamos tan lejos del mundo, que..

-¡Viva Isabel II!

-¡Chitón!

-¡Viva España, viva la Libertad! Todo esto va contigo, boba: la Reina eres tú; tú eres España, tú la Libertad..

 

Ep-33-II -

Cigüela reía. Lo primero que hizo, al acometer sus menesteres domésticos, fue sacar del bolsón pendiente de su cintura bajo la falda, dos paquetes con envoltura de papel fino cruzada de cinta roja, y ponerlos sobre una caja que servía de mesa. Descalza, diligente, iba de un punto a otro con suma presteza; y sosteniendo la conversación con el aburrido Tolomín, al deber de mirar por su existencia y su salud atendía. En el lado donde era más alto el techo, tenía un anafre, y en sitio cercano provisión de carbón, teas y una caja de fósforos. Encendió lumbre y puso a calentar agua. «¿Qué me has traído esta noche?» -preguntó Tolomín, que no quitaba ojo de los paquetes cerrados con desusada elegancia y finura.

-¡Cosa rica!.. Ya lo sabrás.. Antes tengo que contarte..

-¡Vaya! Pues no gastas poca solemnidad para tus cuentos.. ¡Antes con antes!.. ¿Pero dónde está el principio de tus historias?

-No se debe contar lo segundo sin contar lo primero -dijo Lucila risueña y un tanto maliciosa.

-Pues (p.6380) échame lo primero de una vez.. ¿Dónde estuviste esta noche? ¿Por qué has tardado? ¿Es esto el principio, o dónde demonios está el principio de lo que tienes que contarme?

-¡El principio!.. Cualquiera sabe dónde está el principio de las cosas.

-No te diviertes poco con mi curiosidad. Vamos, ¿a que te acierto de dónde son esos paquetes? Son de la repostería de Palacio.

-¡Huy.. qué desatino!.. ¡Vaya un zahorí que tengo en casa!

-¿Con que no son de Palacio? Pues de las monjas no son, porque esas señoras no envuelven sus regalitos con papeles a estilo de París, sino con papel viejo del que venden las covachuelas, y que parece pergamino, y a lo mejor te trae un pleito de principios del siglo pasado.. Pues a ver si acierto.. Dame los paquetes, a ver si por el olor..

-Luego, Tomín -dijo Lucila cogiendo una jofaina del depósito de loza que en un rincón tenía, piezas diferentes en mediano uso, alguna desportillada, todas muy limpias-. Ahora, caballero, a lavar las heridas.

-¡Ay, ay, qué fastidio! -exclamó Tomín incorporándose-. Pero tienes razón. Si me duele, que me duela. Lávame, cúrame: tus manos de madre me sanarán.

-Y para que mi pobre niño no se devane los sesos con adivinanzas -añadió Lucihuela avanzando con la jofaina, una esponja y trapos-, le diré dónde estuve esta noche.. ¿No me encargaste esta mañana que me viera con mi padre?

-¡Ah, sí!

-¿Y no sabes, tontaina, que a mi padre lo han empleado en el teatro nuevo de la Plaza de Oriente?

-¡Ay.. qué tonto yo! ¡no caer..! Verde y con asa.. Esta noche es la inauguración..

-Y hoy los días de nuestra Soberana.

-«¿No te dije que había oído cañonazos? Pues la verdad, siento mucho que los tiros fueran por Santa Isabel y no por un bonito pronunciamiento. Créelo: más falta nos hace la Libertad que todos los santos del Almanaque, y más cuenta nos tiene una revolución bien traída que el mejor coliseo para ópera y baile».

Penosa era la cura y el poner los nuevos apósitos, después de bien despegados los del día anterior; pero los dedos de Lucila, que en aquel caso clínico se (p.6381) habían adestrado, instruidos por el amor más que por la ciencia, llegaron a adquirir singular delicadeza. El bueno de Tolomín, valiente hasta la temeridad y sufrido cual ninguno en los lances de su militar oficio, era en las dolencias de una flojedad infantil y quejumbrosa. Por cualquier dolor ponía el grito en el cielo, y la sujeción a planes médicos le desesperaba. Conociendo su flaqueza, reservaba Lucila para el momento de la cura todas las referencias humorísticas que tuviera que hacerle, y al contarlas forzaba la inflexión cómica para entretenerle o provocarle a risa. Dígase, para ir construyendo todo el aparato informativo de este personaje, que las heridas eran dos: una de cuidado en la región femoral derecha, de arma blanca; la otra de bala en el antebrazo izquierdo, herida nada grave, aunque lo parecía por la proximidad de unas erosiones molestísimas en el hombro, que interesando los músculos del cuello impusieron al paciente, en los primeros días, cierta rigidez de busto escultórico.

-Ea, ¿ya empezamos con chillidos? -decía Cigüela-. La culpa tengo yo por darte tanto mimo. ¡Si no te duele!.. Ya ves con qué suavidad voy levantando el trapo, después de mojarlo bien con agua templada.. Otro tironcito.. Ya falta poco.. Pues te contaré: Loco de contento está mi padre con su destino en el Teatro que ahora se llama Real.. Me ha dicho que de balde desempeñaría la plaza sólo por rozarse tarde y noche con el cuerpo de baile, y por ser demandadero de las cantarinas, como él dice.

-No me hagas reír.. ¡Ay, ay, que me arrancas la carne!.. ¡Ay!.. No sé cómo me río. Sigue.

-Yo no sé lo que es mi padre allí. ¿Es portero, celador? ¿Corre con la tramoya, con el gas, con la vestimenta? Vete a saber. Me ha contado que nunca creyó que hubiera en el mundo cosa tan bonita como las comedias cantadas. De todas las mentiras del mundo, dice, esta de la comedia con música y en italiano es lo que más se parece a la Gloria.. Y de ello saca que mientras más grande es la mentira y más separada de la verdad, mejor nos da idea del Cielo.

-Que no me hagas reír, Lucila.. (p.6382) ¡Ay, ay!

-En los ensayos se queda como embobado, y cuando oye la orquesta con tantos violines, todos tocando al mismo son, le entran ganas de llorar, de ponerse de rodillas, y de arrepentirse de todas las picardías que ha hecho..

-¡Ay, ay, qué gracioso!

-Dice que oyendo el habla dulce de las italianas, le entran ganas de ilustrarse para entender bien lo que dicen, y ser como ellas pulido y de mucha cortesía.. Y que cuando las tales y otras cuales españolas le mandan con recados para costureras, o para los maestros de música, le entran ganas..

-¡Ay, qué risa!.. Por todo le entran ganas..

-Ganas de servirlas con diligencia, y de adivinarles los mandamientos para cumplirlos, siempre que sean honrados.

-Estarán contentísimos de él..

-«Y él más contento que nadie, porque, según cuenta, en aquel puesto está, noche y día, mano a mano con todo el señorío.. La ópera es el puro señorío, y el aquel más fino de las aristocracias nobles, como quien dice, porque todo allí es de familias reales, y por eso el teatro se llama Real, siendo reyes los tenores y reinas las cantarinas, o verbigracia tiples..».

En esto, terminados felizmente el lavado y cura, Tomín suspiró. Cesaron los fugaces dolores, y el hombre, consolado, expresaba en su mirar contento y gratitud. Lucila procedió a lavarse y jabonarse manos y brazos, después de devolver a su sitio todos los adminículos de la cura, sin interrumpir su graciosa charla, de que tanto gusto recibía el desdichado enfermo. Pues esta noche, cuando fui a ver a mi padre, me le encontré muy sofocado, por tener que acudir con un solo cuerpo a tantos puntos y menesteres. Entré por la plazuela de Isabel II, y tuve la suerte de encontrarle en la escalera que sube al escenario. Reñía con unos tagarotes que subían trastos, y que a mi parecer estaban peneques. Subí con él y entramos en un cuartito donde había no sé cuántos hombres vestidos de frailes, fumando.. Yo había corrido por Madrid desde media tarde, lloviendo a mares, las calles como lagunas, y mis zapatos, que ya venían rotos, daban por delante (p.6383) y por detrás las boqueadas. Los pies me dolían, me pesaban, y donde quiera que yo los ponía dejaban un charco. Uno de aquellos frailuchos, que tenía en la mano derecha el cigarro y en la izquierda la barba postiza, me miró los pies y dijo a mi padre: «¿Cómo consiente el gran Ansúrez que ande esta preciosa niña por Madrid como los patos?». Yo alargué ambos pies para que mi padre se compadeciera. «Ya te entiendo -me dijo-. Vienes a que te dé para calzado.. Qué más quisiera este padre que tener a toda la plebe de sus hijos bien apañadica. Pero el dinero no abunda, lo que no quiere decir que me falten medios para remediarte. Por poco nos apuramos, hija del alma. Ven conmigo, y pisa ligero para no mojar tanto..». Llevome por unas escaleras que no tienen fin y que marean de tantas vueltas como hay que dar por ellas, y arriba de todo, atravesamos una sala donde vi sin fin de hombres vestidos de colorines.. Adelante siempre: en los pasillos encontramos mujeres pintadas, feas las más, guapas muy pocas; algunas arrastrando cola; todas con alhajas de vidrio y diademas de cartón dorado. Eran las coristas. Con llave que sacó de su bolsillo abrió mi padre la puerta de un cuartón, lleno de ropas de máscara. Parecía una tienda de alquilador de disfraces. En el suelo vi un montón de zapatos y borceguíes de todos colores. Mi padre me dijo: «De esta zapatería de comedias cantadas o por cantar, escoge lo que más te guste. Nos trajo ayer todo este material un marchante que tuvo el suministro de equipos para teatros donde salen séquitos y acompañamiento de reyes, o donde figuran diablos, ninfas y personas mágicas. Pretende que el intendente de acá lo compre, y mientras se determina, me ordenaron que aquí lo metiera y guardara.. Paréceme que esos chapines encarnados que acaban en punta son de la medida de tus pies. Cógelos y no repares, hija de mi corazón». Pues vistos y examinados los chapines, me parecieron bien. Me quité la miseria de mis zapatos, y con las medias empapadas lo tiré todo en aquel montón, poniéndome los (p.6384) borceguíes, que me servirán mientras no tenga cosa mejor. Díjome el padre que este calzado es para unas brujas de no sé qué tragedia con solfa, en la cual sale un caballero al que las viejas malditas, amigas del demonio, le anuncian que será Rey, y él se lo cree, resultando que, por la comezón del reinar, mata a su soberano, y luego.. no me acuerdo de más. «Cuando me ponía mis escarpines, me contó mi padre que él había encontrado entre aquellos trapos un coleto magnífico, como para un príncipe cazador que matara las perdices cantando, y que con la tal prenda y unos pedazos de otra se había hecho un buen chaleco de abrigo».

Muy entretenida con este relato, el pobre Tolomín no quería que tuviese término; pero Cigüela hizo un paréntesis. Llegándose a él con otra jofaina, agua nueva y esponja distinta, le dijo con gracia: «Ahora, pobretín mío, me dejarás que te lave un poco la carátula.. Luego comeremos. ¡Verás qué cosas ricas!». El Capitán hizo un mohín de protesta, plañidero. Pero ante la insistencia de la moza, cariñosamente manifestada, cedió y se dejó lavar. Con tiernas frases iba Lucila marcando la operación: «Primero los ojitos, para que no estén pintañosos.. ¡Si vieras qué bonitos te los he dejado!.. Pues ahora voy con la nariz, con las mejillas.. ¿Y este bigotito que está lleno de pegotes?.. Si supiera yo afeitarte la barba, te dejaría más guapín que un sol.. Voy ahora con las orejas: un poquitín de paciencia.. Pronto acabo. Más agua, más. Eres como un santo viejo, que tu sacristana ha encontrado en un desván. Lo cojo, lo lavo.. Pues entre el polvo y las moscas lo habían puesto bueno. ¿Ves? Ahora, ya eres santo nuevo, acabadito de poner en el retablo.. Si tuviéramos espejo, verías qué lindo estás.. ¡Y qué bien se ha portado mi nene dejándose lavar tan calladito..! Se merece un beso.. digo, dos.. digo, tres.»

-Ciento, mi alma -replicó Tomín besándola con intensa emoción.

-Ahora te paso un peine, y quedarás tan precioso como cuando te conocí..

-Comamos, alma -dijo el herido-. Tengo hambre.

-Ahora mismo. Medio minuto se tarda (p.6385) en poner la mesa y servir el primer plato -dijo Lucila, que retirando el servicio de lavar trajo al instante el de comer, y comenzó a deshacer los paquetes-. Pues sigo contándote. Mi padre, cuando bajábamos, luciendo yo mis zapatos de bruja, me habló así: «Hija del alma, si yo te hubiera criado desde chiquita para cantatriz, poniéndote a la solfa con buenos maestros cantores y salmistas, otro gallo a todos nos cantara.. Lo que hicieras con el juego de garganta lo realzarías con el juego de ojos y toda la sal de tu rostro, que en este beaterio entra por mucho el buen palmito y el salero del cuerpo.. Pero la voz es lo principal.. y lo que más se paga. ¿Sabes lo que gana la señora Alboni? Pues mil y pico de duros cada mes.. Echa duros, hija. ¡Mira que si yo te viera a ti ganando esos dinerales..! Pues otra: sabrás que a la señora Alboni le he caído en gracia. Dos veces me ha llamado a su presencia. ¿Para qué creerás? Pues sólo para verme, para echarme unas miradas tiernas, y decirme que soy la imagen del fiero castillano.. que si me compongo, fácilmente me tomarán por un señor duque vetusto.»

-Cigüela -dijo Tolomín soltando la risa-, eso lo inventas tú para divertirme.

-Tontín, no invento nada. A contarme iba los rendibús que hizo a la cantante; pero había empezado el acto segundo, y tuvimos que callarnos, arrimaditos a unos bastidores. A mis orejas llegaba un bum bum; la música no la distinguía yo del ruido; los aplausos y la orquesta me parecían la misma cosa. Este que ahora canta por lo más fino -me dijo mi padre-, es el Rey, quien parece ha tenido que ver con mi señora Alboni, quiere decirse, con la persona figurada que el papel reza y canta.. Vi a la Alboni, cuando entró para adentro: es una gordinflona, una caja de música dentro de otra caja de carne.. Refirió mi padre que siempre está comiendo; en su cuarto tiene dos mesas, una con las cosas de tocador, y otra con el recado de golosinas, platos de sustento, como jamón con huevo hilado y bartolillos de tantísimas clases.

-Pero no me has dicho cómo y por qué han venido a nuestra pobre mesa el solomillo (p.6386) lardeado y la lengua escarlata de la prima donna.

-Pues muy sencillo: esta señora, como toda cantante, tiene ida la cabeza. El seso se le escapa con los gorgoritos. Como es pura música, no se acuerda de nada. Al instante de mandar una cosa la olvida. Primero fue por los comistrajes un criado italiano; después la doncella.. luego mi padre.. los tres para un solo encargo.. y cuando la señora entró en su cuarto creyó que entraba en la tienda de en casa Lhardy.. Enfadándose consigo misma por su poca memoria, empezó a echar trinos y gorjeos para arriba y para abajo, que es una receta que tiene para enflaquecer, y luego, todo el sobrante de comida lo repartió entre los de la servidumbre, tocándole la partija mayor a mi padre, que me la dio a mí.. Pues una vez que cogí este regalo, que con los chapines era bastante para dar por bien empleada mi noche, no quería yo más que echar a correr. Mi padre no me soltaba. 'No, no te vas sin que yo te enseñe el golpe de vista.. No verás cosa semejante hasta que ganes el Cielo'. Esperamos al entreacto, y mientras corrían por el escenario dando patadas los que quitan y ponen los lienzos, mi padre me llevó al telón que sube y baja, y que en aquel momento parecía una pared. Díjome que pusiera el ojo en una mirilla con cruzado de alambres, y por allí vi todo el señorío público, que es cosa para quedarse una encandilada y trastornada por tres días. ¡Qué lujo, Tomín; qué tienda de piedras preciosas, de rasos y terciopelos, de pechos mal tapados, de encajes, de caras bonitas y caras feas, de cruces, bandas y entorchados! Era como una feria, y yo decía: Parece que todas y todos compran o venden algo.. Enfrente vi a la Reina vestida de color de aromo con adorno de plata, guapísima: diadema, collar de perlas, sin fin de diamantes; la Reina Madre hecha un brazo de mar y despidiendo luces a cada movimiento. Mucha gente de Palacio, muchas Ministras, Generalas y Mariscalas de Campo, y ellos.. coqueteando más que ellas.. Visto el golpe de vista, como decía mi padre, ya no me quedaba nada que ver. Me fui a (p.6387) la calle, rompí con trabajo las filas de coches, y chapoteando me vine acá.

-Al mirar por el agujero del telón, ¿no viste alguna cara conocida?

-Vi muchas, Tomín.. Madrid, que parece grande, es chico, y el que una vez ha visto su gente, la ve luego copiada en todas partes.. Tienes sueño..

-Sí: me duermo.. -dijo el herido abatiendo con dulce pereza los párpados-. Cigüela.. si ves que duermo demasiado, me despiertas, ¿eh?.. no me vaya a quedar muerto..

 

Ep-33-III -

Con una recomendación semejante se dormía todas las noches el desdichado Tomín. Si en los primeros días de su doloroso cautiverio le atormentó el insomnio, una vez descansado y convaleciente, la naturaleza en vías de reparación abandonábase a un sopor parecido a la embriaguez, sólo turbado a ratos por la idea de que dejándose caer sin interrupción por la resbaladiza pendiente del sueño, iría sin pensarlo a parar en la muerte.. Viéndole aquella noche al borde de la caída, Lucila o Cigüela le empujó en vez de contenerle; le pasó la mano por los ojos, le besó la frente, le acunó con suaves arrullos de nodriza, no sin decirle que durmiera descuidado: ella le despertaría cuando fuera tiempo. Al sentirle dormido, se acomodó a su vera, en lo más bajo del camastro, sentándose a la turca y reclinando su cabeza blandamente sobre el hombro sano del Capitán. Antes apagó la luz de la linterna, que a su lado tenía.

En esta postura y disposición, que apenas alteraba por no turbar el sueño del herido, se pasaba Lucila la noche, descansando algunos ratos, los más despierta, ante la presencia de sus vigilantes pensamientos que no querían dormir, ni apagarse en su caldeada mente. La obscuridad del mechinal no era completa, ni aun en noches turbias como aquella del 19 de Noviembre, pues se veía el rectángulo luminoso del ventanón cuadriculado por los vidrios. En noches claras, Lucila veía y gozaba la luz difusa del cielo y alguna estrella resplandeciente. Ruidos no faltaban. La noche de referencia, los dedos de la lluvia toqueteaban sin cesar por un lado y otro de aquella frágil construcción; pero ni (p.6388) esto, ni el mayar de gatos trovadores, ni los golpes que daba un palo roto y colgante en el secadero, molestaban a Lucila. Sus inquietudes surgían de su propia imaginación, a veces cuando sus sentidos se apagaban en el sueño.. Despertaba como de un salto, creyendo que las desvencijadas escaleras por donde a su tugurio se trepaba, crujían bajo el peso de dos, tres o más personas. Las voces se aproximaban.. Eran primero un susurro, después un coro como los de las comedias cantadas.

Más de una vez se levantó, aterrada, y con menos ruido que el que pudiera hacer un gato se iba derecha a la puerta, y aplicaba el oído.. Tardaba un rato la infeliz mujer en convencerse de que los rumores inquietantes eran querellas en algún patio vecino, o vocerío de borrachos en la tasca de la calle de Rodas.. Cuando todo callaba, el pensamiento se iba del seguro, poniéndose a decir unas cosas, y a razonarlas con lógica tan bien urdida, que no había más remedio que creerlo. ¡Dios sacramentado, lo que decía! Pues nada, que el Sr. Melchor, alias el Ramos, y su esposa señá Casta, poseedores de aquellos endiablados tenderetes, se cansaban de ser caritativos encubridores del tapujo y lo denunciaban a la fiera policía, o permitían que algún taimado servidor lo revelara.. Hasta que la luz de la mañana no despejaba su cabeza, limpia de nieblas su tormentosa mente, no recobraba Lucila la confianza en sus honrados y leales protectores.

Por estos o los otros pensamientos iba siempre a parar al examen de la tristísima situación a que había llegado, sin ver por ninguna parte remedio ni salida; todo por el amor a un hombre, razón esencial del infortunio mujeril. En proporción de su desgracia estaba el origen de ella: amor tempestuoso, irregular, semejante a un soberano desorden de los elementos; si amó a Tolomín con ternura cuando le vio y conoció fugitivo y condenado a muerte, locamente le amó después, teniéndole a su lado en lastimosa invalidez y acechado por cazadores de hombres. El Tolomín herido, enfermo, en extrema pobreza, y oculto en un albergue (p.6389) mísero, merecía un amor que resumiera todos los amores humanos: era, pues, para Lucila, el prójimo, el amante, el hermano, el niño desvalido, a quien la cariñosa vigilancia materna defiende de la muerte en todos los instantes. El inmenso padecer de aquella situación no había entibiado el ardiente amor de Lucila: por el contrario, la abnegación, fundiéndose con él, llegaba a constituir un sentimiento formidable, y del fondo de tanto infortunio brotaban espirituales goces. Por todos los bienes de la tierra, ofrecidos y dados en montón, no cambiara Lucila su vida de sacrificio y de protección en aquellos días, y antes muriera cien veces que abandonar al desgraciado Capitán, aun sabiendo que le dejaba en manos salvadoras. Y era mayor el mérito de su paciencia enamorada cuando se daba a pensar soluciones y no encontraba ninguna. Especiales accidentes de su vida, que aún no conoce bien el historiador, dieron a la hija de Ansúrez, dos años antes, ocasiones de valimiento en dos lugares donde residía todo el poder humano; pero ni en uno ni en otro sitio podía ya solicitar socorro. En el Convento de Franciscanas de la Concepción no querían ni verla siquiera, como no fuese allá con propósito de reingresar en la vida religiosa y de abominar de sus culpas pasadas y presentes; en Palacio, las amistades que creó y mantuvo con su leal servicio habían perdido ya toda su eficacia.

No podían faltar a Lucila, cuando conciliaba el sueño en las tristes noches del palomar, pesadillas angustiosas. Consistían siempre en la súbita presencia de la policía. Soñando que estaba despierta, veía la moza entrar en la estancia hombres con linternas, y uno de ellos se adelantaba con mal gesto y decía: «No moverse, no hacer resistencia, no negar lo que no puede negarse, que ya nos conocemos, señor Capitán D. Bartolomé Gracián». Por acostumbrada que estuviera la mujer a tan terrorífico ensueño, siempre despertaba de él sin aliento, el corazón disparado.. ¡Bartolomé Gracián! Habría querido Lucila anular este nombre, suprimirlo, arrojarlo a (p.6390) los senos de la Nada, donde, a su parecer, están las cosas que no han existido nunca. De este modo, eliminado aquel nombre de todas las partes del Universo, quedaría en salvo la persona que lo llevaba. Jamás lo pronunciaba con el rigor de sus letras, y el familiar mote de Tolomé que en días felices usaba, lo fue cambiando sucesivamente en Tolomín, luego en Tomín, con tendencias a extremar la síncopa pronunciando tan sólo Min. El apellido, aquel Gracián tan sonoro y expresivo, lo declaraba caducado y sin valor acústico, como perteneciente a los dominios del silencio.

Amaneció el 20 de Noviembre con intermitencias de llovizna y despejo del cielo. Antes de que el herido despertara, Lucila se levantó diligente, y puso mano en la limpieza y arreglo de la vivienda mísera: a bien poco se reducía su trabajo; pero se daba el gusto de variar el sitio de algunas cosas y de sacudir el polvo de las prendas de vestir. Viendo a su amigo desperezarse, le dijo: «Min, voy a hacerte tu chocolatito». Las primeras palabras de Tolomé fueron estas: «Dime, Cigüela, ¿ha caído Narváez?»

-Hijo, no sé.. no he oído nada.

-Entonces lo he soñado yo. Sí, sí, sueño ha sido; pero tan claro como la misma realidad. Las Reinas Hija y Madre despedían a Narváez, como en aquellos días del Relámpago; pero ahora con peor sombra para Don Ramón, porque no volvían a llamarle, y formaban un Ministerio eclesiástico.. No te rías: a esto hemos de llegar, si no lo remedia quien puede remediarlo, que es el Santo Ejército. España vive siempre entre dos amos: el Ejército y la Clerecía: cuando el uno la deja, el otro la toma. ¿Duermen las espadas?, pues se despabila el fanatismo. Tan despierto anda, que me parece que estamos en puerta.. ¿no lo crees así?

-Yo no entiendo de eso, hijo mío -replicó Lucila engolfada en su trajín.

-Y el propio D. Ramón, o Figueras, o Lersundi, serán los primeros que saquen los batallones a la calle. Dime que sí, Lucila: dame esa esperanza.

Afirmó Cigüela todo lo que él quiso, y le regaló el oído con la confirmación (p.6391) de las ideas que manifestaba. No hay España sin Libertad, y no hay Libertad sin Ejército -prosiguió Tomín, enardeciéndose más a cada frase-. Al Ejército debe España sus progresos, y el tener cierto aire de familia con los pueblos de Europa.. No hablen mal de las revoluciones los que son personas y llevan camisa por haberse pronunciado. ¿La sedición, qué es? El instinto de la raza española, que por no caer en la barbarie, da un grito, pega un brinco, y en su entusiasmo viene a caer un poquito más acá de la Ordenanza. Dime que piensas como yo.

-Sí, hijo, todo está muy bien pensado -y llegándose a él calzada con los borceguíes rojos y puntiagudos de las brujas de Macbeth, añadió-: Min, tú serás General».

Aquel día, iniciada ya la reparación de su organismo, Bartolomé estuvo muy animado, y algunos ratos locuaz. Se desayunó con apetito, y cuando llegó la hora de la cura y abluciones de la mañana, sometiose sin remusgar a los requerimientos de su cariñosa enfermera. Quiso esta que hiciese nuevo ensayo de andar un poquito, probando el renaciente vigor de la pierna herida, y él aceptó gozoso la idea. Poco tardó Lucila en vestirle, a medias, echándole una manta por los hombros, pues no había de salir del cuarto, y puesto en pie con algún dolorcillo en los remos inferiores, comenzó el paseo. Daremos diez o doce vueltas en la Plaza de Oriente -le decía Cigüela llevándole bien agarradito a lo largo del tabuco-, y luego pasearemos a lo ancho, o sea desde el Teatro Real a la Puerta del Príncipe. No dirás que no estás fuerte, Min. De anteayer a hoy ¡qué mejoría tan grande!

-Di: ¡qué progreso! Esto es progresar, Lucila.. En los primeros pasos me ha dolido un poco la pierna. Ya no siento nada. En todo progreso pasa lo mismo. Duelen los primeros pasos.. Oye una cosa: no te olvides hoy de traerme El Clamor.. Me traerás también La Nación y La Víbora.

-La Víbora me parece que no sale ya.

-Habrá disgustado a la Camarilla.. Pues me traerás otro papel cualquiera: El Mosaico, El Duende Homeopático. La cuestión es leer..

A la vuelta de su paseo, que (p.6392) le probó muy bien, recobró su actitud perezosa en el camastro bien mullido. Cigüela se puso a coser, preparándose para salir en busca de recursos con que prolongar un día más la existencia de ambos, problema inmenso, cuyas angustiosas dificultades ella sola conocía. Taciturna estaba la moza, el Capitán, despejado y comunicativo. Su locuacidad le llevó pronto al optimismo y al mental derroche de proyectos, contando con un risueño porvenir. Véase la muestra: «Tú me has dicho que seré General; me lo has dicho por consolarme. Tu profecía puede ser un halago, y puede ser una gran verdad.. Porque.. fíjate bien, Cigüela.. lo que no ha pasado todavía, pasará mañana, o la semana que viene. Narváez cae lanzado de un puntapié: triunfan las monjitas y sus valientes capellanes. ¡Viva la Inquisición!.. Pero no cuentan con la vuelta; que estas partidas siempre la tienen; y el perro que han echado de casa es de mala boca, mordelón rabioso cuando lo azuzan. Corren los días, dos semanas no más, y el de Loja, con tres o cuatro Generales, saca las tropas de sus cuarteles y tira con ellas por la calle de en medio. La revolución viene a poner las cosas en su lugar. El Ejército gobierna, y la Clerecía escupe.. Vuelve todo a ser como Dios manda, o como manda la Libertad.. Primer efecto: indulto general a los que por la Libertad y la Constitución del 12 o del 37 faltaron a la Ordenanza.. Pues aquí me tienes pasando de condenado a recompensado. En estos casos, la costumbre es celebrar el triunfo concediendo a toda la oficialidad un ascenso, o dos ascensos.. casos hubo de tres. Me verías pronto restituido a lo que fuí, saltando de Capitán a Teniente coronel.. De ahí para arriba.. figúrate. Cualquier servicio en persecución de los rebeldes, que rebeldes habrá con este o el otro nombre, me dará los tres galones. Luego.. tú fijate en lo que tardó Riego en subir de comandante a General..».

Hizo Lucila un gracioso mohín, como indicando que no sabía la Historia suficiente para dar su opinión de aquellos asuntos, y él continuó impávido: «Pasa tu vista por todos los Generales que (p.6393) tenemos, y veme señalando los que en tal o cual punto de su carrera no fueron condenados a muerte, o no merecían serlo por sediciosos, por faltar a esa preciosa Disciplina. Imagina tú el cumplimiento estricto de la Ordenanza en lo que va de siglo, y dime lo que con ese cumplimiento estricto sería la Historia de España. Tendrías que decirme una cosa que ya sé, y es que con la Ordenanza virginal no habría Historia de España, o sería tan sólo una página muy aburrida y muy negra de la Historia Eclesiástica».

Recomendole Cigüela que no se ocupara de política ni pensara en revoluciones. Si estas venían, muy santo y muy bueno; pero si no querían venir, ¿a qué repudrirse la sangre por traerlas fuera de tiempo?.. No podía extenderse a más largo palique sobre estas materias, porque ya era hora de lanzarse a la calle en busca de medios de vida. Mucho sentía dejarle solo; creía que no llevaba consigo más que la mitad del alma, alentada por los afanes, dejándose allí la otra mitad con los pensamientos de vigilancia y temor. ¿Pasaría algo en su ausencia? Al volver, ¿le encontraría como le dejaba?.. Una y otra vez le recomendó que no se moviera de su lecho, que no cayese en la mala tentación de levantarse y salir al ventanal, que no hiciese ruido y permaneciera quietecito, leyendo las entregas descabaladas, que ella había traído, de La Italia Roja, Historia de las Revoluciones, por el Vizconde de Arlincourt, obra que, aun leída en sueltos retazos, debía de ser de mucho entretenimiento.. Mutuas ternezas: «Adiós, adiós».. «Que vengas prontito».. «Volaré».

 

Ep-33-IV -

Una sola persona (sin contar el viejo Ansúrez y los dueños de la casa, calle de Rodas) poseía, por confianza de Lucila, el delicado secreto de aquel escondite en altos desvanes: era una monja exclaustrada con quien la linda moza tenía amistad, contraída superficialmente en el Monasterio de Jesús, reanudada con honda cordialidad fuera de la vida religiosa. En esta se llamó Sor María de los Remedios; su (p.6394) nombre de pila era Domiciana, y había vuelto al mundo de una manera un tanto irregular, por enferma de locura, que se estimaba incurable. El delirio que padeció consistía en la idea fija de ahorcarse, en otras manías inocentes, pero incompatibles con la vida de contemplación, en el furor de gritar y de ofender cruelmente a personas eclesiásticas muy respetables, todo lo cual determinó el designio de devolverla sin violencia ni escándalo a su padre y hermanos para que la cuidasen, y corrigieran sus desvaríos por el método doméstico, con paciencia, cariño y honestas distracciones.

Volvió, pues, Domiciana a su casa y al amparo de su familia, que era de origen extremeño, establecida en Madrid, calle de Toledo, desde tiempo inmemorial, con el negocio de cerería; y no bien tomó tierra en el hogar paterno, acomodose lindamente al vivir secular, echando, como si dijéramos, un nuevo carácter. Ansiaba morar con los suyos, ver gente, ocuparse en menesteres gratos, lucidos, y de eficacia inmediata para la vida. Pasado algún tiempo, no se mordía la lengua para decir que su temprana inclinación religiosa no había sido más que una testarudez infantil, nacida del odio a su madrastra, y fomentada por un sacerdote de cortas luces, amigo de la casa. Cayó la venda de sus ojos algo tarde, cuando ya su irreflexiva determinación no tenía remedio, y del despecho, más aún de las ganas recónditas de libertad, le sobrevino aquel destemple nervioso con ráfagas cerebrales, que se manifestaba en la necesidad irresistible de correr por los claustros, en imitar con destemplada voz los pregones callejeros, y a veces en liarse al pescuezo una cuerda con lazo corredizo. Esto ponía la consternación y el espanto en sus tímidas compañeras, pues aunque nunca tiraba del lazo lo bastante para estrangularse, hacíalo hasta ponerse roja como un pimiento y echar fuera un buen pedazo de lengua.

Lograda al fin la libertad en la forma que se ha dicho, en todo tuvo suerte Domiciana, pues como por ensalmo se le curaron aquellas (p.6395) neuróticas desazones, y entró en su casa en circunstancias felicísimas. La madrastra que motivó su reclusión religiosa se había muerto, y casado en cuartas nupcias el honrado cerero D. Gabino Paredes, había enviudado por cuarta vez. No había, pues, mujer en la casa, y Domiciana podía campar con todo el imperio que apetecía, así en la familia como en el establecimiento. Antes de seguir, conviene dar noticia del patriarcalismo matrimonial de aquel D. Gabino, varón inapreciable para rehacer una comarca despoblada por la emigración. De su primer matrimonio, que sólo duró tres años, tuvo dos hijas, que el 50 vivían: la una era monja en Guadalajara, la otra casó con un cerero de la misma ciudad. De la segunda mujer nacieron siete hijos, de los cuales vivían sólo Domiciana y dos hermanos que se habían ido a América. El tercer matrimonio dio de sí ocho vástagos, en seis partos, y el cuarto cinco. De estas trece criaturas sólo vivían en 1850 tres varones, dos de los cuales habían seguido la carrera eclesiástica y desempeñaba cada cual un curato en pueblo de la Mancha: el Benjamín, llamado Ezequiel, trabajaba en la cerería al lado de su padre, y era un bendito, todo mansedumbre y docilidad. Había llevado al censo el buen Don Gabino cuatro mujeres y veintidós hijos legítimos.. El censo de los naturales lo formaban las malas lenguas del barrio.

Si afortunada fue Domiciana al encontrarse, en su regreso al mundo, sin madrastra y con la menor cantidad posible de hermanos, no fue menos dichoso el cerero al recobrar a una hija que pronto reveló su extraordinaria utilidad. Pasados los primeros días, Domiciana se reconoció continuadora de su historia personal anterior a la vida del convento. Había sido esta como un paréntesis, como un sueño, del cual despertaba con cierto quebranto del alma, pero sintiéndose poseedora de cualidades que no eran menos positivas por haber dormido tanto tiempo. No tardó en revelar su carácter mandón y autoritario: lo estrenó desbaratando un nuevo plan casamentero de su padre, que aún se (p.6396) sentía, con senil ilusión, llamado a enriquecer el censo. Andando días desplegó en el gobierno de aquella industria dotes de administradora, y puso puntales a la ruina. Con tantas nupcias, partos y viudeces, con tantísimos bautizos y crianza de criaturas, y principalmente con el desbarajuste de Don Gabino en los últimos años, la cerería no se hallaba en estado muy floreciente. La concurrencia de establecimientos similares, la falta de tacto y agudeza para retener a la feligresía tradicional, y el desmayo creciente de la fe religiosa, obra del tiempo y de la política, habían traído desorden, atrasos, dispersión de parroquianos, deudas. A todo esto quiso Domiciana poner remedio con firme voluntad, practicando el axioma de «principio quieren las cosas».

En esta empresa de reparación, la ex-monja no habría encontrado el éxito si no empleara como instrumento de autoridad un genio áspero, y fórmulas verbales de maestro de escuela. Su padre, que al principio protestaba y gruñía, se fue sometiendo con un espíritu de transacción parecido al miedo; Ezequiel y el dependiente Tomás obedecían silenciosos, y al fin, entrando grandes y chicos por el aro, todos comprendían lo saludable de aquel método de gobierno. Subía de punto el mérito de Domiciana haciendo estas cosas con apariencias de no hacer nada. Diez o doce meses habían transcurrido desde su evasión, y vivía confinada en el entresuelo, sin bajar a la tienda y taller. Los parroquianos y los amigos de casa, clérigos en su mayor parte, que solían armar su tertulia las más de las tardes a la vera del mostrador o en la trastienda, rara vez la veían, y ella no se cuidaba de que formaran idea ventajosa de su regeneración mental; antes bien le convenía que la opinión dijera y repitiera por todo el barrio: «Sigue tocada la pobre.. aunque tranquila y sin molestar a nadie». Obra lenta del tiempo fue la corrección de este juicio; al año y medio ya era público y notorio que Domiciana gozaba de excelente salud.

Observándola en la intimidad, fácilmente se descubría en la hija del cerero la (p.6397) mujer de iniciativa, de personalidad propia en su organismo intelectual y ético. Lejos de poner toda su atención en la industria cerera, se lanzaba con ardor a nueva granjería, partiendo de aficiones y conocimientos experimentales adquiridos en el claustro. Procedía en esto por imperiosa moción de su voluntad, y además por cálculo egoísta. Más de una vez había pensado que a la muerte de D. Gabino (la cual, por ley de Naturaleza no podía estar lejana) , la parte de cerería que a cada uno de los hijos tocase no habría de sacarles de pobres. Y como ella anhelaba libertad y no quería vivir a expensas de sus hermanos, procuraba labrarse con afanes de hormiga un peculio propio, que le asegurase vejez holgada, independiente. Ved aquí por qué, sin desatender el negocio de su padre, cultivaba en reservado laboratorio sus artes y preparaciones propias. Trasladó la sala al despacho de D. Gabino, este a un rincón de la tienda, tras una mampara de cristales, y en la sala instaló lo que podríamos llamar herboristería o droguería, con unos trozos de anaquel que compró en el Rastro, dos hornillas, mesa alta para el filtro y pesos, y otra pequeña, por el estilo de las de los zapateros, destinada a las manipulaciones que exigían largas horas de atención y paciencia. Enorme cantidad de hierbas tintóreas, cosméticas u oficinales difundían variados aromas en la estancia, ya colgadas del techo en ramos, ya guardadas en cajoncillos. No digamos que Domiciana cultivaba la Botánica y la Química, sino que era una profesora empírica de arte herbolario y de alquimia doméstica.

Pocas personas veían a la monja en su retiro de alquimista, y la única que en él a todas horas tenía entrada era Cigüela. Amistad y confianza recíproca las unían, a pesar de la diferencia de edades. Se conocieron en Jesús durante tres penosos días, que fueron los últimos de Domiciana y los primeros de Lucila en el convento, y cuando salió esta, buscó amparo junto a la exclaustrada, que a su servicio la tuvo dos meses largos. En la triste situación a que había venido la hija de (p.6398) Ansúrez, la que fue su ama y era siempre su amiga le daba consuelos y socorro; pero no lo hacía sin echar por delante expresiones agrias, creyendo que la guapa moza necesitaba corrección moral tanto como auxilios de boca, y que los buenos consejos y las lecciones dolientes para uso de la conducta no serían menos eficaces que el chocolate o el pan. Entró Lucila en el laboratorio, y fatigada se sentó después de un breve y cordial saludo.

-¿Ya estás aquí otra vez? -le dijo Domiciana, que aunque se alegrara de verla, no dejaba de emplear esta fórmula displicente-. Pues hija, ya podías comprender que no puedo socorrerte tan a menudo.. Lo que entra por cera no da más que para el gasto de casa. Muy deslucidas han sido las Ánimas este año, y nadie diría que estamos en Noviembre.. Pues el Adviento también se nos presenta muy mediano. ¿Qué tenemos ahora? La novena de San Nicolás de Bari, que da poco de sí. La de la Purísima será otra cosa. Ten paciencia, espérate y..

Incapaz de formular un exordio apropiado a la pretensión que llevaba, Lucila no hacía más que suspirar hondo, metiéndose en la boca las puntas del pañuelo. Y Domiciana, que jugar solía con la ansiedad de las personas que más amaba, enseñándoles el bien que pedían y guardándolo después, dio estos puntazos, con dedo muy duro, en el dolorido corazón de su amiga: «No se te puede favorecer todos los días. Vaya, vaya: tenemos aquí una historia que no se acaba nunca.. ¿Pero cuándo se muere ese hombre, o cuándo lo prenden y se lo llevan a Filipinas, para que descanses tú y descansemos todos?».

Estas expresiones, dichas con fría crueldad, desbordaron la pena de Lucila, que se deshizo en llanto, arrimando su cabeza a la estantería cercana. Y la otra, cambiando el juego mortificante por el juego compasivo, le dijo, sin abandonar su tarea: «Para, para, hija, que con tanta llorera le metes a una el corazón en un puño. Ya sabes que no te dejaré marchar con las manos vacías. Domiciana tiene siempre para ti las dos, las tres onzas de (p.6399) chocolate, media hogaza y un par de reales de añadidura. No lloréis más, ojuelos; sosiégate, corazón..»

 

Ep-33-V -

-Aunque usted se enfade, aunque usted me pegue -contestó Lucila sacando las palabras del seno de su intensa amargura-, le digo.. Domiciana, le digo que no he venido por la limosna que suele darme, para un día, o para tres.. Ya sé que eso, su buen corazón no me lo niega.. Domiciana, no vengo a eso.. Pégueme, Domiciana, pero.. yo le digo que estoy atribuladísima.. Un miedo horrible, un presentimiento.. Imposible guardar mucho tiempo más el escondite de Tolomín.. Siento los pasos de la maldita policía.. los siento aquí, en mi corazón.. ¡pum, pum!.. ya vienen.. y si cogen al pobre Tolomín, yo, Domiciana.. yo.. Nada; pasará una de estas tres cosas: o me muero, o me mato.. o mato a alguien. Créalo usted: soy una leona; pero una leona.. Figúrese una madre a la que le quitan su hijo, un niño chiquitín.. Pues Tolomé perseguido, condenado a muerte, herido y enfermo, es para mí como una criatura.. Hasta me parece que le he dado la vida.. Y se la doy, sí: yo me hago cuenta de que se muere todos los días, y que lo resucito con mis cuidados, con mis ternuras, y con este afán grandísimo de que viva y se salve.. Domiciana, se lo digo a usted aunque me pegue. Se me ha ocurrido sacar a Tolomé de Madrid, ponerle en salvo, huyendo con él a Portugal o a Francia. Vea usted lo que he pensado.. es una gran idea.. Sí, dígame que sí, Domiciana, y dígame también que me ayudará a salvarle, a salir de este infierno. Vivir como vivimos es peor que la muerte.. Usted me ayudará, usted me dará lo que necesito para hacer por ese hombre desgraciado lo que haría una madre y una hija, una hermana y una esposa, porque todo eso junto soy y quiero ser yo para él.

-Válgate Dios por lo enamorada -dijo la ex-monja mirándola con seriedad, en la cual no era difícil sorprender algo de admiración-. Bueno: pues dime ahora cuál es tu plan. ¿Conoces las dificultades de una fuga semejante? Tendréis que salir disfrazados. Y el dinero para esa viajata, que (p.6400) habrá de ser en coche, ¿dónde está? ¿Has creído que yo podré dártelo?

-Sí que podrá.. Los gastos no subirán mucho, Domiciana. Le diré mi plan para que se vaya enterando. Lo primero ha de ser comprar un burro.. ¿Se ríe? Todo lo tengo muy estudiadito.. Un burro necesito, porque nos disfrazaremos de gitanos. La ropa no la tengo; pero sé dónde está y lo que ha de costarme, que es bien poco.

-Realmente, tú no harás mal tipo de gitana; pero él.. ¿Es muy guapo?

-Mil veces he dicho a usted que es guapísimo, Domiciana, y nunca se entera.

-¿Pelinegro?

-Sí.. Pero los ojos son azules. Tiene tal hechizo en el mirar -dijo Cigüela con ingenua sinceridad descriptiva-, que no puedo explicar a usted lo que una siente cuando Tomín habla de cosas que llegan al corazón..

-Ya, ya -murmuró Domiciana perdida la mirada en el espacio, en persecución de una imagen ideal, fugitiva-. Ojos azules, color trigueño.. como nuestro Señor Jesucristo.. Bueno: pues te digo que no haréis Tomín y tú pareja de gitanos, y no resultando el disfraz, corréis peligro de que os sorprendan en el camino y os maten.. Conozco la manera de dar a la tez el color agitanado.. Para esto se emplea el sándalo rojo, mezclado con vinagre fuerte dos veces destilado, y añadiendo alumbre de roca, molido.. Para lo que no hay secreto de alquimia es para trocar en negros los ojos azules.. y como saques a tu hombre con ojos azules y vestido de gitano, cátate descubierta y él preso y pasado por las armas».

Desconcertada, Lucila miró a su amiga, como pidiéndole que al rebatir y desechar una solución propusiese otra.

-Más seguro será, tontuela, que le disfraces de amolador -prosiguió la exclaustrada-. ¿No me has dicho que habla francés?

-Sí: lo hablaba de niño, y aún le queda el acento. Su madre era francesa; se apellidaba Chenier. Él dice que por el nombre materno tiene la revolución en la sangre.

-Pues el habla francesa se apareja muy bien con los ojos azules, siempre que el pelo sea rubio. Aquí tengo yo la lejía para teñir de rubio los cabellos -dijo (p.6401) Domiciana mostrándole un frasco que contenía sustancia opaca-. Sé hacerla, y surto a dos señoras morenas que quieren ser rubias. Tomo dos libras de ceniza de sarmientos, media onza de raíz de brionia y otro tanto de azafrán de Indias; le añado una dracma de raíz de lirio, otra de flor de gordolobo, otra de estaquey amarillo; lo cuezo, lo decanto, y ya está. Lavando el pelo de Tomín seis o siete veces, se lo pondrás rubio como el oro; le afeitas para no tener que pintar la barba y bigote, y con esto y un poco de francés chapurrado, ya le tienes de perfecto amolador. Por poco precio, puedes proporcionarte la piedra de asperón y todo el aparato. Toma tu hombre unas lecciones de ese oficio, y salís por esos pueblos, él amolando y tú tocando el chiflo para pregonar la industria..

-Tomín no puede afilar por causa de la herida en la pierna -dijo Cigüela reflexiva, argumentando en contra, pero sin rechazar en absoluto la tesis amolatoria-. Gracias que se tenga en el burro, y que podamos caminar en jornadas cortas. Yo he de ir a pie, arreando.. Además, los afiladores son mal mirados en los pueblos, y si diera la gente en, creer que llevamos algunos cuartos, nos haría alguna mala partida.. Si él estuviera bueno, y pudiera, de pueblo en pueblo, amolar de verdad, cobrando poco, escaparíamos bien.. Desde luego es mejor idea que la de agitanarnos. Pero de seguro habrá un tapadizo más seguro. Búsquelo, invéntelo, usted que discurre tan bien y tiene la cabeza fresca. La mía es un horno, y no saco de ella más que disparates».

Cambió el rostro de Domiciana, recobrando la orgullosa expresión de confianza en sí misma y de sábelo-todo. «Pues solución verdadera y segura no hay más que una, Lucila -le dijo levantándose-, y vas a saberla.. Pero como la cosa es larga y tenemos que hablar mucho, bueno será que te quedes aquí toda la tarde.. Ya no tienes que correr tras la pitanza, porque asegurada la tienes por mí. En pago de ella y del consejo que voy a darte para tu salvación y la de ese caballero, me ayudarás en mis tareas. Quítate el pañuelo de manta; ponte este delantal, (p.6402) siéntate delante de mí, coge el almirez, y entretente en moler estas dos onzas de almendras amargas, que ya están peladas, y una dosis de alcanfor, que voy a darte bien medida.. Has de moler hasta que estén unidas las dos materias y formando una pasta.. Yo prepararé un frasco de Leche de rosa, que me han encargado para hoy mismo.. Trabajemos aquí las dos, y hablemos. Cuenta te tiene oírme, y más cuenta reflexionar en lo que me oigas».

Hizo Lucila cuanto Domiciana le ordenaba, y calló esperando la solución y consejo, no sin temor y ansiedad grandes, pues siempre que su amiga hablaba en aquella forma, era para proponer actos difíciles, si por un lado saludables, por otro dolorosos. Un rato estuvo la ex-monja trasteando junto a una credencia de la cual sacó botellas y tazas con diferentes líquidos. Después, sin hablar palabra, por tratarse de una mixtura que reclamaba toda su atención, midió diferentes porciones, ya con cucharillas, ya con cazos; coló el aceite de oliva, le añadió gotas de aceite de tártago, y cuando su labor parecía vencida en su parte más delicada, dijo a su amiga: «Esta es la Leche de rosa, que hago con todo escrúpulo y sin omitir gasto, para una señora Marquesa que la emplea como lo mejor que se conoce para la conservación de la tez. Con eso que tú mueles hago el jabón de tocador que llamamos de lady Derby, cosa rica, y por tanto un poquito cara. Te daré lección, si quieres; podrás hacer la Pasta de almendras para blanquear las manos, y el Agua de carne de ternero para calmar los picores de la piel.. Con todo esto bien preparado y bien servido a los que saben y pueden pagarlo, se gana dinero, y se combate la ociosidad, que es la madre de todos los vicios..».

Hizo los últimos trasiegos, se lavó las manos, y parándose con los brazos en jarras junto a Lucila, la contempló risueña, y aprobó con monosílabos expresivos su trabajo. La infeliz moza majaba en el almirez con fe y aplicación, acompañando el movimiento de la mano con hociquitos muy monos, sin apartar del fondo del mortero su (p.6403) atención sostenida. «¡Qué bien va eso, Lucila! Cuando lo acabes, te pondré a majar, en distinto mortero, jibiones, ladrillo rojo y palo de Rodas con otros ingredientes, para tamizarlo y hacer Polvo de coral..».

Era Domiciana de mediana estatura, bien dotada de carnes, airosa de cuerpo, desapacible de rostro, descolorida, ojerosa, negros los ojos, la ceja fuerte y casi corrida. Si de media nariz para arriba podría su cara pretender la nota de hermosura, del mismo punto hacia abajo ganaría fácilmente el premio de fealdad por la nariz un tanto aplastada y la conformación morruda de la boca, de labio gordo tirando a belfo. No era fácil designar su edad por lo que de ella se veía: declaraba treinta y ocho años. De la vida claustral le habían quedado los ademanes y compostura señoril, en visita o ante personas extrañas, y el habla fina, correcta, en muchas ocasiones atildada. Quedábale también la costumbre de expresar su pensamiento graduando la sinceridad por dracmas y hasta por escrúpulos, según le convenía. Entre lo adquirido al reaparecer en el mundo, se notaba la asimilación de algunas voces nuevas de reciente uso social y callejero, y el cuidado de la dentadura, buena por sí y mejorada con la Lejía jabonosa y los Polvos de coral. Era un excelente muestrario de su industria. Continuaba vistiendo modestamente de negro. En visita, nunca se desmintió la monja encogida que por graves motivos de salud había tenido que volver a la casa paterna, y su conversación copiaba el prontuario de todas las muletillas de respeto para cosas y personas, así humanas como de tejas arriba. Su voz no era gangosa, sino bien timbrada y de variadas inflexiones. Lo más bello de su cuerpo eran brazos y manos.

Pues como se ha dicho, Lucila machacaba en silencio, aguardando la ansiada solución, que la maestra no quería soltar sin preámbulos. Sentose Domiciana junto a la mesa que parecía de zapatero, frente al sitio que ocupaba Lucila, y se puso a dividir en pequeñas dosis, medidas con una conchita, ciertas cantidades de polvo de rosa, de iris en polvo, de goma molida, y a guardarlas en (p.6404) papelillos doblados a lo boticario. Luego formó dosis más grandes de nitro, de estoraque, de clavillo y canela, midiendo con cáscaras de nuez, y cuando estaba en lo más empeñado de su trajín rompió el silencio con estas palabras, que resultaron solemnes: «Si quieres salir pronto y bien de esa terrible situación, y salvar a tu hombre y salvarte tú, en tu mano está. El camino es corto, Lucila. No hace falta más que un poco de resolución y.. Fuera miedo, fuera escrúpulos. Te vas al convento, pides ver a la Madre; la Madre te recibirá gozosa; te armas de valor, le cuentas tus penas; la Madre te oye como ella sabe oír; tú lloras un poquito, naturalmente: la Madre te consuela, te anima; le dices toda la verdad, todita, Lucila: quién es ese hombre, lo que ha hecho, la crueldad con que es perseguido.. y para que no se te quede nada por decir, le cuentas cómo le conociste; haces la pintura de.. de.. lo guapo que es, del amor que le tienes, y.. Hija, como hagas esto, según yo te lo digo, ten a tu Tomín por salvado..».

Lucila estupefacta, suspensa, miraba a su amiga como si dudara de lo que oía. Los morros de Domiciana, al soltar la palabra, le hacían el efecto de una trompeta de son estridente, desgarrador.

 

Ep-33-VI -

-¡Pero usted se burla, Domiciana! -le dijo al fin Lucila cuando el estupor dio paso a la expresión clara del pensamiento-. ¿En serio me aconseja que le cuente esto a la Madre y le pida su protección?

-Seriamente te lo digo.. y tan cierto tendrás su divina protección como este es día. Yo la conozco bien. Por grande que sea la culpa de Tomín, si le pides a la Madre el indulto, lo tendrás.. Tus planes de escapatoria son desatinados. Si no vas por el camino que te marco, tú y tu capitán estáis perdidos.. Fuera de este camino, no veas más que la muerte.. ¡y qué muerte, pobrecilla!

-¡Ay, Domiciana: de una amiga como usted, que me quiere de veras, no esperaba yo ese consejo! -exclamó Cigüela triste, dolorida.

-¿Dudas que la Madre pueda sacarte de ese Purgatorio? El poder de la Madre es tal, que con escribir su (p.6405) voluntad en un papelito y mandarlo a donde guisan, hace y deshace los acontecimientos, así en lo grande como en lo chico. Y diciendo ella 'esto quiero' no valen para impedirlo todos los Narváez del mundo con sus bufidos de mal genio, ni la caterva de monigotes viles que llaman Ministros, los cuales no son más que refrendadores de lo que manda.. quien manda. Ya tú me entiendes. Como la Madre diga: 'Sobreséase la causa del Sr. Tomín, y désele encima jamón en dulce', ya puede estar tranquilo tu amigo.. Los que hoy le persiguen, le ayudarán a ponerse las botas para que se vaya a su casa, y luego, cuando le vean paseándose libre por la calle, le harán mil carantoñas.

-Creo en el poder de la Madre -dijo Lucila-, creo también que sirve, pero no de balde. Si concede un favor a tal o cual persona, es a cambio de otro favor, o de que la adoren como a los santos. Nadie me lo cuenta, Domiciana; lo he probado por mí misma. Cuando empezó este martirio mío, no sabiendo a quien volverme, fui al convento a pedir protección. La Madre no quiso recibirme. Sor Catalina, que siempre fue conmigo muy cariñosa, me dijo que si quería protección para mí, o para persona que me interesara, debía pedirla de rodillas con todas las señales del arrepentimiento, renegando de mi libertad, dejándome encerrar y corregir con remuchísimo aquel de severidad.. Buena cosa querían: cogerme, arrancarme el corazón que tengo, y ponerme otro de papel para que con él sintiera lo que ellas sienten: nada.. la muerte.. ¡Y por casa un sepulcro, y por ocupación el aburrimiento!.. Esto no me conviene, esto no es para mí.

-Pero, Lucila -dijo la otra apoderándose de un argumento que creía de grande eficacia-, ¿tú crees que en este mundo se logran nuestros deseos sin algo de sacrificio? ¿Querías tú que la Madre te salvara al hombre por tu linda cara, dejándote en libertad para seguir ofendiendo a Dios?.. Ponte en lo razonable, y no esperes que te saquen de este pantano sin que digas: 'A cambio de la vida y de la libertad de ese hombre, ahí va la libertad mía, ahí va mi (p.6406) amor; doy también mi vida: a Dios me ofrezco toda entera para que Dios, por mediación de sus ministros.. o ministras, devuelva la paz a un desgraciado'. Esto es lo meritorio, esto es lo cristiano.

-Eso.. -dijo Lucila desdeñosa, disimulando su enojo con una violenta presión de la mano de mortero sobre la pasta-, eso se lo cuenta usted a quien quiera. Lo cristiano es favorecer al prójimo sin pedirle nada.

-Veo que no tienes pizca de trastienda, Lucila; por eso eres tan desgraciada, y lo serás siempre. Si llevas al convento tus cuitas y las cuitas del caballero de los ojos azules, ¿qué ha de pedirte la Madre a trueque de la salvación del sujeto? Pues nada entre dos platos. Te darán cama y comida; te mandarán que confieses, no una vez, sino muchas. Ningún trabajo te cuesta confesar, ni el confesar a menudo con las penitencias consiguientes es para matar a nadie. Te sometes, te santificas, sufres un poquito, trabajas, rezas. De tu aburrimiento y soledad te consuelas pensando que el caballero está en salvo, que la policía no se mete con él, que le dan el ascenso, y vive bueno y sano, engordando y poniéndose cada día más guapetón.

-Domiciana -dijo Lucila traspasando a su amiga con la mirada-, o es usted una hipócrita y me recomienda la hipocresía, o es la mujer sin corazón, la mujer muerta, que así llamo a las que se han dejado secar y amojamar en los conventos, convirtiéndose en animales disecados como los que están en la Historia Natural. Cuando la conocí a usted en Jesús, la tuve yo por mujer viva; pero ahora me habla como las muertas. No sabe lo que es amor, no tiene idea de él; tiene el corazón hecho cecina, y con la uña me ha desgarrado el mío, que vive y sangra.. Domiciana, no sea usted cruel, no me martirice..

-Tontuela, yo seré todo lo marchita que tú quieras; pero sé discurrir y veo las cosas con claridad -replicó Domiciana ansiosa de mortificarla-. Para que te salven al caballero ese, tienes que renunciar a él, ser mujer muerta. ¿Pues qué quieres, niña? ¿Que la religión te saque de este mal paso y encima te dé cabello de ángel y (p.6407) tocino del cielo? No puede ser. Si quieres que él viva, es preciso que tú te amojames.. Ya sé yo lo que temes.. Aunque desconozco el amor, ¡maldito amor!, he calado lo que piensas. Tú dices: '¡Pues estaría bueno que mientras yo me estoy aquí, reza que te reza y secándome y acecinándome, mi Tomín, salvado por mí, ande por esos mundos divirtiéndose con otra!'. ¿Acierto?

-Eso he pensado, sí. No quiero, no, venderme a las monjas por la salvación de Tomín.

-Pues mira tú: hay un medio de conciliarlo todo. Te vas a Jesús.. haces tu trato con la Madre; te encierras, te dejas disciplinar y penitenciar todo lo que quieran.. siempre con la reserva mental de volver a escaparte cuando estés bien segura de que Tomín está en salvo..

-¡Hipócrita, más que hipócrita!.. ¿Y cuánto duraría esa comedia?

-Poco tiempo.. quince días, un mes.. ¿No tienes confianza en tu Tomín? ¿Dudas que te guarde fidelidad en plazo tan corto?.. Si lo dudas, ponle bajo mi custodia en este tiempo. Yo, como mujer muerta y corazón convertido en bacalao, no debo infundirte celos. Yo seré para él como una madre, como una hermana mayor, y le trataré a la baqueta, no le dejaré respirar, leyéndole a todas horas la cartilla: 'Eh, caballerito, ándese con tiento, que si antes estuvo condenado a muerte, ahora está condenado a fidelidad y gratitud, bajo mi vigilancia. Para salvarle a usted se puso en esclavitud, digamos en rehenes, con Dios, una mujer de tierno corazón. Si usted cumple como caballero, guardándole consecuencia, ella cumplirá como señora, escabulléndose lindamente de su prisión, y así volverán una y otro a juntarse'. Esto le diré, y con mis exhortaciones y el cuidado que he de poner en vigilarle y seguirle los pasos, te le tendré bien sujeto.. ¿Qué?.. ¿te ríes? ¿No te parece sutil esta combinación?

-Demasiado sutil.. -contestó Lucila con graciosa desconfianza.

-¿No me tienes por buena guardiana?

-No me fío..».

La monja ladina alargaba los morros afectando toda la seriedad del mundo. Mirábala Lucila entre burlona y asustada. En sus labios oscilaba ese mohín del niño, (p.6408) que no sabe si reír porque le entretienen o llorar porque le asustan. Y repitió la frase: «No me fío..». Tras una pausa en la cual Domiciana frunció su tenebroso entrecejo y dio a los morros toda la longitud posible, Cigüela, casi casi compungida, volvió a decir: «No me fío, Domiciana.»

-Pues si soy mujer muerta y corazón disecado, ¿qué temes?

-Por si acaso, Domiciana, por si acaso no fuera usted como yo creo..

-¿Esta combinación no te peta? Peor para ti.. porque no hay otra, Lucila.

-Si para que la Madre me favorezca necesito engañarla, y birlar a la Comunidad, me quedo donde estoy. ¡Pobre Tomín!.. Moriremos juntos.

-Sí, sí: a eso vais.

-Ya me dio un vuelco el corazón cuando usted nombró a la Madre. Desde el día en que allí estuve y me despidió Sor Catalina con las despachaderas que usted sabe, no he vuelto a parar mientes en aquella casa. Por la Madre siento respeto; pero nada más que respeto.. Cierto que no es una mujer como las naturales.. Algo hay en ella que es.. de ella nada más; pero nunca he podido quererla..

-Yo sí -dijo Domiciana con firme acento; y la vaguedad de su mirada, perdida y parada como la de los ciegos, indicaba que su mente perseguía las imágenes distantes.

-¿De veras la quiere? Será porque ha sido buena para usted. ¿Y cree usted en las llagas?

-¿Cómo he de creer en las llagas, si sé cómo se hacen? Alguna vez ha recurrido a mí para que se las reprodujera cuando se le estaban cicatrizando. Tengo el secreto: la misma monja que reveló a Patrocinio este artificio me lo enseñó a mí, una vieja que murió cuando aún estábamos en el Caballero de Gracia: Sor Aquilina de la Transfiguración, aragonesa ella. Pues sí: sé hacer llagas. Ello es bien fácil. Tengo la clemátide vitalba, que el vulgo llama yerba pordiosera. ¿Quieres probarlo? Verás qué pronto..

-No, gracias. No me llama Dios por ese camino.

-Ni a mí. Por eso jamás me pasó por la cabeza llagarme a mí misma.. Las razones que ha tenido Patrocinio para ponerse los estigmas son de un orden superior, y no debemos meternos a decir si hace (p.6409) bien o hace mal.. Lo que en ti o en mí, que somos tan poco y no valemos para nada, sería bárbaro, pecaminoso, y hasta sacrílego, en otras personas, llamadas a empresas altas por méritos de su caletre y de su voluntad, puede ser bueno, necesario y hasta indispensable. ¿Qué dices? ¿Que no entiendes esto, bobilla?

-Yo, Domiciana, pienso siempre por derecho: creo que lo que es malo en mí, malo ha de ser en las reinas y emperatrices.

-No estamos conformes. Eres una simplona y no conoces el mundo. Corto tiempo has estado en el Convento, y eso en días en que allí había poco que aprender. Veinte años, los mejores de mi vida, pasé yo en la Comunidad, y en tiempos tales, que entonces fue la casa como un pequeño mundo, dentro del cual el mundo grande de nuestra España estaba como reproducido y encerrado. ¿Me entiendes? Pues yo, por lo que allí he visto, puedo dar fe de las grandes dotes y facultades que el Señor concedió a Patrocinio. No hay mujer como ella. Yo la admiro, por muchas razones; por otras la temo..

-Y por otras la quiere.. ha dicho usted que la quiere.

-Y no me vuelvo atrás. Para que te hagas cargo de las razones de este querer mío, así como del admirar y del temer, será preciso que yo te cuente muchas cosas.. ¿No te parece que ya hemos trabajado bastante?

-Yo, la verdad, no estoy cansada. Deme otra cosa que majar.

-Antes descansemos y merendemos. Hagamos un alto en nuestros afanes para cobrar fuerzas.. No podrás negarme que estás desfallecida.. Se te abre la boca y se te caen los párpados. Recógeme todo eso.. No: yo lo recogeré mientras tú bajas a la calle, y te traes dos pares de bartolillos de la pastelería de Cosme. Toma los cuartos. Mejor será que traigas media docena: los remojaremos con un rosolí exquisito que me mandaron los de la botillería de la Lechuga, para reparo del estómago en las mañanas y en las tardes frías..».

Salió la moza diligente, y en el rato que estuvo fuera, recogió la ex-monja los ingredientes que en la mesa de trabajo había, ordenándolo todo en otro sitio. Después (p.6410) sacó de un estante la botella de rosolí, y dos copas. Al salir Lucila por los bartolillos, había reparado Domiciana en los rojos zapatos puntiagudos que calzaba su amiga, y cuando la vio entrar fijó más en ellos su atención, diciendo: «Has de contarme de dónde sacaste esos chapines tan majos, y luego trataremos de que me los des a cambio de otro calzado, porque te aseguro que me gustan muchísimo, y quiero ponérmelos y usarlos dentro de casa». Contestó Lucila que dispusiese de aquella prenda y de cuanto ella poseía, y acto continuo se sentaron y cada cual la emprendió con un bartolillo, Domiciana como golosa y Lucila como hambrienta.

 

Ep-33-VII -

Sirviendo a su amiga el dulce rosolí, e invitándola a no ser demasiado melindrosa en el beber, la exclaustrada dio principio con desordenado plan y gracioso estilo a sus cuentos monjiles: «Yo entré en el Convento cuando aquel mal hombre y peor Rey Fernando casó con Cristina.. no: cuando ya estaban casados, y Cristina encinta de Isabel. Me movió a ser monja una tema de chiquilla tonta y cabezuda, y el odio a mi madrastra, Faustina Baranda, de esa familia de peleteros establecida en la calle Mayor, y cinco años estuve en aquella vida boba sin percatarme del gran desatino que había hecho. Fue mi madrina en la profesión Doña Victorina Sarmiento de Silva, dama de la Infanta Carlota.. Pues como te digo, caí de mi burro a poco de tomar el hábito y cuando ya mi locura no tenía remedio. De novicia, vi los primeros milagros de Patrocinio, que en el siglo se llamó Dolores Quiroga y Cacopardo, y las entradas del Demonio en nuestra santa casa.. Terribles dudas tuve al principio; pero como ya entonces era yo muy reparona y todo lo observaba, llegando hasta no creer en ningún fantasma que no viese con mis ojos y tocara con mis manos, pronto me convencí de que el diablo intruso y visitante era un fraile de Sigüenza, que entraba por las habitaciones del Vicario y a los tejados se subía, y a los claustros y celdas bajaba. Otra novicia y yo, las dos valientes y decididas, le (p.6411) acechamos una noche, y corriendo tras él y agarrándole por donde pudimos, yo me quedé con un pedazo de rabo en la mano, el cual era como una cuerda forrada en bayeta roja, y mi amiga le arrancó un cuerno, que resultó ser al modo de un gordo chorizo de sarga verde, relleno de pelote.. Como se confunden en mi cabeza los recuerdos y no puedo fijar bien el orden de los sucedidos, te diré que antes o después de aquellas visitas infernales recibía nuestra Comunidad en el locutorio las de D. Carlos María Isidro y su mujer Doña Francisca, y con ellas las de innumerables señorones del bando absolutista, que era el de nuestra devoción. En clausura entraban cuando querían un capuchino llamado el Padre Alcaraz, el Padre la Hoz, que a muchas de nosotras confesaba, Fray Cirilo de Alameda y otros del mismo fuste. El Padre Arriaza, que luego nos pusieron de Vicario, no creía en la santidad de Patrocinio, y tuvo con ella y con la Priora no pocos altercados. Nosotras, acechando fuera de la puerta de la celda prioral, oíamos el run run de las voces, y luego veíamos salir a la Priora sofocada, a Patrocinio fresca y sonriente, desafiando al mundo entero con aquella serenidad que nos llenaba de admiración.

»Que todas allí éramos carlinas furiosas, no tengo por qué decírtelo. Adorábamos a D. Carlos, y aunque en Patrocinio veíamos actos de la mayor extravagancia, creíamos en ella, por aquel don magnético que tenía y tiene para imponer sus ideas, sus propósitos y hasta sus milagros. Podían ser falsas las llagas, pero las reverenciábamos; podía ser impostora la llagada, pero embargaba los ánimos con la blancura de su rostro y con su voz meliflua, con aquel modito suave de decir las cosas y de hacerlas, con aquel amor verdadero o falso que a todas mostraba, y al cual correspondían nuestros corazones, tan necesitados de un querer entrañable en vida de tanto hastío y soledad.. La queríamos, Lucila, porque cuando una es monja, no se satisface con el amor de los santos o santas de palo, y quiere santos vivos, sean como fueren. Patrocinio, mujer extraordinaria, tuvo el arte y el valor (p.6412) de hacerse santa viva: de este modo conquistó el afecto de sus hermanas, y de muchas personas de fuera que la visitaban con admiración, con fervor, con todo el sentimiento místico que el alma guarda y acaricia para emplearlo en lo primero que salga.. ¡Pues no te quiero decir lo que nos maravilló el caso de desaparecerse Patrocinio sin que en la casa quedara rastro de ella, y aparecerse luego a horcajadas en el tejado, con el rostro tan bien encendido en un divino resplandor que parecía una celestial visión!.. Bajada de aquel lugar eminente, y después de ponerse a orar nos contaba que, arrebatada por el Demonio en una nube densa, fue conducida al camino de Aranjuez, y del camino al Palacio del Real Sitio, donde había visto con sus propios ojos a la Reina María Cristina en tal descompostura de ademanes, que con ella bastaba para tenerla por malísima mujer.. que luego la transportaba el mismo diablete a la Sierra de Guadarrama y al Real Sitio de San Ildefonso, y allí veía y comprobaba que Isabel no podía ser Reina de España; por fin, después de otras milagrosas visiones y avisos, en demostración de que D. Carlos ceñiría la corona, el Demonio nos traía de nuevo a nuestra compañera montadita en la nube, y nos la ponía en el tejado, no sin algún quebranto de huesos de la monja volandera.. ¡Habías de ver su cara y sus modos cuando nos contaba tales prodigios! Yo, sin creerlos, me dejaba vencer de no sé qué respeto al arte superior y nunca visto de tal mujer, y hacía coro a las alabanzas, a los regocijos, a las esperanzas de mis compañeras, que veían en todo ello días gloriosos para la Orden.

»Patrocinio, cuando no estaba en oración, se pasaba las horas en su celda escribiendo cartas. Llevaba larga correspondencia con personas desconocidas de fuera, que la tenían al tanto de todas las intrigas y diabluras masónicas.. Pero un día vino el Demonio, por cierto todo vestido como un oso, y arrebatándole los papeles, salió, dejando tal peste de azufre que no podíamos respirar. ¿Era este diablo el mismo que se la llevó en una nube a los Reales (p.6413) Sitios? Yo entonces nada sabía. Después entendí que el segundo Lucifer era el Padre Alcaraz, que había reñido con el Demonio de marras; supe también que el viaje no había sido por los aires, sino por tierra, y no a los Sitios Reales, sino al convento de Cuéllar, donde desterrado estaba el frailón de Sigüenza, confesor que fue de Patrocinio. Bien podíamos decir: riñen los diablos y se descubren los hurtos.

»Pues ahora daré un brinco en el relato: tengo que decir lo primero que me salta a la memoria. Si no es por la traición de Maroto, no habría quien le quitara la corona a D. Carlos.. Patrocinio, mujer de gran pesquis, en cuanto tuvo noticia del convenio de Vergara, empezó a entenderse con los diablos cristinos, y con los angélicos o isabelistas.. Mucho antes de estos días.. y ahora doy otro brinco para atrás.. empecé yo a sentir en mí el hastío y la repugnancia de la vida monástica; y de tal modo se me iba sentando en el alma el desconsuelo, que no tenía un rato de paz; perdí la salud, y me entraron las murrias más horrorosas que puedes figurarte. Y es que como había visto tantos diablos que entraban y salían, y a más de los diablos, diabluras tantas dentro y fuera de la casa, me sentí también un poco diabla, y harta de convento, no vi mejor remedio que las diabluras para salirme de él..

»Déjame que pegue ahora otro brinco, no sé si hacia delante o hacia atrás, porque el encadenado de las cosas en el tiempo se me borra de la cabeza.. Por aquellos días empecé a sufrir los achaquillos de no dormir, de querer pegar a dos monjas que solían hacerme burla, y el irresistible deseo de clavarle un alfiler gordo en la nalga a la Hermana que tenía más próxima. Cuando me entraba el mal, o daba satisfacción al antojo, o me entraban unos vapores que me ponían a morir.. Y cátate aquí a Patrocinio procesada. Después de tanto absolutismo, vinieron al poder progresistas masónicos, y la emprendieron con nuestra santa. Del disgusto que a todas nos causaron aquellas trapisondas (y el proceso fue por los papeles que le robó el maldito diablo) , yo me puse (p.6414) peor; me entró una tristeza tal, que en ella me hubiera consumido si no quisiera Dios enviarme una distracción, un consuelo, con que me fui recobrando, y al fin se me fortaleció el seso y me volvieron las ganas de vivir. Desde los primeros años de la vida claustral solía entretenerme cogiendo hierbas en la huerta, aprendiendo a distinguirlas y a conocer sus cualidades y virtudes. Esta, en cocimiento, es buena para las muelas; aquella, en infusión, inspira pensamientos alegres; tal otra, purga a los pájaros; cuál otra, blanquea y afina las manos.

»Y ahora otro saltito. Cuando el tribunal masónico dispuso que, para observar a Patrocinio y ver si eran verdaderas o fingidas sus llagas, la trasladasen del Convento a una vivienda particular; cuando fue llevada nuestra santa a la casa de D. Wenceslao Gaviña, en la calle de la Almudena, y de allí a las Recogidas, se ordenó también desocupar el Convento del Caballero de Gracia. Al de la Latina nos mandaron, donde por ser la huerta muy chica y pobre de vegetación, no encontré el solaz que me daba la vida, y tan mala me puse, que medio muerta me despacharon para Torrelaguna. ¡Oh! allí fueron mis delicias, porque a más de encontrar abundancia de toda la maravilla vegetal que derramó Dios por el mundo, también me deparó su Divina Majestad a Sor Facunda de los Desamparados, valenciana, que es la primera sabedora del mundo en achaque de hierbas y sus virtudes, y sobre la ciencia y experiencia, poseía una divina claridad para dar razón de todo. Allí mis goces de hortelana, de herbolaria y de farmacéutica fueron tan vivos, que hasta las obligaciones religiosas se me olvidaban, y más de una vez me reprendió y castigó la Priora.. Pero yo lo llevaba con paciencia; no se me ocurría clavar alfileres gordos en las caderas de nadie, y me sentía fuerte, rebosando salud..

»Y con tu permiso, pego aquí otro salto, en el espacio más que en el tiempo. Viéndome repuesta me llevaron a Madrid. ¡Adiós mi Sor Facunda del alma, adiós alegría de mi huerta y de mis queridísimos hierbatos! ¡Oh, qué tristeza me causó (p.6415) Madrid! En el tiempo de mi feliz residencia en Torrelaguna, habían ocurrido muchas cosas: cambio de personal y aun de casa, porque ya la Comunidad no estaba en la Latina, sino en Jesús.. Por cambiar, hasta la política era otra, pues los carlinos figuraban poco, y eran amos de España los isabelinos con su Reina imperante. Sor Pilar Barcones, ancianita, seguía de Priora; pero la que nos gobernaba realmente era Patrocinio, maestra y madre de todas nosotras. Con satisfacción y orgullo veíamos el sin fin de personajes que iban a platicar con ella. El señor Infante Don Francisco presentó a su hijo, ya Rey o marido de la Reina; este llevó a su esposa, y tras estos egregios visitantes, iban Duques, Condes y Marqueses con sus mujeres y otras que no lo eran.. Jubileo más lucido no se vio nunca. Patrocinio, a mi regreso de Torrelaguna, me pareció una figura enteramente celestial. ¡Qué blancura de tez, qué caída de ojos, qué majestad en las posturas, y qué modito de hablar echando las palabras como si fueran ecos de otras que sobre ella en invisibles aposentos se pronunciaran! Comprendí entonces su poder, y que Reina y Rey se postraran ante ella.. Tan mística era su hermosura, tan soberanos sus modos de andar, de sonreír, de llamar a una de nosotras para que se acercase, y tan dulce el timbre de su voz, que causaba en los que la veían y oían por primera vez efecto semejante al de la presencia de un ser sobrenatural. Te contaré un caso para que te maravilles. Cuando la llevaron a las Magdalenas, una monja de fe muy viva, que había oído contar sus milagros y creía en ellos como yo creo en la luz del sol, en cuanto la vio quedose como pasmada; se le doblaron las rodillas; el rostro de Patrocinio fue para ella como un conjunto de la claridad de todos los rayos y centellas del cielo.. La pobre monja dijo: '¡Ay, Jesús!', y se quedó ciega.»

-Pues esa era la ocasión -dijo Lucila prontamente-, de probar la Madre su santidad, porque debió llegarse a la pobre monja, y ponerle la santa mano en los ojos y decir con arrebato: 'Ojos engañados, en nombre de Dios os mando (p.6416) que veáis'.

-Algo de eso hizo Patros; pero no consta que la otra recobrara la vista, y sólo al cabo de unos días empezó a ver algo por el ojo derecho, quedándose con el izquierdo a obscuras.. En fin, yo te cuento el prodigio como me lo contaron, y lo que haya de verdad ya lo dirán las escrituras.. Pues sigo: si me fue muy grato ver que la Madre me tomaba cariño, por otra parte me causó un dolor muy acerbo cierto día, diciéndome que moderara mi afición a la botánica y a la composición de menjurges caseros.. así lo llamaba, con desprecio de cosa tan útil como aquel arte mío mal aprendido. Ya ves: yo que no me había puesto tasa en la admiración de ella, ya la temía tanto como la admiraba.. Disimulé un poco mis aficiones, que cada día se apoderaban más de mi pobre alma sepultada en aquella región del fastidio. Hablando yo conmigo misma o con Dios en la soledad de mi celda, me comparaba con Patrocinio; llegaba a creerme que tenía delante de mí su rostro blanquísimo, sus ojos que ven los pensamientos, sus manos de cera con los estigmas de las llagas, sombrajo entre rosado y verdoso.. Y viéndola de presencia, como hechura de mi imaginación, le decía: Tú haces milagros, y yo combinaciones naturales, que son los milagros de la tierra; tú trabajas con las cosas que están por encima de las nubes, con lo invisible y espiritual; yo trabajo con plantas humildes que tú pisas creyéndolas cosa despreciable. De estas plantas extraigo zumos, de otras aprovecho las flores, las raíces, las cortezas, y preparo bebidas medicinales, ingredientes que sirvan para realzar la hermosura, o para mil usos y aplicaciones útiles de la vida que, por ser tantas, no se pueden contar. Tú haces tus arrumacos y tu arte de los cielos para dominar a las criaturas y someterlas a tu mando, para ayudar o estorbar a Reyes y Ministros en el mangoneo de la dominación, o en guiar a ese ganado hombruno que, como el ovejuno y el vacuno, se deja llevar por el miedo o por el engaño. Yo no aspiro a gobernar a nadie, sino a ser útil a unos cuantos, y a emplear mis días en un (p.6417) trabajo modesto que a mí me sostenga y me dé mejor y más cómoda vida. Tú manipulas con lo divino, yo con la Naturaleza, y en mis milagros no entran para nada el Dogma, ni la Pragmática Sanción, ni la Legitimidad; no entran más que las hierbas de Dios, el agüita de Dios, y el fueguito de Dios..

»Esto le decía yo en mis pláticas solitarias, y aun creo (no puedo asegurarlo) que se lo dije de palabra viva, frente a frente, en alguna de las agarradas que tuvimos cuando me llamaba a su celda para reprenderme».

 

Ep-33-VIII -

Por segunda o tercera vez escanció rosolí en las dos copas, y pasando por el gaznate un buche de agua para aclarar la voz, prosiguió de este modo: «De entonces, y digo entonces por no poder marcarte la fecha, datan mis mayores trastornos. Las paredes y el techo de Jesús se me caían encima. Las locuras de otros días se repitieron con mayor gravedad; yo no me contentaba con dar gritos, sino que se me salían de la boca, sin pensarlo, palabras feísimas, las más feas que hay, y que yo no había dicho nunca. Pasados días me divertía mucho asustando a las monjas; mejor será decir que me vengaba. Algunas no me podían ver. El susto de más efecto era figurar que me ahorcaba, y apretándome el cordel y sacando la lengua, yo les metía un miedo horroroso.. A tanto llegué con aquel desatino, que ya no me dejaban sola en mi celda, y dormía siempre con dos guardianas. Andando los meses me sosegué, no influyendo poco en ello la divina Madre, que muy cariñosa me amonestó y consoló, permitiéndome coger plantas y hacer con ellas apartadijos como los de los herbolarios.. Pero un día, ¡ay!.. Voy a contarte lo más atroz que hice, y el más estrafalario, el más ridículo y cruel de mis disparates. No sé qué día fue, ni la fiesta solemne que celebrábamos, porque en esto de fechas y festividades siempre he sido muy corta de memoria. Lo que sí recuerdo como si lo estuviera viendo es que aquel día tuvimos procesión por el claustro, a la que asistió el Rey bajo palio, con cirio, acompañado del Infante D. Francisco, su señor padre y del (p.6418) Padre Fulgencio, su confesor.. Después de esto hubo refresco; se sentaron todos en el jardinillo que hay en el centro del claustro. Recordando el calor que hacía, calculo que ello era al apuntar del verano, quizás en la fiesta de la Pentecostés o de la Santísima Trinidad.. Yo me acuerdo de que llevé sillas para que se sentaran los convidados. Frente al Rey estaba Patrocinio; a su derecha el Infante D. Francisco, y a su izquierda un fraile que no sé si era el Padre Carrascosa, confesor de la Madre, o Fray Toribio Martínez Cuadrado. Es muy raro esto de que se me confundan en la memoria dos frailazos de época muy distante el uno del otro. La confusión será porque se parecían; ambos eran grandullones, fornidos, de anchos hombros y pecho, caderas muy señaladas; unos hombrachos como castillos, con gordura de mujeres apopléticas. Yo llevaba bandejas con refrescos, y me las traía con los vasos vacíos.. En una de estas idas y venidas me entró de repente la mala idea, una idea rencorosa y asesina, que con ninguna reflexión pude dominar. Ello eran unas ganas muy vivas, muy ardientes, de ofender al buen fraile, que a mí no me había hecho daño alguno ¡pobre señor!, pero que en aquel momento me inspiró un odio mortal y una repugnancia inaudita, por el bulto que hacían sus carnazas amazacotadas. Ciega de aquel furor que me acometió como una instigación del demonio, dejé en el suelo la bandeja vacía, metí la mano bajo el escapulario, saqué un alfiler muy gordo y largo, de cabeza negra, que llevar conmigo solía, y cogiéndolo con disimulo, y llegándome bonitamente al fraile, se lo clavé en la nalga con presteza y saña, metiéndoselo hasta la cabeza.. Hija, el grito que soltó Su Paternidad, y el respingo que dio, saltando del banco y echándose mano a la parte dolorida fueron tales, que al primer momento todas las monjas soltaron la risa.. Bufaba el fraile; yo salí huyendo avergonzada, y aquello fue un escándalo, una tragedia.. Luego me contaron que el Rey se había reído, y consolaba al Padre diciéndole que el alfilerazo no había sido más que (p.6419) una broma, y que sin duda mi intención no fue irme tan a fondo..

»Ya comprenderás que esta barrabasada mía, hecha tan sin pensar, agravó mi situación.. En el convento se hablaba de mandarme al Nuncio de Toledo, donde hay un departamento para monjas que están mal de la jícara. Las que me querían mal me lo dijeron, y al saberlo yo, tuve el arrebato de ahorcarme de verdad, que sólo me duró un ratito.. En esto me llamó Patrocinio a su celda y hablamos lo que voy a contarte: 'Yo me someto a todo lo que Su Caridad determine -le dije-, menos a que me lleven a una casa de Orates, pues aunque parezca loca no lo soy. El clavarle el alfiler al Padre confesor fue una travesura.. Él nos había dicho que el dolor es muy bueno y que debe regocijarnos. Tuve la mala idea de causarle dolor para que se regocijara.. Pero no volveré a jugar con alfileres; yo se lo prometo a Su Caridad'. Y ella a mí: 'Hermana, está usted enfermita del caletre, y es menester curarla. Su mal proviene, según entiendo, de una fuerte inclinación a las cosas temporales, que perdura después de tantos años de vida religiosa. ¿Qué quiere decir eso de rebuscar y exprimir las plantas para comerciar con su jugo? Pues es codicia, es preferir lo humano a lo divino, y lo menudo a lo grande..'. Yo repliqué: 'Así es. Su Caridad está en lo cierto. Me llama lo menudo y andar a cuatro pies por la tierra. ¡Dichosas las almas que se apacientan en los campos del cielo comiendo estrellas! Yo no tengo esa perfección. Al lado de Su Caridad soy como una burra que pasta en los prados y no ve más que lo que come.. Tengo la pasión de las cosas necesarias, o si se quiere, menudas, y de entretener mis manos en labores vulgares que den de comer a alguien, a mí la primera. Me gusta trabajar, hacer cosas; me gusta vender, me gusta cobrar.. Si eso es pecado, soy gran pecadora; pero no demente'. Y ella: 'No diré que sea pecado en el siglo; aquí podría serlo. Hermana mía, yo no le deseo ningún mal; quiero para usted todos los bienes, y puesto que se ha llamado burra, le diré que este pesebre (p.6420) no le cuadra..'. A la semana siguiente volvió a llamarme y me notificó que yo no podía seguir en el convento, y que por no dar la campanada de mandarme al Nuncio había escrito a mi madrina, Doña Victoria Sarmiento, para que supiera lo que ocurría, y a mi padre para que fuese por mí y se encargara de mi curación. Estas palabras de la divina Madre me causaron tanto gozo, que sólo con oírlas se me quitaron como por milagro todos mis males de corazón y de nervios. Ve aquí por qué quiero a la Madre. Llorando de gratitud le di las gracias, y al despedirme me dijo con gracia: 'Celebraré mucho que el trajín de hacer cosas y de venderlas la cure de esos arrechuchos, hermana querida. Ayude usted en la cerería al buen D. Gabino, que ya debe de estar gastadito y achacoso; trabaje con él, cobre salud, y no nos olvide. Haga vida de recogimiento para que su salida no cause escándalo, y viva en concepto y opinión de enferma que busca su reparación en la casa paterna.. Antes de abandonarnos, déjenos, con sus recetas, todo lo que tenga hecho de la pasta para blanquear y afinar el cutis de las manos'.

»Los días que transcurrieron desde esta conversación hasta que mi padre, la Madre, Doña Victorina y el Vicario se pusieron de acuerdo para mi salida, los pasé en gran ansiedad. Me atormentaba la idea de que el fraile, cuyas carnes orondas traspasé con el alfiler, influyera para que, en vez de mandarme a mi casa, me encerraran en el Nuncio. O me perdonó mi víctima, o no quiso ocuparse de mí.. En aquellos días entraste tú y te pusieron a mi servicio. Simpatizamos; me inspirabas lástima; pensé que te catequizaban para sepultarte allí toda la vida. Mi padre llegó al fin, y solté los hábitos para venirme a casa. De la fuerza del alegrón yo estaba como idiota cuando salí, y en los primeros días que aquí pasé, el ruido de la calle me ensordecía, y mi padre, mi hermano y Tomás eran como fantasmas que alrededor de mí se paseaban.. Poco a poco fui entrando en la nueva vida y regocijándome más con ella. La tarde en que te me presentaste, diciéndome que (p.6421) te habías escapado y que en mi compañía querías estar hasta saber el paradero de tu padre, me alegré de veras: tu libertad me afirmaba en el contento de la mía.. Me referiste lo del Relámpago, y nos reímos del gran mico que se llevaron las monjas y el Padre Fulgencio.. He concluido. Nada más tengo que contarte».

Emancipada la atención de Lucila del interés del cuento, volvió a caer en el asunto que embargaba su espíritu: el amor de Tomín, su salud, su libertad. Observábala Domiciana alargando los morros. Por fin, la moza, sacando un suspiro de lo más profundo, se levantó y dijo: «Es tarde ya. Tengo que irme.»

-Pero no te hagas la desentendida. Quedaste en darme los zapatos. Ya supondrás que no los quiero de balde. Te doy por ellos unos míos casi nuevos, y unas medias que no he estrenado todavía. Mis pies y los tuyos son tan hermanos que parecen los mismos..». Al decir esto se descalzaba. «Mira: no eres tú sola la que puedes ufanarte de un bonito pie. Ven a mi cuarto y haremos el cambio».

Llevola al gabinete próximo, y allí trocaron su calzado. Lucila iba ganando; pero la otra parecía más satisfecha, y reía mirando en sus pies las rojas chinelas puntiagudas. Luego recogió Cigüela de manos de su bienhechora lo que esta le había ofrecido: chocolate, pan, alguna golosina, y de añadidura media peseta columnaria. «Ya ves -dijo la exclaustrada contrayendo los morros-: te doy dos reales y medio.»

-No sé cómo agradecerle favores tantos, Domiciana. Si no se enfadara, si no dijera usted que me ha hecho la boca un fraile, me atrevería.. ¿De veras no se enfada? Pues quisiera llevarle un poquito de ese licor.. ¡Le sentará tan bien!

-¿Un poquito has dicho? Pues te llevas la otra botella que tengo. Ya me dará más Alonso. ¡Pobre Tomín, qué bien le probará! No le des más que un poquito a cada comida: esto ayuda a la reparación de fuerzas.. Dime otra cosa: ¿fuma el Capitán?

-Sí que fuma cuando tiene qué. Yo recojo todas las colillas que encuentro; se las pico muy bien picaditas..

-Toma, toma otro real.. (p.6422) Le compras un paquete de picadura, o un macito de a veinticinco.. Para el fumador, no hay privación más penosa que la de este vicio. Hemos de estar en todo.. Vaya, no te detengas. Adiós».

Salió Lucila muy consolada y muy agradecida, pero también un tanto recelosa. En su alma tomaba fuerza el deseo de ser sola en cuidar y proteger al infeliz Capitán. No quería compartir con nadie su abnegación, porque partiéndola o admitiendo la abnegación extraña, creería ceder o enajenar parte de sus derechos al amor de Tomín. Temía que la gratitud del hombre tuviera que dividirse, y ella no admitía tal división, mayormente si la partija de aquel sentimiento recaía en una mujer, quien quiera que esta fuese. Cierto que la generosidad de Domiciana era desinteresada; nunca había visto al Capitán; pero podía llegar a conocerle, extremar sus beneficios, y reclamar siquiera algunos rayos de la mirada de los ojos azules.. Cuando llegó a la Cabecera del Rastro, disipáronse como bocanada de humo estas vagas cavilaciones, dejando todo el espacio de su alma a la previsión y ansiosas dudas de lo que a su regreso encontraría. ¿Habría pasado algo?.. Acordose entonces de los periódicos que le había encargado Tomín, y volvió atrás, muy disgustada de su mala memoria y de la tardanza que el largo rodeo en busca de los papeles le ocasionaría.. Vaciló, detúvose en la calle de San Dámaso, pensando si sería más conveniente entrar tarde con los periódicos o temprano sin ellos, y al fin decidiose por lo segundo, amparándose de esta especiosa razón: «El tabaco y el rosolí bien valen los papeles.. Otro día será».

Como siempre, subió temblando por la luenga escalera que bajo sus pies gemía. Famélicos gatos la saludaron con mayidos melancólicos. La noche era plácida, estrellada, y del suelo subían el vapor y el ruido de la vida urbana, mezclados con el desagradable olor de las fábricas de velas de sebo. En las primeras noches que la pobre Lucila vivió en tan desamparadas alturas, el vaho del sebo derretido se le metía en la cabeza, y de tal modo a su mente se adhería cuanto (p.6423) contemplaban sus ojos, que llegó a creer que olían mal las estrellas. Pero a todo se fue acostumbrando, y la delicadeza de su olfato se embotaba de día en día.. Sin aliento llegó a su desván. No había ocurrido nada: Tomín la esperaba risueño y tranquilo. Se abrazaron.

Entre los abrazos, dio Cigüela explicación de no haber llevado los periódicos, y mostrando el botín de aquel día, más pingüe de lo que Tomín pudiera imaginar, le permitió catar el rosolí, como medicamento tónico. Antes de la cura y cena, la enfermera le dio un paseíto por la estancia, durante el cual el preso estuvo ágil de remos, despabilado de cabeza, decidor de palabra. Y antes de recogerle a su descanso, le arrimó al ventanal para que contemplara el cielo. Lucila le enseñaba las estrellas más brillantes, las más hermosas.. que olían a rosolí.

 

Ep-33-IX -

Pasaron días, entre los cuales se deslizaron los de Navidad, confundiendo su barullo con el trajín de los ordinarios; acabose el año 50, y entró su sucesor con fríos crueles, que obligaron al vecindario de Madrid a recogerse al amor de las camillas para sacar los estrechos. ¡Y qué graciosísimos disparates resultaron de aquel juego en algunas casas! Al sacar las papeletas, todo el concurso reventaba de risa. ¡Martínez de la Rosa con la Petra Cámara; el Nuncio con la dentista Doña Polonia Sanz, y la Reina Madre con D. Wenceslao Ayguals de Izco! Entre Navidad y Reyes, hizo Lucila no pocas visitas a Domiciana, encontrando a esta tan magnánima y dadivosa, que parecía constituirse en Providencia nata del pobre Tomín y de su atribulada compañera. Una tarde le dio, envueltos en un papel de seda, dos cigarros puros, que ella misma había comprado. A tan hermoso obsequio, siguieron: ya el cuarto de gallina, ya la perdiz escabechada, bien las lucidas porciones de garbanzos, patatas y otros comestibles. Huevos hubo un día, otro jamón, y nunca faltaban chocolate y pan. Los cuartos y las medias pesetas o pesetas, a veces columnarias, menudeaban que era un gusto, y cuando apretaron las heladas, se descolgó (p.6424) con una buena manta, nuevecita. Lo de menos era la limosna material, que más que esta valían el buen modo y las recomendaciones cariñosas. «¡Ay, hija, evitemos a todo trance que pase frío!.. Ten cuidado, por la noche, de que no se ponga a dar manotazos, destapándose.. Arrópale bien.. Dale la comida con método, sin dejarle que se atraque de lo que más le guste; y el vino con medida.. Para cuando pueda salir de casa, le estoy preparando un chaleco de mucho abrigo.. Mira: estos cigarros que te doy son para que fume hoy uno y otro mañana. No permitas que se fume los dos en un día».

Y Cigüela, con estas crecientes efusiones caritativas, agradeciendo mucho y recelando más. ¿Pero qué remedio tenía sino tomar lo que le daban, librándose así de la fatigosa y triste correría en busca de socorro? Atenta siempre a los actos y dichos de Domiciana, observó en aquellos días alguna variación en sus hábitos: la que no salía de casa más que para ir a misa a San Justo muy temprano, ausente estaba largas horas en pleno día. Dos veces dijeron a Cigüela en la cerería que la señora había salido, y tuvo que esperarla. Al entrar fatigada, decía la monja que la necesidad de colocar sus drogas la sacaba de su quietud y recogimiento. En todo ello resplandecía la verosimilitud; pero la guapa moza, llevada por su desamparo y la tenacidad de sus desdichas a un horrendo escepticismo, en los hechos más inocentes veía sombrajos o barruntos de nuevas tribulaciones.

Ya iban los Reyes de vuelta para su tierra de Oriente, y llevaban tres días o cuatro de camino, cuando Lucila, al entrar en la cerería, se sorprendió de ver en ella más gente de la que allí solía pasar el rato charlando. Las primeras palabras que oyó hiciéronle comprender que había caído Narváez. Ya era Jefe del Gobierno D. Juan Bravo Murillo. Se alegró de la noticia, pues a Narváez, visto del lado de su particular desventura, le juzgaba como el peor de los gobernantes. «Luciíta -le dijo D. Gabino con la melosa inflexión de voz que para ella reservaba-, pasa al taller, que hoy es día de cera, (p.6425) y allá está mi hija regentando». Corrió la moza a la trastienda, y de allí, por estrecho patinillo en que había un pozo cubierto, ganó la puerta de un aposento ahumado. Salió Domiciana a recibirla con mandilón de arpillera y el cazo en la mano, y a gritos le dijo: «Ven, mujer.. Ya te esperaba. Hoy estamos de enhorabuena». No era la primera vez que su amiga la recibía en las funciones del arte de cerero, aplicando a ellas el elemento más varonil de su compleja voluntad. Aquel día la vio Lucila más radiante de absolutismo, más fachendosa y con los morros más prominentes.

-¿Enhorabuena ha dicho usted?

-¿Pero no sabes que ha caído ese perro? Tendido le tienes ya en medio de la calle, y no volverá a levantarse, pues.. quien yo me sé le pondrá el pie sobre la jeta para que no remusgue. Alégrate, mujer; ya nos ha quitado Dios de en medio al causante de la desgracia de tu pobrecito Tolomín».

No podía la cerera extenderse en mayores comentarios, porque la cera, derritiéndose en la olla puesta al fuego, decía con su hervor que ya estaba en el punto de licuación, y que anhelaba correr sobre los pábilos. A una señal de Domiciana, Ezequiel y Tomás cogieron la olla por sus dos asas y la llevaron al centro de la estancia, junto al arillo, rueda colgada horizontalmente. De la circunferencia de este artefacto pendían los pabilos de algodón e hilaza cortados cuidadosamente por D. Gabino. A plomo bajo el arillo fue puesta la paila, que debía recibir el gotear de la cera. Ezequiel ocupó su sitio, arrimando a su pecho el bañador. Iniciado el girar lento del arillo, a medida que iban llegando frente al operario los pabilos colgantes, aquel derramaba en la cabeza de estos la cera líquida que con un cazo sacaba de la olla. Los pabilos, pasando uno tras otro y repasando en circular procesión de tío-vivo, iban recibiendo la lluvia o baño vertical de cera, que pronto blanqueaba y vestía de carne los esqueletos de algodón. Domiciana no apartaba de su hermano los ojos, vigilando la obra y recomendando que los chorretazos del líquido fueran (p.6426) administrados con esmero, para que todos los hilos se revistiesen por igual, y engrosaran sus cuerpos sin jorobas ni buches.. El arillo se aceleraba conducido por Tomás demasiado a prisa, y Ezequiel, que era en sus movimientos muy parsimonioso, dejaba pasar algunos pábilos sin echarles el riego. Pero Domiciana, templando, midiendo y coordinando las dos fuerzas, logró al fin la perfecta armonía, y el trabajo siguió su curso, remedando la eficaz lentitud de las funciones de la Naturaleza.

Lucila seguía con su mirada el paso de los pábilos, como si algo le dijera o expresara la ceremoniosa marcha, y el irse vistiendo unos tras otros, siendo cada cual punto en que concluía y principiaba la operación, imagen de las cosas eternas y del giro del tiempo. Como había entrado de la calle muerta de frío, el calor del taller la confortaba, y hastiado su olfato del tufo de sebo que respiraba en las calles del Sur, el noble olor eclesiástico de la cera le resultó sensación grata, como la de besar el anillo de un señor Obispo a la salida de función solemne. El abrigo del taller y la conversación de Domiciana atrajeron a más de un tertulio de los que tiritaban en la tienda: un señor de mediana edad, vestido con buena ropa de largo uso, con todas las trazas de cesante de cierta categoría, entró de los primeros, y arrimando sus manos al rescoldo de la hornilla donde estuvo la olla, manifestó con gruñidos el regocijo del animal que satisface un apremiante apetito. «Caliéntese aquí, D. Mariano -le dijo la cerera-, y quiera Dios que el sol que ahora sale le caliente más todavía.

-En ello pienso, señora.. ¿Sabe usted que en el nuevo Ministerio tenemos a Bertrán de Lis, amigo mío desde que éramos muchachos? Pienso que ahora se ha de reparar la injusticia que hicieron conmigo los hombres del 44».

Sentose junto a Lucila, que le saludó con inclinación de cabeza: le conocía de verle en la tienda. Era D. Mariano Centurión, palaciego cesante, que bebía los vientos por recobrar su plaza.

-Y no se diga de mí -prosiguió-, que soy de los hombre del 40, (p.6427) pues también Bertrán de Lis es del 40, y si me apuran tendré que ponerle entre los del 34, el año de la matazón de frailes.. El cambiar de los tiempos me ha traído a mí a un cambio completo de dogmas. Narváez me quitó mi destino sin más fundamento que mi amistad con Olózaga, y hace poco me negó la reposición porque soy amigo de Donoso Cortés. ¿En qué quedamos? ¿A qué santo debe uno encomendarse?

En esto entró un clérigo, que se refregó las manos junto a las brasas diciendo: «Créame el amigo Centurión: son los mismos perritos del 37, con los collares que se pusieron para hacer la del 43.. Pero a mí no me la dan. No me trago yo el bolo de que Don Juan Bravo Murillo viene a desembarazarnos de la Constitución y a devolvernos la sencillez clásica del Absolutismo.. Para esto necesitaría traer otra gente. A estos hombres no les entra en la cabeza el Gobierno de Cristo. Mírelos usted bien, y verá que por debajo de los faldones de las casacas bordadas se les ve el rabo masónico.. ji, ji.. No me fío, Sr. D. Mariano; no veo la Moralidad, no veo la Fe..

-¡Ah! perdone el amigo Codoñera -dijo Centurión con ironía grave-. Lo que darán de sí estos caballeros en política no lo sé.. pero en Moralidad han de hacer primores. Como que no vienen a otra cosa. ¡Moralidad y Economías! Y no me negará usted que todos traen divisa blanca, como procedentes de la ganadería de la Honradez.

-Eso sí: y el pueblo, que otra cosa no sabrá, pero a poner motes graciosos y oportunos no hay quien le gane, llama al nuevo Ministerio El honrado concejo de la Mesta».

Los pábilos ya no se veían bajo la vestidura de cera; las velas engordaban a cada revolución del arillo, presentándose a recibir el riego, y siguiendo su paso de baile ceremonioso por todo el circuito. Sin desentenderse de la vigilancia del trabajo, Domiciana llamó junto a sí a Lucila para decirle: «Hoy no podremos charlar: ya ves. Si no estoy encima de esta gente, me harán cualquier chapucería. A mi padre dejé el encargo de darte ocho reales: compra lo que necesites para hoy; no olvides de llevarle (p.6428) a Tomín papeles públicos para que se entere bien de que entran a mandar los Honrados. En confianza te diré que creo en el indulto como si ya lo viéramos en la Gaceta.. Oye otra cosa: mientras viene el indulto, convendrá que tengáis un alojamiento más seguro y decoroso, con más comodidades, donde Tomín pueda reponerse y cobrar fuerzas.. De eso me encargo yo.. Puedes marcharte ya si quieres. Si mañana vienes temprano y no me encuentras aquí, estaré en San Justo».

Echó Lucila la última mirada a las velas, que seguían bañándose en cera y engrosando a cada chorro, y se fue hacia la tienda. Allí le salió al encuentro D. Gabino, y empujándola hacia la rinconada donde tenía el pupitre y el cajón del dinero, le puso en la mano las dos pesetas designadas por su hija, y otra, columnaria, que de tapadillo el buen señor por su cuenta le daba. Le cerró y apretó la mano en que ella las había recibido, y alegrado su rostro con una confianza un tanto picaresca, le dijo: «Luciíta, eres tan guapa, que no está bien andes suelta por el mundo, donde te solicitarán pisaverdes sin juicio y mozuelos de poca pringue. Oye mi consejo: debes tomar estado. Piensa bien lo que haces. Te conviene un marido maduro, un marido sentado.. Los hay, yo te lo aseguro; los hay muy respetables, algo añosos; pero que saben cumplir, y bien probado lo tienen.. ¿Con que lo pensarás, Luciíta? ¿Me prometes pensarlo?

-Sí, D. Gabino, lo pensaré -replicó Lucila con verdaderas ansias de perder de vista al patriarca fecundo-. Déjeme que lo piense.. y muchas gracias».

Otros dos estantiguas, que de mostrador adentro, arrimados a un brasero mustio, rezongaban críticas del honrado Ministerio, la despidieron con amables adioses y sonrisas de bocas desdentadas. Salió Cigüela con el corazón oprimido, no sabiendo si bendecir a Dios por la creciente abundancia de los socorros y dádivas, o maldecir su propia suerte, que la incapacitaba para la debida gratitud.. Era media tarde, y vagó largo rato por Madrid haciendo sus compras, y buscando periódicos para que Tomín leyese y juzgase por sí (p.6429) mismo las cosas políticas. Movida de la curiosidad, y andando ya para su casa, parábase a leer algo en los papeles que había comprado, por si alguno hablaba ya de indulto a los militares condenados en Consejo de guerra. Pero nada de esto encontró, sino una palabrería ininteligible sobre la Deuda pública y sus arreglos, y noticias sobre la próxima inauguración del ferrocarril de Madrid al Real Sitio de Aranjuez. Nada le importaba a Lucila la llamada Deuda pública, que no era otra cosa que las trampas del Gobierno, y en cuanto al Camino de Hierro, admitió su utilidad pensando que siempre es bueno llegar pronto a donde se quiere ir.

Con esta idea avivó el paso, sin desviarse del recto camino. Al subir a su camaranchón aéreo, encontró a Tomín levantado, impaciente.. Ya podía pasear solo; ya se desvanecían y alejaban, con los dolores de su cuerpo, las sombras de su espíritu.. El día era la vida, la noche la esperanza.

 

Ep-33-X -

Fue a San Justo Lucila en busca de Domiciana, como esta le había mandado; pero no la encontró. En la cerería tampoco estaba. Prescindió de ella por aquel día, y al siguiente le dio D. Gabino el socorro por encargo de su hija, que andaba en ocupaciones callejeras. Otro día volvió, en ocasión de estar ausente el cerero. Ezequiel entregó a la moza, de parte de su hermana, un paquete de comestibles y dos moneditas de a real y cuartillo, agregando frases de afecto dulce, y una vanidosa ostentación de las velas que estaba rizando detrás del mostrador. «Mira, Lucila, ¿qué te parece esta obra?». Digno era en verdad aquel rizado de los sacros altares a que lo destinaba la piedad, y por la gracia y pulcritud del trabajo, competía con lo mejor que labraran manos de angelicales monjas. Verdad que las de aquel mancebo manos de monja parecían, en consonancia con su rostro lampiño y terso, con su expresión de honestidad y la inocente languidez de su mirada. La tez era del color de la cera más blanca, el cabello negro, los ojos garzos y tristes. «Mira, Lucila, mira esta que rizo y adorno para ti -dijo atenuando su orgullo con (p.6430) la media voz de la modestia, al mostrar una vela chica que sacó de un hueco del mostrador-. Ayer la empecé, y no quiero hacerla de prisa, para que me salga a mi gusto..

-¡Oh, qué precioso, qué maravilla! -exclamó Lucila cogiendo la vela, girándola suavemente para verla en redondo.

Admiró la moza el fino adorno que ya transformaba más de la mitad de la vela. Los pellizcos hechos con tenacilla eran tan delicados, que parecían escamas, erizadas con una simetría que sólo se ve en las obras de la Naturaleza. Más abajo, el rizado al aire, que se hace levantando tenues virutas de la pasta con una gubia, y dándoles curva graciosa, imitaba los estambres de flores gigantescas, o las delgadas trompas con que las mariposas liban la miel de los dulces cálices. Lucila no había visto mayor fineza ni arte más soberano para embellecer la cera. Con toda su alma estimaba y agradecía la pobre mujer aquel obsequio, y sentía que no recayera en persona de posición y medios para ostentarlo dignamente. Algo de esto insinuó a Ezequiel, procurando alejar de su palabra todo lo que pareciese intención de desaire, y el hábil mancebo le dijo sonriendo: «¿Pero qué, Lucila, en tu casa no tienes altar? ¿No tienes ninguna imagen? ¿Dices que no? ¿Quieres que te regale una virgencita que fue de mi mamá?..».

Respondió Lucila que lo sentía mucho; pero que no tenía ni altar, ni casa, ni muebles dignos de aquella joya, que merecía ser guardada y manifiesta dentro de un fanal.

-Pues también te daré un fanal -dijo Ezequiel poniendo cuidadosamente la vela en una gruesa tabla agujerada, donde se ajustaba el cabo como en un candelero-. ¡Ay, qué primorosa quedará esta obra cuando la concluya! Lo que ves no es nada. Después que acabe de hacer el rizado al aire y el de tenacilla, pondré las flores. Ya tengo hechos los moldes de patata para campánulas, jazmines y narcisos, que luego pintaré de colores variados. Los aritos de talco serán de lo más fino. Y dime ahora, pues a tiempo estamos: ¿cuál es la combinación de color y metal que más te gusta? ¿Te parece que ponga azul y (p.6431) plata?

-Pon lo que creas más lucido, Ezequiel. ¿Quién lo entiende como tú?.. Pero si te empeñas en consultarme, pon el rojo, que es el color más de mi gusto. Doble combinación de encarnado con plata y azul con oro será muy linda.

-Preciosa, como ideada por ti».

No pudo prolongarse más el interesante coloquio, porque entró D. Mariano Centurión, por cierto de muy mal talante, y al poco rato D. Gabino. Este pareció sentir mucho la presencia de testigos, que le impedía disertar con Lucila acerca de sus proyectos referentes al aumento de población.

Los misteriosos quehaceres de Domiciana fuera de casa, que tan singularmente rompían el método de sus monjiles costumbres, tuvieron en aquellos días algunas horas de tregua y descanso para recibir a su protegida y platicar extensamente con ella. En su oficina de hierbas y drogas la encontró Lucila una tarde, calzada con los chapines rojos, vestida con bata nueva, de cúbica, a la moda, que en ella era radical mudanza de los antiguos hábitos. En modales y habla notó asimismo Lucila un marcado intento de transformación. «Siéntate, mujer, que estarás cansada -le dijo acercando una silla a la mesa baja-. Yo llevo unos días de ajetreo que me han ocasionado agujetas.. Pero ya me voy acostumbrando.

Si aquel concepto sorprendió a Lucila, mayor extrañeza y confusión le produjo estotro, expresado al poco rato: «No te asombres tanto de verme un poquito tocada de reforma en lo de fuera. Es que cuando una llega tarde a la vida, forzada se ve a marchar de prisa, haciendo en semanas lo que es obra de años largos.. Aturdida y sin saber por dónde andaba me has tenido días enteros.. A la inteligencia que se ha embotado con el desuso, no le salen los filos cortantes sino después de pasarla y repasarla por la piedra.. y no te digo más por hoy..».

Llegada al punto divisorio entre la confianza y la discreción, calló Domiciana. Pidiole Cigüela mayor claridad; pero la cerera se limitó a decirle: «Algún día, quizás muy pronto, no tendré secretos para ti. Espera y no seas (p.6432) preguntona».

Tratando de lo que más a Lucila interesaba, dijo Domiciana: «Ten ya por asegurado tu diario sustento y el del caballero. Yo sola proveeré; yo corro con todo. ¿Me preguntas si habrá indulto?.. Como indulto general, nada sé. No me consta que haya tratado de esto el señor Conde de Mirasol. Pero el indulto personal de Tolomín, ya es otra cosa. No te digo que esté ya concedido, ni tramitado, ni que se haya pensado en él.. Como que ni siquiera sé el nombre y apellido del que llamamos Tomín. De hoy no pasa que me lo digas, para apuntarlo en un papel.. Vendrá el indulto. ¿Cuándo? No puedo decírtelo. Pero vendrá, no lo dudes. Bien pudiera ser que en favor de Tomín se interesara el director de Infantería D. Leopoldo O'Donnell. Pero interésese o no, el rayo de gracia partirá de muy alta voluntad, a la cual nadie puede resistirse.. Y mientras esto llega, se tratará de librarle a él y a ti de la ansiedad en que vivís; se vendarán los ojos de la policía para que no vea lo que no debe ver. ¿Me has entendido?».

Poniendo sobre todas las cosas el amor de Tomín y la salvación y salud de este, no podía menos Lucila de celebrar tan lisonjeras esperanzas, aunque en ello viera un desmerecimiento grave de su personalidad en la protección del Capitán perseguido. Alguien que no era ella cuidaba de darle sustento y comodidades; alguien que no era ella mejoraba su alojamiento; alguien que no era ella le aseguraba al fin la libertad y la vida misma. Dejaba de ser Lucila la Providencia única, insustituible, y otra tutelar bienhechora resurgía de improviso, compartiendo con ella el trono de la abnegación, o quizás arrojándola de él. Atormentada de esta idea, sintió caer sobre su corazón una gota fría cuando precisada se vio a dictar el nombre y apellido de Tolomé para que Domiciana lo escribiese. Luego sacó esta del armario en que guardaba sus selectos productos industriales un diminuto frasco, y mostrándolo al trasluz, dijo: «Conviene que vaya pensando el Sr. de Gracián en arreglarse y acicalarse un poco, que un buen caballero no (p.6433) debe olvidar sus hábitos de toda la vida. Aquí tienes aceite aromatizado para el cabello. De su bondad no dudarás cuando sepas que ha sido compuesto para persona de sangre real. Llévatelo, y úsalo para él y para ti. Lo primero es que le desenredes y le desengrases el pelo, que de seguro lo tendrá hecho una plasta. Te daré la receta para desengrasar con yema de huevo. Después de bien desengrasado, se lo cortas, que tendrá melenas de poeta muy impropias de un rostro militar.. Mañana llevarás peines y un cepillo. Me dirás cómo anda el hombre de calzado, y si está, como supongo, en necesidad, tráeme la medida del pie. Hoy puedes llevarte el chaleco de abrigo, y mañana una corbata, y para ti algunas cosillas que te estoy preparando».

Dio las gracias Lucila, y reiterando su deseo de que la protectora le encomendara algún trabajo, no sólo por corresponder a sus beneficios, sino también por no estar ociosa, Domiciana le dijo sonriendo: «Trabajo te daré hasta que te canses. Pero no es cosa de mortero ni de filtro. Ven a mi gabinete y verás». Quería la cerera que Lucila la enseñara a peinarse, pues perdida en la vida claustral la costumbre de componer con donaire su cabeza, encontrábase a la sazón muy desmañada para este artificio en que son maestras casi todas las mujeres. Y como no había transcurrido tiempo bastante desde su libertad para el total crecimiento del cabello, tenía la señora que aplicar añadidos y combinaciones que aumentaban la torpeza de sus manos. Al instante procedió a complacerla la diligente amiga, que a más de poseer en grado superior el arte de acicalarse, había tomado lecciones de peinado. El cabello de Domiciana era negro, fino y abundante, con dos ramalillos de canas en la parte anterior, que bien puestos no carecerían de gracia. Lucila, silenciosa, pasaba el carmenador pausadamente desde la raíz hasta los cabos, y en este ir y venir del peine, surgieron en su pensamiento repentinas aclaraciones de aquel enigma de la transfiguración de la exclaustrada. No pudo atajar la vehemencia con que sus ideas (p.6434) pasaron de la mente a los labios, y se dejó decir:

-La persona que a usted la trae tan dislocada y callejera, la que le da tanto conocimiento del mundo y con el conocimiento influencia, es Doña Victorina Sarmiento de Silva, dama de la Reina, que fue madrina de usted cuando profesó, y si de monja la quería, ahora también.

-¡Qué tino has tenido! -dijo Domiciana risueña, mirándola en el espejo de pivotes que delante tenía-. Acertaste: no hay para qué negarlo.

-Las personas que manejan los palillos detrás de Doña Victorina, no puedo adivinarlas..

-Ni tienes por qué calentarte los sesos en esos cálculos, que yo a su tiempo te lo diré, bobilla. Ten discreción y juicio».

Calló Lucila, y con paciencia peine y tragacanto, utilizando el cabello natural de su protectora y aplicando hábilmente los añadidos, rellenos y ahuecadores, armó el peinado conforme a la moda en señoras graves, sencillo, majestuoso; perfiló bien las rayas delantera y transversal, a punta de peine; construyó el rodete, abultándolo con escondidos artificios; extendió los bandós bien planchados y ondeados hasta rebasar las orejas, dejando fuera tan sólo la ternilla agujerada para el pendiente; recogió los cabos en el rodete, y todo lo remató con la peineta graciosamente ladeada. Con ayuda de un espejo de mano miró Domiciana su cabeza por detrás y en redondo, y satisfecha de la obra, no fueron elogios los que hizo: «Estoy desconocida. Parezco otra, ¿verdad? ¡Lo que puede el arte!».

Al despedir a Lucila, recompensó su servicio con estas dulces promesas, que valían más que el oro y la plata: «Poco te queda ya que sufrir, pobrecilla. Vamos en camino de asegurar la vida y la libertad al pobre Tomín. Yo estoy tranquila: tranquilízate tú, y no temas nada de la policía. Lo que hay que hacer es cuidarle mucho para que acabe de reponerse.. Que vaya cobrando fuerzas, animación y alegría.. No dejes de venir pasado mañana para que estés aquí cuando me prueben los dos vestidos que me encargué el lunes: el uno de merino obscuro, un color así como de ratón con pintitas; el otro de seda negra. Hija, no he (p.6435) tenido más remedio que hacerlo; pero es para calle, o para cuando tenga que asistir a un acto religioso, procesión, Viático, consagración de Obispo.. No vayas a creer que andaré yo en ceremonias palaciegas.. Todo lo que ahora deseche será para ti. Verás también mi mantilla nueva. Cuenta con una o dos de las que ahora uso.. Ropa interior, medias, refajos, peinadores, también he tenido que comprar.. Todo es preciso.. Tontuela, no me mires con esos ojazos, que no te olvido nunca, y menos cuando voy de tiendas.. Ya participarás.. De todo un poquito para la pobre Luci..».

 

Ep-33-XI -

Aunque al volver a la vida del siglo hacía Domiciana visitas frecuentes a Doña Victorina Sarmiento de Silva, con la encomienda de ofrecerle aguas aromáticas, polvos dentífricos y leche de rosa, la comunicativa amistad que entre ellas se estableció, obra lenta del tiempo, no llegó a consolidarse hasta muy avanzado el año 50. Achaques añejos turbaban la existencia de Doña Victorina, y tenían su salud en constante amenaza. Desengañada de médicos y boticas, había tomado afición al tratamiento doméstico puramente vegetal, y como Domiciana le facilitara combinaciones ingeniosas para el alivio de sus complejos males, puso en ella confianza, y de la confianza y del frecuente trato nació una cordialidad que cada día iba en aumento. Escogidas y preparadas por sus propias manos, Domiciana le administraba la brionia para los nervios, la cinoglosis para la tos, el sauce para los efectos diuréticos, la genciana para combatir la fiebre, y como últimamente se le manifestaran a la señora unos sarpullidos molestísimos, acudió contra ellos la herbolaria, preparando, con esmero exquisito, el Agua de carne de ternero para calmar el ardor de la piel.

Si estos servicios no produjeron por sí la intimidad, fueron sin duda sus conductores más eficaces, porque en el curso de ellos tuvo la dama ocasión de apreciar la grande agudeza de Domiciana y los varios talentos de que Dios habíala dotado largamente. Gustaba de su compañía, y no había para ella conversación más (p.6436) grata que la de la cerera. La historia de su reclusión monástica que Domiciana refirió a Lucila, según consta en esta relación, fue contada mucho antes a Doña Victorina con lujo de sinceridad y pormenores muy instructivos. Oyéndola y saboreándola, la señora formulaba este juicio sintético: «Tu locura, en la cual no hubo poco de fingimiento, fue tan sólo lo que llamaremos contra-vocación, o irresistible necesidad de volver al siglo, de apagar el fuego místico, por encender el no menos sagrado fuego de los afanes de la vida libre y del trabajo».

Era Doña Victorina de madura edad, ya pasada de los sesenta, y desempeñaba el puesto de camarista en Palacio desde la caída de Espartero. Tenía parentesco con la Priora de la Concepción Francisca, Sor María del Pilar Barcones, y era grande amiga de la seráfica Patrocinio. Con esta habló de Domiciana, encareciendo su don de simpatía, su gran saber de cosas prácticas; y la de las llagas declaró con sinceridad que nunca la tuvo por loca de hecho, y que le había facilitado la salida creyendo que mejor podría servir a Dios dentro que fuera . De estas conversaciones entre las dos ilustres señoras, provino que Domiciana fuese a visitar a sus antiguas compañeras, y que después, por encargo de algunas, les suministrara líquidos o polvos de su industriosa producción; y como en tales días, que eran los del verano del 50, sufrieran algunas Madres rabiosas picazones de cuerpo y manos, por efecto sin duda del calor (aunque autores de crédito sostienen que ello entró de golpe, como contagiosa epidemia fulminante) , no paraba Domiciana de preparar para ellas sus tan acreditadas Aguas de carne de ternero, y además, con otros fines, les llevaba la Purificación de hiel de buey para quitar manchas de las ropas de tisú.

Ya tenemos a Domiciana en comunicación diaria con las que fueron sus Hermanas; entraba en clausura siempre que quería, y a solas platicaba con Patrocinio en su celda, refiriendo con tanta prolijidad como gracia todo lo que en el mundo veía, y las conversaciones que pasaban por sus (p.6437) despiertísimas orejas. Fue creciendo y estrechándose esta comunicación, no sin que Doña Victorina, condenada por sus achaques a cierta inmovilidad, la utilizase para transmitir al convento, antes que los acuerdos políticos de la casa grande, los simples rumores y las más insignificantes palpitaciones del vivir palatino. No necesitaba la prestigiosa Madre que le contaran lo que pensaban los Reyes, pues esto ellos mismos se lo decían; pero gustaba de reunir y archivar una viva documentación humana, de accidentes, menudencias o gacetillas, que eran de grande auxilio para juzgar con acierto y enderezar bien las determinaciones.. La exactitud, la sinceridad concienzuda con que Domiciana transmitía de un extremo a otro las opiniones o noticias que se le confiaban, sin quitar ni poner ni una mota gramatical o de estilo, eran el encanto de Doña Victorina, que la diputó como el mejor telégrafo del mundo, muy superior al sistema de torres de señales que en España se establecía, y aun al llamado eléctrico, que ya funcionaba entre muchas capitales europeas.

Sospechas muy cercanas al conocimiento tenía de aquel trajín telegráfico de su amada hija el buen D. Gabino, y de ello se alegraba, esperando algún medro para la familia y para los amigos. Y D. Mariano Centurión, desde que su olfato perruno le reveló el porqué de tantas idas y venidas, no dejaba en paz a la exclaustrada y en acecho vivía para cazarla en la casa o en la calle. De la impaciente ansiedad del desgraciado cesante dará idea este diálogo que con Domiciana sostuvo en la tienda, un día de Febrero, que por más señas era el de San Blas. El despacho había sido de consideración en la pasada festividad de las Candelas, y D. Gabino estaba poniendo las cuentas de lo que tenía que cobrar en las Carboneras y San Justo, en San Pedro y el Sacramento; Domiciana y Lucila, que acababan de llegar, hacían pábilos; Ezequiel y Tomás prepraban en el taller una tarea de velas.. Apoyado más que sentado en un saco de cera en grumo, Centurión simbolizaba con su postura la inestabilidad de (p.6438) su existencia, y con su palabra el desasosiego en que vivía. «Tenga paciencia -le dijo Domiciana-, y agárrese bien a los faldones del Sr. Donoso, que es quien ha de sacarle adelante. Yo, tonta de mí, ¿qué puedo?

-A los faldones me agarro -replicó Centurión-; pero como no soy solo, como tantas manos acuden allí, pesamos mucho, y el hombre tiene que sacudirse.. También digo y sostengo que no es mi amigo Donoso el más prepotente, porque no fue quien nos trajo las gallinas, vulgo Ministerio, aunque lo parezca por el discurso famoso que disparó contra Narváez en Diciembre. Sin discurso habría caído D. Ramón, de quien estaban hartos en Palacio, y más hartas las Madrecitas de Jesús.. No se haga usted la asombradiza, Domiciana. Mejor que yo sabe usted que a este Gobierno lo traen para que ponga la Religión sobre la Libertad, y el Orden sobre el Parlamentarismo. ¿Cumplirá?

-Este Gobierno honrado -afirmó D. Gabino-, bien claro lo han dicho sus órganos, viene a moralizar la Administración y a santificar al pueblo, apartándolo de los vicios. Ya se anuncian dos grandes medidas: el arreglo de la Deuda, y la supresión del Entierro de la Sardina, que es un gran escándalo popular en día como el Miércoles de Ceniza, destinado a meditar que somos polvo.. Aunque no lo ha dicho, porque esto es cosa delicada, también viene este Gobierno a quitar el Militarismo, que es una de las mayores calamidades del Reino, y a poner Economías, limpiando de vagos las oficinas, y rebajando sueldos a tanto gorrón.. y por último, a librarnos de la plaga de la langosta, pues en el Ministerio se ha presentado un proyecto muy útil, que el Gobierno hace suyo, y consiste en acabar con el maldito insecto cebando pavos..».

Rompió a reír Centurión, y le quitó a su amigo la palabra diciendo: «Antes digerirán los pavos toda la langosta de Andalucía y la Mancha, que nosotros las bolas que nos hacen tragar los papeles públicos. Los honrados no han venido para quitar el Militarismo, ni para el arreglo de la Deuda, ni para la moralidad, ni para las economías. (p.6439) Todas esas son pantallas del disimulado pensamiento de la Honradez, que es comerse la Constitución, cerrar las Cortes, o dejarlas siquiera con la puerta entornada, y abolir la imprenta libre.. A esto han venido, y creer otra cosa es ver visiones. ¿Cumplirá el Gobierno?, vuelvo a preguntar. Me temo que no, como sea reacio en llevar a su lado a los hombres que abundamos en esa idea.. Si D. Juan, y Bertrán de Lis, y González Romero nos postergan, no faltará quien mire por nosotros. Manos blancas les condujeron a ellos a las poltronas. A esas mismas manos nos agarraremos, y ¡ay de ellas si después de levantar a los grandes no dan apoyo a los chicos!

-Este D. Mariano -observó la ex-monja encubriendo su sinceridad con graciosa máscara-, es de los que creen la paparrucha de que las pobres Madres dan y quitan empleos. Dígame: ¿se ceba usted con esas mentiras, como los pavos con la plaga de la langosta?

-Si me cebo o no me cebo con mentiras va usted a verlo, Domiciana -replicó Centurión avanzando hacia ella, y asustando a todos con su gesto iracundo y el temblor de su boca famélica-. A fines del año pasado la Madre Patrocinio dijo: 'quiero que sea Gentilhombre de Palacio D. Ángel Juan Álvarez', y al instante se mandó extender el nombramiento. En Enero, Isidrito Losa, protegido de la misma Madre, quiso una plaza de Gentilhombre, con ocho mil reales. Abrió la Madre la boca y al instante se la midieron. Desconsolado quedó el hermano de Isidro, Faustino Losa; pero la Madre le adjudicó una capellanía de honor con veinte mil reales. El sobrino de la Priora, Vicente Sanz, fraile Francisco, hipaba por un destinito de descanso. 'Espérate un poco, hijo'. Abre otra vez su boca la Seráfica, y hágote también Capellán de honor con veinte mil.

-Pero esos son empleos de Palacio, no del Gobierno.

-Pues de empleos de Palacio se habla. Y también digo a usted que lo mismo decreta Su Caridad en destinos palaciegos que en destinos de la Administración, y lo probaré cuando se quiera.. Ahora tienen las monjas toda su atención en mejorar de (p.6440) vivienda, y para arreglarles el palacio viejo de Osuna en la calle de Leganitos se está gastando la Casa Real obra de dos millones de reales.. Pero como no es esta bastante protección, la Reina dota con veinte mil reales a toda novicia que allí tome el hábito, con lo que tenemos un jubileo de señoritas que pasan del mundo al convento para descanso de sus padres. Ocho van ya del verano acá, que le han costado al Real Patrimonio.. pues ocho mil duretes. Luego decimos que aquí no hay dinero para nada, y que España es un país de tiña y piojos.. La tiña la tenemos los infelices que no sabemos o no queremos arrimarnos a los cuerpos bien incensados, y contra piojos no hay remedio como el agua bendita.. Deme usted una vela, Don Gabino; regáleme usted una vela de desecho, Domiciana, que no quiero ser menos que mi amigo Bertrán de Lis, el cual armó un gran escándalo el año 45, cuando Pidal quiso abolir la libertad de la imprenta, y después, viéndose olvidado y desatendido, fue y ¿qué hizo?.. pues ponerse escapularios y pedir ingreso en el Alumbrado y Vela. A eso voy yo, como una fiera, y no me contentaré con asistir a procesiones, sino que a todas horas saldré por la calle con mi cirio, rezando el rosario, para que me oigan, para que se enteren, para ser alguien en la comparsa social; para que no me llamen Don Nadie, y poder comer, poder vivir.. Díganme dónde están la última monja y el último capuchino para ir a besarles el borde las estameñas pardas y la suela de la sandalia sucia. Locura es querer alimentarse con las soflamas de mi amigo Donoso, forraje místico que no produce más que flato y acedías. Si a él le pagan sus discursos con embajadas y títulos de Marqués, a los que le aplaudimos y vamos por ahí dando resoplidos de admiración para hinchar los vientos de su fama, nada nos dan, como no sea desaires y malas palabras. Mucha religión, mucha teología política, mucha alianza de Altar y Trono; ¿pero las magras dónde están? Yo las quiero, yo las necesito: las reclama mi estómago y el estómago de toda mi familia que (p.6441) es tan católica como otra cualquiera. Denme la vela, D. Gabino y Domiciana.. Aquí está un hombre que se declara huérfano, y sale en busca de una Madre que le consuele.. Dígame, Domiciana, cómo llegaré a la Madre, y qué debo llevar, a más del escapulario y vela, y qué arrumacos he de hacer para la adoración de sus llagas, que yo pondría también en mis manos, y en toda parte de mi cuerpo donde pudieran darme el olorcito de santidad que deseo».

Sofocado y como delirante, sin saber ya lo que decía, terminó su arenga el desesperado D. Mariano, y girando sobre sus talones fue a desplomarse sobre el saco. La familia del cerero le oyó al principio con regocijo, después con lástima, al fin con pena.. Todos suspiraban.

 

Ep-33-XII -

Ganando fuerzas y cobrando ánimos en su lenta reparación, gracias a los cuidados y al cariño de Lucila, que así le proveía de alimentos como de esperanzas, el Capitán parecía otro en los últimos días de Febrero. El renacimiento moral iba delante del físico; a medida que entraban en la zahúrda las comodidades y el buen vivir, se iba marchando la tristeza, y con las seguridades que llevaba la moza de que ya no debían temer acecho de polizontes, recobraba Gracián toda la gallardía de su persona. Una serena y tibia noche, después de cenar, sentáronse los dos en el ventanón, y abrieron los cristales para contemplar el cielo y los términos lejanos que a la claridad de la luna desde aquellas alturas se distinguían. Ya Lucila, sin desmentir su modestia, se vestía y arreglaba esmeradamente con lo que le daba la cerera, y Tomín, por no ser menos, gustaba de componerse, para que ella viéndole se alegrara: se reían y recíprocamente se alababan. «Ya estás como antes de la trifulca, Tominillo; y si no fuera por la barba crecida, parecería que no habían pasado días por ti. La cabeza es la misma: tu pelito cortado, como lo tenías antes, y bien perfumadito, y tan suavecito. No dirás que no soy buena peluquera.

-¡Tú sí que estás guapa! -contestaba él cogiendo a su vez el incensario-. No sé si decir que estás ahora mejor que cuando te conocí. Tus (p.6442) ojos son no sólo el alma tuya, sino el alma de todo el Universo.

-No, no, Tomín: los ojos tuyos son los que más cosas traen en su mirar.. Miras, y se queda una pensando, asustada de lo grande que es el mundo.. el mundo del querer, Tomín..

-Grande es. Tus ojos lo miden, y aún les sobra medida. Yo veo en ellos todas las cosas creadas.. y las que están por crear.

-El querer es gloria y martirio: por eso es un mundo que no tiene fin.

-El martirio tuyo por mí, Lucila, es mi gloria. Y mi padecer, ¿qué ha sido más que la gloria tuya? Tú me has resucitado.. No me digas que no eres santa, porque eso será lo único que no te creeré».

De este tiroteo de ternezas, en elevada región de sus almas exaltadas, descendían a las ideas prácticas, y trataban del problema que ya pedía inmediata solución: cambiar de vivienda, estableciéndose en sitio más holgado y decoroso. Después de divagar un rato sobre esto, iban a parar al asunto que más embargaba la curiosidad y los pensamientos de Tomín. Había cuidado Lucila de referirle todo lo que Domiciana hacía por él, o por los dos, que en un solo sentimiento confundía el interés por entrambos; contole también las relaciones de la ex-monja con una dama de la Reina. Ni a Domiciana ni a Doña Victorina las conocía Gracián. La cerera no le había visto nunca; ignoró su nombre hasta que Lucila se lo dijo para que lo apuntara, el día mismo en que la enseñó a peinarse a la moda. ¿No podría creerse que detrás de Domiciana y de la Sarmiento existía, bien tapujadita entre sombras discretas, alguna persona que era la verdaderamente interesada en la libertad y la vida de Bartolomé? Y aquí encajaba la pregunta ansiosa de Lucila: «Dime, Tominillo, dímelo como si hablaras con Dios; repasa bien tus recuerdos; di si en ellos encuentras alguna mujer, dama de Palacio, o dama de una casa cualquiera, que en otro tiempo fue tu amiga, y ahora te protege, nos protege por mano de Domiciana».

Revolviendo los más hondos asientos de su memoria, Tomín dijo: «Por más que cavilo, no encuentro lo que buscas, (p.6443) ni puedo afirmar nada.. Aparece, sí, en mis recuerdos alguna mujer.. ¿Dices que tiene que ser dama?

-Sí; y de influencia, de mucho poder.

-Pues entonces no.. No hay nada de eso.

-Busca bien, Tomín.. Y a falta de dama influyente, ¿no podrías encontrar alguna monja?

-¿Monja?.. Eso ya es mas grave. No te diré que no me salga alguna monja. Pero ello es en tiempos remotos y muy lejos de Madrid, nada menos que en Mequinenza.

-La distancia no importa.

-Además.. ahora recuerdo que la monja que entonces conocí, vamos, que la sacamos del convento entre un amigo y yo, se ha muerto.

-Tú me has contado que de los veintitrés a los veintiocho años fuiste muy calavera, un galanteador tremendo.. ¿Entre tantas fechorías de amor, Tomín mío, no habrá el caso de haber querido a una mujer, de haberla dejado, como se deja una prenda de ropa que ya no sirve? ¿No pudo suceder que esa mujer, viéndose despreciada, volviera todos sus amores a Dios, y escondiera su tristeza en un convento, y allí tomara el hábito?

-Por Dios, Lucila, haces preguntas y presentas casos que le confunden a uno.. No, no: eso es cuento, una novela de Carolinita Coronado o de Gertrudis Gómez.. Y si me apuras, no podré negar en conciencia que exista ese caso.. ¡Cualquiera sabe si..! Me vuelves loco.. Deja, deja que corran los acontecimientos y se cumpla el Destino.. ¿Esa dama de Palacio, o esa monja que me protege, han de ser personas de gran poder?

-Así parece, Tomín.. No pensaba hablarte de esto; pero ya que ha salido conversación, sabrás que hoy me ha dicho Domiciana: «Téngase el buen Gracián por indultado.. La policía no se meterá con él». Y después dijo, dice: «Pero conviene que no salga a la calle todavía. Ya se le advertirá cuando pueda salir».

-Pues ¡viva la Libertad! ¡Respiremos, vivamos! -exclamó el Capitán levantándose como de un salto, y midiendo con mirada de hombre libre la opresora pequeñez del cuartucho.

Mientras Lucila se abismaba en tenebrosas inquietudes, el Capitán veía risueños espacios, azules como sus ojos. Hasta muy tarde (p.6444) estuvo desvelado, sin hablar más que de política, haciendo un formidable pisto en su cabeza con las ideas propias y las que de su lectura de periódicos había sacado en aquellos días. «¿No crees tú, Lucila, que este Honrado concejo de la Mesta, como dicen los guasones, viene a trasquilar al Militarismo, para que le crezca la lana a los cogullas? Esto es bien claro: se quiere arrumbar a la Tropa para que suba y medre el cleriguicio.. Combatir el Militarismo significa quitarle la espada a la Nación para que no pueda defenderse. ¡El Militarismo! Así llaman a nuestro imperio, a la fuerza legítima que hemos adquirido construyendo la España civilizada sobre las ruinas de la retrógrada. Desde aquí veo yo la gran conspiración militar que se está fraguando en Madrid y en provincias para volver las cosas a su estado natural: las armas arriba, los bonetes abajo. Y cuanto más pienso en esto, más me inclino a relacionarlo con el misterio de las personas desconocidas que miran por mí. Tu idea de que me protegen monjas o damas de Palacio es un desvarío de mujer, que no penetra en el fondo de las cosas. Alma mía, aquí no hay mujerío ni monjío; el socorro y las esperanzas de libertad nos vienen de mis compañeros de armas agazapados en las logias. En la casa de Tepa estuvo y está siempre, aunque otra cosa piense y diga la policía, el centro de la eterna revindicación ; aquel fuego nunca se apaga; de allí ha salido la voz que me dice: 'Gracián, no desmayes; tus martirios tocan a su fin. Por ti velamos los leales; no está lejos la hora del triunfo..'. Y no me contradigas, Cigüela del alma, trayéndome otra vez a colación tu resobada leyenda de la monja y la dama. ¿Sabes tú, pobrecilla, las ramificaciones que por una y otra parte de la sociedad tiene nuestra comunidad masónica? ¿Quién te ha dicho que no enlazamos nuestros hilos con hilos muy finos de conventos y palacios? ¿De dónde sacas que el señorío y el monjío no se dejan también camelar por los caballeros Hijos de la Viuda? ¡Tonta, más que tonta! ¿Y cuándo ha sido un disparate, como crees tú, que la (p.6445) misma policía nos pertenezca? ¿Qué han de hacer esos pobres esbirros, sabiendo que ya rondan la casa de Tepa todos los Generales residentes en Madrid, O'Donnell, Lersundi, el mismo Figueras, y que D. Ramón Narváez dirige los trabajos desde París, donde Luis Napoleón le trata a cuerpo de Rey?.. ¿Dices que esto es ilusión, locura? ¿Crees que aún tengo la cabeza débil?

-¡Pobrecito mío -exclamó Lucila-, tanto tiempo encerrado en este nido de murciélagos! Cuando salgas y veas gente, y respires el aire que todos respiran, pensarás de otro modo».

Calló el Capitán, no sin que le pusieran en cuidado las últimas palabras de su amiga. Sentada frente a él, Lucila también callaba, viendo pasar por su mente, con marcha circular de tío-vivo, una repetida procesión de monjas y damas. Del propio modo, andando y repitiéndose, iban las velas colgadas del arillo en el taller del cerero. Sobre las almas del Capitán y Lucila se posó una nube de tristeza; pero ninguno decía nada. Tomín rompió el silencio, preguntándole: «¿En qué piensas?

-Bien podrías adivinarlo, Min -replicó Lucila-. Pienso que a los dos no nos protegen, sino a ti solo; a mí, si acaso mientras pueda sacarte adelante; a mí no más que por el tiempo en que necesites enfermera.. Me debes la vida.. no lo digo por alabarme.. pero ¿verdad que me la debes? Una vez asegurada tu vida, llegará el día en que conozcas a quien hoy mira por ti. ¿Será monja, será dama? Sea lo que fuere, cuando estés salvo, toda tu gratitud será para esa persona, todo tu amor para ella.. ¡Min, ay mi Min! y ya no te acordarás de la pobre Cigüela.. Sí, mi Min, no digas que no.

-Lucila, me matas.. no sabes el daño que me haces -dijo Gracián apartándole las manos, que se había llevado al rostro, anegado en llanto-. ¡Olvidarte yo.. ser yo ingrato contigo! ¡Nunca!.. Tú y yo unidos siempre, siempre, unidos en la felicidad como lo hemos estado en la desgracia.

-No, no.. Ahora lo crees así, ahora me dices lo que sientes; pero después..

-No hay después que valga. Si eso pudiera ser, téngame Dios toda la vida en esta miseria.. Que me cojan, que (p.6446) me fusilen. Muera yo mil veces antes que separarme de ti, corazón. ¿Qué soy yo sin ti?

-Lo que fuiste antes de conocerme.

-Me acuerdo de lo que fuí, y no quiero ser aquel hombre, no quiero ser el hombre que no te conocía, que ignoraba la existencia de Lucila. Por Dios, no tengas esa idea, que es para mí peor que una idea de muerte. Todas las protectoras del mundo, si es que las hay, no valen lo que mi ángel. Lucila, no ofendas a tu Min, no mates a tu Min..».

Las ternuras que le prodigó, sincero, rendido, con alma, sosegaron a la enamorada moza, que se secaba las lágrimas diciendo: «Bueno, mi Min, te creo; sí, te creo.. No te hablo más de eso.. ni lo pienso tampoco, mi Min, no lo pienso.. Duérmete, descansa..».

 

Ep-33-XIII -

Con las buenas prendas de ropa, nuevas las unas, las otras apenas usadas, que le iba dando Domiciana, llegó a ponerse Lucila tan bien apañadita, que daba gloria verla. Si sus extraordinarias gracias naturales adquirían realce con la pulcritud y el decente atavío, la ropa puesta sobre tal belleza resultaba mucho más linda y elegante de lo que era realmente. Por la calle veíase seguida y acosada de mozalbetes, y por todos requerida de amores. Tenía que cuadrarse a menudo, tomando los aires de arisca manola, para sacudirse de los señores de levosa (así solían llamar a las levitas) y de los militares de chistera (mote aplicado a los tricornios) . Por su parte Domiciana no se descuidaba, y cada día se iba poniendo más guapetona. Peinábase lindamente; sus trajes eran elegantes dentro de la sencillez y modestia; presumiendo de pie pequeño y bonito, calzaba con fineza, y era por fin extremada en el aseo de su persona. Lucila se maravilló de ver los variados objetos que en su alcoba y gabinete tenía para la diaria faena de sus lavatorios.

La confianza entra las dos mujeres crecía y se afianzaba de día en día, llegando hasta la fraternidad. Domiciana propuso a Lucila que se tutearan, y así quedó practicado y establecido, hablándose como compañeras o amigas de la misma edad. En tanto, la exclaustrada consagraba ya menos (p.6447) tiempo a la preparación de ingredientes de tocador o de medicina casera, sin llegar al abandono de su industria. La cerería teníala confiada a Ezequiel y Tomás: iba y venía, contenta y orgullosa, como el que ve sus facultades aplicadas a un fin práctico con resultado eficaz. Pero no le faltaban quiebras y desazones, y una de estas era el continuo asedio del pobre cesante, amigo y azote de la casa, que habíala tomado por buzón en que diariamente depositaba el eterno memorial de sus cuitas. D. Mariano era su sombra: le cogía las vueltas en la calle, la estrechaba en la tienda y trastienda, seguíala con frescura descortés al sagrado de sus habitaciones particulares, se colaba en el gabinete, y hasta la sorprendió una vez en papillotes, preparándose para su limpieza corporal.

-Por Dios, D. Mariano, respete..

-Señora, los cesantes no respetamos nada. Somos una plaga española; somos una enfermedad de la Nación, una especie de sarna, señora mía, y lo menos que podemos pedir es que se nos oiga, o que se nos rasque. Ningún español se puede librar de nuestro picor. Óigame usted y perdone».

Un día de Marzo, hallándose Lucila y Domiciana en la sala-droguería ribeteando, con prisas, una capa que habían comprado en corte para Tomín, se les presentó de improviso Centurión con aquellos modos serviles y aquel gracejo un tanto cínico que gastaba, y no hubo manera de quitársele de encima. «Soy yo, la sarna -dijo al entrar, enseñando en una rasgada sonrisa toda su dentadura-. Vengo a picar, señoras. Rásquense ustedes; óiganme.

-Vamos D. Marianito -le dijo Domiciana-, que no estaba usted poco devoto esta mañana en San Justo.. ya, ya.

-Hay que dar ejemplo, quiero decir, tomarlo. Sigue las pisadas de los que van por el recto camino, cantó el Salmista.

-Y usted no se descuida.. a un tiempo pica y reza.

-Siento que no me viera usted en la iglesita del nuevo convento de las señoras Franciscas, calle de Leganitos. Allí me pasé ayer toda la tarde, y hoy en la Encarnación, donde es Abadesa una prima segunda de mi esposa, y sobrina del Sr. Tarancón, Obispo (p.6448) de Córdoba, que ahora está en Madrid.. Ya me inscribí en dos Cofradías. Pico todo lo que puedo.. El maldito Gobierno es el que no se rasca. Y eso que en todas las sacristías me hago lenguas de la piedad de estos señores Bravo-Murillistas, que para entenderse con Roma y hacernos un Concordato, han nombrado Embajador al imponderable D. José del Castillo y Ayenza. La impiedad habría mandado a un regalista; la ortodoxia manda al más rabioso de los ultramontanos. Los que tenemos memoria recordamos que en 1846, cuando se discutió en el Congreso la persona de Castillo y Ayenza, el Sr. González Romero le llamó incapaz y dijo de él horrores. Pues este González Romero que era entonces cismontano, como lo éramos todos los de la cuerda liberal, y hoy se ve encumbrado a la poltrona de Gracia y Justicia, ha elegido al mismo incapaz sujeto para que vaya a Roma por todo, es decir, por un Concordato. Yo me felicito: todos hemos venido a ser ultras.

-¡Mala lengua! -le dijo Domiciana más compasiva que iracunda-, con la hiel que usted derrama habría para poner una gran botica de venenos.

-¡Oh! señora, no derramo yo hieles ni venenos, sino cerato simple y bálsamo tranquilo -replicó Centurión-. Desde que me metí a ultra, me tiene usted consagrado a desmentir todos los rumores que corren contra el Gobierno, y contra Palacio y el monjío. Voy algunos ratos a los corrillos de la Puerta del Sol, donde están las peores lenguas de la cristiandad, y allí pongo de vuelta y media a los maldicientes. Sabe usted que cada semana tenemos un notición nuevo, pedazo de carne podrida que se arroja a los pobres cuervos para que vayan viviendo. La comidilla putrefacta de hoy es esta: Su Majestad el Rey, que no puede vivir sin visitar cuatro veces al día a las señoras Franciscas de la calle de Leganitos, se incomoda de que el público le vea pasar en coche tan a menudo, y de que la guardia de Artillería del cuartel de San Gil señale su paso con toque de corneta.. ¿Y qué ha discurrido para guardar el incógnito? Pues vestirse de clérigo. Así ha podido (p.6449) hacer de noche sus visitas, atravesando a pie las calles..

-Eso es mentira -afirmó indignada la cerera-, y el que tal crea y diga merece que le emplumen.. por tonto, más que por malo.

-Ya sé que es falsedad. ¡A quién se lo cuenta! Yo estuve en acecho dos noches, y no vi nada. Pero hay quien por haberlo soñado, asegura que lo ha visto. En las tertulias de la Puerta del Sol tenemos mentirosos de buena fe que le dan a uno espanto.. Yo me seco la lengua rebatiendo sus disparates. Hoy, por poco le pego a uno que me sostenía con toda formalidad que el Rey se entretiene en jugar a la gallina ciega con las novicias..

-¡Vaya un disparate! Hace usted bien en destripar esos cuentos ridículos. Pique usted, Hermano Centurión, pique por ese lado y se le hará justicia.

-Hermana Domiciana, yo pico; pero la justicia no llega. Ya dije a usted en qué paso mis tardes: a prima noche me tiene usted en los ejercicios de Italianos o Bóveda de San Ginés, alternando, y de allí me voy a mi casa. Nadie me verá en teatros, cafés, ni alrededor de las mesas de billar. En mi casa trabajo a moco de candil. Consagro los ratos de la noche a la Poesía, con quien algún trato tuve en mi mocedad. No me faltaba lo que llamamos estro.. Dirá usted que quién me mete a poeta, y yo contesto que si somos plaga, seámoslo en todos los terrenos. ¿Ha observado usted que los poetas del día no se tienen por tales si no enjaretan una o más composiciones religiosas? Los viejos, los de mediana edad, y aun los jovencitos que rompen el cascarón retórico, nos regalan cada día, bien la Oda al Santísimo Sacramento, bien la Canción a los Reyes Magos, este Octavas reales a San José bendito, el otro Quintillas a la Creación del Mundo, cuando no un Romance a los Misterios gozosos de Nuestra Señora.. ¡Pues no han sido poco celebradas las composiciones de mi amigo Baralt A la Encarnación, y de Cañete a la Transfiguración del Señor! Pero a todos supera el numen del insigne poeta D. Joaquín José Cervino, que en su Oda a las Bodas de Caná, refiere el milagro con estos rotundos versos:

Ya linfa (p.6450) en hidria pura contenida,

Mira en licor de Engadi convertida.

»Pues los chicuelos que empiezan ahora, como Pepe Selgas y Antonio Arnao, también enjaretan su metrificación correspondiente sobre un tema religioso. Hasta los padres graves de la pasada era romántica, los Hartzenbusch, los García Gutiérrez, los próceres como Saavedra y Roca de Togores, y el grandullón D. Juan Nicasio, se descuelgan con su Silva al Sacrificio de Isaac, o con un lindo Panegírico de la Pentecostés en alejandrinos. ¿Qué es esto más que una señal de los tiempos? No vivirían los poetas si no se arrimaran a los pesebres del Estado, y como el Estado es hoy manos y pies invisibles del cuerpo de la Iglesia, que tiene su visible cabeza en Roma, todos los jóvenes y viejos que andan por el mundo con una lira a cuestas, o la tocan para Dios y los Santos o no comen.. Vea usted por dónde yo he resucitado mis antiguas debilidades poéticas; desempolvo mi lira y poniéndole cuerdas nuevas, me lanzo a tocarla con plectro y todo, y endilgo mi Canto Épico al Centurión Cornelio.. En la invocación a la Musa Cristiana para que me sople, doy a entender que de aquel romano Centurión procede mi familia, y que por ello estoy obligado a cantarle con tanta gratitud como entusiasmo y fe. En La Patria podrá usted leer mi Canto Épico. He preferido este periódico porque es el que viene pegando fuerte a Narváez, Sartorius y a toda la fracción caída, que ha tenido en tal desamparo a la religión y sus ministros. ¿Ha leído usted lo que dice del donativo que hizo la Reina a Narváez?

-No leo periódicos, D. Mariano, ni me importa lo que digan.

-Pues el regalito fue de ocho millones, para que pudiera vivir con decorosa independencia el hombre que.. Hoy hablaban de esto en la Puerta del Sol, y allí hubo quien, echando fuego por los ojos y ácido prúsico por la boca, hizo la cuenta del número de cocidos que con esos ocho millones se podrían poner en un año, para los tantos y cuantos españoles que se pasan la vida ladrando de hambre..».

Cansadas del insufrible (p.6451) lamentar de aquel mendigo de levita, Lucila y Domiciana le miraban esperando un punto, o punto y coma, en que pudieran meter cuña para despedirle. «Hermano Centurión -dijo al fin la cerera-, acabe ya y déjenos, que tenemos que hablar las dos de nuestras cosas, y con su salmodia nos ha levantado jaqueca.

-Como benemérita plaga española que soy, Hermana Domiciana, no tiene usted más remedio que sufrirme.. No puedo retirarme mientras no ponga en conocimiento de usted algo que debe saber, y para que lo sepa he venido hoy aquí.

-¡Pues hubiera empezado por eso, Santa Bárbara!

-¡San Caralampio! Yo empiezo por el fin y acabo por el principio, a causa de tener mi pobre cerebro del revés, como es uso entre cesantes.. Vamos al caso: usted sabe que la Madre Patrocinio bebía los vientos por destituir al señor Patriarca de las Indias, D. Antonio Posadas Rubín de Celis.. Nunca le perdonó a este señor que se burlara de las llagas, y las calificara, como las calificó, de farsa indigna de una nación católica.. El odio de Su Caridad levantó gran polvareda contra el Prelado, por si era o no era de la cáscara amarga. Se decía que en 1823, gobernando la diócesis de Cartagena, renunció la mitra y se fue a la emigración por no bajar la cabeza ante el absolutismo.. Esto le imputaban, y de tal modo atronaron los oídos del Rey y de la Reina, que al fin.. usted lo sabe.. le largaron el cese al Patriarca, y en su lugar fue nombrado D. Nicolás Luis de Lezo, confesor de la Reina Madre, el cual, se endilgó la sotana morada, antes que de Roma vinieran las Bulas.. Usted sabe que lo que vino de Roma fue un soberano rapapolvo desaprobando todo lo hecho, y confirmando en su puesto al Sr. Posada y Rubín de Celis.. Usted sabe que..

-Ya me está usted estomagando con si sé o no sé -dijo Domiciana-. Lo que yo sepa o ignore no es cuenta de nadie.

-Todo el mundo sabe que el Sr. Lezo, a pesar del rapapolvo, siguió con su capisayo morado, tan guapín, olvidando que ni es Obispo ni nada. Nuestra graciosa Reina, que de niña era muy salada, puedo (p.6452) dar fe de ello, y de mujer es la sal misma, le puso a D. Nicolás Luis un mote graciosísimo.. usted lo sabe: el Obispo de Farsalia..

-Bueno, ¿y qué?

-La señora Madre aguantó el cachete, por venir de Roma, y esperó; el señor Patriarca, ya muy viejecito, no podía ser eterno.. Al fin se lo ha llevado Dios: ya está vacante el puesto. Y ahora, Hermana Domiciana, yo le pregunto a usted por si quiere decírmelo: ¿Sabe quién será el nuevo Patriarca?

-No lo sé, ni aunque lo supiera se lo diría.

-Porque la Reina Cristina hace hincapié por su candidato, el de Farsalia; el Infante D. Francisco se interesa por el Padre Cirilo.. y el Gobierno.. Esta es la noticia que le traigo a usted, noticia que aparejada lleva una preguntita. El Gobierno propone al señor D. Joaquín Tarancón, Obispo de Córdoba, que, como he dicho antes, es tío de la señora Abadesa de la Encarnación. Me consta que una gran parte de lo que podríamos llamar elemento eclesiástico vería con gusto al Sr. Tarancón en el Patriarcado de Indias, y yo.. no le digo a usted nada: casi, casi es mi pariente.. Pues ahora viene la pregunta: ¿Sabe usted quién es el candidato de la Madre? Porque yo me pongo a discurrir y digo: 'O hay lógica o no hay lógica. Si un Gobierno que tiene por dogma la perfecta obediencia a las soberanas voluntades que nos rigen, se lanza a proponer a Tarancón, ¿no quiere esto decir que Tarancón es grato a la Madre, y por ende a la Hija, o en otros términos, que Tarancón es el candidato del Altar y el Trono, como decimos los ultras?..'. Con que, Hermana Domiciana, dígame si esto que pienso es la verdad, o si me falla la dialéctica; dígamelo, y hará un gran favor a un padre de familia con mujer y siete criaturas. ¿Es D. Joaquín Tarancón candidato de la Madre?.. Porque si lo es, Patriarcam habemus».

Nerviosa y un tanto descompuesta le contestó Domiciana que no tenía nada que contestarle ni que decirle, como no fuera que tomara la puerta y se largase con sus historias a la del Sol, o a cualquier mentidero. Lastimado en lo vivo D. Mariano, levantose afectando dignidad (p.6453) y dio algunos pasos hacia la salida. Mas no quiso irse sin venganza de aquel desprecio: calose el sombrero, requirió las solapas del levitón, y en actitud un tanto estatuaria, con temblor de la mandíbula y ronquera de la voz, se dejó decir: «Por no ser amable y franca, usted pierde más que yo, porque no le doy una noticia tremenda.. noticia de un suceso reservado, que lo será por algún tiempo todavía.. suceso.. noticia de un valor que usted no puede figurarse.. y que ignora todo Madrid, menos unos cuantos.. y yo. En castigo, no se lo digo, no. Fastídiese, rabie.

-¿También de monjas y Patriarcas?

-No.. Es cosa militar.. -dijo Centurión escurriéndose a lo largo del pasillo-. Cosa militar.. gravísima.. y no lo sabe.. Fastidiarse..».

Domiciana corrió tras él murmurando: «Hermano, aguarde, oiga..».

Pero, él, impávido, desapareció en la obscuridad de la angosta escalera repitiendo: «No digo nada, nada.. Fastídiese, rásquese.. Cosa militar..».

 

Ep-33-XIV -

-¡Pero este D. Mariano..! ¿No te parece que está loco?.. Y esa noticia de militares, ¿qué será?.. ¿Pues sabes que me ha dejado perpleja y con ganas furiosas de saber..? Es un perro.. Cuando le da por callar, molesta más que cuando nos aturde con sus ladridos.. No me sorprende que sepa cosas muy reservadas.. Estos cesantes rabiosos se meten en todos los rincones para olfatear lo que se guisa, y lo mismo entran en las sacristías que en las logias.. Cosa de militares dijo. ¿Será alguna intentona?.. ¿Tendremos en puerta un pronunciamiento..?».

Esto decía Domiciana, en frases desgranadas, que revelaban su inquietud. Con paso inseguro fue de la puerta del pasillo a la ventana; miró a la calle, y al ver que en efecto salía Centurión, volvió junto a su amiga rezongando: «Disparado sale.. Va echando demonios.. Esa cosa militar ¿qué será? ¿Tú qué crees, Lucila?

-¿Yo qué he de creer?.. Ya te sacará de dudas D. Mariano cuando vuelva.

Se puso en pie presentando la capa colgada de sus manos para que Domiciana viese el efecto del embozo. Resultaba muy bien, una prenda seria y poco llamativa, como para persona que (p.6454) durante algún tiempo no debía salir al público sin cierta reserva. Ya no faltaba más que acabar de coser la trencilla: la infatigable costurera se sentó de nuevo para proseguir la obra por una banda, mientras Domiciana trabajaba por otra.

-Sí que volverá, creo yo -dijo la cerera-, y si no vuelve le mandaré venir con cualquier pretexto. Hablemos de nuestras cosas.

Antes de la entrada de Centurión había Lucila dado cuenta a su amiga de las buenas condiciones de la vivienda en que se había instalado con Tomín. Se creían transportados de un infierno aéreo a un cielo terrestre. Con frase menos sintética y más vulgar expresó Lucila su pensamiento.. Satisfecho estaba Tomín; sus ojos, hechos a la miseria desoladora, veían los vulgares muebles revestidos de una dorada magnificencia. Ya recobraba el apetito y el buen color; pero la inmovilidad a que todavía se le condenaba le tenía en gran desasosiego. ¿Cuándo podría salir?

Un rato tardó Domiciana en contestar a esta pregunta. Sin apartar los ojos del mete y saca de la diligente aguja, alargando los morros, dijo: «¿Qué prisa tiene? Ya saldrá. Conviene esperar un poco, hasta ver en qué para eso del Patriarca..».

La aguja de Lucila se paró, señalando el zenit. Turbación, estupor y silencio grave en el ambiente que mediaba entre las dos mujeres. ¿Qué tenía que ver la libertad de Gracián con el nombramiento del Patriarca de las Indias?

-Todas las cosas de este mundo -dijo Domiciana sin mirar a la otra-, vienen y van más enzarzadas de lo que parece. ¡Con este lío del Patriarca hay cada disgusto..! A donde quiera que una va, encuentra caras malhumoradas.. y se oyen cosas que.. Parece que están todos locos..

Conoció Lucila que no gustaba su amiga de aquella conversación, y puso punto en boca. Nombrando de nuevo a Tomín, Domiciana fue a parar a la promesa de solicitar para él el alta en el escalafón, y si las cartas venían bien dadas, un ascenso y pase al servicio activo. «En este caso -añadió-, ¿crees que Gracián se casará contigo?».. «¡Ay, no lo sé!» fue la única respuesta de Lucila. La cerera (p.6455) prosiguió así: «Nada tendría de particular que, volviendo las cosas a su nivel, Tomín se casara con una persona de su clase.. Tú entonces, poniéndote en lo razonable, podrías casarte con un hombre de tu clase, y serías feliz.. No te faltarían protección y ayuda en tu matrimonio». Dijo a esto Cigüela que tenía por absurdas las ideas de su amiga, y repitió su antigua cantinela de que Domiciana no entendía palotada de amor, y que continuaba tan muerta y amojamada como cuando salió del convento.

-Estás en lo cierto -replicó la exclaustrada-, y siempre que hablo de amores, o de amoríos, salen de mi boca desatinos muy garrafales; tan ignorante soy. Conozco al hombre en diferentes condiciones de vida: en la condición de avaro, de hipócrita, de cortesano, de astuto, de religioso; en la condición de enamorado no le he conocido nunca, ni sé lo que es. ¿Quieres más explicaciones? Pues allá van. Se ha dicho, y tú lo habrás oído tal vez, que yo me metí en el convento por desesperada de amor.. la historia de siempre.. un novio ingrato, una niña tonta que se vuelve mística.. Pues no creas nada de eso, si de mí lo has oído. En mi caso no hubo despecho amoroso. Yo me arrojé al convento huyendo de mi madrastra, como me habría tirado a un pozo; llegué a la vida religiosa enteramente ayuna de amores, sin haber tenido novio, pues los que algo me dijeron no me interesaron nada, ni nunca les hice caso. Entró, pues, en el claustro mi corazón nuevecito, intacto de pasiones, y sin saber lo que era eso. Allí dentro, ya puedes suponer que no amé más que las hierbas. Naturalmente, como tú has dicho, con aquel vivir me marchité.. El amar vago, que lo mismo puede fijarse en Dios que en personas de la Naturaleza, se fue secando; la voluntad se me iba tras de las cosas, no tras del hombre.. Cuando salí, ya no era tiempo de pensar en melindres, ni me lo permitían los votos que hice y de que no estaré nunca desligada.. Otra cosa te diré para que lo comprendas mejor. Yo, que soy bastante despierta, sé desenvolverme muy bien en una reunión de (p.6456) hombres, si tengo que departir con ellos de cualquier asunto; pero delante de un hombre solo, me entra tal cortedad, que no acierto ni a decir Jesús. Me ha sucedido alguna vez encontrarme sola frente a un hombre, el cual con la mayor inocencia y sin asomo de malicia venía para tratar conmigo de un negocio de cerería, o de hierbas, o de qué sé yo.. ¿Pues sabes lo que me ha pasado? Que al verme sola con él me ha entrado no sé qué desazón.. algo de repugnancia primero, de espanto después.. y al fin no he tenido más remedio que echar a correr, dejándole con la palabra en la boca.. Luego he tenido que mandarle recado, diciéndole que me dispensara, que me había puesto mala.. Así soy yo. Y de veras te digo que muertecita está una mejor. ¿No crees que es una bendición ser así, y estar asegurada contra lo que, en mis circunstancias, no había de ser bueno?

Contestó afirmativamente Lucila, añadiendo que no se diera por asegurada tan pronto, pues no era vieja y conservaba lozanía, frescura.. Recaída la conversación en Tomín y en las probabilidades de que reanudara pronto su brillante carrera, conquistando los puestos más altos, Domiciana preguntó a su amiga si era valiente el Capitán, de temple duro para la guerra.

-¿Que si es valiente? -dijo Lucila dando a su palabra tonos de entusiasmo-. Por mucho que yo te diga sobre eso no podrás tener idea de la bravura de Tomín y de su fiereza ante cualquier peligro. Cuando se emborracha de valor, no repara en si es uno o son veinte los enemigos que tiene delante.

-¡Vaya, vaya! Ahora que me acuerdo: me has dicho que es extremeño, de la tierra de Hernán Cortés y Pizarro. Todos los hijos de Extremadura son arrojados y valientes, menos mi padre que no es héroe más que para casarse.

-En Medellín, como ese Cortés, nació mi Bartolomé Gracián. Su padre, caballero noble, tiene allí bastante hacienda, ganados.. Su madre, que todavía no es vieja, conserva una hermosura superior. De ella sacó Tomín los ojos azules; de su padre la tez trigueña. El hermano mayor no se separa de los padres, y es el que hoy lleva (p.6457) las labores. Dos hermanitas tiernas siguen a Tomín. A este, desde muy niño, le llamaba la milicia; no jugaba más que a soldados, y él era el que a los otros chicos mandaba, llevándolos a correrías del diablo, asaltos de peñas, porfías de unos bandos con otros.. Entró en el ejército el año 45, si no estoy equivocada, y al poco tiempo estuvo en la guerra de Cataluña contra Tristany y Cabrera. Las acciones en que peleó, las heridas que pusieron su cuerpo como una criba, y las hazañas.. porque hazañas fueron.. que hizo él solo, escritas están en alguna parte, no sé donde.. y pueden dar fe de ellas el General Concha, el General Pavía, y un sin fin de brigadieres, coroneles y capitanes. Ya desde la guerra de Cataluña venía Tolomé, según él mismo me contó, dado a la política, con la cabeza encendida en esas cosas del Patriotismo y de la Libertad, y no se mordía la lengua para despotricar contra los Absolutos, Carlinos, Moderados, y demás gente que no quiere Constitución, sino Cadenas; en Madrid se hizo amigo de otros que aborrecían las Cadenas, y todos juntos iban a unas reuniones escondidas en no sé qué calle, y hacían allí sus santiguaciones, que paraban siempre en armar algún enredo para salir con los soldados gritando Libertad, Viva esto, Abajo lo otro. Hubo en Madrid hace dos años o tres.. no me acuerdo de la fecha.. una trifulca muy grande en la Plaza Mayor, tropa y pueblo contra tropa. Tolomín estaba en un regimiento que también debió salir sublevado, y no salió porque se echaron encima generales y jefes, y ello quedó así.. Pero a mi hombre le traían ya entre ojos; su fama de liberal y algún mal querer de envidiosos o soplones le perdieron. Formada sumaria, le mandaron con dos tenientes a las Peñas de San Pedro, que es allá en la Mancha, pueblo con fortaleza, y fortaleza sin pueblo, como dice Tolomé. Mal lo pasaban allí los pobres oficiales deportados; pero Tomín, que es poco sufrido, y uno de los tenientes llamado Castillejo, de la piel del diablo, tramaron una conjura, en la que fueron entrando algunos más, para revolverse contra la (p.6458) guarnición y hacerse dueños de la plaza. Me ha contado él que todo lo hicieron con más arrojo que picardía, y que fue como si dijeran: «morir matando antes que morirnos de tristeza». La noche que intentaron desarmar a la guarnición fue noche de tronada y rayos en los aires, en la tierra de furor y rabia de los hombres. Muertos y heridos muchos.. sangre corriendo.. compasión ninguna. Pudo más la guarnición, y Tomín y Castillejo, viendo perdida la batalla, escaparon favorecidos del diluvio que empezó a caer cuando unos y otros, como demonios, se estaban matando.. Huyeron armados; con algún dinero que llevaban se procuraron disfraz, caballerías, y por atajos, como Dios quiso, se vinieron a Madrid. Aquí se ocultaron, y escondidos supieron que estaban condenados a muerte por Consejo de Guerra.. Pues Señor: vino a parar Tomín a casa de un tratante en leñas, José Perdiguero, amigo de su familia, calle Segovia, y para más disimulo de su escondite, le pusieron su vivienda en el mismo almacén de las leñas, que da a un patio grande, y en aquel patio vivía yo con mi padre y mi hermano chico..

-Y allí os conocisteis.. Vamos, ya llegó ese momento de la historia, que yo esperaba. Sigue, que ahora entra lo más bonito.

-Bien feo era aquel patio, y más el almacén; pero a mí me pareció lo más bonito del mundo.. te lo digo como lo siento: hablo con el alma, Domiciana. Bonito fue todo, cuando vi a Tomín tendido sobre un montón de leña, y más cuando él me preguntó cómo me llamo.. El amo, que tenía que salir al campo, me mandó que hiciera cena para aquel hombre.. «para este caballero», fue como me dijo. Hice la cena, y el caballero se negó a comerla si no cenaba yo con él. Yo dije que bueno. Me sentí, puedes creérmelo, arrebatada de una compasión que me encendía toda el alma, y apenas empezamos a cenar, aquel señor me dijo: «Soy muy desgraciado». Obsequioso y fino estuvo conmigo, sin decirme cosa ninguna que pudiera ofenderme.. Yo le miraba, y cuando él me miraba a mí, tenía yo que bajar los ojos..

-De veras va siendo muy (p.6459) interesante la historia. Sigue, y no suprimas nada.

-Dos días pasaron así. Mi padre y mi hermanillo salían de sol a sol. El caballero y yo hablábamos, él a la otra parte del rimero de leña, yo a la parte de acá. Charla que charla, las tardes se me hacían horas, las horas minutos.. Yo estaba como en la gloria.

-¡Y que no te diría cosas poco tiernas y..!

-Me decía.. qué sé yo.. vamos, lo contaré todo. Me decía que soy muy guapa.. Esto lo había oído mil veces; pero nunca hice caso. Me decía que soy bella, bellísima.. y más, más me decía.

-No lo calles, mujer.

-Que soy hechicera.. y otra cosa más bonita..

-Dímela.

-Que tengo un alma más bella que mis ojos.. Por mis ojos me veía él el alma.. Yo también le veía la suya.. Por fin me dijo que le quisiera, que le haría un gran bien queriéndole.. que estaba dejado de la mano de Dios.. Contome toda su historia: yo temblaba oyéndole. Luego me dijo que era para él grave caso de conciencia pedirme mi amor, y que antes de responder yo a su petición de amor, debía saber una cosa terrible: estaba condenado a muerte. ¿Sería yo capaz de amar a un condenado a muerte?

-Al pronto, y poniendo por delante un poco de puntillo, responderías que no.

-¡Ay, Domiciana! Si me hubiera dicho «soy rico, feliz, poderoso», le hubiera contestado con puntillo diciendo que no, que veríamos y qué sé yo.. Pero diciéndome «soy condenado a muerte» le contesté que sí, con el alma, y me fui hacia él.. ¡Ay, Domiciana, qué paso!.. Llorando me abrazó Tomín, y yo le dije: «Que nos fusilen juntos».

 

Ep-33-XV -

Dejando correr, en una pausa breve, lágrimas dulces, lágrimas amargas, continuó Lucila su triste historia, que en algunos puntos más le causaba gozo que pena; siguió por terreno a veces llano, a veces escabroso, sin esquivar los pasos al borde del precipicio, incitada por la cerera, que le pedía sinceridad, franqueza gallarda. Contó las querellas que con su padre tuvo por el amor de Tolomín; cómo estas desavenencias la separaron al fin de Ansúrez y del hermano pequeño (el cual en aquellos días entró de (p.6460) aprendiz en el taller de unos boteros de la calle de Segovia, amigos de su padre) ; cómo unió su suerte a la del Capitán, locamente enamorada y obedeciendo a una fuerza imperiosa, irresistible; cómo fueron obsequiados por el Ramos, manolo viejo de ideas revolucionarias, retirado de la patriotería activa y enriquecido en su comercio de maderas viejas; cómo hallándose un día refrescando con el Ramos en cierta botillería de la calle de los Abades, se les apareció el Teniente Castillejo emparejado con la viuda de un capitán, y cómo, en fin, los cuatro se fueron a vivir a un piso quinto, en la calle del Azotado, con anchura de local y estrechez grande de recursos. A poco de instalarse les sorprendió de madrugada la policía, cuando estaban en el primer sueño, pues nunca se acostaban hasta después de media noche. A tiros y sablazos les atacaron tres hombres. Defendiéronse Tomín y el Teniente con gran coraje; mataron a uno; los otros dos tuvieron que huir en busca de refuerzo. Antes que volvieran, Castillejo y la Capitana se bajaron al segundo piso. Tomín fue más previsor: a pesar de hallarse herido de arma blanca en una pierna, de arma de fuego en un brazo, escapó por la bohardilla al tejado vecino, pudiendo descolgarse de un modo casi milagroso al patio de una posada de la Cava Baja. Lucila en tanto cogió calle más pronto que la vista, corrió a la posada y ayudó a su Tomín a escabullirse por la calle de Segovia abajo; tomaron resuello en un corralón de la Cuesta de Caños Viejos, y allí le vendó como pudo las heridas para contener la sangre. La situación era en extremo apurada. Gracián no podía valerse. Con rápida iniciativa ante el peligro, corrió Lucila en busca de el Ramos, única persona de quien podía esperar socorro, y el patriotero jubilado no desmintió en aquel caso su magnánimo corazón, ni su abolengo de sectario constitucional que había vestido el glorioso uniforme de la Milicia Urbana. Al amanecer, en un carro de cueros fue transportado el Capitán a la calle de Rodas. Sin que nadie le viese, fue subido al nido de (p.6461) murciélagos, lugar al parecer distante del acecho policiaco, y allí quedó entre los gatos y el cielo, asistido de su fiel amiga, que con su cuidado y ternura le sostuvo el alma para que no cayese en la desesperación, atajó la muerte, aseguró la vida, y restituyó a la sociedad el hombre que esta había cruelmente repudiado.

-Del valor de Gracián -dijo Domiciana, oída con tanto respeto como admiración la dramática historia-, nadie podrá dudar. Pero si él es bravo, más brava eres tú. Te has portado como mujer heroica, y aunque has pecado, creo yo que Dios te perdonará.

Lo más que hablaron aquella tarde careció de interés. Partió Lucila con la capa sin terminar, proponiéndose rematarla por la noche en su casa. Fue Domiciana con Ezequiel a San Justo, a la novena de San José, y allí vio a Centurión, que no se acercó, como de costumbre, a cotorrear con ella; tampoco la cerera hizo por él, ni quiso mostrar ganas de conversación. Ezequiel pasó a la sacristía, donde tenía más de un amigo, y solía ayudar al culto, bien endilgándose la sotana como turiferario, bien subiéndose al coro para cantar un poco con voz angélica, desafinadita. Habló un rato la cerera con un clérigo que en San Justo decía misa y confesaba, D. Martín Merino, hombre impasible, de una frialdad estatuaria. A Domiciana le agradaba el tal sacerdote por la sequedad cortante con que expresaba sus pareceres, ya en cosas de religión, ya cuando por incidencia hablaba de política. Le tenía por hombre entero, de arraigadas convicciones, de notoria austeridad en sus costumbres. «¿Viene usted a la novena, D. Martín? -le preguntó. Y él: «No, señora: yo salgo; he venido a ajustar una cuenta. Aquí no toco pito esta noche; me voy a mi casa, donde tengo mucho que hacer». Y tomó la puerta. Chocó a Domiciana la escueta familiaridad de la frase no toco pito; y como el hombre solía ser tan áspero en cuanto decía, resultaba de un gracejo fúnebre en sus labios secos la expresiva locución.. Terminada la novena, volvió la cerera con Ezequiel a su casa; cenaron, y de sobremesa, (p.6462) solos, porque D. Gabino con el último bocado solía coger el sueño y se quedaba cuajadito en un sillón, hablaron del cumplimiento de ciertas comisiones encargadas aquella tarde al bendito mancebo. «Llevé el lío de ropa y los cuatro libros, y todo lo entregué al señor, en su mano -dijo Ezequiel-. Lucila no estaba en casa.

-¿Y el señor qué tal te recibió? ¿Es amable, de buena presencia?

-Tan buena, que se me pareció a Nuestro Señor Jesucristo.

-Eso no puede ser. A Nuestro Señor no puede parecerse ningún mortal, por hermoso que sea.

-Dices bien, y ahora caigo en que más que a Dios se parece al Buen Ladrón. ¿Has visto el Buen Ladrón del Calvario de San Millán.. clavado en la Cruz, y guapo él?

-¿El caballero de Lucila tiene barba?

-Sí: una barba corta y bonita.. como la del San Martín que parte su capa con el pobre.

-¿Y reparaste en el color de los ojos?

-No reparé el color; pero sí que tiene un mirar que no se parece a ningún mirar de persona.

-¿Qué dices, Ezequiel?

-Digo que ningún mirar de hombre es como el de ese señor.

-¿Serán sus ojos como de oro.. como de plata?

-Como de plata y oro en derredor de una esmeralda.

-Luego, son verdes.

-No te puedo decir que sean verdes; pero algo tienen, sí, de piedras preciosas.

-¿Serán.. así por el estilo de la piedra que llevaba en su anillo el señor Obispo que ofició en San Justo el día de la Candelaria?

-No, mujer.. No hay ojos de persona que sean de ese color que dices..

-Pues entonces, Ezequiel, serán azules.. ¿Has visto tú esa piedra que llaman zafiro?

-No.. En el talco es donde yo aprendo los colores. El talco azul, si lo pones en cera que no sea muy blanca, se te vuelve verde.

-Y dime otra cosa: cuando le diste a ese señor los libros, ¿qué hizo? ¿se alegró?

-Leyó el forro y no dijo nada. Se levantó y fue a ponerlos en la cómoda.

-¿Notaste si al andar cojeaba? ¿Es airoso, es gallardo?

-Me parece que sí. El juego de piernas, andando, es de militar, ¿sabes?.. Cogió de la cómoda cigarros, como cojo yo mi cachucha.. sin reparar.. y vino a mí ofreciéndome uno. Yo le dije que no (p.6463) fumo. Él fumó echando el humo muy para arriba, muy para arriba.. Luego me preguntó si seguía yo la carrera eclesiástica.. y yo respondí que eso quiere mi padre.. pero que mi hermana, tú, quieres que estudie para abogado.. Pues él dijo que es preciso ser militar o abogado.. y que todo lo demás es vagancia pura.. Habías de oírle, Domiciana: que todo está muy malo, y que tenemos aquí mucha tiranía, mucho obscurantismo y muchísima inquisición.. De repente, dejó caer la mano con que accionaba, dándose tan fuerte palmetazo en la rodilla, que yo.. salté en mi taburete. Me asusté del golpe y de los ojos que el caballero puso.

-¿Es hombre de mal genio?

-De genio muy fuerte.. ¡Pobre del enemigo que coja por delante, en una guerra, o en una revolución!

-¿Crees tú que pega?

-¡Vaya! Creo que pega a todo el mundo menos a Lucila.

-¿Y quién te asegura que no pega también a Lucila?

-No, eso no.. ¡La quiere tanto! -dijo Ezequiel echando a torrentes de sus ojos la infantil ingenuidad.

-Por eso, porque la quiere.. Los hombres pegan y las mujeres lloran.. Eso es el amor, según dicen..

-Así será en los matrimonios disolutos.

-Y en todos, Ezequiel.. y el llorar y el pegar no quitan para que traigan al mundo la familia..».

Aquí paró la conversación. Ezequiel tiraba de sus párpados, que el sueño quería cerrarle. Domiciana le mandó que se acostara, pues había que madrugar. Al siguiente día comenzaban las grandes tareas cereras para Semana Santa.. Cerrada la tienda y apagadas las luces, la casa no tardó en quedar en silencio, turbado sólo por el áspero roncar de D. Gabino. Domiciana, recogida en su aposento, empezó a desnudarse. En aquella hora inicial del descanso nocturno, en que el silencio y la calma derraman tanta claridad sobre las cosas próximamente transcurridas y sobre las futuras que no están lejanas, la cerera reunía sus ideas dispersas, sintetizaba, expurgaba, desechando lo inútil, y como un hábil general distribuía sus mentales fuerzas para las batallas del siguiente día. Resumiendo sus impresiones de los hechos recientes y adivinando las que (p.6464) muy pronto habría de recibir, echó a rodar estos pensamientos sobre el fino lienzo de sus almohadas: «No habrá mañana poco tumulto en la casa grande cuando llegue yo y suelte la bomba.. la bomba escrita y la bomba parlada por mi boca, diciendo: 'No hay más Patriarca de las Indias que el Sr. D. Tomás Iglesias y Barcones..'. ¡Y luego me hablan a mí de la cuestión de Oriente! ¿Qué tienen que ver la cuestión del Oriente ni la del Occidente con la cuestión Patriarcal?.. A Bravo Murillo se le ha metido en la cabeza que Tarancón es grato a la Madre, porque así se lo dijeron el Marqués de Miraflores y el mismo Sr. González Romero.. Pero estos son de los que no se enteran de nada, y cuando desean una cosa se forjan la ilusión de que los demás también la quieren.. ¡Valiente ganado el de los caballeros políticos!.. Andad, andad, hijos, por donde os llevan vuestros pastores, y no salgáis del caminito que se os marca.. Duro ha de ser para la Reina decirle a D. Juan: 'Mira, Juan, ese nombramiento que traes a favor de Tarancón, te lo guardas y haces de él lo que quieras.. No has de ser más que mi madre, y a mi madre tengo que decirle también que se guarde su candidato, el pomposo Sr. Lezo, a quien yo, por mí y ante mí, nombré Obispo de Farsalia.. Ni has de querer compararte con mi tío D. Francisco de Paula, que me traía puesto en salmuera para Patriarca al Padre Cirilo, y también tiene que guardárselo para mejor ocasión. Patriarca de las Indias será D. Tomás Iglesias y Barcones, y no se hable más del asunto'. Esto le dirán, y D. Juan se irá a comer calladito sus chorizos, y a discurrir, para cuando se desocupe del arreglo de la Deuda, la reforma de la Constitución, dejándola en los puros huesos..».

Y ya cogiendo el sueño, apagadas las ideas, dispersas las imágenes, las recogió de la blanca almohada para dormir con ellas: «Y acabada una, se arma otra.. la cuestión de la Comisaría General de Cruzada.. Esa sí que será gorda.. Los Ministros, que siempre están en babia, quieren meter en la Comisaría a ese Nicasio Gallego, que según dicen es (p.6465) poeta.. Ya podéis limpiaros, que estáis de huevo.. Y parece que los poetas ya le dan la enhorabuena al D. Nicasio.. como si lo tuviera en la mano. ¡Pobres majagranzas!.. Con estas peripecias no puede una pensar en sus cosas.. Mañana tarea de cera. La Semana Santa, con la nueva feligresía, será muy lucida, muy lucida, y.. ¡dinero, dinero!.. Lindas botas con caña de tafilete verde te voy a comprar.. Tomín.. ¡Ay! que no me ponga a soñar ahora.. Rezo un poquito: «Dios te salve..».

 

Ep-33-XVI -

La nueva morada de Lucila y Tomín era un segundo piso, calle de San Bernabé, lugar ventilado y alegre, con vistas al Manzanares y lejanos horizontes que comprendían la Casa de Campo, pradera de San Isidro y término de los Carabancheles. Para escoger aquella vivienda no se fijó Lucila principalmente en su amena situación ni en los aires salutíferos que la bañaban: aunque todo esto era muy de su agrado, no se determinó a mudarse mientras el tratante en leñas, José Rodríguez, primer amparador de Gracián, y el Ramos de la calle de Rodas, no le dieran, con su palabra honrada, garantía de la seguridad que allí tendría el perseguido Capitán. Bajo tal fianza, accedieron ambos a compartir la casa modesta de un acomodado matrimonio. Era él propietario de tierras en la Villa del Prado, su patria, pero a la descansada vida de labrador prefería la inquieta de tratante en uvas por Agosto y Septiembre, y en ganado los demás meses del año. Antolín de Pablo salía cada quincena para Villaviciosa, Sevilla la Nueva, Villa del Prado y Cadalso de los Vidrios, y volvía con carneros y terneras para el matadero de Madrid. Su mujer, Eulogia Ciudad, había sido criada de una Marquesa, que al morir le dejó un legadito: era persona de agrado y habla fina. Privada de sucesión, Eulogia se consolaba en la cría y cuidado de animales. Sus gatos llamaban la atención por la brillantez del pelo así como por la mansedumbre; sus perros sabían llevar y traer un cesto con recado. La casa se comunicaba por la planta baja con un corralón donde Eulogia tenía gallinas ponedoras, (p.6466) dos cabras, un cordero, un gamo, dos galápagos, un erizo, una jabalina de corta edad, domesticada, dos maricas también en vías de civilización, y un borriquillo. Representaban el reino vegetal dos almendros, un saúco y un albaricoquero, que un año sí y otro no cargaba enormemente de fruto.

Simpáticos fueron a Lucila y Tomín sus patronos, y para el Capitán fue una expansión gratísima el permiso que se le dio para bajar al corral, siempre que quisiese engañar allí las horas aburridas de su prisión. Cuando a sus quehaceres salía Cigüela, el prisionero cogía un libro, bajaba con ella, y la despedía en el portal diciéndole: «Yo me voy al Paraíso Terrenal, y allí me encontrarás cuando vuelvas». Comúnmente le encontraba gozoso, distraído, con un perro a cada lado, que se habían constituido en amigos y guardianes, y allí se pasaba las horas muertas, sin leer nada, tratando de entenderse en primitivo lenguaje con las maricas.

Por la noche, en la habitación que ocupaban, la cual era muy espaciosa y alegre, Lucila le daba cuenta de lo que sabía referente al indulto, y él no ocultaba su tristeza por la prolongación de un estado que no era de cautiverio ni de libertad. Aquel auxilio que de persona para él desconocida recibía le llenaba de inquietud. «Yo no quiero agradecer mi libertad más que a ti, Cigüela -le decía-, y los recursos que no vienen de ti me enfadan y me lastiman. Si yo escribiera a mis padres, bien pronto me vendría de Medellín todo lo necesario para vivir. ¿Sabes por qué no les escribo? Por que si escribiera, mi padre vendría sin demora por mí, y su primera providencia sería llevarme consigo y separarme de mi Lucila, de mi ángel tutelar.. Eso no será. Contigo siempre.. O nos salvamos juntos, o juntos pereceremos.. Pero también te digo que ya me cansa esta vida boba. El Paraíso Terrenal ya da poco de sí, y ahora me entretengo en dar vida real a las Fábulas de Esopo. Ya he conseguido que se entiendan el galápago y el burro, y que las maricas dejen de soliviantar a las cabras para impedir a la jabalina que (p.6467) vaya a pastar con ellas.. El gallo es de una pedantería irresistible, y uno de los perros, el llamado Moro, se entiende con el carnero y el erizo para quitarle al gallo la gallina que más ama, que es una pintadita, con aires de manola..».

Opinaba Cigüela que una vez logrado el indulto, debía tratar Tomín de volver a la gracia de su familia; no veía tan difícil que los de Medellín transigiesen con la que había sido compañera y sostén del Capitán en aquel terrible infortunio. Confiaba ella en conquistar a los padres con su buena conducta, y terminaba diciendo: «Si tú me quieres, como dices, y tienes mi compañía por tan necesaria en la felicidad como en la desgracia, no necesitamos ir en busca de tus padres: ellos vendrán a nosotros».

Esto decía la moza, y a veces lo pensaba; mas ni su pensamiento ni sus propias palabras optimistas la desviaban de su negra suspicacia. Una tarde de fines de Marzo, o principios de Abril (que la fecha no está bien determinada en las Historias) , hallándose con Domiciana en San Justo, hubo de apremiarla con energía para que obtuviese resolución clara y pronta del dichoso indulto. Dio respuesta la protectora, como siempre, reiterando las seguridades de gracia, y encareciendo la prudencia mientras aquella no fuese un hecho. Abstuviérase, pues, el Capitán de presentarse en público, lo que no era en verdad gran sacrificio, toda vez que tenía buena casa, y disfrutaba del desahogo de un corral poblado de animalitos. A esto replicó Lucila que no podía ya sujetar a Tomín, cuyas ansias de libertad le movían a temerarias imprudencias. Por una puerta que rara vez se abría, comunicaba el corralón con los despeñaderos que desde aquellos lugares descienden hasta la Ronda de Segovia. Contraviniendo las exhortaciones de Eulogia y Lucila, el Capitán desatrancaba alguna tarde la puerta, y se daba el verde de un paseíto por los andurriales de la Cuesta de la Mona o por Gilimón. «Ayer mismo -dijo Lucila para terminar su referencia-, me dio un horroroso susto. Cree que si Tomín fuese niño no me habría cansado de pegarle. Pues (p.6468) llego a casa, entro en el corral, y me dice Eulogia que el señor Capitán se había ido por la puerta de abajo.. Salí como un cohete.. ¡Qué angustia! No puedes figurártelo.. Por fin, ¿dónde creerás que le encontré? En un secadero de ropa que hay por aquella parte, no sé cómo se llama, orilla de la calle de la Ventosa. Me dijo que se aburre, que siente una querencia loca de ver gente y de hablar con todo el mundo.. Le cogí por un brazo y me le llevé a casa. Yo lloraba.. Prometió no volver a escaparse; pero yo no me fío.. Es el valor, Domiciana, el maldito arrojo, el desprecio del peligro. Lo tiene en la masa de la sangre, y no puede con él.

-Pues para sujetarle y poner trabas a ese valor, que no viene a cuento, hay un recurso, Lucila, y es meterle mucho miedo.

-¡Miedo.. a él!

-No se trata de ponerle un espantajo como a los gorriones, sino de amenazarle con peligros muy verdaderos. Dile que en estos días anda la policía muy atareada, cazando con bala o con liga, como puede, pajarracos masónicos y militares sin seso. Sepa el buen Gracián que ya han caído algunos, como él escapados de las Peñas de San Pedro. Ya están en el Depósito de Leganés algunas docenas de estos desgraciados, y cuando caigan los que quedan se formará una linda cuerda para Filipinas, que deje tamañitas a las que mandó en su tiempo el muy crúo de Narváez.. A su casa no han de ir a buscarle; pero en la calle ¿quién responde..?

Aterrada, no pudo Lucila ni aun pedir aclaración de tan graves noticias.

-Parece que lo dudas.. -añadió la otra-. Para que te convenzas.. lo he sabido por el propio cosechero, D. Francisco Chico.. ¿No me viste ayer en la tienda hablando con un señor de lucida estatura, patillas de chuleta, viejo él, pero muy tieso, ojos vivos, nariz chafada?.. Pues aquel es el jefe de nuestro ejército policiaco y el más listo pachón que ha echado Dios al mundo. Mi padre y él son amigos.. A mí me considera.. Rara vez llega por la tienda. Ayer vino; subió a casa y vio aquel bargueño antiquísimo que tenemos.. porque Chico es un águila para dos cosas: la cacería de criminales y el (p.6469) compravende de cuadros y muebles de mérito.

Lucila suspiró. En rigor, alegrarse debía de aquellas amistades de los cereros con el temido y famoso Chico, y ellas daban fuerza y lógica a las seguridades de que Tomín no sería cogido en su casa. ¿Pero cómo explicarse que Domiciana no le hubiera en anteriores ocasiones hablado de aquel conocimiento? Las dudas y el recelo, como bandada de siniestras aves, revolotearon en torno suyo, y una sombra nueva se añadió a las que ya entenebrecían su alma.

Salió de la iglesia con intento de ir a su casa; pero acordándose al paso por Puerta Cerrada de que no había visto a su hermano pequeño, Rodriguín, en tantísimos días, tiró por la calle de Segovia en dirección del taller de botería donde el muchacho aprendía el oficio. Mala hierba había pisado aquel día la guapa moza, porque, no bien entró en el taller, le salió al encuentro una nueva desdicha en la figura de su señor padre, Jerónimo Ansúrez, el cual le saludó con el tremendo jicarazo, verbigracia noticia, de que le habían dejado cesante.

-Hija de mis entrañas -dijo el afligido y gallardo castellano, desentendiéndose de los consuelos que los maestros boteros le daban-, ya ves la mala partida de ese indecente Gobierno de los honrados, por mal nombre.. Aquí tienes a tu padre, despedido de aquella gloria, donde estaba tan a gusto, que ya no habrá para él lugar que no le parezca infierno; aquí le tienes otra vez en mitad de la calle, con el día y la noche por hacienda y el vagabundear por oficio. Díganme todos si no es esto una marranada, dispensando, y si no nos sobra razón a los españoles para tronar, como tronamos, contra este Gobierno, y el otro y todos, y contra la pastelera alianza del Trono y el Altar, contra tanta cancamurria de Libertad y Constitución, y contra la birria asquerosa de Moralidad y Economía, que es pura materia, perdonando.. ¿Qué hice yo para que me despidieran? ¿a quién falté, con trescientos y el portero? ¿quién dio queja de mí, si todas las cantatrices y bailadoras, así de plana mayor como de filas, me querían como a las niñas (p.6470) de sus ojos?.. Pues ello ha sido por colocar al marido de la pasiega que le está criando el nene al sobrino de un Ministrejo, y busca buscando plaza, han visto la mía, y ¡zas!.. Nación maldita, ¿por qué no te arrasaron los moros, por qué no te taló el francés y te descuajó el inglés, y entre todos no te raparon el suelo hasta que no quedara en él simiente de persona viva?».

Esta y otras imprecaciones, desahogo de su furia, fueron oídas con lástima por todos los presentes, con espanto por Lucila, que rondada se sentía de negros presagios. La desdicha del pobre Ansúrez retumbaba en el corazón de su hija como los pasos de un terrible viajero afanado por llegar pronto. Era su infortunio, el dolor de ella, más intenso que el de su padre, dolor inminente, cercano ya..

 

Ep-33-XVII -

Con pena de abandonar su casa y el cuidado de Tomín, consagró Lucila la mañana siguiente a los deberes filiales. El buen Ansúrez necesitaba consuelos, tiernas palabras que le infundieran ánimo y confianza, ideas y razonamientos juiciosos para pescar otro empleo. Hija y padre disertaron, esparciendo ansiosas miradas por todas las políticas aguas que conocían. ¿A qué pescadores podrían arrimarse? Con el Sr. Taja, que había dado a Jerónimo su primer destino, en la portería del Fiel Constraste y Almotacén, no había que contar ya. El Sr. Zaragoza, que le había empleado en el Teatro Real, no era ya jefe político ni estaba a la sazón en Madrid, y para llegar al nuevo Gobernador, D. Melchor Ordóñez, no veían ningún camino. ¿A quién volverse, a quien marear y aburrir hasta obtener la credencial, concedida por la fuerza del tedio más que por la piedad? Indicadas y discutidas diferentes personas, el astuto Ansúrez, sabedor de las amistades de Lucila con Domiciana y de las excelentes agarraderas de esta en Palacio, o sabe Dios dónde, la diputó por la mejor santa en quien debía poner toda su fe. Conforme Lucila con esta opinión, quedaron en que al siguiente día se verían hija y padre con la cerera para empezar la ruda campaña. En estas y otras conversaciones se le (p.6471) fue a Lucila toda la mañana y parte de la tarde, porque cuando impaciente quería despedirse, su padre la cogía de los brazos y la retenía, gozoso de verla y escucharla. Rodriguín también tiraba de ella, y los maestros boteros no se cansaban de admirar su hermosura. En la botería se aposentaba Ansúrez, y allí aguardaba la visita diaria de su hija. Prometió esta no faltar ningún día, y abrazando a su padre le dejó entre sus amigos, rodeado de aquellos imponentes pellejos hinchados de viento, que tanta semejanza tenían con los hombres públicos de aquel tiempo.. y de otros.

Desalada tomó Lucila el camino de su casa. Por evitar un largo rodeo y ganar tiempo, puso a prueba sus pulmones apechugando con la Cuesta de los Ciegos, que subió de un tirón hasta Yeseros y la Redondilla, y de allí en cuatro brincos se plantó en la calle de San Bernabé. Llegó a su casa pensando que Tomín estaría inquietísimo, poniendo en fábulas tristes a todos sus animales.. Como exhalación pasó de la puerta al corral, donde le salió al encuentro Eulogia con cara de susto, que a Lucila le pareció una máscara, pues nunca había visto tan alteradas las facciones de su casera. Antes de que se le preguntara por el Capitán soltó la buena mujer esta bomba: «No está.. no ha vuelto desde las diez de la mañana». El primer impulso de Lucila fue rebelarse animosa contra el Destino; y sacando de su alma las primeras fuerzas con que a la lucha se disponía, respondió: «Ya vendrá.. le encontraremos.. ¡Qué loco es, Dios mío! No vale que una le diga.. no vale que se le recomiende.. Andará por ahí hecho un tonto, viendo tender ropa..». Reiterando la noticia en forma desconsoladora, Eulogia dijo que ya habían pasado más de seis horas desde que se perdió de vista; que sobre las doce, alarmada de la tardanza, había mandado a Colás (un chico de la vecina) en su busca, y que Colás volvió a la una diciendo que, recorridos todos los lavaderos, todos los secaderos, las vueltas, recodos y precipicios de la Mona y Descargas, registrada después la Ronda de Segovia de punta a punta, sin (p.6472) omitir taberna, figón, juego de bolos ni herradero, no había encontrado rastro del señor Capitán. Oído esto por Lucila, quedose la buena mujer paralizada del pensamiento y la voluntad, sin que su mente pudiera hacer otra cosa que medir la longitud de los espacios recorridos inútilmente por Colás. Pronto se rehízo, y apartando con una mano a uno de los perros, con otra a la jabalina, que le estorbaban el paso, más con la actitud que con la palabra dijo que ella le buscaría.. Todo era posible menos la desaparición, la pérdida del Capitán, como podría perderse una de las maricas, o el gamo de pies ligeros.

Salió, pues, en loca marcha, corriendo de un lado a otro, y esparciendo su mirada por aquellos polvorientos espacios.. Si en un instante creía ver a Tomín, el instante siguiente traía el frío desengaño. Decidiose a preguntar a diferentes personas que encontraba. Algunas mujeres, sentadas al sol en la cuesta de la Mona, dijeron que le habían visto subir, a mano derecha.. otras que bajar, a mano izquierda. En la Ronda de Segovia, repitió Lucila su angustiosa pregunta precedida de señas inequívocas: «un caballero joven, de buena presencia, con zamarreta de paño azul obscuro, botas de caña verde, gorra sin visera..». Una mujer que llevaba cesta de ropa declaró por fin haber visto al caballero: viéronle pasar ella y su marido; este, que le conocía de anteriores encuentros, habíale saludado.. Dos horas después, al caer de mediodía, su Fabián, que era medidor en un almacén de granos, le había visto con dos sujetos, uno de los cuales le pareció guindiya.. No pudo esclarecer su informe la buena mujer, que sólo repetía cláusulas sueltas de su marido, y apreciaciones en que ella no se fijó porque maldito lo que le interesaban. Cuando su Fabián volviese de Carabanchel Alto, adonde había ido por cebada, podría dar mayores explicaciones y noticias..

Rendida y sin aliento volvió a la casa Cigüela, y de tal modo a su espíritu se adhería la esperanza, que al subir pensaba encontrar a Tolomé. «Habrá dado la vuelta grande -se dijo-, subiendo la Cuesta de los Ciegos y (p.6473) entrando por la calle del Rosario, o de San Bernabé». Nuevo desengaño al ver la cara triste de Eulogia: hasta los perros decían con su grave quietud que el Capitán no había dado vuelta grande ni chica.. Ya no pensó Lucila más que en correr en busca de la cerera para comunicarle su mortal ansiedad. Sin darse cuenta de la distancia ni del tiempo empleado en recorrerla, fue a la cerería, donde se le dijo que Domiciana no había regresado aún, ni regresaría hasta después de prima noche. No quiso esperarla: angustiada voló otra vez hacia Gilimón, desoyendo la voz de Ezequiel, que con lastimero acento pueril se brindó a ser su acompañante. En el corral, mientras la casera recogía diligente a los animales menores, a otros daba el pienso y a todos prodigaba su maternal solicitud, viose Lucila lanzada a senos profundísimos de tristeza, la cual acreció al extender la noche su lenta obscuridad. Pasado algún tiempo, Eulogia y ella subieron. Cuando entró la moza en el cuarto que habitaba, toda su entereza cayó de golpe al ver la ropa de Tomín, su cama, la mesa en que tenía libros, tabaco, un latiguillo, una caja de mixtos, papel y obleas, una herradura que había recogido en la Ronda, como signo de buena suerte, pues no le faltaban sus puntos de supersticioso.. Ante estos objetos, se desató el dolor de Lucila, sin que la buena Eulogia con ninguna expresión de consuelo pudiese calmarla, y cogiendo la ropa entre sus brazos como habría cogido el cuerpo mismo del perdido Tolomé, echose de bruces sobre la cama, y en las dulces prendas vertió todo el torrente de sus lágrimas con silencioso duelo.

Inútiles fueron las instancias de las vecinas para que Cigüela cenara: no cenaría mientras Tolomín no volviese. Eulogia le daba esperanzas que no tenía, y ella las tomaba sin hallar en su pensamiento lugar donde meterlas.. Las diez serían cuando llegaron casi juntos Ezequiel y el medidor de granos Fabián, cuya mujer había dado a Lucila informes vagos del caballero desaparecido. Era un hombre de madura edad, grave, bondadoso, y su traza y (p.6474) modos inspiraban confianza. Eulogia le conocía, y Antolín de Pablo le apreciaba. Tan importante fue su declaración desde las primeras palabras, que en ella puso Eulogia todo su oído y Lucila toda su alma. Había visto tres veces al Capitán, la primera solo, en la bajada de la Mona, la segunda al pie del jardín del Infantado con dos hombres, que no eran amigos, porque le hablaban con malos modos.. Después le vio con los mismos, o más bien llevado por ellos, en la vereda que hay entre la huerta de Barrafón y la de las Monjas del Sacramento. «Para mí que le llevaban por atajos, o como se dice, por sitios de poca gente, hacia las Cambroneras, para de allí pasar el puente de Toledo y conducirle al Depósito de Leganés..». La angustia no permitió a Lucila formular pregunta relacionada con el temido nombre de Leganés. «¿Y crees tú, Fabián -murmuró Eulogia con escalofrío-, que el Capitán está.. allá?

-Como si lo estuviera viendo -replicó el informante-. ¿A dónde sino allí podían llevarle aquellos Caifases? No pierdan el tiempo buscándole por acá, y acudan pronto.. que pasado mañana sale cuerda. En Carabanchel me lo han dicho los guardias que harán la conduta».

Silencio de muerte siguió a estas palabras.

-Pasado mañana sale cuerda -repitió Fabián con el acento que suele darse a las recomendaciones leales de previsión. Dudas crueles movieron el alma de Lucila, alterando en ella las fases del pesimismo. «¿Y si no está en Leganés?.. ¿Si le han llevado a otro punto?..». En esto le tocó a Ezequiel expresar su mensaje, el cual era que hallándose Doña Victorina Sarmiento en peligro de muerte, Domiciana no podía separarse de su lado en toda la noche. A las ocho y media se recibió en la cerería el recado de Palacio diciendo que no la esperaran.. Diferentes pensamientos, que no habría podido manifestar aunque quisiera, armaron gran alboroto en el cerebro de Lucila, que con las manos en la cabeza expresaba su enloquecedora confusión. Eulogia y Ezequiel la instaron para que comiese alguna cosa, no dejándose vencer de la debilidad en tan (p.6475) angustiosas circunstancias, y al fin la desolada moza probó algo de un guisote que la casera le trajo, y casi a la fuerza pasó para dentro medio vaso de vino. Despidiose Fabián llamado por sus quehaceres. Silenciosa y espantada hallábase Lucila como el que discute consigo mismo dos diferentes especies de muerte, entre las cuales forzosamente y sin dilación tiene que elegir una.. Su dolorosa perplejidad vino a parar, al fin, a una determinación súbita y rectilínea. Se levantó, fue a coger su pañuelo de manta que pendía de una percha, y echándoselo por los hombros, dijo: «Me voy a Leganés.. Algún medio habrá de saber la verdad.. Acompáñame tú, Ezequiel. Si necesitas licencia de tu padre, vete por ella y vuelve pronto».

Respondió el bondadoso chico que la licencia la tenía ya, pues su padre le había encomendado, al salir de casa, que si Luciíta se veía precisada a dar pasos a cualquier hora de la noche, o toda la noche entera, la asistiese y custodiase como lo haría el propio D. Gabino, si en tan honrosa obligación se viera. No le pareció bien a Eulogia que en noche obscura y con tan menguada compañía emprendiese una mujer caminata larga y peligrosa; pero no pudo desviar a Lucila de aquel propósito, semejante a la veloz derechura de la flecha lanzada. Salieron por el corral.

 

Ep-33-XVIII -

Ya embocaban a la cabecera del puente de Toledo cuando un desgarrón de las nubes, que cubrían casi totalmente el cielo, dejó ver un cuarto de luna, con desmayada luz entre cendales, corriendo hacia los bordes grises que habrían de ocultarla de nuevo.. «Lucila, mira, mira la luna -dijo Ezequiel creyendo que podría distraer de su pena a la pobre joven, comunicándole su admiración candorosa. Pero ni lunas ni soles podían iluminar la noche obscura que en su alma llevaba la hija de Ansúrez, y siguió en silencio. Marcha sostenida y regular llevaban: con el aire que al paso de los dos imprimió Cigüela en la bajada de Gilimón, se aproximaron a la entrada de Carabanchel Bajo. Pero aquí el potente impulso de ella empezó a flaquear; se detuvo (p.6476) un momento mirando las primeras casas, y preguntó a su acompañante si estaban ya en Leganés.

-¡Ay! no.. Esto es Carabanchel Bajo.. Si quieres, descansaremos un poquito.

-No.. Entre casas y donde haya gente, no nos detengamos -dijo Lucila-. Sigamos, y a la salida nos sentaremos».

Atravesaron el pueblo, esquivando el encuentro con los escasos grupos de personas que al paso veían, y al salir de nuevo al campo, Lucila hubo de aquietar un poco su marcha. «Nos cansamos sin necesidad -observó Ezequiel-, pues ¿qué adelantas con llegar a Leganés a media noche? Andemos despacio, y si a mi brazo quieres agarrarte hazlo con confianza, que yo no me canso. Por este camino venimos Tomás y yo de paseo algún domingo, y todo este campo me lo sé de memoria». Con lento andar llegaron a Carabanchel Alto; acelerando un poco pasaron el pueblo, y al rebasar de las últimas casas, Lucila, sin aliento, echando en un suspiro toda esta frase: «no puedo más, Zequiel.. aquí me siento», cayó al pie de un árbol. El cerero acudió a levantarla, cariñoso, diciéndole que un poco más arriba encontrarían mejor y más cómodo asiento, y puesta ella en pie, bien asida la mano del mancebo, siguieron despacio, él sosteniéndola, ella dejándose llevar, hasta que les brindaron descanso unos troncos de negrillo apilados en el suelo y protegidos de una maciza pared en ruinas.

-Estoy muerta de cansancio -dijo la moza después de recobrado el aliento.

-Pues tómate el tiempo que quieras para recobrar fuerzas, porque aún hay algunas horitas de aquí al amanecer.. Y si te entra sueño y quieres dormir, no tengas miedo a nada; yo velo y estoy al cuidado.

-Mira, Zequiel, mira aquella lucecita que allá lejos se ve.. por esta parte.. por donde te señala mi dedo.. ¿Será aquello Leganés?

-Por esa parte cae el pueblo; pero el cuartel está más arriba. Entre el cuartel y el pueblo hay unas casas muy grandes del Duque de Medinaceli donde van a poner Hospital de locos.

-Casa de locos.. -dijo Lucila-. Pues que sea grandecita, pues bien de gente hay que la ocupe..».

Dicho esto, (p.6477) permanecieron silenciosos, Ezequiel a la izquierda de su amiga, mirando a las lejanías obscuras donde se divisaban, no ya una sola luz, sino tres o cuatro formando como una constelación. Requirió Lucila los bordes de su pañuelo de manta para abrigarse, y como expresara su desconsuelo de ver al muchacho sin capa ni ningún abrigo, dijo él: «Yo nunca tengo frío ni calor. No te ocupes de mí y abrígate bien, que tú eres más delicada». Así lo hizo Lucila, y a la media hora de estar allí, el abrigo, el descanso, la soledad, rindieron su fatigada naturaleza, llevándola sin sentirlo a una sedación intensísima.. Su pena se recogió en el fondo del alma, ahuyentada momentáneamente por la reparación física; la inercia impuso un paréntesis de la vida para seguir viviendo.. Dio dos o tres cabezadas. «Lucila -le dijo el cerero, inmóvil-, si quieres descansar tu cabeza sobre mi hombro, aquí lo tienes.. A mí no me incomodas.. descarga tu cabeza y duerme un poquitín..». La moza no respondió.. Por instintivo abandono, vencida de un sopor más fuerte que su propósito de estar desvelada, dejó caer la cabeza sobre el hombro del mancebo y quedose dormida. Desde que sintió el dulce peso, Ezequiel fue un poste, más bien almohadón en figura de persona: respiraba con pausa y ritmo, para que ni el menor movimiento turbase el reposo breve de su infeliz amiga. La inocencia del muchacho despierto no era menos bella que la de la mujer dormida.

El sueño de Lucila, que en realidad fue como una embriaguez de cansancio, duró apenas un cuarto de hora. Despertó sobresaltada, creyéndolo de larga duración. «¡Si apenas has dormido el espacio de tres credos! -le dijo Ezequiel-. Duerme más y descansa, que yo velo: yo velo por los dos.. y estoy al cuidado.. Como si quieres echarte bien envueltita en tu pañuelo, y apoyando la cabeza en mis rodillas..

-No, no, Zequiel.. Yo no tengo sueño. Fue un momento no más, como si de la fuerza de mis pesares perdiera el sentido. Se moriría una si alguna vez, por un ratito, no se borrara de nuestro pensamiento el mal que (p.6478) sufrimos, y no se escondiera el dolor.. Zequiel, duerme tú ahora si quieres, que yo velaré.

-No: rezo y velo yo, que debo estar al cuidado».

Hablando a ratitos, o entregándose cada uno por su cuenta a la contemplación del cielo y de la noche, escapados hacia el infinito exterior para recaer luego en el interno infinito que cada cual en sí mismo llevaba, pasaron horas no contadas ni medidas, porque ni ellos tenían reloj, ni campanadas lejanas venían a marcarles los pasos del tiempo. Tampoco sabían leer la hora en los astros, y estos.. malditas ganas tenían aquella noche de ser leídos.

Engañada por su deseo de acelerar el tiempo, creyó ver Lucila un viso de aurora en el horizonte, y dispuso continuar la marcha. «Ya viene el día, Zequiel.. Sigamos. No nos será difícil averiguar si está Tomín en el Depósito. Y si está, tenemos que volver corriendo a Madrid para dar los pasos y ver de sacarle..

-Con alma y vida mirará Domiciana por él -dijo el cerero gozoso, ingenuo-. ¡Pues no le quiere poco en gracia de Dios!.. Y eso que nunca le ha tratado.. Verdad que le conoce como si le hubiera visto mil veces, y sabe cómo tiene los ojos, y lo arrogante que es.. Tanto le has hablado tú de Tomín, que sin verle le ha visto. Domiciana es muy buena: a ti te quiere muchísimo, y todo su empeño es proporcionarte un buen matrimonio. Al Capitán le quiere porque le quieres tú. Yo le dije un día que fuese conmigo a ver a Tomín, y ella me dijo, dice: 'no voy, porque Lucila es muy celosa y podría metérsele en la cabeza cualquier disparate'. Yo le contesté que tú no pensabas nada malo de ella, pues harto sabes que es monja, y que no tiene licencia del Padre Eterno para enamorarse de un hombre..».

Lucila, que aún permanecía sentada, pensó que llevaba de compañero a un ángel del Cielo.

-Si quieres -dijo el muchacho-, sigamos nuestro camino. Despacito, podremos llegar, creo yo, cuando esté amaneciendo.. Pues Domiciana me dijo eso: 'No quiero que Lucila padezca celos por mí.. Podría suceder que el Capitán, al verme, fuera conmigo rendido y galante, como (p.6479) corresponde a un caballero. No dejaría de apreciar mi señorío y buena educación, no dejaría de ver que si no soy hermosa, tampoco espanto por fea.. Los hombres de gusto aprecian mucho, en nosotras, los modales y el hablar finos.. Por esto quiero estar apartada de Bartolomé.. para que esa pobrecilla Luci no se arrebate'. Esto me dijo, y en ello verás lo mucho que te estima.

-Sí que lo veo, y lo agradezco de veras -indicó Lucila poniéndose en marcha-. Tu hermana, desde que anda en tratos con gente de Palacio, se compone y acicala. Con su buen ver, y con la gracia de su conversación, haría conquistas si quisiera.

-Pero no le hables a ella de conquistas de hombres -dijo Ezequiel ajustando su paso al de Lucila-, que eso no le cuadra, ni mi hermana es mujer que falte a sus votos por nada de este mundo. En ella no verás el coquetismo de otras que se emperifollan al cuento de gustar a los caballeros. Lo que hace mi hermana es adecentarse, porque tiene que andar entre personas de la aristocracia fina.. Ella para sí tiene el gusto del aseo, que ya es como una tema; tanto, que algunos días no se pueden contar las cubas que el aguador sube a casa para sus lavoteos..».

Algo más habló el ángel en el caminar lento por la carretera polvorosa, y momentos hubo en que molestó grandemente a Lucila el batir de las blancas alas de su compañero: en un tris estuvo que de un manotazo le arrancase las plumas.. Callaba la moza para que él moderase sus expansivas manifestaciones, y andando, andando, vieron casas, mulos, personas. Como Ezequiel anunció, llegaban al término de su viaje a punto de amanecer. Guió el mancebo hacia un edificio grande y aislado que a derecha mano se parecía, y cerca de él vieron grupos de mujeres que volvían hacia el pueblo. Hallándose a corta distancia del grande edificio, con trazas de convento, oyeron toque de cornetas y tambores. A Lucila le saltó el corazón. Hablaba el Ejército, que para ella era como si Tomín hablase; y estando en esto, parados los dos en espera de algo que determinara sus resoluciones, (p.6480) creyó Cigüela oír su nombre. Volviose, y entre los bultos de personas que pasaban vio que se destacaba una mujer, toda envuelta en cosa negra como una fantasma. Por segunda vez sonó la voz, agregando otras palabras al nombre: «Lucila, Lucila, ¿no me conoce? Soy Rosenda».

Ya.. Era la Capitana, amiga del Teniente Castillejo, compinche de Bartolomé Gracián en políticas trapisondas. Al reconocerla y contestar al saludo, advirtió Lucila que tenía el rostro bañado en lágrimas, y que revelaba en sus facciones y en su fúnebre actitud una gran tribulación.

-Vengo, ya usted supondrá -murmuró Lucila, que al punto se contagió del lagrimeo-, vengo porque.. Pasado mañana.. digo, mañana, sale la cuerda.

-Hija, no -replicó la Capitana ahogándose-: la cuerda salió ya.

-¿Cuándo?

-Hoy.. hará un cuarto de hora. ¡Mala centella para el Gobierno! -exclamó Rosenda, que era en su lenguaje un poquito amanolada-. En los hombres no hay ya vergüenza.. Las mujeres tendremos que hacer alguna muy sonada.. pasear por las calles en un palo mondongos de Ministros.. ¿De veras no cree usted que haya salido la cuerda? Por allí va.. ¿Ve usted aquella nube de polvo, como las que se levantan cuando pasa un ganado? Pues allí van..».

Miró Lucila hacia el punto lejano que Rosenda le señalaba, y vio en efecto, la columna de polvo, como una cabellera desgreñada en sus extremos. Iluminada por el resplandor de la aurora, que a cada instante era más vivo, la nube blanquecina andaba lentamente. No se veían los hombres conducidos al destierro: se veía sólo una cresta de polvo que en su camino les acompañaba. Lanzó Cigüela un rugido, y antes de que en otra forma expresara su inmenso dolor, Rosenda le dijo: «¿Por qué ha venido usted, si Bartolomé no va en la cuerda?

-¡Que no va! ¿Está usted bien segura?..

-Les he visto a todos uno por uno, anoche y esta madrugada, en el mismísimo Depósito.. Infierno lo llamo. Las cosas que he tenido que hacer para que el Comandante me dejara entrar no puedo decirlas ahora.. Pues verá usted: militares van seis.. Mi pobre (p.6481) Castillejo, Zamorano, Socías.. ¿se acuerda usted de Socías? Angulo, el de Provinciales de Cuenca, y dos que trajeron ayer de Guadalajara. Los demás son gente de pluma: van en la cuerda porque llamaron ladrones a los Ministros, o porque repartieron papelitos en los cuarteles. Van también dos extranjeros que parecen gringos, y un franchute. ¡Ay, qué infame tropelía! ¡Llevar a hombres cristianos en traílla, como a perros con rabia para echarlos al agua! ¡Lástima que todas las mujeres de corazón no nos volviéramos perras rabiosas!.. ¡No eran mordidas, Señor, no eran mordidas las que habíamos de pegar!.. ¡Ay, mi Castillejo! ¡Pobrecito de mi alma!». Decía esto mirando la cabellera de polvo, que alejándose se achicaba ya, y removida del vientecillo de la mañana desparramaba en el aire sus guedejas.

 

Ep-33-XIX -

-Con lo que dice esta señora -indicó Ezequiel a su amiga, satisfecho-, ya puedes estar tranquila. Demos gracias a Dios. Tomín no va en la cuerda.

Sintiendo su alma casi libre del horrendo peso que había traído consigo desde Madrid, Cigüela no podía llegar a un estado de completa tranquilidad y menos de alegría. Porque aun descartado el hecho tristísimo de la deportación de Gracián, el problema seguía ofreciendo a la pobre mujer aspectos pavorosos. ¿Dónde estaba el hombre? El cúmulo de probabilidades, todas muy negras, que esta interrogación ponía frente a Lucila, incitándola a escoger la más lógica, era motivo suficiente para que la paz no reinara en su alma. De que Tolomín no había ido en la cuerda se convenció escuchando de nuevo el informe de la Capitana, autorizado por un Teniente de servicio en el Depósito, hombre compasivo y amable que las acompañó cuando se retiraban al pueblo.. Vio, pues, Lucila claramente que su afán continuaba en Madrid, y allí habría de padecerlo hasta que Dios la curara o la matara.

Cuando se desvaneció en el horizonte la nube de polvo, señal de que los presos iban ya cerca de Getafe, las dos mujeres, desconsoladas por la desaparición de sus (p.6482) hombres, echaron suspiros, la una en dirección de la cuerda, la otra hacia los mismos Madriles, y al punto se percataron de que nada tenían que hacer en aquel sitio. «Vámonos al pueblo -dijo la Capitana, bostezando de sueño y hambre-; yo estoy con lo poco que comí ayer al mediodía». Demostraciones de desfallecimiento hizo también Lucila, secundada por Ezequiel; y el Teniente, que en aquel caso estaba obligado a ser galante, las invitó a matar el gusanillo en una venta próxima. Aceptaron las mujeres, y poco después sus pobres cuerpos se reparaban del grande ajetreo de la noche, ya que del vivo dolor no podían sus almas repararse. Durante el desayuno, que el Teniente proveyó con liberalidad, se desató la Capitana en denuestos contra el ladronazo de Bravo Murillo, que quería ser más crúo que Narváez.. Esto no podía permitirse a un facha, a un Don Levosa, personaje de poco acá; y los de Tropa debían volverse todos contra él, negando el derecho del paisanaje a mandar a los españoles. Cigüela, interrogada después por su amiga, tuvo que relatar el cómo y cuándo de la extraña desaparición de Gracián. El Teniente le conocía desde la campaña de Cataluña, en que sirvieron juntos, y a un tiempo encomiaba su bravura en la guerra y su temeridad en las intentonas políticas.

Repuestas de su quebranto físico, las mujeres hablaron de volverse a Madrid. Rosenda propuso que, si no se encontraba calesa, se buscara un carro en que podrían ir tumbadas, como sacos de patatas o seretas de carbón. Mientras iba Ezequiel a esta diligencia, la curiosa Capitana pidió a Lucila noticias de aquel joven tan modosito y guapín que la acompañaba, y satisfecha su curiosidad, dijo: «¿Con que cerero? Ya pensé yo para entre mí que ese descosío tenía que ser de iglesia. Bien pensado está eso de arrimarse a lo eclesiástico, que en estos tiempos no hay otro camino.. ¡Ay, bien se lo dije a mi Castillejo! Él no me hacía caso.. Ocasiones tuvo de ampararse de la clerecía. Yo le abrí camino, por un señor cura, mi amigo, que está en el Vicariato General (p.6483) Castrense; pero Castillejo no quería.. Por poco reñimos.. Y ya ve las resultas de ser tan arrimado a la libertad de religión, de los cultos ateístas, o como se llame.. ¡A Filipinas! ¿Y hasta cuándo, Señor?.. ¿Sabe usted lo que digo? Que maldita sea esta Nación».

Encontrado el carro, y despedidas del Oficial las tristes mujeres, emprendieron su regreso a Madrid. «Acuéstense en estas sacas -les dijo Ezequiel-, y duerman tranquilas; que yo velo y estaré al cuidado». Tumbáronse a su comodidad; pero sólo en esto se cumplieron las indicaciones del mancebo, pues él fue quien, rendido de la mala noche, se durmió como un cesto, y ellas, velando, hablaban de sus cosas. Referidos por Cigüela ciertos antecedentes de la desaparición de Tomín, dijo con agudeza la Capitana: «Este es un caso, amiga mía, en que yo tengo que preguntar: ¿quién es ella? Me da en la nariz olor de mujerío.. Gracián es un real mozo.. Sé por Castillejo que a muchas enloqueció sólo con mirarlas. En Madrid, hija, pasan cosas que si se cuentan nadie las cree.. Va usted a oír un sucedido que pasó en Lorca, mi tierra. Érase un oficial muy simpático que estaba preso por mor de un desafío. Entre dos mujeres, que al parecer no le conocían, la una muy rica, le sacaron de la cárcel, sobornando a los guardias, y se le llevaron a un campo lejos, lejos.. La rica, que era viuda y fea, apareció al año en Murcia con un niñito de pecho; poco después llegó el oficial con el canuto de la absoluta, y se casaron.. Ate usted este cabito y aprenda.. No dude usted que si hay robos de mujeres por hombres, y testigo soy yo, pues mi marido siendo alférez me robó a mí lindamente de la casa de mis padres, como quien coge del árbol una pera o melocotón; si hay, digo, casos mil de muchachas robadas por varones, casos se han visto, aunque son menos, de caballeros arrebatados por señoras.. Indague usted, Lucila, y haga por descubrir la verdad.. ¡Ay, si eso a mí me pasara, y supiera yo dónde está la ladrona!.. ¡No eran bofetadas, no eran azotes en semejante parte, no eran (p.6484) estrujones hasta quedarme con el moño en la mano, y no era zapateado sobre sus costillas hasta dejarla como una pasa!»

-¡Robado por una mujer!.. ¡Imposible! -exclamó Lucila, que aunque bregaba en su magín con un pensamiento semejante, no lo tuvo por absurdo hasta que lo oyó expresado por extraña boca. Le sonaron las historias y comentarios de Rosenda a cosa trágica, compuesta para causar lástima y terror a las gentes, como lances de teatro inventados por los poetas.. Y le pareció aún más extraño que tales cosas le pasaran a ella, criatura insignificante y pacífica, pues las tragedias eran siempre entre reyes o personas de elevada alcurnia.. Recordó entonces lo que su padre le refería de los dramas cantados, y de las bellezas grandilocuentes de la ópera.. Su inmensa desdicha, con las nuevas formas que tomaba, se le iba volviendo cosa de canto, o por lo menos de verso, que viene a ser la música parlada.

Nada más, digno de ser contado, ocurrió en el viaje, que tuvo su fin después de mediodía. Dejolas el vehículo junto a la Puerta de Toledo, y a pie hicieron su entrada en la Corte, despidiéndose la Capitana en la esquina de la calle de la Ventosa, para seguir hasta la Cava de San Miguel, donde moraba una tía suya.. Al entrar la buena moza en su casa, grande ansiedad, negra con tornasoles de esperanza, embargaba su espíritu. ¡Estaría bueno que hubiera parecido Tomín, que le encontrara sano y salvo, creyendo que ella era la extraviada y no él!.. Pero esta ilusión tardía, triste como flor de cementerio, se desvaneció al entrar en el corral y ver la cara de Eulogia, que no dijo nada lisonjero. Rápidas preguntas cambiaron una y otra. «¿Ha ocurrido algo; ha venido alguien?».. «Nadie ha venido: no sé nada. ¿Dices que no ha ido en la cuerda?».. «No va en la cuerda. ¿Ha venido alguien?».. «Nadie, mujer..».

Toda la tarde estuvo Cigüela muy abatida y lacrimosa.. Por la noche se salió de la casa sin que Eulogia la viese, y dejándose llevar de una atracción irresistible bajó a la Ronda: su memoria, eficaz auxilio (p.6485) de su locura, le reprodujo la relación que la noche anterior hizo Fabián de los lugares donde había visto a Tolomín, conducido por dos hombres, y se lanzó por solares y callejuelas entre tapias, recorriendo o pensando recorrer los mismos sitios por donde aquel fue, perdiéndose al fin de toda vista humana. Era una conmemoración, un viacrucis por estaciones que ignoraba si conducían a la casa de Pilatos, al Gólgota, o a otro nefando lugar, peor que todos los Calvarios.. Llegó a verse entre tapias, que eran guardianas de árboles raquíticos y de unos caseretones destartalados, siniestros: en alguno de estos vio luces.. Pasó junto a un lavadero; vio un altozano que más bien parecía montón de escorias, las cuales bajo los pies sonaban como huesos, y al subirse a él distinguió más caseretones de formas absurdas, más árboles escuetos, y vapores lejanos, como humos de caleras o resuello de hornos. En lo más alto de aquel montículo, sintió imperioso anhelo de llamar al perdido Capitán, con la crédula ilusión de que este le respondería, y soltando toda la voz, se puso a gritar ¡Tolomín!.. Entre grito y grito dejaba un espacio.. Aguzaba el oído, creyendo que de la inmensidad distante vendría un ¿qué?.. Pero no venía nada.. Los pulmones fatigados y la garganta enronquecida, ya no podían más. Bajó Lucila del montículo, y arrimada a una tapia, la voz, no ya vigorosa y tonante, sino plañidera, con angustioso timbre, dijo: «¡Min!..». Recorrió como unas treinta varas clamando Min, en son parecido al balar del cabritillo.. cada vez más tenue hasta que se extinguió en un Min casi imperceptible, como si a sí misma se lo dijera.. Cuando volvió a su casa, cerca de media noche, Eulogia creyó que su pobre huéspeda se había dejado en el paseo la razón.

Si no volvía loca, enferma sí que estaba: en la cama hubieron de meterla contra su voluntad, acudiendo a calmar con mantas y botellas de agua caliente el intenso frío precursor de horrible calentura. Por no ser fácil encontrar médico en la vecindad a tal hora, llamose a un veterinario, habitante en la misma casa, (p.6486) el cual, viendo muy arrebatado el rostro de Lucila y que de su cabeza echaba fuego, ordenó una sangría. No creyó prudente Eulogia administrársela. A la mañana siguiente fue un físico de tropa, muy entendido, y aprobado lo que había hecho la casera, diagnosticó el caso como grave, de lenta resolución.. En efecto: bien malita y casi a dos dedos de la muerte estuvo Cigüela, delirando furiosamente por las noches, y de día como alelada, diciendo mil desatinos y sin conocer a nadie: en los ratos de alivio, su entendimiento no daba de sí más que estas preguntas: «¿Quién ha venido?.. ¿Qué se sabe?.. ¿Domiciana..?». Eulogia le contestaba: «Sí, sí: ha venido la señora cerera.. La primera vez no quiso pasar: no venía más que a enterarse. La segunda vez le dije que estabas sin conocimiento.. llegó a esa puerta y miró.. No quiso entrar.. parecía medrosa, muy medrosa.. Te miraba desde la puerta, y dijo.. 'Cuidarla mucho. Si muere, avísenme..'. También ha venido tu padre.. muy triste de verte enferma, alegre porque ya le han colocado.. Está muy agradecido a Doña Domiciana.. No bien abrió la boca, la señora se puso la mantilla y salió a la calle en busca del remedio. Al día siguiente ¡pumba! el destino. Esto es servir con prontitud y equidad.»

-Domiciana tiene influencia; digo, se la prestan. Es una culebra que lleva de aquí para allá los recados de las águilas.. Otra cosa: ¿en qué oficina está mi padre ahora?

-No le han metido en ninguna cosa del Gobierno, oficina ni viceversa teatro, sino en una casa particular, y por ello está tu padre más contento. Ha entrado a servir a ese que regenta toda la policía, el D. Francisco Chico, que prende criminales y espanta masones..

-Entonces, mi padre estará al cuidado de las horcas.

-No, que el destino que tiene no es más que limpiar el polvo a los cuadros, cornucopias, urnas y tapices que el D. Francisco tiene en una gran casa de la Plaza de los Mostenses.. Y por quitar el polvo y cuidar de aquellos almacenes, le dan a tu padre ocho reales y casa. Dice que no hay en Madrid destino de más (p.6487) descanso. Si satisfecho estaba el hombre en el Teatro Real, gozando de tanta música y baile, ahora salta de gozo porque come y vive con poco trabajo, entre tantas cosas lindas y nobles.. ¿Qué te parece, mujer, de la colocación de tu padre?».

Lucila no respondió más que con un áspero rechinar de dientes.

 

Ep-33-XX -

Hallándose mejorada, recibió Lucila las visitas de su hermano y de su padre, el cual reiteró su contento por el buen acomodo que tenía en la casa del jefe de los guindillas; pero no habló nada de Domiciana. Esta preterición de la protectora le pareció a Cigüela un delicado tributo de Ansúrez al dolor de su amada hija. Sin duda el fiero castillano comprendía o sabía que las que fueron amigas hallábanse ya a un lado y otro de un espantoso abismo. No quería él meterse a medir la sombría cavidad, y callaba. Con interés real o fingido escuchó después Lucila las descripciones que hizo su padre de los primores cuya limpieza le estaba encomendada, y tomando pie de esto se procuró personales informes del Sr. Chico: si en su casa tenía el mal genio que desplegaba en la persecución de gente mala; si recibía con buenas palabras o con bufidos a las personas que iban a verle. Las opiniones de Ansúrez sobre estos particulares eran vagas. Desconocía completamente a su amo en las funciones policiacas. Sólo de pensar que ante él se veía como delincuente, como sospechoso, siquiera como testigo, le entraban temblores y se le descomponía todo el cuerpo. Terminó recomendando a su querida hija que no pensara en tal sujeto, al cuento de averiguar por él cosas que valía más dejar en el estado que tenían, cuidándose menos de descubrirlas que de olvidarlas. Esto fue, en substancia, lo que el innato filósofo celtíbero dijo a su amada Lucila.

La Capitana Rosenda, que también a la guapa moza visitaba muy a menudo, no le habló nunca con tan filosófico tino como el viejo castellano. Divagaba locamente en su charlar, a las veces gracioso. Deportado Castillejo, se había ido a vivir con una tía suya, en la Cava de San Miguel, señora de circunstancias, (p.6488) que tenían dos loros, una cotorra y cuatro jilgueros.. En la misma casa, piso principal bajando del cielo, vivía el desesperado cesante D. Mariano Centurión, cuya familia se comunicaba con la de la tía de Rosenda por ser esta y la Centuriona del mismo pueblo. Los niños bajaban; la señora pajarera subía, y D. Mariano, cuando no tenía con quién desfogar, le contaba sus desventuras a la Capitana. Por él supo que la cerera se empingorotaba cada día más. En coche salía por Madrid, y en coche llegaban personajas a platicar con ella. Vestía muy elegante, los morros le habían crecido, y con ellos y con su entrecejo, cuando iba por la calle, parecía decir: «quítense, quítense, que paso yo». Rosenda la había visto salir una mañana de la Vicaría. Llevaba una falda con volantes, y tan ahuecada, que no cabía por la calle de la Pasa. Una manola que tuvo que meterse en un portal para darle paso, le dijo con desgarro insolente: «Madama, cuando paran los faldones guárdenos usté la cría..». Y otra vez: «Está tan echada a perder la cerera, que el mejor día la vemos de Ministra. ¿Pero no sabe usted lo que dicen? Pues que ha pedido a Roma dispensa de votos para casarse.. Con influencias todo se consigue en la Curia Romana, y ella cuenta con el Embajador Castillo y Ayensa, con el Nuncio de acá, con las Madres, los Padres y el Rey Marido. Y se saldrá con la suya, que esta gente tiene la Santísima Trinidad en el bolsillo.. ¿Qué.. usted no lo cree?». Y el mismo día: «Si le dicen a usted, Lucila, que el desaparecerse Bartolomé es cosa de sus padres, y que estos, por medio de la policía, le cogieron para llevársele a Medellín y esconderle allá, no haga caso. El padre de Bartolomé, D. Manuel Gracián, no se ha movido de Medellín, y tiene a su hijo por cosa perdida. Lo sé por un sobrino de D. Manuel, tratante en ganado de cerda, con perdón. A Madrid llegó la semana pasada; le conocí cuando estuvimos de guarnición en Don Benito..». Y al día siguiente: «No esté usted tan alicaída, ni tome estas cosas con demasiada calentura.. Ya parecerá el buen mozo cuando menos se (p.6489) piense. Calma, y ojo a la cerera, pues por los pasos de la gallina se ha de llegar a la nidada.. Como esta es luz del sol, el Capitán está en la misma situación que estaba: sólo que ahora el encierro es más riguroso, y no faltarán guardianes y centinelas..»

-Rosenda, por los clavos y las espinas de Nuestro Señor Jesucristo -dijo Lucila ronca de ira-, no me diga usted eso; no me encienda la sangre más de lo que la tengo.. Mire que del corazón a la cabeza me suben llamas, y que le pido a Dios que me mate de enfermedad, no de ira. Rosenda, lo que usted dice no tiene sentido..».

Esto dijo y esto pensaba, aunque en el caos de su mente y en el delirio a que la conducía la tremenda desgarradura de su corazón, pensaba también otras cosas, de peregrina originalidad, algunas muy semejantes a lo que había expresado la Capitana. Todo su afán era examinar una tras otra las probables versiones del suceso, y escoger la más lógica después de bien pasadas por el tamiz dialéctico. Dígase en mengua del entender suyo, que a veces designaba por más lógica la más absurda.

Y tres días después, volvía con nuevos datos la tremenda cronista: «¿No le dice a usted nada el que la cerera no parece por aquí, y cumple mandando al avefría de su hermano con un recado y unas pesetillas envueltas en un papel? ¡Tan amigas antes, y ahora no viene a verla! Es el miedo.. es la conciencia. Tan valentona para todo, y ahora se asusta de un cordero.. Pues conmigo no le valía el esconderse.. Bendito sea Dios, que soy de caballería, y si el que me la hace huye de mí, ya sé yo ir a buscarlo y ajustarle la cuenta. Mujeres como su amiga son poco para mí, y de esas necesito yo cuatro lo menos para enjuagarme la boca. No es mal trote el que yo le daría por encima de todos sus huesos.. Le quitaría yo todo el pelo artificial, y si las muelas son naturales, pronto tendría que llevarlas postizas.. ¡Ay! me figuro al pobrecito Bartolomé en la esclavitud de esa tarasca.. Ya estará el hombre asqueado de aquellos morros como los de una vaca, y hará cualquier brutalidad por (p.6490) libertarse.. Cogidito le tiene, y bien sujeto, con la amenaza constante de la espada que llaman de Demonocles, que es la sentencia del Consejo de Guerra, colgada sobre su cabeza. Porque el indulto será con su cuenta y razón, y ella lo da o lo quita según cumpla o no cumpla el bendito Bartolo.. Mucho se adelantaría si supiéramos dónde ha metido la gavilana el gallito que se llevó entre sus uñas puercas.»

-Pronto lo sabré yo -dijo Lucila con el aplomo que le daban sus inquebrantables resoluciones-. Ya estoy buena; Dios me ha hecho la gran merced de dejarme con vida después de este horrible padecer.. y con la vida me va dando salud y fuerza, señal de que no quiere que yo me deje pisotear.. Estos días saldré a la calle, iré a buscar trabajo, pues de algún modo he de vivir..

-¿Trabajo ha dicho, para una mujer pobre y sola? Diga que va en busca de miseria.. ¡Afanes, vida de perros! ¿para qué? ¿para un mal comer y para que se rían de una? Siga usted el consejo de una desengañada, que ha visto lo que dan de sí trabajitos y honradeces de poca lacha. Lo que tiene usted que hacer es vestirse decentita y bien apañadita, y darse aire por ahí, para que su mérito sea como quien dice, público. En los tiempos que corren no le aconsejaré que se vaya por los paseos y sitios mundanos, sino que frecuente dos o tres iglesias y haga en ella sus devociones, a la mira de los señores buenos, de asiento y juicio, que no por pertenecer a cofradías y ser buenos rezadores se olvidan del culto de Santa Debilidad.. pues el hombre siempre es hombre, aunque peque de beato.. Si no tiene usted ropa decente, más claro, si no quiere ponerse la que le dio la cerera, yo le facilitaré cuanto necesite, y aunque soy de más carnes y corpulencia, usted, que es buena costurera arreglará mis vestidos a su talle.. Aquí me tiene usted a mí, que escarmentada de andar con loquinarios, barricadistas y patrioteros, que cuando no están presos los andan buscando, me voy por las mañanas muy bien arregladita, como viuda consolable, a San Justo o la Almudena, y por las tardes a las Cuarenta Horas de San (p.6491) Sebastián o San Ginés, parroquias de feligresía muy buena, superior. De seguro que allí me ven y estiman caballeros viudos respetables, de cincuenta y pico, o de los sesenta largos, que desean hablar con mujer ya sentada.. No le digo a usted más.. Piénselo, y escoja sus caminitos. Como la quiero a usted, por cincuenta coros de arcángeles le pido, amiga mía, que no se meta en trabajillos de aguja, quemándose las pestañas por dos reales y medio al día, porque en ese trajín se morirá de hambre, y se perderá con un albañil o un zapatero, que es la peor perdición que puede salirle».

No expresó Lucila su conformidad con estas exhortaciones; pero tampoco las rechazó. Aceptado y agradecido el ofrecimiento de ropa, el mismo día le llevó la Capitana no pocas prendas, en cuyo arreglo se puso a trabajar para poder usarlas cuanto antes.. Por fin se echó a la calle, y recorrió las que a su parecer frecuentaba Domiciana en su diario trotar de Palacio a la cerería o al Convento. No la encontró nunca. Acechando en la calle de Toledo, vio que la exclaustrada llegaba por la noche a casa en coche de dos caballos. El mismo coche iba en su busca al siguiente día y a variadas horas.. Divagando topó Lucila una tarde con Centurión, que puso en su conocimiento pormenores de indudable interés. La señora Sarmiento de Silva estuvo en efecto malísima; algunas noches Domiciana dormía en Palacio; y tanto se había remontado en su orgullo la misteriosa hija de D. Gabino, que era preciso echarle memoriales para poder hablar con ella dos palabras. Últimamente, apiadada o aburrida, le había prometido colocarle en la Comisaría de Cruzada, ya que en Palacio no podía ser hasta mejor ocasión.. Al despedirse del cesante, tomó Lucila el camino del Rastro, ávida de comprar algunas cosillas que le hacían mucha falta.

Una mañana fresca, luminosa y risueña, en que un sol artista iluminaba los alegres colorines de la calle de Toledo, y sobre la variedad infinita de gamas chillonas derramaba el oro y la plata, acechó Cigüela la cerería, desde la acera de enfrente, ocultándose entre la (p.6492) muchedumbre que sin cesar pasaba. Por una naranjera cuyo espionaje había comprado en días anteriores, supo que Domiciana estaba en casa. Llegó tempranito en carruaje de dos caballos. Sin duda pasó la última noche en la vela y guarda de Doña Victorina. Sabido esto, continuó la moza su vigilancia hasta que vio salir a D. Gabino y perderse calle arriba. Segura de que Ezequiel quedaba al cuidado de la tienda; contando con que Tomás estaría en el taller, entró decidida.. «Dichosos los ojos -le dijo Ezequiel, encantado de verla-. Lucila, ¡qué soledad sin ti!». Fue la moza, en derechura, hacia la puerta que con la escalera comunicaba. El chico la contuvo expresando temor. «Aguarda. Ha dicho Domiciana que no suba nadie». Viéndole en actitud de interceptarle el paso, la mano puesta en la llave, Cigüela le desarmó con una frase cariñosa que al mismo recelo habría inspirado confianza. «Tontín, conmigo no va eso. Mi amiga es Domiciana, hoy como siempre. Vengo a pedirle un favor.. ¿No sabes que estoy desamparada?». Vacilaba el mancebo. Para ganarle por entero, Lucila empleó una sonrisa pérfida; le pasó la mano por la cara, diciendo estas palabras de pura miel: «Déjame, rico».

Cedió Zequiel, y en aquel momento alguien que había entrado en la tienda daba golpes en el mostrador. «Vete a despachar, rico.. -murmuró Lucila, y bonitamente quitó la llave, la puso por dentro, cerró con cuidado para no hacer ruido.. Guardó la llave.. con paso de gato se deslizó escalones arriba, diciendo: «No sale; no me ha sentido cerrar la puerta. Está dormida».

 

Ep-33-XXI -

La cerera, que nunca se acostaba de día aunque hubiera hecho noche toledana, habíase despojado de sus ropas mayores, quedándose en las menores, que reforzó con un desabillé holgadísimo en forma de brial, de lana azul guarnecido de seda negra. Quitado el corsé para que los pechos descansaran en libertad, estirándose a su gusto, y sustituido el calzado duro por las blandas chilenas rojas, se acomodó en un sillón de su alcoba. Al poco rato, medio (p.6493) pensando en lo pasado, medio imaginando lo futuro, empezó a descabezar un sueñecillo.. En él estaba cuando hirió sus oídos el ligero son rasgado de la cerradura de abajo.. se estremeció; abrió los ojos, los volvió a entornar, diciéndose: «Es Ezequiel que cierra.. Le mandé que cerrara».

Al oído de la señora adormilada no llegó ruido de pisadas gatunas en la escalera y pasillo. Más que por efectos de sonido, por efectos de luz se le sacudió aquel sopor. La menguada claridad solar, como de entresuelo, que alumbraba el gabinete, a la alcoba llegaba tan reducida, que si la interceptaba en la puerta un cuerpo de persona, era casi nula. La obscuridad que proyectó el bulto de Lucila fue para la cerera un brusco despertador que le dijo: «Despabílate, que hay moros en la costa».

Dudó por un instante la exclaustrada si era realidad o sueño lo que veía. Conoció a Cigüela, como a un espectro ya familiar; mas como era espectro nada le dijo; no hacía más que mirarlo, aterrada, esperando que se desvaneciera.. que al fin los espectros, después de asustar un poco, acaban por desvanecerse. «¿Duermes, Domiciana? -dijo Lucila avanzando, y la voz de la guapa moza sonó con tan extraña alteración de su timbre ordinario, que la cerera la desconoció. La voz de esta sonaba también muy a hueco, al decir tras una breve pausa: «Lucila, ¿eres tú?»

-Yo soy. ¿Ya no me conoces? -murmuró Lucila con la misma voz de secreteo lúgubre-. ¿Creías que me había muerto?».

Ya no hubo duda para Domiciana. Lo que veía no era espectro, sino persona. La realidad de esta poníala en el duro caso de afrontar la situación para ver de sortearla. No había escape. Era Lucila, en su propio ser, y a juzgar por el tono y por la forma insidiosa de su entrada en la alcoba, seguramente venía de malas. Domiciana tuvo miedo.. El miedo mismo le sugirió el empleo de frases de concordia, fingiendo naturalidad: «Mujer, qué cara te vendes.. Siéntate.. Pensaba ir a verte.. Yo muy ocupada, hija.»

-Para que no te molestaras he venido yo -dijo aproximándose Lucila-. Necesitaba (p.6494) preguntarte una cosa.. una cosa que se te ha olvidado decirme, ya supondrás.. Acortemos conversación. Vengo a que me digas dónde está Tomín».

Había previsto Domiciana la tremenda reclamación de su amiga. Quiso hacer frente al conflicto por medio de fórmulas evasivas, de expresiones conciliadoras, de paliativos mezclados con promesas.. El gran talento de la cerera se equivocó por aquella vez. «Ven aquí.. hablaremos.. ¡Pobrecilla..! Te contaré -le dijo levantándose, en actitud de llevarla al gabinete.» «No, de aquí no sales.. aquí hablaremos todo lo que sea preciso -contestó Lucila deteniéndola con mano vigorosa. En aquel momento, viendo más cerca el inmenso peligro, la cerera evocó su sangre fría para sortearlo, ya que no pudiese acometerlo de frente. ¿Por qué no hemos de salir a la sala? Allí estaremos mejor.. Bueno, pues si quieres.. aquí.. Verás.. Me alegro de que hayas venido, porque así..».

Lucila, mirándola frente a frente, y poniéndole la mano en el pecho, le soltó con voz iracunda toda la hiel de su alma: «Mala mujer, dime al momento dónde está Tomín.. Quiero saberlo.. Vengo a saberlo.. No me voy sin saberlo.. Y como te niegues a decírmelo, Domiciana.. te mato».

Creyó Domiciana que el te mato era un decir, pues arma no veía.. «Mujer, no escandalices -le dijo-. No hay para qué tomar las cosas de esa manera. Yo te explicaré.. Pero sosiégate.. no escandalices».

Con sólo un ligero impulso de la mano que Lucila le había puesto en el pecho, Domiciana dio un paso atrás y cayó en el sillón. «Si no escandalizo.. y aunque escandalizara, aunque tú chillaras, no te valdría. He cerrado con llave la puerta, y no vendrán a defenderte.. Porque yo te mato, Domiciana; he venido a matarte.. siempre y cuando no me contestes a lo que te pregunto: ¿Dónde está Tomín? Porque tu amiga, la que conociste cordera, es ahora leona. Días hace que toda la sangre se me ha subido a la cabeza.. Yo era buena; tú me has hecho mala como los demonios.. Al infierno voy; pero tú por delante..»

-¡Lucila, por Dios..!

-¡Traidora! (p.6495) Tú me has enseñado la maldad, y como traidora entro también en tu casa.. Por mala que yo sea, no seré nunca tan mala como has sido tú conmigo, tú, que me has engañado con limosnas y con palabras de cariño para entontecerme y robarme lo que es mío.. lo que nunca será tuyo.. vieja ladrona.

-¡Lucila, Lucila..! -exclamó la cerera cruzando las manos, abrumada.

-Me has robado lo que no podías tener más que por el ladronicio.. porque soy joven, soy hermosa, y vale más un cabello mío que toda la fisonomía de tu rostro sin gracia, y más sal echo yo de una mirada que tú de todo tu cuerpo y persona de animal en celo.. Monja salida, hembra sin corazón, boticaria, intriganta, encomiéndate a Dios, sí no me contestas al instante».

Diciendo esto, de entre los pliegues de un manto de talle que llevaba cruzado sobre el pecho, sacó un largo cuchillo de afilada y espantable punta. Vio Domiciana la hoja que brillaba como un rayo, vio la vigorosa mano que empuñaba el mango, y se tuvo por perdida. Encomendó a Dios su alma.. Mas en aquel instante, el poderoso talento de la cerera y el grande esfuerzo de voluntad que hizo concurrieron a darle una fuerza resistente ante la agresiva fuerza de su rival, ciega, disparada, fácil de desarmar con una palabra y un gesto que la hirieran en lo vivo.

Con un inspirado grito en que puso toda su alma, detuvo Domiciana el impulso trágico, y fue así: «Lucila, amiga y hermana, no mates a una inocente. Cálmate, y sabrás.. lo que quieres saber del hombre que te adora». La vacilación de Lucila en el momento de oír esto fue la primera ventaja de la cerera, débil ventaja, pero que habría de ser más considerable si aprovecharla sabía. Para ello necesitaba Domiciana condensar en un punto toda su voluntad, dirigiéndola con el soberano talento que le había dado Dios. Por lo que hasta aquí se conoce de la vida de esta mujer singular, se habrá comprendido que eran extraordinarias su penetración y astucia. Poseía en alto grado el sentido de las circunstancias, el repentino idear y el rápido resolver ante un conflicto. Si estas (p.6496) cualidades bastaran para gobernar a los pueblos, habría sido Domiciana una gran mujer de Estado.. Pues en aquel inminente peligro, la hoja desnuda en la mano de Cigüela, el alma de ésta embravecida, vio que entre la vida y la muerte había menos espacio que el grueso de un cabello, y menos tiempo que la duración de un relámpago. Relámpago fue este razonamiento: «Muerta soy si me achico.. Sálveme mi entereza.. Sálveme medio minuto de talento mío y de vacilación de ella». Prosiguió en alta voz:

-Déjame que hable, y mátame después si quieres. Yo no temo la muerte.. Sé morir por la verdad.. ¿Qué es eso de matar sin oír? Mis explicaciones han de ser largas.

-Pues abrévialas todo lo posible. ¿Dónde está Tomín?».

Repitió la pregunta con menos fiereza que la primera vez. Otra ventaja pequeñísima de la cerera; pero ventaja.. Rápidamente la aprovechó, como perfecto estratégico. «¡Pobre Cigüela! veo que tu amor por Tomín no desmerece del que él te tiene a ti..». Lucila la miró perpleja sin mover la mano en que el arma tenía. Con genial inspiración, Domiciana hizo un quiebro repentino, caudillo que ordena un movimiento de sorpresa. «Oye una cosa, y espérate un poquito, si de veras es tu intención matar a tu amiga, que tanto te ama: ¿Verdad que todo tu furor es porque han pasado mucho días sin que yo te viera, sin que yo te llamara..? Dímelo, confiésalo.. ¿Verdad que es por esto?»

-Huías de mí porque yo era tu conciencia, porque me tenías miedo, porque el mirarte había de ser para ti como si Dios te mirara, porque tienes el alma negra, y los malos como tú no quieren que les vean los buenos, los engañados, los burlados. Habla pronto, respóndeme a lo que te pregunto.. Mira que estoy frenética, mira que no te dejo hasta que me digas lo que sabes, o me entregues tu sangre, toda tu sangre».

Desventaja de Domiciana, y no floja. Vio el punto culminante del peligro, la muerte, y acudió con un recurso heroico y de extrema agudeza. Necesitaba para emplearlo de un valor casi sobrehumano y de un fingimiento de serenidad que era el (p.6497) supremo histrionismo. Pero no había más remedio. Se trataba de no perecer. «Bestia -dijo abriendo los brazos y mostrando indefenso su pecho-, si quieres matarme, aquí estoy. Ni sé ni quiero defenderme.. ¿Para qué sirve esta miserable vida humana? Para ver tanta infamia, tanta ingratitud.. para que las personas que miramos como hermanos quieran asesinarnos..»

-Hermana te fingiste, pero no lo eras -dijo Cigüela con pérdida de energía.

-Y ahora resulta que soy mala -prosiguió Domiciana con avidez de aumentar la pulgada de terreno que la otra le diera-. ¡Mala yo, que a ti y a Gracián favorecí; mala yo, que a él le he salvado la vida, no tanto por él como por ti, sabiendo que te ama; mala yo, que no miro más que a conseguir que se case contigo..!».

Excediose un tanto en la maniobra lisonjera, y de este exceso tomó ventaja Lucila, que aunque muy crédula en situación normal, en aquella tiraba instintivamente a la desconfianza. «Domiciana -dijo apretando el mango del cuchillo-, si crees que ahora jugarás también conmigo, te equivocas.. No vengo por dedadas de miel, sino por verdades. Las verdades te las sacaré de la boca, o te dejaré seca.. Soy mala ya.. y no perdono.

-Lucila -replicó la otra con rápido pensamiento-, ¿cómo he de decirte verdades si no quieres oírme? Para decirte las verdades necesito hablar, referirte muchas cosas. Te juro por lo más sagrado que nunca dejé de quererte, ni de interesarme por ti.. ¿No lo crees? Peor para ti y para tu alma. Yo tengo mi conciencia tranquila; no temo la muerte; pero por mucha que sea mi serenidad, ¿cómo quieres que hable y me explique, en cosas tan delicadas, viendo delante de mí un puñal, y oyendo decir te mato, te mato? Una cosa es no temer la muerte, y otra es el asco de ver una derramada su propia sangre, y la dentera que dan esos cuchillos, y el ver a una persona tan querida poniéndose al nivel bajo de los matachines y rufianes, de la última gentuza del Avapiés.. Mujer, si eres realmente mala, no lo parezcas mientras estés delante de mí.

-Si quieres que yo te crea, (p.6498) explícate pronto -dijo Lucila perdiendo a escape terreno-. Te da miedo el cuchillo. ¿Pues no me dijiste 'mátame'?

-Sí: yo acepto la muerte.. Pero mi resignación al martirio no me quita la repugnancia de verte como una chulapona, como una maja torera de las más indecentes..».

Comprendiendo con segura perspicacia el efecto que hacía, apretó de firme en esta forma: «No me espanta el odio, no temo el extravío ni la locura de un enemigo; rechazo, sí, las malas formas, la grosería, la chabacanería, la estupidez bajuna. No puedo acostumbrarme a verte a ti, tan linda, tan señorita de tu natural, convertida en gitana asquerosa, en charrana mondonguera, tan diferente a ti misma.. No puedes hacerte cargo, hija mía, de lo ridícula que estás, y de lo repulsiva y fea..»

-No te cuides tanto de como estoy, y contéstame, Domiciana -dijo la guapa moza apoyando en la cama la mano en que tenía el cuchillo-. A mí no me importa estar fea o bonita, pues sólo quiero ser justiciera.

-¡Justiciera, y empiezas por amenazar antes de oír!

-Amenazo; pero eso no quiere decir que no escuche. Si para explicarte con claridad es estorbo el cuchillo, aquí lo dejo.. ya ves..

-Está bien -dijo Domiciana, que sin mirar la mano vio el arma muy distante de esta-. ¡Si para matarme tienes tiempo! Pero no lo harás, pobrecilla, porque con lo que voy a decirte quedarás convencida y te avergonzarás de haberme ofendido bárbaramente.

-Domiciana -dijo Lucila sin darse cuenta del progresivo enfriamiento de su furor homicida-, loca entré en tu casa, y tú vas a volverme más loca de lo que vine.. Dices bien: tengo tiempo de matarte. Como yo vea que me burlas, de mí no escapas. Te lo juro, por Dios te lo juro, que si hay justicia en el cielo, también debe haberla en la tierra. Dejo el cuchillo y te escucho.

-No basta que lo dejes; es menester que arrojes lejos de ti lo que deshonra y mancha tu mano honrada -dijo Domiciana cogiendo el arma con rápido movimiento, y arrojándola por detrás de la cama, próxima a la pared. Sólo de esta la separaba el preciso espacio para que el cuchillo, lanzado con (p.6499) ojo certero, cayese al suelo en lugar donde Lucila no podía recobrarlo fácilmente, porque bajo el lecho hacían barricada infranqueable un cofre chato y dos cajas de ingredientes químicos.

 

Ep-33-XXII -

Desarmada Lucila, Domiciana se vio salvada, y celebró mentalmente su triunfo sin dar a conocer su alegría. Menos cauta la otra y de escaso talento histriónico, dejó ver su desconsuelo por la distancia entre su mano y el arma. «Me ha cortado la acción: ya no me tiene miedo -dijo para sí clavando sus miradas en la cerera-. Pero no le vale.. La mataré otro día si me engaña, para que no engañe a nadie más».

Recobró Domiciana el timbre neto de su voz, de la cual solía decir Centurión: «Es dulce y dura como el azúcar piedra». Con dureza dulce, dijo la exclaustrada: «Amiga querida, debiera yo ser un poco severa contigo, pues lo que has hecho, en verdad que no te recomienda; pero te quiero tanto, que sin sentirlo me voy al perdón.. Ahora sabrás, ahora te contaré.. verás quién es y cómo se porta esta tu amiga, esta mala mujer, a quien querías matar..». Dejó el sillón con ademán de vencer la pereza, y cogiendo del brazo a Lucila le dijo: «¿No te aburres de esta obscuridad?..». La guapa moza, sacudiéndose el brazo, siguió detrás de Domiciana, que al pasar al gabinete ampliaba la frase: «La obscuridad me entristece, y tú más.. con tus tonterías. Ven acá. Sentémonos aquí, y despéjense nuestras cabezas..».

Los pocos pasos que había entre alcoba y gabinete llevaron a Domiciana desde el mundo del miedo al de la seguridad. La luz benéfica, el ruido de la calle, la confortaron, como conforta la realidad después de oprimente pesadilla. La idea del tremendo peligro pasado aún estremecía sus carnes; el recuerdo de cómo lo conjuró con un prodigioso rasgo de inteligencia la colmaba de vanagloria. «¡Qué lista soy! -se dijo-. He sabido engañar a la misma muerte, que ya me tenía cogida. Con la argolla al cuello, he convencido al verdugo.. para que se estuviera quieto y no apretara.. Si esto no es talento, que venga Dios y lo vea».

Al pasar de la (p.6500) penumbra del dormitorio a la luz del gabinete, tuvo Lucila clara conciencia de que Domiciana, con heroica maña más potente que la fuerza heroica, se había hecho dueña del campo de combate. Mas no por esto se acobardó la moza, que firme en su plan justiciero esperaba llevarlo adelante de una manera o de otra. ¿Y por qué había de ser la muerte el mejor instrumento de justicia? ¿No había instrumentos más eficaces que realizaran el fin de justicia sin manchar la mano del juez? Pensando en esto y antes que la exclaustrada rompiera el silencio, le dijo: «Si has tenido arte para desarmarme, no creas que te libras de mí. Por lo ocurrido en tu alcoba se ve bien claro que no soy mala, que me doy a razones, y que si entré a matarte fue por arrebato y furia de venganza.. cosa natural.. Una es mujer, es una joven.. tiene corazón, sangre.. Bueno: pues te digo con toda franqueza que si motivos tengo muchos para odiarte, también te debo gratitud, no por los socorros de aquellos días, que eran traicioneros como el beso de Judas, sino por lo de hoy.. Tú, por tu defensa, me has quitado de la cabeza el matarte, que habría sido grande atrocidad, un bien para ti porque te ibas al descanso, al Purgatorio quizás, puede que al Cielo, y mal para mí, que ya estaba perdida, y la cárcel, quizás el palo, no había quien me lo quitara..».

Con lástima la miraba ya la cerera. «¡Cuitadilla! -dijo para sí-. Ya no tiene más arma que estas teologías que ni pinchan ni cortan. Se deja coger como una pobre pulga, y si quiero la estrujo entre mis dedos».

Lucila prosiguió así: «Domiciana, más baja te veo despreciada que muerta.»

-Y yo te digo que lo mismo te quiero alucinada que con sentido -dijo la otra trasteándola con suprema habilidad.

-Pues si me devuelves el sentido, si con razones y explicaciones que vas a darme me convences de que eres buena y de que yo no he sabido comprenderte, la que quiso matarte te pedirá perdón.. será capaz.. si fuese menester.. de dar la vida por ti..».

Y Domiciana, mirándola y moviendo la cabeza con acento de maternal tolerancia, se (p.6501) regaló a sí misma este mudo juicio acerca de su rival: «De esta simple haré yo lo que quiera. Alma de Dios, corazón inocente, toro que obedece al trapo.. tú sola te amansas, tú sola te entregas.. Consérveme Dios la inteligencia para con ella merendarme a estos corazones arrebatados..». Y luego, en alta voz: «Lucila, hermana mía, yo no te ofendí; yo no soy responsable de que se desapareciera Tomín. Sobre el poder que yo tenía y tengo, se levantó cuando menos lo pensábamos, un poder superior.. Siéntate, ten calma; no te impacientes. Yo, de algunos días acá, estoy mal del pecho.. no sé qué me pasa.. Tengo que tomar aliento a cada cuatro sílabas.. y si hablo mucho rato sin parar, me quedo como ahogada..».

Estas últimas indicaciones no tenían más objeto que ganar tiempo. Después del gran esfuerzo intelectual para esquivar el inmenso riesgo de morir asesinada, la cerera necesitaba de un colosal derroche de inteligencia para levantar el artificio de figurados hechos ante el cual se desplomaran los agravios de Lucila; érale preciso construir una historia y presentarla luego con tal riqueza de lógicos razonamientos y tal encanto narrativo, que a la misma verdad imitase y a la misma incredulidad convenciese. Esto, ni aun para tan hábil maestra del pensamiento y de la palabra era cosa fácil: necesitaba serenidad, algo de reflexión de filósofo, algo de inspiración de artista, y para estos algos hacían falta los del tiempo.. Favorecida por el Cielo aquel día, cuando acabó de decir que la fatigaba el mucho hablar llamaron a la puerta de abajo. Esto fue muy de su gusto; contaba ya con que alguien de la familia echase de ver que la puerta estaba cerrada por dentro, y llamara con alarma impaciente. Así fue: arreciaron los golpes. Domiciana dijo: «Mira en qué ocasión vienen a interrumpirnos. Ahora caigo en que cerraste la puerta. Más vale que abras, pues si no, se asustarán, y con razón. Creerán lo que no es, y.. hasta puede suceder que echen abajo la puerta». Vaciló Cigüela. ¿Pero qué hacer podía la infeliz más que abrir? A merced (p.6502) estaba de su enemiga.

Entraron y subieron D. Gabino y Ezequiel, inquietos, y anticipándose a sus manifestaciones, Domiciana les dijo: «Mandé a esta que cerrara porque teníamos que hablar, y me sabía muy mal que nos interrumpieran. ¿Quién ha venido?»

-Ha estado el amigo Centurión -dijo el cerero recobrando su tranquilidad-, pero se ha cansado de esperar..

-Y ahí tienes el coche; viene a buscarte -anunció el mancebo, que dirigía las locuciones a su hermana y las miradas a la hija de Ansúrez.

-Tengo que vestirme. Lucila, ¿has visto que vida llevo? Apenas descanso un ratito, ¡hala otra vez!

-Si comes tú en Palacio -dijo D. Gabino acaramelando la mirada-, Luci comerá con nosotros.

-Quería yo llevarla conmigo. Pero si ella prefiere quedarse.. ¿Verdad que está Cigüela más guapa?

-En la guapeza de esta joven no cabe más ni menos. Es como la bondad de Dios -declaró D. Gabino, reblandeciendo la expresión de sus ojos, que eran manantiales de ternura, y alargando la boca, húmeda como el hocico de un becerro-. Si Cigüela come con nosotros, traeremos dos platos de casa de Botín, y de la pastelería huevos moles o huevo hilado, lo que a ella más le guste».

Encandilado, moviendo los brazos en forma de un batir de alas de ángel, Ezequiel aprobaba con mudo entusiasmo.

-Mucho se lo agradezco, Sr. D. Gabino -dijo Lucila-; pero.. Otro día comeré con ustedes. Hoy no puede ser. ¿Verdad, Domiciana?

-Hija mía -dijo la cerera con admirable afectación de cariño-, tú dispones lo que gustes. Has reconocido hace poco que soy para ti como una hermana, como una madre.. Después que hablemos otro ratito, quédate a comer. Estás en tu casa».

Oyendo esto, no sabía Cigüela si admirarla por su ingenio, o tronar indignada contra tan cruel ironía. Pensó que sería justicia y además un desahogo muy placentero, arrancarle el moño y chafarle los morros de una o más bofetadas. En un tris estuvo que lo intentara. Midió la acción y vio que cabía perfectamente dentro de sus facultades, pues le bastaban las manos para despachar a la (p.6503) cerera, reservando las extremidades inferiores para D. Gabino, a quien tiraría al suelo de una patada. A Ezequiel le derribaría sólo con el aire que hiciera en toda esta función. Mas para esto siempre había tiempo. Convenía esperar..

En aquel punto entró la asistenta que a la familia servía, mujer de gran talla, bigotuda, con todo el aire de un cabo de gastadores, y después de un breve saludo al ama, llevando consigo el cesto de la compra ya repleto, se fue a la cocina. Creyérase que Domiciana, viéndose asegurada por aquella guardia formidable, recobraba en absoluto su tranquilidad. Despidió a su padre y hermano, encargándoles que a nadie dejaran subir, y sintiéndose bien custodiada y defendida, pues el son del almirez le sonaba como los tambores de un ejército próximo, dedicose a su vestimenta con todo sosiego. Quedó la otra en el gabinete, mientras la cerera trasteaba en la alcoba, donde lo primero que hizo fue sacar el puñal del abismo en que había caído y esconderlo en lugar seguro. Lucila la vio salir risueña apretándose el corsé, y sin decir nada la ayudó en aquella operación. En este tiempo, pudo la exclaustrada levantar en su fecundo caletre el andamiaje de la soberbia historia que tenía que construir, y apenas encaró con su enemiga, echó en esta forma los que a su parecer eran sólidos cimientos:

-Tomín fue apresado por la policía y encerrado en Santo Tomás. Yo lo supe un día después.. ya puedes figurarte mi disgusto.. Naturalmente, acudí al instante. No me permitieron verle.

-¡Domiciana, por la salvación de tu alma -exclamó Lucila con solemne acento-, por las promesas de Nuestro Señor Jesucristo, en quien tú y yo creemos y esperamos, aunque seamos pecadoras, dime la verdad! ¿De veras no has visto a Tomín? Júramelo, júrame que no le has visto..

-Aguárdate, tonta, y no precipites mi relación. He dicho que no le vi en aquel momento; luego sí.. Ten paciencia. Decía yo que acudí a salvarle. No conté contigo porque estabas enferma. ¿A qué aumentar tu desazón, tu desconsuelo?.. Habría sido matarte.. Pasaron dos días en (p.6504) mortal ansiedad. Supimos que se trataba de aplicar al pobre Capitán la pena terrible.. ¿sabes? la sentencia del Consejo de Guerra. Tres señoras, tres, éramos a pedir misericordia por él. Doña Victorina y yo.. y la de Socobio, que se nos agregó el segundo día.. Eufrasia, hoy marquesa de Villares de Tajo: no la conocerás por este nombre.

-La Socobio -dijo prontamente Lucila-, conspiró hace dos años por los del Relámpago.

-Pues ahora conspira por Narváez; es el más firme apoyo del Espadón en la Camarilla de la Reina.. Sigo contándote. Al tercer día, después de haber hablado con O'Donnell, que nos dio seguridades de que no sería fusilado el Capitán, fui a ver a este.. Doña Victorina no podía ir; fui yo sola.

-¡Y le viste..!

-Le vi.. y entre paréntesis, como me habías ponderado tanto su hermosura, y creía yo encontrarme con un Adonis, o con el dios Apolo, la verdad, no vi en él nada de particular.. un hombre como otro cualquiera. Entré.. Con él estaba la Socobio, que sin darme tiempo a exponer lo que me había dicho O'Donnell, saltó y dijo: «Ya no tiene usted que ocuparse de nada. Yo lo arreglo todo.. Es cosa mía..»

-¿Y Tomín?

-En el corto rato que allí estuve, no habló más que de ti.. En pocas palabras me dio las gracias por los favores que os hice, y luego: ¿qué es de Lucila, qué hace Lucila.. está buena Lucila?.. y vuelta con Lucila. Bien echaba por los ojos el amor que te tiene.

-¿Y después..?

-Volví al siguiente día.. Dijéronme que el Capitán estaba libre.. Había ido por él la Socobio, y se le había llevado en su coche.. ¿A dónde? Esta es la hora que no he podido saberlo».

 

Ep-33-XXIII -

La historia contada por Domiciana con acento tan firme que parecía el de la propia Clío, produjo en el cerebro de Lucila efectos muy extraños, pues si tales hechos encontraban en él como una nube de incredulidad sistemática que los empañaba y obscurecía, de los mismos hechos brotaban rayos de verosimilitud que esclarecían lentamente los espacios de aquella nube. ¿Era mentira que parecía verdad, o una de esas verdades que se adornan (p.6505) con las galas del arte de la mentira verosímil?

-¿Y por qué -preguntó Lucila con viveza ruda-, por qué al saber que Tomín estaba libre, no fuiste a decírmelo?

-Porque me aterraba el tener que darte una mala noticia -dijo Domiciana parando el golpe con gran destreza-. Lo era la de aquella libertad, que tuve por una nueva esclavitud. Decirte que Tomín estaba en poder de la Socobio era como decirte: «despídete de él por mucho tiempo».

-Por algún tiempo, quieres decir.

-Claro: terminado el secuestro, Tomín volverá a ser tuyo.

-¿Has dicho que esa Eufrasia conspira por Narváez?

-Por Narváez y Sartorius. El Gobierno la teme; mas no puede nada con ella, porque se ha hecho uña y carne de la Reina, y es su confidente y amiga. Se trata de combatir y anular esta influencia, expulsando para siempre de la Cámara Real a la Socobio; en ello trabaja la persona que más influye en el ánimo de Isabel.. ya puedes figurarte de quién hablo..

-¿Y qué importa que la Socobio sea o deje de ser amiga de la Reina?

-Esas amistades torcerán más el arbolito, que bastante torcido está ya.

-No será la Eufrasia peor que otras, peor que tú. Dijo la sartén al cazo.. Palaciegas de este bando y del otro, damas santurronas, damas casquivanas, monjas aseñoradas, y señoras afrailadas, todas son unas, y todas tuercen el árbol, porque torciéndolo, se suben a él para coger fruta.. ¡Valiente ganado estáis!.. Pero en fin, dejando eso, que no me importa, ¿sostienes lo que has dicho?.. ¿que la Socobio hizo escamoteo y se llevó a Tomín..? ¿No temes que yo hable con esa señora, y que ella me diga que la escamoteadora has sido tú?

-Si hablas con ella, no te dirá una palabra, y te mandará a paseo. Es gran diplomática. ¿Crees que una persona tan lista se franquea con el primero que llega? ¿Quieres probarlo? Nada más fácil: en Aranjuez la encontrarás. Ya sabes que allá se ha ido la Corte hace tres días. Ahora tienes ferrocarril. Por catorce reales puedes ir en segunda.. Dos horas menos minutos.

-¿Y cómo es que estando la Corte de jornada, aquí se queda Doña Victorina, y (p.6506) tú con ella?

-Porque Doña Victorina sigue mal de salud, y no le convienen las humedades del Real Sitio.. Y hay otra razón: mi amiga y yo somos un cuerpo de ejército destinado a ocupar esta plaza y a vigilar en ella los movimientos del enemigo. Tememos.. para que veas si te confío cosas delicadas.. tememos que los narvaístas nos ganen el corazón de la Madre.. Lucila, ya sabes que estos secretos quedan entre nosotras.

-Si el poder de la Madre es tan grande, porque con su misticismo y sus llaguitas hace creer que es enviada del Cielo, ¿qué teméis de una disoluta como la Socobio, que ni tiene llagas, ni habla con el Espíritu Santo?

-Se la teme porque es otra especie de santa, o por lo menos sacerdotisa de un santo que no está en el Almanaque, de un santo que siempre tuvo, tiene y tendrá tantos devotos como personas hay en el mundo..

-El Amor. ¡A quién se lo cuentas!

-Y dentro de ese culto infame, gentil, la Socobio es al modo de gran teóloga o Santo Padre, al modo de profetisa, definidora y taumaturga.. y también tiene sus llagas o cosa parecida para imponer veneración.. Se entiende con el dios de esta baja idolatría, y trae recados de él para las criaturas..

-Domiciana -dijo Lucila gozosa de ver a su amiga en aquel terreno-, confiésame la verdad y todo te lo perdono. Confiésame que tú también eres un poco, o un mucho, sacerdotisa de ese dios de los gentiles, que tú también a la calladita adoras al ídolo.. porque eres mujer..

-Yo no. Ya sabes que no siento en mí esa devoción -dijo la exclaustrada metiéndose en su concha-. Yo abomino de tales dioses gentílicos.. He hablado de ello por explicarte la influencia de la Socobio sobre una mujer joven, linda, y por poderosa caprichosa, y por buena fácil a la maldad.. O hemos de poder poco, o apartaremos a Eufrasia del Trono..

-Del Trono y el Altar: dilo como lo decís en los papeles públicos.. Déjate de hipocresías, y ya que hablas de eso, habla con claridad. Tú y tu bando no miráis a que nuestra Reina sea buena, sino a que seáis vosotras las únicas (p.6507) que le suministren sus diversiones. Así la tenéis más cogida. Entre visiones celestiales por un lado y terrenales por otro, no se os puede escapar.

-Hija, no hables así de nosotras, que tiramos siempre a la virtud y la honradez.. Pero equivocándote, lo que has dicho revela talento.

-Esto que llamas talento, no lo es, Domiciana. Lo que yo sé, el corazón me lo enseña.. Pues te digo que me alegraré mucho de que con toda vuestra virtud seáis derrotadas por la Socobio, por esa gentil, por esa idólatra..

-¡Ah! no creas que estamos tranquilas -dijo Domiciana, tirando siempre a ganarse la voluntad de Lucila y a desarmarla con las confidencias verdaderas o falsas-. Esa maldita manchega es de la piel del diablo. Hace meses, y cuando más descuidados estábamos, nos dio una paliza tremenda.. Llamamos paliza a la derrota que sufrimos en un asunto que creímos de los de clavo pasado; tan fácil nos parecía resolverlo a gusto de la Madre. Pues verás: Vacó la Comisaría General de Cruzada, que es plaza muy lucida, enorme golosina de clérigos; el Gobierno quería meter al poeta D. Juan Nicasio; la Madre hipaba por el Padre Batanero, que a sus muchos títulos unía el de haber sido carlistón. Los moderados presentaron a D. Manuel López Santaella, arcediano de Cuenca. De nada nos valió el tocar con tiempo todas las teclas, porque esa perra se nos anticipó a mover los títeres de Roma, donde su marido tiene relaciones y gran amaño por el negocio de Preces; y nada.. que nos ganó la partida, y quedaron satisfechos Narváez y Sartorius, y nosotras burladas.. Para que la Madre no chillara, le dieron dedada de miel presentando al Capuchino Fray Fermín de Alcaraz, el diablo de marras, para la mitra de Cuenca.. Ahí tienes un triunfo del sacerdocio gentil sobre este otro sacerdocio de ley. Eufrasia se quedó riendo, y Santaella pescó la Comisaría. ¿Tienes noticia del famoso pasquín? Por cierto que cavilando en quién podría ser autor de aquella chuscada, di en sospechar de Centurión, y tanto hice y tanto le estreché que al fin me confesó que él puso al pie de la (p.6508) estatua de Isabel, en la plaza del mismo nombre, el letrerito de que tanto se habló en Madrid: Ni Santo él, ni Santa ella.

A este punto, ya Domiciana estaba vestida. Pero no quería partir sin ver a su cara enemiga en completo desarme físico y moral. Sus confidencias eran el plateado que a las píldoras ponía para que no amargasen, y en las píldoras se mezclaban substancia de verdad y la mentirosa substancia fina que usan los diplomáticos en las relaciones internacionales. Verídico era mucho de lo que dijo referente a Eufrasia, y sobre el sólido fundamento de estos hechos, asentó con gran maestría el artificio del rapto del Capitán por la Socobio. Quedose Lucila meditabunda, arrastrando sus miradas por el suelo y por las rayas de la estera frente a la silla baja en que se sentaba. Interrogada por la cerera sobre la causa de tan hondo meditar, dijo la guapa moza: «Me estoy devanando los sesos para recordar qué persona conozco yo, o debo conocer, que es muy íntima de esa señora Doña Eufrasia. Fue mi padre, cuando andábamos locos en busca del empleo, quien me nombró a tal persona, y dijo: 'no hay aldaba como esa, si se acordara de nosotros y quisiera servirnos..'»

-¿Persona de la intimidad de..? No puede ser otra que el Marqués de Beramendi.

-Ese.. ese mismo señor. Yo le conocí en Atienza, cuando todavía no era Marqués.. A mi padre encontró un día en la calle, en Madrid, no sé cuándo, meses ha, y le preguntó por mí. Yo.. si le veo, no le conozco, no me acuerdo..

-Pues si has pensado que ese señor podría servirte para entrar en amistad con Eufrasia, no sabes lo que te pescas. No es hoy íntimo de ella: lo fue.. Hace tiempo le atacaron unas melancolías que parecían principio de locura. Su mujer tomó la resolución de sacarle de Madrid, y a Italia se fueron él y ella con el niño que tienen. Sé todo esto por los suegros de Beramendi, los señores de Emparán, que a menudo visitan a Doña Victorina.. Pues en Italia se estuvieron todo el año pasado y largos meses de este. No hace mucho que han vuelto, y no sé que el Marquesito haya (p.6509) pegado otra vez la hebra con la Socobio.. Dices que tu padre le encontró y habló con él.. Fue sin duda antes del viaje a Italia, si no fue el mes pasado.

-No, no: debió de ser antes del viaje.. Por lo que mi padre me dijo, el nombre de ese caballero se relaciona en mi cabeza con el de Doña Eufrasia, que hoy es Marquesa.

-De Villares de Tajo.. Si dudas de mí, vete a ver a esa señora. Puede que se confiese contigo; yo lo dudo mucho.. pero quién sabe. Esa lagarta no entrega sus secretos al primero que llega.

-Naturalmente -dijo Lucila, que en aquel instante recobró todo su candor-, si sabe que Tomín me quiere, y tiene que saberlo, porque él mismo se lo habrá dicho, me recibirá con una piedra en cada mano».

Aprovechando aquel estado de inocencia, soltó Domiciana la mentira final, la que había de ser cúspide y remate del gallardo artificio que había levantado. No creyó prudente emplear la última pieza de su grande obra hasta que llegase el oportuno momento. Este llegó. Dijo la señora: «Para concluir, Lucila, para que te convenzas de que debes dar por concluso ese negocio, sabrás que la Socobio no ha hecho lo que ha hecho por adorar al Capitán en sus propios altares, sino que lo ha llevado como en holocausto, fíjate bien, a otro altar de más altura, donde oficia el Supremo Sacerdocio de esos dioses gentílicos.. ¿No lo entiendes? ¿Quieres que te lo diga más claro?»

-Sí lo entiendo. Mas para que yo crea eso, que parece cuento de brujas, dime dónde está Tomín, dónde le tienen guardado para esos holocaustos malditos..

-¡Vete a saber..! -rezongó la cerera un tanto desconcertada-. Guardado lo tendrán como lo tuviste tú.

-Según eso, sigue condenado a muerte.

-Claro. Boba, el indulto vendrá después, cuando ya la devoción gentil se acabe por cansancio, o por cualquier motivo, y entonces le verás restituido a su jerarquía, Comandante, pronto Coronel.. y caminito de General. Hay casos, Lucila.. ¿Pero aún dudas?

-Sí, siempre dudo.. pero no te negaré que lo tengo por posible. Mi padre, hombre de pueblo, sin instrucción, que piensa muy al derecho y (p.6510) tiene un talento natural que ya lo quisieran más de cuatro, me ha dicho muchas veces: 'No hay cosa, por desatinada que sea, que no pueda ser verdad en este país, mayormente si es cosa contra la justicia y contra la paz de los hombres.. Aquí puede pasar todo, y la palabra increíble debe ser borrada del libro ese muy grande donde están todas las palabras, porque en España nada hay que sea mismamente increíble, nada que sea mismamente..' ¿cómo se dice?

-Absurdo. Tu padre tiene razón. Los españoles, hija.. de varones hablo.. son la peor gente del mundo, y no hay cristiano que los entienda ni los baraje. Se les da lo bueno, y lo tiran; les hablas con juicio, y dicen que estás loca. Progreso aquí significa andar para atrás como los cangrejos, Libertad correr tras de un trapo colorado, Orden pegar sin ton ni son, y decir Gobierno es como decir: 'no hay quien me tosa'. Mucho ganaría esta Nación si se dejara gobernar por mujeres listas, que las hay.. A esos hombrachos que no sirven para nada y reniegan de que una monja se meta en cosas de Gobierno, les diría yo: callaos, imbéciles, y no echéis roncas contra la Madrecita, pues no merecéis otra cosa».

Sumergida Cigüela en profunda abstracción, nada decía. Sentada, el codo en la rodilla, la frente sostenida en tres dedos de la mano derecha, los ojos fijos en el halda de su vestido, dejaba caer su pensamiento al sondaje de profundos abismos. Domiciana, que vio en su enemiga señales de confusión, de batalla tortuosa entre afectos, todo ello contrario a la derechura de las resoluciones violentas, acabó de recobrar su aplomo. Había vencido; con soberano talento, con pases y quiebros de extraordinaria sutileza, había logrado encadenar a la fiera.. Ya podía pasarle sin ningún riesgo la mano por el lomo. «Amiga querida -le dijo levantándose-, yo no puedo detenerme más. Si quieres venir conmigo, ven; si quieres quedarte, comerás con mi padre y con Ezequiel. Te repito que estás en tu casa».

Lucila, sin mirarla, sin cambiar de su postura más que la mano, que de la frente bajó a sostener la (p.6511) quijada, le dijo: «Gracias, Domiciana. Yo me voy también.»

-¿Y dudas aún que soy tu mejor amiga?

-Ya no dudo ni creo -dijo la guapa moza en pie, suspirando-: ya el dudar y el creer, como el temer y el desear, son para mí la misma cosa.. En nadie ni en nada tengo fe.. Estoy pensando que la vida y la muerte.. todo es lo mismo.. y que en este mundo y en el otro, hay la misma maldad, porque malo es todo lo que antes era nada y ahora es.. lo que es.. No me entiendo.. Adiós, Domiciana..».

Suelta la mantilla, salió; tomando carrera al llegar al pasillo, precipitose por las escaleras abajo. La cerera vio en aquella salida fugaz, como ciertos mutis de la escena, una reproducción del arrebato con que Lucila se había presentado en la alcoba; pero como iba en retirada, no fue grande su inquietud. Con todo, rodando después de coche por calles y plazuelas, camino de sus obligaciones, apartar no podía de su pensamiento los horrendos pesares de la que fue su amiga, ni la tenacidad con que a ellos se aferraba, rebelde al consuelo. «Me equivoqué -se decía-, pensando que entre las heridas del alma y su reparación no ponía el tiempo tanto de sí.. Cada día aprendemos algo.. Me da lástima esta pobre, y me da miedo. Menester será curarla o amarrarla».

 

Ep-33-XXIV -

Como animal derrotado y herido, a la fuga se lanzó la hija de Ansúrez, sin reparar en las frases melosas que a su paso veloz por la tienda se le dijeron, y en la calle corrió, tropezando con transeúntes y vendedores, ignorando hacia dónde caminaba, pobre bestia huida. Creyérase que alejarse quería de sí propia, o que en la rapidez de la marcha veía como una forma o procedimiento de olvidar.. Sin darse cuenta de su itinerario, pasó por Puerta Cerrada, calle del Nuncio, hizo un breve descanso en el Pretil de Santisteban, bajó a la calle de Segovia; metiose luego por la calle del Toro a la Plazuela del Alamillo; tiró hacia la Morería vieja, y en las Vistillas tomó resuello.. Apoyada en la jamba de una de las enormes puertas del caserón del Infantado, echó mano con furia a su propio pescuezo, (p.6512) diciéndose: «Me ahogaría; lo merezco por tonta, por estúpida y cobarde. Debí matarla, fue gran burrada compadecerla, y darle tiempo a que con sus despotriques me enfriara la voluntad de hacer justicia.. ¡Y se ha reído de mí.. se ha quedado riendo, y yo sin cuchillo..! no sé ya cómo me quitó el cuchillo.. Pero si fui con la idea de matarla, con toda la justicia de Dios dentro de mí, ¿por qué no la maté?.. ¡Perra traidora!.. ¡Y aún está viva, y gozando de su robo!.. ¡Sabe Dios a dónde habrá ido en el coche!.. Merezco su desprecio, merezco todo lo que me pasa. Me caigo de boba.. Entré águila y he salido abubilla.. Me ha engañado con mil embustes dichos como ella sabe.. Abogada como ella y ministrila como ella, no han nacido, no. Engañará al demonio, a Dios mismo engañará.. Lucila, eres digna de que esa ladrona, después de robarte las guindas y de comérselas, te arroje los huesos al rostro. Aguanta y límpiate, triste pava.. escóndete donde nadie te vea».

En su delirio, tuvo la feliz idea de esconderse en su casa. Aquella noche, Antolín de Pablo, recién llegado de su excursión por los pueblos, le confortó el ánimo con hidalgas ofertas de hospitalidad. Si no quería recibir ya los socorros de la cerera, y gustaba de mantenerse honrada, allí tenía su casa, allí no le faltaría lecho en que dormir y un panecillo con que matar el hambre. Donde comen dos comen tres, y alabado el Señor que a él y a su buena Eulogia les daba medios de mirar por el prójimo. Este generoso proceder fue gran consuelo para Cigüela, tan infeliz como hermosa. Por la noche, dormida con pesado sopor, soñó que se ocupaba en la sabrosa faena de matar a Domiciana. Sobre el cuerpo yacente de la cerera descargaba golpes y más golpes con el fiero cuchillo, clavándoselo hasta el mango; pero no conseguía dar fin de ella, ni aquella vida se dejaba rematar. La víctima recibía sonriente las puñaladas, cual si su cuerpo fuera un saco relleno de paja o serrín, y de él no salía sangre.. ¿Dónde demonios estaba la sangre de aquella mujer? ¿Habíasela sacado para hacer con ella un elixir de amor, un (p.6513) bebedizo con que emborrachar a Gracián y filtrar en su ser el olvido y la degradación?.. Lucila se cansó de acuchillar a su enemiga, y el cuerpo de esta coleaba siempre, siempre..

Al día siguiente, recobrada del furor homicida, se apoderaron de su espíritu las historias contadas por Domiciana. Cierto que el odio a esta no se extinguía; pero las historias tomaban en la mente de la guapa moza cuerpo y aires de cosa real. Nada de aquello era inverosímil. Bien podía resultar que fuese verdadero. El efecto buscado por la exclaustrada no se había hecho esperar, y su ingenioso artificio formaba un estado anímico ya indestructible. Dentro de sí llevaba Cigüela razones y aparatos lógicos, hechos bien tramados, que unas veces lucían como verdades, otras se apagaban en dudas dejando siempre algún destello. Momentos había en que reconstruidas las famosas historias con elementos de realidad, las vio Lucila como novela verosímil; horas hubo, en los días siguientes, en que fueron para ella como el Evangelio.

Si con delicada piedad Eulogia la socorría, no gustaba de que estuviera ociosa. Mañanas o tardes la tenía lavando ropa en la artesa, y luego tendiéndola en las cuerdas del corral. En costura y plancha invertían las dos no poco tiempo, y por la noche, cuando estaba en Madrid Antolín de Pablo, solían jugar a la brisca o al burro. Entre San Antonio y San Juan, tuvieron que ir Antolín y su mujer a la boda de una sobrina carnal de él, en la Villa del Prado, y llevaron consigo a la huéspeda, que se reparó de sus quebrantos en veinte días de vida campestre. Allí le salieron amadores sin cuento; de los pueblos vecinos acudían a verla los mozos y a celebrar su hermosura. Con buen fin le hablaron muchos, y otros con fines equívocos, que se habrían trocado en buenos, si ella pusiera de su parte algo de amoroso melindre; pero ninguno de aquellos requerimientos venció la frialdad y desvíos de la guapa moza, que era como linda estatua en quien faltaba el fuego de los deseos y el estímulo de la ambición. Para que ninguno de los inflamados (p.6514) pretendientes se quejase, Lucila rechazó también, no sin gratitud, los obsequios y finas proposiciones de un labrador muy rico de aquellas tierras, viudo y entrado en años, que de ella se prendó con amor incendiario, y en una misma frase expuso su petición de afecto y su oferta de inmediato matrimonio. Contestó Lucila negativamente, con razones que al pobre señor dejaron tan confuso como lastimado.

A poco de este memorable suceso, regresó la joven a Madrid con sus patronos, y a medio camino, en el alto que hizo la tartana a la entrada de Navalcarnero, oyó Lucila de boca de Antolín este substancioso sermón: «Pues, hija, si apuestas a boba no hay quien te gane. ¡Hacerle fu al amigo Halconero, riquísimo por su casa, y más bueno que rico!.. No sabes tú lo que te pierdes. ¿Qué pero le pones, alma de cántaro? ¿Que peina canas y va para Villavieja? Pues no podías soñar proporción más al auto de tus circunstancias. Cásate, simple, con Vicente Halconero, que es hombre sano, y ya verás como no tardas en tener familia, con lo que has de distraerte y apagar todo el rescoldo que te queda de tus pesadumbres. Y aún tendrás tiempo ¡cuerpo de San Casiano! de ser una viuda joven, que tu marido, en ley natural no debe vivir mucho. Ea, tontaina, yo le diré al amigo que aunque le has dicho que no, por el punto, que se dice, luego soltarás el sí..». Reforzó Eulogia esta homilía con argumentos aún más especiosos, y ya en Madrid, volviendo a la carga, se admiraban de que Lucila estuviese tan rebelde, no teniendo más que el día y la noche. Tanto le dijeron, y memoriales tan llorones envió desde el pueblo el bendito señor, que al fin la moza, sin abrir camino a las esperanzas, propuso y suplicó que le dieran para pensarlo todos los días que restaban hasta fin del año corriente. «Pero, chica -le dijo Antolín-, considera que el hombre no es niño, y que la esperanza es un pájaro que no gusta de anidar en las cabezas canas». No hubo manera de apear a Lucila de la transacción propuesta; en ello quedaron, y notificado al buen señor el emplazamiento, se (p.6515) puso tan alegre, según decían, que le faltó poco para echarse a llorar del gusto.

Al volver a la Villa y Corte, encontró Lucila en ella los ardores del verano, y mayor soledad y tristeza. Las aliviadas penas se recrudecieron en el paso del sosiego campestre al bullicio urbano. Agitada fue de nuevo por furores de venganza, y por el prurito loco de revolver el mundo en busca de la verdad. Con la verdad se contentaría, ya que el hombre no pareciese. Por la Capitana, que algún día la visitaba, supo que la cerera se había ido con Doña Victorina a San Ildefonso, donde estaba la Corte. La ausencia de su enemiga fue un motivo de sosiego para Lucila. ¡Qué descanso no verla más ni saber nada de ella! Así cayendo irían sobre su memoria esas capas de polvo que traen el lento olvidar, la renovación pausada de las ideas. De este modo se llega, por gradación suave, a ver y apreciar el reverso de las cosas.

En el curso de aquel verano, el estado de melancolía en que se fueron resolviendo las amarguras de Cigüela, llevaba su espíritu a las expansiones religiosas. No había consuelo más eficaz, ni mejor arrullo para dulcificar y adormecer los dolores del alma. Oía misa en la Orden Tercera o en San Andrés, y algunas mañanas corríase hasta San Justo, donde entraba con la confianza de no ver a la cerera. Confesó y comulgó más de una vez en San Pedro y en San Isidro. Su padre, el veterano Ansúrez, acompañarla solía en estas devociones elementales, de dulce encanto para las almas doloridas. Más de una vez se tropezó Lucila con Rosenda, que diferentes iglesias frecuentaba, y de su mal humor coligió que no había sido muy dichosa en sus cacerías, sin duda por el sacrilegio de intentarlas en lugar sagrado. En San Justo, ya muy avanzado Agosto, se encontró una tarde a Ezequiel, vestido de monago: palideció el muchacho al verla, y después, en el blanco cera de su rostro aparecieron rosas.. «¡Qué guapa estás, Luci! -le dijo-. Nos contaron que te casabas con un señor muy rico, de ese pueblo de donde vienen las buenas uvas. ¿Es cierto?». Negó (p.6516) Lucila, y el cererillo le dio noticias que no la interesaban: que D. Gabino había tenido un ataque a la vista, quedándose medio ciego; que Domiciana seguía en La Granja, y que D. Mariano estaba colocado en la Comisaría de Cruzada, con ocho mil reales. Luego se acercó a ella D. Martín Merino, y la saludó secamente, recordando haberla visto con la cerera. «¿Es esta señora la amiga de Doña Domiciana Paredes?.. Por muchos años.. yo bueno.. ¿y en casa?.. ¡Qué calor!..». Esto dijo, retirándose con la fórmula vulgar: «Vaya: conservarse». Díjole después Ezequiel que D. Martín era un buen sacerdote que cumplía muy bien su obligación. Domiciana le prefería con mucho a los demás confesores que en San Justo había: últimamente, con D. Martín se confesaba, y él también, por recomendación expresa de su hermana. Trabajillo le costó acostumbrarse, porque el Sr. Merino era muy rígido, no ayudaba, no hacía preguntas, y el penitente tenía que ir desembuchando pecado tras pecado por orden de mandamientos, pasando muchas vergüenzas, hasta que no quedara nada en el buche, pues de otro modo no había absolución. Y ya es uno un poco hombre, Lucila -decía con inocente orgullo-, y cuesta, cuesta el rebañar bien la conciencia, sacando a pulso todo, todo, hasta los malos pensamientos, hasta las tentaciones que son y no son.. Bueno. Pues hablando de otra cosa, te diré que mi padre, que ya no ve el pobre, pregunta por ti, y cuando le decimos que no sabemos nada, se le cae una lágrima.. Vete a verle, mujer, que aunque él padezca un poquito por no poder verte el rostro, se consolará con oírte la voz..».

¡Fecunda creadora es la madre Fatalidad! La idea de que Domiciana tuvo por confesor a D. Martín arrastró hacia el austero sacerdote toda la atención de Lucila. Pensaba mucho en él; fue a San Justo movida del afán de observar su fisonomía; y viendo, no sin cierto terror, al depositario de aquella negra conciencia, al que había sido como espejo en que el alma de la traidora se mirara, dio en cavilar si no habría medio de (p.6517) hacer salir de nuevo a la superficie del cristal las imágenes que en él se habían reproducido. Pero esto era imposible. No hay confesor que revele los pecados que se le confían. «Este lo sabe todo -se decía la moza, oyéndole la misa-. Este conoce la historia infame, y cuando se vuelve para decirnos Dominus vobiscum, paréceme que veo a Domiciana en sus ojos negros de pájaro de rapiña, penetrantes». Un día que D. Martín, bajando del presbiterio, la miró de lejos con fijeza casi desvergonzada, Lucila, estremeciéndose, dijo esto dentro de su pensamiento: «Sí, D. Martín: yo soy, yo soy la víctima de aquel crimen, soy la pobre mujer engañada, robada. Esa ladrona, esa farisea, esa Judas, me quitó lo que yo amaba más que mi propia vida, mi único bien, mi único amor, y quitándomelo me ha dejado tan sola como si toda la humanidad se hubiera concluido.. ¿Verdad que fue gran felonía, y una maldad de esas que no tienen perdón? ¿Verdad que era justicia matarla?.. ¿Verdad que no debí flaquear cuando llegué a ella con el cuchillo, y que fuí muy necia en salir dejándola viva?». Y en su delirio, creyó Cigüela que el clérigo, al retirar de ella su mirada, le decía: «Sí, mujer: Domiciana merecía la muerte. ¿Y tú, zanguanga, por qué no la aseguraste bien?».

 

Ep-33-XXV -

Desde su campestre residencia en la Villa del Prado, escribía D. Vicente Halconero cartas dulzonas a la que llamaba su prometida, y esta puntualmente les daba respuesta, poniendo en ella lo menos posible de ortografía, lo más de sinceridad y una fría expresión de gratitud y afecto. No quería engañarle con fingidos entusiasmos, y en todas sus cartas le abría, como si dijéramos, la puerta de aquel compromiso para que se retirase cuando fuera de su gusto. Pero el buen labriego no pensaba en abandonar un campo tan florido, y en cada epístola que enjaretaba se ponía más tierno y dulzacho, como si mojara la pluma en el arrope de aquella tierra.

Avanzaba Septiembre cuando el viejo Ansúrez manifestó a su hija que ya le aburría y descorazonaba el empleo en casa (p.6518) del señor Chico, no porque allí el trabajo le rindiera, ni por el adusto genio del amo, sino porque se veía mal mirado del pueblo y de toda la vecindad. El aborrecimiento de la gente de Madrid al cazador de ladrones y perdidos, recaía en los servidores que de ello no tenían ninguna culpa; a tanto llegaba la inquina ciudadana, que de él, Jerónimo Ansúrez, huían más de cuatro, y le miraban con miedo y repugnancia como si fuera criado del verdugo. Quería, pues, presentar la dimisión de su cargo, y habiendo conocido ya la vanidad y poca pringue de todos estos empleíllos, era su anhelo buscarse la vida con independiente trabajo, en un comercio de cosa que él entendiera. Proporción de establecerse se le ofrecía, que ni cogida por los cabellos. Se traspasaba la tienda de granos para simiente y de huevos, calle de las Maldonadas, y él podría quedarse con aquel tráfico sin más que aprontar cuatro mil reales que pedían por el traspaso. Cierto que ni él tenía tal suma ni su hija tampoco; pero bien podían pedirla prestada, y no había de faltar quien abriera la mano, por la seguridad de un buen interés o la participación en el negocio. Aunque su padre no lo dijo claramente, Lucila le caló la intención, la cual no era otra que tratar del préstamo con Antolín de Pablo. Resueltamente se desentendió la moza de semejante embajada, y por aquel día no se habló más del asunto. Conviene advertir que Lucila había cuidado de no poner en autos a su padre de las intenciones y fines del rico D. Vicente Halconero: temía que el celtíbero, de la fuerza del alegrón, se lanzase a explotar tempranamente la generosidad del opulento villano.

Continuaba Cigüela parroquiana de San Justo, prefiriendo a las demás esta iglesia por la singular atracción del clérigo, a quien suponía viviente archivo de aquella historia lamentable. «Aquí está quien sabe la verdad -se decía-. Me agrada el sentirme cerca de esta verdad, aun sabiendo que no ha de querer descubrirse. Siempre que me mira este maldito cura, feo y antipático, creo que le gustaría quitarse el velo. Es ilusión, locura mía». Una (p.6519) mañana la saludó al paso D. Martín: «Yo bien, gracias.. Mucho calor.. ¿Qué se sabe de Doña Domiciana? ¡Cuánto tiempo que no parece por aquí!.. ¿Qué dice usted.. que ya no son amigas? ¡Vaya por Dios! Las mujeres por cosa grande riñen, y por cualquier nadería hacen las paces.. Hoy furiosas enemigas, mañana comiendo en un mismo plato.. Ea, conservarse».

Otro día que se encontraba en San Justo, allí fue Ansúrez en su persecución, y viéndola saludada por D. Martín, le dijo: «Hija del alma, lo que menos sospechas tú es que estamos tan cerca de nuestro remedio. ¿Ves ese sacerdote tan áspero, y de tan mal cariz que a mí se me parece al verdugo que había en Zaragoza el año 43? ¿Lo ves? Pues es hombre de posibles, y coloca su dinero a interés, que no digo sea mismamente módico. Lo sé por quien le debe y no puede pagarle, de lo que resulta que está el buen cura furioso, y por eso tendrá esa cara de vinagre.. Pues óyeme: Al ver que te saludaba con aire de estimación, pensé y dije que si vas y le pides para tu señor padre, que quiere poner un comercio, cuatro, o aunque sean seis mil reales, con la formalidad de pagaré en regla, y réditos consecuentes y puntuales, cierto es que veo el dinero en tus manos, que es como decir en las mías.. Con que atrévete, y verás a tu padre en su tienda de las Maldonadas.. ¿Qué? ¿Sientes cortedad?.. Entendí que te confiesas con él.»

-No me confieso porque me da miedo.. No es de los que la llaman a una por ese aquél de la bondad cristiana.. Vamos, que no me gusta para confesor.. Sabe historias que me tocan muy de cerca; las sabe por confesión de otras personas; me parece que si con él me confesara, se me trastornaría el sentido y le diría: 'no vengo a entregar mis pecados, sino a que usted me entregue los de otros..'. Esto es un disparate. Pero yo me conozco.. y por eso no me acerco a su confesonario.

-Hija de mis entrañas, no seas simple. Arrímate a la reja, y haz una confesión neta y clara, que a él le maraville por tu tribulación, por tus ansias de enmienda y de no volver a pecar. Entre col y col, le dices que tienes un padre (p.6520) amantísimo que se ve en grandes aflicciones, sin explicar porque sí ni porque no.. Te absuelve.. Quedáis amigos; eres su hija de confesión.. te considera, te tiene lástima por lo que le dijiste de lo atropellado que anda tu buen padre. Dejas pasar dos días, y luego le pedimos una entrevista en su casa, que es ahí en el pasadizo de la Plaza Mayor; nos vamos los dos allá, y verás como no salimos con las manos vacías».

Protestando de que es gran sacrilegio confesar con la idea de pedir dinero al confesor, Lucila opuso resistencia a los planes de su padre. Después dijo que se tomaría tiempo para pensarlo, y que, si se determinaba, había de ser sin previa confesión.. Por nada del mundo mezclaría las cosas sagradas con las mundanas, ni la conciencia con los intereses.

-Bueno, hija muy adorada, perla de mi familia: te dije lo del confesonario, porque en todas las cosas nunca está de más abrir cualesquiera caminos para los fines que buscamos, y eso al alma no daña; ni el confesar que te propuse era con el fin único de los intereses, sino para que con la limpieza de tu conciencia prepararas al sacerdote a estimarte más. Total, que de un tiro matabas dos pájaros; con una sola acción sacabas dos provechos: tu alma purificada y mi bolsillo guarnecido. Ya ves..».

Parte de aquella noche pasó Lucila en cavilaciones sobre lo propuesto por su padre, y de cuanto pensó resultaba el propósito de avistarse con Merino. ¿Qué perdía en ello? Podría suceder que hablando los dos se espontaneara el hombre, en una distracción de la conciencia, o que aun callando, con pausa brusca o con instintivo gesto diese a conocer la verdad. Quería, pues, aproximarse a la esfinge, y contemplar sus labios de bronce, por si de ellos alguna revelación al descuido caía.. Hablaría con el clérigo, pero sola: la presencia de su padre la estorbaba. Ante todo, érale preciso prevenir a D. Martín, pidiéndole hora para la audiencia, y este trámite quedó cumplido a los tres días de la expresada conversación con Ansúrez. Tal era la impasibilidad del viejo cura, que no manifestó sorpresa ni disgusto de la visita (p.6521) que se le anunciaba: sin duda penetró el objeto aparente de ella, que era solicitud de préstamo. Contestó a Lucila que fuese cualquier mañana, o cualquier tarde antes de las siete, hora en que infaliblemente cenaba y se recogía.

Llegaron día y hora: una tarde, cuando se aproximaba el ocaso, fue Lucila a la Plaza Mayor con su padre; este se quedó dando vueltas alrededor del caballote de Felipe III, y la moza penetró en el siniestro pasadizo, que oficialmente se llamaba Arco de Triunfo, y por mote popular Callejón del Infierno. Entrando por la única puerta numerada que allí se veía, subió hasta el segundo piso poco menos que a tientas, pues ni había luz en la escalera, ni a esta llegaba la claridad del día declinante. Tiró de un cordón mugriento.. abrió la puerta una doméstica joven, fea y sucia.. y apenas nombró la visitante al Sr. D. Martín, vio que este surgía de las sombras de la casa, y le oyó decir: «Pase, joven, pase. Dominga, traerás luz».

Tras D. Martín entró Lucila en una estancia chica, con ventana que daba al callejón. Había en ella un derrengado sofá de paja, una mesa camilla con cubierta de hule negro y raído, y faldón de bayeta verde; en el rincón próximo una papelera con libros apilados en la parte superior; entre la mesa y la pared una silla, enfrente otra. El esterado era de empleita con rozaduras; en las paredes no había ninguna estampa ni cuadro; sobre la mesa, al lado izquierdo de D. Martín, papeles manuscritos sujetos con un pedazo de mármol que debió de ser peana de una figura, tintero de loza con dos plumas clavadas en los agujeros laterales, polvorera de cobre y un pedazo de paño negro; el breviario, arrimado al lado derecho, encima de otro libro de cubierta roja; un almanaque con las hojas muy sobadas, un bote de hojalata con tabaco, librillo de papel de fumar. Todo allí revelaba pobreza y avaricia.

A una indicación de Merino se sentó Lucila en la silla del lado exterior de la mesa, y sentado él entre la mesa y la pared, quedaron frente a frente. La sotana verdinegra que el clérigo usaba dentro de casa era prenda antediluviana que le (p.6522) envejecía más. Lucila le vio más feo que en la iglesia, más sucio, abandonado y desapacible. Abrió el cura la conversación con estas palabras: «Hoy me ha dicho el chico de la cerería que su hermana está para llegar». Lucila no dijo nada: se alegraba de que D. Martín relacionara siempre la persona de la criminal con la de la víctima, pues ni una sola vez, al hablar a esta dejaba de nombrar a la cerera maldita. ¿No podría esperarse que de la tangencia de personas en el cerebro del cura resultara un abandono del secreto?.. «Y a propósito de Doña Domiciana -prosiguió Merino-, voy a enseñarle a usted los tres regalitos que me hizo antes de irse a La Granja». De un cajón de la papelera próxima fue sacando y mencionando los objetos que mostró a Lucila. «Vea usted: una caja con bolitas de jabón, alumbre y trementina, para quitar manchas de la ropa negra, y remediar el lustre que llamamos de ala de mosca.. Vea usted: un rollo de cerillo fino para alumbrarse en la escalera cuando uno entra de noche.. Y por último, este cuchillo..». Lo desenvainó para mostrarlo a Lucila, que en todo su cuerpo sintió repentina frialdad al reconocerlo. «Es precioso -dijo D. Martín, satisfecho de poseer aquella joya-. Vea usted qué punta más afilada.. Es fino de Albacete, con grabados árabes en las costeras; el mango muy bonito.. Era una lástima que esta magnífica hoja no tuviese su vaina correspondiente. En busca de ella me fui al Rastro algunas tardes, y al fin, mirando en este puesto y en el otro, me encontré esta que le viene tan bien como si con ella hubiera nacido.. Y no me costó más que dos reales.. Vea usted.. Lo he limpiado.. Siempre es bueno tener uno alguna defensa, por lo que pudiera ocurrir».

La idea que a Lucila embargaba le sugirió con celeridad eléctrica esta pregunta: «D. Martín, ¿no le dijo Domiciana de dónde sacó este puñal, o cómo fue a sus manos?»

-Es un arma muy buena, la hoja de temple fino, el mango muy bien labrado -dijo el clérigo guardando el cuchillo y sin parar mientes en la pregunta de la joven. Esta la repitió con (p.6523) más énfasis.

-Si me dijo algo, ya no me acuerdo -contestó Merino con indiferencia real o fingida-. Se lo encontró probablemente..

-Pero usted sabe que Domiciana es muy mala.. Ese cuchillo, lo mismo pudo ser suyo para matar, que de alguien que quiso matarla».

En aquel momento entró la doméstica con un candil que apestaba. Iluminando de frente el rostro amarillo y huesudo del presbítero, sus ojuelos brillaron, fijos en la moza, y con su más bronco acento le dijo: «Señora, ¿en qué puedo servirla?». Desconcertada por esta invitación a seguir la derecha vía, el pensamiento y la palabra de la guapa moza se lanzaron por un despeñadero. «Pues verá usted, D. Martín: como Domiciana es tan mala, yo.. digo, mi padre.. Es que quiere establecerse, tomar una tienda de granos y huevos.. y.. el cuento es que no tiene posibles.. Si no fuera Domiciana lo que es, una mujer infame y traidora, yo estaría en buenas relaciones con ella.. y siendo amigas ella y yo, no había por qué molestarle a usted..»

-Acaba, hija, acaba -dijo Merino impaciente, tuteándola, con lo cual expresaba lo que la linda joven había desmerecido a sus ojos en el momento de declararse necesitada de dinero-. ¿Y cómo se te ha ocurrido venir a mí para esa necesidad? ¡Anda! creen que tengo yo el oro y el moro.. No, hija: si en algún día dispuse de fondos, entre tramposos y estafadores me han limpiado, cree que me han dejado como una patena. ¿Qué dinero ha de tener nadie en un país donde no hay justicia, donde no se castiga a los bribones, donde los más altos dan el ejemplo de la inmoralidad y el ladronicio?

-¡Oh! sí, D. Martín, los más altos son los peores -dijo Lucila con arranque-. ¡Quién había de creer que Domiciana.. que todavía no ha dejado de ser esposa de Cristo.. porque esos votos no los rompe nadie, ¿verdad?.. quién había de creerla capaz de una tan villana acción!.. No se queje usted de que le hayan robado algún dinero, porque eso, el vil metal, ¿qué supone?..

-¡Que no supone! -exclamó el clérigo con extraordinario brillo en su mirada-. Los ahorros de toda (p.6524) mi vida, los cinco mil duros que a la Lotería gané, lo que me daba la Capellanía de San Sebastián, todo me lo han ido quitando con engaños y malos procederes.

-Quiero decir que esas pérdidas, aunque sean muy grandes, no se pueden comparar con otras.. con que le quiten a una el corazón.. el corazón y el alma, Sr. D. Martín.. Por eso dije que el dinero no supone nada.. El dinero no es más que una basura. Todo el que hay en el mundo, si fuera mío, lo daría yo por que me devolvieran lo que me ha quitado Domiciana.. ¿Y a quién reclamo yo? ¿Quién me hará justicia?

-La justicia está en manos de los fuertes, y los fuertes no la usan más que en provecho propio, y en vituperio y perjuicio del humilde, del pobre, del limpio de corazón. Pero los fuertes caerán algún día.. vaya si caerán.. No hay ídolo de barro que resista a un buen empujón.. Muchos que nos espantan por poderosos, nos harían reír si de un golpe los tiráramos al suelo y viéramos que son armadura de caña forrada de papeles; y más nos reiríamos si al hacerlos rodar de una patada, viéramos que ya por dentro, por dentro.. se los van comiendo los ratones.. ¿Usted me entiende?».

Decía esto el maldito viejo iluminando con la luz siniestra de sus ojos el rostro impasible, amarillo, de una rigidez estatuaria de talla vieja despintada y cuarteada. Lucila le miró, observando el marcado resalte de los pómulos que a la luz brillaban, redondos, con un deslucido barniz de santo viejo; observó también las dos grandes arrugas que descendían de la nariz chata hasta unirse con las comisuras de los delgados labios, y la extensa curva que estos formaban cayendo por sus extremidades.. No entendía bien Lucila el lenguaje gráfico de aquel rostro, en el cual algo había de momia con vida, y lo que más claramente pudo descifrar en él, a fuerza de deletrearlo, era un inmenso desdén de todo el Universo.

 

Ep-33-XXVI -

Y no fue poca sorpresa de Lucila el oírle pasar, casi sin transición, de las lúgubres consideraciones antedichas a esta vulgar pregunta: «¿Y ese hombre, ese padre (p.6525) de usted, qué cantidad necesita?». Respondió la moza que de cuatro a seis mil reales.. y añadió que el negocio de la tienda de huevos y semillas era de seguro rendimiento.. «Es mucho, mucho dinero -murmuró Merino sacando el labio inferior y arqueando más la boca-. ¡Seis mil realazos!.. digo, digo.. eche usted reales.. y en estos tiempos en que el dinero anda escondido para que no lo cojan las uñas moderadas.. El poquito que ha escapado de esas uñas, tiénelo la soldadesca. Entre abogados y militronches, están dejando en los huesos a esta Nación.. Pues no puedo, no puedo servirles..»

-Mi padre cumplirá bien; por eso no lo haga -dijo Lucila creyendo que no aflojaba la mosca sin hacerse de rogar-. Y dispénseme que no empezara por hablarle de mi padre; pero desde que Domiciana me hizo aquella trastada, he perdido el tino, y hablo todo al revés. A usted le consta lo mala que es la cerera, ¿verdad, D. Martín? ¿Quién lo sabe como usted?

-Me hablabas de tu padre..

-Decía que mi padre es hombre formal. Mi padre cumple.

-¿Y por qué no ha venido contigo, o no viene él solo? Si yo le hago el préstamo, él será quien me garantice, no tú; a él podré confiarle mi dinero, no a ti, que lo gastarás alegremente con tenientes o capitanes.. ¡Ah! vosotras las enamoradas trastornáis a los hombres y les apartáis de su obligación; por vosotras, por vuestros perifollos, y el lujo.. asiático que gastáis, están ahora los hombres públicos tan corrompidos; vosotras tenéis la culpa de todo este ladronicio.. y luego os quejáis cuando os quitan algo.

-Yo no he trastornado a nadie; yo no he gastado lujo; yo no quiero más que paz, y el amor de un hombre..

-No sueñes con amor de hombre, ni con paz, ni con ningún bien, mientras no haya justicia y se dé a cada cual lo suyo.. Espérate a que el mundo se arregle como es debido, y a que caigan todas las farsas y rueden los ídolos.. Mientras eso no llegue, ¿qué hablas ahí de amor de hombre, si ahora, según estamos, nada es de nadie, y no se sabe a quién pertenece el hombre, ni la mujer tampoco? Donde (p.6526) no hay justicia, donde todo es iniquidad, ¿qué sacas de lamentarte? Escribes tus chillidos en el viento para que jueguen con ellos los pájaros.. Todo es aquí tiranía, todo es dominio de los malos sobre los buenos, opresión del pobre por el rico, y del débil por el fuerte.. ¿Dónde está el tuyo y el mío y el de cada cual? Los mandones le quitan a uno la camisa, y encima hay que darles las gracias porque no nos han quitado los calzones. Deja tú que todo se estremezca, y el día del derrumbamiento recobrarás lo tuyo, yo lo que me pertenece.. eso es». Sin transición, saltó con esto: «Vaya, joven, ¿no te parece que hemos hablado bastante? Dile a tu padre que venga cualquier día.. esta es buena hora: hablaremos, y.. ya se verá..».

Lucila, que ya sentía un si es no es de temor, viendo el acento rencoroso que ponía en sus divagaciones, se despidió con las fórmulas corrientes, sin meterse en más dimes y diretes con la esfinge. Salió Dominga con el candilón, pues la escalera era como boca de lobo, y al llegar al pasadizo del Infierno, Cigüela se dijo, resumiendo la visita: «Bien se ve que conoce toda la historia y los enredos de Domiciana.. Puede que también sepa dónde y cómo le tienen escondido.. Pero no lo dirá.. Estas cosas de amores y de hombres robados le interesan poco, nada.. y las mira como cosa de juego.. No piensa más que en el aquel de lo malo que está todo, y en el latrocinio del Gobierno, y en que moderados y militares no son más que sanguijuelas que le chupan a España toda la sangre..».

Reunida con Ansúrez en la Plaza, le refirió la visita y las impresiones que en ella recibiera, que no eran malas en lo tocante al préstamo. Pensaba Cigüela que el clerizonte soltaría los cuartos; mas era preciso regatearle, que el hombre, en su tacañería y desconfianza, se fingía escaso de recursos para obtener mayor ventaja en el negocio. El viejo celtíbero acompañó a Lucila hasta su casa, y al retirarse se las prometía muy felices. Pero en los días siguientes, resultó que de tan buenas esperanzas había que quitar la mitad de la mitad. Para efectuar (p.6527) el préstamo había que esperar a que pagara un cliente moroso, que ya tenía fuera de tino al Sr. D. Martín, pues ni devolvía el principal, ni aflojaba los réditos de un año vencido. Todo se volvía prometer y dar largas, sin que le valieran al clérigo amenazas de demanda judicial. El deudor se reía. Por fin, hubo esperanzas fundadas de arreglo, pagando por el tal una señora, tía suya, y rebajando intereses. Si en efecto se cobraba, se realizaría el nuevo préstamo, obligándose Ansúrez a responder con todos sus bienes, y a más con la tienda que habían de traspasarle.

Entretanto que estas cosas del orden económico iban pasando, observaba Lucila que el grande afán suyo inextinguible por la pérdida de Tomín, ocupaba y desocupaba las regiones más grandes de su alma con cierto flujo y reflujo, como el del Océano que llena y vacía con el lento ritmo de las mareas. Tan pronto la pena honda se aliviaba, y la dolorida mujer entreveía reparación probable; tan pronto la pena tomaba mayor fuerza, colmando el alma hasta rebosar; y cuando subía de este modo la hinchada marea de su aflicción, Lucila deseaba la muerte, y aun acariciaba la idea de procurársela por su propia mano. Sólo la muerte era verdadero y eficaz descanso. Sólo el sueño eterno le daría paz, ya que no le diera el ver a Tomín en la región de allá, donde dormidos vivimos de nuevo.. Lo más extraño era que este recrudecimiento del dolor recaía sobre la hija de Ansúrez cuando la Providencia enviaba sobre ella sus bendiciones.

Los obsequios cada día más valiosos de D. Vicente Halconero no llevaban ciertamente a Lucila por el camino del alivio. Eulogia no se cansaba de amonestarla con severidad o con burlas. «No sé qué más podrías desear. Viene Dios a verte y le pones cara de alcuza. ¡Vaya un orgullo! Te llueven tortas y torreznos, y en vez de ponerte a bailar, lloriqueas.. Yo pienso en la vida que te esperaba con ese maldito Capitán si no te lo quitan de en medio.. Y aun con indulto y todo, valiente pelo habrías echado de militara..». Sin negar que Eulogia tuviera (p.6528) razón, Cigüela también la tenía, que razones hay siempre para todo.. Claro que no desconocía la inmensa gratitud que al Sr. Halconero debía, y se declaraba indigna de tanta bondad. ¡Vaya con el rico albillo que mandó D. Vicente en aquel Agosto y en aquel Septiembre, escogidos por él los racimos más hermosos, los más dorados, de uvas transparentes, finas, dulces! Al albillo acompañaba el arrope superior, hecho en casa del rico hacendado con todo esmero, y pollos y capones que en aquellos amplios corrales se criaban. Para el próximo Noviembre anunciábase ya el esquilmo suculento de la matanza, y para Diciembre irían los corderos lechales, amén de la muchedumbre de caza, y castañas y nueces.

Pero estas ricas ofrendas valían menos que otras del magnánimo señor. Había ordenado a Eulogia y Antolín que por cuenta de él fuera provista la guapa moza de todo lo correspondiente a una señorita de clase acomodada; que se encargasen a una buena costurera vestidos honestos y al gusto de Lucila, agregando cuanto de ropa interior decente necesitase para completar su atavío, todo esto sin lujo, mirando sólo a la buena calidad y finura de las telas, y al esmero de las hechuras. Un día se encontró la joven en su cuarto un tocador de caoba modestito y elegante, con todos los accesorios de porcelana y adminículos para su arreglo y limpieza, y a la semana siguiente apareció como por magia un corpulento armario para ropa con un gran espejo en la puerta, mueble precioso que fue el pasmo de toda la vecindad. Dígase que todo esto agradó mucho a Lucila, y elevó hasta lo increíble su gratitud.

Pero aún faltaba lo más hermoso de la generosidad del D. Vicente, la cual ya tocaba en los linderos de lo sublime, y fue que dispuso en carta muy extensa lo que se copia para mejor conocimiento: «Quiero que sin dilación se le ponga un maestro pendolista, que le enseñe el trazo de buena letra, y todo lo tocante a la ortografía y al uso de puntos y comas como es debido. No sea ese maestro un mequetrefe, sino hombre que sepa el (p.6529) oficio, maduro, y de bien probada honestidad, y la letra que le enseñe sea por Torío, no por Iturzaeta, y nada de esto que llaman bastardilla y rasgos a la inglesa. Póngasele también preceptor que le enseñe la Geografía, y la Aritmética hasta la regla de tres no más; y de Gramática nada, que eso es estudio baldío. Désele de añadidura algún conocimiento de Historia Sagrada y profana, pero no mucho, nada más lo preciso; y el Catecismo, por de contado, con las obligaciones del buen cristiano. Escójanse pasantes graves y circunspectos, sin reparar el coste.. y que no sean del estado eclesiástico. De otra clase de enseñanza, tal como baile y música, nada; que todo este recreo de mozuelas se deja fuera de la puerta del santo matrimonio».

De cuanto regalaba y disponía el buen Halconero, estas órdenes, reveladoras de un interés profundo y de un cariño intenso, fueron las que más hondamente penetraron en el alma de Lucila. Eulogia le dijo: «Dios viene a ti; Dios ha hecho de la más desamparada la más amparada; y a la más pobre la rodea de bienes, y a la más triste le pone corona de felicidades. Dale las gracias, y dile: 'Señor, hágase tu voluntad..'».

Voluntad de Dios era sin duda, y manifiesta con tales signos, no había medio de rebelarse contra ella. En la red de estos beneficios tan hermosos como delicados, se veía cogida, sin evasión posible. Ya su compromiso no podía ser condicional, ni estar sujeto a definitiva resolución en un marcado plazo, ya debía darse por prometida y aún más por otorgada.. En todo Enero del año siguiente, según se decretó en la Villa del Prado, sería Lucila la señora de Halconero.

El cual anunció su viaje a Madrid para Noviembre. Dos veces había estado en Madrid durante el verano, y Lucila le miraba como uno de tantos pretendientes, del cual más distante estaba cuando más cerca le tenía. Pero cuando vino Halconero en Noviembre, ya era otra cosa. Aplicando al caso toda su buena voluntad, vio en el que ya era su presunto marido menos fealdad y desagrado que en otras ocasiones viera; vio en (p.6530) extraordinaria magnitud su bondad, reflejada no sólo en sus nobles actos y dichos oportunos, sino hasta en su figura.. Esta no le pareció a Lucila tan rechoncha y maciza como cuando en el pueblo se ofreció por primera vez a su atención, y los cuajados ojos de D. Vicente, redondos, claros y casi siempre húmedos, revelando parentesco con ojos de peces sacados de las aguas, ya tenían cierto brillo y aun vislumbres de gracia, efecto sin duda del amor, que en el alma escondida tras ellos había hecho su nido. En suma, que aunque el noble espíritu de D. Vicente se hallaba prisionero dentro de una gordura que iba en camino de la obesidad, Lucila no le encontraba absolutamente despojado de gallardía. Cierto que era una gallardía muy relativa, y casi casi puramente convencional. Halconero tenía la cabeza blanca, el rostro encendido, redondo, afeitado, la dentadura sana, los labios sensuales, la nariz aguileña, la frente despejada, y el ánimo, en fin, pacífico, amoroso, propenso a los arrebatos de ternura, así como el entendimiento claro, aunque tirando a lo imaginativo. Lucila vio en él un marido del tipo paternal, y creyó firmemente que reinaría en su corazón por la bondad y el tutelar cariño.

 

Ep-33-XXVII -

Halconero había venido a la Corte de paso para tierras de Guadalajara, en donde pensaba arrendar pastos para la trashumación de sus merinas. Detúvose en Madrid sólo cuatro días, con ánimo de permanecer más tiempo a la vuelta, y por estar más cerca de su presunta felicidad se aposentó en la posada de San Pedro, en la Cava Baja. Bien aprovechadas fueron las cuatro noches: en ninguna de ellas dejó de llevar al teatro a Eulogia y Lucila, armonizando el gusto de ellas con el suyo, pues los lances de la escena le divertían e impresionaban grandemente. Vieron y gozaron en El Drama (Basilios) La Escuela de los maridos; en Variedades, García del Castañar, y en El Circo, la preciosísima zarzuela Jugar con fuego. Aunque por no contrariarle, Cigüela no decía nada, le causaba cierta inquietud el frecuentar sitios públicos, temerosa de encontrar en (p.6531) ellos personas que con sus dichos o sólo con su presencia la trastornasen. Ya por aquellos días estaba la joven muy metida en el tráfago de sus estudios, los cuales, por el múltiple beneficio que le causaban, eran entretenimiento saludable y bálsamo instructivo.

Partió D. Vicente para sus diligencias de ganadero y labrador, y quedó Lucila compartiendo su tiempo entre las lecciones y el corte y hechuras de su nueva provisión de ropa. Con Eulogia iba alguna vez de tiendas; acompañábala también Ansúrez, que, harto ya de verse mal señalado por servir al impopular Chico, se había despedido, y no tenía más ocupación que vagar por calles, visitando amigos, o arrimándose a los corrillos de este y el otro mentidero. Atendido por Lucila en su primera necesidad, que era el comer, no se apuraba gran cosa por la cesantía. Sabedor ya de que le tendría por suegro el rico labrador de la Villa del Prado, casi bailaba de contento por la feliz y casi milagrosa colocación de su querida hija; pero a él no le petaba el vivir a lo parásito, yedra pegada al tronco de un yerno; gustaba de la independencia, y no había de parar hasta establecerse. A ello le animaba el buen cariz de sus negociaciones con Merino, para el consabido préstamo. Si en la quincena que siguió a la visita de Cigüela, el adusto clérigo le había mareado y aburrido con largas y promesas, que hoy, que mañana, ya parecía que iban las cosas por mejor camino. No se descuidaba el buen celtíbero en tener siempre bajo la mano al sacerdote prestamista; y si no le divertía visitarle en su triste y lóbrega casa, gustaba de acompañarle algunas tardes en su paseo, que era infaliblemente por la Cuesta de la Vega, saliendo alguna vez por el Portillo, y metiéndose en el polvoroso plantío que llaman La Tela. Hablaban del mal Gobierno y de lo perdido que está el país. «Es Don Martín tan filosófico -decía Jerónimo-, que se queda uno con la boca abierta oyéndole. Gran meollo tiene todo lo que dice.. sólo que cuando uno está en el punto de cogerle la idea, el hombre se arranca (p.6532) por latines, y.. a obscuras me quedo».

En un comercio de telas de la Concepción Jerónima se encontraron una mañana Lucila y Rosenda, esta trajeada tan a la moda, que sólo con ello declaraba el reciente hallazgo de su remedio. A las preguntas de Lucila contestó que en efecto tenía el mejor arrimo que ambicionar pudiera, en circunstancias y condiciones inmejorables. «¿Quién..?» -preguntó Lucila. «No puedo decirlo -replicó la Capitana-. Hice juramento de no revelarlo a nadie, ni a las personas más íntimas. Y antes reventará que faltar a lo jurado, porque en ello me va el ajuste, que es superior. Valiente necia sería yo, si por boquear más de la cuenta perdiera esta ganga». Celebrando Lucila lo que su amiga le contaba, limitó su indiscreción a preguntar si la pesquería había sido en la iglesia, conforme a los planes de marras.. «En la novena del Rosario -contestó Rosenda-, eché mis primeros anzuelos.. Picó en la novena de Santa Teresa, y saqué el pez en las mismísimas Ánimas.. y no me pregunte usted más». Hablaron inmediatamente de trapos para la estación, y de las nuevas evoluciones de la moda. «Esa tela marrón con rayas le irá muy bien para traje de señora rica de pueblo. Hágaselo usted con faldetas, el cuerpo muy abierto por delante, con camisolín bordado, alto, honestito. Aquí encontrará usted un organdí precioso, o si no, barege. La manteleta es de rigor». Enterada ya Rosenda del proyectado casamiento de su amiga con un ricacho viejo, siempre que la veía se extremaba en felicitarla. Dios había trocado todas sus desgracias en beneficios, su pobreza en abundancia, y su esclavitud en la más preciosa de las libertades.»

Dos días después de esta entrevista, volvieron a verse en el mismo comercio, no ciertamente de un modo casual, sino porque Rosenda, advertida de los tenderos que esperaban a Lucila para cambiar un retal por otro, allí la cogió descuidada, sorprendiéndola con este jicarazo: «Despache usted a su padre con cualquier pretexto, para que podamos irnos solitas a dar una vuelta por la calle. Tengo (p.6533) que decirle cosas de remuchísima enjundia». Tembló Cigüela como el pájaro herido; y atontada despidió al viejo y aceleró sus quehaceres en la tienda. En la calle las dos, Rosenda le dijo: «No se encampane usted con lo que voy a notificarle, ni pierda su serenidad. Prométame por cien mil coros de serafines que ha de ser juiciosa. ¿Lo promete?.. Pues allá va. Una persona, que no necesito nombrar, ha visto a Bartolomé Gracián».

La impresión de Lucila fue de intenso frío. Dando diente con diente, pudo balbucir estas cortadas expresiones: «No me engañe.. ¿Está segura? ¿Y esa persona le conoce bien?.. ¿Sería él de verdad?.. ¡Oh! siento una pena horrible.. una alegría loca.. ¿Con que vive? ¿No le han matado?.. Pero no es alegría lo que siento; es pena, y pienso que ha de matarme.»

-No dudes que es él.. La persona que le ha visto le conoce como nos conocemos tú y yo -dijo la Capitana, que, para inspirar mayor confianza y explicarse con desahogo, inició el tratamiento de tú, necesario ya entre dos amigas-. ¿Pero qué.. te pones mala? No, borrica: tómalo con calma, y que este notición no te saque de tus casillas..

-Rosenda, no me mandes que tenga calma -dijo Lucila aceptando el tratamiento familiar sin darse cuenta de ello-. Me has removido toda el alma, sacando arriba lo que ya estaba debajo de todo, y parecía que se iba ahogando.. ¿Le ha visto ese señor?.. ¿dónde.. dónde?

-Serénate. Si te pones muy nerviosa y empiezas a soltar chispas, me callo.

-No, no: háblame.. di.. Ya me veo corriendo por un precipicio, y aunque quiera volver atrás no puedo. Puede más la pendiente que yo. ¿Dónde?..

-Por hoy punto en boca.. Tu padre no puede tardar con los paquetes de horquillas y el tarro de pomada. Además, como te excitas tanto, estamos llamando la atención en medio de la calle. Arrimémonos a esta rinconada.. Sólo puedo decirte hoy que el pobre Gracián no debe de andar bien de salud. Parece que está enfermo, aburrido..

-¡Ay, qué dolor! ¿Y se sabe.. esto sí podrás decírmelo.. se sabe si sigue debajo del poder de la boticaria?

- (p.6534) Eso no lo sé hoy, pero es seguro que lo sabré esta noche. Oye lo que te digo. Vete mañana a mi casa. Vivo calle del Factor, número 6, piso segundo. Apúntalo bien en tu memoria. Toda la mañana estoy solita.. ¿No sabes dónde está mi calle? ¿Sabes la parroquia de San Nicolás?.. Pues por allí. No tiene pérdida. Vas mañana.. me encuentras sola, y hablamos.. Verás qué casa tan linda tengo, y qué mueblaje.. todo nuevecito, acabado de comprar.. Y ahora, chitón, que aquí viene ya papá Jerónimo. Te espero. Con él irás, y allí nos le sacudiremos mandándole a casa de mi modista, que vive donde Cristo dio las tres voces..».

Nada más hablaron. Lucila volvió a su casa sin saber por dónde iba, ni enterarse de lo que por el camino le contaba el buen Ansúrez, cosas políticas de interés, que la inatención de la guapa moza convirtió en insignificantes. Todo el alivio ganado perdíase súbitamente, y la honda enfermedad del ánimo, sentimientos despedazados, dignidad ofendida, ideas fuera de quicio, razón deshecha en locura, recobraba de golpe su aterrador imperio. Por la noche, el insomnio renovó en ella los suplicios de los días más tristes de su existencia, y el sueño la sumió en las tenebrosas cavidades de la idea trágica. Cuchillo en mano, daba muerte a la boticaria una y cien veces, sin acabar nunca de matarla.. Por la mañana, fatigada del insomnio y del sueño, que tan vivamente reproducían su amor como sus odios, trató Lucila de confortar su alma ideando alguna contingencia placentera, que bien podía resurgir en los acontecimientos que se avecinaban. «Si encuentro a Tomín -se dijo-, y me propone que huyamos sin pérdida de un instante, me iré con lo puesto.. a donde él quiera. Si fuese menester que volviéramos al mechinal indecente de la calle de Rodas, iría sin vacilar, apechugando con toda la miseria que Dios quisiera mandarnos.. y si hubiéramos de ir lejos, a un monte cerrado, a una cueva separada de todo el mundo, también iría con él.. como si me llevara a un desierto, de esos en que hay tigres y leones.. No me importa (p.6535) que haya leones y panteras, con tal que no haya Domicianas».

Arregló las cosas y dispuso sus diligencias de aquel día en forma que su salida y tardanza no inquietaran a Eulogia, y a hora conveniente, salió con su padre en dirección de la parroquia de San Nicolás, en cuyas cercanías vivía la endiablada Rosenda. Ávida de llegar pronto, aceleró su marcha, y como Ansúrez, sofocado, la incitase a moderar la andadura, díjole que urgía el arreglo de cierto vestido en el término de la mañana, y que se preparara a llevar recados a puntos distantes.. Entre los innúmeros desatinos, engendro de su loca pasión, que pasaban vertiginosos por la mente de Lucila, prevalecía el que formuló de este modo: «¡Estaría bueno que ahora se me presentara Tomín en casa de Rosenda; que Rosenda le hubiera encontrado y allí le tuviera escondidito para darme la gran sorpresa! Ello no será; pero bien podría ser.. cosas más raras se han visto».

Entró en la casa con sobresalto semejante al de las personas muy nerviosas cuando saben que sonarán tiros, y por segundos esperan la detonación y fogonazo. Apenas se fijó en la limpia vivienda de su amiga, mujer arreglada y de gusto, que había tenido el arte de dar aspecto risueño a una casa viejísima. Los muebles eran flamantes, de clase barata con apariencia; las esteras de lo más fino, y la alfombra de la sala y gabinete, del tipo industrial, a la moda, colores vivos que durarían muy poco. Preparado había Rosenda la copa de aljófar con cisco bien pasado, y a ella se arrimó Lucila para calentar sus manos ateridas, con mitones. Aunque ya usaba manguito, no podía acostumbrarse a llevar las manos metidas siempre en él.. Le costaba entrar por los hábitos del señorío. Despachado Ansúrez a los recados distantes, quedaron solas. Ponderaba Rosenda su casa y sus muebles, y aun quiso llevar a su amiga a que viera la cocina, despensa y otras piezas. Pero la guapa moza, impaciente y con su imaginación en esferas muy distantes, lo dio todo por visto y admirado, diciéndole: «Luego lo veré. Ya supondrás que vengo muerta de curiosidad, (p.6536) que he pasado una noche terrible, que no viviré hasta saber..»

-Pues aquí tienes a tu amiga -dijo Rosenda sentándose a su lado-, con ganas de traerte al buen entender, y de apartarte de los malos caminos. ¡Ay, hija! ayer tarde, cuando vine a casa, me pesaba, créelo, haberte dicho lo que te dije.. Mejor habría sido reservarlo para después, y echar por delante el consejo que ahora te doy tocante al orden de las cosas. Por cien mil coros de arcángeles te pido que te fijes, que me hagas caso, y te percates bien.. Allá voy.. Lo primero que tienes que hacer es acelerar tu casamiento por los medios que puedas.. Todo el tiempo que ganes en rematar la suerte con Halconero, es tiempo ganado en tu bienestar y en tu independencia.. Y ahora viene la segunda parte: en cuanto te cases, y tengas a ese magnífico buey bien cuadrado, empiezas con él una brega superior, muleta por aquí, muleta por allá, para que el hombre abandone la vida del campo y venga a establecerse contigo en Madrid.. Bien sé que por de pronto ha de cerdear. Es un viejo gañán, que no podrá vivir lejos de los montones de estiércol.. pero una mujer.. es una mujer.. y en luna de miel lo puede todo.. Te aburre el campo, te entristece; las aguas gordas de aquella tierra te revuelven los humores.. te pones malísima, pierdes la salud, y hasta podría ser que se te malograra el fruto.. Figúrate cuántas razones puedes emplear para convencer a tu marido, cuántos mimos echarle y cuántas banderillas ponerle..».

Absolutamente contrarias a estas ideas eran las de Lucila. Le gustaba el campo, y en su soledad y augusto sosiego, esclavizando la atención con amenos quehaceres, pensaba llevar su alma mansamente a un bienestar tranquilo. Pero como Rosenda no quería satisfacer su curiosidad, si antes no prometía someterse y adaptarse a las sabias reglas de la filosofía del vivir, la guapa moza, como el sediento que entrega toda su voluntad por un vaso de agua, le dijo: «Haré todo lo que me aconsejas, Rosenda.. Y ahora, sepa yo pronto: ¿Han vuelto a verle? ¿Dónde le han visto?.. ¿Qué ha pasado, (p.6537) qué más pasará?»

 

Ep-33-XXVIII -

-Pues empiezo -dijo Rosenda poniéndose todo lo grave que podía-, por darte una noticia que no sé si será buena o mala para ti.. El amigo Bartolomé está en poder de la Socobio. Domiciana, que ha sufrido varias derrotas, saliendo como Doña Victorina con las manos en la cabeza, se ha quedado compuesta y sin novio.. No pudo dar al galán lo prometido, que era el indulto, la rehabilitación y un ascenso, dos con pase a Cuba..

-¿Pero dónde está.. dónde? Quiero verle y que me vea.

-No pienses en eso.. Yo miro por ti más de lo que tú crees. Te contaré una escena, mejor dicho una conversación que ayer hubo en Palacio. La sé como si la hubiera oído yo misma. Eufrasia, que ahora no se separa de la Reina.. ya sabes que Su Majestad ha entrado en meses mayores: se espera su alumbramiento para Navidad.. Eufrasia, digo, en una sala que está junto a la galería, entre el despacho de Su Majestad y la oficina donde trabajan los de Secretaría particular, se enchiqueró con un General joven, muy nombrado, D. Juan Prim. ¿Le conoces? Da que hablar porque es de mucho sentido, y marrajo, de los que dejan el trapo y van al bulto.. Hace días echó en las Cortes un discurso tan fuerte que tembló todo el Ministerio, y a D. Juan Bravo se le indigestaron los chorizos. Pues entre otras cosas, dijo el hombre que hemos vuelto a los tiempos de Carlos II el embrujado, que nos están llenando la nación de frailes y monjas, que no hay libertad, y que este moderantismo es una farsa para que se redondeen cuatro mamalones.. No lo dijo así.. En fin.. pidió mil gollerías, y declaró que él es partidario del naufragio universal, de la libertad disoluta de la imprenta, del ateísmo libre, y del ciudadano libre, o del respeto al individuo suelto del derecho particular.. vamos, que no sé decirlo.. Pues por este discurso y por lo mucho que se merece el señor de Prim, Conde de Reus, se le tiene miedo, y se determinó mandarle a Puerto Rico.. Como te digo, trató de ver a la Reina; no pudo ser, por causa del estado.. Hizo por Eufrasia, que (p.6538) le recibió en aquella salita, y allí le estuvo poniendo varas, y él tomándolas.. que si ella es lista, él se hace el blando para pegar más fuerte. Estas varas de que te hablo no son cosa de amores, no vayas a creer, sino de política. Prim, asegurando que dará la vida por la Reina, amenazaba con tramar una revolución, si no se entra por el camino libre, y no se da carpetazo a ese proyecto.. tú lo sabrás, eso que llaman golpe de Estado.. que es dar un bajonazo a la Constitución, y arrastrarla con las mulillas.. Eufrasia, diciéndole que eso del golpe de Estado no es más que conversación de Puerta de Tierra, trató de traerle al bando Narvaísta.. Prim hacía fu.. decía que esto de mandarle segunda vez a Puerto Rico es una partida serrana; pero que irá para que no se diga. Entonces la Socobio le echó mucho incienso al Conde: le dijo que la Reina estima su valor y su lealtad, y que cuenta con él para una combinación progresista en cuanto tenga tiempo y ocasión de desentenderse del moderantismo, polaquería, o como se llame. Y luego de pasarle todas estas lindezas por los morros, le pidió al General un favor.. y aquí entra lo que a ti te interesa.. el favor consistió en que pidiese al Ministro de la Guerra el pase a Puerto Rico del Capitán Gracián, no sé si como ayudante o como agregado al Cuartel General. Prim dijo que con mil amores lo haría, y despidiéndose, tomó soleta.

-¡A Puerto Rico! -exclamó Lucila levantándose de un brinco, y despidiendo lumbre de sus lindos ojos-. Yo con él.. Me llevará.. Quiero verle, Rosenda, quiero verle.. Haremos las paces.. se olvidará todo; le perdonaré..

-Eh.. ¿qué es eso? Yo no he de permitir que hagas ningún disparate, ni que se te malogre el matrimonio, que ha de hacerte feliz, libre. ¡Cigüela, chiquilla mal criada y sin juicio!, si una amiga pérfida te metió en tantas amarguras, de ellas te sacará otra amiga que no es pérfida, sino leal, y sabe mucho.. Siéntate, y no hables de irte a Puerto Rico, pues para ti no hay más Puerto Rico que la Villa del Prado..

-Déjame que disparate, y que me ciegue y me trastorne. ¿Quién te asegura que (p.6539) la vida feliz viene por el lado juicioso? -dijo Lucila, en pie, desconcertada-. Debemos obedecer al corazón.. que nunca nos engaña.

-¿Y si te dijera yo que nos engaña casi siempre? Toma ejemplo de mí, que he sabido dar de lado a los loquinarios y cabezas de motín, haciendo por los hombres de peso.. ¡Y tú que vas a casarte con un viejo rico, tú que te has sacado el premio gordo de la Lotería, hablas ahora de tirarlo por la ventana, porque te lo manda el corazoncito!

-Pues si no me dejas hacer el disparate gordo, déjame que hable con esa señora de Socobio, y le diga..

-¿Qué has de decirle tú, bobalicona?.. No te haría maldito caso.. Para hablar con ella tendrías que ir a Palacio, donde está casi siempre.

-A su casa iría yo.. A Palacio no voy por nada de este mundo.

-¿Ni por Tomín?

-Por Tomín quizás.

-¿Y por qué tienes ese horror a Palacio si no lo conoces?

-¿Que no lo conozco? -dijo Lucila sentándose de nuevo junto a la copa-. Como tú tu propia casa.. ¡Ay, Rosenda! tú no has vivido en la Casa Grande, yo sí. Con los ojos cerrados subo y bajo yo por todas sus escaleras, y me meto por todos sus pasillos, y voy de sala en sala, como no sean las que habitan los Reyes. Conversaciones como esas que me has contado entre la Eufrasia y el General Prim, he oído yo muchas, porque también yo, aquí donde me ves, he sido un poco duende.. a mí me han puesto escondidita entre cortinas para que oiga las conversaciones, y he llevado y traído recados con cifra.. Y para que acabes de convencerte de que he sido algo duende, y de que lo soy todavía.. ¿quieres que te adivine una cosa?

-¿Qué..? -murmuró Rosenda entre risueña y asustada-. Adivina lo que quieras.

-Pues te digo que hoy, aquí, hablando contigo he descubierto quién es la persona que te favorece.. Tú me has dicho que el nombre de esa persona es un secreto.. Yo me lo guardaré; yo te aseguro que por mí no se sabrá. Te diré tan sólo cómo lo he adivinado. He visto aquí una sombra de ese sujeto, una sombra no más.

-¡Qué dices, mujer! -exclamó asustada la Capitana, mirando a las (p.6540) paredes, creyendo que había, por descuido, algún indicio personal, retrato tal vez.

-No te asustes, Rosenda -dijo Lucila risueña-: la sombra la he visto en ti, en tu voz.. ¿Por qué empleas ahora una porción de términos de toros, que antes no te oí nunca?.. Es que ahora tienes cerca de ti, oyéndola sin cesar, a persona que habla con esos terminachos, y a esa persona la conozco yo. Pero mi adivinanza no es completa.. Son dos hermanos que se parecen en la figura, y más en el modo de hablar. Uno de los dos tiene que ser. Con que.. ¿he acertado?

-Acabaras -dijo la Capitana soltando también la risa-.. Tienes razón.. se me ha pegado.. Vaya, pues sí.. es uno de los dos hermanos. Aciértame ahora cuál.

-Ayúdame tú un poquito. Los dos son cazurros, beatos, rezadores, esquinados, y muy amigos de meterse en lo que no les importa. De cara ninguno de los dos es bonito; de cuerpo allá se van. Sólo se diferencian en que el uno bizca un poco de los ojos y el otro un mucho de los pies.. quiero decir, que anda como los loros..».

Rompió a reír la maliciosa Rosenda con toda su alma, y entre las risas pudo decir a borbotones: «Ese.. ese.. el que pisa como las cotorras.. con los pies así.. para dentro.. ¡Ay qué gracia me ha hecho!»

-Acerté: D. Francisco Tajón. Luego te daré señas que.. no son mortales, pero pudieron serlo.

-Cuidado, chica, que no quiere que se sepa..

-Descuida. Pues ese señor me conoce, lo mismo que su hermano. Háblale de mí, y te dirá si sé yo andar por Palacio.. si conozco los enredos y el laberinto de aquella casa. Déjame que te cuente: de esto hace tres años, y fue en una de las épocas de mi vida que recuerdo con más disgusto. Llegué a Madrid con mi padre y mis hermanos pequeños, muertos todos de miseria y en el mayor desamparo, sin más esperanza que una carta de recomendación para la monja Sor Catalina de los Desposorios. La carta era de un caballero muy cumplido a quien conocimos en Atienza. Pues la monjita fue nuestra salvación: por ella colocaron a mi padre en la mayordomía de los Lavaderos del Príncipe Pío.

-Sí, sí, que (p.6541) eran del Sr. Infante D. Francisco.. Administrador, D. Enrique Tajón, el hermano mayor: son tres hermanos.

-Tres. El D. Enrique se parece poco a los otros dos.. Pues sigo: mes y medio estuvimos allí. Luego llevaron a mi padre al servicio de los Escolapios de Getafe, y a mí a Palacio, al servicio del Sr. D. José Tajón.

-El que bizca de los ojos.

-Casado él, empleado en la Etiqueta. Con su esposa y dos hijos, de los que yo era niñera, vivía en el piso segundo, subiendo por la escalera de Cáceres, primer cuarto a mano derecha. Todo lo que diga de lo buena que era la señora, es poco; todo lo que diga de lo falso, enredador y embustero que era él, sería no decir nada. ¿Te incomoda que hable de estos señores con tanta libertad?

-A mí no. Despáchate a tu gusto.

-Respetaré a tu D. Francisco, que también es de encargo, loco por los toros, loquito por las hembras, en privado, que en público no hay mojigato que le gane en hacer zalemas delante de un altar..

-No me hagas reír, mujer -dijo Rosenda, más movida a regocijarse que a incomodarse-. Estoy en que exageras un poquito. Tu tirria contra los Tajones es señal de que te hicieron algún daño.

-Quisieron hacérmelo, sí.. Les aborrezco porque no tenían miramiento para una muchacha sola y sin defensa de padre ni hermanos. Los dos quisieron abusar de mí: fácilmente podía yo defenderme de D. José, amparándome de la señora y de los niños; pero el D. Francisco, que, como sabes, está separado de su mujer, me dio más guerra y cuidado mayor, porque me llevaba con engaños a este o el otro lugar apartado, de los muchos que hay en aquella casona. Una tarde me vi tan a punto de perdición, que para salvarme no tuve más remedio que agarrar un candelero de bronce que a la mano encontré, y darle con él en semejante parte de la frente. Le pegué con tanta gana, que el hombre perdió el conocimiento, y marcado quedó para toda su vida..

-¡Ay! no me hagas reír.. Sí, sí: la señal del candelero tiene en la frente, aquí.. en el sitio del asta derecha.. ¡Qué risa! Me dijo que aquel golpe fue de una caída que dio en (p.6542) la sacristía de la Encarnación, estando subido a una escalera para ponerle a San José vara con azucenas naturales.. No es mala puya la que tú le pusiste..

-Yo también me río.. Bueno es que una se divierta un poco después de tantas pesadumbres.. El pobre señor quedó escarmentado, y luego decía: '¡Vaya unos derrotes que me gasta esta novilla!'.

-Saladísimo.. Adelante.

-Por haberme hecho Dios bien parecida, cuantos hombres había en Palacio se propasaban, créelo. Todos me adoraban, todos me hacían mil embelecos, todos me largaban declaraciones, todos por de pronto querían fiesta.. En fin, que yo era buena, y muchos me tenían por mala.. Si supiera yo distinguir bien los uniformes, te diría todas las clases de hombres, desde señores a criados, que se emperraban en hablar conmigo. Pero nunca llegué a conocer por los cintajos y colorines los cargos de tanto farfantón. Jefes de oficio me escribieron cartitas, y también Ujieres de Cámara y de Saleta; Llaveros y Porteros de banda me tiraban besos al aire; un Tronquista me aseguró que se mataba si no le daba el Sí; un Portero de vidrieras y un Delantero de Persona hicieron lo mismo, y de rodillas se me puso delante un día uno a quien yo creí Carrerista vestido de paisano, y luego resultó que era Sangrador de Cámara.

-Pues, hija, no estarías poco orgullosa.

-Di que me tenían mareada y aburrida. Sigo mi cuento. Pues verás: mi amo el señor Tajón, D. José, andaba en aquel estúpido enredo, que luego se llamó del Relámpago, y a mi padre y a mí nos traía de correveidiles, cursando las órdenes. Dentro de Palacio fuí yo cartero, espía, soplona; me mandaban a charlar con las azafatas, en sus ratos de descanso, para saber quién entraba en las habitaciones reales a las horas que no son de entrada, y quién salía cuando no se debe salir; me obligaban a esconderme detrás de un tapiz o entre roperos para escuchar conversaciones.. Y luego encomiendas y recados en la calle, por ser yo quien con mayor disimulo podía llevarlos. ¡Hala! a la Escuela Pía de San Antón, a San Ginés, con cartas para el coadjutor, a una (p.6543) casona de la calle de Fuencarral, a la zeca y a la meca, vestidita de moza de rumbo, y con dinero para alquilar una calesa si me cansaba.. También iba al Convento de Jesús, y de allí traía entre dulces alguna carta bien disimulada.. Un día, fíjate en esto, que es lo más gordo, y la más fea acción que por mandato de aquella gente tengo sobre mi conciencia.. habían enviado las monjas carne de membrillo dentro de una tarterita de plata. Al disponer la tartera para devolverla, me llamaron los hermanos Tajón y una camarista, nombrada, si no recuerdo mal, Doña Candelaria, y llevándome a un cuarto que está en la galería principal, como se entra al comedor de ordinario, me dijeron que llevase al Convento la tartera.. Envuelta la vi en un paño de damasco, como solía venir. La descubrieron y destaparon para que yo viese que estaba vacía.. Luego, el Sr. Tajón, D. José, sacó del bolsillo un paquetito forrado en papel y cruzado con cintas verdes. Abultaba como un libro pequeño. Díjome que me guardara en el seno el paquetito. La camarista, que como mujer podía meter la mano donde meterla no pueden los hombres, me desabrochó y colocó el paquetito muy bien acomodado entre mis pechos, de tal modo, que luego de abrochada no se me conocía el contrabando. Hecho esto me leyeron bien la cartilla. Yo tenía que ir al Convento a llevar la tartera, y al entregarla en el torno pediría ver a Sor Catalina de los Desposorios. Se me abriría la puerta, y una vez en presencia de la Madre, en manos de esta pondría lo que yo en mi sagrario llevaba. La Madre me daría otra vez la tartera con algo dentro, que era como señal o recibo de la llegada feliz del embuchado. Volví a Palacio con la tartera llena de tocino del cielo, y los Tajones, que me aguardaban con el alma en un hilo, me felicitaron y diéronme cinco duros.

 

Ep-33-XXIX -

-Duendecillo, ¿querrás hacerme creer que no supiste lo que llevabas?

-No lo supe. Verás: al caer de aquella tarde, cuando no hacía una hora que yo había vuelto con la tartera llena de tocino del cielo, el Sr. Tajón me mandó a Getafe para (p.6544) que allí estuviese con mi padre hasta que se me ordenara venir. Mucho me dio que cavilar tal determinación. ¿Será por esto? ¿será por lo otro? Yo sospechaba.. algo veía yo; pero nada con claridad. Pues señor: viene de repente el gran tronicio de aquella mojiganga que llamaron del Relámpago.. Empiezan a prender gente, y los primeritos que caen son mis señores y el tuyo, y me los mandan desterrados qué sé yo dónde. Mi padre y yo nos vimos perdidos, porque a los Escolapios de Getafe no les llegaba la camisa al cuerpo, temiendo que allá podría llegar la quema.. A Madrid nos vinimos. Mi padre se escondió en casa de unos boteros amigos suyos de la calle de Segovia; yo, no sabiendo qué hacerme, pues a Palacio no había de volver ni atada, pensé que no hallaría refugio mejor que el Convento, y allí me metí.. Ya te contaré otro día mi vida en Jesús, donde la mayor desdicha fue hacer mi primer conocimiento con esa perra boticaria.. Hoy, por completar esta historia mía palaciega, bien triste, te diré que en el Convento, andando días, supe que la noche del tocino del cielo.. así marco yo aquella fecha condenada.. hubo en Palacio rebullicio y mucho miedo, del cual nada me tocó, gracias a Dios, por estar yo en Getafe.. Por orden del señor Mayordomo Mayor se registraron muchas viviendas del piso segundo.. Porteros y azafatas, y hasta damas fueron registradas, obligándolas a enseñar el pecho y a levantarse las enaguas, mismamente como registran a las cigarreras al salir de la fábrica, por si se llevan tabaco escondido..

-Ya era tarde para esos registros.. ¡ay qué risa! Hija, para contrabandista no tienes precio.

-Te lo aseguro, Rosenda: no supe lo que llevaba.. pienso que no sería cosa buena. Déjame que suspire un poco. El recordar mi vida de Palacio me pone aquí un peso, una opresión..! Nunca he sido más inútil que en aquel tiempo; nunca me he sentido más sola; nunca me han aburrido tanto las máscaras, pues máscaras me parecían cuantas personas traté en aquella casa.. Tanto me amarga este recuerdo, que no he (p.6545) contado los lances de aquella mi vida boba más que a dos personas: a Tomín, a poco de conocerle, y hoy a ti. A la boticaria, nada o muy poco de esto le conté, porque con esa maldita nunca tuve yo verdadera confianza.. siempre la temía, siempre de ella desconfiaba.. No sirvo yo para esa vida de los palacios grandes, grandes.. Las personas me parecen figuras que han salido de los tapices, y que hablando y moviéndose siguen siendo de trapo.. En todo no ves más que vanidad, mentira, y todo se te confunde y se te vuelve del revés; llegas a no saber si los criados parecen señorones o los señorones parecen criados.

-¡Quita allá, tonta..! -dijo la Capitana con franco regocijo-. Cada una debe mirar por su adelanto.. Pues a mí me gustaría meterme en esa vida. Para eso he nacido yo, para vivir con suposición entre personas encumbradas, para pasar el rato curioseando, viendo lo que se traen estos y los otros, y poniendo mis manos en cualquier enredillo.. Verían en mí un capeo superior.. Pronto me buscarían para las suertes de más cuidado.

-No te compongas, Rosenda. Tu Don Paco no te llevará a la Casa Grande, si antes no enviuda y se casa contigo.

-Es de la Cofradía del Qué Dirán y de la santísima Opinión.

-¡Quién les había de decir a los Tajones, cuando los desterraron, que pronto habían de volver a sus puestos y a sus intrigas! -dijo Cigüela cavilosa-. Esto prueba que en esa casa no hay idea de justicia, ni formalidad para nada. Sólo una persona sería justa si la dejaran, y es la Reina; pero no la dejan: la tienen metida en un fanal pintado de mentiras para que no vea la justicia ni la verdad. Así anda todo..».

Cayó en tristes meditaciones, de las que con trabajo la sacó su amiga. «Ya ves tú si soy desgraciada -dijo la pobre mujer suspirando-. Ni en Palacio hay justicia, ni yo me veo con fuerza para entrar en busca de ella. ¡Valiente caso me harían!.. No hay salvación para mí.»

-Todo es posible, querida mía -le dijo Rosenda-, si sigues por el caminito que yo te señalo. Lo primero, casarte, antes hoy que mañana.. después (p.6546) estableceros en Madrid; después libertad..

-¡No, Rosenda, no hay libertad que valga, ni casorio, ni nada de eso! -exclamó Lucila en una erupción repentina de su pena latente-. Yo no me caso.. No puedo, no quiero engañar a ese buen hombre.. Prefiero la miseria, y todos los males que pudieran venir sobre mí». Se levantó, y con las manos en la cabeza recorrió la estancia con incierto paso, diciendo: «Que no me caso, que no, que no.. Pues Tomín está vivo, tengo que consagrarme a buscarle.. Has de decirme pronto si es D. Francisco Tajón quien le ha visto, y dónde, y has de decirme cuándo saldrá Tomín para Puerto Rico.. Tú sabes más, más de lo que me has dicho, Rosenda; te lo conozco en la cara, te lo leo en los ojos..»

-Si quieres que yo sea tu amiga -dijo la otra, que para sosegarla fue tras ella, y la enlazó del brazo-, no me pidas cosa ninguna contraria a lo que creo tu bien. Y no vuelvas a decir disparate como ese de 'no me caso', porque.. Ya sabes que gracias a Dios soy de caballería; y que las gasto pesadas.. Con que.. ándate con tiento.

-Dime dónde está Tomín; dímelo pronto -exclamó Lucila, con todo el brío de voluntad que su renovada pena le daba-. Mira, Rosenda, que yo, gracias a Dios, soy de artillería; mira que no veo, que no puedo ver nada por encima de lo que es mi pasión, mi ser, mi vida.. Dímelo pronto.

-No quiero; no sé nada.. A ver quién puede más.

-Rosenda, no eres amiga -gritó Lucila alzando la voz con tonos iracundos-, o lo eres también falsa y traidora, como la boticaria.. Si no me contestas a lo que te pregunto, hablaré con el Sr. Tajón.

-¿Sí..? Me parece bien -replicó Rosenda, que ideó desarmarla con un chiste-. Pero ven prevenida: tráete un candelero de bronce.. para igualarle el testuz, marcándole el sitio del pitorro izquierdo..».

No producía Rosenda con su humorismo todo el efecto que buscaba; pero algo se amansó Lucila oyendo aquellos disparates. «No bromees -le dijo-, que esto es muy serio». Insistió la moza, con la terquedad de los enamorados, tan parecida a la de los locos. No pudiendo la otra calmar (p.6547) su ansiedad con negativas, se formó rápidamente un plan de respuesta que al propio tiempo satisficiera los anhelos de su amiga, y la desviara de la torcida senda. Mujer de cabeza ligera, o si se quiere ligerísima, desmoralizada y sin otra mira ya que ir derivando su frivolidad hacia el positivismo y el vivir regalado, no era mala persona en el fondo, y su viciada naturaleza ocultaba un corazón bueno. Viendo cuán fácilmente se levantaban en el alma de su amiga las llamadas del mal extinguido incendio, sintió pesar de haber atizado el fuego con la noticia referente a Tomín. La mejor enmienda de su error no era desmentir o retirar lo dicho, sino agregarle alguna caritativa falsedad que a la buena moza le quitara el gusto y la intención de arriesgadas aventuras. Como Domiciana, levantó un artificio lógico, pero con idea benévola y mirando al bien de la infortunada mujer. «Pues te empeñas en saberlo -dijo-, en Palacio está el hombre, con destino, que ahora no recuerdo; pero me informaré.. Ya ves que allí es mayor locura que en parte alguna pretender cogerle, como se coge un perrito extraviado, y llevártele contigo. Piensa en los estorbos que allí te saldrán, en el sin fin de personas odiosas y antipáticas que encontrarías».

Calló Cigüela, vencida de estas razones, y su dolor, imposibilitado de manifestarse en actos, se condensó en lo íntimo.. A los sollozos siguió un llorar ardiente, sin tregua. Rosenda la consolaba, ya con nuevas razones, ya con cuchufletas.. «Si quieres, cambiamos: dame a D. Vicente con Tomín detrás de la cortina, y yo te doy a mi D. Paco con su pisar de loro..»

-¿Ves, ves lo desgraciada que soy? -decía Lucila cuando el llanto le permitió el uso de la palabra-. A donde quiera que voy, Dios me dice: 'alto; de aquí no se pasa..'. Dos caminos tengo: o matarme o casarme.. No sé cuál es peor.

-Yo no vacilaría.. Me casaría primero.. y después a pensar en matarme.. pero sin prisa, que estas cosas deben hacerse después de bien maduradas..

-Pero antes de casarme ¿no te parece que debo dar algunos pasos, a la calladita, por ver de ponerme (p.6548) al habla con Tomín?.. ¡Le escribiré una carta!

-¡Escribirle! -contestole Rosenda con buena sombra-. No es mala idea; pero debes aguardar a que tu maestro te enseñe la letra bien clara y la perfecta ortografía..

-No te burles.. ¿Y no será fácil cogerle cuando salga para Puerto Rico?.. Todo está en averiguar la hora de salida, y.. Pero nada de esto puedo hacer sin que me ayude alguien..».

Interrumpidas por Ansúrez, que bruscamente llegó, las dos mujeres callaron. Lucila limpió sus lágrimas, mientras Rosenda se enteraba de los recados que traía el buen celtíbero.

Despachó este en cuatro palabras, ávido de desembuchar las graves noticias que de la calle traía. «Prepárense -les dijo en el tono solemne que usaba-, para saber del grande suceso que a estas horas va retumbando por todo el mundo, de pueblo en pueblo. ¿Están preparadas? Pues oigan: El Sr. D. Luis Napoleón, que era, como se dice, Presidente de la República de los franceses, ha dado un puntapié a la Constitución de allá, y se quiere nombrar a sí mismo.. aciértenlo.. pues Emperador de la Francia.. que es como ser sucesor del otro Napoleón, que fue Primero.. y lo que yo no entiendo es que no habiendo tenido Segundo, tengan ahora Tercero».

Oyó Lucila con desprecio la noticia, pues maldito lo que le importaba que cayesen Repúblicas y se levantaran Imperios; pero Rosenda, a quien algo se le alcanzaba de tales cosas, dijo que si el Sr. Ansúrez no venía bebido, y era verdad la especie, ello era muy grave, y traería cola..

-¡Cola! -exclamó Ansúrez-. Tan grande será, que por mucho que arrastre, no le veremos el fin. En la Puerta del Sol, junto al Principal había tanta gente que aquello parecía el pregón de la Bula, y en los corrillos leían un parte escrito que ha venido de París por los signos de las torres, el cual dice que Emperador es ya el caballero, o lo será pronto, porque falta todavía el requisito de ser votado por toda la plebe de Francia.. Según lo que por ahí corre, es ahora seguro que vuelve a mandarnos el de Loja, quiéranlo o no Palacio y las monjitas, porque el (p.6549) Napoleón, D. Luis, es gran amigote de Narváez.. como que a comer y cenar le convidaba todos los días, y andaban siempre de bracete por los paseos y bolívares.. Esto se dice, y si es verdad, yo me alegro, porque ya se va poniendo esto muy al son de la clerecía. Bueno es que se muden las tornas, y cambien las aguas, para que lo seco se moje y lo mojado se seque; bueno será que se limpien muchos comederos, y se llenen otros que ha tiempo están vacíos..

-¡Ay! no, amigo Ansúrez -dijo Rosenda con cierta inquietud-: deje usted los comederos como están.. ¿Pero se dice por ahí que tendremos trastornos?

-Y tales serán que lo alto se suba más, y lo bajo se precipite hasta los profundos abismos; pues sabido es que cuando Francia estornuda, España dice Jesús, como que las dos naciones están tan unidas por fuera y por dentro como la nariz y la boca.. En fin, señora, ya sabe lo que ocurre, y mi hija y yo nos vamos, que es hora ya de tocar a retirada».

Despidiose Lucila de su amiga y partió con su padre, abatida, silenciosa, llevando en sí algo para ella de más peso y magnitud que el nuevo Imperio que a punto estaba de levantarse. Recorrido habían ya largo trecho, cuando Lucila, parándose, dijo al celtíbero: «Padre, cuando yo estaba en el Convento, siempre que venían noticias de alguna trifulca en Francia, decían las Madres: 'esos demonios de franceses nos van a traer acá un cataclismo'. Usted, que con su talento natural ve tan claras todas las cosas, dígame: ¿cree que habrá en España cataclismo?»

-Hijita, deja que pueda hacerme cargo de lo que resulte en Francia de ese voto que ha de dar la plebe. El echar a rodar Napoleón el Trono de la República, para poner las gradas del Imperio, quiere decir que no se quieren las pasteleras libertades.. ¿Pues qué hará en vista de esto el Progreso..? Sacará clavos con los dientes antes que humillarse.. Veremos, y vengan días, de donde podamos sacar el juicio de las cosas.

-Porque yo quiero que haya cataclismo, padre, mucho cataclismo; que los injustos caigan y sean pisoteados por los (p.6550) sedientos de justicia; que los que cometieron tropelías sean hechos polvo, y que los buenos se alegren. Justicia quiero, y habiendo justicia, habrá paz. ¿Esto cómo se llama? ¿Se llama República; se llama Imperio?».

 

Ep-33-XXX -

El efecto que causó en el alma de Lucila la noticia, dada por Antolín de Pablo, de que Halconero llegaba, lo más tarde, al cabo de dos días, fue de verdadera consternación. ¿Por qué volvía? ¿No era mejor que se quedase por allá?.. La prometida esposa se conturbaba con la idea de verle, y metiendo su exploradora mano en el corazón, tocaba frialdad, aborrecimiento. Del anunciado regreso de D. Vicente la consolaba la idea y presunción de que a su llegada hubiese un poco de cataclismo.

A su padre, que a verla iba diariamente, le dio un interesantísimo encargo: «¿No tiene usted conocimientos en el Ministerio de la Guerra? ¿No conoce a un cabo que está en las oficinas?.. ¿Sí? Pues averígüeme.. ello es muy fácil, padre, y hasta los gatos del Ministerio deben saberlo.. averígüeme cuándo sale el General Prim para Puerto Rico.»

-Va de Capitán General; le embarcan porque se pasa de valiente.. Es, según se dice, hombre de mucha idea..

-Y eso es lo que estorba.

-No sé por qué. Yo tengo mucha idea, y no me mandan a ninguna parte.

-Porque no temen a los humildes. El reino de los humildes está muy lejos.

-¡Y tan lejos..! Ni aunque uno se suba encima de los encumbrados puede alcanzar a ver dónde está ese reino».

Llegó Halconero: viéndole y tratándole, se calmó la fiebre de Lucila, y las aberraciones disparatadas de sus sentimientos. No le aborrecía, ¡pobre señor! ¿Cómo aborrecer a quien le había hecho tantos beneficios, y aun mayores e inapreciables se los prometía? Gustoso de aprovechar el tiempo en la Villa y Corte, Halconero fue a visitar el nuevo Congreso, llevando por delante, naturalmente, a Lucila y Eulogia, bien apañaditas. Habíale dado las papeletas el Sr. D. Matías Angulo, diputado por Navalcarnero, como él propietario rico y persona sencilla y de las mejores intenciones, así en política como en (p.6551) todo. En la admiración de aquel lujoso monumento elevado a la Soberanía Popular, pasaron los tres una mañana, y desde los salones de Sesiones y de Conferencias hasta la Biblioteca, salas para Secciones, taquígrafos, etcétera, nada se les quedó por examinar. Admiraba Eulogia con preferencia las ricas alfombras, Lucila los altos techos con pinturas, y D. Vicente perdía el tino ante la profusión de terciopelo encarnado.. Visitaron asimismo el Museo de Artillería y la Historia Natural, y no continuaron por otros barrios de Madrid su instructivo zarandeo, porque Lucila se resistió, sin dar de su negativa razones claras, a visitar las Reales Caballerizas y la Armería Real.. Se fatigaba, se le iba la cabeza, según dijo.. Pensando que el teatro la distraería más que los Museos, propuso D. Vicente ir a ver la Adriana, obra muy hermosa de la que se hacían lenguas cuantos la habían visto. Representábase en los Basilios, y era el éxito mayor de la temporada corriente. En efecto: allá fueron una noche, y no puede describirse la emoción de los tres ante el interesante drama; con el río de lágrimas que derramaron las mujeres, competían los pucheros del hombre, queriendo echárselas de valiente. A Lucila le llegó al alma el caso de la pobre cómica, tan bien representada por la Teodora, a quien envenena una princesa su enemiga (que también era un poco boticaria) , con el simple olor de un ramillete. Le pareció la comedia cosa real, y la emoción duró en su alma muchos días.

Siguió a esto un período de compras, en las cuales nada se hacía sin que Lucila diera su exequatur, previo examen de las cosas. De tienda en tienda iban los tres; mirando y escogiendo lo que se diputaba mejor dentro de la modestia, adquirió Halconero cama de matrimonio, de bronce dorado, según los mejores modelos de una industria moderna, y colchón de muelles elásticos, que eran última novedad. Tras este tan necesario y útil mueble, se compró un espejo grandecito, un juego de reloj y floreros, un veladorcito maqueado, vajilla de porcelana, y juego de café, con maquinilla de (p.6552) reciente invención para hacerlo en la misma mesa. Con estos goces inocentes de preparativo nupcial estaba el buen señor en sus glorias. Antes de Navidad partió para su pueblo, dejando determinado que volvería después de Reyes, ya para casarse. La boda sería entre San Antón y la Candelaria.

Ansiosa de sostenerse inexpugnable ante los arrebatos de su propio corazón enamorado, Cigüela no salía más que para oír misa, en San Andrés, y se propuso no volver a poner los pies en casa de Rosenda. No aviniéndose esta con el desvío de su amiga, fue a verla, mostrándose en la visita como la misma discreción y la prudencia en persona. A pesar de no encontrarse presente Eulogia, la Capitana no nombró a Tomín, ni dijo cosa alguna que con el perdido caballero tuviese relación. No se atrevió Lucila a preguntarle; pero leyendo en los ojos de Rosenda, entendió que algo sabía esta, y no quería decírselo por no perturbar el ánimo de su amiga.. Lo agradecía, y al propio tiempo lo deploraba. Temía saber, saber ansiaba. ¿Cómo armonizar deseos tan contrarios? Cuando partió la maliciosa Capitana, la presunta esposa de Halconero se decía: «Me ha dado olor a sepulcros.. En los ojos de Rosenda he visto una cosa que se parece al último renglón de un libro triste.. Ya veo claro. Tomín ha salido para Puerto Rico.. ¿Y dónde está ese condenado Puerto Rico? De aquí allá ¡cuántas llanuras y montañas de agua!».

Esta idea embargó su ánimo por muchos días, idea de duelo, seguida de efusiones dolorosas de un cariño inextinguible, que derivaba hacia las esferas de Ultratumba; porque en verdad, ¿qué cosa más parecida a la muerte que un viaje a Puerto Rico? Y la cantidad de agua que entre Tomín y su amada se extendía, era la expresión más sensible del infinito de la ausencia. Lloraba Lucila sobre aquellas turbias aguas, que se movían con ritmo y balanceo semejantes al navegar de las almas de este mundo al otro.. En tal situación de espíritu, consolándose con el desconsuelo, y meciéndose en lo infinito, sorprendieron a la infeliz mujer sucesos (p.6553) de interés general, y otros de su particular incumbencia. El feliz parto de la Reina, con público regocijo, fiestas, iluminaciones, no fijó tanto su atención como las cuatro palabras que le dijo el buen Ansúrez una tarde: «Querida hija, por fin te traigo despachado el encargo que me diste, y es que.. tocante a la fecha de salir para Puerto Rico el señor General Prim, no hay fecha ninguna, porque el señor General ya no va a Puerto Rico».

Palideció Lucila. Por las inmensas aguas no iba Tomín. ¿Pero quién aseguraba que no fuera más tarde, con otro General, solo tal vez?.. Examinando probabilidades, en sombría cavilación, vino a parar en que todo era posible y todo imposible. No prestó atención a las lamentaciones de su padre contra el clérigo Merino, que no acababa de arrancarse al ofrecido préstamo, bien porque no hubiera realizado la cobranza del crédito antiguo, bien por marrullería y ganas de fastidiar. Esta última versión le parecía razonable, pues de sus conversaciones con él, en los solitarios Paseos por la Tela, había sacado la presunción de que era D. Martín hombre cerrado a la benevolencia y malo de por sí, amigo de martirizar: el único deleite de sus ojos era ver el ajeno sufrir, y ninguna música le gustaba como el rechinar de dientes del hombre desesperado.. Sin llegar a la desesperación, Ansúrez deploraba que estando tan cerca el matrimonio de su hija, no pudiera él festejarlo con tienda abierta, para que se dijese que el padre de la novia era un comerciante establecido en la calle de las Maldonadas. ¡Y que no haría poco servicio al Sr. Halconero anunciando la venta en comisión, y al por mayor, del fruto de sus feraces tierras!.. Encomiando el rico género, todo Madrid diría: «¡Cebada de Halconero, huevos de Halconero, uvas de Halconero!..».

En Navidad y en Reyes vio Lucila a Rosenda, y en los ojos de ella, así como en su acento y actitudes, observaba la misteriosa reserva que traducida con buena voluntad al lenguaje corriente, quería decir: «Sé muchas cosas, pero las callo; mi deber es callarlas». Por la delicadeza (p.6554) y corrección que le imponía la proximidad de su boda, no se determinó a preguntarle. Nada podía sacar del reservado escondrijo que llevaba en su mente la Capitana, urraca codiciosa que escondía las ideas y noticias que a Tajón robaba.. Pasó Cigüela en melancólicas dudas algunos días, y razonaba su estado anímico en esta forma: «No quiero más que saber, saber.. ¿Se habrá muerto Min? ¡El silencio de Rosenda dice tantas cosas! Dice muerte, dice vida y nuevas traiciones.. Ya doy en creer que el traidor es él, y para perdonarle, necesito saber la verdad.. ¿Cómo he de perdonarle, si no sé..?». Hervían estas ideas en su mente, cuando se encontró de manos a boca con Ezequiel: ella salía de San Andrés, donde había oído misa, y él entraba con un gran manojo de velas.. Requerida por el mancebo, retrocedió la moza, y sentada en un banco próximo a la puerta, esperó a que se desocupara de su carga para hablar con él.

-¿Qué querías decirme..? Cuéntame..

-¿No te has enterado de que Domiciana se ha ido a vivir a Palacio?.. Allí la tienes de camarista suplente, con un sueldazo.. Le han dado una habitación muy grande, subiendo por la escalera de Cáceres, el primer cuarto a mano derecha..

-Lo conozco, conozco ese cuarto. He vivido en él.. ¿Y qué más?.. No me tengas en ascuas.. acaba pronto.

-Pues mi padre está cada vez peor de la vista.

-¡Pobrecito! Eso no me importa. ¿Se ha llevado tu hermana los muebles de tu casa?

-Algunos.. Parece que le dan el cuarto amueblado. Se llevó, eso sí, manojos de hierbas, y los morteros, los filtros..

-Ya.. en Palacio practicará la botiquería.. ¿Y qué tal.. tiene la casa bien puesta?

-No la he visto; lo primero que nos encargó fue que no pareciéramos por allá.

-¿Qué me dices, Ezequiel?

-¿Verdad que es una ingratitud..? Mi padre está muy triste, pero muy triste. Gracias que algunas tardes, en coche, viene Domiciana a verle, y con esto se consuela el pobre.

-¿Ha llevado tu hermana a su servicio la criada que teníais?

-¿La Patricia? Allá se la mandamos; pero la despidió más pronto que la (p.6555) vista.. No quiere a nadie de nuestra casa. ¿Ves qué esquiva y qué testaruda? Ni que tuviéramos la peste..

-No conoces tú a tu hermana, Zequiel. Si os mantiene lejos de su nueva casa, y no quiere que vayáis a visitarla, será que allí esconde algo, algo que no debéis ver vosotros, ni nadie..

-Puede que tengas razón. De algún tiempo acá, todo lo que hace mi hermana es muy raro.. Mi padre suele decir como rezongando: 'Dios la perdone'.

-No la perdonará -exclamó Lucila con acento de ira, olvidándose de que estaba en la iglesia-. Zequiel, si me averiguas lo que Domiciana oculta en su casa de Palacio, te doy.. no sé qué te daría. Pídeme lo que quieras..

-Lucila, sabes que te quiero mucho. ¿Qué no haría yo por ti? Sueño contigo, y pienso que mi mayor felicidad sería tenerte siempre a mi lado. El otro día, hablando de ti con mi padre, le dije que si ibas tú por allí, te dijese, como cosa suya, lo mucho que te quiero.. Mi padre se echó a reír y me contestó con una frase que me lastimó mucho. Dijo, dice: 'tú eres poco hombre para Lucila'. Eso es faltarle a uno. Yo no seré todavía bastante hombre; pero voy siéndolo cada día más.. Pues dime ahora qué tengo que hacer para averiguarte lo que deseas.

-Ir a la casa que habita tu hermana, en Palacio; entrar en ella atropellando por todo, registrar bien las habitaciones, ver, observar..

-Sí que lo haré, y a todo el que quiera estorbarme el paso, le daré un empujón.. Pues déjame ahora que te diga lo que tienes que darme en pago de ese favor.. El caso es que aquí no puedo decírtelo, porque estamos en la iglesia, y me da reparo.. Salgamos a la calle, vámonos por la Costanilla, y te lo diré.. Aquí siento más vergüenza que en la calle».

Salieron. Lucila era una máquina que funcionaba inconsciente y con la mayor rapidez en todo lo que condujera a la satisfacción de su curiosidad. Al llegar al extremo de la Costanilla, entrando en la plazoleta de San Pedro, Ezequiel, que iba silencioso junto a su amiga, se paró, y más pálido que la cera de su taller le dijo: «Luci, yo pensaba pedirte.. y perdóname si es (p.6556) desacato.. pensaba pedirte por este favor.. que me dieras un beso; pero ahora veo que es muy poco, Luci, es muy poco un beso: debes darme lo menos tres.. o cinco..»

-Y más, muchos más -dijo Lucila ardiendo en curiosidad, y movida también a lástima intensa del pobre muchacho candoroso-. Si me traes la verdad que busco, te daré tantos besos como palabras necesites para contármelos, tantos como pasos has de dar de aquí a Palacio y de Palacio aquí.

-¡Ay, qué buena eres, y qué agradecido quedaré, Luci! -dijo el pobre chico casi llorando-. Iré corriendo. Pero.. para que yo vaya con más ánimos, ¿por qué no me das uno a cuenta? Por ser el primero, ha de saberme.. como el cuerpo de Nuestro Redentor, cuando uno comulga.

-Sí que te lo doy. Toma uno, toma dos, toma más.. -dijo Lucila besándole, como besan las madres a los chicos para convencerles de que deben ir a la escuela.

-No más -dijo al fin Ezequiel embebecido y asustado-. Pasa gente.. pueden fijarse, y si lo sabe el que va a ser tu marido.. ¡Jesús!

-Pues ve pronto.. yo te acompaño hasta la calle de Segovia.. y en la subida de la Ventanilla, ¿sabes?.. allí te espero.. No, no.. para que me encuentres más fácilmente, y no haya equivocación, te espero en las Monjas del Sacramento.

-Allí.. Vamos, Luci».

 

Ep-33-XXXI -

Hízose todo conforme a programa. Media hora llevaba la moza de invocar al Santísimo, a la Virgen y a todos los Santos, con fervoroso rezo, para que en aquella terrible incertidumbre le concedieran el consuelo de la verdad, cuando vio entrar a Ezequiel. Venía muy abatido, la consternación y el miedo pintados en su angelical rostro. Con ansioso mirar le devoró Lucila, y como notara en él cierta dificultad para la articulación de la palabra, le sacudió el brazo, diciéndole: «Habla pronto, tontaina.. ¿qué has visto?»

-Nada -balbució el cererillo-. Siento no traerte.. no poder decirte.. Lucila, no me quieras mal porque no haya sabido.. No pude, Lucila.. Tú sabes qué genio gasta Domiciana.. Llegué, llamé.. Déjame que tome resuello. Del disgusto no puedo respirar.. (p.6557) Pues..

-En fin -dijo Lucila a punto de estallar en cólera-, que no has hecho nada.. que has sido un ganso, un idiota, un avefría..

-Déjame que te cuente.. Abriéronme la puerta, y cuando yo estaba diciéndole a la criada que me abrió si podía ver a mi hermana, salió.. ¿quién creerás que salió?

-¿Quién, quién, pavo del Paraíso?.. Acaba pronto.

-Domiciana; y apenas había yo abierto la boca para decirle.. lo que tenía que decirle, me la tapó con estas palabras que me dejaron yerto: «¿No te he dicho que aquí no tienes que venir para nada? ¿Harás alguna vez lo que yo te mando? ¿No comprendes que si te digo: 'Ezequiel, haz esto', tu deber es callar y obedecerme?». Y diciéndolo, me cogía por un brazo y me ponía de la puerta afuera.. Yo no sabía lo que me pasaba.

-Vámonos de aquí -dijo Lucila, que se sintió leona, y temía que su furor estallara en el recinto sagrado. Agarró al mancebo por un brazo, y tirando de él, más bien arrastrado que cogido, le sacó a la calle. Torciendo hacia el Sacramento, Ezequiel proseguía: «Me despidió con un tira y afloja de palabras tiernas y de amenazas. 'Hermanito mío, ¿qué más quisiera yo que tenerte siempre a mi lado? Algún día será, y ese día no está lejos.. Esta casa no es mía, y no siendo mía, menos puede ser tuya.. Vete corriendo por donde has venido, y que no te vea yo por aquí, mientras no se te llame.. Adiós, y a casa.. Anda, hijo, anda'. Esto me dijo, y yo.. Lucila, perdóname por no haber podido hacer tu encargo.. Yo no sirvo, yo no sirvo para esto.. No he cumplido, y debo devolverte los besos que me diste».

Llegaban ya a la Plazuela del Cordón. Despechada Lucila y fuera de sí, viendo que el cererillo aproximaba su rostro al de ella en ademán de besarla, le rechazó con vigoroso empujón, diciéndole: «Sinvergüenza, vete de ahí.. Déjame, pavo de agua.. ¡Vaya que atreverse..! ¡Si te ve mi marido..! ¡no era puntapié..!».

El pobre chico permanecía frente a ella, suspenso, afligido.. Mirándola con inmenso desconsuelo, sus labios se plegaron, se llevó los cerrados puños a los ojos. «Echa a correr para tu casa, (p.6558) mostrenco -dijo la moza amenazándole con la mirada fulgorosa y con el gesto-. Vete, vete, si no quieres que te lleve yo por delante, sacudiéndote el polvo de las costillas..». Apenas dijo esto, y viendo la humildad y amargura del pobre muchacho, aquel noble corazón que fácilmente pasaba del arrebato fogoso a la piedad entrañable marcó un movimiento de compasiva aproximación al pobre cerero. «Hijo mío, perdóname -le dijo-. Como estoy tan rabiosa, he descargado contigo, que no tienes culpa.. Vaya, no llores.. Ya me pagarás los besitos otro día.. Aquí no puede ser.. Ya ves que pasa gente. Mira: dos señores sacerdotes. ¡Qué dirían..! Ea, a tu casa, y yo a la mía». Sin esperar a más razones ni cuidarse de si Ezequiel partía, se precipitó velozmente por la bajada del Cordón. Ciega y disparada, fue al taller de boteros donde trabajaba su hermano y vivía su padre, dejando a éste recado urgente de que se avistara con ella en su casa lo más pronto posible. Llamábale con premura sin saber claramente para qué. Su pensamiento desbocado saltaba de las resoluciones más lógicas a las más absurdas; y al propio tiempo, de su mente no se apartaban hechos y personas de grande valor en la vida de la infeliz mujer. La boda estaba próxima, pues corrían los últimos días de Enero, y aquel dichoso acontecimiento se había fijado para el 3 de Febrero, día de San Blas. Como el 3 caía en martes, y en ello no había reparado D. Vicente ni Eulogia, seguramente trasladarían el casorio al miércoles 4. Todo esto pensaba Lucila camino de su casa, haciendo un tremendo revoltijo de las cosas positivas y las imaginarias. «Tengo que componer mi carátula -se decía-, para no entrar en casa tan sofocada. Debo de ir como un cangrejo; mis ojos serán lumbre.. Subiré despacio esta cuesta, y luego, al llegar a Puerta Cerrada, compraré los clavitos dorados para colgar láminas que me encargó Vicente, y compraré la cinta de seda y la cinta de algodón.. ¡Buena se pondrá Eulogia si no llevo todo eso!.. ¡Sabe Dios, sabe Dios si llegaré a casarme! Lo que puede suceder, (p.6559) en la mente de Dios está. Dios me depara mi venganza..».

Al entrar en su casa, disimulando lo mejor que pudo su turbación, encontró a Don Vicente con un sacerdote, su amigo y algo pariente, a quien había llevado con propósito de presentarle a su futura. Era D. Francisco Pradel, párroco de San Justo, que se mostró con ella muy amable y le dio mil parabienes. Ya la conocía de verla en su parroquia. Al despedirse aseguró que sería para él muy satisfactorio imponerles el santo yugo.. Poco después, de las hidalgas manos del novio recibió Cigüela un alfiler de pecho con cuatro brillantitos y en medio un buen rubí, una pulsera, pendientes con perlitas, y otras joyas lindas y modestas. La gratitud y un temor que de lo hondo le salía inundaron de lágrimas sus ojos. Halconero estuvo a punto de llorar también. Lo que espantaba a Lucila era el miedo de ser ingrata.. «Voy creyendo que soy un monstruo -se decía-, y yo no quiero ser monstruo: Señor, justiciera sí, monstruo no».

Con pretexto, ciertamente bien motivado, de probar un cuerpo en casa de la modista, salió al siguiente día con su padre, a primera hora de la tarde del sábado 31 de Enero. Llegando a la calle Mayor, junto a la Almudena, preguntó Ansúrez a su hija si no sería conveniente, ya que de pasear se trataba, bajar a la Tela, donde estaría de fijo tomando el sol el amigo D. Martín. Entre los dos le darían el último tiento. Contestó Lucila que había salido con el propósito de ir a Palacio. Subirían al segundo piso, donde habitaban personas a quienes ella tenía que visitar.

-¿Y tardaremos mucho? -preguntó Ansúrez un tanto receloso.

-Eso sí que no lo sé -replicó ella-. Podremos despachar en un santiamén, o tardar mucho, según..».

Entraron en la Plaza de Armas, por el gran arco de la Armería: con paso no muy vivo, porque Ansúrez iba sin gusto y como si le arrastraran, recorrieron la línea entre el arco y la puerta lateral de Palacio. Vacilaba el celtíbero; su hija le cogió del brazo, y en esto, vieron a un señor que de la Casa Grande salía. Si ellos se quedaron como alelados mirándole, el señor (p.6560) plantado en la puerta, les echó la vista encima con esa curiosidad arrogante y descortés de quien tiene por oficio atisbar las caras para descubrir las intenciones. Era D. Francisco Chico, que por la estatura no merecía tal nombre, viejo, seco y estirado, con patillas bordando la quijada dura, el pelo entrecano, la actitud como de perro que olfatea. Lo más característico de su rostro, lo que le hacía inolvidable para cuantos una sola vez le veían, era la chafadura de su nariz en el arranque de ella, señal indeleble de una tremenda pedrada que le dieron en Miguelturra, su pueblo, por querellas locales de pandilla. Perteneció D. Francisco al bando de los llamados Valerosos, y cumplía como campeón terrible: alguna vez, si a muchos pegó de firme, también hubo de tocarle la china. Del bandolerismo villanesco pasó a las gestas del contrabando, en tierra firme y mar salada, y ya mocetón le metieron en la policía de Madrid, donde llegó por su astucia y su valor indomable al puesto de jefe, que desempeñó más de cuarenta años. Era hombre terrible, de sagaz inteligencia para tan ingrato servicio, y a los poderosos inspiraba confianza, como a los débiles espanto. Llegó a ser al modo de institución, personificando los arrestos insolentes de la Seguridad Pública, y el odio con que el pueblo pagaba las vejaciones justas o arbitrarias que sin cesar sufría.

Quedaron, como se ha dicho, suspensos Lucila y su padre, sin atreverse a dar un paso más, invadidos del terror que Chico infundía: avanzó este hacia ellos con firme paso, y en la forma destemplada que era en él habitual interpeló al celtíbero: «Hola, Jerónimo.. ¿se puede saber qué buscas tú por aquí?». Volviole Cigüela la espalda, y se llevó las uñas a la boca para mordérselas. Trémulo, descubriéndose, Ansúrez contestó: «Señor, veníamos paseando, y como uno está tan orgulloso de que nuestros queridos Reyes se alberguen en palacio tan magnífico.. nos llegamos a ver y admirar ese gran patio.. Y como españoles que adoramos a nuestra Reina, veníamos a visitarla y a echarle nuestros (p.6561) homenajes. Triste pueblo somos, y nuestros homenajes y visitas no pueden ser otros que mirar desde la calle las ventanas del cuarto donde mora la perla de las Reinas.»

-Anda, que pareces la cabeza parlante -dijo Chico, requiriéndole, con el movimiento marcado por su bastón, a que siguiera su paseo por lugar distinto del patio-. Otro que mejor hile las palabras no conozco.. ¿Y esta joven es tu hija?». Volviose Lucila hasta darle de cara, pero sin mirarle. «¡Pues no es la niña poco vergonzosa! Anda, ¿qué te han hecho las uñas para que así las maltrates y te las comas?.. Bonita eres; pero no hagas mañas, que se te va toda la gracia. Paseen por la Tela, o por la Virgen del Puerto, que aquí no se les ha perdido nada.. Jerónimo, mucho cuidado conmigo; y tú, pimpollo, no andes en malos pasos, que voy y se lo cuento al amigo Halconero.. ¡Largo!».

Con una mirada, que en Ansúrez infundía más ganas de correr que una carga de caballería, les echó hacia el arco grande. Al paso que tomó Jerónimo hubo de ajustarse Lucila. Miraron hacia atrás, y vieron al temido polizonte plantado en el propio sitio, atento al camino que seguían. «Es mi D. Francisco un águila para las intenciones -dijo Ansúrez medroso-. ¿Qué se habrá creído ese prepotente?.. Pueblo somos, pero pueblo honrado, y nada de más haría la Serenísima Señora Reina en permitir que nos llegáramos a su trono para besarle la Real mano». Abrumada bajo la fatalidad, que cruel, o piadosamente, quién lo sabe, atajaba sus propósitos, Lucila no decía nada, y siguió a su padre hasta donde quiso llevarla; llegaron al Cubo de la Almudena, y andando, andando cuesta abajo, por un portillo derrengado pasaron a una especie de alameda, cuyos árboles raquíticos, enanos y sedientos parecían increpar al sol con el gesto rígido de sus ramas desnudas. El suelo blanqueaba de puro polvo. A un lado y otro, en trozos de sillería que hacían oficio de bancos, se veían parejas de soldado y criada, o solitarios y melancólicos paseantes. El sitio era desapacible, sin otros encantos que el espléndido sol, y el despejado horizonte (p.6562) que mirando hacia la parte del río, Casa de Campo y Sierra, se veía. Un cielo claro, limpio, desesperante de extensión azul sin accidente de nubes, coronaba la tristeza luminosa de aquel gran paisaje, del más puro Madrid.

-Mira, mira -dijo Ansúrez a su hija señalándole un bulto negro que subía, figura tan escueta como los enfilados árboles-: aquí tenemos al D. Martín de mis pecados.

-¿Y me trae usted aquí para ver a ese viejo loco..? -dijo Lucila desolada, colérica-. Yo me voy, padre.. ¿Por dónde salgo de este páramo indecente, de este Infierno de polvo?

-Aguarda, hija.. Ya el Sr. Merino nos ha visto. Viene hacia nosotros».

Acercábase el clérigo despacio, impasible, y su rostro adusto, pomuloso, no expresaba más que el desdén de toda criatura. Su enorme sombrero de teja, chafado y mugriento, obscurecía sus facciones, dándoles un tinte terroso, de adobes viejos caldeados por el sol de cien años. Iba levantando polvo, que le blanqueaba los zapatos y los bajos de la sotana. Recogía el manteo en el brazo izquierdo, y con el derecho hacía un pausado movimiento de sembrador. -Buenas tardes -dijo al ponerse al habla-. Yo bien.. ¿y en casa?.. ¿Viene la moza de paseo?.. Bueno. ¿Con que nos casamos, eh? Y con un hombre rico.. No es mala suerte.. Aprovecharse, que todo se acaba, y hombres ricos van quedando pocos». Contestó la joven con las palabras precisas para no ser descortés, y se sentó en un pedazo de sillería. Había muchos por allí de forma curva, como pedazos del brocal o pilón de una destruida fuente.

No tenía Lucila gana de conversación, y hasta le enfadaba oír lo que los demás hablasen. No lejos de ella, en otro sillar, se sentó D. Martín; Ansúrez permaneció en pie; y creyendo ver en el clérigo disposiciones a la benevolencia, le instó a que de una vez se clareara, tocante al préstamo, para saber a qué atenerse. «A eso voy, a eso iba -replicó el cura extravagante-; pero antes os diré otra cosa. Ya sabéis.. y con los dos hablo, hija y padre.. ya sabéis que estamos abocados al cataclismo. Oiréis por ahí que vuelve Narváez. No lo (p.6563) creáis.. Narváez no volverá más.. El maldito moderantismo es cosa concluida. ¿Quién vendrá? Vendrán todos y no vendrá nadie. ¿Quién mandará, quién obedecerá? Nadie y todos..»

 

Ep-33-XXXII -

-Si lo que anuncia D. Martín -declaró Ansúrez-, quiere decir que veremos el fin de las rapiñas, bendígale Dios la boca. Pero a mí me dice mi razón natural que la barredera de bolsillos no se acabará mientras vengan tantos inventos nuevos de comodidades y regalo del vivir, porque ellos traen las tentaciones, y los hombres de acá, que han visto cómo triunfan y gastan los extranjeros ricos, quieren ser como ellos. La tierra no lo da, que si la tierra lo diera, todos nadaríamos en la bienandanza; y estando secos los pechos de la gran madre, el hombre fino y agudo, que apetece buena vida porque el cuerpo y hasta la mesma ilustración se lo piden, por ley natural deja crecer sus uñas todo lo que se le merma la voluntad de trabajar. Loco es en España el que fíe del trabajo para vivir a gusto, que de su sudor no ha de sacar más que afanes, y ser el hazme reír de los que manipulan con lo trabajado. Tres oficios no más hay en España que labren riqueza, y son estos: bandido, usurero y tratante en negros para las Indias. Yo de mí sé decir que habiéndome pasado la vida sobre la tierra, echando los bofes, sin fruto, ahora no miro más que a reunir comerciando un capitalejo de mil duros: me basta. Prestando dinero al interés de ciento por ciento, que hay quien lo tome y quien lo pague, hágome con una renta igual a mi principal, que será el mejor alivio de una vejez honrada.

-Alto ahí -dijo D. Martín, saliendo por un instante de su impasibilidad-, que a interés mucho más módico que el ciento, he colocado yo mis ahorros, y todo me lo han quitado los malos pagadores, amparados por la curia maldita.. El usurero se cae también a los profundos abismos, como caerán el militar insolente que oprime a la Nación, el contratista que le chupa la sangre, el ministro que ampara tantas contumelias; caerán la hipocresía y la falsedad que han corrompido la honradez y buena (p.6564) fe de la Nación española.. y debajo de todos, porque caerá el primero, veréis a Narváez, con toda su infernal caterva de generales.. ¿Habéis oído contar las comilonas y orgías de Palacio, y las que el sátrapa daba en su casona de la calle de la Inquisición con el dinero que a manos llenas le regaló Isabel para sus lujos? Pues mientras los cortesanos se hartan en banquetes, el pueblo cena pan seco, y por no tener para carbón, que vale, como sabéis, a catorce reales, no puede ni calentar agua para hacer unas tristes sopas.. Desde que tomó Narváez las riendas, España no es más que un laberinto de todos los males, y ahí tenéis al empleado que se merienda al contribuyente, al policía que nos encarcela al menor descuido, y al militar que por un triquitraque saca el chafarote y acuchilla a los ciudadanos. Habéis visto que somos víctimas de tantos vejámenes, atropellos y contumelias; que el robo es la suprema ley, pues no sólo se roban riquezas, sino personas. Los hombres roban la mujer que les agrada, y las mujeres al hombre que les peta. Y la Justicia para castigar estos crímenes ¿dónde está?

-No se ve la Justicia, no se ve la ley -dijo Lucila, que gradualmente se interesaba en la conversación-. Pero la Justicia ha de estar en alguna parte, Sr. D. Martín.

-A eso iba, a eso voy.. Coged todos los candiles que hay en el mundo, encendedlos, recorred con ellos el suelo de España buscando la Justicia, y no la encontraréis. Ella y la Verdad se han escondido.. y para encontrarlas, más que candiles hace falta otra cosa.

-La Verdad y la Justicia -dijo Ansúrez-, están en el corazón de los poderosos; pero muy escondidas adentro, debajo de pasiones y de mil cosas malas..

-El corazón de los poderosos -agregó Merino agarrándose a la idea del celtíbero-, tiene dentro la Justicia y la Verdad; pero como está tan empedernido, no hay modo de llegar a él para sacar las virtudes. Claro que tienen que salir, porque si no, se acabaría el mundo..

-Peor que acabarse, porque sería el Infierno -dijo Lucila-, y siendo el mundo Infierno, nos condenamos antes de morirnos.

- (p.6565) Condenados los que no delinquimos.

-Condenados malos y buenos: esto no puede ser.

-La Justicia y la Verdad tienen que salir -dijo Ansúrez-; pero ya verán ustedes cómo no salen. Cuando más, asomará una puntita de ellas.. A menos que venga un hombre tan grande y tan sabio que sea como redentor que nos manden del otro mundo..».

Sin perder su impasibilidad más que por segundos, D. Martín expresó esta idea: «El hombre que por la Providencia venga destinado a desatar este nudo, ha de reunir en sí solo el mérito que tuvieron Moisés, Numa y Augusto.. y aún es poco. Hay que agregar el mérito de Ciro, Semíramis y Alejandro.. No sabrán ustedes quién fue Numa, ni quién Ciro y la gran Semíramis; pero poco importa que no lo sepan..».

Ansúrez y Lucila le oían con la boca abierta. «Pienso -dijo el celtíbero-, que al hombre, remediador de los males de España, o sea médico de esta enferma Nación, no podemos imaginarlo reuniendo en un sujeto a todos los talentos del mundo, pues aún sería poco material para formar el gran seso que aquí necesitamos. Imaginarlo debemos como dotado de santidad, de un fuego divino, que no puede encender más que el Espíritu Santo, según reza la Sacra Teología.»

-La Teología -dijo Merino con marcado desdén-, será dentro de mil años no más que lo que es hoy la Mitología para nosotros.. ¿Sabéis lo que es la Mitología? Dioses, semidioses y héroes, todos movidos de las pasiones del hombre. Pues en eso concluirá la Teología.. El que a España regenere necesitará, más que talento y más que el brillo de la llamada santidad, de un inmenso valor.. desprecio de la vida propia así como de las ajenas.. Ea, yo me voy..». Dio dos pasos y se paró para completar su pensamiento: «Ese valiente que necesitamos, bien merecerá el nombre de Mesías. Él traerá la Justicia y la Paz. ¿Cómo? Dichoso el que lo vea, y puede que vosotros lo veáis.. ¡Paz y Justicia!, amigas siempre inseparables, porque donde no hay justicia no hay paz.. y si lo dudáis, preguntádselo a Moisés, el cual, (p.6566) para hablar de estas cosas, empezaba por invocar a los cielos y la tierra: Audite caeli quae loquor, audeat terra eloquia oris mei.. Si no sabéis latín, es lo mismo. Quiere decir: Oiga el Cielo, óigame la tierra.»

-Oigamos lo que se le ha traspapelado en la memoria -díjole Ansúrez cogiéndole del manteo, cuando ya iba en retirada-. Se olvida del negocio de los dineros que ha de prestarme. ¿Es hecho o no es hecho?». Se embozó Merino en el manteo; y dando la media vuelta casi sin mirar al celtíbero, o mirándole de soslayo, le dijo: «Anda y que te dé los cuartos tu yerno, que es bastante rico..». Sin añadir palabra, mirada ni gesto, siguió su pausada marcha hacia el Portillo.

-¿Sabes lo que se me está pasando por la intención? -dijo Ansúrez a su hija, mirando los dos al clérigo que se alejaba-. Pues coger una piedra.. recordar mis tiempos de muchacho.. y ¡ran! darle en la misma corona.. ahora que se quita el sombrero..

-Déjele, déjele.. que bien se ve lo perverso que es -replicó Lucila-, y la poca o ninguna substancia que de él puede sacarse.. Habla de traer la Verdad, y él que la tiene en el cuerpo ¿por qué no la echa fuera?.. Vámonos de aquí.. Yo estoy mala.. no sé lo que tengo.. Miedo, repugnancia.. ¿Por dónde vamos a casa? ¿Está muy lejos?

-Menos de lo que tú crees. Metámonos por el Portillo de las Vistillas, que está dos pasos de aquí, y en un periquete subiremos hasta San Francisco».

Así lo hicieron. Lucila respiró con desahogo del alma al entrar en su casa. «En este rincón humilde -se decía-, nunca, nunca, después que se fue Tomín, me ha pasado nada desagradable. Personas y cosas, todo aquí es bueno, y todo se sonríe al verme. Hasta los animales del corral, que en aquellos días tristes me enfadaban, ahora son mis amigos: los quiero». Resultado de esta meditación fue el propósito de asentir a cuanto resolviesen los que llamaba suyos, Eulogia y Antolín, y más suyo que nadie el bonísimo D. Vicente.. Por la noche, fue Jerónimo convidado por Antolín a cenar, y de sobremesa le dijo Halconero que abandonara todo proyecto de poner tienda; que llevara (p.6567) su vejez a un trabajo sosegado, mirando a la salud más que a las riquezas; y pues era hombre práctico en labranza, viniérase con su hija al pueblo, y allí se le daría plaza descansada de mayoral o mayordomo, según la ocupación que más le cuadrase. Conmovido Ansúrez, echó por aquella boca las retahílas de su gratitud, y Lucila una lagrimita, de las dulces, ¡ay! que no habían de ser amargas todas las que derramaba.. Tratando de la boda, se puso a discusión el punto de si, descartado el martes, como día nefasto, convenía retrasar al miércoles, o anticipar al lunes. «Que lo decida la novia» -propuso Halconero; y ella, prontamente, sin vacilar, decidió: «Mejor antes que después». Tal idea vista por dentro en su fatigada mente, era de este modo: «Si ello ha de ser, mientras más pronto, mejor. Tengo miedo a estar libre».

Pasaron el domingo en familia todos reunidos. Determinó Halconero que el casorio se celebraría tempranito en San Justo, eligiendo esta iglesia para complacer a su amigo, paisano y algo pariente, D. Francisco Pradel; y aunque Lucila no veía con buenos ojos semejante elección de templo, porque el recinto de San Justo estaba para ella plagado de tristezas, y allí encontraría ideas suyas que deseaba perder de vista, no se atrevió a votar en contra por no serle posible explicar las razones de su repugnancia. Ampliando el programa, se acordó que después de la ceremonia religiosa, y de oír misa y asistir a la función de las Candelas, irían de gran almuerzo a casa de Botín, y de allí a Palacio a ver la función de Corte en la Capilla Real. Esta parte del programa sí fue rechazado por la novia en términos tan vivos que nadie se atrevió a insistir en ello. Por nada del mundo se metería en las apreturas de Palacio. «Total, ¿para qué? Para no ver nada». Y pues la Reina con toda su Corte habría de ir después a la iglesia de Atocha para la presentación de la Princesita, mejor sería que desde la calle, en sitio seguro o en un balcón, vieran el paso de la comitiva. Aceptada fue por D. Vicente esta sensata proposición: también a él, por (p.6568) causa de no estar nada flaco, le enfadaban las apreturas.

Las primeras luces del 2 de Febrero de 1852, día que había de ser memorable por diferentes motivos, encontraron a Lucila despierta, arreglándose: no le daba poca prisa Eulogia, que en madrugar dejaba por perezoso al mismo sol. Las siete y media serían cuando vestida estaba ya la novia; a las ocho le puso Eulogia la mantilla.. Celebrada fue por cuantos en tal ocasión la vieron, la soberana hermosura de Lucihuela Ansúrez. Con su trajecito negro, y en derredor del rostro pálido las sombras del cabello fundiéndose con el nimbo obscuro de la mantilla, era realmente una diosa del Olimpo con disfraz de española y madrileña.. A las ocho y diez salieron.. A las ocho y media, ya estaban en la sacristía de San Justo, y a las nueve menos minutos, la diosa y mártir era ya, ante Dios y los hombres..

 

Ep-33-XXXIII -

..esposa de Vicente Halconero, rico labrador de la Villa del Prado, ¡oh suerte, oh dicha, y admirable dictamen de la Providencia!

En la capilla de los Dolores oyeron los esposos misa rezada, que dijo D. Martín Merino, y en verdad que necesitó Lucila de toda su voluntad para oírla con devoción, porque entre su pensamiento y el oficiante, que al mismo Cristo representaba, se interponían recuerdos, imágenes e ideas que ella quería expulsar de sí para el resto de sus días. Siempre que el adusto sacerdote al pueblo se volvía para decirnos que el Señor está con todos, con el pueblo en fin, la recién casada bajaba los ojos.. En una de estas, no los bajó tan a tiempo que dejara de ver la brillante mirada del clérigo riojano que le decía: «Sé la historia.. ¿Quieres que te la cuente?..». Cuando le vio partir para la sacristía, Lucila daba vueltas en su cerebro a esta idea: «¡Vaya con mis locuras! En todo pensará este pobre señor menos en mí y en Domiciana». Empezó luego la función de las Candelas, en la que vieron también a Don Martín de asistente al culto, con sobrepelliz. Creyó Lucila que desde el presbiterio la miraba el maldito cura.. mas no era para decirle que sabía la historia, sino para repetir la (p.6569) terrible frase de otro día: «Domiciana merecía la muerte. Zanguanga, ¿por qué no la aseguraste bien?».

Terminada la función, vieron salir a Don Martín llevándose, como es costumbre en tal día, la vela que había ostentado en la función. Pasó junto al matrimonio sin saludar a Lucila ni a nadie, seco, ceñudo, con una cara y gesto propiamente aterradores. Ansúrez se fue a él y le dijo: «D. Martín, salude a los amigos, que por el maldito dinero no hemos de indisponernos los que bien nos estimamos». Y Merino: «¿Estáis de bodorrio? Ahora iréis de comistraje». Y Ansúrez: «Si quiere participar, tendrá la presidencia». Y Merino, en la cuerda más baja de la sequedad amarga y del satánico desdén: «Que les aproveche.. Yo me voy a mi casa.. Cada cual a lo suyo».

Superior almuerzo les dio el amigo Botín. Ansúrez, que en aquel caso venturoso veía la mejor ocasión y estímulo para su hablar bien hilado y nutrido de ideas graves, les divirtió con amenos discursos. Contenta estaba Lucila, viéndose rodeada de tanto cariño y respeto, y sintiéndose a tan considerable altura en la escala social, que desde allí volvía los ojos hacia su antiguo ser y apenas lo vislumbraba. Un trozo de su existencia se iba quedando atrás, como siglo que muere para dejar a otro siglo el puesto del tiempo. En la poquita Historia que le había enseñado su maestro (que también con buenas tragaderas al banquete asistía) , los siglos eran diferentes unos de otros, y cada cual tenía su cariz, carácter y mote singulares. Se heredaban y se sucedían, como cuando muere el Rey y se corona Rey nuevo. Pues de este modo entendía Cigüela que se le iba un pasado triste, y se le entronizaba un porvenir risueño.. Consta en las crónicas de estos acontecimientos que después de una larga sobremesa en que los plácemes en prosa y verso halagaron los oídos y el alma de la hija de Ansúrez, vieron todos que la ocasión llegaba de tomar sitio en la calle Mayor para ver el Cortejo Real; y abandonados los manteles, llenos de migas de pan, de huesos de aceitunas y de manchas (p.6570) de vino, el profesor de Lucila, hombre de luces y un poquito pedante, tomó la delantera diciendo: «Vamos a ver pasar la Historia de España».

Buscando sitio donde pudieran ver bien, con retirada segura, se fueron a la Plazuela de San Miguel, y aunque allí había ya gran muchedumbre de mirones formando apretadas filas detrás del cordón de tropa, hicieron cuña, metiéndose entre la masa, hasta llegar a donde tocar podían las mochilas de los soldados.. Pasó tiempo, más tiempo del que en el popular programa ponía límites a la paciencia, y la Historia de España no pasaba. La hoja del inmenso libro no quería volverse. El pueblo, no pudiendo ver la página nueva, se divertía inventándola.. Por toda la masa corría un rumor de inquietud, de fastidio, rumor también de conjeturas..

Dadas y bien dadas las dos, y transcurridos después de la hora larga serie de fugaces minutos, la impaciencia llegó a su colmo, y las conjeturas tomaban giros disparatados. De improviso, a todo lo largo de la carrera pasó una ráfaga.. Venía de la Plaza de Oriente, doblaba la esquina de la Almudena y hacia la Puerta del Sol seguía, moviendo todos los ánimos.. Las cabezas se volvían de un lado para otro, se agrietaba la masa, se descomponían grupos para formar grupos nuevos, y hasta la disciplinada fila de tropa osciló y se quebró en algunas partes. ¿Qué ocurría? La ráfaga pasó silbando, y en cada trinca de personas dejaba suposiciones absurdas. Se movió un gran oleaje, en preguntas: «¿Qué pasa?.. ¿Qué ha pasado?.. ¿Verdad que pasa algo?». Y con este oleaje chocaba otro de indecisas y turbadas respuestas: «Nada: que al Rey le ha dado un síncope.. Nada: que la Reina se ha puesto mala.. Nada: que ya no bajan a Atocha..».

Nueva ráfaga, más vibrante, con sordo ruido de tormentas, de estremecimientos del aire. El pueblo echaba chispas.. La masa se resquebrajaba, buscando espacio para disolverse y correr; con su tremenda expansión rompía el enfilado rigor de la carrera, como el agua hinchada rompe sus cauces. En segundos (p.6571) corría la ráfaga enormes distancias, y a su paso los miles de almas se daban y quitaban su estupor, para transmitirlo con inaudita velocidad.. La afirmación, la duda, la negación, el Dicen, el ¿Qué?, el No puede ser, corrían como el restallar de un temporal de granizo.

-¡Que han matado.. a.. la Reina! -exclamó Halconero volviéndose asmático del estupor, de la pena, de la indignación-.. Imposible.. No lo creo.

En aquel punto, un hombre, que parecía de policía, soltaba tembloroso una breve arenga en el círculo de gente que le rodeaba: «Señores, calma.. no ha sido nada. Matarla no; no han matado a Su Majestad.. Ha sido intento, como decimos, conato.. Herida leve de Su Majestad..».

Y un teniente, no lejos de allí, también arengaba: «Señores, orden.. ha sido un sacerdote loco, un infame cura.. Orden..»

-Ha sido un cura, un cura.. -dijo la voz de la Historia corriendo por toda la masa y encarnándose en ella-. Con un cuchillo.. ha sido un cura, un cura..

-¡D. Martín! -exclamó Lucila horrorizada llevándose las manos a la cabeza; y el agudo celtíbero repitió con firme acento: «¡D. Martín!».

En medio de la llamarada de ardientes comentarios que la noticia levantó en el grupo de su familia y amigos, echó Lucila con satisfactorio convencimiento este combustible: «Aún no se sabe la verdad.. Esperemos.. El cuchillo no iba contra la Reina, sino contra Domiciana.. ¡A saber..! ¡Muerta Domiciana! ¡Justicia al fin!».

Descuajada la muchedumbre, se desmenuzó en puñados de gente que querían correr hacia Palacio. Era la gente mucha, estrechos los caminos. Al rugido del pueblo se mezclaba el son de tambores y cornetas de la tropa deshaciendo la formación. El ¡Viva la Reina! era un bramido continuo, que prolongándose en las bocas, hacía vibrar el aire y retemblar el suelo.. Y en tanto, el profesor de Lucila, hombre agudo y un poco zahorí, aplacaba la curiosidad de su discípula y del buen Halconero, asegurándoles que la narración del atentado y los pormenores del castigo del infame cura se verían en las Memorias, felizmente ahora (p.6572) continuadas, del simpático Fajardo-Beramendi.

 

FIN DE LOS DUENDES DE LA CAMARILLA

 

 

&

(EPISODIO 34) - (EPISODIO 35)

 

LA REVOLUCIÓN DE JULIO /

y

O'Donnell /

 

 

Ep-34-I -

Madrid, 3 de Febrero de 1852.- En el momento de acometer Merino a nuestra querida Reina, cuchillo en mano, hallábame yo en la galería del Norte, entre la capilla y la escalera de Damas, hablando con doña Victorina Sarmiento de un asunto que no es ni será nunca histórico.. La vibración de la multitud cortesana, un bramido que vino corriendo de la galería del costado Sur, y que al pronto nos pareció racha de impetuoso viento que agitaba los velos y mantos de las señoras, y precipitaba a los caballeros a una carrera loca tropezando en sus propios espadines, nos hizo comprender que algo grave ocurría por aquella parte.. «Ha sido un clérigo», oí que decían; y en efecto, recordé yo haber visto entre el gentío, poco antes, a un sacerdote anciano, cuyas facciones reconocí sin poder traer su nombre a mi memoria.. Hacia allá volé, adelantándome a los que iban presurosos, o tropezando con damas que aterradas volvían, y lo primero que vi fue un oficial de Alabarderos que a la Princesita llevaba en alto hacia las habitaciones reales. Luego vi a la Reina llevada en volandas.. ¡Atentado, puñalada.. un cura! ¿Había sido herida gravemente? Muerta no iba. Creí oírla pronunciar algunas palabras; vi que movía su hermoso brazo casi desnudo, y la mano ensangrentada. Rápida visión fue todo esto, atropellada procesión de carnes, terciopelos, gasas, mangas bordadas de oro, tricornios guarnecidos de plata, Montpensier lívido, el infante don Francisco casi llorando.. Al Rey no le vi: iba por el lado de la pared, detrás del montón fugitivo.. Vi a Tamames; creo que vi también a Balazote..

Mi fogosa curiosidad de lo anormal, de lo extraordinario, de lo que borra y destruye la vulgar semejanza de todas las cosas, me abrió paso, a codazo limpio, hacia el grupo donde esperaba ver al criminal. No sé cómo llegué: vi la cabeza cana de Merino, a la altura en que vemos la cabeza del que está de (p.6573) rodillas; la vi luego subir, y tras ella negras vestiduras nada pulcras.. Apenas distinguí el rostro.. Llevaban al reo hacia la Sala de Alabarderos, por detrás empujado, por delante a rastras. Entre tantas manos que querían conducirle, y al son confuso de las imprecaciones y denuestos, se me perdió aquella figura que yo quería ver en los instantes que siguen al punto trágico, ya que en este punto mismo no logré verla. Quise entrar; no me dejaron. En aquel momento me sentí cogido por el brazo, y volviéndome encaré con mi suegro, el señor don Feliciano de Emparán, en quien reconocí la imagen del terror: su boca era como la de una máscara griega, de la guardarropía de Melpómene, y sus cabellos, si no los empobreciera la calvicie, habrían estado en punta como las crines de un escobillón.. «Figúrate -me dijo-, que lo he visto tan de cerca, tan de cerca, que más no cabe.. Pasó Su Majestad.. la vi pararse, la vi sonreír mirando hacia atrás, como si llamara a una persona de la comitiva: esta persona era el Nuncio.. el Nuncio de Su Santidad, que se adelantó pegándome un codazo por esta parte. Y cuando me volví, por esta otra parte me dieron otro codazo. Era el maldito clérigo, que se abalanzó, se arrodilló como para dar un memorial.. le vi asestar la puñalada.. Creí que la tierra se abría para tragarnos a todos.. No sé si la Reina cayó o no cayó.. Nos abalanzamos al criminal.. Yo le oí decir.. no sueño, no; yo le oí decir, no una vez, sino dos: Ya tienes bastante».

Llegose a nosotros un gentilhombre regordete y chiquitín, a quien no conozco. Hoy me ha dicho mi suegro su nombre; pero ya se me ha ido de la memoria. Conservo en ella lo que aquel buen señor, tan corto de presencia como largo de alientos vengadores, nos dijo con caballeresca indignación: «Yo no entiendo estas pamplinas de la ley.. ¡Cuidado con los trámites! ¿Procedía, sí o no, que le descuartizáramos aquí mismo? ¿Pues no le vimos todos asestar el golpe, como una fiera? ¿Qué duda puede haber? ¿A qué vienen esos interrogatorios y esos dimes y diretes? ¡Si él no niega sus (p.6574) perversas intenciones! ¿Saben lo que dijo cuando le levantábamos del suelo? Pues dijo: ¡Oh, si hubiera en Europa doce hombres como yo! Por lo visto, su idea es matar a todos los Reyes y al mismo Papa.. ¡Qué vergüenza, señores, para nuestra Nación, donde jamás hubo regicidas!

-Perdone usted -estuve por decirle- Regicidas hemos tenido en nuestra Historia, y regicidas que han sido reyes, de lo cual resulta algo que parece como un suicidio del Principio Monárquico». Digo que estuve a punto de expresar esta idea; pero me la guardé, observando que no era prudente apear al buen señor de su remontada fiereza. Y él siguió así: «No sé qué daría por que ese hombre no resultara español. Un español puede ser todo lo depravado que se quiera; pero jamás atentará con mano aleve a la vida de sus queridos Monarcas.. Y al fin, contra un Rey, pase; pero contra una Reina, contra esta bondadosa Reina, toda candor.. Lo que yo digo: es una furia del Averno vestida de cura..

-¡Y qué deshonra para el sacerdocio! -exclamó entonces mi suegro echando toda su alma en un suspiro-. Daría yo.. no sé qué, porque resultaran disfraz la sotana y hábitos de ese bandido; disfraz también la corona que lleva en su cabeza. No pierdo la esperanza de que el asesino haya tomado figura eclesiástica para poder engañarnos a todos, y asestar el golpe con la más sacrílega de las traiciones. Y si no es extranjero, téngolo por extranjerizado. Lo que yo vengo diciendo, señores; lo que a ti te he dicho mil veces, Pepe: he aquí el fruto de tanto folleto, de tanto virus demagógico; he aquí lo que nos traen esos malditos periódicos, donde meten la pluma pelafustanes cuya ciencia no es más que unas miajas de francés.. eso.. y vengan acá cuantos delirios corren por el mundo.. todo ello sin censura, sin permiso del Ordinario ni nada.. Así está España medio loca ya, y así nos llega cada día una calamidad, primero enciclopedistas, luego la gaita esa de que la propiedad es un robo; y, por fin, estos monstruos.. el Apocalipsis..».

Cedió la palabra don Feliciano a un alabardero, que con (p.6575) noticias frescas del asesino, por haber oído sus primeras declaraciones, fue acometido por los curiosos insaciables. «Es español -nos dijo-, riojano por más señas, y cura. Se llama Martín Merino; dijo misa esta mañana. Al salir de su casa juró que no volvería sin matar a la Reina, o a la Reina madre, o a Narváez..». Nada consternó tanto a mi señor suegro como que el asesino fuera real y efectivo sacerdote, con la agravante sacrílega de haber celebrado aquella mañana; y cuando el alabardero, y otro que vino detrás, dijeron que Merino era exclaustrado y había vivido en Francia muchos años, desempeñando un curato, rompió en estas o parecidas exclamaciones: «¿No lo decía yo? ¡Enciclopedia, demagogia, con su poco de Espíritu del Siglo, cosas que no existían en España cuando ésta era una Nación de caballeros, que no mataban a sus reyes, sino que por ellos morían!»

Nos dirigimos luego a la Saleta, y en ella el mismo gentilhombre iracundo y enano, de cuyo nombre no puedo acordarme, vino a decirnos que la herida de la Reina no era de cuidado; que el puñal sólo penetró tanto así.. que habiendo sufrido Su Majestad un desvanecimiento, los médicos procedieron a sangrarla, y.. en suma, que tendríamos Reina para un rato. Con esto nos volvió el alma al cuerpo a mi padre político y a los que con él estábamos. Frenéticos vivas a Isabel sonaron en la Saleta y Antecámara, y a la consternación sucedieron esperanza y regocijo, sólo turbados por el anhelo que a muchos abrasaba de la inmediata matazón del malvado clérigo.

Vimos llegar jadeantes y ceñudos al Presidente del Consejo, Bravo Murillo, y a González Romero, Ministro de Gracia y Justicia, que estaban en Atocha esperando a Su Majestad; y recibido allí por veloces correos el jicarazo de tan descomunal crimen, corrieron a Palacio en ansiedad mortal. Fue su primer cuidado visitar a la Reina en su cámara; y una vez informados de que mayor daño había recibido de la emoción del lance que del puñal de Merino, se encaminaron a donde éste aguardaba que le cayera encima la nube de (p.6576) jueces y escribanos para decirles: «Caballeros, mátenme de una vez, pues yo no he venido a otra cosa, y cuanto menos conversación, mejor». Poco después de ver entrar a los dos Ministros en la Sala de Alabarderos, corrió de boca en boca, por la galería, una opinión que pronto tuvo adeptos, inclinándose a ella los mismos partidarios de la venganza instantánea. «No se le puede matar sin proceso, y el proceso no puede ser corto, porque ha de haber cómplices.. Esto no es un hecho aislado..

-Yo abundo en esa idea -me dijo mi suegro-, y no dudo que en ella abundarás tú también. Aquí hay complot.. y complot de ramificaciones muy obscuras». Con el honrado objeto de adquirir mayores luces sobre el particular, quise penetrar en la Sala, pegado a los faldones de un alabardero amigo mío. Pero se me negó la entrada, y de aquí tomó pie don Feliciano para decirme: «Ya nos lo contarán, hijo. Vámonos a casa, que a estas horas habrá corrido por todo Madrid, como reguero de pólvora, la noticia de esta hecatombe, y Visita y tu mujer estarán con cuidado».

5 de Febrero.- He creído siempre que el pueblo español ama verdaderamente a su Reina. Pero hasta hoy, ante el reciente suceso que mi suegro llama hecatombe, no había yo visto clara la exaltación de ese cariño, que raya en idolatría. Hay que leer las manifestaciones de los pueblos, que nos trae la Gaceta, y el lenguaje que emplean algunos alcaldes en sus protestas contra el atentado. Uno empieza diciendo: «¡Qué horror! ¿Y aún vive el regicida?» Luego llama a éste «monstruo vomitado del Infierno», y pide que le maten a escape. Domina en todas las protestas, al lado de las imprecaciones violentísimas, la implacable sentencia popular: «Matarle, descuartizarle, hacerle polvo». Y otro funcionario exclama, dejando caer sus lagrimones sobre el papel de oficio: «¡Querer quitarnos la mejor de las Reinas, la joya, la prenda más querida de todos!» Y esto es sincero, esto sale de los corazones, y nos retrata al pueblo español como un enamorado de su Reina: Isabel es hija, hermana y (p.6577) madre en todos los hogares, y como a un ser querido y familiar se le rinde culto. Sábelo, Isabel; hazte cargo de que este sentimiento lo tienes por ti sola, no por tu padre, que se pasó la vida haciendo todo lo posible para que le aborreciéramos, ni por tu madre, más admirada que amada; acoge en tu corazón este sentimiento y devuélvelo, como un fiel espejo devuelve la imagen que recibe. Consagra tu vida y tus pensamientos todos a satisfacer a este sublime enamorado y a tenerle contento. Aprovecha este amor purísimo, el mejor de los innumerables dones que has recibido de la Divinidad, y no lo menosprecies ni lo arrojes en pedazos, como la cabeza y las manos de las lujosas muñecas con que jugabas cuando eras niña. Esto no es cosa de juego. Eres muy joven, y tu juventud vigorosa te anuncia un largo reinado. Mira lo que tienes, mira lo que haces, y mira con lo que juegas.

Pues en Madrid no hay más tema de conversación que los partes de la Facultad de Palacio, anunciando que la Reina se restablece del sofoco y de la puñalada, y la sabrosa comidilla del proceso de Merino, sobre cuya criminal cabeza sigue la opinión arrojando los anatemas más horribles. Hasta los niños le llaman ya monstruo abortado y oprobio de la Naturaleza. Todos sus dichos y actitudes en la cárcel son comentados como nuevos signos de perversión; a su serenidad se la llama insolencia procaz; a sus graves ratificaciones de responsabilidad, brutal cinismo. Al juez instructor respondió, entre otras cosas abominables, «que había ido a Palacio a lavar el oprobio de la Humanidad, y a demostrar la necia ignorancia de los que creen que es fidelidad aguantar la infidelidad y el perjurio de los Reyes». A su abogado le dijo que no buscara motivos de defensa, porque no los había; que si se empeñaba en defenderle por loco, él se encargaría de demostrar lo contrario. No estaba arrepentido; no tenía cómplices, ni recibía inspiraciones más que de su propia inquina, del aborrecimiento de toda injusticia y del mal gobierno de la Nación. Era una víctima de las leyes mentirosas (p.6578) que desamparan al débil; había sufrido ultrajes y reveses sin que nadie le amparase; detestaba toda autoridad; no tenía rencores contra Isabel; pero sí contra la Reina por serlo, y contra Narváez, que nos había traído innumerables ignominias y desventuras. No temía la muerte, y al notificársele la sentencia, decía: «Pues encarguen que el patíbulo sea muy alto». Al subir a él diría: «Imbéciles, os compadezco, porque os quedáis en este mundo de corrupción y de miseria».

Estos dichos y réplicas comenta la gente, dándoles un sentido de infernal depravación. Ya echan también su cuarto a espadas los poetas. Uno de éstos nos habla del Tártaro, el cual, no sabiendo qué hacer un día, se distrae abortando al sacrílego, el cual sale de allí, armada la mano impía, sin más objeto que arruinar a España.. Otro ve venir a un tigre disfrazado -con el sacro vestido- del sacerdote del Señor Eterno; y sospechando por su actitud sus dañadas intenciones de matar a la tierna cordera, empieza a dar gritos llamando al León de España para que saque la garra y.. etc. Al son de la Poesía, aunque no con acentos tan roncos y desatinados, viene la Política, que ante este grave suceso, que parece un aviso de la Fatalidad, ha borrado la vana diferencia y mote de partidos, fundiéndose todos en la emoción unánime por la Reina en peligro, por Isabel amenazada de un puñal alevoso.. Da gusto ver los periódicos clamando contra el delincuente, y ofreciendo al ídolo nacional los homenajes de respeto y amor más ardientes y sinceros. Sobre todo interés de bandos o grupos está la salud y la vida de la Soberana. Por esto dice muy bien El Heraldo que se ha suspendido la oposición.

¿Ves, Isabel? Todos te quieren, así los que están de servilleta prendida en la mesa del Presupuesto como los que ha largos años contemplan lejos del festín las ollas vacías. Todos te aman; en todo corazón español está erigido tu altar. Míralo bien y advierte lo que esto significa, lo que esto vale. Considera, Isabel, a cuánto te obliga ese amor, y con qué pulso y medida has de ejercer el poder, la (p.6579) autoridad y la justicia que tienes en tus bonitas manos. Aviva el seso, Reina, y no juegues.

 

Ep-34-II -

7 de Febrero.- A mi dulce amiga invisible, la indulgente Posteridad, doy anticipada explicación de los vacíos o faltas que notará en mis vagas Memorias cuando llegue a leerlas, si tal honra merezco al fin. Creerá que es mi correo el viento; que a él las confío en descosidas hojas, y que algunos puñados de éstas se le van cayendo en su carrera por los espacios. Pues no es así, que buen cuidado pongo en que todo vaya bien ordenadito, no por caminos del aire, sino por manos de depositarios y conductores diligentes. La causa de estos vacíos debe buscarse en la propia morada y época del autor, que ha visto perseguido y condenado a destrucción su trabajo, fruto de tantas observaciones y vigilias. Sepa la Posteridad que ha dos años padecí alteraciones de mi salud, cuyo proceso y síntomas fueron gran confusión de los médicos de casa; y tan desconcertado me puse, que mi amada esposa y mi bendita suegra llegaron a creer que yo había perdido el juicio, o que mis tenaces melancolías y desgana de todo me llevarían pronto a perderlo. Inquietísimas las dos señoras, como el buen don Feliciano y las damas mayores, no sabían qué hacer para mi asistencia; todo su tiempo y su atención eran para vigilarme y no perder de vista la más insignificante acción mía, por donde pudieran descubrir mis alocados pensamientos. En aquellos trances me vino una crisis de flojedad de todo mi cuerpo y de fatigas intensas, que me tuvieron preso y encamado largos días; y en lo que duró mi quietud hubo tiempo sobrado para que María Ignacia y doña Visita, que veían en mis persistentes lecturas y en mis nocturnas encerronas para escribir la causa inmediata de mis achaques, discurrieran algo semejante a lo que el ama y sobrina de don Quijote imaginaron para cortar de raíz el morboso influjo de los libros de Caballerías. Registraron mi cuarto, y una vez sustraídos bastantes libros de los que más me deleitaban, abrieron con traidora llave uno de los cajones en que guardaba yo (p.6580) mis papeles, y todo lo que allí encontraron perteneciente a mis Memorias fue reducido a cenizas. Me ha dicho después María Ignacia que no fue ella, sino su madre, la verdadera inquisidora de aquel auto; que había intentado salvar algunas piezas de mi escritura; pero que doña Visita y don Feliciano se las arrebataron al instante, pronunciando la terrible sentencia: «¡Al fuego, al fuego!»

Sin tratar de averiguar quién tuvo más culpa en aquel desaguisado, me limité a llorar la pérdida de todo lo que escribí en el 50 y en parte del 51, porque en ello puse, a mi parecer, pensamientos muy míos que no merecían fin tan desastrado. Lo restante del 51 lo pasamos en Italia, y allí nada escribí, porque mi mujer me quitaba de la mano la pluma siempre que yo intentaba contarle algún cuentecillo a mi amiga la Posteridad. Permita Dios que esta nueva ristra de memorias sea más afortunada, y permanezca segura de incendios. Así lo espero, alentado por María Ignacia, que, oídas mis explicaciones, me ha prometido respetar mi trabajo siempre que observe yo dos reglas de conducta por ella impuestas. La primera es que no consagre a este recreo cerebral más que hora y media, a lo sumo dos horas en cada veinticuatro; la segunda, que no reserve de su curiosidad mis papelotes, reconociéndole el derecho de revisión, censura y aun de enmienda si fuere menester.. Mi amada mujer, a quien he confiado mis pensamientos más íntimos, no me tiene por lunático, y a cuantos en la Posteridad me leyeren les aseguro que no lo soy ni jamás lo he sido. Divago a mis anchas, eso sí, y digo todo lo que me sale de dentro, sin que me asuste la chillona inarmonía entre mis ideas y las de mis contemporáneos.

Si con los más suelo estar en desacuerdo, con mi señor padre político desentono horrorosamente, pues jamás dice él cosa alguna que a mí no me parezca un disparate. Al propio tiempo, cuanto sale de mi boca es para él herejía, delirio, necedad garrafal. Vaya un ejemplo: ayer mismo, hallándonos de sobremesa del almuerzo, con dos convidados, mi hermano (p.6581) Agustín y don Clemente Mier, dignidad de Capiscol de la catedral de Toledo, sacó mi suegro un papel y nos leyó la sentencia del cura Merino: «Fallamos: que por fundamentos y artículos tal y tal.. debemos condenar y condenamos.. tal y tal.. a la pena de muerte en garrote vil.. que el reo sea conducido al patíbulo con hopa amarilla y un birrete del mismo color, una y otro con manchas encarnadas..».

Al oír esto, dije tales cosas que don Feliciano me quería comer, y salió con la tecla de que no sigo bien del caletre. «¿Qué razón hay -añadí-, para que se vista de máscara, con escarnio repugnante, a un pobre reo, que bastante castigo tiene ya con la muerte?» Y como el clérigo comensal y mi hermano afirmasen que ello era formas y ritualismo de la ley, para inspirar más horror del crimen que se castigaba, y mi suegro triunfante nos leyese que lo de la hopa amarilla con llamas rojas lo disponía el Código en su artículo 91, sostuve que somos un país bárbaro, donde la justicia toma formas de Inquisición, y los escarmientos de pena capital visos de fiesta de caníbales. Dentro de cada español, por mucho que presuma de cultura, hay un sayón o un fraile. La lengua que hablamos se presta como ninguna al escarnio, a la burla y a todo lo que no es caridad ni mansedumbre. Aún despotriqué más; pero ahogaron mis expresiones con risas, saliendo por un registro que iniciaba siempre mi mujer: «Cosas de Pepe». Yo tengo cosas, y con este comodín puedo dar suelta, sin gran escándalo, a cuantos absurdos bullen en mi mente. El canónigo Mier, hombre ilustrado y tolerante, fue de los que más celebraron mis ocurrencias, y a renglón seguido me dijo que, designado por el arzobispo Bonell y Orbe para asistir a la ceremonia de la degradación del cura Merino, la cual había de ser muy interesante y patética, me proponía llevarme consigo, si yo lo deseaba. Aunque ordena el Concilio de Trento que estos ejemplares actos sean públicos, en el caso presente no se abrirán las puertas de la cárcel más que a los que asistan por ministerio eclesiástico, y a contadas (p.6582) personas que quieran presenciar la ceremonia, no por curiosidad, sino por edificación. Me apresuré a contestarle afirmativamente, y quedamos de acuerdo en hora y punto de cita para el mismo día.

Agustín, que a más de hermano mío lo es de la Paz y Caridad, contonos ayer que, habiendo visto en su calabozo al monstruo del Averno, salió de allí escandalizado y horrorizado de un cinismo tan infernal. No se contenta Merino con repetir que quiso matar a la Reina por vengar en ella las iniquidades de los que mandan, y por aversión al género humano, sino que ha declarado con el mayor descoco que desde su entrada en el convento, siendo aún niño, leyó cuantas obras prohibidas le vinieron a las manos, filosofismos y herejías de lo peor que abortan las prensas francesas. Luego se dejó decir que en su juventud estuvo enamorado de la Libertad; que por huir de persecuciones se largó dos veces a Francia el 41, empleó en préstamos el dinero de sus ahorros y algo que ganó en la Lotería, siendo tan desgraciado en sus negocios, que los acreedores, sobre no pagarle, le pegaban.. Sufrió vejaciones, malos tratos, estafas y vituperios mil, con lo que se le fue corrompiendo la sangre, y se llenó de hiel.

En sus últimos años, no tenía trato de gentes; se pasaba el día echando amargos ayes de su boca; quejábase continuamente de enfermedades efectivas y de otras imaginarias. Su genio era tan agrio, que no había cristiano que le aguantase.. Dormía tan poco, que sus descansos salían a hora y media no más por noche, y entretenía los insomnios con lecturas continuas de cuanto papel en sus manos caía.. En la cárcel afecta fría tranquilidad, desprecio de la vida, desdén de escribanos y jueces, de su propio defensor, y hasta del señor Presidente del Tribunal Supremo, don Lorenzo Arrazola, lo que verdaderamente revela un orgullo más que satánico..

Mucho agradecí al buen amigo señor Mier que me facilitara ocasión de ver al preso en acto tan imponente y severo. Consistía la degradación en despojarle de la investidura carácter sacerdotal, para (p.6583) que pudiera ceñir sin mengua de la Iglesia la hopa amarilla que ordena la etiqueta del cadalso, según los artículos 160 y 91 de nuestro benigno Código penal. A la hora designada para degradar entramos en el Saladero el señor Mier y yo, y nos encaminaron a una sala baja con rejas a la calle: en el testero principal vimos un altar, y sobre éste ropas litúrgicas, un cáliz, un crucifijo y dos velas. No tardó en llegar el señor Cascallana, Obispo de Málaga, con media docena de graves sacerdotes, que habían de asistirle, y casi al mismo tiempo se personaron el juez señor Aurioles, los Gobernadores civil y militar, el Fiscal, escribanos y algunas personas que no llevaban más cargo que el de mirones, ni otro fin que el de saciar su curiosidad ardiente. En la calle, numeroso gentío ansiaba ver cosa tan extraordinaria. Pocos eran los que algo podían vislumbrar pegados a las rejas; muchos los que empujaban disputando sitio a los que habían madrugado para cogerlo; muchísimos los que renegaban de no ver más que la pared, detrás de la cual pasaba algo terrible. Juntándose al murmullo y risotadas de los menos el mugido displicente de los más, resultaba un coro de crueldad y grosería que nos daba la sensación de los autos de fe.

El Obispo se revistió de medio pontifical rojo, con báculo y mitra, y ocupó un sillón de espaldas al altar; los demás curas situáronse a izquierda y derecha; yo me agazapé en sitio donde pudiera ver quedándome casi invisible, y ya no faltaba más que el reo, parte o figura indispensable del edificante espectáculo que debíamos presenciar.

Tras una breve espera, vimos aparecer la figura escueta y pavorosa de don Martín, alto, rígido, el cuerpo todo negro de la sotana, amarillo el rostro de las hieles que le andaban por dentro, la mirada viva, la expresión desdeñosa. Traía las manos atadas atrás, y del nudo que las enlazaba partían dos cuerdas, una para cada pie. Con esta sujeción su paso era lento, como el de un gran buitre que, inutilizado de las alas, se viera en la penosa obligación de hacer su camino por el suelo. Cuando (p.6584) pude verle de perfil y de frente, reconocí la fisonomía del clérigo que en 1848 prestó los auxilios espirituales a la pobre Antoñita en la triste casa de la plaza Mayor. Él no me vio a mí, y aunque me viera, no me habría reconocido. Diré con toda verdad que su presencia en la sala del Saladero levantó en mi espíritu el terror más que la compasión; casi casi encontré apropiadas a su persona las calificaciones de monstruo abortado, tigre, y demás remoquetes que la Prensa había hecho populares. El maestro de ceremonias, con su libro en una mano y el puntero en la otra, se adelantó hacia el reo y desabridamente le dijo: «Tiene usted que vestirse». Y el reo, más desabrido aún, contestó: «¿Y cómo? ¿con las manos atadas?» Los alguaciles desliaron la cuerda de sus manos; y en cuanto éstas estuvieron libres, llegose el hombre al altar y empezó a vestirse con pausa y método, sin la menor alteración en los ademanes, lo mismo que si se vistiera para decir misa, pronunciando con voz segura la frase de ritual que el celebrante dice a cada prenda que se pone. El amito, el alba, el cíngulo, la estola, el manípulo, tienen simbólica significación, que el sacerdote va expresando al tomar la figura de Cristo en aquella oblación pura, que no se puede manchar por indignos y malvados que sean los que la hacen. Sereno estaba el hombre, repitiendo en tan lúgubre ocasión lo que hacía todas las mañanas en San Justo o en otras iglesias; y como el acólito se equivocara queriendo ponerle el manípulo en el brazo derecho, le dijo pronta y secamente: «Al brazo izquierdo».

Vestido, el reo parecía otro. Su rostro huraño y repulsivo recibía no sé qué vislumbre apacible de la casulla que cubría su cuerpo. Se le mandó que se arrodillara, y obedeció al instante, hincándose frente al Prelado. «Más cerca, más cerca», le ordenó el maestro de ceremonias. Obedeció tan vivamente Merino, andando de hinojos hacia Cascallana, que llegó hasta tocarle las rodillas. Asustado el Obispo de aquel bulto que se le iba encima con salto parecido al del cigarrón de zancas (p.6585) aceradas, rebotó en su silla, se puso en pie, tuvo miedo. Pensó quizás que el asesino de Isabel sacaba de la casulla otro puñal de Albacete.. El Gobernador, don Melchor Ordóñez, se arrimó a Su Ilustrísima, que tranquilizado recobró su asiento. En esta parte de la escena advertí un ligero matiz cómico, que anoto aquí para que nada se me escape. Pasó como una fugaz mueca de Melpómene, si en el momento de su actitud más trágica la picara una pulga. Inmediatamente después de esto, Merino se fijó en las caras de chiquillos, de descocadas mujeres y pálidos hombres que aparecían en las rejas, y en el siniestro rumor del pueblo ansioso. «¿Hay alguna rúbrica -dijo- que disponga que estos actos se celebren a la luz del día y con los balcones abiertos?» Nadie le dio respuesta ni explicación. Un señor que a mi lado estaba, viendo que el reo se encogía de hombros y alargaba el labio inferior con un expresivo ¿a mí qué?, me dijo: «Pero ¿ha visto usted qué monstruo de frescura?»

Empezaron sus terribles funciones los que degradaban, y lo primero fue ponerle a don Martín en las manos un cáliz con vino y agua, que al punto le arrebató el Obispo, dándole después el copón, que con la misma prontitud le fue quitado. El señor Cascallana pronunció la fórmula en latín, que traducida fielmente dice: Te quitamos la potestad de ofrecer a Dios sacrificio, y de celebrar la misa tanto por los vivos como por los difuntos. Inmediatamente cogió Su Ilustrísima un cuchillito que le dieron los acólitos, mandó a don Martín que alargase los dedos y se los raspó suavemente, acompañando el acto de estas desconsoladoras palabras: Por medio de esta rasura te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos. Luego se le quitó la casulla, y el Obispo dijo: Te despojamos justamente de la caridad, figurada en esta sacra vestidura, porque la perdiste, y al mismo tiempo toda inocencia. Y al arrancarle la estola: Arrojaste la señal del Señor, figurada en esta estola: por esto te la quitamos..

Como el ceremonial que describo es a (p.6586) la inversa de la imposición del Sacramento del Orden, deshaciendo y desbaratando todo lo que éste significa, hasta privar al condenado de la dignidad, carácter y oficio sacerdotales, para entregarlo abiertamente al fuero de los legos, luego que se le quitó a Merino la calidad de Presbítero la emprendieron con el Diácono. Revestido con la dalmática, y puesto el libro de los Evangelios en las manos pecadoras, lo arrebató de ellas el Obispo con estas aterradoras palabras: Te quitamos la potestad de leer el Evangelio, porque esto no corresponde a los indignos. Y al despojarle de la dalmática: Te arrancamos con justicia la cándida vestidura que recibiste para llevarla inmaculada en la presencia del Señor, porque no lo hiciste así conociendo el misterio, ni diste ejemplo a los fieles para que pudieran imitarte como consagrado a Dios. Al desnudar al Subdiácono, la tremenda voz de la Iglesia dijo: Te desnudamos de la túnica subdiaconal, porque el casto y santo temor de Dios no domina tu corazón y tu cuerpo. Arrebatado le fue el manípulo con esta cláusula: Deja el manípulo, porque no combatiste las asechanzas del enemigo por medio de las buenas obras; y el amito con ésta: Porque no refrenaste tu voz, te quitamos el amito.

Aún no había concluido la terrible escena. Vi que por las mejillas del Prelado resbalaban dos gruesos lagrimones. Las de Merino estaban secas: su cara, como una escultura tejida con esparto, imitaba la impasibilidad del cadáver que no chilla ni remuzga cuando le pinchan y le sajan en la sala de disección. El señor que a mi lado estaba me dijo: «Esto no es un hombre, ni siquiera una fiera: esto es un árbol. Fíjese usted: Su Ilustrísima llora; yo, que no soy aquí más que mero espectador, lloro también.. no puedo contenerme, y él como si tal cosa.. Vea usted, es un árbol..». Nada pude contestar a mi vecino: tales eran mi emoción y el ansia que yo sentía de que la desgarradora escena terminase.

 

Ep-34-III -

Como dije, aún faltaban los últimos trámites para despojar al reo de las insignias de los grados menores y de la (p.6587) primera tonsura. El despiadado simbolismo era largo como toda la carrera eclesiástica.. al revés. La Iglesia había de borrar hasta la última señal de unción divina en el réprobo que expulsaba de su seno. Cuando, puestas y quitadas las insignias de estos grados, quedó el reo con sobrepelliz, al despojarle de ésta se levantó el Obispo, y entonando la voz todo lo que le permitía su emoción vivísima, pronunció este tremendo anatema: Por la autoridad de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y la muestra, te deponemos, te despojamos y te desnudamos de todo orden, beneficio y privilegio clerical; y por ser indigno de la profesión eclesiástica, te devolvemos con ignominia al estado y hábito seglar. Acto seguido, los acólitos le quitaron la sotana y el alzacuello, y el hombre quedó en chaquetón, figura lastimosa. Permaneció inmóvil, como esperando que le arrancaran también el pellejo. El señor Cascallana, armado de tijeras, le cortó un mechón de cabellos, y al punto uno de los alguaciles trasquiló la parte superior de la cabeza, hasta borrar en lo posible el redondel de la corona. El chis-chas de las tijeras me daba frío, como si me estuvieran trasquilando a mí. Aún no se aplacaba la terrible indignación de la Iglesia, que con iracundo estilo pronunció este anatema al compás de los tijeretazos: Te arrojamos de la suerte del Señor, como hijo ingrato, y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdocio, a causa de la maldad de tu conducta.

Ya parecía que todo terminaba. Oí suspiros y toses de los concurrentes, autoridades o curiosos; oí el mugido del pueblo que no veía nada desde la calle (salvo algunos privilegiados adheridos a las rejas) y que se conformaba con aspirar la trágica emoción rezumándola al través del espeso muro del Saladero. Merino, requiriendo las solapas de su chaquetón, dijo de mal talante: «Despachemos, que me voy quedando frío». El mísero reo no podía abrocharse, porque al ingresar en la prisión, los guardianes le habían arrancado los botones del chaquetón: parece que es costumbre carcelaria, para (p.6588) evitar el suicidio, que algunos reos han consumado tragándose los botones. Apenas dijo esto, resonó un estruendoso ¡viva la Reina! en la plaza, y después otro en los patios del edificio. Don Martín permaneció impasible ante las exclamaciones: sólo sentía frío.. Cuando le vi salir, de nuevo maniatado, el horror que al entrar me había inspirado dio paso a la compasión más viva. En su impavidez no vi cinismo, ni en su frialdad insolencia, sino más bien una entereza estoica de que yo no he conocido hasta hoy ningún ejemplo. Ansiaba ya dar espacio refrigerante a mi espíritu lejos de aquel ambiente inquisitorial, patibulario. Los eclesiásticos degradadores, y los acólitos y alguaciles que desnudaban y trasquilaban al reo, traían a mi mente imágenes, no sé si soñadas o reales, de las más siniestras figuras de la Edad Media. Salí con un remolino de confusiones en mi cabeza, y tan pronto me parecía natural, justo y humano que a Merino se le indultase después de la feroz ejecución espiritual de aquel día, tan pronto anhelaba su muerte, viéndola como un holocausto grande y bello; pero no se le había de matar en garrote ni por los medios usuales, sino con hacha.. La comparación con un árbol expresada por el caballero desconocido, no se apartaba de mi mente. Yo quería ver si el estoico, como el tronco herido, crujía y soltaba un ¡ay! al recibir el hachazo.

Despedime del señor Mier, a quien el Obispo llevaba en su coche, y a mí me ofreció el suyo y su grata compañía don Melchor Ordóñez, que iba al Gobierno Civil. Acepté, y rodando por el pedernal de estas malditas calles me dijo el simpático Gobernador: «Pero ¿ha visto usted qué tío? No creo que exista en el mundo otro con más agallas. El Obispo se hacía cruces viendo la fibra de este hombre. Me ha contado que en tiempos antiguos hubo clérigos delincuentes que ante la espantosa sofoquina de la degradación perdieron el conocimiento, y uno hubo, en Italia o no sé dónde, que cayó patas arriba y le recogieron cadáver.. Pero este tío, ya usted le vio: como si estuviera el (p.6589) sastre tomándole medida de un traje nuevo». Dije yo que, en efecto, es un caso estupendo de dominio sobre sí mismo. Y él a mí: «¡Ah! Pero ¿no sabe usted lo mejor? Esta peña, este tronco de acebuche, era un manojito de sensibilidad cuando estuvo enamorado del ama que le sirvió hace algunos años.. ¡Oh! había usted de ver las cartas, Aurioles las tiene. En algunas hay frases tan apasionadas que no las escribiera más sentidas el mejor poeta. Oiga usted: «Cuando en la misa me vuelvo a decir Dominus vobiscum y no te veo, como antes, ni la Virgen en su soledad pasaba la tristeza que yo». ¿Qué tal? ¡En qué estaría pensando el hombre cuando celebraba!.. Pues otra: ¿no sabe usted que el año 22 estuvo al lado de los milicianos en la acción del 7 de Julio? Sí, hombre, y en ese mismo mes quiso matar al Rey; al menos se abalanzó al coche con todas las de Caín, gritando: «¡Mueran los perjuros!» Sí, hombre: ahora lo hemos descubierto.. Bragado es el tío, como hay Dios, y de un temple que ya no se estila.. ¡Vaya, que si llega a darle de veras a Fernando VII, la que se arma! ¿Qué sería hoy de España? Acá para inter nos, creo que le habríamos quedado muy agradecidos.. Pues verá usted lo que me contó anoche. El año pasado, solía ir al gabinete de lectura de San Felipe Neri, y allí se daba unas atraquinas de periódicos españoles y extranjeros que Dios temblaba.. Dice que, a pesar de sus amarguras y de su odio al género humano, se mantenía tranquilo y sin idea de matar; pero que al enterarse del golpe de Estado de Napoleón, y ver la nube de despotismo que se venía encima en toda Europa, se fue del seguro y dijo: «aquí hay un hombre..». Querido Beramendi, yo he visto locos en la política; pero como éste ninguno, ni creo que haya venido al mundo un alma más fanática».

Terminó Ordóñez así: «Tengo que poner un bando en las esquinas; está el pueblo muy excitado contra el asesino, y tan condolido de nuestra Reina, que ni aun sabiendo que la herida es leve se da por satisfecho. Me dice la policía que entre la gente (p.6590) del bronce hay elementos decididos a dar un golpe el día de la ejecución, arrancando al reo de manos de la justicia para escabecharlo por manos de la plebe.. Figúrese usted, ¡qué carnicería, qué barbarie! Esto no es propio de un pueblo culto.. Conozco yo a esos elementos: son los que alborotan siempre, hoy en este sentido, mañana en otro, y al fin en el sentido de la poca ilustración.. Pero ellos también conocen a Melchor Ordóñez. Pregunten al pueblo de Madrid quién es Melchor Ordóñez, y dirá: un hombre que sabe respetar y hacer respetar». Y era verdad. Por la fama de su probidad y rigidez, acreditadas en otras provincias, le trajeron a este Gobierno civil, en el cual ha emprendido con fortuna el escarmiento de pícaros, el acoso de vagabundos y la corrección de revolucionarios de oficio. Pero quien manda, manda. No obstante la rectitud y nobles alientos de Melchor Ordóñez, en algún caso, que he de contar si Dios me da salud, no le han dejado ser tan rígido como él quería.

Llegué a mi casa con dolor de cabeza, desconcertado de todo el cuerpo, amarga la boca y los espíritus muy caídos. El frío que cogí en la odiosa cárcel me molestaba menos que el recuerdo de lo que allí vi, la vileza y procederes bajunos del brazo secular, por una parte; por otra, el bárbaro formalismo del brazo eclesiástico. ¡Con tales brazos, valiente tronco social nos hemos echado!.. Prolijamente lo referí todo a María Ignacia, que, al verme arrumbado en un sofá, no se separó de mí en lo restante de la tarde. Horrorizada con mi relato, me autorizó para que lo escribiese, recomendándome que en lo sucesivo huya de impresiones patibularias, y consagré mis Memorias a cuadros y tipos placenteros, proscribiendo todo lo dramático. La misma sociedad me indica el camino que debo seguir, pues ella no quiere ya cuentas con el género trágico, y se ha hecho pura comedia, con sus puntas de sátira, y la exhibición de pasiones tibias, de caracteres excéntricos o graciosos. Esto vino a decirme mi cara esposa, aunque no con los términos que yo (p.6591) empleo, sino más a la pata la llana. La tragedia no existe ya más que en el pueblo bajo, y en los ladrones y bandidos. Debo, pues, concretarme a las clases superiores, que no quieren ver sangre más que en casos de recetar el médico sangría o sanguijuelas. Para mi salud es conveniente que yo ponga un freno a esta recóndita querencia mía de las cosas trágicas, volviendo mis ojos a la sociedad alta y media, y a la política, que también es ya comedia pura, de enredo muchas veces, otras de figurón. Prometí a María Ignacia seguir el camino que su buen sentido me indicó, y aquí me tenéis en plena vulgaridad social.

¿Recuerdas ¡oh Posteridad benigna! a las dos lindas muchachas, Virginia y Valeria, hijas de mi amigo don Serafín del Socobio, con las cuales honestamente me divertía yo allá por los años 48 y 49, jugando con ellas a los novios, y tratándolas siempre como si fuesen una sola mujer con dos cuerpos distintos, aunque muy semejantes? Creo haberte dicho también que les salieron efectivos novios, uno para cada una, dos tenientes, que también a mí me parecieron duplicadas imágenes de un teniente solo. Pues se casan; uno de estos días serán llevadas al altar, no por aquellos pretendientes que las cortejaban el año 50, sino por otros, militar el de Valeria, civil el de Virginia. Ambas, según me cuenta mi mujer, están rabiando por cambiar de estado, ansiosas de pasar de señoritas a señoras, con casa propia, libertad, y hombre a quien poner las enaguas para hacer de él un monigote. Me figuro que estas dos bodas son algo precipitadas, y que los padres, aunque aparezcan satisfechos, han consentido en colocar a las niñas, por no poder aguantar ya sus vehementes ganas de emancipación. Valeria ha escogido por sí su hombre, el cual es un capitancito de buenas prendas, hijo del coronel don Felipe Navascués, que figuró en la guerra civil; entra Virginia en la coyunda, más que por designio propio y libre, por la persuasión amorosa y tenaz de sus padres, que han visto la felicidad de la niña en el orondo y fresco joven Ernesto de Rementería, hijo (p.6592) de un señor que pasa por millonario. Dios las haga felices, y a ellos también, pues, aunque apenas los conozco, merecen mi respeto y la sana compasión que debemos a todo cristiano que se embarca para cruzar el engañoso piélago del matrimonio. Así lo llamo, porque si a mí me ha salido este mar totalmente limpio de sumideros y escollos, otros que entraron en la nave con el corazón lleno de alegrías, navegan desesperados entre bravísimas olas, y no saben en qué peña irán a estrellarse.

La educación de mis amiguitas Virginia y Valeria no las eleva mucho, por más que otra cosa creyera yo, sobre el común nivel de nuestras señoritas de la clase media tirando a superior. Poseen, eso sí, su caudal de saber religioso, todo de carretilla, sin enterarse de nada; escriben muy mal, con una ortografía que parece el carnaval del Alfabeto; en Aritmética no pasan de las cuatro reglas, practicadas con auxilio de los rosados dedos; en Historia, fuera de la de José vendido por sus hermanos, y de la de Moisés recogido en el Nilo, están rasas, y sólo saben que hubo aquí godos muy brutos, y después moros que eran derrotados por Santiago. Todo lo que saben de Geografía no vale un comino: se reduce a nociones vagas de la superficie del planeta, y al conocimiento de que es forzoso embarcarse para ir a las Américas descubiertas por Colón. En Literatura moderna y clásica están a la altura de su cocinera; no les ha entrado en el entendimiento más que la comedia o el drama del día que han visto en el teatro, y algún novelón sentimental, tal vez empalagosa leyenda de caballeros tontos y sultanas redichas, que han leído en el Semanario Pintoresco, o en el folletín del periódico de la casa. Poseen unas cuantas fórmulas de francés para sociedad, y en el piano aporrean furiosamente valses y polcas. No conocen nada de la vida; no se ha permitido que en sus espíritus, amañados para la elegancia, penetre parte alguna del prosaísmo con que tenemos que luchar. No conocen ni el valor de la moneda, ni las pesas y medidas; no tienen idea de lo que es una legua, (p.6593) un celemín, un quintal; apenas se hacen cargo de cómo se convierte el trigo en pan, las uvas en vino, y de cómo salen del cascarón los polluelos. Su corta vida y sus ingenuos caracteres se han desarrollado entre las primarias labores domésticas, y entre novenas y funciones de teatro, perfilando la educación social en tertulias insustanciales, academias de toda humana tontería.

Hablando yo de esta pobreza educativa con las propias Virginia y Valeria delante de su señora madre, ésta, que es una idiota muy honrada y muy buena, dijo que para ser mujeres de su casa no necesitaban las niñas saber más Historia Natural que la precisa para distinguir un canario de un burro, y que los que llamados Principios quedáranse para los que habían de ganarse la vida como catedráticos. Quizás aquella apreciable mula tiene razón, pensé yo al oírla, y traje a mi memoria el ejemplo de María Ignacia, que, si en estudios no estaba menos cerril que Virginia y Valeria, me salió excelente mujer, y ha sabido cultivar por sí, en la vida más que en los libros, sus nativas dotes, fundando fácilmente el nuevo saber sobre el raso de su ignorancia. Esto pienso que harán mis amiguitas, guiadas por su despejo natural y por la sana índole de sus corazones. Amén.

Anoche tuvimos a comer a don Mariano José de Rementería, padre del joven que pronto será feliz esposo de Virginia. Es hombre de posición, según dicen, y de una cultura más brillante que sólida, elaborada en los viajes y en el trato social más que en el estudio. Suelen ser los cultos mundanos menos enfadosos que los eruditos, mayormente si éstos descuellan en la especialidad de la sabiduría rancia y del atavismo histórico y arqueológico; pero don Mariano desmiente esta regla, porque es el señor más molesto, más prolijo y más pedante (en el ramo de cultismo europeo) que yo he podido echarme a la cara en esta vida triste, valle de lágrimas.. no, no, valle, vivero más bien de imbéciles. Cuando se pone a contar sus odiseas y las maravillas de la civilización, se creería que él solo las ha visto y gozado, (p.6594) porque a nadie deja meter baza, ni permite que otras bocas alaben cosa distinta de lo que pondera hiperbólica y neciamente la suya. Pues sucedió que el pasado año tuvo este señor la ocurrencia, y nosotros la desgracia, de ir.. vamos, de que fuera él, no a escardar cebollinos, sino a visitar la Exposición Universal de Londres. Los que le alentamos a ese viaje, y yo fui uno de ellos, con rabia lo confieso, bien lo hemos pagado, bien, porque ahora, con sus enfáticas descripciones del Crystal Palace y de los peregrinos adelantos que vio en él, nos trae a todos locos, a mí particularmente, que tengo la cabeza débil, y el humor fácilmente irritable contra los habladores. ¡Jesús me valga y Santa Librada bendita, patrona de Sigüenza! Es un hombre que empieza a contar algo que le ha pasado en sus viajes, y desde los primeros conceptos pega un brinco y se mete en una digresión, de ésta en otra, y en otra, hasta que, viéndonos a todos mareados, se para y pregunta: «¿En dónde estaba yo?» «Pues estaba usted -le contesté anoche- en Oxford Street, queriendo darnos una idea aproximada, nada más que aproximada, de lo grande que es esa calle.

-Justamente -prosiguió él-. Pues verán ustedes: salía yo de Hyde Park con el famoso Losada, ya saben ustedes, el primer relojero del mundo, y nos encontramos a Carreras, el primer tabaquero de Londres.. Hablamos de España, de este país tan pobre y tan atrasado.. Entre paréntesis, aquí no tienen idea de la penosa impresión que a los que venimos del extranjero nos causa el llegar a Madrid, y ver el sistema primitivo de recoger las basuras..». De esta digresión pasó a otra, y a mil, y fue a parar ¡a Egipto! a los carneros de cuatro cuernos que ha presentado Egipto en la Exposición Universal.. ¡Cuatro mil cuernos había puesto ya en nuestras cabezas aquel condenado narrador!.. Sin el menor cargo de conciencia, digo que le detesto. Su palabra fácil, sus períodos gramaticales muy pulidos, inflados por las amplificaciones, me atacan los nervios. Se oye cuando habla, y se recrea en el efecto que hace. El vértigo de (p.6595) sus digresiones adormece a muchos, y a mí me pone en un grado de furor que difícilmente puedo disimular en su presencia. Y para mayor desgracia, mi suegro, que ahora se pirra por aprender todos los adelantos, con tal que no salgan de la esfera material, le trae a su mesa un día y otro para proveerse de ideas sueltas, y ponerse al tanto de las conquistas más notorias que debe la industria a la ciencia extranjera. Escúchale con devoción, y acaba siempre por desearle una larguísima existencia para que pueda viajar mucho y contarnos tantas maravillas. Lo que yo le deseo es que se muera, que le maten, que le salga un asesino y nos le quite de en medio.. Mi mujer me riñe cuando me oye tan despiadados disparates. «Es que me encocora este buen señor -respondo yo-, y me hace desgraciado siempre que viene a casa. Es un tonto, de la clase de los dorados, que son los peores. ¡Luego me dices tú que me consagre a los tipos cómicos de nuestra sociedad! ¡Ay, mujer mía!, me divierten mucho más los trágicos».

 

Ep-34-IV -

8 de Febrero.- Ya no existe Merino. Ayer por la mañana, según dicen, hizo protestación de fe, y dictó un escrito pidiendo perdón a la Reina. Las dos serían cuando le condujeron al suplicio, en burro, con su hopa amarilla llameada de rojo, para que la grosería de la cabalgadura y la horripilante fealdad del empaque, disfraz sustraído a las máscaras de la Muerte, llevaran más fácilmente la ejemplaridad al pueblo. Luego, por la noche, le hicieron exequias a la romana: dieron fuego al cadáver, para que no quede hueso, ni momia, ni despojo alguno a que agarrarse pueda la memoria de los venideros. Así lo ha determinado el Gobierno de Su Majestad, sospechando que la corrupción de los corazones nos traiga una nueva demagogia, tan devota del regicidio que dé en la manía de adorar el zancarrón de este desgraciado sujeto. Ello ha sido un simulacro del Santo Oficio en la mitad del siglo XIX, para que puedan echar una canita al aire los muchos que aquí conservan el gusto de la quemazón de gentes, y se remocen (p.6596) viendo arder a un muerto, ya que no pueden asar a los vivos.

¡Por Cristo, que sin la prohibición terminante de mi mujer, a quien obedezco en todo, aunque me esté mal el decirlo, hubiera yo vuelto al maldito Saladero! Hubiera, sí, cedido a la tentación de acompañar al cleriguito señor Puig y Esteve, que llevó a la prisión de Merino el encargo de examinar las profundidades del espíritu del criminal con la sonda del conocimiento de Humanidades y de los clásicos latinos. Brindome a esta visita don Serafín del Socobio, presentándome en su casa al propio Puig y Esteve, quien reiteró el ofrecimiento con exquisita urbanidad. «Pues está usted fuerte en latinidad clásica -me dijo-, vamos juntos, y entre los dos haremos lo que podamos». En un tris estuvo que yo aceptara; pero me acordé de mi costilla, y más pudo el temor de disgustarla que el estímulo de mi curiosidad. Al día siguiente, oyendo contar al curita el resultado de su misión, me maravillé del saber profundo y del buen gusto del asesino. Yo le tenía por buen latinista; pero no sospeché que lo fuera en grado eminente. Y a más de asombrarme, me desconcertó un poco la exacta concordancia de las preferencias de Merino con mis preferencias en el gusto de los clásicos. Como él, he tenido yo siempre marcada predilección por la Sátira X de Juvenal. En mis tiempos de vida romana la recitaba de memoria, sin que se me escapara un solo verso; y cuando arreglaba la biblioteca de Antonelli en Albano, emprendí la traducción de la Sátira en verso libre: no llegué a terminarla por culpa de Barberina, que se sobrepuso al gusto de Juvenal. Aún puedo recitar algunos trozos, y entre otros el que dice: Ad generum Cereris sine caede et vulnere, pauci - Descendunt reges, et sicca morte tyranni. Yo lo traducía de este modo:

Pocos los reyes, pocos los tiranos

son a los reinos de Plutón descienden

sin ser heridos por puñal aleve.

Fácilmente adapto al alma y a los pensamientos de Merino, en los últimos años de su vida lo que piensa y dice Juvenal en esta admirable Sátira: la (p.6597) turbación de las ideas en Roma, tan semejante a la turbación nuestra; la indiferencia del pueblo a las cosas públicas en cuanto se ha enterado de que la política es oficio de unos pocos; la degradante cobardía de los que pisotean el cadáver del favorito de Tiberio para que no les acusen de haber sido amigos suyos; la ingratitud de la opinión con los grandes hombres; el triunfo de los osados y perversos; la tristeza de la vida, y la vanidad de todas las cosas.. Encuentro muy lógico que el elocuente pesimismo de Juvenal se infiltrara en el espíritu de Merino, dispuesto por sus melancolías y desgracias a ser el vaso más propio de tantas amarguras.. La voz y el ritmo del poeta latino inspiró sin duda al enemigo de nuestra Reina su ansia de morir, y de morir públicamente, entre el escarnio de la plebe y las iras de los poderosos, ostentando ante todo el Universo una gallarda postura de muerte.

En otras predilecciones literarias del humanista criminal, no difiere su gusto del mío. También prefiero entre los poemas bíblicos el de Job y de él conservo en mi memoria algunos pasajes, de sublime grandeza. Y cuando yo, estudiante en la Sapienza y en San Apolinar, me ejercitaba en el análisis exegético y retórico de los Evangelistas, San Mateo me cautivaba más que los otros por su evidente cultura, y delicado arte. En todo lo clásico estábamos conformes el regicida y yo, y si el regicidio me parece una atrocidad, más que a perversión moral lo atribuyo al empuje de las ideas negativas en un cerebro donde han perdido las afirmativas toda su resistencia. Desprecio de la vida, querencia de la muerte: ésta es la clave. El morir es bueno, aun para los tiranos; el vivir es malo, aun para los oprimidos.

Lo que el joven Esteve y otros testigos presenciales contaban de la reconciliación de Merino con la Iglesia, horas antes de subir al cadalso, no altera mis ideas acerca de su estoicismo, sino más bien las confirma. Quiso ser entero hasta el fin, y afianzarse en la calidad y nombre de cristiano, como el que se sube a la mayor altura para despeñarse con más admiración y sorpresa de los que (p.6598) contemplan su caída. Una vez cumplido aquel deber elemental, pudo Merino permitirse desdeñosas burlas de los que le llevaban al suplicio en tren de mascarada de la Muerte, con ropa de autos de fe y gemidos de una multitud enconada, aunque al fin compasiva. Parte de esta horrible procesión patibularia pude yo ver, valiéndome de cierto casuismo para quebrantar las saludables órdenes de mi buena María Ignacia. «Pepe mío, te suplico, te mando que no vayas a la ejecución». Así lo prometí.

Pero al renunciar al espectáculo de la ejecución, pensé que a la obediencia no faltaría observando si se confirmaban o no las inquietudes de Melchor Ordóñez. Con ánimo de ver si el pueblo nos daba una interpretación trágica de su decantada soberanía, me fui hacia Santa Bárbara, y cuando me escabullía entre la multitud, atento a las voces y pensamientos de hombres y mujeres, tropecé con un alguacil, José Risueño, que me tiene ley, porque yo le conseguí la plaza, siendo Gobernador don José Zaragoza. Creyendo Risueño que la mejor prueba que de su gratitud podía darme en aquella ocasión era introducirme en la lúgubre casa, me dijo, asimilando su rostro a su apellido: «Venga, don José, y podrá ver con toda comodidad al cura cuando salga al patio». ¿Cómo resistir a esta tentación? Entré con mi protegido Risueño, y vi a Merino a punto que montaba en el burro. La hopa amarilla le daba un aspecto aterrador. Cuando le ataban los pies por debajo de la cincha, dijo en tono agresivo: «¡Eh, brutos, que me lastimáis! ¿Creéis que me voy a caer? Traedme un caballo y veréis si soy buen jinete». Cuando el asno daba los primeros pasos, miró don Martín al verdugo y al pregonero que iban a su lado, y con flemático gracejo les dijo: «Buen par de acólitos me he echado»; y volviendo el rostro, se despidió con este familiar laconismo: «Abur, señores, abur».

Vi la oscilación del pueblo, y oí su inmenso clamor de curiosidad satisfecha, el goce del horror gustado en visión teatral y objetiva. No advertí nada que indicase movimiento sedicioso para arrebatar a la Justicia (p.6599) su presa. Más que pueblo, me pareció público aquel mar ondulante de cabezas espantadas, de ojos ávidos del menor detalle, de alientos contenidos, de bocas abiertas sin ninguna sonrisa. En miles y miles de pensamientos humanos brotaba en tal instante la idea de que el pescuezo de aquel hombre vivo, amortajado de amarillo, iba a ser muy pronto triturado dentro de un cepo de hierro, y esta idea ponía en todos los rostros una gravedad y palidez de rostros enfermizos. Decidido a no seguir la pavorosa procesión, me escabullí por la Ronda con ánimo de tomarle las vueltas al gentío, para observar su actitud. De lejos vi que el paso del reo iba levantando la exclamación trágica, y que ésta le seguía por una y otra banda, como siguen las nubes de polvo al torbellino de viento que las eleva.

No vi más al condenado: de lejos distinguí un punto amarillo que se perdía entre bayonetas y sobre la movible crestería de las muchedumbres. Contáronme aquella misma tarde que, en todo el camino, don Martín no dejó de guasearse de la Justicia, del verdugo, de los clérigos asistentes y de los respetables Hermanos de la Paz y Caridad. Todo este interesante personal se veía defraudado en el ejercicio de sus caritativas funciones; por los suelos estaba el programa patibulario, pues el reo faltaba descaradamente a sus obligaciones de tal, negándose a llorar, a besuquear la estampa, y a dejar caer su cabeza sobre el pecho con desmayo que anticipaba la inacción de la muerte. Al sacerdote que le exhortó a recitar salmos y a besar la estampita, le dijo: «Ya rezo, señor. Quiero ver al pueblo y que él me vea a mí». Y como de nuevo le incitara el clérigo a mirar la estampa, sus palabras: «Ahora estoy mirando la nieve de la Sierra. ¡Qué hermoso espectáculo!» Al conductor del asno reprendió en esta forma: «Torpe eres tú para criado mío, con mi genio.. Creo que no vas a servir ni para ahorcar». Y luego siguió así: «¡Cuánto tiempo que no doy un paseo tan largo, y de balde! ¡Qué buena borrica es ésta!» Llegó al cadalso, subió con aplomo la escalera, y acercándose al (p.6600) banco, tocó y examinó los instrumentos de suplicio para ver si estaba todo en buen orden. Besó el crucifijo, sentose para que el verdugo le atara, y mientras lo hacía, le encargó que no apretase mucho, que él prometía moverse lo menos posible en el momento de morir. Se le probó la argolla, y como notara que le lastimaba un poquito de un lado, hizo un mohín de disgusto. Pero no era cosa mayor la molestia. Expresado el deseo de hablar, permitiéronle pronunciar sólo algunas palabras, repitiendo que no tenía cómplices, y terminó con la fórmula: «He dicho». El verdugo volvió a colocarle la argolla; acomodó Merino su pescuezo.. Sus últimas palabras fueron: «Ea, cuando usted quiera».

Cumplió el verdugo.. En mi memoria reviven estos versos de la Sátira de Juvenal, que toscamente traducidos dicen:

Pide un ánimo fuerte que no tema

morir, y que la corta vida mire

como precario don de la Natura.

9 de Febrero.- Y voy con lo urbano y apacible, con lo que mi mujer llama comedia, y es la trama vulgar y descolorida de la existencia, mundo medianero entre la risa consoladora y el llanto dolorido, entre el sainete y el drama.. Allá voy, allá voy. ¡Pues no se pondría poco enojada la Posteridad si me descuidara yo en informarla de que hoy lunes se han casado mis amiguitas Virginia y Valeria! Ya lo saben las presentes y futuras generaciones; sepan también que hubo gran gentío, y después un copioso refresco en casa de Socobio, y que los recién casados se fueron por la tarde a ocultar su vergüenza, una pareja a San Fernando, orillas del manso Jarama, de regaladas truchas; la otra a Canillejas, donde parece que el señor Rementería tiene un cottage, así lo dice él, muy para el caso. Sepan cuantos las presentes vieren y entendieren que las dos chicas lloraron a moco libre cuando al término de la ceremonia las abrazó su madre; que esta voluminosa dama sufrió, de la emoción, un repentino desmayo, y que yo fui, por mi proximidad al sitio de la catástrofe, el desgraciado mortal a quien tocó la china de recogerla en sus brazos. Feo (p.6601) me vi para sostenerla, y con hábil maniobra, como quien no hace nada, pude arrojar toda aquella pesadumbre sobre mi vecino Rementería.

Sabrán asimismo que Rogelio Navascués, marido de Valeria, es un militar nada bonito, pero simpático y airoso. Creo que bastaría su hoja de servicios a darle crédito y fama de valor si ya no lo acreditara casándose. Es despierto, picado de viruelas, delgado y rígido. Del de Virginia, Ernesto Rementería, se hace lenguas la gente ponderando sus buenas cualidades y su finísima educación a la extranjera. Es gordito, sonrosado, de rostro pulido, limpio totalmente de bigote y barbas, la melena lustrosa y ahuecadita sobre las orejas. Vestido con traje talar podría pasar por una mujer metida en carnes, o por un lindo clérigo francés. Viste muy bien, y sus maneras no pueden ser más atildadas. Habla tres o cuatro idiomas, según dicen, que yo siempre le oigo expresarse en un castellano premioso, arrastrando las erres con sones de gargarismo. Educose en el Mediodía de Francia. Su padre, antes de traerle a España, le ha dado una pasada por diferentes naciones cultas, teniéndole seis meses en Francfort, otro tanto en Londres, y año y medio entre distintas poblaciones de Austria, Suiza y Holanda. Han procurado instruirle principalmente en el alto comercio y en la magna industria. Por su distinción, su gravedad y el aquél de tanto viajar con fin educativo, yo le llamo El Joven Anacarsis. Él se ríe, enseñando unos dientes blancos como la leche, y poniéndose un tanto colorado.

En fin, yo les deseo a todos mucha felicidad, e invoco a la diosa tutelar del matrimonio, la honrada Juno de brazos de alabastro, y a la prolífica Cibeles, para que les conceda..

 

Ep-34-V -

Sigüenza, 20 de Abril.- Al reanudar con tanta distancia de espacio y tiempo estas vagas Memorias, mi primer plumada será para explicar por qué quedó interrumpida y suspensa la última hoja de lo que emborroné con fecha 9 de Febrero. A punto que me acercaba a la terminación de aquel escrito, fui sorprendido por una carta de Sigüenza que, con los emolientes de (p.6602) costumbre, me notificaba la muerte de mi buena madre. Días antes habíamos recibido carta de ella poco firme de pulso, en los conceptos vigorosa: sólo nos hablaba de sus inveterados alifafes sin importancia, y se mostraba gozosa, muy esperanzada de vernos pronto por allá. Como nada temía, la triste nueva fue para mí un escopetazo, y María Ignacia, que amaba a mi madre tanto como a la suya, se afectó en tal manera que la tuvimos ocho días en cama. Con el vivo dolor mío y la dolencia de mi mujer, imagínese qué gusto tendría yo para redactar memorias.. El fallecimiento de mi adorada madre parece que desató sobre mi familia todos los infortunios, y desde aquel aciago día de Febrero ya no hubo para nosotros tranquilidad. A poco de restablecida mi mujer, empezó nuestra niña a ponerse muy descaecida, y..

Aguárdense un poco: ahora caigo en la cuenta de que, por la quemazón de mis papeles del 51, no sabe la Posteridad que el Cielo me concedió una niña, la cual no nació tan robusta como su hermanito; que la pusimos por nombre Librada, como mi madre, y que desde los primeros meses de su existencia nos dio no poca guerra con el quita y pon de leches, pues atribuíamos el desmedro a las malditas amas. Ya la teníamos al parecer metidita en caja, cuando de improviso se nos echó de nuevo a perder, y luchando hemos estado, hasta que al fin, hartos de doctores y tratamientos, resolvimos venirnos con las dos criaturas a esta saludable tierra y a estos purísimos aires. Tanto a Ignacia como a mí nos probó muy bien el cambio de suelo, de ambiente, y de paisanaje sobre todo, pues en este sentido Madrid me iba pareciendo ya tierra clásica de majaderos. La niña también ha mejorado, y el primogénito está hecho una fiera de apetito y codicia vital. He llegado a creer que la sombra de mi madre, vagando entre nosotros, nos arregla la vida del modo más llevadero y fácil; misteriosa tutela de ultratumba, que uno cree y admite como se creen otras cosas sin someterlas al contraste de la razón. Doy en pensar que la santa señora (p.6603) nos trae, en forma de consuelos, proyecciones de la Bienaventuranza con que Dios ha premiado sus virtudes.. Y de Memorias nada, porque aquí no hay vida pública; ningún acontecimiento sonoro rompe el plácido runrún de la existencia. Ecos llegan acá del rebullicio político que anda en Madrid por la Reforma Constitucional; pero como nada me importa que nos quiten la vigente Constitución para ponernos la que más guste a la Reina Cristina, a los señores eclesiásticos y a los realistas disfrazados de liberales; como pienso que con libertad y con despotismo siempre seremos los invariables ciudadanos de Majaderópolis, dejo pasar la racha, y, venga lo que viniere, aquí me tienen, como el impávido varón de Horacio, mirando las ruinas de ayer.. y las fáciles construcciones de hoy, añadiré que son las ruinas de mañana.

Madrid, 13 de Enero de 1853.- ¡Vaya una lagunita!.. Para saltar de la orilla en que dejé mis Memorias a esta ribera en que ahora las reanudo, tengo que dar un brinco tan grande, que es fácil me caiga en medio del agua, o sea, en el cenagoso abismo de mis calamidades. ¿Saben que se nos murió la niña a fines de Septiembre del año pasado? ¿Saben que mi padre está si cae o no cae, pues desde la muerte de su esposa no ha levantado cabeza el pobre? ¿Saben que a nuestra hija dimos tierra en el mismo sepulcro de mi madre, para que juntas esperen la resurrección de los muertos? Ignacia y yo nos hemos consolado con la idea de que la Librada grande y la chiquita gozan abrazadas la dicha eterna.. ¿Saben que cayó Bravo Murillo, y que se llevó la trampa todo aquel tinglado de la Reforma Constitucional; que María Cristina y los demás realistones que patrocinaban esta idea se echaron atrás asustados, dejando sólo al extremeño don Juan con sus economías para fuera y sus chorizos para dentro de casa? ¿Saben que ha venido, como quien viene de Belén, un Ministerio Roncali, con Federico Vahey, Alejandro Llorente y otros que no recuerdo? ¿Saben que me afecta tanto la emergencia de esta trinca de gobernantes como si vinieran a decirme que se han (p.6604) descubierto mosquitos en la Luna? ¿Y saben, en fin, que he perdido en absoluto las ganas de continuar pergeñando estas deslavazadas Memorias, y que me cosquillea en la voluntad el prurito de quemar todo lo escrito desde Febrero del año anterior, con lo que vendré a ser inquisidor de mí mismo? Pues saben todo lo que yo sé, y no necesito escribir más.

Madrid, Noviembre de 1853.- A instancias de mi mujer, intento reanimar mi espíritu con el enredo de contarle cositas a la Posteridad; pero ello ha de serme difícil en grado sumo, pues ya parece que de mi mente se alejan esquivas las formas literarias, negándose a entrar en ella, como en venganza del largo desuso a que las he tenido condenadas. ¿Cómo empiezo? ¿Qué materia social o política cogeré del montón de la vida presente para probar en ella mis fuerzas mentales embotadas? Nada encuentro que me sirva; y sin materia rica en elementos psicológicos, ¿qué ha de hacer el pobre ingenio mío, que veo acortarse de hora en hora, como la piel de lija que sirvió a Balzac para su famoso simbolismo de la humana vida? ¿Hablaré de la muerte de mi padre? Esto a mis lectores poco interesa, y a mí, por dolerme tanto, me lastima traer asunto tan íntimo a estas páginas frívolas, amargas, que sin quererlo suelen salirme irónicas. Y lo malo es que, apartando la mente de mi desgracia para llevarla a la vida general, no encuentro más que muertes, muertes célebres, como podríamos llamar a las que no circunscriben su duelo al término de una familia. Murió Mendizábal. Tres días ha le llevamos al cementerio con gran multitud de pueblo y señores, tributo tardío y menguado a un hombre que estimo como de los más altos de nuestro siglo por las ideas grandes y la voluntad poderosa. Últimamente, los políticos de tanda le hacían poco caso. Muerto, se ha visto su talla gigantesca, y hemos empezado a mirar y a medir su obra colosal, incompleta, porque aquí siempre ha de perderse en el tiempo el remate de las cosas: así lo dispone la envidia. Los envidiosos callaron al ver pasar su entierro; el (p.6605) pueblo, que, por ser tan poco envidiable, es quien menos envidia, le siguió con respeto y emoción, comprendiendo con seguro instinto todo el valor de la figura política que ya teníamos arrumbada, y que ahora revive, aunque sólo en nuestra memoria.

Murió también Jenara, la viuda de Navarro, mujer de larga historia propia y de grandísimo ingenio para contar la de los demás. Era la dama más guapetona y más salada que nos legó el ominoso reinado; su trato cautivaba; su sinceridad era la mayor de sus virtudes, con haber tenido muchas, aunque no todas las que manda el Decálogo. Desde el azaroso tiempo de José hasta las dos Regencias inclusive, precursoras de Isabel II, y aun un poquito más acá, no había fragmento anecdótico relacionado con la vida pública que no existiera en sus archivos, y estos solía mostrarlos, cuando estaba de vena jovial, a sus buenos amigos. Deja una memoria dulce sin sombra de rencores. En su testamento ha repartido entre las amistades algunas joyas y objetos de valor. A María Ignacia le ha dejado una pulsera que le regaló doña Francisca de Braganza, y a mí dos cartas de Chateaubriand en que habla del Congreso de Verona de Alejandro de Rusia, y particularmente se sí mismo. R. I. P.

El que no se ha muerto es Rementería, ni trazas tiene de óbito cercano; al contrario, disfruta de una salud aterradora, que, según dice, debe a las abluciones con agua fría.. Este azote de la humanidad no ha concluido de contarnos todo lo que vio en la Exposición de Londres, y siempre acaba diciendo: «estamos muy atrasados», o «vivimos en un grande atraso». Pasa por hombre de posibles, y así lo manifiesta su casa, que es también la de sus hijos, Ernesto y Virginia. Sus alfombras, sus cortinajes, su comedor vieux chène, sus dos salones con tapices, imitación de Gobelinos el uno, el otro de severo estilo inglés, son la admiración de Madrid.. Y además de hombre adinerado, es muy entendido en negocios. España le debe, si no la implantación, el perfeccionamiento de las Sociedades de Seguros sobre la Vida, (p.6606) pues la Sociedad suya, la que fundó y dirige, nombrada La Previsión, ha empezado sus operaciones con un éxito loco, según dicen. No pocas Empresas de esta clase se han fundado en España de algunos años acá, y parece que todas prosperan.. Los milagros de la asociación y del mutuo auxilio, en Inglaterra y en Francia, por diversas plumas han sido explicados aquí en periódicos y boletines. ¡Si llegaremos algún día, con la ayuda de Dios y el concurso de estos entendidos negociantes, a la categoría y significación de pueblo rico y civilizado!.. Guizot dijo a los franceses: enriqueceos, y nuestros aseguradores de la vida contra la pobreza, de la propiedad urbana contra incendios, y de las naves contra los riesgos de la mar, dicen a los españoles: «asociaos; traedme vuestras economías, y os haré poderosos». Los españoles, borregos a nativitate, llevan, sí, sus economías.. «¡La previsión, el ahorro, el mutuo auxilio!.. ¡ah! Estamos muy atrasados..».

A instancias de mi mujer, leo los párrafos antecedentes, y ella me dice: «Parece que tomas a broma la sociedad de don Mariano José.. y en eso no eres justo, Pepe. Rementería tiene mucho talento, ha visto medio mundo, aprendió en el extranjero estas cosas de juntar los ahorros de todos para hacerlos crecer y.. Pero ¿qué gestos haces?

-Estamos muy atrasados..

-No te rías, ni tomes esto a broma. Aquí tengo el prospecto.

-Lo sé de memoria. Trae primero la retahíla del Consejo de Vigilancia, en el cual han metido a tu padre; después dice: Director, don Mariano José, etc.. caballero de la Legión de Honor..

-Y por ser de la Legión de Honor, ¿crees que le llevarán más pronto el dinero?

-Naturalmente. Ya sabe el pie de que cojea todo español que tenga cuartos. El español con ahorros camina ciegamente hacia un hombre estirado, que se los pide mostrando un cintajo en el ojal de la levita.

-¡Qué exagerado eres, y qué disparates dices! Explícame esto de las imposiciones y del 3 por 100. Dime cómo se aumenta el capital o fondo; qué significa esto de la amalgamación de intereses, y cómo y por qué se (p.6607) enriquece el asegurado que conserva la vida..

Di a mi mujer explicación clara de las bases y mecanismos de la Sociedad, que son excelentes, y añadí: «La idea es en sí fecundísima: desconfío de las personas que la ejecutan». Tronó María Ignacia contra mi pesimismo, y apuntando el propósito de asegurar a nuestro hijo, me leyó este incitativo párrafo del prospecto: «La combinación de imposición de fondos en títulos del 3 por 100 y de la herencia mutua entre los asegurados, produce resultados sorprendentes, en términos que una imposición de 1.000 reales anuales que un padre hace encabeza de un niño recién nacido, promete a este hijo un capital de 470.000 reales si alcanza su vida la edad de veinticinco años».

-¡Parece milagro! Aseguraremos al pequeño, si quieres. Somos ricos. Si en esta lotería no nos cae premio, poco perderemos.. ¡Adelante las Sociedades de Seguros! Con desconfianza de sus manipuladores, yo las admito y enaltezco. El principio económico en que se fundan no puede ser mejor. La base del negocio es la muerte, infalible cosecha, y lo que en otros países ha dado buenas ganancias, aquí debe darlas triples, porque los españoles, en su gran mayoría, se mueren antes de tiempo, por la falta de higiene, por las guerras civiles, por la miseria. Yo te concedo que las tales Sociedades son buenas y que debemos alentarlas hasta ver en qué paran; pero no me mandes incluir estas vulgaridades en mis Memorias, que o no serán nada, o deben transmitir desde mis días a los venideros los graves hechos políticos y militares..

-Ven acá, tonto de capirote -replicó mi mujer, poniendo en sus ojuelos claros toda la agudeza de su espíritu-: ¿quién te dice que esto no es un tema social, un tema político, el más político de cuantos pueden existir.. histórico además, por ser cosa que va de un día para otro y de un año para otro año?.. Ciego estás si no ves lo interesante que ha de ser este capítulo de las Sociedades para los que te lean dentro de medio siglo. Piénsalo, Pepe, y hazme el favor, te lo suplico, de no romper lo que has escrito de don (p.6608) Mariano José y de la flamante Previsión, que es una mina, créelo, el grande hallazgo de todos los españoles que se tomen tiempo para morirse. Piénsalo, Pepe, y no rompas..».

No rompí, pensé..

 

Ep-34-VI -

Diciembre de 1853.- He comprendido que mi mujer, en quien cada día reconozco más claras dotes de profetisa y adivinadora, me señala la verdadera fuente de la histórica filosofía, y su talento admirable arroja mayor brillo cuando me dice: «En los actos más insignificantes encontrarás el filón de pensamientos que buscas». A los pocos días de la conversación relatada en mi anterior confidencia, salimos de compras. Algo necesitábamos para nuestra casa; pero íbamos acompañando a Valeria, que aún no había completado el ajuar de la suya, y nos llevaba de asesores inteligentes. En muebles importados de Francia vimos maravillas. De algún tiempo acá se han establecido en Madrid no pocos marchantes que nos traen las formas gallardas y cómodas de la ebanistería y tapicería francesas. ¿Qué sillones y qué sofás de blando asiento! Los huesos duros del español de raza, hechos a toda incomodidad y dureza, caen en ellos embelesados y no saben levantarse. Todavía tenemos espíritus ascéticos que se escandalizan de esta blandura y la llaman ¡sibaritismo!.. Pues en muebles de puro adorno hay preciosidades que quitan el sentido a las señoras de buen gusto y de aficiones suntuarias. Los veladores maqueados, las sillas del mismo estilo, hacen el agosto de estos buenos mercaderes, en quienes advierto, con grande asombro, que se han asimilado la relamida finura francesa para enseñar el artículo, regatearlo, venderlo y cobrar su importe, si es que lo cobran. En juegos de habitaciones completas, comedores de nogal tallado, alcobas de palo santo, salas y gabinetes, vi gran variedad, a precios razonables, al alcance de los que tienen poco dinero y aun de los que no tienen ninguno..

Pues mayor fue mi sorpresa cuando me llevaron (Valeria era la que guiaba) al 17 de la calle Mayor, La Exposición Extranjera, suntuoso almacén de objetos de laca, de (p.6609) bronces para regalos, y de mil bagatelas elegantes, graciosas, útiles, obra del inagotable ingenio parisiense. No me había yo enterado de que nos traen acá toda esta superfluidad bonita, y menos de que se vende como pan, echando por tierra la leyenda de las austeras costumbres españolas. Vi gente innumerable que compraba, o al menos que veía y regateaba. Aquel género de pura distinción y lujo también se va poniendo al alcance de los que no tienen sobre qué caerse muertos. Compran los ricos, los que disfrutan un modesto pasar, y los empleados de catorce mil reales que dan reuniones en su casa, y se prometen mayor ostentación cuando logren el ascenso a dieciséis mil.. ¡El mundo está perdido! Algunos cuartos dejamos en La Exposición Extranjera, y no volvimos a casa sin echar un vistazo a otros establecimientos: género blanco y mantelería, encajes, plata Ruolz, etcétera.. Cuando María Ignacia y yo comentábamos a solas nuestra correría por las tiendas de tan grande novedad, me dijo ella: «¿Tú qué te creías, que Madrid no progresa? Pues déjate que pongan los ferrocarriles; verás cómo se cuelan aquí todos los adelantos». Y yo: «Ya veo, ya: nuestro pueblo se asimila los progresos del lujo y de la comodidad más pronto de lo que yo pensaba. Tenías razón en decirme que estas cosas insignificantes y comunes merecen que se les indague el busilis. Escribiendo yo de ellas, escribo Historia sans m'en douter». Y ella: «Yo no sé si escribes Historia o no: sólo sé que esto es comedia y de las entretenidas, es sátira, es pintura de costumbres».

«Relaciono estos hechos -dije- con la epidemia reinante, que llaman pasión de riquezas, fiebre de lujo y comodidades. Así nos lo cuentan y así lo vemos con nuestros propios ojos. Un día y otro nos hablan de los escandalosos agios, de los negocios y contratas con que el Gobierno premia a los que le ayudan. Ya viene de atrás este tole-tole; pero D. Juan Bravo Murillo fue quien más abrió la mano en las concesiones de vías férreas, de explotación de minas, de obras para nuevos caminos y (p.6610) para puertos y canales. Esto es muy bueno, esto es vivir a la moderna, esto es progresar. No hemos de ser un eterno Marruecos petrificado en la barbarie y en la pobreza.. Aunque sigo aborreciendo a nuestro amigo Rementería, por hablador insufrible, pienso que este hombre enfadoso y cargante es un mesías que viene a traernos vida nueva. Poco vale el mesías; pero sin duda no merecemos otro. Ahora falta ver qué regeneración nos trae, y cómo la recibimos». Y ella: «No hay duda de que los españoles quieren entrar por el camino de la ilustración, madre del bienestar». Y yo: «Pero no empiezan por el principio, que es instruirse y civilizarse, para después gozar. Dicen: gocemos, y luego nos civilizaremos. Ven todo ese material bonito y elegante que los extranjeros han inventado para su goce, para su descanso y recreo; y tomando el fin por el principio, piden que vengan acá esas maravillas, las compran, las usan, quieren gozar de ellas, creyendo que con adquirirlas y poseerlas son tan civilizados como los que las inventaron y luego las hicieron. Signo de cultura son las ricas alfombras, las tapicerías, los sillones de muelles en que se hunde el cuerpo perezoso. Pues tráiganmelo, dicen: decoraré con ello mi casa, me daré tono de hombre culto, y ya se verá luego de dónde saco los dineros para pagarlo. No ha de faltar un buen negocio, un repentino hallazgo de veta minera, un cambio político, un premio de lotería, una herencia de tíos de América».

Enero de 1854.- Mi simpatía por Sartorius, motivada quizás de su cumplida urbanidad y de las atenciones que de él merecí en otra época, no se amengua con el zarandeo en que le traen los innumerables cesantes de alta categoría, moderados inclusive; los que ministraron el pasado año con Roncali y con Lersundi, y toda la caterva progresista y democrática. Ni entiendo este remoquete de polacos y polaquería con que se designa toda corruptela, los verdaderos o imaginarios chanchullos de que nos habla la vocinglera opinión. Ello es que desde que entró San Luis a dirigir el cotarro, en (p.6611) Septiembre del año anterior, se ha desatado un viento de huracán, que conmueve el cimiento del poder público. Las polvaredas que a todos nos ciegan, no nos dejan ver la mentira ni la verdad.

A la nariz me llegan olores de revolución sin que sepa precisar de dónde salen; pero ya puedo presumirlo, porque les acompaña tufo de cuarteles. Se nota en el vecindario madrileño esa especial alegría del pueblo español cuando hierve dentro de él el caldo de las conspiraciones, algo como preparativos de bodorrio plebeyo. Hasta me parece que noto en las personas de afición filarmónica el prurito de componer himnos, y en las de armas tomar, ojeadas estratégicas para el emplazamiento de barricadas. Comparten con Sartorius el vilipendio de la impopularidad el Ministro de Hacienda, don Jacinto Félix Domenech, ayer progresista, hoy polaco, y Agustín Esteban Collantes, contra el cual los maliciosos no fulminan ningún cargo concreto: que fue redactor de La Postdata, Secretario del Gobierno Civil de Madrid, Director de Correos, Ministro después; motivos suficientes para que le aborrezcan los que no han sabido ser nada. Me enfadan estos aspavientos de la ineptitud, que se disfraza de catonismo para que la oigamos. A los hombres que con vigorosa voluntad han sabido encumbrarse, les tengo siempre por mejores, en todo sentido, que los entecos que sólo saben tirar de los pies al prójimo que sube. Hablo de Collantes con más extensión que de Domenech, porque a éste apenas le conozco, y aquél es amigo mío. Pienso que ambos están llamados a grandes amarguras, y por anticipado les compadezco..

Mi mujer, firme en la idea de que un constante y metódico empleo de mis facultades anímicas ha de ser muy provechoso para mi salud, me recomienda que ponga mi atención en la política, ahora que está cual nunca interesante, preñada, como dice algún órgano de la Prensa, de formidables acontecimientos. Anhelo yo que esos acontecimientos vengan, y que me traigan aspectos y emociones dramáticas, con algún perfil cómico que dé humana (p.6612) realidad a mis historias. Anhelo también que, si los sucesos políticos toman vuelo y se hinchan con trágica grandeza revolucionaria, salga del seno agitado de los tiempos algún privado suceso de los que se miden y confunden con los públicos, formando una conglomeración sintética. Revolución quiero y necesito: revolución en los cerebros y en los corazones, revolución arriba y abajo, dentro y fuera..

17 de Enero.- ¡Vaya que esto parece brujería! Cuando con tanta fe y devoción pedía yo al Destino, a las Musas o al Demonio coronado, una revolucioncita privada o pública para mi solaz y entretenimiento (con tal que no venga por mi casa) , ¿quién me había de decir que tan pronto sería complacido por las ocultas divinidades celestiales o demoníacas que me protegen? Todo suceso, sin excluir los políticos de mayor monta, palidece ante el que me ha traído una carta que esta mañana recibí, sin que me haya sido posible averiguar qué mano la entregó a mi portero con encargo de que me la subiese pronto, pronto.. ¡Vaya unas prisas!.. Lo primero que hice al desdoblar el papel fue buscar la firma, y con estupor leí: Virginia.. Pues veamos lo que Virginia cuenta. Corrigiendo su criminal ortografía, para que la Posteridad no vitupere a esa criatura más de lo que merece, copio lo que ya he leído cien veces, sin que tantas lecturas me curen de mi asombro.

«Querido Pepe: a ti que eres tan bueno, y sabes apreciar las cosas como son, te digo lo que te digo, a ti solo antes que a nadie.. Y te lo digo sin remilgos, de escopetazo, como deben decir las personas valientes lo que hacen con firme voluntad. Te asustarás, Pepe; pero ya se te irá pasando el susto.

Sabrás, querido Pepe, que me he escapado de mi casa con el hombre que amo, con el que es primero y único amor mío. Dios sabe que nunca amé a otro, y que mi corazón estuvo muerto hasta que conocí al que ha de ser mi pasión y mi felicidad ahora y siempre. Con él me lanzo por el camino de la vida. De mi casa he salido tranquila y animosa, sin llevarme más que alguna ropa (p.6613) y las alhajitas que tuve de soltera.

Querido Pepe: no te digo el nombre de él, porque no quiero que nos descubran ni nos persigan. Te diré que es joven, que es bueno, y que me ama con delirio, como yo a él.

No siento dejar mi casa, que me era odiosa: en ella se queda Ernesto, de quien te diré que el mismo día de la boda, y al siguiente, ya vi bien claro que no le quería, ni podría quererle nunca. Ernesto no es un marido, ni sabe más que hacer cuentas. No te escribo para que vayas a consolarle. ¡Como que se habrá quedado tan fresco! él, y el ladronazo de su padre, y su casa, y toda la sociedad me importan a mí un rábano.

«Te escribo porque mis padres y mi hermana sí que me importan, y pensando en el sentimiento que tendrán por mi fuga, se me amarga el júbilo de mi estado libre. De tu buena condición y de tu amistad espero el favor de que vayas a ver a mis padres y a Valeria, y les digas que aunque me escapé, rompiendo por todo, siempre les quiero, y soy su invariable hija y hermana.. Querido Pepe: les dirás también que estoy buena, aunque con la zozobra natural de saber lo que ellos padecen, y que no me arrepiento de haber tomado el portante, porque soy feliz, y me importa un rábano la opinión pública.. A ellos les deseo conformidad, y les pido que me perdonen el mal rato que les he dado, y que se vayan haciendo, porque ya digo.. me importa menos que un rábano, por lo que toca a la sociedad y a los conocimientos de casa.. Les dices también, como cosa tuya, que no me busquen ni den parte, ni nada, porque ni hecha pedacitos así, vuelvo yo con ese marmolillo de Ernesto.. y tú, ya sabes, Pepe querido, que no has de hacer por averiguar dónde estamos.. No lo sabrás aunque te vuelvas mico.. Si te portas como caballero, yo te escribiré alguna vez que otra, para que por ti entiendan mis padres que estoy buena y que les quiere mucho su hija. Adiós, buen amigo. Éste te saluda y te manda expresiones. Tú se las das mías a María Ignacia, y a tu niño dos besitos, uno de cada uno de nosotros dos.. Pepe, mira bien lo que te encargo: que no nos busquen, que (p.6614) no den parte.. Si así lo haces, tendrás la confianza de tu leal amiga -Virginia».

No pude yo contar las cruces que después de leída la carta trazó María Ignacia sobre su rostro y pecho, ni las exclamaciones de pena y asombro, que fueron su primer comentario a suceso tan inaudito. Al fin hizo estas observaciones rápidas: Ya dije yo que esa chiquilla no era tan buena como parecía. Recordarás que era de las dos la más modosita, y, para mayor absurdo, la menos romántica. Pero yo he creído ver en ella, antes y después de casada, relámpagos de locura. Mira por dónde sale ahora. ¡Dios mío, qué desgracia, qué vergüenza! Pero ¿cuándo ha sido la fuga? ¿Ayer noche? No lo dice.. Y el hombracho, ¿quién es, Pepe? ¿Será de estos mequetrefes sentimentales que engañan a las tontas cantándoles el Suspiros hay, mujer, que ahoga el alma en flor, o será algún cotorrón maduro de éstos que..? En fin, tú sospecharás, tú tendrás algún indicio».

Respondile que nada sé ni sospecho, y que, en vez de dar vanamente al viento nuestras lamentaciones y conjeturas, debíamos acudir a las dos familias heridas por aquel escándalo, para ofrecerles el consuelo de nuestra amistad, como es costumbre, así en los duelos de muerte como en los de honra. Con perfecta unanimidad de pensamiento tomamos la resolución de proceder en sentido contrario a los deseos de la bribonzuela de Virginia, dando conocimiento de la carta a los padres, y ayudando a la busca, captura y castigo de los fugitivos. Media hora después de tomado este acuerdo, entrábamos mi mujer y yo en la casa que podríamos llamar mortuoria, y que encontramos toda revuelta. A don Serafín le habían sangrado, y doña Encarnación estaba en cama con furibundos ataques nerviosos. Eufrasia y Cristeta, que atendían a todo y recibían las visitas de duelo, nos informaron de la tribulación de los desdichados padres; y como yo pidiese noticias del estado de ánimo de los Rementería, contestome Eufrasia: «Pues esta mañana estuvo aquí don Mariano José a ver si sabíamos algo, y al responderle yo que seguíamos a (p.6615) obscuras, me dijo: 'Lo más lamentable es que en España no tengamos divorcio. ¡Estamos muy atrasados!'»

De acuerdo con María Ignacia, determiné practicar por mi cuenta y riesgo las primeras diligencias para dar con la prófuga, y me fui derechito a Gobernación.

 

Ep-34-VII -

13 de Enero de 1854.- Mal día para negocios que no fueran de política. En la Puerta del Sol me encontré a dos amigos que salían del Ministerio: eran Antonio Cánovas del Castillo y Ángel Fernández de los Ríos. Al primero le conocí el año pasado en casa de su tío, don Serafín Estébanez Calderón. Es malagueño, cecea un poco; su talento duro y poco flexible me cautiva precisamente por eso, por la dureza y rigidez. Ya está uno harto de los ingenios chispeantes, volubles, imaginativos, que fascinan, y no van ni nos llevan a ninguna parte. Éste no dice más que la mitad de lo que piensa, y hará, creo yo, el doble de lo que dice. Así me gustan a mí los hombres. A Fernández de los Ríos le trato desde que fundó Las Novedades, en Diciembre del 50. Quiso que yo escribiera en su periódico; pero mi pereza y el deseo de conservar la libertad de mi juicio pudieron más que mis ganas de complacerle. Es buen periodista y gran plasmante de periódico; pero mi pereza y el deseo de conservar la libertad de mi juicio pudieron más que mis ganas de complacerle. Es buen periodista y gran plasmante de periódicos. Su idea dominante es la unión de España y Portugal.. ¿Cuándo madurarán esas uvas?

Ambos amigos me dijeron que no intentara ver a Sartorius, porque a nadie quería recibir; estaba con las manos en alto sosteniendo la nube que se le viene encima, y lo mismo pesa sobre el Gobierno que sobre las instituciones. Un rato fui con ellos hacia la Carrera de San Jerónimo, donde se nos separó Cánovas para entrar en la librería de Monnier, y se nos juntó Nicolás Rivero, que de ésta salía. Andando, nuestro grupo llegó a tener ocho personas, entre las que recuerdo a Romero Ortiz y al poeta Gabriel Tassara. No necesito decir que todos hablaban horrores del Gobierno, de (p.6616) su arrogancia frente a la opinión, y de lo arisca y deslenguada que ésta se va poniendo. En las conversaciones particulares y en los papeles clandestinos, se prodigan a la situación polaca los siguientes piropos: tahúres políticos, cuadrilla de rateros, turba de lacayos y rufianes. La tormenta empezó a levantarse a la subida de San Luis, y sus primeros rayos cayeron en Diciembre sobre el Senado, con motivo de los debates y votación famosa del Proyecto de Ferrocarriles. Derrotado Sartorius, limpió el comedero a todos los senadores que habían votado en contra, de lo que provino un mayor estallido de la tempestad, con los truenos y el furioso granizar de la prensa desmandada. Acudió el Gobierno a poner a cada periódico su correspondiente mordaza. Chillaron los periodistas por la boca de una protesta colectiva. Fue también ahogada la protesta, y de aquí vino una manifestación general, enérgicamente escrita, firmada por hombres de diversos colores y opuestos cotarros, comprendidas figuras tan grandes como Quintana y el Duque de Rivas, otras de lucida talla, como González Bravo, Pastor Díaz y Olózaga, y toda la gente joven de más valía, Cánovas, Florentino Sanz, Vega Armijo, Ayala.. En este punto de la tempestad estamos ahora. En tanto que descargan nuevos rayos y se ennegrecen las pavorosas nubes, los periódicos amordazados se vengan del Gobierno y de la Casa Real, callándose todo lo que habían de decir del parto de Su Majestad. El 5 nació una Princesita, y el mismo 5 se volvió al Cielo, dicen que para no ver las cosas tremebundas que aquí ocurrirán pronto. Sé que en Palacio ha sentado muy mal el torvo silencio de la Prensa: esperaban oír los ampulosos ditirambos que en loor de la Institución se prodigan a cada triquitraque. Pero esta vez falló la costumbre: los periodistas se han callado como cartujos; no han escrito una palabra de regio vástago, ni de nada de eso.. Lo que ellos dicen: «o estas trompetas suenan para todo, o no suenan para nada». Por ahí duele.

Proponiéndome yo que no pasase el día sin iniciar por lo (p.6617) menos mis diligencias en busca de la dislocada Virginia, abandoné a mis amigos y me fui al Gobierno Civil, que desempeñaba otra vez el buen Zaragoza; mas tampoco pude verle. ¡Desgracia como ella! Fue uno de esos días aciagos en que no hay puerta ni mampara que no se cierre adustamente sobre nuestras narices. Traté de ver a Chico en el Gobierno Civil; luego estuve dos veces en su casa, y todo inútil. Evidentemente, el Cielo protegía con manifiesta parcialidad a los amantes prófugos. Ya me retiraba, reconociéndome con muy mala mano para la cacería de criminales de amor, cuando me deparó el Cielo a don José María Mora, director de El Heraldo, hombre muy amable y de extraordinaria corpulencia. Recordando al punto la gran amistad de aquel cetáceo con los Rementerías, le paré en medio de la calle; hablamos.. Poco más que yo sabía del suceso; pero algo me dijo que era la primera luz que debía esclarecernos el camino de la verdad. Sus palabras, entre resoplidos, fueron: «Pero ¿ha visto usted qué trasto de niña? ¡Qué borrón para las dos familias! Y ello no tiene remedio. ¡Si aquí hubiera divorcio, como dice don Mariano José..! Pero quia: no hay lañadura para este puchero roto. Estamos muy atrasados.. Pormenores no sé, mi amigo. Naturalmente, no he querido preguntar.. Me ha dicho el secretario de La Previsión que Ernesto se ha ido a Canillejas.. Parece que tiene obra en la casa. Quiere aumentar la altura de todas las puertas y entradas del edificio, ja, ja.. Y del gavilán que se ha llevado a la paloma, nada sé.. Oí que es pintor».

Nada más pude sacarle, porque el buen señor, que temía exponer al frío su gordura sudorosa en tarde tan fría, dio por terminado el plantón, y se despidió, apretándome mis dos manos con una sola suya.. «¿Con que pintor? -pensaba yo, encaminándome a la casa de Socobio para recoger a mi costilla-. Algo he descubierto; no dirá esa que he perdido el día». Visitas fastidiosas que iban sin duda a guluzmear, metiendo el hocico en el dolor de los padres de Virginia, me impidieron comunicar a (p.6618) Ignacia mi precioso descubrimiento. Llegó a la puerta nuestro coche, nos avisaron, partimos, y al bajar la escalera desembuché lo poco que sabía. En el trayecto de la calle de las Infantas a nuestra casa, Ignacia no hizo más que burlarse de mí con desenfado y gracejo. «Yo creí que esta tarde nos traerías a los dos fugitivos, cada uno por una oreja. ¿Y Sartorius, Zaragoza y Chico no te han dado más que esa luz: que el galán es pintor? ¿Y lo sabes por el gordo Mora?.. ¡Pintor! Pues eso yo también lo supe, a poco de salir tú para el Ministerio. Me lo dijo Ceferina, una de las criadas de la prófuga».

En casa, tratando del mismo asunto, mi mujer, con poca seriedad a mi parecer, me dijo: «Averigua tú ahora qué es lo que pinta ese bandido, y quizás por el género de pintura saquemos el nombre.

-No creo que sea difícil sacar el nombre por el género, y el género por referencias que yo pediré a Federico Madrazo, a Carlos Rivera, o a Jenaro Villaamil..

-Pues no tardes, que ello corre prisa.

-¿Y no te dijo Ceferina si es pintor notable?

-Notabilísimo.

-Pues los chicos que en Madrid descuellan en la pintura se pueden contar. Verás qué pronto doy con ese pillo.

-¿A ti qué te parece?, ¿será pintor de historia, pintor de paisaje, de asuntos religiosos, o de Mitología?

-Me parece a mí -dije viendo asomos de chacota en la sonrisa de mi mujer- que es pintor de historia, y que la pinta al fresco.

-Sí, sí -exclamó ella, rompiendo a reír-, y voy a satisfacer tu curiosidad diciéndote el género.. Es pintor.. ¡de puertas!

-¡De puertas! ¡Mujer, tú te chanceas!

-No.. Pero no vayas a creer que pinta sólo puertas. Pinta también ventanas.. En fin, Pepe: hablando seriamente: sabemos el oficio, el nombre no. Oye otro dato muy importante: es un chico guapísimo.

-¿Joven?

-No representa más de los veinte años. Decía la Ceferina.. y puso los ojos en blanco diciéndolo.. que nunca creyó que pudiera existir un mozo tan guapo. Por la descripción que hace del tal, debe de ser un perfecto modelo de la hermosura de hombre.

-Bueno: ¿y cómo entró en la casa? ¿Le llamaron (p.6619) para que diera una mano de pintura al armario de la cocina?..

-No: fue llamado para componer una cerradura, porque su verdadero oficio es mecánico.

-No compondría una cerradura sola.

-Fueron dos, tres o más. Eran cerraduras que no querían dejarse abrir. Parece que lo arregló tan a gusto de Ernestito, que éste le dio el encargo de nuevas composturas. En la casa había molinillos de café y aparatos de asador con mecanismo, que no funcionaban. Pues él lo dejó todo que no había más que pedir, muy a satisfacción de Ernestito y de la señora. Luego le dijeron que buscase un pintor; querían dar una mano de blanco a la galería grande. A esto replicó que no había por qué llamar pintor, pues él era amañado para todo, y también pintaba.

-Eso es verdad. Bien probada está su maña para todo. Bueno; y en eso empleó algunos días..

-Más de cuatro, y más de seis. Observó Ceferina que la señora iba a verle pintar, y con él pasaba ratos largos de parloteo. Cuando las criadas llegaban allí, se callaban como muertos, o sólo hablaba la señora para decir: 'Maestro, tiene usted que dar otra mano'. En los últimos días, la señora le llevó a las habitaciones interiores para que le barnizara un entredós. No llegó a barnizarlo, y todo se quedó en la preparación, raspando y afinando el mueble con lija..

-¿Y no sabe más Ceferina?

-No sabe más. La fuga fue el lunes por la noche. Salió sola, con un lío de ropa, y dijo a Manuela, la criada vieja, que no volvería más. La hermana de la portera la vio por la calle del Baño andando presurosa con el pintor, cerrajero y alijador.. Atravesaron la calle del Prado, y se perdieron de vista en la de León..

-Pues hay una pista segura. Cuando se necesitó en la casa un oficial mecánico para componer las cerraduras, ¿a quién se dio el encargo de buscarlo?

-A un albañil que fue al arreglo de las chimeneas. Este albañil se ha ido a la Mancha. No hay rastro de él.

-El caso es raro, extrañísimo por las circunstancias de tiempo y lugar; pero no nos asombremos de él como de un fenómeno estupendo, no visto jamás bajo el sol.

-Vamos, Pepe: eres (p.6620) capaz de disculpar la frescura y la indecencia de esa mujer? Yo concedo a las flaquezas humanas todo lo que se quiera; comprendo las pasiones repentinas, la ceguera de un momento, de un día; ¡pero fugarse así.. condenarse a la deshonra para toda la vida, a la miseria..! No creas: yo tengo en cuenta todo, y, entre otras circunstancias, lo guapísimo que es el muchacho. Pues figurándomelo como un perfecto Adonis, todavía no entiendo la pasión de Virginia: ¡Vaya, que enamoricarse de un bigardo semejante, que quizás no sepa leer ni escribir.. apestando a aceite de linaza y todo manchado de pintura.. con aquellas manazas!.. Pero ¿no piensas tú lo mismo?

-Querida mujer, me permitirás que reserve mi opinión mientras no conozca el caso por el anverso y el reverso, por la cara que da a la Sociedad y a las leyes, y por la otra cara, generalmente poco visible, que da a la Naturaleza y al reino de las almas.

19 de Enero.- Concertado tenía yo mi plan de campaña con el gobernador don José de Zaragoza; pero este digno funcionario presentó inopinadamente su dimisión por escrúpulos políticos muy respetables, y como no conozco al nuevo Pilatos, don Javier de Quinto, me entiendo con Chico, Jefe de la Policía. Presumo que este inmenso gato, buen conocedor de todos los agujeros donde se ocultan ratones y ratoncillos señalados por la ley, sabrá coger las vueltas a los ladrones de mujeres solteras o casadas. Hace tres días le vi en el Gobierno Civil: concertamos una entrevista en su casa; en ella estuve ayer y hablamos lo que voy a referir.

-Cuénteme, don Pepito, lo que le pasa -me dijo empleando las formas confianzudas a que cree tener derecho por sus años, por su autoridad policíaca, y aun por el miedo que inspira-, y yo veré en qué puedo servirle».

Expuesto el caso, resultó que ya tenía conocimiento de la evasión por referencias de don Pedro Egaña, íntimo amigo de los Socobios, y que había mandado buscar ese rastro, sin resultado alguno.

-Lo que contesté al don Pedro se lo repito a usted, señor don Pepito, a saber: que la política nos (p.6621) ocupa hoy todo el personal, y aun no basta, por lo que nos es muy difícil atender a los negocios de familia.

-Ya, ya comprendo -le dije- que con el cisco que se está armando no tiene usted ojos ni manos bastantes para perseguir y cazar conspiradores..

-Mi opinión es ésta: o suprimir la policía, dejando que haga cada quisque lo que le salga de los riñones, o aumentarla hasta que tengamos tantos agentes como españoles existen. Esto está perdido. Desde que cogió San Luis las riendas, se ha desatado el infierno: aquí conspiran progresistas y moderados, paisanos y militares, las señoras del gran mundo y los cesantes de todos los ramos, que se cuentan por miles; conspiran los aguadores, los serenos y hasta las amas de cría. Yo digo a los señores: «a las cabezas, a las cabezas..».

-Y a las cabezas apuntan. Ya van saliendo deportados casi todos los Generales..

-Que es avivar la hoguera en vez de apagarla. Créame usted a mí, don Pepito, que he visto mucho, y soy, aunque me esté mal el decirlo, el testigo presencial de la Historia de España, de la Historia que no se escribe ni se lee.. Pues verá usted: las deportaciones no sirven más que para poner en fiebre de revolución toda la sangre de la Península.

-En fin, parece que han salido ya los Conchas, uno para Canarias y otro para Baleares. Infante y Armero también están de viaje. ¿Y O'Donnell, a dónde va?

-Debió salir para Tenerife; pero no hemos podido echarle la vista encima. Se ha escondido, y locos andamos buscándole. Ese irlandés es muy largo.. tan largo de cuerpo como de vista. Échele usted galgos.

-Para esa cacería y otras, don Francisco, le sobran a usted agudeza y olfato. Y espero que podrá dedicar parte de su atención a este asuntillo que le recomiendo. Fíjese, en que es un caso grave de violación de la fe conyugal, en que esos loquinarios atentan a lo más sagrado, la familia, el santo matrimonio..

-¡Ay, mi don Pepito de mi alma! -exclamó moviendo la cabeza y golpeando los brazos del sillón-. Dónde está ya en España la moral, la familia y todo ese tinglado! Mire para el Cielo a (p.6622) ver si lo divisa por allá, que lo que es aquí, tiempo hace que volaron las virtudes. Llevo cuarenta años en esta faena, y cada día veo menos virtudes. A veces me digo: «Será que esas señoras no andan por los caminos míos». ¡Pero si yo vengo y voy por todos los caminos, hasta por las iglesias! Y de palacios no digamos.. En fin, que más vale no hablar.

Decía esto el fiero polizonte desfigurando por un instante su rostro seco y amarillo con una sonrisa que adelgazó más sus delgados labios. Sentado estaba frente a mí en un dorado sillón, estilo Luis XV.. mirábale yo con examen casi impertinente; en él veía una figura del pasado siglo, rígida, severa y no falta de elegancia. La chafadura que tiene en la nariz, efecto de la pedrada con que le obsequiaron en su juventud, le da la expresión de mal genio y de carácter torcido, atravesado. Pues luego que echó de su boca los amargos conceptos acerca de la dudosa moral de nuestros días, varió de tono para decirme: «En ese asunto de la señora escapada con un silbante se hará lo que se pueda. Considere que si tuviera yo un millón de agentes, no me bastarían para perseguir los papeles clandestinos, y descubrir quién los escribe, quién los imprime y los reparte. Son una peste las tales hojas secretas. En los años que llevo en este oficio, no he visto desvergüenza mayor.. Y, como usted sabe, ya no van las injurias sólo contra el Gabinete: van contra la misma Reina, de la que dicen horrores.. ¿Cómo demonios se arreglan para que los papeles lleguen a todas las manos, para que Su Majestad misma se los encuentre en su tocador? Yo no lo sé.. Digo, sí lo sé. Es que en Palacio hay manos traidoras, blancas o sucias, que de todo habrá.. y el Gobierno no tiene poder para cortarlas o siquiera echarles un cordel.. Allí dentro no puede nada Francisco Chico.. Yo se lo digo a Sartorius: 'Señor don Luis, mire que en Palacio hay mar de fondo y peces muy malos..'. Él suspira.. Tampoco puede nada».

Dijo esto poniéndose en pie, forma cortés de señalar el término a la visita. Me despidió con esta útil advertencia, que no he de echar en saco (p.6623) roto: «Y ya sabe, don Pepito: en cuanto adquiera usted alguna noticia por referencia, por soplo, por anónimo, véngase al instante acá. No desprecie usted ningún dato, aunque le parezca mentiroso, inverosímil..».

 

Ep-34-VIII -

24 de Febrero.- La tempestad que tenemos encima ha lanzado en Zaragoza chispazos que ponen miedo en los corazones. ¿Qué ha sido? Continuación de la Historia de España, sublevación militar. Malo es que empiecen los soldados con estas bromas, porque serán la Historia o el cuento de nunca acabar. Dice la Gaceta que la intentona fue sofocada al instante, y lo creo, porque en estos duelos puramente españoles entre la fuerza y la ley, el primer golpe suele ser en vago; el segundo ya se verá. Refieren lenguas, no sé si buenas o malas, que el brigadier Hore, impulsor y víctima del movimiento, contaba con más fuerzas de las que efectivamente arrastró a la sedición, y que los compañeros comprometidos le volvieron la espalda en el momento crítico. Es la eterna quiebra y la eterna inmoralidad de estos arriesgados y obscuros negocios, porque a los que desde el borde de la prevaricación se vuelven a la disciplina, les premia el Gobierno con ascensos y honores. En fin, que al pobre Hore le mataron en las calles de Zaragoza.. La polaquería se pavonea con su victoria, sin ver el larguísimo rabo que falta por desollar.

Voy creyendo que este Gobierno toma por modelo al de la Sublime Puerta. No ha celebrado su triunfo de Zaragoza con actos de clemencia, sino a la manera turca, decretando nuevas proscripciones, y metiendo en las cárceles a cuantos infelices se han dejado coger. Previa declaración del estado de sitio, la policía echó su red para pescar a los periodistas de oposición, y a los directores de los diarios de más ruido. Cayeron Rancés y López Roberts, de El Diario Español; Galilea, de El Tribuno, y Bustamante, de Las Novedades. Los cuatro fueron inmediatamente empaquetados para Canarias. Eusebio Asquerino, que estaba enfermo, pasó de la cama al Saladero, y a Bermúdez de Castro no le valió la (p.6624) procedencia moderada, ni el haber sido Ministro de Hacienda en el Gabinete Lersundi: al romper el día le sacaron de su casa, y en silla de postas, acompañado de guardias civiles, fue a tomar aires al castillo de Santa Catalina de Cádiz.. Más listos otros, supieron imitar la viveza escurridiza del sagaz O'Donnell, dándose buena maña para no estar en sus casas ni en las redacciones cuando se personó en ellas la policía para ofrecerles cortésmente sus respetos. No han sido habidos Fernández de los Ríos, ni Montemar, ni Romero Ortiz, ni Barrantes, de Las Novedades; volaron también Coello, de La Época, y Lorenzana, de El Diario Español. Pero ninguno de los pájaros perseguidos ha dado tanta y tan inútil guerra como Cánovas, contra quien se desplegó todo el ejército policíaco; ¿sabéis por qué?.. Porque en sus conferencias del Ateneo sobre los políticos de la casa de Austria retrató el malagueño a nuestros ministriles en las figuradas personas de don Rodrigo Calderón y del Conde-Duque, describiendo tan al vivo y con tan fino matiz de actualidad sus mañas y picardías, que el público lo celebró como una sátira de las picardías y mañas presentes.. Desapareció, como he dicho, Cánovas, burlando a los ojeadores y sabuesos. Pero no ha salido de Madrid: en Madrid está; lo sé, y sé también dónde.

He leído a mi mujer estos párrafos, y le han parecido bien. Después nos hemos puesto a hablar mal del Gobierno, y no porque éste nos haya hecho ningún daño, sino por la imposibilidad de sustraernos al enconado pesimismo del medio ambiente. Repetimos todos los horrores que se dicen de Sartorius y de sus desgraciados compañeros, y luego, por fin de fiesta, dirigimos nuestros tiros a la calle de las Rejas, palacio de Cristina, que es, según la fraseología de los papeles clandestinos, el antro de la corrupción, el inmundo taller de los chanchullos de ferrocarriles, y más, mucho más.. es un serrallo, es un pandemónium donde se fraguan todos los planes maquiavélicos contra la Libertad. Observamos luego que el sinnúmero de términos (p.6625) estrambóticos, a troche y moche difundidos por periódicos y hojas volantes, traen harta confusión al pueblo, que los oye y los repite ignorando lo que significan. A este propósito me contó Ignacia que la servidumbre de nuestra casa estaba el otro día en gran controversia sobre el significado de la palabra agio. Tanto la oyen, que sienten, ¡pobrecillos!, la necesidad de saber lo que es. Entró mi mujer en el comedor de criados cuando más acalorada era la disputa, y Bonifacia, la pincha, pidiole que sacase de dudas a la reunión. «Señorita, ¿quiere hacer el favor de decirnos qué son agios? Porque dice la Juana que debe ser algo así como ajos echados a perder..». Echose a reír Ignacia, y como Dios le dio a entender despachó la consulta. Pero vino la más gorda. Tiburcio, el mozo de cuadra, planteó a la señorita un problema mucho más grave. «Señorita, ¿quiere decirnos lo que es eso de que tanto hablan los papeles, el pandemónium? (y lo pronunció acentuando la última sílaba) , porque, como no sea el pan de munición que se da a los soldados, no sé qué demonches podrá ser». Mi mujer se moría de risa, y no pudo explicarles lo que es pandemónium, porque ella tampoco lo sabe.

-Bueno, querida mía -dije yo a mi cara mitad, cuando acabamos de reír-. Estas jocosidades de la plebe también tendrán un hueco en mis Memorias.

Pues, hijo, mal historiador de tu tiempo serías si no lo hicieras. En nada de lo que ves y oyes hay tanta Historia como en eso que te he contado de los agios y del pandemónium. Ya ves: ¡un pueblo que pide las cabezas de sus gobernantes sin saber de qué se les acusa!

-¡Sí lo sabe, sí lo sabe! El pueblo, que no es solamente la clase inferior de la sociedad, sino el conjunto de todos los seres que se llaman españoles, la gran masa nacional, posee la percepción clara de la conducta de sus mandarines. ¿Cómo adquiere este conocimiento? Ello ha de ser por fenómenos morbosos que nota en sí misma, estados eruptivos, congestivos, qué sé yo.. por algo que le duele y le pica.. Este picor doloroso es la conciencia nacional.. Este picor dice: «los (p.6626) que me gobiernan, me engañan, me tiranizan y me roban». La gran masa todo lo sabe. Poco importa que los menos instruidos desconozcan el valor de algunas voces. El enfermo, cuando algo le duele, tampoco sabe designar su dolor con el terminacho científico que le dan los médicos.

-Está muy bien, gran Pepito. Y ahora, ¿por qué no empleas tu perspicacia en buscar a Virginia, para que sus infelices padres tengan algún consuelo?.. Tanto hablar, tanto ir y venir los primeros días, y después nada.

-Yo no soy policía. Habrás visto que, en estos tiempos, Dios guarda las espaldas a los que huyen, y protege a los escondidos. Si hay una nube providencial para O'Donnell y Cánovas, haya también para Virginia y su pintor.. el pintor de su deshonra. Yo continúo estudiando el caso, que es singularísimo, y hoy mismo he descubierto un dato muy importante. Voy a decirlo: esta tarde he visto al Joven Anacarsis guiando un carricoche en la Castellana. En su rostro epíscopo-infantil vi pintada una tranquilidad seráfica y un evangélico menosprecio de los juicios de la opinión. Ya veo claro que Virginia, no aviniéndose a tener por marido a un marmolillo, lo ha tirado al arroyo.

-Pepe, no desbarres.. ¡Vaya una moral que sacas tú ahora! Cierto que los Rementerías, hijo y padre, están más frescos que una lechuga. Anoche dio don Mariano José una gran comida..

-A la que asistieron, lo sé, la flor y nata de la polaquería: el imponderable Domenech, Ministro de Hacienda; Saturnino de la Parra, y Eduardo San Román.. También se atracó allí, como de costumbre, el cetáceo Mora, y a los postres, al olor del riquísimo café y de los puros de a cuarta, acudió el brigadier Rotalde, que ahora pide la bicoca de ochenta mil duros por las obras del Teatro Real.. Y me dice el corazón que se los van a dar. ¡Viva Polonia!.. Volviendo a Virginia y al pinturero, te diré que me alegro de que no parezcan.

-¡Pepe, Pepito!.. si no fuera por el aquél de que eres mi marido, te tiraba un arañazo.. No me hagas reír.

Marzo de 1854.- ¡Bomba, bomba!.. ¡Gran novedad, (p.6627) estupenda noticia!.. No, no es cosa de la Revolución.. Digo, revolución es; pero no la chica, no la de liberales, o sean chorizos contra polacos, sino la grande, la de.. Ha llegado otra carta de Virginia.

La trajo el correo interior.. Aquí la copio, retocándole la ortografía: «Pepillo, mala persona: ¿con que se pone en movimiento la policía para buscarnos? Fastídiate, que no nos encontrarán.. Porque recibas ésta con franqueo del Interior, no vayas a creer que estamos en Madrid. Buenos tontos seríamos, y tú más simple que las habas si lo creyeras. Vivimos muy lejos de esa Babilonia sucia; pero no tan lejos que no nos llegue el mal olor.. Ya sabemos que se está armando una muy gorda. Yo le pido a Dios y a la Virgen que haiga revolución, que haigan tiros, y que escabechen a tantos lairones.. Quiero que por mi manera de escribir comprendas que me estoy golviendo muy ordinaria. Es lo que deseo: jacerme palurda, y olvidarme de que fui señorita del pan pringao y señora de poco acá.

«Para que tú rabies, y hagas rabiar a otros contándolo, te diré que estoy contenta, fuera de la penita que me da el no saber de mis padres. Harás el favor de decirles que me acuerdo mucho de ellos, y les deseo paz y salud. La mía es buena. ¿Quieres que te cuente mi vida? Pues lee. Dos semanas llevamos albergados en un magnífico garitón, llámalo más bien pajar, donde no pagamos alquiler. Nos han dado esta espaciosa vivienda de teja vana y paredes de tablas, con la condición de que trabajemos. ¿En qué? No te lo digo. Él y yo trabajamos, y sin gran apuro nos ganamos la casa y el sustento.. Dormimos tranquilos, nos levantamos antes que el sol, y oímos los canticios de las aves del Cielo, que nos regocijan el alma. Rendidos nos acostamos a la entrada de la noche; y como a nadie envidiamos ni nadie nos envidia ni tenemos cavilaciones, nos coge pronto el sueño.. Hay aquí un prado verde por donde yo ando descalza, Pepe, riéndome mucho de los zapateros. ¡Vaya con el negocio, que harán conmigo! El viento me despeina y me vuelve a peinar: es un (p.6628) peluquero à la dernière, que no pasa la cuenta como Monsieur Pinaud, el de la calle de las Infantas.. Más abajo del prado pasa un río, en el cual me meto yo hasta las rodillas y lavo mi ropa y la de Él. Luego la tiendo al sol, y con este aire bendito, pronto se me seca, y me la traigo a casa más blanca que la nieve.. ¡Ay, Pepe!, ¡de qué buena gana te convidaría a las sopas que hago yo al anochecer en mi cazuela puesta sobre una trébede!.. No has comido nunca cosa más rica. Le pongo de todo lo que encuentro, y encima nuestra alegría, que es la sal, y nuestro buen diente, que es el picante. Son unas sopas que ajuman. Ya ves qué fina me estoy volviendo. Bueno; pues te lo diré en francés: cenamos potage aux finis yerbis, y luego alabamos a Dios, acostándonos en nuestra cama grandísima, que también es de yerbis.. Sabrás que no la cambio por la de la Reina.

»¡Qué gusto tan grande no tener que ocuparse de lo que dirá don Efe y don Jota, ni de lo que murmurarán las de Eme! Este vivir libre y sano no lo conoces tú, ni ninguno de los desgraciados que se pudren en ese presidio, condenados a pensar en el sastre, en la modista, en lo que traerá el cartero, en lo que dirá el periódico, en si cae el Gobierno, en las pisadas del aguador y en el precio de la carne.. Sólo de pensar que he vivido de ese modo, se me nublan las alegrías.. ¡Ay, Pepe!, para que le puedas decir a Madrid todo mi desprecio, te pongo aquí una larga fila de emes..

«Con que, mi buen Pepín, haz el favor de poner a un lado la moral, o morral, que gastáis vosotros para disimular tantos crímenes, y dejarnos aquí en paz, o donde estuviéramos. ¡Cuidado con echarnos la policía! Nosotros no hemos hecho daño a naide; semos libres, y el único que podría perseguirme, que es ese Caranarsis, o Acanársilis, ya no me acuerdo, no dará ningún paso contra mí, por la cuenta que le tiene.

»Y ahora, señor morralizador, allá van memorias para los que por mí preguntaren. Al Ernesto, aunque no pregunte, le dirás que estoy muy contenta desde que le he perdido de vista, y como cosa tuya le das una (p.6629) palmadica en las mejillas sonrosadas. A mi suegro, director de La Previsora, por mal nombre El Robo ilustrado, le darás expresiones. Paréceme que le tengo delante cuando, después de atracarse como un buitre en las comidas, se lleva la mano a la boca con finura para tapar un regüeldo. Con las expresiones le darás un papirotazo en las narices.. como cosa tuya, se entiende. Y si quieres que después del papirotazo te dé don Marianico las gracias, asegúrate la vida aunque sea por dos cuartos al año.. A todos los que suelen ir de comistraje a la maldita casa donde tanto pené, les das mis recuerdos, y con disimulo les metes pica-pica por el cuello de la camisa, para que se estén rascando tres días con sus noches. Eso pensé yo hacer con el Ministro de Hacienda, señor Domenech; pero no me atreví. Me parece que le estoy viendo, tan pulcro, tan tiesecito, sin juego de la bisagra del pescuezo. Siempre que tiene que mirar a un lado, ladea todo el cuerpo.. Al gordo don José Mora, memorias también, y que deseo que alguien le dé una patada y que vaya rodando, para que reviente y podamos ver lo que lleva dentro de aquel barrigón.. A mi tía Cristeta, que es una enredadora, de ti para mí, y la que lleva los chismes a Palacio, le dirás que le deseo una pulmonía. Ella es, para que lo sepas, la que mete en la cámara de la Reina los papeles clandestinos, y al mismo tiempo alcahuetea en otras cosas. Es mi tía y no digo más. En señal del amor que le tengo, te encargo que le levantes las enaguas y le des una buena solfa en semejante parte.. Expresiones a la Puerta del Sol, que yo vea convertida en hoguera donde se achicharre tanto pillo; expresiones a la Cibeles, llevándole de mi parte un poco de cordilla para sus leones; memorias al salooon del Prado, y le pongo muchas oes para expresar lo que me he aburrido en él; y memorias a los teatros. Te vas a cualquiera, y echas una mirada al público, y le dices de mi parte que estoy contentísima de no verle. Doy gracias a Dios porque me ha concedido oír el ruido del viento en vez de oír palmadas, y el jipío de las (p.6630) actrices..

«Pepito, siento que no conozcas una cosa que yo he descubierto y disfruto en algunos instantes, después que me tomé lo que era mío: mi preciosa libertad. ¿No sabes lo que es esto que yo disfruto y tú no? Pues es la alegría, una onda fresca que sale del fondo del alma y te embriaga, y te hace más enamorada de lo que amas, y más.. en fin, no sé decirlo. Tú lo entenderás, porque, como buen entendedor, ya lo eres.

«Si yo supiera que tranquilizabas a mis padres y les convencías de que no deben llorarme, sería completamente dichosa, y te estaría muy agradecida. Hazlo, por Dios, Pepe; hazlo por tu niño y por tu mujer. A esos tus seres queridos, mando abrazos y besos. Y ya sabes que, sin saber dónde, tiene dos buenos amigos: te lo dice la que lo fue y lo es.. Virginia.»

 

Ep-34-IX -

Marzo.- Mi mujer y yo:

-Ese idilio.. ¿no se dice idilio?, será interrumpido, cuando menos lo piensen, por la Guardia Civil.

-La Guardia Civil, mujer, está ahora muy ocupada con otros idilios.

-Según eso, ¿tú crees que les durará la libertad, y que esa alegría, de que habla la muy bribona, será eterna? ¿Crees que se pueda vivir en ese salvajismo, sin que les salgan mil calamidades, la miseria, la envidia y las malas voluntades de los pueblos, y acaben por hacerse aborrecibles el uno al otro, y maldecir la hora en que se juntaron violando..?

-Acaba, mujer; es frase que se dice sola: violando todas las leyes divinas y humanas..

-Yo, qué quieres, dudo que tanta dicha sea verdad. ¿Sabes lo que es esa chica? Una gran embustera. ¡Sabe Dios, sabe Dios cómo estarán! Llenos de miseria, con más hambre que Dios paciencia, y deseando que la Guardia Civil les coja y les lleve bajo un techo de abrigo, aunque sea la cárcel.

-Yo creo lo contrario: que viven pobres y felices, sin ambición, sin cuidados. En la vida complicada, presa en mil artificios, a que nos ha traído la civilización, hemos perdido la idea de la verdadera felicidad.

-Podrá existir la felicidad en un mundo en que todos los seres sean salvajes y buenos; pero ese mundo, ¿dónde está? A las puertas de las (p.6631) ciudades, el salvajismo no puede existir, y si existe tiene que ser de corta duración.

-Quizás; no te digo que no. Nos falta saber en qué se ocupan ella y él, y con qué especie de trabajo se ganan la vida. ¿Son labradores, poseen algún ganado? Esto no lo dice la carta. Supongo que donde ellos viven no habrá puertas que pintar, ni cerraduras que componer.

-Habrá otras cosas y otros oficios; vete a saber.. Ya sabes lo que él dijo: «soy amañado para todo». Puede que sea leñador o carbonero; que recoja hierbas para los boticarios; que pesque anguilas o sanguijuelas. Di otra cosa: ¿en la carta no habla de viñas?..

-No nombra viñas, ni dice que beban vino.

-Lo pregunto por ver si los datos de ella casan con uno que hoy me han traído.. dato importante, que puede dar mucha luz.. Pues verás: ya te dije que las criadas de Virginia me hablaron de una lavandera que por aquellos días iba mucho a la casa, madre de la Casiana, que a nosotros nos sirvió el año anterior. La hemos buscado: dimos ayer con ella.. Nos ha dicho que una tarde, entrando en la galería donde el pintor estaba dale que dale a la brocha, le oyó decir, como respondiendo a una pregunta que ella le hizo acerca de su familia.. de él: «Tengo una hermana casada con un rico de la Villa del Prado». Y ella dijo: «Pues ya le mandará a usted buenas uvas». Por eso te pregunté si en la carta habla de viñas.

-A juzgar por la carta, el sitio en que están no revela la vecindad de una hermana rica, ni de nadie que verdaderamente les ampare. La vida salvaje y mísera de que habla Virginia debe de estar lejos de toda ciudad, villa o villorrio. Presumo yo que es en la falda de la Sierra.. en lugar medio despoblado.

-Por sí o por no, llévale pronto este dato al señor Chico, o al Gobernador de la provincia, para que pidan informes al Alcalde de allá, o a cualquier conocido.. Todo es empezar, Pepe.. Verás cómo de una referencia sale otra, y al fin la verdad y el escarmiento de esos pícaros. Valeria, en cuanto supo el dicho de la lavandera, se fue a ver a unas amigas, que son de un pueblo próximo a ese de las uvas: (p.6632) Cadalso.. ¿Hay un pueblo que se llama Cadalso?.. Pues las amigas han quedado en escribir.. Y ya que hablo de Valeria, Pepe, tengo que contarte.. Hoy me he cansado de reñirla. Figúrate: los padres están chochos con ella. Naturalmente, es la honrada, es además la única, porque a la otra la tienen por muerta. Y ella, la muy ladina, se aprovecha.. Sabrás que le ha entrado el delirio de la casa elegante, de los muebles de última moda, cortinas a la Gobelín, alfombras de moqueta, y reclinatorio y estantitos maqueados.. sin contar otras elegancias y refinamientos. No hay mañana que no eche dos o tres horas a tiendas.

-Historia, hija, Historia de España. Sigue.

-Ya sabe que los padres no le niegan nada. Es la buena, es la honrada, es la única. Si les ve reacios, allá van cuatro carantoñas, y ya tienes catequizados a los pobres viejos. Con una mano se limpian la baba que se les cae, y con la otra sacan y acarician la bolsa, que sólo se abre para la niña. Ésta les besuquea, y corre a las tiendas a pagar lo que debe y a traer más, más..

-Historia de España.. ¡y qué Historia! Adelante.

-Ayer me la encontré en casa de los Hijos de Sobrino, en Majaderitos, donde fui a comprar tela para los delantales del niño, y en poco más de un cuarto de hora hizo Valeria compras de batista superior para camisas, y de adorno en blanco, por valor de mil y cuatrocientos reales.. Después fue a la perfumería de Quiroga, y se dejó una buena porrada de duros.

-Historia nacional, retrato del pueblo español.. Sigue.. Entre paréntesis: a Valeria le ha sentado bien el matrimonio; se ha puesto muy linda.

-Es una monada.. Pues sigo. Como yo, cuando me intereso por una familia, no reparo en tomarme todas las libertades, también he reñido a Navascués.. como lo oyes: ¡ayer le eché una andanada!.. Al hombre, un color se le iba y otro se le venía. Pues ¿no es un dolor ver que esa pobre niña no halle distracciones y alegría más que en las tiendas?.. Y todo porque al zángano del marido se le cae encima la casa, y no sabe vivir fuera del Casino y los cafés, demente con la dichosa política. (p.6633) ¿Sabes, Pepe, que, a mi parecer, este joven va por mal camino? ¿Quién le mete a regenerador de la patria? ¡Lucida estaría esta pobre enferma si sus médicos fueran capitanes y tenientes! Navascués es de los que creen que, echando a los polacos, ataremos aquí los perros con longaniza.. Pues en los Dos Amigos le tienes mañana, tarde y noche.. me lo ha dicho él mismo con una ingenuidad que le honra.. allí le tienes siguiendo paso a paso, son sus palabras, el movimiento revolucionario, y sacando la cuenta de los comprometidos, de los que no quieren comprometerse.. O mucho me engaño, o este joven nos dará el mejor día un disgusto.

-A mí no. Sigue, hija, sigue: tu capítulo de Historia no tiene desperdicio.

-Yo le he puesto de vuelta y media.. «Usted es un simple, Rogelio, o un ambicioso vulgar; y si no es esto, seguramente será otra cosa peor. Todo militar que no se encierre en la esclavitud de la disciplina, es un perjuro.. A usted le han dado esa espada y le han puesto ese uniforme para que defienda la ley, no para que se meta locamente a cambiarla. ¿Quién es usted para cambiar la ley? Eso es cuenta de otros. Usted no sabe una palabra de leyes, ni ha cogido jamás un libro, como no sea el de la Táctica. ¿De dónde saca toda esa palabrería que ahora usa? Quisiera yo poder oír, por un agujerito, las gansadas que usted y sus amigos hablarán en el café.. Ya puede andarse con cuidado. El mejor día le recetan los aires lejanos de Filipinas, o le encierran en una fortaleza, si no es que el niño se va del seguro, y entonces, ¡pobre Rogelio!, sus cuatro tiros no hay quien se los quite».

-Ese caso no llegará, porque triunfarán los sublevados.. ahora toca triunfar; lo asegura el historiador.. y Navascués tendrá el ascenso que busca. Si he de decirte lo que siento, Ignacia, los militares, siguiendo la rutina histórica, no van a cambiar la ley, sino a restablecerla, a levantarla del suelo en que arrojada fue por la polaquería. Esto debe hacerlo el pueblo, la masa total; pero aquí nos hemos acostumbrado a que el pueblo delegue esa función en (p.6634) los militares, y ya no es fácil cambiar de sistema. Lo que te digo es un hecho, que arranco de las entrañas de la Historia efectiva, muy distinta de esa otra Historia que sale al mundo cubierta de artificios, como una vieja que se adoba el rostro, y todo lo lleva postizo, empezando por el lenguaje. Los militares se sublevan cuando la Nación no puede aguantar ya más atropellos, inmoralidades y corrupciones, y en estos casos el brazo militar triunfa, sencillamente porque debe triunfar.. Y con esto dimos fin a nuestra charla sabrosa, porque llegó la hora de comer, que todo llega en este mundo.

Abril.- Apenas salgo del fastidioso ataque de reúma que me ha tenido cerca de un mes condenado a encierro, tristeza y emplastos de belladona, me decido a vaciar mis pensamientos sobre el papel de estas Memorias, donde me atormentarán menos que amontonados en el caletre. Allá voy con el material histórico que almacenado tengo aquí; y empiezo por afirmar que la conspiración continúa su labor profunda, pero no se la ve, porque se ha metido bajo tierra y..

Espérense un poco, que aquí llega, como llovido, un asunto al cual es forzoso dar la preferencia. ¿No lo dije? Cartita de esa loquinaria, de esa que ha hecho mangas y de los santos principios, de esa, en fin, que ahora la gaita de resucitar la edad de oro, funesta para los sastres y maestros de obra prima.. Llevo la epístola a mi mujer, que la lee en voz alta. Dice así:

«Ay, Pepe, déjame que te cuente las amarguras que he pasado! Te horrorizarás cuando leas esta carta y me tendrás mucha compasión, ¿verdad que sí? Aplacado el sufrimiento mío, puedo contártelo, para que lo sepa María Ignacia, y lo sepan también mis padres y hermana. Tan desgraciada he sido, que creí que Dios me castigaba cruelmente; mas ahora veo que no ha sido castigo, sino prueba, y que de ella sale mi alma como de un crisol, con lo que ahora está más fuerte, más brillante; y si no lo crees, entérate de lo que te escribo.. Pues sabrás, Pepillo, que hará hoy catorce días, a punto de anochecer, vino del trabajo mi Ley (p.6635) muy alicaído, con la cara arrebatada y quejándose de un horrible dolor de cabeza. (Pongo este paréntesis, querido Pepe, para decirte que le llamo Ley, porque de algún modo he de llamarle, que ahora de él tengo que hablar, y me será preciso nombrarle a menudo; conque Ley, ya sabes.) Su piel abrasaba, y transido de frío daba diente con diente. Le hice acostar y le arropé lo mejor que pude. Todo se me volvía decirle: «Ley, ¿qué tienes?» y él no me respondía: estaba como aletargado, de la fuerza del dolor y de la calentura.. Yo, como puedes suponer, angustiadísima; hazte cargo.. Ley enfermo; Ley, que es mi vida, como si fuese a perder la suya. ¡Y yo sin tener a quién volverme, ni a quién pedir socorro; yo sola con él, y sin médico ni botica.. con las estrellas encima por únicos testigos de lo que me pasaba!..

»En fin, para mis adentros dije: aquí yo con mucho valor, y sobre mí y sobre mi Ley, la voluntad de Dios. Lo primero fue calentar agua: afortunadamente tenía un poco de azúcar morena, como unas dos libras; tenía también algo de vino. Pues a darle agua templada con azúcar y unas gotas de vino; no había otra cosa: el corazón me decía que aquello era muy bueno.. La noche, ya puedes figurarte cómo fue. Ley, abrasado de calor, a destaparse, apartando con sus manos la paja y la única manta que tenemos, agujeradita; yo a volverle a tapar, y a darle calor con mi cuerpo. Te advierto que nuestra habitación es como una jaula, y que por los costados y techo, las troneras y rendijas dejan entrada libre a los aires de Dios. Y la noche era ventosa; no quiero decirte más..

»En fin, Pepe, lo que te cuento fue principio de una larga y malísima enfermedad, que no sé cómo se llama, pero para mí que es algo como tabardillo; y si en los primeros días pareciome que no iba peor, de repente le entró una tan grande agravación, que llegué a creerme que me quedaba sin Ley.. ¡Dios mío, lo que he penado! Ahora que pasó todo, pienso que Dios no está en contra mía, sino a favor: buena prueba me ha dado de ello. Yo no tenía recursos, ni a quién llamar en mi auxilio. (p.6636) Como a distancia de medio cuarto de legua están los vecinos más cercanos. Son dos viejos, marido y mujer, con un nieto enano, idiota y casi mudo, pues sólo dice mu, como los animales. Corrí a darles aviso; fueron a verme; lleváronme unas patatas, más vino, hierbas de malva para cocimiento, hierbas de sanguinaria y pan. Después no volvieron, y mandaban al mudo a que preguntara.. ¡Pues fueron ocho días, Pepe, que me parecieron ocho siglos! Cada tarde creía yo que mi Ley anochecía y no amanecía, y por las mañanas pensaba que no vería la tarde. No puedes imaginar mi angustia. Siempre he querido a Ley: figúrate si le amé, que por unirme con él tiré al arroyo familia, sociedad, posición, todo. Luego de unirnos, le quise más, sin que mi amor flaqueara ni un punto en ninguna ocasión. Pues viéndole con aquella enfermedad terrible; viendo que se me moría por momentos, sin que yo pudiera evitarlo, le quería y le adoraba de una manera tan loca, que yo no sé, Pepe, no sé que haya palabras con que expresártelo. Y cansada ya de pedir inútilmente a Dios y a la Virgen que no me quitaran a Ley, les pedí con muchísimo fervor que me llevaran a mí también en el instante en que él muriese..

«El día y las dos noches en que llegó al extremo peligro, si muere o no muere, noches y día que no puedo señalar, porque para mí no hay almanaque, ni fechas, ni nada de eso, los pasé como puedes figurarte, abrazada a mi Ley, queriendo darle vida con mi aliento, fija la vista, fijo el oído en su respiración fatigosa, que a cada rato me parecía con un compás más lento, y yo no cesaba de pensar que una de aquellas respiraciones sería la última. Cuando no hacía esto, ponía yo en limpiarle toda mi atención: pensaba que limpiando su cuerpo de la miseria de la enfermedad había de salvarle.. Y entre tanto, a lo que llamaré mi casa, por darle algún nombre, no llegaba más que el mudo, que desde la puerta decía mu, y con él un perro que se colaba dentro y me revolvía todo. El mudo me veía llorar, y corría con la noticia de que Ley se estaba muriendo. Yo decía: «¿Pero (p.6637) tan mala soy, Señor, que así me abandonas?» A la Virgen de los Dolores, a quien siempre he tenido devoción, le rezaba yo con todo el fervor de mi alma para que me amparase, y me la figuraba con la imaginación, por no tener delante efigie ni estampa en que fijar mis ojos.. En la madrugada del último día, viendo a Ley que, después de una gran congoja, se quedó atontadito y como si durmiera, me puse de rodillas, y a grandes voces pedí a la Virgen que me socorriese, dejándome la vida de Ley, o llevándose la mía con la suya. Después de amanecer, le acometió otra congoja tan fuerte que pensé que de ella no volvía.. Le di agua con azúcar, que era toda mi farmacia, y se le calmó la sofocación. Pareciome que respiraba mejor. Dijo algunas palabras, le di muchos besos, y me reí para ver si le hacía reír.

«El resto de la mañana fue de mayor tranquilidad. A ratos me hablaba, diciéndome con mimo que no me separase de él; que no le hacía falta médico, ni medicinas, ni nada más que verme. Viéndome, creía el pobre que se iría curando.. Por fin, a la tarde, observándole despejado y con más animación en los ojos, tuve alguna, muy poca esperanza; pero yo me empeñaba en aumentarla pidiéndole a la Virgen y al Señor Crucificado que, después de darme aquel poquito de esperanza, no me la quitasen. A la noche, Ley no tuvo recargo; se despejó mucho, se le animó el rostro, crecieron mis esperanzas.. me andaba por toda el alma una luz divina. Me quedé dormida junto a Ley, tan rendida estaba de tantas noches, y él se durmió también. Yo desperté primero, y estuve un gran rato mirándole dormir, y escuchándole la respiración, que ya era sosegada.. Despertó Ley, y echándome los brazos me dijo: «Mita, de ésta no muero..». ¡Ay, qué alegría se me metió por los oídos y por los ojos, viéndole y oyéndole! Desde aquella madrugada, ya las esperanzas fueron a más, a más, hasta que he visto a mi Ley salvado.. y con mi Ley salvado, ya soy tan feliz, Pepe, que no cambio mi choza por todos los palacios del mundo. Y viendo que la Virgen y el Señor han librado de la (p.6638) muerte a Ley, por el afán y dolor grande con que yo se lo pedí, bendigo mi pobreza, bendigo mi soledad, y no quiero otra vida ni otro mundo.

«Ahora que Ley se va fortaleciendo, y sacudió aquel terrible mal, todo me parece bueno, todo muy bonito; y cuando el viento entra silbando en mi alcázar por los huecos y rehendijas, se me antoja que viene a felicitarme por haber arrancado a Ley de la muerte, con la ayuda de Dios, sin más medicina que mi cariño y las agüitas azucaradas; y presento mi cara a los vientos para que me la besen, y les digo: «Venid, aires del Cielo, a ver a Mita contenta..».

 

Ep-34-X -

Suspendió María Ignacia la lectura, y llevose la mano al pecho, como si el aliento le faltara. Un ratito estuvimos los dos silenciosos, mirándonos. Yo fui el primero en vencer la emoción.

-¿Qué piensas de esto? -le dije-. ¿Te parece que debemos apurar las averiguaciones del sitio en que están, para que pueda ir allá la Guardia Civil y traerles codo con codo?

-Eso no.. ¡pobrecitos! Sepamos dónde están para mandarles un par de mantas, ropa, comida.. Pero ¿no vivirían mejor en un pueblo, por miserable que fuera?

-Ya ves que no les va tan mal en ese despoblado. Es muy probable que en un villorrio, asistido Ley por curanderos o veterinarios, y metido en un local fétido, no habría escapado de la muerte, mientras que, en la choza ventilada, el cariño de Mita y las agüitas con azúcar le han sacado adelante.

-¿Y por qué la llamará Mita? ¿Qué quiere decir Mita?

-Contracción será de algún nombre cariñoso, inventado por él. Estos amantes libres, por borrar la última relación con el mundo que abandonan, suprimen hasta sus nombres de pila.

-Sigue leyendo tú: aún faltan dos carillas.. Yo no puedo más. ¡Siento una opresión.. y unas ganas de llorar..!

Aquí va el resto de la carta, que yo leí: «Desde que vi a Ley fuera de peligro de muerte, hasta que se recobró y fortaleció, volviendo a ser lo que era, han pasado otros ocho días, en los cuales he tenido que discurrir mucho para sacar adelante a mi amado convaleciente. Pero como ya (p.6639) estaba yo tranquila y contenta, por nada me afligía, y el afán de las dificultades lo compensaba el gusto de vencerlas. Era forzoso alimentar a Ley para que recobrara sus perdidas fuerzas y se le renovara la sangre. Pero carecíamos de todo recurso, y no había más remedio que buscarlo.. Yo seguía pidiendo socorro a Dios y a la Virgen, y éstos, a mi parecer, me decían: «busca y encontrarás». Porque no habían de traérmelo los ángeles.. Acudí primero a los vecinos de que antes te hablé, y me dieron pan, cebollas y un poco de vino; esto no me bastaba. Algún alimento más delicado necesitaba mi enfermo.

»En esto, llegó un día que me sonó a domingo; en esta soledad conozco los días de fiesta por los sones de campanas que el viento me trae.. de campanas llamando a misa en pueblecitos que están distantes. Pero el viento, unos días más que otros, trae los toques de campana tan al vivo, que parece que las tienes a un tiro de fusil. Yo le dije a mi Ley, después de arroparle bien y darle unas sopas en vino: «Hoy es domingo, Ley: si tú me prometes estarte aquí bien tapadito, sin que te entren tentaciones de echarte fuera, yo me voy a la iglesia que campanea, y en ella oiré misa y daré gracias a Dios por haberte curado. Y como en derredor de esa iglesia ha de haber un pueblo, después que oiga misa buscaré almas caritativas que me den algo para tu alimento». Y Ley me dijo: «Mita, ve a la iglesia que campanea y da gracias a Dios por haberme salvado. Después buscarás almas caritativas que nos socorran. Te prometo no moverme; pero no tardes más de lo preciso, que estaré muy triste sin ti..». Dejándole tan conforme me puse en camino. Era un día, Pepe, que.. me río yo de lo que llamáis días buenos en ese Madrid pestilente.. yo no sé decirte cómo aquel día era. Mucha luz, un sol que consolaba sin calentar demasiado, y un aire fresco que, sin alborotar, hacía ruiditos mansos en las encinas.. Los pajarillos, las maricas y los cuervos, tan contentos todos, buscando cada cual su remedio.. Pues, señor, anduve, anduve, siguiendo la dirección que me indicaban (p.6640) los toques de campanas, y llegué por fin a un cerro, desde donde divisé un campanario, y otro más allá.. pero la torre más cercana distaba todavía como un cuarto de hora.. No se me apartaba del pensamiento mi pobre Ley, allá tan solito, y los minutos que tardara en volver a su lado me parecían siglos. Calculé que si me llegaba hasta el primer campanario, se me iría toda la mañana; y estando en estos cálculos del tiempo y la distancia, tuve una inspiración, Pepe.. tuve la idea de oír mi misa en el mismo cerro donde me hallaba. Me arrodillé, mirando al campanario, y rodeada del sol y el viento, con tanto mundo de campiñas y montes delante de mis ojos, le dije al Señor y a la Virgen todo lo que se me ocurría.. que no fue poco.. y cosas muy sentidas y de mucha religión se me vinieron al pensamiento, y del pensamiento a la boca, puedes creérmelo.

»Cuando yo estaba en lo mejor de mi misa, sonaron más las campanas próximas y otras lejanas, como si hubiera gran festejo y procesión.. De rodillas estuve un largo rato, y al concluir mi misa, pensaba que por allí cerca encontraría el socorro que necesitaba para Ley. Yo había visto dos casitas; las volví a mirar: eran blancas, y sus chimeneas echaban humo.. Bien podía ser que en ellas vivieran almas caritativas.. No había dado yo cuatro pasos hacia las casitas, cuando sentí son de cencerros, y vi que por el cerro subían cabras; tras ellas venían dos hombres y un chiquillo. No creas que me dio reparo de pedirles limosna. Les conté lo que me pasaba, y que había dejado a Ley acostado, convaleciente de una terrible enfermedad. Les rogué que, por el amor de Dios, me dieran un poco de leche, que yo sé trabajar. «Ley también sabe -dije-, y en cuanto se ponga bueno trabajaremos y pagaremos la leche que nos den». El más viejo de los pastores, alto y huesudo, con unas barbas muy grandes, que parecían las del Padre Eterno, se encaró conmigo, y poniendo la cara como de enfadarse, y echando un vozarrón que atronaba, me dijo: «Alguna leche le diéremos, mujer; mas no trujo cuenco (p.6641) para llevarla. ¿Llevarla ha en el pañizuelo?» Yo le contesté que no había traído cuenco porque no pensé encontrar rebaños; pero que pediría me prestasen un jarro en aquellas casas de abajo. Y él entonces, echando el vozarrón más fuerte, y enarbolando el palo como si quisiera pegarme, me dijo: «Arrea cacia ti, mujer, que allá te daré la leche».

«Hacia casa me vine, y conmigo el viejo parecido al Padre Eterno, y las cabritas, que eran cuatro, muy saltonas, con las ubres contoneándose entre las patas. Por el camino hablamos poco; el viejo echaba un cantorrio entre dientes. Me preguntó cómo me llamo, y le contesté que me llamo Ana. Nunca declaro mi verdadero nombre. El dijo: «Arrea, moza, que tengo priesa.. Voy a bajarme con mis cabras a..» (callo este lugar, que es un soto junto al río) . Pues llegamos a casa; me adelanté corriendo para ver si Ley estaba bien arropadito, y le encontré lo mismo que le había dejado.. y tan contento de verme. No necesité decirle lo que le traía, porque cuando el viejo y sus cabras entraron en mi guarida, ya tenía yo dispuesto un cazolón bien lavado para la leche que el buen pastor quisiera darme.

»Sin decirnos nada, se puso el hombre a ordeñar, y yo a tener el cazolón y a ver cómo salían de los pezones de las ubres los hilos de leche, alternando uno con otro y cayendo con fuerza dentro de la vasija. A medida que ésta se iba llenando, los chorritos levantaban espuma. ¡Ay, Pepe!, lo que entonces sentí, no puedo explicártelo.. Viendo los chorritos de leche, y oyendo la musiquita que hacían, aquel rasgueo y aquel chirrís-chirrís, se levantó en mi alma una alegría tan grande, tan grande, que no podía yo tenerla dentro, y me eché a llorar.. Mis lágrimas corrían silenciosas. No había más ruido que el de los hilos de leche.. Ordeñada una cabra, luego fue el hombre con otra.. «Basta, señor», le dije yo con toda mi alegría y mi agradecimiento y mis lágrimas, que no acababan de correr.. ¡Ay, Pepe, Pepillo loco!, esta alegría, ni tú ni María Ignacia la habéis sentido nunca, ni sabéis lo que es..».

Suspendí la lectura viendo (p.6642) que mi mujer, vencida de su grande sofocación, rompía en llanto, y con su gesto me decía que callase. Hicimos un descanso, sin cambiar observación alguna, hasta que al fin María Ignacia, recobrado su aliento, pudo decirme: «¡Qué pena siento, Pepe, qué vacío tan grande aquí!.. ¡Pobre Mita! Una duda tengo todavía: después la sabrás.. También me extraña mucho que en la miseria de esa choza, donde se carece de todo, haya papel, tintero y pluma para escribir carta tan larga.

-Espérate un poco. Pasando la vista por el pliego último, me parece que he visto la palabra tintero. Si te parece, acabaré. Ya falta poco». Sigo leyendo: «Puse a cocer la leche, y todo el día estuve dándole a Ley racioncitas cortas y frecuentes, marcando el tiempo con el reloj de mi cuidado. ¡Oh, cómo le gustaba la leche y cómo se relamía de gusto, pidiéndome más, más! Por horas, por minutos, le veía yo reponerse.. Pues al siguiente día, a punto del amanecer, el viento me trajo son de esquilas. Salí a ver, y era el Padre Eterno que venía con sus cabras a darnos más leche. «No te apures, Anica -me dijo con su vozarrón, viéndome algo confusa ante tanta bondad-. Ya me la pagarás cuando puedas.. y si no puedes, que pase a la cuenta de las ánimas..». Pues asómbrate, Pepe: volvió el pastor otro día y otro, y un porción de días.. ya ves cómo me voy afinando de lenguaje.. En fin, que Ley sale adelante: pronto volverá al trabajo. Ayer bajé yo a lavar al río.. Tan alegre estoy, que a lo mejor me pongo a cantar.. canciones mías, cosas que invento. Ni yo misma sé lo que canto, porque es como un gorjeo.. Ayer subía yo gorjeando del río, y por el camino, con mi carga sobre la cabeza, decía yo: «Tengo que escribir esto a Pepe, para que él y María Ignacia, las personas que más estimo después de mis padres, sepan lo desgraciada que fui y lo dichosa que soy». En la puerta de mi palacio estaba Ley sentadito, esperándome. Yo me quité la carga y senteme a su lado. En aquel momento llegó Mu, el enano de nuestros vecinos: nos traía cebollas, pan y dos lechugas. Como el (p.6643) pobre chico no dice más que mu, y no sé su nombre, Mu a secas le llamo yo. Pues le dije, digo: «Mu, te agradeceré que me traigas el tintero de cuerno y la pluma de tu güelo. Papel tengo yo». En cuanto se fue Mu, le dije a Ley: «¿Te parece que escriba al buen amigo de Madrid todo esto que hemos pasado? Así verán allá que Dios mira por nosotros». Y Ley me dijo, dice: «Cuéntale todo al amigo de Madrid, y él verá, si quiere verlo, que Dios mira por nosotros».

«Ya he salido de la grandísima tarea de esta carta, y créete que no me ha costado poco trabajo concluirla, porque el tintero de cuerno venía muy escaso de tinta, y he tenido que bautizarla, por lo que notarás que esta letra se parece más al agua que a la tinta. Concluyo encargándote.. No, no: espérate un poco, que se me olvidaba una cosa.

«Lo que te dije en mi anterior de echarle pica pica al gordo Mora, darle un papirotazo a D. Mariano y unos buenos azotes a mi tía Cristeta, tenlo por no dicho. No hagas nada de eso, que a todos perdono y todo resentimiento se ha borrado de mi alma. Perdón general, perdón hasta para mi tía Cristeta, que fue la que me hizo más daño, porque ya tenía yo a mis padres convencidos de que no debía casarme con Ernestito, cuando metió ella sus narices en el negocio; tales cosas dijo a papá y mamá de las riquezas del niño y de lo feliz que iba yo a ser con tantos millones, que les embaucó, y ellos a mí, y al fin pasó lo que sabes. Gracias a que supe descasarme a tiempo, que si no.. En fin, no más por hoy.

«Adiós, Pepe: a tu mujer, todos los cariños que se te ocurran; a tu nene, besos mil, y tú recibe, con los afectos de Ley, el de tu amiga - Mita-Virginia».

En silencio hicimos, cada cual a su modo, los primeros comentarios. Suspiraba mi mujer, limpiándose el rostro de lágrimas. Yo esperaba oír sus opiniones antes de manifestar las mías. «Vas a saber -dijo María Ignacia- la duda que tengo.. La carta de Virginia me ha conmovido, me ha levantado en el corazón una pena muy grande, y luego un.. no sé cómo llamarlo.. un tumulto de ideas.. Veré si puedo (p.6644) explicarme.. No te diré yo que estos cuentos de Virginia sean puro embuste.. pero sí sospecho que nuestra pobre amiga se nos ha vuelto poetisa.. que posee el arte de adornar los hechos, y de componerlos y retocarlos para que impresionen más a los que han de leerlos. Esto que ha escrito nos ha hecho llorar. ¿Habría producido el mismo efecto contado por ella o visto por nosotros? Ésta es mi duda. Tú me dirás lo que piensas.

-¿Crees tú que Virginia es artista y obra literaria su carta? Algo de arte hay siempre en todo lo que se escribe, y los hechos, aun referidos en forma descarnada, se revisten de un extraño resplandor más o menos vivo, según la sensibilidad de quien los refiere. En la carta de Virginia resplandece la narradora que no carece de habilidad: adorna un poquito. Pero bien se ve que es cierto lo que nos cuenta, y en el sello de verdad está todo el interés y todo el encanto de lo que hemos leído.

-¿Según eso, no crees tú que esa desdichada nos haya salido poetisa, y quiera trastornarnos la cabeza.. versificando en prosa, como quien dice?

-No, mujer.. No hay en esta carta versificación. El olor de poesía que nos da en la nariz sale de los hechos, y estos son tales, que ninguna de nuestras primeras poetisas o literatas sería capaz de inventarlos.. Ateniéndome a la realidad, yo te pregunto: ¿qué hacemos ahora? ¿Perseguimos a Mita y Ley?.. Creo que no ha de ser difícil descubrir la guarida, poniéndose a ello con fe y perseverancia.

-Sí.. ¿qué duda tiene? Basta de salvajismo. Mita y su hombre merecen mejor suerte y otros medios de vida.. Pero espérate un poco, Pepe. ¡Vaya un torbellino que tengo en mi cabeza! Si les descubrimos, será forzoso sacarles de su estado salvaje y de su condición libre. Así lo manda la moral. Dejarles en esa independencia, favorecerles con recursos que les ayuden a campar por sus respetos, será dar una bofetada a todas las leyes divinas y humanas.. No habría más remedio que poner a cada cual en su lugar, separarles.. No, no: esto tampoco puede ser.. Discurre tú por mí, que yo no puedo.. ¡Separarles a viva (p.6645) fuerza! Eso nunca. Sería un atentado a la moral.. ¿a qué moral? ¿Hay por ventura dos morales?

-Yo no sé cuántas hay, ni cuál es la mejor, en el caso de que haya más de una. Mientras esto se averigua, no atentemos a la libertad de nadie, y dejemos a cada pájaro en su nido. ¡La ley!.. ¡la moral! Créeme a mí, mujer: si queremos dar con la moral y la ley, busquémoslas en nuestros corazones.

-¡Una moral por este lado, otra moral por el otro! -dijo María Ignacia vacilante y confusa-. Y nuestros corazones en medio.. ¡Pobres corazones!, ¿acertaréis a elegir el mejor camino?.. En este torbellino de dudas, ¿sabes lo que pienso ahora? Pienso que el soplado hablador don Mariano José no es tan tonto como tú crees. Me suenan en el oído las palabras del asegurador de vidas: «No tenemos divorcio.. Estamos muy atrasados».

 

Ep-34-XI -

Abril de 1854. Recibo un pliego en sobre con filetes de luto. «¡Quién se habrá muerto!», digo al abrirlo, no sin ligero temblor, porque me asustan las defunciones de personas conocidas.. Resultó que no era un muerto, sino un vivo que coleaba, un papel clandestino titulado El Murciélago.. Leo en él furibundas diatribas contra los polacos. Cada párrafo es emponzoñada flecha, o un canto muy duro disparado contra cabezas altas y medianas. Los anuncios son crueles epigramas. «El que desee conseguir un destino, diríjase a don Fulano de Tal. En el Ministerio de Fomento darán razón. La cantidad que se estipule, se ha de dar anticipadamente. No se admiten corredores». Versos no mal construidos ponen en la picota a los Ministros, y en ella reciben una zurribanda de azotes. A San Luis se le llama el condesillo; lacayos a los Ministros; a la Corte, centro de liviandades. En el pie de imprenta se lee: «Editor responsable, don José Salamanca.- Imprenta del Conde de Vilches».

Luego vi que todos mis amigos lo habían recibido. El maldito pájaro, metiéndose por ventanas y puertas, visitaba las moradas de próceres y magnates. ¿Lo habrán encontrado la Reina en su tocador, y el Rey en su reclinatorio? Ya se lo (p.6646) preguntaremos a Cristeta Socobio y a doña Victoria Sarmiento, que me parece a mí que están en el ajo, y se dejan caer del lado de la conspiración. Éstas dos naturalezas astutas, ratoniles, criadas en los escondrijos de Palacio, olfatean ya el nuevo queso.. No necesito decir que el periódico misterioso tiene en Madrid un éxito colosal. Su aparición ha sido como un rocío del Cielo para las almas resecas del odio al polaquismo. No hay idea de lo que a las muchedumbres regocija y entusiasma ver en letras de molde las opiniones subversivas, que ahogadas nacen en la conversación privada. Se ensancha el pecho viendo que el periódico dice lo que pensamos y aún más, con nuevas gracias, y sin pedir perdón por el modo de señalar. Todo el que posee el primer número de El Murciélago se cree dichoso mortal: lo enseña con precaución; hace constar que lo recibió directamente, con sobrescrito a su nombre, prueba de lo mucho que le estiman los incógnitos redactores; coge a los amigos por la solapa y les conduce al reservado de un café para leerles el papelito; niégase a transmitir a manos extrañas aquel tesoro; ofrece sacar copias, para que corra, y las saca con extrañas adiciones. Todo el mundo quiere ser Murciélago. He leído en las copias del primer número: «La Muñoza y consorte, esa familia rapaz..». Persignémonos.

Mayo.- Ayer puse en conocimiento de don Francisco Chico el único dato que se ha podido adquirir acerca del gavilán que se llevó a la paloma de Rementería. «Se sabe que tiene una hermana casada en la Villa del Prado». Oída esta referencia por el astuto cazador de criminales, se rascó una oreja; después la punta de la nariz, estirando levemente los delgados labios en una sonrisa casi imperceptible. «¿Sabe usted, don Pepito -me dijo-, que ese dato, con parecer tan poca cosa, podría ser el primer jalón de un camino seguro? No me pregunte qué pienso, porque no pienso nada. Me dijo usted hace días que el tal es buen tipo; vamos, un chicarrón guapo, despejado él..

-Oí que es guapo; de su despejo, nada sé.. Debo (p.6647) advertirle ahora, mi buen don Francisco, que no tengo interés en que los fugitivos sean presos, ni menos que les traigan para que se cebe en ellos la Justicia.

-Vamos, quiere usted que cacemos a la señora sola, para meterla en las Arrepentidas.

-No, no: nada de Arrepentidas, ni de coger a la señora. Mi deseo es tan sólo saber quién es él, y dónde está la pareja. Quiero ponerme al habla con ese irregular matrimonio.

-Pero la Justicia..

-De la Justicia, nada. Dejémosla en sus altares, bien guardada entre papeles.

-¿Y la Moral, don Pepito?

-Dejémosla también, dondequiera que esté metida.

-¡Oh, si aquí tuviéramos divorcio!.. Pero estamos muy atrasados.

-Progresemos. En este asunto, el progreso consiste en dejar las cosas como están. ¿No piensa usted lo mismo?

-Por mí.. figúrese usted.. Adelante o atrás, todo me parece igual. Ya estoy curado de espanto.. Dos caras tengo yo: una me sirve para mirar al pasado, otra para mirar al porvenir.. Pero a veces, señor mío, me equivoco de cara, y cuando me pongo a mirar lo nuevo, veo lo viejo, y viceversa.. De modo que ya no sé si empeorando mejoramos, o si mejorando vamos a peor, a peor.. En las revoluciones no creo; en la tradición tampoco.. He visto progresistas del 40 besándole el anillo a Bonell y Orbe; he visto realistas del 24 tirando del coche de Espartero.. ¿Qué más me queda que ver? Pues eso, que descubra a un raptor de casada y a la casada, para dejarles en la libertad de su delito.. Pero ¿a mí qué me importa? Se hará como usted quiera, siempre que no se me adelante alguno que le lleve a él a presidio y a ella a las Magdalenas.. Yo le aseguro a usted que trataré de averiguar quién es él, y dónde se esconde la parejita. Si yo tuviera personal disponible, pienso que en ocho días saldríamos de dudas. Pero ¿usted sabe cómo estamos con esto de El Murciélago, y la guerra que nos está dando el pájaro maldito? ¡Qué quién lo escribe, que quién lo imprime, que quién pone los sobres, que quién lo reparte!.. Averígüelo usted en un Madrid, que cada día es más grande, más poblado de pillos.. y (p.6648) con un vecindario que es todo de encubridores..

-Trabajo le mando, don Francisco. Hoy, en Madrid, el que no conspira, tapa, y el que no tapa, está en acecho de la policía, para dar el aviso: «¡Qué vienen!.. ¡a esconder!»

-Es verdad. ¿Y en un pueblo así, quién es el guapo que descubre a un Murciélago?

-Si no se me enfada, don Francisco, diré que no está ya descubierto y enjaulado porque usted no quiere. Las imprentas de Madrid no son tantas.. El periódico tiene que pasar por multitud de manos, pues no ha de ser un solo hombre el que lo escriba, lo componga y lo tire.. Yo policía, le aseguro a usted que el pájaro no se me escapaba.

-¡Ay, don Pepe, qué mal conoce usted el mundo, y este Madrid, este pozo Airón de los delincuentes!.. No, no. A usted policía, le pasaría como a mí: no cazaría El Murciélago.

-Porque no querría cazarlo; porque no querría indisponerme con los conspiradores de hoy.. a quienes seguramente tendré que obedecer mañana.

-No, no, don Pepito, no.. Bien sé que esto está perdido.. Pero no somos.. no somos tan adulones del que ha de venir.

Al decir esto, su cara de pillo, en la cual no se cuidaba de poner la máscara del disimulo, contradecía sus medias palabras. «¿Cómo me hace creer a mí don Francisco Chico -proseguí- que no sabe dónde está el general O'Donnell? Pues qué, ¿se puede esconder un hombre tan alto, y estar cuatro meses oculto sin que asome un pie, una oreja.. un codo?

-¡Vaya si puede.. en un Madrid tan grande!

-Naturalmente, usted qué ha de decirme.. Y, sin duda, soy yo algo impertinente al hablarle de este modo.

-Eso no: diga lo que quiera..

Y la picardía brillaba ya en su cara, eclipsando a la sagaz reserva del oficio. «¿Cómo me hará creer el policía astuto que no sabe quién escribe El Murciélago?

-Como saberlo, no.. como sospechar, sí.. Todos los días me traen soplos: no hago caso. Los escritores del pajarraco son dos. El uno creo que no se me despinta. Me equivocaré mucho si no es ese malagueño.. el Cánovas.

-Hombre, no.

-Déjeme acabar: el otro.. estoy en que es uno de Las (p.6649) Novedades, ese Ríos.

-¿Pues si eso sabe por qué no les mete mano?

-¡Ah! Créame usted que al Cánovas le tengo ganas, muchas ganas; pero no puedo cogerlo».

Se pasaba la mano suavemente por la barbilla y quijada inferior, y sus ojos bajos afectaban un respeto hipócrita. A las expresiones de mi asombro, contestó al fin con este concepto que me dejó helado: «Señor marqués de Beramendi, me aseguran que el Antonio Cánovas está escondido en su casa de usted». El estupor no me impidió negar desde el primer momento con una energía que sobrecogió al fiero polizonte. «Bueno, bueno: no es para incomodarse -dijo mirando al suelo-. Si no está con usted, estará en casa de alguno de sus hermanos, don Agustín o don Gregorio. Para el caso es lo mismo. Negué también que Cánovas fuese huésped oculto de mis hermanos; pero Chico, en quien la suspicacia y la desconfianza eran una segunda naturaleza, pareció no darme entero crédito. Levantose del sillón Luis XV, y paseándose delante de mí, metidas las manos en los bolsillos del pantalón, me dijo: «¡Qué venga Dios vivo a dirigir la policía, y veremos lo que hace en este Madrid, donde todo es un juego de compadres!.. ¿Cómo hemos de cazar a los conspiradores, si ellos saben esconderse en lugar sagrado, o en burladeros donde no podemos entrar?.. Corremos tras de Fulanito: ¿y dónde está Fulanito? Pues en su palacio le tiene, a mesa y mantel, el propio duque de Berwick. «¡Que cojan a Menganito; que nos le traigan vivo o muerto!» Pues nos echamos en busca del Menganito, y descubrimos que habita con el propio don José de Zaragoza.. ¡guarda que es podenco!.. Pues verá usted: hemos andado locos tras de un tal Bartolomé Gracián, militar él, condenado a muerte, indultado y luego vuelto a condenar.. la cabeza más destornillada que echó Dios al mundo.. Al fin mis agentes le descubren el rastro. Vamos a echarle mano. ¿En dónde creerá usted que se guarece ese pillo? Pues entre faldas. En las habitaciones altas de Palacio le tienen escondido dos señoras que no (p.6650) quiero nombrar. Naturalmente, allí no podemos.. Y no es ése sólo el que ha hecho su burladero en lugares, como quien dice, sagrados. Óigame usted otra: ¿a que no me acierta dónde han ido a celebrar sus aquelarres los malditos masones, que yo desalojé de la logia de Tepa? Pues a la casa de una tal Rosenda, frescachona ella y desahogada, que hoy es querida del señor Toja, uno de los primeros saca-platos y mete-sillas de la Casa Grande. Llamamos a la puerta de la Rosenda, una, dos veces, y entramos sin encontrar a nadie. Al día siguiente vino a verme el señor Toja, y aquí entró, andando como un lorito, y me dijo, dice: «Amigo Chico, no se meta en vedado si no quiere tener un disgusto». ¡Pues anda, y que se les lleve a todos el demonio!.. Aquí, lo primero de que se cuidan los que revuelven a España es de buscarse un buen fiador.. Detrás de cada revolucionario hay siempre un padrino gordo. ¿Qué hemos de hacer nosotros, tristes empleados sin libertad, atenidos a un sueldo? ¿Hemos de ser los únicos que cumplan con su deber, cuando los de arriba no cumplen? Crea usted que en este tabernáculo, ningún santo está en su puesto, ni tampoco en el suyo el Santísimo.. Pues que venga el tronicio gordo, y a vivir todo el mundo como pueda. ¡Señores polacos, el que tenga aldabones, que se agarre, y el que no, que se estrelle.. porque lo que es el terremoto de la Martinica viene.. vaya si viene!

Antes de que yo pudiese contestar a esta honda crítica del ser interno de nuestra patria, don Francisco, parándose ante mí, me sorprendió con esta peregrina proposición: «Ea, don Pepito, ¿quiere que hagamos un trato? Si usted no tiene al Cánovas en su casa, de seguro sabe dónde está.. Dígamelo.. yo no he de prenderle, ¡cuidado! Puede estar tranquilo. Con saber el paradero me conformo.. Y a cambio de que usted me diga dónde se esconde el malagueño, me comprometo yo, en el término de tres días, a descubrir los prados en que viven comiendo hierbas la hija del señor De Socobio y el pillastre que la robó».

No me (p.6651) convenía el trato, pues aunque yo supiera el paradero de Cánovas del Castillo, no había de revelárselo por nada de este mundo. Cien veces le aseguré no tener la menor noticia del escondite de mi amigo; pero el muy tunante no me creía: tan metida tiene en el alma la desconfianza. Entiendo yo que constituyen su alma el escepticismo de todo lo bueno y la credulidad de cuanto malo hay en el mundo. La profesión de Chico, ejercida con un sentimiento parecido a la fe, no puede menos de crear grandes profesores de maldad, que nada ven donde la maldad no existe. Sin duda es un pájaro de mucha cuenta este don Francisco. Su vuelo rápido y bajuno se pierde de vista, sin que nadie pueda saber a dónde van a parar sus pensamientos. Y tanto desconfía, que jamás inspira confianza. La proyección de su malicia sobre el espíritu del que le escucha es tal, que, tratándole a menudo, llega uno a sentirse delincuente.

Sigue Mayo del 54.- ¡Pataplum! Otro número de El Murciélago. Lo primero que me echo a la cara, al desdoblar el papel, es esta piadosa frase: «Salamanca colgado del balcón principal de la Casa de Correos, sería una gran lección de moralidad». Temblemos, y sigamos leyendo: «A Salamanca se han unido cuantos Ministros ladrones hubo en España, y, por último, se le agrega también el duque de Riánsares para los ruidosos negocios de ferrocarriles». En otro párrafo se burla del Gobernador, conde de Quinto, y de sus inútiles esfuerzos en la persecución de la hoja clandestina; y dice con frescura: «Este Murciélago no podrá ser habido: está en parte más segura de lo que parece, y entra hasta donde S. E. no podrá entrar siempre que quiera». Razón tiene Chico. ¡Ah, los altos burladeros..! Leo esto, que es muy interesante: «Corren por Madrid, y parece que están próximos a imprimirse, algunos versos contra la Reina, en los que se habla hasta de su vida privada.. Sabemos que estos versos están escritos y serán publicados por cuenta de los polacos, con el objeto de hacer ver a Su Majestad que la oposición la trata de una manera violenta». ¡Hola, hola! Truena después (p.6652) contra los llamados agios: el regalo de 80.000 duros a Rotalde por las obras del Teatro de Oriente; la concesión a la casa Sangróniz de un servicio de vapores para La Habana, y el empréstito forzoso de 180 millones.. Hablando de esta operación, El Murciélago toca el cielo con las negras alas. «¿Y van siquiera a emplearse con utilidad del país los 180 millones? Una parte, no pequeña, se invertirá en esos agios, que con el nombre de giros, descuentos, etc., enriquecen a los que comercian con la fortuna pública.. Después, 40 millones servirán para pagar el camino de hierro de Langreo..». Y sigue poniendo como chupa de dómine a la que llama familia Muñoz, hasta declarar que es una familia que vende su honra por dinero. Me parece que al pájaro se le va un poco la cabeza. Entre los sueltos cortos, leo: «Dícese que el conde de Quinto ha sido nombrado Gentilhombre. De seguro hace de la llave una ganzúa». Pasa luego revista a los militares que defienden al polaquismo, y no deja hueso sano a Blaser, Lara, San Román y Vistahermosa. Del ejército dice que calla, avergonzado del inmundo cuadro de desmoralización que tiene delante.. Se atreve, por fin, con la Reina, contra quien va esta china: «Ya empieza a rodar por la cabeza de mucha gente la idea de un destronamiento..». ¡Qué nos coja confesados!

 

Ep-34-XII -

Junio de 1854.- Sorprendido fui hace pocas noches, a deshora, por la visita de Rogelio Navascués, esposo de Valeria, al que acompañaba otro sujeto desconocido, que por el aire me pareció militar. Ambos vestían de paisano, con afectada traza de señoretes pobres de provincias, de los que años ha llegaban sin más objeto que ver La Pata de Cabra, y hogaño vienen a ponerse en contacto con la novísima civilización, llevándose, como señal o muestra de ella, baratijas de corto precio adquiridas en las tiendas más a la moda. Encarar con ellos en mi despacho, y ver sus fachas, y darme en la nariz olor de conspiradores buscando un escondite, fue todo uno. Lo primero que hizo Navascués fue (p.6653) presentarme a su compañero: «Bartolomé Gracián, Comandante con grado de Teniente Coronel, uno de los más fervientes enamorados de la Libertad.. etc..». Luego se rieron los dos del pergenio que traían, alabándose de su agudeza para burlar a los corchetes, y acabaron por poner sus apreciables personas bajo mi amparo, para que yo las guardase en el sagrario de mi domicilio. La verdad, no me inspiraban interés ni lástima, y a ello contribuyó la cínica ligereza con que hablaban de sus trabajos, el menosprecio de sus superiores, y la confianza en salir victoriosos siempre que lograsen una libertad relativa con el escondrijo y la engañosa vestimenta. Además, mi suegro, don Feliciano, con egoísta previsión de hombre acomodado que aborrece toda molestia, me había dicho que nuestra casa no facilitaría el tapujo a patriotas militares o civiles acosados por la autoridad.

De esto hablábamos, cuando entró Valeria compungida, y con temblorosa frase y estilo de teatro imploró la hospitalidad, asegurando que sería por poco tiempo, pues la Revolución había de triunfar, y los perseguidos serían prontito los perseguidores. Mi mujer, que desde la pieza inmediata oyó la voz de su amiga, no tuvo más remedio que intervenir tomando su parte en las demostraciones de piedad que el sexo le impone, y no necesitó más Valeria para romper en llanto y hacernos una escena dramática, hiposa y sofocante, de ésas que en la escena nos encocoran y en nuestra casa mucho más. Sin que se nos ocultara que en la tribulación de la señora de Navascués había no poco de artificio, Ignacia y yo nos rendimos al formulismo de la amistad, y los perseguidos fueron amparados. Mas, no siendo posible tenerles en casa por el rigor cívico de mi suegro, discurrimos darles asilo seguro en otra casa de mi familia. Desechada la hospitalidad de mi hermano Agustín, por miedo de comprometer gravemente su furioso ministerialismo, con Gregorio me entendí aquella misma noche para traspasarle el embuchado; y tan bien dispuesta encontré a mi cuñada Segismunda, (p.6654) que no necesité gastar saliva para que consintiera en ser patrona de conspiradores. Obscuros y sutiles negocios, de que hablaré en otra ocasión, han enriquecido a Gregorio en poco tiempo. Segismunda se lanza con ambicioso vuelo a más altas esferas; quiere brillar y meter ruido, poner en su persona relumbrones aristocráticos recogidos en medio de la calle, o traídos del invisible Rastro en que van a parar las efectivas grandezas; y aunque las ideas de Gregorio y Segismunda son moderadas, como es ley de gentes que improvisan su posición, ambos ven con gusto que se alberguen en su casa dos caballeros revolucionarios de la clase militar. En estos revueltos tiempos, el conspirar ha llegado a ser de buen tono. A mi hermano, y particularmente a mi cuñada, les halaga que, cuando triunfe la Revolución, se les señale como generosos encubridores de los que hoy son facciosos y mañana serán héroes. ¡Qué no darían por esconder a un O'Donnell, a un Messina, o al avisado malagueño Cánovas del Castillo!

Todo quedó arreglado a media noche, y antes de amanecer, los paladines de la Libertad dieron fondo en el cómodo asilo que con maternal solicitud les preparó la esposa de mi hermano. Y ya muy entrado el día, pidiome audiencia en mi casa un sujeto que se anunció como funcionario de la Seguridad Pública, sin decir su nombre. Picada mi curiosidad, no tardé en recibirle; y si de la persona no puedo decir que fuera interesante, lo que el tal echó de su boca en la visita merece cabida preferente en estas Memorias de mi tiempo. En el hombre vi, como rasgos culminantes del tipo, un bigote negro cerdoso cortado en forma de cepillo, cabellera abundante cortada como escobillón, nariz pequeña y atomatada, bastón de cachiporra, gabán claro de largo uso, y sombrero, que en toda la visita permaneció en la mano de su dueño. Ostentaba la pelambre de esta prenda innumerables cicatrices, testimonios de una vida azarosa, estrujones, apabullos, palos ganados en escaramuzas callejeras. Quizás, en alguna reunión tumultuosa, sirvió de asiento a (p.6655) persona de extremada gordura; quizás, antes de cubrir la cabeza de su actual propietario, fue remate del figurado guardián que se arma en medio de las huertas para espantar a los gorriones. Pero si mucho el sombrero decía, más dijo el hombre, y sus manifestaciones encerraron tanta enseñanza, que aquí las copio, sin más enmienda que la supresión de mis observaciones y preguntas en el curso del diálogo. Así parece más clara y compendiosa esta página viva de la Historia Nacional.

«Vuecencia no me conoce, señor don José. Yo soy Sebo.. quiero decir que así me llaman, y por Sebo me conoce todo el mundo en Madrid, aunque mi nombre es Telesforo del Portillo. El mote proviene de que nací y me criaron en un taller de extracción de sebo, calle del Peñón, donde mi padre y toda mi familia tenían la industria de velas, que allá por el 48 vino a parar en ruina, por causa de la introducción de la maldita esperma y otras porquerías, sacadas, según dicen, de las ballenas de mar.. Desde que yo empecé a discurrir, más que los oficios de mano me gustaban los de cabeza, todo lo que fuera cosa de ilustración, o por mejor decir, de literatura. Con otros chicos representaba comedias, y de noche, en mi casa, copiaba versos de algún periódico para aprendérmelos de memoria. Llevado de mis aficiones, el primer pan que gané me lo dieron en la escuela de párvulos de la calle de Rodas, donde serví la plaza de auxiliar dos años cumplidos. Aunque me esté mal el alabarme, yo aseguro que no me faltaban disposiciones para desasnar criaturas. Con la paciencia que Dios me ha dado y cierto don natural para dominar las almas infantiles, hice verdaderos milagros en aquel desbravadero de las inteligencias. A muchos borricos domé, y más de un idiota me debe el dejar de serlo. El maestro, mi jefe, me tenía en grande estimación; era yo su brazo derecho, y en los últimos meses llevaba el peso de la escuela. Pero como nadie me agradecía los servicios que yo prestaba a la Nación, cogiendo de mi cuenta a los españoles chicos para convertirlos de animales en ciudadanos, y como mi estipendio (p.6656) era tan corto que apenas pasaba de dos reales y medio al día, insuficiente para pan y arenque o molleja, me vi precisado a cambiar de oficio. Por aquel tiempo empezó a salirme familia.. pues, aunque yo no estaba casado todavía, la que hoy es mi mujer me había dado ya el primer hijo, principio de la cáfila de nueve que ya lleva paridos, de los cuales me viven seis para servir a Dios y a Vuecencia.

»Para no cansarle, señor don José, después de mil contradanzas molestando a medio Madrid en busca de colocación, el señor Beltrán de Lis me metió en este pandeldemonio de la policía, que es, hablando pronto y mal, el oficio más perro del mundo.. y el más deshonrado, el más comprometido, si no se pone uno al igual de los criminales, y come de ellos y con ellos, para ayuda del gasto de casa.. que es muy grande, señor. Los ricos no tienen idea de las fatigas de un padre de familia con seis criaturas, mujer, hermana mayor, y otros parientes que acuden al olor de un triste puchero. Esto no lo sabe el rico, que nos paga míseramente para que le cuidemos su vida y hacienda, y sobre pagarnos tan mal, tan mal, que todo mi haber, pongo el caso, no pasa de nueve reales y medio al día, nos exige que tengamos virtudes.. ¡virtudes, señor, virtudes! maniobrando uno entre todos los vicios, y cuando en su casa no le entran a uno por los oídos más que clamores de la mujer: ¡que si los chicos están descalzos, y ella sin camisa, y todos con hambre por la cortedad del alimento! Yo tendré todas las virtudes conocidas, y algunas más, el día en que me las avaloren por moneda corriente, que de otro modo no puede ser. Si quieren virtudes baratas o de gorra, formen un Cuerpo de Policía de anacoretas, clérigos u otra calaña de gente sin familia ni necesidades. Suprímase la familia, seamos todos sueltos, tengamos refectorios públicos para matar el hambre, y habrá virtudes. De otro modo no puede haberlas y aquí estoy yo para decir con el corazón en la mano que no soy virtuoso. Gazmoñerías hipócritas no entran en mí. Y frente a un caballero que sabe apreciar las (p.6657) cosas como son, abro primero mi conciencia, después mi boca, y alargo mi mano para que los pudientes me den el pedazo de pan que el Gobierno, mi amo, no quiere darme por mi servicio. Yo huelo donde guisan y allá me voy. Hablo con un caballero, y humildemente le digo: «Señor, Sebo se pone a sus órdenes para todo lo tocante a dejar tranquilos a esos beneméritos Navascués y Gracián, que..».

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

»Gracias, señor, por su ofrecimiento de socorro, que debe hacer efectivo a toca teja, porque en mi casa se carece de lo más preciso.. Y paso a informarle de lo que desea saber. Anoche, cuando entraron en su casa el Navascués y el Gracián, vestidos de paisano, di conocimiento al señor Chico, que me ordenó suspender la vigilancia de estos sujetos. Naturalmente, ¿qué vamos ganando nosotros con extremar las cosas? ¿Apurar la ley para que el día de mañana los perseguidos de hoy nos limpien el comedero? Españoles somos todos, con derecho a vivir, y el grano que para nuestro alimento nos tira la Providencia desde el cielo, lo hemos de coger donde caiga.. Digo, señor, que si el granito cae en campo revolucionario, allá nos tiramos a comerlo. Revolución quiere decir: «Caballeros, apártense un poco, que ahora vamos los de acá». En fin, que Juanes y Pedros todos son unos.. y si el señor no se incomoda, le diré que mis chicos andan descalzos..

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

»Gracias, señor, por su nuevo ofrecimiento. ¿Quiere saber los antecedentes criminales de esos dos peines? Pues allá van: al Navascués le conozco poco, pues no ha sido de mi parroquia. Le tenía un compañero mío, por quien sé que se pasa la noche comprometiendo a la oficialidad de Constitución y de Extremadura. Al otro, al Gracián, sí le conozco, y más cuenta me tendría lo contrario, porque los porrazos que de él y por él he recibido no se pueden contar. Créame, señor: entre todos los españoles locos, el más rematado es ese Gracián. (p.6658) Si el conspirar no existiese, él lo hubiera inventado. Desde que estrenó el uniforme anduvo en líos de pronunciamiento. Por poco pierde la pelleja en Madrid, el 48, y después en las Peñas de San Pedro. Vive de milagro: le matan y resucita. Es valiente; pero de esos que no pueden vivir sin faltar a la ley. A mujeriego no hay quien le gane. Cuando no engaña a dos, a tres engaña. Las mujeres quieren salvarle, y él no se deja. No hay en la Policía quien no tenga en alguna parte del cuerpo señal de sus manos. Yo, sin ir más lejos, estuve dos semanas con la cara hinchada, porque.. verá Vuecencia: quise cogerle una noche, a su salida de Palacio, ¡de Palacio, señor!, que allí tenía su albergue. Me dio tan fuerte golpe que perdí el sentido, y creí que escupía todas las muelas de este lado. A dos compañeros míos, otra noche, junto a Caballerizas, les descerrajó un pistoletazo, pasándole a uno el sombrero y quitándole a otro un pedazo de oreja. Intentaron echarle mano; pero él sacó un cuchillo de este tamaño, con perdón, y les acometió con tanto coraje, que si no echan a correr, allí se dejan el mondongo. Asómbrese Vuecencia: hasta hace poco vivía en los altos de Palacio; parece que es sobrino carnal de una señora que vistió el hábito de monja en el convento de Jesús. Don Francisco Chico, cuando le llevamos esta referencia, nos dijo: «Cepos quedos, muchachos. Tres sitios hay donde no debéis meteros nunca: río, rey y religión..».

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«Razón tiene mi señor don José: dentro de Palacio hay ideas y personas para todos los gustos.. Bien dice don Francisco Chico que el piso segundo es una república.. Al tercero suelo subir yo, porque allí vive un primo mío, que me debe ochenta y dos reales de unos colchones que mi mujer vendió a la suya, y por cobrárselos a pijotadas, apechugo, en los primeros de mes, con el sin fin de peldaños de aquellas malditas escaleras. Por el primo sé muchas cosas, de ésas que se le dicen a uno para que las calle, y así hago yo.. oír y callar. Los magnates se encargan (p.6659) de pregonarlas: ellos, que de presente adulan, por detrás despellejan. El pobre es el que habla siempre bien de las personas altas, pues como está mal comido, no tiene aliento más que para honrar y aclamar. El pobre mal comido dice a todo que sí, porque para el sí no necesitamos tanto aliento como para el no.. Por esto, yo sostengo, y no se ría don José, yo sostengo que si el pueblo estuviera bien comido, bien bebido, y asistido en total de sus necesidades, diría que no, viniendo a ser enteramente revolucionario. Lo que oíamos cuando éramos niños, seguimos repitiéndolo de grandes. ¡Viva Isabel! fue el son con que nos arrullaban en nuestras cunas, y ¡Viva Isabel! gritamos hasta la muerte. Es un estribillo que tiene por causa la mala alimentación. Los hambrientos cogen un decir y no lo sueltan en toda la vida. Los señores bien cebados son los que pueden discurrir y hacerse cargo de las cosas públicas, mientras que el pobre sin sustancia es perezoso del cerebro, y no le entran más ideas que las que ya entraron, o sea las que recibió como herencia al mismo tiempo de recibir el patrimonio de su pobreza. Tomando pie de esto, excelentísimo señor, le suplico que mire por Telesforo del Portillo, alias Sebo, que es buen hombre, aunque en este oficio condenado no lo parezca; y puesto Vuecencia a proteger, eche una mano a toda la familia. Verbigracia, el chiquillo mayor de los míos, a su padre sale en lo agudo y a su madre en lo hacendoso. Sabe leer y escribe con buena letra. En esta gran casa podría tener colocación, aunque sólo fuera para llevar y traer recados. Si quiere ponerle librea, mejor, que así se acostumbrará el niño al empaque tieso y a las posturas nobles, como quien dice. La niña mayor, aunque me ha salido un poco jorobadita, es muy dispuesta para todo, y un águila para la costura.. quiero decir, que cose con primor y que sus dedos vuelan.. Bien podría la señora Marquesa traerla acá, y tenérmela empleada de sol a sol en la costura de casa tan grande.. De mi esposa, sólo digo que tiene manos de ángel para el planchado en fino, y que en la compostura de (p.6660) encajes da quince y raya a la más pintada.. Vea el señor Marqués qué fácilmente puede ayudar y socorrer a este pobre Sebo, a este honrado Sebo, que por las callejuelas de su oficio camina en persecución de las virtudes sin poder encontrarlas, y..».

 

Ep-34-XIII -

No le dejé concluir: ya el sonsonete de su voz, que había empezado festiva, volviéndose gradualmente cavernosa y lúgubre, retumbaba en mi cerebro como el insufrible aleteo del moscardón. Con un socorro pecuniario correspondí al ofrecimiento de sus servicios, y puse precio razonable a su filosofía policíaca, forma vaga de humanismo no disconforme con mis ideas.. Para él sería yo el verdadero Gobierno, el Estado efectivo; y pues mi bolsa suplía las escaseces de la nómina oficial, a mí debía darme Sebo el fruto informativo de su trabajo, entendiéndose que jamás haría yo uso inconveniente de tan extraña subrogación. Retirose el hombre muy contento, y aquel mismo día por la tarde medio pruebas del entusiasmo y diligencia con que a mí se acogía, llevándome nuevos informes del Bartolomé Gracián, los cuales avivaron hasta lo indecible la curiosidad que aquel extraño conspirador había despertado en mí. Y el gran Sebo, como si su memoria fuese un canasto repleto de inútiles cosas cuya pesadumbre le estorbaba, vació en mis oídos estos fragmentos de Historia privada.

Es Gracián el más atrevido y el más afortunado mujeriego de España y sus dominios. Su extraordinaria guapeza de figura y rostro le dan las primeras armas; las completa y afina con su increíble atrevimiento y con su exquisita labia para trastornar el seso a las hembras. Desde que fue hombre, declaró guerra sin cuartel a dos principios fundamentales: la moral doméstica y la disciplina militar. Es éste en él un doble apetito, una doble pasión que le coge toda el alma, sin dejar espacio para más. No hay situación política que él no intente destruir con las armas, ni mujer bonita, casada, soltera o viuda, que no quiera conquistar por el amor. Aseguró Sebo que todas absolutamente se le (p.6661) rinden, y extendiéndose en este sabroso asunto, alargaba el hocico, erizando las cerdas de su bigote, y entornaba con picardía sus ojos vivarachos.

-Cuidado, Sebo -le dije-, que eso del rendimiento de todas no puede constarle a usted ni a nadie». Y él, afectando imparcialidad y moderación: «Pongamos casi todas, señor don José. Hay en la vida de este hombre un caso que sé por referencia, pues en aquel año, que era el 51, no estaba yo encargado de él, ni le había echado la vista encima. Andaba escondido; sobre él pesaba sentencia de muerte; vivía con una moza muy guapa, que le quería y le cuidaba como si fuera su esposo por la Iglesia, y de la noche a la mañana.. No, no es que la abandonara, señor; no es eso.. El abandono de la moza bella no tendría nada de particular. Fue un caso más raro y nunca visto. Otra mujer, a quien él no conocía más que de oídas, le robó.. robó al Capitán, llevándosele a sitios escondidos para tenerle por suyo.. No se ría, señor: es como se lo cuento. Se ven raptos de mujeres en el mundo muchas veces; en el teatro a cada momento. Pero raptos de hombres, así, cogiéndole en un camino, por manos de policías y cargando con él, como se carga a una doncella, no se ha visto, creo yo, más que en el caso del capitán Gracián.

-¿Y la otra, amigo Sebo, la que vivía con él?

-Buscándole estará todavía, pienso yo..

-¿Y él?..

-Un compañero mío que estuvo en el ajo me ha contado que el muy tunante hizo poca o ninguna resistencia.. Vamos, que se dejó robar. O algún antecedente tenía ya de esa señora ladrona de hombres guapos, o por ser tan listo, le dio en la nariz olor de una barraganía de provecho.

-¡Vaya, que la mujer que tal hizo era de veras arriscada y jaquetona! ¿Y anduvieron policías en ese gatuperio? En él veo yo la mano experta de don Francisco Chico.

-El señor coge las cosas al vuelo, y así no tengo yo que decir nada malo de mi jefe.

-Es un travieso de marca mayor, y sin ningún escrúpulo. Pero la dama ladrona, sólo por idear el robo de un hombre y afrontar las consecuencias, tiene sus puntas de (p.6662) heroína. ¿Quién es, Sebo?

-Pues una solterona que por lunática fue arrojada del convento de Jesús; mujer de cuidado, que, según dicen, es un poco boticaria y un poco droguista. Compone aguas de olor para refrescar el cutis o para pintar el pelo, y bebedizos para echar del cuerpo los demonios, o meterlos en él si a mano viene. Entiendo yo que es bruja, señor, y de aquellas que, por criarse en conventos, saben más que Merlín y su hijo. ¿Me pregunta Vuecencia que qué cargo tiene en Palacio? Pues el de centinela, para ver quién entra y sale, quien priva y quién no priva, y contarle todo a la Madre. La Madre de las Llagas es su verdadera Reina y el amo a quien sirve.. Vea el señor si tendrá poder la Boticaria, maniobrando entre dos Reinas, la de acá y la de Jesús..

Al llegar a este punto, se apareció en mi mente la figura que yo creí desconocida, y de pronto resultaba persona de mi particular conocimiento. ¡Acabáramos..! En la compleja vida social, sucede a menudo que oímos referir peregrinos hechos, y dudando de su certeza, los atribuimos a individuos fantásticos. Nuestro asombro se asemeja al infantil interés que despiertan los maravillosos cuentos de hadas. Mas por cualquier circunstancia descubrimos que el héroe, o la heroína, de tan singular historia es un ser vivo, le conocemos, le tratamos, y entonces nuestro asombro se concreta, se refuerza con la credulidad, y es clara percepción de la realidad humana. Lo que juzgábamos absurdo, sólo por ser impersonal, nos parece verídico en cuanto el caso se cristaliza en el rostro de una persona conocida.

«Señor Sebo -dije yo interrumpiéndole, no sin alegría-, ya estoy al cabo de la calle. La que usted llama Boticaria, no puede ser otra que doña Domiciana Paredes, hija de un cerero de la calle de Toledo, y amiga íntima de la que lo es de mi familia, doña Victorina Sarmiento. Mi mujer y yo la tratamos, la hemos recibido en nuestra casa, la hemos obsequiado con chocolate, no una sola tarde, sino dos y tres, y por venir en compañía de doña Victorina la hemos mirado como a persona de (p.6663) respeto. Ya sabía yo que en Palacio era embajadora o cónsula de la Madre. La gracia y amenidad de su conversación nos revelan a una mujer de talento. Ahora, oído el informe del rapto de Gracián, vemos en ella un entendimiento y un brío de voluntad que la igualan al mismo Napoleón.

-Eso he dicho yo, señor don José.. doña Domiciana es un Napoleón.. no éste que ahora gobierna en Francia, sino el otro, el que llamaban Primero y acabó sus días en una ínsula. Porque ha de saber Vuecencia que la Boticaria engañó a doña Victorina, haciéndole creer que el Capitán robado era su sobrino, y demostrándoselo con documentos que sacó no sabemos de dónde. Sabe imitar el papel de barbas antiguo, la tinta vieja, y las obleas y lacres del siglo anterior.. Pues arrebatado el galán, le escondió en una casa de campo, radicante en el camino real de Aragón, un poco más acá del sitio donde arranca el senderillo de la Fuente del Berro.. A poco del secuestro, se ocupó la ladrona de conseguir el indulto de su sobrino, pues ya he dicho que estaba dos veces condenado a muerte por Consejo de guerra.. Ello no fue difícil, con las buenas agarraderas de doña Victorina..

-En las gestiones para ese indulto anduve yo también, amigo Sebo.

-Anduvieron muchos. O'Donnell se resistía. Una cartita de Su Majestad amansó los rigores del General. Indultado el Capitán, sus primeras salidas fueron para las conquistas de amor. En tres días hizo estragos en las afueras de la Puerta de Alcalá, cortejando y enloqueciendo a varias mujeres: una en el Parador de Muñoz, otra en la huerta de Retena, dos en las casas de Piernas y en el portazgo del Espíritu Santo.. Doña Domiciana tocaba con sus manos el santo cielo. Para evitar escándalos, discurrió mandar al galán a Puerto Rico con el general Prim. Ya estaba todo concertado para este viaje; pero la noche en que Bartolomé debía marchar a Cádiz en silla de postas, desapareció como un duende, sin que por ninguna parte le pudiéramos encontrar.. Por fin, a los tres días se delató él mismo, en casa del señor (p.6664) Toja.. calle del Factor. ¿Y cómo se descubrió ese pillo? Pues rompiéndole la cabeza a un amigo suyo, Nicasio Pulpis.. Allí se reunían.. dicen que a jugar al tresillo: yo entiendo que a verlas venir. Para mí, Gracián cameló a la Rosenda, que antes fue querida de un tal Castillejo, también de la cáscara amarga, y conspirador de afición, como esos que matan por dar gusto al dedo.. Las heridas del Pulpis desbarataron el tapujo del Gracián. Pero el señor Toja, más ciego que un topo, seguía defendiéndole, y entre él y la Rosenda nos le quitaron de las manos. Volvió a parar el hombre a las de la Boticaria, que esta vez en el mismo Real Palacio le aposentó, sin que doña Victorina se llamase a engaño: con tanta sutileza tramó el enredo aquella sabia Napoleona, o Napoleón de las mujeres..

«¿Qué más quiere Vuecencia que le cuente, ilustre señor? Si no se cansa, le diré que por Gracián enloquecieron y se trastornaron una tal Eduvigis, esposa de cierto carrerista, y la hija mayor de un gentilhombre, llamada Inés.. Fue tal el desatino de ésta, que se propinó una toma de fósforos en aguardiente, porque el galán había faltado a una cita que le dio en la iglesia de la Encarnación.. Pasaron días, muchos días, en los que perdí el hilo de estas cosas. Gracián desapareció de Palacio. No hace dos meses que doña Domiciana volvió un día a su casa con el cuerpo lleno de contusiones, un ojo hinchado y el morro enteramente torcido. ¿Qué le había pasado?.. Por decir extravagancias, hasta se dijo que en el convento de Jesús anduvieron las monjas a trastazo limpio con una caterva de diablos rabudos y cornudos que entraron por las chimeneas. Y tan estúpida es la gente, y tan desleída en la sangre tenemos los españoles la superstición maldita, que no faltaron personas que creyeran estos disparates.. Otras vieron en el rostro de la Boticaria la mano del Gracián. Pero ella se aguantó, y con sus alquimias se puso a la curación de las mataduras, quedándose en un santiamén como nueva. Digo que es bruja, señor, porque como santa no lo es.. Gracián (p.6665) vivió algún tiempo en Caballerizas, durmiendo allí de día, y largándose por las noches a la vida de tertulias secretas, en la redacción de algún periódico, o en zahúrdas donde conspiran hasta los gatos.. En estas idas y venidas, ya teníamos armada una trampa para cogerle, juntamente con el señor de Navascués, cuando se guarecieron los dos en esta casa.. Yo pregunto: ¿por seducir mujeres se debe perseguir a un hombre? ¿Y por pronunciarse, qué? ¿De estas dichosas pronunciaciones no han salido todos los Generales que nos mandan? Pues los pronunciados de ayer ya llenaron bien el buche, dejen comer a otros, señor. Yo digo que debe haber turno en las mesas de los ricos, o que alternen, para que podamos alternar también los pobres. Bien nos dice la experiencia que cuando los Gobiernos duran mucho, todo el tráfico se paraliza, la clase menestrala no tiene qué comer, aumentan los robos, las patronas y pupileras están a la cuarta pregunta, la mendicidad crece, disminuye la caridad pública, el abasto de la plaza es malo y carísimo, la carretería se estanca, los taberneros echan más agua al vino, el pueblo se entristece, bajan las rentas de Tabacos y de Loterías, nacen más chiquillos, las calles se desaniman, los sastres perecen, y toda la Nación está como una novia desconsolada, a quien nadie le dice por ahí te pudras.

-Muy bien, muy bien, amigo Sebo. Estamos conformes. Los Gobiernos duraderos originan enormes calamidades. ¿No condenamos la pereza en las personas? Pues peor es en los pueblos. Progresar quiere decir moverse, renovarse, mudar de estado, de postura, de ideales, de ensueños, de vestido, de modas. Hasta los enfermos crónicos y aprensivos abominan del reposo, cambian de enfermedades, y cada día inventan una nueva. No basta variar de médico; hay que variar de dolores. «Ya no me duele aquí, sino aquí». Progresar es cambiar de amigos, de novias, de afeites, de juegos, de aires. España es un mendigo que se aburre de estar siempre pidiendo en la misma esquina. «Vámonos a la de enfrente, que por ésta (p.6666) no pasa nadie». España no necesita de la acción consolidadora del tiempo, porque no tiene nada que consolidar; necesita de la acción destructora, porque sus grandes necesidades son destructivas. Las revoluciones, que en otras partes desequilibran la existencia, aquí la entonan. ¿Por qué? Porque nuestra existencia es en cierto modo transitoria, algo que no puede definirse bien. Yo la veo como si el ser nacional estuviera muriendo y naciendo al mismo tiempo. Ni acaba de morirse ni acaba de nacer. Por eso apetece el movimiento, la variación de ambiente, de personal, el cambio de hombres públicos, a ver si éstos son menos sepultureros y más comadrones. ¿Me entiende usted, amigo Sebo?

-La verdad, señor: no lo entiendo muy bien.

-Digo que el ser nacional está en todo este siglo muriendo y naciendo. Los hombres públicos y cuantos de política se ocupan, incluso los militares, sepultan y al propio tiempo vivifican.. La nación quiere mudanzas y revoluciones, para que el nacer sea fijo y se acabe el morir.

-Ahora lo entiendo menos, excelentísimo señor.

-Pues sí: húndanse los gobiernos, vengan revoluciones, para que el país se despabile y aprenda a vivir a la moderna, y salgan hombres de gran poder, y tengamos más medios de ganar la vida, y se acabe el morir lento de un pueblo.

-Ahora entiendo, porque.. como dijo el otro: los pueblos no mueren.

-Se modifican, se refunden. España no ha encontrado el molde nuevo. Para dar con él tiene que pasar todavía por difíciles probaturas, y sufrir mil quebrantos que la harán renegar de sí misma y de los demás.. Pero si el señor Sebo no tiene interés en que lleguemos a desentrañar este punto hondísimo de histórica filosofía, pasemos el rato en el examen de los hechos, alegres o tristes, patéticos o graciosos, más interesantes que esas peregrinas imitaciones de la realidad que llamamos novelas. Celebramos ver ensanchado el campo de la verosimilitud. Nada es mentira, amigo Sebo: la verdad se viste con los arreos de lo fabuloso para cautivarnos más, y cuando ve que la (p.6667) contemplamos embobados, suelta la risa, se quita el disfraz y nos dice: «Mentecatos, no soy arte: soy.. yo».

-Quiere decir que estas cosas parecen cosas de poetas, y aquí el poeta no es otro que el mundo de Dios.. Aún no he contado al señor todos los enredos del Gracián, ni los apuros de doña Domiciana para tenerle sujeto.

-No es conveniente, buen Sebo, que ahora prosiga usted relatando estas verdades que parecen mentirosas.. Con lo referido basta por hoy, que la acumulación de pasajes interesantes en cualquier historia produce en el oyente un efecto congestivo.. Economicemos el asombro, y sujetemos a medida el examen recreativo de los hechos humanos.. Necesito comunicar a mi mujer estos descubrimientos, y que ella y yo, en íntima conversación, nos solacemos comentándolos. Los ricos que no tienen nada que hacer, se morirían de tedio si no alegraran su vida, en que todo está hecho, pasando revista a la vida de los demás.. Vea usted en qué consiste la única felicidad de los ricos, precisamente por ricos, ociosos: son felices mirando y midiendo la infelicidad ajena.. Mi mujer ha salido a visitas. Ya se me hacen largos los minutos que dure su ausencia más del término regular.. Paréceme que siento abrir la puerta.. Es ella.. Haga el favor de ver..

-Es la señora Marquesa..

-Retírese, amigo Sebo, y venga pronto, que tengo que encomendarle un asunto..

-¿De mujeres, excelentísimo señor? -dijo Telesforo en voz baja, dulzona, después de aguardar a que los pasos de María Ignacia se perdieran en el pasillo.

-De mujer.. pero no sola.. que donde hay mujer hay hombre.

 

Ep-34-XIV -

Estupor, miedo, risa causó en María Ignacia la revelación de las inauditas aventuras donjuanescas de nuestra venerable amiga Domiciana. ¡Cuán verdadero es que en visita toda persona nos parece juiciosa y de intachable moral! Conocíamos a la monja Boticaria por haberla recibido en nuestra casa más de una tarde, en compañía de Victorina Sarmiento, antigua relación de los Emparanes. Nos había cautivado la conversación amena, el delicado gracejo de la buena (p.6668) señora, y sus felices ocurrencias expresadas con la dicción más pura, dentro de los términos más decorosos. Encantados la oíamos todos los de casa, y ausente, consagrábamos a su recuerdo alabanzas salidas del corazón. Referíanos episodios del claustro, ridiculeces ingenuas de algunas monjas, poniendo en sus relatos toda la sal compatible con la piedad y el respeto de la religión; y si nos hablaba de tipos y escenas palaciegas, hacíalo con exquisito comedimiento, sin que el menor roce de su lengua, siempre muy pulcra, empañara nombres ni manchara reputaciones, aun las más equívocas. ¡Quién nos había de decir que aquella simpática jamona, todavía fresca, más graciosa de palabra que de hocico, divierte sus ocios de exclaustrada en cacerías y robos de hombres guapos! ¡Qué cosas se ven, y cuán caprichosas, en su inmenso reino, son la flora y la fauna del vivir humano! ¡Qué infinita variedad de formas, qué extravagancia en algunas, qué sencillez elemental en otras! Llamamos original a lo que vemos por primera vez, y nuevo a lo viejo que no conocíamos. Todos los casos morales tienen la misma edad, como los tipos vegetales. La Naturaleza lo inventó todo de una vez, y ya no inventa; no hace más que combinar las ocasiones y escenarios en que nos descubre sus secretos: así llamamos a lo que, después de visto por millones de ojos en cien generaciones, pasa ante los ojos nuestros..

Tan pronto risueña como asustada, mi cara esposa expresaba de este modo sus turbadas ideas: «Me da miedo el descubrimiento de acciones tan contrarias a lo que hemos visto y creído. Con tales sorpresas acabaremos por dudar de todo. ¡Vaya con doña Domiciana! Necesito que pase algún tiempo para formar un juicio claro de esa mujer. Lo que es ahora, no puedo decirte con verdad si se empequeñece o se engrandece a mis ojos. Es que.. veamos si acierto.. es que las debilidades achican, y los grandes actos de voluntad agigantan. Domiciana es débil, Domiciana es fuerte. ¿Con cuál de las dos mujeres nos quedamos?

-Yo me quedaría (p.6669) siempre con la fuerte. En Napoleón Bonaparte, la acción enérgica eclipsa todo lo demás: los errores, las vanidades, las infamias menudas..

-¿Y qué me dices del don Juan ése? ¡Valiente sinvergüenza! Pero ¿el tipo del seductor de oficio existe todavía? ¿No me dijiste que había pasado, como los poetas pastoriles y los bandidos generosos?

-Pasan, sí.. pero vuelven.

-No sé qué me repugna más: si el hombre degradado que hace del amor criminal una profesión, o las bribonas que se dejan burlar por un tunante de esa ralea. La que cae en semejante trampa es tonta, o está moralmente perdida antes de que la pierdan.. Ahora, Pepe mío, ya lo estoy viendo, la primera idiota a quien pondrá las paralelas ese canalla, será su patrona, tu cuñada Segismunda.

-Esa improvisada señorona no es vulnerable en su imaginación, sino en su vanidad y en su interés. No siente otra poesía que la de los diamantes, joyas y objetos de valor.. Gracián, según entiendo, es pobre, y su arsenal se compone de palabras y artificios amorosos. Más que por Segismunda, que no tiene un pelo de tonta, temo yo por Valeria, ligerita de cascos y sin consistencia en nada.. digo, es consistente en la pasión por los muebles bonitos y los trajes elegantes.

-¿Qué diferencia ves entre las dos hermanas?

-La diferencia que hay entre una muñeca y una mujer. Valeria es un juguete; Virginia, una fuerza.

-Ese burlador de profesión, con ser ridículo, y sus víctimas unas pobres ilusas, me causa miedo. ¿Y has dicho que conspira contra la Autoridad, contra todos los Gobiernos? En buenas manos está la salvación de la Patria.. No le deseo la muerte; pero sí una encerrona larga en cualquier castillo donde no entren mujeres..

-Es un soñador, que no se conforma con la realidad, y busca siempre lo que está detrás de lo visible..

-Y detrás de lo visible, ¿qué se encuentra?..

-Se encuentra.. lo que se busca.. una imagen que al encarar con ella nos dice: «No soy lo que quieres.. Lo que quieres viene detrás..». Y así sucesivamente hasta lo infinito..

-Pues el que persiste en buscar lo que no encuentra, o (p.6670) es un loco, o necio de solemnidad.

-Es un descontento, un ambicioso, un investigador de almas. Puedes creerlo: el tal Gracián me interesa y deseo tratarle..

-¡Ay, Pepe, Pepito, ya te me estás echando a perder!.. ¿Volveremos a las andadas.. a la persecución de lo invisible?

Sigue Junio.- Tan a pechos ha tomado sus obligaciones de soplón el diligente Sebo, que ya me fatiga. Los cuentos que un día y otro me trae, y que enredándose como las cerezas salen de su boca de caníbal, enriquecen mi conocimiento con preciosos datos de la vida real, los cuales vienen a mí mezclados con salpicaduras poco gratas de la saliva del comunicante.. Creyera yo que sus bigotes cerdosos son un hisopo automático, que rocía bendiciones mientras su palabra les da realidad fonética. En fin, el hombre me dice tantas cosas, que ya no tiene mi memoria cabida para conservarlas: unas se me olvidan; a otras no doy crédito; las hay que me causan enojo porque aclaran demasiado los senos recónditos de la vida, y destruyen el sabroso misterio.

Mi mujer ha tomado entre ojos al policía revelador: cree que sus continuas, minuciosas confidencias alteran mi ecuanimidad; ha llegado a ver en él como un diablo que viene a posesionarse de mí trayendo la forma propia de nuestra época, no ya cuernos, rabo y escamas, sino el cortado bigote de rígidas hebras, como un cepillo, y el bastón de agente de la Seguridad Pública. Debo, según mi mujer, ponerle bonitamente en la calle. No soy de esta opinión, porque entre infinitas referencias menudas, que son como los dichos del vulgo recogidos a espuertas en medio del arroyo, me ha traído algunas de un valor inapreciable.

«Por este diablo de Sebo -dije a María Ignacia- sé que O'Donnell está escondido en la Travesía de la Ballesta, número 3. Tres jóvenes que yo conozco, Vega Armijo, Cánovas y Fernández de los Ríos, le ponen en comunicación con tres Generales, que aparentan servir al Gobierno. ¿Quiénes son? Aún no me lo ha dicho mi diablo. Lo que sí sabe es que el Regimiento de Extremadura y el segundo Batallón de Constitución (p.6671) han picado el anzuelo. Tendremos guerra en las calles. Ya puedes ir haciendo provisiones para la encerrona que nos espera.. ¡Ah!, también está en el ajo nuestro amigo Echagüe, que manda el Príncipe. Cuidado, no te olvides de almacenar vituallas, como para un largo asedio.. Pues sí: el general O'Donnell, hoy perseguido, mañana triunfante, se aloja en un piso segundo: escalera empinada.. portal obscuro y mingitorio. En tan vulgar mansión reside la cabeza de la España política y militar de mañana. ¿No lo crees?

-Cuéntaselo a papá. Según él, lo que se dice de Mesina y de Dulce es invención de desocupados. Ni esos caballeros, ni otros que andan en bocas de la gente, han pensado en volverse contra el Gobierno. El Ministro de la Guerra, señor Blaser, llamó a Dulce y le metió los dedos en la boca. Pero Dulce, poniéndose la mano en el pecho, juró que él es leal, y tal y qué sé yo..

-Haz provisiones, mujer mía, y tu papá, que es un inocente, lo agradecerá mucho. Madrid será, el día menos pensado, mañana quizás, una plaza sitiada. Se me ocurre que debemos comprar dos buenas cabras, y habilitar para establo una de las habitaciones más ventiladas.. Figúrate que la tremolina dura tres días, cuatro.. ¿De dónde sacaremos la leche?.. Asegurada la subsistencia para toda la familia, nada me importa que Madrid sea un campo de batalla: vengan tiros, lucha, sacudimientos; sean allanadas las moradas de los soberbios; las viejas rutinas caigan; ábrase paso la vida nueva..

-¡Jesús, Jesús, ya te veo trastornado!.. Pero ¿no deliras? ¿Será menester que compremos las cabritas?

-Sí.. Para que den leche a nuestro hijo prisionero.. Al propio tiempo le proporcionamos un juguete vivo.

14 de Junio.- «¿Sabes, mujer mía, lo que ocurre? Encerrémonos aquí, y hablemos. No se entere nadie de lo que voy a contarte, que es reservadísimo. Llevaría el cuento a don Félix Jacinto Domenech, y éste a San Luis, y San Luis a Blaser.. No, no: esto queda entre nosotros. ¡Y luego pensarás mal del pobre Sebo, que es para mí el susurro de la Historia: hoy (p.6672) habla bajito, y mañana lo dirá todo a gritos!.. Pues ayer, ayer estalló la revolución.. No, digo.. quiso estallar; pero tuvo que dejar el estallido para mejor ocasión. Verás: Cánovas.. No, no fue Cánovas; déjame que ponga orden en mis recuerdos.. Vega Armijo, tan joven y ya revolucionario, sacó de su escondrijo al general don Leopoldo O'Donnell.. Eran las cinco de la mañana cuando el coche arrancó de la Travesía de la Ballesta.. ¿A dónde iban? A Canillejas, mujer, un pueblo agreste, más allá de las Ventas del Espíritu Santo. En esto, Cánovas.. No, no: Dulce.. Debí empezar por decirte que Dulce sacó muy temprano la Caballería.. con el fin laudable de maniobrar.. y que Echagüe maniobraba también en las afueras de la Puerta de Alcalá.. Todos maniobraban, y maniobrando se les fue la mañana, mientras esperaba O'Donnell en un mesón de Canillejas.. el caballo a la puerta, ensillado con montura de teniente general. Todo el que pasaba por allí pudo verlo; lo vio la Policía.. Esperó Leopoldo más tiempo del regular. ¿Y Dulce qué hacía? Y los Regimientos de Extremadura y Constitución, ¿dónde estaban? En el Cuartel de San Francisco.. Habían prometido salir.. pero no se determinaron.. Querida mujer, ya no necesitas traer provisiones ni comprar las cabritas. Todo ha fracasado.. A la fuerza expansiva de las ideas ha vencido una fuerza mayor, la inercia, la formidable pesadumbre de las almas que no vuelan ni corren.. ¿Y O'Donnell? Pues mohíno volvió de Canillejas a su lugar, o sea la mísera casa de la Travesía. Me le figuro arrastrando por el suelo su mirada, el largo cuerpo en curva, Quijote irlandés, lúgubre y desaborido, sin la cómica elegancia del manchego».

A mis noticias contestó María Ignacia felicitándose del fracaso del movimiento. Mala es, según ella, la polaquería; pero los conjurados no traen otro fin que quitar de las manos polacas el ronzal con que sujetan a esta pobre bestia de la Nación.. El ronzal cambiará de mano; pero en éstas o las otras manos, continuarán las mismas mataduras en el pescuezo (p.6673) nacional. No lo dijo así mi mujer. Expresó la idea, que yo adorno a mi gusto al vaciarla en estas Memorias. «Ven acá, esposa mía -le dije, movido del prurito español de las discusiones-, ven acá: ¿qué hablas ahí de ronzales? ¿No hallas diferencia entre la polaquería, que es la política mohosa, rutinaria, y esta revolución juvenil, que trae espíritu y modos nuevos?.. Fíjate en lo que llamamos pléyade.. en esta trinca de muchachos leídos, como que todos ellos saben francés, y nos sacan a cada momento ejemplos mil de los pueblos extranjeros. Conoces a Ríos Rosas, le has visto y hablado en casa de Bravo Murillo. Es aquel rondeño, de áspera fisonomía, de palabra premiosa que revela su austeridad.. Conoces a Cánovas, el chico de Málaga que discurre con juicio sereno, y sabe esclarecer las cuestiones que nos parecen más obscuras.. Conoces a Gabriel Tassara, poeta y orador, que viene a ser lo mismo.. Los tres hacen versitos, o los hicieron cuando iban a la escuela. La poesía es el germen de la Sabiduría política. De Cánovas y de Ríos Rosas espero yo que sean humanas alquitaras: sus privilegiadas cabezas destilarán la sensibilidad andaluza, para obtener el puro espíritu lógico.. La lógica no es más que el zumo y la esencia de la poesía.. No te rías, mujer.. Pues en esta brillante cáfila de jóvenes salidos del estado llano, ponme también a Fernández de los Ríos, Ortiz de Pinedo, Nicolás Rivero, Martos.. A todos les conozco. Abogados son los más, y están bien enterados de cómo se hacen y se deshacen las leyes. Veo que te ríes de mí, y no sigo.. Si he de decirte la verdad, yo tampoco tengo en estas cosas más que una fe relativa. Los pueblos desgraciados se enamoran de lo nuevo.. Y si en esos seres desgraciados están en mayoría los hambrientos, el entusiasmo por las revoluciones es delirio. Analizando y desmenuzando la llamada opinión, encontramos este voto atomístico: «Comemos poco y mal; queremos comer más y mejor». Por esto los ricos bien comidos no labramos más que una opinión artificial, de resonancia hueca. La (p.6674) verdadera opinión, el verdadero sentimiento público, es el hambre.

-Divagas, Pepe, y lo que temo es que recaigas en los trastornos que llamabas efusiones, y que tanto nos dieron que sentir..

-La Sociedad divaga, yo no.. Yo estoy quieto en mi casa, y ella es la que da vueltas en derredor mío.. Yo estoy harto y quieto, viendo venir la siniestra procesión de los estómagos vacíos, viendo pasar las revoluciones.

 

Ep-34-XV -

Con tanta prevención me habla mi mujer del oficioso Sebo, y tal ojeriza le manifiesta, que acabo yo por asustarme de las corrupciones que el tal me cuenta. Dudo de la veracidad del soplón, y siento que va infiltrando en mí dosis graduales de espíritu maligno. Y anoche, cuando se retiraba después de contarme nuevas atrocidades amorosas y políticas del Gracián, me faltó poco para padecer la más vulgar alucinación de las comedias de magia. Sebo desaparecía por la ventana, o al través de la pared, despidiendo chispas de su bigote cerdoso.. Tras sí dejaba olorcillo de azufre.

Volvió al siguiente día con una carta, que me entregó diciendo estas palabras infernales, acompañadas de un destello sulfúreo: «Por este papel, excelentísimo señor, el general O'Donnell le llama a Vuecencia para conferenciar sobre el movimiento que se prepara.

-¿Qué me cuenta el amigo Sebo? ¿Le ha dado a usted la carta el General, en propia mano?

-No, señor. Entraba yo en el portal al mismo tiempo que el portador de la carta, el cual es un chico aprendiz de hojalatero. Y como yo conozco a ese rapaz, y sé que ha llevado papelitos al general Messina, a don Antonio Cánovas y a otros, deduzco que la carta es de O'Donnell, a quien ya llaman por ahí el General libertador.. Puso el aprendiz la carta en manos del portero, y de las manos del portero la cogí yo para subirla al señor don José». Mientras esto decía Sebo, reconocí en el sobre la escritura de Virginia. Mi estupor fue grande, más que por la letra del sobrescrito, por la relación que el endemoniado cuentero estableció entre la pobre Mita y el buen don Leopoldo. ¿Qué podía ser esto?.. (p.6675) A mis dudas y confusión acudió el policía con nuevas referencias que no esclarecían el asunto: «Ya dije al señor don José que el número 3 de la Travesía de la Ballesta es por la calle del Desengaño el número 22. Son dos casas que se comunican por dentro. En la del Desengaño, tienda, tiene su habitación y taller un maestro hojalatero llamado José María Albear.

-Basta, Sebo. ¿Y usted me asegura que esta carta la trajo el aprendiz de la hojalatería?

-Entre su mano y mi mano, señor Marqués, sólo estuvo un momento la del portero.. Puedo averiguar el nombre del chico; puedo cogerle, traerle acá..

-Dejemos por ahora ese dato.. De la carta, puedo decir antes de leerla que tiene miga, ¡vaya si la tiene!..

-Para mí, señor Marqués, le ofrecen a Vuecencia una cartera en el primer Gabinete que formen los revolucionarios.

-Puede que eso sea.. -dije yo abriendo la carta y pasando rápidamente la vista por ella-. En efecto, algo de eso es.. Retírese por hoy el buen Sebo, que esto es para leído y tratado despacito por mi mujer y yo. Vuélvase mañana..».

De mala gana se fue el diablo, y yo corrí en busca de María Ignacia, que estaba lavando al pequeño: «Mira, mira: carta de Mita.. ¿Y no sabes quién la ha traído? Asómbrate, la ha traído Sebo. ¡Para que hables mal del pobre Sebo!.. Ya tenemos a Mita y Ley bajo nuestra mano. Ya son nuestros, gracias a O'Donnell, a Sebo, al hojalatero..

-¿Qué dices, hombre?

-Digo que acabes. Quiero que la leamos juntos.

Momentos después leía María Ignacia: «Pepillo, ya no estamos donde estábamos. Días ha, pensamos que debíamos mejorar de vida, tener madriguera más cómoda y comer algo de más sustancia. Como nuestro ajuar nos permite mudarnos tan fácilmente, levantamos el campo, y nos pusimos en camino. ¿Hacia dónde? No te lo diré. Sabrás, sí, que tenemos amigos, y que almas generosas hay dispuestas a protegernos.. Pues llevando sobre nosotros lo que poseemos, carga muy llevadera para los dos, rompimos marcha una mañanita por los campos y laderas de Dios. Donde nos (p.6676) parecía bien, descansábamos; comíamos de lo nuestro, sin pedir nada a nadie. ¿Qué nombre daban antiguamente a los pueblos, familias o personas que andaban de un lado para otro? Es una palabra que ya no se usa en sociedad: mónadas o nómanas. Pues bueno: somos caminantes, no vagabundos, puesto que sabemos a dónde vamos. Nos dirigimos a una tierra que a mi parecer no es muy bonita, pero sí de más avío para el trabajo. Seguiremos de salvajes; pero no tan metidos en el reino de la soledad. No siento más sino que lleguemos cerca de Madrid.. tan cerca que me dé en la nariz la tufarada de vuestra civilización.. olor de cuadra, olor de pucheros recalentados, olor de boticas.. ¡qué asco!»

«Hemos pasado por caseríos y pueblos. No te digo sus nombres; ni estoy tampoco muy segura de saberlos. La Geografía escrita me interesa poco; la que voy yo estudiando con mis ojos y mis pisadas.. o patadas, como quieras.. me interesa más. Te escribo en la sacristía de la parroquia de un pueblo, que no es de los más chicos ni de los más feos. Vele ahí que el sacristán es amigo nuestro, y nos cree marido y mujer. En verdad que lo somos ante Dios y ante nuestras conciencias, y con eso nos basta. Pero tememos que se nos descubra el engaño, y venga la maldita ley con su cara de vieja legañosa y nos suelte una sentencia bárbara. Por esto te escribo, querido Pepe, te escribo para que tú y tu mujer, la simpática María Ignacia, se interesen por nosotros, y corten el paso a esa ley entrometida y sin entrañas. Vosotros sois personas influyentes, y en este país las personas de influjo lo pueden todo. Por amistad y recomendaciones, en España se hace picadillo de las leyes. Los ricos, si a más de ricos están un poco arrimados a la política, son los amos de vidas y haciendas; y ya que su egoísmo hace tantas iniquidades, haga su caridad alguna vez una obra buena.. Esto lo aprendí cuando vivía con mis padres, y aún más en el suplicio de aquel matrimonio; después lo he visto mejor en los campos, donde a cada triquitraque se ve una víctima de esos que ahí llamáis altos (p.6677) funcionarios, prohombres, eminencias de la Banca, de la Política, etc., los cuales vienen a ser o celebridades de figurón, o bandidos, verdaderos truhanes con traje y ringorrangos de caballeros. Bandidos hay de la Política, que explotan al Pueblo; bandidos eclesiásticos, que echan bendiciones, y otras clases de bandolerismo ilustrado, como don Mariano, mi ex suegro, del cual no puedo decir que santa gloria haiga, porque desgraciadamente no ha reventado todavía. ¡Ay, Pepe, lo que aprende una cuando se hace salvaje, cuando se mete tierra adentro por el verdadero país, y ve de cerca sus miserias, y siente el latido de la sangre de la Nación!

«Verás en esto que te escribo un porción de disparates, Pepe; pero yo te digo: «Hazte salvaje como yo; bájate a lo más hondo de lo que mi ex suegro llama capas sociales, a esta capa de la pobreza que vive sobre el terruño, y verás las verdades netas. Por desageraciones las tenéis los de allá. Pero yo me río de ti y de tus sabidurías, sacadas de libros y discursos. Yo soy una ignorante que ha leído en el libro grande de las cosas tales como son, y ha visto de cerca la España en cueros, musculosa, cargada de cadenas. Viviendo en ella y con ella es como nos instruimos. Yo sé más que tú, porque sé lo que cuesta el pedazo de pan negro que se llevan a la boca, para no morirse de hambre, cientos de miles de españoles..». En fin, no te digo más de esto, porque no siendo salvaje como yo, nunca llegarías a comprender mis barbarismos. Vamos al por qué de esta carta.

»Nos fijaremos en un pueblo que no está lejos de Madrid, y en él trabajaremos honradamente para ganarnos la vida. Como el aquél de nuestro trabajo nos ha de poner en comunicación con la maldita Corte, me temo que no nos valga el recurso de los falsos nombres con que nos hemos rebautizado.. Tememos, querido Pepe, que entre curas, polizontes, o algún alcaldillo de los que son criados de los poderosos, nos hagan una mala partida. ¡Vaya, que si nos cogen y nos llevan a Madrid atados codo con codo! No sé por qué, tanto Ley como yo (p.6678) confiamos en que tú evitarías nuestra persecución. Y ahora pregunto: ¿estás dispuesto a protegernos, Pepe, asegurándonos contra las asechanzas de esa condenada justicia? Hemos roto la ley, hemos hecho mangas y capirotes de los que nos parecían falsos respetos o mentirosas idolatrías. Para que nos separemos Ley y yo, será menester que antes nos descuarticen.. Conque ¿nos proteges?, ¿sí o no?

»Y ahora viene la gran dificultad. Para que tú puedas contestar a mi pregunta, buen Pepillo, he de romper el secreto de nuestra residencia, o valerme de una tercera persona, y ambas cosas son de mucho peligro, porque no me fío de nadie, y aun a ti mismo te tengo un poquitín de miedo. Cavilando en esta dificultad estuve toda la noche, y hoy toda la mañana, sin que haya podido resolver nada a la hora en que te escribo.. Llega el momento de seguir nuestra viajata, y me dan prisa, mucha prisa para que concluya ésta, y pueda salir para Madrid llevada por los geniecillos del aire. Rabia, rabia, que no sabes ni sabrás cómo va mi carta, ni quién la lleva.. Pues no tengo más remedio que poner punto aquí. La cuestión batallona de tu respuesta se queda sin resolver; pero de aquí a mañana espero que se cuaje la idea, que anda por mi caletre como una papilla. Perdona que materialice estas cosas del pensamiento. Desde que soy salvaje, tengo más sal en la mollera, más pesquis. Antes, en mi vida de señorita, no se me cuajaba ninguna idea. Todas se quedaban en estado parecido a la clara de huevo, como una baba, como un moco, y en mi vida de señora casada sólo cuajó una idea, la de descasarme, como lo hice, y de ello no me arrepentiré nunca. Pues verás cómo ahora el talentazo que me ha dado mi escapatoria encontrará un bonito ardid para que sepamos si estás decidido o no a protegernos contra curas y curiales, y contra guindillas, que son la peor gente del mundo.. No puedo seguir por hoy. Un día o dos tardaré en volver a escribirte. Prepárate. ¡Ay, Pepe, ten compasión de este matrimonio montaraz que con nadie se mete, y se (p.6679) contenta con que le dejen vivir!.. Yo le digo a Ley que nos vayamos a Marruecos, donde él tiene un hermano que se ha hecho moro y está en grande; pero Ley no se determina: no desespera de encontrar aquí un buen acomodo para ganar el pan, y comerlo juntos.. De ti depende, Pepillo.. Hasta mañana.. A Ignacia y a tu niño, mil besos de vuestra amiga -Mita.

Impacientes quedamos mi mujer y yo, aguardando la anunciada clave para comunicar con la pareja silvestre, aunque en rigor no la necesitábamos, porque Sebo nos ofreció traer a nuestra presencia al aprendiz de hojalatero, y someterlo a un interrogatorio, del cual habíamos de sacar la verdad. Dispuestos estábamos ya a la cacería del chico, cuando llegó la carta. Mita me proponía un medio de los más inocentes para mostrarle mis buenos propósitos en su favor. ¿Qué tenía yo que hacer? Pues un papel semejante al de los novios de la categoría más angelical, que se pasan el día tomando las medidas de la calle en que su amor reside, y regocijando a los vecinos y transeúntes con los signos de una telegrafía candorosa. No me imponía Mita más que tres paseos de ida y vuelta en la calle del Desengaño, entre San Basilio y Portaceli, en día y hora fijos, y había de llevar un pañuelo blanco en la mano derecha, no enteramente desplegado, sino en forma que fuese bien visible a distancia. Podía, sí, hacer que me sonaba, como si padeciese un fuerte romadizo; mas no guardarme el pañuelo en el bolsillo. Esta deambulación de hombre constipado era la fórmula muda con que yo me comprometía solemnemente a ser depositario leal del secreto de su residencia.

A mi mujer y a mí nos pareció ridícula esta telegrafía de galán sensible, trota-calles, y además innecesaria, pues, decididos a proteger a la pareja volante, teníamos medio más seguro y serio para ponernos al habla con ella. Mejor que los paseos, pañuelo al aire, para que me viese el hojalaterillo de la calle del Desengaño, era que nos desengañásemos pronto y bien, cogiendo al tal chico y trayéndolo a nuestra presencia. El astuto Sebo, a quien di (p.6680) conocimiento, por la tarde, a solas, de la carta de Mita, opinó que eran puras pamplinas los telégrafos propuestos por la señora libre, y me prometió detener al chiquillo y traerle a casa. «Es su hermano, señor. Me consta que es hermano no precisamente de ella, sino de él, vulgo cuñado, y se llama Rodrigo Ansúrez. (p.6681)

-Ansúrez, Ansúrez.. Le conozco.. conozco a toda la familia.. Familia trashumante.. castillo de Atienza..

 

Ep-34-XVI -

Mi mujer y yo señalamos para la mañana del siguiente día la captura y examen del hojalatero; pero el oficioso polizonte, desviviéndose por servirme, nos trajo el chico aquella misma noche. Le cazó en la calle del Desengaño cuando salía con un recado de arandelas de latón para la Cofradía de la Leche y Buen Parto, y después de acompañarle hasta dejar las piezas en San Luis, le condujo a nuestra casa, en calidad de preso, sin darle más explicaciones que la oferta de una paliza si alborotaba por el camino. Llegó a nuestra presencia consternado el pobre rapaz, y lo menos que pensaba y temía era que le íbamos a condenar a cadena perpetua. A mi mujer y a mí nos dio lástima de verle tan compungido y lloroso, como un reo que se dispone a confesar sus tremendos crímenes, entregándose a la compasión y a la indulgencia de sus jueces. Trabajo nos costó apartarle de los ojos los puños, y hacerle comprender que no le haríamos ningún daño.

-Ya sé que te llamas Rodrigo Ansúrez -le dije-, y que eres buen aprendiz de hojalatería. Tu padre se llama Jerónimo.. Mírame bien, y di si recuerdas haberme visto en alguna parte. Sus ojos empañados del llanto se fijaron en mí; mas no revelaron que me conociera. Cuando en el castillo de Atienza vi a la familia celtíbera, la rama más pequeña de aquel frondoso árbol humano era el niño a quien Miedes llamaba Ruy, buscando el son arcaico de los nombres. Hoy representa unos catorce años, y en su persona resplandece la hermosura y gallardía de aquella selecta casta de españoles. Yo no me cansaba de mirar en el rostro de él la impresión del (p.6682) de su hermana; impresión borrosa y triste, como la del rostro de Jesús que los cristianos vemos en el paño de la Verónica. Sólo que aquí era semblante de mujer, no impreso en una tela, sino en otro semblante; y por cierto que no era afeminada la cara de Rodrigo, sino muy varonil, en su adolescencia vigorosa.

Las primeras declaraciones del hojalatero fueron de cerrada negativa a cuanto le preguntamos; mas, al fin, Ignacia con dulzura, Sebo con rudeza policíaca, y yo con un tira y afloja entre ambos resortes de convicción, le trajimos a la verdad. Con decirle y asegurarle que no queremos descubrir a los salvajes para perseguirles, sino para socorrerles, acabé de traerle a nuestra confianza, y obtuvimos los secretos que embuchados tenía. Aquí pongo lo esencial de la revelación: Leoncio Ansúrez, hermano del declarante, es el robador, palabra textual, de la señora Virginia. Leoncio ha cumplido ya los veintidós años, y es muy hábil en cerrajería, en composturas de toda clase de máquinas, y conoce y maneja con admirable pericia las armas de fuego. De la arrancada inicial, se fueron los amantes a San Sebastián de los Reyes, donde estuvieron pocos días, y allí, tirando siempre hacia el Norte por la Mala de Francia, llegaron a la falda de la Sierra. Allí se establecieron, cambiándose los nombres y figurándose matrimonio por la religión. En diferentes parajes habitaron, acomodando su vivir errante a las necesidades de cada día, y a las ofertas de trabajo para satisfacerlas. En un pueblo que llaman Bustarviejo, Virginia lavaba, y Leoncio se contrató con el Ayuntamiento para matar los animales dañinos que en invierno bajan de la Sierra, cobrando tantos o cuantos reales por cada cabeza de alimaña que presentase. Por una loba, treinta y cinco reales, y veinticinco por el macho; por cada zorra, ocho reales; por cada gato montés, seis; por un tejón, doce; por un patialbillo, lo mismo. El turón, la garduña y la jineta se pagaban a siete reales, y el águila, el milano, el alcotán y el búho valían dos reales. De todo esto dio relación (p.6683) minuciosa el pobre chico, declarando con cierto orgullo que había él andado con su hermano en aquellas arriesgadas monterías, y terminó esta parte del relato diciéndonos que por una culebra que no tuviera menos de tres cuartas de largo, daban un real.

Disentimientos de Leoncio con el señor Alcalde por la informalidad en el pago de alimañas muertas, moviéronle a largarse de Bustarviejo, corriéndose hacia los altos de la Sierra. El declarante, obligado a volverse a Madrid para seguir en el oficio, no les siguió en esta nueva etapa de azarosos trabajos. Sabe que Leoncio llevaba una vida muy aperreada, sacando piedra de las canteras, y que estuvo muy malo, en gravísimo peligro de muerte. Ignora por qué los salvajes abandonaron la Sierra viniéndose a tierra llana. Seguramente, alguien les ofreció por acá mejores medios de vida. El pueblo donde ahora se encuentran es Coslada, a mano derecha del camino real, más allá de Canillejas. De Coslada escribió Virginia su última carta con las instrucciones para que yo le diese en la forma que he referido las seguridades de mi protección, y Rodrigo tenía órdenes de al transmitir al mismo pueblo lo que resultara de mi paseo telegráfico, si en efecto yo respondía por tan ridículo lenguaje. Con esto concluyó la declaración del hojalatero, y dimos por bien empleada su captura.

Alegres por este feliz resultado, tranquilizamos al hojalatero, añadiendo a nuestras palabras cariñosas una gratificación en metálico, que no quería tomar ni a tiros. Para que consintiese en aceptarla, fue preciso que mi mujer le repitiera una y otra vez que no haríamos ningún daño a Virginia y Leoncio; antes bien, ellos y toda la familia tendrían de nosotros cuanto pudieran necesitar. No quise dejarle partir sin que me diese informes de su parentela. Díjome que su padre vivía tranquilo y satisfecho en la Villa del Prado, al frente de la labor de su yerno el señor Halconero. De su hermana Lucila diome la estupenda noticia de que ha engrosado considerablemente, y tiene ya dos chicos. Oí estas referencias como el estallido de una bomba de poesía que (p.6684) se deshace en cascos de prosa. Hízome el efecto de una esfera de cristal, lumínica, que se rompe, se apaga, disolviéndose en un vapor rastrero.. ¡Gorda y campesina, con principios de numerosa prole!.. Guiada por el tiempo, la Naturaleza nos baja desde las cumbres de la vida soñadora al llano de la vida ordinaria.

31 de Junio.- Indulgente Posterioridad: Antes que yo te lo diga, comprenderás que, sabido el paradero de Mita y Ley, determiné correr hacia ellos. Menos vehemente que yo, mi mujer quiso que lo tomase con calma, pues tiempo había de sobra para ejercer la caridad con el libre matrimonio. Mas no me convenció, y aquella misma noche mandé preparar un coche de colleras con buenas mulas, para salir a la siguiente mañana con la fresca. Viéndome tan decidido, María Ignacia no insistió, pues harto conoce cuán pernicioso es para mi salud el continuo encierro dentro de la esfera de un vivir acompasado y sin accidentes. Bien sabe mi esposa que contenerme en estas expansiones de generosidad es reducirme a tristeza y desaliento. Convinimos, al fin, en que llevaría conmigo al criado de más confianza, un hombrachón atenzano, llamado Zafrilla; y para ir reforzado de un poquitín de autoridad gubernativa, que bien podía ser necesaria, acordé llevarme también al gran Sebo. Figúrate, ¡oh Posteridad!, el júbilo con que esta idea fue acogida por el interesado. Pero como tiene, según dijo, servicio en el barrio de la Plaza de Toros, desde media noche hasta el amanecer, me rogó que pues yo había de salir por la Puerta de Alcalá, mandase parar el coche en el Parador de Muñoz, donde se uniría conmigo para custodiarme hasta Coslada.

Salí, pues, tempranito con Zafrilla. Guiaba un excelente cochero, y el ganado era de lo mejor: tres mulas capaces de llevarme a Pekín, si necesario fuese. Para que nada faltara, llevábamos provisiones para sustentarnos durante todo el día, y aun para dejar surtidas las flacas despensas de la desamparada Mita. Nada digno de contarse nos ocurrió a la salida de Madrid. Pero al llegar al Parador de Muñoz, (p.6685) serían las seis y media de la mañana, me vi sorprendido por la súbita emergencia de un interesante capítulo de la Historia de España. Entró Sebo en el coche con risueño semblante, el bigote más cerdoso y erizado que de costumbre, y entre salivas, me roció estas palabras: «Señor, ya se armó la trifulca. Ya está O'Donnell en campaña con sin fin de tropas de Caballería y mucha Infantería.

-O usted sueña, o al tomar la mañana, ha empinado más de lo regular.

-Yo no empino sino cuando tengo disgustos en casa. Pero en todo lo que es del procomún, guardo la serenidad para hacerme cargo bien de las cosas, y ver qué postura me conviene.. Por aquí han pasado, serían las dos y media, tropas que no sé si son de Extremadura. Iban algo desmandadas. La Caballería, según me han dicho, salió por la Mala de Francia, y con ella los del Príncipe, mandados por Echagüe, y en el Campo de Guardias hicieron alto. Al frente de la Caballería iba el Director del Arma, general Dulce.

-Eso no puede ser, Sebo. Don Domingo Dulce dio al Gobierno polaco seguridades de lealtad.

-Lealtad es palabra de dos caras: con una mira al Gobierno de la Reina; con otra, a la Reina del mundo, que es la Libertad sacratísima.

-Revolucionario estáis, amigo Sebo.

-Es que no como; es que once reales y medio al día dan poco de sí, excelentísimo señor, y una de dos: o las revoluciones no sirven para nada, o sirven para que el español un poco listo ponga unos garbanzos más en el puchero, y si a mano viene, una pata de gallina.. Digo y repito que el general Dulce ha sacado la Caballería, que es como sacar el Cristo. Vuecencia no podrá negarme que este Dulce no lo es más que por su apellido, pues tiene un genio más agrio que las uvas verdes, y la mano, como las de almirez, muy dura. Esto va de veras, señor; esto no es ya jugar a los soldaditos. Hoy temblará Madrid.

-Pero, a todas éstas, de O'Donnell nada se sabe.

-Se sabe que a las tres de la mañana salió por la Puerta de Bilbao, en coche que guiaba el propio marquesito de la Vega de Armijo.. No sé si se (p.6686) agregó a la Caballería en el Campo de Guardias. Los sublevados a pie y a caballo, otros que iban en coche, y muchos paisanos, bajaron, antes de amanecer, del Campo de Guardias a la Fuente Castellana, siguiendo por los tejares hasta la venta y portazgo del Espíritu Santo.

-Llevan, como nosotros, la dirección de Canillejas o de Alcalá de Henares.

-Para mí que no pasan de Canillejas, donde aguardarán a las tropas del Gobierno para darles la batalla.

Cuánto me alegré de este inopinado brote de sucesos graves, no hay para qué decirlo. Frente a mí tenía una revolución, no de éstas que se manifiestan en las declamaciones teóricas de libros y discursos, sino viva, con choque formidable de hombres y caballos, caídas de cuerpos y de ideas, alzamiento de nuevos principios. El asunto que motivaba mi viaje por el camino real de Aragón quedaba ya en segundo término, y lo más interesante para mí era la página histórica que de improviso ante mis ojos se abría. Mi alma necesita hoy, más que nunca, un poco de drama. La comedia me aburre ya, y sus blandas emociones no satisfacen el hambre de mi espíritu. Hasta la política, desde las guerras últimas, ha venido a ser casera, cominera y familiar, como las comedias del amigo Bretón. Ya llevamos largos años de una paz tediosa, empapada en la insulsez administrativa. Por ley física, han de venir ahora estremecimientos que despierten la vitalidad de la Nación, que hagan circular su sangre y sacudan sus nervios. Tendremos, pues, enfermedad saludable, de esas que hacen crisis en el individuo, y promueven el crecimiento, la adquisición de fuerza nueva.

Pensando esto, deseaba yo que las mulitas de mi coche se convirtieran en hipogrifos, para que velozmente me transportasen al lugar en que la página histórica había de ser escrita con empujones, gritos, choque de armas, sangre, y todo lo demás que es del caso, hasta que caen unos hombres y otros suben, y las utopías derriban del pedestal a las verdades para ponerse ellas.. De estas meditaciones me distraía el gran Sebo, haciéndome notar los (p.6687) grupos de paisanos armados que por el mismo camino que nosotros iban. Unos llevaban trabucos, otros escopetas; reían y bromeaban como si fueran a una feria. Vi caras conocidas; otras que anualmente se ven en la función patriótica del Dos de Mayo, en las algaradas callejeras, en las ejecuciones de pena de muerte, en las Vueltas del día de San Antón, y en el Entierro de la Sardina. A muchos designó Telesforo como gente alborotada y maleante, patriotas de oficio que acuden a donde hay tumulto y bullanga por la Libertad o la Constitución, aunque ninguno sepa cuál de las que tenemos está vigente.. Y también iban entre ellos algunos de quien Sebo se recató, agachándose para no ser visto. «Estos que ahí van, señor -me dijo-, son los de más cuidado entre la familia patriotera. Si llegan a verme, no escapamos sin que nos tiren una piedra, a mí, que no a Vuecencia.. y a uno de los dos nos podían machacar un ojo. Me tienen tirria porque les he metido mano más de cuatro veces cuando andaban en el trajín de acariciar lo ajeno. Ahora van tras de O'Donnell, como irían tras de José María o del moro Muza. Éstos confunden a la diosa Libertad con el dios.. ¿No hay un dios que se llama Caco?

-No era dios, según creo. Para mí era de la Policía».

 

Ep-34-XVII -

Estaba yo en mis glorias, y me recreaba previamente en las emociones de aquel día, como un chiquillo contemplando los zapatos nuevos que van a ponerle. El polvo que mi coche levantaba rodando por el camino real, parecíame polvo de batalla, y en los cambiantes que hacían sus ondas traspasadas por el sol, veía yo las terribles falanges en lucha. El paisaje que a los dos lados del camino se extiende, no podía ser más apropiado a guerras y trapisondas. Todo es allí aridez, tierras desoladas y libres, donde los hombres no tienen nada que hacer, como no sea lanzarse a desesperados combates, por el gusto de pelear, no por la conquista de un suelo que tan poco vale.

A la vista de Canillejas, vimos obstruido el camino por un grupo de gente que vitoreaba a la Libertad y a los generales (p.6688) sublevados. Mandé parar, y antes que yo pudiese ordenar al cochero y a mis acompañantes que secundaran los clamores patrióticos, saltó Sebo al camino, y echó al aire su sombrero de copa, gritando hasta desgañitarse. Pasó el sombrero de mano en mano hasta volver a las de su dueño en estado de ruina lastimosa, y sin ponérselo, para no desairar su figura, pronunció Sebo un ronco panegírico de la revolución, terminándolo con frenéticos vivas a mi humilde persona. Entendió la multitud que iba yo en seguimiento de la columna de O'Donnell, y no fue preciso más para que me aclamasen como a libertador de la clase civil. Los más próximos al coche me contaron que las tropas habían hecho un alto en Canillejas para reconocer y proclamar la autoridad suprema de O'Donnell, el cual se presentó vestido de paisano, a caballo. Vulgar y breve fue su arenga, limitándose a las frases de ritual en la literatura de pronunciamientos.. «que él no daba aquel paso por vengar agravios personales, sino por sacar a la Patria de su envilecimiento.. que para esto era menester el esfuerzo de todos sus hijos..», y pitos y flautas.. Eran los tópicos de siempre, y las inveteradas fórmulas de requiebro que gastan los políticos delante de la Nación, cuando encaran con ella para declararle un amor honesto, apasionado y con buen fin.

Disparado por O'Donnell el ruidoso cohete de la proclama, siguieron las tropas su camino. Quién decía que llegarían hasta Alcalá, quién que no pasarían de Torrejón. Entré yo en Canillejas, y al arrimarnos a un parador para dar pienso a las mulas, y a nuestros cuerpos alguna reparación, me vi rodeado de multitud de gente de aquel pueblo de Madrid, que ávidamente me pedía noticias del plan de campaña, y de lo que hacía o dejaba de hacer el Gobierno. ¿Continuaba la Corte en El Escorial? ¿Era cierto que Sartorius había salido de Madrid disfrazado de carbonero, y que se formaba un Ministerio Blaser-Custodia-Domenech? ¿Disponía el Gobierno de tropas leales para batir a los revolucionarios? ¿Se confirmaba (p.6689) que la Polaquería no contaba con un solo soldado? Contesté que nada sabía yo de planes de campaña; y a responder a las otras preguntas me disponía, cuando Sebo me quitó la palabra de la boca para trazar una relación sucinta de los acontecimientos futuros, como si ya fuesen pasados y él los hubiese visto. De las fogosas expansiones de mi acompañante, declarando que había sido de la Policía, pero que ya renegaba de su ominoso empleo, y ponía su voluntad y la porra de su bastón al servicio de los caudillos libertadores; de esto y de mi buen humor resultó que hube de convidar a todos los presentes a tomar cuantas copas quisieran. En medio del barullo patriótico y tabernario que allí se armó, yo, silencioso, batallaba en mi espíritu entre un deber y un deseo. ¿Qué haría yo? ¿Seguir mi camino hacia Coslada en cumplimiento del plan humanitario, móvil primero de mi viaje, o abandonar este plan para correr tras el suceso histórico que la suerte me deparaba? Por fin, pudo más que la obligación la curiosidad, y a ello contribuyó mi diablo con estas sugestivas razones: «Señor, lo primero es la Patria, que hoy está en el filo de perderse o salvarse. Vuecencia es, ante todo, un buen español. ¿Cuándo se le presentará ocasión como ésta de ver salvar a España, y aun de contribuir, si a mano viene, al salvamento? Y considere que para visitar a los bárbaros de Coslada, lo mismo da un día que otro».

No necesité más para convencerme: mandé enganchar, y salimos hacia Torrejón. Al mediodía pasábamos el puente llamado de Viveros; poco después entrábamos en el pueblo a que ha dado fama un hecho militar del amigo Narváez. Rindiendo culto a la verdad histórica, debo decir que nuestra entrada fue triunfal, entre aplausos, vocerío y disparos al aire. Creían que llevábamos la dimisión y caída del Gobierno, la subida de O'Donnell, quizás la cabeza de Sartorius. No me valió decir que nada de esto llevábamos, porque el maldito Sebo, con sus gárrulos discursos, hacía entender a la gente que no íbamos a Torrejón por pura curiosidad. También allí vi (p.6690) defraudada mi esperanza de alcanzar la columna de O'Donnell. Poco antes de mi llegada había salido el caudillo para Alcalá con el grueso de la tropa sublevada, dejando en Torrejón el regimiento del Príncipe con Echagüe y una sección de Caballería. Tuve intención de verle: quería yo charlar con mi amigo de aquel aparatoso alzamiento; mas, antes de llegar al caserón donde se alojaba, me vi envuelto por una nube, que de otro modo no puedo llamar a la turbamulta de personas que me rodearon, caras de Madrid, conocidas, algunas de amigos.

La primera intimación fue que nos reuniéramos todos a comer. Díjeles que yo les convidaba, pues, a más del repuesto de provisiones de boca, traía exquisitos vinos: comeríamos y beberíamos a la salud de los libertadores. Interpretando con agudeza y prontitud mis deseos, corrió Sebo al parador y mandó disponer comistraje abundante, de lo que hubiese, que con lo llevado por nosotros formaría un banquete espléndido. Y mientras bajo la dirección de Telesforo funcionaban las cocinas, recorría yo el pueblo de un lado para otro, viéndome abrazado por cuantas personas encontraba. En estas expansiones populares, el abrazo entre desconocidos es el signo externo del cordial regocijo, de la esperanza que toda insurrección despierta en el sufrido pueblo español, mal gobernado siempre. Las revoluciones tienen entre nosotros el carácter de salutación al nuevo tiempo, y establecen entre los ciudadanos la confianza, la fraternidad y el generoso cambio de demostraciones cariñosas. Yo me vi en Torrejón festejado por la multitud. No sólo me abrazaban los de Madrid, sino los del pueblo, éstos con mayor efusión. A mi paso avanzaban también las mujeres, alzados los brazos, y soltaban con chillona voz el grito de ¡Viva España! Algunas viejas me besuquearon, y los chicos gritaban: ¡Viva Madrid! ¡Vivan los hombres de corazón! Se les había metido en la cabeza que yo llevaba una misión política, y no siéndome fácil sacarles de aquel error, pues no había razón que les convenciera, dejeme llevar de la ola popular. Cerca (p.6691) del caseretón que me pareció Ayuntamiento, se vino hacia mí un señor que con cierta solemnidad se presentó a sí mismo, diciendo: «Simón Carriedo, Alcalde de Torrejón de Ardoz». «Por muchos años», contesté yo dejándome abrazar, y él prosiguió: «Está Vuecencia en uno de los pueblos más liberales de España. Aquí aborrecemos la tiranía, y queremos un Gobierno que mire por la libertad y por la ilustración. ¡Viva Isabel II! ¡Mueran los polacos!..

-Bien, señor, muy bien. Pero yo..

-No se nos achique Vuecencia, ni crea que aquí no conocemos a los hombres de valer. Torrejón sabe que tiene en su recinto al que es cabeza civil de la revolución bendita.. Señores: ¡Viva el marqués de Beramendi!

-¡Vivaaa..!

-Pero, señores -dije balcuciente, de pura modestia-, yo les aseguro que no toco pito..

-Adelante.. Aquí no valen tapujos. Torrejón es un pueblo muy liberal, un pueblo ilustrado.. El Ayuntamiento, señor Marqués, se reúne esta noche para proclamar con la debida solemnidad el pronunciamiento. Torrejón se pronuncia, Torrejón destituye a Sartorius, y no reconoce más autoridad que la de los libertadores. ¡Viva Isabel II!

Pues adelante. Ya no me opuse a ninguna demostración; ya me creí obligado a tomar la iniciativa en los abrazos, y estrechaba efusivamente contra mi pecho a todo el que cogía por delante. Y mientras esto ocurría, noté que en todas las ventanas y ventanuchos aparecían trapos de colores, colchas y pañuelos; sábanas, donde no había otra cosa, y hasta bayetas amarillas, en representación del tono gualda de nuestra bandera. El pueblo se engalanaba para festejar el cambio venturoso, la nueva dirección hacia los vagos horizontes del progreso y el bienestar. Todas las mujeres estaban en la calle: algunas alzaban en brazos sus chiquillos mamones, como alzarían un estandarte, o cualquier signo para guiar a las multitudes, y los muchachos sacaban cuantos objetos pudieran servir de instrumentos de ruido para imitar el de tambores, remedando con boca y narices el piafar de caballos y el estridor de cornetas. En medio de esta algazara, (p.6692) vino Sebo a decir que la comida estaba pronta. Convidé al Alcalde, que aceptó, con la recíproca de prometerle yo cenar en su casa. Arrastrado por aquel vértigo y metido en él, llegué a creerme que soy, en efecto, la cabeza civil de la revolución; y en el bullicio del parador, rodeado de diversa gente, tan dispuesta al buen comer y mejor beber como al derroche de palabrería patriótica, mi alucinación casi llegó al pleno convencimiento. Los discursos que en el curso de la comilona pronunció Sebo, arranques oratorios con toques de esa sinceridad bufonesca que tanto agrada en los días de exaltación popular, me contagiaron, lanzándome a improvisaciones locas. Ni recuerdo bien lo que dije, ni hago traer aquellos disparates desde las neblinas de mi memoria a la claridad de estas páginas.

Entre los comensales había dos cadetes de Caballería que desde el primer instante de nuestro conocimiento me encantaron por su juvenil desenfado, por su ingenio vivísimo, que así se manifestaba en la charla voluble como en los desahogos de la maledicencia política. No he olvidado sus nombres: Pastorfido se llamaba el uno; el otro Narciso Serra, y ambos hablaban por los codos, empezando en prosa y acabando en verso. Serra, principalmente, se disparaba en redondillas sin darse cuenta de ello. Cuando salíamos del parador para ir al alojamiento del brigadier Echagüe, me dijo con la naturalidad de la prosa corriente:

¿Dormir yo? No tengo gana.

Sueño pensando en mi suerte.

El descanso de la muerte

quédese para mañana.

Antes de visitar a Echague, acordeme de mi casa, de mi mujer y mi niño, y sentí ardientes deseos de volverme a Madrid. Mas ya era tarde para emprender el regreso, y además la página histórica, ofreciéndose a mi mente con extraordinaria luz, debilitó mi querencia del hogar y de la familia. Resolví quedarme, y para que María Ignacia no estuviese con cuidado, mandé a mi criado Zafrilla que alquilase un buen caballo y a Madrid partiera sin demora. Hecho esto, fue sosegada mi permanencia en Torrejón toda la noche, que hube de pasar de (p.6693) claro en claro, por los obsequios del Alcalde, por el patriotismo bullanguero del vecindario y el continuo movimiento de tropas, y por los divertidos coloquios con Serra y Pastorfido, que ni dormían ni dejaban dormir a nadie.

A Echagüe le encontré caviloso, inquieto, como hombre que sabe pesar la grave responsabilidad contraída. La importancia militar y política de los personajes sublevados era garantía de un éxito feliz; pero siempre quedaba el temor de inesperadas contingencias, de ésa no vista piedra que hace volcar el carro, del olvidado detalle que destruye en un momento la lenta obra de la previsión. Díjome que los Generales contaban con el concurso de todas las fuerzas que tenemos en Alcalá, y con los medios que ofrece aquel depósito para poder armar buen número de paisanos. Nada sabía de los planes del Gobierno, que de fijo habría dispuesto que la Corte regresase a Madrid, para disponer de las tropas de guarnición en el Real Sitio. Con poca o ninguna Caballería contaba el Gobierno; en cambio, no le faltaba la suficiente Artillería para dar un mal rato a los rebeldes. ¿El plan de O'Donnell era caer sobre Madrid en son de ataque, o esperar a pie firme al ejército llamado leal? No lo sabía, o quizás sabiéndolo no estimaba prudente decírmelo. Ya de madrugada, supe por mis amigos Serra y Pastorfido que Echagüe tenía orden de ponerse en camino a la mañana siguiente, tomando la dirección de Coslada. A Coslada iría yo también, haciendo de la página histórica y de la novelesca una sola página.

Dormí un par de horas, y más habría dormido si no me despertara con grandes voces mi amigo el coronel Milans del Bosch, que acababa de llegar de Madrid, de paso para Alcalá, con una misión del Gobierno. Hombre expansivo, de corazón fácilmente inflamable por toda idea generosa, pródigo de palabra, en las resoluciones más impetuoso que tenaz, ha ilustrado su nombre en las armas, junto a Prim, y en sociedad es de los que saben ganar numerosos amigos. Mientras yo me vestía, tomaba el desayuno que le subió Sebo. (p.6694) Hablamos de la revolución, que él miraba con simpatía como liberal y patriota, y lamentaba que la disciplina no le permitiera secundarla. Tal fuerza expansiva tenía en su alma la sinceridad, que no me fue difícil obtener alguna indiscreción referente al mensaje que llevaba. Oyéndole charlar con espontaneidad impropia de un diplomático, vine a sacar en limpio que la Reina concedería su perdón a O'Donnell y a los demás Generales, reconociéndoles sus grados y honores, siempre que volviesen a Madrid y entregaran a Dulce para someterle a un Consejo de guerra. Me pareció que era gran tontería proponer a un sublevado español vilipendio semejante, y que la misión del parlamentario había de ser inútil. También Milans así lo creía. En él advertí desconfianza de su papel diplomático, y ganitas de ponerse al lado de los libertadores y en el puesto de mayor peligro. Es de los que no quieren lucha sin gloria, ni ven la gloria donde no hay mil probabilidades de perder la vida.

Bajamos a la plaza, y cuando le despedía junto a la portezuela del coche, me veo venir a Andrés Borrego rodeado de un grupo de patriotas y periodistas. Habían llegado por la noche, y después de un descanso breve continuaban camino de Alcalá. Poco pude hablar con aquel buen amigo tan experto en cosas políticas y revolucionarias. Díjome que el Gobierno había perdido la chaveta, y con sus desatinos daría el triunfo a la insurrección. No se le ocurría más que ordenar prisiones de gente de viso, entre ellas los banqueros Collado y Sevillano; suspender toda la prensa independiente, y amenazar con comerse los niños crudos. «Pero lo más ridículo que estos pobres polacos han podido idear -me dijo Borrego en los últimos apretones de manos-, es la revista militar que han dispuesto para hoy en el Prado, con asistencia de Su Majestad, para que las tropas la vitoreen y le digan que por ella derramarán su sangre. Ya sabe usted, mi querido Beramendi, que estas paradas son un recurso teatral que nada resuelve. En ninguna revolución ha faltado este prologuito (p.6695) de las grandes catástrofes, ceremonia militar, desfile de soldados melancólicos. Los vivas de ordenanza, el estruendo de clarines y tambores, suenan a melopea desmayada y quejumbrosa, a marcha fúnebre.

 

Ep-34-XVIII -

Sueltos, en parejas o en alegres bandadas, pasaron también por Torrejón, el día de San Pedro, multitud de pájaros, la inquieta juventud de estos tiempos, revolucionaria y masónica, vanguardia del pensamiento y zapadora de la acción. El polaquismo, con sus increíbles desafueros, ha fomentado el entusiasmo, la impaciencia temeraria y generosa de la juventud militante. Mal haya el Gobierno que desprecia estas manifestaciones de la vida nacional en que andan poetas y escritores sin juicio. Resultará que lo tienen de sobra cuando son olvidados o perseguidos. Y por fin, de los que hacen coplas o chistes es el reino de la opinión.. A muchos de los que en Torrejón aparecieron conocía yo de trato, a otros de nombre y fisonomía. Hablé con Cristino Martos, que en todas las funciones de la palabra es orador, como es poeta Serra siempre que abre la boca. El sentimiento revolucionario se desborda en él con las formas gramaticales más graves y rítmicas. Lleva en sí el espíritu girondino: su verbosidad sentenciosa resulta noble y clásica, y por esto mismo no es de los que conmueven a la plebe. Yo le digo que, hablando siempre en nombre del pueblo, resulta el más aristocrático de los tribunos. Ortiz de Pinedo, Cisneros, Somoza, Abascal, y otros que vi pasar aquel día, me contaron que de Madrid venían contra los sublevados los generales Blaser y Lara con la Infantería que había quedado en Madrid y la que regresó de El Escorial, con la Caballería de Villaviciosa, algunos tercios de Guardia Civil y no pocas piezas de artillería..

De mi casa me trajo Zafrilla noticias que me permitieron aguardar con tranquilidad los acontecimientos que Clío nos preparaba. Esta bondadosa divinidad cuida siempre de evitar el aburrimiento a los pueblos que se envanecen de tenerla por relatora de sus grandezas. Y apenas entró (p.6696) en funciones la buena musa en aquellos campos, tuve que tomar nota de un hecho singular: la transformación del gran Sebo. No viéndole por parte alguna en toda la mañana, mandé a Zafrilla que le buscase, y al fin me le trajo en tal manera cambiado, que al pronto no le conocí. Habíase afeitado el cerdoso bigote, operación que debió de inutilizar las navajas barberiles. Se había cortado el pelo al rape, haciéndose un tipo de cura montaraz, que se completaba con ropas negras y raídas, faja mugrienta, obscura, y gorra de pelo de conejo. «Señor Marqués -me dijo con voz que revelaba más miedo que vergüenza-, he tenido que disfrazarme porque.. desde anoche andan por aquí más de cuatro y más de cinco policías, algunos de mi propia sección y de mi propio barrio.. Traen proclamas leales para repartirlas a los soldados, y con las proclamas, sin fin de mentiras que van echando en todos los oídos para que la gente se desanime.. Me han visto, me han preguntado si ando con la Revolución, y les he respondido que estoy donde estoy. No debe uno comprometerse antes de tiempo.. No debe uno dar su brazo a torcer.. A la Revolución pertenezco yo en cuerpo y alma, y de ella espero la recompensa de mis buenos servicios. Pero mientras se decide si la Revolución vive o muere, ¿qué necesidad tengo de dar la cara? Póngome esta postiza para que mis compañeros no puedan decir que han visto a Sebo entre los sublevados. Si vienen mal dadas, serán capaces de fusilarme o de meterme en un presidio.. Y sería lástima, excelentísimo señor, porque, aquí donde Vuecencia me ve.. no creo haber nacido para el oficio vil de corchete.. Modestia a un lado, señor, Telesforo se siente jefe político..».

Asentí a cuanto decía, regocijándome de su infantil ambición, no enteramente injustificada, pues gobernadores he visto salidos del más bajo montón burocrático, o de obscuros aprendizajes políticos.. Sigo contando. En la tarde del 29, gran número de paisanos mal armados o por armar entraron en Torrejón, presentándose al brigadier Echagüe. Al (p.6697) anochecer supimos que en la madrugada próxima saldría de Alcalá la división libertadora, engrosada con las fuerzas de Infantería y Caballería que guarnecían aquella ciudad, con el contingente de la Escuela Militar, con los setecientos quintos armados de tercerolas, y el núcleo de paisanos, que iba aumentando por el camino. Dieron a la hueste adventicia el nombre de Voluntarios de Madrid. Madrugamos para salir al encuentro de esta variada y pintoresca tropa. Salió todo el vecindario: la carretera parecía un campo ferial en movimiento. Nunca vi gente más alegre: creyérase que esperaban lluvia de monedas de oro y plata, o presenciar gloriosos combates caballerescos, con intervención del apóstol Santiago. ¡Desgraciado pueblo, que no esperando nada de la paz, porque en este escepticismo lo mantienen sus gobernantes, lo espera todo de la guerra civil.

Cuando las avanzadas del ejército libertador aparecieron, destacándose del horizonte obscuro en las primeras claridades del alba, rompió la multitud en exclamaciones de júbilo. El toque de clarines de Caballería y el grave paso de ésta encendían en todos los corazones un sentimiento de admiración, de piedad y ternura, que no es fácil definir. En los sentimientos que despierta tan sublime música, se confunden y hermanan la grandeza heroica y el fervor religioso. Las pausas en el toque, aquel silencio del metal sonoro que deja oír las patadas rítmicas de los caballos, es de una solemnidad que induce a la efusión, al llanto mismo.. Entró la Caballería en Torrejón, después la Infantería y Voluntarios, luego el Estado Mayor General escoltado por una sección de coraceros.. Por falta de viento, la nube de polvo rastreaba, no subiendo más arriba de las barrigas de los caballos y de los pies de los jinetes. Lamañana entró alegre, luminosa, esparciendo su luz rosada por los campos estériles y por las abigarradas multitudes de militares y campesinos. Dijérase que traía la fecundidad al suelo, y a todos los corazones la esperanza.

En el ejército encontré (p.6698) multitud de amigos. Pero apenas pude hablar con algunos, pues el descanso en Torrejón fue brevísimo. Salieron las tropas en dos divisiones; la una, mandaba por Dulce, siguió por el camino real con órdenes de llegar hasta Canillejas para hacer un reconocimiento; la otra, con O'Donnell al frente, tomó la dirección de Vicálvaro. A la impedimenta de ésta me agregué yo, gozoso con la idea de pasar por Coslada. En esto me equivoqué, porque el paso fue por un sitio distante media legua del pueblo en que los salvajes residían. Salieron a vernos hombres, chiquillos, mujeres. Miré las caras de éstas, buscando entre ellas la de Virginia; pero no la vi. O no estaba, o desfigurada totalmente por la barbarie, no pude reconocerla.

En la parada que allí hicimos, se adelantó Sebo para refrescar con el aguardiente que vendían unos cantineros, y al volver me dijo: «Vea, señor, a los dos oficiales que desde aquellas tapias le están mirando.. Ahora le saludan con la mano. Son Navascués y Gracián. Fui hacia ellos y ellos vinieron hacia mí, partiendo el camino, y afectuosamente nos saludamos. El General les había encargado de la instrucción y mando de las compañías de Voluntarios, tarea no floja, pues eran gente revoltosa, temeraria, más fácil al heroísmo que a la disciplina. Volviéndose de improviso hacia Sebo, Gracián le agarró de una oreja, diciéndole: «Ahora me vas a pagar todas las que me has hecho, perillán. Pensabas que yo no te conocería con esa facha de saltatumbas.. Ya no te suelto; te doy la filiación, quieras o no quieras; te pongo en las manos una carabina, y como no seas valiente, te fusilo por la espalda..». «Señor -contestó Sebo con mal disimulado pánico-, no se empeñe en hacerme héroe, porque no lo soy. No he nacido para eso..Si quiere emplearme en el ejército libertador, como es mi gusto, deme un cargo administrativo, sanitario o, si a mano viene, de municiones de boca, que algo entiendo de esto..». Y Gracián: «Si no tienes ánimos para cargar el chopo, te haré mi capellán castrense.

-Señor, no soy cura.

-Lo pareces, y es lo mismo.. No te (p.6699) me escapas ya. De los malos ratos que me has hecho pasar dándome caza, voy a vengarme ahora, tunante». Y sin esperar a más razones de Sebo ni mías, llamó a un sargento y le entregó el nuevo voluntario, con esta suave recomendación: «Ea, cogedme a este gandul, que es un cura mal disfrazado.. Ponédmele en el servicio de cartuchos, hasta que llegue la ocasión de auxiliar a los moribundos.. Cuidado con él; y si quiere escaparse, dadle veinticinco palos como primera providencia.

Desapareció Sebo dolorido y rezongando, y siguió su marcha la división por el camino polvoroso. Picaba el sol; los ánimos ardían.

Apenas entraron en Vicálvaro las tropas sublevadas, corrió la voz de que estaban a la vista las del Gobierno. Expectación, toques de mando, movimiento. Era una falsa alarma, que se repitió media hora más tarde, cuando los soldados requerían sus alojamientos y olfateaban las humeantes cocinas. Por fin, cerca de las tres, ya fue indudable que venía el Ministro de la Guerra, general Blaser, con Lara, Capitán General, y casi toda la guarnición de Madrid. Antes de que viéramos las avanzadas, una bala de cañón, que casi tocó a las tapias del pueblo, fue como el primer grito de guerra. Nube de polvo lejana anunció la Caballería del Ejército que el convencionalismo histórico llamaba leal. Pronto vimos que la Artillería enemiga escogía posición excelente en lo alto de un cerro, detrás de un arroyo. Entendiendo poco de estrategia, pareciome que Blaser no pecaba de tonto. Lo mismo pensaron los de acá, según después supe. Pero ya no podían rehuir el combate en el terreno escogido por los de Madrid. Vi que avanzó el batallón de la Escuela Militar, como en reconocimiento, y sobre ellos vinieron con furia los caballos de Villaviciosa. La batalla estaba empeñada. Híceme cargo del plan de ambos caudillos. El de allá ganaría si desalojaba de la posición de Vicálvaro a los que bien puedo llamar nuestros. Ganarían los sublevados si conseguían tomar de frente los cañones de Blaser.

Reconozco mi falta absoluta de (p.6700) espíritu bélico, y no me avergüenzo de confesar que me siento incapaz de todo heroísmo en el terreno de las armas. Como además no gusto de acudir a donde sé que mi persona no hace ninguna falta, determiné situarme en lugar seguro, aunque en él no pudiese ver en todo su desarrollo el que ha de ser histórico suceso. Me interesan, sí, en grado sumo las consecuencias políticas o sociales de este duelo marcial; pero las peripecias y lances del mismo no despertaban en mí ninguna emoción, como no fuera la de piedad y lástima por los que habían de morir. Desde las tapias más lejanas del pueblo, por el Este, procuraba yo ver y enterarme, recorriendo con ávidos ojos el campo de batalla. Entre nubes de polvo y humo vi las filas de caballos, las filas de hombres, grupos contra grupos, y.. ¿lo diré como lo siento? Yo no deseaba sino que acabaran pronto. ¿Diré también que toda aquella porfía me pareció estúpida? Pues lo digo. Y al fin, entre mis confusiones y mi hastío de tanta barbarie, surgía la pregunta no contestada: «¿Y todo esto, para qué?» No sé qué habría yo pensado si me viera ante un San Quintín; pero ante aquel combate, en cierto modo casero, entre cuatro gatos, como suele decirse, lucha por el gobierno de un país siempre desgobernado, mi pensamiento no podía elevarse a las alturas de la Historia trágica. Nada, nada: que acabaran pronto, y se fueran a sus casas.

Dos horas corrieron, y no se veía ventaja en ninguna de las dos partes. Se tiroteaban, se acuchillaban, y las ondulaciones de las masas combatientes no determinaban ganancia ni pérdida de los trozos de suelo en que reñían. En la salida del pueblo, por el camino de San Fernando, donde busqué mi refugio, había multitud de viejas, que allí se guarecían de las balas. Alguna de ellas me dijo que a la villa le venía bien aquella guerra, porque la tropa siempre deja dinero, y otra se lamentó de las muertes que habería, no sin atenuar su pena con esta consideración filosófica: «También hay que ver que es güena la guerra cevil, porque en ella fenece toda la granujería de los (p.6701) pueblos. Perdidos, vagos, ladrones: en tiempo de paz no hay quien vos mate. Salta la guerra, y a la guerra os vais como las moscas a la miel. Sois valientes, metéis el pecho de veras. Ahí morís todos, pestilencia». Y un vejete medio alelado y paralítico tomó así la palabra: «Esto que vedéis no es guerra mesmamente y de por sí, sino rigolución.. Y quien diz rigolución, diz dinero en Vicálvaro: la rigolución trai derribo de casas viejas, de conventos y santularios; rompición de calles, de lo que viene obra mucha de casas nuevas, y vender acá más yeso del que ora vendemos. Ya vedéis la paradez del yeso. Pus como ganen los libres, tendréis en Madril obra de casas, y aquí el quintal de yeso por las nubes». No podía yo enterarme bien de otras cosas que el vejete decía, porque en el sitio donde estábamos se habían refugiado todos los perros del pueblo, asustados de la batalla, y allí coreaban con sus ladridos el militar estruendo.

También los mendigos de ambos sexos tenían allí su resguardo, y entre éstos un ciego que, según contó, estuvo en los famosos sitios de Zaragoza. «Aquéllas eran guerras por honra, señor -dijo revolviendo sus ojos muertos-, y no estas comedias con tiros, por el mangoneo, y por ver quién pone o quién no pone un par de principios después de los garbanzos. Bien claro está que no hay cosa de por medio. España se va volviendo muy comelona; los ricos traen cocineros de Francia.. ¡Comer bien, vivir bien! ¿Lujo grande, monises pocos? Pues revolución, para que el dinero que hoy está en tus manos venga a las mías.. Yo he sido en Madrid cocinero de fondas y de alguna casa. ¡Veinticinco años cocinero, señor! Me arruiné por poner un establecimiento en que daba de comer a lo que llaman precios reducidos. La maldita baratura y el no entender el negocio me dejaron por puertas, y para acabar de arreglarlo, mis pobres ojos, del calor de las hornillas día y noche, se quemaron, se quedaron ciegos.. No veo las cosas, y veo las causas de estas marimorenas.. Todo es cuestión de principios.. de poner dos principios.. Yo ponía tres (p.6702) por dos pesetas, y ya se sabe lo que me pasó. Las clases no pueden comer dos principios sin hacer una revolución cada pocos años para que los buenos sueldos pasen de unas manos a otras manos.. Tenemos en Madrid el furor del buen vivir, que viene de Francia, como las modas de sombreros.. tenemos el furor de los dos principios, de los chalecos de felpa y de cachemir, de los pantalones patencur, de las butacas con muelles, de las alfombras de moqueta, de los jabones de Benjuí o de terciopelo, y de los féretros metálicos, que también en esto hay furor.. Muchos furores y poco dinero, señor. ¿Poco dinero? Pues ya se sabe: revolución al canto.. estas revoluciones de dentro de casa.. el fogón, la despensa, el guardarropa, los principios..

 

Ep-34-XIX -

Con estas conversaciones, me distraía de la acción campal y no paraba mientes en sus peripecias. Al recogido lugar donde yo estaba venían noticias de que iban ganando los libertadores. Los zambombazos de la Artillería eran menos frecuentes; hasta me parecieron más lejanos. No fue menester, como en los tiempos de Josué, que se detuviera el sol en su carrera para dar lugar a que los combatientes decidieran cuál se llevaba la victoria.. El día, como de Junio, era largo, tan largo, que no acababa nunca, y la victoria no parecía. Liberticidas y libertadores se peleaban, sin darse ni quitarse posiciones, ni extremar sus ataques. Creyérase que todo era una comedia marcial, representada entre compadres con menos saña que ruido.. La página histórica me resultaba poco interesante. Sin duda, su interés estaba en otro lugar y ocasión. La verdadera página histórica con gravedad y trascendencia vendría después, larga secuela de un hecho militar pequeño y de poca sangre. Antes que empezase a declinar el día, cansado de su propia largura, sentimos que menguaban los tiros. Al extremo del pueblo donde yo estaba llegaron grupos de paisanos y soldados, sedientos, el polvo pegado al sudor. Nos decían que llevaban ventaja; pero no traían en sus rostros ni en sus palabras el júbilo de la victoria. Entraban (p.6703) en las casas atropelladamente, buscando agua con que aplacar la sed. Al paso de los hombres por los corrales, huían despavoridas las gallinas, que ya requerían los palos de sus albergues. Con más agua que vino se refrescaban los combatientes; algunos hablaban con poco miramiento de los Generales libertadores, que no les habían mandado tomar a pecho descubierto las piezas de artillería. Éstas se retiraban, según dijeron. Blaser y su ejército leal se volvían a Madrid, donde seguramente darían un parte proclamándose vencedores.

Mi criado y el cochero, a quienes di permiso para que se corrieran un poco hacia las eras del pueblo, donde podrían ver algo de la función, amparándose de las casas más próximas, volvieron a contarme lo que habían visto, y de ello no copio más que esta referencia histórica: «¿No sabe, señor? A don Telesforo Sebo le han traído entre cuatro, digo, entre dos, cogido por los brazos. Viene todo magullado de la carrera de baqueta que le dieron antes de empezar la acción, y de los pisotones de tropa y patadas de caballos que luego sufrió el pobre en lo más recio de un ataque. Heridas de arma no tiene, sino cardenales y mataduras que dan compasión. En nuestro alojamiento le han metido: allí le están curando unas mujeres, y él echando de su boca maldiciones contra los Blases de allá y los Dulces de acá». Quise ver y consolar al desdichado Sebo; mas no pude hacerlo tan pronto como quería, pues desde el punto en que recibí la noticia hasta mi alojamiento era dificultoso el tránsito, por la muchedumbre de tropa y paisanos que invadían las calles. En medio del tumulto tuve una grata sorpresa: vi un rostro conocido, de persona que como yo trataba de abrirse paso. Era Rodrigo Ansúrez, el aprendiz de hojalatero, que había sido como el anunciador de las disposiciones del Destino, determinantes de mi viaje a Vicálvaro.. Le cogí por un brazo. Díjome que su maestro, el señor Albear, le había dado permiso para seguir los pasos del general O'Donnell, el cual salió de la Travesía de la Ballesta en la (p.6704) madrugada del 28. Con otro chico y el oficial de la hojalatería, ambos de ideas muy liberales, se había ido Rodriguín a Torrejón y a Alcalá, después a Vicálvaro. Había visto todo y podía contarlo. No disparó tiros porque no le dieron carabina ni escopeta; pero ayudó lo que pudo, llevando cartuchos para el fuego y agua para la sed. Agua y pólvora eran lo más preciso.

«Oye una cosa, Rodrigo. Sin noticia ni dato alguno en que fundarme, sólo por corazonadas, pienso que tu hermano Leoncio está en Vicálvaro. ¿Acierto? ¿Le has visto tú?

-Sí, señor.. le vi un momento y hablamos. Estaba con otros paisanos que iban en el batallón de la Escuela Militar. Mi hermano, que es gran tirador, llevaba una carabina muy maja, que no sé de dónde pudo sacarla.. Le perdí de vista.. Como hay Dios, que Leoncio ha matado a muchos Blases.

-Haz por encontrarle, Rodriguillo. Deseo conocerle, preguntarle por su mujer. ¿Tú qué crees? ¿Leoncio se habrá vuelto a Coslada?.. Si estuvo en Alcalá, y de Alcalá se vino aquí con las tropas, ¿le habrá seguido en esos trotes su mujer?

-Para mí que le ha seguido, señor, pues ella es también muy trotona. No se cansa de correr, y como se quieren tanto, juntos están siempre. Adonde va él va ella, y al revés, que es lo que se dice viceversa.

-Siempre juntos. Y si Leoncio ha estado en medio del fuego, ¿ella también..?

-Como en el fuego mismo no estaría Mita; pero cerca sí, señor, que valiente lo es hasta dejárselo de sobra.. Se habrá puesto donde pudiera verle con su carabina maja tirando tiros y acertando siempre, porque, créame el señor, no hay puntería como la de Leoncio.

-Pues si están en Vicálvaro, hemos de revolver el pueblo hasta encontrarles, lo que no es fácil con tanto barullo de tropa y de paisanos forasteros. Rodriguillo, cuenta con una recompensa magnífica, un traje nuevo, o su importe si prefieres el dinero a la ropa; un reloj si te gusta más que el traje; en fin, lo que quieras, si encuentras a Mita y Ley. Ponte en movimiento ahora mismo; no descanses, chiquillo. Mejor que ropa o reloj querrás.. no (p.6705) sé qué.. algún antojo tuyo.. Dímelo.

-¿Para qué quiero yo reloj, si no me importa nada saber la hora? Y de trajes, con lo que tengo me basta.. Más me gustaría otra cosa, señor..

-Pide por esa boca, hijo, y no seas corto de genio.

-Pues, señor, lo que quiero es un violín.

-¿Eres músico?

-Tengo afición. Cuando estuve en la fábrica de cuerdas, mi principal, que es de la orquesta del Circo, me dio lecciones. Aprendí pronto. Yo me habría pasado toda la noche rasca que te rasca; pero los vecinos se quejaban del ruido que hacía, porque el violín que tengo canta como un grillo, y en los graves parece un rabel de los que tocan los chicos en Navidad.

-Pues nada, cuenta con un violín bueno, de aprendizaje. No será un Stradivarius: ése lo tendrás cuando sepas, cuando seas un gran concertista.. Pero no nos entretengamos. Ya estás echando a correr. Queda hecho el trato.. Tráeme a Mita y Ley o dime dónde están, y tú rascarás.

Salió el chico presuroso a su encargo, y yo entré en mi alojamiento, la casa de un yesero, con almacén, dos corrales, y arriba estancias vivideras; mas era tal el cúmulo de gente militar y civil en todos los patios y aposentos, que allí no podía uno revolverse, ni aun pensar en comida y descanso. Lo mejor que hacer podía el que tuviera libertad, era huir de Vicálvaro; pero la obligación que me impuse de buscar a los salvajes me retenía en el pueblo, esperando el resultado de las investigaciones del hojalatero violinista. Mientras éste llegaba, bajé a consolar a Sebo, que asistido de dos viejas piadosas, curanderas, yacía sobre un montón de sacos de yeso, vacíos, entre sacos llenos. El polvillo blanco, flotante en la cavidad del almacén, se fijaba en el rostro y manos del magullado policía, dándole aspecto de cadáver o de figurón con jalbegue. Sus muecas de dolor y sus plañideras voces sonaban a bromas lúgubres de Carnaval. ¡Pobre Sebo! Más que de los dolores de sus mataduras, quejábase de la crueldad de Bartolomé Gracián, que había dado permiso a sus tropas para zarandearle y jugar con él a la pelota, dejando correr la fábula de que era cura (p.6706) disfrazado. Y no sentía tanto el molimiento y los cardenales como el grave daño inferido a su dignidad. Menos le dolerían sus huesos si se los hubieran roto, y sus carnes si se las hubieran hecho picadillo, que le dolía el alma, del escarnio sufrido y de la vergüenza de haberse visto en tan ruin vapuleo. Y era lo peor que por ningún camino podría llegar a vengarse del don Bartolomé, quien, al parecer, estaba en gran predicamento con Dulce y con Ros de Olano. En mí confiaba para su delicada traslación a Madrid manteniendo el disfraz, y ocultándose en mi casa hasta que se decidiera si los perros se ponían el collar revolucionario o el absolutista. Y yo tendría la caridad de sustentar a la familia mientras durase la encerrona y llegara el nuevo destino. Éste correría de mi cuenta si triunfaba O'Donnell, lo mismo que si ganaba Sartorius, que para uno y otro perro tengo yo buenas aldabas. «Después de servir a Vuecencia con tanta lealtad -me dijo haciendo pucheros y besuqueándome la mano-, no tendrá Vuecencia entrañas si abandona a su fiel servidor».

Mientras hablaba yo con Sebo y miraba por su asistencia, metieron en el almacén unos ocho heridos, algunos graves, y aquella atmósfera de hospital en que respirábamos yeso se me hizo insufrible. Salí al portalón, donde había corros de militares, y hablando con ellos adquirí la certeza de que la batallita no les había satisfecho, por su equívoco resultado. Ni en ellos cabía vanagloria, ni en Blaser tampoco. Verdad que los de acá, como sublevados, podían contentarse con medio triunfo, o con la modesta gloria de un combate a la defensiva, sin perder terreno, mientras que los otros, como Gobierno constituido, quedaban muy desairados con la media victoria. Su retirada hacia Madrid, sin desorganizar y dispersar a los Generales sediciosos, era un verdadero desastre.

Así me lo dijo Borrego, hombre de gran pesquis, añadiendo que la situación está moralmente derrotada. Borrego, Martos, Ortiz de Pinedo, y otros madrileños que habían venido de mirones, andaban a la busca de comestibles, a (p.6707) cada hora más escasos. Los estómagos empezaban a renegar del patriotismo; llevaban muy a mal que las cabezas, antes de prevenir lo tocante al sostén de los cuerpos, se lanzaran a trastornar la política y la sociedad. Compartí con los buenos amigos lo poco que a mí me quedaba; allegamos algo más, todo ello fiambre, reseco y con sabor a yeso, no sé si real o imaginario, y luego nos fuimos a la casa próxima, donde moraban Ros de Olano y Echagüe. A éste no le vimos: había sido llamado por O'Donnell. Ros comía tranquilamente con Buceta, el teniente coronel Zalamero y el paisano don Ceferino España, sentados los cuatro en derredor de una silla, por no haber mesa disponible. ¿Qué comían? Lonjas de carne de cabra rebozadas con yeso, y almendras de Alcalá, que parecían pedazos de escayola. Con su habitual gracejo, Ros nos dijo: «El primer acto no ha sido malo. Como primero, no podía tener efectos grandes, ¿verdad? Es una exposición hecha con arte sobrio. Sería necedad acalorarse demasiado pronto.

-¿Y dónde pasará el segundo acto, mi General?

-¡Ah!, no lo sé.. yo no hago la Historia.. La que ven ustedes de mi letra la escribo al dictado. Me dictan; yo escribo..

-¿Se puede saber a dónde va mañana el ejército libertador?

-Si dejáramos los caballos de Dulce entregados a su instinto, creo yo que nos llevarían a la querencia de sus cuarteles.

-¡A Madrid, al bulto!

-Puede que sea más práctico esperar a que el bulto se mueva para saber lo que tiene dentro.

De las medias palabras del general Ros, colegimos que se esperaba un movimiento en Madrid. El Gobierno, con toda su tropa disponible, tendría que atender a sofocarlo: ésta era la ocasión de caer sobre la Villa y Corte. Entre tanto que el formidable tumulto estallaba, los libertadores pasearían militarmente por la zona circundante, pronunciando a los pueblos y reclutando patriotas. El fogoso Martos, que todo lo veía conforme a los anhelos de su impaciente corazón de sectario, dijo, con la solemnidad que ponía siempre en su limpia palabra, que las piedras de Madrid se (p.6708) levantarían para contestar con barricadas a las insolencias del polaquismo. Las lenguas habían sido ya bastante elocuentes. Lo que aún restaba por decir, lo dirían los guijarros.. y la pólvora.

La idea y la esperanza de un alzamiento general en los Madriles eran unánimes. Oficiales y paisanos que se acercaron a la mesa del General, las expresaron ruidosamente, unos como chispazos de su inflamado patriotismo, otros como consuelo de la deslucida función bélica de aquella tarde. Pasando de corrillo en corillo y de casa en casa, oí, entre mil comentarios del suceso y de sus consecuencias, una versión que me pareció la más discreta y juiciosa, como salida del entendimiento de Andrés Borrego, uno de nuestros más expertos catadores de acontecimientos, y de los móviles y personas que los determinan. La jornada de esta tarde -nos dijo a Pinedo y a mí-, desairada como acción de guerra, es una obra maestra de sagacidad política y de cuquería revolucionaria. Lanzar a las tropas al ataque con todo el brío que ellas saben desplegar, habría sido dar a este movimiento, desde sus primeros vagidos, un carácter rencoroso, sanguinario, como el de las luchas por principios irreconciliables. Y aquí no hay ni puede haber a la postre lucha de esa naturaleza. No hay cosas más conciliables que dos porciones de nuestro ejército regular, la una frente a la otra. ¡Cómo que en el fondo de estos movimientos y de estos choques entre pronunciados y leales, hay siempre un compadrazgo disimulado con las apariencias de antagonismo! Compadres son todos; no se tiran a destruirse, y ninguno de ellos quiere echar sobre su contrario la tristeza de una grave derrota. Con perfecta bonhommie atacó Blaser a Dulce, y éste y O'Donnell te devolvieron su cortés tiroteo. ¡Oh!, este irlandés sabe mucho, y no sólo es un buen guerrero, sino un excelente estratega del corazón humano. En el curso de la acción he visto yo los efectos de su malicia sajona, y de su admirable delicadeza para efectuar el tacto de codos sin que nadie lo advierta, ni dejen de enterarse los codos del contrario. Viendo la acción sin ver (p.6709) al caudillo, yo le oía decir: «Compadre Blaser, no nos comprometamos derramando más sangre de la que manda la etiqueta. El polaquismo es cosa perdida. En el reloj del Destino ha sonado mi hora, y yo y los que están conmigo hemos de coger la sartén por el mango.. Amigos seremos todos, aunque ahora el buen parecer pida que nos figuremos rivales. No tardaremos en abrazarnos.. Nadie tema venganzas. Yo miraré por unos y otros.. Somos el Ejército de un país sin fuerza de opinión, de un país que un día nos pide Orden, otro día Libertad.. y lo que nos pide.. tenemos que dárselo».

 

Ep-34-XX -

Hastiado al fin de las prolijas versiones de un mismo asunto, salí con Zafrilla en busca de Rodrigo Ansúrez, que aún no había parecido por nuestro alojamiento. Recorrimos varias calles, la plaza, parte del camino real. En la plaza vi largas filas de caballos comiendo el pienso que con solicitud fraternal les servían sus jinetes. Los nobles animales, que habían trabajado todo el día pisando terrones y cardos borriqueros, o algún cuerpo herido, muerto quizás, respirando tufo de pólvora y enardeciéndose al incitante toque de clarines, mascaban tranquilos su cebada, ajenos a la gloria militar. Observé que todos los perros del pueblo, que durante la batalla se habían alejado del campo de guerra expresando su terror con aullidos, se congregaban en derredor de los bridones, mirándolos con respeto y envidia. Algunos, después de mostrar su afecto a los generosos brutos de la guerra, salían a ladrar por las calles próximas, como queriendo espantar a otros animales enemigos que veían en forma vaporosa, o avisar la llegada de escuadrones fantásticos, sólo vistos por ellos. Luego volvían junto a los caballos nuestros, efectivos, y les hacían la tertulia, sentándose en postura de esfinge en medio de los grupos de soldados y corceles, o escarbando graciosamente la paja que a éstos se les caía.

Divagué por entre estos renglones de la página histórica, más interesantes, a mi ver, que los renglones belicosos, y al volver de una esquina me encontré al hojalatero, (p.6710) que corrió hacia mí gozoso, diciéndome: «Señor, dos horas hace ya que le busco. Estuve en la yesería tres veces..».

-¿Y qué hay, chiquillo? ¿Dónde está mi gente?

-¡Ay, me parece que me quedo sin violín!.. no por culpa mía, pues he revuelto todo este poblacho.. y..

-¿No parecen?

-Se me ha secado la boca de tanto preguntar.. Por fin, señor, en la puerta de la Iglesia me encontré a un yesero de Coslada: vivía pared por medio de la casa donde se albergaban Leoncio y Mita; le llaman el tío Meas.. Me dijo que con mi hermano había venido su mujer, la cual, todo el tiempo que duró el tiroteo, estuvo en casa de unas viejas que apodan las Cangrejas, porque tienen en San Fernando el negocio de mandar cangrejos a Madrid.

-Bueno, y te dijo..

-Que, en cuanto se acabaron los tiros, Mita fue en busca de Leoncio y se le llevó.. Él no quería; pero ella.. ¡vaya, que gasta un genio!.. Es la que manda.

-Se fueron, pues.. ¿a dónde?

-A San Fernando.. con las tías ésas, que, como le digo, allí tienen gran casa.. Algunos días está toda llena de cangrejitos del Jarama..

-¡Todo por Dios..! Pues no es cosa de que ahora vayamos a San Fernando. Yo tengo que volverme a casa: hace tres días que no veo a mi mujer y a mi hijo.

-Y no es lo peor que se hayan ido tan lejos, señor.. Van más allá. Mañana, según me dijo el tío Meas, pasan a Mejorada, donde se establecerán, porque el negocio de Coslada parece ser que se les torció.

-A mí sí que se me han torcido todos mis planes. Pero ya volveré a ponerme en camino: iremos a Mejorada..

-Yo también.. Si ahora no me gano el violín, ¿lo ganaré después?

-Tú rascarás.. Tendrás un buen instrumento para estudio.. Aplícate, y si eres realmente artista, yo te protegeré..

Desde aquel momento prevaleció en mi espíritu con poderosa fijeza la idea de partir inmediatamente para Madrid. Di a Zafrilla las órdenes necesarias para emprender la marcha. ¿Llevaríamos a Sebo? ¿Llevaríamos a Rodriguillo Ansúrez? Este compañero de viaje no nos traería ninguna dificultad; el otro tal vez sí. Resolvimos disfrazarle de cura, y al efecto (p.6711) encargué a Zafrilla que buscara, o comprase si era menester, las ropas necesarias para la mutación del travieso policía en venerable sacerdote. Andando en estos preparativos, encontramos a Navascués, el cual nos dijo que a la Corte se volvía con su inseparable Gracián. Comprendí que la misión de estos pájaros en Madrid no era otra que levantar al paisanaje y encender la lucha de barricadas. No se necesitaba mucho para esto, y oyendo hablar al impetuoso Martos, se adquiría el convencimiento de que Madrid sería un volcán en todo el día próximo. Las dificultades que tuvimos para conseguir la ropa clerical de Sebo las resolvió fácilmente Bartolomé Gracián, que estaba en buenas relaciones con el ama de un cura, frescachona, la cual facilitó sotana y balandrán viejos, y un sombrero de teja, raído, tan largo como un ataúd. No tenía Sebo magulladuras en el rostro; los chichones de la cabeza se tapaban con el sombrero, y el cuerpo, bien bizmado, quedaba bajo la sotana holgadísima, pues el difunto era mayor.

Sobre las once nos dispusimos a salir. Gracián y Navascués, vestidos de paisano, confiaban en su audacia para entrar en la Corte sin infundir sospechas. Pensaban detenerse en Vallecas, donde tenía Gracián una amiga diligente que a él y a Navascués proporcionaría, en caso de necesidad, traje, burros y mercancía de panaderos para colarse sin ningún riesgo en la capital. Martos, Pinedo, Borrego y otros se las arreglarían fácilmente para el regreso. Llegada la hora de partir, y abreviadas las despedidas, metí en el coche al maltrecho Telesforo, convertido en clérigo campestre; subieron al pescante Zafrilla y el hojalatero, y deseando yo disfrutar a pie de la plácida noche y de la conversación grata de Navascués y Gracián, me fui andando con ellos detrás del vehículo, a regular distancia, por el camino de Vallecas. Innumerables perros salieron a decirnos adiós, ladrando, y enseñándonos los dientes; se retiraban rezongando; volvían con más furiosos ladridos; acudían otros de casas lejanas. Navascués, que se preciaba de entender el léxico perruno, (p.6712) les dirigió la palabra amenazándoles con su garrote: «Caballeros, que no somos gitanos ni frailes mendicantes. Retírense en buen orden, y váyanse a cuidar las casas del lugar». Gracián, también entendido en el lenguaje canino, dijo que todo el alboroto que hacen los perros al ver pasar coches y trajinantes, significa que desean saber el punto a que éstos se dirigen. Créense investidos de facultades para el reconocimiento de pasaportes y para la vigilancia de caminos, y sus ladridos, que no son más que el cumplimiento de un deber, cesan cuando se responde a la interrogación que expresan. «Señores perros -les dijo Bartolomé mostrándoles el Palo, después una pistola-, sepan que vamos a Vallecas.. ¡a Vallecas! No sé decirlo de otro modo: ya tenían ustedes tiempo de aprender castellano.. Conque ya saben.. a Vallecas vamos. Si no se dan por satisfechos, lo diré con la estaca; y si la estaca no hablara con bastante claridad, les pegaré un tiro». Oído esto, los perros se fueron retirando por escalones. De hocico al pueblo, todavía rezongaban con mugido displicente.

Diré que el tal Gracián me encantaba por su donosura, por la fatuidad de buen gusto con que se había atribuido un papel constantemente activo en la comedia o drama de la vida. No fue menester estímulo de mi parte para que su confianza se abriera y su verbosidad se desbordara. Es de estos que entregan todo su interior, sin reservar ninguna porción de lo malo ni de lo bueno, tan ineptos para la hipocresía como para la modestia. La conversación que yo entablé sobre el tema de la guerra y de la política, fue derivando, por los giros que le daba el sensualismo de Gracián, hasta llegar al tema de mujeres. La vida de aquel libertino era manantial inagotable de asuntos para tal conversación. Oyéndole contar alguna de sus aventuras, acometida con harta impavidez y cierta convicción profesional, vi reproducida en él la figura del burlador de antaño, a un tiempo heroico y cínico. La degeneración del tipo es evidente, como lo es la de las víctimas, más fáciles hoy a la (p.6713) seducción. Sobre este punto me permití opinar que en la moral no tenemos progreso. Hay, sí, más pudor de lenguaje, y escrúpulos de palabra que antes no se conocían; pero, con todo esto, los baluartes que hoy guardan la virtud femenina son de estructura más endeble.

Consiste la presente relajación, según indicó Gracián, en que apenas hay ya quien crea en el Infierno, y las mujeres que aún profesan este dogma terrible, lo han reformado en su pensamiento, estableciendo un Infierno sin infinito y con salidas al mundo de los vivos. Mi parecer es que la sociedad actual, con la facilidad de relaciones entre los sexos y la mayor licencia en las costumbres, permite a los galanes triunfos baratos, que no exigen ni grande agudeza, ni arranques de valor temerario. De aquí resulta que el ejemplar, el tipo de burlador más común en estos tiempos, es de un prosaísmo evidente, agravado por los toques de sensiblería fúnebre y de languidez mocosa. Hay también tipos de varonil desvergüenza que sostienen la tradición mejor que los galanes lánguidos, y en los pueblos tenemos el tenorio cerril, que no deja mal puesto el pabellón de la galantería ilegal. A propósito de esto, hizo Gracián una observación que sintetiza su gracioso cinismo. Dijo que los tenorios rústicos prestan un gran servicio a la sociedad contemporánea, porque ellos contribuyen en gran parte a la producción de amas de cría y al fomento de niños de madres pudientes. El mal y el bien andan enlazados en el mundo, y a cada instante vemos que algún trozo del edificio de las virtudes sociales se caería si no estuviera apuntalado por un vicio. ¡Qué sería de la infancia rica sin tanto menoscabo y deshonor de muchachas pobres! Y si las criaturas ganan al cambiar el esquilmado pecho de sus madres por el exuberante de las nodrizas, también éstas salen gananciosas, porque se desasnan, se civilizan, y al concluir llevan al pueblo sus ahorros, y encuentran un labrador honrado que se casa con ellas..

Apurando el tema con sofistería inagotable, llegó a sostener Gracián que las aventuras ilegales de (p.6714) amor son manantial de poesía. El mundo se volverá enteramente prosaico y la vida humana totalmente estúpida, si no le prestan su encanto la turbación de matrimonios y el desconcierto de los hogares, donde toda monotonía y toda insulsez tienen su asiento. Y a tales ventajas deben agregarse las de preparar a la sociedad para las revoluciones, que vienen a ser como una limpia general y mudanza de aires, ambas cosas muy necesarias en la vida de los pueblos. Los amores ilegítimos desatan lazos, aflojan vínculos. La volubilidad y el capricho de la mujer extiende por toda la sociedad un cierto espíritu de rebeldía que es el principal elemento de las alteraciones políticas. Sin darse cuenta de ello, los hombres, sean burlados o por burlar, se ven arrastrados a este remolino, que acaba por conmover los cimientos del Estado. Las mujeres sienten, los hombres ejecutan. El pecado turba las conciencias, y éstas tratan de aplacarse buscando la alteración de la ley, por la cual es pecado lo que no debiera serlo. El deseo de alterar la ley trae las agitaciones públicas, que son tentativas, ensayos, cambios de postura; y aunque pasado el trastorno vuelven las cosas a su estado natural, y la ley sigue imperando y jorobándonos a todos, ello es que se quebranta con tantas sacudidas, como se resquebraja el terreno en que se suceden los terremotos.

Esta singular teoría de que los pecados mujeriles abren camino a las revoluciones, y de que éstas resultan siempre fecundas, no podía ser admitida sino como una forma de humorismo para pasar el rato, como quien dice. Pero él a sus paradojas se aferraba; con ellas se metió en el terreno político, y explicome su fervor revolucionario como un estado fisiológico contra el cual su voluntad nada puede. La regularidad y permanencia de las instituciones se representa en su ánimo como una enfermedad. La paz pública es como una parálisis. Él se subleva por instinto de conservación o de salud, sintiendo en sí una parte de la dolencia que a toda la Nación afecta. Es un miembro, un pedazo de carne y nervios, partícipe del (p.6715) general dolor. Romper la disciplina es lo mismo que medicinarse, o por lo menos hacer ejercicio, con el fin de buscar la salud en la actividad muscular y en la fluidez sanguínea. La Ordenanza, la Constitución vigente y sus predecesoras, son síntomas terribles de una lesión honda que ha de traer la muerte. En todas las leyes establecidas hemos de ver formas del dolor, de la congestión, de la fiebre. Sus efectos en la vida equivalen a tumores, úlceras, sarna, postemas, calambres y demás lacerias, contra las cuales hay que aplicar, no sólo el movimiento, sino el fuego y las sangrías.

Todo esto, y lo que omito, lo decía Gracián dando suelta a la caudalosa vena de su ingenio. Sus acompañantes reíamos a veces, o dábamos nuestro asentimiento por el regocijo que nos causaba. Es, en verdad, un admirable hablador. Posee la elocuencia de los disparates, y el arte de entretener al oyente con graciosos absurdos, expresados en el tono de una profunda convicción.. El camino se nos hizo corto con estas charlas, y por mi parte no sentía cansancio cuando divisamos las primeras casas de Vallecas. Los perros de esta villa salieron a recibirnos en cuanto nos olfatearon, y con ladridos regañones nos preguntaban de dónde veníamos y qué demonios íbamos a buscar allí. De Vicálvaro -dijo Gracián-, y no seáis impertinentes. De Vicálvaro, y no alborotar: llevo cargadas las pistolas. Tras de los perros vinieron hombres, preguntándonos por la acción de aquella tarde, y si O'Donnell iba ya sobre Madrid. Respondió Gracián con informes totalmente opuestos a la verdad, sacados de su cabeza, y anunció que en Vallecas se había de librar el próximo día la más tremenda de las batallas. En esto, nos llevó a una de las casas que están a la entrada del pueblo, un poco apartadas del camino, y antes de que llegáramos a ella vimos luz en las habitaciones y oímos musiquilla de murga, violines mal rascados, clarinete y un trombón. Pronto supe que se habían celebrado los días de la dueña de la casa, y que llegábamos a los últimos pataleos y ronquidos de la bulliciosa fiesta. (p.6716) Entramos, y lo primero que me eché a la cara fue una mujerona de buen ver, alta de pechos, la tez morena, los ojos fulgurantes, de una categoría mixta, pues si por el continente y la finura del rostro parecía señora noble, su habla y modales denunciaban la mujer del pueblo. Era una transición o producto híbrido de esta sociedad infiel al principio de castas. Recibionos afablemente, y a Gracián con mayor cariño y confianza. Luego me invitó a descansar, ofreciéndome un dormitorio para esperar el día. No accedí, pues deseaba continuar mi viaje sin demora. La señora puso término a la fiesta; despidió a los pocos convidados que allí quedaban; dio licencia a los músicos, y a mí las buenas noches, agarrando por un brazo a Gracián, el cual es dueño del corazón de aquella tarasca, según me dijeron los músicos momentos después, añadiendo que a la señora se la conoce por La Panadera y que es viuda y rica. Para más pormenores, Gracián la engaña con una sobrina de ella, pobre, habitante en el mismo pueblo, y a las dos con una casada residente en Canillas. En la casa de La Panadera se quedó Navascués, inseparable amigo del otro peine, y su mono de imitación, con tan mala sombra, que cuantas aventuras intenta son bajas parodias de las del maestro.

En la calle ya (más propio será decir en el campo) , dispuesto a proseguir el viaje, se me acercaron los pobres murguistas suplicándome que les trajese a Madrid en mi coche, pues se hallaban rendidos de tantas tocatas y caminatas: habían tenido boda en Mejorada, bautizo en Loeches, y en Perales festividad del patrono San Pedro Apóstol. Ya no podían con sus almas, ni con sus instrumentos. Accedí gustoso a transportarles, y corrieron al parador, donde tenían sus livianos bultos de ropa, y paquetes o envoltorios pesados, pues casi todo su trabajo musical lo cobraban en especie. Mi protegido el hojalatero pidió a uno de ellos que le dejase su violín, mientras iban a recoger la impedimenta. Accedió el murguista. Cogió el chico la carraca, se la echó al pescuezo, tendió el arco sobre las (p.6717) tripas vibrantes, y allí fue el sacar sonidos largos, dulces, elocuentes, que rasgaban el silencio en la noche plácida..

 

Ep-34-XXI -

Estábamos en un terreno polvoroso que no sé si era camino, plaza, o ejido. Sentado yo en un trozo de construcción de adobes, que lo mismo podía ser resto de un edificio que principio de él, a mi espalda veía las chozas que se arman en las eras para guardar la mies en gavillas; frente a mí, casas mezquinas agrupadas, como si quisieran formar calles; a mi derecha, la de La Panadera, grande y con letreros, en que se distinguían las palabras Salvados, Harinas.. Ningún árbol vivo alcanzaban a ver mis ojos; había, sí, frente a mí uno muerto, tronco y ramas en completa desnudez esquelética. Los tejados y el árbol se destacaban con trazo vigoroso sobre un cielo limpio, sin ninguna nube en su concavidad majestuosa, alumbrado por una luna menguante, tuerta, con un solo carrillo y un ojo solo, bastante luminosa para que palidecieran las estrellas, quedando las de primera magnitud muy rebajadas de categoría. Frente a mí, de espaldas a mí, sentado en una piedra, estaba el hojalatero encorvado sobre su violín, pasándole el arco, ahora con suavidad, ahora con brío.. Cuando rozaba en la prima, el arco apuntaba al cielo con su contera, y a la tierra cuando rozaba en la cuarta. Tocó Rodrigo aires del Pirata, de Beatrice di Tenda, de Maria di Rudenz, de otras óperas en boga. Sin duda por el estado de mi espíritu, más que por la destreza del violinista, la emoción que sentí fue muy honda, de esas que remueven lo más quieto y despiertan lo más dormido del alma. Y alguna parte tendría en esta emoción el mérito del artista: cuanto más yo le oía, más me admiraba la perfecta afinación, el juego elocuente del arco, su fuerza, su delicadeza, según los pasajes y diseños que atacaba. Llegué a sentirme encantado de aquella música, deseando que durase todo el resto de la noche, y que ésta fuese muy larga. Tocaba el muchacho con devoción y fe, poniendo la mitad de su alma en los dedos de su mano izquierda, y en la derecha la otra mitad. (p.6718) Quería serme grato, y mostrarme su afecto en el lenguaje que mejor conocía.. Con la palabra no habría podido expresar ni aún mínima parte de lo que sentía, gratitud, esperanza. De mí esperaba medios para ser un artista eminente, de universal renombre.

En lo más solemne de la serenata, cuando yo me hallaba en pleno éxtasis, oí que las mulas del coche, situado como a veinte pasos de distancia, detrás de mí, redoblaban las manifestaciones de su inquietud, pateando con más fuerza y sacudiendo las colleras, que arrojaban al aire la tintinabulación de sus cascabeles, como un espolvoreo de notas metálicas. Este ruidillo no turbaba la dulce melopea del violín, sino, antes bien, la exornaba con un comentario gracioso, de cómica elegancia.. Volví mis ojos hacia el coche, y vi que por la portezuela asomaba la cabeza de Sebo, como un mascarón lívido, que lo mismo podía ser de clerizonte que de rufián. La bella música le atraía, le embelesaba, como a mí. Aprobaba con un movimiento expresivo de la cabeza, y luego lanzó esta frase, rasgo de poeta y de crítico: «Anda, hijo, no sabía yo que fueras tan buen profesor.. Toca, toca: las estrellas te oyen».

Cortaron bruscamente los músicos la bella serenata, presentándose con ruidosa premura cargados de sus paquetes. Calló el violín maravilloso, y los viajeros se ocuparon de colocar sus bultos en el pescante o dentro del coche. Subimos: Ansúrez pidió al dueño del instrumento nuevo permiso para seguir tocando por el camino, y obtenido lo que deseaba, se encaramó en el pescante. Entramos los demás, acomodándonos en aquella estrechez como pudimos, y las impacientes mulas no aguardaron la intimación del cochero para emprender la marcha. Por el camino, el hojalatero, sentado al borde del pescante junto a Zafrilla, con una pierna colgando, tocaba todo lo que sabía, himnos patrióticos, mazurcas y valses, tiernas melodías de Bellini y Donizetti. En el curso del viaje hasta las inmediaciones de Madrid, no dejé de sentirme embelesado con la música, adormeciéndome en un vago ensueño. (p.6719) Las notas patéticas del violín flotaban sobre el pesado ruido del coche, como una cabellera dorada y vagarosa que el viento agita sin desprenderla del cráneo en que se arraiga. La cabellera se daba al viento como una idealidad que vuela, sin abandonar la realidad que la sustenta y la produce. Las propias mulas parecían adaptar su paso al ritmo de las tocatas.. Yo me adormecí.. Todo era música.. música también el son continuo de los cascabeles y los ronquidos de Sebo.

6 de Julio.- Dos días con parte de sus noches tardé en contar a María Ignacia lo que había visto en mi excursión, desviada de su primordial objeto por el Acaso, más poderoso que mi voluntad. No estaba conforme mi costilla con el quiebro que di a mis planes, y sentía que no hubiese persistido en la busca y captura de Mita y Ley. Propuse nueva salida; pero Ignacia no aprobaba la repetición del viaje, sin duda por notar que del primero había vuelto yo muy melancólico, con tendencias a dormirme o amodorrarme encima de una sola idea. ¿Se reproducían en mí las tristezas o saudades que años atrás alteraron gravemente mi salud? ¿Volveré a sentir mi pensamiento balanceándose sobre aquella línea, sobre aquel lindero que separa la razón de la sinrazón?.. Mi mujer me interroga con cierta prolijidad, al modo facultativo, que me pone en cuidado. Yo, sondeando cuidadosamente mi interior, le respondo que lo que ahora siento es.. ganas de vomitar toda la historia contemporánea que tengo en el cuerpo, y que se me ha indigestado formando un bolo: necesito expulsar este bolo. María Ignacia se ríe; yo me explico mejor diciéndole que mis ilusiones de ver a España en camino de su grandeza y bienestar han caído y son llevadas del viento. No espero nada; no creo en nada.. Me hastía el recuerdo de la batalleja que vi en Vicálvaro. Me figuro a los niños de Clío jugando con soldaditos de plomo.. En cuanto a las ambiciones que han movido esta trifulca las considero semejantes por su altura moral a las ambiciones de mi amigo Sebo.. La página histórica tras la cual corrí, resúltame ahora (p.6720) como pliego de aleluyas o romance de ciego. ¿Será que mi mente ha caído en la dolencia de remontarse y picar muy alto, o que los hechos y los hombres son por sí sobradamente rastreros y miserables?

A cuantas noticias vienen a mí de sucesos ocurridos en Madrid, o en el camino que llevan los que se llamaron libertadores, les doy carpetazo. ¡Quién pudiera disponer del olvido, como de un pozo en el cual se arrojara todo lo que no se quiere saber! Olvidar las cosas ingratas en el mismo punto en que suceden, sería la mejor reparación de las sofoquinas a que diariamente está sujeta nuestra alma. Pero el maldito tiempo no permite al olvido andar solo, y hemos de conformarnos con la insufrible lentitud del presente, y su resistencia a convertirse en pasado..

¿Me pide la Posteridad referencias históricas? Pues allá va una que juzgo en extremo interesante. Sabed que el gran Sebo se aposenta en mi casa, confundido con mi servidumbre, conservando su figurada estampa de clérigo. Por las noches, con el aditamento de anteojos verdes y de un raído traje, sale y visita sin recelo a su familia. El sostenimiento de ésta corre ahora de mi cuenta, y ello ha de ser hasta que Clío nos depare la total ruina del polaquismo y el triunfo de los de Vicálvaro. Yo le rezo devotamente a Santa Clío, pidiéndole que apresure este negocio, porque pesa sobre mí como un mundo el hambriento familión de mi huésped.

10 de Julio.- Sabed, ¡oh generaciones venideras!, que los sublevados, ni victoriosos ni vencidos en Vicálvaro, tomaron el camino de Aranjuez. Tratan de despertar a su paso a la Nación dormida. Diríase que la Nación abre los ojos, se despereza, vuélvese del otro lado y recobra la plácida quietud del sueño. En Madrid, el Gobierno echa furibundas roncas subido a la Gaceta, y continúa alimentándose con niños crudos, que le dan malas digestiones. A los sublevados da el nombre de traidores y otros no menos infamantes, y en sendos decretos exonera y pone en la picota a Dulce, O'Donnell, Messina, Ros de Olano, y a los ilusos (p.6721) que van con ellos.. Noto en el pueblo de Madrid cierta depresión de la fiebre revolucionaria. En los cafés sigue la gente despotricando contra Sartorius, y denominando simplemente ladrones, turba de lacayos y rufianes, a los personajes más empingorotados de la situación. Todo esto ha venido a representárseme como vocinglería de gitanos. La flojedad del acto militar que lleva el nombre de Vicálvaro ha producido el enfriamiento de la temperatura política. Las revoluciones, como las tiranías, acaban en ociosas algaradas cuando no son robustecidas por la fuerza.

Más importancia que estas manifestaciones de la vida pública tenía en mi ánimo lo que a contar voy, con permiso de la señora Posteridad. Pues sepan que compré al hojalatero un violín excelente para estudio, y que el pobre chico no halló mejor manera de mostrarme su gratitud que ofrecerse a darnos en casa cuantos conciertos quisiéramos oír. A mi mujer le encantaba la música, y le hacía gracia el fervoroso entusiasmo con que Rodrigo tocaba en nuestra presencia. Afectado yo de tristezas grises, me sentía en situación semejante a la de Felipe V, buscando su consuelo en el arte de Farinelli. Para distraerme con más eficacia, el buen chico estudiaba cada noche nuevas piezas, y de esta variedad resultaba para Ignacia y para mí mayor deleite. Tanto ha llegado a interesarnos este incipiente artista, que hemos decidido ponerle un buen maestro, el mejor que hoy tenemos en Madrid. Bajo la férula del anciano don Juan Díez, adquirirá seguramente la perfección de estilo que ha de ser el mejor adorno de sus prodigiosas facultades.. «Y a todas éstas, ni por el hojalatero violinista, ni por otro conducto, nos llegan noticias de Mita y Ley. ¿Cómo no escribe la salvaje? ¿Será menester que salgamos por segunda vez en su busca? A repetir la suerte me inclino yo; pero mi mujer no me deja: quiere retenerme; confía en que el reposo y las emociones dulces han de serme más provechosas que el traqueteo de un viaje y las caminatas en pos de lo desconocido.

15 (p.6722) de Julio.- Despierto una mañana con la idea de que.. Vamos, creo haber descubierto el verdadero sentido y fundamento de estas mis nuevas murrias, parecidas, si no iguales, a las de antaño. Fue muy consoladora para mí la convicción de que mi dolencia no es más que Ansia de belleza. Parece que no, y ello es que todo enfermo siente algo parecido al alivio cuando escucha de boca de su médico el nombre del dolor o molestia que sufre. En las alteraciones nerviosas principalmente, cualquier denominación técnica suele hacer veces de calmante. ¡Ansia de belleza, que por el reverso es el desdén y hastío de las vulgares cosas que me rodean! Anhelo lo grande y hermoso, la poesía de los hechos humanos, así del orden privado como del público. El recuerdo de una batalla de aficionados en campo casero, me lleva al ardiente afán de presenciar un Austerlitz, o algo semejante; y para que se me quite el mal gusto de boca que me dejan estas peleas por un puñado de garbanzos, miro hacia las ambiciones de un César, de un Cromwell, de un Bonaparte.

Desdeño las tintas medias, la clase media, el justo medio y hasta la moral media, ese punto de transacción o componenda entre lo bueno y lo malo. No me gusta nada que sea medio; me seduce más lo entero. Váyase mucho con Dios el buen sentido, y tráiganme la sinrazón, el desenfreno de la inteligencia y de la voluntad. ¡Bonito se va poniendo el mundo desde que nos ha entrado esta bárbara invasión de lo práctico, desde que los hombres de pro se consagraron a desterrar la exageración, y a recortar y reducir a estrechas medidas los alientos humanos! Hemos vuelto del revés la fabulilla del asno vestido con piel de león, y ponemos todo nuestro empeño en que los leones se vistan de borricos.. Hablo de esto con mi mujer, y ella me exhorta blandamente a tomar las cosas como son, a combatir el Ansia de belleza, aspiración insana, y a conformarme con la única realidad accesible a nuestros deseos, el gracioso engaño de la fealdad pintadita y retocada, que nos dice: «soy bella». Creámosla y (p.6723) admirémosla sin discutirla.

16 de Julio.- ¿Qué pasa en Madrid? Oigo ruido, pisadas de un pueblo que ha roto la silenciosa quietud en que vivía, y se agita buscando armas y posiciones para combatir. Perdóneme mi dulce amiga la Posteridad: con esto de mis murrias, que a nadie interesan, he olvidado contar las pequeñeces del vivir público, que usurpan un puesto en las filas históricas. Allá voy. Los Generales que a sí propios se denominan libertadores, y que el Gobierno llama facciosos, se fueron al Real Sitio de Aranjuez, y de allí enfilaron las planicies manchegas, adelante siempre, reclutando mozos, requisando caballerías, y requiriendo amorosamente cuantos fondos guardaban las administraciones subalternas de los pueblos.. Tras ellos han ido Blaser y Vistahermosa, despacito, persiguiéndoles sin querer alcanzarles, a la distancia que marca el compadrazgo fraternal, norma constante de toda esta gente.

Me cuenta el gran Sebo que en Madrid quedó un Comité revolucionario, del cual son alma Cánovas del Castillo, Fernández de los Ríos, y no sé si Tassara o Vega Armijo. Ello es que los dos primeros cogieron muy calladitos el camino de la Mancha hasta dar con O'Donnell, y charlaron con él largo y tendido, diciendo que Madrid no se levanta y los polacos no se rinden, porque las promesas de los libertadores, harto vagas, hablan poco a la inteligencia del país, nada a su corazón. No se hacen las revoluciones por las ideas puras, sino por los sentimientos, revestidos del ropaje de las ideas. Los libertadores ofrecen cosas muy buenas, de esas que forman el tejido artificioso de todo programa político y revolucionario. Veámoslas: Pureza del régimen representativo, Mejora de la legislación electoral y de imprenta, Rebaja de los impuestos. ¿Te parece poco, infeliz Nación; te parece vano, retórica de quincalla, de la de a dos cuartos la pieza? Pues allá va otra cosa: ¡Moralidad! Esto sí que es bonito. ¡Moralidad! Vamos a tener en el Gobierno esa preciosa virtud. Y por si es poco, ahí va también otra joya incomparable: (p.6724) ¡Descentralización! ¿Qué tal? Descentralización y todo, y para completar tanta ventura, también os damos Economías. No queremos pecar de cortos en el ofrecer. Economizaremos, moralizaremos y descentralizaremos.. ¿Qué?, ¿no nos creen?

En efecto: el pueblo no da valor ninguno a tales pamplinas, y alza los hombros viendo a unos pasar hacia la Mancha, viendo al Gobierno inmóvil en su inmoralidad, en su despilfarro y en su centralismo. Cánovas y Fernández de los Ríos, bien pulsada la opinión en Madrid, ven clara la vacuidad de ese programa; corren a la Mancha, y en los polvorosos caminos encuentran a O'Donnell. Paréceme que les oigo: «Mi General, dé por abortada su revolucioncita si no cambia esas monsergas por otras, o no les añade un tópico resonante, de esos que hablan, más que al entendimiento, a la fantasía, o si se quiere, a la vanidad del pueblo español; algo que sea o que parezca ser garantía de las libertades públicas, y aparato político de pura figuración externa, y de ruido y colorines..». Paréceme que veo al irlandés rebelde al convencimiento. No cede; se aferra con terquedad al plan primero de su revolución, exenta de toda concomitancia con las muchedumbres; revolución cómoda, casera, cambio de nombres y de personas nada más.. Es como un calzado viejo, holgadito, con el cual andará el hombre por casa sin ninguna molestia. Nada de calzado nuevo, que aprieta y chilla.. Pero tanto le dicen sus amigos, y tanto machacan, que al fin llevan a su ánimo la convicción. No concede que sea bueno lo que le proponen; pero reconoce que, de no admitirlo, él y sus compañeros y su ejército corren a una triste desbandada y al amargo destierro.. No había más remedio que ceder. O'Donnell cede; los de Madrid redactan un nuevo programa, en el cual, después de estampar las consabidas monsergas de Moralidad, Descentralización, etc., añaden otras sugestivas monsergas. En el programa debieron poner esta frase: «Caballeros, se nos había olvidado lo principal, lo más importante. Perdonad el error, (p.6725) que en este pueblo de Manzanares subsanamos, escribiendo en nuestra bandera el mágico lema de Milicia Nacional».

 

Ep-34-XXII -

17 de Julio.- Volvieron a Madrid los mensajeros con el reformado papelito, y apenas lo dieron a conocer, se sintió en esta villa como una trepidación del suelo, y lo mismo fue publicarlo que volverse loco todo el vecindario.. Las dos palabras añadidas tuvieron el efecto explosivo que hacía falta, y que en vano se pidió a los otros términos del programa. Milicia Nacional es una bomba cargada de pólvora. Hablar de Moralidad, de Descentralización y Economías era cargar la bomba con miga de pan. Para mayor fascinación del público, el Manifiesto declara que la popular institución se planteará sobre sólidas bases. ¿Qué tal? Milicia ya es mucho; sólidas bases, ¡ah!, ya son miel sobre hojuelas..

¿Pero qué escucho? Ahí es nada. ¡Qué se sublevan o pronuncian Barcelona y Valladolid! Y en esta Corte de las Españas parece que todos se vuelven epilépticos. Salgo a dar una vuelta, y noto en las caras de los transeúntes un júbilo extraño; en los cuerpos, síntomas claros del mal de San Vito. La gente se agrupa sin darse cuenta de ello. En cuanto dos secretean, agréganse cuantos van pasando. Donde hay tres personas, antes que pasen cinco minutos hay treinta. En la Puerta del Sol se estacionan los grupos, mirando al Principal. Es la expectación, la ansiedad pública ante el rostro ceñudo del Destino. ¿Qué pasará, qué resoluciones expresan o anuncian los ojos inmóviles y la torva seriedad de la esfinge? De tanto mirar al Principal, llegamos a ver en las ventanas y rejas facciones que algo dicen.. que algo callan.

Sigo mi paseo; entro en la librería de Monier, encuentro amigos que me llevan a divagar por la Carrera de San Jerónimo y calle del Príncipe, de grupo en grupo. El tránsito es difícil.. ¿Qué pasa? Ahí es nada lo del ojo.. que ha caído Sartorius. Estatua de barro, se ha deshecho en pedazos mil al estrellarse contra el suelo. Refiere el batacazo un exaltado progresista, que acumula sobre la (p.6726) cabeza del Conde los epítetos más infamantes. No puedo contenerme: salgo a la defensa del favorito que ha dejado de serlo. Mi defensa es tomada a chacota, y da margen a mayor impiedad y a burlas más crueles. El que con más dulzura le trata llámale Monipodio. Entre unos y otros, verbalmente, le escarnecen y le escupen. Luego le arrastran por las calles, y no encuentran muladar bastante inmundo en que arrojarle.

En otro grupo contaban que a Sartorius se le ha despedido como a un criado. Llegó a Palacio y no le dejaron pasar a las habitaciones reales. Esto no me parece verosímil. Sea como fuere, ello es que no hay Gobierno, que la infame pandilla polaca tiene ya su merecido. No falta un furibundo sectario que, al oír lo que se cuenta de la desgracia del Conde, exclama en dramático tono: «Esto no es cuestión de política, sino de vergüenza. Ya podemos sacar a nuestras mujeres a la calle. ¡Viva España decente!»

Hablando con gente diversa, pude advertir el radiante júbilo de los corazones ante este hecho negativo: No hay Gobierno. El no haber Gobierno viene a ser como un descanso, como la sedación de un largo suplicio doloroso; parece como la vuelta a la normalidad de la existencia, o el renacer a la edad de oro cantada por los poetas. En la Puerta del Sol, los grupos estacionados frente al Principal esperan ver salir de él algo extraordinario y magnífico: un genio pródigo que salude al pueblo arrojándole puñados de centenes, o panecillos, o credenciales. Veo miles de caras de cesantes que con ninguna clase de rostros pueden confundirse. Sus trajes de buen corte y muy ajados ya, sus sombreros sin lustre, proclaman la penuria de innumerables familias decentes. Al fin ha sonreído la esperanza para muchos que desde el 48 viven condenados al estudio de las matemáticas, a calcular las probabilidades de cambio de situación, y en tanto mantienen a la familia con el olor de las ollas ministeriales.

Camino de mi casa, me encontré a Sebo en la calle del Arenal. Díjome con sigilo que se armaría el tumulto grande a la salida de los Toros. (p.6727) «No olvide Vuecencia que hoy es lunes. La plaza está llena de gente; allí están todos los aficionados a la tauromaquia y a la politicomaquia.. Otra cosa, señor: sepa que formará Ministerio el general Córdova.. Dejando aparte la amistad de Vuecencia con don Fernando, yo diré que éste no es hombre para el remedio de la tremenda enfermedad de España.. Caerá, caerá también, y si hoy decimos «¡pobre Sartorius!», mañana diremos «¡pobre Córdova!..». Parece que anda en tratos con algunos señores del Progreso para ver de ponerles el collar de ministro; pero ellos no quieren ponerse más collar que el de su dogma. ¿Me entiende, señor? Dicen que su dogma o nada.. Pues yo, con permiso de Vuecencia, digo que no me conviene ser colocado hasta que vengan los que han de ser estables, O'Donnell y Dulce, un Gobierno tranquilo. Es ése mi dogma, señor. Entiendo yo que esta palabra significa la cosa más necesaria del mundo, verbigracia, comer con tranquilidad.

Sigue Julio.- El 17 por la noche, cenando, supimos que la salida de los toros había sido tumultuosa. El himno de Riego resonó en las puertas de la plaza, y creciendo, creciendo en intensidad, al llegar el coro a la Puerta del Sol era como si todo Madrid cantase. Supimos también que Córdova ha catequizado a Ríos Rosas para que le acompañe en el Ministerio. Ante la insurrección popular, que me parece ha de ser de cuidado, ¿quién podrá vaticinar si estos nuevos gobernantes lograrán la reconciliación del Pueblo y el Trono? Mal avenidos los deja el polaquismo. De sobremesa, llegan algunos amigos que sostienen la tertulia normal de casa, los perdurables reaccionarios señor Sureda y don Roa, y otros, que en noche de acontecimientos vienen a traer y a recibir impresiones: mi hermano Agustín, polaco; don Nicolás Hurtado, bravo-murillista; San Román, narvaísta; Bruno Carrasco, progresista, y Aransis, indefinido, con cierta inclinación a los partidos bullangueros. No se entablaron las disputas agrias que amenizan nuestra tertulia las más de las noches. Fue aquélla, noche de expectación, de (p.6728) conjeturas, de profecías, de apuestas. Vaticinó mi suegro la disolución social, y Carrasco apostó a que antes de ocho días tendremos a Espartero en Madrid. La repentina emergencia de sucesos históricos graves no podía menos de traer igual aglomeración congestiva de acontecimientos privados. Llegó Sebo a decirme que había visto a Gracián en la calle de Rodas, con La Panadera de Vallecas y un tal Ramos, que es el gran reclutador de populacho para motines; presentose después Valeria, lloriqueando, con el cuento de que su maridito, el angelical Navascués, no había parecido por el domicilio conyugal en cuatro días con sus noches, y por fin se coló en casa el hojalatero, trayendo la novedad interesantísima de que Mita y Ley están en Madrid. Sentí en mi cabeza el torbellino de la brusca entrada de tantos huéspedes mentales en la cavidad del cerebro. Aunque algunos me interesaban poco, la súbita irrupción de tantas ideas me hizo estremecer. Se introducían todas a un tiempo, montando unas sobre otras.

No era posible que yo me privase de salir a la calle, para contemplar una página histórica, que sin duda habría de ser más bella que la de Vicálvaro. Los temores de mi mujer se acallaron viéndome acompañado de Aransis y Bruno, de otros amigos de la casa, y de Sebo y Rodrigo. Formábamos una caravana bastante fuerte para despreciar el peligro. Además, dimos formal palabra de no intentar ver de cerca ninguna barricada, caso que las hubiere, y de ponernos a discreta distancia de las aglomeraciones de gente.. Con ver un poquito bastaría: quizás, y sin quizás, ciertas páginas históricas, como las obras de pintura, pierden bastante miradas desde un punto de vista cercano.. Mi primer pensamiento, bajando la escalera, fue para preguntar al violinista la residencia de su hermano y de Mita. «Ayer, señor, se aposentaban en el mesón de la calle Angosta de San Bernardo, donde paran las tartanas de Loeches y Mejorada; pero fui a verles hoy, y me dijeron que se han ido a otra parte, no saben a (p.6729) donde. Yo lo averiguaré esta noche, pues de seguro lo sabe mi cuñado Halconero, que también está en Madrid con su familia».

Nada respondí al buen Ansúrez. Sentía yo que el Destino se mostraba propicio a mis deseos: no era menester que mi voluntad solicitara sus favores.. Entre tanto, embargaba mi atención el espectáculo de público regocijo que ofrecía Madrid, con luces en todas sus ventanas y balcones, y hasta en los últimos agujeros de los más altos desvanes. Ningún vecino había dejado de sacar al exterior el farol o candil, las elegantes bujías o el velón lujoso, que era como sacar al rostro las esperanzas y los gozos del alma. En ninguna festividad oficial, ni en coronación de Rey, ni en parto de Reina o bautizo de Príncipe, vi más espontánea y sincera manifestación del júbilo de un pueblo. Iban por la calle en grupos bulliciosos los vecinos, hombres y mujeres, niños y ancianos, y con ingenuo fervor gritaban: «¡Viva la Libertad, muera Cristina, abajo los ladrones!», poniendo en sus acentos, más que la idea política, un sentimiento familiar con ecos de exaltación religiosa. Dábanse unos a otros parabienes expresivos, y personas que no se conocían se abrazaban; otros que jamás se vieron se preguntaban recíprocamente por la familia y se deseaban mil bienandanzas. Nunca vi cosa igual.

Para poder llegar a la Puerta del Sol, tuvimos que dar un largo rodeo desde mi casa, subiendo a la plazuela de Santo Domingo y bajando por Preciados. Esta calle no estaba tan obstruida por el gentío como la del Arenal, donde las multitudes se obstinaban en que repicara San Ginés, una de las pocas iglesias que a celebrar se resistían con el volteo de sus campanas la felicidad popular. Al fin repicó San Ginés, repicaron las Descalzas Reales, y no hubo campana ni esquila que no uniera su voz al cántico de tantas alegrías. Hacia el Postigo de San Martín vimos a un hombre gordo que, plantado en medio de la calle, convidaba a los transeúntes a tomar café o copas en el café de la Estrella. El lo pagaría todo. Más abajo, un tabernero invitaba bizarramente al (p.6730) público a entrar en el establecimiento, y hacer todo el consumo de vino que requerían las venturosas circunstancias. Penetrando a fuerza de empujones y codazos en la Puerta del Sol, vimos que las turbas se arremolinaban. En el inmenso oleaje se marcó una corriente que marchaba hacia la calle de la Montera. Sobre las cabezas movibles se destacaba un hombre a caballo; el hombre enarbolaba un trapo a guisa de bandera; otras banderas de colorines le seguían, y al compás de la marcha cantaban las voces el Himno de Riego, y pedían que vivieran los buenos y que murieran los malos. Pronto pudimos enterarnos de que aquel enorme destacamento de la masa plebeya se encaminaba al Saladero, con el noble fin de poner en libertad a los presos políticos que en aquella inmunda cárcel penaban por sus ideas o sus escritos.

Lo mas curioso, o si se quiere lo más instructivo, de aquella noche memorable, fue que todos los policías y corchetes desaparecieron, como si se los tragara la tierra. No se veía en las calles ninguna autoridad. Dentro de la Casa de Correos había, sin duda, alguna representación de ella, que no se manifestaba al exterior más que por la claridad de las habitaciones bajas, y por las figuras quietas que al través de las rejas se vislumbraban. El pueblo miraba sin cesar a las rejas, y después de mucho mirar, se entablaron diálogos familiares entre los de fuera y los de dentro. Ved la muestra:

«Abrid la puerta. Entraremos y nos daréis armas.

-No puede ser. No somos enemigos de la Libertad. Ya veis que no os hacemos fuego.

-Abrid, y seamos hermanos.

-Ni vosotros entraréis, ni nosotros saldremos. Todo seguirá como ahora está.

-¿Hasta cuándo? Nosotros estaremos aquí hasta que nos den armas.

-No necesitáis armas. Nosotros no haremos fuego contra el pueblo.. Abriremos un instante las puertas para recoger a nuestros centinelas.. Pero habéis de prometernos y jurarnos que, al ver abrir la puerta, no empujaréis para colaros.

-Lo prometemos. Abrid, y que entren vuestros centinelas».

Se hizo como aquí lo digo. Abrieron los de dentro; (p.6731) entraron los dos centinelas, el que hacía la guardia en la esquina de la calle de Carretas, y el de la puerta principal. El pueblo, que aún permanecía en los rosados nimbos de su entusiasmo inicial, todavía generoso, cumplió su palabra, y no aprovechó la fugaz abertura para empujar y colarse adentro. Después se acentuaron en la inquieta masa las ganas de proveerse de armas, cuya posesión conceptuaba como un derecho, y se entabló nuevo diálogo más vivo y apremiante que el anterior. Nada podía resultar de estos dimes y diretes al través de una puerta: el pueblo no podía pasar más tiempo sin armas, y las armas estaban dentro de la Casa de Correos. Para cogerlas era menester franquear la entrada del edificio, y esto se haría batiéndola con ariete a estilo romano: el ariete fue una viga que los más decididos sacaron del derribo de la Casa de Beneficencia. Puesto el madero en hombros de una docena de bigardos en fila, lo movían horizontalmente a compás, descargando furibundos golpes en la puerta. Esta respondía con hondo gemido; pero no se abría. A los golpes agregaron el fuego, prendido con maderas de la casilla del retén de policía que al anochecer destruyó el pueblo en los Caños de Peral. Combinados el incendio y los porrazos, cedió al fin la dura puerta de Gobernación y entró el paisanaje, encontrando a la Guardia Civil y soldados en correcta formación descansando sobre las armas. Sin violencia alguna pasaron los fusiles y espadas de las manos militares a las plebeyas. Trámite más sencillo de revolución no se ha visto nunca.

Según me contó el gran Sebo, que anduvo en este lance, los paisanos invadieron las habitaciones altas de Gobernación, respetando los objetos de valor, escribanías de plata, fajos de papeles, y legajos atados con balduque, cuidándose tan sólo de encender cuantas bujías y velones en las dependencias había para arrimar luces a las ventanas. Se buscaba el efecto decorativo de iluminar la Casa de Correos, único edificio que hasta entonces había permanecido a obscuras. La muchedumbre que llenaba la Puerta del Sol, (p.6732) recibía con aplausos y gritos de júbilo las sucesivas apariciones de luminarias en los altos huecos.. Pueril era esta forma de venganza popular. No era menos inocente el gustazo que se dieron todos de sentarse en la poltrona que había ocupado San Luis. A bofetadas se disputaban los paisanos el honor de sentarse en ella, forma de vindicación que a muchos les pareció bastante. ¿Qué más quería el pueblo que convertir la silla del tirano en mueble nacional para uso de todos los españoles?

Era media noche. El pueblo armado, libre, dueño de Madrid, evolucionaba lentamente desde el período de las alegrías ingenuas hacia el de las vindicaciones terribles. En días, en horas, pasa este soberano de niño a hombre, y sus derechos, que empiezan siendo juguetes, se convierten en armas.

 

Ep-34-XXIII -

Cuando Sebo volvió a reunirse a mí en la calle de Cofreros (núm. 6, paragüería de Larrea) , donde teníamos nuestro cuartel general, ya nos faltaban algunas figuras del grupo: unos por cansancio, otros arrebatados por el oleaje, desaparecieron de nuestra vista. Sólo quedábamos Aransis, el hojalatero y yo. Sin movernos de aquel rincón, en el cual teníamos retirada segura por la calle de Peregrinos, supimos que en el Ayuntamiento y Gobierno Civil había penetrado también el pueblo, y que en uno y otro local se habían constituido juntas, de ésas que nacen con espontánea fecundidad de los días y más aún en las noches calurosas de revolución. Que alguna de estas juntas intentó parlamentar con Palacio, se dijo por allí; que en Palacio no quisieron recibirla, me lo imaginé yo; que en Palacio estaban a la sazón los nuevos Ministros por no poder estar en ninguna de las dependencias del Estado, lo suponíamos. Luego, al saber la verdad, vimos que habíamos acertado, y que componemos la Historia sin saberlo.. Lo extraño es que antes de oír el rumor de que la plebe invadía y quemaba la vivienda de Cristina, tuve yo adivinación o presciencia de aquel suceso. No es difícil hoy que el pensamiento de cualquier ciudadano se anticipe a los hechos históricos, (p.6733) porque estos se anuncian por inequívocos efluvios en el ambiente que respiramos. Los odios más frenéticos del pueblo español en estos días recaen sobre dos cabezas: la de San Luis y la de María Cristina. Uno y otra han desatado sobre España todos los males. San Luis es el insolente capitán de esta cuadrilla de ladrones públicos; Cristina, la mujer rapaz, avarienta, insaciable, que con diestra mano escamotea los tesoros de la Nación. Así lo cree la gente.

Apenas se vieron las multitudes dueñas de la capital, sin autoridad que las contuviera, corrió la noticia de que ardía el palacio de la esposa de Muñoz. Se dijo antes de que fuera cierto, y todo el mundo lo creyó antes de oírlo decir. Cuando llegó a nosotros el primer rumor, ya íbamos hacia allá, seguros de encontrar incendio. Nada sabíamos aún, y nos daba en la nariz olor de madera quemada. En la plazuela de las Descalzas, un amigo de Sebo con quien tropezamos, nos dijo que, atacado por las turbas el palacio de la calle de las Rejas, la Reina Madre escapó por las caballerizas, vestida de hombre. No lo creí: ya sabe un ciudadano listo distinguir las mentiras absurdas de las verosímiles. Sin que nadie me lo asegurara, pensé que doña Cristina, desde los primeros síntomas de alboroto, se había trasladado al Palacio Real, llevándose por delante cuantos papeles pudieran comprometerla.

He perdido la memoria de las vueltas que tuvimos que dar para poder asomamos a la plazuela de Ministerios por la calle de Torija. Desde lejos vimos el resplandor del incendio. Frente a doña María de Molina habían hecho una hoguera, en la cual hombres y mujeres de mala facha arrojaban lo que iban sacando del palacio: muebles, cuadros, cortinas. No sé qué habría sido de la Reina Madre si hubieran podido cogerla como cogían un sillón. Oí decir que fue respetada la servidumbre; oí también que hicieron pedazos todo lo que por su pesadez no podían transportar a la hoguera. ¡Benigna es ciertamente la barbarie de un pueblo que venga sus agravios en muebles, porcelanas y objetos insensibles!

La (p.6734) curiosidad pudo en mí más que el sentimiento del peligro, y descendí a la plazuela con mis acompañantes, abriendo paso a empujones. La hoguera desplegaba al viento sus llamas rojizas. En lo más animado de la quemazón se hallaba el pueblo, pasando ya casi de lo siniestro a lo divertido, cuando vino a cortar bruscamente la gresca un destacamento de Cazadores mandado por un paisano. A la luz vivísima del incendio le conocí: era Gándara, el conspirador de 1848, el militar valiente que adora la Libertad, y sabe capitanear igualmente soldados y pueblo. Yo le supuse afecto a O'Donnell y comprometido en la Revolución. Me sorprendió verle mandando tropas. ¿Por qué las mandaba? Según la versión corriente aquella noche, habiendo sabido Gándara que el pueblo trataba de incendiar la casa de su entrañable amigo don José Salamanca, corrió a Palacio en busca del general Córdova, flamante Presidente del Consejo, y allá tuvieron los dos unas palabritas harto vivas, por si el nuevo Gobierno se cruzaba o no de brazos delante de las turbas de bandidos. Acabó Córdova por decirle que a sus órdenes ponía dos o tres compañías de Cazadores de Baza; que con ellas fuese al instante a contener los brutales atentados, empezando por lo más próximo, que era el asalto y destrucción del domicilio de la Reina Madre. No necesitó más Gándara para ponerse al frente de los Cazadores. Como insignias llevaba la faja y sombrero que le dio un caballerizo. Sus bromas, en casos de esta naturaleza, solían ser pesadas, y testigo fui de ello, pues en cuantito que embocó por la calle de Bailén a la plazuela de Ministerios, gritó con estentórea voz: «¡Cazadores, por mitades! ¡Preparen, apunten..!»

¡Fuego! A la primera descarga cayeron muchos. La dispersión fue instantánea y rapidísima. Corrí de los primeros, pues maldita la gracia que me hacía ser fusilado estúpidamente.. Encontreme solo junto a la escalerilla de la calle del Reloj, donde se me reunió Rodriguillo Ansúrez.. Preguntéle por Aransis y Sebo, y no supo contestarme. Díjome que en derredor de la (p.6735) hoguera había más de una docena de muertos. En la puerta del Senado, vi a un pobre que allí quedó seco, y a pocos pasos de él una mujer, que yacía boca abajo.. La segunda descarga ya nos cogió en salvo; pero poco faltó para que nos arrollara la multitud que por la calle del Reloj emprendía la retirada. La ardiente curiosidad me picó de nuevo y asomé las narices a la plazuela. Vi a los Cazadores acometiendo a bayonetazos a los infelices que buscaron refugio en el mismo palacio asaltado. Dentro de éste sonaron tiros. Los de Baza mataban sin piedad a cuantos andaban todavía en el trajín de acarrear muebles para la hoguera. Los atizadores de ésta, o habían desaparecido o pataleaban en el suelo. Clamaban los heridos entre tizones: aquí y allí zapatos, ropas, gorras y sombreros abandonados; algún trabuco, charcos de sangre, despojos del palacio y de sus asaltadores..

No quise ver más ni exponerme a nuevos peligros, y por la travesía del Reloj y la calle de Fomento tratamos de ganar la Cuesta de Santo Domingo. Fuimos a parar a la rinconada próxima al pórtico del venerable convento de monjas, y allí, por extraño encadenamiento de ideas, me acordé de un poema burlesco, graciosísimo, que Narciso Serra nos había recitado con prodigiosa memoria en el banquete de Torrejón. Era una historia disparatada, parodia de las leyendas en boga: un galán hambriento que rondaba el convento de dominicas buscando la manera de escalarlo para verse con la Sor de sus pensamientos; un jorobado sacristán que le llevaba bartolillos y empanadas, y dentro de una de éstas la esperada cartita.. La misteriosa volubilidad del pensamiento humano se me patentizó entonces, pues, hallándome frente a una situación trágica, mi memoria dio un salto hacia las cosas de burlas, reconstruyendo sin perder sílaba la primera quintilla del chistoso poema, y, en voz alta la repetí:

En un obscuro lugar

que junto a Santo Domingo

húmedo se suele hallar,

porque en él a conjugar

van todos el verbo MINGO..

Nada tenía que ver esto con lo que a la sazón me rodeaba; pero los (p.6736) caprichos de nuestra mente no están sujetos a ninguna ley conocida. Mi memoria continuó jugando con la quintilla, y dándosela y quitándosela a la palabra.. Luego vi que venían tropas por la calle de Fomento. Era un retén que debía cerrar el paso a la plazuela de Ministerios. Los soldados ocuparon la bocacalle, y el oficial que los mandaba pasó a la rinconada con objeto, al parecer, de conjugar el verbo mencionado en la quintilla. Le vi de vuelta y, reconociéndole, le salí al paso. Era Navascués. Hablamos rápidamente, encareciendo él la rabia que sentía de verse obligado a hacer fuego contra el pueblo, preguntándole yo dónde estaba Gracián, y qué papel hacía en la diabólica función de aquella noche. Con desconsolado acento me dijo que su amigo había logrado evadirse del servicio de tropa regular, y andaba organizando los grupos más levantiscos de la plebe allá por la calle de Toledo y plaza Mayor. Y yo: «Mucho me temo que Bartolomé perezca de mala manera en este torbellino de las venganzas populares». Y él: «Gracián no muere. Está donde le llaman su destino y su vocación. Algo terrible y grande hará si le ayudan.. Como no hay Gobierno, el pueblo es el amo esta noche». Y yo: «Si no hay Gobierno a media noche, a la madrugada lo habrá.. El héroe de esta noche y de mañana no será Gracián, sino Joaquín de la Gándara». Y él: «Gándara es héroe popular, por más que ahora nos haya traído a castigar a los incendiarios. Por caudillo del pueblo le tuve yo siempre. Con él me batí el 48.

-Pues si es héroe popular, ¿por qué ha mandado fusilar al pueblo?.. Gándara es hoy el héroe del Orden, no de la Libertad.

-No, señor: de la Libertad. El Orden que el defiende es el Orden del Desorden.

-Es decir, la autoridad de la revolución. ¿Cree usted, Rogelio, que el rebaño puede ser pastor?

-Si es rebaño de ovejas, no; si lo es de hombres, sí.

-Siempre hay un hombre que pastoree. Ya no es Sartorius el pastor: ¿lo será Gracián?

-Lo es, lo será.. Retírese, querido Pepe.. Abur.

¡Pobrecillo!, era un eco de la fraseología de Gracián; su pensamiento volaba con (p.6737) las ideas del otro pájaro.. Seguimos Rodriguillo y yo, no recuerdo por qué calles, en busca de emociones nuevas, viendo y admirando el aspecto de Madrid a tales horas, en noche de plena emancipación del pueblo. ¡Infeliz pueblo! Por una noche, por algunas horas no más, le permiten los dioses el uso práctico de su soberanía, de esa realeza ideal que sólo existe en las vanas retóricas de algún tratadista vesánico. Y en su candidez, en la inexperiencia de su soberanía, es el pueblo como un niño al que entregan un juguete de mecanismo delicado y sutil. No sabe de qué suerte lo ha de poner en movimiento, ni con qué frenos pararlo, ni con qué llaves darle cuerda.. acaba por romper el juguete y abominar de él..

Pues bien: aunque por ninguna parte se notaban indicios de autoridad, no vimos desafueros más graves que los que ordinariamente turban la paz del vecindario; no advertimos más que una alegría desatinada, burlas ruidosas de las autoridades ausentes, desvanecidas como el humo de los incendios. En la Red de San Luis vimos en el cielo el resplandor de las hogueras, y a nosotros llegaba un alarido sordo de embriaguez revolucionaria, mezcla de vivas y mueras.. A lo largo de la calle de Caballero de Gracia oímos tiros, y mayor escándalo de voces airadas o triunfales. Hermoso me pareció el tinte rojo del cielo; solemne el ruido lejano de combatientes, incendiarios o lo que fueren. Descartando el juicio de los hechos, y ateniéndome sólo a la estética, la noche ruidosa, iluminada por las hogueras, me arrebataba de admiración, de un júbilo de artista. Veía, por fin, una página histórica, interesante, dramática, producida en el tiempo, sin estudio, por espontáneo brote en el cerebro y en la voluntad de millares de hombres, que el día anterior ignoraban que iban a ser histriones de una teatralidad tan bella. No tenían más inspiración que sus odios, verdadera razón de Estado para los ciudadanos que no habían gobernado nunca, y entonces con actos bárbaros gobernaban a su modo, realizando algo parecido a la justicia, si no era la (p.6738) justicia misma en todo su esplendor.

Mañana, pensaba yo, se juzgarán estos hechos como atentados a la propiedad, como profanación de la ley o arrebatos de salvaje cólera. ¡Y las culpas de esta brutal plebe, nadie las atenuará con el recuerdo de las horribles violaciones de toda ley moral y cristiana que se contienen en el gobierno regular de las sociedades; nadie verá la inmensa barbarie que encierra el régimen burocrático, expoliador del ciudadano y martirizador de pobres y ricos; nadie se acordará del sinnúmero de verdugos que constituyen la familia oficial, y cuya única misión es oprimir, vejar, expoliar y apurar la paciencia, la sangre y el bolsillo de tantos miles de españoles que sufren y callan!.. Nadie se fijará en el crimen lento, hipócrita, metodizado, de la acción gobernante, mientras que salta a la vista el crimen desnudo, instantáneo, de unas gavillas de insensatos que asaltan, queman, matan, sin respetar haciendas ni vidas. Nadie ve las víctimas obscuras que inmoló la ambición de los poderosos, ni los atropellos que se suceden en el seno recatado de una paz artificiosa, sostenida por la fuerza bruta dominante, y todos se horrorizan de que la fuerza oprimida y dominada se sacuda un día y, aprovechando un descuido del domador, tome venganza en horas breves de los ultrajes y castigos de siglos largos.. Y bien mirado esto, delante del sacro altar de Clío, ante el cual no cabe falsear la verdad; bien miradas estas vindicaciones instantáneas frente a las demasías que las motivaron, todo se reduce a una bella variedad de formas de justicia dentro del canon de Naturaleza. Tenemos la justicia espiritual, que nos habla, nos oprime y nos mata con el lenguaje del derecho. Tenemos la justicia animal, que nos aterra con manotazos y rugidos. De la intercadencia histórica de una y otra justicia resulta una armonía mágica, que es de grande enseñanza para los pueblos.

Puestos todos a violar, no creo que deban cargarse a la cuenta de la plebe las más escandalosas violaciones. El favoritismo en altas esferas no hace menos estragos (p.6739) que la desatada barbarie en las bajas. No es el pueblo quien da forma de embudo a las leyes, ni quien envenena las aguas del poder en su propio manantial. Su ignorancia no es el único mal; otros males hay, de que son responsables los que leen de corrido, los que escriben con buena sintaxis, y los que hablan con sonora elocuencia. Así están las leyes, arrinconadas como trastos viejos cuando perjudican a los que las han hecho. Así huele tan mal el libro de la Constitución..

porque en él a conjugar

van todos el verbo MINGO.

 

Ep-34-XXIV -

Vi las hogueras en que ardían los muebles de Salamanca, calle de Cedaceros; vi las quemazones en la casa de San Luis, calle del Prado, esquina al León; vi otros juegos de pirotecnia en diferentes calles donde vivían hombres aborrecidos. De dos a tres de la madrugada, la tropa mandada por Gándara iba calmando el furor de quemas. En Cedaceros y Carrera de San Jerónimo cayeron ciudadanos que andaban por allí de mirones, mientras que los incendiarios escapaban con veloz carrera. En otros puntos de Madrid hubo tiroteo y lucha cuerpo a cuerpo entre paisanos y tropa, y por todas partes se iba revelando la autoridad, como si saliera de un eclipse o despertara de un pesado sueño. Hasta en el paso de la gente que iba en retirada, se conocía que no estábamos ya huérfanos de gobernantes: aún no se veía la mano dura; pero su acción la sentíamos todos.

El carnaval revolucionario con chafarrinones de sangre y fuego se acababa pronto. Los Dioses, envidiosos del Hombre, lo reducían a breves horas. En éstas, los bromazos no llegaron al trágico desenfreno de las revoluciones más señaladas en la Historia. Casi todos los muertos eran de la clase humilde. El carnaval de la turba emancipada ofreció la tremenda ironía de que, vistiéndose de jueces, las máscaras resultaron víctimas. Todo el furor que al pueblo enardecía en las primeras horas de la noche, quedó reducido a un soez pataleo delante de las casas en que habían vivido los tiranuelos, a gritar con aullidos patrióticos, y a (p.6740) quemar sillas y mesas inocentes, cuadros y cortinajes. No arrastraron a nadie, no quitaron de en medio a los que con voces roncas llamaban rateros y truhanes. Pagaron el pato los objetos de carpintería y tapicería, venganza popular harto benigna.. Pensaba yo que la destrucción de muebles de lujo es un hecho favorable a los progresos de la industria y a la renovación de formas suntuarias. Los ebanistas y decoradores de casas ricas estaban de enhorabuena, así como los que inventan nuevos estilos de sillas y sofás. El fuego perjudicaba poco a los Salamancas y Sartorius, y beneficiaba providencialmente a los fabricantes.

Retireme a casa cuando amanecía. Triste era el aspecto de las calles donde hubo fogatas. Por ellas desfilaban presurosos los transeúntes como gato escaldado. Ceniza y tizones quedaban, restos humeantes, en los cuales revolvían merodeadores rapaces. Cadáveres vi en la calle de Cedaceros y en la del Baño; los heridos se retiraban por su pie si podían, o eran auxiliados por gentes caritativas, que nunca faltan. En la Puerta del Sol vi bastante tropa y Guardia Civil; las puertas del Principal, cerradas a piedra y barro. De lejanas calles venía rumor de algarada. Ya teníamos otra vez Gobierno, ya teníamos autoridad. Entre los grupos se deslizaban, todavía medrosos, algunos policías vergonzantes.

En casa me esperaba Sebo, que, al disgregarse de nuestro grupo en la calle de Torija, creyó que yo me había retirado a descansar. Intranquilo estaba, y mucho más mi mujer, que me abrazó como si yo volviese de un largo y peligroso viaje. «No me ha pasado nada. No verás en mí ni un rasguño. Todo lo he presenciado, y me he divertido muchísimo.. No te rías, mujer. El espectáculo ha sido de incomparable belleza, y de esos que rara vez podemos disfrutar. ¡El pueblo ejerciendo de soberano por unas cuantas horas, y entreteniéndose en jugar con los flecos y garambainas de su manto!.. Luego, al andar, se pisa el manto, se cae de bruces.. En fin, que estos carnavales son forzosamente muy breves, y el pueblo, que por (p.6741) divina licencia los celebra, se divierte poco, como no entienda por diversión el ser fusilado en lo más entretenido de la fiesta».

Me acosté, pero no dormí. Ardía mi mente del recuerdo de los espectáculos de la noche pasada. Era una visión que no quería borrarse, y que me atormentaba, engrandeciendo el interés de sus incidentes, y revistiéndose a cada instante de mayor hermosura. No me canso de decirlo: una de las cosas más bellas que yo había contemplado en mi vida era la acción libre del pueblo durante algunas horas, el albedrío nacional desenfrenado y en pelo, manifestándose como es; paréntesis de realidad abierto en el tedioso sistema de ficciones que constituyen nuestra vida social y política. Buen alivio daba el tal espectáculo al Ansia de belleza que me afligía, dolencia del alma; pero no acababa de satisfacerme: yo quería más, más pataleos y manotazos de la plebe restituida a su libertad; quería gozar más de las ideas elementales, como fueron antes de toda organización, y ver el Gobierno y la Justicia reproducidos en la desnudez y simplicidad de su estado primitivo..

Desde mi lecho, cerrados los ojos figurando que dormía, creía yo sentir lejanos alaridos de la multitud. Llegué a pensar que habían levantado barricadas en la vecina calle del Arenal o en la plaza de Santo Domingo. Mi mujer me desengañó, incitándome al descanso, y diciéndome que no había tales barricadas, y que Madrid tomaba su chocolate tranquilo debajo del poder de Fernando Córdova y de Ríos Rosas. Yo aparenté creerlo; pero seguían mis oídos dándome la sensación de bullicio popular cercano. Órdenes severas había dado mi señor suegro para que ni a Sebo ni a Rodrigo se les permitiese llegar a mi presencia. Querían encerrarme, aislarme de la vía pública, que era mi encanto, como escenario de la más bella función teatral.. Fui bastante astuto para disimular mi deseo de echarme a la calle.. me levanté.. supe asentir a las insustanciales opiniones de don Feliciano, maldiciendo los excesos demagógicos.. Las once serían cuando aproveché un (p.6742) descuido de mi mujer para escabullirme de la casa lindamente. Nadie me vio salir. En el portal me esperaba el hojalatero, y juntos, sin hablarle yo más que por señas, dimos la vuelta a la esquina.. y desaparecimos por la calle de la Sartén.

-¿Sabe el señor dónde están Leoncio y su mujer? -me dijo Ansúrez en cuanto nos vimos en paraje seguro-. Pues en una tienda de la plazuela de San Miguel, donde se vende al por mayor toda la cangrejería que viene a Madrid.

-¿Y tu hermana Lucila?

-En la calle de Toledo.. no sé el número.. Entrando por la plaza Mayor, a mano derecha, pasadas dos o tres casas.

-Bien, bien. Vamos hacia allá. ¿Hay guerra en las calles?

-Muchísima guerra y tiros muchos, lo que los músicos llamamos à piacere, disparando cada cual como se le antoja, y en allegro vivace que quiere decir: vivo, vivo..

-¿Esta mañana, después que me dejaste en casa, ocurrió algo? Yo he sentido tiros.

-¡Anda! Un fuego tremendo en la plaza de Santo Domingo, mucho pueblo contra la tropa que guarda Palacio y el Teatro Real, donde dicen que están escondidos los ministros ladrones, y el jefe de los rateros y guindillas, D. Francisco Chico..

-Bien decía yo que había trifulca.. ¡Y mi mujer queriendo convencerme de que Madrid es la antesala del Limbo!

-Pues hoy hemos tenido función bonita.. Mucho pueblo.. ¡qué bulla, qué entusiasmo!, y en medio del paisanaje un militar a caballo, con su ordenanza, también a caballo. Era el Coronel de Farnesio.. En fin, señor, que el Coronel y el pueblo hablaron a gritos: primero en la plaza Mayor, después en el Principal de la Puerta del Sol; pero yo no entendí lo que decían, porque no pude acercarme. Ni sé cómo se llamaba el Coronel.. ni qué le pedían, ni qué contestaba.. Sólo sé que después fueron todos a la plaza de Santo Domingo, donde andaban a tiros tropas y paisanos.. Yo fui también.. Por el camino, cadáveres, sangre.. las casas cerradas todas, mucho miedo.. ¿Qué pasó? No lo

sé.. El Coronel mandó cesar el fuego, y después, por la vuelta que llevaba, me pareció que iba a Palacio, (p.6743) y gritaba la gente: «¡Viva.. tal!» No me acuerdo del nombre.

-Por algo que hoy ha dicho mi suegro en casa, entiendo ahora que ese que viste es el coronel Garrigó.. Con O'Donnell estaba en Vicálvaro. Se portó como un héroe. Fue herido, cayó prisionero frente a los cañones de Blaser.. Al volver a Madrid las tropas del Gobierno, procedía fusilar a Garrigó.. Pero ¿qué había de hacer la Reina más que indultarle? En estas guerras mansas entre dos partes del Ejército, no puede haber ensañamiento. Al fin han de entenderse y ser todos amigos. Ni han fusilado al Coronel de Farnesio, ni habrían fusilado a O'Donnell, ni a Messina, ni a Dulce, ni a Ros de Olano si les hubieran cogido.. ¿Te vas enterando? Garrigó es liberal, y además muy valiente, tan buen patriota como buen soldado. El pueblo le quiere; la tropa también. De lo que me cuentas y de lo que oí a mi señor suegro, saco esta conjetura, mejor dicho, dos conjeturas: o Garrigó ha sido mandado por Córdova a parlamentar con los insurrectos para ver de encontrar un término de avenencia y paces, o ha dado este paso por su propio impulso generoso, deseando facilitar a la Reina lo que la Reina estará deseando a estas horas: reconciliarse con la Nación.. A ver si recuerdas, hijo. ¿A lo que Garrigó decía contestaba la multitud con aclamaciones?

-A veces, sí; a veces, no.. Cuando entró ese señor en el Principal, el pueblo pidió que saliese al balcón.. pero no salía.

-No salía, y las turbas impacientes..

-Gritaban: «¡Qué desarmen a la Guardia Civil». Esto sí lo entendí bien.. Y yo también lo grité, sin más razón que oírlo a los demás.

-Perfectamente. Y al fin salió Garrigó al balcón.

-Sí, señor.. y parecía que queriendo decir una cosa, no podía decirla.. o que no sabía cómo contestar a los de fuera y a los de dentro.

-¿Los de fuera pedían el desarme de la Guardia Civil?

-Y gritábamos: «¡Mueran los asesinos!» Al Coronel no le entendí más que unas pocas palabras hablando de la Reina.

-Del bondadoso corazón de la Reina.. Y el pueblo, que es un buenazo, se ablandaba con esto.

-Se ablandaba un (p.6744) poquito, y después, otra vez con que se desarmara a la Guardia Civil..

-Naturalmente.. Puesto que la Reina es tan bondadosa, que mande a la Guardia Civil parar el fuego.. En fin, que Garrigó fue a la plaza de Santo Domingo a ordenar que cesaran las hostilidades. Y las masas tras él.. ¿no es eso?

-Tras él yo también, gritando, hasta quedarme ronco, todo lo que oía gritar a los demás.. Y como digo, pararon los tiros, y el señor Garrigó siguió luego hacia Palacio.. Puede que haya llevado a la Reina unas palabritas del paisanaje..

-De seguro habrá dicho a Su Majestad algo del bondadoso corazón del pueblo, y corazones frente a corazones, tendremos sensiblería, pucheros, abrazos, y tutti contenti. Esto podrá ser; pero no será; ni quiero yo estas blanduras ni estos abrazos, que son la pérfida componenda, el engaño recíproco, para vivir siempre en un régimen de mentiras. Nada de paces ni arreglitos, sino lucha, y que veamos practicadas las ideas elementales de Justicia y de Gobierno. ¿Me entiendes tú? A las sociedades les conviene volver de vez en cuando al salvajismo.. como ventilación, como saneamiento.. Vivimos una vida de artificios, que a la larga nos van cubriendo de polvo y telarañas.. Conviene barrer, ventilar, fumigar..

Recordando ahora, un poco lejos ya de aquel día y de aquellos sucesos, lo que entonces pensaba yo y decía, obligado me veo a reconocer que no me encontraba, el 18 de Julio, en la completa serenidad de juicio que normalmente disfruto. Las escenas trágicas de la noche del 17, el fulgor de las hogueras, mis ansias de belleza, el desarreglo estético, digámoslo así, que se inició en mí desde el regreso de Vicálvaro, habían turbado mi espíritu. Al escaparme de mi casa, escabulléndome con Rodrigo Ansúrez por calles poco frecuentadas, me sentí romántico: la leyenda, la poesía política, si así puede llamarse, me seducía y me rondaba. Érame grato no llevar la compañía de Sebo, cuyo prosaísmo me apestaba, y sí la del hojalatero artista, de ingenua sencillez en su trato. Pensaba yo que el muchacho podría extasiarme tocando en (p.6745) el violín la Tabla de los Derechos del hombre, o el Contrato social.. Camino de la plaza de Oriente, rodeando calles y travesías, díjele que le nombraba mi escudero, y que, no gustando yo de cosas comunes ni de términos trillados, le llamaba Ruy, nombre conciso y de sabor arcaico.

No nos fue posible llegarnos a la plaza de Oriente, defendida por todos sus approches como campamento atrincherado. Rodeando seguimos, y por la calle de la Escalinata y de Mesón de Paños nos subimos a la calle Mayor, donde la enorme aglomeración de gente dificultaba el tránsito; quisimos pasar a la plaza de San Miguel, y la ola humana que tratamos de atravesar nos arrastró hacia Platerías. No sé las veces que fui y vine a lo largo de la calle, no por mi voluntad, sino por traslación de la masa viviente a la cual pertenecíamos mi escudero y yo. Tan pronto me veía en la embocadura de la Puerta del Sol como en el arco de Boteros. En la plaza Mayor sonaba horroroso fuego. La Guardia Civil trataba de arrojar de ella a los amotinados.

La confianza se establece pronto entre las moléculas que componen la muchedumbre, por más que estas moléculas cambien de sitio a cada instante. Caras que yo veía próximas me sonreían, y bocas de aquellas desconocidas caras me dijeron: «En Palacio no se dan a partido.. No nos entendemos.. Dicen que pitos, y luego son flautas..». En la onda fluctuábamos cuando aparecieron tropas por la Puerta del Sol, con un General al frente. Oí que era Mata y Alós. Con dificultad se abría camino. Antes de que llegase a la calle de Coloreros, apareció por ésta el popular Garrigó con escolta de infantería y caballería. Se encararon uno y otro caudillo; hablaron.. Yo estaba lejos, nada pude oír. Mata siguió hacía los Consejos: sin duda iba a Palacio; el otro entró en la plaza. Observamos que cesaba el fuego. ¿Se entenderían al fin? ¿Traía Garrigó instrucciones de Palacio y nuevos arranques del bondadoso corazón de la Reina? Sin duda no traía nada decisivo, porque el fuego se reanudó.. Fue que la Guardia Civil, por orden del valiente Coronel de (p.6746) Farnesio, puso culatas arriba. El pueblo entonces se arrojó obre los guardias para quitarles las armas. Pero los guardias no son gente que a dos tirones se deja desarmar.. Otra vez el fuego, y algunos paisanos mandados al otro mundo.

Yo no presencié estos incidentes. Oí los tiros, y vi los heridos y muertos un rato después. Terminó la reyerta retirándose Garrigó con la Guardia Civil, y penetrando impetuosamente en la plaza por sus diferentes boquetes, el mar, el pueblo.. En aquel mar iba yo con mi leal escudero, cuya vista de lince descubrió al instante rostros conocidos, y me dijo: «Vea, señor: allí, entre aquellos que manotean, está el valiente.. mírelo.. Don Bartolomé Gracián, en mangas de camisa, sin sombrero.. Arma no lleva, si no es que la esconde.

 

Ep-34-XXV -

Corrí tras del hombre que en aquella ocasión a mis ojos tomaba proporciones de figura heroica, tribuno y caudillo de la plebe; pero las oscilaciones del gentío le alejaban de mí cuando ya creía tenerle al alcance de mi mano. Yo gritaba: «¡Gracián, Gracián!» Se perdía mi voz en el bramido estentóreo del viento y la mar, que esto era el pueblo, océano revuelto y aires desencadenados.. Por fin, pude cogerle en el arco de la calle de Atocha, y hablamos brevemente, pues no había lugar de largas conversaciones. «¿Quiere usted armas? -me dijo-. ¿Se batirá usted con nosotros y por nosotros?

-Los hombres que se lanzan con tanto valor y entereza a una lucha desigual contra la burocracia y el militarismo, tienen todas mis simpatías. Pero yo no soy de armas tomar; no sirvo para esto.. Vengo de curioso..

-De cronista quizás.

-Algo también de cronista. Quiero ver el atleta desnudo, inerme, luchando con su hermano, el otro atleta, vestido de todas armas, pueblo contra ejército, que es dos formas de pueblo la una frente a la otra. Entiendo, querido Gracián, que no hay ni puede haber en el siglo que corremos espectáculo más hermoso que este pugilato entre dos hijos de una misma madre: el hijo soldado, el hijo paisano.. Dos gladiadores y una sola espada.

-Me parece que el (p.6747) gladiador desnudo llevará la ventaja. Ahora tenemos que ajustarle las cuentas a este asesino de Gándara, que sube de Atocha con Artillería de montaña, Ingenieros, Guardia Civil de a caballo, y la bendición del Patriarca de las Indias.. Allá vamos. En la plaza de Antón Martín se verá quién es más guapo, si él o yo.. Tengo antojo de merendarme a ese Gándara con toda su fachenda.. Ya sabe él que estoy aquí; ya sabe que a estos pobres borregos los hago yo leones, y que con ellos y conmigo no se juega.. No digo que no sea valiente.. le conozco; nos conocemos: juntos peleamos el 48.. Viniendo contra mí, crea usted que no viene tranquilo.. En fin, ya nos veremos luego, y le contaré a usted nuestras hazañas para que las escriba».

Siguió por la calle de Atocha, precedido y seguido de una turba de aspecto feroz, armada con variedad de instrumentos mortíferos, obediente al jefe, a él sujeta por una disciplina improvisada, mezcla de respeto, de entusiasmo a estilo militar, y de terror a usanza de bandidos. Pareciome el valor de Gracián como un producto de la arrogancia histriónica y farandulera. Era valiente por el aplauso, y acometía y realizaba sus hazañas para que le viera el público. Su heroísmo era orgullo con guirindolas y cascabeles; se había imaginado el tipo del héroe popular, y como gran artista, encarnaba admirablemente el papel que para sí mismo había compuesto.

Volvimos mi escudero y yo a la Plaza, donde tuvimos poco tiempo de tranquilidad. Por la calle Mayor aparecieron tropas con intento de ocupar la Plaza, y el paisanaje corrió a cortarles el paso por los portales de Bringas y por los tres ingresos que dan a Platerías. El tiroteo arreció en pocos minutos. Adquirieron ventaja los paisanos por la ocupación previa de las casas. Mientras unos, parapetados en los porches, abrasaban a los soldados, otros, desde los altos pisos y desvanes, les dañaban horrorosamente con auxilio del vecindario: mujeres y chicos arrojaban sobre la cabeza del gladiador armado, tiestos, tejas, agua caliente y otras materias. El gladiador desnudo (p.6748) se defendía con todos los proyectiles que pudieran suplir la corta eficacia de su armamento. No creyéndonos seguros de un balazo en ninguna de las galerías de la Plaza, emprendimos nuestra retirada por la calle de Botoneras. Vimos un portal que se abría para dar paso a un hombre; descubrí en éste a un antiguo conocimiento mío, Sotero Trujillo, el esposo de la pobre Antoñita, que acabó sus tristes días el 48, en un segundo piso de la cercana Plaza: agraciome el tal con un fino saludo; invitome a guarecerme en su domicilio, desde donde podía ver la función sin riesgo; acepté, subimos.

Escalones arriba, me contó Sotero que había contraído segundas nupcias con una viuda, la cual con suave dominación le había curado de su vagancia y borracheras; que su mujer era sastra de curas y ganaba buen dinero, y él, por influencias de ella, había conseguido un empleíto en la expendeduría de las Bulas.. Tiempo hubo de que me contara esto y algo más, por ser la escalera larguísima.. Llegamos por fin al término de la ascensión.. Sotero me presentó a su cara mitad, que es fea, gorda, tuerta; no tiene pescuezo, el seno casi se toca con la barbilla, y los hombros se dejan acariciar por los pendientes de filigrana que cuelgan de sus orejas. La sala en que nos recibieron, y que estaba llena de viejas de la vecindad espantadas de los tiros, era taller de sastrería eclesiástica, y no se veían allí más que sotanas y manteos en corte o en hilván, roquetes y sobrepellices, y algún modelo de bonete colocado sobre una cabeza de sacerdote de cartón. En la pared vi retratos de diferentes Papas, Vírgenes del Sagrario, de la Cinta, de la O, de la Fuencisla, de la Valvanera, y el escudo de la Santa Cruzada junto a un cuadro de mesa revuelta, que fue la especialidad de Sotero en sus floridos tiempos de dibujante.

Con remilgos de finura me hizo los honores de su casa la esposa de Trujillo, no sin decirme que ella es de la familia de los Samaniegos, oriundos de Mena, muy señores míos, y hablamos de aquella cruel guerra en las calles, que no había de traer más que desolación, hambre, (p.6749) irreligiosidad y, por fin, ateísmo.. No pudimos extendernos en este coloquio, porque Sotero nos invitó a salir al tejado por un buhardillón, para ver desde lo alto la tremenda lucha entre los dos hermanos, según Gracián: el gladiador vestido y el gladiador desnudo. Yo, que no deseaba otra cosa, acepté la invitación de Sotero, sin hacer caso de los arrumacos de susto con que quiso retenernos la señora; subimos por empinadas escaleras, salimos a un ventanón de donde se veía toda la Plaza.. El espectáculo era desde arriba muy interesante, no exento de peligro, pues bien podían algunas balas subir más alto que la intención de los que disparaban. Los paisanos defendían las entradas de Boteros y Amargura, el callejón del Infierno y los portales de Bringas; desde los techos de la Casa-Panadería y casas próximas hacían fuego contra la calle Mayor..

Como el estado singular de mi espíritu ante la revolución visible solía distraer mi atención, apartándola de los objetos de mayor importancia para fijarla en los accesorios e insignificantes, me entretuve un momento, y aun dos momentos, en mirar los gatos que en aquellos irregulares y viejísimos tejados tienen su habitual residencia. Andaban los animales de un lado para otro, paseando su turbación, y excitados por el fuego.. Contagiados por el ejemplo de los hombres, unos a otros se desafiaban con furiosos mayidos, y no lejos de mí, en un tejadillo que vierte a la calle Imperial, dos de atigrada piel vinieron a las uñas, y se sacudían y arañaban de firme como encarnizados enemigos. Probablemente se peleaban por dar gusto a la garra, y desconocían el motivo y fin de sus querellas. Observé asimismo que no se veían gorriones ni palomas por aquellos aires. Los tiros ahuyentaban a todos los pájaros que merodean en la zona urbana. Las golondrinas, menos asustadizas de la pólvora, no se habían perdido de vista, y volaban, trazando grandes círculos, en tomo a la mole de San Isidro o sobre el copete de San Justo.

De estas observaciones me apartó Ruy, llamándome a que mirara lo que en la (p.6750) Plaza ocurría: «Señor, mire hacia abajo. ¿Ve aquellos dos hombres que cargan un herido, uno le coge por los pies, otro por los sobacos?

-Sí les veo.. y paréceme que no es herido, sino muerto el que traen.. Lo tiran en el suelo, como si fuera un saco, al pie del caballo de bronce..

-Muerto parece. De los dos que lo han traído y que ahora vuelven hacia los portales, fíjese en el que va delante, que lleva un gorro colorado.. Es mi hermano Leoncio».

Desde las alturas no pude ver del hombre que yo había conocido por Ley, y ahora es Leoncio, más que la gallarda estatura, el andar resuelto, y el encarnado turbante o pañuelo que ceñía su cabeza.

«Si esto se acaba y podemos andar por el suelo sin peligro -dije a mi escudero-, hemos de buscarle y echar un párrafo con él».

El tiroteo era ya menos vivo. Los defensores de Boteros se retiraron al centro de la Plaza. Vimos uniformes que avanzaban. Parapetados tras el pedestal de Felipe III, aún defendían la Plaza los más tenaces. Heridos había muchos; muertos, no pocos. Un hombre de aspecto agitanado yacía junto a un farol, el cráneo deshecho, el calañés a media vara de distancia, y arrimados a la Casa-Panadería, tres hombres tumbados, que más parecían borrachos que muertos: eran cadáveres de héroes bebidos, que habían peleado enardeciendo su patriotismo con el aguardiente. Mujeres vimos recogiendo heridos y metiéndoles en una tienda de vaciador y en la zapatería de Arnáiz.. La ventaja de la tropa se manifestaba bien a las claras y crecía por momentos. Al fin el pueblo se retiró a la calle de Toledo, y los soldados ocuparon la Plaza.

Admirable punto de defensa era para el gladiador desnudo el arranque estrecho de la calle de Toledo, entre gruesos porches que le servían de amparo. Allí y en la calle de Botoneras se entabló de nuevo el combate, que no fue de larga duración, porque al gladiador armado le llegó refuerzo por la Concepción Jerónima. El paisanaje se dispersó, filtrándose por los edificios. En tanto, la tropa no podía estacionarse, por no ser suficiente para guarnecer y fortificar todos los (p.6751) lugares estratégicos. Su misión era despejar la extensa línea entre Palacio y Atocha para impedir que en los puntos principales de ella se fortificase la insurrección, y contener a ésta en los barrios del Sur, impidiéndole la comunicación fácil con las zonas del Barquillo y Maravillas, donde también había, por lo que después me contaron, tiroteo gordo. Despejada la plaza Mayor, la tropa siguió hacia la de San Miguel y calles de Milaneses y Santiago. Otras secciones recorrían la línea desde la plaza del Progreso hasta San Francisco.

En tanto, la más tremenda lucha de aquel día se empeñaba en la plazuela de Antón Martín, primero; después, en la del Ángel, entre el bravo Gándara y el paisanaje dirigido por el temerario Gracián y otros tales, no menos arriscados y feroces. Desde la atalaya en que nos habíamos subido, oíamos el estruendo de fusilería y cañones, y veíamos la humareda que el viento empujaba hacia el Oeste, arremolinándola en torno a la torre de Santa Cruz. Observando esto, dijimos que la torre se ponía mantilla. Si el humo nos daba idea de un terrible combate, no era menos pavoroso el efecto de los tiros. Creyérase que todo aquel núcleo de casas, entre la Trinidad y la Imprenta Nacional, entre Santa Cruz y las Niñas de Loreto, se resquebrajaba, y que a pedazos caían paredes y techumbres. La pelea se iba corriendo hacia el Este. Ya el humo no parecía tan amigo de la torre de Santa Cruz, y acariciaba la de San Sebastián. La artillería tronaba por la calle de Atocha..

A todas éstas, el reloj de la Casa-Panadería, que, por encima de la rabia y el delirio de los hombres, seguía fiel a su obligación, nos dijo que eran las cuatro; nos recordó que no habíamos almorzado ni comido, y el hambre nos advirtió que debíamos dar algún lastre a nuestros pobres cuerpos suspendidos en el aire. Discurriendo estábamos el modo y ocasión de comer algo, cuando el amigo Sotero subió a invitarnos en nombre de su señora. Aceptamos con gratitud, y la propia sastra nos sirvió unas malas sopas que sabían a sebo; una fritanga (p.6752) de mollejas, queso, vino y pan de picos, duro de cuatro días. Con ser tan malo el comistraje, nos supo a gloria, y reparamos las fuerzas del gran sofoco de estar todo el día sobre tejas, mirando a los hombres matarse de tejas abajo. Muy agradecidos a las amabilidades de Sotero y su esposa, abandonamos nuestra torre-atalaya; descendimos, y en la calle Imperial nos echamos a la cara un montón de muertos que había arrimado a la pared, en la rinconada del Fiel Contraste. No se llevó flojo susto mi buen Ruy, porque, viendo entre los cadáveres uno con trapos rojos en la cabeza, liados al modo de turbante, creyó por un momento que era Leoncio; mas, examinado de cerca el pobre difunto, nos tranquilizamos, y para mayor seguridad los miramos todos, pues en lo más bajo del montón vi asomar unos pies que me parecieron los del gran Sebo. Tampoco estaba Sebo entre aquellos mártires políticos, cosa natural en quien siempre tuvo por vocación lo contrario del sacrificio por una bandería pequeña o por una idea grande.

«Ya parecerá -dije a mi escudero-, debajo de alguna mesa, o embutido dentro de un armario donde los masones guarden los trastos y chirimbolos de sus ritos.. Y entre tanto, Ruysillo, hazme el favor de guiarme hacia donde yo pueda ver y saludar a los queridísimos salvajes Mita y Ley».

Aprovechando el despejo de las calles de Toledo y Latoneros, Ruy me llevó a la de Cuchilleros, diciéndome: «Antes de llegarnos a la cangrejería, donde me parece que no encontraremos a nadie, entremos en el establecimiento del señor Erasmo..». Siguiéndole, miraba yo los rótulos de las estrechas tiendas y pobrísimas industrias de aquel rincón de Madrid. Vi taller de estañero, con muestrario de jeringas; vi tienda de albayalde y ocre; vi albardero y jalmero, cestero, jaulero.. Por fin, dijo Ruy: «aquí es»; y por la entornada puerta nos colamos en el local angosto de una tienda que tiene por muestra: Obleas, lacre y fósforos.

 

Ep-34-XXVI -

Vi un taller parecido a los laboratorios de nigromantes o brujos que aparecen en las comedias de magia, calderos y (p.6753) vasos de extraña forma, hornillas, telarañas, y una pátina de polvo y mugre sobre paredes y techo; el suelo de tierra, apelmazado y endurecido por las pisadas. Suspenso el trabajo, sin fuego los hornos, volcados los calderos, todo revelaba pobreza y el mísero rendimiento de las industrias que viven un día sí y otro no, conforme a la desigual demanda de consumidores. Verdad que aquellas modestísimas artes se relacionan con otras artes o granjerías de alguna importancia: las obleas son hermanas de las hostias; el lacre tiene algo que ver con los barnices, y los fósforos con la pirotecnia. Por esto había surtido de carretillas de pólvora para jugar los chicos; pasta para pegar cristalería y porcelanas rotas, y diversas materias malolientes, en frascos y pucheros, solidificadas al enfriarse; cola, pez, trementina, ingredientes tintóreos y mixturas de todos los diablos.. Me detuve a contemplar aquella miseria, y a considerar los esfuerzos que representa, titánicos, pero ineficaces para obtener un pedazo de pan. ¡Lo que luchan y se afanan estas clases inferiores de la industria para sostener una existencia mezquina sin esperanzas de mejora! Y los infelices que en aquel taller echan diariamente el quilo, estarían seguramente en las calles haciendo fuego contra el poder establecido, y presentando su pecho a las balas y a las bayonetas del Ejército.

A mis preguntas sobre este particular, contestó Ruy que era dueño del titulado establecimiento un pobre hombre, que había gastado su vida en aquellos trajines. Un hijo le quedaba, de los tres que tuvo, y ambos eran tan furibundos patriotas como cuitados menestrales, que empleaban toda su fuerza física y moral en la conquista de unas sopas, y éstas, ¡ay!, no se lograban todos los días. Representaban allí el patriotismo dos estampas: una, de Espartero a caballo; de Martín Zurbano la otra, en el acto de ponerle la venda para fusilarle. Yo no las había visto: estaban adheridas con engrudo a la pared, y del humo y la mugre apenas se conocían las figuras. Díjome Ruy que ambos, hijo y padre, tienen la (p.6754) monomanía de las revueltas, y son los primeros en echarse a la calle en días de motín, y que apetecen los puestos de mayor peligro. ¿Y por qué lucha esta gente? Por ésta o la otra Constitución que no conocen, por derechos vagos que no entienden, o por idolatría fetichista de hombres y principios, cuyas ventajas en la práctica no han de disfrutar jamás. De fijo que si esta revolución triunfa y tenemos Milicia Nacional sobre sólidas bases, como dice el programa de Manzanares, estos dos hombres, Erasmo Gamoneda y su hijo Tiburcio, serán los primeros que se gasten cuanto tienen para endilgarse el uniforme y salir a pintarla militarmente en procesiones y paradas. Y con esto se quedarán muy satisfechos, sin reparar que siguen y seguirán tan pobres como antes, y que irán al sepulcro sin que conozcan ni aun parte mínima del bienestar posible dentro de los humanos. ¡Inocentes y generosos hombres! De veras les admiro.

-Señor -me dijo Ruy-, espérese aquí un poquito, mientras yo subo a ver si está Virginia.. Ella no bajará, ni le mandará subir a usted sin saber quién la visita, porque no se le pasa el miedo de la policía ni aun con estas trifulcas. Siempre está con cuidado. Se viene acá, porque los Gamónedas, primos de mi padre, son gente de toda confianza que en ningún caso la venderían».

Desapareció Ruy por una escalera empinadísima, angosta como de dos tercias, con los peldaños de fábrica, gastados. Empezaba en un pasillo, al fondo del taller, y no se le veía el fin.. Yo no quitaba mis ojos de los peldaños más altos, últimos para el que subiera, primeros para el que bajase, y no tardé en ver unos pies de mujer, una falda azul.. Pies y falda se pararon cuando sólo estaba visible menos de la mitad inferior del cuerpo. Yo me agaché para ver algo más.. La media figura seguía inmóvil. «¿Será Mita?», me decía yo. Salí de dudas cuando ella, doblándose por la cintura, me mostró su cabeza ladeada al nivel del techo del taller.. Con una exclamación de júbilo avancé hacia la escalera, y ella gritó: «Pepe, Pepillo, pero ¿eres tú de veras?» Bajó dos (p.6755) escalones y me alargó su mano para darme apoyo y guía en aquella subida gimnástica.. Sin soltarme de la mano, me llevó a un aposento de bajo techo, pobrísimo, lleno de estrafalarios objetos, herramientas y cacharros. En el fondo obscuro, una mujer de mediana edad, sentada cerca de un anafre, cuidaba de los pucheros puestos a la lumbre. Era la dueña de la casa.. Después de presentarme, Virginia me acercó una silla de paja desfondada, y en otra se sentó ella. «Me parece mentira que nos vemos, que me ves tú -fue lo primero que ella dijo en cuanto nos sentamos-. ¿Sabes, Pepe, que por primera vez, en mi vida de salvajismo, siento.. no sé cómo lo diga.. vamos, que me da vergüenza de que me veas en esta facha?»

La tranquilicé, mirándola bien y apreciando con rápido examen toda su persona, de pies a cabeza. Entiendo que está más bella de salvaje que lo estuvo de señorita y señora, y que los efectos del sol y el aire superan a cuantos cosméticos inventa la industria del tocador. No obstante, se advierte en su rostro la fatiga del trabajo duro, que acabará por deteriorar su belleza si no le depara Dios un vivir reposado. Entre la Virginia de Madrid y la Mita de los bosques, entre la damisela frívola y la dríada correntona, ha puesto la Naturaleza sus mayores distancias elementales. Es ya otra mujer: figura, modales, expresión, y hasta la voz, han cambiado; conserva la gracia y el ingenio. Hablando con ella largo rato, pude advertir que sobre sus facultades brilla hoy un sol nuevo que todo lo ilumina, la razón, antes apenas perceptible, como un resplandor de aurora entre brumas. Noto que se han desmejorado extraordinariamente las manos, antes blancas, finísimas, de perfecta forma, hoy ásperas, coloradotas; los dedos, que fueron los más bellos instrumentos de la holgazanería, son hoy duros, acerados, con lóbulos que marcan la deformación de los huesos, por causa de la ruda faena de lavar ropa en agua muy fría.. En su vida silvestre ha sabido Mita conservar la limpieza y corrección de su dentadura; su peinado no es del estilo de (p.6756) pueblo, con moñitos y picaporte, ni tampoco el que en Madrid se usa, sino más bien un estilo propio suyo, sencillo y airoso; el calzado muy tosco, y bastante usadito, disimula la pequeñez y buena forma de sus pies. En su ropa, de todo hay: remiendos, agregados, telas que lucieron en Madrid, y otras que proceden del mercado de Bustarviejo, así como el corte del cuerpo denuncia los figurines de Miraflores de la Sierra.

Las primeras expresiones de Mita fueron para sus padres, dulce recuerdo acompañado de la indispensable ofrenda de lágrimas. Como yo hablase de posible reconciliación, con el solo objeto de sondar su ánimo, me dijo: «Pensar en eso es locura, Pepe. Para volver a llamarme hija, mis padres me pedirán que deshaga yo todo lo hecho desde mi fuga, y que me ponga el capisayo de un arrepentimiento que me parece tan absurdo como si el sol saliera por Poniente. ¡Arrepentirme yo de lo único bueno que he sabido hacer en mi vida! Esto no lo verá mi familia.. Por encima de mi familia está Ley y el amor que le tengo. Los padres son padres, y una les quiere porque a ellos debe la vida; pero sobre todos los amores está el del hombre que será padre de los hijos que una tenga.. ¿No lo ha establecido así el mismo Dios?.. El amor entre hombre y mujer ha de mirar más a lo que ha de venir que a lo que pasó. ¿Me das en esto la razón?

-Te la doy, hija.. Pero es lástima que por algún medio no puedas consolar a tus padres de la tristeza en que viven.

-Pues busca tú ese medio, Pepe; búscalo con ayuda de los Cuatro Evangelistas, de los Siete Sabios de Grecia y de las Nueve Musas; porque yo he pensado mucho en ello, y no veo de dónde puede venir ese consuelo, que deseo más que nadie. Que maten al que se llamó mi marido por la Iglesia, o que reformen todo ese catafalco de la Religión y la Sociedad.. A ver, a ver.. vengan esos guapos reformadores y consoladores. Yo, dispuesta estoy a todo.. a todo lo que quieran, de Ley para abajo.. porque lo que es sin Ley, siendo Ley menos que el mundo entero, que no me hablen a mí de (p.6757) arreglitos..».

Por giro natural, la conversación fue a parar a su hermana. «Sácame de dudas, hombre -me dijo-. ¿Es dichosa Valeria? ¿Está contenta de su marido? En Valeria pienso cuando me sobra algún rato del tiempo que tengo que consagrar a mis cosas.. y no sé por qué se me figura que mi hermana no es feliz.. Siempre tuve a Rogelio por un tarambana; sería milagro que, por la sola virtud de las bendiciones de un cura, se volviera listo y bueno el que de soltero no inventó la pólvora, ni supo hacer nada con sentido.. No, no me digas que mi hermana es dichosa, porque no lo creeré.. Sospecho que se aburre, que se distrae recibiendo y pagando visitas, y asistiendo a todos los teatros.. A no ser que le dé por matar el fastidio en las iglesias, comiéndose los santos.. Si es así, de veras la compadezco».

Respondile que yo también dudo de la felicidad matrimonial de Valeria, y que ésta no tiene el mal gusto de distraer sus ocios en devociones insustanciales, entre clérigos y beatas. La señora de Navascués, desatendida por su esposo, busca en los trapos elegantes y en los muebles de lujo y novedad el regocijo de su alma. Mimada por sus padres, Valeria es protectora de los que se dedican a la importación de telas suntuarias y de tapicería y ornamento de casas nobles. No hace muchos días me dijo: «¿Cuándo volverá Rogelio? No quiero estar sola: le aguardo y le tiemblo.. todo me lo estropea. ¡Es tan bruto!.. En cuanto entra en casa, se tumba en los sillones de la sala, forrados de terciopelo, y allí echa sus siestas.. como si mis sillones fueran camastros de campaña. Por más que le riño, no hace caso. Las colchas de seda, que cubren las camas durante el día, y otras cosas que son de puro adorno, no le merecen ningún respeto. A lo mejor se quita las espuelas y las pone en el platillo de ágata que tengo en la chimenea de mi gabinete; las alfombras las trata como si fuesen esteras; entra con las botas llenas de barro y todo me lo deja perdido.. La mantelería fina la he retirado del uso diario, porque.. parece que lo hace adrede.. siempre que come en (p.6758) casa, derrama el vino y hace mil porquerías.. En fin, que es muy bestia.. no se hace cargo de mis afanes para tener la casa tan bien adornada y tan decentita».

Todo esto le conté a Virginia para que se enterara del estado psicológico de su hermana. Me oyó con interés, mostrando sorpresa, disgusto.. después se distrajo, haciendo menos caso de mí que de su propia inquietud y sobresalto por la tardanza de Ley. «¿Qué te pasa, hija?.. ¿Esperas a tu hombre?.. ¿Temes por él?

-Siempre temo, Pepe, y no puedo estar tranquila -dijo Mita mirando a la calle por un ventanucho no mayor que su cabeza-. Tengo una fe ciega en que Dios ha de guardar a Ley y librármele de todo daño; pero la fe es una cosa y el temor es otra. No estoy tranquila, y las horas que pasa en esas calles, disparando sus armas, se me han hecho siglos..

-Si tienes fe, no temas.. Yo le he visto, serían las cuatro.. Estaba en la plaza Mayor recogiendo heridos..

Rodrigo corroboró este informe; pero Mita, sin acabar de tranquilizarse, mandó al hojalatero que se diese una vuelta por la plaza Mayor y calle Imperial. Luego seguimos hablando de Valeria y de Navascués, y contesté como pude al sin fin de preguntas que me hizo acerca de ellos y de los Rementerías, hijo y padre, sin ocultar el desprecio que estos le merecen. De los míos también hablamos. Tanto se interesó Virginia por María Ignacia y por mi niño, que hube de referirle las gracias de éste, y hacer cuenta de los dientes que le han salido.

«Sácanos de una duda, Virginia. Ni mi mujer ni yo hemos podido desentrañar el significado de tu nombre salvaje. ¿Qué quiere decir Mita?

-Tonto, el amor tiene lengua de niño para abreviar los nombres. Al declaramos libres, quisimos olvidamos hasta de cómo nos llamábamos.. Él me decía Mujercita.. y quitando letras y letras, vino a parar en Mita.. Yo, sin saber cómo, convertí el Leoncio en Ley.. Los salvajes, ya lo sabes, cuando no tienen otra cosa que comer, se comen las sílabas..

En esto llegó Rodrigo diciendo que detrás de él venían su tío Gamoneda y su primo Tiburcio.. A Leoncio nada (p.6759) le pasaba. Entró un momento en casa de su hermana Lucila.. Pronto llegaría. Tranquilizadas Virginia y la otra mujer, activaron la comida que hacían en el anafre, y pusieron la mesa. Entraron el Erasmo y su hijo, satisfechos, alabándose de su ardimiento, y de haber causado a la tropa el mayor daño posible. Por la noche tendríamos barricadas. Hijo y padre eran hombres de talla menos que mediana, desmedrados, paliduchos. El tizne de sus rostros y el desgaire de su ropa derrotada amedrentaría a cualquiera que se les encontrase de noche en un camino solitario. Arrimaron sus escopetas a la pared y vinieron a saludarme, a punto que Mita les decía mi nombre y mi antiguo conocimiento con su familia. Hablamos de la revolución, y de lo que vendría o debía venir. «Para mí -dijo el fabricante de obleas y lacre-, la partida está ganada. La Reina no tendrá más remedio que llamar a la gobernación a los hombres del Progreso, y lo primero que pongan será la Milicia Nacional.. Con Milicia no puede haber polaquismo, ni pillería, ni chanchullos. Ya estaremos al tanto para llevar al gobierno por buen camino.. y todo marchará como Dios manda, y habrá pan para las clases.. ¡Abajo el monopolio!» De estas y otras frases que luego echó de su boca tiznada, colegí su inocente optimismo. Pensaba que con el establecimiento de la Milicia Nacional se venderían más obleas, más lacre y más fósforos.

Alguien subía la escalera silbando, canturriando. Con decir que desalada corrió Mita a su encuentro, se dice que era Leoncio el que subía.

 

Ep-34-XXVII -

No sé cuántos de Julio.- Leoncio era: su alegre rostro, su gallarda soltura me cautivaron desde que entrar le vi, reconociendo en él un hermoso ejemplar de la raza de Ansúrez. Su varonil belleza respiraba salud, fuerza, y un perfecto equilibrio de los dos elementos que nos componen, el animal y el hombre. «Éste es Ley -dijo Mita haciendo las presentaciones con una sencillez encantadora, su mano en la mano de él-. Ley, aquí tienes a nuestro amigo Pepe, que, aunque nada me ha (p.6760) dicho todavía, nos protegerá, ¡vaya si nos protegerá!.. en la cara se lo conozco. Es un buenazo, y como nosotros, tiene ideas libres». Con cierto embarazo me saludó Leoncio. Yo le animé con mi afabilidad sincera, y él se arrancó a decirme: «Don José, puede creerme que, antes de conocerle, yo le quería, por lo que mi Mita me contaba de usted.. Muchas tardes, muchas noches hemos hablado de usted largamente, calculando lo que el señor haría por nosotros si nos viéramos entre las garras de la curia, por el aquel de casarnos por nosotros mismos.

-Sí haré, sí haré -dije yo con efusión de simpatía. Y él prosiguió repitiendo el último concepto: «Casarnos por nosotros mismos, y echarnos las bendiciones.. Perdone el señor don José que hable tan a lo bruto, y que no sepa decir los verdaderos nombres de cada cosa.. Poca instrucción tuvo un servidor.. y luego, como hemos vivido Mita y un servidor tan a lo salvaje, se nos iba marchando de la memoria todo el vocablo fino.. No gastábamos más que las palabras precisas para entendernos.. y cada día.. nos entendíamos con menos palabras.

Le hice sentar a mi lado. Mita no se sentó, porque la reclamaba el trajín de la próxima comida. Iba y venía, moviéndose graciosamente, desde la mesilla en que ponían los platos, sin mantel, y el rincón en que Leoncio y yo estábamos. Sintiéndome poseído de inmensa piedad hacia los que ya miraba como amigos de mi predilección, casados a contrafuero, burladores de toda ley, les aseguré que yo les protegería contra viento y marea. Prometí yo lo que quizás no podría cumplir, sin desconocer las dificultades del asunto. Pero en España todo se puede, aquí donde lo provisional es eterno, donde lo ilegal se legaliza, y no hay montes que no se muevan con el influjo personal y las recomendaciones.. Hablando luego de las enconadas luchas de aquel día, Leoncio me contó que tenía muchas ganas de andar a tiros con los del gobierno, y sólo para desahogar su apetito y dar gusto al dedo había venido a Madrid con Mita. Se alabó de ser un buen tirador, y de conocer a la perfección (p.6761) el mecanismo de las armas de fuego. «Vea usted esta pistola -me dijo mostrando la que con la escopeta había dejado al entrar-. Es un arma de nuevo sistema, y casi desconocida en Madrid. La inventó un norteamericano, un Mister Colt.. se llama pistola giratoria.. también la llaman revólver.. El armero ése del 10 de la calle Mayor la tiene de venta. Pero aquí, como no saben manejarla, los pocos que la han comprado, la descomponen a los primeros tiros. Ésta me la dio un amigo como cosa que no servía para nada. Yo la examiné, y en el taller de Rosendo, en esta misma calle, la puse como nueva.. Vea usted, se carga de una vez para seis tiros..

Cuidado, Leoncio, no se escape una bala y me deje en el sitio..

-Está descargada: no tema usted. Pues hoy la estrené en los portales de Bringas con un resultado magnífico. Arrimado a un pilarote de aquéllos, me harté de apuntar a mi gusto: no perdía ni un tiro.. Crea usted que con la rabia que les tengo a los que mangonean en la Nación, se me afinaba la puntería. Yo me hacía cuenta de que por cada bala que yo mandaba, había en la otra banda un enemigo nuestro que caía patas arriba. «Pim.. ésta para el suegro de Mita.. Pim: ésta para el cura que casó a Mita.. ésta para su tía Cristeta.. Pim, pim: éstas para los padrinos de su boda.. ésta para los que duden que Mita es mi mujer..

-Y con todo ese furor, amigo mío, y eso de mandar las balas con sobrescrito como si fueran cartas, lo que ha hecho usted es matar a unos cuantos soldados inocentes..

-No sé, no sé a quién he matado: También pudieron ellos matarme a mí.. Yo tiro contra los del Gobierno, y caiga el que caiga. Esto son las guerras.. Y si por matar yo a muchos de allá, viene un gobierno que ponga las cosas en su punto, permitiendo que los mal casados se descasen, y que todo se ordene como es debido, y los pobres puedan respirar, unas cuantas vidas nada significan».

Pusiéronse a comer, no sin invitarme cada uno por sí, y en coro. Por causa de las porquerías que metí en el buche en la casa de Sotero, no tenía yo ni asomos de apetito. Si lo tuviera, (p.6762) seguramente habría participado de la pitanza de aquella pobre gente. No cabían ellos en la mesa angosta, y Rodrigo y su hermano comían de pie, cogiendo los dos del plato de Mita lo que llevaban a las bocas con la cuchara o el tenedor de peltre. «Aunque tuvieras ganas -me dijo Mita-, no podrías comer en tanta pobreza. Este guisado que nos sabe tan rico, a ti te repugnará, como las herramientas con que comemos». Y al decir esto, volviéndose en la silla, y mostrándome la feísima cuchara, el movimiento de sus hombros y de la cabeza desdecía del salvajismo pobre, pues fue movimiento de gran señora. Yo me excusé. Bebí el vino con sabor a pez que me ofreció Leoncio, y comí unas almendras con que graciosamente me obsequió Mita. Esto y pasta de higos era el único postre. Comiendo con voracidad, Erasmo Gamoneda explanaba teorías de gobierno, y profetizaba los próximos acontecimientos políticos. «Si ganamos, vendrá un gobierno de hombres del pueblo, pudientes, y lo primero que hagan será decirnos a todos que nos armemos. Milicia Nacional al canto, y ¡ay del gobernante que no ande derecho! Ladrocinio y agios no consentimos. Mucho ojo, caballeros, que aquí está el pueblo armado para vigilar, para deciros si vais mal o vais bien. Y que tendremos de todo: Infantería, Caballería, Artillería.. Yo seré de Artillería, como la otra vez, por lo que sé de polvorista y de bombista.. pues de todo habrá. Ingenieros también, y Ambulancias, y hasta nuestro poquito de Clero castrense.. Conque, mucho ojo, caballeros».

Tiburcio Gamoneda, que se había fogueado en diferentes puntos de Madrid, nos contó que si terribles fueron los combates de las plazas del Ángel y Antón Martín, donde Bartolomé Gracián con sus valientes le quitó los moños al fantasioso de Gándara, también se habían machacado las liendres paisanaje y tropa, allá en el tras de la Universidad, plazuela de los Mostenses y calle del Álamo.. Pues en la parroquia de Santiago y en toda la caída de calles que bajan a la plaza de Oriente, la tremolina fue (p.6763) superior, con una de tiros que daba gloria oírlo, más de cuatro muertos en las calles, y uno en un balcón, con medio cuerpo fuera.. Entraron dos vecinos, el estañero del número inmediato, fabricante de jeringas y otros objetos, y un cacharrero de Puerta Cerrada, tratante y expendedor de sanguijuelas. Venían ya preparados para las faenas de la noche, con escopeta en mano y pistola en cinto. Dijeron que las tropas liberticidas no se atrevían a salir de sus posiciones. Por la noche, Madrid se cubriría de barricadas. Un día más de constancia y valor, y la masa patriótica, dueña del campo ya, podrá escoger gobernantes a su gusto. Ya se decía que la Reina quería entenderse con el pueblo, y formar un Ministerio de plebeyos ilustrados; pero que no la dejaban. Los verdugos de la Libertad y los secuaces de la Reacción tenían a Su Majestad con las manos atadas, como quien dice, y armaban mil enredos para quitarle la buena voluntad.

Sentí lástima de aquella pobre gente, y también admiración muy viva, pues desde la hondura de su vida miserable se lanzaban impávidos a la conquista de una España nueva. Cuanto tenían, las vidas inclusive, lo sacrificaban por aquel ideal de pura soñación, y por un programa de Gobierno que no habrían podido puntualizar, si fueran llamados a realizarlo. Y después de pasarse largos días y noches en tan peligrosas andanzas, volvería cada cual a sus obligaciones. El uno seguiría fabricando obleas y lacre; el otro, jeringas, y el tercero vendiendo sanguijuelas, para ganar un triste cocido y vivir estrechamente entre afanes y miserias. Todo lo soñaban, menos llegar a ser ricos, o al menos, vivir con desahogo. ¡A luchar y a pelearse por un principio fantástico, vagaroso, como las formas de hombres y animales que se dibujan en las nubes! ¡Y luego volver al trabajo, a las privaciones, a la insignificancia! ¿Cómo no admirarles si, en medio de su ruda ignorancia, advierto en ellos una elevación moral que en mí propio y en los de mi clase no veo, no puedo ver, por más que la busco?

Esto, con más concisa palabra, dije a Mita, mientras los hombres, (p.6764) en grupo aparte, hablaban de su plan defensivo. «Yo no entiendo de esas cosas -respondió la salvaje-; pero quiero que peleen.. y no importa que muera alguno, con tal que no sea Ley; que haya mucha trapisonda y se estremezca todo eso que llaman el Trono y el Altar, para que resulte vencedora la Libertad. Sí, Pepe: que me traigan Libertad.. y gobiernos muy libres.. ¿No vendrá también, entre las libertades nuevas, el libre matrimonio, y el descasarse, que es, como quien dice, divorcio?»

Con una sonrisa le contesté, por no atreverme a manifestarle de palabra mi escepticismo acerca de los progresos de nuestro país en la legislación matrimoñesca. Luego, viéndola descorazonada, le dije: «Sí, que peleen y se destrocen, a ver si la sangre nos trae mucha Libertad, pero mucha; ideas nuevas, prácticas de otros países. Quién sabe, Mita: no pierdas la esperanza. Esta revolución será tan tremenda, que el Altar y el Trono quedarán necesitados de una mano de carpintería que los componga y los deje como nuevos. Confiemos en la Providencia; esperemos que después de estas guerras no se diga, como otras veces, que todo queda lo mismo que estaba.

-¡Ay, Pepillo!, en la manera de decirlo te conozco que no tienes fe.. ¿Tú piensas que todo quedará lo mismo?

-No, hija, esperemos.. Vendrá libertad, libertad a chorros, a torrentes..

No quise seguir tratando este punto, por no empañar con mi escepticismo las ilusiones de aquella Libertad áurea con que Mita soñaba, y que, según ella, debía organizar en forma nueva el mundo de los enamorados. Leoncio, llegándose a nosotros, dijo que si la caída del polaquismo y el triunfo de los patriotas traía mucha Libertad, vivirían ellos tranquilamente en un pueblo; pero que si la tal Libertad no venía, grande y con alma, poniendo patas arriba todo lo existente, se irían a Marruecos, y tomarían trazas y habla de moros, para vivir tranquilos. En Marruecos tiene él un hermano que se ha hecho al vivir berberisco, y ya no le conocería por español ni la madre que le parió.. Esto y algo (p.6765) más que dijo del hermano marroquí, me movió a preguntarle por su hermana Lucila, que a dos pasos de donde estábamos vivía. Sin dar reposo a la lengua, Leoncio limpiaba sus armas y se proveía de pistones para una larga función de guerra, ayudándole solícita la que me atrevo a llamar su mujer, y su hermanillo, aunque más entendido en violines que en pistolas. Lo primero que contaron de Lucila fue que es dichosa en su matrimonio con el señor Halconero: ha sabido adaptarse a la vida campesina, y no se halla bien fuera de su casa y tierras. Vino a Madrid acompañando a su marido, por diligencias de éste, y esperan que amaine la revolución para meterse en la tartana y volverse al pueblo. «Es tan guapa mi cuñada -dijo Mita con extremos de admiración-, que cuando la veo me quedo embobada, y no sé quitar de ella mis ojos. Pienso que escultores y pintores debieran tenerla siempre delante para sacar del rostro de ella toda la belleza de sus cuadros y estatuas, porque de seguro no ha criado Dios modelo más perfecto de hermosura de mujer.. modelo de que se podrían sacar los retratos de Diosas y Vírgenes para los museos y las iglesias.

Como hablara yo de su gordura, recordando lo que Rodrigo aseguró, los dos salvajes se echaron a reír, de lo que no se abroncó poco el pequeño. «Está en el punto preciso de las buenas formas de mujer -dijo Mita-: ni un punto más ni un punto menos que la medida y peso justos.

-Su cuerpo -indicó Leoncio- es como su cara: la perfección, señor don José. Cuantos la ven lo dicen. ¿Sabe por qué ha dicho este tontaina que Lucila está de libras? Porque él tiene en su cabeza un tipo de mujer enteramente espiritado, y a toda la que no sea un palo vestido, la llama gorda.

-Ya ves, Pepe -dijo Mita riendo-: él es como una espátula, y tiene una novia que allá se va en corpulencia con el arco del violín. Perdidamente enamorado está de semejante lombriz.. Mira, mira qué colorado se pone cuando hablamos de sus amores. La verdad, Pepe, no es fea la muchacha.

-Sería bonita si echara unas pocas de carnes.. Pero a (p.6766) Rodrigo así le gusta, porque está enamorado de lo magro. Magro es lo que toca en el violín; magro todo lo que piensa.

-Su bello ideal, como se dice, es un alambre, y cuando ve comer a su novia pierde la ilusión. ¿Verdad, Rodrigo? Quieres que todo sea música; que las vidas sean, como las notas musicales, almas sin cuerpo.

Los tres nos reíamos de mi escudero, que ruboroso se defendía torpemente con monosílabos. Reconoció al fin que se había equivocado al decir que su hermana está gorda. Fue aberración de sus sentidos, incapaces de apreciar la verdad material y la verdad numérica, por natural desvarío de gran artista. Y no sólo había desvariado en lo de la gordura, sino en lo de la fecundidad, pues hablando los cuatro aquella tarde, se deshizo el engaño de que Lucila era madre de numerosa prole. No tiene más que un niño, precioso como un ángel, y no hay indicios hasta hoy de que aumente la descendencia de Halconero. «Estos benditos músicos -dijo Mita con agudeza y donaire- no aprecian el número, y de una cosa hacen siempre dos. No hay aria que no tenga su ritornello. Así este tonto vio un niño; luego vio otro.. y aun creyó que iba a venir un tercer niño.

-Es verdad que me equivoco en el número, y que duplico los objetos, y que, por gustarme lo flaco, paréceme gordo lo que no lo es -dijo el violinista burlándose de sí mismo-. Esto será porque mi maestro don Juan Díaz me dice a cada instante: «Afina, hijo, afina.. no rasgues el sonido. Hay que ahilar, ahilar.. busca el hilo del sonido.. el hilo delgado, delgadísimo». Y cuando me vuelvo yo tarumba para que el sonido me salga delgado y puro, el maestro me dice: «Repite, hijo: otra vez.. otra».

 

Ep-34-XXVIII -

Detonación cercana nos hizo estremecer. Recogió Leoncio todos sus bártulos de guerra para lanzarse a la calle. Mita quiso detenerle un rato más, y no lográndolo, dijo que ella también saldría.. Salimos todos. ¿Qué habíamos de hacer allí? En la calle vimos sin fin de paisanos que subían a la plaza por la Escalerilla. No tomó Leoncio aquella dirección, (p.6767) sino la de Latoneros, donde le aguardaban los amigos a cuyo lado combatía siempre. Entramos en una tienda de cedazos, ratoneras, cucharas de palo y molinillos para el chocolate. Celebrose allí una especie de consejo de guerra o conferencia entre caudillos. No me enteré bien de lo que discutían; sólo al fin pude comprender que todos los patriotas allí presentes, que eran más de siete y más de ocho, declaraban que no se batirían a las órdenes de Gracián, a quien tacharon de orgulloso y déspota, execrando su vanidad y su afán de lucirse él solo y de tomar para sí las glorias de los demás. No llegaron a mi oído razonamientos más detallados ni pormenores precisos de la conducta del héroe popular, porque Mita y el hojalatero me hablaban de cosas diferentes a las cuales no podía negar mi atención. Cuando de la tienda salimos, anochecía ya. En la calle obscura veíanse, como sombras fugaces, los patriotas que acudían a sus puestos. Despidiose Leoncio de su mujer, con la orden de que se fuese a la casa de Lucila y le esperase allí a media noche, o cuando tuvieran fin las refriegas que se preparaban. Le vi partir sereno, y acompañé a Mita hasta los soportales de la calle de Toledo, frente a la Imperial, notando que a pesar de su fe ciega en la invulnerabilidad de Ley, la salvaje no gozaba de tranquilidad. Es difícil que la fe y las balas se pongan de acuerdo, y a lo mejor la divinidad que protege a ciertos hombres escogidos sufre lamentables distracciones. Sobre esto me dijo algo la pobre Mita cuando íbamos hacia los porches, añadiendo que si Dios se volviese atrás de lo dicho y dejase morir a Ley, ella se iría para el otro mundo sin perder momento.

Ni Mita me invitó a subir a la habitación del señor Halconero, ni habría yo subido aunque me invitara. El síntoma más penoso de mi Ansia de belleza era que la atracción y el miedo del ideal se juntaban en un punto. Después me dijo Ruy que el señor Halconero es muy celoso, y aunque Lucila no le da motivo de escama, no gusta de que en su casa entren hombres, ni menos señoritos. Yo no entraría, (p.6768) ni tenía para qué. Entendía que mi dolencia, más punzante y angustiosa en aquel triste anochecer, requería como eficaz remedio el largo pasear y el tender mi espíritu por diferentes calles. Así lo hicimos, metiéndonos por la calle del Grafal y la Cava Baja hasta Puerta de Moros, regresando luego por la Costanilla de San Pedro y calle del Nuncio. Animación y bulla vimos por todas partes; ventanas y balcones con luminarias en todos los sitios dominados por el pueblo; obscuridad siniestra en los parajes ocupados por tropa. El acaso nos trajo de nuevo al punto de partida. Desde Puerta Cerrada habíamos querido salir a Platerías por la plazuela de San Miguel, para irnos a casa por las Hileras y Santa Catalina de los Donados; pero no hallamos camino franco. Tenebrosas estaban aquellas barriadas, y a cada momento daban los soldados el quién vive.

Cuando llegamos a los portales de la calle de Toledo, ya habían echado los insurrectos el fundamento de la barricada, la cual avanzaba en ángulo para hacer frente con una de sus caras a la calle Imperial, y con otra a la de Toledo. Mi admiración de aquellos inocentes vecinos subió de punto viéndoles trabajar como hormigas en el parapeto que había de protegerles contra las iras del poder público, y no sólo sacrificaban su vida y su tiempo por un ideal político que entendían como la escritura chinesca, sino que también ponían en ello el ajuar pobre de sus casas. Era de ver la diligencia con que hombres y mujeres, y también chiquillos, acarreaban de las casas trastos y trebejos para echarlos en el montón, y luego ponían encima los colchones, privándose de dormir en blando con tal de ofrecer cómodo abrigo a los defensores del pueblo. ¿En dónde y cuándo se ha visto mayor abnegación, ni entusiasmo más candoroso? El señor Erasmo Gamoneda, que como artillero con pujos de ingeniero dirigía la barricada, me dijo que los españoles sacrifican colchones, esteras, y aun sofás de paja de Vitoria, en aras del patriotismo. Cuando les pareció que la barricada tenía (p.6769) bastante altura y que la escarpa de ella ofrecía resistencia eficaz a las balas enemigas, se ocuparon en decorar la fortificación. Eran pueblo, que es como decir niños, y el poder imaginativo les arrastraba a la juguetería. En el extremo de la derecha, tocando al portal último, pusieron un retrato de Espartero clavado en la pared; al otro extremo, unas banderas en pabellón, donadas por un vecino ebanista, y que habían hecho su papel en el adorno de la calle cuando entró doña María Cristina para casarse con Fernando VII, y en el vértice del ángulo, un lienzo con el retrato de la Virgen de la Paloma, desclavado del bastidor y muy estropeadito. Después de servir de imagen titular en una tienda de la calle de Latoneros en el pasado siglo, estuvo largos años en un portal, con ofrenda de velas y aceite, parando al fin Nuestra Señora en patrona y capitana de la plebe amotinada. Desde el palo en que pusieron la Virgen hasta los dos extremos de la barricada, tendieron cuerdas con banderolas y pingajos de diferentes colorines; moñas de toros, y el indispensable cartel de Pena de muerte al ladrón.

Dentro de la barricada, en las dos bandas de soportales, tenía la calle aspecto de feria. Paseamos por un lado y otro, viendo las hileras de tiendas, que de día me parecían cavernas forradas de bayetas y paños. En noche de revolución estaban cerradas, o a media puerta, para entrar y salir la gente armada. Las mujeres y los niños se refugiaban en los entresuelos, tan lóbregos de noche como de día. Cerradas las tiendas, se destacan los rótulos: aquí nombres muy acreditados en el comercio, como el famoso Tío Rico, celebridad choricera; allí denominaciones simbólicas al uso, como La Perla, El Jazmín, que anuncian ropa de niños, camisería y género de punto. De todo hay en aquellas grutas, donde guarda su hacienda un pueblo de afanosas hormigas. Desde la puerta de una de estas tiendas señaló mi escudero al piso segundo de la casa de enfrente, dirigiendo mi atención a una ventana más iluminada que las demás de la calle, y me dijo: «Vea, señor: aquella (p.6770) ventana de tanta luz que parece un retablo, es de las habitaciones donde viven mi hermana Lucila y su marido don José Halconero». «Liberal de veras será tu cuñado -observé yo-, cuando tan espléndida luminaria pone en su casa». Y él: «Liberal y patriota fue, según dicen, en tiempo de aquel que llamaron Héroe de las Cabezas, verbigracia, Riego; y él mismo cuenta que en una batalla que dieron los Milicianos en el Arco de Triunfo, el día tantos del mes de Julio de un año de aquel tiempo, se batió como un león, y sacó dos heridas en la cabeza que por poco le cuestan la vida. Hoy sigue liberal y partidario del Progreso; pero ya no le queda más que el compás, y todo lo que dice es: «¡Ah, en mi tiempo!.. ¡Oh, aquellos eran hombres!..». También mi hermana Lucila es patriota, al modo de mujer, clamando por que triunfe el Adelanto; pero dice que no vendrá civilización grande si no tenemos antes Diluvio.. el Diluvio, señor.

-Tiene razón Lucila. En este inmenso secano, no puede haber buena cosecha sin lluvias abundantes.

Sin hablar más de esto, pasamos al otro lado: nos llamaba Erasmo Gamoneda con fuertes voces, y en cuanto nos tuvo al habla díjonos que habíamos de tomar las armas o largarnos de la Plaza; éramos un estorbo y un cuidado, y no estaban allí los valientes para custodiar a los petimetres que venían de mirones. Antes de que yo le manifestara mi ineptitud para el heroísmo, y aun para el manejo de las armas de fuego, salió Ruy diciendo que bien podía yo permanecer en la Plaza sin necesidad de cargar el chopo, pues venía como historiador, y a los historiadores se les respeta en los campamentos por el bien que traen narrando las hazañas. Al oír esto Gamoneda, cambió de tono, y con gesto y expresiones corteses demostró la admiración que siente por los que consagran su ingenio a reproducir y encomiar las glorias de la patria. «Bien, muy bien, señor mío -me dijo estrechándome la mano-. Ya leeremos todo lo que Vuecencia escriba de este sufrido pueblo.. y si sale esa Historia por entregas, a cuartillo de real, los (p.6771) pobres podremos comprarla..

-Yo -declaró un ciudadano, que a nuestro grupo se acercó, fusil al hombro- me quitaré el pan de la boca para tener en casa esa Historia y leérmela de corrido.. Pero tenga cuidado de que no se le olvide nada.

-¡Ah! -indiqué yo-, de eso trato, de no perder el menor detalle de estas grandezas.

-Nos dará luego la Segunda Parte -dijo Gamoneda-, que traerá todo el relato del establecimiento de la Milicia Nacional.. Yo, como dije al señor don José, seré de Artillería, por lo que entiendo de materias para disparos y explosiones..».

Invitáronme a visitar el local que allí tenían, en la cabecera de la barricada, un almacén que fue de paños, ya desalquilado y vacío. Ocupáronlo por ley de guerra los patriotas, y en él pusieron su almacén de provisiones de guerra y boca, con botijos de agua fresca, dos catres para los heridos, depósito de armas, y líos de esteras viejas para refuerzo de la barricada. Entramos y nos ofrecieron como asiento unas cubas vacías. Mientras Gamoneda daba órdenes a unos tipos con morriones de miliciano del año 22, y que debían de ser ayudantes o cosa parecida, el otro ciudadano me hacía los honores del Cuartel general, y de paso daba unos toques políticos y sociales: «Para mí, señor, la Revolución no debe cuidarse sólo de traer más Libertad. Venga, sí, toda la Libertad del mundo; pero venga también la mejora de las clases.. porque, lo que yo digo, ¿qué adelanta el pueblo con ser muy libre, si no come? Los gobernantes nuevos han de mirar mucho por el trabajo y por la industria. Hay que proteger al trabajador, y echar leyes que abaraten el comestible y den mayor precio a las cosas de fabricación. Yo, señor, soy fabricante de zorros para quitar el polvo a los muebles. Mi establecimiento está en la rinconada del Almendro, donde el señor tiene su casa, y puede visitar los talleres cuando guste. La muestra dice: Hermosilla. Zorros y plumeros. Hermosilla es un servidor, para lo que guste mandar.. Mis zorros son especiales.. Castiga usted con ellos los muebles de tapicería sin deteriorarlos, porque (p.6772) empleo material escogido de orillo. Ahora me dedico también al plumero, que fabrico para los muebles finos de Francia, que están de moda. Es un plumero tan suave, que se come todo el polvo y hasta el polvillo, y es de larga duración si cae en manos de criadas que lo manejen con suavidad, acariciando, señor, acariciando, sin dar golpes..».

Con todo lo que dijo estaba yo conforme, y así se lo manifesté al bueno de Hermosilla con franca urbanidad, añadiendo que la Revolución no sería eficaz si no nos traía un gran desarrollo de las artes industriales. Luego me quedé solo con Ruy, el cual me llevó por los espacios interiores de aquel local vacío, que iba a parar a la calle de Cuchilleros. «Esta puerta -me dijo mostrándome una claveteada y con fuertes cerrojos- da a la escalera por donde se sube al piso en que vive mi hermana Lucila, y por la misma se puede salir a cuchilleros; pero está cerrada y por aquí no podemos salir. Vámonos por donde entramos, señor, y veamos de procurarnos un sitio de descanso, ya que no pueda el señor ir a su casa y yo acompañarle, como es mi deber». La idea de volverme al seguro de mi casa me halagó un instante; pero me sentía perezoso, o más bien, una fuerza de adhesión casi irresistible, pegajosa, en aquellos lugares me retuvo. Cierto que mi mujer estaría sin sosiego; pero ya se tranquilizaría viéndome entrar a media noche o a la madrugada.. Con esta idea fuimos a la Plaza, y después de vagar por ella nos refugiamos en el quicio de una cerrada puerta, junto a la calle de la Sal.. Fatigado yo y anhelando la quietud, me senté en el suelo; Ruy se puso a mi lado. Parecíamos dos mendigos: no nos faltaba más que alargar una mano y soltar la quejumbrosa plegaria para solicitar la caridad del transeúnte. El vivo resplandor de mi espíritu en aquella hora triste de la noche, que no parecía sino que cien hogueras ardían en él, es de tal importancia en estas memorias, que necesito tomarme tiempo y descanso para referirlo como Dios manda. Mañana, amiguita Posteridad, seré otra vez contigo.

 

Ep-34-XXIX - (p.6773)

¿Julio todavía?.. No sé en qué día vivo.- Sigo contando, y describiré brevemente las batallas que andaban dentro de mí. Mi alma era toda tristeza, considerando cuán poco soy y cuán poco valgo. ¡Entre aquellos hombres inocentes y rudos que perciben un ideal y corren ciegos tras él menospreciando sus propias vidas, y yo, existencia infecunda, inmóvil pieza de un mecanismo que anda sólo a medias y a tropezones, qué colosal diferencia! Ellos me parecían materia viva, aunque tosca; yo, materia inerte, ociosamente refinada. Ellos marchan; yo permanezco apegado al suelo como un vegetal. Ellos son elemento activo; yo, formación petrificada del egoísmo y de la pereza. Para consolarme de la envidia que me punza el corazón, pienso en la barbarie de ellos; comparo su grosería con mi finura, y su ignorancia con las varias erudiciones de segunda mano que me adornan. Pero esto no me vale, y en lo mejor de mis comparaciones, les veo agigantarse, mientras yo, de tanto empequeñecer, llego a ser del tamaño de un cañamón. Ellos trabajan rudamente todo el año para vivir con estrechez, y yo vivo de riquezas que no he labrado, y de rentas que no sé cómo han venido a mí. Y viviendo en la inactividad, amenizando mis ocios con el recreo de ver pasar hombres y cosas, ellos se lanzan a la hechura de los acontecimientos, a impulsar la vida general, y a desenmohecer los ejes del carro de la Historia. Ellos dan su hacienda corta y su vida, no por el beneficio y mejora de sí mismos, y de la clase a que pertenecen, sino por la mejora de toda la sociedad. Si algo bueno resultare de esta revolución, no será para ellos, que seguirán tan pobres, obscurecidos y bárbaros como antes, mientras recogen el fruto de la mudanza política los camastrones que han cultivado y adquirido la agilidad oratoria, o los áureos gandules como yo.

No me conformo con esta inferioridad a que me condena mi propio juicio, y evoco toda mi voluntad para ver si en ella encuentro fuerza bastante con que acometer algo que a tales hombres me iguale. ¿Qué puedo hacer? (p.6774) ¿Coger un arma y lanzarme a la pelea junto a esos admirables ciudadanos? No, porque ya sé lo que ha de pasarme si me meto a revolucionario de acción. Me faltará ardimiento, la fiera impavidez ante el peligro. Me figuro que intento ponerme a disparar tiros en una barricada, y antes de empezar me sentiré invadido de un sentimiento humanitario, incompatible con el heroísmo bélico. Vamos, que si suelto el tiro con buena o mala puntería, y tengo la desgracia de matar a un pobre soldado, he de afligirme como si a mi propio hermano matara. No, no: he de buscar un heroísmo que no sea el militar. Pues ¿qué, entonces? ¿Recoger y asistir a los heridos, exponiendo mi cuerpo a las balas, como si éstas fueran motitas de algodón? ¿Predicar de casa en casa y de pueblo en pueblo las doctrinas salvadoras, y no cejar en ello, desafiando persecuciones, cárceles, presidios y la muerte misma? Estos y otros medios de elevación moral iban pasando por mi mente, sin que me decidiera por ninguno, pues aunque todos me parecieran buenos, yo ambicionaba el mejor, el insuperable. Había de ser algo que yo fuese a buscar a los más eminentes espacios de la bondad humana..

No sé a dónde fue a parar mi desconcertada mente. Sí sé que mis nervios cayeron en una sedación honda. ¿Yo dormía o velaba? Cualquiera lo averigua.. ¿Sentí los ronquidos de Ruy, o es que éste tocaba el violín? «Ruy -le dije sobresaltado-, eso que tocas ¿es el aria del Rapto en el Serrallo, del amigo Mozart, o un motivo de tu invención?

-¿Qué motivo ni qué carneros?.. Despierte, señor, y vea que no tengo violín, que estamos pasando la noche arrimados a una puerta, en la plaza Mayor.

-¿Crees tú que yo he dormido?

-¡Anda! Pues no ha soñado poco..

-¿Sabes una cosa? Es muy agradable dormir al raso en estas noches de verano. En la calle, sueña uno cosas más bellas que en casa.. Y dime, ¿has oído tú al reloj dar las horas?

-Le oí, señor; pero todas las horas las daba equivocadas. Dio dos veces la una; dio las once después de las doce, y repitió las dos para que parecieran las cuatro.

-¿De (p.6775) modo que con ese reloj no sabemos a qué hora vivimos? Así es mejor. No hay cosa más cargante que saber la hora, y sentir el tiempo marchar siempre hacia adelante. Yo he pensado que estábamos a prima noche, y que cuando Mita subió a casa del señor Halconero, subíamos con ella.

-Me parece, señor, que no es verdad que subiéramos.. Lo que hay es que usted y yo deseábamos subir; pero no fue más que deseo.. quiero decir, que el deseo subió, y nosotros nos quedamos en la calle viendo hacer la barricada..

-Más bonita es Lucila que la barricada, pienso yo.. y también te digo que en los ojos de tu hermana están todas las revoluciones.

-Mi hermana es tan bella, que yo mismo, al mirarla, me quedo pasmado. Creo a veces que Lucila no es mujer, sino diosa, una diosa con disfraz, que tiene el capricho de pasar temporadas entre nosotros los humanos..

-Ciertamente: Lucila no es de este mundo, sino criatura celestial.. Dios la encarnó en una raza escogida.. porque has de saber, Ruy, que vosotros, los Ansúrez, sois celtíberos, la raza primaria. Tu padre es el perfecto tipo de la nobleza española, y tu hermana, el ideal símbolo de nuestra querida patria.. Y el hijo de Lucila es como un príncipe que lleva en sí todos los caracteres de la realeza: cuando crezca, verás en él la más bella persona, y la más gallarda, la más generosa. No digo yo que reine; pero sí que debe reinar y que idealmente reinará.. A propósito, ¿qué nombre le han puesto a ese niño?

-José.. el nombre de su padre.

-Y mío.. Has de notar que todos los españoles nos llamamos José. Casi, casi, llamarse José es como no llamarse nada, y tu sobrinito ha de tener otro nombre, que no conocemos; un nombre que le ha puesto Lucila, y que sólo ella sabe.. Porque no dudes que ese niño ha sido engendrado por el Dios celtíbero, o por el mismísimo genio de la patria.

-Poco a poco, señor Marqués.. Mire lo que dice. No está bien que una persona como usted vitupere a mi hermana, señora honrada, más honrada que el sol, y aunque esposa de un viejo, es tan fiel, tan fiel y tan pura, que ninguna otra (p.6776) mujer la puede superar.

-¡Si lo sé, hijo: si la tengo por dechado y compendio de todas las virtudes! Pero lo uno no quita lo otro, querido Ruy.

-Todos cuantos conocen a mi hermana se hacen lenguas de su recato y honestidad, y mi cuñado Halconero es la persona más envidiada que hay en el mundo. La gente dice en coro: «Vaya una mujer que se ha llevado este tío». Su buen comportamiento, digo yo, es lección que debieran aprenderse de memoria las demás mujeres.

-Lo sé, lo sé. Pero eso no quita.. Pudo ser con ella el Dios celtíbero o el genio de la raza española, conservando sin menoscabo su virtud y, si me apuran, su virginidad..

-Señor, señor, tanto como eso no se puede decir.. Cállese, por Dios, o creeré que delira.. Si no estuviéramos a obscuras, vería usted que, oyéndole esos despropósitos, me he puesto muy colorado.

-Tú podrás ponerte como un cangrejo, si ése es tu gusto. Yo, sin cambiar de color, expreso una idea elevada, teológica.. y en el terreno de la fe la sostengo. Claro que no podrá demostrarse; pero la demostración contraria, ¿quién será el guapo que hacerla pueda?..

-El señor conoce a Lucila: no es necesario que sea teológica para ser hermosa y buena como los ángeles.

-Cierto: esto lo sé por espontáneo conocimiento, inspiración si así quieres llamarlo, porque he tratado poco a tu hermana. Sólo dos veces la he visto, y en ninguna de esas ocasiones he tenido el honor de hablar con ella.

-Pues si es así, no conoce el señor lo más bello de mi hermana Lucila, que es el acento, el metal de voz.

-Sin oírlo, lo conozco, Ruy, por percepción intuitiva. En la voz de esa mujer cantan todos los ángeles y serafines.

-Así es.. No han oído los hombres música que a la voz de mi hermana pueda compararse.. No puedo hacer comprender al señor cómo es aquella voz.. Si hubiera traído mi violín, algo podría decirle acerca de esto.

-Pues que no se te olvide traerlo, siempre que salgamos a divagar de noche por las calles solitarias.. ¿Sabes, Ruy, lo que estoy reparando? Que alumbra la luna con luz tan clara como si tuviéramos en el (p.6777) cielo tres o cuatro lunas.

-No es claridad de luna lo que vemos, sino del mismo sol. Señor, es de día.

 

Ep-34-XXX -

Julio.. todavía Julio.- La primera embestida de esta dolencia tan vaga como cruel, a la que he dado diferentes nombres sin acertar, creo yo, con el verdadero, empezó a fines del 49 y no terminó hasta mi viaje a Roma el 51. Sufrí entonces desórdenes extraños de la inteligencia y aberraciones sensorias muy peregrinas; pero nunca llegué, como en este segundo ataque, a confundir la luna con el sol, y la noche con el día. Tampoco di entonces en la extravagancia de desayunarme con buñuelos y aguardiente, como hice en la ocasión que refiero. Fue Ruy quien me incitó a tomar tales porquerías, que en mi estómago, la verdad sea dicha, cayeron como veneno, poniéndome de cabeza y voluntad más perdido y desatinado de lo que estaba. En lo que sí coincidían mi primero y mi segundo ataque era en el olvido de mi cara familia, en el amor ardiente al pueblo y en la insana ambición de realizar yo una o más acciones heroicas, siempre dentro de lo popular; es decir, que mi quijotismo tenía el carácter de amparo de los humildes por estado y nacimiento..

Hoy, mejorado de tan raras turbaciones, no puedo traer fácilmente a mi memoria mis acciones de aquel día.. el día de los buñuelos y el aguardiente.. porque desde que embuché aquella ponzoña se me inició la inconsciencia, y ésta fue aumentando, según me dijo Ruy, hasta que llegué a ser como autómata que iba y venía, y maquinalmente funcionaba moviendo los muelles y resortes de mi organismo, sin apreciar la causa impulsora ni darme cuenta de sus efectos. En mi cerebro ha quedado el estruendo de los tiros que oí, tiros próximos, lejanos lejanísimos, y después he sabido por Ruy que eran el lenguaje de la batalla empeñada en las calles, y me ha informado de las defensas que hubo en estas o las otras posiciones: barricada en la calle de la Montera, en Antón Martín, en Santo Domingo, en los Mostenses.. qué sé yo.. Todo Madrid debió de ser barricada.. Mas si el estampido de (p.6778) la fusilería y cañonazos era recogido por mi cerebro, nada del lenguaje humano que en aquella mañana oí persiste en mi memoria. Los que hablaron conmigo, háganse cuenta de que hablaron con una estatua.

Pero lo más peregrino, entre los muchos fenómenos de inconsciencia de aquel indefinido lapso de tiempo que duró mi turbación, fue que yo me encontré armado sin saber quién había puesto en mi mano un fusil. Y nada me ha causado tanto pasmo y terror como el decirme Ruy con ingenua convicción que yo había hecho fuego.. Veinte veces me lo aseguró y aún no le daba yo crédito. Yo disparé mis armas; alguien me las cargaba, y vuelta otra vez a disparar.. Añadió mi escudero que durante una hora o más me batí en la barricada, y que por mi arrojo y mi desprecio de la muerte parecía un insensato. ¡Válgame Dios con mi heroísmo sin saberlo! ¿Por desgracia mía, algún cristiano fue víctima de mi despiadado, inconsciente furor? Las referencias de Ruy y las de Tiburcio Gamoneda convienen en que fue Leoncio quien me dio las armas y quien las cargaba. ¡Y mis locas acciones, trabajo de un maniquí de perfeccionado mecanismo, hiciéronme pasar por valiente a los ojos de los tiradores de verdad!..

Si nada quedó en mi memoria de los disparos que hice, según cuentan, con marcial coraje, nada recuerdo tampoco de haber comido. Ruy me asegura que sí. ¡Vaya por Dios! Comí pan, aceitunas negras, un pedazo de cecina, medio arenque, y apuré un vaso de vino.. Lo más singular y maravilloso es que mi escudero jura por la salvación de su alma que lo comí con apetito.. Mi memoria no recobró su poder hasta después de anochecido, y la primera prueba del renacer de la preciosa facultad fue verdaderamente muy desagradable. Hallábame yo en la calle de Botoneras: me complacía en observar cómo iba recobrando el sentido del lugar y el tiempo, y para comprobarlo reconocía la casa de Sotero, y apreciaba la entrante noche.. En esto vi que un hombre a mí se llegaba: era Gracián. Su presencia me hizo temblar. Aunque ni su rostro ni su actitud indicaban (p.6779) hostilidad, despertó en mí un horrible miedo. Con palabra balbuciente contesté a sus preguntas, que no sé si se referían a mi salud o a mi valentía. Dudé si eran manifestaciones de amistad o de burlas; y deseando perderle de vista, porque su mirada me causaba pavor, antipatía, consternación, antes que él se apartase me escabullí yo rozando con la pared de las casas.. Intenté dar el pretexto de que alguien me llamaba; pero no sé si lo di..

Entrada la noche, y sosegado ya del miedo que me causó Gracián, tuve mayor prueba del restablecimiento de mi memoria. Fue para mí sorpresa y confusión grandes verme cómo estaba vestido. Hasta entonces no había caído yo en la cuenta de que llevaba un chaquetón holgado y vetusto, en vez de la levita que saqué de mi casa, y de que en lugar de mi sombrero llevaba una gorra de cuartel. Pantalones y chaleco eran los mismos de mi anterior vestimenta, y conservaba el reloj y dinero; pero mis botas de caña, por arte de magia, se habían convertido en zapatos de orillo, blandos y feos. Lo peor de todo fue que mi escudero no supo darme razón de aquel cambio de ropa. ¿Me había mudado en mis horas de máquina inconsciente, o me transformaron los demonios? Ruy no lo sabía, lo que me probaba que él también había tenido eclipses de la memoria y del conocimiento. La mejor prueba de que mi cerebro recobraba su normalidad, la tuve oyendo cuanto se decía de los acontecimientos de carácter público, y asimilándome aquellas referencias, apuntes que pronto habían de ser páginas históricas. La lucha en las calles se había suspendido. En la tregua fraternizaban pueblo y tropa. ¿Qué Gobierno había? Lo ignorábamos. Sabíamos que una Junta magna tomaba sobre sí la obra de pacificación.. Entre los nombres que oí, se estamparon en mi mente con vigor y claridad los de Sevillano, Vega Armijo, don Joaquín Aguirre, Fernández de los Ríos y el general San Miguel. Ya estaban en negociaciones la Junta y Palacio.. ya se vislumbraba la paz; el triunfo del Pueblo era evidente. Se contaban maravillas del arrojo (p.6780) y constancia de los patriotas en las barricadas de la calle de la Montera, en la confluencia de las calles de San Miguel y Caballero de Gracia, en las Cuatro Calles, plaza de las Cortes.. Las tropas que Córdova tenía en la zona de Palacio no habían podido comunicarse con las que ocupaban el Prado y Recoletos.. Entre todas las barricadas, la más ineficaz había sido la nuestra, calle de Toledo, y conceptuándola disparate estratégico, Gracián había mandado abandonarla. Esta noticia me llenó de confusión. ¿Dónde me había batido yo? ¿Dónde tuvieron su teatro mis estupendas hazañas?.. Mas ¿cómo habíamos de dilucidar este obscuro punto, si Clío, que todo lo sabe, ignoraba en qué lugar se habían separado de mi cuerpo mis botas y mi levita?

Muertos vi en gran número en la calle Imperial, Atocha y entrada de la de Carretas. Heridos transportamos al Fiel Contraste; y hallándome en esta operación, tuve el sentimiento de acompañar en sus últimas al bueno de Erasmo Gamoneda. El pobrecito me pidió agua: se la di de un botijo que pasaba de mano en mano y de boca en boca; bebió con ansia. Parecía sentir alivio del escozor de sus heridas, que eran tremendas: un agujero en la clavícula derecha; en el vacío del mismo lado, otro que le pasaba de parte a parte; la cabeza rota, una mano casi deshecha. Mirándome agradecido, me dijo con sencillez y satisfacción tranquila, como si se alabara de terminar felizmente una partida de obleas: «Hemos ganado. Bien, bien.. Milicia Nacional: bien.. Yo artillero..». Y repitiendo el bien, bien, yo artillero, estiró piernas y brazos, y abriendo la boca en todo su grandor, entregó el alma.

 

Ep-34-XXXI -

Este y otros espectáculos tristes deprimieron horrorosamente mi ánimo. Iniciado el despejo de mi entendimiento, ganaba terreno por instantes la querencia de mi familia y el gusto de la vida normal. Pero no volvería yo a mi casa sin resolver dos problemas de importancia: recobrar mi ropa, y saber la suerte y paradero de Mita y Ley. Más fácil era, según Ruy, lo segundo (p.6781) que lo primero, pues sólo Dios podía encontrar una levita y un sombrero en aquel maremágnum de pobreza y confusión. En el Rastro quizás parecerían, y quién sabe si veríamos ambas piezas, dos días después, en la hinchada persona de algún funcionario de la flamante situación popular. No hallando a Mita y Ley en la casa de los Gamonedas, desierta y abandonada, fuimos a la cangrejería de la plazuela de San Miguel, donde nos dijeron que cansada Mita de esperar a Leoncio, y medio muerta de ansiedad, andaba en busca de él, de barricada en barricada. ¡Vaya por Dios! Afanosos nos lanzamos mi escudero y yo a la misma caminata, y en ella se nos pasó gran parte de la noche, sin encontrar a los salvajes. Lo peor fue que con tanto ajetreo me sentí nuevamente amagado de mis desórdenes cerebrales y nerviosos: yo estaba fatigadísimo. Para contener el mal que me rondaba, y dar algún descanso a mis pobres huesos, me metí en el desalojado almacén de paños de la calle de Toledo, ahora convertido en cuartel general de la plebe, depósito de armas y algo que con optimismo burlón llamábamos víveres.. Entramos. Vimos diversa gente; hombres fatigados que no podían moverse; otros que perezosos recogían objetos diversos para devolverlos a los hogares: botijos, sillas, colchones. En un rincón había heridos graves, rodeados de sus familias, que no sabían si dejarles morir allí o llevárselos a casa. Mujeres vi en actitud estoica, mujeres desesperadas.. Mi cansancio físico no me permitía ya ni aun ser piadoso.. Me interné por aquellas obscuras y destartaladas estancias, y fui a parar a la más interior, que cae sobre Cuchilleros. No podía yo con mi cuerpo ni con mi alma; en un montón de esteras que me brindaba las blanduras de un diván, me dejé caer, y estirándome todo lo que daban de sí brazos y piernas, sin llegar a las medidas del camastro, me dormí profundamente.

El tiempo que duró mi sueño no puedo precisarlo.. Desperté con una idea triste, una desfavorable opinión de mí mismo: yo era inferior, muy inferior a toda la (p.6782) caterva popular entre la cual había vivido tantas horas; yo no podía compararme a ellos, pues mis hazañas eran fantásticas, quizás burlescas, y ellos sabían luchar y morir por un ideal tanto más grande cuanto más nebuloso. Volvería yo a mi clase o jerarquía social, materializada y egoísta, sin haber hecho nada fuera de lo común, sin encontrar medio de ennoblecer mi alma con un acto hermoso de piedad, o de justicia, o de moral grandeza.. Esta idea me mortificaba, y también la sed: revolví mis ojos por la estancia, que alumbraban candiles moribundos; vi a Ruy, dormido a mi lado como un tronco; en el opuesto rincón, un hombracho, envuelto en manta gris, era también tronco durmiente. Creyendo ver junto a éste un cántaro de agua, me levanté para cogerlo, y no había dado dos pasos cuando entró en la estancia un hombre, que al punto reconocí.. ¡Ay, qué miedo!: era Bartolomé Gracián. No esperó a que yo le hablase, y reconociéndome al punto, y llegándose a mí jovial, me dijo: «Hola, Beramendi: no creí encontrarle aquí.. ¿Salía usted?..». «No -le respondí temblando-; iba en busca de aquel cántaro: tengo sed». Por disimular mi miedo, me dirigí a donde estaba el cántaro, y volviendo junto al héroe de la plebe, con un gesto le ofrecí agua.. Me sentía mudo.

«Gracias, que aproveche. Pero ¿qué, se asusta de mí?.. Al contrario, diviértase con lo que voy a decirle, amigo Beramendi. Es usted de los míos.. Ha terminado la partida militar, y ahora empiezan las amorosas partidas.. Yo soy así: salgo de una locura, y emprendo locura mayor.. De ésta saldré tan bien como de la otra.. ¿Qué le pasa a usted, que no dice nada? Beba si tiene sed.. Y si quiere presenciar un grande atrevimiento de amor, más interesante y más dramático que todos los que le conté caminando de Vicálvaro a Vallecas, espéreme aquí un momento».

Al decir esto, ponía la mano en los hierros de una puerta. Siguiendo con mis ojos su mano, reconocí la puerta de la escalera que por arriba conduce a las habitaciones donde moraba Lucila con su marido, por abajo a la calle de Cuchilleros. (p.6783) Interrogado por mis ojos, que debieron de echar lumbre, Gracián me dijo: «En el piso segundo está una mujer a quien yo amé tres años ha; me quiso ella con locura.. El Destino nos separó. No he vuelto a verla desde entonces. Casó Lucila con un viejo campesino.. Ayer supe que está en Madrid y en esta casa.. No soy quien soy si no la saco esta noche del domicilio conyugal para llevármela al mío. Después de estos terribles combates, ¿qué puede apetecer el soldado más que descansar en un éxtasis de amor? Marte nos irrita; Venus nos consuela.. Parece que usted no me cree, y aun que se burla de mí. ¿Quiere que hagamos una apuesta? Lucila no me ha visto desde aquella separación de comedia; Lucila, esta tarde, no sabía que yo existo.. A media noche le escribí una carta, de las que yo pongo, con el alma, toda la fascinación del mundo en pocas letras.. Con Servanda se la mandé. ¿Sabe usted quién es Servanda? Una mujer muy sutil que celestinea maravillosamente.. Sé que la carta está en su poder. Lucila no me contestó, ni hace falta su respuesta.. ¿Qué creerá usted que puse yo en mi carta?.. Cuatro palabras de fascinación, y pocas más diciéndole que.. Todo ello es sencillísimo, mi querido Marqués.. diciéndole que en cuanto deje a su marido bien dormido, pero bien dormido, salga al pasillo de su casa.. Allí me espera.. Entro yo..

-Pero usted no entrará -le dije poniendo mi mano sobre la suya, que tocaba la puerta.

-Tengo la llave de aquí.. y la de arriba también.. véalas. Servanda me las ha dado.

-Pero Lucila no se prestará, no, a ese ardid impropio de un caballero.. Lucila es honrada.

-Yo subo; yo entro..

-Y a encontrarle saldrá don José Halconero, armado hasta los dientes.

-Ríase usted de Halconeros y de dientes armados. Es usted un candidote que no conoce el mundo misterioso de la infidelidad conyugal, ni los impulsos de una mujer que, enamorada ciegamente una vez, no deja en ningún caso de acudir al reclamo de su ilusión.

-No acudirá, no acudirá, Gracián -afirmé yo, libre ya mi alma de todo miedo.

- (p.6784) Hagamos la grande apuesta. Usted aquí se queda en expectación de mi aventura. Si al cuarto de hora no me ve pasar por aquí con Lucila, pierdo.. Estipulemos lo que se ha de perder o ganar, según falle o no la empresa.

-Yo no apuesto, señor Gracián -respondí sintiéndome todo entereza- Yo no hago más que decir a usted que no subirá.. porque no debe subir, porque yo no debo permitirlo; más claro, porque yo le prohíbo que suba.

-No contaba yo con este guardián caballeresco -dijo Gracián echándose atrás-; pero va usted a ver cómo me sacudo yo a los caballeros de la Guarda y Vela».

Al movimiento que hizo para echarme sus crispadas manos al pescuezo, me anticipé yo levantando con poderoso impulso y coraje el cántaro mediado de agua; y ello fue tan rápido, que al tiempo que sus dedos me tocaban, se estrelló el cántaro en su cabeza, y los cascos y el agua envolvieron su rostro, le cegaron.. En el mismo instante oí una voz que gritaba: «¡Mátele, señor, mátele!» Y el hombracho aquel que dormía se llegó a mí y puso en mi mano una pistola.. Antes que Gracián, rehecho del golpe y mojadura, volviera sobre mí con furiosa exclamación de cólera, la bala se le metió en el cráneo, y de golpe toda su arrogancia y toda su maldad cayeron en los profundos abismos.

Segundos duró lo que cuento. El hombre que me había dado el arma, me cogió del brazo, y sin dejarme ni tan siquiera mirar a la víctima, me llevó fuera diciéndome: «Señor, no le tenga lástima.. Vámonos de aquí. ¿No me conoce? Soy Hermosilla, el fabricante de zorros y plumeros.. Almendro, 14.. Ha quitado el señor de en medio la mayor calamidad del mundo. ¡Vive Dios que ha sido grande hazaña!.. Ese tunante me perdió a mi hija mayor, la Rafaelita; después a mi segunda, la Generosa. ¡Qué dolor! Las dos andan por esas calles..».

¿Dónde estaba yo en la mañanita del 20, con Hermosilla? En una sombrerería de la Concepción Jerónima, buscando una prenda decente, cobertera de mi cráneo, para poder entrar en mi casa con el decoro propio de la clase a que pertenezco. Mi diligente (p.6785) escudero, a quien había mandado por cigarros, vino desolado a decirme: «Ahí están, señor.. Míreles.. Mita y mi hermano Leoncio.. Se van, se van de Madrid».

Salí, y en la misma puerta de la tienda me vi cogido de las manos por Mita, que, con premioso acento de despedida, me dijo: «Nos vamos, Pepe.. adiós. Ya hay Gobierno; otra vez hay leyes: ya no podemos seguir en este pueblo maldito.

-¿Y Ley?

-Mírale allí, metiendo nuestros baulitos en la tartana.. «Nos vamos al campo, al sol.. ¡Salvajes otra vez, hasta que Dios quiera!..».

Corrí a donde estaba el coche, y apenas tuve tiempo de despedir a mis buenos amigos con toda la efusión de mi cariñosa amistad y sinceros ofrecimientos de protección. El coche partió. ¡Cuándo volveríamos a vernos! Díjome Ruy que se iban a la Villa del Prado, donde vivirían al amparo de Lucila.

«¿Y tu hermana, y el bendito señor de Halconero, a quien estimo mucho sin tener el honor de conocerle?

-Pues han salido hace un cuarto de hora en otra tartana que va delante».

Se iban a la paz y a las alegrías del campo, y aquí quedaba Madrid con su corte, su política y el eterno rodar de los artificios, que se suceden mudándose, y se mudan para ser siempre los mismos.. Y yo a mi casa: ya era irresistible mi deseo de ver a mi mujer y a mi hijo.. No me faltaba más que buscar una levita semejante, si no igual, a la que perdí, pues no me resignaba, no, al deplorable efecto de mi aparición con la facha de jamancio crúo. Y me faltaba también discurrir la ingeniosa mentira con que debía justificar mi ausencia de casa en las turbulentas noches y días de la Revolución. Pensando en ello estaba, y ocupado además en la diligencia de buscar la levosa, cuando vi pasar por la calle de Toledo abajo al general San Miguel, a caballo, con abigarrado séquito de patriotas y militares, también a caballo. Vestía don Evaristo de paisano, con fajín, y a su paso le saludaba la multitud con aclamaciones de respeto y júbilo. Era el pacificador, la personificación del feliz consorcio de Pueblo y Ejército. A poco de verle pasar, una ideíta que yo buscaba (p.6786) entró gozosa en mi mente. «A casa mandaré a Ruy -me dije- para que prepare la vuelta del prófugo con un lindo embuste. Dirá que me cogió el general San Miguel el día 18 para que le ayudara en sus trabajos de pacificación.. que no pude zafarme del compromiso, ni de la encerrona en patrióticas asambleas.. No, no: esto no lo creerán.. Tengo que inventar otra cosa, fabricar mi novela en históricos moldes.. Diré que Córdova me llamó a Palacio; que luego se me encargó una misión muy delicada cerca de la Junta que se reunía en casa del señor Sevillano; que fui detenido por un grupo de revolucionarios ardientes; que me encerraron en la Posada del Peine.. en el palacio del Nuncio.. en las casas de Porras.. averígüelo Vargas.. guardándome prisionero con exquisitas consideraciones y esmerado trato de aposento y boca..».

Esto contaría yo mutatis mutandis, y una vez salvado el decoro de mi presentación, a mi mujer le contaría la verdad escueta, sin omisión ni aditamento, historiador sincero y leal de una de las páginas más interesantes y dolorosas de mi pobre existencia.. Así lo hice. No se cuidaba mi mujer más que de llevarme al reposo y a la franca sedación de mi mal, y lo consiguió con su dulzura. A los trágicos y cómicos lances que le referí, y a mis variados cuentos y descripciones, puse un juicio sintético que aquí reproduzco como término de esta parte de mis Memorias. Ved aquí el juicio y la fría opinión, una vez pasado el hervor revolucionario y entibiadas las pasiones que del corazón de los demás pasaban al mío: Todo es pequeño, en conjunto. Relativa grandeza o mediana talla veo en la obra del pueblo sacrificándose por renovar el ambiente político de los señoretes y cacicones que vivimos en alta esfera. Menguados son los políticos, y no muy grandes los militares que han movido este zipizape. Pobre y casera es esta revolución, que no mudará más que los externos chirimbolos de la existencia, y sólo pondrá la mano en el figurón nacional, en el cartón de su rostro, en sus afeites y postizos, sin atreverse a tocar ni con (p.6787) un dedo la figura real que el maniquí representa y suple a los ojos de la ciega muchedumbre. De mezquina talla es asimismo mi hazaña, la rápida muerte que di a Gracián, en defensa de la paz obscura de una mujer.. única paz que en lo humano existe.. Todo es pequeño, todo; sólo son grandes Mita y Ley.

Mi mujer no me deja continuar mis Memorias, y por culpa de su cariñosa prohibición, en el tintero se queda la trágica muerte de Chico, y la entrada de Espartero, explosión grande del entusiasmo inocente y de la candidez revolucionaria. Otros contarán estos hechos, que yo no presencié, porque mi esposa me aísla de lo que llamaremos emoción pública.. Desde mi doméstico retiro, atendiendo a mi salud, que lentamente recobro, y privado de la compañía de Ruy y de Sebo (que ahora goza un lucido empleo en el Gobierno Civil) , sigo con la imaginación los varios acontecimientos, y ya sean dramáticos, ya de risa, les pongo por comentario un grito que me sale del corazón. Siempre que mi mujer me da cuenta de algo que merece lugar en la Historia, yo digo: «¡Viva Mita!.. ¡Viva Ley!»

 

FIN DE LA REVOLUCIÓN DE JULIO / O'Donnell /

 

 

&

(EPISODIO 36)

AITA TETTAUEN

 

Primera parte

Madrid, Octubre-Noviembre de 1859

 

Ep-35-I -

Antes de que el mundo dejara de ser joven y antes de que la Historia fuese mayor de edad, se pudo advertir y comprobar la decadencia y ruina de todas las cosas humanas, y su derivación lenta desde lo sublime a lo pequeño, desde lo bello a lo vulgar, cayendo las grandezas de hoy para que en su lugar grandezas nuevas se levanten, y desvaneciéndose los ideales más puros en la viciada atmósfera de la realidad. Decaen los imperios, se desmedran las razas, los fuertes se debilitan y la hermosura perece entre arrugas y canas.. Mas no suspende la vida su eterna función, y con los caminos que descienden hacia la vejez, se cruzan los caminos de la juventud que van hacia arriba. Siempre hay imperios potentes, razas vigorosas, ideales y bellezas de virginal frescura; (p.6788) que junto al sumidero de la muerte están los manantiales del nacer continuo y fecundo.. En fin, echando por delante estas retóricas, os dice el historiador que la hermosura de la sin par Lucila, hija de Ansúrez, se deslucía y marchitaba, no bien cumplidos los treinta años de su existencia.

Quien hubiera visto aquel primoroso renuevo del árbol celtíbero en la edad de su primaveral desarrollo, cuando con ella volvían al mundo las gracias y la donosura de la princesa Illipulicia, secundum Miedes, soberano arqueólogo; quien gozara del aspecto helénico, de la estatuaria majestad de aquella figura transportada de la edad homérica y emigrante de Troya, no la habría reconocido en la dama campesina de 1859, cuyo rostro y talle iban embutiendo sus líneas en la grasa invasora, producto en aquel cuerpo, como en otros, de la vida regalona y descuidada, del comer metódico, del matrimonio sin glorias ni afanes, con cinco alumbramientos y el trajín de labradora rica, que más convida al desgaire que a la compostura.. A poco de casarse, dio Lucila en engordar, con gran regocijo de su esposo el buen Halconero, que a menudo la pesaba (en el aparato que le servía para el romaneo de sus carneros, destinados al Matadero de Madrid) , y celebraba triunfante las libras que en cada trimestre iba ganando aquel lozano cuerpo. ¡Adiós ideal; adiós, leyenda; clásicas formas, adiós!

Cinco vástagos, reducidos a cuatro por muerte del segundo, componían la prole de Halconero y Lucila en 1859. Sólo en las facciones del primogénito, nacido en Diciembre del 52, se reprodujo la hermosura de la madre; los otros tres, una niña y los dos varoncitos menores, sacaron las narices romas y aplastadas, características de la raza de Halconero, y no apuntaba en sus rostros un tipo de atávica belleza. Más que de la gallarda familia de los autrigones, según Ptolomeo, o allotriges, como los designaron Strabón y don Ventura Miedes, parecían reproducción de los feos y rudos turmodigos, que designa Plinio como pobladores de la comarca llamada conventus cluniensis (hoy Coruña del (p.6789) Condado) . El niño mayor, Vicente como su papá, sí que se traía todos los rasgos étnicos de los autrigones; y si viviera el gran anticuario de Atienza, le diputaría por acabado tipo de la tribu de los Segisamunculenses, que habitaron en Osma, no lejos de la ciudad donde hubo de ver la luz Jerónimo Ansúrez el Grande, en quien revivió la más potente y hermosa casta de españoles. Por desgracia suya y de la familia, el gallardo niño, que se criaba como un rollo de manteca hasta cumplir los tres años, desde esta edad dio en encanijarse, sin que acertaran a combatir el raquitismo con sus consumadas artes y buena voluntad el médico y boticario de la Villa del Prado.

Cayendo y levantándose llegó Vicentito al 59, el rostro como de un ángel, torcido y desaplomado el cuerpo, y así estaba cuando, de resultas de la caída de un caballo (de cartón) , se le formó un bulto en la pierna, y este se resolvió en tumor, que hubieron de sajarle los doctores del pueblo con éxito equívoco, pues luego se reprodujo con mala traza y acerbos sufrimientos de la criatura. Afligidos los padres, y temerosos de que su primogénito, si curaba, se les quedase cojo, acordaron trasladarse a Madrid para emprender allí nuevo tratamiento con asistencia de los mejores facultativos de la capital. Ved aquí la razón de que en el verano y otoño del 59 les halláramos instalados en Madrid, plazuela de la Concepción Jerónima, atentos marido y mujer a las opiniones de diferentes médicos famosos, y a la probatura de variadas preparaciones farmacéuticas.

El pobre niño, aunque mejoraba de la pierna, padecía en Madrid de aplanamiento y opacidad del ánimo, sin duda por el trasplante desde el ambiente campesino a la estrechez de una rinconada, en la cual ninguna distracción hallaban sus ávidos ojos ni su despabilada mente. Densas melancolías le asaltaron; perdió el apetito, y costaba Dios y ayuda hacerle tomar las medicinas. Imposibilitado de andar, y sujeto a un encierro y quietud tan contrarios a la viveza de la infancia, no podían los padres proporcionar al enfermito más distracción (p.6790) que la que pudiera gozar arrimado a los cristales de un angosto balcón. La plazuela, abierta sólo por un lado, ofrecía la soledad inquietante de un recodo traicionero. Las personas que por allí pasaban se podían contar, y eran siempre las mismas: por la mañana, gentes piadosas, que acudían a las pocas misas celebradas en la Concepción Jerónima; por la tarde, gentes de viso en coche o a pie, visitantes del palacio del Duque de Rivas, frontero a la casa donde habitaban los Halconero. El cascado cimbalillo y las campanas de las monjas entristecían más aquel apartado lugar con su tañer continuo, que marcaba diferentes horas del día y de la noche, haciéndolas odiosas.

Todos se afligían de ver tan mustio al chiquillo; pero sólo su madre, la persona más lista de la casa, dio en el quid de los motivos de aquella turbación, y propuso el remedio más adecuado, según consta en la crónica coetánea que nos ha conservado algunos coloquios familiares entre Lucila y Halconero. «La razón de la tristeza del pobre ángel y de su desgana para todo -dijo Lucila- no es otra que el apartamiento de esta maldita casa en que nos hemos metido, pues aquí no puede distraerse con lo que más le gusta y enamora, que es ver soldados. El Ejército es su delirio: sueña con cazadores y se desvela pensando en los artilleros. En el pueblo, con sólo repasar las aleluyas de tropa que le comprábamos, aprendió a distinguir los uniformes de toditas las armas, y mi padre le enseñó a conocer las insignias de grados y empleos.. capitán, comandante, coronel, y de ahí para arriba. El día que entramos en Madrid por la puerta y calle de Toledo, pasaron cuatro lanceros y un cabo, y el pobre niño sacó medio cuerpo por la ventanilla.. Creímos que se tiraba del coche.. Pues ahora, dime tú si puede estar contento el hijo en esta plazuela encantada, por donde no pasa un soldado ni para un remedio. El alma mía sufre y no se queja; es prudentito y aguanta su tristeza y soledad, pensando que le engañábamos cuando le decíamos: 'En Madrid verás pasar batallones con música, (p.6791) escuadrones de caballería tocando los clarines, y artillería con cañones y todo'. Y nada de esto ha visto; ni podrá verlo en mucho tiempo, porque el médico nos dice que tiene para rato, con la pierna estirada y sin movimiento.. Hazte cargo de lo que te digo, Vicente, y considera que necesitamos levantarle los espíritus al niño, para que el alma ayude al cuerpo, y los dos a la medicina.. Al médico no le gusta que esté triste: bien nos lo ha dicho.. Si mi consejo vale, salgamos pronto de este escondrijo, y vámonos a donde encontremos luz, alegría.. y soldados. En la calle Mayor, entre Platerías y la Almudena, ha visto mi padre hoy más de tres y más de cuatro pisos segundos y terceros con papeles.. Esos papeles nos están diciendo: 'Lugareños, veníos acá'».

No necesitó el rico labrador que Lucila ampliara sus razonamientos, pues con lo dicho quedó plenamente convencido. «Sí, mujer -fue su respuesta-: has hablado como quien eres, y toda la razón está contigo. Hemos de dar al niño satisfacciones de su gusto militar, para que se le pongan los espíritus en aquel punto de alegría que ha de ayudar a las potencias corporales.. Bien dijo quien dijo que alma lleva cuerpo, y que los humores del físico se arreglan o descomponen según el mandamiento de esa gobernadora que llevamos en donde nadie la ve hasta que Dios nos la pide.. Sin saber lo que hacíamos, hemos metido al niño en una cárcel..; y a ti, que por estar al cuidado de las criaturas poco o nada callejeas, tampoco te hace provecho esta vivienda. Sólo con mirarte día tras día, y sin necesidad de ponerte en la romana, veo que desde que estamos aquí has perdido tres libras, y mucho será que no pierdas para fin de año mayor peso.. Tomaremos una de las casas que ha visto tu padre en la calle Mayor, para que nuestro pobre baldadito tenga un buen miradero en que recrearse con los militares que van y vienen por allí, sueltos o en formación. Y a la cuenta que han de ser muchos, porque, a lo que parece, la Reina ha determinado declararle la guerra al Moro, por no sé qué tropelías, y hemos de tener en la (p.6792) Corte movimiento de tropas; que en Madrid pienso yo que se juntarán las de toda España para ir a esa guerra, debajo de las banderas de los Católicos Reyes doña Isabel y don Francisco. ¡Qué regocijo para nosotros ver que el niño se anima, y animándose suelta el maleficio de la pierna!.. Todo ello por la virtud de su entusiasmo, oyendo el redoblar de sin fin de tambores, y viendo pasar cientos de miles de hombres a caballo con las banderas de los diferentes reinos de España.. Y por cierto que no llego a comprender de quién saca nuestro hijo tal afición a las armas, pues en tu familia, según me ha dicho Jerónimo, no hubo guerreros, que se sepa, y en la mía lo mismo. Yo apaleo las ramas de mi árbol genealógico, a ver si cae un militar, y no encuentro más que a un don Pierres Jacques, francés de nación, al servicio de España, primo segundo de mi abuela materna, el cual don Pierres perdió un brazo en la defensa de Mahón, allá por los tiempos de Maricastaña. Venga de donde viniere la devoción militar del niño, Dios nos le conserve y nos le cure para que sea un buen soldado de su patria.. que en este caso digo yo: 'alférez te vean mis ojos, que general, como tenerlo en la mano'».

Transcurrida una semana después de esta conversación, ya estaba la familia en su nueva casa, calle Mayor, esquina a Milaneses, todos contentos y Vicentito en sus glorias, pues raro era el día, que no veía pasar un batallón de línea o de cazadores atronando la calle con su vibrante música. Le encantaba la infantería, los de a caballo le embelesaban y los artilleros le enloquecían. A poco de vivir allí, pasándose las horas arrimadito al balcón, extendida la pierna sobre cojines, sabía de milicia y de jerarquías militares casi tanto como la guía de forasteros.. Y en esto ocurrió que un día de aquel mes y año (Octubre de 1859) entraron de la calle Jerónimo Ansúrez y don Vicente Halconero, este último con el rostro encendido por ráfagas de entusiasmo que de los ojos le salían, la voz balbuciente: «Lucila, hijos míos -exclamó plantado en medio de la sala-, declarada la (p.6793) guerra.. la guerra.. de.. clarada en el Congre.. ¿no lo creéis?.. greso.. Congreso levántase O'Donnell y dice: 'Gue.. al Moro, guerra.. declarada por O'Donnell..'». Tras de Halconero permanecía rígido y mudo Jerónimo Ansúrez: su rostro castellano, de austera y noble hermosura, que podía dar idea de la resurrección de Diego Porcellos, de Laín Calvo o del caballeresco abad de Cardeña, expresaba un vago renacer de grandezas atávicas.

 

Ep-35-II -

Había sufrido el rico labrador de la Villa del Prado un ataque ligero de parálisis, meses antes de lo que ahora se cuenta. Fue un aviso de su naturaleza apoplética recomendándole que se moderase en el comer. Sujeto a un régimen de sobriedad por su cara esposa, tasaba sus atracones en la comida y particularmente en la cena, con lo que se le compuso aquel desarreglo, quedándole sólo el achaque de tartamudear en los momentos de viva emoción o de coraje, y la inseguridad de piernas.. La prudente Lucila le recomendó aquella tarde (22 de Octubre, si no miente la Historia) que no tomase tan a pecho la guerra que se anunciaba, pues él no estaba para bromas, ni podían hacerle provecho los malos ratos que suelen darse los patriotas por saber quién gana o pierde las batallas. No podía someterse el buen señor a este criterio, porque las glorias de su patria le importaban más que la vida, y prefería morir de un reventón de gusto a vivir en la indiferencia de estas glorias ahora refrescadas. Aquella noche, cenando y empinando más de lo determinado por la discreta Lucila, se dejó decir que España entraría en Marruecos por una punta y saldría por otra, no dejando títere ni moro con cabeza en todo el imperio. Y no debían los españoles contentarse con hacer suya toda la tierra de berberiscos, y abatir sus mezquitas y apandar sus tesoros, sino que al volverse para acá victoriosos, debían dejarse caer como al descuido sobre Gibraltar, y apoderarse de la inexpugnable plaza antes que la Inglaterra pudiese traer acá sus navíos. Una vez dueños del famoso peñasco, quedaría bien zurcido aquel jirón de la capa (p.6794) nacional, y ya podíamos los españoles embozarnos muy a gusto en ella.

También en el viejo Ansúrez hervía la efusión patriótica; mas no eran sus demostraciones tan infantiles como las de Halconero. Su espíritu reflexivo, dotado de tanta claridad y agudeza que fácilmente penetraba hasta la entraña de todas las cosas, ponía en el examen de la anunciada guerra el sentido más puro de la realidad. «Buena será esta campaña -decía-, y debemos alabar al señor de O'Donnell por la idea de llevar nuestros soldados al África; que así echamos la vista y el rostro fuera de este patio de Tócame Roque en que vivimos. ¡Con doscientos y el portero, que ya nos apesta la política, siempre el mismo sainete representado en los mismos corredores de vecindad! Bien, muy bien.. Pero esta guerra será dura, y nos ha de costar trabajo volver con provecho y gloria. No es el moro enemigo de poca cuenta, y en su tierra cada hombre vale por cuatro.. Otra cosa les digo para que se pongan en lo cierto al entender de guerras africanas, y es que el moro y el español son más hermanos de lo que parece. Quiten un poco de religión, quiten otro poco de lengua, y el parentesco y aire de familia saltan a los ojos. ¿Qué es el moro más que un español mahometano? ¿Y cuántos españoles vemos que son moros con disfraz de cristianos? En lo del celo por las mujeres y en tenerlas al por mayor, allá se van unos con otros; que aquí el que más y el que menos no se contenta con la suya, y corre tras la del vecino. Los harenes de aquí se distinguen de los de allá en que están abiertos, y así nuestras moras salen y entran cuando les da la gana, y hacen su santo gusto. No hay cosa más fácil que venir acá un moro, aprender el habla en poco tiempo y hacerse pasar por español neto. Yo he conocido un moro de Larache, que aquí se llamaba Pablo Torres, y ni el diablo conocía el engaño. Las caras y los modos de accionar son los mismos acá y allá; y si se pudiera cambiar fácilmente de lengua como de vestidos, vendría la confusión de pueblos.. Yo he visto el parentesco muy cerca de mí. Mi (p.6795) segunda mujer, alpujarreña, me tenía siempre la casa llena de sahumerios, y sabía poner el alcuzcuz. Contábame que su madre se pintaba de amarillo las uñas, y que su padre se sentaba siempre en el suelo con las piernas cruzadas. Era mi señora suegra mujer humilde, y según me contaron, no se incomodaba porque su marido, mi señor suegro, se regalase con otras dos mujeres de añadidura. Con que ya ven.. Otros ejemplos sacaré si por lo que he dicho no me confiesan que esta guerra que ahora emprendemos es un poquito guerra civil.. Pero civil o de naciones, adelante con ella, y veamos otra vez a Cristo vencedor de Mahoma. Yo digo.. oigan esto.. yo digo que entre un vascongado que se deja matar por don Carlos y por la Virgen, su Generalísima, y un andaluz de los que por la Libertad se metieron con Torrijos en la trampa de González Moreno, hay más diferencia que entre el malagueño y el berberisco que ahora van a pelearse por una brizna de honor.. o por el viceversa de quítate tú, Alcorán, para ponerme yo, Evangelio..».

En este punto le interrumpió su hija, que con cierta inquietud veía las frecuentes libaciones del celtíbero entre bocado y bocado de la cena. «Padre -le dijo-, ha bebido usted más de la cuenta, y ya empieza a desbarrar. Cierre el pico, y váyase a la cama». Pudo más en Halconero el efecto congestivo de la cena que el interés del tema de África, y hundiendo en el pecho la barba y alargando los morros, atronó el comedor con la cadencia de sus ronquidos. El niño Vicente, sentado junto a su madre, se comía con los ojos al abuelo, y no perdía sílaba de las extraordinarias opiniones de este sobre Moros y Cristianos. A todos les levantó Lucila de la mesa, arreando con empujones a su marido, cargando con ayuda de Jerónimo al chiquillo enfermo. Ya los otros dormían.. No tardó Halconero en estirar su pesado cuerpo en el lecho matrimonial, bramando con más fuerza y más desahogo de pulmones. Ansúrez se metió en su cuarto. En el próximo a la alcoba principal, desnudaba Lucila a su hijo enfermo para meterle en la cama, y el (p.6796) chiquillo, más despabilado aquella noche que de costumbre, no paraba en su charla candorosa. «Madre -decía-, y ahora, con esta guerra, ¿qué hará mi tío Gonzalo Ansúrez, que se hizo moro antes de que yo naciera, mucho antes, y allá vive como un príncipe? Tú me contaste que tiene palacio de mármol, y muchas criadas moras que le arreglan la cama de seda y le sirven la comida en platos de oro.. Tú me dijiste..».

-Cállate, hijo mío: si te calientas ahora la cabeza, te desvelarás, y tú y nosotros pasaremos mala noche.

-Tú me decías.. ¿ya no te acuerdas?.. Fue cuando estuve tan malo, tan malo ¡ay!.. parecía que me metían en la carne clavos ardiendo.. Para que tomara las medicinas, me decías: «Va a venir tu tío Gonzalo el moro, y te traerá muchos regalos, un vestido verde bordado de oro, espadas muy bonitas, y un caballo.. de carne». Dice mi abuelo que los caballos moros son los mejores del mundo.. corren como el viento, y no les falta más que hablar para ser como las personas.. Pues ni vino mi tío, ni me trajo el caballo, ni nada..

-Cállate.. que no podrás coger el sueño, y te entrará calentura.

-Y yo te pregunto ahora: si la Reina de España le declara la guerra al Rey de los moros, ¿qué hará mi tío don Gonzalo? ¿Peleará con los de allá, o se vendrá con los españoles? Contéstame pronto.

-Yo no sé nada.. Mañana lo averiguaremos.

-Porque si no pelea con los cristianos, ni es caballero ni español.. ¿Cómo quieres tú que yo duerma, pensando que mi tío es traidor a España?.. Tú sabrás si se hizo mahometano de verdad, o de comedia, con el aquel de sonsacar los secretos de la morería y contárselo todo al Gobierno español.

-¿Qué sé yo de eso? Ea, niño, a dormir.

-Pues dime que vendrá mi tío a tratar con la Reina del modo de embestir a esos perros.. y a traerme el caballo.. Mira, madre, armas no quiero, porque yo aquí no voy a matar a nadie.. El caballo sí me hace falta.. porque la pierna se me va curando.. En cuanto que pueda doblar la rodilla, cojo mi caballo, me monto en él, y verás.. Te digo que lo manejaré como a los de cartón, y para (p.6797) que sea manso y bueno, le daré terrones de azúcar y alguna mantecada de Astorga.. Verás cómo lo hago brincar y correr. Ya sé que tú y Nicasia os pondréis a chiflar de miedo cuando me veáis metiéndole las espuelas para que corra más.. No tengáis cuidado, que no me caeré.. Sé montar.. Soy un gran jinete, madre, un gran jinete..

Tanto hizo Lucila por sosegarle, poniendo una de cariño y otra de autoridad, que el chiquillo se calló.. se durmió.. Mas no fue su sueño tranquilo: a media noche daba voces.. reía, suspiraba.. le dolía la pierna.. el caballo no quería pararse, y corría por rápida pendiente hacia un despeñadero. Acudió su madre a medio vestir, y no bastando sus caricias para calmarle, se acostó con él. Sacudidas nerviosas interrumpían el sueño del pobre hijo. Lucila no cesaba de pulsarle. «No tiene fiebre -se decía-; no es nada: es tan sólo el talento, que por ser mayor de lo que corresponde a la edad del niño, no le cabe en la cabeza..».

La certera observación hecha por Vicentito respecto al caso de su tío Gonzalo Ansúrez, quedó bien fija en el pensamiento de la madre. ¿Qué partido tomaría, en la guerra de España con Marruecos, el español que había renegado de su pueblo y de su fe, adoptando la religión y patria berberiscas? De esto habló Lucila con su padre al siguiente día, y el celtíbero no se mordió la lengua para contestarle: «Si tu hermano fuese un lameplatos y un roemendrugos, tal vez se aprovecharía de la guerra para decir yo pequé, y arrimarse a los suyos. Pero Gonzalo es allí hombre de riñón bien cubierto; vive considerado de grandes y chicos, y el mismísimo señor Sultán le llama su amigo, toma de él consejo, y le ha obsequiado con algunas cargas de dinero contante.. En Tetuán se ha establecido, y su casa, si no la mejor, no es de las peores del pueblo. Comercia en lanas, comercia en almendras, y de un punto que llaman Tafilete le traen sus recuas de camellos, un mes sí y otro no, pieles magníficas, de las que manda una parte a Marsella, y otra parte allí se queda para ese calzado ancho y suelto que llaman (p.6798) babuchas. Todo esto lo sé por aquel señor que de allá vino el año pasado, y me trajo carta de mi hijo, acompañada de las cinco onzas que te di para que me las guardaras. Era el mensajero un señor llamado don Jacob Méndez, que los más de los años viene a España y la recorre de punta a punta, comprando esmeraldas, que ahora están en alza, y aljófar, perlitas menudas, que en la Morería tienen gran salida y precio muy bueno. El tal me pareció hombre corriente y de mundo. Aunque no hablamos palabra de religión, túvele por judío: su nombre, su rostro afilado, su desconfianza y el comercio que traía, así me lo declaraban. Se aposentó en la Posada del Peine; allí le vi dos o tres tardes, y me refirió de mi hijo mil cosas que yo ignoraba, pues sólo dos veces tuve con él correspondencia escrita. Lo que el señor don Jacob me contaba fue para mí de grande admiración, y más que nada me agradó saber que Gonzalo es hombre de cuenta, y que ha labrado su acomodo con el trabajo y el buen cumplimiento comercial. Habla la lengua arábiga tan de corrido como si la mamara con la leche. Y es al modo de literato, porque en romance llano y en copias altas escribe cosas magníficas que suspenden. Es querido y respetado de todos.. También tuvo sus quiebras el pobre hijo mío, pues en un pueblo que llaman Alcázar-Quebir tomó partido por un bando de dos o tres que se formaron en no sé qué revuelta, y su cabeza estuvo a dos dedos de ser cortada. Milagro fue que escapara; pero aquello se arregló cortando y salando otras cabezas, y con la paz volvió Gonzalo a la querencia del señor Sultán, lloviendo sobre él riquezas y honores.. De estas cosas y otras que sé tocantes a tu hermano, no he hablado contigo todo lo que quisiera, porque rara vez te encuentro sola, y delante de Halconero no nombro yo a mi Gonzalo por nada de este mundo. Ya sabes que a tu marido le hace poca gracia tener un cuñado mahometano, y dice que mayor deshonra no podría caer sobre mi familia».

Requirió Lucila a Jerónimo para que le dijese el nombre arábigo que en su (p.6799) vida musulmana usaba Gonzalo, y Ansúrez dijo que habiendo interrogado sobre ello al buen don Jacob, este pronunció una gran retahíla de voces que eran como si echase fuera el aliento para volverlo a tomar, escupiendo sílabas, una por una, después de enjuagarse con ellas. «Como yo no entendía nada de aquel murmullo -añadió Ansúrez sacando de su bolsillo una mugrienta cartera, y de esta un papel-, le rogué a don Jacob que me lo escribiera con letras castellanas, para ver de aprendérmelo de memoria.. Aquí lo tienes. Por más que he trabajado en retener estos terminajos, aún no puedo pronunciarlos de corrido. En el largo rótulo se dice que Gonzalo se llama como Mahoma, que es hijo mío, y que ha estado en la Meca, lo cual es tener como un divino certificado de fiel creyente».

Leyó Lucila en el papel este nombre de nombres, trazado con elegantes rasgos que parecían de cálamo más que de pluma: Sidi El Hach Mohammed Ben Sur El Nasiry.

 

Ep-35-III -

«Madrita, también a ti te gustan los militares.. no me digas que no.. Bien conozco que te gustan, picarona.. No pasa tropa formada, con música, sin que te asomes conmigo a verla..». Esto decía Vicentito a su madre, ambos en el balcón, viendo la cola de un regimiento que desfilaba con marcial ritmo hacia el centro de la Villa. Ya llegaba la banda a la casa de Cordero; ya la vanguardia de chiquillos, fascinados por los graciosos aspavientos que hacía con su bastón de porra el tambor mayor, se espaciaba en la Puerta del Sol; ya la bandera iba más allá de Platerías, replegada, firme como una antena en mar tranquilo; las últimas filas de la formación, semejante a un inmenso anélido, pasaban bajo los balcones de Lucila. Esta respondió a su hijo, acariciándole el cabello: «Miro a los soldados porque te gustan a ti, tontín. Si no fueran tu delirio los soldados, yo ni los miraría siquiera».

-Estos soldados son los más guapos que he visto. Llevan uniformes nuevos. Les he mirado el número, que es un 7.

-El 7 es África.

-¿África el 7? Y luego dices que no (p.6800) entiendes de tropa. Si sabes todos los números de la infantería de Línea y de Cazadores, ¿por qué no me los enseñas?

-Conozco algunos.. muy pocos.. números sueltos que se aprenden sin saber cómo.

-Yo no sé pasar de los primeros: 1, Inmemorial del Rey; 2, Reina; 3, Príncipe; 4, Princesa; 5, Infante.. No has querido enseñarme más.

-Pues sigue la cuenta: 6, Saboya; 7, África..

-Y más, más, madrita.. dímelos todos.

-No sé, no sé, hijo.. No te pongas pesado. ¿De dónde quieres que sepa yo esas cosas?

-Un día.. bien me acuerdo.. pasaban Cazadores, y tú dijiste: 11, Arapiles.

-Sí.. ese número sé por casualidad.. por casualidad sé otros, como 28, Luchana.

-¿Cazadores?

-No, hijo: Luchana es de Línea.

Insistió el gracioso chiquillo; pero su madre tuvo arte para poner punto final a un tema que la mortificaba. Como la mañana estaba fresca, hízole retirar del balcón, acomodándole en el sofá de Vitoria con blanda colchoneta, donde pasaba las lentas horas. Se aproximaba la de la visita del médico, que de día en día hacía más lisonjeros augurios.. Llegó el doctor más pronto de lo que se esperaba, y mientras duró el examen de la pierna y se hizo la cura, mortificando grandemente al pobre chico, riñó a este y a la madre porque no se observaba la quietud indispensable para la curación. Debía Vicentito moderarse en sus entusiasmos militares y ecuestres, esperando mejores días para entregarse a ellos. Lloriqueaba el enfermo, no tanto por el dolor de la cura como por ver que se le tasaban los goces de su ardiente afición. Halconero le consolaba con la promesa de traerle una colección de vistas de batallas que, puestas dentro de una caja negra, se miraban por un cristal de aumento, y ello resultaba como si estuviese uno en medio del campo de acción viendo pelear a moros con cristianos. Era la campaña de los franceses en Argel, en láminas iluminadas, que parecían la verdad misma, todo muy propio y con su color natural. Con esto se fue sosegando el chico y resignándose a la quietud. Solo con su madre otro día, al caer de la tarde, le dijo: «Me estaré quieto si tú (p.6801) estás conmigo siempre, y me cuentas cosas, aunque no sean cosas de militares. A ti te quiero más que a nadie, y todo lo que me dices me lo creo, aunque sea mentira..». Entretúvole Lucila con diversas historias, mitad verídicas, mitad inventadas por ella: consejas de animales, de cacerías de leones, de naufragios terribles, de islas que salían del mar y se volvían a meter en él, de milagros estupendos y apariciones de vírgenes en un árbol, en una peña, en una gruta..

«Espérate un poco, madrita -dijo el chico con jovialidad picaresca-, que tengo que hablarte de una cosa. Ahora me acuerdo, por las apariciones que me estás contando. Hace tres noches, aquella noche que saliste con padre a dar el pésame al señor de Centurión porque se le murió su mujer.. Pues aquí se quedaron mi abuelo, don Bruno y Juanito, el amigo que yo quiero más, porque lo que dice parece cantado».

-Juanito Santiuste es un magnífico cantor de historias. ¡Lástima que no vaya al Congreso!.. A veces llora una oyéndole: no se puede remediar.

-Pues aquella noche habló de ti.. Dijo que tú eras, no sé cuándo, la mujer más hermosa que había en el mundo..

-¡Jesús, qué disparate!

-Que él no te había visto; pero que lo había oído.. que eras tan guapa como la Virgen, y que en un castillo te apareciste.. sin zapatos.. quiere decir, con pies como los de las estatuas, y que los que te vieron aparecer se cayeron al suelo encandilados de ver tu hermosura..

-¡Jesús! Hijo mío, no hagas caso. Juanito quería burlarse de los que le escuchaban.

-No, no, que lo decía muy serio, ¡vaya!.. Él no lo vio; pero se lo contaron, y en Madrid está quien lo sabe.. ¿Fue milagro, madre? Juanito dice que salió en papeles y hasta en un libro.. No me lo niegues.. Explícame tú cómo te apareciste. ¿Venías del Cielo? ¿Bajaste volando? A mí no me niegues nada. Y si te apareciste por arte del diablo, dímelo, que yo te guardaré el secreto.

-Chiquillo, no sé si enfadarme o reírme -respondió Lucila prefiriendo la demostración de gozo-. Disparates sin pies ni cabeza es lo que os contó Juan. Como que (p.6802) Juan es loco. ¿No lo has conocido? Dicen que tiene mucho talento, y que repite todo lo que habla ese Castelar..

-Es verdad, madrita. Loco parece Juan algunas veces. Aquel día, cuando se puso en medio de la sala, y mirándote a ti, que entrabas de la compra con mantón y dos cebollas en la mano, te soltó aquellos gritos de.. ¿Cómo era, madre?

-«¡Virgen democracia, yo te saludo!». Nos moríamos de risa oyéndole, y él, con nuestras risas, se dislocaba más.

La entrada de Jerónimo y de Leoncio Ansúrez, que venían de la calle, desvió la conversación hacia puntos de mayor interés. La guerra empezaría pronto. Ya se habían dado las órdenes para la movilización de fuerzas, concentrando batallones en Cádiz, Málaga y Algeciras. El bueno de Leoncio, aunque domesticado por las dulzuras de la familia, tiraba siempre al monte de las aventuras guerreras, como genuino celtíbero, y ya no pensaba más que en ir a campaña. Su habilidad de armero le aseguraba la incorporación en cualquiera de los Cuerpos de Ejército o en el Cuartel general. Un famoso general le estimaba por su destreza y prontitud en la compostura de toda clase de armas de fuego. Seguiría, pues, la formidable corriente que a todas las actividades españolas arrastraba hacia la tierra berberisca. Lo único que le entorpecía la voluntad era el desconsuelo de separarse de su mujer y de su hijo. Quería que mientras él estuviera en África, Virginia y Lucila viviesen juntas, acompañándose las mujeres y los niños, con lo que la soledad de Mita sería más llevadera. Desde luego accedió Lucila, y Halconero, que a la sazón entró, dijo que su mayor gusto era dar albergue a la mujer de Leoncio, mientras este anduviera en el servicio de la patria. Todo español estaba obligado a prestar su ayuda al glorioso ejército. También él se pondría las botas, si no estuviera tan viejo y achacoso. ¡Qué gusto plantarse en África, a la zaga de la tropa, y allí, si no podía batirse, fregar las cacerolas del rancho, ayudar a la colocación de tiendas, o dar el pienso a los caballos!.. El hombre vibraba de entusiasmo, y no quería (p.6803) que se hablase más que de guerra y de las indudables hazañas que, antes de consumadas, ya andaban en lenguas de la gente. La opinión enloquecida escribía la Historia antes que la engendrara el Tiempo.

Cuando acababan de cenar, entró Juanito Santiuste, habitante en casa próxima, amigo de Halconero por la amistad de Leoncio. Solía concurrir a la sobremesa del buen hidalgo campesino, y como por su trato se revelaba excelente muchacho, ameno, decidor y cantor de ideales generosos, Halconero y Lucila veían con gusto su compañía, y le celebraban las gracias oratorias. Conviene decir, ante todo, que Santiuste, después de mil peripecias en su romántica y azarosa vida, había vuelto a las primitivas aficiones literarias. La realidad le hizo ver que no le llamaba Dios por el camino de la herrería mecánica, y que mejor que armas de fuego, construiría poemas, cuentos y artículos de periódico. El mismo Leoncio, que le había tomado grande afecto, le empujó hacia el sendero angosto de las letras, que entonces empalmaba con el ancho camino de la política. Sucedió además que, cuando menos lo esperaba, le cayó un destinillo como llovido del Cielo, que le permitía vivir sin ahogos. Vieron algunos en esto la mano blanca, escondida, de Teresa Villaescusa. Podía ser: sin duda fue ella la deidad bienhechora; mas no dio la cara, y aparecía como protector el Marqués de Beramendi. Ello es que a Juanito le vino Dios a ver: se proveyó de ropa decente; pudo acomodarse en una casa de huéspedes de mediano trato; erigió sobre su cabeza el sombrero de copa, prenda indispensable del empleado y literato; frecuentó círculos donde jamás había puesto los pies, y, en fin, tomó airecillos de importante personalidad. Bien merecía el pobre salir de la tenebrosa obscuridad y miseria en que había vivido, y espaciar en ambiente de cultura su corazón hermoso y su despejada inteligencia. Era colaborador gratuito de más de un periódico, y en uno solo cobraba por sus trabajos míseras cantidades, que a él le parecían los tesoros de Creso; tan hecho estaba el hombre (p.6804) a la pobreza degradante.

Apenas le vio entrar Halconero, le pidió noticias. Él, como periodista, solía llevarlas frescas, y cuando no las tenía, las inventaba, llegando a creer en conciencia que eran la verdad pura: «Ya tenemos plan de campaña. Dividido el ejército de África en tres cuerpos, ya están designados los generales que han de mandarlos. Estos son Echagüe, Ros de Olano y Zabala. Pero hay más, hay más: se dice que irá también Prim».

-¡Prim.. Prim! -repitieron con más curiosidad que asombro las bocas de Halconero, de Ansúrez y de don Bruno Carrasco, que a la sobremesa llegó minutos antes que Santiuste.

-Prim ha venido del extranjero a escape y le ha dicho a don Leopoldo: «¿Pero qué es esto? ¿Yo, Prim, no mando tropas en África?». Y dice O'Donnell: «Habéis llegado tarde, General. Los jefes de los tres cuerpos de Ejército están ya nombrados». Y Prim: «Bien. Pero si no hay cuerpo de Ejército, habrá una brigada, un regimiento, un batallón, una compañía que yo pueda mandar». A esta manera de pedir no podía responder O'Donnell más que creando una División de reserva para que al frente de ella luzca el de Reus su bizarría..

-¡Prim!.. ¡oh! -repitieron las bocas de todos, expresando con dos monosílabos la admiración dubitativa del héroe inédito, cuya leyenda estaba a medio formar.

Luego tomó Santiuste la flauta, y dijo: «¡Qué hermoso espectáculo el de un pueblo que antes de ver realizadas las hazañas ya las da por hechas! Lo que la Historia no ha escrito aún, lo ve la Fe con sus ojos vendados. Creer ciegamente en el fin glorioso de la campaña, equivale a la realidad de ese fin. Ved cómo las madres pobres de las aldeas no se afligen de ver partir a sus hijos para el África. Oíd a los viejos, que, como Horario, pronuncian el terrible ¡que mueran!.. si muertos sellan con su sangre el honor de España. Ved cómo la Nación entrega cuanto posee, para que nada falte al soldado. Aquí dan dinero, allá provisiones, acullá las damas destejen con sus finos dedos las telas.. quiero decir que sacan hilas para curar a (p.6805) los heridos. Quién da caballos, quién mulas.. Los pueblos ricos dan zapatos; los pobres, alpargatas. Los obispos empeñan la mitra, y los catedráticos sacrifican parte de sus míseras pagas.. ¡Espectáculo admirable, sublime, que nos consuela de las vulgaridades y miserias de la política!».

El sagaz Ansúrez agregó a los toques de flauta estas prosaicas observaciones: «Aún no sabemos lo que será O'Donnell como General en Jefe del ejército de África: es de creer que sepa conducirlo y acaudillarlo con la mayor ventaja nuestra y daño grande del enemigo. Esto lo veremos. Lo que no tiene duda es que el buen señor se acredita con esta guerra de político muy ladino, de los de vista larga, pues levantando al país para la guerra y encendiendo el patriotismo, consigue que todos los españoles, sin faltar uno, piensen una misma cosa, y sientan lo mismo, como si un solo corazón existiera para tantos pechos, y con una sola idea se alumbraran todos los caletres. ¿Les parece a ustedes poco? Esto es lo más grande que se ha hecho en España desde que yo nací, y me alegro, pues en mi larga vida no he visto más que trifulcas entre españoles, guerra de sangre, de discursos, motines, y persecuciones de estos contra los otros..».

-El Progreso -afirmó don Bruno Carrasco poniendo en la declaración toda su seriedad de paquidermo-, ha plegado su bandera política y ha enfundado sus agravios ante la declaración de guerra, hecho que a todos los partidos impone un silencio patriótico y una expectación patriótica..

Puesta a un lado la flauta, cogió Santiuste el cornetín, y tocó estas cláusulas vibrantes: «El ideal de la patria se sobrepone a todos los ideales cuando el honor de la Nación está en peligro. Puede la Nación vivir sin riquezas, sin paz, y aun privada de los bienes del progreso puede vivir; pero sin honor nunca vivirá. O lava con sangre los ultrajes hechos a su nombre y representación, o arrastrará una existencia de vilipendio, despreciada de todo el mundo».

Así siguió un rato; pero como no hiciera su música el efecto que buscaba, soltó el cornetín, cogió la trompa, y (p.6806) soplando en ella con toda su fuerza, produjo estos bélicos sonidos: «¡Qué gloria ver resucitado en nuestra época el soldado de Castilla, el castellano Cid, verle junto a nosotros y tocar con nuestra mano la suya, y poder abrazarle y bendecirle en la realidad, no en libros y papeles! Reviven en la edad presente las pasadas. Vemos en manos del valiente O'Donnell la cruz de las Navas, y en las manos de los otros caudillos, la espada de Cortés, el mandoble de Pizarro y el bastón glorioso del Gran Capitán. Las sombras augustas del emperador Carlos V y del gran Cisneros, nos hablan desde los negros muros de Túnez y de Orán. La epopeya, que habíamos relegado al Romancero, vuelve a nosotros trayendo de la mano la figura de aquella excelsa y santa Reina que elevó su espíritu más alto que cuantos soberanos reinaron en esta tierra, la que al clavar la cruz en los adarves de Granada, no creyó cumplida con tan grande hazaña su histórica empresa, y con gallardo atrevimiento y ambición religiosa y política nos señaló el África como remate y complemento del solar español. Al volar desde este mundo al Cielo, donde la esperaba el premio de sus virtudes, Isabel ordenó a sus herederos que arrebatasen a la Media Luna el suelo mauritano, español suelo, y formasen el futuro reino de España con los extremos de los dos continentes. El bravo mar que entre ellos corre no los enemista y separa, sino, antes bien los une y acaricia, besando ambas orillas con alternados ósculos, y cambiando entre una y otra signos de paz y amor. Del Pirineo al Atlas, todo será España».

 

Ep-35-IV -

Vibraban todos los presentes al son de estos roncos trompetazos. Lucila, sin poder impedir que se le saltaran las lágrimas, decía: «Este Juan es un loco, que dice tonterías bonitas». Halconero, deshaciéndose en entusiasmo que le mantenía rebelde al sueño, mandó traer Jerez para festejar al trompista y regalarse todos. Cogiéndole un momento aparte, Lucila dijo a Santiuste: «Hágame el favor, Juanito, de no contar estas cosas tan rimbombéricas cuando esté mi (p.6807) niño delante. Yo quise acostarle; pero cualquiera le arranca de aquí cuando viene usted con estas tocatas. Mírele allí junto a su padre, comiéndosele a usted con los ojos.. Se trastorna, se desvela, y luego las malas noches me tocan a mí: no es usted quien las pasa. Ya tenemos jaqueca para toda la noche con lo que usted ha dicho del Cid, de Cortés, de Pizarro y del Gran Capitán o del Gran Teniente.. Buena la hemos hecho. Acostadito el niño y sin poder dormir, empiezan las preguntas; y yo, que soy tan ignorante, me veo negra para responderle. Con que hágame el favor de dejar la trompa cuando esté aquí mi hijo; coja el flautín o la zambomba, y cuéntenos algo que nos entretenga y nos haga reír».

El buen Jerez prodigado por Halconero avivó los fuegos patrióticos de la tertulia, cuidando el amo de la casa de ser el primero en las alegres expansiones. Alborotadamente trataron de diversos puntos relacionados con la guerra, y Carrasco y Santiuste afirmaron que Moros y Cristianos son en alma y cuerpo diferentes, como el día y la noche. Ansúrez, cuya natural capacidad ilustraba todas las cuestiones, sostuvo que las apariencias de desemejanza las daba, más que la religión y el lenguaje, el hecho de no existir en la Morería lo que aquí llamamos modas. El moro no sabe lo que es esto. Sus armas, sus vestidos, sus hábitos, sus alimentos, se perpetúan al través de los siglos, y lo mismo se eternizan sus modos de sentir y de pensar. Aquí, por el contrario, tenemos la continua mudanza en todo: modas en el vestir, modas de política, modas de religión, modas de filosofía, modas de poesía. Ideas y artes sufren los efectos del delirio de variedad.. Hoy se llevan estas corbatas; mañana serán otras. Hoy se gobierna por este sistema; mañana será por el contrario. Filósofos y sombrereros, poetas y peinadoras, tienen su figurín distinto para cada quince años. Al otro lado del Estrecho les dura un figurín, para todo, la friolera de diez o doce siglos.. Y así, hemos dado en creer que esta permanencia es señal de poca o ninguna civilización, lo cual no es justo, pues ni ellos (p.6808) son bárbaros por no conocer las modas, ni nosotros civilizados por tenerlas y seguirlas tan locamente. La civilización consiste en ser buenos, humanos y tolerantes, en hacer buenas leyes y en cumplirlas..

No expresó el agudo celtíbero estas ideas en la forma que aquí se les da, sino con la frase seca, desnuda y categórica que usar solía. Las presentes páginas sólo transmiten textualmente el final, que fue de este modo: «Entre las cosas santas y buenas que nos recomendó Jesucristo al fundar nuestra doctrina, yo no he podido encontrar nada que sea recomendación de las modas. Dijo: «amaos los unos a los otros»; pero no dijo: «sed veletas en el pensar y en el vestir, en el comer y en el edificar». Y aunque nada dijo de estas veleidades de los hombres, entiendo que las condenó en el Desierto cuando el Demonio quiso tentarle. Sabéis que le llevó a un alto, y mostrándole toda la tierra, se la ofreció en dominio si le adoraba. Para mí que le dijo: «Ahí tienes el mundo de las modas: adórame y será tuyo». El Señor, a mi parecer, contestó: «Vete al infierno tú y tus modas, y no tientes al Señor tu Dios».

Sin comprender la sutil argumentación del viejo Ansúrez, los amigos la tomaron a chacota, y por divertida más que por razonable la celebraron.. Y a otra cosa. Aunque Lucila llamaba disparates a las huecas declamaciones del joven de la trompa, y se burlaba de él por disimular su devoción de las cosas guerreras, se alegraba de verle entrar, y no perdía sílaba de sus peroratas, exuberantes de elocuencia y de histórica poesía. Clavijo, Santiago, los Alfonsos, el Cid, la cruz de las Navas, la cruz del Cardenal Mendoza, la cruz de Lepanto y otras famosas cruces; las torres de Granada, las carabelas de Colón, los tercios de Flandes y demás estrofas sublimes del gran poema, conmovían todo su ser, y le disparaban el corazón a un palpitar loco; de su pecho irradiaba un calorcillo que encendía en su rostro matices de embriaguez dulce. Cierto que procuraba repeler hacia adentro la emoción; pero no siempre lo conseguía, pues la viveza y humedad de los ojos (p.6809) desmentían las burlonas palabras.

Una noche, acostando a Vicente, después de curarle la pierna con amoroso cuidado, el chiquillo le dijo: «Madrita, estoy enfadado contigo.. pero muy enfadado..».

-Yo te desenfadaré, si me dices pronto en qué ha podido ofenderte tu madre.

-¡Zalamera! Estoy enfadado por tres cosas.. tres perradas me has hecho..

-¿La primera..?

-Que le dices a Juanito que no nos cuente cosas de guerra.. para que yo no me despabile.. Pues bien te gustan a ti las cosas de guerra. ¿Crees que no te he visto llorando cuando Juan contaba lo que hizo Hernán Cortés en la Habana.. o en otro punto de las Américas, no sé..? El hombre quemó sus navíos para que los hombres que iban con él no pudieran volverse acá, y luego se metió, espada en mano, por un río arriba, y conquistó un imperio de negros más grande que de aquí a la Villa del Prado.. Luego te pregunto yo: «Madre, ¿quién era ese Hernán Cortés?». Y tú me respondes: «Un vago, un perdido..».

-Tiempo tienes de saber esas cosas, hijo del alma. Ahora estás enfermito, y no conviene que te calientes la cabeza, ni que pierdas el sueño. ¿Y de dónde sacas tú que soy yo guerrera? ¡Vaya una tontería! Yo no estoy en el mundo más que para cuidar a tu padre, a ti y a tus hermanitos, y las guerras de hoy, como las de tiempos pasados, me importan un bledo. Naturalmente, una es española, y cuando tocan el chin chin de las glorias de esta tierra, el corazón baila un poquito.. Segunda cosa..

-Que tú, por llevarme la contraria, y porque se te ha metido en la cabeza que yo no sé montar, has escrito al tío Gonzalo.. o será mi abuelo el que ha escrito, no sé.. habéis escrito para que el tío no me traiga el caballo que me prometió. ¡Y yo aquí con esta pierna tiesa!.. Pues te digo que así no me curaré nunca. Ya puedo doblar la rodilla sin que me duela mucho.. ¿Ves cómo la doblo? Yo te digo que no me ha de costar trabajo apretar los muslos para agarrarme bien, ni meter espuelas con gana para correr.. ¡hala!.. correr como el viento.

-¡Ay, bobito mío.. pues no estás poco avispado con tu caballo (p.6810) árabe!.. Espera, espera un poco. La semana que entra, dice el médico que podrás andar con muletas.. Lo que hemos escrito a mi hermano el moro, es que tenga preparado el caballo, y la silla, y todo, para cuando se le avise.. Ahora, la tercera cosa.

-Pues.. no quería decírtelo.. pero te lo digo.. Ya sabes que una noche contó Juanito que tú te apareciste en un castillo, y que al verte aparecer, los que allí estaban se cayeron al suelo del susto y de.. de.. de ver lo guapa que eras.. Eras como la Virgen, o como otras vírgenes que hubo antes de la del Pilar y la del Rosario.. Yo no sé.. Juanito te comparó con unas vírgenes, santas o no sé qué.. Para que se vea si eres mala. ¡Aquellos que estaban en el castillo te vieron aparecerte, y no quieres que te vea tu hijo! Si tú te desapareces y vuelves a salir cuando te da la gana, ¿por qué no lo haces delante de mí para que yo te vea? Todas las noches te pido este favor, y tú te ríes y me mandas a paseo.

-Y ahora también me río, bobito, porque esas apariciones son cuentos y desvaríos de Juan. Yo me aparezco.. cuando entro por esa puerta. No he aprendido otra manera de hacer mi aparición.

-Bueno, bueno.. Sigo muy enfadado, madrita.. No creas que me desenfado con tus besos, con tus carantoñas.. Y para que veas si soy bueno, me voy a dormir.. No tendrás que chillarme, ni decirme que te estoy martirizando.. Me dormiré ahora mismo.. ya me estoy durmiendo.. y no soñaré nada, no quiero.. Dijo don Bruno que mañana, mañana.. pasará mucha tropa.. mucha tropa.. Salen para la guerra.. de aquí van a la guerra.. Va el tío Leoncio.. esta tarde lo dijo.. Yo me asomaré a ver la guerra.. la tropa que va a la guerra.. pum, pum; chan, charanchán..

Se durmió como un ángel, a quien Marte arrullara en sus brazos. No fue tan dichosa Lucila, que padeció inquietud y desvelo hasta muy alta la noche, mortificada por visiones y pensamientos lastimosos, y por el desasosiego de su marido, con quien compartía el no muy ancho tálamo. Daba vueltas sin cesar sobre sí mismo el buen don Vicente, llevándose tras sí (p.6811) sábanas y mantas, con lo que quedaba desamparada de abrigo la dama celtíbera. Y sobre tantas molestias, el rico labrador pronunciaba frases incoherentes, cortadas por estruendosos regüeldos; cantaba el himno de Riego y la Marcha fusilera, dejando oír entre estas músicas alguna vaga modulación de alarido patriótico, como ecos lejanos de un tumulto callejero.

Con paciencia sufría la esposa estas incomodidades, y en la cavidad verdinegra del insomnio revolvía historias pasadas y presentes. La mirada de su hijo, dulce y quejumbrosa, con que expresaba su ardimiento militar cohibido por la cojera, permanecía estampada en la retina de la madre. Eran los ojos de Vicentín negros como los de ella, luminosos, bañados en esa tristeza cósmica que envuelve las estrellas, así en las claras como en las obscuras noches. En los ojos del niño guerrero veía Lucila algo como la regresión de un ideal que ella tenía por muerto y desvanecido; ideal que salía de su tumba para volver a la realidad viviente. También Lucila había sido guerrera, y la gallardía militar, así en los hechos como en las personas, fue objeto de su culto. Llevose el diablo estas aficiones; cambió el teatro de la vida de la joven celtíbera, y desgarrada una decoración, pusieron otra que hizo olvidar la pasada idolatría.. Pues ahora, un niño inocente, precoz, enfermo, imposibilitado hasta de jugar con cosas guerreras, hacía que por la decoración nueva se transparentasen las líneas y colores de la antigua..

Otra cosa: no eran estas reapariciones de lo pasado el único suplicio de Lucila en sus horas de insomnio. Debe decirse con claridad que, desde su casamiento, ningún hombre, fuera de su buen marido, cautivó su corazón. Pero en mal hora vino el espiritual Santiuste a desmentir la regla general. No le quería, no hacía ningún cálculo de amor referente a él; pero posaba con harta frecuencia su pensamiento en la persona del desgraciado joven, como un ave cansada de volar por los espacios altos del deber. Por su cuñada Virginia conoció a Santiuste; por Leoncio supo su miseria y desamparo, y (p.6812) la dignidad con que el muchacho soportaba tantas desventuras. A menudo se decía: «¿Pero cómo se arreglará ese hombre para vivir con tanto apuro?.. ¿Será verdad que le quería una mujer del mundo llamada Teresa? Y si le quiso y le quiere, ¿cómo le consiente tan destrozadito de ropa y tan vacío de alimento?».

El cambio de fortuna del cantor de la edad heroica colmó de satisfacción a Lucila.. ¡Gracias a Dios que el pobre chico podía vivir, aunque modestamente! ¡De buena gana le habría ella cosido y arreglado la ropa, y regalado unas botas decentes para entrar con pie seguro en la nueva vida! Si le gustaba por pobre desvalido, más le agradó por las bondades de su corazón, que claramente en toda ocasión se manifestaban, y por la rectitud inflexible que movía sus acciones. Su inteligencia y saber, su facundia prodigiosa, descollaban en aquella sociedad vulgarísima como el águila caudal entre humildes y rastreros patos. Y cuando, por la declaración de guerra, desenfundó Santiuste la trompa y empezó a soltar notas de epopeya, si todos le oían con admiración, Lucila se arrebataba interiormente en un fuego de entusiasmo, que en su seno escondía con violentos disimulos. El ideal guerrero tan pronto revivía en los ojos del niño doliente, como en los labios de aquel otro niño grande que jugaba con el Romancero.

Interrumpió estas cavilaciones de la celtíbera la claridad del día que por las rendijas de la ventana se colaba, y ante ella puso la señora término a su mental suplicio, y se lanzó del lecho, dejando al esposo en postura de tranquilidad, panza arriba, estiradas las extremidades, y echando de su abierta boca los ronquidos como el resoplar cadencioso de una máquina de vapor. Vistiose a prisa la hija de Ansúrez, ávida de lanzarse al trajín casero, que era como el organismo supletorio de su ser moral.. Ya no pensaba más que en despertar a la muchacha, sacándola a tirones de su camastro, y en encender lumbre. Luego prepararía el desayuno de Jerónimo, que era el primero en dejar las ociosas lanas; el de los niños, que aún dormían como (p.6813) pajaritos apegados al calor del nido. Pronto llegaría el panadero.. Ya se sentían en la escalera los pasos de plomo del aguador.. Empezaba el día, la rutina normal y fácil, el conjunto de menudas obligaciones que, al modo de tejidos de mimbres, forman el armadijo consistente de una existencia mediocre, honrada, sin luchas.

 

Ep-35-V -

Los niños menores, Pilarita y sus hermanillos Bonifacio y Manolo, contagiados de los gustos del primogénito, despreciaban toda clase de juguetes para consagrarse al militar juego, aprovechando el material de guerra desechado por Vicente: cañones, tropa y oficialidad de cartón o de estaño, banderolas, espadas de palo y morriones de papel. La niña, desmintiendo su sexo apacible, era la más brava en las marchas, en las escaramuzas y refriegas, que algún día le valieron solfas de Lucila en semejante parte. Empezó figurándose cantinera, por algo que había oído a su hermano mayor: aguardiente vendía en un cacharrito de lata, y cigarros de papel torcidos por ella misma. Mas pronto se cansó de estos femeninos menesteres de guerra, y arrollando a sus hermanos pequeños y arrebatándoles espada y casco, se puso al frente de ellos, y les condujo más de una vez a la victoria, o a nuevas solfas de la madre, que no podía resistir tanta batahola y entorpecimientos en las habitaciones y pasillos de la casa. Con sillas armaban plazas fuertes, bajo la dirección técnica de Vicente, y en la última torre de ella se colocaba Pilarita dando voces, atribuyéndose, no sólo entidad militar de plaza sitiada, sino la divina entidad de Virgen del Pilar, y clamaba: «¡Yo no quiero ser francesa.. francesa no.. Aragoneses, defendisme..!». Adoptaba Bonifacio para embestir la plaza el ariete romano, y Manolo imitaba la artillería con los más fuertes zumbidos que articular podía su gran boca. En el asalto eran tan fieros, que los muros y bastiones se desplomaban, y entre el deshecho montón de sillas caía la Pilarica con chichones en la frente.. Inmediatamente venía la zurribanda, y con ella los gritos, ayes, lamentos y otras (p.6814) voces guerreras.

«Por Dios, Vicente, no les azuces a estas diabluras. Ten juicio tú, ya que ellos no pueden tenerlo. Y a esta mocosa la voy a mandar a la escuela, para que allí me la sujeten y me le quiten sus mañas hombrunas..».

Entrado Noviembre, todo Madrid repetía en variedad de formas el juego de guerra de los niños de Halconero. Los señores mayores, las damas de viso, hombres y mujeres de las clases inferiores, procedían y hablaban, poco más o menos, como los chiquillos que esgrimen espadas de caña en medio de la calle y se agrandan la estatura con morriones de papel. Guerra clamaban las verduleras; venganza y guerra los obispos. No había español ni española que no sintiera en su alma el ultraje, y en su propio rostro la bofetada que a España dio la kabila de Anyera, profanando unas piedras y destruyendo nuestras garitas en el campo de Ceuta.

El agravio no era de los que piden reparación de sangre. Fueron los españoles a la guerra porque necesitaban gallear un poquito ante Europa, y dar al sentimiento público, en el interior, un alimento sano y reconstituyente. Demostró el general O'Donnell gran sagacidad política, inventando aquel ingenioso saneamiento de la psicología española. Imitador de Napoleón III, buscaba en la gloria militar un medio de integración de la nacionalidad, un dogmatismo patrio que disciplinara las almas y las hiciera más dóciles a la acción política. Con las victorias de Crimea y de Italia fabricó Napoleón patriotismo más o menos de ley, que hubo de servirle para consolidar su imperio. Francia nos daba las modas del vestir, las modas del pensar y del sentir artístico: nos hacía los ferrocarriles; nos ponía, con mano de niñera ilustrada, en los andadores del progreso; de Francia trajimos también una remesa de imperialismo casero y modestito, que refrescó nuestro ambiente y limpió nuestra sangre viciada por las facciones.

Los partidos de oposición, deslumbrados por el espejismo histórico, cayeron en el artificio. Olózaga y Calvo Asensio cantaron en el Congreso las mismas odas que (p.6815) en sus púlpitos entonaban los obispos.. Decía Calvo Asensio que el dedo de Dios nos marcaba el camino que debíamos seguir para aniquilar al agareno. Estas y otras elocuentes pamplinas arrebataban al auditorio y encendían más la hoguera patriótica. Un representante de la nobleza, ofreciendo al Trono el concurso de sus iguales, decía, mutatis mutandis, lo mismo que la ínfima plebe en tabernas y mercados. Contra el pobre agareno iba el furor de pobres y ricos, de Clero y Nobleza, de niños pequeños y niños grandes. La Reina, al despedir a O'Donnell con frases de sincera emoción, le echaba al cuello medallitas que tenía por milagrosas. Sentía Isabel no ser hombre para coger un arma y acudir a tan santa guerra; y era verdad lo que expresaba, pues nadie como ella sintió el intenso amor de las aventuras españolas, mezcla de fe religiosa, de locura caballeresca y de gallarda superstición. El efecto de unanimidad y de embriaguez sintética estaba conseguido. Gran triunfo del irlandés, de intención honrada y vista penetrante.

En cada mesa de cada café funcionaba un consejo de grandes tácticos y peritos estrategas. Eran, por lo común, empleados de mediano sueldo, retirados del ejército, o cesantes que llevaban su abnegación hasta el punto de alabar al Gobierno, de posponer su hambre a las altas miras de la patria y a la gloria del ejército. Allí se vio la grande generosidad de este pueblo, que olvidaba sus miserias, resignándose a comer entusiasmo y glorias, mal aderezadas con pan seco. Las madres ofrecían todos sus hijos, y los viejos querían alargar su vida para presenciar tantas victorias; los curas tocaban el clarín, y salpicaban de agua bendita los roses de los soldados, incitándoles a no volver sin dejar destruido el islamismo, arrasadas las mezquitas, y clavada la cruz en todos los alcázares agarenos. Gentes había mal nutridas, que lloraban oyendo hablar del próximo embarque de tropas, y darían su última pitanza por que nada faltase a nuestros valientes soldados. Nunca habían visto los nacidos un movimiento de opinión tan poderoso y (p.6816) unánime.. De este sentimiento y convicciones salían tantos planes de guerra como bocas había en cada círculo de café. «Es indudable que nosotros desembarcaremos en Malabatah, cerca de Tánger.. Tomamos Tánger, no sin pérdidas, y en seguida vamos a ocupar el monte de las Monas..».

Esto decía Leovigildo Rodríguez. Le cortaba la palabra Federico Nieto (alias don Frenético) , diciendo con airadas voces: «Cállese usted y no extravíe la opinión. Tánger no puede ser el objetivo.. Mi primo Joaquín, que ha estado en Ceuta y conoce aquello palmo a palmo, me ha dicho que todo lo que no sea tomar tierra en aquella plaza y subir derechitos a lo que llaman Sierra Bullones, es andarse por las ramas..».

-¡Oh, eso no puede ser! -aseguró Agustín Fajardo, pasando su dedo por la mesa como por un plano imaginario-. Fijarse bien, señores. Aquí está Tánger.. aquí está Ceuta.. aquí Tetuán.. Unamos por tres líneas estos tres puntos. Resulta un triángulo de lados desiguales.. ¿El lado más corto cuál es? El que une a Tetuán con Ceuta.. Pues mi teoría es esta: Otras naciones irán a su objetivo por el camino más largo. España debe ir siempre por el más corto. Si no lo hiciera, no sería España.. Esta es mi teoría, señores; es mi teoría.

Con estos desatinos fantásticos iba la gente alimentando la pasión patriótica, que a todos sostenía en un cierto estado de iluminismo alegre. Nadie dudaba del triunfo: el esplendor de nuestras armas traería después bienes sin cuento, que cada cual se imaginaba conforme a sus gustos y necesidades. El buen Halconero, que en patriótico fanatismo daba quince y raya a todos los españoles, pensaba que después de la guerra los laureles nos abrumarían. Probablemente, tras la campaña en África vendrían otras marimorenas con diferentes naciones europeas o asiáticas, y de este continuo pelear resultaría mucha, muchísima gloria y poco dinero, porque los brazos abandonaban la cosecha del trigo por la de laureles. ¿Pero qué importaba? Con tal de ver a España tosiendo fuerte, escupiendo por (p.6817) el colmillo en el ruedo de las naciones europeas, nos allanaríamos a sustentarnos con piruétanos y tagarninas.

Obligado el insigne paquidermo don Bruno Carrasco a tocar su pito en la orquesta patriótica conforme a la tregua concedida por el Progreso, no podía saciarse de política, su comidilla sabrosa y constante. Los temas desde la subida de O'Donnell hasta el Otoño del 59 habían pasado a la Historia. Ya Carrasco no podía poner en su púlpito más que el paño de gala para cantar himnos al Ejército y al Dios de las Batallas. Era ya fiambre manido el asunto de los Cargos de piedra, y la acusación y proceso contra Esteban Collantes, farsa de justicia que encubría el propósito de inutilizar a los moderados por la difamación. No era culpable el ex-ministro de Fomento en el Gabinete Sartorius: la culpa venía de arriba y de peticiones de dinero que el Gobierno no podía desatender. Fue verdad que el valor de los ciento treinta mil cargos de piedra se aplicó a objeto distinto de la reparación de carreteras; cierto que la cantidad fue sustituida por otra igual dada por Salamanca; indudable que don Agustín Esteban Collantes, días antes de la caída de San Luis, ordenó que el milloncejo se reintegrase a su primitivo destino; verdad fue que en el camino hacia la casilla del presupuesto, se perdieron los cuartos, y que la responsabilidad de tal extravío recaía exclusivamente sobre el Director General de Obras Públicas, y que este trasladó a Londres su residencia. Ruidoso escándalo trajo la grave acusación, una de las mayores torpezas de la Unión Liberal, porque en el proceso salieron a relucir infinidad de suciedades de nuestra administración, y nadie a la postre fue castigado. El ex-ministro se defendió con maestría y sutileza grandes. Inmensa labor fue, para el que se sentía inocente, demostrarlo sin dirigir un solo golpe al punto delicado de donde procedía la infracción de ley..

Pues sobre este embrollo y sobre los incidentes del dramático proceso, habló don Bruno tres meses, sin descanso de su lengua ni agotamiento de su saliva. Él lo sabía (p.6818) todo: la inocencia de Collantes, la dudosa conducta de Mora, el origen palatino de aquella irregularidad. Las relaciones entre los partidos de gobierno quedaron rotas y envenenado el ambiente político. Si no inventa O'Donnell la guerra de África, sabe Dios lo que habría pasado. Fue la guerra un colosal sahumerio.. Casi tanto como los Cargos de piedra, sacó de quicio a don Bruno la intentona republicana que estalló y fue sofocada en el curso del estío. En aquella locura pereció el más loco de nuestros demócratas, Sixto Cámara, joven, apuesto, de rostro interesante y algo místico. Trató de sublevar a la guarnición de Olivenza: no pudo conseguirlo; huyó, y perseguido por la Guardia Civil en los campos extremeños, murió de calor y de sed. Místico fue el martirio de aquel visionario que padeció la generosa demencia de querer implantar la República con tres republicanos.

En los claros que dejaban estos asuntos de real importancia, subía don Bruno a su púlpito para condenar los resellamientos y pasar revista a los nuevos periódicos, La Discusión, inspirado por Rivero; El Estado, dirigido por el poeta Campoamor; El Horizonte, hechura de don Luis González Bravo, papel impulsivo y un tanto burlesco con remembranzas de El Guirigay.. De El Contemporáneo, el periódico elegante, órgano de la fracción más europeizada del moderantismo, hablaba pestes el buen don Bruno; odiaba con toda su alma a los caballeros del guante blanco, que derramaban sus luces en aquel diario, dándole la nota de la distinción y del saborete inglés, a los que llamaban Sincretismo a la Unión Liberal, y a cada momento empleaban términos tan estrambóticos como el Self-government y el Habeas Corpus.. ¡Qué tendría que ver con la política el Santísimo Corpus Christi!

Una mañana de Noviembre, hallándose don Bruno y Halconero en casa de este charlando de la movilización de tropas, entró jadeante Juanito Santiuste con la noticia de que él, también él, ¡feliz mortal!, iría.. «¿A dónde, hijo mío?». ¡A la guerra! Por el Marqués de (p.6819) Beramendi, su amigo, había conseguido una plaza en la Sección Volante de la Imprenta de Campaña. Ya tenía preparado su equipaje, que era de los más exiguos, y aquella misma tarde.. ¡Cielo santo, Juanico a la guerra! ¡Y él también sería héroe, y a más de ser héroe, tendría la gloria de ver tantas grandezas..! Y andando el tiempo, dentro de un siglo, sus inocentes biznietos dirían: «Mi abuelo estuvo en la más alta acción, etcétera..». Fuese porque aquel día estuviera don Vicente amagado de un nuevo ataque de su mal, fuese porque la noticia de la partida del trovador colmara su exaltación, ello es que el hombre rompió en llanto. Su trabada lengua decía: «Tú vas, Juan, y yo no.. Yo inútil, yo.. trasto viejo.. tú gloria, yo estropajo.. Abrázame.. te quiero.. ¡Viva España..! Hijos míos.. Lucila, venid.. ¡Que me traigan a Donnell.. que me traigan a Prim!». Dichos estos y otros desatinos, salió disparado por el pasillo, los brazos en alto, el andar tan inseguro que daba encontronazos en los tabiques, rebotando de uno en otro. Seguíanle todos asustados de aquel delirio. Al volver a la sala, su rostro amoratado indicaba fuerte congestión; su voz, ya ronca y casi ininteligible, repetía: «¡Prim.. ejército.. march..!». Para mayor duelo, los chicos menores, que aquel día tuvieron la humorada de disfrazarse de moros, se habían ennegrecido la cara con tizne de la cocina, y haciendo pucheros marchaban detrás de su padre, dando al cuadro, con la mayor inocencia, un tono de trágica burla. Halconero, girando sobre la pierna derecha que de improviso se le quedó como si fuera de palo, cayó al suelo sin que Lucila ni los demás pudieran contener la caída. Pesaba mucho: la palabra escapaba mugiendo de su boca torcida, como escapan los habitantes de una casa que se desploma. Con gran dificultad, entre Lucila, don Bruno y Santiuste, levantaron en vilo el pesado cuerpo, y lo tendieron en la cama.

 

Ep-35-VI -

El médico, llamado a toda prisa, no recetó más que la Extremaunción. Acudieron a la casa Virginia y Leoncio; pero este, como Santiuste, no (p.6820) tardó en salir, pues ambos debían prepararse para partir aquella misma tarde. El niño cojo, que arrimado al balcón había presenciado el accidente y caída de su padre, recibió tan fuerte impresión, que en largo rato no pudo moverse ni pronunciar palabra. Los pequeños, que a la cocina huyeron aterrorizados, mojaron con sus lágrimas el tizne, y diluido este en las caras como pintura de acuarela, se convirtieron en mulatos. En su aflicción y espanto encontró Lucila una ligera pausa para salir a consolar a Vicente, que junto al balcón permanecía. «Tu padre está malito.. pero no te asustes.. Ha sido un ahogo. Dios querrá que se le pase pronto.. Me parece, hijo mío, que tú quieres llorar y no puedes. Llora un poquito, sí; aunque.. ya te digo.. tu padre está mejor.. Ya he mandado a la Nicasia que te ponga tu silla en el comedor.. Me vuelvo al lado de tu padre; pero ya saldré un ratito.. te haré compañía y te contaré cosas.. Tus hermanos, que hoy están muy mañosos y pintados de negro, se meterán contigo en el comedor. Tú cuidarás de que guarden silencio.. Entretenles enseñándoles las vistas de batallas.. Adiós, Vicente: llora un poquito.. no te importe llorar..». Volvió la madre a su obligación. Durante la breve ausencia, el enfermo había recobrado el sentido, aunque sólo de una manera borrosa, crepuscular, pronunciando palabras confusas. Don Bruno Carrasco a gritos le interrogaba, creyendo que de este modo sería mejor entendido. Conoció don Vicente a su mujer, y haciendo por cogerle una mano, intento que no pudo realizar, le dijo: «Luci.. di.. dile a Prim que.. que pase.. a Donnell que.. pase.. a Chagüe.. pase..». A esto siguieron mugidos, como una recriminación a su propio cuerpo por aquella mala partida de no querer moverse.. Sólo el brazo derecho tenía un resto de vida, estirándose y encogiéndose como el alón de un ave moribunda.

Entró de la calle Jerónimo Ansúrez, que, ignorante del grave suceso, tuvo más palabras para el estupor que para el remedio, y con penetración clínica de hombre tan ducho en vidas como en muertes, juzgó (p.6821) desesperado el caso. Ayudó a su hija en la aplicación de sinapismos, y viendo que a las quemaduras de la mostaza no respondía ni con vibraciones de dolor aquel madero que había sido cuerpo humano, propuso que, conforme al dicho del médico, se mandara al diablo la Medicina y se llamase a la Religión. Él mismo llevó el aviso a la parroquia, y a eso de la una dieron la Extremaunción a don Vicente, pues para otros auxilios del alma no tenía el enfermo la necesaria lucidez. No obstante, cuando sonaron en la sala los pasos del sacerdote, la consternada Lucila creyó descubrir en el moribundo una chispa de conocimiento.. Cariñosa atención puso en aquellos mugidos, y hasta llegó a traducirlos libremente de este modo: «Luci.. di.. dile a Dios que.. pase».

Las tres serían cuando entregó a Dios su alma el bueno, el honrado, el sencillo labrador don Vicente Halconero, que jamás hizo mal a nadie, y a muchos bien sin tasa; varón de grande utilidad en la República, o por mejor decir, en el Reino, porque no devoraba porción ninguna del Tesoro Nacional, sino que creaba, con su labor de la tierra, nueva riqueza cada año. No aumentaba la confusión de opiniones, sino que tendía con su patriótica fe a simplificar las ideas, y a buscar la síntesis que pudiera traer a nuestro país positivas grandezas. Su trabajo agrícola era un beneficio para España, y otro su inocencia, virtud preciada contra la invasión de maliciosos. Fecundaba la tierra, fecundaba el ambiente.

Soltó Lucila las exclamaciones de su duelo con afluencia que del corazón y del alma le salía. Era un poema de gratitud, tributo al hombre que la sacó de la soledad triste, ignominiosa, y que, al dignificar su persona, le dio paz, bienestar, honor, y cuanto pudiera ambicionar la mujer menos humilde. Había sido Halconero el maravilloso príncipe de los cuentos orientales, que ofrecen su mano y su reino a la niña despreciada, víctima de las brutalidades de un genio maléfico. El buen caballero labrador, que tenía por blasón su arado y podadera, y por leyenda el Super omnia rura, la hizo reina de su (p.6822) casa, de sus abundantes cosechas, de sus ganados, que poblaban praderas y montes. En este trono, al que subió la celtíbera como por milagro, quedaron borradas las sombras de un pasado triste, y hasta los amargos dejos de sus desdichas se extinguieron en tantas dulzuras. Luego vino su coronación de reina, los hijos, las sagradas prendas de aquella unión bendita. Con los frutos de ella, la casa labradora se perpetuaba y prometía mayores bienandanzas en edades futuras..

Por las notas agudas del llanto de Lucila, que hasta el comedor llegaban, comprendió Vicentito que su padre no existía ya. Era un niño de conocimiento y alcances superiores a su edad. Su misma dolencia, que a forzosa quietud le sometía, daba mayor lucidez a su mente para las cosas graves. La falta de ejercicio corporal, entorpeciendo la acción del niño, permitía un precoz desarrollo de las facultades del hombre.. Como se ha dicho, los ecos de la voz plañidera de su madre, difundidos por la casa muda, dieron al chiquillo la idea y sensación del gran infortunio de la familia: sintió el vacío de padre, la repentina ausencia de una suprema autoridad y custodia.. Viéndole llorar, también lloraron sus hermanitos. Pero él les dijo: «No lloremos todos a un tiempo, que haremos demasiado ruido.. Si la madrita nos oye llorar, se pondrá más triste.. No es más sino que el padre está malo.. pero ahora viene el médico y se pondrá bueno». Con estas y otras exhortaciones les hizo callar, y él, sin limpiarse las lágrimas, dio algunas vueltas, con sus muletas, en torno a la mesa del comedor, aún sin manteles ni preparativo alguno de comida, aunque había pasado la hora. Después se sentó, estirando su pierna sobre otra silla, y permaneció pensativo un buen rato, mientras Pilarita y los pequeños, sentados en ruedo casi debajo de la mesa, repasaban las vistas de batallas, agregándoles innumerables detalles, ya con trazos de lápiz gordo, ya con la impresión de sus manos puercas.. Entró en esto Nicasia llorosa. Vicente no le dijo nada, ni necesitó que ella le contase lo ocurrido. Venía, por orden de (p.6823) la señora, no más que a darles de comer, y a recomendarles que no hiciesen ruido, y que fuesen aquel día los niños más buenos del mundo. Puesto un mantel en media mesa, en un santiamén les dio de comer la moza, sirviéndoles sopa fría, carne y garbanzos del cocido a medio hacer, tortilla improvisada, como remedión, higos y nueces de postre. Vicentito fue excesivamente parco con el comer. Entró Jerónimo Ansúrez con rostro grave cuando aún no habían concluido, y a todos les acarició diciéndoles: «¡Qué guapos son estos niños, y qué bien se portan hoy! Les voy a traer almendras confitadas y unos candeleritos con velas de colores, con su Virgen de la Paloma y todo. Luego vendrá Virginia con su nene, y jugaréis a los altaricos». Se fue a tratar del féretro y demás, en una tienda de la Concepción Jerónima. Vicente se puso a repasar un librillo de estampas de animales, y aún estaba en las primeras hojas, cuando vio entrar a Juan Santiuste, de puntillas, la consternación pintada en su rostro estatuario, que si era comúnmente fiel intérprete de la alegría, mejor expresaba el dolor. Llegose derecho al cojito y le estrechó las manos.. Se sentó a su lado.. No habló del padre muerto, ni había para qué. Había venido Juan a ver cómo seguía don Vicente. Los porteros confirmaron lo que él temía. Subió desolado. Nicasia, enterándole en breves palabras de la muerte, le dijo: «Pase, don Juan, al comedor: allí están los niños».

No acertó el chico a decirle palabra. Dejándose acariciar de él, le miraba con arrobamiento. Juan le pasó la mano por los cabellos negros, sedosos, atusándoselos con gracia.. «Vicente -le dijo-, te quiero tanto, que no siento irme a la guerra más que por no poder estar contigo y verte todos los días».

-¡Te vas a la guerra, Juan..! Verás: antes quería yo que fueses a la guerra, y hoy me da pena de que te vayas.. ¡Tanto tiempo sin verte; tanto tiempo solo!.. ¿Y si cuando vengas me encuentras más cojo que ahora? No: yo no quiero estar cojo.

Oyéndole sintió Santiuste un arrebato de amor tan grande por aquel niño enfermo, prodigio de (p.6824) graciosa inteligencia, que no pudo reprimirse, y cogiéndole la cabeza le besó con ardor en los cabellos, en la frente, en las mejillas, y no paró en sus demostraciones hasta que el chiquillo protestó con cariñosa queja: «¡Juan, que me ahogas!». Santiuste oprimía contra su pecho la cabeza del niño, diciéndole: «No sabes cuánto te quiero, hijo mío.. No te lo había dicho nunca.. Ahora te lo digo, porque sí; porque quiero que lo sepas.. Eres muy bueno, Vicente, y por bueno te quiero yo..».

-Pues si me quieres -replicó el chico-, escríbeme de allí todo lo que vaya pasando en la guerra, para que yo me entere. Escribes y le mandas las cartas a mi madre, y ella y yo las leeremos juntos, y nos acordaremos de ti. Mi madre también te quiere: se lo he conocido; te quiere como si fueras mi hermano, y me parece que no le hace mucha gracia que te vayas a la guerra. Podría cogerte una bala, y matarte o dejarte derrengado.. o con la cara rota, sin tu guapeza natural.

-Ya cuidaré yo de que no me cojan balas; y en lo de escribiros cartas a tu madre y a ti, estad tranquilos. Todo, todito lo que vaya pasando, batallas, victorias, lo sabréis ella y tú tan pronto como el Gobierno.. Déjame que te bese otra vez, criatura.. La idea de que estaré tanto tiempo sin verte me vuelve loco..

En el nuevo arrebato de su cariño ardiente, no pudo Santiuste contener sus lágrimas; y viéndole llorar, Vicente también lloró. «Hoy estoy triste, Juan -le dijo-. La verdad, no debieras marcharte.. voy a quedarme muy solo.. Si no tienes prisa y esperas a que salga mi madre, verás cómo ella te dice también que no te vayas..». Acongojado y con un nudo en la garganta, Santiuste no sabía qué decir.. «No, no estaré hasta que tu madre venga -murmuró al fin, mirando con pavor a la puerta-: tengo mucha prisa..». La presencia de Lucila le infundía miedo en aquella fúnebre ocasión. Verla y oírla era ordinariamente su encanto; mas aquel día la imagen y la voz de la celtíbera debían ser guardadas en arqueta de oro, de donde se sacarían a su debido tiempo.. Tal era su temor de verla, que con súbito movimiento (p.6825) cogió el sombrero para marcharse. Quiso detenerle Vicentillo. «¿Quieres que llame a Nicasia para que le diga a madrita que estás aquí?».

-No, no, no -replicó Juan con mayor espanto-; madrita no puede venir ahora.. Yo me voy.. Déjame darte muchos besos.. y también a tus hermanitos.. Tú, Vicente, no te olvides de mí. ¡Mira que te quiero mucho, y pensaré en ti a todas horas..! En el corazón me llevo tu cara, que es la cara de tu madre.. quiero decir, que te pareces a ella.. Adiós.. Recibiréis cartas, y hoy os contaré una batalla, mañana otra. No perderé ninguna, para que toda la guerra quede bien referida. Hoy sale O'Donnell; yo también. Vamos juntos a Cádiz, y allí nos embarcamos.. Ya te dije que Cádiz es puerto de mar..

-Tú, que sabes tanto, le dirás a O'Donnell lo que tiene que hacer.. Y tú llevarás tu fusil.. Pongo que te encuentras por delante a un moro: te matará si no le matas a él..

-Naturalmente, allí me darán armas.. Y yo te aseguro que si algún morazo se me pone a tiro, lo mando al otro mundo con un recadito para Mahoma.

-Dice mi abuelo Jerónimo que los moros tienen su cielo separado del nuestro, donde está Majoma con muchísimas mujeres, bailando y divirtiéndose. ¿Será verdad eso, Juan?

«Debe de ser verdad.. Cuando yo vuelva te daré noticias de la tierra y del cielo moro.. Adiós, niño mío; no puedo detenerme más». El temor de que Lucila entrase, singular ejemplo de delicadeza llevada a un extremo increíble, le hacía temblar. Besó de nuevo al chiquillo con ardiente ternura, repartió besos entre los demás, y salió con pisar blando.

 

Ep-35-VII -

Pero al bajar vio que subían el ataúd, y como era tan angosta la escalera, hubo de volver hacia arriba y meterse en la casa, única manera de dar paso al fúnebre cajón. En aquel instante, gran estrépito militar venía de la calle, por la cual marchaba un batallón con música, y bullicio y vítores de la gente. Favorecido de aquel estruendo, pudo Santiuste escabullirse hacia el interior de la casa mortuoria, y volvió a meterse en el comedor, (p.6826) después de cerciorarse por Nicasia de que los chicos continuaban solos en aquella pieza. Fascinado Vicentito por la bullanga marcial que atronaba la calle, creyó que su amigo Juan volvía para echar con él otro parrafito de cosas de la guerra.

«¿Qué tropa es esa, Juan?».

-Cazadores de Ciudad-Rodrigo, que van a la estación.

-Ciudad-Rodrigo, número 9.. ¡Y no puedo asomarme!

-No, hijo mío; no te muevas de aquí. Verás a los cazadores de Ciudad-Rodrigo cuando vuelvan de África vencedores.. Estoy aquí otra vez porque no he podido pasar.. Y me alegro de volver, porque se me olvidó decirte que.. Vicente, dirás a tu madre que siento mucho no despedirme de ella; que..

-Que nos escribirás, que nos quieres..

-Que siento no despedirme, Vicente: no le digas más que eso.. por ahora. Y cuando llegue mi primera carta, le dirás.. eso.. que os quiero mucho, que os llevo en el alma.. No, no digas nada de esto.. Adiós, hijo mío.. Si me detengo más, me quedo en tierra. Adiós. Otro beso, otro..

Salió como un cohete, y no hallando obstáculo en la escalera, pronto pisó la calle, donde no era fácil el tránsito por la muchedumbre que al batallón aclamaba y en su marcha le seguía. Ventanas y balcones rebosaban de gente: lo que esta no podía expresar con la boca, lo expresaba con los pañuelos desplegados al viento. Subió Santiuste en cuatro brincos a su casa, cerró la maletilla en que metido había todo su ajuar, envolvió en un papel algunos objetos que en la maleta no cabían, y acompañado de un chico de la patrona que se brindó por patriotismo a llevarle el equipaje, se metió por la Plaza Mayor, para coger la calle de Atocha, que a la estación del mismo nombre debía conducirle. Apretando el paso llegaron el viajero y su ayudante de carga al crucero de Atocha, donde era tan grande el tropel de gente, que no había medio de romperlo para pasar al embarcadero del ferrocarril. La multitud no cabía en el suelo, y se extendía por alto: los chicos, encaramados en la fuente de la Alcachofa y en los árboles; las mujeres del pueblo, (p.6827) subidas al cerrillo de San Blas y al techo de la ermita. Coches de lujo, con señoras y caballeros de la mejor sociedad, trataban de navegar en la masa humana, que se movía como el mar, con oleaje de estrujones y espuma de gritos. Era felizmente un mar alegre. Nadie se quejaba de las apreturas: la molestia y el vaivén penoso eran motivo de risa, de graciosos dicharachos. Poco terreno habían ganado Santiuste y la compañía, abriéndose hueco a fuerza de vigorosos codazos, cuando vieron un coche abierto en que venía O'Donnell con Posada Herrera y Armero. Apenas se dibujó sobre las olas la figura del General, los vivas a España, a O'Donnell y al Ejército formaron un ruido de huracán. Miles de manos se agitaban por encima de las cabezas. Navegaba el coche con suma dificultad, y el cochero entraba en familiar conferencia con la multitud. «Pero dejen pasar.. No puedo ir por otro lado.. Hagan el favor.. despejen». Y una mujer del pueblo: «Atrás todo el mundo. Pase, Leopoldo..».

Con esfuerzo de brazos y suprema inspiración, Santiuste y su compañero levantaron en alto, el uno la maletilla, el otro su envoltorio de papeles, gritando: «Señores, que yo también voy a la guerra.. déjenme paso..». «¿Y a qué vais vosotros allá, lambiones?». Las burlas y chirigotas que oyeron no les acobardaron: entre risas y algún trastazo llegaron a poner la mano en la capota del coche del General, y con tal arrimo, náugrafos asidos a una lancha, llegaron al puerto de la estación. El gabancillo de Santiuste no salió de aquel mal paso sin lastimosos desgarrones, y del envoltorio de papel, chafado y roto, se escaparon una zapatilla, una pistola y un tintero de bolsillo.

En la plazoleta de la estación, vio Santiuste más coches, y en ellos damas que lloraban y señores que hacían pucheros. La patriótica ternura se desbordaba en todas las almas. Allí los vivas eran más cultos, y nadie pedía orejas de moros, mas no era menor el estruendo. Entre mil caras, distinguió Juan el interesante rostro de Teresa Villaescusa.. También lloraba, pues aunque mala mujer, era una (p.6828) furibunda patriota. Iría de cantinera si la dejaran.

Santiuste la vio, mas no fue visto de ella. Atendía la guapa mujer a un señor viejo que en el coche la acompañaba, y que sin duda le decía: «No es propio de las señoras llorar tanto por cosas de patriotismo, ni dar vivas. Para dar vivas estamos los hombres, y para llorar, los niños y las mujeres de pueblo. Las hembras que no son de pueblo, deben entusiasmarse con dignidad, sin lágrimas ni voces descompuestas.. Pon tú cara risueña, que es lo que te corresponde, y yo grito, como vas a oír: '¡Viva España, viva la Reina!'».

Alelado, primero con la visión de Teresa, después entristecido por otras añoranzas de mayor intensidad en su espíritu, Santiuste pudo sobreponer fácilmente a estas flaquezas la grande ilusión de África: este manantial de felicidad era entonces abundante y puro, y en él encontraba el alma todos los consuelos que pudiera necesitar.. Despidiose de su machacante el expedicionario, y penetró en la estación. Entre el barullo que allí había, no tardó en encontrar amigos: el Marqués de Beramendi, que le había proporcionado la dicha de acompañar al ejército en calidad de cronista; Manolo Tarfe, el mayor entusiasta de O'Donnell, que a todos embarcaba para la guerra y se quedaba en Madrid; el Capitán Navascués, que iba en la escolta del General en Jefe; O'Lean, Gallo, Pulpis, y por fin, Rinaldi, el prodigioso políglota a quien O'Donnell llevaba de intérprete. Era Aníbal Rinaldi joven de lenguas, más bien niño, nacido en Damasco, recriado en Granada; hablaba con perfección el árabe, su idioma natal, y otros doce de añadidura. Con este simpático mozo trabó amistad Santiuste, días antes de la partida, cautivado por su saber filológico y por la dulzura y franqueza de su trato. Concertáronse para ir juntos en uno de los coches destinados a intérpretes, cronistas y demás elemento auxiliar, y colocadas las maletas de uno y otro en dos extremos del departamento, Santiuste ocupó su sitio. Tan nervioso estaba, que temía que el tren partiera sin él si se entretenía en despedidas y salutaciones. (p.6829) Los minutos que faltaban para la salida se le hacían años en que todos los días fueran Cuaresma. Quería partir, correr, volar.. Por fin, un clamoreo de vivas expresó la salida, y el tren dio los primeros pasos, hiriendo la calzada de hierro con las suelas del mismo metal.

«Gracias a Dios -dijo Santiuste a Rinaldi, sentado frente a él-; ya partimos, ya vamos.. Será un sueño llegar al África; pero ya no lo es salir de Madrid, y salir con O'Donnell. Si él llega, llegaremos nosotros».

-Dormiremos -dijo Aníbal requiriendo las blanduras del rincón junto a la ventanilla.

-Yo no duermo -replicó Santiuste-. No quiero dormir. Temo soñar que no he salido, que me he quedado en Madrid. Pasaré la noche mirando los fantasmas del campo, el suelo de España que corre hacia atrás, como formas yacentes y líneas acostadas..

Bufaba el tren en las cortas pendientes, echando fuego por las narices.. A lo largo de las planicies fáciles, se dormía en un ritmo ternario, imitando el trote del Clavileño.

Segunda parte

África.- De Ceuta al Valle de Tetuán: Noviembre y Diciembre de 1859.- Enero de 1860

 

Ep-35-I -

Seis días tardó de Madrid a Cádiz el Clavileño, que sólo era ferrocarril hasta Tembleque; lo demás lo anduvo por caminos carreteros. El 14 se embarcó O'Donnell en el vapor Vulcano para hacer un reconocimiento de la costa africana. En Cádiz esperaban orden de embarque las tropas del Segundo Cuerpo al mando de Zabala, y allí quedó también Santiuste, quien, si por una parte se alegró de aquel descanso junto a sus buenas tías, por otra renegaba de la tardanza en pisar la tierra berberisca, objeto de sus más ardientes ansias. Por fin, regresó a Cádiz el General en Jefe, pasó revista a las tropas el 19, santo de S. M., y a los pocos días partió con el Segundo Cuerpo, desembarcando en Ceuta casi al mismo tiempo que lo hacía Prim con la división de Reserva, procedente de San Roque y Algeciras. Dura fue la travesía por causa del maldito Levante, que en los meses de erre suele jugar con las aguas del Estrecho, alborotándolas furiosamente. El pobre Santiuste, que era el (p.6830) hombre menos marinero del mundo, pasó fatigas de muerte, tumbado en la cubierta del vapor, sin más consuelo de aquel terrible sufrimiento que lanzar maldiciones contra Neptuno y Eolo.. Llegó a sentirse como un pellejo vacío que no podría jamás tenerse en pie.. Por fin, oyó decir que ya se veía Ceuta. Transcurrido un lapso de tiempo que a él le pareció de muchas horas, oyó decir que el vapor fondeaba. Los tremendos balances no amenguaban por esto, y el pobre mareante, incorporándose con supremo esfuerzo para mirar por encima de la borda, vio el Hacho, vio la ciudad tendida en el istmo, como un gran telón que por el cielo arriba se encaramaba, después se hundía en los abismos profundos..

Las maniobras y el barullo del desembarco diéronle algún aliento. Deseaba ser de los primeros en tomar tierra; pero fue de los últimos. Con dificultad podía tenerse en pie, y el uniforme que le habían dado antes de salir de Cádiz le pesaba y estorbaba horriblemente, no acertando ni a meter los botones en sus ojales respectivos para conservar la dignidad de la persona y del traje; el ros se le perdió en las fatigas del mareo: pusiéronle otro, que se le encasquetaba hasta las orejas. Con tal facha, y viendo que cielo, mar, barco y tierra continuaban en angustioso sube y baja delante de su vista, obligándole a cerrar los ojos para reconstruir en su retina las líneas fijas del Universo, fue llevado como en vilo hacia la escala, y de allí le bajaron a un bote, que también se hundía y se encaramaba.. No pudo decir lo que le pasó hasta sentirse arrojado como un fardo sobre los losetones del muelle. Su amigo el Capitán Pulpis vino a darle ánimos. Sacó Santiuste fuerzas de su extenuación, y evocando su dignidad y mirándose el uniforme que vestía, se puso en pie, anduvo.. Entre soldados que se reían de su facha y desaliento, llegó a un sitio donde le dieron vino y pan. Habría preferido café, caldo, cualquier bebida caliente; pero hubo de conformarse, pues no estaba el tiempo para pedir cotufas en el golfo. Vio mujeres que, al paso de la tropa, le miraron compasivas. (p.6831) La mirada de las hembras levantó un poco su espíritu y le entonó el desmayado cuerpo.

Oyó salutaciones, clamor de vítores. Con decir ¡viva la Reina!, lo decían todo pueblo y soldados. Llegaba la hora del sacrificio por la patria, y era indecoroso pensar en comer. Adelante, adelante. La muchedumbre militar, en cuya retaguardia iba el mísero poeta y orador Santiuste, marchaba por la población ante un abigarrado gentío. Vio casas de desigual altura, unas con tejado, otras con azoteas; vio que por encima de algunas tapias asomaban palmeras y naranjos.. vio caras compungidas y caras risueñas.. Luego pasó por un conducto obscuro y estrecho, semejante a los túneles del ferrocarril; pasó por un puente levadizo, bajo el cual se extendía profundo foso vestido de hierba; vio bastiones, plazas de armas con pirámides de balas negras junto a los cañones verdes, inválidos; franqueó puertas rematadas con el escudo nacional, y, por fin, vio campo, terreno inculto a derecha e izquierda, lomas áridas con algunos grupos de chumberas o palmitos, entre peñas, y ya no veía mujeres ni paisanos. La tropa, en cuyas filas iba, avanzaba silenciosa: a lo lejos, a medida que el paisaje se abría, divisó el cronista soldados de todas armas, en grupos, no en actitud de combatir, sino de descanso; acémilas que volvían descargadas, camillas que aún no transportaban heridos. De moros no veía Juan ni rastro por ninguna parte.

Agradeció mucho el poeta militar que la masa de tropa, dentro de la cual era como gota de agua en la ola movible, suspendiera su marcha, alcanzado quizás el término de ella. Difícilmente se tenía ya en pie, y necesitaba evocar toda su dignidad y todo su patriotismo para no tumbarse a un lado del sendero. Algo le consoló ver que los soldados reconocían los sitios en que debían armar sus tiendas, y observó con gozo todos los indicios de esta función doméstica que aun en la vida de campaña es indispensable. Oyó que aquel lugar se llamaba El Otero; le animó mucho el notar que los soldados, alegres y activos, no se recataban para manifestar su (p.6832) horroroso apetito. Desde la salida de Cádiz no había vuelto a ver a su amigo Rinaldi: le suponía junto al General en Jefe, y a este se le figuraba en Ceuta, ordenando la situación de las fuerzas en los puntos convenientes para comenzar la campaña. La atenuación física desmedraba de tal modo las facultades mentales de Santiuste, que apenas podía discurrir, y al intentarlo no lograba traer a sus juicios la lógica fugitiva. No sabía en qué Cuerpo de Ejército se encontraba, ni si era su Jefe Prim o Zabala.

El capitán Pulpis, única persona con quien hablar podía, pues los demás no paraban mientes en él ni le hacían ningún caso, le dijo que más adentro, fuera ya del campo neutral, había un caseretón llamado El Serrallo, que fácilmente ocupó Echagüe días antes. Rodeado aquel sitio de cerros eminentes, en estos se levantaron fuertes. Atacaron los moros; se les rechazó en cuantas embestidas dieron. Habíamos tenido pérdidas; ellos muchas más.. Ya que pisaban territorio marroquí dos Cuerpos de Ejército, y el Tercero no tardaría, pronto veríamos formidables batallas.. Todo esto le hubiera parecido muy bien al amigo Santiuste, si se encontrara en el estado de equilibrio fisiológico que permite la fácil apreciación de los planes guerreros, pues los estómagos vacíos obscurecen las facultades del alma, y esta no puede darse cuenta de cosa alguna referente a la gloria y al patriotismo. Más que las noticias de los encuentros, honrosamente sostenidos por Echagüe, agradeció Santiuste que Pulpis le brindara el abrigo de la tienda, acabada de armar por los soldados; allí esperaría la comida que les diesen, la cual no había de ser mucha, pues las raciones venían escasas por no poderse transportar desde Cádiz, Málaga y Algeciras todo lo necesario.

Iba cayendo la tarde. El machacante de un sargento, de la compañía de Pulpis, dio pan al extenuado cronista; este se reanimó; fue recobrando su ser, desvirtuado por el mareo, el cansancio y el ayuno, y pudo esperar, con relativa paciencia, la hora feliz en que repartieran algo caliente y sabroso. Esto llegó al fin, y (p.6833) devorado fue sin que nadie pusiese el menor reparo. Dio Santiuste gracias a Dios y a Pulpis por la reparación de su cuerpo, que le devolvía gradualmente las luces y el vigor del alma. Un poco de café, mal colado y caliente, iluminó más el cerebro del héroe por fuerza, poniéndole en condiciones de enterarse de todo, de apreciar los juicios que oía referentes a hechos y a personas. Recostado en la parte de la tienda donde menos estorbo podía causar su cuerpo, escuchó comentarios que los oficiales hacían de la situación y objetivos del Ejército, y pudo entender que aún no se sabía con certeza si iríamos sobre Tánger o sobre Tetuán. Dominaba entre los contendientes la opinión de que lo segundo era difícil, y lo primero imposible.

El comandante don Luis de Castillejo, hombre de historia militar y social muy cuajada de peripecias, y además despejadísimo, aseguró que si el objetivo era Tetuán, el Ejército debió tomar tierra africana en la desembocadura del Río Martín. Él conocía palmo a palmo toda la costa, por haberla recorrido a pie o en lancha, en ocasiones dramáticas de su vida. Además, había servido en Ceuta, en Alhucemas y en Chafarinas; conocía también parte del territorio de Anyera, y podía resueltamente asegurar que el mejor punto de desembarco para contener a los anyerinos y expugnar a Tetuán era el Río Martín. ¿Cómo no lo vio así el General en Jefe cuando salió en el Vulcano a recorrer la costa? O no pudo acercarse bastante por causa del ventarrón que aquel día reinaba, o los técnicos que llevó consigo no pudieron asesorarle bien, por no haber estudiado previamente la costa entre Cabo Negro y Cabo Mazari, ni las débiles defensas que tienen los moros en la boca del río.

El sueño cerró las bocas de los oficiales, y Santiuste se adormeció pensando en su compromiso de referir puntual y rectamente cuanto viese. Su amigo y protector Beramendi le había dicho: «Hágase cuenta de que escribe para mí solo, y sea esclavo de la verdad». Ajustando sus ideas al recuerdo de la voluntad del Marqués, se (p.6834) durmió con este propósito: «Mañana escribiré que todavía no sabemos a dónde vamos.. que quizás el Estado Mayor tampoco lo sabe.. que el desembarco en Ceuta es un disparate estratégico..».

Y despertando al toque de diana, que en el campamento sonaba como himno religioso, pensó que si debía ser estrictamente sincero con el simpático Fajardo, a su amiguito Vicente Halconero, hijo de Lucila, escribiría en tonos de patriotismo infantil y sonrosado, así, por ejemplo: «Todo admirable, todo conforme al ensueño.. los generales acertadísimos.. los soldados alegres, deseando batirse, batiéndose como leones.. como españoles bien comidos.. la pitanza pronta en todo caso, y abundante.. los moros iracundos en el ataque.. cayendo como moscas.. el país precioso, con oasis, palmeras, camellos.. higos chumbos por todas partes.. las mezquitas arrasadas por los nuestros.. la Cruz triunfante, y ¡viva España!».

Medio repuesto ya del gran quebranto del viaje, salió Juan a pasear por el campamento, y no fue poco su asombro al ver que, recorriendo un gran espacio de terreno, no dejaba de ver tropas y más tropas. Queriendo llegar al fin de aquel humano enjambre, siguió laderas abajo y laderas arriba hasta dar en un cerro que llamaban del Renegado. Desde allí se veía el mar por una parte, por otra las alturas en que se alzaban los fuertes que mandó levantar Echagüe. Internándose un poco, vio el Serrallo, construcción vieja, almenada, y en torno a ella más tropas.. Aunque no conocía, como Vicentito, los números de los Cuerpos, pudo apreciar, por la variedad de cifras, la muchedumbre de aquellos. Cuarenta y un batallones, según alguien le dijo, ocupaban aquel territorio. Los soldados, alegres y bulliciosos, deseaban que les echaran moros para dar cuenta de ellos.

Volvió a su tienda el trovador, y se ocupó en escribir sus primeras cartas, lo que hizo con la prolijidad y cuidado de un primerizo en tales obligaciones. Aún conservaba el sentimiento de su deber, no turbado por el cansancio; aún hervía en su mente la ilusión de grandezas (p.6835) épicas, anunciadas por la voz inequívoca de los corazones, así como por la profética voz de los vates políticos y literarios. Dio Santiuste, en sus dos cartas, noticias desacordes: en una pintaba la realidad; en otra dejaba correr su loca fantasía. Pero ya porque no tuviese costumbre de poner la debida atención en las cosas prácticas, ya porque su cerebro no estaba aún bien firme, equivocó los sobrescritos de los pliegos, enviando a Beramendi la carta imaginativa, la real a Lucila y su niño.. El cantor de glorias no se enteró del trueco hasta muchos días después, cuando vio en un periódico las lindas parrafadas poéticas que dirigió al adorado hijo de la celtíbera.

Ansiaba Santiuste ver moros, y presenciar una gallarda pelea. Poco hubo de esperar para la satisfacción de su anhelo, porque a mediodía del 30 vomitó Sierra-Bullones gran morisma. Bajaban y se escondían entre matorrales, rompiendo el fuego contra los españoles. Estos acudían hacia ellos; daban el cuerpo los berberiscos con espantosa gritería; cundía el fuego en extensión considerable. Desde la vertiente sur de la hondonada del Serrallo, donde se hallaba Juan, no podía ver este sino una parte de la acción. Subiendo un poco para ver mejor, sin cuidado de mayor riesgo, encontrose a unos cuantos mirones junto a un peñasco guarnecido de chumberas. Arrimose también allí. Un amigo le cogió por el brazo: era Enrique Clavería, de Administración militar, jovenzuelo muy simpático, hijo del Coronel de un regimiento que había quedado en la Península. Santiuste y el joven Clavería, que también era un poco literato y enjaretaba versos como todo buen español de veinte años, pusieron toda su atención en el espectáculo que delante tenían. Vueltos de cara al Oeste, por donde se columbraba la angostura llamada boquete de Anyera, vieron que los moros salían por aquella parte como nube de moscas. Admiraba el cronista su agilidad de saltamontes; las burdas chilabas, del color de la tierra, les confundían con esta; se les veía perderse entre matorrales y salir de ellos saltando, con (p.6836) rápida flexión de sus zancas obscuras.

Todo lo que Santiuste ignoraba respecto a Cuerpos y personal del Ejército, lo sabía Clavería. Este le designaba los movimientos, y qué fuerzas los efectuaban. «¿Ves cómo se despliegan en línea? Allí está la izquierda; la derecha nos la tapa esa loma, que no nos deja ver el barranco del Infierno».

-¿Y tu General dónde está?

-¿Echagüe? ¿Dónde ha de estar sino en el sitio de mayor peligro? Allí, en la derecha le tienes: no podemos verlo. Fíjate ahora en el ala izquierda.. Enfila tu vista por aquel pedazo de muralla con dientes, que parece ruina de una mezquita.. ¿Ves de dónde sale tanto humo? Pues allí está Lassausaye, ese inglés valiente como un gallo de pelea.. Es de los que no retroceden así les parta un rayo..

-¿O'Donnell dónde está? Se habrá quedado en el Otero dando sus disposiciones.

-¡Quia!.. le tienes aquí.. ¿Ves el Serrallo?.. Enfílate por la torre del Este.. un poquito más allá..

-Ya, ya veo.. distingo la escolta.. Ahora pica espuelas, sube hacia la línea de combate. ¿Será que la cosa anda mal?

-El General en Jefe avanza.. Va en busca de Zabala. ¿No ves a Zabala?.. Allí, junto a la loma que nos tapa la vista del ala derecha.

Los otros mirones, que eran acemileros del Primer Cuerpo, y un médico del Segundo, prorrumpieron en exclamaciones de júbilo al ver la gran polvareda y el humazo que marcaban una tenacísima refriega en el ala izquierda. Aseguró uno que veía moros sin cuento cayendo patas arriba; otros, con bárbara temeridad, se aproximaban a los españoles, disparando sus espingardas casi a boca de jarro. «Ese Lassausaye es de hielo por de fuera, y por dentro todo fuego -exclamaban-. ¡Bien por Simancas, bien por Las Navas!.. ¡Vaya una muestra de cazadores!..». Loco de entusiasmo, un acemilero se puso las manos en la boca formando caracol, con el vano intento de llevar su voz a tanta distancia, y con toda la fuerza de sus pulmones gritó: «Simancas, hijo mío, ¡bravo!.. Aquí está España mirándote.. ¡Bravo, Simancas, hijo!».

 

Ep-35-II -

«¿Y Talavera?» preguntaba el (p.6837) médico.

-Talavera está con Echagüe.. allá.. detrás de la loma. No podemos verlo.. Pero los tiros y el humo dicen que los moros cargan por aquella parte.

En efecto, los moros se corrían hacia las alturas del Renegado: querían envolver a Echagüe. Pero allí tenían la peor de las posiciones, por causa de los cantiles que precipitaban el suelo hacia la mar. Con todo su valor insensato, nada lograron a la postre. Talavera y Borbón les sacudieron de firme en todo el resto de la tarde, y al fin, los que no pudieron ganar el monte se arrojaron por el cantil abajo, para esconderse entre las peñas donde reventaban las olas. Ya anochecía cuando Santiuste y los demás vieron regresar a O'Donnell con Zabala hacia el Serrallo; después bajó Echagüe. Todos traían cara de haber cumplido su deber con fruto. El llamado Dios de las Batallas les había dado el éxito de cada día.. No fue ciertamente victoria sin quebrantos, pues muertos quedaron siete oficiales y cuarenta y tres soldados. Los heridos fueron doscientos sesenta, contándose entre ellos tres jefes y catorce oficiales.

En marcha hacia su campamento, situado entre el Otero y la Veguilla, no lejos del Cuartel general, Juan sintió el descenso de su entusiasmo, al ver que en una camilla traían al pobre Pulpis gravemente herido. Metiose con él en la tienda, decidido a ser el primero en asistirle, y pasó una noche tristísima oyendo los lamentos del capitán, acribillado a balazos y con una grave herida en la cabeza. Aunque el médico aseguró que no había peligro de muerte, no se calmaba el afán de Santiuste ante el lastimoso estado de su amigo, ni este se conformaba con que le enviaran, como cuerpo inútil, a los hospitales de Ceuta, privándole de compartir las glorias de Simancas en los restantes lances de la guerra.. Pero el descorazonamiento del cronista no llegó a las frialdades más negras hasta la siguiente mañana, cuando le dio por recorrer todo el lugar de la acción del 30. Los heridos que en las tiendas de sanidad veían eran cientos, y a él le parecieron miles. Los muertos que vio recoger y conducir a las sepulturas, formaban (p.6838) en su mente fúnebre legión. Iba el capellán castrense de un lado para otro echando responsos con militar presteza, y a su paso desaparecían bajo la tierra tantos y tantos jóvenes que horas antes fueron vigorosos, sentían intensamente la alegría de vivir, y se juzgaban mantenedores del honor de su patria. Por esta caían en el hoyo, como los musulmanes perecían también por el honor de la suya, juntándose debajo de la tierra los dos honores, que en la descomposición de la carne quedarían reducidos a un honor solo.

El noble corazón del orador y poeta sintió la misma lástima ante los muertos berberiscos que ante los cristianos. Estos eran enterrados con mayor respeto; los otros por simple ley de sanidad, para que no corrompieran el aire. Vio en los moros caras muertas de pavorosa hermosura. Muchos contraían los labios con sonrisa de burla o de orgullo desdeñoso. Las cabezas rapadas, oprimidas por el lío de cuerdas de pelo de camello, al modo de turbante, tenían el color de las calabazas de peregrino; las manos, por fuera negras, amarillas por la palma, ofrecían con sus crispados dedos las más extrañas formas.. las piernas flacas y de color terroso, en algunos teñidas de sangre, mostraban, como los brazos, inverosímiles contorsiones y posturas de una gimnasia fantástica. Todo esto lo vio y pensó Juan, observando cómo los vivos se desembarazaban de los muertos. Los cadáveres moros, que yacían no lejos del mar, eran arrojados por el cantil abajo, y algunos quedaban con medio cuerpo en el agua y medio en las rocas, para el equitativo reparto entre aves y peces.

Empezó a soplar aquel día Levante furioso, que por la noche trajo abundante lluvia. Vio Santiuste que el África se envolvía en nube de tristeza, y que los vivos colores de su suelo se desleían en un medio fangoso y opaco. Del mismo modo, en el alma del solitario joven se iba marchitando y desluciendo la ilusión de guerra. Quizás, pensó, no había visto aún bastante guerra para conocer y juzgar fríamente este aspecto de la acción humana, tan antiguo como el (p.6839) mundo.. Quizás influía en su ánimo el feísimo cariz del tiempo, la lluvia constante, la suciedad del piso y la consiguiente inacción del Ejército, que además de aburrirse, sufría escasez por no andar muy corriente el servicio de bucólica. Las operaciones, en aquellos húmedos días, de suelo enfangado y pardo cielo, no tuvieron importancia: redujéronse a tentativas aisladas de los moros contra los fuertes que dominaban el Serrallo.

Trasladado a Ceuta el capitán Pulpis con todos los remiendos que en su agujereado cuerpo pudo hacer la Facultad, quedó Juan más desconsolado y triste. Asistir y curar al herido, charlar con él, más en broma que en serio, cuando le veía en buena disposición mental, era inefable consuelo para el alma de Santiuste, encendida siempre en fuego de amor al prójimo.. Pero Dios, que miraba por el hombre bueno y piadoso, le deparó, a cambio de la amistad perdida, otra de bastante precio; y fue que a punto de ver partir a Pulpis, hizo conocimiento con un clérigo castrense, llamado don Toribio Godino, el cual, desde las primeras palabras, se le reveló como varón sencillísimo, de corazón generoso y ameno trato.

Grandes coloquios tuvieron el cura y el desengañado poeta en aquellos días de calma tediosa, arrimados al hueco menos frío de una tienda. Franqueándose uno y otro, como si toda la vida se hubieran conocido, resultó que el señor Godino era primo de doña Celia, la señora de Centurión; que había sido muy amigo del coronel Villaescusa, padre de la famosa Teresita; que a esta y a la Manuela, su madre, las conocía como si las hubiera.. dado a luz.. Peor era la madre que la hija, pues esta tenía buen corazón, y si pecaba era por despojar a los ricos para dar a los pobres. Gracias a ella don Toribio no se había muerto de hambre en el invierno del 57, que fue de los más crudos. Teresa robaba a los ángeles su figura y modos para meterse en líos de caridad. Era un contrasentido, un disparate moral.. De confianza en confianza, hizo don Toribio historia de los hechos culminantes de su vida, ya bastante larga, pues (p.6840) andaba al ras de los setenta. En su juventud había conocido y tratado a famosos clérigos, como Ruiz Padrón, Muñoz Torrero y otros, de quienes se le pegó el tufillo liberal, que no pudo echar fuera de sí en sucesivos años. Fue perseguido el 24 con tal encarnizamiento, que si no se refugiara en Portugal, le habrían quitado la vida. Repatriado en tiempos de la Regencia, vivió gracias a la protección del señor Garelly, y de don Javier de Burgos, que si no le estimaba mucho como sacerdote, apreciábale como latinista.. Míseramente pudo sostenerse en curatos rurales, luchando con la malquerencia de facciosos más o menos encubiertos. Siguió hasta el 50 amparado de la obscuridad, sin poder aspirar a mejor acomodo; pero en aquella fecha se desencadenó contra él furioso viento de persecución, sin saber de dónde venía, y obligado a trasladarse a Madrid, se le acusó de masonismo y se le retiraron las licencias. Tales injusticias y crueldades indujeron al don Toribio a ser poco discreto en la manifestación de sus ideas, un tanto libres en todo lo que no perteneciese al dogma. Siempre fue ortodoxo; mas no lo creían así sus colegas, sin duda por ser hombre que al pie de la letra practicaba el in dubiis libertas. Por fin le vino Dios a ver en la persona del General Zabala, el cual, apiadado de él y juzgándole sin prejuicios ni malquerencias, le sacó de aquel anticipado Purgatorio y le trajo al clero castrense, donde el pobre señor respiró viéndose rodeado de compañeros buenos y tolerantes. En su ardiente gratitud, aplicaba al digno General el Deus nobis haec otia fecit, y se sentía capaz de dar la vida, si necesario fuese, por la de su noble bienhechor.

En sucesivas conversaciones, cuando lo permitía el ocio del campamento, Santiuste confió al buen clérigo algunos particulares de su vida; y una tarde, viniendo a parar a sus recientes dudas o desfallecimientos en la fe y devoción de la guerra, le dijo: «¿Cree usted, amigo don Toribio, que existe el llamado Dios de las Batallas? ¿Cree usted en esa confusión del Marte pagano con (p.6841) nuestro Cristo Redentor, que jamás cogió una espada? ¿Qué piensa usted de la Virgen, como dispensadora del triunfo en las guerras, al modo de aquellas diosas que tomaban partido por los griegos o por los troyanos? ¿Al Apóstol Santiago le tiene usted por verdadero general de españoles y matador de moros? ¿Dónde está el texto de Cristo en que dijera a sus discípulos: 'montad a caballo y cortadme cabezas de los hijos de Agar?'».

Sonrió el castrense mirando al suelo, y rascándose la barba, no afeitada en seis días, respondió de este modo a la consulta: «Hijo mío, nos hemos encontrado esas tradiciones de fe, y tenemos que respetarlas sin meternos en libros de Teologías. A mí, la verdad, no me caben en la cabeza Dios guerrero, ni Jesucristo militar, ni Nuestra Señora con bastón de Capitana Generala; pero eso pertenece al conjunto de creencias y de actos sacramentales que me dan de comer. De todo ese conjunto como, y el alimento es cosa capital, hijo mío; pues si yo observo los ayunos y abstinencias que la Iglesia me manda, no estoy por pasar hambre todo el año. Ya sabes que el abad de lo que canta yanta. Yo canto todo lo que sea preciso para un yantar moderado y sin gula. Y no te digo más, que con lo dicho basta para que sepas la opinión de un capellán de tropa que sabe cumplir sus deberes.. Y ya que de comer tratamos, sabrás que nos esperan fatigas y no pocos ayunos, fuera de los días de rúbrica, porque vamos hacia el Sur. ¿No lo sabías? Sí: de esta ratonera en que estamos no podemos salir más que escabulléndonos por la costa. Ya tienes al Tercer Cuerpo, que manda el general Ros, acampado en esa parte del Tarajar: ya han empezado allá las obras que han de proteger nuestro camino. Hacia Río Martín vamos, de donde subiremos a Tetuán, si Dios lo quiere, pues aunque no exista el de las Batallas, Dios hay que sobre todos los actos de los hombres impera, así moros como cristianos..».

Recluido Juan en el campamento del Otero, apenas se dio cuenta de la acción del 12, en que Prim, con los regimientos del Príncipe, de Granada, cuatro (p.6842) compañías de Almansa, cazadores de Vergara y otras fuerzas, acudió a la defensa del camino que abrían los ingenieros junto al reducto del Príncipe Alfonso, para franquear la marcha a lo largo de la costa. Atacaron los moros con fiereza; pero pudo más Prim, que los destrozó y dispersó, secundado por el coronel del Príncipe, don Cándido Pieltaín, y el coronel de Granada, don Miguel Trillo.. En esta rápida y vigorosa acción, murió el coronel de Artillería don Juan Molíns. Gran duelo hizo todo el Ejército a este ilustrado y valiente militar.. La acción del 15, parte por lo que pudo ver, parte por lo que le contaron, la relató Santiuste en las dos cartas que escribió a Madrid, con corta diferencia en el sentido y tono de una y otra. El nubarrón de moros que descargó por el boquete de Anyera parecía como un diluvio de hombres. Tras los de a pie, que no bajarían de catorce mil, se desgajaron de la altura como unos mil de caballo, turbamulta vistosa, pintoresca, de pasmosa agilidad y gallardía en sus movimientos. Se creyó, y luego quedó plenamente confirmado, que al frente de los gallardos jinetes venía Muley el Abbás, hermano del Emperador y caudillo de su Ejército.

El incansable inglés Lassausaye y el General Gasset, con fuerzas del primer Cuerpo, reciben dignamente a toda aquella caterva; mientras avanza O'Donnell hasta el centro de la línea de combate, el General García desbarata la falange mora, haciéndola retirar hacia el mismo boquete por donde había entrado en escena; hasta muy cerca de la bahía de Benzú persigue Lassausaye a los jinetes, que huyen, con la fantástica presteza que ponían en todos sus movimientos: se les ve como una nube de saltamontes que levanta el vuelo.. Tendidos sobre el cuello de sus veloces caballos, al viento los alquiceles blancos, parecían visiones de hipogrifos que tornan a sus cuadras mitológicas, entre el cielo y la tierra. ¡Hermosa y teatral acción, tan decisiva y brillante para los españoles, que algunos pudieron creer reproducida la milagrosa intervención del Apóstol Santiago! Por esto (p.6843) decía Santiuste en su carta a Lucila y Vicentito: «No vimos a Santiago; pero allí estaba.. yo sentí estremecido el suelo por las herraduras de su caballo».

 

Ep-35-III -

En las acciones del 20, 22 y 25 de Diciembre, repitieron los moros su intento de interrumpir los trabajos del camino de Tetuán. Pero en el espacio que mediaba desde el boquete de Anyera al campamento del Tercer Cuerpo, no lejos de los bosques donde aquellos se guarecían, O'Donnell puso doce piezas de montaña, y ocho de artillería rodada. Decir que los pobres hijos de Mahoma fueron barridos, no expresa bien la rapidez pavorosa de su fuga. Otros intentaron atacar el frente del Tercer Cuerpo; pero Ros de Olano, que les aguardaba prevenido, mandó avanzar su vanguardia, protegida por cuatro cañones de montaña, y no fue menester más para que los enemigos tornaran con pie ligero a los altos de Sierra-Bullones. Del reconocimiento que hizo Prim el día 22 en el camino de Tetuán, habló también Santiuste en sus cartas, ateniéndose a lo que le contaron, pues nada vio de aquel suceso. Ello fue que Prim batió y dispersó a la caballería mora, en la entrada del Valle de los Castillejos. Fiados en la ligereza de sus caballos, los árabes hacían simulacro de retiradas, volaban hacia los montes, volvían de improviso con veloz carrera y vocerío formidable..

De la prodigiosa táctica de los jinetes berberiscos, que suplían la fuerza con la agilidad, habló Santiuste a su amigo Vicentito Halconero, añadiendo teorías militares impropias de la débil comprensión de un niño. Pero el triste poeta no sabía lo que hacía: sin equivocarse en los sobrescritos, trocaba los asuntos, transmitiendo a Beramendi relatos e ideas infantiles, mientras al amado nieto de Ansúrez endilgaba las consideraciones más sutiles que la campaña sugerían. A uno y otro amigo les contó que O'Donnell había mandado repartir a la tropa castañas y batatas, para que el 24 celebraran el Nacimiento del Niño Dios. Concedió asimismo dos horas de esparcimiento, después del toque de retreta, para que los soldados se divirtieran, (p.6844) recordando el bullicio y alegría de sus hogares en tan memorable noche. Era quizás la primera vez que en la casa misma del Islamismo sonaba el Gloria a Dios en las alturas, transformado en rudas coplas por diez y ocho siglos de poesía cristiana. Se permitió a los soldados que encendiesen hogueras; tocaron las músicas, y el campamento español, en toda su largura, desde el Otero hasta la Concepción, resplandecía con rojas luminarias, que lo mismo que las alegres voces eran expresión del regocijo familiar. Reían, bailaban y se divertían los pobres soldados a dos pasos de un enemigo feroz, y sobre un terreno por conquistar.

Con forzado júbilo disimulaban los españoles la tristeza de la patria ausente, y así, cuando las cornetas, a las diez en punto, tocaron a silencio y se dio por terminada la huelga, los más divertidos cayeron en opacas añoranzas. La Noche-Buena prosiguió dentro de las tiendas, ya en meditaciones sobre la suerte que Dios nos depararía en Marruecos, ya en apagados coloquios que traían a los labios de los combatientes nombres y dichos de seres amados.. Y no bien apuntó el día, vinieron los moros a despertar a los durmientes y a sacudir de su modorra a los cavilosos. El tiroteo de las trincheras anunció batalla; el enemigo, que creía habérselas con un Ejército embriagado, lo halló bien prevenido. Toda la mañana se tirotearon españoles y marroquíes, empeñando hacia la mitad del día combates encarnizados. Repetían los moros su táctica de sorpresa y fingida retirada; mas el juego, descubierto por los de acá, era completamente ineficaz.. Acababan desbandándose, sin ganar una pulgada de terreno.. Escasas pérdidas tuvo España el día de la Natividad; los moros cayeron en gran número, unos acribillados por las bayonetas, otros despeñados en los cantiles. En su azorada fuga corrían hacia el mar, y en las peñas o en medio de las olas encontraban los más de aquellos infelices la muerte, los menos su salvación.

El día 29 de Diciembre, hallándose el trovador con ganas de sacudir la inacción en que le tenían (p.6845) sus murrias, montó en el caballejo que le habían destinado, y después de subir a las alturas para ver trincheras y fortines, dirigiose al campamento del Tercer Cuerpo, donde tenía buenos amigos, que no había visto desde que pisara el suelo africano. No era mal jinete Juan, y su figura escueta, en un caballo de pocas carnes como el que montaba, no carecía de donaire estético. Podía pasar por un Don Quijote en la flor de su edad (veinticinco años) , caballero en un Rocinante desmedrado por la mala vida más que por los años.. Salió mi hombre del Otero, y faldeando el cerro que divide las alturas del Serrallo del arroyo de Anyera, se dirigió al campamento de la Concepción con ánimo de seguir adelante, para enterarse de las obras del camino de Tetuán. El día era espléndido: un sol brillante pintaba de oro y siena los montes; cielo y mar sonreían ante las alegrías de la Naturaleza. Sintió el poeta en su alma como una disipación de las nieblas que la envolvían, y esta claridad se le convirtió en regocijo cuando vio venir por el cerro abajo a Leoncio Ansúrez. Este le llamaba con fuertes voces, adelantándose a los soldados con quienes venía.. Paró Juan su caballo al reconocer a su amigo; hizo por abrazarle desde la altura de la silla; el armero le echó los brazos a la cintura. ¡Qué feliz encuentro! No se habían visto desde que llegaron al África. «¿Pero qué es de ti?.. ¿Cómo te prueba esto? ¿Estás contento? ¿Qué noticias tienes de Madrid?..». Estas y otras preguntas fueron el exordio de una conversación que de lo familiar pasó a las cosas de interés militar y público.

«Dime, Juan, ¿te has batido?».

-Yo no, Leoncio. Mi misión aquí no es hacer la Historia, sino contarla. Soy español de paz, por no decir moro de paz. ¿Y tú? No habrás matado sólo conejos.

-He matado moros.. no creas que uno ni dos..

-Como eres gran tirador, te habrán dejado meter baza..

-Tú lo has dicho. Me arrimo a Cazadores de Baza, que son mis amigos.. ¡y qué quieres!.. doy gusto al dedo. Muchísimos moros me deben el encontrarse ya en el paraíso del señor Mahoma.. Por cierto que esos perros tienen (p.6846) amigos que les han traído armas mejores que la espingarda.. mejores para ellos; para nosotros, todo lo contrario. Mira.

-¿Qué es eso?

-Balas que he recogido en el campo de las acciones últimas. Veníamos notando en sus tiros mayor alcance. El General me ha mandado recoger balas, y aquí llevo las que he podido encontrar.. Por el hilo se saca el ovillo, y por el proyectil el arma.. Yo digo y sostengo que el nuevo armamento de algunos moros es el rifle inglés de espiga. Ya verá el General Ros, ya verá el General en Jefe, ya verá España que hay aquí mano oculta..

-El oro inglés, como solemos decir..

-Pero no les vale, no.. En Tetuán hablaremos, señores ingleses.

-¿Crees tú que llegaremos a Tetuán?

-Como creo que llegamos a mi campamento.. Ya estamos en él.. Entremos por allí, que es la puerta más próxima. Llamamos a esa entrada la Puerta de Alcalá.

Era el fortificado campamento como un pueblo con calles de tiendas, en líneas cruzadas a escuadra. Gran animación había en la ciudad de lona. Todo el vecindario estaba en las avenidas y calles, gozando de la hermosura del día y del calorcillo del sol. Unos ponían a secar ropas recién lavadas; otros se fregoteaban el cuerpo, desnudos de la cintura arriba. En el barrio de provisiones humeaban los peroles sobre las trébedes; en estos ardía la leña verde con alegre estallido. Más allá, los caballos comían su ración en sacos colgados de su propio cuello.. Monturas, camas, mantas, todo salía en busca del beneficio del sol..

Se apeó Santiuste, entregando su rocín a unos ordenanzas, amigos de Leoncio, y dijo a este: «Quiero estirar mis piernas ateridas. Te participo que no me voy de tu campamento sin ver a Perico Alarcón. Tú me dirás dónde puedo encontrarle». Respondiole Ansúrez que Alarcón, si no estaba en su tienda, estaría en la del General o en la del Duque de Gor. Siguieron andando, y en esto observaron que las alturas que dominaban la costa, sobre la ensenada llamada Uad Arrial, estaban pobladas de curiosos, oficiales en su mayor parte, vueltos hacia el mar, algunos provistos de anteojos. ¿Qué (p.6847) pasaba en el mar? Corrieron hacia allá los dos amigos, y antes de que llegaran a las alturas, voces alegres de los que volvían les enteraron del caso. ¡Era la escuadra, la escuadra española, que navegaba hacia el Sur para bombardear los fuertes moros de Cabo Negro y Río Martín! Se veían perfectamente, sin anteojos, las gallardas naves.. Por allí, por allí.. ¿Cuántos buques son?.. ¡Seis, siete.. son nueve, entre vapores y de vela!.. Ya se veía la nave delantera desaparecer tras la punta del Cabo; ya iban entrando una tras otra en la ensenada de Río Martín; pronto se oirían cañonazos..

Pasó algún tiempo, y un silencio religioso se cernía como nube sobre los grupos de mirones. Entre ellos estaba el General del Tercer Cuerpo, el Coronel Duque de Gor, los Brigadieres Cervino y Mogrovejo: allí multitud de jefes y oficiales; pero Alarcón no parecía. Después de mirar detenidamente en todos los grupos, supieron, por referencias de un amigo de Enrique Clavería, que el cronista del Tercer Cuerpo había ido al Cuartel general, a que don Leopoldo le diera informes oficiales de aquel movimiento de la escuadra, para poder escribir su próxima carta De un testigo con el debido conocimiento de las operaciones proyectadas.. En esto sonó tiroteo próximo.. De improviso todos los curiosos volvieron más que de prisa al campamento. Sonaron las cornetas llamando a formación. Con rapidez eléctrica, los hombres dispersos en las calles de la ciudad de lona se agruparon en haces guerreros. Oyó Santiuste que gritaban: ¡Baza, Baza! Iban a salir los Cazadores de este nombre para rechazar a los moros, que ya zancajeaban dando alaridos de peña en peña. El enjambre corría no lejos del campamento, extendiéndose por las alturas que descienden hasta el mar, cerca ya de los Castillejos.. Sale Baza con mágica presteza; le siguen fuerzas de Llerena, Granada y Zamora.. El enemigo embiste a los soldados de Vergara que protegían los trabajos del camino.. Y cuando el tiroteo es más sonoro, óyense los zambombazos de los barcos de guerra, hacia el Sur, (p.6848) repercutiendo en los aires como truenos lejanos..

Fascinado Leoncio por la marcha de los de Baza, corrió tras ellos, dejando solo a su amigo. Pensaba este retirarse, y cuando iba en requerimiento de su caballo, que pastaba en un padrillo del Tarajar con otros jamelgos y dos burros de los cantineros, vio venir a Perico Alarcón presuroso, en dirección a su campamento. Los dos amigos se reconocieron y gozosos se juntaron. No se habían visto desde Madrid; anhelaban referirse mutuamente sus impresiones de la guerra.. Mas la ocasión de charlar no era la más propicia, porque el uno quería volverse a su campamento; el otro, ardiendo en curiosidad, se iba con el alma y con los ojos hacia el camino de Tetuán, donde sonaba el vivo tiroteo. «Déjame aquí, Pedro -dijo Santiuste, oponiendo su pesada inercia a la viveza de su amigo-. Estoy enfermo. Vete tú, y si no tardas en volver, te aguardaré donde me indiques». No necesitó Alarcón más licencia para salir disparado, diciendo a Juan que le esperase en tal tienda de Ciudad-Rodrigo, una de las más próximas al sitio donde se separaron.

En cuanto estuvo solo Santiuste, dejó al Acaso que guiara su ambulación incierta: lleváronle sus pasos ante una gran tienda, que al punto reconoció como Hospital de Sangre, por el número de camillas que en su interior desde fuera se veían y por los olores farmacéuticos envueltos en exclamaciones de dolor que en la puerta recibían al visitante. Entró Juan, a punto que sacaban en parihuelas un soldado muerto para llevarle a enterrar. Tres heridos graves yacían sobre colchonetas, rígidos, en posición supina, alguno de ellos con la cara tan cruzada de vendajes, que no se le veían las facciones, y más parecía envoltorio que ser humano. Hacia el fondo de la tienda, un oficial agonizaba: tenía puesto el ros, desnudo el pecho de ropa, mas no de bizmas y vendajes, pues toda la región torácica era una criba. Además, le habían amputado un brazo. A una señal del médico, un auxiliar sanitario quitó el ros al moribundo y le cubrió con sábana y manta hasta la boca. Los (p.6849) ojos tenía muy abiertos.. El cura, después de mascullar latines para encomendar el alma, rezaba en silencio.. Retirose el médico para arrimarse a otros en quienes aún podía ser eficaz la ciencia. Aproximándose al expirante, Juan le vio dar las boqueadas, con que pasó de la vida a la muerte. El castrense dijo a Santiuste: «¡Lástima de chico! Es hijo del coronel Gallo, y acabadito de salir de la Academia de Toledo le trajeron a esta campaña».

Acongojado estaba Juan ante el espectáculo de aquellos martirios; pero no sabía salir del hospital. Viendo a un herido que en su delirar ardiente cantaba coplas obscenas, a otro que se condolía de su suerte con ahogados acentos, observándolos a todos, y el entrar y salir de médicos o asistentes de Sanidad, se le pasaba el tiempo sin sentirlo. Menos espanto le causaban aquellas lástimas que el horrible tiroteo, a cada instante más nutrido y cercano.. Cuando ya la tarde declinaba y los sirvientes del hospital encendieron velas, el ruido de tiros se iba apagando, perdiéndose en invisibles lejanías. De pronto vio Juan que llegaban a la tienda camillas con nuevas víctimas, en número tal, que tuvo que echarse fuera para hacerles hueco. Heridos llegaron silenciosos, que parecían muertos; otros blasfemaban, increpando al cielo y a la tierra; algunos bromeaban, comentando su mala estrella con picantes dicharachos.. La sangre derramada y las vidas en peligro, de sí mismas se burlaban.

Fue y vino Santiuste un rato entre las tiendas próximas, viendo soldados ilesos que en grupos alegres volvían al campamento, hasta que tuvo la suerte de ser encontrado y detenido por Pedro Antonio de Alarcón, que haciendo presa en su brazo le dijo: «Palomino atontado, ya te cogí: pensé que te habías ido.. ¡Vaya un julepe que se han ganado los moritos!.. Ven y te contaré. Esta noche la pasas conmigo. Cenaremos juntos.. tengo provisiones muy ricas.. Ven.. No chistes; no te me escapas.. Eres mi prisionero».

 

Ep-35-IV -

Aunque era de soldados la tienda de Perico Alarcón, ofrecía dentro de sus paredes de lona (p.6850) refinamientos epicúreos. Dos velas podían lucir colocadas en botellas vacías; había mesa de tijera, como un catre, para comer; dos y hasta tres sillas del mismo sistema de abre y cierra. Las latas que contuvieron sardinas o carne salada de buey hacían veces de vajilla para servir diferentes manjares; las camas de dos dobleces eran muy cómodas, con grupas de cabalgaduras por almohadas y buenas mantas de abrigo. Del mástil que sustentaba todo el artificio de la tienda pendían objetos de puro lujo en campaña: estuche de afeitarse, abrigos impermeables, gorros para dormir, un saquito con castañas y nueces, la máquina de daguerrotipo, un manojo de chorizos y otras cosas de uso común en la vida. En una cesta, cariñosamente colocada entre dos camas, se guardaban botellas de Jerez y algunas de champagne, obsequio del General del Tercer Cuerpo al amigo que ilustraba la guerra con sus admirables narraciones y comentarios.

En el compañerismo más ecualitario descansaban allí vanos soldados y un oficial, a más de Pedro Alarcón. Todo era común, la comida y los avíos domésticos. Apenas entró el oficial, acostose rendido: no era para menos la acción de aquella tarde, después de doce horas en el servicio de trinchera. Se quitó el uniforme, quedándose con la camiseta de tartán rojo y los calzones interiores de lo mismo; se lió a la cabeza un pañuelo de hierbas; se comió un chorizo; luego bebió del café caliente que de la hoguera próxima trajeron los soldados, y tartamudeando las buenas noches se entregó a un sueño profundo. Alarcón y su amigo, decididos a regalarse con una cena opípara, se sentaron junto a la mesa: comieron carne de lata, huevos duros, almendras, pasas, y polvorones de Ceuta. De todo partían con los soldados. A estos les tiraba más la sociedad de sus compañeros que la de personas de superior clase, y se fueron al amor de la hoguera, donde asaron batatas y se regalaron con café y charla sabrosa, hasta que el sueño les llevó a la querencia de sus camastros.

«No sabes, Perico, cuánto me alegro de verte - (p.6851) dijo Santiuste-, ni qué ganas tenía de charlar contigo. Sólo con oírte me siento animado y se me abre un poco esa puerta de la nutrición que llamamos apetito, y se me cierra la de esos desvanes que llamamos melancolías».

-Tú estás enfermo, Juan -contestó el otro-; tienes la malaria de los campamentos, quizás nostalgia de personas y afectos que has dejado allá, en esa Berbería bautizada que llamamos España. La malaria castrense es achaque de los que no tienen costumbre de dormir al raso, o en estos palacios de lona con pavimentos de tierra húmeda. Pero te aclimatarás, y como no te dé el cólera, te harás una naturaleza militar y un temple guerrero. No te creas: más confort hay aquí que en las buhardillas donde tú has vivido.. y por mi parte, juro en Dios y en mi ánima que Granada la morisca y Madrid la cortesana han sido para mí más esquivas en la cuestión de bucólica.. en ciertas épocas, Juan, en ciertas épocas.. más esquivas, digo, que este campamento, donde no sólo comemos gloria, sino longanizas, batatas de Málaga y hasta jamón de Trevélez.. como lo oyes.. En fin, cuéntame, Juan, cuéntame..

-En pocas palabras te lo cuento todo, Perico. Estoy desilusionado de la guerra. Te reirás de mí, acordándote de aquel entusiasmo mío que más parecía locura.. Pues sí, en mi espíritu se han marchitado todas aquellas flores que fueron mi encanto.. ya sabes.. Yo me adornaba con ellas, yo me tragaba su aroma y lo echaba por los ojos, por la boca.. Me servían para hacerme pasar por elocuente y para que lloraran oyéndome las mujeres y los chiquillos.. Esas flores eran el Cid, Fernán González, Toledo, Granada, Flandes, Ceriñola, Pavía, San Quintín, Otumba.. Pues bien, Pedro: de esas flores no queda en mi espíritu más que una hojarasca que huele a cosa rancia y descompuesta.. Vine a esta guerra con ilusiones de amor. La guerra era mi novia, y yo el novio compuesto y lleno de esperanzas. Imagínate lo que habré sufrido al ver que mi amada se me vuelve fea y hombruna, que sus azahares apestan tanto como su boca.. ¿Casarme yo con esa visión?, ¡quia! En vez (p.6852) de decir sí, he dicho no, y he vuelto la espalda. La guerra, vista en la realidad, se me ha hecho tan odiosa como bella se me representaba cuando de ella me enamoré por las lecturas.. ¡Ay!, querido Pedro, ese mundo vivido en los libros, en páginas de verso y prosa, ¡cuán distinto es del mundo real! Es aquel un mundo que parece haber nacido en los libros mismos, por virtud de los caracteres de imprenta. Lo que ahora me parece sueño, ¿fue verdad alguna vez? Voy creyendo que no.. ¿Y cómo me explico que siendo para mí tan antipático y repulsivo el ver a hombres matando sin piedad a otros hombres, me hayan encantado las carnicerías de Clavijo, Calatañazor y las Navas de Tolosa? ¡Matar hombre a hombre! ¿Y yo adoré esto, y yo rendí culto a tales brutalidades y las llamé glorias? ¡Glorias! ¿No es verdad, amigo mío, que muchas palabras de constante uso no son más que falsificaciones de las ideas? El lenguaje es el gran encubridor de las corruptelas del sentido moral, que desvían a la humanidad de sus verdaderos fines.. ¿Te ríes, Perico? ¿Me tienes por loco?

-¡Con cien mil de a caballo!, como diría Manolo Fernández y González -replicó el granadino-, si no estás loco, lo pareces. Juraría yo que tus facultades están alteradas por el no comer. Si te alimentaras como yo, no padecerías esos desmayos del pensamiento.. Come más carne, Juan: tengo otras dos latas.. y bebe de este Jerez que limpia los cerebros mohosos.. Vamos a cuentas. Cierto que el hombre no debe matar al hombre por el gusto de matarlo.. ¿Pero qué harás tú, mi querido Santiuste, si viene alguno contra ti con intenciones de quitarte la vida? ¿Te cruzarás de brazos?.. Digan lo que quieran los primitivos legisladores de la humanidad, nos vemos obligados a matar a los que quieren ser nuestros matadores.. Muy bonito, muy bonito es eso de no derramar sangre humana. Pero los hombres, por ley natural, se han congregado en familias; las familias en pueblos; los pueblos en naciones, y estas tienen sus territorios, sus intereses.. Surge la lucha por los dones de la Naturaleza, la lucha por (p.6853) los caminos de la tierra o del mar, ¿y cómo se han de ver y sentenciar estos pleitos, señor Don Pacífico? ¿Por asambleas de filósofos?.. Me maravilla que tú, que das ahora en no creer en la guerra ni en la gloria militar, creas en la Edad de oro. Bueno: pongámonos en la Edad de oro. Figurémonos que no hay tuyo y mío, que comemos bellotas y nos vestimos de verdes lampazos.. ¡Muy bonito, señor, muy bonito! Pero un día, en pleno éxtasis paradisiaco, dos hombres de mal genio o dos grupos de hombres se disputan el fruto de una encina o el chorro de una fuente. Pues ya tienes en planta la guerra: o los hombres riñen, o dejan de ser hombres; ya tienes un vencedor y un vencido. Adiós, Edad de oro.. El hombre no se contenta con vivir de bellotas: inventa el pan, el vino, el azúcar, y de invención en invención llega hasta el Pavo en galantina con trufas, o el Pastel inglés con pasas de Corinto, ron de Jamaica, canela de Ceilán y nuez moscada de Madagascar. Figúrate tú las guerras y conquistas que hay debajo de estos sabrosos ingredientes alimenticios..

-Ya sabía yo -dijo Santiuste triste, pero comiendo y bebiendo de lo que Perico le ofrecía-, que ibas a tocar esa cuerda.. Es la única que los cantores de la guerra tienen en su lira.

-También te digo que en principio, fíjate bien, en principio, creo que la guerra es un mal, y que sería muy bueno que llegáramos a la paz universal y perpetua.. Pero hay que esperar un poco, Juan. Cántame esa canción de la paz dentro de veinticuatro siglos, y me tendrás resueltamente a tu lado.. dentro de veinticuatro siglos; que no ha de pasar menos tiempo de aquí a que los pueblos y las razas ventilen sus diferencias en consejo de ancianos o en cátedras de filósofos.. La Humanidad es joven. ¿Qué te crees tú?, ¿que es vieja? Está casi en la infancia todavía.. Para verla en la mayor edad y en estado de plena razón y juicio sereno, hemos de esperar hasta el siglo Cuarenta y tres, que es, como quien dice, pasado mañana por la tarde.

-Pues en el Siglo nuestro, Perico, y sin necesidad de dar un brinco hasta el (p.6854) Cuarenta y tres, yo sostengo que la guerra es un juego estúpido, contrario a la ley de Dios y a la misma Naturaleza. Yo te aseguro que al ver en estos días el sinnúmero de muertos destrozados por las balas, no he sentido más lástima de los españoles que de los moros. Mi piedad borra las nacionalidades y el abolengo, que no son más que artificios. Igual lástima he sentido de los españoles que de los africanos, y si pudiera devolverles la vida, lo haría sin distinguir de castas ni de nombres.. Y más te digo.. Creo que has sentido tú lo mismo que yo: creo que en el moro muerto has visto el prójimo, el hermano. Sin quererlo, tu piedad ingénita ha reconocido el gran principio humanitario y la ley soberana que dice: «no matar».

-Cierto, Juan, que llevamos dentro el principio; y que este principio asoma la cabeza cuando menos lo pensamos, no lo puedo negar; pero luego salen los hechos, la historia, el concepto de patria y de nación, y aquel principio vuelve a meterse para dentro y se agazapa en el fondo del alma, donde vivirá, esperando que pasen los veinticuatro siglos.. Te confieso ingenuamente que ante los cadáveres moros veo la Humanidad; pero ante los moros vivos, que brincando y aullando vienen contra nosotros, veo las naciones, veo las razas, el Cristianismo y Mahoma frente a frente.. Celebro, pues, con toda el alma que nuestros soldados les maten, único medio de impedir que ellos nos maten a nosotros.. Ahora tomemos café, Juan, y luego te voy a dar un cigarro habano, que ha de saberte a gloria..

-Eres aquí el poeta de la guerra. España trae artilleros para los cañones, y poetas que conviertan en estrofas sonoras los hechos militares, para fascinar al pueblo.. Porque en el fondo de todo esto no hay más que un plan político: dar sonoridad, empaque y fuerza al partido de O'Donnell. Yo respeto esa idea; pero digo y repito que no amo la guerra, que me es odiosa, y me planto en el principio de no matar. Ya sé que voy contra el pensar y el sentir de mi país.. ya sé que me gano el desprecio o el desvío de cuantos me conocen. Perderé mis amistades; (p.6855) seré un solitario, un extravagante, un loco.. Mi destino lo quiere así. De dentro de mi alma ha salido este movimiento, que al modo de terremoto ha trabucado mis ideas, poniendo arriba las que estaban debajo. Me siento hombre distinto del hombre que yo era. ¿Debo entristecerme o alegrarme?

-Ahora fumemos.. Pues te diré, querido Juan. No sé si tu cataclismo debe alegrarte o entristecerte. Eso el tiempo te lo dirá. En ti veo una cosa, y es que, a mi parecer, en este quiebro repentino que das ahora, vas para San Francisco de Asís. Tienes mucho talento, Juan, y un alma que quiere elevarse a las alturas. Antes de ahora te he dicho: «Juan, en ti hay algo extraordinario que no sé lo que es. Ya veremos por dónde sales». Como tu maestro Castelar, tienes dentro un pedazo muy grande de la divinidad. En Castelar esa divinidad es la elocuencia, un poder de palabra que sube por encima de toda realidad y se mece en los serenos espacios ideales.. Pues ahora veo que tú también te remontas, y tengo que decirte lo mismo que al otro amigo del alma. «Emilio -le he dicho, no una vez, sino cien-; Emilio, tú debes hacerte cura. Serías un apóstol, un conquistador de pueblos y el catequizador más grande que ha visto el mundo. Tu palabra, ineficaz para la política por demasiado grandilocuente, sería el rayo del Evangelio..». Pues lo mismo te digo a ti: «Juan, hazte sacerdote.. serás el apóstol de la paz y de los más bellos ideales humanos..».

-No es eso, no es eso -dijo Santiuste dando golpes en la mesa, mientras su boca chupaba con deleite el puro-. No me llama el sacerdocio.. y si me llamara, no podría ir a él, por una circunstancia.. ¡Pero si lo sabes, Perico; te lo he dicho mil veces! Es que me aterra el celibato, no entro por el celibato.. Es cuestión de temperamento, de sangre, y contra esto nada podemos.. Conoces muy bien mis arrebatos y los terribles incendios que levanta en mí el fuego de amor.. Mis pasiones son exaltadas, delirantes. Divinizo a la mujer amada, y llego a creer que solos ella y yo existimos en el Universo. Cuando estuve enamorado de la (p.6856) Villaescusa, mi vida era un torbellino en que alternaban los goces celestiales con los suplicios del Infierno.. En fin, ya te lo conté.. lo sabes todo..

-Pero aquello pasó.

-Pasó, es cierto.. Pero ¡ay Pedro Antonio!, después.. he vuelto a enamorarme.

-¿Cuándo, Juan?

-No hace mucho. Otra vez ese estado de locura y candor, de pasión ardiente, que anhela en un punto la gloria y el sacrificio.

-¡Vaya con Juan! ¿Y es, como Teresa, mujer de cabeza ligera?

-Todo lo contrario: cabeza bien firme.

-¿Casada?

-Casada.. digo, no.. es viuda.. Enviudó horas antes de salir yo de Madrid.

-¿Hermosa?

-Su imagen entiendo yo que es única en el mundo.

-¡Con quinientos mil de a caballo, Juan!, eres el hombre de la suerte si esa dama te corresponde.

-Entiendo que sí.

-¿Pero no lo sabes de seguro?..

-Perico, nada más puedo decirte por hoy.. Dime tú ahora si tiene sentido común que me recomiendes el sacerdocio, siendo yo como soy el eterno enamorado.. Por mucho tiempo pensé que a ninguna mujer podría yo amar como a Teresa.. y después.. aquí me tienes loco otra vez.. Y algún día, ¡quién sabe!, si esta muere o me retira su cariño, yo.. seguiré amando, enloqueciendo.. Mi ternura es un filón inagotable. Ya ves que estoy incapacitado para la vida religiosa que me recomiendas.

-No, no -gritó Alarcón con súbita idea conciliadora-. No hay la incompatibilidad que crees, Santiuste. Eres místico, místico a nativitate.. Amor y misticismo van de la mano en el espíritu del hombre. Yo veo en ti el apóstol que comienza su predicación elocuente condenando el celibato, y estableciendo el amor de Dios.. el amor divino sobre la base..

-¿Del casamiento de los curas?

-No te rías, Juan. ¡Si estoy cansado de decírselo a Emilio!.. «Emilio, tus discursos no son humanos; tu oratoria es el lenguaje de los ángeles y el aliento del espíritu divino. Predica la fe, predica la paz, el amor y la igualdad, y te llevarás detrás de ti a todas las gentes. Todo el mundo americano será tuyo. Predica el nuevo verbo, que es la Democracia, según Cristo, y la Democracia (p.6857) según Cristo no puede privar al sacerdote de las dulzuras del amor humano..». Con que ya ves, Juan, si te resuelvo el problema. Cierto que serías un sacerdote revolucionario; pero para eso has nacido tú, para las ideas que se desbordan del vaso común en que todos bebemos, para las empresas difíciles, no intentadas de otro alguno.. Apóstol de la paz, tu camino es bien claro: fe, igualdad, amor.

 

Ep-35-V -

Quedose meditabundo Santiuste, la barba en la palma de la mano, el mirar fijo en las rayas de la mesa. Alarcón, retirado el cabo de vela ya moribundo, erigió un cabo más grande, que casi era sargento, en la boca de la botella. Quitose luego el ros; se lió un largo pañuelo en la cabeza con muchas vueltas, quedando las orejas tapadas, y de un estuche que a prevención tenía, sacó papeles, tintero y pluma. «Ha sonado la hora -dijo a su amigo, poniéndole la mano en el hombro-; la hora del descanso para ti; para mí, del cumplimiento del deber».

-¿No duermes tú, Pedro?

-Échate en mi cama, Juan; arrópate bien y descansa, que buena falta te hace. La paz poética duerme, la poesía militar vela. Tengo que escribir esta noche mi carta de Un testigo..

-Pondrás en endechas de prosa las carnicerías de ayer y hoy.. Tú eres el único para esto, Perico. Verdad que encuentras el lenguaje muy acomodado a la expresión épica del valor castellano, y al impío desprecio con que se mira a los pobres moros. Nuestra lengua es una hoja bien afilada para cortar cabezas mahometanas, y un instrumento sonoro y retumbante para dar al viento las fatuidades y jactancias históricas.. Pero tú has descubierto y has empleado antes que ningún escritor el arte de suavizar ese instrumento, tocándolo con gracia inaudita. Tú sabes quitar a los sonidos épicos su vana hinchazón, dándoles una elegancia incomparable, haciéndolos simpáticos a nuestros oídos y acomodándolos a los nuevos modos de lenguaje.. Yo no podré nunca imitarte en esto. He usado y abusado de la trompa, sin cuidarme de atenuar la ronquera de su sonido, y ahora, en esta transformación de mis ideas y en esta (p.6858) repugnancia de la épica militar, me he quedado sin instrumento, pues aunque soplara la trompa, no sacaría de ella más que lamentos desacordes. ¿Qué pito tocaré yo ahora? Esta es mi confusión.. Entiendo que ya no hay pito ni flauta para mí.

Esto decía, despojándose para acostarse del ros, poncho y calzón militar, que con tan poco garbo llevaba. Alarcón, poniendo sus cinco sentidos en lo que escribía, sólo le contestó con medias palabras. Ambos callaron. Cubierto ya de la manta y con más cansancio que sueño, Juan contemplaba el rostro de su amigo, iluminado de lleno por la luz de la próxima vela. Con las vueltas del pañuelo de colores en su cabeza, Perico Alarcón era un perfecto agareno. Viéndole de perfil, la vivaz mirada fija en el papel, ligeramente fruncido el ceño, apretando uno contra otro los labios, Santiuste llegó a sentir la impresión de tener delante a un vecino del Atlas. «Si no estuviera yo despierto -pensaba parpadeando-, creería que uno de esos caballeros de zancas ágiles, de airosa estampa y de rostro curtido, se había metido en esta tienda para escribir en ella la relación épica de los combates, trabucando irónicamente el patriotismo.. Así le sale historia de España lo que debiera ser historia marroquí.. Perico, moro de Guadix, eres un español al revés o un mahometano con bautismo.. Escribes a lo castellano, y piensas y sientes a lo musulmán.. Musulmán eres.. El cristiano soy yo».

Se durmió repitiendo entre dientes el cristiano soy yo. Toda la noche anduvo esta afirmación revoloteando dentro del cerebro, como el murciélago que al querer salir del recinto en que se ha refugiado, vuela y choca en las paredes sin encontrar agujero que le conduzca al espacio negro y libre. Paredes y bóvedas dolían cuando la idea chocaba en ellas, buscando un escape que no podía encontrar.. Durmió al fin Santiuste hasta muy entrada la mañana; Alarcón, que había trasnochado por causa del trabajo, dejó el camastro a hora más avanzada. Las diez serían cuando salió a despedir a su amigo. Ambos fueron a caballo hasta el campamento (p.6859) del Segundo Cuerpo, donde se separaron, prometiéndose pasar juntos la noche de San Silvestre, y celebrar con otra cenita el paso del 59 al 60.

Pero en la mañana del 31, cuando fue Juan al Tercer Cuerpo en busca de su amigo, enterose de que sufría una fuerte contusión, hallazgo de la curiosidad en las refriegas del 30. No perdió Perico su buen humor por aquel contratiempo, que si en un hombre de armas habría sido insignificante, en el hombre de pluma era mucho más de lo que a sus funciones correspondía. Un amigo de Alarcón, Carlos Navarro y Rodrigo, escritor agregado al Cuartel General, le instaba para que se retirase a Ceuta, donde el descanso y la esmerada asistencia le repondrían en un periquete. No se avenía Pedro Antonio a separarse del Ejército, al cual le unían su caldeada imaginación y su arrebato patriótico. Insistió Navarro, y como al hablar de esto se fijara en el demacrado rostro de Juan, que oía y callaba, le dijo: «También usted, Santiuste, mejor estará en Ceuta que aquí.. Su cara me dice que no le prueban estos aires guerreros..». Replicó Juan que él no retrocedería, y que las penalidades no le asustaban. Aunque sin entusiasmo militar, le fascinaba el brío de tantos hombres tocados de la locura de hacerse daño. Quería ver hasta dónde llegaba este delirio y la máxima extensión del mal que a sí misma se causaba la humanidad, como si cifrara su orgullo en desaparecer de la tierra.. Estas filosofías del trovador desengañado provocaron a los tres a una enmarañada discusión de principios y hechos. Como sucede siempre, de esta discusión no nació ninguna luz, sino el propósito de comer juntos y pasar alegremente el día. Nada digno de notarse ocurrió al expirar el año 59. Navarro se fue al Cuartel General, y Alarcón y Santiuste quedaron en La Concepción aguardando los sucesos que en un gran saco repleto traía el 60, y que este empezó a lanzar al espacio histórico desde el primer día de su existencia.

Sin esperar a que sonara la diana del 1.º de Enero, la Historia, impaciente, empezó a moverse y hacer (p.6860) de las suyas, ganosa de marcar aquel día con signo que lo distinguiera y perpetuara. Aún no apuntaba la aurora, cuando don Juan Prim, designado para delantero y batidor en la marcha de las tropas hacia Tetuán, pasó por la playa en aquella dirección, llevando Ingenieros y Artillería, los cazadores de Vergara, el regimiento del Príncipe, batallones de Cuenca y de Luchana, con Húsares de la Princesa. La marcha era lenta y cuidadosa. Santiuste, que se había levantado a la madrugada, bajó a la playa con Leoncio, y juntos siguieron a las tropas de Prim. De una playa pasaban a otra, salvando un cerro divisorio, y así dos o tres veces, costera y monte, hasta llegar a la vista de un valle que recibió el nombre de Los Castillejos por dos grupos de carcomidas ruinas que en él no lejos del mar existían.

A una distancia que no podía llamarse prudente, vieron Leoncio y Santiuste que los soldados de Vergara y Príncipe, mandados por don Cándido Pieltaín, se posesionaron de las alturas próximas al mar, echando de allí sin dificultad a los moros, y que Cuenca se encaramaba en un cerro, distante como dos tiros de fusil tierra adentro. Por el camino que la vanguardia había recorrido desde el campo de La Concepción, vieron Leoncio y Juan que avanzaban más y más tropas. Se las veía bordear la costa de playa en cerro, y en aquel sube y baja con ondulaciones de culebra, la fila de hombres se perdía en los descensos para reaparecer en las alturas.

Tanto Leoncio como Santiuste tenían amigos en la vanguardia mandada por Prim. En Vergara estaba el comandante Castillejo, de ambos conocido; en Húsares de la Princesa servía Vallabriga, a quien Leoncio trataba en Madrid, y con varios oficiales del Príncipe había entablado relaciones Santiuste en el campamento del Otero. A uno de estos oficiales, el teniente José Ferrer, gallego de buen humor, le vio y habló repetidas veces, y se hicieron amigos, movidos quizás de la disparidad de sus caracteres, porque todo lo que el gallego tenía de bromista y gracioso, lo tenía el otro de taciturno y grave.. Acercándose a los (p.6861) húsares, que formaban detrás del General, hablaron con Vallabriga. Después fueron hacia donde estaba el Príncipe. Ferrer les dijo que no podían seguir las cosas tan por la buena. Como gallego fino, desconfiaba de que durara el chiripón con que habían estrenado el año, tomando aquellas posiciones como quien toma un cuarto desalquilado.. Tanta felicidad era el mejor barrunto de un disgusto muy gordo. Confirmó esta idea Leoncio, que con su prodigiosa vista exploraba las próximas colinas y lejanos picachos, ya iluminados por el sol naciente. «Por allá arriba me parece que distingo el nublado de saltamontes.. ¡Jesús!, y por allí una nube, por más acá otra. Se esconden en la montaña.. salen otra vez, vuelven a esconderse.. Y aquí, por nuestro camino, viene el General en Jefe. ¿No veis su escolta? Ahora se para.. Aquí llega un ayudante con órdenes».

La orden era que bajase Prim al llano y se apoderara de un edificio al modo de ermita llamado la Casa del Morabito, y que la artillería batiera los matorrales donde se ocultaban grandes masas de moros. Sonaron las cornetas.. las filas de hombres y caballos se estremecieron; aire de pelea circulaba por entre ellos, moviendo crines, frunciendo bocas y apretando puños.. «¿Qué hacemos?» preguntó Santiuste a su compañero. Y la respuesta fue: «Arrímate a mí; no temas nada. Vamos a ver qué pasa. Sospecho que no será cosa mayor. Si disparo mi carabina, tú la cargas, mientras yo hago fuego con mis pistolas. Si fuese menester, dispararemos a un tiempo. Vamos detrás del Príncipe..». Desaparecieron.. El torbellino los envolvió en las ondulaciones de su cola: la cabeza era Prim.

La casa del condenado Morabito, ¡confúndale Alá!, quedó tomada en poco tiempo. En razón inversa de la duración del combate estuvo su intensidad. Las tropas, más que nunca despabiladas aquel día, pusieron espacio cortísimo entre el pensamiento del jefe y el brazo que lo ejecutaba: verdad que tuvieron el auxilio de las fuerzas sutiles de la Marina, que en el momento más oportuno, aproximándose a la (p.6862) costa, cañonearon de firme a la morería que bajaba de la montaña. Y entre tanto, parte de la tripulación de los cuatro vapores y de los cañoneros saltó a tierra, y carabina en mano se agregó a los soldados, ayudando a poner en dispersión a las gavillas de infieles que defendían el valle de los Castillejos. Pero con todo este buen resultado, más aparente que real, ni Prim ni el General en Jefe, que junto a la casa del Morabito se hallaba con su Estado Mayor, conceptuaron segura la posesión del valle, porque en los manchones de arboleda se ocultaban aún centenares de hombres, y otros no se retiraban de las alturas lejanas, como en espera de fuerzas mayores para reconquistar lo perdido. Antes que O'Donnell se lo mandara, Prim, al frente del Príncipe y de Vergara, corrió a desalojar el valle de aquellos inquilinos molestos que aún no querían marcharse. Una, dos, tres cargas a la bayoneta con gradual empuje, despejaron las alturas, y ya dictaba el General las órdenes para que empezaran las obras de atrincheramiento del campo conquistado, cuando por una hendidura de los montes de la izquierda brotó como un chorro de infantes y jinetes árabes, y contra ellos cargaron dos escuadrones de Húsares de la Princesa, obligándoles a volver la espalda.

Llevados de un ímpetu ardoroso, los húsares no se contentaron con repeler a los musulmanes, sino que siguieron persiguiéndolos y acuchillándolos por el mismo camino estrecho y tortuoso que llevaban en su fuga; y corriendo tras ellos, en una de las revueltas vieron el campo moro asentado entre cerros muy altos, blancas tiendas cónicas, y en derredor de ellas gran gentío de peones y caballeros. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, los de la Princesa seguían adelante con guerrero furor, metiéndose de lleno en la trampa que los taimados hijos de Mahoma les habían armado. Tras de los escuadrones lanzados a esta temeraria aventura, acudieron los demás, anhelosos de auxiliar a sus compañeros y de salvarlos o perecer con ellos.. Esta singular hazaña de los húsares fue de las más audaces que en (p.6863) guerras humanas se han visto; acto de sublime demencia, en que el valor personal, acumulado en un punto por la temeridad de unos cuantos hombres, altera la normalidad de los principios de la táctica y descompone toda la lógica militar. Los intrépidos jinetes que volaron en auxilio de los primeros que habían caído en la celada, infundieron a estos los alientos necesarios para que, reunidos todos, se desliaran del inmenso remolino de bárbaros que les envolvió por todas partes. Combate fue cuerpo a cuerpo, con eléctrica rapidez, a usanza de griegos y romanos, dando al heroísmo toda la tensión posible en menos que se piensa y que se dice, y sosteniéndola sin dar espacio ni tiempo al enemigo para poner una pausa en su estupor y recobrarse del pánico.

 

Ep-35-VI -

Los que vieron partir a los escuadrones para aquel lance de inaudito arrojo, creyeron que no volverían. Volvieron, sí, enteros, trayendo su bandera y la que el cabo Mur arrebató al Imperio marroquí con increíble tirón de una mano de gigante; volvieron con orden, sin dejarse allá ningún prisionero, con los dos comandantes de los primeros escuadrones, Aldama y Fuente Pelayo, gravemente heridos, y pérdida de dos oficiales y unos veinte soldados..

Poco después de la vuelta de los húsares, a quienes todos contaban ya en la eternidad, el pensamiento de O'Donnell era este: «Mantener las posiciones conquistadas fortificándolas convenientemente, y no avanzar ni un paso más hasta que no sepamos qué fuerzas de moros, todavía intactas, se esconden en la encañada del río de los Castillejos y de su afluente, así como en los demás recodos de esas montañas». Esta disposición revelaba al General en Jefe, que, sin perder de vista sus deberes ni su responsabilidad, no quería fatigar a sus tropas, ni lanzarlas a combates duros sin que antes se alimentaran bien.. Un ayudante de O'Donnell llevó estas órdenes al General Prim; un ayudante de Prim llevó a O'Donnell este recadito: «Que si me manda un par de batallones y dirige una brigada por la izquierda, me apoderaré hoy del (p.6864) campamento enemigo».

Es fama que don Leopoldo puso mal gesto al oír la petición del General de su Vanguardia. «¿Qué contesto, mi General?» le preguntó Gaminde, ayudante de Prim.

-Dígale usted que allá voy yo.

En un instante de ruidosa confusión, Leoncio perdió de vista a su compañero. Habían seguido los pasos de los batallones del Príncipe; vieron de cerca los diferentes ataques a la bayoneta que Vergara y Luchana dieron a los moros; corrieron luego a ver si volvían o no los húsares que se metieron por la angostura, y en esto, Santiuste desapareció. ¿Había escapado hacia lugar seguro, temeroso de que la curiosidad le costara la vida? Buscándole y llamándole a voces, bajó Leoncio hasta la Casa del Morabito, y a poco de estar allí vio a O'Donnell partir a la carrera con su Estado Mayor hacia el punto en que Prim activaba el atrincheramiento de las posiciones conquistadas. Fue cuando O'Donnell dijo: «allá voy yo».

Echó a correr Leoncio hacia donde la curiosidad y el patriotismo le llamaban; de lejos vio a O'Donnell inspeccionando con Prim los trabajos de fortificación. Sin duda no se pasaría de allí, ni era prudente meterse en mayores aventuras. Avanzaba el día, y las tropas estaban sin comer, rendidas de cansancio. ¿Y quién aseguraba que los malditos muslimes no tenían encajonadas detrás de los montes fuerzas mucho más grandes que las presentadas durante la mañana? Porque ya era evidente que su falta de ciencia militar la suplían con la astucia y el arte de las sorpresas.. Esto pensaba Leoncio Ansúrez, minúsculo táctico y estratégico de afición, cuando un rumor venido de la sierra le dejó suspenso y aterrado. Era como el silbo de un huracán que de improviso se desencadenara en las alturas. Por todas las que rodean el valle de los Castillejos aparecían moros formando nube: sus voces desconcertadas, que en nuestra lengua conservan el nombre de al-garabía, eran de lejos como el zumbido de infinitas abejas abandonando infinitos colmenares.. Todo el Ejército vio con mudo estupor el tempestuoso nublado.

Razón tenía O'Donnell al creer (p.6865) que el enemigo no había presentado en los combates de la mañana más que una parte mínima de sus muchedumbres a pie y a caballo. Contra aquel aluvión se prepararon a luchar los fatigados y hambrientos hombres de Luchana, Vergara y el Príncipe, y los quebrantados Húsares de la Princesa. De su flaqueza sacaban alientos, y de su amor a la bandera el coraje preciso para no permitir que el enemigo se la llevara. En momentos de tanto ardor y peligro, muchos habían de morir, hasta que la suerte decidiera quién salía vencedor. Era forzoso matar todo lo que se cogía por delante, con gran riesgo de la propia pelleja; retroceder era condenarse a muerte segura. Cargó Pieltaín con los del Príncipe, cargaron Vergara y Cuenca. Las posiciones más altas que ocupaban los españoles hubieron de ser abandonadas. En la segunda posición hizo Prim esfuerzos sobrehumanos para sostenerse, y lo consiguió gracias a dos batallones de Córdoba (del Segundo Cuerpo) que llegaron como enviados por la Providencia de los españoles. Pero la Providencia de Mahoma desgajó de los montes nuevas masas de tiradores árabes, con lo que aumentaba su fuerza el enemigo, en proporción mayor de lo que creía la de los nuestros. Las dos Providencias, la musulmana y la cristiana, redoblaban su ira, y los combatientes se enzarzaban con la ferocidad de las guerras primitivas.

No sabiendo Prim de dónde sacar más fuerzas con que contener la creciente avalancha, echó mano de la artillería de a pie, mandándola desplegar en orden abierto, táctica bien distinta de la de su arma. Los artilleros fueron a donde se les mandaba, batiéndose como la infantería ligera. Mas no haciendo nada de provecho, tuvieron que retroceder, buscando maquinalmente el orden cerrado para el cual se les había instruido. Su Coronel, Berroeta, viéndose obligado a perder terreno, maldecía la hora en que nació.. En tanto, Prim poníase al frente de un batallón de Córdoba, Gaminde al frente del otro, y mandando a los soldados que soltaran las mochilas para ir más ligeros, avanzaron con terrible (p.6866) decisión en busca de la muerte o la victoria. Ronco estaba Prim de las voces que les daba, inflamando su patriotismo con el nombre mágico de la Reina cien veces pronunciado. Pero no había nombres de Reinas ni invocaciones patrióticas que multiplicaran a los hombres, y sólo multiplicándose y convirtiéndose cada uno en seis, podían romper los apretados haces de moros ensoberbecidos, rugientes, feroces. Un momento más sin que se efectuara el milagro de la multiplicación de hombres, y todo se perdía sin remedio.

El suelo estaba lleno de cadáveres, el aire de un alarido en que las dos lenguas, árabe y española, juntaban sus maldiciones y los acentos de la fiereza humana, lenguaje animal anterior al de los hombres. Retrocedían los de Córdoba, empujados por los moros, y casi tocaban ya al sitio en que habían soltado sus mochilas.. Ya no había más salida de aquel laberinto, ni más remedio del desastre, que no prodigio del Cielo, o de los hombres por divina inspiración. Prim, lívido, vibrando de pies a cabeza, imagen de la desesperación altanera que no admite la derrota y borra la idea de muerte del espacio mental en que se pintan las ideas, arengó por milésima vez a su gente. Gaminde había desenfundado la bandera de Córdoba, para que, desplegada, fueran sus vivos colores como latigazo en la retina de los soldados, casi ciegos ya del humo, atontados por la fatiga, y a punto de sentir apurada y nula su brutal fiereza. Prim empuñó el mástil de la bandera; al viento dio la tela, y con la tela unas palabras roncas, ásperas, como si las soltara con un desgarrón de su laringe.. Más por la expresión que por el sonido las entendieron los que le rodeaban.. Coger la bandera, echar la tremenda invocación, hincar espuelas al caballo y saltar este sobre el tropel de moros, fue todo un instante..

Del lado allá de este instante, que era como vértice en los órdenes del tiempo, estaba el milagro. El milagro fue que los hombres se multiplicaron. Ya no se vio más que el cruzarse de bayonetas y yataganes, el brillar de los ojos como brasas, el hervor de (p.6867) un mar en que sobresalían miles de brazos agitando las armas. La masa española se incrustó en la mora. El fiero caballo del General, aunque herido, descargaba sus patas delanteras sobre cuantos cráneos a su alcance cogía. Las bayonetas segaban los haces enemigos. Morazos de tremenda estatura caían hacia atrás, elevando al cielo los remos inferiores como si fueran brazos; españoles caían también, de bruces, heridos de muerte, agujereados vientre y pecho. Otros pasaban sobre ellos.. seguían creciendo y multiplicándose, a cada momento más esforzados, con mayor desprecio de la vida.. El General, siempre delante, echando rayos de su boca, a todos deslumbraba con su locura increíble.

Sin duda, la figura de Prim, arrojándose a la muerte y ofreciéndose con cierta voluptuosidad de sacrificio heroico a las cuchillas y a las balas enemigas, debió de producir en el ánimo de los moros una fascinación inaudita.. Sobrecogidos los que recibieron terribles golpes; desalentados los que veían la inutilidad de su bravura, corrieron todos en querencia de lugares seguros.. Les llamaba el interior plácido de su país.. Iban a sus aduares, a sus casas, a sus mezquitas, bien como los animales acosados que siempre buscan la orientación de sus viviendas. En bandadas huyeron. Las posiciones quedaron rescatadas; el suelo limpio de moros vivos, no de muertos, pues tantos eran que daba horror ver el campo. No pocos españoles yacían entre los despojos de tan horrible matanza. Las dos patrias, las dos religiones, semejantes, en aquel empeño de honor, a las antiguas divinidades iracundas que no se aplacaban sino con holocaustos de sangre, ya podían estar satisfechas. Y los muertos, el sin fin de hombres sacrificados en el ara sacrosanta, ¿qué pensarían de aquel furor con que los degollaban como carneros para que desarrugase el ceño la diosa implacable?.. ¿Será verdad que la diosa, cuando bebe mucha sangre, se pone muy contenta, y en su seno acoge con amor a las innumerables víctimas de la guerra? Así por lo menos se dice en todas las odas que (p.6868) consagran los poetas a cantar batallas..

Y así pensaba el buen Santiuste cuando echó la vista al terreno de las victoriosas cargas, iniciadas por Prim. Sintió escalofrío ante el espectáculo de tantos muertos caídos en trágicas posturas, y aunque por un momento le movió la curiosidad de ver si estaban en aquellos montones sus amigos Leoncio, Vallabriga, o el galleguito Pepe Ferrer, no se atrevió a meterse entre los cadáveres: el miedo de encontrar a sus amigos le sobrecogía más que le interesaba el deseo de saber su suerte. En lastimoso estado de cuerpo y espíritu, tomó la dirección de la Casa del Morabito, adonde iban todos los que no quedaban en el cuidado y defensa de las trincheras. El molimiento de sus huesos era tal, que andar no podía con el garbo propio del uniforme. Todo había sido contratiempos y desdichas para el pobre trovador desde que la casualidad le separó de su amigo Leoncio. Por dos veces fue atropellado por los soldados del Príncipe y Vergara cuando les hizo retroceder a sus posiciones el empuje de los moros. Cara le costó su curiosidad al buen poeta de la Paz, porque en la segunda de aquellas caídas, centenares, a su parecer millares de pies, pasaron por encima de su asendereado cuerpo. ¡Cómo quedarían los huesos, y sobre los huesos la piel, y sobre la piel el uniforme, con estos pisotones y carreras! El poncho y ros quedaron manchados de fango revuelto con sangre. Cuando le vieron levantarse del suelo, alguien creyó que era un cadáver que resucitaba para espanto de los vivos.

A estos desperfectos exteriores se unieron, para mayor suplicio de Santiuste, el hambre que demacraba su rostro y el frío que mantenía sus manos en continuo temblor.. Concluía de anonadarle el no encontrar entre tanta gente un rostro conocido, y su desairado vagar por el campo, donde no se batía ni prestaba ningún servicio..

Anochecía. Las sombras nocturnas, indiferentes a los actos heroicos de aquel día, se dejaban caer amorosas sobre los despojos trágicos de las batallas.. Camino del Morabito iba Santiuste, cuando vio una (p.6869) fila de soldados conductores de camillas. La procesión de heridos no tenía fin, y avanzaba con esa prisa lúgubre de los entierros que llegan tarde al camposanto. Quiso Juan ser útil, y se brindó a relevar a uno de los hombres que llevaban camillas. Pero su oferta no fue admitida.. Más adelante vio que un camillero, rendido de inanición y cansancio, no podía con su cuerpo y menos con el del herido. Al punto acudió Juan a sustituirle, y echando mano a las parihuelas, arreó camino abajo gozoso del humanitario servicio que prestaba. No había andado veinte pasos, cuando el herido que transportaba se incorporó en la camilla, y con una varita que esgrimía en la mano derecha, tocó a Juan en el hombro diciéndole: «Arrea, bruto; arrea pronto, que me estoy desangrando». Sin para volviose Santiuste a ver quién hablaba, y reconoció a Leoncio Ansúrez.

 

Ep-35-VII -

«¿Es grave tu herida, Leoncio?».

-¿Yo qué sé? Una bala me pasó el muslo, y un tajo de yatagán me lo acabó de arreglar.. Ahora me sale mucha sangre. Si no me curan pronto, no sé qué será de mí. Arrea, Juan.

Juan y el zaguero avivaron el paso, y Leoncio calló. Pasado un buen rato, dejose oír de nuevo su extenuada voz: «Juan, ¿viste la hombrada de Prim? ¡Qué tío más valiente! Creí que a él y a todos nos acababan esos perros».

-Vi la hombrada, Leoncio.. la vi y creí que era sueño.. También te digo que si no llega en aquel momento por la derecha el General Zabala con cuatro batallones, y sacude a los moros como les sacudió, la hazaña de Prim quizás no habría sido más que un heroísmo inútil, y con hablar de muerte gloriosa, ya estaba el asunto despachado.. Yo pongo en su lugar de honor a mi General, al General del Segundo Cuerpo, don Juan Zabala, gran soldado, de valor sereno, de vista penetrante para la oportunidad. Si no es por él, Leoncio, todo se pierde.. ¡Y cuántos muertos, Dios mío! De infieles y cristianos ha quedado el campo lleno. Quítale a la guerra el poquito interés que le da el ser arte y el ser ciencia, y no queda más que un (p.6870) pasatiempo de caníbales.. ¿Qué dices?.. ¿Por qué callas?

-Con cada palabra que echo de la boca, se me va un gran pedazo de vida.. Estoy admirado.. de la sangre que tenemos en el cuerpo.. porque con salirme tanta, todavía queda sangre dentro. Arrea, Juan.

Llegaron por fin a la tienda-hospital; mas era tanta la afluencia de heridos, que los médicos no tenían manos para curarlos. Mientras los propios soldados aplicaban a Leoncio un vendaje provisional para contener la hemorragia, Santiuste consolaba a su amigo con frases afectuosas y esperanzas de pronta curación, y viéndole más animado con el vino y pan que le dieron, se permitió reprenderle en esta forma: «Esto te pasa por meterte a farolear, Leoncio, pues tú no has venido aquí a combatir, sino a componer las armas de los que combaten.. Lo que hoy te ha pasado te servirá de escarmiento.. y no volverás a pintar el diablo en la pared, que maldita gracia tendrá que dejes viuda a Mita y huérfano a tu hijo».

El recuerdo de su cara familia ausente afligió a Leoncio: algunas lágrimas mojaron su rostro antes de la cura. En esta desahogó su dolor con gritos más que con llanto, y estuvo muy firme. Allí quedó con la pierna sepultada en parches y vendas, condenado a inmovilidad absoluta durante luengos días. «Mira, Juan, vas a hacerme un favor -dijo a su amigo-: vete por ahí, y búscame a Señá Ignacia.. ¿No sabes?, es la cantinera del Tercer Cuerpo; una mujer muy buena y muy socorrida para todo. Le dices que estoy con una pata hecha cisco; que venga a verme, y me traiga de aquel aguardiente de caña que alegra y cría sangre. Después de la soba que me ha dado el físico, tengo una sed horrible, y necesito del aguardiente para que el agua no me encharque.. Corre, hijo, y tráemela prontito».

Corrió Juan por las calles del campamento, y aunque no tardó en encontrar a la hombruna y bondadosa Ignacia, esta, con muy buena voluntad, pero sin poder zafarse del sinnúmero de parroquianos que la asediaban, no acudió a Leoncio hasta mucho después de recibido el encargo. Vagando (p.6871) en acecho de la Ignacia, Santiuste vio al Coronel del Príncipe, don Cándido Pieltaín, en la entrada de una tienda, con el brazo derecho en cabestrillo, fumando, en conversación con dos o tres oficiales. Más allá, otra tienda, en cuya puerta se agolpaban curiosos atrajo su atención: el bloque de gente, en su mayor parte artilleros, que cerraba la entrada, no le permitió ver más que las botas de un hombre yacente, al parecer muerto.. Alargando más el hocico, vio el cuerpo hasta la cintura.. le alumbraban más velas de las que para el uso común se encendían en el campamento. Era el Coronel don Francisco Barroeta, jefe de la Artillería que se batió aquella tarde en orden abierto. Tal ira y turbación le causó el ver a sus valientes artilleros retroceder una y otra vez ante el ataque de los moros, que la serenidad no volvió a su ánimo, y al retirarse a la tienda se pegó un tiro.. Exaltación insana del sentimiento del honor militar le precipitó a la muerte. ¡Qué desdicha! Oyendo contar el lance, Santiuste lloraba, maldecía con toda su alma las brutales guerras, y las vanas historias que de ellas se escriben para inducir a los hombres a poner sus preciosas vidas en un punto caballeresco.. Cuando al Hospital de sangre volvía, ya capturada la cantinera, llegaban a su oído aquí y allá los comentarios del gran suceso reciente, burbujas de la acción heroica, que aún hervía en todos los corazones.. ¡Qué oportunidad la de Zabala!.. De los veinte hombres que formaban la escolta de infantería de Prim, no habían quedado más que seis.. ¡Ah, España, cuánto sacrificio por ti!..

Con la excelente cura que se le hizo, y el remedio de aguardiente de caña sobre la gran cantidad de agua que había bebido, pasó regularmente la noche el buen Leoncio. Por indicación apremiante del herido, Ignacia le dejó media botella del bendito licor, y Juan, que no se había de separar de él, quedó en darle las tomas con la periodicidad conveniente. Horrible fue la noche en la lúgubre tienda: de los ocho heridos graves que había en ella, murieron tres, y dos, según opinión de los médicos, no (p.6872) pasarían de la mañana siguiente. El castrense que allí prestaba servicio fue relevado por don Toribio Godino, a quien su amigo Santiuste, por confortarle el estómago desmayado, obsequió con una copita del bálsamo de caña. «No sabes, hijo mío -le dijo el cura-, cuánto te agradezco este precioso sostén de las facultades. Con el trabajo de esta noche.. y cuenta que ya he despachado para el Purgatorio a más de cincuenta.. con tanto ajetreo de Sacramentos, sin parar, sin parar, a este, al otro, al de más allá, hasta las palabras rituales se me helaban en la boca y no querían salir.. Dios te lo premie, hijo.. y te lo aumente».

Ya la luz del alba clareaba en la entrada de la tienda, cuando Leoncio, que había caído en hondo letargo, despertó con cierta inquietud llamando a voces a su amigo. «Aquí estoy -dijo incorporándose Santiuste, que también descabezaba un sueño-. ¿Te sientes mal? ¿Te molesta la herida?».

-No es la herida: es una idea, una idea, Juan, que me atormenta y no me deja descansar..

-Dímela.. Será una idea de las que trae la fiebre.. y las ideas de la fiebre son locas.. No hagas caso.

-Arrímate más a mí, Juan.. más. Que no oiga nadie lo que tengo que decirte.

-Nadie lo oirá, Leoncio.. Los más próximos están muertos, y los más lejanos duermen.

-Pues lo que me atormenta.. a ti, a ti solo te lo digo.. lo que me atormenta es que hoy.. poco antes de que Prim cogiera la bandera, cuando los moros venían hacia acá y nos arrollaban.. vi a mi hermano Gonzalo.. No se me despintó.. era él..

-Tu hermano moro.. el que se hizo moro.. ya sé.

-Le vi primero vivo entre los que mandaban.. A caballo venía muy arrogante, con un albornoz de tela vaporosa.. Debajo llevaba un traje de seda verde.. Turbante blanco.. Era él, te digo.. No sé el tiempo que pasó hasta que volví a verle. Fue antes de caer yo herido, en el momento más terrible de la carga de los de Córdoba.. Le vi muerto, la cabeza partida por un tremendo sablazo; el caballo muerto también y todavía pataleando.. Mi hermano tenía los ojos vidriados, fijos; la boca muy abierta y rasgada, mostrando todos los (p.6873) dientes, blancos.. una boca de risa que daba mucho miedo.. El albornoz se había desgarrado, y era todo hilachas manchadas de sangre y barro. Se veía el pecho ensangrentado.. ensangrentado el magnífico traje verde..

-¿No sería azul, Leoncio?.. Recuerda bien. En esos momentos de emoción trágica, es cosa muy fácil confundir los colores.

-No, Juan; era verde..

-Pues yo sostengo que era azul, Leoncio -dijo Santiuste con pleno convencimiento de lo que decía, poniendo toda su atención en aquel asunto.

No puede omitir el historiador que después de media noche, sintiéndose el buen poeta de la Paz muy desconsolado del estómago, y además falto de calor en todo su cuerpo, probó el precioso licor de Ignacia. Tan bien le supo la media copita, y tan eficaz reparo notó en sus entrañas después de beber, que repitió la medicación dos o tres veces en el curso de la madrugada, disputándola por droga de maravillosos resultados. «Pues te digo que azul y no verde, y en ello insisto -prosiguió Santiuste bajando más la voz-, porque yo también he visto a tu hermano.. Le vi, como tú, vivo y muerto, y toda la descripción que me has hecho de su figura y arreo concuerda con lo que yo vi, menos lo del traje verde».

-Pues sería, como dices, azul; que nada de particular tiene que, trastornadas mi vista y mi cabeza, trabucase yo los colores.. Pero dime, Juan: ¿cómo conociste a Gonzalo si no le has visto nunca?

-¡Ah!.. yo me entiendo.. Respóndeme: ¿se parecen tu hermano Gonzalo y tu hermana Lucila?

-Todo lo que pueden parecerse un hombre con barbas y una mujer sin ellas. Cuando Gonzalo era mozo, parecía mi hermana vestida de hombre.

-Los ojos son los mismos, ¿verdad?

-Tan iguales, que creíamos que se los prestaban el uno al otro para mirar..

-Y la carita hermosa de tu sobrinillo Vicente ¿no es igual a la de su tío Gonzalo?

-Tan es la misma, que, según mi padre, Vicentillo es Gonzalo que ha vuelto a nacer.

-Pues figúrate ahora si me habrá sido fácil conocerle, y si habré tenido un sentimiento grandísimo al verle cadáver.. No (p.6874) olvidaré nunca aquel rostro noble, los ojos vidriados, la carcajada esculpida.. Ha muerto por su nueva patria..

Después de una pausa en que cada cual sondeaba sus propios sentimientos, Leoncio suspiró y dijo a su amigo: «¿Crees tú, Juan, que mi hermano estará en el paraíso de Mahoma, gozando de Alá?».

-No sé, no sé -respondió Juan, poniendo una cara enteramente estúpida-; pero yo te aseguro que si no en ese paraíso, en algún otro paraíso tiene que estar.

Pasado más tiempo que el de la anterior pausa, el herido cambió de un salto la conversación diciendo: «Veo la botella caída. Es que se nos ha concluido el Sanalotodo.. En cuanto aclare bien el día, te vas a buscar a Ignacia. Ten cuidado, Juan, y no compres a ese otro cantinero que llaman Borrascas.. Todo lo que ese vende es veneno.. Créeme a mí: como mujer de conciencia y que sepa mirar por el Ejército español, no hay otra Ignacia».

El día se presentaba espléndido. Brillaba el sol alegrando los ánimos. Fácilmente se olvidaban los horrores del trágico día de los Castillejos, para no pensar más que en la indudable gloria de la jornada. Ocho mil hombres escasos habían luchado contra más de treinta mil. Aprovechando el buen tiempo, seguiría el Ejército su marcha hacia Tetuán.. Ya sabían los moros cuán caro les costaba entorpecer el camino.. Aunque la herida de Leoncio no era grave ni exigía la intervención quirúrgica, se pensó en mandarle a Ceuta en el primer convoy de heridos que saliese, lo que supo muy mal al armero, pues abandonar al Ejército era su mayor pena. Santiuste trató de ver a Pedro Antonio el día 2; pero al dirigirse al campamento de la Concepción, encontró este levantado. El Tercer Cuerpo marchaba de vanguardia por el camino de Tetuán. Alarcón había partido para Ceuta. De otra novedad importante tuvo noticia Juan aquella tarde, y era que el General Zabala, Jefe del Segundo Cuerpo, estaba enfermo. Al regresar a su tienda en la noche del memorable día de los Castillejos, su cansancio era tan grande, que se arrojó en la cama de campaña sin quitarse la ropa (p.6875) mojada del rocío. A la siguiente mañana despertó con todo el lado derecho paralizado. Consecuencia de este percance fue que el Segundo Cuerpo quedó a las órdenes de Prim. Todo esto lo supo Juan por su amigo don Toribio, que acabó diciéndole: «Bueno es el General que ahora nos manda; pero yo me siento huérfano, porque en todo el Ejército y fuera de él no hay para mí otro don Juan Zabala..».

Al regresar a los Castillejos encontró Santiuste a su amigo Ferrer, Teniente del Príncipe, en un corro de oficiales que rodeaba a la sin par Ignacia. Esta, sin cesar en su ordinario despacho de bebidas, vendía castañas recién llegadas de Ceuta, y cigarros puros de los llamados de dos manos, porque las dos eran necesarias para fumarlos: una para tener el cigarro, y otra para el fósforo. Abrazó Juan a su amigo con verdadera efusión, pues le creía muerto en los terribles combates del día 1.º «Yo también me tuve por muerto -respondió el galleguito-, y no se me quitó de la cabeza la idea de estar en el otro mundo hasta que vi que vivaqueábamos en las posiciones.. y hasta que vi venir el pote.. calentito.. ¡Batallas.. potes.. la muerte, la vida!.. Esta que llevamos no es para llegar a viejos». Don Toribio se entristeció después con el relato de los innumerables responsos que había echado sobre tantos y tantos muertos. La tierra estaba henchida, harta: se indigestaba de cadáveres cristianos y moros. El Infierno y el Cielo recogerían las almas.. «Eso.. allá Dios.. No sabemos, querido Juan, no sabemos.. Me preguntas por el Dios de las batallas. Ya te he dicho que no sé dónde está ese señor.. no le conozco. ¿Y ese Allah, qué pito toca? Para mí, ninguno. Yo mando a todos mis muertos a donde me ordena mi ritual.. Cada cual lleva su pase; van bien encomendados a la Misericordia del que hizo los Cielos y la Tierra. Para mí que la encuentran..».

 

Ep-35-VIII -

Ya el Tercer Cuerpo acampaba en el cerro de La Condesa, como a una legua del valle de los Castillejos; ya se había recorrido más de la mitad del camino de Ceuta al valle de Tetuán; los africanos, no (p.6876) repuestos aún del susto que les dieron Prim, Zabala y O'Donnell el 1.º de Enero, atacaban tímidamente y en corto número, asomándose por los montes y volviéndose a meter en ellos. Guardaban sin duda sus ardides astutos para Monte Negrón, fortaleza natural de pura roca, con picachos y cavernas de inestimable valor en las emboscadas y sorpresas. ¡Adelante, adelante! España, que tan formidables obstáculos había vencido, no se detendría ya por un monte más o un monte menos interpuesto en su camino.. El avance del Ejército traería la forzosa incomunicación terrestre con Ceuta. Una escuadrilla mercante y algunas goletas de guerra llevarían las provisiones a puntos abordables de la costa.

Confiaba Leoncio en que su pierna se portaría como una pierna decente, no poniéndole en el duro trance de ser retirado de la campaña. Santiuste, que desde el 3 empezó a sufrir calenturas, se avino a ser transportado con su amigo en la impedimenta. En las horas que la fiebre le acometía, su espíritu se aplanaba en una indiferencia perezosa y lúgubre, y lo mismo le importaba separarse del Ejército que permanecer en él. Considerábase como un fardo inútil, y ni aun se sentía con alientos para escribir a sus amigos y cumplir el único deber que al África le llevara. Perezoso era de la acción muscular, no de la mental, ni tampoco de la palabra, pues llevado con su amigo en lomo de mulas por ásperos caminos, discurría con extraordinaria fecundidad, y no daba paz a la lengua para sacar al exterior sus alambicados pensamientos. Apóstol convencido de la Paz, todo lo de la guerra le tenía ya sin cuidado.. Oían por el camino tiros lejanos. ¿Qué pasaba? Que el General Ros rechazaba gallardamente al Moro en las alturas de La Condesa; que el General García, Jefe de Estado Mayor, hacía un reconocimiento en el imponente paso de Monte Negrón.. Nada de esto le interesaba, y por decirlo con honrada ingenuidad, tenía con su amigo Leoncio fuertes peloteras.

El radical cambiazo en los sentimientos y en las ideas de Santiuste, llevándole del (p.6877) nacionalismo épico a las amplias miras humanas, no secó en él la vena rica de la elocuencia. Y aunque esta y los tópicos de patriotismo parecían de igual naturaleza y tan trabados entre sí que no podían separarse, ello es que las ideas cambiaron sin que la expresión de las nuevas fuera menos hermosa. Elocuente era Santiuste aun después de arrancar de su cerebro lo que él llamó después talco y lentejuelas históricas; elocuente al desechar ese tono colérico que informa las manifestaciones del patriotismo agudo, y al adoptar los tonos tranquilos del que excluye en absoluto de su doctrina la muerte airada de nuestros semejantes.

Tanto como en él aumentaba la pereza de escribir, acrecía la facultad oratoria. Escribiendo no esperaba convencer a nadie; hablando, a todo el mundo convencería. ¡Ah, si él pudiera explicar verbalmente a Lucila su metamorfosis, mostrarle su corazón inflamado en el amor de la paz, desplegar ante ella los mismos razonamientos que él se había hecho para llegar a su presente estado mental, cuán fácilmente la persuadiría! Porque Lucila y él, sin haberse declarado su conformidad y semejanza, eran dos almas parejas y armónicas, con un solo sentimiento para las dos. Pensando en esto, el pobre poeta se lamentaba de su incapacidad para convencer a su amiga por escrito.. Además, para escribirle de estas cosas necesitaba una confianza que aún no tenía; ponerse en concierto de amor, declarando él el suyo, y esto no debía intentarlo mientras no estuviese más avanzada la viudez de la dama. Aún no era tiempo de romper la delicada etiqueta con que se trataban. Por el momento bastaba con graciosas insinuaciones que la llevaran gradualmente a conocer la verdad. Esto lo hacía en todas sus cartas, meditando mucho lo que decía para que el agudo Vicentito, picado de curiosidad, no hiciese a su madre preguntas que habían de turbarla. Una sola vez había Lucila contestado a las cartas del trovador, y se mostraba muy afectuosa, interesada vivamente en la salud del fiel amigo. Y entre otras expresiones de ternura (p.6878) disimulada, le decía: «Por Dios, Juan: no se ponga en ningún sitio donde corra peligro, que su vida es más preciosa de lo que usted cree. Usted no es militar, sino cantor de las glorias militares; y si en la guerra no puede ver estas para cantarlas, cántelas por lo que le cuenten; y en último caso, mande las glorias a paseo, que antes que ellas es usted y el deber en que está de volver acá sano y salvo».

Esto le decía la hija de Ansúrez, ¡y con cien mil de a caballo (como decía Alarcón) , que era bastante expresivo! ¿Cómo dudar que en esta frase se dejaba caer del lado de la paz, y que ponía las glorias en el secundario lugar que les corresponde, siempre más bajas que la vida humana? Cuando Santiuste se veía solo y abrumado de tristeza, no tenía más consuelo que pensar en aquel ídolo distante, y anticipar con la imaginación los hermosos conceptos con que, después de conquistarla para su amor, la conquistara para sus ideas.

«¿No escribes, Juan? -le dijo Leoncio una tarde, cuando llegaron al descanso de la tienda tras un molesto viaje-. Te recuerdo tus obligaciones, porque veo que te descuidas en ellas. La goleta Rosalía, que pronto llegará con víveres, llevará tus cartas y la mía, porque yo escribiré también. Cuidado, Juan: si en tu carta me nombras, di lo mismo que yo: que estoy bueno, y que no he tenido ni un rasguño. ¡Buen susto se llevaría mi pobre Mita si dijeses otra cosa!».

En esto franquearon las tropas, sin ningún tropiezo, el desfiladero entre Monte Negrón y el mar, tránsito arriesgadísimo que facilitó el General García con la batida impetuosa que dio a los moros aquella mañana. Ya llegábamos al valle de Asmir o del Río Capitanes, planicie baja, fangosa, encharcada en parte, en parte poblada de juncos, lugar de desolación, donde la hispana Providencia se despidió de nuestras tropas diciéndoles: «Caballeros, ahí os quedad ahora, y yo me voy, que todo no ha de ser bienandanzas y chiripones.. Y para que hagáis prueba de vuestro tesón y cristiana paciencia, voy a desencadenar hoy mismo, con permiso de Dios, uno de los más (p.6879) terribles Levantes que aquí tenemos para uso de los providenciales designios, y el viento y la mar no permitirán que os llegue el auxilio de víveres que de España se espera. Resignaos, y llevad como podáis el ocio de vuestras armas y de vuestros dientes en esa inhospitalaria marisma».

Violencia horrible trajo el temporal desde su primer soplo. Trataban los soldados de armar las tiendas, y una mano airada, invisible, arrebataba las lonas y palitroques de que aquellas frágiles casas se componen. Ninguna fuerza humana podía contrastar el empuje del viento, que para causar mayor estrago se traía torrentes de agua, torrentes de granizo, con fragor espantable que sobrecogía los más firmes corazones.. Y los hombres desdichados que sufrían estas iras de la Naturaleza, igualándose todos en el padecer, pues las jerarquías se borraban ante tamaña desventura, perdían la última esperanza viendo el mar tan inclemente como el cielo. Desde su mojado campamento miraban las olas furiosas; veían estrellarse contra las peñas, a media legua por el lado Norte, la goleta de hélice Rosalía, cargada de víveres para el Ejército.. Lo más que pudo hacerse fue salvar la tripulación y papeles. Todo lo demás se lo tragó el mar a la vista de los hambrientos y ateridos soldados españoles.

Y como el aspecto del mar era cada hora y cada día más imponente, ¿de dónde había de venir el socorro, si España no podía mandarlo? Las raciones se acortaban; pronto se acabarían en absoluto. Hombres y caballos se veían amenazados de inanición, de muerte.. La sangre se empobrecía, la pólvora se mojaba, los corazones eran un puro estropajo, los rayos de la guerra se convertían en pajuelas húmedas, y las almas guerreras en espectros que se asustaban unos a otros.. La desolación tomó al segundo día de huracán caracteres siniestros. Los individuos más decidores apenas hablaban; cada cual consideraba en sí mismo el pavoroso infortunio, sin pedir impresiones a los demás por miedo a recibirlas peores que las propias.. Los sanos parecían enfermos, y los (p.6880) enfermos y heridos, cadáveres que por milagro hablaban y se movían.

Arrojados de su tienda, que el viento desgarró, Leoncio y Juan se refugiaron en otras mal sostenidas con refuerzos de madera y cuerdas; las destinadas a hospitales no podían ya con más inquilinos; mezclados estuvieron los heridos con los coléricos, hasta que se ordenó separarlos, sin que la separación, por entorpecimientos materiales, pudiera ser un hecho. Prefería Santiuste salirse al campo envuelto en su manta, y aguantar allí el azote de la lluvia y el viento, a permanecer en un estrecho local donde sólo se oían quejidos de enfermos y moribundos, y el continuo lamentar y maldecir de los que no recibían lo preciso para satisfacer su hambre. Las raciones de galleta húmeda amenguaban de la mañana a la tarde, y los cocineros anunciaban la terminación de toda comida caliente por las dificultades de encender lumbre y de encontrar combustible en aquellos pantanos. Algunos soldados que querían vivir a todo trance, bajaban a la playa en busca de mariscos, y escurriéndose entre las peñas, encontraban lapas, erizos y caracoles con que engañar su rabioso apetito.

Hecho un ovillo, arrimado al socaire de una de las tiendas que parecían más sólidas, Santiuste conllevaba cristianamente su honda tristeza, su inanición y su calentura. La quietud en que se mantenía, ayudábale al adormecimiento que le hacía olvidar la realidad o apartarse de ella. Entregábase con deleite a la modorra febril, deseando que no tuviera fin y que le llevase al descanso eterno. Los efectos combinados de la calentura y el pensar producían en él un estado parecido al nirvana, o el éxtasis que transporta al cielo las almas semíticas sacándolas temporalmente de sus cuerpos extenuados.

Flotaba el desdichado poeta y orador en regiones aéreas, donde veía las cosas humanas en distinta forma y sentido del que abajo tienen. La gallardísima temeridad del General Prim, el día de los Castillejos, que más de una vez se había reproducido en el cerebro de Juan, inflamado por la fiebre, reapareció aquella tarde con (p.6881) mayor fijeza y colorido más real. El soñador se reconocía moro, sin recuerdo ninguno de haber sido español, y entre los moros combatía.. Ya tenían los muslimes acorralados a los castellanos; ya les llevaban por delante, haciéndoles retroceder más allá de sus primeras posiciones, cuando de improviso vieron que se les iba encima, como descolgándose de los aires, la figura de Prim a caballo, blandiendo en una mano la espada fulgurante, en otra la bandera de Castilla.. Y no era la figura del tamaño común de los hombres y de los corceles, sino veinte veces mayor: cada casco del caballo, al caer sobre los moros, aplastaba un gran número de ellos. El mismo efecto de magnitud olímpica hacía Prim entre los españoles, que, viéndose conducidos por caudillo sobrenatural, se creyeron de la misma talla, y de vencidos se convirtieron al instante en vencedores.. En este punto, el soñador no era moro ni cristiano, sino un vulgar espíritu crítico, que diputó el engrandecimiento de la figura del Conde de Reus como un efecto subjetivo en la retina y en el alma de los combatientes embriagados por la lucha, y esta idea le llevó prontamente a ver claro que la aparición del Apóstol Santiago en Clavijo fue un caso semejante. Sin duda, en el Ejército del Rey de León hubo un Prim, que en un momento propicio a las alucinaciones, produjo en todos, moros y cristianos, la ilusión perfecta de lo sobrenatural, terror para unos, enardecimiento para los otros.. El furor del combate ciega y enloquece a los hombres.. Los hombres que creen firmemente en los milagros, los hacen..

Una mano vigorosa, sacudiendo a Santiuste, cuyo flácido rostro en el lío de la manta casi desaparecía, le hizo al fin despertar.. Al abrir los ojos vio un rostro desconocido, y oyó una voz que le decía: «Juan, ¿qué es eso? ¿Estás muerto, o quieres estarlo?».

La cara del que así hablaba no fue tan desconocida para Juan al poco rato de fijarse en ella: habíala visto alguna vez; pero no acertaba, no daba con el nombre correspondiente al rostro que veía.. Como el otro siguiera tratándole en (p.6882) tono familiar y cariñoso, el poeta frustrado le dijo: «Tenga la bondad, caballero.. la bondad de decirme quién es usted.. porque yo.. maldito si lo sé».

-Soy Rinaldi, Aníbal Rinaldi.. intérprete del General en Jefe.

-¡Ah!, ya voy recordando.. Hablas muchas lenguas.. ¿Y qué se ofrece con tantas lenguas?

-Se ofrece que te he buscado toda la mañana.. Ese chico armero, Leoncio, me dijo que te había perdido de vista. Yo te busco para favorecerte, para darte algún socorro.. El General Ros de Olano ha dispuesto repartir entre los enfermos más necesitados los pocos víveres selectos y algunos vinos superiores que le quedan de su repuesto particular. Lo mismo ha hecho el General en Jefe.. O'Donnell y Ros de Olano, como buenos padres del Ejército, quieren que en esta calamidad tan espantosa no haya distinción entre pobres y ricos, que todos sean iguales, y que los más desvalidos sean los primeros en disfrutar lo poco que Dios y el temporal nos han dejado. Ven.. no tienes que andar mucho.. levántate.. apóyate en mí..

 

Ep-35-IX -

Si consideramos al Ejército español empantanado en las marismas del río Capitanes como un gran cuerpo de hombre, y en todas las partes de este cuerpo, entrañas, miembros, sangre y piel, suponemos el cruel padecimiento resultante de la horrible situación moral y física, debemos afirmar que el dolor más intenso y vivo estaba en el cerebro; y el cerebro era O'Donnell. Hombre bien templado para el infortunio, lo soportaba con estoica entereza. Pudo decir a su Ejército, imitando a Felipe II: «Os he traído a luchar con los hombres, no con las tempestades». Pero más justo y más filósofo que aquel Rey, pensaba que si era suya toda la gloria de haber iniciado aquella guerra, no debía culpar del desastre a la casualidad, sino a sí mismo. ¿Cómo no vio que la marcha de Ceuta al valle de Tetuán por la costa representaba un enorme desgaste de fuerza y de tiempo? ¿No previó que a la mitad de este arduo camino tenía que adoptar una de estas resoluciones igualmente desastrosas: o dejar a la espalda la (p.6883) mitad de su Ejército para sostener la comunicación con Ceuta, o aprovisionarse por mar, corriendo el riesgo de que las tormentas le interceptaran el pan y las municiones? ¡Y el enemigo siempre en posiciones altas, desde las cuales, con fuerza inferior a la de los españoles, podía precipitarles al mar!

En verdad que si O'Donnell tuviera pecados, bien purgada quedaría su alma con aquel intenso martirio, suficiente a franquearle de par en par las puertas de la gloria eterna. Pero en los pecados del General no podía buscarse la razón suprema de lo que parecía horrendo castigo, porque era hombre puro, de una sencillez y rectitud admirables en su vida moral; y en cuanto a la vida política, los actos de los gobernantes no constituían estados éticos bien definidos. En todo esto y en la pavorosa situación de su Ejército, incomunicado por el mar furioso y por la tierra, plagada de enemigos, pensaba el General. Si alguna luz de consuelo podía brillar en su angustiada mente, era la que una y otra vez expresaba con esta idea: «La única ventaja mía en el presente desastre es que jamás General alguno, en guerras antiguas o modernas, mandó soldados tan resistentes, tan sufridos, tan dispuestos al sacrificio como estos que yo he sacado de España..». Pero inmediatamente después de reflexión tan consoladora, venía la contraria, la negra, la que tomaba su fatídica fuerza de la claridad de la anterior: «Si este temporal dura días, y no hay medio de traer víveres, y los moros nos atacan, toda esta noble juventud, esta flor de España, perecerá..».

Contra tal idea se rebelaba su fe cristiana, su fe española, virtud grande de una raza aventurera que confía en salir de todos los atascaderos que pone en su camino la fatalidad, y al fin sale; no se sabe cómo, pero sale. Hay una Providencia especial para los locos.. Como hombre sereno, de los que no cuentan con la colaboración del Acaso, O'Donnell no podía confiar extremadamente en la Providencia de los locos. Algo pensó en ella, pero sin darle agasajo en su pensamiento, y este lo consagró por entero a buscar y resolver (p.6884) los medios de salir de aquel pantano mortal. ¡Adelante o atrás..! Dos muertes probables pesaban menos que una muerte segura.

En su tienda permanecía el caudillo dando órdenes, recibiendo partes de los Jefes de Cuerpo, partes de Sanidad, partes de Provisiones. Algunos ratos, quedándose solo, porque sus ayudantes habían ido a convocar para el Consejo de Generales que debía celebrarse aquel día, se paseaba con las manos a la espalda en el sentido más largo de la tienda, el cual sólo permitía tres o cuatro medidas de compás de sus largas piernas. Sin mover los labios, creyérase que hablaba con el suelo; volviendo en torno las miradas, dijérase que quería interpretar como lenguaje las sacudidas convulsas de la lona, y la trepidación de los mástiles que sostenían la tienda. Cansado de andar, a la puerta salía.. interrogaba al viento, que respondía con silbos aterradores; a la mar, que no paraba en su mugir hondo..

El primero que llegó al Consejo convocado por O'Donnell fue Turón, el General más soldado que en aquel Ejército había, y se dice que era el más soldado, porque siempre se resistió a politiquear, y consagraba todo su ser a la devoción de la milicia y al culto de la ordenanza. De carácter adusto y seco, y de pocas palabras, solía tener en algunas ocasiones chispazos de gracejo. «¡Dichoso tiempo, Turón -le dijo O'Donnell-, y dichoso valle de Capitanes!». Y él replicó: «Llamémosle el valle de Josafat». Inapreciable General de división, era la misma exactitud en el cumplimiento de las órdenes que se le daban; brazo inflexible, con cuya ciega obediencia podía contar siempre el pensamiento que dirigía los actos de la campaña.. Tras él llegó el General García, Jefe de Estado Mayor, en quien descollaba el arte de organización y el conocimiento estratégico, carácter duro y esencialmente militar como el de Turón. Su colaboración técnica fue para O'Donnell de gran provecho en la tan heroica como desatinada marcha de Ceuta al Río Martín, cortando divisorias y marismas. Como conductor de tropas a la lucha, (p.6885) García ilustró su nombre con uno de los actos más eficaces para el éxito de aquella escabrosa marcha, protegiendo con el Segundo Cuerpo, en los riscos de Monte Negrón, el paso del resto del Ejército por los desfiladeros de la costa.. Acompañados de los Generales de división Orozco, Gasset, don Enrique O'Donnell, Quesada y Rubín, llegaron Ros de Olano y Prim, ambos con el cuello del capote subido hasta las orejas, la risueña cara del primero enrojecida por el fresco húmedo; la del segundo sombría en su color pálido verdoso.

Ya están en Consejo.. La tarde, hosca y ceñuda como la cara de Prim, redobló la furia de los elementos. Estos dirían: «¡Consejitos a mí!..». Mientras deliberan los señores, conviene advertir que la Providencia de los cristianos no dejó a estos en completo abandono como las apariencias indicaban. Aquella Providencia, o la que llaman de los locos (no sé cuál sería) , hizo tan sólo un medio mutis, quedándose al paño entre los montes, fija la atención en los desgraciados hijos de España. Si es cierto que no les protegió de un modo ostensible sosegando las olas, hízoles el precioso favor de obscurecer el entendimiento de la morisma, para que a esta no se le ocurriera desembarazarse de cristianos, cosa facilísima en la precaria situación de estos. La Providencia musulmana debía de estar durmiendo en aquellos tres días, pues no se explica de otro modo que los moros dejaran pasar tan hermosa coyuntura para caer sobre los españoles y aniquilarlos, sin que quedara uno para traer la noticia. Que Mahoma se volvió tonto, quizás por bebedizos que le dieron las Providencias de acá, no podemos dudarlo. La cabeza de Muley el Abbás, o de los que dirigían entonces el cotarro moruno, no dio de sí en aquellos días más resolución que soltar algunas gavillas de berberiscos a robar las mulas y caballos que pastaban en las marismas (y a pacer se les echó, ¡animalitos!, por economía de la cebada) , mientras otros hostilizaban las avanzadas del Segundo Cuerpo. Pero el General Prim los espantó con los cazadores de (p.6886) Alba de Tormes y Chiclana y algunas fuerzas de Castilla y Toledo. Salieron estos infelices pisando fango, empapados los ponchos, a pelear por aquellos cerros, y gracias que la humedad no había inutilizado los cartuchos. Como insistieran los moros, unas cuantas granadas certeras les persuadieron a tomar el portante, dejando en poder de nuestros soldados las caballerías que ya tenían por suyas.. ¿Quién pudo dudar que Mahoma se había dormido en las deliciosas ociosidades de su Cielo..?

En una tienda-cocina del Cuartel General, hallábanse, ya entrada la noche, el Comandante Castillejo y Leoncio heridos leves, dos Oficiales y Juan Santiuste enfermos de calentura, y Aníbal Rinaldi, el único sano de la reunión; el único no, que también allí estaba en perfecta salud don Toribio Godino. Sanos y enfermos habían puesto un reparo a su extenuación con los bocadillos y tragos de lo añejo que generosos les repartieran O'Donnell y Ros de Olano. Ya era público en el campamento que el Consejo de Generales había determinado que, al amanecer el día siguiente, salieran para Ceuta en busca de víveres todas las acémilas, escoltadas por algunos batallones al mando de Prim.

Con excepción de Santiuste, que liado en su manta se dejaba caer nuevamente en el nirvana, todos comentaron el suceso, viendo algunos los peligros antes que las ventajas, y confiados otros en que el Conde de Reus triunfaría de los astutos marroquíes y de los elementos desencadenados. Castillejo, que era el más pesimista, veía dificultosa la ida, y mucho más la vuelta, pues no era de creer que los moros perdiesen el sentido, y con el sentido, las ocasiones de hacernos daño. Rinaldi, que a sus pocos años debía la felicidad del optimismo, confiaba en el éxito de la operación; según él, con poco que protegieran la marcha del convoy Echagüe por el Norte y O'Donnell por el Sur, las acémilas llegarían felizmente. En lo que todos estaban conformes era en que el temporal no tenía trazas de ceder, y su duración sería de nueve días, cómputo de los prácticos: faltaban todavía (p.6887) siete.. El único que discrepaba de este vaticinio fue don Toribio, y no tardó en manifestarlo: sus articulaciones, así como sus callos, le anunciaban cambio de tiempo. El buen señor se sentía barómetro, y no necesitaba para las predicciones meteorológicas más instrumento que su propio cuerpo.. Este le decía que los fuelles del Levante desmayarían pronto, y que ya había corrido Eolo las órdenes para que viniesen los fuelles del Norte a orear la tierra y aplacar las aguas.

No todos se burlaron del empirismo del capellán: algunos de los presentes sentían en su naturaleza la indicación higrométrica y barométrica, y otros se atenían a la tesis popular y marinera de los nueve días, como duración de los fuertes Levantes. En esta y otras discusiones entreveradas de somnolencias, pasaron parte de la noche, y a la madrugada sintieron el barullo de la salida de Prim con sus batallones y la recua de mulas. Quiso Dios que acertase don Toribio en sus predicciones, porque al rayar el día calmó notoriamente el viento, y hallándose Prim con su convoy como a una legua del campamento de Capitanes, los soldados que iban de vanguardia dieron la voz de ¡barco, barco!, y en efecto, a poco de este aviso vieron todos claramente el humo de un vapor que doblaba la punta del Hacho. Desde el Cuartel general se vio también la embarcación que desafiaba el oleaje, todavía imponente, y creyéndose ya seguro el socorro, un ayudante de O'Donnell salió escapado a decir a Prim que retrocediera.

El barco que allá lejos navegaba con tremendas cabezadas y balances, era el Duero, vapor destinado al transporte de víveres: tras él vendrían otros. El viento seguía calmado; pero la mar, aún alborotada y ceñuda, no quería deponer su braveza, y la aproximación de buques a la costa parecía poco menos que imposible. Con todo, el aspecto del cielo, que rápidamente se despejaba de nubes; los rayos del sol, que se desenfundaban de celajes, traían a todos los corazones alegría y esperanza. De hora en hora mejoraba el tiempo; la vista lejana del barco, que valiente (p.6888) acometía las olas como el hermano fuerte que acude al socorro del hermano moribundo, a todos daba la impresión de la Providencia, sin que nadie se metiera a discernir si era la cristiana o la de los locos.

A medida que avanzaba el día, la esperanza se iba metiendo más en los corazones de aquella gente infeliz.. Ya no veían un barco solo, sino muchos. El júbilo del Ejército elevaba su número al infinito. Todos ellos cabeceaban gallardamente sobre las olas. Inmensa muchedumbre de soldados y oficiales los contemplaba con risueña expectación, midiendo los espacios que las atrevidas naves recorrían en cada instante, y acortando las distancias más con el deseo que con la vista.. Por fin, viéndolos frente a Capitanes, desde tierra los aclamaban, agitando pañuelos, toallas y hasta sábanas para significar el gozo de la visita. Llegaron los buques a tan poca distancia de la costa, que desde esta se leían fácilmente los letreros que en sus costados habían puesto para anunciar lo que traían: Arroz, harina, cebada, heno, patatas, tocino, tabaco..

¡Comer, vivir! Buena es la gloria; pero no queráis encender esta divina luz en una lámpara sin aceite.. Y O'Donnell, ¿qué decía, qué pensaba? Descollando por su lucida estatura en el grupo de Oficiales Generales que contemplaban los vapores despenseros, no dejaba traslucir en su rostro alegría, vibrante, como tampoco en las horas de incertidumbre dejó entrever la desesperación. Si algo expresaba su sonrisa sutil era el convencimiento de que el socorro no le causaba sorpresa. Lo esperaba, lo tenía por seguro. Un caudillo de tropas regulares no podía recibir sus elementos de guerra de manos de la casualidad.. Y volviendo la corva espalda al mar y los azules ojos a la tierra, dijo a Turón, que a su lado iba: «No hay que descuidarse.. Ya tenemos víveres.. Pero el enemigo querrá que los partamos con él».

 

Ep-35-X -

Sucedió lo previsto por el General en Jefe: vieron los moros desde sus altas atalayas los barcos, y en seguida les dio en las narices olor de galletas; olor y vista que les pusieron en ganas de meter la (p.6889) mano en el plato de los españoles. Aún no había empezado el desembarco de comestibles, que se hacía con enredosa dificultad en barricas flotantes, cuando las primeras partidas berberiscas obligaron a nuestros soldados, hambrientos y ateridos, a entrar en faena. Un batallón de Saboya y otro de Córdoba salieron con Prim a decir a los africanos que no podíamos darles parte en el festín, y algunas horas de la tarde empleamos en persuadirles a que fueran a buscar en otra parte el bendito alcuzcuz. Esto no se logró sin algunas bajas, y los hospitales acabaron de llenarse de heridos y enfermos. Daba pena, y al propio tiempo causaba grande admiración ver a los pobres soldados, hundidos los pies en el fango, batiéndose con tanto tesón como cuando sus estómagos llenos se aplomaban sobre terreno firme. El extenuado poeta Santiuste, que con lágrimas en los ojos les vio de lejos en tan heroico compromiso, se decía para su manta: «Odio la guerra, y admiro a los que sin esperar ningún beneficio de ella, inocentes piezas del ajedrez militar y político, se lanzan a empeños heroicos por un fin que sólo a los jugadores interesa. Cada día veo con más dolor de mi alma estos horrores inhumanos; pero también digo, despojándome hasta del último plumacho de la fanfarronería que fue mi encanto antes de venir aquí; también digo que no hay en el mundo soldados que hagan esto.. batirse mojados y muertos de hambre por un ideal colectivo, la gloria, de que sólo les corresponderá parte inapreciable. O son ellos la misma inocencia, o llevan dentro un poder anímico de extraordinaria intensidad. Si el poder anímico produce estos actos en la guerra, ¿qué actos produciría en la paz? Falta saberlo; falta verlo. Pero no lo veremos, porque no hay caudillos que arrastren a los soldados a las hazañas pacíficas.. No sé en qué consiste que el patriotismo es casi siempre un sentimiento guerrero; no concebimos la patria sino incrustada en la idea de conquista; no pronunciamos su nombre sin que en el aire repercuta con son de (p.6890) trompetas y tambores».

El día 10 llegó de Ceuta Perico Alarcón en el vapor Barcelona. Siglos se le habían hecho los días de ausencia, y de buena gana habría cambiado el descanso de allá por compartir con su querido Ejército las fatigas y angustias del valle de Capitanes. Trajo noticias del General Zabala, que iba mejorando, pero aún tenía la pierna derecha sin gobierno. De los demás enfermos y heridos que allá quedaron en los hospitales dio también referencia, y de la mortandad que causaba el cólera. Uno de sus primeros cuidados fue buscar a Santiuste; se aterró de verle tan agobiado de la fiebre, y vio con alarma los estragos que había hecho en su cerebro la debilidad. Las ideas del poeta de la Paz se habían sutilizado desdichadamente, llegando a ser, según Alarcón, una bandada de pájaros que se alimentaban de moscas en los espacios del delirio. Le oía con calma divagar en sus tesis utópicas, y trataba de traerle a la razón y al buen sentido.

De las conversaciones que ambos tuvieron, sacó al fin en limpio Pedro Antonio que Juan no debía continuar en el Ejército. Su endeble naturaleza se quebraba en los trajines de la guerra, como la caña que quisiera hacer veces de espada; las frecuentes conmociones que el terror trágico producía en su cerebro, acabarían por darle a todos los demonios. Convenía, pues, que a España se volviese, para reparar su salud y poner en remojo sus ideas recalentadas.. Oídas las razones de su amigo, convino Santiuste en que debía retirarse, aunque le desconcertaba volver a España desilusionado y en tristísimo desacuerdo con las ideas dominantes en toda la Península.. Con gran sentido dijo el de Guadix que desde el punto en que se encontraban no convenía volver a Ceuta, sino esperar a que el Ejército llegase al valle de Tetuán, de donde le separaban no más que algunas leguas y otras tantas victorias. A Río Martín había de llegar pronto una nueva División, al mando del General Ríos, y con ella un tren de batir y material de guerra y boca, lo que significaba sinnúmero de barcos yendo y viniendo entre la costa (p.6891) africana, Málaga y Algeciras. En uno de estos barcos, en el mejor de ellos, sería devuelto Santiuste a la madre patria.

No sabía el melancólico paladín de la Paz si alegrarse o entristecerse de su regreso a España.. ¿Cómo iba él a vivir allí, sin la interna armazón épica que era su único sustento en tierra española? Sería como un cuerpo desmayado y vacío, cuerpo sin alma, o con un alma exótica no comprendida de sus coterráneos. Por otra parte, la idea de ver pronto a la sin par Lucila y al amado Vicentito, le regocijaba. Cierto que a la divina mujer y al niño divino les encontraría en plena embriaguez de patriotismo militar, en esa devoción ardorosa y sedienta que pedía más y más sangre de moros con que satisfacerse. Pero ya cuidaría él, con la virtud de su palabra, de desmoronar aquel ideal, sustituyéndole por otro esencialmente religioso y humano.

Como un alelado durmiente, o más bien como sonámbulo, vivió Santiuste en los días que mediaron entre la salida del atascadero de Capitanes y la gloriosa conquista de la altura de Cabo Negro, que dio a España la clave del valle de Tetuán. Se dejaba ir, se dejaba llevar en la retaguardia del Ejército, indiferente a las operaciones, oyendo tiros de fusilería y disparos de cañón, sin que se le ocurriera indagar los incidentes de la lucha. Aunque a la salida del pantanoso Azmir remitió la fiebre de Juan, había este tomado tal gusto a la envoltura y calorcillo de la manta, que no sabía ya desembozarse de ella, y su aspecto era el de un mendigo, moro por añadidura, pues habiendo renunciado a la dureza del ros, que le lastimaba la cabeza, se lió un pañuelo cuyas vueltas abultaban como las de un flaco turbante. La querencia de la comodidad, estimulada por la pereza, le llevó también a desechar el poncho, sustituyéndolo por un chaquetón pardo que le dio Leoncio, muy holgado y de abrigo.. Su amistad única en aquellos días, del 10 al 14, fue don Toribio, pues a Leoncio apenas le veía, y de Clavería y de Pepe Ferrer sólo tuvo noticias vagas. El venerable capellán, cuyo nombre abreviaba (p.6892) graciosamente Leoncio Ansúrez llamándole don Toro Godo, cuidaba de Santiuste, le procuraba los mejores alimentos, y hacía por levantarle los espíritus con su ingeniosa charla, entreverando burlas y veras al referir los incidentes de aquella parte de la campaña. El día 12 había hecho el gasto el Segundo Cuerpo, saliendo de guerrillas Arapiles y Simancas, o si se quiere, de capeo y banderillas.. La artillería puso a los moros bastantes picas, y luego salió Prim con el segundo de Cuenca, Llerena, Figueras y el Infante, y los mató de una estocada superior arrancando.. No se reía Juan con estas irreverentes aplicaciones de la tauromaquia al arte noble de la guerra..

El 14 rompe la marcha la División Orozco hacia las alturas de Cabo Negro; la sigue la segunda División, al mando de don Enrique O'Donnell. Atraviesan bosques y malezas, desfilan por entre rocas que imponen pavor.. Hasta las diez de la mañana todo iba bien. Después de esta hora empezaron a llover moros, y no hubo más remedio que abrir los paraguas.. Siguió don Toro Godo relatando en serio la acción del 14 para dominar la divisoria del valle de Tetuán.. Pero la atención de Santiuste, solicitada por imágenes e ideas de un orden fantástico, no se fijaba en la palabra del castrense. Si en las batallas vistas puede el espectador encontrar variedad grande, y notar en cada una desarrollo y colorido propios, las referidas son casi siempre iguales, y así lo pensaba Juan. ¿Qué le importaba que estuvieran Cuenca y Saboya en el ala derecha o en la izquierda? ¿Qué más daba que las hazañas del centro fueran obra de Córdoba o del Provincial de Málaga? Los actos heroicos resultaban los mismos en todas las narraciones, y fatigaban al oyente, que ya conocía de antemano la furibunda carga de caballería, o la oportuna intervención de los cañones, vomitando muertes. Lo importante era que habíamos triunfado; que el campo quedó sembrado de cadáveres de enemigos, cosa muy bonita, que siempre relatan con hinchada satisfacción los narradores de batallas, diciendo a menudo con injuriosa y (p.6893) sacrílega frase que mordieron el polvo.

Con todo su cariño y amenidad no lograba don Toro Godo aliviar las melancolías de Santiuste, ni curarle del terror que e infundían los cadáveres, así de cristianos como de agarenos. Huía de todo espectáculo desagradable, y siendo estos lo común y corriente en un Ejército que se batía de continuo y luchaba con el mal tiempo y la epidemia, el pobre hombre apenas tenía momentos de tranquilidad. Más de una vez se le vio requiriendo el sueño durante el día, como quien no tiene otro anhelo que ausentarse de la realidad. Durmiendo en el rincón de cualquier tienda, mientras las tropas descansaban, o arrimado a la impedimenta cuando se batían, era un hombre que dejaba su cuerpo inerte en medio del trajín de la guerra, y se iba, todo alma y pensamiento, a las distantes regiones de la Paz.

Cuando más abstraído estaba en sus divagaciones, se le aparecía Lucila rodeada de luz, no en calidad y empaque de Belona, sino con los arreos más vulgares, que en ella resultaban divinos. Ya se le representaba como Dulcinea del Toboso ahechando trigo, ya dando de comer a los pollitos recién salidos del cascarón.. La dama labriega imperaba en su casa de la Villa del Prado, y nada se advertía en ella que revelase aficiones militares ni gusto de matanzas guerreras. Como matanza, allí no había más que la del cerdo, y aun el sacrificio de animales sería menos cruel y brutal que en otras casas.. Gozaba el trovador viendo a Lucila, aunque la dama no le hablara. Sin mirarle se le aparecía, ¡cosa más extraña!, y aunque él la llamaba ceceando con cierta angustia, «Luci, Luci, que estoy aquí», la dama no hacía caso, y continuaba con más atención en sus menesteres domésticos que en el pobre desterrado de África.. Despierto o a medio despertar, continuaba Juan cultivando el sueño, y le ponía en cuidado que habiéndosele aparecido tres veces la madre, no se viera en derredor suyo ni rastros de Vicentito Halconero.. ¿Qué hacía el precioso niño mientras la madre daba de comer a los pollos?.. En una de las transformaciones de su (p.6894) pensamiento o de su delirio, pues todo era lo mismo, vio y pensó que el chicuelo había muerto abrazado a la bandera de la patria, llevándose al otro mundo su pasión guerrera y las precocidades de su genio militar. Esta idea era intolerable suplicio para Santiuste, que al punto buscaba nuevas ideas, nuevas imágenes con que olvidar aquella tan desastrosa y terrible.

 

Ep-35-XI -

Paseando con don Toro Godo una tarde por las lomas de Cabo Negro, en dirección a la cuenca anchurosa de Río Martín, se arrancó Santiuste con unas ideas tan peregrinas, que su venerable amigo le tuvo por hombre sin seso, o a punto de perderlo. «Ya sabe usted, don Toro -dijo el poeta-, que tengo por gravísimo mal el celibato eclesiástico. La Iglesia lo puede todo en el terreno dogmático; pero no alterará jamás las leyes de Naturaleza, ni la fundamental hechura de nuestras almas. Cegada la fuente del amor humano, ¿cómo hemos de apreciar y comprender el divino? Si nos sacáis los ojos, ¿cómo hemos de distinguir los colores? Cerradnos el oído, y no sabremos gozar de ninguna clase de música».

-Esa es una cuestión, Juanito mío -dijo el ladino capellán-, sobre la cual un viejo de setenta años no puede opinar discretamente; que no está bien pedir dictamen al polo frío sobre los calores tropicales. Quien ha perdido hasta el compás no puede hablar de baile, ni su opinión vale de cosa alguna. Yo estoy en el caso de decir, con referencia a nuestro celibato, que así lo encontré y así lo tengo que dejar. Si me hubieras consultado cuarenta años ha, quizás, y sin quizás, te habría dado algún parecer ajustado a los hechos y a la realidad del vivir.. Pasemos a otro asunto.

-Paso a decir que si estimo como un mal el celibato de los sacerdotes, peor me parece el de los ejércitos en campaña. ¿Qué razón hay, mi respetable don Toro, para que no acompañen mujeres a los pobres soldados traídos a esta vida de perros?

-La razón es que esa impedimenta impediría demasiado la acción militar, apagando la bravura de los hombres, y llevándoles a una vida muelle y viciosa, (p.6895) incompatible con la actividad y virtud necesarias en estas empresas. ¡Bonita cosa sería un ejército con mujeres! ¿Quién las aguantaría en campaña; quién podría someterlas a la disciplina, ley dura para los hombres, para ellas imposible?

-Cierto es que el sexo femenino, siguiendo a los hombres a la guerra y consolándoles de sus penalidades, traería disgustillos, piques, y quizás alguno que otro rifirrafe escandaloso. Pero este mal tendría compensación en el bien grande de la alegría del soldado, en su mayor coraje para la lucha.. con el estímulo de ser visto y alabado por ellas. Crea usted que con mujeres existiría en los campos de batalla el complemento de la vida, y las guerras serían menos sanguinarias.. los ejércitos llevarían consigo el elemento de compasión, que ahora falta en absoluto..

-Hijo mío -replicó don Toro, tomando un tonillo de unción-, también en esto del celibato militar en campaña te respondo, como al tratar del otro celibato, que no pidas su opinión a un viejo como yo, dispensado por su edad de discurrir sobre nada referente a mujeres. El frío de los años trae la indiferencia de esas cuestiones, que no pueden debatirse sino con calor de la mente. Si me hubieras hecho esa consulta treinta años ha, yo te habría respondido que el elemento femenino está en el pensamiento del soldado, ¿me entiendes?.. y ya sabe el soldado que para ser dueño de él, tiene que ir a buscarlo al campo y a las ciudades enemigas.. Siempre se ha entendido así el negocio de amor en las guerras, y no puede ser de otro modo. Tu teoría es disparatada, absurda. Apliquémosla a esta campaña española en África: suponte que traemos hembras, a las cuales hay que llamar soldadas, sargentas y oficialas; supón que contra el orden natural sufrimos un revés.. nos arrollan los moros, y después de matarnos y de quitarnos las armas, cargan con las señoras.. ¡Bonita cosa, Juan!

-Cierto que sería triste; pero usted ha dicho que cada ejército busca sus damas en el campo contrario.. Los hombres morirían defendiéndolas. Pasarían ellas de una mano a otra, como hoy pasan (p.6896) las plazas fuertes, los cañones. Se cumplía la ley de humanidad; la total armonía no se alteraba por eso. Las naciones tendrían un motivo más para no lanzarse a guerras desatinadas y de pura ambición; ya se sabía que corrían el riesgo de perderse todos los elementos de vida de un pueblo, los hombres, las ciudades, la riqueza, y las mujeres.. Entretanto, yo digo y sostengo que no puede estar esta masa de hombres en tan larga ausencia y privación del bello sexo. A la larga, sin él la vida de campamento se vuelve árida, tristísima, y la Gloria es una imagen hombruna que acaba por causar espanto. Esto digo, esto siento, y miles de hombres hay aquí que seguramente sentirán lo mismo.

En tonos de humorismo siguió don Toro la polémica, cuidando de acentuar poco la inflexión burlona para no irritar a su contrincante. Lo que verdaderamente sacaba de quicio al pobre poeta era la narración de batallas o de cualquier lance de guerra. Si con sus protestas no hacía callar al castrense, se tapaba los oídos, y se echaba en tierra boca abajo gritando: «No quiero, no quiero; cállese, o perdemos las amistades». Y divagando por el campo de la última acción tan gloriosa para Ros de Olano y Prim, a cada paso hallaban despojos de la caballería y de los infantes moros, espuelas, riendas, fragmentos de gualdrapas y frontiles, algún arma, algún cantarillo portátil de peregrina forma.. Todo lo recogía y guardaba cuidadosamente don Toro, con idea de venderlo en Madrid a los aficionados que coleccionan baratijas exóticas.

El mayor encanto del largo paseo de aquella tarde fue la repentina emergencia de un inmenso y luminoso panorama, que les saltó a los ojos al revolver de una loma pedregosa, como a media legua del campamento. Era el valle de Tetuán, ancho y risueño, término de la fatigosa marcha costera, y principio de una etapa militar más brillante y gloriosa. Lanzó Santiuste de su pecho exclamaciones de júbilo, y quedó absorto, saciando bien los ojos antes que la admiración descendiese a la palabra. No estaba menos sorprendido y alelado don Toro, (p.6897) que al instante hizo gala de los conocimientos geográficos adquiridos en el campamento. «Estos montes que vemos a nuestra derecha -dijo al poeta-, son los llamados Sierra Bermeja, estribación del Atlas que se corre por aquí hasta asomarse al mar.. Hacia esta parte, entre riscos ásperos, verás allá lejos una cinta de blancos muros almenados. Por San Toribio, mi patrón, que aquella es la opulenta Tetuán, objetivo de nuestra campaña.. Allí está el reposo, allí la recompensa de tantos afanes.. Quiera Dios allanarnos estos verdes caminos, como nos allanó los pedregosos de esa maldita costa, alternados de marismas fétidas..». Por un momento creyó Santiuste en la elocuencia del buen capellán, y con sorna le dijo: «¿Qué es eso, pater? Estáis preparando un sermoncico para endilgarlo después de la primera misa de campaña que se celebre».

Y don Toro prosiguió: «Echaré sermones, o guardaré silencio si así me acomodara. La palabra del Señor suena en los corazones, y no es menester que mi voz clueca la traduzca en sonidos usuales.. Entérate bien de lo que estamos viendo, Juan, y alaba conmigo a Dios por dejarnos ver tanta belleza. Este nuevo aspecto del África será regocijo y orgullo de nuestro Ejército, porque ¿quién duda que conquistaremos a Tetuán y todo lo que sigue tierra adentro? ¡Hosanna! ¡Lástima grande que no puedan ver esto los pobrecitos españoles que se han quedado en el camino! ¡Pobres cuerpos, pobres almas!.. Fíjate, hijo mío, en aquella masa de verdor que se extiende como alfombra más acá de la ciudad blanca. Pues hay allí naranjales tan hermosos, según dicen, como los de Murcia y Valencia.. Las casitas blancas, salpicadas entre lo verde, parecen tiendas. ¿No crees que en una de esas descansarían muy bien los huesos de este cura? Pues vuelve los ojos a la otra parte, a mano izquierda, y verás el mar, adonde lleva sus aguas el río grande que serpenteando baja de la ciudad, y otro pequeño que corre más cerca de nosotros, y también en la mar se vacía. Hay un tercero que si no me engañan los ojos desagua en el (p.6898) grande.. Este es el Río Martín, o Río Dulce: se me ha ido de la memoria el nombre arábigo, que pienso ha de ser uno de los célebres lemas de la historia de nuestros días.. Sigue la dirección de mi dedo, Juan, y verás un caserón blanqueado, que debe de ser (no quiera Dios que yo mienta) la Aduana de esta región.. y más allá, pegadita al mar, verás una que no sé si es torre o palomar grande, construcción estrambótica, cuyo cuerpo inferior parece que lleva miriñaque. Es el fuerte con que la morisma defiende la entrada de ese río: allí guardan (yo no lo he visto) cañones del año Mil y quinientos, y otras máquinas de guerra anteriores al tiempo en que Satanás inventó la pólvora.. Tú, que tienes mejor vista, mira bien en la extensión del mar. ¿No distingues un barco, quizás dos, tres?.. ¿No alcanzas a ver en el horizonte muchos puntitos, que son la flota en que viene el General Ríos con ocho batallones, un tren de batir, gran acopio de alimentos y bebidas, y otras cosas de grande utilidad en la república, como quien dice, en los Ejércitos?..». Afinando su vista, Santiuste exploraba el mar azul, sin distinguir escuadra próxima ni lejana; y como se habían alejado del campamento más de lo regular, don Toro, inquieto, propuso a su acompañante una prudente retirada: «Volvámonos a casa, Juanito mío, y desde mañana seguiremos en la retaguardia de nuestro ejército, viendo venir las cartas de este juego histórico». Empezó a lloviznar: el hermoso paisaje que atrás dejaban don Toro y Juan se empañaba, se desleía en una atmósfera lechosa y terne. Así el alma desconsolada de Santiuste veía en sí misma el deslucimiento de las glorias guerreras, como colores que se deslíen y rayos de sol que se mojan.

 

Ep-35-XII -

Al siguiente día, el sol se declaró francamente español desde las primeras horas de la mañana (15 de Enero) , rasgando las nieblas y alegrando con su claridad y su lumbre así los montes y valles como los corazones. Las naves que traían la nueva División echaron anclas en la rada anchurosa. Las fragatas Blanca y Princesa de Asturias inutilizaron con (p.6899) pocos tiros el fuerte Martín y sus anexos militares. Los pobres moros que defendían con artillería vieja, del tiempo del Diluvio, la entrada del Río, huyeron a la desbandada, imprimiendo en el fango de las marismas la huella inequívoca de sus babuchas. Desembarcó infantería de Marina para posesionarse del Fuerte; desembarcó en la playa del Norte, entre Río Martín y Río Lil, la División del General Ríos, compuesta de ocho batallones de Línea y Cazadores y un escuadrón de Caballería; pisaron tierra sin dificultad las acémilas y todo el matalotaje de impedimenta. Continuaban llegando barcos con el nuevo tren de sitio, y copiosas remesas de provisiones para todo el Ejército. ¡Día lisonjero para España, que olvidaba las horrendas fatigas de la marcha por la costa! «¿Por qué no empezamos la guerra por aquí?» era la pregunta que todos se hacían a sí mismos y a los demás. Consolábanse con la idea de que el paso de Ceuta a Río Martín había sido un aprendizaje necesario, un ejercicio de gloria y muerte, por el cual llegaban al pie de los muros de Tetuán dotados de una fuerza invencible.

Al paso que se efectuaba el desembarco de hombres, víveres y municiones, Ros de Olano avanzaba hacia el llano; Prim le cubría la retaguardia. De lo alto de la Torre Geleli, donde el Imperio tenía su Cuartel general, se destacó gran caterva de moros a pie y a caballo; mas no contaban con las piezas rayadas que en batería mandó colocar O'Donnell en punto muy bien escogido, cubriéndolas con fuerzas de Infantería y Caballería. Avanzaron los árabes con la chillona algazara que les sirve de música, y cuando se les tuvo a conveniente distancia, se abrieron las filas que cubrían los cañones, y estos empezaron a escupir granadas. Los moros de a caballo, que no bajaban de ocho mil, y los doce mil infantes, no aguardaron a que los cañones echaran de sí toda su saliva, y retrocedieron con horroroso pánico, refugiándose en las fragosidades de Sierra Bermeja.. Los españoles no tuvieron aquel día ni una sola baja: día y acción (p.6900) memorables.

Ya era don Leopoldo dueño del llano bajo de Tetuán. Al siguiente día, molestados por un furioso aguacero, armaron los españoles sus tiendas en los puntos conquistados. El Cuartel general acampó junto al Fuerte; a su derecha, en el sitio más próximo al mar, Prim con el Segundo Cuerpo; río arriba, junto al caseretón de la Aduana, también abandonado por los moros, Ros de Olano con el Tercer Cuerpo, Ríos con su División y la de Reserva. El grupo de tiendas de esta gran masa de tropa, con los parques, acémilas, maestranza, etcétera, formaba una ciudad populosa y animada. Corta distancia la separaba de aquella en que moraban O'Donnell y Prim. Alguien dio a los dos campamentos los nombres de Carabanchel de Abajo y Carabanchel de Arriba.

Extremaba Leoncio la broma dando el nombre de Leganés al fuerte que se empezó a construir en un sitio llamado La Estrella, a la orilla izquierda del río Alcántara, afluente del Martín. Por cierto que iba muy bien de su herida el simpático armero con los puntos de sutura que le dio el Físico, y los emplastos y la quietud. Andar podía ya sin dolor y con marcada cojera, y consagrar al trabajo algunas horas. Recobró su alegría, y se le encendió más el entusiasmo por el buen giro que a su parecer llevaba la campaña; escribía largas epístolas a su mujer, y guardaba en el pecho como escapularios las que de Virginia había recibido. «Oye tú, Juan -dijo a su amigo una mañana, sentados a la puerta de la tienda-: en mi carta he participado a Mita que no puedes seguir aquí, que no te prueban los aires de África.. Ya puedes ir liando tu petate.. Por lo que me ha dicho Alarcón, entiendo que te despachan, con las pipas vacías, en el primer barco que salga». Nada respondió Santiuste; mas con un mohín de su rostro demacrado, expresó un asentimiento fatalista. En esto se aproximó al grupo Enrique Clavería, risueño, zumbón, y soltó, no diremos bomba, pero sí esta carretilla de pólvora, ruidosa como una explosión de risa picaresca: «¿No saben qué cargamento ha venido en los barcos, con (p.6901) los sacos de harina y las cajas de galleta? ¿De veras no lo saben?».

-¿Qué nos han traído? ¿Mazapán de Toledo, carne de membrillo, jamón en dulce?

-Es mejor carne y mejor pastelería que todo eso. Anoche llegó un vapor abarrotadito de mojama, y de otro artículo superior..

-¿De qué, hombre? Vomita pronto..

-Lo sabéis, y os hacéis los tontos.. ¡Hipócritas! No finjáis disgusto por lo que os alegra. Lo que trajo el barco es un bonito cargamento de mujeres.

-Ya, ya.. eso decían; pero no cuela.. ¡Mujeres al campamento!

-Cierto es -indicó un alférez, convaleciente del cólera-. Pero no las han traído, sino que han venido ellas de su motu proprio y por querencia natural.

-Pero, señores -dijo el Comandante Castillejo, que se arrimaba siempre a las tertulias de muchachos-, ¿para qué nos traen mujerío, si en Tetuán, allí.. tenemos los harenes?.. A los harenes vamos, y podremos mandar a España cargamento de huríes.. En fin, si han llegado las huríes de pega, sean bien venidas.. ¿Y dónde, dónde han metido ese simpático ganado?

-Para mí, que las han encerrado en el polvorín..

-¿Por qué tú, Clavería, y tú, Santiuste, no vais allí, y hacéis un reconocimiento? Traednos noticia de si son muchas o pocas las cabezas de ese ganado; si viene en buen estado de carnes, y si es el Cuartel general quien lo suministra, o es cosa de arreglarse cada uno para el consumo particular.. ¿Trae ese ganado pastoras?.. ¿Nos repartirán boletas como las de alojamiento?.. En fin, que sepamos a qué atenernos, porque esto no es cosa de juego.. ¡Cáscaras!, todo no ha de ser batirse y exponer uno la pelleja a cada triquitraque.

Esto decía Castillejo, que siempre de buen humor convertía en espuma picaresca las amarguras y penalidades de aquella vida. Llevaba un brazo en cabestrillo, y habíanle sometido a un régimen riguroso por complicaciones de enfermedades internas. También apareció por allí don Toro Godo, que reprendió a la partida por sus licenciosos apetitos, diciendo con buena sombra: «¡Que no pudiera daros yo mis setenta años para que con el (p.6902) frío de ellos se os apagaran esas liviandades!.. ¡Puercos, disolutos, almas de cántaro! ¡No os parece bastante penosa la vida de campaña, y queréis traer a ella el Infierno, o dígase niñas!.. Cuando yo era joven, los soldados iban a buscarlas en los serrallos libres del enemigo.. Pero vosotros, gandules, queréis que os las traigan al Ejército, como parque del vicio y ambulancias de corrupción.. ¿Y para qué? ¡Para llevar con vosotros dos guerras en vez de una, y duplicar las muertes que han de acabaros!.. Y ahora, libertinos, sacos de podredumbre, decidme.. ¿dónde, dónde están esas desgraciadas?».

Las risas avivaron más el humorismo del castrense, que, como Castillejo, gustaba de platicar con gente moza, y de encender en ella el regocijo y amor de vida que él no podía disfrutar. Santiuste, sin decir palabra, embozado siempre en la taciturnidad como en su manta, se fue a las tiendas de Ciudad-Rodrigo en busca de Alarcón, que por Clavería le había llamado con urgencia. En Ciudad-Rodrigo le encontró y hablaron, manifestándole Pedro Antonio que estuviera dispuesto para embarcar al día siguiente, en un vapor que de retorno llevaba heridos y enfermos a Málaga o Algeciras. En el campamento no se quería gente ociosa, consumidora de víveres, sin producir ninguna fuerza. Mejor estaba él en España que en África. El mismo Beramendi, que tanto le apreciaba, se haría cargo de la razón de su vuelta a España, le sostendría en su destinillo del Ministerio de Fomento, y le abriría las puertas de un periódico para que propter panem escribiese de la guerra, de la paz o de la inmortalidad del cangrejo. Nada objetó Santiuste a las palabras cariñosas de su amigo. Teníase por un ser inútil, lanzado a las corrientes del Acaso, sin rumbo ni norte. Iría, pues, a donde cualquier fuerza extraña le empujase, a menos que alguna fuerza interior suya surgiera del seno mismo de su enervante debilidad.

Díjole también Alarcón, mostrándole unos líos de telas, que con él enviaba a sus amigos de Madrid regalo de dos (p.6903) chilabas, parda la una, azul la otra; dos yataganes cogidos en el campo de batalla, un tapiz y varios pares de babuchas para señora y caballero. Le previno que haría con todo ello un fardo bien acondicionado, envuelto en una tela cosida, y a su tienda se lo enviaría con una carta para la persona a quien debía entregarlo. Firme en su fatalismo, aceptó Juan la comisión sin decir nada en contrario, lacónico, frío, insensible. Volviose a su tienda, donde halló notificación escrita y orden verbal para que estuviese en la Aduana a las primeras luces del día siguiente, dispuesto a embarcar en el vapor Ter.. A todo dijo amén, y luego se echó a dormir, poniendo por almohada el fardo que Pedro Antonio había confiado a su buena amistad.

En su nebuloso sueño, se le apareció Lucila, que por lo visto no tenía otra cosa que hacer en el mundo más que aparecerse aquí y allá.. Hacia él llegaba sin mover los pies, con andar trémulo, semejante al de las imágenes en las procesiones.. Vestía negra túnica de Dolorosa, y su rostro expresaba compunción grave. ¿Lloraba la muerte de la épica militar? ¿Lloraba la muerte de su hijo Vicentito? Esta idea fue para el soñador una gran congoja. Viviera el niño y viviera con su pepita, esto es, con su delirio por las glorias del soldado español. Creyó Santiuste que la mujer aparecida clavaba en él una mirada rencorosa. ¿Por qué le miraba con odio? ¿Qué había hecho él más que amar a la madre con platónica y casta fe, y al hijo con pasión semejante a la de San José por el Niño Dios? Si alguna desgracia había ocurrido, él, pobre poeta y trovador desengañado, no tenía la culpa. Algo de esto debió de decir a la figura o espectro de la celtíbera, porque ella tomó actitud de escuchar, llevando al oído su mano ahuecada, y luego habló con palabra iracunda. Lo que entonces dijo Lucila fue para Santiuste como si un rayo cayera sobre su cabeza.. Del estremecimiento despertó, quedándose un mediano rato entre la realidad y el sueño. Despierto y alucinado aún, decía: «Yo no le he matado, Luci.. ¿Cómo había de matarle yo, que tan (p.6904) de veras le quiero?.. Lo que hay, Luci, es que se ha venido abajo el castillo de la epopeya, y si al caer todo ese matalotaje quedó Vicentito enterrado entre los escombros, no es culpa mía, Luci.. Luci, no es culpa mía.. ¡Vicente entre las ruinas!.. Pero ¿qué culpa tengo?.. Yo no derribé el castillo vetusto.. se cayó él solo.. porque quiso caerse.. Yo no he sido, Luci..».

 

Ep-35-XIII -

No se sabe lo que duró este delirio, y sí que a la madrugada, cuando aún no mostraba el Oriente ni presagios de aurora, salió Juan de su tienda, solo, sin más compañía que un palo, llevando a cuestas los dos petates, el suyo y el que le había confiado Pedro Antonio. Atravesó casi todo el campamento, recogido en medio de la plácida obscuridad; pasó por las tiendas de Baza, de Segorbe, del Primero de montaña, de San Fernando, de Bailén, de Soria, de Iberia, hasta llegar a la Aduana. A las guardias dijo: «Voy a la Aduana para embarcarme», y ningún obstáculo halló en su camino.. Reconociendo el disforme edificio que le habían designado como depósito de los que volvían a la patria, y en el cual vio como un vasto panteón de muda blancura, erigido en las tinieblas, torció a mano derecha y anduvo un corto trecho hasta dar en la margen del río Alcántara.. Por la ribera pantanosa, chapoteando en el fango, llegó a un puentecillo jorobado que había visto de día.. Detúvole el temor de tropezar con centinelas o escuchas; pero cerciorado de que no había nadie, pasó a la otra orilla, donde un lugar seco, entre juncales, brindábale a cambiar tranquilamente de vestido. Quitose el chaquetón; endilgó sobre la camisa la chilaba parda; de cintura abajo quedó desnudo de pie y pierna, calzadas las babuchas amarillas, después de refregarlas en la tierra húmeda para que tomaran aspecto de prendas muy usadas. Con todo lo demás, lo que se quitó y lo que no se puso, hizo un envoltorio que arrojó al río. Desliado y vuelto a liar con esmero el pañuelo retorcido y nada limpio que llevaba en su cabeza al modo de turbante, creyó que su facha moruna era de intachable propiedad.. Echando a andar resueltamente (p.6905) río arriba, no se le ocultaban las dificultades de su situación.. Podría engañar su figura, que con la corta barba que se había dejado crecer podría pasar por rostro agareno; pero desconociendo el árabe, ¿cómo engañar con la palabra? Ocurriole la salvadora idea de fingirse mudo..

Enfermo y sin palabra podría mendigar, hasta que el Acaso, en quien confiaba ciegamente, le llevase a donde pudiera descubrirse y hacer vida de paz.. Hallábase en aquellos instantes el infeliz poeta y orador en un estado de absoluta confusión. Si alguien le preguntara cuál era su objeto al disfrazarse, y a dónde iba, no habría podido dar respuesta. Una inquietud mecánica le movía; su voluntad se encaminaba hacia un fin abstracto, nebuloso, como las promesas de ultratumba. No obstante su estado mental de éxtasis ambulatorio, cuando aclaró el día y pudo distinguir los contornos del paisaje, a su derecha los cerros en que suponía las avanzadas moras, a su frente la torre Geleli, Cuartel general de Muley el Abbás, tuvo una visión vaga del peligro que corría.. Pero sus piernas, como si funcionasen en franca independencia, seguían llevándole adelante por la margen derecha del Río Martín, de curso perezoso, con lentas ondas, de las cuales dijo Santiuste que eran el paso de un río pensativo.

Constituidas en cabeza directora de todo el ser, las piernas de Juan seguían impávidas su camino; la vista recelaba; el oído no estaba tranquilo; el corazón dejábase caer en la indiferencia de la vida y la muerte.. Ya era día claro; ya distinguía los verdes naranjales que alfombran la vega de Tetuán; pasó junto a chozas que parecían abandonadas, junto a huertos con cerca de cañas, y ningún ser viviente encontraba en su camino.. Llegó a un lugar apacible, como glorieta rústica formada por cipreses viejos y arbustos lozanos. Sentándose a reposar, contempló la bella Naturaleza que le rodeaba, y en tal contemplación sintió hambre, mas no vio con qué podría repararla.. Tras un descanso que él no podría decir si fue largo o breve, las piernas recobraron súbitamente (p.6906) su poder directivo, y se lanzaron a un andar acelerado, sin pedir permiso al corazón ni a la mente. Los ojos miraban a la otra parte del río, considerando que si hubiera en éste un vado seguro, el hombre procuraría recabar de sus piernas que le pasaran a la orilla derecha.. En esto oyó rumor de voces humanas.. Eran voces de mujer, confundidas con ladridos de un perrillo juguetón. Se sobrecogió; mas no quisieron parar las piernas, por más que el hombre les ordenó que contuviesen su marcha rítmica.. (p.6907)

Vio Santiuste tres figuras extrañas que por la vereda marchaban hacia él: se componía cada cual de un pesado envoltorio de tela blanca, que por debajo dejaba ver dos piernas gordas y amoratadas, los pies con babuchas; por encima una mofletuda cara medio cubierta con la misma tela burda, a manera de embozo sostenido por un brazo gordinflón. Por un momento dudó Juan si eran hombres o mujeres las estantiguas que veía; luego, recordando noticias y cuentos del personal marroquí, cayó en que eran moras viejas y fuera de uso. Tras ellas venían dos chicos ágiles, morenos, las cabezas rapadas, conservando un mechón junto a la oreja: jugaban con un perro. Llevado de sus piernas autónomas, Santiuste se vio muy cerca de aquella gente, y con maquinal impulso, movido del hambre que sentía, alargó una mano en demanda de algo de comer; pero, sin olvidarse de que debía parecer mudo, sólo echó de su boca sonidos inarticulados, que a su parecer imitaban perfectamente el ladrido de los que perdieron o no adquirieron jamás el uso de la palabra. Rodeado por aquella caterva, que no le mostraba compasión, oyó Juan un lenguaraje que para él no tenía ningún sentido; mas por los ademanes y el rostro de las feas y vetustas mujeres comprendió que le reñían, que le increpaban, que le preguntaban su nombre, nacionalidad y condición..

Tan acosado se vio el vagabundo, y tal temor le entró de aquellas, más que mujeres, bestias en dos pies, que no se opuso a que los suyos echaran a correr hasta ponerse a distancia (p.6908) de tan bárbaros gestos y de las voces airadas, incomprensibles. Metiose Juan por un prado, entre arbustos, sin saber a dónde saldría, y en su retirada recibió la horrorosa pedrea con que le despidieron los dos moritos acompañantes de las endiabladas hembras. En el momento de agachar la cabeza para guardarla del nublado, recibió detrás de la oreja una peladilla que le hizo ver el sol y la luna. La descalabradura no era cosa de juguete: de ella salió un hilo de sangre que puso el cuello del pobre Juan como si le hubieran degollado. La mano se llevó a la parte dolorida, retirándola ensangrentada.. Y al punto las piernas, azuzadas por el desastre, dieron todo el impulso posible a sus musculares resortes, lanzándose a la carrera por un terreno desigual, aquí blando y cubierto de hierba, allá pedregoso.. Ello es que fue a parar, jadeante, a otro sitio despejado, donde igualmente oyó voces de mujeres.. Creyérase que el bello sexo, objeto siempre de sus afectos más vivos, le perseguía, tomando las formas menos gratas a la vista y la imaginación, como emblemas de remordimiento o de castigo.

La carrera que llevaba el prófugo terminó frente a un extraño grupo, formado por tres mujeres, un hombre y un asno.. Una de las hembras estaba en pie, las otras a gatas, arrancando hierbecillas de entre la espesa vegetación de un extenso prado que abrillantaban las gotas del rocío. En la misma actitud, cuchillo en mano, había visto Santiuste, en campos españoles, a las aldeanas cogiendo verdolagas y cardillos. La mujer que estaba en pie, más vieja que las otras, parecía también de superior categoría, aunque no se marcaba mucho la diferencia: las tres eran ordinarias, nada limpias y de dudosa belleza. Vestían faldas azules, calzaban babuchas rojas, y en la cabeza llevaban pañuelo de colorines, liado con un arte nuevo a los ojos de Santiuste. La que parecía principal era la única que llevaba medias, y en el busto un chal amarillo, de crespón, muy usado.. El burro pacía con avidez de atrasado apetito, y el hombre, tan pequeño que bien podría llamarse enano, (p.6909) vestía un haraposo balandrán azul, y se cubría la coronilla con un gorrete del mismo color. Calzaba viejísimas babuchas que parecían de tierra; su rostro era lívido, con bigote lacio; su edad difícil de precisar.

Al llegar Santiuste junto a tan extraña gente, el lenguaje que hablaban a español le sonó.. La mujer principal le vio venir entre curiosa y asustada.. Temeroso él de ser mal recibido, señaló con la izquierda mano su herida, que manaba sangre, y se llevó al pecho la otra, inclinándose como persona humilde que pide socorro a un prójimo desconocido.. La del chal habló así: «¿Quién sodes tú, desdichado? ¿Qué es tu demanda?».

Y otra de las que gateaban, dijo: «Tírate atrás, que atemorizas. Por el Dio de Israel dinos tus coitas.. que bien se cata que has trocado tu ley para venir ende acá».

Y la del chal siguió: «Ya sabemos quién te ha ferido. Oye de mí: so mujer buena, y mi corazón sabe apiadar de ti mas que seas culposo..».

Absorto quedó el pobre fugitivo ante lo que veía y oía. Aunque ya se preparaba para soltar los mugidos que le harían pasar por mudo, contestó en habla de cristiano a las expresiones afectuosas de la señora con medias. Preguntado de nuevo por su nombre, patria y condición, no repuesto aún del trastorno mental que el hambre y la fiebre le producían, habló de este modo: «Yo soy Juan el Pacificador.. Si sois amantes de la guerra, matadme, porque yo enseño a condenar los males de la guerra; si sois gente piadosa, curadme esta herida y dadme algún alimento, que por Dios vivo os juro que no puedo ya con mi alma».

Las dos que cogían hierbas dejaron esta operación para ponerse a lavarle la herida con agua de un cercano arroyuelo. Entre tanto, la del chal le dijo: «Agora veráis que hais topado con familia bondadosa. Afloja tu pena, y ven a mi casa, do toparás remedio y paz.. Monta en el asno, y seguro venrás a la cibdad..». Al enano, luego que Juan se encaramó en la cabalgadura, le dijo: «No intraremos por Bab-el-aokla, que allí fincan hombres recios de mucha guerra.. Daremos güelta por porta alta, donde no mancarán los portaleros (p.6910) amistosos.. No tener cuidado, y vámonos aina.. Arre, adelantre vos; nosotras adetrás con hierbas de curación.. Arre.. arre, hijos, sin amedranto.. que naide haberá que pesquise.. Porta alta, Esdras.. ca por allí salvamos sin peligración».

Ved aquí por qué extraño modo penetró Juan el Pacífico en la poética Tettauen, dulce nombre de ciudad, que significa Ojos de Manantiales.

Tercera parte

Tettauen, mes de Rayab de 1276

 

Ep-35-I -

En el nombre del Dios Clemente y Misericordioso.

He aquí la historia que para recreo del Cherif Sidi El Hach Mohammed Ben Jaher El Zebdy, escribe su amigo y protegido Sidi El Hach Mohammed Ben Sur El Nasiry.

Es esta la guerra del Español desde que apareció en el valle de Tettauen, y se refiere con verdad y estimación natural de todos los hechos presenciados por el narrador, para que los venideros conozcan la brava defensa que de su religión venerada hacen los hijos de El Mogreb El Aksá.

Nuestros aborrecidos hermanos, los de la otra banda, los hijos del Mogreb El Andalus, avanzaron desde Sebta hasta El Medik, sosteniendo combates terribles con nuestros valientes montañeses y tropas regulares. El número de cristianos que perecieron en aquellas refriegas no se puede calcular; los moros perdimos escaso número, y en casi todos los encuentros quedábamos vencedores. El avance de los españoles, tras tantos descalabros, y su paso de un terreno a otro, no se explica sino por combinaciones astronómicas, mágicas y cabalísticas, cuyo secreto tienen aquellos Generales y que los nuestros no han podido penetrar. El enemigo consulta de día la marcha del Sol; de noche las posiciones de los astros que esmaltan de bellas luces el firmamento, y combinando estos signos con las cifras y figuras que en unos deformes libros traen, del estudio de todo ello sacan la pauta de sus movimientos, que siempre resultan hacia adelante, nunca hacia atrás.

Pero estas artes mágicas no les valdrán: para desbaratarlas y confundir a los infieles, nos basta con las dotes singulares de nuestro (p.6911) caudillo Muley El-Abbás, asistido de las bendiciones de Allah, que le tiene por ejecutor de sus altos designios. Si es fuerte con su espada, no lo es menos con sus oraciones. En ellas dice: «¡Oh profeta, excita los creyentes al combate! Veinte hombres tuyos aniquilarán a doscientos infieles..». En el alto de Kal-lalin, que los enemigos llaman Torre Geleli, tiene su campamento el hermano del Sultán, y desde allí, con el milagroso anteojo de aumento que le regaló el Inglés, observa las posiciones y movimientos de los infieles. Nada se le escapa; no se mueve una mosca en el campamento cristiano, sin que nuestro General se entere, asistido además por referencias que le traen numerosos espías, ora renegados, traicioneros a su patria, ora fieles berbiriscos que, fingiéndose locos o enfermos, van a mendigar al campo español.

¡Loor a Allah único! He visitado al Príncipe marroquí en su lujosa tienda: la confianza brilla en su noble rostro; ha preparado tan bien sus planes, que ya no tiene nada que hacer, y espera tranquilamente que el enemigo se mueva, para disponer salirle al encuentro y atajar sus pasos. Confiado en la protección del Cielo, no sólo practica la oración mañana y tarde a las horas que marca la ley, sino que recomienda a sus ascaris y a los jefes de ellos que ante todo cuiden de practicar la oración.. En el momento del combate, mientras unos pelean, otros deben rezar.. alternando en la matanza y en el rezo. Por eso les dice: Allah es vencedor..

Los infieles ocupan su tiempo en ridículos preparativos. Han levantado un fuerte que llaman de la Estrella, donde se les ve afanados en trabajos semejantes al trajín de las hormigas.. Sabemos que al campo de O'Donnell ha llegado un Príncipe francés, emparentado con la familia Real de España; es hijo de un hermano del esposo de la hermana de la Reina, y parece que trae la misión de instruir a los españoles en ciertos particulares de la guerra del Francés en Argelia.. inútil ciencia, pues lo que venció a los argelinos fue su falta de fe y no el valor de la Francia. No hay semejanza entre la (p.6912) Argelia y El Mogreb, pues este antes que militar es creyente, y perdura en las vías de Allah.. Allah es la fuerza; Allah es la astucia militar y el amparo de las naciones.. Aguardamos, pues, tranquilos el choque de armas que ha de poner fin a esta guerra.. Los infieles perecerán en las lagunas de Guad-el-Gelú como en las aguas del mar Bermejo pereció Faraón, cuando iba en perseguimiento de los hijos de Israel, conducidos por Moisés o Mouçá.

Alabanzas a Dios Misericordioso, que ayer ordenó el movimiento de nuestros Ejércitos. Queriendo ver de cerca la gloria del Islam, me agregué al séquito del victorioso Muley El Abbás.. El día era hermoso, día dispuesto por Allah con todo esplendor de luces y limpieza de ambiente para que el triunfo fuera más visible en la tierra y en el cielo. Muy temprano vino del campo español ruido de salvas. Nadie sabía la razón de aquel cañoneo; yo, que por mis aficiones al estudio entiendo un poquito de la historia de nuestros enemigos, expliqué el suceso brevemente. El día de ayer corresponde a un día en que los cristianos aclaman y santifican a los reyes suyos que se llamaron Alfonsos, y al Príncipe heredero de la Corona, que también lleva este nombre.. Desde que oyeron las salvas querían nuestros valientes guerreros lanzarse a destruir el fuerte que los hispanos construían; mas el General tuvo especial empeño en contenerlos, a fin de madurar el plan de ataque, y disponer las fuerzas del modo más conveniente para quitar a los españoles el fuerte. No cesaba de mirar al campo y a las posiciones de ellos, como si con sus ojos asistidos del catalejo quisiera medir las distancias, y anticipar los pasos de unos y otros. Yo admiraba su celo por la causa de la fe, y la paciencia que ponía en ordenar sabiamente sus disposiciones. Por fin, al filo de mediodía soltó El-Abbás la gente de a pie que se abalanzó contra la izquierda de los españoles, y mientras estos respondían al ataque avanzando hacia nosotros, nuestra Caballería se lanzó como tempestad para embestir por su flanco derecho a los infieles. (p.6913) ¡Qué hermosa carrera la de tantos hombres a caballo, enardecidos y locos de ira contra la usurpación! Caballo y jinete parecían en cada uno de una sola pieza, y en esta un corazón ardiente irradiaba el fuego de la pasión guerrera. Nunca vi Caballería más fiera y gallarda. ¡Loor..! La paz sea con el que sigue el buen camino.

Descollaban en aquel volador enjambre los facíes o jóvenes voluntarios venidos de Fez, de Zarhun y de Ait Yamuz, con vistosos arreos y pulidas armas, y furibundas ganas de morir por la fe. A esta noble y distinguida tropa pertenece el ya famoso guerrero El Horain, apodado Abu-Riala, que en las acciones de Cabo Negro realizó prodigios de valor y temeridad sólo comparables, según se dice, a las hazañas de los compañeros del Profeta. Cuentan que en lo más recio de las peleas se arroja este divino Abu-Riala (el del duro) en medio de las filas enemigas, tremolando un pendón amarillo, sin otra fianza que su esforzado corazón y el ardimiento de su caballo. El grito de guerra, para llevarse tras sí a los que quieren ser émulos de su valor, es este: Adelante; yo soy vuestro escudo invulnerable. Sobrenatural prodigio es que vuelva siempre sin que le causen la menor herida ni las balas ni el acero de los españoles.. Debemos explicar este milagroso caso por la protección que dan los invisibles ángeles guerreros al bueno, al creyente y heroico soldado de Allah.

Desde mi puesto en el séquito del General contemplé la fogosa Caballería. Los de vista larga que me rodeaban gritaron roncos de entusiasmo: «Allí va el santo combatiente, el gigante Abu-Riala, corazón de Dios y brazo del Profeta. Ved su estandarte amarillo; ved su mano poderosa señalando al Cielo; ved la cabeza de su caballo hendiendo las filas españolas». Esto me decían que viera y mirara; mas yo no veía sino una confusión de patas de animales, y de cabezas y brazos de hombres corriendo en espantoso torbellino. Yo miraba más bien hacia mi derecha, donde ocurría lo más interesante de la acción. Por lo poco que vi y lo poco que me decían, entendí que (p.6914) un gran número de españoles se metió en un terreno que había sido encharcado previamente, sangrando el Alcántara. La risa que soltó el General me indicó que allí les quería ver, y que la entrada de los españoles en los pantanos era el error por él previsto, y por su astucia preparado para ganar fácilmente la batalla..

Las exclamaciones gozosas de nuestra gente indicáronme que estaban cogidos en la trampa los pobres españoles, y que ya no teníamos que hacer más que una cosa bien fácil: rematarlos allí tranquilamente y sin riesgo. Mas lo que yo creí cacería de patos, fue cosa distinta: los malditos patos, o sea españoles, formaron con gran presteza el cuadro, táctica que no se ha enseñado a los de acá, y fortalecidos de este modo, no pudo hostilizarlos la Caballería por la blandura del suelo en que tenía que maniobrar. Quedaba, sí, el recurso de atacar el cuadro a pie: ya iban a ello nuestros valientes moros; ya se cruzaban armas con armas; ya caían algunos de allá con las cabezas hendidas, y los de acá con las barrigas ensartadas.. Teníamos gente de sobra; podíamos dar cuenta de ellos.. pero ¡ay!, Satán maldito, que rara vez deja de introducirse en estas decisivas luchas, tomando partido por los infieles, puso en movimiento a la muchedumbre de tropas del llamado Tercer Cuerpo, para venir en socorro de los que tenían jugada la vida en el pantano.. ¡Allah disperse a los injustos!

Aterrado vi yo las tropas a pie y a caballo que venían como a distancia de dos tiros de fusil. Pareciéronme millones de hombres, y a medida que su paso veloz acortaba la distancia, se me representaban en mayor número. Con risa de júbilo, Muley Abbás y los que le acompañaban exclamaron: «No pueden, no pueden llegar a socorrerlos..». «¿Por qué?..». «Porque entre esas tropas y el terreno fangoso donde está el cuadro no hay más que pantanos, lagunas hondas, donde perecerán sin remedio. ¡Allah los precipite!». Evidente, como los hechos fatales de la Naturaleza ciega, parecía esto; mas no lo fue, porque Satán perverso, enemigo de los creyentes, lo (p.6915) arregló de modo que los españoles que venían al socorro no temieran meterse en el agua hasta la cintura.. Yo les vi, nadie me lo contó.. yo les vi atravesar las charcas, alzando los brazos para que no se les mojaran el fusil y los cartuchos que en sus manos traían.. y en esta postura hicieron un fuego tan horroroso contra los nuestros, que no parecía sino que el Infierno desataba toda su furia.

Personas prácticas del campamento, que ya conocen a todos los caudillos españoles como si los hubieran parido, me contaron por la noche que vieron al General Ros de Olano, al Brigadier Galiano, y al propio General O'Donnell, atravesar la laguna con el agua hasta la cincha del caballo, dando a todos ejemplo de valor, y arengándoles con voces roncas para que no temieran al agua, como no temían al fuego. ¡Ah, sin las artes infernales empleadas en favor vuestro por maléficos espíritus, qué sería de vosotros, pobres hijos de España!.. Esto pensaba yo, caído en gran tristeza al ver que nuestros montañeses bravos y nuestros atrevidos jinetes facíes se retiraban hacia las posiciones próximas a Torre Geleli; y buscando, según mi costumbre, la causa recóndita de los hechos, me decía: «¿Cómo es que esas lagunas que teníamos por profundas, y que lo eran según el dicho de hombres entendidos en cosas de la Naturaleza, han resultado con hondura no mayor que la de medio cuerpo de un hombre? Misterios son estos que no desentrañaremos mientras no nos sea dado penetrar los designios del Dios Único, que gobierna el mundo así en las grandes como en las pequeñas cosas. Huir del examen y conocimiento de tales honduras es el verdadero principio de sabiduría que debe guiar al hombre discreto y virtuoso».

Pregunté por Abu-Riala, no bien llegábamos a nuestras tiendas, y me dijeron que había consumado aquel día descomunales proezas, matando a multitud de cristianos, sin que le tocara el más leve rasguño. El corcel que montaba fue menos dichoso: quedó muerto. Para consolar al guerrero de esta pérdida, mandó Muley El Abbás que se le diese uno de los (p.6916) mejores caballos que tenía para su servicio, y luego ordenó que las músicas fueran a tocar junto a la tienda del héroe; honor y merced con que se hacía pública la virtud y merecimientos de un hombre tan excelso. Hasta hora muy avanzada de la noche oímos los dulcísimos acordes de las chirimías, pitos y tambores que daban serenata al soldado del Cielo.

No obstante ser considerables las pérdidas del Ejército de la fe en aquel día, no advertí descontento en los valientes soldados de a pie y a caballo. Por la noche, comentando la batalla, predominaba la opinión de que había sido victoria manifiesta, y no derrota como creían los menos en número, y los mal pensados y agoreros. Cierto que no habíamos tomado el fuerte de la Estrella; mas los cristianos no habían avanzado una pulgada en sus posiciones.. Cada paso valle arriba les había de costar muy caro.. Debíamos dejarles subir, internarse, para exterminarles más a gusto. Esto decían. ¡Dichoso pueblo, que con el fuego de la creencia en Dios enciende el de la confianza en sí mismo! Nada teme: los obstáculos le enardecen. Nunca espera lo malo: sus ojos, iluminados por la fe, ven con tintas de rosa y azul los días venideros. ¡Pueblo noble y santo, digno de dominar toda la tierra!

¡Loor al Muy Alto! Invitado a cenar con el Príncipe, encontrele sombrío, como si no estuviera satisfecho del giro que llevaban las cosas de la guerra. Contaba, sí, con mayor contingente de tropas, que el Sultán le mandaría bajo la bandera del Príncipe Muley Ahmed Ben Abderrahman; contaba con el valor indomable de los montañeses, de los facíes y demás elementos de su Ejército; mas no tenía tranquilidad, viendo la creciente arrogancia de los españoles, sus obras de atrincheramiento, su poderosa artillería, y la perseverancia calmosa con que iban conquistando el terreno. A esto le dije yo, para consolarle y levantar su ánimo, que la acción de aquel día me revelaba poca decisión de los cristianos para seguir adelante. Aparentaban más fuerza de la que tienen, y tras de su afectado coraje, se advertía el (p.6917) cansancio, y las ganas de volverse a su país. Movió la cabeza Muley El Abbás con expresión de tristeza dubitativa, y yo proseguí con mayor fuego de persuasión: «Creed que si alguna ventaja obtienen los enemigos de Allah, es porque Allah les favorece en apariencia para estimular el ardimiento de los fieles. Así el Profeta, en sus luchas contra los traidores, no se acobardaba ante los avances de estos, sino que les dejaba llegar hasta donde podía destruirles sin que quedara uno solo para contarlo. En el Libro Santo encuentro ejemplos mil de esta consoladora táctica del Único Dios. Ya sabéis que está escrito: «Satán había preparado sus batallas, y les decía: soy vuestro auxiliar y os hago invencibles. Mas llegado el momento, les volvía la espalda diciéndoles: Pereced ahora y sufrid los terribles castigos de Dios..». Seguid leyendo, y veréis que está escrito: «Hiriéndoles en el rostro y en el pecho, los ángeles quitan en un punto la vida a todos los infieles.. y les gritan: Id a gustar las penas del Infierno».

 

Ep-35-II -

Y he aquí que el noble y sabio Príncipe me dice: «Pues eres tú creyente fervoroso, y a más de esto sabio en cosas mil de la tierra y del cielo, y tienes el don de elocuencia y gran influjo sobre las gentes, puedes prestar ahora un gran servicio a la causa del Mogreb. Te vas a Ojos de Manantiales, donde tienes tu casa y estancia de tu comercio, y ves si es cierto que están los habitantes inquietos y afligidos porque algunos riffeños revoltosos han cometido el delito de pillaje o saqueo.. Entérate de si las familias huyen de la ciudad temiendo ya la entrada de los españoles. Tengo por cierto que los judíos tratan de ir al campo cristiano en son de embajada para pedir a O'Donnell que no se detenga y se haga dueño de Tettauen, sin otro fin que proteger las vidas y haciendas de ellos, de los que recibieron las Escrituras, para venderlas después a precio vil».

-Cierto es -repliqué yo- que Dios ordenó a los judíos que explicaran el Pentateuco a todos los hombres y no lo ocultaran. Mas ellos comerciaron indignamente con los santos libros.. Pero un doloroso (p.6918) castigo les espera.

-No les hables ahora de castigos -dijo vivamente el Príncipe-, ni pongas en tu lenguaje rencor ni amenaza, porque a decir verdad, están las cosas para que pongamos en práctica la conocida regla de ciencia vulgar: Sé como el caracol en el consejo y como el ave en la acción. Usarás con los hebreos un lenguaje benigno y amistoso, induciéndoles a permanecer tranquilos, sin ningún temor, y enterándote bien de sus pensamientos y de sus planes, que por muy escondidos que los tengan en el arca de su hipocresía, tú hallarás modo, con tu lenguaje astuto, de sacarlos afuera.

No fue preciso que me dijera más el augusto Príncipe, y decidí partir a la madrugada.. En Ojos de Manantiales reanudo mi trabajo epistolar, tres días después de lo que anteriormente referí. ¡Loor al victorioso! Oíd lo que digo: en cuanto llegué a este santo pueblo, no me di paz para ponerme al habla con los tetuaníes pudientes y con los judíos altos y bajos. La verdad, a todos les hallé muy cariacontecidos. Respecto a saqueo y desmanes de los montañeses, supe que sólo en el Mellah (barrio de los hebreos) habían cometido algún desaguisado. Recorrí toda la ciudad; vi en algunas calles cofres y líos de ropa, señal de que algunas familias partían; no traté de disuadir a nadie, pues me habrían echado en cara que yo he mandado a los míos a Fez para rescatarlos de todo mal..

En mi casa, sin más compañía que la de la esclava que quedó para mi servicio, he sentido la opresión del silencio, como losa que pesa sobre mi espíritu. La soledad de mi vivienda, días antes embellecida y alegrada por seres queridísimos, dábame la impresión de estar emparedado en anchurosa tumba.. No había más ruidos que los que yo llevaba en mi memoria: la risa jovial, cristalina, de mi adorada Puerta de Dios (Bab-el-lah) , en quien cifro todos mis cariños; el habla dulce y discreta de mis otras dos mujeres, Quentza y Erhimo, a quienes tengo también grande afecto, y más que nada el pisar rápido, la inquietud traviesa y los chillidos deliciosos, como piar de pájaros, de mi hijo Ali Ben (p.6919) Sur y de mi encantadora niña Luz-il-lah, a quien Dios hizo archivo de todas las gracias. La fatal guerra me ha obligado a separar de mí estas prendas queridas. Confinadas en Fez hasta que vuelva la paz, mi pensamiento vuela sin cesar a donde ellas moran, y trato de endulzar el amargor de la ausencia con la miel del recuerdo.. Mi casa vacía de aquellas voces, vacía también de tan bellas imágenes, arroja sobre mí la pesadumbre fría de sus paredes, que no me deja respirar.. Sea Dios benigno, y no me prive de mis mujeres y mis hijos. Ellas son buenas, recatadas, hacendosas. Superior inteligencia y bondad resplandecen en la sin par Puerta de Dios, dotada por mí con largueza y estimada en doscientas onzas españolas.

Me sobrepongo a la emoción para tomar disposiciones urgentes. Reviso mis papeles comerciales para encontrar confusión en ellos cuando la paz vuelva a nuestro pueblo; escribo a Fez ordenando que permanezcan allí los camellos hasta mi aviso; dispongo que salga un propio con este mandato, y por él envío a mis hijos y a mis mujeres cajitas con amorosos regalos. Entrada la noche, me entrego al descanso; sueño con los tiros que oí en la batalla junto a los pantanos.. oigo los alaridos de Abu-Riala.. corro perseguido por cristianos que quieren hacerme prisionero.. despierto en las angustias de mi huida fatigosa.. cojo un rosario, y en ferviente oración recibo los consuelos de Allah, que con mano suave alivia mi corazón del anhelante susto.. Por la mañana, después de los rezos y abluciones, salgo a recorrer la ciudad; visito una tras otra mis tres casas alquiladas, para saber si las abandonan sus habitantes; si alguno de ellos, al huir, ha dejado la puerta mal cerrada; si en los pasadizos de las calles hay hacinamiento de paja y estiércol. Me tranquilizó el ver que mis buenos inquilinos permanecen en la ciudad. A los tres endilgué un largo discurso sobre el peligro de los incendios en tiempo de guerra, y otro con diversidad de razonamientos para llevar a su ánimo la persuasión de que jamás entrarán los españoles (p.6920) en nuestra ciudad. Por las caras que ponían oyéndome, entiendo que les convencí. Son hombres de grande inocencia, por lo que Dios tendrá piedad de ellos.

Despachados estos asuntos, me dirigí al Mellah. Mi primera visita fue para Yakub Mendes, traficante en piedras preciosas, mi amigo desde que me establecí en Tettauen. Encontrele muy afanado, con su mujer y sus hijas, recogiendo todo el material valioso que posee, aljófar, topacios, esmeraldas.. Hacían paquetitos chatos que pudieran fácilmente ser cosidos en la ropa interior, para transportar consigo toda su riqueza en caso de forzosa partida. A Yakub y su familia prediqué la tranquilidad, la confianza en el Mogreb para desembarazarse de los españoles; pero no conseguí calmar su inquietud. Fácilmente había convencido a los pobres, que no tienen nada que perder; pero a los ricos, ¡Allah me conforte!, no podía convencerles. Díjome Yakub que él conocía bien la fuerza de los españoles, por haber recorrido la Península sin fin de veces, y vivido en Córdoba, Sevilla y Madrid luengos días, y que no podía tener confianza en las fuerzas desorganizadas del Mogreb. Tan cierto era que O'Donnell entraría en Tettauen como que el Sol sale hoy, mañana y siempre; y el día de la entrada de los vencedores, lo que no habían saqueado los riffeños, lo saquearían los soldados de O'Donnell, a quien aplicó con malicia un refrán hebreo que dice: ni ajo dulce ni todesco bueno. Díjele yo que no es el General español de origen tudesco, sino irlandés, y él afirmó que lo mismo da, pues no tiene sangre andalús, sino de raza goética y normándica, que es la que más aborrece a Israel.. En esto llegó a la casa un vecino de Yakub, llamado Ahron Fresco, usurero y comerciante en especias y gomas de sahumar. De lo que hablaron uno y otro colegí que la noche anterior habían celebrado una junta, en la cual se debatió si debían pedir a O'Donnell que les amparase contra los riffeños. No prevaleció tan traidora proposición, y por ello debemos dar gracias a Dios. ¿Pero quién se fía de esa gente? (p.6921) Con razón dice el Libro Santo: La confusión reina en los juicios hebreos, y sus acuerdos son como los remolinos del aire.

Sobre mis dos amigos descargué yo un diluvio de elocuentes razones, incitándoles a que por ningún caso solicitaran la protección del infiel español. Cuando más enardecido estaba yo en mi retórica, llegaron Tamo y Noche, dos hebreas de aquella vecindad, muy guapas, que tiraron de mí familiarmente para llevarme a su casa. No pude esquivar la premiosa invitación, y pasando del tugurio de Yakub al de Ha Levy Seneor, padre de las antedichas, este, su mujer Hanna y las hijas, hablando los cuatro a la vez con desacorde griterío, me contaron que la noche anterior habían asaltado su casa tres desalmados riffeños, quitándoles veinte duros en moneda macuquina española, catorce pesetas columnarias, diez napoleones, y que por milagro (no quiso Dios que dieran con el escondrijo) no les aliviaron de la moneda de oro que guardaban. Después se surtieron de ropa blanca; lleváronse los dos chales mejores de Tamo, los zarcillos de Noche, que eran de filigre de Córdoba, y unas belghas (babuchas bordadas de oro) . Traté de aplacar su enojo diciéndoles que desde hoy se reforzará la guarnición con gente de confianza, y que todas las puertas de la ciudad se adornarán con las cabezas de los saqueadores.. Sin detenerme a escuchar sus lamentaciones airadas, me fui en busca de mi amigo Simuel Riomesta, hombre rico, influyente sobre la caterva de Israel, y pensaba yo que persuadiendo a este, los demás quedarían desarmados de su coraje y repuestos de su miedo.

Iba yo por la calle más angosta y puerca del Mellah, para salir a la casa de Riomesta, cuando me sentí llamado por fuerte voz de mujer. Era Mazaltob (Afortunada) , hebrea viuda de más que mediana edad, que desde su puerta echó sus gritos en mi demanda. Trafica en bálsamos por ella misma compuestos, y tiene fama de hechicera o mágica, por su acierto en adivinanzas y su buena mano para curar enfermos con garatusas y oraciones, ayudadas de zumos de hierbas y raspaduras de (p.6922) huesos. En su juventud fue, según oí, más cautivante por sus decires agudos que por su hermosura. Lo que me habló fue de esta manera: «Te he llamado para decirte que la otra mañana, estando yo en prado de Almorain arrecogiendo herbas, topé a un mancebo ferido, que me demandó agasajo.. Yo lastimosa le truje a mi casa, aonde me dijo ser español. Su nombre es Juan el Pacificante, y tié semblan de profeta.. Anda en perjudicación de la paz, y del campo cristiano echáronle por sus perdicas, y agora viene acá para que aproclamemos la paz y no la guerra.. Él es bueno, es sencillo, y el habla tiene bonica española, que adulza el oído. Entra y verasle».

Sospeché que el español de que me hablaba Mazaltob era espía, o algún perdulario hambrón que viene so color de renegar para que le demos de comer. Insistió la hebrea en que su huésped no era nada de esto, y para calmar mis recelos me dijo: «Tú, que de achaque de españolerías sabes más que nadie, habla con él y asóndale.. Yo no te asiguro que sea profeta; pero sí que por el su semblan y por su voz cantora lo parece. ¿No hubieron los cristianos un profeta que se llamó Juan? Pues cata que este es lo mesmo, o que viene en figuranza de quillotro..».

-El profeta cristiano que dices es el que llamamos Yahia, hijo de Zacarías, varón de extremada virtud. Este será todo lo contrario: un pillastre, un embustero.. Pero si, como dices, viene del campo de O'Donnell, no será malo que yo le coja por mi cuenta y le interrogue. Llévame pronto a la presencia de ese mancebo predicador de paces, que con verdades o con imposturas algo ha de decirnos que pueda sernos útil.

Cogiéndome del albornoz me metió adentro por obscuro pasadizo hasta una estancia humilde, y oliente a comida pasada, donde paredes y mueblaje parecían trasudar materia grasienta. Adelantose ella por otro pasadizo, y luego volvió con estas razones: «Se ha quedado adormilado. Hoy anduvo luengas horas por la cibdad, calle adelantre, calle adetrás, y ha venido con cansera.. Pero puedes entrar y verasle. Todo en él yace como muerto, menos (p.6923) la respiración, que vela como guardián en las puertas del rostro, boca y nariz, y ella es la que avisa cuando el ánima ida quiere volver a su casa». Entré con Afortunada en una estancia que de un patio sucio y ahumado recibía la luz, cernida por cortina roja, y sobre una cama que alzaba poco del suelo vi una estirada figura de hombre, derechamente tendida en todo su largo. Era el durmiente de poquísimas carnes y de más que mediana estatura, bien formado de esqueleto y miembros, por las partes que de él se veían. Pecho y brazos tenía vestidos de una kmiya, y sobre ella un caftán amarillo rayado, que se recogía en la cintura y muslos, dejando ver las piernas al aire. Su cabeza me pareció perfecta; bello y afilado el rostro, con una barba leve, que más parecía pintada que nacida. Barba y pelo eran negros, y el color de la piel como el de madera de olivo, con ligero bruñimiento y lustre de cosa embalsamada.

Yo me senté, pues muy a propósito hallé un taburete junto a la cama. Mazaltob me dijo: «Hablemos en voces altas para que se acuerde», y rompió en gritos.. No pasó mucho tiempo sin que el dormido despertara, lo que sucedió abriendo él los ojos, y quedando rostro, cabeza y cuerpo en completa inmovilidad. Primero vio y miró a su patrona, después a mí, y su mirada estuvo posada en mí largo tiempo, sin querer desclavarse de mi faz.. Hablele yo en árabe preguntándole a qué había venido, y él no respondió con discurso, sino con una rápida incorporación, clavándome otra vez los ojos, negros y con luz como los carbones encendidos. De veras me hizo pensar en el profeta cristiano Yahia, hijo de Zacarías, en quien Dios puso el signo de su predilección, y de él dice el Libro Santo: Escogido fue para enseñar a los hombres la paz.

 

Ep-35-III -

Como no daba señales de entender el árabe, le hablé en su lengua, obedeciendo a Mazaltob, que me decía: «Háblale en español bonico y de son pacible». Sentado en el lecho, Yahia, sin pronunciar palabra, me tocó en el brazo, en la rodilla, como si quisiera con el tacto completar el examen que (p.6924) sus ojos hacían de mi persona. Por fin oí el metal de su voz. A mi pregunta de si le gustaba nuestra tierra, contestó que le agrada porque en ella todos los hombres se tratan de tú, señal de la completa igualdad ante Dios, y porque el Islam y el Israel practican su fe sin estorbarse el uno al otro. Esta paz entre las religiones le sorprendía y le encantaba. Después me dijo: «Oigo tu lenguaje como una música triunfal, y veo tu rostro como un rostro amigo».

A mi pregunta sobre los motivos de su peregrinación, respondió que había huido del campo español porque le agobiaba el alma el espectáculo de la guerra, y la ferocidad con que unos y otros hombres acuden a matarse. La guerra va contra la Humanidad, como el amor en favor de ella. Las armas destruyen las generaciones, que son reedificadas en el seno de las mujeres. Puede la Humanidad vivir sin armas; sin mujeres no vivirá.. En verdad declaro que esto me pareció dictado por la más alta sabiduría. No pensé lo mismo después, cuando dijo cosas tan sin sentido como estas: «Por tu cara y gesto, por la forma de tu nariz y de tus labios, así como por la voz y el mirar luminoso, mi pensamiento te liga con tu noble familia». Sin duda la mente de Yahia era una extraña mixtura de pensamientos celestiales y de bajos yerros humanos, porque tras una hermosa invocación a la paz como ley superior de los hijos de Adán, soltaba este desatino: «Tú no quieres la guerra, ni bajarás con arma homicida al campo de O'Donnell, porque en el campo de O'Donnell está tu hermano». Sin duda quería decir que entre todos los nacidos existe el lazo de hermandad, y verdaderamente concuerda esto con lo que dice la Escritura: «No hacemos diferencia entre los enviados de Dios. Todos los que adoramos un Dios Único y le tememos, vamos a ti, Señor, y entraremos en los jardines de inefables delicias».

Por fin, requerido a darme noticia de los planes de los españoles y de los medios que traen para combatirnos, dijo que él, después de haber sido voceador de la guerra, había pasado por la gran revolución de su espíritu, (p.6925) viniendo a detestar lo que antes adoraba. En el Ejército tenía muchos amigos, y en Madrid dejó personas muy amadas, que también eran afectas a la tradición guerrera y a las glorias de su patria. Él no estimaba esas glorias como legítimas, y buscaba otras en armonía con la Naturaleza humana, deseando ver extinguida la ferocidad, los instintos de destrucción.. Suspira por la paz, por el amor entre todos los humanos y la universal concordia.. No estaban estas ideas en desacuerdo con las mías, pues yo pienso lo propio, si bien entiendo que todavía no ha llegado el tiempo en que nos convenzamos los hijos de Adán del desvarío de las guerras. Yahia tan pronto iluminaba con resplandores divinos nuestra conversación, como la obscurecía con disparates manifiestos. Preguntome si había estado yo en la acción de los Castillejos; respondile que no, y él dijo: «Razón tuve en creer que no eras tú el que vimos, vivo primero, muerto después. Nos alucinó el terror de aquellos espectáculos de matanza, y en sueño nos visitaron imágenes ensangrentadas de los seres queridos».

-Aunque tu misión en el mundo -le dije-, más bien es ver fantasmas que predicar la paz, dame una idea de los planes de O'Donnell, que algo has de saber, si en el campamento cristiano tenías amigos. ¿Crees tú que los españoles romperán y desbaratarán la grande hueste marroquí que les cierra el paso a esta ciudad?

-La romperá y desbaratará como el cuchillo deshace esas paredes de cañas con que cercáis vuestros huertos. El moro es valiente, pero no sabe nada de artes de guerra. Sus armas son primitivas, o de sistemas diferentes si algunas tienen modernas. Los hombres no saben formar cuerpos tácticos, y el valor, en vez de concentrarse y unificarse, tiende a esparcirse y desmenuzarse en infinidad de actos aislados. No hay Jefes, no hay Generales, no hay organización, no hay cabeza.. Imposible la victoria del Mogreb. (p.6926)

No pude contenerme. Levanteme, y con voz colérica le mandé callar.. le amenacé si no (p.6927) callaba. Él con humildad, inclinando la cabeza, respondió: «Me has pedido mi opinión y te la he dado. En mi opinión he puesto la verdad: nunca pensé que la verdad te ofendiera».

-¿Te atreverás a sostener delante de mí que O'Donnell se abrirá paso hasta la ciudad y entrará en ella?

-Sin ofensa para ti ni para el Mogreb, yo digo que O'Donnell entrará en Tetuán antes de ocho días. Sus planes, como de General que todo lo calcula, y que pesa y mide toda contingencia, son infalibles.

¡Loor al Dios Único! Comprenderás, noble señor, cuánto me indignó el vaticinio del desquiciado Yahia. Le increpé con altas voces, y si no estuviéramos en ajena casa, habría castigado su atrevimiento.. Todo lo que le dije fue en lengua árabe, porque el español que sé no me sirve para incomodarme. Él se quedó en ayunas de mis imprecaciones, y yo salí de la estancia ofendiéndole con el gesto desdeñoso tanto como con las palabras. En el pasadizo estrecho, camino por donde divagan los malos olores, me detuvo Mazaltob, y poniéndome en el pecho sus manos crasas, me dijo: «No hagas ofensión a Yahia, ni le amotejes con griterío, porque él es bueno y hate dicho verdad.. Tan cierto como ahora es día, Donell entrará en Tettauen.. Ven y veraslo agora en sinos que nunca marraron». Desmayada no sé cómo mi voluntad, dejeme conducir a un aposento, en el cual tenía la oficina de sus inmundos hechizos. Vi fuego en un anafre, agua en varias redomas; vi lagartos vivos, papeles con endiabladas escrituras, y un círculo de metal con signos astrológicos, que giraba entre agujas negras y verdes. «No quiero, no quiero ver tus artimañas sacrílegas», grité desprendiendo mi albornoz de sus uñas. Y ella a mí: «Cuando te profeticé, años ha, que serías rico, que de onde vien el Sol vernían para ti ochenta camellos menos uno, e ainda te dije que en tal luna te serían dados doscientos ducados de oro, bien lo creíste, y bien se enjubiló tu ánima viendo que era verdad mi adivinancio, con merced del Alto Criador».

-Déjame; no creo nada -repetí, anhelando (p.6928) zafarme de ella; pero no me valió mi deseo, porque la maldita me puso delante una tableta con sin fin de rayas y garabatos, los cuales, vistos al revés, eran la propia figura del número 18, y debajo estaba escrita en arábigos caracteres la palabra Tzementhash (diez y ocho) . Me mostró luego una redoma con agua teñida de amarillo, en la cual flotaban varias hojuelas de plantas.. Agitó la redoma; corrían las hojuelas dentro del agua como traviesos pececillos, y una salió a la superficie tiñéndose de color de rosa.. Pues bien: la cifra y este juego de las hojuelas en la redoma querían decir que el día 18 de Schebah (mes corriente en el calendario judiego) entrarán los españoles en Tetuán. De sus profanas manipulaciones, invocando a Satán, sacó Mazaltob la siniestra profecía, y se obstinaba en que yo había de creerla. Ella, como profesora en brujerías y artes satánicas, lo creía o afectaba creerlo, diciendo: «Que muerta me caiga yo ahora mesmo si no es la vera palabra de Dios que el día 18 de Schebah serán ellos en Tettauen, El Donell y El Prim.. Créeslo tú; mas no lo dices por no adolorar a los tuyos».

«¡Guárdeme Allah Misericordioso de las asechanzas de Satán el Pérfido, el Corruptor de Adán y de toda su prole!». Con esta exclamación arrojé de mi lado a la impostora, dándole un empujón que la hizo vacilar sobre sus pies como la estatua sacudida por terremoto, y salí de su casa. En la puerta, mujeres hebreas y chiquillos de la misma casta gritaban: «¡Paz, paz!» azuzándome con burla. Seguí mi camino sin echar una mirada sobre tan ruin caterva, y doblando la esquina me dirigí a la casa de Riomesta, una de las pocas que en el Mellah reciben al visitante con olor de sahumerios, y así previenen nuestra respiración en favor de los dueños. En el patio estrecho me recibió la hija de mi amigo, Yahar (Perla) , hermosa joven que cautiva por su ideal blancura. Díjome que su padre estaba en la Sinagoga, donde tenían reunión los Principales para tratar de su defensión.. Añadió la buena moza que había venido una orden de Muley El (p.6929) Abbás, prohibiendo a las familias tetuaníes ausentarse de la ciudad. Nada de esto sabía yo; mas lo tuve por cierto, y la medida me pareció acertada, pues la fuga de los ricos era mayor pánico de los que quedaban, y fomentaba el ladronicio y pillaje..

¡Loor al Grande, al Dueño de todo el Universo!.. Estas novedades desviaron mis propósitos del camino que llevaban, y prometiendo a Yohar que volvería para platicar con su padre, salí del Mellah, y me fui en busca de los moros de más cuenta y poderío, cuya opinión necesitaba conocer. Visité a Brisha, después a Erzini y a Ibn El Mefty, que son los más acomodados. Los tres me dijeron que la orden de Muley Abbás les parecía bien; pero que ellos no la obedecían, mirando sobre todo a la seguridad de sus familias. Se marcharían, pues, desafiando las iras del Kaid, pues maldito lo que confiaban en que la plaza, con cañones viejos, artilleros inhábiles y una guarnición insubordinada, pudiera defenderse y amparar los intereses de sus moradores. Que estas manifestaciones llenaron mi alma de tristeza, no es menester decirlo. Religión ¿dónde estás?.. ¿Qué víbora se anida en el pecho de los que debieran ser tus defensores? ¿El egoísmo y el ansia de guardar las riquezas tienen su asiento donde antes lo tuvieron las virtudes? ¿Qué haces, Allah potente, Allah Soberano el día de la retribución?.. Andando de calle en calle, la suerte me hizo topar con uno de mis más respetables convecinos, El Hach Ahmed Abeir, natural de Tánger, establecido en Tettauen, el cual me saludó cariñosamente en español, pues esta lengua es muy de su agrado, y sabiendo que la poseo, en ella me habla para ejercitarse y no darla al olvido. Díjome que aunque todos los pudientes salgan, él se quedará, suceda lo que sucediere, conforme a los designios de Allah Fuerte y Misericordioso. Más temía de los soldados riffeños que guarnecen la plaza, que de los españoles que amenazan meterse en ella.

Por no enojarle, creí de mi deber aparentar cierta conformidad con Ahmed Abeir, a quien debo acatamiento, pues (p.6930) son grandes el respeto y cariño que todos, pobres y ricos, le tienen en la ciudad. La conversación recayó luego en los judíos, de quienes podía temerse que hicieran algo destemplado y fuera de la decencia. Díjome que él hablaría con el Rabbí, y que no descuidara yo el apaciguar a Riomesta y a otros pudientes del Mellah.. He aquí por qué torné a la Judería, donde tuve la desgracia de volver a encontrarme con la embaucadora Mazaltob, acompañada del borriquero que la sirve, un hebreo revejido, sarnoso y casi enano que se llama Esdras Molina. La nigromántica, que a Satán tiene por maestro, entregaba al dueño del asno líos de ropa para que los transportase a un huerto próximo al Santuario de Sidi Sideis.. Al verme, soltó con áspero chillido la brutal sentencia extraída de sus diabólicas alquimias: 18 de Schebah.. y se metió como escurridiza culebra en la casa de Ahron Fresco. Solo ya frente a Esdras, le detuve, conteniendo por el cabezal a su tranquilo burro, que me agradeció la parada. Sabía yo que aquel desdichado escuerzo de Israel había vivido en Ceuta algunos años; que desde Cabo Negro andaba rastreando la retaguardia del Ejército de O'Donnell, ya para merodear lo que cayese, ya para traficar con los proveedores, llevándoles limones y naranjas, tal vez alguna pieza de caza.. Los cantineros y él se entendían, y recíprocamente se ocultaban sus latrocinios y contrabandos.. Aunque no confiaba en que de los envilecidos labios de Esdras saliese la verdad, le interrogué.. Si su borrico hablara, me daría quizás informes más verídicos que los de su amo; pero como el animal callaba su hondo pensamiento, con el otro tuve que entenderme, recordando aquel sabio versículo del Libro Santo que dice: La boca del mentiroso deja escapar la verdad.

Pidiéndome que le anticipara el precio de las declaraciones que me haría, y aflojadas por mí dos pesetas columnarias, Esdras me contó que los españoles habían desembarcado un tren de batir, cañones relucientes al sol, y unos montajes tan bonitos que daba gloria verlos. Pero él, Esdras, lo (p.6931) había examinado bien. ¡Todo farsa y aparato de mentira! Los cañones eran de un metal que parecía latón, y el día en que con ellos se hiciera fuego, los artilleros saldrían volando por los aires.. «Ainda, no tien polvra -prosiguió el borriquero-. La polvra de cañón que vino de España en el barco que trujo los mantenimientos, no arde en el Marroco, porque el aire y el fogo del Marroco son otros fogos y otros aires.. Yo lo sé, yo lo entiendo.. Ainda, la Reina española Isabela dice que no quié guerra más; que la guerra aumenta sus pecados, y los clergos de España perdican que no más guerra..». Acabó su informe diciendo que los españoles no harían ante los muros de Tettauen más que una simulación de batalla, y se tornarían para su tierra.. Esto dijo aquel indino, cuya palabra oí con repugnancia.. Pero algo hay de verdad en lo de que la pólvora española no arde en África tan bien y con tanto fogonazo como allá, por ser nuestro aire diferente de aquel; opinión que oí manifestar a un sabio de aquí, muy docto en cosas físicas y matemáticas..

Te cuento, señor mío, estas particularidades, porque me encomendaste que al par de los hechos de la guerra pusiese en mis cartas copia fiel de la opinión de la gente. Opinión larga hallarás en mis renglones, sabio y prudente señor, para que juzgues por ti mismo lo que aquí sucede. La resultancia de todos estos hechos y opiniones no la sabemos. Es locura querer penetrar los santos designios. Concluyo por hoy repitiendo estas sublimes palabras del Profeta: «Si Dios no contuviera a las naciones unas con otras, la tierra sería corrompida. Los beneficios de Dios no se manifiestan en las naciones, sino en el Universo..». Y yo digo: «Si Dios da la victoria a los infieles, es porque así conviene al Universo. La justicia nos será conocida el día de la resurrección.. Esperemos tranquilos ese día».

 

Ep-35-IV -

¡Loor al Dios Único!

La paz sea contigo, y la Misericordia de Allah con bendiciones.

Volví, como decía, a la morada de Simuel Riomesta, que es uno de los hebreos más ricos de esta ciudad, amigo de los que bien (p.6932) pagan, prestador de dinero con grande seguridad, acechante de los engañadores y perseguidor inexorable de tramposos. Conmigo tuvo siempre miramiento grande, acudiendo solícito a facilitarme plata y oro cuando mis negocios me ponían en algún compromiso transitorio y urgente. Su opinión de mí y su confianza en mi crédito corresponden a mi puntualidad: nunca hemos tenido la menor cuestión. Añado que si es Simuel el hombre de más formalidad y rigor en los negocios de préstamos, no hay otro más rezador y cumplidor de los preceptos de su ley. Según me han dicho, es el primero que entra en la Sinagoga los viernes por la tarde y sábados por la mañana, y el último que sale: tiene permiso para pronunciar lección en fiestas señaladas. En los días de Kypur sale descalzo, conforme marca la ley, y practica el ayuno con verdadero fervor, que parece un deleite. En Ros-Ashanah, en las Vigilias de Purim, Taanit, Schabuot, la observancia del culto y la práctica de todos los ritos le aleja de sus negocios más de lo preciso, y en el Sucot, o fiesta de Las Cabañas, arma en su azotea las frágiles chozas para dormir en ellas, y salir tempranito a mirar al Oriente, esperando la aparición del Mesías.

Al entrar en el patio de su casa, me sorprendió el rumor de ásperos rezos que de la estancia salía, y dije a la blanca Yohar, que me recibió muy risueña: «¿Pero a tu padre, después de pasarse medio día en la Sinagoga, aún le quedan ganas de rezar?».

-No se harta de oración el padre -me respondió la del color de las azucenas (que Allah le conserve) -, para que el Dio de Dioses nos desaparte guerras y calamidades.

No pude contenerme, y llegándome a la puerta por donde salía la salmodia, vi a Simuel, con otros dos usureros, uno por cada lado, berreando devotamente. Libro en mano, llevaba mi amigo la voz principal de una recitación judaica, al modo de letanía, y a cada frase que él pronunciaba, respondían los otros con bronca voz: Bedil vayahabor. Sonaba en mis oídos este estribillo como si me dieran con un hierro en la cabeza.. Interrumpí sin (p.6933) reparo el rezo, gritando a Simuel desde la puerta: «¡Eh! Riomesta, que estoy aquí. No es cortés recibir a los amigos con esos graznidos lúgubres.. Parecéis aves de agüero malo. ¡Con doscientos y el portero, vuestra cancamurria da dolor de cabeza! Suspende la matraca y ven acá un momento». Con la mano hízome señal de que esperase, y siguió echando los fragmentos del salmo, a que contestaban los otros con el machacante Bedil vayahabor.

Salió al cabo de un rato mi amigo, y mirándome por encima de sus antiparras, que resbalaban por el caballete de su nariz, me dijo: «¿Qué quieres, mi señor?». Y yo: «No te necesito para un solo fin, Simuel; pero empiezo por el primero: has de darme doscientos duros en oro».

-¿Cuándo?.. y la paz sea contigo.

-Ahora mismo, y tu paz te sea dada.

-Siempre vienes premoroso. Para servirte, heme quitado otros días el pan de la boca, y agora me quito el rezo santo.

-Bastante has graznado ya, y bien segura tienes el alma contra el fuego eterno. Sabrás que no me voy de aquí sin los doscientos de oro..

-Oye de mí, Yohar: toma la llave, sube y cuéntale a El Nasiry doscientos de oro, en el entre que acabamos el cántico. Y tú, cuando bajes, me harás el recibo.

Subí con Yohar a un aposento en que está el arca del dinero, entre las estancias donde duermen el padre y la hija. ¡Loor a Allah, el Indulgente y Bondadoso! Me agradaba lo indecible verme solo junto a la mujer cuya blancura me enamoraba; blancor de rostro y manos, albor visible en el cabo de pierna y en los pies medio escondidos en las rojas babuchas bordadas de oro. El tilín del dinero que Yohar contaba, y la blancura de esta, que a la de los jazmines eclipsaría, me llenaban de gozo. Recordé las santas palabras: «Allah es quien hace germinar los seres en el seno de las madres. Él ha colgado las estrellas en el Cielo, para que os guíen en la obscuridad. Él ha creado las flores, las palmeras y mil frutas delicadas. Es el Sutil y el Instruido». El arrobamiento a que me llevaron el tilín del oro y la belleza nítida de Yohar, era turbado por el rezongar (p.6934) de los ancianos, que desde la planta baja subía. En mis orejas seguía zumbando el insufrible Bedil vayahabor.

«Gentil Yohar -dije a la moza-, ¿cuándo te casas? Oí que has desechado a muchos pretendientes.. Acabarás por fugarte con un pelagatos, con un cristiano español.. o conmigo».

-Contigo no, El Nasiry -respondió con voz blanda-. Eres casado. Cuatro mujeres y cuatro esclavas son tuyas por merced de tu Dios.. Toma el dinero, y no me apellizques el brazo con melindre, que esta carne no es para tu sabor.

-Ya sé que será para el sabor de los ángeles.. ¡Loor al Glorioso!.. De veras siento que seas judía. Toda tu blancura se desleirá en la mugre de Israel.

-No blasfemes. Si mi padre te oye, no te hablará en son de amigo.

-Más que por sus riquezas debe tu padre mirar por ti, si la guerra sigue. Corre tanto peligro como el oro tu blancura. La codician los españoles que vienen hambrientos de mujeres.

-Ni mi padre ni yo tememos a los del Andalús, que son caballeros valientes, y barraganes muy cumplidos.

-Los del Andalús quemaron en España a tus abuelos, y aquí te derretirán a ti, como alba cera, en el fuego que traen. Vente conmigo a Fez y te salvarás de la quema.

-Vete a Fez tú y tu generación, y déjame a mí, que bien está en el peral la pera; cada cosa en su puesto, y la masa en el Pesah..

Bajábamos, y nada más pudimos hablar, porque salió a nuestro encuentro Simuel, presuroso de que le extendiese y firmase el pagaré, como lo hice en la estancia donde él y los otros rezaban. En cuanto examinó el papel, quitose las antiparras sacándolas por la nariz adelante: tan sólo usa los vidrios para poner aumento y claridad en la letra de los libros de devoción o de los documentos de crédito. Luego, respondiendo a mis exhortaciones para mantener la fidelidad al Mogreb y la confianza en su fuerza, me dijo que los judíos, o no tienen ninguna patria, o tienen dos, la que ahora les alberga y la tradicional: esta es España. De allá provienen él y los suyos: su antecesor Abraham Riomesta había sido Recabdador de las Alcabalas y Tercias reales (p.6935) en la Aljama de Talavera. Verdad que de allí se les echó, y algunos de su propia familia fueron quemados públicamente, otros quedaron en Castilla con el nombre de conversos o marranos.. Pero de entonces acá, ya no había en España inquisidores ni tostamiento de personas. Onde que por ello ya no tenían los hebreos rabia contra españoles, ni miraban como enemiga dañante la potestanía de España. Añadió que en Ceuta, habiendo pasado meses largos con su hijo Rubén, avecindado en aquella plaza, tuvo ocasión de tratar con gran cuenta de españoles, y en todos ellos encontró amistades, cortesía y fina voluntad. Militares y civiles conoció, muy cumplidos y barraganes. A muchos prestó dinero, y ellos, que de España venían necesitados, por ser aquella la tierra de la necesidad, no se asustaban por cuantía de réditos, y en el pago eran liberales, dando ganancias sin que hubiera precisión de andar en perjudizios.. Ainda, su hijo Rubén le ha escrito cartas diciéndole que Echagüe y O'Donnell ordenaban a sus tropas el respeto de las religiones islamita y mosaica, amenazando castigar a los que hicieran daño en mezquitas y sinagogas, y ambos Generales, lo mismo que Prim y Zabala, prometido habían amparar vidas y haciendas de moros y hebreos.

A estas razones contesté yo con otras, infundiéndoles el recelo y desconfianza de los cristianos; mas no se daban a partido: lo que afirmó Riomesta fue apoyado por uno de los vejetes que le acompañaban en sus rezos, Ahron Fresco, el cual se dejó decir que había recibido recaditos de españoles solicitando préstamos, que se harían efectivos al ocupar la plaza. Comprendí que nada podía con aquella gente sin fuego de patria en el corazón. Les dejé con desprecio y repugnancia. Al salir, despedido en la puerta por la blanca Yohar, oí de nuevo los rezos lúgubres, y recordé las palabras del Profeta: «Escrito está que sus corazones se petrifican en el egoísmo.. Está escrito que cuando se hayan quemado en el Infierno, se les pondrá nueva carne y nueva piel para volver a quemarlos».

Al salir vi que a la casa (p.6936) de Riomesta se llegaba la embaidora Mazaltob con un ramo de hierbas aromáticas y medicinales que no dudo serían para Yohar. ¿Estaría en aquellas plantas el secreto de la extremada blancura de la joven hebrea?.. Pensé yo que la ciencia llamada Botánica por los infieles ofrece medios de encender el amor en las naturalezas frígidas y aplacadas. ¡Oh, Yohar, guárdate de la hechicera y de sus diabólicas artes! Estos pensamientos me llevaron lejos del Mellah.. dirigime hacia la Alcazaba, y en el camino tuve el disgusto de ver que una de mis casas había sido abandonada por el moro inquilino, y que este se había llevado la puerta, arrancándola de sus goznes. Era ya mi casa albergue de mendigos y vagos, que me la llenaban de su inmundicia. Indignado, traté de arrojarlos de allí; mas ningún caso me hicieron. En la Alcazaba vi al Kaid, que en buenas palabras me expresó sus graves apuros para contener a la gente pobre, que se había hecho dueña de la ciudad. El principal cuidado de él era sostener el orden y atender al aprovisionamiento de las tropas de Muley El Abbás.

Allí me encontré al venerable Hach Ahmed Abeir, también con achaque de reclamaciones, que por un oído le entraban al Kaid y por otro le salían. Entristecidos bajamos mi amigo y yo al Zoco, donde vimos turbamulta de montañeses que se quejaban de no tener con qué alimentarse; algunos tetuaníes pedían armas, y con ira ponderaban la voracidad de los cristianos, que todo se lo comían y no dejaban nada para los pobres moros. Había visto recaderos judíos que cargaban de víveres sus burros y los llevaban al Sbañul.. No pudimos permanecer allí, porque el vocerío de aquella infeliz gente nos agobiaba. Quiso Ahmed llevarme a visitar las baterías de la plaza y sus cañones y artilleros; pero a ello me resistí, previendo mayor desengaño del que ya ennegrecía mi alma. Despedime del respetable señor, encomendándole a la misericordia de Allah, y me salí solo por Bab Echijaf, para irme a Samsa, donde contaba pasar la noche y aun descansar algunos días en casa de un amigo. (p.6937) Muy necesitado me sentía de respirar aire campestre, y de espaciar mi vista por las hermosuras que prodigó Allah en este rincón del África, sin duda destinado a que en él tuvieran su Paraíso Terrenal los predilectos.

El alma, sobrecogida por los siniestros augurios que en la ciudad oí, y por mi temor de la derrota del Islam, se me ensanchó al contemplar las risueñas colinas próximas, el lejano y majestuoso Djibel Musa, coronado de nieve, y al recibir en mis pulmones el aromoso ambiente que de los montes venía. Ya los almendros empezaban a vestirse de sonrosada blancura; ya el suelo se cubría de menudas florecillas; ya diversas plantas daban señales de la temprana germinación, por la cual África es maestra y precursora de Europa en la labor de la Naturaleza.. Nunca me pareció tan bello este suelo de bendición; nunca oí con deleite tan vivo el murmullo de los arroyos que del monte descienden; nunca admiré con tanto fervor la obra de Allah, que creó toda la tierra y los cielos sin el menor cansancio.. Todo el camino hasta Samsa lo recorrí en muda contemplación. La obra de Dios no ponía ninguna parte de sí en la guerra que nos asolaba: bosques y peñas, montes y colinas eran indiferentes a los combates entre hombres, y si algo decían, era paz y siempre paz. Mirando las sierras elevadas, que como ningún otro signo expresan la grandeza del Criador, pensé en el Día del Juicio.. «En aquel día -dice la Escritura-, Allah dispersará los montes como polvo, para que toda la tierra sea inmensa planicie, por la cual irán avanzando los hombres resucitados. Condúcelos ante el trono del Juez el ángel Israfil.. Avanzarán los hombres en falanges, y no se oirá más que el ruido de sus pasos». Ante la majestad del Juicio supremo, ¿qué significa esta guerra, ni cien guerras, ni las riñas y trapisondas en el rebaño de Adán?

En Samsa me hospedó mi grande amigo Mohammed Requena, anciano de luenga barba blanquísima, encorvado ya por el peso de los años, pero con el entendimiento y la mirada fulgurantes de animación, viveza y gracia. Pertenece a la (p.6938) nobleza tetuaní, y en su casa conserva las llaves de la que en Granada ocuparon sus antecesores, hasta que Isabel y Fernando (¡a quienes Allah dé su merecido!) les arrojaron con Boabdil a las playas africanas. Es padre de generaciones: sus hijos y sus nietos y biznietos masculinos no se pueden contar.. Es hombre instruido: ha estado dos veces en la Meca; ha viajado por Oriente, y algo también por España y por Italia; habla regularmente el español, y es, como sabéis, buen creyente, de los que interpretan el Korán a gusto de todos. Con él he pasado las mejores horas de mi descanso, y no hay que decir que nuestra conversación ha sido un continuo girar en torno al tema de la guerra.

Debo deciros que Requena no disimula su desconfianza de que el Mogreb se sacuda fácilmente las moscas españolas. Empleó esta frase, que copio fielmente. Y la sinceridad del sutil viejo no se ha recatado para manifestarme cierta simpatía por los españoles. En mucho tiene sus cualidades de valor y de natural despejo para todo. Entre mil cosas, me ha contado que años atrás, hallándose en Ceuta, hizo conocimiento con el General Ros de Olano, Comandante entonces de aquella plaza fuerte, y quedó prendado de su cortesía. Es, según dice, hombre sabio en guerra y en paz; su instrucción abraza hasta el círculo de la religión, de la poesía, y de la historia de los pueblos antiguos, mayormente del que se llamó Roma, que luego vino a perderse como todos los imperios de grandeza desmedida. Entretenía Mohammed Requena dulcemente las horas con el Chej español, y desde aquellos días no ha pasado uno sin que le recuerde. Siente en el alma que la guerra del Mogreb con España le impida hoy bajar al llano para saludar a su amigo con la Paz y la Misericordia de Allah..

En nuestra última conversación me dijo Mohammed Requena estas palabras que jamás podré olvidar: «En toda guerra sale finalmente vencedor el combatiente que sabe más, no sólo de guerra, sino de todas las cosas de humano conocimiento, porque la guerra es un arte que pide la reunión del saber (p.6939) militar y de todos los demás saberes y entenderes. Los españoles, aunque algo alocados, saben o tienen de los diferentes saberes luces incompletas; lucecitas que todas juntas hacen un gran resplandor en las almas, por el cual se guían hacia donde está la victoria.. Y no te digo más, hijo. Anda y ve.. y tráeme pronto noticias del triunfo de nuestros hermanos.. que sobre todo lo que te he dicho está la voluntad del Excelso».

 

Ep-35-V -

¡Loor al Grande, al Justo! Sean contigo la misericordia y las gracias.

Transcurridos cuatro días gratos en compañía del bendito Requena, mina de excelencias, salí en averiguación de lo que pasaba, pues desde las inmediaciones de Samsa oíamos cañonazos y el granear de la fusilería. Bajé a campo traviesa, y pasando junto al cementerio mosaico, me encontré a mi criado Ibrahim, que volvía del campamento, y me contó las peleas de moros y cristianos en los días de mi ausencia. Sin precisar fechas, pues era mi hombre bastante torpe en el conocimiento del Almanaque, me informó de que los españoles habían rechazado a los creyentes siempre que estos quisieron estorbar sus obras de fortificación; que el día tantos llegaron al campo nuestro las tropas que manda el Príncipe Sidi Ahmet, ocho mil hombres bien armados: se les saludó con salvas y juego de pólvora. El día tal, que debía de ser día cual en el Calendario de ellos, visitó el campamento cristiano el Gobernador de Gibraltar, que no iba más que a curiosear. En todo metió las narices aquel señor, para informar a su Gobierno del armamento del Español y de cómo llevaban la guerra. En Torre Geleli se comentó esta visita como favorable: creíamos que el Inglés había de aconsejar a O'Donnell que se retirara, y no se dejase coger en la trampa que preparada le tenemos. Pero el Español, despedido el Inglés con zalemas, no tiene trazas de retirarse, y bien lo probó al día siguiente y al otro, provocándonos a batallas en que Allah no quiso favorecernos. De nada nos valió echar los facíes por la parte próxima al río, porque la Infantería del Prim no los dejó (p.6940) maniobrar, y entre tanto los batallones ligeros y la Caballería española se nos colaron por la parte alta, al pie de El Dersa. Por fin, otro día, que Ibrahim designó más claramente diciendo el bárah (ayer) , los españoles celebraban fiesta de una santa que llaman La Virgen, y no combatieron, sino que se dedicaron al rezo, poniéndose todos a mirar para la azotea de la Aduana, donde estaba el santón vestido de blanco y oro, delante de un altar.. Y atentos a los gestos del imam, se arrodillaban o se ponían en pie, y luego tocaron todas las músicas en celebración del sacrificio. Oyó contar Ibrahim que en cuanto concluían los cristianos la ceremonia que llaman Misa, degollaban en aquel altar cien carneros y veinticinco bueyes, que es la ofrenda con que obsequian a su Dios, el cual es un ídolo que gusta de ver correr la sangre en su ara.

Nada contesté a los errores y disparates de Ibrahim acerca de la religión hispana, por parecerme que constituyen un estado moral favorable a nuestra causa, y ordenándole que se fuese a Tetuán para estar al cuidado de mi casa, seguí hasta Torre Geleli, ansioso de ver al Príncipe y de comunicarnos recíprocamente nuestras ideas y observaciones. Encontrele revistando los trabajos de fortificación de su campamento, en el cual unos dos mil hombres trabajaban abriendo fosos, acumulando tierras, hacinando obstáculos en las escarpas, con piedras, matojos, enredijo de pencas de pita, raíces y cuanto hallaban a mano. Trabajaban con fe, riéndose algunos anticipadamente de la cara chasqueada que pondrían los españoles cuando se vieran enredados de pie y pierna en tales laberintos.. A Muley El Abbás le observé sereno y grave: oyó mis noticias del estado de la opinión en Tettauen, sin mostrar alarma ni abatimiento, asegurándome que había reforzado la guarnición de la plaza con gente guerrera de la mejor que tenía. Díjome luego que sabía por su espionaje la llegada de un refuerzo de tropas cristianas, llamadas Voluntarios catalanes, y quiso saber por mí qué gente es esta, de dónde viene, y a qué kabila o tribu (p.6941) de españoles pertenece.

Acudí a ilustrar al Príncipe diciéndole que esta tropa viene de un territorio hispano que se llama La Catalonia, país de hombres valientes, industriosos y comerciantes; país que está todo poblado de talleres donde labran variedad de cosas útiles, papel, telas, herramientas, vidrio y loza. Como expresara extrañeza de que los catalonios dejaran sus telares, alfarerías y fraguas para venir a una guerra en que morirían como moscas, le respondí que allí sobra gente para todo, y que los trabajadores pacíficos no temen interrumpir su faena para ayudar a los fogosos militares, pues los pueblos de Europa saben por experiencia que después de la guerra es más fecunda la paz, y mayor el bienestar de las naciones.. Dije esto dejándome llevar de una sandia pedantería, que aprendí no sé dónde ni cómo, y el Príncipe, risueño y burlón, me cortó la palabra con los movimientos dubitativos de su hermosa cabeza casi negra.

Siguiendo por el campamento atrincherado, vi los cañones en su sitio y todo dispuesto para el combate. No pude ocultar mi satisfacción: las robustas piezas me parecieron de terrible hermosura, y los artilleros que habían de servirlas eran a mis ojos los primeros del mundo. Oyó el Príncipe mis ponderativos aspavientos, y con modestia melancólica me dijo: «Ellos traen cañones gruesos de sitio, y otros ligeros que llevan fácilmente de un lado para otro. Pero sobre el bronce está la voluntad de Allah.. A los débiles hace fuertes, y a los fuertes débiles. Ya habrán visto los españoles que los moros van aprendiendo de sus enemigos, con rápida instrucción, el arte de pelear en campo abierto. ¡Ah!, ¡qué sería de los cristianos si no tuvieran de General a ese O'Donnell, hombre sereno que en los puntos y momentos de la confusión da sus órdenes con la calma del que sabe el cómo y el por qué de mover una pieza! Todo lo tiene previsto; nada se le escapa.. Las faltas que cometen los muy arrebatados avanzando más de lo preciso, las enmienda con los pasos medidos de los más prudentes.. Así es que siempre le sale la (p.6942) idea suya.. Te digo con toda el alma que para el Mogreb quisiera yo un hombre así, tan sabio y tan entendido en el mover de tropas.. Pero ahora y siempre, sobre todo la voluntad de Allah». Terminó manifestando que las pérdidas en el día 7 de Rayab (31 de Enero) , habían sido muchas por una y otra parte. En efecto: yo había visto sin fin de heridos arrastrándose o llevados a hombros por las veredas de Samsa, y en todo el campo gran número de muertos que aún no habían sido enterrados.. ¡Lleva sus almas, oh Perfecto, a los jardines de perdurables delicias!

El gozo me inundó contemplando la actividad de la muchedumbre guerrera en el campo. En los ojos de aquellos hombres, resplandecía el fuego de la fe.. Confiaban en Allah y en sí mismos. Recorrí de grupo en grupo todo el terreno ocupado por los defensores del Mogreb; vi miles de miles de musulmanes de distintas castas y familias, y en ningún rostro noté señales de desaliento. Hablaban con animación, reían, y entre las faenas obligatorias y los pasatiempos gimnásticos, ello es que tenían en continuo ejercicio sus músculos de acero. Cuando la batalla no les enardecía, jugaban a vencer o morir.

Allí estaba el Mogreb: todo lo vivo y sano de esta tierra de bendición que Allah tiene por suya. Contar los hombres que pisaban el suelo desde las alturas medias de El Darsa a la vaga corriente de Guad El Gelú, habría sido tan difícil como sacar cuenta exacta de las estrellas del Cielo. En el enjambre bullicioso distinguí las rudas facciones del bereber, de ojos encendidos y ágiles movimientos; vi los negros del Sus, de expresión triste y dulce mirar; los muladís, o mestizos de sudanés y bereber, veloces en la carrera y astutos en la intención; vi el árabe de Oriente, cuyo rostro, de belleza descarnada, trae a la memoria la imagen del Profeta, y el árabe español o granadino, de fina tez, fácilmente reconocido por su compostura aristocrática. ¡Y qué variedad de trajes y atavíos! ¡Cuánto más pintoresca nuestra tropa que la de España, en que los soldados van igualmente vestidos, como (p.6943) frailes o alumnos de una escuela eclesiástica! No son personas, sino muñecos fabricados conforme a un vulgar patrón de la industria de sastres. Aquí veo la rica variedad de colores que me dice los gustos de cada tribu y de cada país. Los montañeses del Riff traen sus pardas chilabas terrosas, para que el color les ayude a confundirse con los tonos del suelo; los más pudientes las adornan con caireles y flecos de risueños colores. Ved allí los talebes, de blanca vestidura, y los bereberes de Semmur, gustosos de que los vivos matices de sus trajes ofrezcan blanco seguro al enemigo. De esta otra parte aparecen los ricos árabes tetuaníes y facíes, con el blanco albornoz que ennoblece la figura; los negros bukaras ostentan el rojo de sus gorros puntiagudos; los del Sus visten caftanes listados de blanco y rojo, y los beni-argas y tsuliés combinan el negro y blanco.. ¡Qué armonía en esta variedad, y qué hermoso espectáculo el de tanta gente que trae a la guerra la unidad de su fe, manteniéndose cada cual en la forma y colorines que la tradición de su tribu le impone!

Cayó la noche sobre esta muchedumbre de creyentes guerreros. La oración suspiró en muchas bocas, y en la mente de todos hubo un pensamiento que salió y subió en busca del Dios Misericordioso. El bullicio se fue apagando, y la movilidad resolviéndose en quietud apacible. Unos en las tiendas, otros al raso, requerían el descanso. Yo me uní a un grupo de amigos que, arrimados a las formidables trincheras de la Casa de Assach, se prepararon a pasar la noche. En aquel grupo había soldados de indomable ferocidad y creyentes de gran virtud: uno de estos, Bu Haman, camellero que largo tiempo estuvo a mi servicio, me guardaba fidelidad y adhesión cariñosa. La noche pasamos hablando más que durmiendo, exponiendo cada cual sus pensamientos con libre franqueza. Entre las mil peregrinas cosas que oí, recuerdo una observación interesante del camellero: dijo que la noche anterior, de centinela junto al río, frente al llano de Benimadan, había visto que todos los perros de (p.6944) Tettauen pasaban por una y otra orilla en dirección del campo de los españoles. Sólo dos o tres se detuvieron en el campo moro. Hizo constar uno que los canes olfatean el buen comer y nunca se equivocan. Otro puso en duda la decantada fidelidad de aquellos animales, y yo, sin decir nada, pensé que el desfile de perros hacia el campamento cristiano era un hecho de malísimo augurio.. Mi mente se llena de dudas. Para desvanecerlas, mi memoria revuelve el Korán.. que habla de todo lo divino y lo humano.., pero no dice nada del talento de los perros.

La noche fue desapacible, por el vientecillo helado que venía del Norte. A la madrugada cayó alguna nieve, obligándonos a buscar el abrigo de una tienda. Al amanecer, el viento cambió a Levante, y la nieve en llovizna fastidiosa. Se presentaba un día de temporal, desfavorable para la guerra. Por fortuna o por desgracia, a poco de amanecer, corrió el viento a la otra banda, y el Poniente trajo sequedad y despejo del cielo.. El ¿qué pasará hoy? a todos nos tenía en gran inquietud, y el temor y la esperanza, unidos del brazo, eran huéspedes de todos los corazones marroquíes. Apenas fue de día, nuestro campo recobró la actividad de la víspera: los que tenían algo que comer, se prevenían contra el ayuno forzoso de las horas de pelea. Otros, comidos o sin comer, tanteaban sus armas y se surtían de balas y pólvora.. Recorrí todo el espacio entre la Casa de Assach y Torre Geleli, rodeando trincheras, sorteando obstáculos y metiéndome por entre las manadas de hombres afanados, inquietos. Vi a Muley El Abbás hablando sucesivamente con este y el otro Chej, con el Kaid et tabyia, jefe de los artilleros, con los diferentes kaides y bajaes de la caballería regular (Jaiali) , de los Bukaris (Guardia negra) , y de las irregulares masas de tropa (harca) que componían aquella inmensa grey. El Príncipe Ahmet salió a caballo con lucida escolta de jinetes árabes, y fue a inspeccionar la gente que acampaba al pie de la montaña.. Luego volvió a Casa de Assach. El sol se desembarazó de nubes; sus (p.6945) rayos hacían brillar las armas, y con suave picor, hiriendo la piel de los hombres, los llevaba de la ansiedad a la confianza.

Un Kaid de los facíes me ofreció caballo y armas; pero no acepté, pues no me sentía con las necesarias aptitudes de agilidad y resistencia para seguir a la Caballería en sus atrevidas carreras. No pudiendo permanecer ocioso, mi puesto no debía ser otro que las trincheras de Torre Geleli o la Casa de Assach. Acompañé al Kaid hasta las alturas que hay pasado el arroyo de Virgech: desde allí vimos que los españoles habían levantado su campamento, y marchaban ordenadamente hacia nuestras posiciones, en dos grandes masas que debían de ser los Cuerpos Segundo y Tercero. La verdad, era un espectáculo imponente ver marchar tan gran número de hombres formando líneas, que de lejos parecían trazadas sobre el papel. Avanzaban con paso tranquilo en dos enormes conjuntos de diez mil hombres cada uno. Detrás, junto al fuerte de la Estrella, quedaba otro golpe de gente, que debía de ser la Reserva. Todo lo que vi suspendió mi ánimo: era como la perplejidad calmosa con que la Naturaleza anuncia las tempestades. ¿Hasta dónde llegarían aquellos hombres, que yo veía como nube parda arrastrándose por la tierra, y que llevaba dentro de sí el rayo y la destrucción?.. Pasaron los españoles el Alcántara, sin duda por puentes que les habían construido sus ingenieros, y seguían adelante con grave marcha de gigantes, esquivando los terrenos pantanosos, pero sin perder su orden ni sus alineaciones admirables.

Desde las lomas donde dejé a los facíes, bajé rápidamente, y pasando el arroyo Virgech me volví a las trincheras que en extensa línea, con entrantes y salientes, conforme a las ondulaciones del terreno, serpenteaban de Norte a Sur, cortando el camino de Tettauen.. Seguían los españoles su marcha pavorosa, y los dos Cuerpos de Ejército se separaban más conforme iban ganando terreno. Entre ellos distinguí otro bloque rastrero y movible, más bien azul que pardo, que me pareció la Artillería montada. Detrás, a larga distancia (p.6946) de los dos Cuerpos, venía la Caballería en abierta y descomunal falange, dos inmensas filas que parecían trazadas con regla.. En nuestro campo, a medida que a las trincheras me aproximaba, advertí, más que silencio, un susurro, bajo el cual vibraba un escalofrío. Pude creer que el oído aplicaban todos queriendo escuchar el estremecimiento del suelo por las pisadas de los españoles con mesurada cadencia. Duró este susurro, a mi parecer, cerca de una hora. Los cañones de una y otra parte callaban lúgubremente.. El primer tiro lo disparó, según oí, una cañonera que subía por el Río Martín para impedir que las partidas de moros derramadas por la orilla izquierda hostilizaran a los españoles.. El avance de estos era constante, como el tormento de una idea fija.. Al segundo disparo de la cañonera, nuestras baterías rompieron el fuego contra los dos Cuerpos españoles que venían de frente. La Artillería de ellos seguía callada; la nuestra, demasiado impaciente quizás, empezó a mandar balas; pero iban tan mal dirigidas que casi todas caían en los claros de los batallones, los cuales continuaban su marcha lenta, de aterradora pesadilla, sin hacer caso de nuestra temprana furia.

Mas llegó un momento en que los españoles se detuvieron. Hallábanse en el punto preciso que su sabio General les había marcado. Amenazaban el extremo derecho de nuestra línea de trincheras. Ya les veíamos a distancia como de un cuarto de legua, o menos. De su Artillería avanzaron diez y seis cañones, que rompieron el fuego sobre nuestros parapetos. ¡Allah Grande y Justo, asiste a los tuyos! El horrible estruendo de tantos cañones de una y otra parte no puede ser expresado por ninguna voz humana.. Tan formidable sonido no parecía cosa de la tierra, sino del Cielo. En medio del fragoroso sacudimiento del suelo y vibración de los aires, vino a mi mente lo que está escrito en el Libro Santo: «El Trueno canta las alabanzas del Excelso. Los Ángeles, poseídos de terror, le glorifican. Allah lanza el rayo; ruedan las Nubes; las Tempestades repiten que Allah es inmenso en su furor».

 

Ep-35-VI -

Y (p.6947) en esto, como si de la sierra se desgajase uno de los montes más altos rodando en pedazos mil hacia el llano, vimos que se arrancaba nuestra Caballería en número de cinco mil jinetes, con infinidad de colorines y relumbrón de arreos y armas, corriendo a envolver a los españoles por su flanco derecho. ¿Cómo podrían contener los de O'Donnell este formidable pedrisco? Me han dicho que el suelo retemblaba, y que por el aire surcaban como llamaradas las exclamaciones de los jinetes, enardecidos por la fe y envalentonados por la seguridad del triunfo. Este hubiera sido grande y decisivo, si Satán, que entre las filas españolas andaba con todos sus diablos para dañar al Islam, no sugiriese a nuestros enemigos un infernal ingenio de guerra, el más indigno y bárbaro que puede imaginarse. El General de la Reserva, que me parece se llama Ríos, destacose del fuerte de la Estrella, que era el puesto que O'Donnell le había marcado, y disparó sobre nuestros cinco mil caballos, no balas o granadas, sino unos traidores cohetes que, corriendo y reventando por bajo, al modo de buscapiés, espantaban a los nobles animales y hacían imposible todo concierto en el ataque. ¡Maldito sea de Allah, y precipitado en la Géhenna (los Infiernos) , el que inventó tales aparatos de confusión y burla canallesca! Contra esto nada vale el arrojo de los guerreros más audaces, nada las órdenes, planes y reglas de batalla. Desesperados, los jefes de la Caballería gritaban que no se tuviese miedo de los estampidos de los cohetes; pero los pobres caballos, como irracionales y privados de entender la palabra humana, no podían repararse de su terror, sintiendo que por entre sus patas se enredaban todos los demonios con carcajada de pólvora restallante y corrimiento de ruidos espantosos. No obstante, trabajo le costó al Cheje Ríos, con sus cohetes y sus batallones, atajar el empuje de nuestra Caballería, aunque esta se enroscaba en sí propia, y se dio el caso de que algún jinete, medio loco, hiriese a sus propios hermanos.

Satán o Eblis y todos los genios malos, creados del (p.6948) fuego, se concordaron para ayudar a los españoles. A los diez cañones que vomitaban balas contra nosotros, otros tantos se unieron pronto lanzando granadas encendidas. Felizmente, nuestros parapetos no estaban mal armados, y el daño que nos hacían no era grande. Yo vi que a cada disparo saltaban al cielo surtidores de tierra; a veces, entre ella, un pedazo de árbol, una cabeza, una pierna de hombre.. ¡Espectáculo terrible! Otros cañones cristianos fueron en ayuda del General Ríos, que se desenredaba de los caballos moros como su Dios o Satán le dio a entender. ¡Allah le ataje pronto sus días!

Y las dos masas de Infantería cristiana se aproximaban más a cada momento, esperando que se les diera orden de atacarnos. La una ya estaba como a seiscientas varas de nosotros; la otra como a cuatrocientas. Por el lado del río también había fuego vivísimo. Un cheje español se batía con los moros de a pie y de a caballo que desde la margen del Guad El Gelú nos ayudaban, y contra estos también echaron cánones los cristianos; que en este día de ira y de fuego todo era labor de artilleros, y se creería que de la tierra brotaban las condenadas piezas de montaña. ¡Sea quemado y vuelto a quemar infinidad de veces en el Infierno el que inventó estos execrables tubos de bronce, que traerán, si Allah no lo remedia, el acabamiento de los hijos de Adán!

Por lo visto, los españoles querían inutilizar nuestras baterías antes de atacarnos cuerpo a cuerpo. Mas no era fácil, no era nada fácil, ¡ira de Allah!, porque los parapetos de tierra, dirigidos en su ejecución por sargentos ingleses, presentaban admirable defensa para los cañones y los sirvientes de estos. El fuego continuo de los enemigos nos mataba mucha gente; pero no lograba inutilizar nuestras piezas.. Estas callaban algún rato, por falta de sirvientes; pero luego volvían a soltar su tremenda voz en los aires inflamados. Señal indudable de intervención del pérfido Eblis en contra nuestra fue que una granada cristiana, en vez de caer en la contra-escarpa, se metió muy adentro, guiada del infernal espíritu, y vino a (p.6949) reventar en el propio depósito de nuestra pólvora. Quemose esta de una vez, escupiendo al cielo un pavoroso y horrísono volcán. ¿Qué mayor prueba de que los genios del mal tenían hecho trato con O'Donnell y servían a España como traicioneros y burlones diablos?

El maldito, el infiel O'Donnell no se apartaba un punto del pérfido plan que había compuesto para perder al Mogreb. Su titánica Infantería, poca cosa como quien dice, la friolera de treinta y dos batallones, continuaba impávida detrás de las baterías, aguardando a que estas hicieran el mayor estrago posible. La tenía el Gran Español como trincada y sujeta con inmensa rienda, y aunque ella quería embestir, no la dejaba el muy perro. Los cañones, que a cada instante crecían en número, como si salieran de la tierra, continuaban abrasándonos en toda la línea.. Las trincheras de Casa de Assach, donde estaba el príncipe Ahmet, eran las que más quebrantadas parecían por el cañoneo incesante.. Llegó, por fin, el momento que el sagaz O'Donnell esperaba, el momento de la madurez, o sea cuando nos halláramos en punto de cochura, como quien dice, para ser comidos calentitos. Las vibrantes cornetas de ellos, y las músicas para que nada faltara, dieron a una la señal de ataque.. Ello fue cuando la Infantería se hallaba a la distancia precisa para poder llegar de un aliento a nuestras posiciones.. Quien pudiera ver desde los aires la veloz carrera de los treinta y dos batallones desplegados como por encanto en una línea de extensión poco menor de media legua, vería un espectáculo tan horrible como grandioso. ¡Inmenso choque de la vida y la muerte! Por la parte que yo vi, puedo imaginar el conjunto de esta feroz acometida de hombres contra hombres. Y para que no dijesen los soldados que sus jefes les mandaban a morir, quedándose ellos en el seguro, delante de las masas de infantería venían los Generales gritando: «Avante, hijos.. Carguen..A ellos..».

En el lugar donde yo estaba, junto a Casa de Assach, me tocó ver a O'Donnell, a quien nunca había visto.. Le vi trayéndose detrás una ola de furiosos hijos (p.6950) de Adán discípulos de Cristo, hombres mil vestidos del pardo poncho, con los casquetes o roses echados atrás, y la fiera bayoneta relumbrante al sol, apuntando a los pechos y a las barrigas de los pobres hijos de Adán que éramos discípulos de Mahoma.. Y pude observar en aquella visión de relámpago, que era el llamado Gran Español un diablo largo y rubio, de tez enardecida por el fuego de su sangre hirviente.. Y visto un instante, ya no le vi más, porque tuve que poner mis ojos en el pedazo de tierra por donde yo debía escabullirme para librar mi cuerpo del horrible filo de las bayonetas.. Recuerdo bien que hice fuego sobre los enemigos que se colaban en nuestro campo, salvando las trincheras; y no disparé una sola vez, sino dos o tres; y no mentiría si asegurase que maté, o herí por lo menos gravemente, a uno, quizás a dos.. Pero considerándome yo también hijo de Adán, y acordándome de Puerta de Dios (Bab-el-lah) y de mis adorados hijos, creí que era un deber conservar la existencia, o que mi muerte no habría de traer ya ninguna ventaja al apabullado Islam.

Y así como yo vi al máximo diablo O'Donnell echarse con su caballo sobre nuestras trincheras, trayéndose detrás el huracán de sus tropas, otros me han contado que vieron al Eblis Prim en tal punto de la línea, y al Eblis Ros de Olano en tal otro.. Diablos eran todos, y cada soldado echaba fuego por los ojos, fuego por la bruñida bayoneta, y fuego escupían de su boca en bárbaras y blasfemantes expresiones.. En medio de la confusión de nuestro campo, viéndome obligado a no estar ocioso y a no escapar cobardemente, imité a los chejes que vi cerca de mí, y como ellos, dediqueme a dar palos sobre los infelices que retrocedían.. ¡Atroz revoltijo de pelea, y espantosa algarabía de voces y tiros, de cañonazos próximos y lejanos! Llegué a perder toda orientación y a no saber dónde me encontraba. Yo no sabía hacia qué parte caía Tettauen, pues creí verla por el lado del Río Martín, hacia la mar salada; me figuré que las olas ocuparían el sitio del enhiesto Djibel Musa, y que este se había ido de paseo por (p.6951) la banda de Oriente.. En fin, ni Norte ni Sur había ya para mí, y tierra y cielo cambiaban de sitio.

Las feroces luchas cuerpo a cuerpo eran aquí y allá favorables a los españoles. Muchos de estos avanzaban como locos campo adentro.. Vi muertos a los que un momento antes había visto vivos, gritando y matando. Caídos vi moros o cristianos, que volvían a levantarse, teñidos de sangre, para caer de nuevo.. No sé por qué parte.. debía de ser por la parte de El Dersa.. moros a caballo y a pie se alejaban de la refriega.. Mirándoles, sentí vehementes ansias de tomar aquella dirección; pero no me determinaba. Seguía yo sacudiendo a los flojos, y recordándoles con ardiente palabra las dulcísimas venturas que encontrarían en los jardines paradisiacos si se dejaban morir por el Mogreb.. Pero, la verdad, no se convencían fácilmente, y, sin quererlo yo, me transmitieron su desánimo. Confieso, señor, sin avergonzarme que la seguridad de la inmortal dicha cautivaba mi espíritu menos que las imágenes de la felicidad temporal y transitoria, accesible en este mundo. Todas mis ansias eran para mis hijos y para Puerta de Dios (Bab-el-lah) .

En esto, como desmayase yo en apalear a los que volvían al enemigo la espalda, en la mía descargó furiosamente su garrote un kaid desconocido y bárbaro. No fue preciso más que para que siguiese yo el ejemplo de muchos moros principales, o no principales, que quisieron acortar la distancia entre el campo de muerte y la montaña de salvación. A huir me impulsaba, más que el horror de la matanza, el furibundo miedo que tomé a los rostros de los españoles. Ni los cadáveres que pisábamos, ni el espectáculo de los hombres que yacían expirantes, con la cabeza hendida, el vientre rasgado, algún miembro separado del tronco, entre charcos de sangre, me causaban horror tan intenso como los rostros de los españoles vivos que iban entrando en nuestro campo y posesionándose de él. Y si alguno me miraba, mi pánico me hacía buscar un agujero donde esconderme, o ancha tierra por donde correr.. No (p.6952) puedo darte, señor, explicación de esto, pues yo mismo no lo entendía ni lo entiendo. Ello debió de ser obra de los genios malvados que, invisibles entre nosotros, nos llevaron a la catástrofe, aflojando nuestra valentía; y no satisfechos aún, querían volvernos locos para que los cristianos nos destruyeran en la confusión de nuestra retirada.

Ya iba yo más allá de Torre Geleli, faldeando con paso vivo la montaña, cuando otros infelices que a mi lado pasaron a todo el correr de sus ágiles piernas, profirieron blasfemias horribles, natural desahogo de la vergüenza y humillación que todos sufríamos. Lo peor, Señor, fue que yo también blasfemé: mi lengua, como máquina obediente a las soeces exclamaciones que me entraban por los oídos, pronunció también voces y frases altamente ofensivas para el Poderoso Allah, Dios Grande y Único.. Entiendo, Señor, que en aquel trance de tanta turbación y amargura, mi lengua emancipada y sola, sin estímulo del pensamiento, echó de sí las atrocidades que confieso ahora para que veas mi pecado y me ayudes a obtener el perdón. Oyendo las perrerías que los otros decían de Allah por haber consentido a los ángeles maléficos la derrota del Islam, yo le llamé cochino, nombre que dan los cristianos al inmundo animal cuya carne nos está vedada por enfermiza y corruptora de nuestra sangre.. Y para acabar de arreglarlo, voces españolas de mal gusto se me escaparon de la boca, como calzonazos aplicado al Sumo Creador, y cabrón o macho cabrío, con que desvergonzadamente motejé al Profeta.. Pero estábamos ebrios de despecho y vergüenza, y no sabíamos lo que decíamos; casi no éramos responsables de tan nefando sacrilegio, y Allah, que nos oía, porque todo lo oye y lo ve, debió de menear la majestuosa cabeza, y esclarecer todo el Universo con una indulgente sonrisa.. ¿Verdad, Señor, que si Allah nos condujo al desastre fue porque así nos conviene? ¿Verdad que ha querido castigarnos por nuestra poca fe y el descuido de las prácticas religiosas? Así lo pensé yo (p.6953) por la noche, y me privé del descanso y sueño para implorar el perdón de mi culpa, y reconocer humildemente la Sabiduría del Creador y Ordenador de todas las cosas.

Y dicho esto en descargo mío, sigo contando. Íbamos en gran desorden, temerosos de que el cañón cristiano nos diera la despedida. Faldeando el áspero monte frente a la Alcazaba, saludábamos tristemente a la blanca paloma que pronto había de ser esclava del soberbio Sbañul. No vi al Príncipe Ahmet, que era de los que habían tomado la delantera para llegar pronto al descanso; al otro Príncipe, a mi amigo Muley El Abbás, sí pude verle, y aun cambiar con él afligidas palabras. El noble señor se cubría el atezado rostro con un pañuelo, para que no viéramos las lágrimas que de sus ojos echaba. Hombre de tesón militar y de ardiente patriotismo, no hallaba consuelo a su dolor y vergüenza, como no fuera en la santa religión. «Dios lo ha querido -me decía-. Nada podemos contra Dios.. El Mogreb es vencido por la tibieza de nuestra fe.. No acuden como debieran los voluntarios musulmanes a la guerra santa.. Mahoma está perplejo, Allah muy enojado..».

Andando sin parar, oí de labios de mis compañeros de fuga las opiniones más estupendas. Bu Haman, el que fue mi camellero, nos explicó el desastre con un criterio teológico muy peregrino. Aficionado el hombre a leer las Escrituras, blasonaba de muy sagaz en la interpretación de las causas divinas que producen los efectos humanos. No nos había derrotado Allah deliberadamente para castigarnos por nuestra falta de fe: la fe crece como planta lozana en el Mogreb. Nos habían derrotado los genios rebeldes burlando al Poderoso. El Dios Único, al crear a estos malditos seres incorpóreos formándolos del fuego, les dio la facultad de introducirse sin ser vistos en el Paraíso, y de poder escuchar lo que el Dios Único habla con los bienaventurados. Así se enteran de los secretos divinos, y luego bajan a la tierra y arman sus enredos. «Si Allah no hubiera dado a los genios malos la facultad de oír lo (p.6954) que se dice en el Cielo, no pasarían estas cosas.. Los tales escucharon lo que Dios decía del plan de guerra de los españoles y de lo que pensado tenía para desbaratarlo.. ¿Qué hicieron entonces? Pues descolgarse a la tierra y sugerir a O'Donnell que cambiara de plan..». Sin duda el buen Bu Haman se había vuelto loco de la irritación y furia del combate, porque sólo a un demente se le puede ocurrir el sacrílego disparate con que terminó su explicación. «Creedme: lo que debe hacer Allah Grande y Único, en casos de una batalla que compromete la suerte de su pueblo, es callarse.. callarse, digo, y no revelar su pensamiento a los rostros blancos (bienaventurados) que van a preguntarle: ¿qué hay, Señor?, ¿qué has resuelto?..». Si sabe Allah que los genios rebeldes tienen facultad de esconderse y oír, ¿para qué habla?.. Adorémosle con un nuevo nombre: El Silencioso.

 

Ep-35-VII -

Al caer de la tarde, entre cinco y seis, cuando ya el sol trasponía, dorando las cumbres de El Dersa, nos tiramos al suelo en un recuesto seis o siete hombres que caminábamos juntos. El herido que dos de nosotros transportábamos por turno se nos quedó muerto, y desembarazados de la carga (dejándole junto a un árbol, acompañado de otros que los delanteros soltaban conforme morían) nos dimos un rato de reposo. Boabit Musa, comerciante de Rabat, amigo mío, sacó del zurrón con su mano ensangrentada unas naranjas que repartió, y chupando su ácida frescura departimos sobre lo pasado y lo futuro. Bu-Haman se lamentó de que en poder de los cristianos quedase el sin fin de tiendas de nuestros cuatro campamentos, y las provisiones ricas que en ellas teníamos. Era un dolor perder tanta riqueza y hermosura. El Yemení, negro del Sus, no podía echar de sí la visión horrible del furioso ataque de los españoles. Lo que vio en aquellos momentos de sublime espanto, quedó impreso en sus ojos, y del espanto no se aliviaba sino refiriendo lo que aún veía. Y con tal viveza lo narraba, que los demás creíamos haberlo visto. En la tronera o boquete del parapeto (p.6955) estaba El Yemení cuando Prim, con gallardo atrevimiento, se metió a caballo en nuestro campo. La sorpresa misma de tal audacia impidió matarle en el instante de su aparición. Luego se fue a él, yatagán en mano; pero a punto entraron detrás de Prim seis, ocho, diez de aquellos voluntarios que llaman catalonios, hombres fornidos, con un gorro morado y luengo a manera de bolsa, que les cae para delante o para detrás según mueven la cabeza.. Ha contado El Yemení que él solo mató a cuatro de aquellos malditos, hundiéndoles su cuchillo en el vientre o en el costado.. A uno de estos lo mató en el mismo momento en que él mataba a un riffeño. Fueron dos muertes entrelazadas, como las rayas de un arabesco.. Antes de esto vio a los catalonios de las primeras filas caer en un charco de agua honda, y sobre los cuerpos caídos pasar los demás como por un puente.. En esta disposición los fusilaban desde el parapeto, cuando se metió Prim como un terrible diablo contra el cual nada podían. Llevaba consigo un espíritu malo, pues le tiraban golpes y tiros, y no podían herirle.

Y Boabit Musa refirió que de los gigantes catalonios habían muerto la tercera parte, o más, pues caían como moscas. En una trinchera de Casa de Assach había visto a O'Donnell echando llamas por los ojos y por la boca. Podía jurarlo.. Una compañía de cazadores había entrado tras él. Mataron moros muchos; pero estos no se dormían, porque allí quedó el capitán de la compañía, todos los sargentos, y más de treinta soldados. Boabit mató cuantos quiso, y de ello estaban sus manos teñidas de sangre. Otro que venía con Boabit, y que yo no conocía, refirió que en Torre Geleli entró un General, que según dijeron es hermano de O'Donnell, llevando consigo un batallón, del cual murió la mitad para que la otra mitad pudiera llegar hasta la misma Torre. Al que esto contaba le diputé por renegado, fijándome en las exclamaciones españolas que entre frase y frase ponía. Interrogado acerca de su condición, nos reveló su origen cristiano, y yo caí en la cuenta de que él fue (p.6956) quien, al iniciarse la retirada, blasfemó al lado mío, haciéndome blasfemar a mí. Aquel maldito español fue el causante de que mi boca se disparara en insultos desvergonzados contra el Excelso.. A pesar de esto, quedamos amigos, y como El Gazel, que así se llama, dijese que en cuanto fuera de noche entraría en Tettauen, donde tenía que mirar por algunos efectos de comercio guardados en su almacén, entre ellos tres sacos de almendra, me animé yo a ir con él, pues me convenía dar un vistazo a mi casa y a mis sagrados intereses.

En esto llegaron otros amigos, de los últimos en la fuga, y con ellos venía Sid Afailal, hijo de un famoso sheriff y más aficionado a la Poesía que a la Guerra. Venía como loco, dando gritos y extendiendo los brazos, ya para increpar a los que entregaban al cristiano la bella ciudad, ya para dirigir a esta, que entre sombras se veía melancólica, dulces requiebros amorosos. Callamos oyéndole, pues aquel hombre que clamaba con poéticas voces en medio de los caminos, poseía seductora elocuencia; los heridos se reanimaban oyéndole, y hasta se creería que los muertos ponían atención al vago discurso difundido en la noche. Leed aquí, señor, lo que el mágico poeta cantaba con entonación solemne que a todos nos hizo derramar llanto de ternura: «Dime, Allah, ¿por qué has desbaratado el Ejército de la Fe?, ¿por qué lo has expuesto a tantas calamidades?, ¿por qué has rebajado una tan gran dignidad entregándola a un enemigo que no vale ni sus desperdicios?». Así declamaba con mística exaltación, mirando al cielo, elevadas con rigidez ceremoniosa las palmas de sus manos. Luego se volvía hacia Ojos de Manantiales, y con plañidera y delgada voz le decía: «Tú, que has sido siempre pura como paloma blanca, o como el turbante del Imam en el Mumbar (el sacerdote en el púlpito) ; tú, que eras un jardín espléndido y hermoso, cuyas flores sonreían de felicidad como un lunar en la mejilla de una desposada; tú, cuya belleza es superior a la de Fez, Egipto y Damasco, ¿qué es ahora de ti?». Oyendo estos bellos canticios, (p.6957) lagrimones como puños brotaban de nuestros afligidos ojos, y el pecho senos oprimía. Volvíase luego el poeta hacia nosotros, y nos declaraba que Tettauen era víctima del mal de ojo, y que padecía la misma suerte que la fabulosa heroína Zarka El Jamama. Los españoles no eran más que unos infames hechiceros que habían hecho mal de ojo al Islam.. La emoción no nos permitió añadir comentario alguno a las sublimes inspiraciones del tierno poeta, que luego se volvió otra vez hacia la ciudad arrancándose con esto: «¡Oh país de la felicidad y del placer! Si la estrella de tu buena suerte se ha eclipsado ante los resplandores de otra estrella de fatalidad, pronto nacerá una luna que con su esplendor borre las tinieblas presentes». Esto dijo el exaltado poeta. Le besamos la orla de la chilaba, y él siguió, hasta encontrar más moros fugitivos a quienes obsequiar con las mismas cantinelas.

Cuando le vio lejos, Bu-Haman me dijo: «Yo soy el único que no se ha conmovido con los gritos de este farsante. Ya sabes que el Korán habla pestes de los poetas. Los demonios malos inspiran a los hombres mentirosos, estos a los poetas que andan declamando por los caminos, y a los musulmanes extraviados que les aplauden y los siguen».

A esto replicó El Yemení que los poetas deben ser oídos con deleite y respeto, porque a ellos desciende el espíritu de Allah. El que acabamos de oír, Sid Afailal, es hijo de un veneradísimo Sheriff el-baraca, llamado así porque Allah le ha concedido la facultad de hacer milagros. Puede hacer todos los milagros que quiera; pero él es tan modesto que nunca los hace, o los hace en familia, para que no sean milagros públicos.. Algo dijo el camellero Bu-Haman sobre la milagrería corriente en el Mogreb; pero no pudimos enredarnos en discusiones sobre tan grave punto, porque los compañeros querían seguir para reunirse a los Príncipes y acampar con ellos. El Gazel y yo les deseamos la paz en el paso del arroyo de Samsa, y retrocedimos, entrando en Tettauen por la Puerta de Fez.

¡Allah soberano, Allah (p.6958) justiciero! Descienda tu infinita misericordia sobre la muchedumbre de nuestras iniquidades, y lávanos de ellas.. No tenemos palabras con que implorar tu clemencia al ver los infortunios que ha derramado tu justicia sobre la inocente Tettauen. ¿Por qué, Señor, desatas sobre tu hija predilecta las furias del Infierno? ¿Quiénes son estos enemigos que la hieren, la deshonran y la ultrajan? No son, ¡ay!, los feroces secuaces del Hijo de María, no los infieles, no los idólatras, sino nuestros propios hermanos, o quizás genios diabólicos disfrazados con figura y rostro del Islam.

No habíamos dado veinte pasos en el interior de la ciudad, cuando vimos los efectos del plebeyo desorden que en ella reinaba, y mi compañero, el renegado El Gazel, cuyo verdadero nombre es Torres, sin poder reprimir el grito de la raza que del alma le salía, exclamó en español: «¡María Santísima.. tenemos aquí la canalla!.. Me cisco en Allah y en la pendanga de su madre. ¿Pero no ves, no ves? Por aquí ha pasado el demonio».

Exhortele yo a ser más comedido y limpio en su lenguaje, y seguimos por las calles tenebrosas, tropezando en objetos mil abandonados, en figuras yacentes que exhalaban quejidos, en muertos que no decían nada, en escombros y maderas a medio quemar. Ante tanta desolación, no tuve otro pensamiento que dirigirme a mi casa, próxima al palacio Imperial. El Gazel corrió a la suya, cerca de la gran Mezquita. Nos separamos.. Al pasar yo por la Alcaicería, halleme entre un miserable gentío que con grande algazara se arremolinaba en torno a una puerta, de la cual salía humo. Mujeres, viejos y chiquillos clamaban desconsolados. Los bárbaros montañeses habían huido por Bab Eucalar después de pegar fuego a varias casas, llevándose lo que de algún valor encontraron en ellas. Ansioso de llegar a la mía, tuve la suerte de encontrar a Ibrahim, que me anticipó la tranquilidad que yo buscaba.. Ningún atropello había sufrido mi vivienda, según me contaron mis sirvientes y la esclava, por lo cual me apresuré a dar gracias a Dios (p.6959) pidiéndole además que en lo restante de la noche me librara de toda maldad.

Díjome Ibrahim que Muley El Abbás acamparía probablemente a orillas del Busceha, y que sus tropas no guardaban ninguna disciplina. Multitud de montañeses se habían quedado en las afueras de Tettauen, por Occidente, y cuando les parecía bien entraban en busca de comida, muertos de hambre y locos de rabia. Al tiempo que esto escuché, oí el cañón de la Alcazaba, que con jactancia estúpida seguía mandando balas al campo español, horas antes campo moro, seguramente sin hacer daño alguno, pues las balas habían de caer frías y desmayadas como las maldiciones del vencido moribundo. Al ser conocida la derrota de los musulmanes, había en la ciudad partidarios de la resistencia; pero después de los escandalosos desmanes ocurridos al anochecer, ya no hubo ningún tetuaní de mediano pelo y posición que no deseara la entrada de los cristianos.

Informáronme también mis servidores de que multitud de menesterosos moros y hebreos habían ido a mi casa durante el día, creyéndome allí, en demanda de socorro. ¡Infelices! Conocían el fervor musulmán con que practico la limosna, y acudían a mí. Sólo restos guardaba mi despensa; pero de ellos participaron los que padecían hambre. Mis criados hicieron lo que habría hecho yo si presente estuviera. Entre los pedigüeños estuvo la hechicera Mazaltob, que reiteró sus ansias de verme y hablarme. Creyendo que la engañaban al decirle que estaba yo en el campo de batalla, se metió por todos los aposentos y rincones en busca mía. Lo que buscaba no encontró; pero sí un gran trozo de mharsha (pan de cebada) como de media libra, y unos pastelitos dulces y ya revenidos (el macrod) . Todo se lo apropió gozosa antes que se lo dieran, y partió veloz, dejando en mis criados la mala impresión o sospecha de que, al recorrer sola las estancias, patios y corredores, pudo dejar en alguna parte de mi vivienda la huella maligna de su espíritu dado a los demonios. Sobre este punto tranquilicé a mis buenos sirvientes, (p.6960) asegurándoles que mi fe musulmana es escudo mío y de mi familia contra las asechanzas de los hijos del fuego.

Largo rato estuve en mi casa, meditando en las calamidades horrendas que Allah nos enviaba como llamas de purificación, y buena parte de aquel rato dediqué a implorar la clemencia del Augusto Criador por el pecado de ultrajar su nombre con dicterios inmundos, al lanzarme a la fuga después de la batalla. Cumplidos este deber y el de mis abluciones, tomé algún alimento para repararme de tanta debilidad, me vestí de limpio, y salí acompañado de Ibrahim, el cual me indicó que en la morada de Ahmed Abeir se congregaban los principales de la ciudad para ver qué determinaciones se tomarían ante el peligro de los desmandados riffeños por una parte y de los cristianos por otra. Palpando la obscuridad avanzamos por las angostas calles; a cada paso nos detenían informes bultos yacentes, otros movibles. Uno de estos, que nos infundió pavor supersticioso, resultó ser un pobre burro abandonado. El hambriento animal fue largo trecho detrás de nosotros, como pidiéndonos que le diéramos de comer. No me sorprendió la escasez de perros en las calles: los suponía, según el dicho de Bu-Haman, apegados a las abundancias del campamento español. A lo mejor, de los montones de escombros o de muebles hacinados salían lamentos débiles, la voz ahilada de algún mendigo anciano, o de pobres ciegos que imploraban socorro. Limosna de pan querían, no de dinero, y aquella no podía yo dársela, porque el comercio estaba paralizado y en las tiendas no había provisión de ningún comestible.

Para ir a la casa de Ahmed Abeir, que vive cerca de Bab-el-aokla, habíamos de pasar por el Zoco. Allí nos salieron al encuentro moros haraposos y judíos de ambos sexos gritando con voces desesperadas: «Paz, Señor. Abrir puerta españoles». Esta súplica vino a mis oídos en las dos lenguas, árabe y judiego-española, y en las dos contesté yo: «Confiad en la autoridad, que resolverá lo que convenga». Mi respuesta les (p.6961) exasperó más, y allí fue el maldecir a Muley El Abbás, al Bajá, y a los hombres tercos que, guarecidos en la Alcazaba, sostenían una sombra de poder irrisorio.. No era mi ánimo detenerme a escuchar lamentaciones agoniosas, ni relatos de desdichas que no podía evitar. Pero me vi rodeado de pobres viejos moros, del comercio menudo, amigos y clientes míos, que lloraban por sus miserables tiendas del Zoco, saqueadas y destruidas aquella tarde. Habían llegado al punto anímico en que el sentimiento patriótico se contrae, se aniquila, desaparece, quedando en su lugar y dueño de toda el alma el sentimiento de la subsistencia y de la propiedad. Los que dos días antes llamaban perro al Español, ahora claman por él, pues aun siendo perro había de traer comida, y otra cosa que ellos no aciertan a definir, y es algo semejante a lo que los europeos llaman Orden público. «Que vengan -gritaban-, que vengan con justicia, y al ladrón, palo mucho».

Una mujer me tiró del jaique. «¿Eres tú Noche? ¿Y tu hermana Tamo? ¿Y tu padre Ha-Levy?». Con voz turbada, tartajosa, que expresaba el hambre en cada sílaba, la infeliz Noche me contó que ellas y su padre habían intentado la fuga, denque supieron perdida la batalla; pero en Bab Eucalar toparon una turbamulta que las metió para adentro. No eran montañeses todos los que entraban atropellando con griterío. También venían entre ellos mancebos tetuaníes de los que andaban en la guerra.. Furiosos, insultaron a las dos hermanas tirándoles de la justata para desnudarles la pechera, y al padre le agarraron de las barbas canas sin respetar su vejetud.. La pobrecica Tamo, al volver a casa, se había caído en un montón de maderos, desgobernándose un pie, y estaba cojosa; a su padre, cuando pasaban por el Zoco, un tropel de moríos jóvenes quiso tirarle a tierra, y uno de ellos le aderezó un palo en la cabeza, de lo que ha quedado el pobre adolorado, sin judicio.. En la casa no habían dejado los robadores ni una hilacha. Todo, menos el oro que estaba soterrado, se lo (p.6962) llevaron. Tamo y Noche con su padre se habían refugiado en casa de Ahron Fresco, aonde juntadas familias muchas, podían defenderse si otra vez tornaban los malos. Lo que a todos más agobiaba era no tener nada de comida, pues a ningún precio se encontraba.

«¿Pero nada tenéis que pueda serviros de alimento -le dije-: higos, mojama, el gato?..».

-Nada hay en nuestra casa ni en la de Fresco más que las drogas que vendemos: azufre, aloes, incienso, agalla, matalahúva y zarzaparrilla.. Con algún enjuagatorio de esto, refrescación de tripas, vamos engañando el hambre.. Ven y verás nuestra miseria. (p.6963)

Respondile que no podía en aquel momento ir a su casa, por tener que personarme en la de Ahmed Abeir, donde los Principales estaban reunidos. Allí acordaríamos algo que aliviase la miseria y previniera nuevos desmanes. Seguí mi camino, apartando a un lado y otro los grupos de hambrientos y llorones. En casa de Abeir hallé unos catorce individuos, de posición los unos, otros dedicados al transporte comercial, como el renegado El Gazel (Torres) . En pocas palabras me informó el dueño de la casa de que se había llegado al acuerdo de enviar al campo español, al día siguiente, una comisión de cinco vecinos con el fin de ofrecer a O'Donnell la entrega de la ciudad, siempre que el General español prometiese respetar vidas, haciendas y religiones. Más de tres y más de cuatro dijeron que en la embajada debía ir yo, a lo que me negué, alegando que he tenido cuestiones desagradables con españoles del comercio de Ceuta y de Algeciras, y que sonaría mal en los oídos cristianos el nombre de El Nasiry. Razones di con fundamento lógico y hasta con elocuencia, y por término de mi perorata propuse que fuese Torres en la embajada. Así se acordó. ¡Loores mil al Poderoso Allah!

Habíamos determinado lo que te escribo, ilustre Señor, sin contar para nada con los locos que aún seguían presumiendo y fanfarroneando en la Alcazaba. Mas era preciso que nos (p.6964) armáramos de valor, y nos atreviéramos a decirles que se retiraran dejándonos dueños de la plaza. Con otros dos fui comisionado para poner en conocimiento del Bajá y su tropa la destitución que acordó la Junta del Pueblo, cosa desusada en nuestras historias, y una novedad más que aprendíamos de los españoles. ¡Sobre todo los designios de Allah!

¡Con doscientos y el portero!, no me acobardé ante las dificultades de mi comisión, ni tampoco los que en ella habían de ser mis compañeros. Pero sucedió lo más inesperado y peregrino, pues sin duda Satán, que nos había hecho tan malas partidas en el curso de la batalla, también en aquella tristísima noche de la ciudad, ni vencedora ni conquistada, tramó los mayores enredos que pueden imaginarse. He aquí que apenas salimos a la calle los tres comisionados para colgar el cascabel en el pescuezo de los de la Alcazaba, oímos estruendo terrorífico de voces y vimos por encima de las azoteas resplandor rojizo de incendio.. Corrimos hacia el Zoco, de donde al parecer venían la bullanga y el resplandor, y al pasar por un pasadizo cubierto de los que en la ciudad tanto abundan, distinguimos un bulto negro y pavoroso que hacia nosotros venía en la actitud más amenazante. Íbamos armados: requerí una pistola, di la voz de ¡quién vive!.. Como no nos respondiera el terrible sombrajo negro, ya los tres en concertado movimiento nos lanzábamos hacia él, cuando del bulto mismo salió un formidable rebuzno que al primer sonido nos hizo estremecer de susto, después de admiración.. Caso fue sobrenatural, según dijo uno de los tres, que creía en el poder de los genios maléficos para transformarse en pollinos. Era el infeliz asno que yo había encontrado no lejos de mi casa, y que recorría la ciudad buscando algo que comer. Más afortunado que los habitantes de la raza de Adán, aquel descendiente de la burra que habló, según nos dice el Pentateuco, había encontrado entre las basuras y escombros un montón de paja, en el cual metía con delicia sus desocupados dientes. Rebuznaba de (p.6965) júbilo triunfal.

 

Ep-35-VIII -

¡Bendito Allah, confunde a los injustos, que no creen en tus signos! ¡El ángel Malek, encargado de tus castigos, les dé a beber el agua hirviente!.. ¡Horrible espectáculo se presentó a nuestros ojos en el Zoco y puerta del Mellah! La canalla que en las angustias de la ciudad hallaba ocasión para sus tropelías entró a media noche, cebándose en los pobres hebreos. Buscaba el dinero escondido, y no hallándolo, apaleaba a los hijos de Israel, sin respetar mujeres ni ancianos. Cuando yo llegué, algunos de aquellos desalmados habían huido ya, llevándose ropas y cuanto encontraban de fácil transporte; otros trataban de pegar fuego a las casas hacinando paja y la madera vieja y las astillas de los tenduchos destrozados. En el barullo perdí de vista a mis compañeros; pero la suerte me deparó a Ibrahim: él y yo acudimos con palos a dispersar a la chusma, que las armas no eran del caso contra malhechores cobardes que huían a cualquier intimación de hombres decididos.. Quiso Allah que de súbito se nos unieran tres fornidos moros de buen porte que llegaban de la Alcazaba, y entre todos pudimos dar su merecido a los que avivaban la hoguera y metían haces encendidos dentro de las casuchas pobres.. De pronto, de lo más recóndito del Mellah nos llamaron voces de angustia.. Corrimos allá. Una cuadrilla de montañeses audaces y bárbaros, indómita plebe del Riff, sacaba de una de las casas más escondidas del barrio (a la derecha conforme entramos) a una pobre mujer, que si no salía ya muerta, poco le faltaba. A rastras la traían, vociferando. La pobre víctima, magullada en rostro y brazos, y teñida de sangre, no podía ya ni soltar el aliento para pedir socorro. Otras mujeres hebreas clamaban tras ella, y ningún hombre de su raza sabía salir gallardamente a su socorro..

Te confieso, Señor, que me quedé espantado al reconocer en la tan cruelmente arrastrada mujer a la hechicera Mazaltob. El espíritu de caridad surgió en mí con irresistible fuerza, y sin acordarme de que la impostora me había ofendido, ni reparar en (p.6966) su raza usurera ni en su religión condenada, me fui contra los verdugos, y a uno le di un tajo en la cabeza, a otro tiré al suelo, y me harté de patearle mientras mis compañeros arremetían contra los demás y les ponían en rápida dispersión. Con mano generosa levanté del suelo a la embaidora diciéndole: «No por tu maldad ha de negarte el buen musulmán auxilio piadoso, que mi Profeta me ordena perdonar las ofensas y dar socorro al enemigo acosado de ladrones». Lleváronla adentro, y en las pestíferas estancias la metieron mujeres compasivas, a las que recomendé que le aplicaran a los cardenales y magulladuras paños con vinagre.. Y si vinagre no tenían, que fueran a buscarlo a mi casa, donde en abundancia lo hay. ¿Verdad, señor y amigo mío, que obré como buen musulmán y fiel seguidor de las máximas divinas? No fue mi conducta inspirada de la jactancia ni de la ostentación, que esto habría sido como echar simiente en pelada roca, sino de la compasiva piedad, que es como sembrar en terreno blando y fértil.. «Los que no tengan piedad del débil, se nos ha dicho, aunque este débil sea idólatra o desconozca los signos de Dios, no entrarán en los jardines refrescados por corrientes de agua y embalsamados por un aire que lleva en sus átomos todas las delicias».

Los tres moros venidos de la Alcazaba, Ibrahim y yo, formábamos ya un núcleo de fuerza y autoridad que podría dominar la situación, si otros moros se nos agregaban. Les propuse que en unión de los dos compañeros que habían salido conmigo de la casa de Abeir nos constituyéramos en fuerza pública para mantener el orden al uso europeo, en nombre de nuestro Señor el Sultán. Antes de escribir aquí su respuesta, debo decirte que dos eran negros del Sus, el otro kaid-et-Tabyia (jefe de artilleros) , y a mi parecer (perdóneme Allah) entendía tanto de manejar cañones como yo de afeitar ranas.. Pues a mi propuesta de subir a la Alcazaba respondieron que ya el Bajá y los demás hombres que en la fortaleza servían se habían retirado, saliendo por Puerta de Fez, o permaneciendo en la (p.6967) ciudad en espera de los acontecimientos.

«Según eso -dije yo-, podremos subir a la Alcazaba y tomar posesión de ella».

-No es cosa fácil -respondió uno de los negrazos del Sus, tan grande como algunas casas del Mellah-, porque en cuanto desocupamos nosotros la Alcazaba, cual bandada de ratones se metieron en ella los montañeses libres, de estos que no reconocen ley, de estos que aquí roban y hacen maldades muchas. Metidos en la Alcazaba, ¿quién sino ellos dominará la ciudad?

-Y qué quieren: ¿rendición?

-No rendición quieren, porque los españoles cortarían sus cabezas.

-¡Y vosotros y yo y otros amigos que encontraremos, no somos capaces de cortar las de ellos! -exclamé indignado ante la flema de aquellos hombres sin sentido de la patria, ni del orden ni de nada-. ¿Qué hacemos entonces? ¿Dejar que esa canalla robe y asesine?.. ¿Estáis vosotros decididos a permanecer aquí conmigo, con Abeir y otros hasta que entren los españoles?

-No: nosotros nos retiraremos esta noche, porque no queremos rendición. Ni rendir nosotros, ni ver a Tettauen entregada al cristiano.. Dejamos el caso en manos de Allah. La voluntad del Excelso decidirá.

-Pero Allah, ya ves que está dormido. No hace nada por su pueblo; dice a su pueblo: «Gobiérnate solo, y endereza tus destinos como puedas». Allah se duerme.

Al oír esto, aquel negro de mirada candorosa, de estatura colosal que a la mía, no pequeña por cierto, sobrepujaba en el tamaño de una cabeza o de cabeza y media, me puso la mano en el pecho, y con grave tono me dijo: «El Nasiry, tú no eres creyente. Decir que Allah dormita es la mayor blasfemia, porque Allah es el Vivo, el Vigilante, es El que no duerme nunca, y con estos nombres debemos adorarle ahora». Dejome aterrado y mudo con estas solemnes expresiones, cuya verdad reconocí al instante. Sí: Allah no duerme; los ojos de Allah velan con mirada profunda sobre todo el Universo. Dejemos que los hechos corran y que la solución venga de lo alto. No imitemos la insana inquietud de los cristianos y (p.6968) europeos, que se arrogan las facultades de Dios, interviniendo en los sucesos humanos y enmendando la obra del tiempo, como los chicos sin juicio que con el dedo adelantan o atrasan los relojes sometiendo las horas a su pueril deseo.

Ya salíamos del Mellah cuando me encontré a Riomesta, de tal modo alterada su faz por el miedo y la consternación, que a primera vista no le conocí. Para desfigurarse más, traía pañuelo azul por la cabeza, atado debajo de la barba a estilo de mujer, ordinario empaque de los judíos pobres. Llegose a mí antes que yo a él, y posando en mi mano las dos suyas, me dijo con dolorido acento: «¡Oh, El Nasiry, ventura mía es toparte agora! Tú fuerte, tú señor, yo miserable.. soy asemejado a pájaro solitario sobre techo.. Ceniza de pan comí, y se acabaron cual humo mis días». Comprendí que algún grave accidente lloraba: su voz era como la del profeta hebreo llorante cabe las ruinas. ¿Le habían incendiado su casa, le habían robado el dinero? A mis preguntas sobre la causa de su tribulación, respondió con mayor duelo: «Hanme robado con ultrajaciones; mas no es esa la causa de mi lloro, El Nasiry. ¿No sabes que mi hija Yohar huyó de mí, como hembra liviana, culposa y aviciada de perversión? ¿No sabes que contra su padre pecó, ladrona y escapadiza, llevándose llaves de mis arcas soterradas, y joyas pulidas de esmeralda y aljófar?..». Ninguna noticia tenía yo de que la blanca Yohar hubiese abandonado el hogar paterno. ¿Cómo fue? ¿Quién la indujo a tan horrendo delito?

«Sabrás -dijo Riomesta mezclando el furor con las lágrimas- que Yohar se envoluntó con ese profeta cristiano que responde por Yahia, y que vino so color de predicar paces entre los hombres; pero a lo que vino fue a meter víboras venenosas en el corazón de mi Perla, y dañar su mente con vicio.. ¡Oh, El Nasiry!, a mi soledad no hay consolación. Abandonado soy de Adonai. Polvo soy en mis vidas, cuanto más en mi muerte.. En instante maldito salió viva Yohar del vientre de su madre. Engendrada fue con luenga (p.6969) hondura de pecados.. La que antes me alegró, ogaño me ha trocado en vasija de vergüenza y deshonra». Lastimado del infortunio de mi amigo, y sintiéndome además lastimadísimo en mi amor propio, como si tuviese por mía la belleza y blancura de Yohar, monté en cólera y dije a Riomesta que si en alguna parte de la ciudad me topaba con el mentiroso profeta Yahia, le cortaría la cabeza.

«Acabo de saber -dijo sin aliento el afligido padre- que has salvado la vida a Mazaltob. ¡Oh, qué mala piedad la tuya, El Nasiry! Esa perversa es culpable de la huida de mi Yohar; ella envoluntó al Yahia, enguapeciéndole como a barragán español; ella le encendió con hechizos; ella trastornó los pensirios de mi Yohar; por ella moraron Yahia y mi hija luengas horas en su casa y en la de Simi, la destiladora de perfumes. Entre las dos han percudido el alma de Perla, llenando la mía de pena y cordojo. ¿Para qué has librado a la bestia Mazaltob del fuego eterno? Ya la tenía Belceboth clavada en su tenedor de tres puntas para meterla en la paila de aceite hirviendo, cuando has venido a quitarla de los hombres que hacían justedades.. Eres torpe, El Nasiry.. Mas si quieres estar entre los buenos, búscame a Yahia, el de la pacificación, y tráeme su cabeza en un plato, ansí como trujo Salomé la del otro Yahia, falso y engañador profeta al igual de este..».

No pude detenerme más, porque los compañeros que iban conmigo, fatigados ya del lamentar angustioso del hebreo, me daban prisa para salir del Mellah. Dejé al pobre Riomesta en gran desesperación, tirándose de las barbas y rasgando el pañuelo azul que con airado gesto se quitó de la cabeza. Al separarme de él, fueron tras mí en corto trecho sus últimas exclamaciones, que eran plegarias de su rito: «Dio piadoso, luengo de furores, cata a mí, y apiádame.. ¿Por qué me alzaste y me echaste? ¿Por qué maldeciste mi simiente?.. Mis días son sombra declinada.. Se pegó mi hueso a mi carne.. Soy asemejado a cernícalo del desierto.. En día de mi angustia te llamo que me respondas..».

Los dos cumplidos (p.6970) hombrachones del Sus y el jefe de artilleros no veían la hora de escapar, más que por miedo, por zafarse del desdoro que pudiese caberles en la rendición de Tettauen. No podían defenderla ni entregarla. Dejaban el suceso a la voluntad de Allah, manera muy cómoda de salir del paso. Les acompañé un rato, y despedidos con toda cortesanía, me volví a casa de Abeir. La Junta o Asamblea de Ancianos y Principales continuaba reunida: ya sabían el cambio de gente por gentuza en la Alcazaba. Como no teníamos fuerza para impedir los atropellos, se acordó fiarnos también en la divina voluntad, y esperar el día, hasta que nuestra embajada fuese a O'Donnell y volviese con la respuesta del Gran Español.

Díjeles yo: «Mañana es domingo, día santo para los secuaces del Hijo de María. Los cañones de sitio estarán callados, y el Ejército de O'Donnell no hará más que rezar y oír misas. Pero el lunes, de fijo, veremos caer sobre nosotros espantosa lluvia de bombas y granadas». Soñolientos ya, entregados al fatalismo inherente a la raza, no se mostraron inquietos por mis presunciones y anuncios alarmantes, ni por los hechos positivos de que al poco rato tuvimos conocimiento. Había yo dado a Ibrahim órdenes de recorrer toda la ciudad y buscarme a los dos compañeros que se nos habían perdido en el bullicio del Zoco, poco después del susto del asno hambriento. Llegó mi criado a decirme que Ben Zuleim y Abdalá Núñez habían encontrado al Bajá que descendía de la fortaleza, dejándola en poder de los malos: el Bajá les habló y con él abandonaron la ciudad, como buenos musulmanes que ponen en manos de Dios los conflictos que no saben resolver. Abandonados de aquellos amigos, a cada instante éramos menos, y a medida que se achicaba nuestro poder, las dificultades crecían de un modo aterrador. Apuré yo mi fácil labia para señalar con los peligros los deberes a que nos obligaban las circunstancias. Debíamos penetrarnos de que constituíamos un pequeño Majzen, o institución de Gobierno, por poderes tácitos del Sultán. Éramos la (p.6971) autoridad, el Estado, en una palabra, y en nuestras manos estaba la suerte de una de las más bellas ciudades del Mogreb.. ¡Allah me asista! Fuera de Ahmed Abeir, que ponía vaga atención en mi discursillo, la Junta de Principales no me comprendía, ni se hacía cargo de que éramos un Majzen más o menos chico. Hartos de tomar tazas de té, los junteros se obsequiaban recíprocamente con estruendosos eructos, o descabezaban un sueño sobre las blandas alfombras y mullidos cojines. A una orden de Abeir, los esclavos nos trajeron raciones amplias de elquefthá (carne asada en pinchitos) , hojaldre, huevos cocidos y pastelillos dulces. Yo no tomé más que un huevo y un pastel; alguno de los Principales no fue parco en el devorar, y casi todos se tumbaron luego en las colchonetas, y con sus ronquidos ásperos me recordaban los estruendos de la batalla de aquel día. ¡Allah les conserve frescas sus asaduras!

Quise dormir: pensaba en la blanca Yohar y en el moreno Yahia, que debía de ser pájaro de cuenta, como aquel falso profeta de la familia de los koreichitas, de quien dijo el Santo: «Con sus pérfidas ficciones de inspiración celeste, difundió la idolatría y arrastró a las gentes al vicio». Ya le sentaría yo las costuras al tal Yahia, si le encontraba.. Comprenderás, Señor, que con tales pensamientos y la inquietud en que me tuvieron las frecuentes noticias de nuevos desmanes, era imposible mi reposo.. Hasta que aclaró el día no pude dormir; pero fue tan profundo el hoyo de sueño en que cayó mi cansancio, que no sentí salir a los cinco compañeros que iban de embajada al Cuartel General de O'Donnell.

Pasó más de una hora desde que me desperté, y estábamos Abeir y yo engolfados en nuestros devotos rezos, cuando volvieron los de la embajada. La curiosidad, unida al patriotismo, nos movió a dejar para otra hora las devociones, y oímos de boca de El Gazel la relación de la solemnísima entrevista con O'Donnell. Al llegar al campo español, supieron que el Generalísimo había salido a caballo a reconocer las inmediaciones de la ciudad por (p.6972) aquella parte. En tanto, la oficialidad y tropa recibió a los comisionados moros con simpatía y afecto.. Aguardaron mirando las tremendas baterías que armaban a toda prisa para hacernos polvo, y en esto, y en hablar alguna cortés palabrita con los oficiales, se dio tiempo a que volviera de su paseo el Gran Español. Este les recibió con exquisita urbanidad; entró en su tienda, suplicándoles que le siguieran. Tomaron todos asiento, y.. Para abreviar: antes que nuestra embajada llegase, ya había dispuesto el Irlandés otra que a Tettauen subiría con el siguiente recado escrito en un papel. El Gazel leyó la comunicación, de la que copio aquí los párrafos de más substancia: «Entregad la plaza, para lo que obtendréis condiciones razonables, entre las que estarán el respeto de las personas, de vuestras mujeres, de vuestras propiedades y leyes, y de vuestras costumbres.. Os doy veinticuatro horas de tiempo para resolver: después de ellas, no esperéis otras condiciones que las que imponen la fuerza y la victoria». Con esto tuvo bastante la embajada, y no necesitaba prolongar la conferencia. Al despedirlos sonriente, O'Donnell les dijo: «Mañana a las diez se disparará el primer cañonazo, si no recibo contestación satisfactoria».

 

Ep-35-IX -

La voluntad del Excelso estaba bien clara. España sería dueña de Tettauen, aunque otra cosa dijese un Kaid de las tropas acampadas al Oeste, el cual nos mandó un emisario con la notificación de que ellos defenderían la ciudad hasta morir, y que no se hablara de rendición ni cosa tal.. Ni aun le dejamos concluir, y despachado fue sin ceremonia. Luego se nos dijo que algunos de estos valientes de última hora, entrando en la ciudad, ocuparon las baterías que protegen las principales puertas del recinto.. Supimos también que no éramos nosotros la única Junta de vecinos inclinados a la rendición, pues otras dos se habían formado en la Alcaicería y barrio de Curtidores, y nuestro primer cuidado en el resto del día fue ponernos en comunicación con ellos. ¡Oh, qué desconsolado y afanoso aquel día que los (p.6973) cristianos llamaban Domingo, 5 de Febrero! En algunos puntos de la ciudad, tumulto y hervidero de riñas; en otros soledad de cementerio; en todos escombros, restos del pillaje, sangre, lodo y basura. Si bien éramos pocos los partidarios de la rendición, lo corto del número se compensaba con la calidad de las personas, con su valor y poderío. Esto se vio claramente aquella tarde, cuando se acordó desalojar de revoltosos riffeños y anyerinos la batería de Bab-el-aokla. Siete estacas en manos de siete señores realizaron felizmente la breve operación militar.

De estas cosillas y otras no pude enterarme por mí mismo, y de ello tuvo la culpa El Gazel, que, como español, es un pozo de astutas maldades.. Antes de seguir, Señor mío, confesarte quiero un horrendo pecado que cometí aquella tarde, y que me puso a dos dedos del infernal abismo. Y fue que en vez de evitar yo la compañía del execrable Gazel, dejé a mi alma en la libertad de gustar de ella.. Señor, no supe resistir a la tentación del renegado cuando quiso llevarme a su casa prometiéndome el descanso y la dulzura que nuestros amargados humores necesitaban. Vive el pérfido español junto a la gran Mezquita, en casa de regular apaño para una existencia cómoda. Sus mujeres había mandado a Tánger o Arsila, no estoy bien seguro, dejando aquí de servidumbre a un negrito vivaracho. Apenas entramos Torres y yo en la casa y nos tumbamos sobre los blandos almohadones, trajo el negrito una garrafa de aguardiente y vasos para beberlo.. Yo me resistí; hice muchos ascos; pero tales fueron las instancias de El Gazel y tan extremados y persuasivos sus elogios de la virtud de aquel licor, que me determiné a probarlo.. ¡Ay, Señor!, nunca lo hubiera hecho, pues catarlo fue lo mismo que sentir el ardiente deseo de nuevas pruebas y cataduras, y a medida que cataba, mi cabeza se iba inflamando en insanas alegrías..

Para castigar mi olvido de la sacra ley que nos prohíbe beber zumo fermentado de uvas, el Señor permitió que yo me encendiera en un bárbaro apetito de beber más y más, hasta llegar a (p.6974) un estado de infernal demencia.. Ya no necesitaba yo que El Gazel me ofreciera nuevas tomas de aquel veneno, porque yo mismo, espoleado por un gusto superior a toda razón, cogí la botella, llenaba el vaso mío y el del otro.. En fin, Señor, que se me fueron a los aires la cabeza, los nervios, el sentido, y perdí mi conciencia musulmana, y se hizo polvo la torre de mi fe. No puedo decirte la cantidad de vasitos que llevé a mi boca; sí te digo que mi borrachera fue de las más soberanas que se han conocido en la historia del vicio, y mi pecado de los que no pueden ser redimidos sino con una vida entera de abstinencia. ¡Ay, ay, ay!, lágrimas amargas corren de mis ojos al referirlo, Señor. Ten piedad de mí, y encomiéndame a la misericordia del Benigno.

Sin poder precisar ahora las necedades que hice y dije en mi vergonzosa embriaguez, sé que mis carcajadas debieron de oírse en los picos de El Dersa, y que, sensible al mal ejemplo de mi perverso amigo, pronuncié frases vejatorias contra el Dios Único, injurias contra el santo Profeta y sus mujeres Khadidja, Aicha y María la Copta, y contra su afamada camella Koswa, poniéndolas a todas, camella y mujeres, como hoja de perejil.. ¡Ya ves, Señor, qué monstruosos pecados! Verdad que yo no supe lo que decía; pero mi ignorancia no me disculpa, porque con plena conciencia hice la primera catadura del maldecido brebaje.. Por fin caí en profundo sopor, que tal es el término y resolución de estas crisis infernales. Los españoles, dueños de un lenguaje riquísimo en voces picarescas y desvergonzadas, llaman a estos sueños vinosos dormir la mona. No sé cuánto tiempo estuve tendido en las alfombras de El Gazel.. no sé cómo salí a la calle después de esta primera mona.. Me contó luego un amigo que salí vociferando, suponiéndome montado en Koswa, la camella del Profeta, y que proferí no sé qué atrocidades indecentes contra el Sultán, contra el Majzen y contra la respetable Junta de Principales.. A esta mona primera, otra siguió, la cual dormí ¡oh vilipendio!, en el (p.6975) último escalón del pórtico de la sagrada Mezquita, y en este sopor fui más estrafalario y licencioso que en el primero. Soñé que estaba yo en brazos de la blanca y tersa Yohar, y que delante tenía, en una bandeja de plata, la cabeza del profeta Yahia, aderezada con buen golpe de sal para que tuvieran tiempo de adorarla sus discípulos los pacificantes..

No puedo precisar la hora de mi despertar de la segunda mona. Me sentía con todos los huesos doloridos, el entendimiento envuelto en pesadísima niebla, la memoria como desleída en una papilla opaca.. Quise levantarme, y no pude: mi voluntad era otra papilla espesa, en la cual no podía vibrar ninguna resolución.. Chiquillos hebreos y moros vinieron a hacerme compañía; perros vi escarbando en las basuras, y unos y otros, con distinto lenguaje, me dijeron que yo estaba dejado de la mano de Allah y que nunca obtendría perdón. Pero no debió de abandonarme enteramente Dios Misericordioso, porque mi fiel Ibrahim, que toda la noche me había buscado por la ciudad, halló a su amo en la situación lamentable que para mi vergüenza describo. «Sidi -me dijo sentándose a mi lado-, bendiga Dios el instante en que te encuentro. Grandes calamidades sufrimos, y es bueno que juntos señor y criado hablen del remedio de tantas desdichas. Sabrás que los salteadores han vuelto, y no hallando en el Mellah nada que robar, han saqueado viviendas de moros.. Sidi, no extrañes que no te cuente con pormenores lo que ha pasado esta noche, porque estoy sin aliento; mi cuerpo se desmaya, se aniquila; la vida se me quiere escapar, sin que con toda mi voluntad pueda detenerla».

-¿Estás herido, Ibrahim? ¿Cuál es tu mal? Por Allah que si no es hambre, no entiendo qué mal pueda ser.

-No se me va la vida por la puerta de ninguna herida, sino por otra puerta, no hecha con arma blanca ni arma de fuego..

Diciendo esto se retiró presuroso, dejándome sobrecogido, y a poco tornó a mi presencia con los alientos más desmayados. Su voz salía del pecho como de un fuelle roto las ráfagas (p.6976) débiles del aire. «Por Allah Reparador, lo que tú padeces, Ibrahim, es el cólera. Vete pronto a casa, aunque vayas arrastrándote. Acuéstate, y que Maimuna te haga té bien caliente».

-A tu casa no voy, Sidi, si no me das escolta de los ángeles Djebreil e Israfil, ni tú irás tampoco, porque tu casa está llena de maleficio. ¿No te dije que la maga Mazaltob, al ir con el falso motivo de pedirnos limosna, cuando tú estabas en la batalla, fue a poner en tu morada el más nefando sortilegio que inventaron los demonios? Yo sospeché, Sidi Mohammed El Nasiry; te conté mis barruntos, y tú soltaste la risa. Pues lo que yo sospeché y temí ha salido cierto, y ahora no puedes ir a tu albergue, porque está lleno de infernales espíritus que después de quitarte la vida, te cogerán por los cabellos y te arrastrarán a la Gehenna.

Perplejo y acongojado, pregunté a Ibrahim qué sortilegio había llevado a mi casa la discípula de Satán, y él, después de alejarse otro momento para ir a un menester apremiante de su maligna enfermedad, volvió y me dijo: «Bien puedes imaginarlo, El Nasiry: es el embrujamiento más terrible; el que contra el mismo Profeta emplearon los mosaístas, y consiste en lo que se llama soplar sobre los nudos. Mazaltob, profesora en el embrujar, posee el secreto, y ahora tú eres la víctima. ¿No lo entiendes? Esa perra, es loba de Israel, hizo once nudos en una cuerda, y después de soplar en cada uno de ellos, diciendo unas oraciones endemoniadas, colgó la cuerda dentro del pozo de casa. Con esto basta para que tú, tu familia y criados sufran algún golpe de adversidad muy dura, que acabará en muerte, y el primer ejemplo tienes en mí, que me veo con el terrible corrimiento del cólera».

-¿Pero has visto tú la cuerda con los once nudos, Ibrahim?

-Pues si la hubiera visto, segura era mi muerte instantánea. Para que te convenzas, Sidi, y no dudes de que la Mazaltob te ha soplado los nudos, te bastará saber que al anochecer, hallándonos Maimuna y yo en la casa disponiendo nuestra cena, sentimos que puertas, ventanas y ventanillos daban horribles traqueteos, (p.6977) como si un furioso viento se paseara por todos los aposentos de la casa. Cuando tratamos Maimuna y yo de ver lo que aquello era, caímos al suelo y se nos encandilaron los ojos con un gran resplandor de relámpago verde.. Vimos luego diablos que recorrían la casa, azotando con sus rabos los muebles, echando a rodar toda la loza y cristales, y entonando unos canticios desvergonzados que nos helaron la sangre en las venas.. Te contaré ahora lo más grave, Sidi. He aquí que hallándonos aturdidos y deslumbrados, vino a nosotros una diabla, por más señas muy parecida a Mazaltob, y nos machacó los huesos con un palo, echando de su boca conjuros indecentes; después le quitó a Maimuna las llaves de la casa, que en la cintura llevaba; a los dos nos empujó hasta echarnos a la calle.. La sentimos cerrar por dentro.. Apenas pusimos el pie en la calle, a los dos nos atacó este mal.. A un tiempo fuimos acometidos del primer desmayo frío de nuestro vientre. Ella echó por un lado, yo por otro. Después de mucho andar, desmayándome del cuerpo bajo.. infinidad de veces, he tenido la suerte de encontrarte para decirte: «Sidi, no vayas a tu casa».

-No iré.. Me has puesto en cuidado. Pero pienso que en la Fe y en las Escrituras encontraremos algún arbitrio para chasquear al perro Satán.. Dime, Ibrahim: ¿me engañan mis ojos, o es verdad que amanece?

-Ya viene el día, Sidi.. Bendita sea la luz del Sol. ¿Te acuerdas del capítulo Ciento y tres del Korán?

-Sí que me acuerdo. Ese capítulo recito yo todos los días en cuanto veo la luz solar. Es breve y hermoso de toda hermosura y unción. Repitámoslo juntos: «Busco un refugio contra ti, Señor del Alba, Señor del Día.. Refugio contra la iniquidad de los seres malos que has creado.. Refugio contra el mal de la noche sombría..».

-Refugio contra la perversidad de los que soplan sobre los nudos.. Refugio contra los envidiosos.

Tres o cuatro veces repetimos con intensa devoción las sublimes palabras del Profeta. Después me dijo Ibrahim: «En otro lugar del Libro Santo encontrarás el (p.6978) remedio que empleó el Profeta contra el embrujamiento judaico de los once nudos. Has de leer con grandísima devoción y recogimiento once capítulos del Korán; a cada lectura de un capítulo, siempre que sea lectura con piedad, se deshará uno de los nudos, y en cuanto los once sean deshechos, desaparecerá el maleficio».

 

Ep-35-X -

La claridad del día reanimó mi espíritu abatido, infundiéndome la esperanza de salir airoso de tantas calamidades. Propuse a Ibrahim que fuéramos a la casa de la Junta, donde yo encontraría un Korán que leer, y él mejor acomodo para su enfermedad. No me respondió, porque otra vez había ido a su negocio.. Le esperé, y enlazándonos del brazo para darnos apoyo recíproco, nos dirigimos a casa de Abeir, la cual por fortuna no estaba lejos.. Diversa gente encontramos por el camino, en su mayoría judíos pobres y moros pordioseros, y más de cuatro nos preguntaron: «¿Entran ya los españoles?.. ¿Traerán comida?». Respondíamos afirmativamente, y observábamos que nuestra respuesta ponía el júbilo en todos los semblantes. Al verme entrar en su patio, el buen Abeir me dijo con la más honrada convicción: «Allah te lo premie. Ya sé que has pasado la noche apaciguando a los exaltados y consolando a los menesterosos. En tu casa has dado albergue a los que perdieron el suyo. Dios Benigno aumentará tus bienes, El Nasiry». Con una reverencia grave asentí, no atreviéndome a responder de otro modo, por no mentir con palabras, que es el verdadero mentir. Dije que a su casa iba en busca de sosiego para el rezo y las abluciones, así como para prestar auxilio a mi servidor en su enfadosa dolencia. Risueño y afable me franqueó Abeir su vivienda grata. Antes de media hora, ya los diligentes esclavos cuidaban de Ibrahim, y yo me entregaba al piadoso rezo en el Libro Santo, comenzando la serie de lecturas que habían de producir el desate de los fatídicos nudos del sortilegio.

Pero he aquí que cuando me hallaba yo en el tercer nudo, o sea en la lectura y meditación correspondientes, un gran ruido de la (p.6979) calle me apartó de mi espiritual ejercicio. Fui llamado con apremiantes voces. Corrí.. Abeir se había lanzado afuera con otros compañeros. Los demás y El Gazel, a quien Allah confunda, tiraron de mí. ¿Qué ocurría? ¿Qué terremoto estremecía la ciudad en sus cimientos? ¿Qué tempestad disparaba en los aires exclamaciones de ira y de muerte? Pues nada: sucedía que por una parte los españoles, levantado su campo, marchaban hacia la ciudad, mientras los descontentos musulmanes del Ejército vencido se aproximaban por la otra, amenazando con pasar a cuchillo al vecindario si abría las puertas al perro cristiano. De modo que la blanca paloma, cogida entre dos fuegos y entre dos iras, no tendría ya salvación. El peligro me infundió valor. Quiso Allah que el corruptor de mi virtud, Torres El Gazel, se hallase al lado mío en aquellas difíciles circunstancias. ¿Qué había de hacer yo más que seguirle y obrar con él mancomunadamente, pues se trataba de asuntos políticos y no de cosa pertinente a las buenas costumbres?..

Corría la medrosa multitud hacia las puertas por donde presumía que los españoles harían su entrada. Grupos de riffeños procedentes de la Alcazaba intentaban ocupar los baluartes artillados próximos a dichas puertas. El Gazel, más sereno que yo, me dijo que no debíamos acudir a Bab-el-aokla, sino a Bab-el-echijaf, pues él sabía que O'Donnell intentaba entrar por esta parte. En medio del tumulto, supimos que Ahmed Abeir y otros compañeros Principales se habían ido a Puerta de Fez, por donde querían entrar los insensatos partidarios de la resistencia. ¿Lograrían atajarles? Más fácilmente les atajaría el General Prim, que con los catalonios, según allí dijeron, se encaramaba por los muros exteriores de la Alcazaba, con la diabólica idea de ocupar aquella posición eminente y no dejar allí títere con cabeza. Tomada la fortaleza, ¿qué podían hacer los levantiscos montañeses más que ponerse en salvo, como los ratones a la vista y olor del gato que ha de comérselos?

De fuera de la ciudad venía un (p.6980) rumor de cornetas que hacía temblar de emoción a los que, hambrientos y sin hogar, habían perdido toda noción de patriotismo. «Ya están ahí», me dijo El Gazel con una expresión de júbilo picaresco que nunca podré olvidar, y corrió hacia Bab-el-alcabar. No fui tras él, porque en aquel instante se reprodujo en mí el extraño sentimiento que paralizó mi acción en la batalla, el terror del rostro de los españoles, a que no podía sobreponerme. Como niño asustado, llegué a creer que tapándome mi cara, no podían las suyas inspirarme tan singular confusión y azoramiento.. Mas he aquí que en esto veo venir una banda de riffeños procaces, que clamaban en roncas voces contra España, y de paso arrojaban al suelo a desdichados ancianos judíos y a infelices mujeres. Me cegué; tiré de yatagán y les acometí con fiereza, desembarazándome al instante del que más próximo tenía. Dos moros de buen pelo se pusieron a mi lado, y con garrotazos bien dirigidos me ayudaron a la dispersión de la chusma.. Envalentonados por mi pronta defensa, los judíos corrieron hacia Bab el-alcabar dando vivas a España y a su Reina.. Pero estaba de Allah que yo no saliera en bien de aquellas aventuras, porque al volverme hacia los dos moros de buena traza que me habían auxiliado, no vi más que a uno, y el que vi.. pareciome sueño.. era el maldecido y execrado profeta español, ladrón de la blanca Yohar.

Dudé un momento que fuera Yahia quien frente a mí tenía, porque su elegante porte y fina vestidura desdecían del empaque pobrísimo con que le vi en casa de Mazaltob. Pero él mismo disipó aquella sombra de duda, diciéndome: «Yo soy, yo soy Juan, no Yahia, como tú me llamas, y harás bien en declararte mi amigo, pues yo te tengo ley, no sólo por lo que eres y lo que vales, sino por memoria de tu familia». Fue mi primer impulso echarle mano al pescuezo; pero la dulzura de sus expresiones afables me alivió del coraje que sentí. «No hallarás en mí benevolencia -le dije-, sino un terrible castigo, como no me expliques al instante qué has hecho de Yohar, cuya piel obscurece (p.6981) la blancura de las azucenas».

-Pues la dulce Yohar, cuyo corazón de miel labraron las abejas del cielo, está buena y sana, en lugar seguro. En su nombre, sabiendo yo lo que te estima, te deseo la paz.. Pero si quieres más informes, apartémonos al abrigo de aquel caserón derruido, que allí veo unos gandules que a mi parecer están en actitud de apedrearnos. Vente acá, El Nasiry, y con explicaciones te demostraré que debes ser mi amigo.

Dejeme llevar a donde él quiso, moviéndome a ello, no sólo la curiosidad, sino el deseo de hallar en sus explicaciones motivo, más que de afianzar amistades, de desatar furores. Nos hallábamos muy cerca de Bab-el-echijaf, cuyos aproches y baluartes invadía la multitud. Al amparo de unas ruinas, prosiguió Yahia de este modo: «Me alegro de verte en esta ocasión, que es de grande alegría para todos. Yo celebro la entrada de los españoles en Tetuán, porque esto significa la paz próxima, beneficio para nosotros, y más aún para el Mogreb. La paz es mi sola idea, El Nasiry; la paz es mi aliento. Odio la guerra, y deseo que todos los pueblos vivan en perpetua concordia, con amplia libertad de sus costumbres y de sus religiones. Echar a pelear a Dios contra Allah, o a este contra Jehovah, es algo semejante a las riñas de gallos, con sus viles apuestas entre los jugadores. Pero la paz no sería buena y fecunda sin el amor, que es el aumento de las generaciones, y la continuación de la obra divina. Dios no dijo Menguad y dividíos, sino Creced y multiplicaos. Luego Dios bendijo el amor, y condenó las estúpidas guerras. A mí, trayéndome a este pueblo por extraños caminos y con evidente cariño tutelar, me ha dado aquí el amor, pues si yo quedé prendado de la hija de Riomesta en cuanto la vi, ella me mostró desde el primer instante una inclinación ciega. ¡Paz y amor! ¿Qué más pude soñar?».

-Farsante, impostor, hilandero de frases galanas con palabras floridas, no pienses que me engañas o que me adormeces con tu hablada música traidora.. Dime, dime pronto dónde escondes a Yohar, que quiero rescatarla y (p.6982) devolverla a su padre dolorido. Si no me contestas pronto, te trataré como mereces, y no verás la entrada de los tuyos.

-Veré la entrada de los míos -replicó el maldito Yahia con frío tesón-, porque en mí no hay maldad. ¿Cuándo fue maldad el amor? Yohar es mía, y tú, tú mismo, El Nasiry, vas a decirle al buen Riomesta que me deje a su Perla y no interrumpa nuestra felicidad.

-¿Por ventura estás decidido a comprar la blancura de Yohar con tu abjuración de la fe del Hijo de María?

-Nunca tal pensé, y cristiano he de morir. Aspiro a que ella confiese la religión de Cristo nuestro Redentor.. España está ya en Tetuán, y a la sombra de la bandera de O'Donnell, Yohar será cristiana; cristiana como yo.. como tú.

Esto de llamarme a mí cristiano, la más grande y mentirosa injuria que en mi vida escuché, debió causarme irritación; pero por la enormidad del disparate sólo sentí desprecio y ganas de echarme a reír. No pudiendo soportar las insolencias de aquel miserable, le agarré por un brazo, y no sé lo que habría hecho con él, si en el instante mismo no resonara un clamor que nos notificó la entrada de Prim en la Alcazaba, escalados los muros de esta por los aguerridos catalonios.

«De tus violencias conmigo -me dijo Yahia-, te arrepentirás pronto, y me concederás tu amistad.. No temo revelarte lo que aún ignoras. ¿Me preguntas que dónde está la Perla? Pues en el lugar más seguro de Tetuán; en tu casa, El Nasiry, en tu propia casa.. Allí buscamos amparo, acosados y hambrientos. Confiando en tu benevolencia, fuimos a pedirte hospitalidad; no quisieron dárnosla, y la tomamos. Tú habías dicho: «Si no tenéis vinagre para curar sus heridas a Mazaltob, id a buscarlo a mi casa..». Fuiste obedecido, ilustre señor. Tu casa es el refugio de los menesterosos.. ¿Por qué te asombras de lo que te cuento? ¿Qué sentimientos expresa tu rostro? ¿Es la ira, es la compasión? A fe que no te entiendo».

Ni yo, en verdad, tampoco me entendía. Ved aquí el motivo, Señor. Sobre el grave murmullo de la multitud apelmazada y ansiosa, se destacaba el son vibrante de (p.6983) cornetas. Los españoles se aproximaban; les precedía la voz metálica de sus músicas guerreras, que rasgaban el aire, o lo cortaban con estridencia, como el diamante corta la plancha de vidrio. El ruido de cornetas renovó en mi espíritu con indecible fuerza el terror que los rostros de españoles me causaron el día de la batalla. Pero en aquel Lunes 6 de Febrero fue tan intensa mi pavura, que ni aun me dejaba fuerzas para huir. Huir era mi anhelo más hondo; pero este hondísimo anhelo me decía: «No te muevas». ¿Verdad que es raro, incomprensible?.. Deseaba yo que los españoles entrasen; pero no quería verlos.. verlos no.

Cayó mi ser en intensa perplejidad; me sentí pececillo a quien meten dentro de una redoma con su agua correspondiente. En aquel estado, oía las cornetas fatídicas; oía el relato de Yahia, sin poder contestarlo. Y la voz del español, penetrando en mi cerebro con claridad y vibración semejantes a las de los clarines guerreros, me decía: «En tu morada hallamos consuelo los perseguidos. Mazaltob es mujer buena y sin hiel, aunque tú creas lo contrario. Si le salvaste la vida, ¿por qué te asombras de que viera en ti el hombre pío y generoso, y buscara el abrigo de tu casa? Allá fuimos todos, yo con Yohar la blanca, Mazaltob con sus cardenales, y Simi la destiladora de perfumes.. Bajo tu techo encontramos seguridad.. ¿Qué fue de tus servidores? ¡Huyeron, dejándonos las llaves, hermoso acto de agudeza y discreción, que creímos ordenado por ti mismo!.. De estancia en estancia, lo recorrimos todo. El infalible olfato de Mazaltob descubría los manjares guardados en las alacenas. Comida encontramos, y especias, miel y té.. En tanto, Simi revolvía la cocina, donde halló carbón y leña, pedernal y yesca para encender lumbre. Nuestras bocas bendecían al sabio, al caritativo Ben Sur El Nasiry. Para que nada faltase, Yohar descubrió los blandos lechos que nos ofrecían dulce descanso.. Y no paró aquí el talento de mi Perla, pues revolviendo arcones y armarios, dio con estas elegantes ropas, y mostrándomelas me dijo: «Amado mío, (p.6984) honrarás la casa del señor adornando con sus galas tu mancebía..». Me vestí.. reproduje tu persona gallarda.

¡Con doscientos y el portero, y por Allah Gracioso, que no sé, al escribir esto, si debieron moverme a indignación o a risa las manifestaciones de Yahia, original y desvergonzado profeta! Pero en aquel momento, yo era tan incapaz de regocijo como de cólera, por el tristísimo estado de atonía y de inmovilidad en que me puso mi pavor de los rostros hispanos.. El estupor me convirtió, no diré que en estatua, sino en muñeco relleno de paja o serrín.. Ya estaban los españoles al pie de los muros; ya la multitud se arremolinaba en la trágica disputa de abrir o no abrir las puertas.. Yo, mudo y alelado, miré en el cuerpo de Yahia mi elegante caftán listado de rosa y amarillo, en su cabeza mi turbante tan blanco como el rostro de Yohar, y.. lo mismo pude acogotarle que abrirle mis brazos.. lo mismo arrancarle el traje que felicitarle por su agudeza. Como el estridor metálico de las cornetas ya próximas, retumbaron en mi cerebro estos dichos de Yahia: «Odio la guerra, y en ella soy todo ineptitud. Pero si no sirvo para combatir, en los pueblos asolados por la guerra sé encontrar pan para los hambrientos y ropa para los desnudos. Créeme, El Nasiry: la guerra deja en cueros a los hombres, y la guerra los viste».

No supe contestarle. Mi turbación ¡ay!, iba en aumento; yo no podía tenerme en pie. Ya estaban allí los españoles; ya se les franqueaba la puerta.. Aparté de Yahia mis aterrados ojos, y humillándome en tierra, oculté con las manos mi cara, para que ningún nacido la viera.. El grito de ¡Viva España! ¡Viva la Reina de España!, proferido por los hebreos, me dio tal escalofrío, que hoy mismo me estremezco al recordarlo. Oía la voz de Yahia: «Ya estamos en Tetuán; ya Tetuán es nuestra. Alégrate, El Nasiry, y celebremos juntos la victoria de España y la paz..». Seguía yo tapándome cuidadosamente el rostro para que el desvergonzado profeta no viera las lágrimas que de mis ojos a raudales salían.. ¡Allah sea conmigo y me libre de los (p.6985) perversos que soplan sobre los nudos!

Punto final pongo a mis cartas, ¡oh sabio y poderoso Cheriff Sidi El Hach Mohammed Ben Jaher El Zébdy!.. He cumplido tu encargo. Vencido el Islam, y dueños ya de Tetuán los españoles, hoy Lunes 13 de Rayab de 1276, te pide tu bendición y la venia para no escribirte más de estas cosas tu ferviente amigo y deudo, Sidi El Hach Mohammed Ben Sur El Nasiry.

Cuarta parte

Tetuán, Enero-Febrero de 1860

 

Ep-35-I -

No siendo cosa segura que el descarado profeta Yahia escriba el relato de sus aventuras pacificantes, conviene utilizar aquí datos y noticias de la propia Mazaltob, para llenar el vacío biográfico de Santiuste desde que abandonó a los españoles hasta que los encontró victoriosos dentro de los muros blancos de Ojos de Manantiales.

Transportado, como se ha dicho, en el asno de Esdras, entró el profeta con sus bienhechoras por Bab-et-tsuts sin ningún tropiezo, y con la misma felicidad llegaron todos a la casa de la hechicera en el Mellah. Compadecidas del herido y admiradas de su mansedumbre, Mazaltob y Simi (que era una de las que cogían hierbas en el verde prado) , se aplicaron a curarle la contusión que tenía detrás de la oreja, lo que no fue difícil. Con la quietud y el alimento, este no muy del gusto del enfermo, pero eficaz para repararle, la contusión quedó remediada; pero el estado total de Juanito no era satisfactorio, pues a más del decaimiento y de la fiebrecilla que no quería remitir, se hallaba privado en absoluto del uso de la palabra. La idea de fingirse mudo había obrado en su organismo con demasiada intensidad.. Diole Mazaltob caldos de ranas, que aseguró eran eficacísimos para estimular las facultades oratorias, y no obteniendo el resultado que se esperaba, discurrió Simi aplicarle un remedio cabalístico llamado el Abracadabra, palabra mágica de origen caldeo, que, según el médico famosísimo Sereno Sammónico, tiene la virtud de despertar en la humana laringe el apetito de la conversación. Sabía Simi la forma y manera de la aplicación del (p.6986) Abracadabra, que consistía en escribir el mágico vocablo en un papel, desarrollando sus letras en triángulo; este papel se doblaba de modo que no se vieran las letras, y se ajustaba a la garganta del individuo atacado de mudez. Hecho esto, se encomendaba el caso con oraciones, haciendo constar en ellas que Abracadabra fue la primera palabra que oyó Adán de boca del Padre Eterno, cuando este creyó conveniente hablar con su criatura.. Tuviese o no virtud efectiva este divino talismán, ello es que, al día y medio de tenerlo aplicado a su nuez, salió Santiuste echando cada discurso que daba gloria oírlo.

En tono familiar exento de pedantería el poeta y trovador hablaba de la paz, y era elocuente por lo mismo que no se curaba del efecto oratorio. Su gracia persuasiva se manifestaba desde que abría la boca, y el puro lenguaje castellano, adornado de bellas imágenes, la pronunciación castiza y musical, eran el encanto de su auditorio, hecho al desabrido acento judiego-español. Además, su éxito era mayor por hablar a convencidos. Los hebreos, raza mercantil esencialmente pacífica, sin hogar propio, privada en absoluto de arrogancias militares, ni amaba ni entendía la guerra. La espada de Josué desde luengos siglos había sido vendida como hierro viejo. Por su carácter dulce y su fácil y sugestiva palabra, Satiuste fue bien quisto en la Judería y su arrabal de Meca, así como en el que llaman El Prado. Vistió Mazaltob a su huésped con un balandrán viejo, que no venía mal al cuerpo del español; le puso la faja encarnada y el bonete negro, y le mandó a que viera la ciudad y la corriese por todo el misterioso enredijo de sus calles. En el Mellah y fuera de él, los que no le oían hablar teníanle por un sephardim que había venido de Salónica o de Jerusalén a negocios comerciales.

Rodando por Tetuán, pudo apreciar el aventurero que si moros y judíos se peleaban por cuestiones de ochavos, nunca lo hacían por motivos religiosos: sinagogas y mezquitas funcionaban con absoluta independencia y recíproco respeto de sus venerados ritos. Observó también que (p.6987) los sacerdotes hebreos, así como los musulmanes que sin carácter eclesiástico prestan servicio en los templos del Islam, eran casados, o disfrutaban la posesión de mujeres con más o menos amplitud. De esto quizás provenía la tolerancia, porque, a juicio de Santiuste, el celibato forzoso es como amputación que trae el desarrollo de los instintos contrarios al amor: el egoísmo y la crueldad. Observó asimismo que la falta de libertades políticas y el desconocimiento absoluto de las constituciones producían en el Mogreb una sencillez legislativa y jurídica que facilitaba la existencia. Érale grato el país en que había caído; la dignidad y el flemático determinismo de los musulmanes le encantaban. Si alguno de estos, con conocimiento del castellano, le caía por delante, Juan le hablaba de la guerra, naturalmente para condenarla. Decía entonces el moro que ellos no habían declarado la guerra, sino que era el Español quien traía la muerte al santo territorio del Mogreb. A los cristianos, que no a los moros, debía el sujeto predicador de paz endilgar sus amenos discursos.

No tomaba Juan en serio la misión de profeta que Mazaltob y Simi querían ver en él. El espíritu del exaltado mozo se había serenado desde que le llevaron aquellas buenas mujeres a la sosegada, aunque no muy limpia, existencia del Mellah. Profeta de paz no podía ser con los hebreos, que ya desde siglos remotos abominaban de la guerra, ni con los moros, que sólo peleaban a la defensiva, ni con los españoles, que jamás se quitarían de la cabeza el delirio deslumbrador de las empresas militares. Pero no creyéndose llamado a catequizar directamente a las tres razas afines, sentía dentro de sí un vago prurito de manifestar sus ideas, no por los discursos, sino por la acción.. más claro: creíase llamado a ser apóstol de la paz, no sermoneándola, sino haciéndola. Ni él mismo se daba explicación del punto de partida de este anhelo en su alma exaltada, ni del fin a que se dirigía con fuerza más instintiva que voluntaria.. Pero él, cuando en los camastros de Mazaltob se reponía (p.6988) de sus caminatas callejeras, pensaba: «¿No será vano el artista que predique los principios de la escultura y no sepa labrar una estatua? ¡Ah!, no seré yo ese artista estéril y baldío. A un lado las retóricas que enseñan reglas infecundas, jamás comprendidas del oyente, y hagamos, aunque sea en barro tosco, la estatua de la Paz».

Estas ideas le rondaban la mente cuando fue visitado por El Nasiry, en quien, por la pureza del lenguaje, se le reveló un español musulmanizado, y por las líneas y la expresión del rostro, el fugitivo hermano de Lucila, que supo cambiar de religión, de patria y de costumbres con flexibilidad inaudita. No podía Juan asegurar que el arrogante moro que le visitó fuera Gonzalo Ansúrez; pero sus sospechas vehementes casi tocaban en la certidumbre. Hablando de esto con Mazaltob, la maga le dijo que El Nasiry era de la casta árabe granadina, y que se distinguía por su nobleza y generosidad. Hablaba español por haber vivido largas temporadas en Málaga y Algeciras; no pensaba ella que fuese renegado, aunque algunos había en Marruecos circuncisos en toda regla, y tan perfectos en su transformación de lengua y costumbres, que el mismo ángel justiciante, el día del Juicio Final, no sabría si ponerlos entre los moríos o entre los del Andalús. Despertó esto más la curiosidad de Juan y sus ganas de tratar a El Nasiry, para echarle la sonda y ver si en él se repetía el extraordinario ejemplo de Alí Bey El Abassi. Pero pasaban días, y el moro, disgustado por las diabluras proféticas de Mazaltob, no volvió a parecer por el Mellah.. Siguió en tanto el joven español haciendo conocimientos, y entre estos fue muy interesante el del rabino Baruc Nehama, varón provecto, de relativa ilustración y de cierta templanza en su fanatismo, el cual, creyéndole hombre desamparado y errante, y apreciando además su peregrino talento, quiso atraerle al rebaño judaico. Mas a las primeras insinuaciones vio el levita que se las había con un cristiano inexpugnable, y que su sermón catequista era como echar jarros (p.6989) de agua en los arenales del desierto.

Fuerte en su doctrina y dotado de brillante palabra para exponerla, Santiuste rebatía las opiniones del viejo Baruc apenas salían de su boca por entre las aborrascadas barbas, que le daban aspecto de profeta bíblico. Y ante el reposo y serenidad del cristiano para combatir la rancia doctrina, el hebreo se incomodaba, perdía el grave continente, y sacaba, no digamos el Cristo, sino las tablas de la Ley, como vicario del amigo Moisés en la tierra.. Pero estas exaltaciones del sacerdote de Jehovah pasaban como nubecilla, y el razonar manso de Santiuste llevaba la controversia al terreno escolástico y de esgrima intelectual, descartada toda idea de catequismo. Respetuoso con antagonista de tanto poder, Baruc oía el elocuente panegírico de la Fe Cristiana y de su prodigiosa difusión en todo el mundo. Con algo que recordaba de su maestro Emilio Castelar, y lo que él de su propia cosecha ponía, trazaba el poeta de la Paz cuadros admirables ante los cuales el moderno Aarón permanecía cejijunto, enredando sus amarillos dedos en la luenga barba. Por fin, no sabía el Rabino cómo y por dónde meter una opinión entre el follaje espléndido de la oratoria del joven Yahia; se reconocía inferior, aunque por dignidad de sus funciones sacerdotales y talmúdicas se guardaba muy bien de dar a torcer su brazo. En él resplandecía el orgullo de los que afectan poseer la única verdad, y antes mueren que soltar el signo autoritario con que guían, custodian y apalean a su dócil rebaño.

Hizo Santiuste la apología del Cristianismo en variedad de tonos, descendiendo del sublime al patético; ensalzó la intensa ternura de la predicación de Cristo, por la cual este penetró en las entrañas de la Humanidad, conquistándola y haciéndola suya para siempre; marcó luego la obra inmensa de los apóstoles, para afianzar la doctrina del Redentor sobre las ruinas del Imperio, y la siguiente labor de los Padres para fijar en dogmas inmutables todo el organismo de la Hermandad Cristiana; describió la tenaz (p.6990) gestación de la Iglesia para formarse, para edificar su imperio militante y docente, y sostenerlo con robusta trabazón arquitectónica en el curso de los siglos. ¿Cuándo había visto la Humanidad obra tan grande y sintética, ni organización tan poderosa? La doctrina de Cristo había venido a ser la única normalidad espiritual de los pueblos civilizados. Todo lo demás era fetichismo, o bien residuos deshechos de una teogonía bárbara y sin calor. Declaró Santiuste con emoción y solemnidad que de las confesiones cristianas, prefería la católica, porque en ella había nacido y porque era la más bella, la más latina, en el sentido etnográfico, y la que a su parecer responde mejor a los fines humanos. Todo lo que la Iglesia Católica enseña con riguroso método escolar a los pueblos sometidos a su espiritual magisterio, él lo encontraba de perlas: en un solo punto disentía, y era la durísima abstención que llamamos celibato eclesiástico. He aquí el nudo negro. Todo lo encontraba muy bien, menos el negro y apretado nudo. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que deben poner mano en este negocio, si no quieren que se les venga encima un cisma que será de los más agitados y calientes que amenicen la Historia de las disensiones religiosas. Y en este punto, declaraba tenazmente el poeta su intención cismática, porque él sentía en sí un vigoroso temperamento sacerdotal: amaba los interesantes ritos, la dulce comunión del alma con Dios, la penitencia confesional, la propaganda evangélica; en fin, todo le placía y encantaba. Pero al propio tiempo sentía irresistible atracción hacia la bella mitad del género humano que Dios formó de una costilla de Adán; hacia la que, acabadita de crear, embelleció con sus gracias el Paraíso y todo el Universo.

Dijo esto el poeta con delicadeza exquisita; y como el Rabino le indicase que el amor de mujer no está vedado a los sacerdotes en ninguna de las religiones, fuera de la papista o católica, declaró Santiuste que esta, siendo la mejor y casi la perfecta, aún tenía que dar el paso que le faltaba para ser la misma perfección, (p.6991) celebrando eternas paces entre la Fe y la Naturaleza. A esto contestó Baruc Nehama sacando a colación con cierto orgullo un texto litúrgico de su Ley, que dice: «Dio gracioso y piadoso, luengo de iras y grande de mercedes, hartarme he de ver tus faces.. Bendice simiente de hombres tuyos adorantes, y al templo tráenos chiquitos de tu semejanza. Veamos crecer generancio tras generancio..». Quería decir esto que Dios bendice toda unión de mujer y hombre conforme a su Ley, sin exceptuar los enlaces o casamientos de sacerdotes. Agregó el venerable levita esta sagaz observación: «Si el tener mujer los oficiantes del templo es bueno y saludable por los bienes que produce, lo es más, pero mucho más, amigo Juan, por los males que evita».

Quiso Dios que estos paliques sabrosos sobre la compatibilidad de amor y cleriguicio sirvieran de prefacio al encuentro de Juan el Pacificador y la bella Yohar, hija de Riomesta. Acaeció este notable suceso en la puerta misma de la casa rabínica, a la sazón que entraban las dos hijas de Baruc llamadas Rebeca y Alegría, y con ellas la de Riomesta, cuya hermosura eclipsaba la de las otras niñas, como apaga el sol el brillo de las estrellas. Quedó Juan suspenso, y apenas la vio desaparecer tras de la puerta, no sin que la moza echase a la calle una miradita, sintió en su interior un tremendo vaivén, como el de un barco sobre las olas bravas, de lo que le resultó un estado semejante al mareo, terror, ansiedad.. Tiró el hombre hacia su domicilio, y encontrándose de manos a boca con la maga, le dijo: «¿Quién es esa divinidad que ahora entraba en casa de señor Rabino? Te aseguro que me ha deslumbrado, como estrella que bajada del cielo anduviese por la tierra vestida de mujer. Bien se ve que es de tu raza, por la blancura y fineza del rostro, y su aire de familia con Esther, Betsabee y otras tales que ilustran vuestras historias». Y Mazaltob le respondió: «Es Yohar, hija de Riomesta, tan rico él, que veinte camellos no podrían cargar todas sus patacas. Tanto como el padre es rico, es ella hermosa, y ainda buena de (p.6992) su natural, amorosa y cargada de virtudes blandas, y con habla de sonido dulce que se te apega en el alma. Aplícate a ella, Yahia, que no podrían encontrar mejor apaño tus partes buenas. Si ella es polida, tú barragán, y ainda sabidor mucho. Háblale como tú sabes, con todo el melindre de tu suavidad, y verás cómo te responde con sonriso.. No temas, y la tendrás enternerada, y aina serás camello que cargue a un tiempo la mayor riqueza y la mayor hermosura del Mellah».

Aunque lo de ser camello no fue muy del agrado de Santiuste, abrió sus oídos a las palabras de Mazaltob para que las ideas le entrasen holgadamente en la cabeza. Sintiose cautivado de las gracias de Yohar, sin que la riqueza fuese en él estímulo de su inclinación, pues era hombre absolutamente desinteresado y sin ningún apego a los bienes materiales. Tratando con su patrona del cómo y cuándo de aproximarse a la Perla, se le propuso que podían celebrar sus vistas en casa de Simi, la destiladora, pues esta tenía parentesco con los Riomesta por parte de madre. A menudo la visitaba Yohar por el atractivo de los perfumes, a que era muy aficionada. Su padre, confiado y bondadoso, seguro de la virtud de la bella moza, no la celaba con impertinencia, ni le ponía estorbos para que fuese sola a las viviendas próximas de parientes o amigos.

Pues, Señor, he aquí que al día siguiente de ser Juan deslumbrado por la blancura de la hija de Riomesta, la vio de cerca, la tuvo al alcance de su voz, y mismamente de sus manos, en el taller o laboratorio donde Simi extraía las delicadas esencias de rosas y jazmines. Y Juan habló con palabra turbada: «Yo bien sé, amable Perla, que no soy digno de llegar a tu hermosura y bondad, prendas excelsas en que se esmeró el Criador de cuanto existe. Pero los hombres ambiciosos miran a lo que no pueden alcanzar, y solicitan lo que no merecen. Yo soy de esos, Yohar; ambicioso que no se sacia con nada pequeño, ni con bienes de la tierra; busco y pido los del cielo, que en ti están cifrados. Niégame el amor que te pido, porque así ha de ser, siendo tú tan (p.6993) perfecta y yo tan miserable.. Niégamelo y despídeme, que con ser despreciado por ti me contento, si el desprecio trae en sí un poco de misericordia».

Y ella: «Tírate atrás, Yahia o Juan, y no me encariñes el oído. Ya sé que eres decidor fino, y que con tus decires graciosos y mielosos envoluntas a una piedra. Pero conmigo no te vale tu virtud, que so de nieve como ves.. Ya ves cómo me río.. cómo me río de ti, Yahia». La risa de la linda moza cayó en los oídos del poeta como lluvia de perlas sobre cristal.. Esto pensaba; pero al punto rehízo la imagen, diciéndose que el mismo ruidillo gracioso sobre el cristal podía ser producido por garbanzos o granos de maíz.

 

Ep-35-II -

Y él: «Bendiga Dios el instante en que te vieron mis ojos. Deslumbrado fui; obscuridad triste llenó toda la tierra cuando desapareciste.. Lloré yo mi miseria y escondí mi rostro, creyendo que para mí había concluido el reino de la luz. Ahora te veo, y mi alma se llena de gratitud, pues con mirarme sólo has tenido toda la piedad que como criatura de Dios merezco.. ¿Qué más puedo desear después de verte? Sólo verte otra vez es mi deseo, y si no te enojaras, te pediría que me dejases gozar de tu presencia y de tu voz, aunque ninguna esperanza dieras a mi admiración de ti. Eres como divinidad a quien se debe todo acatamiento, y un culto que no puede ser callado, pues la voz se dispara sola en tu alabanza».

Y dijo Yohar risueña: «Cállate ya, embustero gracioso.. que por querer ser fino demasiado en el requerimiento, echas flores de trapo, sin olor. Exprime tu corazón con verdad y sin tanto requilorio, y ansí te entenderé.. Para decirme que so mujer bella y que penas por mí, no hay precisión de tanta cuenta de palabras vacías.. Y no me hables de tu miseria, que es mentirosa, pues sé que vienes aquí con fingimiento de omildad, y que con ropas puercas tapas tu señorío de príncipe cristiano. Tu cara dice que de padres altos naciste, y tu lenguaraje suena con lustración, que yo no entiendo, porque so inorante.. ¡Ay, Yahia, qué bestia bonica verías en mí si me trataras (p.6994) despacio!».

-Si eres joya sin pulimento, más me agradas así. ¿Quieres que este pobre maestro te instruya, y adorne con luces de saber humano el divino entendimiento que posees?

-Sí que deseo polirme, y ser menos bruta de lo que so, que aquí en nuestras partes de Marroco no ha escuelas ande deprender cosas muchas y finas de lustración de Espania, Viena o la Rumanía.

-¿Quieres que proponga a tu padre tomarme de maestro tuyo? ¿Crees que pondrá en mí su confianza?

-No: antes ha de poner mi padre un garrote en tus costillas, y quitarme a mí de que te hable y oiga tus loores graciosos.

-Pues véate yo sin conocimiento de tu padre, y te instruiré, que en ello no ha de haber malicia, Yohar.

-Ni malicia ni perjudicio, sino ganicas mías de ver, de catar sabiduría. Creime, Juan, que es dolor de una mujer verse inorante y abrutada de tantas cosas.

Diciendo esto, y sin esperar la réplica de Juan, dio media vuelta con graciosa rapidez, arremangándose la túnica holgadísima de paño azul que vestía. Los despojos de hierbas, y el polvo y ceniza que invadían el suelo del laboratorio, exigieron el remango airoso de la guapa hembra, la cual sin querer descubrió por un instante hasta media pantorrilla. Fue Yohar hacia la mesa o mostrador en que Simi filtraba y trasegaba líquidos, y cogiendo un frasco chiquito que casi no se veía entre sus blancos dedos, volvió junto al profeta, y le acercó el frasco a la nariz, diciendo: «Confiésame tú que nunca has golido desencia tan primorosa como esta. Es de una hierba silvestrina que aquí llamamos enchíchoru, la más prefumosa de los montes, y la que más halaga el sentido. Güele más, y hártate de este olor que es el mío. En tu camisa échate gotas, y golerás lo mesmo que yo».

Dejose el poeta embriagar de aquella fragancia, que se sobrepuso a los demás olores difundidos en el aire espeso del laboratorio. Tanto aroma fuerte le desvanecía, y su cerebro se adormeció en vagas sensaciones. Bellas cosas quiso decir después de perfumarse, como su ídolo le mandaba; pero ella no le dio tiempo a (p.6995) soltar las alambicadas retóricas. «Adiós, mi señor -le dijo mirándole los ojos-. Ya no más plática hoy. Quédate con la paz, Juan». Y él: «¿No veré mañana la luz de mi vida?».

-La verás, para que estés diluminado, que en el obscuro podrías trompicar y caerte..

-Si me engañas, Yohar; si no te veo mañana, al otro día encontrarás muerto al que quiere ser tu preceptor.

-No hagas malas mientes de mí -replicó la hebrea arremangándose por detrás para salir, pero sin mostrar más que los blancos tobillos, y los pies en babuchas rojas-. Antes mancarás tú que yo.. La primera lición que me des será de los modos de hablar bonicos.. So la bestia de Dios.. Como me criaron, ansí me ves, sin ningún perfilorio.. Adiós, Juan.. No me acompañes, ni me sigas con alocamientos. Puede que haiga genterío en la calle. Quitemos razón a los malos pensares.

Trastornado quedó el profeta de la Paz con la gallardía estatuaria, la gracia inocente y bíblica de la hija de Riomesta. Nunca vio mujer que pudiera igualársele. ¿Qué comparación tenían con Yohar ni Teresa, ni Lucila, ni tantas otras bellezas de allá, embutidas en feísimos trajes negros o pardos, y hablando un lenguaje de hipócrita corrección? Yohar era la mujer oriental o asiática, la Reina de Sabá, Semíramis, Herodías, María de Magdala, y ¿por qué no la mismísima Eva con la menor cantidad de ropa? Después de amar a Yohar, podía un hombre morirse tranquilo, llevándose a la eternidad los dejos de inefable ventura.. Se enamoró y envoluntó con el fuego de todas las hornillas de amor encendidas por la juventud y sopladas por los poetas.

La imagen de Yohar, tal como en la oficina de perfumes la vio Juan, por instantes se le reproducía en el pensamiento con ilusión perfecta de realidad; por instantes se le borraba, no quedando de ella ni siquiera una vana sombra, y esta privación de la imagen le exasperaba: sin necesidad de conjuro, de improviso volvía la imagen hechicera.. Declaraba el poeta que no existía debajo del Sol rostro como el de Yohar, tan bello de (p.6996) frente como de perfil, blanco, amoroso, con resplandor de ternura sentimental, y de gracias veladas aún por la timidez. Los ojos rasgados, dormilones cuando la moza permanecía en silencio, echaban y recogían raudales de luz cuando hablaba. La boca, sin soltar una sílaba, expresaba tanto como los ojos. Los ojos, mirando, no hablaban menos que la boca.. ¿Y qué decir de la negrura del pelo, que en dos ondas asomaba tan sólo por la frente; qué de aquel pañizuelo de colorines liado en la cabeza con arte exquisito, formando por delante como el pico de una montera, y atrás un bulto que envolvía la madeja liada del abundante cabello? Sobre sus orejas, no pendientes de ellas, sino suspensos del pañuelo por un gancho casi invisible, colgaban dos aros de oro como de cuatro pulgadas de diámetro. Nunca vio Santiuste adorno tan bonito, ni tan oriental, ni tan acomodado a la belleza de Judith o de Dalila. ¡Y qué manos finas, vigorosas! Aquellas manos pudieron cortarle los cabellos a Sansón o separar del tronco la negra cabezota de Holofernes.

El cuerpo, descrito vagamente por los pliegues del túnico, y por lo que de él contaban las extremidades, o las muestras que de estas se veían, no exaltó menos que la cabeza el entusiasmo y la admiración de Juan. ¿A dónde iban a parar los cuerpos de europeas con la falaz anatomía que dan los corsés, y el andar corto y medido, sin el meneo de faldas de la mujer de Oriente?.. En fin, señalando y ponderando bellezas, el profeta no acababa.. Mazaltob, que siempre le oía con gusto por la riqueza y buen son del habla, se burló de él aquella noche mientras le servía la cena, y riéndose le dijo: «Bien garrida es Yohar, por merced del alto Criador.. pero más, más.. oye de mí.. más que su blancura valen las arcas pretas del padre de ella, hombre apañador.. ¡Goy, no desmayes, ni te acortes en el pedir cuando tengas a la moza bien sobajada de amor y endulzada de tu querer, clamando por boda!.. Ansí te vea yo padre de cien chiquitos como he de verte rico y holgado de dinerales, si haces lo que te digo..». (p.6997) No tenía traza de parar en esta cantinela; pero Santiuste le cortó la palabra, pues su corazón noble y recto no sentía jamás inquietud por cosa tocante al oro y la plata, ni dejaría de prendarse locamente de la incomparable Perla si fuese huérfana y pobre.

La segunda entrevista fue más breve que la primera. Mas la tercera superó en interés y extensión a las dos anteriores. Llevó aquel día la israelita medias de seda, como tributo a la civilización de Europa, y otra túnica azul con una franja delantera y vertical bordada de oro. Por el descote y mangas asomaban encajes. Era un vestido caprichoso, bastardeando un poco la usanza, con lo que quería significar su gusto de la iniciativa y de la variación, como sintiendo los desconocidos encantos de la moda. Y dijo Yohar: «He soñado contigo, Juanito.. Érades tú un hermoso caballo español negro.. yo una mulita blanquita. Venías a mí con relincho gracioso trotando, y yo te tiraba coces.. No te rías, que ansí lo soñé. Dirás que so bruta, muy bruta, y que ni en sueños puedo quitar de mí la condición de animala sin sabidoría..».

-Eres encantadora, y tu inocencia vale más que todas las ciencias del mundo. En mi corazón has pegado tus coces divinas, que me destrozan el alma.

-Dime otra vez que si no te quiero te morirás de muerte amorosa, que es lo que más adentro del alma me allega para quererte.. No sé si me has entendido, porque no tengo el habla tuya, como diamante tallado que echa luces.

-Sí que me moriré, porque mi vida no sabe ya vivir sola, y es llama que necesita arder en ti.. Si no, se apaga. Tú eres el haz seco que ansía mi llama..

Y con esto Juan le echó los brazos, como para sellar juramento de próxima unión ante los altares, sin cuidarse de qué altares serían, o creyendo tal vez que para el caso todos los altares eran lo mismo. Sin hacer gran violencia para desprenderse, Yohar cumplió con lo que el pudor y la decencia le dictaban; lo demás lo hizo la delicadeza de Santiuste. Y ella dijo con seriedad: «No nos aloquemos, y seyamos conocientes del mandato de Dio.. Quietas manos, y los ojos con (p.6998) virtú; hagamos promisión de ser juntos siempre, y luego pensaremos en las procuras para casarnos con ley».

Y él: «Valor de compromiso solemne doy a todo lo que digo, Yohar. Serás mía, y yo tuyo en este mundo visible y en el otro».

Y ella, con emoción mística: «Oíd, Cielos y Tierra, porque Adonai habló.. Conoció buey su comprador, y asno pesebre de su dueño». Con estas palabras rituales que pronunció al modo de juramento, y que en los oídos de Yahia sonaron como la más inspirada fórmula poética que pudiera imaginarse, expresó la israelita su propósito de pertenecer al español en cuerpo y alma. Y dejándose besar las manos, y algo de lo que asomaba de sus torneados brazos, completó así la idea: «¡Comprador mío, dueño mío!.. Pesebre nuestro tengamos pronto para siempre».

Toda hipocresía y remilgos, acudió Simi, que presente estaba, a interrumpir un coloquio amenizado con aproximaciones, en las cuales creía ver grave riesgo de la honestidad. Dijo el profeta: «No hemos hecho más que jurar, Simi». Y Yohar: «Tírate allá, pringosa entremetida, que no hemos rompido ningún vaso, ni vaso nuestro, ni del decorío de tu casa. Virtú tenemos, delantre cielo y tierra».

No hay que decir que volvieron a verse al siguiente día, y a ratificar su juramento con expresiones ardorosas, y con todos los gestos y mímica que tan dulce intimidad requería, sin que la presencia de Simi viniese a turbarles. ¡Oh, Yahia, profeta gracioso y venturoso! Tus empresas de paz dejarán memoria entre los humanos, por lo atrevidas y eficaces: tú domas el fanatismo, aproximas las razas enemistadas, y pides para todos los pueblos la bendición del Sumo Dios Único.. Fue dichoso Santiuste, y su felicidad le tuvo día y noche como en éxtasis, viendo en su pesebre a la que reunía todas las gracias de Eva nuestra madre. Por bien empleadas dio sus fatigas desde que se lanzó al trajín de la guerra. En su viaje al África vio la inspiración del Cielo, o el dedo de Dios, como dicen los historiadores y los políticos cuando quieren dar calidad de cosa divina a sus (p.6999) majaderías pomposas. Obediente también al dedo de Dios, que le sañalaba la puerta de su casa, abandonó Yohar el hogar paterno (llevándose alhajas, algún dinerito suyo, y no llaves, como Riomesta decía en sus imprecaciones lastimeras) , para seguir a Juan hasta el fin del mundo: en tal ceguera de amor la puso el poeta con su labia fogosa y el buen gancho que tenía para enamorar. Fue la primera idea de los amantes huir de Tetuán; mas olfateando el peligro, se acogieron al parador llamado el fondak. De allí escaparon más de prisa, por estar lleno el local de montañeses desalmados y de parásitos feroces; vagaron por calles y pasadizos hasta que el borriquero Esdras, a quien Yohar mantuvo a su servicio recompensándole con largueza, les deparó albergue en el tenducho miserable de un zapatero remendón, que había escapado de la ciudad. La pobreza y el desaseo de aquellas viviendas no abatió el espíritu de los amantes, ni enfrió la juvenil pasión que a entrambos inflamaba. Eran felices, y sus almas serenas flotaban sobre tanta inmundicia sin contaminarse de ella, como la luz que pasa por los aires infectos sin obscurecerse ni ensuciarse.

Llegó el 4 de Febrero. En la siniestra noche que siguió al desastre, pasaron los amantes horrible susto, viéndose en peligro de ser cruelmente asesinados. Dios, Allah y Adonai juntos defendieron las preciosas vidas de los que por ley de amor eran predilectos de la divinidad. Esdras les puso en comunicación con Simi; esta, en la mañana del domingo, les contó los horrores acaecidos en el Mellah, atropellos, incendios, muertes, y por fin el terrible caso de Mazaltob, que por milagro de Dios y mediación de El Nasiry no pereció a manos de los bandidos.. Salidos los amantes de su escondite por indicación de Simi, se fueron a un almacén ruinoso de la calle Caid Hamed, donde ya estaba escondida la hechicera, y allí esta sagaz mujer, asistida de los poderes infernales, concibió el magno proyecto de buscar refugio en la próxima casa de El Nasiry.. De la idea pasaron a la ejecución, conforme entró la noche del 5 al 6, y tan (p.7000) admirables disposiciones estratégicas y tácticas dio la maga para el atrevidísimo acto, que un éxito brillante coronó la sutileza de ella y la prontitud de todos.

Cuentan los que lo vieron que en la mañanita del 6 salió Juan de su nuevo alojamiento con el airoso traje que encontró en los roperos de El Nasiry, y recorrió el centro de la ciudad, informándose de lo que había pasado durante la noche. El aspecto de las calles y el cariz de la gente que en ellas veía le afianzó en su idea de la fácil entrada del ejército vencedor. En Garsa Es-seguira, vio muchos hombres que disputaban en alta voz, señal de que no había unidad en los pareceres, y sin unidad la resistencia era imposible. Unos corrían después hacia la puerta de Fez, otros hacia las del lado Este; no vio tipos de militar fiereza, sino figuras demacradas, famélicas, con la insana movilidad de quien no sabe lo que quiere ni a dónde va. Pasó luego por la calle Emtamar donde habitaba un gaditano con quien había hecho conocimiento. Deseaba por su mediación ponerse al habla con Riomesta, pues de este y del Rabino era grande amigo el tal andaluz, que fue a Tetuán de barbero y luego puso comercio de ferretería y loza ordinaria. Halló Santiuste la casa y tienda cerradas a piedra y barro, y allí se detuvo un momento dudando qué dirección tomar. En esto sintió voces de tumulto, y vio correr la gente en dirección de la gran Mezquita. La curiosidad le llevó hacia allá.. Siguió luego por calles que conducían a una de las puertas de la ciudad.. ignoraba cuál de las puertas era. Oyó que por allí entrarían o querrían entrar los españoles, y esto le empujó más por aquel camino. Al desembocar en una encrucijada irregular, llena de basuras y escombros, formada por casuchas de una parte, de otra por ruinas, vio que unos montañeses atropellaban a dos pobres hebreos ancianos y a las mujeres de la misma raza que salieron a su defensa. Un moro de buen porte y calidad, a juzgar por su vestimenta, corrió al socorro de los débiles. Pronto se le unió en la caballeresca acción otro señor (p.7001) bien vestido. Santiuste, que con su prestado traje se tenía por tan principal como el primero, acudió a reforzar a los caballeros. En un santiamén quedaron estos vencedores, y dispersos los desalmados.. Dio algunos pasos Juan, atraído de un rumor de cornetas que del campo venía.. Llegó a la vista de los baluartes que franquean la puerta de la ciudad; vio que al lado suyo, tocándole casi, iba uno de los bravos personajes moros que medio minuto antes habían cerrado contra la canalla. Paráronse ambos, se miraron, y el profeta Yahia se encontró frente a la gallarda figura de El Nasiry.

 

Ep-35-III -

No hizo Santiuste por evitar la mirada del moro, ni menos trató de escabullirse y poner pies en polvorosa; antes bien afrontó gustoso la presencia de aquel sujeto y se fue a él con donaire y confianza. «Yo soy Juan -le dijo-, no Yahia, como tú me llamas»; y de esta sola frase surgió una larga conversación. Ráfagas de cólera, ráfagas de benevolencia notó el poeta en la cara del moro y en su lenguaje de perfecta entonación castellana. Lo que hablaron se perdió en el bullicio del pueblo que les rodeaba y en el rumor de cornetas que del campo venía. No se maravilló poco Santiuste de ver que el arrogante moro palidecía, que sus miradas inquietas se volvían de la tierra al cielo y del cielo a la tierra, y que de su pecho arrojaba suspiros, en los cuales iba envuelto el sonido de alguna palabra ininteligible. Sin duda sufría grave trastorno moral y físico, enfermedad del cuerpo, o profunda turbación del ánimo. El griterío de dentro de la plaza y el ruido militar de fuera crecían. Entre ambos rumores la puerta permanecía cerrada. ¿Se abría o no se abría la puerta?

En el sitio donde estaban Juan y El Nasiry no se veía la puerta, y sí el torcido callejón que a ella conduce. Junto a ellos, entre las ruinas y un paredón interior de fortaleza, vieron la escalera de gastados peldaños, por donde subían y bajaban moríos de mal pelaje que pretendían ocupar el reducto defensor de la puerta, artillada con dos cañones de figurón.. Sin verlo, bien se comprendía que los españoles (p.7002) habían llegado a la puerta, y encontrándola cerrada amenazaban con abrirla de par en par a cañonazos. El altercado entre los cristianos de fuera y los muslimes que por las troneras del reducto asomaban sus famélicos rostros, se oía desde dentro. No teniendo entereza para resistir ni para franquear gallardamente la entrada, los de arriba dijeron: «No podemos abrir.. El Kaid se llevó las llaves». Siguió a esto un estruendo de vigorosos golpes dados en la puerta.

España colérica gritaba: «Abrid, miserables, o pegaré fuego a la ciudad». Con enormes piedras y con las culatas de los fusiles, los españoles cascaban las herradas maderas.. Vieron entonces Juan y su acompañante que del reducto bajaban despavoridos los bergantes que allí hacían un vil simulacro de defensa. Al verlos huir, El Nasiry, sin abandonar su actitud de abatimiento les dijo: «La voluntad de Allah sea cumplida..». En el mismo instante, la caterva de judíos y de moros pobres se lanzó por el callejón que conduce al interior de la puerta, y ayudó con piedras a romper lo que los españoles querían romper desde fuera. La Blanca Paloma, la virginal doncella Ojos de Manantiales quedó pronto a merced de su conquistador.. Tras un silencio de estupefacción, estalló bajo la bóveda de la puerta, como un trueno subterráneo, la marcha real española. Todo aquel viejo armatoste arquitectónico se estremeció, dando piedra con piedra.. Los que tocaban la marcha permanecieron un instante quietos; luego se vieron las bayonetas, los fusiles, los hombres que entraban con paso grave.. El Nasiry, en el paroxismo de su terror, cogió del brazo a Juan y lo llevó por un callejón que desde la puerta se empinaba entre casuchas gibosas. «No puedo ver esto -le dijo-. Vámonos.. escondámonos». Y Yahia: «Déjame, señor, que les vea. Son mis amigos.. Ya entran.. avanzan ya con paso ligero. Mira cómo les aclama la multitud. Entran con respeto, como hombres de buena educación que delicadamente se acercan a la desposada y le quitan los velos.. Al frente viene el General Ríos.. también (p.7003) Mackenna..». Estirando toda su estatura para echar una mirada por encima de las cabezas de la multitud, dijo El Nasiry: «Viene con ellos El Gazel, para enseñarles los caminos y guiarles por las calles.. Vámonos, Yahia; yo no debo ver esto».

Avanzaron algo más callejón arriba. En una rinconada donde asomaban, por entre construcciones humildes, algunas peñas del cerro en cuya cúspide está la Alcazaba, El Nasiry no pudo ya mantener en tensión las fuerzas del alma que sostenían su disimulo. Dejando correr un raudal de lágrimas, sin cubrirse el rostro ni alterar su voz plañidera, habló de este modo: «La turbación que siento es de las que pueden matarle a uno si se descuida.. Asístame Dios.. Pues adivinaste tú quién soy, poco será lo que yo tenga que decirte.. Esas músicas, esa gente que entra en Tetuán con alegría de victoria, no me dicen cosas olvidadas. Lo que veo y lo que oigo es mío, tan mío como mi propio aliento.. No digas a nadie lo que has visto en mí, ni repitas mis palabras. Yo debo alejarme de esta pompa y fingir que me entristece lo que me regocija.. Tengo aquí un nombre, tengo una posición, tengo un estado, que gané a fuerza de trabajo y de astucia inteligente. No puedo renegar de mi estado, Yahia; no puedo arrojarlo a la calle por un melindre de patriotismo.. Guárdame el secreto, y adelante.. Sigamos, observemos y disimulemos. El traje que vistes te obliga, como a mí, a ser cauto y prudente».

Desde el sitio en que se hallaban, vieron que entraba el raudal de tropas; los haces de bayonetas brillaban al revolver de la marcha en las angostas calles; el color pardo de los ponchos se iba extendiendo y llenando calles y plazuelas, como sangre inyectada en las venas vacías de la ciudad. La virginal Ojos de Manantiales estaba ya hinchada de españoles, y pletórica de aquel rico elemento vital que se difundía por todo su cuerpo.. Las azoteas, coronadas de gente, coronaban también de vagas aclamaciones el estruendo de las músicas que invadían las calles.. «Acerquémonos ahora -dijo El Nasiry-, y veamos si entra también O'Donnell». (p.7004) No por donde habían subido, sino por otro callejón que iba a desembocar a la plazuela llamada Garsa El Kibira, fueron ambos a satisfacer la curiosidad y la emoción, el insaciable sentimiento que nunca se hartaba. A distancia, por un largo y recto pasadizo cubierto, que era como anteojo, vieron pasar soldados, recorriendo una vía de relativa anchura. Así estuvieron mediano rato: «Mira, mira -gritó de improviso Santiuste-: ese que ahora pasa es O'Donnell.. Ya pasó, ya no lo ves..». «Le vi -replicó El Nasiry-, y le conocí por su grandeza, que a mi parecer superaba a la de las casas». Detrás del General en Jefe siguieron entrando secciones de todos los Cuerpos con sus músicas correspondientes, las cuales tocaban la marcha de la ópera Macbeth, muy del gusto de O'Donnell por su marcial aliento.

«En el corazón -dijo El Nasiry retrocediendo con su amigo-, se me queda pegada esa música, y creo que la estaré oyendo mientas viva..». Empujada la puerta más próxima, penetró en una casa de apariencia humilde. Era una de las tres de su propiedad que alquiladas tenía. El pobre viejo que moraba en ella, almuédano a sus horas, a ratos escribiente de un Kadí, había salido a ver las tropas. En el patio, una mora vieja y demacrada recibió al casero: este y su acompañante, descansando en un poyo revestido de azulejos, continuaron su interesante coloquio. Reiteró El Nasiry a Santiuste la recomendación de guardar secreto sobre cuanto le dijese, movido del irresistible impulso de abrir su pecho, en tan grave ocasión, a un individuo de su raza y de su tierra. A las innumerables preguntas que hizo acerca de España y de la familia de Ansúrez, pidiendo detalladas noticias de su padre y hermanos, contestó Juan con interés minucioso, apurando su memoria para que nada se le quedase por decir. Con esto acabó el buen Yahia de ganar la confianza del que tenía por poderoso señor musulmán, o renegado de alta escuela, al estilo de Alí Bey.. De veras admiró Juan el prodigio de una metamorfosis bastante perfecta para cautivar en confiada ilusión a todo (p.7005) un pueblo.

Ponderó El Nasiry las ventajas de vivir en Marruecos en calidad de moro, disfrazándose para ello de lenguaje, de costumbres y de religión, y ensalzó el beneficio grande que resulta de existir allí muy pocas leyes, simplificación legislativa que compensaba el bárbaro despotismo del Sultán. Este no era tan intolerable para el hombre flexible y astuto que supiera adaptarse al suelo, y hacer sus pulmones al ambiente de un país sin gobierno excesivo, tiranía ciega y caprichosa. Era cuestión de marrullería, de estudio de los hombres y de conocimiento de la fundamental ciencia del Mogreb, que es la Gramática Parda. Él había estudiado más que cien bachilleres de Salamanca para llegar a la cabal asimilación del Islamismo por el lado religioso, por el civil y moral, y podía decir, aparte toda modestia, que pocos picaron tan alto en la sutileza de la conquista. «La llamo así -prosiguió-, porque conquista personal es lo que yo he realizado, y no hay otra manera de penetrar en esta salvaje familia. Los españoles no imitarán en conjunto mi obra, y por no imitarme, no serán nunca dueños de Marruecos, a pesar de estas guerras y de estas batallitas vistosas.. sí, muy vistosas y con música, hijo mío, pero nada más.. Y por fin, si tu intención es quedarte aquí, tómame por maestro, y no des un paso ni respires sin consultarme previamente. Prepárate a una labor dura, y trae a tu entendimiento todas las luces que andan por esos mundos, y alguna más que tú inventes, pues la sabiduría y picardía labradas por los demás no son bastantes, y hacen falta picardía y saber nuevos que cada cual debe sacar de donde pueda».

Tocole después a Santiuste explicar el rapto de Yohar, y en verdad que lo hizo con perfecta honradez histórica, refiriendo los antecedentes del caso y el caso mismo sin jactancia ni floreos sentimentales. Frunció el ceño El Nasiry a la conclusión de la historia, y dijo: «Bien, Yahia: empuje grande de ilusión hubo, según veo, por una parte y otra, y no mediaron más que los engaños propios de amor. Ordena la Naturaleza que (p.7006) se le rinda homenaje, y no hay forma de desobedecerla.. Es una tirana que manda en la juventud.. ¡Como que ella es siempre joven, y está engendrando sin cesar!.. Bien, hijo: lo que no me parece acertado es tu pretensión de que Yohar abrace el Cristianismo. Si logras catequizarla, despídete de las riquezas de su padre, que son cuantiosas, hijo. Conozco a Riomesta; sé que no sólo es el más rico, sino el primer rezador del Mellah, apegado fanáticamente a su Ley rancia y a los ritos hebraicos. No, no cederá.. Tienes que largarte a España con la moza, si es que quiere seguirte.. Hoy, como está enamorada, te dirá que sí, que será cristiana, que quiere el agua del bautismo.. Pero no te fíes, hijo, no te fíes, ni creas que esas lindas coces de Yohar que me has contado han de ser siempre blandas y amorosas.. Ya coceará de otro modo.. Deja que se enfríe un poco el amor, pues no hay cosa caliente que el tiempo no enfríe, y verás cómo la borrica tira al pesebre paterno.. Dime otra cosa: ¿tienes tú con qué mantenerla?, ¿piensas que se resignará a la pobreza? Yohar gusta de los ricos vestidos, de las joyas.. Sin duda esa víbora de Mazaltob le ha hecho creer que eres tú algún magnate disfrazado de pobre.. Sigue mi consejo: haz paces con Riomesta; pídele su borriquita blanca; dile, o hazle creer, que por poseerla en forma de ley entrarás por el aro judiego y te hincarás delante de Adonai».

Como Santiuste declarara enérgicamente que no haría jamás abjuración verdadera ni fingida de su fe cristiana, El Nasiry, luengo de marrullería, astuto y nada corto de explicaderas, le dio palmadas en el hombro diciéndole: «Hijo, vete pronto a España, vete a cualquier país civilizado, que en África no tienes más carrera que la de mendigo si no estudias todas las artes del fingimiento. El cristiano que acá venga y no sepa fingir, o muere o tiene que salir pitando. Se hace aquí fortuna más o menos grande según el grado de simulación que cada uno se traiga para poder vivir entre esta plebe.. En mí tienes ejemplo vivo del arte de figurar lo que no es.. Después de tanto tiempo y (p.7007) de aprendizaje tan largo, ya vencedor en la lucha, todavía me veo precisado a representar más papeles, según las ocasiones que se van presentando.. Y para que lo comprendas mejor, te pondré un ejemplo mío, un ejemplo reciente, de estos días, de hoy.. Verás, Yahia.. atiende un poco».

Limpió su gaznate El Nasiry con ligeras toses, y bien preparado de ideas y razones, prosiguió así: «Tengo yo un amigo llamado El Zebdy, residente en Fez, buen hombre, intachable musulmán, rezador y creyente a macha-martillo, rico y de no escasa influencia cerca del Sultán. Su bondad y humanidad no tienen más límite que la línea del fanatismo; cuando traspasa esta línea, es El Zebdy tan bárbaro y cruel como cualquier otro de su raza, y aún más que tantos y tantos que se ven por ahí. Pues bien: este amigo me suplicó que le contara por escrito todas las ocurrencias de la guerra, desde la llegada de los españoles al valle del Río Martín, hasta que quedaran deshechos ante los muros de Tetuán.. No era de mi gusto escribir historias; pero no podía negarme a la pretensión de El Zebdy, porque este señor me ha protegido con largueza; me salvó una vez la vida; por él tengo aún esta mi cabeza sobre los hombros; me ha dado dinero y crédito para mis negocios; consiguió que el Sultán me cediera gratis el terreno donde he construido tres casas; y más, más favores le debo. ¿Qué podía yo hacer, Juan? Ponte en mi lugar. Pues Señor.. agarro mi pluma y ¡zas!: todas las acciones se las he contado, y sólo me falta la de Tetuán y las trapisondas en la ciudad, tarea que tengo dispuesta para esta tarde, si Dios me da tranquilidad y tiempo..».

-Linda historia será -dijo Santiuste-, escrita sobre el terreno, interpretando la realidad honradamente.

-Quítate allá. ¿Crees tú que es historia lo que escribo para El Zebdy? No, hijo, no es nada de eso, porque he tenido que escribirlo al gusto musulmán, retorciendo los hechos para que siempre resulten favorables a los moríos. Y cuando no me ha sido posible desfigurar el rostro de la verdad, hele puesto mil mentirosos adornos (p.7008) y afeites para que no lo conozca ni la madre que lo parió. En cada párrafo he metido exclamaciones del Korán y gran porción de esas pamplinas con que aquí se alimenta el fanatismo. Allah y la variedad infinita de sus nombres no se me caían de la pluma. Así queda el amigo muy contento y al leer dice: «¡Qué buen creyente es El Nasiry! ¡El Benigno le alargue sus años!». Cierto que si el fárrago de mis cartas cayera en manos de un español listo y versado en letras, vería que por los huecos de aquella balumba de citas koránicas y de adulaciones al Mogreb y a sus bárbaras tropas, asoman las ideas cristianas, todo el saber que se trae uno al mundo desde que le ponen en la frente la sal del bautismo. Claro que el bestia de El Zebdy no verá más que la superficie de lo escrito; en el fondo no penetrará, porque su entender romo es incapaz de penetración, como el de todo muslim que no ha salido de estas ciudades apestosas; se holgará mucho de mis falsas historias, y las mostrará a sus amigos. No quiera Dios que ojos cristianos las lean, pues entonces saltará de los renglones el engaño que en ellos se oculta, y adiós fingimiento mío.. Allah me guarde siempre.. o Dios, si tú lo quieres.. y en confundirlos no hay pecado, que de estrellas arriba el que manda es quien es, y no se cura de que aquí le demos este nombre o el otro. Entiéndelo, hijo».

Calló El Nasiry, quedando un ratito en meditación. Juan, metido también en sí, no echaba en saco roto la lección de fingimiento. La pausa terminó con un suspiro del caballero moro, y con decir este a su amigo: «Creo, Juan, que es hora de que vuelvas a casa. Yohar la blanquísima estará inquieta porque tardas.. Yo me quedo aquí: mi inquilino, que como amanuense del Kadí es hombre de letras, me tendrá preparados los trastos de escribir. Aquí enjareto mi carta al gaznápiro de El Zebdy, y hago tiempo hasta que llegue la noche, pues de día no verán mi rostro las calles de Tetuán. Cuando obscurezca iré a mi casa, que ahora es tuya, y te visitaré a ti y a toda la caterva que allí se me ha metido. Procuraré recoger a Ibrahim y a (p.7009) Maimuna, que amedrentados huyeron de vosotros, teniéndoos por diablos.. Entre todos me cuidaréis la casa, que ha venido a ser refugio maternal de moros, cristianos y judíos.. Anda, hijo, no te detengas.. Allah y la Virgen te acompañen.. Dios y la Virgen digo. Todo es lo mismo.. Dios hizo al hombre, y el hombre ha hecho los nombres de Dios.. Abur».

 

Ep-35-IV -

Camino de su prestada vivienda, Juan pasó por España.. España invadía las calles, pasadizos y rinconadas de Tetuán, gozosa, entusiasta, decidora, con todo su vigor de espíritu y toda la sal de su lenguaje. ¿Quién se acordaba ya de las fatigas, de las hambres, de la muerte de compañeros mil, de las penalidades de todos? Gustaban los soldados la victoria como un manjar celestial que asemejándoles a los dioses les revestía de la más pura dignidad, y les inspiraba mayor indulgencia con los vencidos, y más vivo amor a la patria ausente. ¡Fenómeno singular! Traídos a la victoria por O'Donnell, todos se parecían a él; en todos se reflejaba la serenidad majestuosa del héroe triunfante. No se maravilló poco Santiuste cuando vio y supo que ni el más leve atropello habían cometido los soldados vencedores: a moros y judíos trataban con afable generosidad, repartiendo entre ellos el pan que llevaban para sí. El triunfo ganado con las dos grandes virtudes militares, el valor y la obediencia, la suma acción, la suma pasividad, a todos infundía ideas y talante de caballeros.

Al pasar por el Zoco, advirtió Juan que en el Mellah gran número de soldados confundían su júbilo bullicioso con la bullanga de las hebreas. No quiso entrar en el barrio judío, donde pudiera aparecérsele la irritada figura de Riomesta, y abriéndose paso entre la muchedumbre de militares, tomó la dirección de su casa. Buscaba rostros amigos, y el primero que vio por dicha suya fue el del beatífico clérigo castrense don Toro Godo, que al pronto no le conoció: de tal modo le desfiguraba la morisca vestimenta. Se abrazaron; mucho tenían que hablar y que contarse; pero Juan iba deprisa, y ya charlarían en mejor ocasión.. Con (p.7010) interés vivo y palabra rápida preguntó por los amigos: «¿Y Alarcón, y Pepe Ferrer, y Clavería, y el dibujante Vallejo, y Rinaldi, y este y el otro y el de más allá?». De casi todos le dio don Toro noticias lisonjeras.. «Abur, hasta luego..». «Nos veremos mañana..». Diez pasos más, y el poeta de la Paz se encontró frente a frente del poeta de la Guerra, Pedro Antonio de Alarcón, que venía de la casa de Erzini con su amigo Carlos Iriarte, escritor y dibujante francés. Grande fue el estupor del de Guadix al ver a su amigo sano, limpio, alegre de rostro y mirada, y con aquel airoso empaque musulmán que cuadraba tan bien a su tipo y figura.

«¿Qué tienes que decir, Pedro, de la metamorfosis de tu amigo? ¿Me creías muerto? Muerto fui, resucitado soy. Abrázame una y cien veces.. ¡Viva el África hospitalaria!.. ¿Para qué hemos conquistado a la blanca Tetuán sino para establecernos en ella?».

-¡Viva Tetuán, y España por los siglos de los siglos viva! -gritó el granadino con toda la fuerza de su voz, los brazos en cruz-. ¡Cuánto me alegro de verte! ¡Qué guapo estás! ¿Quién te ha dado esta ropa? Pillastre, ¿has conquistado alguna morita?

-Ya te contaré.. Tengo prisa.. vuelvo. ¿Dónde me esperas? Tenemos mucho que hablar.

-¿Estabas aquí cuando la batalla del 4 de Febrero?.. ¡Acción clásica de guerra! Yo veo en ella el triunfo de la Artillería, y la obra maestra de O'Donnell. Ensalcemos esta grande ocasión de los tiempos presentes. ¡Con cien mil de a caballo, cuándo nos veremos en otra!.. ¿Pero tú qué has hecho, qué haces ahora?

-Si viene la paz, haré la historia de ella.. Lo que falta para llegar a la paz, yo lo contaré al mundo. No me mires con burla. Ya te demostraré que alguna hojita de los laureles que habéis conquistado me corresponde a mí.. Tetuán, la Blanca Paloma, nuestra es.. Si vosotros con el acero y la pólvora habéis hecho una gran conquista de guerra, yo, con pólvora distinta, he hecho una conquista de paz. ¿Cuál será más duradera, Perico?..

Fin de O'Donnell

 

FIN DE AITA TETTAUEN

 

 

&

(EPISODIO (p.7011) 37)

CARLOS VI EN LA RÁPITA

 

Ep-37-I -

Tetuán, mes de Adar, año 5620.

¡Vive Dios, que no sé ya cómo me llamo! Yahia dicen los del Mellah al verme; Alarcón me saluda con apodos burlescos, Profetángano, Don Bíblico; para algunos moros maleantes soy Djinn, que quiere decir diablillo, geniecillo; y mi venerable amigo el castrense don Toro Godo me ha puesto el remoquete de Confusio (con ese) . Cuando me recojo en mí, y examino y desdoblo mi personalidad, ahora tan envuelta sobre sí propia, vengo a reconocer que soy aquel Juan que vino de España con el Ejército de O'Donnell, trayendo consigo poco más de lo puesto, un humilde y no manchado apellido, que creo era Santiuste, y una condición que tengo por sencilla y mansa, la cual, dividida en cuartos, me da tres partes de galán enamoradizo y un cuartillo de poeta. Tal soy, tal fui. Quiero reconstruir mi ser sintético, y fundar en él la nueva conciencia que necesito al cabo de tantos trastornos, en ésta mi africana vida tan atropellada y exuberante.

Si apenas sé cómo me llamo, tampoco me doy clara cuenta de la religión que profeso, pues las tres que aquí tenemos, confunden en los espacios de mi espíritu sus viejos dogmas y sus ritos pintorescos. Y ved aquí que yo, el hombre de las grandes confusiones, el panteólogo desmemoriado que, al descuidar la fijeza de su nombre, borra con igual descuido los nombres de las cosas, me meto a refundir en una sola creencia las tres que aquí los humanos practican, divididos en castas, familias o rebaños, con sus marcas correspondientes. Adviértase que la síntesis religiosa es para mi uso particular y exclusivo goce, sin ningún prurito de apostolado ni cosa que lo valga. Las tres me mandan que ame a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a mí mismo, y que perdone las ofensas; las tres me señalan la vida perdurable como fin sin fin de nuestro ser, y me ofrecen recompensa o castigo conforme al valor moral de mis acciones, mientras me tiene Dios estacado en la sociedad humana, paciendo en las no (p.7012) siempre fértiles praderas de la vida fisiológica.

Ninguna creencia monoteísta me manda matar ni robar; pero veo que todas violan el precepto en las guerras y trapisondas, mayormente si éstas son traídas por el furor pietista de los pastores que nos guían en este mundo, y en los caminos para llegar felizmente al otro. Yo ni mato ni robo, y considero la guerra como el pecado mortal de las naciones. En el tratado del amor de mujer manifiestan las tres hermanas.. (que así las llamo por no encontrar nombre adecuado con que designar su indudable parentesco) .. manifiestan, digo, divergencias mayores que en otros delicados puntos. Cuál dice que nos casemos con una sola; cuál, que con cuatro; y alguna se nos muestra tan adusta y regañona en lo concerniente al trato mujeril, que, si obedeciéramos con rigor inflexible sus crueles prohibiciones, dentro de un par de siglos no habría ya mundo para contarlo. Pastores y rebaño infringen con tácito acuerdo la inhumana ley que proscribe toda alegría, y así, con el prohibir y el infringir bien alternados, con este ten con ten, como dijo el otro, rebaño y pastores van tirando hasta el fin de los siglos.

En verdad os digo que no me ha costado grandes quebraderos de cabeza encontrar la idea fundente de los distintos criterios con que éste y el otro Decálogo tratan de regular la máquina de nuestras pasiones. Yo cumplo, yo infrinjo conforme a supremos dictados de humanidad viviente y creadora, y al punto me sale la ley de indulto que acalla mi conciencia, reconciliándome con las soberanas leyes.. Espero que este relato de mi vida en tierras africanas me dará nuevas ocasiones de explanar con detenimiento materias tan sutiles, y ahora, puesto a infringir, quebranto el método natural de toda narración, y divago a mi antojo, volando de idea en idea y de impresión en impresión.

Sabed que algunos días me levanto y me acuesto con la firme creencia de que vivo en el más bárbaro país del mundo; sabed que no pocas noches me acuesto y me levanto con la idea de que he venido a caer en un país donde (p.7013) debemos aprender la civilización antes que enseñarla. El caviloso examen de estas contradictorias opiniones mías a veces me ocupa mañanas y tardes, sin que de mi tenaz raciocinio salga el término discreto en que pueda fundar la verdad. Me interrogo y no sé qué contestarme. «¿Por qué ha de ser signo de incultura el anónimo de estas calles, plazoletas, encrucijadas y pasadizos? ¿Qué va ganando Tetuán con el furor bautismal de los españoles, que no paran estos días de clavar rótulos en todas las vías urbanas, trayéndonos acá la enfadosa titulación de las calles europeas? ¿Son los tetuaníes mejores de lo que eran porque se llame calle del Rey lo que antes llamábamos, sin letrero alguno, Kaisería; calle de Cantabria la extensa vía de Trankats, y de Chiclanala famosa El Haddadin?». Los vencedores estampan en el cuerpo de la ciudad conquistada la marca de su prepotencia; en él practican una especie de tatuaje con los nombres de todas las unidades de su ejército y los de famosos territorios y pueblos de España. Ojos de Manantiales ha venido a ser un diccionario de la guerra y de la paz. Los tetuaníes hojean el indigesto infolio sin entender una sola letra; saben que están vencidos; sienten la mano del dominador; pero miran con desprecio las muestras de su escritura y lenguaje que el español va pintando en las paredes. Yo digo: «Bautizando calles, nada conseguiréis. En las poblaciones marroquíes no habría calles si no fuera indispensable un poco de suelo común para ir de un edificio a otro. Dejaos de callejear, y buscad la vía por donde penetréis en los corazones».

Ayer comí con Alarcón y Rinaldi en la Judería, donde reside el primero. Ambos se burlaron de mi ropa moruna, invitándome a reponer en mi persona las decorosas prendas del vestir europeo. No me mordí la lengua para defender mi vestido y prestancia, y despotriqué furiosamente contra el odioso pantalón, incómodo y deshonesto, contra las chaquetas y levitas de lúgubres colores, contra los acartonados cuellos de las camisas y las ridículas corbatas que nos oprimen el pescuezo. (p.7014) «Cuando me acuerdo -les dije-, del sombrero de copa, y de que yo he llevado ese absurdo chapitel sobre mi cráneo, viendo en derredor mío, día y noche, innumerables seres humanos afeados de igual manera, creo haber despertado de angustiosa pesadilla, en la cual soñaba yo, y medio Madrid conmigo, que éramos tubos de latón, y que por la cabeza despedíamos todo el humo de las vanidades humanas». Ya empiezo a dudar de que tales sombreros hayan existido y de que yo me los haya puesto; ya veo representada en ellos toda la impertinencia meticulosa y refistolera de lo que llamamos Administración Pública, la oquedad del Organismo Burocrático, nuevo poder erizado de fórmulas, de ataduras, de pinchos, y que al exterior trata de hacerse imponente con su empaque en cierto modo sacerdotal. Casullas me parecen las negras levitas, y mitras los sombreros de copa. Vistos desde aquí los señores de mi tierra y los primates de la política, me inspiran miedo supersticioso. Su saludo, quitándose el tubo y volviendo a ponérselo sobre la cabeza, en casi todos calva, me hace el efecto de un signo hierático, como el gesto de aquellos figurones que decoran los monumentos egipcios o babilónicos.

De estas extravagancias mías se ríen Alarcón y Rinaldi, y el moro de Guadixme contesta con otras más graciosas y peregrinas, acabando por darme la razón y renegar conmigo de algunos usos europeos. Alegrábamos nuestra comida con burlas y chascarrillos, poniendo en caricatura el habla dengosa de las hebreas que nos servían, hijas de Abraham Mendes, en cuya casa, que no es de las peores del Mellah, tiene Alarcón su alojamiento. Este Abraham es hermano de Jakub Mendes, y como él, tratante en piedras y metales preciosos. A dos pasos de allí, en la calle que ahora lleva el rótulo de Numancia, tengo yo modestísimo albergue que me proporcionó Simi, pared por medio con su casa, y que amueblamos con prestados trebejos, tapicería y cerámica. Luce nuestro ajuar más de lo que debiera por el buen gusto con que todo lo apaña y (p.7015) adereza Yohar, cuidando de que en cada objeto se vean de cara las partes libres de manchas, deterioros o desgarrones, y de que queden en la obscuridad las estragadas por el uso y el tiempo. Tal es el arte de mi compañera, que nuestra casa, en la cual estamos como en un estuche por su extremada pequeñez, parece bonita sin serlo realmente, y hasta nos da la ilusión de holgura en su exigüidad molestísima. Influye no poco en esto nuestra imaginación, que desde los días del rapto no cesa de construir en derredor de nuestra pobreza un mundo risueño y grato: gracias a ella, lo duro se nos vuelve blando, ancho lo angosto, y cuando yo, poniéndome en pie con descuido, sin acordarme de la corta altura de la estancia, doy con la cabeza en el techo, las estrellas que veo son los luminosos ojos de Yohar.. La imaginación nos calienta el comistraje que frío recibimos de las manos de Mazaltob, y nos disminuye considerablemente el número de pulgas y de otras perversas alimañas que de la casa de Simivienen a la nuestra, en busca del pasto abundante que les ofrecen los cuerpos jóvenes..

Otra vez divago, lector mío: no puedo sujetar mi versátil pensamiento, que se me tuerce y ladea cuando más en derechura quiero llevarlo.. Recojamos y anudemos la hebra interrumpida. Digo, pues, que Alarcón y Rinaldi, después que almorzamos, me llevaron a dar un paseo por la ciudad, y al cabo de unas vueltas perezosas por las calles próximas al Zoco fuimos a parar al Fondac, que es como decir parador, lugar de reposo y transacciones comerciales, que los españoles han transformado llevando a él la cháchara morosa de los casinos de allende. Oficiales de distintas armas tomaban café bajo el emparrado sin hoja que entre las dos crujías del local forma un techo completamente ilusorio. Con unos y otros charlamos, hasta que, secos nuestros gaznates, hubimos de humedecerlos con las infernales bebidas europeas que allí vendía un travieso argelino, de cuyo nombre no me acuerdo. Se hablaba del delirio patriótico con que acogían todas las ciudades de España los recientes triunfos; de (p.7016) los planes de O'Donnell; de los rumores de próxima paz; se traslucía en todos el deseo de que ésta llegara pronto, pues ya era hora de consolidar las glorias en el descanso; algunos dedicaban palabras medrosas a los estragos del cólera morbo, dentro y fuera de la ciudad, llevando cuenta de los casos que por la celeridad de la muerte infundían mayor lástima y terror.

En estas conversaciones nos entreteníamos, cuando me sobrecogió la presencia de dos sujetos que aparecieron por el foro del Fondac, y así lo expreso, porque siempre vi en aquel patinillo disposición semejante a la de un escenario: paredes a izquierda y derecha con puertas practicables; foro de tenduchas arrimadas a una pared con angostos ajimeces; bambalinas de emparrado.. De una de las tiendas del fondo, o de la portezuela mal escondida en la rinconada, no estoy bien seguro, salieron los dos hombres en quienes mis ojos y mi atención se clavaron: el uno moro de buen porte, viejo barbudo el otro y de traza judaica. Pasaron cerca de mí, y ya en los bordes de lo que podríamos llamar proscenio, detuviéronse para mirarme. En el moro noté lástima cariñosa; en el hebreo, desdén, odio, rabia: su boca me habría mordido si pudiera, y sus ojos, fulgurantes bajo las cejas blancas de cerdosos pelos, me lanzaban miradas que me habrían deshecho si fuesen rayos.. Eran mi fanático suegroSimuel Riomesta y mi gallardo amigo El Nasiry.

 

Ep-37-II -

Segunda semana de Adar.- Se alejaron hablando de mí, bien lo conocía yo, y a mayor distancia volvieron a detenerse y a mirarme. Riomesta unió al rencoroso mirar un gesto de amenaza, extendiendo el rígido brazo hacia mi humilde persona. Desaparecieron, dejando en mí una sensación de ansiedad expectante. Toda la tarde, antes y después de abandonar a mis amigos, estuve muy metido en cavilaciones. Asaltaban sucesivamente mi espíritu presagios de distintas calamidades, y mi excitada memoria reproducía con maligna insistencia hechos observados en mi propia casa dos y tres días antes. No he dicho aún, por no tener (p.7017) ocasión de ello, que mis vecinas me habían informado de las visitas que a Yoharhizo Riomesta algunas tardes, hallándome yo ausente. Ignoraban lo que hija y padre habían hablado, por ser el camaranchón inaccesible a la curiosidad de ojos y oídos; pero veían salir al viejo bufando, con temblor de la mandíbula inferior y de su barba hirsuta. Luego encontraban a la blanca mujer deshecha en lloriqueos, y algún día viéronla rasgar con fiero impulso un pañuelo de fina seda con que su seno cubría. Interrogada por mí sobre el particular, Yohar me contó que su padre la reprendía y amenazaba, negándole todo auxilio de dinero mientras viviese conmigo.. Verdad parecía esto; mas no era, según mi entender, la verdad completa. Algo más había, sin duda, que en el pensamiento de mi amada quedaba como en expectación medrosa, no sin que lo dejasen transparentar sus ojos dormilones y aun la tersa blancura de su frente.

Debo decir que no ha desmentido Yoharni un solo día la inclinación amorosa que la trajo a mi lado, ni ha dejado de ser tierna, dulce, firme y encendida en su afecto. Sólo para mí vive, como yo para ella, y en sus cálculos de futura existencia habla como si nuestros destinos fuesen inseparables, y nuestras almas no supieran romper su armonía venturosa. En los azarosos días, antes y después de la ocupación de Tetuán por los españoles, el ánimo de Yohar era de una igualdad encantadora; ninguna privación ni molestia lo abatían; ningún contratiempo apagaba en sus labios la franca sonrisa con que iluminaba mi existencia y la suya.. Instalados en la casuca del Mellah, porque nuestro menguado peculio no nos consentía mejor vivienda, nos avenimos a la estrechez, y extremando la conformidad, llegamos a encontrar delicioso aquel escondrijo y hasta muy favorable a la salud. Burlándonos de las molestias, concluíamos por soportarlas y aun por creerlas buenas: la sal de las bromas y la dulzura del amor, alternadas en el tiempo sin espacio de hastío entre una y otra, nos sazonaban la vida en tal manera, que no ambicionábamos vida mejor.

Cuando (p.7018) nos faltaba qué comer, porqueSimi no había logrado vender el puñadito de aljófar que a nuestro sustento destinábamos cada semana, Yohar distraía y engañaba nuestra inanición con humoradas donosas. Algunas mañanas, en los ratos que mediaban entre un despertar alegre y un desayuno de inaudita frugalidad, hacía volatines sobre las enjalmas y tapices del camastro, y elevando sus extremidades inferiores de inmaculada blancura, daba pataditas en el techo; o bien se deslizaba por un hueco alto del tabique medianero entre la alcoba-sala y el comedor-cocina, no más grandes que un confesonario de mi tierra, realizando el prodigio de adelgazar su cuerpo hasta lo increíble, y de imitar las ondulaciones de la culebra. Y alguna vez, cuando se me pegan las sábanas, suele despertarme armando en la próxima cocina un pavoroso ruido de platos vacíos, imitando el que hacen los duendes o diablillos que invaden las viviendas abandonadas. Me maravilla la destreza de manos de Yohar, que mezcla con estos ruidos el de una pandereta y furibundos toques de almirez.

Un sábado, bien lo recuerdo, cuando comíamos la excelente adafina con que nos obsequió Mazaltob, tuvo mi Yohar el mal acuerdo de reiterar tardíamente sus primeras instancias para que yo abrazase su ley. Con negativa tan terminante había yo rechazado sus proposiciones en los días que bien puedo llamar nupciales, que no creí volviese a mentar semejante asunto. Y no sólo habíamos convenido en que yo no cambiara de religión, sino que ella se mostró cautivada del Cristianismo y deseosa de abrazarlo, para que nuestra común fe bendijera el himeneo de nuestras almas. Había yo empezado a instruirla en los misterios dogmáticos de mi fe, así como en la dulce moral de Cristo, y veía con gozo su adaptación fácil a los nuevos ritos, y el calor y entusiasmo con que recibía mis lecciones. ¿Por qué de la noche a la mañana dejaba entrever repugnancias de su abjuración, y me proponía que fuese yo el que diera el atrevido paso para llegar a la igualdad o armonía (p.7019) de nuestras creencias?

Pasados unos días, en plena festividad de Purim, creí haber convencido a Yohar. Derramó tiernas lágrimas; su viva imaginación me siguió por los espacios del idealismo cristiano, y cuando estaba conmigo en la zona más alta, cayó de improviso, expresando así la sincera verdad de sus deseos: «Oye tú, mi Yahia: ¿no percatas que ha de enfurecierse el Dío cuando vea que troco mi ley y me jago cristianica? Dejarme has como so, y tú lo mesmo con tu Jesuscristo. Onde por ello diremos a casarnos a Gilbartal, y allí moraremos, tú mercador, yo señora polida y esponjada de ropa.. A casarnos por lo inglés, Yahia, y a ser ricos con cuenta grande de doblas, doros y fluses».

Ya me había manifestado Yohar, con vaga ensoñación de grandezas, sus deseos de vida europea, conservando la fe judaica. No se borraba de su memoria el recuerdo de unas señoras hebreas de Gibraltar que poco antes de la guerra recalaron en Tetuán, deslumbrando con su riqueza y lujo. Vestían trajes europeos de formas extravagantes y de colores vivos; cargaditas iban de alhajas; derrochaban la plata menuda, y aun el oro, en el auxilio de los judíos indigentes. Fueron por muchos días admiración y comidilla de todo el vecindario del Mellah.. Un barquito muy cuco, propiedad de un inglés millonario, las había traído de Tánger al Río Martín, y en este punto se reembarcaron para recorrer toda la costa septentrional del continente hasta Damieta o Alejandría. Dejaron tras sí una estela luminosa en el pensamiento de las hebreas pobres, y en las ricas un dejo de admiración que fácilmente en envidia se trocaba. Mi Yohar, según pude entender, no era la menos dañada en su espíritu por aquellas fugaces visiones de opulencia y de lo que ella creía la suma elegancia. Desviada de tales pensamientos por el arrebato amoroso, a ellos volvía, con la remisión de aquella dulce fiebre, y trataba de conciliar el querer y el presumir, forjándose una ilusión de vida en que la comodidad y riquezas se fundiesen con el amor del pobre (p.7020) Yahia.

No hay que decir que yo, con mis sutilezas retóricas, traté de apartar a la blanquísima hembra de aquellas manías. Discutíamos, y al parecer mis pensamientos vencían y dispersaban los suyos, sin que por esto pudiera declararme vencedor. Creía yo haber tomado la plaza, y ésta me mostraba al siguiente día sus muros inexpugnables; que las mujeres dejan tomar al hombre la fortaleza de su espíritu, y al instante de nuevo la levantan con los mismos caprichos y tenaces deseos. Yo le argüía con lógica incontestable; demostrábale que, abandonados de su padre Simuel, no teníamos esperanza de riqueza ni aun de bienestar mediocre; que nuestra salida del atolladero era un pasar modestísimo, trabajando los dos en cualquier oficio, o en un menudo comercio. Conciliáramos ante todo nuestras conciencias, dando solución práctica al intríngulis religioso, y después podíamos allegar en Europa el pan de cada día, seguros de que la protección de Dios no había de faltarnos. Sobre estas ideas pasaba ella volando con las irisadas alas de su vana superstición. Confiaba loca y ciegamente en la suerte, que los judíos llaman mazzal; creía en el súbito hallazgo de tesoros, en la emergencia de un cúmulo de circunstancias u ocasiones providenciales para enriquecernos de la mañana a la noche, en la teatral aparición de genios o diablillos que caían del cielo o brotaban de la tierra para ofrecernos con su protección todos los bienes del mundo. Ferviente devota de la suerte, terminaba nuestras disputas con el expresivo refrán hebreo: Daca un cagada de maizal y tírame a las fondongas de la mar.

Fácil es comprender, por lo dicho, que el problema vital me inquietaba cada día más, y que pensaba seriamente en plantar los jalones de nuestra existencia definitiva. Los recursos para subsistir, representados por puñados de aljófar que cada día iban mermando, pronto se extinguirían. La vida en Tetuán se hacía imposible: era forzoso pasar el Estrecho y establecernos en tierra europea, donde hallaríamos fácilmente cualquier arbitrio para ganar el sustento. Lo más (p.7021) próximo, lo más hospitalario, era sin duda el Peñón, aquel pedazo de tierra híbrida y cosmopolita que aún tiene algo de España, algo más de Inglaterra, y mucho de los vecinos países africanos. En aquel solar anclado en el Océano, viven en santa paz la libertad, el comercio, el contrabando, y en busca del bienestar andan allí de la mano todas las religiones.

A Gibraltar, pues, dirigí mis propósitos, discurriendo la granjería en que más fácilmente podíamosYodar y yo ejercitarnos. Pensé que el comercio de fruta no tiene hoy la extensión debida, por la indolencia de estos pobres berberiscos, y me sentí con ánimos para darle mayor vuelo. La campiña de Tetuán es pródiga en rechazamos frutas, aun en aquellas partes de la tierra más descuidadas de la mano del hombre. Las naranjas de Quitan, dulces y finas, han aprendido ya el camino del mercado de Gibraltar; no así los exquisitos y olorosos melocotones de Hal-lila, que por criarse a mayor distancia de Río Martín, no aciertan a salir en busca del dinero. ¿Por qué no he de ser yo quien abra una vía fácil a tan rico producto, agregando a él las peras Misque o moscateles, que por su extrema delicadeza no se avienen con la lentitud del transporte, y las uvas de Dar Murcia, que, según dicen, en ninguna región de Europa tienen semejante?

Pensando en esto, mi fantasía me lleva más allá de los límites de ambición de un humilde mercader, y con los ensueños comerciales empalmo los agrícolas, imaginando que el cultivo del algodón en parte del valle de Tetuán y en los términos de Beni Saidy Beni Madán crearía incalculable riqueza.. ¿Verdad que me parezco a los políticos proyectómanos de mi patria, que amenizan los ocios de la oficina engrosando ilusiones, fabricando porvenires, o construyendo emporios con materiales de cifras mentirosas, y amañadas premisas de aptitudes falsas o de fertilidades de fantasía..? No: déjeme yo de algodones y monsergas, y aténgame al modesto trajín de comprar fruta por poco precio para venderla como pueda, engañando al infeliz (p.7022) consumidor que me caiga por delante.

Combatía yo la testarudez y las limitadas nociones de Yodar con medios persuasivos de indudable eficacia: eran éstos la rica ideación europea, el lenguaje castellano usado por mí con gallardía teórica, y variedad abundante de vocablos y locuciones. El hablar mío la subyugaba, y sus ideas rutinarias, expuestas con dicción tosca, mísera, como un instrumento roto y destemplado, eran reducidas a polvo por mis ideas. Fáciles triunfos alcanzaba yo diariamente en nuestras disputas; mas llegó un punto en el cual mi argumentación para ella rica y fascinadora, mi lenguaje armonioso, mi dicción pura, que en sus oídos sonaba como arte lírico de cadencias musicales, no causaban efecto sensible, y eran como los ruidos de la lluvia o del viento. Convencido yo de que nuestra situación no tenía salida venturosa, y de que habíamos de sucumbir si no luchábamos bravamente por la existencia, traté de inculcarle la idea cristiana de la conformidad con las adversidades, de la tribulación como fundamento de la verdadera alegría y de la paz del alma. Si la pobreza y el trabajo eran nuestra única solución, debíamos afrontar el infortunio con ánimo sereno, y hacer de él el amigo y el tutor de nuestras almas. Evocando todo lo que yo había leído en libros místicos y ascéticos, hice la apología de la pobreza; demostré a Yodar que admitida y agasajada en nuestros corazones la certidumbre del no poseer, hallamos en ella un bien positivo que fácilmente se trueca en la mayor riqueza; acabé por asegurarle que la suma carencia es al fin la suma posesión de todos los bienes, y que de la tristeza y del abandono surge, como el día de la noche, el mayor regocijo de las almas bien templadas. Todo esto dije y argumenté, desplegando las facultades que me ha dado Dios; pero mi opulenta retórica, mi verbo armonioso con líricos arrebatos, no hicieron en ella más impresión que si le hablara en lengua chinesca.

¡Aceptar la pobreza, más aún, amarla, y alegrarse de ser pobre! Esto no entraba en el cerebro de Yodar ni con escoplo (p.7023) y martillo.. Vi que la penetración de mis ideas era estorbada por una capa de egoísmos atávicos, obra lenta y formidable de la especie, reproduciéndose en moldes iguales al través de cien generaciones. Por primera vez, Yodar se reía de mis bellos discursos, holgándose de no sacar de mi poética prosa ninguna substancia. Suspendí al cabo mis sermones, dándome a pensar con qué ligaduras podría sujetar a la Perla si nuestros destinos nos llevaban efectivamente a vida rigurosa y austera.. Mas no tuve tiempo de coordinar nuevos planes, porque Dios precipitó sobre mí sucesos sorprendentes y desgraciados, que pusieron en dispersión mis ideas, y aplastaron, literalmente, mi voluntad.

De esto escribiré otro día.. Lo que es hoy, fatiga y tristeza paralizan mi mano cuando intento coger la pluma.

 

Ep-37-III -

Tetuán, mes de Adar.- Pienso que esto que escribo no tendrá lectores.. Mi amigo ilustrísimo, el marqués de Beramendi, me ha dicho mutatis mutandis: «Desengañado Juan, si no quieres referir cosas de guerra, refiere cosas de paz; si te repugnan los asuntos públicos, ya sean militares, ya políticos, cuéntame los tuyos, que en muchos casos las historias de hombres aislados y sueltos cautivan más que las de tribus o naciones. Con sinceridad lo digo: las aventuras de cualquier español voluntarioso, enamorado y poco sufrido, me saben a historia general más que las acartonadas narraciones de batallas, o de tumultos populares que alteran la tranquilidad de la Puerta del Sol y calles adyacentes». Esto me dijo en la última carta que de él recibí.. ¿Cuándo? Paréceme que ha pasado un siglo.. En derredor de mi memoria revolotean como palomitas mis recuerdos, queriendo volver al palomar abandonado.. Pienso que llegó a mis manos la última carta del Marqués cuando acampábamos junto a la Aduana del Río Martín.. Pasaron días y días sin que me entrasen ganas de seguir la senda literaria que mi amigo me marcaba, hasta que una mañana, sin saber de dónde venía tal impulso de mi movediza voluntad, me sentí (p.7024) historiador de mí mismo, y agarré el primer cálamo que en las judías estancias del Mellah encontré.

Escribo sin saber a dónde irán a parar estas crónicas. Ignoro si serán leídas por muchos, o tan sólo por el desocupado Beramendi, que como hombre rico se permite curiosidades superfluas y entretenimientos sin ningún fin práctico. Sé que guarda papeles mil, escritos por hombres o mujeres extravagantes; que reúne cartas amorosas, sin excluir las más ridículas, y que a todo amigo que sale de viaje le pide una relación sincera de cuanto ve y padece en galeras y paradores. Hace colección de confidencias de locos o criminales, ya sean escritas para la familia, ya con el fin de solicitar una publicidad que difícilmente encuentran. Pues allá te van también mis confidencias, ¡oh, Pepito ilustre!, sin que sea mi ánimo darte en ellas un modelo de discreción, ni tampoco enseñanza para los que gusten de aprender en las vidas ajenas el régimen de la propia. Serán mis escritos, como yo, desordenados, ahora discretos, ahora desvanecidos en estrafalarios ensueños o en caprichosas divagaciones. A falta de método, hallarás en ellos sinceridad, y el prurito constante de no recatar de la publicidad, si por acaso la hubiere, los pensamientos más recónditos.

Sigo contando. Invitáronme aquel día Rinaldi, Alarcón y el pintor francés Iriarte a visitar al General en Jefe en su campamento. O'Donnell había cambiado la blanda ociosidad del palacio de Ersini, en el centro más laberíntico de Tetuán, por la estrechez de una tienda, rodeado de sus tropas, que aún sueñan con mayores triunfos. Acampa el Caudillo fuera del pueblo, en la primera vega que se encuentra conforme salimos porBab el-aokla, ahora Puerta de la Reina. Otro campamento hay por la parte del Oeste, camino de Bu-Sfiha y en él están Prim y Zabala, el cual, restablecido de su dolencia, ha vuelto a campaña. Aunque extremaron sus halagos para llevarme consigo, no quise bajar a los campamentos. Díjome Alarcón que aquel día se celebraba la primera conferencia para tratar de la paz, (p.7025) y que habían venido unos morazos muy elegantes con poderes del Emperador. Ni con el incentivo de ver moros bonitos lograron seducirme. Les acompañé hasta la salida de la ciudad, y me volví a la Kaisería, donde también yo tenía mis paces que ajustar, o sea un tratado de alianza comercial con dos argelinos que traficaban en Gibraltar y Marsella, hombres de gran diligencia y despejo, a quienes conocí antes de la ocupación, y me habían mostrado simpatía y confianza.

Ofrecieron incorporarme a sus negocios, tomando de mí, no capital que no poseo, sino el trabajo asiduo, la fidelidad y mi conocimiento de la lengua española, dándome una participación por de pronto exigua, pero que luego iría creciendo, creciendo.. ¡Dios me valga!.. el mazzal soñado por mi Perla no era un espejismo nebuloso, sino una realidad que a la mano se nos venía, cosa tangible, sonante y sabrosa. «¡Oh Yohar -pensé-, no verás el rostro descarnado de la pobreza!..». Pues ello era que mis amigos Djar y Ben Sulim se proponían extender sus negocios a Málaga y Cádiz, y desde aquí penetrar hasta el corazón de Andalucía, que es Sevilla la grande, la graciosa, orgullo y regocijo del Padre Eterno.

Imaginad mi júbilo cuando los argelinos me propusieron tomarme, no diré por socio, sino por auxiliar de las granjerías que iban a emprender en España. Introducirían directamente los magníficos tafiletes, dátiles, miel, madera de alerce y otros artículos. Necesitaban una cabeza española que les guiara en los senderos de la vida peninsular, y como tenían de mi entendimiento una opinión harto favorable, por lo que habían oído a El Nasiry, creyeron haber encontrado el hombre de aptitudes para el caso. A las ideas que iban ellos expresando, me anticipaba yo saltando por encima de sus razones y sugiriéndoles nuevas ideas de ignorados negocios pingües que en España podrían realizar, y encareciéndoles la sutileza y probidad con que yo les ayudaría en la multiplicación de sus ganancias. Por de pronto, yo multiplicaba mis ilusiones y las hinchaba (p.7026) desmedidamente, dejando correr mi fantasía con ímpetu semejante al de la famosa lechera. Ya era yo comerciante. Me estrenaba como dependiente; pronto sería socio; establecido después por mi cuenta con capital propio, en pocos años me vería bien acomodado, pudiente, rico.. ¡Como hay Dios, que así había de ser!

Loco salí de la tienda de los argelinos, y todos los caminos parecíanme largos para volver a mi tugurio, ansioso de contarle a Yohar tales bienandanzas. Ya veíamos venir el suspirado maizal.. ya se disipaban los temores de pobreza vil.. ya teníamos abierto un camino de bienestar, si estrechito en su primer trozo, luego ancho y florido.. ¡Y qué asustada y cuidadosa estaría la pobrecita Perla esperándome, pues aquel día, por mis dilatadas conversaciones con los de Argel, regresaba yo al nido dos horas más tarde de lo regular!.. Pero su inquietud tendría remedio instantáneo en el alegrón que yo le llevaba. Ya me imaginaba yo su júbilo y los extremos que haría para manifestarlo, pues es mujer que nunca pone discretos límites a la expresión de sus sentimientos. De seguro se lanzaría con ardor al juego de volatines y atletismo, haciendo alarde de su extraordinaria fuerza y agilidad; daría vueltas de carnero en nuestro camastro; remontaría sus remos inferiores pisoteando el techo, quizás abriendo en él un boquete; andaría con las palmas de las manos; imitaría a la serpiente y al cocodrilo, sin olvidar el furioso estruendo de platos y almirez para sorprender y aterrorizar a la vecindad.. Todo esto pensaba yo corriendo hacia mi vivienda, y en mitad del Zoco me encontré a Esdras el borriquero, que delMellah salía. Lo mismo fue verme, que tirarse del asno y acudir a mí con solícita premura.

«Goi -me dijo-: sé que a tu tierra te tornas.. Yo te ruego dejarme dir contigo.. por si allá topo más mejor fortuna. Español bueno aquí.. allá buen gentío español. Aflójame tu voluntad,goi, y llévame..».

-¿Sabes ya que me dedicaré al comercio, que iré a Gibraltar, a España? -dije, sorprendido de que aquel desdichado conociera el nuevo (p.7027) camino que la suerte me abría.

-Lenguas todas delMellah cuentan que te vas y no güelves, ca en el Marroco no tienes vivires apañados.

-Cierto es, Esdras, que aquí no hallamos buen vivir, y debemos ausentarnos.

Díjome entonces que él se sentía mercachifle, y que la mala suerte le condenaba a ganarse la vida con su borrico en tan mísero estado.. En España, trabajando conmigo en la compra y venta de ropa vieja, que él sabía remendar y poner como nueva, ganaríamosmucha cuenta de plata. Mi alegría me hizo benévolo, inclinándome a la protección de los desvalidos: le prometí hacer en su provecho cuanto pudiera, y no le entretuve más tiempo, porque la impaciencia me abrasaba.

Pocos pasos me separaban ya de mi nido. A él corrí desalado.. Al entrar en la sucia calle que se decora con el épico nombre de Numancia, vi frente a la puerta de Simi, que era mi puerta, un grupo de judías, las cuales, en cuanto me vieron llegar, se encararon conmigo saludándome con una exclamación lúgubre, que me dejó helado. «¡Guay de ti, Yahia! ¡El Dío se apiade del coitadico Yahia!». Así gritaban, manoteando en forma semejante a los aspavientos de duelo que hacen aquí las mujeres ante los difuntos. Pensé que un gran infortunio había ocurrido durante mi ausencia, y en mi interrogación ansiosa no acerté a pronunciar más que el nombre de Yohar. Antes de responderme concretamente, repitieron su clamor doloroso: «¡Ay, mi corazón, mi corazón!.. ¡Ay, mi cordojo grande! ¡Ay, qué extremación de desdicha!». Angustiado y loco, no sabía yo qué decir. Sin duda, mi Yohar había muerto. ¿Dónde estaba?.. Corrí a besar su cadáver.. «No te endolores más de cuenta, Yahia -me dijo Mazaltobponiéndome en el pecho las palmas de sus manos-. Sábete que Yohar no es muerta, sino ida..». «Ida es de tu casa esa perra», gritó Simi ronca de ira.

¡Ay de mí! Entre todas me cogieron y me llevaron al patinillo de Mazaltob. Más muerto que vivo estaba yo, y no podía valerme. Comprendí el funesto caso; la verdad penetró en mí con (p.7028) lívida claridad. «¿Pero es cierto que Yohar se ha ido de mí?.. ¿que mi Perla me abandona?».

-Cierto es como la luz de Adonai -replicó la hechicera-. Asosiégate, goi, y aflójate de rabia, que agora es ocasión de que te apersones con virtud que ella no tiene. Tú sodes bueno y barragán; ella, una puerca fidionda.

La hermana mayor de Simi, llamada Hanna, vendedora de ropa vieja, me trajo un pañuelo grande, de frágil tela llena de zurcidos, y con gravedad sacerdotal me dijo: «Coge este lienzo que para nada vale ya, y rásgalo con fuerza para desafogar tu ira. Con los pedazos te lavarás el rostril de las glárimas que derrames, y así quedarte has sosegadico de tus entrañas». Obedecí a la hebrea en lo de rasgar la tela, lo que hice de un tirón con verdadera furia. Luego les pedí explicaciones. «Contadme, referidme todo. ¿Se ha ido por su propia voluntad, o vino su padre a llevársela por fuerza?».

En vez de referirme sucintamente lo sucedido, Simi rompió en maldiciones contra Yodar. «Le venga el mal de la cabra, cuerno, sarna y barbas». Y la feroz Hanna, rasgando por su cuenta otro lienzo grande, que no era más que un pingajo corcusido, gritó: «¡Hija de la baranid-dah enconada!». Esta maldición es de tan feo sentido que no puedo traducirla. Comprendiendo Mazaltob antes que las otras mi situación de ansiosa incertidumbre, inició la referencia clara de los hechos: «Vinieron por ella su padre Riomesta y El Nasiry. Tirándola del brazo se la llevaron. Ella hizo semblanza de desgana y salió lloricosa..». «Mas era compostura de mentira -dijo Simi-, que yo le caté los ojos bien secos cuando jacía que ploraba, y sus ahijidos eran someros de la boca, y no le salían del jondo». Y Hanna prosiguió: «Ya lo tenían amasado el padre y la hija en el forno de sus codicias.. Ya estaba tratado, de días luengos atrás, casarla con un sephardim de Constantinopla, que tiene casa en Gilbratal, Natham Papo Acevedo, de mucha fazenda y compra-venta de fierro».

Y he aquí queMazaltob me trajo té caliente aromatizado con nana, y que los primeros buches de la (p.7029) tónica bebida calmaron un tanto mis irritados nervios.. Siguió la hechicera ilustrando con interesantes pormenores la historia que había empezado Hanna: «Hoy tiene Riomesta en su casa envita; él mismo fue esta mañana al matadero a degollar un pato graso; aluego compró en la tienda de Saddi un cazolito de pimento y otro de aceitunas curadas; aína, entreSimuel y la criada Mesooda pusieron a asar el pato.. Ha días que Mesooda jace jaleas muchas, y dolces, pastas riales, y almibres ricos de todo dulzor.. Oyí que ponen otrosí un grande pez que trujo de Río Martín el borriquero Esdras, y lo asarán en cazolón con manteca, citrón y especias de olor.. Pondrán aguardente y licor fino de rosa.. en canecos de vidro.. Todo esto será para envitar al novio Papo Acevedo, que llegó anoche.. Da Riomesta a su hija dote valoroso, sacos muchos de doblones y plata en un cofre holgón..».

Y Hanna, con voz de sibila, prosiguió: «Farán la boda en el mes de Siwan, pasada la vegilia de Schabuot. Haberán gallinas muchas, licores finos de la Francia, olivas gordas del Andalus, seis carneros fritos para sesenta envitados, tortas blancas y pretas, y una corambre de vino. Será boda roidosa con vigolines y vigüelas, mósica de dulzor y alborotos.. pues ainda tocarán tambora y almireces..».

Y otra de aquellas bíblicas tarascas, llamada Reina, gorda y crasa, ceñido el rostro con dos lienzos blancos, el uno haciendo barbuquejo, el otro turbante, clamó con voz semejante a la de las plañideras que se alquilan para los funerales: «Guau, guau.. ¿Qué es de ti, mancebo adolorado? ¿Perdiste tu coima? Tómate agora buen caldo, y quédate riyendo de ella; no la endereces llanto ni te asofoques de lamentación, que ya ella no es blanca, sino preta, preta de su maldad. Quítate del corazón el celo, y no te membres del melindre con ella, que es una perraniscaliá. Guau, guau. Fuese con otro; déjala, y no te deplores. Blancura de leche no tiene ya, sino sombra de noche escura.. Agora la ves desmayada con Papo Acevedo. Ríyete, y gózate de verte liberado y desenvolvido de esa puerca».

Y dijo (p.7030) Hanna la ropavejera: «No invidies a Natham Papo, que él no tendrá ventura conYohar, sino potra y quebradura, y tú serás gozón y bonito barragán de otras más garridas».

Y dijo Simi: «Beberás leche de camella, que es de virtú, y te zajumarás con olores y jumos de nana, y con esto y con el semah, que yo te colgaré del pecho, se te ha de quitar la secura de tu meollo, y el celo de Yohar, que es tu mal, mal de hombre mujerado, y la fiel se te golverá miel».

No puedo negar que las vociferaciones de aquellas estantiguas calmaban mi pena y me abrían horizontes de consuelo; extraño fenómeno, que no he podido explicarme. Por último, la hechiceraMazaltob, que en cierto modo solía poner en su conducta y en su lenguaje unas briznas de filosofía práctica, me acarició y popó con maternal dulzura diciéndome: «No te apenes, hijo, y repárate de ese cordojo. Ya me has uyido mil veces que si Moseh morió, Adonai quedó». Con esto quería significar que debemos mirar serenos el paso de las desdichas temporales, fijando los ojos del alma en lo inmutable y eterno.

 

Ep-37-IV -

Viéndome más sereno, me obsequió Simicon pipas de calabaza y sandía tostadas, golosina que entretiene la voluntad y disipa los pensamientos rencorosos. No obstante mi aparente conformidad con el Destino, la procesión de mis agravios iba por dentro, y no podía resignarme a la traición de Yohar sin decir a ésta cuatro verdades más o menos frescas, y sin coger por mi cuenta al sephardim que me robaba la mujer, y obsequiarle con una pateadura en el Mellah o donde quiera que le encontrase. Como español y como cristiano, no podía evadir el precepto de honor que a una venganza donosa y pública me obligaba, y habría dejado en mal lugar a mi nacionalidad y a mi fe (aunque esto parezca mentira) , si al cumplimiento de tan sagrado compromiso no me aprestase sin perder horas ni minutos. Cuando este propósito manifesté a las judías que me rodeaban, advertí en ellas más sorpresa que terror. No comprendían mi acción vengadora ni los sentimientos en que tenía su origen. (p.7031) Alguna me incitó a la paciencia, y en otras noté una vaga admiración de mi audacia barragana, en el sentido de arranque temerario y caballeresco. Cuando les dije que Natham Papo y yo nos pelearíamos hasta que uno de los dos quedase tendido en medio de la calle, se asustaron. Hanna se apresuró a rasgar otro indecente trapo inservible, y Mazaltob, con acento de prudencia, me agarró del brazo diciéndome: «Tente, goi, tente con justedad, y cata que Papo Acevedo está abrigado debajo de la bandera cónsula de la Ingalaterra. Serás cogido y aína llevarás condenación de azotes». De la escandalosa chillería de aquellas pécoras no hice ya maldito caso, y me zafé de sus garras, echando a correr fuera de la casa y por la calle adelante, sin cuidarme de las mujeres sucias y chiquillos tiñosos que a mi paso repetían el fúnebre guau, guau.

Tomé la vuelta de calles excéntricas para dirigirme a la parte del Mellah llamada Meca, donde está la casa de mis enemigos, decidido a meterme en ella y coger por los cabezones al sephardim Papo si, por desgracia suya, allí le encontraba. Ya distaba veinte pasos de la morada de Riomesta, cuando vi que de ella salía mi sabio amigo el rabino Baruc Nehama, llenando la calle con su procerosa estatura y la opulencia de sus barbas patriarcales. Lo mismo fue verme, que venir hacia mí con los brazos abiertos, y no esperó a tenerme cogido para echar así la voz tonante: «¿A dó vas, mancebo voluntarioso? Por el aire que trais y el brillar de tus ojos, me parece que vienes con ira.. De aquí no pases, ni te pongas injurioso, que no has razón para ello». Contestele que razón me sobraba, y que quería demostrar que no se juega con un caballero castellano. Pero a mis atropelladas voces contestó con estas otras de grandísima sensatez: «Bien sé que eres caballero, y que entre tus antespasados cuentas al señor Cid, y a otros Cides, como verbigracia el mío señor don Gonzalvo de Córdoba; pero eso no es al caso, pues nadie ha puesto borrón en tu caballería.. A Yohar te llevaste contra la ley nuestra y la tuya, y es de justedad que (p.7032) pierdas lo que allegaste con latronicio.. No pienses en traer acá duelos con Papo, que es hombre de cuenta; y si en la calle te topas con él, él te deseará la paz, como si topara un buen amigo. Generancio tras generancio,Papo viene de tu tierra y es judeo-español, de los Acevedos de Plasencia, con quienes tuvo parentesco el que llamáis don Cristóforo Colón, primer catador de vuestras Américas de cacia Poniente.. Ten cordura, ten agudeza, hijo.. Yo digo que bien puede agradecer Yohar al sephardim que la haiga cogido encariciada de manos de otro. En ello mostra Papo ser varón coronado de virtudes».

Como yo soltase, al oír esto, una risa burlesca, se incomodó el hombre, y creyéndose en la tribuna de la Sinagoga, clamó con voces predicantes: «Con Yodar culpaste, desvergonzaste y ficiste fealdad.. ¡Guai, gente pecadora, pueblo pesado de delictos, semen de malinidades!..». Estos sacrosantos desatinos agotaron mi paciencia y me encendieron la sangre. Faltaba, según hoy lo entiendo, menos de un segundo para que yo le tirase de las barbas al espantajo rabínico. Ello había de ser entre vituperio y caricia, por consideración a su edad avanzada; mas no fue de ningún modo, porque en el primer momento de mi intención, vi que de la casa de Riomesta salía un moro elegante: era El Nasiry, hijo de Ansúrez. Quedó el rabino suspenso en sus declamaciones, yo contenido en mi cólera, y me alegré de no haberle sacudido la enmarañada zalea de sus barbas. Con respeto, dando cabezadas, miróBaruc al moro, mientras éste decía: «Juan, se acabaron las bromas. No estamos aquí en España».

-En España estamos, El Nasiry -repliqué yo; y Baruc se dejó decir-: Donnell y Prim han venido a conquistar el suelo del Maroco, no sus mujeres.

Al hablar así, miraba risueño al moro, solicitando su aquiescencia; pero mi paisano, con señoril gravedad, no dejó traslucir ningún sentimiento en su rostro hispano-árabe. Atenazándome el brazo con su fuerte garra, me ordenó que le siguiese, y el rabino tomó la dirección de su casa, en la calle próxima, (p.7033) despidiéndose con esta exhortación: «Hazle entrar en judicio, El Nasiry, y que no quite la paz a fijos buenos de Israel». Desapareció por una callejuela. Y he aquí que el hijo de Ansúrez, llevándome por otra, me hablaba con su habitual donosura. «En tu casa te vestirás con yoka, ceñidor y bonete judío, y vendrás conmigo a donde yo quiera llevarte.. Y esto sin replicar ni oponer la menor resistencia, pues si no me obedeces, no serás mi amigo español, sino un perro vagabundo». Yo callaba. Por fin, oídas dos, tres veces, sus recriminaciones, me sentí dominado, sin ninguna fuerza para oponerme a la despótica voluntad del caballero español y agareno. No diré que fui, sino que mi tirano me llevó a la que había sido mi casa: allí Mazaltob y Simi me proveyeron de la yoka, ceñidor y bonete. Vestido de hebreo, dejeme conducir por El Nasiry, que sin decirme nada me metió en su casa, donde vi aprestos de viaje, mulas bien enjaezadas, fardos, tienda de campaña.. No necesité más explicaciones para comprender que mi amigo partía de Tetuán, y que consigo quería llevarme de grado o por fuerza. No sé qué sentimientos embargaban mi alma.. Mi aflicción por la forzada ausencia quería buscar consuelo y descanso en la ausencia misma. No sé lo que aquello era.

Pedí permiso a mi tirano para escribir mis tristes sensaciones de aquel día; diómelo; tracé con mano rápida y temblorosa esta parte del diario de mis aventuras; tomé algún alimento, y cual manso cordero me entregué al que se había hecho mi pastor. Poco antes de partir me habló éste con severidad, diciéndome que había dado fianza de que yo partía de Tetuán con propósito firme de jamás volver, y que esperaba de mi honradez que así lo jurase y cumpliese. Agregó que para responder de mi ausencia había exigido que me fuesen sufragados los gastos de mi regreso a España; y al efecto, a mi disposición tenía un remedión de plata y oro, facilitado por mitad, con gallarda esplendidez, por Riomesta y Papo Acevedo. Al oír esto estallé en indignación. ¡Recibir dinero de judíos por compra- (p.7034) venta del amor de Yodar! ¿Eran ellos la Sinagoga y yo el Iscariote? ¿OlvidabaEl Nasiry la secular condición de su raza hasta el punto de creer que un español puede pisotear la ley de honor, vendiendo por treinta o tres mil dineros a la mujer que ama? ¡Vileza inconcebible en todo cristiano, y singularmente en el que ha nacido en la tierra clásica de la dignidad y el decoro! ¡Antes me cortaría la mano que recibir en ella los ochavos viles del avaro Riomesta, del Papo cínico, que quiere tapujar con un puñadito de oro lo que fue mi felicidad y es ahora su oprobio!.. Todo esto y algo más dije, derrochando sin tasa las exclamaciones de enfático orgullo que dan riqueza y sonoridad tonante a nuestra lengua. Oyome El Nasiry con serenidad más musulmana que ibérica, y comentó mi furia tan sólo con la irónica sonrisa que mantuvo en sus labios mientras duraron mis roncas protestas en nombre del honor.

«Muy bien, Juanito -me dijo, cuando sofocado yo del esfuerzo verbal aguardaba su respuesta-. Ya me tenía yo tragado que saldrían a relucir los Cides y Quijotes.. Muy señores míos. ¿Cómo va de salud? ¿Y en casa, todos buenos?.. Pues en esta tierra, para que te vayas enterando, poco tienen que hacer los Quijotes y Cides. Y ya que los has traído contigo, vuélvanse contigo a España.. Sabrás, hijo mío, que el honor y la caballería consisten aquí en vivir como se pueda, guardando la religión y cumpliendo todos los deberes.. En la España de la parte acá del mar, no da de comer el honor, ni al dinero se le mira con mal ojo, venga de donde viniere.. Te veo muy tonto con los ascos que haces a la plata de Riomesta y de Natham Papo, y nada más hablaremos de ello por ahora. En el camino se hablará. Hoy te dejo en tu vana jactancia.. No nos detengamos, hijo mío, y aprovechemos lo que resta de día para salir de Tetuán. El camino es largo y dará tiempo a tus reflexiones.. En marcha.

Montamos en sendas mulas bien aparejadas, formando con los servidores y arrieros de El Nasiry una lucida caravana, y antes de que arrancáramos, vi que Mazaltob, Simi y otras judías (p.7035) faranduleras que me tienen ley, se agrupaban en la esquina del palacio del Gobernador, y desde allí, temerosas de aproximarse, me despedían con expresivas garatusas. La presencia de aquellas mujeres, ni santas ni limpias, me afectó y entristeció sobremanera por las remembranzas que traían a mi corazón y a mi mente. Mirada cariñosa dejé volar hacia ellas, y la emoción me obligó a volver el rostro, hasta que me fue preciso atender a los primeros pasos de mi mula.. En la extensa calle que hoy llaman de Cantabria, hubo de pararse nuestra caravana por un entorpecimiento de cargas de leña que zafios montañeses no acertaban a retirar a uno y otro lado de la vía pública. Mientras ésta se despejaba, vi pasar un grupo de oficiales, del cual se destacó mi bondadoso amigo el castrense don Toro para venir a saludarme. Hablamos un ratito; díjele que abandonaba con tristeza la dulce Tetuán para internarme en el Imperio, y él me compadeció, despidiéndome con estas palabras: «El Señor vaya contigo, buen Confusio(con ese) , y te limpie de las confusiones que Allah y Adonai han embutido en tu cabeza.. ¿Qué dices?, ¿que acaso vuelvas a España? Allí te quiero ver, Confusio amigo.. La Virgen te acompañe».

Salimos por la Puerta de Fez.. Adiós, Tetuán, blanca paloma, virginal doncella que fuiste, antes que el español te cogiera y manoseara; adiós, Ojos de Manantiales, manantial de vida para mí, pues las amarguras y alegrías, las dulces emociones y acerbas penas que en ti he sentido, fueron acrecimiento extraordinario de mi sensibilidad, copiosa reproducción de mis ideas, con lo que parecen multiplicados mis días y soberanamente hinchada de sucesos mi existencia, como río en que entran aguas muchas. Adiós, tierra de maldición y de bendición, más, al fin, de lo segundo que de lo primero, pues bendición es el exceso de vida en tiempo corto, el ver largo, aprender hondo, y llenar nuestras trojes con abundantes cosechas de experiencia. Bendito es todo lugar que, por mucho que se viva, no puede ser olvidado. Hermosa eres, (p.7036) Tetuán, por el misterio de tus calles, la poesía de tus contornos, por la serena confianza de las tres religiones que en tu regazo duermen, más hermosa aún como nido de amores, como alivio y orgullo del hombre enamorado. Adiós, en fin, dulce Yohar, estatua de la blancura, monumento de ternura, vaso de miel que en su hondura esconde la traición. Yo pido a mi Jesucristo que te dé la paz, si tu Adonai no quiere dártela.

 

Ep-37-V -

Samsa, mes de Nissan.- Feliz ha sido la primera etapa de nuestro viaje. De Tetuán a esta risueña y patriarcal aldea hemos venido El Nasiry y yo silenciosos, cada cual entretenido en arrullar sus pensamientos, para que se duerman al compás del andar cuidadoso de las mulas. En verdad, no he visto mulitas más discretas en el paso que las de esta tierra; su mansedumbre y la suavidad de sus movimientos superan a los encomios que todo europeo les tributa. Diríase que sienten interés fraternal por el ser humano que oprime sus lomos, y que es para ellas punto de honor llevarlo sano y salvo al término de su viaje. No quitan los ojos del terreno, como si éste fuera un libro en que van leyendo el orden y señalamiento de los puntos en que han de asentar sus cascos duros, dotados de cierta delicadeza pulsátil.

Pues, señor, aún no me ha dicho El Nasiry a dónde me lleva. Sólo sé que la razón de hacer escala en este pueblo es recoger al hijo de un grande amigo suyo, llamado Mohammed Requena, para llevarle con nosotros. Es este Requena un moro de casta granadina, anciano, rico, bondadoso y de sutil ingenio. El exquisito trato de tan noble señor serena mi turbado espíritu.. Aún no sé cuándo saldremos: el adolescente por quien hemos venido está enfermo de tenaces calenturas. Titubea El Nasiry, solicitado, por una parte, de su impaciencia, por otra del amor al Requena. Quiere partir pronto a donde le llaman apremiantes intereses, y le aflige marcharse sin el chico. Han pasado tres días de incertidumbre, de aplazamientos, de esperanzas no realizadas. Por fin, entiendo que nos vamos.. Aún intenta el viejo (p.7037) Requena detener algunos días a su amigo, encareciéndole lo peligroso del tránsito por el valle que ocupan las tropas de O'Donnell. Una batalla no muy sonada se dio estos días en Samsa.. Frustradas las primeras negociaciones de paz, el cañón atronará pronto estos amenos valles. No debemos partir, según el viejo, mientras no pase la chamusquina. Pero El Nasiry tiene prisa, y confía en llegar al desfiladero del Fondac antes que estalle la tormenta humana, más terrible y asoladora que la de los cielos.

Partimos al fin. No diré que me alegro, porque la hospitalidad espléndida que aquí me dan y el trato bondadoso de Requena han sido para mí como un ambiente tibio y sedante, en el cual se marchitan los sentimientos exaltados, dejando florecer tan sólo la plácida amistad y la gratitud.. En esta casa no hay mujeres.. quiero decir, no hay más que tres esclavas, largas de edad y cortas de hermosura.. ¡Descanso del espíritu; descanso de la idealidad, de aquel irritable genio, que, como el de la poesía, no enciende las llamas de su inspiración sino ante la belleza y la juventud!.. Adiós, paz nemorosa de Samsa; adiós, aldea linda y quieta, de rumorosas aguas, de frescos naranjales.. Bendiga Dios las apiñadas flores de tus almendros, perales y manzanos, para que críen abundante y dulce fruto.. Adiós, viejas apacibles, medicina de los delirios de amor.. abur, abur..

Stchaidi, últimos días de Nissan.- Gracias a Dios que encuentro lugar para escribir con relativo sosiego, y un cierto acomodo que tiene lejano parentesco con la comodidad. Fatigas y sustos enormes he pasado; impulsos de huracán me han traído hasta aquí; quebrantado está mi cuerpo de los golpes y vaivenes; quebrantado mi espíritu de las terribles emociones.. Reanudo mi verídico relato diciendo que salimos de Samsa al anochecer, y que serían las diez de la noche cuando los delanteros de nuestra caravana se pararon, y dieron a nuestro amo esta voz de alarma: «Señor, no podemos seguir. Están aquí». Los que allí estaban eran los españoles: se les conocía por el rugido seco de las (p.7038) interjecciones castellanas.

Celebraron consejo los guías y El Nasiry. Como voy entendiendo el árabe, pude fácilmente hacerme cargo de lo que decían. No podíamos encaminarnos al puente sin meternos entre las tropas españolas; habíamos de ir en busca del vado de Bu Sfiha, donde el paso es difícil, por venir los ríos muy crecidos a causa del deshielo.. Oídas las diferentes opiniones, decidió el amo que pusiéramos pecho al agua, pues no había otro remedio, si no preferíamos volvernos a Tetuán y esperar a que pasase el nublado de guerra. Apechugamos, pues, con el vado, y ello fue a media noche, con ceguera de nuestros ojos, que a eso equivalía la obscuridad y temerosa hinchazón de las aguas; paso tan comprometido como el que intentó Faraón en el Mar Rojo persiguiendo a los israelitas, con la diferencia de que no nos ahogamos por milagro de Dios. A mi mula y a mí nos faltó poco para ser arrastrados por la onda; pero al fin salimos de aquel apuro tomando suelo en la otra orilla. El pobre animal mostraba con pataditas el contento de verse salvo de su naufragio.

Pero la desgracia no se cansaba de perseguirnos: en la orilla de salvación nos salieron al encuentro soldados de Isabel II que nos dieron el quién vive, y nos obligaron a tomar mayor vuelta para continuar hacia Poniente. El Nasiry bufaba de cólera tanto como yo tiritaba del frío y la mojadura. Pero había llegado la hora de la paciencia y de la conformidad con el Destino. Siguiendo por el camino curvo que al pie del monteBeniber nos conducía, por donde pensábamos hallar paso franco hacia el Fondac, anduvimos despacio todo el resto de la noche. Un mendigo desarrapado y viejo que se nos agregó, nos dijo que el sbañul tenía toda su tropa al otro lado del agua. En Lausie estaba El Chaue (entendí Echagüe) ; Z'baalah (Zabala) y Turón en el puente de Bu-Sfiha; Chej El Dónel y Prim en el monte de Uadrás, y en Benider se había plantado Muley El Abbás con su ejército moro, el cual era tan fuerte y aguerrido que allí los infieles fenecerían de una vez, sin que viviera uno solo (p.7039) para contarlo. ¿Y qué musulmán creyente podía dudar que ahora la venganza del Mogreb quedaría consumada, Tetuán redimida de su cautiverio, y los españoles lanzados al mar para que a nado o como pudiesen se fueran a su terruño?

Sorprendionos el día junto a las avanzadas del ejército marroquí. Alegrose mi amo de verse próximo a su amigo Muley El Abbás, que sin duda no nos pondría obstáculos para seguir nuestro camino. Descansamos; fraternizó El Nasiry, con aquella gente de variadas castas, y como yo, por mi traza judaica, era mirado con antipatía y recelo, mi protector y compatriota el hijo de Ansúrez hubo de decir que era yo su esclavo. No de otra manera podía designar la especial servidumbre a que están sometidos los hebreos de las comarcas interiores del Imperio. Para que estos desgraciados puedan burlar la muerte que a cada instante les amenaza, cada familia o individuo se pone al amparo de un señor musulmán, el cual, a cambio de la guería o capitación y de bajos servicios, es protegido con la eficacia suficiente para que nadie se meta con él. A los que en tal servidumbre viven se les llama demmi, que significa individuo de un pueblo sometido, y no se les da nombre alguno. A cada cual se le conoce porel judío de Fulano. Conforme a las instrucciones deEl Nasiry, yo fui su judío desde que llegamos al campamento, y para desempeñar muy al vivo mi papel, me ocupaba en los menesteres más humildes: limpiar las mulas y darles pienso, fregar los platos, encender la lumbre para hacer nuestra comida.. Ibrahim y los demás servidores del señor, aleccionados por éste, me trataban como a un perro; farsa que si por un lado me molestaba, por otro a gratitud me movía, pues con ella tenía bien garantizada mi pobre existencia.

Dejándonos en la tienda que un Kaid de Anyera nos proporcionó,El Nasiry fue a visitar a Muley El Abbás; mas hubo de volverse sin llegar a la tienda del Príncipe, porque a mitad del camino le cerraron el paso los movimientos del tropel (p.7040) marroquí. El espantoso ruido de fusilería nos dijo que había comenzado una fiera batalla. Desde donde estaba yo, no se veía más que el cortinón de polvo extendido en los aires, tras un primer término de hombres a caballo que aguardaban como en reserva. Los gritos de los moros, que comúnmente no saben combatir sin lanzar a los aires chillería discorde, daban a mis oídos una descripción vaga de los accidentes de la pelea. El alejarse y el volver de la onda sonora parecía como el alternado sube y baja de los favores de la fortuna entre moros y cristianos. Sonaba de un modo el rumor de los graznidos cuando el Islam avanzaba, y de otro cuando retrocedía. Hostigado de la curiosidad, avancé entre la muchedumbre de caballos para echar un lejano vistazo a la refriega, pero a los pocos pasos retrocedí asustado de mí mismo. Caí en la cuenta de que la mayor falsedad del papel que yo representaba era mostrar interés por cosas tan opuestas a la esclavitud como son la guerra, el heroísmo, y cuanto se relaciona con los aspectos nobles de la vida. Un demmi o judío esclavo debía ser o parecer completamente idiota, cerrado de inteligencia, grosero y bajuno de sentimientos, so pena de que descargaran sobre él todas las iras del árabe orgulloso. Volvime a donde estaba, y en mi rostro puse la estúpida indiferencia de un animal a quien nada interesan ni nada dicen las grandezas humanas.

Pero transcurrido algún tiempo (no puedo precisar su medida) , en aquella expectación del que escucha y no ve una próxima tragedia, no me valió mi fingida humildad, y a punto estuve de que me saliera muy cara la imperfecta comedia de mi esclavitud. Llegaron los primeros heridos retirados de la acción, unos por su pie, otros traídos en volandas, y al ver yo que arrojaban en tierra un mísero cuerpo agujereado de balazos por donde se le iba la sangre; al ver que aún tenía vida y que clamaba por conservarla pidiendo con desgarradores ayes auxilio y caridad, sentí que mi corazón cristiano hacia él se iba como las mariposas a la luz. Nunca lo (p.7041) hubiera hecho. Aún no había yo puesto mis manos sobre aquel muerto vivo, cuando el empujón de un brazo vigoroso me tiró hacia atrás; caí de manera poco noble, de espaldas, las cuatro extremidades en alto, y no bien toqué el duro suelo, vinieron sobre mí sin fin de patas moras, con babuchas o sin ellas, que me pisotearon y magullaron sin que yo pudiera valerme. Armas no tenía yo, que si las tuviera ¡vive Dios!, no me habrían pisado aquellos brutos sin que alguno me lo pagara con su vida. La mía estuvo en un tris, y mi dignidad fue más que ultrajada con tantas coces. Ya vi algún yatagán que venía contra mis entrañas y que el buen Ibrahim apartó con mano diligente.. ¡Horrible condición la del judío esclavo en estas tierras, donde ni aun la dulce compasión se le consiente! Un perro puede aquí amar al hombre, y un esclavo no.

Arrimado a las mulas, como a seres benignos, me hallaba yo, reponiéndome del quebranto de mis pobres huesos, cuando volvióEl Nasiry. En un aparte breve quise contarle mi desgraciado suceso; pero antes que yo entrase en materia, llevó la conversación a más grave asunto. Díjome que, en su paseo de vuelta, pudo apreciar que sobre los españoles llevaban ventaja los moros. Habían éstos entrado en la pelea con brío extraordinario, alentados por los árabes de Hiaina, que aquel día llegaron con guerrero entusiasmo, y dando el ejemplo de bravura, en todo el ejército encendieron el furor de la guerra santa. Añadió que desde el principio de la campaña no habían combatido los marroquíes con tanta fiereza militar y religiosa. Creyérase que el Profeta mismo había descendido a las filas desde la región celestial en que mora. Esto me dijo en lugar donde nadie podía escucharnos, y en él noté una extraña inquietud y desconcierto del ánimo por la inaudita novedad del vencimiento de los españoles. Poco después le vi en un grupo de berberiscos, congratulándose de lo bien que iba la batalla, y dando las gracias a Mahoma y Allah por la ya segura victoria. Admiré la soberana (p.7042) perfección de su fingimiento, y de él tomé modelo para instruirme y doctorarme en el estudio de mi figurada ignominia.

Mediodía era ya cuando el repecho donde estábamos se aclaró de gente, señal de que los moros ganaban terreno, metiéndose en las posiciones españolas del llano de Bu-Sfiha, llamado por nosotros Buceja. Cierto era que los perros del Islam iban ganando. He aquí que yo, apóstol humanitario y nada belicoso, sentía ganas de correr hacia los míos y ayudarles a dar a estos brutos una paliza tal que fueran todos a contarlo al paraíso de Mahoma. ¡Qué inmensa dicha poder cobrarles con furibundos pinchazos en el vientre la tremenda pateadura con que me habían ablandado los huesos!.. En esto llegó una turba de los de Hiaina, graznando con feroz alegría. Algo pude comprender de la jerga que hablaban: «Los españoles eran arrollados.. Casi no quedaba ya ninguno de aquellos gigantes que llaman catalonios.. El campo estaba alfombradode cuerpos cristianos.. A Prim, que había salido echando bravatas, le habían abierto en canal dos veces. De otros generales se supo que eran ya cadáveres, y Chej El Dónel tenía rota la cabeza..».

Venían aquellos bárbaros en busca de agua, locos, abrasados por la sed.. A una señal de Ibrahim, acudimos él y yo con cántaros llenos que en nuestra tienda teníamos. Yo di de beber al que con más furia ladraba; después a otro y a otro, todos feísimos, negros y de espantable catadura. ¿Creéis que me agradecieron el socorro que les di? No, por Dios: uno de ellos, portador de una vara que parecía de acero por lo dura y flexible, me apaleó con ella fieramente, y antes de que acabara, los demás no hallaban mejor modo de expresar su alegría que abofeteándome con saña y burla. Me obligaba mi esclavitud a poner en práctica la horrenda humildad ordenada por Jesucristo, que es ofrecer la mejilla izquierda después de bien aderezada de sopapos la derecha. Yo, con perdón de nuestro Redentor, no pude hacerlo, y ya tenía cogido por el pescuezo al verdugo de mi rostro para vengarme de él como pudiese, cuando un grito de (p.7043) El Nasiry me contuvo, y me aseguró con su afectada cólera la vida que yo ciegamente comprometía. Separándome con fuerte brazo del lugar de mi perdición, me dijo: «Quítate allá, demmi.. Tú das de beber a las mulas, no a los hombres de Dios».

 

Ep-37-VI -

Y he aquí que, pasado aquel sofoco, nos cogió el amo a Ibrahim y a mí en la soledad interior de la tienda, para darnos esta orden apremiante: «Se confirma que los moros van ganando las posiciones de los cristianos, pues a cada instante se apartan más de aquí y se corren hacia Bu-Sfiha. Aprovechemos la clara y el despejo del terreno por esta parte para seguir nuestra marcha. Recoged todo, enjaezad las mulas, y echemos a correr sin decir nada por las veredas más altas, a ver si Allah, o el Zancarrón, o el mismo Eblis nos permiten llegar al paso del Fondac antes que cierre la noche».

Tal como lo dijo lo hicimos, y a espaldas de las envalentonadas hordas de Muley El Abbás nos deslizamos por atajos próximos, sin que en nuestra salida pararan mientes los guerreros que allí quedaban. Tomamos desde la partida un vivo trote, huyendo de la cruel matanza; mas por alejarnos rápidamente no perdían nuestros oídos la sensación del inmenso ruido de la batalla, acrecido al avanzar de la tarde con el pavoroso estruendo de la artillería española. Mostrábase el cielo poco benigno con los combatientes, porque al frío seco que desde el amanecer soplaba, sucedió por la tarde lluvia pertinaz, a intervalos arreciada con tremendos chaparrones. Cuando nuestras valientes cabalgaduras atacaban la cuesta que sube a la divisoria de Djibel Hiamar, corrían por aquellos vericuetos las aguas con torrencial sonido, arrastrando piedras. El camino no merece tal nombre: no es más que un sendero del cual han sido artífices los cascos de las caballerías. Son aquí más ingenieros los animales que los hombres.

Momentos hubo en que la ascensión por la pendiente Aaba-El-Fondakera penosa, con su tantico de peligro. En cualquier país que no fuera Marruecos los caminantes habrían retrocedido, (p.7044) aplazando su viaje para mejor ocasión. Aquí no se asustan de nada que sea incomodidad, y aborrecen las carreteras de piso igual y sólido. ¡Y pensar que en nuestra España ha ocurrido lo mismo casi hasta nuestros días! Por vericuetos inaccesibles como los que yo he pasado al subir de Tetuán al Fondac, hacían sus grandes viajatas los españoles de generaciones no lejanas; así caminaban los mercaderes con sus acopios; así las hermandades y cofradías que transportaban reliquias o cuerpos de santos incorruptos; así los grandes reyes Isabel y Fernando, en solemne visita de sus estados, y así las comitivas de princesas que venían a casarse con algún Felipe o con algún Carlos de los que nos depararon las casas de Austria y de Borbón. Con estos recuerdos, yo me hacía la cuenta de que atravesaba las cordilleras de mi enriscada España, en alguna expedición política o comercial, entre Castillas..

Tan ceñudo se puso el cielo a media tarde, y tales cantarazos de lluvia descargó, que la impedimenta que llevábamos, cuatro acémilas con cofres de ropa, sacas de víveres y material de tienda de campaña, quedaron rezagadas por no poder vencer la pendiente con la pesadumbre de sus cargas. En lugar áspero donde la montaña nos deparó una oquedad rocosa, buen amparo contra el furioso aguacero, dispuso El Nasiry que hiciéramos alto, lo que las mulas y yo agradecimos sobremanera. Allí nos paramos y acogimos, no sólo por resguardar nuestros rostros de los furibundos latigazos de la lluvia, sino por dar tiempo a que pudieran las retrasadas acémilas rebasar la pendiente y agregarse al cuerpo de la caravana. Tan inquieto estaba nuestro amo, que daba miedo ver su cara, el fruncimiento de sus cejas, y aquel mover y apretar de mandíbulas, cual si mascando estuviera una cosa muy amarga. En verdad, maldita gracia tenía que se nos perdieran una o más cargas del convoy con lo que llevábamos para nuestro sustento, amén del dinero y materia comercial de algún valor.

Por fin, a la media hora de angustiosa espera, vimos llegar a uno de los jayanes (p.7045) con la mula que conducía, chorreando agua los dos. Lo primero que dijo fue que otra carga venía detrás, a corta distancia, y que las dos restantes quedaban en los repechos más bajos aguardando a que cediera el temporal. Echó de su bocaEl Nasiry sin fin de maldiciones en lengua arábiga, y alguna en español neto de las más trepidantes; y cuando yo me permitía consolarle del contratiempo con vulgares razones, como la confianza en la Providencia y otras del orden anodino, el arriero soltó esta grave noticia que a todos nos dejó suspensos: «Señor, sabrás que la ventaja de los moros se ha trocado en derrota y palos. El cañoneo de los españoles ha traído a éstos la ganancia de la lid, y ahora, con permiso y ayuda de los malditos diablos, están barriendo como con escobas el campo que habían conquistado los creyentes». Puso El Nasiry al oír esto la cara de compunción hipócrita que tiene para estos casos, y exclamó mirando al cielo tempestuoso: «Cúmplase la voluntad de Allah.. Suframos, ¡ay!, el castigo que merecemos por nuestros pecados y la flojedad de nuestra fe. ¡Loor siempre al Clemente y Misericordioso!». Yo me puse también la máscara de una grande aflicción y dije amén, reconociendo así que por nuestros pecadillos consentía el Sumo Dios la tremenda paliza que los cristianos administraban a estos zopencos.

Trajo el segundo arriero la noticia de que se había iniciado la retirada de las tropas moras, corriendo hacia la montaña. El cañón español no cesaba de aventar las tribus del Mogreb. Era un espectáculo de horrible desolación.. así como la fin del mundo.. Había resucitado Prim, saliendo de un montón de muertos, y con una quijada de caballo mataba cuantos moros cogía por delante. Los demonios hacían visajes horribles combatiendo en las filas cristianas, y Mahoma chillaba en los aires, con tronío y llorío que era como la ira de Dios en medio de las nubes.. Nuevas exhortaciones de El Nasiry a la conformidad y paciencia. Ya podíamos ver bien claras las resultas de tanto pecar y de habernos descuidado en la (p.7046) oración y enfriado en la creencia. Amén, amén.. En el sitio donde estábamos, que era como caverna de poca hondura, llegaba a nuestras orejas con intervalos el fragor de la artillería cristiana, según las idas y venidas del viento. Después de traer el espanto a nuestros oídos, lo alargaba para otra región, llevando a oídos distantes la misma sensación pavorosa. Dijo el segundo arriero que los moros en retirada avanzaban subiendo. Era una ola de mil colores mojados, un rebaño de miles de patas que huía del llano al monte, entre fango, bajo cortinas de agua, y acosado por el fuego.

Sabido esto por mi amo, fue más viva la expresión de su inquietud: le vimos atormentado por cruel duda; tan pronto tomaba una resolución, como de ella se arrepentía. Por fin, se arrancó a decirnos: «Aunque perdamos las dos acémilas que se han quedado atrás, debemos seguir hacia el Fondac.. con toda la prisa que se pueda.. y allí, si la ola que viene tras de nosotros, y que hasta el Fondac no ha de parar, nos permite algún descanso, lo tomaremos. Si no, adelante siempre, y Allah nos guíe y nos socorra. En marcha todo el mundo».

¡En marcha, huyendo de la ola y tomándole la delantera cuanto fuese posible! La parte del camino que nos faltaba para coger la divisoria del riscoso Djibel Habib, era la más fatigosa y endiablada. Entramos por un desfiladero angosto y torcido en innumerables vueltas y dobleces, siempre subiendo; a nuestra derecha, montes altísimos de donde se desgajaban torrentes de agua arrastrando piedras; a nuestra izquierda, vertiente de barrancadas que acaban en invisibles abismos.. Iban las cabalgaduras una tras otra, pisando con singular cautela el suelo pedregoso y húmedo. Admiré en la mía el pasmoso instinto con que sorteaba las pendientes resbaladizas. A veces posaba su casco tan delicadamente como si bailara un minueto con las más remilgadas etiquetas que ilustran el arte de mover los pies. ¡Apreciable persona cuadrúpeda, o animal apersonado, manso, discreto, cumplidor exacto del más penoso deber, sin otra (p.7047) recompensa que un poco de cebada! Ya era noche obscura cuando franqueábamos la divisoria; llegamos a un punto en que los abismos que antes veíamos por la izquierda abrían sus negras bocas por la derecha. Cesó la lluvia, y el viento helado campaba por sus respetos en los caballetes del monte. Íbamos ya cuesta abajo. Las mulas, inducidas a mayor cuidado por la obscuridad, andaban con más lentitud, tanteando el suelo.. Por fin, al cuarto de hora de descenso, vimos a la izquierda un cuadrado regular, construcción chata que blanqueaba en las tinieblas. Era el Fondac..

Era el indecente y destartalado parador, en que el Majzen, o Gobierno central, atiende al descanso y refacción de viajantes y caballerías. La estructura y disposición del edificio me recordó los corrales que dan abrigo a los rebaños de toros o de ovejas en las sierras y descampados de nuestra Península. Cuatro paredes en rectángulo, no muy altas; en la del frente una puerta; en el centro un patio claustrado de tejavanas; a los lados de la puerta dos estancias donde vive el administrador, funcionario del Estado; basura, montones de paja, obscuridad de noche, frío y polvo siempre, componen el desmantelado edificio. Concluyen de arreglarlo y le dan la última mano de pintoresca barbarie las turbas que por horas o por días lo habitan. Cuando nos apeamos frente a la puerta, vi que en el fondo del corral pestañeaba la luz de un candilejo; la luz se fue acercando, trayendo detrás de sí a un árabe caduco y medio cegato que saludó a El Nasiry como a un antiguo conocimiento. Al entrar, vimos sombrajos de caballerías y algunos bultos de moros tumbados en el suelo.

Ordenó mi amo que se diese un pienso a nuestros animales sin quitarles las monturas, pues habíamos de partir al instante; pidió al guardián café caliente, entramos en uno de los cuartuchos laterales, amueblados exclusivamente con paja, para que cada cual, según los modos o costumbres de su indolencia, se tumbase y estirase. Tan inquieto y abrasado en zozobras estaba mi amo, que cuando el vejete nos (p.7048) trajo el café, servido en vasos humeantes, no se cuidó de catarlo. Yo sí lo hice porque me sentía transido y desmayado. El Nasiry, según me dijo, apartar no podía de su mente la idea y la imagen de aquella ola del Mogreb derrotado y huido. Hacia donde estábamos vendría la ola, pues no había más camino de fuga que el que seguíamos, ni en dicho camino más reposo que el maldito Fondac.

De improviso, estando él y yo en estos pensamientos y melancolías, oímos ruido al exterior, que no era del viento, sino de caballerías galopantes, y de voces al parecer humanas o de diablos que hablaran a estilo de los hombres. No pudo contenerse El Nasiryy salió, salimos a la puerta. Lo que llegaba era la ola, sus primeras espumas salpicantes. Dos moros se apearon: venían manchados de sangre y lodo, pintadas en el rostro la ira, la ansiedad, la desesperación; sus caballos negros blanqueaban del sudor, y apenas podían valerse ya, mal sostenidos por sus remos temblorosos. Apenas se apearon los dos primeros jinetes de la ola, vimos llegar a otros dos, y como al medio minuto, seis más en caballos derrengados ya del furioso correr, los vientres heridos y rasgados por las espuelas.. Quisimos volver a nuestro albergue y asegurarnos contra la invasión; mas la curiosidad de ver la ola engrandeciéndose a medida que avanzaba, nos detuvo en la puerta. Los primeros que a pie llegaron fueron tres, con resoplido de peatones que ganan el premio en la carrera; tras ellos aparecieron cuatro; luego, de golpe, como unos veinte, seguidos de tres a caballo: uno de estos jinetes venía mal herido y medio muerto. Antes de que lo bajaran del caballo, se cayó él como un fardo, y al rebotar en el suelo, dio señal de agónica vida en voces roncas.. Aterrados entramos mi amo y yo en el corral, y al punto nos obligó a salir de nuevo un gran vocerío, clamor inmenso, como si todos los gemidos del dolor humano se tradujeran al lenguaje de la mar brava revolcándose en la playa pedregosa. Era la plenitud del ejército en dispersión, que a lo alto del monte llegaba ya con el (p.7049) imponente hervir de su cólera despechada, y la espuma de las maldiciones que escupía contra la tierra y el cielo.

 

Ep-37-VII -

Ya no había salvación; nos ahogamos en la onda de salvaje humanidad, empujada del pánico, del hambre y de toda suerte de locura.. Ya no podíamos andar por dentro ni por fuera del inmundo corralón, sino con esfuerzo y braceo de nadadores, abriendo hueco entre la carne sudorosa. El aliento de la masa humana nos asfixiaba; el rumor de cólera y rabia nos enloquecía. Ya mi amo y yo, forcejeando en el interior, no encontrábamos a los criados moros, ni las caballerías, ni el café que habíamos dejado a medio tomar; ya íbamos y veníamos llevados de la onda; ya, por los gritos que proferían tantas bocas feroces de blancos dientes, y por la expresión terrorífica de tantos rostros negros y blancos, bruñidos del sudor, llegábamos a creer que también nosotros veníamos huidos del combate, y que traíamos en nuestras almas la furiosa rabia de la derrota.

Quiso El Nasiry congraciarse con los que más cerca teníamos en aquel penoso braceo en medio de la onda, y algo les dijo de la batalla y de lo mal que se había portado Allah con sus fieles creyentes. Los que le oían respondieron con voces famélicas más que patrióticas: tenían hambre, y querían repararse con algún alimento hasta que pudieran llegar a sus casas en remotos aduares. Otros vociferaron contra O'Donnell y Prim, renovando la ridícula leyenda del pacto entre españoles y demonios. Ya tenían los moros sometidos a los cristianos; ya el campo de éstos era una alfombra de cadáveres, cuando se desgajó el cielo vomitando diablos; resucitaron los cristianos muertos, y el Mogreb vencedor fue vencido por máquina sobrenatural.. En la fuga, los heridos que traían fueron abandonados en el monte, donde los cuervos se encargarían de comérselos tranquilamente. ¡Felices los muertos porque subirían al paraíso de frescas aguas cristalinas!

Logramos al fin topar con Ibrahim. Éste nos dijo que antes que él pudiera evitarlo le habían quitado y abierto el fardo de una de las (p.7050) acémilas, el cual, como era cosa de condumio, pasó en un santiamén a las bocas voraces y a los estómagos hambrientos. No se incomodó El Nasiry al oírlo; antes bien mostrose conforme con el despojo, asegurando que a su intención caritativa se habían anticipado los ladrones.. En tan apretada situación estábamos, sin poder entrar ni salir, ni recoger lo nuestro, ni escaparnos de tanta confusión y laberinto, cuando llegaron a nuestros oídos voces muy distintas de las desesperadas voces de la onda. Al mismo tiempo se arremolinaron los que llenaban el ancho corral, abrieron paso, y pude ver a un negro bokarique látigo en mano apartaba a un lado y otro la bárbara plebe, sacudiendo sin compasión sobre los estrujados cuerpos. Tuve la desgracia de que el látigo de aquel sayón me cogiera de lado a lado la cara, haciendo saltar de mi cabeza el bonetillo que la cubría. Lastimado de tal injuria, oí decir claramente al zurrador que diéramos paso y fácil entrada en el corralón al poderoso señor tal y tal, que venía de parte del Sultán para tratar guerra y paces.

Abriose al fin en la masa cavidad suficiente para que entrase un morazo montado en mula de tan alto aparejo, que el hombre parecía cabalgante en una torre. Tras él entraron cuatro más, caballeros en airosos corceles, y le seguía una escolta que en su mayor parte hubo de quedarse fuera. Con tal cuña, ya estábamos los de dentro en punto de ahogarnos de verdad. La suerte fue que el del zurriago, antes que su altísimo señor se apease, trató de despejar el local gritando: «fuera, fuera, canalla: dejad hueco al señor..». También a mí me tocó buena parte de esta nueva zurribanda. En fin, salió la chusma del corral, a borbotones o chorros, como el agua de sucio estanque al cual se abren las compuertas, y desde este punto ya respiramos y nos esponjamos, y yo pude hacerme cargo, por el escozor de mi piel, de los desastrosos efectos del látigo.

Pero como es invariable ley humana que vengan siempre enlazadas y cogidas del brazo las bienandanzas y las desdichas, sucedió en aquel caso que tras el peligro de (p.7051) ahogarnos en la ola de los vencidos, vino la suerte y buena coyuntura de que mi amo El Nasiry y aquel pomposo sujeto, emisario del Sultán, fuesen amigos. No hay que decir cuánto me alegré de verles saludarse y hacerse graciosas zalemas, celebrando su encuentro. Entraron luego los dos en el primer aposento donde estuvimos, y recostáronse en la paja muelle, único diván y revolcadero de personas que allí existía. Quedeme yo en el corral, entre caballos y mulas, y hasta la madrugada, cuando ya salíamos de aquel infierno del Fondac, no pude saber quién era el caballero del blanco alquicel tan bien escoltado de moros elegantes.

Dos o tres veces me recitó El Nasiry el rosario de los nombres de aquel señor, los que apunto cuidadosamente para que ninguno se me escape de la hebra en que van engarzados. Llámase el Kaid Abu Abdal-lah, Mohammed Sen Dris Ben Hammam El Ferrari. Según cuenta, Su Majestad el Sultán Sidi Mohammed Ben Adderrahman, viendo el mal cariz que tomaba la guerra, le llamó, y dándole sesenta mil ducados con que remediar al ejército, ordenole que al campamento se trasladase, y examinara el estado de ánimo y disciplina de las tropas, para ver si convenía proseguir la campaña o rematarla de plano con las más ventajosas paces que se pudieran obtener. Iba, pues, El Ferrari a tomar el pulso al enfermo, y por cierto que le encontraba dando las boqueadas, menos necesitado de medicinas que de los últimos Sacramentos. Sin duda el buen señor se haría cargo, por la desolación que allí veía y por lo que debió de contarle mi amo, de la soberbia tunda que aquella misma tarde había sufrido El Mogreb, y de la necesidad de acudir pronto al descanso de la paz, que el marroquí desea, y al español no le vendrá mal.

La oportuna llegada de aquel fantasmón fue venturosa para nuestra caravana, porque, despejado el patio, pudo mi amo recoger lo que quedaba de lo suyo y disponer que partiéramos inmediatamente. Esperanzas no teníamos ya de que pareciesen las dos acémilas que nos arrebató la ola en (p.7052) medio de la cuesta. La que desvalijada fue en el Fondac quedó en menos de un tercio de las vituallas que transportaba. Sólo permanecía completa la que llevaba el material de la tienda, ropa y algo de plata. Con pérdidas tantas, ya podía dar gracias a Dios nuestro amo El Nasiry por haber salvado las vidas de todos en aquel terrestre naufragio. Reunidos los sirvientes para la marcha, aún tuvimos que aguantar casi a obscuras dos chubascos más sobre los ya sufridos. El uno fue la plática larguísima del señor moro El Ferrari, uno de los hombres más habladores que he visto en mi vida. Por su caudal oratorio, le creímos enviado de Mahoma para implantar en elMogreb el sistema parlamentario. El otro chaparrón nos lo proporcionó un Kaid de Fez, que vino en las últimas aguas de la ola y que resultó, como el otro, amigo de mi amo. Traía toda la rabia y resquemores de la derrota; pero también una honrada sinceridad digna de las mayores alabanzas. Hartándose del café rico con que obsequió a todos El Ferrari, dijo que los españoles habían hecho un esfuerzo grande para vencer, y que estaban cansados; pero que no había medio de luchar con ellos mientras el Mogreb no tuviese una mediana organización militar, y trenes de Artillería con personal entendido que la manejara y sirviera, así en el llano como en los pasos de montaña.

Urgía, pues, según Ben Hair, que así llamaban al de Fez, negociar una paz decente, para que volvieran los cristianos a su casa, y recogidos los moros en su solar, pensaran luego en adestrarse y prevenirse por si aquéllos volvían con nuevas pretensiones de conquista. Tal como hoy están las cosas, no puede el moro resistir las embestidas del cristiano, pues si perversa es la religión de éste como inspirada del Infierno, tiene en cambio artillería magnífica con la cual se remedia de la desventaja de su religión. La musulmana, que es única religión verdadera, no excluye los cañones, ni se opone al uso y buen gobierno de estas terribles máquinas; que bien claro nos dice el Profeta en su santo libro: «Sé ferviente en la oración, y Allah (p.7053) pondrá en tus manos el rayo con que podrás aniquilar al incrédulo». Con la voz rayo significó Mahoma piezas de grueso y mediano calibre de los mejores sistemas que los mismos incrédulos inventan y perfeccionan para guerrear unos con otros.. Dichas estas cosas atinadas, tan del gusto de todo buen musulmán, nos dio cuenta minuciosa de la batalla, refiriendo los designios, los movimientos, las astucias y ardides de ambos combatientes, historia que no reproduzco porque no me tachen de prolijo y fastidioso. Nada olvidóBen Hair de la pericia de Ros, Echagüe y Zabala, de la bravura temeraria de Prim, del tino y dirección admirable de O'Donnell. Reconocía las grandes dotes de sus enemigos, y los encomiaba sin quitar a los suyos su parte de heroísmo y de conocimiento, con lo que nos hicimos cargo los oyentes de la belicosa acción a que los moros dan el nombre de Bu-Sfiha, y los españoles el de Uad Ras, o más propiamente Uadrás.

Contaré ahora las obscuras tragedias mías y mis personales batallas, que no serían conocidas de ningún cristiano si yo no las escribiese aquí para desahogo mío y recreo del bonísimo Beramendi. Sabed, oh lectores fingidos y sin razón inventados por mi pluma, sabed que, dispuesta la partida, me ordenó mi amo, en la puerta misma del Fondac, que diese de beber a las mulas. Obedecí; llevé mis bestias al costado exterior del edificio, por el Este, donde están el pozo y abrevadero, y cuando quise sacar agua, vi dos espingardas arrimadas al brocal, y sobre él un espadón unido al tahalí. Con todo respeto cogí las armas para colocarlas en otro lado.. ¡Cristo Padre! Nunca tal hubiera hecho. Aún no había puesto mi mano pecadora en aquellos instrumentos que sin duda eran sagrados, cuando una fiera con trazas de hombre saltó de en medio de la obscuridad, como tigre que acecha en el matorral, y dándome un fuerte manotazo, al que acompañaron las voces de ladrón, perro y no sé qué más, me derribó al suelo. Apenas caído, salieron no sé si tres o cuatro bestias humanas, y me levantaron en vilo (p.7054) sin que yo pudiera defenderme ni desasirme de tantas brutales manos que me cogían.. Reuniéronse al instante muchos más, en número que a mí me pareció legión de demonios, y con griterío infernal, en habla riffeña , me pasearon en alto, éste me coge, éste me suelta, de todos golpeado, zarandeado y escarnecido.. A mis voces acudieron Ibrahim y otro de los servidores de El Nasiry; mas nada podían dos hombres piadosos contra quince o veinte desalmados, que sólo tenían de humanidad el habla y la figura, y aun sobre éstas habría mucho que decir..

Pues nada menos querían aquellos monstruos que tirarme a una cisterna que a poca distancia del pozo abre su siniestra cavidad entre rocas. Yo no sabía que existiera aquel abismo hasta el momento en que, suspendido sobre él por las manos de mis verdugos, vi su temerosa hondura, y en el fondo un espejo de agua inmóvil, que reproducía el cielo, y en él la media cara de la luna que aquella noche entre celaje y celaje nos alumbraba. Fue un instante no más, dos segundos o tres de terror y angustia indefinibles. No caí al hondo, donde habría perecido, porque mi desesperación se agarraba con ferocidad a los cuellos, a los brazos de los mismos que querían arrojarme, porque hice presa con los dientes en alguna oreja, en algún trapo de turbante, y porque, al fin, mi noble amo acudió a mi vocerío angustioso y al veloz llamamiento deIbrahim. Salvado fui de milagro, y esto lo debí a los astros del cielo más que a El Nasiry y a El Ferrari, que resultaron, por lo que voy a decir, instrumento providencial del prodigio de mi salvación.

Pues sucedió que mi amo y el noble mensajero del Sultán habían salido a la puerta a percatarse del firmamento, del cariz de la luna, de la dirección del rabo de la Osa, que los árabes llaman Aldebb al Akbar, de las alturas a que estaban sobre el horizonte otros grupos de estrellas, de la situación de Júpiter o Marte (no sé cuál) con respecto a las figuras zodiacales. Era El Ferrari, según supe después, muy experto en la astronomía empírica, y no pasaba noche sin que (p.7055) examinara los espacios siderales, no sólo por gusto de la contemplación de lo infinito, sino por atisbar los signos que relacionan el cielo y sus aspectos con los destinos humanos. Estaba, pues, El Ferrari dando a mi amo lección astronómica o astrológica, ayudado de un palo con que iba señalando cada familia estelar, y su sagaz conocimiento marcaba las señales anunciadoras de la paz entre España y el Mogreb, cuando llegaron a los dos señores mis gritos angustiosos y las voces de Ibrahim. Corrió primero El Nasiry a donde yo clamaba, pendiente sobre el abismo, mi vida separada de mi muerte por el espacio de un segundo, y quitándole a su amigo el palo con que a las estrellas apuntaba, con él dio en las espaldas de mis verdugos, echándoles por delante furibundas imprecaciones. A esto debí la vida.. Y yo pregunto ahora: «¿qué hubiera sido del pobre Juan, si en el momento de salir yo con las mulas para darles de beber, no hubieran salido también los señores al campo raso, para escudriñar con miras mágicas los espléndidos signos del firmamento?». Por eso he dicho que las estrellas me salvaron.. Algo tiene la magia cuando me vi obligado a bendecirla. ¿Cómo no, si de ella estuvieron pendientes mi vida y la paz del Mogreb?

 

Ep-37-VIII -

Y que no tardé poco, ¡Dios me valga!, en reponerme de aquel espanto. No se vuelve de los bordes de la muerte sin que quede nuestra ánima suspensa y aterrada por algún tiempo. Miraba la media cara de la luna en el cielo, jugando al escondite entre celajes, y su claridad me daba horror, como cuando la vi en el fondo de la cisterna, llamándome a terrible agonía en las dormidas aguas. Diéronme a beber café, que me reparó con su calor el estómago y todo el organismo. Vi con gratitud el rostro amigable de El Nasiry, a la luz del candil que nos alumbraba en la estancia guarnecida de pajas hediondas; vi también el de El Ferrari, advirtiendo entonces que el buen señor es tuerto, y maravillándome de que con un ojo solo pueda escudriñar los espacios celestiales, y leer en ellos los obscuros (p.7056) enigmas de la Humanidad.

Pero nada me dio tanto gusto como ver y oír que ambos señores se despedían uno del otro, señal de que partíamos de aquel Fondac que, si no era ya mi Infierno, había sido mi Purgatorio, del cual salía mi alma bien purgada y limpia de cuantos pecados en la blanca Tetuán cometí. Siglos se me hacían los minutos que aún tardamos en apartarnos del horrible parador. Mentira me pareció que perdía de vista la casa inmunda, el pozo, la horrible cisterna y sus aguas dormidas, que fueron espejo en que me asomé y vi la eternidad. Adiós, Fondac lúgubre.. ¡Que no me muera yo sin recibir la noticia de que te ha reducido a escombros un terremoto, o a cenizas un rayo del cielo!.. Tan batanado, tan dolorido estaba mi cuerpo del diluvio de golpes y porrazos, tan agobiado de ansiedad y terror mi espíritu, que difícilmente podía tenerme en la silla. Desde Samsa no había dormido, ni en mi cuerpo había entrado más alimento que algunos sorbos de café.. A cada instante encontrábamos grupos de moros que regresaban a sus aldeas después de la batalla, unos con la espingarda al hombro, otros inermes, todos andrajosos y escuálidos, con la tristeza pintada en el rostro. Al pasar junto a ellos, creía yo que me miraban con ira, como queriendo repetir en mí los pasados ultrajes. Yo dije a El Nasiry: «Menos temo en esta montuosa soledad a los chacales y hienas que a los hombres. Lleguemos pronto a donde yo encuentre descanso y paz». Mi buen amo me tranquilizó con dulces palabras.

El alba sonrosada nos aclaró el camino a la hora y media de salir del Fondac. Bajamos por despeñada cuesta; dejamos a la izquierda los caminos de Arsila y Alkazar-Kebir. El paso descendente de la mula, como tanteo de peldaños de desigual altura, me molestaba lo indecible, desguazándome todo el esqueleto.. Vadeamos multitud de arroyos que bajaban turbulentos, batiendo en la carrera sus aguas achocolatadas. Y aquel paso entre pedregales no tenía fin. Ansiaba yo llegar al llano, que veía bajo las pisadas de mi mula; pero el llano no quería dejarse pisar, (p.7057) y burlaba la ansiedad de mis ojos hundiéndose más a cada paso que dábamos hacia él.. Por fin, dormitando yo sobre la mula, llegamos a un lugar donde se hizo alto. Allí descansé un poco; me revolqué en el suelo, como los burros cuando se les libra de la albarda; comimos algo, y otra vez al tormento de la montura y del andar cadencioso. Llano adelante, vimos los montes que arriba se quedaban arrogantísimos con turbante de nubarrones. Contemplándolos tan hermosos, les eché mi despedida con la firme intención de no volver a pasar por ellos. Nada digno de contarse me aconteció en el resto del día, hasta que llegamos a esta aldea situada en medio de un extenso prado, donde se resolvió pasar la noche y reposar las molidas osamentas.

En Stchaidi, donde escribo, hallamos un amigo y cliente de El Nasiry, que no nos permitió armar la tienda, ganoso de aposentarnos en sus admirables chozas con techo de paja, las cuales eran mejores que algunas casas de Tetuán. Debió de decirle mi amo quién era yo y la razón del tapujo hebreo que llevaba, porque Bu S'liman, que tal es el nombre de aquel simpático y amable moro, me aposentó en un cuarto muy bueno, a flor de tierra sí, pero desahogado y limpio. La puerta era tan chica, que tenía yo que entrar a gatas. En un costado de la estancia me armaron cama blanda en horizontal nicho guarnecido de azulejos, y para mayor sorpresa mía pusiéronme una mesilla de ocho patas con utensilios de escribir, lo cual significaba que me tomaron por poeta o literato. No fue superior, pero sí abundante, la comida que nos sirvieron en otra choza más grande que la mía, rodeada de higueras, tártagos y mimosas. Reparé yo mi estómago, y luego me metí en el nicho, de donde por mi gusto no hubiera salido en tres días. Dormí menos de lo que me pedía el cuerpo; pero como El Nasiry resolvió prolongar la estadía para tratar con Bu S'liman y otros moros de un negocio de ganado, tuve tiempo de escribir dos o tres horas, y de coger después el sueño, empalmando sabrosamente la segunda tarde con (p.7058) la segunda mañana. ¡Ay, qué contentas quedaron mis carnes, y con qué devoción dieron gracias a Dios mis huesos atormentados!

Tánger,fines de marzo.- Aquel Bu S'liman que nos hospedó en Stchaidi, es alto, rubio, entrado en los sesenta años, saludable y fuerte, con sólo un achaque de la vista que le obliga al uso de antiparras de vidrios obscuros y gordos montados en cuerno. Dos chicos que nos servían de comer mostraban también en sus ojos la pitaña, mal endémico sin duda en aquel terreno pantanoso. Mujeres vi a lo lejos en chozas distantes, gordas, con tapujo de tela grosera y blanca, dejando ver las piernas coloradas de ancho tobillo. Unas lavaban ropa, y otras la tendían en retamas.. No sé por qué me pareció renegado el tal Bu S'liman. No hablaba o hablar no quería lengua española; pero bien pude apreciar que la entiende. Al despedirnos, me hizo no pocas reverencias, singular contraste con las vejaciones que en las etapas anteriores del viaje sufrí.. Tal vez el muy guasón de El Nasiryle ha dicho que soy algún rico personaje español disfrazado, o cercano pariente de Isabel II, que vengo a tomar nota de las grandes riquezas naturales del Imperio y de la suave condición de sus habitantes.

Con el descanso del cuerpo volvieron a mi ser la perdida inteligencia y la perdida fluidez del discurso. Así, cuando caminábamos hacia Tánger, por las lomas de suelo arenoso, entablamos mi amo y yo conversación amena, que de uno en otro tema nos hacía olvidar sabrosamente la tediosa longitud de la marcha. Tuve yo especial gusto en hacer recuerdo y enumeración detallada de los ultrajes que recibí en el campamento y en el Fondac, pintando con vivos colores el gran peligro en que vi mi existencia.

-En rigor, no debí yo acudir a salvarte -dijo El Nasiry, socarrón-, porque hallándote tan desesperado por la infidelidad de la blanca Yohar, más me hubieras agradecido el dejarte morir que el defenderte la vida. Los despechados de amor suelen en España curarse de su pena con un tiro en la sien o puñalada en el corazón, y otros hay que a la (p.7059) guerra van a que los maten. No debes, pues, alegrarte de tu salvación, sino sentirla. Mejor estarías ahora en el fondo de la cisterna del Fondac.

-No, no, amigoNasiry, que aunque la traición de Yohar me destrozó el alma, y quedé muy afligido y dado a los demonios, no era tanto que apreciase mi vida en menos que el amor de la judía blanca. Necedad habría sido dejarme ir al Infierno o al Purgatorio, mientras Papo Acevedo se quedaba riéndose de mí.. En el Fondac, entretuve mi mente algunos ratos con la blancura y suavidad de la piel de Yohar; pero si mil cosas dulces y amargas pensé de ella, no me pasó por las mientes ni por el corazón el deseo de volver a tomarla si el maldito Papo quisiera devolvérmela.

-Naturalmente -replicó mi amo y amigo-; que la caballerosidad y el honor, en los cuales veo yo como alambres o palitroques que componen la armadura de tu persona para mantenerla tiesa; el honor, digo, y la fanfarrona caballerosidad, no harían pocos remilgos si tú volvieras a tomar a la blanca paloma después de papujada por su segundo dueño el sephardim. ¡Buenos se pondrían tus antepasados si faltaras así al decoro y te pasaras por debajo de la pata los timbres gloriosos!..

-Abre los oídos, El Nasiry -dije yo-, para que me oigas bien lo que quiero contarte. Déjame que sea franco y que me vuelva atrás de lo que aquella tarde desembuché tocante al honor y la caballería. No tengo inconveniente en asegurarte que los vejámenes y atropellos que he sufrido me han hecho bajar la cresta de mi orgullo. Bien claramente veo que no somos nada, y que no existen otros males verdaderos más que el perder la vida, ser matado en plena juventud. Y si quieres que llegue a los extremos de la sinceridad, abre más los oídos y entérate de que cuanto te dije para rechazar los dineros de Riomesta y de Papo, debes tenerlo por no salido de mis labios.. Pues siendo yo pobre como las ratas, y viéndome sin mujer y sin ningún medio de ganar la vida, ¿qué menos puedo hacer que tomar lo que me den, agradeciéndolo, si no a ellos, (p.7060) a ti, que has sido el promovedor de este donativo? Dame, pues, el socorro que para mi huida previnieron aquellos hermanos de Judas Iscariote.

-Eso sí que no haré -replicó El Nasiry, extremando su guasa hasta los mayores disimulos-, porque me lastimaste echando sobre mí, con palabras amañadas, la nota de entrometido y tercero; lo que me llegó tanto al alma, que ni te perdono tu lenguaje insolente, ni te doy los dineros, que ahora quedan para mí. Ya me advirtieron Papo y Riomesta, al entregarme la bolsita, que si en ti notaba repugnancia de coger dinero de judíos, me quedase yo con la bolsa y te abandonara con desprecio a tu pobreza enfatuada.

-Pues yo te juro,El Nasiry, por la salvación de mi alma, que no siento ya la menor repugnancia de tomar esos ochavos de plata y oro, ni creo que se ha de manchar mi mano al cogerlos.

-No, no, que ahora me salen a mí el honor y la caballería de un rincón donde los tiene guardados mi alma española, y aunque salen con algo de polilla y olor de cosa descompuesta, traen bastante poder para decirte que te fastidies por haberme ofendido.. Tan caballero soy como tú, y poco va de Marruecos a España.

-Tú harás lo que quieras, El Nasiry -le dije poniéndome al tono de su marrullería-. La gratitud me hace tu esclavo. Si es tu gusto guardarte la bolsita que Riomesta y Papo te dieron para mí, hazlo en buen hora. Pero si acaso mudaras de voluntad y se te metiera entre ceja y ceja que yo tome la bolsa, venciendo para ello mi repugnancia, aquí me tienes dispuesto a satisfacer tus deseos, encerrando bajo siete llaves los escrúpulos que te lastimaron. Así lo juro, y te lo firmaré con mi sangre si fuere menester. En nuestra tierra dicen: cuando pasan rábanos, comprarlos.. ¿Has olvidado este refrán?

-De sabiduría tomada de los rábanos, sólo recuerdo aquella que dice que no debemos tomarlos por las hojas.

Interrumpió nuestro coloquio la vista de Tánger que de improviso a nuestros ojos hubo de presentarse en una vuelta del camino. Quedé yo suspenso ante la ciudad mora, toda blanca, recostada en (p.7061) una colina verde; pero mucho más me sorprendió y recreó la imponente faja de mar azul que vi súbitamente surgir entre el cielo y la tierra. Era el Estrecho, que en aquel momento me pareció el Ancho, por creer yo que había más agua de lo regular entre los dos continentes, y que debían estar menos separados Mogreb El Andalus y Mogreb-El-Aksá. El aire diáfano aproximaba los contornos distantes. Señalando la costa frontera, El Nasiry me dijo: «Allí tienes la tierra de la caballería y del honor. ¿Ves aquel caserío que blanquea en la orilla del mar? Es Tarifa, donde Guzmán llamado el Bueno.. ya sabes.. Corre la vista hacia la izquierda, y verás blanquear otro pueblo. Es Conil.. más acá verás un cabo.. Es Trafalgar, donde los ingleses.. ya sabes..».

¡Hermoso espectáculo!.. ¡Confusión grande de los ojos y de la mente!.. ¡En tan corto espacio, cuánta Historia!

 

Ep-37-IX -

Tánger, Abril (rija de nuevo el almanaque cristiano) .- Ya estoy en la ciudad marroquí del Estrecho, la más arrimada a la civilización europea, aunque sólo reciba de ella sensaciones de vista y olor que no llegan al alma.. Pero dejo esto para mejor ocasión, que en la presente debo contar mi llegada, mi instalación en la morada de El Nasiry. Quedaron las caballerías en una casa próxima a la puerta por donde entramos, y el hijo de Ansúrez, seguido tan sólo de Ibrahimy un servidor, se dirigió a su vivienda por empinadas calles que conducen al alto en que está la Alcazaba. Nos apeamos junto a una puerta humilde; hízose cargo de las mulas Ibrahim, y el amo y yo entramos a un patio ni grande ni bonito, sin adorno de tracería ni frescura de plantas. Salió a recibirnos la esclava Maimunay con ella se internó El Nasiry, ordenándome que en aquel patio le esperase. Un ratito estuve allí solo y aburrido, hasta que vi venir al amo, que, llevándome al portal y metiéndose conmigo en un desmantelado aposento donde no había cama, ni sillas, ni mueble alguno, ni más descanso que el de un poyo con el revoco desconchado, me habló de este modo: «Esta casa, alquilada para poco (p.7062) tiempo, no tiene comodidad para mi familia ni para mis huéspedes. La dejaremos en cuanto la paz nos permita volver a mi casa de Tetuán. Mi hospitalidad, como ves, es bastante mezquina; pero confórmate hijo, pues no hay otra cosa. Adecentaremos este cuartucho con alfombras y tapices, y el poyo, guarnecido de buenas mantas, te servirá de lecho. Se te pondrá una mesilla o cualquier trebejo donde puedas escribir; se te proveerá de tintero y papelorio.. Comerás conmigo alguna vez en aquella estancia que ves al otro lado del patio, con puerta labrada de alfarjía, o comerás aquí solito, servido por Maimuna. Baño tendrás también cuando lo pidas.. Dispensa, hijo, que no sea más espléndido; pero ya ves.. soy aquí ave de paso, y no he podido encontrar mejor nido».

Haciendo gala de la humildad y gratitud que me correspondían, le dije que su hospitalidad, con sólo ofrecerme un techo y un pedazo de pan, era mucho más de lo que yo merezco. Y él entonces, sentándose en el poyo junto a mí, me soltó lo más interesante y pertinente del sermón que preparado traía. Aquí lo copio: «No porque mi hospitalidad sea mísera, impropia de mi posición, dejaré de suplicarte que correspondas tú al amparo que te ofrezco. No estará bien que, dándote yo asilo, saques tú ahora las mañas españolas y cristianas, burlando la confianza que pongo en ti. Olvida que eres de la otra banda, de que yo también lo fui, y dame palabra de respetar los hábitos morunos, que yo guardo y reverencio desde que los adopté con libre voluntad. Te lo diré más claro, Juan: aquí hay mujeres; yo tengo mis mujeres, y los moros las guardamos del apetito y de la vista de los extraños. Ya sabes que esto es así, y no me pondrás en el caso de enseñártelo de otro modo. Recogidas están las hembras en la parte de la casa que se las destina, y allá viven solas, sin más salida y desahogo que la azotea, en donde por las tardes se solazan. Estando tú aquí, las obligaré a mayor escondite, prohibiéndolas que asomen las narices a este patio, y aun que curioseen en las celosías (p.7063) altas que desde aquí ves, y por cuyos huequecillos puedes ser visto. Si a ellas las guardo, a ti con mayor rigor te amonesto para que en ninguna manera traspases la puerta por donde entrar me viste; tampoco esta otra del ángulo derecho, donde hay una escalerilla que sube al piso alto. Mucho cuidado, Juan. Cada país tiene sus dogmas, y yo, al acomodarme a la vida mora, he abrazado esta religión de las costumbres, y antes me dejaré morir que faltar a ella o consentir las faltas de los demás en mi propia casa. Tenlo entendido.. y no te digo más».

-¡Oh!, El Nasiry -exclamé con dignidad-. ¿Cabe en ti la sospecha de que yo cometa acción tan vil? ¡Burlar yo tu hospitalidad! ¡Abusar de tu confianza! ¿Por quién me tomas, El Nasiry, o Gonzalo Ansúrez, para hablar en cristiano?

-¡Ah!.. No dudo, no dudo de tu honradez.. Pero.. por si acaso, Juan, por si acaso, te hago las advertencias que has oído, pues nadie hay en el mundo que esté libre de una mala tentación.. Desconfiados somos los que profesamos la fe de Allah, ley de pura desconfianza.. y cartuchera en el cañón.

-Como toda ley que gobierna el alma: prohibiciones y más prohibiciones, lo que pone a los fieles en el trance de infringir alguna vez que otra.. Pero éste es un caso de honor, de amistad y de compañerismo. Ten de mí la seguridad que tendrías de un hermano.

-Sí que la tengo; pero me pongo en guardia, y así es mayor mi seguridad. No olvido, Juan, que tus amigos españoles te llaman Confusio, con lo que indican que está en tu naturaleza el confundir las cosas, sin que sepas remediarlo.. Puede suceder que un día te levantes con los sentidos trastornados, y sin darte cuenta confundas lo cristiano con lo moro.. y recaigas en la gran confusión española, que es respetar lo ajeno si se trata de dinero o alhajas, y no respetarlo si se llama mujer. Para el español no hay ley de tuyo y mío cuando se encapricha por una hembra suelta o atada, con dueño o sin él.. Podías tú, con muchísima honradez, irte del seguro, y por eso te aviso que estoy a la mira.. Y punto final, que para (p.7064) los dos basta con lo dicho.

Reiteradas mis protestas de fidelidad, volvió mi amo a sus quehaceres en el interior de la casa, y yo, tendiéndome en el poyo sobre la blandura de tapiz y mantas que me trajo la diligente Maimuna, me entregué al descanso con la quietud y descuido de quien tiene asegurada la pitanza y un techo. Al siguiente día, diome la esclava el café y pan que necesitaba para mi desayuno, y luego vino Ibrahimcon un traje español que para mí había comprado a un ropavejero judío. Grima sentí al ver el odioso pantalón, un levitín de paño y un chaleco rameado, que me parecieron prendas de malísimo corte, en mediano uso todavía, no mal apañadas de zurcidos y arreglos. Trabajo me costó meter mi cuerpo en aquellos andrajos de la civilización, tan diferentes de los airosos trajes árabe y hebreo a que se habían hecho mi rostro y mis carnes; pero al fin me vestí a la europea, que tal era el deseo de mi protector. En la cabeza, no disponiendo aún de sombrero adecuado, me puse un fez, y di con mi cuerpo en la calle, ansioso ya de ver la ciudad a que me habían traído mis africanas aventuras.

Si gana Tetuán a Tánger por el misterioso laberinto de sus calles y por la grandeza y frescura de los montes y vegas que la circundan, ventaja lleva este pueblo al otro por la majestad del mar, en cuya orilla está edificado, y por la diligencia de tanto comercio y del entrar y salir de mercancías. Incansable y curioso recorrí toda la población, dominándola de un extremo a otro. Vi el Zoco grande, concurrido de tantos mercaderes y de la pobretería pintoresca de derviches, juglares, mendigos y fascinadores de serpientes; admiré el Marchan con lindas casas europeas; descendí por la calle principal al Zoco chico, hervidero de judíos, de españoles y de otros europeos que han traído las modas haraganas de cafés y cantinas; seguí hasta el puerto, donde vi los cárabos y faluchos que hacen la navegación del Estrecho, y algún vapor de Marsella o Gibraltar; vi la Aduana opulenta con tantísimos ganapanes afanados en el mete y saca (p.7065) de fardos y cajones; salime luego por la puerta que da paso a la playa; corrí por las arenas de ésta, viendo la cáfila interminable de moros campesinos que llegan diariamente al mercado seguidos del burro y la familia, con cargas míseras de carbón o de leña, y por allí anduve largo rato considerando cuán intensa y lacerante es la pobreza de este pueblo marroquí, y qué poco alivio recibe de la civilización europea, por la castiza inflexibilidad y resistencia del carácter berberisco. La valla de su religión le separará siempre del resto del mundo, aun cuando todo el mundo viniese a ocupar su suelo. Así vemos que, con raras excepciones, pobreza y barbarie se mantienen aquí tan dueñas de la vida como en los pueblos y aduares de tierra adentro, al pie del huraño Atlas.

De vuelta a mi morada humilde, invitado fui a la mesa de mi protector, que en realidad no era mesa, sino una baja tarima, junto a la cual él y yo en el santo suelo nos sentamos, a usanza mora, entre cojines blandos. Nos servíanIbrahim y Maimuna, tomando los platos de unas manos blancas o morenas, que detrás de una cortina se parecían, con el espacio y tiempo precisos para dar y coger loza, y sin que más allá de las manos pudiéramos distinguir ningún pedacito de brazo ni menos de rostro. Comimos estofado de carnero con tanto aroma de especias, que más regalaba el olfato que el gusto; unas como albóndigas ensartadas en palitos, todo ello con el indispensable kusk-sú o alcuzcuz, que amañábamos en pelotillas. Siguieron los pasteles dulces llamados el macrod, y otras especies de almíbares o mermeladas empalagosas. Hacían los dedos de tenedores y cucharas, suciedad que pronto se remediaba con el lavar de manos en perfumosas aguas. Luego nos dieron té, más moro que chinesco, con hojitas de yerbabuena flotantes en la infusión abrasadora. Trajo Ibrahim las pipas o fumaderas, que yo acepté porque no eran del malditoKif, sino de buen tabaco de Gibraltar; y en esto se reclinóEl Nasiry sobre el cojín que tenía por el lado derecho, y fumando y sonriendo, (p.7066) con un tonillo agridulce y socarronas pausas, me dijo:

-Mientras comíamos, observaba yo que tu curiosidad no tenía descanso. Te traían sin sosiego las manos que veías en aquella puerta soltando y cogiendo platos.. Por ser esta casa tan menguada, que en ella falta espacio para todo, has visto esas manos; que si la casa fuera como la de Tetuán, ni sombra de tales manos verías.. Y vete curando de esas mañas fisgoneras, buen Confusio, pues nada absolutamente has de ver, y cuanto menos mires, más tranquilo estarás.

-Mi curiosidad por las manos que se aparecían y ocultaban -le respondí-, no tiene nada de maliciosa. Tú me has contado que posees tres mujeres, y que la preferida, la verdadera esposa, se llama Puerta de Dios.

-Así es: en árabe su nombre es Bab-el-lah.

-Sin la pretensión de ver a tu esposa, pues sólo el pretenderlo sería impertinencia grave, yo te digo que deseo tu felicidad y la de esa señora, como la de tus esclavas, que son también tus mujeres..

-La una es Quentza, la otra Erhimo. Ni a estas dos, ni aBab-el-lah, has de verlas por mucho que aguces el filo de tu curiosidad. Yo te hablé de ellas porque con alguien había de desahogar mi alma en los días de ausencia. Yo amo a mi familia, y mis mujeres y mis hijos me absorben todos los pensamientos cuando estoy lejos de casa.

Después de una pausa en que los dos mirábamos silenciosos los giros del humo de nuestras pipas, mi protector y amigo me dijo que si nunca podría yo ver a sus mujeres, no tenía inconveniente en mostrarme sus hijos. Poco después aparecieron, traídos por Maimuna, un niño como de cinco años y una niña como de siete, tan lucidos y graciosos que quedé absorto contemplándolos. A uno y otra acaricié, extremando mis afectos en la niña, llamada Luz-il-lah, y recreándome en el gran parecido que le encontré con su hermosa tía. La pureza de facciones, el divino conjunto del rostro, la proporción y medida de todas las partes del cuerpo, igualmente se mostraban en la hija y en la nieta de Ansúrez. El niño era también muy lindo, de color moreno aceitunado, esbelto de talle, (p.7067) los ojos ávidos de penetración, con un brillo que me recordaba los de Vicentito Halconero. A la chiquilla le caía tan bien el trajecito de mora, que no podía yo imaginarla vestida de otra manera. Llevaba un caftán finísimo listado de amarillo, faja colorada, aros de oro en las orejitas, y en la cabeza un bonete de terciopelo rojo; los pies desnudos en babuchas con la punta encorvada.Alí Ben Sur llevaba la menor cantidad de ropa, luciendo así su varonil gallardía. No me hartaba de besarlos, y hablé con ellos todo lo que pude, valiéndome del poquito árabe que yo sé y del corto número de voces españolas que ellos conocen. Su padre, alelado de orgullo, y cayéndosele la baba, repetía la cariñosa queja de todos los padres, así moros como cristianos: «Ah, son muy malos.. No se les puede sujetar.. Todo el día están alborotando.. Me vuelven loco..».

Contemplando con mayor arrobamiento el rostro de la encantadora niña, dije a El Nasiry: «En tu Luz-il-lah veo todos los rasgos de la noble raza de Ansúrez. Veo algo más: otra raza escogida, superior. O mucho me engaño, o la madre de esta niña es una mujer espléndida, hermosísima». Y El Nasiry, poniendo los ojos en blanco para dar toda la expresión posible al encomio, me respondió: «Tan hermosa es, Juan, que no parece criatura mortal, sino ángel del Cielo. No hay en ninguna lengua palabras con qué describir y cantar tanta belleza. Como poeta que eres, podrás imaginarla; verla nunca podrás». Y dicho esto, con musulmán gesto ordenó a los niños que se retirasen.

 

Ep-37-X -

Bien sea porque las prohibiciones reiteradas de El Nasiryme movieran a mayor deseo de lo prohibido, bien porque la holganza diera más espacio a mi curiosidad, ello es que yo quería violar el secreto de aquel oculto mujerío, no por quitarle nada a mi protector y amigo, ni por meterme a seductor de moras, sino por verlas, nada más que por verlas, y dar a mis ojos el sabroso espectáculo de tan interesante aspecto del vivir musulmán. Singularmente aguijaba mi curiosidad aquella Puerta de Dios, belleza única (p.7068) y soberana, al decir de su dueño, la cual no tenía semejante más que entre los ángeles y serafines. Ánimas benditas, ¿cómo sería aquellaBab-el-lah? ¿No me depararía Dios la ventura de ver y apreciar una de sus creaciones más admirables? Bastaríame con una rápida visión de tan sobrehumana belleza, la cual por su perfecta y divina forma no habría de despertar en mí ni el más leve destello de lo que llamaba don Quijote incitativo melindre.

En estas ideas y deseos estuve todo el día siguiente al del comistraje con El Nasiry. Hallándome fastidiado en mi ratonera y habiendo escrito ya todo lo que tenía que escribir, salí a pasearme al patio con más gusto del que me daban los paseos y vueltas por la ciudad, donde poco había que me cautivase, pues todo lo tenía bien visto y examinado. Ocasión es ésta de decir que de mi fastidio era responsable mi protector, pues en Tánger me retenía sin otra razón que no haber llegado el vapor que debía llevarme a Cádiz. Otros vapores anclaban en el puerto; pero iban a Gibraltar o a Marsella, y El Nasiry no quería embarcarme sino para puerto español. Y entre tanto que así me tenía prisionero sin ofrecerme ningún solaz en su casa ni fuera de ella, no me daba los dineros de Papoy Riomesta, que sin duda me habrían servido para que yo buscase algún regocijo en la ciudad. «No te doy la bolsa -me decía-, porque la vaciarás estúpidamente aquí, y no hemos de pedir al marido y al padre deYohar que te la llenen otra vez». Sin blanca me aburría en mis paseos por Tánger. Nunca me llevaba El Nasirya la carrera de sus negocios, ni tenía yo ningún amigo judío ni cristiano de quien acompañarme.

Pues como decía, salí a pasearme al patio silencioso, sin que ninguna distracción encontrase en mi ir y venir de animal enjaulado. Mas no sucedió lo mismo a la tarde siguiente, porque me dio por mirar a las altas celosías, y la realidad o mi deseo me hicieron ver sombras o bultos que tras los huequecillos se movían. Mi fantasía loca fingió en algún instante que asomaban por el enrejado los fulgurantes ojos (p.7069) de Bab-el-lah; mas en realidad nada que a humanos ojos se pareciese distinguieron los míos. Lo que sí puedo asegurar es que, más avanzada la tarde, oí cuchicheos, voces arábigas que desmenuzadas e incomprensibles salían por aquel tamiz. No quise yo ser menos que las escondidas moras, y a sus risas correspondí con lo que me pareció más propio: exclamaciones de sorpresa, posturas airosas, miradas interrogativas que partirían los corazones más duros.. Pero aquel inocente juego tuvo pronto su fin: oí la voz bronca de Maimuna, y poco después, tras de las celosías no había cuchicheos ni sombrajos; las mujeres con su guardiana y los chiquillos se habían subido a la azotea. Quedé yo consolado de mi fastidio y con esperanzas de nuevos sucesos que abrieran camino para una sabrosa aventura.

Por la noche, después de cenar con El Nasiry, que nada me dijo de mis telégrafos con las moritas, señal de que nada supo, me acosté mecido por mi imaginación en vagorosas ilusiones, y soñé que en mí se reproducía la historia del Cautivo contada por Cervantes en el Quijote. En el patio de mi hospedaje vi el baño de Argel, donde me tenía prisionero el bárbaro renegado Azan bajá, y por las celosías vi asomar la caña con que la misteriosa Lela Mariem me manifestaba ser yo el preferido entre los demás cautivos; vi los movimientos y signos de la caña, y ésta, por fin, me entregaba un papel con amorosos requerimientos escritos en lengua arábiga.. El día me despabiló y encendió más en mis románticos deseos, y cuando me lancé a mi vagar vertiginoso por las calles, pensaba en la posibilidad de una aventura gallarda, y me decía: «De fijo, lo primero que ha de preguntarme Beramendi será si he logrado penetrar en un harem y ser dueño de sus poéticos arcanos. Lo menos que pensará el buen señor es que he logrado quebrantar la misteriosa clausura, sobornando eunucos o cortándoles la cabeza, y que en un dos por tres he arrebatado lindamente a la odalisca más hermosa para traerla a mi amor, primero, después a la fe de Cristo nuestro Redentor.. Muy (p.7070) desairado será para mí desengañar al Marqués, y declararle que ni he visto harenes más que por el forro, ni he violentado sus puertas, ni menos he sacado ninguna odalisca como no sea en sueños».

Llegó por fin la tarde, que era la más propicia ocasión de mis travesuras, porque siempre, de tres a siete, estaba ausente El Nasiry. Antes de salir al patio, me puse en acecho de los más significantes rumores que vinieran de las celosías; algunos oí, que me parecieron de animada conversación; salí de mi camarín, anduve con cautela por el patio, miré a lo alto, no sin esperanza de ver asomar la caña de Lela Mariem, y de pronto hirió mis oídos un grande estrépito de pasos, golpes, carreras, chillidos de mujeres y llanto de chiquillos. ¡Terrible trapatiesta se armaba en el harem! Sin duda las moritas se tiraban de los pelos, o se azotaban con furia las sonrosadas carnes. ¡Qué ocasión más bonita para subir a ponerlas en paz! Tanto arreció el tumulto que me alarmé de veras, llegando a creer que había fuego en las habitaciones altas.. Sí: fuego debía de ser.. ¡fuego chillaban las espantadas voces! Movido de un sentimiento humanitario, sin pensar más que en la salvación de mis semejantes, y libre mi espíritu de aquel melindre del serrallo y sus odaliscas, corrí a la escalerilla del rincón, cuyo ingreso está defendido por una puerta; empujé ésta sin acordarme de la prohibición de El Nasiry; entré, subí, salté los primeros peldaños, y aún no había llegado a la mitad de la empinada escalera, de un tramo solo, fatigoso y largo, cuando bajó con veloz descenso, a trompicones, la esclava Maimuna, viniendo a chocar contra mí. Si no la sujetaran mis brazos cuidando de guardar mi equilibrio, habríamos bajado los dos de cabezas.

En el brevísimo instante de mi violento abrazo con Maimuna, vi en lo más alto de la escalera una mujer de gigantesca estatura, negra como el ébano, de hocico largo y labios bozales. Apenas pude apreciar en su poca ropa una tela listada de rojo y blanco; en su cabeza la pincelada chillona de un pañuelo encarnado; en otra parte brillo de (p.7071) aretes, de ajorcas, de no sé qué áureos metales; vi sus largas piernas desnudas; vi el bulto enorme de sus pechos.. y viendo esto y algo más con brevedad de relámpago, oí la voz de la negra giganta increpando a Maimuna, y oí también la réplica de ésta. Me bastó el poco árabe que sé para entender el diálogo airado entre la mujer de hocico de mona y la vieja esclava. Recriminaba la de arriba con el dejo de quien ha pegado antes de recriminar. Parecía decir: «Puedo más que tú, bribona, ya lo has visto, y te deshago de un puñetazo. Atrévete conmigo.. ¿Crees que me dejo pegar como estas pobres tontas?». Y dijo la esclava: «Guárdate, Bab-el-lah, que ya sabrá El Nasiry tus maldades.. Guárdate, Bab-el-lah».

No me dio tiempo la vieja para pensar ni decir cosa alguna, porque, como digo, bajamos los dos hechos una pelota. Aún pude ver, en un segundo relámpago más breve que el primero, otro bulto de mora que rápidamente pasó tras de la negra. Distinguí sólo un caftán listado de verde y blanco.. No vi si era blanca o morena la que lo llevaba; oí sollozos, una retahíla de denuestos contra Maimuna.. Ésta me empujó, apenas llegamos al fin de la escalera, y desfogando en mí su cólera, lanzome al patio diciendo: «¿Tú, Yahia, qué tienes que ver en esto? Guárdate si El Nasiry sabe que has visto.. ¡Si sabe.. pobre ratón Yahia! Escóndete, vete a la calle». Antes que yo pudiera responderle, corrió al comedor bajo, de donde salió al punto con un manojo de llaves. Cerró la puerta de la escalerilla y se fue hacia el segundo patio, gruñendo y echando maldiciones. Su cara era un muestrario de arañazos.

Por muchas razones estaba yo turbado y lelo; pero mi mayor confusión provenía del descubrimiento y hallazgo de la divinaBab-el-lah, la cual no podía ser otra que la ferocísima negra que yo había visto, verdadera mula en dos pies. Dos veces habíala llamado por su nombre la esclava. No podía dudar que era ella, la predilecta de El Nasiry, ni que en éste debía yo ver el primero y más salado guasón del mundo. Imposible que aquella giganta jimiosa (p.7072) fuera madre de la linda criatura Luz-il-lah, quien sin duda nació de otra predilecta anterior, o de una esclava blanca.. Pensado esto, me puse a reconstruir lógicamente el gran alboroto mujeril en cuyo final intervine a tontas y a locas, y de mi mental trabajo resultó esta hipótesis razonable. Maimuna es jarifa: llaman así a las esclavas viejas de probada lealtad, a quienes el moro confía el gobierno y disciplina de sus mujeres, ya sean esposas, ya esclavas. Tiene la jarifa autoridad para dirigirlas en sus ocupaciones, que más bien son pasatiempos, en sus lavatorios y afeites; tiene poder para obligarlas a guardar la debida concordia, para castigarlas si riñen. Sin duda, Maimuna desempeñaba estas funciones asistida de un vergajo con que vapuleaba las carnes blandas de las odaliscas sin hacerles gran daño; seguramente las tres mujeres de El Nasiry no vivían en completa paz.. Imaginaba yo que la horrenda Puerta de Dios formaba sola un bando poderoso contra las otras, para mí de estampa desconocida, y que comúnmente se ponía de parte de Maimuna cuando ésta tiraba de vergajo. Pero también discurrí que como negra y favorita, podía proceder en sentido contrario, favoreciendo a las débiles contra la bárbara tiranía de la jarifa, no menos cruel que un cómitre de galera.

No necesito decir que desde que tal pensé, me interesaron vivamente las otras dos mancebas que imaginaba tiernas, blancas y graciosas, verdaderas flores de serrallo. Por mi desgracia, yo no podría ofrecerles mi protección, ni aun siquiera verlas, pues el lance de aquella tarde apretaría más el encierro y sujeción de las pobres muchachas. Temblando estaba yo de que El Nasiry se diese por enterado de mi intento de subir al harem. Ya tenía yo preparada mi disculpa razonable: «Pensé que ardía la casa.. ¿Cómo no acudir a sofocar el incendio?..». Pero mis temores se disiparon aquella noche frente al amo, que nada me dijo, señal de que no le habían contado el lance. Esto me alentó en mis románticos ensueños. Por la noche me escarbaban el corazón no sé qué punzaditas que traduje en (p.7073) esperanzas, y éstas se aproximaron enormemente a la realidad en la tarde siguiente, cuando, hallándome en mis soledades del patio, vi que por los huecos de la celosía asomaban tres blancos dedos, a punto que rasgaba los aires un siseo dulcísimo, como caricias que en mi oído hiciera la voz de los ángeles.. La sorpresa y emoción me dejaron inmóvil y mudo.

No eran blancos, como he dicho, sino amarillos, los dedos que en la celosía me hablaban un lenguaje enloquecedor; la natural blancura desaparece bajo el tinte que se dan las moras en manos y pies con una hierba llamada el henna.. Púseme bajo la celosía, esperando alguna voz que me aclarase el obscuro lenguaje de los amarillos dedos, y vi que éstos se doblaban en la dirección de la puerta de la escalerilla. Corrí hacia la puerta.. tuve buen cuidado de no dar golpes en ella ni hacer el menor ruido, pues lo que hubiera de pasar, forzosamente requería silencio absoluto. Apliqué mi oído a la cerradura y a las maderas; esperé largo rato. Ligera sacudida estremeció la puerta.. luego sentí.. no diré una voz, sino aliento que por el agujero de la llave salía gozoso en busca de mis oídos. No sentí lo que aquel aliento decía. Con audacia donjuanesca me lancé a iniciar el coloquio de intrigante amor: «¿Eres tú, hermosaQuentza?» pregunté con susurro. Y de dentro vino como un suspiro la respuesta: «No: soy Erhimo».

 

Ep-37-XI -

No sé qué habría dado yo en aquel instante por poseer el árabe, para expresar de corrido y sin ningún tropiezo todo lo que se me ocurría. Pero por mis pecados, ni yo era capaz de sostener conversación tan importante con secreteo al través de una puerta, ni de lo que decía Erhimo llegaba a mi entendimiento más que alguna que otra frase suelta: «Bab-el-lahmala, Maimuna mala.. yo mucho padecer».

No era esto poco. Como pude, evocando todo mi saber arábigo, logré decirle que abriese la puerta, y desde dentro vino una retahíla de la cual pude entresacar estas palabras: llave.. dormida Maimuna.. miedo.. Bab-el-lah despierta.. Yo traduje que aunque la esclava (p.7074) dormía, no osaba quitarle la llave, porque la negra, que es muy mala, estaba despierta.. Propuse yo entonces que abriera por la noche. «De noche no.. Miedo..El Nasiry..» fue su respuesta.. En efecto: buena la armábamos si el amo nos sorprendía.. «Mañana» dijo ella claramente, y yo repetí: «mañana». Quería yo hablar a todo trance, y no pudiendo decir lo que debía, conforme a las circunstancias y al desarrollo lógico del diálogo, me lancé a la descarada emisión de lo que sabía, viniera o no a cuento.

Con esta idea, traje a mi feliz memoria un Prontuario de la conversación hispano-árabe, donde adquirí mis primeros conocimientos de esta hermosa lengua, y escogiendo ante todo una sarta de adjetivos y nombres usuales que en Tetuán me aprendí de memoria, y aplicándolos a mi interlocutora invisible, los fui metiendo con voz melosa por el agujero de la llave. Véanse estos ejemplos: «Eres dulce, Erhimo, como lamiel, gallarda como la palmera, azul como el cielo; eresrosa y clavellina; eres jardín de delicias, y no hayestrella como tus ojos». Luego, sin darme reposo, enjareté las cláusulas lisonjeras y amables que sabía: «A tu lado vuelan los instantes».. «Me alegro mucho de que estés buena con toda tu familia».. «¡Qué hermoso día hace!».. «Vámonos de paseo».. ¡Y era de noche!

No me salió mal la prueba de mi Prontuario, porque Erhimo, tomando por espontánea la frase última, me dijo con sollozo: «Yo pasear no.. soy esclava..» y luego siguió con una larga relación en que pude pescar palabras sueltas como: «El Nasiry.. Allah.. veneno.. zapatero.. dinero.. dolor de muelas.. libertad.. jumento.. ojo..». Nada en limpio saqué de tal galimatías; mas por no estar callado ni parecer que no entendía, solté esta frase, que era de las más fijas en mi memoria: «¿Estás segura de lo que dices?». Ella entonces habló de nuevo con más calor y viveza, como repitiendo y ampliando sus anteriores razones. Yo le solté otros conceptos de mi Prontuario: «Me sorprende el saberlo.. ¡Cuánto me afligen tus desgracias!».

En resolución, el jugo que yo sacaba de nuestro (p.7075) coloquio era que Erhimo me pedía que la libertase, y naturalmente yo le daba a entender que no deseaba otra cosa. Firme en mi idea, le dije: «No ambiciono más que tu felicidad.. Sólo vivo para ti». Bien clara llegó a mi intelecto la expresión de su gratitud: «¿Cómo pagarte tan gran beneficio?». ¡Al fin nos entendíamos! Ya me fueron fáciles las preguntas: «¿Cuándo, gacela..? ¿Estarás dispuesta, ensueño de los ángeles? ¿Dónde te espero?». Y ella me soltó nueva tarabilla con más presteza que antes. Por mucha atención y cuidado que puse, no cogí más que estos vocablos desengarzados del rosario de su charla: «Ojo.. zapatero.. adiós.. libertad.. buen Confusio.. agradecimiento.. veneno..Maimuna.. carta.. puerta.. salida.. noche..». Y otra vez repitió, hasta tres veces: «Carta, noche, puerta». No podía ser más claro: me escribiría una carta, la cual asomaría por debajo de la puerta, cuando la sosegada noche derramara su obscuridad en el patio. Dio suaves golpecitos en la madera, los cuales sentí como blanda caricia en mi corazón enamorado, y dijo hasta cinco veces adiós.. Oí el dulce pisar de sus chancletas, retirándose escalones arriba.

Quedé yo embelesado y atónito del júbilo que me causaron la ilusión de amor y mi singular charla equívoca con Erhimo, dulcísimo coloquio, aun sin saber yo fijamente lo que habíamos dicho y tratado. Pero de la confusión del lenguaje sobresalía un hecho; y era que la mora, prendada de mi donosura, que contemplado había desde las altas rejas, quería que yo la sacase de su esclavitud, y conmigo la llevase a la civilización y a la Cristiandad. Esto me vanagloriaba, me volvía loco, y mis escrúpulos por traicionar la hospitalidad de El Nasiry se disiparon con la idea de que sacaba un alma de las tinieblas a la luz.. Tan encendida estaba mi mente con mi cercano triunfo de enamorado y de catequista, que salí de la casa y me lancé al enredo de las calles morunas, para derramar en ellas mi alegría, mi ilusión, mi éxtasis.. Molinillo era mi pensamiento imaginando con giro febril la hermosura de Erhimo. ¡Qué (p.7076) ojos obscuros, entornados, flechantes al resguardo de las grandes pestañas, decidores de mil secretos del amor de los ángeles y del de los humanos!.. ¡qué risueña y regalada boquita!.. ¡qué cabellos sedosos, negros, destinados a mayor encanto cuando los humedeciera el agua del bautismo!.. ¡qué talle flexible y pegadizo, imitador de la serpiente en sus ondulaciones, y qué cuerpo, en fin, imitador de la gacela en su agilidad voladora! ¡Vaya unos andares y un revuelo de hurí, como las que cantan y retozan en el paraíso musulmán!.. Pero no: ¡atrás Mahoma y sus ritos mentirosos! Reunía yo en mi pensamiento las dos esencias de amor y religión, y quería ser en una pieza el galán dichoso amado por Erhimo, y el sacerdote que vertiera en su cabeza el agua salvadora. ¡Doble triunfo y alegría dos veces inefable!

Llegada la noche, me metí en casa, donde tuve la suerte de cenar solo. Francamente, en tal noche me habrían sido penosas la presencia y mirada de El Nasiry. Entre la moral mahometana y la mía española no había concordia ni avenencia. Con sólo pasar de una raza a otra, el mal se trocaba en bien y el pecado en virtud. Mejor era que no habláramos. Los hechos hablarían.. Pues señor: en cuanto quedó anegada en sombras la casa, cerrada la puerta, Ibrahim recogido a lo hondo del segundo patio, y todo en silencio, ya no pensé más que en vigilar la puerta por cuyo hueco inferior, Oriente rastrero de mi dicha, había de aparecer el sol de la anunciada carta.. Pasaron horas de febril expectación. Mi ansiedad era juguete del tiempo, y éste un envidioso de las delicias de mi aventura. Como no tengo reloj, ni hay en aquel maldito pueblo torres de iglesia que con campanadas marquen las horas, no podía yo precisar el tiempo transcurrido: sólo sabía que los minutos remedaban la longitud de los años. Acabadita mi auscultación de la puerta, esperando en ella rumor de pasos o siseo, volvía yo a lo mismo.. Poco tiempo estaba lejos de las maderas que eran la síntesis de todo el Universo. Creía que si me alejaba por dos o tres segundos, haría (p.7077) esperar a Erhimo.. Por fin, a una hora que sin duda era de las correspondientes a la madrugada, saltaron a mi oído los anhelados rumores. Fue susurro no más del aliento de la odalisca, que me dijo: «Confusio, toma la carta». Sentí el roce del papel pasando de dentro afuera. Al mismo tiempo, la mora, adelgazando más su voz, me echó por el agujero de la llave un adiós seguido de expresiones medrosas, que traduje libremente de este modo: «No puedo estar aquí, buen Confusio: el menor ruido sería mi perdición. Lee la carta y haz lo que te digo..». Se retiró escalera arriba. Oí un paso blando de pie desnudo.

La desesperación que me acometió al volver a mi cuarto, no la comprenderás, ¡oh, lector mío!, si no te digo que me encontré sin luz y sin fósforos, por habérseme olvidado decir a Ibrahim que me dejase bujía y con qué encenderla. Forzosamente había de esperar a que la luz solar me alumbrase la lectura del divino mensaje, el cual era un papel escrito por todo un lado y la mitad de otro, doblado y sin cierre ni sobre. Me llené de paciencia, me tumbé vestido y dormí algunos ratos, sin soltar de mi mano el papel, que aún emboscaba en la obscuridad sus misteriosos caracteres. Despierto con la claridad matinal, advertí que la carta se componía de confusos garabatos escritos con tinta roja. ¡Nueva desesperación! Arábigos eran los caracteres, pero trazados por mano tan inexperta, que su interpretación habría sido un problema para cualquier práctico, para mí no digamos.. No acertaré a expresar cuánto me estorbaba lo negro, diré mejor, lo rojo de aquellos trazos. Repasados tres o cuatro veces los torcidos renglones, creí descifrar estas voces: «burro, ojo, zapatero, libertad, etc..». En lo escrito, lo mismo que en el habla de la bella Erhimo, no pescaba yo más que algunos vocablos de los muchos que en aquel confuso mar nadaban, cual minúsculos, inquietos pececillos.

Pero yo buscaría un buen entendedor que lo tradujese y desentrañase, aunque los garfios, rabillos y puntos trazados por la mora fuesen obra del mismo diablo. Entretuve dos (p.7078) horas largas de la mañana en escribir todo lo pasado de mi aventura, mientras llegaba la parte de ella escondida aún en los senos del tiempo, y que sin duda habría de ser la más interesante. Terminando estaba ya mi trabajo del día, cuando me quitó la luz de la ventana una sombra que en ella se interpuso. Era El Nasiry, que me saludó en esta forma: «Allah sea contigo, amable Confusio. ¿Estás escribiendo? Pues acaba pronto, hijo, que hoy tenemos mucho que hablar.. y que hacer». Concluyo, pues así me lo manda el amo, diciendo que en este instante entra El Nasiryen mi aposento, y que en su rostro y ademán creo notar una cierta gravedad en él desusada, y ante la cual se pone en guardia mi espíritu, armándose de todas sus facultades agresoras y defensivas. Aunque al pronto su vista me causó algún temblor, luego me fortalecí. Ya no tiemblo; espero..

Adiós, amigos. Hasta otra, que será donde Dios quiera, o en el amenísimo Valle de Josafat.

Cádiz, Marzo.- ¿Pensáis que he venido acá con la ideal Erhimo? ¿Pensáis que me ha lanzado El Nasiry, tirándome como pelota de un lado a otro del Estrecho?.. Esperad un poco; dejadme tomar el hilo de mi relato en el punto mismo en que el renegado Ansúrez me obligó a romperlo. Entró, como dije, y viéndome limpiar mis plumas, que por algún tiempo habrían de estar ociosas, me soltó este jicarazo: «Recoge tu equipaje y dispón tu persona, que ha llegado la hora de embarcarte. Llamo equipaje a tu ropa interior, lavada o por lavar, que puedes envolver en un pañuelo grande; a lo que traes sobre tu cuerpo, y a los papeles que has escrito, todo lo cual en corto tiempo puede ser prevenido. ¡Feliz el hombre que viaja con tanto alivio de bagaje como los pájaros!».

-¿Pero ha llegado el vapor? -exclamé no hallando mejor disimulo de mi perplejidad-. El vapor no ha llegado, El Nasiry.

-Ha llegado anoche, y partirá hoy a las doce, a menos que tú lo eches a pique llenándolo de malos pensamientos -afirmó el renegado con firmeza, que me desconcertó más de lo que yo estaba.

-¡A las doce! Pues (p.7079) aún falta mucho tiempo.

Y él, con autoridad incisiva que no dejaba lugar a protestas, me ordenó que hiciera mi menguado envoltorio, y le siguiese sin vacilación ni excusas. Y como para suavizar la aspereza de su despotismo, sacó la bolsa judaica, y la sopesó haciendo sonar las monedillas. No puedo negar que el metálico ruido desarmó un tanto mi resistencia. Perezoso, fui recogiendo y empaquetando mis cosas, mientras el renegado añadía razones que me movieron más a obedecerle. «Sabrás -me dijo- que tengo prisa por embarcarte, porque esta tarde he de partir para Tetuán, ya de arrancada con toda mi familia».

-¿Ya?.. ¿A Tetuán? ¿Pues qué.. hay ya paces entre España y Marruecos?

-Paz venturosa firmaron ayer O'Donnell y Muley El Abbás. Todo Tánger lo sabe, menos tú, que no vives en la realidad, sino en el mundo de los ensueños tontos y falaces.. Es raro que el hombre que se llamó Predicante de la Paz, no se alegre ahora de verla declarada y ajustada por dos pueblos hermanos.. hermanos digo, y no es para que te asustes y pongas esa cara de idiota.. ¿Qué piensas? ¿Ahora sales con que quieres guerra, y que sigan rompiéndose el bautismo y la circuncisión Marruecos y España?

-No, no: guerra no quiero, sino paz. La paz es mi elemento.. En la paz desarrolla mi espíritu sus.. no sé cómo decirlo.. sus ideales doctrinas.. Estoy contento de que no haya más guerra. Cuéntame.. Pero no.. Antes dime.. dime por qué te vas a Tetuán tan de improviso, con toda tu reata de chiquillos y mujeres.

-Hijo mío, estoy en el aprieto de llegar pronto a Tetuán, y un día más que tarde podría traerme desdicha grande. No cabe más dilación, ahora que la paz me abre el camino de mi casa.. Pues sabrás, pobre Confusio, que tengo enferma gravemente a una de mis esclavas, la más cariñosa, buena y apacible. Meses ha fue aquejada de un humorcillo que primero se le manifestó en el oído, luego en el cuello. Este achaque menoscabó grandemente su hermosura, por causa del sarpullido y del olor nada grato. Terribles dolores en dientes y muelas le quitaban el (p.7080) sueño, y de resultas de ello, la magnífica dentadura, que era como ringlera de perlas, quedó deslucida por caérsele algunas piezas de las más visibles. Lo que ha sufrido la pobre no puedes imaginártelo.. Apareció luego el humorcillo en las piernas, con lo que se deslució aquel cuerpo de estatua, aquella piel que superaba en tersura y suavidad, puedes creérmelo, al más fino raso y al terciopelo más pulido. Con ungüentos preparados de las curanderas que aquí tenemos, se logró atajar el humorcillo en partes del cuerpo bajo y alto, donde más se estragaba y descomponía la belleza. Pero de pronto, cátate que aparece el maleficio en el ojo izquierdo, cebándose en uno de aquellos dos soles de su cara, que sólo con el del cielo podrían ser comparados, ¡ay!.. En parte tan delicada, nada han podido los remedios de acá, y ya la tengo, si no irremediablemente tuerta, a punto de serlo para toda su vida, que es la mayor desolación que podrías imaginar en el vergel de aquel rostro de hurí.

Oí esta relación entre espantado y receloso, dudando si admitirla como verdadera, o si debía diputar a El Nasiry por el más redomado guasón de todo el orbe cristiano y mahometano.

 

Ep-37-XII -

«Ya comprendo -le dije- tu impaciencia por llegar a Tetuán. Allí tienes a los médicos del Ejército español, entre los cuales los hay de muchísima ciencia, y de mano segura contra las peores enfermedades».

-Has adivinado mi intención. A eso voy. Me han dicho que entre tales Físicos hay uno que de este mal del humor, y de otros más hondos e invisibles, entiende como nadie.. Porque aún no sabes que el mayor mal de mi esclava no es el achaque del ojo, ni la piel afeada, ni el que haya huido de su boca aquel aliento de rosas y clavellinas; no es eso lo peor, Confusio amigo, sino que con el mucho padecer, y el no dormir y el condolerse de su hermosura perdida, se le ha escapado de la cabeza el juicio que antes tuvo y que por ningún medio podemos devolverle. Desde que llegamos aquí, ha dado en la más extraña manía que cabe en cerebro de mujer, y es (p.7081) pensar y decir que no la queremos, que la atormentamos, que el parche que le ponemos en el ojo está envenenado para que se quede tuerta más pronto, y, por fin, ha caído en la disparatada locura de pedir que la devuelva yo a su primer dueño, un amigo mío de Fez, llamado El Jarráz (el zapatero) , porque lo fue su padre. Este buen amigo me la vendió por poco dinero.. mejor será decir que me la cambió por un burro, o que fue un excelente burro garañón el precio de la bella morita.. No se contenta Erhimo con clamar por el zapatero, sino que se pasa el día gritando, y se quiere matar; a toda persona que ve en este patio, aunque sea desconocida, la llama, y como puede le cuenta su desgracia, le manifiesta sus ganas de ser restituida al que me la vendió, y le pide auxilio para tan grande locura o desatino, pues el zapatero se ha muerto, y aunque viviese no la cuidaría con el esmero y paternal cariño que yo pongo en ella.. Créeme, Confusio; estoy afligidísimo: yo miro a mis mujeres, no como esclavas a estilo moro, sino como a hijas de Dios, mis iguales en la dignidad y el amor, y esto, yo te lo juro, es lo que más fijo se me ha quedado en el alma de todo el cristianismo, que abandoné cuando de aquella tierra me vine, y cambié de ropa, de habla y de conciencia.

Dijo esto con sinceridad patética, o con un arte superior que fingía soberanamente la verdad; y en la duda de si debía creerle o no, me decidí por lo primero, rindiéndome a sus designios. Esto era, en mi humildísima posición, más cuerdo y más fácil que no plantarme contra él en terreno tan inseguro como el de un loco ensueño de aventura novelesca. Admití resueltamente lo que me dijo mi protector, y con gallardo arranque le mostré la carta de Erhimo, diciéndole: «Hazme el favor de descifrarme estos garabatos infernales que en el patio me encontré anoche». Y él, echándose a reír, una vez cogido el papel, me contestó: «No necesito descifrarlos, porque ya sé lo que aquí se ha escrito. La pobre enferma no sabe escribir; pero Quentza sí sabe, que estuvo en la esclavitud de un maestro que fue el (p.7082) primer gramático y el más nombrado pendolista de Fez. Erhimo pidió a su compañera que le escribiese la carta; la otra no quería, por ser cosa vedada entre mujeres el toma y daca de cartitas con los de fuera. Pero yo le dije a Quentza: hazle el gusto y escríbele lo que te dicte, para que con la negativa no se le encienda más el odio que por su grave demencia nos ha tomado. Anoche se escondieron en la estancia para escribir: Quentza me lo ha contado. Bab-el-lah, que es toda prudencia y bondad, opinó también que no contrariáramos a la infeliz Erhimo, y de ella ha partido la idea de irnos pronto a Tetuán en busca del médico sabio que me ha de curar, si Allah lo permite, a esta prenda del alma».

Antes de acabar de decirlo, El Nasiry rompió el papel en pedacitos, lo que yo vi como si desgarrara las hojas de un poema, no tan bello por lo ya escrito, como por lo que aún estaba por escribir. Arrojados al patio los fragmentos del papel, un vientecillo que entró por el portal dispersó con el mismo soplo juguetón las estrofas que yo compuse y las que aún estaban en la mente divina de la Musa.

Cogiome del brazo el hijo de Ansúrez, y me dejé llevar a la calle tranquilamente.Ibrahim fue delante con el encargo de comprar una maleta de mano en que llevar con más decoro mi ropita. Digo que iba yo tranquilo, pero no alegre, sino con tristeza mezclada de resignación; que no pudo quedar mi espíritu en mejor estado después de arrancarle de un tirón las alas con que quería largarse a dar una vuelta por los espacios de la poesía, lindantes con lo infinito.. Pero bien sabía yo que nada nos alivia de los propios cuidados como el poner interés y conversación en los cuidados públicos; y con esta idea, calles abajo, pregunté a El Nasiry cómo y cuándo y en qué condiciones se había hecho la paz.

-Pues la primera condición de la paz es que los españoles se volverán a su casa, donde, si quieren guerra, pueden ejercitarse en la civil todo lo que gusten.

-Pero no se irá España de Marruecos sin llevarse algo, que alforjas ha traído, ¡vive Dios!, y gran mengua sería llevarlas (p.7083) vacías.

-No se lleva nada.. Digo, sí: le dan un poquito de terreno pegado a Ceuta. Esta plaza es hoy para España una chuleta que no tiene más que el hueso. Necesario será pegar al hueso un poco de carne.. También se lleva.. digo, se llevará, una linda playa del mar Océano, excelente para recoger conchitas y para la pesca de truchas de agua salada..

-Poco ganaría con esto, si no se llevara también a Ojitos de Manantiales.

-¡Ay!, no: Ojitos aquí se queda, rescatada por Marruecos, que compra su libertad con veinte millones de duros.

-¡Jesús, cuánto dinero!.. ¿Pero cómo se va el español, si ya tiene a Tetuán por suya, y ha rotulado en lengua castellana todas las calles?

-Borraremos los rótulos después de entregar los veinte millones.. También daremos a España un tratado de comercio.

-Poco es lo que sacamos de esta guerra, costosa en dinero y más costosa de sangre.

-Poco no, porque España ha conseguido lo que se proponía, que no era conquistar territorios, sino hacer una demostración de su poder militar. Todo el mundo ha podido ver que tenéis un gran Ejército pequeño.

-Gran desatino has dicho, El Nasiry, aplicando a un objeto calificaciones de sentido contrario. Si nuestro Ejército es pequeño, ¿cómo puede ser grande?

-Grandeza y pequeñez no aplico juntas, sino cada cualidad por distinto lado. Es grande vuestro Ejército, porque tiene generales entendidos que lo manden; tiene oficiales que conocen y practican con devoción religiosa los dogmas de valor, deber y disciplina; soldados tiene que son heroicos con inocencia y naturalidad, borregos para el amor de la patria, leones para su defensa; tiene, en fin, armas y pertrechos de superior calidad, todo bien discurrido y dispuesto por manos sabias y militares. Pero si por esto es grande, pequeño es por la cifra de sus hombres, la cual no le bastará contra cualquiera otro de los Reinos ambiciosos que hay en esos mundos, del Estrecho para allá.

Esto dijo El Nasiry, y sus ideas reproduzco vistiéndolas con un poco de ornato retórico. Luego siguió: «No digamos que se llevará España las alforjas sin (p.7084) más carga que el dinero. Se lleva también buen surtido de honor y caballería, cosas que entiendo yo van escaseando allá por el desmedido uso que de ellas se ha hecho. Lleva también el mayor acopio posible de militar autoridad, con que el buen O'Donnell pueda espantar y hacer el coco a los políticos que le estorban, o no le dejan hacer su gusto en el gobierno de una nación revuelta, engañada y desengañada de tantas coplas de libertad, constitución, y viva la Pepa.. No, no deben irse descontentos los españoles con este botín, y de añadidura veinte millones, admitido que se los paguemos, aunque sea en chapas de cobre, más parecidas a cabezas de clavos viejos que a monedas de cristianos..».

En esta conversación amena recorrimos las torcidas calles hasta llegar al puerto. Nos metimos en la Aduana, de cuyo administrador y ministriles era amigo mi protector, y al cabo de otro rato invertido en saludos cortos y coloquios luengos acerca de la paz, llegóIbrahim con mi maletita y el billete de mi pasaje en el vapor. Aún no había prisa para embarcarme. LlevomeEl Nasiry a un rincón solitario, donde nos brindaban cómodo asiento unos sacos de trigo, y sentados ambos, mi amigo sacó la encarnada bolsa de Riomesta y Papo, le dio unos toquecitos para que sonara el metal, y poniéndola al fin en mi mano ¡alleluia!, me dijo: «Aquí tienes los cien duros que los sinagogos te dieron por el desempeño de la blanca Yohar. No es eso sólo lo que llevas; pues tu amigo El Nasiry te da otros cien borques, que encontrarás también en la bolsa, descontado tan sólo el precio del billete del vapor. No irás descontento con tus ciento noventa y cinco duros. Otros han hecho más que tú en África, y se llevan menos. Créeme que embarcando contigo un par de moras o una docena de judías, irías más pobre que vas».

Cogiendo en mis manos la bolsita (mentira me pareció) , eché de mi boca cuantas palabras y conceptos me parecieron pertinentes para expresar la gratitud, sin cuidarme de adornarlas, pues no era menester, con ningún artificio. Claramente vi ya (p.7085) en Gonzalo Ansúrez un buen amigo, cuyos sentimientos cristianos y generosos en aquel caso se mostraban. No me pidió cuenta de mis diabluras en el patio, que sin duda conocía, ni me riñó por haber intentado sonsacarle a la doliente Erhimo. Fue liberal, fue magnánimo, y para que veáis cuánto me estimaba y en qué opinión tan alta me tenía, copio lo que momentos antes de mi partida me dijo, y lo que me aconsejó y recomendó con paternal solicitud. Fue de este modo: «Bien claro ves, Confusio amigo, que te has hecho lugar en mi corazón, a pesar de tus ligerezas y del poco brío con que atiendes a refrenar tus liviandades. Careces de voluntad firme para poner tus acciones en la regla debida, y dejándote llevar de la imaginación loca, faltas a la amistad y al honor. A pesar de esto, yo te estimo por tu ingenio, y por tu buen corazón te perdono tus travesuras. Vuelves ahora a España, donde has de vivir, o de un empleo, que ha venido a ser el arbitrio de los más, o de tu trabajo, que será el mejor arbitrio. Dime, pues, a qué piensas dedicarte, porque si es tu ánimo agostar tu inteligencia en una oficina, valdría más que aquí te quedaras para toda la vida. En caso de que pienses consagrarte a una carrera noble, profesión u oficio liberal, dime cuál es, para que yo te aconseje según el entender mío, que, aunque te parezca corto, es largo de agudeza y de esa gramática que llamáis parda».

-Pues sabrás -le respondí- que mis gustos y todo mi ser me llaman a las ocupaciones espirituales, y me alejan de lo material y positivo. No sé si me entenderás.. Soy enemigo de la violencia: no hay que hablarme, pues, de que sea yo militar. Detesto los enredos curiales y la prestidigitación leguleya: nunca seré abogado ni escribano, ni juez. La Medicina y Farmacia no entran en mí, creyente en la Naturaleza, que así trae los males como los quita. Artes de ingeniero no me seducen, porque ellas tienen su fundamento en las Matemáticas, que no he podido entender nunca. Marina me repugna, porque nada me causa tanto pavor como el oleaje de las aguas y el vaivén de los barcos. (p.7086) Comercio no entra en mí, porque se basa en los números, y en un calcular frío de ganancias y pérdidas que no se aviene a mi entendimiento. A mercader quise meterme cuando discurría los medios de mantener el lujo de Yodar; pero ello fue un comercio de pura fantasía y de navegación aérea, que me habría lanzado al abismo. Papo Acevedo entiende de comercio más que yo: por eso se llevó aYohar.. Pues no me queda más que una carrera, oficio y profesión noble que colme mis anhelos entre todas las que conozco: ¿no adivinas cuál es? ¿No entiendes que, o no seré nunca nada, o seré hombre de religión que lleve las almas al bien, los corazones a la virtud; no ves, en fin, que he de ser sacerdote si quiero ser algo?

-Por un lado -me contestó El Nasiryponiéndose la máscara guasona-, veo tu aptitud para esa carrera; por otro, veo todo lo contrario. Si los curas no estuvieran en el mundo más que para predicar, serías tú el primero de todos. Pero si están para dar ejemplo, que es el sermón mudo de mayor eficacia, me parece, querido Confusio, que no sirves, no sirves..

-Ya te haré comprender que sirvo. Por de pronto, sábete que a mí me han dicho lo que Castelar: «Hazte cura y arrastrarás a las muchedumbres para llevarlas a donde quieras..». Me siento predicador, El Nasiry; reconozco en mí la virtud convincente y avasalladora que ha sido la fuerza de todo apostolado.. Me siento también confesor, templador de almas, con el arte psicológico para dar a las conciencias su tranquilidad, y restablecer la moral perturbada.. Conozco los dogmas; sé explanar los misterios; entiendo los ritos y sé apreciar su belleza; soy teólogo, soy litúrgico, soy también algo canonista. ¿Qué me falta?

-Pues te falta..

-A eso voy. Déjame hablar. Al decir que algo me falta, debiste decir que algo me sobra.

-Eso, eso.

-No estás en lo razonable con la sobra ni con la falta, pues lo que tú crees sobrante, no es tal, sino que está muy en su lugar. Te diré que no sólo creo compatible el sacerdocio con el cariño de mujer, sino que lo creo necesario, indispensable. Ahí está el (p.7087) quid, amigo Nasiry.. Ni el celibato ni el uso constante de la negra sotana, manteo y teja, dan al sacerdote mayor dignidad y veneración más alta. Al contrario, toda esa negrura de fuera y de dentro, le aleja de los corazones.. de lo que resulta que lo sobrante, según tú, no sobra, sino que está en su punto, como te dije, y que es locura enmendar la plana a la santa Naturaleza.

-Bien, hijo mío, bien.. No dudo que seas religioso y gran predicador; pero dudo que puedas reformar lo que por designio de la Iglesia o del mismo Dios, según decís, es como es; y así lo has encontrado, Confusio, y así lo tendrás que dejar.

-Yo no reformo a nadie; a mí me reformaré si puedo, o me dejaré como estoy.

Algo más iba a decir; pero un tremendo silbido que venía del vapor puso fin a mi conversación con El Nasiry y a mi vida africana. Los dos nos levantamos, y con igual emoción nos dimos los brazos. Sacó después de su pecho mi amigo un voluminoso pliego, que me confió, encargándome que a su padre lo entregara. Contenía carta para éste y para otras personas de su nunca olvidada familia. Le prometí ponerlo, en manos del propio Jerónimo Ansúrez.. Repetimos nuestros afectos, en él y en mí salidos del corazón, y prometiéndole yo escribirle mis andanzas en tierra española, asegurándome él que siempre me recordaría con gozo, nos separamos, y fui llevado a la lancha por el procedimiento de embarque más peregrino y chusco que han visto humanos ojos. Un fornido moro me cogió en vilo, y metiéndose en el agua hasta llegar a donde flotaba el bote, allí me dejó sin la más leve mojadura.. Otros pasajeros, antes y después de mí, entraron del mismo modo en el reino de Neptuno.. Vi a El Nasiry y a Ibrahim que desde tierra me saludaban. Adiós, simpático amigo, compañero fiel; adiós Tánger; adiós Mogreb, desvanecimiento de ilusiones.. Aquí va la pobre hoja desprendida del árbol de la poesía.. África me suelta.. Europa me toma.

 

Ep-37-XIII -

Madrid, Marzo.- Dejadme que omita las desabridas incidencias de los dos días que pasé en Cádiz, donde (p.7088) ya no encontré ni familia ni amigos, que a tal soledad me ha traído el rigor de ausencias y muertes; ni el cansado viaje que emprendí en ferrocarril para seguirlo luego en perezosa diligencia hasta más acá de la Argamasilla y tierras quijotiles, donde vuelve a remolcarnos la negra máquina, y nos trae a la comarca polvorosa en que se asientan los dos grandes pueblos de Getafe y Madrid. Omito también el contaros cuán melancólico fue mi dilatado viaje, con equipo corto y carga excesiva de añoranzas. En el traqueteo de coches arrastrados de caballos o de veloz locomotora, los recuerdos agobiaban mi mente, o en ella se sucedían por turno, cuando no entraban en tropel, fatigándome con la intensa reproducción de la realidad. ¡Oh dulce Yohar blanquísima, oh soñada y nunca vista Erhimo, oh misterios del África musulmana y judía, oh tormentos, injurias y riesgos de morir! Todo se renovó en mi mente, así como la gallarda amistad de El Nasiry, espejo de caballeros renegados.

La despoetización, el desplome ruinoso de mis ilusorias aventuras, entristeció soberanamente mi ánimo; pero éste no quería rendirse, y como caballo de raza trataba de enderezarse después de su resbalón y caída. Digo esto porque a mitad del camino, sobre las desvanecidas imágenes de Erhimo no vista y deYodar inconstante, empezó a destacarse y tomar cuerpo mental la imagen de Lucila, ilusión que, disipada en África, en Europa iba recobrando su brillo. A medida que yo avanzaba por estas tierras pardas, se me presentaba más clara y hermosa, dentro del magín, la figura y persona de la ideal mujer, viuda de Halconero y madre del interesante niño Vicente. Era esto como si lo cierto recobrara el puesto que le había quitado lo dudoso y fugaz.

Y recuerdo que al pasar por la nobilísima villa de Tembleque, y por el no menos ilustre lugar de Quero, que rodean saladas lagunas, mi mente y mis sentidos apreciaron toda la majestad de la hija de Ansúrez, su exquisita belleza, el hechizo de su voz, las soberanas virtudes que subliman su persona.. Y ya en el paso entre Valdemoro (p.7089) y Pinto, lugares famosos por sus alborozantes vinos, iba mi pensamiento tan recalentado en la mental contemplación de la sin par señora, que ya se me hacían siglos los minutos que tardara en rendirle toda mi voluntad.. Llegué por fin a Madrid, vencido el cansancio por la ilusión risueña de reanudar mis amistades, y de reparar el olvido de tantas cosas y personas agradables o bellas. Desde la estación a mi casa, que era mi hospedaje antiguo en la calle de Milaneses, hirió mi vista el repugnante espectáculo de los sombreros de copa, lo que me acibaró el gusto de la llegada. Vi tantos y tan feos, que jamás cosa alguna del mundo me hirió la retina con mayor desagrado. Los hombres que aquel ridículo armatoste cargaban, pareciéronme agobiados de tristeza; las mujeres, enjauladas de medio cuerpo abajo en los miriñaques, se me figuraron muñecas fúnebres.. Anochecía; los faroleros encendían el gas, y a la claridad amarilla, personas y tiendas, las altas casas y el empedrado suelo, los coches y su desapacible ruido sobre las piedras o adoquines, llenaban mi alma de antipatía.. Completaron mi enojo los carteles pegados en las esquinas, los aguadores y los corchetes, los vendedores de romances y los ciegos siniestros que piden con la terrible amenaza de un violín o guitarra.

En mi casa entré con mi pobre y flaca maleta. Creyó la patrona que yo le traía unas babuchas bordadas de oro. No fue mal chasco el que se llevó, viendo que sólo la obsequié con un saquito de hierbas olorosas (recuerdo amigable introducido en mi maleta por el buen Ibrahim) ; mas no quiso tomarlas hasta que se las metí por los ojos, encareciéndolas como prodigiosa droga medicinal y cosmética, de grandísima virtud para el disimulo de la vejez y prolongación de la vida. Pedí cena y cama; dormí, que buena falta me hacía, y mis primeros propósitos al siguiente día fueron presentarme al marqués de Beramendi, y procurarme ropa más airosa y flamante con que visitar a los Ansúrez. Ya eran las diez cuando llamaba yo a la puerta de mi Mecenas. Tales burlas de mi facha hizo mi noble (p.7090) amigo, que me avergonzó. Más me habría valido regresar a Madrid con el trajecito moro que me arregló Mazaltob y que dejé en mi tugurio del Mellah (calle de Numancia) .

Pero, en fin, ello es que, aparte del cómico efecto de mi traje, adquirido en el Rastro tangerino, Beramendi me recibió con grande agasajo y afabilidad, y en las dos horas que permanecí en su casa, no se hartaba de oír las explicaciones que a sus preguntas sobre la vida africana le daba yo, tan incansable en el discurso como él en su curiosidad. Díjome que la historia personal que en Tetuán empecé a escribirle, le encantaba; elogió benévolo la relación de mis desventuras al ser abandonado de la blanca judía, y se regocijó de mi salida con El Nasiry, y del incidente de la bolsa, que primero rechacé puntilloso y luego admití agradecido. Interesantes halló los lances apurados del Fondac, que a punto estuvieron de ser tragedia; y al recibir de mi mano lo escrito en Tánger, por no haber correo que antes de mi propia repatriación lo trajese, prometió leerlo aquella misma noche. Más que la Historia seca de los públicos acontecimientos, le cautivan las referencias de andanzas particulares, y en ellas ve el colorido de la Historia general, la cual, sin este matiz de sangre, de fuego anímico, no es más que un trazo negro que así fatiga la vista como la memoria.

Pero lo que de su charlar festivo y cariñoso me cautivó más fue que me anunciase el propósito de enviarme a una segunda expedición informatoria y descriptiva, por su cuenta y riesgo, obligándome yo a escribirle cuanto me ocurriese y darle noticia de cosas o personas determinadas, para lo cual llevaría un guión de las materias que serían objeto de mis pesquisas. No comprendí yo la índole de la misión que mi amigo quería confiarme; y como le preguntase con cierta inquietud y repugnancia si era cosa de guerra, díjome que era más bien cosa de paz, o más claro, de diplomacia. No satisfizo por el pronto mi curiosidad, limitándose a decirme que sólo me concedía dos días de descanso, y que me (p.7091) preparase para partir por los caminos y lugares que se me designaran. Estas órdenes de ausencia pronta me contrariaron un poco, pues yo deseaba quedarme en Madrid algún tiempo, y así lo manifesté a mi amigo. Tenía que ver a los Ansúrez, para quienes traigo un pliego de El Nasiry; érame preciso, por imperiosa necesidad de mi espíritu, visitar a Lucila, reanudar con ella un melindre de amor interrumpido por mi viaje a Marruecos, o mejor dicho, consolidar una inteligencia de corazones, que sólo se había manifestado con vagos efluvios traídos y llevados de rostro en rostro por el mirar, y de alma en alma por palabritas eutrapélicas. Al oír esto, soltó la risa el Marqués con no menos burla de mí que al mofarse de mi ropa, y añadió que de la cabeza me arrancase aquella ilusión, pues ya Lucila había perdido todo su encanto y despojádose de toda poesía.

«Pues qué -pregunté yo con ansiedad no disimulada-, ¿se le ha caído el pelo, le lloran los ojos, ha perdido los dientes, o padece algún achaque por donde le haya venido mal olor de boca?».

«No es nada de eso -me respondió mi Mecenas-, que de su hermosura no hay nada que decir: se conserva tan guapota y sugestiva como cuando Dios le hizo el favor de enviudarla; pero si no le ha salido grano maligno en el rostro, le ha salido un novio respetable y antipático, con el cual ha hecho trato honesto de casarse en cuanto pase el plazo que marca la sociedad al dolor de las viudas». Y yo al oír esto, exclamé «¡Jesús!» no pudiendo decir más, porque mi estupor y disgusto no me daban voces para expresar de momento lo que sentí. Era ya sistemática perrería de mi Destino que ninguna ilusión se me lograse, y que todos mis castillos de amor cayesen por el suelo. ¡Y en aquel castillo lucilesco confiaba yo para guarecerme de las inclemencias de mi juventud, como definitivo y sólido refugio para lo restante de mis días!

«Consuélate, buen Confusio -me dijo mi patrono-, que aún eres joven y hallarás el refugio que deseas y mereces. Ya no es Lucila la gallarda representación del sentimiento heroico y popular; (p.7092) ya la maléfica influencia de un pretendiente empalagoso ha trastornado aquel espíritu, ha demolido lo más bello que en él había para levantar un vulgarísimo edificio.. ¿de qué dirás?».

-¿De qué? Dígamelo pronto, por Cristo.

-Pues ahora no le da por las glorias militares.. Todo eso pasó sin dejar rastro.. Ahora, pásmate.. le da por lo administrativo. Vencedor nuestro Ejército en África y dueño de Tetuán, el fuego de la leyenda es ya ceniza de la Historia. ¿No sabes que ha venido de fuera una moda horrible, una tromba, un huracán, una cosa pedestre y asoladora que se llama Economía Política? ¿No sabes que ahora el buen tono está en ser uno economista, y en predicar el fárrago de las ideas económicas? Pues este virus, como diría mi señor suegro, ha dañado el alma candorosa y esencialmente hispana de aquella ideal mujer. Una frasecilla que ahora está de moda, y que tiene su lugar en todo cerebro baldío, ha sido el hielo que ha esterilizado aquella soberana inteligencia. ¿No adivinas cuál es la mortífera frase? Pues es ésta: Menos política y más administración.. ¡Ya ves qué desastre! Sin duda el entendimiento de Lucila habría permanecido refractario a tales tonterías, si no hubiera caído en la flaqueza de ese noviazgo. El corruptor de la celtíbera es un hombre de más de cuarenta años, llamado don Ángel Cordero, viudo también, dueño y cultivador de tierras en Aldea del Fresno y Cadalso de los Vidrios, y tan ferviente devoto de la Economía Política, que a comprar volúmenes de esta ciencia del Limbo dedica buena parte de sus rentas. Ha leído cuanto españoles y franceses escribieron de la monserga económica, y trastornado con tal pestilencia, como Don Quijote con la de los libros caballerescos, no ha parado hasta inficionar a Lucila. (p.7093)

-No obstante, señor Marqués -dije yo, viendo en las razones de mi amigo, más que un discreto pensar, una sutil aberración humorística-, yo veré a Lucila, yo me informaré del estado de su ánimo..

-¡Si no podrás verla! Hace un mes que reside en la Villa del Prado. (p.7094) ¿Y allí qué hace? Pues quemar sus lindas pestañas llevando con minuciosa exactitud las cuentas de trigo, cebada y paja, de jornales, de cuanto constituye el toma y daca de una gran propiedad rústica. El bruto del novio, el desaborido economista, está también por allá, en un predio y caserío lindantes con los de Halconero, y es quien la instruye en todas esas cábalas; y para acabar de volverla loca, le ha enseñado la diabólica máquina de contar que llaman Partida doble.

-¿Y Vicentito?.. -dije yo asiéndome a un afecto que sin duda no me será robado por la intrusa Administración.

-Te recomiendo que dejes a un lado niños que no sean tuyos, y que no fundes tus cálculos en nada concerniente a la infancia, pues ya sabes lo que resulta de acostarse con ella. Reconoce, amigo Confusio.. y bien sabe Dios con cuánto gusto te doy este apodo que te colgó el castrense; reconoce que la dama celtíbera y su niño han perdido aquel encanto y seducción de otros días. No pienses más en ellos.. y lánzate solo a los campos de la vida, que aún te reservan sus tesoros.

-Francamente, señor Marqués -indiqué con cierta cortedad-, de lo que usted me cuenta, lo que peor y más lamentable me parece es el novio que le ha salido a esa linda mujer. Pero las aficiones de ella al orden de cuentas y a mirar por los intereses suyos y de sus hijos, no me desagradan.. Al contrario.. ¿Querrá usted creer que cuando venía yo dando tumbos por esa Mancha, sin apartar de Lucila mi pensamiento; cuando yo acariciaba en mi alma el amor de ella como reposo y cristalización de mi vida, me sentía también un poquito administrativo? Como que la administración es el descanso, es la paz, es el reparo que pone la prosaica Aritmética a las demasías del Heroísmo.

-¡Tú administrativo! No, Confusio, no me harás creer tal disparate. Comprendo al enamorado, que en un rapto de demencia, apechuga con laPartida doble, si ve que la mujer de sus sueños anda entre números. Pero tú no harás eso; tú eres Confusio, y tu misión es vivir, ver tierras, pueblos, y humanidad próxima y lejana; probar todas las pasiones, sufrir (p.7095) todos los infortunios y gustar alegrías inefables. Tu misión es ésta,Confusio amigo, y por ser tuya esta misión y no mía, te envidio, quisiera ser como tú, pobre, aventurero, hijo de tus obras, soberanamente libre.

 

Ep-37-XIV -

No necesitó el buen Fajardo extremar los recursos de su mágico talento para que yo me sometiese a cuanto de mí deseaba, sin meterme a discutir sus designios ni a indagar las causas que movían su conducta. Ofrecile desempeñar cuantas misiones diplomáticas o de cualquier género quisiera confiarme, y sólo puse la objeción del corto tiempo que para mi descanso en Madrid me concedía; alegué, en apoyo de este deseo, la necesidad de ver a Jerónimo Ansúrez, para quien el renegado me dio un pliego que debía yo entregar en propia mano.

«No está en Madrid Jerónimo -me dijo Beramendi-, ni le verás aquí mientras su hija permanezca en la Villa del Prado engolfada en sus cuentas. Yo sé de qué tratan las cartas de Gonzalo, que traes para su padre y su hermana, y a decírtelo voy, para que veas que no me oculta el celtíbero ningún secreto de su familia. Uno de los hijos de Jerónimo, llamado Gil, Egidius, según el sagaz investigadorMaese Ventura Miedes, ha salido aficionado a la vida bandolera. En tierras de la baja Cataluña y del Maestrazgo ha dado no poco que hacer a la Guardia Civil, asaltando masías o acechando caminantes desprevenidos, ya solo, ya en cuadrilla con otros vagabundos y ladrones. Afortunado en algunas de estas malandanzas, fue desgraciado en otras, viéndose tan perdido, que de la libertad de sus atrevimientos vino a parar a la cárcel, y de aquí al presidio de Tarragona, de donde le habría sacado el verdugo si él con artificios increíbles no se escapara para volver a su vida criminal en los montes de Gandesa. Después se ha sabido que, valido Gil de disfraces ingeniosos, anda por los pueblos de las bocas del Ebro, engañando a las gentes sencillas con un comercio que al menor tropiezo puede llevarle otra vez al presidio. En estas barrabasadas de Gil o Egidius, ve Jerónimo la deshonra de su familia, (p.7096) al fin rescatada de la miseria y del oprobio por la unión de Lucila con Halconero; y no pudiendo persuadir a ese pillastre a cambiar de vida, ha escrito del particular a su hijo Gonzalo para que vea si con halagos podrá éste inclinarle a que se vaya con él a tierras de moros, donde ha de ser más fácil que aquí someterle y llevarle a una buena conducta. Más que ver a Gil en un patíbulo, quiere Jerónimo verle moro y circunciso. De esto han tratado en largas epístolas el celtíbero y el renegado, y en el pliego que tú traes vendrá seguramente el plan de Gonzalo para llevarle con astucias o promesas al delicioso país berberisco, donde por los duros medios mahometanos será domado ese tunante.. Puedes dejarme el pliego, que será puesto en manos de Ansúrez en cuanto aporte por acá, y vete sin cuidado, que yo quedo en Madrid encargado de este negocio».

-Bueno, señor -le dije accediendo a cuanto me proponía-. En sus manos pongo el pliego de Gonzalo Ansúrez.. Haga usted lo que quiera con los papeles, que yo me desentiendo absolutamente de estos particulares.

-Vengan los papeles.. y ahora.. fíjate bien en lo que te digo. Es muy variada y compleja la familia de los Ansúrez. Por los lugares que has de visitar cuando salgas a la comisión que te encargo, anda ese tuno de Gil o Egidius. Si con él te encuentras, ten mucho cuidado, Juan, que podrá engañarte y meterte en un gran enredo que dé contigo y con él en la cárcel. Ya sabes que todos los individuos de esa familia, de ese índice histórico, de ese resumen étnico, son de una agudeza formidable. El ingenio y la simpatía personal los asisten, así para el mal como para el bien. Guárdate de ese Ansúrez andariego, que es, entre ellos, el verdaderamente peligroso. Y por hoy, nada más te digo sino que descanses, y vuelvas mañana bien preparado del entendimiento y de los oídos.

Puntual acudí a la mañana siguiente, ya mejoradito de ropa, que adquirí a bajo precio en un bazar de elegancias económicas, y las primeras palabras del Marqués fueron para felicitarme graciosamente por mis aventuras en la (p.7097) casa de El Nasiry, que acababa de leer en las cartas que yo mismo he traído. Mucho le ha regocijado mi tentativa de asaltar el harem y de llevarme a Erhimo, así como la solución discreta que el agudísimo renegado supo dar a mi travesura. En cuanto a la apreciación del hecho, los puntos de vista del Marqués pareciéronme harto ligeros. Sostiene que lo de los malos humores de Erhimo, y lo de su ojo tuerto, su mal olor de boca y sus accesos de locura, no fueron más que un sutil artificio de El Nasirypara desilusionarme y resolver pacífica y donosamente una cuestión tan grave. En ello se reveló el hombre de extraordinaria marrullería y de artes de gobierno, pues si hubiera yo conseguido mi objeto, sabe Dios cuáles habrían sido las consecuencias. Probablemente habrían acabado en Tánger mis pobres días.

Según Beramendi, la mora, de quien no pude ver más que los dedos amarillos, era realmente el prodigio de hermosura sólo comparable a los ángeles del paraíso mahometano. Cansada la odalisca de su esclavitud, me había elegido a mí por su caballero libertador.. Al decirojo, no quiso expresar que estuviese tuerta, sino recomendarme que anduviera yo muy listo y con mucho ojo y donaire para libertarla. Los árabes emplean figuras en sus más usuales formas de lenguaje.. Y con la voz jumento quiso decir que tuviera yo preparado este humilde animal para que la salida de la prófuga no fuera notada.. Y me ordenaba que tomase yo las trazas de zapatero remendón con el mismo objeto de fingir insignificancia y modestia. Sin duda, El Nasiry supo el contenido de la carta por delación de Quentza, y tramó el engaño con que me había desarmado del caballeresco empaque de mi aventura.

Aunque no acabaron de convencerme las razones y crítica del Marqués, sentí renacer en mí la penita de mi desengaño amoroso. Pero mi ilustre amigo acudió a consolarme, sosteniendo que debo estar muy agradecido aEl Nasiry por su conducta discreta y humana. Habíase mostrado magnánimo y paternal, evitándome un conflicto (p.7098) de solución violenta, y quizás trágica.. Naturalmente, admití el consuelo reparador, y lo pasado, pasado. El presente continuaba ofreciéndose a mis ojos rodeado de tinieblas y misterio. Digo est, porque antes que termináramos el Marqués y yo la conversación que copio, entró un tal Sebo, ex polizonte y servidor clandestino de mi noble amigo en sus recónditas excursiones por el subsuelo político. Traía el tal una maleta casi nueva o a medio uso, harto más capaz y decente que la mía de Tánger. Díjome el Marqués que aquel valijón sería mi compañero en la caminata que iba yo a emprender. Si me agradaba llevar tan buen acomodo para mi ropa, luego, cuando levantó Sebo la tapa de la maleta y vi lo que contenía, el estupor me hizo prorrumpir en exclamaciones disonantes. Vi ropas de cura, bonete, breviario, viejos librotes, la Summa y los Lugares Teológicos. Riéndose de mi asombro, me rogó el Marqués que me probase la sotana, para ver si caía bien a mi estatura y talle. Así lo hice, riéndonos todos, que era lo procedente en la extraña y por mí no entendida metamorfosis que se me preparaba. A mi casa llevarían la maleta para meter en ella mi ropa de paisano, en la cual no debía faltar un traje de color enteramente igual al de los ataúdes.

Pues, señor, ya veríamos en qué paraba aquella farsa, y cuáles eran el propósito y fines de mi noble protector, en cuyo humorismo claramente se advertían vislumbres de extravagancia. Marchose el feísimo y ordinario Sebo, y a poco entró un joven muy simpático y bien vestido, a quien todo Madrid llama familiarmente Manolo Tarfe. Yo le había conocido en aquella misma casa poco antes de mi partida para Cádiz y Ceuta, y no tuvo necesidad Beramendi de presentarme a él. Comprendí que entre los dos estaba el juego y se escondía la clave de aquella conspiración o mundana intriga. Lo primero que me dijo Tarfe fue que me afeitase toda la cara, limpiándomela del bigote y de las barbillas ralas con que adornada la tengo en la presente edad histórica.. Ya no hay duda de que me disfrazan de clérigo (p.7099) para esa misión que me va pareciendo una humorada carnavalesca. ¿Qué será? Por Dios que rabio de curiosidad, y que doy gustoso mis barbas por salir de esta incertidumbre.

Ante mí hablaron de política Tarfe y Beramendi. Ambos son partidarios frenéticos de O'Donnell; quieren que éste, al volver de África victorioso, se revista de la mayor autoridad, y tome aliento para una dominación estable, implantándonos aquí una imitacioncita del Imperio francés, segundo de este nombre. No hay ahora en España más fuerza que la Unión Liberal, sincretismo, como algunos dicen, que es la última palabra de la ciencia política, fuerza que ha de ser liberal para las ideas y despótica para las acciones, conciliadora del progreso y la tradición, con proyectismo largo de obras públicas y de fomento material, enseñando siempre la estaca para que el país obedezca y olvide las bullangas. La Unión Liberal quiere ilustración y silencio; quiere mejorar a España de comida y ropa, manteniéndola en el encantamento de las glorias militares. De lo que dijeron colegí que confían en el porvenir, y que su ídolo, don Leopoldo, tiene cuerda política para mucho tiempo; pero algún recelo dejaron entrever, algún misterio se esconde en las altas esferas, que a mis dos amigos trae inquietos y cavilosos.

No pude enterarme bien de los motivos de esta inquietud, porque Tarfe ponía frenos a su palabra, como no queriendo expresarse con claridad delante de mí. No obstante su discreción, bien dejaba comprender que estamos sobre un volcán (así solemos designar el próximo estallido de una conflagración) ; que este volcán no es revolucionario al modo democrático y popular, sino que alimentan su fuego poderes muy altos.. ¿Pero a qué devanarme los sesos por descifrar el enigma, si poco había de tardar la satisfacción de mi curiosidad? Beramendi, cuando me despedí, me ordenó volver a la noche, para ponerme en autos de lo que debo hacer, y darme sus instrucciones con la prolijidad que exige asunto tan delicado.

Acudí puntualmente, y el criado me notificó que el señor (p.7100) Marqués había salido a un asunto urgente, y me suplicaba que le esperase. Por dicha mía, fui recibido por la señora Marquesa, que me acortó el plazo de espera con una graciosa y amena plática. Es mujer tan amable y discreta, que, oyéndola, no repara uno en la poca gracia de su talle y rostro. «Pues verá usted, Santiuste -me dijo haciéndome sentar a su lado-. Yo me alegro de que Pepe haya tenido que salir, porque así puedo darle a usted mi parte de instrucciones. Yo también conspiro; yo también me entretengo en mis trabajitos de zapa. ¿A usted no le han dicho aún Pepe y Manolo que anda por debajo del suelo que pisamos una tremenda conjuración? Pues yo se lo digo para que tiemble un poquito. Yo, si he de hablar a usted con franqueza, no he temblado ni pizca cuando lo he sabido. ¿Quién conspira? Los absolutistas. ¿Quién los mueve? Pepe y Manolo, que son los descubridores de tal enredo, me aseguran que los hilos de la conjura los mueven dos grandes familias hermanas, la una fuera de la Península, la otra en nuestra propia casa, y llamo así a Palacio, porque Palacio es la Nación.. por el lado solariego y heráldico. ¿No tiembla usted?».

-No, señora: ni el más ligero temblor me sacude los nervios.. Me asombro, sí, de que ahora no se azoten las dos ramas, sino que se injerten y se unan. ¿Contra quién? Contra España y la Libertad, ¿no es eso?

-No sé qué contestarle, amigo Santiuste; porque como no creo en ese fragmento de historia inédita que han descubierto Pepe y Manolo, tampoco sé contra quién vienen las dos ramas unidas.. Me figuro que es contra la Unión Liberal, contra el justo medio, etcétera, etcétera.. Usted lo entenderá mejor que yo. Lo que veo con claridad.. y con mucho disgusto, créame usted, es que Pepe, con estas cosas, está medio loco. Es hombre que, a poquito que se exalte, recae en una dolencia que llama efusión popular, efusión estética.. Nada, tonterías.. pasión de ánimo, entusiasmo ardiente por cosas que maldito lo que le interesan.. Su cerebro es muy delicado, propenso a la congestión de ideas. Gracias que (p.7101) me tiene a mí para el alivio de sus manías y aligerarle la carga excesiva de sus cavilaciones. Soy el sangrador de su pensamiento.

-Sangradora, médica, inteligencia de primer orden. Yo me permito una pregunta: ¿está usted plenamente convencida de que es absurdo y fantástico lo que han descubierto el Marqués y Manolo Tarfe?

-Le diré a usted con toda franqueza que me he reído con los cuentos de la tal conspiración, como con una comedia de esas que son obras maestras en el arte de los disparates.. Me he reído, me he reído.. pero al fin, tanto me dicen, y tales razones me dan, que he concluido por ponerme seria. Si no afirmo que las dos ramas estén de acuerdo para darle un papirotazo a la Constitución, tampoco me atrevo a negarlo.. En la duda, espero con un poquito de temor y con otro poquito de tentación de risa.

-Pues si usted teme, aunque sea riendo, pensemos que es verdad, y confiemos en el hombre del día, don Leopoldo O'Donnell..

-Ayer le ha escrito Pepe contándole estos líos, y dándole prisa para que arregle pronto los asuntos moros, y acá se venga con su Ejército.. Pero me temo que O'Donnell lo tome también a risa, y que al venir se encuentre en el trono de España a un Rey con quien no contaba: Su Majestad Carlos VI.

No pude contenerme; solté una risa franca, infantil, y contagiada de mi buen humor la ilustre señora, los dos concluimos en sonoras carcajadas sin poder articular palabra alguna. La primera que pudo pronunciar algo inteligible fue María Ignacia, que dijo: «Temblemos, señor de Santiuste, que el caso no es para menos, y temblando podremos recobrar la seriedad».

-Creo, como usted -dije yo-, que esta comedia es el supremo arte de los disparates graciosos.. Y en comedia tan chusca voy yo a desempeñar un papel de clérigo: ya me han traído la ropa.

-Las cosas que inventa mi buen marido, no se le ocurren a nadie. Menos mal si con estas tonterías se distrae.. Y a propósito: oiga usted mis instrucciones, y sígalas al pie de la letra.. Pero entienda que las instrucciones mías son reservadas, y que de esto (p.7102) no debe usted darse por entendido con Pepe.. Irá usted, según creo, a un país que está preparado para levantarse en armas al grito de Carlos VI Rey. No se meta usted donde haya jaleo de tiros y bayonetazos, ni nos describa batallas sangrientas, sobre todo si en ellas ganan los facciosos. Mucho cuidado con esto, Santiuste, porque Pepe, cuando le hablan de triunfos del absolutismo, se me pone tan perdido de la cabeza y tan arrebatado del temperamento, que me veo y me deseo para traerle a la tranquilidad. Siempre que haya encuentros y agarradas feroces, con heridos y muertos, tenga usted cuidado de decirle que ganan los liberales.. Fíjese bien, Santiuste: que ganan los liberales.. Si a mal no lo toma usted, le recomendaré que hable poquito de las salvajadas de la guerra civil. Cuéntenos las guerras y batallas de usted mismo, sus aventuras, cuitas o calamidades; descríbanos costumbres no conocidas, sucesos que se aparten de lo vulgar, escenas pintorescas, como lo que le pasó a usted en el Fondac; píntenos personas ridículas o hermosas, la blancura de Yodar, la fealdad negra de Bab-el-lah, las hechicerías de Mazaltob.. Esto le encanta extraordinariamente a mi marido. Anoche pasamos un rato delicioso leyendo el pasaje de la invisible odaliscaErhimo, y luego, hasta muy tarde, estuvimos discutiendo siEl Nasiry le engañó a usted o no con aquella salida de que la esclava es tuerta y le huele mal la boca.. Pepe sostiene que hubo engaño y que Erhimo es una preciosidad; yo estoy por la contraria: creo que no hubo trampa, que Erhimo es tuerta y sucia, y que fue una gran suerte para usted la imposibilidad de libertarla.

 

Ep-37-XV -

No seguimos, porque entró Beramendi. Su discreta esposa nos dejó solos, después de decirle que ya me había informado de la terrible conspiración, y que habíamos temblado y reído de aquel arcano tremebundo y jocoso. De mal temple venía el Marqués, sin duda porque acababan de darle informes nuevos, alarmantes. Ampliando lo que yo por su esposa sabía, díjome que el actual plan del absolutismo no (p.7103) es un risible sainete, sino un drama con gran arte compuesto. No se trata de quitarle la corona a Isabel II, sino de cuajar el pacto de familia, aprobado ya, según dicen, por una parte y otra. La rama femenina accede a bajar del trono, con tal de ver restaurado el poder absoluto, puesta en la cumbre la fe católica, y la Libertad en la situación que tiene el diablo a los pies de San Miguel. Desde que la Revolución de Julio del 54 aterrorizó a la familia reinante, andan los de acá y los de allá en tratos y contubernios. Dicen, y no les falta razón, que conviene sacrificar algo para no perderlo todo. El Rey Francisco y don Carlos Luis, heredero de los derechos de Carlos V, han tirado de pluma grandemente en estos años, y de su continuada correspondencia furtiva ha salido al fin el amasijo. Don Carlos Luis, Conde de Montemolín, subirá al trono con la denominación de Carlos VI.. La actual Reina Doña Isabel y su esposo se avendrán a una jubilación decorosa, conservando título y honores de Reyes.. El hijo de Montemolín se casará con la Infanta Isabel, y subirá al trono cuando cumpla veinticinco años.. Isabel y Carlos reinarán juntos con igual derecho majestático , y se titularán Segundos Reyes Católicos..

«Esto es lo fundamental -añadió Beramendi-. De los principios políticos que han de ser alma de este cuerpo, no tenemos noticia exacta. Presumimos que caerá hecha cisco la Constitución, y que se hará un llamamiento a todos los beatos furibundos para que vayan preparando la traída de la Inquisición y demás zarandajas.. ¡Y que no han tenido poco arte para organizar el movimiento! Existe, aunque esto te parezca mentira, una Comisión regia suprema, organismo hipócrita que se ajusta dentro de las piezas del organismo visible del Estado. Esta Comisión, compuesta de personas afectas al Pacto de familia, se ha dado buena maña para meter en todas las Capitanías Generales individuos que trabajan en la sombra, y que han extendido por España una red de voluntades absolutistas. Tiene ya la red tal extensión, que no sé lo que aquí pasará si O'Donnell y su (p.7104) Ejército no vuelven acá de un brinco. Confían los montemolinistas en que don Leopoldo tiene quehaceres en África para un rato, y activan su organización.. Bien se ve que quieren aprovechar esta soledad de tropa, las Capitanías Generales en cuadro, las plazas desguarnecidas.. Lo peor, querido Confusio, es que si no miente el público secreteo, también en el Ejército de África hay militares de todas graduaciones a quienes ha comprometido para el alzamiento la maldita Comisión regia suprema. No quiero pronunciar ningún nombre ni dañar a ninguna reputación, mientras no sepa la verdad. Dudo ya de todo, y no aseguro ni niego la incorruptibilidad de nadie.. Vendrán los hechos, y todo se aclarará.. La Historia que cuchichea me fatiga, me enloquece. Venga de una vez la Historia que grita, aunque nos traiga desengaños y catástrofes».

-No pongamos tanta atención en la Historia inédita -le dije yo-, en el caudal corriente de las conversaciones de hombres ociosos, porque gastando nuestro corazón y nuestra mente en idear y sentir con intensidad y en falso, derrochamos un tesoro anímico, sin sacar de ello más que los pies fríos y la cabeza caliente.. Y pues tengo yo que ir a donde están encendiendo la hoguera facciosa, dígame ya qué tengo que hacer. Si efectivamente he de hacerme pasar por clérigo, sepa yo qué clase de órdenes debo figurar en mí, pues como sean más de las menores, en gran compromiso he de verme.

-Vas a un país revoltoso, nidal de fanatismo y partidaje, donde encontrarás infinidad de clérigos que habrán limpiado ya las armas para lanzarse a pelear por Carlos VI. Conviene que con los curas pacíficos, así como con los valentones, hagas buenas migas. Llevarás cartas de recomendación muy eficaces. Con esto y con hacerte tú el apocado y el santito, dando a conocer tus sabidurías de cosas dogmáticas y litúrgicas, andarás por todo el país sublevado sin que nadie te moleste, y observarás, y recogerás gran conocimiento, que me irás contando por escrito, cuándo y dónde puedas. Hablemos ahora del nombre que (p.7105) te he puesto, y que va ya expresado en las cartas de recomendación. Yo creo que el Confusio te va bien para segundo apellido. Quédate con el nombre de pila, añadiéndole un patronímico cualquiera, y llámate Juan Pérez de Confusio. ¿Qué te parece?

-Como el Confusio no les suene a mentira o artificio, paréceme que no está mal mi nuevo nombre, y que da cierto eco de personalidad erudita y casi filosófica.

-Verás cómo no te faltan lances peregrinos, quizás conquistas más afortunadas que las de Marruecos. Aplica toda tu atención y el sortilegio de tus gracias a las amas de cura, que por allá entiendo que las hay muy guapas. Si pescas alguna, puede serte de mucha utilidad para el estudio esotérico de nuestras guerras civiles.. Las cartas que llevas han de abrirte holgados caminos. A más de las que yo te daré, Manolo Tarfe te está preparando algunas que te causarán asombro cuando las veas. Hoy está en Aranjuez. ¿Sabes a qué ha ido? A conseguir que te recomiende una monjita de San Pascual, parienta suya. Manolo es de la piel del diablo para estas cosas. En ellas está como el pez en el agua, y cuando le toma el gusto a la intriga, se embriaga con las dificultades, y acaba por realizar verdaderos prodigios. Con decirte que pretende sacarle a sor Patrocinio una carta para no sé qué Provincial o Prepósito de allá, está dicho todo. Nada, hijo, que irás bien favorecido y hasta popeado de monjitas y con olor de santidad.. No te quejes. Quisiera yo ser tú, y andar en esos trotes.. Mañana, ya dispuesto, limpio de barbas, te vienes a recibir las cartas y nuestras últimas advertencias, que por la tarde sin falta has de salir. ¡Dichoso tú mil veces! Tú vives en España, tú la tratas íntimamente, tú gozas de ella y en ella engendras los hijos de tu fantasía..

Afeitadito, con todo el aire de un motilón ordenado de menores, me presenté al día siguiente en la casa de mi protector, donde ya me aguardaba el saladísimo Tarfe con las cartas que había conseguido en San Pascual, de Aranjuez. Una le fue dada por su prima doña Margarita de Barcones, monja (p.7106) profesa; otra llevaba la respetable firma de don Mateo Valera, administrador del Real Sitio, y la tercera ¡ay!, la tercera traía todo el olorcillo de un sagrado mensaje. Habíala escrito la mano divina y llagada de la Madre reverenda. Iba dirigida al venerable Vicario de Ulldecona, varón docto y bien calificado de virtudes, carlista por los cuatro costados, con brillante hoja de servicios en la anterior guerra civil, que ilustró con ruidosas hazañas. De mí decía la carta lindezas que debo agradecer, aun considerándolas dictadas de la travesura de Tarfe. Yo soy, según la carta, un joven de buena familia, aplicadito desde mi tierna infancia a la piedad primero, a los estudios religiosos después. Descuellan en mí las virtudes de humildad y castidad, las cuales, con el adorno de mi sabiduría, me hacen amable, y dueño de la simpatía de cuantos me tratan. ¡No me pusieron poco hueco los elogios que hacía de mí la santa Madre!.. Mis nobles amigos me recomiendan con la seriedad más socarrona que procure hacerme digno del concepto que merezco, y me exhortan a seguir la senda de aplicación y honestidad por donde llegaré a coger la breva eclesiástica que Dios reserva a sus elegidos. En la carta de la Madre, así como en las otras que Tarfe me ha traído, se dice que voy a completar mis estudios en el Seminario Tarraconense, al paso que tomo posesión de una capellanía heredada de mis ilustres antecesores.. Bueno, señor. Adelante con la farsa, y Dios me saque vivo y sano del laberinto en que quieren meterme estos exaltados caballeros.

Pasé un rato delicioso oyendo a Tarfe la descripción del interesante convento de San Pascual, de Aranjuez, cuya importancia histórica quedará bien patente con decir que a él tienen que acudir Narváez y O'Donnell cuando desean el Poder o temen perderlo. Las manos guerreras que han blandido la espada heroica, agarran un cirio y acompañan, con devota flojera de miembros y ojos caídos, las procesiones que alrededor del claustro limpio y oloroso se organizan un día sí y otro no para solaz del (p.7107) Rey don Francisco de Asís. Según Tarfe, la enseñanza de señoritas tiene en aquella casa una organización perfecta, según el moderno estilo francés, sin que falte el adorno de piano y bailecito conforme a etiqueta. La beatísima Patrocinio será lo que se quiera; pero de tonta no tiene un pelo. La placidez y blancura de su rostro mueven a confianza y piedad. En un aposento dispuesto con cierto artificio teatral y amorosas obscuridades que inducen al misterio y la ilusión, tiene la Madre su divino Cristo de la Palabra, el cual, en instantes de pío recogimiento, dice todo lo que debe oír y entender el candoroso espíritu de la Reina. Ya está cansado el buen Señor de recomendar a todos los individuos de las dos ramas borbónicas que hagan las paces y vivan como hermanos; no se ha mordido la lengua para decir que por ningún caso sea reconocido el Reino de Italia, y que se pongan todos los obstáculos a la desamortización y venta de bienes de la Iglesia. O'Donnell y Narváez, a cuyos oídos llegan más o menos pronto los buenos consejos del Santísimo Cristo, no saben a qué santo encomendarse para dejar contentos a todos, Trono y Pueblo, Altar y Tribuna.

Recorrió y examinó Tarfe todo el convento (que allí la clausura no rige con los poderosos) , y lo que más maravillado le dejó, despertando en él envidia del ameno vivir de aquellas santas señoras, fue la magnífica pajarera que allí tienen éstas para su recreo. No hay en todas las Españas colección de pájaros tan variada y nutrida. Su Majestad el Rey no repara en gastos para reunir allí las avecillas más bonitas, las más exóticas, las de plumaje vistoso y las de canoro pico. ¡Vaya con el museíto ornitológico! ¡Y que no se embelesa poco la Madre con los tiernos hijuelos que a falta de otros le depara su valimiento! Monjas y educandas se esmeran en instruir a las especies habladoras, familiarizándolas con las formas corrientes del lenguaje. Cuenta Tarfe, y porque él nos lo ha dicho lo creemos, que en la sección de loros hay uno tan bien enseñado, que dice Jesús cuando Sor Patrocinio (p.7108) estornuda.

Escribo en mi casa el final de esta larga epístola, para dejarla con su debido remate antes de lanzarme por el camino de mis desconocidas andanzas. Concluyo diciendo que como el tiempo apremia y tengo que prepararme para la partida, dejé la morada de Beramendi. Éste me dio sus últimas instrucciones en cuatro plieguecillos de papel bien aprovechados de letra, y me encargó muy encarecidamente que por el camino me aprenda de memoria el texto de los pliegos, y luego los rompa. A los libros de Teología que llevo, agregó un tomo del Concilio de Trento, El Genio del Cristianismo y la Vida de Jesús del Padre Rivadeneyra. Ha insistido en que no debo escribir con la idea de que sea él mi único lector: conviene que mis relatos vayan mentalmente dirigidos a mayor público y a la misma Posteridad, que nunca podría decir: «de aquella agua no beberé». Sin pensarlo, vengo yo aderezando mis cartas como si hubieran de ser gustadas por innumerables lectores. Ahora lo haré con más determinado propósito, alentado por mi Mecenas, el cual me recomienda una y otra vez que, por miedo a una publicidad remota, no recorte ni desfigure la narración de mis sucesos y trapisondas personales. Está muy bien: como me llamo Confusio, que así lo haré.

Me ha marcado el Marqués este itinerario: saldré en la diligencia de Guadalajara y Zaragoza, siguiendo en ella de un tirón hasta Alcolea del Pinar. En este pueblo, un amigo y colono de mi protector cuidará de encaminarme a Molina de Aragón; traspasaré después la Sierra Menera para entrar en la provincia de Teruel. Las observaciones que haga por el camino me indicarán si debo dirigirme a la noble Alcañiz o a la vetusta Morella. En una o en otra comarca ha de estar la mayor rescoldera del volcán por donde voy a pasearme. Quedo en libertad de escoger la ruta conveniente, según lo que oiga y vea por esos endiablados pueblos. Dineros llevo cuantos pueda necesitar, pasaporte en regla, y cartas para señores sacerdotes o caballeros pudientes, que mirarán por mí si me veo en algún peligro. Yo (p.7109) nada temo; confío en mi buena estrella, y en salir con donaire de cualquier mal paso en que mi curiosidad o mi arrebatado temperamento me metiesen.

Arreglo mis asuntos con la patrona; doy la última mano a la ordenada estiba de mi ropa y libros en la maleta; me da el corazón una o más punzaditas al acordarme de Lucila y Vicente, a quienes no veré más.. me acuerdo también de El Nasiry, y hago voto de decirle algún día cuatro frescas si descubro que me engañó poniendo lacras y pestilencia sobre el invisible rostro de la hermosaErhimo.. Entra Beramendi en mi modesto cuarto; me da prisa. Escribo rápidamente el final de ésta, y se la entrego para que la lea y archive.. Adiós, Madrid mío. Ahí te queda un suspiro del pobre Confusio.

 

Ep-37-XVI -

Foz Calanda, Abril.- ¡Ay qué pueblos, qué posadas, qué caballerías, qué arrieros de Dios y qué caminos del diablo! He recorrido con mala sombra una de las comarcas más características de la guerra de facciones. La humanidad, lo mismo que la geografía, se me han representado como expresión viva de la bárbara epopeya cabrerista.. Dudo si el país por donde voy hizo la campaña, o es obra y hechura de ella. Ruinas y desolación veo por todas partes, veredas de guerrilleros, emboscadas de asesinos, burladeros naturales para la sorpresa y la traición.. Más acá de un pueblo que llaman Cosa, estuve a punto de perecer ahogado, vadeando un río nombradoPancrudo; y al venir de Montalbán a Gargallo, faltó poco para que me despeñara en una sima, por cuyo borde serpentea el camino pedregoso. Las lomas y cerros, de un conglomerado rojizo, eran como sangrienta visión que me seguía tomándome las vueltas. Entre Alcorisa y este lugar donde escribo, se me cambió en próspera la adversa suerte, porque acompañado vine por un cura viejo y bondadoso que, emparejando su jamelgo con el mío, me entretuvo por todo el camino con su conversación amena. Mi buena facha, mi lenguaje modoso debieron de cautivarle, porque no esperó a que yo le mostrara las cartas que llevo, para ofrecerme, como (p.7110) párroco de este pueblo, campechana hospitalidad en su casa.

Y aquí me tenéis bien alojado y bien comido en esta vivienda modesta, mas no desprovista de sabrosas vituallas; vedme tratado hidalgamente por el cura, que es un bendito, y asistido hasta con mimo por dos amas viejas, corcovaditas.. El sitio y las personas me recordaron los tranquilos días de Samsa, en las inmediaciones de Tetuán.. Aquí recibo los primeros rumores del anunciado alzamiento que motiva mi viaje, noticias que al cura y a mí nos han parecido fantásticas. Mi buen párroco no es menos pacífico que yo ni menos aborrecedor de la guerra.. Como digo, las noticias traían todo el cariz de un tremendo embuste. Ved la muestra: El Rey Carlos VI había desembarcado en los Alfaques con un poderoso ejército. ¿De dónde venía? De la isla de Ibiza o de islas de Italia: a punto fijo no se sabe. Al desembarcar en tierra española se pronunció Tortosa.. Ya iba el Rey camino de Zaragoza, engrosando a cada paso su ejército, pues todas las tropas de Isabel se agregaban a las de su primo..

Con recelo de que tal notición fuera verdad, un ejemplo más de la verosimilitud de lo absurdo en nuestra patria, me dormí aquella noche, arrullado de mi cansancio, y a la mañana siguiente, cuando una de las viejas me trajo el chocolate, entró don Miguel Castralbo, que tal es el nombre de mi huésped, y me dijo: «Ya van llegando vientos de verdad, que desvanecen las mentiras que oímos anoche, señor de Confusio. Parece cierto que ha llegado el Montemolín con tropas sublevadas de no sé qué islas; pero no ha tenido, al parecer, recibimiento feliz, porque los mozos que de estos pueblos salieron armados para guerrear en la facción, vuelven a toda prisa. He visto a algunos; les he preguntado, y no dicen más sino que vuelven y corren para acá, porque han visto que a la carrera volvían los de Calanda y Alcañiz. Por allá deben de soplar aires de miedo.. Mientras fijamente no se sepa lo que ocurre, yo que usted, señor de Confusio, no me movería de ésta su casa, donde puede estarse todo (p.7111) el tiempo que le pida su cansancio». Las amas, que ya empezaban a tomarme ley, apoyaron con chillones encarecimientos esta exhortación a la holganza; di las gracias, y echándomelas de muy valiente, les aseguré que, aunque hubiera de pasar por el cráter de un volcán en erupción, seguiría mi camino sin vacilar.. Discutimos; no me convencieron.. Partí.

Alcañiz,Abril.- En Calanda y aquí he visto confirmadas la dispersión y retroceso de los que iban al juego de la guerra civil. Alojado estoy en un decente parador, y por la ventana de mi cuarto, que da a la plaza, veo el lindo frontispicio del Ayuntamiento. Me encanta este rincón monumental casi tanto como las dos mozas que me sirven, la una tirando a lo gótico, la otra a lo ático.. Nada, que me gusta este pueblo, en el cual he admirado bellas iglesias románicas y del Renacimiento, amén del mujerío, que es de orden compuesto, quiero decir, de la hermosa mesticidad celtíbera y moruna.. Los compañeros de mesa me han informado del levantamiento carlino, calificándolo de fracaso tan escandaloso y grotesco, como ha sido insensata y absurda la intentona. Dijo uno que Montemolín había venido de Mallorca con la guarnición sublevada de aquella isla; otro aseguró que vino de Marsella; un tercero puso las cosas en su lugar, refiriendo que de Baleares llegó el general Ortega, cabeza visible del alzamiento, con las tropas de su mando, las cuales al punto de tocar tierra se llamaron andana y dejáronle solo.. Pronunciamiento más desatinado no se había visto, ni operación militar que más se pareciese a una correría de traviesos muchachos.

Como liberal habló uno de los huéspedes, desatándose en injurias contra los montemolinistas y sus auxiliares por haber hecho tal barrabasada cuando tenemos en África casi todo el Ejército. Alzáronse al oír esto voces que apoyaban al preopinante, otras que lo contradecían, y del extremo de la mesa soltó un bárbaro la bomba de que algunos de los Generales de África estaban comprometidos, entre ellos Prim. ¡Jesús, la que se armó (p.7112) cuando el nombre del héroe sonó en medio del tumulto! El que parecía liberal dijo al otro que mentía: mediaron tonantes vocablos de cólera; levantáronse uno y otro, y venciendo a saltos el espacio que los separaba, agarráronse de manos y tiráronse de pelos.. A separarlos corrimos los demás; yo fui de los más presurosos en poner paz, lo que me costó un rasguño, varios pisotones, y en el brazo izquierdo un golpe que me hizo ver las estrellas.

Ulldecona, Abril.- El hilo que solté en el comedor de Alcañiz, lo recojo ahora para proseguir desde aquel punto la relación de mi viaje y aventuras, que hasta los últimos días, en lo que ahora voy a contar, no ofrecen sino sucesos comunes indignos de ser escritos. Salí de Alcañiz con marcada variante de mi rumbo presupuesto, porque las muchachas bonitas, gótica la una, ática la otra, que servían en la posada, me aconsejaron que no tomara el camino de Valdetormo y Calaceite, directo a Gandesa y Tarragona, porque allí corría el riesgo de que me salieran, si no facciosos, bandidos que en aquellos caminos y puertos hacen de las suyas. Demostrándome más interés que el que yo merecía por el simple hecho de alabarles la hermosura, me señalaron como más práctico y seguro, aunque más largo, el camino que, cortando tierras del Maestrazgo, va a salir por la Cenia a las tierras bajas del Ebro. Así lo hice, y llegado sin tropiezo de ladrones a donde ahora me encuentro, no puedo decir si el consejo de las lindas mozas a mi ventura o a mi perdición me ha conducido.

Toda la noche anduve en una tartana que iba nada menos que a Vinaroz, y llevaba, a más de mi persona, dos monjas de una Orden para mí desconocida, viejas y adustas, y un señor de edad provecta, con trazas y rudeza de hombre de mar. Ni ellas ni él hablaban más que catalán cerrado, que yo no entendía, y todos mis esfuerzos para entablar conversación me resultaron inútiles, viéndome condenado a un hosco silencio que me hacía más molestos los tumbos y sacudidas espantosas de aquel vehículo del diablo. Aun entre sí, no eran comunicativos (p.7113) mis compañeros de suplicio, pues las monjas no hacían más que rezar, y el marino, si es que lo era, compartía el tiempo entre las modorras con ásperos ronquidos y las maldiciones seguidas de toses y carraspeos. Nunca tuve ni padecí travesía tan mala y tediosa.

En vano traté de congraciarme con las monjas, haciéndoles comprender mi carácter sacerdotal, ya con algún latinajo, seguido de exhortación a la paciencia, todo sin venir a cuento, ya procurando que el gesto y el mirar expresaran mi estado y mansedumbre; pero ni por ésas. No he visto seres más huraños y recelosos. Sin duda son religiosas de clausura que, al ir de trasiego de un convento a otro, van espantadas por el mundo, como el ganado lanar cuando lo hacen pasar por las calles de una población.. Mi terrible encierro con semejantes fieras tuvo su fin en un caserío de cuyo nombre me alegro de no acordarme, pues en él mis desventuras no hicieron más que cambiar de forma. ¡Qué tal sería el pueblecito, que me vi y me deseé para encontrar algo parecido a un colchón donde tender mis huesos por unas cuantas horas, y algún alimento con que engañar el hambre! Habíanme dicho que allí abundaban las tartanas de alquiler; pero ninguna pude hallar, ni aun ofreciendo pago doble y triple de lo acostumbrado. ¿Dónde diablos estaban las tartanas? Una vieja cejijunta, displicente y con ojos de sibila, me dijo que los coches se habían ido a los juncales del Ebro, y allí se los había tragado el fango.

Al cabo de mil diligencias y pasos fatigosos, me sacó de mis apuros un trajinante con quien ajusté dos caballerías, una para mí y otra para él como escudero y portador de mi maleta. Y heme otra vez en camino, a media tarde ya, sufriendo la bofetada continua de un viento que de cara nos azotaba cruelmente. Ambas caballerías venían cansadísimas de anteriores trabajos, sin pienso, y para curarlas de su pereza no había otra medicina que los palos. Mi jaco era de tan aviesa condición, que en algunos repechos del camino no andaba ni adelante ni atrás.. Fue mi viajecito más triste (p.7114) y desesperante al entrar la noche; el viento no amainaba; los caballos vengaban en mí la ruindad de su amo; a éste hubiera dado yo los palos que las pobres bestias recibían; eché de menos la tartana de la noche anterior, y acordándome de las monjas, me las figuré graciosas y amables: tal era mi furor en aquella desgraciada travesía. Para mayor enojo mío, el maldito jayán escudero se había vuelto mudo. Hacíale yo preguntas, que bien respondidas habrían dado algún alivio a mi dolorosa impaciencia. ¿Tardaremos mucho? ¿Cuánto hay de aquí a la Cenia? ¿Qué caserío es éste?.. Pues el muy bestia, resguardándose con la blandura de su manta el pecho, pescuezo y boca, o no decía nada, o me soltaba un ronco mugido, como un mastín con más ganas de morder que de ladrar.

Deploraba yo además la soledad, el no encontrar arrieros ni caminantes; y tanto silencio y monotonía, sin oír otra voz que la del viento ni ver caras de personas, me desesperaba.. «¿Pero dónde estamos? ¡Qué país tan desolado y triste!». A esto, mi escudero no decía más que muú, y en mí se acentuaban las ganas de pegarle un tiro.. Grande alegría me causó de improviso ver una luz lejana. ¿Estaría en aquella luz el paso de la barca? Muú.. ¿Era luz de un farol, luz de un hacho? Muú.. Los caballos, contagiados de mi impaciente gozo, avivaron un tanto su perezoso andar.. Nos acercábamos a la luz, y la luz hacia nosotros venía presurosa.. Por fin, me vi frente a unos cuantos hombres que gritaron ¡alto! La luz era una antorcha resinosa, los hombres un hato de bárbaros insolentes. Vestían el traje catalán con faja colorada, y en vez de barretina llevaban pañuelo liado a la cabeza, a estilo valenciano más que aragonés. Todos iban armados con escopetas, trabucos o pistolas. Mi primera impresión fue que había caído en poder de bandidos. Luego, oyendo sus preguntas atropelladas, me creí frente a una de esas terribles organizaciones político-militares que llamamos partidas.

Mi escaso conocimiento del catalán me bastó para entender las preguntas que (p.7115) me hicieron aquellos brutos: «¿De dónde vienen ustedes? Sepamos quiénes son.. ¿A dónde van? ¿Han dejado atrás fuerzas del Ejército? ¿Viene Guardia civil?». Contestabamuú mi escudero, y yo, con mejor tono y cortesía, expresé la verdad. No debí de convencerles.. desconfiaban de mí. Con malos modos me mandaron que me apease. Uno me tocó todo el cuerpo, preguntándome si llevaba pistolas. Díjeles que, como sacerdote que soy, no llevo armas ni para nada las necesito. Hablaron de registrar mi maleta, y no me opuse: al contrario, abriéranla cuando quisieren, y verían en ella tan sólo mi ropa, mis libros de religión, y las cartas que llevo para diferentes personas del clero y la nobleza, todas muy calificadas.. El que parecía sargento de tan desaliñada tropa me mandó con grosero despotismoarrear a pie, y obedecí silencioso, emprendiendo la marcha rodeado de aquellos gandules. Delante iba el que alumbraba. La antorcha, con la furia del viento que desgreñaba la llama y consumía las hebras de fuego deshaciéndolas en chispas, perdió su fuerza y su luz; el viento devoró las últimas ráfagas, dejándonos a obscuras. Seguí yo andando a trompicones, sin saber dónde ponía los pies. A mi lado iba el sargento o lo que fuese; detrás mi escudero; uno de la partida llevaba de la brida los dos rocines, que agradecieron mucho que se les aliviara de nuestro peso.. Nadie pronunciaba palabra, como no fuera para decirme brutalmente que arreara cuando el temor de caerme en un hoyo o de tropezar en una piedra obligábame a moderar el paso.

Y en aquella procesión lúgubre, me acordé de las instrucciones consignadas en los pliegos de Beramendi, leídos cien veces por mí entre Madrid y Guadalajara, y después de bien aprendidos, rotos y dados al viento. Descollaba en mi memoria un substancioso parrafillo, que así decía: «Si llevas muchas probabilidades de ser obsequiado de curas, favorecido por sus amas, y de que todos se rindan a tu talento y simpatía, también las llevas de caer en manos de guerrilleros feroces, que te fusilen por (p.7116) primera providencia. En este caso, mi querido Confusio, sabrás morir como cristiano caballero y como sacerdote, apartando con desprecio tus ojos de las vanidades humanas, y volviéndolos a la vida perdurable, donde hallarás el premio de tus virtudes».

 

Ep-37-XVII -

«¡Ay de mí! ¡Pues tendría gracia -pensé yo en el obscuro camino- que estos animales me pegasen cuatro tiros!..». Pensándolo, vi luces rastreras, como de farolitos llevados a mano.. Se movían delante de nosotros, con lenta derivación hacia la izquierda.. Este mismo rumbo tomamos siguiendo un recodo del camino.. Cuando estuvimos cerca distinguí un grande y negro caserón, y varios hombres que con sus propias sombras se confundían. Del grupo se destacó un corpacho. Le vi llegarse a mí. Era un sujeto de muy aventajada estatura, cincuentón, y vestía con más decencia que los otros. «Este tío -pensé yo- será el capitán de la partida. Su facha es de persona de calidad, aunque el gorro de pieles que trae calado hasta las orejas le da cierto aspecto de ferocidad montuna». De sus hombros pendía suelto de mangas un capote. Toda su ropa era negra, y el pantalón gris colán; llevaba botas de alta caña. Apenas llegó frente a mí, repitió las preguntas de los otros con voz tan bronca y adusta, que temblé al oírla, y me dije: «Este tío me va a dar un disgusto». Reiteré mi respuesta: que yo no sabía si venían o no detrás de nosotros tropas del Gobierno. «Pues un batallón salió esta mañana de San Mateo -dijo el talludo y truculento señor-. ¿Dónde están esas tropas? ¿Han ido a Vinaroz?.. Si saben ustedes el camino que han tomado y no quieren decirlo, a uno y otro les participo que lo pasarán mal..». Y otra cosa: «La Guardia civil de los puestos de Chert y Ballestá, ¿dónde se ha ido? ¿Por ventura supo que estamos aquí y nos cogió miedo?». Yo declaré no saber nada, y poniendo en mi acento toda mi sinceridad, esperaba que mi inocencia quedaría bien clara. El que yo creía sargento habló en voz queda con el cabecilla. Y éste ordenó que se nos registrase detenidamente. Entramos (p.7117) todos en el caserón, y el hombracho iba tras de mí rezongando con ira y mofa: «Ha dicho que es sacerdote.. Ya lo veremos. Y trae cartitas de recomendación.. Las veremos, sí, señor, las veremos, y ojalá sean para quien yo me figuro».

Metidos en un cuarto estrecho, donde vi una mesa manchada de vino, porrones medio vacíos, cortezas de pan, una silla de paja con el asiento casi deshecho, y un banco desvencijado como los que hay en ínfimas tabernas de aldea, se procedió al registro de mi maleta, el cual fue por extremo detenido y escrupuloso. El cabecilla presidía la operación en pie, junto a mí, y no quitaba ojo de lo que iban sacando los registradores. Éstos eran dos, y dos brutos más habían entrado para mi custodia. Desdoblaban la ropa, y en las prendas que tenían bolsillos no había hueco ni pliegue que no escudriñaran. Los libros eran cogidos por el jefe, que al leer las portadas con cierto énfasis, revelaba más sorpresa que pedantería. Cuando salió de entre otros papeles mi pasaporte, le echó con avidez la garra, y leído por dos veces, dijo entre burlón y receloso: «¡Qué apellido tan raro éste de Confusio!.. Es la primera vez que veo un cristiano que así se llame». Yo le advertí humildemente que la familia de los Pérez de Confusio es muy conocida en Medinasidonia y otros pueblos de la provincia de Cádiz. Antes de que pudiera oírme, vio las cartas de recomendación, y cogido el no pequeño rimero de ellas, las fue examinando, y a cada nombre que leía, soltaba de su boca una breve expresión de asombro, acompañada de un mohín de labios o chasquido de lengua. Las expresiones eran: «¡Anda!.. ¿Pues y ésta?.. ¡Vaya, vaya!.. Bien, bien..». Al llegar a una que despertó su interés más que las otras, rápidamente la desdobló y con ansiosa lectura enterose de su contenido, pasándola de la cruz a la fecha. Después, sin mirarme, volviose a los bárbaros, que, una vez vaciada la maleta, golpeaban el fondo y costados por si el sonido les denunciaba trampa o secreto, y con imperiosa voz les dijo en catalán: «Ea, basta ya: ¿no veis que no hay nada? ¡Pues (p.7118) no sois poco sobones!.. Digo que basta.. Idos afuera». Salieron los hombres atropellándose, que ya sabían cómo las gastaba su jefe; cerró éste la puerta, y llegándose a mí, me indicó con ademán cortés que me sentase.. Obedecí al momento. No me dio tiempo a pensar nada de aquel extraño cambio de voz y maneras, y antes de sentarse frente a mí, me habló en castellano neto de este modo: «Al ver esa carta para el Vicario de Ulldecona, me picó tanto la curiosidad, que..».

-Puede usted leerlas todas si gusta -le contesté, correspondiendo a sus buenos modos con los míos.

-No.. gracias, señor de Confusio.. Pues ha de saber usted que el Vicario de Ulldecona soy yo.

Prorrumpí en exclamaciones de sorpresa, y atropelladamente me congratulé de la felicísima casualidad que me deparaba el Acaso, o por hablar mejor, la Providencia. ¡Quién había de decirme..! «Vea usted, señor Vicario, cómo las situaciones más desfavorables, o si se quiere más obscuras y pavorosas, se iluminan de improviso por el divino rayo de la verdad».

-Exacto: usted me temía, y ahora un rayo de verdad nos hace amigos.. Pero no me llame usted señor Vicario, que en esta diócesis no está en uso tal denominación. Soy el Arcipreste de Ulldecona. Más de una vez he dicho a la Madre, cuando he tenido que escribirle, que no me llame Vicario, sino Arcipreste; pero no se acuerda, no se acuerda.. Y ante todo, ¿cómo está la Madre?

-Tan buena.. Fresca como una rosa, y sin perder nada de aquel despejo, que es, digo yo, uno de los dones más maravillosos que debe al Señor.

No me pareció muy vivo el interés del Arcipreste por la bendita y llagada monja. Su pregunta no había sido más que fórmula fácil de rudimentaria cortesía. Al instante varió de conversación. Refregándose la frente con una mano, después con otra, como quien quiere aligerar su pensamiento de preocupaciones y cuidados opresores, me dijo: «Se habrá usted enterado de lo que aquí pasa..».

-Sí, algo sé. En Alcañiz oí noticias confusas, incompletas.. Desembarco de tropas en los Alfaques.

-En San Carlos de la (p.7119) Rápita desembarcó la locura. Venía guiada por la necedad, y a recibirla salió la ceguera. ¡Ja, ja!.. ¡Y nos habían hecho creer que todo lo tenían muy bien dispuesto.. que Francia estaba en el ajo.. que Madrid se pronunciaba, que Palacio se pronunciaba, y que Prim en África se pronunciaba!.. ¡Majaderos, canallas, mentecatos!.. Lo que aquí se pronuncia es el sentido común, que no quiere ser español, y se va; la vergüenza, que se va; el arranque y las ternillas de hombre, que tampoco quieren estar en esta tierra gobernada por mujeres. Bien merecido les está el fracaso, por fiarse de Ortega, por fiarse de los de Madrid, por fiarse de..

Hizo breve pausa, comiéndose el final de la frase.. Clavó sus ojos en mis ojos, y posando su mano en la mía, me dijo: «Pues hemos de ser amigos, contésteme pronto a lo que le pregunto: ¿a más de la carta que he leído, no tiene para mí un mensaje verbal de la Madre o de otras personas?».

-No, señor Arcipreste.

-Y para otros señores eclesiásticos o seglares, ¿no trae recadito de palabra, debajo del disimulo de las cartas de recomendación?

-Aseguro a usted -respondí con desahogada sinceridad- que no traigo más que lo que ha visto.

-Por las Ánimas del Purgatorio, o hay confianza o no hay confianza.. Usted teme.. Aún no se le ha pasado el susto de esta sorpresa.. Serénese y dígame la verdad.

-La verdad he dicho. Soy un seminarista obscuro, alejado de toda intriga, y aquí vengo no más que al negocio particular de mi capellanía y a mis estudios.

-Así será.. Perdóneme. Me pasó por el magín la idea de que nos traía usted instrucciones.. que ya no serían instrucciones, sino cataplasmas tardías de los que en Madrid calentaron este movimiento y luego se han quedado fríos, zurrándose de miedo.. Pensé que usted venía para decirnos: «Perdonen por hoy, que otra vez será». Veo que se asombra de oírme.. Voy creyendo que está completamente en ayunas de todo lo que pasa aquí y en Madrid, y en Francia y más allá de Francia. Si es usted un ángel, nada más tengo que decirle sino que le aproveche su inocencia.

-Un (p.7120) ángel soy, no vacilo en decirlo, en todo eso que a usted tanto le afana.

-¿Y no sabe que contábamos con el apoyo de ese zascandil, de ese peine..?

-¿Quién, señor?

-Es usted, en efecto, el más puro de los serafines si no sabe que nos ofreció protección, y no ha cumplido, ese buscarruidos, ese.. no quiero llamarle por su nombre.. el marido de la Eugenia..

-¡Napoleón III!

-Así lo llaman los que creen en el imperio francés.. ¡Farsa, mujerío indecente!.. Pues en Madrid, digamos en Palacio, se habrán echado atrás, por influencia de la Inglaterra. ¿No cree usted lo mismo?

-Yo, señor Arcipreste, nada entiendo de esas cosas.

-¿Pero no saben que Inglaterra protege al Progreso y a la Masonería, porque así se lo manda el Protestantismo? Los progresistas cuentan con el apoyo de Inglaterra, protectora de la Unión Liberal, de O'Donnell, de Prim, y de este maldito Dulce, que manda en Cataluña.. La Inglaterra se ha metido donde no la llamaban, y Palacio se ha zurrado de miedo. La familia reinante usurpadora había entrado ya por el aro, aviniéndose al arreglo y transacción de los derechos de unos y otros Borbones; acordada estaba ya la forma y modo de establecer la gran Monarquía católica, perpetua y definitiva.. y ved aquí que los reinantes de Madrid dicen yo no juego, y se vuelven atrás, dejando a los leales en la estacada.. Ello habrá sido por metimiento de la Inglaterra.. Pues espérense un poco, que ya recibirán su merecido. Con el apoyo y el dinero inglés, los progresistas y O'Donnell y toda esa taifa darán cuenta del Trono.. Créalo usted, señorConfusio: hemos de ver a la Isabel emigrada y sin un real, teniendo que lavar la ropa de la Eugenia para ganarse un triste cocido.. No se ría, ángel, que eso lo verá usted, que es un joven, y yo también, que ya voy para viejo.. porque irá de prisa, muy de prisa, la descomposición y ruina de las cosas.

Se puso en pie con viveza juvenil, y abrió la puerta para llamar a su gente. «¡Eh, canalla, venid aquí!». Apenas entró la turba de gaznápiros, el Arcipreste dijo al que me había registrado la (p.7121) maleta: «Pon todo conforme estaba. ¡Eh!, colocar cada cosa en su sitio.. ¡Cuidado, bruto!..». Y a otros: «Tú, Gasparó, llevarás a casa la maleta. Tú, Rufulet, coge un farol y alúmbranos». Y a mí: «Señor Confusio, despache a su espolique y véngase conmigo». Salimos.. Andando entre bardales, por un caminejo de cuyos peligrosos altibajos me defendía la ondulante claridad del farol delantero, dije al que ya consideraba como amigo: «Señor Arcipreste, ignoro dónde estoy. ¿Es esto Ulldecona?».

-No, señor: esto es Rosell de la Cenia. Tengo aquí una masada, donde suelo venir a pasarme algunos días de campo con mi familia o parte de ella. El lunes me vine acá.. quería descansar de los berrinches de estos días, por el desembarco de necios y locos.. y de paso, dar gusto a las aficiones, al deber que uno tiene de no perder ripio.. ¿Usted me entiende? Me traje unos cuantos escopeteros con idea de acechar el paso de la Guardia civil.. Parece que olieron mi presencia, y se fueron por otro lado. Fácil nos hubiera sido merendarnos a los guardias, y lo mismo digo de la tropa, no siendo mucha.

Yo callé. Volví a sentir miedo del hombre en cuyo poder estaba.. Pero me dejé llevar de él confiadamente, pensando que la mejor regla de conducta en toda vida de aventuras es entregarnos a la desconocida voluntad del Destino, o de su hermana la Providencia. Sin hablar cosa de interés, pues no lo tuvieron las breves observaciones acerca de la molestia del viento y de la obscuridad de la noche, recorrimos en unos veinte minutos el camino que nos llevó a la masada, y en ésta, saludados de perros y recibidos por un viejo y dos mujeres, entramos en el caserón campesino, que al primer vistazo me pareció alegre, holgón, cómodo y bien abastecido para un vivir regalado. Del portal ancho, lleno de aperos, pasé a una gran estancia, donde vi una escalera de fábrica, que a los pisos superiores en dos tramos conducía; al fondo, otra pieza que era la cocina, con resplandor de fogata y excitantes olores de comida, y a derecha mano, un aposento blanco y espacioso con (p.7122) mesa ya puesta para tres personas. Allí nos metimos, y el señor Arcipreste, desembarazado de la gorra de piel y del capotón, se me presentó en toda su gallardía simpática. Era un hombre alto, sanguíneo, vigoroso, de perfecta escultura esquelética y muscular, arrogante de actitud, ardiente la mirada, garboso el gesto. Iluminado de lleno el rostro por la luz de una buena lámpara, su edad me pareció de más de cincuenta años, o de sesenta desmentidos por una salud venturosa. Era su color encendido, su nariz enérgica, su boca desconfiada, el cabello espeso, cortado al rape, y blanquecino por las sienes, la dentadura recia y blanca.

A la mujer de mediana edad que recogió el capote y montera, le ordenó que nos diese pronto de cenar, añadiendo: «Para este caballero y para mí solos». Su voz y su acento sonaban a dominante autoridad sin altanería. Otra mujer, de apacible madurez, puso la mesa, en que advertí blancura de manteles y fineza de loza que me causaron sumo agrado. ¡Y con el ama presente, ya eran dos las que yo veía! La tercera apareció después trayéndonos una sopa calduda, hirviente, con huevos, capaz de matar el hambre con sólo la rica fragancia que despedía. Mi apetito era monstruoso, como de náufrago perdido en una isla desierta. Pedí permiso al Arcipreste para caer sobre la sopa con devorantes ansias, y me lo concedió risueño, asegurándome que él haría lo mismo.. Y comiendo, no perdía yo la cuenta de las amas que veía, ni dejaba de observar el rostro de la tercera, que era bonita, aunque demasiado pálida, con cierto aire y mohín lacrimoso de Virgen de los Dolores, de buena talla, pero ya deslucidita de pintura y barniz.

De mis disimuladas observaciones me distrajo el señor Arcipreste, dándome noticias de su persona, antecedentes y circunstancias. «Por mi habla -me dijo- habrá usted conocido que no soy catalán. Hablo castellano, sí señor; he mamado esta lengua de los mismos pechos que Cervantes, el portento de la literatura, porque nací como él, en Alcalá de Henares, y allí me crié y viví hasta que, ya mocetón (p.7123) hecho, me llevaron mis padres a Híjar, tierra de Teruel. Ésta es mi patria efectiva, pues en ella fui hombre y recibí las órdenes sagradas, desempeñando varios curatos buenos, hasta que me trajo a este Arciprestazgo, diez años ha, mi amigo don Isidro Losa, de quien me viene mi conocimiento con la madre Patrocinio. Mi nombre es Juan Ruiz; añado a este primer apellido el de mi madre, que es Hondón, por lo cual unos me dicen mosén Hondón, y aquí, entre mis feligreses, se ha hecho moda, por aquello de abreviar y dar gusto a la lengua, llamarme Don Juanondón».

En esto vi que con el ama que empezó a servirnos entraba otra. ¡Ya eran cuatro, Señor! Y no era lo peor que fuesen cuatro, sino que la última, o sea la cuarta, era más joven, por lo menos más lozana que la parecida a la Virgen de los Dolores, y seguramente más bonita: una rubia ideal, de azules ojos, cara como las rosas, no muy alta de cuerpo, pero éste muy bien modelado en sus partes todas, y con admirable distribución de carnes en sus contornos y bultos, resultando de tales armonías una combinación feliz de la agilidad y el buen desarrollo. Allí se juntaban las dos bellezas fundamentales: la gracia y la salud.

 

Ep-37-XVIII -

Habían acudido al comedor las dos amas, sobrinas o lo que fuesen, porque eran necesarias a nuestro servicio. La joven de dorados cabellos mudaba los platos; la jamona, que era de buen ver, como un ocaso de dorada tibieza, descuartizaba unos pollos que pronto habíamos de comer. Los movimientos de una y otra no se me escapaban, aun poniendo las apariencias de mi atención en don Juan Ruiz, que así proseguía contando su novelesca historia: «En mi curato de Híjar, y antes en los de Albalate y Samper de Calanda, me hice querer de mis feligreses. Siempre fui bueno para ellos: a los pudientes respeté, y a los pobres favorecí cuanto pude. Estalla en esto la guerra, y.. Nada, que mi voluntad, lo mismo que mi convencimiento, me llevaron a la causa de don Carlos.. Fue un arrebato del corazón, ¡rediez! Me tiraba el campo de (p.7124) batalla. Yo era gran cazador.. Me sacaba de quicio la guerra, que es cazar hombres con hombres.. Combatí en la partida de Quílez: yo era el ojo y el caletre de la partida, yo su pie derecho, por mi conocimiento del país y de las vueltas de montes, las distancias, alturas, atascos y torrenteras.. Pues hice bravamente toda la campaña. Pregúntenle a Ramón Cabrera si cumplí o no cumplí.. Supe mandar, supe obedecer, supe dar recompensa y castigo.. Maté cristinos y urbanos, copé columnas, desbaraté batallones, y aunque usted se asuste, ángel, fusilé prisioneros, no uno ni dos.. No hay que asustarse.. Fusilé y aterroricé porque así me lo dictaba la ley de guerra.. Tiene el soldado su conciencia muy distinta de la conciencia del cura.. Nada tiene que ver una conciencia con otra.. Las vidas no suponen nada.. Por delante de las vidas ha de ir la Causa.. y Dios, que es la Causa de las Causas, mira por lo suyo..».

Esto decía acabando de comerse un pollito, pues era hombre de buen diente y mejor estómago. Yo tampoco lo hacía mal. Pidió el Arcipreste vino blanco; acudió la rubia con la botella, y cuando lo escanciaba en los vasos (que allí no vi funcionar el castizo porrón) oí su voz, que me sonó a gorjeo delicioso. El catalán hablado por mujer es una de las más bellas músicas de la boca humana. Así me ha parecido siempre, y más aún en aquella placentera noche.. La jamona sirvió después un plato de pescado, y al recomendármelo el Arcipreste como exquisito manjar, me dijo que dispensara la cortedad de la cena. ¡Cortedad, y tras el pescado trajo la rubia un plato de carnaza, y después ali-oli! ¿Señor, qué casa era aquélla?.. Como yo alabase la substanciosa y abundante mesa, don Juan Ruiz añadió a su relación histórica este dato interesante:

«¡Bendito sea Dios que me ha concedido un buen vivir! Sabrá el señor Confusio, que allá por el 41, un pariente mío por parte de madre, solterón y gran propietario en Belchite, murió.. Natural fue que cascara el buen señor, pues ya pasaba de los ochenta.. Me quería tanto, y era tan ferviente admirador de (p.7125) mis hazañas en la guerra, que me dejó por heredero de toda su hacienda, que no era grano de anís. Vea por qué vivo bien y doy buen trato a los amigos.. También debe saber que no soy tacaño ni guardador; no me excedo ni tampoco escatimo, y cerca de mí no hay pobre que no sea remediado.. Y en mi casa son tantas bocas a comer, que a menudo me equivoco en la cuenta de ellas. Las amas y sobrinas que me sirven, aquí se están hasta que quieren, o hasta que hallan novio con buen fin que pida casamiento. Yo a ninguna despido, y la misma regla observo con mis mozos de labranza, criados y medianeros. Verdad que también les exijo lealtad y buena conducta, eso sí, y el que no cumpla, ¡rediez!, se ha divertido».

Me encantaba aquel tío rudo y noblote, gran señor a su modo en la paz, como había sido esforzado paladín en la guerra. Durante su relación, ni un momento vi en él al sacerdote. En la punta de la lengua tuve este concepto: «Dígame, señor Arcipreste, ¿cuántas amas y sobrinas tiene?». Pero antes de pronunciar la primera palabra, vi la indiscreción de tal pregunta. Acabamos la cena no sin catar a la postre azucarados bollos, rosquillas de miel, con buen vino dorado, trasañejo. Salimos al central aposento, donde está la puerta de la cocina, la escalera que a las alcobas conduce, la comunicación con despensa, cuadras, patios y corrales, y allí nos repantigamos en un banco de madera, junto a ventrudas tinajas. De la cocina no podía yo ver más que el resplandor vivo de la lumbre, ni oír más que el rumor alegre de los que allí comían. Muchos eran, a juzgar por la variedad de voces. Parecíame que había más mujeres que hombres, y más juventud que vejez. En el desconcertado ruido distinguí voces castellanas entre el silabeo blando del catalán. Reconociendo en tales voces la innumerabilidad de las sobrinas del Arcipreste, creí que ellas me contestaban la pregunta que no osó salir de mis labios.

Encendimos buenos puros. Por las órdenes que dio don Juan a sus criados, entendí que saldríamos de madrugada, para estar en (p.7126) Ulldecona a las primeras horas del día. De pronto, el Arcipreste, volviéndose a la cocina, gritó: «¡Donata!». Y apenas sonado este nombre en la cavidad anchurosa, apareció una mujer en el hueco iluminado por la roja claridad del fogón. Salía sin presteza de la cocina, mascando el último bocado. Acudía con diligencia grave al llamamiento de su señor, como servidora que sabe no ha de ser reñida por tardanza o pereza. Fue para mí una visión sorprendente y deslumbradora. Creí ver la expresión sintética de la hermosura de mujer, tal como yo la soñé, sin verla nunca realizada. «Donata -le dijo don Juan Ruiz-, ya sabes que nos vamos antes de que amanezca. ¿Has guardado en las maletas todo lo mío que se ha de llevar? Anda, hija, ve y dispón todo: no olvides mis pistoleras; no olvides tampoco tu trajecito de payesa, ni mi sable, ni la caja de puros»..

Tragado lo que mascaba, la hermosa Donata (el nombre ya se había grabado en mi mente) habló en buen castellano endurecido por acento aragonés. Dijo que nada quedaba por guardar más que las pistolas, espuelas y otras cosillas; pero que al momento subiría para recogerlo. «Oye -le dijo el señor, cuando ya iba la beldad hacia la escalera-, se me olvidaba mandarte que arregles la cama para este señor en el cuarto de la esquina.. Podrá dormir cómodamente cuatro o cinco horas.. Oye, no corras tanto: ven acá. El cuarto de este señor lo arreglará Carmeta.. Vete tú a los demás quehaceres, y no te descuides». Subió Donata, y embobado estuve mirándola hasta que desapareció en lo alto de la escalera. Don Juan llamó entonces a Carmeta, una de las jamoncitas que nos recibieron al entrar, y repitió la orden de preparar mi descanso. Era esta ama bien parecida, conservada en una blanda madurez otoñal; pero después de ver a Donata, no había mujer tierna ni madura que hiriese mi atención ni cautivara mi espíritu.

Aturdido por la deslumbradora visión, no pude hacerme cargo de las diversas órdenes que para la partida dio el cura a las muchas personas que salieron confusamente de la cocina. Sólo (p.7127) entendí bien esta disposición: «Con vosotras, en la tartana de Quirico, que saldrá primero, irán Donata y Carmeta.. Conmigo y el señorConfusio, vendrán Toneta y Olegaria». Ésta era la rubia, Toneta la Dolorosa.. Mucho me incomodó la orden de que Donata no hiciera el viaje en la tartana donde yo iba. Pareciome ofensa, desconsideración, un desaire manifiesto, como lo fue asimismo el mandar que Carmeta y no Donata arreglase mi cuarto. ¡Vaya con el tío aquel, déspota celoso y bárbaro! Al entrar en el aposento que me destinaron, vi a Donata que de uno próximo salía con brazados de ropa. Se aproximaba con los ojos bajos; pero al pasar junto a mí los alzó para mirarme. ¿Estaba yo loco, o tenía razón al pensar que algo muy intenso quiso decirme con su fugaz mirada? Pasó veloz. El ruidillo de sus pisadas algo también me decía.

Encerrado en mi alcoba, excitadísimo y sin ganas de acostarme, a pesar de mi cansancio, vi a la guapa moza en mi mente con más lucidez que en la realidad habíala visto, y mejor podría describirla por el retrato mental que en mí llevaba, que por su presencia efectiva. Era más delgada que gruesa y más alta que baja, estatura y talle contenidos dentro del arquetipo de la humana belleza. Negros ojos, boca ideal, cabello abundante, recogido con helénica gracia, melancolía, desconsuelo, añoranzas, ambición de amor.. todo esto vi en su rostro, y con tan ricos elementos lo compuse.. El cuerpo de aquella divina mujer me revelaba la suma donosura, la soberana previsión de Naturaleza, la sabiduría del Criador.. Belleza tan acabada no habían visto nunca mis ojos.

Con más fatiga corporal que sueño me tendí vestido, y en el estupor letárgico que embriagó mis sentidos, algo como borrachera o vaporización de pensamientos, incurrí en el más extraño desbarajuste de las cosas reales. No diré que soñé, sino que creí sueño todo lo que me había pasado desde mis travesuras en la casa de El Nasiry hasta la hora presente; sueño, mi conversación con el renegado, mi salida de África, mi regreso a Madrid, mis (p.7128) careos y tratos con Beramendi; sueño, la conspiración absolutista y mi viaje para observarla; sueño, que yo estuviera donde estaba. Lo verdadero y real era que aún permanecía en Tánger, y que reposaba en el poyo de mi camarín sobre tapices morunos. Y allí recreaba mi mente con la imagen de Donata, que no era Donata sino Erhimo, la esclava de ideal hermosura, sólo comparable a los ángeles de los cielos católicos y mahometanos. En esclavitud vivía Donata, digo, Erhimo, y a mí me enviaba Dios para libertarla de la garra de El Nasiry, digo, del fiero sultán Mosén Hondón. Sonábame este nombre como el más bárbaro que pudiera inventar la rudeza oriental o marroquí. Era el tirano celoso y feroz que guardaba dentro de cerrados muros a la odalisca, y ésta quería libertad, y por Dios que yo había de dársela.

Salté del lecho, llamado por suaves golpecitos que dieron en la puerta. Era hora de partir. Yo no vi la mano cuyos nudillos hicieron la tocata en la madera. Pero mi adivinación prodigiosa me permitió afirmar que había sido Donata la que con el lenguaje de los golpecitos me decía: «Levántate, salvador mío, que ya nos vamos a donde podrás, con tu agudeza y mis advertimientos, sacarme de este serrallo y hacerme tuya». Cuando bajé, ya estaba la Donata ideal agazapadita en la tartana que había de conducirla con otras mujeres. Entre ellas vi a la que parecía Dolorosa, despintada y amarillenta pidiendo barniz. Fue una visión fugaz, a la débil luz de faroles, pues aún era noche obscura.. Partió la tartana, y en ella no pude ver bien más que los ojos de Donata, que ya se entendían maravillosamente con los míos. Don Juan Ruiz me ofreció café: lo tomamos juntos, acompañados de Olegaria, la rubia. En la mesa vi las tazas con poso de café, donde lo habían tomado las amas y sobrinas que iban delante. Reconocí, ¡oh inspiración!, la pieza de loza en que había puesto sus rojos labios mi odalisca.. ¡Oh!, la taza y sus sedimentos negros también me decían algo, que traduje del lenguaje porcelanesco al lenguaje humano. «Yo voy delante (p.7129) de ti.. Desde tu tartana mira el polvo que levanta la mía, y me verás en él.. Yo miraré el polvo que levanta la tuya, y te veré.. Cuando llegue a Ulldecona me ocuparé un rato en las cosas de la casa; luego iré a la iglesia.. Oigo misa todos los días.. Ve tú también a oírla, y en la iglesia nos veremos.. Ningún sitio mejor que la iglesia para que las esclavas y sus libertadores se pongan de acuerdo».

Salimos. Yo miraba el camino delantero; pero no veía el polvo de la primera tartana, sino el de otras que marchaban en contraria dirección. Las luces del alba me permitieron observar que el país no era nada bonito.. Me parece que vadeamos un río; no estoy de ello bien seguro. Mi espíritu atendía más a sus interiores paisajes y horizontes que a los de fuera. Don Juan Ruiz me habló de guerra más que de política. El día anterior se había entretenido con unos cuantos escopeteros de confianza en dar gusto a su afición favorita, que era la caza de hombres con hombres. No pudiendo hacer nada de fundamento, porque la Causa en aquella ocasión estaba perdida (tan disparatado había sido el movimiento) , intentaron gastar sus cartuchos en la Guardia civil y tropas que habían de pasar de San Mateo a Ulldecona. Pero les salió mal la cuenta: la fuerza del Gobierno se fue por otro lado, y los cazadores facciosos no cobraron más que un ratón. Yo sólo, el pobre Confusio, inofensivo, había caído en la celada. Añadió don Juan Ruiz que se iba desconsolado: hubiérale sabido a gloria copar a la Guardia civil en el paso angosto de Rosell de la Cenia, próximo a su masada. Pero la Providencia dispuso las cosas de otro modo. A su casa y parroquia se volvía el hombre tan tranquilo: los escopeteros, cernícalos de vuelo rápido, habían volado ya, cada cual a su nido en los montes de Godall y Muntciá.

Destartalada y fea me pareció la villa de Ulldecona, donde, según iba entendiendo, reinaba como sátrapa o cacicón mi amigo el Arcipreste. Ya era día cuando llegamos a la soberbia vivienda parroquial: junto a la puerta vi la primera tartana, que (p.7130) había llegado con veinte minutos de ventaja. Miré sus ruedas y atalajes blanqueados del polvo, y en todo ello leí el pensamiento de Donata, que me decía: «He llegado bien.. Búscame luego en la iglesia». Antes que mis ojos, que todo lo miraban, dieran con el templo, don Juan Ruiz me señaló un armatoste arquitectónico de diferentes estilos y pegotes que alzaba su insignificancia ostentosa no lejos de la casa.

Entramos: la casa es grandona, laberíntica, resultante de varios edificios comunicados interiormente, con distintas alturas de techo, diferencias de nivel en los pisos. No se va de una parte a otra en aquella jaula de cal y canto sin dar vueltas y quiebros de sala en sala, y bajar o subir escalones. Plano y brújula necesita el huésped de esta mansión misteriosa y dramática. Pasada la primera impresión de aturdimiento al verme llevado por aquel interior tortuoso, la casa fue muy de mi gusto. En ella vi escenario romántico; supuse escondrijos de citas amorosas, dorados camarines invisibles, recogimientos de harén.. Por aquellos desiguales recintos vi que iban y venían mujeres muchas, las de la masada y otras. Vi ancianas, niños de ambos sexos. Era un mundo, un microcosmos la casa de Don Juanondón, Arcipreste, Patriarca y Califa.

Invitome mi huésped a tomar chocolate; él no lo tomó, porque tenía que decir misa. No quise recordarle que había bebido café en la masada; en lugar de esto, le pregunté con mucho interés que a qué hora diría la misa, pues yo deseaba oírla. Respondiome que antes de una hora saldría al altar.. Nos hallábamos en una pieza como de tránsito, que daba acceso a diferentes salas y a dos corredores, y desde allí vi a las chicas que pasaban y repasaban, como solícitas hormigas, ocupadas en el trajín casero. Vi a la Dolorosa, a la rubia, a otras menos bonitas; pero a Donata no vi. Estaba yo elogiando la diligencia y laboriosidad de las incontables sobrinas del señor Hondón, cuando pasó por allí la jamoncita Carmeta con un cubo de agua y estropajos para lavar el suelo de baldosines rojos. Don Juan Ruiz le (p.7131) dijo con dureza: «¡Buena tenéis la casa! Hoy.. bien puedes decirlo a todas.. no me ponéis los pies en la calle, haraganas. Y como no es día de precepto, no tenéis por qué ir a misa. La Toneta y la Donata irán si quieren; las demás a la obligación, que es primero que nada..». Sin chistar oyó Carmeta el réspice: se fue a una pieza próxima, donde había suelos que lavar. Don Juan Ruiz me dijo: «Tengo que estar siempre encima de estas mozas para combatir la ociosidad.. Son buenas, sencillotas; pero no puedo descuidarme. En cuanto se las deja hacer su gusto, se pasan el día de charloteo.. Algunas tengo que se inclinan a la beatería; pero a éstas hay que dejarlas en su gusto de lo espiritual, y no quitarles de la cabeza las devociones extremadas, porque con el pío pío del rezar continuo llegan a ser unos pobres ángeles.. y de los ángeles hace uno lo que quiere».

 

Ep-37-XIX -

No eché en saco roto la lección del Arcipreste, pensada y dicha en conformidad con su sistema de vida, y aplicada por mí a ideas y planes de orden muy distinto. Él quería decir que las chicas embebecidas en vanas devociones son fáciles al dominio de quien posee la clave de lo espiritual, y que por tal camino sabía él traerlas al rigor de los deberes domésticos y a la corrección externa y visible.. Atento a mis propósitos, en cuanto mi huésped me dejó solo (por haberse ido con Olegaria a la inspección y revista de su bien poblado gallinero) , me metí en la iglesia, que era, conforme a los gustos de la moderna piedad, sombría, casi lóbrega, invitando a somnolencias dulces y a borracheritas de la mente. Vi trozos del esqueleto de una robusta arquitectura, mutilada, recompuesta, vestida de mil requilorios ornamentales y de bárbaros colorines; vi santos en paños menores y profetas barbados, de cara fosca; vi un altar mayor, cuya sencillez elegante se perdía tras un matalotaje de cortinas, arañas, candelabros y pabellones; vi en la cabecera de la nave lateral un altar de la Virgen, que era la más descabellada y furiosa expresión del churriguerismo, obra, al parecer, de (p.7132) pastelería, compuesta de delgados y retorcidos bizcochos, de hojaldres quebradizos, de dorados y relucientes caramelos. La santa imagen apenas se distinguía entre la chillona profusión de metales, tisúes y flores de trapo, rodeada de ángeles de pastaflora y ex-votos de mazapán que la comprimían y ahogaban.

Bajé después hacia el pie de la misma nave, donde vi, en soledad tétrica, olvidado de la devoción, un Cristo de espantosa anatomía, de espeluznante horror traumático, piernas y brazos en carne viva, con cárdenos bultos y cuajarones de sangre, que resultaban de una realidad viva por la reciente mano de barniz. Su cabellera natural, despeinada y polvorienta, le caía sobre el pecho. No tenía velas encendidas ni apagadas en su altar desnudo, baldío.. Cuando pasé hacia la capilla bautismal, entró Donata, ¡ay, qué hermosa!, con su velito negro, en las albas manos el Ordinario de la misa. Acudí a darle agua bendita, y cuando sus dedos de los míos la recibieron, me miró sin sorpresa. Sin duda me esperaba. No me equivoqué al pensar que su mirada placentera me decía esto: «yo rezaré a la Virgen; haz tú lo mismo, y con el rezo mudo y sin mirarnos, nos entenderemos hasta que llegue el momento en que podamos hablar». Avanzó ella hasta la capilla de la Virgen. Yo me quedé en la nave central, debajo del púlpito, sitio reservadito desde el cual, protegido de la penumbra, podía ver a Donata y cebarme en la contemplación de su interesante figura. La vi de rodillas; al levantarse para tomar asiento en un banco, observé en su movimiento perezoso la intención de buscar un propicio instante para mirarme. Y una vez sentada, aprovechaba ella todo ruido de gente que entraba o salía, para mover su cabeza y producir el divino cruzamiento de su mirar con el mío. Mientras permaneció sentada, no cesaba el flecheo; jugamos a la pelota con nuestras almas mandándolas de un lado para otro.

Salió el coadjutor a decir misa. Donata la oyó de rodillas, y en todo el oficio nuestra comunicación fue puramente espiritual y magnética. Sus ojos mantuvieron en el (p.7133) carcaj del disimulo todas sus flechas. Pasada la misa, ya sacamos alguna, y tiramos con gran tensión de arco. Poco duró este grato ejercicio, porque salió don Juan Ruiz a decir su misa en el propio altar de la Virgen. Me pareció prudente retirarme de mi gazapera bajo el púlpito.. Desde mayor distancia, resguardado por un grupo de hombres, vi y admiré al Arcipreste revestido con espléndida ropa. Era rito encarnado, y estaba el hombre guapísimo, interesante, casi majestuoso. Celebraba de prisa, mas sin quitar al oficio su poesía y solemnidad. Al volverse al pueblo, su mirada intensa parecía recoger en conjunto la voluntad de todo el rebaño que delante tenía. Y véase un caso que no vacilo en llamar aberración de mi pensamiento. Por la mirada, en el momento de decir Dominus vobiscum, por las líneas de su rostro más caballeresco que místico, don Juan Hondón se me pareció a El Nasiry. Sin fijarme en la diferencia de ropaje, calidad y estado, ni en que el uno tiene barbas y el otro no, encontraba yo gran semejanza entre los dos caballeros renegados. ¿Por ventura la semejanza moral no era aún más efectiva y patente?

Terminada la misa, y cuando salía la gente, vi que Donata se metió en la sacristía de la capilla. Con ella entró también Toneta, de mustia cara, parecida a una Dolorosa retirada del culto. Comprendí que las dos eran camareras de la Virgen, y que la vestían y desnudaban de sus bordadas ropas, y le adornaban el pastelero altar. Tentaciones tuve de colarme tras ellas; pero las refrené pensando que de nada me valdría mi entrometimiento, pues no había de encontrar a Donata sola. Sospechando que el camarín de Nuestra Señora tendría comunicación con la rectoral por patios profundos interiores, y que era inútil esperar más, salí despacio de la iglesia, y me entretuve hablando con unas viejas que en la puerta pedían limosna. Les di cuartos, y sin entender su lengua más que a medias, departí con ellas de la capacidad de la parroquia, y de la virtud y llaneza de las sobrinitas del señor Arcipreste. A este propósito, dijeron algo que (p.7134) no llegó a mi conocimiento por no poseer bien la lengua catalana. Yo les hice repetir sus dichos para traducirlos; ellas los repetían y ampliaban con el feo sonreír de sus desdentadas bocas, que para expresar la malicia tenían que imitar al buzón del correo; y estando en esto, oí la voz del Arcipreste y las dos muchachas, que salían de la iglesia. Corté mi conversación bilingüe con las viejas, y estreché la poderosa mano de don Juan Ruiz, felicitándole por el arte exquisito con que en su misa hermanaba la brevedad con la edificación.

Llamado al pueblo el Cura por negocios graves, no podía entretenerse. En la misma puerta de la iglesia se despidió de mí, y mientras él se perdía en una calle estrecha, las muchachas y yo seguimos hacia la casa. La suerte me favorecía, porque habiendo ya charloteado con la Dolorosa cuando nos sirvió el chocolate, fácil me fue entrar en conversación, y lo hice con el tópico de rúbrica, que era la hermosura de la Virgen y el lindísimo adorno de su altar. Toneta me habló con desahogo; Donata, cohibida y medrosa, no echaba de su linda boca más que los mugiditos de la timidez: «Sí.. naturalmente.. eso es.. ¡Oh!, no.. ¡Oh!, sí..». Entramos. Yo me sentí con ánimos para obtener de la ocasión las mayores ventajas, siempre que no sobreviniesen entorpecimientos invencibles.. Cuando avanzamos por las primeras salas de la mansión laberíntica sin encontrar a nadie, Toneta se adelantó rápidamente; escabullose por un pasillo con recodo, y solos nos quedamos Donata y yo en una pieza, que era el obligado paso para mi habitación.. ¿Fue la escapada de la Dolorosa un quiebro convenido entre las dos para dejarme solo con Donata? Si no fue ardid preparado, lo pareció, y me apresuré a sacar de la instantánea soledad todo el partido que me ofrecía.. En mí sentí la inspiración, la sublime audacia de un caudillo que en la violencia de la primera embestida ve la más segura probabilidad de victoria.

Creo que no pasaron más de dos segundos entre el verme solo ante Donata y el arrancarme a los increíbles atrevimientos (p.7135) de palabra que voy a referir. En un monólogo brevísimo, mental relámpago, me dije: «Ésta es la mía.. Inspíreme Dios.. y deme el logro feliz de esta grande aventura». Donata se dirigió con paso lento a una puerta de cuarterones que no sé a dónde conducía.. Yo corrí hacia ella diciéndole: «No tenga prisa, Donata, y espérese un poquito, que tengo que hablar con usted». Como estatua quedó ella, la mano en la puerta.. y yo seguí: «En la calle dije que es bonita la Virgen.. Más bonita es usted, Donata. Ni en la tierra ni en el cielo hay mujer que se iguale a usted en hermosura..». La exageración de mi arrebato le facilitó la respuesta, que había de ser de incredulidad y burla. Su condición de señorita inocente, u obligada a simular inocencia, no podía inspirarle más que esta salida: «¡Ay qué pillísimo!.. ¡Ay qué desvergonzado.. ¡Y también blasfemo!».

-Perdóneme usted.. No sé lo que digo.. El amor que prendió en mí desde el instante en que mis ojos vieron a Donata es hoguera inextinguible.. Mi razón se turba, mi conciencia se obscurece.. Ni me acuerdo de la religión, ni respeto las cosas santas. Todo se borra en mi mente.. No veo más que a Donata, que es el cielo, la gloria, la salvación de mi alma.

-¡Por Dios.. Jesús!.. ¿Está loco? -dijo ella, sin salir de las muletillas que el decoro impone a una muchacha honesta.

-La salvación de mi alma he dicho, y no me vuelvo atrás.. Sin usted no quiero salvarme, ni vivir siquiera.. Al infierno entrego mi corazón, abrasado por los ojos de una mujer. Donata, sea usted piadosa.. impida mi condenación eterna..

-¡Virgen Santísima! ¡Ay qué locura de hombre!.. Modérese.. ¡Cómo había yo de creer..! Entre en razón..

-De usted depende que yo vuelva a la razón. Dígame que sí, dígame que puedo esperar.. que algún día podrá usted quererme.. que sí, Donata, que sí.. Pronuncie usted el sí, dos letras, que de la boca se salen solas a poquito que su voluntad las empuje.

-¿Pero cómo he de decirle que sí? ¡Oh, eso no puede ser!.. ¡Que sí!.. Usted no se hace cargo..

Dijo esto poniéndose muy (p.7136) seria. Su palidez y gravedad la embellecían más. Yo eché el resto con estas ardientes expresiones: «Donata, no me diga usted que no.. dígame siquiera que lo pensará, que verá.. Pero un no redondo no me diga, porque ese no sería mi muerte».

-Bueno, bueno: no se apure.. Para que se le vaya quitando la furia, no diré elno.. Vamos, debo decirlo; pero lo callo por ahora.. Pero el sí tampoco se lo digo.. ¡No faltaría más! Usted mismo, si yo dijera el sí, no pensaría de mí nada bueno..

Del corredor tortuoso vino un ruidillo no sé de qué, de toses, de pasos, quizás rumor de las puertas de casa vieja, que suenan como enigmáticas palabras de duendes. Donata desapareció como si se filtrara por la pared, y yo me quedé solo en la destartalada estancia.. Mis ojos se fijaron, sin darse cuenta de lo que veían, en un cuadrángano vetusto, colgado en la pared. Mirando después con gran atención, he visto en él informes bultos, que lo mismo pueden ser frailes que sacas de carbón. Todo es allí negro y fúnebre.. ¡Atrás, expresiones de muerte! Dad paso a la vida.

A mi cuarto me recogí, y en verdad que no estaba yo descontento del ímpetu temerario con que inicié mi aventura. Herida vivamente en su voluntad y en su corazón había quedado la bella Donata, y yo con más ardor prendado de ella. Ya me parecía que la conquista de tan linda mujer era cosa segura, y no pensaba más que en las paralelas que había de empezar a poner aquel mismo día para llegar a la posesión de ella y hacerla mía y llevármela, que éste había de ser el airoso remate de tal empresa. Lo que no pude hacer en la casa de El Nasiry, quizás por las marrulleras artes del guasón renegado, lo haría en la de don Juan Ruiz, cuya semejanza con el español africanizado cada día se representaba en mi mente con más vigor. Los harenes europeos no están tan cerrados al soborno y a la captación como los africanos, y sus odaliscas o barraganas no se hallan tan cohibidas para pedir al mundo externo su salvación, siempre que haya valientes caballeros que en esta honrada empresa pongan toda la energía de sus bien (p.7137) templadas almas.

La primera paralela puse aquel mismo día, escribiéndole una carta con todo el fuego de amor que mi ambicioso anhelo me dictaba. Cada concepto era una flecha capaz de atravesar corazones de piedra. Y firme en mi idea de que la presteza y resolución rectilínea me conducirían a un rápido triunfo, desde aquella primera carta le propuse la evasión, el rapto, el cambiar su vida prisionera por la libertad y el amor, huir juntos en busca de la paz y la felicidad a regiones distantes. Bien sabía yo que a la primera carta contestaría negativamente o con alambicados melindres; pero a la segunda y tercera seguramente se desplomaría su voluntad, y allí estaban mis brazos abiertos para recogerla y escapar con ella. Doblé y cerré la epístola en la forma más breve, y ya no me faltaba más que una coyuntura propicia para entregársela, la cual al cuidado de Dios estaba, y no tardó en presentarse.

Comimos aquel día solos don Juan y yo, servidos por una jamona pasadita, nombrada Monsa, y por la que yo llamo la Dolorosa. La comida fue opípara. Como yo expresase a mi huésped mi sorpresa de encontrar trato tan exquisito y mesa tan señoril en un pueblo casi rústico, y en región como aquélla, donde parece muy lenta y premiosa la evolución de las costumbres, me dijo que él había recibido la enseñanza del buen vivir, y de las comodidades y limpieza de casa, mesa y demás, de un prócer que fue muy su amigo en la guerra pasada, a quien llamaban don Beltrán de Urdaneta, dechado y tipo de caballeros aragoneses, el cual a mí quizás no me sería desconocido, porque su nombre y hechos andan en papeles, y aun en un libro donde se refieren las gestas de Cabrera en el Maestrazgo. Aquel noble señor, tan entendido en cosas del mundo y de la civilización extranjera, dio a don Juan lecciones del arte de comer y de cuanto atañe a tenimiento de casa y al buen porte y modales de persona fina. No fueron perdidas por mosén Hondón las enseñanzas del caballero, y cuando fue rico puso en ejecución toda la ciencia, que, una vez probada, le pareció (p.7138) admirable para ir pasando los días en este valle de lágrimas. «Antes de que me cogiera de su cuenta el gran maestro -añadió don Juan Ruiz-, yo no sabía salir de la rústica ignorancia y sencillez grosera de los pueblos en que me crié. Para mí no había más mundo que la cocina con su enorme campana, el ollón sobre el fuego, alimentado con fajuelos, el candil de aceite, las cadieras, la bazofia que comíamos, y luego el dormir en camas altísimas con apretados colchones.. En fin, tras aquello vino esto, gracias a don Beltrán, a mi herencia y al natural mío, que desde niño con secretas voces me tiraba a lo rumboso y elegante. No me pesa de ser como soy, que así puedo obsequiar dignamente a los amigos, y sorprendo a los forasteros, como usted, dándoles en este villorrio las comodidades y el trato y trote de las poblaciones ricas».

Pareciome excelente lo que el cura me decía, y queriendo yo también darme alguna importancia, ya que alardear no puedo de buen vivir, díjele que mi lujo era el saber y mi elegancia el estudio. Desde mi tierna infancia no había para mí mayor goce que el manejo y lectura de libros. Alabó don Juan Ruiz mis gustos, que nada encaja tan bien en la conducta señoril como dar aliento y protección a la gente estudiosa. La benevolencia del clérigo, excitando mi amor propio, fue causa de que se me desbordara la fácil erudición que poseo. Sin que viniera muy a cuento, le solté a mi amigo un chaparrón de Teología, de Tomismo, y al fin todo lo que sé del Concilio de Trento, por haberlo leído en el camino.. Pronto eché de ver que el Arcipreste se aburría con mi ciencia; fui recogiendo mi verbosidad, y acabé rogándole que me permitiera entretener mis ocios en su biblioteca. Soltó la risa Hondón, y con graciosa sinceridad me dijo: «Criatura, yo no tengo biblioteca, ni me hace falta para nada. Jamás abro un libro, porque sé que en él he de encontrar lo que ya sé, o sabidurías enrevesadas que, por razón de mi edad, ya no puedo aprender. Mi biblioteca, señor Confusio, es la Humanidad, y mis libros las flaquezas, las pasiones, las (p.7139) envidias, las luchas humanas por el pan o por el palo.. ¿Le parece a usted que esto no es estudiar, y afilar uno las ideas, y quemarse las pestañas?».

 

Ep-37-XX -

Mi respuesta, puramente mental, a los métodos científicos del Cura, fue así: «Conformes, amigo Ruiz. Yo también revuelvo esa biblioteca y compulso esos libros. Pues ahora vas a ver cómo de tus estantes te quito el libro más substancioso, más inspirado y profundo, el estampado con más lindos caracteres, porque ese libro me gusta a mí, y quiero leérmelo y desentrañar su ciencia honda y su intensísima belleza». En efecto: don Juan Ruiz se fue a sus quehaceres en la ciudad, y yo, solo en la casa, hice de ella un estudio topográfico, bajando luego a las huertas amenísimas y al gallinero populoso. Hallándome en la admiración de éste, tuve la dicha de que Donata me diera la contestación a mi primera carta. Entró ella a recoger huevos, y al salir, de la misma falda en que los llevaba sacó el papel, y ruborosa me lo dio, suplicándome que no le escribiera más. Yo le dije que esto no podía ser, y que al día siguiente se dispusiera a recibir la segunda en la iglesia. En sus ojos y labios puso los más graciosos remilgos para decirme que no volviese a escribirle. Pero harto comprendía yo que los remilgos significaban: «Escríbeme más, y mañana recogeré tu carta en el momento de tomar el agua bendita».

Deliciosa era la epístola, que con su sintaxis pueril y su anarquía ortográfica me representaba la mujer tal como mi amante ambición la requería. Cierto que no se omitían en ella los inevitables aspavientos pudorosos, ni la monadita de espantarse de mi atrevimiento; pero luego venía la confesión de que era muy desgraciada, y el temor de que sus desdichas no pudieran tener remedio. Entre col y col, decíame que yo no le era hindiferente, y que me agradecía mucho la idalguía de querer libertarla; pero que no podía ser, y vuelta con que no podía ser.. En fin, leída la carta en la soledad de mi cuarto, me apresuré a redactar la segunda, esmerándome en hacerla (p.7140) más incendiaria que la primera, y más arrebatada en la elocuencia de amor. La semejanza de Donata con la imagen que me forjé de la bella Erhimo era cada día más patente. Yo vestía mentalmente con el traje oriental a la sobrina, o lo que fuera, del señor Arcipreste, y veía realizado en su rostro y talle la suprema hermosura de mujer, sintetizando los ejemplares más perfectos.. Sus ojos son todo el cielo, su boca toda la vida existente entre cielo y tierra, y de su seno para abajo los profundos abismos de creación, donde nacen los ángeles. Yo estaba loco; yo amaba tiernamente a Donata, con ilusión de poesía, y con el santo anhelo de fundir ésta en la prosa de la vida común.

Al siguiente día, realizado el plan presupuesto, entregada la carta en la obscuridad junto a la pila, oída la misa, salimos todos con don Juan; pero éste, en vez de dejarme ir a la casa con Donata y la otra, que no era Toneta, sino Olegaria, me llevó consigo por el pueblo. Entendí que iba, como el día anterior, a quehaceres importantes, enfadosos.. Sorteando baches y montones de basura, recorrimos angostas calles sin empedrar, que me recordaban las de Tánger y Tetuán. Por donde quiera que iba don Juan Ruiz, era saludado con respeto: hombres y mujeres le abrían paso, y le besaban la mano los chiquillos, homenaje de que yo participaba alguna vez, por mis trazas de curita vestido de seglar. Con diversas personas que encontramos cambió el Arcipreste animadas observaciones acerca de la cosa pública. A dos payeses arrogantes y de buena ropa les dijo: «Parece que a Ortega le condenan a muerte», y los otros no mostraron asombro ni lástima. Luego, llegados mi amigo y yo a una plazoleta solitaria, nos detuvimos un instante, porque así lo quería el interés que tomó de súbito nuestra conversación.

«Bien merecido le está -declaró mi amigo-. ¿Qué menos pueden hacerle a ese tarambana de Ortega que pegarle cuatros tiros? Figúrese usted que se plantó aquí con los batallones de la guarnición que tenía en Palma de Mallorca; los embarcó como quien embarca sacos (p.7141) de almendras, sin decirles: «vamos a esto, vamos a lo otro». ¿Qué había de suceder? Llegan a San Carlos a media noche. ¿Él qué se creía? Que le esperaban aquí tropas sublevadas; que toda Cataluña estaba en armas, y que Madrid había dado el grito.. Ni Madrid dio ningún grito, ni aquí estábamos en pie de guerra, porque no se preparan esas cosas como preparamos una merienda, ¡rediez!.. El que dio el grito fue Ortega al saber que O'Donnell ha firmado la paz. Gritó sálvese el que pueda, mientras las tropas que trajo gritaban ¡Viva Isabel II! En fin, ello fue, señor Confusio, el mayor desastre y la chiquillada más necia que se ha visto desde que hay facciones en el mundo.. Huyó don Jaime Ortega.. ¡qué había de hacer el hombre!.. Hubiera sido Cabrera el desembarcante en la Rápita, y yo le juro a usted que, aun viniendo solo, no habría tenido que escapar como un colegial travieso. Pero ese botarate, ese Orteguita, que se deja engañar por los de la Romana, tal vez por algún comisionado de Francia, quién sabe si por algún catacaldos venido de Madrid, y luego engaña él a su vez tontamente a Montemolín y lo hace venir de Marsella, ¿cómo pudo creer que los leales de acá le íbamos a recibir armados y organizados?.. ¿Para qué, rediez? ¿Para que nos pudriéramos la sangre en esa Cataluña y en ese Aragón, y echáramos el bofe sin resultado alguno?.. No puede ser.. con estos locos no puede ser.. La Causa seguirá dormida.. y dormiremos hasta que suene la hora. La trompeta que ha de tocar la hora está enfundada».

-Bien -le dije-: muy santo y muy bueno que estén enfundadas la trompeta y las armas; pero la humanidad, señor Arcipreste, no debe estarlo. No me negará usted que por la Causa condenan a muerte al desdichado Ortega. ¿Por qué, cuando el hombre salió azorado y huido, no le dieron ustedes escondite para que pudiera salvar la pelleja?

Bien porque se cansara de la paradita, bien porque había de pensarlo un poco antes de darme la respuesta, el Arcipreste me cogió del brazo, y silencioso me llevó por una calle torcida, de vulgares y (p.7142) pobres casas, hasta llegar a una de aspecto vetusto, con una puerta que había sido monumental y conservaba ornamentos heráldicos ya carcomidos del tiempo. Allí se detuvo, y bajando la voz, aunque nadie había en la calle que oírnos pudiera, me dijo: «No tienen todos los locos y majaderos derecho a que se les ampare y se les libre de la muerte. ¿De dónde ha salido ese Ortega? ¿Dónde está su abolengo carlista? Nosotros no podíamos atender a su escondite, porque teníamos que mirar por otros majaderos de más cuenta, el Rey y su hermano, que tan sin tino se metieron en esta malandanza. Bastante hemos hecho, ¡rediez!, con salvarlos del bochorno de ser cogidos y avergonzados en público por esta canalla del Gobierno. Y salvos quedaron gracias a mí y a otras buenas almas que miran por la Causa. ¿Para qué estábamos en Rosell de la Cenia más que para cortarle el paso a la Guardia Cívica que venía, según supimos, al olor de las cabezas reales? Mientras allí estaba yo con mis aguiluchos de confianza, otros condujeron al Rey y Príncipe a Vinaroz, desde el arrabal de Ventalles, donde los teníamos escondidos. Y en Vinaroz se había preparado un falucho; del falucho pasaron a un vapor, y allá se fueron mares adelante. Ya ve el amigo Confusio que hemos apurado nuestra humanidad para sacar del atascadero al Soberano. A ese Ortega que lo salve su madre, si la tiene, o Napoleón de Francia, o sálvelo la Isabel, que es de corazón blando, según dicen.. Con que, amigo y tocayo, yo en esta casa me quedo, que tengo que visitar a la vieja más cócora de esta villa, una Trotaconventos y Tragahostias, que me tiene frita la sangre con un pleito.. un enredo de intereses.. Ya le contaré. Es tía de aquella Donata, de aquella pobre huérfana que tengo en casa.. Abur. Váyase usted a dar la vuelta grande del pueblo. ¿Ve usted ese callejón y al fondo unos árboles? Sale usted por aquí, y se encuentra en el convento de Santo Domingo.. Ya no hay frailes, ni falta que nos hacen. Ahí verá usted una olmeda. Es sitio ameno. Después, tirando a la (p.7143) izquierda, por una calle con porches, vuelve a entrar en el pueblo, y derecho, derecho, sale a la parroquia, y a casa.. Ea.. no se vaya a perder».

Metiose por el portal, y yo seguí el camino que me había indicado. Vi el convento, la olmeda: todo me pareció tristísimo y de vulgaridad villanesca, bien porque así fuese, bien porque, llena mi alma de la hermosura de Donata y del ansia de su conquista, no había forma ninguna de la Naturaleza que pudiera serme grata. No sé por dónde anduve.. Mis pies me llevaban a donde querían, y al fin, por ejidos polvorosos, por calles costaneras, lleváronme a la parroquia sin que mi voluntad les ordenase aquel camino. A la vuelta de un recodo, vino sobre mi vista la torre de la iglesia, como si diera algunos pasos a mi encuentro.. Vi la casa, cuyo negro frontis pareció sonreírme.. ¡ay!, y en efecto, me sonrió, porque vi a Donata en una de las ventanas altas sacudiendo una colcha.. Miré a la colcha y a Donata sin decir nada; después seguí hacia la puerta, afectando la mayor indiferencia, porque había gente en la plaza: el coadjutor, una mujer y un burro.. mejor será decir un aguador que lo llevaba.

En mi cuarto aceché el paso de Donata por las estancias próximas; mas no la vi. Todas las hembras jóvenes y maduras de la populosa familia del Arcipreste pasaron, menos la que era luz de mi vida. Sin duda se ocupaba en contestar a mi carta, faena para ella lenta y difícil por la torpeza de su escritura. Llegada la hora de comer, salí antes que me llamasen. El señor Arcipreste no había vuelto aún, desusado y rarísimo caso que sólo en ocasiones extraordinarias ocurría. Advertí en las amas y sobrinas un ceño de inquietud; iban de un lado para otro interrogándose con fugaces monosílabos; enfilaban desde una ventana la calle frontera y larga por donde el reverendo había de venir. Pasaba tiempo, y cada minuto aumentaba la incertidumbre y ansiedad del rebaño mujeril.. Oí cuchicheos en los corredores, como si celebraran consejo para adoptar alguna resolución.. Por fin, Olegaria, que estaba de centinela en la (p.7144) ventana, volvió gozosa con el feliz anuncio de que ya venía.. ¡Oh!, ya venía, ya entraba en la casa; ya se sentía el resoplido del león en el portal, en la escalera.

¡Por las once mil Vírgenes, cómo venía el buen señor! Daba miedo verle.. Despavoridas huyeron hacia la cocina las chicas, las grandes y medianas, y yo temblé viendo la cara que traía mi don Juan, y observando los gritos y patadas que fueron su entrada y saludo en la patriarcal vivienda. Algo debió de pasarle aquella mañana, que le sacudió los nervios, le encendió la sangre, y desató la mal enfrenada bestia de su genio mandón y arbitrario. Pidió la comida con fuertes voces, tiró el gorro, se quitó el balandrán como un estorbo para sus manotazos, y cogiéndome cual si quisiera pegarme, me llevó al comedor y a la mesa, diciendo: «¿Qué es esto, rediez? ¿No comemos hoy?..». El hombre se salía, por decirlo así, de su pellejo. Creyérase que en su alma llevaba una gran tempestad, más terrible por ser de esas agitaciones del corazón y de la mente que a nadie pueden comunicarse. Sus ojos despedían lumbre, limpiábase el sudor del cogote, rechinaba los dientes apretando las mandíbulas, dejaba caer sobre la mesa la palma de su mano con tanta fuerza y pesadez, que temblaban de susto los pobres platos, vasos y copas. «Serénese, don Juan -le dije yo, no menos trémulo que la loza-. Coma tranquilo y no se altere por tan poco. ¿Qué es ello?.. El pleito, la vieja cócora..».

Y él, después de quemarse con la primera cucharada de sopa, gritaba: «¡Por vida de los cojilondrios, esta sopa es puro fuego!.. ¡Pero, chicas!.. ¿qué puñaletes de sopa es ésta?.. Os voy a matar, os voy a arrancar el moño, haraganas, hijas putativas del infierno..». Y volviéndose a mí: «Loco me tienen ya. A todas de buena gana las fusilaría.. y a usted también, señorConfusio.. ¡a usted, cuatro tiros!.. Hoy estoy tremendo, estoy como en los días peores de la guerra; hoy me han sacado de quicio, han desencadenado a la fiera que Dios me puso dentro».

Traté de sosegarle, y deseando hurgar su enojo para saber la (p.7145) causa, le dije: «¡Que una vieja Trotaconventosy Tragahostias le sulfure a usted de ese modo.. por un pleito de reales mezquinos!.. Calma, mi amigo; no turbe su digestión por esas bicocas..». (p.7146)

-Sí, sí.. Son como viejas.. dos viejas, que mejor estarían hilando que saliendo a pescar coronas.. La culpa tiene quien da su vida por tales y tales.. ¡Qué cojilondrios!, ya no más, ya no más.. ¡Váyanse a la porra, a la santísima porra.. con cien puñales de peines.. y con la maldita leche que mamaron de su madre putativa!.. ¡Quieren que me ponga las botas! Para darles un puntapié me basta con las zapatillas, o con los zapatrancos que gasto para andar sobre terrones.

No conseguí aplacar su furia. Para acabar de arreglarlo, las pobres mujeres, aturdidas quizás por la tardanza del señor, descuidaron la comida. La escudella, que solían servirle al cura dos veces por semana, estaba sin sal; la pelota de carne, parte principal de aquel popular condimento, había quedado medio cruda; la saboga, sabroso pescado ribereño, quedó hecha papilla del exceso de cochura, y, por fin, el asado del pato de los juncales, coll-vert, se había quemado y amargaba. Resistió el fiero don Juanondón, sin protesta ruidosa, la ruindad de los primeros platos; pero al llegar al coll-vert, que era manjar muy de su gusto, estalló su ira en la forma más descompuesta. «Esto ya es zurrarse -gritó, poniéndose en pie con gallarda impavidez de guerrillero frente al peligro-. Canallas, cuerpo de liberales, ¿qué porquería es ésta que traéis a vuestro amo? ¿Qué cojilondrios hacéis todo el día, bigardonas, zarrapastros?.. ¿En qué pindonguerías pasáis el tiempo? Así os vea yo comidas de tiña. ¡Fuera de aquí, perras, ladronas, hijas de malas madres!..». Escupiendo estos despropósitos, cogió platos, vasos y lo que más cerca de su mano encontraba, y empezó a descargarlos como proyectiles de mano contra las infelices que le servían. Como en gran número habían acudido al vocerío y escándalo, todas fueron blanco de la rociada. Las piezas de loza (p.7147) volaban por el aire y se estrellaban contra la pared, o en el cuerpo de las consternadas mujeres, que defendían su rostro con las manos, chillando furiosamente; los cascos de porcelana, los pedazos del pato, el salero, los tenedores, la ensalada, iban cayendo aquí y allá, y las amas y sobrinas huyeron despavoridas hacia el interior con lamentos de resignación más que de ira. Vi a Donata, que fue de las últimas en huir, y oí bien claramente su voz que gritaba: «¡Santa Virgen!, ¿qué culpa tenemos nosotras?..».

 

Ep-37-XXI -

Ciertamente: ¿qué culpa tenían las pobres? Así lo reconoció don Juanondón cuando su furia, una vez traspasado el punto culminante, fue perdiendo su ardor insostenible, y dando lugar a la serenidad. Limpiándose el sudor de la frente, con resoplidos más que con voces, me dijo: «Estas tontas lo pagan.. ¿Qué culpa tienen ellas de que yo esté lastimado en mi honor militar? Dispénseme, señor Confusio: hoy no ve usted en mí al Arcipreste, sino al cabecilla.. No sabe uno cuándo es cura ni cuándo es soldado.. El soldado, el hombre que sacrifica su vida por la Causa, salta cuando menos se piensa.. Y yo me digo a veces: '¡Qué cojilondrios!, ¿es cuerdo que uno se haga matador de hombres por los derechos o los torcidos de Príncipes ingratos? ¿Valen esas coronas tan disputadas el sacrificio de hombres dignos y valientes?.. ¡Con que he de ponerme las botas!.. ¡Con que soy un cobarde si no me las pongo!..'. ¡Que oiga uno estas cosas!.. Dígolo por las viejas, que debieran ponerse a hilar antes que meterse en estos trotes. No vaya usted a creer que es otra cosa.. Juan Ruiz se ha sublevado, créalo usted, y se sublevará cuantas veces sea menester, porque ha visto y ve en los españoles un pobre pueblo sacrificado a los fanfarriosos de Madrid.. Yo he tirado contra el Gobierno que agobia a España con las contribuciones, y no da ningún bienestar a los pueblos.. El pueblo no come, y allá los ricos holgazanes viven de estrujar a la pobreza. Por esto me he sublevado.. Y yo le dije a Cabrera cuando (p.7148) escoltábamos a don Carlos: 'Ni tú ni yo combatimos porque sea Rey este alcornoque. Cuando lo sea, no valdrá más que la Isabel, ni remediará la miseria del pueblo'. Y Ramón me echó los cinco, y nos apretamos las manos, diciendo: 'Cierto es, y algún día nos pedirá Dios cuenta de la sangre que hemos derramado por estos acebuches'. Yo debí haber hecho lo que Ramón: irme a Londres, y hacerme inglés, y no pensar más en este país ingrato. Pero la tierra nos llama, y el pedazo de pan que uno tiene aquí..».

-Yo que usted, hombre independiente y adinerado -le dije-, no andaría más en la compostura y lañado de Causas, y me dedicaría en paz y gracia de Dios a cuidar mis tierras y dejarme cuidar de mis sobrinas..

-No puede uno.. Se impone lo hecho ya, se impone la gente que a uno le rodea.. Cuando uno es fuerza, dominio, autoridad en un pedacico de tierra, no puede abandonarlo. Los que aquí quedaran serían devorados por ese Gobierno maldito. Aquí soy fuerza y poder. ¿Por qué, amigo Confusio? Porque protejo a todos, porque reparto entre los infelices lo que a mí me sobra. La mitad de los vecinos de esta villa viven de mi amparo. Si no lo cree, salga por ahí, pregunte y entérese, ¡qué cojilondrios! No me gusta alabarme; pero me alabo, ¡rediez!, cuando llega el caso.. Y por hacer tanto bien, y amparar a tanta familia, no hay aquí quien me tosa, y el Gobierno, haga yo lo que hiciere y conspire todo lo que se me antoje, no se mete conmigo.. Me tiene miedo; sabe que está en mi mano la paz o la guerra en todo el territorio de la Cenia y del alto Maestrazgo.. Si yo abandono esto, otro lo cogerá, y por todo paso menos porque me quiten mi mandamiento.. Ya me pusieron los puntos para echarme de aquí.. ¿Quién dirá usted? Pues los mismos de la Causa, cabecillas de cuartel, como decimos, y hasta convenidos de Vergara. ¡Y que no trabajaron poco hace tres años con el Obispo para birlarme el Arciprestazgo!.. En poco estuvo que se salieran con la suya. Pero yo me lié el manteo y me planté en Madrid. Por don Isidro Losa me puse en relación con la (p.7149) Madre Patrocinio, y ésta me lo arregló a mi gusto. Total: que aquí vine triunfante, y me zurré en mis enemigos, los de Gandesa, y en el Obispo y su pistolera madre.

-Ya ve cuán buena es sor Patrocinio, y cómo mira por los defensores del Trono y el Altar -dije yo, sin miedo ya de que mis ironías le ofendieran.

-¿La Madre? Aquí, que nadie nos oye, déjeme decir que no ha nacido bribona semejante. Si usted cree en sus llagas, con su pan se lo coma..

Dijo esto, y soltando luego toda la voz, gritó: «Chicas, venga café, vengan copas». Tomando el café que Olegaria nos trajo, y que por cierto estaba muy bueno (con la chillería y el disparo de platos, las pobres sobrinas habían puesto sus cinco sentidos en el servicio) , continuamos nuestra conversación, él más sosegado de su ira, yo pinchándole más para que me descubriese todo su interior. «¿Quiere usted saber cómo estoy de ortodoxia? Pues sepa que creo todo lo que me manda creer la Iglesia Santa, y no pongo el menor pero, ¡qué cojilondrios!, a ningún dogma de los que me enseñaron y enseño.. Pero fanatismo no verá en mí por ninguna cosa de fe, como no sea por la adoración y culto de la Virgen María. Eso desde chiquito lo llevaba en mi alma, y a Dios gracias no lo he perdido ni pienso perderlo. A la Virgen acudo yo en mis lances desgraciados, y la verdad, nunca me faltó, ni tengo queja de mi abogadica celestial. Ella me sacó en mi niñez de toda enfermedad; ella me libró de mil peligros de muerte en los combates y aprietos de la campaña; ella fue mi sanidad en las heridas que recibí, mi escudo contra el fuego que cien y cien veces a boca de jarro dispararon contra mí; ella es indulgente con mis pecados, y ella me inspira las buenas obras.. Todas cuantas caridades hago, a ella se las aplico, y firmísimo en este amor de Nuestra Señora, espero que la tendré a mi lado a la hora de mi muerte..».

Así habló con solemnidad semejante a la que había yo notado en su varonil rostro cuando decía la misa. Terminada la interesante declaración de su ortodoxia, en la cual resplandecía la luz de un apasionado (p.7150) culto mariano, paladeó su café, acompañado de la copita de aguardiente. Con esto, y mis dulces exhortaciones a la paz del ánimo, fue recobrando la que había perdido en el ya descrito berrinche, y, por último, en actitud extática, la cabeza echada atrás contra el respaldo del sillón, los ojos fijos en el techo, recitó esta oración arcaica: «'Santa Virgen escogida, -de Dios Madre muy amada, -en los cielos ensalzada, -del mundo salud e vía..'. Esta oración -dijo luego llevándose a los labios la copa- me la enseñó mi madre cuando era niño, y siempre la digo al acostarme y levantarme. No es ésta la única que mi madre sabía; otras que recitaba de continuo también me enseñó. Oiga usted la que digo siempre que me veo en un gran aprieto: '¡Oh Santa María, -luz del día! -Tú me guía, -dame gracia y bendición -e de Jesú consolación..'. Para los lances apurados de guerra, cuando atacábamos a la bayoneta, o dábamos carga de caballería, tenía yo otra plegaria, que por el sonsonete redoblado y vivo me parecía muy propia para el paso de ataque. Oiga usted: 'Tú, Señora, -dame agora -la tu gracia -toda hora, -que te sirva -toda vía..'. Nunca dejó de ampararme la Madre de Dios. Por eso podrán decirme que si creo tanto más cuanto, en lo tocante a otros puntos de religión; pero en este punto, ¡rediez!, nadie puede decirme nada».

-Las oraciones que acaba usted de recitar -le dije-, son del Arcipreste de Hita, varón docto, muy devoto de Nuestra Señora, poeta y sabio, aficionadísimo al buen vivir y al trato de mujeres, según él mismo nos cuenta en su magno Libro de buen amor. Menos en lo de acaudillar tropas y andar en guerra contra cristianos, usted y él en todo entiendo yo que se parecen; y para completar la semejanza, el de Hita era, como usted, hijo de Alcalá de Henares; como usted Arcipreste, y también se llamaba Juan Ruiz..

Ya tenía entre los dientes mi amigo algún discreto comentario sobre su semejanza con el de Hita, glorioso poeta, cura, gastrónomo y mujeriego del siglo XIII, cuando su atención fue repentinamente sustraída por Olegaria y Toneta, que (p.7151) de puntillas a la puerta llegaron, queriendo ver si había pasado la nube. «Entrad, entrad sin miedo -les dijo don Juan-. Bigardas, mostrencas, ya estáis recogiendo los cascos de la loza que os tiré a la cabeza. Limpiad suelo y paredes de la grasa y piltrafas del pato, que no se podía comer. ¿Verdad, Confusio, que no se podía comer?». Animadas por el tono tranquilo del clérigo entraron otras, entre ellas Donata, y se pusieron a recoger los despojos de la refriega. Apenas comenzaron, sonó el aldabón de la puerta de la casa. Estremecimiento general, zozobra y susto repentino del Arcipreste. Donata, que había corrido a una ventana para ver quién llamaba, volvió azorada diciendo: «Señor, es mi tía..». Y don Juan Ruiz exclamó con todo el estruendo de su voz: «¡Cojilondrios, me llaman otra vez!.. Tengo que ir allá». Acudiendo a recoger su gorro y balandrán, recobró el aspecto terrorífico que había traído de la calle cuando vino a comer. Sus ojos echaban lumbre, se le encendió el rostro, en su maxilar veíamos la vibración del músculo.. Dando un empujón a Donata, le dijo: «A tu tía, que voy en seguida.. ¡Por los cojilondrios de San Pedro, que no me hurguen, que no está este león para tafetanes!.. 'Tú, Señora, -dame agora -la tu gracia -toda hora..'».

Viéndole tan enfurruñado, le pregunté si quería que le acompañase; me respondió que iría solo. Al bajar la escalera se volvió para decirme: «Si pasea usted esta tarde, lléguese al bodegón de Llopis.. ya sabe.. al fin de esa calle de enfrente, torciendo a la derecha.. Por allí me pasaré cuando de esta pejiguera me desocupe..».

¡Qué bien me venía quedarme solo en la casa con el rebaño mujeril! Mientras ayudaba solícito a recoger los pedazos de loza y vidrio, supe que ya tenía respuesta mi segunda epístola. En un momento en que solas conmigo quedaron en el comedor la Dolorosa y Donata, ésta, con sólo medias palabras, el mirar revelador y el gesto expresivo, me hizo saber que me daría su carta en cuanto Toneta saliera. Dicho y hecho: diez minutos después de esta telegrafía rápida, el papelito estaba en mi poder. (p.7152) Mientras la familia comía, me bajé a leer a la huerta, como el día anterior. Entre las hojas del primer tomo del Concilio de Trento, libro que me interesa tanto como la Vida de Bertoldo, metí el mensaje de mi odalisca, y bajo los frondosos árboles que rodean la noria, lo leí muy a mi gusto. De la primera a la segunda carta había madurado la dulcísima fruta del amor de Donata, hasta el punto de que ya manifestaba resueltamente, con amoroso abandono, sus deseos de libertad. No podía ya vivir en tan horrible suplicio.. Dios le había enviado consuelos con mi presencia, y la Virgen, hablándole al corazón, le decía que soy un hombre bueno y honrado, incapaz de engañar a la pobre prisionera que en mí confía.. Decía también que ella es religiosa, y que la entusiasma verme tan aplicadito a la lectura de libros sagrados.. que la Virgen la absolverá del pecado de su fuga, si en efecto puede lograrla, porque su fin no es otro que buscar la paz y la virtud fuera de aquel triste caserón.

Todo esto decía, y aún más, pues no faltaban expresiones de intenso cariño. ¡Qué triunfo, Dios mío; qué admirable victoria ganada por mi audaz estrategia de amor, con las armas de mi mérito personal y de la fogosa elocuencia que pongo en mis cartas! Sólo faltaba determinar el plan completo de la fuga, con toda la tramitación prolija de tan peliagudo negocio.. No bajó aquella tarde Donata al gallinero, prudencia y disimulo dignos de alabanza. Pero en otra ocasión y lugar próximos me mostró la hermosa joven su agudeza y sus instintivas artes amorosas, porque sabedora de que yo había de salir para juntarme con don Juan en el figón de Llopis, hizo tan exacta distribución de sus quehaceres y tan feliz medida del tiempo, que cuando yo salí estaba ella barriendo el portal.

Bendije la casualidad, que era de las previstas, y me regalé con un diálogo delicioso en su apurada rapidez. Pocas palabras bastaron para repetir y afirmar el pacto de amor.. Otra vez escribiría yo.. Ella me señalaría en su respuesta sitio y hora para celebrar una entrevista en la cual dejaríamos (p.7153) acordada la hora de evasión, etc.. Preguntele yo si podíamos contar con su tía.. Pedile noticia breve de los negocios, pleitos o diabluras que tenía el Arcipreste con aquella señora anciana, y quise saber el motivo de la furia del buen señor.. A esto no contestó Donata más que con un vacilanteno sé, frunciendo el entrecejo y mirándome como en demanda de perdón por no ser más explícita. Comprendí que no debíamos hablar de semejante cosa: a su razón y tiempo se hablaría.. y con esto terminamos. Donata me indicó que saliese, y la obedecí, condenándome al suplicio de no mirar atrás cuando atravesaba la plazuela.. No puedo expresar el alborozo que llevaba yo en mi alma: era como un sol vivísimo que me alumbraba el entendimiento, y como celestial música que me lanzaba el corazón a un danzar frenético. ¡Oh portento de la hermosura, oh Erhimo, ya tu apasionado caballero abre los brazos para traerte a la libertad, a la paz y al amor! Hierros del harem, rompeos en mil pedazos. Astucias y malas artes de El Nasiry, ya nada podréis contra las invencibles armas de Confusio.

 

Ep-37-XXII -

Era el bodegón de Llopis un local telarañoso y mugriento, donde bebían los que tenían sed y jugaban a los naipes algunos holgazanes viciosos: en él vi el boceto, el trazo rudimentario del moderno casino, sitio de reunión, de vago charlar, mentidero y bebedero público, con el aspecto y colorido que tenían estos lugares en tiempos del Arcipreste de Hita; pero algo más era, pues allí, no el de Hita, sino el de Ulldecona, celebraba juntas, recibía embajadas y mensajes, dictaba órdenes, ejerciendo las funciones de su califato político, social y militar.. Entré en el humano pesebre con el propósito de esperar a mi señor don Juan; mas resultó que ya él a mí me esperaba. Los parroquianos que en sucias mesas comían o jugaban, me miraron con curiosidad y respeto, mientras un vejete adiposo, que parecía dueño del establecimiento, me señalaba una escalera de palo, diciendo: «Arriba está Don Juanondón aguardándole». La escalera, de añoso castaño ennegrecido, chillaba (p.7154) con todas las tablas de sus desvencijados peldaños, cuando uno subía por ella: era un son de coplas con cadencia de romance gangoso, recitado por bocas sin dientes.. El ritmo de la escalonada madera me llevó a un cuartucho ahumado, que recibía la luz de dos agujeros, más que ventanas, con barrotes en diagonal. Mesa larga del mismo castaño musicante ocupaba el centro, y junto a ella vi a mi señor Arcipreste sentado en un banco, hablando con dos tíos de zaragüelles, grandones, macizos, terribles cuerpos para el trabajo y para la guerra. En lo que don Juan les decía, creí entender órdenes de permanecer pacíficos, y advertencias concernientes a la labranza, todo mezclado; extraño amancebamiento de Marte y Ceres. En el atezado rostro de aquellos interesantes bárbaros, vi la ingenuidad del hombre medioeval, laborioso en la paz, matón en la guerra, defensor de su terruño y de sus rudas creencias con fanático heroísmo.. Despidioles don Juan a punto que entraba el hostelero con un jarro de vino blanco y pastelitos tortosinos, que llamanpanolis.

-Siéntese, amigo y tocayo -me dijo el clérigo, a quien noté totalmente aplacado del berrinche-, y charlemos; que una charla sabrosa es el mejor alivio de los ánimos destemplados.. He mandado traer este blanco de Sitges y estos pasteles para reparar nuestros estómagos; que hoy apenas comimos.. con el jaleo que armé en casa.. y las torpezas de aquellas chicas.

-Me place mucho su compañía, señor Arcipreste -le dije-, y no rechazo el vino y los pastelitos. A lo que entiendo, este tugurio es para usted salón de embajadores, cuartel general, sala de audiencia.. Aquí dicta la guerra o la paz..

-Cierto, cierto, y acabo de dictar paces. No hay quien me saque de mi ten con ten, ni por ningún interés de fantasmones me meto yo en aventuras sin elementos para llevarlas a su término debido.

-Aquí ejerce usted su cacicato; aquí convoca el sínodo de los curas que de usted dependen, y les dicta órdenes guerreras..

-Y órdenes espirituales, amigo mío: de todo hay.. Aquí me las tengo tiesas con los de (p.7155) Tortosa y con los de Tarragona, cuando hay alguno que me quiere fastidiar, llámese Obispo, Gobernador militar o Jefe político.. Ésta es la oficina de mis auxilios a los campesinos que andan estrechos; aquí dispongo darles tanto más cuanto de trigo para simiente, dinericos para la contribución, y aquí me traen ellos sus bendiciones.. No digo esto por alabarme, sino para que usted lo sepa, y salga a mi defensa cuando vaya por ahí, y algún ignorante o malicioso le hable pestes del Cabezudo de Ulldecona, como suelen llamarme en Tortosa y Gandesa..

-Yo diré de usted todo lo bueno que he aprendido en su hospitalidad y compañía.. Y espero decirlo pronto, señor Arcipreste, porque ya está pesando sobre mi conciencia la ociosidad.

-No le diré que se detenga más, porque si mucho me honro con tenerle en mi casa, también me inquieta el pensar que lleve retraso en sus diligencias.

No podía yo discernir si esto me lo decía con sinceridad, o si era delicada fórmula para indicarme que ya estoy de más aquí.

«¿Y ya no me pregunta nada el amigo Confusio -me dijo riendo- de las viejas impertinentes, que me han dado ayer y hoy la más grande matraca que puede sufrir un cristiano?».

-Nada de eso pregunto -respondí-, porque entiendo, señor Arcipreste, que usted no me respondería la verdad.

-Así es, amigo y tocayo, pues nadie está obligado a referir todas las cosas; que algunas hay que por su intríngulis no deben salir nunca del encierro de la discreción.. Cuando vuelva usted por acá de paso a Madrid, si es que va por Valencia.. y ya sabrá que de Valencia a Madrid tenemos ferrocarril, y hecho está un buen pedazo del que de Valencia viene hacia acá.. cuando vuelva, digo, le contaré estos lances para que se divierta un poco y tome apunte de ellos, por si le da la gana de escribir algún día unas miajicas de Historia.

-No le aseguro a usted que no las escriba. El arte de referir los hechos públicos o que deben serlo, me seduce, y algunos ensayos tengo escritos de este arte difícil.

-Es usted un sabio, señorConfusio, y pocos habrá que en edad tan corta (p.7156) hayan reunido en su caletre tanta ciencia y tal caterva de conocimientos, de los que se sacan del alma fría de los libros. Lo que yo dudo, y con franqueza se lo digo, es que todo ese caldo soso de bibliotecas le sirva de algo.. ¿De veras está decidido a cantar misa? ¿No teme que de aquí al momento de las órdenes mayores puedan venirle arrepentimientos, o siquiera tibieza de la vocación?

-Me parece que no, señor Arcipreste. Cada día siento mayor seguridad de que no han de faltarme los alientos y el entusiasmo que me llevan por ese camino.

-Muy bien: yo le felicito por su constancia. Sin duda tiene usted un temple tan apagadico, que no temerá las zaragatas entre lo divino y lo humano, ni se verá en riesgo de pecado, o de faltar gravemente a lo divino.. Yo, como hombre tan largo de experiencia que se pierde de vista, puedo aconsejarle.. No se asuste porque le diga que si siente quemazones de lo humano, tan fuertes que amenacen con abrasar lo divino, no les eche agua fría de penitencias, que esto a la postre es malo, así para el cuerpo como para el alma.. No sé si me explico bien.. Yo he notado que es usted encogidico; pero como he visto tantos zorronglones de ojos caídos y semblante mustio, que luego han salido unos grandes peines, no sé qué opinión formar de usted. Podrá ser usted lo que parece, y podrá no serlo.. ésa es mi duda. Quizás la misma duda tenga usted; que el hombre no se conoce tal como es hasta que llegan ocasiones singulares de la vida que sacan lo escondido y hacen ver a cada cual lo que tiene dentro.. Pero, en fin, por lo que valga, yo le doy a usted mis consejos, y usted los toma para hoy o los guarda para mañana, como esas cosas de apariencia inútil que guardamos creyendo que para nada han de servirnos, y el mejor día, ¡pum!, resulta que nos hacen mucha falta.

-Dígame, dígame lo que quiera -respondí gozoso y atento-, que sus opiniones son oro puro para mí. Yo quizás no sea todo lo cuitado que parezco; quizás me encuentre en el punto ese sutil en que no puedo decir con certeza si me siento (p.7157) bien seguro en las virtudes de humildad, castidad y limpieza de pensamientos, o si, por el contrario, me asaltan temores y barruntos de caer en esos infiernos de lo humano que me cerrarían la puerta de lo divino..

-Poco a poco -dijo el cura, echándose atrás el gorro después de atizarse una copa del blanco vino-. No estoy porque a lo humano se le llame infierno.. ¿Cómo pudo hacer nuestro Criador la Humanidad para el sufrimiento y la privación de sí misma? No, no: lo humano es obra de Dios como lo es lo divino.. En fin, amigo Confusio, hablemos claro, y cada cual de lo suyo. No quiero meterme en filosofainas, sino presentar a usted hechos particulares míos, tan míos como mi cuerpo y rostro. La verdad y la ciencia están en lo que a uno le pasa, y lo demás es viento de sabidurías vanas.. Pues a mí me ha pasado que no he podido echar de mí el amorcico de mujer.. Entiendo que sin mujer no vive el hombre; y cuanto me digan en contrario téngolo por una pesada broma que nos quiso dar el judío Moisés, o errata de imprenta de los sagrados Cánones. Nunca dijo Nuestro Señor Jesucristo de que los sacerdotes habíamos de vivir del aire de mujer, y nada más que del aire.. ya usted me entiende.. y en todo caso, paso por que ello sea mérito, obligación nunca.. ¿No está usted conforme conmigo?

Asentí sin quitarme la máscara de mi timidez, pues esto en ningún modo me convenía, y con hábiles réplicas le incité a clarearse más y descubrirme todo su interior. Al desbordamiento de su sinceridad contribuía la frecuencia con que se atizaba vasitos y más vasitos de lo añejo. «¿No cree usted como yo que la mujer es una de las más apañadas creaciones de Dios?.. ¿Me negará usted que ha nacido para recibir los obsequios del hombre, y que estos obsequios son la sembradura de las generaciones?.. Cierto que en la gran caterva de mujeres las hay impertinentes, desabridas y fastidiosas, y de éstas debe huir el hombre de gusto; pero las hay también adornadas de mil encantos, ¿no es verdad? ¿Y no observa usted que hay mil y mil pobrecicas que quedan (p.7158) sueltas y horras, porque no se casan todos los hombres que debieran casarse? ¡Ay!, el Arca del matrimonio es cada día más estrecha, y en ella no caben todas las parejas de animales, o sea de hombre y mujer. Debemos mirar con caridad a las hijas de Dios que no han encontrado colocación en el Arca.. Yo he sido bueno para ellas; las he amparado, y a muchas proporcioné buen casamiento después de tenerlas algún tiempo a mi servicio.. A otras, que eran holgazanas, las he arregostado al trabajo; a las sucias, enseñé limpieza y curiosidad. Di de comer a las hambrientas, y a las ignorantes, como fieras cogidas con lazo, les di el pan de la enseñanza: lectura y escritura. He sido, aunque me esté mal el decirlo, un gran civilizador, y si me apuran, el buen pastor de esa parte del rebaño femenino condenada por el mundo a la pena capital de vestir imágenes».

No pude contener la risa. Con el vino y la natural malicia del asunto tratado, se iba poniendo el Cura en un punto de alegría y gracejo que daba mayor encanto a su sinceridad. Digno era de envidia, por haber arreglado su vida tan a gusto, agenciándose riqueza, autoridad sobre los hombres, dominio sobre las mujeres.. «Muchas me han querido cuanto se puede querer -dijo poniendo un poquito de amargura en sus remembranzas-; otras han sido ingratas. No me han faltado sofocos y peloteras. Naturalmente, dejando entrar en el alma las pasiones que halagan, no podemos librarnos de las que nos atosigan: la cólera, los celos malditos. No puedo decir que he sido violento y malo más que una vez. La Virgen me lo perdone, si no me lo ha perdonado ya.. Verá usted: fue en lo más duro de la guerra, siendo yo cura de Albalate y jefe de la Caballería de Quílez. Hablaba yo entonces, para decirlo decorosamente, con una muchacha de Alcaine, que era un sol de bonita, morena como el trigo, con un sonreír de ángeles y unos ojos de fuego que disparaban bala rasa.. Para decirlo de una vez, me enamoré de ella como un bestia.. La puse en casa de una tía suya en Valdeconejos, a (p.7159) donde iba yo a verla siempre que el trajín de la facción me lo permitía.. Lleváronme el soplo de que la Fabiana me estaba faltando.. No lo creí. Lleváronme otro cuento: que me faltaba con un teniente de la partida del Royo.. Ya dudé.. Lleváronme el chisme de que Fabiana y el teniente hacían escapadas de noche por las huertas del pueblo.. Allá me fui.. aceché, no vi nada.. Aceché más, vi.. Vamos, que los cogí haciéndose fiestas. ¡Usted figúrese.. con mi genio! Salté del zarzal en que estaba escondido.. Agarré al teniente por un tupé muy empinadico que gastaba, y asegurándole de modo que no podía moverse, le disparé mi pistola en la sien derecha.. El tiro salió por la sien izquierda.. La Fabiana voló chillando, y no he vuelto a verla.. ni me ocupé más de esa trotera putativa, que quedó bien castigada, con cien mil pares de cojilondrios..».

Una ráfaga de frío corrió por todo mi cuerpo al oír el trágico suceso del Cura, y al figurarme la escena bárbara y breve que con terrible concisión me contaba. Díjele que difícilmente podía Nuestra Señora perdonarle tan brutal homicidio; pero él, que de copa en copa iba cayendo en un estado, no diré de embriaguez, pero sí de alegría voluble, dispersión juguetona de sus pensamientos, no hizo caso de mis severas palabras, y me invitó a secundarle en la empinación del codo. Resistime yo a ello, y él entonces con hipérboles de cariño, entremezclando los acentos de alegría con acentos llorones, me dijo: «Confusio mío, sigue mi consejo y toma las órdenes, sin cuidarte de lo que ahora o después te digan en contra del estado religioso tus nervios y tu sangre.. No seas cuerpo sin alma.. También ser alma sin cuerpo es mala cosa.. Veo la vida como un jardín. Todo lo bueno que Dios hizo en este jardinico es para nosotros.. para el hombre todo lo bueno, no para los burros.. El burro es el que se priva de lo bueno.. Lo mejor entre lo bueno es el amor.. y lo más santo, lo divinamente divino. Ríete de los que dicen no a todo lo bueno y sabroso.. Yo digo: la serpiente tenía razón.. mi señora la serpiente supo lo que (p.7160) se hacía.. Adiós, Confusico, vete a Tarragona.. dale memorias al Deán, al Obispo y al Archipámpano.. y que te echen pronto la sagrada crisma.. Adiós, hijo mío, que seas bueno, que metas el dedo en la olla de la miel prohibida.. Adiós». Después, su creciente alegría se extremó en un canticio, golpeando la mesa con el vaso, con ritmo de paso doble: «¡Oh, María!, -luz del día, -tú me guía -toda vía..».

 

Ep-37-XXIII -

Al día siguiente del suceso, más bien de la sabrosa espontaneidad del buen Arcipreste en el tabernáculo, se precipitó el curso de mi aventura con Donata, hasta llegar al punto que ella y yo deseábamos.. En nuestras últimas cartas, y en una breve entrevista que tuvimos, ya después de anochecer, quedó concertado el plan de su evasión y fuga conmigo. No ocultaré que si la proximidad de mi dicha inundaba mi alma de gozo, no me veía libre de algún punzante recelo cuando pasaba por mi mente la imagen de don Juan Ruiz, a quien veía en las formas de su enojo antes que en las de su bondad. Recordaba el caso de fiereza que me había contado en el bodegón, y su poder en toda esta tierra, donde la muchedumbre de sus amigos y adeptos favorecerá sus venganzas. Y aumentaba mi intranquilidad la confusión en que me tiene la persona moral del Arcipreste, cuyo carácter verdadero no he podido penetrar en trato tan corto. En él veo cualidades excelentes, virtudes afeadas por el vicio, barbarie y talento en increíble mezcolanza, y otro revoltijo no menos extraño de orgullo feudal y supersticiones, de crueldad sectaria y democracia piadosa. Sin conocerle a fondo, ¿cómo discernir el sistema de defensa que debo emplear contra él?.. Confiaba yo en que aportase mi amada nuevos datos para el estudio del personaje, que bien pronto había de ser nuestro mayor enemigo.

Para terminar la parte de mis aventuras fechadas en esta villa de Ulldecona, consigno aquí las resoluciones que adoptamos Donata y yo para la evasión y huida. Yo me despediré de don Juan a las diez de la mañana, saliendo con mi equipaje, en dirección a Tortosa y (p.7161) Tarragona, con toda la tranquilidad que simular pueda, y a la mitad del caminito, poco más, en una villa nombrada Santa Bárbara, me detendré, despachando para Tortosa la tartana con mi maleta. Acto seguido me personaré en la casa de un alquilador de coches llamado Manalet, y ajustaré otra tartana, en la cual me volveré a Ulldecona, a punto del anochecer, entreteniendo el tiempo de modo que no llegue aquí hasta las doce de la noche. Al pueblo me aproximaré, rodeando, hasta un sitio que llamanLos Olmos, por la parte del camino de la Cenia, a espaldas de la parroquia y casa rectoral. Allí, junto a unos molinos aceiteros, debo esperar con mi tartana; allí se juntará conmigo Erhimo, digo, Donata.

Tal es la parte mía en el plan; ved ahora la de mi cómplice. Donata, encargada de cerrar el portalón de la huerta, hará todo lo contrario, que es fingir que lo cierra y dejarlo abierto. Se acostará como siempre en el cuartito alto, donde también duerme Toneta. Ya cuenta con que ésta la favorecerá con su ayuda y su silencio. Recogerá en un lío toda la ropa que pueda llevar, y a media noche bajará descalza o con alpargatas, llevando para el perro queso y pan con que acallará los ladridos del honrado animal. Ya Sultán la conoce: es su amigo y no ha de hacerle ninguna mala partida en el crítico momento.. Arriesgadillo es el complot; pero confío en mi buena estrella y aguardo lo que el destino quiera depararme.. Adiós, Ulldecona; adiós, orgulloso Arcipreste, y que en la próxima noche sea pesado tu sueño y ligeras las sandalias de mi amante odalisca.. Punto final. A ti me encomiendo, Beramendi amigo, para quien son estos desaliñados renglones.

Tortosa,Abril.- Entiendo que los divinos ángeles y San Antonio bendito, protector de los enamorados, se pusieron de nuestra parte en aquella memorable noche, porque todo el plan presupuesto quedó cumplido sin la más leve contrariedad. ¡Jesús mío, qué suerte! A la media hora de estar yo en la espera de Los Olmos con la ansiedad que puede suponerse, vi que de la obscuridad se destacaba un (p.7162) bulto, cargado con otro bulto menor, o lío de ropa. El corazón, antes que la vista, me dijo que era Donata. No hallo términos con que pintar mi alegría, y la priesa con que introduje a mi fugitiva en la tartana, y di al tartanero las órdenes de salir a escape. Comprenderéis, oh insignes Marqueses, Mecenas míos, que los primeros instantes de nuestra viajata fueron consagrados a la celebración del santo suceso, la divina libertad lograda con manifiesto auxilio del Cielo, y que el himno de júbilo y las felicitaciones consiguientes se confundían con amorosas ternezas, y con las caricias que a mi audacia consintieron la timidez y encogimiento de Donata. Luego se recogió ella en su piedad, rogándome que le permitiese rezar el rosario, a lo que no pude oponerme, por más que ni el rosario ni ninguna otra forma de devoción estaban en mi programa. Hícele mil preguntas, a las que contestó que, no creyéndose segura hasta pasar de Santa Bárbara, convenía que nos encomendáramos a Dios, dejando para las horas de tranquilidad las explicaciones y comentarios de lo que atrás quedaba y de lo que teníamos camino adelante. Hube de acompañarla en la enfadosa recitación del rosario, y en verdad, poco me importaba esta corta interrupción de nuestra dicha, teniendo ya en mi poder a la bella Erhimo, sacada por mi astucia del harem de don Juan Ruiz.

Antes de amanecer, pasado ya el lugar de Santa Bárbara, vi a mi Erhimo repuesta de su ansiedad y susto. Quise que satisficiera mi curiosidad en algunos hechos observados y nunca comprendidos durante mi residencia en Ulldecona, y empezó por aclararme el enigma de aquel misterioso casón de puerta heráldica, y del berrinche que allí había cogido el Arcipreste, el día de la voladura de los platos.

«Te habló de una vieja cócora y pleitista -me dijo Donata-, para desorientarte. En aquella casa están escondidos el Rey y su hermano. Nadie lo sabe. Yo y algunas de nosotras lo sabemos. En la casa vive una señora anciana, rica, noble, y no partidaria de la Causa. Mi tía es criada de la señora, (p.7163) que se llama doña Tiburcia.. Él ha querido que don Juan se lance al campo con su gente; don Juan no estaba por eso. Insistió el Rey con malos modos, y de ahí vino el sofoco del Cura y la furia que desahogó en casa con nosotras.. Una cosa te pido, Juan, y es que al llegar a Tortosa, a nadie hables del pueblo y casa en que están escondidos el Rey y Príncipe; que no debemos meternos a delatores».

Pareciome muy atinado y prudente este propósito de discreción, y allá se entendiera el Gobierno con aquel Rey de pega, que no sabía por dónde salir del pantano. Luego me informó Donata de algo muy interesante, que hasta entonces era otro enigma para mí. En Tortosa nos aposentaríamos en la casa de una prima suya, llamada Polonia, con quien sostiene relaciones de amistad cariñosa. Se criaron juntas, se quieren como hermanas. Viuda de un zapador, Polonia vive del corto rendimiento de una modesta casa de pupilos, puesta bajo los auspicios de la guarnición de la plaza: son sus huéspedes un capitán, el Músico mayor y uno o dos (en esto no estaba muy segura Donata) capellanes castrenses. Ya había escrito a Polonia notificándole su resolución de abandonar, por el procedimiento de la fuga, pues no había otro, la casa y el nada honroso patronato del Arcipreste. Segura estaba de ser bien acogida, y de que en casa de su prima podríamos trazar sosegadamente nuestros planes del porvenir. A mi recelo de que en aquel refugio nos alcanzase la persecución del celoso don Juan, opuso Donata esta afirmación tranquilizadora: «No temas, Confusio. No va el Arcipreste a Tortosa ni atado. Allí son pocos sus amigos, muchos sus enemigos, y hay unos cuantos que se la tienen jurada». Esto me dio un buen pie para pedir a Donata su opinión del carácter de don Juan. ¿Qué pensar de tal hombre? ¿Es bueno, es malo, o un plexo intrincado de cualidades recomendables y perversas?

«Es bueno -dijo la guapa moza-; todo lo bueno que puede ser el que no vive como es debido. La mala es Olegaria.. envidiosa, egoísta, y además tan torcida y dañada de religión, que si se va a (p.7164) mirar, en nada cree: si no es atea, le falta poco.. Piensa y dice cosas que hacen estremecer al Santísimo en su altar.. Y no has visto otra más ambiciosa: todo lo quiere para sí.. Te roba las estampicas, los pañuelos, las agujas y dedales, y hasta un bollo que tengas guardado para tu merienda.. ¿Y golosa?.. más que una gata. ¿Y acusona?.. un horror. Ella es la que con sus chismes y cuentilorios trae revuelta a toda la familia». Bien claro me decía Donata que sus antipatías se concentraban en la rubia. Los motivos Dios los sabrá.. Quedábame yo en el Limbo de mis dudas respecto al tipo moral del Arcipreste; y por más que reiteré mis preguntas, no pude obtener de Donata más que confusiones semejantes a las mías. «En conciencia -me dijo-, no puedo responderte como tú deseas. ¿Es bueno, es malo? Yo, pobre mujer sin mundo, no puedo darte sentencia fija sobre un hombre como ése, tan raro en sus sentires, en sus pensares y en sus entenderes. Como bueno, bueno, no es, digo yo, pues siempre está faltando, Juanico, faltando a lo que manda Dios, y haciendo faltar a los demás.. Como malo, malo, no es tampoco, porque a lo mejor te saca unos arranques de hombre bueno que te dejan pasmado. Así es que no sé, no sé.. Tú, que eres sabio, sabrás esto de que un hombre pueda ser malo y ser bueno.. y de que haya bondades malas y maldades buenas..».

Camino adelante, repetíamos de vez en cuando las tiernísimas expresiones de nuestro afecto, al rodar trompicoso de la tartana; nuestra conversación se iniciaba con cualquier asunto, y siempre, sin saber cómo, derivaba hacia la familia, casa y asuntos del Arcipreste. Por esta razón me enteré de interesantes particularidades, que quiero consignar sin demora para satisfacción de mi amigo Beramendi, y de los ociosos que en edad próxima o lejana leyeren estas deshilvanadas aventuras. Pues, según las referencias de Donata, son muy variadas la procedencia, categoría y funciones de cada cabeza de ganado en la femenina grey del buen Hondón. Mujeres hubo allí que debieron al amor (p.7165) su ingreso en el hogar; mas esto no era lo común; mujeres hubo que entraron simplemente a servir; otras que eran hijas de antiguas servidoras; otras que llegaron inopinadamente sin más razón que la caridad del Arcipreste, gran amparador de huérfanas, y aliviador de viudas ahogadas, y de familias venidas a menos. No todas las muchachas que entraron con este carácter, dando a la casa vislumbres de hospicio, incurrieron en debilidad de amor con el Cura. Hubo casos rarísimos: feas que pecaron, y hermosas que salieron tan puras como habían entrado.

Comprendía Donata en la síntesis de familia a las que yo designaba, por su edad, en las dos clases de amas y sobrinas. Y resultaba que eran sobrinas algunas que yo tuve por amas, y al contrario; y otras, las más, no tenían nada de sobrinas por razón de parentesco. Por ejemplo, Carmeta, ya madura, era sobrina efectiva, hija de una hermana de don Juan; Toneta, la Dolorosa, era hija de Monsa, una de las más viejas amas, prima hermana de don Juan. Clasificadas por el lenguaje, resultaban los dos grandes grupos, aragonés y catalán, dominando el primero, porque de tierra de Teruel solían mandarle al poderoso Arcipreste remesas de lucidas zagalonas para que las amparase y pusiera en la carrera de matrimonio. Olegaria, la pérfida y venenosa rubia, es catalana, y no tiene vínculo de sangre con el patrono, ni con ninguna de sus amas o amadas de diferente edad y abolengo: vino al cotarro como de aluvión. Si la costumbre de no despedir a nadie acreditaba el buen corazón del Cura, por otra parte era grave mal, porque la familia crecía desmedidamente, con riesgo de choques y zaragatas. Por último, de sí misma habló Donata muy poco, y aún ignoraba yo totalmente su origen, el cómo y cuándo entró en la familia, y otros mil pormenores y circunstancias que eran sin duda de grande interés. A mis insinuaciones pidiéndole estas para mí preciosas noticias, se anticipó así: «No te impacientes, Juanico, que tiempo tenemos de hablar de todo, y de que yo te (p.7166) cuente lo que es fácil de decir y lo que no se dice sin trabajo y pena».

Nuestro viaje se acortaba por momentos, y a las primeras luces del día vimos un paisaje en que Donata reconoció las inmediaciones de Tortosa. Ya estaba cerca la caudalosa corriente del Ebro; ya se veían los cerros que circundan la histórica ciudad; ya llegábamos a nuestro refugio, y empalmábamos el fin de una vida con los comienzos de otra, que habrá de ser felicísima.. Estimulados ambos por la frescura de la mañana y por el gozo que trae siempre un nuevo día, renovamos nuestro juramento de amor, y sellamos el pacto con arrebatadas ternezas. Libertad dijimos al salir de Ulldecona; voluntaria esclavitud proclamamos al enfilar el puente de barcas para entrar en la venturosa ciudad, que a Donata y a mí nos pareció la más bella y alegre del mundo.. como que fue espejo en que nuestra felicidad se reproducía.

Y a medida que nos internábamos en la población, dejado el suplicio de la tartana, mayor alegría sentimos. Hízome admirar Donata la diligencia con que acudían los hombres a sus varias industrias y trabajos, la belleza y lozanía de las mujeres, la no menos opulenta hermosura de los frutos del suelo, que en el mercado acreditan la feracidad del vergel circundante.. Estas impresiones, y el cielo azul, la luz vivísima que hacía sonreír a todas las cosas, y el caudal majestuoso del Ebro, penetraban en mí con las formas de amor, de esperanza.

Pensó Donata que antes de entrar en la que había de ser nuestra casa, situada en lo que llaman el Rastro, debíamos ir a la Catedral a dar gracias a Dios y a pedir a la Virgen de la Cinta que nos amparase en la vida nueva que emprendíamos. Me pareció muy bien. A la santa iglesia nos fuimos, la cual por fuera es de un greco-romano mazacote y pedantesco, interiormente bella, mística, ornada de primores artísticos y de ingenuas fruslerías costosas, que mueven a la devoción. La Virgen de la Cinta, ante cuya majestad estuvimos arrodillados largo rato, es linda, consoladora, de expresión divinamente afable. Ninguna imagen he visto que (p.7167) me haya cautivado tanto como ésta, ninguna que tan bien sintetice en su rostro la dulzura y la gracia.. Nunca vi manos tan puras como las que muestran la milagrosa Cinta, ni cabeza en cuyo contorno brille con tan celestial resplandor la corona de estrellas.

Trabajillo me costó sacar a mi amada de la espléndida capilla. Por su gusto se hubiera estado allí todo el día reza que reza, sin acordarse de que hemos de alimentar nuestros cuerpos desmayados del insomnio. Salimos, y por calles para mí desconocidas, risueñas, animadas del hormigueo alegre de la vida tortosina, nos fuimos a la casa de Polonia, quien nos recibió poco menos que con palio; tan satisfecha estaba de tenernos en su compañía. Mi primera diligencia, después de tomar chocolate con lucido acompañamiento de tiernos bollos, fue salir a recoger mi maleta, y a despachar al tartanero de Ulldecona, breve ocupación en que me guió el asistente de uno de los pupilos de Polonia.. Ésta nos instaló en lo más alto de su vivienda, donde estaríamos, según dijo, algo estrechitos, pero con preciosa independencia, aislados del bullicio de la casa. A mi odalisca y a mí nos agradó el aislamiento, y no nos molestó la estrechez, porque así estábamos más juntos el uno del otro. Mi querencia de las comparaciones me hizo ver en el palomar alto y recogido una reproducción fiel de aquel otro en que anidé con la blanca Yohar, por arte y gracia de Mazaltob y Simi..

Permitidme, oh nobles Marqueses, que guarde en mi mente y en mi corazón, apartadas del descaro de las cosas escritas, la tarde de amor.. la noche de intenso descanso, de un dormir hondo y dulce..

 

Ep-37-XXIV -

Acordaron Donata y Polonia que comeríamos en la cocina, pues aunque somos huéspedes, nos consideramos de la familia. Este apartamiento fue muy de mi gusto, y no porque nos molestaran los pupilos; al contrario, en ellos encontramos afabilidad y cortesía. El Músico es un ángel; el Capitán un aragonés de lo más corriente y francote que he visto en mi vida; el Castrense (no son ya dos, sino uno) (p.7168) un señor picoteado de viruelas, de mediana edad, un poco duro de semblante, pero sencillo y cariñoso en su trato, persona excelente, si no me engañaba el primer vistazo. Observo con gusto que mi Donata se afana desde hoy por ayudar a su prima en los trajines domésticos. En la cocina están las dos tan entretenidas, que da gusto verlas. Otra observación fugaz: Polonia es guapa, frescachona; pero no llega ni con mucho a la clásica belleza hispano-árabe de Donata-Erhimo.

Un día más, y sigo observando. El Capellán consagra diariamente un mediano rato al arreglo de las cuentas de Polonia. En un librito le va poniendo el gasto, sin omitir lo más insignificante y menudo, y por otro lado van los ingresos. Gracias a don Jesús Portela (que así se llama) la simpática patrona lleva sus negocios con admirable claridad y limpieza. No podrán decir lo propio las innumerables pupileras esparcidas por el ancho mundo. Mi dominante espíritu de comparación háceme pensar en Lucila y en el novio administrativo que le ha salido para enderezar su existencia hacia las ordenadas esferas de la Economía Política y Privada.. Otra cosa: no sé de dónde habrá sacado mi buen Capellán que yo soy un gran teólogo, y que cuando llegue a Tarragona saldrá el Arzobispo a recibirme como a un enviado del Papa, o poco menos. Esta idea del buen Portela, me le pinta como un administrativo forrado de inocencia paradisíaca.

Sigo observando y enterándome de todo: el Capitán se empeña en llevarme a ver el Castillo, que desarrolla su imponente grandeza en los altos de la ciudad. Me dejo llevar y querer, y en los baluartes, oficiales de distintas armas se nos unen.. Me cuentan el suceso de la Rápita, que aún no ha dejado de ser aquí la diaria comidilla de todas las bocas. ¿De qué se ha de hablar más que de la calaverada orteguista, del estúpido desenlace de aquel drama político, el peor aderezado y compuesto que nos ofrece nuestra Historia, primer teatro del mundo en sediciones y pronunciamientos?

Reproduzco una noticia breve, fugaz nota recogida de un testigo (p.7169) presencial, Teniente del Provincial de Tarragona: «Salimos de San Carlos. Ignorábamos a dónde se nos llevaba. Esto fue el día 2. Hasta entonces nada sospechábamos, o por mejor decir, ninguno de nosotros sacaba del corazón su vaga sospecha.. Habíamos visto dos tartanas que iban delante de las tropas a regular distancia. Cuando el General a ellas se acercaba, se descubría con todo respeto y reverencia.. Ya empezaba a correr un cierto run-run de boca en boca. Llegamos a un sitio llamado Coll de Creu, donde se hizo alto para comer.. Formamos pabellones, y los soldados se quitaron las mochilas. En la vanguardia se sirvió la comida al General y a cinco o seis personas más, debajo de unos árboles.. Yo no puedo referir lo que pasó.. sólo diré que en nuestro batallón corrió de punta a punta una ráfaga de luz, de inspiración; nos pusimos todos en pie, abandonando las raciones; sonó toque de llamada; los soldados echaron mano a las mochilas. Nuestro Teniente Coronel nos habló a gritos: '¡Hijos, vamos vendidos!.. ¡Viva Isabel II!' Yo no sé lo que pasó, vuelvo a decir. Sé que algunos soldados señalaban una nube de polvo en que iba Ortega con cuatro más, a galope tendido. Desaparecieron.. Los del Provincial de Lérida nos contaron luego que a los desconocidos caballeros de la tartana les cogió el pánico cuando estaban comiéndose un pavo que llevaban entre papeles. Cada uno de ellos se arregló como pudo con un alón o pata, y comiendo iban cuando arreó disparada la tartana, y se perdió también en nube de polvo».

No se abren aquí las bocas más que para decir algo del desgraciado Ortega. Los que no hablan de su insensato alzamiento, hablan de su captura. A Ortega encontramos en la sopa y en la escudella; Ortega sale a relucir en toda charla de paseantes; Ortega, en la sala y en la cocina. En la de Polonia estábamos cuando entró a encender un cigarrillo en las brasas del fogón el castrense don Jesús Portela, y nos contó cómo había sido capturado el General en su fuga.. Tan ciegos estaban él y sus compañeros de locura, que en vez de correrse a la costa en busca de un (p.7170) falucho que les llevara mares adentro, se metieron en el corazón de España. No podían desechar la ilusión de que el país se sublevaba por la Causa. Soñaban con el levantamiento general, con Madrid convertido a la fe montemolinista. Siguiendo este fantasma, se internaban de pueblo en pueblo, camino de su perdición. El hijo del conde de Sobradiel, ayudante de Ortega, era un valiente soñador que creía encontrar en cada pueblo lo que no encontraron en Tortosa.. Todo su afán era llegar a Alcoriza, donde contaban con fantásticos auxilios del Barón de la Linde.. Pero en Calanda se acabaron las ilusiones: los fugitivos chocaron con un alcalde que los reconoció y los puso debajo del recaudo de la Guardia civil.. Todo esto nos refirió el Capellán, que acabó abominando del carlismo como ciudadano consecuente que milita en la Unión liberal, y debe su posición a Posada Herrera.

Pasa otro día, y se ensancha la esfera de mis amistades. Conozco y trato a sinnúmero de oficiales de la guarnición y de los batallones que en mal hora trajo de Baleares Ortega. Éste no tiene la cabeza buena, en concepto de muchos, y sólo así se explican sus inauditas rarezas y actos extravagantes. En Palma, cuando preparaba la desatinada expedición, iba de taller en taller, vestido de paisano, con botas, vigilando la compostura del armamento.. Pues al traerle prisionero desde Calanda a Tortosa, los que le custodiaban sufrieron acerbas quejas y reproches del desgraciado General, irritado de las incomodidades inherentes a su triste situación. Pedía lo que no podían darle, y reclamaba lo que en aquellos míseros pueblos no existía. Es hombre de hábitos elegantes, hecho a los refinamientos del tocador. Le desesperaba el no poder mudarse de ropa. En Alcañiz pidió un traje negro de pana, y no hubo más remedio que hacérselo en breve tiempo. Vestir de negro, con botas altas de charol, guantes color lila, era un atavío muy del gusto de aquel hombre, a quien la conciencia de su buena figura y porte, y los éxitos sociales, inclinaban a la presunción.

Temiendo (p.7171) un arrebato de locura o despecho, los guardianes del General no le permitían afeitarse, con lo que movían mayores arrebatos de la presunción. La idea de estar feo y poco galán sacaba de quicio al hombre tanto como le irritaba su fracaso militar y político. Pero aún hubo de ser más vivo el enojo del pobre Ortega cuando se le sirvió la comida sin cuchillos ni tenedores, que esto es de rigor tratándose de presos en quienes se supone con fundamento la demencia suicida. La porquería de comer con los dedos le sublevaba; ponía el grito en el cielo; clamaba contra sus verdugos; protestaba de su buena intención patriótica en la empresa frustrada, y decía: «Yo haré saber a la Europa este bárbaro tratamiento que se da a un General español, por el hecho de querer traer a su patria la paz definitiva. Yo no soy carlista, no soy absolutista.. quiero la fusión de las dos ramas, deseo ardiente de todo español honrado.. Yo defiendo la causa fusionista, y por ella moriré, si así lo quieren mis enemigos».

¡Infeliz hombre! Mimado de la sociedad y favorecido de las damas, su buena figura y sus relaciones no habían tenido poca parte en los fáciles adelantos de su carrera militar. Era un caso del señoritismoendiosado, que desvanecido con los triunfos sociales, acaba por creerse un derecho y una fuerza. Fuerza ilusoria es, bomba de vidrio, fundida en salones y tertulias, y que al salir disparada de estas esferas, se estrella en mil cascos contra el primer muro que encuentra. ¿Verdad, amigo Beramendi, que Ortega no es más que una víctima del señoritismo, y que éste debe ser atado con cintas de seda para que nunca intente salir de los dorados espacios de la frivolidad al campo de la acción?

El risueño vecindario de Tortosa se entristece con la visión del próximo suplicio de Ortega. Empezó creyéndole criminal, y al fin le tiene por más merecedor del manicomio que del patíbulo. La execración y burlas injuriosas de los primeros días derivan rápidamente hacia la compasión. Dulce, Capitán General de Cataluña, ha llegado a Tortosa reventando de (p.7172) inflexibilidad. O'Donnell, desde África, ha dicho que no hay perdón, y en Madrid, el blanco corazón de Isabel se pone frenos para no dar lugar a la clemencia.. Cuando nos aseguró el Capitán que el fallo cruel es inevitable, Donata y yo caímos en gran tristeza. Ortega no nos había hecho ningún daño. Dicen que el daño grande lo ha hecho al país; pero este perjuicio, si es cierto, se reparte por igual entre todos los españoles, y la porción que a nosotros nos toca es inapreciable por su pequeñez. Donata me dijo: «Vámonos a rezar a Nuestra Señora de la Cinta para pedirle que haga lo que no quieren hacer Dulce en Tortosa, O'Donnell en África y la Isabel en Madrid». Y yo, que cada día me siento más sumiso a la bella Erhimo, digo, Donata, le respondí: «Recemos a la Virgen para que entre la sentencia y el pecho de Ortega interponga su Cinta milagrosa».

En la capilla de la Virgen pasamos la tarde. Luego fuimos de paseo hacia la puerta del Temple y el Astillero, y en nuestra conversación, divagando lentamente, sentados al fin en un recuesto donde contemplábamos la majestuosa corriente del río, surgió un pequeñísimo punto de discordia que me ha hecho cavilar más de lo que yo quisiera. Ello fue que, en el ardimiento de mi pasión, me arranqué a declarar que es broma todo lo que he dicho de cantar misa, y que mi verdadera vocación es el vivir laico en la turbulenta lucha del mundo. En mi amada noté algo como desvanecimiento súbito de una ilusión. Largo rato permaneció callada y seria, mirando las aguas del Ebro. Comprendí que mi sinceridad no fue de su gusto. Lo que a mí me parecía muy natural, perturbaba sus ideas. Vi ante mí, o entre mi persona y Donata, un mundo extraño y anormal, que nunca pensé pudiera existir. La idea laica, con su natural secuencia de matrimonio y vida regular, no era de su gusto. ¡Monstruoso fenómeno de psicología artificial, obra de las direcciones equivocadas de la existencia!..

Emprendimos el regreso con cierta esquivez el uno del otro, y sólo hablamos de cosas insignificantes. La (p.7173) tristeza que el incidente descrito me produjo, se desvaneció por la noche viendo a mi Donata como siempre amorosa, quizás más que de ordinario, cual si quisiera desagraviarme. Por último, se franqueó del modo más lisonjero para mí, diciéndome: «Confusio mío, dejo aparte mis gustos en lo tocante a tu carrera. Seas tú lo que fueres, y cantes misa o dejes de cantarla, yo a ti pertenezco para toda la vida, porque tú has querido tomarme, y yo darme a ti con entera voluntad. Más te quiero cada día, y tan enamorada estoy de ti y tan cautivada de tus prendas, que si me faltara tu cariño, me faltaría también la vida». Con ardientes caricias pagué el regocijo intenso que me dio esta declaración, y ella la corroboró con nuevas ternezas, terminando nuestro nuevo pacto de amor en el alto aposento recogidito.

Repitió Donata al siguiente día sus oraciones a la Virgen de la Cinta para que se apiadase de Ortega, trayéndole el indulto, ya que ablandar no podía la dureza del Consejo. Éste fue de los que llaman ordinarios, y de él formaba parte mi compañero de vivienda, el capitán Albuerne, quien me contó que el pobre reo había protestado airadamente de no ser juzgado por un Consejo de Generales, como por su calidad le correspondía. Habló Ortega cuanto quiso, y leyó un escrito largo ante el adusto Tribunal; mas no pudo obtener clemencia, y fue condenado a morir, tremendo fallo que espeluzna. Dicen que esto es necesario para que subsista en su inmaculada doncellez la Disciplina Militar, y en ello convendríamos todos si no supiéramos que ya está bien violada de innumerables seductores, aunque se guarda como un dogma el convencionalismo de que substancialmente convivan la violación y la virginidad.

Despojado de la dignidad militar, Ortega no dejó de ser elegante en el mayor aprieto de su vida y en los preparativos para su muerte, y encargó un traje negro de paisano, según su particular gusto, bien ajustado, con botas altas, y capa corta, que airosamente llevaba. Preso en el Castillo, era el galán peripuesto, que se desvivía por (p.7174) que su presencia y figura fueran admiradas de cuantos pudiesen verlas. Ante el Tribunal como ante el público, su tribulación se aliviaba revistiéndola de cierta elegancia melancólica. Su romanticismo no le abandonó un instante. Después de sentenciado, soñaba con la evasión, con el indulto, emanado del tierno corazón de Isabel; confiaba en las vehementes gestiones de la Montijo y de su hija la Emperatriz Eugenia. Hacia estas empingorotadas damas volvía mentalmente sus ojos, paseándose en la prisión con su capita terciada, en gallardas actitudes.

Una noche más.. El castrense, vestido de hábitos, lo que fue para mí una transfiguración de su persona, me propuso llevarme a ver a Ortega en la capilla. No quise acompañarle. Las barbaries de la ley me llenan de frío el corazón, incapacitándolo para execrar las de los malhechores.

 

Ep-37-XXV -

Acompañé a Donata a la Santa Catedral. Quería mi pobre odalisca apurar su piedad y sus oraciones para mover a la Virgen a un acto generoso por las vías comunes, o por la vía del milagro si necesario fuese.. Disparatada fue, según Donata, la conducta de Ortega; pero ¿cómo dudar que en sus propósitos estaba el defender la religión? La Causa últimamente abrazada por el infeliz General, no sólo predica las buenas leyes, sino el reinado de la fe. Pues bien merecía Ortega que se le mirara como soldado de Dios, salvándole de una muerte ignominiosa.

En estas reflexiones y en el afán de sus rezos la dejé, porque me esperaba don Higinio, el Músico Mayor, con quien quedé citado en el café para irnos a ver la ejecución. Es el prototipo de la franqueza angelical, un hombre de esos que llamamos todo corazón, mejor será decirtodo nervios, porque no he visto otro más vivo, más cambiante y movedizo en sus sensaciones, ni que mejor traduzca su temperamento en un lenguaje que musicalmente puedo expresar con la notación de presto agitato. Por la mañana me contó que había visitado a Ortega en la capilla, hablando con él un ratito. ¡Qué mal rato pasó! Aunque se tiene por hombre de (p.7175) fibra, capaz de resistir las más patéticas impresiones, no pudo eximirse de la pena del caso, ni disimularla frente al reo. Éste, presumido y bien compuesto de rostro hasta en los trances últimos de su vida, se mostraba ante los curiosos sereno y grave, con una melancolía de buen tono. Había escrito a su mujer una carta afectuosa; se había despedido de sus amigos y cómplices, Elío y Cavero, y hablando del suplicio próximo, trazaba un programa de él, comparándose con el bravo don Diego León, de cuyo heroísmo ante la muerte quería ser imitador fiel. Como expresara su propósito de mandar el fuego, el cura que le asistía le arguyó que es más cristiano el valor callado que el jactancioso. Así pudo quitarle de la cabeza lo de dar las voces de ¡apunten, fuego!, que revela el apego a las vanidades terrestres en el momento de cambiarlas por la eternidad gloriosa.

Todo esto lo contó el Director de la banda a un su amigo que le acompañaba y a mí. Era el amigo un hombrachón espigado, fuerte, como de treinta años largos, con trazas de marino, por su traje azul y lo curtido del rostro. ¿De qué habíamos de hablar sino de Ortega y de su trágico fin? Como algo dijera yo de la descabellada expedición, el desconocido me informó de que él había venido de Palma con el General rebelde. «¿Es usted marino de guerra?» le pregunté. Y él: «No, señor: lo fui. Cinco años estuve en el servicio. Después me metí en lo mercante; pero no me amaño al mucho trabajo con poco provecho, y ahora me vuelvo a los barcos del Rey». Nada más me dijo, ni yo a él, porque nos apremiaba lo que era motivo principal de nuestra reunión, y salimos los tres camino de la explanada de Remolíns, donde nos dijeron que dejaría de vivir el General Ortega. La verdad, no iba yo muy a gusto: desconfiaba de mantenerme entero ante tal espectáculo, y la compasión ocupaba en mi alma más espacio que la curiosidad. Pero don Higinio, en quien la energía y animoso temple contrastaban con la pequeñez del cuerpo, se burló de lo que llamaba mi pusilanimidad. Otro tanto hizo el (p.7176) hombre de mar, declarando que conviene presenciar las desdichas ajenas para que no nos cojan de nuevo las propias, y que cuando sepamos que arden las barbas del vecino debemos ir a verlo, para aprender cómo hemos de poner en remojo las nuestras.

Ya estaba la explanada de Remolíns llena de gente cuando llegamos; pero gracias a los codazos y empujones con que se abrió camino en la masa humana el hombre de mar, nos colocamos en sitio donde podíamos ver cómodamente la función. Hubo un momento en que ésta se presentó en mi mente como función trágica de teatro, que nos da la emoción patética y compasiva. Al influjo del arte, llora uno y se aflige; mas todo ello es como si nos pusiéramos máscara de espanto. Debajo están el rostro sereno y la conciencia de que es mentira lo que vemos entre telones. Nos retiramos alabando el arte del dramaturgo y el bello fingir de los cómicos.. En esta ilusión de tragedia teatral permanecí mientras estuvimos en espera del acto, y la causa de mi error no fue otra que el aspecto del apretado público, y su bullicio de impaciente curiosidad. Bullía y bufaba como una muchedumbre de parada militar, de teatro, de toros..

A la derecha, y a bastante distancia de lo que puedo llamar nuestro palco, había una puerta de fortificación. Por allí salieron tropas a caballo, después tropas a pie: traían al reo, y en el momento de verle, mi teatral ilusión desapareció, sustituida por un sentimiento congojoso de la realidad. La figura vestida de negro, con botas; el hombre elegante y melancólico que yo me representaba en mi mente por lo que de él me contaran, estaba vivo ante mí; y vivo, conducido entre dos clérigos, fue llevado a un sitio frontero a mi palco. La distancia que de él me separaba no era tal que pudiera escapar a mi vista la figura aristocrática, la cabeza hermosa y descubierta, el rostro pálido, el bigote rubio, la blanca frente, que al sol relucía como espejo..

Sentí aflicción hondísima, terror, vértigo, cual si me viera al borde de un abismo negro y sin fondo. Quise huir, mas ya no era (p.7177) posible: la multitud me enclavijaba en su cuerpo macizo. En mi retina se estampó la imagen del reo, calificado de traidor. Lo sería; mas a mí se apareció revestido de todo el esplendor de la dignidad.. Cuando vi que se apartaban de él los curas; que le dejaban solo, cruzado de brazos, sin vendar los ojos, y que él miraba impávido los fusiles que pronto apuntarían a su pecho, cerré los ojos.. No quería yo ver tal ultraje a la Naturaleza. Mi temblor y el temblor de todos anunciaban un cataclismo del mundo moral.. Repentino acceso de curiosidad me hizo abrir los ojos. Fue en el mismo instante del tremendo disparar de los fusiles. El cuerpo de Ortega saltó en rápida voltereta. Vi las suelas de sus botas, como si patearan el espacio..

El murmullo de la multitud acarició el cadáver como una onda con gemidos de responso. ¡Oh iniquidad, baldón de la Naturaleza, bofetada y palos en la propia persona de la Divinidad! ¡A las tres de la tarde, en un espléndido día de Abril, cuando el sol alegra los campos, y la tierra fecunda echa de sí para regalo del hombre toda la magnificencia de flores y frutos, la ley nos ofrece su auto siniestro de la Fe jurídica y militar, remedo de los sacrificios idolátricos! ¡Y se llama ley lo que es contrario al sentimiento y a la razón; ley, la violación salvaje del principio cristiano! ¿En qué te diferencias, ley matadora, de los criminales que matan? En que revistes tu crimen de etiquetas y trámites, y en que has sabido cohonestarlo con fórmulas hipócritas de moral falsa y de religión contrahecha. Tan execrable eres tú, perversa ley, como tus auxiliares, los hombres trajeados de negro, cuya misión en el patíbulo es comprometer a Dios a que sancione la barbarie llamada pena de muerte.. A mi delirio de furiosa protesta puso fin un triste accidente que a mi lado ocurrió. Fue tan viva la congoja del pobre músico don Higinio ante el terrible espectáculo, que todo el artificio de su presumida entereza se vino al suelo, y lanzando un ¡ay! lastimero cayó al suelo con un síncope. Con no poco trabajo lo sacó de entre los pies de la multitud (p.7178) nuestro acompañante el gigantesco marino, y viéndolo sin sentido se lo echó a la pela. Mujeres hubo a quienes pasó lo mismo; mas no encontraron a un atleta que del oleaje tan gallardamente las sacara.

Poco pesaba el Músico mayor.. Véase por dónde vinieron a interrumpir la convulsión trágica risas de sainete. Chiquillos vi, y aun mujeres animosas, que hicieron gran fiesta de ver al don Higinio llevado en brazos por el hombracho. Éste reía también, oyéndose llamar San Cristóbal. Avanzando a paso de procesión, pudimos llegar a donde no nos abrasaban los rayos del sol y se aclaraba la espesa multitud. Recobró su sentido el músico, y tan sorprendido como avergonzado, se limpiaba el sudor de su frente calva. «Es muy raro esto que me ha pasado -nos decía-. No vayan ustedes a creer que fue susto: soy hombre de terrible entereza.. ¡Pero tengo el estómago más canalla y más perro que ustedes han visto!.. Esta mañana comí unos muscles que me trajeron de Ampolla, y sobre ellos bebí aguardiente.. Ya lo ven: me han hecho daño.. Lo peor es que se me va la vista, y me tiemblan las piernas.. Horrible ha sido el fusilamiento, ¿verdad, amigos?.. Entiendo yo que la pena de muerte es una brutalidad.. es un asesinato.. También lo es comer muscles y encima aguardiente.. verdadero asesinato».

Con menos trastorno exterior, quizás la impresión mía fue más honda y lacerante que la del buen músico. Dejando a éste en casa, me fui a la Catedral en busca de Donata, a quien vi consternada, en un corrillo de clérigos y devotas, condoliéndose de que no hubiese venido el indulto. Bien claramente echó de ver mi amada que el trágico suplicio me había descompuesto. Más que condolido del triste fin de Ortega, me mostré indignado de la hipocresía de las leyes, que sacrifican a un hombre en el ara de la Disciplina Militar, mil veces violada y escarnecida. La traición resultó más ridícula que tremebunda, sin ocasionar muertes. ¿A qué tanto rigor contra un soldado iluso a quien debíamos acusar principalmente de necedad inofensiva? «Ya (p.7179) ves, ya has visto -dije a Donata- de qué te han valido tus rezos, y cuán indiferente es la Divinidad a nuestras miserias y dolores. El General muerto tenía mujer, tenía hijos, que habrán rezado tanto como tú, y con más afligido corazón.. ¡Valiente caso les han hecho! Y es que la proyección de la Divinidad sobre nosotros en forma de culto, es tan falsa como la otra proyección de la Divinidad en forma de justicia. Todo es mentiroso, todo compuesto para el servicio exclusivo de un grupo de poderosos, que se han alzado con el mundo moral y con el mundo físico.. ¡Ay, Donata, repugnancia y miedo me da esta oligarquía, formada con la triple casta de soldados, legistas y curas!.. ¡Y dicen que así ha de ser; que no existe mejor sistema; que en la majestad de Dios se apoya este armadijo!.. ¡Paciencia! Cantemos las glorias de los que nos esclavizan y atormentan».

Presumo que Donata no entendió mis ideas, expresadas con vaguedad febril.. Agarrándose a lo que afirmé de la ineficacia de sus rezos, me dijo: «La Virgen no ha querido salvarle.. bien claro está.. no ha querido, porque Dios y la Virgen habrán determinado que la Causa tenga mártires».

¡Ay, con qué pena oí este brutal concepto en boca de la mujer tan tiernamente amada! Quizás debí callarme, respetando un error nacido de la propia sencillez y rusticidad de la guapa moza; pero no lo hice, y movido de un ímpetu sectario y de mi locuacidad discursista, solté un sinfín de acusaciones y diatribas contra la Causa y sus príncipes, contra sus caudillos y tropas. Donata me oía consternada, poniéndose ya lívida, ya roja, y haciendo con su linda boca graciosas muequecitas de ira, de burla, de desdén. Sin duda dije mil simplezas, y arrebatado de mi propensión a la vana oratoria, endilgué pedanterías hinchadas, de esas que comúnmente no entran en el cerebro de una mujer. No la convencí, no: en la rudeza de sus ideas macizas, recibidas de la tradición, se estrellaban mis razonamientos como la ola en la peña. Díjele al fin que el vivo ejemplo y símbolo de la Causa lo tenía en el que fue su (p.7180) amo y sultán, de cuyo brutal poder habíala yo librado con ayuda de Dios. La monstruosa Causa se personificaba en el monstruo llamado don Juanondón.

Balbuciente salió Donata a la defensa del Arcipreste, del cual dijo que si estaba cargado de faltas, también poseía virtud y mérito grandes. «No, no, Confusio; no seas injusto. Don Juan es valiente, es piadoso.. Piedad y valor tiene, según lo requiere la necesidad. Tú no le conoces bien, y hablas como un papagayo que no sabe lo que dice. Que don Juan peque, no significa que deje de servir a Dios cuando es caso de servirle.. Y como talento macho, con luces para entender de cuanto hay, ¿quién se iguala con él? Yo digo que donde está don Juan, que se quiten todos.. Hombres así debieran ponerse a gobernar la Nación.. ¡Qué derechos andarían los españoles con un tío como el Arcipreste!.. ¡Bien les sentaría la mano, bien!.. y ellos, los muy cuitadicos, agradeciéndolo, Juan, agradeciéndolo».

Me acometió un reír convulsivo.. Hablar quise, y de mi boca no salía más que la risa desbordada y frenética. Donata se asustó al verme, y cuanto más carantoñas y mimos me hacía para calmarme, más locamente me disparaba yo en aquella infernal risa. Acudió primero Polonia; después el bondadoso Castrense, que además de administrativo tenía sus puntos de médico: en mí vio un fuerte ataque nervioso, y me ordenó cenar todo lo fuerte que pudiese para combatir la debilidad. Negueme a tomar alimento; me hicieron acostar; trajéronme aguas cocidas, infusiones en las cuales echó don Jesús no sé qué polvillos.. Lentamente se me sosegó el mal de risa que me sacudía los hipocondrios y me quebrantaba la cintura.

Solo con mi moza, ésta procuraba con blando arrullo y expresiones suaves incitarme al sueño. Yo quería dormir; mas algo había en la estancia que me despabilaba, tentándome al furor y a la risa. Veréis lo que era. Algunos días sacaba Donata de mi maleta las prendas de clérigo, sotana y bonete, que en mi equipaje con socarrona intención pusisteis, ¡oh insignes Beramendi y Tarfe! (p.7181) Estimaba mi odalisca en mucho aquellos negros atavíos; cuidaba de ventilarlos de tiempo en tiempo para que no se picase la tela, y después de cepillarlos con esmero y quitarles el polvo, y arreglar con la aguja algún deterioro que en ellos notase, los guardaba de nuevo respetuosamente. Pues aquella noche estaban colgadas frente a mí las feas vestiduras que debían servirme de disfraz en la farsa de mi viaje. En ellas clavé mis ojos espantados, y cuando Donata me incitaba a dormir, yo le dije: «No me deja, no me deja dormir..».

-¿Qué tienes, Juan, qué miras?

-Eso, Donata; eso no me deja dormir. Quítalo y dormiré. Si no te decides a quemar ese horror, esa funda negra, y el nefando gorro de cuatro picos, guárdalos, vida mía, para que yo pueda coger el sueño. Sacerdote quiero ser; pero nunca pondré sobre mi cuerpo ese traje de ajusticiado o de ajusticiante.

Solícita, me libró Donata de la vista de aquellos lúgubres objetos; y hablando de religión, de la misericordia divina, de la redención de nuestros pecados por el arrepentimiento, del amor a todas las criaturas sin distinción de castas, clase ni estado, de lo bueno que es Dios y de la maternal indulgencia de la Santísima Virgen, me quedé dormido como un ángel.

 

Ep-37-XXVI -

Desperté sosegado y sin ningunas ganas de reír. Sentada junto al lecho, había Donata recostado en éste su cabeza y parecía dormir profundamente. Las ideas que me asaltaron en aquel rato de sedación suave, fueron desconsoladoras. Pensé que me había dejado llevar de la imaginación al encarecer desmedidamente la hermosura de Donata. Aunque es muy propio de poetas sublimar el semblante, el color y las líneas corpóreas de la mujer amada, entiendo que hice un derroche abusivo de comparaciones poniendo el cielo en los ojos de la mía, en su boca todas las gracias y en su cuerpo no sé qué ideales paganos de perfectísima gentileza. La miré bien, dormida, y si en efecto, no puedo menos de reconocer que es una linda hembra, también reconozco que hay no poca distancia desde sus atractivos a la (p.7182) perfección de nuestra madre Eva, o a la de las diosas gentílicas, con quienes en mis arrebatos de amor propio la he comparado. Me propuse rectificar en la primera ocasión oportuna aquel juicio mío inflado de hipérboles optimistas, y así lo hago, manifestando a los señores de Beramendi que rebajen un poquito mi poética descripción de la Erhimo aragonesa.

Pues de las observaciones que aquella noche hice ante Donata dormida, pasé a revolver en mi mente recuerdos de lo que ella me había contado días antes referentes a su niñez y crianza. En Alcoriza, tierra de Teruel, nació la que por especiales motivos románticos llamo mi odalisca, y fue su padre el sacristán de la iglesia principal del pueblo. Con sutil discreción, me dijo que el sujeto que ante el mundo se llamaba su padre le tenía ella por tal en concepto putativo, y que el verdadero progenitor era persona de más categoría. A la muerte del sacristán (acaecida cuando Donata no pasaba de los cinco años) , quedó su mujer de sacristana, porque así lo dispuso el generoso párroco, hombre de opinión y de buena presencia, y en todo lo que no fuera servicio litúrgico de altar desempeñaba la viuda las mismas faenas del difunto. Ved aquí cómo creció la chiquilla en aquella vida sacristanesca. A su madre ayudaba en el barrido de la iglesia y capillas, en alimentar las lámparas de aceite, en lavar las imágenes, y desnudarlas o vestirlas cuando era menester, en disponer los altares para el diario y las funciones mayores. De aquí que estuviera la odalisca tan versada en las cosas del culto y fábrica, y en los ritos de cada festividad.

Así llegó a ser mocita. Me contó que miraba mucho por ella el buen cura, y que la guiaba paternalmente por los caminos de la virtud y de la honestidad, dándole además la instrucción rudimentaria de leer, escribir, y contar un poquito. Por desgracia, al cumplir Donata los diez y ocho abriles, falleció el bendito señor, dejándola sin más amparo que el de la madre; y menos mal que ambas continuaron en el albergue y oficio sacristanil, por tolerancia del nuevo cura. Era éste un (p.7183) bravo mocetón, furibundo carlista, gran cazador, rumboso, jovial. Sin duda no tuvo a la moza por saco de paja, porque quiso estrecharla más en su servicio y compañía, llevándola a la propia vivienda. Luchó la madre contra este propósito del superior jerárquico, y de la lucha vinieron disgustos, y la intervención de otro curita joven, de un próximo pueblo. En resolución, la sacristana hubo de poner en salvo de aquellas disputas a su querida hija, y no halló medio mejor que remesarla al señor Arcipreste don Juan, varón de grandísimo crédito y autoridad en aquel territorio. ¿Fue remitida Donata como alumna o pupila de un colegio, o como criatura torcida que necesita de un maestro y corrector que la enderece? Esto no supo decírmelo mi amada. Ya me lo explicaría mejor al proseguir la historia de su vida.. ¡triste vida desarrollada en un medio sombrío, sotanesco!

Las reflexiones que me sugirió el ensayo biográficode Donata, reproducido en mi memoria, las contaré cuando Dios quiera. Hoy tengo que reanudar el cuento de aquella noche, diciendo que Donata despertó cuando yo me hallaba en lo más intrincado de mis reflexiones. La pobrecilla mostró un interés muy vivo por mi descanso. Quería que durmiese más, o que en su compañía, charlando de íntimas y dulces cosas, repusiese mi espíritu del susto de la tragedia. Con buen acuerdo, nada me habló de la monstruosa ficción legal política y religiosa que levantaba en mi alma oleaje de terror y de ira. Lo que me dijo fue para mí de gran alivio; en sus palabras vi la expresión fiel del pensamiento. La esclava Erhimo, redimida por mí, puede tener, y tiene sin duda en su mente, todo el mazorral tenebroso que daba de sí la singular crianza que me contó ella misma; pero es buena, hay en su alma un fondo de rectitud y ternura, sobre el cual puede fundarse una regeneración espiritual con auxilio del tiempo.

Reproduzco sus expresiones, que creo interesantes: «Mira,Confusio, mientras tú dormías, yo he llorado.. he llorado como San Pedro cuando, al oír cantar el gallo, cayó en la cuenta de que había (p.7184) negado a su Maestro. A ti, que eres mi maestro, te he negado yo diciéndote lo que no debía decirte. ¡Ay!, yo no debí defender al Arcipreste, ni meterme en músicas de si la Causa es mejor o peor que otras Causas.. Verás por qué estuve yo tan impertinente y tan fuera de lo que soy. En la Catedral me arrimé a un gran corrillo que formaron en la capilla de San Rufo unos señores sacerdotes y media docena de mujeres, o señoras, que todo podían ser, de las que están allí mañana y tarde engolfadas en la santidad. Sea esto santidad verdadera, o turris burris, como dice don Juanondón, ello es que en mi pobre cabeza metieron todo lo que iban diciendo, y cuando me recogiste venía yo trastornadica..».

-Tu principal defecto -le dije- es que el último que llega te hace suya, Donata.

-Pues tenme siempre en tu influencia -respondió besándome las manos-, y si me quieres como yo a ti, Confusio mío, no me dejes ni un momento de tu poder.. Yo te pido perdón de lo que pensé y dije, y no quiero ser sino al modo que a ti te plazca.. Esclava soy desde que nací, y de unos a otros dueños he pasado; ahora soy esclava tuya. No me has comprado con dinero, sino con tu amor, y en el amor tuyo quiero vivir siempre.

Bastaron estas tiernas declaraciones, que del corazón le salían en hermoso torrente, para que yo me calmase de aquel estado de malquerencia y enojo de todas las cosas. A tal estado llegué por el terror de la ejecución de Ortega, que en mi espíritu se desató el fiero pesimismo. Ver morir a un hombre en aquella forma de glacial justicia sin entrañas, era bastante motivo para que se ajaran ante mis ojos todas las formas del mundo que me rodea, entre ellas la misma Donata, cuya belleza rebajé despiadado con cierto furor iconoclasta. Mas lo que a la madrugada me dijo, y el hechizo de su ternura y arrepentimiento, la repusieron en mi adoración, y si no recobró la ideal hermosura de los días románticos, quedó restaurada lo suficiente para ser una hembra muy distante de la vulgaridad.

Por la mañana subió a mi camaranchón el castrense don Jesús. Mis (p.7185) primeras palabras, contestando a su saludo, fueron para suplicarle que no me hablase de la intentona, ni de ningún tema que con la cosa pública tuviera relación. «¡Pues, hijo, no está usted poco incomunicado con el mundo! -me dijo risueño-. ¿De modo que no quiere saber que se ha encontrado la pista del falso Monarca y del falso Príncipe?.. Sí.. ya saben hasta los perros que Montemolín y su hermano están en Ulldecona, muy agazapaditos en un convento de monjas..». No pude sustraerme al interés de estas noticias. Sintiéndome gradualmente animado, me vestí y arreglé para sacudir la tristeza y volver a la vida normal.. Poco después estaba yo en la cocina, donde supe por Polonia que don Higinio había convidado a comer a su amigo, el marino atlético, que en brazos lo sacó de las apreturas del gentío momentos después de la ejecución. Ambos estaban en el comedor con el Capitán, éste leyendo periódicos de Madrid, don Higinio haciendo cigarros de papel en una maquinilla.

Allá me fui tratando de dar a mi espíritu algún esparcimiento, y saludé con afecto al marino, deseando mostrarle mi simpatía. Al verle en pie, para corresponder a mi saludo, admiré su arrogante figura y la ruda belleza del rostro en que habían escrito sus rigores el viento y el sol. «Paréceme usted un gladiador de mar -le dije-, y tan lucida y airosa es su facha, señor mío, que le dan a uno ganas de llamarle Neptuno». A mis galanterías dio esta contestación, que me dejó atónito: «No me llamo Neptuno, sino Diego Ansúrez, para servir a ustedes».

Con ardientes expresiones mías estalló la anagnórisis, que así llaman los retóricos al reconocimiento de personajes. Era de los míos. No pude decirle: «¡oh padre, oh hermano!» como es de cajón en las anagnórisis; pero le dije: «Soy muy amigo de su padre de usted, Jerónimo Ansúrez.. de su hermana Lucila, que es, mejorando lo presente (por allí andaba Polonia trasteando en el aparador) , la mujer más guapa del mundo; de su hermano Leoncio, armero habilísimo; de su hermanoRuy, pensionado en Bélgica por el marqués de (p.7186) Beramendi para perfeccionarse en la música, y por fin, conozco y estimo grandemente a su glorioso hermano Gonzalo, que de España se pasó a Marruecos y de Cristo a Mahoma, y hoy es un caballero poderoso llamado El Nasiry».

No menos asombrado que yo, el Ansúrez de mar me pidió con interés febril noticias de todo el familiaje que nombré. De Lucila sabe que ha enviudado y que posee hacienda pingüe; de su padre recibió carta hallándose en Vinaroz en el mes de diciembre último; con Gonzalo no se cartea; pero sabe por Jerónimo que está bueno y vive en grande, con sinfín de mujeres, y valimiento en la corte del Sultán. Dile yo cuenta de mi amistad con El Nasiry, y de lo que es y supone en aquel Imperio, quedando él y los que nos escuchaban maravillados de tan portentosa metamorfosis. Don Higinio, el Capitán y el Castrense mismo, no ocultaban sus ganas de vestirse a lo moro, de hablar el árabe, de tener provisión de hermosos caballos y un rebaño de lindas mujeres sumisas. Buena cosa es la poligamia, matrimonio múltiple sin suegras.. Después de responder a las preguntas del celtíbero de mar, tocome preguntar a mí, y lo hice pidiéndole informes de su hermano Gil oEgidius, que vaga por estas tierras. Contestome que, gracias a Dios, no anda ya Gil en trotes de bandolero: de otras granjerías vive, no muy honradas que digamos, pero menos expuestas a dar contra la justicia y a tropezar con el presidio.

«Por estos pueblos de la costa andaba con el compañero valenciano que le ha enseñado esa industria -nos dijo-. En Hospitalet nos encontramos un día, y le eché los tiempos..: '¡Ah, tunante, si no te marchas de esta tierra donde te conocen y puedes ser descubierto, yo te haré salir a puñetazos!'. Pasaron a Falset; de allí al Priorato, donde ganaron mucho dinero, según oí, y ahora están hacia Mequinenza sacando todo el jugo a su negocio.. Veo que están ustedes llenos de curiosidad por saber en qué negocio trabajan esos pillos, y van a quedar satisfechos sin demora. Mi hermano Gil es agudo como el hambre, vivo como la (p.7187) pólvora, de rostro muy moreno, el labio un poco grueso, los ojos como endrinas. Con un gorro encarnado, unas bragas azules, chaquetón o balandrán con botones de moneditas y adorno dorado, se hace un empaque como el de esos griegos o turcos que vemos en los muelles de Marsella y de Génova. En los puertos levantinos aprendió el valenciano la industria que luego enseñó a Gil, enseñándole también a mascullar la lengua turquesca o tunecina que habla toda la pillería marinera del Mediterráneo. ¡Y qué industria se traen los caballeros! Ello es vender cositas piadosas de Tierra Santa, que llevan en un carro grande como una casa, donde viven y hacen su comida, con lo que, a más de darse mucho tono, ahorran el gasto de posada.. En cuanto llegan a un lugar, paran el coche en medio de la plaza, y con grandes voces, en catalán o castellano chapurrado, según los pueblos, llaman a la gente, y mi hermano, que tiene gran despejo para sermonear, larga una plática pregonando la santidad y la virtud de la mercancía. Acuden las mujeres como moscas, oyen aquellos disparates, y ya las tienen ustedes trastornadas. La ignorancia, el poco seso y la beatería caen en el garlito; empieza el compra y vende, y antes se cansarán ellos de coger dinero que ellas de dárselo por las baratijas milagrosas.. ¡Y que no es floja la tarifa de precios! Las piedrecitas del Monte Sinaí, donde Dios le dio a Moisés las Tablas, se venden al peso, por adarmes, y valen dos, dos y medio, y tres reales: en relicario con cristal, valen seis y ocho reales. Las botellas de agua del Jordán, para lavar los ojos enfermos, u otra parte del cuerpo en algún caso, varían, según el tamaño, de siete a doce reales, y lo mismo los rosarios de huesos de aceitunas del Getsemaní. Las hierbas del mismo huerto son a precios convencionales, y quien las quiera del propio sitio en que posó sus pies y rodillas Nuestro Señor, ya tendrá que pagar un pico. Las que están cogidas en el ruedo de aquel sitio sagrado, van valiendo menos, conforme se alarga la distancia; y las llamadas rosas de Jericó, que son al modo (p.7188) de unas escobitas para rociar agua bendita, se pagan caras, pues es cosa que estiman mucho las embarazadas, y mujeres hay tan ciegas de fanatismo, que no paren a gusto si no les dan la rosa.. Para el completo engaño de la gente, llevan esos pillos testimoniales de cada cosa: son papeles escritos en arábigo, y traducidos al español por un monje que acredita la procedencia del género, y luego firman y dan fe priores, abades, y hasta cónsules mismamente. Todo es falso; pero tan bien apañado, que la filfa parece verdad: las mujeres enloquecen, los hombres aflojan los cuartos, los curas bendicen, los alcaldes toleran, y los malditísimos charlatanes se van a otro pueblo cargados de dinero, sin más trabajo que ir recogiendo por el camino las piedrecitas del Monte Sinaí».

 

Ep-37-XXVII -

«¡Si serán listos esos sinvergüenzas, que me han engañado a mí! -exclamó el Capellán, dando un golpe en la mesa-; a mí mismo, señores, que siendo, como soy, católico ferviente, no creo en milagrerías. Ello fue en Gandesa, cuando servía yo en el Provincial de Teruel. Una patrona que allí tuve, y cuyo nombre no hace al caso, se emperró en que le llevara la rosa de Jericó: estaba la pobre en meses mayores. Llegaron por allí esos tunantes. Me acuerdo de verles en el pórtico de la iglesia, donde el cura les hacía el artículo, y a todos recomendaba que se proveyesen de aquellas porquerías. Llegué yo a comprar la rosa, porque la patrona no me dejaba vivir. ¡Maldita casualidad! Las rosas se habían concluido; pero me ofrecieron las hojitas del propio lugar en que estuvo el Señor orando.. Yo no quería.. O rosas, o nada. Pero los mercachifles y el cura mismo me querían hacer tragar las hojitas, diciéndome que la eficacia era tal, que no había parto desgraciado con semejante droga. Total, que caí en la trampa: ¡veinticuatro reales me sacaron por unas hojuelas arrugadas, con las que no se podría hacer un cigarrillo de papel!.. ¡Lástima de dinero! La patrona se murió de sobreparto: Dios la tenga en gloria.. Meses después, me encontré al cura que había tenido su parte en aquel (p.7189) timo, y le dije: 'Oiga usted, so farsante: tiene usted que darme un duro y una peseta que con su garantía me sacaron los ladrones aquellos de Tierra Santa'. Y él se echó a reír, y convidándome a refrescar, me dijo que a él le habían sacado mucho más, pues por unas botellas de agua del Jordán para curarle los ojos a su sobrina, las cuales valían tres duros, les arreó media onza, y ellos, al darle la vuelta, le encajaron un doblón de a cuatro.. más falso que Judas.. 'Y la sobrina, ¿curó de los ojos?..'. 'Sí, señor, curó.. El agua no era falsa: la tengo por legítima del Jordán. Aún me queda un poco: se la ofrezco a usted para curarse ese grano que tiene en la nariz'. Le mandé a la porra, y no le he visto más».

La graciosa historia de los vendedores de santas bagatelas, y el incidente que contó el capellán, nos divirtieron hasta la hora de comer. Tanta simpatía me inspiró el Ansúrez acuático, que por disfrutar de su grata conversación me fui por la tarde al café con don Higinio y el Capitán. Reunidos en amena tertulia, nos contó Diego lances peregrinos de su vida de navegante; luego nos dijo que posee un buen falucho, en el cual saldrá dentro de unos días con carga para distintos puertos de la costa, rindiendo viaje en Cartagena, donde dejará el barco a un compadre suyo, y pedirá reenganche en la Marina de guerra. De lo mucho que habló el hombre de mar, no he podido colegir que sea casado, aunque sin duda lleva mujer consigo. Como yo le manifestara deseos de hacer un viajecito por la costa para ver mundo y esparcir los pensamientos, me invitó a navegar en su compañía de aquí a Cartagena. Si por el momento decliné muy agradecido la invitación, en el curso de la tarde, por inesperados sucesos, me sentí muy inclinado a no rechazar cualquier proporción de viaje que se nos presentara.

Ved lo que ocurría: llegué a mi casa con objeto de recoger a Donata para dar un paseo, y a quien primero vi fue a Polonia con una taza en la mano. «Voy a darle a ésa un poco de tila -me dijo-. Se nos ha puesto malucha». Encontré a mi pobre odalisca demudada, llorosa. Con trémula voz me (p.7190) dijo: «¡Ay, mi Confusio, qué ganas tenía de que vinieras! ¿No sabes lo que pasa? Olegaria está en Tortosa: Polonia la ha visto. Ya sabes lo mala que es.. Que te cuente Polonia lo que le han dicho.. Corre por la plaza el rumor de que el Arcipreste está aquí también, disfrazado de payés.. y ha venido.. ya puedes suponerlo.. A Polonia le han dicho.. que te lo cuente.. le han dicho que ni tú ni yo nos reiremos de don Juanondón.. Yo tengo un miedo horrible.. Cuando ésta me dijo que vio a Olegaria en los porches de la plaza, creí morirme.. Juanico mío, no me dejes un momento sola.. A ti y a mí nos matarán. Lo que te dije: no nos perdonan lo que hemos hecho.. ¡Fugarme de su casa!.. ¡sacarme tú de su casa!.. Polonia, Confusio, escóndanme bien.. discurran cómo hemos de escaparnos a lugar más seguro.. lejos, lejos..».

Dejando para después el discutir si debíamos o no marcharnos a un lugar más distante de la esfera de acción del Arcipreste, Polonia y yo procuramos expulsar del cerebro de mi aragonesa los pensamientos terroríficos que en él se habían metido. Cuando nos quedamos solos, Donata se estrechó más contra mí, oprimiendo mi cuerpo con un abrazo forzudo, y me dijo: «Tuya soy, tuya me hiciste por amor, y a ti me pego, y no habrá quien de ti me separe.. ¿Te acuerdas de lo que hablamos en la tartana viniendo de Ulldecona? Tú me preguntabas si el Arcipreste es bueno o es malo, y yo no sabía qué contestarte.. Ahora te digo que es malo, o que está en la vena de volverse demonio. ¿No te contó él lo que hizo con el teniente que le quitó a Fabiana? Pues lo mismo querrá hacer contigo.. ¡Qué horror! Vámonos, vámonos pronto de aquí.. ¿Permitirá la Virgen de la Cinta que ese hombre se vengue de ti por haberme robado y de mí por dejarme robar? No: la Señora no lo permitirá. Yo le diré a la Señora que don Juan no merecía mi constancia.. Yo he pecado.. él más.. él es, como quien dice, monstruo, y su casa.. como eso que me contaste de los harenes.. ¿no se llaman así?.. Te diré una cosa, y también he de decírsela a la Virgen de (p.7191) la Cinta. Don Juan me compró a mí por mil quinientos reales.. No te asombres. Es como te lo cuento: mil quinientos reales dio por mí.. Mi pobre madre necesitaba la cantidad, porque le habían embargado el huerto de la Diezma, única hacienda que teníamos.. Y ello fue porque mi padre dejó una deuda que al principio era de poca cuenta, pero crecía, crecía, año tras año, como una mala hierba que se corta, mas no se arranca. Para librarse de esta trampa empeñó mi madre la Diezma.. Mi prima Polonia, que vivió con nosotros muchos años en la sacristía de Alcoriza, podrá contarte las fatigas que pasó mi madre. Pidió al rico don Juan que le prestase dinero para el desempeño de la Diezma, y no quiso dárselo. Lo que él decía: 'Estoy harto de hacer beneficios. Saco a estos pobres de la miseria, y en la miseria se vuelven a meter'. Y yo digo: 'No tienen la culpa los pobres, sino la miseria de los pueblos, que es mayor que toda caridad..'. Pues nada: don Juan iba todos los años a Alcoriza, donde tiene tierras muchas.. Mi madre le daba matraca, y él que no, que no. Me parece que le oigo.. Al fin.. el año pasado no, el otro.. a poco de salir de allí el Arcipreste para Ulldecona, mi madre, desesperada, discurrió ofrecerme a mí por el dinero. Un arriero, apodadoMañas, fue quien trajo y llevó los recaditos para el arreglo del negocio, y ese Mañas, en el mes de Octubre, no en el último Octubre, sino en el de más atrás, me trajo a mí, y llevó a mi madre los mil quinientos reales..».

La pena y bochorno de estas revelaciones me hicieron enmudecer. Antes que Donata me refiriese su caso, había yo visto que en España tenemos esclavitud mal encubierta de formas legales o de sociales artificios. «¡Y este hombre -prosiguió ella- se atreve a disputar su esclava al que me ha comprado por amor, no por dinero!.. También te digo que don Juan no tomaría venganza de ti y de mí si esa perra de Olegaria no le pusiera en el disparadero con sus arrumacos.. porque él.. vuelvo a decírtelo.. enteramente malo no es.. Tú lo comprendes, Juanico.. Dentro de él andan a la greña los ángeles y los (p.7192) demonios».

De esta conversación surgió la idea de aprovechar la oferta de Ansúrez para buscar refugio en pueblo más distante. A la siguiente mañana, anduve en persecución del hombre de mar, sin poder dar con él. Supe al fin, por un posadero de la calle de Tablas Viejas, que había bajado a la villa de Amposta, donde tenía su embarcación. Acompañome el Músico Mayor en las últimas vueltas que di por la ciudad, no cuidando de recatarme, sino de afrontar la presencia del Arcipreste, si acaso con él me topaba. Por cierto que don Higinio, una vez pasada la gran congoja del fusilamiento, se volvió a revestir de falsa entereza, y no hablaba de otra cosa que del suceso trágico. Todo su empeño era presumir de haberlo visto mejor que yo, y poner reparos a la descripción que yo hacía. Según mi amigo, no eran de color lila, sino de color de paja, los guantes que Ortega llevó al cuadro. Me porfiaba que la levita no era negra, sino azul, y la capa, un capote de caballería.. Sobre tales pormenores disputamos en la mesa del café, y la intervención y juicios de otros amigos, en vez de aclarar los hechos, más los obscurecían y embrollaban.. Y es que estos espectáculos siniestros, iluminados por el relámpago de nuestra curiosidad terrorífica, no impresionan con igual forma y colorido la retina de cada espectador. Un soldado del piquete que hizo fuego sobre el General, nos dijo que éste llevaba una casaca roja.. ¿Sabéis lo que motivó este error del soldado, haciéndole ver tanto rojo? La cruz de Calatrava que Ortega llevaba en su pecho.

Antes de anochecer, Polonia nos llevó noticias que rectificaban las que habían consternado a la pobre Donata. Muy revuelta estaba Ulldecona con las diligencias que hacía la tropa para encontrar a los Príncipes escondidos. El Brigadier Ballesteros, hombre templado muy atento a su obligación, destituyó al Ayuntamiento, que ha sido el primer amparador de carlistas, y metió mano a todos los cabecillas de aquellos contornos. En el casco de la villa fue registrada la casa del Arcipreste, que escapó antes que entrara la Guardia civil. (p.7193) De las innumerables amas y sobrinas, algunas huyeron con su señor; otras volaron por su cuenta, y alguna se quedó al amparo de los propios guardias, que era lo más seguro. El Arcipreste había ido a parar a la Cenia, según unos; otros creían haberle visto camino de los Alfaques.. Tranquilizaron a Donata estas nuevas, pues si eran verídicas, ya no debíamos temer la presencia de don Juan en Tortosa. Mas como ni aun así podíamos estar libres de inquietud, uno y otro, al cabo de mucho charlar de las probables contingencias, resolvimos marcharnos.. ¿A dónde? Nuevas dudas. ¿Iríamos a Cartagena en el falucho de Ansúrez, o a Tarragona en tartana?.. ¿Y por qué no a Madrid? ¿No sería esto lo más seguro? Tan indecisos estábamos, que entres veras y bromas propuse a Donata que lo echáramos a la suerte, y el modo y forma de consultar el Destino fue diferido para la mañana siguiente. Ved ahora, amigos míos y amables lectores, Marqués y Marquesa de Beramendi, la solución que nos dio el Oráculo, bajo la sagrada representación de Virgen de la Cinta.

Levantose Donata muy tempranito, casi al amanecer, y con Polonia se fue a la Catedral. De regreso estaba cuando yo me vestía. Risueña entró en el palomar, y con tiernas caricias me notificó la divina solución de nuestras dudas. Bastaron medias palabras para que yo comprendiera que la Virgen hablado había dentro del corazón de Donata con misterioso lenguaje sólo entendido de la sincera piedad. En resumen: decía la voz del cielo que sin miedo ni vacilación alguna nos embarcáramos en la nave del señor Ansúrez. «Y para que veas,Confusito de mi alma -agregó Donata-, cómo ha correspondido la verdad natural a las voces que hablaron en mi corazón, sabrás que al bajar las gradas de la Catedral, vimos pasar a tres hombres, uno muy alto, vestido de azul. Polonia saltó y dijo: 'Mírale.. ése es el amo del falucho. Parece que Dios te le envía'. No me atreví a correr tras él. En cuatro brincos fue Polonia; le paró, hablaron.. Le encontrarás toda la mañana en el Astillero.. Búscale en el (p.7194) tinglado de un calafate nombrado Lleó».

No puedo ocultar que Donata me comunicó su anhelo de huir por mar. También sentía yo en mí la corazonada, las tenues voces íntimas que me aconsejaban lo mismo que la Virgen sugirió a Donata, y esto prueba cuán extenso y variado es el reino de la superstición. Salí en busca del marino; pero no quiso Dios que mis pasos fuesen tan derechos como yo quería, porque al atravesar la Plaza de la Ciudad, sentí tras de mí la voz del Castrense, y antes que me volviera, su mano me cogió del brazo. «Vamos, querido Confusio -me dijo-, vamos a ver con nuestros propios ojos a Carlos VI y a su hermano. ¿Pero qué?.. ¿ignora el gran acontecimiento? Anoche les han cogido. Se sabe por un correo que llegó muy temprano. Ya no tardarán en entrar en Tortosa, pues a las dos de la madrugada salieron de Ulldecona. Vamos, amigo, a prisita.. no haga el demonio que entren antes de la hora prevista y perdamos esta fiesta. ¡Cuándo veremos otro Rey, aun siendo de papelón y sin ningún derecho a la Corona, digan lo que quieran!..». Me llevó; dejeme llevar hacia la calle del Arsenal, donde está la Comandancia General. A mí, como a don Jesús, se me había despertado la curiosidad vivamente. ¡Carlos VI.. un perfil histórico.. la encarnación de una idea, tras de la cual corre el caudaloso torrente de la guerra civil! Hay que ver, hay que ver esa cara, dibujada por Clío.. con un hueso mojado en sangre española.

Ya había gente en la calle del Arsenal, gente en la Barana y en la calle de Pont.. Aquí nos encontramos a don Higinio con otros amigos de la tertulia del café. «Higinio -le dijo el Castrense-, ¿cómo no te has traído la banda para darle a tu monarca un golpe de Marcha Real?». Y el Músico chiquitín replicó: «Lo que le daría yo es un golpe de Himno de Riego, y mejor del Trágala.. Por de contado, que le fusilarán. Y a ese fusilamiento sí que no falto, aunque mi estómago se me ponga de uñas.. ¿Que no le fusilan? ¿Pues qué justicia es ésta, ajo? Al otro pobre cuatro tiros, y a éste, chocolate con mojicón». Por acuerdo (p.7195) razonable de todos, fuimos a situarnos en la puerta de la Comandancia, donde forzosamente había de parar lo que don Higinio llamó el cortejo, y en efecto, a los diez minutos de espera vimos que entraban en la calle cuatro guardias civiles a caballo, detrás una tartana.. más guardias civiles, otra tartana.. y una escolta pequeña de húsares..

¡Ya estaban aquí! ¡Qué interesante es ver a la Historia apearse de un carricoche, con aire mohíno, y codearse con los simples mortales que no salen de los espacios grises de la vida privada!.. De la primera tartana vi bajar a Montemolín, un joven alto, de buena presencia, pálido, con una nube en un ojo, barba que renacía tenuemente después de afeitada, como cerquillo obscuro en los bordes del ovalado rostro; vi detrás al hermano, más pálido y ojeroso, menos interesante que el primogénito. Ambos, al entrar en la Comandancia, pasaron rozando conmigo: observé sus gabanes largos llenos de polvo; las hilachas de sus pantalones; la chafadura de los hongos negros de seda, blanqueados del polvo; los cuellos de camisa no mudada en luengos días; el deterioro general de sus ropas; los guantes por cuyos descosidos asomaban los dedos; noté las caras soñolientas, mustias, avergonzadas.. ¡Oh, qué historia tan triste! Sentí lástima de la Causa y de sus hombres, que parecían conducidos a un patíbulo sin muerte, o a una muerte histórica sin dignidad.

 

Ep-37-XVIII -

Apeose el Teniente de la Guardia civil, hermano del Castrense don Jesús, y éste, después del abrazo, le asestó las preguntas que resumían la curiosidad ardiente de los que en el portal estábamos. «¿Le cogisteis en la casa que llaman de Gandalla, a la salida del pueblo? ¿Es cierto que tuvisteis que entrar por el tejado?..». Según nos dijo el Teniente, no habían subido los guardias más arriba de una ventana o balcón, pues el dueño de la casa, Cristóbal Raga, que también venía preso, no quiso abrir la puerta, pretextando que se le había perdido la llave. En un aposento alto, muy pobre, y con cortinaje de telarañas, encontraron a (p.7196) Montemolín, a su hermano y a un criado. Se vestían a toda prisa cuando entraron los guardias. Montemolín dijo gravemente su nombre, y la frase: «Estamos a disposición de ustedes..». Les llevamos a nuestro cuartel, donde se les ofreció chocolate: lo tomaron con panecillos, y.. ¡hala!, en marcha.

El Mayor de plaza, que había venido en la primera tartana, nos contó que don Carlos Luis es hombre de fino trato. El tonillo de persona Real, benévola y cortés con los inferiores, no se le cae de los labios. Elogió mucho a la Guardia civil, calificándola de admirable cuerpo. En el extranjero se le citaba como el mejor de su índole organizado en Europa.. y él no cesaba de poner en las nubes su buen porte, policía, y puntualidad en el cumplimiento del deber. Don Fernando hablaba poco, y sólo se permitía repetir como un eco las opiniones de su hermano.. El Cristóbal Raga, que les había dado asilo, era un honrado labrador que procedió con noble y franca generosidad, movido de sentimientos humanitarios. El Arcipreste Ruiz le había dicho: «Guarda a estos señores, que corren peligro», y no necesitó más para darles albergue piadoso. Les guardó cuanto pudo; pero, según cuenta, no cesaba de decirles: «Caballeros, váyanse, que me están comprometiendo». Dulce había ofrecido diez mil duros por los Príncipes. Cristóbal Raga no los habría entregado ni por un millón.

La página histórica se desvanecía en la insignificancia. Ya no trataban las autoridades tortosinas más que de proporcionar a los primos de Su Majestad alojamiento decoroso. A toda prisa se arregló la casa del Comandante de Ingenieros para que Sus Altezas se aposentaran como personas de sangre Real. Recobrado el equipaje, que les fue cogido en la fuga, pudieron vestirse de limpio. Lo primero que pidió Montemolín fue que se le permitiera poner un telegrama a su esposa, y al punto le fue concedido. La página histórica terminaba con un recadito a la familia: «Estamos buenos. Se nos trata con la debida consideración».

A medida que se enfriaba en mi espíritu el interés de aquel (p.7197) negocio público, recobraba su calor el asunto propio. Dejé a mis amigos para seguir el camino que me había propuesto al salir de casa, y al llegar a la Puerta del Temple tuve la suerte de encontrarme de manos a boca con Diego Ansúrez, que del Astillero venía con una caterva de menadors,filadors y calafats, la plebe más bulliciosa y maleante de esta ciudad, carpinteros de ribera los unos, los otros fabricantes de cuerdas de cáñamo para la marina. ¿Quién no ha visto en los puertos de mar la interesante obra de torcer el cáñamo, al aire libre, obteniendo los cabos de diferentes gruesos, desde las guindalezas y calabrotes hasta las sutiles drizas para izar banderas? Menadors son aquí los que dan vueltas a la rueda,filadors los que con el cáñamo liado a la cintura hilan y tuercen andando hacia atrás. Éstos, y los calafates y careneros, y los manipuladores de filástica, constituyen un gremio característico en todo pueblo de costa; gremio que vive en salvaje independencia, con tanto desahogo de costumbres como de lenguaje. Antes de que yo pudiera decir a Diego Ansúrez lo que me proponía, él y los que le acompañaban me preguntaron con viva impaciencia: «¿Llegaremos a tiempo?».

-¿De qué, señores? ¿A dónde van ustedes?

-A ver el fusilamiento.. Nos han dicho que han cogido a los Príncipes.

-Es verdad. Acaban de llegar Sus Altezas.

-¿Pero no fusilan? ¿Qué es esto? -me dijo en catalán, echando fuego por los ojos, uno de los menadors más decididos.

Me reí de la bárbara inocencia de aquellos hombres, tan apartados del sentir general y del flujo de la opinión. Y uno de ellos, que era sin duda el más inocente y el más bárbaro, gritó con desaforadas voces: «¿Pues no son ésos los causantes? ¡Vaya una justicia de porra! ¿Y qué significa el ofrecer diez mil duros por esas cabezas? ¿Para qué quieren esas cabezas si no es para pegarles cuatro tiros, o cien tiros, una vez cogidas?».

-Creímos -gritó otro, ávido de exterminio- que con sólo identificar las personas.. cuatro tiros.. y a paseo.

-¿Pero es verdad que no hay fusilamiento? ¡Nosotros, que veníamos (p.7198) tan alegres a verlos caer patas arriba!

Traduzco lo que querían decir, no la viveza y gracia de la dicción catalana expresando tales atrocidades. Que el que esto lea lo adivine.. Al fin, desengañados, viendo por tierra sus justicieras y trágicas ilusiones, siguieron con Ansúrez y conmigo hacia el centro de la ciudad, por si faltaba algún acontecimiento que diera efusión a sus almas inquietas, ardorosas. Lo que vimos no fue, en verdad, muy interesante para ellos; para mí sí, pues me siento encariñado con las decadencias históricas, considerándolas como el completo derribo de una época, que nos permite cimentar en el mismo solar otra más fuerte y vividera. Quizás me equivocaré; quizás la vulgaridad e insignificancia del fin de la famosa intentona no remata la brutal epopeya carlista, sino que es un falso desenlace, como los que en las obras de imaginación sirven para preparar mayores enredos y trapatiestas.

Contaré que después de refrescar con Ansúrez y su gente en un figón próximo al Arsenal, vimos un espectáculo que al pueblo sirvió de diversión, y a mí de grave enseñanza por las razones expuestas.. De la Comandancia salieron los serenísimos Príncipes, o si se quiere, el augusto Monarca y su hermano, con los mismos trajes que al entrar llevaban, revelando ya reciente cepilladura: los pantalones habían sido remediados de cascarrias, no de los flecos que colgaban por abajo; los hongos de seda ya no tenían polvo, pero los agujeros de los guantes seguían ventilando los dedos. Era lástima muy distinta de las otras lástimas la que inspiraban aquellos señores tan mal trajeados, y que ni con su humildad y cortesía, ni con la distinción de sus maneras, lograban inspirar respeto. A su lado iba el Comandante General hablándoles no sé de qué: debía de ser de algo referente al buen tiempo que disfrutamos. ¿De qué se habla a los Reyes? Y a Reyes y a Príncipes como éstos, que sólo parecen tales por el hecho de que hay ilusos que se dejan matar por ellos, ¿qué se les dice? Comprendí lo comprometido que debía verse el Comandante General (p.7199) para dar conversación a tales prisioneros. Al otro lado iba el conde de la Torre del Español, Alcalde de Tortosa; detrás más militares y dos canónigos de la Catedral.. Éstos hablaban entre sí.. ¿Qué dirían?

Batidores de este cortejo eran los chiquillos que iban delante, haciendo cabriolas. A un lado y otro, mujeres y hombres del pueblo contemplaban el paso de los hijos de don Carlos María Isidro. ¿Qué pensarían? Tal vez en la mente de todos revivía el trágico fin de Ortega, la figura del caballero que sabe morir por una idea o por un error. ¡Cuánto más hermoso y más grande el aventurero castigado que el falso Rey sin majestad y sin corona, pues ni aun la del martirio ha sabido conquistar! El pueblo no pensaba sino que aquel pobre señor y su hermano estaban mal de ropa. Peor estaban de entendimiento.. Al fin, gracias a Dios, había concluido el oprobio del escondite. ¡Lo que habrían sufrido, teniendo que dormir en pajares, comiendo porquerías, y sin las satisfacciones que da la etiqueta a los que de ella disfrutan por el lado ancho! Pero ya estaban alojados dignamente; ya iban a ocupar la vivienda que se les había preparado conforme a su rango elevadísimo. Poco tuvieron que andar por las calles: la Comandancia de Ingenieros, donde se les instaló, no estaba lejos.

Nos contaron que nada falta allí de lo que puede hacer grata la existencia de Príncipes trashumantes. Verdad que se tapiaron puertas y se reforzaron ventanas, y se pusieron centinelas en todos los costados del edificio, a fin de garantizar la seguridad de los presos. ¡Escaparse ellos! ¿Para qué? ¿Y a dónde habían de ir que estuvieran mejor? Ya sabían que no se les haría ningún daño, y que la prisión, los cerrojos y guardias, no eran más que aparato regio de comedia para sostenerles en su ilusión de testas coronadas. Cuando vieron la buena casa que tenían, ¡ay!, se llenaron de gozo, y preguntaron si había capilla. ¡Ya lo creo que había capilla! Y si no, ¡ay!, pronto se la habrían improvisado. Pidieron los serenísimos caballeros con gran fervor que se les (p.7200) dijese misa todos los días, pues llevaban mucho tiempo privados del consuelo religioso.. ¡Pobrecitos! Y como Dios les quiere tanto, por ser Dios primer lema de su bandera, ¿qué menos hacer podía que visitarles a menudo?.. El que en pensamiento no les visitaba era Ortega. Oí que ni una sola vez preguntaron por él.

Vista la marcha nada triunfal de los asendereados pretendientes, me bastaron pocas palabras para entenderme con Diego Ansúrez, el cual fue tan expresivo en su alegría por llevarnos, como yo en mi gratitud por favor tan grande. Pero no estaba próximo como yo pensaba el día de la partida, porque la carena del falucho en un playazo de Los Alfaques no había terminado: con esta faena y la de la carga había para una semana. Propúsome luego que nos trasladásemos a Amposta, donde él nos proporcionaría un holgado y no costoso alojamiento.. Aún fue más allá su bondad ofreciéndonos una barca bien acondicionada, en la cual podríamos bajar al son de la corriente, paseo delicioso en las noches de luna.. Cuando fui a mi casa con estas nuevas y el plan de salida, Donata me conoció en el rostro la alegría que yo llevaba. Poco tardó el contento en pasar de mi corazón al suyo; y en ella se movió y enardeció tanto la voluntad, que toda espera le parecía larga, y se puso a recoger la ropa con idea de partir esta misma noche.. En clase de varón prudente, eché frenos a su impaciencia. «¿A qué tanta precipitación?.. No vamos a apagar ningún fuego.. Partiremos mañana».

 

Ep-37-XXIX -

Amposta, Abril.- Contentos partimos, no sin dejar alguna fibra de nuestros corazones prendida en la bella y hospitalaria Tortosa, en su buena gente, en los leales amigos que allí dejábamos. ¡Qué hermosura de viaje; qué navegación maravillosa por la corriente del ensueño, por un río de plata, bajo un cielo de intenso azul! La luna llena, lámpara rostral, iluminaba y miraba el agua por donde íbamos, y la tierra de una y otra ribera. Su claridad penetraba en nuestras almas, y nuestros ojos requerían los ojos cóncavos del planeta y su boca sin sonrisa. La redonda (p.7201) cara corría ladeada por el cielo, y nosotros, después de mirarla en lo alto, la veíamos abajo, en el cristal sereno y profundo. ¡Oh Ebro, español río, cuán soberano y bello al dejarte caer perezoso con toda la hinchada pompa de tus aguas en los brazos de la mar!

En la primera parte de la expedición íbamos mudos, subyugados de la hermosura que nos rodeaba; luego cada cual empezó a lanzar del alma sus observaciones; cerca ya de Amposta, Donata, más comunicativa que yo, me dijo: «Voy confiada en la protección de la Virgen. Verás cómo no nos pasa nada, y salimos tranquilamente de este río para el mar grande, que nos llevará lejos. No me engaño, no, en esta confianza. Aunque mucho he pecado, y pecando estoy siempre, la Virgen me saca de mis tribulaciones. La Virgen no castiga, la Virgen a todos ama, intercede por los pecadores, y perdonándonos nos enseña a ser buenos.. La Virgen es la verdadera cristiandad. ¿No lo crees así?».

Respondí afirmativamente, pues no era cosa de ponernos a discutir en medio de las aguas, ni tampoco estoy seguro de que sea un error el giro absolutamente feminista que algunos dan a la idea religiosa. Donata, con más calor de frase, prosiguió así: «He prometido a la Virgen que tú y yo haremos alguna penitencia para ganar méritos que nos alivien del pecado.. Yo digo: el que no haya casamiento, porque no puede haberlo, ¿quiere decir que nuestro amor no tenga la indulgencia divina? Éstas son mis dudas».

Y las mías también. Vi que la testarudez de Donata no abandona la idea de que yo me vista las negras ropas. ¡Arcano inmenso de un alma enamorada! Preferí sortear con frases ambiguas este endiablado problema. Y ella: «La Virgen nos dirá lo que debemos hacer.. La advocación de la Cinta será siempre para mí, donde quiera que esté, la más venerada, la que más adentro se mete en mi corazón.. También adoro la de la Providencia, y aquí en mi pecho llevo en un saquito, como escapulario, las estrellitas milagrosas, que son el juguete de los angelicos en el Santuario de Mitan Camí».

Ya (p.7202) conocía yo estas estrellitas de cinco picos, que no son más que fósiles, denominados por la ciencia encrinites. Las tortosinas las veneran como objeto milagroso, y algunas hacen y toman caldo de ellas creyéndolo el más excelente específico tocológico. Millones de estos fósiles diminutos se encuentran en un cerro próximo al santuario de Mitan Camí, llamado también de Cabrera, porque en él tuvo su beneficio, cuando estudiaba para cura, el famosísimo guerrillero. No quise cuestionar con Donata, ni destruir la leyenda del carácter sagrado y milagroso de los encrinites. La dejé seguir en su enumeración de los piadosos objetos que lleva, como preservativos contra el mal, en las aventuras que vamos a correr. «Sabrás también,Confusio mío, que traigo conmigo una rosa de Jericó. Creí que no podría conseguirla; pero Polonia se desvivió por darme gusto, y entre ella y don Jesús convencieron a una señora de las principales de la ciudad para que me cediera la flor.. No creas: es legítima, del propio Jericó, que bien probado con escrituras lo traen los vendedores de estas cosas..».

-Sí, sí: no hay duda; legítima será -dije yo lleno de indulgencia ante tales errores, convencido de que es más fácil convencer al Ebro de que se vuelva atrás y se suba hasta Reinosa, que arrancar del cerebro de mi odalisca las nefandas supersticiones que en él se han hecho fósiles. No sé quién dijo que nadie entrega sus ideas para que le pongan otras. Lo que llamamos conversión no existe en la realidad; es siempre un engaño del catequizador o del catequizado.

Medianamente instalados en Amposta, aguardábamos tranquilos el día del embarque. Me encantaban, en aquella antesala del delta del Ebro, la amplitud de horizontes, el aire salino, la frescura que enviaba el mar con vigoroso resuello. El terreno bajo, palustre, nos ofrecía por el lado del Naciente la extensa marisma, hibridación pintoresca de la tierra y las aguas.. Al ser de día, el paisaje anfibio que en la noche de nuestra llegada apreciamos vagamente a la luz ensoñadora de la luna, se nos reveló en toda su grandeza, no ya (p.7203) iluminado de plata, sino de oro. Al sol, la marisma era más risueña, más rica de color, más hirviente de vidas zoológicas, más reveladora de lo infinito.

Desde el primer día, nos hicimos a una vida placentera, descuidada. Donata encontró amigas sin salir del posadón, y yo, por la amistad de Ansúrez, trabé conocimiento con innumerables personas que vivían del esquilmo de tierra y mar: pescadores, cazadores, explotadores del carrizo y la enea. Se me pasaban los días cazando collverts en los tortuosos canalizos, embarcado en mi chalana con dos o tres amigos, o bien recorriendo a pie descalzo los barrizales, con descanso y merienda en esta o en otra barraca. Alguna vez nos acompañó Donata en la navegación de chalana por los caños salobres, o nos íbamos en lancha por el canal grande a comer la sabrosa sopa de raps con los calafates que carenaban el falucho en San Carlos de la Rápita.. ¡Qué agradables almuerzos y meriendas, sentados en la arena entre gentes sencillas, oyendo el suave rumor de los besitos que daba el mar a la playa!.. Frente por frente veíamos la Punta de la Baña, que resguarda la bahía de Los Alfaques, y detrás la faja azul del Mediterráneo, que nos decía: «Venid a mí, y os llevaré a las partes más bonitas del mundo».

Sorprendionos una mañana la grata visita de don Jesús, el Castrense, que ha venido a pasar un par de días con nosotros. Al punto se agregó a mis expediciones de caza y pesca, pues no hay otro más aficionado a esta clase de ejercicios.. Como aquí me siento tan alejado del mundo, no me afectan los cuentos que don Jesús me trae del fin y desenlace de la ortegada. En su cómoda residencia de la Comandancia de Ingenieros, el titulado rey Carlos VI hizo formal declaración de renuncia de sus pretendidos e ilusorios derechos a la Corona. ¿Quién pudo pensar que a la trágica epopeya del Carlismo se le pusiera una escena final de comedia pedestre? Al bajar el telón sobre tal escena, ¿no se oirá la silba en el Polo Norte y en el Polo Sur? ¡Y para esto vinieron al mundo Cabrera y Zumalacárregui, y (p.7204) anduvo en loca peregrinación don Carlos Isidro, llevando a rastras la Generalísima su Patrona! Dijeron el Rey y su hermano en su declaración que hacían la renuncia por libre y espontánea voluntad. ¡Pobrecitos, qué buenos son, y cuánto debemos a sus corazones magnánimos!

Más interés tenía para mí lo que de nuestra patrona Polonia nos contó don Jesús. Ya la tiene tan adiestrada en las prácticas de la buena administración, que bien podrá poner una fonda de las grandes y desenvolver en ella su negocio. Polonia es mujer de mucha disposición natural, y don Jesús un hombre muy práctico.. Cuando la conoció, el gravísimo defecto de ella era su querencia de las supersticiones más ridículas. Si un huésped era reacio en el pago, encendía velas a San Antonio. Ponía los chorizos en cruz para que no se los robase la cocinera, y tenía repuesto de agua bendita para rociar los garbanzos duros.. Y entre tanto, un desbarajuste horrible en la administración, y el más lamentable desarreglo de cuentas. Pues el don Jesús la curó de estos despropósitos con su cariñosa enseñanza. ¿Cómo? ¿Qué medios empleó? «El palo, querido Confusio -me dijo mi amigo-, el palo, y crea usted que no hay otro medio.. Materialmente no empleé bastón ni garrote.. ha sido con la mano, a bofetada limpia.. Convénzase usted de que a estas hembras criadas a lo moro no hay otra manera de enderezarlas y de enseñarles el Catecismo de la vida práctica, para que ellas vivan y hagan llevadera la vida de los demás».

Estas y otras cosas muy entretenidas me contaba don Jesús, divagando por los carrizales, juncales y espadañales, donde viven las innumerables repúblicas de ánsares, cercetas, guardarríos y fúlicas. También se ven por allá parejas de los flamencos de zancas rojizas. Imaginad las aún más populosas repúblicas de moluscos, lombrices y gusarapos, que sirven de alimento a tantísimas aves, así nadadoras como andariegas.. El último día que aquí estuvo don Jesús, salimos con varios amigos caberos, que así llaman a los habitantes de aquellos partidos pantanosos, (p.7205) y nos fuimos al de la Enveja, río abajo, por la derecha orilla. Toda la tarde estuvimos en la persecución de los pobres patos: fui yo más afortunado en mis tiros que el Castrense; y éste, picado del amor propio, se corrió con dos caberos muy prácticos hacia la parte más intrincada de la marisma, donde los carrizos y cañas forman un espeso matorral, en muchos sitios inaccesible.

Oímos tiros de nuestros compañeros; pero tan de tarde en tarde, que seguramente no hacían cosa de provecho. De pronto, el lejano tiroteo arreció, y tan repetidos fueron los disparos que nos alarmamos. Ya la curiosidad y el temor nos llevaban hacia allá, cuando vimos venir a don Jesús despavorido, y a los dos caberos detrás gritando como energúmenos.. ¿Qué pasaba? Pues que por aquella espesura andaba un grupo de cazadores intrusos que más bien parecían bandidos. Después de insultar a nuestros amigos, les habían hecho fuego. Gracias que de milagro no les tocó ninguna bala.. Fui de parecer que debíamos escarmentar a los intrusos; mas un cabero me atajó el paso, diciéndome: «No vaya, don Juan, que son gente mala, tiradores de primera..». Vi que a una distancia como de cien pasos se agitaban las cañas.. y entre ellas aparecieron hombres, hollando con pisadas de paquidermo la lozana vegetación. Uno, más insolente que sus compañeros, saltó de los cañaverales como furioso jabalí, y en dirección de acá lanzó amenazas o burlas que no entendimos. Cuando yo le apuntaba, el cabero me gritó: «Quieto, quieto, que es el Arcipreste».

-Aunque sea el Obispo -repliqué con la obstinación que me daba la conciencia del peligroso lance. Los caberos se abalanzaron a mí, parándome los movimientos, y don Jesús me dijo: «Si no le hostigamos, no nos embestirá. Así es el león, así el jabalí: como no le hagan fuego, pasa tan tranquilo..». Miré al hombre, que a distancia se mantenía en un claro del ondulante bosque de cañas: sus facciones no pude distinguir; mas por el aire y la estatura me pareció, en efecto, don Juanondón. Le vi alzar y agitar los brazos, que se me figuraban (p.7206) aspas de molino, y claramente llegaron a mi oído estas voces: «¡Eh!.. Confusio.. aquí estoy. ¿No me conoces?.. Yo a ti te conozco.. Hasta luego, hijo.. Ya nos veremos». Los penachos de las cañas oscilaron de nuevo, y desapareció la figura..

 

Ep-37-XXX -

Las grandes superficies de agua conducen muy bien el sonido. Prestando atención e imponiéndonos silencio, oíamos salpicar en el espacio sílabas de palabra humana, que se confundían con el lenguaje de las aves de la marisma. Era la conversación del Arcipreste y los suyos alejándose por los fangales de la Enveja, al través de carrizos, charcos, salinas y espesuras de eneas y barrillas. Un cabero, que era como cabo de nuestra partida, apodado El Topo, me dijo: «Van a los altos de Muntciá, donde duermen. Todo el día andan por aquí de caza y pesca.. No se puede con ellos: donde quiera que van, se hacen los amos». Como yo le indicara que la Guardia civil podía bajarles los humos, El Topo, con grave acento semejante al que usan los políticos, me contestó: «Nosotros los caberos no nos pondremos nunca de parte de los que dañen a don Juan, porque don Juan es bueno, aunque cabecilla, y socorre a los pobres de la Enveja y de la Caba, de Camarles y Campredó, sin distinguir carlinos de isabelos, ni asolutos de liberalos».

Volví a mi casa, ya cayendo la tarde, sin poder disimular mi inquietud. El Castrense, bien enterado por Polonia de mi situación ante el Arcipreste, me aconsejó que, para evitar alguna escena desagradable, nos fuésemos a San Carlos tempranito, y nos metiésemos a bordo del barco en que hemos de partir. Pareciome atinado el consejo, y en cuanto despedimos a nuestro amigo, que tornó a Tortosa en burro, comuniqué a Donata mis inquietudes y el plan de ponernos en salvo por la vía de agua más corta. Menos temerosa que yo, Donata confiaba con cerrada convicción en el amparo de la Virgen.. Yo pensé que, sin dejar de fiarnos de la Virgen, debíamos correr todo lo que pudiésemos. Y nuestras prisas coincidieron con las órdenes de Ansúrez, que al partir (p.7207) nos dejó recado de que no nos descuidáramos, pues el barco estaba listo para darse a la vela.. Si el enemigo desde tierra nos expulsaba, el amigo nos llamaba con cariñosa voz desde el mar. Dios hablaba por él, y a Dios nos confiábamos en tan críticas horas.

No me fue muy fácil encontrar embarcación que nos llevara cómodamente: la lancha de pescadores que a duras penas conseguí no era nueva ni grande; mas la tuve por suficiente, y en ella nos embarcamos con dos chicos marineros que manejarían los remos o la pértiga, según lo indicara el practicaje por aguas de tan variado fondo. Retrasados por la tardanza en encontrar embarcación, dadas las siete metimos a bordo nuestros equipajes, mi escopeta y cartuchos, luego nuestras personas, y en marcha, aguas abajo.

Navegamos sin contratiempos unas dos horas; después se nos varó la embarcación por impericia de nuestros pilotos. Fue menester cargar a popa los baúles y el peso de Donata, mientras yo y los marinerillos, metidos en el agua, empujábamos hacia atrás. Cuando logramos coger de nuevo la parte del canal donde hay más fondo, seguimos bogando avante.. De improviso sonaron voces por babor: venían de los canalizos que comunican con el estanque de Algady.. Donata palideció y me dijo: «Es la voz de Rufulet, es la voz de Gasparó.. No podemos escapar. Sería preciso volar, y aun volando nos cogerían..». Apenas dicho esto, vi que tras de nosotros, por un canalizo que desembocaba entre juncos, apareció una chalana. Ya no había duda. En ella venía el Arcipreste, y él movía con vigoroso brazo la pértiga que impulsaba la frágil embarcación. Cuando apareció la nave enemiga, estaría como a sesenta brazas de la nuestra; pero la distancia por momentos se acortaba, y el Arcipreste parecía reducirla más con estos feroces gritos: «¡Cabra loca, detente!.. Ya no te me escapas.. Y tú, más loco que la cabra, para el remo, si no quieres que yo te le rompa en la cabeza».

Furioso cogí mi escopeta. No soy buen tirador; pero en aquel momento de ceguera y coraje, (p.7208) confiaba en que mi intento pudiera más que mi puntería. Con más presteza que yo, Donata acudió a impedir mi movimiento. «No, no, Juanico mío.. Será peor si le das.. Estamos cogidos. Sálvenos la Virgen nuestra Madre».

No tardé en comprender que toda defensa era inútil. Tras de la primera chalana aparecieron otras.. Conté tres, cuatro. El cabezudo Ruiz tenía también su escuadrilla, y suyos eran en la marisma el fango y el agua. ¿Contra una potencia terrestre y marítima, qué podíamos nosotros?.. Acortamos remo, y él llegó ávido. Soltando la pértiga, echó la manaza a la borda de nuestra lancha para abarloar las dos embarcaciones. Hecho esto, saltó a la mía, diciendo con horrible sarcasmo: «¿Creyeron mis amigos que les dejaría marchar sin darles mi despedida? ¿Eso creíais, sinvergüenzas, canallas?.. Por los cojilondrios de San Rufo, que hubiera sentido no poder echaros mi bendición antes que salierais a la mar. Ya os tengo cogidos.. Reíos ahora de mí, cojilondrios; llamad a la Guardia civil marítima para que os defienda.. llamad al general Dulce y a la putativa de su madre; llamad a la Isabel con toda su corte, o a O'Donnell con su ejército.. ¡Ja, ja!».

Ni Donata ni yo dijimos nada. Aterrados, mudos, sin otra idea que la de nuestra pequeñez ante la grandeza del enemigo que con su poder nos abrumaba; absolutamente convencidos de que nadie había de venir en nuestro socorro en aquella soledad, éramos como condenados a muerte que ya no pueden pensar más que en un morir digno. Conté los tripulantes de la escuadrilla: eran nueve. Apenas entró don Juan en nuestra lancha, dio un cosque a cada uno de mis marinerillos, y les mandó que se fueran a la chalana. De ésta pasó a mi embarcación Rufulet, cuya imponente corpulencia vale por media docena de hombres. Estábamos, pues, no sólo vencidos, sino maniatados, y con el filo del cuchillo en la garganta. Rápidamente pensé yo: «¿Qué hará este bruto? ¿Nos degollará? ¿Nos tirará al agua? Puede que me mate a mí solo, y se lleve a Donata..». En momento tan angustioso, miré (p.7209) en derredor y no vi más que algunos patos que al ruido de las embarcaciones tomaban tierra, y graznando se alejaban por entre cañas.. Envidié a los patos; envidié a las anguilas que bajo las aguas deslizan sus resbaladizos cuerpos entre el fango; envidié a los pulpos, a las almejas y a los más diminutos bicharracos de la Creación.. En este paréntesis de mis envidias estaba yo cuando don Juan, cogiendo mi escopeta como si quisiera desembarazarme de un estorbo, la dio a un mocetón de la chalana más próxima, y a mí me dijo: «¿Para qué quieres tú este chisme, Confusio?.. ¿Escopeta un teólogo? ¡Ja, ja!..».

Donata permanecía como estatua. En su palidez marmórea, en la tensión de los músculos de su cara, vi una conformidad de tanta fuerza como el heroísmo. El Arcipreste hablaba por los tres. «Veo que estáis resignados -nos dijo sentándose en el borde de la lancha, mientras Rufulet remaba solo-. Comprendéis que tengo razón, y que el que me la hace, me la paga». Miré a Donata. Creí leer en su mirada fija esta terminante admonición: «Callemos.. dejémosle que desfogue la barbarie..». En esto, llegamos a un ensanche del canal, formando como una bahía casera para naves de juguete. Con fuerte voz, don Juan mandó echar anclas. La escuadrilla, con admirable maniobra, formó un círculo en derredor de la que llamo mi lancha, que ya no era mía, sino del enemigo, y dio fondo, arrojando al mar, no las anclas, que esto allí no se usa, sino las potalas, una piedra suspendida con una cuerda. Mientras daba fondo la armada vencedora, el Arcipreste mandó que se sirviese la comida, pues eran las doce, según indicó la altura del sol, que allí no había cronómetros, sextantes ni astrolabios.

En una de las chalanas vi una parrilla sobre plancha de hierro, donde ardían palitroques, eneas y cañas secas: era la cocina. El almuerzo consistía en ruedas de saboga asadas, vino y pan. Hiciéronnos los honores que se deben a los reos en capilla; Donata y yo fuimos los primeros a quienes se sirvió el frugal almuerzo, naturalmente sin platos ni servilletas, ni (p.7210) más cuchillos ni tenedores que los santos dedos.. Pero Donata y yo, con el pie en el patíbulo, estábamos absolutamente desganados. Quedose mi amada con la saboga y el pan en la mano, sin rechazarlo ni comerlo; yo rechacé mi parte cortésmente.. «No tenéis gana -dijo el Cura-; yo sí, que esta vida de mar da mucho apetito». No pude contenerme más tiempo dentro del horrible cerco de mi angustia, y con más dignidad que arrogancia dije a mi enemigo: «Señor don Juan, sepamos pronto, pronto, en qué ha de parar esto. Nada puedo contra usted.. Usted puede matarnos, arrojarnos al agua, sin que nadie más que Dios le pida cuenta de su crueldad».

-Puedo mataros, echaros al agua con una piedra al pescuezo; puedo hacer lo que me dé la real gana -dijo el Cura flemático, comiendo y saboreando el pan y la saboga.

-Dígalo claramente. Somos cristianos y queremos prepararnos para morir.

-¡Pues no tienes poca prisa! Calma; dejadme comer. Después hablaremos.. ¡Estaría bueno que os matara sin atormentaros antes un poquito!.. Ea, chicos, traed ese porrón, que tengo sed.

En esto se levantó Donata de la tabla de popa en que había permanecido desde el abordaje, y se llegó a la cuaderna mayor de la nave, donde estábamos el Arcipreste y yo. Noté en ella una lividez extremada, y vibración rápida de los músculos de su boca. Con actitudes y contorsiones que me parecieron epilépticas, se inclinó hasta tocar con sus dedos el agua. Mojados los dedos, se santiguó.. Después sacó del pecho un haz de ramas secas, semejante a una escobita, y lo mojó en el agua, diciendo con tartamudez: «¿Es salada ya.. ya salada?».

-Salada es -murmuró el Arcipreste, que contemplaba con estupor a mi odalisca.

-Salada -repitió Donata-, y como salada, bendita. Todo el mar es agua bendita.. ¡Salve, Madre de Dios, estrella del Mar!..

Con la prodigiosa escobita, que hacía veces de hisopo, roció al Cura tres veces, diciendo con voz grave, cavernosa, que yo no había oído nunca en ella: «En nombre de la Reina de los Cielos, de la Tierra y del Mar, te mando que huyas, enemigo (p.7211) de las almas, y dejes en paz a estas infelices criaturas pecadoras, que a Dios darán cuenta; a Dios y a la Virgen, no a ti, que eres malo. Si has tomado forma de diablo para atormentarnos, suelta esa forma vana y mentirosa, o vete con ella a los Infiernos..». Así concluyó el exorcismo; y una vez dicha la última palabra, cayó Donata al fondo de la barca, como si con el esfuerzo de su voz mística quedase rendida y exhausta. Era una epiléptica, una iluminada, que en momento crítico recibía fuerza y voz de los espíritus celestes para combatir a los malignos.. Contagiado yo de aquel delirio, también quedé mudo y paralizado de todos mis miembros, y en el Arcipreste advertí, cuando acudió a levantar a Donata, temblor de manos, fruncimiento de cejas y alteración total del fiero rostro.

Rociamos con agua bendita, esto es, agua salada, el rostro de la iluminada mujer, y cuando la tuvimos medio repuesta de su arrebato místico, sentadita en la tabla, con el apoyo y sostén de mis brazos, don Juan, en tono muy distinto del que había usado hasta entonces, habló así: «Ni tú, gran mocosa, ni ningún nacido me gana en devoción a Nuestra Señora.. Pero esos arrumacos estaban de más. Suprímelos para otra vez. Yo, sin perder la chaveta con supersticiones y tonterías milagreras, digo con toda mi alma, cuando el caso llega: Tú, Señora, -dame agora -la tu gracia -toda hora -que te sirva -toda vía.. Si me hubieseis dicho esto cuando entré en vuestra barca, yo os hubiera respondido: -No os haré ningún daño. Vengo no más que a despediros y a daros consejos». Dicho esto, dio la orden de levantar anclas, o sea potalas, y navegando la escuadrilla con rumbo hacia La Rápita, don Juanondón escondió las uñas de su fiereza, aunque no las de su ironía.

«Sois felices, y os queréis mucho, ¿no es verdad? Pues a ti, Confusio, te felicito. No te llevas una mujer, sino una santa. ¿Has visto alguna vez beatería más recargada de supersticiones que la de tu odalisca? Así la llamas: lo sé todo.. Pues a ti, Donatilla, también te felicito. Te llevas, no diré un hombre, sino un profeta, un sabio, un (p.7212) padre de la Iglesia. Entre los dos vais a reformar el mundo. ¡Ja, ja!».

Luego moduló suavemente su tono hasta llevarlo a esta humana y más verdadera expresión de lo que sentía: «Eres un gran majadero, Confusio; eres un chiquillo sin conocimiento, esclavo de tu imaginación y de las mil vaciedades románticas que has sacado de los malditos libros.. ¿Te acuerdas de lo que hablamos aquella tarde en el bodegón de Llopis? ¿Has olvidado lo que te dije? Pues te dije que en la vida, y no en las bibliotecas, debes atracarte de lectura y estudio. En fin, ya estás aprendiendo, y mucho más aprenderás en la compañía de esta visionaria.. Ya verás, hijo. No te arriendo la ganancia.. Recordarás que te encajé mi teoría de que todo cuanto bueno hay en el mundo es para nuestro goce, y que Dios no hizo a la mujer para que la despreciemos, sino para todo lo contrario.. No la hizo de piedra, sino de carne. ¿Por qué no me dijiste entonces que querías a Donata?.. Yo te la hubiera cedido.. gustoso, sí, gustosísimo. Ya estaba yo pensando en el cómo y cuándo de colocarla..».

Esta declaración del maldito Arcipreste me llenó el alma de turbación, de vergüenza.. No había yo conquistado una mujer, sino robado una esclava, como pude haber cogido furtivamente la cabra o el gallo del vecino. Socialmente considerada mi aventura desde el punto de vista del Arcipreste, era el más lamentable desengaño. Callé para evitar discusiones que habrían embrollado las cosas. Se me hacían siglos los minutos que tardábamos en perder de vista al diablo de Ulldecona. Para fastidiarme por completo, me dijo: «Pues tus aficiones te llaman a la Teología y a la vida eclesiástica, persevera en ellas, que por tu talento has de llegar a donde llegan pocos. Con esto, y la guapa sobrina que te llevas, serás dichoso..». Nada contesté.. temía encenderme en cólera.. Miré a Donata, y en su rostro sorprendí la ola de satisfacción que levantaban en su alma las ideas del que fue su señor. Para ella, el cambio de dueño había sido un triunfo, la realización del vago adulterio de amor libre y delirio religioso. (p.7213) Para mí, ¿qué era? No lo sabía entonces, no daría con el quid de mi problema psicológico mientras no pudiese reflexionar y sondearme a gusto en la soledad del mar.

¡El mar! ¡Oh!, ya estábamos en él.. La Rápita desplegó ante mis ojos su espléndido panorama. Remando fuerte, llegamos al falucho, en franquía ya, dispuesto para salir. Antes de que transbordáramos, don Juan nos dio los últimos consejos. «Sed buenos y no escandalicéis, o escandalizad lo menos posible.. Al acecharos y perseguiros hoy, no ha sido mi objeto haceros daño, sino daros un gran susto, y luego despediros con afectos y con mi bendición. Donata, mira lo que haces: persiste en tu amor a la Virgen, pero sin arrumacos ni requilorios. Tú, Confusio, métete en lo eclesiástico, que ése es tu camino y para eso has nacido. Yo me quedo aquí amparando a los pobres, y mirando por la guerra, que la guerra es la sacudida que damos al pueblo español para que se despabile y aprenda a tomar lo suyo.. Porque todo es suyo.. y nada es del maldito Gobierno.. Con que adiós, hijos míos. Se me olvidaba deciros que si para el viaje necesitáis dinero, a prevención he traído mil reales..».

Le dimos las gracias, sin aceptar su generosa oferta. Subimos al barco, y el buen Ansúrez mandó levar anclas, pues no esperaba más que por nosotros. Desde la borda miramos a don Juanondón, que con vaga tristeza nos saludaba moviendo cabeza y manos. No sé qué casta de diabólica filosofía se aposentaba en el ánima de aquel hombre malo y bueno, según Donata. ¿Sabréis vosotros, nobles Marqueses de Beramendi, descifrarme este complicadísimo enigma? ¿Y de mi aventura qué decís? ¿Pensáis que voy contento, que voy triste? ¡Ay!.. se puede apostar a que tampoco me descifraréis esto. ¿Hallaré junto a Donata el apacible y durable encanto de amor, o tendré que salir un día gritando: Quién me compra una odalisca?

No sé, no sé más sino que ya estoy en la mar, y que la mar me da todos sus alientos. ¡Oh, qué grandeza de horizontes, qué frescura de aires, y en las ideas que aquí (p.7214) surgen de mí, qué amplitud, qué extensión de esperanzas! Algo me ha de traer la vida más allá de estos términos del agua movible.. Adiós, hechos pasados que entrego al papel.. Hechos futuros, ¿dónde iré a buscaros?..

Nota para concluir. Al comienzo de mi relato de la salida de Amposta, poned fecha de Vinaroz. Aquí lo escribo, y aquí lo firmo con el clarísimo nombre de Confusio.

 

FIN DE «CARLOS VI EN LA RÁPITA»

 

 

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(EPISODIO 38)

LA VUELTA AL MUNDO EN LA NUMANCIA

 

Ep-38-I -

Divagando por el Mare Internum en el falucho de Ansúrez, con pacotillas comerciales de Vinaroz a Denia, de Torrevieja a Ibiza, o de Mahón a Cartagena, pasaron Donata y Confusio luengos días apacibles, sin inclemencias azarosas del viento y las aguas. En la dulce soledad marítima, aprovechando el ocio de las bonanzas, contó Diego Ansúrez a sus amigos diferentes sucesos festivos y graves de su inquieta vida, desde que abandonó a la familia y al padre para lanzarse a correr ásperas aventuras de mar y tierra; y lo que mayormente sorprendió y cautivó a los amantes fue la forma o modo peregrino con que hubo de encontrar y conocer a la hembra que tenía por esposa, o cosa tal.. El singularísimo hallazgo de mujer fue dispuesto por Dios con un golpetazo furibundo que a continuación se refiere.

En Febrero del 49 fue a Játiva Diego Ansúrez a negociar cambalache de aguardiente anisado por pieles y arroz (que así el menudo comercio cambiaba las especies, empleando el dinero tan sólo para las diferencias) . Dos días no más estuvo allí; y cuando, ultimados los tratos y arreglos, a su vivienda se retiraba en noche tenebrosa por calles solitarias y torcidas, sufrió un grave accidente pasando al ras de los muros de un convento que llaman Consolación. Iba el hombre con el cuidado de la obscuridad echando las manos por delante, los ojos al suelo fangoso y a los traicioneros dobleces de las tapias, cuando de improviso le cayó encima un grande y pesado bulto.. El golpe fue tremendo, más por la pesadumbre que por la (p.7215) dureza del objeto caído. ¿Qué era, vive Dios?

Si al recibir el topetazo pensó Ansúrez en el desprendimiento de un balcón o de un trozo de alero, no tardó en reconocer que el bulto podía ser un disforme lío de esteras que tuviera por ánima huesos, lingotes de hierro, quizás un par de macetas con plantas arbóreas. El grito sacrílego que dio al sentir el trastazo en su cabeza y hombro derecho, fue contestado por un lamento que del propio bulto salía, el cual no era rollo de esteras, ni colchón relleno de objetos duros, sino un ser humano, grande como lo que llamamos persona.. Al quejido siguieron voces que indudablemente delataban espanto de mujer.. Dolorido del cuello y de los lomos, inclinose Ansúrez vomitando blasfemias, y vio ropas negras y blancas.. El bulto calló, como si de la conmoción de su caída perdiera el conocimiento, y el hombre, para verlo mejor, se puso de rodillas diciendo: «¡Ajos, cebollas, berenjenas y cohombros!.. Yo pensé que era un pedazo de torre o un cacho de cornisa, y ahora veo que es usted una monja.. Por poco me mata en su caída.. diré mejor en su fuga.. ¿Se descolgaba usted con esa soga que tiene en las manos?.. ¡Ajos y cebolletas! ¿Por qué no cogió un chicote de más poder?.. ¿Se le rompió antes de llegar al suelo?.. Ya pudo avisar, señora, y yo me habría puesto en facha para recogerla.. Por las verijas de San Pedro, que me ha derrengado un hombro, y me ha roto una oreja.. y en el quiebro que hice creyendo que se me venía encima una torre, pienso que me he roto por la cintura, del dolor que siento, ¡ay!.. A ver, comadre, si puede levantarse.. ¡upa! No puede.. ¡Upa otra vez, valiente!..».

La señora monja parecía cuerpo muerto: sus manos ensangrentadas agarraban la cuerda tosca con presión formidable de los dedos, como si aún estuviera pendiente de ella; su rostro encendido, su boca entreabierta y muda, expresaban terror; sus ojos abiertos parecían privados de la visión.. No tardó Ansúrez en acometer el más airoso lance de aquella singular aventura, y movido de su caridad o de su gallardía (p.7216) caballeresca, probó a levantar en peso a la caída y derrengada monja. Al primer esfuerzo, su energía titánica flaqueó por efecto del quebranto que en su propio cuerpo sentía; pero estimulados los músculos potentes por la más briosa voluntad que puede imaginarse, el atleta tomó en brazos a la señora y la llevó por el dédalo de calles, diciéndole: «Comprendo que su reverencia se ha escapado como ha podido.. ¿Qué ha sido? ¿Malos tratos?.. ¿ganitas de volver al siglo?.. Serénese, y como no tenga su reverencia hueso roto, haga cuenta de que el salto ha sido feliz, y que no ha pasado nada».

No era saco de paja la mujer caída; antes bien, notó Ansúrez la carnosa opulencia de las partes próximas al apretón de los brazos de él. Por dos veces tuvo que aliviarse del peso para tomar resuello, y al fin dio con su preciosa carga en la posada donde tenía su alojamiento. Grande fue el asombro del huésped y de los dos amigos que esperaban al patrón del falucho para emprender el viaje a Denia. El primer cuidado de todos fue tender el desmayado cuerpo en un fementido catre y proceder a su reconocimiento, por si las partes lastimadas en la caída reclamaban auxilio del médico. No fue cosa fácil el examen, porque la esposa del Señor opuso toda la resistencia que su remilgado pudor monjil le imponía. Declaró que bien podían reconocerle cabeza y brazos; pero que a la jurisdicción de las piernas no permitiría que llegase mirada de hombres, aunque en aquella zona tuviese todos los huesos partidos y deshechos.. Respetaron los discretos varones estos refinados escrúpulos, y serenándose más a cada instante la buena mujer, les dijo que sentía magulladuras dolorosas y quebranto en diferentes partes de su cuerpo venerable; pero que no creía tener fractura en ninguna pieza de su esqueleto, agregando que sufriría con paciencia, y hasta con gozo, todas las averías de la máquina corpórea, con tal de ver para siempre conquistada su libertad. Mientras así hablaba la monja, pudo hacerse cargo el buen Ansúrez de que su rostro no carecía de belleza y gracias, y (p.7217) apreciar la excelente proporción de partes y formas ocultas por el hábito dominico.

La mujer y criada del posadero encargáronse de curar y bizmar las erosiones y rozaduras de la religiosa, y de aplicarle compresas de vinagre allí donde era menester. Luego, por indicación del marino, quitáronle hábito y toca, vistiéndola con las prendas usuales del traje popular valenciano. Esta rápida metamorfosis dio mayor tranquilidad a la fugitiva del claustro. Ansúrez, que gradualmente se hacía dueño de la situación, recomendó a la familia posaderil que guardara impenetrable secreto sobre aquel extraño caso, y a la señora propuso que se dejase llevar fuera de la ciudad, pues no estaría segura mientras no pusiese entre su persona y el convento grandes espacios de tierra y de mar. Aceptó la señora sin vacilación, que su espanto le daba prisa, y alas le ponía su atrevimiento. «Vamos, buen hombre; lléveme a donde quiera -dijo echándose del lecho y recorriendo la estancia con la cojera que le imponían sus doloridas coyunturas-. Lléveme lejos, lejos, a donde no puedan alcanzarme».

Con el apremio que requerían las circunstancias dispuso Diego la partida. Pronta estaba la tartana. En ella metieron a la monja, acomodándola con almohadas y ropa de abrigo, y añadiendo mediano cargamento de provisiones de boca. Con Ansúrez y su venturoso hallazgo entraron en el coche dos amigos del primero: un marinero tortosino y un traficante balear. Partieron a escape.. A las ocho de la mañana entraban en Denia, y sin detenerse en las calles corrían hacia el puerto. Antes de las nueve estaban a bordo del falucho, el cual, acelerando su despacho y listo de papeles y víveres, dio sus velas al viento, que era nordeste fresco y traía el lento son de las campanadas con que el reloj consistorial cantaba las once.. Recostada en la borda, la prófuga lloraba de alegría, viendo alejarse el caserío dianense, las alturas del Mongó.. después las rocas y el faro del cabo San Antonio.. Creía soñar..

 

Ep-38-II -

La continuación de estas noticias biográficas dejó en la memoria de Confusio y Donata (p.7218) los puntos más salientes, a saber: la edad de la monja fugada no pasaba, según su cuenta, de los veintiséis años. En el siglo llamábase Angustias, y había nacido en un pueblo próximo a Granada, de familia buena y humilde. Mal sonaba en los oídos de Ansúrez el tristísimo nombre de la que, arrojada de los aires y cayendo sobre él como un bólido, fue coscorrón y donativo de la Providencia; y así, cuando llegaron a completa concordia y se avinieron a recorrer juntos la cuesta de la vida, resolvió él con franca autoridad rebautizarla y ponerle nombre de Esperanza, que al ser pronunciado ensancha el corazón en vez de oprimirlo.. Al mes no entero de la evasión efectuaron sus bodas, sin más trámite que su firme voluntad de correr igual suerte en lo futuro; y el día de Navidad de aquel mismo año 49 dio a luz doña Esperanza, en Palma de Mallorca, una niña, que puesta debajo de la advocación y patrocinio de la Virgen del Mar, se llamó Marina, y por elipsis del habla familiar quedó para siempre con el breve nombre de Mara. Este hecho del nacimiento de la criatura demuestra que los desconciertos morales y canónicos podrán traer efectos revolucionarios en el terreno legal; pero no traen el acabamiento de la especie humana, la cual, contra viento y marea, continúa cantando bajito el himno de su fecundidad.

Supieron asimismo Donata y Confusio que el buen Ansúrez, hacia el 50, viéndose perdido en sus negocios de cabotaje, entró por segunda vez en el servicio de la Armada. Tres veces fue a las Antillas, corrió toda la mar Caribe, y por fin, en la Expedición científica al Pacífico, pasó de ida y de vuelta el temeroso Estrecho de Magallanes. En estos viajes, con descansos periódicos en Cartagena, transcurrieron diez años. El 60, cumplido el plazo de enganche, restituyose Diego a su hogar y familia, trayendo sus ahorros y algún dinero ganado en América con el toma y daca de pacotillas. Era su propósito emprender de nuevo el tráfico costero, y a este fin compró dos naves, abanderadas la una en Cartagena, la otra en Palamós. En el primer (p.7219) viaje de esta, entró de arribada en Amposta para el reparo de averías; y mientras permaneció en Tortosa, ocurrieron sucesos para él memorables: el suplicio de Ortega, la captura de los Príncipes y el conocimiento con Donata y Confusio. Ya se ha dicho que estos navegaron con su generoso amigo, visitando puertos del archipiélago balear y de la Península; queda por decir que en un pueblecito del Mar Menor, cerca de Cabo Palos, conocieron a doña Esperanza, esposa putativa de Ansúrez, y a su preciosa hija Mara. En la primera vieron una señora muy reservada y seria, de belleza fría y sin encanto, la expresión del rostro más de escultura que de persona viva, la mirada brillante y quieta, como de imagen barnizada. En cambio, la chiquilla era una morenita salada y picaresca, pimpollo de gracias infantiles, que anunciaba la mujer pertrechada de seducciones.

En este punto se desvanece la Historia, y los sucesos se diluyen por la dispersión de los seres que los informan. Donata y su caballero se establecen en Cartagena, luego en Murcia. Leves divergencias de carácter y de gustos se manifiestan en ellos; a las discordias menudas suceden reconciliaciones tibias; la inarmonía crece; menguan los halagos; rómpese de súbito un vivo fuego de guerrillas; al desamor sucede la antipatía.. y por fin, Donata corre a satisfacer sus ambiciones del alma en la servidumbre y compañía de un opulento canónigo, aristocrático y elegante. Deslumbraban a la discípula del Arcipreste de Ulldecona los ricos atavíos eclesiásticos, las áureas dalmáticas y casullas, las albas vaporosas, las sotanas de sarga, olientes a raíz de lirio, o a exquisito rapé del de la Orza del Papa. Fastuosamente vivía el capitular en un palaciote viejo, ornado de muebles arcaicos y de objetos primorosos. Toda la casa hallábase impregnada de una sutil fragancia de cedro, sándalo y otras maderas exóticas. La profusión de fino damasco en cortinas, colchas y almohadones, así como la riqueza de plata labrada, hacían creer a la simplona Donata que tenía por amo a un cardenal. (p.7220) Dolorido al principio, pronto consolado, contento al fin de su divorcio, Confusio partió a Madrid ansioso de contar sus buenas y malas andanzas al Marqués de Beramendi y a Manolo Tarfe.

Si el 60 fue en gran parte venturoso para Diego Ansúrez, el 61 empezó desgraciado: florecieron y fructificaron sus negocios, y doña Esperanza, descubierta y reconocida por su familia, entró con esta en relaciones muy cordiales. Se le perdonaba su escapatoria del convento; se admitía como ley circunstancial la fuerza de los hechos consumados, y se declaraba triunfante el nuevo estado de derecho, olvidando su origen revolucionario y sacrílego. Tanto los hermanos de ella, Matías y Segunda Castril, como los demás Castriles, parientes próximos y lejanos, que residían en Loja, en Granada y en Iznalloz, proclamaron a una el indulto de Angustias y al cariño de toda la familia querían traerla, legitimando la situación creada por el tiempo y las pasiones humanas. Don Prisco Armijana y Castril, cura del Salar, tomó a su cargo las gestiones para obtener dispensa, y santificar la diabólica unión de la monja y el navegante. Pero las alegrías de Ansúrez por estas disposiciones y propósitos de la familia de su mujer, se nublaron viendo a esta rápidamente desmejorada en su salud, sin que los médicos supieran atajar la dolencia traidora.

En la creencia de que los aires del país natal serían eficaces para la enferma, Diego la llevó a Lanjarón, de allí a Granada, y por fin a Loja, donde Esperanza se repuso un poco. Vivían con Segunda Castril, esposa de un don Cristino López, propietario de un buen olivar y tierras de sembradura en término del Tocón. Contenta estaba doña Esperanza en la compañía de su hermana, y no cesaba de recordar con ella los tiempos infantiles, los rigores del padre, que, por la sola razón de tener abundancia de hijas y escasez de peculio, metió a una en las Franciscanas y a otra en las Dominicas de Granada. Con artificiosa vocación entró Angustias en la comunidad; por ser algo díscola y más que rebelde a la observancia reglar, fue trasladada al (p.7221) convento de Játiva, donde, como es sabido, meditó y llevó a feliz término su evasión por el tejado, sin más socorro que el de una soga. Esta hizo la gracia de rompérsele con una oportunidad que indudablemente fue obra del cielo. Cortaron los ángeles la cuerda, y a los diez meses nació Mara.

Entretenida fue para doña Esperanza y su hija la existencia en Loja, pues no faltaban los quehaceres domésticos ni las relaciones fáciles y amenas, y además gozaban de las delicias del campo en épocas de recolección, matanza o trasquila. Si distraídas y alegres vivían las hembras, don Diego (que así llamaban al navegante sus amigos de Loja, rodeándole de afectuoso respeto) se sentía confuso y atontado, pues ajeno hasta entonces a las querellas de la política, veíase transportado a un vertiginoso torbellino de pasiones y antagonismos locales. El vecindario de Loja habíase dividido en dos bandos, que se aborrecían, se acosaban y se fusilaban sin piedad: liberal era el uno, moderado llamaban al otro. No salía el buen Ansúrez de la perplejidad en que el sentido y la aplicación de esta palabra le puso, pues siempre creyó que la moderación era una virtud, y en Loja resultaba la mayor de las abominaciones y el mote infamante de la tiranía. Sin darse cuenta de ello ni poner de su parte ninguna iniciativa, desde los primeros días se sintió afiliado al bando liberal, por ser de esta cuerda todos los Castriles y Armijanas, y los amigos de estos.

No causaron al hombre de mar poca maravilla las noticias que le dio su concuñado don Cristino de la organización y disciplina masónica que se impusieron los liberales, para formar un haz de combatientes con que tener a raya el poder ominoso de la Moderación. Esta no era más que un retoño de la insolencia señorial en el suelo y ambiente contemporáneos; el feudalismo del siglo XIV, redivivo con el afeite de artificios legales, constitucionales y dogmáticos, que muchos hombres del día emplean para pintarrajear sus viejas caras medioevales, y ocultar la crueldad y fieros apetitos de sus bárbaros caracteres. (p.7222) Representaba el feudalismo la Casa y Condado de La Cañada, en quien se reunían el ilustre abolengo, la riqueza, el poderío militar de Narváez y su inmensa pujanza política. Hermanos eran el famoso Espadón y el caballero que imperar quería sobre las vidas, haciendas, almas y cuerpos de los habitantes de Loja. Sin duda, aquel noble señor y su familia obedecían a un impulso atávico, inconsciente, y creían cumplir una misión social reduciendo a los inferiores a servil obediencia; procedían según la conducta y hábitos de sus tatarabuelos, en tiempos en que no había Constituciones encuadernadas en pasta para decorar las bibliotecas de los centros políticos; no eran peores ni mejores que otros mandones que con nobleza o sin ella, con buenas o malas formas, caciqueaban en todas las provincias, partidos y ciudades de este vetusto reino emperifollado a la moderna. Los perifollos eran códigos, leyes, reglamentos, programas y discursos que no alteraban la condición arbitraria, inquisitorial y frailuna del hispano temperamento.

Contra la soberanía bastarda que la nobleza y parte del estado llano establecieron en Loja, la otra parte del estado llano y la plebe armaron un tremendo organismo defensivo. Por primera vez en su vida oyó entonces Ansúrez la palabra Democracia, que interpretó en el sentido estrecho de protesta de los oprimidos contra los poderosos. Democrática se llamó la Sociedad secreta que instituyeron los liberales para poder vivir dentro del mecanismo caciquil; y en su fundamento apareció con fines puramente benéficos, socorro de enfermos, heridos y valetudinarios. Debajo de la inscripción de los vecinos para remediar las miserias visibles, se escondía otro aislamiento, cuyo fin era comprar armas y no precisamente para jugar con ellas. Dividíase la Sociedad en Secciones de veinticinco hombres que entre sí nombraban su jefe, secretario y tesorero. Los jefes de Sección recibían las órdenes del Presidente de la Junta Suprema, compuesta de diez y seis miembros. Esta Junta era soberana, y sus (p.7223) resoluciones se acataban y obedecían por toda la comunidad sin discusión ni examen. Engranadas unas con otras las Secciones, desde la ciudad se extendieron a las aldeas y a los remotos campos y cortijos, formando espesa red y un rosario secreto de combatientes engarzados en a autoridad omnímoda de la Junta Suprema.

A todos los afiliados se imponía la obligación de poseer un arma de fuego. A los menesterosos que no pudiesen adquirir escopeta o trabuco, se les proporcionaba el arma por donación a escote entre los veinticinco. Cada Sección estaba, de añadidura, obligada a suscribirse a un diario democrático, que era regularmente La Discusión o El Pueblo. Cuando alguna Sección trabajaba en faenas campesinas a larga distancia de la ciudad, enviaban a uno de los de la cuadrilla a recoger el periódico (o folleto de actualidad, cuando lo había) ; y en la ausencia del mensajero, los trabajadores que quedaban en el tajo hacían la parte de labor de aquel. Un tal Francisco Navero, apodado Tintín, repartía los papeles democráticos a los enviados de cada Sección. En estas había un individuo encargado de leer diariamente el periódico a sus compañeros en las horas de descanso.

La Junta Suprema limitaba a los asociados el uso del vino, y prohibía en absoluto el aguardiente. Gran sorpresa causó a don Diego saber que por esta moderación de los liberales se arruinaron muchos taberneros, y llegaron a ser escasísimos los puestos de bebidas. El número de afiliados creció prodigiosamente desde que comenzaron, en la ciudad y luego en cortijos y villorrios, los solapados trabajos de propaganda. La iniciación se hacía en lugar secreto que Ansúrez no pudo ver: allí se les leía la cartilla de sus obligaciones, y se les tomaba juramento delante de un Cristo que para el caso sacaban de un armario. Afiliados estaban no pocos servidores del Conde de la Cañada. En el propio caserón o castillo roquero del cacique feudal se sentía la continua labor de zapa del monstruoso cien-pies que minaba la tierra.

La Sociedad, en cuanto se creyó fuerte, (p.7224) no quiso limitarse a la defensa ideológica de los derechos políticos. Los principales fines de la oligarquía dominante eran ganar las elecciones, repartir a su gusto los impuestos cargando la mano en los enemigos, aplicar la justicia conforme al interés de los encumbrados, subastar la Renta (que así llamaban entonces a los Consumos) en la forma más conveniente a los ricos, y establecer el reglamento del embudo para que fuese castigado el matute pobre, y aliviado de toda pena el de los pudientes. Con tales maniobras, no sólo era reducido el pueblo a la triste condición de monigote político, sin ninguna influencia en las cosas del procomún, sino que se le perseguía y atacaba en el terreno de la vida material, en el santo comer y alimentarse, dicho sea con toda crudeza.

Frente a esto, la poderosa Sociedad buscaba inspiración en la Justicia ideal y en el sacro derecho al pan, y decretó la norma de jornales del campo, estableciendo la proporción entre estos y el precio del trigo. Véase la muestra. ¿Trigo a cuarenta reales la fanega? Jornal: cinco reales. Al precio de cincuenta correspondía jornal de seis reales, y de ahí para arriba un real de aumento por cada subida de diez que obtuviera la cotización del trigo. Accedieron algunos propietarios; otros no. Los jornaleros segadores se negaron a trabajar fuera de las condiciones establecidas, y en las esquinas de Loja aparecieron carteles impresos que decían poco más o menos: «Todos a una fijamos el precio del jornal. Si no están conformes, quien lo sembró que lo siegue».

Clamaron no pocos propietarios, y al cacicato acudieron pidiendo que fuese amparado el derecho a la ganancia. La cárcel se llenó de trabajadores presos, y tal llegó a ser su número, que no cabiendo en las prisiones, se habilitaron para tales el Pósito y el convento de la Victoria. Pero no se arredró por esto la Sociedad, que en su tenebrosa red de voluntades tenía cogidos a todos los gremios. El buen éxito de la escala de jornales para el trabajo rural movió a la Junta a continuar el plan defensivo, justiciero a su modo. (p.7225) Peritos agrícolas afiliados a la Comunidad revisaron los arrendamientos, y en los que aparecieron muy subidos, se despedía el colono. El propietario quedaba en la más comprometida situación, pues no encontraba nuevo colono que llevara su tierra, ni jornaleros que quisieran labrarla. Igual campaña que esta del campo hicieron los peritos urbanos o maestros de obras en el casco de la ciudad. Casa que tuviera demasiado alto el alquiler, según el dictamen pericial, quedaba desalojada, y ya no había inquilinos que quisiesen habitarla, como no fueran los ratones. Llegó, por último, a tal extremo la unión, confabulación o tacto de codos, que ningún asociado compraba cosa alguna en tienda de quien no perteneciese a la secreta Orden de reivindicación y libertad.

Sorprendido y confuso el buen Ansúrez, oyó hablar de Socialismo y Comunismo, voces para él de un sentido enigmático que a brujería o arte diabólica le sonaban. Poseía el vocabulario de mar en toda su variedad y riqueza; pero su léxico de tierra adentro era muy pobre, y singularmente en política no encontraba la fácil expresión de sus pensamientos. Sabía que teníamos Constitución, Reina, Cortes, partidos Progresista y Moderado; pero ni de aquí pasaba su erudición, ni entendía bien lo que estas palabras significaban.. En tanto, ocurrían en Loja y su término sangrientos choques: una noche apaleaban a un asociado, y a la noche siguiente aparecía muerto en la calle un testaferro de los Narváez o un machacante del Corregidor. Las agresiones, las pedreas y navajazos menudeaban; la Guardia Civil acudía, siempre presurosa, de la ciudad al campo, o del campo a la ciudad; las voces de ira y venganza sonaban más a menudo que las expresiones de galantería dulce y quejumbrosa que caracterizan al pueblo andaluz en aquel risueño y templado territorio. La Naturaleza callaba cuando los corazones ardían en recelos, y las bocas agotaban el repertorio de las maldiciones.

Todo esto lo vio Ansúrez en la ciudad y en el cortijo del Tocón, donde pasó algunas semanas, (p.7226) huésped de su cuñado Matías Castril. Y para que nada le quedase por ver, llegó tiempo de elecciones, y los dos enconados bandos, furia narvaísta y furia popular, dieron la trágica función de disputas, celadas, recíprocos engaños, escandaleras y trapisondas horribles. Cruelmente y sin piedad se trataban unos a otros. Represalias morales había no menos duras que las de la guerra. Al grito de ojo por ojo que estos proferían, contestaban aquellos con el grito feroz de cabeza por cabeza. El inocente y honrado Ansúrez, testigo por primera vez de la bárbara porfía, que era por una parte y otra un burlar continuo de todas las leyes, exceptuando la de la fuerza bruta, no podía compararla con nada de cuanto él había visto en sus vueltas por el mundo. Más conocedor de la Naturaleza que de los hombres, veía en aquellas agitaciones, designadas con mote político, electoral, socialista o comunista, una vaga semejanza con las turbulencias de mar. Cerrando los ojos ante la terrible lucha del pueblo con el feudalismo, su cerebro le reproducía el silbar furioso de los vientos desencadenados, y la hinchazón de las olas que corren acosándose y mordiéndose hasta perderse en el horizonte sin fin.

 

Ep-38-III -

Hallábase el navegante fuera de su centro, y la nostalgia del mar y del trajín costero entristecía sus horas. Por su gusto allá se volvería; pero su mujer le sujetaba con el descanso que la tierra natal y la familia daban a sus achaques, y su hija Mara con la intensa afición que iba tomando al suelo y a la gente de Andalucía. De tal modo reinaban en su corazón los dos seres queridos, hija y esposa, que al gusto de ellas subordinaba siempre su conveniencia y toda su voluntad. Las labores del campo, que al principio le interesaban y distraían, ya le causaban tedio. La mar inquieta era su campo, que él araba con la quilla de sus naves para extraer el fruto comercial, único verdadero y positivo. Según él, las bodegas de los barcos son como estómagos que reciben y dan toda la sustancia de que se nutre el cuerpo de la Humanidad.

A Loja iba (p.7227) algunas tardes con su cuñado Matías y dos compadres de este. La última vez que estuvo en la ciudad, pasó largo rato en el café, respirando espesa atmósfera de humo y rencores, y oyendo el mugido de las disputas, para él más pavoroso que el de las tempestades. Allí conoció a Rafael Pérez del Álamo, inventor y artífice principal de aquel tinglado de la organización democrática y socialista. Embobado le oía referir sus audacias, y tanto admiraba su agudeza como su indomable tesón. Aunque parezca extraño, Ansúrez sentía en sí mismo cierta semejanza con Rafael Pérez. Ambos luchaban con poderes superiores: el uno con los elementos naturales, el otro con los desafueros del orgullo humano. Y siendo en su interna estructura tan semejantes, diferían sensiblemente en la proyección de sus voluntades, llegando a ser ininteligibles el uno para el otro. Si Ansúrez no comprendía el heroico trajín de las revoluciones políticas, Rafael Pérez desconocía en absoluto los heroísmos de la mar. Falta decir que el organizador del pueblo contra las demasías del poder constituido era un pobre albéitar, que se ganaba la vida herrando caballos y mulas.

En la última visita que hizo al café, conoció también Ansúrez a uno de los principales mantenedores del feudalismo narvaísta, don Carlos Marfori, joven vigoroso y resuelto, emparentado con la familia del General. Distinguíase por la temeraria llaneza con que descendía de su posición para discutir con los caudillos de la plebe, cara a cara, las candentes cuestiones que enloquecían a todos. Invitaba Marfori a Rafael Pérez a tomar café juntos. Alardeaba el albéitar de convidar a don Carlos y a los caballeros y genízaros que le acompañaban. Bebían disputando, juraban, y confundían sus voces airadas sin llegar a las manos. Por la noche era ella. La contenida saña con que debatían el villano y el noble, estallaba en las obscuras calles. Por un daca esas pajas se embestían los dos bandos. Palos, cuchilladas y muertes eran la serenata usual de las noches que, por ley de Naturaleza, debían ser plácidas en aquel (p.7228) delicioso rincón de Andalucía.

Recluido en el campo, el pobre navegante sobrellevaba sus añoranzas con la paz y los goces de la familia. Doña Esperanza no empeoraba, y su mortal inapetencia se iba remediando con los guisos y golosinas de la tierra. La chiquilla era un portento de agudeza y precocidad, y el mayor alivio de las penas de su padre, que la amaba con delirio y no ponía freno a sus antojos. En Mara, el desarrollo espiritual y físico de la niña traía tempranamente las gracias de mujer hecha y bien plantada. El suelo y aire andaluz habían extremado la ligereza de sus pies, y la flexibilidad de su cuerpecillo en el baile, en los andares, hasta en el saludo. Habíase asimilado el ceceo de la tierra, el donaire anecdótico, el arte de las réplicas prontas, epigramáticas, chispeantes de sal y donosura. Mara reinaba en el corazón de todos, y era para sus padres el sol de la vida.

Pasaron días; avanzaba el verano; la familia de Ansúrez, invitada por el cura del Salar, fue a pasar un par de semanas en la casa de este, que era de gran desahogo y abundancia. Mas no quiso Dios que los forasteros hallaran tranquilidad junto al generoso don Prisco, porque a los seis días de su llegada al Salar echó al campo la conjura democrática todas sus legiones, y la tierra de Loja fue como un volcán que por diferentes cráteres arroja su fuego. Ya sabía don Prisco que Rafael Pérez preparaba un alzamiento general, mas no pensaba que fuese para tan pronto. Diferentes rumores contradictorios llegaron al Salar. Según unos, el albéitar, preso y encarcelado por el Corregidor, se había escapado de la prisión, corriendo con sus leales amigos camino de Antequera; según otros, en Antequera prendieron al herrador, metiéndole en un calabozo subterráneo, y hacia allá iban decididos a salvarle sus más ardientes partidarios. De la noche a la mañana, no quedaron en el Salar más que mujeres, chiquillos y algunos viejos. Salió don Prisco en averiguación de lo que pasaba; aproximose a los arrabales de Loja; volvió a su casa sobrecogido y algo tembloroso, (p.7229) diciendo a su sobrina y a sus huéspedes que la insurrección no era cosa de broma, y que no tardarían en sobrevenir acontecimientos de padre y muy señor mío.

Aunque el reverendo Armijana era de los buenos amigotes de Rafael Pérez del Álamo, y sentía por la Sociedad toda la simpatía compatible con la prudencia sacerdotal, viendo las cosas tan lanzadas a mayores y la revolución sacada de la obscuridad masónica a la luz de la realidad, echose atrás el hombre, y no cesaba de pedir a Dios que devolviese la paz a los ciudadanos. «Camará -dijo a don Diego, refiriéndole lo que había visto-, esto no va por el camino natural, y para mí que al amigo Rafael se le ha metido algún diablo en el cuerpo.. Arrimado al ventorro de Lucas vi pasar un porción de hombres que gritaban como locos. Daban vivas calientes a la Libertad y al Democratismo, y mueras fríos a doña Isabel, a los Narváez y al Corregidor. Cuando me vieron, soltaron el grito escandaloso de ¡muera el Papa!.. Por la sotana que llevo, que quise protestar.. pero no me atreví. Las turbas armadas empezaron a echar por aquellas bocas tacos y porquerías horripilantes, no sólo contra el Sumo Pontífice, sino contra la Virgen Nuestra Señora; y Curro Tintín, el vendedor de periódicos, me amenazó con la escopeta y me dijo que se chiflaba en San Torcuato, el santo de mi mayor devoción, como hijo de Guadix que soy. Esto, amigo Ansúrez, pasa de la raya, y yo digo que si no nos manda tropas el Gobierno de O'Donnell es porque el gachó quiere perdernos, envidioso del poder de Narváez.. Tropas, vengan tropas, o nos veremos muy mal, pero que muy mal».

Apenas enterado de lo que ocurría, Ansúrez no pensó más que en trasladarse a Granada con su familia; pero cuantas diligencias hizo aquella tarde para encontrar caballerías o un carricoche, resultaron inútiles. A la mañana siguiente, se supo que toda la caterva de paisanos armados se encontraba en Iznájar, Aventino andaluz, donde la plebe se organizaría con marcial unidad y compostura para ir sobre Roma. Roma, o sea Loja, era desalojada por (p.7230) los narvaístas, que escapaban medrosos, llevándose cuanto de valor poseían. Con ellos abandonaron la ciudad el Corregidor y las escasas fuerzas de Guardia Civil y Carabineros que allí tenía el Gobierno. De este dijeron los moderados que estaba en connivencia con los insurrectos, y que todo era obra del masonismo, del protestantismo y de la marrullería de O'Donnell y Posada Herrera, en quienes el orden no era más que una máscara hipócrita para engañar al Trono y al Altar. ¿Qué hacían que no mandaban tropas? Esto llegó a ser en don Prisco idea fija. El buen señor terminaba todas sus peroratas, como todos sus rezos, con la devota exclamación de «¡Soldados, soldados!».

No cejaba el pobre Ansúrez en su afán de ausentarse con la familia, apretándole a ello el grave susto de doña Esperanza y su horror ante la tragedia. Al menor ruido temblaba la infeliz señora, creyendo escuchar cañonazos próximos; sus males se acerbaban, y el sueño no quería cuentas con ella. Por el contrario, la inocente Mara gustaba de la trifulca, ansiaba ver sucesos extraordinarios y encuentros formidables de hombres con hombres. Su viva imaginación extraía de los hechos más vulgares la leyenda poemática. A pesar de esto, viendo a su madre tan empeorada de puro medrosa, no cesaba de decir: «Vámonos, padre, y que nos acompañe María Santísima». Y don Prisco, en vez de ora pro nobis, repetía: «¡Soldados, soldados!».

Buscando medios de transporte, se encontró al fin el borrico de un salinero: esto por el pronto bastaba. Ansúrez y su hija irían a pie hasta llegar a la Venta de Lachar, donde esperaban encontrar mejor acomodo de viaje. Fue con ellos el cura don Prisco hasta el camino real, y allí los despidió con frase zalamera, deseándoles la protección de la Virgen, y agregando que esta sería más eficaz si el maldito Gobierno enviara tropas en apoyo de los altos designios. Siguió adelante la caravana, doña Esperanza en su borrico, mal encaramada en un sillín de tijera; la hija y el marido a pie, por un lado y (p.7231) otro, sosteniéndola para que no se cayese, y delante el vejete salinero, que marcaba el paso con un tristísimo cantorrio entre dientes.

Diego Ansúrez, cuya mollera continuaba cerrada para las cosas de tierra adentro, no cesaba de meditar en ellas, buscando una clave de las absurdas contradicciones que veía. ¿Por qué se peleaban los hombres en aquel delicioso terreno, en aquellos risueños valles fecundísimos que a todos brindaban sustento y vida, con tanta abundancia que para los presentes sobraba, y aun se podía prevenir y almacenar riqueza para los de otras regiones? La sierra fragosa enviaba a las vegas lozanas el torrente de sus aguas cristalinas. Daba gloria ver la riqueza que descendía por aquellas encañadas, la cual asimismo prodigaba tesoros de sal, mármoles y ricos minerales. Las lomas de secano se cubrían de olivos, almendros y vides lozanas; en las vegas verdeaban los opulentos plantíos de trigo, cáñamo, y de cuanto Dios ha criado para la industria, así como para el sustento de hombres y animales.. Si los que en aquella tierra nacieron podían decir que habitaban en un nuevo Paraíso terrenal, ¿para qué se peleaban por el mangoneo de Juan o Pedro, o por el reparto de los bienes de la Naturaleza, que en tal abundancia concedían el suelo y el clima? ¿Quién demonios había traído aquel rifirrafe de la política, de las elecciones, y aquel furor porque salieran diputados o concejales estos o los otros ciudadanos? Ansúrez no lo entendía, y razonando en términos más rudos de los que en esta relación histórica se indican, acababa por declarar que o los españoles son locos sueltos en el manicomio de su propia casa, o tontos a nativitate.

Rendidísimos llegaron todos a la Casa de Postas de Lachar, ya entrada la noche. Doña Esperanza no podía tenerse, y fue menester llevarla en brazos a un camastro que en el único aposento vividero de aquel caserón se le ofrecía. Lejos de restablecerse de su pánico, la fatiga y quebranto del viaje la pusieron en mayor desazón, la cual iba labrando la ruina en su ánimo más que en su cuerpo. El sueño no vino a (p.7232) calmarla, por más sugestiones que se hicieron para provocarlo; negábase a tomar alimento, que si los manjares eran malos, el asco invencible de la enferma los hacía peores. Ansúrez no sabía, en tal situación, a qué santo encomendarse. Discurrió enviar un propio al Tocón para que la familia acudiese en su auxilio: no pudo encontrar para tal servicio más que a una muchachuela jorobadita, y esta fue y tardó diez horas en volver con la noticia de que don Matías estaba en la faición, y que las señoras no podían moverse de la casa. No había más remedio que revertirse de paciencia y esperar lo que dispusiese la Divina Voluntad. El salinero se despidió, ansioso de agregar su burro a la Caballería ligera de Rafael; y como la Casa de Postas no podía proporcionar medios de transporte, pues todos los caballos y mulas se los habían llevado los señores de Loja en su retirada, resolvió don Diego quedarse allí en espera de cualquier contingencia favorable.

Tan abrumado, tan fuera de su equilibrio natural estaba el navegante celtíbero, que no se daba cuenta del tiempo que en aquella lúgubre y calmosa expectación transcurría. Doña Esperanza languidecía por falta de alimento, sin que a la soledad de aquel mechinal desamparado se le pudiera llevar el socorro de médico y medicinas. Mara no se apartaba de ella; Ansúrez hacía sus escapadas al corralón solitario, donde únicamente hallaba un par de vejestorios que le ponían al tanto de los acontecimientos. Los insurrectos, reunidos en Iznájar, descendían orillas abajo del Genil, y en orden y aparato de guerra caminaban hacia Loja, de cuyo desamparado recinto se apoderaban, poniendo allí su capital democrática y el asiento de su fuerza civil y militar. Ya eran dueños de Roma; ya ocupaban y guarnecían el alto castillo, que de los moros conserva el nombre de Alcazaba; ya fortificaban los robustos edificios que fueron conventos, y abrían trincheras en todos los puntos indefensos de la ciudad. Considerable número de combatientes, que en totalidad no bajaban de cinco mil, se alojaban en la (p.7233) iglesia Mayor, en San Gabriel, en Jesús Nazareno y en el santuario de la Caridad, donde residía la patrona del pueblo. Como no quitaba lo democrático a lo piadoso, casi todos los prosélitos del temerario Rafael Pérez confiaban en que nuestra Señora de la Caridad les diese la victoria sobre la insufrible tiranía. Contaron a don Diego aquellos vejetes que al huir de Loja los moderados quisieron llevarse a la santa patrona de la ciudad; pero que no les fue posible arrancar la imagen de la peana que desde inmemorial tiempo la sostenía. Ni con palancas ni con ninguna suerte de artificios lograron despegarla. Peana y Virgen pesaban tanto, que ni con cien mil pares de bueyes habrían podido apartarla ni el canto de un duro, señal de que la Señora no quería cuentas con los narvaístas, y protegía resueltamente al democrático albéitar Rafael Pérez.

Como Ansúrez no diera crédito a esta conseja, la confirmó con juramentos y arrumacos una gitana vieja que de Loja venía, agregando que Rafael tenía ya más poder que el santo ángel de su nombre.

 

Ep-38-IV -

Las desgracias del valeroso navegante, que tan furioso temporal corría tierra adentro, no tenían término ni alivio. Confinado con su familia en una estrecha y miserable celda del piso alto de la Casa de Postas, no hallaba medio de proseguir avante ni atrás en el viaje emprendido. Daba el aposento a un corredor que se extendía por dos lados del patio, y en el término de una de estas alas estaba la escalera. El blanqueo de las paredes dentro y fuera de la estancia no era reciente: la suciedad reinaba en todo el edificio, y los olores de cuadra y cubiles discurrían de un lado a otro como únicos inquilinos que allí sin estorbo moraban.

Lo peor fue que cuando doña Esperanza, en aparente mejoría, se prestaba a pasar algún alimento, anocheció sosegada y amaneció en completo desbarajuste de sus facultades mentales, que ya venían de días atrás algo descaecidas. Debilitado por el no dormir y el no comer el cerebro de la buena señora, dio esta en el más extraño desvarío que puede (p.7234) imaginarse. Fue una retroacción de sus pensamientos, un salto atrás, un desandar de lo andado en las vías del tiempo. A la madrugada, habíase tendido Ansúrez en el suelo sobre unas enjalmas; despertole Mara ya de día claro, diciéndole con palabras angustiosas que algo insólito y de mucha gravedad ocurría. Lo primero que advirtió don Diego al abrir los ojos fue que su esposa no estaba en el camastro. Como dormían vestidos, no tardaron en salir del aposento hija y padre, y con espanto vieron a doña Esperanza que a lo largo del corredor venía parloteando en alta voz y gesticulando con demasiada viveza, como si disputara con seres invisibles. Corrieron a ella, y con gran dificultad la llevaron adentro.

Opuso la buena señora resistencia breve, que se revelaba en su voz más que en sus ademanes, diciendo: «Déjame, Diego, déjame, que esa tarascona insolente, Sor Emerilda del Descendimiento, quiere meterme en la leñera. ¿No has oído a mis enemigas las valencianas aullar contra mí? La Priora es de tierra de Jumilla y no me quiere mal; pero está impedida de ambas piernas y no puede salir a defenderme. ¡Que no entren, por Dios, que no entren en esta celda!.. Es lo que llamamos el desván de la fruta, y aquí me recojo, aquí me refugio entre calabazas.. Tú eres el hombre de los aires, que anda de chimenea en chimenea y horada los techos.. Vienes manchado de hollín, porque pasas por los caminos del humo.. Silencio, que las monjas vamos al coro.. En el coro somos las monjas ángeles que rezan dormidos.. Despertamos, y nos volvemos demonios..». Estos y otros disparates que dijo la señora, pusieron a la hija y al esposo en gran consternación. Con palabras dulces trataron de apartar su mente de aquel furioso desvarío; pero las ideas de la infeliz mujer se habían dispersado como pájaros, cuya jaula se abre por las cuatro caras, y no había manera de atraerlas de nuevo a su prisión.

Lejos de calmarse con halagos ni con esfuerzos de raciocinio la locura de doña Esperanza, se fue determinando más en el curso del día, hasta el punto de que (p.7235) Diego y Mara llegaron a creer que también ellos habían perdido el juicio. Terrible fue la tarde: la pobre señora persistía en la demencia de creerse monja, y de repetir en memoria y en voluntad los actos y sucesos que precedieron a su evasión del claustro. Ya no sabían el esposo y la hija qué pensar, ni qué hacer, ni qué decir. En vano pedían auxilio a los viejos y mujeres de la casa, que no acertaban de ningún modo a sacarles de tan doloroso conflicto. Por la noche, el delirio de la enferma fue más desatinado y violento. Desconociendo a su hija, la llamaba negra, intrusa, y mandábala salir de su presencia. También a su marido le trataba como a persona subida de color. Creyéndose monja y de inmaculada blancura, decía: «Quiero escaparme, quiero salir de esta triste cárcel; pero no me salvarán hombres tiznados.. no me salvarás tú, que traes el rostro obscuro de andar con los negros de Indias».

Espantosa fue la noche, y más aún la madrugada. Muertos de inanición, Ansúrez y su hija pidieron alimento a sus aposentadores, que les franquearon cuanto tenían. Una mujerona huesuda y desapacible, no por esto privada de sentimientos cristianos, se puso a las órdenes de los huéspedes; les sirvió sopas y una fritanga, y brindose a velar a la enferma para que el señor y la niña pudieran descansar algunos ratos.. ¡Buen descanso nos dé Dios! Cayó doña Esperanza en un sopor del que no podían sacarla con sacudidas de los brazos, ni con voces pronunciadas en los propios oídos de ella. Sudor copioso y frío brotaba de su frente, y de su boca se escapaba un áspero soplido cadencioso, que no traía ningún acento de locución humana.

Pensó Ansúrez que aquel singular estado podía ser un recalmón intenso de los alborotados nervios de su esposa; pero la mujerona de la casa, que era un tanto curandera y había presenciado bastantes casos como el que a la vista tenía, dio dictamen muy distinto, y sin nombrar la muerte, expresó el parecer de que no debían buscar remedios corporales, sino aplicarse todos, deprisa y corriendo, a (p.7236) encomendar el alma de la señora. Firme en esta intención edificante, bajó y trajo un cazolillo con aceite, en el cual sobrenadaban encendidas varias mechas de algodón, que eran como un holocausto a las benditas ánimas del Purgatorio, y el mejor socorro que se podía dar a una persona moribunda. Nada dijo Ansúrez, y comprendiendo que acertaba la mujer en su fúnebre pronóstico, echó todo su dolor del lado de la resignación, encastillándose en esta con todo el rendimiento de su alma cristiana. Menos fuerte Mara en su espíritu, rompió en llanto; y entre lágrimas de la niña, oraciones de la huesuda, silencio torvo de Ansúrez, y un desaforado ladrar de perros que del campo venía, los alientos broncos que salían del pecho de doña Esperanza fueron menguando, hasta que con uno más suave y hondo terminó su existencia mortal.

La claridad del alba entró a deslucir el amarillo resplandor de las luces mortuorias. Hija y padre se vieron en plena esfera de la realidad, y de su propio dolor sacaron fuerzas para ocuparse en dar a la querida muerta la compostura y grave continente que debía llevar al sepulcro. Arregláronle el pelo, que se le había desordenado con las manotadas de su locura. Sin quitarle la ropa interior, pusiéronle su mejor basquiña negra, y un manto, negro también, que con monjil recato le cubría la cabeza y busto. Formaba como un rostril ovalado, sujeto con alfileres, que sólo dejaba al descubierto la cara. En las manos le pusieron el Crucifijo que consigo solía llevar; hecho esto, se sentaron junto a la cama por uno y otro lado, esperando la ocasión del sepelio. El cansancio venció la voluntad de Ansúrez. La cabeza le pesaba más que su propósito de tenerla derecha, y se dejó caer entre los brazos y sobre el lecho. Quedose el hombre profundamente dormido, y en sueños le turbaba un ruido intenso y mugiente: creyó que era el oleaje del Mediterráneo rompiendo en las peñas de Cabo Palos o en los cantiles de Porman. Soñó que estaba en aquella costa oyendo la voz iracunda del mar.. Su hija le despertó sacudiéndole el brazo, y le dijo: (p.7237) «Padre, ¿oyes ese ruido?».

-Sí, oigo -respondió Ansúrez estre dormido y despierto-. Tenemos levante duro.

-No es eso, padre. Es ruido de soldados. Los soldados están aquí. No caben en el corral. Del corral han subido al corredor: algunos han abierto esta puerta, y al vernos han vuelto a cerrar.

Cerciorose Ansúrez por sus propios ojos de lo que Mara le decía; vio la inquieta turbamulta militar, que sin duda iba de camino hacia la ciudad insurrecta, y se le daba parada y rancho en la Casa de Postas. Como acontece en estas invasiones, no faltan muchachos alegres que se lanzan a una requisa indiscreta, en busca de las vituallas que comúnmente se guardan en altos desvanes. Perseguían jamones o cecina, y hallaron cosa muy distinta de lo que anhelaban. Algunos eran tan desahogados, que el hábito de la galantería se sobrepuso a los respetos debidos a la muerte; y ante Mara llorosa junto al cuerpo frío de su madre, repararon en la belleza picante de la chavala, y más prontos estuvieron para requebrarla que para compadecerla. Viendo que unos tras otros entreabrían la puerta sin más objeto que curiosear, Ansúrez abrió de golpe y les dijo: «Pasen, si gustan de ver cosas tristes. Esta señora difunta es mi esposa, y esta muchacha, mi hija. Si buscan comida, sepan que aquí no la hay, ni creo que puedan encontrarla en parte alguna de este caseretón desamparado. Aquí no hay más que soledad y lágrimas. Íbamos hacia Granada.. Mi esposa enferma no pudo resistir el quebranto del viaje ni la falta de todo socorro de víveres y medicinas, y esta madrugada su alma se ha ido a la presencia de Dios. Mi hija y yo no saldremos de aquí sino para llevar a nuestra querida muerta a donde podamos darle sepultura cristiana. Si son ustedes piadosos, como parece, ayúdennos a cumplir esta santa faena, y les quedaremos muy agradecidos.. Guardaremos en el corazón el recuerdo de estos buenos chicos, aunque no volvamos a vernos. Ustedes van a Loja; nosotros, al puerto más cercano, que entiendo es Motril, pues yo no soy hombre de guerra, sino de mar».

Los soldados (p.7238) oyeron respetuosos estas razones tan sinceras como expresivas, y el más despabilado de ellos, en nombre de todos, dijo que de buen grado complacerían al señor viudo y a la niña huérfana, ayudándoles a la conducción y entierro de la señora finada; pero que habían de partir en cuanto se racionara la tropa, que ello sería obra de veinte minutos todo lo más. Detrás llegaría un batallón de Cazadores, y estos no habían de ser menos generosos y cristianos que los presentes. Con esto, y con dar a los atribulados hija y padre dos panes de munición de a dos libras, se despidieron.

Al son de tambor y cornetas se alejó la tropa, y Ansúrez, otra vez solo, trató con la mujerona y los vejetes de dar tierra a la pobre doña Esperanza. Convinieron todos, mediante conquibus, en facilitar la indispensable función mortuoria. El cementerio más próximo era el de Cijuela, distante una legua o poco más. No faltarían cuatro hombres que, turnando, transportasen el cadáver, y delante iría un propio que previniese al cura para que no faltara un buen responso. Por fin, como en el curso del día habían de volver de Granada mozos, caballos y algún carricoche (que ya con la presencia de la tropa se iba restableciendo la vida normal) , después del sepelio podrían tener el viudo y su hija un galerín en que molerse los huesos por el camino de arrecife, que así llamaban a las carreteras.

Pasaron al mediodía los Cazadores sin detenerse, y a la tarde se puso en camino con solemne tristeza y soledad la pobre comparsa que acompañaba los restos de doña Esperanza, encerrados en una caja tosca que a toda prisa carpintearon los viejos de la Casa de Postas, y que conducían en parihuela otros viejos y mendigos alquilones. Seguían don Diego y su hija en el coche llamado de San Francisco, y tras ellos lucido cortejo de chicos y gitanas que iban al reclamo de una limosna. Con lento andar llegó la procesión a su término, que era un camposanto humilde, sin mausoleos pomposos, poblado de cruces, las unas derechas, otras caídas o inclinadas con dejadez, como si (p.7239) quisieran descender al reposo que gozaban los muertos. Un cura del mal pelaje, esmirriado y anémico, que apenas podía con la capa pluvial, y un monaguillo pitañoso y descalzo, aguardaban con puntualidad mendicante.

Breve y patética fue la ceremonia. Cuando la pobre doña Esperanza bajó a la tierra, prorrumpieron las gitanas en teatral llanto, que fue como un fondo coral en que vivamente se destacaba el verídico duelo de la huérfana y el viudo. Todo terminó al caer de la tarde, cuando sobre el rústico cementerio revoloteaban las golondrinas, que en próximos techos tenían sus nidos. Pagó don Diego los servicios funerarios con largueza de indiano. Moneda de oro puso en la mano negra y flaca del cura, que, al recibirla y verla tan brillante, apretó el puño cual si temiese que se la quitaran. Quedó el hombre muy agradecido, y ofreciendo rogar por muertos y vivos, se fue a toda prisa, que cenar solía tempranito. A los portadores recompensó Ansúrez con buenas monedas de plata, que por más señas eran pesetas columnarias, y entre las gitanas y chiquillos repartió alguna plata y cobre en abundancia, con lo que todos quedaron muy satisfechos, y al donante como a la niña desearon largos años de vida y aumento de sus caudales. Al regreso, las gitanas, ya con más ganas de canto que de llorera, propusieron a Mara decirle la buenaventura; pero la niña no quiso escucharlas, sintiéndose en tal ocasión lejos de todo consuelo.

A campo traviesa anduvieron, guiados por los viejos, dos o tres horas, pasando por tierras del Soto de Roma, propiedad del inglés Duque de Wellington, y a las diez de la noche fueron a parar a un ventorro, donde les esperaba el birlocho dispuesto para proseguir su caminata. Todo lo que tenía de excelente la moneda de Ansúrez, teníalo de perverso y desvencijado el armatoste que le alquilaron aquellos chalanes. Tiraban de él dos caballejos cansinos y llenos de mataduras, y lo guiaba un perillán tuerto y cojo, que, apenas tratado, daba el quién vive con su aliento de borrachín y sus trapacerías rateriles. (p.7240) Pero no habiendo cosa mejor, los viajeros pasaron por todo, que para eso traían grande acopio de resignación. Dando tumbos, oyendo sin cesar las groserías del cochero y los palos con que a los pobres animales arreaba, llegaron después de media noche a un parador de la ciudad de Santa Fe, donde hicieron alto para descansar algunas horas. Pero la fatiga y el sueño atrasado que ambos traían les retuvieron en los duros colchones hasta más de las doce; y como el calor era sofocante, se acordó retrasar la salida hasta el anochecer, lo que agradecieron los caballos tanto como el gandul que los regía.

Anhelaba Diego recorrer con la mayor presteza posible la distancia que le separaba de Motril. Forzoso era pasar por Granada, donde despediría el carricoche de Lachar para tomar mejor vehículo. En Granada se detendría lo menos posible: le asustaba la idea de encontrar parientes o amigos, que con halagos y cumplimientos dilatorios le indujeran a mayor tardanza. Tal como lo pensó, lo hizo: llegaron los viajeros a la ciudad morisca al filo de media noche, y en una posada del arrabal del Triunfo se alojaron, y de allí no salieron hasta saldar cuentas con el ladronzuelo que les trajo, y ajustar un galerín que debía llevarles hasta donde alcanzaba el camino de arrecife. Desde Béznar seguirían a caballo hasta el término de su odisea terrestre. En estos tratos chalanescos se les fue un día entero y parte de otro. A ningún conocido vieron, ni hablaron más que con arrieros y trajinantes que en el mesón se alojaban.. Partieron en alas, no diremos del viento, sino de la impaciencia y prisa que empujaban el alma de Ansúrez hacia el mar, y en los últimos ratos del parador, así como en el trayecto hasta Padul, tuvieron noticia del desastroso acabamiento de la revolución de Loja.

 

Ep-38-V -

Razón tuvo el Cura don Prisco al poner en sus letanías la piadosa invocación al brazo militar: «¡Soldados, soldados!». Oída fue por Dios y por el Gobierno esta devotísima plegaria. Soldados acudieron de Granada, de Málaga y de (p.7241) Jaén, y reunidos frente a Loja, bajo el mando de un valeroso General, saludaron a los insurrectos con la estimación de rendirse y poner fin al democrático juego. Pronto comprendieron los secuaces de Rafael Pérez que habían perdido su causa, metiéndose en una plaza que más tarde o más temprano había de ser victoriosamente debelada por la tropa. La hueste revolucionaria no debió abandonar nunca la táctica de guerrillas: su fuerza estaba en la movilidad, en la rapidez de las sorpresas y embestidas parciales. Estacionarse en un punto, aun contando con defensas rocosas o con trincheras abiertas sin conocimiento del arte de la castrametación, era ir a muerte segura. Un ejército disciplinado y regularmente dirigido debía dar cuenta, como aquel la dio, del tan entusiasta como aturdido ejército popular. Apretado el cerco con la idea de que no escapase ninguno de los cinco mil republicanos que en la plaza bullían, resultó que después de andar en tratos y parlamentos, se escabulleron todos por las mallas de la red.

Se dijo que Serrano había llegado a última hora con instrucciones de lenidad, que practicó a estilo masónico, haciéndose el cieguecito y el sordo ante los grupos que huían de la plaza. Serrano era liberal, no debe esto olvidarse, y en Madrid mandaban un astuto y un escéptico que se llamaban O'Donnell y Posada Herrera. Si hubiera estado el mango de la sartén en manos de Narváez, de fijo no queda un republicano comunista para contarlo. Don Prisco Armijana, espíritu que se balanceaba en los medios pidiendo mucha libertad y mucha religión, diría frente al Socialismo vencido: «Soldados, no matéis. Dios quiere que todos vivan.. y que todos coman. Soldados y paisanos, comed juntos».

Venturosa fue la evaporación rápida de los insurrectos, tomando por este o el otro resquicio los caminos del aire, porque así se evitaron las duras represalias y castigos. Algunos cayeron, no obstante, para que quedasen en buen lugar los fueros del orden santísimo. La vista gorda del General no fue tanta que dejase pasar a todos sin (p.7242) coger los racimos de prisioneros que debían justificar, llenando las cárceles, la autoridad del Gobierno. No faltaron infelices que con el holocausto de sus vidas proporcionaron a la misma autoridad el decoro y gravedad de que en todo caso debe revestirse. De Rafael Pérez, nada se supo. Luego se dijo que había ido a parar a Portugal. Hombre extraordinario fue realmente, dotado de facultades preciosas para organizar a la plebe, y llevarla por derecho a ocupar un puesto en la ciudadanía gobernante. Tosco y sin lo que llamamos ilustración, demostró natural agudeza y un sutil conocimiento del arte de las revoluciones; arte negativo si se quiere, pero que en realidad no va nunca solo, pues tiene por la otra cara las cualidades del hombre de gobierno. Representó una idea que en su tiempo se tuvo por delirio. Otros tiempos traerían la razón de aquella sinrazón.

Más que en estas cosas de la vida general pensaba Diego Ansúrez en las propias, corriendo en la galera por el camino que faldea las moles de Sierra Nevada en dirección a la fragosa Alpujarra. Pasó la divisoria que llaman Suspiro del Moro, sin duda porque allí suspiró y lloró el desconsolado Boabdil, y también el viudo de doña Esperanza lanzó de su pecho suspiros hondos recordando su amor perdido, y pesando las desventuras que su viudez le traía. Luego consideraba el enflaquecimiento de su bolsa, a la que, con las enfermedades de la mujer, los viajes, los obsequios y otras socaliñas, había tenido que dar innumerables tientos. En Granada y Loja habíanle tomado por indiano rico, y no faltaron parientes pobres, Castriles o Armijanas, a quienes hubo de consolar gallardamente con algún socorro. Ello es que por el chorreo continuo de gastos en tan largo periodo de inacción, al mar, su verdadera patria, volvía con sólo el dinero preciso para llegar a Cartagena.

Pasando por la memoria, como se pasan las cuentas de un rosario, sus desdichas en tierra granadina, pensaba el buen hombre que la causa de ellas no podía ser otra que el haber infringido y olvidado las leyes morales y religiosas. Su (p.7243) casamiento libre y sacrílego con Esperanza, sin duda tenía muy incomodado al Padre Eterno, de donde resultaba que fueran siempre desfavorables los que llamamos designios de la Providencia. Pero luego, razonando con buen sentido, añadía: «Yo no fui a sacar a Esperanza del convento de Consolación, sino que ella, descolgándose para coger la calle y la libertad, cayó sobre mí como si cayera del cielo. ¿Qué había yo de hacer con ella? ¿Restituirla al convento, a donde no quería volver ni a tiros? ¡Ajos y cebolletas, esto no podía ser! Después, mares adentro, el amor, fuero imperante sobre toda ley, nos casó. ¿Cómo lo habíamos de arreglar, si por el aquel de los malditos cánones no podíamos casarnos por la Iglesia? Yo no diré nunca, líbreme Dios, como decían los de Loja: ¡muera el Papa!; pero sí diré a gritos: '¡mueran los cánones!'. ¿Y qué culpa tengo yo de que don Prisco no pudiera sacar la dispensa de votos, ni arreglar todas las demás zarandajas para echarnos las bendiciones?.. Culpa mía no es esto, y porque la culpa es del Papa y no mía, siento mi conciencia muy aliviada, pues hay cosas en que el deseo debe valer tanto como la ejecución». A pesar de la relativa serenidad que le daban estos razonamientos, Ansúrez no se veía libre de inquietud: el temor religioso iba ganando su alma, y recordando la escena tristísima del cementerio de Cijuela, se proponía practicar el culto, cuidar de sus relaciones con Dios hasta desenojarle.

Siguieron su camino hacia la Alpujarra, bordeando abismos y salvando cuestas. En Padul descansaron, en Dúrcal comieron, y en Béznar (1) se les acabó la carretera, dejándoles a pie si no franqueaban a caballo las seis leguas que les separaban de Motril. Las maletas quedaron en Béznar para ser transportadas en mulo durante la noche. Dos borricos llevaron a los viajeros a Tablate, y uno solo de Tablate a Vélez. No se crea que en un asno montaban los dos: Mara iba sentadita en el albardón de un alto pollino, y Ansúrez lo llevaba del diestro: era torpe jinete, y más a gusto andaba con sus (p.7244) pies que con los de la mejor cabalgadura.

Pasada la divisoria de Lújar, se ofreció a los ojos de ambos el sublime espectáculo del mar, grande espacio de azul, tan vago y misterioso en su inmensa lejanía, que no parecía mar, sino una prolongación del Cielo que se arqueaba hasta besar la costa. Tal fue la emoción de Ansúrez ante el grandioso elemento en quien veía su patria espiritual, que le faltó poco para ponerse de hinojos y entonar una devota oración sacada de su cabeza en aquel sublime momento. Palabras de asombro, cariño y gratitud pronunció santiguándose, y no tuvo reparo en mostrar una infantil y ruidosa alegría, primer respiro del alma del marino después de su viudez reciente.

El camino que faltaba, no muy extenso y todo cuesta abajo, bien podían recorrerlo a pie. Así lo propuso el padre a la hija, y ambos se lanzaron intrépidos y gozosos a la pendiente por ásperos caminos bordeados de piteras, chumbos y otros ejemplares lozanos de la flora meridional. Sin novedad anduvieron largo trecho; pero el cansancio agotó las fuerzas de Mara, y cuando aún faltaban como tres cuartos de legua para llegar a Motril, la pobre niña, dolorida de los pies y cortado el aliento, dijo a su padre que le concediera un largo reposo, o buscase algún jumento en las casuchas que a un lado y otro se veían. «Hija del alma -replicó Ansúrez, a quien se hacían siglos los minutos que tardase en llegar al puerto-, no perdamos tiempo en buscar caballería, que aquí tienes a tu padre que te llevará con tanto cuidado y mimo como si te cargaran los ángeles». Dicho esto, la cogió en sus brazos y siguió adelante con ella sin gran trabajo, pues la chica era de poco peso y él un gigante forzudo.

Iban por un sendero pedregoso, flanqueado de pitas, cuando les alcanzó y se les puso al habla otro viajero andante que tras ellos venía. Era un muchachón de buena presencia y estatura, muy desastrado de ropa, como si llevara largo tiempo de corretear por caminos ásperos y pueblos míseros. Visto de lejos, parecía negro: tan extremadamente había tostado el sol y curtido el aire (p.7245) su tez morena. El polvo, además, lo jaspeaba con feísimos toques; pero ni la suciedad ni la negrura desfiguraban las varoniles facciones del sujeto. Las primeras palabras que dirigió a los Ansúrez fueron contestadas con desabrimiento. ¿Era mendigo, ladrón o vagabundo? Hija y padre se detuvieron en estas dudas antes de responderle con urbanidad. «Bueno -dijo Ansúrez, vencido al fin de la cortesía del extraño individuo negruzco más bien que negro-: no nos enfadamos porque tú nos hables, ni tenemos a desdoro el hablar con un pobre. Nosotros vamos en demanda de Motril. Tú, a lo que parece, llevas el mismo camino».

-A Motril voy -respondió el hombre ennegrecido y empolvado-; y antes de que el señor me lo pregunte, le diré que me trae a este puerto el mucho cansancio y ninguna utilidad que he sacado de trabajar tierra adentro, en el campo, en el monte, en las canteras de mármol; y ahora buscaré trabajo en la vida de mar, porque el mar es mi elemento, quiero decir, que me gusta sobre todas las cosas, y que en él está el hombre mejor que en tierra. Esto digo, esto sostengo, aunque usted lo lleve a mal.

-¿Qué he de llevarlo a mal, ajo? -exclamó Ansúrez parándose ante el hombre de color obscuro y mirándole cara a cara-. ¡Si yo, aquí donde me ves, soy del mismo parecer que tú, y después de los peces no hay nadie en el mundo que sea más hijo del mar que yo! De tierra adentro vengo sin timón ni compás, no sé si huyendo de mis desdichas o trayéndolas conmigo. Al interior me fui con mi esposa y mi hija. Sólo con la hija vuelvo. El corazón se me ha partido, y la mitad he dejado allá en un cementerio chico..

Ya con esta entrada vieron ambos abierto el camino para una conversación franca. El negro era listo: su lenguaje contrastaba rudamente con su bárbara facha y su vestir lastimoso. Por el acento reveló a las primeras frases su abolengo americano, y a la pregunta que sobre el particular le hizo Diego, contestó así: «Yo soy del Perú; me llamo Belisario, y en España estoy por locuras y calaveradas mías, (p.7246) que ahora pago con usura, pues han caído sobre mi cabeza más desdichas de las que merezco.. Ya ve por mi facha lo rebajado que estoy de mi nacimiento y categoría.. No le pido limosna, aunque bien la necesito, sino protección para poder embarcarme y salir a buscar el sustento, aunque sea con fatigas, que las pasadas en el mar han de consolarme de las que llevo sufridas en tierra».

Con esta ingenua manifestación, el americano empezó a ganarse la simpatía de Ansúrez. En lo restante del camino, hija y padre le pidieron más noticias de su vida, y él no se cortó para darlas. Había nacido al pie de los Andes; sus primeros pasos los dio sobre pavimento de barras de plata. Su padre era español, que cruzó los mares y se fue en busca de la madre gallega, que así llaman allí a la fortuna. Casó con una limeña muy guapa.. Las limeñas son las mujeres más bonitas del mundo, y mejorando lo presente, a todas ganan en desenvoltura y malicia graciosa. La digresión que hizo el narrador hablando de las limeñas, no se copia en este relato por no agrandarlo más de lo debido. Habló luego del mal genio de su padre, que era más adusto que un pleito, y conservaba en su carácter el dejo de las fierezas inquisitoriales, que en toda alma española están adheridas, como se adhieren a la lengua los sonidos del idioma.

De la dureza del padre y de la propensión del hijo a la independencia, resultaron castigos, rebeldías y sucesos lamentables. No tenía veinte años cuando se emancipó de la autoridad paterna, retirándose al Callao, donde con otros chicos de su edad, como él indisciplinados y ociosos, cultivó su afición al mar. Todo el día se lo pasaba en botes o chalanas, jugando a la navegación de vela y remo. El cariño de la madre le atrajo de nuevo a la casa de Lima. Pero la inflexibilidad del padre no tardó en reproducir las discordias. Escapó al fin, buscando la deseada libertad, y se fue a las islas Chinchas, donde halló medio de ser admitido en la tripulación de una fragata inglesa que le trajo a Europa. Contar todo lo que en el viaje le pasó, desde su salida de las (p.7247) Chinchas hasta su arribo a Valencia, sería historia larguísima y fastidiosa para el señor y señorita que le escuchaban.. Terminó diciendo que el recuerdo de su madre y hermanos no se apartaba de él, y que ignoraba en absoluto lo que había ocurrido en su familia desde que su delirio de aventuras le separó de ella.

No sabía Diego si creer todo o una parte no más de lo que el americano refería. Pero a su desconfianza se impuso su buen corazón, y dijo al vagabundo que él no era más que un pobre naviero de faluchos de costa, y en tan pobres barcos no podía ofrecerle empleo ventajoso. Pues buscaba trabajo de mar, le llevaría gustoso a Cartagena, donde hallaría medios de enrolarse en buenos buques mercantes, o en los de guerra si le llamaba y era de su gusto la marina militar. A esto dijo Belisario que el ser llevado a Cartagena lo consideraba como la mayor caridad que podía recibir, y con grandes aspavientos y cierto lirismo en su dicción fácil, expresó su gratitud al generoso señor y a su bella hija.

 

Ep-38-VI -

Horas no más estuvo Ansúrez en Motril, el tiempo preciso para fletar una hermosa lancha y disponerla para su viaje. Belisario le trajo las maletas desde la ciudad al varadero, media legua larga, y luego embarcó con el padre y la hija, cinco marineros y el dueño de la lancha. Largó esta la vela, y al amor de un poniente frescachón que felizmente reinaba, se alejó rascando la costa. La nave era excelente, y a las dos horas de su salida pasaba frente a la Sierra de Adra. Toda la noche siguió navegando con gallardo andar; los tripulantes vieron de lejos la luz de Almería, y al amanecer montaron el Cabo de Gata, siguiendo después con menos marcha, al socaire de los altos montes y cantil, que también tienen nombre de Gata. A proa iban Belisario y los marineros, y Ansúrez a popa con su hija. Sobre las tablas de la sobrequilla habían arreglado, con petates y mantas, el mejor acomodo posible para que la señorita descansara, ya que dormir no pudiera.

La caída del viento fue causa de que emplearan casi todo el día en recorrer la costa hasta Cala (p.7248) Redonda. De aquí, con una fácil guiñada, demoraron frente al puerto de Águilas, y en él se metieron para pasar la noche. Al amanecer continuaron: reinaba un lebeche suave que levantaba marejadilla. Alguna molestia sufrió Mara con las cabezadas de la embarcación; pero pasado Cabo Tiñoso se les presentó mar bella, y por fin, bien entrada la noche, gozosos y satisfechos del tiempo y de la nave, dieron fondo en la bahía de Cartagena. Saltó a tierra Ansúrez con su hija, y sin tomar respiro subieron a su habitual residencia, que era una vetusta casa no lejos de la Catedral Antigua, situada en punto culminante, desde donde se gozaba la vista del puerto y de los dos gigantes castillos que lo custodian: Galeras y San Julián.

Apenas instalado en su domicilio, se ocupó Diego en reanudar sus negocios, enterándose de la situación de los faluchos. La ausencia del amo había embarullado las cuentas, y para ponerlas en claro hacía falta paciencia y actividad. Dejaremos ahora en estos afanes al pobre naviero, para decir que la casa donde hija y padre vivían era la de un compadre y amigo llamado Roque Pinel, socio de Ansúrez en otro tiempo, y a la sazón ocupado en la compra y embarque de esparto. La cordialidad y buena armonía entre ambos mareantes no se alteró nunca. Habían sido compañeros en el servicio del Rey, y juntos corrieron, en la navegación y el comercio, aventuras borrascosas, con varia fortuna. Cuando Ansúrez vivía en Cartagena, llevaban a medias los gastos de la casa, y del gobierno de esta cuidaban la esposa y hermana de Pinel, dos mujeres cincuentonas, sentadas y de gran disposición para el caso. Bien podía confiarles Ansúrez la custodia de Mara en sus ausencias. Contaba con la docilidad de su hija, que aún ceñía falda de adolescente. Pero el padre recelaba que, en llegando a mujer hecha, no había de ser tan fácil retenerla en una disciplina rigurosa. Al propio tiempo, no estaba nada satisfecho de la educación de Mara, limitada, por aquellos días, al leer correcto, a un mediano escribir y deficientes nociones de Aritmética. Pensaba el (p.7249) celtíbero en un buen colegio de doncellas, o en escuela regida por monjas aseñoradas, que la instruyeran y la pulimentaran en todo lo concerniente a dicción, etiqueta y modales.

Antes que me pregunten por Belisario, diré que Ansúrez le consiguió trabajo en la descarga de carbón, con lo que se puso el hombre más negro que lo estaba en el instante de su aparición en el camino. Después fue recomendado a una empresa de hornos y fundición en las Herrerías, y allí ganó dinero y se hizo querer de sus patronos. No se asombraron poco Ansúrez y Mara cuando le vieron entrar en su casa lavado y bien vestido, en tal guisa, que tardaron en conocerle, según venía de limpio y elegante. Sus trazas de caballero iban bien con el habla fina que usaba, y con los dejos líricos que del alma le salían a poco interés y calor que tomara el diálogo. Lo más substancial que dijo en aquella visita fue que había empezado estudios de pilotaje en la Escuela de Cartagena, y que por necesidad continuaba en las Herrerías, sin otro objeto que ganar algún dinero con que emprender vida más de su gusto; o en otros términos, para mayor claridad, que él pedía el auxilio de Vulcano para obtener los favores de Neptuno. Sonriendo miró Mara a su padre, como interrogándole acerca de aquellos señores Neptuno y Vulcano, que ella jamás había oído nombrar. Concluyó en aquella ocasión, como en otras, la visita de Belisario con las donosas burlas que hacía la chica del sutil lenguaje del americano, sin que por ello lograra enojarle, como sin duda se proponía; antes bien, llevábale a mayor admiración de ella y a más desenfrenado lirismo.

Bien entrado ya el 62, se supo que Belisario se había embarcado para Marsella en un buque francés que dejó en Cartagena cargamento de guano. Por Navidad del mismo año, le vio Ansúrez en Palma vendiendo azafrán y comprando almendra. El 63, reapareció en Cartagena, vestido con singularidad, el rostro demacrado y tristón, como si convaleciera de una enfermedad penosa. Sus operaciones mercantiles no salían entonces del terreno (p.7250) espiritual: comerciaba con las Musas, y sus remesas eran poesías, que más de una vez aparecieron en los periódicos locales. Los entendidos en estas cosas aseguraban que las odas, silvas, canciones y elegías del americano no carecían de mérito, y algunos vates cartageneros las ensalzaban hasta el cuerno de la luna. Sus defectos eran sus cualidades prodigadas con hinchazón y superabundancia por una fantasía sin freno. Abusaba indiscretamente de los ángeles, de la espléndida flora tropical, y de las conversaciones tiradas que sostienen los astros del Cielo con los átomos de la Tierra. Todo esto pasó arrastrado por la corriente undosa de la literatura periodística, que lleva y derrama las ideas en el mar del olvido. Del mismo modo pasó Belisario, que desapareció de Cartagena sin despedirse de nadie, ni decir a dónde iba con sus estrofas y su acentuada personalidad.

En los comienzos del 64, volvió el peruano a dar señales de vida, y ello fue por una carta que de él recibió Ansúrez en Alicante. Decíale que acababa de salir del Hospital, no bien repuesto aún de una fiebre maligna. Movido de su buen corazón, hizo Diego por él lo que podía, y partió a Valencia, donde estaba la gentil Mara perfilando su educación bajo la férula de las Madres Ursulinas de aquella ciudad. Los quince años de Mara eran espléndidos: pasaba de la adolescencia a la juventud con arrogancia de conquistadora. Sus hechizos inspiraban miedo a las Madres, miedo también al padre, y sin dejarse ver fuera del convento, eran conocidos y celebrados por obra exclusiva de la fama. Ni el fuego ni la hermosura pueden estar ocultos.

En Septiembre del mismo año, dio Ansúrez por finiquitado el pulimento de la señorita, y se la llevó a Cartagena. Creía el buen hombre que las Ursulinas habían puesto a su hija como nueva, y que esta era un prodigio de ilustración y un lindo archivo de conocimientos. Grandemente se equivocaba, porque Mara, descontado el barniz leve de cultura que le dieran las monjas (nociones farragosas del arte gramatical y de la ciencia de la cantidad, un poquito de (p.7251) francés mascullado y un imperfectísimo tecleo de piano) , salía del convento tan rasa y monda de saber como había entrado, con bastantes malicias y astucias de más, y su cándida ingenuidad de menos. Algo de esta recobró al volver a su casa, porque no disimulaba el desafecto que en su corazón dejaron las Madres.

Ansúrez no se cansaba de admirar el ligero barniz, que pronto habría de deslucirse y perderse, y encantado con su hija, no veía en la sociedad de sus iguales hombre digno de ella. Y está de más decir que Mara tuvo en Cartagena, al presentarse acicalada y bruñida de lenguaje, un éxito loco. Muchachos de diferentes vitolas y abolengo la cortejaron, sin que ella saliera de su mónita constante: enloquecer a todos, y no dar esperanzas a ninguno. Cobró fama de ambiciosa y de picar demasiado alto. Con las gracias discretas nuevamente adquiridas se juntaban, en delicioso revoltijo, los donaires que se le pegaron en la tierra andaluza.. No había criatura que exhibir pudiera mayor conjunto de seducciones mortíferas, ni que impusiese más terror a los que la sitiaban con solicitudes amorosas. Su talle sutil, su gracioso andar, sus decires prontos, que tenían por manantial la boca más fresca y bonita que podría imaginarse, su rostro trigueño a lo Virgen de Murillo, se grababan en la retina y en el corazón de infinidad de jóvenes que vivían desconsolados y como almas en pena.

Por aquellos días, que en buena cuenta eran los de Octubre del 64, resurgió Belisario en Cartagena bien vestido y con cierto mohín misterioso, dejando entrever que un magno asunto secreto y de universal importancia movía su voluntad. Algunos le creyeron conspirador, y en verdad lo parecía por la sutileza con que esquivaba su persona. Pronto le llevaron a Diego Ansúrez el soplo de que el peruano había venido en requerimiento de Mara, y que de noche rondaba la casa disfrazado de marinero. Acechó Ansúrez; tomó lenguas de los vecinos y de las mujeres de la casa, y si no pudo echarle la vista encima al caballero rondador, supo de un modo indudable que había cambio de (p.7252) cartitas, y que a las manos de Mara, por impenetrable conducto, llegaban voluminosos paquetes de prosa y verso.

Saber esto y volarse el honrado marino, fue todo uno, y en su furor corrió derecho al descubrimiento de la verdad, encerrándose con su hija, e interrogándola de forma ruda y pavorosa, que no era para menos la rabia que el celtíbero sentía. Atemorizada, negó al principio Mara; pero la verdad que le llenaba el alma pudo en ella más que el disimulo, y al fin, con la fuerza de dicción que da un sentimiento poderoso, declaró de lleno que el peruano la quería, y que ella.. le había hecho dueño de su corazón, con inquebrantable propósito de ser de él o de nadie. Larga y penosa fue la escena, y en ella hubo de todo: gritos, amenazas, lamentos, truenos furibundos en la boca del padre, y un río de lágrimas en los ojos de la señorita. Repetido por la noche el sofión, presentes Pinel y las dos señoras, hablaron todos con tal vehemencia, afeando el amor de Mara, que la pobre muchacha quedó sobrecogida y muda. Creyeron que la habían convencido; pero no fue así: más fácilmente se apaga un volcán que el incendio de un corazón enamorado.

Dos días después, hallándose Ansúrez en la correduría que despachaba sus buques, se le presentó de improviso Belisario, y sin preámbulos ni retóricas baldías, en prosa categórica y llana, le dijo: «Vengo, amigo Diego, a pedirle a usted la mano de su hija». ¡María Santísima, qué cara puso el celtíbero al oír lo que juzgaba disparate, blasfemia o cosa tal, qué relámpago de ira echó de sus ojos, qué sarta de vocablos feos y sacrílegos de su boca! Repitió el peruano fríamente su demanda; mas antes de que concluyera, corrió hacia él como un león el enconado padre, y acudieron los allí presentes a sujetar a uno y otro, salvando de un grave estropicio al poeta mareante. Dueño este de sí mismo, y conservando la serenidad que había perdido su enemigo, declaró que Mara sería suya, quisiéralo o no el señor Ansúrez, porque la ley de amor, más alta y fuerte que todos los respetos humanos, había de cumplirse. Amor es (p.7253) ley del universo, y la autoridad paterna es ley social. Amor es fuerza creadora que engendra la vida y perpetúa la Humanidad; las leyes sociales que contrarían el amor son esencialmente destructoras como instrumentos de muerte. Estos y otros desatinos y razones enfáticas dijo en un tono y cadencia que sonaron a verso en los oídos de los hombres de mar. Terminó la reyerta con groseras burlas de las retahílas del americano, y a empujones le lanzaron a la calle ignominiosamente. «Soy solo contra todos -clamaba-, y no es bien que me traten así..».

Ansúrez, sin que sus amigos le soltaran de la mano, quedó en la correduría braceando como loco furioso, y repitiendo las maldiciones y amenazas con que desfogaba su ira. «¡Ajo, dar mi hija a un coplero!.. ¡Ajo, maldito sea el instante en que los ojos de ese bigardo miraron a mi niña!.. ¡Si no me lo quitan, lo estrangulo!.. ¡Suéltenme, que quiero tirarlo al agua con una piedra trincada al pescuezo!..». No se calmó hasta que regresaron los que se habían llevado a Belisario, y le dijeron: «No te sofoques, Diego, ni hagas caso de ese silbante. Hémosle metido en el bote del vapor sardo, donde está de mayordomo. Descuida, que a tierra no ha de volver. Ya tienes al vapor desatracado y listo para salir a la mar». A pesar de esta seguridad, no tuvo sosiego Ansúrez hasta que vio salir el vapor sardo.. Aún rondaba su alma un recelo inquietante. Aguardó la vuelta del práctico que había sacado al vapor, y las referencias de este diéronle la certidumbre de que el aventurero gandul navegaba con rumbo a Génova.

En los días siguientes observó Ansúrez en su hija tan serena placidez, que la irritación y suspicacia motivadas por el suceso de la correduría se desvanecieron completamente. Después, tuvo que ir a Mazarrón a tratar de un transporte de plomos, y regresó a los dos días en un vaporcito costero. Al saltar a tierra, le recibió su amigo Roque Pinel con la cara larga y afligida que suelen poner los que se ven obligados a dar una mala noticia.. No sabía el buen hombre cómo empezar. Sus palabras balbucientes, (p.7254) el tono lacrimoso y fúnebre con que las pronunciaba, levantaron en el alma de Ansúrez una onda de terror, que le cortó el aliento. Desgracia inmensa y repentina había ocurrido en su casa. ¿Estaba Mara enferma?.. ¿Se había muerto quizás? Echole Pinel el brazo al cuello, y anduvieron juntos algunos pasos.. Sacando fuerzas de flaqueza, pudo decirle, no que Mara se había muerto, ni aun que estaba enferma, sino que buena y sana se había escapado de la casa. ¡Jesús!.. fugada, sí, de la casa y de la ciudad.. ¡Jesús, Jesús!.. arrebatada por el gavilán americano.

 

Ep-38-VII -

La terrible impresión de esta noticia no hizo estallar al buen Ansúrez en bravatas y denuestos sacrílegos. La recibió como una maldición de Dios, y su dolor tomó forma semejante a las sublimes quejas del santo patriarca Job. Creyó que Dios lanzaba sobre su cabeza rayos de ira, que debía revolcarse en un muladar, y convertirse en ceniza o polvo miserable. Rompió a llorar como un niño. Ni Pinel ni otros amigos pudieron consolarle.

¿Pero cómo..? ¿Cuándo..? A estas interrogaciones ansiosas fueron contestando los amigos con discreta lentitud. Lleváronle a la correduría, y con él se encerraron. Así evitaban el tener que contarle cosas tan delicadas en medio de la calle.. ¿Pero cómo..? ¿Cuándo..? Pues la escapatoria fue la misma noche de la partida de Ansúrez a Mazarrón. Ninguno de los amigos podía explicarse que habiendo embarcado el ladrón en el vapor sardo, volviese a Cartagena tan pronto. O no eran ciertas las noticias dadas por el práctico, o el americano tomó tierra en alguna playa o puertecillo de la costa.. Lo indudable, y esto se supo por una muchacha que en la casa servía cuando Mara volvió del convento, era que los amores de Belisario con la señorita databan de fecha relativamente larga. Cuando Ansúrez le socorrió en Alicante, ya había logrado el americano que sus amorosas esquelas llegaran a la colegiala de las Ursulinas.. Restituida la niña a su casa, continuó la correspondencia, que era por una y otra parte de lo más arrebatado y fogoso, a juzgar por una carta que, (p.7255) después de la evasión, encontraron en el neceser de Mara; papel que esta se olvidó de quemar, como había hecho con otros.. También era indudable que en Octubre, antes de la violenta escena en la correduría, estuvo el gavilán en Cartagena; los amantes se veían y charloteaban, asomada ella a una ventana que da al callejón del Cristo, él en la calle, arrimado a un doblez obscuro de la pared.

Para que nada quedara por decir, uno de los presentes declaró que, por confidencia que a una de sus amiguitas hizo Mara, se sabía que el amor de esta era de los de condición irresistible y volcánica. Otro de los amigos expuso la idea de que el americano sería todo lo perdido y vagabundo que se quisiera; pero que alguna cualidad eminente había de tener para trastornar a una señorita que, con la pasada que le dieron en el convento, era sin duda muy sentada de cascos. No faltó quien dijese que la culpa de aquel desvarío la tenían los malditos versos, o la poesía que, hablando en prosa neta, echaba por su boca el maligno americano. En resolución, este había cautivado a la paloma Ansúrez con el gancho de su palabrería poética, y el continuo hablar de ángeles, corolas, crepúsculos, misterios de la tarde y de la noche, astros rutilantes, desmayos del amor, y otras mil sandeces que debieran ser prohibidas por la Iglesia, y perseguidas sin compasión por los jefes políticos, corregidores y alcaldes pedáneos.

Faltaba lo más importante de la información que al afligido Ansúrez dieron sus amigos. En cuanto se notó la falta de Mara en la casa, salió Pinel disparado en busca de la fugitiva. Requiriendo el auxilio de las autoridades, anduvo de mazo en calabazo toda la noche, sin encontrar ni a las personas buscadas ni rastro de ellas. Creyó que habían huido por tierra; pero al día siguiente, la vaga delación de un gabarrero le indujo a creer que Mara y su raptor habían escapado por los anchos caminos del mar. ¿Cómo y a dónde?.. Noticias posteriores dieron la casi certidumbre de que navegaban con rumbo al Estrecho de Gibraltar en una goleta de tres palos, norte-americana, (p.7256) llamada Lady Seymour. «¿Para dónde, ajo?..». «Para Río Janeiro, Montevideo y el Pacífico». La goleta despachada en Barcelona con carga general, había hecho escala breve en Cartagena para tomar dos docenas de pasajeros, que iban sin blanca y con lo puesto, en busca de la madre gallega.

Por fin, el buen Pinel, no sabiendo cómo consolar a su amigo, díjole que unos señores, no sabía si peruanos o chilenos, establecidos en Alicante y que de paso estaban en Cartagena, conocían a Belisario y dieron de su familia las mejores referencias. El padre había muerto, dejando un fabuloso caudal, haciendas muchas y plata en barras, que, puestas en montón, subirían tanto como la torre de la Catedral de Murcia. De todo eran ya dueños la viuda y los hijos.. Bien podía suceder que Belisario, al alzarse con la moza, tuviera la intención de ir por caminos malos a un fin excelente, que en esto de elegir caminos, el hombre es siempre un navegante, y no va por donde quiere, sino por donde le dejan las corrientes y el viento. Dentro de lo posible estaba que la pareja loca fuese navegando en demanda del Perú y de la herencia; que en el Perú se unieran Mara y Belisario en santo matrimonio, y que luego volvieran acá encasquillados en plata, para dar dentera a media España.. Ansúrez le mandó callar: se angustiaba más con el desenlace de cuento infantil que los amigos querían poner a su infamia.

El suceso que referido queda hundió al celtíbero en negra tribulación. Ya no había para él contento ni paz. En pocos días se avejentaron sus cuarenta y dos años, tomando aspecto de hombre más que cincuentón. Llenósele de arrugas el rostro, la cabeza de canas; la sonrisa y todo concepto jovial huyeron de sus labios. Hablaba tan poco, que sus palabras se podían contar como los donativos del avaro. Para que su semejanza con el santo patriarca Job fuera más visible, a los ocho días de la fuga de Mara trajéronle la nueva de otra gran desdicha. El falucho Esperanza, que había salido de Torrevieja con cargamento de sal para Villanueva y Geltrú, fue (p.7257) sorprendido de un furioso ramalazo de Levante, que lo desarboló, y con graves averías en el casco, lo dejó sin gobierno, a merced del oleaje. De nada valieron los esfuerzos de una tripulación heroica: el pobre barquito fue a estrellarse en las peñas del faro de Santa Pola. Perecieron dos hombres, y la embarcación se deshizo como un bizcocho..

La noticia del tremendo desastre fue escuchada por Diego con resignación tétrica y sombría, como si antes que la temiese la esperase, persuadido de que las desgracias no vienen nunca solas. Considerando que el otro falucho que poseía, nombrado Marina, se encontraba en tan mal estado que su reparación había de costar casi tanto como hacerlo de nuevo, resolvió el humilde armador desprenderse de todas las granjerías fundadas sobre el inseguro cimiento de las aguas. Aprestose, pues, a liquidar los restos de su negocio naviero y mercantil, con propósito de retirarse luego a vida solitaria, quizás eremítica, lejos del mundo y de sus engañosas vanidades.

Con fría calma y estoicismo dedicose Ansúrez día tras día a soltar sus amarras con la industria marítima, y el tiempo que le quedaba libre pasábalo en el Arsenal, al calor de algunas fieles amistades que allí tenía. Anselmo Pinel, hermano de Roque y maestro ajustador en los talleres, fue el primero que consiguió distraerle de sus murrias, interesándole en los trabajos de la ingeniería naval. A la sazón estaba en grada un fragatón de hélice con blindaje, que llevaba el glorioso nombre de Zaragoza; y terminada ya, esperaba su armamento junto a la machina otra gallarda nave, la Gerona, de cincuenta cañones y seiscientos caballos.

La inspección de obras, que suele ser el mejor esparcimiento de viejos aburridos, dio al alma de Ansúrez algún consuelo: al menos, mientras curioseaba de una parte a otra, descansaba su espíritu de la contemplación interna de sus desdichas. Viendo iniciada en él la tendencia reparadora, Anselmo Pinel, sin apartarle de la idea de retirarse a vida solitaria, le indujo mansamente a volver al servicio de la Marina de (p.7258) guerra, pues esta, en su sentir, armonizaba muy bien con el santo propósito de abandonar los intereses mundanos. La vida del marino real era toda abnegación y sacrificio, con la añadidura de la soledad, más completa en la extensión del Océano que en los áridos desiertos de tierra. En este sentido le habló, aunque con términos más llanos, haciéndole ver que si le llamaban las austeridades del yermo y el gusto del sacrificio, debía sin vacilación engancharse por tercera vez, pidiendo plaza de contramaestre u oficial de mar.

Aunque verbalmente rechazaba Diego esta proposición, bien comprendió Anselmo, por los términos vagos de la negativa, que la idea penetraba en el ánimo del infeliz hombre, y allí labraba su nido. Insistía y machacaba Pinel en su exhortación, reforzándola con discretas razones. «Aquí tienes al Director de Ingenieros, don Hilario Nava, que se alegrará de que vuelvas al servicio, y pronto ha de venir el General Rubalcaba, que te estima, y no desea más que protegerte. No vaciles, Diego, y date a la mar, que será tu consuelo, tu familia, ya que ninguna tienes, y tu religión, que buena falta te hace». Ayudaban al buen consejero en esta obra catequista dos amigos y compañeros de Ansúrez: el uno, Cabo de mar, llamado José Binondo; el otro Cabo de cañón, por nombre Desiderio García. Ambos habían navegado con él largo tiempo en la goleta Vencedora.

Por fin, hallándose Diego en gran perplejidad, el ánimo indeciso, balanceándose entre la pereza, que le pintaba las dulzuras de la quietud, y el sentimiento religioso, que le pedía trabajos más duros en provecho de su alma y de la madre patria, alma y dueña de todas las vidas españolas, salió una mañana al muelle, y vio fondeada en el puerto la mas gallarda, la más poderosa y bella nave de guerra que a su parecer existía en el mundo. Metiose en un bote, y se fue a ver de cerca la mole arrogante; la examinó y admiró por ambos costados y por proa y popa, embelesado de tanta maravilla. La estructura y proporciones del casco, que así expresaba la robustez como la ligereza; (p.7259) el extraño y novísimo corte de la proa, rematada en forma tajante como un terrible ariete para partir en dos a la nave enemiga; la colocación airosa de los tres palos; la altísima guinda de estos; el conjunto, en fin, de armonía, fuerza y hermosura, le dejaron asombrado y suspenso.

Vista por fuera la fragata, subió Diego a bordo, y acompañado de buenos amigos que allí encontró, hizo detenido examen de todo; vio el reducto blindado, el puente y alcázar, la extensa cubierta; en el primer sollado, las potentes baterías con todos los accesorios para su servicio; en la profunda caja central las máquinas; subió, bajó y recorrió los departamentos del inmenso recinto, que era barco, fortaleza, palacio y refugio de las almas valientes, y se sintió llamado por voz del Cielo a encerrar su vida en aquel que le pareció santuario de hierro, no menos grandioso que los de piedra. La Numancia, que así se llamaba el barco, venía de los astilleros de Tolón, nueva, flamante como un juguete construido para los dioses.. Entusiasmado ante tanta belleza, pensó por un momento Ansúrez que su patria había recibido de la Divinidad aquel obsequio, y que este no era obra de los hombres.

Y cuando la Numancia pasó al Arsenal para completar su armamento y arrancharse y proveerse de todo lo necesario a una larga navegación, se fue el hombre a bordo con Pinel; bajaron al segundo sollado, a proa, donde están los dormitorios de los condestables y contramaestres; se metieron en uno de estos, y Ansúrez dijo a su amigo: «De aquí no salgo ya. Arréglame todo como puedas. En casa está mi uniforme guardado con alcanfor para que no se apolille. Tráemelo, y con él mis papeles. Vete a ver al Mayor General o al oficial de derrota, que es don Celestino Labera, mi amigo, y dile.. lo que quieras, Anselmo.. En fin, que me voy; y si no puede ser de contramaestre, iré de cabo de mar, de marinero ordinario, o aunque sea en el oficio más bajo de la Maestranza».

Pinel y los demás amigos se ocuparon activamente en este negocio del honrado navegante, consiguiéndole plaza de (p.7260) Segundo Contramaestre (el primero era otro excelente amigo y gran marinero, llamado Sacristá) .. Y satisfecho de su empleo, el celtíbero no salió más del barco, y en él se sentía tan consolado de sus tristezas como peregrino que, tras un largo divagar, encuentra la magna basílica, y en ella el misterioso encanto que apetece su alma dolorida.

 

Ep-38-VIII -

El 8 de Enero del 65 salió la Numancia de Cartagena para Cádiz, llevando a bordo una Comisión de primates de la Marina, que debía informar de las condiciones de la fragata. Toda la travesía fue una serie de probaturas. Dócilmente obedecía la nave, haciendo todo lo que se le mandaba, y vieron y apreciaron los señores su andar a máquina, variando el número de calderas encendidas y los grados de expansión, y el tiempo que tardaba en dar una vuelta en redondo. Probose asimismo el andar a la vela, desplegando en los mástiles la enorme superficie de lona. Era un encanto ver cómo el coloso, sensible a las caricias del viento, hacía sus viradas por avante y en redondo con suprema elegancia y precisión.

Reventaba de gozo Ansúrez viendo estas pruebas, singularmente las de maniobras de vela, que eran su fuerte y su orgullo. En ellas ponía su brío y ardimiento, expresados por su potente voz; ponía también su corazón, pues solo ya en el mundo, privado de todos los amores que embellecen la vida, había encontrado en la fragata un amor nuevo que le salvaba de la tristeza y sequedad anímicas. En pocos días se encendió en él la llama de aquel cariño nuevo: la fragata era su hija, su esposa y su madre, y en ella veía el lazo espiritual que al mundo le ligaba. La Numancia, personalizada en la mente del Oficial de mar, era el conjunto de todas las maravillas de la ciencia y del arte; un ser vivo, poderoso, bisexual, a un tiempo guerrero y coquetón. La bravura y la gracia componían su naturaleza sintética. No cesaba de alabar sus múltiples atractivos, y ya decía «¡qué valiente!» ya «¡qué elegante!».

Había recorrido, de sollado en sollado, los innumerables (p.7261) departamentos y divisiones de la interior arquitectura del barco, los cuales correspondían a las necesidades de la guerra, de la vida y de la navegación. Todo lo había visto y examinado con prolijidad, conservando en su mente los pormenores de tantas y tan diferentes partes, de cuya proporción y armonía resultaba la hermosura total. Las baterías le enamoraban, y la máquina y carboneras encendían en él entusiasmo tan hondo como el velamen gigantesco. Tenía la nave corazón, sangre, alas, pies, y un rostro bellísimo, que era la peregrina disposición de las viviendas donde tantos hombres según sus categorías se albergaban, la opulencia de las cocinas y despensas, y todo lo concerniente al buen comer, indispensable función de los hombres de guerra.

El 4 de Febrero salió de Cádiz la soberbia fragata, con mar llana y Noroeste fresquito. En cuanto se zafó del puerto, puso rumbo a Canarias con cuatro calderas encendidas. Por la tarde se aprovechó la mayor frescura del viento, largando las gavias y algunas velas de cuchillo, con lo que se ayudó el andar a hélice. A la cuarta singladura vieron los navegantes el grandioso Teide, que desde las brumas del horizonte les daba el quién vive. Hacia él maniobraron, y a media tarde dejáronlo por estribor, pasando entre las islas de Gran Canaria y Tenerife. No fue tan bonancible la travesía de Canarias a San Vicente, porque se les presentó mar tendida y gruesa del Noroeste, que les cogía de costado; y la señora fragata, que hasta entonces no había sufrido tal prueba, bailó graciosamente, con diez balances de 25 grados por minuto, demostrando que si grande era su ligereza, no era menor su estabilidad.. En San Vicente se detuvieron el tiempo preciso para reponer el carbón gastado desde Cádiz. Un calor pegajoso, un barullo de negros y mulatos, que como solícitas hormigas metían el combustible en las carboneras, incomodaron a los tripulantes en los tres días que permaneció el barco frente a la isla inhospitalaria, desnuda de toda vegetación.

En sitio tan desapacible reverdecieron las (p.7262) melancolías de Ansúrez, y se turbó la serenidad que desde el embarque en Cartagena traía en su alma. Una tarde, invitado a la mesa de los maquinistas por uno de estos, que era su amigo, se entabló conversación sobre cosas y personas cartageneras, y el tercer maquinista, hombre simpático, mestizo de francés y catalán, hizo alusión muy transparente al rapto de la hermosa Mara. Saltó Diego con exclamación pronta y viva, como si avispas le picaran. Mediaron palabras de curiosidad, excusas, interrogaciones ardientes, y por fin dijo el maquinista que nadie como él hablar podía de aquel suceso, porque era muy amigo de Belisario Chacón, y se sabía de memoria su carácter, sus cualidades y defectos. El estupor de Ansúrez subió de punto. Nunca pensó que en medio de los mares, a tanta distancia del escenario de su drama de familia, viniese repentina luz a esclarecerlo. A las manifestaciones que antes hizo, agregó el maquinista que podía contar muchas cosas que el padre de Mara ignoraba. La curiosidad ansiosa de este fue muy semejante a los balances que había dado la fragata en la última travesía.. Pero como no era discreto hablar del caso entre tanta gente, en la confianza de la sobremesa, acordaron reunirse los dos a prima noche, después de picar las ocho. Bien podían charlar sin reserva cuando uno y otro estuviesen francos de guardia.

A la hora prescrita, arrimados al castillo de proa, hablaron largamente Ansúrez y el maquinista Fenelón, sin más testigo que el vientecillo terral, que una vez entrados los conceptos en el oído de Ansúrez, se los llevaba mar adentro. Si no fuera discreto el terral, podría repetir cláusulas de aquel coloquio en que el semi-extranjero refería sucesos reales y daba sinceras opiniones. Cogidos en la onda del viento se reproducen algunos trozos que no carecen de interés. Véase la muestra: «Ha de saber usted, amigo mío, que en aquellos días de Octubre tenía Belisario mucho dinero. Del bolsillo sacaba puñados de monedas de oro y fajos de billetes. ¿Piensa usted que este dinero era mal adquirido? Yo creo que (p.7263) no. Belisario es una cabeza destornillada, como la de todo el que anda en tratos con la poesía; pero no pone su mano en lo ajeno: esto me consta; he podido comprobar su honradez en las ocasiones de mayor pobreza. Dice usted bien que ese dinero no pudo ganarlo en su comercio de fruslerías.. pura farsa romántica.. Se disfrazaba de vendedor.. ponía en verso los números.. Me pregunta usted si sé la procedencia del dinero, y contesto que Belisario hacía también la farsa del guardador de secretos.. Presumo que recibió fondos del Perú, enviados por su madre para que se restituyese a la patria».

-¿Y por qué -observó Ansúrez prontamente- no me habló.. en plata, para pedirme la hija? Aunque ni pobre ni rico me gustaba el peruano, con ese adorno de la riqueza.. quiero decir.. no viniendo el pretendiente a palo seco, mi contestación hubiera sido muy otra de lo que fue.

-Pues.. Belisario no habló a usted de intereses -repuso Fenelón-, porque es lo que llamamos un romántico.. ¿se entera usted, amigo?.. porque llevando las cosas por derecho y obteniendo la mano de la niña según el estilo corriente, no resultaba poesía.. Lo poético era meterse por el camino más largo y más difícil, manteniendo la ilusión, que es la salsa de que se alimentan las almas románticas. Palabra de honor, que es así.

-No lo entiendo, ni creo que tenga sentido común nada de lo que usted me dice..

-Pues añadiré que también su hija de usted es una romántica de marca mayor -afirmó Fenelón riendo-. Romántica vino al mundo; el aire andaluz agravó lo que bien puede llamarse enfermedad, y las lecciones de las monjitas acabaron de rematarla.. ¿Tampoco lo entiende?

-¿Conoció usted a mi hija?

-La vi una sola vez. Sus ojos y las pocas palabras que le oí, me revelaron su romanticismo agudo. Después, la he conocido mejor por el reflejo de su alma en el alma de Belisario.. Pues como decía, siendo los dos románticos furiosos, bien puede asegurarse que desecharon todo proceder antipoético, para lanzarse a los fines de amor por los espacios rosados y lindísimos de lo ideal.. ¿Tampoco lo (p.7264) entiende?

-No, señor, y líbreme Dios de entender esas monsergas.. Por lo que usted me dice, voy comprendiendo que también es usted de esa cuerda o vitola.. ¿Cómo llaman eso?

-Romanticismo.. Pero sepa que yo no soy romántico, ni mis locuras, que también las tengo, son como las de Belisario y su hija de usted. Yo, así por el lado catalán como por el lado francés, soy esencialmente práctico y positivista. Si me hubiera encontrado en el caso de Belisario, habría ido derecho a la confianza de usted alargando la mano llena de dinero. Yo no desprecio el dinero, no lo llamo vil, no lo tengo por prosa, sino por la más alta poesía..

-Hombre, ni tanto ni tan poco -dijo Ansúrez con inflexión jovial-: quedémonos en un término medio.. Pues ahora me ha entrado curiosidad de usted.. Dígame quién es, cómo ha venido a la vida de perros de los maquinistas de vapor, y dónde y cuándo aprendió lo que sabe, y el aquel que tiene para calar a las personas.

-Yo soy hijo de francés y española; me crié en Cataluña, y mi primera educación fue para mejor oficio que este de maquinista. Mi padre ha sido Director de Forges et Chantiers, y aún desempeñaba el cargo cuando se puso la quilla de esta magnífica fragata. Hoy está retirado por su mucha edad, pero conserva en los talleres y en la Dirección tanta influencia como cuando todo estaba bajo su mano.. Yo fui muy aplicado en mis años primeros, como acreditan las certificaciones de mis estudios prácticos en el Creuzot, y los diplomas que gané en Lyón y en París.. Ya que nombro a París, diré que en aquella ciudad tan grande y bella se inició mi perdición, al tiempo que me asimilaba la cultura y el saber ameno que allí flota en el aire y se le introduce a uno, como si dijéramos, por los poros. Yo me di grandes chapuzones de lectura; me puse al corriente de todo lo antiguo y moderno, así en novela y poesía como en las demás artes, sin olvidar por eso mi profesión científica. Pero mientras metía en mi entendimiento tanta y tanta luz, mi voluntad se la llevaban los demonios, y me lancé a una vida desarreglada y (p.7265) al delirio de los goces.. Veo que me oye usted con la boca abierta, como si yo le contara un cuento fantástico. Usted, hombre sencillo y patriarcal, no comprende nada de esto.. Abrevio mi cuento, y vengo a parar en que mis escándalos tuvieron fin por intervención de mi familia. Mi padre me sentenció a trabajos duros para corregirme, por imponerme más segura penitencia, me embarcó de tercer maquinista en la Numancia. Ya sabe usted que la Compañía Forges et Chantiers corre con el servicio de máquina hasta que la fragata vuelva de su expedición.

-Viene usted, pues, como galeote -dijo Ansúrez-, que así llamaban a los criminales y perdidos que iban a remar en las galeras del Rey. Bien, señor Fenelón. Ya veo que es usted hombre de historia, muy corrido en trapisondas de tierra adentro, y sabedor de cosas de novela y poesía.. que para mí son letra muerta, pues de ello no entiendo palotada. Y veo también que no sólo corrió usted las borrascas en aquella Babilonia de Francia, que llamamos París, sino que también debió de andar por España como bala perdida, y en España fue amigo del sinvergüenza de Belisario. ¿Andaba usted por la costa de Levante en Septiembre y Octubre de año pasado? Sin que me responda, entiendo que sí. Cuando el maldito peruano me robaba la niña, estaba usted en Cartagena.. y cuando el ladrón y la joya robada se embarcaban no sé para dónde, usted tomaba la vuelta de Tolón, donde su señor padre le trincó y le impuso el castigo de galeras en nuestra fragata.

Afirmaba el francés, rechazando al propio tiempo toda complicidad en el robo de Mara.

«¿Y cómo me explica usted -preguntó Ansúrez, que se resistía bravamente a entrar en el terreno legendario-, cómo me explica que teniendo aquel pirata sus bolsillos estibados de buena moneda, sirviera de segundo mayordomo en un vapor de mala muerte?..».

-Romanticismo, pura farsa romántica. El hombre satisfacía un irresistible anhelo de disfrazarse y hacerse pasar por lo que no era, siempre a la mira y asechanza de su propósito novelesco, tal como lo que había visto en (p.7266) dramas y leído en libros de imaginación. Hacía, por ejemplo, el Montecristo, y derramaba el oro para escribir en su vida una pagina sorprendente de interés y emoción.

-No lo entiendo, no lo entiendo -dijo Ansúrez llevándose las manos a la cabeza-; y como usted es también poeta, por su desgracia, no puede contarme las cosas como son, sino como las ve en el farol de poesía que tiene dentro de su cabeza. Y si esto no me entra en el magín, menos entrará que Belisario pudiera seducir y engañar a mi niña sin emplear artes de brujería, bebedizos o algún requilorio enseñado por los demonios. ¿Cómo pudo ser, Señor, que se dejara trastornar mi hija por un charlatán sin seso; ella, que era buena de su natural, y además traía fresca la enseñanza de las Madres, que la instruyeron de moral, y me la pusieron tan modosita y tan recatada que daba gloria verla y oírla?

-Las Ursulinas, amigo Diego -afirmó el francés-, no enseñaron a la señorita nada, absolutamente nada. Salió del convento tan borriquita como entró en él. Lo único que aprendió fue el disimulo de su romanticismo.. Y también digo a usted que el alma romántica tiene su mejor cultivo en el misterio y soledad del claustro, mi palabra de honor.. El misticismo le pone luego el capuchón para que se disfrace y pueda engañar más fácilmente al mundo.

Enorme confusión llevó esta idea al pensamiento de Ansúrez. No sabiendo cómo contradecir al francés, calló.. y ambos perdieron sus miradas en el mar sosegado y dormido que delante tenían. Pensó el contramaestre que su compañero de navegación había cargado la mano en las dosis de Jerez con que se confortaba después de las comidas, y que por esta causa, más que por su embriaguez de cultura literaria, estaba el hombre a medios pelos.

 

Ep-38-IX -

La campana picó el tan-tan de las nueve, y aún charlaban maquinista y contramaestre arrimados a la borda, junto a la amura de estribor. Repitió Ansúrez sus conceptos de incredulidad; insistió en que nada comprendía de las explicaciones enrevesadas que daba Fenelón al suceso de (p.7267) autos, y por fin, buscó nueva luz con esta pregunta: «¿Y qué hacía Belisario con tanto dinero? Me figuro que emplearía buenos patacos en pagar a los traidores que le ayudaron en su robo».

-En esto fue tan liberal el hombre, que hay en Cartagena quien se ha puesto las botas, como suele decirse, con la fuga de la niña de Ansúrez. La criada, por ejemplo, que servía en la casa cuando usted trajo a Mara del convento, y que luego siguió visitando a la familia con pretexto de vender tortas y polvorones, se casó en Noviembre y puso una pastelería en la calle de la Caridad.

-¡Ah!.. Venancia -exclamó Ansúrez apretando los puños-; ¡esa traidora, que a todos nos engañó!.. Yo le haría pagar sus tercerías villanas si ahora la cogiera.. ¡Indecente, hija de tal, y tal ella misma, gran perra..!

-Y no es esa la única que se ha redondeado con los dineros del amigo.. Muchos estrenaron ropa y pusieron gallina en el puchero días y días y semanas. Y aquí mismo tiene usted al Cabo de mar, ese José Binondo, que también se guarneció el bolsillo.. mi palabra.. con la plata del americano. No me ponga esa cara de santo en éxtasis. Es usted un inocente, un buenazo, que se fía de cualquiera, y va por la calle diciendo: «¿No hay por ahí alguno que me engañe?».

-Pues mire usted, señor Fenelón -declaró Ansúrez con franqueza candorosa-: yo sospechaba de Binondo, yo tenía la idea de que este amigo no era fiel.. Y no me fundaba en rumores ni hablillas, sino en algo que notaba yo en él cuando hablábamos.. una sombra, un mirar para otro lado, un tonillo dengoso que tiene la voz de los traidores.. Ya puede andar con cuidado el hombre, porque esa cuenta tiene que pagármela.. ¿Y cómo ganó Binondo los duros del peruano?

-Al sacar a la niña, la condujeron a una casa de pescadores en Santa Lucía. Binondo se encargó de llevarla en su lancha a bordo de la goleta; servicio arriesgado.. que realizó al amanecer, después de untar de amarillo las manos de un cabo de la Comandancia. Cuando esta pesquisaba con Roque Pinel, y revolvía el puerto y la ciudad, la niña y su amante se mecían (p.7268) tranquilamente en la goleta, contando los minutos que habían de tardar en salir a la mar..

-Salieron, ¡ajo! -clamó Ansúrez entre suspiros hondos-, sin que la autoridad de mar ni la de tierra supieran cumplir su obligación. El dolor de un padre no significa nada para los que mandan.. La autoridad, como tal autoridad, no tiene hijas.. Y dígame usted ahora, ya que todo lo sabe o dice saberlo: ¿es cierto que la goleta llevaba la vuelta del Pacífico?.. ¡Ajo!, pongamos que lleva retraso de tres meses por malos tiempos y averías gordas.. Tendría gracia que la encontrásemos, desarbolada y sin gobierno, que nos pidiera auxilio, que se lo diéramos, y que al traernos a bordo a los náufragos viéramos entre ellos a mi querida hija y a mi aborrecido yerno. Sería como si los pescáramos en alta mar.

-No sueñe usted ni se nos vuelva también romántico. La goleta Lady Seymour habrá pasado por estas aguas.. sabe Dios cuándo.. Pero en ella no van Belisario y Mara: su plan era quedarse en Gibraltar, y tomar el vapor inglés que sale de allí el 15 de cada mes para Aspinwall, istmo de Panamá..

-Entendido.. A fe que no son tontos. Esto sí lo entiendo; como que es de mi oficio de mareante, y aquí no hay romanticismo que valga. Vea por dónde nos fastidia el condenado istmo. Ya conocen esos pícaros el atajo.. Vaya, que la juventud afina.. sabe más que los viejos.. Bien recuerdo que el americano de presa tenía grande afición desde chiquito a las cosas de mar, y debía conocer los caminos entre su tierra y Europa, que son caminos endemoniados por acá y por allá.. Dios permite que la gente joven se nos adelante y nos tome las vueltas. Si es cierto lo que usted dice, ya estarán esos locos en el Perú.

-Por mi cuenta, habrán llegado en Diciembre.. a no ser que se los haya tragado el mar.. que todo podría ser..

Ansúrez miró al francés como reconviniéndole por su pesimismo. Golpeando la borda, dijo: «¡Ajo!, no faltaba más sino que mi niña se ahogara con ese tunante. Santo y bueno que se haya dejado robar; pero irse al fondo con él.. eso no (p.7269) puedo consentirlo.. Dispense usted, señor de Fenelón: no sé lo que digo.. Quiero tanto a esa criatura, que todo se lo paso, todo se lo perdono, con tal que viva. Si en mi mano tuviera yo el gobierno del mar y de los hombres que andan en él; si tocando mi pito de contramaestre pudiera echar a pique una embarcación y salvar a unos tripulantes y a otros no, yo sacaría del agua por los cabellos a mi querida Mara, y al negro ese lo dejaría para merienda o almuerzo de los tiburones. Pero estamos soñando.. que esto es hablar de la mar, o sea hablar dormidos.. ¡Quién sabe dónde estará mi hija, ni si vive o muere, ni si volveré yo a verla!.. Pongamos a Dios donde debe estar, por encima de todas las cosas, y no nos metamos en averiguaciones de las cosas distantes ni de las cosas venideras».

-Respetemos, sí.. los caprichos del Acaso -dijo Fenelón entornando sus ojos con vaga soñolencia-, y lo que sea.. será y sonará.. Yo pregunto: ¿vamos, por ejemplo, al Callao? ¿Vamos en son de paz, o en son de guerra?

-Dios y nuestro Comandante don Casto dirán a dónde vamos, y lo que tenemos que hacer por allá.

Esto replicó Ansúrez, añadiendo a sus palabras un ademán o intento de santiguarse. Pero la intención se quedó a medio camino entre la mano y la frente. El maquinista, soñoliento y ajerezado, manifestó deseos de embutir su persona en la litera, y en esto sonó la campana. Tan-tan, tan-tan: las diez.

«Usted se acuesta, yo no -murmuró Ansúrez despidiéndose con una cabezada-. Aquí me quedo pensando..».

Pensando estuvo largo tiempo de aquella noche estrellada y apacible. Por la mañana, entre la algarabía de pitos marineros y de militares cornetas, salió de San Vicente la fragata, bien arranchada de carbón, que gastaba con economía, aprovechando la brisa frescachona para navegar a un largo con todo su aparejo. Días hubo en que se retiraron los fuegos de las calderas para marchar en brazos del aire vago. Los pies, o sea la hélice, reposaban, y sueltas al viento las alas daban un andar de cuatro a cinco millas. Así transcurrieron días, durante los (p.7270) cuales el buen Ansúrez no cesó de cavilar en su asunto; y revolviéndolo y mirándolo por todas sus caras, trataba de reconstruir el rapto de su hija para convertirlo de novela en historia. De la vaguedad iba saliendo el sentido real del suceso; y si a veces este se anegaba en las tinieblas de su origen, de improviso resurgía iluminado por la verdad.

Con los preciosos datos aportados por el hispano-francés, llegó Diego a modificar su apreciación del hecho que había dejado huella tan honda en su alma. «Será muy raro -pensaba- que ahora salgamos con que no es el Belisario tan malo como pensé, y que la condenada poesía y los versos no le estorban para ser hombre honrado, caballero y buen cristiano. ¿Tendré yo la culpa, por mi brutalidad de aquella tarde en la correduría; tendré yo la culpa, digo, de que mi niña se me escapara por el aire, viendo que yo le cortaba los caminos naturales de tierra? Pero él debió decirme: 'Tengo posición; soy nacido de buenos padres, y quiero casarme por la ley de Dios y con toda la decencia del mundo'. Si esto no dijo, por mor de la condenada romantiquería, no es mía la culpa, sino de él.. O será culpa de los dos, y resultará que yo también soy lo que se dice román.. ¡Romántico yo!, no puede ser. Un padre no es eso, diga lo que quiera ese borrachín de Fenelón.. un padre no es poeta en lo tocante a nada de su hija..». Cuando estas cosas discurría, la fragata cortaba la Línea Equinoccial.

El paso de la Línea fue, como es costumbre en la mar, festejado con alegría carnavalesca. Ansúrez estaba en todo, firme en sus funciones de contramaestre, sin dejar de hilar en su interior el pensamiento que le dominaba. Dos seres, uno dentro de otro, existían en él: el padre de Mara, y el hombre solitario que amansaba su pena con las obligaciones fielmente cumplidas, y con el cariño al barco, que era su casa y su templo..

Navegaban ya por el hemisferio Sur; ya no veían las amadas estrellas de la Osa Mayor; en el firmamento austral servíales de guía la espléndida Cruz. Ante ella, como en otros días ante la Osa, (p.7271) seguía el buen Ansúrez hilando su pensamiento; del copo salía la hebra, que nuevamente se deshacía, volviendo a la maraña de donde salió.. A los 10 grados de latitud Sur, en el paralelo de Pernambuco, se hallaba Diego plenamente convencido de que toda la responsabilidad de su desdicha era de Belisario y de su arrastrada poesía.. A los 24 grados, paralelo de Río Janeiro, creía firmemente que la culpa era suya, y que él también hacía versos sin saberlo. En los 30 grados, remachaba esta idea, llegando a sostener que cuanto dijo en la correduría contra el americano era pura poesía rabiosa, pues también la rabia es romántica, como se podía ver en el teatro, donde todo el interés consiste en que lloren las mujeres, y los hombres amenacen y griten como locos..

En esto llegaron a Montevideo, donde encontraban descanso, la alegría de víveres frescos, del bajar a tierra y tratar con españoles. Aunque políticamente no fueran aquellos nuestros hermanos, por el habla y los sentimientos no podían negar la casta. Prueba plena del parentesco daban los valientes americanos con su afición al juego de la guerra civil. Como nosotros, se dividían en furiosos bandos, y se perseguían y se fusilaban por dar gusto al dedo. Cuando fondeó nuestra fragata en aguas del Uruguay, había terminado una guerra fratricida; pero como el abolengo hispánico no se avenía con el reposo de las armas, pronto los orientales declararon la guerra al Paraguay. El Brasil, que había sido enemigo, trocose en aliado; la Argentina también sintió ganas de quimera. Aquellos pueblos, establecidos en las regiones más feraces del mundo, tenían horror, como su madre España, a la ociosidad militar, que es la paz. Allá, como aquí, la turbaban por un daca esas pajas, o simplemente por esa ironía del tiempo que llamamos pasar el rato.

Por su mucho calado, la Numancia echó el ancla a seis millas de la ciudad. El carboneo se hacía difícilmente; el trabajo era rudo. En las clases de marinería y tropa, pocos individuos tuvieron permiso para saltar a tierra. Oficiales y Guardias Marinas (p.7272) gozaron algunos días de aquel esparcimiento, y más aún el personal de máquinas. Todos volvían diciendo que la ciudad parecía un campamento, y que en ella no se hablaba más que de aprestos militares. A pesar de esto, el amigo Fenelón, que en la mar se sentía por lo común fuera de su elemento, pasaba en tierra todo el tiempo que se le permitía, empalmando las tardes con las noches y estas con las mañanas.

«Puede usted creerme, mi querido Ansúrez -decía contándole a este sus correrías urbanas-, que las mujeres de este país son preciosas, francas, sensibles, y más instruiditas que las de allá.. Bajo mi palabra de honor, afirmo que me han gustado veintitrés, que me he sentido enamorado bárbaramente de cinco, y locamente de dos. He vuelto a bordo con el corazón en pedazos y el cerebro como un volcán.. Yo soy así.. Mi naturaleza es la adoración de la mujer, y mi destino entregarle mi alma para que juegue con ella, aunque con estos juegos me deje alma y almario hechos trizas.. No puedo remediarlo. Si en vez de tocar en esta ciudad hermosa y culta, hubiéramos arribado a un lugar de tribus salvajes, no habría faltado una negra bozal que me hiciera tilín, como ustedes dicen, ni yo habría dejado de enloquecer por ella, trayéndome acá su negra imagen estampada en mi corazón.. Ya, ya sé lo que va usted a decirme: que soy romántico. No, amigo mío: soy clasicote, un poquito pagano y un muchito sensualista y experimental. Entiendo que este culto mío de la mujer es una pequeña filosofía, mi palabra de honor.. Vámonos a mi camarote, y adormeceremos nuestras penas con unas copas de Jerez.. Venga usted, acompáñeme.. ¿Cuándo seguiremos nuestro viaje?.. Ganas tengo ya de ver otras tierras. Usted, que ha pasado dos veces ese infernal Estrecho, dígame: ¿cuál es el tipo y cariz de la hembra patagona? ¿Es bravía, procerosa de talla, alta de pechos, de ojos flamígeros y boca hasta las orejas? ¿Se pinta, por ejemplo, rayas negras en la cara, y se cuelga de la nariz un arete?.. Vamos, no sea remolón: nos espera el amigo Jerez, que es mi alegría y (p.7273) el descanso de mis penas.. ¿Se ríe usted, camarada?.. ¿Esa risita quiere decir que me admira o que me compadece?.. Sea lo que quiera, yo no me enfado, mi palabra de honor..».

Cogidos del brazo descendieron al segundo sollado, y en el camarote de Fenelón trincaron de lo lindo. Ansúrez era hombre de fabulosa resistencia contra la embriaguez; el otro, por la reiteración de su vicio, necesitaba dosis extremadas para perder el dominio de la palabra y del pensamiento. Ambos permanecieron en el punto fisiológico a que habitualmente les llevaba una ingestión no excesiva del precioso licor. El Jerez del mecánico solía ser alegre; el de Ansúrez era siempre triste y aplanante. «Mi estimado señor Fenelón -dijo a su amigo-: yo, la verdad, no me alegro mucho de haber conocido a usted.. porque.. también lo aseguro bajo mi palabra de honor.. más me gustaba creer que Belisario era un pillo vagabundo, que no creerle honrado y caballero de posibles.. Con odiarle me consolaba yo, y ahora resulta que.. por ejemplo, como usted dice.. debo quererle. Esto me pone triste, pero muy triste, señor de Fenelón.. ¡Ajo!, yo le juro por mi sangre, que a veces me dan ganas de arrojarme al agua. Ahogándome, no me atormentará la idea de que Belisario es un hombre de bien, y de que mi hija le querrá más que me quiso a mí. Esto me pone loco.. He pedido a la Virgen del Carmen el favor de que no me deje morir sin ver a mi hija.. He llegado a creer que me lo concederá.. pero ¡ajo!, me carga una cosa, señor de Fenelón. En la cara de la señora Virgen del Carmen, cuando le rezo, he visto un cierto guiñar de ojos y un cierto mover de labios, como si se burlara de mí. También la Virgen cree que Belisario es bueno, y que mi Mara hizo bien en irse con él, dejando a su padre en esta soledad.. Y cuando ella lo cree, cierto será que mi hija está contenta, que ha hecho una gran boda, y que yo debo consumirme de rabia, condenado a tocar un día y otro el pito de contramaestre para que los marineros entren en faena; y mientras yo doy mis pitidos, allá están mi morenita y el (p.7274) negro gozando de sus amores, quizás dándome nietos, que yo no he de ver.. Dígame usted bajo su palabra de honor, o por encima de ella, que esto es muy triste, pero muy triste, y que lo mejor que yo puedo hacer es tirarme al agua.. Como estoy de buen año, ya usted lo ve, ¡vaya una meriendita que voy a dar a los tiburones!».

 

Ep-38-X -

-No te tires, Diego, no te tires -le dijo Fenelón, que en sus alegrías vínicas trataba de tú a todo el mundo-. El mar es muy frío.. Comprendo todos los amores, menos los amores de los peces.. Yo me agarro a la vida, y no la suelto.. ¡Se encuentra uno tan bien en este mundo, aun estando condenado a galeras!.. El galeote rema y rema pensando en la mujer que ha dejado en tierra, o en la que va a encontrar en el primer puerto de escala. ¿Cómo será esta mujer esperada? ¿Será morena o rubia?.. El galeote la ve en su imaginación, y sigue remando.. Boga, boga, marinerito, que la bella te aguarda.. Mi remo es la hélice; la máquina mi corazón, la hulla mi sangre.. Yo te empujo, navecita mía: llévame pronto junto a mi morena, junto a mi rubia..

Vencido de un sopor intenso, Ansúrez empezó a dar cabezadas; Fenelón le agarró del brazo, y con sacudidas quiso despabilarle. Irguiendo la cabeza, el contramaestre aprovechó aquel despejo para poner a salvo su dignidad. Dio a su amigo las buenas noches con palabra tartajosa, y palpando mamparos llegó a su dormitorio, y en el coy se arrojó, que fue como si se arrojara en el mar del sueño, porque al instante se quedó dormido.. Y antes de amanecer le despertó el viento de la Pampa, que se inició con un silbar prolongado y lúgubre en el aparejo. Acudieron los de guardia y los de retén a las maniobras precisas para defender la nave de la cólera rapaz del pampero, que algo quería llevarse de arboladura o de cubierta. Calaron masteleros, pusieron al filo las vergas, y largo tiempo emplearon en trincar todo lo que arriba o abajo podía ser arrebatado por el huracán: botes, toldos, mangueras y el sin fin de objetos movibles que toda gran embarcación lleva consigo como y donde puede. El (p.7275) viento la obliga, cuando menos se piensa, a meterse sus chirimbolos en los bolsillos, o a sujetarlos fuera con esos apretados nudos que sólo saben hacer los marineros.

Por fin, tras luengos días terminó el carboneo, y la Numancia zarpo acompañada del transporte Marqués de la Victoria, que le llevaba el combustible para la travesía del Estrecho y mares del Sur del Pacífico. No empezaba con bendición la nueva etapa, porque a las pocas horas de salida la máquina dijo que no daba una vuelta más, y no hubo más remedio que arribar a la boca del Plata y fondear en el Banco Inglés.. ¿Qué ocurría? La recalentadura de un cojinete había inutilizado la máquina.. En aquellos tiempos cualquier accidente de esta naturaleza llevaba la consternación y la ansiedad a las almas de los tripulantes.

Los maquinistas, franceses todos, diagnosticaron con pesimismo; por fortuna el oficial de Ingenieros don Eduardo Iriondo, tan animoso como entendido, tomó a su cargo la cura del organismo enfermo, y a las veinticuatro horas, vencida la parálisis y recobrado el movimiento, salió la Numancia mares afuera, cortando las olas con su arrogante espolón. El transporte no podía seguirla en conserva; hubo de moderar la fragata su paso ligero, atizando fuego en sólo tres calderas. A los dos días de navegar en esta forma, repitiéronse los casos de mala suerte, y el más lastimoso fue que el segundo Comandante, don Juan Bautista Antequera, resbaló bajando la escala del falso sollado, y en la violenta caída se rompió una pierna.. Desgraciada y reincidente avería, pues la misma pierna por el mismo sitio se había roto meses antes en Nápoles, cayendo, no de la escala de un buque, sino de la silla de un caballo.. Triste fue aquel día: el Segundo Comandante era muy querido de iguales e inferiores. Mientras en el camarote de popa los médicos reducían, entablillaban y bizmaban la rotura del hueso, la fragata, insensible al accidente, se columpiaba sobre las olas con cabezadas y balances harto expresivos. Quería juego, y hacer alarde de arrogancia marinera.

La mala sombra (p.7276) seguía. Un pobre marinero llamado José López, que murió de fiebre de reabsorción, fue arrojado al agua al amanecer de un brumoso día. Las tristezas no querían abandonar a la Numancia, que bailando seguía, retozona y ligera de cascos, como adolescente que se estrena en la vida y no conoce los peligros del mundo.. Luego vino mar gruesa tendida, con viento racheado y duro: la fragata, poseída de verdadero frenesí coreográfico, lucía su elegancia y poder, y ya se inclinaba hasta hundir el espolón en las turbulentas ondas, ya se erguía majestuosa, sacudiéndose el agua y despidiendo a un lado y otro chorretazos de espuma. Menos airoso en su lucha con el viento y la mar, el caballero que a la dama escoltaba y servía, el buen Marqués de la Victoria, se encontró en gran apuro por la obligación de marchar en conserva. No tuvo más remedio el pobre galán que ponerse a la capa, con rumbo distinto del que su señora llevaba, y navegando de tal suerte, se perdió de vista. La Numancia siguió su camino, segura de que el caballero sirviente parecería mares adelante..

He dicho que sin interrupción se sucedían las desgracias, y una de ellas fue que el Cabo de mar José Binondo, que se hallaba en el palo mayor aferrando la gavia, sufrió un grave accidente. Apoyaba los pies en el tamborete, las manos en la verga, cuando un fuerte balance de la fragata le hizo perder el equilibrio, y cayó sobre el aro mismo de la cofa con fuerte golpe en el pecho. Tuvo bastante destreza en aquel crítico instante para engancharse de pies y manos en la burda del mastelero, y pudo deslizarse hasta coger la escala del obenque mayor. Allí no pudo tenerse, porque el tremendo porrazo en el pecho le privaba de respiración. Los compañeros subieron a socorrerle, y no sin dificultad le bajaron a cubierta, donde le recibió Sacristá, el cual, viéndole demudado y sin habla, le mandó a la enfermería. Allá quedó el infeliz en manos del médico don Luis Gutiérrez, que diagnosticó rotura de dos costillas y hundimiento del esternón.. El pobre Binondo arrojaba sangre por la boca, y (p.7277) en los intervalos de sus arcadas angustiosas pedía que le llevasen el Cura y los Sacramentos, pues ya se veía difunto y amortajado con las parrillas en los pies, para descender rápidamente al fondo de las aguas.

Seguía la Numancia su rumbo hacia la boca del temido Estrecho. En aquellos días y noches, Sacristá y Ansúrez no se daban punto de reposo, alternando en el servicio, o haciéndolo mancomunadamente cuando la complejidad de maniobras en tan difícil navegación lo exigía. El pito marinero no cesaba de lanzar al aire su estridor agudísimo, rasgando el claro son de las cornetas, que llamaban a galleta y café, a zafarrancho de camas, a baldeo, a instrucción, a ejercicio.. El Oficial de derrota no bajaba del puente, y don Casto Méndez Núñez, incansable en las observaciones y estudio del derrotero, no apartaba sus ojos, con catalejo o sin él, de las brumas que por estribor ofuscaban la costa.

El 11 de Abril amaneció benigno: cayeron la mar y el viento; la fragata navegaba con cuatro calderas encendidas, ayudándose de las mayores y foques; era su marcha arrogantísima; la proa potente saludaba con graves cortesías a las olas que hacia ella corrían de Sur a Norte, lentas, más ceremoniosas que hinchadas. En la amura de estribor, Sacristá y Ansúrez lanzaban sus miradas de aves de mar al paredón neblinoso del horizonte. Poco después de que el vigía cantase Tierra desde la cofa, Ansúrez, conocedor de aquella región, anunció la recalada al Estrecho.

Llamado al puente por Méndez Núñez, el Segundo Contramaestre saludó como práctico al jefe. «Mi Comandante -le dijo-, la tierra alta que vemos es Cabo Vírgenes; sigue hacia el Sudeste una tierra más baja, Punta Miera, que los ingleses llaman Pungeness.. Hay un banco.. el Banco del Cabo». A una pregunta seca de Méndez Núñez, tan hombre de mar como el primero, y que buscaba un buen informe donde quiera que pudiesen dárselo, Ansúrez contestó con la misma sequedad y modestia que usar solía don Casto: «Mi Comandante, con cuatro millas de resguardo no puede haber (p.7278) peligro..».

Lahera ordenó la virada en el punto y ocasión convenientes. Al mediodía la fragata derivaba hacia el Oeste su proa; poco después tenía por estribor las alturas patagónicas, por babor las soledades de la Tierra del Fuego. Montada la Punta, se enmendó la marcha, arrimando a la costa Norte para precaverse de los bajos del Sur. A las cinco de la tarde fondeó la Numancia en la bahía de Posesión, para tomar respiro y aguardar a su extraviado caballero el Marqués de la Victoria, cuyo rumbo y suerte se desconocían. La dama, intranquila, no cesaba de preguntar a todos sus tripulantes si sabían o sospechaban dónde había ido a parar el galante satélite.

A menudo se informaba Diego del estado de Binondo, pues aunque le cobró gran ojeriza por haber auxiliado al seductor de Mara, como buen cristiano le compadecía. En peligro de muerte estaba el Cabo de mar, y sus horas en la enfermería de paz eran de infinita tristeza, que si los dolores de la caja del cuerpo y las angustias de la respiración le abrumaban, no se sentía menos agobiado y enfermo del espíritu. Habló con Ansúrez el médico don Luis Gutiérrez, y después de explicarle el por qué de hallarse Binondo tan abocado a la muerte, le dijo: «Bien puedes bajar a verle, que está el hombre deseoso de hablar contigo; y si tardas en darle ese gusto, quizás no le encuentres vivo.. Según entiendo, tiene contigo una deudilla de conciencia: no quiere irse al otro mundo sin quedar en regla con sus acreedores, y me parece que a ti ha de pagarte a toca-teja. Algo me ha dicho del caso.. pero como es cuenta particular, allá los dos».

Bajó Ansúrez a la enfermería, y a la tristísima claridad de aquel recinto, que sólo recibía una limosna de luz solar por la escala de entrada, y el aire por una manguera de lona, vio al que fue su amigo postrado en la colchoneta colgante, cubierto de un oleaje de mantas, por entre las cuales sólo asomaba su cabeza, tocada de un pañolón a guisa de turbante, y el hombro y brazo derechos. El rostro de Binondo modelo de fealdad malaya, era de los que no se (p.7279) alteran visiblemente, ni con las alegrías del vivir, ni con las agonías mortales. Ansúrez no halló en él otra novedad que el cambio de color amarillo cobrizo en un verde sucio con arrebato febril en los pómulos. La débil claridad hacía más plano el rostro, como bajo-relieve tallado en una tabla con muy poco saliente de las anchas narices aplastadas y de la rasgada hendidura bucal.. Los ojuelos negros y chicos, de brillantez canina, animaban aquella careta que sin el mirar no habría parecido cosa humana. Sentose Diego frente a su amigo, y puso la mano sobre las mantas, en el bulto que hacían las rodillas; y cuando pensaba las primeras palabras que había de pronunciar en la visita, habló el enfermo, y dijo: «Ya ves, Diego.. qué malo estoy.. Se me ha roto el casco por la cuaderna mayor y el bao real.. Quebrados tengo los palmajares y los trancaniles.. En fin, que me voy de este mundo malo a otro mejor.. ¡Y tú, Diego, como si no fuéramos amigos de toda la vida! Si no te mando llamar no vienes a verme, perro, mal hombre, todo porque el francés maquinista te puso la bocina en la oreja para decirte que si yo, que si tal, que si tu niña.. Óyeme a mí, Diego, que verdad como la que yo te diga no has de oír de nadie.. Ya mis aljibes están llenos del agua limpia de la verdad.. y para esto se vaciaron del agua corrompida de la mentira».

Esta figura, empleada ingenuamente por el rudo marinero, impresionó y enterneció al amigo que le visitaba. «Ya sé, ya sé -le dijo con emoción-, que no has de ocultarme la verdad.. Estás en franquía para vida mejor.. ya has comulgado, ya tienes el práctico a bordo.. No has de salirte con embustes, porque si lo hicieras, llevarías tu alma llena de contrabando.. y el contrabando ya sabes que no pasa, no pasa en aquellas aduanas.. En fin, José Binondo, si no quieres molestarte, nada me digas, que yo, sabedor de lo que has de decirme, te perdono de todo corazón, como cristiano que soy..».

-Poco a poco.. -dijo el enfermo extendiendo el brazo que tenía fuera de mantas-. No te des por enterado con las verdades que te soltó el (p.7280) francés, y escucha las mías, que son más de ley.. Él te habrá dicho que favorecí la escapada de tu niña, y que la llevé a la goleta con tanto cuidado como hubiera embarcado a mi propia hija, si viviera.

-Sí.. Te portaste mal.. Fue acción fea la tuya: olvidaste nuestra buena amistad..

-Poco a poco. Diego.. Déjame que te diga.. que te diga el por qué, pues no hay acción que no tenga su por qué.

-El por qué no me importa ya. Yo te perdono, y con perdonarte queda liquidada nuestra cuenta, Binondo.

-Déjame, déjame que sea yo quien liquide.. Lo que dije y referí a don José Moirón para que me absolviera de mis pecados, ¿no has de saberlo tú? Nuestro capellán me encargó mucho que a ti te diera mis razones, y te las doy. Con el práctico a bordo, como dices, te llamo, y al despedirme de ti te dejo mis razones, Diego; óyelas: yo favorecí la fuga de tu Mara, porque yo también tuve una hija.. ya sabes cuánto quería yo a mi Rosa.. Era un ángel: feíta, eso sí; ¡pero qué mona de Dios!.. Las narices tenía chatas, como yo; los ojos chiquitos, como los míos, pero con mucho aquel; la color quebrada; el cuerpo con una salazón que ya ya.. Se parecía más a mí que a su madre, que era Pepona la lagarta, bien lo recuerdas, lavandera de la ropa de maquinistas en el Arsenal.. Pues mi niña era una verdadera rosa sin espinas.. Aunque por broma la llamaban la Rosa amarilla o Rosita la fea, para mí era más guapa que los serafines.. Bien sabes, Diego, cuánto la quería yo, y cómo me miraba en ella.. Me muero con gusto, porque sé que voy a verla.. Así me lo ha dicho nuestro capellán.. Pues recordarás que mi adorada hija se enamoriscó de un fogonero italiano. No era mal chico; pero yo me indigné de que la niña pusiera en persona tan baja su voluntad. Pues la cogí un día, y con una estaca le di tal paliza, que quedó mi ángel hecho una lástima. ¡Ay, ay, Diego, cuánto he llorado aquella brutalidad que hice..! Mi Rosa, mientras yo la pegaba, me decía: «Aunque usted me mate, padre, querré siempre a mi Curtis». Así llamaban al italiano.. Un día la vi que derrengadita y (p.7281) paticoja, salía en busca de Curtis, y yo, ¿qué hice?.. la cogí por un brazo y me la llevé a casa, donde le di bofetadas y me parece que algún mordisco.. ¡Oh, qué malvado fui!.. Pues desde aquel día la niña empezó a desmejorar.. a caer y entristecerse.. ¡Ay, qué pena tan grande! La llevé al médico, y el médico me dijo que la niña padecía mal del corazón.. En fin, que una mañana la oí quejarse.. Corrí a ella, y se me quedó muerta entre los brazos.. ¡Ay de mí!, yo no tenía consuelo.. yo quería matarme para que me enterraran con aquella prenda querida. Los palos y bofetadas que le di me dolían entonces en el corazón y en toda el alma. ¡Yo verdugo, y ella una mártir inocente! La enterramos al siguiente día al anochecer.. Curtis venía detrás cuando la llevábamos.. Yo me moría de dolor.. Curtis y yo la bajamos al hoyo.. El italiano era un mar de lágrimas, y yo un mar de amargura..

Vio Diego el llanto que corría por las mejillas verdes y por la cara plana del Cabo de mar. Contagiado por su duelo, pero sin comprender la relación que pudiera tener el caso de Rosita la fea con el de Mara la bonita, Ansúrez, transcurrida una larga pausa, le dijo: «Bien, José.. tu hija se murió.. Ni Mara ni yo teníamos la culpa de tu desgracia. Si Dios te quitó a tu hija, ¿qué adelantabas con quitarme la mía?».

-Poco a poco, Diego -replicó Binondo acopiando todo el aliento posible para expresar lo que faltaba-. No me has entendido.. Sabrás que la muerte de mi niña, de aquel cielo mío, fue una lección que Dios me daba.. una lección terrible.. Dios me decía esto, Ansúrez: «Padres, antes que dejar morir a vuestras hijas, dejad que se vayan con sus novios».

 

Ep-38-XI -

No entraba fácilmente en el ánimo del celtíbero la explicación casuística que de su conducta daba el pobre Binondo. No era mala filosofía la de casar a las hijas a gusto de ellas antes que se murieran de desconsuelo de matrimonio; pero este humanitario principio debía cada cual aplicarlo a su familia, no a las ajenas. Estas y otras objeciones a las ideas de Binondo se le ocurrían; pero viendo mojado de lágrimas (p.7282) el rostro chato y verde, se encerró en un buen callar: era impertinente ponerse a discutir con un moribundo, y turbar su conciencia con acusaciones y distingos. Quedárase cada cual con su tema, y Dios juzgaría con suprema equidad. Apagando más su voz, Binondo le dijo: «Vuelve por aquí cuando estés franco, y te lo explicaré mejor.. Me darás la razón, Diego, cuando te cuente el paso.. y sepas estos y aquellos pormenores».

Prometiéndole volver, Ansúrez se despidió muy afectuoso. El Cabo de mar le retuvo, cogiéndole de la mano para preguntarle dónde estaban y a qué punto de su derrota había llegado la fragata. «Estamos en la bahía de Posesión -contestó Ansúrez-, ya dentro del Estrecho de Magallanes, a los 52 grados de latitud Sur.. Como en este maldito canal tira la marea lo menos, lo menos, tres millas por hora, hemos de ir mañana en busca de mejor fondeadero.. Y a todas estas, no parece el Marqués, que nos trae el carbón; y como no venga, lucidos estamos.. El Estrecho es todo angosturas, vueltas, esquinas y canalizos. Métase usted a la vela en este laberinto, y podrá decir cuándo entra, pero no cuándo sale.. ¡Y con barcos de este calado, válgame la Virgen..! Para desembocar sin tropiezo en el Pacífico, hemos de zafarnos de este callejón con buenas estrepadas de hélice».

En esto llegó a la enfermería el castrense don José Moirón, hombre excelente, modoso y encogidito. Por su mezquina presencia y delgada voz, más parecía capellán de monjas que de marineros y oficiales de guerra. El hombre desempeñaba la cura de almas en la sociedad militar con celo y modestia, hablando poco y no traspasando jamás el límite de sus funciones espirituales. A los moribundos asistía con amor; a los enfermos acompañaba, amenizándoles con su conversación dulce las tristes horas de encierro en la enfermería de paz. «¿Qué tal, Binondo? Parece que te animas charlando con tu amigo Ansúrez.. ¿Y tú, Diego, no encuentras a José más alentado? Los hombres de mar tenéis siete vidas.. Todavía, José, has de ver cómo se te (p.7283) remienda el arca del pecho.. Volverás a tu oficio de pasear por las vergas como yo me paseo en el Perejil de Cádiz.. Ánimo, hijo.. No llevo a mal que lloriquees un poco, porque así se te despeja el corazón de malos quereres». Binondo contestó con mugidos blandos a estas cariñosas palabras. De la cuestión de conciencia nada dijo el Capellán delante de Ansúrez: hablaron de Geografía y de la feísima pinta del paisaje que tenían por una y otra banda. «Dichoso tú, Binondo, que no ves el horror de estas tierras endemoniadas. Vegetación, Dios la dé.. Y de animales, ¡qué pobreza! No he visto más que unos pájaros, que no sé si son nadantes o volantes, que están parados y erguidos mirándonos desde tierra.. Su forma es la de botijos con plumas».

-Esos son los pingüinos, que también llaman pájaros bobos -dijo Ansúrez-. Se empinan sobre las patas, y miran como si pidieran un tiro.. Pero son mala carne.. no valen el tiro.

-Pájaros bobos.. -repitió Binondo con ligero extravío en su cerebro extenuado-. Como nunca ven gente, no huyen del hombre, creyendo que es, como ellos, un animal bobo.. Y el hombre lo es, porque se pasa la vida haciendo tontadas.. Sólo tiene listeza y sabiduría a la hora de la muerte, única hora que no es hora boba.

Sentose el Capellán junto a Binondo, y preguntó a Diego qué noticias había de los fines del viaje, y cómo estaban los asuntos de España en el Pacífico. «No sé más que lo que me ha dicho Sacristá -replicó Ansúrez-. En Montevideo recogió don Casto noticias buenas, no de oficio, sino particulares.. Parece que está hecha la paz con el Perú, y allá vamos a proclamarla con salvas y festejos..». A las demás preguntas de Moirón no supo contestar el Oficial de mar.. Si pasaban con felicidad el Estrecho, llegarían en ocho singladuras a Valparaíso, donde no podía faltar conocimiento cierto de si iban al Pacífico en son de guerra, o en son de pingüinos, por otro nombre pájaros bobos.

No pudo Ansúrez entretenerse más, y dejó a Binondo con el castrense, que sin duda le habló de lo buena que es la otra vida, y de la (p.7284) felicidad de los que van a ella limpios de pecados. La fragata partió de Posesión al día siguiente; pasó con felicidad la angostura de la Esperanza; una fuerte corriente contraria la obligó a detenerse y buscar abrigo en la ensenada de San Gregorio; siguió al otro día, embocando y recorriendo sin tropiezo la angostura de San Simón; penetró luego en el canal más ancho del Estrecho; dobló el Cabo Negro, resguardándose de los bajos y escollos que acechan traicioneros en aquellas aguas, y por fin dio fondo en el Puerto del Hambre, que acredita su fatídico nombre por el aspecto de miseria, desamparo y aridez lastimosa que allí ofrece la tierra en todo lo que alcanza la vista.

Ávidos de explorar la misteriosa región magallánica, la Oficialidad obtuvo permiso para saltar a tierra. En la mayor lancha de la fragata embarcaron oficiales y guardias marinas, el maquinista Fenelón y ocho remeros. Ansúrez cogió la caña del timón. No olvidaron las carabinas Minié por si ocurría un feliz encuentro de caza mayor, o por si era menester defenderse de los bárbaros que habitaban en aquellas frías latitudes. Dirigiose la lancha a Punta Santa Ana, en la costa Norte de la bahía. Pisaron tierra los expedicionarios, y por aquellos pedregales discurrieron buscando huellas o rastro de humanidad. No vieron más que unos pozos de agua dulce, con algún indicio, en sus bordes, de ser utilizados. A lo lejos se distinguían columnas de humo; mas no era fácil precisar si salían de algún techo, o de hogueras encendidas en descampado. El humo subía lentamente hacia un cielo pesado y gris, que acariciaba con sus masas vaporosas las remotas alturas blanqueadas por la nieve. Todo el afán de los españoles era ver alguna muestra de la raza patagona, caracterizada, según los geógrafos de más crédito, por su estatura gigantea y por la mansedumbre y nobleza de su barbarie. Pero aunque dispararon al aire sus fusiles con la idea de llamar y atraer a los indígenas, estos no parecían por parte alguna. Llegaron a creer nuestros compatriotas que los patagones eran seres fabulosos, (p.7285) engendrados por la imaginación heroica de los primitivos navegantes.

Del reino animal no se dejó ver tampoco ninguna muestra, y del vegetal sólo descubrieron unos matojos verdes de plantitas frescas y talludas, de la familia de las umbelíferas. Por su sabor, eran semejantes al apio caballar de nuestros climas. Corriéndose hacia la extremidad de Santa Ana, reconocieron ruinas que a la primera impresión diputaron por las de la Colonia de Sarmiento. Este Sarmiento fue un héroe loco, un explorador animoso y exaltado hasta el delirio, que hizo creer a Felipe II en la conveniencia de establecer, en medio de todas las desolaciones de la Naturaleza, una colonia fortificada. La expedición, que al mando de otro loco llamado Flórez envió el Rey con aquel fin aventurero y fantástico, acabó de la manera más desastrosa. Flórez y Sarmiento riñeron con escándalo y furia en las aguas y costas de América, disputándose la precedencia. Flórez se volvió a España. Sarmiento, más terco que la misma terquedad, se dirigió al Estrecho con las cinco naves que le quedaban, y aplicó toda su insana testarudez a la fundación de la plaza colonial. Innumerables hombres, que eran sin duda los más intrépidos orates de la Nación, perecieron allí. A muchos se los tragó el mar en las angosturas, o en los esteros fangosos de la costa Sur; otros murieron en enconada lucha fratricida; a los que se obstinaron en cimentar la absurda colonia, los aniquiló la desesperación, y, por fin, el hambre dio cuenta de los últimos..

Examinadas las ruinas, entendieron los españoles que no pisaban los restos de la obra insensata de Sarmiento, sino los de la Penitenciaría chilena, fundada en aquel sitio a principios del siglo XIX. Tal vez en los informes vestigios, paredones corroídos, pilares truncados, había trozos de diferente antigüedad. Eran ruinas yuxtapuestas, despojos sobre despojos, pavorosa osamenta de dos arquitecturas muertas y consumidas del sol y el viento. Sobre ellas rodarían indiferentes las edades. Lo que en la historia humana había sido completamente inútil, en la (p.7286) Naturaleza servía para que anidaran cómodamente los pájaros bobos.

Desconsolados volvieron a bordo los hombres de la Numancia. No habiendo visto los deseados indígenas, la excursión les parecía enteramente ociosa. La Patagonia sin patagones era una tierra insulsa y prosaica.. En la mañana del día siguiente proyectaron nueva salida, con idea de emprenderla por un río llamado San Juan, que desemboca al Oeste de la bahía del Hambre. Sin duda, internándose aguas arriba, habían de encontrar a los hombres bárbaros y talludos dueños de aquellas tierras. En los preparativos de la segunda expedición estaban, cuando vieron venir por la boca del río una piragua tripulada por figuras al parecer humanas. La exclamación a bordo fue general. «¡Hurra, ya están ahí los patagones, hurra!».

Hacia la fragata venía bogando la salvaje embarcación resuelta y presurosa. Al tenerla cerca, vieron con asombro los de a bordo que eran mujeres las que remaban, y no con remos, sino con canaletes, palitroques rematados en una tabla de forma elíptica. Las hembras daban impulso a la embarcación con aquellas espátulas, sin punto de apoyo en la borda, pues la piragua no tenía toletes. En pie venían tres bárbaros de fea catadura y no muy lucida talla, lo que fue gran desengaño de los españoles, que esperaban ver colosos formidables y coronados de plumas. Al llegar los salvajes al costado de la fragata, no expresaron admiración de la grandeza y hermosura de esta. Con gestos y chillidos gimiosos, manifestaron su deseo de subir y de comer algo que les dieran. Sin esperar a que les echaran la escala, los tres hombres se encaramaron por los tojinos con agilidad cuadrumana. Las dos mujeres remadoras se quedaron en la piragua, desoyendo las incitaciones de los españoles para que subieran. O ellas no querían seguir a los machos, o estos no se lo permitían, que tales etiquetas y reparos habrá sin duda en las costumbres del salvajismo patagón.

Gran rebullicio y algazara se movió en cubierta cuando pusieron su planta en ella los tres (p.7287) desgraciados seres en quienes se representaba la primitiva animalidad de nuestro linaje. Bien se podía decir ante ellos: «así fuimos». Eran de mediana estatura y color cobrizo, sucios y sin gallardía estatuaria. Cubrían parte de su cuerpo con pieles viejas y astrosas de un animal que llaman guanaco. Apestaban a grasa de pescado; sujetaban sus cabelleras ásperas con una correa de cuero, y acentuaban la fealdad de sus rostros con rayas negras y coloradas. Su habla era una mezcla de la modulación y el léxico de las cotorras y de los ásperos aullidos de los monos mayores. Fácilmente repetían las voces españolas; pero las de ellos no había boca cristiana que las reprodujera. Invitados a comer, se les ofreció pan, que miraron con asombro antes de probarlo. Mayor estupefacción les causó el ver cucharas, y embobados contemplaron a los marineros que con ellas comían. Quisieron hacer lo mismo; mas no acertaban a meter la comida en la boca con aquel adminículo tan extraño para ellos. El vino los entusiasmaba, y el aguardiente los transportó al cielo de las mayores alegrías. Si no sabían comer con cuchara, bebían cumplidamente en el vaso, empinándolo hasta que les caía la última gota. Los chupetazos que daban luego y el relamerse con sus lenguas sedientas, fueron diversión de los españoles, que nunca habían visto bárbaros de tan extremada inocencia y grosería.. Lleváronlos luego a visitar todo el barco: manifestaban su asombro riendo como idiotas; pero su regocijo llegó al frenesí cuando se les invitó a ponerse unos pantalones viejos que allí sacaron. A la primera lección que se les dio, aprendieron a enfundarse las piernas en los calzones. El que parecía principal de ellos, ostentando como insignia de su autoridad mayores chorretazos de rojo en sus mejillas, fue obsequiado ademas con una levita informe y un sombrero alto, chafado y roto. Luego que se atavió con estas prendas, lleváronle delante de un espejo, y al ver la reproducción de su elegante figura quedose fluctuando entre la risa y un asombro respetuoso.

En (p.7288) tanto que a bordo con estas bufonadas se divertía la gente joven y alegre, otros habían bajado por los tangones al bote de servicio, y en este se pusieron al habla o a la mira con las señoras salvajes. Fenelón era el más empeñado en obsequiarlas, y en honor de ellos escanció todo el Jerez de una botella. Eran las hembras remadoras más desmedradas que los hombres, feas y hurañas. Ninguna de las gracias del bello sexo se revelaba en ellas, y sólo Fenelón, como sacerdote de Venus, extremado en su culto, entrevió algún encanto en los amarillos rostros de las amazonas, en sus pechos fláccidos y colgantes, en sus cuerpos desfigurados por haraposas pieles, que dejando al descubierto el ombligo y otras regiones poco bellas, tapaban las caderas y demás.. Bajo los sucios pellejos asomaban las piernas cobrizas.. con medias, es decir, con la canilla y pie pintados de color verdinegro, señal de que las dos señoras habían chapoteado en el fango del río al lanzar la piragua. Nadie vio en sus descuidadas greñas adorno alguno que indicase el menor rudimento de coquetería o de arte del tocador.. Eran hembras animales más que mujeres. Trabajillo costaba excitar en ellas la risa, como prueba de ligereza o agilidad de espíritu. La risa de aquellas fieras causaba más miedo que alegría, porque ostentaban en toda su extensión la formidable herramienta dental.. Por fin, partieron todos en la piragua, borrachos perdidos los hombres. Uno de ellos, vestido ridículamente con los guiñapos europeos, esgrimía con grotescos ademanes un sable viejo y tomado de orín que le regalaron los Oficiales. ¡Infeliz tribu patagona, buena te había caído!

 

Ep-38-XII -

¡Albricias, llegó el Marqués de la Victoria!.. Saludada con gran festejo fue su presencia en Puerto del Hambre. ¡Volvían los compañeros perdidos en el Océano! ¡La fragata tenía ya carbón para proseguir su viaje!.. Sin tardanza, fondeado el caballero sirviente a estribor de la dama, se procedió a meter el combustible en las carboneras de esta. Todo el domingo, que era Pascua de Resurrección, se empleó en esta faena, sólo (p.7289) interrumpida en la hora de la Misa y lectura de Ordenanzas después del Oficio. Don José Moirón despachó la Misa con prontitud, y el sermón militar de las obligaciones del soldado fue también muy breve. Todo el tiempo era poco para trasbordar el combustible. La Oficialidad de ambos buques, no teniendo nada que hacer a bordo, realizó su expedición al río San Juan, sin ver nada de interés, ni hombres ni animales. Los salvajes no parecían. La Naturaleza misma se recluía tierra adentro, avara de sus tesoros de fauna y flora, si algunos tenía. Volvieron los españoles a los barcos con el alma a los pies, desengañados de toda pasión geográfica y exploratriz, y pasaron el tiempo de estadía en el Puerto del Hambre, desmintiendo este lúgubre nombre con los buenos víveres que una y otra nave traían. Los días acortaban ya tristemente, como días vecinos al polo en aquella estación, que era el otoño austral.. A las cuatro de la tarde se iniciaba el crepúsculo, anunciando ya las prolongadas noches invernales. Espesa penumbra caía sobre la tierra; el cielo tomaba un tono plomizo: cielo y tierra se vestían de un luto angustioso que avivaba en los corazones el amor y el recuerdo de la patria lejana, radicante en la más risueña porción del globo.

Partió la fragata el 19 de Abril, despidiéndose con fraternal emoción de su caballero sirviente, que a Montevideo se volvía. La nave acorazada emprendió sola su marcha por aquellos canalizos y desfiladeros, lo que fue temeridad grande; mas para tal empeño bastaba el esforzado corazón del soldado de mar que la mandaba. Día claro y sereno favoreció el paso de la Numancia frente al morro de Santa Águeda, donde el paisaje tomó las formas más imponentes y majestuosas. En aquel punto humillan los Andes sus moles ante la mordedura del mar, que las socava y desmorona. Por estribor veían los españoles, a lo lejos, el grandioso espectáculo de las cimas nevadas; de cerca, los cantiles abruptos, las masas rocosas cortadas como a pico, hurañas y resecas, con vagos toques de vegetación (p.7290) en algunas encañadas; por babor veían la Tierra del Fuego, merecedora de tal nombre si se le añadiera el calificativo de apagado. Era como un volcán, como un avispero de cráteres fríos, vestigio y estampa de los más terribles cataclismos geológicos. La vista de aquellas extrañas formaciones causaba espanto, sugiriendo la idea de un planeta muerto, perdido en los espacios siderales.. Para que pudiera participar de la admiración general, sacaron de su camarote al Segundo, don Juan Bautista Antequera, obligado a quietud por la soldadura de la pierna, y muy bien acomodado en una colchoneta, le subieron al Alcázar. Allí estuvo largo rato, y sus ojos, desperezándose de la obscuridad del encierro, no se hartaban de ver tanta maravilla.

Hizo alto la fragata en el fondeadero de Fortescue. Tras ella venía una corbeta de vapor, que resultó ser peruana, de guerra. América era su nombre, y había sido construida en Francia. Fue mirada con recelo; se pensó en disparar sobre ella; pero al fin nada sucedió. La corbeta dejó caer su ancla por estribor de la Numancia. Esta levó muy temprano, al día siguiente, y atravesó la más estrecha angostura de todo el paso de Magallanes. Viéronse aquel día más próximos los elevados montes patagónicos, coronados de nieve, y los hilos de agua que al derretirse la nieve venían saltando por innumerables cañadas y repliegues, juntándose luego para formar risueñas, espumosas cascadas. El paso llamado Crooked-Reach es tan angosto, que los navegantes creían tener al alcance de su mano los dos cantiles de izquierda y derecha. La fragata marchaba con cuatro calderas, gallarda como nunca, orgullosa de sí misma, mirándose en las claras aguas, mirando también su sombra en las rocas del Norte. Dijérase que todos los ánades y pingüinos de la región se habían dado cita en aquel paso, porque precedían a la nave como señalándole el camino, y luego levantaban el vuelo al ver de cerca el espolón y oír el golpetazo de la hélice batiendo el agua. También aparecieron cetáceos monstruosos, nadando delante y a los costados de la (p.7291) embarcación, y festejando a esta con el surtidor que sus furiosos resoplidos lanzaban al aire. La fragata no parecía insensible a estas demostraciones de la fauna marítima, y surcaba las ondas con mayor prepotencia y majestad. Era la diosa Anfitrite, esposa de Neptuno, que paseaba por su reino precedida y escoltada por la corte de sirenas, tritones y bestias marinas.

Al décimo día de entrar en el Estrecho, salió de él la Numancia. A las cinco de la tarde del 21, con mar sosegada y atmósfera densa que ofuscaba los términos lejanos, la fragata señaló a babor el Cabo Pilares. Era el extremo occidental del paso y la última tierra del Sur magallánico, la más desolada que podría imaginarse; tierra que parecía obra de maldiciones y engendro de pesadilla. Las conglomeraciones basálticas, de soñadas formas nunca vistas, hacían creer que aquel extremo del mundo era el osario en que los siglos, terminada la monda total del planeta, habían arrojado todos los esqueletos de animales paleontológicos.

Franqueado Pilares, entraron los españoles en mar libre y ancho. Fue para todos descanso y orgullo. Por un canal de más de cien leguas, erizado de peligros, habían conducido la mayor nave que hasta entonces se aventuró a pasar por allí. Bien podían envanecerse, aunque el caso no era milagroso, sino una feliz aplicación de la sintética proclama de Nelson. Todos, desde el Comandante al último marinero, habían cumplido su deber.. Y adelante, adelante, en busca de la ocasión de nuevos deberes que cumplir.. Sin contratiempo navegó a hélice la fragata, con rumbo Norte, hasta los 40 grados de latitud, en que hallando mejor mar y los vientos generales del Sur, apagó calderas y largó todo su aparejo. Nunca estuvo Anfitrite tan bella como cuando surcaba las aguas del Pacífico, con todo el flameante adorno de su ropaje aéreo. Sus airosas cabezadas expresaban el contento suyo y de todos los tripulantes, que con ella se identificaban y ponían los latidos de su corazón al compás de los pasos de ella en el ancho mar. La normalidad placentera de la navegación (p.7292) no se interrumpió en aquella etapa: todos vivían alegres, contemplando de día, por estribor, el gigantesco murallón de los Andes, y aun los menos instruidos sabían leer en aquellas moles alguna estrofa de la leyenda hispánica.

Visibles fueron los efectos del gradual ascenso de la temperatura: los pocos enfermos que a bordo había se restablecieron, y el mismo Binondo, que en el Estrecho estuvo a punto de liar el petate, mejoró notablemente, como si quisiera entrar en la séptima vida que, según el dicho popular, gozan los marinos. Aún no podía el hombre valerse; pero respiraba mejor, señal de que se le iban calafateando los deteriorados bofes, y todos los días, a la hora de más calor, le sacaban a cubierta en una silleta, y allí le dejaban parloteando con sus compañeros. En estos solaces de convaleciente habló de asuntos diversos con su amigo Ansúrez; pero de aquellos coloquios sólo se cuentan aquí los pertinentes al caso de Mara.

«Poco a poco, Diego -decía Binondo extendiendo el brazo-: no eches sobre mí más culpa de la que tuve en el latrocinio de tu hija.. que bien mirado, no fue tal latrocinio, sino cumplimiento de la ley de Dios, que dice: 'antes que dejar morir a vuestras hijas, dejad que se vayan con sus novios..'. Esto ha dicho Dios, y a mis oídos llegó la voz divina, por la cual fui movido a dar aquel paso.. Que venga don José Moirón, que venga el santísimo Capellán, y él te dirá si este mandamiento que te digo no es tan de ley como otro cualquiera..».

-Bueno; ley de Dios será.. Pero no tenemos por qué llamar al Cura; que esta ropa sucia, José, en casa debemos lavarla.. ¡Tú a encandilarme con tus leyes de Dios, ¡ajo!, y yo a no dejarme encandilar!.. Mi sentido natural me dice que no es ley de Dios, sino del diablo, tomar dinerales por favorecer la fuga de la niña con aquel bandido.

-Poco a poco, Diego, poco a poco. No te niego la verdad. Pero has de saber que no fueron dinerales lo que tomé, sino una triste onza de oro..

-¿Triste la llamas? ¿Pues no valía diez y seis duros?

-Los valía, sí.. Llamo triste a (p.7293) la onza, porque fue poco estipendio para lo que hice. Toda la noche estuve en vela, fingiendo que pescaba.. Los carabineros me habían echado el ojo encima; yo no hacía más que bogar hacia afuera, y volver y escurrirme a la sombra de la batería de San Leandro. Pues tomé la onza.. no quiero dejar de decirte toda la verdad.. la tomé porque me hacía mucha falta.. como que aún estaba debiendo las visitas del médico y el entierro de mi niña.. ¡Ay, Diego de mi alma, no puedo nombrar a mi ángel sin que me salte el corazón y se me corte el resuello! ¿Ves? Ya estoy llorando.. No hay consuelo para mí.. Y ahora, con esto de que voy escapando de la muerte, mi pena es mayor, porque yo estaba muy satisfecho de morirme, por el gusto de ver pronto a mi niña, la mona de Dios.. y recrearme en aquel rostro de clavellina parda, y en el habla bonita, y en el cuerpo salado, tan salado y gracioso, que me río yo de los ángeles..

-No llores, José.. Como algún día has de morirte, y verás a tu Rosa entre los serafines, resígnate por hoy a seguir viviendo.. ¡Ajo!, no eches más babas ni mojes el pañuelo. Cuéntame cómo embarcó la niña en tu lancha; qué dijo..

-Antes tengo que repetir que la onza no fue más que una corta ofrenda para mi alcancía. La tomé por no desairar. Verdad que después, a bordo de la goleta, me dio don Belisario diez duros más.. ¿Pero qué son diez duros para un servicio tan arriesgado..? Y el peligro fue tremendo.. Los carabineros no me quitaban el ojo.. Tu niña llegó a las piedras de Santa Lucía, único sitio donde podía embarcar de noche, acompañada de don Belisario y de la Venancia.. ya sabes, la Venancia. Esa sí cogió buen dinero.. De aquí estoy viendo la pastelería que ha puesto esa ladrona en la calle de la Caridad.. la veo, la veo, Diego.. Y cuidado que hay distancia del Pacífico, 33 grados latitud Sur, a la pastelería de Venancia, 38 grados latitud Norte. Pues la veo: cree que la veo.

-Avante en popa, y no barloventees más.

-En brazos cogió a la niña el caballero, y de sus brazos pasó a los míos, que la pusieron en la lancha.. De un brinco (p.7294) embarcó don Belisario. Despidiéronse de Venancia. Trinqué yo los remos, y me puse a bogar en silencio, arrimado a tierra, buscando la sombra del monte.. Te diré, buen amigo, para tu satisfacción, que no había dado yo tres paladas de remo, cuando la niña rompió a llorar con tanto sentimiento, que me río yo de la Magdalena. El caballero quería consolarla: ya sacaba estas razones, ya las otras.. que Dios, que el amor, que la felicidad.. y luego unas retóricas ahiladas que no entendí, pues tales términos, comparanzas y sutilezas no había oído yo en mi vida. Mara, tan aferrada a su aflicción que no se quitaba de los ojos el pañuelo, decía: «Mi padre, ¡ay!, mi padre». Y él le echaba el brazo por los hombros, y apretándola con agasajo, respondía: «Tu padre será mi padre; pero él no quiere serlo.. Pagará su soberbia.. Después le perdonaremos». En fin, Diego, no puedo repetirte su hablar finísimo, porque usaba expresiones que mi boca no sabe pronunciar. La sustancia de aquel relato era esta, verbigracia: «El amor, que viene a ser el rey, emperador o no sé qué de todito el mundo terrestre y universal, te condenaba por bruto y descastado a.. Diantre, a ver si me acuerdo.. Pues te condenaba a la pena de perder a tu hija por tal o cual tiempo..». En fin, Diego, que te daban el trago de amargura para traerte luego los dulzores de volver a Cartagena casados y con guita.. ¿Te vas enterando?.. Yo no puedo referírtelo palabra por palabra. Sí te digo que a la niña se le aplacó el duelo con los abrazos que le daba el novio, echándole en la misma oreja este bálsamo: «Te juro por mi madre que volveremos.. volveremos en tal condición, que tu padre se alegre de recibirnos». Luego miraba para las estrellas, y moviendo el brazo con ellas hablaba.. A la mar le echó también una gran bocanada de términos que sonaban muy bien, como una musiquilla de cantares.. En esto, llegamos a la goleta: subieron ellos, yo detrás.

»Poco tiempo estuvo la niña sobre cubierta, porque don Belisario y el capitán la llevaron a un camarote, y en él la escondieron, por lo que (p.7295) pudiera tronar. Yo esperé al caballero, porque así me lo mandó. Al cuarto de hora le vi aparecer en cubierta; llevome a la borda, desde donde se veía Cartagena, más que por sus casas, torres y murallas, por las luces del alumbrado público; y señalando a la ciudad, dijo: «¡Ahí te quedas, Cartagena! ¡Ahí te quedas, Ansúrez!.. Entré con paz, y me mirasteis como enemigo.. Al padre me llegué con el corazón en la mano, y el padre me echó la zarpa para ahogarme. No hay paces con los bárbaros. Mara no es de su padre, sino mía. Él le dio la vida corporal, yo le doy la vida del espíritu..». No puedo explicártelo, porque las palabras que dijo en aquellas proclamaciones son de esas que no se quedan en la memoria. Lo que sí recuerdo bien es esta frase: «Pues quisiste guerra, guerra te doy, brutal Ansúrez. Ya puedes echarte a llorar hasta que volvamos..». Luego que dijo lo que te cuento, nos despedimos. Me pidió juramento de no contarle a nadie lo que había pasado, y yo se lo di.. digo que juré, haciendo la cruz, porque así me lo mandaba mi conciencia. Y él también tuvo conciencia, porque al despedirme metió mano al bolsillo y diome los diez duros, que.. ahora recuerdo.. no fueron diez, sino veinte, o hablando con toda verdad, veinticinco, plata y dos monedas de oro, isabelinas.. Ya ves que no te oculto nada. Cuando yo a tierra me volvía poco a poco, pensaba en mi pobre niña difunta, ¡ay!, en aquel ángel. ¡Que no hubiera yo podido hacer con ella lo que hice con la tuya, Diego!.. Dársela al novio, echarla en brazos del novio para que gozaran de su juventud.. Para mí no había consuelo.. yo bogaba con pereza, y mis pensamientos iban al compás de los remos. En el cielo como en el agua oía la voz del Divino Jesús, diciéndome: «Que no mueran las hijas; que se vayan, que se vayan con sus novios».

 

Ep-38-XIII -

El interesante episodio referido por Binondo inmergió al Oficial de mar en mayores cavilaciones y tristezas. Sus sentimientos, agitados por pavorosa crisis, no sabían si estacionarse en el amor o en el odio. Sólo sus obligaciones (p.7296) rudas le distraían en estos internos afanes. El 28 por la mañana recaló la fragata en Valparaíso, y aproximándose al puerto, paró y se puso al habla con el Comandante de la goleta Vencedora. ¡Qué placer y qué descanso recibir noticias frescas, fidedignas! Los de la Numancia oyeron confirmar la buena nueva de que nuestro Gobierno había concertado un arreglo con el Perú. La escuadra, al mando del Almirante Pareja, estaba en el Callao. Hacia el Callao hizo rumbo la Numancia sin perder horas, navegando con cuatro calderas encendidas y ayuda del velamen. Serena mar y viento Norte fresquecito facilitaron aquella etapa, por todos estilos venturosa. En temperatura iban ganando de día en día; la salud era excelente a bordo, y todos vivían en espera de sucesos pacíficos más que guerreros, aunque no faltaba quien se apenase de que no sobreviniesen hostilidades duras, que en la profesión militar nada repugna tanto a los corazones enteros como la ociosidad.

Aunque se reponía bajo la acción de la subida temperatura, Binondo no recobraba por entero su vigor y aptitud para el trabajo. O era que se hacía el remolón para que le dieran mimo y le llenaran la pandorga, dejándole las horas muertas sentadito al sol, o a la sombra cuando el sol picaba más de la cuenta. En este periodo avanzado de su convalecencia, se hizo el hombre muy rezador: andaba siempre con el rosario entre las manos, y en sus pláticas con los compañeros, a estos recomendaba que tuviesen el alma preparada para un buen morir, pues en las dudas de paz o guerra, nadie podía decir «a tal hora viviré».

«Aquí donde me ves, Diego querido, no estoy menos libre de la muerte que lo estaba en el Estrecho, porque las cuadernas del pecho no acaban de arreglarse, y el corazón me dice a cada momento que no cuente con él para una larga travesía. Pero yo no me apuro, Diego, y tan hecho estoy a la idea de morirme, que me digo: 'Cuanto antes mejor, que de este mundo perverso no saca uno más que sofocos y berrinches que pudren el alma. Muérame yo pronto, que eso voy ganando, y (p.7297) así veré a mi querida Rosa en la Eternidad'. Paréceme que ya la estoy viendo.. Cuando tengo esta visión, el aliento se me corta, como si la máquina del respirar quisiera pararse y decir: 'hasta aquí llegué'».

-¡Valiente marrullero estás tú!.. Con tantos rezuqueos y visiones lo que busca mi amigo es que no le den de alta, para seguir en esta gandulería y pasarse el tiempo sentadito en cubierta.

-Poco a poco: yo no trabajo porque no puedo. Ya sabes que como bien, porque así me lo mandó don Luis. Por mi gusto no comería más que lo preciso para no desfallecer. Duermo toda la noche y parte del día, porque así me lo recomiendan los doctores, que el sueño es el estero donde el corazón se va carenando.. como te lo digo.. Pero el dormir mío no es todo lo sosegado que fuera menester, porque el soñar me quebranta, y despierto tan molido como si me hubieran pasado de verdad las cosas que sueño.. Es el corazón enfermo.. que adivina.. Y a cuento de esto, sabrás que anoche he soñado contigo y con tu hija.. Y era lo que soñé tan conforme con la razón, que desperté creyéndolo cierto. Vas a oírlo.. Pues soñé que entrábamos en puerto.. ¿Sabes tú cuándo llegaremos al Callao?

-Mañana. Esta tarde hemos de señalar las islas Chinchas.

-Dime otra cosa: ¿hay mucha distancia del Callao a Lima?

-Media hora o poco más en ferrocarril.

-Pues no te canses en ir a Lima, porque si vas no encontrarás a tu hija. Yo he soñado que Mara y don Belisario navegan hacia Panamá, caminito de Europa. Van casados por la Iglesia y cargados de dinero hasta las escotillas.. Llevan la idea de que los perdones Diego, y les eches tu bendición.. Pero Dios, que ve tus muchos pecados, dispone que ni ellos ni tú tengáis la satisfacción de veros y perdonaros. También ellos son pecadores.. Dios castiga sin palo ni piedra, y así, mientras tus hijos van, tú vienes.. Equivocados navegáis todos.. Dios, que gobierna con una mano los corazones y con otra los mares, te trae al Perú cuando tu hija no está aquí, y a ella la manda para España cuando tú andas por acá.. ¿No ves bien claro los designios (p.7298) del patrón de todo el Universo?

Al oír esto, trabajo le costó a Diego reprimirse. Impulsos tuvo de coger a Binondo por el cogote y darle un fuerte achuchón contra el cabrestante próximo, chafándole el rostro hasta dejárselo enteramente raso. «Tunante -le dijo-, guárdate tus sueños malditos, y no atormentes al hombre honrado y bueno, que no hace mal a nadie».

-Bueno eres -replicó Binondo con extremada mansedumbre, acariciando las cuentas de su rosario-; pero ya sabes que el justo peca siete veces al día. Que Dios quiera probarte, que Dios pruebe a los justos para ver su temple y fortaleza, es cosa corriente en nuestra religión, y si lo dudas, llama a nuestro Capellán y pregúntaselo.

Ansúrez le volvió la espalda. En actitud de oración se mantuvo José, la cara plana y verde caída sobre el pecho con expresión de recogimiento budista. El otro, echando sus miradas y sus pensamientos sobre el mar, también quedó en éxtasis de amarguísimas dudas, del cual le sacó el pito de Sacristá llamando a maniobra. Poco después se marcaron a barlovento las islas Chinchas. El terral fresquecito trajo al olfato de los marinos efluvios amoniacales.. Tan-tan cuatro veces. Se cambiaron las guardias.. Y al día siguiente, cuando sólo distaban cinco o seis millas del puerto del Callao, volvió Binondo a dar tormento a su amigo con el relato de sus estupendas soñaciones.

«Óyeme, Diego, y pásmate de que Dios se digne revelarme lo que ha de pasarnos a ti y a mí. Tú y yo somos buenos, y para que seamos mejores nos manda Dios tribulaciones grandes. He soñado, amigo, he soñado lo que voy a decirte para que te vacíes de orgullo y te llenes de resignación.. Pues ello es que.. No pongas cara fosca ni me hagas temblar con tus miradas.. Yo digo lo que soñé, y tú lo crees o no lo crees.. Ello es que ya no verás a tu hija en la tierra, sino en el Cielo.. Estamos iguales, amigo del alma, y hemos de morirnos para ver a las prendas de nuestro corazón.. Para mí es esto tan cierto y verídico como el mar es mar, el cielo, cielo, y esta embarcación la (p.7299) Numancia bendita.. que Dios favorezca para que viva más que nosotros. Dúdalo si quieres; pero la realidad se encargará de convencerte.. A tu hija verás en el Cielo; antes de ir allá, si vas, no podrás verla.. Créelo, Ansúrez, y disponte pronto, pronto para un morir cristiano.. Debemos prepararnos, porque nunca sabemos si hemos de vivir estos momentos o los otros. Podrá ser hoy, podrá ser mañana o en mañanas que aún están lejos. Pero que no nos coja desprevenidos.. ¡Qué gozo el tuyo y el mío cuando las veamos en la Gloria!.. mi Rosa tan linda, con aquella carita de marfil ahumado y aquellos ojuelos negros, como los de los ángeles que encienden los relámpagos y disparan los truenos en una noche de tempestad.. tu Mara desmejoradilla y muy rebajada de su belleza.. porque has de saber que muere o morirá de parto..».

Ya no pudo tener Ansúrez el arrebato de su displicencia, y le dio un cosque más que regular, que humilló la cabeza budista y puso la cara plana a dos dedos de la borda, junto a la cual se hallaban. «Poco a poco -exclamó Binondo-. Esos no son saludos de los que se acostumbran entre amigos. Bárbaro estás, rebelde contra las verdades que Dios te anuncia por mi boca. De tus desdichas no tengo yo la culpa.. ni de que Dios ame a nuestras dos hijas por igual, y se las lleve de este mundo nuestro tan malo, al suyo, que es la Gloria..».

No llegaron estas últimas razones al oído del Oficial de mar, que se alejó rezongando amenazas contra Binondo. La idea de la muerte de Mara, sugerida por el zorro malayo, le desconcertaba. A creerla se resistía; pero la idea penetraba en su entendimiento, como la carcoma royendo y labrándose su casa.. Aliviábase el buen hombre de esta confusión con la esperanza de que el sol de Lima despejara pronto sus dudas.

La entrada en el puerto del Callao fue de teatral efecto resonante. Allí estaba la escuadra española mandada por Pareja: la componían las fragatas de hélice Villa de Madrid, Blanca, Berenguela y Resolución y la goleta Covadonga. El primer saludo fue (p.7300) para la insignia de Pareja; después se saludó a la plaza, que contestó al instante; y apenas disipado el humo de estas salvas, se cañoneó en honor de las escuadras extranjeras allí fondeadas, inglesa, francesa y americana. Devolvían todos la cortesía con igual número de estampidos, y aquello fue como una batalla naval con pólvora sola, espectáculo precioso, inmenso vocerío de guerreros en paz.

Presentaba el puerto en aquellos instantes un golpe de vista espléndido. Deleitaban los ojos la flotante población de barcos de guerra y paz, y el bosque de sus mástiles, así como los mezclados colorines de tantas banderas de diferentes Estados. Entre los buques mercantes, había los más hermosos tipos de vela entonces existentes en el mundo: fragatonas y corbetas clipper, de cascos elegantes y gallardísimas arboladuras. Todas estas naves esperaban vez para el embarque de guano en las Chinchas. Si es maravilla de la Naturaleza el almacenaje secular del excremento de las aves atlánticas en aquellas ínsulas, no lo es menos el ingenio y artes del hombre para transportarlo por tan largos caminos de mar de un hemisferio a otro.. El labrador piamontés o valenciano no acababa de comprender que abonaran sus tierras las aves del Pacífico.

Terminados los saludos, empezaron las visitas. No era sólo el jubileo de amigos y parientes entre unos y otros barcos: era la curiosidad que en todas las tripulaciones de las fragatas de madera despertaba la Numancia, potente y airosa; era el prodigio de haber esta navegado sin tropiezo desde Cádiz al Perú, desmintiendo la opinión de que un guerrero vestido de armadura no podía sin peligro arrostrar caminata tan penosa y larga. Pero el Comandante, hombre de arrestos indomables, la Oficialidad y marinería, orgullosos de su feliz empresa, decían como Segismundo: «¡Vive Dios que pudo ser!».

Tal invasión de visitas hubo en la fragata, que las escalas crujían del peso de los curiosos entrantes y salientes. Superiores y oficialidad, guardias marinas, marineros, en fin, y gente de maestranza, acudieron a (p.7301) saciar sus ojos, a explayar sus corazones en parabienes, que eran la expresión de la amistad y el orgullo, fundido todo en un tono general de patriotismo. La Numancia vio subir a su cubierta y penetrar en sus cámaras y sollados al Almirante Pareja, hombre de mediana estatura, delgado, con patillas blancas, de continente grave y maneras muy corteses; a don Miguel Lobo, Mayor General, gran náutico y geógrafo, hombre de ciencia y de voluntad; a don Claudio Alvargonzález, curtido y fosco, de barba erizada y ojos fulgurantes, el primer lobo de mar de España; a don Juan Topete, corazón fuerte, ávido de pelea y gloria; a don Manuel de la Pezuela, ducho en artes políticas y en el trato de gentes, que aplicar supo al arte de la guerra; a don Carlos Valcárcel, marino excelente y guerrero de tesón, y a otros muchos que ganaron después celebridad. La fragata les recibió con alegría, mostrándoles todas sus bellezas, así las exteriores como las más ocultas. Convites parciales y refrescos se improvisaron en los camarotes, y en tanto los grupos de marineros celebraban con modestas libaciones el feliz encuentro de amigos y hermanos, en latitud tan distantes del solar paterno.

Fue por la mañana cuando Ansúrez distinguió entre los visitantes una cara conocida. «¿Será..? Si no fuera tan gordo, diría que es Mendaro». A estas dudas fugaces siguió la exclamación de ambos amigos, que se abrazaron con júbilo después de una ausencia de cinco años. «Por el ranchero Ibarrola -dijo Mendaro- supe que estabas aquí. He venido a verte a ti primero, después a esta hermosa fragata que os traéis acá.. ¿Sabes que estás viejo?.. ¿Qué ha sido de tu vida? Cuéntame». Con frase concisa notificó Ansúrez a su amigo la muerte de Esperanza, y de la pérdida de Mara hizo una indicación vacilante, como los apuntes con que los pintores esbozan el intento de una figura. A continuación enseñó al forastero el interior del barco; le obsequió con Jerez y galletas, y despidiéronse con mutuos ofrecimientos y cariños.

Mendaro y Ansúrez, después de navegar juntos, habían (p.7302) vivido en Cartagena pared por medio. Su amistad era sólida, íntima, como fundada en las excelentes cualidades de uno y otro. Enviudó Mendaro el 59 y se embarcó para el Perú, donde contrajo segundas nupcias. El 65 era poseedor de una de las más frecuentadas pulperías del Callao de Lima, establecimiento que bien podía llamarse famoso, porque en él encontraban alivio de su sed y reparo de su hambre los marineros de diferentes banderas, cargadores y truchimanes, y allí solían congregarse también mujeres que al socorro de necesidades no espirituales acudían, buena gente toda, fermento y espuma de la humanidad afanosa que hierve en los puertos de mar. En la pulpería quedó citado Ansúrez para comer con su amigo, y charlar de los reinos de España y de las indianas repúblicas.

 

Ep-38-XIV -

Ansiosos de admirar la ciudad de Lima, que en todas las imaginaciones españolas se representaba con formas y colores de un seductor romanticismo, iban a tierra oficiales y guardias marinas en correctísima y elegante apostura, con pantalón blanco, indumentaria impuesta por los 12 grados de latitud Sur. Del muelle corrían en grupos alegres a la estación, y media hora después divagaban por las calles y plazas de Lima. Esparciendo con avidez sus ojos de una parte a otra, aplicaban su observación a cosas y personas, juzgándolo todo con juvenil calor, así en el elogio como en la censura. Tras las abstinencias y soledades de la navegación, anhelaban la vida social, el trato y compañía de señoras discretas, finas y hermosas, de mujeres, en fin, sin reparar en su clase y condición. Por desgracia, encontraban retraída la sociedad. Las clases opulentas, así como las mediocres, se recluían en sus casas por estímulo de la gazmoñería política, no menos adusta que la religiosa. La cordialidad y el agasajo entre naturales y forasteros no existían en aquellos días de incertidumbre y desconfianza; días turbados, además, por interna enfermedad revolucionaria.

Los Oficiales españoles recorrían con actividad un poco melancólica la Ciudad de los Reyes. (p.7303) La sombra de Pizarro les acompañaba; las remembranzas de la patria salían a recibirles en las fachadas de los edificios de la época vice-real. A cada instante surgía la Anagnórisis, o sea el descubrimiento y declaración de parentesco. Anagnórisis era el gozo con que los españoles contemplaban el barroquismo amable, risueño, consanguíneo, de la Catedral fundada por el conquistador. Nuestro, de casa, de familia, era el rostro de aquel monumento; nuestra también el alma, el interior, impregnado de dulce misterio y de místico encanto. Igual impresión de parentesco les daba el palacio de los Virreyes, hogaño presidencial.

De calle en calle, se fijaban en los balcones a la turquesca, en las rejas y celosías, por cuyos huequecitos veían o creían ver los negros ojos de las limeñas. ¡Qué ilusión! ¿Pero estaban en la América del Sur, o en Ronda, Tarifa o Algeciras? La mujer limeña, sutilizada por la imaginación, era el tormento de aquellas pobres almas españolas, condenadas por un melindre internacional al desconsuelo de Tántalo. Cerrado el teatro, suspendidas las reuniones y tertulias, no se mostraban las limeñas más que en la calle, y para mayor desventura no eran entonces muy callejeras. Por lo poco que vieron los Oficiales al paso y de refilón, reconocían y declaraban que era la hija de Lima traslado fiel de la mujer de acá, más bien refinada que desmerecida en sus cualidades. Por aquellos días no podían extenderse a más detalladas apreciaciones del tipo físico y moral de tan seductoras hembras. El famoso manto negro a estilo de Tarifa ya poco se usaba. Sólo por las mañanas, cuando iban a misa, se las veía entapujadas con exquisita gracia y travesura, sin dejar ver más que los ojos: el misterio, el juego de tapa y destapa, los hacía más ardientes y luminosos, más afilados de malicia o recargados de amoroso fluido. Por junto al suelo se veían los pies chiquitos, y se apreciaba el andar ligero.. andar de gacelas cuando van al paso.

Y vistas estas preciosidades, que parecían huir de las miradas del hombre antes que solicitarlas, (p.7304) iban los españoles a las partes excéntricas de la ciudad, donde percibían el rumor popular, nada benévolo ciertamente. Esquivando el trato con personas, hablaban con los edificios: vieron y examinaron exteriores ampulosos de parroquias y conventos, y a cada paso descubrían rastros del pasado, que confirmaban el parentesco entre los observadores y las cosa observadas. Clarísimo resultaba el rastro de la superabundancia frailuna, y el paso de la Inquisición había dejado huellas indelebles. La fiereza española, todo lo grande de la raza y todo lo violento y vicioso adherido a lo grande, permanecían escritos allí en cosas y personas, con más vivos caracteres que los que aún conserva en su propio rostro la madre común.

Pulpería de Mendaro.- Este y su amigo Ansúrez, sentados a los dos lados de una mesa sin manteles, en un patinillo interior de la casa, platican de los reinos de España y de los achaques de aquellas repúblicas, sus hijas.

«Todo este torbellino -decía Mendaro- ha venido, ¿sabes de qué? Pues de añejos piques y desavenencias entre peruanos y españoles; del pleito viejo por si reconocemos o no reconocemos la independencia del Perú.. del mal trato que aquí dieron a unos catalanes y valencianos.. de bofetadas, palos y mojicones que han llovido en la tierra donde no llueve agua.. de que España se metió en Santo Domingo y quiso meterse en Méjico.. de una gravísima trapatiesta que hubo en Talambo, peruanos ofendidos, españoles muertos.. de que en Chile atropellaron a unos vizcaínos.. de las muchísimas desvergüenzas que escriben aquí los periódicos, y, en fin, de que los Gobiernos de una banda y otra están dejados de la mano de Dios.. Allá se les subió a la cabeza el humo de la guerra de África, y acá tienen los humos de su republicanismo y el no ser menos que la vecina de abajo, Chile, y que las vecinas de arriba, Ecuador y Colombia».

-Bien se ve que hay humos. En España se dice que este furor de camorra nos lo ha pegado la Francia, nuestra vecina por el Pirineo, pues el imperio segundo que hay allí, obra de ese (p.7305) Luis Napoleón, nos da la moda de encender guerras con tal o cual país. La miaja de gloria que va sacando el ejército de mar y tierra, es el torniquete, como quien dice, con que los mandones trincan y aseguran a los que obedecen.

-Moda es que os viene de Francia. Aquí tenemos otra que recibimos de los Estados Unidos, y es el cansado estribillo de América para los americanos, que quita el seso a toda la gente de acá. Es moda, manía, aire natural de estos países, que se mete en el corazón y en la cabeza de cuantos aquí vivimos. Y así verás que los españoles, a los pocos años de llegar a estos climas, nos volvemos americanos, y tomamos a este terruño un amor tan grande como si en él hubiéramos nacido. Nada te quiero decir de los niños que de padre español nacen aquí, pues yo tengo uno de tres años, que apenas empezó a soltar la lengua, lo primero que aprendió fue llamarme gachupín, gallego, patón, godo y otras perrerías con que los naturales nos motejan.. Pues volviendo al por qué de esta campaña, te diré que el Gobierno de la Isabel no supo lo que hacía cuando nos mandó a ese Almirante Pinzón con la Resolución, la Triunfo y la Covadonga. No es que yo le quite su mérito y circunstancias a ese buen General de Marina que nos mandasteis; pero.. hablemos claro. ¡Por los pelos del diablo, que no era Pinzón hombre para estas incumbencias delicadas, porque tenía demasiado vapor en sus calderas, y no templaba, sino que metía más coraje en las almas peruanas! A cada brindis que echaba en las comilonas, ceceando como buen majo andaluz, se armaba una gran tremolina. Cosas decía con la idea de meter miedo, para que temblaran todas estas Américas, como si aún se sintieran en el suelo, a la vera de los Andes, las patadas de aquel bárbaro y grande hombre que llamaron Francisco Pizarro.

-No toques, amigo -dijo Ansúrez-, no toques a esos caballeros, a quienes tengo yo por gigantes que no dejaron sucesión, ni con ellos compares a nuestra familia enana de estos tiempos.

-Dices bien, Diego, que al comparar modernos con (p.7306) antiguos, resulta que no levantamos más de media cuarta del suelo.. Sigo mi cuento. Para echarlo a perder, nos mandaron también al señor Salazar y Mazarredo, que por las ínfulas y prepotencia que se traía, cayó muy mal aquí. Y lo que mayor enojo levantaba era el título de Comisario Regio, que en los oídos de esta gente sonó como el nombre de Virrey o cosa tal. En fin, era corriente aquí que entre Pinzones y Salazares nos iban a quitar la bendita independencia.. ¿Y qué te diré de la ocupación de las islas Chinchas, que fue como quitarle al Perú el corazón y el estómago? Los españoles no querían ser la buena madre, sino la madrastra de América.. Todo iba mal, y esta gente, cada vez más encendida. Llegó un día fatal, mejor diré, la noche en que se quemó la Triunfo. Te aseguro que la fragata era como un volcán.. Las llamas pintaban de rojo todo el cielo.

-Aguárdate, Mendaro, y perdona que te interrumpa -dijo Ansúrez inquieto, poniendo la mano en el hombro de su amigo-. Mucho me interesa tu cuento; pero deja para otro día lo que falta, y hablemos de lo que a mí particularmente me coge toda el alma. ¿Podré saber hoy mismo si está mi Mara en Lima, si me será fácil verla y hablar con ella? Bien enterado estás ya de lo que me pasó, ¡Jesús me valga!, y yo confío en que me ayudarás a encontrar a mi querida niña. Ya te dije que no vengo de malas; traigo el corazón dispuesto para perdonarlos y hacer las paces, siempre que ellos quieran hacerlas conmigo.

-Voy creyendo que más que distraído estás trastornado -replicó Mendaro-, pues ya te dije que nada podré saber de esa cuestión tuya, mientras no vuelva mi compadre Amador con respuesta al encargo que le di de averiguarme esos puntos. Yo no conozco a los Chacones más que por la fama de su riqueza: sé que murió el padre, español bragado y de sangre en el ojo; que el hijo mayor, coplero, avispado, loco por ver tierras, se fue y volvió.. y no sé más. Amador, que conoce a esa familia, no tardará en traernos informes. No te impacientes, ni con el pensamiento te vayas a Lima volando (p.7307) por los aires, que luego iremos por el ferrocarril, y algo hemos de saber de tu hija Mara, que, por lo que recuerdo, es una morenita muy salada.

-La más salada y graciosa que ha echado Dios al mundo -dijo Ansúrez conteniéndose para no llorar-. Ella fue toda mi alegría, y después mi tormento y desesperación. No hablemos de esto; no quiero afligirte. Sigue tu cuento, y yo haré por escucharlo sin perder gota, digo, sílaba.

-Se fue Pinzón enhorabuena, y nos vino Pareja con las fragatas Blanca, Berenguela y Villa de Madrid. Este señor Pareja nos pareció más templado que el otro, y de buena mano para los arreglos de paz. Así fue: tuvimos paces, y en ellas descansaríamos sin el maldito suceso del Cabo Fradera, en Febrero de este año. ¡Ay, qué atroz barbarie! Y tengo que reconocer que esta vez la culpa fue del Perú, por el descuido y pachorra de estas autoridades.. Aquí se armó el tumulto; aquí vimos la reunión de gente vaga, y oímos sus gritos contra los tripulantes de la Resolución que bajaron a tierra. Los españoles, advirtiendo la que se armaba cogieron las lanchas para volverse a bordo; quedó rezagado el pobre Fradera; trató de ganar a nado un bote, pero el botero no quiso recogerle; volvió el infeliz a tierra, y con los pies en el agua, en la mano un cuchillo, se defendía bravamente de los malos patriotas que le acosaban. En fin, que muerto cayó entre agua y arena, y estos perdidos y borrachos cantaron su hazaña con berridos espantosos. La justicia les metió mano; hubo prisiones y castigos; pero al mal efecto de aquel atropello bárbaro no se pudo echar tierra, y por él quedaron las relaciones entre españoles y peruanos tan agrias y picajosas como las encuentra la Numancia al arribar al Callao.

A este punto llegaba Mendaro de su cuento, cuando compareció en el patinillo una mujer alta, fornida, de solidez estatuaria, ojos negros, gruesa y bien formada boca, pecho sobresaliente. No era de abolengo incaico, ni su regia estampa provenía de imperio del Sol; era una cuarterona de las que llaman zambas, ejemplar excelente de la (p.7308) mezcla de sangres etiópica y ariana, que suele aunar el cuerpo admirable y las facciones bellas. Traía de la mano un chiquillo gracioso, que en cuanto vio a Mendaro corrió hacia él y se montó en sus piernas. El niño era el hijo, y la mujer, la esposa del pulpero, y los tres se llaman lo mismo: José, Josefa y Pepito. Con un gesto autoritario indicó la mujer a los dos varones que se apartaran de la mesa para poner los manteles y el servicio. Obedecieron. Tan pronto gastaba Josefa su saliva en reñir al chiquillo, que enredaba con los platos y cucharas, como en recomendar a su marido que vigilase la tienda mientras la familia se disponía para comer.. Y entre col y col, ponía la señora vanidosos programas de la comida, que era extraordinaria en honor del amigo forastero.

Acudió Mendaro a la tienda con una solicitud presurosa, que era como la medida de los pantalones que en el gobierno doméstico gastaba su mujer; y esta, entre tanto, hizo cumplido elogio de los platos que serviría y de su condimento. «Señor Diego, ¿le gusta a usté el arroz con pato? ¿Sí? Pues como el que yo he guisado para usté no lo habrá comido nunca, ni lo comerá mejor la Reina de España.. ¡Ay, qué cosas dicen acá de su Reina de ustés, la Isabel!.. Pues también le pondré un tamal que ha de saberle a gloria.. Los españoles no saben hacer buena comida.. ¿Verdá que en España no hay maíz?.. Por eso vienen aca ustés tan amarillos.. por eso andan doblados por la cintura, como si se les cayeran los calzones.. ¿Le gusta a usté el sancochado? ¿En España hay sancochado? ¿Qué dice? Ya; que allá tienen el cocido. Pues yo he comido cocido español, y no me gusta.. ¿Es verdá que en España no da la tierra más que garbanzos y aceitunas?.. Las aceitunas las como yo cuando el médico me manda gomitivo.. Y esa Reina que allí tienen, ¿cuándo la gomitan ustés?». Con estos y otros dicharachos puso la mesa, y a punto volvió Mendaro de la tienda con una botella de pisco y dos de vino del país.. «Este es el Valdepeñas de acá -dijo a su amigo-. No es malo; se sube hasta el primer (p.7309) piso, y de ahí no pasa. Si bebes mucho, te pondrás alegre y dirás lo que dice el nombre de Arequipa: aquí me quedo. Este aguardiente blanco que llamamos pisco, es de vino.. cosa buena: los que empinan mucho, ven a Dios en su trono».

Sentáronse a comer, y con alegría y buena conversación despacharon uno tras otro los platos que Josefa encarecía pomposamente antes y después de que fueran gustados. A la sopa de rabioso picante siguió el sancochado, que viene a ser como nuestro cocido; desfilaron luego el pejerrey (pescado chico) y la corbina en salsa (pescado grande) ; y por fin, con honores extraordinarios, el pato en arroz, que era más bien como una morisqueta con pato. Mendaro, en continua relación con las botellas del tinto de la tierra, se apimpló un poco; Josefa hablaba no sólo por la boca, sino por los codos, manifestando en cada cláusula su ojeriza contra la Reina de España; el chiquillo amenizaba el banquete, ya con llantos y berridos, ya con risas y copiosa emisión de babas y mocos. Y cuando por postre comían alfajores y chancaca, la cuarterona, limpiándole la jeta a su criollito, dijo al convidado: «Señor Diego, lo que le digo ahora no quise decírselo antes, para que comiera tranquilo, que lo primero es comer, y lo segundo, decir las cosas que han de decirse, aunque sean malas.. Y es que no se canse usté en buscar a su hija, porque Amador vino y yo le pregunté: 'Amador, ¿qué hay de eso?' y él me contestó: 'Comadre, hay que los señores de Chacón no están en Lima'. Con que ya lo sabe. Para verlos y enterarse, tiene usté que ir al Cuzco».

 

Ep-38-XV -

-¿Y el Cuzco está cerca? -preguntó Ansúrez, sintiendo dentro de sí al patriarca Job con toda su paciencia-. ¿Podremos irnos allá y volver en una tarde?

Rompió Josefa en carcajadas estrepitosas, que empalmaron con estas expresiones de su marido: «Sí, hombre, sí.. Está cerquita.. cerquita el Cuzco.. ahí, a la vuelta del primer cerro.. Poca distancia.. Para que te hagas cargo.. es como tres veces de Cartagena a Madrid.. Caminito muy llano, como una sala.. Subes los Andes.. después (p.7310) los bajas.. para volver a subirlos.. Cuestión de diez y ocho días..».

-Para que vean ustés -dijo la hembra talluda sin dejar de reír- que los caminos de América son caminos grandes, no como los de España, caminos de juguete. Aquí no gastamos distancias de broma. O vamos lejos, o no vamos a ninguna parte.

-No te precipites, Diego, a coger la vuelta del Cuzco, que está donde Nuestro Señor Jesucristo perdió las sandalias.. Antes de ir tan lejos, entérate por ti mismo de lo que ocurre. Bien podría suceder que mi compadre Amador, aficionadillo al pisco, haya empinado hoy más de lo regular.. Vámonos, pues, a Lima, y preguntaremos en la propia casa de los Chacones.

No necesitó Ansúrez que su amigo se lo dijera dos veces. Propuesto el paseo a Lima, quiso emprenderlo sin perder minutos. Requirió Mendaro la chaqueta y sombrero, empuñó un bastón nudoso, y pasando por la tienda, donde imperante quedaba la gallarda Josefa, salió con Ansúrez a la calle. Momentos después cogían el tren; a la media hora de traqueteo suave llegaban a la ciudad de los Reyes, y a buen paso tomaron la calle que conduce a la plaza. Ni en personas ni edificios ponía su atención Diego, que llevaba dentro de sí los espectáculos de su personal interés. «Esta es la Catedral -decía Mendaro con inflexión encomiástica-; aquel el palacio de los Virreyes, hoy de la Presidencia y Gobierno de la República..». Contestaba el Oficial de mar con un mugido y una mirada de indiferencia, y seguían adelante. «Por aquí es -dijo Mendaro, guiando a una calle que de la esquina del palacio arzobispal arrancaba, extendiéndose recta en toda su longitud-. Al final, en la última cuadra, viven los tales Chacones. Repara en las buenas casas de gente noble que hay por aquí. Muchas son del tiempo de los señores Virreyes; otras, fabricadas después, tienen la misma traza y adorno de puertas y balcones».

La única observación que hizo Ansúrez fue para indicar la semejanza del caserío de Lima con el de algunas ciudades andaluzas, y el tono claro de las fachadas, blancas las unas, otras de (p.7311) ocre o azul muy bajo. Fijose también en que no había tejados, sino azoteas, observación que sugirió a Mendaro esta otra, pertinente a la meteorología: «Te diré que aquí no sabemos lo que es llover, ni se conocen los paraguas. No tenemos más que un rocío, que llaman garúa, el cual por las noches, así refresca la tierra como nos moja y cala hasta los huesos. Por este beneficio del cielo, no echamos de menos la lluvia, y no se gastan aquí canalones ni aljibes».

-Dímelo a mí -observó Ansúrez-, que todas las mañanas me encuentro la cubierta como acabada de baldear, y el velamen y toldos tan mojados, que se les podría torcer.. No te diré yo que sea beneficio el caer el agua del cielo en esa forma de rocío; paréceme más bien maleficio, porque si lloviera de golpe, quedarían las calles más limpias de lo que están.. ¿Tenéis por ventura río caudaloso?

-Río tenemos: se llama el Rimac, y es nombrado, más que por el caudal de sus aguas, por el magnífico puente de piedra, obra de los españoles, que luego veremos. Por allí se pasea la gente para tomar la fresca en las tardes de bochorno..

Observó también Ansúrez el grandor y pintoresca hechura de los balcones de las casas principales, al modo de estancias voladas, con adorno exterior arabesco y celosías verdes. Eran la comunicación romántica de la casa con la calle y con el mundo; el conducto de las miradas, del suspirar y del amoroso acecho; eran el rostro enmascarado de la pasión, y un emblema étnico más español que la propia España. Hallábase el celtíbero absorto en el examen de uno de aquellos balcones, el más historiado y holgón de la calle, al extremo de esta, cuando Mendaro le puso la mano en el hombro y le dijo: «Esta casa que miras es la de los Chacones. Veo que está cerrada a piedra y barro, por lo que entiendo ser verdad lo que nos dijo el borrachín de Amador. Si te parece, llamaremos, que alguien habrá dentro que guarde el edificio». Y antes que Ansúrez respondiera, llegose a la puerta, y agarrando el pesado aldabón, dio golpes y más golpes, sin que de dentro viniera voz de (p.7312) quién vive ni respuesta alguna.

La emoción de Ansúrez ante la casa en que moraba la familia de Belisario fue tal, que no pudo tenerse en pie. Arrimose a la pared frontera, y en el escalón de una puerta, cerrada también como puerta de inquilinos ausentes, se dejó caer: llanto amarguísimo vino a sus ojos, y para disimularlo y esconderlo, con ambas manos puso máscara en su rostro. Mendaro, dejando pasar medio minuto, volvió a empuñar el aldabón y repitió los furibundos porrazos.. La casa hacía esquina, de la cual partía un callejón estrecho, y a lo largo de este, como por el tubo de una bocina, vino una voz bronca que gritaba: «¡Quién.. quién!». Asomose Mendaro al callejón, y a su vez gritó: «Los quiénes somos nosotros, gandul, que estamos aquí llamando hace dos horas, sin que nos responda nadie: ven aquí, y ven con respeto, y dinos dónde están tus amos».

Apareció doblando la esquina un hombre que por el color del hocicudo rostro y la largura de sus brazos y la corva inclinación de su cuerpo, más parecía cuadrumano amaestrado para racional que racional efectivo, y apenas le vio Mendaro, lo cogió por el cuello, y con voces descompuestas le dijo: «Cholo, sin vergüenza, ¿por qué no has abierto a la primera llamada? ¿Así cuidas la casa de tus señores? ¿Qué hacías, borracho? ¿Dormías el pisco?».

-Suéltame, gachupín -gritó el hombre feísimo, queriendo desprenderse de la garra de Mendaro. Pero en este había estallado la fiereza un tanto insolente del español educado con el catecismo de los tiempos heroicos, y no soltaba su presa, ni suavizaba su duro acento-. Ven aquí, perro, y contesta sin mentir a lo que te preguntamos.

-Suélteme, ¡carachitas!.. ¡Ay, ay!.. Le diré la verdad, patrón; suélteme.

A los chillidos del infeliz cholo (así llaman a los últimos retoños degenerados de la raza india) , víctima de la ingénita altanería de Mendaro, acudió Ansúrez enjugando sus lágrimas y con formas de lenguaje más benignas: «Déjale; no le trates con dureza.. Vele ahí por qué no nos quieren en América.. Por eso, José, por tus modos tiránicos.. Oiga (p.7313) usted, buen hombre: queremos saber.. Esperamos que usted nos diga con toda verdad..».

-No esperes de él la verdad si le tratas con esas blanduras, Diego -dijo Mendaro-. No te fíes de estos ladinos y traidores. Verás cómo te sale con algún despapucho, con alguna sandez o mentira gorda que te desoriente y te vuelva tarumba.

-No tendrá tan mal corazón -indicó Ansúrez-, que engañe a un pobre padre.. de quien no ha de recibir ningún daño, sino todo lo contrario, quiero decir, una buena recompensa.

-El caso es este -declaró Mendaro algo amansado de su fiereza por el ejemplo del amigo-: sabemos que tus amos se han ausentado, y deseamos saber dónde están.. pero sin engaño.

Fosco y sombrío, el indio no desmentía la condición suspicaz de su raza humillada y decadente. No miraba a la cara de los españoles, sino al suelo, como más digno de sus miradas, y al suelo arrojaba también la respuesta desdeñosa, que rebotó en pregunta: «No hay engaño.. yo no tengo por qué engañar.. ¿Pero a qué cuento quieren saber los gachupines dónde están mis amos?».

-Este caballero -afirmó Mendaro- es el padre de tu señora, quiero decir, de la señorita esposa que el hijo de tu ama, don Belisario, ha traído de España. ¿Te enteras, animal?.. Levanta tus ojos del suelo, zorrocloco, y mírale, mira a este señor, que es el padre, el padre.. ¿Sabes lo que es padre, zopenco?

Recogió del suelo sus miradas el cholo, y las paseó por el cuerpo de Ansúrez. Como este vestía de uniforme, cada uno de los botones fue un punto en que el mirar del indio se detenía con asombro y una risa estúpida. Sacó Diego una monedita de oro, y se la mostró como una hostia, diciéndole: «Esto para ti si hablas con verdad». Pero a Mendaro le pareció excesiva la oferta, y quiso atajar el movimiento generoso de su amigo con estas palabras: «No, no, Diego. Con cuatro soles habría para comprar a todos los cholos que quedan en esta tierra. Ofrécele un sol (duro) , y el hombre tendrá para comprarse unos calzones, que, ya lo ves, le hacen mucha falta».

El pobre indio, que en (p.7314) su desmedrada catadura y cobrizo rostro cuarteado no revelaba claramente su edad, aunque esta debía estar ya muy lejos de la juventud, quedose como encandilado al ver la moneda, y alargando hacia ella sus manos, dio una zapateta en el aire, y soltó la respuesta que Ansúrez esperaba: «Mi patrón, démela y se lo digo. Me llamo Santos, y por todos los mis patronos de la Corte celestial, le juro que de mi boca no saldrá mentira: los amos míos, mi ama doña Celia, mi amo don Belisario y mi ama doña Marina, están en Jauja».

Oyó Diego el nombre de Jauja como cosa de burleta o de pasar el rato, pues aunque no ignoraba la existencia de tal pueblo peruano, en aquel instante, hallándose en la plenitud de sus ideas españolas, Jauja era el cuento de los perros atados con longaniza y de los árboles que dan chorizos y jamones; se acordó de la Pata de Cabra y de los mil chistes jaujanos, y puso en cuarentena el dicho del indio. Pero Mendaro le sacó de este yerro, diciendo: «Puede ser, puede ser verdad, que allí tienen los Chacones haciendas muchas».

-Buen amigo -dijo Ansúrez a Santos, sin dejarse arrebatar la moneda que este quiso coger antes de tiempo-, necesito más referencias.. y que me pongas en conocimiento de muchas cosas que ignoro. ¿Te gusta el pisco? Pues vente con nosotros, y en cualquier pulpería te convidaremos, para que sueltes la sin hueso y me resuelvas todas las dudas.

Cuando esto decía el Oficial de mar, ya se habían arrimado al grupo algunos zanganotes, mujeres y chicos. Ni Ansúrez ni su compañero se habían fijado en esta adherencia de público, que fue creciendo, creciendo, cuando los dos amigos y el cholo iban camino de la pulpería más cercana, Mendaro fue el primero en revolverse contra la molesta escolta, que a los pocos pasos se desmandó, haciendo befa del uniforme de Ansúrez y arrojando sobre los dos gachupines pelotadas de barro y algunas almendras de arroyo. Movido de su impetuoso genio, que en trances de peligro siempre se mostraba, Mendaro se plantó en medio de la calle, y mirando a la chusma se dejó (p.7315) decir: «¿A que saco la navaja? ¿A que alguno de estos sinvergüenzas nos va a enseñar el mondongo?». El prudente Ansúrez acudió a contenerle. Santos, en la expectativa de la moneda de oro, dirigió a la muchedumbre palabras conciliadoras. Con los dimes y diretes de una y otra parte, la cuestión fue tomando mal cariz, y en esto acertó a presentarse en escena, saliendo de una calle lateral, el maquinista Fenelón, vestido de paisano, con dos amigos suyos limeños de la mejor apariencia social. Aplacaron estos el incipiente tumulto, declarándose defensores de los dos gachupines, y dispersando a los grupos plebeyos.

Mientras esto ocurría, informó Diego a Fenelón del motivo de su presencia en aquella parte de la ciudad, y de llevar consigo al indio Santos. El maquinista, con el aplomo y superioridad que en sus palabras sabía poner, le dijo: «¡Pobre Ansúrez, yo te habría sacado de dudas a bordo esta noche! Felizmente, he podido enterarme hoy de lo que pasa en tu familia, y te lo contaré. Nadie podrá informarte con más exactitud, mi palabra de honor.. Este cholo te ha dicho que tu hija está en Jauja.. Ha mentido sin mala intención.. no le pegues.. O no sabe la verdad, o se le ha mandado que diga lo que has oído.. Dale los cuatro soles, y que se vaya a la porra. No es ese el guardián de la casa de los Chacones; no es más que un galopín del verdadero guardián, Arístides Canterac, francés, con quien he jugado al billar hace dos horas, mi palabra. Por él he sabido que tu hija no está en Jauja, sino en Arequipa».

Sosegados todos, incluso Mendaro, que aún daba resoplidos patrióticos; desaparecido el cholo, que partió con la chusma, guardando su moneda donde no pudiesen quitársela, los dos españoles, el maquinista y los peruanos se dirigieron a un restaurant francés, donde refrescarían charlando. Ansúrez les siguió, más que por querencia de charla y frescura, por calmar el ardor de su alma, sedienta de verdad. ¿Por qué no estaba su hija en Lima? ¿Huía de su padre, o de quién huía? ¿Era (p.7316) dichosa..?

 

Ep-38-XVI -

«No dudes que los Chacones están en Arequipa -dijo Fenelón al celtíbero, que permanecía como atontado mientras los demás bebían y charlaban-. Al partir dieron a su servidumbre esta consigna: 'Vamos a Jauja'. Querían despistar al Gobierno y escurrir el bulto.. ¿No comprendes esto, pobre Ansúrez? Pues es raro, porque un español, criado entre el bullicio de los pronunciamientos, entiendo yo que oirá crecer la hierba. ¿No has conocido que la revolución late en el Perú? Late y colea; sólo que anda todavía por debajo de las sillas y de las mesas, por debajo de las camas, por debajo de los altares. Belisario y su mamá doña Celia son del partido revolucionario, como amigos y no sé si parientes del Gran Mariscal Castilla, gigantón de esta fiesta. ¿No caes en la cuenta de que la razón o pretexto de los revolucionarios es el tratado de paces con España, que firmaron Pareja y el Presidente Pezet, arreglo que la gente levantisca considera como la mayor ignominia del Perú? Este patriotismo gordo y populachero es excelente cosa para ornamentar las banderas revolucionarias en los países de sangre española.. Pues oye más, hombre inocente y sin hiel. Tu yerno Belisario y tu consuegra ilustre son los adeptos más rabiosos del bando antiespañol del Perú. Mira por dónde tu graciosa Mara, la morenita del tipo Virgen de Murillo, la de las sales granadinas, la discípula de las monjas, ha venido a ser una antiespañola furibunda».

-¡Ajo, eso no! -gritó Ansúrez dando una fuerte palmada en la mesa. El inmenso estupor con que oía los informes del francés, contuvo su protesta en esta brutal concisión.

-Yo no aseguro su antiespañolismo; pero lo presumo, porque el amor funde los sentimientos de marido y mujer. Mara siguió a Belisario deslumbrada por la poesía exuberante de América. América es ya su patria; España, clásica, rígida y enjuta, ya no lo es. ¿Qué significa esto, cándido Ansúrez? ¿Te acuerdas de nuestra primera conversación en la borda de la Numancia, cuando tomábamos carbón en San Vicente? (p.7317) Todo lo que tú no entendías entonces te lo explicaba yo con una sola palabra: romanticismo. Romántico fue el amor de tu hija; románticamente te la robó Belisario; al Perú vinieron a realizar su ensueño; se han casado; son riquísimos.. Todo esto quiere decir, por ejemplo, que cuando España arroja de sí el romanticismo, América lo recoge. Los ideales que desechan las madres maduras son recogidos por las hijas tiernas.. España coge su rueca, y se pone a hilar el pasado; tu hija hila el porvenir.. en rueca de oro.

Diciendo esto, Fenelón se atizó de golpe una copa de coñac. Inquieto y sofocado, Ansúrez no sabía qué pensar, no sabía qué decir. Llevábase las manos a la cabeza; luego, sobre la mesa las dejaba caer desplomadas; por fin, arrancose con estos desordenados conceptos: «Me vuelvo loco.. ¡Mi Mara antiespañola! ¡Ajo, eso no! ¡Vámonos a España con cien mil pares de ajos! Llévenme a mi casa, llévenme a mi fragata». Ya levantado para salir, los amigos trataron de aliviar su pena, y Fenelón terminó sus informes con estas advertencias adicionales: «Los Chacones, y tu hija con ellos, se han marchado al Sur por ponerse a salvo de las iras del Gobierno, y por vivir donde se guisa la revolución, que es el territorio entre Arequipa y el Cuzco..».

Era ya hora de volver a bordo; acudieron al tren, y en todo el trayecto hasta el Callao no paró Fenelón en las amenas referencias de sus audacias amorosas. Lima era la Jauja del amor; él, vestido de paisano y hablando francés, burlaba la prevención reinante contra la Marina española. Todos reían de sus fabulosas conquistas, menos Ansúrez, que no le hacía ningún caso. Despedidos cariñosamente en el muelle, los dos vecinos de la Numancia volvieron a su vivienda, alegre el hispano-francés, sumido en profunda y negra melancolía el que llamamos celtíbero. Las emociones de aquella tarde le tenían medio trastornado: desconoció, por breves segundos, a su compañero Sacristá; desconoció también el departamento donde moraba, y en la turbación de su mente hubo de sacudir su dormida (p.7318) memoria, diciéndose: «¿Dónde estoy? ¿Qué casa es esta?».

En aquellos días, el Oficial de mar pagó la chapetonada, que así llamaban los peruanos, desde tiempos remotos, a la fiebre de aclimatación, tributo de que pocos europeos se eximían en la costa del Pacífico. Era una terciana comúnmente benigna; pero en Ansúrez fue por excepción bastante intensa y dolorosa, quizás a causa de la tristeza y depresión del ánimo, que le predisponían a toda enfermedad. Atacado ya de la terciana, escribió a su hija, poniendo en ello la fiebre que ya le requemaba la sangre. Escribió también a Belisario y a doña Celia; mas no contento del sentido de las cartas, las rompía, y así consumió gran copia de cuadernillos de papel. Tal carta en que con extremadas fórmulas de amor perdonaba y pedía paces definitivas, le pareció humillante. Los Chacones eran riquísimos, y él un pobre marinero: lo que en dinero no poseía, debía poseerlo en dignidad. Por fin, todo el fárrago epistolar quedó reducido a una sola carta, dirigida a la prenda de su corazón, diciéndole ternezas y pidiéndole vistas. «Estoy en el Callao, soy contramaestre en la Numancia.. ¿No quieres ver a tu padre? Véate yo, hija de mi alma, y muérame después de verte. Tus riquezas no tienen valor para mí. La luz de tus ojos es mi riqueza: dámela, y guárdate lo demás..». Estos y otros conceptos amorosos y sutiles enjaretó. Satisfecho de haber expresado sus sentimientos con el mayor decoro y sin asomo de interés, cerró su carta, y a tierra la llevó para depositarla por su propia mano en el correo; que de nadie podía fiarse en cosa que tan vivamente a su corazón interesaba. Al regresar a bordo, la fiebre ardiente le tumbó en el coy, de donde no pudo levantarse en muchos días.

Asistíale don Luis Gutiérrez con cuidado y cariño; Sacristá, que como a hermano le quería, visitábale con frecuencia, informándose por sí mismo del curso de la traicionera enfermedad. En los días de remisión febril, la enfermería de paz era muy frecuentada de amigos y compañeros. Guardias marinas y Oficiales bajaron al sollado, y (p.7319) el mismo don Casto, que era un ángel, practicó las obras de misericordia, acercándose con piedad y afecto al lecho de su compañero en las fatigas de la mar.. Y cuando la remisión era intensa, permitían a Binondo dar a su amigo conversación tirada, y aun leerle vidas de santos, que en aquellos días el Año Cristiano era la ocupación predilecta del cabo de mar. No acababa el malayo de ponerse bueno, y cuantas veces intentó trabajar, sus esfuerzos le privaban de aliento. Relevado estaba, pues, de toda faena, y el pobre hombre empleaba su tiempo en exhortar a sus compañeros a la piedad, y en hacerles descripciones prolijas de la Bienaventuranza eterna. Unos se reían de esto, y otros no; pero entre burlas y veras, Binondo hacía el apóstol o el misionero laico, no sin cierto desdén y escama del venerable capellán don José Moirón.

«Embelesado estoy ahora -dijo Binondo sentándose a la morisca junto al lecho de Ansúrez- con la vida de Santa Rosa de Lima, la gran santa de América; y sobre lo que ya tengo leído de ella en mi Año Cristiano, tres veces he pasado un librito que me trajo de tierra Desiderio García, en el cual librito se trata de mil pormenores de la virtud angélica de la divina Rosa. Como mi hija lleva ese nombre, llego a figurarme que es ella, ella misma la santa.. y aunque no lo sea, yo las igualo en la hermosura.. Dice el librito que aquí tengo, que la santa nació en la casita de un corral, propiedad de su padre, Gaspar Flores, y en dicho corral, ya niña, plantaba clavellinas y mosquetas.. Un día advirtió que brotaba un rosal en su jardinito. Patente era el milagro, pues los rosales no se conocían en el Perú.. Y la planta milagrosa dio tantas, tantas flores, que toda la ciudad pudo gozar de ellas y de su hermosura y olor deleitoso.. deleitoso dice el libro. Y así como el aroma, o dígase fragancia, de las flores plantadas por Dios se extendió a toda la ciudad, y de la ciudad a todos los Perules altos y bajos, del mismo modo la fama de la santidad de aquella criatura voló por todo el orbe cristiano: así lo dice el libro.. hasta Roma mismamente.. (p.7320) Dios me tocó en el corazón para que a mi hija diera el nombre de Rosa. Mi hija está en el Cielo con los ángeles y serafines. Cada vez que pronuncio su nombre, me da en la nariz el olor, o dígase fragancia, de aquella flor celestial.. celestial dice el libro».

-A la hija mía puse yo nombre de Marina por la Santísima Virgen del Mar, y no hay nombre que mejor le cuadre, porque lleva en sí toda la sal del Océano; tiene también su oleaje, el vaivén de las aguas; y para que la semejanza sea completa, la mueven temporales duros.

Con lúgubre y pausado acento dijo esto Ansúrez; y el otro, pegando su hebra en las últimas palabras del amigo, continuó así: «Tempestades tuve yo también, Diego; ciclón terrible me llevó a mi hija, dejándome anegado de pena. Pero mi Rosa está en el Cielo; tu Mara también. Hagamos por morirnos tú y yo santamente, y las tendremos a nuestro lado por toda la eternidad».

-Mi hija no se ha muerto.. no se ha muerto -replicó Diego inmóvil, triste, mirando a los baos del techo-. Pero la ausencia y la distancia son peores que la muerte. Si esta enfermedad acaba conmigo, no veré a mi hija, y seré mas desgraciado que tú.. porque tú la verás pronto.. puesto que ya la tienes allá, José.. Tú no tardarás en morirte, y en cuanto llegues, verás aquellos ojuelos negros y chiquitos, como los de los ratoncillos; la nariz chatuca y desdoblada; verás la color de aceituna, la boca reventona, con aquellos dientecillos que parecen nieve entre tomates.

-Poco a poco -dijo Binondo picado-. No tomes a chanza la cara linda de mi niña, que si fue preciosidad en la tierra, mayor lo es en el Cielo; que allá el jaramago se vuelve clavellina.. clavellina: así lo dice el libro de Santa Rosa.

-Mi hija es bella, y no necesita que la lleven al Cielo para que se le aumente la hermosura -murmuró Diego con cierto desvarío, que indicaba el recargo febril-. En la vida de América se ha puesto más bonita.. es más señora y apersonada, más suelta de lenguaje. No hay preciosidad como ella en todos los Perules del Sur ni del Norte.. Mi hija vive en un palacio.. la sirven quinientos criados negros, (p.7321) rojos o amarillos.. come en vajilla de plata y bebe en copas de oro. Todos los metales preciosos que dan las entrañas de los Andes, son para ella.. ¡Y yo no puedo verla muriéndome, como verás tú a la tuya..! Para verla, tengo que vivir y navegar mucho tierras adentro. ¿Y cómo navego yo fuera de mi barco, si de aquí no puedo salir? Estoy en España; mi hija está en América, lejos, lejos, y ya no quiere ser española.. ¡Válgame Dios, qué calor siento! Dame limón, José; me abraso..

Así prosiguió divagando hasta que le cogió el sueño. Rosario en mano, Binondo rezaba entre dientes. La noche fue tranquila. Siguieron días de quietud vaga y letárgica, en los cuales, desde el amanecer de Dios hasta la hora de silencio, iba contando Ansúrez todos los toques de corneta, campana, tambor y pito que marcaban las distintas faenas, maniobras y ejercicios que sucesivamente se practicaban a bordo.

La terciana fue más larga que intensa, y hasta Junio no pudo Diego llamarse convaleciente. La reparación orgánica se retrasaba por causa del hondo abatimiento en que el ánimo del pobre celtíbero se mantenía. Lo que mayormente le angustiaba era no recibir contestación a la carta que escribió a su hija, y todo era cavilar y hacer cómputos de distancia y tiempo para explicarse la tardanza. Por segunda y tercera vez escribió, y no habría dado paz a la pluma si el amigo Fenelón no calmara su ansiedad con razones de mucho peso.

«No seas chiquillo, Ansúrez -le dijo una tarde, sentaditos los dos en el camarote de maquinistas-; no olvides la extensión de los caminos del Perú, siempre largos, ahora más, por el trastorno de estas revoluciones malditas. De lo que me ha dicho Canterac estos días, deduzco que la familia de Mara no está ya en Arequipa, sino en el Cuzco..».

-Y ese Cuzco.. entiendo que está en el propio riñón de los cansados Andes.. La verdad, no sé para qué levantó Dios esa cordillera tan alta, de Norte a Sur. Es como un grandísimo pisa-papeles que puso a lo largo de estas tierras para que no se las lleve el viento ni las arrebate la mar.. Dime otra cosa: ¿no fue (p.7322) en el Cuzco donde tenían la cabeza de su imperio aquellos indios que llamaron incas, y que eran como hijos del Sol?

-Así es. En el Cuzco tuvieron su capital. El imperio era grandísimo, y lo poblaba una raza industriosa y guerrera. Francisco Pizarro, que no sabía leer ni escribir, pero tenía, por ejemplo, un corazón más grande que esos montes que vemos, y en su voluntad volcanes de furor, y en su cabeza, vacía de letras, pensamientos altísimos, se apoderó en poco tiempo de aquellas salvajes grandezas y cargó con todo; después vino y fundó esta Lima hermosa, y en ella puso la simiente de las lindas limeñas..

-De seguro, en ese Cuzco tendrá la familia de Belisario algún palacio.. Puede que sea el alcázar mismo de aquellos emperadores incas o incaicos, como aquí dicen, restaurado y puesto a la moderna. Será todo de piedra mármol jaspeada, con tropezones de metales preciosos.. Yo me lo figuro así, y en él veo a mi hija como a una reina.. como a una emperadora.. ¿Es así, Fenelón?

-Así puede ser, porque los Chacones son riquísimos. He podido informarme de su caudal; me han hecho la cuenta, al dedillo, de las rentas que disfrutan. Es un escándalo, Diego; es un ultraje a la humanidad, que unos pocos posean tanto, y los más se pudran en la miseria, en un trabajo de animales..

-¿Y el cuánto, Fenelón? Dime el cuánto de esa riqueza.. pero con verdad. Deja en tu cabeza las mentiras, y échame cifras.. buenos números claritos.

-Pues entre doña Celia y sus hijos, que son tres, gozan una renta de.. ello se aproxima a cuatrocientos mil soles..

-¿Al año?

-Naturalmente. Mi palabra de honor, que la cifra no es de fantasía.

-Pues lo parece, y yo me quedo atontado escuchándote.. Me acuerdo ahora de lo que pasó en la correduría de Cartagena, cuando quise coger a Belisario por los cabezones para tirarlo al mar.. me acuerdo también de cuando, caminito yo de Motril con mi niña en brazos, le encontramos vestido pobremente, negro del sol y del aire, con plastones de polvo encima de lo negro.. en fin, que daba lástima verle.. ¡Y ahora..! Se (p.7323) vuelve uno loco. Estoy en América.. ¿He dado la mitad de la vuelta al mundo, o es el mundo el que ha dado media vuelta en derredor de mí? No sabe uno lo que le pasa. Esto es vivir dos veces, Fenelón; esto es haberse uno muerto, y resucitar.. en otro mundo.

 

Ep-38-XVII -

Pasados muchos días, sin que el historiador pueda precisar su número, volvió Fenelón a su amigo con nuevos y más preciosos informes. Al anochecer, en la batería para resguardarse de la garúa, arrimáronse a una porta y charlaron largamente, sentados en el suelo, sin más testigos que la formidable cureña, y el cañón que al mar apuntaba con su boca muda. «Hay grandes novedades -dijo el hispano-francés-, y la primera es que la revolución, que estaba en manos torpes, ha pasado a las del General Canseco, Vicepresidente de la República (entre paréntesis, primo hermano de doña Celia) . ¿No sabes lo que ocurre? Ello parece mentira; pero es verdad, mi palabra.. Pues se ha sublevado la escuadra peruana.. La fragata Amazonas, mandada por el Almirante Panizo, navegaba días pasados llevando tropas al Sur.. ¿Y qué hizo la tropa? Pues dar el grito, y con el grito, muerte a toda la oficialidad. Quedó dueña del barco, y como soberana nombró jefe a don Lisardo Montero, capitán de navío.. ¿Qué dices, inocente Ansúrez? (El celtíbero no decía nada.) Lo primero que hizo este señor fue poner rumbo a Pisco, a la vera de las islas del guano, y allí estaba la fragata América.. ¿No te acuerdas? Es la que encontramos en Magallanes. ¿Qué tenía que hacer en Pisco esa otra fragata más que esperar a que la sublevaran? Montero se le atravesó por la proa, y enseñándole la andanada, la intimó a que se rindiera.. lo que efectuó sin resistencia, porque resistir no podía.. Después cayó de la misma manera el vapor Túmbez.. Los sublevados confían que se les agregará la fragata Unión, hermana de la América, que ha de llegar muy pronto. ¿Qué te parece, amigo? ¿Qué opinas tú de esta trapisonda, que hoy es marítima, y mañana será terrestre?».

-Como no entiendo yo nada de política - (p.7324) dijo Ansúrez rascándose el cráneo-, de esta revolución no puedo pensar nada bueno ni malo, mientras no me digas si con ella estoy más cerca o más lejos de ver a mi hija y gozar de su presencia.

-A eso voy.. Tengo motivos para creer que tu hija y su marido y suegra partieron del Cuzco hace bastantes días.

-Yo he soñado, no sé si anoche o anteanoche.. que mi hija estaba, con séquito lucido de caballeros y damas, en una cacería.. allá.. qué sé yo.. Vi un gran lago..

-Ya.. El Titicaca. Habría más bien pesca, o cacería de patos. Puede ser que tu sueño fuera una visión de la realidad distante.

-¿Y ese lago es muy extenso?

-Calculo que es del tamaño de la isla de Puerto Rico. Ya ves qué charquito. Y no te diré yo que sus márgenes, o gran parte de ellas, no sean propiedad de tu hija.

-¿Y qué distancia hay del Cuzco a ese pedazo de mar dulce?

-Como treinta leguas, por caminos endemoniados.. Pero no hay distancias para los ricos. Las damas y caballeros que en sueños has visto irían montados en avestruces..

-No hay avestruces en este país, creo yo, Fenelón.. Irían en llamas, en guanacos.. o sabe Dios cómo irían.

-En palanquines, tal vez, cargados por indios.. Me parece, buen amigo, que no debemos referir tu sueño al lago Titicaca, sino a otro más pequeño que está en territorio muy distante de la zona del Cuzco. Para mí, tu hija y los Chacones están ahora en el Cerro del Pasco, donde tienen sus minas, y seguramente, a más de las minas, palacios, grandes cotos y montes para sus diversiones. Puede que hayan resucitado allí la antigua caza de cetrería: pájaros rapaces hay aquí muy para el caso. Como Belisario es poeta, habrá querido dar a su esposa, por ejemplo, el espectáculo de aquellas cacerías tan magníficas, de los tiempos en que no se conocía la pólvora.. Lo que te digo: Belisario lo convierte todo en poesía. Después de cazar con halcones y gerifaltes en la ribera del Lago de Junín, que así se llama, habrá inventado diversiones acuáticas, mandando construir un magnífico galerón, como el que tenía el Dux de Venecia para (p.7325) salir a casarse con la mar, y en él paseará Mara por el lago con sus damas, pajes y acompañamiento rico y aparatoso.. Y desde la embarcación dispararán flechas contra los ánades o cisnes, para que todo sea poético, conforme a los usos de la edad en que la vida era más bella que ahora.

-Dará gusto ver a mi hija -dijo Ansúrez en éxtasis-, tendiendo el arco.. así, como una diosa, y disparando la flecha con tan buena puntería, que no habrá pato que se le escape.. Y puede que también disparen flechazos contra los peces.. aunque mejor lo harán con arpones, que para mí habrá en ese lago abundancia de peces de gran tamaño, así como toninos o golfines.

-Mi palabra de honor, que también tú, querido, te nos vas volviendo poeta.. En ti veo la influencia de América, y la inspiración que te da el amor a tu hija, porque el amor es el manantial de la poesía.. Mira por dónde lo que fue tu desesperación ha venido a ser tu consuelo.

-¡Oh!, no, Fenelón.. dejemos estas tonterías -replicó Diego tornando a la realidad, como el aeronauta que da salida al gas para descender a tierra-. Tú eres quien me ha trastornado con tus invenciones románticas de la caza de cetrería y del pasear en galerón por esos lagos de engañifa.. Dime la verdad, Fenelón amigo: tú has bebido hoy más de la cuenta.

-Cuatro copas no más he tomado después de comer. Economizo mi Jerez, que se me concluye, y no sé cómo reponerlo. Tú eres el que ha bebido con exceso.

-Borracho estoy, sí; pero no me trastornan las copas, sino mis pensamientos tristes, la ansiedad en que vivo por no tener contestación a las cartas que escribí a la prenda de mi corazón.

-Sobre eso tengo que decirte que es locura pensar en la puntualidad de correos, mientras duren las circunstancias de revolución en tierra y mar, y la tirantez de nuestras relaciones con el Perú. ¿Quién asegura que tu hija recibió las cartas que le escribiste? Y si las recibió y te ha contestado, ten por cierto que su carta quedó en el camino. Ya sabes que nuestro correo nos llega por el Consulado inglés, y que lo recogemos en la (p.7326) capitana del Comodoro Harvey.

-Por ahí viene el correo de España; pero una carta del interior del Perú nunca pensé que nos llegara por mano inglesa.

-Pues no la esperes, Diego. Vuelve a escribir a tu hija..

-¿A dónde, ajo?

-Al Cerro del Pasco.. Para mayor seguridad, yo iré mañana al Chorrillo; veré a Canterac, y le preguntaré a dónde debes escribir.. Advierte a Mara que te dirija la carta al cuidado del comodoro Harvey.

-¡Virgen del Carmen -clamó Ansúrez levantándose presuroso y corriendo al camarote de Sacristá, donde comúnmente tiraba de pluma-, escribiré al instante!.. ¡Ajo, tanto tiempo perdido!.. y ahora.. vuelta a empezar.. Dios no me quiere ya. Tiene razón Binondo.. Estoy lleno de pecados.

Ved aquí al pobre hombre nuevamente inmergido en la faena epistolar, que era gozo y tormento de su alma. Pensamientos nuevos puso en el papel; su inspiración era inagotable. Con esto se entretenía, descendiendo al fondo de sus amarguras como un buzo que desea explorar y reconocer las cavernas recónditas del mar.. Y en esto desfilaron unos tras otros los días de ociosidad, y llegó uno memorable por haber aparecido en el puerto del Callao la flota insurrecta o Restauradora, compuesta de las fragatas Amazonas, América y Unión, al mando de Montero. Dirigió este a los jefes de las escuadras extranjeras oficios en que manifestaba su propósito de intimar a la plaza la rendición; mas no le hicieron caso, que era como negar la beligerancia que los revolucionarios solicitaban. Fondearon las fragatas junto a la isla de San Lorenzo, donde mataban el tiempo tirando al blanco; y al fin, desconsoladas, se fueron a las Chinchas.

Corrieron monótonos los días, y el 17 de Agosto entró en el Callao el Marqués de la Victoria, caballero sirviente que fue de la Numancia en el viaje de Montevideo al Puerto del Hambre. No era joven el Marqués, y sus calderas y máquinas se resentían del largo servicio, sin las reparaciones debidas; así es que cojeaba en su lento andar de ocho millas. Pero si flaqueaba de los pies, no así del corazón, y (p.7327) dispuesto se le vio siempre a correr nuevas aventuras, bajo la rienda de su valeroso comandante don Francisco Castellanos.. Salió la escuadra el 31 a efectuar un crucero de instrucción. Convenía navegar para obtener mediana limpieza de los cascos, que en las prolongadas estadías en aguas tropicales se llenaban de broza y escamujo. Trasladó Pareja la Numancia accidentalmente su insignia; la escuadra hizo diferentes evoluciones, probando el andar a la vela de cada buque, y a los cuatro días regresó al Callao, donde a todos esperaban interesantes noticias traídas por el correo. Consecuencia de ellas fue que Pareja, con todas sus naves a excepción de la Numancia y Marqués de la Victoria, saliera para Valparaíso. ¿Qué ocurría, qué determinaciones del Gobierno motivaban la prisa con que se alistaron las fragatas de hélice para marchar a los puertos de la República de Chile?

Camarote de Sacristá.- Han comido juntos Sacristá, Mendaro y Ansúrez, y de sobremesa charlan y trincan.

SACRISTÁ.- Os lo explicaré yo si puedo. Sabéis que en Chile teníamos un embajador, o legado.. no sé cómo esto se llama.. que llevaba veinte años en aquella República, con vida ociosa y divertida. Fácilmente se van haciendo al vivir regalado los diplomáticos, y el nuestro acabó por ser más chileno que español.

MENDARO.- He oído que don Salvador Tavira, que así se llama nuestro Ministro en Santiago, estaba muy agarrado a los cariños chilenos. Si el Gobierno español lo sabía, ¿por qué no lo retiró del empleo y puso en su lugar a otro? Veo que aquí se cargan todas las culpas a la cuenta de los americanos, y esto no es justo. Yo, español, digo y sostengo que los políticos de allá tienen la mayor culpa de esta guerra, por haber mandado acá sus primeros mensajeros con tanta arrogancia, y ahora por el desacierto con que disponen todas las cosas. ¿No están conformes ustedes, españoles a rabiar, con la opinión de este español tranquilo, que quiere vivir en paz con sus hermanos de América? Pues lo siento. He dicho. (Bebe.)

SACRISTÁ.- (con (p.7328) solemnidad.) Dejemos a un lado, amigos míos, esos pareceres de si ha sido prudente o no el mover guerra con estos leoncitos de América. Lo hecho, hecho está, y ya no podemos volvernos atrás. Ese señor Tavira presentó al Gobierno chileno un pliego de quejas, pidiendo satisfacción de los insultos a nuestro Consulado, a nuestra bandera y a nuestra querida soberana doña Isabel II, que Dios guarde. El Gobierno chileno contestó de mala manera, pasándose las reclamaciones de nuestro Gobierno por semejante parte. Ello era una guasa.. Nuestro Ministro, señor Tavira, no admitió las explicaciones.. Pasó tiempo, y un día se levanta el hombre de buen humor, con el mejor humor chileno, ¿y qué hace? Acepta y da por buenas las explicaciones.. Van y vienen correos.. El Gobierno español se llama a engaño, ¿y qué hace? Desaprobar la conducta del Tavira y mandarle a su casa; y para llevar las cosas por derecho, nombra Plenipotenciario al señor Pareja, dándole facultades para reclamar y exigir las satisfacciones, primero por la buena, y si no entran por la buena, por la mala, esto es, a cañonazo limpio. España podrá estar loca; pero de tonta no tiene un pelo. O se le dan satisfacciones de tanto insulto y vejámenes tantos, o sabrá sacar el pecho como corresponde a su nombre glorioso.. He dicho. (Bebe.)

MENDARO.- (tamboreando en la mesa con los dedos, después de beber.) Tan.. taran.. tan. No me meto en si España desenvaina su espada con razón o sin ella. Español trasplantado en América, no entiendo bien estas cosas, y lo que quiero y pido es que la envaine sin deshonor.. El que viene de aquel hemisferio a este, se va dejando en las aguas los puntillos de honra. Cuando uno se establece aquí para ganarse la vida, están muy pasados por agua los orgullos de allá.. y esto debe España tenerlo en cuenta antes de sacar de la vaina el espadón.. Estos países son hijos del nuestro emancipados, harto grandullones ya para vivir arrimados a las faldas de la madre.. y aunque sean algo calaveras, no debe la madre ponerse con ellos demasiado fosca. Son republicanos; han (p.7329) roto con la historia vieja, y se traen ellos su historia. España les dio con su sangre la picazón de las rebeldías.. debe tratarlos con indulgencia, y no reparar tanto en lo que dicen, que de muchachos no debe esperarse mucho comedimiento en la palabra. En fin, este es mi parecer. Tómenlo como quieran. Soy español trasplantado: lo que digo es mi pensamiento natural.. y algo más que me entra por las raíces. (Bebe.)

SACRISTÁ.- Pronto hemos de ver grandes acontecimientos. Las fragatas van a Caldera a tomar carbón, y la Villa de Madrid sigue a marchas forzadas a Valparaíso, donde nuestro General echará su ultimatum, que es dar un plazo para las satisfacciones. Nosotros quedamos aquí en espera de lo que resulte de esta trifulca peruana; pero no creo que durmamos mucho en estas aguas. Suceda lo que quiera, yo digo: «¡Viva Isabel!». (No beben: pensativos, miran al suelo.)

ANSÚREZ.- (después de larga pausa.) Yo tengo mi corazón en América.. Pero con el corazón en América, también digo: ¡viva la Reina! Mi bandera es muy grande. Coge medio mundo, desde España al Pacífico.. ¿Qué me dice el nombre de este mar? Pues que brinde por Mara.. verbigracia, por la paz.

 

Ep-38-XVIII -

El Chorrillo, la pintoresca playa que al Sur del Callao se extiende, era lugar de recreo y descanso para la sociedad limeña. Allí concurrían ricos y semi-ricos, pobres y semi-pobres en busca del trato expansivo y ameno, de la fresca brisa, de la vida placentera, factor principal de la vida saludable. En aquel campo de la ociosidad, donde crecían lozanas la paz, la higiene, la cortesía graciosa y alegre, no podía faltar la planta viciosa y viciada del juego. Formidables timbas actuaban en garitos elegantes, donde la juventud florida y la vejez verde exponían inmensos caudales de oro a la fatalidad del azar. Allí las fortunas improvisadas con la venta y embarque del guano, pasaban en horas al bolsón de los banqueros del envite. Como en aquel tiempo la riqueza principal del Perú procedía de los yacimientos de las Chinchillas, podía decirse que en las mesas (p.7330) de juego del Chorrillo pasaba de unas manos a otras lo que las aves oceánicas habían depositado durante siglos y siglos. Allí dejó cuanto tenía, y hasta las plumas del tricornio, un altísimo personaje de aquel tiempo, culminante figura militar, política y revolucionaria, que ni en las postrimerías de su edad achacosa pudo curarse del funesto vicio. Los años y su jerarquía social dábanle derecho a una sinceridad chistosa. Cuando le agraciaba la suerte, decía: «hoy he ganado yo». Cuando venía la mala: «hoy ha perdido el Perú».

En ocasiones diferentes obtuvo Fenelón permiso de dos o tres días, que se pasaba tranquilamente en el Chorrillo gozando de aquella excitante vida. Vestido con elegancia y hablando francés, mariposeaba en diferentes casas y familias, sin que nadie sospechara que estaba al servicio de la Marina española. Por vanidad tanto como por vicio dejábase caer en la timba, donde era comúnmente desplumado. Un día que le sonrió la fortuna, se fue a Lima, y en la mejor fotografía de la ciudad compró una colección de retratos de mujeres, que era el más variado y sugestivo muestrario de las hermosuras limeñas. Debe advertirse que en Lima las señoras y señoritas gustaban de ostentar públicamente su belleza en las vitrinas de los fotógrafos. Esta liberal costumbre, que debieran imitar las beldades de otros países, no tenía nada de particular. Lo insólito y raro era que los fotógrafos vendiesen al público los retratos de todo el mujerío de la ciudad, y que nadie se ofendiese por esto. Nuestros Oficiales y Guardias marinas, privados del trato y contemplación viva del bello sexo, se consolaban adquiriendo las preciosas imágenes. Algunos hacían entre sí cambalaches de ellas, y a fuerza de contemplarlas y de discutir y comparar los diferentes tipos de belleza, llegaban a darles personalidad y aun a ponerles nombres: María, Carmen, Gracia, Lolita, etc..

Las cartulinas que llevó Fenelón, como escogidas por su buen gusto, eran primorosas. En su esfera jerárquica, que era la de oficiales y cabos de mar, condestables y mayordomos, (p.7331) enseñó la preciosa colección de niñas bonitas, describiéndolas con acertado criterio estético, y agregando indicación de las cualidades morales, virtudes o defectillos de cada una. De este modo, sin declarar que eran sus conquistas, dejábalo entender; y cuando sobre esto se le interrogaba, se hacía el modesto y el delicado, y a sus amigos pedía que no pusieran a prueba su extremada discreción.

De su tercera visita a las timbas del Chorrillo volvió Fenelón con la bolsa limpia como patena; mas del percance se consolaba con su filosofía parda y la gramática del mismo color, asegurando que era rico con la ilusión de un próximo desquite. Días antes de la catástrofe había hecho corta provisión de vino blanco, parecido a Jerez de poco cuerpo, con lo que podría remediarse hasta que vinieran tiempos mejores. Convidó a Sacristá y a Diego a que lo probasen, y estando en ello se dejó caer por allí Binondo, encorvado y tétrico. Antes de que rompiera en místicas declamaciones y en el elogio de los santos, le taparon sus amigos la boca. Invitáronle a probar el vino; defendió con remilgos sus propósitos de abstinencia; al fin cedió a los ruegos insistentes, y copa tras copa, llegó a la cuarta, donde hizo punto con extremado escándalo de su conciencia. Fenelón y Sacristá le tranquilizaron, diciéndole que porque llegase borracho al Cielo, no habrían de recibirle con menos agasajo del que merecía.

Ansúrez bebió doble que Binondo, y cuando estaba en la cuarta copa, le dijo Fenelón poniéndose muy serio y tomando una actitud parlamentaria: «Tengo que comunicarte un suceso de los que deben ser celebrados entre amigos con toda solemnidad.. He querido haceros beber antes de la noticia, para que con lo que después se beba quede la noticia entre dos luces espléndidas.. Veo a todos con la boca abierta, y a Diego con los ojos saltones y cortada la respiración. Lo diré de una vez.. Bebamos a la salud del Oficial de mar y de su ilustre parentela incaica.. Ansúrez, abrázame: ya eres abuelo.. Tu hija..».

-¡Ajo!.. ¿pero es verdad?

-Mara ha (p.7332) dado sucesión a la regia familia de los Chacones.. ¿No te alegras?

-¡Sí me alegro, ajo! -exclamó Ansúrez con llanto y risa que se peleaban en su rostro-. Es que la sorpresa me ha dejado lelo.. Me vuelvo criatura, como si fuera yo nieto de mí mismo. ¿Con que un hijo.. y varón? ¡Jesús, qué lindo será.. y además poeta por parte de padre!.. ¿Y mi hija, está bien? En el trance apretado, se portó como buena española. Me atrevo a sostener que apretó los dientes para no chillar.. ¡Valiente como ella sola! ¡Hija del alma!.. ¿Qué dices a esto, Binondo?

-Digo que no es verdad -replicó el malayo-. Yo lo he soñado de otro modo, al modo triste, que siempre es el más verdadero. Verdaderas son siempre en sueños las visiones del morir; las del nacer no lo son. No creas, Diego, el cuento de este señor, y ten por seguro que no tienes hija, ni tampoco nieto, porque antes que ella pudiera dar el ser al ser del chiquitín, ambos seres dejaron de ser.

Montó en cólera el buen celtíbero al oír esta disparatada sutileza, y sin poder reprimirse cerró el puño y alzó el brazo con tal violencia y furia, que si los amigos no atajaran el movimiento, aplastado quedaría el cráneo de Binondo. «Repórtate -dijo este-; sé buen cristiano, Diego; aprende la humildad, la resignación, y hazte más amigo de la tristeza que de la alegría, más del padecer que del gozar».

-Cállate, fealdad; vete con tus músicas negras a otra parte -gritó Diego-, y déjanos a los que consolamos nuestras almas con algún rayito de alegría que Dios manda.. En fin, no quiero incomodarme.. hoy es día de paz, de bailar de gusto y de echar la casa por la ventana. Venga otra copa. Bebe a mi salud, José, y que Dios te conceda pronto la muerte que deseas.

Bebió Binondo, limpiándose con la mano la boca en toda su longitud monstruosa; dijo amén, y agarrándose a los mamparos salió con la lentitud que le imponía su dolencia cardiaca. Apenas desapareció el malayo, Ansúrez, que no cabía en sí de gozo, pidió a Fenelón pormenores del fausto suceso. Díjole el francés que la noticia era tan cierta, por ejemplo, como la luz del sol; que el (p.7333) alumbramiento había sido felicísimo; que el chiquillo era una preciosidad, la madre un portento, y que doña Celia y don Belisario estaban a punto de enloquecer de júbilo.

Para que Diego se persuadiera de la verdad del caso, y se disiparan las últimas sombras de su duda, aseguró Fenelón que le presentaría dentro de poco una prueba documental irrecusable. ¿Qué prueba, Señor? Pues.. Belisario había compuesto una larga y sonora poesía, titulada Al nacimiento de mi primer hijo. Imprimiéndola estaban en Jauja, pues en el Cerro del Pasco no había buenas imprentas. Con la poesía del feliz padre recibiría Fenelón otras muchas en variados metros y estrofas, escritas por los poetas y poetisas de aquella localidad y sus contornos, y dedicadas al venturoso natalicio del nene de Chacón. ¡Extraño y nunca visto caso! Los versos, hijos de la fantasía, venían en auxilio de la razón, y daban testimonio y fianza del hecho real. Los tres amigos alzaron de nuevo las copas; Sacristá puso su mano cariñosa en el hombro de Ansúrez, y en su oído estas nobles palabras: «Lo que tú dices: nuestras bocas gritan guerra, y nuestros corazones gritan paz».

En esto llegó al camarote el Capellán don José Moiron, y antes de tomar la copa que le ofrecían, desembuchó estas graves noticias: «Ya hemos declarado a Chile la guerra.. Ya la revolución del Perú está en camino del triunfo». Queriendo poner un comentario a la primera de estas interesantes nuevas, el buen castrense, modoso y encogidito como un Capellán de monjas, echó de su boca esta exclamación pagana: «Séanos propicio el Dios de las batallas». Y Ansúrez, comentando la segunda noticia, dijo: «Pues si como hay Dios de las batallas, hay Dios de las revoluciones, no le arriendo la ganancia al Presidente Pezet».

El caso era que no habiendo podido obtener del Gobierno chileno las satisfacciones pedidas en el ultimatum, Pareja declaró que las pediría con el lenguaje de las armas. Metiéronse por medio los diplomáticos, buscando arreglo; pero la obstinación de los chilenos cerró el (p.7334) camino a toda solución pacífica. El primer acto militar de Pareja fue disponer el bloqueo de los puertos de Chile. A los buques de banderas neutrales se les concedía plazo de diez días para que salieran cargados o en lastre de los puertos de la República. Las fragatas Villa de Madrid, Resolución y la goleta Vencedora, sostenían el bloqueo en Valparaíso; la Berenguela en Coquimbo, y la Blanca en Caldera. Apresaron cuantos buques chilenos andaban por aquellas aguas, casi todos de cabotaje, pues el comercio de altura se hacía principalmente en buques extranjeros.

Llegaron estas noticias por el correo del Sur, y con ellas innumerables periódicos que ponían a los españoles cual no digan dueñas. Con la prosa furibunda se mezclaban los versos: las musas que en aquellos países florecen reventaban de tanto soplar la bélica trompa. Todo esto era muy natural, y nuestro Almirante y Plenipotenciario no debió incomodarse por tal efervescencia del patriotismo y de la versificación, cosas ambas que compiten en lozanía con la flora americana.

«Señores -dijo Ansúrez, en cuyo ser celtíbero resplandecía la equidad-, yo pienso, con perdón, que el señor Pareja no estuvo discreto al mandar a los chilenos el memorial de agravios el mismo día en que celebraban el aniversario de su independencia. Señores, cada país tiene sus cariños y sus memorias alegres o tristes de sucesos pasados. El Jefe de Escuadra.. lo digo con todo respeto, en cuanto oyó ruidillo de cohetes y escandalera de patriotismo, debió echarse mar afuera con todos sus barcos, y cruzar un par de días, para volver luego cuando estuvieran ya roncas y cansadas las voces patrioteras.. Y entonces era la ocasión de decirles: 'Ea, caballeros, ya ven que les he dejado desahogar los corazones. Ahora vamos a tratar de nuestro asunto, poniéndolo en los términos de la razón'. Y esto y lo otro, y vengan explicaciones, y vaya indulgencia para pedirlas, sin exigir demasiado, con cierto tira y afloja, como hace la madre cariñosa que reprende al hijo calavera, sin olvidar nunca que (p.7335) es madre.. Esto me parece a mí que debió hacer nuestro General; y si es disparate, no hagan caso.. que yo no soy quién para tratar de estas cosas; pero digo todo lo que me sale del cacumen de mi sentido natural..».

Ni Sacristá ni el Cura apreciaron en lo que valía esta opinión sesuda, que sólo fue apoyada por el francés maquinista. Ello es que los españoles necesitaban de una fuerza grande de virtud para no dejarse inflamar por el rencoroso fuego que contra ellos enviaban los americanos. El correo del Sur traía, con las noticias de la declaración de guerra y el fárrago de versos patrióticos, un clamor inmenso y unánime que pedía la coalición del Perú y Chile contra el maldito godo; clamor que más bien iba buscando el convencimiento fácil del partido revolucionario que el del Gobierno del Presidente Pezet. Casi juntamente con las noticias del furor chileno, llegó a bordo de la Numancia la del desembarco de cinco mil insurrectos en Pisco, al mando del Vicepresidente y General Canseco, y del Coronel Prado. Se situaron en Paracas, disponiéndose a marchar sobre Lima, distante cuarenta leguas. Pronto se supo que Pezet reunía un ejército de diez mil hombres, y salía de la capital y tomaba posiciones en los llanos de Lurín. Arrojados quedaban ya los dados.

Mala la hubisteis, españoles, con aquellas trifulcas de vuestros parientes americanos, y malísima la hubo también el bonísimo Ansúrez, que apenas acarició las dulces esperanzas de comunicarse con su hija, viose nuevamente defraudado y a punto de volverse loco, porque el Comandante no permitía bajar a tierra, temeroso de conflictos y choques, provocados por la turbamulta de Lima y el Callao. Valiéndose de los rancheros y de su amigo Mendaro, envió Diego a tierra una carta que debía confiarse a los buenos oficios del señor Canterac, para quien dio el maquinista una esquela de recomendación. Pero la epístola volvió a bordo con el recado triste de que el señor Canterac no estaba en Lima: había ido al bateo del herederito de los Chacones, y se ignoraba cuándo volvería.

Y ya (p.7336) tenemos otra vez a nuestro buen amigo dedicado a la imitación santa del Patriarca Job, de quien se creía discípulo en paciencia, aunque casi casi iba ya para maestro. Sirviole de solaz y consuelo en aquellos tristes días la mediana carga de versos que le dio Fenelón, y fue remitida por una amiga de este. Era el Florilegio del Natalicio, y en él figuraba como pieza mayor la composición de Belisario, en silva; seguían innumerables octavas, décimas, quintillas, romances, cantatas y otras formas de poesía, que ensalzaban con entusiasmo ardiente el familiar suceso, subiéndolo hasta las mismas barbas de la Historia. Aunque Ansúrez no entendía ni palotada de poesía, ni en su vida las había visto más gordas, todo lo leyó y releyó sin perder sílaba, gozando en la frase sutil, en el número y cadencia, en el sonsonete de las rimas. La exuberancia de los ripios, a gloria le supo. Admiraba los privilegiados caletres que daban de sí tan bellos pensamientos, y los reducían a un lenguaje que era sin duda el idioma vulgar de los serafines. Los renglones largos y cortos de Belisario, en combinación musical, le sonaban como una orquesta que imitara el rumor de la marejada, los golpetazos de la hélice y las caricias de un Nordeste frescachón. Los otros versos también eran bonitos. ¡Qué comparaciones, qué galanas frases y qué melindres cariñosos!.. ¡Y qué cosas le decían a la hermosa Mara! ¡Ajo, vaya una lluvia de flores!.. La perla española.., la flor de Castilla.., la paloma emigrante, que en alas del amor.. En fin, que había hecho su nido a la sombra de los Andes.

 

Ep-38-XIX -

Las revoluciones americanas se parecían a las nuestras como una castaña nueva a una castaña pilonga. Sus incidentes y desarrollo, su desenlace infeliz o venturoso, eran casi siempre los mismos; sus héroes, ya coronados del éxito, ya hundidos en la derrota, llevaban en su conducta y lenguaje los propios caracteres. Resulta, pues, para nosotros el relato de la revolución peruana en 1865 como un amaneramiento histórico.. Clío se ve obligada a contar, con formas (p.7337) gastadísimas, sucesos ya conocidos por su lamentable repetición. Será preciso referir con trazo nervioso y rápido los acontecimientos que arrojaron de la Presidencia al General Pezet, para poner en su lugar al General Canseco. Fuera de la escaramuza naval en aguas de Pisco, la revolución no presentó ninguna originalidad, ni dejó de amoldarse a los precedentes que para uso de los pueblos ibéricos archiva la Historia de esta Península.

Mientras los dos caudillos se iban acercando con parsimonia, y alzaban las cortadoras espadas queriendo renovar la pelea entre don Quijote y el Vizcaíno, los pueblos se amotinaban aprovechando la debilidad de las guarniciones y el desequilibrio de aquellas autoridades tambaleantes, que tenían un pie en la legalidad y pie y medio en la rebeldía. La República chilena, interesada en celebrar con el Perú pacto de odio contra España, atizaba candela en favor de Canseco, y valiéndose de hábiles agentes, laboraba en la capital y en su puerto, así como en las ciudades del Norte. Lima era un campo de continuos desórdenes, y en el Callao saltó un motín seguido de saqueo, que fue la página más movida de aquel drama de escaso interés.

En esto, el bueno de Pezet y el arrogante Canseco renunciaban a toda semejanza con don Quijote y el Vizcaíno; y poniendo hielo en la furia de sus primeras amenazas, envainaron los aceros. No tiene explicación la conducta de Pezet, que, dueño de excelentes posiciones, primero en Lurín, después en Bella Vista, dio media vuelta a la izquierda y acudió a embarcarse en una corbeta inglesa. En tanto, Canseco daba media vuelta a la derecha y caía sobre Lima, donde hubo de luchar con dos militares tercos que sabían su obligación: era uno el Ministro Gómez Sánchez, y otro el Coronel Sevilla. Pero, al fin, la fuerza y el número imperaron. Quedó Canseco dueño de Lima, con el nombre de libertador, entre el delirio y espasmos patrióticos de la muchedumbre; y para completar el amaneramiento del desenlace, siguieron las fiestas, los escándalos, las libaciones y atropellos, que en esta (p.7338) clase de cambios políticos suelen ser el fin de las alegrías y el comienzo de las dificultades.

Desde la Numancia pudieron los españoles echar un vistazo fugaz a la revolución, que por sí y por sus hechos interiores sólo debía moverles a curiosidad. Por sus consecuencias internacionales les movía quizás a mayores inquietudes. La situación a bordo era de incertidumbre y zozobra. Gran número de familias se habían refugiado en barcos mercantes españoles. Con estos se comunicó Méndez Núñez, ofreciendo a los prófugos amparo más seguro si fuera menester. La hostilidad entre la plaza y la fragata era cada día y a cada hora más ostensible. De tierra venía un aire de cólera que daba en el rostro a los tripulantes de la fragata. Habrían sido rostros de mármol si no respondieran a las demostraciones airadas con fruncimiento de cejas por lo menos. Cada cual tiene su alma en su almario.

Una profecía de Fenelón, hecha por aquellos días en círculo de camaradas, daba la medida de su mundología y agudeza. Dijo el hispano-francés que una vez exaltado Canseco a la Presidencia, se había de ver entre la espada y la pared, entre la realidad del gobierno y los compromisos que había contraído para encender y arrastrar a las muchedumbres. El revolucionario tenía que darse de cachetes con el hombre de Estado, porque aquel lanzó a la populachería la idea de anular el arreglo con España, calificándolo de ignominioso, y este se veía forzado, por ley de conservación, a librar a su país de los azares y quebrantos de la guerra. Así sucedió, en efecto: Canseco inauguró su presidencia con ejercicios de consumado equilibrista en la cuerda floja. Había predicado la guerra. ¿Cómo predicar ahora la paz? Largos días emplearon en negociaciones el Ministro de Estado y nuestro Representante, señor Albistur, repitiendo los equilibrios del Presidente. Este inventaba fórmulas, obras maestras de pastelería.. Pero no hubo manera de oponerse a la efervescencia popular, atizada por los agentes chilenos, de prodigiosa actividad y travesura. Tanto empujó la (p.7339) ola del partido belicoso, formado casi exclusivamente de militares, que al fin Canseco hubo de comprender cuán expuesta es a quebrantos la pastelería política, y obligado se vio a resignar el mando y Presidencia. En su lugar, los revolucionarios, asistidos de los agentes chilenos, elevaron al Poder supremo al Coronel Prado, con el nombre de Dictador. El nombre no más tenía y la estampa corpórea, que la verdadera cabeza dictatorial era Gálvez, hombre impetuoso y sugestivo, que con la brillantez de sus ideas y la exaltación de su antiespañolismo circunstancial, se llevaba consigo a toda la juventud peruana.

Desvanecidas con la dictadura las esperanzas de concordia, la situación de la Numancia era bastante crítica. En aguas del Callao la retenía el cuidado de nuestros compatriotas, guarecidos en barcos mercantes, el acopio de provisiones para sí y para los demás buques, y la observación de los movimientos y planes del pueblo, que ya se mostraba como resuelto enemigo. Evidente era ya que el Callao quería fortificarse. A los oídos españoles llegaban los proyectos de baterías formidables, de cañones potentes.. Más que estas amenazas, ofendían a los españoles las demostraciones de hostilidad negativa. Los peruanos no querían dar víveres, regateaban el agua.. La incertidumbre y el recelo entristecían la vida de todos los tripulantes. Se doblaron las guardias; se extremó la vigilancia; se temía, no sin fundamento, el acecho de las naves americanas. Lanzadas las imaginaciones al campo de las conjeturas, se hablaba de unos artificios llamados torpedos, imitación del pez de este nombre, que, dirigidos sin ruido a larga distancia, explotaban dentro del agua y podrían destruir traidoramente el barco más poderoso. Por esto, y por creer que era conveniente acudir a reforzar el bloqueo de los puertos de Chile, la Numancia levó anclas el 5 de Diciembre y puso proa al Sur, llevando a remolque a su galán Marqués de la Victoria, que dolorido de los pies y quebrantado de las coyunturas, no podía dar un paso. Delante salieron, cargados de (p.7340) carbón y provisiones, los dos transportes Vasconga y Valenzuela. ¡Adiós, Callao; adiós, Lima hermosa; adiós, ingratas limeñas! Un hado maligno y burlón nos hizo enemigos. Maldito sea.

Navegó hacia Chile la fragata con mar bellísima y sosiego delicioso del viento. El Pacífico parecía inmenso lago, o un estanque sin fin; la atmósfera, limpia y transparente, permitía contemplar la majestad de los Andes. Tanta serenidad contrastaba con la expectación de los navegantes, que por secreteo misterioso del alma presagiaban alguna desdicha escondida en el fondo de aquella mansedumbre soberana del cielo y la mar. Seis días duró el navegar calmoso, con placidez acompasada y rítmica, marcada por las vueltas de la hélice.

Dos hombres no más había en la fragata que, recogidos en su vida interior, se aislaban de las preocupaciones comunes a toda la tripulación. Eran Binondo y Ansúrez. El primero, bajo la acción deprimente de sus achaques, e incapaz de todo trabajo corporal, zambullía su espíritu en la lectura, y ya llevaba medio devorada, aunque no digerida, la biblioteca del Capellán, compuesta de dos o tres docenas de libros. Después de consagrar dos horas al Año Cristiano, picaba en el Sermonario y en un tratado de Teología; por fin, le metía el diente al Genio del Cristianismo, al Perfume de Roma, a las Ruinas de mi Convento, y a otros volúmenes tan entretenidos como piadosos.. El continuo leer y el meditar en lo que leía, le iba poniendo en comunicación familiar con lo infinito, y su cara plana y cadavérica revelaba un desprendimiento gradual de las cosas terrenas. La vida interior de Ansúrez era de un orden muy distinto y puramente imaginativa. Su pasión paternal, llevada al último grado de exaltación por el nacimiento del nietecillo, de que daban testimonio los retumbantes versos, tomaba en la soledad formas de delirio, y a sí propio se engañaba, construyéndose interiormente un simulacro de la realidad. Era la imitación a veces tan perfecta, que Ansúrez no dudaba de la autenticidad de lo soñado. Sin desatender a sus (p.7341) obligaciones, entregábase el hombre a una solitaria labor de vida imaginada, trajín muy propio de mareantes, apartados del mundo en largas travesías.

Desde que supo la existencia del pequeñuelo, en él puso el celtíbero todos los ardimientos de su corazón, tan dispuesto al amor de familia. Su familia era Mara; mas un destino cruel le vedaba su presencia. El amor conyugal y los afectos de su nueva parentela la retenían como prisionera en regiones distantes. Del chiquillo, en cambio, pensaba Ansúrez que le pertenecía más que la madre. Viéndole con el poderoso cristal de su imaginación, llegó a construir caprichosamente sus lindas facciones, su angélica sonrisa y sus donosas travesuras. Por misteriosa ley divina, aquel niño amaba a su abuelo más que a sus padres: con esto se creía compensado de tantas fatigas y tristezas. Así, cuando se aproximaba al puerto de Caldera, ya llevaba Diego varias noches con el niño a su lado, y aun de día imaginaba intensamente la presencia de la criatura llevándola en brazos de un lado para otro. Si se pudiera dar forma visible a tan extraordinaria ficción de la realidad, resultaría el buen Ansúrez la perfecta imagen de San José, suprimida la vara de azucenas y cambiado el traje bíblico por el uniforme de diario de un Contramaestre.

Y en este imaginar ardoroso, Ansúrez no hacía caso del tiempo, ni lo tenía en cuenta para nada. El día anterior había llevado en sus brazos al nieto, figurándoselo en una edad como de año y medio, ya destetado, avispadillo y juguetón. Pues bastó un lapso de veinticuatro horas para que lo tuviera consigo en edad de más de tres años, con gorrita de marinero, ya muy parlanchín, sin dar paz a su media lengua deliciosa. ¿Dormía el hombre?, ¿soñaba despierto? Esto era lo más aproximado a la verdad. Ignorante del nombre que pusieran al chiquillo, él se había permitido dárselo a su gusto. Llamose, pues, Carmelo, como traído al mundo bajo la protección de la Virgen del Carmen. El delirio del Contramaestre llegó a suponer que su hija le enviaba el chiquillo con estas (p.7342) cariñosas expresiones trazadas en una carta: «Ahí lo tienes, padre; llévatelo, para que navegando te entretengas con él». Nada más decía; pero era bastante.

En brazos lo cogía, y su primer cuidado era enseñarle la soberbia embarcación: le mostraba todo, como le mostraría un fabuloso y complicado juguete que acababa de comprarle. «Vamos, hijo, por aquí, y verás qué bonito es esto. Te gustará mucho. Pues todo es para ti, para que juegues, para que juguemos los dos y nos divirtamos mucho.. Vamos.. pasemos bajo el puente.. Esto es el Alcázar.. Entremos por esta puerta. ¿Ves qué bonita cámara?.. Aquí viven los principales del barco.. Entremos más: allí está el camarote del Comandante, que se llama don Casto.. No podemos pasar: el Comandante nos reñiría.. a ti no, a mí sí.. porque aunque nos quiere mucho, por encima de su cariño está la ordenanza. Salgamos ya.. Vamos.. Por esta escala bajaremos a la batería.. ¿Ves qué preciosa es la batería? Mira cuántos cañones: aquí uno, y siguen otro y otro, asomados a las portas para ver la mar y los peces.. Estos cañoncitos los dispararás tú cuando quieras.. Mi niño no se asustará del ruido. Vamos hacia proa.. ¿Qué te parecen estas cadenitas? Son las de las anclas.. Puedes echar y recoger el ancla cuando quieras.. Vamos ahora a ver la máquina. Nos asomaremos por aquel agujero.. Verás, verás qué cosa tan bonita. Mira cómo relucen las piezas de acero, y cómo suben y bajan aquellos vástagos, y qué ruido hace todo, como si estuvieran aquí dando patadas contra la quilla cuatrocientos mil caballos de tierra o de mar. Aunque sé que no te dará miedo bajar a la máquina, no bajaremos, porque nos pondríamos perdidos.. Sigamos.. allí tienes, a popa, el comedor de Oficiales.. Vámonos ahora al otro sollado.. Por esta escalera bajaremos.. Ya estamos abajo. Allí.. a proa tienes nuestro dormitorio; más allá tenemos un pañol, donde guardamos nuestra comidita. Aquí, a los costados de babor y estribor, duerme la tropa.. se arman y se desarman las camas.. Sigamos: comedor de maquinistas.. y a popa (p.7343) dormitorio de oficiales.. Bajemos ahora al otro sollado, que tú no tienes miedo.. Está un poquito obscuro.. Detrás de este mamparo ¿qué hay?, las carboneras.. Aquí tienes la enfermería de guerra.. Esto que pisamos es la cubierta de los aljibes.. más allá, despensa, pañoles.. ¿Quieres que bajemos más? Pues vamos, que el nene no se asusta, y quiere verlo todo.. Ea, ya estamos en lo más profundo.. Por aquí, por aquí.. Estamos ahora en el pañol de la pólvora, que llamamos Santa Bárbara.. Hacia aquel lado, cartuchos, balas.. Aquí podrás jugar todo lo que quieras, y pegar fuego a la Santa Bárbara.. con lo que brincaremos todos hasta el cielo.. Ea, volvamos arriba, que aquí hace calor.. ¡Arriba, upa!.. Ya estamos otra vez sobre cubierta.. ¡ajajá! ¡Qué hermoso el cielo.. qué soberbia la embarcación! Allí tienes a nuestro amigo Sacristá, que nos mira y se ríe.. ¡Ah, pillo!, ya iremos a tirarte de una oreja.. Vaya, niño mío, ¿quieres que te suba a la cofa de trinquete? ¿No te asustarás?.. Pues si te atreves, subamos. Conmigo vas tan seguro como si el mismo San José te llevara. Arriba por la escala del obenque.. Ajajá.. Ya estamos arriba. De aquí sí que se ve bien tu juguete y la mar.. ¿Ves qué grande, qué grande? ¿Qué te parece este sin fin de cabos y la largura de las vergas? Puedes desde aquí jugar todo lo que quieras, y largar y aferrar las gavias y juanetes a tu satisfacción.. Mira para el otro lado, niño mío.. Allí tienes los Andes.. ¿Verdad que son altísimos?.. Algunos montes de esos son volcanes.. y tienen dentro mares de fuego.. Yo te llevaría con gusto hasta el pico más alto para que vieras toda la América de la otra banda, y los ríos que llevan sus aguas al Paraná y al Uruguay y al Plata.. Todo eso es España, otra España, ¿te vas enterando?.. Háblale, salúdala con tu manecita, y con tu media lengua dile que la quieres mucho, que estás aquí con tu abuelito, y que también tu abuelito la quiere.. Bueno: pues ahora mira para el cielo, niño querido. ¿Ves esa nube que tapa el sol? No es nube: es una inmensa bandada de pájaros. Míralos bien, verás que son miles (p.7344) de miles de aves. Vienen de alta mar, donde han comido peces, y ahora se retiran a las peñas de tierra.. Se llaman piqueros, sarcillos, gaviotas, alcatraces.. Traen en sus estómagos mucho dinero, pues el guano lo es.. es oro y plata.. Mira, mira cómo la bandada, al aproximarse a tierra, se divide en escuadrones, en compañías.. Cada familia se va a su casa, y cada pareja busca su nido.. Ea, bajemos, que hace ya demasiado fresco..». Terminada esta visión, empezaba otra; y a medida que las iba produciendo, el celtíbero celebraba con sonrisa del alma sus propios disparates.

 

Ep-38-XX -

Al aproximarse a la ensenada de Caldera, Méndez Núñez, en el puente con el Oficial de derrota, reconoció con su anteojo las fragatas Villa de Madrid y Berenguela; luego vio los mástiles de los mercantones apresados.. No le sorprendió encontrar la Berenguela, que había relevado a la Blanca en el bloqueo de aquella zona; pero sí ver a la Villa de Madrid, y aún fue mayor su sorpresa cuando advirtió que esta no arbolaba la insignia de Jefe de Escuadra, y en cambio, en la Berenguela flameaba el gallardetón de Capitán de Navío. ¿Qué había ocurrido? Diferentes conjeturas pasaron rápidas por la mente del Comandante de la Numancia, y las visiones de desdichas se sucedieron con la fecundidad pesimista de nuestra imaginación, que a veces las exagera y abulta con la idea de que resulte menos fuerte la desdicha real, al ser conocida.. Pronto saldría de dudas.. Era don Casto Méndez Núñez de estatura mediana tirando a corta, recio y bien plantado. Sobre su rostro moreno vagaba siempre, en ocasiones ordinarias, un mirar dulce y una vaga sonrisa. Su voluntad de hierro no era de las que tienen por muestra al exterior un entrecejo duro, ni su voz, robustecida en las conversaciones con el viento y la mar, llegó a perder las blandas inflexiones gallegas.. Quedó, como se ha dicho, con el alma suspensa de un enigma cuya solución esperaba, y la atención presa en los topes de las dos fragatas. Los de la una, por arbolar insignia, algo le decían; los de la otra, por no (p.7345) tenerla, le decían más.

El Segundo, don Juan Bautista Antequera, ocupaba su puesto a proa, atento a la maniobra de dar fondo. Saludó la fragata con siete cañonazos la insignia de Capitán de Navío; contestó la Berenguela; y apenas disipado en vagos jirones el humo, se vio desde el puente que del buque insignia venía un bote hacia la Numancia. Echose a la cara Méndez Núñez los anteojos, y al ver que el bote traía la visita del Capitán de Navío, don Manuel de la Pezuela, su asombro fue extraordinario. Con toda su curiosidad y todo su asombro a cuestas, Méndez Núñez bajó al portalón para recibir al visitante.. La clave del estupor de don Casto nos la da un hecho, de estos que sin estar consignados en los libros de Historia, a ella pertenecen por el tributo que la vida particular paga a la vida pública cuando menos se piensa. Antes de que la Numancia saliera de Tolón, era su Comandante Pezuela, amigo y protegido del Ministro de Marina, General Armero. Lista la fragata blindada para prestar servicio, y destinada a la campaña del Pacífico, elegido fue inopinadamente don Casto Méndez Núñez para mandarla y conducirla en tan larga navegación, nunca intentada por naves de tal porte y pesadumbre. Las razones que tuvo el Ministro para este nombramiento no debían deprimir a Pezuela, que gozaba de buen crédito como navegante y militar; pero le amargaron enormemente. Debemos considerar que el enojo de Pezuela se fundaba en un noble sentimiento, la emulación, alma de los cuerpos armados de estructura aristocrática.

El caso fue que desde el día en que la Numancia cambió, como si dijéramos, de galán o de novio, Pezuela y Méndez Núñez no volvieron a dirigirse la palabra. Al primero se le dio el mando de la Berenguela, novia que ni por su edad ni por su belleza podía competir con la que le quitaron en Tolón, y fue al Pacífico en la escuadra de Pareja; el segundo emprendió después su viaje de leyenda con la niña bonita. Cuando esta llegó al Callao victoriosa, desmintiendo los augurios pesimistas de (p.7346) los técnicos, los dos rivales no cambiaron ninguna demostración de amistad en todo el tiempo que permanecieron en aguas peruanas. Si Pezuela visitó en la Numancia al segundo de esta, don Juan Antequera, fue en ocasión de estar en tierra Méndez Núñez pagando la visita oficial.. Por la feliz realización del viaje, ascendió Méndez Núñez a Brigadier de la Armada; Pezuela seguía en su empleo de Capitán de Navío.. Todo esto que brevemente aquí se cuenta, pesó en la mente de don Casto cuando hacia el portalón bajaba. Era hombre tímido, y la situación que se le presentaba después del largo eclipse de amistad con Pezuela, le ponía nervioso y cohibido. Viéndole subir por la escala, pensó que su rival despejaría el nublado con breves palabras. Así fue.

«Mi General -dijo Pezuela con grave cortesía, estrechando la mano de Méndez Núñez-, vengo a saludarle y a resignar en usted el mando de la escuadra que accidentalmente he tomado, y que a usted por su graduación corresponde. Ha muerto Pareja..».

A la interrogación de pena y asombro, expresada por don Casto con la mirada y el gesto, más que con la palabra, contestó así Pezuela: «Tengo mucho que contarle, mi General. Por de pronto, acepte usted para esta empresa, que se nos presenta obscura y difícil, la cooperación de todos mis compañeros y la mía particularmente. Estamos a tres mil leguas de España, con su honor y su bandera entre las manos.. Miremos tan sólo a sacar avante estos grandes intereses, y olvidemos todo lo demás..». Con estas caballerescas expresiones, puso Pezuela a los pies de Méndez Núñez todos sus piques y agravios; lo mismo hizo el otro. Se abrazaron como buenos compañeros que en aquel instante se veían más que nunca subyugados por la religión del deber, y dirigiéronse a la cámara. Antes de llegar a ella, la impaciente curiosidad de Méndez Núñez iba soltando interrogaciones ansiosas. «Se ha pegado un tiro», dijo Pezuela ya dentro de la cámara; y lo decía con cierta sequedad, como si más que lástima sintiera desdén del pobre suicida, General Pareja.. (p.7347) Sin dejar espacio al asombro de don Casto, soltó la segunda parte de la trágica noticia, que más bien debía ser primera: «Hemos tenido una desgracia.. Nos han apresado la Covadonga».

Solos en la cámara, hablaron de las causas del suicidio del General, que habían de ser algo más que la pérdida de la goleta. «Yo me lo explico o quiero explicármelo -dijo Pezuela-, por la depresión de su ánimo ante el mal cariz de la campaña. El bloqueo nos resulta un fracaso. Los Comandantes de las escuadras extranjeras no cesan de ponernos mil obstáculos; nadie nos ayuda; nadie nos da una noticia, como no sea mala. Vivimos en el mayor aislamiento, rodeados del odio de todo el género humano. Hasta se ha dado el caso, aquí, en este mismo puerto, de entrar una fragata inglesa, y pasar junto a la Blanca sin hacer saludo. Luego saltó a tierra su Comandante sin pedir permiso a Topete, y a los dos días volvió a bordo, trayendo a un personaje chileno: era el Intendente del departamento. Empavesó la fragata para recibirlo, le saludaron con hurras, y le hicieron extremados honores. Que le cuente a usted Topete el berrinche que esto le costó y las ganas que le quedaron de cañonear al inglés.. No sabía qué hacer. ¿Quién podía prever un caso tal de descortesía, más bien de burla?.. Presumo yo que Pareja se sentía hundido bajo el peso de su responsabilidad por haber propuesto al Gobierno las actitudes belicosas a todo trance.. Exageró quizás la debilidad de Tavira. Hizo creer al Gobierno en una victoria fácil.. no sé, no sé».

-¿Y últimamente, qué instrucciones recibió Pareja de Madrid?

-¿Lo sabemos acaso? Yo presumo que después de recibir órdenes para llevar la cuestión por la tremenda, han venido órdenes de templanza y transacción. ¡Vaya usted a saber..! Habíamos acusado a Tavira de traidor y desleal, y Tavira enseñaba una carta de Narváez, en que este le decía: «No haga usted caso del Gobierno, y negocie la paz». Esto es inicuo.. Nos mandan al cabo del mundo, como si el venir acá y emprender una guerra es estas latitudes fuera (p.7348) cosa de juego.. y todo ello sin criterio fijo.. ¿Saben allí dónde estamos, y el modo de ser de estas repúblicas? Y verá usted cómo nos faltan recursos cuando sean más necesarios, y cómo nos veremos el mejor día sin una galleta, sin un quintal de carbón y sin un real.

Luego contó Pezuela el triste caso de la Covadonga. Carecía esta goleta en absoluto de poder militar y de agilidad marinera.. Cojeaba de la hélice; asma padecía en sus calderas; manca estaba la tripulación, y el arma que llevaba (dos cañones en colisa) no servía más que para matar pájaros.. Mandar estos inválidos a una guerra lejana, era un verdadero crimen.. En Coquimbo estaba la pobre veterana, con pata de palo y ambos brazos en cabestrillo.. Servía para llevar y traer recados.. La infeliz navegaba por mares enemigos, y a la vuelta de cada esquina o de cada cabo, acechábanla embarcaciones de más poder.. En Coquimbo mismo entró a su bordo la traición con pretexto de pedir informe referente a una presa norte americana.. Los extranjeros, llamándose neutrales, ayudaban con ardor a los chilenos, haciéndoles el servicio de espías. Los españoles no tenían espionaje, ni podían tenerlo como no acudieran a las aves o a los peces..

Partió la pobre Covadonga de Coquimbo para Valparaíso, cumpliendo órdenes de Pareja, que ya estaba con el alma en un hilo recelando el mal fin de la pobre mensajera.. El domingo 26 de Noviembre pasaba la goleta frente a un puerto llamado El Papudo: amaneció con neblina; del seno de esta salió como fantasma una corbeta, que izó bandera inglesa.. No se dio por engañada la Covadonga, y preparo sus inútiles armas y avivó su andar premioso, renqueando por aquellos mares de Dios, más bien del diablo.. Navegaba la corbeta de vuelta encontrada por estribor.. Cuando se halló a popa, orzó rápidamente y descargó su andanada sobre la goleta.. En seguida izó el pabellón chileno. La goleta no tenía defensa.. El combate no podía ser brillante por ninguna de las partes; mas por la parte española, que era la suma debilidad, resultó de un heroísmo obscuro. La (p.7349) impotencia hizo más de lo que humanamente podía. Los hombres se multiplicaron para defenderse y para dejarse morir. Los de la Esmeralda podían dividirse, pues su barco valía por diez del nuestro.

Descansado fue para los chilenos el apresamiento de la Covadonga, después de matar y herir a muchos de sus tripulantes. Cogida la nave inválida, a remolque la llevaron al Papudo con algazara triunfal. El Comandante Fery había sucumbido por falta de medios materiales que dieran a su entereza la debida eficacia. Con mal sino fue a la guerra: le tocó la china de tener que combatir con hombres bien armados, y para esto no llevaba más que una caña y armadura de papel.. Los prisioneros fueron llevados a tierra e internados hasta Santiago, donde se les trató con rigor y crueldades que no merecía su glorioso vencimiento.

A una interrogación inquieta de Méndez Núñez, contestó Pezuela que el Jefe de Escuadra no había tenido conocimiento del desastre de la Covadonga hasta que fue a notificárselo el Cónsul americano Nicholson, que, dándoselas de amigo de España, favorecía con toda clase de manejos y soplos la causa chilena. Y añadió el Comandante de la Berenguela: «Ya he dicho a usted que estamos aquí en un aislamiento horrible.. No tenemos la simpatía de ninguna nación.. Nadie nos ayuda, nadie da calor a nuestra causa, como no sea un grupo de españoles fanáticos, unidos a unos cuantos franceses mercachifles, que no sabemos qué fines se traen ni a qué móviles obedecen..».

-Estamos bien -dijo don Casto triste y ceñudo-, y en estas condiciones bloquee usted con cinco barcos un frente de mil quinientas millas.. En Madrid no tienen idea de lo que es esto. Comprendo la desesperación del pobre Pareja.. Sin base de operaciones, teniendo que llevar a cuestas la comida y el carbón, estamos a nueve mil millas de la patria. ¿Dónde podríamos reparar una avería de importancia? En el cementerio, como dijo el General Álvarez; en el mar.. Eso sí: por cementerio no podremos llorar, que el que aquí tenemos es bastante (p.7350) ancho.

En este punto del coloquio, llegaron don Claudio Alvargonzález y don Miguel Lobo, Comandante y Mayor General de la Villa de Madrid, y hablando todos de los graves sucesos, no añadieron nueva luz a las causas del suicidio de Pareja. Resultaba como causa única y bastante poderosa la convicción del fracaso de su política en el Pacífico. Se sentía responsable de haber llevado las cosas al camino escabroso por donde iban a la sazón. Contaron asimismo los jefes de la Villa de Madrid que después de la visita de Nicholson, observaron en el General Pareja una tranquilidad melancólica, que en otra persona no podía ser alarmante; en un militar, si lo era. Hablando con Lobo, le preguntó con flemática frialdad: «¿Cree usted que nos habrán apresado también la Vencedora?».Y Lobo respondió: «Mi General, lo creo posible y probable; que estos pobres barcos, indefensos y que andan con muletas, llegan de milagro a donde se les manda». Por la tarde, el General comió con mediano apetito; después paseó un rato en la toldilla, fumando un cigarro. Bajó a su cámara.. Tenía costumbre de tirar desde el balcón con revólver a los pájaros marinos. Así lo hizo aquella tarde.. Tres veces disparó.. Pasó tiempo.. El cuarto disparo sonó en los oídos del Comandante y del Mayor General con mayor estruendo que los anteriores. Pero apenas se fijaron en la intensidad del ruido.. De pronto salió de la cámara dando gritos el asistente italiano del General. Acudieron, y hallaron a Pareja tendido en la cama, sangrando de la cabeza. Aún tenía en su mano derecha el revólver.. En la mesa vieron un papel, en que había trazado el suicida con firme pulso sus últimos pensamientos, dirigidos a Pastor y Landero, su sobrino y secretario. Tres pensamientos eran: Te estoy agradecido.. Que no me sepulten en aguas de Chile.. Que todos se conduzcan con honor.

Oído todo esto, y algo más que por no incurrir en prolijidad aquí no se cuenta, Méndez Núñez suspiró fuerte, y dejó ver en sus ojos cierta luz que anuncio parecía de resolución firme.. Era Jefe de la Escuadra; (p.7351) la autoridad, así como la responsabilidad de Pareja, habían pasado a ser suyas.. ¿Cómo continuar la empresa trágicamente interrumpida? Al abandonar el mundo y la vida, arrojó Pareja sobre un papel una idea sentimental: que no me sepulten en aguas chilenas; y tras esto, una generalidad de las que vulgarmente llamamos de clavo pasado. ¡Conducirse con honor! Esto ya lo sabían todos, y no había la menor duda de que así se cumpliera.. Pareja pudo legar a su sucesor una idea militar, un plan, un criterio.. Pero nada de esto dejó, sin duda porque no lo tenía.. La Historia se continuaba; al caudillo muerto reemplazaba el caudillo vivo. Quizás lo que no dijo el papel fúnebre de Pareja, decíanlo los ojos de Méndez Núñez: Concentración de fuerzas.. Tomar la ofensiva.

Aquella misma tarde trasladó Méndez Núñez su persona y su insignia a la Villa de Madrid, y salió para Valparaíso.

 

Ep-38-XXI -

La Numancia permanecería en Caldera hasta que llegasen los transportes de vela Valenzuela Castillo y Vascongada, que del Callao salieron con víveres y carbón. Aún había para rato, por causa de las calmas de aquellos días. Aburridos quedaron los tripulantes de la fragata y como desengañados, pues muchos de ellos creían, al partir del Callao, que iban a una función militar de importancia. Otros veían en la ausencia de su General un vacío melancólico, cual si Méndez Núñez se hubiera llevado consigo toda la grandeza y ardor guerrero del primer barco de la Nación. Mientras allí estuvieran las fragatas, debían custodiar el enorme rebaño de buques apresados que con los transportes formaban una impedimenta fastidiosa y pesadísima. No teniendo España, en la inmensa extensión de la costa debelada, ningún puerto, ni siquiera un islote, para refugio y abrigo de sus operaciones, veíase forzada a conducir consigo la reata de barcos viejos que le servían de carboneras, de almacenes, de talleres, y de enfermería en algún caso. Se comprenderá cuán molesta y embarazosa era esta mochila para el guerrero que allí necesitaba toda su agilidad y (p.7352) desenvoltura.

Las dos fragatas y todas las embarcaciones de vapor tenían siempre encendida sus calderas; la vigilancia era minuciosa; en la lancha de hélice, o en botes, los Guardias marinas bordeaban de día y de noche. Dos tercios de los tripulantes velaban desde la puesta del sol hasta su salida. En la plenitud del verano austral, eran las noches claras, estrelladas, de solemne hermosura. Marineros y oficiales de mar, oficialidad y jefes armaban sus tertulias nocturnas en los sitios correspondientes a cada jerarquía.. Los mentideros más animados eran los populares, a proa. Junto al cabrestante formaban un ruedo animadísimo Sacristá, Fenelón, Ansúrez y otros amigos de Máquina y Maestranza. Binondo, que también hocicaba en aquel ruedo, se apartó bruscamente de él y se fue hacia un grupo de marineros que charlaban junto a la borda. «Me vengo aquí -dijo-, huyendo de las conversaciones indecentes de esos perdidos.. Me escandalizo de oír los cuentos asquerosos que refiere el francés de las mujeres que ha conocido en Lima, Callao y el Chorrillo. Ningún hombre de buenos principios puede oír tales porquerías. De una dice que tiene el cuerpo blanco como la leche; de otra, que es morenita tostada, y encendida de su fuego natural.. Y como el hombre ve que le ríen y alaban estas suciedades, no se para en barras.. ni en pechos, y ahora decía que los tiene muy bonitos una que llaman Susana, sobrina de no sé qué General, y prima del señor Arzobispo.. Aquí me vengo, porque ese condenado le hace pecar a uno de intención, y en estos casos yo corto por lo sano, quiero decir, corto por las intenciones». Oído esto por los muchachos, dejaron solo a Binondo y se fueron al ruedo.

Las aventuras amorosas acometidas con singular audacia por Fenelón, y consumadas triunfalmente, embelesaban a los pobres mareantes, tan rudos como crédulos. Los más de ellos se tragaban sin chistar las enormes bolas que de su boca fecunda iba soltando el maquinista. El cual, henchido de fatuidad ante el éxito de sus embustes, lanzábase a los (p.7353) mayores atrevimientos de la inspiración y de la fantasía. Terminó su mujeril relato con esta síntesis gallarda: «Yo, que he recorrido las Américas divirtiéndome cuanto he podido, y cursando, por ejemplo, toda la carrera del amor hasta el doctorado, aseguro a ustedes que las mujeres más hermosas de este continente son las costarriqueñas: diosas, estatuas vivas las llamo yo. Las más graciosas y apasionadas, las más seductoras y las más tiranas del hombre, son las del Perú; y en ilustración, a todas ganan las de este país en que ahora estamos, las chilenas, señores, que no por sabias y discretas dejan de ser bonitas.. mi palabra. Ocurre que en Valparaíso o en Santiago está usted haciendo el amor a una señorita, y a lo mejor la señorita, contestando con gracia, le habla a usted de Kant o de otro filósofo muy nombrado..». Los contramaestres y cabos de mar oían estas cosas con la boca abierta; y aunque no sabían quién fuese aquel Kant, celebraban la ocurrencia y enaltecían al orador.

Derivó luego la conversación a un asunto distinto. Desiderio García, cabo de mar andaluz, muy amigo de Ansúrez, excelente hombre, un poco dado a la taciturnidad, fue instigado por sus compañeros a tratar de un tema que a él le trastornaba y a muchos divertía. Debe indicarse que había navegado por el Pacífico en buques mercantes y de guerra, y conocía no pocos lugares de la costa y algunos del interior. Contaba (sin que pueda garantirse su veracidad) que había vivido en una tribu de indios bravos, y recorrido largas extensiones del continente, al otro lado de los Andes. «Pues queréis que hable, hablaré -dijo-. Óiganme y aprendan. Yo sé lo que sé, y de mi saber de este negocio no me arranca nadie. Estamos en Caldera.. El monte altísimo que allí vemos, por encima de la ciudad, lejos, lejos, ¿cómo se llama?».

-Es el Bonete -dijo Sacristá-: seis mil metros de altura.

-Más al Sur. ¿Pero no lo sabéis? Tendré yo que deciros que esa altura es Come caballos, y que allí hay una garganta o puerto por donde pasamos a la otra banda y a un río que llaman Bermejo, el cual lleva sus aguas al Paraná. (p.7354) Todos esos territorios he corrido yo, y sé que entre un pueblo que se llama Tinogasta y otro que nombran Copacavana, hay unas peñas en lugar descampado y yermo.. y en esas peñas abertura estrecha por donde se entra a una cueva tan grande como cuatro veces la catedral de mi pueblo, que es Córdoba. Pues en esa cueva, guardada en unas al modo de arcas de piedra, hay tal cantidad de plata en barras, que puede calcularse en seis o siete millones de quintales de ese metal..

Pausa, en la cual se oyó un grave murmullo: de asombro era, o de burla mal contenida. Acallado el rumor, prosiguió Desiderio, y dijo que él había visto el tesoro; que conocía su existencia por un indio viejo, patriarca en la tribu, llamado Zapirangui, padre del famoso Cuarapelendi, indio guerrero. El tesoro allí estaba muerto de risa, como quien dice, y no faltaba más que ir a cogerlo y transportarlo a un puerto de mar, empresa que requería grande y costoso convoy de acémilas y un mediano ejército para custodiarlo. Declaraba el Cabo de mar, con la más pura convicción y seriedad, que ofrecía la mitad del tesoro a quien concurriese con él a extraerlo del escondido antro en que yacía desde el tiempo de los señores Incas. No quería comunicar el secreto al Gobierno de Chile. Como buen español aguardaba las victorias de España y la ocupación de toda la América del Sur por los españoles, para tratar con el Jefe de la Escuadra de la forma y modo de traer la plata a la costa, llevándola después a España en dos mitades: una para el descubridor, y otra para Isabel II.

Refería estos disparates el Cabo de mar con tanto aplomo, que los incrédulos y guasones, que eran los menos, no se atrevían a contradecirle. Temían su furor, pues era hombre que súbitamente se encendía cuando alguien negaba o tomaba en solfa el depósito de plata. Como no le tocaran este asunto, no había hombre más pacífico y razonable. Ansúrez, que al principio había tenido con su compañero agarradas tremendas por el tesoro de Copacavana, ya empezaba a creer en él, como primer (p.7355) paciente del mal de soñación, que suele atacar a los navegantes en las travesías dilatadas. «Mayor simpleza que lo del tesoro -se decía el buen Ansúrez con sinceridad candorosa- es creer que tengo aquí a mi adorado nietecillo Carmelo, y que le acuesto en mi coy, le visto y le arreglo, y le saco en brazos a pasearle por la cubierta. Cierto que esto es una sinrazón, lo reconozco.. pero momentos hay en que a ojos cerrados lo creo, por el consuelo que me da la mentira.. En esta soledad chicha, sin ningún cariño a nuestro lado, nos moriríamos de pena si no encendiéramos las calderas del pensar, y no navegáramos a un largo por el mundo de la ilusión.. En fin, me voy abajo, quiero estar solo.. Solo, piensa uno lo que quiere, y se divierte con su propio engaño».

Todos iban cayendo, como he dicho, en la soñación endémica, y el más atacado era Binondo, que en la ociosidad física cultivaba más que los otros la vida espiritual. Una noche, viendo a Desiderio García asomado a la borda, mirando a tierra con atención alelada, llegose a él y le dijo: «Yo creo en tu tesoro; Dios me da vista bastante larga para ver el lejos de las cosas, y para conocer que el hombre espiritado, como tú lo estás, sabe dónde moran los bienes escondidos.. Fíjate, Desiderio, fíjate en la estrella que ahora está sobre Come caballos. ¿La ves? Pues esa estrella tan bonita no sigue la marcha que llevan las otras en el cielo, sino que va dejándose caer, dejándose resbalar por detrás del horizonte.. Estas noches me las he pasado observando la rareza de su movimiento, pues cuando todo el cielo deriva, como sabes, de Oriente a Occidente, ella va de vuelta encontrada. No podía yo comprender ni explicarme esta cosa nunca vista.. pero al oírle decir lo del tesoro guardado entre peñas montunas a la otra banda de los Andes, he caído, Desiderio, he caído en la verdad.. Pienso que será esa estrella un sino con que el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, o verbigracia los tres, nos marcan el lugar del tesoro para que vayamos a cogerlo y regalárselo a nuestra España querida».

Echó Desiderio al malayo una mirada (p.7356) fulgurante, acompañada de temblor de mandíbula, que en el Cabo de mar anunciaba siempre un acceso de cólera. Sobrecogido, Binondo puso en juego toda su astucia y labia persuasiva para despertar confianza en el espíritu del maniático. Entre otras extravagancias, le dijo: «Fíjate bien en la estrella, y verás que tiene rabo, un rabito que apenas ahora se distingue y que va creciendo, creciendo hasta media noche. La estrella baja y se pone a contra-cielo; aún se verá la punta del rabo cuando el alba empiece a comerse las constelaciones. Si no crees en la maravilla, y en que el Eterno, que así decimos, por medio de luces celestes y angélicas con corona o con rabo, y de otras señales y avisos, guía los pasos del hombre, no llegarás a recoger tu tesoro». Tanto y tanto le dijo y arguyó, y tan sutilmente supo enlazar las ideas religiosas con la superstición, que a la media noche Desiderio veía la estrella, su cola y movimiento, tal como el malayo lo describía. Y ambos, en ardiente coloquio, determinando la relación entre los tesoros de la tierra y los del cielo, convinieron en que la fe vivísima es el medio más seguro para llegar a poseer unos y otros.

Todos soñaban; el delirio descendía del cielo transparente y estrellado, para introducirse en las cabezas de los pobres mareantes, que ya llevaban casi un año ausentes de su familia en países enemigos, empeñados en empresa guerrera que hasta entonces les ofrecía más fatigas que gloria, privados de todo cariño y del trato de mujeres, sin pisar tierra o pisándola hostil, resentidos ya de la poca variedad y frescura de los alimentos, esperando la solución bélica que nunca venía, y preguntándola, sin obtener respuesta, al Pacífico inmenso y a la muda esfinge de los Andes.

Todos desvariaban, todos padecían la nostalgia que impele a la construcción de una vida ilusoria para llenar con ella los vacíos del alma. Fenelón evocaba la persona de una dama limeña, a quien había visto en el Chorrillo sin poder cambiar con ella más que cuatro palabras de saludo ceremonioso; (p.7357) a su lado la traía; paseaba con ella del brazo por la cubierta, por el alcázar y la batería; llevábala a su camarote; platicaban de amores, reían, se ponían serios, eran dichosos.. Ansúrez se persuadió una noche de que su hija Mara, deslumbrante de hermosura y elegancia, entraba en la fragata por el portalón: hablaban hija y padre tranquilamente, como si nada hubiera pasado, como si se hubieran visto el día anterior; el chiquillo tenía ya seis años; Belisario regalaba a su suegro una vajilla de plata; doña Celia era una señora con muchos moños y lacitos en el pelo gris, cargada de esmeraldas y rubíes, de habla graciosa y dulce, como la de las gaditanas.. Sacristá vio a su mujer de cuerpo presente en su casa de Cartagena: las luces macilentas que alumbraban a los mayordomos en el pañol de proa, le dieron esta impresión fúnebre que desechar no pudo en tres o cuatro noches sucesivas.. Binondo y Desiderio reducían a formas reales sus teorías de la intervención divina en el descubrimiento de tesoros; y el Cabo de mar, en un minuto de sinceridad efusiva, vació sus pensamientos más recónditos en el oído del malayo, diciéndole: «A ti solo, José, confiaré lo que aún no he querido confiar a nadie, lo más reservado, lo más secreto, y es.. escúchame sin miedo: debajo de la cueva de Copacavana, donde están, en arcas de piedra, los miles de millones de barras de plata, hay otro covachón más hondo, con bajada secreta, y en ese segundo sollado subterráneo, no tiembles.. hay como unos doscientos bocoyes llenos de pepitas de oro.. y no te digo más».

Y por este estilo soñaban todos los demás, en las jerarquías nobles, de Guardias marinas para arriba; sólo que sus delirios tomaban otras formas y caracteres. Eran sueños de guerra, de acciones heroicas. Quién soñaba con el engrandecimiento personal, quién con sacrificios y extremadas virtudes. Unos veían entre brumas gloriosos triunfos de la patria; otros, grandes desventuras y catástrofes.

 

Ep-38-XXII -

Al Sur de Caldera está Calderilla, que también llaman Puerto inglés, y allí cambiaron por primera vez los (p.7358) españoles sus disparos con disparos de tierra. Se supo que en Calderilla preparaban los chilenos un torpedo, montándolo en un vaporcito de ruedas. A quitarle al enemigo ambas cosas, vaporcito y torpedo, fueron dos animosos oficiales: Alonso, en la lancha de vapor de la Numancia, y Garralda, en un bote a remolque. Arriesgadilla era la empresa, porque la guarnición de Caldera se corrió a Calderilla y tomaba posiciones en las rocas que protegen el puerto. Llegaron los oficiales a donde se proponían, y a la vista de los chilenos se hicieron dueños del vapor. Ya salían con él a remolque, cuando se vieron obligados a sostener vivo fuego con los enemigos, apostados en la orilla Norte. Heridos fueron Garralda y un marinero, y en gran compromiso se vio la pequeña expedición al querer salvar la boca del puerto, de unos ochocientos metros de anchura. La suerte de los españoles fue que los chilenos no acertaron a ocupar más que el costado Norte de la barra, desamparando el lado Sur, llamado la Caldereta. A esta se arrimaron Garralda y Alonso, sosteniendo el fuego con las tropas de la otra banda. Su arrojo y serenidad, así como el auxilio que les prestó la Berenguela, acercándose a la entrada del puerto y cañoneando a los de tierra, les salvaron de un copo seguro. No pudiendo sacar el vapor aguas afuera por lo que tiraba la marea, lo echaron a pique, y allí se quedó con su torpedo, si es que lo tenía.

Llegaron por fin la Vascongada y la Valenzuela Castillo. A esta podía llamársela el buque milagro, pues de milagro se sostenía sobre las aguas y milagrosamente llegó a Caldera, gobernada por el Alférez de Navío don Antonio Armero. Su viaje desde el Callao había sido un naufragio constante. La vieja fragata, de inmemorial edad, se descosía, se desarmaba, y sus tripulantes no tuvieron en la travesía momento seguro. Toda la navegación fue un perenne picar de bombas, un remendar infatigable de averías y una horrible lucha de la vida con la muerte. De los quebrantados palos se caían los marineros, y al caer se mataban y herían a sus camaradas. Héroes (p.7359) fueron aquellos infelices, y el Oficial que los mandaba mereció más premio que si hubiera ganado una batalla. A toda prisa se procedió a descargar a la veterana Valenzuela, que no deseaba más que quedarse vacía para tumbar sus pobres huesos en un playazo. Todos los víveres y municiones fueron trasladados a los pocos barcos útiles, y se acordó pegar fuego a las presas, que no servían más que de estorbo, sentencia que fue rigurosamente ejecutada cuando la Numancia y Berenguela, obedeciendo a órdenes del Superior, zarpaban para Valparaíso. Fue un espectáculo espléndido, un simulacro de volcanes marítimos. Los viejos barcarrones tenían una muerte más brillante que la que les habrían dado las tormentas deshaciéndolos en las soledades oceánicas. Sus exequias eran fiesta extraordinaria de las aves y los peces.

Concentrada en Valparaíso toda la escuadra, tuvo eficacia el bloqueo, reducido al puerto principal de la República. Y ahora, hablando nuevamente de los españoles que soñaban, designamos a Topete y Alvargonzález, Comandantes de la Villa de Madrid y de la Blanca, como los que en mayor grado padecieron hasta entonces el desvarío heroico, pues afrontaron una de las empresas más temerarias que cabe imaginar. Deseando Méndez Núñez buscar al enemigo en los lugares inaccesibles donde tenía su refugio, los esteros y canalizos del archipiélago de Chiloe, preguntó a los dos marineros Alvargonzález y Topete si se atreverían a penetrar en aquel dédalo para sorprender en su escondrijo a las naves aliadas.

Pudieron responder los dos guerreros de mar que tal empresa era imposible, mortal de necesidad para barcos y hombres; mas no dijeron esto, sino que, antes que fueran otros, deseaban ir ellos sin pensar en el peligro, ni medir los inconvenientes náuticos y militares de aventura tan descomunal. Salieron las dos fragatas. Justo es declarar que al verlas partir, casi todos los soñadores que en Valparaíso quedaban, pensaron que no volverían a verlas.. Pero se engañaban, porque a las dos semanas o (p.7360) poco más reaparecieron con su casco y aparejo intactos, o con no visibles averías. Habían consumado proeza semejante a las de los argonautas, penetrando en laberintos habitados por monstruos que devoraban al que osaba llegar hasta ellos. El monstruo era una Naturaleza hostil, armada de toda clase de asechanzas y peligros, que para el enemigo de los españoles era refugio y defensa. Alvargonzález y Topete entraron con esforzado corazón en el laberinto por el golfo de Guaytecas, boca Sur del Archipiélago; navegaron por un angosto mar, parecido a estanque de recortadas orillas, y dieron fondo en Puerto Obscuro. Indígenas de mal pelaje les dieron noticia de la madriguera en que se agazapaban las naves chilenas y peruanas.

Prodigiosa fue la marcha por angosturas y desfiladeros, sin más auxilio que imperfectas cartas, obra de navegantes que habían recorrido aquellas aguas en cachuchos de corto calado. La Blanca y Villa de Madrid andaban al paso, sin dejar de la mano la sonda, temiendo a cada instante dar en un bajo. Hallábanse a los 42 grados de latitud Sur; la marea entrante y saliente tiraba con fuerza de seis o siete millas. Tal o cual paso, donde por la mañana había un fondo de quince a veinte pies, a la tarde estaba seco. Ángulos y dobleces aparecían, que apenas daban espacio a las viradas.. Navegaban las fragatas como los ciegos, tanteando el suelo con su palo y palpando las paredes cercanas.. La Blanca, de menor calado, iba delante reconociendo el terreno; seguía la Villa de Madrid, obediente a las indicaciones de su compañera.. ¡Qué tales serían las calles y callejones de aquella Venecia desconocida, que los peruanos y chilenos, guiados por gentes del país, perdieron allí dos fragatas! ¡Cuando los de casa perdían allí las botas, qué no perderían los forasteros!

Pero una deidad o encantador benigno miraba por aquellos temerarios hombres, Alvargonzález y Topete, cuando no se dejaron allí las fragatas y las vidas y hasta el nombre de España. Por noticias más certeras que las recibidas en Puerto Obscuro supieron que los barcos (p.7361) enemigos estaban en un estero de la isla de Abtao, y allá se fueron. La temeridad rayaba en locura. Había que encomendarse a Dios o al diablo para penetrar en el tortuoso callejón que separa del Continente la recortada isla.. Entraron, y en un ángulo recto que forma la ratonera vieron los españoles el cadáver de la fragata Amazonas, tumbado en el arrecife. Debieron la Blanca y Villa de Madrid mirarse en aquel espejo y volverse atrás; pero la calentura heroica pudo más que la razón. ¡Avante, que el enemigo no podía estar lejos! En efecto, a la salida del callejón, las fragatas vieron los mástiles de los buques enemigos; aún navegaron largo trecho pare divisar los cascos.

Chilenos y peruanos hallábanse resguardados por arrecifes, que eran como una valla imposible de salvar desde fuera. Apenas se echaron la vista encima, empezaron unos y otros a cañonearse. La distancia no podía ser acortada por las naves españolas. Habían de darse por satisfechas con causar algunas averías a los barcos enemigos y matarles o herirles algunos hombres.. Y allí terminó la hazaña, porque el monstruo de la Naturaleza, que en aquellos laberintos habita, sacó del légamo la cabeza y dijo a los atrevidos argonautas: «Retiraos, locos, ilusos, y no abuséis de mi paciencia y de la benignidad con que os he dejado llegar aquí. ¿Qué pensáis, qué queréis, hombres o niños grandes, que habéis entrado en mi reino con sólo vuestros corazones, dejándoos fuera la razón? Salid pronto, que a poco que os detengáis, retiro las aguas y quedaréis en seco.. De vuestros barcos haré leña para mis hogueras, y de vosotros no quedará uno solo para contar al mundo vuestra locura».

¿Qué habían de hacer los infelices más que obedecer a tan imperiosa conminación? Unas horas más en los canalizos, y seguramente no podrían contarlo. Se volvieron, en busca de la salida del laberinto, no sin que Topete, con terquedad maniática, se parara en un sitio más despejado que los anteriores, y con la voz tonante de sus cañones, llamase a los contrarios, diciéndoles: «Venid aquí, enemigos y (p.7362) compañeros; dejad el enrejado de peñas en que os guarecéis.. Salid a este campo, y nos veremos las andanadas..». Pero los otros no salían. Estaban muy a gusto en sus cómodas huroneras. Las fragatas se desenvolvieron de la madeja intrincada de Chiloe, y tornaron a Valparaíso. Contado lo que habían hecho, nadie quería creerlos. El Almirante inglés Denman, que visitó la Villa de Madrid, oyó de boca de don Miguel Lobo el relato de la expedición, y a creerla no se determinaba. «La empresa marinera que usted cuenta -dijo- cae dentro de la esfera de lo fabuloso, y no le daré crédito si usted no la garantiza con su palabra de honor».

Verdaderamente, la entrada en Chiloe, el cañoneo en Abtao y la salida del Archipiélago, no menos admirable que la entrada, eran un prodigio de habilidad y audacia marineras. Bien podían contarse Alvargonzález y Topete entre los más heroicos argonautas del mundo. De la eficacia militar de la expedición no podría decirse lo mismo: las naves americanas no abandonaban su resguardo, ni admitían combate en aguas abiertas.

El relato que hicieron los expedicionarios avivó más el fuego de las imaginaciones soñadoras, y el propio Méndez Núñez quiso repetir por sí mismo la expedición, llevando de guía o práctico a Topete, que ya conocía el obscuro dédalo de Chiloe. Salieron la Numancia y la Blanca con gran entusiasmo y alegría de sus tripulantes, y cuando al Archipiélago se aproximaban, les salió viento duro del Sudeste y mar tan gruesa, que la blindada causó alguna inquietud por la violencia y amplitud de sus balances. La terrible deidad que imperaba en el laberinto salió al encuentro de don Casto y le dijo: «¿También tú vienes acá, Capitán de estos locos y el primero en las vanas locuras? Vuélvete, y no esperes que sea contigo menos riguroso que lo fui con tus atrevidos compañeros. Más te perjudica que te favorece traer contigo ese armatoste blindado, que por su peso y corpulencia estará expuesto a quedarse en mis dominios, y yo te aseguro que si no viras en redondo y te vuelves a donde estabas, haré (p.7363) por merendarme tu fragata, que es bocado exquisito..». Esto oyó Méndez Núñez; mas no hizo caso, y se metió en Chiloe por las Guaytecas, que era la puerta más expedita y franca.

Viendo el fantasma del Archipiélago que los locos persistían en su desvarío, desplegó contra ellos una niebla que en sus velos densísimos los envolvió, cegándolos para que no pudieran andar un paso. Las hélices daban unas cuantas estrepadas lentas, y en seguida tenían que parar. Aun en estas condiciones, persistieron en su temeridad, y aprovechando las claras de la niebla llegaron hasta el mismísimo Abtao, que era llegar al interno cubículo donde el monstruo habitaba. Pero este salió a manifestarles con más burla que ira la inutilidad de su expedición, porque el enemigo se había retirado a un recoveco más inabordable y escondido, al cual no podrían llegar los barcos españoles si no se trocaban en anguilas.

Nuevamente les conminó el monstruo a que se largaran, y se dispusieron a obedecerle; repetía las amenazas otra deidad marina, la bajamar, diciéndoles que se quedarían en seco si no tomaban el portante. Luchando con las dificultades del poco fondo, de los arrecifes, de la niebla, salieron al ancho mar, y a Valparaíso volvieron sin otra novedad que haber hecho en el camino tres presas: un vapor con pasajeros, que resultaron reclutas del ejército chileno, y dos fragatas con carbón del país, que era contrabando de guerra. En Valparaíso encontraron la escuadra norte americana, recién llegada con cuatro magníficos barcos de hélice y un monitor llamado Monadnoch, que al decir de la gente se comía los niños crudos.

La flota yanqui, así como la inglesa y los barcos italianos y franceses, venían al apoyo moral de Chile por la simpatía, y a quebrantar a los españoles por el despego y la callada hostilidad que en toda ocasión les mostraban. Así, la incauta y soñadora España llegó a encontrarse sola frente a dos repúblicas que ante ella desplegaban un frente de costa casi de mil leguas; y contra aquel frente tenía que combatir sin ayuda de nadie, sin amparo de (p.7364) ningún pedazo de tierra, llevando consigo las armas, la comida, el carbón y la bandera. Pocas manos eran para tantas cosas.

 

Ep-38-XXIII -

El 23 de Marzo saludó el fuerte de Valparaíso con vivo cañoneo a las banderas de las aliadas de Chile, que a más del Perú, eran Bolivia y Ecuador; sorpresa histórica, pues ningún agravio ni cuestión pendiente con la madre tenían estas dos repúblicas. En tanto la madre, llevada por lastimosos errores de toda la familia a los extremos del coraje, no tenía más remedio que saludar a Chile con algo más que ruido y humo de pólvora. Los enojos no aplacados y los ultrajes no satisfechos, forzosamente conducían a la violencia; que las naciones, cuanto más viejas, más aferradas viven a la rutina caballeresca del honor. El honor no existe sin valentía. La valentía puede salvar las situaciones de hostilidad entre dos países, y es a veces más eficaz que el derecho y que la razón misma. El apocamiento del ánimo no resuelve nada, ni aun cuando le asiste la razón. Así lo comprendió Méndez Núñez cuando dispuso el bombardeo de Valparaíso, acto inevitable ya, derivación lógica y fatal de los hechos pasados.

No lo comprendían así los Jefes de las escuadras inglesa y americana, que protestaron del bombardeo, y aun se pusieron los moños de que lo impedirían.. Para no llegar a la extremidad de tirotearse con los españoles, el Contralmirante Denman (inglés) y el Comodoro Rodgers (yanqui) llevaron a tierra sus buenos oficios para conseguir del Gobierno chileno las tan disputadas satisfacciones que España pedía. Pero Chile no quiso darlas por no parecer pusilánime. Las cosas habían llegado al punto delicado en que se pasa por todo antes de dejar salir al rostro la menor sombra de miedo. Verdaderamente, las hijas no mostraban ningún respeto a la madre, olvidando que de ella habían recibido sus virtudes guerreras, así como sus flaquezas políticas. Debieron ser las primeras en ceder de su rigurosa tirantez, y seguramente la madre no se habría quedado atrás en las concesiones para llegar a las paces. Pero, en fin, (p.7365) el acto de fuerza era inexcusable; don Casto no podía envainar la espada, y cuando los Comandantes de las flotas extranjeras daban a entender que se interpondrían entre los españoles y la plaza, les decía con arrogante concisión que no le importaba perder sus barcos si conservaba su honra.

Dados los correspondientes avisos al Comandante militar de la plaza para que señalara con bandera blanca los puntos que debían ser invulnerables, hospitales, casas de asilo, iglesias, etc., y para que se retirasen los no combatientes, se señaló el bombardeo para el 31, Sábado Santo. Amaneció este día con inquietud grande de los españoles. ¿Se decidirían los extranjeros a proteger la plaza, obligando a Méndez Núñez a desistir de su propósito? Este recelo se disipó bien pronto, porque apenas iniciado el movimiento de las fragatas para situarse en los puntos de ataque, ingleses y americanos levaron anclas y se retiraron mar afuera, dejando libre el campo.. Resolución, Blanca y Villa de Madrid fueron las designadas para cañonear la ciudad. La Berenguela se retiró al fondeadero de Viña del Mar, al cuidado del convoy. La Numancia, después de aproximarse a la población para dar, con dos cañonazos sin bala, la señal de que empezaba la función, se volvió a retaguardia de las tres naves combatientes.

A las nueve se rompió el fuego, dirigido exclusivamente contra los edificios del Estado más próximos: Ferrocarril, almacenes de la Aduana, Intendencia y Bolsa. Al fuerte se lanzaron también gran número de proyectiles sin obtener respuesta, pues los cañones estaban desmontados, y los artilleros no tenían allí nada que hacer. Un disparo certero de la Villa de Madrid partió el asta de la bandera chilena, que ondeaba en el Fuerte. Los edificios condenados a sufrir el bombardeo dieron pronto señales del estrago que causaban nuestros proyectiles. La Aduana y almacenes caían a pedazos; columnas de negro humo señalaban el incendio en diferentes puntos de la ciudad. Era un espectáculo deslucido y triste. Faltaba la excitación y armonía del combate, la acción (p.7366) ofensiva de una parte y otra. Los españoles no celebraban ciertamente la indefensión de la plaza, y habrían visto con gusto que el Fuerte respondiera al fuego con el fuego. No les satisfacía la forma de escarmiento que tomaba en aquella ocasión la guerra, ni se sentían airosos manejando los instrumentos de castigo. Sus arreos eran las armas, no las disciplinas.

Todo terminó a las doce menos cuarto. El cañoneo no llegó a durar tres horas: ya era bastante; aun era quizás demasiado para simple castigo o reprimenda de una madre austera, harto pagada de su carácter venerable y de sus históricos blasones. La hija, herida y maltrecha de los crueles disciplinazos de la madre, miraba a esta desde tierra con el más agrio cariz que puede suponerse. Hasta entonces, sólo íbamos ganando en el Pacífico la malquerencia de las Repúblicas. España, al fin y al cabo, pagaba las culpas de sus diplomáticos y de sus gobernantes. Toda guerra tiene o debe tener una finalidad militar o mercantil: los fines de la nuestra en el Pacífico no se veían claros, como no fueran el fin sin fin de abandonar los principios de la historia nueva para reanudar una historia concluida.

Tres mil hombres mal contados constituían la dotación de las cinco naves de combate y de las embarcaciones auxiliares y de convoy que representaban a España en las aguas del Pacífico. Aquellas tres mil voluntades, de diferentes categorías, eran o creían ser la voluntad integral de la Nación; las tablas o las planchas de hierro en que los hombres se sostenían, eran el suelo mismo de la Patria flotando sobre las olas; la bandera que flameaba en los aires era el nombre, la historia, el qué dirán de los países extranjeros, el primero soy yo, que así gobierna las almas de los individuos como las de los pueblos.. Bien merecían alabanzas los tres mil hombres de mar comprometidos en aquella singular aventura inconsciente, más que empresa meditada. No habían alcanzado aún, ni probablemente alcanzarían, esa gloria brillante y ruidosa que traen consigo los hechos eficaces de finalidad clara y bien comprensible. No (p.7367) se les podía disputar la gloria obscura y pasiva, alcanzada por el valor silencioso y la paciencia, por el cumplimiento del deber, sin más recompensa que la conciencia de haberlo cumplido. Dignos eran de alabanza, y también de lástima, porque sin ver ni aun de lejos los frutos de la campaña, se sentían agobiados de privaciones y sufrimientos. Fueron penitentes en el desierto sin fin de un mar enemigo.

Después de la dura lección a Valparaíso, la penitencia de los españoles se acentuaba, sin que se agotara ni mucho menos el caudal de abnegación que las almas llevaban consigo. Incomunicados con tierra, se alimentaban de substancias secas, de carnes y tocinos en mediana conservación. El tabaco, que hace llevadera la soledad y el exceso de trabajo, escaseaba de tal modo, que cualquier porción de hierba fumable adquiría fabulosos precios. Pero la falta de buena comida y de estimulantes no quebrantaba la salud de los tres mil hombres tanto como la vida de continua ansiedad y alarma en que todos vivían, obligados a una vigilancia minuciosa y sin respiro. Fatigosos eran los días, cruelísimas las noches. Entre los barcos de combate y los del convoy no se interrumpía el ir y venir de lanchas, faena de hormigas presurosas, que acarreaban víveres, utensilios de maquinaria. Era la escuadra como una ciudad que tenía todos sus arrabales sobre el agua, y no precisamente en aguas tranquilas, que algunos días la fuerte marejada dispersaba la procesión hormiguera.

De noche, los hombres se consagraban a la silenciosa operación de reconocimiento y patrulla, voltijeando en derredor de la ciudad flotante, bien al remo, bien en la lancha vapora. Felices eran los que por turno podían descabezar un sueño de media hora, sin manta, bajo la acción de la humedad y el sereno. Y no había esperanza de descansar a bordo, porque las primeras luces del alba traían imprevistas obligaciones, a más de las tareas ordinarias. Ni los cuerpos se rendían, ni las voluntades desmayaban. La rutina del deber en pie les mantenía, esperando un reposo que bien podía ser el de la (p.7368) muerte.

Las sombras de tristeza que dejó en todas las almas el vapuleo de una plaza inerme, cruzada de brazos ante el fiero castigo, no podían disiparse sino repitiendo el ataque contra un enemigo armado de todas armas, como era el Callao. ¿Qué hacían, que no iban corriendo allá? El Perú les provocaba con la jactancia de sus baluartes novísimos y el montaje de cañones potentes. Para acudir a la cita del furioso enemigo, se esperaba el refuerzo de la fragata Almansa. Felizmente, esta se incorporó a la Escuadra el 9 de Abril, que fue día de gran regocijo y algazara, porque todos echaron su cana al aire, recibiendo con aclamaciones a los que venían de España de refresco, y traían, con las memorias de la Patria, algo de comer, y de beber y de fumar. Mandaba la Almansa el Capitán de navío Sánchez Barcáiztegui, y venía muy airosa y envalentonada: había hecho la travesía desde Montevideo a la vela, por el Cabo de Hornos, con tan buena fortuna, que no se podía pedir prueba más decisiva de su poder marinero.. Sin perder tiempo, se dispuso la salida para el Callao en dos divisiones. ¡Otra vez hacia el Norte, a lo largo de la costa, dilatada con prolongaciones de pesadilla! ¡Otra vez la visión ensoñadora de los Andes, que parecían más altos, más ceñudos, más enemigos de los que venían a turbar la juvenil alegría de las repúblicas!

Hacia el Perú navegaban los tres mil con la ilusión de un acto decisivo que pusiera fin a la campaña; ya era tiempo de tomar tierra en alguna parte, aunque fuera en el más desolado rincón del mundo. Sobre esto sostenían en la Numancia largos coloquios Ansúrez y Fenelón, el cual aseguró que sin mujeres no nos ofrece la vida ningún bienestar, y que las guerras y revoluciones no son ni han sido nunca más que movimientos instintivos de los pueblos para ir en busca de nuevo surtido de mujeres, o para cambiar las conocidas por otras de ignorados encantos. Al propio tiempo, a sus amigos repartía tabaco, obsequio recibido del maquinista del transporte Uncle Sam, que antes del bombardeo de Valparaíso había (p.7369) llegado de San Francisco de California con víveres. El tabaco era virginio, de la clase fuerte, capaz de tumbar la cabeza más firme y de volcar los estómagos más equilibrados; pero por sus cualidades mortíferas lo estimaban y preferían los marineros de blindadas fauces. Aceptaron estos muy agradecidos las cortas raciones que Fenelón les daba, y hacían de ellas partijas para obsequiar a otros amigos. Binondo tomó cuanto pudo, ocultando las porciones recibidas para que le dieran otras, y así juntaba en previsión de futuras escaseces.

Trabajaba el pobre malayo en ayuda de los mayordomos y rancheros, llevándoles las cuentas, y en sus ratos de ocio se engolfaba en la lectura, prefiriendo la del Sermonario, a su parecer la más devota, la más apropiada a la ruindad de los tiempos y a las calamidades previstas. Muchos trozos de aquel libro, compuesto para socorro y guía de predicadores, se le quedaron en la memoria, y vinieran o no a cuento, a los compañeros los endilgaba. «Dame, hijo mío, limosna de tabaco, que si no acudes a mi pobreza, no acudirá Dios a la tuya, que será el desamparo en que te veas a la hora de la muerte si antes no te limpias de tus pecados.. En verdad os digo que si no miráis por el pobre, el pobre no mirará por vosotros, y os pondré el caso de un mendigo que recibía zoquetes de pan, y era tan santo y bueno, que Dios le dio la facultad milagrosa de multiplicar los mendrugos que recibía. Y sucedió, pues, que en la ciudad donde aquel pobre moraba, llamada Gangópolis, si no me falla la memoria, sobrevino una gran hambre desoladora, por el aquel de un cerco que le pusieron los del reino vecino de Capadocia; y hallándose todo el pueblo moribundo del no comer, presentose el mendigo y mostró almacenes de pan, que era la milagrosa multiplicación de los mendrugos, con otro milagro encima, a saber: que la dura masa se había enternecido, y parecía recién sacada del horno.. Pues bien, hijos míos: lo que hizo con los mendrugos aquel venturado de Dios, puedo hacerlo yo con las hojitas de tabaco que me dais, y bien podrá suceder (p.7370) que os las multiplique cuando llegue la gran carencia de todo lo comible, bebible y fumable..».

En estas y otras accidentales conversaciones y sucesos, indignos de la historia, transcurrió el viaje. Si el mar y el viento fueron bonancibles en toda la travesía, la inquietud de las almas crecía conforme se aproximaban al Callao. En el momento solemnísimo de reconocer el puerto peruano, Ansúrez no pensó en el duelo empeñado entre España y la plaza, ni en la artillería y baluartes de esta. Mirando hacia tierra, veía tan sólo los ardientes ojos de Mara, fulminando ira contra los barcos españoles. ¡Ingrata, ingrata! ¡Y él, mísero padre, obligado a disparar contra ella!

 

Ep-38-XXIV -

Apenas llegaron al Callao las asendereadas naves españolas, los tres mil (o los que fueran) que las montaban, no pensaron más que en acometer, sin perder días, la militar empresa, apretandose a ello la noticia de la fortísima resistencia que habían de encontrar y del grave daño que les harían los cañones de monstruoso calibre traídos del viejo continente.. La Escuadra echó sus anclas en el fondeadero de la isla de San Lorenzo. No se le cocía el pan a Méndez Núñez hasta poder enterarse por propio conocimiento de la fuerza y defensas de su contrario; con esta idea montó en la Vencedora, que por su poco puntal podía ceñirse fácilmente a tierra, y recorrió todo el frente fortificado y artillado, examinando las obras a que innumerables trabajadores daban la última mano.

Al Norte de la ciudad vio don Casto dos baterías rasantes, con veinte cañones la una, la otra con doce, y en medio de ellas una torre blindada con dos piezas Armstrong. En los extremos de la batería había cañones del sistema Blakely. Las baterías al Sur de la población eran tres, y se extendían hacia la punta en cuyo término está el Boquerón, entrada del puerto para embarcaciones menores. En aquella parte contó el General unas treinta piezas, entre ellas algunas de los poderosos tipos antes citados, y vio otra torre blindada, como la del lado Norte. Frente al muelle vio los monitores Loa y Victoria, armados de (p.7371) cañones, y un Blakely campaba en mitad del muelle. Las viejas fortificaciones del tiempo del virreinato estaban desartilladas, como indignas de desempeñar en las epopeyas modernas otro papel que el de espectadoras. El Castillo del Sol parecía decoración de teatro, arrumbada por inútil. En él no había piedra que no hablase del último ayacucho, el heroico Rodil.. Las defensas nuevas revelaban en su disposición y estructura manos muy expertas y una dirección inteligentísima.

Mientras los peruanos no se daban punto de reposo para rematar sus imponentes aprestos de guerra, los españoles, en el fondeadero de San Lorenzo, no se descuidaban. Todos los barcos desmontaron sus vergas y calaron los masteleros, dejando no más que los palos machos a la exposición de los tiros enemigos. Algunas de las fragatas de madera blindaron con cadenas la parte central de sus costados, correspondiente a la caja de la máquina, y todas pintaron de negro las fajas blancas de las portas. Interiormente se previno lo necesario y lo accesorio para acudir a las eventualidades del combate, y las enfermerías de guerra quedaron listas para recibir a cuantos heridos quisiera enviarles la suerte adversa. Desde los cañones hasta los botiquines, todo fue puesto en punto de servicio eficaz. No faltaba más que la acción, el fuego, el ardor de las almas, y la divina sentencia que había de dar o negar la victoria.

Falta decir que los diplomáticos extranjeros se presentaron al General, apenas fondeó la Escuadra, con la súplica de que aplazara el ataque por unos días para dar tiempo a la salvación de los neutrales. Méndez Núñez concedió cuatro días, y en esto su generosidad de caballero fue más allá que su precaución de caudillo, pues en media semana podía el Perú perfeccionar sus medios ofensivos. La guerra había llegado a concretarse en el trámite decisivo de un duelo personal entre los dos combatientes. Incapaz la torpe diplomacia para dirimir las cuestiones pendientes entre España y las Repúblicas; ciegos los Gobiernos de acá y de allá, y encastillados en (p.7372) ridículos puntos de amor propio, quedó la Marina sola, con toda la responsabilidad sobre sí, a tres mil leguas de la Patria, y obligada a proceder con acción tanto diplomática como militar, hasta dar por liquidada y conclusa una empresa cuya finalidad era tan obscura en el terreno comercial como en el político.

Hizo don Casto cuanto pudo por sacar a su país de aquel atolladero dispendioso. No hallando ocasión de batirse con las escuadras chilena y peruana, fue a buscarlas a los caños y esteros de Chiloe. A esta expedición ardua, que era un reto para que los enemigos salieran a mar abierto, respondieron ellos encerrándose más en sus inabordables refugios. Obligado se vio entonces al castigo de Valparaíso, acto de penosa y desigual lucha, que a su corazón de soldado repugnaba; y sabedor de que el Callao se pertrechaba de armas, allá corrió, anhelando el duelo final y decisivo entre el viejo y el nuevo hispanismo, entre el hemisferio Norte y el hemisferio Sur del planeta, que ya desde las edades heroicas se conocían.

Al duelo final iban los españoles sin reparar en que el contrario se había provisto de mayor fuerza que la de los barcos, con la ventaja de combatir en tierra, en la cabecera de una Nación, de la cual obtendría todo lo que perdiese mientras los españoles no tenían tras sí más que el Pacífico inmenso, y en él los peces que se los habían de comer en caso de un desastre.. En esto pasaron los cuatro días de plazo que había dado el General para la retirada de los neutrales.. Gran número de españoles que se habían refugiado en una fragata francesa trasbordaron a la Escuadra, entre ellos el simpático Mendaro, que fue a embarcar en uno de los transportes del convoy.. Serena y recamada de estrellas habladoras fue en sus primeras horas la noche última del plazo fatal; luego se enturbió de celajes, y en cerrada neblina amaneció el día, más fatal que la noche, 2 de Mayo de 1866.

El mal de soñación se hizo epidémico, con gravísimos caracteres de fiebre patriótica, al amanecer de aquel día que todos creyeron había de ser (p.7373) glorioso. La embriaguez de martirio enardece a los cuerpos armados en vísperas de batalla. Aún no han bebido la primera pólvora, y ya están borrachos. Acabó de trastornar a marineros y tropa la proclama que a las nueve de la mañana fue leída en todos los barcos, y era conforme al patrón consagrado por la costumbre en casos tales. Con más laconismo del que suelen usar los caudillos españoles, Méndez Núñez fijó los tópicos imprescindibles, la perfidia del enemigo, la urgencia de castigarlo, la recomendación de que todos se aplicaran al castigo con decisión y entusiasmo, y, por fin, la seguridad de añadir una página a las glorias de la Nación, etc..

Terminada la lectura, todos aquellos infelices, quebrantados ya de la navegación larguísima, mal comidos y sufriendo mil privaciones, prorrumpieron en exclamaciones delirantes, declarando el gusto que les causaba morir por una Reina que no habían visto nunca, y por una Patria que a tres mil leguas de distancia no pedía otra cosa que la terminación de la guerra insensata. Roncos quedaron del furioso entusiasmo.. En el Callao, a la misma hora, pasaría lo propio, y se oirían exclamaciones semejantes proferidas en la misma lengua. En tierra y en el mar se invocaba el fantasma de la gloria, y allá como aquí se pediría el auxilio de Dios y los Santos, que se habían de ver bien perplejos para contentar a todos. Por de pronto, los peruanos habían puesto su mejor batería bajo la tutela y patrocinio de Santa Rosa de Lima, suponiéndola muy enojada con los españoles. Difícil era, no obstante, que la santa, con ser de ideal hermosura mística, tuviese bastante valimiento para lograr que quedase desairada la Virgen del Carmen, a quien casi todos los marinos nuestros, verbal o silenciosamente, se encomendaban.

Levaron anclas todos los barcos, y acudieron a las posiciones que les designaba el telégrafo de banderas en el mesana de la Numancia. Esta y la Blanca y Resolución habían de batir las fortificaciones del Sur; las del Norte corrían de cuenta de la Berenguela y Villa de (p.7374) Madrid; la Almansa con la Vencedora se encargaban de los monitores fondeados en el muelle, así como de causar todo el estrago posible en el interior de la población. La Capitana, a la cabeza de la división del Sur, llegó la primera frente a las baterías enemigas. Claramente distinguían los españoles las piezas peruanas y sus servidores, en pie junto a ellas con rigidez marcial. Y apenas las vieron, disparó la Numancia sus primeros tiros, colocándolos en la batería que llevaba el nombre de Santa Rosa. Contestó sin tardanza el Perú. Tronaron luego las demás fragatas, conforme iban llegando frente a las baterías, y bien pronto el humo denso envolvió la tragedia, y un estruendo pavoroso arrojó de los aires todo el silencio de la Naturaleza. El tiempo era absolutamente olvidado. Sólo lo sabían los cronómetros, que al empezar la función marcaban poco más de las once y media.

Desde la Numancia no se podía saber con exactitud lo que pasaba en el ala del Norte. El humo tapaba las partes lejanas, y no podía la atención distraerse del cuidado próximo. No obstante, en una clara, se vio que la Villa de Madrid pedía remolque. Había quedado sin gobierno por avería considerable. Acudió la Vencedora con prontitud a sacarla fuera, y la Berenguela quedó sola cañoneando las baterías y la torre blindada, cuyas piezas de gran calibre inutilizó al poco tiempo. En el ala Sur, la Numancia requería la mayor eficacia de sus disparos aproximándose a tierra.. Pasó muy cerca de los artificios que los peruanos habían dispuesto para inutilizar las hélices; llegó a tocar en el fondo; tuvo que dar atrás precipitadamente.. En aquel instante, la batería de Santa Rosa y la torre multiplicaban sus disparos contra la fragata. Méndez Núñez, en el puente, acompañado de Antequera y un Oficial, en todo ponía sus ojos vivos, y con ellos el alma.

Sereno casi siempre, risueño cuando veía el torbellino de humo y de polvo que levantaban los parapetos de la batería llamada de Abtao al recibir los proyectiles de la Resolución, iracundo al sentir (p.7375) que su barco tocaba en el fondo, don Casto no perdía un instante la majestad que sus graves funciones le imponían en medio de sus subordinados y frente al enemigo. Al gritar ¡Cía!, su voz dominaba la voz de los cañones.. La fragata salió al fin del mal paso, removiendo con su hélice el fango de la bahía, y continuó la función sin que la maniobra marinera interrumpiese el fuego. Méndez Núñez hablaba con las dos fragatas de su división, como si ellas pudieran entenderle. Era un acto instintivo, de que él mismo no se daba cuenta en momentos tan críticos.. y no les hablaba por el nombre de ellas, sino por el de sus Comandantes. «¿Qué haces, Topete? No te acerques tanto.. Valcárcel, firme contra esa batería de Abtao, que con Santa Rosa me entenderé yo.. Y los tres a una tiremos contra la torre blindada..». Cuando esto decía, un proyectil pasó entre el brazo derecho y el costado del General, rozándole.. Los astillazos que el mismo proyectil despidió del pasamanos del puente y de la bitácora, causaron en las piernas de don Casto heridas de menos importancia que la recibida en el brazo.

Que no era nada dijo, y lo mismo creyeron los que estaban a su lado. El fuego arreciaba por una parte y otra; las baterías peruanas redoblaban su furor. Pasaron minutos. Méndez Núñez, por la pérdida de la sangre que del interior de la manga descendía enrojeciendo la mano, sufrió un desvanecimiento; le sostuvieron los más próximos a su persona.. Se le bajó al Alcázar.. Tomó el mando el Mayor General don Miguel Lobo, sin decir palabra, pues la ocasión no permitía el rigor de los trámites.. En el Alcázar acudieron en auxilio del General los médicos Oliva y Gutiérrez, y cuatro marineros que le bajaron a la enfermería. Tendiéronle en la cama.. Viendo que corría la sangre por distintas partes de su cuerpo, palpaban los médicos aquí y allí para reconocer los sitios lesionados; y cuando empezaban a desabotonarle levita y chaleco, un marinero atrevido tiró de navaja, y cortando de cuatro tajos la ropa, facilitó la operación de apartar las telas y descubrir el (p.7376) cuerpo herido.

Al punto procedieron los facultativos a contener la hemorragia.. En aquel punto llegaron a la enfermería vivas exclamaciones de la gente de batería y cubierta. Había volado la torre blindada de los peruanos, con terrible estruendo y espantoso escupitazo de humo, que por largo rato impidió distinguir los efectos de la explosión. Fue que una granada española penetró en aquel recinto, incendiando las grandes masas de pólvora allí depositadas. Al disiparse el humo, se advirtió que la torre estaba hundida, y en completa inutilidad sus terribles cañones. Luego se supo que habían perecido los defensores de la torre, y con ellos el popular Gálvez, Ministro de la Guerra, el Coronel Zabala, hermano de nuestro General del mismo nombre, y otros militares de graduación. Cada una de las tres fragatas que contra la torre disparaban se atribuía la gloria de haber mandado proyectil que tan tremendo daño causó al enemigo; pero Topete, que era el más próximo a tierra, sostenía su derecho con razones que difícilmente podían ser debatidas. Cuando voló la torre blindada, los cronómetros marcaban las doce y diez minutos.

 

Ep-38-XXV -

Al poco tiempo de estar don Casto vendado y quieto la enfermería, recobró todo el esplendor de sus facultades. Quieto estaba, pero no tranquilo. Llamó al Oficial de la tercera división de la batería. «¿Qué hay, Garralda? ¿Cómo va el fuego?».

-Muy bien, mi General. La torre de La Merced ha volado. Ya no hacen fuego más que cuatro o cinco cañones en Santa Rosa.

-Ánimo, hijos míos. No desmayar. Yo estoy bien.. esto no es nada. ¡Volada la torre! Es más de lo que podemos desear.. ¿De cuál de los tres barcos sería la granada que causó ese desastre al enemigo?.. Difícil será saberlo.. Pero yo juraría que la mandó ese diablo de Topete..

Díjole después Garralda que la Almansa había inutilizado el cañón Blakely montado en el muelle. Luego preguntó Méndez Núñez si había vuelto la lancha de vapor que, al mando de Lazaga, corría las órdenes de un punto a otro. Poco antes de (p.7377) caer herido, el General había ordenado que se le llevasen informes seguros de lo ocurrido en la Villa de Madrid. Antes de que se retirase Garralda entró Lazaga, que así dio cuenta de su comisión: «Pocos disparos había hecho la fragata contra la batería del Norte, cuando recibió por el costado de babor una granada Armstrong, que al estallar dentro de la batería mató trece hombres; veintidós quedaron heridos por la metralla y cascos que despidió el proyectil en su explosión. No paró aquí el desastre, porque la misma granada, al chocar en el cabrestante, lanzó un molinete, que fue a parar a la caja de calderas, destrozando el tubo conductor del vapor. Esta avería no es grave; pero se necesita tiempo para repararla. En todo el día de hoy la Villa estará privada de movimiento. La he dejado fondeada en la isla. Cuando me retiré, don Claudio, poseído de furor, no paraba de maldecir su suerte».

-Ha quedado sola la Berenguela frente a las baterías del Norte -dijo Méndez Núñez desobedeciendo al médico, que le recomendaba tranquilidad-. Corra usted a la Almansa, y dígale a Barcáiztegui que inmediatamente vaya en apoyo de Pezuela.

Salió Lazaga más pronto que la vista.. Continuaba el cañoneo, y su fragor indecible retumbaba de un modo pavoroso en el hospital de sangre. El techo de este era por la cara superior suelo de la batería. El estruendo de los disparos, las pisadas de los que servían las piezas, los gritos de los oficiales que mandaban las cuatro divisiones, los alaridos y voces de guerra de tantos hombres iracundos, sonaban dentro de las cabezas de los infelices que allí yacían malparados. La batería era el Infierno, y la enfermería su catacumba, encierro de los condenados a la duda de vivir o morir. En el fondo del lúgubre sollado, a proa, se distinguía, entre faroles, la figura triste del Capellán con sotana y roquete, dispuesto para dar los Santos Óleos a quien los hubiese menester. A su lado, como acólito, estaba Binondo de rodillas, esperando, quizás deseando entrar en funciones.

El amigo Ansúrez tenía su puesto en el más (p.7378) profundo sollado, rigiendo a los que conducían la pólvora y municiones desde los pañoles a la batería. Hallábase, pues, debajo del agua, en un punto en que no podía ver el espectáculo del combate, y sólo lo apreciaba por el ruido. A cada instante creía que el cielo se desgajaba sobre la tierra y el mar, o que las profundidades del barco eran el interior de un volcán. A ratos trepaba por la escala llegando hasta la enfermería, y echaba un vistazo a los heridos, deteniéndose con singular lástima y atención en el General, que fue de los primeros en quedar fuera de combate. Y era, sin duda, el herido de más consideración. Los demás no eran muchos ni graves. Ningún proyectil había hasta entonces entrado por las portas: todos habían perdido su fuerza en la coraza.

Pero llegó al fin, cuando Dios quiso, una granada Armstrong, que habría causado inmenso daño, quizás la inmersión violenta de la fragata, si no la protegiera la robusta armadura que llevaba sobre sus lomos. Eran las dos y media de la tarde, cuando un topetazo monstruoso hizo retemblar la embarcación, como si fuera de hojalata. Ansúrez, que en aquel momento bajaba al tercer sollado, sintió el golpe por estribor, en un punto a su parecer correspondiente a la línea de flotación, debajo de la batería, entre la cuarta y quinta porta contando desde popa. Al punto creyó que su fragata se rompía en mil pedazos, y que todos bajarían sin pérdida de tiempo a los profundos abismos.. Sacristá, que se hallaba en el tercer sollado, fue el primero en determinar el sitio del tremendo choque, y como los duelistas de esgrima gritó: «¡Tocado!». Fácilmente se apreciaba por dentro la caricia de proyectil. La cuaderna presentaba una sensible alteración de su curva; un tornillo de los que sujetan el blindaje había horadado la plancha, abriendo una vía de agua de escasa importancia. Acudieron los oficiales de mar a reparar el desperfecto y restañar el agua, que poquito a poco se colaba dentro. Para ello emplearon cemento y ladrillos, que son la cura quirúrgica que en estos casos se emplea, añadiendo (p.7379) limadura de hierro para mayor eficacia. El emplasto quedó hecho en poco tiempo, y la Numancia, que apenas sentía el escozor de la herida, gracias al peto y espaldar de su armadura, invocó a Nuestra Señora del Carmen y siguió tan fresca disparando balas, granadas y demonios coronados contra Santa Rosa.

«Gracias a la Virgen de Carmen -dijo Sacristá-, esto no ha sido nada».

-La Santísima Señora -observó Ansúrez- ha sido la salvación del barco, poniéndose a nuestro lado en forma y substancia de blindaje. Bendita sea la Virgen y los que inventaron estas vestiduras de hierro.

Subió Ansúrez, llamado por el General, a informarle de la reparación de la avería, y antes de que concluyese, llegó por segunda vez Lazaga con la noticia del casi milagroso caso de la Berenguela, que fue de este modo: «Sola frente a las baterías del Norte, después de la retirada de la Villa, siguió cañoneando la veterana Berenguela, y logró inutilizar los cañones Armstrong de la torre blindada. Pero luego le tocó una china de las gordas, un proyectil Blakely, que entró por la porta como en su casa, destrozó a muchos hombres, y corriendo en dirección oblicua, fue a salir por el costado opuesto debajo del agua. Al salir se llevó una tabla, abriendo brecha enorme, por la cual se precipitó una cascada que en minutos habría inundado el barco, si la Providencia y la tripulación no acudieran con prontitud al único remedio posible en tales casos. Antes de que se les diera la orden, los marineros llevaron los cañones a brazo.. ¡a brazo, parece mentira!, de la banda de babor a la de estribor, para escorar la embarcación, sacando así del agua la brecha.. Y estando en esta faena, entró en el sollado otra bomba que al reventar hirió a mucha gente y pegó fuego a las carboneras.. La enfermería, llena de víctimas, se vio asaltada del agua y del fuego.. los pobres heridos gritaban con espanto entre los dos horrores: morir ahogados o morir quemados.. Por momentos estuvo la fragata a dos dedos de irse a pique.. Gracias a la rapidez con que los cañones pasaron de un costado a otro, se (p.7380) salvaron el barco y sus hombres de una muerte segura. Escorada se retiró de la acción, y apagó con el trajín de bombas su propio fuego. Fondeada y segura está ya en la isla, tapándose el boquete con lonas hasta encontrar maderas para echarse unas buenas tapas y medias suelas. Las bajas son muchas: no he visto propiamente muertos, pero sí hombres muriéndose».

-Esto va bien, hijo mío -dijo don Casto estrechando la mano de su subalterno-. Yo me encuentro regular. Me pone nervioso el verme preso en este camastro.. Pero estoy contento.. Adiós, hijo; vamos bien..

Las ironías de la guerra revoloteaban como avecillas negras y doradas en torno al lecho del General. Con su canto seductor infundían alegría en el relato de los hechos luctuosos, y matizaban de gloria la cruel muerte y los sufrimientos humanos. Quedó solo el General con Pastor y Landero, que le dio cuenta de cuanto arriba, en el Estado Mayor, ocurría. Lobo y Antequera permanecían en el castillo de popa con los Tenientes de Navío Lahera y Basáñez. Alonso mandaba la batería; Barreda continuaba en funciones de Segundo; Pardo Figueroa estaba en cubierta. Las cuatro divisiones de batería seguían a las órdenes de los Alféreces de Navío Liaño, Garralda, Silva y Armero, con los Guardias marinas. Todo el personal se encontraba ileso. Íbamos bien, muy bien. Entró después Lahera, y con él el ingeniero don Eduardo Iriondo; ambos ponderaron las condiciones inmejorables de la fragata. Era un barco invencible; el combate, aún no concluido, daba la mejor prueba de la eficacia del blindaje. Con otras dos Numancias sobre la que teníamos, la destrucción de las defensas de Callao habría sido obra de minutos.. Los barcos de madera ya no podían entrar en fuego con fortificaciones modernas, sin llevar dentro de sus tablas mayor grado de heroísmo del que debe exigirse a le hombres de guerra: eran héroes de vocación y mártires a sabiendas. No debemos ir desabrigados contra el frío, ni desnudos contra el fuego. La realidad nos demostraba que sin una (p.7381) escuadra compuesta totalmente de Numancias, no iríamos a ninguna parte. Las consideraciones y las ideas técnicas no podían seguir adelante, que era ocasión de aplicar todo el entendimiento al empirismo inmediato. Lahera trajo al General la noticia de que la Blanca se retiraba por habérsele acabado las municiones. Topete estaba herido, no de gravedad.. De la Almansa se tenían noticias ciertas. En su batería reventó una granada, matando trece hombres. El Guardia marina Rull quedó hecho pedazos, y al instante le sustituyó otro Guardia marina, Hediger, que antes sirvió en la Villa de Madrid y en la Numancia. Al estrago de la explosión siguió el incendio de la pólvora de los guarda-cartuchos; los que conducían las cajas quedaron abrasados; el fuego se extendió rápidamente hasta el antepañol de la Santa Bárbara.. El fuego no se apaga sino con agua.. Urgía inundar el sollado, abriendo los grifos.. Prodújose entonces una terrible situación dramática. ¿Qué era preferible? ¿El peligro evidente de volar, o el desaire de suspender la lucha? Esta duda fatídica inspiró al animoso Barcáiztegui una frase que había de ser célebre: Hoy no mojo la pólvora.. Así fue: retirose la fragata; fue extinguido el incendio sin mojar la pólvora, y antes de media hora ya estaba otra vez frente a las baterías del Norte vomitando contra ellas todo su coraje.

Las cuatro y media marcaban los cronómetros, cuando ya sólo tres cañones peruanos tenían voz y balas. La noche estaba próxima. Enterado de todo, Méndez Núñez dijo a Lahera y a Pastor: «Mi opinión es que se dé por concluido el combate». Poco después, Lobo mandó hacer la señal de que cesara el fuego. Subió a las jarcias la marinería, y dio tres vivas a la Reina, que fueron el último aliento del furioso Marte en aquel terrible día. Los barcos españoles se retiraron tranquilamente al fondeadero de San Lorenzo. Durante la corta travesía de la Numancia, Méndez Núñez fue llevado de la enfermería a su cámara, donde el Mayor General le dio cuenta del resultado total de la acción. Ambos lo (p.7382) conceptuaron lisonjero, pues sólo el hecho de no haber perdido ningún barco significaba una indudable victoria. Declaró Lobo que los peruanos se habían conducido con bravura y tesón. Calculaba que sus bajas habían de ser superiores a las nuestras, y sólo con la torre de la Merced tenían para llorar un rato y para hacer cuenta larga de desdichas. Pero a pesar de esto, no podían negar que en el duelo de aquel día todas las ventajas fueron suyas, y nuestras las mayores desventajas. Combatían en tierra, alentados por la opinión próxima, en un ambiente de entusiasmo, con todo un pueblo por reserva. Sus artilleros podían hacer buena puntería. Los combatientes tenían retirada segura hasta los Andes, y aun más allá. En cambio, los barcos españoles no veían más retirada que la mar, sin recursos de vida, sin medios de reparación para los hombres extenuados y los buques maltrechos, faltos de todo.

Mientras navegaban hacia la isla, Ansúrez no apartaba sus ojos de la plaza y sus baterías, en las cuales era visible el estrago causado por las balas de los españoles. Con inmensa piedad miró hacia tierra, como si entre los muros rotos y entre las ruinas humeantes viese despojos de seres amados, o algún ser vivo ligado a él con vínculos estrechos. Como estaba el hombre con los codos apoyados en la batayola y el rostro vuelto hacia la tierra, que a cada instante se alejaba más por la neblina y la distancia, nadie pudo ver las lágrimas que resbalaban por sus curtidas mejillas. Lloraba de remordimiento de haber cañoneado a los suyos, a su hija, a su nieto, a los demás de la familia, que también se habían hecho suyos. ¿Quién le aseguraba que alguno de ellos, tal vez la propia Mara, hallándose por casualidad o de intento en el Callao, no había sido cogido por las balas que mandó con tanto furor la Almansa contra las casas del pueblo?.. Y sobre todo, Señor, ¿quién había inventado aquella maldita guerra, y quién dispuso las cosas de modo que él no pudiese odiar al Perú, ni tenerlo por enemigo? ¿A qué venía tanta furia contra el pobre Perú, delicioso país sin duda, por el hecho de estar en él la (p.7383) hermosa Mara?..

Momentos después de estas tristezas y reflexiones, vio a Fenelón, que de la máquina salía jadeante, pintado el rostro de grasienta negrura. Había hecho servicio durante todo el combate.. Más fatigado de la suciedad que del trabajo, buscaba un cubo de agua con que baldearse y recobrar su ser ordinariamente limpio. «¿Qué cuentas, Fenelón? -le dijo el celtíbero-. ¿Qué opinas tú de esto?».

«Que por una parte y otra, todo ha sido una función de.. romanticismo.. ¿Consecuencias, dices? Ninguna, como no sea esta: que se retrasará un cuarto de siglo, lo menos, la reconciliación de España con las que fueron sus colonias. El combate de hoy ha sido, por ejemplo, el acto final de una guerra en verso.. No pongas esa cara de asombro. Acá nos han mandado para que cantemos una oda en el Pacífico. Los americanos han respondido con otra canción.. y he aquí todo.. Ahora España envaina sus versos, y se va por esos mares a la casa paterna, donde también habrá, cuando lleguemos, poesía a todo pasto». Dicho esto, el francés dio con un cubo de agua, y requiriendo un pedazo de jabón, empezó a fregotearse con furor de limpieza.

 

Ep-38-XXVI -

No cesaba el cuitado Ansúrez de voltear en su mente la idea sugerida por Fenelón de que toda la guerra y el combate final eran cosa romántica, como la fuga de Mara con Belisario, como el trasplante al Perú de la prenda de su corazón, y como la fabulosa riqueza y felicidad indudable de la niña en América. Hay, sin duda, romanticismo público y nacional, como lo hay privado y doméstico. Las naciones hacen versos lo mismo que esos vagos que llaman poetas.. En la siguiente mañana, las obligaciones de su cargo le llevaron a un acto tristísimo, por su propia tristeza y desolación empapado en idealidad romántica. Encargado del transporte de muertos a la isla de San Lorenzo, donde se les daría cristiana sepultura, salió Diego de la Numancia en la lancha vapora, y fue de barco en barco recogiendo los botes en que ya estaban depositados los cadáveres, y dándoles remolque hasta el (p.7384) desembarcadero.

La solemnidad de dar tierra a las cuarenta y tres víctimas del combate del Callao, dejó en el alma del contramaestre una impresión angustiosa. Desde el amanecer ya estaban en tierra unos veinte hombres cavando las sepulturas de sus compañeros. A los dos guardias marinas, Godínez, muerto en la Villa de Madrid, y Rull, en la Almansa, se les enterró envueltos en la bandera nacional. Los cabos de cañón, condestables y marineros, fueron al hoyo con la misma vestidura, pero ideal, porque para tantos no había banderas. Asistían a la ceremonia un Oficial y un Guardia marina de cada barco, y presidía el Segundo accidental de la Numancia, Teniente de Navío don Emilio Barreda. Los capellanes de todas las fragatas, arrimados a las sepulturas, daban al viento el tristísimo latín de los responsos, más fúnebre cuanto menos entendido. José Binondo, que fue de los primeros en la cava de los hoyos, y en el apañar y soterrar a los pobres difuntos, se multiplicaba como si le nacieran muchos brazos para las operaciones mecánicas y bocas muchas para los rezos en castellano y latín macarrónico que a cada muerto dedicaba. Para rematar dignamente el acto religioso, se puso en mitad del terreno de las sepulturas una cruz de madera pintada de negro, que a toda prisa carpinteó un calafate de la Numancia. Ansúrez habíala llevado en la vapora. Binondo ayudó a clavarla en tierra, afirmando su base con pedruscos.

«Yo te aseguro -dijo a su amigo mientras le ayudaba en la colocación de piedras- que al llorar a nuestros queridos compañeros difuntos, debemos también envidiarlos, porque ellos están ya gozando de Dios, y nosotros aquí quedamos como pobres desterrados, navegando y muriendo, sin morir.. Porque ya ves; nuestra vida no es vida, sino más bien muerte, y nuestro comer es ayunar, y nuestras alegrías penas y quebrantos. ¿No valdría más que nos echaran al agua de una vez para que, ya que nosotros no comemos, comieran los pobres peces?.. Dios cuida, ya lo sabes, de dar su diario sustento al pajarillo y también al pececillo.. y quien (p.7385) dice pececillos, dice ballenas, tiburones y tintoreras.. En verdad te digo que debemos envidiar a los muertos, porque, al morir por la bandera, quedaron absueltos de sus culpas, y en la gloria están todos ya, salvo algún renegado a quien echen cuarentena en el lazareto del Purgatorio».

-Si ellos están absueltos y mondos de pecados -dijo Ansúrez-, también nosotros, que sobre lo ya sufrido tenemos lo que aún nos espera en estos malditos mares. Tierra firme paréceme a mí que ya no pisaremos. Y viviendo en el mar, trashijados de hambre, nuestros víveres son las ilusiones y nuestra bebida la poesía, que más emborracha que alimenta.

-Verdad. ¿Pero qué te importa si así eres feliz? Has llegado a creerte que tu hija vive, cuando está más muerta que mi abuela; crees también que nada en plata y oro, cuando ya no puede nadar en cosa alguna, como no sea en la divina misericordia.. En verdad te digo que no te salvarás si no te haces amigo de la muerte. Aquí me tienes a mí deseando siempre que me llegue la hora.. Vivo muriendo.. o como dijo la otra, muero porque no muero.

-Déjame en paz, farsante, y guárdate tus sermones -replicó Diego cogiéndole por el pescuezo-, que entre poesía y poesía, prefiero yo la que me alegra el alma.. Y dime ahora: ¿todavía rezarás a Santa Rosa, que nos estuvo abrasando con los cañones de su batería, hasta que Topete y la Virgen del Carmen le metieron en la torre una granada?

-Yo le rezo a la Santa, pero con reservas. Rosa se llamó en el mundo mi querida hija.. Yo les rezo a las dos Rosas, y hago mi separación de cañonazos y santidad. A este lado la guerra, al otro las ganas que tengo de salvarme. Nada tiene que ver el Credo con las témporas.. Si la Virgen del Carmen mira por los españoles y Santa Rosa por los peruanos, allá ellas. Yo, Pepe Binondo, me pongo todo en mi alma, y al cuerpo mío, que es témpora, le doy un puntapié y le digo: «Muérete, cuerpo asqueroso. Cómante peces o meriéndente gusanos, lo mismo me da. ¡Viva mi alma, y amén!».

-Buen tuno estás tú.. Acaba pronto y vámonos a bordo -le (p.7386) dijo Ansúrez tirando de él. Embarcados en la lancha vapora, siguieron charlando. Binondo no soltaba el hilo de sus estrafalarias teologías; pero Ansúrez le llevó a un tema más positivo, anunciándole que si se concertaba un armisticio con el Perú, podrían los españoles hacer provisión de comida fresca y abundante; a lo que respondió el malayo, con verdoso fulgor en su mirada de santo budista: «Buena falta hace.. En verdad te digo que el comer es necesario hasta para la devoción, pues un estómago vacío trastorna el entendimiento, y si la cabeza no gobierna como es debido, puede uno llegar encandilado a la muerte, y no ver la puerta de la salvación».

Para que no tuvieran aquellos infelices ni un momento de descanso, las reparaciones de los barcos descalabrados en el combate les ocupaba día y noche, sin desatender el trajín de aprovisionamiento de carbón y víveres. Por ser la comida escasa y mala, el repartirla daba mucho que hacer. Lo menos malo era para los heridos, que no bajaban de ochenta, con añadidura de sesenta y tantos contusos. En uno de los barcos del convoy, llamado Mataura, tuvo Ansúrez el gozo de encontrar a su amigo Mendaro. Las desdichas por ambos sufridas les desbordaron en una conversación calurosa, interminable, sobre lo divino y lo humano, sobre lo privado y lo público. Refirió Mendaro que sus parroquianos habían dado en llamarle espía, y su misma esposa, Josefa, le quemaba la sangre a toda hora, hablando pestes de la Reina doña Isabel. Por más que él guardaba la mayor compostura, y no se permitía públicamente decir palabra que sonase mal en oídos peruanos, a cada paso le injuriaban, azuzándole con dicterios soeces. Antes de que le expulsaran se expulsó él a sí mismo, con propósito de regresar a su casa en cuanto los barcos españoles volvieran la espalda, dígase las popas. El hervor del patriotismo peruano pasaría pronto, que en aquella tierra, como en España, no había constancia en el odio, lo que es signo de buen natural.

De estos y otros temas particulares pasaron (p.7387) Mendaro y Diego a los de interés colectivo: se habló largamente del combate del día 2, del coraje y valentía que unos y otros desplegaron, de la catástrofe en la torre de la Merced, del brío y agilidad de las fragatas, terminando en consideraciones y barruntos de lo que sobrevendría. ¿Duraría más tiempo la guerra o se hallaba ya en su conclusión y finiquito? Esto era lo más probable y la opinión corriente en la Escuadra, donde todos sentían la imposibilidad de mayor resistencia. La comida escaseaba y era de la peor calidad. ¿A dónde irían en busca de víveres frescos? Dijo a esto Mendaro que en el tiempo que llevaba en el convoy su constante pensamiento era comer algo más nutritivo y grato; dormía mal, con ensueños de oler y gustar un buen sancochado y un platito de serviche, que es pescado crudo con zumo de limón.

«Pues yo -dijo Ansúrez- sueño que estoy en Cartagena, comiendo pimientos y aladroque, y al despertar paréceme que conservo en la boca el gusto de aquellos comistrajes tan sabrosos.. Yo creo que la guerra se ha concluido, y que vendrán pronto las paces». (p.7388)

Opinó Mendaro que la paz no podían hacerla los españoles allí presentes, sino otros que mandaría después el Gobierno con más papeles que cañones.. A este propósito, repitieron lo que en la Escuadra se daba como hecho corriente, divulgado de boca en boca. En sociedad tan estrecha y cordialmente unida como las tripulaciones de los barcos, no había nada secreto, y las disposiciones del Gobierno de Madrid, apenas llegaban al Pacífico, eran conocidas y comentadas en la España flotante y en su vecindario de tres mil almas, algo mermado ya por las bajas de la guerra. El hecho que debe ser puesto aquí, como guión de los que marcan el paso de la Historia, fue el siguiente: Nuestro Gobierno de entonces, ni más cauto ni más animoso que los que le precedieron y después le heredaron, se sintió de súbito aterrado de la prolongación dispendiosa de la campaña del Pacífico. Quizás vio, tarde ya, la locura de haberla (p.7389) emprendido por un impulso de pueril fiereza, cediendo a los estímulos de la moda imperialista (segundo Imperio francés) que a la sazón reinaba, moda que imponía con los miriñaques otras cosas vanas, como la hinchazón de guerras sin sentido común, para deslumbrar y dominar más fácilmente a los pueblos. Conocidos el error y la tontería, no vio el Gobierno más camino de arreglarlo que decretar la terminación de la campaña; y al efecto, mandó al Pacífico al señor Álvarez de Toledo, Alférez de Navío, con pliegos para Méndez Núñez, ordenándole el inmediato regreso de la Escuadra.

Defectuoso y precipitado era este modo de concluir, como fue impensado y calaveresco el modo de empezar. El Enviado español tomó el camino más corto, que era el de Panamá, y en el Callao apareció el 1.º de Mayo, cuando ya la Escuadra española estaba haciendo puntería, como si dijéramos, contra las defensas de la plaza. Y véase aquí cómo procede un caudillo valiente que tiene en su mano la bandera de su país y el honor de las armas. Méndez Núñez leyó el papel, y devolviéndolo al mensajero le dijo: «Mañana 2 bombardeo al Callao. Usted no ha llegado todavía; llegará pasado mañana, y en cuanto me comunique la orden del Gobierno, me apresuraré a obedecerla». Así se hizo. ¡Honor a los hombres que, en circunstancias tan solemnes y críticas, saben desobedecer obedeciendo!

 

Ep-38-XXVII -

De este suceso, del grande ánimo de General y de su heroica marrullería, hablaron los dos amigos extensamente, tratando luego de los medios de proporcionarse algún alimento de mediana calidad y frescura. Pero la requisa escrupulosa que hicieron de despensa en despensa no dio resultado alguno. Separáronse, y cada cual fue a entretener y amodorrar su hambre con las obligaciones. Ansúrez se aplicó a la faena de la reparación de averías en los barcos de madera.

En la agitación de estos trabajos les sorprendió la noche del 5, que fue de gran alarma y ansiedad, porque vieron confirmado el temor de que les atacaran con torpedos u otros aparatos infernales (p.7390) y traicioneros. Gracias a la vigilancia con que a estos riesgos atendían, pues aquella pobre gente no descansaba en las noches claras ni en las obscuras, pudieron librarse de una catástrofe. La Berenguela fue la primera en anunciar con cañonazos el peligro. A favor de las tinieblas se aproximaba un remolcador conduciendo una barcaza en que venía el torpedo, diabólico artefacto lleno de fulminante, que por medio de un sutil mecanismo, al chocar con un cuerpo duro se inflamaba y hacía terrible explosión, pudiendo así destruir la nave más poderosa. La Providencia, que a los españoles favorecía en aquellos angustiosos días de trabajar duro y apenas comer, deshizo el plan siniestro de los que habían armado el bárbaro artificio. Una bala de la Berenguela rompió la palanca que debía transmitir al depósito de explosivos los efectos del choque, y el torpedo quedó ineficaz. A la mañana siguiente pudieron desmontarlo con minuciosas precauciones, y salieron al fin ganando, porque el vaporcito que traía la muerte quedó con vida incorporado a la Escuadra. ¡Lástima que en vez de enviar vaporcitos portadores de fulminante, no los mandaran cargados de jamones, pavos, manteca fresca y demás pólvoras alimenticias!

Deseaban Sacristá y Ansúrez visitar al General para felicitarle por su mejoría y recibir sus órdenes, y antes de que pusieran en ejecución este noble pensamiento, Méndez Núñez les mandó llamar. Ello debió de ser el 7 o el 8 de Mayo. Halláronle levantado, el brazo en cabestrillo, pálido y decaído de fuerzas físicas, ya que no de ánimos. Con su bondad ingénita, que en el trato de los inferiores generosamente se mostraba, les recomendó que se previnieran para un viaje larguísimo y tal vez de contingencias desfavorables. «Al retirarnos de estas aguas -les dijo-, no podemos seguir juntos.. Yo me voy en la Villa de Madrid, con la Blanca, Resolución y Almansa, a Río Janeiro; vosotros, con la Berenguela, emprenderéis la derrota de Filipinas, para seguir luego hasta España por el Cabo de Buena Esperanza. (p.7391) Ya veis: ocasión se os presenta de mostrar otra vez que sois excelentes marineros. Lo que hicisteis para ayudarme a traer acá esta fragata, repetidlo ahora.. No me arriesgo a llevar la Numancia conmigo, porque ha de ser muy difícil embocar en esta estación la entrada occidental del Estrecho. Hemos de ir por el Cabo de Hornos y a la vela. ¿Quién nos dará carbón de aquí a Montevideo? Vosotros llevaréis mejor camino, y antes de llegar a Filipinas haréis escala en alguna isla de Archipiélago de la Sociedad.. Menester será emplear la vela el mayor tiempo posible, porque no llevaréis carbón más que para algunos días. Viento de popa y corriente favorable tendréis al salir de aquí; navegaréis con rumbo Sudoeste hasta los 17 grados; luego, al Oeste: la corriente os ayudará a llegar a las islas. Ocupaos hoy mismo en guindar todo el aparejo, asegurando los estáis y poniendo al corriente todo el juego de brazas de los tres palos, que si os cogen calmas, habréis de largar todo el trapo y las arrastraderas. Repasad bien el velamen, y si hay que hacer reparación en las gavias, no os descuidéis: lona tenéis de sobra.. Me figuro que habréis de dar algunas puntadas en las mayores y en los foques, que bastante trabajaron para traernos acá.. Y nada más os digo, porque os conozco, y sé que sabéis cumplir con vuestro deber.. Deseo que podamos volver a vernos allá. Ello no es fácil, porque como de esta hecha hemos quedado todos, cuál más cuál menos, bastante estropeaditos, y heridos del corazón tanto como de los remos, no será extraño que algunos vayan cayendo al agua por el camino. Sea lo que Dios quiera. Amigos, hasta Cádiz.. o hasta el Valle de Josafat».

Con emoción y gratitud salieron de la cámara del General los dos contramaestres. La llaneza bondadosa de don Casto les afianzaba en el cariño que por él sentían, y era el mejor estímulo para el cumplimiento de cuanto les mandaba. Sin perder tiempo se consagraron a guindar toda la arboladura, y a disponer el velamen, que pronto había de ser entregado a las caricias del viento. Después de trabajar como negros en (p.7392) estas operaciones, cayó el buen Ansúrez en hondas melancolías. La idea de abandonar las aguas peruanas sin poder saltar a tierra, le abrumaba. ¿Qué razón había para que el General no hiciese paz honrosa con el Perú, echando pelillos a la mar, sin pensar más que en la reconciliación de dos pueblos hermanos? ¡Ajo! ¿Para cuándo dejaban el tierno abrazo de americanos y españoles? Retirarse a España dejando las cosas como estaban, era una mala partida, un pastel indecente.. ¡una traición, con cien mil pares de ajos! No había consuelo para el infeliz padre cuando pensaba que tenía que volverse a Europa dando al mundo la vuelta grande sin ver a su hija y abrazarla. ¡Ni siquiera le permitía Dios el mezquino placer de comunicarse con ella, de recibir cuatro renglones trazaditos en un papel por su linda mano! ¿Qué crímenes había él cometido para estar condenado a dar vueltas alrededor del globo sin ninguna pausa ni alivio de su inmenso pesar? Esto era horrible, Señor; esto traspasaba los límites del dolor humano. Mejor que esto era el Infierno; mejor el Limbo, con su privación eterna de bienes y males.

Para mayor tortura del pobre celtíbero, hasta la consoladora visión del niño Carmelo había desaparecido. Por más que se esforzaba en traer a su imaginación la angelical persona del nietecillo, no podía disfrutar de aquel consuelo. La imagen alada y sutil se escapaba, se escabullía, perdiéndose en los espacios más remotos del ensueño. «¡Señor, Virgen de Carmen -decía clavándose los dedos en el cráneo-, si será todo mentira!.. ¡si me habrá engañado el maldito francés y los que declararon que mi hija estaba en Jauja, en el Cuzco, en Arequipa, o en las Batuecas de los Andes! ¿Serán también una farsa los versos con que quisieron darme fe del alumbramiento de la niña? ¡Ajos!, no me falta más sino que tenga razón ese puerco mojigato de Binondo, que me asegura la muerte de Mara y su viaje al otro mundo para no volver de él. Sáqueme Dios de estas dudas, o me entregaré a los demonios para que me cojan, me zarandeen, y me zambullan en sus calderas de (p.7393) plomo derretido».

En esta consternación y turbulencia de su espíritu estaba el hombre sin ventura, cuando llegose a él Mendaro, que a despedirse iba. Llorando a moco y baba se echó Ansúrez en brazos de su amigo, y le dijo: «Pepe de mi alma, por lo que más quieras; por tu mujer guapetona, que perece una reina, por el príncipe tu hijo, ten compasión de este padre desgraciado, y en cuanto vuelvas a tu casa, busca el medio de ponerte al habla con Mara o con su familia; revuelve a Lima, a Jauja y al piñatero Cuzco hasta dar con ella. Si para esto necesitas gastar algún dinero, aquí tienes todo el que guardo de mis pagas.. No dudo que me harás este favor, hijo: yo te lo agradeceré mientras viva.. Y si logras ver a esa ingrata, cuéntale mis amarguras, y hazle ver lo que he penado por ella, y lo que aún me falta, ¡ajo!, que es mucho dolor este de volver a España por la vuelta de Filipinas y el Cabo de Buena Esperanza sin ver a mi hija, sabiendo que está en el Perú.. No sé, no sé cómo consiente Dios este desavío tan grande.. ¡Y para esto ha hecho el hemisferio Sur y el hemisferio Norte, y los caminos de la mar! Navegue usted nueve mil millas, fondee delante del Perú, y resígnese a navegar ahora veinte mil millas sin ver logrado un deseo tan natural y tan santo como es el abrazar un padre a su hija.. Yo le digo a Binondo que no hay Dios, y que si lo hay está trastornado de su eterno caletre.. Y si no lo estuviera, ¿cómo había de permitir estas guerras estúpidas, que no son más que bambolla y quijotismo? ¿Qué ventajas nos da el sin fin de bombas y granadas que hemos tirado contra esos infelices?.. Pero, en fin, no nos entretengamos, Pepe, que tú tienes prisa, y nosotros aguardamos la pitada que nos mande levar anclas. Toma las diez y siete cartas que en estos días escribí a mi ingrata: se las das todas para que se entretenga leyéndolas. En la última le digo que en cuanto lleguemos a Cádiz, me quedaré franco de servicio, y me vendré al Perú por Panamá, y veré a mi adorada, si es que vive.. y a Dios le digo que si no me arregla el venir acá, y el (p.7394) encontrarla buena y sana, y el hacer mis paces con ella y con su familia, me volveré ateo.. Ateo seré, como hay Dios; te lo juro.. Con que ya sabes: en ti confío; guarda las cartas.. De lo que averigües me escribirás a Filipinas, donde haremos escala.. Y si recibiera carta de ella, me volvería loco, y se me quitaría el ateísmo.. Adiós, hijo: a ti me encomiendo. Que te vaya bien. Ya suena el pito de Sacristá.. A levar se ha dicho.. Adiós, adiós».

Prometió Mendaro cumplir con toda solicitud el encargo de su amigo, y resistiéndose a tomar el dinero que este le ofrecía, se abrazaron.. «¡Adiós, América!» dijo el uno. Y el otro: «¡Adiós, España!..». Media hora después, la Numancia, andando a máquina, doblaba majestuosa la punta de San Lorenzo, y al entrar en el ancho mar tendía las alas de su velamen, abandonándose en brazos del viento suave y amoroso. Toda la Escuadra navegó en conserva el día 10 con rumbo SO., y a la puesta del sol se separaron las dos divisiones. La despedida, con los silbatos de vapor y el sube y baja de banderas, fue patética, y dejó tristísima impresión en todas las almas. Pusieron las proas al Sur los que iban por el Cabo de Hornos, y la Numancia, Berenguela y Vencedora, con el Marqués de la Victoria y los mercantones Uncle Sam y la fragata Mataura, enmendaron su rumbo, poniéndolo al Oeste con cuarto al Sur.

El descanso de los tripulantes en aquella expedición era tedioso y lúgubre. Enfermos de excitación anímica y de rudos trabajos, ingresaban en vida de hospital, donde el malestar o las lesiones que cada uno llevaba salían a la superficie estimuladas por el reposo. Sobre todos los males imperaba el mal comer, contra el cual no había remedio mientras no llegasen a tierra de abundancia. Carne salada, tocino en mal estado y galleta mohosa, eran el alimento corriente para todos, altos y bajos. El hambre se juntaba con la inapetencia, y la repugnancia cortaba el paso al apetito. Y para colmo de desventuras, la carencia de tabaco llegó a ser absoluta. Hombres había que se dolían más del no fumar que del no (p.7395) comer. Llegó un día en que el mismo Binondo, almacenista en pequeña escala de hoja virginia, no suministraba ni una hebra. Hombres industriosos hubo, tan ávidos del vicio, que discurrieron fingir el tabaco con raspaduras de maderas dadas de sebo rancio. Las virutillas que así sacaban eran liadas en papel, como picadura, y venga chupar y escupir, engañando el gusto y rodeándose de humareda pestífera.

La tristeza era general: nadie cantaba ni reía. El aplanamiento físico y moral sobrevino con verdadera difusión epidémica. La pereza embotaba la voluntad: nadie trabajaba; fatigábanse algunos del menor esfuerzo, y todos caían en tétricas modorras. Para sacudir los cuerpos enmohecidos, se discurrió darles gazpacho dos veces al día, pues no faltaba vinagre a bordo; y para mover las almas, se ordenó que se pusieran en práctica todos los medios de regocijo. El que supiera cantar, que cantase, y lucieran sus habilidades los tañedores de guitarra, bandurria, flauta, o siquiera del güiro. Diose permiso para bailar y recitar romances y jácaras. Mientras los marineros organizaban un festival de zapateado, o de las danzas peruanas la Zamacueca y la Zanguaraña, que algunos sabían, los Guardias marinas repartían y ensayaban el socorrido Puñal del godo, para dar una representación solemne y pública en el Alcázar. Hasta se quiso incluir en el programa un número de prestidigitación y otro de volatines, que había en la Maestranza dos muchachos muy fuertes en estas divertidas profesiones.

De nada valían tales artificios para atraer la alegría cuando esta no se dejaba coger. Si por momentos resplandecía sobre algunas extravagancias, pronto se iba, difundiéndose en el aire calmoso. Lo que al barco llegaba y en él ponía su alojamiento era el escorbuto, el mal marinero que destruye las tripulaciones cansadas, mal comidas y agobiadas de tristeza en las grandes soledades oceánicas. En la Berenguela y Vencedora menudeaban los casos; en la Numancia empezaron las manifestaciones de mal a los tres días de salir de Callao. Los médicos (p.7396) vieron venir la terrible infección, y sin poder aplicar más que paliativos, suspiraban por llegar a cualquier isla donde hubiera limones. El primer atacado fue Desiderio García, que además tenía una herida de casco de metralla en el muslo, aún no cicatrizada; cayeron después un marinero vizcaíno, llamado Ansótegui, y dos fogoneros gaditanos. Empezaban con un recrudecimiento de la general tristeza, y con extremada flojedad, abatimiento y fatiga; seguía la hinchazón de encías, síntoma determinante del mal; luego la reapertura de las heridas, el que las tuviera, las manchas equimóticas que degeneran en úlceras, la emisión de sangre negruzca, la caída de los dientes, y, por fin, el marasmo, la muerte..

En el pobre Desiderio García, no ofrecieron gravedad los primeros síntomas escorbúticos; pero el recrudecimiento de las heridas trajo complicaciones alarmantes, y el enfermo se vio acometido por dos males que encarnizadamente se lo disputaban. Al mismo tiempo que aparecieron las petequias, forma incipiente de la equimosis, y la hinchazón de encías, se presentó una fiebre intensa, fatiga, dolores que indicaban graves alteraciones viscerales. En dos días cayo el infeliz en postración hondísima. Crueles hemorragias anunciaban su acabamiento; las encías tumefactas no le cabían en la boca; su respiración no era más que el ansia de respirar. Una tarde, entre dos síncopes, disfrutó de breve descanso, y pudo emitir sonidos, palabras y aun conceptos. Llamó a sus amigos, y una vez que los tuvo junto a su lecho, les cogió las manos, y con pausado acento les dijo: «Ansúrez, Sacristá, Binondo, quiero que sepáis que aquella sinfinidad y catálogo de millones de plata y oro que os conté, y el escondimiento del tesoro en una cueva de Copacavana, son mentiras y embaucaciones que no sé si saqué yo de mi cabeza, o me las asopló un diablo que quería perderme. Si creísteis aquellas trolas, descreedlas ahora, y decid que os engañé por estar yo engañado.. Ya confesé al Capellán mi falsedad, y a vosotros ahora la confieso.. (p.7397) Perdón les pido, y que recen por mi ánima».

Alentáronle los amigos con frases cariñosas, y Binondo dijo que no siendo esta vida más que una ensoñación, soñar con tesoros es un barrunto y vislumbre de la gloria eterna. Media hora después, reconciliado por el Capellán y con el práctico a bordo para emprender su viaje a la Eternidad, tuvo otro momento lúcido, en el cual pidió el último favor a su amigo Ansúrez. «Me pondrás en los pies -le dijo- dos balas del mayor calibre; en la cintura una parrilla, y en el pescuezo.. aquí.. un par de lingotes, para que cuando me arrojéis, pueda yo irme derechito al fondo. ¿Sabes por qué te digo esto? Pues anda por aquí una tintorera que viene dando convoy a la fragata desde que montamos la punta de San Lorenzo. Tú la has visto, la han visto todos. Te aseguro que cuando yo la miraba desde la borda, la condenada no me quitaba los ojos.. Con sus ojos me decía: 'Te como, te como'. Créelo: como hay Dios que nos viene siguiendo, porque sabe que me arrojaréis.. Estos animales son muy listos, y todo lo entienden. Pero si tú haces lo que te pido, ponerme mucho hierro, mucho peso, yo me reiré de la tintorera, y a escape bajaré a lo profundo, diciéndole. 'Fastídiate, tintorera. No me comes, no me comes'».

Al poco rato expiró, y fue en busca de los tesoros eternos. Era un buen hombre, de imaginación poemática.. Sus amigos le lloraron; y para cumplir su última voluntad, Binondo cuidó de arrojarlo al agua con oraciones y hierros de extraordinaria pesadumbre.

 

Ep-38-XXVIII -

El cabo de cañón Ansótegui y los dos fogoneros se sostenían en los medios de sufrimiento, con esperanza de mejorar en cuanto llegaran a un país bien surtido de limones y naranjas. Era el viaje de una lentitud desesperante, por lo apacible del viento y el poco tirar de la corriente. La Numancia con todo su aparejo al aire no daba más de cuatro o cinco millas por hora. Como arreciara el mal escorbútico en los otros barcos, se les dio orden de abandonar la navegación en conserva, adelantándose cada cual todo lo que pudiese. (p.7398) Berenguela y Vencedora y los transportes se perdieron de vista; quedó sola la blindada, arrastrándose como podía por las aguas quietas, con sus tripulantes medio muertos de inanición y de quietismo tedioso. Lentos, monorrítmicos, transcurrieron días de Mayo, días de Junio.. El tiempo navegaba por las aguas dormidas de la laguna Estigia.. Y los hombres, como atontadas moscas, caían del aburrimiento a la enfermedad, unos con síntomas de escorbuto, otros de fiebre maligna, no pocos atacados de mal desconocido, cuyo síntoma visible era la mortal tristeza. En la enfermería no cabían ya tantos hombres. Era un dolor verlos caer y humillarse a la pereza, y requerir el olvido de lo que fueron.

El mismo Sacristá, fuerte como un roble, sucumbió a un acerbo quebranto y dolor de sus cansados huesos; otros estaban como atacados de locura: padecían el terror del escorbuto, y apretaban los dientes creyendo que se les caían. Los fumadores sufrían el aplanamiento agudo de la privación de tabaco.. Oficiales y Guardias marinas desaparecieron del servicio y vivían confinados en sus camarotes, pidiendo limonadas que no se les podían dar. Había pescadores maniáticos que se pasaban el día y la noche en la borda, echando al mar aparejos que no enganchaban bicho viviente. Maniáticos había de ver tierra, que en cada nube del horizonte señalaban montañas, volcanes, a veces casas con blancas torres y chapiteles que brillaban al sol.

A mitad de Junio no bajaba de ciento el número de hombres atacados de diferentes dolencias. El único que se conservaba fuerte, activo y hablador era Binondo: a todos quería consolar con ideas del galardón que reserva Dios a los justos, y a los padecientes y llorantes en esta cárcel de la vida terrenal. Aseguraba el malayo que él no necesitaba comer para sostenerse, y que su gran piedad y la fortaleza de su espíritu hacían las veces de alimento, dígase carne, pescado, y las demás materias nutritivas de que se forma nuestra sangre.

El 16 de Junio, cuando el vigía de cofa señaló el monte de Fatu-Hiva, salieron todos a verlo, y aquel (p.7399) recreo de los ojos difundió en las almas una ráfaga de alegría.. Aún distaban cuatro o cinco días de la isla de Otaiti.. La esperanza levantó los corazones.. Por fin, el 22 al anochecer vieron las luces de la ciudad de Papeeté, capital de la ínsula; mas desconociendo el puerto, siguieron por un ancho canal hasta la bahía de Toanoa, donde echaron el ancla. Un día más, y se encontraron frente a Papeeté rodeados de una felicidad y abundancia superiores a cuanto habían soñado los hambrientos, sedientos y maniáticos. ¿Era ilusión lo que veían? ¿Y aquellos botes y cayucos que rodeaban a la fragata, cargados de pan, de frutas, de tabaco, eran reales, o fantástica hechura de los cerebros enfermos? La hermosura del cielo, la tibieza de ambiente, la juvenil alegría que de todas partes emanaba, las voces de los indígenas ofreciendo alimentos tan apetitosos, habían trastornado a los sanos, y a los enfermos devolvían la razón, la confianza, el amor a la vida.. Para mayor gozo, vieron fondeados, a pocas brazas de la ciudad, los demás buques de la segunda división. Participaban todos del delicioso descanso y festín riquísimo que Dios les enviaba en compensación de sus horribles trabajos y miserias. «¡Hosanna, loor eterno al Omnipotente!» clamaba el pío Binondo alzando al cielo las manos, cuando llegaron a cubierta las primeras cestas de naranjas y limones, subidas por los indígenas, que eran, dígase con histórica imparcialidad, los seres más amables de la creación, los más ágiles y risueños..

¡Oh incomparable país; oh civilización silvestre, rozagante y desnuda; oh tierra de bendición y de libertad, coronada de flores y ceñida de espumas! Tu suelo fecundo y tu temple benigno redimen a los hombres de la dura ley del trabajo. Aquí la espléndida vegetación, sin las artes de cultivo, ofrece al hombre cuanto necesita para su sustento; aquí la dulzura del clima le exime de la complicada cargazón de ropa, no imponiendo más que el preciso y elemental resguardo del pudor; aquí las costumbres son proyección fiel de las benignidades de Naturaleza; (p.7400) no existe ni el rigor de castas, ni el apartamiento receloso entre los sexos; la ley es suave, el matrimonio facilísimo, la religión alegre, la virtud generosa, la moral amable, la muerte un dulce tránsito.. Tal pensaban y sentían los españoles ante la hermosura de Papeeté, capital de Otaiti.

Las primeras cargas de víveres fueron materialmente devoradas por la tripulación. Arrastrándose subieron algunos enfermos a cubierta; arrebataban las naranjas y limones, y se los comían con cáscara. A enfermos y sanos exhortaba Binondo a la moderación, y pegando bocados a un tierno pan, les decía: «Poco a poco, hermanos y amigos; refrenad el apetito de golosinas, que si dais demasiado al gusto, os quedará poco para la salud. Guardad templanza y observad comedimiento, que las hambres que habéis pasado no os dan licencia para entregaros a la gula, feísimo pecado». Estas y otras frases, aprendidas en el libro de Sermones, iba soltando de grupo en grupo, sin perjuicio de tomar aquí y allí todo lo que le daban, plátanos, limones, guayabos y otras peregrinas frutas.

No escatimó el Comandante en aquel día y los siguientes las licencias para bajar a tierra. Deseaba que su gente se esparciera y refocilara en aquel edén, buscando su salud en la libertad, el movimiento y la alegría. Su primer cuidado fue gestionar de las autoridades otaitana y francesa la cesión de un edificio amplio y ventilado donde colocar a los enfermos. Concedida para este fin una isla entera, se dispuso trasladar a tierra a los infelices que penaban en los obscuros sollados. Todo era bienandanzas en la venturosa isla que, rodeada de arrecifes de coral, ciñe su contorno de un cinturón de blanca espuma. Por esto fue llamada La Cuna de Venus.

Fondeada la Numancia muy cerca de tierra, en aguas quietas y cristalinas, creíanse los españoles transportados milagrosamente de la muerte a la vida, y del reino de las amarguras a la morada de todas las delicias. Iban y venían los botes, surcando aquel mar de juguete suizo, con agua, casitas, figurillas de movimiento y caja (p.7401) de música, y pisaron tierra en diferentes grupos oficiales y guardias marinas, cabos de mar, marineros, condestables, soldados.. Lanzáronse a recorrer la ciudad y sus inmediaciones, apreciando cada cual según su criterio y cultura las maravillas naturales que contemplaban. Tiraron unos desde luego hacia el campo, atraídos por la opulencia de la vegetación, que a mayor altura que las chozas y edificios mostraba sus verdes cúpulas y cimeras ondeantes. Fueron a parar a un espeso bosque de naranjos y limoneros, silvestre, libre; se admiraron de pisar alfombra de azahares caídos, y de coger cuanto fruto quisieran con sólo alargar la mano. No vieron señal ninguna de propiedad personal. Todo era de todos, del pueblo, que en la enramada frondosa tenía sus bien provistas despensas.. El propio comunismo vieron y comprobaron en los espesos matorrales de guayabas, en las plataneras de luengas hojas.. No había cercas, no daban el quién vive guardas adustos ni perros mordedores. Mujeres y chicos, vestidos de amplias y flotantes túnicas, andaban por aquellos vergeles cogiendo cuanto anhelaban, y ofreciéndolo a los extranjeros con risueña cortesía, para que ni la molestia tuvieran de cosechar lo que les pedía su necesidad y su gusto.

Adelante siguieron por alegres campos: vieron aldeas escondidas entre palmas de coco y otras especies vegetales rarísimas.. Las casas de cañas con singular arte tejidas parecían jaulas o cestas. ¡Qué bien se viviría en aquellos aposentos cuyos frágiles muros tamizaban el aire, la luz y las miradas humanas! ¡Feliz Otaiti, que no conociendo la gazmoñería, también desconocía la indiscreción!

Andando incansables entre tantos motivos de regocijo y asombro, dieron vista a un río que por aquí saltaba gozoso entre peñas con sonoras risas y espumas, y por allá se remansaba en curvas perezosas hasta llegar a un punto en que parecía dormirse a la sombra de árboles corpulentos que sobre él tejían bóveda de ramaje. En aquel remanso vieron los españoles turba de mujeres que gozosas y picoteras (p.7402) se bañaban. Las que en la orilla se disponían al baño y natación no se vestían de verde lampazo, sino que habían soltado la vestidura, quedándose como vinieron al mundo. Escondidos miraron los curiosos este lindo espectáculo, y oyeron la algazara que unas con otras hacían. Las que salían de agua empleaban para secarse el procedimiento más primitivo, que era revolcarse en el verde césped, y dar al aire sus extremidades con vigorosas zapatetas y cabriolas. Llegó un momento en que las alegres mozas se percataron de que eran miradas por los extranjeros, y no hicieron aspavientos de susto ni chillaron con remilgado pudor. Cambió de tono su griterío y algazara, y abandonando las aguas transparentes, se vistieron con prisa; operación fácil y que sólo consistía en encapillarse un ropón largo y holgón, única vestimenta de su constante uso, prenda única de su elegancia y adorno mujeril.

Sin secarse ni aliñar las sueltas cabelleras mojadas, corrieron en alegre bandada las morenitas nereidas, y tras ellas iban, con paso y ojeo de cazadores, los europeos. Las alcanzaron en un prado verde rodeado de arbustos, y allí, sin entender ni jota de la lengua que hablaban las ninfas, se metieron en franca conversación con ellas. Lo que no expresaban los idiomas desconocidos, decíanlo las risas, los gestos amables, las miradas alegres, y el tono general harto elocuente, mas no exento de cortesía. Algunas muchachas corrían con graciosa ligereza de piernas, y parándose de improviso, disparaban contra los españoles guayabos y naranjas, o los apedreaban con una frutilla menuda parecida a nuestras almendras; otras, admitiendo palique a media comprensión de vocablos, se dejaban abrazar. El idioma primitivo recobraba sus fueros. Luego que eran abrazadas, se escabullían brincando como gacelas, y a perderse iban en las enramadas circundantes de las casas de caña.. Desde el interior de aquellas jaulas continuaban disparando contra sus perseguidores risotadas y voces incomprensibles, que ellos no sabían si eran burlas o amistoso (p.7403) reclamo.. ¿Estaban en Otaiti o en el Paraíso terrenal?

Los grupos de españoles, que, en vez de tirar hacia el campo y el monte, tiraron hacia las calles de Papeeté, eran la gente ilustrada que iba en busca de las señales de civilización. No es menester decirlo: se divirtieron menos que los incultos y casi analfabetos que lanzándose tras de la Naturaleza y en seguimiento de la raza indígena, sorprendieron a esta en su prístina sencillez y alegría de costumbres. Los ilustrados reconocían y admiraban las casas construidas cerca de muelle por los comerciantes europeos, el palacio de la Reina, y otros edificios de carácter administrativo y judicial. ¡Qué hermosura! ¡En Otaiti había Administración, había Justicia! Vieron también con admiración, en las calles, señoras y caballeros indígenas ataviados a la europea.. Gracias al protectorado de Francia, que se había metido en aquel edén para echarlo a perder y privarlo de sus seculares encantos, en Papeeté había zapateros, sastres y hasta sombrereros, bárbaros correctores de la estirpe humana, que han hecho una industria de la fealdad, y de la embarazosa sujeción del andar y los ademanes.

A consecuencia de no sabemos qué rebeldías y trapisondas, cayó la feliz Otaiti en el protectorado francés. Un funcionario del Imperio ejercía la autoridad con el nombre de Comisario Gobernador. Conservaba la soberanía de figurón una señora Reina, llamada Pomaré IV, morenita y bella, del mejor tipo de la raza. En la época del arribo de la Numancia, ya no era joven Su Majestad canaca; pero conservaba su aire gracioso y cierta distinción adquirida en el viaje que hizo a París. Fundaba su orgullo en vestir a la francesa, cuidando de acarrear trajes de última moda, o de imitarlos con auxilio de figurines. Dígase con todo el respeto que merecía la bondadosa Pomaré, que enjaezada a la europea estaba para pegarle un tiro. ¡Cuánto más bonita y seductora sería su facha conservando como única vestimenta el ropón o camisolín amplio y suelto con que se ataviaban y cubrían las mujeres del pueblo! El Rey consorte, (p.7404) llamado Arii Faité era un bigardo glotón y borrachín, que no se dejaba ver más que en comilonas y francachelas. Vestía ridículamente casacón bordado, y las plumas que debía llevar en su cabeza, según el uso salvaje, llevábalas en un sombrerote tricornio, como los que usan los suizos de las iglesias parisienses. Era, sin duda, el hombre más bárbaro de Otaiti y el más feliz de los canacas, que este nombre se daba a los indígenas del Archipiélago de coral.

 

Ep-38-XXIX -

Los felices españoles de clase humilde que visitaban la isla un día y otro, contaban a Binondo las maravillas que habían visto, la frondosidad silvestre de los naranjales y cocoteros, la sencillez y gracia de las mujeres vestidas de un simple camisón, y tan amablemente abiertas de voluntad a los obsequios del hombre; y al oír una y otra vez estas extraordinarias cosas, el malayo se encerraba en grave silencio, que era sin duda la cavidad mental en que guardaba sus profundísimas abstracciones. De aquellas honduras no sacaba su pensamiento más que para mostrarlo al Capellán don José Moirón. Una tarde, cogiéndole solo, le dijo: «Por lo que cuentan estos perdidos, señor don José, los habitantes de Otaiti no conocen la vergüenza ni ninguna ley divina ni humana. El nombre de canacas me dice que estos naturales son los cananeos de que nos habla Nuestro Señor Jesucristo en su Biblia, o dígase Moisés, que es lo mismo. Por donde saco que esta isla es aquella tierra de Canaam de que habla no sé si el Evangelio o la Epístola».

Contestole el Capellán tapándole la boca, para que no salieran de ella más desatinos; pero el malayo prosiguió imperturbable: «Desde que llegamos aquí, me paso las horas pensando qué religión profesarán estos bárbaros, cómo serán sus templos y qué vitola tendrán sus sacerdotes. Nada han dicho los muchachos de la religión canaca o cananea, por lo que pienso será una indecente idolatría, como el adorar a la serpiente con pechos de mujer, o a un hombre desnudo con cabeza de cocodrilo. Por todo lo cual, señor don José, usted y yo no haríamos nada de más (p.7405) yéndonos a tierra para ver qué casta de religión profesan estos salvajes.. y si resulta que es alguna secta idólatra y gentílica, de esas en que se adora la materia y el vicio, bien podríamos hacer algo por las almas de estos infelices, instruyéndolos y catequizándolos para sacarlos de sus errores lascivos y pestilentes, y traerlos a la verdad de nuestra fe cristiana y sacratísima. Habrá usted oído que andan las mujeres por esos campos pisando azahares, sin más vestido que un ropón para cubrir la desnudez de pechos y caderas. Tales costumbres disolutas y desvergonzadas significan que aquí no se mira más que al deleite, en el comer, en el emborracharse y en el danzar deshonesto.. Bienaventurado sería usted si consiguiera iluminar con su predicación a esas almas descarriadas. Yo iría con usted de misionero coadjutor o suplente, y no haríamos pocos méritos para nuestra salvación particular».

Tímido y desconcertado, contestó el Capellán que él no tenía otra misión que la cura de almas de los tripulantes de la fragata, y que no quería meterse a convertir salvajes más o menos desnudos. Además, la Francia, protectora de Otaiti, cuidaría de cristianizar a los canacas, que para ello tenía personal nutrido de frailes y curas. Hecha esta declaración aconsejó a Binondo que pues sentía en sí fervor de catequista, fuese él solo a enseñar el Evangelio a los otaitanos. No desoyó el malayo este sabio consejo; aquella misma tarde se acicaló y compuso de rostro y vestido, y agarrando un grueso bastón en figura de báculo, se fue a tierra y se internó en la campiña de Papeeté. Divagando de un lado para otro, fue a parar al remanso del río en que se bañaban las canacas (de que tenía noticia por relación de sus amigos) y vio venir a las ninfas con sus holgadas túnicas, sueltas las cabelleras mojadas. Llegose a ellas risueño y melifluo, echándoles almibarados requiebros. Debieron las mozas de tomarlo por un mico vestido de marino español y con risotadas lo cogieron, lo zarandearon y se lo llevaron a una de las aldeas próximas.. Se perdió de vista el pío (p.7406) Binondo.. desapareció sin duda en el interior de una de aquellas frágiles casas de caña que parecían cestas.

Al anochecer, volvió el malayo a bordo hecho una lástima; su chaquetón de cabo de mar había perdido los dorados botones, y mayores averías que en la ropa tenía en su rostro plano, lleno de horribles arañazos y chichones.. Entró en cubierta procurando ocultar con una mano su desventura; pero no le valió el tapujo. Sus amigos hicieron gran befa y chacota. La explicación que dio fue que, habiendo entrado en una casa de infieles canacas con idea de predicarles el Evangelio, al principio fue oído con atención y recogimiento. Mas de pronto aparecieron unos diablos negros y deformes que le clavaron sus garras en semejante parte (el rostro) , y le estrujaron y le hicieron mil estropicios hasta dejarle en aquel estado lastimoso.. Buscó el santo varón su bálsamo y consuelo en la piadosa lectura, principalmente en el Sermonario, cantera riquísima de donde extraía todas sus ideas y sus persuasivas formas de lenguaje.

Desde el feliz arribo a Otaiti túvose Fenelón por el hombre más dichoso del mundo. Su nacionalidad francesa le dio vara alta en aquel país sometido al protectorado imperial. A tierra bajaba diariamente vestido con rebuscada elegancia, luciendo llamativos chalecos y corbatas. No tardó en cautivar al Gobernador Comisario, dándose a conocer con el título y modales de calavera de buena familia, sometido a expiación por desvaríos amorosos, y a esto debió mayor prestigio y metimiento en la buena sociedad papeetana, compuesta del Comisario francés Conde de Roncière, del Ordenador de la Marina, del Cónsul inglés, y de media docena de comerciantes ingleses y americanos. De esta sociedad le fue muy fácil subir el único escalón que le faltaba para llegar al Real Palacio. La aspiración del francés se vio pronto satisfecha, y tuvo el honor de ser recibido y obsequiado por Su Majestad canaca, de quien mereció tan exquisitos agasajos, que sólo podía referirlos bajo palabra de secreto a los amigos de mayor confianza.

Solía el buen (p.7407) Ansúrez acompañarle a tierra; pero en las primeras calles de Papeeté se separaban, pues era el celtíbero más gustoso del libre campo que de la ciudad. En los espectáculos de la silvestre Naturaleza espaciaba sus melancolías, y el trato del pueblo sencillo y afable le resarcía de la desolación de su árida existencia sin afectos. Por las noches, de regreso a bordo, contábale Fenelón sus particulares sucesos del día, y el inocente Ansúrez se lo tragaba todo con crédula voracidad. «Hoy -decía el francés-, me ha dado Pomaré un rato malísimo.. Es en extremo celosa.. Figúrate que paseando solos, vimos pasar una canaca lindísima: yo la miré.. no hice más que mirarla.. Pomaré furibunda.. creí que me arañaba.. Hermosa y terrible es la mujer apasionada; yo adoro la pasión; pero la pasión salvaje puede ponerte, por ejemplo, entre las garras de una leona, y esto descompone un poco las más bellas aventuras». Otro día contaba incidentes más gratos: «Hoy me ha dicho Pomaré que no se separará de mí. Pretende que me quede en Otaiti de director de las Reales Máquinas.. que son una lanchita de vapor, varios relojes y cajas de música, y un aparato por el estilo de lo que llamáis Tío vivo, para solazarse en el jardín..». Y alguna vez no faltaban regias gacetillas: «Hoy se ha puesto tan pesado ese gandul de Arii Faité, que he tenido que darle veinte francos para que fuese a emborracharse, mi palabra.. Con unos gritos de la Reina y un empujón mío le echamos a la calle.. Yo leo el pensamiento de Pomaré.. Si Arii Faité reventara de delirium tremens, ya sé yo quién ocuparía su lugar en el trono».

La oficialidad apenas tenía tiempo para acudir a tantas invitaciones y festejos. En la casa del Comisario, Conde de Roncière, y en las del Cónsul inglés y de los opulentos ingleses Brander y Hort, menudeaban los banquetes, las soirées, asaltos, meriendas y conciertos. Para corresponder a tan amables agasajos, determinó el Comandante de la División dar un baile a bordo de la Numancia, y al punto se puso mano en los preparativos de la fiesta. Destinado el Alcázar a salón de (p.7408) baile, se le adornó con vaporosas gasas, percalinas vistosas y terciopelos ricos, añadiendo a los trapos las galas de la Naturaleza que mayormente habían de contribuir al bello conjunto, el ramaje verde, las palmas y palmitos, y profusión de flores de tropical fragancia y hermosura. Completaron el ornamento los pabellones y trofeos de guerra y mar, las banderas de Otaiti, Francia y España en fraternal enlace y combinación. La batería fue convertida en comedor para la espléndida cena, la toldilla de popa en salón de juego y descanso, y las cámaras de los Jefes en tocador para las señoras. La última mano de esta obra suntuaria fue un soberbio plan de iluminación interna y externa del barco. ¿Qué faltaba? Orquesta o banda militar. Como nada de esto tenía la fragata, se acudió al remedio de un piano traído de Papeeté.

Con tantas previsiones y el esmero en cuidar del conjunto y perfiles, resultó el baile tan original como fastuoso. En la fantástica nave, Marte y Neptuno se dieron cita con Venus, que llevaba de la mano a Terpsícore, tras de la cual entró también Baco, representado en la crasa persona augusta del Rey o Príncipe (que de ambos modos se le llamaba) Arii Faité. Concurrió toda la aristocracia europea y canaca, las hermosas señoras y señoritas de las familias francesas y británicas, las princesas reales Aimatá y Borabora, y por último, Su Majestad Pomaré IV, para la cual se arregló una espléndida falúa. Está de más decir que la Reina de Otaiti y sus damas, vestidas a la europea con huecos miriñaques, ostentando además cuantos faralaes y ringorrangos imponía la moda, dieron a la fiesta su mayor grandeza y hermosura. Amabilísima estuvo Su Majestad con todos, mostrando en su exquisito trato la dignidad afable de los soberanos europeos. Era una excelente Reina, un poco fondona ya, en el ocaso de su belleza morenita. Hablaba un francés aplatanado y ceceoso que hacía mucha gracia.. Honró Arii Faité la cena, repitiendo cuatro veces de todos los manjares suculentos, y tanto él como el anciano Príncipe Paraitá, que había sido (p.7409) Regente en la menor edad de Pomaré IV, no se contuvieron en las libaciones alegres y copiosas. Al Rey consorte le retiró Fenelón oportunamente, llevándole a la falúa poco menos que a rastras. No se pudo hacer lo mismo con el respetable Paraitá, que desplegó hasta el amanecer su elocuencia en diferentes tonos, desde el sentimental al heroico. Discursos y brindis sin fin pronunció, primero en pie sobre las mesas, al fin debajo de ellas. El baile terminó con la noche. A la luz del alba se retiraron los invitados, tras de la Reina vagorosa, indo-europea y fantástica. Aquella fiesta entre civilizada y salvaje fue el último ensueño de los españoles en el Paraíso de Otaiti.

 

Ep-38-XXX -

De las delicias de la isla, llamada con razón Cuna de Venus, se ausentaron los españoles con vivo desconsuelo. ¿Cuándo y dónde encontrarían un oasis, un paraíso semejante? El día de la salida, dijo Fenelón a su amigo Ansúrez: «No subo a cubierta; no quiero que me vean los espías de Pomaré. Me voy a escondidas.. Prometí quedarme de director de las Reales Máquinas.. Los ruegos, el llanto de Pomaré, me arrancaron una promesa que no puedo cumplir, mi palabra de honor..». De las inauditas hazañas amorosas que contó a su amigo, dedujo este que habían sucumbido a los encantos del francés la Reina y todas sus damas, no pocas señoritas de las colonias inglesa y francesa, y dos tercios o poco menos del sexo femenino de clase popular.. Todo se lo creía el buen Ansúrez, que se hallaba en un estado psicológico propicio a la ingestión de mentiras. Sus facultades pendían de la esperanza de encontrar en Filipinas cartas de Mendaro y de Mara.. Pero Dios había dejado de su mano al pobre celtíbero, porque la Numancia llegó a Manila después de un viaje de mil leguas, y en todo el mes que allí permaneció, no parecieron cartas, ni de ninguna parte llegaron noticias. Grande es el mundo, y en recorrerlo y darle la vuelta agota el hombre toda su paciencia; mas la de Ansúrez era un filón sin término, yacente en un profundo pozo. Cuando a sacar paciencia se ponía, sacaba esperanza. Si (p.7410) en Filipinas no habían parecido las cartas, en Java parecerían..

Pues llegaron a Batavia, capital de la bien regida colonia holandesa, y nada dijo el correo, por más que Ansúrez con maniática pesadez diariamente le interrogaba.. ¡A la mar otra vez! Y la paciencia y la esperanza unidas se tragaron mil ochocientas leguas mal contadas entre Java y El Cabo, sin que tampoco en aquella extremidad procelosa del continente africano se encontrase ningún papel venido del Perú. Lo extraño era que Ansúrez alimentaba sin ningún fundamento la ilusión postal, pues no había dicho a Mendaro que escribiese a las más excéntricas regiones del globo.

¡Ánimo, y venga del fondo del pozo más paciencia, venga más esperanza! Ya estaban, como si dijéramos, a la puerta de casa, pues ¿qué suponían diez mil leguas después de lo que habían andado desde que salieron de Cádiz el 4 de Febrero de 1865? Al mar otra vez, Numancia, y no te arredres. Si cartas no hubo en Manila, ni en Batavia, ni en El Cabo, las habría en Río Janeiro.. La distancia no era gran cosa: un agradable paseo de mil doscientas leguas mal contadas.. Sucedió que al término de esta luenga travesía quedaron igualmente fallidas las esperanzas, aunque no agotada la paciencia que del hondísimo pozo sacaba el hombre desconsolado. ¿Pero en qué estaba Dios pensando? «Como lleguemos a Cádiz -se decía Ansúrez-, y no encuentre allí la escritura de mi hija, juro a Dios que no habrá quien me saque del ateísmo..». Lo que en Río hallaron fue el Cólera, amén de otras calamidades, entre ellas el peligro en que estuvo la Numancia de volver a Montevideo. Pero todo se arregló, y al fin la blindada salió para Cádiz con lento andar y resuello fatigoso, como caballero que a su castillo vuelve rendido del peso de sus armas. Del mismo modo Ansúrez se quebrantó de la fortaleza espiritual que le había sostenido en el viaje de regreso, y si no se le agotó el pozo de la paciencia, ya sacaba de él tan sólo heces turbias y corrompidas. A ratos no más le asistía la esperanza, y paralelamente a este descenso moral, se iba (p.7411) marcando en su constitución hercúlea la dolorosa ruina.

Al pasar la línea ecuatorial, sintió como un terror que a su nostalgia se unía, haciéndola más negra y pavorosa.. Navegando hacia San Vicente, todos los afectos secundarios que endulzaban su existencia se debilitaban gradualmente, hasta llegar a extinguirse. A unos amigos apartó de su corazón con indiferencia, a otros con aborrecimiento.. Y más allá de Puerto Grande, la ruina física y moral del buen celtíbero se cristalizó en un estado neurótico agudo, con depresión considerable de fuerzas que le obligó a encerrarse en la enfermería. A duras penas podía pasar algún alimento; repugnaba la compañía de los que fueron sus amigos.. A la altura de las Islas Canarias, su pensamiento se descomponía en imágenes y ensueños, que se manifestaban sobre un fondo de blancura opalina. Soñó que, arrebatado de este mundo por la muerte, tomaba la vía del Cielo, donde creía se le deparaba su perdurable residencia. Pero en el Cielo no quisieron admitirle.. Íbase luego caminito del Infierno, donde sin ninguna explicación le dieron con la puerta en los hocicos. «Pues no estoy poco tonto -decía-; a donde tengo que ir es al Purgatorio». Hacia allá tiraba, y le acontecía lo propio que en el Cielo y el Infierno: que ni por un Dios querían admitirle. Bien claro estaba que en el Limbo le tenían preparado su descanso. Pues, señor, en aquel lugar bobo encontraba la misma repulsa. «¡Ajo! -clamaba el hombre con desesperación en medio del espacio-. ¿Dónde meto yo mi pobre alma?».

Soñó esto muchas veces, en igual forma que aquí se cuenta. Añadíase luego al sueño descrito este otro no menos extravagante: Hallándose el alma de Ansúrez en medio del espacio sin saber dónde meterse, se le presentaba un fantasma de rostro macilento y plano, muy parecido al de Binondo, y le decía: «¿No me conoces? Soy el Ateísmo. Dame la mano; ven conmigo, y yo te llevaré a mi asilo de eterno descanso». No se determinaba Diego a seguir al fantasma. Solo en medio del vago espacio, sentía (p.7412) inmenso frío.. creía ver a un ángel que a soplos iba apagando todas las estrellas.

 

Ep-38-XXXI -

Un día antes de llegar a Cádiz, dio Binondo al Oficial de mar esta enfadosa tabarra: «Sabrás, Diego querido, que en cuanto yo ponga el pie en tierra, me voy derecho a la casa de los santísimos Padres Franciscanos de las Misiones de África. Llegar y pedir al reverendo Prior que me admita de lego, será todo uno. Recibiré la santa instrucción frailesca, y acabaré mis días en la paz y santidad de la Orden seráfica, que me abrirá de par en par las puertas de la Gloria.. Imítame, Diego; tómame por modelo, ya que no tienes familia ni nadie que mire por ti; decídete, y serás conmigo en el Paraíso». Nada le contestó Ansúrez: las ideas se le dispersaban, y las palabras no afluían a su boca.

Un día más. Ya estaban a la vista de Cádiz, cuando Fenelón fue a buscarle a la enfermería, y casi a viva fuerza le subió a cubierta para que participara del general regocijo, y viese el espectáculo sorprendente de la ciudad que sobre las aguas aparecía como ringlera de diamantes montados en plata. A medida que avanzaba la embarcación, los diamantes eran casas y torres, aquellas con cristales, estas con cimera de azulejos, en cuyas superficies jugueteaban los rayos del sol.. ¡Cádiz! Para gran parte de los tripulantes de la Numancia era el hogar, el nido donde piaban la pájara y los polluelos.. La emoción a todos embargaba, demudando el color de sus rostros y cortándoles el aliento.. Pasadas las Puercas, se mandó empavesar.. Los barcos fondeados en la bahía echaron al viento todas sus banderas. Acudieron multitud de lanchas y botes. La Numancia acortó el paso como el festejado viajero que, recibido por entusiasta gentío, tiene que apretar infinidad de manos y contestar a innúmeras salutaciones. Del mar circundante subía un clamor estruendoso de vítores; de la borda del barco descendía lluvia de voces alegres y de alaridos roncos. Empezó al instante, en forma de tiroteo nutrido entre la fragata y las embarcaciones menores, el (p.7413) reconocimiento y saludo de parientes. Sonaban en el aire como graneado fuego los nombres de padre, hijo, hermano.. En medio de esta algazara, subió la Sanidad a bordo. ¡Oh rigor de una ley inhumana! Como la fragata venía de Río Janeiro, no hubo más remedio que imponerle cuarentena. La multitud de dentro y fuera del barco chisporroteó como las ascuas de un brasero cuando se vacía sobre ellas un jarro de agua.

En esto, Sacristá se acercó al buen Ansúrez que en la borda estaba mirando a los botes, sin ver nada en ellos, y echándole un brazo por encima del hombro, vertió en su oído este chorro de fuego: «Diego, ahí la tienes.. ¿ves aquel bote que ahora se acerca por la popa de la falúa de Sanidad?.. En él viene tu hija Mara: fíjate, majadero.. Ahora está el bote abarloado con la lancha de Pepe.. ¡Eh, dejad paso a ese bote!.. Si no lo ves, es que te has quedado ciego».

Ciego estaba el hombre; pero no de ceguera propiamente dicha, sino de emoción, de algo más que emoción, de una turbulentísima sacudida y revuelo de su alma que quería salírsele por los ojos. El bote avanzó con dificultad por entre la escuadrilla de embarcaciones. En él venía, en pie, una mujer arrogantísima que en su mano agitaba un pañuelo.. Tan pronto hacía señas con el blanco lienzo, tan pronto se lo llevaba a los ojos.. «Es Mara -dijo Ansúrez con una voz tan baja que sólo pudo escucharla el cuello de su camisa-. Ella es; pero no verdadera, sino fi.. sino figurada, como fan.. como fantasma..». «Mara -gritó Sacristá-, aquí tienes a tu papaíto asustado de verte. Está bueno, aunque no lo parezca. Padece mal de tu ausencia.. Acércate más; que te vea bien». Mara tenía un nudo en la garganta, y de sus labios no quería salir ninguna voz. Por fin, Ansúrez la reconoció por su hija corpórea y no fantástica. Pasaron segundos, y reconoció también a Belisario, que se puso en pie para saludarle con esta sencilla y familiar fórmula: «Diego, ¿qué tal? ¿Buen viaje?». El celtíbero recobró su aliento, y en el primer suspiro que lanzó se escaparon de su cuerpo todas las complejas (p.7414) enfermedades que traía. Estalló un vivo y cortado diálogo.

«Yo bueno.. cansado no más de viaje tan largo. ¿Habéis venido por Panamá?».

-Sí, padre.. Hace tres meses que estamos aquí esperándole a usted.

-Yo esperaba encontrar cartas, no vuestras personas.

-Escribimos a usted diez cartas -dijo Belisario.

-Y las mandamos a puntos diferentes, padre: una a las islas Marquesas, otra a Manila.

-Otra fue mandada a Zanzíbar, otra a Santa Elena, y qué sé yo.. Cartas fueron a medio mundo.

-¿Os ha visto Mendaro?

-Sí: por él supimos que volvía usted a España. Nosotros pensábamos venir acá. Hemos anticipado el viaje.

-¿Y tu niño, Mara..?

-Está bueno.. Verá usted qué gracioso.. Ya le quiere a usted sin conocerle.

-¡Pues no le quiero yo poco!.. Mara, ¿vendréis a verme, desde un bote, mientras dure la cuarentena?

Afirmó Belisario que irían a visitarle diariamente. La cuarentena no sería larga, pues no tenían a bordo ningún caso de cólera.. Mara se sentó. Sosegados los tres, hablaron largo rato de cosas pasadas y presentes; y en el curso de la entrañable conversación, repitió el celtíbero más de una vez este sagaz concepto: «Lo que yo he visto y aprendido es que cuando a uno se le pierde el alma, tiene que dar la vuelta al mundo para encontrarla».

 

FIN DE LA VUELTA AL MUNDO EN LA NUMANCIA

 

 

&

(EPISODIO 39)

PRIM

 

Ep-39-I -

El primogénito de Santiago Ibero y de Gracia, la señorita menor de Castro-Amézaga, fue desde su niñez un caso inaudito de voluntad indómita y de fiera energía. Contaban que a su nodriza no tenía ningún respeto, y que la martirizaba con pellizcos, mordeduras y pataditas; decían también que le destetaron con jamón crudo y vino rancio. Pero estas son necias y vulgares hablillas que la historia recoge, sin otro fin que adornar pintorescamente el fondo de sus cuadros con las tintas chillonas de la opinión. Lo que sí resultaba probado es que en sus primeros juegos de muchacho fue Santiaguito impetuoso y de audaz acometimiento. Si sus padres le retenían en casa, lindamente se (p.7415) escabullía por cualquier ventana o tragaluz, corriendo a la diversión soldadesca con los chicos del pueblo. Capitán era siempre; a todos pegaba; a los más rebeldes metía pronto y duramente dentro del puño de su infantil autoridad. Ante él y la banda que le seguía, temblaban los vecinos en sus casas; temblaba la fruta en el frondoso arbolado de las huertas. La vagancia infantil se engrandecía, se virilizaba, adquiriendo el carácter y honores de bandolerismo.

Desvivíanse los padres por apartar al chico de aquella gandulería desenfrenada, y aplicarle a las enseñanzas que habían de poner en cultivo su salvaje entendimiento; pero a duras penas lograron que aprendiese a leer de corrido, a escribir de plumada gorda, y a contar sin valerse de los dedos. Y aunque en todo estudio manifestaba despejo y fácil asimilación, el apego instintivo a la vida correntona y a los azares de la braveza dificultaba en su rudo caletre la entrada de los conocimientos.

No concordaban los padres en el mejor método para enderezar el alma torcida de Santiago, desacuerdo que provenía de la distinta naturaleza y gustos de uno y otro. Gracia, que en su marido amaba al hombre fuerte y violento, no quería privar al chico de las cualidades más relacionadas con la virilidad. El padre, que amó en su esposa la delicadeza y la ternura, quería que también su hijo fuese tierno y delicado, cualidades que, transmitidas por la madre a la descendencia masculina, habían de ser mansedumbre, sensatez y aplicación a toda suerte de estudios. Más conspicua que los hombres y siempre soberana, la Naturaleza hizo al hijo semejante al padre, que en su mocedad y en aquellos mismos lugares había sido de la piel del demonio. Gracia y la Naturaleza estaban en lo cierto. El hijo segundo, Fernandito, modoso, cosido siempre a las faldas de la mamá, parecía cortadito para la carrera eclesiástica, y la niña Demetria, de opulenta complexión sanguínea, morenucha, saltona, los ojos como centellas, venía sin duda al mundo para dar de sí una vigorosa empolladura de Iberos bien bragados. El genio criador de la raza (p.7416) mira siempre por sus criaturas.

No había cumplido el Ibero pequeño diez y ocho años, cuando fue acometido de terribles calenturas que le pusieron a dos dedos de la muerte. De milagro se salvó, quedando su naturaleza tan destrozada por los efectos del veneno tífico, que se le perdió toda la bravura. Con su voluntad desmayó su memoria, y, olvidado de haber sido león, vegetaba ceñudo y perezoso como un perro inválido que ha olvidado hasta los rudimentos del ladrido. Se pasaba los días enteros sin hablar palabra, y su mirada vagaba incierta por semblantes y cosas, no poniendo más interés en lo vivo que en lo inanimado. Como este lastimoso estupor se prolongara meses después de la convalecencia, y además sobreviniesen estados transitorios de inquietud, en los que el pobre mancebo echaba de su boca expresiones disparatadas e incongruentes, determinaron los padres llamar a consulta a los profesores facultativos de más crédito en aquellos contornos.

El jubileo de médicos animó por cuatro días las calles de Samaniego, y avivó el chismorreo de las ancianas que hilaban a prima noche en los poyos de las cocinas. Los doctores de Oyón y de La Guardia opinaron que Santiaguito estaba tonto, y que para traerle a la discreción no había mejor tratamiento que los baños de mar. Los sabios de Vitoria y Salvatierra calificaron de locura la enfermedad, aconsejando el aislamiento, si no en casa de orates, en un lugar de montaña recogido y salubre. Estos y otros pareceres colmaron las dudas y confusión de los afligidos padres. Por fortuna, se les metió por las puertas, en los días de la consulta, don Tadeo Baranda, eclesiástico, primo carnal de Santiago Ibero por parte de madre, varón sesudo, leído, verboso, que presumía de poseer acción rapidísima para juzgar y resolver todas las dificultades. Si grata era siempre la visita del primo, en aquella sazón vino el tal como caído del cielo; y la solución que propuso a los padres del chico fue tan del gusto de estos, que al punto la hicieron suya, y previnieron lo preciso para realizarla sin demora. (p.7417) Harto sencillo y elemental era el plan curativo de don Tadeo: llevarse consigo al pobre loquinario, tontaina o lo que fuese. Con una temporadita de verano y otoño en la plácida residencia patriarcal que el buen señor poseía en la histórica ciudad de Nájera, quedaría el bobito bien reparado del caletre y con más talento que Salomón.

Era el don Tadeo capellán mayor de Santa María, rico por su casa, como heredero del cura de Paganos, don Matías Baranda. Su vida era honesta y cómoda, feliz aleación de virtudes y riqueza; daba al trato social tanto como a Dios o poco menos; comía casi siempre con amigos; ponía especial esmero en sortear las disputas políticas y religiosas, y con esto y su buena mesa logró ser bienquisto de liberales y estimado de facciosos; salía de caza con buen tiempo, y el malo reservábalo para la lectura; hacía el reparto de estas dos nobles aficiones con tal escrúpulo, que el hombre se ilustraba más cuantos más días de lluvia viniesen en el año. Su biblioteca era escogida, de libros graves y profanos, prevaleciendo los de historia, con algo de poesía, poco de novela, y tal cual centón enciclopédico de los que suministran fáciles toques de sabiduría. Lo primero que hizo con el pobre chico de cuya cura se había encargado fue someterle, por vía de prueba, a las dos aficiones de caza y lectura, para observar cuál de las dos conquistaba más intensamente el ánimo del enfermo.

Empezó Santiaguín por tomar muy a gusto los trajines de caza y pesca. Pero vino temporal frío y húmedo, y don Tadeo metió al sobrino en la biblioteca. Cautivado desde el primer día por la lectura, en ella zambulló su atención tan locamente, que no había medio de sacarle del mar hondo de las letras de molde. Pensó Baranda, viéndole tan aplicado, que por allí vendría la salud de la mollera, y no puso límites al atracón de lectura. Él a echarle libros y más libros, historias y más historias, y el enfermo a devorarlo todo sin hartarse jamás. La Conquista de Méjico, referida con retórica pompa y adorno por Solís, colmó el entusiasmo de Santiaguito, que (p.7418) no contento con leerla una vez, le dio segunda y tercera pasada, y aun se aprendió de memoria alguna de las infladas arengas que en aquel libro, como en otros de su clase y estilo, tanto abundan.

El cerebro del joven, que ya venía recalentado con las Guerras civiles de Granada, de Hita; con la Expedición de catalanes y aragoneses, por Moncada, y otras historias o fábulas de extranjeros y nacionales a cual más seductora, llegó a encenderse hasta el rojo con las increíbles hazañas de Hernán Cortés, y de ensueño en ensueño, o de locura en locura, acabó por la de querer imitarlas o reproducirlas en nuestro tiempo.

Clavose esta idea en el pensamiento de Iberito y su orgullo la remachó. Los extraordinarios sucesos de la Conquista le fueron tan familiares como si los hubiese visto; reproducía los incidentes de la rivalidad con Diego Velázquez, las épicas acciones de guerra en el río de Tabasco, la llegada a San Juan de Ulúa, la quemazón de las naves, la tenaz lucha contra los hombres y la Naturaleza, ya penetrando montes arriba, ya revolviéndose contra Pánfilo Narváez; las guerras y paces con Moctezuma, las peleas en las lagunas, y todo lo demás de aquel poema más hermoso en la realidad que en el espejo que llamamos Historia. Con memoria feliz retenía descripciones, retratos, y hasta las arengas, singularmente aquella con que responde Cortés a la de Moctezuma en este emperifollado estilo académico: «Después, señor, de rendiros las gracias por la suma benignidad con que permitís vuestros oídos a nuestra embajada, debo deciros..» y por aquí seguía endilgando sutiles conceptos, verbigracia: «Mortales somos también los españoles, aunque más valerosos y de mayor entendimiento que vuestros vasallos, por haber nacido en otro clima de más robustas influencias.. Los animales que nos obedecen no son como vuestros venados, porque tienen mayor nobleza y ferocidad; brutos inclinados a la guerra, que saben aspirar con alguna especie de ambición a la gloria de su dueño.. El fuego de nuestras armas es obra natural de la industria humana, sin que (p.7419) tenga parte alguna en su producción esa facultad que profesan vuestros magos, ciencia entre nosotros abominable, y digna de mayor desprecio que la misma ignorancia..».

Por estos espacios navegaba el buen Santiaguito, cuando una noche del mes de Octubre, en la tertulia de su tío, a que solían concurrir los vecinos más calificados de la población, oyó decir que el Gobierno de Isabel II aprestaba soldados y pertrechos para enviarlos a Méjico, y que aquella brava milicia iría bajo el mando del general Prim, cuyas hazañas se le habían metido en el corazón al pueblo español. Cada uno de aquellos señores conspicuos expresó su parecer sobre la expedición, sin que ninguno acertara con la finalidad de ella, hasta que el insigne don Tadeo, que era el oráculo de Nájera por su ciencia y penetración, y el definidor de todas las cuestiones, soltó una tosecilla, limpió el gaznate, y ante el solemne silencio y expectación de los circunstantes, soltó este sibilítico discurso: «Desde que oí el anuncio del envío de estas tropas y máquinas de guerra a la parte de América que llamamos Nueva España, le calé la intención a O'Donnell, la cual no puede ser otra que emprender la reconquista de aquellos estados de Tierra Firme para volverlos al dominio de nuestra Patria, que así, poquito a poco, a esta quiero, a esta no quiero, será otra vez señora de todas las Américas.. Claro que ni O'Donnell ni los ministros dicen que esta encomienda lleva Prim a Méjico: deben callarla, o echar a vuelo cualquier mentira para capotear a las Potencias.. que siempre han de salir con algún enredo, metiéndose en lo que no les importa.. Este es mi parecer.. idea mía, que hemos de ver confirmada si Dios nos da vida y salud.. El general Prim llevará, con el mando del ejército, el nombramiento de Adelantado de aquella comarca, para gobernarla conforme la vaya conquistando.. ¿No les parece que veo largo? ¿Tengo yo buen ojo, amigos?.. Idea que a mí me escarbe entre cejas, no falla..».

La idea de Baranda, admitida y apoyada por los conspicuos, hubo de rematar el disloque de Iberito, (p.7420) que se pasó la noche en vela, voltejeando parte de ella en su cuarto, y el resto, hasta el amanecer, en la huerta, entre perales, cerezos y manzanos. Toda la lógica del mundo se condensaba en este pensamiento: «Es mi deber presentarme al general Prim y pedirle que me lleve como soldado a la conquista de Méjico, o como corneta de órdenes. Lo mismo puedo ir de cocinero que de mozo de acémilas; y una vez en aquella tierra, ya me abriré camino para poner mi nombre a la altura de los que más alto suban al lado del de Prim». Creía que todo el tiempo que tardase en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, estarían suspensas o quebrantadas las leyes del universo. Su destino, que hasta entonces había sido un obscuro acertijo, estaba ya bien claro. Dios y la Naturaleza murmuraban en su oído: «Corre; no te detengas.. ¿No ves al término de España una llanura sin fin entre azul y verde? Es el Océano ¿No distingues de la otra parte nuevas tierras? Es la inocente América. ¿Ves una figura de matrona que en las rocas traza inseguras rayas con un punzón?.. Es la Historia, que ya está aprendiendo a escribir tu nombre». Pensó Iberito al día siguiente que si consultaba sus planes con don Tadeo Baranda y le pedía licencia para realizarlos, el buen cura soltaría la carcajada, y tomaría inmediatamente la llave del desván para encerrarle. No mil veces: a don Tadeo ni palabra. Con la intención tan sólo le diría: Llevad vos la capa al coro; yo el pendón a las batallas.

Dicho y hecho: llegada la noche, aguardó Iberito la hora en que todos dormían, y por la puerta falsa del corral salió a un campo que no era el de Montiel, pero sí pariente suyo. Era el campo de la memorable batalla de Nájera, en que don Pedro I de Castilla derrotó a su hermano don Enrique.

 

Ep-39-II -

Mientras duró la noche y en las primeras horas del día, anduvo Iberito con vivo paso, deseando ganar toda la distancia posible antes que los criados del cura saliesen a capturarle. Con tino estratégico abandonó el valle del Najerilla, pasándose a un afluente de este río. Hizo su primer (p.7421) descanso a la vista de San Millán de la Cogulla, y de allí tiró hacia los montes, por donde a su parecer podría pasar a tierras de Soria. Algún dinero llevaba, casi todo lo que le había dado su madre al salir de Samaniego, y cuidó de ocultarlo distribuyendo las monedas en distintos huecos de su ropa y en el propio calzado. Por única arma llevaba un cuchillo de monte que sustrajo en la armería cinegética de don Tadeo, y con esto y el corto caudal, y su animoso corazón que se creía suficiente para salir airoso en cuantos percances pudieran ocurrirle, iba tan contento y tranquilo como si consigo llevara un ejército. En su esforzada voluntad y en sus altas ambiciones verdaderamente lo llevaba.

No contó Iberito con el riguroso clima que había de oponerle no pocos obstáculos de hielos y nieves al acometer el paso de la divisoria por los puertos de Piqueras o de Santa Inés. Pero todo lo vencían su intrépida confianza y el mismo desconocimiento de las dificultades del paso. Conducido por los ángeles que amparan la inocencia, franqueó los montes, atravesó extensos pinares sin el menor desmayo de su vigor físico, descansó en compañía de pastores y carboneros, con los cuales sostuvo amenas y candorosas pláticas, y al descender por ásperos vericuetos al valle del Duero, después de tres jornadas que para otro menos entusiasta habrían sido fatigosas, llegó a las puertas de Soria, pasando de largo por miedo al encuentro de los parientes de su padre que en aquella ciudad vivían.

Siguió hacia el Sur por senderos de herradura, y al día siguiente de su paso por Soria, encontró a unos caminantes que llevaban dos recuas de yeguas y mulas cargadas de lana. Entablada conversación, invitáronle los trajineros a que cabalgase un buen trecho entre sacas de lana, y él aceptó gustoso, porque iba ya medio derrengado del continuo caminar. Abría la marcha una yegua corpulenta que llevaba un gran campano colgado del pescuezo, y tras ella las demás caballerías, atado el ramal de cada una en la cola de la delantera. Era la procesión pausada, pintoresca, y (p.7422) los pasos de las bestias marcaban el compás lento del esquilón de la yegua que guiaba. Los trajineros obsequiaron a Iberito con pan negro y chorizo, que fue para él sabroso desayuno. Le amaneció comiendo en grata conversación con la buena gente, y agradeció lo indecible aquel alivio de sus piernas y el reparo de su estómago. Dijéronle los caminantes que iban al mercado de Almazán a vender una partida de lana, y el pobre joven callaba, tiritando de frío y de hambre, pues el corto desayuno que le dieron, antes le aumentaba que le disminuía el bárbaro apetito que traía de las cumbres.

No se alegró poco el inocente aventurero cuando vio próxima la gran villa de Almazán, cercada de murallas, coronada de románicas torres. La yegua delantera penetró por una de las arcadas puertas que daban ingreso a la villa, y avivando el sonido de su esquilón llegó a una extensa plaza, casi totalmente invadida ya por la muchedumbre campesina que al mercado concurría. Más que en admirar la variedad de especies que en grupos y montones ocupaban la plaza, granos, frutas, pucheros, leña, carbón, enjalmas, quesos, recoba y utensilios de labranza, ocupose Iberito en buscar albergue y comida. Encamináronle a un mesón cercano a la plaza, y como no inspirara gran confianza por su cara juvenil y el deterioro de su ropa de señorito, desenvainó un duro, y puesto en la mano de la posadera, no fue menester más para que le prepararan un platado de huevos y jamón frito con acompañamiento de vinazo y de pan sin tasa. Atracose el muchacho hasta dar a su cuerpo la reparación conveniente, y luego salió a ver el pueblo y a comprar calzado fuerte y una manta o bufanda de camino, con lo que quedó tan bien arranchado que no se cambiaría por un rey.

Nada le ocurrió en la villa que merezca mención, como no sea un altercado en que se revelaron y surgieron de súbito los ímpetus anteriores a su enfermedad. Hallábase el hombre, por la noche, en la anchurosa cocina del mesón, donde algunos huéspedes, trajinantes y labradores, después de bien (p.7423) comidos y aún no bastante bebidos, jugaban al mus, mientras otros, entre jarros de vino, charloteaban con tanta viveza, que la conversación parecía disputa, y la disputa encarnizada riña. En aquellos rudos caracteres, el lenguaje hervía siempre, como el mosto recién sacado de las uvas exprimidas. En el grupo más animado, donde se bebía más que jugaba, pasaron de las cuestioncillas de campanario a las provinciales, y de estas a las generales o políticas. Iberito, que dormitaba en un rincón, se despabiló en cuanto percibieron sus oídos rumor de cosas públicas.

Despotricaron aquellos bárbaros sin miramiento a persona alguna de las más encumbradas. Un zanganote montuno, negro como el carbón que acarreaba de los pinares, dijo que O'Donnell era un tal y un cual, y que estaba compinchado con La Patrocinio para el mangoneo en toda la Nación; un gordo sanguíneo aseguró que si la Reina no llamaba otra vez a Espartero, no acabaría sus días en el trono; y un tercero, cuya voz gargajosa y facha de sayón de los pasos de Semana Santa componían el tipo del pesimista siniestro, echó de sus labios cárdenos, donde tenía pegada una fética colilla, todo el amargor de la opinión recogida en los pueblos míseros. Ni grandes ni pequeños, ni liberales ni moderados se libraron de su sátira rencorosa. Los vicálvaros eran unos pillastres, que se estaban enriqueciendo con los bienes que fueron del sacerdocio; los del Progreso ladraban de hambre y querían el Poder para llenar la pandorga; la Reina era.. mujer, con lo que se decía bastante.. Las mujeres sirven para todo, menos para reinar. Habló luego de la maldita invención de los ferroscarriles, que significaban la miseria de toda la carretería. La guerra de África no había sido más que un engaña-bobos: O'Donnell volvió de ella con las manos en la cabeza; todas las hazañas que se contaban eran filfa; lo de Tetuán habría sido un desastre si no hubieran comprado a peso de oro la retirada de Muley Abbas; lo de los Castillejos no fue más que una comedia indecente, pues ni hubo los aprietos que decían, (p.7424) ni Prim había hecho más que sacrificar soldados, quedándose él en lugar seguro, haciendo el figurón. Ni era valiente, ni servía más que para intrigar, como lo demostró en los tratos que tuvo con Ortega para traer de Rey a Carlos VI..

No bien oyó Iberito el nombre de su ídolo, sacado a colación con tanta ignominia, se levantó de su asiento con la pausa y aplomo de un valor sereno, y engallándose ante el procaz hablador, le echó esta rociada: «Caballero, quiero decir, caballo, lo que ha dicho usted del general Prim es una coz, y aunque a las coces no se contesta con palabras, yo, por respeto a la concurrencia, con palabras de mi boca le digo que a la gloria de Prim no pueden llegar las patadas de usted, so bruto; y si no está conforme, salga afuera y se lo diré de otro modo».. Levantose gran murmullo al oír estas bravatas tan disconformes con la edad del mancebo, y el feo hablador soltó una carcajada burlesca después de escupir la colilla que pegada a los labios tenía. Uno de los jugadores dijo que el mequetrefe era listillo, y que se le debía dar una mano de azotes y mandarle a la cama. El gordo grasiento quiso poner paz, declarando que a Prim no se le podía negar la nota de valiente, pero que había que agregarle la de farsante, pues las valentías le servían de gancho para sus negocios. La expedición a Méjico que le estaban preparando no era más que un arbitrio para traerse de allá una millonada de pesos duros. «Lo hemos de ver tal como lo digo. Llega el hombre a Méjico, desembarca las tropas, mete miedo a los insulanos con cuatro disparos de cañón, va de Zacatecas a Zacatacas, echando contribuciones, hasta que de unos y otros saca para redondear la pella, y compinchándose con el gran Repúblico para echar un pregón de paces, se vuelve a España repleto de dinero, y venga el darse tono aquí entre cuatro bobalicones, y venga el tocar el higno y el llamarnos todos héroes.. o herodes por la perra de su madre.

-No es eso, no es eso -gritó Iberito saliendo rápidamente del rincón en que estaba, y plantándose con gallarda fiereza en mitad de la (p.7425) cocina-. A Méjico no va don Juan Prim para negocio suyo, sino de la Nación, porque va para conquistarnos otra vez a la Nueva España y traerla por los cabezones a la soberanía de Isabel II. Yo lo digo y lo sostengo solo delante de los bárbaros que están en esa mesa; y sin reparar en si son dos, o son seis, o seiscientos, les mando que se desdigan de esos disparates o salgan a verse conmigo al corral, a la calle, o donde quieran, en la misma plaza, delante de Dios y de la luna que nos alumbra».

Con tal brío y entereza soltó el chico su reto, que de primera impresión quedaron suspensos y atontados los habladores. Rehiciéronse al punto y empezó la rechifla; a las burlas siguieron las amenazas.. Mal lo habría pasado el audaz Iberito si en aquel punto no apareciese junto a él un hombrón formidable, que se levantó de uno de los poyos de la cocina, y avanzaba con el contoneo de quien anda con un pie y una pata de palo. Era de rostro cetrino y disforme estatura; vestía de paño burdo con peluda montera; se auxiliaba de un grueso palo con nudos y porra.. Pues llegándose a la mesa de los bárbaros, descargó el garrote sobre ella con tanta furia, que al tremendo golpe saltaron en añicos los vasos, y la tabla maestra se rompió en dos pedazos.. Y con el estruendo de la madera y el vidrio se juntó el estentóreo vocerrón del hombre grande y cojo, que así decía: «Sepan los que han hablado mal de Prim, que yo, José Milmarcos, sargento de la guerra de África, me paso sus lenguas por donde me da la gana, maño y moño.. Sepan que lo que ha dicho este mozalbete es como si yo lo dijera, moño, y los que no estén conformes que vayan saliendo afuera, con mil moños..». Saltó el gordo con palabras de paz. Hablaban perrerías por pasar el rato, sin mala intención. Y prosiguió el cojo: «Cosida por dentro del chaquetón llevo aquí mi medalla de la guerra, y la guardo porque no es bien que la vean los burros. Yo no enseño mi medalla a las caballerías, sino a los hombres racionales, instructivos, y el que se ría de lo que digo, que me toque los faldones.. Ea, (p.7426) yo defiendo a este mozo, y el que le ponga mano en el pelo de la ropa, véase conmigo donde quiera».

Era Milmarcos muy conocido en aquella sociedad. Su nombre fue aclamado entre pateos, berridos, chirigotas de algunos, jovial entusiasmo de otros. «¡Viva Milmarcos!.. Fausta, tráele vino a Milmarcos».

Dijo el sargento que no quería beber, y a una interrogación airada de la posadera respondió que lo roto debían pagarlo los puercos y deslenguados Carbajosa y Matarrubia, que eran causantes del estropicio. Viendo que la trapatiesta se resolvía pacíficamente, repitió el elogio del desconocido muchacho, alabando su valor sereno y el tesón con que salió a la defensa de la verdad y el honor militar contra la canalla envidiosa. «Señores -gritó luego-, yo puedo hablar gordo en lo tocante a la honrilla militar, porque he sido soldado; y como hombre de los que fueron a Marruecos, no me pesa de haber perdido esta pata, quiero decir, la otra que tuve en lugar de esta de palo. Bien perdida estuvo la pata por la gloria que alcancé.. Y si veinte patas tuviera, las diez y nueve daría yo gustoso por este orgullo de haberme visto en los Castillejos.. y por poder deciros: «Gandules, tengo la cruz pensionada, que vosotros no tendréis nunca.. Borrachos, pagad los vasos rotos y la mesa rajada, que es lo menos que podéis pagar por los insultos a Prim.. No me toquéis a Prim, hijos de perra. Y tú, Carbajosa, no te rías de verme lisiado, que por tigo no me cambio.. Mi cruz, moño, vale una pierna».

 

Ep-39-III -

Con cháchara gruesa y mugidos desfilaban los bárbaros hacia las cuadras en que tenían sus jergones. Milmarcos echó el brazo por los hombros a Iberito, y cariñoso le dijo: «¡Valiente!.. Así me gustan a mí los hombres.. Y que es de familia principal, se le conoce por la ropa y por el habla fina. ¿Va usted, aunque sea mala pregunta, a Madrid? ¿Y cómo va tan solo?». Respondió el chico que iba a Madrid de paso para Cádiz, donde se embarcaría para América. Y Milmarcos siguió: «¿Ha oído usted hablar de un pueblo que se llama Tor del Rábano? Pues es mi pueblo; en él nací y (p.7427) en él vivo descansado, con el real diario de mi pensión y otro par de reales que saco de mi trabajo. He traído una carguita de sal de Imón. Con lo que saqué de la sal he comprado dos bacaladas que me encargó el cura y otros encarguillos.. Tor del Rábano es camino de Madrid, y si se viene conmigo, le llevaré en mi burra, que es poderosa y de buen paso. Le brindo mi burra porque me ha entrado usted por el ojo derecho con su valentía.. Seis leguas tenemos por delante. Si se determina, esté listo para las seis de la mañana».

No se hizo de rogar Iberito, y a la hora indicada salió de Almazán con Milmarcos, gozoso de ir en la honrosa compañía de uno de los de Prim. Le instaba el sargento a subirse en la burra; pero a esto no accedió Ibero: su delicadeza le vedaba montar, llevando de espolique al que por héroe y por inválido merecía todos los respetos. Lo más que pudo conseguir Milmarcos con sus redobladas instancias, fue que el joven subiese a la albarda breves ratos, sólo por probar la buena andadura de la bestia. Platicando agradablemente fueron por todo el camino. Milmarcos no acababa de entender por qué iba tan solo y a pie un joven cuyo mérito y noble condición saltaban a la vista. De la prontitud y arrogancia con que salió a la defensa de Prim, colegía el sargento que el chico era de la familia de los Prines de Reus. Interrogado sobre esto, Iberito negó rotundamente. Entonces Milmarcos le dijo: «Ya lo entiendo: ¿es usted mejicano, de la familia de la señora Generala doña Francisca de Agüero?». Ante una nueva negativa quedó el veterano en mayores confusiones.

«Pues le contaré -dijo Milmarcos por amenizar la caminata, ya que no podía satisfacer su curiosidad-; le contaré que servía yo en el Regimiento del Príncipe, número 3 de Línea, y yendo de Málaga a Estepona con el Regimiento de Cuenca, núm. 27, el general Prim pidió veinte hombres para su escolta, los cuales no eran sorteados, sino que voluntariamente y de su motopropio pasaban a formarla. Yo fuí de los que se ofrecieron para la escolta, porque (p.7428) no miraba nunca al peligro, sino a la gloria. De Estepona fuimos a Algeciras, y allí embarcamos para Ceuta. Total: que por ser de la escolta, estuve al lado del General en toda la campaña hasta el 4 de Febrero, en que una judía bala me dejó sobre un pie como las grullas».

El hombre iba desembuchando por todo el camino trozos de historia viva, no pasada por escritura ni por letras de molde. Ibero escuchaba silencioso, gozando en beber la historia en su fresco manantial. Entre otras cosas, refirió Milmarcos que Prim montaba un caballo inglés de largo pescuezo. Un macho grandísimo, conducido por un paisano, le llevaba provisión de comida fina y bebidas superiores, y avíos para su limpieza y tocador, todo bien guardado en un desmedido alforjón. No prescindía en campaña de sus hábitos de gran señor: por esto le habían comparado al Gran Capitán, que en su tienda se lavaba y perfumaba antes de entrar en batalla, y después de ella comía con refinada pulcritud y opulencia. «En aquellas alforjas de obispo llevaba el General, por un lado, ropa blanca y frascos de agua de colonia, y por otro, pastel de liebre en unas latas, jamón y cosas muy ricas..». Pues le diré a usted que, sirviendo a su lado y poniéndome como él en los sitios de mayor peligro, llegué a quererle tanto como quise a mi padre. También él me quería. Verdad que se acababan todos los cariños en momentos de apuro, de aquellos en que no había que decir más sino «voy a matar o a que me maten». Pero cuando no corría prisa de perder las vidas, el General sabía economizar nuestra sangre.. De tanto verle y seguirle y mirarle a la cara para leerle las órdenes antes que las dijera, ya nos le sabíamos de memoria, y aprendíamos de él a despreciar la vida.. Me parece que le veo al empezar la de los Castillejos.. Sobre una peña plantó el caballo, y de allí nos gritaba que avanzáramos. Se puso tan alto para ver quién de nosotros tenía miedo y quién no.. Cuando salíamos a tomar posiciones, mirábamos su cara. Si la veíamos más amarilla de lo que estar solía o tirando a verde, ya (p.7429) era seguro que nos aguardaba un día de compromiso. Si apretaba los dientes o se comía los pelos del bigote, ¡malo, malo! Pero la señal más segura de que íbamos a tener jarana y de que no debíamos dar un ochavo por nuestras pellejas, era ver a mi don Juan, con el caballo parado en firme, mirándose las manos y limpiándose las uñas con un hierrecillo que sacaba no sé de dónde.. ¡Moño! arregladas las uñas se le avivaba el genio y nos metía en unos fregados horrorosos, él siempre por delante».

A la admiración de Iberito contestó Milmarcos con esta frase sintética: «El General era su primer soldado». Dijo luego que vestía sencillamente, sin entorchados más que en la boca-manga, el ros bien ajustado a la cabeza, en el costado izquierdo dos placas con brillantes.. Por cierto que la primera vez que Muley Abbas se avistó con O'Donnell para tratar de paces, le dijo: «Gran Cristiano, mándale a ese General que no se ponga en los combates esas placas que relumbran al sol, porque mis beréberes apuntan al brillo, y fácilmente le darán en el corazón». Lo que oyó Prim y dije al moro: «Apuntad como queráis, moros de mi alma, que la bala que a mí me mate no está echa todavía».

Cuando esto decía Milmarcos vieron la torre del pueblo, asomada tras una loma; luego crecía, se echaba al llano cual si saliera a recibirles.. Aparecieron después varias casas sentaditas en derredor de la torre; perros vinieron ladrando al encuentro de los viajeros; la burra alargó las orejas y avivó su andar; gallo y gallinas les dejaban libre el paso.. Chiquillos se destacaron; luego el cura, dos viejas, un cerdo.. La torre se dejó ver bien plantada y altiva, con su nido de cigüeña, y por fin, la casa de Milmarcos, terrera y gacha, sonrió a los llegantes con su puerta blanqueada, su gato escurridizo, su macho de perdiz en jaula, su parra trepadora y su Servanda, que este nombre tenía la mujer de Milmarcos, gorda, jovial y zalamera.. No hay que decir que el sargento ejerció la hospitalidad como un gran señor que recibe en su casa a un príncipe. Servanda mató dos pollos y se excedió en la faena (p.7430) culinaria; por no tener lecho apropiado para tal huésped, prestó la alcaldesa un catre sobre el cual armaron un catafalco de colchones como para el obispo. Toda la flor y nata del pueblo visitó a Iberito, y el cura fue el más extremado en la amabilidad, porque Milmarcos había dicho a todos, en reserva, que su huésped era de la familia particular de Prim, como podía verse por la pinta del rostro, y que iba con su padre natural a la nueva conquista de Méjico.

Muy a gusto pasó allí tres días Iberito, reponiéndose de su cansancio y dejándose querer de tan buena gente. Servanda se ufanaba de tenerla en su casa, y por ello se daba no poco pisto con las vecinas. Servíale buen comistraje en platos y cazuelas humildes, y para postre se arrancaba con natillas o arroz con leche. El día de despedida gustaron de unas guindas en aguardiente que regaló el cura, y Milmarcos, a fuer de señor hospitalario, brindó con una guinda al noble huésped, diciéndole con solemnidad: «¡Qué no diera yo, señor, por poder acompañarle a esa expedición, que pienso ha de ser sonada, moño! ¿Pero a dónde voy yo con mi pata de palo? Los cojos, moño, no servimos más que para estarnos en casa haciendo empleita, acordándonos de que así como tejemos hoy el esparto, tejimos un día la historia de España. ¿Verdad, señor, que así es?.. Debe uno recordar siempre estas cosas, y a los que no tienen patriotismo y se den de ellas mandarles al moño de su madre.. Siento que usted no estuviera aquí el día de San Roque, que es la fiesta del pueblo. En ese día santo, yo me pongo mi uniforme, y en el pecho me planto la cruz y la medalla. Estoy manífico, ¿verdad, Servanda? Pues sacamos en procesión el santo, y yo me pongo delante de las angarillas. Crea, señor, que hago más papel que el cura, estoy por decir que más que el santo, moño; todo por mi cruz, que da dentera a cuantos la ven.. Y conforme vamos marchando con la procesión, salta uno y grita: «¡viva Milmarcos!». Pues no queda boca que no responda: «¡vivaaa!». Total, que desde que el santo sale hasta que volvemos a (p.7431) meterle en la iglesia, no se oye más que vítores a Milmarcos. ¿Verdad, Servanda? Yo me incomodo, o hago que me incomodo, y con la mano hago así.. que se calmen, que me escuchen.. y cuando los tengo muy callados echo todo el pulmón gritando: «¡viva Isabel II! ¡viva San Roque!».

Descansado ya, muy agradecido a los obsequios de la sargenta y su digno esposo, Iberito salió de Tor del Rábano acompañado largo trecho por sinfinidad de chiquillos, a los que seguían personas mayores de ambos sexos, el cura y el alcalde. La burra y Milmarcos prolongaron la despedida hasta Rebollosa, y de aquí siguió el chico a Jadraque, donde se metió en un galeón que dos veces por semana hacía el servicio de viajeros de Sigüenza a Guadalajara. Pudo luego fácilmente continuar a Madrid en el coche correo. Cerca ya del término de su viaje, los atrevidos pensamientos que a tal aventura le habían lanzado iban descendiendo del ensueño a la realidad, y buscaban la forma y modo de encarnarse en hechos.

Desde que tomó la temeraria resolución de abandonar al cura Baranda, hubo de pensar Iberito que en Madrid necesitaba una persona que le guiara en sus primeros pasos por la tumultuosa villa, y que le diese luz y norte para llegar hasta Prim. Lo demás se le presentaba llano y hacedero: tal era la fuerza del ensueño en su disparada imaginación, que contaba con la benevolencia del General en cuanto este le oyera expresar un deseo tan conforme con su propio genio aventurero y heroico. Las amistades de Iberito en Madrid eran de chicos de familias relacionadas con la suya, pretendientes o estudiantes, y entre estos eligió al que más afecto le inspiraba, Juanito Maltrana, hijo de Juan Antonio y de Valvanera, nieto del gran don Beltrán de Urdaneta y sobrino del marqués de Saviñán. Seis años más que Santiago tenía el chico de Maltrana; pero eran buenos camaradas, y juntos habían alborotado locamente en las calles de La Guardia y en la casa de tía Demetria, con los hijos menores de ambas familias. Pensando en tomarle por mentor y guía primero de (p.7432) Madrid, llevaba en un papel sus señas; y he aquí que, apenas pisó la calle de Alcalá el aventurero Iberito, tomó lenguas de los transeúntes para dirigirse al 17 de la calle de Jacometrezo, de la cual sabía que era de las más céntricas, angulosas y hormigueantes de aquel Madrid tan lleno de misterios. La suerte le favoreció aquel día, mejor dicho, noche, pues llamar en el piso segundo, abrir la puerta una moza guapa, preguntar por Juanito, dirigirse tras de la moza a un gabinete próximo, y encararse uno con otro y abrazarse cariñosamente Iberito y su amigo, fue obra de minuto y medio.

Las primeras preguntas del cortesano al forastero fueron las generales de la ley estudiantil: «¿Cómo has venido tan tarde? ¿Vienes a estudiar Leyes? Ya está cerrada la matrícula. ¿Vienes a prepararte para Estado Mayor o Caminos? ¿Traes dinero?». Iberito, que era la misma sinceridad y no gustaba de colocarse en posiciones falsas, respondió como un examinando que sabe de memoria la lección: «No vengo a estudiar leyes, ni nada. Traigo muy poco dinero.. Me he escapado de mi casa.

-¡Bien, chico!.. ¡viva la Pepa! -dijo Maltranita con jovial admiración-. Eres el último romántico.. porque ya no hay románticos. Los que quedan vienen de provincias, como tú, escapados y sin guita.. Pero se me olvidaba lo más importante. No habrás comido.. Tendrás gazuza. Un poco tarde llegas. Pero algo habrá quedado para ti». Apenas oída la breve respuesta del forastero, salió Maltranita a la puerta y llamó a la patrona con apremiantes voces: «¡Luisa, doña Luisa!». La cual no tardó en mostrar su agradable presencia. Era una mujer más que cuarentona, de tipo suave, de marchita belleza otoñal. «Aquí tiene usted un nuevo huésped -le dijo Maltrana-. Viene huido de su casa y con poco dinero.. Pero no vacile usted en darle habitación y asistencia, que es de una gran familia. Yo respondo». Contrariada respondió María Luisa que había pasado la hora. Todos habían comido ya. Tendría que remediarse con lo que se pudiese preparar deprisa y corriendo. Mientras la (p.7433) señora cuidaba de disponer algo para el nuevo huésped, este oyó de boca de su amigo las mejores referencias acerca de aquella. «Es una persona decentísima, viuda, que ha venido a menos. Su padre, don José del Milagro, fue Gobernador de provincia en tiempo de Espartero. Su marido era un famoso bajo..

-¿Bajo de cuerpo?

-No, tonto.. ¡qué cerril vienes!.. Era bajo de voz, italiano: cantaba óperas y funerales de primera clase.. Esta casa es de las mejores de Madrid. No ha sido para ti poca suerte haber caído en ella. Por doce reales estarás muy bien, y por catorce como un príncipe».

Mientras Ibero cenaba, Maltranita se mudó de camisa, cepilló muy bien su americana y pantalón, y alisó esmeradamente con un pañuelo de seda la felpa de su sombrero. Era muy cuidadoso de su persona, y gustaba de presentarse en el café o en el teatro con facha parecida a la de un dandy. No había terminado sus arreglos, cuando volvió al gabinete el forastero, llena ya la tripa de la bazofia patronil. «Ya que has matado el hambre, y antes que nos vayamos al café -le dijo el cortesano-, vas a decirme a qué has venido a Madrid. No abandona casa y familia un muchacho como tú, sin que le mueva una idea, una pasión, algo que.. Dímelo pronto». No se hizo de rogar Iberito, que a gala tenía manifestar lo que a su parecer le honraba y enaltecía sobremanera. Con firme acento y claridad que revelaban su convicción, declaró el por qué de su escapatoria, el por qué de su viaje.. Oyó Maltrana como quien no da crédito a lo que oye; se hizo repetir la declaración, y asaltado de una de esas risas que destroncan, se tumbó en el sofá para reír a sus anchas.

 

Ep-39-IV -

No se desconcertó Iberito ante la hilaridad epiléptica del cortesano, pues contaba con que no podía ser de todos comprendido. «Cada uno tiene sus fines, Juan -le dijo-. Si lo mismo pensáramos todos, el mundo sería poco divertido. ¿Crees que estoy loco?

-O tonto de remate, Santiago -replicó el otro, apretándose la cintura para contener la risa-, y no acabo de comprender de qué nido te caes, ni de (p.7434) dónde has sacado esa idea. En primer lugar, el general Prim se ha marchado ya.. Mira: aquí tienes Las Novedades de hoy que lo dice bien claro: 'Ayer salió para Cádiz..' Pero aunque no hubiera salido y estuviera en Madrid.. ¿Crees que si a él pudieras presentarte con esa encomienda, habría de hacerte caso? ¡Llevarte consigo! ¿Pero cómo y en calidad de qué? ¿Irías de soldado, de machacante, de limpiabotas, de acemilero?

-De ranchero iré si me lleva.

-Pero aún hay en tu cabeza una tontería mayor. ¿De dónde has sacado que el general Prim lleva tropas a Méjico para conquistar aquella República y traerla al dominio de España? Eso es estar en Belén, y no conocer el mundo, ni la política, ni nada.. Pero se nos hace tarde; vamos al café, y andando te explicaré a qué va Prim a Méjico.. Te advierto que en el café no saques a cuento tu caballería andante. No me gustará que los amigos se rían de ti. Aunque no sea verdad, di que has venido a estudiar Leyes». Salieron. Por la calle, Maltrana informó a su amigo de lo que este ignoraba. Venía enteramente cerril, con ideas del tiempo de la Nanita y proyectos aprendidos en algún pliego de aleluyas. «Para que te vayas enterando y caigas de tu burro, el burro de la ignorancia, te diré que tres naciones, Inglaterra, Francia y España, han celebrado un tratado de intervención en Méjico, no para conquistarlo, sino para pedir reparación de ciertos agravios a nacionales de los tres países, y reclamar el pago de no sé qué deudas. Te daré un periódico en que lo veas bien explicado. Aquel país está en la anarquía.. Parece que dos Presidentes se disputan el mando.. Las naciones quieren que los mejicanos tengan juicio, que den descargos y satisfacciones por los europeos ofendidos o asesinados, que paguen lo que deben, etcétera. En fin, que todo es prosa.. Estamos en un siglo enteramente práctico, fíjate bien en esto, Santiago.. Y en cuanto a Prim, tu ídolo, te diré que yo tengo de él una idea muy mediana.. Ya estamos en la Puerta del Sol. ¿Ves qué magnificencia? Los edificios de la curva ya están (p.7435) terminados. Faltan las dos cabeceras, que quedarán concluidas dentro de un año.. ¿No se te ensanchan las ideas? ¿Y las telarañas que en tu cabeza traes, no se te deshacen viendo estas maravillas de la civilización? ¿No te asombras de lo bruto y atrasado que vienes? Y acordándote de la obscuridad de tu pueblo, ¿no te avergüenzas de traer acá ideas rancias y locas que allí debiste dejar entre las paredes ahumadas?.. Ea, ya estamos en nuestro café».

Dos palabritas biográficas acerca del joven Maltrana. De sus padres, Juan Antonio y Valvanera; de su abuelo materno, el insigne don Beltrán de Urdaneta, se ha dicho anteriormente cuanto había que decir. Criado Juanito en Villarcayo, recriado en Cintruénigo y La Guardia, instruido en Vitoria, acabado de pulimentar en un buen colegio de Burdeos, desde que traspasó los veinte años tomaron sus ambiciones el rumbo de un sensato positivismo. Anticipándose al deseo de su padre, pidió ir a los Madriles, estudiar Leyes, ensayarse sin pretensiones en la literatura y en el periodismo, seguir, en fin, la carrera de hombre público, a que le llamaban su natural despejo y su fácil palabra. ¿De dónde salían estas vocaciones, esta novísima orientación de la juventud en la segunda mitad del siglo? El demonio lo sabe. Serían tal vez producto de la desvinculación, del parlamentarismo, de las cuquerías doctrinarias que informaron la Unión Liberal, del estudio constante de la Economía política..

Ello es que Juan, a poco de respirar los aires picantes de la Corte, hallábase aquí como el pez en el agua: en pocos días aprendió la cháchara fluida, graciosa y mordaz del madrileño de casta; se asimiló las diferentes formulillas para juzgar de política, de teatros, de arte; fue un lucidísimo alumno de la Universidad; logró, por la amistad de su padre con Salaverría, un destinejo en Hacienda, que, con la mesada y los regalillos de la mamá, le constituía un peculio espléndido para estudiante; vestía bien, sin soltar nunca la pomposa chistera; tenía relaciones; hablaba y entendía de política; se abría, en fin, un brillante camino con (p.7436) sus dotes ingénitas y la ciencia social que sin él notarlo se le iba metiendo por los poros. Tan joven, y ya tenía puesta la mira en dos puntos luminosos del porvenir: casamiento con una heredera rica, y posición política brillante. Y como tales bienes se le aparecían en término lejano, todos sus pensamientos polarizaban en aquella dirección; su voluntad rectilínea y sin el menor desvío hacia aquellos puntos como el imán al Norte constantemente señalaba.

Llegaron los dos amigos a las mesas que ocupaban de tiempo inmemorial dos trincas o cuerdas de estudiantes de diferentes carreras. Eran la trinca riojana y otra mixta de burgaleses y vascongados. La facha de Iberito provocó sorpresa y sonrisas. Era un novato que se había traído el pelo de un gran número de dehesas. Su brusquedad en los saludos fue alegría de la reunión. En esta sólo encontró un muchacho conocido, Paco Cerio, hijo de un coronel carlista, convenido de Vergara, y natural de Salvatierra. Felizmente para Iberito, a poco de llegar a la reunión, quedó de figura silenciosa en el extremo de una mesa, pues los cafetómanos se enredaron en charlas, bromas y disputas, a las cuales era completamente extraño el aturdido forastero.

Lo primero que este oyó fue la burla que hicieron todos del pobre Cerio, acribillándoles desde una y otra mesa con pullas acerbas. Le motejaban por neo: así lo entendió Iberito, sin llegar a penetrar claramente el sentido de esta palabreja, nueva para él. Observó que Paco se defendía bravamente, respondiendo con salidas maliciosas a cuantas saetas le dirigían los guasones. De buena gana se habría puesto Iberito al lado de su amigo y casi paisano, batiéndose con él y disparando a los otros, no chistes envenenados, sino una botella de las que cerca de su mano tenía. Pero no pasó del pensamiento; no conocía bien el terreno en que lo había metido Maltranita, ni acababa de desentrañar el significado de los vocablos neo y neísmo. Luego se enzarzaron en un guirigay político. Nunca hablaban menos de cuatro a un tiempo. Gritaban y reían como un coro de orates (p.7437) desmandados.. Los más próximos al novato le preguntaron su opinión sobre la cosa pública, sin duda por mofa de su rusticidad, esperando oír graciosos disparates. Respondía el joven sacudiéndose las moscas: él no entendía.. él acababa de llegar de su pueblo. Maltrana le dio lección política en la forma más elemental. Ibero resultaba muy torpe para comprender cosas tan extrañas, y el amigo le instruía con paternal interés. «Vienes en un estado completamente agreste y pecuario -le decía riendo-. ¿De veras no sabes lo que son los obstáculos tradicionales? ¿No tienes noticia de Olózaga, que es el autor de la frase?

-De Olózaga sí tengo noticia -dijo Iberito gozoso de entender algo de tales monsergas-. Ese señor es de Oyón, cuatro leguas de mi pueblo.. y amigo de mi padre. En mi casa de Samaniego le he visto; pero maldito si le oí hablar de esos obstáculos..

-Pues esos obstáculos son.. que en Palacio no quieren a los progresistas, y se ha determinado que no sean jamás poder.. Ser poder quiere decir subir al gobierno, mandar..».

Alargó la gaita hacia aquel extremo de la mesa un joven no bastante tierno para estudiante, sino más bien machucho, además largo de narices y socarrón de mirada, y en tonillo impertinente preguntó a Iberito: «¿Y qué nos dice usted de las disidencias? ¿En su pueblo de usted qué opinan de Ríos Rosas?». Respondió Ibero, sin turbarse, que le tenían descuidado las disidencias, y que en su pueblo nadie tenía noticias de Rosas ni de Ríos.. «El pueblo de usted -dijo el narigudo con ínfulas de chistoso-, debe de ser Belén.. ¿Y en Belén no tienen noticia de otro disidente, que es paisano de usted, Alonso Martínez, el más joven de los políticos?.. ¿No le conoce?.. Señores, propongo que la frase usual estar en Babia, se trueque por estar en Burgos.

-Yo no soy burgalés, caballero.. soy de Samaniego.

-Ya.. Samaniego es el país de las fábulas, donde hablan los animales.

-Así es.. En mi tierra hablamos los animales. Pero como queremos instruirnos, venimos a donde ladran las personas».

Esta réplica vivaz y agresiva dejó a (p.7438) todos suspensos, y desconcertado al narigudo, que era un tal Segismundo Fajardo. Mas no tardó en rehacerse soltando otra saeta, a la que Iberito contestó con despejo y acritud. Ya se iba caldeando el diálogo; pero antes que llegase a temperatura explosiva, tiró Juan del brazo a su amigo, y pretextando que tenían que avisar a la Administración de Diligencias para que llevaran a la calle de Jacometrezo el baúl de Iberito (no tenía más equipaje que lo puesto) , dijeron vámonos, y con esto y un buenas noches abandonaron la sociedad cafetera. «Este Segismundo -dijo el cortesano al forastero-, es un vago. Como tiene buenas aldabas, entre ellas su tío el marqués de Beramendi, nunca está cesante; pero no va a la oficina más que a cobrar. Su padre, don Gregorio Fajardo, se ha hecho riquísimo con la usura, y ya se habla de que le van a dar un título.. No es constante Segismundo en nuestras mesas; viene a ellas cuando no tiene mejor tertulia en que pasar el rato.. El hombre quedó atontado con tu réplica. Para entre mí, yo me reía la mar, porque es un bravucón que se achica en cuanto le hablan recio».

La impresión que del café sacó Iberito en aquella su rápida visión fue que se asomaba a la puerta de una sociedad compleja, hirviente, de formas y caracteres desconocidos para él. Más risa que miedo causábale al primer vistazo la extraña sociedad, y no sentía su ánimo muy movido de curiosidad para conocerla mejor. Pensaba que detrás de aquel mundo había otro, más conforme con el suyo, con el que él llevaba dentro de sí, construido por sus propias ideas y por las sensaciones de su bulliciosa infancia. Justo es decir que Maltranita, aunque sus miras sociales le petrificaban en el egoísmo, fue generoso con Ibero, le garantizó el hospedaje y le dio alguna ropa para que se vistiese con decencia, hasta que proveyeran los padres. Y ved al hombre en Madrid, brujuleando en las calles, gozando de esa forma de soledad que consiste en andar entre el gentío sin conocer a nadie, observando cosas y personas, y tomando el tiento por de fuera al populoso (p.7439) mundo en que había caído.

 

Ep-39-V -

Pronto aprendió, con o sin ayuda del amigo, a conocer las calles, y a meterse y sacarse por todas ellas buscando sorpresas y perdiéndose entre la muchedumbre. Gustaba de ir por las mañanas al relevo de la guardia en Palacio, y se extasiaba viendo aquel maniobrar ordenado de las tres armas, que en sus movimientos eran como el índice o catálogo de las energías militares. Las demás horas del día las empleaba en recorrer estos o los otros barrios: ya se espaciaba por Buenavista, ya por la Inclusa y Latina. La calle de Toledo, así como el Rastro y Embajadores, le entretenían singularmente, y no se cansaba de contemplar el ir y venir afanoso de la gente humilde, la muchedumbre de mujeres fecundas, los chiquillos de diferentes edades que de aquella fecundidad eran muestra y testimonio, los hombres peor comidos que bebidos, y que en diferentes industrias y oficios luchaban por el pan. Era el pueblo, que con su miseria, sus disputas, sus dichos picantes, hacía la historia que no se escribe, como no sea por los poetas, pintores y saineteros.

Divagando siempre, vio más de una vez a la Familia Real de paseo. Doña Isabel, que por aquellos días volvió de su viaje triunfal a Santander, se mostraba en el camino de Palacio al Retiro, en coche abierto, precedida de batidores y caballerizo, y seguida de una escolta de húsares o lanceros. A su izquierda llevaba Isabel al Rey don Francisco: ella con inclinación de cabeza, él con un sombrerazo, contestaban al frío saludo de la gente que discurría por las aceras. Observó Iberito que las Majestades no levantaban a su paso más que un tenue vientecillo de cortesía respetuosa. Detrás de la Reina, en coche con tiro de mulas, solían ir la infantita Isabel, de diez años, y el Príncipe de Asturias, Alfonsito, de cuatro, asistidos de sus ayas y servidumbre. Algunos días iban por delante; todos se metían en lo reservado del Retiro, donde no entraban más que los personajes de la Corte. ¿Qué hacían allí? Sin duda jugarían los niños, y los padres pasearían a pie, con grave paso y (p.7440) soberano hastío.

Y algunos ratos de la mañana perdía o empleaba Iberito metiéndose en la Universidad, y observando el entrar y salir de muchachos cargados de libros y apuntes. Le interesaba el espectáculo de aquellos claustros bulliciosos, sin que por ello te picaran ganas de estudio; al contrario, su repugnancia de las carreras y de los títulos académicos era más grande en el interior de la Universidad que en la libre calle bullanguera. ¡Leyes! ¿Y todos aquellos guapos y agudos chicos andaban allí para llenarse el cacumen de conocimientos jurídicos o curialescos? ¿Tantas leyes hay, que necesitamos un desmesurado edificio y un ejército de maestros para enseñarlas? ¿Y dónde, dónde, moño, se estudiaba el arte de aplicar la justicia y de gobernar al pueblo?.. Cansado de vagar por la Universidad buscaba una iglesia, después otra, y con breve inspección recorría seis o siete en la mañana. Quería ver de cerca qué trazas tenían en la Corte los lugares de rezo y devociones. Vio cavidades obscuras, feas, despojadas de todo arte, como si las limpiara de belleza la escoba de la vulgaridad; vio feligresía de mujeres, más viejas que jóvenes, con predominio de la fealdad; vio curas y capellanes solícitos como abejas en su industria sacerdotal, y atentos a la obligación de criar las almas para el Cielo.

Fuera de la iglesia, le sorprendían aquí y allí formas y aspectos interesantes de la sociedad española; pero en ninguna parte vio ni oyó cosa alguna que tuviera con su ídolo relación; nadie le habló de Prim. La imagen de este, fuera de una estampa que vio en el Rastro, parecía sustraída sistemáticamente a la admiración humana. Creyérase que al héroe de los Castillejos se lo había tragado la tierra, quizás el mar, y que este no quería ser conductor de nuevas epopeyas de España a las Indias. Iberito veía desvanecerse su ideal y caer desmoronado el castillo de su caballeresca ambición.

Por fin, en su casa de huéspedes, cuando menos lo esperaba, encontró dos jóvenes a quienes pronto miró como amigos, sólo por ser ambos muy devotos de Prim. (p.7441) Era el uno Rufino Cavallieri, hijo de la patrona doña María Luisa, chico tan rebelde al estudio, que no pudo su madre meterle en ninguna carrera, ni aun en las más fáciles. Por fin, se le dedicó a un oficio, y trabajaba en un taller de dorado. El otro era un huésped llamado Rodrigo Ansúrez, violinista muy notable. Pensionado por el marqués de Beramendi, protector de las artes, había hecho sus estudios en Bélgica, y por países extranjeros andaba casi siempre dando conciertos y perfeccionándose en la armonía y contrapunto. Cuando a Madrid venía por temporadas cortas, moraba en casa de doña Luisa, que, como viuda de un bajo profundo, pretendía dar a su establecimiento un carácter, si no de templo, de hospedería musical. En efecto: allí vivían un barítono y dos partiquinos del Teatro de Oriente.

Rufino Cavallieri tenía por principal en su taller a un catalán, del propio Reus, loco entusiasta de su paisano, de quien se decía pariente. Toda la vida del General, desde que apareció en la guerra civil como pesetero humilde hasta la gloriosa jornada de Castillejos, la tenía en la memoria, sin que se le olvidase ninguno de los hechos de armas con que don Juan ilustró su nombre desde 1834 a 1860. El buen dorador, mientras estofaba marcos, peanas y cornucopias, repetía, para recreo de sus oficiales y de algunos amigos, los trozos que más a pelo venían en las incidencias de la conversación. Todo ello se le fue pegando en las orejas y en el magín al joven Cavallieri, que pronto igualó a su maestro en el dorado y en adorar el nombre y los hechos de Prim. Verdad que al contárselos a Ibero trabucaba lugares y fechas; pero esto no importaba. De verdades aderezadas con mentiras se apacientan las almas.

De muy diferente índole era el entusiasmo primista del músico. Hombre de menos palabras no se había conocido jamás. Todo se lo hablaba con el violín. Así, cuando Ibero mentaba a su ídolo, no decía más que «¡oh, Prim, grande hombre!».. y agarrando en seguida su instrumento, sacaba de las vibrantes cuerdas una declamación patética, en la cual, con graciosas (p.7442) modulaciones, se iban eslabonando las ideas en infinita serie, sin encontrar la fórmula final. Era Rodrigo Ansúrez un improvisador fecundo, que sólo con abandonarse a la habitual acción de ambas manos con el arco y las cuerdas, lanzaba al exterior los sucesivos estados de su espíritu. Ibero, que no conocía una nota, hallábase dotado de la percepción artística en su máxima intensidad. El ritmo, el concepto melódico y la armonía, le subyugaban; absolutamente ignorante de la técnica, se apropiaba como nadie el íntimo sentido musical, cuanto más vago, más adaptable a los distintos estados espirituales del oyente.. «¡Oh, Prim, grande hombre!».

¡Si el músico era lacónico en la palabra, cuán elocuente en el violín! Toda su alma ponía Ibero en el oído. Alma y oído en perfecto consorcio saboreaban el Romancero de Prim, reducido a notas y ritmos. Claramente cantaba el violín las hazañas del héroe, su ardimiento, y reproducía su tonante voz en los combates. Una tarde, hallándose los dos amigos por tercera vez embelesados en la dulce tocata, el alma de Iberito se regalaba con nuevos desarrollos de la personalidad legendaria del héroe. Prim no era sólo el campeón intrépido contra moros; era también el expugnador de la tiranía; el conductor de pueblos, que los llevaba por sendero pedregoso y venciendo mil obstáculos a regiones de paz duradera. Todo esto cantaban las estiradas tripas, vibrantes de apasionada elocuencia, y aquel día dio el artista con el final sintético que en otras improvisaciones no pudo encontrar. Gradaciones rítmicas, modulaciones felices le llevaron insensiblemente a un pasaje de marcada inflexión trágica, o que trágicamente se proyectaba en el alma de Ibero, y luego a una tristísima salmodia fúnebre. O el Stradivarius no decía nada, o decía que el héroe sucumbía violentamente, víctima de la envidia y la ingratitud; final muy lógico, casi rutinario en el poema de las grandezas humanas. Poníase Ibero a punto de llorar con la melopea trágica y fúnebre, y a su amigo decía: «Acabe usted, por Dios, que el (p.7443) sentimiento de ese pasaje me destroza el alma». El músico no añadía una palabra sola a los épicos sones de su instrumento. Suspiraba como el intérprete que nunca se siente bastante hábil, y aspira con anhelo ardiente al absoluto dominio del lenguaje musical. Ibero le decía: «Vaya, vaya; eso es tocar la Historia».

Y a su amigo Maltrana, que por aquellos días le incitaba al estudio y le ofrecía libros para que se fuese preparando a cualquier carrera, mientras disponían los padres si le dejaban o no en Madrid, le decía: «Déjame en paz; no quiero libros ni carreras.. A ninguna siento inclinación. Quiero quedarme libre: salvaje he sido hasta hoy, y salvaje he de ser siempre. Mis libros serán la acción. No siento ningún deseo de conocer, sino de hacer». Si no lo dijo en esta forma, en otra parecida y más ruda fue.

Aguardando la resolución de los padres de Iberito, Maltrana le abandonó como cosa perdida. No le veía más que a las horas de comer, y esto no siempre; hablaban poco. Algunas noches le redujo a ir al café de marras; otras, Santiago iba solo al de una trinca de aragoneses, donde le presentó un conocido suyo teniente, llamado Estercuel, a quien se encontró en la calle. Este le puso en relación con diversos puntos, entre ellos un don Víctor Ibrahim, capellán de tropa, el cual, con desordenado estilo y acento ceceoso defendió el catolicismo democrático, la devoción a la Virgen, el himno de Riego y la Constitución del año 12. Apenas le entraban a Iberito por una oreja las declamaciones del clérigo andaluz, ya le salían por la otra. No así lo que dijo Estercuel, que hablaba con sentido y daba a entender vagamente sus opiniones avanzadas.

Una tarde, el cura y el teniente invitaron a Ibero a que de paseo les acompañase a Leganés, donde ambos tenían su residencia militar, y el aburrido joven aceptó gozoso, por espaciar su ánimo y alargar la cuerda que a Madrid le sujetaba. Allá se fueron los tres, y allá merendaron. Al volverse a Madrid solo, ávido de movimiento, se metió por las lindes del campo; recorrió largo trecho en soledad (p.7444) placentera, y cuando entraba en el camino real por el Alto Carabanchel encontró un grupo de militares, del cual se destacó un joven corriendo hacia Iberito con los brazos abiertos. Era Silvestre Quirós, sargento de Infantería, riojano alavés, natural de El Ciego. Su madre había sido cocinera por luengos años en la casa de Ibero, y en ella permaneció hasta su muerte, en jubilación decorosa. ¡Con qué alegría se vieron, y con qué emoción celebraron encontrarse juntos tan lejos de su patria! Silvestre tenía diez años más que Santiago. Hablábale más como amigo que como criado, o con la familiaridad respetuosa de los servidores que llevaron a sus amitos en brazos, a cuestas y a la pela, y les enseñaron a dar los primeros pasos. Allí fue el preguntar Silvestre por toda la familia y hasta por los animales de la casa, caballos, mulas, perros y gatos. De todo le informó Ibero, y como no tuvo más remedio que referirle su escapada y viaje libre a Madrid, hízolo con sinceridad y algún atenuante discreto para que Silvestre no le riñera. Frunció el ceño el militar; pero Santiago expuso razones de un orden espiritual que hasta cierto punto justificaban sus actos. ¡Y qué rara coincidencia resultó de estas explicaciones! También Quirós había sufrido el delirio de Prim y de América; también fue su sueño dorado ir en la expedición, y la imposibilidad de conseguirlo le había dejado con una murria de mil demonios.. En fin, como la noche se venía encima y Silvestre tenía que seguir a Leganés sin demora, despidiéronse con la resolución de verse al día siguiente en el mismo sitio para charlar largo y tendido.

Ya con aquel encuentro tenía Iberito la compañía más de su gusto, porque Silvestre, su amigo de más confianza, le comprendía mejor que nadie, le hablaba de empresas militares más soñadas que verdaderas, y coincidía con él en pensamientos audaces, jamás a su parecer ideados de otro alguno. A la cita de los Carabancheles acudió presuroso, encontrando a Silvestre al pie de un gran árbol hablando con dos paisanos, que al ver a Iberito quedaron mudos, como si lo que (p.7445) allí se trataba no debiera oírlo ningún cristiano. Apartose el joven discretamente; los desconocidos secretearon con Quirós algunas palabras o cláusulas breves al modo de consigna, y camino abajo se fueron, despidiéndose con esta concisa frase tres veces pronunciada: «Allá, mañana». Allá parecía ser Madrid.

Dijo Silvestre a su señorito y amigo que al día siguiente podrían verse en Madrid. Indicó como punto de cita la iglesia de San Sebastián, y como hora, las seis de la tarde. Sospechó Ibero que su amigo andaba en algún misterioso enredo político-militar; pero esta idea no le retrajo de la amistad del sargento, antes bien le empujó más hacia él, por querencia del misterio romántico. Juntáronse dos días más en los Carabancheles, y aunque Ibero trató de explorar a su amigo, este no quiso clarearse. Por fin, una tarde entraron los dos a refrescar en un tabernucho situado en las primeras casas de Leganés. Arrimáronse a una mesa, donde estaba bebiendo cerveza uno de los dos individuos que Iberito había visto días antes en reservada conversación con su amigo; pidieron de beber, y mientras discutían con el otro si había de ser cerveza o vino, entró de súbito un sargento seguido de cuatro números de la guardia de prevención. Sin darles tiempo ni a las primeras exclamaciones de sorpresa, el sargento dijo: «Sargento Quirós, de orden del coronel, venga usted preso.. y también estos dos pájaros..». Lívidos Silvestre y el desconocido, sereno y altivo Iberito, los tres mudos, siguieron al que les privaba de libertad.

En aquel punto acabaron los datos y conocimientos que la Historia pudo reunir en su primer legajo para la vida y hechos del audaz Iberito. La persona de Este se pierde desde aquel suceso, como el hilo de agua que corriendo se desliza sobre un suelo de arena. Lenta evolución de la vida y del tiempo fue menester para que resurgiera de nuevo en la superficie, como verán los que sigan leyendo.

 

Ep-39-VI -

Sábese, y si no se sabe se supone, que don Tadeo Baranal notar la ausencia de Santiaguito, despachó un propio su seguimiento, y (p.7446) pensando que el fugitivo no habría ido muy lejos, se abstuvo de notificar el caso a los padres, pues nada conducía darles tal disgusto si, como era presumible, el muchacho parecía pronto. Equivocose de medio a medio el buen cura, y su principal error fue mandar al criado, no en la dirección de San Millán de la Cogulla, sino en la de Santo Domingo de la Calzada, itinerario que seguían casi siempre en sus cacerías. El perseguidor debía prolongar su ojeo hasta Belorado, donde vivían dos chicas muy guapas, las de Corporales, que en Nájera pasaban el verano, y que por todas las trazas eran muy del gusto de Santiaguito. Volvió desconsolado el propio a los dos días, y antes de que diera parte al amo de la inutilidad de su exploración, don Tadeo, rabioso contra sí mismo, le dijo: «¡Pero, hombre, si estaba yo en la hora boba cuando te mandé a Belorado!.. ¡No acordarme de que las niñas de Corporales están ahora en Herramélluri! Vete allá, cógeme de una oreja a ese pillo y tráelo amarrado si fuese menester». Nuevo fracaso del propio, y mayor tribulación de don Tadeo, que, sin perjuicio de seguir explorando hacia Carneros y Soria, dio parte a los primos de Samaniego cinco días después de haber tomado soleta el niño tonti-loco.

La consternación de Santiago Ibero fue grande. Hallábase su esposa en La Guardia, pasando unos días con su hermana Demetria, que volvía de Royan y Burdeos, vendimiados ya los ricos viñedos que Calpena poseía en la Gironda. Las dos hermanas gozaban de verse juntas después de larga ausencia. No quiso, pues, Ibero informar a Gracia de la barrabasada de Santiaguito. ¿A qué aguar su felicidad con esta noticia, si el chico había de parecer pronto? A este fin, escribió a varios amigos suyos, uno de Zaragoza, otro de Madrid, para que buscasen al prófugo. Punzante corazonada le decía que a Madrid había ido Santiago, movido de su alocada imaginación. El amigo que en la Corte recibió el encargo de Ibero y poderes para buscar al fugitivo y apresarle con todo el rigor de su segundo padre, era el teniente (p.7447) coronel don Jesús Clavería, compañero inseparable de Ibero en las fatigas de la guerra, su fraternal amigo en la paz. Desgraciado en su matrimonio, Clavería obtuvo pocas ventajas en su carrera, por no disimular sus inclinaciones harto vivas al Progreso y la Democracia. Era un temperamento generoso, sincero, rectilíneo; miraba más a sus ideales patrióticos que a su personal provecho. Desde el 56 cayó en desgracia, viéndose obligado a pedir el cuartel. O'Donnell le tenía por sospechoso, y le molestó durante algún tiempo con vigilancias humillantes. A pesar de esto y favorecido por su conducta correctísima, vivía en Madrid bien quisto de todo el mundo; sus relaciones con personas de este y el otro partido eran muy cordiales; frecuentaba el Casino por no tener afectos en su vivienda solitaria, y era un ocioso simpático, uno de estos madrileños castizos que adornan todos los paseos y ocupan lugar preferente en el movible museo de caras conocidas.

La primera diligencia de Clavería al recibir el encargo, fue echar un pregón en el Casino; luego lo echó en el café de la Iberia. Nadie daba razón del tal Iberito. Los círculos y peñas del Suizo tampoco respondieron. Un encuentro casual con Maltranita hizo al fin la luz. El prófugo había llegado a Madrid, instalándose en la casa de huéspedes de la Milagro; pero a los quince días de estar en ella desapareció por escotillón como había venido. «Salió una tarde diciendo hasta la noche, y todavía le estamos esperando». Así lo contaba Maltrana ya muy avanzado Diciembre. De este dato precioso partieron las gestiones emprendidas con febril ardor por Clavería, ayudado del joven estudiante. La primera indicación para una pista segura la dio Segismundo Fajardo, el ubicuo parroquiano de todos los cafés de Madrid, y por consejo de él fue interrogado don Víctor Ibrahim. Hombre muy tardo en sus respuestas, por el afán de rodearlas de misterio y de farandulería, el castrense recomendó que se buscase el testimonio del teniente Estercuel. Pero Estercuel había sido trasladado a Zamora días (p.7448) antes. Por fin, siguiendo el rastro al través de la oficialidad de Cazadores de Figueras, acuartelados en Leganés, se llegó al punto importante de la prisión del sargento Quirós y dos paisanos, uno de los cuales era un jovencillo imberbe. Amigo de Clavería era el teniente coronel de Figueras. A él se fueron los investigadores, sin obtener la claridad que perseguían. He aquí las manifestaciones del jefe del batallón. O el jovenzuelo detenido con el sargento había falseado su nombre, o no era el que buscaban con el nombre de Santiago. De su paradero nada sabía el teniente coronel, pues los dos paisanos entregados a la autoridad gubernativa salieron en cuerda de presos.. ¿Para dónde? ¿Para Melilla, para el castillo de Gibralfaro en Málaga, para Cartagena?

Ante estas vagas referencias, pateó y echó fieras maldiciones Clavería, gritando: «¿Pero así se encarcela a infelices ciudadanos, y se les conduce al destierro sin formalidad alguna ni decir siquiera a dónde los llevan? ¿En qué país vivimos? ¿Es esto España, o una colonia fundada por el Congo en tierras europeas?». Y el de Figueras, lastimado también y algo confuso, le contestaba: «Amigo mío, no hemos hecho los militares la Ley de Vagos. Es cosa del Gobierno, a quien los dedos se le antojan conspiradores. Hablen ustedes con el Gobernador civil, con el Ministro de la Gobernación, con el Ministro de Gracia y Justicia, con el Director de Penales, con el Presidente de la Junta de Cárceles, con el Inspector de la Guardia civil, con el Juez de la Inclusa.. (siguió enumerando en broma) , con el Comisario general de Cruzada, con la Secretaría de la Interpretación de Lenguas, con el Nuncio apostólico, con doña Polonia Sanz, con el padre Claret, con el moro Muza..».

No exageraba el teniente coronel: la peregrinación que emprendieron los buscadores de Iberito, abrazó innumerables compartimientos de la superficie burocrática del Estado, toda llena de aposentos claros y obscuros, de cavernas, zahúrdas y pasadizos. Dos semanas de labor infatigable no dieron resultado alguno. Nadie sabía nada. En toda (p.7449) estancia de aquella Babel culpaban a la estancia vecina, y en ninguna faltó un hombre indolente que alzara los hombros significando su desprecio de la vida y de la libertad de los ciudadanos. Aburrido y desalentado, Clavería dio a Santiago Ibero cuenta de su indagatoria, tan prolija como ineficaz. Gran consternación en Samaniego y La Guardia. Enterada Gracia de la pérdida de su primogénito, sufrió terribles ataques nerviosos. Dejola Ibero al cuidado de la sin par Demetria y del marido de esta, y se fue a Madrid en Enero del 62.

Juntos los dos amigos, repitieron las indagaciones, y, por fin, la Guardia civil señaló una pista con visos de segura. Según dijo Ibero, las diligencias del cura Baranda dieron por resultado el encuentro de un sargento inválido que iba semanalmente al mercado de Almazán con una carga de sal. Milmarcos, que así se llamaba, conoció a Santiaguito en el mesón de aquella villa, y le aposentó luego en su casa de Tor del Rábano. El móvil del descarriado muchacho no era otro que agregarse a las tropas que iban a Méjico al mando de Prim. Con esta idea coincidían las indicaciones de la Guardia civil, resultando de todo que bien podía suponerse, con probabilidades de certeza, que no fue Iberito el preso de Leganés.. Al desaparecer de la casa de huéspedes debió de tomar el camino de Cádiz, y al fin, en esta plaza hallaría modo de introducirse en el vapor que últimamente transportó más tropas para la Habana. Pudo embarcarse el muchacho furtivamente y sin papeles, por el sistema escurridizo de los pasajeros apodados polizones..

Resuelto a no desmayar en la cacería de la verdad, partió Ibero a Cádiz.. Doloroso es consignar que volvió a Madrid a fines de Febrero con la pena y desesperación de un nuevo fracaso. O Iberito había logrado colarse en el vapor de Enero, o andaba escondido Dios sabía dónde, o era ya difunto. No acertando a consolar al afligido padre, Clavería y otros amigos daban por cierto que el chico pisaba ya el suelo americano, realizando con osadía caballeresca su pensamiento. Lo más (p.7450) práctico sería, pues, escribir a las autoridades de la Habana, o al mismo Prim a Méjico, para que buscaran al prófugo y bien custodiado lo mandasen a la Península.. No alcanzando a estos dos personajes las relaciones de Clavería, solicitó este los auspicios de un buen amigo, el marqués de Beramendi, que se mostró en extremo bondadoso y servicial. «Mañana es correo -le dijo-. Yo escribiré a Serrano, presentándole el asunto como cosa mía, para que lo tome con interés. Con Prim no tengo confianza; pero Manolo Tarfe, que es uno de sus corresponsales en Madrid, y en todos los correos le da conocimiento de cuanto aquí pasa, le escribirá mañana mismo. Yo respondo de ello».

Uniendo lo cortés a lo diligente, invitó a un almuerzo íntimo, para el día inmediato, a Clavería, Ibero, Manolo Tarfe y algún otro amigo. De sobremesa se trataría del asunto que bien pudiéramos llamar ibérico, y se escribirían las cartas. Así fue. Reuniéronse todos a la hora indicada. Ibero fue presentado a Tarfe, resultando que se conocían: ambos recordaron haber hecho juntos en diligencia la travesía de Las Landas, viniendo Ibero de Francia con su señora y dos niños pequeños.. «Fue el 52, ¿no es eso?

-El 52, justo -replicó Santiago-. Recuerdo la fecha porque veníamos de París, donde no se hablaba de otra cosa que del casamiento de Napoleón con Eugenia.

-Y de lo mismo hablamos nosotros en el paso de Las Landas».

Al sentarse a la mesa, dijo Beramendi que había escrito a Serrano recomendándole el asunto del niño perdido. Urgía que Tarfe hiciera con toda eficacia la misma recomendación al general Prim en la carta de aquel día. Así lo prometió, y esta incidencia llevó de lleno el pensamiento y la palabra de todos los presentes a la campaña de Méjico.

«Para mí -afirmó Tarfe-, ya no hay secreto en la expedición: ya sé que Inglaterra y España van engañadas, vendidas.. Así se lo escribo hoy al General.. El convenio de Londres, después de establecer el objeto de la intervención, dice: 'Las altas partes contratantes declaran que no buscan (p.7451) ninguna adquisición de territorio, y que no ejercerán en los asuntos interiores de la Nación mejicana influencia alguna que menoscabe su derecho para escoger y constituir libremente su forma de gobierno'. ¿No dice esto? Pues todo es una comedia. Francia va resueltamente a cambiar allí la República por la Monarquía, y a colocar en el trono a un Príncipe europeo».

Asombro de Ibero, novato en estos cubileteos de la diplomacia; dubitación de Clavería, risa de Beramendi, dejando traslucir que el notición no era cosa nueva para él.

«Te ríes porque crees estar tan bien informado como yo. Por Guillermo Aransis, que llegó anteayer de Viena, sabes el nombre del candidato; pero ignoras cómo se ha fraguado este complot contra la República mejicana, y qué manos han tejido la fina trama. Yo he recogido excelentes testimonios, y hoy le mando al General un protocolo curiosísimo para que se divierta y rabie un poco.. Ya verá en la que se ha metido.

-El candidato es el archiduque Maximiliano -dijo Beramendi-, hermano del Emperador de Austria. Para mí no es ya rumor, sino hecho positivo. Maximiliano será Emperador de Méjico. ¿De dónde ha salido esta candidatura? Para mí no es difícil precisarlo.. Ya sabes que en la gestación de las revoluciones, así como en la de las restauraciones, veo siempre manos femeninas. Es una manía, si quieres. Por algo la divinidad de la Historia es mujer: la musa Clío. Pues en París, hace ya algunos años, he visto de cerca la acción mujeril trabajando fieramente por la monarquía mejicana. ¿Conociste a la bella Errazu, a la Guibacoa, a la Uribarren, damas mejicanas, tan ricas como hermosas, y por añadidura furiosamente ultramontanas? Ya en los salones del Elíseo conspiraban contra la libertad de su país, y esas y otras, también fastuosas y bellas, han reanudado en Tullerías la intriga para cambiar en Méjico la forma de gobierno, condensando ya sus ideas en la persona de Maximiliano.

-No han sido señoras, Pepe, sino hombres de fuste; ha sido la clase aristocrática y rica de la República, (p.7452) expatriada voluntariamente a la muerte de Santana, el único que allí contuvo los desvaríos democráticos; ha sido el arzobispo Labastida, que no se resignaba a la desamortización eclesiástica, llevada a efecto por Comonfort; ha sido el alto clero, la Curia romana..

-Iniciadores fueron tal vez; pero sus planes habrían quedado reducidos a declamaciones de un coro sentimental, si las damas elegantes.. ¡cuidado con ellas, que son de Caballería!.. no se hubieran lanzado a la pelea. En estas campañas sólo la bandera es de los hombres; a las mujeres pertenece la gloria del combate y del triunfo.

-No dudo que influya el bello sexo, Pepe; pero esto, según mis indagaciones, viene de más alto. Napoleón, por farolear en Europa y fascinar a los franceses, inventa las empresas militares más fantásticas. Un imperio en Méjico, ¡qué bonito! La bandera tricolor plantada en el árbol de la Noche triste, ¡qué teatral! Además, el hombre quiere hacer buenas migas con Austria.. puesta la mira en el Rhin y en la Prusia Renana.. El niño no tiene ambición que digamos.. Luego, mi señora la Emperatriz Eugenia, ante quien me postro con toda la admiración y el respeto del mundo, gusta de improvisar tronos.. ¡ella, que subió al de Francia con increíble suerte!.. y ahora se solaza haciendo Emperador a un Príncipe austríaco, y Emperatriz a una Princesa belga.. Es un bonito juego.. Póngote de soberano en Méjico, aunque te ponga prendido con alfileres..

-¿Lo ves, Manolo?.. Y luego negarás que las faldas empollan los imperios.. Para tu gobierno, te diré que la idea de llevar un Rey a Méjico es antigua. En mis mocedades de Roma conocí yo a un mejicano extravagante, Gutiérrez Estrada, que tenía por ídolo al príncipe de Metternich, y procuraba imitarle hasta en el vestir. Usaba unas corbatonas formidables y unos cuellos altísimos. En casa de Antonelli le vi algunas noches, con su levita color café, muy ajustada, y una placa de brillantes en el pecho.. A lo mejor se lo encontraba uno en el Pincio, lleno el faldón de periódicos ultramontanos, L'Univers, La (p.7453) Civiltà Cattolica; leía febrilmente, y hablaba solo cuando no tenía con quién hablar. Yo le abordé algunas veces por pasar el rato, pues el hombre admitía conversación del primer paseante desconocido con quien topaba, y no hacía la menor reserva de sus pensamientos y sus planes. A vueltas andaba con una idea fija, que era cambiar la forma de gobierno en Méjico, con lo que ganarían mucho el orden y la religión. En Viena pasaba largos meses dando matraca al príncipe de Metternich, y por variar se iba después a Roma y la emprendía con Antonelli. Era un hombre afable y bastante instruido.. ¡Pues, digo, si trabajó el hombre para plantar una corona sobre el escudo de su país! Muchos le tuvieron por loco. Luego ha venido la Historia a darle la razón, que esto está muy en la naturaleza de la Historia: dar la razón a los que no la tienen. Pero lo repito: ni Gutiérrez Estrada, ni los ricos mejicanos que trabajaron después por la misma idea, Sánchez Navarro, Hidalgo, Arroyo, ni Almonte últimamente, habrían visto en Méjico monarquía del tamaño de una lenteja, si las señoras no sacan del pecho el Cristo, y de la liga la navaja..

-Oigame usted, Marqués -dijo a esta sazón Santiago Ibero-, y perdone que hable de mi pleito. Si tan grande es la influencia de las damas en los asuntos públicos, ¿por qué no ha de serlo en los privados? Pequeñísimo, insignificante asunto es este de la desaparición de mi hijo, pues sólo a mí y a mi familia interesa. Y pues nada hemos conseguido de las autoridades ni de los altos o medianos poderes, ¿sería locura que nos encomendáramos a una, o tres, o veinte señoras de esas ricas y guapas que según usted todo lo pueden?

-Es una idea, es una idea -respondió Beramendi risueño y pensativo-; hay que pensar en ello.. Yo pensaré..».

 

Ep-39-VII -

Corrían las horas, arrastradas suavemente por la conversación amena, y Tarfe anunció que concluiría su correspondencia en el despacho del Marqués. Aún le faltaba lo mejor para dar al general Prim un informe interesantísimo, y era que doña Isabel, al enterarse (p.7454) de que los franceses, llevaban un Príncipe austríaco al trono de Méjico, puso el grito en todo el sistema planetario. Su Majestad habló así: «¿Cómo se entiende? ¿Un soberano a Méjico, y no es la reina de España quien lo elige? Ya verá Napoleón cuántas son cinco. ¡Como si no tuviera yo en mi familia príncipes para surtir a toda América! No daría yo poco, bien lo sabe Dios, por tener algún trono lejano donde colocar a Montpensier; a don Juan, mi primo, que acaba de reconocerme; a este otro primastro don Sebastián, y a los demás que me vayan reconociendo». ¿No crees que esto dijo doña Isabel, Pepe?

-Tan bien la imitas, que me parece que la estoy oyendo. Pero no te entretengas; acaba tu carta. Me figuro que lo que le escribes a Prim de la candidatura de Maximiliano ya está harto de saberlo. También sabrá, por las cartas de Muñiz, toda la menudencia política de aquí, el cariño que le tienen los vicalvaristas, que esperan ver cómo se estrella en Méjico. Vete al despacho.. y no te olvides de que has de poner en pliego aparte recomendación muy expresiva, para que se tome el trabajo de averiguar si entre las tropas, o entre los paisanos que siguen al ejército, está el hijo de este señor. Toma la nota con la filiación exacta».

Retirose Tarfe a escribir, y con Beramendi quedaron solos Ibero, Clavería y otro comensal, no mencionado antes, porque durante el almuerzo no desplegó los labios más que para pronunciar tímidamente algún monosílabo de urbanidad o aquiescencia, y parecía estatua puesta a la mesa, con mecanismo para comer pausada y limpiamente. Era más que viejo, un hombre de buena edad, desmedrado y encanecido prematuramente, fláccido y chupadísimo el rostro, barba y bigote en parte rasos por alopecia, y lo demás rapado a filo de navaja; los ojos agobiados por párpados que se abatían como si fueran de plomo, el cuerpo todo ángulos, trémulas las manos y un poco gafos los dedos. Comía el misterioso sujeto callando, sin más señales de vida que el engullir con ceremonia, el modular alguna palabra (p.7455) insignificante, y el desparramar vagamente alguna mirada oblicua, a medio descorrer del párpado, sobre los otros comensales. En cuanto se fue Tarfe, levantose, desdoblando lentamente su estatura y dijo con voz ultraterrena: «Si el señor Marqués no me necesita, me retiro con su venia». Despidiole Beramendi con afabilidad y estas palabras cariñosas: «Hoy no leeremos, amigo Confusio. Yo tengo que salir con estos señores cuando Manolo despache su correspondencia. Vete a trabajar, y vuelve mañana por aquí». Hizo a todos reverencia el extraño sujeto, y salió como una sombra.

«Quien conoció a este hombre hace un año y ahora le vea -dijo Beramendi-, no comprenderá que así podamos saltar de la juventud alegre a la triste vejez. El que se llamó Santiuste, ahora lleva el nombre de Confusio, que él mismo se aplica olvidado de su verdadero apellido. Una enfermedad terrible de la que escapó mal curado, para caer luego en un tifus horroroso, deshizo su naturaleza física y mental. Y el que ahora ven ustedes es un guapo mozo comparado con el que me encontré hace meses, cuando salió del hospital, y se arrastraba por los declives de Gilimón como un pobre animal moribundo. Yo le había perdido de vista: ignoraba su paradero y sus enfermedades.. Pues Señor, le recogí; le puse en una vivienda saludable, al cuidado de personas caritativas. Se le reconstituyó lo mejor que se pudo. Fue como cadáver que resucitamos trayéndolo un poco más acá de los linderos de la vida. A fuerza de cuidados recobró la acción muscular, el uso de la palabra con torpeza de pronunciación y penuria de voces; luego vino la escritura, que con el ejercicio gradual llegó a ser lo que fue, a medida que se iba corrigiendo el temblor de la mano. La reparación del entendimiento fue más perezosa, y las facultades del hombre muerto reaparecieron en el resucitado como destello de la luz de otros días. Casi todas sus ideas habían volado; olvidó su nombre y los anteriores sucesos de su vida, que fueron complejos y muy interesantes, dramáticos los unos, otros graciosísimos.

-Fue (p.7456) muy enamorado -indicó Clavería-. Yo recuerdo haberle visto cuando cortejaba a la Villaescusa..

-Otro más mujeriego no conocí: sus pasiones pertenecían al reino de la novela romántica. En Madrid no le faltaron conquistas; en Tetuán robó judías, moras en Tánger, y de regreso a España hizo estragos en las amas de cura, que, según él, son lo más tentador del mujerío contemporáneo. Pues aquellas aficiones y aptitudes han quedado muertas en él, y hoy vive y procede como si no hubiera mujeres en el mundo.. De su ser anterior y del desplome de su entendimiento y de su memoria, no resta más que el sentimiento patrio, y una idea, una sola idea y propósito, escribir la Historia de España, no como es, sino como debiera ser, singular manía que demuestra el brote de un cerebro brutalmente paradójico y humorístico. Como entiendo que la ociosidad ha de perjudicarle, en vez de combatir esa manía, le estimulo para que trabaje en eso que él llama Historia lógico-natural de los españoles de ambos mundos en el siglo XIX.. El hombre lo ha tomado con ahínco, y cuanto más trabaja, más se afianza en la fortaleza de su ser nuevo, y más aguza las dotes paradójicas y lógico-naturales que le han salido ahora.. Cada dos o tres días despacha un capítulo, que me lee antes de ponerlo en limpio. En su estilo no se advierte ninguna extravagancia; en la narración de los hechos está lo verdaderamente anormal y graciosamente vesánico, porque Confusio no escribe la Historia, sino que la inventa, la compone con arreglo a lógica, dentro del principio de que los sucesos son como deben ser. Anteayer me leyó un capítulo que me hizo morir de risa. Describe los sucesos del año 23, las artes solapadas de Fernando VII para ahogar en España el espíritu liberal, la intervención de los Cien mil hijos de San Luis para restablecer el absolutismo, los acuerdos de las Cortes, la declaración de la locura del Rey. Al llegar aquí, el hombre se quita de cuentos, y.. ¿qué creerán ustedes que proponen, discuten y votan al fin las Cortes? Pues procesar al Rey. Toda la tramitación (p.7457) del proceso es tratada por el historiador lógico-natural magistralmente, con gran prolijidad de documentación sacada de su cabeza. Pásmense ahora: Fernando es condenado a muerte.. y como no resulta decoroso ahorcarle, ni tenemos verdugos que sepan degollar, es fusilado con muchísimo respeto en Cádiz, en el baluarte próximo a la Aduana.. ¿Se ríen ustedes? Pues si leyeran la solemne escena de Fernando en la capilla, su conferencia patética con Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno, su invocación a los juicios futuros de la Historia, y luego la marcha al suplicio al son de tambores destemplados, y lo que el augusto condenado dijo al cura que le auxiliaba, admirarían al historiador, que, según dice, no tiene por musa a la vieja Clío, sino a la conciencia humana.

-¡Demonio de hombre!.. -dijo Ibero riendo-. Bueno: muere Fernando VII, por sentencia de las Cortes. ¿No querías Constitución? Pues toma tiros.. ¿Y los Cien mil niños de San Luis, qué se hicieron?

-Esto no lo sé.. pero ya se las compondrá mi Confusio para escabullirlos o evaporarlos por el sistema lógico-natural.

-¡Ajusticiado Narizotas!.. Hombre, me gusta. Ese historiador loco es atrozmente simpático. Y yo pregunto: condenado el Rey, ¿dónde está Cromwell?

-Pues él verá de dónde lo saca y a quién da este papel, porque él inventa los hechos, y si es preciso, las personas».

Y no se habló más de este asunto, porque volvió Tarfe del despacho con su correspondencia terminada y lista para el correo. De la expresiva recomendación a Prim quedaron Ibero y Clavería muy satisfechos, así como de la carta de Beramendi al Capitán General de Cuba. Al retirarse, iban los dos militares esperanzados y en extremo agradecidos. Debe decirse ahora que Manolo Tarfe y Pepe Fajardo, unidos en amistad estrecha, se hallaban, por aquellos días, a ceremoniosa distancia política de don Leopoldo, cabeza y pontífice de la Unión liberal. La culpa de esta frialdad no fue de la cabeza, sino del brazo, Posada Herrera, que desatendió las recomendaciones de los dos en asuntos locales, y privó a (p.7458) Tarfe, en las elecciones últimas, de aquel apoyo que hipócritamente llamaban influencia moral.

Claro es que no se separaron ostensiblemente de la Familia feliz; pero sólo ponían un pie en ella; el otro lo tenían alzado sin saber aún dónde sentarlo. En el campo moderado no podía ser; en el progresista, tampoco. ¿A dónde irían, pues? Prim no era un partido; pero si una incógnita sugestiva, una bella esfinge, cuya postura majestuosa y mirar profundo anunciaban poder, fuerza, dominio. Desde que volvió de la guerra de África, adquirió ese respeto con que las clases intermedias de aquella sociedad miraban al futuro y probable caudillo militar, repartidor de mercedes, engarzador de voluntades, y clave de una situación política. Mezclando en sus largos coloquios la realidad tangible con las intangibles conjeturas, Tarfe y Beramendi construían la figura de Prim en los venideros espacios de la Historia, y después de engrandecerla a su gusto, se ponían a su lado, con perspicacia de hombres prevenidos.

«La Unión Liberal no le traga -decía Tarfe con hondo convencimiento-. ¿Pues por qué le han mandado a Méjico? Por alejar un peligro: esto es bien claro. Lo que hace falta es que vuelva pronto. Cuando quiera será jefe del nuevo partido liberal, sinceramente liberal dentro de la Monarquía.. a la inglesa. ¿No crees que será liberal a la inglesa? De su monarquismo no podemos dudar, después de lo que dijo a la Reina en el acto de cubrirse como Grande de España.

-No te fíes, Manolo -replicó Beramendi, hombre de vista muy larga y atrevido sondador del alma humana-. Yo veo en la ambición de Prim lejanías que tú no ves. Te diré además que no veo en mi protegido Confusio un perturbado de tantos como andan por el mundo; téngole por una inteligencia de fuerza irregular y ciega, que se lanza sin tino a la cacería de las verdades distantes. Yo me siento algo Confusio; mis corazonadas se confabulan con mis desvaríos para no ver en Prim un General político y jefe de bando como los que ya tenemos.. Ojalá vuelva pronto. Yo, cuando le vea, le diré: «Hola, Cromwell, ¿ya (p.7459) estás aquí? Me alegro de verte».

Creyó Tarfe notar en su amigo un ligero amago del achaque mental que en ocasiones le acometía, y discretamente llevó la conversación a otro asunto.

 

Ep-39-VIII -

Pasaron días, y el buen Ibero, ocioso en Madrid y atribulado por la inutilidad de sus pesquisas, se volvió a Samaniego, a donde le llamaban el cuidado de su familia y atenciones de su hacienda y labranza. Clavería quedaba en la Corte a la mira del asunto, aguardando noticias de la Habana y Veracruz.. Siguió visitando a Beramendi una o dos veces por semana: el trato del Marqués, como el de Manolo Tarfe, le agradaba en extremo. Pero su trinca favorita, a más del Casino, era el café de la Iberia, donde diariamente se veía con Muñiz, Sagasta y Calvo Asensio, paisanos, con Moriones y Lagunero, militares. En aquella tertulia pudo hacerse cargo de que el verdadero confidente y corresponsal del general Prim era Muñiz, que le informaba de las menudencias políticas, por menudas importantes en esta sociedad más gobernada por la intriga que por las ideas.

De Méjico llegaban noticias favorables o adversas, según venían por la vía francesa o la vía inglesa. Hoy: los jefes de las tres Potencias aliadas operaban en perfecta armonía. Mañana: Sir Charles Wike, Prim y Jurien de la Gravière andaban a la greña. Como hecho cierto, se supo que los aliados habían celebrado convenio con las autoridades de Méjico para instalarse en lugares menos insalubres que Veracruz. Franceses y españoles acamparon en Orizaba y Tehuacán.. En sucesivas conferencias, Inglaterra y España reconocieron explícitamente la autoridad presidencial de Juárez, tratando con él por mediación de los ministros mejicanos Echevarría y Doblado. Uno de estos era tío de la marquesa de los Castillejos. El General de las tropas francesas, Lorencez, secundado por Almonte, Ministro de Méjico en París, que a la sazón desembarcó en Veracruz, se negó a todo trato con Juárez, y apuntó la idea de que al amparo de los aliados se convocase un Congreso nacional con (p.7460) carácter de constituyente. La intención de Francia no podía ser más clara ni más napoleónica. Asamblea de amigos y cacicones, reclutada más que elegida entre los pocos adictos a la idea monárquica; plebiscito a gusto de Francia; retablo mejicano movido por el Maese Pedro de las Tullerías.

Trinó el inglés y bufó Prim. El primero, emisario de un país constitucional, determinó retirarse con las naves inglesas; el segundo, representante de otro país formalmente constitucional, aunque con obstáculos, se retiró con sus tropas a Veracruz, no pensando más que en embarcarlas para volver a España; y como no tuviese buques especiales a mano, embarcó en los ingleses, y a casa, es decir, a la Habana. ¡Cristo, la que se armó en Madrid cuando se supo la retirada de Prim, con la agravante de no consultar al Gobierno ni pedirle instrucciones! Los que fueron partidarios de la expedición, creyendo que íbamos a una gloriosa campaña militar que diera mayor fuerza y mangoneo al Vicalvarismo, o Familia feliz, no se paraban en barras. Lo menos que pedían era Consejo de guerra por abuso de atribuciones, severo castigo del General.. Pero este, más avisado y perspicaz que todos sus contemporáneos, no hizo caso de la malquerencia y desvíos del Capitán General de Cuba, recogió a su esposa y familia, y partió para Nueva York, despachando previamente para España a sus ayudantes, coronel Conde de Cuba y teniente coronel Campos, con un protocolo dirigido a la Reina. En él le daba cuenta de los motivos de su retirada, acompañando antecedentes y papelorios para ilustrar la cuestión. En tanto Serrano, que como O'Donnell y los pájaros gordos unionistas temía rabietas de Napoleón, y aplacarlas creía castigando severamente a Prim por su retirada, despachó a don Cipriano del Mazo con otro cartapacio para el jefe del Gobierno, en el cual acumulaba fieros cargos contra el héroe de África.

La suerte de Prim dependía de que su mensaje llegase antes que el de Serrano. Bien hizo en recomendar a sus ayudantes (p.7461) que no perdieran tiempo, y que llegados a España no pararan hasta Aranjuez, donde seguramente estaría la Reina, por ser la época de jornada en aquel Real Sitio. Su agudeza, su rápida visión de las cosas le sugirieron aquel arbitrio, fundándose en un hecho positivo, que amigos leales le habían comunicado desde Madrid. El ardiente españolismo de Isabel II se sublevaba y enfurecía viendo elegido para el trono de Méjico a un Príncipe austríaco, con desprecio de los españoles Príncipes. ¿Podía España tolerar tal vilipendio? No se concebían en América Majestades que no fueran de acá, de la raza y pueblo que descubrió, conquistó y civilizó, como Dios le daba a entender, aquellas doradas tierras. ¿No habían de ser españoles los soberanos de América? Pues quedárase esta con sus repúblicas, que bien españolas eran por sus dictaduras y sus pronunciamientos. Esto pensaba Isabel, y Prim supo que así pensaba.

Ved ahora el gracioso paso de Aranjuez, que aunque parece inventado por el diablo de Confusio, es de incontestable realidad. Recibió el Duque de Tetuán a Cipriano del Mazo, que le llevaba el mamotreto enviado por Serrano, y al punto fue extendido un decreto desaprobando la conducta de Prim e imponiéndole una corrección proporcionada a la magnitud de su culpa. Al día siguiente, se celebraba Consejo en Aranjuez. Ya tenéis a los ministros encajonados en el tren-carreta, pues no merecía otro nombre la comunicación ferroviaria de aquel tiempo.. Llegaron al Real Sitio y a Palacio, y en la antecámara hubieron de sufrir un plantón como para ellos solos, pues la Reina, que comúnmente no descollaba por la puntualidad, tuvo aquel día la humorada de dar la coba a los que se llamaban sus consejeros responsables. Estaban de guardia aquel día el Grande de España Duque de Vistahermosa y la marquesa de Belvís de la Jara. Otras dos damas, la Navalcarazo y la Villaverdeja, acompañadas de Manolo Tarfe y de Riva Guisando, permanecían a la expectativa en la Saleta, pues ya se sabía que O'Donnell (p.7462) llevaba en su cartera el tremebundo rapapolvo contra Prim. Así dábamos gusto al coco de Napoleón III, que se comía las naciones crudas.. Pues Señor, después que hubo frito la sangre a los ministros con tan larga espera, apareció Isabel II sonriente, y sin dar tiempo a que O'Donnell le dirigiese la palabra, le dijo estas memorables: «¿Pero has visto qué cosa tan buena ha hecho Prim?.. Ya estoy deseando verle para felicitarle..». Don Leopoldo masculló una respuesta. Su rostro, que había ostentado una serenidad majestuosa en la jornada del 4 de Febrero ante los muros de Tetuán, se turbó y descompuso: en sus labios fluctuaba la sonrisa conejil, singular mueca de los hombres graves, cuando se ven obligados a tragarse a sí mismos.

Amplió la Reina sus conceptos con razones que anulaban toda opinión contraria; los ministros asintieron entre tosecillas, y el toque final de la escena fue que el de Tetuán no se atrevió a desenvainar su decreto, y que al regresar a Madrid se redactó otro que decía: «S. M. la Reina se ha enterado con el más vivo interés de los despachos de Vuecencia, etc.. y oído el parecer de su Consejo de Ministros, se ha dignado aprobar la conducta observada por Vuecencia, etc., etc..».

La escena de la cámara fue referida puntualmente por el Duque de Vistahermosa a las damas y caballeros apostados en la Saleta, que no se rieron poco del gracioso torniquete con que doña Isabel volvió del revés los propósitos de su primer ministro. Prim había ganado la partida por la feliz llegada de sus edecanes dos días antes que el señor Mazo, mensajero de Serrano. El acto de la Reina, de puro gobierno personal, fue aquella vez una feliz enmienda de la ligereza del Gobierno. Este, que sólo era constitucional a ratos, fluctuando a merced de la Providencia o del Acaso, si a veces erraba por su cuenta, acertaba siempre que sus decisiones coincidían con el regio capricho.. Retiráronse los curiosos comentando el suceso de la cámara; Tarfe contentísimo, como partidario de Prim y su corresponsal de chismes políticos y sociales; (p.7463) otros y otras trinando en competencia con los ruiseñores de aquellas arboledas. Las damas entusiastas del Imperio francés, por moda política y dilettantismo fastuoso, ponían a Prim como un trapo, y la Navalcarazo llegó a decir: «Está visto que no ha querido apoyar al de Austria, porque es él su propio candidato. El hombre ha dicho: ¿Un rey en Méjico? Pues Prim o nadie».

Almorzó Tarfe con Riva Guisando en el palacete de la amiga de este, la Duquesa de Gamonal, y con ambos y con Bermúdez de Castro sostuvo terrible discusión, abogando por Prim. Salió de esta batalla bien comido, pero mareadísimo del largo disputar sin convencer a nadie, y por la tarde se fue a visitar a la Marquesa de Villares de Tajo, pues Pepe Beramendi le había dicho: «No dejes de ver a Eufrasia, y entérate bien de lo que piensa de estas cosas». La viuda de don Saturnino del Socobio, ya cuarentona y ganando en inteligencia y travesura todo lo que en belleza perdía, le recibió amablemente, y le propuso dar un paseo, visitando de paso a las monjitas de San Pascual, a lo que se prestó Tarfe, que a todo sabía plegar su flexible espíritu. No le desagradaba la visita al convento, porque en los tiempos que corrían, las relaciones monjiles eran de buen tono y aseguraban el favor de las personas más elevadas.

Fueron, pues, allá, y en el plácido locutorio charlaron cuanto les dio la gana con las benditas y elegantes reclusas. Satisfecho vio Tarfe que las esposas del Señor opinaban lo mismo que la Reina en el caso de Prim. Tenían conocimiento del mensaje traído a S. M. por los ayudantes, y declaraban que por obra de Dios habían estos llegado dos días antes que el señor Mazo.. ¡Vaya que querer encajarle a Méjico un rey austriaco! ¿Pues no teníamos aquí para esa plaza al Infante don Francisco, a la Infanta Luisa Fernanda con su Montpensier, que mejor estaría en América que en España, y a otros Príncipes descarriados y costosos? En fin, que Prim había hecho muy bien en decir «ahí queda eso». Con su retirada se acreditaba de buen español y de leal amigo de la Reina. (p.7464) Todo esto le supo a Tarfe a las puras mieles. Para mayor amenidad de la visita, charlaron las monjas de todo lo mundano, en mixtura graciosa con lo político.

De regreso a la casa de Eufrasia, se recluyeron en un saloncito decorado a la chinesca para charlar de cosas reservadas que nadie debía escuchar. Habló primero Tarfe, ampliando lo que ya dijo a su amiga cuando iban hacia el convento. Eufrasia, que, por la fácil rutina de politiquear en la intimidad, adquirido había un cierto retintín oratorio, dio esta entonada respuesta: «Claro es que Prim podría formar una situación con liberales o progresistas templados. Harta de unionistas y moderados está ya la Reina. Con esto de habernos mandado a Méjico de comparsa de Napoleón, don Leopoldo y los vicalvaristas han tocado el violón a toda orquesta. ¡En buena nos había metido! La Señora está contentísima de Prim, y no desea más que empujarle.. Él es adicto leal a la Reina y a la Monarquía; tiene talento; ambición noble no le falta; parece aristócrata sin serlo; es un hombre cortado para reconciliar al pueblo con la Corona.. La Reina, bien lo sabe usted, ama al pueblo.. su corazón tierno y generoso simpatiza con los humildes. A Pepe Beramendi lo he dicho mil veces, y a usted se lo digo ahora: la Reina es liberal de corazón.. No se asombre ni se ría. Es liberal; se paga muy poco de las grandezas heráldicas.. esto me consta; puedo asegurarlo.. y vería con gusto que gobernaran a España hombres liberales, aun de estos nuevos que, como jóvenes, son algo alborotados.. Pero.. aquí viene el pero.. La Libertad entra de lleno en el alma de la Reina, y avanza, posesionándose de sus afectos, hasta el momento en que dentro de dicha alma se encuentra con el confesor.. En este encuentro se acabaron las amistades; la Libertad sale despavorida del alma de la Reina..

-Si es así, amiga mía, no siga usted.. ¿De qué vale a la Libertad entrar en ese corazón, si allí se encuentra con un huésped a quien no puede arrojar fuera?

-Intentar arrojarlo sería locura. El confesor, cualquiera que sea, (p.7465) hace allí su casa. ¿No sabe usted por qué hace su casa? Los que absuelven, los que prodigan la indulgencia recaban de la voluntad sometida concesiones proporcionadas a la magnitud del indulto. La Reina es creyente: ya lo sabe usted. Teme que por ser demasiado dichosa en la tierra pierda el Cielo. La mejor parte del Cielo es para los que aquí sufren. Los poderosos, a poco que se descuiden, se quedan sin un rincón celestial en que guarecerse.. Isabel es mujer de conciencia: cree en las penas eternas y en el eterno galardón. ¿Cómo alcanzar este? Haciendo concesiones tan grandes como los perdones que recibe.. Ya comprenderá usted por qué Isabel II no quiere reconocer el reino de Italia.

-Ya, ya lo veo.. Lo que no entiendo, Eufrasia, es cómo ha pensado usted que nosotros, liberales.. seamos poder; vamos.. teniendo tal enemigo en el corazón regio.

-En política todo se hace y todo se puede con habilidad y trastienda, amigo mío. No se asuste. Déjeme que le explique.. En el corazón de la Reina pueden entrar ustedes siempre que no pretendan echar de allí al confesor.. y entrarán como por su casa si el propio confesor les lleva de la mano.. ¿A qué ese asombro? ¿Qué quiere decirme con esa boca tan abierta que parece el buzón del correo?.. Lo que acabo de decirle no tiene nada de absurdo.. Ni vaya usted a creer que el confesor se come a los liberales en salsa de Concordato.. Si es usted amigo de Prim, aconséjele que escoja en el Progresismo un par de docenas de hombres sentados y de buen criterio. ¡Los hay, vaya si los hay! Can tero, Santa Cruz, Perales, Cirilo Álvarez, Gómez de la Serna, Roda, Madoz.. Con Olózaga no cuenten, porque ese.. ya usted sabe.. es de todo punto incompatible.. Tampoco deben contar con don Manuel Cortina, no porque sea incompatible.. todo lo contrario. Pero él ni a tiros quiere entrar en ninguna combinación de Gobierno.. Pues sigo: una vez que haya juntado el amigo Prim un buen hatillo de progresistas serios y templados, tiene que pensar en construir su pirámide política sobre una base ancha, (p.7466) anchísima, Manolo.. Pues.. en el Ministerio que forme ha de entrar algún hombre significado en la retaguardia política; por ejemplo, don Pedro Egaña.. ¿Qué? ¿se ríe usted.. cree que estoy loca? ¿Pero, alma de Dios, no ha reparado que don Pedro Egaña y su periódico han sido los más entusiastas apologistas de Prim por su retirada de Méjico?

-No ha sido por amor al General, sino por el odio que los neos tienen a Napoleón.

-Sea por lo que fuese, Tarfe amigo, tenga usted por cierto que sería viable, como ahora dicen, un Ministerio de Progresismo tibio con tropezones de neísmo ilustrado. Me consta también que don Pedro Egaña no haría fu, y que se dejarían querer otros que han comido con Narváez, como Alejandro Castro, quizás Benavides.. Ayer mismo, hablando con Carriquiri, hicimos un recuento de los moderados que están rabiando por deshacerse del Espadón.. ¿Qué dice usted? ¿Se ha quedado lelo? La gramática política, que es parda como usted sabe, tiene por regla principal aprovechar las ocasiones.. Recoger a los descontentos es otra regla muy práctica. Si usted no lo entiende, Prim, que es listo, lo comprenderá.. Con que, ¿he dicho algo?

-Más de lo que yo esperaba, y todo substancioso, como de quien conoce a fondo la realidad de las cosas y ve en la política un arte culinario, no para dar de comer a los pueblos, sino para matar el hambre de cuatro vividores.. No creo, amiga mía, que esté el país para esos pistos o bodrios indecentes. Cuando Prim sepa la comida que usted le prepara.. creo que se le revolverá el estómago.. Y hasta otra tarde, mi dulce amiga. Me voy: temo perder el tren».

Despidiéndole en la puerta, Eufrasia con fría serenidad sonriente le dijo: «El guiso que les ofrezco es el único. No hay otro, Manolito. Pruébenlo: no sabe mal. Todo es acostumbrarse.. La cuestión es ir viviendo..».

 

Ep-39-IX -

Cuando Tarfe contó a Beramendi la entrevista con Eufrasia, no advirtió en el rostro de su amigo sorpresa ni disgusto, sino más bien una tranquila indiferencia de las cosas reales. «Hace un rato - (p.7467) dijo el Marqués-, estaba yo embelesado con la Historia lógico-natural que escribe el gran Confusio para uso y enseñanza de los espíritus superiores, y vienes tú a darme un tirón para que descienda de las verdades sublimes a las verdades puercas, de lo estético a lo vulgar.. Sabrás, carísimo Manolo, que con la muerte que mandaron dar nuestros constitucionales a Fernando VII, se produjo un estupor grande en toda la Nación; surgieron armados y feroces, los dos partidos apostólico y liberal, y estalló una nueva guerra de la Independencia, porque unidos los franceses de Angulema a nuestros absolutistas, los constitucionales se adjudicaron el nombre de españoles, y consideraron a los otros como extranjeros o afrancesados. Cinco años duró esta guerra, que Confusio describe con brillante colorido y verdad, refiriendo las acciones campales, sitios de plazas, sorpresas de guerrillas y demás incidentes de tan heroica tragedia. Tuvimos en esta campaña el auxilio de Inglaterra, y al cabo de mil peripecias quedó triunfante la bandera de la Constitución, y deshecho el malvado absolutismo. Luego viene el reinado de Isabel..

-Pero tú y tu Confusio estáis locos. Muerto Fernando VII el 23, quedan descartados de la Historia el matrimonio con Cristina y el nacimiento de Isabel.

-No, porque el historiador sapientísimo nos presenta a la actual Reina nacida de Isabel de Braganza. Desaparece, pues, la napolitana Cristina, y yo te juro, querido Manolo que no hemos perdido nada con la evaporación de esta figura. La Princesita Isabel, que sólo tenía meses a la muerte de su papá, es llevada a Portugal, donde la crían amorosamente sus tíos los Braganzas, y cuando tocan a restauración.. el toque lo dio el partido más sensato entre los constitucionales.. cuando tocan a restaurar, digo, hacia el 30, si no estoy equivocado, se forma una Regencia trina compuesta de Mendizábal, Istúriz y Zumalacárregui..

-Basta, basta.. ¿Cómo te diviertes con esos desatinos?.. Yo me atengo a la realidad, y te pregunto cómo se arregla el historiador para explicarnos la guerra de (p.7468) Sucesión, y la disputa sangrienta entre los partidarios y los enemigos de la Ley Sálica.

-No ha habido tal guerra. Suprimiéndola de un tajo, ha revelado el historiador su profundo ingenio. Hícele yo la misma pregunta que tú me haces ahora, y como le viera en gran perplejidad para responderme, le dije: «Lástima que al abolir a Fernando nos dejaras aquí a su dichoso hermanito». Y él: «Eso lo arreglo fácilmente, señor Marqués». ¿Qué se le ocurre al hombre? Rehacer el capítulo de la ejecución del Rey, agregando otros cuatro tiros para don Carlos.. Ya ves de qué modo tan sencillo se deshizo el escritor de esa vergonzosa guerra civil que tanto había de afear y ennegrecer su historia. No hubo más guerra que la que te conté llamándola de Independencia, y en ella quedaron liquidadas y finiquitas todas las cuentas del absolutismo con la libertad, y del pasado con el presente. Naturalmente, como el mote o lema que encabeza la obra de Confusio es Aquí que no peco, el hombre altera fechas y lugares, modifica personas y caracteres, escamotea las figuras que le estorban, crea las que le convienen, infunde la vida en los organismos moribundos, todo lo embellece, todo lo ilumina.. (Pausa.) ¿Qué quiere decir, Manolo, esa cara de idiota que pones oyéndome? ¿Te burlas de mis desatinos? ¿Te inspiro lástima? ¿No sabes que me revuelvo en la vulgaridad, yo, poseedor de todos los bienes materiales sin haberlos ganado por mí mismo? ¿Sabes que sufro un inmenso mal, la conciencia de no haber hecho en el mundo nada bello ni grande, nada que me diferencie del común de los hombres de mi tiempo? ¿No te he dicho mil veces que cuando me ennegrece el alma el tedio de la inacción, de la inutilidad, tengo para mi consuelo un remedio que tú no tienes, y es inflar mi globo, meterme en la barquilla, y subirme a las nubes, desde las cuales te veo como una pobre hormiga que se afana en la realidad, mientras yo respiro y gozo en las altas mentiras?

-Basta, basta.. Baja un poquito, Pepe, y hablemos de..

-¿De qué? Déjame en paz. Cierto (p.7469) que te encargué visitar a Eufrasia.. No debí darte a ti tal encargo, sino a Confusio, para que juntos trazaran el reinado glorioso de Isabel.. ¿Qué vienes a contarme? No te escucho. Si vuelves a ver a esa desorejada de Eufrasia, le dices que se acuerde del tiempo en que ella y yo íbamos juntos por los aires.. Otra cosa: ¿y de ese Iberito, has averiguado algo? Me interesa ese pájaro, que se ha soltado a volar con tanta bravura. Si yo lo encontrara, me guardaría mucho de volverlo a la jaula.. Que no parece: mejor. Que estará en alguna partida de bandoleros: mejor. Que andará por los mares pirateando o contrabandeando: mejor. Que se habrá pasado al Rif y tendrá su harén: re-mejor. Todo es preferible a ser aquí teniente de Infantería, abogado picapleitos o empleado en Loterías con ocho mil reales. Las ambiciones de ocho mil reales merecen ochenta mil azotes. Admiro a ese chico que no quiere que le cuenten cómo es el mundo, y apretándose los calzones ha dicho: «Vamos a verlo». (p.7470)

Entró en este punto María Ignacia, atraída de la vertiginosa cháchara de su marido, y con gesto gracioso y semblante risueño le mandó callar. Era la única persona que en él sabía calmar aquel hervor del pensamiento antes que llegase a la exaltación morbosa. Despidiose Tarfe. Saliendo con él hasta la antesala, María Ignacia le encargó que cuando Pepe se remontaba en el globo, le llamase al descenso con suaves modos, no con voces destempladas. A lo que respondió Manolo que lo más conveniente para el amigo sería cortarle toda comunicación con aquel chiflado Confusio que le llenaba la cabeza de disparates.

«¡Ay, no, Manolo! No está usted en lo cierto. Si no fuera por ese cuitado de Confusio, mi marido andaría muy mal. ¡Pobre Pepe! Entregado a sus manías en la soledad, sin un chiflado de talento que alegre su espíritu, es hombre perdido. Confusio es para él el oxígeno, créame usted, el oxígeno».

Sobre estas menudencias del orden privado y otras del orden político, no más trascendentales, cayó pronto el verano, (p.7471) ahogando en una ola de fuego ideas, sentires y propósitos. Prim, que había llegado a Madrid en Mayo, viose rodeado de mucha y diversa gente que en él veía un caudillo probable. Los españoles de la rama política y burocrática, que es la más numerosa, no pueden vivir sin capataz, es decir, sin una acción personal que supla la acción colectiva. Pero el de Reus, hombre cauto en las ocasiones que pedían cautela, como era el más arrojado cuando venía la oportunidad de obrar rápidamente, pensaba que, ante todo, debía defenderse en el Senado de las acusaciones que sobre él llovían por la retirada de Méjico. Llegó, por fin, el momento que Prim deseaba, en Diciembre del 62. Tres días duró el valiente discurso ante los senadores, que lo escucharon con la atención y el respeto que merecen los hombres que saben hacer grandes cosas, o dejar de hacerlas. Supo el General defender con maestría política y militar un acto negativo, y el que había sido héroe cautivó al Senado con las razones que dio para no desenvainar su espada victoriosa. Sobrio y elocuente estuvo el hombre, admirable en la defensa y en las réplicas que dio a los enamorados del Imperio francés, Bermúdez de Castro, don José de la Concha, los Marqueses de Novaliches y Miraflores, y otros. Y a pesar de tan dura lección, incurrimos en nuevas fanfarronadas, que tal fue, además de la anexión de Santo Domingo, la insensata campaña naval contra Chile y el Perú. En mal hora vino acá la moda imperial, con sus miriñaques primero, sus polisones después; vanidad de formas femeninas, vanidad de pompas bélicas.

Poblaron las tribunas del Senado, en las tres sesiones que duró el alegato de Prim, damas elegantes, aficionadas al torneo de la palabra, y a ver sangre de reputaciones en la candente arena parlamentaria. La Navalcarazo y la Campofresco fueron de las madrugadoras para coger buen sitio; la Belvís de la Jara y la Gamonal, que eran de libras, ocupaban cada una dos lugares, y sudaban la gota gorda en pleno Diciembre. Aunque en la risueña bandada de señoras (p.7472) dominaba el criterio napoleónico, algunas, por agradar a la Reina, se iban del lado del de los Castillejos.

Conviene mencionar aquí a una mujer hermosa, muy conocida en Madrid y sus aledaños por el carácter público de su liviandad, aunque no más liviana que las emancipadas dentro de la ley, mujer graciosa y despierta, Teresa Villaescusa, ya conocida del desocupado lector. Esta tal, con harto dolor suyo, no fue a las tribunas del Senado, porque en aquel tiempo la ilegalidad no tenía el fuero de exhibición en lugares destinados a la decencia pública; pero tuvo quien le contara ce por be todo lo que dijo Prim respondiendo a sus detractores, y devoró luego el Diario de las Sesiones, gustándolo como embriagadora novela o dulce poesía. Era frenética española y neta castellana; había declarado la guerra al Imperio francés en el terreno de las cuchufletas, y lanzaba toda su voluntad hacia las soluciones progresivas, sin saber lo que eran, por simpatía innata de lo nuevo y vibrante, o por concomitancias del corazón con hombre de ideas radicales. En fin, que se declaraba masona y descamisada, diciéndose con secreta presunción: «Amando las revoluciones, somos las mujeres más bonitas». Así, después de despotricar donosamente contra O'Donnell y Narváez, se miraba al espejo. Y a pesar de esto, tenía debilidad por la Reina; a su modo la quería, sin haberla visto nunca de cerca; disculpaba sus errores, y alababa el intenso espíritu democrático y absolutamente expansivo que la señora ponía en su existencia particular. La gloria presente y los venideros triunfos de Prim le quitaban el sentido; se revolvía contra los que le apoyaban con tibieza, y se dejaba decir: «No le defendemos resueltamente más que la Reina y yo».

En tanto el vencedor de los Castillejos y retirado de Méjico visitó a la Reina. Así doña Isabel como don Francisco se mostraron muy amables; oyéronle referir curiosos pormenores de sus conferencias con los representantes de Francia en la expedición, y celebraron su entereza y españolismo. En sucesivas pláticas cordiales con la Reina sola, (p.7473) sacó Prim la impresión de que Isabel acariciaba en su mente el plan de gobierno adulterado expuesto por Eufrasia. Pero el General no se dio a partido: repugnaba formar Gabinete con fianza de unos cuantos clérigos de capa corta. Esto era humillante: su ambición no se satisfacía con vanos esplendores. No quería ser pavo real, sino águila; remontaba su pensamiento a las altas cumbres, y desde allí veía el inmenso páramo que esperaba nuevas ideas que lo fertilizaran.. Con certera visión de la realidad, se hizo cargo de la extensión social del bando progresista, de la fuerza que le daban la candorosa fe y el entusiasmo de sus adeptos. ¿Por qué entre esta vigorosa familia y la Corona se interponían los famosos obstáculos? Sin duda, por no tener el Progreso una cabeza militar. Pues si Espartero se metía en su concha de Logroño, allí estaba Prim para plantar su cabeza sobre los hombros del formidable cuerpo progresista.

En esto se metió por las puertas del mundo el año 63. Habló Prim en el Congreso, cerrando nuevamente contra los napoleónicos, y cuando menos se pensaba, cayó el Gobierno de O'Donnell, sin que se supiera por qué, ni se molestaran los ciudadanos en averiguarlo, hechos como estaban a las mutaciones telónicas del escenario político, las cuales removían el doloroso tumulto de los heridos por la cesantía o de los esperanzados de colocación. Cada crisis traía estridores de infierno y crujido de maldiciones. La bondadosa y antojadiza Reina no veía ni oía nada de esto. Descuidada dormía en sus esparcimientos por la virtud de las opiatas que le daban sus mayores enemigos, que eran los más próximos, sin que una voz patriótica gritara en su oído: «Mujer, las reinas no duermen tanto».

El pueblo, en cambio, despertaba. Muchedumbre de voces airadas o burlonas, en toda la haz de la Península desde Pirene a Calpe, contaban los desvaríos de la Corte, la inepcia de los gobiernos, el abandono en que miserablemente yacía la vida nacional, como pupila recluida por sus tutores en un rincón de la casa. Las voces (p.7474) resonaban en las ciudades populosas, en las villas que parecían muertas, en las aldeas labradoras. Del conjunto de ellas resultaba un zumbido de inmenso moscardón que vagaba con vuelo de ondas inciertas, aquí más tenue, allá más profundo. Si lo aventaban, sonaba más fuerte. En todo tiempo ha flotado sobre los pueblos este invisible y runflante insecto; mas nunca, en lo que llevábamos de siglo, había expresado cosas tan feas ni tanto desprecio de los altos poderes. Nadie como el amigo Beramendi tuvo el oído más despierto para entender lo que decía el moscón en aquellos días de Marzo del 63. No mencionaba al nuevo Ministerio, ni a su Presidente Miraflores, ni al marqués de la Habana, Ministro de la Guerra, ni al de la Gobernación, don Florencio Bahamonde. Figuras insignificantes eran estas. El abejorro hablaba de más significativas personalidades, diciendo con zumbido: «Ya pareció Iberito.. ya se sabe que vive y alienta el atrevido, el grande Iberito».

 

Ep-39-X -

Era verdad lo que el abejarrón, con intenso run-run, cantaba en el oído que jamás dejó de percibir la voz pública. Las primeras nuevas del endiablado chico las tuvo en Marzo Maltranita por una carta sin firma ni fecha. El carácter de letra, no disimulado, declaraba la mano que la escribiera. Decía: «Alta mar a bordo del vapor de don Ramón. Estimado majadero: no estoy muerto. Vivo navegando y voy a donde me da la gana. Si me buscan, no parezco; si me siguen, no me cogen. Soy pez.. Abur». Otra carta de la misma letra recibieron en Abril los padres, redactada en esta forma bien explícita: «Santiago Ibero y de Castro-Amézaga participa a sus buenos padres que está vivo y sano. ¿Dónde? No quieran averiguarlo». Firmaba Libertad.

En cuanto Clavería tuvo conocimiento de las cartas habidas por Ibero y Maltrana, se lanzó a prolijas averiguaciones en los llamados Centros. De Gobernación no sacó ninguna luz; de Correos tampoco, porque la estampilla de la estafeta de origen estaba, como suele suceder, borrosa y confusa. En Marina trató de (p.7475) averiguar qué vapor era el que el anónimo designaba como de un don Ramón. ¿Era este el capitán, el armador o el consignatario? Nada se puso claro. Quedaba la esperanza de que nuevas cartas del caro vagabundo dieran luz y derrotero para cazarle o pescarle.. En el tráfago de sus indagatorias, llevado además del gusto de la comidilla revolucionaria, fue a dar Clavería en la bonita, recatada y casi masónica vivienda de Teresa Villaescusa, donde buscaban cierta obscuridad para ideas y planes algunos progresistas de los llamados de acción, como Leal, Calvo Asensio, Muñiz, Montemar; los militares Moriones, Gaminde y Milans del Bosch, y a veces los demócratas Figueras y García Ruiz. En aquella reunión se incubaban las de mayor fuste que habían de celebrarse en la casa de don Joaquín Aguirre o en la de Olózaga. Había levantado el Gobierno gran marejada con su aviesa circular limitando las reuniones electorales. Los agraviados vociferaban amenazando con el retraimiento; dieron un Manifiesto a la Nación, documento larguísimo, quejumbroso, de intensa amargura, en el cual no se nombraba a la Reina. Esta seguía ciega y sorda. Aquel hermoso nombre que había sido emblema de libertad, alegría de los pueblos, corrompidos estaba ya en el corazón de las muchedumbres, y no sabía salir a los labios con ningún sentido respetuoso.

Triste fue aquel verano. Murió Calvo Asensio de traidora enfermedad que hubo de rendirle y acabarle en pocos días, dando con todo su vigor físico y mental en la sepultura. Era un hombre de grande empuje para la destrucción política: para el construir habría sido seguramente un hombre útil, pues en su voluntad existían seguramente las dos caras de la acción. Su talento no era florido, sino adusto, genuinamente castellano; su palabra de secano, sin verdor ni lozanía; pero sabía, como pocos, imprimir a las ideas el germen fecundo y sembrarlas luego en millares de entendimientos. No había venido, como casi todos los políticos, de los campos abogaciles: era un farmacéutico que administró a su (p.7476) país enérgicas drogas tónicas y estimulantes. Su farmacia se llamaba La Iberia.

Como no hay manera de separar aquí lo público de lo privado, digamos que la hermosa y desenvuelta Teresita Villaescusa fue atacada de la misma enfermedad que dio con Calvo Asensio en la sepultura. Pescó la pobre mujer su tifoidea en pleno verano, y con tal furia fue acometida de la terrible infección, que desde los primeros días se perdió la esperanza de sacarla adelante. Su madre, la sutil tramposa Manolita; su amigo contratista, González Leal, y su criada Felisa, asistíanla, rivalizando en cariño y esmero. Iban a velarla, por las noches, amigas y algún pariente; aunque la pobre con brava naturaleza se defendía del fiero mal, este podía más y se la llevaba, se la llevaba a rastras a la muerte. Espantoso era su delirio de media noche en adelante. Quería saltar de la cama; hablaba con imaginarias personas, monstruos o fantasmas; reía histéricamente, y se figuraba estar perseguida de gitanos o demonios. Repetía con absurdos trueques de nombres lo que había oído a los amigos que en los últimos meses iban a ojalatear a su casa. Había que oírla: «¿Ya está formado el Ministerio Prim-Gabino Tejado? No es esto, caraflis: es Prim-Cándido Nocedal. Este va a Gobernación, y a Fomento no se sabe: o Manuel Ruiz Zorrilla o González Bravo.. No te fíes de los neos, Prim.. Me ha dicho la Reina que te quiere mucho, que eres muy bravo.. Su marido es el que no te traga.. Cuando seas poder, hazme a mí de la camarilla.. yo quiero ser de la camarilla..». «Esos que ahora entran, ¿quién son? ¡Ah! Pepe Alcañices y el padre Claret. Adelante: ¿tanto bueno por aquí?..». «Hola, Carriquiri, ¡qué caro se vende usted!.. ¿Pero qué hace? No se meta debajo de la cama, que ahí está el gitano viejo esperando a que yo me muera para llevarme a enterrar. ¡Pero si todavía no me he muerto, caraflis! No me entierren, que estoy viva.. La Reina me ha dicho que me llevarán al Escorial, donde tengo mi panteón, orilla del de los Reyes Magos.. como (p.7477) magos, no; de los Reyes de copas.. Eh, tú, dile a Prim que le van a matar.. Los gitanos le matarán como me han matado a mí.. sólo que yo estoy muriéndome y resucitando a cada momento. Me da la gana de resucitar, aunque no sea más que para dar un susto a ese neo, a ese padre Cirilo, que allí está mirándome y saca toda la lengua para hacerme burla.. Pues yo te saco la mía, que es más larga, caraflis, caraflis..».

Viéndola sin remedio, se determinó, por indicación del médico Augusto Miquis, darle los Sacramentos. Acogió ella con regocijo esta idea, pues en los instantes de remisión inclinaba su espíritu a lo religioso y al arreglo de su alma. La confesó el Padre Laforga, hombre para el caso y de manga anchísima, que hubo de perdonar a la pobre mujer todos sus pecados; y en verdad, el arrepentimiento y contrición que mostró ella, viéndose casi cogida ya por la mano esquelética de la muerte, no eran para menos.. Lleváronle después el Viático, a que asistieron devotamente don Serafín del Socobio, Rafaela Milagro y otras personas muy calificadas de la vecindad (Plaza del Ángel) . Y transcurridas no muchas horas desde este magno suceso, cuando ya esperaban todos ver a Teresita dando las boqueadas, he aquí que se determina una sedación intensa, que la enferma descansa, que su cerebro se normaliza, que la muerte no llega, que pasa un día, luego una noche, con mayor descanso y alivio, y en fin.. que no se muere, que no la quiere la muerte. «Nada, Teresa -le dijo Augusto Miquis al declararla fuera de peligro-, que no puedo con usted.. que no hay medio de matarla como no le pegue un tiro».

A los quince días de esto, ya en franca convalecencia, su rostro había quedado como un pábilo, y los ojos engrandecidos parecían espantarse de su propia hermosura. Cortáronle el pelo: habría pasado por un lindo muchacho enflaquecido por los afanes del estudio, o víctima de ardientes pasiones. Viéndose viva, la pobre samaritana no cabía en sí de gozo, y agasajaba su espíritu en el abrigo consolador de las ideas religiosas. Su mantenedor (p.7478) González Leal dispuso llevarla a Valencia en la temporada de otoño, con lo cual Teresa completaría su reparación orgánica, y además podría cumplir la promesa que en las ansías de la muerte hizo a Nuestra Señora de los Desamparados. Había ofrecido visitarla en su santuario, costeando una misa solemne y nueve rezadas en diferentes días, y de añadidura una novena con toda la suntuosidad que se pudiera.. A Valencia partieron, y Teresita cumplió con creces todo lo prometido, pues su tierno corazón comúnmente se excedía en la generosidad. A las ofrendas rituales, añadió el regalar a la Virgen todas sus alhajas, quedándose con sólo una sortija de poco valor. Hermosos pendientes, dos aderezos de bastante valor, tres pulseras, alfileres de pecho y otras cosillas, pasaron íntegramente al camarín y joyero de Nuestra Señora; y entendiendo que la humildad era de cajón en tales circunstancias, Teresa hizo voto de vestir durante un año hábito y correa de los Dolores. Cumplidos estos deberes de piedad, instaláronse los amantes en un risueño pueblecito de la costa.

El año marchaba con apagados pasos a su fin, sin grandes sucesos, sin más ruido que el de los ejes chillones y desengrasados de la máquina gubernamental, y el zumbar unísono del moscardón, o sea vox populi, monólogo de un pueblo que se aburre y se despereza en los albores de la desesperación. Prim se fue a Vichy; después pasó una temporadita en París, tomando inhalaciones de fluido europeo, y regresó a España con su amigo Carriquiri.. En otoño vino la Emperatriz Eugenia a visitar a doña Isabel. Madrid acogió a la hermosa granadina con la cortesía entusiasta que merecían su ideal belleza y su rango. El 63 acabó sus días lánguidamente.. Se cuenta que los mazapanes de Toledo empezaron a presentarse aquel año en la forma de culebras enroscadas. Fue moda iniciada por el amigo Labrador..

No pasaron muchos días después de la inocente diversión de los estrechos (entre Año Nuevo y Reyes) , cuando se oyó gran estrépito cual si se derrengara una mesa y cayeran (p.7479) en cascos platos y botellas. Era el Ministerio del Marqués de Miraflores, que caía de un empujón dado por el Senado. El respetable hombre de la insaculación y de los templados procederes, fue sustituido por don Lorenzo Arrazola, con Lersundi, Benavides y Moyano, todos ellos de lo que se llamaba moderantismo histórico.

Traían los históricos la idea de hacer elecciones honradas, sacando a los progresistas de su retraimiento. Cándidamente lo creyeron estos, que como pobres provincianos eran víctimas de diestros timadores. En efecto: Benavides reformó las listas electorales a petición de la gente del Progreso, y recomendó a los gobernadores que no fueran verdugos de los candidatos de oposición. Parecía que iban las cosas por buen camino; pero en esto se le ocurre a doña Isabel ponerse fuera de cuenta; llega el día del alumbramiento; delega sus poderes en el Rey don Francisco, y mientras Su Majestad daba a España una Infantita, ¡pataplum! abajo el Ministerio histórico, y venga otro con don Alejandro Mon a la cabeza. La subida de Mon, con Pacheco, Mayans, Cánovas y Ulloa, no era, según los progresistas, más que la descocada y provocativa erección de los infames obstáculos. Ya no era sólo el engaño sino la burla. Prim estaba volado. Dicen que, cerrando el puño, gritó a sus amigos: «Caballeros, a conspirar».

Lo que ordenaba Prim, tiempo hacía que lo efectuaban sus adeptos en una forma confortativa, sabrosa y reconstituyente. En grupo alegre se reunían ocho, diez o veinte amigos, y con cualquier pretexto que sirviera de pantalla, almorzaban juntos en el entresuelo de este o el otro café, o en un merendero de las Ventas. Comunicábanse así sus recelos y esperanzas, y pasaban revista a los corazones bravos con que se podía contar, en este y el otro punto, para un nacional alzamiento. Eran los ojalateros de la libertad. Pero llegó un día en que pensaron algunos, luego muchos, y por fin todos, que de aquellas comilonas parciales y desperdigadas debían hacer una sola tan grande, que fuera (p.7480) ostentación o parada del vigor de la comunidad, y catálogo de la innumerable gente que la componía. Esta idea cuajó del modo más feliz en el monstruoso banquete de los Campos Elíseos, el 3 de Mayo de 1864, fecha memorable, porque lo que allí comieron y hablaron tres mil personas, venidas de todas las regiones de España, se le indigestó al Gobierno y a los altos poderes. Prim, en una perorata fulgurante, pronosticó que los obstáculos serían arrollados dentro de dos años y un día. Clamó la multitud arrebatada por tan arrogante vaticinio.

Ofrecía la explanada del teatro un conjunto soberbio, de grandeza imponente, casi aterradora. Bajo toldos mal empalmados que daban paso a rayos del sol, se tendían las mesas para tres mil españoles, inhabilitados infamemente como raza maldita para toda función política en la patria común. Entre ellos había no pocos hombres respetables, cargados de méritos; muchos que atesoraban saber y cultura; la gran masa era gente honrada, crédula, generosa, sin las cuquerías y malas mañas de los políticos de oficio. Representaban la fuerza social más grande que aquí se había visto reunida y alineada en son de batalla. Sin pronunciar una sola palabra subversiva, sin ultrajar a nadie, ni poner en su queja más que una ligera inflexión de amargura, sólo con el respirar, sólo con la multiplicidad ingente de los rostros, en que dominaba la expresión bonachona, produjeron en las clases privilegiadas y en todo lo de arriba un hondo miedo, el vértigo de los abismos.

Una sola desafinación turbó la armonía de aquel gran concurso. Olózaga no estuvo feliz al regatear a Espartero, con eufemismos corteses, el Pontificado de la Libertad. Terminó, pues, la reunión con una disonancia de pareceres sobre punto tan importante. Esta fue la única sombra que aprovechar pudieron los de arriba para aliviarse el miedo.. No asistió Manolo Tarfe al banquete, por impedírselo su pudor de unionista; pero bien cerca estuvo, dentro del perímetro de los Campos. Terminada la función, corrió a dar a su amigo Beramendi cuenta de todo, y (p.7481) este, oída la descripción del lugar y del ágape solemne, dijo así: «Por grande y decorosa que haya sido la solemnidad de esa cuchipanda, no se la puede comparar con la fiesta majestuosa de la Federación de los Estados hispanos, celebrada en Mayo del cuarenta y tantos (del pico no me acuerdo) , en el espacio comprendido desde la Puerta de Atocha hasta la de Recoletos, según se describe en el capítulo XXIV de la Historia lógico-natural. De todas las ciudades, provincias y reinos vinieron los síndicos, procuradores y príncipes, asistidos de numerosa representación de gremios, clases o estamentos. Era un espectáculo por demás grandioso ver tan bizarra muchedumbre, con los estandartes y oriflamas que cada cual traía, desfilando a ocupar los puestos que con arreglo a un plan lógico-topográfico se había trazado. Allí no se comía, Manolo, pues cada cual lo había hecho en su casa o donde pudo, ni los discursos se pronunciaban entre restos de tortilla o paella, o entre huesos de aceituna y palillos de dientes.. Porque has de saber..

-Sigue, Pepe, que tu historia es tan bonita, que casi no parece mentirosa.

 

Ep-39-XI -

-Pues has de saber, Tarfe amigo, que el comer es función doméstica, y el opinar y el resolver en lo tocante a la vida de las naciones es función pública, que forzosamente se ha de menoscabar y empequeñecer si con ella se mezclan regurgitaciones de estómagos ahítos.. Sin que nadie pensara entonces en asociar los ideales políticos a la vaca estofada, los confederados de 1840 y tantos, hombres de gran patriotismo y de altas miras, echaron las bases de la sociedad española y la constituyeron y afianzaron para gloriosos destinos. La Asamblea de las Federaciones duró cinco días, celebrando sus sesiones al aire libre, rodeada del pueblo. Fue la más grandiosa fiesta de concordia, de paz y alegría que han visto las generaciones.. Ya sabes que esto ocurría a la terminación de la cruenta y larguísima guerra civil, en la cual absolutismo y teocracia fueron reducidos a cisco impalpable, arrebatado y esparcido del viento. Pelearon los antiguos reinos, quedando al (p.7482) fin condensados en las dos grandes síntesis históricas de Aragón y Castilla. Reuniose la magna Asamblea para ver de construir el nuevo estado español sobre los escombros del despedazado régimen autocrático.

-Trabajillo les costaría la construcción; que los buenos demoledores abundan más que los malos arquitectos.

-No lo creas: del hervor de aquella guerra honda y salutífera, salieron hombres de empuje, hombres de iniciativa y de sólido conocimiento de las cosas. Aragón, que, como sabes, es la tierra madre del Derecho público, y el más fecundo plantel de voluntades viriles, dio de sí en aquella guerra un Príncipe valeroso, tan bien dotado de ardor guerrero como de prudencia y maña para manejar la sutil máquina del Gobierno. Nació de las nobilísimas casas de Azlor y de Aragón; creció y se endureció en las batallas; se templó en el consejo de próceres maduros, confundidos con el pueblo, en cuyo corazón sano anida el sentimiento jurídico. Llamábase este Príncipe Fernando María del Pilar Jaime Alfonso de Azlor y Aragón, y por tener en la cáfila de sus nombres el de la sacrosanta Virgen que idolatran los aragoneses, se le llamó siempre el Príncipe Pilar, de que luego se formó el Pilarón, con que figura en la Historia, nombre que a más del significado religioso y mariano, tiene el de columna robusta, sobre la cual puede asentarse toda la pesadumbre de un Estado. Vinieron a la Asamblea los confederados de aquel Reino con la idea de hacer proclamar a Pilarón (que frisaba en los veinticinco años, y era el más gallardo cachorro que podrías imaginar) Príncipe de todas las Españas, con el carácter de Soberano con las Cortes pan-ibéricas, y siempre sometido al omnímodo poder de estas.. Los castellanos alegaron el mejor derecho de su Princesa Isabel. Esta niña inocente personificaba la tradición y el engranaje de Reyes que han venido calentando el trono desde los godos hasta el absoluto y nasón Fernando, ejecutado de orden de las Cortes soberana..

-Ya, ya. No repitas. Adelante.

-Tres días duró la discusión entre (p.7483) castellanos y aragoneses, defendiendo los unos el derecho de Isabel, otros el de Pilar o Pilarón, hasta que al fin, del largo discutir y del acumular razones y argumentos, salió la idea sintética, salvadora..

-Acabáramos.. Ya sé.. Casaron a los dos candidatos, y al trono con ellos, para que reinaran mancomunadamente, como el Fernando y la Isabel de antaño.

-Así fue. Pero has de fijarte en lo esencial, Manolo, y es que quien verdaderamente reinaba era la soberana Nación, o dígase las Cortes, y que los Príncipes no tocaban más pito que el de la ejecución y aplicación de las leyes.. ¿Lo quieres más claro?

-No te pido claridad, porque esas cosas inventadas, o si se quiere poéticas, más ganan que pierden envolviéndose en la obscuridad.

-Convendrás conmigo en que es más divertido escribir la historia imaginada que leer la escrita. Esta suele ser embustera, y pues en ella no encuentras la verdad real, debemos procurarnos la verdad lógica y esencialmente estética.

-Te admito tu historia confusiana como un licor que embelesa, transportándonos a la región de dulces ensueños.

-No te digo que no. Abstráete, y llegarás a ver en esta historia algo tan substantivo como los mismos hechos. Todo es cuestión de ver hacia fuera o ver hacia dentro.. Figúrate que han pasado mil años, y que los habitantes del planeta, en esa fecha remota, conocen las dos historias. ¿A cuál darán mas crédito: a la de Confusio, o a la que estarán escribiendo ahora Rico y Amat o don Antonio Flores? Yo creo que la de Confusio será más leída, y acabará por gozar concepto de única historia verdadera.. Y si así no fuese, tendremos otra cosa mejor, y es que los caballeros de 2864 no se cuidarán de averiguar cuál es la verdadera o cuál la falsa, porque una y otra les importarán tanto como un higo chumbo.. Bueno, Manolo: ya me mareo un poco en mi globo, que he dejado subir muy alto. Bajo a la tierra, bajo a la realidad, que bien pudiera ser una ilusión como otra cualquiera, y te pregunto: después de esta demostración del banquete, que es como un desafío a los obstáculos, ¿qué (p.7484) harán?.. Conspirar como demonios.

-Ya están en ello hace meses. Confían en que podrán lanzarse en Junio.. Los trabajos en el ejército no cesan.. Lo que yo te digo queda entre nosotros, Pepe. Lo sé por algo que me ha dicho Muñiz, y otro algo que he sorprendido a Lagunero. Cuentan con dos regimientos acuartelados en la Montaña: Constitución y Saboya. Manda el primero el coronel Rada.

-No se fíen.. Rada es convenido de Vergara. En Saboya manda uno de los batallones López Guerrero, que es amigo mío.

-Y mío. Se cuenta con él incondicionalmente. El plan es que Saboya y Constitución den el grito, sorprendiendo el cuartel de San Gil y apoderándose de la artillería.. En el cuartel del Soldado se sublevará Cuenca, que destacará un batallón al Ministerio de la Guerra y otro al cuartel del Retiro. Parece que Amable Escalante y Lagunero tienen bien trabajada a la Caballería, que se establecerá en el Prado, vigilando a los Ingenieros..

-No sigas.. Todo es soñar.. Muñiz y Amable Escalante sueñan, aunque de distinto modo que mi Confusio. Al menos los sueños de este alegran el ánimo.. Verás cómo todo se disipa, cómo los comprometidos se descomprometen, cómo los vigilantes se amodorran y los valientes se acoquinan..».

Según opinaba Beramendi, abortó el movimiento. Pero la infatigable conspiración, como los maestros de guitarra, decía: «Patilla, cruzado y vuelta a empezar». Prim se fue a Panticosa, y en su ausencia se le preparó otro parto con los mismos regimientos, sin que los profesores de obstetricia tuvieran más suerte que en el caso anterior. Pero se escandalizó lo bastante para que se alarmara el Gobierno: los Cuerpos sospechosos fueron trasladados a ciudades lejanas, y vinieron Príncipe, Asturias, Isabel II, con lo cual nada se adelantaba. Prim fue desterrado a Oviedo, que vino a ser el telar donde la urdimbre del ejército se tejía con la trama del pueblo. La tela iba cundiendo: casi se la veía y se la tocaba, violado ya el secreto que comúnmente encubre estos trabajos contra el orden (p.7485) establecido.. De improviso, y cuando más descuidados tejían tropa y pueblo, ¡pim! cayó el Ministerio Mon. ¿Quare causa? Nadie lo sabía, y lo que era peor, nadie lo preguntaba. Ya nos habíamos acostumbrado a que los Gobiernos cayesen y se levantasen sin otro motivo que la corazonada o el antojo de la Señora. Andaba ya esta muy confusa y amargada con las nuevas traídas de París por el Rey don Francisco, que fue a pagar la visita de la Emperatriz Eugenia. Napoleón y su mujer le habían calentado las orejas por la tenacidad con que España se negaba a reconocer el Reino de Italia, hecho consumado que ningún país europeo podía considerar como no existente, so pena de quedarse fuera del ruedo de las naciones. La conducta de España era sencillamente un quijotismo intolerable. Esto, palabra más, palabra menos, le dijeron a don Francisco de Asís los Emperadores, y lo mismo que se lo encajaron lo transmitió él a su esposa, que se llevó las manos a la augusta cabeza, repitiendo trémula y aterrada: «No puede ser, no puede ser».

Como si lo viéramos, Isabel II comunicó inmediatamente a sus ángeles tutelares Sor Patrocinio y el Padre Claret las tremendas conminaciones que don Francisco le había traído de París. Es fama que ambas personas reverendas alargaron los morros y fruncieron las cejas.. Mandara Napoleón en su casa, y dejara que nuestra Reina gobernara en la suya.. Sostuviérase España en su acuerdo tocante al llamado Reino de Italia, y con la protección de la Virgen nada debía temer del concierto ni del desconcierto europeo. Claramente se vio que aquí el Gobierno constitucional era un figurón con careta grave y casaca reluciente. Sólo creían en él algunos cándidos políticos, y los vagos que en la Puerta del Sol se estacionaban para ver caer la bola de la torrecilla de Gobernación.. Bien puede estamparse aquí, sin temor de atropellar la verdad histórica, este breve dialoguillo:

«Narváez..

-¿Qué, Señora?

-Ahora, más que nunca, te necesito. He despedido a Mon. Fórmame un Ministerio a tu gusto. Todo te lo (p.7486) permito con tal que no me traigas el reconocimiento de Italia, y que me amanses a Prim y a esos endiablados progresistas».

Cogió Narváez el timón del averiado cachucho del Estado, después de meter en él a González Bravo, a Llorente, a Alcalá Galiano, al general Córdova y a otros de menos fuste.. Hombre muy ducho en política, y bastante lince para ver el nublado que se venía encima, levantó el destierro de Prim y anuló los traslados de algunos coroneles y tenientes coroneles. Por mediación de Córdova, mientras este permaneció en el Ministerio, después valiéndose de Carriquiri y Salamanca, negoció con el de Reus, empezando por ponerse en un buen terreno de conciliación; condonó las multas por delitos de imprenta, y levantó las penas recaídas sobre algunos periodistas. Vacilaron los del Progreso, sensibles a estos halagos; no pocos se inclinaron a que cesara el retraimiento; pero dominó al fin la opinión viril que preconizaba la retirada al Aventino, y el Manifiesto de 20 de Noviembre quitó a Narváez y a la Reina toda esperanza de encadenar por buenas a la Libertad, y amarrarla a una pata del trono, donde podrían escupirla reverendamente los tutelares ángeles de Isabel.

«No cogeréis al monstruo en trampa ni con lazo -dijo Beramendi a Eufrasia una noche en casa de la Campofresco-. Ahora va de veras. No puede Isabel impunemente renegar de la idea que tuvo más fuerza que las espadas para llevarla al trono y asegurarla en él. Aconséjala tú, gran filósofa; dile que deseche el terror del Infierno, que sus culpas no son tan graves como ella cree o le hacen creer los que viven y medran a la sombra del miedo de la Majestad pecadora. Culpa mayor que todas las culpas es el desprecio que hace de los intereses y de la vida de su pueblo. Si quiere ir al Cielo, no nos haga un pisto con su conciencia, que es toda suya, y su corona, que es suya y nuestra.

-Su alma es muy compleja, Pepe, y cuantas veces intenté dirigirla por mejor camino del que lleva, me dejó mal. Es bondadosa, es generosa; pero se diría que nació y (p.7487) la criaron en la calle de Embajadores. Tiene todas las supersticiones de la mujer del pueblo.. No creas que teme a los progresistas: a Prim le quiere, le daría con gusto el poder.. Haría ministros a Sagasta, a Fernández de los Ríos, a Montemar.. Todos esos que escriben no le inspiran cuidado.. A Olózaga sí le teme más que al cólera. Ya sabes que ese no se recata para decir que es abiertamente antidinástico.. Pero el mayor temor de doña Isabel, ¿sabes cuál es? La Democracia.. esos hombres que te hablan de república como de la cosa más natural del mundo, y se atreven a poner en sus programas nada menos que la libertad del pensamiento; ese Rivero, ese Figueras, ese García Ruiz, ese Becerra, y otros que dicen con toda la poca vergüenza del mundo: 'Soy demagogo'. Pues yo, qué quieres, en esto le doy la razón a la Reina y participo de su temor. ¿Quién te dice que, llamado Prim al poder, no vendrá, tras de la turba progresista, la ola democrática que arramblará por todo?

-Ya pareció la ola. ¿Dónde te has dejado la piqueta incendiaria y la tea demoledora?.. Al revés he querido decirlo.

-Al revés o al derecho, ya verás, Pepe, cómo Narváez se entiende con Prim, y lo del retraimiento será una broma.. Te apuesto lo que quieras.

-Yo no apuesto contigo, porque siempre te gano y nunca me pagas. Tienes conmigo una deuda enorme.

-¿Qué te debo, pillastre?

-La reputación de virtud que te estoy formando a fuerza de mentiras.

-Cállate la boca, tontaina, que estás bien pagado con el bombo que te doy cuando hablo de ti con tu mujer.

-Inútiles embustes. Mi mujer no te cree».

Nada más hablaron aquella noche. Adelante. Dice la Historia ilógica y artificial que González Bravo hizo unas eleccioncitas como para él solo, sacando de las urnas con suave mano una mayoría de carneros, con perdón, todos de familia y marca moderada; pocos unionistas, y ni un solo borrego progresista, por más lazos que tendió para coger alguno. Y del mismo modo metió en el Senado una hornada o hato de morruecos que le aseguraban la sumisión del (p.7488) llamado Alto Cuerpo. Cogió doña Isabel el cielo con las manos, viendo que Narváez no le abría camino para amansar al furioso Progreso.. Nada, nada: había que licenciar a Narváez. Esto pensó dos días antes de reunirse las nuevas Cortes, y como lo pensó lo hizo, molesta y agriada, no solo por lo expuesto, sino porque Narváez había decidido el abandono de Santo Domingo, único remate posible de tan dispendiosa guerra. Sin temor de atropellar la verdad, puede estamparse aquí otro breve dialoguillo:

«Istúriz..

-¿Qué, Señora?

-Narváez me ha engañado; tengo que prescindir de él. Además, no estoy conforme con el abandono de Santo Domingo. Me formarás un Ministerio con elementos unionistas que no estén muy gastados..

-¿Yo, Señora..? Yo..».

El anciano ilustre, que tan grandes servicios había prestado a la Monarquía española, así en la política como en la diplomacia, vacilaba entre el respeto y su desgana de prestarse nuevamente a tales obras de pastelería pública. Hombre de vastísima ilustración, volteriano de añadidura, no había sido nunca más que el remedión de todas las situaciones de difícil salida, y el constructor de Ministerios-puentes para pasar de una orilla a otra. Y cuando el amador platónico y puro de la Reina Cristina ya descansaba tranquilo en su Presidencia del Consejo de Estado, la voluntariosa Reina le pedía que viniese a armar otra pasadera. No le valieron las excusas con que su modestia y cansancio quisieron eludir el encargo; su exquisita amabilidad y dulzura le perdieron. (p.7489)

«Nada, nada: te pido este favor y no has de negármelo. Mañana a esta hora me traerás la lista de tu Ministerio».

Pasadas veinticuatro horas, llegó a Palacio el bueno de don Javier con la lista de ministros.

«¿Está completa? ¿A ver, a ver..?

-Ros de Olano, Salaverría, Bermúdez de Castro, Calderón Collantes, el general Ibarra, don Isidro Argüelles..

-Bien, bien: estoy conforme. ¿Qué hora es? Las doce. Pues a las tres en punto pueden venir a jurar».

A las tres menos cuarto:

«Istúriz..

-¿Qué, Señora?

-Que (p.7490) no hay nada de aquello. Ha venido Narváez.. ¡Ay, qué cosas me ha dicho!.. Dejémoslo para otra ocasión.

-¡Ay, dejémoslo!.. Respiro».

Al día siguiente se reunieron las Cortes, y se presentó a ellas el Gobierno que con suave tirón electoral las había traído.

 

Ep-39-XII -

La figura de Prim, que en la mente de muchos tomaba proporciones no comunes, por la firmeza con que seguía contra viento y marea un plan político esencialmente negativo y demoledor, permanecía indecisa, vagamente apreciada por los ojos de la muchedumbre. Perdíase la figura en sombras lejanas. Por un momento salía entre relámpagos que iluminaban una fase de su persona, y a esconderse volvía como fantasma obediente al canto del gallo, o a las campanadas de media noche. No había llegado el tiempo de su desembozada presencia en el mundo; pero los días tediosos, de ansiedad incierta y vagas esperanzas, anunciaban el día luminoso de Prim.

No así Castelar, que en aquellos años brillaba con todo su esplendor en el zenit mental de España. Su oratoria opulenta, de lozanía plateresca, exuberante de formas paganas enlazadas graciosamente con formas góticas, enloquecía los cerebros juveniles. En el Ateneo y en la Universidad, aquel supremo artista de la palabra construía la arquitectura espléndida de sus discursos, nunca fatigosos por largos que fueran, áureos y relumbrantes de piedras preciosas como la Custodia de Toledo, como ella gentiles y teológicos. Gente había que admiraba su retórica y ponía en cuarentena sus ideas, viendo en ellas un ariete contra las posiciones, los privilegios y las sinecuras; otros lo aceptaban todo y alababan fondo y forma. La doctrina democrática iba con tal apóstol penetrando en los entendimientos, y extendiéndose por ciudades y campos como los sones de un órgano potente. El alma de los pueblos gusta de esta música oratoria, y se abre con embeleso a las ideas expresadas con ritmo y cadencia. Siempre hubo poetas que enseñaron las verdades; siempre la música política y filosófica precedió a las (p.7491) grandes mudanzas en el ser de las naciones.

El Ateneo era entonces como un templo intelectual, establecido, por no haber mejor sitio, en una casa burguesa de las más prosaicas, donde se hicieron naves, presbiterio y capillas a fuerza de derribar tabiques, suprimiendo alcobas y gabinetes para formar espacios donde la multitud pudiera congregarse. Era una iglesia pobre, una casa holgona, donde años antes habían vivido señores enriquecidos en el comercio, y que nunca supieron ni una palabra de Filosofía ni de Literatura ni de Historia. Y con ser tan chabacano el edificio, y tan mísero de belleza arquitectónica, tenía un ambiente de seriedad pensativa propicio al estudio, y sus techos desnudos daban sombra semejante a la de los pórticos de Academos. Iban allí personas de todas edades, jóvenes y viejos, de diferentes ideas, dominando los liberales y demócratas, y los moderados que habían afinado con viajatas al extranjero su cultura; iban también neos, no de los enfurruñados e intolerantes; las disputas eran siempre corteses, y la fraternidad suavizaba el vuelo agresivo de las opiniones opuestas. Sobre las divergencias de criterio fluctuaba, como el espíritu de una madre cariñosa, la estimación general.

Entrábase, por la calle de la Montera, a un portal amplio que, si no estuviera blanqueado y limpio, sería igual a los de las posadas de la Cava Baja. A mano derecha, la escalera nada monumental conducía en dos tramos al piso primero; una mampara de hule claveteado daba ingreso al templo. Pasado el vestíbulo en que hacían guarda el conserje y porteros, llegábase a un luengo y anchuroso callejón pasillo, harto obscuro de día, de noche alumbrado por mecheros de gas. Divanes de muelles que ablandó la pesadumbre de tantos cuerpos, convidaban al descanso a un lado y otro, y en las cabeceras del extenso corredor. En verano, no faltaba un botijo en algún rincón, y en invierno los paseantes medían de dos en dos, con las manos a la espalda, la dilatada estera de cordoncillo. Andando en la dirección de la Red de San Luis, a la izquierda (p.7492) caían la sala que llamaban Senado, con balcones a la calle; la Biblioteca y una salita de conversación; a la derecha, el paso a los salones de Lectura y al de Sesiones.. Más abajo, en derechura de la Puerta del Sol, abríase un pasadizo estrecho que a las estancias inferiores y de servicio conducía. En el Senado hacían tertulia señores respetables, fijos en los divanes como las ostras en su banco, y otros que entraban y salían parándose un rato a platicar con los viejos. Comúnmente allí no se trataba de asuntos técnicos ni didácticos, sino de los sucesos del día, que siempre daban pie a ingeniosas aplicaciones de los principios inmutables.

En la Biblioteca, carpetas para escribir y leer, estantería de estas que se estilan en las casas burguesas para guardar libros que no se leen nunca: allí se leía, sí; pero los libros tenían cierto aire de no querer dejarse leer, prefiriendo su cómodo resguardo entre cristales. En el fondo de la sala, apenas visible por el estorbo de las altas carpetas, se acurrucaba un hombre. En invierno se inclinaba tarde y noche sobre un brasero, puestos los pies en la tarima; en todo tiempo tomaba café a ciertas horas.. café traído del café y en vaso. Era don José Moreno Nieto, para quien la Biblioteca que regentaba era poca cosa en comparación de la que él tenía en su cabeza. Había metido en ella todos los sistemas filosóficos conocidos y los que aún estaban por conocer. A esta desaforada erudición correspondían una facilidad, una fluidez de palabra como el chorro de fuente inagotable. Más meritorio debía de ser en él el silencio que la elocuencia, pues esta le salía de la boca sin esfuerzo alguno, como la constante erupción de un entendimiento que no cabe en sí mismo. Era de corta estatura, picado de viruelas, erizado el bigote, el pelo echado hacia atrás. Solo, callado y sin oyentes, hablaba con la movilidad de su temperamento nervioso, con el espíritu que no esperaba la palabra para salirse por los ojos. No existió jamás hombre más puro, de más recta conciencia, ni una vida en que tan bien incrustadas estuvieran, una dentro de otra, la (p.7493) filosofía sabida y la virtud practicada.

El salón o salones de lectura eran un gran espacio irregular compuesto de dos distintas crujías, comunicadas una con otra por arcadas de fábrica, con buenas luces al patio interior; recinto vulgar, que lo mismo habría servido para obrador de modistas que para cajas de imprenta, o para capilla protestante. Largas mesas ofrecían a los socios toda la prensa de Madrid y mucha de provincias, lo mejor de la extranjera, revistas científicas, ilustradas o no, de todos los países. Era un comedero intelectual inmensamente variado, en que cada cual encontraba el manjar más de su gusto. En aquel recinto blanco, luminoso, beatífico, sin más adorno que algún mapa o cuadros de estadística, habitaba como huésped fijo un silencio de paz y reflexión, y al amparo de él se apiñaban los lectores, todos a lo suyo, sin cuidarse ninguno de los demás. Nadie interrumpía con vanos cuchicheos aquella tranquilidad devorante de gusanos de seda, agarrados a las hojas de morera. Oíase no más que el voltear de las hojas de los periódicos, armados en bastones para más comodidad del leyente.

Allí se veían extraños tipos de tragadores de lectura. Un señor había que agarraba el Times y no lo dejaba en tres horas. Otro tenía la manía de coger seis u ocho periódicos de los más leídos, se sentaba sobre ellos, y los iba sacando uno por uno de debajo de las nalgas, y dejándolos en la mesona conforme los leía. Otros picaban aquí y allí, en pie; los más comían sentados, sin quitar los ojos del plato exquisito como buenos gastrónomos. Por aquel vasto local desfilaron todas las celebridades literarias y políticas del siglo, sin excluir buena parte de las militares. Los que recordaban a Martínez de la Rosa leyendo Le Journal des Debats, veían casi a diario, en los días de esta historia, a don Antonio Alcalá Galiano recreándose con las donosas caricaturas del Punch, y explicando el texto de ellas, poco inteligible para los que no habían hablado el inglés en la propia Inglaterra. El buen señor, ya viejo, de cara fosca y larga, enfundado en luengo (p.7494) gabán gris, entraba paso a paso y se situaba en la mesa de las Revistas; hojeaba algunas, picando aquí y allí, buscando las mejores golosinas en la bandeja de los conocimientos novísimos. El ruedo de admiradores que junto a él en ocasiones se formaba, oía su palabra ronca, que aun en lo familiar tiraba siempre a lo oratorio, engalanada con las formas gramaticales más perfectas. En la ironía sazonada no hubo maestro que le igualase, y a veces su intención dejaba tamañitos a los toros de Miura.

También iba alguna vez don Antonio Ríos Rosas, que a los jóvenes imponía respeto con su cara de tigre, y su entrada silenciosa, el andar lento, sin hablar con nadie, hacia el salón de lectura. No picaba, como Alcalá Galiano, en diferentes revistas, sino que cogía una sola, el Correspondant o la de Ambos Mundos, y metódicamente se tragaba uno de aquellos ingentes estudios de arte político o de controversia religiosa. Este y otros señores graves no iban más que a leer, y rara vez entraban en los sitios de tertulia, como otros ancianos o jóvenes maduros, que amaban el sabroso toma-y-daca de la controversia. Fermín Gonzalo Morón, en el declinar de sus años, el Padre Sánchez, en su madura existencia vigorosa, se pirraban por armar altercados con la juventud en el pasillo o en el Senado. Entre la muchedumbre de hombres hechos, bullían mozos en formación para personajes, estudiantones ávidos de aprender, que se ejercitaban en la intelectual esgrima, tirando a perorar y a discutir con los espadachines mayores; los había también tímidos, que laboraban en la muda gimnasia de la observación y la lectura. Para que nada faltase, había un grupo de cubanos que exponían sus ideas de autonomía y aun de emancipación de las Antillas, sin que nadie de ello se asustara.

En aquel espacio, no más grande que el de una mediana iglesia, cabía toda la selva de los conocimientos que entonces prevalecían en el mundo, y allí se condensaba la mayor parte de la acción cerebral de la gente hispánica. Era la gran logia de la inteligencia que había venido a desbancar las (p.7495) antiguas, ya desacreditadas, como generadoras de la acción iracunda, inconsciente. Por su carácter de cantón neutral, o de templo libre y tolerante, donde cambian todos los dogmas filosóficos, literarios y científicos, fue llamado el Ateneo la Holanda española. En aquella Holanda se refugiaba la libre conciencia; lo demás del ser español quedaba fuera del vulgarísimo zaguán del 22 de la calle de la Montera.

En los primeros días de Abril de aquel año (andábamos en el 65) creció la animación en las tertulias y mentideros de la ilustre casa. Las chácharas rumorosas casi llegaron a invadir el primer espacio del sosegado Salón de Lectura, y aun llegó algún eco de ellos al de las Sesiones o Cátedras, donde unas noches explicaba Paleontología el sabio geólogo Sr. Vilanova, y otras hacía Gabriel Rodríguez la crítica acerba del Sistema protector. El Senado dio por agotado el tema de la encíclica Quanta cura, en que Pío IX condenaba el liberalismo y lo hacía responsable de todos los males que afligían a la humanidad. ¿Cómo habían de gobernar a España los liberales, si su doctrina era pecado? Declarándolo así, el Santo Padre nos exhortaba paternalmente a dejarnos gobernar por él.

Sucedió en aquellos días que la Reina doña Isabel cedió al Estado el 75 por 100 de algunos bienes del Patrimonio que debían venderse para socorro de la Hacienda pública. En esto iba comprendida una parte del bajo Retiro, entre la Puerta de Alcalá y el Prado. Vieron algunos en esto una martingala en que salía beneficiada la Casa Real; los ministeriales dieron en sus periódicos un descomunal bombo al proceder de la Reina, y Castelar soltó en La Discusión un artículo titulado El Rasgo, que puso de uñas a toda la caterva moderada y palatina. ¡Vaya un escándalo! Ciego y disparado de coraje, el Gobierno privó a Castelar de su cátedra de Historia en la Universidad, ganada por oposición. Rezongó el Claustro, chillaron con furiosa algarabía los estudiantes. ¿Cómo no había de repercutir este nervioso estremecimiento escolar en las circunvoluciones del Ateneo, la bóveda (p.7496) pensante?

Aquella noche (primera semana de Abril) restallaban en el Senado diálogos vibrantes. Salió al pasillo Moreno Nieto, y rodeado al punto de muchachos, les dijo que la cátedra ganada por oposición es propiedad más sagrada que la camisa que llevamos puesta. En su opinión, las demasías de los Gobiernos autocráticos proceden siempre de una levadura demagógica. González Bravo fue siempre un demagogo, y ni él ni Narváez tenían idea de las funciones augustas del Profesorado. Los jóvenes no se recataban para soltar ante don José las opiniones más radicales: la bondad del maestro les daba confianza para todo. En esto llegó el Padre Sánchez, que venía del Salón de Lectura, y antes que le preguntaran su opinión, dijo a los muchachos, a don José y a Ramos Calderón, que en aquel momento se incorporó al grupo: «Soy enemigo de Castelar, y de su democracia y de su lirismo histórico y político. Pero reconozco que es un atropello quitarle su cátedra por un artículo de periódico.. Y esto traerá cola. Acabo de hablar con Montalbán. Dice que será firme defensor de la dignidad universitaria, y que no dará curso a la destitución de Castelar».

Apenas dicho esto, vieron salir del Salón de Lectura, pasito a paso, a un anciano de afeitado rostro, dejando en su maxilar la menor cantidad de patillas blancas. Usaba gafas de présbita, muy fuertes; andaba con precaución, y sus plegados ojos no respondían de reconocer lo que miraban. Era el Rector de la Universidad.. Saludáronle; contestó él con ligera inclinación, y ninguno se atrevió a interrogarle, porque pudo más el respeto que la curiosidad. Al día siguiente apareció en la Gaceta la destitución de Montalbán y el nombramiento del Marqués de Zafra, que fue como prender fuego a la hoguera del enojo estudiantil y desatar sobre ella un huracán. Se necesitaba poco en aquellos días para que una pavesa se trocara en incendio, un juego de chicos en motín pavoroso.

 

Ep-39-XIII -

Movidos los estudiantes de un pensamiento generoso, que era proyección del pensamiento general, resolvieron (p.7497) obsequiar con una serenata al Rector saliente. Pedido y otorgado por el Gobernador el necesario permiso, se dispuso la música para las nueve de la noche, y un público espeso acudió a la calle de Santa Clara con bullicio y animación de fiesta. Si la serenata era en aquella ocasión un acto corriente y usual como otros de la misma índole y objeto, ¿por qué a presenciarla y a gozar de ella acudía tan inmenso gentío? Beramendi, que con su amigo Guillermo de Aransis asomó las narices por las inmediaciones del teatro de Oriente, sin otro móvil que curiosear, dijo así: «Cuando un pueblo tiene metido el motín en el alma, basta que se reúnan diez y seis personas para que salgan diez y seis mil a ver qué pasa».

No obstante, motivo no había para temer desórdenes.. De improviso vieron los amigos que se arremolinaba la multitud. A la claridad de los farolillos de los atriles, junto a los cuales estaban los músicos, algunos con la boca pegada ya a los instrumentos, se vio que los guardias de seguridad mandaban suspender la tocata.. ¡A enfundar los instrumentos, a recoger los atriles, y a casa todo el mundo! ¿Serenata dijiste? No fue mala la que dieron los silbidos de la muchedumbre, el maldecir a la política, y el prorrumpir hombres y mujeres en soeces injurias contra el Gobierno. Resguardáronse Beramendi y Aransis del empuje de la turba enojada, que retrocedía enroscándose como culebra, y arrimados estaban a la pared, no lejos de la calle de la Escalinata, cuando se les plantaron delante dos mujeres gritando y manoteando. Eran las Hermosillas, dos hermanas de vida airosa o aireada, guapas: la mayor, Rafaela, ya marchita; Generosa, todavía bien redondeada. En su vivir azaroso, vestían a la moda señoril o a la de pueblo, según el estado de su voluble hacienda. Aquella noche iban en la forma más achulapada; habían salido de sus madrigueras con la idea de que era noche de libertad y palos. En los barrios del Sur eran conocidas con el apodo de las Zorreras, por ser hijas de un fabricante y vendedor de zorros que figuró en la revolución del 54. A Guillermo de (p.7498) Aransis conocía la mayor, por pasajeros tratos, y con Beramendi había tenido Generosa algún encuentro no casual, grato sí, pero pronto olvidado.

Abordaron a los dos caballeros sin miramiento alguno, saltando de golpe enorme distancia social, y Rafaela interpeló a Guillermo en los términos de la mayor confianza.. En tanto, Beramendi les decía: «¿Qué hacéis aquí, oh mujeres del bronce? ¿No teméis que os estrujen?

-Ya estamos bastante estrujadas.

-¿Y que os pisen?

-¡Más pisadas de lo que estamos..!

-Idos a casa, que os puede alcanzar algún palo, sin querer.

-O queriendo.. Que haiga palos, don José. Para eso hemos salido, para verlo.

-Os han dejado sin serenata.. Fastidiaos.

-Nos ha dicho un chico de Farmacia que ha sido por un rasgo que echó Castelar.

-El Gobierno hace bien en no permitir escándalos. Con pretexto de una serenata, salen a rebuznar los revoltosos de oficio.

-¡Pues, hijo! ¿También tú, Guillermito, sales a la defensa de ese perro de González Bravo?

-¿Pero qué os ha hecho a vosotras el bueno de don Luis, que os permite corretear a todas horas?

-¡Así le den morcilla.. así reviente! ¡Vaya con el tío!

-Que lo arrastre el pueblo. ¡Que lo pinchen y lo mechen, hasta que veamos correr por el arroyo la última gota de su sangre!

-¿Y la sangre del tigre de Narváez, para cuándo la dejas?

-Ea, seguid.. No va por ahí poca patulea..

-Seguiremos.. que estamos llamando la atención.

-Podían decir: '¡Vaya, qué amigas tienen esos caballeros!'. Guillermo, abur.

-Adiós, don José.. cuidarse. Lo primero es la salud».

Por los claros de la multitud defraudada, rugiente, avanzaron los dos caballeros. ¿A dónde irían a pasar la prima noche? «Vámonos al Ateneo -Propuso Beramendi, pensando que allí oirían buenas cosas, por ser aquella trapatiesta obra de estudiantes y profesores». Apenas entraron en el largo pasillo, vieron grupos que comentaban con viveza lo que los dos caballeros habían visto en la calle. Una de las primeras personas con quienes topó Beramendi en el grupo más próximo, fue su (p.7499) hermano Gregorio García Fajardo, el cual era en el palacio de la inteligencia parroquiano reciente, novato fresco.

En cuanto la usura le dio riqueza bastante para pavonearse en la sociedad, el primer cuidado de Gregorio fue abonarse al Real y hacerse socio del Ateneo. Así, su esposa Segismunda se daba en público el lustre correspondiente a su improvisada posición, y él se barnizaba con unos toques de cultura, indispensables para figurar dignamente en el círculo de hombres de negocios y grandes capitalistas. Pensaba que su persona adquiría respetabilidad e importancia poniéndose a leer La Época u otro periódico de los grandes, y teniéndolo un buen rato desplegado ante los ojos en toda su extensión tipográfica. Y era también cosa muy entonada, como la buena ropa, llegar al café y decir: «Vengo del Ateneo de oír la conferencia que nos ha dado Moreno Nieto sobre El estado actual del pensamiento europeo. ¡Qué discurso, señores.. qué hombre tan pensador!».

Apenas los dos caballeros se agregaron al grupo, Gregorio Fajardo soltó esta grave opinión: «De todo esto tiene la culpa ese loquinario de Prim, que ha soliviantado a los progresistas, los progresistas a los demócratas, y estos al populacho y a los estudiantes. También digo una cosa: yo González Bravo, no habría consentido que el Gobernador diera permiso para esa cencerrada o serenata.. Ha sido una pitada horrible dar el permiso y luego prohibir la música.. Y digo más, señores: yo Narváez, no hubiera destituido al Rector, que es un anciano; a Castelar sí.. porque la democracia es una perturbación, y no está preparado el país para esas novedades.. Yo doña Isabel, daría el poder a los progresistas, para que se desacreditaran de una vez.. Tres o cuatro meses de gobierno nos librarían de ese fantasma..».

Antes que el orador terminase, apareció el Padre Sánchez en el grupo. A una interrogación cariñosa de Beramendi sobre el suceso del día, el buen cura don Miguel se expresó con esta ruda sinceridad: «Son tan torpes estos moderados, que ni saben ser déspotas. Narváez ha (p.7500) perdido los papeles. Ustedes dicen: ya no hay liberales. Yo digo: ya no hay tiranos. Exponerse a un conflicto grave, a una crisis, a un trastorno político, porque toquen o dejen de tocar cuatro músicos sus trombones y clarinetes delante de un rector, es lo último que me quedaba que ver para comprobar nuestra decadencia. Yo les diría a los estudiantes: «Señores estudiantes, ahí tienen ustedes todas las bandas de la guarnición de Madrid. Llévenlas a la calle de Santa Clara, y que estén tocando siete días con sus noches».. Y dicen ustedes: '¡Inicua represión!'. Ya sabemos todos que aquí conspira todo el mundo, paisanos y militares, de la manera más descarada. Hasta los chiquillos le dicen a usted: 'Constitución está comprometido.. Arapiles está al caer.. Se cuenta con el Inmemorial del Rey'. ¿Saben ustedes de muchos coroneles y tenientes coroneles, de muchos progresistas y demócratas, que hayan ido a aprender el camino de Fernando Poo?».

Rivero, que entra y pasa junto al corrillo, oye, se detiene, se agrega. En su cara de gladiador, tostada, terriblemente enérgica, brota con chispa fugaz una sonrisa. Con un periódico que doblado trae en la mano, golpea el hombro del sacerdote ateneísta, y dice: «A Fernando Poo nos quiere mandar este cura.. Pues el que va a ir pronto a Fernando Poo es usted, don Miguel, y no le mandará González Bravo, sino yo, yo.

-No digo que así no sea, don Nicolás. Las Democracias fueron siempre más tiránicas que las Monarquías.

-Pero nunca tanto como la Iglesia.

-Poco a poco, don Nicolás..

-La Iglesia, la primera y más sanguinaria opresora del mundo. Lo discutiremos cuando usted quiera.

-Ahora mismo».

Enredose la discusión, elevándose de un vuelo a las altas regiones, que en aquella casa (pórticos de Academos) lo que empezaba en disputa familiar concluía por guerra de principios.. Aransis se había separado del grupo, y aparte parloteaba con un diplomático amigo suyo, que quería saber la impresión producida en Viena por la Encíclica Quanta cura y el Syllabus. Díjole Guillermo que las (p.7501) cuestiones romanas interesaban poco en Austria. Toda la atención estaba en el problema internacional. Debilitado el Imperio por la pérdida de Lombardía y el Véneto, buscaba medio de fortalecerse con las alianzas. La Cancillería austríaca gestionaba secretamente una alianza ofensiva y defensiva de Austria, Francia, Italia y España, contra Prusia, que se crecía y engallaba, amenazando a Francia por el Rhin, y al Austria en la frontera de Bohemia. A la sordina trabajaba el zorro de Antonelli contra este pacto. Todo menos robustecer a Italia. Para Roma, el peligro más visible de tal alianza era que los Estados del Papa perderían el amparo de Francia. Y España, ¿qué vela llevaba en este entierro? Ninguna, porque la Santa Sede, que se consideraba dueña de la voluntad de Isabel II, no consentía que nuestro país entrase en tal combinación, y por de pronto se le prohibía, como caso de conciencia, el reconocimiento del reino de Italia..

Y como en aquella casa, que no sólo era los pórticos, sino también los portales de Academos, se trataban todas las cuestiones, así las más elevadas como las más humildes y familiares, Pepe Beramendi, viendo salir del Salón de Lectura a un amigo suyo, militar, se fue derecho a él, abandonando el corro en que el Padre Sánchez y don Nicolás Rivero acometían un tema histórico tan claro como la inmortalidad del cangrejo. Arrimados a un sitio solitario, Beramendi y el militar, que era joven, vestía de paisano y usaba lentes, hablaron así:

«¿Pavía, eh?.. perdone un momento. ¿Sabe usted algo de Clavería? Hace dos semanas que no se le ve en el Casino ni en ninguna parte.

-Creo que está en Valencia.

-¿Preparan algo allí?

-No sé.. (La sonrisa del militar más bien indica discreción que ignorancia.) No he dicho nada.. tampoco aseguro que esté Clavería en Valencia, sino que allá pensó ir. Me lo dijo Teresa Villaescusa.

-¿Pero está aquí Teresa?

-Estuvo unos días.. Muy bien de salud.

-Algo tronada, según oí.

-González Leal está rebañando las ollas de su fortuna.

-Pobre, conspirará con más fe.. Otra cosa: (p.7502) ¿y Prim, está aquí? (Afirmación del militar.) ¿No habrá este verano tirada de patos en la Albufera?

-No sé.. (Vacilando.) Creo que no.. En fin, ya veremos.

-Habrá tirada.. Crea usted que todos los patos la deseamos. (Sonrisa del militar.) ¿Y qué piensa usted de este revoltijo de los estudiantes?

-Que es una chiquillada. Yo lo arreglaría con las mangas de riego.

-Yo con el himno.. con el himno de Riego. Verá usted cómo viene a parar ahí.

-¡Quién sabe! Todas las revoluciones empiezan con música..

-Y con música acaban. Son un emparedado musical.. con los tiros en medio».

A cada hora se animaban más el pasillo y el Senado. No eran pocos los que opinaban, como el teniente coronel Pavía, que contra la estudiantil asonada bastaba la artillería de las mangas de riego. Otros creían ver ya chorros de sangre; quizás los deseaban.. con tal que no fuera la suya la que se derramase.. Pasó el día 9, que era domingo, sin grandes novedades por estar cerrada la Universidad, y el lunes 10, día en que celebran su santo los profetas Daniel y Ezequiel, presentó antes de mediodía síntomas de borrasca. La tarde fue bochornosa, relampagueante. Todo Madrid divagaba en las calles, con la esperanza, el temor y el deseo de sucesos trágicos. El menor ruido hacía correr a los transeúntes. En la Puerta del Sol grupos de gente risueña con grupos de gente ceñuda se cruzaban. Creyérase que aquellos decían a estos: «Atreveos. ¿Qué teméis? Aquí estamos nosotros para elogiaros y decir que sois la salvación de la patria». Los grupos risueños requerían los portales a la menor ondulación de los que venían ceñudos.

Poco después de anochecido, los rincones y salas del Ateneo presentaban la propia animación que en la noche del sábado. Beramendi, que acudió también al olor de las noticias motinescas, no encontró allí a su hermano Gregorio, sino que fue con él. Dígase entre paréntesis que, existiendo una distancia enteramente planetaria entre la rastrera vulgaridad de Gregorio y el sutil talento de José María, este no siempre miraba como inferior a su hermano, y (p.7503) en ocasiones se sentía vagamente impulsado a tributarle cierta admiración o respeto. ¿Por qué? Porque Gregorio había sabido, por fas o por nefas, labrarse una fortuna y ser el creador de su propia personalidad. Aun amasada con la usura, la riqueza de Gregorio era timbre o diploma de voluntad, y un sillar sólido en la social arquitectura. Podía permitirse ser tonto, con cien probabilidades contra una de no parecerlo.. Convidole su hermano a comer aquel lunes, y luego, tirando de buenos puros, se fueron al Ateneo. A poco de arrellanarse ambos en los divanes del Senado, entró jadeante Luis Navarro, diciendo: «¡Menuda bronca en la calle del Arenal! Corre la gente desalada; los hombres braman; las mujeres chillan; algunos caen.. Pisadas, estrujones, batacazos..». No había concluido esta relación, cuando llegó Tubino limpiándose el sudor: «Señores, la Puerta del Sol es un volcán. Ha salido González Bravo a exhortar a la multitud. Le han contestado con silbidos horrorosos.. Y a toda tropa o autoridad que pasa, allá van silbidos, insultos.. una cosa atroz..». Manifestó don Antonio Fabié que él había observado los grupos al pasar por la calle del Carmen. No eran ya estudiantes los amotinados; era el pueblo, la plebe.. se veían esas caras siniestras que sólo aparecen camino del Campo de Guardias en los días de ejecución de pena capital.. Se veían caras de revoltosos de oficio y de patriotas alquilados. Era un horror..

Llegó don Laureano Figuerola con la habitual placidez de su rostro y su expresión austera y benigna. Acompañábale Gabriel Rodríguez, alto, barbudo, bien encarado y con antiparras de oro. Venían del Suizo. Desahogadamente pudieron llegar hasta la Academia de San Fernando; pero desde allí el paso era imposible. Hubieron de retroceder, dando un rodeo por la calle de la Aduana. En la Puerta del Sol, el tumulto y vocerío eran espantosos. Los dos esclarecidos economistas oyeron contar que una cuadrilla de obreros, que bajaba a la calle del Carmen por la de los Negros, apedreó a los soldados de Caballería, (p.7504) y que el Gobernador militar mandó hacer fuego.. Figuerola y Rodríguez sintieron la descarga; pero ignoraban si había sido al aire.. Las voces que de esto llegaban al Ateneo eran contradictorias. Pasó tiempo.. declinaban las horas con lenta rotación que acrecía la ansiedad.. Sanromá entró diciendo que la Guardia Veterana repartía sablazos en la Puerta del Sol.. En efecto: oíase desde la Holanda española un rumor como de oleaje impetuoso, lejanos apóstrofes, estridor de silbidos..

Algunos ateneístas de los que se arremolinaban en el pasillo pensaron salir y aproximarse a la Puerta del Sol para ver de cerca la jarana; pero en esto llegó casi sin aliento un precoz filósofo, González Serrano, y dijo: «No salgan ahora; no salga nadie.. Por poco me gano un sablazo.. El dolor que tengo aquí, ¡ay! es de un golpe ¡ay!.. Se me vino encima la cabeza de un caballo.. Ya cargan, ya vienen cargando por la calle de la Montera..». Acudió a los balcones del Senado y de la Biblioteca gran tropel de curiosos. Calle arriba iban hombres, mujeres y muchachos huyendo despavoridos. Centauros que no jinetes, parecían los guardias; esgrimían el sable con rabiosa gallardía, hartos ya de los insultos con que les había escarnecido la multitud. No contentos con hacer retroceder a la gente, metían los caballos en las aceras, y al desgraciado que se descuidaba le sacudían de plano tremendos estacazos. Chiquillos audaces plantábanse frente a los corceles, y con los dedos en la boca soltaban atroces silbidos. Al golpe de las herraduras, echaban chispas las cuñas de pedernal de que estaba empedrada la calle costanera. Un individuo a quien persiguieron los guardias hasta un portal de los pocos que no estaban cerrados, cayó gritando: «¡asesinos!», y el mismo grito y otros semejantes salieron de los balcones del Ateneo. En la puerta de la sacristía de San Luis había dos muchachos que, después de pasar los últimos jinetes hacia la Red de San Luis, gritaban: «¡Pillos! ¡Viva Castelar.. viva Prim!». Hacia la esquina de la calle de la Aduana, dos sujetos de buen porte (p.7505) retiraban a una mujer descalabrada.. La noticia, traída por un ordenanza, de que en la Puerta del Sol y Carrera de San Jerónimo había muertos, hizo exclamar a Beramendi: «¡Sangre!.. Esto va bien».

 

Ep-39-XIV -

Y no disimulaba su júbilo al decirlo. Si la revolución era necesaria, inevitable, mientras más pronto viniera, mejor. Y sin sangre no había de venir, porque las revoluciones nutridas con horchata o zarzaparrilla criaban ranas en el estómago de los pueblos.. Los ateneístas más impacientes por regresar a sus domicilios dejaron pasar algún tiempo, y en tanto planeaban itinerarios extravagantes. Hombre hubo que para ir a la calle de Atocha, discurrió tomar la vuelta grande del Retiro. A última hora quedaban pocos en la docta casa, comentando los hechos y reconstruyéndolos conforme a datos fidedignos. Por la calle de Sevilla y Carrera de San Jerónimo había pasado la tragedia, dejando en las baldosas huellas de sangre. Los que allí perecieron, no eran gente díscola y bullanguera, sino pacíficos señores que en nada se metían; iban a sus casas; salían del Casino o del café de la Iberia, pensando en todo menos en su fin inminente.. En el pasillo grande del Ateneo permanecían dos corrillos de trasnochadores. El más nutrido y bullicioso ocupaba el ángulo próximo a la puerta del Senado; allí analizaban la bárbara trifulca un antillano llamado Hostos, de ideas muy radicales, talentudo y brioso; otro americano, don Calixto Bernal, diminuto, maestro y apóstol de las cuestiones coloniales; Manuel de la Revilla, grande espíritu en un cuerpo mísero; Luis Vidart, artillero, filósofo, escritor, poeta.. y otros. En el segundo corrillo, junto a la entrada de la Biblioteca, Tubino, Fulgosio, Moreno Nieto, y unos cuantos jóvenes que en aquel nido de la inteligencia se criaban para la oratoria y la política, embriones de afamados repúblicos, determinaron que la consecuencia inmediata del sangriento motín era la crisis.. ¡crisis total! En el Salón de Lectura sólo quedaba una persona, gravemente silenciosa y abstraída, los ojos clavados en una revista extranjera, (p.7506) y el espíritu a mil leguas de las sangrientas colisiones de aquella noche nefanda.. Algunos del corro primero se acercaron a la puerta del Salón, movidos de curiosidad, y vieron la figura menuda, melancólica y calenturienta de Tristán Medina.

Estruendoso fue el vocerío de los partidos, de los periódicos, del ciudadano alto y bajo. Desatada la opinión sectaria, gente había que deploró no fuera mayor el número de muertos. Hablaban los madrileños en los cafés y en medio de la calle con un ardor que revelaba el desasosiego del cuerpo social. Transcurridas las vacaciones de Semana Santa, desfogaron en el Senado los hombres públicos, aprovechando la mejor ocasión que podía ofrecérseles para tirar certeros chinazos a la frente del Gobierno. Prim, Gómez de la Serna y don Cirilo Álvarez pronunciaron tremendos discursos. El más hermoso fue el de Ríos Rosas en el Congreso. Uno tras otro, disparó contra los responsables del suceso de la noche del 10 (que bautizada quedó con el nombre de San Daniel) , los más formidables cantazos que recibieron en todo tiempo cabezas ministeriales; y como en el pasaje más ardiente, al llamar con voz de trueno miserables instrumentos a los guardias de la Veterana, le soltase la mayoría la rutinaria muletilla que se escriban esas palabras, se revolvió como un tigre, y estampó con un manotazo esta respuesta grandiosa y clásica en la frente de la Representación nacional: «Si no fueran mías, pediría que se esculpieran». González Bravo, con titánico esfuerzo de su fecundo numen oratorio, pronunció diez y ocho discursos en las dos Cámaras.

De algunos incidentes lamentables del día 10 quedó memoria por mucho tiempo. El respetable ministro don Antonio Benavides, que vivía en la calle de Carretas y salió tranquilo de su casa, fue atropellado por los guardias en los momentos de mayor confusión y barbarie. A la misma hora, pasaba en su coche por la Puerta del Sol el ministro de Fomento, don Antonio Alcalá Galiano, y fue tal su emoción al oír los silbidos y ver el tumultuoso y (p.7507) amenazador oleaje de la plebe iracunda, que ya no volvió a su ánimo la tranquilidad. A los pocos días murió casi repentinamente de un ataque apoplético. Así acabó aquel maestro de la oratoria, en su juventud ardoroso evangelista de la Libertad. Su muerte fue, en cierto modo, una muerte obscura; pues apagada estaba ya su fama mucho antes de que llegara la última hora de su existencia honrada, voluble, y al fin más prestigiosa en la esfera literaria que en la política.

Desfilaban sobre la memoria de estos acontecimientos las horas grises y los días insulsos, y el bueno de Beramendi entretenía sus ocios con el arte, y singularmente con la música. Dos o tres noches por semana iba Rodrigo Ansúrez a casa de su protector; admiraban sus adelantos Guelbenzu, Monasterio y no pocas damas que en el arte veían el más noble de los lujos. Se improvisaban conciertos amenísimos; tocaban Monasterio y Rodrigo con Guelbenzu admirables sonatas clásicas de violín y piano, y una baronesa muy linda cantaba como los ángeles. En la vaguedad de su solitario pensamiento, relacionaba el soñador Beramendi la música de Beethoven y Mozart con la Historia lógico-natural del eminente compositor Confusio, y descubría entre uno y otro arte semejanzas notorias, que saltaban a la imaginación y al oído.

Una tarde, el Marqués dijo a Confusio: «Necesito dilucidar un punto obscuro de Historia fea y prosaica, que todo no ha de ser Historia estética y soñada. ¿No me has dicho que en tu casa de huéspedes vive ese Carlos Rubio, redactor de La Iberia? Es amigo mío. Quiero hablar con él. Haz por traérmele mañana. Procura desinfectarle, pues ya sabes que es tan grande su suciedad como su talento. Aquí estuvo una tarde, y mi mujer, al verle salir, me llenó la casa de sahumerios». Volvió Santiuste al día siguiente, despachado el encargo. «El amigo Carlos Rubio salió para Valencia, digo, para Alicante. A punto fijo no se sabe para dónde ha salido. Llevaba por equipaje su capa llena de remiendos, y unas prendas de ropa envueltas en (p.7508) un número de La Iberia.

-Coincide -dijo el Marqués-, la desaparición de Carlos Rubio con la de Manolo Pavía. La tirada de patos en la Albufera es un hecho. Allá estará Prim cazando, dígase conspirando. ¿Y qué regimientos y batallones se han comprometido?».

Alzando sus miradas al techo, expresó Santiuste del modo más significativo su ignorancia de todo acontecimiento sedicioso, pues en su Historia, para él la única verdadera, no se sublevaba el ejército. La palabra pronunciamiento sólo figuraba ya en el Diccionario como arcaísmo, a disposición de los pedantes. Aquel mismo día comprobó el Marqués la salida de Prim y de Lagunero para la cacería, y observó en algunos progresistas caras de ilusión. No había pasado una semana, cuando recibió una esquela de Teresa Villaescusa, pidiéndole entrevista para hablarle de un asunto reservado y de mucho interés. ¿Interés para quién? Para ella, sin duda. En la carta, que era un dechado de mala ortografía, decíale que no se determinaba a visitar al señor Marqués, porque podría la señora Marquesa escamarse, etcétera.. Le haría el señor don José un gran favor pasándose a tal hora por la casa de su madre de ella, doña Manuela Pez.

Pues allá se fue el hombre con la conciencia tranquila y sin otro estímulo que el de la curiosidad, pues nunca tuvo devaneos con Teresita, ni temía caer en sus bien tendidas redes. La encontró muy guapa, todavía un poco marchita de las resultas de su grave enfermedad, o quizás desmejorada por recientes amarguras. Pero con su palidez y pérdida no muy sensible de carnes, conservaba Teresa hechizos imponentes, y un juego de ojos que daba la desazón al más austero. Solos en la sala, bien apañada de muebles incómodos, de floreros hórridos y candelabros siniestros, dio principio la pobre mujer a la exposición de su asunto. Los tropiezos de la cortedad iban desapareciendo a medida que entraba en materia, y llegó al dominio completo de la dialéctica y a una dicción fluida, como la que un experto letrado que informa ante la Audiencia.

He aquí (p.7509) el triste caso: González Leal estaba tronadísimo. Gastando con exceso sus rentas, había tenido que desprenderse de las fincas rústicas y de las casas que heredó de sus padres. La pícara afición a caballos y coches, el juego, de añadidura, fueron las primeras causas del desastre. Luego vinieron otros despilfarros y calaveradas.. Al llegar a este punto, afinó Teresa su elocuencia y enardeció su acento para decir: «No haga usted caso, señor Marqués, de la calumnia indecente que me atribuye a mí la ruina de Leal.. que si mi lujo.. que si lo que gasto en tocador y en perfumes.. que si mis vestidos, que si mis alhajas.. No, señor Marqués: como Dios es mi padre, no he sido yo quien se ha tragado, así lo dicen, todo aquel caudal tan saneadito.. ha sido él: los caballos de él, los malditos faetones, el juego, señor Marqués; las comilonas de tanto y tanto amigo en el soto de Rebollar.. ha sido también la política y la conspiración, porque.. verá usted.. era un chorro continuo.. Tanto para tal periódico.. tanto para imprimir discursos.. tanto para un almuerzo a donde iban los patriotas con hambre atrasada.. tanto para los presos o deportados.. tanto para la corona fúnebre que se había de poner a las víctimas.. tanto para el viaje de este conspirador, o para la familia del condenado a muerte.. En fin, señor Marqués, que no he sido yo, no he sido yo, se lo juro: tan cierto, como que le pido a Dios la salvación de mi alma. Me acosan con calumnias, malos decires y falsos testimonios. Es la envidia, señor, que no desmaya, que no perdona..».

Suspiró Beramendi; tomó aliento Teresa, prosiguiendo así: «Hemos llegado, señor mío, al ahogo constante, y a no tener ni un día ni una hora de sosiego.. Si en poco tiempo se acabaron los bienes, más pronto se acabó el crédito.. Comprenderá usted la situación, aunque nunca se ha visto en ella.. ni quiera Dios que se vea.. Aunque hablando a usted con toda sinceridad, no tengo vocación de pobre, ni puedo aceptar sin violencia tantas privaciones y afanes, no quiero abandonar a Leal.. ¿Verdad, señor Marqués, que no (p.7510) puedo ni debo? No: él ha compartido conmigo su bienestar; compartiré yo ahora con él la pobreza.. De Valencia he venido hace dos días para arreglar un asunto de Leal, y allá me volveré en cuanto lo arregle.. ¿Será un atrevimiento mío contar con la bondad de usted?..». (Pausa.) ¿Qué era, señor? Pues muy sencillo. Teresa puso en su lenguaje toda la caridad del mundo para enterar al caballero del terrible atascadero en que se veía. «Entre los acreedores de Leal, hay uno, señor Marqués, uno, el más molesto diablo de la usura que Satanás echó sobre la pobre España. Después de habernos sacado por réditos y capital como seis veces lo que prestó hace dos años, ahora, con un pagaré que Leal y yo firmarnos y que no se le ha podido pagar, quiere quedarse con todos mis muebles. Le advierto que por ocho mil cochinos reales declaramos haber recibido diez mil; y en fianza los muebles, que me han costado más de dos mil duros. ¿No es esto robar? Por la Virgen Santísima, ¿no es una infamia que venga ese tío ladrón y me embargue y me desvalije?.. Pues ahora me falta decirle que ese verdugo, ese asesino y chupador de sangre, es un empleado en Gobernación llamado Telesforo del Portillo.. El señor Marqués le conoce bien: es feo, con bigote de charretera, y ojos de carnero moribundo.

-Ya: dijera usted Sebo, y le habría reconocido más pronto.

-Ajajá.. Sebo le llamaban cuando era de la policía. De poco acá presta dinero. Él dice que el dinero es suyo. ¡Sabe Dios de quién será!

-Dios lo sabe; pero no lo dice. El infierno pone el dinero de la usura en manos escondidas, hipócritas. Con esas manos se santiguan muchos que pasan por personas honradas y piadosas. En fin, a usted le han dicho que yo tengo influencia sobre ese bárbaro Sebo.. Es verdad que la tengo, y que la emplearé en hacerle desistir de atormentar a usted.. ¿Es eso todo lo que esperaba de mí?

-¡Ay, señor!-replicó Teresa balbuciente y medrosica-: es algo más. Yo.. yo.. sabedora de que Sebo es para usted como un perro.. me atrevía.. perdone.. a esperar de usted que a más (p.7511) de ese favor me hiciera otro.. Decir a Sebo que se resigne a cobrar más adelante.. Leal espera una herencia.. y que no nos fastidie, que nos dé otros diez mil reales, sin descontarnos nada, con rédito más cristiano que el tres mensual.. y a pagar cuando se pueda».

Conquistado por la intensa amargura con que Teresa relataba su suplicio, y también por la belleza de la prójima, que belleza y desdicha combinadas no hallan resistencia en ningún corazón hidalgo, le hizo Beramendi formal promesa y casi juramento de acudir a su cuita y dejarla resuelta al día siguiente, con o sin Sebo.. Y fue tan vivo el júbilo de la mundana, que casi llorando intentó besar las manos a su caballeresco favorecedor. Atajó este la demostración, así como el ponerse de rodillas, y Teresa hubo de limitarse a dar suelta a su gratitud con estas nobles palabras: «Ya me decía el corazón, señor Marqués, que usted no me dejaría desesperada en manos de ese bandido. Yo he pasado en Valencia y aquí las mayores angustias, discurriendo a quién volvería mis ojos.. ¿A quién, señor?.. Un día y otro día fui muy devotamente a la Virgen de los Desamparados, y de rodillas me pasaba las horas muertas pidiéndole que me sacara de penas. Confiaba en la Virgen, porque como yo le había regalado todas mis alhajas cuando salí de aquella maldita enfermedad, pensaba que en alguna forma me las devolvería.. Nada, señor; no conseguí nada. Y aquí, en cuanto llegué, me fui a la Virgen de la Paloma.. Siempre le tuve devoción.. Pues nada, señor; nada.. Hasta que me entró de repente una idea.. y sin saber cómo pensé en el Marqués de Beramendi, y dije para mí: 'Dejémonos de vírgenes, y vámonos a los caballeros..'.

-¿Y quién le dice a usted, incrédula, que la de la Paloma, de quien soy yo también muy devoto, no le inspiró la idea de venir a dar conmigo y contarme su conflicto?

-Es verdad, señor: así fue. Ahora caigo en ello..

 

Ep-39-XV -

-También ha de saber usted, Teresa -dijo el caballero con jovial cortesía-, que este pequeño favor que le hacemos la Virgen y yo, no es (p.7512) enteramente desinteresado. Siéntese usted, serénese y óigame.. Ha dicho usted que de Valencia vino hace días y que a Valencia volverá. ¿Puede decirme qué resultado ha tenido lo que por pudor político llamamos cacería de patos en la Albufera?.. Usted me entiende. O tenemos o no tenemos confianza uno con otro.. Si le da por disimular, disimule; pero no podrá negarme que allá fueron Carlos Rubio, Lagunero y el jefe de la cacería, general Prim.. ¿Qué.. vacila usted en ocultarme lo que sabe? ¿Me cree capaz de vender un secreto?..

-¡Oh! no, señor Marqués.. -dijo resueltamente la Villaescusa pasando de la perplejidad a la confianza-. Usted no puede venderme.. No es usted del Gobierno, ¿verdad?

-Soy amigo de Prim, aunque no nos tratamos íntimamente. Sus ideas son las mías. Con mi pensamiento y con toda mi admiración, le sigo en sus campañas por la Libertad.. ¿Triunfará? Esto preguntó a quien pueda decírmelo.

-¡Oh! sí.. Prim.. Es el único hombre que tenemos en España.. Pues bien, señor: lo que usted llama la cacería de patos, ha sido el fiasco número uno.

-Por defección de los que se habían comprometido.. ¿Con qué regimiento contaban?

-Con Burgos, señor Marqués. Al coronel Rada le llamo yo capitán Araña. A todos embarca y él se queda en tierra. Hoy habrá regresado a Madrid Carlos Rubio. El General y Pavía no tardarán en volver.. Puesto que usted me ha de guardar el secreto, le diré que preparan otra, y esa parece que irá de veras. Entrarán todos los Cuerpos de la guarnición.. Ello será para el mes de Junio.

-El pobre Leal, tronadito y todo como está, se distraerá de sus melancolías conspirando furiosamente.. ¿Recuerda usted qué Cuerpos componen la guarnición de Valencia?

-Burgos, San Fernando, Extremadura.. alguno más hay que no recuerdo. Es Capitán General don Juan Villalonga.. Como usted dice, Leal se moriría de tristeza si no pasara el rato catequizando militares. Es su fanatismo.. es otra pasión como el juego.. Leal no descansa.. Dormido, habla con los capitanes; despierto, con los sargentos. En (p.7513) las mismas trapisondas anda Jesús Clavería.

-¡Ah, sí! Me lo ha quitado usted de la boca. Ya iba a preguntar por este simpático amigo mío..

-Ahora que me acuerdo.. Clavería y yo hemos descubierto algo que a usted interesa.. ¡Qué tonta yo.. no habérselo dicho antes!.. ¿No se acuerda ya de que usted y Jesús andaban en averiguaciones de un chico que se escapó de su casa y se largó por esos mundos.. y nadie sabía de él.. y le buscaron en Cádiz, en Méjico, en el Demonio, sin encontrar su rastro?.. ¿No recuerda que ese pícaro escribió sin firma diciendo que estaba en el vapor de don Ramón? De la tertulia de usted, Marqués, llevó a mi casa esta novela Clavería, que es uña y carne del padre de ese hijo pródigo.. Pues.. hablando un día con un primo de Leal, piloto, llegamos a descubrir que el vapor de don Ramón no era otro que el Monarca, de que es capitán don Ramón Lagier. Y este señor, que es amigo de casa, vino un día a comer una paella con nosotros, y allí, charla que charla, oyéndole contar cosas notables de su vida, nos enteramos de que por él fue recogido el chico en medio de la mar. Iba en una lancha, navegando solo. Usted, Marqués, habrá leído novelas de mil lances maravillosos; pero ninguna leyó jamas como la de ese galopín. Le vimos una tarde que fuimos a bordo, convidados a merendar..».

Díjole Beramendi que el interés suyo por el muchacho fugitivo era de un orden muy secundario, y que si anduvo en diligencias para buscarle, fue por servir a Clavería, amigo muy íntimo del padre de la criatura, un señor de la Rioja alavesa, llamado Ibero.. Pero aunque su interés por Iberito no era directo, se alegraba de su reaparición en el mundo de los vivos, pues por muerto se le diputaba. De Lagier dijo que le conocía de nombre, y tenía noticia de su intrepidez, de su exaltado patriotismo y frenético amor a la Libertad, así como del suceso dramático de la pérdida de sus hijos. A esto agregó Teresa que la novela del capitán Lagier y la del atrevido Iberito se habían enlazado, y corrían ya juntas por los mares. Describió al muchacho (p.7514) vagabundo pescado al fin en el Mediterráneo por Lagier, como un hermoso salvaje, que apenas hablaba y todo lo decía con los ojos. El capitán le había tomado afecto; le enseñaba la náutica y los trajines de a bordo, y le daba lecciones de furioso liberalismo.

Para terminar, añadió la mundana declaraciones de orden distinto, bajando la voz con misterioso secreteo. «Tengo entendido.. no puedo asegurarlo.. hablo sin otro dato que algunas palabras sueltas que oí el mismo día de mi salida de Valencia.. pues.. creo yo.. que en la que están preparando para Junio se ha determinado que el General llegue a Valencia por mar, llevado por el capitán Lagier desde Marsella, no sé si en el vapor que ahora manda o en otro que fletarán para el caso..». Y nada más dijo de estas cosas, que eran como los borradores de la Historia. El júbilo que sentía Teresa por la generosidad del caballero, despertó en su ánimo tal apetito de sinceridad, que si fuese dueña de los más graves secretos revolucionarios, los entregaría de un solo arranque al hombre bueno y próvido, como se entrega a un confesor toda la conciencia. El Marqués acogió las confidencias de la guapa hembra con mediana satisfacción, pues si buena curiosidad satisfizo, buen dinero le costaba. Era un platónico de la libertad, un idealista ocioso, que mataba su hastío paseándose por las nubes, o correteando por el suelo pedregoso de la realidad. En lo más alto y en lo más bajo, alternativamente ponía todo su espíritu.

El tiempo restante, hasta las dos horas que duró la conferencia, lo emplearon en chismografía mundana, contando historias, líos y trapicheos, materia en que los dos, cada uno en su esfera social, eran buenos sabidores. Despidiose al fin el Marqués; quedó Teresa más alegre que unas castañuelas; volvieron a verse al siguiente día para dejar ultimado el negocio, parte con Sebo, parte sin él; despachó ella sus quehaceres; partió a Valencia.. Beramendi la vio partir melancólico. Era una gentil diablesa que a su modo colaboraba eficazmente en la armonía humana. Arrojaba unos (p.7515) granitos de desenfado sobre tanta corrección enfadosa, granitos de alegría sobre tanto ascetismo.

En su viaje a Valencia no fue Teresita sola; en el mismo tren iban personas que la conocían, alguna en el departamento ocupado por ella, otras en coches más o menos distantes. Tarfe la saludó desde una ventanilla; Sánchez Botín, que iba con su familia, charló con ella unos momentos y le pagó el chocolate en la fonda de Alcázar de San Juan. El que viajaba en el mismo departamento que ella era don Enrique Oliván, funcionario público de subido rango, casado con mujer rica, joven por no pasar de los treinta y seis años, viejo por la respetabilidad de una calva precoz y el cascado timbre de su palabra sensata. En todo el camino fue requebrando a la hermosa viajera, con disimulada expresión y voz de confesonario, pues iban dos señoras y un caballero en el mismo coche. Desagradable fue para Teresa la compañía de Oliván y su pegajoso galanteo. Pero no tuvo más remedio que soportarle hasta la estación donde terminó su viaje don Enrique, que fue la de Almansa..

Bueno será indicar aquí el abolengo del tal, porque no es dudoso que el narrador se tropezará con él páginas arriba o abajo. Era hijo de don Eduardo Oliván e Iznardi, el empleado eterno a quien vimos y celebramos en las oficinas de Hacienda cuando las regía el gran Mendizábal. Hombre de más suerte que aquel don Eduardo no había existido en el mundo; nació de pie, y sus pies echaron, desde la infancia, profundas raíces en la Administración española. Deparole el Cielo una mujer que fue la más allegadora que en ningún hogar se ha podido ver, hembra de peregrina industria para llevar positivos bienes a casa. Nada tenía el hombre; desafiaba las políticas tempestades, se reía de las crisis, y frotándose una mano con otra, repetía la egoísta fórmula: mi olla, mi misa y mi doña Luisa. Y estaba en lo cierto, porque la hermosa doña Luisa era un águila para la cacería y cautiverio de hombres públicos, de los cuales recababa protección larga y tendida para su esposo y sus hijuelos. Estos, casi (p.7516) mamando, entraban en las oficinas públicas, y en ellas se criaban agarrándose y ascendiendo como el aprovechado padre. ¡Qué maña se daría el matrimonio, que después de alimentar a los niños en el pesebre burocrático, a los tres los casaron con muchachas ricas, de familia de banqueros o negociantes gordos! Gran mujer era doña Luisa, que ya vieja y retocada de afeites untuosos, sostenía las posiciones de sus hijos, y esperaba la hornada de nietos para colocarlos desde que pudieran andar solos por la calle y encasquetarse una chistera. A su marido, el sufrido don Eduardo, le tenía en un panteón papiráneo del Tribunal de Cuentas, donde no hacía nada y cobraba como un obispo, con una grande y pesada mitra en su cráneo, formada de la vieja substancia córnea..

Como se ha dicho, quedose Oliván en Almansa, pues en esta ciudad y en la próxima de Montesa desempeña con pingüe sueldo una comisión del Gobierno referente a los bienes que fueron de las Órdenes militares. De allí tendría que trasladarse a Uclés, el priorato de Santiago.. No estuvo Teresa mucho tiempo sola, porque en la Encina se le metió en el coche Manolo Tarfe, antiguo amigo suyo, siempre grato y de buena sombra. Iba Tarfe a Chiva, residencia de su tía materna doña Ramona de Zayas, anciana y riquísima, a la cual amaba tiernamente como sobrino y presunto heredero. Charlando de sucesos presentes y futuros, no de los pasados, ya prescritos, llegaron a Valencia, donde cada cual tiró por su lado. Metiose Teresa en una tartana para dirigirse al Cabañal, donde vivía. No encontró a su Leal, que estaba ausente, ni los criados pudieron decirle a dónde había ido. Sospechó que estaba en Alicante o en Tortosa, trabajando el elemento militar. Preguntó si había llegado al Grao el capitán Lagier, y le respondieron negativamente. No quiso inquirir más, pues los espías soplones aparecían donde menos se pensaba.

Seis días pasó Teresa en amarga inquietud temblando por su amigo y señor, pues en tales aventuras la pelleja estaba siempre vendida, y al fin apareció Leal en (p.7517) lastimoso deterioro físico y moral, derrengado y con un humor de mil demonios.. Había estado con Clavería en Castellón y en Peñíscola; no había encontrado más que tímidos o cucos, de estos que viven viéndolas venir, deseando el éxito, pero sin bríos para salir en su busca. Así no se va a ninguna parte. La pobre Libertad no encuentra ya más que amadores que sólo la miran con un ojo, mientras ponen el otro en el cochino garbanzo y en quien lo da..

Era Jacinto González Leal un cuarentón gastado por los afanes de una vida artificiosa; se desvivía por adestrar caballos y lucirlos en coches de lujo, paseando en ellos la vanidad ajena; se arruinaba con jiras y convitazos campesinos en que su propio placer tenía mínima parte; derrochaba dinerales con Teresa para tenerla encerrada o mostrarla como una joya, más valiosa que por su mérito por lo mucho que le costaba; jugaba sin arte ni freno, como si el perder fuera la más elegante forma de vanidad; conspiraba por dar gusto a su inquietud levantisca, más que por conocimiento razonado y hondo de los males de la patria; era, en fin, un bruto de excelente corazón, de los que serían felices dominados por una voluntad superior, de hombre o de mujer. Teresa, compañera ocasional, adventicia, no podía o no sabía ser esa voluntad.

«Sé que has venido con Tarfe -le dijo Leal, que en sus días de mal humor era celoso impertinente-. Ya sabes que no me gusta que hables con ese danzante». Contestábale Teresa lo mejor que podía, rechazando todo motivo de recelo. Lo que mayormente la desconsolaba era que Leal no se mostrase agradecido por la grande hazaña de ella en Madrid, arreglando lo de Sebo, y sacándole a este más cuartos. Ni aun con el alivio que le trajo Teresa, se mostraba Leal satisfecho; más bien gruñía, expresando su sospecha con maliciosas conjeturas. «No me cabe en la cabeza -decía-, que Sebo haya hecho todo eso de su natural motu proprio. Nunca he visto que una pantera se deje pasar la mano por el lomo y se vuelva gatito manso.. No Puede ser, Teresa. Tú no me dirás, ya lo sé, (p.7518) cómo domesticaste a la fiera.. Ni te lo pregunto más..». Replicaba la pobre mujer con energía, sacando a cuento su dignidad, su honor y qué sé yo qué.. Luego lloriqueaba un poquito, y con el agua de este lloriqueo se calmaba la procelosa escama del buen Leal, que era un niño, y fácilmente pasaba de la hosquedad al mimo acaramelado y baboso.. Por fortuna para Teresa, la displicencia de Leal se trocó en franca alegría con la presencia inopinada de Carlos Rubio, que entró de rondón una noche diciendo: «Ya viene, ya viene. Esto es un hecho.

-¿Vendrá por mar?

-En un vapor extranjero.. Ya don Juan ha salido de Vichy. Debe de estar en Marsella.

-¿Ha llegado Pavía?

-Sí.. Ha llegado también don Joaquín.. ¡Don Joaquín Aguirre! el presidente del Comité revolucionario.. Venga usted conmigo a Valencia.. Ahí tengo una tartana».

 

Ep-39-XVI -

Carlos Rubio, tuerto y picado de viruelas, vestido como un pordiosero, era el contraste más rudo que puede imaginarse entre una facha y una inteligencia. Diógenes no parecía su maestro, sino su discípulo. Aborrecía el agua tanto como adoraba los ideales de Libertad y Justicia. Los que no conocían de él más que su prosa brillante, un poco lírica y sentimental, le habrían dado en la calle un ochavo moruno, si el lo pidiera. Así como otros pregonan con la efigie su importancia, a veces su talento, él no pregonaba más que su extremada modestia. ¿Y qué mejor pregón de patriotismo que aquel pergenio de mendicidad? ¡Pobre Carlos Rubio! Jamás existió quien tan desinteresadamente trabajase por el bien de su patria, a la que no pedía más que un pedazo de pan para comer y un trapo de desecho para cubrir sus carnes. Si España necesitaba de él servicios patrióticos en determinado momento de su historia, y él los prestaba, ¡cuán baratos le salían! Envuelto en su miseria como en una toga, era digno, altanero, incorruptible.

Según dijo Leal a su compañera, con el anuncio de la llegada del General los militares comprometidos se mostraban más animosos, y los mismos (p.7519) guindillas hacían la vista gorda: también ellos, los pobres, se plantaban a verlas venir. Supo además Teresa que todos los Cuerpos de Infantería estaban en el ajo: eran Burgos, Borbón, San Fernando y Extremadura. Los coroneles Alemani, Rada, Crespo y Acosta se crecerían, alentados por la efectiva presencia del invicto Prim. La Caballería se agregaba al movimiento; la Artillería repugnaba pronunciarse, pero saldría de Valencia, que era como dar un mudo consentimiento.

La fecha aproximada del arribo del General sólo la sabía don Joaquín Aguirre, que se alojaba con nombre supuesto en la fonda del Cid. Era este señor una excelente persona, catedrático de Disciplina Eclesiástica en la Universidad de Madrid, hombre más abonado para empresas de legislación y de paz, que para los trotes guerreros y sediciosos en que le habían metido. No creyéndole seguro en la fonda, lleváronle a una casita pobre entre el Grao y el Cabañal, habitada por familia marinera de absoluta confianza, y allí quedó el buen señor, disfrazado con un chaquetón grueso de patrón de lancha, botas de mar y una barretina vieja. No se compaginaba con el disfraz el rostro del profesor de Cánones, tristón, afilado y con grueso bigote gris. Por mareante no podía pasar. Disfrazáranle, a ser posible, de carabinero, y el equívoco habría sido perfecto. En la fonda del Cid continuó alojado Pavía, que tenía medios de justificar su presencia en la ciudad, y en una casa humilde de la calle Trinquete de Caballeros, se aposentaban Clavería, Carlos Rubio y otros progresistas que vinieron de Madrid.

¿Y Prim cuándo llegaba? Pronto, pronto.. Del 8 al 9 de Junio lo esperaban; el 9 recaló un vapor francés, y a las tres de la tarde fondeaba en el puerto. Allí estaba.. Silencio, disimulo. El General no desembarcaría hasta que cerrara la noche. Poco faltaba ya.. Por Dios, que si era valiente el hombre, a perseverante y cabezudo no había quien le ganase, pues apenas fracasado en una tentativa de pronunciamiento, ya estaba metido en otra, sin perder su brío ni la ciega (p.7520) confianza en estas arriesgadas aventuras. Entre la primera de Valencia y la que a la sazón se preparaba, hubo otra desdichadísima, en Navarra. Vestido de aldeano atravesó el Pirineo a pie, desde San Juan de Pied-de-Port a Roncesvalles, y arreando bueyes penetró hasta Burguete, donde le esperaba Moriones para decirle que las fuerzas de la guarnición de Pamplona, que se habían comprometido a dar el grito, se llamaban Andana. ¡La historia de siempre, el eterno balanceo de las almas guerreras entre el ardimiento y la ética militar! Colérico, mas no abandonado de su vigorosa constancia, volvió Prim a traspasar el Pirineo. Los reveses le enojaban, pero no le rendían. Dijérase que su desbordada bilis amargaba su voluntad dándole una consistencia irresistible. Era de un temple tal que si mil veces fracasara en aquel propósito, engendro de una convicción profunda, otras tantas pondría toda su alma en realizarlo. El Destino se cansaría, el hombre no.

Y a los pocos días de repasar la frontera navarra, recorriendo después gran parte de Francia para volverse a Vichy, ya estaba otra vez el caballero de la revolución armado de punta en blanco para lanzarse a nueva empresa lejana y peligrosa. Cambiando su nombre, volaba a Marsella; avistábase allí con su amigo el capitán Lagier; este, no pudiendo llevarle a Valencia, por expresa negativa de su armador, le agenció el flete de un vapor francés, que figuraría despachado con carga general para Orán y escala en puertos españoles. El tiempo que se tardó en diligencias reservadas y en arranchar el buque, lo empleó Prim en dar conocimiento a don Joaquín Aguirre, por correspondencia cifrada, de la fecha de su llegada al Grao, y en comunicarle las últimas y definitivas instrucciones para el alzamiento. A su salida de Marsella, tomó un sencillo disfraz para el momento del embarque, pues a bordo no lo necesitaba, hallándose en cordialísima inteligencia con el capitán francés, por obra y gracia del Grande Oriente Universal, del Rito Escocés.. Pero si en la salida convenía (p.7521) tomar algunas precauciones por el acecho vigilante de la policía francesa, al desembarcar en el Grao el peligro era mucho mayor y las precauciones habían de ser extraordinarias. Tratado el asunto con el fiel amigo Lagier, determinó este que en el viaje acompañasen a Prim dos hombres de mar, los cuales no se separarían de él en el acto de tomar tierra española, y a su disposición quedarían luego para lo que pudiese ocurrir, en el caso de que los acontecimientos impusieran una retirada mar afuera.

Ingenioso era el artificio ideado por Lagier. Los acompañantes de Prim eran un marinero viejo llamado Canigó y otro joven que respondía por Bero, y ambos figuraron con nombre francés en el rol del barco fletado. Al presentarlos al General, don Ramón respondía con su cabeza de la lealtad de entrambos. El viejo era un experto mareante levantino, pariente de otro que en Valencia poseía dos buenos faluchos, y en ellos hacía con superior destreza el contrabando. El principal cometido de Canigó era disponer en el Grao una embarcación muy velera en que el General pudiera reembarcarse si ocurrían sucesos desgraciados. No era esto probable; pero todo debía preverse.. En cuanto al muchacho, no dijo más Lagier sino que era valiente hasta la temeridad, leal hasta el sacrificio de la propia existencia, rudo hasta el salvajismo, y de tan pocas palabras que parecía mudo de nacimiento.

Durante la feliz travesía no salió Prim del camarote del capitán, que le colmaba de finezas y obsequios. Al llegar al Grao, se izaron en el mesana tres banderitas del telégrafo, señal convenida por el General con los de tierra para decirles que había llegado, y que al anochecer fuesen a buscarle a bordo. Cumpliose sin tropiezo esta parte del programa. En una lanchita con dos remeros, llegaron al costado del buque francés don Joaquín Aguirre, con el disfraz ya descrito, y Carlos Rubio, que bien enmascarado iba con su facha de pobre, o de gancho, de esos que en todo puerto andan a la husma de pasajeros. Bajó a la escala Canigó a decirles que (p.7522) podían subir a bordo, pues no había en ello ningún peligro. El General les esperaba en el camarote del capitán, vestido con un sencillo traje azul de maquinista.

Llevaba don Joaquín Aguirre la proclama que se había de lanzar al pueblo y al ejército en el momento de la sublevación. Prim la firmó sin leerla. Todo le parecía bien con tal de que las tropas estuvieran bien decididas y no vacilaran en el momento preciso. Al venir a Valencia, contaba con que las vacilaciones, los miedos y los escrúpulos, que ya tantas veces habían dado al traste con sus esfuerzos, no se repetirían. «Lo que es ahora, espero que mis buenos amigos Alemani, Acosta y Crespo no me dejarán a la luna de Valencia». Dijo esto gravemente, sin reír el chiste, con aquella voz un poquito parda, de timbre lleno, expresivo sin estridencia, como el dulce sonido del oro.. Hallábanse los tres españoles en el estrecho camarote del capitán, alumbrados por un farol cuya luz rojiza daba al rostro de Prim un tono de cálida encarnadura, que alteraba su habitual tinte amarillo bilioso. El óvalo imperfecto de su faz, ancho en los pómulos, afilado en la barba; las ojeras que declaraban sus insomnios, la mirada viva, el pelo mal distribuido en mechones sobre la frente y las sienes, formaban con la ropa de maquinista una figura melancólica, absolutamente distinta de lo que aquel hombre representaba en la realidad.

A las preguntas del de Reus acerca de las disposiciones de la guarnición, contestó don Joaquín que estas eran excelentes; sólo que los coroneles habían acordado una modificación del plan primitivo de alzamiento concertado con el General antes de que este saliera de Vichy. Se había convenido en que, a la señal de que el General estaba en el puerto del Grao, se echarían las tropas a la calle, acudiendo a determinado sitio, donde aguardarían la presentación del Jefe.. Pues ya este plan no parecía práctico a los señores coroneles. Proponían que lo primero debía ser que Prim desembarcase, y luego que en tierra estuviera dispuesto a ponerse al frente de las tropas, estas saldrían de (p.7523) sus cuarteles y.. Tan mal le supo al Caudillo esta enmienda de su plan de campaña, que sin acabar de oír lo que Aguirre le decía, se levantó bufando y soltó varias interjecciones catalanas, a las que siguieron estas castellanas quejas: «Siempre he de encontrar hombres tímidos, cuando busco hombres de corazón que arriesguen el grado y el pellejo. ¿Pues qué, don Joaquín, se pescan estas truchas con las manos secas y las bragas enjutas? No he de venir yo jugándome la vida una y otra vez para estrellarme ante.. ante la comodidad de estos señores. ¿Quieren que yo desembarque y dé la cara para dar ellos después la suya? Si la dan en efecto, y no salimos con otro fiasco, menos mal. Vamos a tierra». Despidiose del capitán, que en francés le dio parabienes anticipados por el éxito de la empresa, y con sus amigos y los dos marineros bajó a la lancha. Antes de llegar a la escala, le había dicho Carlos Rubio que el desembarco sería con toda seguridad y sin ningún recelo, porque Leal y Clavería lo tenían arreglado con los carabineros y cabos de mar. Hombre de ardimiento y de previsión, Prim no olvidaba ningún detalle en el complejo organismo de aquellas empresas. Antes de saltar en tierra, reiteró a Canigó, en catalán, el encargo que ya Lagier le había hecho, de tener dispuesto y arranchado de todo un falucho muy marinero, de los dedicados al contrabando. Respondió concisamente el lobo de mar que antes de tres horas estaría lista la embarcación. En ella quedaría él esperando órdenes, y el General podría comunicarlas por Bero, que con este fin estaría en tierra.

La del Grao pisaron Prim y los suyos con franca facilidad. Nadie les dijo nada, y algún carabinero los miró vagamente como si fueran lo que parecían. Ya cuando iban cerca del café de la Marina, se les aproximaron Clavería y Leal, y hablando todos, para mejor disimulo, de cosas insignificantes, se encaminaron a la casa pobre del Cabañal en que Aguirre moraba. Ya en ella y sin testigos, el héroe cogió un berrinche de los suyos, cuando le notificaron que por aquella noche no habría nada. La cosa, como (p.7524) solían decir en su fabla concisa los conspiradores, sería mañana. «¡Mañana! -exclamó el General, tocando con las manos, y no es figura, el techo de la menguada estancia-. ¡Mañana! ¡Y yo estaba en que esta noche! ¡Veinticuatro horas de ansiedad! ¿Pero qué falta? ¿No estoy yo aquí?». Trataban Aguirre y Carlos Rubio de aplicar emolientes a su ardoroso ímpetu, cuando entró Acosta, coronel de Extremadura, y las explicaciones que dio, seguidas de la seguridad de triunfo, desbravaron un tanto el furor del de los Castillejos. Luego dijo a este que de acuerdo con Pavía había resuelto instalarle en el casco de Valencia, a muy corta distancia del cuartel donde moraban los regimientos de Burgos y Borbón. Allí encontraría su uniforme, espada y cruces; allí hablaría fácilmente con los coroneles; allí, en fin, si no podían ofrecerle gran comodidad, le proporcionaban la ventaja inmensa de estar casi en contacto con los que pronto habían de ponerse a sus órdenes.

Accedió el de Reus, disponiéndose a entrar en la tartana que había traído Acosta; pero no lo hacía de buen talante, porque habría preferido que le aposentaran en el propio cuartel de las fuerzas dispuestas a sublevarse.. Esto, según dijo Acosta, ni él ni Alemani lo creían prudente.. Tanta prudencia y tanto ir y venir y requisitos tantos, eran ya inaguantables, ¡voto va Deu!.. Y por Dios, que se le acababa la paciencia.. El 3 de Mayo de 1864 había dicho solemnemente que antes de dos años y un día arrollaría los Obstáculos Tradicionales, y el tiempo corría, ¡caray!.. se deslizaba lento, fatídico, burlón..

 

Ep-39-XVII -

Y he aquí que el buen Leal, que a todo atendía, dijo a Bero: «Hasta mañana nada tendrás que hacer.. En tanto, vete a casa; duerme, come, y de allí no te muevas hasta que se te den órdenes». Obedeció el marinero, y aquella noche durmió en la casa de Leal. Al día siguiente se le dio de comer todo lo que quiso. Obediente a la consigna, el hombre no se movió del patio, y pasaba las horas sentadito en un poyo, o acariciando a un perrillo que con él hizo francas amistades. Llegose a él la (p.7525) patrona, movida de intensísima curiosidad, primer estímulo del alma de mujer, y con semblante risueño le sometió a un proceso verbal muy minucioso.

«Tú eres Santiago Ibero.

-Sí, señora.

-Tú te escapaste de la casa de tus padres.

-No, señora: de la casa de un primo de mi padre, don Tadeo Baranda.

-Es lo mismo. ¡Valiente pillo estás! ¿No te da vergüenza de ser tan loquinario y tan andariego?

-No, señora.

-Y parece como que se alaba.. ¿Habrase visto..? Tú corre que corre por esos mundos, y tus padres muertos de pena.. y el pobre Clavería medio loco buscándote.. ¿Pero dónde diablos te habías metido?».

Puso en esta pregunta Teresa todo el fulgor de su mirada, queriendo turbar así la seriedad estatuaria del mocetón. Las respuestas de este caían de sus labios opacas y frías.

«Parece que estás lelo.. Y esos ojos de azabache, ¿para qué los quieres? ¿Para no decir nada? Vaya, que no he visto marmolillo igual.. Bueno: pues dígnate ahora contestarme con más alma a esta otra pregunta: ¿eras el paisano que con otro paisano y un sargento fue preso en Leganés?

-Sí, señora: yo fuí.

-Según eso, no te embarcaste para la Habana.

-No, señora.

-Ya.. ¿Con que te prendieron?.. ¿Y a dónde te llevaron?

-A Melilla.

-Y allá estarías cautivo meses y meses.. y te trataron como a un perro, y.. ¿Dices que sí?.. Pero lo dices sin indignación. ¿Eres de piedra? Padeciste hambre, malos tratos.. ¡Pobrecillo! ¿Y cuándo y cómo saliste de allí?

-El cuándo no puedo decirlo.. No tenía yo almanaque para saber eso.. Sé que era invierno, que hacía frío..

-¿Fuiste absuelto; te dieron la libertad?

-No, señora: me escapé.

-Vamos, vamos.. No te costaría poco trabajo.. ¿Y te escapaste solo?.. ¿No? Te fugarías con otros presos. ¡Vaya una familia! Asesinos, secuestradores.. El que menos habría matado a su padre.

-Sí, señora..

-Ya me contarás otro día cómo fue esa escapatoria. Me gustan mucho las novelas no escritas, sino contadas.. Dime otra cosa: ¿qué idea llevabas cuando dijiste al cura 'tío, buenas noches', y te fuiste a Madrid?

-Llevaba la idea de hacer alguna cosa (p.7526) grande, como las que yo había leído en la historia de Méjico.

-¡Cosas grandes! -exclamó ella con vago aturdimiento, dejando volar su mirada más allá del espacio que ocupaba la figura que tenía delante. Y al regresar de aquella escapada por el espacio, traía su espíritu esta inflexión burlesca-: Cosas grandes son.. las pipas en que se guarda el vino.. las velas de los barcos, los rabos de las cometas.. ¿A fabricar esto querías dedicarte?.. No lo creo. A ti se te habían metido en la mollera otras grandezas.. Lo que hay es que te caíste de un nido, y al estrellarte se te rompió la cabeza, como se rompe una hucha, y las ideas grandes se te salieron y se te desparramaron por el suelo. Consecuencia: que no has podido hacer lo grande, porque el mundo no está para eso, ni lo chico ni nada, porque toda la fuerza se te ha ido en querer cosas imposibles.. Al fin sonríes.. Gracias a Dios, ya veo alguna luz en esa cara, que tiene el color y el viso del café tostado.. ¿Te sonríes porque me oyes decir las verdades?.. Pues oirás otras.. ¿Puedes decirme a dónde fuiste a parar cuando te fugaste de Melilla?

-Anduve por la costa.. me escondía de noche en cuevas que hay.. orilla de la mar.. comía lapas.. Una tarde vi lanchas.. una muy cerca.. y en ella hombres que pescaban.. moros ellos de Argelia.. Grité.. me recogieron y me llevaron a un pueblo que llaman Nemours.. De allí fui a Orán. En Orán me contraté en un jabeque español que iba al contrabando de Gibraltar.. Fui a Gibraltar, metimos el contrabando y fuimos a echarlo en Estepona.. Digo que fuimos; pero no que lo alijamos, porque nos salió una escampavía.. Era una noche más negra que el morir.. ¡con una mar..! No se ría usted, señora, que el caso no es de risa.

-Deja que me ría (cantando) . '¡Ay, mamá, qué noche aquella!..'.

-La escampavía nos largó un cañonazo.. Corría más que nosotros.. nos cogía; casi estábamos cogidos.. El patrón y dos marineros echaron al agua la lancha mayor. Yo con otro hombre.. se llamaba Periandro y era griego de nación.. nos metimos en el (p.7527) chinchorro, y bogamos mar afuera, bogamos, bogamos, con toda el alma en los puños..

-¿Y os salvasteis?..

-La obscuridad quería salvarnos, y la mar furiosa nos quería tragar. Bogábamos sin decir palabra.. No había que decir más que una: 'boga, boga..'. Pero el maldito Periandro, que entró en el chinchorro borracho perdido, soltó de pronto el remo, y me mandó achicar. La embarcación hacía agua como un cesto.. Yo achicaba.. el diablo del griego me dijo que yo pesaba mucho, y que nos ahogaríamos.. Yo le dije que yo no me ahogaba.. Le vi con intención de echarse sobre mí para tirarme al agua.

-¡Ay, pobrecito! -gritó Teresa piadosa y asustada-. ¿Y tú..?

-Nada, ¿qué había de hacer? Antes que me matara lo maté yo a él.. y lo tiré al agua.. Un día y media noche más me aguanté en mi chinchorro, hasta que me cogió don Ramón.

-¡Jesús, que peso me has quitado de encima!.. Yo creí que te habías ahogado.. ¡Demonio de griego!.. ¿De veras no te mató? ¿De veras no te tiró al agua?.. Esto parece cuento.. Con que un día y media noche.. y sin comer.. y muertecito de frío.. A ver, cuéntamelo otra vez.

-Con una basta.

-Don Ramón te trataría muy bien. ¿Verdad que es un hombre buenísimo don Ramón?

-No hay otro como él.. ¡Y lo que sabe! ¡Y las tierras y personas que ha visto!.. ¡Y las cosas tremendas que le han pasado!.. ¡Y lo que ha leído, y las palabras buenas que le dice a uno, sacando el ejemplo de lo malo que él ha sufrido!».

Notó Teresa que el rostro curtido de Ibero y sus ojos negros, luminosos, adquirían singular expresión de arrobamiento hablando de su capitán. Después de repetir los elogios del valiente marino y propagandista liberal, prosiguió así: «A él debes la vida y el pan que comes, y el ser un hombre útil y honrado, aunque sin pasar de simple marinero». Declaró entonces Ibero que su capitán le había enseñado todo el trajín del oficio de mar y el manejo de los instrumentos náuticos, instruyéndole asimismo en el saber de las estrellas que en la bóveda del cielo guían a los navegantes, y en el giro de los planetas en derredor de (p.7528) nuestro sol. A más de esto, habíale hablado del grande sufrimiento de los pueblos oprimidos por leyes injustas, y de la obligación en que estamos todos de ayudar a sacudir el yugo.. Espejo y norte de todos era Prim. Lagier veía en él como un enviado de Dios; Ibero, la encarnación de un pueblo que lucha por desatarse de ligaduras cuyos nudos estaban endurecidos por los siglos. Él no se daba cuenta del cómo y porqué de estas ligaduras; pero las sentía en sus muñecas y en sus tobillos, y los efectos de ellas veía en cuanto le rodeaba.

«Se conoce que quieres mucho a Prim -le dijo la patrona-. Bien, hombre, bien. Déjame que te haga otra pregunta.. Si te parece que soy demasiado curiosa, no contestes, y en paz. Vamos a ver: tú sabes que a don Ramón le hicieron una trastada los frailes de Marsella.. En un colegio de aquella ciudad, dirigido por un señor Oliver u Olivieri, puso a sus dos niñas, Teresa y Esperanza, y a un niño pequeño. Las dos niñas fueron arrastradas con manejos hipócritas a su perdición.. el niño murió. Sabrás por el mismo don Ramón esta historia negra.. Lo que el buen señor padeció viendo aquel desastre de sus criaturas y no hallando en los Tribunales quién le hiciera justicia, también lo sabrás.. Él mismo nos ha contado que estuvo a punto de perder la razón, y que su dolor no se calmaba con nada de este mundo. Para distraerse de su pena, se metió más en los trabajos de la mar y en lecturas de cuantos papeles caían en sus manos. Leyendo, leyendo, llegó a dar en unos libros que.. no sé si enseñan verdadera ciencia o cosa de magia.. Ya comprenderás lo que quiero decir.. Ello es que don Ramón se apasionó por lo que leía, y que tuvo por verdadero cuanto dicen los tratados de aquella ciencia, religión, magia o lo que sea. ¿No se llama eso el Espiritismo?

-Sí, señora.

-¿Y a ti te ha enseñado Lagier esas cosas, y crees en ellas?

-Sí, señora.

-Según parece, los que creen eso llaman a los espíritus, y estos acuden dando golpecitos con las patas de las mesas.. También se les llama con un querer fuerte: vienen las almas de los (p.7529) que se murieron, y habla uno con ellas como yo estoy hablando contigo.

-Sí, señora..

-¿Y tú crees, tú has hablado..?

-He hablado con mi padrino don Beltrán de Urdaneta, un caballero noble, que sabía mucho, y era en todo generoso y grande.

-¿Y qué te ha dicho?

-¡Ah! muchas cosas. Me ha dado ejemplos de su vida noble para que los imite, y me ha dicho que obedezca al capitán Lagier en todo lo que me mande.

-¿Y el capitán te manda..?

-Por de pronto, que vaya a ver a mis padres..

-Te llevará él en su vapor. Ese pueblo tuyo, Samaniego, ¿es puerto de mar?

-No, señora: no hay mar en mi pueblo. Yo iré por tierra. El capitán me ha dicho que si el general Prim sale triunfador en esto que llaman la cosa, me ponga en camino para mi pueblo. Después que me vea con mis padres, iré a San Sebastián o a Bilbao, donde me recogerá el capitán.

-Me parece a mí -dijo Teresa risueña y maliciosa-, que lo que tú quieres es corretear un poco tierra adentro.. Dime la verdad: ¿tienes por ahí alguna novia, y quieres verla?

-Sí y no.. Novia tengo; pero no es mi intención verla por ahora, ni está en el camino de aquí a mi pueblo».

La sinceridad inocente, casi salvaje, que echaron de sí los ojos negros, profundos y leales del buen Iberito, cautivó a Teresa, dejándola un poco suspensa y desconcertada. Fue su intención interrogarle más, pedirle pormenores de aquella novia, que resultaba inverosímil por tratarse de un hombre que apenas salía del vapor en que marineaba.. Porque no había de ser sirena, ni ninguna otra especie de ninfa oceánide, sino mujer efectiva, habitante en poética isla o en algún oasis del litoral. Pero no pudo pasar la mundana de los primeros disparos del interrogatorio, porque llegó Jacinto con tres desconocidos, dos de los cuales eran carabineros, y después Clavería. Para todos fue menester preparar comistraje, y allí estuvieron horas largas dando y recibiendo órdenes, con lo que la casa al mismo infierno se asemejaba.. Sobre los afanes y el delirio de los conjurados descendió la noche, que por más señas era serena y alumbrada de un (p.7530) espléndido creciente. Aquella noche traía bajo sus alas de luminoso azul la empolladura de la revolución tantas veces anunciada y nunca salida del misterioso huevo.

Hallábase Prim, como se ha dicho, en una casa de Valencia, cercana al cuartel, acompañado sólo de Acosta, pues los demás nada tenían que hacer allí, y el entrar y salir de gente habría infundido sospechas al vecindario. A media noche vistió el General su uniforme, ciñó la espada vencedora, y se puso en el pecho las placas que comúnmente usaba. Corrían los minutos perezosos. El tiempo, remolón, simulaba una inmovilidad burlona y traicionera. Cuando se creía que estaban próximas las dos, los relojes, como instrumentos sobornados por un destino adverso, no querían pasar de la una y media. Prim era la impaciencia misma; sus nervios vibraban; su bilis amarilleaba el blanco de sus ojos, y ponía en su boca el amargor de la pura quina.. Pasos la calle anunciaban que alguien venía con la noticia de salida de tropas; pero lo que venía era el desengaño tras extinción gradual de los pasos calle adelante.

La casa era ruin, pequeña, con un solo piso alto, solado de baldosines sobre vigas endebles; la escalera de palo, al aire; vivienda frágil, temblona, tan conductora de los ruidos propios y de los de la calle, que no cesaban de sonar en ella golpes, rasguños, estallidos o lastimeros ayes de seres invisibles. Por la mañana vio Prim al dueño de la casa, llamado Vicente Jiménez, hombre incorruptible, según le dijo Acosta. Hablaba poco, y era de humilde condición. En el resto del día no volvió a verle; a prima noche vio una niña flaca, un anciano, gatos y perros.. y durante la noche oyó pasos tenues y lejanos, voces indecisas de algún diálogo soñoliento, y hasta el toque rítmico de la pata de un perro que, al rascarse las pulgas, daba contra las tablas del suelo o de un tabique. Todo se oía menos los pasos y voces de los que tenían que venir a notificar que la revolución yacente se había puesto en pie.

Si al grande hombre, desairadamente escondido en aquella casa de Valencia en (p.7531) la noche del 10 al 11 de Junio de 1865, hubiera dado Dios un oído cien veces más extensivo que el que disfrutamos los mortales, habría percibido: primero, la voz del soplón que dijo al Gobernador civil, hallándose este en el teatro, que se preparaba un alzamiento de gente de la huerta apoyado por fuerzas del ejército; después la voz del Gobernador civil transmitiendo el soplo al Capitán General, Villalonga; habría comprendido, por las medias palabras de este, que no daba importancia a la delación.. Villalonga manda llamar al General Segundo Cabo, Larrocha, y le ordena recorrer los cuarteles.. Llega el Gobernador militar al cuartel donde se alojaba Borbón, y lo primero que se echa a la cara es la oficialidad, toda en traje de marcha, y el coronel Alemani, dispuestos para salir con la tropa.. La escena fue sencilla y cómica, pues rivalizando en timidez Larrocha y Alemani, el primero se limitó a decir al Coronel: «Véngase usted conmigo a ver al Capitán General», y el segundo no tuvo arranque para decir al otro: «Por lo pronto, quédese usted aquí preso, y luego veremos a dónde vamos». Momento decisivo fue aquel para la sublevación. La blandura con que procedía Larrocha, dando motivo a que se sospecharan condescendencias de Villalonga; la debilidad o turbación de Alemani, que se dejó llevar mansamente, en vez de arrojarse a la resolución temeraria que el caso imponía, descompusieron en un minuto lo que en luengos y laboriosos días se había tramado. Contó Larrocha después a sus amigos que fue al cuartel con la idea de que sería encerrado en el cuarto de banderas. Bien claro se vio que la sublevación palpitaba en el alma del ejército, y que el toque consistía en saber romper con unánime impulso las formalidades de la disciplina. A poco de salir el Coronel, vino una orden llamando a los oficiales a la Capitanía General, donde quedaron detenidos. Creeríase que un Rector bondadoso trataba de apaciguar una rebelión de colegiales.

Clavería y un ayudante de Borbón, encargados de notificar a Prim lo (p.7532) sucedido, temblaban relatándolo; la cara del héroe se ponía verde, y sus ojos arrojaban un fulgor lívido. De pronto se encaró con Acosta, y echando por delante sus manos, que abofeteaban el aire, le soltó esta rociada: «Yo he venido aquí, yo.. yo.. he venido aquí porque ustedes me han llamado: usted, Acosta y Alemani, Crespo y Rada.. Los cuatro Coroneles me han llamado.. Yo vine aquí creyendo tratar con coroneles del ejército español, y ahora veo que he tratado con monjas.. Esto no se puede sufrir.. España no merece más Gobierno que el que tiene, y ustedes hicieron mal en no estudiar para curas.. Ya sabían que las revoluciones son actos de violencia. El que no tenga corazón, el que agallas no tenga, que se ponga a rezar el rosario.. ¡Ea!, hemos concluido».

Aún no se había perdido todo, ¡cáspita! según dijeron Leal y Carlos Rubio, que llegaron presurosos cuando Prim esparcía los rayos de su cólera sobre las cabezas de Clavería y el ayudante; aún quedaba disponible Burgos, cuyo coronel, Rada, no estaba detenido. Los oficiales proponían sublevarse a las ocho de la mañana, en el acto de salir a misa. Era domingo: en vez de dirigirse a la iglesia, marcharían a la Capitanía General, para libertar a los de Borbón y Extremadura detenidos, y apoderarse de Villalonga.. No cautivaron el ánimo del de Reus estas fantasmagorías palmariamente ojalateras. El plan de los de Burgos se consideró desatinado, y más cuando se supo que su coronel no lo patrocinaba.. Corrieron allí de boca en boca iracundas recriminaciones contra Rada. Él había sido el soplón, que vació en la oreja del Gobernador el secreto de la cosa. Prim no dijo nada: su ira era contra todos.. De súbito echó mano a la faja y deshizo el lazo en menos que se dice; se desabrochó la levita con tanta furia, que saltaron los botones como proyectiles: unos fueron a chocar en la pared, otros en las barrigas de los allí presentes. «Me voy.. ¡Otra vez huir, huir siempre!.. Que me traigan esos andrajos.. A ver, ¿dónde están mis andrajos?». Cuando esto dijo, amanecía.. (p.7533)

 

Ep-39-XVIII -

Amaneció el 11 de Junio, revuelto y brumoso, y el aire traía un aliento cálido precursor del Levante. Como domingo, el Grao se adormecía en el descanso de las faenas comerciales. Triste es el día festivo, dígase lo que se quiera, en los puertos de mar; tristes el silencio y quietud de los muelles, las banderas izadas en los barcos sin ruido, los marineros endomingados, las embarcaciones menores, gabarras y botes, metidos todos juntos en estrecha dársena, y apretados unos contra otros dando cabezadas, como el rebaño dentro de las teleras.. Así lo pensaba el bueno de Ibero, que después de divagar por los muelles, recorría todo el espigón hasta la farola.. Hacia la mar ancha miraba, y no viendo lo que ver quería, tornaba a los muelles y se asomaba a las puertas de los cafetines próximos al puerto. Bien decía su rostro la impaciencia y ansiedad que turbaban su ánimo: buscaba en la mar un barco, en la tierra un hombre, y ni hombre ni barco parecían. Ocurrió que por la mañana bien temprano salió su patrona al patio, despeinada y ojerosa, y con el tono más desconsolado le participó que la cosa había salido muy mal.. ¡Qué desdicha! ¿En qué estaba Dios pensando?.. A poco llegó el señor Leal, también desgreñado, la boca torcida, borrachos de insomnio los ojos y el pensamiento, tartajosa la palabra, el ánimo espantable; y encarándose con Ibero como si tuviera éste la culpa del fracaso de la cosa, le escupió estos terminachos: «¿Qué haces aquí, gandul?.. ¡Oído a la caja.. marchen! Cada uno a su puesto.. Verás: cojo una estaca y te.. Corre y di que atraquen.. ¿Está listo el falucho? Que atraquen.. Ya estás corriendo.. ¿Pero aún estás aquí, bigardo?.. ¿A que te rompo en las costillas el palo de la escoba? ¿No me has oído? El falucho.. embarcar.. corre.. Que atraque.. playa del Cabañal, fotre; Cabañal, ¡contrafotre!.. ¡Corre y vuelve a decirlo, con cien mil fotres!..».

De estas abominables vociferaciones sacó Ibero en limpio que debía dar aviso a Canigó de que arrimara su embarcación a la playa del Cabañal. Nada más fácil que dar esta orden: ya (p.7534) sabía dónde estaba Canigó, pues con él había pasado la noche a bordo de la embarcación, bien arranchada de todo, víveres inclusive. Pero no contaba con el destino adverso que en aquellos días y noches de luna de Valencia desbarataba los planes del primer revolucionario de estos reinos. La embarcación no estaba en el muelle ni a la vista dentro y fuera del puerto, ni Canigó en el café de la Marina, ni las casas, almacenes y barcos en su sitio, porque con la gran turbación y pavura que el caso produjo en la cabeza de Ibero, todo el mundo visible era un Tío vivo que daba vueltas en torno al atontado marinero. Por esto se le vio vagar en el muelle y esparcir sus miradas por el mar alto desde el espigón. Así estuvo casi todo el día, hasta que al fin, al caer de la tarde, vio aparecer a Canigó como si saliera de debajo de la tierra. Llegose a él con la natural ansiedad, y el viejo, después de desahogarse con procaz estilo en San Pedro, San José y otros santos venerables, le dijo que su sobrino Gasparó le había faltado; que su sobrino era un renegado indecente.. Pero al fin, a falta del falucho de Gasparó, ya tenía otro, malo y con los fondos podridos, eso sí; pero a falta de pan, tortas.. y vuelta a desahogarse en los santos de más alto copete, y a llorar de rabia y a patear el suelo, que no tenía culpa de lo que pasaba. «¡Tripas mías -dijo con bramido-, haceos corazón, y avante, avante!.. Arrimaremos al Cabañal cuando cierre la noche.. Avisa para que estén listos.. Víveres no tengo; el barco navega de milagro. Pero Dios hará el milagro esta noche, y viva Prim, y yo me descargo en Gasparó y en la perra de su madre».

Y cuando descendió la noche, llorosa, destemplada y con raudos celajes que ocultaban la luna, un grupo de hombres de apariencia humilde a buen paso se dirigía desde las casas del Cabañal a la playa cercana. Sin detenerse entraban en el agua hasta media pierna, para ganar una lancha en que se embarcaron presurosos. La lancha se alejó con vivo golpear de remos. Quedaron en la playa tres individuos: don Joaquín (p.7535) Aguirre, Clavería y Vicente Jiménez, inquilino de la mísera casa donde pasó Prim la cruel, angustiosa noche del 10 al 11; hombre modesto y de pocas palabras, de alma bien templada para el sacrificio. Todo el día 11 anduvo la policía en la persecución de los conspiradores, buscándolos en los cafés, casas particulares y de huéspedes. Jiménez, con astucia y sagacidad admirables, desvió la acción policíaca de la persona y guarida del General, y consiguió embarcarle sin el menor tropiezo. ¿Dónde estaban los carabineros, cabos de mar y polizontes? Nadie lo sabía. Se dijo que el propio Villalonga arregló la salida de Prim por un lado, mientras la policía echaba los ojos por otro. Años adelante, hablando de esto con sus amigos, Prim lo negaba rotundamente, y toda su gratitud era para el valiente y obscuro Vicente Jiménez.

Los que en la playa quedaban aguardaron atentos hasta que vieron al falucho dando al viento sus velas rotas, y arando las olas con su quilla podrida. Allá iba Prim, el infatigable revolucionario, a merced de las aguas revueltas y de los vientos furibundos, en retirada de una empresa fallida, y ya pensando en otra, sin que le arredraran los reveses ni en su grande ánimo decayeran la idea destructora y la pasión ardiente que le impulsaban. Allá iba en un barco roto, sin víveres ni abrigo, valiente, inflexible, temerario. Resucitaba en nuestro tiempo la andante caballería, desnudándola del arnés mohoso y vistiéndola de las nuevas armas resplandecientes que van forjando los siglos.

Los demás auxiliares de la conspiración desaparecieron el mismo día, o al promedio de la noche. Cada cual buscó su escondite o cogió la ruta que creía más segura contra persecuciones, y ninguno sabía del paradero de los demás. Teresa y Leal, que escaparon en una tartana poco después de darse a la vela el falucho, no supieron decir a un amigo si Carlos Rubio había embarcado con Prim o se ocultaba con Aguirre en espera de favorable coyuntura para marcharse a Madrid.

Como almas que lleva el diablo iban hacia Requena Teresa y Jacinto, este dado (p.7536) a los demonios, maldiciendo la hora en que vino al mundo. Lo que sufrió Teresa en aquel viaje no es para dicho. Y no era lo peor que fueran desconsolados, desavenidos, iracundos, sino que iban sin dinero, pues lo que ella trajo de Madrid se lo gastó Jacinto en pitos y flautas, dejando de añadidura en Valencia trampas engorrosas, y en aquella triste fuga no tenían santo ni demonio a quien poder encomendarse. Pero como Dios da su amparo a los buenos, y aun a los malos cuando estos van más desesperados de socorro, sucedió que, al parar la tartana en Chiva, se les apareció como bajado del cielo Manolo Tarfe, que vegetaba en aquellas tierras al cuidado de sus viñas y de una tía tan vieja como rica que había testado en su favor. Providencia fue el simpático caballero para los fugitivos, pues generosamente, y antes que se lo pidieran, les proveyó de lo más necesario, y les dio la compañía y guardia de dos criados suyos para que les acompañasen hasta Requena y allí les albergaran en lugar seguro.

Aburridísimo estaba el buen Tarfe en la soledad de Chiva, villa triste habitada por carlistas, campo feraz de robusta vegetación media en que se dan la mano la manchega y la valenciana. Poco aficionado a la vida rústica, trataba de acomodarse a ella, contemplando a su tía medio perlática y los hermosos olivares y viñedos que poseía. De su tedio le consolaban dos veces por semana las cartas que recibía de Beramendi con noticia sabrosa del teje-maneje político y entremeses picantes de gacetilla social. A mediados de Junio le escribió el amigo que aterradas doña Isabel y su camarilla por la intentona de Valencia, los ángeles o diablos tutelares de la soberana acordaron despedir a O'Donnell y llamar a Narváez. Leía Tarfe estas gratas correspondencias al pie de un algarrobo o de un peral, en las fértiles heredades cercadas de aloes, y allí espaciaba su espíritu en el comento silencioso de los sucesos transmitidos por la escritura.

Decía la carta: «Aunque lo de Valencia ha sido otro mal parto, en Palacio tiemblan y dicen: a la quinta o a la sexta va (p.7537) la vencida. Bien se ve que el ejército se cuartea con la continua sacudida subterránea, y se desmoronará si una mano fuerte no acude a su reparación y fortaleza. Esta mano no puede ser otra que la de O'Donnell.. Ya tienes el Espadón en la calle, y a don Leopoldo en el Ministerio de la Guerra y Presidencia del Consejo, con su inseparable Gran Elector, y con Zabala, Calderón Collantes, Alonso Martínez, Cánovas, etc.. Pásmate de lo que voy a decirte. La Reina, que ve las orejas al lobo, consiente en reconocer el Reino de Italia. ¡Cuando la señora se decide a reinar por sí, apartando con atrevido gesto la férula de Pío IX, figúrate qué procesiones andarán por dentro! Las damas que incluyen en sus programas de elegancia el Poder temporal del Papal, están que trinan, y la llagada Patrocinio nos prepara uno de los más sorprendentes milagros de su repertorio. Pero es dudoso que podamos verlo, porque el Gobierno (lo sé de la mejor tinta, de la propia boca de don Leopoldo) ha resuelto exportar a la Madre, mandándola a Roma con el Padre Claret para que puedan allí milagrear libremente.. ¿Logrará O'Donnell amansar a la revolución? Yo lo dudo. Me consta que se ofrecieron carteras a Sagasta y Fernández de los Ríos, y que estos las rechazaron. Tendremos amnistía, libertad de imprenta, reformas electorales, y no sé qué otros anzuelos con que se quiere enganchar a los desmandados peces de la Libertad. ¿Picarán? Yo creo que no, porque con todas esas concesiones a lo que mi hermano Gregorio llama el espíritu del siglo, Italia reconocida, la monja y el obispo mandados a freír espárragos, la política llevada por mejores vías, con todo eso y más que hubiera, aún queda en pie la muralla de la China, o sea los obstáculos.. ¿Y de Prim, qué sabes?».

En otra carta escrita en pleno verano, le decía: «¡Ay, Manolo de mi alma, qué feo está Madrid! Por tu vida, no vengas acá, no abandones tu geórgico apartamiento, duerme tus siestas bajo un olivo, lejos de este infernal freidero. Si ahí te acribillan las moscas, aguántalas con paciencia, y acuérdate (p.7538) de los que aquí sufrimos las picadas de los tontos que en este nefando Madrid con el calor se multiplican y aguzan sus penetrantes aguijones. El verano ahuyenta despiadado a los pocos discretos, y embota las facultades de los que se quedan aquí. La enfermedad de mi señor suegro ha trastornado todos nuestros planes. María Ignacia no se determina a salir, y yo digo como aquel bruto: Ni se muere padre ni cenamos.

»La Corte se ha ido a La Granja; la política duerme una lúgubre mona; ausentes los llamados hombres públicos, los vagos de Madrid nos entretenemos vaticinando la próxima sedición militar. El pueblo la siente en su corazón con latido enérgico y profundo.. Desde la famosa noche, ¡ay, mamá!.. del bendito San Daniel, el temor y el gusto de una jarana ruidosa alientan en todas las almas. El pacífico vecino de esta Villa y Corte podrá meterse en la cama sin persignarse, no sin frotarse las manos diciendo: 'de mañana no pasa'. Un secreto instinto dice al pueblo que las aberraciones existentes no pueden continuar. Rara es la casa en donde la señora no manda a su doméstica, los más de los días, por provisiones extraordinarias: en el momento menos pensado será peligroso salir de casa. ¿Óyese un rumor callejero de granujas revoltosos?.. pues hay carreras, y la gente despavorida se mete en los portales. ¿Suena el chasquido de una fusta?.. ya que han empezado los tiros.

»Comprenderás, querido Manolo, por los brochazos de realidad que te transmito, que he descendido de mi globo para recrearme pintando las chapucerías pedestres de esta vida ramplona. Mis vesanias son temporales, alternas, rítmicas, y ahora estoy en la humorada de arrastrarme por el bajo suelo, todo baches y polvo. Además, mi buen Confusio, que es quien con su dislocada imaginación me saca de paseo por los espacios, hállase estos días algo turbado de sus excelsas facultades, y no acierta, según dice, con el desarrollo y secuencias de los extraordinarios sucesos archi-lógicos que refiere. Quéjase de que la soberana lógica se le pone de uñas; vese obligado (p.7539) a frecuentes enmiendas de su labor, a rectificar lo escrito y a desandar unos caminos para entrar en otros; en fin, que el hombre se ha hecho un lío, y es como una araña que se enreda en sus propias urdimbres.. Antes que se me olvide, Manolo, ya he sabido de Prim. Está en Vichy tomando las aguas. Me lo ha dicho Muñiz, que ayer tuvo carta del grande hombre. Por más que apreté a Ricardo para que me dijese en qué lugar del planeta trabajan ahora estos tejedores de la revolución, no he logrado saber nada. Por latidos o vibraciones que llegan hasta mí, sé que hay todavía en el Gobierno esperanzas de inteligencia con Prim, y que se le ha indicado que venga para celebrar entrevista con O'Donnell. ¿Vendrá? ¿Se entenderán? Creo que esto no lo sabe ni el mismo Confusio, entendedor supremo de las cosas que no han pasado y deben pasar, o de lo que debiendo ser no es».

 

Ep-39-XIX -

Entrado Agosto, escribía esto Beramendi:

«Te digo bajo mi palabra de honor, y si quieres lo crees, y si no vete al cuerno, que está nuestro Madrid delicioso. Teatros abiertos no existen, ni nos hacen falta para nada; conciertos no hay más que los que nos dan los mosquitos; la horchata de chufas no ha encarecido a pesar del excesivo consumo; los perros no han empezado a rabiar todavía; en casa te sofocas, en la calle te abrasas, aun de noche; y de día, como salgas, hazte cuenta que te has echado a la cara las llamas del Purgatorio. El Ateneo es un páramo: allí me metí ayer, y sólo encontré a Moreno Nieto, un poco agostado y afligido del calor, siempre amable y ameno. A poco de estar a su lado, hablando de filosofía y refrescando mi entendimiento con el considerable saber del maestro, entró Castelar. Algo picamos en filosofía y en política. Te aseguro que en la compañía de tan altos ingenios encontré un oasis, y que me extasié junto a ellos a la sombra de las palmeras de su elocuencia, cargadas de dátiles dulcísimos.. Otra noche que fui no me favoreció tanto la suerte, porque en el desfiladero hacia la estancia interior que llaman cacharrería, me salieron dos krausistas, (p.7540) a los cuales hablé de música clásica para cortarles la vena metafísica, y luego di con un economista, con quien departí de cría caballar y de la edad de piedra. Imponiéndoles la conversación más contraria a sus especialidades, les comunicaba una ficticia excitación y yo me quedaba tan fresco. En estos días calurosos, no debemos entablar otras discusiones que aquellas en que seamos mucho más fuertes que el contrario. No siendo así, te expones a la irritación de la sangre. Dímelo a mí, que el verano pasado, por ponerme a discutir con Severo Catalina de literatura hebraica, cogí un sarpullido y me salieron la mar de diviesos.

»Todo es tristeza y soledad en el Casino, donde languidecen, por falta de lenguas, las cátedras de chismografía. Hasta la cátedra del sacro Monte está en manos de suplentes chambones, por ausencia de los maestros tallantes.. No hay animación verdadera más que en la Tertulia Progresista, y esto lo sé por lo que me cuentan, pues yo no voy a esa parroquia. ¡Ay! me entristezco soberanamente. Como en mi casa no hay más que suspiros, temores, médicos y expectación de una muerte inevitable, busco ratos de distracción en la vía pública. Anoche me paré en los corrillos que rodean a Perico el Ciego, que es un magnífico trovador, para que te enteres. Al son de su guitarra, canta, no las proezas de los héroes, porque no los hay, sino las vivas historias de bandoleros y ladrones. Atento público le escucha con simpatía y emoción. Yo me he sentido medieval agregándome a ese público. Anoche hicieron furor dos o tres coplas de Perico, harto ingeniosas. O me engañé mucho, o eran alusivas a nuestra Reina, que anda ya en jácaras de los cantores callejeros. Desengáñate, Manolo: aquí no hay más cronista popular que Perico el Ciego, ni más poetisa que la Ciega de Manzanares. A no ser que tengas por poesía la oda de Olloqui a la Guerra de África, composición premiada por la Academia, donde se dice: Denantes que del Sol la crencha rubia -se esparza, los venciera-, los hijos de la Nubia, (p.7541) los que abortó el Horeb en negra pluvia. ¿Crees que esta es la poesía española de la era isabelina? En tal caso, la tal era sería una era para trillar el buen gusto y el sentido común. Nada, hijo mío, que aquí todo es paja, y tiene que venir Prim, con los demagogos que abortó el Horeb en negra pluvia, para barrerla o aventarla.

»También entro en algún café para pasar el rato. No una, sino muchas noches, me ha embestido el famoso buscón Perico Manguela pidiéndome un duro. Ya comprenderás que se lo he dado. Me inspira más lástima que odio ese infeliz mendicante y pilluelo, y le absuelvo de sus raterías por la gracia con que las hace. Recordarás la cara de aflicción que ponía cuando en el billar te rogaba que le prestases la capa para poder salir y ocultarse de la policía que en la puerta le acechaba. Algunos incautos caían en este timo, y cuando recordaban, ya Manguela volvía de empeñar la pañosa en la más próxima casa de préstamos. Como en verano no hay capas, inventa otros chuscos arbitrios para apoderarse de un napoleón o de un par de pesetas. Habrás observado que Manguela es popular, y que el público se pone siempre de su parte cuando le ve en la calle, acosado por los guindillas.. También he tenido el gusto de encontrarme estas noches al pomposo brigadier Posada, pariente de nuestro gran Elector, siempre mascando un puro de estanco que convierte en hisopo, rociando con su saliva a cuantos se le acercan, y promoviendo cuestiones personales con los que se ríen de su facha, de su genio iracundo, de su corpulencia y cómica seriedad, del botón rojo que en el ojal lleva, de su inflada tripa y del levitón negro con las solapas salpicadas de lo que fuma, escupe y habla.. He procurado esquivar su presencia, porque es pesadísimo y poco divertido, y en seguida te plantea la cuestión de honor.. Otras figuras de neto madrileñismo he hallado en mis caminos nocturnos; pero de ellas te hablaré otro día.. ¡Oh, Madrid, metrópoli de vagos y universidad de arbitristas!».

A principios de Septiembre, el corresponsal (p.7542) matritense notificaba al proscripto de Chiva que habían fracasado las negociaciones de arreglo con Prim; a fines del propio mes anunciaba el Marqués la muerte de su suegro, el considerable patricio y cristiano caballero señor de Emparán, y añadía que pasado el novenario saldría con María Ignacia y su hijo para Zarauz. No se alegraba poco Beramendi de perder de vista a Madrid, porque sobre los horrores del verano entró en la Villa la pestilencia de una endiablada enfermedad que por todas las trazas debía de ser el cólera.. Con diferencia de pocos días, partieron para el otro mundo el suegro de Beramendi y la tiíta de Tarfe, y bien pudo suponerse que su riqueza no les impidió subir a la morada celestial, porque ambos eran personas de piedad ardiente, y habían terminado su mortal vida en augusta paz, despedidos por innumerables bendiciones e indulgencias eclesiásticas, y por la pomposa solemnidad con que se les administraron los Sacramentos..

Menos dichoso que su amigo, no pudo Tarfe cambiar su residencia, porque la testamentaría le retuvo mal de su grado en Chiva, con frecuentes excursiones a Requena, donde radicaba lo más extenso y valioso de los bienes heredados. En una de sus últimas diligencias de propietario, avanzado ya Diciembre, encontró a Leal y a Teresa disponiéndose a partir. Habló con los dos, ofreciéndose en cuanto pudiera servirles, y nada le dijeron del lugar a donde iban. Por personas de su intimidad en Requena, supo que Leal había recibido dinero de Madrid; que le visitó días antes un caballero desconocido, con el cual conferenció largamente, quedando citados para Ocaña. A Tarfe le dio en la nariz olor de cuartelada; pero no quiso hablar de ello con sus amigos, a quienes despidió, viéndoles partir alegres en un desvencijado coche. Eran los días próximos a Navidad.

Gozosa iba Teresa por perder de vista un pueblo en que había padecido crueles inopias, y displicencias agudas de Leal, hombre que se volvía fiera cuando le faltaban sus dos principales elementos de vida, el dinero y la conspiración. (p.7543) Pobreza y paz no se avenían con su alma, enviciada en la dilapidación y en la hormiguilla revolucionaria. Siguieron, pues, su camino por la tierra baja de Cuenca, con mil privaciones y contratiempos, pues el fementido coche se les hizo añicos al salir de Motilla de Palancar, y hubieron de remediarse con un carro, que los llevó en cuatro largos días a Tarancón, villa famosa por sus uvas y sus Muñoces. Había Teresa encargado expresivamente a su madre que le escribiese a Tarancón, y para mayor sorpresa y dicha, encontró, no la carta, sino la propia persona de Manolita Pez, que allá se fue huyendo del cólera (del cual aún había en Madrid casos esporádicos) , y vivía con un pariente suyo, administrador de Riansares, en casa holgada, de buen acomodo.. Pues, señor, en cuanto Leal echó la vista encima a doña Manuela, que no era santa de su devoción, torció el morro, frunció las cejas, y entre carraspeos y tosecillas, hizo emisión de algunos términos agridulces en que no se sabía si la presencia de la señora le causaba júbilo o un agudísimo dolor de muelas. Total: que apenas llegado, Jacinto dijo a Teresa: «Pues encuentras en Tarancón la compañía de tu madre, aquí te dejo, vida mía, y yo tomo el portante. Ya sabes que hay prisa». Sin esperar observaciones, alquiló un caballo matalón, y se fue bendito de Dios.

Bien puede afirmarse que si Leal sentía por Manolita una estimación semejante a la que nos inspira una neuralgia facial, la madre de Teresa le pagaba en moneda del mismo cuño, queriéndole como a un tumor maligno. Prueba al canto: al anochecer del mismo día en que hija y madre se vieron juntas, Manolita echó todo este veneno en el oído de Teresa: «No he venido huyendo del cólera, que ya no existe, sino a prevenirte contra él, contra tu morbo asiático, que es Leal. Hija del alma, abre los ojos y convéncete de que seguir con ese hombre es peor que la muerte para ti. Mejor sabes tú que yo su situación. Más tronado está que arpa vieja; a Madrid no puede ir, porque detrás de cada esquina le saldrían siete acreedores furiosos.. Si fuera un (p.7544) hombre trabajador o un hombre de idea, podría reponerse con algún negocio. Pero vete con negocios al que toda la vida fue un haragán, y un presumido, y un bruto incapaz de sacramento. Teresa, mi adorada niña, vas a los profundos abismos si no haces caso de tu madre. ¿Qué esperas, qué piensas, qué decides?.. ¿A qué vienen esos pucheros? ¿Lágrimas ahora? Cuando se nos quema la casa, lo primero es echar a correr. Tiempo hay luego de sentirlo..».

Siguió la de Pez vomitando ponzoña. Con ser cosa tan mala el no tener Jacinto dinero ni de dónde le viniese, todavía era peor el haber tomado por oficio la conspiración. Bien claro se veía que Prim era un loco, seguido de unos pobres mentecatos o sinvergüenzas.. ¿Qué quería Prim, y qué había de traernos si triunfaba? Más hambre, más chanchullos, y motín diario por la mañana y por la tarde. ¿Quién no se reiría de ver ministro a Carlos Rubio, a quien nadie podía dar la mano sin tener que jabonársela después? Y por otro estilo, los demás eran tales que no había por dónde cogerlos. Daba grima pensar que fueran ministros el Becerra, el Sagasta y el Ruiz Zorrilla.. En fin, que era un asco el dichoso Progreso, y Prim un busca-ruidos, un salta-barrancos, que debió haberse quedado allá en América con los mulaticos y cimarrones.. Pues de Leal, el más tonto de los seguidores de Prim, ¿qué podía esperarse? El mejor día lo fusilaban.. y bien merecido le estaría por imbécil.. Ya le andaban siguiendo los pasos; ella lo sabía de buena tinta.. y no daba un ochavo por su cabeza.

Con estos crueles juicios y siniestros augurios, quedó la pobre Teresa consternada; la terrible madre volvió a la carga con saña y pesadez en los días siguientes, apretándola y cercándola de este modo: «Estoy avergonzada, y no sé qué responder a las personas que me preguntan si te has vuelto loca, o si te ha dado ese bruto algún bebedizo. Nadie comprende cómo una mujer de tu mérito aguanta esa vida, esas escaseces.. tantas humillaciones y vergüenzas. Me lo han dicho muchas, muchísimas personas respetables, (p.7545) de circunstancias, de gran posición; personas que te estiman, Teresa, aunque no te lo hayan dicho.. Lo que oyes: no acaban de entenderte, y te compadecen de todo corazón, por lo que sufres.. y por lo que sufrirás cuando veas a ese bárbaro en un patíbulo».

Llegó Teresa a un grado tal de tribulación y azoramiento, que ni comía ni dormía. A ratos estaba como lela, sintiendo su cerebro vacío de toda razón y discernimiento; a ratos se le crispaban los nervios y se le encendía la sangre; poseída de coraje felino, en sí misma clavaba las uñas y apretaba los dientes. Su respiración era fuego, sus ideas feroces.. Hallábase una noche en el humilde cuartito bajo que habitaba, junto al portalón de la casa, cuando tuvo Manolita la mala idea de volver a la carga con redoblada impertinencia y crueldad. Debe decirse, como atenuante de la conducta de la madre, que esta se hallaba en un estado de penuria más lacerante que el de su hija. De Teresa vivía; atendíala esta tarde y mal, por no poder de otro modo. Era el tronicio de doña Manuela furibundo y desesperado. Había venido a Tarancón huyendo, no del cólera, sino del espectro de una miseria degradante. Empeñados todos los objetos de algún valor, había tenido que malbaratar la espada y espuelas de Villaescusa. Para mayor desdicha, los primos de Tarancón habíanla recibido con desabrimiento y grosería, y le pedían que abonase algo por su manutención. Estaba la pobre señora como los gatos hambrientos que en la desesperada embisten a su propia especie, y no reparan en distancias ni obstáculos para satisfacer su ciega necesidad. Acometió a Teresa con formas y apremios más atroces que los que antes usara, y la estrechó furiosamente diciéndole que ya no aguantaba más, que su decoro no era compatible con aquel vivir arrastrado, y que, por fin, quisiéralo o no, su hija tendría que tomar inmediatamente nuevo protector, abandonando al infame y estúpido Leal. La madre, que estaba en todo, le tenía ya preparado el relevo..

No la dejó concluir Teresa, pues la furia insana que en (p.7546) su interior rebullía y pataleaba, no le dio tiempo a pertrecharse de razón y templanza. Con bramido salvaje y zarpazo furibundo, arrojó a su madre sobre el camastro próximo, y le clavó en el rostro las uñas, y le descompuso todo el pelambre recién peinado, y sus roncos acentos remataron la bárbara impensada acción. Palabras de fuego esparcidas en ráfagas y chispas, fueron estas: «¡Bribona, si tú me metiste a Leal por los ojos; si yo no quería, y tú me llevaste a él!.. ¡Si decías entonces que era el número uno de los caballeros!.. Lagarta, tú dijiste que le querías como a un hijo.. ¡Y ahora, porque es pobre.. y ahora, porque es conspirador..! Pues lo mismo conspiraba entonces.. y tú decías: '¡Oh, qué hombre!.. es el primer talento, el primer punto de la Revolución..'. No eres tú mi madre.. no lo eres.. Toma, toma..».

 

Ep-39-XX -

Acudieron a la nefanda trapatiesta los Bellidos, marido y mujer, que así se llamaban los primos de Manolita, y con tirones vigorosos separaron a la hija y a la madre, manifestando que en su casa no toleraban tales escándalos. Teresa, recobrada de improviso la razón, libre del bestial coraje que la transfiguró eclipsando su ser pacífico, se deshizo en llanto y dijo que su madre tenía la culpa, por haberla enloquecido y precipitado con los horrores que le propuso.. Desde aquel lance quedaron una y otra confinadas en sus aposentos. Pasó Teresa una noche de perros, afligida por el recuerdo de su acción odiosa, y diciéndose que daría parte de su existencia por no haber hecho lo que hizo, o porque resultase un caso de pesadilla.. Y en verdad que fue horrendo delito y que no podía justificarse alegando que medió trastorno, de donde vino el impulso inconsciente y mecánico. No había disculpa para una hija, ni aun suponiendo en la madre toda la maldad del mundo.

De doña Manolita cuentan las historias que pasó parte de la noche escribiendo larga epístola a persona que residía cerca de la villa; y hecho esto, se curó y disimuló con afeites los rasguños que su desnaturalizada hija le hizo en la cara; se peino con (p.7547) esmero, poniendo en su lugar los arrancados añadidos y descompuestos moños, y por la mañana tempranito, después de mandar a su destino con un muchacho la carta que había escrito, vistiose de negro, con hábito y correa, y se fue pian pianino al santuario de Nuestra Señora de Riansares, que está como a media legua de Tarancón. En los colmos de su infortunio, la pobre señora no veía quizás más consuelo que encomendarse a la Virgen para que esta le deparase un honrado medio de subsistencia.

Sola y desatendida de sus parientes quedó Teresa en la triste casa, sin tener a su lado persona alguna con quien desahogar su pena, pues Felisa, la fiel criada desde los tiempos del francés Brizard, ya no estaba a su servicio. En Valencia le había salido un novio, buen chico, que comerciaba en vinos y azafrán. Se casaron y fueron a establecerse a Herencia, lugar de la Mancha. Sin madre ya, sin criada y sin amiga, pasó la dolorida mujer casi todo el día en el cuartucho bajo, cosiendo y arreglando algunos desperfectos de su ropa, el pensamiento fijo, más que en la labor, en las enormes y complejas calamidades que llovían sobre ella; y cuando más absorta estaba en su aguja y en sus negras ideas, sintió ruido combinado de caballería y de persona.. y oyó una voz que, de no ser tan ronca, le habría sonado como la de Leal. ¿Era o no era? Antes que pudiera salir de esta duda, entró el propio Jacinto en la habitación, abriendo la puerta de golpe y con estruendo. Si de la súbita entrada se asustó Teresa, no le dio menos espanto la cara que traía el hombre, sudorosa y descompuesta, los ojos enrojecidos, con un mirar que parecía de sangre, y toda la facha y ropa en lastimoso descuido y deterioro. Él, tan pulcro y tan mirado, venía hecho un Adán, lleno de porquería. Antes que Teresa pudiese interrogarle sobre su aparición brusca y su mal pelaje, la cogió de un brazo, la sacudió rudamente y le dijo con ronquera y malos modos: «Déjate de preguntas.. Traigo mucha prisa, Teresa.. No me irrites.. Dame todo el dinero que tengas.

-Aguarda, hijo.. Vienes muy cansado.. (p.7548) ¿Quieres tomar algo?

-Dame el dinero, Teresa, y no me saques la cólera.. No puedo entretenerme. Mañana te diré..

-¿Vienes de Ocaña?

-No.. Vengo de Villamanrique, ¡fotre!.. No me sulfures más, ni me marees con tus preguntas. Dame..

-De lo que me dejaste, no me quedan más que doscientos cuarenta reales. Los necesito para vivir, pues estos generosos parientes nos piden a mi madre y a mí pago de hospedaje.

-¡Mentira, mentira!». La ronquera de Leal, aumentada por su ira y turbación, ya era más bien afonía. Sus palabras sonaban como el bramido de un rumiante furioso.. Plantose Teresa en la resolución de no darle el dinero, y él, runflando y despidiendo fuego por los ojos, sustituyó la palabra indecisa con la acción brutal. La escena que en breves instantes se desarrolló fue de lo más repugnante que imaginarse puede. Hizo ademán la pobre mujer de cortarle el paso hacia el cofre donde guardaba el dinero, y él, con tremenda bofetada que restalló en el carrillo derecho, la derribó sobre la izquierda. Chilló Teresa.. Nueva bofetada formidable la enderezó, arrumbándola luego del lado contrario.. Segundos no más tardó Leal en abrir el cofre y sacar un envoltorio que contenía monedas. Ya sabía el indino dónde estaba. Precipitose luego sobre Teresa, que había quedado de rodillas apoyada en la cama, y con mano trémula tanteó la cabeza.. buscaba los pendientes. Atendió la mujer con movimiento instintivo a la defensa de aquellas joyas humildes; pero él apartó las manos de ella, vociferando con rugido: «Deja que te los quite, o te arranco las orejas». Obra fue también de algunos segundos. Después le cogió la mano derecha, en cuyos dedos anular y meñique tenía dos hermosas sortijas.. El bruto decía: «Yo te lo he dado, yo te lo quito.. Déjame.. no hables.. tengo prisa». De dos tirones sacó las sortijas, y metiéndoselas en el bolsillo, donde ya estaba el envoltorio del dinero, salió echando resoplidos y taconeando fuerte. A los oídos de la casi desmayada Teresa llegó el trotar del mulo en que Leal partía.

Largo tiempo tardó la pobre mujer en (p.7549) recobrarse del susto y de la indignación, y más aún en traer a su ánimo serenidad bastante para resolver algo y elegir el camino que debía seguir después del infame atropello. Por más vueltas que al problema daba, no veía más que un punto a donde volver los ojos, y este punto era su madre, que al fin resultaba cargada de razón en cuanto le dijo referente a Leal. ¡Y ella, ingrata y desnaturalizada, había puesto sus uñas en el rostro de su consejera y madre, y había deshecho los blancos mechones de aquella venerable cabellera!.. Ansiosa ya de verla y de intentar la reconciliación, preguntó hacia dónde caía el santuario de Riansares y a qué distancia estaba. Apenas la enteraron de esto, echose un pañuelo por la cabeza y en marcha se puso por el camino adelante, y sin equivocarse lo recorrió con tan buena suerte, que antes de llegar a la mitad del sendero topó de manos a boca con su afligida y enlutada madre que del santuario volvía. Con entrecortadas frases angustiosas le contó Teresa la terrible escena, y lo mismo fue oírla doña Manuela que sentirse aliviada de sus rencores, y en la mejor disposición para olvidar los arañazos, repelones e injurias con que la maltrató la hija de sus entrañas. Abrazándola y besuqueándola con zalameras babas y cariños extremosos, le dijo que ya podían las dos respirar tranquilas y perdonarse recíprocamente sus agravios, porque Dios les había deparado el alivio de tantas penas y el remedio de la gravísima escasez que padecían. Por más que Teresa la incitó a que hablase con claridad, no quiso la sutil tramposa entrar en más explicaciones. Lo primero era serenarse, olvidar lo pasado, y disponerse para vida de reposo y holgura, libres ya las dos del salvaje dominio de Jacinto Leal.

De regreso a la casa, cenaron hija y madre tranquilamente con los esposos Bellido, a quienes Teresa observó menos adustos que de ordinario. ¡Caso inaudito! Doña Manuela les dio dinero a poco de cenar.. Y al verla sacar la bolsa, pudo vislumbrar Teresa de refilón que, pagado el hospedaje, aún le quedaban a la ingeniosa (p.7550) dueña bastantes monises. Retiráronse a dormir, y como la vieja no se clareaba, gran parte de la noche estuvo Teresa devanándose los sesos para encontrar la clave de aquella mudanza que en los horizontes de su destino se aparecía. Este pensar vertiginoso y el quemor de sus mejillas, que aún ardían de las fieras bofetadas que le dio Leal, la privaron del descanso que tan hondamente necesitaba. Por la mañana, después de un profundo aunque no largo sueño, vio claro lo que en su ardiente desvelo no había visto, y atando cabos y descifrando palabras de su madre en los primeros días de convivencia en Tarancón, y entrelazando y entretejiendo diferentes hechos con frases oídas a Bellido y sus criados, vino a poseer la verdad o algo que a la verdad se aproximaba.

Véase, dividida en puntos, la obra de reconstrucción mental. Primer punto: El hombre, señor, caballero o lo que fuese, que por la gestión y altos manejos de doña Manuela resolvería la crisis, entrando en el poder en sustitución de Leal, era don Enrique Oliván, joven campanudo, calvo y pegajoso, de la aristocracia burocrática, que acompañó a Teresa en el tren desde Madrid a Almansa.. Segundo punto: Don Enrique estaba a la sazón muy cerca de Teresa, desempeñando una comisión del Ministerio de Hacienda. Hallábase en Uclés, mejor dicho, en la Casa Real de Santiago, cabeza que fue de la famosa Orden de Caballería. No podía precisar Teresa, por lo poco que había oído, la misión del caballero calvo y administrativo; pero ello era cosa de desamortizar o de allegar materiales a la desamortización. Don Enrique revolvía archivos buscando fuentes de propiedad, deslindaba territorios.. Para esto llevaba consigo dos oficiales de Hacienda y tres agrimensores.. Un coche alquilado le llevaba y traía en sus visitas a los pueblos cercanos, y cuando iba a Tarancón, sólo distante de Uclés poco más de dos leguas, se aposentaba en casa del señor Arcipreste, que fue grande amigo del respetable y coronadísimo don Eduardo de Oliván, padre de Enrique. Tercer punto: ¿En dónde se (p.7551) veían don Enrique y Manolita para tratar de la solución de la crisis? Sin duda para este negocio se dieron alguna cita en el santuario de Riansares, sin perjuicio de las cartas que menudeaban de Tarancón a Uclés y viceversa..

Levantose Teresa no muy temprano, y supo que su madre había salido de madrugada. Apenas la vio llegar, serían las diez, anticipose a darle cuenta de su adivinación. ¡Qué talento de chica! En todo había sido zahorí menos en lo del lugar de la cita: no fue el santuario, que esto le habría sabido mal a la Virgen, sino la casita del sacristán o santero, hombre bondadoso, pío y servicial. Y en esto vio Teresa que su madre disponía presurosa los dos equipajes, como persona que necesita salir ganando minutos a un apremiante negocio. Sin suspender ni un momento la faena febril de recoger y guardar la ropa y adminículos, satisfizo la curiosidad de su hija con breves explicaciones. «Nos vamos a escape, niña del alma. Ya tengo apalabrado el coche. Ese señor, que reúne las dos excelencias de joven y respetable, no quiere que tú y él os veáis en Tarancón. Aquí empezamos a dar que hablar, y estos primos que me ha deparado Dios no son muy discretos que digamos. Don Enrique, como sabes, es casado.. quiere a todo trance que se guarde un sigilo muy conveniente para él y para ti.. Lo que me encanta más de Oliván es la circunspección.. Ya sabes que el respeto a la sociedad ha sido siempre línea de conducta. Con arreglo a estas bases procederemos ahora y siempre». La locución con arreglo a estas bases revelaba que en las conferencias de la casa del sacristán se le había pegado a Manolita el lenguaje administrativo del perfecto burócrata.

Preguntado por Teresa el punto a donde se dirigían, replicó la vieja que era Fuentidueña de Tajo, lugar no lejano, donde esperarían a Oliván. «Ya he puesto hoy en su conocimiento nuestra partida, para que se dé prisa.. Él no desea otra cosa que verte y embelesarse con tu presencia. Habitará en Fuentidueña la casa oficina de la Remonta y Depósito de sementales del Estado.. Nosotros iremos a (p.7552) la posada, porque allá, como aquí, nuestra línea de conducta no puede ser otra que guardar escrupulosamente las formas.. Ya lo sabes todo.. y comprenderás la razón de mis prisas, porque.. ¿quién te asegura que aquí estamos libres de otra embestida de es bellaco de Leal?». No aventuró Teresa objeción ni reparo a lo dicho po Manolita, porque su voluntad, por fatal imposición de lo hechos, había quedado debajo de la de su madre, mujer de iniciativas y de admirable tino y audacia para realizarlas Partieron, pues, impacientes y precipitadas, como si fueran a extinguir un incendio, y al anochecer llegaron a Fuentidueña, albergándose en la posada de Pastor, de buen trato y no poca bulla, por el mucho tránsito de arrieros y carretería.

El dechado de la sensatez no llegó aquella noche, como se creía, ni a la siguiente mañana. Manolita, del trajín y fieros disgustos de los días anteriores, tuvo que quedarse en el lecho, afligida por una cruel neuralgia que le cogía todo el lado derecho de la cara, tirándole por el pescuezo hasta el mismo omóplato y entronque del brazo. Toda la noche estuvo en un grito. Por la mañana, después de asistirla y darle unturas dejándola sosegadita, salió Teresa al portalón de la posada, y de allí a la carretera, que era calle Mayor o principal del pueblo. Gustosa de observar costumbres y de indagar los medios de subsistencia de la gente campesina, recorrió un trozo de calle. Fuentidueña, a más de la granjería agrícola y ganadera, tenía la industria de preparar y tejer el esparto. En todas las puertas de las casas humildes vio Teresa viejos de ambos sexos y mujeres que trabajaban en la empleita haciendo ruedos, esterillas, serones y otros objetos útiles para personas y animales. Embelesada contempló esta labor humilde, hablando con algunos de los trenzadores, y pensó un momento que sería quizás grato para ella trabajar el esparto a la puerta de su casita, libre de cuidados y sonrojos, comiendo lo que Dios se sirviera darle. Y estando en la vaguedad de estos pensamientos, vio que de una puerta próxima salió (p.7553) un mocetón airoso y alto, comiendo pan y queso.. Él la vio y detuvo su paso presuroso; ella le reconoció al instante, y avanzando hacia él hizo con alegre acento esta salutación: «¡Ibero, Iberillo!.. ¿Tú por estos barrios?.. ¿A dónde vas? ¿De dónde vienes?».

Afable, pero contenido siempre en su rígida seriedad característica, el muchacho le contestó: «No puedo decirle de dónde vengo ni a dónde voy. No me pregunte más, señora». Sin hacer caso de estos propósitos de reserva, insistió Teresa en sus preguntas: «¿Pero qué es de ti?.. Cuéntame. ¡Vaya, que estás robusto y sanote!.. ¿Y de don Ramón, qué sabes? ¿Sigues con él?». Ibero, respetuoso, se limitó a contestar: «Perdóneme, señora Teresa. Llevo mucha prisa.. He parado un instante para comprar algo que comer.

-¡Y vas a pie, pobrecito!.. ¿De veras no te cansas?.. Antes corrías por la mar, y ahora navegas por tierra.

-Navego por tierras y mares; hago vida libre..

-Tonto, ven acá.. Explícame eso. ¿No te parece que rabian de verse juntas la vida libre y esas prisas que llevas? Dime la verdad: tú andas al servicio de los que conspiran. Tú llevas algún parte, órdenes..».

Con un adiós señora, terminante y cortés, se despidió el mozo, tomando con vivo paso el camino que va del Tajo al Tajuña. La mente de Teresa, caldeada y sutilizada por recientes amarguras, había adquirido en aquellos días un singular poder de adivinación. Con los hechos menudos y las palabras sueltas llegaba por inducción al conocimiento de los hechos grandes, como los hábiles naturalistas que construyen un esqueleto con el simple dato de algunos huesos menores. Viendo el paso vivo de Ibero y recordando las escenas de Valencia, pensaba que la maniobra revolucionaria no estaba lejos, y decía para sí con cierto alborozo: «¡Prim, Libertad!».

 

Ep-39-XXI -

Siguiendo a Ibero con la vista hasta que desapareció, envidiaba Teresa lo que el gallardo mocetón semisalvaje entendía por vida libre, y consideraba dignas también de envidia las misiones secretas que a su parecer llevaba.. Al volver a su casa sorteando los baches de la carretera (p.7554) endurecidos por la escarcha, pasaron junto a ella hombres a pie. Teresa les miró: eran caras conocidas; figuras militares vestidas de paisano. Viéndoles seguir la misma dirección que llevaba Ibero, decía para sí: «¿A dónde irán esos?.. A mí no me engañan.. ¡Prim, Libertad!..».

Después de dar un vistazo a su madre, a quien halló profundamente dormida, volvió a pasear por el camino real, acercándose a la cabecera del puente sobre el Tajo. Antes de que a este sitio llegara, vio venir cuatro jinetes; apartose para dejarles paso, y uno de ellos, reconociéndola y llamándola por su nombre con muestras de gozo, paró su caballo. Aunque iba vestido de zamarra, al modo de trajinante rico, y se había dejado la barba, Teresa le conoció: era Clavería. El caballero iba sin duda de prisa, y abreviando su saludo, entró en materia con rápida y nerviosa frase. Véase lo que dijo: «¡Qué suerte encontrar a usted aquí, Teresa!.. La Providencia anda en esto, de seguro.. Oígame un momento, un momento no más.. ¿No sabe usted lo que le pasa al pobre Jacinto? No debe de saberlo; la veo a usted tan tranquila. Pues en Villamanrique tuvo la mala suerte de perder el dinero que tenía.. y el que no tenía. Locuras, Teresa, que en estas circunstancias graves son la perdición de los hombres.. Terribles traspiés y caídas ha dado el pobre Leal desde que anda solo por estos pueblos. ¿Y usted por qué le deja solo?.. ¿De veras no sabe que Jacinto fue preso por la Guardia civil a consecuencia del altercado en Villamanrique? Y no es eso lo peor. Acá le traían con dos criminales cogidos en Belmonte.. Pararon en una venta. Jacinto y sus compañeros de desgracia acometieron a los guardias cuando estaban cenando, y gravemente hirieron a uno, golpeándole con una barra. De los presos, uno fue muerto; el otro y Jacinto lograron escapar; vadearon el Tajo.. Escondidos están en una casa que verá usted como a doscientas varas al lado allá del puente (señaló al Este) . Va usted por aquí; pasa el puente; sigue por un arrabal de casuchas pobres.. después por zarzales que costean un (p.7555) prado. La casa está en ruinas y es llamada del Águila.. No tiene pérdida. La reconocerá usted por un águila de chapa de hierro clavada en una veleta mohosa.. que no gira.. Lo que yo digo: a usted no le será difícil sacarle salvo de allí, de noche, llevándole ropas de cura o de pastor con que se disfrace».

Alelada oyó Teresa este relato, sin que se le ocurriera más que esta lógica y natural observación: «Y usted y esos otros jinetes que le acompañan, ¿por qué no le salvan, amigo Clavería?..». Pronta y contundente fue la réplica del militar: «Porque mis amigos y yo vamos disfrazados, Teresa, y esquivamos toda ocasión de ser conocidos y descubiertos. Pasamos como sobre ascuas por los sitios en que puede haber guardias civiles, y aquí los hay. Y además, tenemos que estar sin falta esta tarde en Villarejo de Salvanés. Vea usted a mis amigos camino adelante, a cien varas de aquí.. Me aguardan.. están impacientes, están furiosos. No puedo detenerme más, Teresa..

-No se detenga.. Yo sé a dónde usted va.. ¡Prim.. Libertad!

-Ponga usted en salvo al pobre Jacinto. Usted puede hacerlo; yo no.. Adiós. Salve a Leal».

Y sin más conversación picó espuelas, y a trote largo fue a reunirse con sus compañeros que se habían cansado de esperarle. Volvió a su casa Teresa más muerta que viva, y halló a doña Manuela en pie, con la cara hinchada, ceñida de un pañuelo negro, por lo que su rostro tenía aspecto de luna en cuarto menguante. Juntas pasaron el resto del día arrimadas a un brasero, Teresa taciturna y medrosa, disimulando la turbación de su espíritu; Manolita satisfecha y locuaz, divagando en amenos cálculos acerca de la nueva casa que habían de poner en Madrid. Llegada la noche, la madre dormía como un tronco; echose Teresa sobre la cama, y a cada instante se levantaba descalza para examinar ventanas y puertas, y explorar el exterior obscuro, sombras de edificios, esqueletos de árboles, sobre un turbio cielo débilmente iluminado por las estrellas. Horroroso miedo embargaba el ánimo de la pobre mujer. Su idea fija era que (p.7556) Leal sabía que ella estaba en Fuentidueña, y favorecido de la obscuridad de la noche, vendría seguramente, no a darle un escándalo, sino a matarla.. Como consecuencia de sus últimas degradaciones en el juego y de andar a tiros con la Guardia civil, el hombre había pasado de su antigua condición de caballero a la de bandido.. Sí, sí: a matarla vendría.. Mil veces le había dicho: «Si me dejas por otro hombre, ponte en salvo, Teresa; escóndete, vete lejos. Si no, moriremos, tú primero, yo después».

Al menor ruido, creía que Jacinto forzaba la puerta, o que escalaba la ventana, trepando por una parra que a ella se le antojaba escalera practicable; le sentía los pasos; le sentía los dedos como garfios, agarrándose a imaginarios salientes de la pared; le veía en toda su espantable catadura de facineroso, tal como se le presentó en Tarancón, y oía su ronquera, lenguaje del furor de venganza.. Movida de un instinto de defensa, intentó arrimar a la ventana sillas y banquetas, y con el ruido que hizo puso Manolita punto final en sus ásperos ronquidos y acabó por despertarse.. «¿Qué haces, hija; qué te pasa?». Resistiose Teresa a decir la verdad. Pero la madre encendió un mixto, dio luz a una vela que junto a su lecho tenía, y con la mirada inquisitiva y las expresiones cariñosas consiguió que la hija le diera cuenta de los motivos de su inquietud pavorosa. Incorporose la vieja en el lecho, también asaltada de zozobra, y llevándose la mano al dolorido, entapujado bulto de su cara, habló de este modo: «¡Ese hombre aquí!.. Bueno. ¿Y qué nos importa? No temas nada.. Si viniera, con que le diésemos algún dinero se retiraría tan contento. No conoces tú el mundo, hija del alma.. Tranquilízate.. De noche no ha de venir aquí.. Hay buenos perros en la casa: sus feroces ladridos ahuyentan a los rateros y salteadores». En esto lo los perros ladraron furiosamente. Corrió Teresa a la ventana y distinguió bultos en la carretera: hombres que pasaban, no uno ni dos, sino en gran número. «Parece gente armada, mamá. Han pasado el puente van hacia allá.. Ya sé.. ya sé a dónde van.. ¡Prim, (p.7557) Libertad!

-Estás desatinada esta noche.. Ven, siéntate en mi cama. Charlando conmigo, se te pasará el susto, que no es más que imaginación». Esto dijo la sutil tramposa; mas no logró calmar la excitación de su hija, que no echaba de su alborotado entendimiento la idea de que Leal había de matarla antes que luciera el día. A instancias de la madre amplió las noticias que motivado habían su espanto, el relato de Clavería y la corta distancia de la casa ruinosa en que se ocultaba Jacinto, la casa del Águila, a doscientas varas por la parte allá del puente. Aunque la muy lagarta de Manolita no las tenía todas consigo, y hasta sentía que el bulto de la cara en peso y volumen aumentaba, adoptó una actitud serena, y con su labia ingeniosa y los recursos de su mundano talento, entretuvo a la medrosa hija hasta que las luces del alba despejaron la obscuridad del cuarto y los sombríos pensamientos de las dos mujeres. Las ocho serían cuando la reverenda señora ordenó a su hija que se arreglara lo mejorcito que pudiera, porque, o mucho se equivocaba, o antes de las diez había de aparecer en Fuentidueña el espejo de los caballeros sentados y administrativos, don Enrique Oliván.. En tanto que la joven se arreglaba, la madre se adecentaría un poco, aliñándose la cara y cubriendo con el mejor de sus pañuelos el doliente y feo bulto. Así lo hicieron. Poco trabajo le costó a Teresa ponerse maja y dar realce seductor a su incomparable palmito y a su airoso talle. Doña Manolita, que en gracias personales era ya terreno esquilmado y yermo, hubo de contentarse con lavar sus legañas con agua tibia y darse una mano de gato en lo demás del rostro lastimado, endilgando luego el hábito y correa, que a su parecer le hacía figura respetable y de notoria dignidad.

En efecto: llegó don Enrique, alojándose en la casa de Sementales del Estado, y allá se fue doña Manuela con su bulto y sus marrulleras intenciones. Teresa quedó en casa, en expectación de las órdenes que su madre había de traerle; y como esta tardase más de lo presupuesto, se aburría (p.7558) lindamente en el cuarto ante las sábanas revueltas, las tazas rebañadas del chocolate, los migajones de pan y las servilletas rasponas con que ella y su madre se habían limpiado los morros al desayunarse. El aburrimiento no tardó en sobreponerse a la paciencia de la guapa moza, y al fin se manifestó en una vivísima gana de echarse a la calle. Desde que las luces del día limpiaron de nocturnas alucinaciones su cerebro, el estado psicológico de Teresa dio un brusco cambiazo, como veleta que se vuelve del Norte al Sur, y el miedo a morir a manos de Leal se trocó en piedad de aquel hombre sin ventura. Bajó al portal; díjole la posadera que doña Manuela había ido a la Remonta y después a la iglesia, donde estaba oyendo misa.

Alegre Teresa de la probable tardanza de su madre, y sin pensar lo que hacía, dejose llevar de un violento impulso de curiosidad y de otro de caridad, ambos nada nuevos en ella, y se metió por las calles del pueblo. La iglesia quedó a su derecha; pasado el puente, luego el arrabal, anduvo, anduvo, pisando terrenos blanqueados por la escarcha, insensible al frío y sin temor ninguno de verse en tal soledad. Creyérase que sus propios pasos eran guías infalibles del punto hacia donde un misterioso afán la dirigía, porque a los quince minutos de pasar el puente, vio una casa que no era la del Águila; luego otra que quizás lo sería.. Encontró a un chico que conducía dos cabras; no quiso preguntarle, ni había para qué, pues pocos pasos más adelante, a la vuelta de un matorro de zarzas, vio la ruinosa construcción en cuya techumbre gibosa campeaba el pájaro de hierro sobre un torcido vástago de veleta.

Desde el momento en que vio el signo, quedaron las miradas de Teresa clavadas en la casucha y en un tuerto ventanillo con cruceta de hierro, donde algo distinguió que bien podía ser un rostro humano. Acercose, y en efecto, rostro era; pero no el de Leal.. Aproximose hasta tocar una pared de piedra seca, distante como cuatro varas de la casa en ruinas, y el rostro vaciló un segundo, dos segundos; se movía.. miraba hacia adentro.. (p.7559) Pasó otro segundo.. se asomó Leal, el propio Leal: su cara redonda y pálida, sus ojazos, su nariz roma.. Quedó el hombre atónito.. debió de nombrar a su amante; pero esta no le oyó. Con grande emoción levantó Teresa su mano con la palma hacia adelante; luego la recogió llevándosela a los ojos. Tras mediana pausa, Leal, sin maravillarse de verla, le dijo: «Te escribí a Tarancón; por eso has venido». Decidida a mentir, respondió Teresa que sí, y añadió una verdad: que supo por Clavería el lugar del escondite, y lo que era menester para sacarlo salvo de allí. «¿Hay Guardia civil en el pueblo?» preguntó él. Respuesta afirmativa.. exhortación de Jacinto a que se retirara. Aunque poca, alguna gente pasaba por aquel lugar desierto. Podían verla.. sospechar.. dar aviso a los guardias. Dijo a esto Teresa que inmediatamente prepararía lo que el amigo le indicó, un vestido viejo de pastor, armas, algún dinero: comida.. Esto por el día, y a la noche caballo para salir como exhalación por aquellos campos.

Habló entonces Leal con voz más entonada. Primero dijo: «Dos caballos, pues a mi compañero no he de dejarle aquí». Y luego, echando toda su voz briosa a los espacios tenía por delante, habló de esta manera: «No, Teresa, no me traigas nada de eso, si antes no me traes tu perdón por las injurias que te dije y las brutalidades mías de aquella tarde.. Yo estaba fuera de mí, Teresa; yo llevaba tres noches sin dormir.. El juego me emborrachó, y los malos amigos me pusieron de punta el amor propio. Yo era un tramposo y un canalla si no les pagaba.. Te aseguro que cuando fui a quitarte el dinero y las alhajas, yo estaba loco y no sabía lo que hacía.. Lo que he llorado aquel agravio, no lo sabe nadie más que Dios, que lo ha visto. Fui un miserable; no merezco tu perdón.. pero yo te lo pido, Teresa, porque sin tu perdón no quiero ni la libertad ni la vida.. no las quiero, no.. Dios lo sabe, como sabe antes de la barbaridad de aquel día, y después de ella, y en el momento mismo de mi locura, te quise con toda mi alma.. Sí, Teresa.. y no te digo más porque me ahogo gusto de verte y (p.7560) del pesar de haberte ofendido.. y del sofoco de decirte lo que te estoy diciendo.. Vete, mujer: mátenme ahora que te he visto.. Amor mío único fuiste y eres.. Dios lo sabe, y no me digan que no lo sabe.. por yo sé que lo sabe.. ¡fotre!, y bien que lo sabe..». Dijo las últimas frases con inflexión de ira, golpeándose la cabeza contra el hierro y la piedra que le servían de marco. No podía Teresa sacar de su garganta una sola palabra: en su cuello sentía un dogal.. Pero de alguna manera, con sílabas roncas pudo decirle que de corazón le perdonaba. Vio entre el hierro y la piedra la cara inmóvil de Leal, y brillo de sus mejillas mojadas por las lágrimas.. Poco después, no vio más que la mano de Leal que con repetido movimiento le mandaba que se retirase.. Así lo hizo, y a distancia miró de nuevo, y otra vez vio la mano, cara no, la mano que decía: «Vete, vete».

Regresó la pobre mujer al pueblo y a la posada, y no fue poca suerte que su madre no hubiese vuelto aún de la visita y careo con el señor Oliván. Este retraso dábale tiempo para serenarse, componer su rostro, y pensar en el arduo conflicto que Dios le había deparado. Hizo al fin su aparición doña Manuela, sofocada de haber venido con prisa, y se dejó caer en el desvencijado sofá de paja antes de soltar la sin hueso en esta relación: «Cordera, habrás estado en ascuas por mi tardanza. No he podido evitarlo. Figúrate que al llegar a la Remonta me dicen que el señor don Enrique está en misa.. corro a la parroquia, y allí le encuentro. Díjome que hoy, 2 de Enero, es San Isidoro, el santo de su señora, y que esta le tiene muy recomendado que celebre como de precepto el día de su santo, y los de los santos de toda la familia.. Bueno, señor: tuve que cargarme mi misa.. Después de todo me alegré, porque con tantos ajetreos viene una retrasada en sus obligaciones para con la Iglesia.. Concluido el Santo Sacrificio, pude hablar con don Enrique, aprovechando un momento en que nos dejaron solos los que le acompañaban.. ¡Ay, hija! está el buen señor todo asustadico y sobresaltado.. Dice que aquí no podéis (p.7561) veros porque viene con él el señor Arcipreste de Tarancón, que no le deja a sol ni sombra.. Nada, que las buenas formas se imponen ahora más que nunca, y que habéis de tener paciencia y disimulo, para que de esto no se entere nadie.. Quedamos en seguir hasta Aranjuez, a donde irá él mañana, en cuanto se sacuda al engorroso Arcipreste y a los zánganos de Sementales.. Aunque nos contraríen estos aplazamientos, yo alabo la cautela de don Enrique, que nos viene muy bien para nuestro decoro.. ¿no te parece? Sí, hija del alma, ya sabe Oliván lo que se pesca.. Este no es un tarambana; este es de los que saben hacer feliz a una mujer sin faltar a la circunspección, y con arreglo a los preceptos.. etcétera..».

 

Ep-39-XXII -

Siempre le fue antipático a Teresa el administrativo personaje. Su alianza con él, gestionada por la sutil tramposa, se le hacía muy dura; por fin, en la situación psicológica que le trajo inopinadamente su destino, el hombre la estomagaba.. Devolvía su persona o la vomitaba como el bolo gástrico de un alimento indigesto, venenoso. Disimuló heroicamente ante su madre las bascas que sentía, y la dejó concluir así: «Pues ahora, prenda, te dejo otra vez. No he venido más que a calmar tu impaciencia. Don Enrique me ha citado en la oficina de Sementales para darme dinero y sus últimas instrucciones.. pues en caso de que en Aranjuez encontremos testigos pegajosos, debemos seguir a Madrid, donde, por la reunión y revoltijo de tantas almas, hay más libertad y menos cuidado de criticones.. Tú te estás aquí quietecita hasta que yo vuelva, y vas recogiendo todo por si es de necesidad que esta misma tarde salgamos pitando, y luego sabrás el dinero que me da.. Pienso que no ha de ser poco, si paga como Dios manda esta vida de vagabundas que llevamos por él».

Desobediente a lo que su madre le mandaba, echose Teresa a la calle minutos después de Manolita, y a distancia discreta la fue siguiendo hasta el lugar llamado Sementales, por una larga calleja transversal que iba a parar cerca de la cabecera del (p.7562) puente. Apostada junto al tronco de un árbol, como a treinta pasos de la portada del Depósito, vio entrar a su madre; vio, además, dos guardias civiles hablando con dos paisanos. Los cuatro entraron luego y volvieron a salir. La presencia de los guardias infundió a la pobre mujer pavor intenso y un deseo muy vivo de intentar el salvamento de Leal.. ¿Pero cómo, si carecía de todo recurso para tal empresa, y a nadie conocía en el pueblo? Nunca como en aquella ocasión echó de menos a Felisa. Si allí estuviera su fiel criada, en ella tendría un auxiliar poderoso, pues era mujer lista, que se metía por el ojo de una aguja.. Privada de tal auxilio, a cuantas personas vio, hombres y mujeres, atentamente miraba, tratando de encontrar en los rostros signos indicadores de bondad y nobles sentimientos.. Pero aun contando con las almas caritativas, poco hacer podría, por falta de dinero. Con lo que sustrajo del bolsón de su madre aquella mañana, la segunda vez que esta la dejó sola, no tenía ni para empezar.. Y ni su madre ni Oliván habían de darle lo que para tal empresa necesitaba.

Alocada por tales amarguras y ansiedad tan honda, pasó el puente y dejó atrás el arrabal. Por último, en su correr incierto de un lado a otro, con el pensamiento en absoluta indisciplina, sintiendo como si llamas de alcohol, azuladas, se arremolinaran dentro de su cerebro, fue a parar a un lugar desolado, donde yacían sinfín de troncos de chopo recién partidos por el hacha, y en uno de estos se sentó, rendida del incesante caminar. Hallándose en aquel osario del reino arbóreo, sintió que en socorro de su tribulación venía una idea, la única que podía consolarla y dar al conflicto una solución eficaz. La sintió llegar a su mente, entrar con timidez.. La incitó a entrar como en su casa, y la acarició después para que no se escapara. Esta idea era compartir la suerte de Leal, y dejarse llevar con él a donde Dios quisiera llevarle. No tardó la voluntad con fuerte vibración en disponerse a ejecutar el soberano deseo. Levantose Teresa del tronco, y con un ojear rápido trató de indagar el (p.7563) mejor camino para trasladarse en breve tiempo a la casa del Águila.. No pocos pasos de un lado a otro tuvo que andar para orientarse, y lo consiguió al fin, describiendo una gran curva al través de los campos. Algunas casas que había visto antes acabaron de señalarle el derrotero. Su idea, como estrella milagrosa de las que alumbran de día, con certera indicación la guiaba.

En el trastorno de sus sentidos para todo lo que no fuese su idea temeraria, vio, como vagos espectros o apariciones, dos hombres agobiados por cargas de sarmientos, chiquillos vagabundos que apedreaban a los pájaros; se fijó en el vacío nido de cigüeñas prendido en la torre de la iglesia; miró el cielo azul, brumoso en el horizonte, el suelo abrillantado por la escarcha, las ovejas flacas que pastaban en los rastrojos, el lejano escuadrón de álamos sin hoja alineados en las márgenes del Tajo.. y al fin, descollando sobre el gris difuso del paisaje, la casa del Águila, de ladrillo viejo y quemado, con violentos chorretazos de rojo sanguíneo.

Al cabo, como en la misteriosa ordenación de los sucesos del mundo no suelen ir estos bien acordados con nuestras ideas, resultó que, de súbito, un vago rumor de humanas voces apartó de la casa del Águila la atención de Teresa, llevándola a un apiñado grupo, distante un tiro de fusil en dirección contraria al pueblo. Creyó ver la moza en aquel gentío tricornios de la Guardia civil. Maquinalmente corrió allá, delante y detrás de unas cuantas personas igualmente movidas de curiosidad.. Poco habían andado, cuando sonó un tiro. Detuviéronse medrosos hombres y mujeres. Alguna gente de la que a los guardias rodeaba, retrocedió con susto y azoramiento.. Teresa oyó estas confusas explicaciones del suceso: «Dos bandidos que cogieron en la casa del Águila.. Nada, que han tenido que matar a uno.. que estaba rabioso y se echó sobre el civil, mordiéndole la mano.. No fue así, mujer.. como el bandido no quería dejarse llevar, y saltó la zanja, de un tiro le dejaron seco.. No, hombre: el bandido sacó un hierro que había cogido de las rejas de la casa, y quiso (p.7564) clavárselo al guardia.. vele allí herido.. el guardia herido.. el bandido muerto.. Ese ya no la hace más.. A la Guardia con esas bromas.. Vamos al pueblo a contarlo.. No vayas, que ya está aquí todo el pueblo».

El corazón de Teresa, con breve lenguaje trágico, dijo a esta que el bandido muerto era Leal. Su propio terror llevó adelante los pasos de la desdichada mujer, y confundida con los curiosos, vio y comprobó con sus ojos lo que el corazón le había dicho. Era Jacinto.. Muerto yacía sobre un ribazo, traspasada la sien de un tiro, contraídos aún brazos y piernas del furor que precedió a su muerte.. Quiso matar, y pereció al primer intento. En la mueca de su rostro quedó estampada su última exclamación de insana rebeldía. Apagados, sus ojos eran fieros; muda, su boca blasfemaba.. Huyó Teresa despavorida en dirección del pueblo; mas luego tomó camino distinto, que si la horrorizó el cadáver de Leal, no menos la espantaba la idea de ver a la sutil zurcidora Manolita Pez. De ella y del remilgado caballero burocrático quería huir para siempre. Voló, pues, con las alas de su pánico; pasó el puente, la calle principal, y aunque el aliento le iba faltando, con esfuerzo de pulmones siguió campos adelante, hasta que desaparecieron de su vista las casas de Fuentidueña de Tajo. Ya era tiempo de respirar, y así lo hizo, tirándose en el suelo.

En aquel reposo de su cuerpo, yacente en el frío rastrojo, fue acometida de una pena insuperable que abrumaba su espíritu. Claramente veía que ella era culpable de la muerte del pobre Leal, porque con increíble simpleza, movida de un miedo nocturno, reveló a su madre el sitio donde el infeliz hombre se ocultaba. Cierto era como la luz del día que su madre llevó el cuento al señor Oliván, este al Alcalde.. Lo demás del terrible suceso por sí mismo se reconstruía.. ¿Quién le sugirió a ella la perversa confianza que tuvo con Manolita, la indiscreción de aquella noche aciaga? El demonio, sin duda. Y el demonio fue más listo que los ángeles, pues antes que estos la incitaran a perdonar, el maldito había tramado la delación.. Sí, sí: (p.7565) todos los agravios fueron perdonados cuando vio a Leal en situación tan miserable, escondido de la justicia como un facineroso. Bien segura estaba de que su intención frente a la siniestra casa del Águila fue perdonar, perdonar sin reserva..

Mas ni con estas consideraciones ni con otras que hizo al ponerse en pie para seguir andando, consiguió el menor alivio de la enorme pesadumbre que tenía sobre su conciencia. Con todo aquel peso y el de su cuerpo fatigado siguió a campo traviesa, hallándose al caer de la tarde en un camino real que, a su parecer, era el que partía de Fuentidueña para los pueblos del Tajuña. Desfallecida, pidió socorro en una caseta de peón caminero, donde su bella persona y traje levantaron un vientecillo de sorpresa, curiosidad y murmuración. La caminera y dos vecinas con chiquillos en brazos le dieron pan y aceitunas, y ofreciéronle hospitalidad para pasar la noche, que ya se venía encima. Aceptó Teresa la comida y no el hospedaje, diciendo que tenía prisa por llegar la pueblo próximo, de cuyo nombre no se acordaba. Maravilladas las mujeres de que la hermosa señora bien trajeada no supiese el nombre del lugar a donde iba, dijéronle que era Villarejo de Salvanés.. Sin disimular con una breve explicación su extraña ignorancia del pueblo a donde se dirigía, siguió adelante, dejando en la casa caminera un remolino de maliciosas conjeturas.

La noche cubrió de sombras el camino. En la soledad medrosa de su andar lento, oyó Teresa tras de sí formidable rumor de creciente intensidad, como si las aguas de un gran río se desbordasen y corriesen en seguimiento de ella para cogerla y arrastrarla al mar. Asustada se detuvo; el ruido no era de aguas desbordadas, sino de miles de caballos que estremecían la carretera con su trotar vivo, quadrupedante sonitu. Apartose, y dejó pasar la ola. Su alterada imaginación le aumentaba la veloz ringlera de corceles, que a su parecer no tenía fin.. No iban desmandados; pero sí con menos orden del que se admira en las marchas ordinarias de Caballería. Oyó las voces de los jinetes, (p.7566) raudas, desgarrándose en la velocidad y estiradas por el viento en flotantes hebras. No entendía; más bien adivinaba.. ¡Prim.. Libertad!

Viendo pasar los veloces caballos, recordó Teresa que en la propia dirección habían ido Clavería con algunos paisanos, y el intrépido vagabundo Santiago Ibero, con su frugal desayuno de queso y pan. Sin duda iban todos hacia el pueblo cercano, cuyo nombre le enseñaron las mujeres en la caseta del caminero. Era Villarejo de Salvanés. Pensando en esto, cristalizó al fin en la mente de Teresa un propósito fijo referente a sí misma, y se dijo: «Por aquí se irá también a Aranjuez, y por Aranjuez pasa el tren de la Mancha. Allá me voy; tomo mi billete de tercera, y me planto en Herencia, donde viviré con Felisa.. hasta que quiera Dios aliviar mi alma de este peso que me agobia».

A Villarejo llegó Iberito al mediodía del 2; al atardecer, Clavería y sus comilitones, que fueron recibidos por amigos disfrazados de paletos. Dijeron estos a Clavería que el movimiento se había preparado en Madrid con arte y precauciones muy sutiles, que forzosamente traerían un éxito loco. ¡Ya era tiempo, vive Dios! Se contaba con tropas de las acantonadas en Leganés, con las del cuartel de la Montaña, y con otras que en el mismo día 3 darían el grito en Ávila y Valladolid, produciéndose de este modo levantamientos simultáneos que el Gobierno no podría sofocar por pronto que acudiese. Se contaba también con la Caballería de Alcalá de Henares y con Cazadores de Figueras, que guarnecían aquella ciudad. En cuanto a los regimientos de Caballería, Calatrava y Bailén, acuartelados el uno en Aranjuez, el otro en Ocaña, ya podían decir que los tenían en la mano. El primero estaba cogido por el capitán Bastos y el coronel Merelo; el segundo traíanlo Terrones y Oñoro: los dos amanecerían en Villarejo. La cosa se presentaba esta vez con buen cariz. El General, con Calatrava y Bailén y las fuerzas de Alcalá, caería sobre Madrid, donde gran parte de las tropas de la guarnición estaría sublevadas.

De madrugada llegó a Villarejo por el (p.7567) lado de Arganda un coche ligero de los que llaman góndolas. En la puerta de una casa de buen aspecto, propiedad de un acomodado labrador de la villa, descendieron cinco caballeros vestidos de cazadores: eran Prim, Milans del Bosch, Pavía y Alburquerque, Monteverde y Carlos Rubio. De este último se duda que fuera vestido de cazador, como dice la historia: en todo caso, su traje sería el de los desastrados pajareros que en las cercanías de Madrid persiguen gorriones y pardillos. Prim, sobre las prendas venatorias, llevaba un gabán con el cuello levantado: se había constipado en el viaje y tiritaba de frío. Monteverde y Milans del Bosch llevaban capotes de campo. En cuerpo gentil iba Pavía, insensible a la baja temperatura. Lo primero que preguntó el General al entrar en la casa fue si habían llegado los uniformes. Allí estaban desde mediodía, y no sólo llegaron los uniformes, sino algunos comisionados de comités de provincias, y mensajeros que traían interesantes avisos y comunicaciones. Entre estas agradó mayormente a Prim la que trajo de Levante un avispado mozo que por su puntualidad y tino, por la ligereza de sus piernas, parecía el hijo predilecto de Mercurio.

Si Alicante y Valencia, como se anunciaba, respondían al movimiento el mismo día 3, apuradillo se vería el Gobierno para acudir a echar agua en tantos incendios. Llegaron asimismo en el curso de la noche paisanos catalanes, entre ellos uno muy arrogante y decidido, cabecilla de agitadores callejeros, a quien llamaban el Noy de las barraquetas. La misión de estos era salir de allí con proclamas que irían repartiendo en todo el tránsito hasta Barcelona.. Nadie durmió aquella noche; nadie pudo eximirse del delirio expectante, del presumir y anticipar el suceso futuro, que todavía era un enigma. En las cabezas grandes y chicas ardían hogueras. Las llamaradas capitales, Prim, Libertad, se subdividían en ilusiones y esperanzas de variados matices: Prim y Libertad serían muy pronto Paz, Ilustración, Progreso, Riqueza, Bienestar..

 

Ep-39-XXIII -

Desde el amanecer, la (p.7568) humilde Villarejo, comúnmente silenciosa y pacífica, parecía un campamento. Calatrava y Bailén, y la turbamulta de paisanos, fueron recibidos con grande estrépito de aclamaciones. Acto seguido, las improvisadas cantineras servían a los sublevados: el aguardiente del vecino Chinchón venía como llovido a confortar los ateridos cuerpos, y a encender en las cabezas los sentimientos más patrióticos. Un vértigo de organización corría de un lado a otro, y las órdenes restallaban a lo largo de las calles villanescas, como las tracas de la fiesta valenciana. ¡Caballos, hacen falta caballos!.. Cuatro fueron los que con el suyo trajo Clavería; de Huete, de Tarancón y Aranjuez vinieron como dos docenas, parte montados, parte conducidos por patriotas.

Al fin, como se pudo arreglose que tuvieran cabalgadura los amigos más inmediatos a Prim, y los demás, los que venían de mirones o para hacer bulto, que se apañaran borricalmente, o en los camellos que la Casa Real había instalado en Aranjuez. Esto decía Milans del Bosch, siempre inquieto y jovial, multiplicándose en los sitios donde había dificultades que vencer. Era corto de estatura, vivísimo de genio. Vistos una vez, nunca se olvidaban su encendido rostro, su bigote largo y su mirar impulsivo. El auditor de Guerra, Monteverde, cautivaba la atención por su lucida estatura y la nobleza y hermosas líneas de su rostro, alta la frente, blanquísima la barba. Dejábase tratar llanamente de todo el mundo, y sus compatriotas, los canarios, le llamaban Frasco Monteverde; era hombre modesto, sencillísimo, afable, gran corazón, y uno de los amigos más adictos y leales que tuvo don Juan Prim. Pavía no se dejó ver en la calle, atento al estado de ánimo del General, que a las seis de la madrugada extrañaba no haber recibido aviso de hallarse en marcha los sublevados de Alcalá; a las ocho comenzó a sentir inquietud, y a las diez impulsos de montar a caballo para salirles al encuentro. En el pueblo corría la voz de que los de Alcalá estaban ya en Pozuelo del Rey; pero ¿quién había traído la noticia? (p.7569) Los pájaros, el deseo tal vez.

Ello era que no sin motivo se hallaban todos en ascuas, porque al General se habían dado vehementes seguridades de que los Cazadores de Albuera, los Coraceros del Rey y de la Reina, con Cazadores de Figueras, se pondrían en marcha en la noche del 2 al 3.. En estas ansiedades estaban los más allegados a Prim, cuando llegó a Villarejo, reventando el caballo, un capitán llamado don Bernardo del Amo con la tristísima nueva de que las fuerzas de Alcalá no habían podido salir, y que las de Madrid se quedaban en sus cuarteles esperando mejor ocasión. ¡Y para traer la noticia de tal desastre, el capitán había corrido con velocidad de hipogrifo! ¿Pero qué había pasado? El jadeante mensajero no podía contestar concretamente. Los de Alcalá no salieron cuando debían, por un error o azoramiento de Lagunero; y antes de que intentaran salir nuevamente, se echó encima el General Vega Inclán, a quien había telegrafiado el Gobierno.. En Madrid, según indicó Del Amo, hubo imprudencias, delaciones.. Sobre los entusiasmos de Villarejo se desplomó el cielo con toda su pesadumbre glacial de tenebrosas nubes.

Si el horrible desengaño dejó a los pobres insurrectos enteramente aplanados y casi sin respiración, Prim oyó con frío dolor la noticia, que era un toque más de la fatídica trompeta del fracaso, que ya conocían bien sus oídos. De tantos golpes y adversidades, de tantas esperanzas fallidas en el momento supremo, el hombre se había hecho estoico. Su alma se revestía de coraza durísima, y su propio amargor bilioso le tenía bien preparado para más intensas amarguras. La magna empresa política y militar requería el valor de los héroes, la paciencia de los bienaventurados, y quizás la abnegación de los mártires. De todo había de tener un poco y aun un mucho, pues el reino de la Justicia y de la Libertad que intentaba conquistar, se alejaba cuando parecía estar al alcance de la mano, y a cada embestida del expugnador se revestía de mayor fortaleza.. Y ante el nuevo fracaso érale forzoso aguzar su (p.7570) entendimiento para decidir pronto si debía volverse a su casa vestido de cazador como vino, o ceñirse la espada y montar a caballo para salir a una fugaz aventurilla en los campos manchegos. Lo primero era desairado, lo segundo peligroso. Optó por lo peligroso, solución más conforme con su altivez. Había llegado a Villarejo con la ilusión de reunir un ejército como el que O'Donnell llevó a Vicálvaro, y el mons parturiens no le dio más que los húsares de Aranjuez y Ocaña. ¿Cuál era el contingente efectivo de Calatrava y Bailén? Pavía le dio la cifra exacta: Seiscientos ochenta y cuatro hombres.

Pues con sus seiscientos ochenta y cuatro jinetes y la irregular cuadrilla de paisanos armados, se sostendría en campaña todo el tiempo que pudiese. Corría el riesgo de ser acosado por tropas que O'Donnell mandara en su persecución. ¿Pero no podría sobrevenir algo feliz entre tantas adversidades? Aún no se tenían noticias de Ávila, donde Campos y González Iscar debieron pronunciar el batallón de Almansa; ni de Zamora, donde Villegas y Pieltain cooperaban resueltamente. Si estos cumplían en Castilla, y Latorre en Valencia, y Ferré no se había dormido en Tortosa, quizás el alzamiento, que tan torcido nació en Villarejo, podría enderezarse, cobrar aliento y vida.. Adelante, pues, y Dios diría. Decidido a probar fortuna y sin oír otra voz que la de su esforzado corazón, salió Prim al campo; arengó a sus húsares, que le respondieron con vítores ardientes, y quedó dispuesto que se dedicara la noche al descanso, pues tenían por delante grandes fatigas y privaciones.

En las primeras horas de la mañana del 4, con un frío casi glacial, salió de Villarejo la tropa sublevada. Hallábase el gran Ibero en la plaza, metiendo maletas y fardos de víveres en la góndola que había traído al General y a sus amigos, cuando se sintió tocado brusca y pesadamente en el hombro. Al volverse, se encontró con la cara rugosa de un payo viejo y estas corteses razones: «¿Es usted por casualidad un mozo de ojos negros mismamente, a quien llaman Santiago Ibero?.. ¿Sí?.. (p.7571) Gracias a Dios que acierto, señor. Pues vengo de parte de una señora que en mi casa está, si no moribunda, poco menos». Respondiole Ibero que él no podía dejar su obligación por acudir a mujeres desconocidas, y el hombre siguió así: «Bien hará en ir a donde le llaman, que la señora desvalida tiene buena traza, y en el llorar y en la hermosura es, a mi ver, como la Magdalena, aunque sea mala comparación.. Y dígame ahora dónde se halla un caballero militar llamado don Jesús, a quien también desea ver la madama». Ibero señaló a Clavería, que muy cerca estaba, instruyendo a los paisanos en el orden de marcha.. Antes de abocarse con él, el payo indicó a Ibero la situación de su casa, que blanqueaba no lejos de allí, a la incierta claridad de la mañana brumosa.. Fue Santiago de un vuelo al sitio de donde con tanto apremio le llamaban, y vio a Teresa en estado lastimoso, yacente sobre una estera, mal cubierta de mantas, la hermosa cabellera destrenzada y terrosa como si hubiera servido de escoba para barrer el suelo, encendidos los ojos de fiebre y llanto.. Una vieja y dos mozas en cuclillas junto a ella, la miraban con piedad y querían reponerla con friegas y vino caliente.

Apenas vio al errante mozo, trató la doliente Teresa de explicarle con entrecortadas voces su situación y sus deseos.. Se había quedado sola en el mundo. Ya no tenía madre; ya no tenía tampoco a Leal.. Todo su afán era reunirse con su criada Felisa, habitante en Herencia. Andando había la infeliz toda la noche.. Sacando fuerzas de flaqueza, trataba de llegar a Aranjuez, donde tomaría el tren hasta Madridejos.. pero le habían faltado las fuerzas, cayéndose como cuerpo muerto en el camino real.. En esta parte de la relación, entró Clavería, y Teresa hubo de repetir algo de lo dicho, refiriendo además la desastrada muerte de Leal.. En su desolación, entendió que Dios no la abandonaba por completo. Acordose de los amigos que tenía en el ejército de Prim, y a ellos acudió en demanda de socorro, pues aunque no le faltaba dinero para tomar en Aranjuez billete de (p.7572) tercera, no lo poseía para llegar al Real Sitio en cualquier galeón o carromato, y antes que ir a pie, prefería que la llevasen de una vez a la sepultura.

No la dejó concluir Clavería. Impaciente y compadecido, fluctuaba entre sus obligaciones, momentos antes de la marcha, y su piadoso deseo de atender a la guapa moza. Solucionó al fin estas dudas a lo militar, soltando cuatro gritos y apoyándolos con patadas enérgicas. «No podemos entretenernos en arreglarle a usted su viaje, Teresa.. ¿A dónde va, pues? ¿A Herencia, a Madridejos, a la Argamasilla? No, no lo repita usted, Teresita, pues ni tiempo de escucharla tenemos ya.. Yo no puedo abandonar.. a la viuda de un tan querido amigo mío.. ¡Eh, hala!.. usted se viene con nosotros.. Chitón.. no admito réplica ni observaciones.. ¿Qué tiene que decir?.. Silencio.. A callar digo. Ibero, cógela y métela en la góndola. Si chilla, que chille: no le hagas caso.. Cuando el carricoche pase por aquí, mandas parar, y adentro con ella. Figúrate que es un fardo más que llevas.. un bulto más, quiero decir.. Abur.. Hasta luego». Corrió desalado.. ya los batidores y cornetas iban saliendo del pueblo.

No le valió a Teresa protestar del despótico proceder de Clavería. Hecho Iberito a la estricta obediencia de lo que se le mandaba, metió en la góndola el no muy pesado bulto de Teresa, como una carguita más entre las que se llevaban; le arregló en el interior el mejor y más cómodo sitio para que descansara, y.. andando velas.. ¡Rediez! antes de pelear habían cogido los sublevados un hermoso botín. Por cierto que al enterarse del camino que seguían, volvió Teresa al tole-tole de su espanto y lloriqueo, diciendo: «¿Pero qué.. me llevan otra vez a Fuentidueña? No, por Dios, no.. Ibero, déjame en medio de la carretera antes que llevarme a ese pueblo donde puede verme mi madre, puede verme el desaborido señor de Oliván..». Recomendole Ibero silencio y paciencia; y como la quejumbrosa no le hiciera gran caso, tomó la actitud de un guardián inflexible, y así le dijo: «Usted, señora, va donde la lleven, y yo, (p.7573) que aquí estoy para cuidar de usted como ha mandado el señor Clavería, no la echaré a la carretera, ¿estamos? Cierre el pico y no tenga miedo, que aquí no se permiten alborotos.. El capitán ha dicho que al pasar por los pueblos se guarde el mayor silencio.. y que de haber gritos, sea no más que ¡viva Prim.. viva la Libertad! pero de ningún modo gemidos ni cosas tristes, porque tal como va usted, señora, parece que la hemos robado para divertirnos por el camino».

Y pasaron por Fuentidueña sin tropiezo: Prim y sus húsares aclamados, aunque nadie sabía si traían la victoria o iban tras ella; Teresa inadvertida, cuidadosamente arrebujada y tapándose la cara con un pañuelo. Lo primero que hizo Prim una vez que pasó el Tajo fue mandar cortar el puente, incomunicando así su menguado ejército con las columnas que O'Donnell había de mandar en su persecución. Sin detenerse dejó la carretera de las Cabrillas, siguiendo por caminos transversales hasta Santa Cruz de la Zarza, donde pernoctó. Alojáronse los principales de la expedición en casas del pueblo, otros en corralizas y corralones, y Teresa quedó muy a gusto en el coche, pues, según dijo mil veces, no quería que nadie la viese y sólo deseaba llegar pronto a una estación del ferrocarril por donde pudiera encaminarse a Herencia.

A visitarla fue Jesús Clavería, y la encontró más consolada y repuesta, aunque todavía chillaba de vez en cuando; que tan fácilmente no había de pasar la trágica emoción de su desdicha. Ordenó luego al buen Ibero que si Teresa no iba bien en la góndola, la trasladase a un carro de la impedimenta, acomodándola sobre sacas de paja. También le recomendó con severidad que cuidase a la lastimada y enferma señora, y al fin le dijo: «De acuerdo con el General, te dejo venir en la columna, en previsión de algún servicio que puedas prestar; pero ya sabes.. has de obedecer ciegamente cuanto se te mande. Con tu vida me respondes de que Teresa no tendrá nada que sentir en su viaje, y de que nadie le ha de faltar al respeto y consideraciones que se le deben». Tan al pie (p.7574) de la letra cumplió Iberito estos mandatos, que aquella noche misma hubo de tener una seria cuestión con dos albéitares de Calatrava, que se permitieron ametrallar con chicoleos a Teresita, por pasar el rato y tantear el terreno.. que si tendría los ojos más bonitos si no llorara tanto.. que si se tapaba demasiado la pechera.. que ellos le darían conversación para distraerla.. Todo esto le pareció a Ibero de una descortesía impertinente, y llegándose a ellos en actitud decidida y calmosa, les dijo: «Caballeros, déjense de ofender a esta señora con flechazos y tonterías, porque aquí estoy yo con órdenes terminantes para no permitirlo.. ¿Qué?.. ¿Se ríen?.. ¿Toman a chacota lo que les digo?.. Pues el guasón que no esté conforme, salga al camino con el arma que quiera o a puño limpio, y Dios dirá quién se ríe y quién se pone serio.. Fuera de aquí, y que no les vea yo más molestando a esta señora».

 

Ep-39-XXIV -

Penetrando en el espíritu de Jesús Clavería y leyendo en él la verdadera intención del interés que por Teresa se tomaba, lo primero que se encuentra es la piedad, después el egoísmo, que en todo hombre existe más o menos imperante, aunque lleve el nombre de nuestro Salvador. Pensaba el amigo de Leal que muerto este, le correspondía la herencia de los únicos bienes que al morir dejaba, las gracias de Teresa. La viudez de esta no podía ser larga, si en Madrid hacía feria de sus encantos. Pues él, Jesús Clavería, la libraba del sonrojo de buscar nueva protección, y conociéndose ambos como se conocían, seguramente habían de llegar a formal inteligencia. Firme en esta idea desde el instante en que la encontró desolada en el casucho de Villarejo, determinó llevársela en el convoy hasta donde pudiese sin escándalo. Procuraba que ni sus compañeros ni el General le descubrieran el botín. De aquellos temía la envidiosa rivalidad; de Prim que prohibiese llevar en su ejército sublevado impedimenta de mujeres.

De Santa Cruz de la Zarza salieron el día 5, buscando los caminos manchegos. Por el excelente espionaje que le servía, supo Prim (p.7575) que el General Zabala, destinado a perseguirle con tres batallones de Infantería, seis escuadrones y ocho piezas de batalla, había llegado a Villarejo en la noche del 4. ¡Qué acertado fue inutilizar el puente! Zabala no podía seguir otro camino que el de Colmenar y Aranjuez para cortar el paso a los sublevados en algún punto de la línea de Alicante, si estos la pasaban para tomar la dirección de Portugal. Pero Prim picó espuelas, y arreando toda la noche adelantó muchas horas a Zabala. Al amanecer del 6, divisaba los molinos de viento de Tembleque. ¡Oh Mancha, oh tierra del ensueño caballeresco!.. Por cierto que en aquel punto quiso Teresa quedarse; mas la disuadieron con el engaño de que la columna pasaría por la propia Herencia. Notó Ibero que la pobre mujer no se rebelaba ya tan enérgicamente contra estas fábulas, o que iba entrando en la superchería, dejándose querer, dejándose llevar. Y el bravo Teniente Coronel, acariciando sus gratos pensamientos amorosos, se decía: «¡Qué Herencia ni qué niño muerto! Aquí no hay más herencia que la mía, que yo la heredo, que Leal me ha dejado por heredero.. y aquí no ha pasado nada».

Camino de Madridejos, donde pensaba pernoctar, supo Prim que además de Zabala venía contra él el General Concha, que había improvisado una columna con dos compañías sacadas de Albacete y paisanos armados. Y no era esto sólo, pues de Madrid venía Echagüe con tropas de todas armas. Hallábase, pues, entre tres fuegos, entre tres Generales aguerridos, que se disputarían la gloria de cogerle y hacerle pagar cara su insana osadía. No sería flojo triunfo burlarles a los tres y escabullirse por entre los pies y patas de tantos hombres y caballos.. En Madridejos, donde pasaron la noche del 5 al 6, no expresó Teresa con tanto ardor su propósito de ir a reunirse con Felisa; más bien se notaba frialdad en lo que días antes fue deseo febril. Las impresiones trágicas se borraban quizás, o sólo persistían en la forma de turbación de conciencia. El gusto de vivir en conformidad con el destino iba ganando (p.7576) terreno en aquella pobre alma, y los accidentes del viaje, que ya traían incomodidad, ya novedades y distracciones, producían el efecto sedante. De nada carecía; los conductores del carro, bien gratificados, la trataban con respetuosas consideraciones, creyendo tal vez que era una condesa o archipámpana que llevaban en rehenes, y por fin, para mayor tranquilidad de ella, se iba disipando el peligro de que su presencia causase escándalo, pues desde Tembleque venían no pocas mujeres agregadas al convoy, unas arrastradas con vago magnetismo por la tropa, otras movidas de su propio impulso a la granjería de cantineras o proveedoras. La cola de un ejército, y más si este va sublevado proclamando altos ideales, la emancipación de los esclavos, el fuero de los humildes, lleva y arrastra siempre un jirón del temporal o eterno femenino.

De Madridejos siguieron a Villarta, donde el General recibió el soplo de que por el tren iban treinta vagones de tropa en dirección a Manzanares. Mientras Prim descabezaba un sueño en Villarta, Zabala dormía en Tembleque, distante cuatro leguas. En Daimiel acechaban al rebelde fuerzas superiores, y a Toledo se aproximaban ya Echagüe y Serrano del Castillo. Por cierto que al de Reus le sacó de quicio lo que de él dijeron Concha en su proclama de Alcázar de San Juan, y O'Donnell en su discurso del Senado. El primero le llamó traidor y cobarde; el segundo denigro a su rival con la especie de que al salir de Villarejo había huido cobardemente. Para acabarlo de arreglar, don Leopoldo dijo a aquella sesión tonterías angélicas, de las que él mismo para su sayo había de reírse: que nadie se había unido al General sublevado; que el ejército estaba indignadísimo, y que de toda la Península venían telegramas expresando el amor de los pueblos a su Reina, y el entusiasmo por el Orden Público. Con perdón del ilustre Duque de Tetuán, el grave historiador Confusio se permite afirmar que, desde Túbal hasta nuestros días, ningún español se ha entusiasmado por el Orden Público.. Hablando en plata, ridícula era la (p.7577) indignación de Concha y O'Donnell, sublevados el 41 y el 54. Ninguno de los dos tenía autoridad para coger la trompa y dar con ella estridentes notas de disciplina.

Ninguna importancia tienen en la Historia estos trompetazos, vano ruido de los principios, que no ahoga la música rítmica de los hechos. Lo que sí tiene importancia histórica es que, alojada Teresita en una buena casa de Villarta, entró en ella requiriendo agua, jabón y peines, deseosa de adecentar su persona y quitarse la mugre y sombras de tristeza que la deslucían. Gran parte de la noche empleó en acicalarse y en restaurar su hermosura, que estaba como empañada; luego le sirvieron la cena, y otra vez al carro, de pajosas blanduras.. A las dos de la madrugada salieron en dirección de Daimiel, atrevida marcha que dispuso Prim para mayor burla de sus perseguidores. Avanzó la columna toda la mañana por terreno blando, pantanoso, erizado de peligros para la Caballería; pasaron muy cerca de los Ojos del Guadiana, que en aquellos húmedos lugares sale a ver la luz después de soterrarse como avergonzado de sí mismo; vadearon charcas, pisaron juncales y eneas, y al amanecer, a la vista del pueblo, desfilaron de dos en dos por estrecha faja de tierra. Allí dispuso el General un rápido quiebro hacia el Norte; pasaron nuevamente por los Ojos, vadearon el río con el agua al pecho de los caballos, y sufriendo ásperos rigores de la humedad y el frío, llegaron a Villarrubia de los Ojos, lugar grande, cuyos moradores trabajan, tuercen y manipulan la enea para fondos de sillas y otros utensilios; lugar además bien abastecido de quesos, hogazas, corderos y otras materias nutritivas, y de añadidura el más liberal y expansivo de toda la Mancha.

Salieron a recibir a los sublevados alcalde y médico, señorío, pueblo y hasta los curas, con lucida vanguardia de mujeres y muchachos, cuyos clamores y chillidos alegraban el aire vago. Allí, cuanto había en el pueblo se les brindó para mantenimiento de la tropa; allí se improvisaron festejos, con música de guitarras y bulla de panderetas; (p.7578) allí, en fin, no quedó alabanza ni lisonja que no le dijeran al de los Castillejos por su valor y liberalismo. Pero el entusiasmo de la honrada villa fue defraudado por el propio don Juan, al decir que sólo permanecería el tiempo preciso para dar a caballos y hombres un breve descanso. Monteverde, Milans del Bosch y Clavería aprovecharon la breve parada para salir a los alrededores del pueblo a una tirada de palomas, que en espesas bandadas por el inmenso cielo discurrían, y en un par de horas mataron y cobraron algunas docenas de aquellas inocentes aves.

Corto tiempo duró el regocijo, porque el General mandó tocar a botasilla, y con desconsuelo de unos y otros salieron las tropas, tomando la dirección de los montes de Toledo. ¿A dónde iban? Siempre atrevido y gallardo, discurrió don Juan obsequiar con una cena en sus dominios, el palacio y cazadero de Urda, a los soldados y oficiales que en aquella sin igual aventura le seguían. Fue una humorada de gran señor y una temeridad de caudillo, pues iban a colocarse a pocas horas de Echagüe. ¿Pero qué importaba? (p.7579)

«A los que sostienen que es un disparate estratégico -dijo a sus allegados-, les contestaré que es impulso mío, iniciado al llegar a Villarrubia, y los impulsos que con violencia nacen en mi ánimo jamás los sofoco, porque sé que no han de conducirme a nada malo. Adelante y démonos prisa, que a un paso regular pienso que allá estaremos a las diez de la noche.. ¡Qué gusto poder dar a estos leales muchachos el repuesto de vinos de primera que allí tengo! Todo es poco para ellos, que me siguen sin saber a dónde los llevo.. Por de pronto, los llevo a mi casa.. después ya se verá, porque los olores de nuestra cena podrían llegar hasta las narices de Zabala o Echagüe, y entonces.. ¡sabe Dios!.. ¡Ah, cómo se habían de divertir mis amigos Salamanca y Carriquiri si los tuviéramos aquí!.. Y ellos estarán ahora diciendo: '¿Por dónde andará ese loco de Prim?..'. Y el loco de Prim, el traidor y cobarde Prim, camino de Urda.. He aquí un (p.7580) sublevado que se va a su casa..».

Con estas y otras humoradas iban ganando camino. Al anochecer, el terreno se les endurecía, se les elevaba, presentándoles repechos y accidentes que con ímpetu vencían los valientes caballos. La noche se presentó obscura, fría y serena, y el cielo sin luna les mostraba la gala de sus constelaciones. Pronto se vieron rodeados de sombrías masas arbóreas, chaparros agigantados por la obscuridad. Penetraban en el monte; la Caballería, de dos en dos, culebreaba por los senderos torcidos, buscando la divisoria entre las aguas de Guadiana y Tajo; a veces su paso era lento, por obstáculos del camino o por vacilación de los guías. Después de las diez, salió por las Sierras del Conde una luna menguante, roja, con media cara comida.. Dijérase una cara con dolor de muelas, entrapajada del lado izquierdo; pero aun así, la presencia de la diosa infundió gran regocijo a los caminantes, que con exclamaciones de alborozo saludaron la dulce claridad que les traía. Iba la luna perdiendo su encendido color conforme subía por los cielos adelante, bruñidos como bóveda de acero. Las pocas nubes que los enturbiaban antes de la aparición del astro, se retiraron barridas por la escoba de un nordestillo sutil. Dentro de sus dólmenes mataban los húsares el frío, que aún no era demasiado intenso, y los caballos no sentían bajo sus cascos la dureza de la helada. La claridad lunar, melancólica, que parecía traer a los oídos murmullos de consejas, alumbraba el país, dando su verdadera forma a la vegetación enana, chaparros, enebros y escaramujos, y a la más corpulenta de hayas y encinas, algunas de silueta extravagante. Conforme adelantaban, iba creciendo a la vista la flora selvática, que de improviso desaparecía, dejando ver las lomas calvas, en cuyas redondeces desleía la luna tintas aquí verdosas, allá violadas.

Reaparecían las masas de monte bajo y alto. Luego se vieron fogatas de carboneros.. Hacia ellos iba el ciempiés ondulante de la Caballería, traqueteando con infinita cadencia de los herrados cascos sobre un suelo (p.7581) desigual, torcido, pedregoso.. Pasó junto a los carboneros la tropa sublevada con su General a la cabeza, y aquellos infelices, que en faena tan ruda se pasaban la vida, el pecho al fuego y espaldas al frío glacial, miraban a los húsares como un ejercito fantástico. Atónitos y con la boca abierta permanecían viéndolos pasar, sin saber de dónde salían tales hombres, ni qué buscaban por aquellos riscosos vericuetos. No podía ser de otro modo; sus ideas políticas eran muy vagas, su conocimiento del mundo harto borroso. Conocían a Prim de nombre; algunos le vieron cazar en el coto de Urda.. ¡Pobre gente! Para ellos no había más obstáculos tradicionales que la nieve y ventisca, la miseria y el bajo precio del carbón.

 

Ep-39-XXV -

En Urda ya la columna, el General, sus amigos y la oficialidad se alojaron en el palacio, que parecía castillo. Los restantes acomodáronse en las dependencias, y a la tropa se le dio orden de acampar en el lugar más abrigado del monte, con permiso de hacer hogueras, cortando toda la leña que fuese menester. El General repartiría entre sus leales soldados la bucólica y la bebida fina que en sus bodegas y despensa guardaba. La juvenil alegría dio a los soldados increíble presteza para proveerse de combustible y encender buen número de fogatas. Los grupos, bulliciosos, se formaban, se descomponían y volvían a formarse por improvisadas o antiguas atracciones de amistad. Toda la loma próxima al castillo se convirtió en verbena, iluminada por las llamas y por el júbilo que encendía los corazones.. No sintió poco el buen Clavería tener que aceptar alojamiento dentro del castillo. Rehusarlo sin que se trasluciera la causa de su desgana, no podía ser; y aunque Milans y Monteverde estaban en el ajo, y quizás el General, la dignidad no le permitía descubrir su flaco. Dispuso que Teresa vivaquease en un sitio que él designó, en los extremos del campamento; mandó arrimar el carro, encender una buena fogata, y se llevó consigo a Ibero para enviarlo luego con lo mejor que pudo encontrar: fiambres (p.7582) excelentes, botellas de Burdeos y Borgoña, y un palomino de añadidura.

Bien se le conoció a Teresa que era de su agrado el campamento nocturno con aire y toques de verbena, sin duda por ser cosa no esperada y novísima, contraria totalmente a las privaciones propias de un ejército en campaña. A pesar del frío, le causaba desazón el resplandor ardiente que en la cara recibía, y con la venia de su guardián se apartó al resguardo de unas retamas espesas, que eran cómoda pantalla frente a la hoguera. Quedaba, pues, la buena moza en una sombra agujereada, y así recogía un calor discreto cernido por los huequecillos de la planta. Allí fue Ibero para llevarle el pichón asado, un fiambre superior, galletitas sabrosas y vino de Burdeos. Todo esto en platos, con tenedores, cuchillos, vasos, y cuanto se necesitaba para cenar con limpieza, que así las gastaba el castellano de Urda con sus comensales, ya se albergaran en el castillo, ya camparan a la intemperie. Los soldados sabían prescindir de tales adminículos, empleando el desembarazado servicio de sus dedos. Retenido por Teresa, que quiso darle parte en todo lo que cenaba, Santiago se sentó a la sombra de las retamas, junto a la hermosa mujer, y observando que comía con mediano apetito, le dijo: «Bien se ve que va usted reponiéndose, y que todas aquellas tristezas y ganas de morirse se han ido quedando en las zarzas del camino. Por eso no hay cosa mejor que correr, correr por el mundo. Yo lo he probado.

-Lo que ves, Santiago, es la obra natural del tiempo, que cuando una quiere morirse, él no la deja, y es también efecto de los aires puros y del descanso.. Pues aunque me veas animada y hasta de buen color, no pienses que mis penas se calman, ni que estoy menos desesperada que lo estaba en Villarejo.. Del suceso de Tarancón me ha quedado remordimiento tan grande, que no sé cómo conllevarlo: no puedo echar de mi cabeza la idea de que Leal pareció por culpa mía; de que yo vine a ser quien le mató, pues muerte fue haberle dicho a mi madre dónde estaba escondido.

- (p.7583) Pero también me ha contado usted que el decirlo a su madre fue por un sobrecogimiento y terror de media noche. Esto le disminuye la culpa.

-No disminuye, Santiago, no y no -dijo Teresa, que al tiempo que comía con finura y boca chiquita, quiso presumir de conciencia muy escrupulosa-. Lo que yo siento más es que Jesús Clavería, en vez de llevarme en la columna, llamando la atención y dando qué hablar a la tropa, no me dejara en donde yo pudiera confesarme..

-¡Lástima que no traigamos castrense!

-Mientras yo no le cuente a Dios este gran delito, no se me aliviará la conciencia, ni tendré paz en mi alma. Pero si yo le dijese a Clavería que me dejara ir a confesarme a Toledo, donde hay más curas que longanizas, me soltaría cuatro ternos, y tendríamos un disgusto».

En este punto de la conversación, los pensamientos de ambos interpusieron una pausa, que cortó Ibero después de comer un bocadito y rascarse la oreja. «A mí me ha enseñado mi maestro don Ramón Lagier -dijo-, que cuando tenemos el alma pesarosa, por culpas cometidas, no debemos esperar a encontrar cura, pues para esto cualquier persona natural es cura.. o como quien dice, que el sacerdocio no debe ser oficio de unos cuantos, sino función de todos..

-¡Valientes disparates te ha enseñado tu don Ramón!.. ¡Confesarme con Juan o Pedro!.. ¡Bonita religión me gastas, chico! Y todo es para decirme con rodeos que me confiese contigo.

-No le digo tal cosa. Pero si quiere referirme sus pecados, los oiré.

-Mis pecados ya los sabes; los sabe todo el mundo, porque no soy hipócrita, y tengo mi conducta por todos lados abierta, para que la fisgoneen los ojos amigos y enemigos.. Dime de ellos todo lo que se te ocurra, clérigo sin misa.. Y de mis remordimientos por la muerte de Leal, ¿qué me dices?

-Pues antes de decir lo que pienso, he de saber si usted quería, si amaba con verdadero amor al hombre muerto por la Guardia civil».

Perpleja dejó Teresita en el plato el pedazo que comía, que era de lengua escarlata, y soltó la suya para decir sin gran timidez: «Amor.. (p.7584) lo que amor se llama, no sentía yo por él.. Ese sentimiento es raro, y sólo una vez en la vida o de tarde en tarde lo sentimos.. ¿Entiendes tú de eso, o es menester que yo instruya a mi confesor? Amor no se puede tener a muchos hombres uno tras otro.. se tiene, cuando Dios lo manda, por uno, por cualquiera, a veces por el que parece menos digno.. No sé si me entenderás; eres un inocente.. Pero si ese amor no lo sentía yo por Jacinto, la estimación en que yo siempre le tuve era muy grande. Él fue mi sostén largo tiempo, y atendió a mis necesidades con largueza; él me cuidó en mi enfermedad como si fuera yo su esposa o su hija.. ¿Qué dices, tonto? ¿Por qué miras al suelo?.. ¿Buscas en él una respuesta que te habrán escrito los espíritus? Tú no entiendes de amor, Ibero, y es tontería que quieras meterte a médico de las almas».

Distraídos por la bullanga que alegraba el campamento, suspendieron su conversación. Los soldados reían y cantaban, improvisando coplas, y junto a la hoguera que daba demasiado calor a Ibero y Teresita, un despabilado húsar soltó este cantar, que cayó en gracia y fue corriendo de boca en boca por toda la columna: «Con Prim a la cabeza, -y el brigadier Milans, -BAILÉN y CALATRAVA -a la victoria irán». A la madrugada, el cansancio y las libaciones apagaban el entusiasmo alegre. Callaban una tras otra las voces, absorbidas por el sueño, y las últimas que se anegaron en el silencio fueron las de la gente adyecticia de ambos sexos, cantineros y arrimados. Esta cola de la cola vivaqueaba lejos de Teresita, que al sentar sus reales pidió ser colocada distante de la patulea.. Preguntole Ibero si quería recogerse a su carro, y ella contestó que no tenía sueño; que con las cosas que él le dijo, la conciencia se le había puesto en mayor alboroto. Opinó Santiago que debía esperar consuelo del tiempo y de una vida de rectitud, a lo que asintió Teresa diciendo: «Si logro hacerme a la moralidad y a la modestia, Dios me perdonará.. y también me perdonará Leal, ya esté en el Purgatorio, ya esté en el Cielo.

-Se encuentra -afirmó (p.7585) Ibero con viveza-, en la infinidad del Universo, donde los seres que en cuerpo aborrecieron, en espíritu se adornan de bondad y perdonan..

-Ahora recuerdo -dijo Teresa como sorprendida de su flaca memoria-, que crees en esa religión, o en esa magia de los espíritus..». Viendo a Ibero afirmar con la cabeza, prosiguió así: «Los cuerpos se descomponen, y los espíritus van y vienen.. moran en el cielo, en el aire, o en lo que no es el aire; vuelven acá cuando les da la gana, andan entre nosotros, y ven lo que hacemos y oyen lo que decimos.. ¿No es eso?..». Nuevas afirmaciones de Ibero con la cabeza. Teresa se levantó bruscamente murmurando: «Por Dios, no me digas esas cosas, que me dan mucho miedo.. ¡Los espíritus aquí, volando entre nosotros por esta obscuridad, entre estas breñas!.. ¡Y vendrán, y me tocarán.. tocar no, porque no tienen manos, no tienen cuerpo..! ¡Jesús, Virgen Santísima, amparadme.. defendedme de los espíritus!.. ¡Ay, qué miedo! Que se vayan al Cielo, al Purgatorio, y me dejen en paz». Desoyendo lo que Ibero le decía para tranquilizarla, se apartó de la hoguera, por entre retamares más cerrados y laberínticos. Tras ella fue Santiago; pero el temor de asustarla le mantuvo a corta distancia.

Teresa entonces alzó la voz llamándole: «Santiago, acércate; no me dejes sola. Sola tengo más miedo.. Por aquí hay espíritus. ¡Oh, qué miedo! Yo no los veo; pero ellos me ven a mí.. yo siento que me ven». Llegose Ibero, y la cogió de una mano suavemente para volverla a donde antes estuvieron. En los matorrales penetraba la luz de la luna por aberturas y huequecillos de las formas más irregulares. Masas de vegetación se iluminaban fantásticamente, y otras quedaban en sombras angulosas, extravagantes, trágicas, burlescas.. Aterrada, se llevó Teresa la mano a los ojos, dejándose conducir por Ibero como un ciego por su lazarillo.. «Tengo mucho frío.. El terror me ha dejado helada -le dijo cuando llegaban junto a la hoguera-. Déjame sentar aquí un rato.. Toca mis manos.. son hielo.. Como hablábamos de (p.7586) espíritus.. No: era yo quien hablaba, y tú decías que sí con cabezadas.. Pues me pareció que andaban detrás y delante de mí.. Ahora mismo, si cierro los ojos, los veo.. no es ver precisamente, es sentirlos.. y también, créemelo, oí como suspiros.. ruido de pasos por el aire, ruido de gasas que rozaban con los espinos.. No sé, no sé.. Lo que más me aterra, Santiago, es sentir detrás de mí a Leal, y oír que me dice.. 'Perra, por ti me mataron'. Siempre me llamaba perra cuando se ponía furioso..

-Todo ese terror -le dijo Ibero-, es imaginación o sobresalto nervioso, y nada tiene que ver con el Espiritismo.. Yo no puedo explicar a usted ahora lo que creo, lo que mi maestro me enseñó, y lo que he podido experimentar yo mismo. No se puede enseñar eso sino a las personas dispuestas a creer y que están con el ánimo sereno. A los medrosos y a los incrédulos no hay manera de aleccionarlos. Hablemos de otra cosa».

La hoguera sin llamas era ya un gran rescoldo en que relucían las brasas con esplendor decadente, rodeadas de tizones humeantes. Dormían los soldados a la larga o en posturas insólitas. Teresa, sentada, los codos en las rodillas, y el rostro en la palma de una mano, miraba las brasas, buscando en los cambiantes del fuego entre cenizas signos de un lenguaje desconocido, y por desconocido interesante. Alzando de pronto sus miradas al cielo, hizo la observación de que la claridad de la luna quitaba su brillo a las estrellas, y apenas se veían pestañeando las más grandes. «Sin verlas -dijo Ibero-, yo sé dónde están todas las que conocemos y estudiamos. Mi maestro me ha enseñado el cielo y yo me lo sé de memoria; puedo decir en cada estación y en cada mes y en cada día: 'Ahí está tal constelación, tal estrella'. Vea usted, Teresa, y apréndalo si quiere, que este libro del firmamento enseña más que todos los que hay en la tierra estrellados de letras de molde.. Aquí, sobre nuestras cabezas, tenemos la Cabra: se ve bien clara. Más abajo, los Gemelos. A la derecha, cayendo ya hacia Occidente, tiene usted a Orión, la gala del cielo; encima el Toro, y debajo el Can (p.7587) Mayor. Brilla tanto, que parece que nos sonríe y que nos habla.. Mire más arriba, y verá el Can Menor, que también es una señora estrella, y allá por el Este tenemos al León y su estrella mayor, que llaman Régulus.. Si la noche fuese obscura, le enseñaría a usted más maravillas.. Eso que usted ve, estrellas grandes y otras tan chicas que parecen polvo, ¿qué es, Teresa? Pues un sinfín de soles, cada uno con mundos o planetas que los acompañan. Eche usted mundos.. Pues en todos hay habitantes, personas o seres, humanidades que en el más allá de los infinitos más allá, serán tal vez divinidades.

-¡Cuánto sabes!- dijo Teresa con franca admiración.

-Todo me lo enseñó el capitán, que es el gran maestro.. Diré a usted, señora, para que me conozca bien, que cuando me escapé de la casa de Nájera para lanzarme al mundo, iba yo con mi cabeza llena de aquel viento que saqué de los libros de Historia que leí.. ya se lo he contado. Llevaba yo la idea de ser un héroe como aquellos que me trastornaron con sus proezas increíbles. Yo no me contentaba con menos que con hacer otra vez la conquista de Méjico, sirviendo al lado de Prim, o luchando solo y por mi cuenta, que hasta esto llegaba mi desatino. Pero aquella bomba de jabón reventó, ¡plaf! aire, nada.. Vinieron mis desgracias, trabajos y miserias a quitarme las ideas de guerra y de hazañas estrepitosas.. Y lo peor fue que reventado y caído, no se me abrió el entendimiento a otras ideas, a pensares distintos del matar gente y meter bulla en el mundo. Como un idiota estaba yo cuando me cogió el capitán Lagier, y sobre aquel terreno baldío de mi idiotismo fundó el maestro su enseñanza. Aprendí a conocer, primero el mar y el Cielo, después algo de nuestras almas..

-¡Cuánto sabes! -repitió Teresa, elevándose más en la admiración-. Bien se ve que has leído. Ya me figuraba yo que había más mundos que este en que estamos; pero no creía que fuesen tantos, tantísimos.. Como que no hay matemática ni ringlera de números en que puedan caber.. ¿Y las personas que hay en ellos, son como (p.7588) nosotros, o son los espíritus? Cuerpos habrá también allá, y muerte habrá; y si del nacer nacen los cuerpos, del morir nacen los espíritus que van y vienen, vienen y van.. Esto la vuelve a una loca. ¿A ti, Santiago, no te trastorna el pensar en esto?

-No, porque yo empiezo por reconocerme de una pequeñez tal, que no hallo cosa bastante chica con qué compararme. Pero chico y todo, invisible de puro chico, sé que mi pensamiento es parte del pensamiento total, y que un querer mío o un sentimiento mío no están aislados del sentir y del querer que envuelven toda esa masa de mundos vivos..».

Para comprender tan sutil sabiduría, hizo descomunal esfuerzo de sutileza el pensamiento de Teresita; mas antes de llegar a la receptividad mental que deseaba, le salió de toda el alma nueva onda de admiración. Nunca había oído cosas tan bellas y grandiosas como las que Ibero le decía; nunca vio tanta convicción en las ideas, unida a tanta sencillez en la manera de expresarlas, y por esto, y por la admirable rectitud y dignidad que Ibero ponía siempre en sus actos, entendía que era un hombre extraordinario, excepcional, tal vez único en el mundo.

 

Ep-39-XXVI -

«Con lo que ahora me has dicho -afirmó Teresa-, voy comprendiendo mejor lo que en otra ocasión te oí de esa religión.. particular tuya.. y de tu corto catecismo. Cuéntamelo otra vez.

-Mi maestro me enseñó la religión más sencilla, y una moral que, por mucho que se la quiera estirar escribiéndola, no ha de ocupar más que una carilla de papel de cartas.. Pero yo no necesito escribiría, porque en mi memoria están grabados los diez Mandamientos, grabadas las Obras de Misericordia, y con esto me basta.. Y como dije a usted otro día, yo me desentiendo de curas, frailes, obispos, y de toda persona encapuchada que quiere mandarme al Cielo o al Infierno, o que viene a pedirme dinero por un sacramento, por un sufragio..

-Poco a poco, Ibero -dijo Teresa, que si en el fondo de su alma pensaba y sentía lo mismo, creíase obligada, por presunción señoril, a opinar con sensatez-; recoge velas, y párate un poco. No (p.7589) podemos romper con la sociedad.. Somos parte de ella, somos un grano de esa gran piña..

-Yo me desgrané, señora mía, y hace tiempo que ando suelto por estos mundos. Ya sabe usted que no gusto de vivir en ciudades, y cuando me veo precisado a estar en ellas, rabio por salir y correr a mi antojo. Desde chico me tiraba la vida libre. No me agradan las poblaciones ni los barcos fondeados. Por la mar me llevan el vapor o el viento; por la tierra, mis pies. Andando de un lado a otro se mete uno más en el pensamiento universal, y se arrojan al aire las amarguras y tristezas..

-Eres muy joven, Santiago -le dijo Teresa cariñosa-. Puede llegar un día en que te cases.. ¿Has de condenar a tu mujer a vivir como los gitanos?

-Eso no. Viviremos en lugar fijo, pero no en ciudades.

-Pues yo te aseguro que difícilmente encontrarás mujer que quiera compartir contigo esa vida huraña. ¿A que no la encuentras?

-¿A que sí?.. Tiempo ha que la encontré, señora doña Teresa. Mi maestro me ha dicho que en el mundo existe siempre lo que deseamos. Es cuestión de buscarlo bien. La mujer que ha de ser mía existe, y yo la conozco, y sé que quiere tenerme por suyo.. Sus pensamientos me buscaban a mí, como los míos la buscaban a ella».

Pidiole Teresa informes claros de la que sin duda era divinidad, o estrella caída de los cielos altísimos; pero Santiago se negó a entrar en pormenores y a decir el nombre y calidad de la mujer que había de ser su compañera en esquivas soledades de tierra o mar. A su tiempo se lo diría.. ¿No le consideraban como salvaje? Pues los salvajes ni gustan de vivir en poblados, ni poseen ese decir libre y sin freno que mueve a las confidencias. Llevó muy a mal Teresa las razones con que el mocetón defendía su secreto, y dándose por lastimada le dijo: «Quita allá, tonto. Maldito el interés que tengo en conocer a tu princesa del pan pringado; métela en un escapulario y cuélgatelo del pescuezo.. No se te vaya a perder esa reliquia.. Según veo, has tomado careta y arrumacos de salvajismo para hacerte el interesante.. y (p.7590) luego con cuatro bobadas del Universo, del pensar de las estrellas, y con el quitaos, ciudades, y el no me toquéis, curas, te das tono y pasas por sabio.. Déjame que me ría de ti.. Me haces gracia, Iberillo». El reír de Teresa rasgaba el silencio de la fría noche. No tardó en derivar hacia la seriedad con estos graves conceptos: «Mira el cielo, Santiago, y verás que las estrellas que me ensenaste van cayendo de este otro lado, como la luna. Debe de ser muy tarde.. Dame la mano, y ayúdame a ponerme en pie, que estoy entumecida».

Levantose, y cuando iban hacia la casa, o sea el carro, Teresa siguió hablando así: «Te dije que de ti me reía.. Fue por oírte, Santiago.. ¿Por qué callas? ¿Te has enojado conmigo? ¡Valiente tonto! Verás.. No es que me ría de ti, sino que.. Vamos, yo deseo tu bien.. Bueno es el salvajismo, pero no tanto. Me gustaría que te dejaras aconsejar de mí, y me contaras todo lo que has hecho y lo que piensas hacer. Ya verías qué buenos consejos te daba yo.. Porque tú sabes cosas del cielo; pero en las de la tierra no das pie con bola». Callaba Ibero. Desconsolada del silencio de él, Teresa pasó de la exhortación a las quejas. «Ya ves, chiquillo: en tantos días como has estado cerca de mí, no has tenido conmigo la menor confianza. Todavía no me has dicho lo que hiciste desde que te vi en Valencia, allá por Junio, hasta que nos encontramos en Fuentidueña y en Villarejo hará quince días. ¡Seis meses de vida que no quieres descubrir!.. ¿En ese medio año, navegabas o qué hacías?.. Y otra: ¿qué comisiones llevabas tú a Villarejo? ¿Era cosa de los oficiales que conspiraban en Tarragona, o te mandó el capitán Lagier con cartas y avisos al General, poniéndole en autos de otros preparativos?.. Todo esto debías decírmelo, así como lo de tu novia, quién es, dónde vive, que puntos calza, qué pitos toca.. Ya sabes que sé guardar un secreto.. y aunque sean dos.

-Deje los secretos donde están, Teresita -respondió Ibero-, que cuando se les cambia de arca, algunos en el aire se quedan.

-Bueno, bueno: guárdatelos. ¡Pues no eres poco avaro de tus (p.7591) pensamientos!.. La verdad, no he visto reserva como la tuya. Y tus cosas son tan raras, que no hay cristiano que las entienda. ¿Cómo se explica que, si has ido a tu pueblo y te has presentado a tu padre y a tu madre, consienten estos que andes en esa vida libre, arrastrada? ¿No están tus padres en buena posición? Si es así, ¿qué padres son ésos que te permiten vivir a lo gitano?..¿Es que tu padre te tiene al servicio de Prim porque así le conviene?.. ¿Es que don Santiago Ibero, militar retirado, también cons pira?.. ¡Vaya, que es cargante tu silencio! Pues me reiré, me reiré de ti. Sin duda conoces los planes del General ¿Sabes acaso qué miras lleva, qué reformas hará cuando triunfe?

-Nada sé de lo que piensa el General, ni pretendo saberlo. Soy muy pequeño para que me digan ciertas cosas. Pero por lo que me dicta mi razón natural, entiendo que el General hará lo que llaman una revolución; y decir aquí Revolución, será lo mismo que decir Justicia».

Queriendo Teresa manifestar de algún modo ideas sensatas y positivas frente a las vagas, tal vez quiméricas aspiraciones de su amigo, soltó este pequeño programa: «Ándese don Juan con cuidado el día de la victoria, si es que ese día llega. Que corte y raje por donde quiera; todo puede hacerlo menos destronar a doña Isabel y traernos la libertad de cultos».

Ni aprobación ni conformidad oyó de los labios desdeñosos del salvaje. Este habló de otra cosa. «Métase en el carro, que viene un gris traicionero y usted no está hecha a estas frialdades.. Ya despunta el alba.. mensajera del sol.. ¿Qué le pasa, Teresita; qué sobresalto es ese? ¿Tiene usted miedo? ¿Qué teme usted viniendo conmigo?

-Sí, tengo miedo -murmuró la mujer, demudada, temblando-. Siento espíritus. Por aquí andan, Santiago.. y eres tú quien los ha traído con las tonterías que me cuentas.. No me digas que no.. Los he sentido.. Por esta oreja me paso uno, y aun creo que me dijo algo.. ¡Ay, ay, otro espíritu! Y este es de los malos, porque me ha dado un empujón.. ¿Te ríes?.. ¿Pero cuándo amanece, Dios mío? ¡Nunca vi noche más larga!

- (p.7592) Ya viene el día; ya los soldados sacuden el sueño; ya esos bultos tendidos son menos inertes. Bajo las mantas se desperezan los brazos vigorosos.. Mire usted más allá, Teresa, junto a las encinas. ¿Ve unos hombres que parecen salir de debajo de la tierra? Son los cornetas que van a tocar diana. La claridad blanca del día va devolviendo a todas las cosas su forma y color. Observe usted el patear de los caballos; oiga los relinchos con que dicen que han dormido bastante.

-Lo veo; veo y oigo lo que dices.. Pero yo tengo miedo.. Con la luz del día se van los espíritus; pero dentro de mí queda el miedo, este miedo que es mi conciencia sublevada, mi pena por el mal que hice.. No me convencerás de que no fuí yo quien mató a Leal.. Esta idea me vuelve loca.. Y el espíritu de Leal me persigue.. y a donde quiera que yo vaya irá él».

Deseando tranquilizaría, Ibero la obligó a meterse en el carro, donde tenía mantas para entapujarse y requerir el sueño. En esto, el frío cristal del aire fue rayado, como con diamante, por el son agudo de los clarines que tocaban diana. Era el himno militar, no tan militar quizás como religioso; la voz que con dejos de plegaria despierta a los hombres y los llama a las obligaciones de la guerra. Teresa, con nerviosa inquietud tiritante, se arrebujó bien desde los pies a la coronilla; luego descubrió el rostro para decir: «Al toque de diana empiezan tus quehaceres. Tienes que dar pienso a las mulas y ayudar a los carreteros.. Entre tanto me dormiré, que buena falta me hace. Ya me va entrando sueño. Fíjate bien en lo que te encargo: en cuanto acabes tus ocupaciones, vienes y me despiertas. Tengo que decirte una cosa.

-Dígamela ahora.

-Ahora no puede ser: tengo que dormir antes de decírtela.. Vete.. ya oigo el lenguaje fino de los carreteros. Cuidadito, Santiago; vienes y me despiertas.. No, no; ahora no te lo digo».

Volvió a desaparecer entre las mantas el lindo rostro. Minutos después, Teresa dormía.. con permiso de su conciencia. Y no había terminado el salvaje Ibero sus faenas matinales, cuando le sorprendió la súbita (p.7593) aparición de Clavería, el cual, apartándose con él de la caterva de machacantes y acemileros, le dijo: «Prepárate, que vas a un recado.

-¿Lejos, señor?

-Como lejos, muy lejos, no es.. Pero tampoco es cerca. A Madrid tienes que ir. Como tu bagaje es no más que tu persona y un lío en que metes dos mudas de ropa, ya estás andando, que hay prisa. Sales ahora mismo, tomas el camino de Orgaz, ¿ves? por aquella loma.. rumbo Norte clavado. En Orgaz dejas a la izquierda el camino de Toledo, y te vas hacia Almonacid del Campo, y de allí derecho a pasar el Tajo por las barcas de Ateca. Te indico ese camino porque no conviene que pases por Toledo, donde está Echagüe con la columna que nos persigue. Andando todo el día.. no es mucho: doce leguas.. puedes llegar a Villaseca, al otro lado del Tajo, antes de media noche. Duermes seis horas.. y mañana sigues por Pantoja, Yeles, Torrejoncillo, Parla, Getafe.. y en Madrid a las dos o las tres de la tarde. Eres buen andarín, excelente geógrafo.. no te detendrás a gandulear, ni equivocarás el camino.. En Madrid a las tres de la tarde.. Para no sofocarte, te pongo las cuatro. Ahora, fíjate bien en lo que tienes que hacer en cuanto llegues. ¿Ves esta carta? Has de entregarla a don Ricardo Muñiz; pero en el sobre no se ha escrito este nombre, sino otro con las mismas iniciales. Mira, lee: Señor don Roque Muñoz. Lee este nombre y olvídalo, porque la verdadera dirección, Ricardo Muñiz, ha de ir bien grabada en tu memoria. Repite este nombre, repítelo muchas veces. Que yo lo oiga, que yo lo vea bien grabado con buril dentro de su sesera..».

Repitió Ibero el nombre y apellido hasta que Clavería dijo: «Basta. Confío en tu agudeza y en el interés con que sirves al General. Pues lo mismo has de grabar en tu memoria las señas, que no son las que aquí se ponen: Carretas, 10. Olvida esto, y coge y graba la verdadera dirección: Carmen, 1. Repítelo».. «No es necesario -dijo Ibero, valiente y seguro de sí mismo-. Carmen, 1: es muy fácil de recordar. Yo compongo este barbarismo: Carmuñardo, (p.7594) donde están al revés las sílabas más sonantes de las tres palabras, calle, apellido y nombre. No se me olvida; esté usted tranquilo.

-La carta está escrita en un lenguaje cifrado y convencional, y si te la quitaran, nada sospechoso ni justiciable encontrarían en ella. La entregarás a ese señor en propia mano, sin perder horas ni minutos. Toma y guarda.. Y ahora, fíjate en un segundo encargo, también del General.. y mío (saca otra carta) . Aquí tienes.. Esta no lleva la dirección disimulada. ¿Ves? Señor don José Rivas Chaves, del Comercio. Desengaño, 19. Es una recomendación para que te coloque en su comercio de telas. (Abre la carta; Ibero la lee rápidamente.) ¿Te enteras? Tú, el portador de la presente, vas a Madrid en busca de colocación, y yo, que aquí firmo José González, y me llamo corresponsal de Rivas Chaves en Orgaz, te recomiendo a él.. Todo es figurado: la carta, en escritura invisible que Chaves hará salir del papel por un procedimiento químico, le dice cosas muy distintas de lo que va escrito con tinta ordinaria.. Este amigo mío te recibirá muy bien, y te dará lo que necesites para tus gastos en Madrid, o para los que tengas que hacer luego.. que aún no he concluido, Santiago. Me has prometido sumisión, obediencia absoluta.

-He prometido y cumpliré. ¿Qué tengo que hacer?

-Pues desempeñados los encargos que llevas a Madrid, te vas a Samaniego, no como peatón desastrado, sino en el tren, y con el empaque y avíos que te corresponden. A este gasto proveerá el amigo Chaves. Ya te dije que tus padres no consienten, se resignan a tu vivir errante, desligado de toda disciplina.. pero a condición de que dos veces al año, por lo menos, vayas a verlos. En Julio último, después de lo de Valencia, fuiste allá. Prometiste volver en Octubre y esta es la hora que..

-No pude -dijo Ibero prontamente-. En Septiembre fuimos al Mar Negro, a cargar de trigo, y no volvimos hasta muy avanzado Noviembre. Después..

-Sea lo que quiera, irás a Samaniego y pronto. Tu padre, que pudo someterte dejándote coger el chopo a la edad (p.7595) en que todo español es soldado, no lo hizo, y te redimió del servicio militar.. Tu padre tiene debilidad por ti; cree que en tu independencia salvaje hay como una exaltación de los sentimientos más puros y una quinta esencia d las ideas más honradas y nobles.. Yo no sé si está en lo cierto, o tan alucinado como tú. En fin, has de ir a su presencia. Tanto Santiago como tu madre desean que ponga alguna regularidad en tu emancipación. Me consta que ha escrito al capitán Lagier para que te encarrile un poco, obligándote a estudiar formalmente y examinarte de piloto, que la marina mercante es honrosa carrera. Con esto, ya sabes cuanto tenía que decirte.. Falta una cosa: toma dinero para lo que necesites en el viaje de aquí a Madrid. Si en los pueblos de la Sagra encuentras algún galerín o coche-correo, lo tomas, y anticiparás unas cuantas horas tu llegada. Recoge tus bártulos, y ya estás echando a correr. Adiós, y hasta la vista, que lo mismo puede ser en Madrid que en el valle de Josafat.. Adiós».

En un periquete se dispuso Ibero para partir. Una duda cruelísima le atormentó breves momentos. ¿Qué haría: despertar a Teresa para despedirse de ella, o largarse con la fácil despedida que llaman a la francesa? Acercose al carro y vio el informe bulto liado en mantas. Vagamente marcábase al exterior el cuerpo de la buena moza, como una escultura embalada para el transporte. La quietud y rigidez del envoltorio indicaban profundo sueño. No, no: ¿a qué despertarla?.. Seguramente se dolería de verle partir, porque él en su errante soledad la entretenía con amenas conversaciones.. Pensó hacerle una muda despedida colocando sobre ella algunas flores, que no habían de ser ofrenda de enamorado, sino de amigo.. Pero ni rastro de flores se veía en aquel adusto y enriscado suelo. Fue, y ¿qué hizo? Cogió unos tomillos olorosos, y con cuidado los puso en aquella parte del bulto que al pecho correspondía. «Ya comprenderá que he sido yo quien le ha puesto los tomillos -decía el hombre al retirarse-. ¡Pobrecilla! ¿Y si cree que se los han puesto los (p.7596) espíritus..?».

 

Ep-39-XXVII -

Con ánimo decidido emprendió el gran Ibero su marcha hacia los Yébenes, por un país rocoso y montaraz, más habitado de alimañas que de personas. Guiábale su sentido geográfico, admirable don que aprendido parecía del trato con las aves emigrantes; alas le daba su deseo de cumplir lo mandado y de contribuir a los planes del General, y por fin, el ir a Madrid en aquella ocasión causábale gran regocijo, por las razones que él mismo habría dado a conocer si su reserva característica no rigiese lo mismo para sus amigos que para los lectores de sus aventuras.

En esta favorable disposición atravesó breñales, quintos y dehesas; pasó el Amarguillo, y salvando las asperezas de la sierra de Orgaz, llegó a la feudal villa de este nombre, donde dio a su cuerpo un reparo nutritivo, siguiendo hacia Mascaraque y Almonacid. En terreno menos quebrado fue su marcha más segura y metódica; a nadie preguntó el camino; derecho iba en busca del río Algodor, por cuya margen izquierda había de llegar a la barca del Tajo. ¿Quién le enseñó esta topografía? Dios y un plano que en Madrid meses antes había visto. Ello es que felizmente pasó en la barca poco después de anochecido, y que impávido se metió en los despejados campos de la Sagra; durmió cinco horas en un mesón de Villaseca, y a las tres de la madrugada emprendió de nuevo la caminata. El limpio y estrellado cielo que en aquella seca región multiplica la opulencia de sus constelaciones, le fue de gran compañía y entretenimiento en su viaje. Después de reconocer sus amistades estelarias del Zodíaco y del hemisferio Sur, puso toda su atención en la Polar, que veía sin mover los ojos ni la cabeza, pues hacia ella derechamente caminaba; y adorándola por su inmovilidad más que a las otras vagabundas, con ella conversaba en estilo mixto de oración y confidencia.

Soñador caminante, así decía: «Hacia ti voy, hacia ti van mis pasos y mi corazón, estrella de la constancia y de los pensamientos inmóviles. ¿Qué hombre no tiene una Polar en su alma? (p.7597) Yo la tengo, y toda mi vida gira en rededor de ella.. A ti, Polar del cielo, miro yo, porque en ti veo la imagen de mi estrella terrestre, puesta en esos altos altares para que yo la adore. Mi estrella es como tú, inmutable, señora de todo el Universo y señora mía..». Si no con los términos precisos, con otros semejantes hablaba Ibero en sus coloquios con la Polar, y ello era de dientes adentro, que si fuera en lenguaje sonado y si alguien lo escuchara, se le tendría por poeta descarriado que al ritmo de su andar componía versos sin rima.. Al pasar por Yeles, aclarando el día, un galerín de seis asientos que sólo llevaba cinco personas, le brindó fácil transporte a Madrid. Ajustose con el mayoral, metiose en aquella caja con ruedas, y como el camino no era malo y las caballerías supieron cumplir, al filo de las diez y media dio fondo el gran Ibero en la Cava Baja.

Poniendo el deber sobre todo, sin tomar descanso ni alimento, se fue el mensajero a cumplir la misión que un bárbaro signo, Camuñardo, representaba en su mente. Las once marcaba el reloj de la Puerta del Sol cuando Santiago entraba en el número 1, calle del Carmen. Dijéronle en la casa que don Ricardo no estaba y que no volvería hasta las doce. Como a nadie podía confiar la carta, y el hambre le apretaba, se fue a comer un bocado en un bodegón de la calle de la Paz. Minutos después de las doce volvió a la casa de Muñiz y fue recibido por este, que a la primera impresión pareció receloso; mas leído el sobre y conocida la letra, se le alegraron extremadamente los ojos. Encerrado con el mensajero en su despacho, leyó la carta sin chistar, no una, sino dos o tres veces, y acto continuo, pidió al recadista noticias de la columna, de la salud de Prim y sus amigos, de la moral de las tropas sublevadas, de cómo eran recibidas en los pueblos, del camino que habían tomado al salir de Urda. A todo, menos a esto último, contestó Ibero cumplidamente. Ignoraba la dirección que don Juan seguiría, aunque la creencia más general en la columna era que iban a Portugal. Sonrió Muñiz al oír esto. (p.7598) Bien podía ser que Prim tomara la ruta más inesperada. Era hombre de arranques prontos, de inspiraciones y corazonadas.

Dicho esto, don Ricardo hizo al joven ofrecimiento de comida y albergue, así como de dinero para sus necesidades. Agradiciéndolo, respondió Santiago que otro amigo del señor Clavería, para el cual también traía carta, estaba encargado de atender a sus gastos en Madrid: era el señor Rivas Chaves. Al oír este nombre, dijo Muñiz con alborozo: «Me lo he figurado.. ¡Chaves.. grande amigo mío! Hemos estado juntos toda la mañana; nos hemos separado en la puerta de esta casa.. Vete corriendo a la suya, Desengaño, 19, que está el hombre impaciente por recibir lo que traes: me consta». Advirtiéndole que volviese a la misma hora en los días sucesivos, hasta la escalera le acompañó sonriente Ricardo Muñiz, hombre de mediana estatura, calvo, de bigote negro y ojos muy vivos, revolucionario inquieto y sutil, que movía con singular disimulo y agilidad las teclas de la conspiración.

Con pie ligero subió Santiago desde la calle del Carmen a la del Desengaño. Su presencia en la tienda de Chaves fue motivo de sorpresa y curiosidad para los dependientes, que medían varas de tela o mostraban a las parroquianas refajos, chambras y vestiditos de niño.. El señor Rivas Chaves, corpulento, gallardo y barbudo, mandó a Ibero que le siguiese al interior de la tienda, y de allí, por angosta escalera, le condujo a una habitación del entresuelo: sin duda le esperaba. La estancia tenía aspecto de escritorio comercial, y en la estrechez de ella se paseaba melancólico, las manos a la espalda, un señor de buena estatura, con gabán corto no muy lucido. Apenas entraron, Chaves, impaciente y nervioso, arrebató la carta de manos de Ibero. Diciendo a este espérate aquí, cogió del brazo al caballero paseante y se lo llevó a un aposento próximo. En el andar, en las miradas, en el silencio mismo de los dos hombres, entrevió Santiago un misterio íntimo y una ansiedad expectante.

Solo en la estancia, quedó Ibero en gran (p.7599) confusión, apurando su pensamiento y su memoria en una labor de acertijo. Aquel sujeto del rostro melancólico y del agitado paseo no era para él desconocido. ¿Quién era, Señor?.. Le había visto, sí, no una sola vez, sino muchas. ¿Dónde, dónde?.. Apretada la memoria y puesta en prensa, exprimió alguna luz sobre aquella persona. Sí, sí: le había visto en Samaniego, en su propia casa.. La memoria, cediendo a la presión violenta, arrojó más claridad.. «Ya, ya -se dijo-: este señor es amigo de mi padre.. Mi padre se crió en un pueblo de las Cinco Villas de Aragón. El caballero desconocido es también de las Cinco Villas, militar como mi padre, más joven que él.. Aun creo recordar que tienen parentesco lejano. Sí, sí; cuando yo salí de mi enfermedad estuvo viviendo en mi casa cuatro días». La memoria del joven refrescó y vivificó incidentes obscurecidos por el tiempo.. Creía estar viendo a su padre, de sobremesa, hablando de guerras con el amigo aragonés, hombre vehemente y despierto, entendido en topografía militar. Era él, era él. Acabó Ibero, con ímprobo trabajo, por sacar de la obscuridad la figura y reconstruiría totalmente. Persona, condición, carácter, todo lo tenía ya; no le faltaba más que el nombre, y este se le escurría agazapándose en las tinieblas. Pero ya saldría, que la memoria tiene lóbregos desvanes donde suelen parecer las cosas más olvidadas y perdidas.

Sin abandonar este trajín mental, pensó Ibero que Chaves y el aragonés estarían revelando la carta. La escritura secreta trazada con zumo de limón, era invisible hasta que se pasaba una plancha caliente por el papel, o se le aproximaba a un brasero. No debió de ser breve esta operación, porque los dos señores tardaron en volver al escritorio. Quizás después de dar visibilidad a los caracteres ocultos, se entretenían en comentar lo que con ellos se les decía. Por fin, Ibero sintió pasos, voces. El primero que apareció fue el caballero de las Cinco Villas. Santiago le vio de frente, cara a cara; vio su nariz aguileña, su bigote castaño, -y al fijarse en lo más característico de su rostro, (p.7600) que era la depresión y hundimiento del labio inferior, la memoria le dio con fulgor de relámpago el nombre del sujeto: ¡Moriones!

Despidiéndose de Chaves con breve fórmula, salió el Moriones disparado, como hombre de apremiantes negocios que no tiene un momento libre. No se fijó en Ibero ni le hizo maldito caso. En cambio, el bueno de don José, dulcificándose de improviso y acariciándose la bíblica barba espesa, estrechó la mano del mensajero, y con agrado y simpatía le dijo: «Ya me encarga Jesús que te atienda, joven. Vaya, vaya.. con que eres aquel muchacho perdido.. por los años de.. ya no me acuerdo. No pasamos pocas sofoquinas Jesús y yo buscándote.. Ya sé que eres de una gran familia, y que por natural.. así, un poco aventurero.. vives más en la mar que en suelo firme.. Bien, hijo, bien. ¿Con que liberal decidido, y si a mano viene, democrático?.. Pues ahora hemos de arreglarte mejor facha de la que trae, y ponerte, como el que dice, bien portado y elegantito».

A esto replicó Ibero que se adecentaría de ropa, conservando siempre un empaque modesto, pues no estaba en su natural presumir ni hacer el currutaco. «Bien, hijo, bien -manifestó Chaves-. Deja de mi cuenta el buscarte la ropa. Aquí tengo blusas azules de maquinista, y pantalones y chalecos de pana.. Te pondremos de trabajador honrado, limpio y decente. Un chaquetón de abrigo no te vendrá mal.. Yo me encargo.. Mañana estarás como nuevo». Tratose luego de la casa de huéspedes en que Ibero había de alojarse, y a las ideas de Chaves opuso el interesado su pensar propio en esta forma: «Póngame usted, don José, en buena casa donde yo no esté más que para dormir. Me gusta vivir libre, comer aquí y allá, en tabernas, bodegones, o donde me diere la gana. Aborrezco las casas de pupilos, donde no encuentra uno más que estudiantes de carreras, o empleaduchos que no le hablan a usted más que de la oficina, del jefe, y de mil tonterías. No puedo contener mi genio, y en las dos temporadas cortas que he tenido que pasar en Madrid, era raro el día en que (p.7601) no me liaba a trompazos con mis compañeros de casa.

«Bien, hijo -dijo Chaves tentado a la risa-. Eres de temple durillo.. Dios te conserve tus malas pulgas, que por ellas serás hombre de respeto». Según entendió Ibero, era Chaves un progresistón crédulo y fanático, de estos que se embriagan con las ideas y enloquecen con la acción, llegando, por sucesivo abandono de sus obligaciones particulares, a comprometer sus intereses y dejarse tragar por el monstruo de la cosa pública.

Un día bastó al diligente don José para proveer a Ibero de alojamiento y ropa. Esta era tal como el austero joven la deseaba, y también fue de su agrado la casa silenciosa y decente, en la calle de Santa Margarita (plazuela de Leganitos) . Sólo tres huéspedes había en ella: un cura, un militar de reemplazo, y un señor esmirriado y taciturno que ocupaba la mejor habitación de la casa, y en ella pasaba casi por entero las horas del día, entre libros apilados en el suelo y enormes masas de papel escrito o por escribir. Como Ibero no comía en la casa, su trato con los huéspedes reducíase al breve saludo cuando la casualidad los cruzaba en el pasillo. La patrona, doña Mauricia Pando, viuda de un capitán fusilado por Cabrera en Burjasot, era una decadente señora, bien nacida y un poquito chiflada, que sólo admitía huéspedes recomendados y juiciosos. A Ibero trataba con singulares distinciones por la forma en que el amigo Chaves le había recomendado. En la sencillez del equipaje del joven y en su vestir humildísimo no vio penuria, sino misterio, disimulo de grandezas; que la buena señora procedía del Romanticismo, y en su alma quedó la deformación poética de las cosas humanas.

Respetando el incógnito, doña Mauricia se abstenía de interrogar a su huésped; pero satisfacía su apetito de charla hablándole de los tres señores que con él vivían bajo el mismo techo. Con referencia al que más curiosidad despertaba en Ibero, habló de este modo: «Ese señor que ocupa la sala, y que es, como usted ve, prudente, modoso y bien criado, tiene tanto talento, según dicen, que de la (p.7602) fuerza de las ideas y de la quemazón de su pensar estuvo trastornadito, y aun todavía tiene ratos en que parece no estar bien de la jícara. Allí le tiene usted noche y día escribiendo la Historia de España, una historia nueva que dicen ha de ser el asombro del mundo, porque en ella todas las cosas y sucesos van por la buena, quiero decir, que no es una Historia triste y desagradable, como la que estamos viendo todos los días, sino alegre y consoladora, como en rigor debiera ser siempre. Ya lleva escritos, ni no me engaño, catorce tomos tremendos, que son aquel rimero de papel que tiene en el suelo junto a la mesa.. Parece que allí ha metido casi la mitad de este siglo, y ello ha de ser cosa buena, porque, según él mismo me ha dicho, ha suprimido las calamidades del reino, y en vez de la maldita guerra facciosa, pone cosas que harían felices a la nación si fuesen verdaderas.. Pero yo le digo que aun siendo mentiroso lo que escribe, ha de gustar mucho cuando se imprima y pueda leerlo todo el mundo.. pues harto hemos llorado ya sobre las verdades tristes.. En fin, es un huésped que no me da ninguna guerra. Paga todos sus gastos el Marqués de Beramendi, y como tengo encargo de tratarle a cuerpo de rey, para él traigo lo mejor de la plaza».

 

Ep-39-XXVIII -

Apenas estrenada la ropa, se lanzó Ibero al laberinto de las calles de Madrid. Las horas y los días se le pasaban sin sentirlo, pisando aceras y cruzando empedrados, mirando números, subiendo y bajando escaleras, tirando de campanillas, y en fin, interrogando a innumerables individuos del gremio porteril. Si buscar una aguja en un pajar es ardua tarea, no lo es menos buscar entre cuatrocientos miles de almas una familia cuya residencia se ignora. Pero ni la familia ni el rastro de ella encontró Santiago, aunque lanzado anduvo como pelota de barrio en barrio, sin que alma viviente le diese las referencias que con tanto ardor buscaba. Cansado de inútiles correrías, llevó sus dudas y franqueó su secreto al buen tendero de la calle del Desengaño. Véase lo que (p.7603) hablaron:

«¿Conoce usted, señor de Chaves, o ha conocido, a un teniente coronel, de clase de tropa, llamado don Baldomero Galán, que a más de parecerse a Espartero en el nombre, se le parece en la figura: bigote de moco, patillitas, un poco de tupé, un mucho de tiesura gallarda?

-Sí, hijo, sí. Ese Galán tiene por mujer a una navarra guapísima, quiero decir, que lo fue y todavía conserva buenos pedazos. Si no recuerdo mal, sus paisanas la llaman doña Saloma.

-Ella es, ellos son -dijo Ibero sin disimular su regocijo-. Sabrá también que tienen una hija..

-¡Ah, sí!.. Ya voy recordando: una hija preciosa, una divinidad.. y si no me engaño, se llama como la madre, Salomita.. Sí, sí: mi mujer los conoce. Han vivido ahí cerca, en la calle de Silva.

-Pues esa Salomita -declaró Ibero algo ruboroso, desembozándose de golpe y mostrando, quizás por primera vez, toda su alma-, esa.. es mi novia, señor don José.

-Bien, hijo. ¿Los padres consienten..?

-No, señor: consiente ella, que es lo que me importa; en su busca voy para cogerla y llevármela.. Es voluntad suya y voluntad mía. Don Baldomero está a matar conmigo, y doña Saloma no cesa de echarme maldiciones. Pero yo y la que ha de ser mi mujer no nos paramos en barras. Ya hemos acordado unirnos para siempre. Falta la ocasión, y eso es lo que busco. Según mis ideas, bastan nuestras voluntades para formar nueva familia. Si los padres no quieren bendecirnos, nos bendeciremos nosotros, debajo de la bóveda del cielo.

-Bien, hijo, bien.. Pero.. ¿no te parece que vas muy lejos y que corres demasiado? Modérate un poco, hijo. La autoridad de los padres, la sociedad, la familia, ¿eh?.. Y luego, el sacramento, la religión, ¿eh?..». Dijo esto el bravo patriota echándose atrás como asustado y mirando a los ojos del imperturbable Ibero.. En su casa era Chaves un hombre patriarcal, bondadosísimo, amante de su mujer y de sus hijos pequeñuelos, a quienes mimaba con extremosas ternuras; era en la calle un agitador ardiente que por sucesivas excitaciones y compromisos había llegado a la (p.7604) mayor vehemencia y a la furia desatada; en su casa era pacífico, dulce, creyente, como el que vive dentro de un régimen que no ha de alterarse nunca; en la calle, la pasión sectaria y el fracaso de las tentativas sediciosas le llevaban hasta la ferocidad; en su casa faltábale poco para rezar el rosario con su mujer, y se preocupaba de que sus hijos aprendieran bien el catecismo; en la calle ponía toda su alma y todo su dinero al servicio de una Causa que por medios violentos había de triunfar de la Causa contraria; no le espantaban los ríos de sangre, si en ellos perecía el enemigo. Y la Causa era, en suma, un ideal fantástico y verboso, un Progreso de fines indecisos y aplicaciones no muy claras, una revolución que tan sólo cambiaría hombres y nombres, y remediaría tan sólo una parte de los males externos de la Nación.

Extensamente hablaron Ibero y su amigo de la familia Galán. Hacía meses que Chaves no sabía de ella. Preguntó a su señora, y esta dijo que don Baldomero llegó a Madrid con su familia por segunda vez al mes siguiente de la noche de San Daniel. Venían de Tortosa. Confirmó Ibero estas referencias. En Tortosa había sido su conocimiento con Salomita, en Abril del año anterior. Luego se vieron en Madrid en pleno verano.. Agregó la señora de Chaves que por Todos los Santos las Galanas abandonaron la Corte, quitando la casa y llevándose los muebles.. ¿A dónde fueron? Este era el enigma. Dijeron que a Pamplona; pero en la vecindad se aseguraba que don Baldomero iba a un castillo, y ellas a Francia. Por último, Chaves aconsejó a Santiago que fuese a ver a Muñiz, quien de fijo sabía dónde andaba Galán, pues este seguramente era de los comprometidos en las tentativas del año anterior, descubiertos y sujetos a vigilancia.

No tardó Ibero en personarse en casa del bravo Muñiz, a quien encontró de malísimo talante. Don Juan Prim había pasado la raya de Portugal con su columna. Ya era locura pensar que volviese sobre Madrid con arrogante quiebro, dejando atrás a Zabala y Echagüe. Esta ilusión atrevida y risueña no (p.7605) nació en las almas de los patriotas amigos de Prim que en Madrid trabajaban; vino de Urda, apuntada como un proyecto no quimérico en la carta traída por Ibero. Pero todo se lo había llevado la trampa. Otra vez triunfaban los demonios protectores de Isabel II, demonios vestidos de ángeles.. ¿Pero a qué divagar en lamentaciones estériles? El caudillo se metió en Portugal porque no pudo hacer otra cosa.. Si era cierto que Zabala y Echagüe tenían órdenes reservadas de no cogerle, también de seguro las tenían de imposibilitarle todo movimiento que no fuera la entrada en el Reino vecino. Y esto no era en verdad más que un alto, un respiro en el jadeante y heroico marchar, cuesta arriba, hacia la redención de España; en aquel descanso, Prim herraría su caballo para continuar su insensato correr tras el ideal. Concluida una etapa sin éxito, se empezaba otra. Los corazones no conocían el desmayo, y en cada caída rebotaban con más fuerza. Esto lo expresaba Muñiz con vulgar modo, acabando por decir: «Por muy jorobados que quedemos en cada fracaso, no se nos arruga el ombligo.. y seguimos, seguiremos.. con más riñones que el caballo de Santiago».

Aquel día no pudo Ibero adquirir las deseadas noticias. Muñiz no se acordaba.. revisaría sus papeles.. Dos días después le encontró muy inquieto; acababa de llegar de la calle sofocadísimo, y tenía que salir sin perder minutos, y correr a casa del general Gándara, con quien estaba citado para visitar juntos al Padre Claret. Véase el caso: en la desgraciada intentona del 3 de Enero, los Cuerpos de Caballería comprometidos en Alcalá no llegaron a pronunciarse, porque los cogió en el momento crítico el general Vega Inclán, y la cosa se arregló, como si dijéramos, en familia. Echose tierra, que es en ocasiones la mejor compostura de estos descosidos de la Ordenanza. Pero toda la tierra echada con generosa espuerta no bastó a cubrir a un capitán y a varios sargentos de Cazadores de Figueras, que se habían comprometido públicamente sin la cautela y cuquería que los más usaban. Pagaron por todos: una (p.7606) Justicia desigual escarmentó a los menos avisados; un Consejo de guerra condenó a muerte al desgraciado capitán Espinosa y a varios sargentos. Intentaron algunos progresistas salvarles la vida, y anduvieron de O'Donnell a Pilatos y de Caifás a Posada Herrera sin hallar misericordia. En la desesperada, Muñiz discurrió acogerse a los sentimientos cristianos del Padre Claret. Este buen señor se puso muy compungido cuando Muñiz y Gándara solicitaron su intercesión en favor de los reos. Prometió hablar a la Reina; pero si en efecto intercedió, no le hicieron caso. El 3 de Febrero fue pasado por las armas Espinosa; pocos días antes sufrieron igual suplicio los sargentos. Se dijo que doña Isabel quería perdonar; pero el Rey don Francisco y la camarilla pedían castigos implacables.

Pasados estos afanes, pudo Muñiz, revisando cartas y apuntes, decir a Santiago que don Baldomero Galán estaba en Miranda de Ebro, no con mando de tropas, sino al servicio clandestino de la revolución. Era muy afecto a Prim, pero tan corto de inteligencia, que se le vigilaba para enmendar sus torpezas o contener su celo impulsivo. «Es hombre decente y leal -añadió-, pero más terco que una mula. Mal suegro te ha caído. No esperes que te dé el consentimiento si lo ha negado ya. Es de los que remachan sus ideas como si fueran clavos, para que nadie pueda sacárselas de la cabeza. De doña Saloma sé que ha sido hermosa. Antes de casarse con don Baldomero, tuvo que ver con un cura que andaba en la facción de Zumalacárregui. Me lo contó un coronel navarro convenido de Vergara. Otra cosa: no están la madre y la hija con don Baldomero, sino en Francia, no lejos de la frontera. Búscalas entre Hendaya y Bayona».

Oído esto, levantose Ibero, y secamente pidió a su amigo órdenes para el Norte de España y Mediodía de Francia. «Desde que salí de Urda -dijo-, es mi destino caminar derecho, derecho hacia la estrella Polar. Viéndola delante de mí vine a Madrid, y ahora la veré también guiándome los pasos. Iré por de pronto a Miranda; de allí a (p.7607) Samaniego, que es corto viaje; de Samaniego a Vitoria, por Peñacerrada y Treviño; y de Vitoria no sé.. Ya lo dirán los acontecimientos». Desconforme con estos planes, Muñiz le dijo: «Tengo carta reciente de Clavería en que me encarga que te utilice para nuestros trabajos. Ea, camarada, compaginemos tus proyectos con los míos. Yo también tengo que ir hacia esa estrella que dices: en cuanto arregle ciertas cosas, saldré para Valladolid, Burgos, Vitoria y San Sebastián. Aguárdate tres días y nos vamos juntos». No podía rechazar Ibero proposición tan bondadosa, y enfrenando su loca impaciencia declaró que esperaría. ¿Qué había de hacer el pobre? Su salvajismo se desvirtuaba gradualmente por causa del contacto social. Y es que los salvajes de cualidades más agrestes se echan a perder en cuanto sus codos tropiezan con los codos de la civilización.

Aburrido y sin ningún quehacer en Madrid, Ibero repartía sus horas entre el lento vagar por las calles y las visitas a su amigo Chaves, con quien a ratos departía. Allí se dio a conocer al comandante retirado don Domingo Moriones, el cual recordaba gozoso su amistad con Santiago Ibero, y los días alegres pasados en la opulenta casa riojana. Con estas referencias, la persona de Santiago se iba creciendo a los ojos de Chaves, que no sólo veía en él al ardiente partidario de Prim, sino a la persona de posición, nacida de padres ilustres. Por esto y por la simpatía que el mozo se ganaba cuando se le iba conociendo íntimamente, el patriarca masónico puso en él sus afectos, y con los afectos su confianza. En uno de aquellos reservados coloquios, se arrancó a decirle: «El fracaso del 3 de Enero nos mueve a preparar con toda nuestra alma otro movimiento que ha de ser decisivo. Hasta el mes de Abril no podremos armar todo el tinglado.. ¡pero qué tinglado, hijo!.. O morimos todos o España será libre».

Decía esto don José pasándose suavemente la mano por su apostólica barba negra, salpicada de algunas canas, y al hacerlo, las chispas no salían de su barba, sino de sus ojos. El hombre se electrizaba (p.7608) cuando la hirviente vesania política se le salía por la boca con raudales de indiscreción. Y algunas tardes y noches le vio Ibero en el entresuelo y en la trastienda (mientras los dependientes comían) , abriendo y cerrando puertas disimuladas, y guardando bultos de mercancías cuyo contenido no se apreciaba por las formas del embalaje. De doble fondo eran algunas anaquelerías, y entre tabiques había huecos atestados de extraños paquetes y fardos. Comprendió Ibero que la tienda y el entresuelo de la casa eran un riquísimo depósito de trabucos, pistolas y escopetas, suficiente arsenal para satisfacer el ansia guerrera de los patriotas madrileños. ¡Ah, cuántas cosas estupendas y terroríficas podría ver el salvaje en casa de su amigo o en las calles de Madrid si sus obligaciones y afectos no le llamaran al Norte! Todo lo tenía dispuesto, ropa y avíos, en un maletín de mano, y para bajar a la estación no esperaba más que la orden de Muñiz. Esta llegó al cabo, y loco de contento se retiró a su casa; que cuando esperamos la hora de un partir dichoso, conviene encerrarnos y evitar así cualquier emergencia que nos detenga o nos inutilice para el viaje.

Paseándose en su jaula, dígase habitación, a cada instante consultaba la muestra de un reloj de plata que le había regalado su amigo Chaves. Aún faltaban cuatro horas largas. ¡Desesperante lentitud del tiempo! Viéndole tan inquieto, fue la patrona a darle conversación: de diferentes tópicos hablaron, y por fin doña Mauricia le sacó al comedor con estas afables razones: «Venga, venga acá, señor mío, que la soledad estira el tiempo y la buena compañía lo acorta. Aquí verá al amigo don Juan Confusio, que desde ayer no tiene otro pío que echar un parrafito con usted». En efecto: en el comedor aguardaba el eximio historiógrafo, que hizo pausada reverencia de corte. Contestó secamente Ibero a saludo tan ceremonioso, sin disimular el asombro que le causaba la figura amojamada, casi esquelética, del infeliz Santiuste. Por un momento creyó habérselas con uno de aquellos buenos espíritus a quienes familiarmente trataba en (p.7609) evocaciones nocturnas. No paró mientes Confusio en aquel asombro, y desató su locuacidad en esta forma incoherente: «Deseaba mucho ofrecer al señor mis respetos.. Ya le conocía desde hace tiempo, in mente. Cuando le vi hace días en el pasillo, el respeto y la admiración me dejaron mudo.. Porque usted negará su alta jerarquía; pero no puede negarme su semejanza con el Príncipe Pilarón. La sencillez y humildad de su traje no bastan a ocultar la realeza». Atónito miraba Ibero al desatinado historiador, y luego a doña Mauricia, como pidiéndoles explicación de los disparates que oía. Con disimulado gesto la patrona le indicó que no hiciese caso, y que le dejase despotricar sin contradecirle. Acto continuo intervino en la conversación con esta benévola frase: «Aquí el señor Confusio está escribiendo una historia magnífica, la mejor que se conoce, según dice.

-Mi Historia no es la verdad pedestre, sino la verdad noble, la que el Principio divino engendra en el seno de la Lógica humana. Yo escribo para el Universo, para los espíritus elevados en quienes mora el pensamiento total. Yo abandono el ambiente putrefacto que nos rodea; saco mis pies de este lodo de los hechos menudos, y subo, señor mío, subo hasta que mis oídos pierden el murmullo terrestre, y mis ojos el falso brillo de las mentiras barnizadas de verdades. Yo subo, señor, y arriba escribo la Historia lógica, y pinto la vida ideal. Mis lectores no son de este mundo». Oyendo esto, Santiago dudó si el historiador era un loco de atar, o un espíritu proscripto que, encadenado en la tierra, poseía el secreto de la razón de la sinrazón. Sintiendo vaga simpatía por el escuálido sujeto, le preguntó: «¿Y esa Historia, cuándo se publicará?

-Aconséjele usted, don Santiago -indicó la patrona-, que no deshaga lo hecho ni rompa lo escrito, pues con tantas enmiendas y tanto quita y pon, no adelanta el buen señor lo que debiera.

-Es que.. verá usted -dijo con tremante voz Confusio-: el anhelo de perfección nos obliga a frecuentes alteraciones de la forma y del plan.. En el capítulo XXII de mi (p.7610) obra describí.. la muerte que dieron en Cádiz a Fernando VII los Constitucionales.. verá usted.. Luego.. verá usted.. el desarrollo histórico me ha llevado a consecuencias ilógicas y a frialdades antiestéticas.. He creído que debo resucitar al Rey, mejor dicho, que debo anular aquel capítulo y escribir otro.. Fácil es comprenderlo: la muerte de Fernando me desequilibra la raza.. ¿No lo cree usted así? Aconséjeme: ¿debo resucitar al tirano, o dejarle en la sepultura?». Ibero no sabía qué contestar. Por último dijo: «Déjele usted muerto, que ya vendrá por aquí su espíritu.. a hacer de las suyas, y a equilibrar a España..».

En este punto del coloquio, penetró de rondón en el comedor una señora, amiga de doña Mauricia. Como había estado allí por la mañana, los saludos fueron brevísimos. Los dos hombres se levantaron, y el buen Confusio, ya por no gustar de la visita, ya por hablar a solas con el disfrazado Príncipe, cogió a este del brazo y se lo llevó a su aposento. Quedaron, pues, sentaditas una junto a otra las dos señoras, que al punto pegaron la hebra con locuacidad comadril. Era la visitante una sexagenaria remilgada y compuesta, el cabello gris peinado con profusión de moños y ricitos, el rostro como un museo de antigüedades en que los afeites exponían y guardaban vestigios de belleza. Vivía la tal en la próxima calle de San Ignacio; era también viuda de militar, y desde su mocedad se trataba íntimamente con Mauricia Pando.

«Cuéntame, mujer -dijo esta-. ¿Hay alguna novedad desde esta mañana?

-Vengo sofocada.. déjame que tome aliento.. Pues hay gran novedad: que ya ha aparecido esa loca.. Hace una hora que se me ha metido por las puertas.. ¡Virgen Santísima, cómo viene! Molida del traqueteo de la diligencia, flaca, distraída, medio trastornada, con miedo de los espíritus que, según dice, andan tras ella. No ha podido referirme sino una mínima parte de los horrores que ha pasado.. ¡Pobre hija de mi alma! Aun viniendo como viene, su vuelta me ha traído la alegría del mundo, porque ella es todo para mí.. Ya no me falta más que (p.7611) salir a pedir limosna.

-¿Y ha resultado cierto lo que sospechabas.. que ese Clavería la recogió?..

-Y en la columna sublevada se la llevó como un fardo de impedimenta. ¡Qué pícaro! A la muerte de Leal, Teresa, huyendo de mí, trató de irse a Herencia.. allí está Felisa. Esos bribones vieron en mi hija un precioso botín de guerra.. Pero cuando ya llegaban a la raya de Portugal, se sublevó la niña, y dijo: «de aquí no paso sino descuartizada». Total, que se fugó de la columna y acá se ha venido. Mi primera diligencia hoy ha sido llevar la noticia al señor de Oliván, y el buen señor se ha puesto tan contento, ¡ah!.. y ha dicho, como en la parábola del hijo pródigo: «Matemos un ternero para celebrar la vuelta del hijo descarriado..».

En esto, apareció Ibero reloj en mano, seguido de Confusio, y dijo: «Ya es muy tarde.. se me escapa el tren». Despidiose de doña Mauricia. Esta, risueña y burlona, afirmó que aún faltaba hora y media. Pero el impaciente viajero, ávido de precipitar el tiempo, se precipitó a coger su maletín, y luego la puerta.. Desapareció arrastrado por los espíritus.

 

Ep-39-XXIX -

«¿Quién es ese mocetón tan guapo? -preguntó Manolita Pez a su amiga.

-Hame dado en la nariz que es un conde disfrazado. Me lo trajo Chaves.. Yo respeto el incógnito de los que vienen a mi casa, y este no se me ha clareado.. Siempre comía fuera, pienso que en casa de Lhardy..».

Apartando su mente de lo que no le interesaba, la sutil tramposa reanudó así la cortada hebra de su asunto: «Dios querrá que ahora tenga término el tremendo temporal que vengo corriendo desde que me fui a Tarancón. Yo le pido a Dios y a la Virgen que no me desampare.. A la Encarnación o a San Marcos suelo llegar yode madrugada cuando aún no han abierto, y por las noches soy la última que sale de la iglesia.. La desgracia y el no tener nada que hacer la van metiendo a una en las devociones, y lo que importa es seguir en ellas hasta que Dios nos depare el remedión que le pedimos.. Yo tengo esperanza, Mauricia; yo tengo fe en la decencia de don (p.7612) Enrique.. Hoy le he visto entusiasmadísimo.. Y dicen que lleva la batuta en el Ministerio de Hacienda; además es rico por su mujer, una cuitada que se pasa los días haciendo vestiditos para el Niño Jesús..».

Por no ser del caso, no se copia lo demás que las dos viudas charlotearon aquel día. Baste decir, para seguir escrupulosamente el proceso histórico, que la pobre Teresita tardó un mes largo en reponerse del cansancio y desorden mental que había traído de la columna. Encamada estuvo largos días; pasó fiebres, erupciones, trastornos graves; rechazaba el trato social; no quería cuentas con las amigas; odiaba los hombres; se declaraba salvaje y con intenciones de irse a un yermo y hacer vida de Magdalena o de Egipciaca, medio desnuda, suelto el cabello, y sin más compañía que la de una monda calavera. Hasta San José no la dio de alta el médico, y en Abril salió por primera vez a la calle. En los apuros de aquella vida, la única persona que daba pecuniarios auxilios a doña Manuela era Chaves, y esto lo hacía por caridad y por parentesco, como primo carnal del difunto coronel Villaescusa. Ninguna mira pertinente al orden erótico llevaba Chaves en sus generosidades, que cada día eran más cortas, y entrañaban el deseo de que un régimen normal les pusiese fin.

El demagogo de la barba bíblica hallábase por Abril en delirante actividad. Su labor era intensa, febril, y en ella ponía todo su espíritu y no pocos dineros, subordinando los negocios al supremo interés de la cosa pública. Como la Junta Revolucionaria no podía ya reunirse sin grandes precauciones, Chaves alquiló un humilde piso en la calle de Jesús del Valle, en casa de aspecto mísero que no tenía porteros. Una o dos veces, a diferentes horas, se juntaron allí Sagasta, Becerra, Ruiz Gómez, Montemar, García Ruiz y el presidente Aguirre. Llegaban uno tras otro, y reunidos en un destartalado cuarto, a la luz de un apestoso quinqué de petróleo, deliberaban sobre la futura suerte de España. No creyéndose seguros allí, variaban de catacumba, y en calles excéntrica y lóbregas, se (p.7613) les veía desfilar de noche, embozados o con extrañas vestimentas.

La conspiración laboraba entonces en los sargentos de Artillería, disgustados por el fracaso del proyecto de ascensos que no pudo sacar adelante el general Córdova. Chaves y otros agentes les iban catequizando uno por uno. Como fuese preciso organizar la acción común, se acordó afiliarlos y ponerlos en contacto con un jefe, que de acuerdo con la Junta había de dar las órdenes para el movimiento. El punto de cita era la casucha de Jesús del Valle. Iban llegando los sargentos por la tarde, antes de la retreta, en grupos de dos o de tres, y Chaves los presentaba a Moriones, el cual poseía como nadie el don orgánico; les hacía ver el principio de reivindicación a que obedecía el acto de indisciplina; les explicaba la imposibilidad de remediar por otros medios el envilecimiento a que había llegado la Patria. Y por último, la Revolución, mejor dicho, la Patria agradecida, les ofrecía dos empleos para el día en que pueblo y ejército asegurasen el triunfo de la Libertad y de la Justicia.

La Historia, que no cuenta las conspiraciones, sino sus efectos, tampoco dice nada del pacto amistoso que al fin celebraron don Enrique Oliván y Teresa Villaescusa, con intervención diplomática de la más fina zurcidora que vieron los siglos, doña Manuela Pez. Entró por el aro Teresita, venciendo su repugnancia de aquel sujeto, porque las exigencias de la vida material con imperioso mandato así lo pedían. Era ya cuestión de vida o muerte. O el pan o la miseria. Fue la crisis del hambre, que era por cierto de las atrasadas que no admiten espera.. Cuentan que a la semana de celebrado el diabólico pacto, Teresa se hizo dueña del ánimo de don Enrique, y le trataba como a un negro, esgrimiendo el arma terrible de la publicidad. Y como el burocrático se había colado y encendido más de la cuenta, cayó en dura esclavitud, de la que difícilmente podía zafarse, porque con Manolita no había bromas. Si era un águila para hilvanar voluntades, toda pico y uñas toda se revolvía ferozmente contra el intento de descoserlas (p.7614) fuera de su jurisdicción y autoridad.

Conllevaba Teresa con resignación aquella vida de forzado ayuntamiento sin amor, esperando una imprevista solución o nueva crisis que de tal suplicio la librase. Aburrida buscaba su consuelo y solaz en fugas de la imaginación a esferas distantes, a ilusiones que fácilmente construía con materiales de otras que fueron y pasaron. En tal estado, abandonándose a los audaces vuelos de su fantasía, era tan revolucionaria como el primero, porque ella también odiaba lo existente, deseaba volcar el régimen, y armarlo de nuevo con otras ideas y otros hombres. A su tío (en segundo grado) don José Chaves le acosaba con preguntas, le ofrecía su cooperación, le incitaba con vehementes razones a persistir en la sañuda porfía contra los obstáculos. Ya no ponía la salvedad de respetar la corona de Isabel y la unidad católica.. Todo, todo debía caer.

Renovaba la memoria de Teresa con vivos colores la odisea desde Fuentidueña a Portugal, dividida en etapas, a las que correspondían sensaciones diferentes. Las primeras fueron trágicas; siguieron días tristes, precursores de la pacificación de su espíritu; el día luminoso de Villarrubia; la noche dulce y melancólica de Urda, que dejó en su alma una inquietud indefinible, querencia de ideales nuevos, y la percepción de un mundo hermoso y lejano, indeciso entre el sueño y la realidad. Si mil años viviera, no olvidaría el fiero instante en que, apenas despierta, encontró sobre su seno los tomillos de Santiago. El presentimiento que en su alma levantaron aquellas silvestres y olorosas matas, fue confirmado por una voz áspera que le dijo: «Se ha ido.. Le han mandado a Madrid». El desconsuelo de aquel día la desconsoló para todo lo restante de la expedición. Desde Urda hasta Encinasola, el viaje fue para ella un martirio, la columna una procesión fúnebre. Su displicencia constante y los disgustos a que daba lugar, la indispusieron con Clavería. Para mayor desgracia de este, Monteverde y Milans del Bosch, no sólo le daban bromas molestas, sino que cortejaban a su conquista (p.7615) con el mayor descaro. Cerca ya de Portugal, la situación se hizo insostenible. Plantose Teresa diciendo a su captador: «Yo seré todo lo que se quiera menos emigrada. En España nací, y en España he de vivir siempre. Hecha pedazos podrán llevarme a Lisboa; entera no me llevan, ni usted, Clavería, ni don Juan, ni San Juan Prim». A esta declaración añadió la amenaza de un fuerte escándalo si no la soltaban.

Largo y penoso fue su regreso a la Corte, a donde llegó en Febrero, en el estado miserable descrito por Manolita. En cuanto pudo salir a la calle, vencida la indisposición, trató de indagar el paradero del salvaje que voló dejando en el pecho de ella unos tomillos. Nadie le daba razón de persona tan insignificante. Por desdicha, no se le ocurrió preguntar a su amiga Mauricia Pando: verdad que a casa de esta no iba nunca, porque la presencia del pobre Santiuste le causaba intensa lástima y aflicción. Pero un día, hallándose de visita en casa de Chaves, subió al entresuelo a saludar a su tío. Allí encontró a este con Moriones y un muchacho que parecía sargento. En algo que hablaron delante de ella, sorprendió el nombre de Ibero. Fue una chispa, un relámpago. Preguntó Teresa.. La verdad le fue revelada en esta forma por el muchacho a quien tuvo por sargento: «Santiago Ibero se fue al Norte o a Francia con el señor Muñiz. El señor Muñiz ha vuelto; Ibero no».

Con el que tal dijo trabó conversación, anhelando más informes. Pero en esto entraron en tropel los chiquillos de Chaves: dos niñas preciosas como los mismos ángeles, el hijo mayor, de ocho años, despabilado y gallardísimo, y un chiquitín de cinco, que era la criatura más salada y traviesa que se podría imaginar. Moriones y el sargento (si lo era) se despidieron, y los niños rodearon a Teresa colmándola de fiestas y carantoñas. Propuso ella llevarse a su casa las dos niñas, comprarles dulces por el camino, y devolverlas a la noche. Convino en ello la señora de Chaves, que a punto entró. Iba de visitas, y se llevaría el niño mayor. El pequeño, llamado Pepito, iría, como de costumbre, (p.7616) a paseo con su padre. Amaba tiernamente don José a todos sus hijos; pero aquel gracioso pillastre era su debilidad, sin duda por el temperamento revoltoso y de sistemática oposición que en el niño a todas horas se mostraba.

Admirable cosa era que, gozando de tantos bienes domésticos, mujer buena y hermosa, lindos, inteligentes hijuelos, floreciente negocio comercial, todo esto y su reposo y su tiempo, y sus ganancias, lo sacrificase Chaves en altares idolátricos de la política. O eran aquellos tiempos de mayor inocencia, o de mayor virilidad. De todo habría seguramente. Ello es que, sin el llamado candor progresista de que tanta burla han hecho los oligarcas de poco acá, no se habría limpiado esta vieja Nación de algunas herrumbres atávicas que la tenían paralizada y como muerta. Si héroes anónimos hubo siempre en nuestras epopeyas guerreras, también los hubo en los dramas políticos; héroes de abnegación no menos grandes que los que arriesgaron la vida y el honor militar. Chaves fue de los más esclarecidos patriotas, de los más candorosos mártires por la idea, que martirio y candor parecen la misma cosa, y el hombre se dejó ir a su ruina y descrédito por secundar valerosamente las ideas de libertad y justicia que sintetizaba en cuatro letras el sugestivo nombre de Prim. Prim era la luz de la patria, la dignidad del Estado, la igualdad ante la ley, la paz y la cultura de la Nación. Y tal maña se habían dado la España caduca y el dinastismo ciego y servil, que Prim, condenado a muerte después de la sublevación del 3 de Enero, personificaba todo lo que la raza poseía de virilidad, juventud y ansia de vivir.

 

Ep-39-XXX -

Entró el de Reus en Portugal con sus fieles húsares y los amigos que le seguían. Poco tiempo permaneció en Lisboa; partió a Inglaterra, de Londres a París, apretándole a ello la precisión de ponerse al habla con sus activos colaboradores para tramar sin demora el alzamiento decisivo. Un nuevo plan de arreglo propuesto por Palacio interrumpió estos manejos; pero frustrada la componenda (un ministerio (p.7617) Lersundi formado a gusto de Prim) , siguió la socava tenebrosa minando las capas más firmes del terreno social. En Abril se consiguió en Madrid arrastrar a la conjuración a los sargentos de Artillería; en Mayo, las guarniciones de Valladolid, Vitoria y San Sebastián quedaron cogidas; en Junio se pudo dar al esquema revolucionario algún viso de organización. Ejecutores de este programa en provincias y en la Corte eran Pierrad, Pasarón, Lagunero, Escalante, don Martín Rosales y otros nombrados jefes.. Nunca se habían acumulado tantos elementos; nunca la cautela había conseguido evitar tan bien la repetición de los errores que fueron génesis del aborto en anteriores tentativas.. El secreto con que laboraban los fieles adeptos no salía de las catacumbas.

De esto tenía pruebas Teresa Villaescusa, que ávida de conocer la interna trama, preguntaba solapadamente a cuantas personas podían a su parecer darle alguna luz. Aquel mocetón que en casa de Chaves le dio las únicas noticias que de Ibero pudo obtener, se le apareció una tarde vestido de sargento cuando Teresa iba de su casa, calle de las Rejas, a la de su madre, en la de San Ignacio. Con finura la saludó el militar, preguntándole por su salud, y ella, con más curiosidad que cortesanía, le soltó esta descarada observación capciosa: «Ya sé que está usted comprometido.. ¡Bien por los sargentos de Artillería! Y me han dicho que algún oficialito también..». Poniéndose colorado, dijo el sargento con cierto énfasis que nada sabía; que su Cuerpo no se metía en fregados de revolución; que él se cuidaba tan sólo de cumplir su deber, y que no variaría de conducta por todo el Universo.

«Santa Bárbara le acompañe -dijo Teresa, colándose incontinenti en otra indagación de más interés para ella-. Es usted como aquel otro chico salvaje, su amigo y paisano, que todo lo arregla encomendándose al Universo.. Y a propósito: ¿sabe usted si ha vuelto Ibero a Madrid?». Respondió el sargento afirmativamente. En Madrid estaba: le había visto dos veces. ¿Dónde? Una junto al cuartel de la Montaña; otra en la calle (p.7618) del Duque de Liria. Venía del Seminario de Nobles, Hospital Militar, en dirección verbigracia de la Cara de Dios.. Por cierto que iba muy derrotado, como si quisiera hacerse pasar por mendigo. Algo más le preguntó Teresa, fingiendo indiferencia, y luego cortó la conversación con un saludito de despedida. El sargento se puso a sus órdenes cortésmente: «Simón Paternina, de la Guardia, Rioja alavesa, para lo que guste mandarme».

Aquella noche comió Teresa los garbanzos en casa de su madre (donde regía la moda francesa en las horas del yantar) , y es fama que estuvo desabrida, mimosa y tan fuera de quicio, que puso en cuidado a la egoísta y astuta dueña. Lo que a esta más alarmaba fue que dio en la manía de no ir a su casa a la hora en que fijamente la visitaba el empalagoso caballero burocrático. Por fin, con ruegos y amenazas, la indujo la madre al cumplimiento de sus deberes. No debió Teresa cambiar de humor en presencia de Oliván, porque este se retiró a la hora de costumbre, harto lastimado y afligido. Ello fue que la linda moza recayó desde aquella noche en la extraña dolencia de asustarse de todo, y de verse perseguida por malignos seres invisibles. Así lo entendió doña Manuela, que clamando al Cielo decía: «Comido vea yo de perros al que enseñó a mi hija esa brujería indecente de hablar con las ánimas. El que metió estas diabluras en pobre cacumen fue sin duda el pillastre de Clavería, o alguno de los machacantes que iban en la dichosa columna».

Perdió Teresa el apetito y dormía muy poco, inquietando a Oliván, que no cesaba de recetarle agua ferruginosa y vino rancio, precisamente lo que tomaba su mujer para combatir la anemia. Manolita, no menos inquieta, le recetaba paseos, teatros, salir de compras, visitando particularmente las joyerías: este era el tratamiento más eficaz contra duendes y fantasmas. Alguna noche, cuando se quedaba libre de la insulsa compañía de don Enrique, se ponía Teresa mantón y nube, y echábase a la calle con su criada. ¿A dónde iba? A vagar por las calles sin objeto aparente, no huyendo de (p.7619) los espíritus, sino más bien buscándolos. Entendía la criada Patricia que al acecho de alguna persona andaba su señorita; así lo demostraba el precipitado paso de esta, sus miradas inquisitivas, y el hecho de trotar casi siempre por las mismas calles. Las correrías se limitaban al espacio comprendido entre el cuartel de la Montaña y el Portillo del Conde Duque, entre el de San Bernardino y la Universidad.

Una noche, pasando a última hora por la calle de los Reyes, vieron que de una casa baja y pobre, cuya puerta ostentaba el rótulo de Imprenta, salieron dos hombres hablando con mucha viveza. En la esquina de la Travesía del Conservatorio se detuvieron a platicar con otros dos que venían en dirección contraria. Las dos mujeres, arrebujándose bien, pasaron junto a ellos, siguiendo hasta doblar la esquina de la Plazuela de Leganitos. Teresa dio con el codo a su doméstica y le dijo: «¿Sabes quién es ese que me miró cuando pasábamos? Sagasta.. En los otros tres no pude fijarme. Me pareció que uno de ellos era Montemar». Otra noche, en el callejón del Cristo, vieron a Chaves, viniendo del Conde-Duque en compañía de un hombre de inferior estatura, que se contoneaba al andar. Ocultó Teresa su rostro, temerosa de que su tío la conociera, y cuando estuvieron lejos, dijo a Patricia: «El pequeño es Manolo Becerra».

A la noche siguiente tuvieron un mediano susto. En la calle del Limón las requebraron y persiguieron unos hombrachos que salían de una taberna. ¡Pies, para qué os quiero! Ama y criada no pararon hasta dar con un sereno, que las tranquilizó acompañándolas largo trecho. A la media hora resurgían solas en la Plaza de Ministerios, y en uno de los bancos fronteros al Senado se sentaban a descansar, convidadas de la serenidad de la noche silenciosa y del temple primaveral del aire. Las miradas de Teresa eleváronse al firmamento, engalanado de todas sus maravillas sidéreas. Buen rato estuvo esparciendo sus ojos por tanta magnificencia, y trató de recordar lo que en noche serena y en lugar distante de Madrid (p.7620) le había enseñado un salvaje astrónomo. Pero su memoria no retenía más que los nombres de algunas estrellas de primera magnitud. Embelesada, poseída de fervor religioso, lanzó su alma en veloz carrera tras de sus ojos, para explorar el inmenso espacio y medir, si así puede decirse, la infinidad sublime de sus distancias.

Trató luego de comunicar su fervor y sus conocimientos a la ingenua muchacha, que hacía por remontar al cielo sus miradas perezosas. «Todo lo que ves, Patricia, es lo que llamamos el Universo, y cada estrella de ésas es un mundo grandísimo, lleno de personas. De lo que hay allá, sólo sabemos los nombres que los matemáticos de aquí han puesto a las estrellas. Una se llama la Osa, otra la Cabra, y hay también el Toro, el León, el Carnero.. Pero aunque llevan nombres de animales, son mundos de Dios, llenos de almas cristianas». Patricia no contestó más que con el ¡aaaah! admirativo que usa el pueblo para saludar el esplendor de los fuegos artificiales. De improviso descendió Teresa de aquellas alturas, cayendo como un rayo sobre esta terrestre idea: «Oye, Patricia: tú me has dicho que tu novio es sargento. ¿Es acaso de Artillería?».. «No, señorita: es de los que están en aquel cuartel grande por donde pasamos anoche. Lleva un sombrerete que llaman chascás».. «Es lancero. ¿No te ha dicho si le han catequizado para sublevarse?».. «Melchor no se mete en esos trotes. Dice que va a venir revolución, y yo tengo miedo de que le toque alguna china».. «No temas nada. Revolución vendrá, y todo lo existente caerá patas arriba. El porvenir es de los sargentos. ¿El tuyo no te ha hablado de Prim?».. «Sí, señorita. Dice que es el General más bragado y de más meollo que tiene España».. «Sí, sí -afirmó Teresa con tanta unción como cuando se embelesaba en las estrellas-. Prim es el hombre..».

En la quinta salida, víspera de San Antonio, el Acaso brindó al fin a las dos mujeres extraordinaria y sorprendente aventura. Fueron hacia el Portillo de San Bernardino: a cada paso encontraban grupos de gente alegre, borracha y cantora, (p.7621) que por la Cuesta de Areneros subía de San Antonio de la Florida. Retrocedieron requiriendo la soledad, y cuando por la calle de Liria embocaban a la Plazuela de Afligidos, vieron ¡ay! dos hombres que venían del Conde-Duque.. ¡Era él, era..! Quedó Teresa paralizada y muda. Los dos hombres pasaron cerca; la claridad dormilona de los faroles, junto con la de la luna menguante que acababa de salir, permitió a Teresa reconocer la figura gallarda de Ibero, que según ella con ninguna otra podía confundirse, su perfil noble, su andar decidido, y su vestimenta, que no era de mendigo, como le dijo el sargento, sino decente, sencilla y airosa. Pero más que el estupor, le ató los brazos y cerró la boca un miedo supersticioso, una punzante duda. ¿Sería un espíritu y no un ser corpóreo? Tras esta duda, otra asaltó su mente. ¿Los espíritus de los vivos pueden ser visibles?

Los segundos que duró esta confusión perdiolos Teresa para el seguimiento de los dos hombres, uno de los cuales, según ella, era Ibero, el otro Moriones. Iban hablando en voz queda y con serenos ademanes. El breve tiempo perdido por Teresa en el pasmo y suspensión de resuello que le ocasionaron sus dudas, los hombres o fantasmas, si tales eran, pudieron llegarse a una puertecilla próxima al santuario de la Cara de Dios, discutir un momento si entrarían o no, retroceder algunos pasos y entrar rápidamente por el callejón del Príncipe Pío. Al verles filtrarse por aquel angosto pasadizo, recobró Teresa su aliento, y disparada corrió en la propia dirección. Entró por donde ellos habían entrado; les vio allá, como sombras, en un recodo que torcía bruscamente a la derecha; siguió; corrieron las dos hasta una plazoleta o solar del cual partía otro conducto tortuoso, costanero, irregular, sin fin.. Desesperada Teresa, no viendo ya a los dos hombres ni rastro de ellos, se paró, y con el aliento que le quedaba soltó tres veces el nombre de Ibero, en gritos intensísimos y desgarradores, haciendo trompeta con las manos. Halláronse en un sitio donde la obscuridad era pavorosa. (p.7622) Creyérase que ante las mujeres, los faroles del alumbrado público habían huido con temblor de sus vidrios y chisporroteo de sus luces. Confusamente se distinguían tapias, alguna casucha con puerta y ventana cerradas. Los hombres, si tales hombres eran y no espectros, se habían desvanecido en las tinieblas.

Viendo a su ama enteramente descompuesta y desgobernada, tomó el mando Patricia, y tirando del brazo a Teresa hizo por sacarla de aquel laberinto. La salida no era fácil. Al fin, por un hueco entre dos tapias se vieron en calle conocida. Dejábase Teresa conducir en silencio por su criada, y lo primero que hablaron fue para dilucidar el punto por donde desaparecieron los dos hombres. Ocurrió entonces un caso extraño: Patricia los vio en Afligidos, y sostenía que habían entrado por la portezuela próxima a la Cara de Dios. Lo de que se sumieron por la angostura del Príncipe Pío era patraña y falsa visión de la señorita. Se enfurecía esta defendiendo la verdad de lo que había visto, y sin hacer caso de su fiel doméstica, que le proponía volver a casa, metiose con paso vivo por las calles del Río y del Reloj, hasta dar en la plazuela de Ministerios. Allí soltó su lengua en desordenada vociferación, diciendo: «No voy a casa, no vuelvo a mi casa.. Yo no tengo casa. Soy salvaje, Patricia, y como venga Enrique a querer llevarme, verás una mujer furiosa defendiendo su libertad. Y no vuelvas a decirme que Santiago y Moriones no entraron por el callejón. Yo te digo que sí, y no tienes que replicarme. Yo los vi.. no eran visiones ni espíritus.. No me contradigas; no me atormentes.. o haré contigo lo que con Enrique.. No me hables de ese rey de los bobos.. Esta mujer no es suya, estos ojos no son suyos.. ni esta boca es suya, como no lo sea para escupirle.. Te juro que aborrezco a todo el género humano, menos a un solo hombre, el único que existe para mí.. No me digas que no, Patricia.. Cállate o te saco los ojos».

Viéndola en tal exaltación, quiso la muchacha reducirla con ternuras. Teresa rompió en llorosos lamentos: «El mundo todo revolveré (p.7623) hasta que encuentre lo que es mío. No voy a casa, no me acuesto.. Si no le encuentro; si no me dice que me quiere a mí como yo le quiero a él, tengo que matarme, Patricia. A ningún hombre quise nunca.. a él sólo, a ese que has visto.. Nada: o me quiere o me mato, que para eso tengo preparados dos venenos que con sigilo compré». Apenas dicho esto, desembarazada ya de nube y manto, arrojose en el suelo con epilépticas contorsiones. Acudió Patricia a socorrerla y sujetarla; mas ella contraía brazos y piernas, dando al silencio de la noche su voz desgarrada: «Me mato, quiero morir.. No más, no más sufrir vida tan miserable». Golpeándose el cráneo y haciendo presa en sus cabellos, clamaba: «Maldita de mí que traté a tantos hombres y no supe esperarle a él. No sabía yo lo que él me ha enseñado, Patricia; no sabía yo que en el mundo existe todo lo que deseamos.. la dificultad está en buscarlo bien.. Déjame; no, levántame: volvamos allá. Le encontraré, porque allí vive.. Entró en alguna de aquellas casuchas bajas.. Ven, vamos; llamaremos en todas las puertas..».

Prometiéndole acceder a cuanto deseaba, Patricia logró que se levantara.. A su lado la hizo sentar, en el banco próximo. Irían, sí, en busca del hombre perdido; mas era menester esperar el día. Por de pronto, lo mejor sería retirarse a casa, dormir un poco, y después.. Rebelábase Teresa contra esto, y en dimes y diretes estuvieron todo lo restante de la madrugada. La Providencia deparó a Patricia un humanitario sereno, que arrimándose a las dos mujeres ofreció sus servicios.. Vencida del horrible cansancio, quedó Teresa en visible atonía y somnolencia, colgante la cabeza sobre el pecho; y este momento aprovechó la criada para correr a dar aviso a Manolita, dejando a su ama al cuidado del sereno. Con rápida frase contó la muchacha lo que ocurría, confesando las escapatorias nocturnas, y narrando el medroso encuentro que había sido causa del mayor disloque de la señorita. Tales fueron la consternación y sofoco de la madre, que a punto estuvo de rasgar la bata cuando quiso ponérsela para (p.7624) salir en socorro de su adorada hija. ¡Jesús, qué conflicto, qué desconocido drama, y qué pavoroso quiebro del Destino!.. Todos los hipidos y arrumacos de su repertorio empleó la buscona para reducir a Teresita y llevarla a la casa materna, lo que logró al fin con ayuda de su criada, de Patricia y de dos serenos expeditivos y serviciales. Acostaron a la doliente, y doña Manuela se ocupó en desentrañar con arduas cavilaciones el nuevo problema que se le planteaba. ¿Qué le había pasado a la hija de sus entrañas? ¿Quién era aquel hombre que iba con Moriones por obscuras callejas, y que sólo con su rápida presencia diabólica había trastornado a la pobre Teresa? De sus cálculos y razonamientos sacó en limpio que el caso se relacionaba con los malditos conspiradores, y aquel mismo día, ni corta ni perezosa, se fue a confiar su cuita al bueno de Chaves, pidiéndole orientación, consejo. Pero don José, después de oír la triste canción de la dueña, se inhibió secamente, y la despachó a cajas destempladas.

 

Ep-39-XXXI -

En mala ocasión iba Manolita con estas andróminas al amigo Chaves, que entonces se hallaba en el paroxismo de su actividad demoledora. Los trabajos no permitían un minuto de reposo a los atrevidos laborantes. Todo estaba dispuesto. La conspiración era ya un rimero de pólvora, al cual no faltaba más que arrimar la encendida mecha.. No obstante la buena voluntad de todos, surgían desavenencias que no siempre eran reductibles. La más grave de ellas sobrevino entre la dirección civil y la militar, entre la Junta y Moriones. Este, que había llevado a feliz término la seducción de sargentos, vio pospuestas sus ideas a las de los civiles, y para cortar discusiones peligrosas, la suprema autoridad, que era Prim, determinó que el hombre de las Cinco Villas fuese a dirigir los trabajos de Valencia.

En el delirio de la organización masónica, Chaves no desperdiciaba las horas ni los momentos; ni aun cuando sacaba de paseo a su adorado niño, dejaba de desempeñar alguna comisión, o despachar algún trámite necesario. Una (p.7625) tarde cogió al niño, a quien su mamá había puesto muy majo para el paseo, y se lo llevó por las calles dándole cuerda, por el gusto de oírle sus dichos graciosos y sus salidas agudas. Era el chiquillo travieso, levantisco, y como decía su padre, estaba siempre en la oposición. Los juguetes de sus hermanos le gustaban más que los suyos. Era una fierecilla cuando le vestían y cuando le desnudaban; en las comidas chillaba siempre por lo que no había; si en el paseo le conducía su padre de la mano derecha, quería ir de la izquierda.

Aquella tarde llevaba Pepito, como de costumbre, su pelota, que solía tirar ocasionando algún trastorno en la circulación de transeúntes. Pero don José, lejos de incomodarse por esto, se reía como un simple cuando tenía que recoger el juguete a larga distancia. Así entraron por la calle de San Mateo, y al llegar al cuartel del mismo nombre, frente a la puerta principal, donde estaba la guardia, tiró el chiquitín la pelota, la recogió el papá devolviéndola por elevación, y en este juego con apariencias de inocente, la pelota entró por el portal adelante hasta el patio en que estaban los soldados. Por impulso propio o por instigación paterna, colose dentro la criatura en seguimiento de su juguete; con fingido enojo entró tras él el padrazo, diciendo: «¡Ay, qué chiquillo!.. Ustedes dispensen..» y este fue el preciso instante en que apareció el sargento de guardia, ya prevenido. Chaves hizo como que le pedía excusas, y sotto voce le sopló al oído la hora, día y lugar de la cita. No era la primera vez que este ardid se empleó en los cuarteles; también solía usarlo el astuto conspirador para meterse entre filas, cuando la tropa estaba en maniobras. El tal Pepito era un ángel atrozmente revolucionario.

El juego de pelota no fue la última diligencia de Chaves aquella tarde. A otros sitios fue con su gracioso niño, y por fin llegose a casa de don Joaquín Aguirre, con quien tenía que conferenciar. El ilustre canonista, presidente de la Junta revolucionaria, le esperaba en su despacho; entró el amigo con su nene, que ya venía muy cansado y soñoliento, (p.7626) frotándose con los puños los ojitos. Púsole su padre en una silla, ordenándole la quietud. Hablaron el patriota y el patricio con la viveza y el interés propios de la madurez del asunto que iban a tratar. Pero el chiquillo, que siempre era de oposición, interrumpió a los graves conjurados rompiendo en clamores de protesta y tirándose de la silla. Tuvo D. José que cogerle en brazos, acariciarle, arrullarle, decirle mil ternezas, y el niño, agradecido, inclinó la cabecita sobre las patriarcales barbas de su papá, y se durmió profundamente. Era en aquel momento el buen demagogo la perfecta imagen de San José.

Siguiendo la conversación interrumpida, Aguirre hizo a su amigo manifestaciones de suma importancia. Según lo acordado por Prim, este daría el grito el 23, en un pueblo de Guipúzcoa. Ya estaban en camino los comisionados que habían de transmitir las órdenes a las fuerzas comprometidas en las poblaciones del Norte. El alzamiento de Madrid había de ser precisamente el 24. Para ponerse al frente de los sublevados, ya teníamos aquí al general Pierrad, oculto en casa de Moreno Benítez. Revelando satisfacción, dijo asimismo don Joaquín que estaban ya vencidos los escrúpulos que había mostrado para secundar la sublevación su pariente el capitán de Artillería don Baltasar Hidalgo. Realmente, no debía influir ya el espíritu de Cuerpo en el ánimo de aquel distinguido oficial, pues oportunamente había pedido la licencia absoluta.. A este propósito, habló Aguirre calurosamente del capitán Hidalgo, alabando su valor, liberalismo y caballerosidad: este juicio no lo ha desmentido la Historia.

Despidiéronse el patricio y el patriota con breves fórmulas de amistad y proselitismo. Salió Chaves presuroso con su niño en brazos, y tomó rumbo hacia su casa.. La excitación encendida en su ánimo por el entusiasmo, el deber, la responsabilidad, la grandeza de la idea que pronto había de condensarse en formidables hechos, era como acicate que a precipitar el paso le obligaba. Por esto y por el peso de la criatura, llegó a su casa sofocado. Ya no (p.7627) parecía San José, sino San Cristóbal. «Toma esto», dijo a su esposa, entregándole a Pepito. Comió precipitadamente, tragando sin mascar, y salió como una saeta. Urgía disponer la forma de repartir armas a los paisanos, cosa en verdad peliaguda. Toda la noche emplearía en avistarse con los amigos, ávidos de empuñar trabucos y pistolas, y para ello era forzoso acudir a sitios diferentes y distantes, donde el animoso pueblo celebraba sus obscuras asambleas: Afligidos, Limón, Cuchilleros, Ventosa, Tribulete, Salitre, Tres Peces, etc.. Felizmente, dos comisarios de Policía, a la entera devoción de Chaves, le ayudaban en esta colosal faena.

Y sucedió que la ejecución del plan se anticipó dos días a lo presupuesto, por impaciencia de algunos conjurados, que temían no poder hacer nada si aguardaban a que el pronunciamiento estallase en provincias.. Véase cómo ocurrieron las cosas. La noche del 21 al 22, doña Manuela Pez notó desusado ir y venir de gente en la solitaria calle donde vivía, que era, como se ha dicho, la de San Ignacio, en el apartado barrio de Leganitos. Mirando por los cristales de su gabinete, vio que no cesaban de entrar hombres en la casa inmediata a la suya. Al instante, recordó que Chaves había alquilado días antes los dos cuartos de aquella casa. «No hay duda -se dijo-: aquelarre tenemos. Milagro será que no se arme esta noche la gran trifulca». Luego sintió run-run de voces tras del tabique medianero. En el mismo gabinete estaba Teresa, que sufría quebrantos de salud, inapetencia, insomnios.. Los ruidos de la casa cercana no se escaparon a su oído sutil; levantose de la butaca, y aplicó su oreja al tabique. Escuchó largo rato; sus ojos brillaban de júbilo, sonreía su boca repitiendo: «¡Prim, Libertad!».

Dejándola en aquella distracción inocente, su madre, sin apartarse de los cristales, se zambullía en hondas cavilaciones. En aquellos días, no pudiendo apartar de su magín la nueva crisis de Teresa, abusaba horrorosamente del monólogo. «Si viene trifulca, que venga, que de las revoluciones salen los hombres (p.7628) nuevos.. Con lo que me ha dicho Mauricia se me ha ensanchado el corazón. ¡Vaya, que si es efectivamente un conde disfrazado..! ¡Jesús, Jesús, de pensarlo me dan mareos!.. Pues otra: ahora sale Pepe Chaves con que el chico es de una familia rica y noble de la Rioja alavesa.. ¡Virgen de los Remedios, si todo eso es cierto, menuda lotería nos va a caer! La verdad es que el don Enrique se había hecho insoportable. Hombre más jaqueca y más chinche no ha venido al mundo. Con sus remilgos, su miedo al escándalo, y aquel hablar como la Gaceta, no le aguantaría ni el mismo Job. ¡Vaya con la pretensión de meter a mi hija en las Arrepentidas! Métase él si quiere en un correccional para hombres desaboridos, fulastres y mariquitas. En fin (suspirando fuerte) , despedido está.. Veremos lo que ahora nos trae Dios. Vengan trapisondas y novedades. Lo que yo digo a mi hija: no importa la revolución con tal que no nos destronen a Isabel II, ni nos traigan la libertad de cultos..». Apartándose del tabique, se lanzó Teresa a un pasear vivo por la estancia. Su rostro, de admirable belleza melancólica, irradiaba satisfacción y orgullo. Acudió su madre a tranquilizarla; mas ella, alzando el brazo como si tremolara una bandera, gritaba: «¡Prim.. Libertad!». La bellaca dueña, con ademán de blandir una espada, respondía: «Venga revolución.. hombres nuevos». Excitada y nerviosa, Teresa quiso echarse a la calle; pero su madre con exhortaciones y caricias logró quitárselo de la cabeza. Oyendo los ruidos de la casa inmediata, y haciendo mil conjeturas sobre lo que podría suceder, estuvieron en vela hija y madre toda la noche.

A las dos de la madrugada salió Chaves de la casa donde paisanos y oficiales aguardaban el momento de entrar en acción. Iba solo. De la calle de San Ignacio bajó a la plazuela; metiose luego por el callejón de Leganitos, y atravesando por solares y recovecos lóbregos, llegó a una explanada de donde se veían las ventanas altas del cuartel de San Gil por la parte trasera. Allí se detuvo; vio luz en uno de aquellos huecos; sacó un (p.7629) pañuelo, y lo agitó repetidas veces; poco tardó en abrirse la ventana, donde un soldado hizo señal con una sábana.. De allí partió el hombre, y por ásperos derrumbaderos se dirigió a la Montaña; rodeó el Cuartel, y llegando al promedio de la fachada Norte, encendió un cigarrillo: la quietud del aire permitía mantener un rato inextinta la llama del fósforo. A esta señal, respondió una luz en las ventanas altas.. Después, dio la vuelta el patriota por senderos abruptos, entre el palomar y el Cuartel, y pasando por la fachada principal de este, donde estaba la guardia, repitió la señal sin pararse. A cierta distancia, al arrimo de un árbol, vio claridades inequívocas, que en las rejas del piso bajo daban respuesta o conformidad..

Acto continuo salió como flecha hacia la calle de San Ignacio, donde los oficiales y el General esperaban intranquilos. Chaves les dijo: «La señal está dada; han respondido: conformes; no hay novedad. Cada cual a su puesto». Volvió a salir disparado, y en un minuto llegó frente a la puerta del Cuartel de San Gil, apostándose a la mayor distancia que permitía la anchura de la plaza.. Aclaraba el día por instantes; era el momento más bello que sin duda existe en la Naturaleza. El cielo sereno y limpio, sin la más ligera mancha de nube, se inundaba de luz, dando vida y color a todas las cosas de la tierra. El silencio religioso de aquellos instantes sólo era turbado por lejanos desperezos de la ciudad que salía del sueño, y por los cantos de codornices aprisionadas que en diferentes balcones saludaban el día. La expectación anhelante con que el patriota miraba al Cuartel, no estaba exenta de fervor pietista. En su bárbaro fanatismo sectario cabía la invocación a la Divinidad. Todo hombre que vive consagrado a una idea, cuando suena para esta idea la suprema hora, sabe enlazarla con los altos designios.

Esperando los hechos, contemplaba Chaves en su mente el plan trazado para realizarlos. Todo su afán era que los hechos correspondiesen con exactitud a su explanación teórica, como acontece en los programas de teatro. El plan era este: los (p.7630) sargentos de San Gil, al toque de diana, sorprenderían a los jefes, encerrándolos en el cuarto de estandartes, sin derramamiento de sangre. Los del Retiro sacarían al Prado sus baterías, amenazando el Cuartel de Ingenieros, y esperando a que llegase la Infantería de San Mateo. Los Cazadores de Santa Isabel correrían a situarse en las calles que desembocan en Palacio. Las fuerzas del cuartel de la Montaña, ocupando la Plaza de Isabel II y la Plaza Mayor, incomunicarían las zonas Sur y Norte de Madrid. Las baterías de San Gil ocuparían la Puerta del Sol.. Los paisanos en armas se colocarían en los sitios consagrados por la estrategia popular.

El programa militar de la sublevación no quería dejarse fijar en la mente del patriota, y en ella oscilaba, descomponiéndose en movibles líneas que alteraban sus disposiciones fundamentales. Esforzábase Chaves en reorganizarlo.. Quisiera por virtud del solo pensamiento calcar en él los históricos hechos.. En esto, vio aparecer a Becerra con algunos paisanos bravucones armados hasta los dientes. Díjoles que esperaran en lo alto de la escalerilla de la calle del Río, y volvió a su acecho. Aclaraba más el día.. El corazón de Chaves marcaba los segundos con tremendos golpetazos.. De repente ¡ah! hirió sus oídos el vibrante son de la diana, que fue como estremecimiento de los cielos y la tierra. Medio minuto más, y sonó un disparo dentro del Cuartel; después dos.. cinco.. hasta diez.

Corriendo hacia la escalerilla, vio descender por ella al capitán Hidalgo, con traje de marcha. «Ya han sonado tiros -le dijo-. Entre usted..». Decidido, Hidalgo entró en el Cuartel. Acompañole Chaves hasta la puerta, y vio un sargento muerto a la entrada del cuerpo de guardia.. Los tiros seguían.

 

Ep-39-XXXII -

Al toque de diana hallábanse en el cuarto de estandartes los oficiales de guardia, capitanes don Juan Martorell y don Eugenio Torreblanca, y los comandantes don Joaquín Valcárcel y don José Cadaval. No dormían; jugaban tranquilamente al tresillo. Llegaron de puntillas al portal los sargentos (p.7631) sediciosos, creyendo a sus jefes entregados al sueño. Quedamente entreabrieron la puerta, con suavidad de fieles criados que no quieren interrumpir el sueño de su amo. Al rumor, los oficiales, con alarma súbita, tiraron las cartas.. Tirar las cartas y echar mano a los revólveres, fue todo uno. Antes que los sargentos osaran pronunciar una palabra, Martorell les increpó con la dureza que la disciplina permite y aun ordena. Segundos duró la estupefacción de los sargentos, que iban con intención de encerrar tan sólo, y se vieron en la obligación de matar. En un aliento pasaron de la piedad respetuosa a las violencias que impone el instinto de conservación, y ya no hubo jefes ni oficiales, sino un duelo terrible entre dos grupos de hombres: para que uno de los grupos pudiera vivir, tenía que perecer el otro. Invadieron los sargentos el cuarto al grito de ¡viva Prim!.. Martorell cayó muerto; Torreblanca tan mal herido, que por muerto le dejaron. Valcárcel y Cadaval, que salieron en la confusión del primer momento, tratando de someter a los rebeldes, murieron a los pocos pasos en los patios del cuartel.

Por la eficacia del número, que les dio brutal superioridad, vencieron los sargentos, obrando como ciegas máquinas de destrucción, y el primer choque les resultó un acto criminal, que por ningún artificio lógico podía ser considerado como acto de guerra. La moral del alzamiento sufrió rudo golpe y una desviación lastimosa del primitivo ideal de justicia que a los jefes guiaba. La fatalidad, siempre burlona y trágica, ordenó que los oficiales no tuviesen sueño y entretuvieran con las incidencias del tresillo las largas horas de la guardia. El genio protector de Prim fue el que se durmió aquella noche, mientras los oficiales velaban jugando.

Salieron del cuartel los sublevados con grande algazara y desorden. Unos arrastraban los cañones; otros iban sacando los atalajes y los troncos de mulas. Turba de paisanos, que en un instante invadieron la Plaza, querían ayudar, y en realidad estorbaban. La falta de oficiales se hizo visible desde el primer momento. Lo (p.7632) que en ocasión normal era obra de minutos, en aquella se estiraba en demoras eternas. El capitán Hidalgo, demudado al principio, enérgico después ante el barullo, intentó ser cabeza de aquel descabezado cuerpo: su voz no se oía en el tumulto oceánico de tantas voces. No había manera de organizar la desorganización, ni de traer a la unidad las individuales energías desmandadas. Al fin, una parte no más del Regimiento montado pudo formar, y en imperfecta línea se colocó a la parte arriba de la Plaza, ocupando Leganitos y la cuesta del Duque de Osuna. Los de a pie formaron abajo, esperando que se les uniera la infantería del Príncipe. En el laberinto de órdenes y contraórdenes, volaban los minutos, como avecillas ladronas que se llevaban el éxito.

En esto sacaron al General don Blas Pierrad. Como se incorpora una efigie a la procesión organizada ya con fieles y clerecía, lo presentaron a las tropas; montó a caballo; pasó revista como pudo frente a las filas descompuestas; fue aclamado por soldados alegres y paisanos roncos, y por la caterva de mujeres que poblaban los balcones. Aunque no se le conocía ni por retratos, su figura gallarda suplió por un instante la falta de popularidad. Las aclamaciones culminantes ¡viva la Libertad, viva Prim! habrían sido más ardientes si el pueblo viera la propia figura del héroe de Castillejos; pero la representación pálida del hombre y de la idea no encendía los corazones.

Seguía volando el tiempo, y la acción estancada de los rebeldes no daba un sólo paso. Hidalgo, ardiendo en zozobra, no cesaba de mirar hacia la Montaña, y de la Montaña, después de mucho esperar, no vinieron más que unos cuarenta hombres, azorados, conducidos por sargentos. Oficiales diligentes trataron de formar con ellos una columna de vanguardia para llevarla por Leganitos hacia Santo Domingo, que no es plazuela, sino encrucijada o atascadero peligroso.. La Artillería montada, maniobrando con embarazo, se dividió en secciones. Por las calles de Leganitos, Bola y Torija subían las baterías, rodeadas de ciudadanos (p.7633) truculentos. De los balcones caía, como lluvia de flores de trapo, la nutrida ovación mujeril.

En esta situación tumultuosa, guiados por un entusiasmo nervioso y verbal, llegaron a Santo Domingo, donde ya el paisanaje hacía un bosquejo de barricada enfilando la calle de Preciados. Trataron los artilleros de emplazar algunas piezas. No podían revolverse, y el tiempo se les iba de entre las manos como culebra escurridiza. Ya la Puerta del Sol estaba llena de tropas leales, que atacarían por Preciados. El general Pierrad, a quien allí se unió Contreras, dispuso que los soldados ocuparan las casas vecinas con el fin de apoyar desde los balcones el fuego de la barricada. Creyó luego que podría abrirse paso por Jacometrezo hasta la Red de San Luis; entró por aquel intestino; pero de la calle del Olivo no pudo pasar. A escape retrocedió por Tudescos a Santo Domingo, donde ya Contreras y un puñado de hombres de pelo en pecho se aprestaban a la defensa de la posición. De la Puerta del Sol venían los que la Historia llama leales, los artilleros del Retiro, que comprometidos estuvieron con sus compañeros de San Gil para pronunciarse juntos. ¡Qué sarcasmo, Santo Dios! Los que se habían juramentado en la fe de la Revolución, ahora se batían fieramente contra ella. Los amigos eran enemigos. Nadie podría decir si los leales eran traidores, o los traidores leales.

¿Qué razón había para este duro sarcasmo histórico? Pues sucedió que a O'Donnell llevaron un soplo antes de amanecer, cuando Chaves daba la señal a los cuarteles; que saltó de la cama; que mandó un recado a Serrano; recados a Narváez, Córdova, Hoyos, Concha y otros generales; que su hermano don Enrique O'Donnell corrió al cuartel del Retiro, sorprendiendo a los artilleros antes que los sargentos pudieran sacarlos a la calle; sucedió, en fin, que mientras los sublevados de San Gil perdían minutos en los entorpecimientos que les originaba su azorado desconcierto, O'Donnell los ganaba utilizando con la celeridad del rayo la organización existente. Allí (p.7634) se vio bien claro cuán difícil es que los cuerpos acéfalos puedan hacer frente a los bien dotados de firme cabeza. Cuando aún los pronunciados no habían subido a Santo Domingo, salió don Leopoldo a caballo de la Inspección de Milicias. Recorrió la calle de Alcalá, revistó las fuerzas del Principal; en la Puerta del Sol encontró a Serrano, a pie, y díjole que estaba inquieto porque no parecían los artilleros del Retiro.. Serrano montó el caballo del coronel Cortés, y diciendo: «voy a buscarlos yo», partió como exhalación hacia el Prado.. No tardó en aparecer de nuevo con la noticia de que el Regimiento estaba ya en camino, y entonces O'Donnell le ordenó que fuese a Palacio, y que, si por allí había novedad, tomara las medidas que creyese necesarias. Partió Serrano a galope sin que le tocaran los disparos que en las calles afluentes a las del Arenal le hizo el paisanaje. En Palacio encontró el miedo de la Reina, no tan grande como el del Rey, y animando a todos, y haciéndose cargo de lo bien defendidas que estaban las instituciones, volvió al lado de su jefe y amigo.

En tanto el valiente Pierrad, cumpliendo en Santo Domingo con estoica entereza los deberes que su mala estrella le impuso, trataba de dominar el furioso oleaje de la muchedumbre sublevada, que no tenía ya concierto, ni jefes, ni municiones, ni suelo en que moverse. Los paisanos volvían del Parque vociferando porque no se les daban cartuchos; los soldados clamaban por que alguien les mandara; chillaban todos, y la voz del General se perdía en el espantoso tumulto. En la calle Ancha no pudo hacer nada de provecho, porque por la Universidad y calle del Pez aparecieron tropas del Gobierno. Previendo que se trataba de atacarle por las Rondas del Norte, encerrándole en un círculo de fuego del cual no podía salir, partió por la Flor Baja y Leganitos a reconocer el alto de San Bernardino. En esta marcha vio que gran parte de los artilleros sublevados le abandonaban, retirándose a San Gil con sentido estratégico, pues ya no había para ellos más solución que una resistencia brava (p.7635) en casa fuerte.

Iba Pierrad amargado, quizás maldiciendo la hora en que tomó la dirección del pronunciamiento, sin conocer las fuerzas que habían de seguirle ni estudiar el terreno en que habría de maniobrar. Quizás pensaba que una muerte honrosa sería para él la mejor salida de aquel confuso laberinto. Y cuando más engolfado iba en estos pensamientos, la suerte le deparó, no el honroso morir, sino un acertado resbalón violentísimo de su caballo. Cayó el hombre a tierra y recibió en la cabeza un golpe formidable que le hizo perder el conocimiento. Recogido por los hombres de su escolta, le metieron en la más próxima casa, que era la llamada del Duende en la calle del Duque de Liria, y allí se le curó de primera intención. Mientras a esto atendían los de la escolta y los caritativos habitantes de la casa, arreció fuera el peligro.. La Guardia civil se hizo dueña de la calle.. A toda prisa disfrazaron el cuerpo casi exánime del General, quitándole el uniforme, y endilgándole traje de paisano; sostenido por dos hombres, le sacaban para llevarle a lugar más seguro, cuando a registrar la casa entraron los civiles. El paso fue de intensa emoción teatral. O los guardias no le conocieron, o conocido, engordaron desmesuradamente su vista, a punto que llegaba un ilustre vecino, el Duque de Berwich y Alba con criados y mayordomos, el cual, haciéndose cargo del herido, se lo llevó tranquilamente a su palacio. Túvole allí bien asistido y cuidadosamente guardado de la policía hasta que se le pudo esconder en una embajada y arreglarle clandestina fuga por el ferrocarril.

Al volver de Palacio, Serrano pidió nuevas órdenes a O'Donnell, que le dijo: «Vaya usted a ver qué ocurre en el Cuartel de la Montaña». Partió Serrano en dirección de la Puerta de San Vicente, de donde pensaba subir a la Montaña; pero viendo allí cuatro cañones en fondo, tuvo que dar un amplio rodeo por el Puente de Segovia, Casa de Campo, paso del río por el puente del ferrocarril, y llegando al fin a la espalda de la estación, él y los que le seguían treparon como gatos por el (p.7636) empinado talud de la Montaña. En la explanada del Cuartel había tropas formadas, de cuya moral y actitud no tenía el General conocimiento exacto. ¿Eran leales o rebeldes? Fueran lo que fuesen, Serrano, con el ardimiento y ciega bravura que en tales ocasiones gastar solía, cayó sobre ellas, las electrizó con cuatro gritos, y no fue necesario más para recoger aquella fuerza vacilante, agregarla sin dilación a la que llevaba y emprender el ataque y asalto de San Gil, donde unos ochocientos artilleros se habían hecho fuertes, con la rabia pataleante de las causas perdidas: defenderse hasta morir.

Tropas de Serrano por la fachada Norte, tropas mandadas por el mismo O'Donnell por la plaza de San Marcial, acometieron el Cuartel. Tan brava como la defensa fue la embestida. Los sublevados hacían fuego incesante desde las rejas del piso bajo; los sitiadores, sin acordarse de que por un capricho de la fatalidad no eran sus aliados, los fusilaban desde fuera. Asaltada la puerta con no pocas pérdidas de una parte y otra, los sitiadores fueron dueños de los patios; los sitiados, replegándose al principal, parecían decididos a disputar el terreno piso a piso. Cruzáronse parlamentos, sin llegar a términos de avenencia. Los artilleros pedían la impunidad, que no se les podía dar. Perdido el principal, continuó la furiosa contienda en el segundo, y por fin en las buhardillas, donde quedó sojuzgado lo futuro y victorioso lo existente. Sangre y muertos en todos los pisos mostraban cuán recia fue la batalla entre el nombre de Prim y el de Isabel II. Lástima de brío militar empleado sin fruto, y perdido en el torrente político más espumoso. Creyérase que el morir hombres y más hombres era necesario, por ley fatal, para la consolidación de nuestros altares y tronos, de perfecta índole asiática. ¡Vive Dios que ningún Poder se asentó jamás sobre tan ancha y alta pila de cadáveres!

 

Ep-39-XXXIII -

Vencido y desarmado el brazo militar, faltaba someter al civil, lo que no era fácil, porque la plebe armada, dirigida por sus iguales, con una (p.7637) organización primitiva, se movía con gran desembarazo. Acosada y dispersa en una calle, aparecía prontamente en otra. Era la guerrilla urbana, más veloz que la milicia regular, y más conocedora de los atajos y callejuelas para sorprender al enemigo. En la calle de la Luna, un grupo de estos leones sueltos, que disponían de un cañón y de varios artilleros para servirlo, tuvieron en jaque al general Concha más de una hora. Pero lo más apretado de aquellos sangrientos lances callejeros estuvo en la Plaza de la Cebada: allí acudieron y se fortificaron con improvisados parapetos los bandos más aguerridos de la patriotería del Rastro y Latina. Tres cargas a la bayoneta les dio la infantería con soberbio empuje, y aún no pudo con ellos.

Cuando parecían debilitarse, vino por San Millán un refuerzo de tiradores fieros y desesperados. Entre ellos descollaba una figura tan gigantesca por su talla como por su arrojo. Era un león barbudo, un descomedido atleta que de sus ojos enrojecidos echaba fuego, de su boca imprecaciones tonantes; era la estampa del coraje indómito, del feroz patriotismo, que guerreaba a tiros, a puñetazos, a dicterios inflamados con rabia y encono; era, en fin, el gran Chaves, demente, bárbaro, heroico. En lo más duro del ataque, vio entre la tropa que contra él venía la cara del sargento con quien cambió, días antes, palabras sigilosas en el patio del Cuartel de San Mateo.. Fue aquella tarde en que con el artificio de la pelota entró en el Cuartel el niño, y tras el niño el padre.. Dirigiole el barbudo desde lejos palabras rencorosas, vengativas.. Y el sargento, mirándole con ojos benignos, y cumpliendo su deber como esclavo circunstancial de la ordenanza, decía para su capote: «Te veo, Chaves; no quiero matarte; huye, escóndete. Podemos ahora más que tú.. Te ha salido mal la cuenta; otra vez será». Todo esto fue obra de segundos. Los valientes paisanos no pudieron resistir el ataque, mandado por el general Hoyos. Dejando algunos muertos y heridos, y llevándose casi a rastras al furioso Chaves, huyeron hacia la (p.7638) Cabecera del Rastro.

Estas refriegas parciales y otras muy reñidas en Puerta Cerrada, Plazuelas del Progreso y Antón Martín, duraron hasta la una o las dos de la tarde. A esta hora ya se dio por dominada la insurrección. El general O'Donnell, con su Estado Mayor, recorrió todos los sitios donde la lucha había sido más empeñada y tenaz. Herido fue levemente Narváez en la calle de Bailén, hallándose junto a O'Donnell. También les tocó alguna china a los generales Ceballos y Conde de la Cañada; herida grave recibió el brigadier Jovellar. Los pocos transeúntes que afrontaron los riesgos de la calle, vieron caballos muertos, charcos de sangre, despojos de guerra; las casas de Santo Domingo acribilladas a balazos; cadáveres conducidos en camillas, entre ellos los de los dignos oficiales Escario y Balanzat, muertos en las calles cuando iban a incorporarse a sus Cuerpos. A media tarde, era peligroso andar por los barrios circundantes del Cuartel de San Gil, pues aún sonaban disparos hacia San Bernardino y Conde-Duque. La Plaza de San Marcial ofrecía la pavorosa desolación de la tragedia. El frontispicio del Cuartel, destrozado por el fuego de fusilería y cañón, era una faz llorosa dentro de la cual se sentía el gemido de la conciencia nacional, abrumada. Los oficiales muertos, sus matadores y sus vengadores sacrificados en la lucha, dormían todos el mismo sueño.

Avanzaba la tarde; los vecinos de la Plaza de San Marcial salían de sus casas con ávida curiosidad. Querían ver, oír y tocar lo que quedaba de la matanza, y respirar el fluido trágico que aún flotaba en el ambiente, como las emanaciones del cloroformo después de la cruenta cirugía. Las huellas de la humana barbarie atraen poderosamente a los hombres y más aún a las mujeres. Muchedumbre de estas intentó bajar a la Plaza; pero contenidas por el cordón de centinelas, quedaron relegadas en la Plazuela de Leganitos. Entre la heterogénea multitud, distinguíase la figura esbelta de Teresa Villaescusa, que, escapada de su casa, anduvo rondando por las calles próximas (p.7639) en un ansioso atisbo no se sabe de qué. Cuando ella y otras mujeres se quejaban de que los centinelas no las dejaran acercarse al matadero de San Gil, una mano se posó en el hombro de la hermosa mujer. Volviose a ver quién la tocaba, y viendo el amojamado rostro de Santiuste, imagen de la muerte, tembló de nervioso frío y de miedo.

SANTIUSTE.- ¿Qué haces por aquí, Teresa, y qué buscas en este campo de una batalla ideal, tan ganada por los vencedores como por los vencidos?

TERESA.- (con ligero desvanecimiento mental) Entre los vencidos busco a un hombre. Daría muchos días de mi vida por encontrarle vivo.

CONFUSIO.- (risueño, en plena embriaguez de pensamientos optimistas) Vivo le encontrarás, porque muertos no hay aquí.. No te fíes de cadáveres fingidos, que ellos son hombres que hacen que se mueren, y viven.

TERESA.- Si fuera verdad lo que dices, yo me alegraría.. Pero no puedo creerte, Juan. Muertos hay. Tú no has visto bien, o con tu imaginación enferma trabucas las formas reales.

CONFUSIO.- Yo he visto en el Cuartel el simulacro de asalto y rendición. Los valientes soldados han desempeñado su papel a maravilla, y los generales han igualado con su arte exquisito a los más hábiles cómicos.. Dentro del Cuartel, he visto a Prim con sencillo y airoso disfraz de hijo del pueblo.

TERESA.- (contagiada del trastorno de Juan) El que has visto no es Prim; es un hombre que parece humilde y tiene toda la nobleza y sabiduría del Universo.

CONFUSIO.- Te aseguro que es Prim el que he visto. Prim mandaba el simulacro dentro del Cuartel.. y fuera, el intrépido Serrano dirigía el asalto. Cuando por acuerdo de los dos terminó la figurada chamusquina, entró Serrano en el Cuartel con cara de júbilo.. Serrano y Prim se abrazaron.

TERESA.- Quítate allá, Juan.. Eres loco.

CONFUSIO.- Soy lo que soy. Compongo la Historia lógica y estética, estudiando los acontecimientos, no en la superficie, sino en el fondo.. En el fondo veo a Serrano y Prim abrazados.. Son los (p.7640) mejores amigos del mundo, aunque no lo parezca.. Tus ojos pecadores no ven la verdad..

TERESA.- Los tuyos no ven más que disparates.

CONFUSIO.- Veo los muertos vivos, los enemigos reconciliados, el Altar y el Trono llevados a la carpintería para que los compongan, la Historia de España escrita por los orates.. Tú no sabes de esto, pobrecilla.. Léeme y sabrás.

 

FIN DE PRIM

 

 

&

(EPISODIO 40)

LA DE LOS TRISTES DESTINOS

 

Ep-40-I -

Madrid, 1866.- Mañana de Julio seca y luminosa. Amanecer displicente, malhumorado, como el de los que madrugan sin haber dormido..

Entonces, como ahora, el sol hacía su presentación por el campo desolado de Abroñigal, y sus primeros rayos pasaban con movimiento de guadaña, rapando los árboles del Retiro, después los tejados de la Villa Coronada.. de abrojos. Cinco de aquellos rayos primeros, enfilando oblicuamente los cinco huecos de la Puerta de Alcalá como espadas llameantes, iluminaron a trechos la vulgar fachada del cuartel de Ingenieros y las cabezas de un pelotón desgarrado de plebe que se movía en la calle alta de Alcalá, llamada también del Pósito. Tan pronto el vago gentío se abalanzaba con impulso de curiosidad hacia el cuartel; tan pronto reculaba hasta dar con la verja del Retiro, empujado por la policía y algunos civiles de a caballo.. El buen pueblo de Madrid quería ver, poniendo en ello todo su gusto y su compasión, a los sargentos de San Gil (22 de Junio) sentenciados a muerte por el Consejo de Guerra. La primera tanda de aquellos tristes mártires sin gloria se componía de diez y seis nombres, que fueron brevemente despachados de Consejo, Sentencia y Capilla en el cuartel de Ingenieros, y en la mañana de referencia salían ya para el lugar donde habían de morir a tiros; heroica medicina contra las enfermedades del Principio de Autoridad, que por aquellos días y en otros muchos días de la historia patria padecía crónicos achaques y terribles accesos agudos.. Pues los pobres salieron de dos en dos, y conforme traspasaban la puerta eran (p.7641) metidos en simones. Tranquilamente desfilaban estos uno tras otro, como si llevaran convidados a una fiesta. Y verdaderamente convidados eran a morir.. y en lugar próximo a la Plaza de Toros, centro de todo bullicio y alegría.

Que en aquella plebe descollaban por el número y el vocerío las hembras, no hay para qué decirlo. Compasión y curiosidad son sentimientos femeninos, y por esto en los actos patibularios le cuadra tan bien a la Tragedia el nombre de mujer. Las más visibles en el coro de señoras eran dos bellezas públicas y repasadas, Rafaela y Generosa Hermosilla, más conocidas por el mote de las Zorreras, del oficio y granjería de su padre, que figuró en la Revolución del 54, después de haber dado notable impulso a la industria de zorros. Las dos hermanas, llorosas y sobrecogidas, se abrían paso a fuerza de codos para llegar a las filas delanteras, de donde pudieran ver de cerca los fúnebres simones, cada uno con su pareja de víctimas. Pasaron los primeros.. Casi todos los reos iban serenos y resignados; algunos esquivando las miradas de la multitud, otros requiriéndola con melancólica expresión de un adiós postrero a Madrid y a la existencia. Era en verdad un espectáculo de los más lúgubres y congojosos que se podrían imaginar.. Al paso del quinto coche, una de las Zorreras, la mayor y menos lozana de las dos, aunque en rigor la más bella, echó de su boca un ¡ay! terrorífico seguido de estas cortadas voces: «Simón, Simón mío.. adiós.. Allá me esperes..».

Al decirlo se desplomó, y habría caído al suelo si no la sostuvieran, más que los brazos de su hermana, los cuerpos del apretado gentío. Este se arremolinó y abrió un hueco para que la desvanecida hembra pudiera ser sacada a sitio más claro, y pudieran darle aire y algún consuelo de palabras, que también en tales casos son aire que dan las lenguas haciendo de abanicos. En su retirada fue a parar la Zorrera a la verja del Retiro bajo, y en el retallo curvo del zócalo de piedra quedó medio sentada, asistida de su hermana y amigos. Dábale aire Generosa con un (p.7642) pañuelo, y una matrona lacia y descaradota, reliquia de una belleza popular a quien allá por el 50 dieron el mote de Pepa Jumos, la consolaba con estas graves razones, de un sentido esencialmente hispánico: «No te desmayes, mujer; ten corazón fuerte, corazón de 2 de Mayo, como quien dice. ¡Bien por Simón Paternina! Bien por los hombres valientes, que van al matadero con semblante dizno, como diciendo: 'para lo que me han de dar en este mundo perro, mejor estoy en el otro'. Bien le hemos visto.. cara de color de cera, guapísima.. como el San Juanito de la Pasión.. Iba fumándose un puro, echando el humo fuera del coche, y con el humo las miradas de compasión.. para los que nos quedamos en este pastelero valle de lágrimas..».

Apoyó estas manifestaciones Erasmo Gamoneda, también revolucionario y barricadista del 54. Arrimose a la Zorrera, y echándole los brazos con fraternal gesto de amparo, dijo, entre otras cosas muy consoladoras, que el cigarro que fumaba el sargento, camino del patíbulo, no era de estanco, sino de los que llaman brevas de Cabañas; que de este rico tabaco proveyeron generosamente a los reos los señores de la Paz y Caridad.. Él estaba en la puerta del cuartel cuando entraron los ordenanzas con la cena para los sargentos, que fue suculenta: bisteques con unas patatas sopladas muy ricas, pescado frito con cachitos de limón, y postre de flanes y de bizcochos borrachos, a escoger.. Luego café a pasto, hasta que no quisieron más, y puros en cajas, que iban cogiendo y fumaban encendiendo uno en otro y viceversa, quiere decirse, sucesivamente..

Tomó de nuevo la palabra Pepa Jumos elevando sus consuelos al orden espiritual, lo que no era para ella difícil, pues tenía sus puntadas de mística y sus hilvanes de filósofa. Ved lo que dijo: «Yo sé por Ibraim, el curángano de tropa, que todos los reos han estado en la capilla muy enteros, y como ninguno Simón Paternina, que no perdió en toda la noche el despejo, ni aquel ángel con que sabe hablar a todo el mundo. Se confesó como un borrego de Dios y encomendose a (p.7643) la Virgen, para morir como caballero cristiano.. Su cara bonita y pálida, y aquella caída de ojos, tan triste, y el humo del cigarro subiendo al cielo, nos han dicho que en el morir no ve ya más que un cerrar y abrir de ojos.. Va bien confesado; va con el alma tan limpia como los tuétanos del oro, y Dios le dirá: «Ven a mi lado, hijo mío; siéntate..». Por eso, Rafaela, yo que tú, no me afligiría tanto.. lloraría, sí, porque natural es que una se descomponga cuando le quitan el hombre que quiere; pero diría para entre mí: «Adiós, Simón Paternina; Dios es bueno y me llevará contigo a la Gloria..».

No quedó la maja satisfecha de esta exhortación a la dulce conformidad religiosa, ni el alma de la Zorrera se contentaba con tan lejanos alivios de su dolor. Suspiraban las amigas con el escepticismo de plañideras circunstanciales, mientras la Hermosilla, apretando contra sus ojos el pañuelo hecho ya pelota humedecida por las lágrimas, sostenía con el silencio el decoro de su dolor.. Seguían pasando coches.. pasó el último. La multitud no pudo escoltar la fúnebre procesión, porque los civiles impidieron el paso por la Puerta de Alcalá.. El rechazo de la curiosidad compasiva llenó la calle de protestas bulliciosas, de imprecaciones, en variedad de estilos callejeros.. En este punto rompió su torvo silencio Rafaela, diciendo: «Ya sé, ya sé que el pobrecito Simón se irá derecho al Cielo.. Yo le conozco: no era de estos que reniegan de Dios y de la Virgen.. Sus padres, que fueron carlistas, le habían enseñado muy bien todo lo de la religión.. ¿Pero a mí, que soy tan pecadora, me querrá Dios llevar a donde él está?.. Lo digo, porque cuando una se hace cuenta de no pecar, viene el demonio y lo enreda..».

A estos escrúpulos opuso la Jumos con profunda sabiduría la idea de que si queremos ser buenos, bien sea en la hora de la muerte, bien en otra hora cualquiera, la fe nos da ocasión de mandar a paseo al demonio y a toda su casta. Muy confortada la Zorrera con tal idea, siguió diciendo: «Lloro a Simón y le lloraré toda mi vida, porque era muy bueno.. Un año hace que le (p.7644) conocí en la plazuela de Santa Cruz.. De allí nos fuimos al baile del Elíseo.. fue el día de San Pedro.. bien me acuerdo.. y a los tres de hablar con él ya le quería. Aunque me esté mal el decirlo, muchos hombres he conocido, muchos.. ninguno como Simón Paternina. ¡Qué decencia la suya!.. Caballeros he tratado: a todos daba quince y raya mi Simón. Por eso me decía Don Frenético.. ya sabéis, don Federico Nieto, aquel señor tan bien hablado.. Pues un día, en casa.. no sé cómo salió la conversación.. Dijo, dice: «Parece mentira que un mero sargento sea tan fino..». Y si era el primero en la finura y en el garbo del uniforme, a valiente ¿quién le ganaba? Si mandando tropas metía miedo por su bravura, conmigo era un borrego.. ¡Ay, Simón mío, yo que pensé verte un día de general, y ahora..! Bien te dije: «Simón, no te tires». Pero él.. perdía el tino en cuanto le hablaban de Prim, que era como decirle Libertad.. Pues ahora, toma Libertad, toma Prim.. ¡Ay, Dios mío de mi alma, qué pena tan grande!.. Yo confiaba.. ¿verdad, Generosa?, confiábamos en que la Isabel perdonaría.. Para perdonar la tenemos.. ¡Bien la perdonamos a ella, Cristo! ¡Y ahora nos sale con esta!.. Pues esta no te la pasa Dios, ¡mal rayo!.. A un general sublevado le das cruces, y a un pobre sargento, pum.. Tu justicia me da asco».

-No hables mal de ella -dijo la Pepa con alarde de sensatez-, que si no perdona, es porque no la deja el zancarrón de O'Donnell, o porque la Patrocinio, que es como culebra, se le enrosca en el corazón..

En este punto rasgó el aire un formidable estruendo, un tronicio graneado de tiros sin concierto. Con estremecimiento y congoja, con ayes y greguería, respondió toda la plebe a la descarga, y la Zorrera lanzó un grito desgarrador. La Jumos exclamó con cierta unción: consumatomés; algunos del grupo se persignaron, y otros formularon airadas protestas. El ruido desgranado de la descarga daba la visión del temblor de manos de los pobres soldados en el acto terrible de matar a sus compañeros.. Aunque la Zorrera pareció acometida de (p.7645) un violento patatús, resbalándose del inclinado asiento en que apoyaba sus nalgas, pronto se rehízo, estirando el cuerpo, irguiéndose, trocándose repentinamente de afligida en iracunda y de callada en vocinglera. Las maldiciones que echó por aquella boca no pueden ser reproducidas por el punzón de esta Clío familiar, que escribe en la calle, sentada en un banco, o donde se tercia, apoyando sus tabletas en la rodilla..

 

Ep-40-II -

«A casa, a casa -dijo la Generosa cogiendo del brazo a su hermana y llevándosela calle abajo, rodeada de los amigos-. Yo no quería venir, bien lo sabes.. Nos habríamos ahorrado esta sofoquina». Y la Jumos, con austera suficiencia, soltó la opinión contraria. «Debemos verlo todo, digo yo. Así se templa una y se carga de coraje». Después proclamó resueltamente la doctrina de Zenón el Estoico, asegurando que el dolor no es cosa mala. Volviose Rafaela de súbito hacia los que la seguían, que era considerable grupo, y alzando las manos convulsas sobre las cabezas circunstantes, gritó: «¡Viva Prim!.. ¡Muera la..!». Su hermana y Gamoneda acudieron a taparle la boca, cortando en flor la exclamación irreverente. Ambas Zorreras y su séquito continuaron rezongando, y al pasar frente a la Cibeles, se les unió un sujeto que por su facha y modos se revelaba como del honorable cuerpo de la policía secreta. Valentín Malrecado no gastaba uniforme; pero mejor que este declaraban su oficio la raída levita del Rastro, el pantalón número único, el abollado sombrero, la cara famélica no afeitada en seis días, y el aire mixto de autoridad y miseria, propio de tales tipos en España y en aquellos tiempos. Agregado a la compañía, habló con sosegadas amistosas razones, pues a las Zorreras trataba con ancha confianza, y de Gamoneda había sido socio en la magna explotación de Obleas, lacre y fósforos, instalada en Cuchilleros.

«Ya te vi arrimadita a la verja -dijo a la dolorida mujer-; pero no quise acercarme a ti porque estabas furiosa y algo subversiva. Es natural.. te compadezco.. Te doy el pésame.. Cosas de la vida son (p.7646) estas.. Hoy les toca morir a estos, mañana a los otros. Es la Historia de España que va corriendo, corriendo.. Es un río de sangre, como dice don Toro Godo.. Sangre por el Orden, sangre por la Libertad. Las venas de nuestra Nación se están vaciando siempre; pero pronto vuelven a llenarse.. Este pueblo heroico y mal comido saca su sangre de sus desgracias, del amor, del odio.. y de las sopas de ajo. No lo digo yo; lo dice el primer sabio de España, Juanito Confusio».

Iban las dos hermanas despeinadas, ojerosas, como quien no ha probado desayuno después de una noche de angustioso desvelo. Llevolas Malrecado a una taberna de la calle del Turco, de la cual era parroquiano constante. Allí la partida se componía de las Hermosillas, la Jumos, Erasmo Gamoneda y una joven costurera llamada Torcuata, que llevaba en brazos a un niño, a quien había dado la teta viendo pasar los coches con los desgraciados sargentos.. Sentáronse las señoras en negros banquillos, y se les sirvió vino blanco, que según el policía era bálsamo para las congojas y el mejor alivio de pesadumbres. Rafaela, que estaba desfallecida, dio tregua a la emisión de suspiros para beberse el primer vaso, apurándolo de un trago. Ella y su hermana repitieron hasta tres veces; Torcuata prefirió el Cariñena, y se atizó varias copas por estar criando; el chiquillo se le había dormido. Requirieron la Jumos y Gamoneda el aguardiente blanco, que por añeja costumbre era la reparación más eficaz y consoladora en sus maduros años. A una pregunta de Rafaela, contestó Malrecado: «La segunda ristra de sargentos saldrá pasado mañana. Diez y ocho individuos van en ella. La verdad, esto pone los pelos de punta.. Pero lo que digo: es la Historia de España que sale de paseo.. Debemos suspirar y quitarnos el sombrero cuando la veamos pasar.. Luego vendrán otros días.. Y si quiere venir la Revolución, mejor.. Don Manuel Becerra, que es amigo, se ha de acordar de mí.. Pues como iba diciendo, quedará la tercera cuerda de sargentos para la semana que entra, si el Consejo (p.7647) de Guerra los despacha.. Son muchas muertes.. Don Leopoldo hace bueno a Narváez.. y no digo más, que soy o debo ser ministerial.. un ministerial de cinco mil reales.. ¡Cinco mil reales!, que venga Dios y diga si hay país en el mundo donde sea más barato el Orden..».

-Para lo que hacéis -dijo la Rafaela, reanimada ya con la bebida-, bien pagados estáis.. Anda, que algo coméis también de la Libertad.. Buenos napoleones te ha dado don Ricardo Muñiz. Y ese pantalón, ¿no es el que se quitó Lagunero cuando tuvo que escapar disfrazado?

-No negará -dijo la Torcuata zumbona- que Chaves le dio tres vestidos de niño.. yo lo vi; yo trabajaba en su casa.. Tus sobrinos, los hijos de Pilar Angosto, los lucen los días de fiesta..

-Confiesa que comes con todos, Malrecado, y no te abochornes -observó la Jumos poniéndose en la realidad-. Vele ahí la Historia de España por la otra punta. En comer de esta olla y de la otra no hay ningún desmerecimiento. Cuando vamos para viejos, traemos a casa todos los rábanos que pasan.

-Malrecadillo, esa levita que llevas, ¿de qué difunto era? ¿No te la dio la Villaescusa, cuando ibas todos los días a limpiarle las botas a Leal?

-Te mandaban vigilar a los progresistas, y tú comías en la cocina de don Pascual Madoz.

-Cobrabas del Gobierno por seguir los pasos a Moriones, y le contabas a Sagasta los pasos del Gobernador.

Así le toreaban, así le escarnecían aquellas malas pécoras, sin ningún respeto de su autoridad y sin pizca de agradecimiento por el espléndido convite de vino con que el policía las obsequiaba. Pero Malrecado se sacudía las pulgas con flemático cinismo, y al contestarles no perdía su benevolencia. «Callad, pobres mujeres, más deslenguadas que desorejadas -les decía-. Sois lo que llamamos el bello sexo, y un hombre decente no debe insultar a las señoras, aunque sean tan perdidas como vosotras. Callad; idos a vuestra casa, y no os metáis en la cosa pública, de la que entendéis tanto como yo de castrar mosquitos. Y tú, Rafaela, dime: ¿te parece bien que estando, como (p.7648) estás, de duelo y luto riguroso, te pongas a despotricar contra este buen amigo, que te ha favorecido en lo que pudo y te avisó con tiempo del mal que a Simón le vendría por meterse en aquellos dibujos? Vete a tu casa y recógete por unos días, y antes, ahora mismo, vete a oír misa en San Sebastián, o en otra iglesia que cojas al paso..».

«De todo me enseñarás, Malrecado -replicó la Zorrera con grave continente y estilo, levantándose para salir-; pero no de lo que tengo que hacer tocante a religión, que aquí donde me ves, conciencia no me falta, aunque me falten otras cosas.. la vergüenza, pongo por caso. Pero a ti, que eres un hereje, te digo que sin vergüenza se puede vivir, pero sin conciencia no, ya lo sabes. No iré hoy a oír la misa, sino a encargarla, para que me la digan mañana, y a este respective (1) llevo aquí medio duro. ¿Lo ves? (Sacándolo de su faltriquera y mostrándolo a todos.) Y no es este medio duro del dinero que yo suelo ganar con el aquel de mi mala vida, sino que lo he ganado honradamente en un trabajo que me encargó la sastra de curas, Andrea Samaniego, y fue el planchado, plegado y rizado del roquete de un señor capellán de Palacio.. labor fina para la que tengo buenas manos, porque desde chiquita lo aprendí de mi madre, que me enseñó el rizado fino con plancha, palillos y la uña. ¿Te enteras? Pues con mi medio duro bien ganado iré, no a San Sebastián, sino a Santa Cruz, porque en aquella plazuela fue donde conocí a Simón, que allí me salió una tarde, viniendo yo de la verbena de San Pedro.. Con que la misa se dirá en Santa Cruz.. Ya lo sabes, por si quieres oírla. Iré yo con mi mantón negro, y mi hermana y todas las amigas que pueda recoger.. Ya lo sabes, Pepona, y tú, Norberta.. No me faltaréis.. Que no se diga que solamente las almas de los ricos tienen naufragios, sufragios, o como eso se llame, para salir pronto del Purgatorio. Yo le pago una misa a mi Simón, y él, que era bueno y no tuvo parte en la matanza de los oficiales, irá pronto a la presencia de Dios, y le dirá: 'Señor Santísimo, mire cómo (p.7649) me han puesto, cómo me han acribillado. En la mano traigo mis sesos. Esta es la Historia de España que están haciendo allá la Isabel y el Diablo, la Patrocinio y O'Donnell, y los malditos moderados.. que no parece sino que Vuestra Divina Majestad ha echado mil maldiciones sobre aquella tierra..'. Esto dirá Simón, y yo en la misa de mañana diré lo mismo a Dios y a la Virgen para que se enteren de lo que aquí está pasando.. Isabel, ponte en guardia, que si tus amenes llegan al Cielo, los míos también.. Con que vámonos, que es tarde». A instancias de Malrecado dieron todos otro tiento al peleón por despedida, y salieron a medios pelos.

 

Ep-40-III -

Malrecado no tenía hijos, ni mujer que se los diera conforme a Sacramento. Era solo y cínico; de su empleo había hecho una granjería sorda, que sin ruido le daba para vivir desahogadamente, ocultando su bienestar debajo de una mala capa y de ropas que ya eran viejas cuando pasaron de ajenos cuerpos al suyo desgarbado. Su mano sucia no cesaba de recoger esta y la otra ofrenda, y su astuta labia ablandaba las voluntades de los robados como la de los ladrones. En la política brutalmente antagónica de aquellos tiempos, hallaba campo doble para espigar con fruto. De lo lícito y de lo vedado, de lo legal y de lo subversivo, sacaba el hombre para la bucólica y para la alcancía, para el presente claro y el mañana obscuro, y guardando con escrúpulo sus apariencias de pobre, señuelo de incautos, era un redomado alcabalero que, de guardia en su garita policiaca, cobraba el tributo a toda debilidad humana que pasaba para una parte u otra. Hombre sin ninguna instrucción, de su talento natural había sacado el cinismo útil y la filosofía parda y reproductiva.

Como se ha dicho, salió de la taberna con las prójimas, a las que acompañó hasta Santa Cruz, y desde allí se fue solo a Palacio, subió por la escalera de Cáceres, internose en los pasillos del piso más alto. Allá solía ir casi diariamente, pues amistad o parentesco tenía con planchadoras, mozos y casilleres.. Ocho días después de lo referido, media hora (p.7650) antes de que se alegrara la plaza de la Armería con el militar bullicio del relevo de la guardia, subió Malrecado por la misma escalera y se detuvo en el piso segundo, donde vivían los servidores de más categoría. En el ángulo de Armería y Oriente llegose a una puerta, y antes que tirara del cordón de la campanilla, aquella se abrió para dar paso a don Guillermo de Aransis, gallardo de apostura, fresco de rostro, vestido de mañana y poniéndose los guantes. La belleza varonil del linajudo caballero se hallaba en el cenit, como diría un escritor de la época, en ese esplendor estacionario, distante aún de la declinación. Aransis no salía de visita; no vivía en aquella casa.. salía para irse a la suya.

«No podía usted llegar más a tiempo, Malrecado -dijo al policía-. Dejo una carta para Beramendi. Entre usted y recójala».

-Y aquí traigo yo otra del señor de Tarfe, que pone: urgentísimo. Me ha dicho que espere contestación.

Leída rápidamente la esquela de su amigo, dijo Guillermo al mensajero: «Antes de llevar la carta para Beramendi, vaya usted a casa de Manolo y dígale que iré a verle en seguida. Dentro de media hora estaré allá».

Y no pasó más. Con estos recados y comisiones urgentes se relacionaba la visita que Manolo Tarfe hizo a Palacio y a Su Majestad, después de pedir audiencia por mediación de la Villares de Tajo. El ingenioso y decidido caballero celebró previa conferencia con su amiga en una estancia no muy clara, con rejas a la galería; recinto de apacible misterio, semejante al de las Meninas de Velázquez, aunque decorado con menos austeridad. En él parecían residir como en su propio nido los cuchicheos de voces femeninas y afeminadas, y los rumores de almidonadas faldamentas. Breve y nerviosa fue la conversación de Tarfe y Eufrasia.

«¡Crisis! ¿Pero es eso creíble?.. Anoche corrió ese rumor en el Casino. Nadie hacía caso. Yo, que de algún tiempo acá rindo culto al absurdo, me dije: 'Cuando la cosa no tiene sentido común, debe de ser cierta.. Para salir de dudas, acudamos a la fuente de los hechos históricos, que es la (p.7651) Reina. El caño de esa fuente arroja su agua primera sobre el cántaro de ese alma de ídem que se llama Guillermo de Aransis'. Acudo a él hace un rato, le interrogo; me contesta con equívocos y sonrisitas que confirman el desatinado rumor.. ¡Ay, Eufrasia!, en este horrible desconcierto lógico, viendo que la mentira es verdad y el absurdo razón, el hermoso Aransis me pareció un patán feísimo, zafio, grotesco.. Le hubiera dado veinte patadas.. En fin, amiga mía, dígame usted la verdad o la parte de verdad que usted sepa».

-Sólo sé que hay gran presión sobre la Señora para que cambie de Gobierno; pero aún no ha resuelto nada. La cosa es dura y la ocasión diabólica.

-O'Donnell acaba de sofocar una insurrección formidable; ha obtenido de las Cortes siete autorizaciones económicas y políticas, y de añadidura la suspensión de garantías. Ha fusilado a sesenta y seis sargentos. ¿Acaso les parece poco fusilar?

-No por Dios, no es eso.

-¿Por ventura se ha fusilado demasiado?

-Tampoco es eso, Manolo. Puesto que dentro de un rato hablará usted con Su Majestad, pregúntele a ella.. o trate de adivinar su pensamiento..

-No me hablará de política, ni yo, que sé tratar con Reyes, he de salirme de la casilla de mi asunto.

-¿Se puede saber..?

-No es ningún secreto. Vengo a pedir a doña Isabel que interceda por dos infelices paisanos detenidos el 22 de Junio, y que no tuvieron arte ni parte en la sublevación. Los llevaron a Leganés, y allí están esperando cuerda para Melilla o Fernando Poo..

-Pues hace usted bien en darse prisa, porque mañana o pasado podría encarecerse tanto la clemencia, que costaría Dios y ayuda obtener un pedacito de ella.. Y dígame otra cosa, alma inocente: ¿viene usted a la petición solito y a palo seco, fiado en su propia influencia y simpatía?

-No, señora, que si tal hiciera sería tonto de capirote. Mi prima, que estaba en el convento de San Pascual de Aranjuez, anda ahora por San Sebastián jugando a la fundación de monasterios. Pues por ella he conseguido una carta de la Madre, de la excelsa, seráfica y milagrosa Madre. (p.7652) ¿Quiere usted ver la carta? Aquí la traigo.. En ella se da fe de la religiosidad y honradez de mis dos protegidos, y se pide sean puestos inmediatamente en libertad.

-Bien, Manolo. Falta saber si la carta trae la contraseña que pone la Madre para dar valor y eficacia a lo que escribe..

-Trae todos los requisitos, Eufrasia. Ya he tenido buen cuidado de hacerla examinar por las señoras y algún caballero de la Camarilla.

-Pero..

-Ya entiendo.. eso no basta. Por encima de la Camarilla de la Reina está el Supremo Camarillón Ecuménico, que funciona en el cuarto del Rey.. Yo me encomiendo a usted, Eufrasia..

-¡Dale con las dichosas camarillas!.. Los hombres de más talento no se libran de pagar su tributo a la vulgaridad.

-La opinión se hincha con la verdad, así como con la mentira. ¿Quién es capaz de separarlas? Loco sería el que en pleno huracán intentase separar el viento del polvo.

-Una frase ingeniosa no resuelve nada, Manolo. A los ingeniosos y chistosos les desterraría yo a una isla desierta.. Pero con estas tonterías deja usted correr el tiempo, y si se descuida, se le pasará la vez.. Váyase a la Saleta, que ya habrán empezado las audiencias.

-Cuento con la impuntualidad de la Señora.. Pero, en fin, allá me voy. ¿Podré ver a usted después?

Quedó la Villares de Tajo en recibirle en su casa por la tarde, y nada más hablaron.. En la Saleta aguardó el caballero más de media hora la ocasión feliz de pasar a la presencia de Su Majestad.

«Estás hecho un perdido, Tarfe.. Me tienes muy olvidada.. Mil años hace que no vienes a verme». A estas primeras palabras de la Reina, contestó el caballero con finísimas disculpas cortesanas. Vestía doña Isabel un vaporoso traje de crespón de seda azul con volantes y adorno de encajes negros. Su peinado bajo achaparraba su cabeza, haciéndola más aburguesada de lo que era realmente. Por haber transcurrido unos dos años sin verla de cerca, fijose el caballero en la creciente gordura de la Reina. Las formas abultadas y algo fofas iban embotando su esbeltez y agarbanzando su realeza.. Aquel día no se (p.7653) hallaba la Señora de buen talante. Parecía distraída, inquieta, y sus ojos de un azul húmedo y claro, sus párpados ligeramente enrojecidos, más expresaban el cansancio que el contento de la vida.. Eran los ojos del absoluto desengaño, los ojos de un alma que ha venido a parar en el conocimiento enciclopédico de cuantos estímulos están vedados a la inocencia.

Apenas despachó Tarfe sus cortesanías y fórmulas de respeto, entró en materia, exponiendo a la Reina su petición humanitaria.. Pedía la libertad de dos hombres inocentes; reforzaba su demanda con una carta de la santa Madre; si la Soberana piadosa se condolía de aquellos desgraciados y quería salvarles de una bárbara deportación, bastaría que escribiese dos letras al General Hoyos.. Pero no se limitara a una fría recomendación; habría de pedir o mandar con todo el calor que su corazón atesoraba para los móviles de clemencia, de amor a los españoles.

«Pues mira, voy a complacerte -dijo la Reina sin perder la seriedad con que aquel día enmascaraba su gracia festiva, a veces zumbona-. Eso para que digan que no perdono, que no soy generosa.. Dime los nombres y escribiré ahora mismo la carta. Y la pondré bien expresiva para que Hoyos no tenga más remedio que bajar la cabeza».

Leída con rápido pasar de ojos la carta de la Madre, Isabel se sentó a escribir, tiró de papel y pluma, repitiendo: «Dime los nombres».

-Uno de los presos es Leoncio Ansúrez, armero habilísimo, que estuvo en la guerra de África. Todos los generales de África le aprecian mucho. Es un hombre excelente, que nunca se ha metido en revoluciones ni cosa tal.. ¡Pero si Vuestra Majestad le conoce, o al menos tiene de él noticia!.. Claro, no es fácil que se acuerde.. Yo, Señora, y mi prima Carolina Monteorgaz le contamos a Vuestra Majestad una noche, años ha, el caso de aquel herrerito que entró a componer las cerraduras en casa de la hija de don Serafín del Socobio, Virginia..

-¡Ah!, sí.. recién casada con el chico de Rementería.

-Y en vez de componer la cerradura, ¿qué hizo el (p.7654) hombre?, pues descerrajar el corazón de Virginia.. Con pocas palabras y hechos atrevidos la enamoró y cautivó, llevándosela consigo..

-Y en el campo vivieron largo tiempo, libres y felices.. Ya me acuerdo.. ¡Pobres muchachos! Alguna vez pensé yo en ellos.. La verdad, fue un caso graciosísimo.. Y no hay que culpar a Virginia, sino a sus padres, que la casaron con un hombre afeminado y bobalicón, sin maldita gracia para el matrimonio.. Todo les está bien merecido. Luego hablan.. Hay que ponerse en lo natural.. De los tres personajes de ese drama de familia, no conozco más que a Ernestito.. ¡Qué modales ridículos, qué voz de tiple acatarrada!

Por primera vez en aquella mañana, una franca alegría iluminó los ojos claros de la Reina, y la sonrisa picaresca retozó en sus labios. Con nerviosa mano trazó algunos renglones en la carta, diciendo, sin apartar los ojos del papel: «¿Y quién es el otro?».

-El otro es un jovencillo de apenas veinte años, llamado Santiago Ibero, arrogante, guapísimo y muy inteligente.

-No le prenderían por su mucho talento y su guapeza.

-Le prendieron no más que por haberle visto en la calle con un tal Moriones.. ¡Pobre chico! El acompañar a Moriones fue cosa accidental.. No se lo cuento a Vuestra Majestad por no fatigarla.. Pero le aseguro que Iberito no anduvo jamás en líos revolucionarios, ni sabe nada de eso. Añadiré tan sólo que es de una gran familia, y que su padre, el coronel D. Santiago Ibero, ha sido uno de los valientes defensores del Trono de Vuestra Majestad.

-Santiago.. Ibero.. -murmuró la Reina mordisqueando el nacarado mango de la pluma-. Tengo la idea de haber firmado algo referente a ese Coronel.. Tal vez una cruz.. Lo recuerdo porque me chocó el nombre y apellido, que juntos resultan lo más español del mundo..

-A españolismo neto nadie gana a este chico que han preso injustamente, señora. Es valiente, es aventurero, es enamorado..

-Tú, como tu amigo Beramendi, no pedís favor más que para los enamorados.. ¡Buen par de perdidos estáis! -dijo Isabel con (p.7655) más seriedad en el tono que en el concepto-. Ahí tienes la carta. Me parece que va fuertecita. Hoyos no podrá negarme lo que le pido.

Extremó el buen Tarfe sus demostraciones de gratitud, y como al despedirse dijese que no pasaría el próximo día sin presentarse a Hoyos con la carta, saltó la Reina inquieta, algo nerviosa, diciéndole: «No, Manolo; no esperes a mañana: despacha ese asunto esta misma tarde».

Las prisas de la Reina, que como buena española siempre fue perezosa y mañanista, llenaron de confusión a Tarfe. Pero disimulando su sorpresa, se acomodó a la soberana voluntad. Y como la despedida le ofreciera una feliz coyuntura para hablar de O'Donnell, la aprovechó al instante, diciendo que le había visto la noche anterior muy caviloso por la gravedad de las cosas políticas, muy atareado con los trabajos preparatorios para plantear las autorizaciones.. A esto, doña Isabel, retirando de su rostro toda inflexión que pudiera dejar traslucir el pensamiento, sólo dijo: «Yo quiero mucho a O'Donnell», y lo repitió hasta tres veces. Con este breve y expresivo concepto, que cortaba el paso a otras manifestaciones, Tarfe se sintió despedido, suavemente empujado fuera de la Cámara Real. Salió de Palacio entre alegre y triste, o más bien perplejo, atormentado por confusiones. Acudió por la tarde a la diligencia de libertar a los dos presos por quienes se interesaba, y luego visitó a Eufrasia en su casa, con ánimo de sonsacarle alguna información de los escondidos designios de la Camarilla. La dama no se recató para pronosticarle el próximo cambio de Gobierno, que era como pronosticar nieves en verano e insolaciones en invierno. El absurdo imperaba, y la lógica política era una ciencia definida por los orates.

Con estos desagradables pronósticos fue Tarfe a Buenavista; comió en familia con don Leopoldo: nada dijo en la mesa; pero más tarde, cuando llegaron a la tertulia los mejores amigos del de Tetuán y los diputados más adictos a su política, se planteó por todos la temida cuestión: «Mi General, que está (p.7656) usted vendido.. Mi General, que la zancadilla está preparada.. Mi General, que Narváez..». A estas manifestaciones de Ayala, Mantilla, Navarro y Rodrigo, añadió Tarfe sus informes, bebidos en el propio manantial de las intrigas. O'Donnell, que con toda su experiencia y sus lauros militares era un niño muy grande, no daba crédito a lo que conceptuaba chismes y chanzas recogidos en los cafés. Abroquelaba su incredulidad con el sentido común, con la lógica; concluía por incomodarse, por mandar callar a sus fieles amigos.. Uno de los mejores, Ortiz de Pinedo, entró y soltó esta bomba: «He llegado esta mañana de San Juan de Luz. Allí he visto a González Bravo..».

-¿Y qué?

-Habrá salido hoy; llegará mañana. Viene a formar Ministerio con Narváez.

Aún se resistía don Leopoldo a dar crédito a los anuncios de su caída. El gran niño no quería comprender que reducir a una camarilla, o librarse de sus invisibles asechanzas y silenciosos tiros, es más difícil que la expugnación y conquista de Tetuán. Con todo, el pesimismo de los amigos invadía suavemente su ánimo, y aquella noche no fue su sueño muy tranquilo. A la mañana siguiente, después de despachar una larga firma de Guerra, se dispuso a ir a Palacio a la hora de costumbre; y anhelando despejar sin demora la incógnita, llevó a Su Majestad la promoción de senadores, que ya conocía la Reina, pues algunos nombres de la lista habían sido propuestos por ella.. Y la Historia callejera y cafetera, anticipándose a lo que había de decir la Historia grave, refirió aquella tarde que el despacho con la Soberana fue breve y cortante. Presentada la lista de senadores, Isabel negó seca y agriamente su firma. A tal desaire no podía contestar O'Donnell más que con su dimisión, tan seca y áspera como el veto de doña Isabel.. Saludos, adioses de mentirosa afabilidad, sonrisas que se cruzaron como rayos mortíferos, deglución de saliva, inclinación del largo cuerpo del Primer Ministro, como chopo azotado del viento.. y hasta el Valle de Josafat.

En Buenavista esperaban a O'Donnell sus amigos, algunos (p.7657) ministros y generales, y no pocos diputados, ansiosos de conocer la sentencia de vida o muerte. Buen disimulador era don Leopoldo; pero aquel día su desconcertada voluntad no pudo impedir que saliera al rostro la ira que le abrasaba. Apoyándose de lado en la mesa central del salón, se quitó los guantes, y arrojándolos con violencia sobre el mármol, el vencedor de África dijo: «Me ha despedido como despedirían ustedes al último de sus criados».

Levantose en el concurso de amigos y sectarios un murmullo de sorpresa, que pronto lo fue de espanto, de ira; vocerío de recriminaciones, de protestas y amenazas. «Mi General -dijo uno de los más fogosos, de procedencia progresista y revolucionaria-, a los dos días de lo de San Gil, acordó la Camarilla el cambio de Gobierno. Don Miguel Tenorio y don Alejandro Mon han sido los correveidiles entre Palacio y Narváez. ¿Por qué se ha tardado tanto en hacer efectiva la crisis?». Y Ayala respondió: «Porque al desaire querían añadir una burla trágica. Narváez no tenía prisa. Era más cómodo para él que nosotros fusiláramos a los sargentos. Así podía venir el tigre más descansado y con aires de clemencia». O'Donnell, sin añadir una palabra a este comentario de tan horrible veracidad, pasó con el General Serrano y algunos otros a la estancia próxima. En el salón quedó vociferando el grupo más inquieto y levantisco. Entre el tiroteo de frases acerbas y de burlescos dicharachos, descolló la voz declamante y altísona de Adelardo Ayala, gritando: «Esa señora es imposible».

 

Ep-40-IV -

Con gana cogieron la libertad Ibero y Leoncio Ansúrez. Mentira les pareció que se veían en la calle, después de dos semanas de horrible incertidumbre, temerosos de perder la vida o de ser mandados a un lejano y mortífero destierro. Locos de alegría y ávidos de correr para desentumecerse y activar la circulación de la sangre, desde el depósito de Leganés emprendieron la marcha hacia Madrid, hablando poco y sólo para felicitarse, para cantar su dicha con expresiones breves que parecían giros musicales. ¡Qué suerte la suya! (p.7658) ¡Eterna gratitud debían a don Manolo Tarfe y al Marqués de Beramendi! De milagro habían escapado, porque en rigor de verdad no eran inocentes, aunque otra cosa dijese el buen Tarfe a doña Isabel para captar la Real clemencia. Uno y otro se habían batido en la calle de la Luna, después de haber empleado todo el día 21 en la preparación de armas para el paisanaje. Su trato, iniciado pocos días antes de la tragedia de San Gil, se estrechó con el compañerismo guerrero, y la común desgracia y prisión lo trocaron en fraternal amistad.

«Mira, chico -dijo Ansúrez cuando pasaban el Puente de Toledo-, tú te vienes conmigo a mi casa. No permitiré que andes rodando por posadas o casas de dormir, donde no faltarían soplones que te dieran otro susto. Ya que de esta hemos salido, no caigamos en otra. A mi casa tú. Donde comen tres, comen cuatro.. Además, no tienes guita, y a mí nunca me falta un duro. Nada más grato que comer con un amigo en familia, recordando las fatigas que hemos pasado juntos.. No te quiero decir cómo se quedarán mi mujer y mis chiquillos cuando me vean entrar.. Aunque el Marqués les habrá dado esperanzas, no creerán que sea tan pronto.. Apretemos el paso, Santiago, que los minutos se me hacen horas.. Virginia no me espera. De fijo, cuando me vea, se echará a llorar; los chicos, en el primer momento, me mirarán asustadicos; luego romperán a reír y a darme besos.. ¡Quiera Dios que a todos los encuentre buenos! Hace dos días, según la carta que recibí de mi hermana Lucila, no había novedad en casa. Pero hoy, quién sabe. A lo mejor se te pone malo un chico; se agrava en horas.. y en minutos se te muere.. Estoy en ascuas, Santiago.. ¿Sabes que es largo este maldito Paseo de los Ocho Hilos?.. Y aún nos falta la calle de Toledo. ¡Dios!.. ¿Para qué harían la Corte de España en este vertedero?.. En fin, ánimo y adelante».

Calló Ansúrez, para no quitar ni un aliento al trabajo pulmonar de la subida. Menos locuaz que su compañero, Santiago también a ratos hablaba, por amenizar la penosa caminata. «Pues te agradezco (p.7659) la fineza de llevarme contigo, Leoncio, y acepto tu hospitalidad. ¿A dónde voy yo con mis bolsillos demasiado limpios y con este cuerpo que ya no puede con tantas hambres y trabajos?.. En tu casa me arreglaré la máquina y volveré a salir por esos mundos.. ya sabes que mi destino es correr, navegar por mares y caminos, y salir al encuentro de las cosas grandes que vienen.. si es que quieren venir.. no sabemos de dónde».

-Yo -dijo Leoncio, apechugando ya con la calle de Toledo- te envidio el vivir corriendo de un lado para otro. Si yo pudiera llevar conmigo en un carrito a mi mujer y mis hijos, como esos húngaros errantes que van por toda Europa componiendo calderos, lo haría, créelo. Es un gusto ver cada día cosas y personas distintas. Pero la familia le impone a uno la quietud.. y la sociedad, que es una gran perezosa, no mira con buenos ojos a los que se atan al mundo con una cuerda demasiado larga.

-Poco tiempo he de estar contigo. El señor Muñiz, que a Francia me llevó y de Francia me mandó acá, dispondrá lo que tengo que hacer ahora.. Eso si don Ricardo está en Madrid, que bien podría suceder que le hayan mandado a Filipinas o al quinto infierno.

-No hagamos cálculos.. que las cosas han de pasar según el gusto de las mismas cosas, que disponen su propio acontecimiento, ¿me entiendes?, y no al gusto nuestro.. La voluntad del hombre apunta, y otra voluntad más grande dispara; pero rara vez va el tiro a donde uno pone la puntería.. ¿me entiendes?

-¿Cómo no entenderte si eso que dices de apuntar yo y disparar para otro lado la Providencia, o como se llame, me ha pasado a mí muchas veces? Últimamente, ya lo sabes, busqué a mi mujer, o digamos novia, en Vitoria, y resultó que estaba en Madrid. Llego a Madrid; indago la vivienda; escribo a Saloma valiéndome de una vieja prendera y corredora; me contesta Saloma citándome para tal día y tal noche en una casa, digo, en el jardinillo trasero de una casa del callejón de Malpica.. Voy allá, como puedes suponer, loco de alegría, creyendo que ya tento en la mano mi felicidad, y.. en (p.7660) vez de salirme al encuentro mi felicidad, me sale don Baldomero Galán con una escopeta y me suelta un tiro.. Por fortuna no me dio.. El hombre temblaba de ira y parecía loco.. Escapé saltando una tapia; fui a caer en la Cuesta de Ramón. Después supe por mi corredora que doña Salomé, mi suegra, estaba enferma de muerte, y que don Baldomero padecía la demencia de ver a todas horas y en todas partes ladrones de su hija.. Esto pasó el 20 de Junio. Después vinieron los horrores de San Gil, mi prisión.. esta pesadilla horrible, de la cual hoy despierto.

Con esta y otras conversaciones se les aligeró el tiempo y se les abrevió la caminata. Recorrieron todo el diámetro de Madrid de Sur a Norte, hasta llegar a la casa de Leoncio, situada en la calle de Daoíz, a espaldas de la iglesia de Maravillas y frente al Parque viejo de Artillería, el barrio chispero, escenario ardiente del Dos de Mayo. Anochecía cuando el armero vio su morada, que era un principalito con tres balcones. Dos de estos estaban abiertos, protegidos del calor por luengas cortinas de lona listada: en uno de ellos había un botijo sobre su peana; en otro, una jaula con jilgueros, que ya dormían el primer sueño. Sorprendido y algo asustado Ansúrez de no ver a nadie en los balcones a la hora de tomar el fresco, se plantó en medio de la calle, y haciendo bocina con sus manos, gritó fuertemente: «¡Mita!.. ¡Mita!». Al segundo llamamiento apareció Virginia en el balcón, y con un abrir y cerrar de brazos, juntando luego las manos, expresó su sorpresa y alegría.

No hay que decir que Leoncio subió de un vuelo la corta escalera, seguido de Santiago. Quédese sin describir la tiernísima escena, primero silenciosa, después alborotada con rápidas preguntas y chillidos de júbilo. Leoncio cogió a sus dos chicos, uno en cada brazo, y les dijo mil tonterías amorosas en lenguaje infantil, y les zarandeó y estrujó un buen rato. Luego, presentando a su amigo, que por unos días había de ser su huésped, le colmó de alabanzas. Ibero mostrose humilde, agradecido; sus ojos negros, sus palabras (p.7661) tímidas, transparentaban su buen natural. Poco tardó en sentirse ligado a la familia de Leoncio por un lazo fraternal. La cena comedida, gustosa, nuevo lazo de afecto y confianza, acabó de embelesarle y de rendir absolutamente su voluntad. De sobremesa, charlando con franca alegría y bebiendo un claro vinito de Méntrida, Leoncio dijo a su huésped: «Mañana conocerás a mi hermana Lucila. De ella se ha dicho que era la mujer más hermosa de España».

-Y de cara todavía lo es -afirmó Mita-. Se ha casado dos veces, ha tenido siete hijos.. Su cuerpo de estatua ya va desmereciendo.

-Y conocerás también a su hijo mayor, Vicentito Halconero. ¡Qué talento de chico! Delira por las guerras, y su alma es el alma de un Napoleón o de un Hernán Cortés.. ¡Pobrecillo! Quedó cojo de una caída, y no puede ser militar.

-Es un dolor verle, es un dolor oírle.. No se han visto nunca cuerpo y alma tan desavenidos.

Hablaron luego de Rodrigo Ansúrez, el portentoso violinista a quien Ibero conoció años atrás en la casa de huéspedes de María Luisa Milagro, viuda de un bajo profundo. Declinaba, languidecía la conversación, desvirtuada por el cansancio, y Virginia dio la voz de recogerse. Durmió Ibero en cama limpia y blanda, que no agradeció poco su pobre cuerpo tronzado y dolorido.

Vivían Mita y Ley en holgada medianía. La corta pensión que Virginia recibía de su madre, y las lucidas ganancias de Leoncio en su taller de armero, daban al matrimonio una posición desahogadísima, que ya quisieran muchas familias encasilladas en la burocracia, y que solían vivir con humo en la cabeza y los estómagos vacíos. A mayor abundamiento, la feliz pareja recibía de Lucila frecuentes regalos de fruta, hortaliza, legumbres, aves, corderos y miel.. A la generosa campesina vio Santiago al día siguiente. ¡Qué tal sería la señora, que aun algo descompuesta y desbaratada de cuerpo, vestida con poco arte y ninguna presunción, dejaba poco menos que sin sentido a los que por primera vez la contemplaban! Cara tan perfecta, cara que (p.7662) con tan acabada conjunción y síntesis reuniera la gravedad, la belleza y la gracia, no había visto Ibero más que en estampas finísimas representando alguna de las Musas, la diosa Ceres, o nuestra madre Eva acabadita de crear..

Tanto como el rostro sin par, encantaron a Santiago la voz y el agrado de la celtíbera, que se despidió con esta frase de puro estilo paleto: «Vaya, me alegro mucho de haberle conocido». Y acto continuo echó el brazo al cuello de Vicentito, que a su lado estaba, y empujándole hacia Ibero, dijo a este: «Dispénseme si le dejo aquí a mi hijo, que ha de hacer con usted buenas migas. Algunas jaquecas le dará. El chico es muy aficionado a historias de batallas y conquistas. Le escondemos los libros para que no se caliente demasiado la cabeza. En cuanto le contó Leoncio lo que usted ha hecho y lo que ha pasado, volvióseme loco el pobre hijo. «Madre, llévame.. Madre, vamos pronto. Madre, que llegaremos tarde.. El Ibero habrá salido, y sabe Dios cuándo volverá..». «Con que.. adiós, mi cojito. Comerás aquí. Hasta la noche». Y salió dejando frente a frente a los que habían de ser grandes amigos a los pocos minutos de conocerse. Acompañola Virginia hasta la puerta, y allí repitieron extensamente lo que ya se habían dicho en la visita, resabio característico de las señoras apaletadas.

Desde que Vicentito Halconero se vio ante el misterioso amigo de su tío Leoncio, sentados ambos junto a la mesa del comedor, vació toda su alma en expresiones de confianza. Los ojos de Ibero, resplandecientes de benevolencia, acogieron el alma infantil, que se escapaba de la cárcel de un cuerpo doliente para correr hacia la luz y el ideal. A borbotones salieron de la boca del cojito estas ardorosas palabras: «Me ha dicho el tío Leoncio que tú has estado con Prim; que tú has hablado con Prim, como yo hablo ahora contigo; que quisiste ir con él a Méjico y no te dejaron.. que tú estuviste preso, y te escapaste tirándote de un monte a una playa.. que tú te has ahogado; no, no, que tú mataste a uno que quiso ahogarte.. Me ha dicho que te (p.7663) sublevaste con la caballería de Aranjuez.. que trajiste a Madrid las órdenes de Prim; que eres el gran amigo de uno que llaman Moriones; que tu padre defendió la Libertad contra el faccioso; que has navegado por todos los mares, y has recorrido a pie toda España de punta a punta; que te mantienes días y días, si a mano viene, con un higo pasado y un mendrugo de pan, y que eres guerrero, anacoreta y qué sé yo qué.. Me ha dicho que tienes una novia muy guapa, y que la robarás para casarte con ella sin permiso de los padres, que al parecer son muy brutos.. Me ha dicho que de niño te fugaste de la casa de un tío cura, y que te echaste al mundo para hacer cosas por ti mismo.. y que has hecho ya cosas y has de hacerlas muy sonadas. Yo también las haría si esta pata coja no me estorbara para todo. ¡Ay, Santiago!, si tú fueras cojo, no habrías hecho nada: habrías hecho lo que yo, leer, leer lo que otros hicieron. Es muy triste ser cojo, ¿verdad que sí?».

Asintió Ibero a lo que dijo su amigo de los inconvenientes de la cojera, y de lo que perjudica este defecto a la acción humana. En lo referente a sus propias acciones respondió con modestia, atenuando sus méritos, que agigantaba la ardorosa fantasía de Vicente. Este representaba edad inferior a sus trece años, por el menguado desarrollo a que le condenó la falta de ejercicio. La mitad superior de su rostro, frente, ojos y nariz, eran de la madre; la boca y barba declaraban la tosca hechura de Halconero. El conjunto era dulce, interesante, melancólico. A fuerza de cuidados vivía; a fuerza de método y aparatos, su cojera no era de las que exigen muletas: sentaba en el suelo los dos pies; pero la flojedad de la pierna impedía el ritmo de la perfecta andadura humana. Se auxiliaba de un recio bastón, que era como pierna auxiliar, y por más que el pobre chico disimulaba su defecto, no lograba que sus tres pies dieran un andar suelto y gallardo, sin el cual no hay figura humana que pueda realizar la epopeya..

Aturdido quedó Ibero ante la precoz erudición que su amigo echó sobre él (p.7664) apenas rompieron a charlar. Desde que se dio aquel atracón de lecturas en la biblioteca de don Tadeo Baranda, Santiago había tenido poco roce con libros y papeles impresos; la vida de acción, de necesidades que había de satisfacer por su propio esfuerzo, no le dejaban sosiego ni rato libre para el pegajoso trato con las letras de molde. En cambio, Vicentito, niño rico y mimado, a quien su madre permitía el goce de la libre lectura, apartándole por razones de salud de todo estudio sistemático, devoraba libros, principalmente de Historia de España. Su ciencia superficial y fragmentaria, portentosa para un cerebro de tan corta edad, fue la admiración del amigo, incapaz de igualarle en aquel terreno. No podía contener Vicente el raudal de su adorable pedantería; en su boca resplandecían como piedras preciosas las grandezas épicas, los hechos militares más altos y las aventuras temerarias del valor hispánico..

«Para mí -decía- la mayor grandeza de España está en el reinado del Emperador Carlos V. ¡Vaya un tío! Rey a los diez y siete años, Emperador a los diez y nueve.. y con medio mundo en aquellas manos tan tiernas.. ¿Has leído tú la batalla de Pavía? Yo me la sé casi de memoria, y me parece que estoy viendo al Rey de Francia prisionero de Juan de Urbieta, y entregando a Lannoy su espada. ¿Y de la expedición a Túnez, qué me dices?.. ¿Pues y la campaña de Alemania?.. ¡Mulberg!.. ¡Alba y el Elector de Sajonia!.. Con lo que no estoy conforme es con que el buen señor se encerrara en un convento, cuando aún no era muy viejo y podía gobernar los mundos de Europa y América». Con gravedad asintió Ibero a estas opiniones, mostrándose singularmente contrario a la abdicación y monaquismo del hijo de doña Juana la Loca.

Y el niño Halconero siguió así: «Felipe II no me gusta tanto como su padre, por ser muy arrimado a la Inquisición y al tostadero de herejes; pero también es grande.. Mira que la Liga contra el turco y la batalla de Lepanto le quitan a uno el sentido.. ¿Pues y de San Quintín, qué me dices?.. Mi madre me llevó a ver El (p.7665) Escorial.. allí tienes pintadas en la pared de una sala todas las batallas.. ¡qué cosas!.. La Infantería española es la primera del mundo. ¿No lo crees tú así? (Grandes cabezadas de Ibero apoyando la opinión de su amigo.) Y quien dice la Infantería, dice la Caballería y la Artillería.. También soy de parecer que no hay marinos como los españoles. ¿Has leído la batalla de Trafalgar? Yo la he leído en tres libros distintos. Fuimos vencidos por la impericia del francés aliado; pero aquellos héroes, aquel Churruca, aquel Gravina, aquel Alcalá Galiano, ¿no valen tanto como la victoria? Víctimas son esas que todas las naciones nos envidian». Y con este ardiente estilo y convicción siguió derramando su saber, que al propio tiempo era enseñanza y deleite para el gran Ibero.

La simpatía cordial que entre ambos se estableció al primer trato, se explica por el estrecho parentesco de sus almas. El uno era la Historia libresca; el otro la Historia vivida, ambas incipientes, balbucientes, en la época de la dentición.

 

Ep-40-V -

Este capítulo debiera titularse: De los sabrosos razonamientos que pasaron entre los inocentes historiadores Iberito y Vicentito, con otros sucesos. Autorizado por su madre, fue de paseo una tarde el cojito con Santiago Ibero, saliendo por la Era del Mico, esparciéndose luego por el Campo del Tío Mereje, y subiendo lentamente hasta el Campo de Guardias, donde requirieron el descanso en unos sillares colocados como para alivio de paseantes; y comiendo piñones y cacahuetes que habían comprado a una vieja, entablaron el palique que fielmente se copia:

«¿Qué sabes tú de Prim, Santiago? -preguntó la Historia libresca a la Historia vivida-. No te hagas el reservado conmigo, que yo sé guardar un secreto. Bien enterado estás de todo: no me lo niegues. Tú andas, tú has andado estos días con los que conspiran.. Lo ha dicho Leoncio.. Con que.. claréate: ¿dónde está Prim, y por dónde ha de venir cuando venga?..».

-Yo no puedo decirte nada de fundamento -replicó Ibero parapetado en su modestia-, porque dos veces he tratado de ver a mi amigo (p.7666) el señor Muñiz. En su casa no vive. ¿En dónde estará escondido? Cualquiera lo averigua. A otro amigo mío, don José Chaves, que anduvo en las trapisondas de San Gil, sí que le he visto: me le encontré la otra noche en Puerta de Moros; salía él de una botica, y aunque se ha quitado las barbas, rapándose a lo clérigo, le conocí por el andar y la mirada. Nos metimos en una iglesia, que pienso es la de San Andrés, donde había rosario, y allí, fingiendo que rezábamos, hablamos todo lo que quisimos. Pues te diré que Castelar, Becerra y otro que llaman Martos, han escapado a Francia disfrazados no sé si de fogoneros o de curas. Les acompañaban amigos unionistas.. Sabrás lo que son unionistas.. Pues han huido también Pierrad, Hidalgo y otros, protegidos por la embajada de los Estados Unidos.. Aquí está todavía Sagasta.. ¿conoces a Sagasta?.. y don Joaquín Aguirre.. Pues esos no han salido porque hay tratos, Vicente.. Andan otra vez en composturas.. ya me entiendes.

-No entiendo nada, Santiago.

-Narváez, que no quiso coger el mando hasta que acabara O'Donnell de fusilarle los sargentos, ahora que está en el poder hace cucamonas a Prim y a sus amigos para que se dejen de revoluciones y entren por el aro. Pero eso no será. ¡Estaría bueno que ahora don Juan nos resultase grilla! Toda España quiere revolución. ¿Verdad que sí?

-Libertad queremos.. para todos.. y fuera privilegios..

-Igualdad, Fraternidad.. no olvidar esto.

-En fin, ¿dices o no dónde está Prim?

-Puedo decírtelo con reserva. Como ese tuno de Napoleón no le deja vivir en Francia, ha tenido que irse a Bruselas, que es, como sabes, la capital de Bélgica.

-Baja la voz, Ibero.. ¡Cuidado! -dijo con alarma Vicentito, fijando sus miradas en una figura humana no muy distante-. ¿Ves? La vieja que nos vendió los piñones y cacahuetes se ha venido tras de nosotros, y en aquella piedra está sentada sin quitarnos los ojos.

-Nos acecha, esperando que le compremos más.

-No te fíes.. Habla bajito, y sigue.. ¿Crees tú que triunfará la revolución?

-Triunfará; pero créelo, Vicente, (p.7667) porque yo te lo digo.. la estrella de la Libertad está aún tan lejos, que apenas podemos divisarla con anteojos de muy larga vista.

Con esta enigmática respuesta quiso el bueno de Ibero darse alguna importancia, pues la Historia vivida, no pudiendo afirmar hechos futuros, resultaba en inferioridad insípida frente a la Historia literaria. Vicente suspiró, miró al cielo.. ¿Quién le daría un anteojo del alcance necesario para divisar la estrella? Tras melancólica pausa, volviose al amigo que hacía la Historia, y le pidió mayor claridad.

«Yo sé muy poco. Lo que hay es que, como he visto mucho y he vivido cerca de los trabajadores en revolución, puedo formar juicio, Santiago; y de lo que pasó, saco la idea, saco el sentido de lo que pasará».

-Pues cuéntame todo lo que piensas y lo que tienes adivinado -dijo Vicentito, con mayor inquietud de la que antes sintió-. Pero aquí no hablemos más. Nos vigilan. ¿Ves? Un hombre malcarado se acerca a la vieja de los cacahuetes, y los dos nos miran.. cuchichean. Disimulemos, Santiago, y siguiendo nuestro paseo como si tal cosa, demos vuelta a esa tapia, y al lado de allá, si vemos que no hay nadie, hablaremos con toda libertad.

Siguieron, y como a los cincuenta pasos, llegaron a un rastrojo seco y solitario, con tres árboles muertos y una noria en ruinas. Ni hombres ni animales se veían por allí. Las tapias y casuchas más próximas estaban a una distancia que había de ser infranqueable para los oídos más sutiles. Rompió el silencio Halconero con estas razones: «Aquí puedes decirme lo que quieras. Tú, que has amasado con tus manos un poco de Historia de España, sabes, por lo pasado, lo que pasará. ¿Por dónde ha de venir la revolución, y qué cosas ha de traernos?».

Tardó Ibero en contestar, mirando el desplomado esqueleto de la noria. Pensó que para no quedar mal como creador de hechos ante el erudito de la Historia pretérita, necesitaba anticiparse a los sucesos futuros, adivinándolos, o inventándolos, que es la forma hipotética de la adivinación. Con esta idea respondió gravemente al amigo: «La (p.7668) revolución vendrá; pero tardará mucho, porque necesita ahondar, remover.. ¿No me entiendes? La revolución, aunque no lo quiera, tendrá que destronar a doña Isabel».

-¡Jesús! Santiago, ¿qué me dices? ¿Eso han decidido? ¿Lo sabes tú?

-Cualquiera lo sabe.. Basta tener oídos.. Tú pon atención a lo que se habla. No se abre una boca española que no diga: «Esa señora es imposible».

-Verdad que así lo dicen. Pero yo me acuerdo de la Historia que he leído, y ella no dice que los españoles hayan destronado a ningún rey.

-Así será -replicó Ibero algo desconcertado-; pero la Historia.. Ahora me acuerdo de lo que me dijo ayer un amigo mío. ¿Conoces tú a Confusio?

-Llámale Juanito Santiuste, que es su nombre verdadero. Le conozco desde el año en que murió mi padre. Tuvo mucho entendimiento, y ahora está trastornado.

-Trastornado, creo yo, de la fuerza de su talento. Pues ayer, hablando de esto mismo, me dijo: «La Historia no es un ser muerto, sino un ser vivo, y como ser vivo, engendra cada año, con los hechos viejos, hechos nuevos. Si continuamente reproduce, también inventa. De forma y manera que si en siglos no destronó, en una hora destrona, y si en siglos durmió con los reyes, un día despierta en la cama del pueblo».

-Pues si es así -dijo Vicentito con notoria gravedad de acento y actitud, parándose y cogiendo la solapa a la Historia vivida-, yo propongo que proclamemos Rey al Príncipe Alfonso, que es valiente, simpático y estudia muy bien sus lecciones, según ha dicho en mi casa don Isidro Losa.

-Rey será, naturalmente, con el nombre de Alfonso Doceno, pues si no estoy equivocado, Onceno fue el último Alfonso.

-Así es. Le llamaron el Justiciero.. gran Monarca en la guerra y en la paz.. murió joven frente a Gibraltar, después de haber ganado a los moros la ciudad de Algeciras. Este Alfonsito que ahora tenemos me parece que ha de ser también un Rey muy glorioso. ¿Será un Carlos I que conquiste muchos pueblos, o un Carlos III que nos ponga buena Administración, Sociedades Económicas de Amigos del País, obras (p.7669) públicas y demás cosas de riqueza y fomento? Vamos, hombre, adivina un poco más, y dime cómo será este nuevo Rey.

No pudiendo Ibero sobre aquel punto concreto lanzarse a soltar vaticinios, replicó que Alfonso parecía despiertillo y de buen natural. El tiempo diría algo más.. Y como el cojito le pidiese explicación de los medios que habían de emplear Prim y el Progreso para una empresa tan difícil como la destitución de la Reina, pronunció Santiago estas sibilíticas palabras: «Difícil cosa es; pero posible si la necesidad hace amigos a los enemigos. ¿Sabes lo que ayer me dijo Confusio, que para mí es más profeta que loco y más sabio que poeta? Pues dijo esto: 'Los hijos de O'Donnell se abrazarán con los de Prim'. Estos hijos son los unionistas y progresistas».

-¡Bah.. bah!.. -exclamó Halconero, cogiendo el brazo de su amigo, y llevándole por caminos polvorientos a dar la vuelta de Chamberí-. Confusio habrá visto en sueños esos abrazos de los que fueron enemigos, y otras cosas desatinadas. Si fuéramos a hacer caso de sueños, yo creería en los míos, pues, aquí donde me ves, de tanto leer y de pensar en lo que leo, soy un tremendo soñador, y no hay noche que no tenga mis entrevistas con las cosas del otro mundo, algunas agradables, otras feísimas.. Cuando uno cojea y no puede hacer vida de actividad, sueña. Yo he visto, como te estoy viendo a ti, a don Alfonso el Sabio.. Le he visto entrar en España y decir: «A ver, ¿qué leyes son esas?.. Será menester que yo las haga otra vez, y os enseñe a cumplirlas..». He visto a don Pedro el Cruel venir con la cara fosca, diciendo: «Habéis olvidado lo que es escarmiento duro y pronto. Pues yo os lo enseñaré.. Menos curia, señores, y más justicia..». Veo que no te ríes, como se ríe mi madre cuando le cuento yo estos desatinos.

-No me río -dijo Ibero-, porque yo creo que las almas de los fenecidos, aunque estén en un mundo separado del nuestro, tienen facultad para venir junto a nosotros y hablarnos, siempre que sepamos nosotros entenderlas.

-¿Pero de veras crees (p.7670) eso?

-Lo creo, sí.. Pienso que no se debe tomar a chacota lo que soñamos, y que el sueño es.. ¿cómo lo diré?.. en algunos viene a ser una especie de sala intermedia.. abierta por acá a nuestra vida, por allá a la otra.

-Me dejas pasmado con lo que dices -manifestó Vicente cuando su estupefacción le permitió el uso de la palabra-. A mí me han dado algunos sueños míos muy malos ratos.. No hace muchas noches se me presentó el Empecinado. ¡Qué cosas me dijo!.. Fue la noche del día en que fusilaron la primera tanda de sargentos.. Mientras Juan Martín hablaba conmigo, iban pasando los pobres sargentos por el foro.. pues aquello era como un teatro.. El Empecinado me decía: «Tendremos que volver a pelear por la Libertad..». Los sargentos desfilaban de dos en dos, ensangrentados, pero vivos, los más callados como en misa, otros risueños y charloteando en voz baja.. Ni el Empecinado les veía, ni ellos a él, o si le veían no hacían maldito caso.. Yo estuve muy triste todo el día, y para distraerme me puse a leer el Descubrimiento de América.

Dijo a esto Ibero que no convenía buscar a las imágenes del sueño una explicación difícil de encontrar, pues los seres idos viven en un medio lógico y moral distinto del nuestro, que con este quizás no tiene ningún punto de semejanza. Añadió que para conocer de estas cosas es menester aprender métodos sutiles de comunicación con lo que está distante de nuestros sentidos. Comprendiendo el agudo Vicente (2) que su nuevo amigo, la Historia viva, podía enseñarle admirables cosas, se lamentó de que el Destino los separase tan pronto. «Tú no sabes a dónde irás; yo de seguro voy a San Sebastián, porque mi madre quiere que tome los baños de mar, que el año pasado me probaron muy bien».

Replicó Iberito que estaba obligado a ir a Samaniego, su pueblo natal, y quizás al mismo San Sebastián, pues también su madre y hermanos tomaban en verano el baño de ola. Era, pues, seguro que se verían en el mes de Agosto. Y hablando de esto avivaron el paso, porque declinaba la tarde y habían de ir (p.7671) a cenar a la casa de Vicente, situada en lo alto de la calle de Segovia, como a media legua de los lugares por donde a la sazón los dos vagos y amenos historiadores paseaban. Conviene advertir que Santiago había podido rescatar el modesto equipaje que dejó en la posada donde vivía cuando le sorprendió la prisión, y aunque no recobró sin mermas su pobre ajuar, pues le fueron sustraídas diferentes piezas de ropa, tuvo lo bastante para presentarse adecentado y limpio en la mesa de doña Lucila y de su segundo esposo el señor don Ángel Cordero.

Llegaron, pues, los dos jóvenes algo presurosos y fatigados, con retraso de diez minutos sobre la hora fijada por Lucila. Esta les riñó amablemente, y se fue a ultimar la cena, trasteando en la cocina, pues era de estas señoras caseras que gustan de estar en todo. Vestía la celtíbera un traje de Cambray, color bayo con adorno negro, atrasadillo de moda y de un corte algo provinciano; pero la belleza personal todo lo disimulaba y absolvía. Los hermanitos de Vicente, Pilar, Bonifacio y Manolo, vestían con más elegancia que la madre, y el pequeñuelo, del segundo matrimonio, andaba todavía en enagüillas al cuidado de una zagala con refajo verde. Del señor don Ángel Cordero debe decirse que era un paleto ilustrado, mixtura gris de lo urbano y lo silvestre, cuarentón, de rostro trigueño, con ojos claros y corto bigote rubio; carácter y figura en que no se advertía ningún tono enérgico, sino la incoloración de las cosas desteñidas. Sus padres, lugareños de riñón bien cubierto, se vanagloriaron de juntar en él la riqueza y la cultura. Siguió, pues, el tal la carrera de abogado en Madrid, con lo que empenachó cumplidamente su personalidad; tomó gusto a la Economía Política, estudiola superficialmente, haciendo acopio de cuantos libros de aquella socorrida ciencia se escribieron. Con este caudal siguió siendo lugareño, y vivía la mayor parte del año en sus tierras, cultivándolas por los métodos rutinarios, y llevando con exquisita nimiedad la cuenta y razón de aquellos pingües intereses.. Completan la figura su honradez parda, (p.7672) su opaca virtud, y aquel reposo de su espíritu, que nada concedía jamás a la imprevisión, nada a la fantasía, y era la exactitud, la medida justa de todas las cosas del cuerpo y del alma.

 

Ep-40-VI -

No hay para qué decir que la cena fue abundante y castiza; que a cada plato, de los muchos y substanciosos que desfilaron, doña Lucila sirvió a Santiago raciones de padre y muy señor mío, instándole a no dejar nada; que a todos atendía la señora, y que por sentarse a la mesa la familia menuda, salvo el nene, no cesaba el ir y venir de platos, al compás de la infantil cháchara; dígase también que no había etiquetas, porque los señores no solían gastarlas, ni ellas habrían sido pertinentes con un convidado de tan modesta categoría. Era, pues, una familia que, contraviniendo el régimen constante de la burguesía matritense, daba poco a la vanidad, mucho al vivir interno, obscuro, y al comer nutritivo y abundante. Reunidos los patrimonios de Halconero y Cordero, resultaba una riqueza considerable, con la cual podían permitirse algún lujo de relumbrón; pero tanto don Ángel como Lucila continuaban siendo paletos. En Madrid, donde tenían casa propia para pasar el invierno, hacían vida modesta y provinciana, sin permitirse otra disipación que la de ir al teatro algunas noches en días de fiesta.

Cordero carecía de vicios; no frecuentaba casinos; permanecía en el café cortos ratos, en compañía de sujetos de buena posición aficionados a la caza; en el campo tenía caballo y coche, en Madrid no; vestía sin pretensiones de elegancia; no conocía más que un lujo, y este era el de poseer buenos paraguas; escogía y compraba los mejores, preciándose de conocer bien su mecanismo y la calidad de las telas. Era también muy entendido en la manera de poner a secar los tales artefactos, para que escurriese bien el agua. Sabía cuándo estaban a punto para ser abiertos, y en qué condiciones se debían envolver y enfundar. Usábalos de distinto tipo, según fueran para chaparrón, lluvia persistente, llovizna; y los que en Madrid habían cumplido su misión (p.7673) en recias campañas invernales, pasaban a la reserva en el servicio del campo y pueblos.

Clío Familiar desmentiría su fama y oficio si pasara en silencio que los señores de Cordero y su comensal hablaron de política. Hablar de política era en aquellos tiempos cosa tan corriente como el comer, y aun como el respirar. Salieron a la colada los desvaríos de la Corte, comidilla sabrosa para todas las bocas, aun para las que los repetían negándolos o poniéndolos en cuarentena. Lucila, indulgente, disculpaba a doña Isabel, cargando la ignominia política y privada a la cuenta de sus allegados y consejeros. Ibero hizo vagos pronósticos; Vicentito evocó memorias revolucionarias.

Resumió mansamente los distintos pareceres don Ángel Cordero, inclinándose a lo razonable y sensato. Según él, todos los males de la patria provenían del matrimonio de la Reina. Habría sido muy acertado casarla con Montpensier, que era un gran príncipe, un político de talento, y el hombre más ordenado y administrativo que teníamos en las Españas. Todas las cuentas de su caudal y hacienda las llevaba por Debe y Haber; no dejaba salir nada para vanidades o cosas superfluas, y metía en casa todo lo que representaba utilidad. «Los que le critican -añadía- por vender las naranjas de los jardines de San Telmo, son esos perdidos manirrotos que no saben mirar al día de mañana, y viviendo sólo en el hoy dan con sus huesos en un asilo. Si viniera una revolución gorda y hubiera que cambiar de monarca, ninguno como ese para hacernos andar derechos y ajustarnos las cuentas; créanlo, ninguno como ese Monpensier». A la española pronunciaba Cordero este nombre, porque aunque era abogado no sabía francés, u olvidado había lo poco que le enseñaron en el Instituto.

Algo más se habría dicho de las turbaciones presentes y mudanzas probables, si no entrara inopinadamente Leoncio, y si en el rostro suyo, más que en sus concisas expresiones, no advirtieran todos algo extraño, alarma, disgusto.. Ya habían concluido de cenar; ya los chicos (p.7674) menores requerían la cama; Pilarita permanecía en la mesa, atenta a lo que se hablaba. La conversación ante Leoncio, mudo o enigmático, se fragmentó, se deshizo en cláusulas rotas que flotaron sobre las cabezas. En aquel instante, truenos lejanos anunciaban tormenta. Mientras Cordero al balcón se acercaba para mirar el cielo, Lucila dijo a su hermano: «Tú traes algo; suéltalo de una vez». Y Leoncio soltó su embuchado en esta forma: «Vengo a decirte, Santiago, que a poco de salir tú de paseo con Vicente, estuvo en casa la policía para prenderte».

-¿Y a ti no?..

-Hasta ahora parece que no se acuerdan de mí. Pero no me fío, y desde esta noche dormiré fuera de casa.. Ya te dije que con la subida de Narváez, ni los gorriones están seguros en Madrid.

-Con el estado de sitio y la suspensión de garantías no se juega -indicó sesudamente Cordero-. Y este general Pezuela tiene la mano dura.

-¡Ay, cuidado con él! -exclamó Lucila indignada-, que es de la camada absolutista. Esos, esos nos han trastornado a la pobre Señora.

-Bueno -dijo Ibero serenamente, mirando a todos-. ¿Y ahora qué tengo que hacer?

«Quedarte aquí. Te esconderemos en casa», afirmó con ímpetu nervioso Vicente, echando el brazo sobre los hombros de su amigo. Los truenos retumbaban cercanos. La tormenta se venía encima.. Y los ojos de Lucila, piadosos, iluminaron con un noble asentimiento la proposición del cojito. Pero fue un relámpago no más. A los pocos segundos, con mirada distinta interrogó a su esposo, el cual, echando por delante un preámbulo de tosecillas, emitió estas prudentes razones: «Poco a poco. Esconderle aquí es peligroso para él y arriesgadillo para nosotros.. En su pueblo, al abrigo de su familia, estará más seguro».

Según manifestó inmediatamente Leoncio, que venía de hablar del caso con don Manuel de Tarfe, no se podía contar con el señor Marqués de Beramendi, que se había ido a Fuenterrabía días antes. Pero el buen Tarfe, aunque no podía tener relaciones con Pezuela y González Bravo, ni con ningún otro sátrapa de la situación, se (p.7675) valdría de su amistad con gente de la policía y con empleados altos y bajos del Ferrocarril del Norte para facilitar la fuga de Ibero y Ansúrez, si vinieran también contra este, como era de temer. Añadió Leoncio que él no se iba al extranjero sino llevándose a toda su familia, y que por de pronto en Madrid se quedaba, ocultándose como pudiera y solicitando la protección del señor Gutiérrez de la Vega y de los generales Echagüe y Ros, para quienes había hecho trabajos de armería muy estimados.. No hallándose el amigo Ibero en estas ventajosas condiciones, opinaba Leoncio que debía salir para Francia sin pérdida de tiempo.

«¿Esta noche? -dijo angustiado Vicentín, a quien faltaba poco para echarse a llorar. Se le iba la Historia viva, y a solas con la suya, la muerta y embalsamada en los libros, había de quedarse muy triste».

-Ya no puede ser hasta mañana -aseguró Leoncio-. Y pues hay tiempo para elegir, mejor y más seguro irá en el Express de las tres de la tarde que en el Correo de las ocho y media de la noche.

Tras un silencio de vaga inquietud, en que unos ponían su atención en los conflictos humanos, otros en la tormenta que ya descargaba sobre Madrid azotaina furiosa de viento y lluvia, el armero creyó llegado el caso de las resoluciones urgentes, y lo manifestó así: «Tenemos que preparar tu salida, Santiago, y ello no es cosa que puede dejarse para mañana. Despídete, y echemos a correr».

«¿Pero qué prisa..? Déjale que respire, pobre muchacho..». Así habló la sin par Lucila, poniendo cara de Dolorosa. Y su hijo, balbuciente, trémulo de ansiedad, agregó: «Ahora no podéis salir.. Mirad cómo llueve».

-Razón habrá para esas prisas -dijo Cordero-. En cosas tan delicadas como la fuga con disfraz, conviene prepararse bien.. Sí, sí, Leoncio y Santiago: no perdáis tiempo.. Los minutos son preciosos.. Y no hagáis caso de la lluvia.. Esto es nube de verano. Pasará pronto..

Corrió don Ángel hacia el interior de la casa, y en el breve tiempo que duró su ausencia, hubo Lucila de atender amorosamente a calmar a su hijo, (p.7676) atribulado por la deserción de la Historia viva. «No te aflijas, Vicente.. Se va porque es preciso.. se va por su bien.. figúrate que le meten preso.. En la frontera de Francia estará más seguro.. Yo te llevaré a Bayona si fuese menester..». Volvió en seguida don Ángel con un voluminoso paraguas, que ofreció a los que ya se disponían a salir. «No perdáis un momento -les dijo-, ni hagáis caso de la tempestad, que no es más que un poco de ruido. Llevad este paraguas.. Es de algodón, pero de mucho vuelo, y podéis guareceros los dos.. Ten cuidado, Leoncio, que el varillaje está un poco gastado.. Al cerrar, ponlo de modo que escurra bien.. Y no te olvides de traérmelo mañana. Con que adiós, hijos míos.. Que no tengáis ningún tropiezo.. Ibero, ¡ánimo y a Francia!».

La despedida tuvo, por la parte de Lucila y Vicente, sus notas de ternura. «Adiós, hijo: buena suerte -dijo la celtíbera abrazándole-. La Virgen le acompañe.. Si va usted a su casa, dele mis recuerdos a su mamá.. Me alegraría de conocerla.. ¡Cuánto sufrirá la pobre con estas cosas!».

-Que me escribas todo lo que te pase -dijo Vicente, y abrazó con fraternal apretón al amigo, resignándose a una ausencia inevitable-. Mañana espero carta; no, pasado, o al otro.. Y a Prim, si le ves, tantas cosas.. Que venga pronto.. Aquí no decimos más que «Prim.. Libertad..». Adiós.. Hasta la Isla de los Faisanes.

Ninguno de los presentes sabía qué isla era aquella. «Vamos, Vicente -le dijo el padrastro acariciándole-, no desatines. Ten juicio, y te compraré todo el César Cantú». Y al fin salió Ibero con el corazón oprimido. Detrás de él algunas lágrimas brillaron: un triste vacío taciturno quedaba en la casa. Aquella noche, cuando Vicente se acostó, acompañole la madre largo rato, calmando su excitación con palabras dulces, ofreciéndole anticipar el viaje al Norte, y pasar la frontera y visitar a los emigrados, que en aquella parte de Francia lloraban su destierro.. Durmiose al fin el cojito: fue su sueño intranquilo, tenebroso.. Viose perseguido por conspirador revolucionario, metido en (p.7677) cárceles, abrumado de procesos; viose fugitivo, disfrazado con tiznajos de fogonero o sotana de cura; viose al fin en tierra extranjera trabajando con Prim por la redención de esta infeliz España.

En el portal, un hombre risueño y mal vestido saludó a los dos jóvenes. Leoncio le presentó a Ibero con esta frase circunstancial: «Don Valentín Malrecado, que esta noche y mañana será nuestro amigo». Y tras un corto rato de espera, visto que el temporal amainaba por momentos, se pusieron en marcha, guareciéndose dos bajo la negra bóveda del paraguas, y el tercero arrimadito a la pared. Así pasaron Puerta Cerrada y Cuchilleros, hasta la Escalerilla, donde ya ni el agua ni el paralluvias les molestaron más, pues el escondite a donde el discreto agente de la autoridad les llevaba tenía su ingreso por los portales de la Plaza Mayor.

Minutos después acometían una escalera de pesadilla, sucia, enroscada, tenebrosa, y alumbrándose con fósforos llegaron a una vivienda de aspecto carcelario, en la cual fueron recibidos por una mujer embarazada y un hombre que también lo estaba de la espalda, pues en ella tenía una gran joroba, o sea embarazo de toda la vida. Marido y mujer, que tal parecían, mostráronse amables con los jóvenes, y pronto se vio claro que Ibero tendría hospedaje seguro en aquella casa hasta que bajara a tomar el tren.

«Mi señora -dijo el corcovado-, está ya fuera de cuenta, y de un momento a otro caerá en la cama, por lo que esta noche no podrá atender a este caballero como se merece. Pero la prima bajará del segundo..». Dicho esto, la barriguda mujer cogió la lámpara de petróleo, de tubo ahumado y apestoso, y fue a mostrar a Ibero el cuarto mísero y el derrengado lecho en que había de dormir, que era sin duda el de Procusto, a cada momento citado por los escritores en la prensa política. Todo le pareció bien a Santiago, que acostumbrado estaba a peores acomodos. Lo importante para él se trató en conferencia rápida entre los sujetos presentes, y ello fue sintetizado por el policía en estas sensatas manifestaciones: «El (p.7678) señor no tiene que moverse de aquí, ni apurarse, ni estar con cuidado.. Del señor y de su seguridad me cuido yo, que vivo en el tercero. En el segundo está mi prima Pilar Angosto, que es de toda confianza, y aquí tenemos a este cuñado mío, que fue escribiente en el Juzgado de la Inclusa, y ahora lo es en la Vicaría, persona de cuya lealtad y hombría de bien respondo como de la mía propia. (Designó con gesto fraternal al jorobeta, que hizo una reverencia.) El disfraz que hemos de poner al sujeto para llevarle a la estación nos lo dirá el señor de Tarfe, que quedó en hablar esta tarde con don Ernesto y don Fernando Polack, dos caballeros franceses, que llevan la batuta en el Ferrocarril del Norte».

A esto dijo Leoncio que él había quedado en ver a don Manuel aquella misma noche; pero el policía expuso el deseo de que le dejasen esta y las demás diligencias del caso, pues él lo haría todo. En su activa oficiosidad, reclamaba el conjunto del servicio para redondear el precio y la recompensa. Ibero entonces trató con él de un punto delicadísimo que particularmente le interesaba. «Puesto que no debo salir de aquí -le dijo-, ¿podría usted traerme a una dueña corredora y prendera que vive en la casa de al lado, y se llama o la llaman la Galinda, y es tratante en alhajas para señoras y en citas para caballeros?».

-Bien podría traerla, señor -dijo Malrecado sonriente-; pero aquí no vendrá, por dos razones: primera, porque es muy bocona y podría comprometernos; segunda, porque no hace ninguna falta, si usted la requiere para el cuento de saber las incumbencias de don Baldomero Galán; que de este señor podré informarle yo todo lo que guste, mejor que esa vieja ladrona.

Pasmado quedó Ibero de que el diabólico policía, a quien veía por primera vez aquella noche, tuviera conocimiento de su interés por la familia Galán. Al asombro del joven puso comentario Valentín en esta forma: «Crea usted, señor mío, que si estuviéramos bien pagados, seríamos la mejor policía del mundo.. Pues, para su gobierno, sepa que doña Salomé (p.7679) pasó a mejor vida el día de San Juan por la tarde, y que don Baldomero y su hija, que entre paréntesis es preciosa, salieron por el Norte hace bastantes días, en compañía de dos curas vascongados y una religiosa francesa.. Los curas iban a Vitoria; don Baldomero, la niña y la monja entiendo que iban a San Juan de Luz.. Por cierto que en el mismo tren que ellos, marcharon disfrazados Castelar, Becerra y Martos».

Estas noticias, de cuya veracidad no dudaba, fueron felicísimas para Ibero, que ya tenía un motivo más para congratularse de su salida de la Corte con rumbo a Francia. ¡Francia! ¡Cuántas alegrías, cuántas esperanzas le brindaba este nombre, y cómo reverdecían los marchitos ideales ante la visión geográfica del país vecino! Y para completar la dicha del aventurero, las órdenes que transmitió por la mañana el buen Tarfe eran halagüeñas, absolutamente tranquilizadoras. No necesitaba más disfraz que el chaquetón usual de los empleados inferiores del Norte. El señor Polack cuidaría de proporcionarle una gorra galonada.. Saldría prestando servicio de mozo en el furgón de equipajes del Express de las tres.

 

Ep-40-VII -

¡Oh, Ferrocarril del Norte, venturoso escape hacia el mundo europeo, divina brecha para la civilización!.. Bendito sea mil veces el oro de judíos y protestantes franceses que te dio la existencia; benditos los ingeniosos artífices que te abrieron en la costra de la vieja España, hacinando tierras y pedruscos, taladrando los montes bravíos, y franqueando con gigantesco paso las aguas impetuosas. Por tu herrada senda corre un día y otro el mensajero incansable, cuyo resoplido causa espanto a hombres y fieras, alma dinámica, corazón de fuego.. Él lleva y trae la vida, el pensamiento, la materia pesada y la ilusión aérea; conduce los negocios, la diplomacia, las almas inquietas de los laborantes políticos, y las almas sedientas de los recién casados; comunica lo viejo con lo nuevo; transporta el afán artístico y la curiosidad arqueológica; a los españoles lleva gozosos a refrigerarse en el aire mundial, y a los (p.7680) europeos trae a nuestro ambiente seco, ardoroso, apasionado. Por mil razones te alabamos, ferrocarril del Norte; y si no fuiste perfecto en tu organización, y en cada viaje de ida o regreso veíamos faltas y negligencias, todo se te perdona por los inmensos beneficios que nos trajiste, ¡oh grande amigo y servidor nuestro, puerta del tráfico, llave de la industria, abertura de la ventilación universal, y respiradero por donde escapan los densos humos que aún flotan en el hispano cerebro!

Entraron a Ibero por la portería, al extremo sudeste de la barraca que servía de estación. Faltaba una hora para la salida del Express, que ya estaban formando con coches de primera. Vestía el fugitivo traje apropiado a las funciones de mozo de tren que había de desempeñar. Un empleado le dio la gorra con galón, y poco después fue presentado al conductor, que le recibió con agrado. Era el tal regordete, risueño y coloradote, de mediana edad: Ibero le había visto y tratado en alguna parte; pero no recordaba el lugar ni ocasión de aquel conocimiento. Hallábase Santiago en el furgón enterándose de lo que había de hacer, cuando vio al señor de Tarfe que hablaba con don Fernando Polack. Pasaron minutos; llamole Tarfe, y llevándole al extremo del andén le dijo que fuera descuidado, que ni en la estación ni en el viaje correría ningún riesgo. Después le dio una cartera de cuero ordinario, que contenía tres cartas sin sobrescrito. Cada una llevaba un número, y en un papelito aparte que Ibero guardaría en el seno, iban las tres direcciones precedidas de números correspondientes a los de las cartas. Las entregaría en Bayona a don Salvador Damato, a don Jesús Clavería y al Marqués de Albaida. De todo se enteró el chico rápidamente. La cartera debía ser confiada al conductor, que ya estaba en el ajo, y este se la devolvería en Irún.

Volvió Ibero al furgón de cabecera, donde le dijo el conductor que una vez pasado el Escorial podría trasladarse al furgón de cola, donde iba el guardafreno, y allí dormiría si necesitaba algún descanso. Buena falta le hacía echar un sueño, porque la (p.7681) noche anterior, en la casa donde le escondió Malrecado, había sido enteramente toledana, por las graves razones que ahora se dicen. Y fue que apenas se acostó el muchacho en el lecho titulado por buen nombre de Procusto, la señora Ricarda, que así se llamaba la hermana de Malrecado, empezó a sentir los dolores de parto, y en un grito estuvo tres horas consecutivas, implorando el auxilio de santos y demonios para que la sacaran del terrible lance. Los chillidos de la parturienta, el entrar y salir de vecinas, el habla hombruna de la comadrona, y otros ruidos inherentes al gran suceso, desvelaron al huésped, que al fin se levantó, sintiéndose más descansado en pie y vestido que en el abominable camastro. Disponíase ya a ofrecer su cooperación a las comadres y vecinas, cuando entró regocijado el jorobeta y le dijo que ya tenía un criado más que le sirviera. Dio las gracias Ibero, y viendo la rubicunda aurora colándose ya por las ventanas que daban a la calle de la Sal, renunció a dormir; sirviéronle chocolate, lo tomó, y entretuvo el tiempo hasta que llegaran las nuevas que trajo Leoncio. Este y Malrecado le llevaron a la estación.

Pues, señor, ya no faltaban más que veinte minutos para la salida del Express, y el andén se iba llenando de gente. El calor, cada día más molesto, decretaba la desbandada: damas elegantes y sueltas requerían el reservado de señoras; caballeros afanosos, rodeados de familia, se acogían al fuero de su importancia, que en algunos era ilusoria, para obtener el privilegio de un coche abonado. Muchos que tenían billetes gratuitos por obra de la adulación o del favoritismo burocrático, querían medio tren para ellos solos. Don Fernando Polack se veía y se deseaba para repartir su amabilidad entre tantos pedigüeños y gorrones; medio locos estaban ya los vigilantes con la adjudicación de berlinas-camas, de limitado número. Y a última hora, más viajeros, más apuros y porfía por los puestos privilegiados.

Recorriendo el andén desde uno a otro furgón, vio Ibero al ingenioso Malrecado que con otro de su ralea prestaba servicio en la estación. (p.7682) Saludáronse los tres con sonrisas de inteligencia.. Damas bellas y elegantes vio el fugitivo, a las cuales no conocía: eran la Belvís de la Jara, la Monteorgaz y la Navalcarazo, acompañadas de caballeros jóvenes o ancianos, de niños preciosos y criadas bien puestas. Parte de aquella interesante multitud se apearía en Zumárraga para invadir los balnearios de moda. Otras familias iban directamente a la Bella Easo, y no pocas a las playas francesas. Vio también las bandadas de señoras y galanes que iban a despedir, y formaban infranqueable pelotón frente a las portezuelas de los departamentos atestados de personas, de sacos de viaje y cajas de sombreros.. La cháchara, el cotorreo de los que se iban y de los que se quedaban, difundía por toda la estación ruido de pajarera.

De improviso, cuando ya sólo faltaban cinco minutos para la salida del tren y sonaba ya el golpe de las portezuelas vigorosamente cerradas, entró en el andén una dama, una mujer elegante, cargadita de cajas, neceseres y requilorios, seguida de una doméstica igualmente agobiada de sacos y líos. Tras ellas apareció renqueando un vejete de traza enfermiza y aristocrática, el cual con cascada voz requirió a un vigilante reclamando su berlina-cama, pedida con la conveniente antelación. El vigilante sacó un papel, leyó.. «Señor Marqués de la Sagra; berlina», y sin perder segundos abrió el departamento, dentro del cual se precipitaron la dama y su doncella, metiendo a toda prisa el enredoso bagaje. Mientras el vejete pagaba el suplemento, asomose la dama a la ventanilla; Ibero la miró. ¡Oh estupor, oh increíbles jugarretas del Destino! Era Teresa Villaescusa.

Teresa le conoció al instante; él siguió hacia donde su obligación le llamaba. Ignorante de los variados episodios de la vida social, Historia para él inédita, Ibero no sabía que la sutil tramposa doña Manuela Pez, agobiada de privaciones deprimentes, había vendido los aún cotizables pedazos de su hija al Marqués de la Sagra, aristócrata veterano de innumerables guerras amorosas, y tan (p.7683) caduco ya que alguien le llamó cadáver galvanizado por el vicio. La presencia de Teresa y del viejecillo fue gran escándalo en la estación, por dominar en esta el personal aristocrático a que el degradado prócer pertenecía. Pero este, cegado ya por su cinismo senil, nada veía, y apenas se daba cuenta de su humillación. Teresa se mostró indiferente ante la silba muda con que la saludaron al entrar: más que desprecio de la muchedumbre linajuda, temía su propio desprecio por prestarse a una farsa de amor con semejante estafermo. Reflexiones parecidas a estas hizo Ibero a cuenta de la pobre Teresa, cuando el tren hacia las agujas avanzaba majestuoso, pisoteando con metálico estruendo las placas giratorias.

Corría el Express hacia el Escorial. En el corto hueco que dejaban los apilados baúles, preparó el conductor su descanso, extendiendo la manta sobre unas cajas. En sitio conveniente puso la cartera con las hojas de ruta, y el breve lío de su ropa y efectos particulares; después encendió la pipa, y ordenando a Ibero que frente a él y en el baúl más próximo se sentase, le habló con esta cordial franqueza: «Dices que no recuerdas cuándo y dónde me conociste. Pues yo te avivaré la memoria. Fue en San Sebastián. Te trajo al tren el capitán Lagier, que es mi amigo.. Fuimos amigos antes que tú nacieras. Él es de Elche, yo de Torrevieja. Miguel Polop, para servirte. Mi padre era también capitán de barco, y yo empecé a ganarme la vida embarcando sal.. pero esto no hace al caso.. Como decía, vino Ramón contigo; te tomó billete para Miranda, y me encargó que cuidase de ti porque eras algo alocado y no sabías andar en trenes».

-Ya, ya me acuerdo -dijo gozoso Santiago-. Y usted en Miranda me tomó el billete para Cenicero.. A mi pueblo iba yo.. Hoy también iría; pero el maldito Gobierno ha dado en perseguirme.. En Madrid no está nadie seguro..

-La seguridad empieza en este camino, joven. Estos raíles ya no son España, sino Francia. Por aquí va saliendo la revolución a trabajar fuera, y por aquí la traeremos triunfante.. Y (p.7684) ahora que nadie nos oye, como no sean los conejos que andan en esos matojos, gritemos: «¡Abajo todo lo existente, todo, todo!..». ¿Verdad, joven, que esto está perdido? Dentro de España y fuera de ella no oye uno más que.. «Esa Señora es imposible..». Y yo digo: por aquí han de salir, huyendo de la quema, todos los españoles que valen.. ¡eso! No hace muchos días que sacamos a Sagasta. ¿Sabes tú cómo? Pues entró a las dos por la portería, acompañado de don Ernesto Polack. Llevaba gorra de ingeniero.. Se le metió en el breck.. La máquina enganchó el breck, y se hizo una maniobra para ponerlo a la cabecera.. Total: que salió el hombre casi sin ningún tapujo. Con él iban dos.. La policía no se metió con nadie.. y yo, que iba en mi furgón como voy ahora, al salir de agujas grité: ¡viva la Libertad!.. También ahora lo grito, para que el viento y los conejos se enteren: «¡Viva Prim! ¡Gobierno de España, camarilla de Isabel, fastidiaros y jeringaros!, ¡eso!».

El hombre echaba chispas de sus ojos saltones, y el rostro colorado se le animaba y encendía más a cada grito subversivo que su boca soltaba. Por el mismo lado corrían los gritos y el humo de la máquina. Luego contó la salida de don Joaquín Aguirre, más dramática que la de Sagasta. El buen señor, que había tenido conferencias con González Bravo y don Alejandro Castro para tratar de una componenda solicitada por Palacio, creyó que podía partir tranquilo, como cualquier español que no fuera presidente del comité revolucionario. Tomó sus billetes y se metió en una berlina con su familia, sin el menor disimulo ni precaución. Súpolo el general Pezuela y telegrafió a la autoridad militar de Irún para que al confiado señor detuviera, reexpidiéndole para Madrid. «Pero Pezuela se tuvo que jorobar, ¡eso! -dijo Polop terminando el cuento-, porque alguien en Madrid avisó a González Bravo, y González Bravo, que es más neo que Dios, pero no tiene mala entraña, telegrafió al Gobernador de Vitoria, y este escamoteó al señor Aguirre y le puso en lugar seguro. Total: que en Irún encontraron la (p.7685) berlina vacía.. ¡jorobarse!, y don Joaquín pasó la frontera en el Mixto del día siguiente disfrazado por nosotros.. Porque nosotros respiramos por la revolución; nosotros somos Francia y España dándose la mano, ¡eso!, y gritando: ¡Viva el Progreso, la Constitución del 12 y la Unión Ibérica!».

Más allá del Escorial, cuando el tren acometía con pujanza y ardiente resuello las abruptas moles de la divisoria, redobló Polop sus patrióticas invectivas, acalorando su ánimo con sorbos frecuentes de un generoso coñac que llevaba. «Aquí no nos oye nadie, joven. Aquí puedo desahogarme a mi gusto, para que se enteren los aires y los pinos, y estas peñas españolas y estas crestas serranas. Aquí me planto y digo: 'Me joroba Narváez, me joroba doña Isabel y Sor Patrocinio.. y don Francisco y el padre Clarinete'. Oídme, rocas, jaras, retamas y chaparros: '¡Viva Prim, viva la Libertad!..'. Óiganme, lobos, zorros, galápagos, culebras, que también sois españoles, aunque animales: '¡Abajo las quintas!.. ¡Viva el liberalismo y el desestanco de todo lo estancado!'». Así gritaba el extremado Polop a la salvaje naturaleza, gozoso de poder hacer públicas, en el estruendo de un tren en marcha, sus furibundas opiniones.

Con las extravagancias donosas de su jefe accidental, iba Santiago entretenidísimo. Deseando, por gratitud, prestar a la Compañía servicio de más empeño que la descarga de baúles, se ofreció a subir a la garita de la cola o del centro para dar freno cuando el maquinista lo mandase; pero Polop no accedió a ello. Le consentiría únicamente, después de media noche, cantar las estaciones y llamar a los viajeros al tren. En Navalperal, donde el Express hubo de parar bastante esperando el cruce del Mixto ascendente, fue Ibero con un recado de Polop la cantina, y hallándose en esta, sintió que le tocaban en el brazo. Era la criada de Teresa, Patricia, que sin más preámbulos le dijo: «Mi señorita quiere saber si es usted del tren». Negó de pronto Santiago; después afirmó, recordando su comprometida situación como viajero.. Y prosiguió la moza: «Pues si es (p.7686) usted del tren, oiga: en la berlina donde va mi señorita hay un cristal que no corre. Lo bajamos, y ahora no podemos subirlo.. Es la berlina tercera, empezando a contar por aquí». Dio Ibero algunos pasos; mas la doméstica le detuvo risueña con estas desconcertadas razones: «No, no: la señorita no quiere que vaya usted ahora a componer la vidriera, sino después, en la parada de Ávila, que es de treinta minutos para comer.. Aguarde, señor, que aún no he concluido.. En la parada de Ávila, mi señorita, que está con jaqueca, no comerá en la fonda de la estación.. Bajará solo el señor Marqués..».

-Y sola la señorita, entraré yo.. ¿Es un vidrio que bajó y no quiere subir?

-No, señor: me equivoqué. Lo subimos, y ahora no hay quien lo baje.. Venga por aquí.. ¿Le digo a la señorita que irá usted?.. Desde que le vio, la pobre no sosiega, no vive.. Esta es la berlina.. No sé si el señor Marqués ha despertado.. Por si acaso, mire con disimulo.

Sin ningún disimulo, más bien descaradamente, miró Santiago, y vio el rostro de Teresa casi pegado al cristal.. pero cuidando de no chafarse la nariz. Era como una bella estampa en su marco. Destacábase la hermosura de sus ojos, que ofendidos, reconvenían; amorosos, perdonaban.. En un segundo recriminaron, imploraron.. Ibero vio además en los labios de Teresa modulación rápida de palabras.. Pero no pudo descifrar lo que su amiga quería decirle, porque entró el Mixto por el otro lado, y el Express pitó anunciando su salida. ¡Señores, al tren..!

 

Ep-40-VIII -

¡Ávila al fin!.. ¡Alegre parada de veinticinco minutos! Hacia la fonda se precipitaron caballeros y damas, atraídos del vaho de una sopa caliente, turbia y aguanosa.. Después de acechar la entrada del vejete en el comedero, acudió Santiago a la cita, llevando herramientas que le dio el buen Polop. Salió Patricia cuando él entraba en la berlina.. Teresa le cortó el saludo con rápida frase y fuertes manotazos, que dieron con el cuerpo de él sobre los cojines. «¡Ingrato, ingrato, bandido, perverso, mal hombre!.. Al fin has caído en mis manos.. ¿Qué?, ¿te (p.7687) avergüenzas de verme? ¿La conciencia no te dice nada?». A este aluvión de palabras, que a despecho de su sentido literal eran intensamente cariñosas, Ibero contestó: «Déjeme que le explique.. No alcanzo qué quejas puede tener usted de mí». Y ella, temblorosa, húmedos los ojos de un llanto discreto, le echó mano al pescuezo, diciéndole: «Tutéame, bandido, tutéame, o te ahogo, te mato ahora mismo. ¿Ya no te acuerdas de la noche de Urda?.. Habíamos convenido en ser amigos, en que te dejarías guiar y proteger por mí, y a la madrugada, cuando yo dormía, echaste a correr sin despedirte.. ¿Merecía yo ese desprecio?».

-No fue desprecio, Teresa; desprecio no.

-Pues fuera lo que fuese, ya has vuelto a mí, Santiago. El Destino, la Providencia, o los espíritus que andan al cuidado mío, al cuidado tuyo, nos han juntado en este camino, en este tren que vuela.. Dime pronto, pronto, pues hay que aprovechar los minutos: ¿a dónde vas?, ¿estás empleado en el tren?.. Me parece que no. Dímelo, cuéntame todo.

Con rápida frase, como el caso requería, la informó Ibero de su situación en el tren. Iba a Francia fugitivo, disfrazado.. «Ya.. -dijo Teresa-. ¿Crees que no te vi con Moriones una noche.. antes del 22 de Junio? Bandido, ¿por qué no fuiste a que yo te escondiera, a que yo te aconsejara, a que los dos juntitos gritáramos: 'Prim.. Libertad'?».

-Porque.. no puedo decirlo en pocas palabras, Teresa.. Sosiéguese usted.. digo, tú.. Sosiégate.. Ya hablaremos.

-¿Cuándo, fementido; cuándo, pirata cruel y sanguinario? -gritó Teresa en un estado, más que nervioso, epiléptico-. Pues si tú vas a Francia, yo me voy contigo. ¿Tú emigrado?.. Emigradita yo.

Confuso y aturdido el pobre muchacho, no supo qué contestar.

«Piensa lo que haces, Teresa» indicó al fin por no estar mudo.

-¡Pensar!.. ¿Y qué sacamos de pensar, tonto?.. Hagamos lo que nos manda el corazón, que es el amo. Los pensamientos, ¿qué son más que unos pobres criados suyos?.. ¡Ay, Santiago, amigo del alma!, si tuviera yo tiempo de contarte.. (p.7688) sabrías lo desgraciada que soy, y me tendrías lástima.. (Llorando con pena honda y sincera) , me tendrías mucha lástima.. Y si después de saber lo desgraciada que soy, no tuvieras tú ni siquiera lástima de mí, no podría vivir, créelo, no podría vivir.

-Ya me contarás -dijo Santiago, compartiendo con alma piadosa la emoción de su amiga-. Me lo contarás.. Ya veremos dónde.

-Tú sigues a Francia; yo pararé en Zumárraga para tomar el coche de Arechavaleta.. No necesito yo esos baños.. es él, es don Simplicio quien ha de tomarlos.. Después iremos a San Sebastián.. Pero yo puedo disponer que vayamos a otra parte. Nada.. me pongo malita, pido aguas de Cambo, barros de Dax, y amenazo con morirme si a Francia no me llevan.. Santiago, ¡qué tonta soy poniéndome a llorar.. cuando debiera estar contentísima! (Secando sus lágrimas.) Tanto como deseaba verte, y ahora.. ¿Verdad que ya no seré desgraciada? ¿Verdad que tú..? Pero explícame bien. Vas disfrazado de mozo de la estación.. ¿Prestas algún servicio?

-Yo propuse al conductor que me dejase subir a la garita para dar freno; pero no ha querido. Lo único que haré, después de media noche, será cantar: Señores viajeros, al treeen..

-¡Ay, qué bonito! Ya estaré yo con cuidado para oírte. No dormiré en toda la noche.. Haz cuenta que estoy oyéndote, y cántalo por mí, para mí sola..

-Y en Zumárraga volveremos a vernos.

-Antes.. En Miranda me has de ver. ¿Qué crees tú?, ¿que no sabré yo hacer cualquier diablura para que podamos hablarnos siquiera dos minutos? Allí pararemos bastante tiempo para tomar el desayuno.. Accede a llevarme contigo a Francia, y verás qué pronto resuelvo yo la parte que me toca.

-Teresa, juicio.. No vas sola.. Algún lazo de afecto, de gratitud, o siquiera de interés, tienes con ese caballero anciano tan respetable..

-Todos los lazos quedan rotos cuanto tú quieras, y al anciano estafermo respetable le dejo yo plantado en cualquiera estación, y me voy tan fresca, con mi conciencia bien tranquila.. Más te digo: me iré orgullosa y sintiendo en mí la dignidad (p.7689) que ahora no tengo, porque es digno, Santiago, es honroso para una mujer pasar de cosa vendible a persona que no se vende, se da.. ¿Te asusta lo que digo? Yo doy mi corazón: lo doy a la pobreza, al vivir íntimo.. No me digas que no lo comprendes, que no lo estimas, vagabundo mío, bandido mío.. Ya que eres tú de los que piensan mucho estas cosas para decidirse, piénsalo de aquí a Miranda..

-No sería noble en mí darte una respuesta desdeñosa, Teresa -dijo Ibero, que en su aturdimiento veía ya clara la obligación de ser galante-. Tú mandas, Teresa; yo.. obedezco como amigo y como caballero.. Pero tengo que decirte, tengo que explicarte..

-Ahora no.. -replicó vivamente Teresa, que atisbaba por la ventanilla-. Patricia, que está de guardia, me avisa que ya.. Sal por la otra portezuela. Hasta Miranda.

Despidiéronse con apretones de manos y con un ligero estrujón, que fue como bosquejo de un abrazo. De las tres herramientas que Ibero llevaba, y que naturalmente no había usado, Teresa le quitó una, la llave inglesa, diciéndole: «Esta te la dejas olvidada. Vienes por ella después de amanecer y antes de llegar a Miranda. Fíjate bien.. Adiós, locura mía.. adiós..».

De regreso al furgón, Ibero encontró a su jefe comiendo tranquilamente con los acomodos más primitivos: por mesa, un baúl; por mantel, un periódico.. Ternera, merluza, botella de vino. «Siéntate donde puedas, chico -le dijo el gran Polop-, y participa, que no se vive sólo de amor.. ¿Con que tenemos enredito con señoras de la grandeza en la berlina?.. Bien, bien. Dichoso tú, que estás en edad de merecer. Yo, aunque me esté mal el decirlo, también tuve mis veinte.. y no me faltó una conquista de esas que recuerda uno toda la vida.. Mil enhorabuenas.. Bebamos ahora por la Libertad, porque sin libertad no hay conquistas, ni amor.. Lo que yo digo: España para los españoles.. y vivan las mujeres bonitas».

Con estas agradables expansiones, se les fue la prima noche. No tardó Ibero en trabar amistad con los demás sirvientes del Express, y pasada Medina, hizo ejercicios de (p.7690) gimnasia, recorriendo de un extremo a otro el tren en marcha, los pies en el largo estribo y las manos en los asideros de los coches. En la cantina de Valladolid conoció a un maquinista francés que le ofreció hospedaje barato en Bayona, y en la fonda de Venta de Baños le convidó a un café un revisor, que resultó protegido del Marqués de Beramendi, a quien debía su destino. Iba, pues, el muchacho contentísimo, y no tenía poca parte en su gozo la singular aventura Teresiana, que consideraba como un fugaz triunfo juvenil sin consecuencias graves en su vida ulterior. Y más interesado en aquel enredo con su imaginación que con otras partes del alma, después de media noche actuó de trovador, cantándole a su dama, al pie de la berlina, ya que no de la torre, la endecha quejumbrosa de Señores viajeros, al treeen.. En ello ponía un sentimiento dulce y toda su voz potente y bien timbrada, que se había fortalecido cantando en los sublimes conciertos del viento y la mar.

Teresa en tanto, despabilada por el ardimiento cerebral y afectivo en que la puso el hallazgo de Ibero, no hacía más que mirar al cielo estrellado, y esperar de una estación a otra la cantinela del amante trovador, en quien cifraba la ventura de una nueva vida, más soñada que real. Y cuando en el paso por la Bureba, la claridad del nuevo día despuntó sobre las cumbres pedregosas, iluminando pálidamente lo distante y lo próximo, la pecadora sacó de su cabás un lapicito y papel, ansiosa de fijar con vaga escritura sus arrebatados sentimientos. Se sentía en soledad plácida, porque el Marqués y Patricia dormían profundamente. Ved lo que escribía en cláusulas sueltas, en truncados rengloncitos, a los que sólo faltaba el ritmo para ser versos:

«¡Qué bien ha cantado mi ladroncito bonito!.. ¿A que no me adivinas lo que estoy pensando? Pienso que eres mi niño, un niño que yo he criado.. Pillastre, déjame que te dé azotes y que te bese los ojos.. ¿Sabes una cosa? Que a mi parecer estoy loca perdida. Loca era yo, loca triste, y ahora soy loca alegre, porque Dios me ha dejado encontrar al loquero de mi (p.7691) alma.. No te escapas ahora: ven a tu cárcel, ven a mi corazón, donde nos cargaremos de cadenas amorosas. Yo seré tu carcelera, tú mi esclavitud.. Ya es de día: canta, canta otra vez, y vuelve a pasar por debajo de este vidrio para que yo te vea.. Aciértame ahora lo que pienso.. Pues la luz del día me ha despejado la cabeza; ya veo claro que tienes razón cuando me recomiendas prudencia y juicio. No me robes con escándalo, ni con escándalo me iré yo contigo.. Tú sigues a Francia, yo a donde me lleva este cataplasma.. Espérame en Bayona. ¿Dónde te escribo? ¿A la lista del Correo? Pero si vas emigrado y perseguido, tendrás que cambiar de nombre. ¡Ay, Virgen del Carmen, qué contrariedad!.. Bandolero mío, por todo el Universo, y por la salvación de todos los espíritus vagantes en los aires, dime dónde y con qué nombre te escribo.. dímelo en Miranda.. Bajaremos a la fonda. De algún modo te facilitaré yo que puedas hablarme.. San Antonio bendito, ¿qué inventaré?».

En Pancorbo visitó Ibero discretamente la berlina para recoger la herramienta olvidada. Al ruido de la portezuela y a la bocanada de aire fresco, remusgó el Marqués desembozándose de la manta de viaje. Pero esto no fue obstáculo para que Teresa diese a Santiago, con la llave inglesa, el papelito que escrito había. En la soledad del furgón leyó el joven aventurero lo que le decía su ferviente señora. Las delirantes expresiones trazadas por el lápiz eran signo cierto de la extremada exaltación del ánimo de Teresa. Y quedó además el pobre chico en gran perplejidad por no saber qué señas darle de su residencia en Bayona, donde tenía que vivir con nombre supuesto. De estas dudas le sacó el bueno de Polop, con quien consultó el caso, recomendándole un hospedaje barato y seguro, donde podría confiar sin ningún peligro su verdadero nombre a la patrona más española, más liberal y discreta que en aquella fronteriza ciudad existía. Ya en la estación de Miranda, apuntó Ibero en un papel: La Guipuzcoane. Rue des Basques, y satisfecho de llevar a Teresa una solución lisonjera, entró en la (p.7692) fonda, donde los viajeros, extenuados por la mala noche, la emprendían con los tazones de leche caliente y de café recalentado. Imposible ponerse al habla con Teresa, porque a su lado estaba el que ella en su libre y nervioso estilo había llamado cataplasma. Pero en sus ojos puso la enamorada mujer, mirándole de lejos, tal fuerza de expresión, que Ibero se dio por informado del pensamiento de ella. Comprendió que Patricia le esperaba en la berlina. Allá fue.. No se había equivocado. Recogido el papelejo por la muchacha, esta le dijo: «Mi señorita quiere que en la estación de Zumárraga se coloque usted donde ella le vea bien.. vamos, que se ponga en el furgón de cola y nos eche muchos adioses.. a mí no, a mi señorita, que está dislocada por usted..».

Y era verdad que Teresa padecía en grado máximo la dolencia de amor, para la cual no hay otra medicina que el amor mismo. A la salida de Miranda no faltó el flecheo de noviazgo entre furgón y berlina, y Santiago se dio el gusto de recorrer todo el tren por el estribo, que era como medir la calle haciendo el oso, y una vez y otra pasó rozando con la ventanilla tras de la cual penaba la dama cautiva.. Y en Zumárraga infringieron tan descaradamente los novios o amantes las reglas del disimulo, que su muda despedida patética, con adioses mímicos a distancia, fue notada y reída por algunos viajeros y empleados del tren; que estas tonterías de amor siempre causan regocijo a los que ya no las gozan, o a los que las quisieran para sí.. No se sabe cómo se las arregló la muy pícara para escribir en un margen de periódico las tiernísimas notas de la despedida. Ello fue hacia Vitoria, aprovechando una dormidita del cansado viejo. Patricia entregó la apuntación, que así decía, en Zumárraga, donde hubo tiempo para todo por la mucha descarga de baúles, y corriendo hacia Ormáiztegui leyó el galán estos frenéticos renglones: «Salvaje mío, me conozco y no tendré paciencia, ni prudencia, ni juicio.. El mejor juicio es la locura.. Yo pierdo el tino.. me precipitaré, me perderé pronto. Benditos sean estos carriles que me (p.7693) llevarán a donde brillan tus ojos.. Permita Dios que estos hierros se vuelvan oro.. Tus ojos son el sol.. y yo la luna de tus ojos.. No me esperarás muchos días.. Quien ha esperado una vida entera, no se detiene por una hora.. Ya no estoy en mí.. Prontísimo estará en ti tu.. Teresa».

Camino de la frontera iba Santiago enteramente poseído de las inquietudes y mentales goces de aquella sin igual aventura. Si por una parte se sentía contagiado del amoroso desvarío de Teresa, y vencido de su hermosura y tentadores hechizos, por otra temía la interposición de aquel suceso en el camino del ideal a que consagraba su existencia. Cierto que no había de extremar su devoción al ideal hasta el punto en que la llevara don Quijote, sacrificando todo comercio de amor al respeto y fidelidad de la siempre lejana y apenas vista Dulcinea; pero tampoco debía entretenerse demasiado en el oasis que el azar le presentaba en su camino, porque corría el riesgo de no poder salir de él cuando compromisos y fines más altos se lo ordenasen..

Reflexionando en ello, vino a tranquilizarse con esta idea: «Bien haré en tomar el recreo del alma y de los sentidos que ahora me depara la suerte. Teresa inspira ternura, lástima; es hermosa y amante; es débil, es desgraciada; venga, venga pronto, y su soledad y la mía se consolarán una con otra. No veo ningún peligro para el porvenir, porque ello ha de ser breve. Estas mujeres tan corridas aman con arrebato, pero varían como las veletas.. No pueden vivir sin lujo.. Bien sabe Teresa que soy pobre, que de mis padres poco puedo esperar por ahora.. Ya veo a mi conquista dando media vuelta en busca de la nueva ilusión..».

Entretenido con estos pensamientos, que llegaron a cautivarle más que los de la política, pasó la frontera sin tropiezo alguno, y poco después dio con su cuerpo en la hospitalaria Bayona, que era para muchos como una penetración de España dentro del suelo francés.. y para que todo fuera buena suerte en aquel viaje, apenas puso Ibero el pie en la estación, le salió un amigo..

 

Ep-40-IX -

El (p.7694) amigo era Isidro el Pollero, así nombrado en Madrid entre los conspiradores y revolucionarios de armas tomar. Conociole Ibero en casa de Chaves haciendo la lista para la distribución de armas; se habían batido juntos en la barricada de la calle de la Luna. Iba a la estación Isidro a encontrar a Chaves, creyendo que en aquel tren llegaba. Díjole Santiago que no le había visto en el tren; en Madrid sí, días antes. Quizás vendría en el Correo, si había logrado proporcionarse el viaje en condiciones de seguridad, lo que cada día era más difícil. Apenas salieron Isidro y Santiago de la estación, encontraron a otro emigrado, sargento de Artillería, y en el paso por Saint-Esprit a otros dos, uno de ellos sargento del Príncipe. En el puente y en las calles de la vieja ciudad fueron tropezando con españoles que dirigían al Pollero un saludo triste. Con algunos hablaron brevemente: en los vagos coloquios, las añoranzas de la patria distante iban a parar por natural desviación lógica a los rosados ensueños de la ojalatería.

Hablaron de alojamiento; pero Santiago no aceptó el que el Pollero le ofrecía, porque ya venía encaminado a determinada casa por un amigo del tren. «Sí -dijo Isidro-; calle de los Vascos. Esa es la Pequeña Guipuzcoana; hay otra, la Grande, que aloja señores y damas de alto copete.. Ven, y te enseñaré la casa. Tu patrona es una que llaman Juana Goiri, que habla un endiablado pisto, francés y español revueltos con vascuence. Pero es buena mujer: en su casa verás algunos emigrados y muchos contrabandistas». Poco después de oír estas referencias, quedó Ibero instalado. Su cuarto era humilde, la casa ruidosa, la comida ordinaria, atropellado el servicio, la patrona bigotuda, varonil, bondadosa, y de un léxico fantástico. Dos días necesitó Ibero para llegar a entenderla y a comunicarle el artificio de su falso nombre, Carlos de Castro, dándole a conocer el verdadero.. porque recibiría cartas reservadas de una señora, cartas también de su familia.

La primera diligencia de Santiago fue escribir a su padre, exponiéndole su triste situación y (p.7695) pidiéndole algunos dineros para.. reblandecer el duro pan del destierro. Cumplido este deber, o llámese necesidad, puso toda su mente en aquel honesto ideal amoroso que era norte y luminar de su vida. No atreviéndose a ir a San Juan de Luz por temor a la policía francesa, trató de adquirir por sus compañeros de hospedaje alguna noticia del bárbaro Galán y de la bella Saloma. Ninguna luz obtuvo de las primeras investigaciones; mas al cabo de dos días un guipuzcoano apodado Chori, que iba y venía casi diariamente llevando géneros a la frontera, le aseguró que el fiero coronel, con su hija y una monja francesa, se habían ido a Pau y de allí a Olorón. Entendía el tal Chori que Galán no estaba emigrado, o que se había puesto a las órdenes del Comandante general de Jaca, para vigilar a los españoles que conspiraban en la frontera. Con esto, vio Santiago alejada, desleída en opacas brumas su más cara ilusión, y se desalentó enormemente. La vida se le desorganizaba; el Destino le entorpecía con enormes piedras la derecha vía, allanándole los senderos tortuosos conducentes a lo desconocido. En tal estado de ánimo, la imagen de Teresa asaltó su mente con ímpetu, posesionándose de ella como sitiador que penetra en una plaza de la cual huyen sus defensores.

Por cierto que le sorprendía la tardanza en recibir el anunciado aviso de la bella pecadora. Tantas prisas en el tren, y tanto allá voy, allá iré, y luego nada. ¡Señor!, ¿habría cambiado de cuadrante, y sus locas pasiones, movidas del viento, miraban a otro punto? ¡Oh inconstancia de la mujer! ¿Quién fía en el vuelo de estas destornilladas avecillas? Y como la privación, o el incumplimiento de las promesas femeninas, aviva el deseo, el pobre Iberito no pensaba más que en Teresa, y en contar las lentas horas de su tardanza.. Triste era su vida, al octavo día de residir en Bayona. Por distraerse, trató de poner interés en la política, y pasaba algunos ratos en el café Farnier, lugar de cita y del gran mosconeo de los emigrados, que siempre zumbaban la misma cantinela.

En Farnier (p.7696) tuvo Ibero el gusto de encontrar una noche al gran Chaves, recién llegado: era siempre el conspirador temerario, incansable, dispuesto a sacrificar su vida cien veces por la bella y fantástica Libertad. Díjole que en Madrid imperaba la furiosa reacción, y que España sería pronto un presidio, no suelto, sino atado, si no se levantaban hasta las piedras contra tan asquerosa tiranía; mostró y repartió papeles clandestinos que había traído, injuriosos versos, aleluyas indecentes, caricaturas en que aparecían las personas reales en infernal zarabanda con monjas y obispos.. Como le dijese Santiago que no había podido entregar las tres cartas que trajo, por haberse ausentado don Salvador Damato y don Jesús Clavería, y no conocer la residencia del Marqués de Albaida, encargose Chaves de aquella comisión, añadiendo: «Sé dónde vive el Marqués; Clavería y Damato están en París: pronto volverán. Dame las cartas que te dio don Manolo Tarfe por encargo de Muñiz, y yo respondo de que llegarán a su destino; que para estas cosas, cuando tú vas, pobre chico, yo estoy de vuelta». Hablaron luego del fusilamiento de los infelices oficiales Mas y Ventura en Barcelona, señal evidente de la ferocidad reaccionaria. Al comentar el trágico suceso, los emigrados se despojaban de toda sensibilidad, y antes que compadecer a las víctimas celebraban su sacrificio, porque el riego de sangre, según ellos, fecundaba el surco de la Libertad. ¡Víctimas, víctimas, que de ellas tomaba la Revolución su coraje!

Siempre que Ibero entraba en su casa, hacía la invariable pregunta: «¿hay carta?» y la patrona cuadrada y bigotuda respondía en su jerga trilingüe: «Cartaric no haber pour toi».

Pero un día, el décimo de Bayona según la cuenta de Clío Familiar, la guipuzcoana respondió afirmativamente. Había llegado carta con doble sobre. ¡Oh alegría del mundo! ¡Por fin Teresa..! Su carta era brevísima: «Salvaje mío, ladrón de mi existencia: no he ido a ti, porque este pobre don Simplicio se ha puesto muy malo. Imposible dejarle en esta situación.. Ayer le han sacramentado.. (p.7697) Espérame siempre.. ¿Cuándo? No lo sabe tu alma en pena. Sólo sabe que pena por ti».

Calmáronse con esto las tristezas de Santiago; pero como luego transcurriesen más días sin traerle carta ni la persona de la exaltada mujer, volvió a caer en sus murrias, que aplacaba o adormecía con largos paseos por las Alamedas marinas en las risueñas orillas del Adour. Una tarde, cuando de regreso entraba en la Plaza de la Comedia, vio a Chaves que hacia él venía gozoso, restregándose las manos. «Grandes novedades, Iberillo. ¡Venga un abrazo! ¿No sabes?.. En Ostende se han reunido las cabezas de la Revolución, los progresistas y demócratas condenados a muerte en garrote vil por el Gobierno de la Camarilla.. Pues han acordado tirar patas arriba todo lo existente, y convocar Cortes Constituyentes para que decidan lo que ha de venir después.. El único voto en contra fue el de don Juan Contreras, que dijo: 'en ningún caso admitiré rey extranjero'. Se nombró un triunvirato que dirija los trabajos, Prim, Aguirre, Becerra, y se hace un llamamiento a los ricos del partido para que aflojen la mosca y podamos ir formando el tesoro de la Revolución. La cuota es diez mil reales: esa cantidad se le pide a todo progresista, a todo demócrata que la tenga y quiera darla.. Esto no va conmigo, pues por la Libertad he perdido cuanto tenía, y sólo puedo dar mi sangre. Tú, niño de casa noble y rica, escríbele a tu padre que apronte los diez mil..».

Rehusó Ibero acompañarle al café, y se fue a su casa, pues habían pasado muchas horas sin hacer la consabida pregunta: ¿hay carta? Resultó que aquella tarde la hubo; mas no era de Teresa, sino de don Santiago Ibero, y en ella el enojado padre, anunciándole el envío de veinticinco duros, se los amargaba de antemano echándole una brava peluca por haber intervenido en la brutal tragedia del 22 de Junio. Con el sermón paterno y la parvedad del dinero que se le ofrecía, abatiose el ánimo de Santiago, y llegó a lo más intenso el amargor de sus melancolías. Notaba en sí un fenómeno extraño, una disminución (p.7698) considerable, ya que no total pérdida, de su voluntad. El efecto de esto en su espíritu era como el que se produciría en un cuerpo que se quedara exangüe. Y al par que notaba el vacío de su ser, lloraba la voluntad fugitiva, esforzándose en atraparla y en meterla de nuevo en sí. Echaba de menos el mar, donde adquirido había tanta fortaleza moral y física; al capitán Lagier, su maestro en la acción; a Prim, que le daba la norma de los grandes hechos; a los amigos fuertes y tozudos, como Clavería y Moriones, y por fin, hasta la imagen de Vicentito Halconero traía como fortificante a su pensamiento, porque también el cojito amigo era un nervio de vida, por su saber primoroso y aquel entusiasmo angelical.

La noche fue dura, insana. Ahogábase en el mezquino aposento; escotero se lanzó fuera de la casa y de la ciudad, y en las Alamedas marinas explayó su alma hasta el amanecer. La contemplación de los astros le llevó al recuerdo de los espíritus que en otro tiempo habían sido sus amigos y consejeros, y antes que los evocara fue por ellos visitado. En sus oídos susurraron, en su mente repercutieron, sugiriendo pensamientos extraños, de un sentido, más que exótico, ultramundial. Fatigado de andar a la ventura, se sentó al arrimo de un muro, defensa o pretil del Adour sereno. La noche era calmosa, perfumada, mística. El viento Sur ardiente y espeso, ondeando con rachas locas, traía efluvios de España, ecos y vislumbres de seres o de cosas de allá.. traía visión de catedrales, de ojos negros y manos blancas, olor de cabellos perfumados, sonrisas, naranjas, cantar de grillos, aroma de claveles, y el dulce silabear del habla castellana.. Pasado un rato no corto en un estado entre la somnolencia y la alucinación, Ibero entró plenamente en esta. Los espíritus enemigos se alejaban y los amigos venían a su lado: no tenían rostro y sonreían; no tenían voz y hablaban. El paso de ellos por el corazón de Santiago pesaba enormemente, cortándole la respiración. Pesaba también en su cerebro, donde todos ponían el nombre de Teresa, sin sonido, sin (p.7699) letras; un nombre no representado por ninguno de los signos propios del mundo físico. Los espíritus lo introducían en el cráneo de Ibero, el cual era como una urna que nunca se llenaba de nombres de Teresa, por muchos millones de estos que en aquella cavidad entraran.

Apuntaba ya el claro día cuando Santiago se puso en pie. Dio algunos pasos inseguros hacia el puente Mayou. Un espíritu apegado a la persona del joven vagabundo suspiró al lado de este. Ibero le dijo: «Mi fuerza no he perdido.. mi fuerza me habéis devuelto». Y el espíritu sin rostro y sin voz afirmó. Detúvose Ibero y dijo: «Esa mujer, esa Teresa.. ¡siempre Teresa!.. se me ha metido en el alma y no puedo echarla. Mientras más tarda en venir a mi lado, más honda la siento dentro de mí. ¿Por qué es esto?». El espíritu, que no tenía hombros, expresó con un movimiento inequívoco su incompetencia para contestar a tal pregunta. Era un enigma, tal vez un misterio que los seres incorpóreos no podían penetrar.. Atormentado por sus dudas, Ibero interrogó de nuevo al buen espíritu, el cual, aunque no tenía dedos ni labios, impuso silencio.. Entendió Santiago la indirecta, y no preguntó más.

Otras noches y días pasó en estos singulares éxtasis, hasta que una tarde, paseándose en el claustro de la catedral, sintió de improviso grande inquietud y deseos tan vivos de ir a su casa, que al instante hubo de satisfacerlos. Indudablemente había carta. Llegó.. interrogó.. Carta no había; pero sí una señora que acababa de llegar de la estación y que en el humilde cuartito le esperaba.. «¡Teresa!.. ¡Ladrón!.. ¡Al fin!.. ¿Has rabiado un poquito?.. ¡Qué hermosa estás!». No fue corto el espacio concedido a las naturales ternezas y alegrías, y ya sosegados, explicó Teresa los motivos de su tardanza. Al primer baño cayó enfermo el pobre don Simplicio. Era la descomposición general de una vieja máquina, un agotamiento súbito de todo el ser.. Al primer acceso quedó medio perlático; al segundo, no tuvo ya palabra más que para pedir los Sacramentos. Había pecado mucho, y quería poner en orden las (p.7700) cuentas del alma.. No podía ella abandonarle en tal desventura. Era ante todo cristiana, y sabía lo que es humanidad, caridad. Aunque a los siete días del primer arrechucho mejoró el consumido señor, recobrando la palabra y pudiendo valerse de sus remos, se avisó a la familia. Su sobrina, la de Yébenes, telegrafió desde San Sebastián que no iría mientras estuviera en Arechavaleta esa mujer.. Esa mujer aguardó la llegada del Marqués de Itálica, sobrino del enfermo, y persona corriente y razonable, que se hacía cargo de las cosas. Por fin, halló Teresa la ocasión de hacer entrega del enfermo y de los objetos de su pertenencia, y sin más despedidas ni requilorios, ¡aire!, un cochecito y a Zumárraga. Allí expidió a Patricia para Madrid y ella se vino a Bayona, donde se juntaba con su salvaje, realizando el más ardiente anhelo de su vida. Y pues él y ella eran felices, no se hablara más de lo pasado, sino de lo presente y un poquito del porvenir.

Ni corta ni perezosa, aquella misma noche alquiló Teresa un carruaje para irse a Cambo con su ladrón, al día siguiente tempranito. Anochecieron en santa paz, inquieta y amorosa.. y amanecieron en paz más inefable, con sosiego, adoración mutua y anhelo de cantar un himno al sol, al verde de los campos, al azul del cielo y a la soberana libertad. Ya les esperaba el coche en la puerta, ya se disponían a partir, cuando los dos, asaltados de un mismo pensamiento, acordaron hacer balance y arqueo de sus recursos. «Seamos prácticos -dijo Teresa-. ¿Cuánto dinero tienes?».

-Tengo los quinientos reales de mi padre -replicó Santiago-. Los otros quinientos que de occultis me mandó mi madre, los gasté en comprarme ropa interior y este trajecito.

-Pues yo -dijo Teresa, que, sentada con su saquito en la falda, contaba su dinero- tengo tres mil novecientos reales.. casi cuatro mil.. Con lo tuyo y lo mío juntos, somos riquísimos. Además, mis alhajas, que llevo aquí, valen algo. Las fundiremos cuando no haya otra cosa. Seremos económicos; ¿verdad, pirata mío, que seremos económicos y arregladitos? Pues con (p.7701) arreglo, podremos vivir largo tiempo en un pueblecito bonito y retirado.. Reúne tú todo el dinero y guárdalo, que al marido le corresponde administrar los bienes matrimoniales. Vámonos, huyamos.. ocultémonos donde no tengamos más compañía que nuestra felicidad.

Entraron en el coche, y rebosando de gozo, admirados de cuanto veían, llegaron a Cambo, donde comieron.. Mas con ser aquel un lindo y ameno lugar, no les pareció bastante escondido, y en el mismo coche siguieron risueños, gorjeando, hasta una aldeíta llamada Itsatsou.. Allí se posaron; allí eligieron una rama para su nido los pobres pájaros emigrantes. En aquella espesura nemorosa, no lejos del Paso de Roldán (Roncesvalles) , les deja el discreto historiador.

 

Ep-40-X -

Triste y tediosa fue para Vicente Halconero la temporada de San Sebastián. ¿Qué hacía el amigo Ibero, qué le pasaba, a dónde había ido a parar? ¿Por qué no cumplía su promesa de visitarle? Gran desconsuelo era para el cojito verse privado de aquella dulce amistad, tan instructiva como amena, de aquellas pláticas en que la Historia libresca y la Historia vivida sabrosamente contendían. Cansado de esperarle, le había escrito innumerables cartas, dirigidas a diferentes puntos: Bayona, San Juan de Luz, Samaniego, sin que ninguna tuviese respuesta.

Distraía Vicente su soledad con los espectáculos de las bravas rompientes de la mar o con el trajín de las naves en el puerto.. Paseaba por los caminos de Hernani o Pasajes, y concedía poco tiempo a la lectura. Viéndole tan lastimado de la ausencia del amigo, su madre le llevó a Bayona un día, avanzado ya Septiembre: recorrieron todas las fondas, Providencia, Vizcaína y Guipuzcoana, los hoteles de lujo; hablaron con varios emigrados, y ninguno dio razón del misterioso aventurero. Sin duda los que pudieran informar del sujeto o de su rastro, le conocían por otro nombre. «Hijo mío -decía Lucila de regreso a España-: o tu amigo es un ingrato que no se acuerda de nosotros, o se ha muerto, o a su lado le tiene, en París o Londres, el propio don Juan (p.7702) Prim. Esto creo yo lo más probable».

Esperando la formación del tren español en Irún, vieron a Tarfe, que en el andén se paseaba con el Marqués de Beramendi. Fue Tarfe a saludar a Lucila: la trataba desde el tiempo de Halconero, y con el segundo marido tenía la amistad y buenas relaciones de propietarios colindantes. Cuando volvió Manolo junto a Beramendi, este le dijo: «Siempre es hermosa y lo será hasta que se muera de vieja.. Su cara es para mí la más perfecta obra de Fidias. La vi por primera vez en el castillo de Atienza hace la friolera de diez y ocho años. Entonces era Lucila una criatura mitológica.. Me enamoré de ella, y padecí la efusión estética, un mal terrible, Manolo; un mal que consiste en adorar lo que suponemos privado de existencia real; un mal que es amor y miedo.. Fíjate, observa con disimulo.. Me ha visto, y cómo sabe que por ella perdí los cinco sentidos, y seis que tuviera.. lo sabe por Confusio.. está muy satisfecha de que yo la vea y la mire. Es hoy una buena señora del estado llano, sedentaria, honesta y de holgada posición; lleva ya dos maridos; ha tenido no sé cuántos hijos.. y con todo, aún se recrea secretamente con la admiración de los hombres, y más aún de aquellos que fueron sus enamorados.. Yo, por mi parte, nunca la veo con indiferencia.. Siempre es Lucila, siempre hay en ella algo de celtíbero, de aborigen, de raza madre prehistórica, engendrada por los dioses.. ¿Ves?, fíjate: ya se dirige al tren.. Delante va el hijo cojito.. Mira qué andar grave el de ella; qué admirable compostura de rostro y cuerpo; qué gesto noble para tomar la mano de su hijo, que ya está en el coche para ayudarla a subir. Repara con qué arte se pone en la ventanilla, cómo mira hacia acá sin mirarnos y cómo finge que no sabe que la estamos mirando. Su afectación es tan noble, que imita perfectamente a la naturalidad.. Bien sabe ella cuáles son las posiciones de su cabeza y busto que resultan más bonitas miradas desde aquí.. Ya se retira de la ventanilla.. Ya arranca el tren.. Adiós, Lucila, vieja ilusión, mitología arcaica y madura. Que la (p.7703) vulgaridad en que vives te corone de felicidad, te engorde, y te conserve tu españolismo neto».

Pocos días más estuvieron Cordero y su familia en San Sebastián. Ya Madrid les llamaba, y más que Madrid, el campo con las gratas faenas otoñales. Los preparativos de la vendimia comenzarían pronto. Vendimiaban en Aldea del Fresno, en Méntrida y en Torre de Esteban Ambrán.. Hijos y padres gozaban en la fiesta del vino, y Lucila en aquellos días singularmente amaba el campo, por el campo mismo y por vivir junto a su padre, el viejo Ansúrez, ya cargado de años, pero conservando su vigorosa salud, despejo y gallardía. El patriarca celtíbero prolongaba en un descuidado bienestar su senectud venerable. Gozoso contemplaba la grandeza y prosperidad de Lucila, y a los hijos varones desparramados por el mundo veía o consideraba bien apañados y boyantes, cada cual según su oficio y aficiones: el pequeño, un gran músico; Leoncio, hábil armero; Gil, bandido generoso; Gonzalo, moro pudiente; Diego, marino de Rey, y por fin, de Jerónimo, el mayor, huido de la familia antes del éxodo de esta, supo que había sido contrabandista, luego pastor, y por último fraile, hallándose a la sazón de misionero en tierras de infieles. Con tantas satisfacciones, y la salubridad activa del trabajo campestre, el hombre, como buen padre bíblico, iba camino de los cien años, y tal vez un poquito más allá.

También Beramendi y Tarfe abandonaron pronto los ocios de Guipúzcoa para tornar juntos a Madrid, donde tenían su vendimia, que era el chismorreo político, la reunión de Cortes, y la fiebre de conjeturas que en aquella revuelta edad embargaba la mente de todos los españoles. Atestado venía el tren, pues ya empezaba el desfile hacia cuarteles de invierno. Pasada la estación de Miranda, Beramendi dejó a su mujer y su hijo en el reservado que traía, y se fue a charlar con el Marqués de Perales, que ocupaba con su familia un coche cercano. Hablaron de la cosa pública, que a juicio del Marqués iba por un desfiladero tenebroso.. Nadie podía decir de qué lado nos (p.7704) caeríamos. Narváez, debilitado por la edad, no era ya el gobernante de otros días, y se dejaba llevar de la mano por González Bravo. Teníamos, pues, de Jefe de Gobierno a un hombre de corta vista que tomaba de lazarillo a un ciego. Otras cosas dijo que demostraban su atinado conocimiento de la situación política. Pertenecía Perales, como Cortina y Cantero, al grupo de los progresistas templados, que tal vez por su apartamiento de la acción demasiado viva, constituían la mayor fuerza del partido; era un prócer de notoria ilustración, un hombre recto, sencillo, gran agricultor y el primer ganadero del Reino. (p.7705)

Beramendi le acompañó hasta más acá de Burgos, y ávido de conversación variada, se pasó al coche inmediato en que venían Tarfe y dos caballeros franceses, uno de ellos consejero del Crédito Mobiliario, otro ligado con la famosa casa de banca israelita Baüer y Weissweiller.. No encontró Beramendi en aquel departamento la charla frívola y amena que requería, pues los franceses hablaban sin ningún comedimiento de la Reina, de la Corte y del Gobierno español, amontonando sobre las faltas efectivas las imaginarias o por lo menos dudosas, arma envenenada de la malicia. Algo de lo que dijeron aquellos señores no se podía oír con calma, aun reconociendo su veracidad. Los rostros españoles se ruborizaban oyendo tales cosas. Por delicadeza, por quijotismo patriótico, sintiose Beramendi movido a la protesta airada, a la negación grosera.. Tarfe le contuvo, diciéndole: «En el extranjero la opinión es tal, que los españoles sufrimos a cada instante los mayores sonrojos. Es fuerte cosa aguantar esto. Podemos sufrir con paciencia nuestra inferioridad mercantil, política, internacional; pero al desprecio del mundo no debiéramos resignarnos». Callaron los españoles; los franceses arreciaron en su amarga crítica y en sus burlas, hasta que, sintiéndose molesto y sin ánimo para contradecirles, Beramendi aprovechó una parada para despedirse y volver a su (p.7706) departamento.

Sobre Castilla y sus campos trasquilados y amarillos había caído la noche. El viajero halló a María Ignacia soñolienta y a los hijos dormidos. Les dejó en su descanso, y arrimado a la ventanilla, de donde veía el despejado cielo, y la tierra que imitaba la llanura de un mar espeso, se entregó a la vaga meditación. En su inmensidad yacente, también la vieja Castilla dormía, descuidada de los graves afanes de la cosa pública, quizás ignorante de ellos o despreciándolos por atender más intensamente a los afanes de la vida menuda y campestre. Echaba de menos el prócer a su amigo Confusio para filosofar juntos sobre aquella indiferencia de la tierra madre, sobre aquel símbolo del olvido histórico.. Corría el tren por el país de los Comuneros, ahora sin aliento para la rebeldía, productor de trigo y paja más que de hombres duros así en la guerra como en la política. Por lo común, todos los gobernantes nos venían hoy de Andalucía, el país del gorjeo retórico y de los parlamentarios, que eran como ruiseñores de la administración.

Pensando así, se amodorró Beramendi, y empalmando sueñecicos, llegó hasta muy cerca de Madrid, cuya proximidad hubo de reconocer por los morados plantíos de lombarda. En la estación, la servidumbre de Beramendi esperaba a los señores, y tras la servidumbre, tímido y casi invisible, el escuálido Confusio.. Una palabra grata tuvo para todos el buen Marqués, y a Confusio singularmente distinguió preguntándole por sus trabajos. «Ya tengo en planta -dijo este- el Quinto Libro de la Historia, y ahora estoy escribiendo la Introducción o Discurso preliminar que quiero leer a usted».

Diariamente iba repatriando el ferrocarril del Norte a los madrileños que habían salido a tomar aguas, aires, o a darse tono. Aun los que veraneaban por vanidad eran inconscientes auxiliares de la higiene y de la cultura, contribuyendo a la meteorización física y mental de una parte de la raza. A su regreso, Madrid les ofrecía su amenidad otoñal, favorecida del temple benigno; se animaban cafés, teatros y (p.7707) tertulias; la política iba entrando en calor y divirtiendo a la gente con sus altercados bulliciosos. Pero iban las cosas tan mal, que no terminó el año sin que anduvieran a la greña los dos mellizos, que eran dos personas distintas y un solo sistema verdadero, y se llaman Poder legislativo y Poder ejecutivo. El Parlamento gritó: me abro, y el Gobierno: te cierro, y en estas disputas, saltaron los dos Presidentes: Ríos Rosas del Congreso, Serrano del Senado, con sendas protestas que firmaron diputados y senadores.. ¿Protesta dijiste? Ni el Gobierno ni la Reina entendían este modo de señalar, y los protestantes fueron desterrados. Y que volvieran por otra.. Mientras esto pasaba, la prensa era una muda que ya no hablaba ni por señas.. Se prohibía la palabra escrita, y aun la intención apenas suspirada. Así, era una delicia ver el sinnúmero de papeles clandestinos, opúsculos escandalosos, caricaturas, aleluyas, versos cáusticos que de obscuras oficinas tipográficas salían pitando y picando como enjambre de cínifes venenosos.

Una noche de comida íntima en casa de la Belvís de la Jara, cogió Beramendi a solas a su amigo Narváez, y valido de la benevolencia que el General en toda ocasión le mostraba, se permitió exponerle una opinión severa y leal sobre la marcha de las cosas públicas; y don Ramón, exasperado, sin dejarle concluir, le dio esta iracunda respuesta: «Cállate, Pepito, y no me sulfures.. ¿Crees que no me hago cargo..? Todo eso me lo he dicho yo mil veces, y yo mismo me he contestado: 'Verdad, verdad.. pero no puede ser, no podemos hacer más que lo que hacemos..'. Viene sobre mí una presión horrorosa, un peso que aplasta.. Cierto que puedo sacudirme, tirar los trastos, decir: 'Ahí queda eso, Señora; nombre usted un Ministerio de palaciegos y curas..'. ¿Pero no ves, tontaina, que eso sería el cataclismo, y yo no quiero echar sobre mí la responsabilidad del cataclismo?.. Dices: ¡Reacción! ¡Pero si no concedo más que una mínima parte de lo que me piden! ¡Si no ceso de echar freno, freno! ¡Y aun así, carape..! En fin, Pepe, (p.7708) déjame en paz.. Yo me encuentro con la Revolución enfrente y con la Reacción detrás.. Tú ves la Revolución que grita y manotea; no ves la otra fiera que tengo a retaguardia y que a la calladita quiere deslomarme.. Me gustaría verte en esta brega, toreando dos cornúpetas a la vez. Es muy divertido, como hay Dios. Apenas acabas tu faena defendiéndote de las astas del uno, tienes que volverte para zafarte de los pitones del otro.. Es tremendo.. sé que esto me quitará la vida».

 

Ep-40-XI -

«Ven, Confusio amigo, escultor de pueblos -dijo Beramendi un día-; ahora que estamos solos, siéntate, saca tus papeles y léeme tu Introducción al Quinto Libro, ilustrada con apéndices y notas..».

Leyó Juanito con entonada voz y variados matices, y oíale su Mecenas sin gran fijeza de atención, pues si en algunos trozos no perdía sílaba de la ya elevada, ya descompuesta prosa del historiador, en otros se distraía, solicitado quizás de sus propios pensamientos tristes, y acababa por desvanecerse en un estado parecido a la somnolencia. Llegó, no obstante, en el curso de la lectura, un pasaje que interesó al prócer más que lo anterior; encadenó su oído a la voz de Confusio, y gustando mucho de aquel fragmento, le mandó que lo repitiera para conocerlo mejor y desentrañar su sentido. Confusio releyó:

«El Ejército fue en aquel borrascoso reinado brazo inconsciente de la Soberanía Nacional. Cuando los pueblos no logran su bienestar por la virtud de las leyes, intentan obtenerlo por las sacudidas de su instinto. Lo explicaré mejor parabólicamente. La libertad es el aire que vivifica; el orden es el calor de estufa o brasero que templa la vida nacional para contrarrestar las inclemencias de la atmósfera. Cuando los Gobiernos no saben disponer los braseros y estos producen emanaciones venenosas, los pueblos, al caer con síntomas de asfixia, se levantan de un bote y rompen los vidrios de la ley para que entre el aire.. Por el contrario, cuando los pueblos se entregan con exceso a una ventilación demasiado libre, el Poder público debe arropar, (p.7709) tapar grietas, encender discreta lumbre, procurando un temple moderado y benigno.. Hablando en términos netamente políticos, diré que cuando el Ente moderador no ha desempeñado sus funciones con el debido criterio de justicia y de oportunidad, el Ente militar ha sabido quitar de las manos inexpertas el cetro moderante para restablecer el equilibrio..».

-Bien, bien, Confusio -dijo Beramendi con sincera admiración-. Ahora, en esta segunda lectura, me asimilo tu idea y alabo el agudo ingenio que penetra en la entraña de los hechos humanos.

-Claramente hemos visto que la Fuerza pública, o sea Pueblo armado, obedeciendo a una fatal ley dinámica, ha sido el verdadero Poder moderador, por ineptitud de quien debía ejercerlo. Siempre que ha venido la asfixia, o sea la reacción, el Ejército ha dado entrada a los aires salutíferos, y cuando los excesos de la Libertad han puesto en peligro la paz de la Nación..

-Claro, ha restablecido el orden, el buen temple interior. Por esto, no debemos juzgar con rigor excesivo las sediciones militares, porque ellas fueron y serán aún por algún tiempo el remedio insano de una insanidad mucho más peligrosa y mortífera. ¿No es eso lo que quieres decir?

-Eso es, señor. Lo que llamamos pronunciamientos, los pequeños actos revolucionarios que amenizan dramáticamente nuestra Historia, no son más que aplicaciones heroicas de las providenciales sanguijuelas, sinapismos, ventosas o sangría que exige un agudo estado morboso. Y yo añado en mi Discurso preliminar que a estas intervenciones de la Patria militar debemos la poquita civilización que disfrutamos.

-Cierto. Debes añadir que cuando no se puede ir a la civilización por caminos llanos y bien trazados, se va por vericuetos..

-Ya lo he puesto, si no con las mismas palabras, con otras semejantes.

-Dime ahora qué te propones y a dónde vas por ese nuevo desfiladero de tu Historia lógico-natural.

-Voy al Quinto Libro, o sea el del glorioso reinado del Doceno Alfonso.. Ya sé que tendrá usted por extravagancia el escribir un reinado antes que nos lo dé (p.7710) construido el tiempo en sus talleres inmortales. A eso digo que escribir lo que ha pasado no tiene ningún mérito; la gloria de un historiador está en narrar los hechos antes que sucedan, sacándolos del obscuro no ser con el infalible artificio de la Lógica y de la Naturaleza..

-Por grande que sea tu arte para concebir y expresar según el modo ideal la vida futura -dijo el Mecenas-, no podrás en esta crisis turbulenta sustraerte a la realidad. Ni estás tan metido en ti mismo que ignores que una revolución se está elaborando, inevitable diluvio, tras el cual no sabemos lo que vendrá.

-Si el señor Marqués me lo permite -dijo Confusio con la serenidad extática y mística que marcaba el estado agudo de su vesania-, negaré que estalle tal revolución. Cierto que algunos locos quieren traernos ese diluvio; pero todo quedará en chubasco y mojaduras sin importancia, porque doña Isabel, con magnánimo corazón y ardiente patriotismo, abdicará en su hijo don Alfonso. Y ya tiene usted el felicísimo reinado, precedido de una Regencia formada con tres de las más ilustres personas del Reino. Las conozco; pero, con la venia del señor Marqués, me abstengo de nombrarlas.

-Sí, hijo; no te comprometas: guarda el secreto de esos nombres..

-El reinado de Alfonso XII será dilatado y próspero. No habrá pronunciamientos, porque el Rey sabrá usar con tino la prerrogativa moderatriz, y alternar con discreta cadencia y turno las dos políticas, reformadora y estacionaria. No habrá guerra civil, porque he tenido buen cuidado de matar y enterrar muy hondo a don Carlos y toda su prole, y de añadidura he ido escabechando y poniendo bajo tierra a todos los españoles que salían con mañas de cabecilla, y a todos los curas de trabuco. Verdad que, aunque por dos veces he matado a Fernando VII, su espíritu anda vagando por España, y aquí y allí sugiere ideas de absolutismo teocrático, y sopla en algunos corazones para encender llamas de intolerancia y levantar humazo de Santo Oficio.. Pero el nuevo Rey, que viene al Trono con ideas precisas, con aspiraciones elevadas, (p.7711) fruto de su grande ilustración, destruirá el maléfico influjo de aquel espíritu protervo, vagante en la selva del alma hispana.

-Trabajo le mando al nuevo Rey -dijo Beramendi zumbón-. ¿Y estás seguro de que la educación que dan al Príncipe es la que corresponde a un Rey llamado a representar en la Historia papel tan grande? ¿Crees que le preparan para ese saneamiento del alma nacional, y para empresa tan difícil como librarnos de todo el maleficio que nos trae el espíritu de su abuelo?

-Creo y sé que la educación es perfecta. Los maestros del Príncipe son los más sabios del Reino, y la enseñanza está bajo la inmediata dirección de hombres tan eminentes como don Isidro Losa, don..

Soltó Beramendi la carcajada, cortando el relato del grave historiador, mas sin desconcertarle, pues habituado estaba Juanito, así a las desmedidas alabanzas como a los festivos desahogos de su Mecenas, que de ambos modos le mostraba este su afecto. «No me río de ti, sino de mi amigo Losa. El buen señor está muy lejos de sospechar que tú le has descubierto el talento que él oculta cuidadosamente. No contradigo tus opiniones, buen Confusio; conserva tu inocencia, que es el molde soberano en que fundes tu saber teórico de las cosas no sucedidas. El mundo ideal que describes no sería hermoso si mojaras tu pluma en la malicia de esta realidad negra. Mantente en la virginidad de tu pensamiento y cultiva tu candor, para que tus obras sean puras, diáfanas, y nos muestren las cosas humanas vistas desde el Cielo, que es un ver estrellado, magnífico y consolador.. Y ahora, hijo, vete a dar un paseíto por la Moncloa; espacia tus ideas, y dales aire para que nunca se abatan rozando el suelo.. Trabaja toda la mañana, y ven la tarde que quieras a leerme tus inspiraciones.. Adiós, hijo, adiós». Guardó Santiuste sus manuscritos, y besando la mano de su protector, salió rígido, lento, impasible. En el vestíbulo encontró a los hijos de Beramendi que venían de sus clases. Saludoles el historiógrafo con la misma ceremonia que emplear solía para las personas (p.7712) mayores, y los chicos hiciéronlo en igual forma, pues se les tenía rigurosamente prohibido mortificar con burlas al pobre vesánico.

Ocasión es esta de dar a conocer la prole de Beramendi. Del primogénito, Pepito, ya se habló en la época de su nacimiento, fecunda en sucesos históricos, como la Invención de las llagas de Patrocinio y el Ministerio Relámpago. Siguió Felicianita, que vino al mundo el 52, a poco del atentado del cura Merino. El 54, en los preludios de Vicálvaro, nació otra niña, que sólo tuvo tres meses de vida, y a fines del 57 vino Agustinito, veinte días después del nacimiento del Príncipe Alfonso. Y ya no hubo más. Contentos vivían los Marqueses con sus tres críos, en quienes cifraban sus más risueñas esperanzas. La sucesión de la noble y opulenta casa estaba bien asegurada, y a mayor abundamiento, tanto la niña como los varoncitos eran dóciles, guapos, y disfrutaban de excelente salud. En los tres se recreaban los padres, poniendo en su educación y crianza todo el cariño y dulzura compatibles con la severidad. En 1867, por donde ahora va Clío Familiar, había terminado Pepe sus estudios del bachillerato, y hacía sus primeros pinitos en la Universidad. Era un chico aplomado, fácil a la disciplina, bastante dúctil para seguir las direcciones que se le indicaban. Venía, pues, cortado para la vida opulenta y noble a la moderna, y con su ligero barniz universitario, su título abogacil y su correcta educación mundana, respondería cumplidamente a los fines ornamentales de su clase en el organismo patrio. Un poco de esgrima y un mucho de equitación daban la última mano a su figura social.

Felicianita, que aún estaba de traje corto, era una niña de excelente índole, muy despierta. La madre iba introduciendo en su cerebro las ideas con mucho pulso, temerosa de que se asimilara demasiado pronto el conocimiento de la vida tal como existía en el claro intelecto de María Ignacia. Sin ser una belleza, el conjunto agraciadito de su persona garantizaba, para dentro de tres o cuatro años, un buen partido (p.7713) matrimonial, titulado y rico.. Tinito, el Benjamín de la casa, con nueve años y pico en 1867, se había traído toda la imaginación lozana de Pepe Fajardo, su gracia y atractivos personales. A sus hermanos aventajaba en donaire y belleza; era el encanto de todos; con sus monadas y zalamerías engañaba a los padres haciéndose perdonar sus travesuras, y a su abuela, doña Visita, la tenía embobada y medio chocha. No se conseguía fácilmente que estudiara, y sólo a fuerza de promesas y regalitos dominó el chiquillo las primeras letras. Su afición al dibujo era tal a los cuatro años, que no tenía su padre en el despacho papel seguro. Emborronaba los sobres de las cartas, las hojas de los libros y los márgenes de los periódicos. Un año después era maestro en la pintura de soldados graciosísimos, iluminando el trazo de tinta con lápices rojo y azul. Poco a poco iba entrando en la Aritmética y Geografía, y en el árido estudio gramatical. A los nueve años, sentada un poco la cabeza, conservaba Tinito su graciosa inquietud y el ángel o simpatía con que a todos cautivaba.

No vivían los Beramendi con fausto y vanidades correspondientes a la formidable riqueza que dejó el señor de Emparán. Este caballero, de médula y cáscara absolutistas, transmitió a sus herederos, con el pingüe caudal, tradiciones que fácilmente se petrificaban en la existencia, y entre aquellas ninguna persistió tanto como la moderación de los goces sociales y el bienestar comedido. La misma tradicional mesura se advertía en las relaciones, que no abarcaban un círculo demasiado extenso, limitándose a las antiguas amistades de la familia, y a las nuevas y bien seleccionadas traídas por el tiempo. Entre las primeras sobresalía don Isidro Losa, que era el único superviviente de la tertulia íntima de don Feliciano Emparán, y por esto le distinguía doña Visita con extremosas atenciones. Otra de las amistades más firmes era la de la Marquesa de Madrigal, que había sido compañera de colegio de María Ignacia: desde su infancia quedaron unidas por una tierna amistad, que había de durar (p.7714) toda la vida. En 1867, la Madrigal desempeñaba un alto cargo de etiqueta en el cuarto de las Infantitas. Las nuevas relaciones traídas por Fajardo eran escogidísimas: Morphy, Guelbenzu, Monasterio, presidían el estamento musical en las agradables noches dedicadas al recreo artístico, y la poesía y pintura tenían su representación en Ayala, Selgas, Asquerino, en el viejo don Carlos Ribera y los jóvenes Gisbert, Palmaroli y Haes.

Eugenia de Silva, Marquesa de Madrigal, era madrina de Tinito, a quien amaba como a sus hijos, y se lo disputaba a María Ignacia para mimarle y retenerle, llevándole de paseo en coche, y al teatro los domingos por la tarde. Estas menudencias refiere Clío Familiar, como introito a la interesante conversación que tuvieron una noche María Ignacia y su ilustre marido.

«¿No sabes, Pepe, lo que ocurre? Por segunda vez me ha dicho Eugenia que se encontraron en lo reservado del Retiro nuestro Tinito y el Príncipe Alfonso. Jugaron juntos, y se han hecho tan amigos, que el Príncipe se quedó muy triste cuando llegó el momento de la separación. Pues esta tarde, la infanta Isabel, que también estaba en el Retiro, ha convidado a almorzar a Tinito con ella, el Príncipe y sus hermanas..».

-¿Mañana? Pues que vaya. Bueno es que el niño se acostumbre al trato de esas altas personas. Le vestirás bien, sin elegancias rebuscadas, impropias de chiquillos, y antes que vaya a Palacio le aleccionaremos, para que no diga ni haga ninguna tontería.

 

Ep-40-XII -

Fue a Palacio Tinito y volvió encantado de la amabilidad de la señora Infanta. En cuanto almorzaron, bajó con el Príncipe a las habitaciones de este, que están en el entresuelo, y Alfonso enseñó al amiguito su soberbia juguetería. ¡Vaya unos juguetes, compadre! Todo lo contaba el chiquillo con gracia y prolijidad encantadoras, sin omitir nada. Refirió que en el entresuelo había encontrado a don Isidro Losa, que aquel día estaba de guardia, muy majo, vestido de gentilhombre.. Entre los juguetes, admiró principalmente Tinito un tren de artillería con cañones de verdad, que (p.7715) podían dispararse, y una fragata lo mismito que la Numancia, con sus marineros subidos a los palos. Allí estuvieron enredando Tinito, el Príncipe, Juanito Ceballos, que era su compañero inseparable, y Pepito Tamames. El juego consistía en enganchar al tren de artillería las parejas de mulas, los armones, colocar en sus puestos a los artilleros, y arrastrar todo el armadijo de una habitación a otra. En esto llegó el Marqués de Novaliches, que dijo al Príncipe que no se sofocara demasiado, y don Isidro encargó a los cuatro que jugaran con juicio. En aquel trajín se les pasó el tiempo, hasta que llegó el profesor militar, y con él dio Alfonso la lección de manejo de carabina y sable; después lección de leer y escribir, y luego le mudaron de ropa para salir de paseo. «Salimos con él el chico de Ceballos y yo -prosiguió Tinito en sus explicaciones-. Íbamos en coche de mulas. Nos acompañaba don Guillermo Morphy.. ¡Hala!, ¡al Retiro, a lo Reservado, a correr!.. Alfonso estaba muy contento y hacía la mar de travesuras. Metía los pies en todos los charcos, y se mojaba. Morphy le reprendía; pero ¡quia!, no hacía caso.. Al llegar a Palacio le cambiaron de calzado; subió a comer con la Reina y el Rey. Eugenia me recogió a mí para traerme a casa».

Reclamada por el propio Alfonso una segunda visita, volvió allá el niño de Beramendi a las diez de la mañana. El Príncipe, según contó después, daba su lección con un señor cura.. la lección duró más de una hora.. Subieron al almuerzo en el comedor de arriba; quedáronse un ratito en el cuarto de la Infanta viéndola dar su lección de arpa con madama Roaldés. Luego, otra vez al entresuelo, donde el Príncipe dio lección de carabina, disparando tres pistones, y lección de ejercicio, lo mismo que un soldado. Refiriendo esto, el salado Tinito expresaba a su modo, con pueril candor, la destreza de Alfonso en el ejercicio militar, y lo orgulloso que estaba de que sus amiguitos le vieran y admiraran en aquel noble estudio. Y terminó su cuento con una observación que a los padres hizo gracia; mas no la rieron por no dar (p.7716) lugar a que el chiquillo entrara en malicia. Fue de este modo: «Papá, voy a decirte una cosa. Alfonso no sabe nada. No le enseñan más que religión y armas».

-Hijo mío, es todo lo que necesita un rey. Ahí tienes a San Fernando, que con eso no más fue un gran monarca y además santo.

-Yo pensé que un rey tenía que aprender gramática, porque.. si no sabe gramática, ¿cómo ha de escribir bien los decretos?

Advirtiole su padre que era de mala educación meterse a juzgar si el Príncipe sabía o no sabía. Los herederos de una corona lo saben todo aunque parezcan ignorantes. Recomendole además severamente que no hablara con nadie de tales cosas, pues de lo contrario no volvería más a Palacio.. Convidado Tinito por tercera vez a almorzar con el Príncipe y las Infantas, María Ignacia le preguntó por la noche si había observado fielmente las reglas de buena crianza indispensables en mesas de tanto cumplido. «Mamá -respondió el niño-, todo lo hago como tú me lo mandaste. Cuando la señora Infanta me dice que si quiero más, le contesto que no señora, y que muchas gracias».

-Y del tratamiento no te habrás olvidado.

-¿Qué me voy a olvidar? Su Alteza para arriba, Su Alteza para abajo. La Infanta doña Isabel es muy buena, me quiere mucho y se ríe de todo lo que digo.

-Cuéntanos otra cosa. Después del almuerzo, ¿dio la Infanta su lección de arpa?

«No: la Infantita Pilar se puso a leer en un libro dorado, y la Infantita Paz y Alfonso me dijeron que les pintara muñecos.. lo que yo quisiera, vamos.. La Infanta Isabel me llevó a una mesita; sacaron un pliego de papel, lápiz negro y lápiz encarnado, y yo pinté una fila de soldados en marcha, con el pie adelante y el fusil al hombro, y entre medio de la tropa, dos curas tocando el piporro.. Se rieron mucho. Alfonso cogió el papel para guardarlo. La Paz se lo quería quitar.. riñeron; Alfonso podía más. Yo le dije a Paz: 'Déjaselo, que yo pintaré otro para tu Alteza..'. Bajamos al entresuelo. Después de la clase de Religión, que fue muy pesada, dio Alfonso la de manejo de espada y sable, y se puso tan valiente, (p.7717) que a Juanito Ceballos y a mí nos daba miedo verle. El día que sea Rey, cualquiera se le pone delante. Luego me dijo que vaya un día por la mañana, y me llevará al picadero para que le vea montar a caballo». Sin venir a cuento, volvió el chicuelo a mofarse de las lecciones de su regio amiguito, insistiendo en que no le enseñaban más que Historia Sagrada y Religión. Reprendiole nuevamente el Marqués por meterse a censor de cosas tan delicadas.. ¿Qué entendía él, pobre niño, de educación de Príncipes? Pero Tinito, sin desconcertarse, montó en las rodillas de su padre y le echó los brazos al cuello murmurando: «¿Quieres que te diga un secreto?». Y con voz muy queda soltó el secretico en el oído paterno: «No sabe nada de Reyes de España, porque yo le hablé de Ataúlfo, y riéndose me dijo que Ataúlfo era don Isidro Losa».

-Eso puede significar que el Príncipe y sus amiguitos han puesto el apodo de Ataúlfo al buen don Isidro. Pero no quiere decir que Alfonso desconozca los nombres de los Reyes de España. Con asomarse a la Plaza de Oriente aprende más que tú en tu librito. Lo demás se lo enseñan los retratos de que están llenos los palacios de Madrid y Sitios Reales, y el gran salón de la Armería.

Dicho esto, besó al chiquillo y entregolo al brazo secular de la madre y criadas para que le diesen su cenita y le llevaran a la cama, donde pronto se quedaría dormido como un ángel; y soñaría tal vez que se hallaba en el picadero de Caballerizas, rigiendo un vivaracho y airoso potro en compañía del futuro Rey de España. Tiempo hacía que Beramendi pensaba con insistencia en la educación del Príncipe de Asturias, dando a este asunto importancia tan grande, que de él dependían la bienandanza o desventuras del próximo reinado. Por su amigo Guillermo Morphy sabía que el digno general Marqués de Novaliches, Mayordomo y Caballerizo Mayor de Su Alteza, había dispuesto que se abriese un Registro en que diariamente anotaran la vida del Príncipe los tres gentileshombres al servicio de Su Alteza, don Isidro Losa, don Guillermo (p.7718) Morphy y don Bernardo Ulibarri, consignando cada cual lo ocurrido en las horas de guardia respectiva.

El libro se llevaba escrupulosamente, y en él constaban las ocupaciones del niño, todo lo corporal y anímico, sus catarros frecuentes, sus tareas escolares, con nota minuciosa de los adelantos observados cada día; sus rezos y actos de devoción, el grado de apetito en las comidas, los juegos y juguetes. No faltaban las travesurillas propias de la edad, ni aun los arranques de soberbia o los generosos impulsos, que podrían ser trazos indicadores del carácter del nombre. Director de estudios era el general Sánchez Ossorio; profesores militares, un Teniente coronel por cada arma; profesor de religión, el Padre filipense don Cayetano Fernández, y de lectura y escritura don Antonio Castilla.

Deseaba Beramendi penetrar en el Cuarto del Príncipe, verle de cerca, hablar con él, pasar la vista por el libro en que constaban todos los actos y movimientos de la vida mental y fisiológica de tan interesante persona. La ocasión de satisfacer aquella curiosidad se la facilitó el propio Marqués de Novaliches, a quien tuvo una noche en su tertulia de confianza. Hablando de Su Alteza, expresó Pavía el grande amor que al Príncipe profesaba, y su sentimiento de verle tan endeble de salud y tan propenso a las dolencias pulmonares. Si se agitaba un poco jugando, venía en seguida el enfriamiento, luego la tos y un poquito de fiebre. «Fíjense ustedes -decía- en la carita descolorida de Su Alteza. Su mirada es triste, y sus ojos parecen cada día más grandes.. Quiera Dios que esta criatura no nos dé un disgusto el mejor día. Lástima será que se malogre, porque es bueno como un ángel, y despejadito como él solo».

En el curso de la conversación, dijo luego Novaliches que Alfonsito estaba convaleciente de uno de aquellos resfriados que fácilmente cogía por agitarse en el juego o en el ejercicio de sable y carabina. Ya se levantaba; pero no daba lección ni salía de Palacio; se pasaba el día con el magnífico juguete que le había regalado el duque de Veragua, una Plaza de (p.7719) Toros corpórea, con su cuadrilla, mulas, caballos, alguaciles y demás piezas. La Marquesa de Madrigal, confirmando estas referencias, propuso que pues estaba también malo Juanito Ceballos, el inseparable camarada de don Alfonso, debían llevarle a Tinito para que le acompañase en su aburrida convalecencia. La proposición de la dama le pareció de perlas al Mayordomo y Caballerizo Mayor de Su Alteza. «Mande usted a su chico mañana temprano, Pepe -dijo a Beramendi-, o llévele usted mismo, y así podrá ver al Príncipe y apreciar su talento, su buen natural. Como logremos sacarlo adelante, podrá decir España: 'Tengo un Rey que no me lo merezco'».

A la hora que indicó Novaliches, más bien un poquito antes, paraba el coche de Beramendi en la Puerta del Príncipe. A los diez minutos de entrar en Palacio Tinito y su padre, y después de un viaje laberíntico por aquel confuso monumento, traspasando puertas y mamparas, sube por allá, baja por aquí, llegaron al Cuarto de don Alfonso, guiados por un alto funcionario de la Intendencia. En la antesala les recibió Morphy, que a las doce de aquel día terminaba su guardia. Impresión de tristeza y ahogo recibió el buen Fajardo al recorrer las estancias del entresuelo, asombradas por el espesor de los muros, que, con la bóveda de los techos, ofrecían aspecto de casamata: las ventanas eran troneras. Componían el Cuarto de Su Alteza varios aposentos: alcoba, guardarropa, sala de estudios, gimnasio, comedor, oratorio, secretaría, oficios, etcétera.

Salió Novaliches a recibir al amigo, y este no pudo disimular la impresión desagradable que el local le causaba. «No es este el mejor alojamiento para un niño de constitución débil, heredero de la Corona. La infancia de un Rey pide mayor desahogo, luz, aires de campo, alegría. ¿Por qué no vive Su Alteza en el mejor departamento de Palacio, que es todo el principal que da al Campo del Moro? ¿Para qué quieren aquellas salas amplias, inundadas de luz, con un horizonte espléndido que recrea los ojos y el espíritu? ¿No (p.7720) comprenden que lo primero que necesita el que ha de ser Rey, es habituarse a ver mucho, a respirar fuerte y a contemplar las cosas lejanas?». El buen Pavía alzó los hombros, inhibiéndose de aquel asunto, y Morphy se atrevió a decir: «Lo mismo pensamos nosotros; pero.. quien manda, manda».

Apenas llegaron a la presencia de Alfonso, ofreció a este sus respetos el papá de Tinito, que con este nombre fue presentado el Marqués a Su Alteza por el General Pavía. Díjole Beramendi mil cosas lisonjeras: que tenía un gran placer en hablarle; que en él veía la mayor esperanza de la patria, y que su salud interesaba a todos los españoles. Contestó Alfonso con timidez, afable y sonriente, fiel observador ya de la urbanidad regia, que aprendido había antes que los primeros rudimentos del saber humano. Respecto a la salud, dio Novaliches las mejores impresiones; ya no le quedaba al niño más que algo de tos y un poquito de pereza. Corral, que acababa de salir, había recomendado que jugase todo el día, sin cansar la imaginación con lecciones. «Anoche -añadió el General-, Su Alteza, después de acostado, me pidió los húsares de plomo para jugar en la cama. No quería rezar.. Tuve que coger yo el nuevo libro de rezos que mandó hace días Su Majestad, y leerlo para que él repitiera. De este modo rezó, aunque de mala gana..».

Protestó Alfonso con gracia, diciendo: «Pero esta mañana bien recé, Marqués.. sin que me leyeras nada..».

-Sí, sí.. Pero Su Alteza no quería levantarse, y tuve que coger el libro de cuentos y leerle algunos para entretenerle.. hasta que vino Corral, y ordenó suprimir la lectura y abandonar el lecho..

Siguió Beramendi hablando con Su Alteza de las lecciones, de los rezos y prácticas religiosas, de la enseñanza militar, de la esgrima y equitación, y en todas sus réplicas mostró el chico un despejo y claridad de juicio que encantaron a su interlocutor. Al terminar el coloquio, los sentimientos de Beramendi con respecto al heredero de la Corona eran: un cariño intenso, un elevado interés político y una (p.7721) vivísima compasión.

 

Ep-40-XIII -

Retirose Novaliches; entregose Alfonso con delicia al placer de enseñar su Plaza de Toros a Tinito y a otro niño (hijo de un portero de damas) que había bajado antes, y Pepe Fajardo pasó con su amigo Morphy a Mayordomía, donde el gentilhombre de guardia tenía que anotar sus observaciones. Tuvo, pues, el hombre la mejor coyuntura para hojear el registro y conocer en sus menores detalles la vida, los estudios, conducta, indisposiciones del Príncipe de Asturias, y el tratamiento físico y mental que a su salud y educación se aplicaba. El libro, destinado sin duda a documentar una parte esencialísima de la Historia patria, resultaba de inmenso interés en su insípida y deslavazada literatura.

Beramendi leyó: «1º de Octubre.- Su Alteza Real ha almorzado a las doce de la mañana. A la una ha dado la lección de ejercicios, hasta las dos menos diez minutos; a las dos dio la lección de Escritura con el señor Castilla, y a las tres de Religión con el señor Fernández. A las cuatro y media tomó sopa de arroz como acostumbra, y a las cinco menos ocho minutos subió a las habitaciones de Su Majestad la Reina para salir de paseo..».

«4 de Octubre.- Su Alteza estuvo jugando hasta las dos y cuarto. No tuvo lecciones por ser hoy día de Su Majestad el Rey, y a las tres menos cuarto subió a las habitaciones de Su Majestad la Reina para asistir al besamanos con el traje de sargento primero y la cruz de Pelayo. Concluyó la ceremonia a las seis y cuarto, a cuya hora bajó Su Alteza con el señor Marqués de Novaliches porque le apretaba mucho una bota (no al Marqués, sino a Su Alteza) . Dicho señor Marqués le quitó la bota y examinó minuciosamente el pie, sin encontrarle nada de particular. De esta circunstancia se hace especial mención por haberlo creído oportuno el Jefe superior del Cuarto de Su Alteza..».

Observó Beramendi en su rápida lectura la variedad de estilos de los tres caballeros guardianes de Su Alteza. En lo escrito por Morphy se revelaba el hombre de cultura y principios; (p.7722) discreto y claro aparecía don Bernardo Ulibarri; don Isidro Losa era la pura sencillez mental. Atento sólo a la escueta obligación doméstica, llenaba páginas del libro con su gramática inocente y su fantástica ortografía. Ved la muestra:

«Dia 6. El Principe mi señor almorzo a las doce Dio sus Lecciones, salió a N. S. de Atocha.. comio vien se metió en la cama a las diez a dormido diez horas tomó poco chocolate se a confesado a las nuebe y media el Padre Fernandez celebró la misa.. Dia 9. Almorzo con apetito; dio sus Lecciones a las Oras marcadas y bastante inquieto: a las cuatro se aseo tomo la Sopa y Salio a Paseo Con el Mayordomo Sr. Marques de Novaliches, Profesor Sanchez y Juanito bolbio a las Seis y Cuarto.. subio a comer a las ocho se lebanto de la mesa y hasta las diez permanecio en la camara jugando con Juanito se dio un golpe en el muslo Izquierdo con el Tallado de una Cónsola, a las diez se quedó dormido desperto a las nuebe sin moberse en toda la noche Se lebantó a las nuebe y media sin sentir dolor por el golpe rezo las oraciones asistió a misa en Su Cuarto salio a paseo a la Montaña con Su Mayordomo Mayor bolvio a las once y asistio a la misa de Ofrenda con SS. MM. y AA. a las doce menos Cuarto bajo y se Corto el Pelo S. A.».

Repasando el Diario, observó Fajardo que en la endeble salud del Príncipe ponían los tres guardianes toda su atención. Rara era la página en que no se leía: «se despertó a media noche, estornudó y se sonó», o bien: «anoche no estornudó más que una vez». Ulibarri escribía: «Despertó a las seis menos cuarto para sonarse, quedando dormido en seguida». De Morphy es este párrafo: «Durante la comida estornudó Su Alteza varias veces: atribuyéronlo Sus Majestades a haberse asomado al balcón la noche antes para oír la serenata». Pero aún más que de la salud del cuerpo del Príncipe, debían inquietarse de la del alma, pues minuciosamente apuntaban cada día sus rezos y devociones. Entre las monotonías del machacón y cansado libro, descollaba el inevitable informe de la lección de Religión y (p.7723) Moral que el Príncipe daba diariamente. Podían olvidarse de otros asuntos; pero esta ingestión de cascote no se les quedó jamás en el tintero.

Una hora larga de Religión todos los días del año había de dar al Principito un saber dogmático que le permitiría hombrearse con el Concilio de Trento. Ocurría que cuando algunos mitrados visitaban a la Reina, mandábales esta al cuarto de su hijo a que presenciaran la tarabilla religiosa. A este propósito dice Morphy con cierto cansancio irónico: «dio la lección Su Alteza en presencia de los Obispos de Ávila, Guadix, Tarazona y de otra diócesis que no recuerdo». Y el sencillísimo Losa nos cuenta en su parte del 30 de Octubre: «A las Ocho y Media disperto labo y vistio dio gracias a Dios y tomo chocolate con apetito a las diez dio lección de Religión en la presencia del Sr. Cardenal de Burgos quedando muy complacido de lo adelantado que esta su Alteza por lo que merecia nota de Magnificamente en todo».

En lo referente a los cuidados y tratamiento medicinal del Príncipe, demostraban los gentileshombres el miedo a complicaciones patológicas. Los accidentes más vulgares eran registrados como garantía del exquisito esmero que debía ponerse en conservar la preciosa vida del heredero del Trono. Constan en el libro prolijas observaciones anotadas por Ulibarri y Morphy con discreta retórica; mas el bueno de don Isidro, enemigo de circunloquios, refería los hechos con realismo ingenuo, y así su prosa histórica nos da esta candorosa sinceridad: «El Serenísimo principe mi Señor se dispertó a las nuebe menos diez minutos se labo, bistió, rezando sus Oraciones, tomó chocolate, se le mobio el Vientre muy natural y abundante; a las diez menos cuarto principio la leccion de Religion.. salio a paseo a las once menos cuarto.. con Juanito fue al gicnasio pasó una hora muy dibertida esta muy vien de Salud..».

Hojeando, encontró el Marqués esta interesante página suscrita por Ulibarri: «1.º de Noviembre.- Su Alteza asistió a la Capilla Pública con Sus Majestades e Infanta (p.7724) Isabel: estuvo en la función con mucha atención y compostura, bajando luego a su cuarto, donde jugó hasta las tres y media, que tomó la sopa. A las cuatro se recibió aviso de Su Majestad la Reina para que subiera Su Alteza al despacho con objeto de ver al Brigadier de la Armada don Juan Topete, a quien abrazó Su Alteza por indicación de Su Majestad, cuya honra fue hecha por su buen comportamiento en el combate del Callao».

Suspendió el curioso lector al dar las doce su fisgoneo del Diario; Morphy entregó la guardia a don Isidro Losa, y con los saludos al uno de despedida, al otro de entrada, se entretuvo el caballero más de lo que quiso. Quedó, pues, un rato en poder del bueno de Losa, el cual le rogó que fuese una mañana a la hora en que Su Alteza daba la clase de Moral y Religión. Así podría formar idea de lo bien instruidito que estaba en aquella sabiduría, la principal y más necesaria para un Rey. «Créame, don José -decía, dándole cariñosos palmetazos en el hombro-, lo que nos importa es tener un monarca muy religiosito y sumamente moral».

Oía Pepe Fajardo al buen don Isidro como quien oye llover, que acostumbrado estaba, desde los tiempos de don Feliciano, a la densa monotonía de sus opiniones. En la casa se le apreciaba por su fiel amistad, pues tanto como tenía de anticuado en sus pensares, tenía de consecuente en sus sentires. Era, pues, un hombre de buen natural, afectuoso, que había sabido hacerse perdonar su inverosímil, casi milagroso encumbramiento. Si el palatinismo es una carrera, no se vio jamás carrera más loca que la de aquel bendito señor. Empezó por cerero de Sor Patrocinio, fámulo más bien de la cerería que a la llagada Madre suministraba velas y blandones; adornábale los altaruchos; le servía en recaditos y encomiendas. De estos obscuros menesteres pasó a la servidumbre del Rey don Francisco, donde su lealtad, diligencia y buen modo le captaron la voluntad del augusto amo. Servidor fiel de la familia, velozmente adelantó y subió en el escalafón palaciego. Fue Ujier, Secretario de Cámara, (p.7725) Gentilhombre de casa y boca, Mayordomo de Semana.. llegó a poseer la gran Cruz de Isabel la Católica, y por fin, el título de Conde. En el trato particular, don Isidro era siempre llano, modesto, y no tenía más orgullo que la incondicional y ardiente adhesión a la Familia, en cuyo servicio había subido de cerero a personaje resplandeciente de galones, cintajos y veneras que infundían a la gente un respeto hierático. Su estatura era menos que mediana; sus cabellos, su bigote espeso y cortado blanqueaban ya; su cuerpo rechoncho inclinábase un poco, como cediendo al peso de tantos honores.

Conversó de nuevo Pepe Fajardo con Su Alteza, teniendo ocasión de apreciar por segunda vez su bondad y claro entendimiento; recomendó a Tinito la formalidad, y con un apretón de manos a don Isidro y nuevos espaldarazos de este, hizo su despedida del Cuarto del Príncipe y de Palacio, satisfecho de las enseñanzas de aquella visita. En su casa contó a María Ignacia cuanto había visto, y tres días después recibió la visita del gran Confusio, con quien sostuvo un coloquio interesante, digno de pasar a la Historia, aunque esta sea la llamada Lógico-Natural.

«Ya puedes ir abandonando -dijo Beramendi- tu plan de Reinado de Alfonso Doceno. Si así no lo haces, desde nuestros sepulcros oiremos las carcajadas de la realidad. He visto de cerca al Príncipe, he respirado el ambiente que él respira, he tomado el pulso a su educación y a sus educadores, y he venido al convencimiento de que su reinado, si Dios no lo dispone de otro modo, no será como tú lo imaginas.. Sí, honrado Confusio; sí, candoroso Confusio.. Alfonso es un niño inteligentísimo; posee cualidades de corazón y pensamiento que bien cultivadas, bien dirigidas, nos darían un Rey digno de este pueblo; pero semejante ideal no veremos realizado, porque se le cría para idiota: en vez de ilustrarle, le embrutecen; en vez de abrirle los ojos a la ciencia, a la vida y a la naturaleza, se los cierran para que su alma tierna ahonde en las tinieblas y se apaciente en la ignorancia».

Decía esto el buen (p.7726) Fajardo poseído de ardimiento y cólera; medía la habitación con pasos de gigante, y sus brazos aspeaban por encima de la cabeza. El pobre Santiuste oía sin chistar, pálido y atónito ante la iracunda voz y descompuestos ademanes de su Mecenas. El cual prosiguió: «Compadezco a ese niño y compadezco a mi Patria. En Alfonso vi una esperanza. Ya no veo más que un desengaño, un caso más de esta inmensa tristeza española, que ya ¡vive Dios!, se nos está haciendo secular».

Calló el prócer después de dar un fuerte manotazo en la mesa, junto a la cual se sentaba el esmirriado Juanito. Este saltó de su asiento como un muñeco de goma. Siguió una corta pausa, durante la cual el escultor de pueblos revolvió en su turbada mente las ideas optimistas que acerca de la educación del Príncipe tenía, y como buen lunático se dispuso a sostenerlas diciendo: «Señor, con la venia de usted yo insisto en que los educadores del heredero de la Corona sabrán modelar al hombre y al Rey para que sea la mayor gloria de esta Nación en el siglo que corre y parte del que venga».

-Por esta vez, Confusio amigo -dijo Beramendi cada vez más nervioso y exaltado-, no te dejo vagar por las nubes, no permito que te encarames a las estrellas para escribir tu Historia. ¿Sabes lo que hago? Agarrarte por el pescuezo, restregarte el hocico contra las asperezas de la realidad, para que te enteres, para que conozcas los hechos tales como son. (Marcando con gesto vigoroso la intención de hacer lo que decía..) Así sabrás la verdad de la educación del Príncipe, que no es educación, sino todo lo contrario, un sistema contra-educativo. Sus maestros le enseñan a ignorar, y cuanto más adelantan en sus lecciones, más adelanta el niño en el arte de no saber nada.. Bien está el manejo de las armas; buena es la equitación como ejercicio corporal: la prestancia de un Rey exige todo eso.. ¿Pero acaso no pide también una fuerte enseñanza espiritual? ¿Es el Rey no más que un figurón a pie o a caballo para presidir ceremonias ociosas o paradas teatrales? Un Rey es la cabeza, el (p.7727) corazón, el brazo del pueblo, y debe resumir en su ser las ideas, los anhelos y toda la energía de los millones de almas que componen el Reino. ¿No lo crees así, o es que tú también te has vuelto idiota?

 

Ep-40-XIV -

-Así lo creo -dijo Confusio con más fuerza en el movimiento de cabeza que en la delgada y tímida voz.

-Pues bien: para el modelado espiritual de nuestro Rey no hay en aquella casa más que un cura teólogo y poeta, que tiene el encargo de administrar diariamente al Príncipe una dosis de Religión indigesta y de Moral abstracta que el pobre niño aprende a lo papagayo. Con escoplo y martillo, el don Cayetano va metiendo en el cerebro de Alfonsito sus lecciones. ¿Y estas qué son más que un conglomerado farragoso que se irá endureciendo y petrificando, masa inerte de conceptos sin sentido, que no dejará lugar para otras ideas si en su día quisieran entrar allí? Muy santo y muy bueno que se enseñen al primero de los españoles los principios fundamentales de la Religión que profesamos. Pero el catecismo es sencillo, breve, facilísimo. ¿A qué vienen esas pesadas y tediosas lecciones? Lo que Jesucristo enseñó con aforismos y parábolas de hermosa concisión, ¿por qué lo ha de enseñar don Cayetano en días y días con amplificaciones hueras y pesadeces sermonarias? ¿Qué substancia ha de sacar Su Alteza de esa ingestión de paja, en la cual van perdidos algunos granos de trigo? Bastaría para enseñar al Príncipe la Religión las cortas lecciones de un aya discreta y dulce.. ¿Y qué me dices de ese furor para incrustar en la mente de Alfonso una moral teórica y formularia que el niño no puede entender? ¿No sería más eficaz enseñarle la Moral con continuos ejemplos y observaciones de la vida? Yo te aseguro que si el Príncipe no echa por sí mismo de su cerebro toda la paja y el serrín que le introduce con su labor de fabricante de muñecos el Padre filipense, acabará por no tener religión ni moral: será un volteriano y un hombre sin probidad..

-Cierto, cierto -dijo Confusio, que con la fuerte inyección de ideas administrada por (p.7728) Beramendi se puso en gran inquietud, y levantándose de un salto empezó a dar manotazos y a correr disparado por la estancia-. Lo que el señor dice es claro y sencillo como el Evangelio.. Educación mísera, educación de Seminario, no para Príncipes.. en todo caso para Princesas.. no para Reyes, sino para sacerdotisas destinadas al bordado de casullas. Pero yo, señor.. y no se incomode por lo que digo.. yo tengo compromiso de presentar el Reinado de Alfonso como de los más bienaventurados y magníficos. Es inspiración, señor; es aviso del Cielo que siento en mi alma; y si yo abandonara este criterio para adoptar otro, me moriría sin remedio.. porque, créalo el señor Marqués, mi vida está estrechamente enlazada a estas dulces mentiras.

Cogiole Beramendi del brazo y le llevó al sillón, obligándole a sentarse. «Sosiégate, pobre Confusio -le dijo-, y óyeme. Hay un modo de conciliar tus ideas con las mías, tu ilusión con la realidad. Escribe el Reinado a tu gusto: glorioso, lleno de prosperidades, y además largo. Puedes dilatarlo hasta comprender todo el primer cuarto del siglo que viene. Dale al buen Alfonso una larga vida, y en ese tiempo despáchate a tu gusto, haz de esta pobre España un país extraordinariamente venturoso y civilizado, devolviéndole sus pasadas grandezas. Mas para eso necesitas educar al Rey. ¿Cómo? Voy a decírtelo. Nada conseguirás teniéndole bajo la férula de don Cayetano Fernández. Sácale de ese ambiente de ñoñerías, rezos y lecturas de libritos devotos del Padre Claret; aplícale el remedio heroico, el procedimiento educativo y bien probado.. ¿No caes en ello? Pues si quieres hacer de don Alfonso un gran Rey, de vida fecunda y altos hechos, arráncale a viva fuerza de ese obscuro Cuarto Real y échale de aquí, lánzale al azar de la vida libre..».

-¡Revolución! -murmuró por lo bajo el trastornado pensador, como hablando con su camisa-. ¿Y..?

-Revolución, sí -dijo Beramendi con nueva inquietud y furia de pensamiento, soltándose a los paseos de gigante en la estancia-. Revolución, Cirugía (p.7729) política, ya que la Medicina está visto que no sirve para nada.. Amputación, hijo, pues no hay otro remedio. Tienes que coger al Príncipe y convertirle en Juan Particular, lanzándole al aire del mundo, a la adversidad.. Verás cómo se despabila.. verás cómo sus talentos renacen, cómo su voluntad se fortifica, y todo su ser adquiere gran viveza y brío. Hazlo así: cierra los ojos, y fuera con todos. Esta gente no aprende de otro modo.. Hay que desentumecer, hay que sanear, penetrar en Palacio con un largo plumero y quitar las telarañas que ha tejido en los altos y bajos rincones el genio teocrático.. Y en cuanto al espíritu de Fernando VII, que pegado a los tapices, a las sedas y alfombras allí subsiste, no echarás más que con exorcismos de Prim y buenos hisopazos de agua de Mendizábal.. Anda, hijo; emprende la obra. No te olvides de quemar la santa túnica de Patrocinio, sudada y asquerosa, que allí encontrarás; quemarás asimismo todos los papeles que encuentres de la bonísima cuanto inexperta doña Isabel, pues nada pierde la Historia con que las llamas devoren ese archivo.. Y por fin, el Cuarto del Rey don Francisco lo sanearás y purificarás, no con el fuego, porque no lo merece, sino con aire tan sólo: bastará que abras balcones, puertas y ventanas para que salgan todos los mochuelos, lechuzas, murciélagos, correderas y demás alimañas que allí han hecho su habitación..

»Luego que termines estas operaciones salutíferas, mi buen Confusio -añadió el Mecenas-, dejas pasar tiempo, el tiempo prudencial según tu criterio, y cuando creas llegada la ocasión, traes del extranjero a nuestro Príncipe y le proclamas Rey. Verás cómo viene robusto, templado por la desgracia, fuerte de voluntad, vigoroso de entendimiento, nutrido de sanas ideas, y encaminado a las resoluciones que le harán digno Jefe de un Estado glorioso. En tales condiciones, podrás construir, con el nombre de Alfonso Doceno, un reinado que no debe durar menos de medio siglo.

La convicción y elocuencia con que hablaba el ingenioso Beramendi fue mecha que inflamó la pólvora (p.7730) de ideas, que almacenada en su tumultuoso cerebro tenía el buen Confusio, porque estalló en entusiasmo y alegría como el que súbitamente descubriera un mundo. Saltando del asiento, erizado el cabello, encendidos los ojos, altos los brazos, exclamó: «Señor Marqués, bendita sea su boca, que me ha dado la clave de mi Libro Quinto. Ya lo veo claro; ya veo el reinado grandioso, el reinado de paz, ventura y progreso, que prolongaré, si usted me lo permite, hasta 1925».

Mientras le decía Beramendi que podía prolongar el reinado de Alfonso todo lo que le diese la gana, y crear una extraordinaria riqueza nacional, un Ejército poderoso, una Marina formidable, aumentar las colonias, extender el dominio hispánico por África y América, etcétera, etcétera, fue nuestro buen Santiuste cayendo desde la altura de su entusiasmo a la profundidad de un frío aplanamiento.

«Pero, señor Marqués -dijo con desconsolada y temblorosa voz-, desde que arrojo a nuestro Alfonso hasta que le traigo de nuevo a España, hay un espacio, un interregno.. ¿Qué pongo en él?.. ¿Prim dictador, Prim Cromwell, Prim Rey?.. ¿O será más bonito que ponga un poco de República?».

-Pon lo que quieras -respondió el Mecenas con plena voz vibrante, pues, trocados los papeles, él era el más exaltado y Santiuste el más apacible-. No me preguntes a mí lo que has de poner. ¿Soy yo acaso el historiógrafo lógico-natural, maestro en la pintura de sucesos fabulosos, ideales, nunca vistos, nunca imaginados por mortal alguno? De tu meollo fertilísimo sacarás materia para ese interregno y para tres más.. Pon Repúblicas, Protectorados, Dictaduras; pon audacias, calamidades, transformaciones felices, éxitos locos, fracasos más locos aún; pon grandezas caídas, pequeñeces exaltadas, explosiones de amor, de ira, de heroísmo, de vileza, inauditos casos de probidad y de corrupción. Si los Reyes necesitan desentumecerse y estirar brazos y piernas, más necesitados están los pueblos del ejercicio libre, de la tensión de músculos y de la celeridad de la sangre. Pon fases (p.7731) inesperadas, tintas vigorosas, inflexiones violentas en la continuación natural de la vida. No pongas puertas al campo de tu inventiva, ni barreras a tu erudición adquirida en la biblioteca del espacio; derrama tu ciencia ideal, la que más satisface al alma, para que te admiren las generaciones, para que te..

Cortada fue bruscamente la declamación del buen Fajardo por la presencia de su mujer, que entreabrió la puerta del despacho diciendo: «Pero, Pepe, ¿qué es esto?».

Desde un gabinete, donde estaba con doña Visita y don Isidro Losa, oyó María Ignacia la voz de su marido en un tono y diapasón desusados. Corrió allá, creyendo que el desvaído Confusio le había dado motivo para montar en cólera.

«No es nada, mujer -dijo el Marqués, recobrando al momento su calma risueña-. Juanito y yo, por pasar el rato, nos ensayábamos en la oratoria tribunicia. Este se mostraba partidario de las formas reposadas; yo quise ponerle un ejemplo del decir violento, de la imprecación, del exabrupto..».

No gustaba a la Marquesa que las conversaciones de Pepe con el historiador lógico-natural fuesen demasiado largas. «Ya es hora, Juanito -dijo a este-, de que vaya usted a dar su paseo.. Con que.. adiós.. Hasta mañana». De la misma opinión fue Beramendi, que despidió al amigo en la forma más cariñosa.. Sola con el esposo, María Ignacia le recordó que Su Majestad había llamado a la Cámara Real a Tinito. Obsequiosa estuvo doña Isabel con el niño, colmándole de caricias y afectos, y al despedirle, díjole que tendría mucho gusto en que fueran sus papás a visitarla. «Acordamos -agregó la Marquesa- pedir a Su Majestad una audiencia para darle las gracias por las atenciones que tanto las Infantas como el Príncipe han prodigado a nuestro hijo. Don Isidro Losa se encargó de facilitarnos la audiencia.. Pues ahí está. Viene a decirnos que Su Majestad nos recibirá mañana a las tres, en audiencia especial para nosotros solos.. ¿Te enteras? Parece que estás lelo.. Mañana; y tenemos que llevar a Felicianita. La Reina desea conocerla».

-Mañana.. No estoy lelo, mujer, (p.7732) sino contentísimo de que ofrezcamos nuestros respetos a doña Isabel.. Buenas cosas le diré.. No, no te asustes.. Le diré tan sólo que se vaya preparando.. No, tampoco es eso. Le diré que.. nada: que nos veremos en París el año que viene por este tiempo.

-Vamos, tú estás hoy de juego.. Ven a ver a don Isidro.

-Voy a ver al gran don Isidro, que es uno de los más robustos pilares en que se asienta la Monarquía española.

Toda aquella tarde estuvo Pepe divagando en estas chispeantes bromas, lo que a su mujer inquietaba un poquito, pues quería verle siempre bien aplomado y sin el menor desentono en sus pensamientos. Y hasta el día siguiente, cuando ya se disponían a salir para Palacio, persistía la Marquesa en su inquietud, porque Pepe no dejaba de asustarla con sus equívocos maleantes. «Me parece, querida esposa, que saldremos de la audiencia entre alabarderos».

-Quita allá, tonto. No te hago caso..

Cesaron las bromas al salir en coche para Palacio. Llevaban a Tinito y a Feliciana, y por el camino el pequeño daba a su hermanita lecciones de etiqueta, pues la niña no se había visto nunca entre personas reales.. Tras una espera brevísima, el gentilhombre de guardia, Conde de Moctezuma, condújoles a la presencia de Su Majestad, que en su Cámara les esperaba con el Príncipe de Asturias. ¡Con qué afecto tan sencillo y familiar les recibió la Señora! Besó María Ignacia la mano de la Reina, y esta besó a Felicianita, ponderando su dulce belleza; a Tinito acarició también, y al saludo de Beramendi dio esta donosa respuesta: «Sí, sí: contenta me tienes.. Necesito llamaros para que vengáis a verme. Sé que me queréis, porque me lo cuentan; pero no se os ocurre venir a decírmelo».

Marido y mujer replicaron con toda sutileza posible a la bondad de la Soberana, que les mandó sentarse, y ella puso a su lado, en el confidente, a Felicianita, cuya mano conservó un rato entre las suyas. María Ignacia estaba frente a Su Majestad; Beramendi un poco más lejos, y Alfonso y Tinito, replegándose al ángulo próximo al balcón, se entretuvieron en hojear (p.7733) un voluminoso librote con estampas o figurines de todos los uniformes antiguos y modernos del Ejército español.

«Ignacia -dijo la Reina-, viéndote me parece que veo a tu buen padre.., ¡oh, aquel don Feliciano!.. carácter recto y leal como ninguno. ¡Y luego tan religioso..! ¡Ah!, caballeros como Emparán son los que yo quisiera tener siempre a mi lado para que me aconsejaran.. Créelo, pocos hombres hemos tenido aquí como tu padre.. A él debo la inmensa ventaja de que bastantes carlistas me hayan reconocido, y que estén conmigo muchos que estuvieron con mi primo Montemolín».

Esperaba María Ignacia que contestara su marido a estos expresivos conceptos, que escondían sin duda una intención política. Pero como él no chistó, limitándose a una ceremoniosa cabezada, tuvo ella que aprontar frases de relleno: «Yo procuro imitar a mi padre.. imitarle en su sencillez, en sus virtudes..». Y por poner un puntalito a la conversación, que se caía de un lado, hizo el panegírico del señor de Emparán y el relato patético de su muerte, que fue como la de un santo. Mientras la dama salía del paso con estas remembranzas anecdóticas, Beramendi hablaba con doña Isabel; pero sólo con el pensamiento, y sin desplegar los labios le dirigía estas severas reconvenciones: «¿Por qué celebras la adhesión del absolutismo, si el llamarlo y acogerlo ha sido tu error político más grande, pobre Majestad sin juicio? Eso, eso es lo que más te ha perjudicado y acabará por perderte: agasajar a los que te disputaron el Trono, y dar con el pie a los que derramaron su sangre por asegurarte en él. Te has pasado al bando vencido, y para los que te aborrecieron has reservado los honores, las mercedes, el poder. Hipócritamente se agrupan a tu lado, y con devotas alharacas te rodean, te adulan, te abrazan.. Pero no te fíes: los que parecen abrazos son empujones hacia el abismo».

 

Ep-40-XV -

En este punto, la Reina, contestando a la última frase de María Ignacia, decía: «Sí, sí: ya sé que sois muy religiosos. Es la tradición de vuestra casa.. Más arraigada estará la buena (p.7734) doctrina en ti y en tus hijos que en tu marido. (Risueña, mirando a Beramendi.) Porque de la religión de ese no me fío yo.. Está imbuido en las ideas que hoy enloquecen al mundo..».

-Permítame Vuestra Majestad -dijo con prontitud el aludido-, que me defienda de esa injusta acusación. Yo..

-No, no entremos ahora en esas honduras -indicó Isabel bondadosa, tolerante-. Los hombres.. ya se sabe.. o tienen bula, o se la toman, para ser un poquito incrédulos.

-Señora, yo aseguro a Vuestra Majestad que las libertades que me da esa bula no las utilizo más que para pensamientos y acciones en honor y provecho de Isabel II y de su Real Familia.

-Está muy bien. Sé que eres bueno, leal. Yo te cuento entre los mejores. Te quiero mucho, Beramendi. A ti y a todos los tuyos estoy muy agradecida.

Siguieron a esto palabras respetuosas de ambos cónyuges y un tímido murmullo de la niña. Doña Isabel, árbitra de los tópicos y giros de la conversación, la llevó a donde quiso, preguntando a los Marqueses por la educación de sus hijos, si eran aplicados, si adelantaban.. Divagó María Ignacia; divagó también Felicianita, reseñando las prácticas de su colegio, y Fajardo, a quien la esposa echaba miradas terribles reconviniéndole por su silencio, habló con afectado calor de los sistemas educativos, concluyendo por ensalzar como más excelente el que se seguía y observaba con el Serenísimo Príncipe don Alfonso. Por creerlo así, pensaba ponerle a Tinito un profesor de Religión y Moral que fundamentara en el corazón del niño la fe, las virtudes..

Contra lo que todos creyeron, doña Isabel no dio importancia a esta piadosa idea, o se había distraído pensando en cosas distantes. Algo habló en voz queda con María Ignacia, y en tanto el marido de esta se despachó a su gusto, soltando diques, no a la palabra, sino al pensamiento, en esta forma cruel: «Pobre Majestad, las ridiculeces de la etiqueta que han inventado los adornados caballeros palatinos para incomunicar a los Reyes con el sentimiento nacional, me obligan a no decirte la verdad. (p.7735) Ninguno de los que venimos a rendirte acatamiento te ofrecemos la verdad, porque te asustarías de oírla. Ni aun los que más entran en tu intimidad entran con la verdad. A tu intimidad llegan mintiendo, puesta la imaginación en sus provechos.. Recibe, pues, bondadosa Isabel, el homenaje de mis doradas mentiras. Cuanto te he dicho esta tarde es una ofrenda de flores de trapo, únicas que se reciben en los regios altares.. Tú, más que otros reyes inclinada a lo familiar y plebeyo, dejas que llegue a ti la verdad española en cosas externas, decorativas y verbales; pero en las cosas de carácter público no quieres más que la mentira, porque en ella estás educada, y falsedad es la misma capa religiosa, mejor dicho, velo transparente, con que quieres encubrir tus errores políticos y no políticos, Reina descuidada y sin ventura».

Lo que se decían la Reina y María Ignacia llegaba muy apagado a los oídos de Beramendi. Más claramente percibía el murmullo de la conversación de los dos niños viendo y comentando las estampas, y el ruido de las luengas hojas de papel cuando la mano de Alfonso las volvía. Doña Isabel alzó la voz con esta frase: «María Ignacia, quiero darte la banda de María Luisa.. No me perdonaré nunca no haberlo hecho antes. Ha sido un descuido.. Soy muy descuidada, ¿verdad?». La Marquesa se deshizo en cumplidos y gratitudes, y Beramendi no tuvo más remedio que decir: «Señora, las bondades de Vuestra Majestad no tienen límite. ¿Cómo expresar a la graciosa Soberana nuestro agradecimiento?». Y mientras Isabel hablaba con Ignacia de otras mercedes para sus hijos, Beramendi soltó así el pensamiento: «Para nada nos hace falta ese cintajo.. Lo tomamos, porque si tú admites nuestros homenajes mentirosos, de ti recibimos la mentira, o sea los signos de vanidad. Rey y pueblo nos engañamos recíprocamente, obsequiándonos con trapos pintados que parecen flores, y con honores pintados o escritos que parecen afectos».

Isabel decía: «Tengo que daros otro título, un titulito de Conde o Vizconde, que pueda lucir vuestro primogénito cuando (p.7736) llegue a la mayor edad..». María Ignacia no tuvo más remedio que coger el incensario y echar sobre la Reina este humo espeso y oloroso: «Señora, Vuestra Majestad nos abruma con sus mercedes. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer tales honores?». También sahumó de lo lindo el Marqués, y su mujer añadió: «Nuestra Reina es la misma bondad. Por eso la quieren tanto los españoles..».

-¡Ah!, no, no -exclamó Isabel con dejo de melancolía-: ya no me quieren.. ya no me quieren como me querían.. y muchos me aborrecen.. no por culpa mía, pues bien sabe Dios que yo no he cambiado en mi amor a los españoles.. Pero las cosas han venido a esta tirantez.. ¡qué sé yo!.. por acaloramientos de unos y otros.. ¿Verdad, Beramendi, que no tengo yo la culpa?

Y el agudo Fajardo saltó y dijo con exquisita ficción cortesana: «Ninguna parte tiene Vuestra Majestad en esta situación embrollada y penosa. Ello es obra de los hombres públicos, movidos siempre de la ambición, del egoísmo..».

-¿Crees que esto se despejará, que se calmarán las pasiones?

-¡Oh, Señora!, yo espero que el Gobierno irá confirmando su autoridad, y que los que están en rebeldía reconocerán su error..

-Eso me dicen todos, ya, ya.. -indicó Isabel con ligera inflexión picaresca en sus labios, hechos al concepto maleante-. Veremos por dónde salimos. Yo confío siempre en Dios, que creo no me abandonará.

Y mientras las Reina, volviéndose a María Ignacia, desarrollaba la misma idea en forma familiar, Beramendi le dirigió con el pensamiento estas graves razones: «No invoques el Dios verdadero mientras vivas prosternada ante el falso. Ese Dios tuyo, ese ídolo fabricado por la superstición y vestido con los trapos de la lisonja, este comodín de tu espiritualidad grosera, no vendrá en tu ayuda, porque no es Dios, ni nada. Te compadezco, Majestad ciega, dadivosa y destornillada. Los que tanto te amaron, ahora te compadecen.. Has cometido la torpeza de convertir el amor de los españoles en lástima, cuando no en aborrecimiento. Yo reconozco tu bondad, tu ternura; mas no (p.7737) bastan esas prendas para regir a un pueblo.. El pueblo español se ha cansado de esperar el fruto de ese árbol de tu bondad, que has entregado al fariseísmo para que lo cultive».

Y cuando Isabel, poniéndose en pie, señaló el término de la visita, y prodigaba sus afectos a María Ignacia y a la inocente Feliciana, Beramendi arrojó sobre la Majestad esta muda salutación de despedida: «Adiós, Reina Isabel. Has torcido tu sino. Empezaste a reinar con las caricias de todas las hadas benéficas, y esas hadas protectoras se te han convertido en diablos que te arrastran a la perdición.. Como en tus oídos no sabe sonar la verdad, no puedo decirte que reinarás hasta que O'Donnell dé permiso a los Generales de la Unión para secundar los planes de Prim. ¡Pobre Reina!, ¿cómo decirte esto? Me tendrías por loco, me tendrías por rebelde y enemigo de tu persona, y asustada correrías a pedir consuelo a tus diablos monjiles, y a la odiosa caterva que ha levantado un denso murallón entre Isabel II y el amor de España.. Y al separar de tu nombre mis afectos, te digo: 'Adiós, mujer de York, la de los tristes destinos.. Dios salve a tu descendencia, ya que a ti no te salve'».

 

Ep-40-XVI -

Con refinadas etiquetas y besuqueo de manos, la noble familia se despidió de la Reina y del heredero de la Corona. Por el camino y en su casa comentaron los Marqueses la visita, mostrándose agradecidos (ella principalmente) a la bondad de la Señora, y un tanto dudosos (él más que ella) del valor de las bandas y títulos con que la graciosa Majestad les obsequiaba. Divagó risueña y con un poquito de vanidad María Ignacia, pensando y diciendo que le gustaría para Pepito el título de Conde de Monreal, nombre de la inmensa propiedad que en aquel lugar de Navarra poseían. A todo contestaba Fajardo afirmativamente; que nada era para él tan grato como acomodarse a las ideas y gustos de su buena esposa.

Con sus amigos, que nunca le faltaban; con la política y con los viajes aerostáticos de Confusio por los espacios de la Historia, pasó Beramendi muy (p.7738) entretenido los primeros meses del 67. La reunión de las nuevas Cortes moderadas, con la servil reata ministerial que trajo González Bravo; la flamante Constitución interna, entremés político del mismo Maese González, y otras cosillas que diariamente surgían en el retablo de los acontecimientos, eran la sabrosa comidilla del vulgo. De la tal Constitución interna hizo Juanito una divertida parodia en verso libre, o libertino, que ahora no tiene cabida en estas páginas por la preferencia que es forzoso dar a un asunto más relacionado con la persona del amigo Fajardo.. Pues sucedió que una mañana, cuando más descuidado estaba el hombre, vio aparecer una luctuosa, tétrica y suspirante señora, que al modo de fantasma penetró en el despacho. Cubríase la visión con un negro y tupido velo matizado de ala de mosca, y por entre las ajadas ropas salía, como de un féretro, una mano enguantada y tiesa.

«Señor Marqués, una madre desolada viene a solicitar su amparo..» y diciéndolo, levantó con solemne ademán el velo y mostró la faz dolorosa y marcadamente desnutrida de doña Manuela Pez.

«Siéntese usted, señora, y dígame..».

-No me niegue usted su amparo -dijo la triste dueña-. Mi tribulación sólo puede comprenderla usted, tan amante de la familia. Tengo una hija.. usted la conoce.. Teresa, corazón tierno, voluntad desgobernada, cabeza vacía de todo juicio. Es mi única familia, el único bien que poseo, pues ningún otro me ha dejado poseer Dios.. Todo Madrid sabe que hace siete meses mi dislocada hija se escapó de Arechavaleta, donde al arrimo estaba del difunto Marqués de la Sagra.. que en aquellos días aún no era difunto.. y arrebatada de su liviandad marchó a Francia con un bandido, con un salvaje que había conocido al ir con Prim desde Fuentidueña de Tajo a los montes de Toledo.. Tan loca como Teresa fugada he vivido yo estos meses con el trajín de buscarla. Por fin, no ha muchos días he averiguado dónde se esconden los criminales, y también sé que el señor Marqués conoce a ese maldito Ibero y está con él en correspondencia. Por lo que más (p.7739) usted quiera, señor, facilíteme el medio de sorprenderles, trincarles bien trincados, y traerles acá bajo partida de registro.

Sorprendido Beramendi de tales cuentos, dijo a la enlutada que no sabía de Teresa ni del bandido, y que bien podía irse a otra parte con aquellas músicas. Mucho trabajo le costó aquel día sacudirse el pesado moscardón; pero al fin se fue Manolita sin obtener lo que deseaba, lamentándose de su mala suerte. Peor había de ser la del Marqués, porque pasados luengos días volvió a presentarse la dueña con la misma cancamurria, y de rodillas, tal como ante Don Quijote la Micomicona, pidió al caballero el auxilio de su fuerte brazo.. «Porque usted tiene influencia con el Gobierno -le dijo bañado en lágrimas el ya flácido rostro-, y puede conseguir que por la vía diplomática se pida la extradición de esos tunantes, y que vengan aquí atados codo con codo entre guardias civiles».

-¡Pero, señora, si dije a usted..! ¡Vaya, que no es floja monserga la que usted me trae!..

-Me ha dicho Sebo que el señor Marqués puede hacer que vengan acá reclamados por la autoridad militar, pues el Iberito es un conspirador tremendo. Como que él y Chaves están en la frontera tramando la caída de Isabel II.. Y para que el señor Marqués se convenza de lo malos que son Teresa y su salvaje, sepa que no sólo conspiran, sino que ofenden y ultrajan a nuestra santa Religión con el culto a los ídolos que allá practican, sí, señor..

-La idolatría y el fetichismo son la más cómoda religión entre salvajes. Andarán por los bosques, comerán raíces y vestirán pintorescos taparrabos.

-No visten deshonestamente, según me han dicho. Entiendo yo que su traje se compone de una sábana blanca que les cubre todo el cuerpo, y llevan corona de ramaje en la cabeza, al modo de esos druidas que salen en la Norma. Mis noticias son que viven en un lugar montañoso cerca de San Juan de Pie de Puerto.

Sospechando que las historias contadas por la dueña no eran más que un encubrimiento artificioso de la necesidad que la tal sufría, el Marqués le dijo: «Yo, (p.7740) señora, nada puedo hacer en ese negocio, y por tanto, le suplico que se retire y no vuelva más a mi casa con esa matraca. Si quiere usted aceptar cinco duros como indemnización por la soledad y estrechez en que la pone su hija, tómelos, y que Dios la ampare y la Virgen la consuele».

Tomó doña Manuela, no sin escrúpulos de su melindrosa dignidad, la moneda de oro, y salió con tiesura y oscilación de Dolorosa llevada en andas.. Aunque algo había oído Beramendi de la fuga de Teresa, ignoraba que ella y el joven Ibero vivían allende el Pirineo en completa paz idílica, sin la menor nube que empañara el cielo de su ventura; que Teresa, lejos de manifestar cansancio, se afianzaba más cada día en el gusto de aquel vivir íntimo y pobre, sin más que lo preciso para la existencia material; que Ibero se maravillaba de verla tan constante en sus sentimientos, y que para los dos transcurrían los días dichosos sin que se les ocurriera cambiar de vida. Extraña cosa era que una mujer tan corrida y aventada como Teresa hubiese llegado a la condensación de sus afectos y a consagrar toda su alma a un solo hombre, sin pensar en nuevos cambios, estimando aquel amor y aquel vivir como reposo definitivo de la movilidad de su juventud. No era la juiciosa que se equivoca, sino la equivocada que rectifica, la fatigada que se sienta y se adormece en la tardía enmienda de sus errores.

No sabía tampoco Fajardo que Ibero había ido cayendo en una dulce pereza mental, a medida que el alma de la pecadora penetraba más en la suya. Primer síntoma de aquella pereza era un creciente olvido del ensoñado amor que le hizo caballero de una Dulcineíta lejana. La imagen de esta subsistía en la mente del galán, mas ya desvanecida, borrosa.. El hombre vivía más en el presente que en el pasado azaroso y en el porvenir obscuro. Y es que el presente, cuando viene con fácil curso y libre de inquietudes, tiene una fuerza incontrastable. Es un constructor de vida que emplea los materiales más sólidos, desechando todo lo inconsistente, ilusorio y (p.7741) fantástico.. Habíanse arreglado Santiago y Teresa con una honrada familia que les alojaba por poco dinero, y ellos con otro poco atendían a su sustento frugal. La pella traída de Bayona había de tener fin, aunque los amantes, con económicos estirones y arbitrios, trataban de alargarla. El tiempo corría, la existencia se prolongaba, y el metal de las monedas se deshacía de oro en plata, de plata en cobre, y de cobre en aire.

Para dilatar el agotamiento de la pequeña mina, Santiago trabajó en una industria. Existían en Itsatsou tornerías de boj movidas por saltos de agua. Una de estas era propiedad de Carlos Bidache, casero y patrón de la enamorada pareja. Empezó Ibero por pasar algunos ratos en el taller, viendo modelar al torno lindas piezas de aquel palo duro y coherente como marfil, aros de servilletas, anillas de cortinas, peonzas, fichas de damas y ajedrez, y otras fruslerías graciosas. Al principio no hacía más que mirar; luego ayudaba; cogió al fin las herramientas. Su habilidad se manifestó tan pronto, que al poco tiempo le señalaron un franco de jornal.. No tardó en ganar dos. De su trabajo salía satisfecho, y en el jardincito frontero al taller le esperaba Teresa con la patrona y amiga María Bidache. Gozosos volvían a casa los amantes, libres de cavilaciones extrañas a la dulce paz en que vivían.

Entre las cualidades anímicas de Ibero descollaba la sinceridad. Sus ojos negros, que constantemente cambiaban la luz interna con la luz del mundo, solían tomar la delantera a la palabra; su frente espaciosa, su varonil rostro, en que la belleza de líneas tan bien se avenía con el tostado color, hablaban para quien supiera entenderlos. Tanto como él sincero era Teresa perspicaz. El amor definitivo y sintético que ponía sello a su existencia, dábale prodigiosa facilidad para leer en los ojos y en la cara de Santiago como en el más claro libro. Algunas noches, antes o después de cenar, viéndole meditabundo, le decía: «Ya sé en lo que estás pensando. Piensas que este trabajo de la tornería, esto de hacer bagatelas y chirimbolos, no es para ti.. Y te acuerdas (p.7742) del mar.. de los barcos en que has navegado, de don Ramón Lagier.. Todo aquello era grande, y esto es para ti un país de juguetes.. ¿Verdad que es eso lo que piensas?».

-Eso es -dijo Ibero, que abría su alma de par en par siempre que Teresa le mandaba que abriera-. Pero aunque piense en la mar y en don Ramón y en todo lo grande, debajo de este pensamiento, que es el humo, hay otros, Teresa, otros que son el fuego, el verdadero fuego de mi vida.

Dos noches después trasteaba Teresa en sus habitaciones, poniendo en los menesteres domésticos la donosura y gracia que de la vida regalada había traído a la vida pobre. En los trajines de cocina y del arreglito de la casa, sabía mantenerse siempre limpia, y evitar con arte supremo la grosería, la fealdad y el desmerecimiento de su persona. Santiago leía la Petite Gironde, que le daba Bidache para que se enterara de las cosas de España.

«Sé lo que piensas -le dijo Teresa-, antes y después de leer el periódico. Piensas en Prim.. Quieres echar de tu pensamiento al grande hombre, y el grande hombre vuelve.. Piensas en la conspiración, en si van y vienen.. en el levantamiento, y en la pobre doña Isabel destronada».

-Verdad que pienso en lo que dices. No puede uno olvidar que es español. ¿Quién no desea para su patria un buen gobierno? Yo tengo patriotismo; me gusta ver desde aquí a los que ayudan al gran Prim en su obra..

Avanzaba ya el verano cuando los Bidaches, que eran hijo y padre, ambos casados, determinaron trasladarse a Olorón, donde Carlos Bidache junior había tomado en arriendo una vieja marmolería y canteras para trabajarlas con los modernos medios industriales. Decidieron Ibero y Teresa seguir a sus patrones por el grande afecto que les tenían, y acaso porque la extracción y laboreo del mármol podría ofrecer a Santiago extenso campo de actividad. Resolvió entonces Teresa vender parte de sus alhajas; y al efecto, se fueron un día los dos a Bayona, encaminados por Bidache a un cambista de moneda y tratante en pedrería, hombre de rigurosa probidad que no había (p.7743) de engañarles. Era el tal emigrado realista, del tiempo de los Apostólicos, viejísimo ya, olvidado de la lengua española sin haber aprendido bien la francesa. Llamábase Chaviri, y vivía en Saint-Esprit con tres hijos habidos de una hebrea, ya difunta.

Recibidos por el marchante, regatearon el valor de las joyas. Chaviri, con un lenguaje de filología comparada, revoltijo de patois, vascuence, francés corrupto y español aljamiado, defendía su negocio; Santiago y Teresa miraban por lo suyo; al fin, visto que el apostólico judaizante no apretaba con exceso, se cerró trato. En la tienda de Saint-Esprit quedaron varios pendientes, alfileres de pecho, sortijas y otras menudencias, y los amantes cargaron con unos mil seiscientos francos en buena moneda. Aún le restaban a Teresa dos perlas magníficas y algunos brillantes y esmeraldas que reservó para futuras contingencias.

Con la operación de venta y algunas compras, se les hizo tarde y tuvieron que quedarse en Bayona, hospedándose en la Providencia, donde se les apareció, como salido por escotillón, el gran Chaves, que muy gozoso de verles, informó a su amigo Ibero sotto voce de la nueva intentona que estaban preparando. El golpe se daría por la frontera de Aragón, y para ello contaban con los carabineros y con voluntarios mandados por sargentos y oficiales. «La cosa va de veras -decía-. El movimiento por el Pirineo aragonés está a cargo de Moriones, que operará en combinación con Pierrad y Baldrich, y es casi seguro que vendrá don Juan Prim a ponerse al frente. Si viene, ¡adiós, Isabel mía! En un par de jornadas nos plantaremos en Zaragoza. Y para que sea completo el sofoco que vamos a dar a la maldita Reacción, Contreras pasará el Pirineo por el Valle de Arán, y Bonet, Casanova y Gaminde por Lérida. ¡Adiós Madrid, adiós Camarilla y Narváez y Patrocinio de mi alma! De esta hecha seréis polvo».

No mostraba Ibero poco interés en los planes guerreros comunicados por Chaves. Creíalos razonables, prácticos, y de éxito seguro si en efecto (p.7744) venía Prim a infundir a todos su ardimiento. Lo mismo pensaba Teresa, que añadió esta sensata observación: «¡Que venga Prim, que venga! Si le hubierais tenido en Madrid el 22 de Junio, no habríais salido con las manos en la cabeza, y sabe Dios lo que hoy sería nuestra triste España».

Viendo el revolucionario incansable la buena disposición del valiente joven, le incitó a coger de nuevo las armas por la causa santísima de la Libertad. Ocasión como aquella no debía desperdiciar un buen patriota. Si se decidía, irían juntos a ponerse al lado de Moriones. Insistente en sus manejos de catequista, dijo a Ibero que su amigo Muñiz había llegado a Bayona, haciendo el viaje de Madrid a la frontera disfrazado de cura. Muy pronto saldría para París a recibir y traer las órdenes del General. Si Santiago deseaba verle, le llevaría pronto al escondite de don Ricardo, que por burlar la vigilancia del Cónsul de España, se ocultaba en la casa de una tendera de telas (rue d'Espagne) , donde también vivían agazapados Damato y Montemar. Excusose el otro, alegando la precisión de volverse al pueblo al romper el día. Mas el tentador Chaves, que con las alegres y soñadas glorias de la lucha por la Libertad quería inflamar el alma de Ibero, añadió estas razones: «Aquí tienes, dispuesto a ponerse en marcha conmigo y otros patriotas, a un sargento amigo y paisano tuyo, llamado Silvestre Quirós». Ni por estas se le comunicó a Santiago, al menos ostensiblemente, el entusiasmo del tentador, y se despidió para Itsatsou y Olorón, a donde trasladaría su residencia.

Prorrumpió Chaves en exclamaciones de regocijo, diciendo: «Pues nos veremos en Olorón, que de allí hemos de partir para el Pirineo, hijo.. ¿Y dices que vais a vivir a la marmolería de Camus?.. La conozco. Allí habitamos Moriones y yo una temporadita.. Con que hasta luego, amigos míos, y digamos con el ángel: ¡Prim, Libertad!».

Partieron los tórtolos, y a los pocos días hallábanse establecidos en Olorón, junto a los industriosos Bidaches. Estos eran la paz, Chaves la guerra y las aventuras. (p.7745) Entablose una corta porfía, de la cual hablará Clío Familiar en las páginas siguientes, anotando además la repentina y admirable resolución de Teresa Villaescusa, que iba resultando mujer de altas ideas, de corazón tan grande como las gigantescas moles del cercano Pirineo.

 

Ep-40-XVII -

La marmolería de Camus, donde se instalaron los prófugos, estaba en el arrabal de Sainte Marie, separado de la villa de Olorón por la torrentera de Aspe, que baja del Pirineo metiendo ruido y levantando espumas. El sitio era ameno; dábanle mayor encanto las casas risueñas y ajardinadas, las verdes campiñas próximas y el panorama espléndido de la cordillera, imponente muro entre Francia y España. La serrería de mármoles, cuya restauración industrial emprendió Bidache hijo sin demora, ofrecía campo de actividad al buen Ibero, y este no dejó de ver en ella, desde los primeros instantes, una granjería provechosa para el porvenir. Pero no bien cumplida una semana de vivir Teresa y su amado en aquel apacible refugio, se apareció de nuevo el impetuoso Chaves, que, como serpiente del Paraíso, siguió tentando con promesas de gloria y otros halagos al fogoso Iberito. Y para reforzar su dialéctica, llevó una tarde a Silvestre Quirós, el amigo y paisano de Santiago. Aunque Silvestre había salido de España con los galones de sargento primero, en el ancho campo de la emigración era considerado ya como teniente o capitán (no se sabe con certeza) , y se le daba el mando de una compañía mixta de contrabandistas y carabineros.

Resistía Santiago heroicamente la sugestión guerrera y patriótica de sus amigos, no porque dejara de prender en su alma el fuego que aquellos locos le transmitían arrojándole conceptos incendiarios, sino porque, firme en el amor de Teresa, pensaba que esta había de padecer cruelmente viéndole correr en pos del fantasma revolucionario. La separación, además, habría de ser para entrambos amarguísima. Hallándose, pues, una noche en estas luchas de su mente arrebatada y de su corazón amante, retirados ya los (p.7746) dos en su aposento después de cenar, sobrevinieron estos memorables razonamientos que hizo Teresa con elevado y generoso espíritu:

«Muchas cosas he aprendido, Santiago, desde que rompí con aquella vida indigna para quererte a ti solo. El amor tuyo y esta paz en que vivimos, han despertado todo lo bueno que puso Dios en mí. Quiero decir que, por quererte tanto, ya no tengo más egoísmo que el del amor; pero fuera de esto, no apetezco otro bien que el tuyo, y todo cuanto poseo lo doy porque seas feliz, porque veas cumplidas tus aspiraciones.. ¿Me vas entendiendo?.. ¿Por qué me prendé yo de ti en aquellos caminos manchegos? Por lo que me contaste de tu ensoñamiento de cosas grandes desde que eras chiquito, por el afán que yo veía en ti de ayudar a los hombres valientes y de igualarte a ellos. Pues si por esto te amé y te amo, ¿no es un desatino que yo te estorbe para realizar lo que te pide tu carácter, tu corazón y tu natural todo? ¿No sería yo criminal si te amarrara para siempre a esta vida de menudencias, en la cual no puedes salir de la insignificancia, de la nulidad? Mucho he pensado en esto desde que hablamos con Chaves en Bayona. A fuerza de cavilar y cavilar, aquí tengo una idea que creo inspirada por Dios. Vas a saberla: la mejor prueba de amor que puedo dar a mi águila es soltarle las ataduras y decirle: 'Vete a tus espacios altos, águila mía, que aquí me quedo yo viéndote subir y esperando que vuelvas a mi lado'».

Suspenso y aturdido dejaron a Ibero estas declaraciones, que tan alto sentido de la vida entrañaban, y no supo por el pronto contestar más que con vaguedades y protestas de amorosa constancia.

«Creo todo lo que me dices -prosiguió Teresa- y es preciso que creas tú todo lo que a decirte voy. Prepárate porque oirás cosas de esas que causan miedo por demasiado sinceras.. Yo soy, digo, yo he sido una mujer mala.. una mujer perdida.. o si esto te parece duro, una mujer sin juicio. Soy de esas que han nacido para una vida dividida en dos partes, una buena y otra mala; pero si lo común en las que nacen con ese (p.7747) sino es vivir primero la mitad buena y luego la mala (y en este caso se hallan muchas casadas) , a mí me ha tocado el poner la mitad mala antes que la buena, y en esta estoy ahora.. El cuento es que con mi pasado deshonroso no puedo echar sobre ti más que una sombra muy negra y muy mala. ¿Qué posición puedes tú alcanzar, ni qué honra ni qué provechos al lado de Teresa Villaescusa? Si de este rincón saliéramos para volver a Madrid, serías conmigo un hombre mal mirado de todo el mundo. ¿Y de tus padres, qué diré yo? Sin duda se avergonzarían de llamarte hijo. (Nuevas protestas de Santiago invocando la razón libre, la independencia moral y qué sé yo qué.) Ante eso, mi conciencia se subleva. La mujer mala se levanta, sacude el polvo que de los tiempos de su maldad aún pueda quedarle encima, y dice: «Santiago mío, vete a mirar de cerca las grandezas de Prim o de Moriones; llégate a la fantasma, tócala: sabrás lo que hay en ella. No diré yo que no encuentres lo que buscas. ¿Quién sabe lo que Dios te tiene reservado? Ya salgas bien de tu nueva tentativa, ya salgas malamente, aquí me hallarás.. a no ser que te quedes por allá o no quieras volver, en cuyo caso yo seguramente no habría de sobrevivir a mi soledad..».

Aún resistió Santiago, poniendo el amor por cima de la gloria y de toda ambición. Mas como Teresa repitiera su poderoso razonar, inspirado en la realidad de la vida, se rindió el hombre, y declaró que iría, sí, a probar nuevamente fortuna en la guerra sediciosa; pero lo hacía por obediencia a los deseos de su amada, y con firmísimo propósito de volver a su lado vencedor o vencido. Dijo Teresa que a tal prueba le sometía por deber de conciencia y por estímulo del amor mismo, el cual, también algo ambicioso, a su modo buscaba un poquito de grandeza.. Y además de aquella prueba, a otra le sometería; mas como era tarde, pensaran en dormir, que tiempo habría de decir lo restante.

Durmió inquieto Santiago, y Teresa no pegó los ojos, pasando la mayor parte de la noche en monólogos ardientes, engarzados uno con otro, al (p.7748) modo de rosario, por el hilo de esta idea fija: «La otra prueba es más dura, es terrible; pero aunque en ello me juegue yo la vida, a esa prueba voy. En esta segunda mitad de mi vida, que debiera ser mala y me ha salido buena, me he vuelto más lista que antes lo fui; tengo talento que ya lo quisieran las honradas a carta cabal, y un tesón y una entereza que ya, ya.. Pues es preciso que esa ilusión vieja de Santiago por la tal Salomita se confirme o se desvanezca. O ella o yo.. No quiero incertidumbres ni tonterías de si será o no será. Le diré a Santiago que en cuanto salga de su aventura bien o mal, se vaya a donde está esa niña zangolotina y la vea.. y escoja entre ella y yo.. Esas cositas del ideal y de la belleza soñada me ponen en una celera horrible. Quiero disipar esa nube y dejar bien limpio y claro el cielo mío.. He averiguado que la niña pura está cerca de aquí, en un pueblo que llaman Lourdes.. Por lo que de ella me han dicho, se me ha metido en la cabeza que es una desaborida, que no ha de gustar a Santiago cuando la vea y la trate más que la ha tratado y visto.. Yo soy valiente; voy a la cabeza de las dificultades, estoque en mano, y el toro me mata a mí o yo le mato a él.. Santiago mío, no quiero la menor duda entre nosotros. Antes que dudar, morir..».

De este delicado asunto y espinosa prueba habló a Ibero al siguiente día, con disgusto de él, que ya se iba acostumbrando a ver la estrella que llamó Polar apagándose gradualmente. Heroica y altanera, Teresita repitió la terrible fórmula antes que dudar morir, añadiendo el lugar de residencia de la Dulcineíta, y requiriendo a Santiago a que de una vez despejase aquel misterio, cerciorándose de si el ídolo adorado en sueños era persona o muñeca. Con cierta repugnancia habló Santiago a Teresa de este asunto, y enérgicamente dijo que de las dos pruebas, sólo a la primera se sometía, y la otra debía ser de plano desechada como impertinente y peligrosa.. Y volvieron Chaves y Quirós, y al saber que la parienta de Ibero le daba licencia para incorporarse a los expedicionarios, alegráronse lo (p.7749) indecible.

En aquellos días estaba Olorón lleno de emigrados, los más con nombre fingido y disfrazando como podían la condición y nacionalidad. De Burdeos había traído Chaves unos treinta, y otros procedían de Bayona, Mont de Marsan y Tarbes. Teresa, que era buena observadora, vio en Sainte Marie y en la villa caras conocidas, tipos de militares y de patriotería ciudadana, fisonomías vascas, figuras madrileñas. La presencia de policía y gendarmes venidos de Pau aventaron el enjambre, que se corrió hacia el Sur, esparciéndose en la enorme muralla Pirenaica. Llegó por fin la noche en que hubo de emprender Ibero el camino de su aventura. La despedida fue tiernísima, partiendo él con aflicción muda, quedando Teresa llorosa y abrumada de presentimientos.

Con Santiago salieron de Sainte Marie Chaves y el Pollero poco después de las diez de la noche, y por trochas y veredas tomaron la orilla izquierda de la torrentera de Aspe, aguas arriba, en dirección Sur. No llevaban más que lo puesto y una muda de ropa ligera, en envoltorio a modo de mochila; faja donde guardaban el tabaco, la navaja y algún dinero; alpargatas, boina, y el corazón lleno de esperanzas. Anduvieron buen trecho silenciosos, y lejos ya del punto de partida, rompió Chaves con estas advertencias y explicaciones: «Iremos juntos hasta un sitio llamado Puente de Lescun. Allí encontraremos a Silvestre Quirós y a otros amigos, y nos separaremos en dos grupos. Yo iré en el que ha de seguir hasta Canfranc. Tú, Santiago, y tú, Isidro, iréis con Silvestre al Valle de Ansó, donde recogeréis la partida de escopeteros que allí se está organizando».

Algo faltaba que el ardiente revolucionario dejó para lo último, por ser lo más penoso y desagradable. «Amigos -dijo suspirando-, tengo que comunicaros una mala noticia. Don Juan Prim no viene, como nos habían prometido, pues se ha resuelto que vaya a Valencia, donde se dará otro golpe. Es un dolor; nos han jorobado; pero qué remedio.. Nos mandará Moriones, que es de los que tienen los calzones bien (p.7750) puestos, y las ternillas en su sitio, y además conoce palmo a palmo los terrenos de Aragón. Ánimo y adelante». A cuerno quemado les supo la noticia a los dos patriotas; ambos recordaron el desastre de Madrid por la ausencia de Prim, y Santiago refirió el de Valencia, donde las tropas se echaron atrás en el momento preciso, sin que la presencia del General valiera de nada.

Amanecía cuando llegaron a Pont de Lescun, y en una casa, que más bien parecía castillo en ruinas, encontraron a los amigos anunciados por Chaves. Reuniéronse allí unos catorce hombres, aragoneses en su mayoría, según declaraban la traza y el acento. Diez eran los que habían de seguir a Canfranc. Cuatro pasarían al Valle de Ansó a las órdenes de Silvestre, y guiados por un ansotano.. Adiós, adiós. Un cantinero híbrido de baturro y francés les sirvió la mañana, y mejor bebidos que comidos, emprendieron la marcha los dos grupos, cada cual a su destino, por angostas veredas trazadas por el ligero pie de las cabras. Pero los vericuetos más riscosos e inaccesibles fueron los que acometió la partida gobernada por Silvestre Quirós, que había de franquear enormes desniveles hasta encaramarse en las estribaciones del Pico d'Anie, por donde buscaría el desfiladero que les abriera paso a la cuenca del Veral. Todo el día invirtieron aquellos infelices en escalar peñascos, vadear torrentes, gatear por céspedes resbaladizos o por lastras donde difícilmente podían asegurar el pie. Tras de una gran masa rocosa vencida, aparecía otra más imponente y adusta, y tras una temerosa angostura suspendida sobre el abismo, venía un cornisón que ladeados pasaban agarrándose a los picos de la peña, o a los arbustos que en las grietas crecían. Ibero, que no creía existiese espectáculo más grandioso que el del mar, quedó absorto y aterrado ante la majestad de aquel mundo de las alturas, oleaje petrificado, imprecación que la tierra lanza contra el cielo, desesperada por no poder escalarlo.

El guía, cuyo vigor muscular se había educado en el contrabando, no conocía (p.7751) la fatiga. Los cinco expedicionarios sacaban fuerzas de flaqueza, y sometían piernas y pulmones a un inmenso trabajo. Pero en el constante ascender, la variedad de paisajes les sorprendía y a veces les anonadaba: a la salida de un pasadizo de rocas, bordearon un lago que dormía entre muros verdosos; luego vieron a sus pies el lugar de Lescun, y sobre sus cabezas unos picachos tan inclinados sobre la vertical, que al parecer bastaría que alguien tosiera o diese unas palmadas, para que se vinieran abajo con la nieve que en sus espaldas y en sus rebordes tenían.. Los caminantes no podían ya con sus cuerpos. Pero el guía les arreaba, siempre risueño y zumbón, anunciándoles que pronto llegarían a su descanso. Por fin, en una revuelta del Puerto de Anie llegaron a una corta meseta, donde el guía, hundiendo en el suelo el regatón de su palo, les dijo alegre y triunfante: «Alto aquí, caballeros, tomen respiro, y echen una miradica para esa parte baja por donde se pone el sol».

El sol se ponía con esplendor de llamaradas rojizas entre nubes, por la parte en que todas las masas de montes aparecían en descenso. Miraron los asendereados andantes, y vieron al término de la gran escalera de montañas un vacío, un azul plano, que les pareció un pedazo de cielo, desprendido por detrás del mundo visible. «Es el mar, el mar», gritaron los tres a una, quedando embelesados en la contemplación del sublime cuadro. Era el golfo de Gascuña; podían mirarlo a noventa kilómetros de distancia y desde una altura de dos mil metros. Ante el mar y la montaña, Ibero, silencioso, pensó que a la medida de aquellas grandezas debieran cortarse siempre los hechos humanos.

 

Ep-40-XVIII -

Elegido por el ansotano un sitio para vivaquear, encendieron lumbre y a ella se arrimaron gozosos; que Agosto dejaba sentir en aquellas alturas su cruda frialdad. La noche fue alegre, amenizada por la fogata y una cena frugal. Con esto y una dormida breve, repararon sus fuerzas, y a la madrugada siguieron su camino por gargantas estrechas y ondulantes senderos con más bajadas que subidas. A (p.7752) las tres horas de camino oyeron un ujujú lejano, después otro más próximo. «No hay qué temer -dijo el práctico-: son amigos», y soltó él una especie de relincho que repercutió en las solitarias hoces por donde caminaban. Al poco rato se les aparecieron tres hombres armados de escopetas. Eran montañeses de Hecho. Reconocidos por Quirós, se estrecharon las manos gritando: «¡Aragón.. Libertad!».

Al cabo de otra larga caminata, vieron dos hombres que se alejaban traspasando una loma: eran carabineros franceses que se recogían a sus puestos. A la media hora, llegaron a una caseta, frente a la cual Silvestre Quirós se detuvo con cierta solemnidad, y descubriéndose dijo: «Señores, estamos en España». Isidro el Pollero, arrebatado de súbito entusiasmo, saludó el suelo de la patria con patadas vigorosas y estos desaforados gritos: «Aquí nos tienes, España; venimos a traerte la Libertad. Tómala (reforzando los pisotones) , tómala por buenas o por malas». Poseído Ibero de emoción viva, callaba, y pisaba suavemente. Sus primeros pasos en España después de tan larga emigración eran mesurados, respetuosos, como si hollaran una superficie sensible.

A medida que avanzaban en la estrecha cuenca por donde corrían jugueteando las recién nacidas aguas del Veral, los senderos les ofrecían mejor andadura. A un lado y otro veían los ganados de Ansó pastando en las verdes praderas; veían cabañas, casitas pobres, menguados huertecillos entre peñas. El río crecía rápidamente, amamantado por delgados arroyos que ondulando bajaban del monte; nutríase después de mayores caudales, y cuando ya por su crecimiento adquiría plenitud, lo apresaban para utilizar su juvenil pujanza en el meneo de las ruedas de molino.

Cerca ya de mediodía encontraron otros amigos contrabandistas; uniéronse a estos unos pastores, que sin abandonar su pacífica condición bucólica celebraron la bondad y justicia de la Causa (que sus entendimientos vagamente comprendían) , y se dolieron de no poder auxiliarla con activo concurso. En (p.7753) prueba de solidaridad, convidaron a los forasteros y sus acompañantes a una calderada de oveja. Ardía ya el fuego entre las trébedes, ya estaba la res desollada. Aceptó galanamente Quirós en nombre de todos, y el festín fue placentero, sabroso, amenizado por la conversación y por los zaques que muy a punto llevaron los carabineros.

A todos conocía Quirós en el Valle, donde había vivido dos largos meses haciendo propaganda revolucionaria y reclutando prosélitos. Era uno de los más activos y despiertos agentes de Moriones. Su labia persuasiva, su arrogancia y despejo, le captaron la simpatía y la adhesión de la gente ansotana.. Despedidos cordialmente de los generosos rústicos, siguieron adelante. Ibero, que todo lo observaba, vio parcelas recién segadas, otras por segar, con las doradas mieses ondulantes; vio plantíos de lino, de patatas, de legumbres, pocas viviendas, animales estacados aquí y allí, algunos hombres, mujer ninguna.. Sorprendíase de esta ausencia de las ansotanas, cuyo traje conocía por las llamadas chesas, que había visto vendiendo paquetes de hierbas en Rioja y en Madrid.. Sus miradas vagaban de un lado a otro examinando la tierra y los hombres, y echando de menos el sexo femenino, cuando se ofrecieron a su vista los techos de pizarra y los negros muros de la Villa de Ansó. Como no era prudente que tantos hombres entrasen en cuadrilla, ordenó Silvestre que se dispersaran, para reunirse por la noche en puntos determinados. Entraron, pues, solos Quirós y Santiago, llevando detrás al Pollero y a un vecino de la Villa, de los más pudientes, llamado Garcijiménez, en cuya casa habían de alojarse el jefe y sus allegados.

Si en el campo sorprendió a Santiago la falta de mujeres, en la primera calle del pueblo fue grande su asombro al ver las escuetas figuras vestidas con la basquiña de paño verde, sin talle, suelta y airosa, marcando los pliegues rígidos desde el seno al borde de la falda. Al fin aparecían las chesas; mas eran tan tímidas, que al ver los forasteros corrían a esconderse de una puerta a otra. Luego, recelosas, miraban (p.7754) desde el zaguán obscuro; otras se asomaban a los cuadrados ventanuchos, que eran ojos y oídos por donde las recatadas viviendas percibían las imágenes y ruidos que del mundo externo llegaban a la Villa. Las calles de esta permanecían en la franca libertad de afirmado y alineación que se les dio, siglos antes, cuando fueron abiertas: eran torrenteras secas en verano, o cauces pedregosos con islotes y pasaderas en invierno. Las casas de piedra ennegrecida por la humedad eran altas, adustas, remendadas de distintos revocos y chapuzas; en ellas se advertía la pobreza ceremoniosa. Atravesando de un callejón a otro hasta llegar a la Plaza, Ibero habló así a Quirós: «Dime, Silvestre, ¿estamos en el siglo XII?». Y el otro respondió: «Casas y mujeres, todo es aquí gótico, o como quien dice, de la Edad Media».

Pararon en una corta calle o pasadizo que daba a la plaza, y dentro de la casa de Garcijiménez, que era de las mejores de Ansó, aguardaban a Ibero mayores sorpresas. Allí vio de cerca a las ansotanas, y admiró su atavío medieval, que a todos los trajes de mujer conocidos supera en sencilla elegancia. Las dos hijas del dueño de la casa entraban y salían con herradas, transportando el agua de la fuente. Eran bonitas, delgadas, sutiles, y más las sutilizaba la basquiña verde de contados pliegues largos, que daban cierta reminiscencia ojival a los cuerpos enjutos. Vio las mangas cortadas en el hombro y codo, por donde salían buches de la camisa; vio el peinado, que consistía en torcer todo el pelo en una sola mata, envolviéndola con cinta roja: resultaba como una cuerda, que se arrollaba en la cabeza a modo de turbante. Sobre este ponían las muchachas el pañuelo, que los días festivos era de seda de brillantes colores, y los diferentes modos de ponérselo y de anudarlo atrás o adelante indicaban el gusto personal de cada una, y a veces el estado de su ánimo. Los pendientes de filigrana, las cadenas y medallas que colgaban del cuello y que relucían sobre la camisa y el canesú de la basquiña, completaban la arcaica figura.. traída de las tablas (p.7755) góticas o de las iluminadas vitelas a la realidad de nuestro siglo.

La distribución interior de la casa también fue motivo de sorpresa para Santiago. En la planta baja estaban los graneros; seguían más arriba, en un piso o en dos, las habitaciones de dormir, y en lo más alto el comedor y la cocina. Esta, bien pavimentada de grandes lastras pizarrosas, tenía poyos alrededor del hogar, y ancha campana para expeler los humos al aire. La mujer o señora de Garcijiménez, asistida de sus hijas y criadas, hacía la comida, que mientras allí estuvieron los huéspedes fue brutalmente opípara y abundante. Dos veces al día les atracaban de ternesco, gallinas asadas, truchas corpulentas del Veral, todo ello estimulado por el ajilimójili, y sin que cesaran las rondas de vino. Otra sorpresa de los forasteros: que sólo los hombres se sentaban a la mesa en la pieza que hacía de comedor, y eran servidos por las muchachas. Estas y la madre y todo el mujerío comían en la cocina. La superioridad feudal del hombre era, como el atavío mujeril, remembranza gótica en aquellas escondidas tierras aragonesas.

Llamábase Garcijiménez a sí propio el contrabandista más honrado. La lucha con el Fisco era, en su conciencia, una industria lícita, y el Fisco un detentador de los derechos del pueblo; además, en todos los tratos no relacionados con las Aduanas y el Resguardo, su probidad no tenía la menor tacha. En Ansó le conceptuaban rico: poseía tierras y ganados, y en las Cinco Villas había colocado algún dinero en préstamos con hipoteca. Si en su cabeza dura germinó la semilla revolucionaria, no fue sólo por el ardor irreflexivo que tales ideas despertaban, sino porque honradamente creía que toda aquella música de Prim, Libertad, había de favorecer la fácil introducción de mulas y muletos, su más pingüe negocio.

En la casa de este honrado vividor quedaron afiliados unos cuarenta hombres, entre paisanos y carabineros. Viéronse allí unidos contra el despotismo político los que, según las leyes del despotismo fiscal, eran enemigos acérrimos. Dispuso Quirós que saliesen en grupos (p.7756) de dos o tres, recorriendo la Hoz, río abajo, hasta la Canal de Berdun. En la Pardina y en Biniés recogerían las armas los que no las tenían, reuniéndose todos en Javierregay, donde encontrarían de seguro órdenes de Moriones. El grueso de los sublevados, que no bajaba de setecientos individuos, estaría probablemente entre Jaca y Berdun. O mucho se equivocaba Silvestre, o el plan de Moriones era invadir con rápido avance las Cinco Villas de Aragón. Hablaba el sargento con todo el aplomo y gravedad de un general de división, y con atenta fe le oían aquellos inocentes y alucinados hombres.

Emprendieron, pues, la marcha al amanecer de un claro día por los escarpados montes de la orilla derecha del Veral. Ibero, inseparable de Quirós, llegó con este y otros tres a la Pardina, donde comieron y se proveyeron de armas; pasaron la Hoz por una elevada cornisa de piedra que iba ondulando al son del río, y contemplaban desde vertiginosa altura la cristalina corriente, en la cual se distinguían las enormes truchas, dueñas de su elemento en aquella región abrupta y solitaria. Reuniéronse al día siguiente en Biniés unos cincuenta hombres a la sombra de un gigantesco y seculoso nogal que en aquella tierra existe, decano de los nogales españoles, y uno de los más nobles, venerables y opulentos árboles que los siglos han perpetuado en el mundo. De Biniés partieron para Javierregay, donde ya eran sesenta y pico, y allí les salió al encuentro un emisario de Moriones. Llamábase Miranda, y era sargento de Artillería de los que escaparon el 22 de Junio. El tal les transmitió la orden de que marcharan en dirección de la Sierra de Marcuello, donde se unirían a las fuerzas de Moriones y Pierrad.

Andando en el rumbo indicado, les contó el sargento Miranda que Moriones había empleado los medios de guerra más enérgicos para llevar a su campo a todos los carabineros de las Comandancias que prestaban servicio en aquella parte del Pirineo. Fácilmente consiguió la incorporación de muchos números; pero con la oficialidad no (p.7757) fue tan afortunado: algún teniente, algún capitán perecieron en esta brega, y otros escaparon a Francia. Con este ten con ten reunió don Domingo como unos cuatrocientos carabineros.

Conviene apuntar aquí que a la salida de Javierregay el sagaz contrabandista Garcijiménez pidió permiso al jefe para ir a Tiermas a traer veinte hombres que allí tenía dispuestos. Partió con esta encomienda el cuco ansotano, llevándose al Pollero en clase de ayudante, y a ninguno de los dos se le volvió a ver más.. Traspasaron los expedicionarios el riscoso laberinto en cuyo seno está San Juan de la Peña, cuna gloriosa de la nacionalidad aragonesa; descendieron al valle del Gállego, vadearon este río, y siguiendo por terreno quebrado, amanecieron en un pueblo llamado Linás, donde estaban Pierrad y Moriones. Acomodáronse allí lo mejor que se pudo. La pobreza del lugar apenas les brindaba lo preciso para sustentarse miserablemente, y la precipitación fatal de los sucesos no les dio tiempo para el descanso. Antes de mediodía se supo que venían contra los sublevados tropas del Gobierno. Pierrad y Moriones deliberaron en medio de la plaza, y se convino en que este dirigiría la acción, quedándose el General con su gente, como cuerpo de reserva, detrás del pueblo, a la falda de las colinas circundantes.

Un segundo espía patriota llegó a Linás a uña de caballo; trajo la noticia de que venía el General Manso de Zúñiga con Cazadores de Ciudad Rodrigo, una sección de Caballería y buen golpe de Guardias civiles. Como en estas exaltaciones del espíritu político en guerra la mente popular propende a las formas pintorescas, el emisario venido de Huesca terminó su mensaje con esta pincelada de colorido africano: «Al salir para acá, Manso de Zúñiga ha dicho que volvería con la cabeza de Moriones atada a la cola de su caballo».

 

Ep-40-XIX -

Algunas docenas de casas míseras, formando callejuelas y una irregular plaza, componían el lugar de Linás de Mascuello, a la falda de un cerro, del conglomerado rojo que tanto abunda en tierras (p.7758) de Aragón. Frente al pueblo, por la parte contraria al monte, había eras extensas; seguían terrenos cercados de frágiles tapias de adobes, entre las cuales una o dos callejas comunicaban el lugar con el camino de Ayerbe. Por estas callejas tenía que entrar forzosamente Manso de Zúñiga.

Moriones, que en el escalafón del Ejército no era más que Capitán, tenía título y autoridad de Coronel en las falanges de la emigración revolucionaria. Al frente de los sublevados aragoneses apareció vestido de paisano, con chaquetón parduzco, sombrerillo blando, el ala inclinada por delante al modo de visera, sin ninguna insignia ni distintivo militar, sin armas a la vista. Era un hombre duro, seco, voluntarioso, fruto de la tierra clásica del baturrismo, Egea de los Caballeros, una de las Cinco Villas de Aragón. Su valor temerario, unido al maravilloso instinto estratégico, hacían de él un guerrillero indomable. En la Guerra de la Independencia no habría tenido rival; en la Civil habría sido un Zumalacárregui; en aquella nueva contienda entre españoles por un más o un menos de Libertad, ocasión y medios le faltaron para realizar verdaderas maravillas. Bien acreditó su maestría guerrillera en la intentona de Agosto del 67, recogiendo y organizando a los carabineros con los ardides y el rigor necesarios en tales casos, y agregándoles los fornidos montañeses de Hecho y Ansó. A estos llamaban vulgarmente cheses; su atavío, describiendo de abajo arriba, era: peales, calzón, faja morada, chaqueta jaquesa, sombrero redondo sobre el pañuelo, en los más pañuelo solo, muy ceñido a la cabeza.

Desde el mediodía, esperando por momentos la visita de las tropas regulares, Moriones dispuso a su gente en esta forma: tras de las tapias de los callejones por donde forzosamente habían de entrar en el pueblo los soldados, puso a los carabineros, con orden de agazaparse tumbados en tierra, o al abrigo de los adobes. A los cheses colocó en las eras, tapando por izquierda y derecha las primeras bocacalles del pueblo. Silvestre Quirós, que como ayudante de órdenes (p.7759) llevaba a su lado a Santiago Ibero, mandaba una de las secciones de esta fuerza. Los demás obedecían al sargento Miranda y a otros improvisados oficiales, que si carecían de galones y distintivos, iban bien pertrechados de coraje. Los sargentos supervivientes del 22 de Junio sentían particular ojeriza contra los Cazadores de Ciudad Rodrigo, y querían vengarse de aquel Cuerpo, porque, comprometido a sublevarse con los artilleros, faltó por estar aquel día de guardia en Palacio.

Apenas ocupados por los carabineros y cheses los sitios en que Moriones les puso, el militar bullicio de cornetas y clarines anunció el avance de la tropa. Manso de Zúñiga debía de ser hombre de grande arrojo, porque en vez de iniciar su ataque enviando una o dos compañías al reconocimiento de las entradas del pueblo, no hizo más que colocar la Caballería en el sitio por donde a su parecer habían de escapar los sublevados, y poniéndose al frente de los de Ciudad Rodrigo, con ciego ímpetu se lanzó por la primera calleja que vio delante. Procedió como un capitán de Cazadores mandado a tomar pronto una posición secundaria.

Heroica fue la cadetada, si así puede llamarse, de Manso de Zúñiga, y con el arranque que tomó, pudo en tiempo brevísimo pasar con sus soldados la calleja sin que los disparos de los carabineros hicieran en estos gran estrago. Y tan de súbito entró el General en las eras, que los cheses, viéndole aparecer a caballo con toda su bravura y marcial arrogancia, seguido de los Cazadores, y oyendo las espantables voces guerreras del caudillo y su tropa, se sobrecogieron; faltos de práctica, pensaron que el mundo se les venía encima, y poseídos de terror buscaron refugio en las primeras calles del pueblo.

Rápido como el pensamiento, acudió Moriones al peligro. Por las callejuelas laterales del pueblo salió al encuentro de los cheses; los contuvo, los atajó con furibundos empellones, les arengó, mezclando bárbaramente la idea patriótica con sonoras desvergüenzas baturras, y al fin pudo empujarlos a las eras, recobrados del (p.7760) pánico que los lanzó a la fuga. Tan breve fue esta reacción, que apenas tuvo tiempo Manso de Zúñiga para reconocer las entradas del pueblo y distribuir su gente para un nuevo ataque. En tal situación, reapareció en las eras el grupo más decidido de cheses, mandado por el sargento de Artillería, Miranda; tras aquel pelotón llegaron otros, y se empeñó un vivo tiroteo entre paisanos y Cazadores; a los disparos siguieron las embestidas cuerpo a cuerpo: un ches mató a un soldado; otro soldado mató al ches; un segundo ansotano vengó la muerte de su compañero, y así fueron cayendo en tierra muchos hombres.

En medio de esta confusión, el General regía su caballo de una parte a otra, tratando de estimular a los suyos y de impelerles a un ciego heroísmo. Desde la callejuela próxima, las imprecaciones baturras de Moriones cantaban el himno del combate. Inútiles resultaban los esfuerzos de Manso, y los Cazadores de Ciudad Rodrigo abandonaron despavoridos el terreno. Con fuertes voces los llamó y arengó su Jefe, hasta que las heridas que había recibido le privaron de la palabra. Caballo y jinete se desplomaron. Acudió Miranda, acudieron otros a levantarle y hacerle prisionero. En el momento en que Miranda le agarraba el brazo, los ojos agonizantes de Manso dirigieron al artillero la última mirada que tuvo para este mundo.. Entre unos ojos y otros se cruzaron los rayos lívidos del trágico duelo de España.

Con movimiento velocísimo, pues corrían el riesgo de que se rehicieran los de Ciudad Rodrigo y volviesen con mayores bríos, Miranda le quitó al General la espada, y viendo que aún respiraba, hizo ademán de rematarle. Ibero le contuvo diciendo: «Déjale; ya está muerto». Advirtiendo algunos que el enemigo volvía, clamaron a retirada. Miranda le quitó al General el ros, y como exhalación salió de las eras tras de sus compañeros, llevando la escopeta en la mano derecha, el ros en la izquierda, y en la boca la espada del valiente y desgraciado Manso de Zúñiga.

Volvían, sí, los Cazadores de Ciudad (p.7761) Rodrigo, porque un hijo del General venía en la columna, alarmado de que su padre quedase en las eras después de retirada la tropa, corrió allá con dos compañías.. No pudo hacer más que recoger el cadáver del que había sido víctima de su propia impetuosidad. La gente de Moriones se replegó a la parte opuesta del pueblo, donde había quedado la reserva mandada por Pierrad, y estupefactos advirtieron que el General y sus hombres habían desaparecido. Ello debió de ser con bastante antelación, porque no se distinguía bicho viviente en todo lo que alcanzaba la vista. Sin duda, viendo Pierrad la primera desbandada de los cheses, creyó que aquello estaba perdido, y se puso en salvo. Aquí de los desahogos baturricos de don Domingo Moriones y de sus quejas airadas. Pero en realidad era injusto con su compañero, porque él tuvo que hacer lo mismo. Aunque habían tenido la suerte de matar al Jefe de la columna, siempre resultaba desigualdad enorme entre los sublevados y las fuerzas del Gobierno. En estas permanecían intactas la Caballería y Guardia civil. Moriones y Pierrad juntos, no podrían librarse de ser acuchillados y deshechos por las tropas regulares. Retirose, pues, el sagaz Moriones, porque vio clara su inferioridad, y porque no sabía que la columna iba muy escasa de municiones; que en aquellos tiempos ya nuestros Gobiernos solían mandar los soldados a la guerra sin la conveniente provisión de pólvora y balas.

La retirada fue penosa. Traspasados durante la noche los cerros de Marcuello, fueron a parar a Anzánigo. En este pueblo, donde quedaron algunos heridos confiados al alcalde, Ibero perdió de vista a Chaves, a Quirós y a Moriones, que tomaron rumbo hacia la Canal de Berdun.. Siguió Ibero la recta hacia Canfranc como el camino más corto para Olorón. Era, sí, la vía más derecha, pero también la más peligrosa, porque en Jaca se exponían a ser capturados, y en la frontera de Francia los gendarmes y aduaneros les apresarían para internarles.

Ibero y Miranda, con otros cinco, trazaron su itinerario con (p.7762) un amplio rodeo para evitar el paso por Jaca. Horrenda tempestad de lluvia y granizo, con espantable música de truenos, les detuvo en la montaña. Refugiáronse en cuevas; padecieron frío y hambres; recalaron al fin en un lugar llamado Campanal de Izas: allí los cinco compañeros no eran más que tres, pues dos de ellos habían tomado la vuelta de Panticosa. Repuestos de su hambre en Campanal, fueron a pasar la divisoria por Somport, y al fin, con indecibles trabajos y fatigas, pusieron el pie en Francia. Ya iban más tranquilos, aunque derrengados y en gran necesidad. Así llegaron al pueblo francés de Urdós, donde ya sólo quedaba un compañero, y eran tres los expedicionarios. En Accous ya iban solos Ibero y Miranda, y este le dijo: «Yo no puedo ni quiero volver a España. Esto de la Revolución va para largo. En Francia buscaré cualquier acomodo, y mejor estaré aquí trabajando como una bestia que en España, aunque gane Prim y me hagan subteniente». Ibero le prometió buscarle trabajo en el pueblo donde él tenía su residencia. Por fin, medio muertos, sostenidos por la fuerza espiritual que da la esperanza, dieron con sus pobres huesos en Sainte Marie de Olorón al amanecer de un sereno día.

Grande satisfacción de todos y alegría loca de Teresa, pues había corrido en Olorón la noticia de un espantoso descalabro de Moriones en tierra de Huesca. Pasadas las primeras efusiones de gozo, atendió Teresa a cuidar a su hombre y reparar el desmayo y mataduras que de la horrible caminata traía. Le lavó todo el cuerpo, le administró friegas con alcohol o suaves unturas donde era menester, y le acostó en la cama, asistiéndole con calditos substanciosos e infusiones aromáticas. El sueño atrasado pesaba de tal modo sobre Ibero, que de un tirón durmió quince horas: una vez pagada parte de la enorme deuda que con el dormir tenía, describió y pintó el suceso histórico en que había intervenido; y como trazo final, dijo a la mujer amada que el desastroso fin de aquella salida con Moriones al campo de Caballería revolucionaria no le había (p.7763) curado de su ambición de grandeza. Lo mucho que había visto y lo poquísimo que había hecho, le movían a desear otras escapaditas por campo más extenso.

Oyéndole hablar así, Teresa reprodujo sus anteriores razonamientos acerca del estorbo que ella ponía con su triste pasado a las aspiraciones de un hombre en plena fuerza y juventud. Pero Santiago protestó enérgico. «No sé qué tienes, Teresilla -le dijo, añadiendo cariños a palabras y palabras a cariños-; no sé qué tienes tú, que cuanto más tiempo pasa, más te quiero, y ahora y siempre sostendré que no hay ninguna mujer que se te pueda igualar». Envanecida la buena moza, y deseando remachar su triunfo, tomó un papel semejante al del abogado del Diablo en los juicios de canonización, y expuso todos los argumentos desfavorables a su persona.

«Mira lo que dices, Santiago. Soy más vieja que tú, bastante más.. no quiero precisar con números la diferencia de edad.. Básteme decir que he pasado de los treinta y tú no has entrado en los veinticinco.. Y como la mujer envejece más pronto que el hombre, y yo te llevo ya mucha delantera, dentro de algunos años, cuando tú seas todavía joven, yo estaré horrible, feísima; tendré que pintarme y ponerme moños postizos, con lo que más lograré causarte repugnancia que amor. Reflexiona en esto, Santiago mío; piensa en el mañana, en los años que vuelan llevándose nuestras ilusiones, llevándose la fina tez, el brillo de los ojos, la frescura de las carnes, y con esto el genio alegre que endulza la vida».

Briosamente rebatía Santiago estas argucias del abogado del Demonio, ratificándose en sus ideas optimistas y en la perfecta compatibilidad de Teresa con las ambiciones del hombre que en ella ponía todo su cariño. Conviene hacer constar que la pecadora corregida conservaba todos sus encantos. Aunque envejecía, era tan lenta la acción destructora del tiempo, como si este la cortejase aspirando a poseer sus gracias. Y la pícara sabía ser siempre pulcra, elegante, y convertir su sencillez y modestia, su pobreza misma, en un atractivo (p.7764) más. El cuidado escrupuloso de su persona persistía en ella como los sentimientos hondos que duran hasta la muerte. Algo bueno le había de quedar de aquella primera mitad de su vida, desarreglada y escandalosa.

No quiso Teresa soltarle de una vez al aventurero todo lo que tenía que decirle. Para ciertas cosillas que podrían causarle impresión penosa, esperó a que el hombre descansara todo lo que su abrumado cuerpo le pedía. Esta ocasión llegó al cuarto día del regreso, y una mañana, cuando acababan de desayunarse, abordó la guapa moza con arte sutil su interesante revelación, dándole este principio gracioso:

«Muy bien, salvajito mío. Por lo que me dices, veo que he salido airosa de la prueba. Estoy contentísima, o como diría Carlos Bidache, nuestro discípulo de español: no cabo en mí de satisfacción.. Pues vamos ahora a otra cosa. Recordarás que te propuse una segunda prueba.. y yo..».

-No, no, Teresa. (Repentino, asustado.) Más pruebas no..

-Déjame concluir: lo que tú no quisiste hacer, otra persona lo hizo por ti.. ¿A qué abres esos ojazos?.. Ea, pues yo he sido quien ha hecho la prueba.. y también en esta he ganado.

Enmudeció Santiago, y ella, dejándole una pausa para que espaciara su asombro, empezó a relatar el caso, poniendo en él todo su donaire y agudeza, como verá el que quiera leer un poquito más.

 

Ep-40-XX -

«Ausente tú, yo no sabía qué hacer.. Sola, nada se me ocurre que no sea referente a ti.. '¿Pues qué haré que sea por él y para él, que sea también para mí?'. Pensando en esto, se me ocurrió ir yo a la prueba. Hablé de esto largamente con María, y un día las dos a un tiempo dijimos: 'Vámonos a Lourdes'. Te advierto que ya María estaba enterada del sitio a donde habíamos de dirigirnos para la prueba. Tiene en Lourdes una prima bien acomodada y santurrona, Berta Richard, viuda sin hijos, que es en aquel pueblo persona principal, dueña de una fábrica de pañuelos que fundó su marido.. Pues por esta señora sabíamos que tu niña zangolotina vivía en una casa religiosa, mixtura de convento y colegio. Hay allí unas (p.7765) Hermanas con tocas y manto negro, que educan niñas. Llevan un nombre que no recuerdo bien, Madamas Cristianas o algo así.. Dicen que son unas santas; pero de esto nada puedo decirte, porque entiendo poco de cosas de santidad.. En fin, que allá nos fuimos. Don Baldomero Galán, el año pasado por este tiempo, vino a Francia con su hija y una de estas religiosas; dejó a Salomita en la casa que te digo, y se volvió a España. En Jaca le tienes: es Gobernador de un fuerte que llaman Rapitán.. Pues acompañadas por la señora Richard, fuimos a visitar a la niña, figurando que éramos de una familia madrileña, muy amiga de los Galanes, etcétera.. Por cierto que la casa-convento es un modelo de orden y limpieza; las Hermanas que vimos disimulan su gazmoñería con su amabilidad, y una de ellas, valenciana de la parte de Gandía, habla español con acento levantino.. Es mujer guapísima, sólo que un poco bizca, y al hablar tuerce la boca; los ojos tiene algo pitañosos».

-Por María Santísima, hija, no divagues.. Vivo, vivo, al asunto.

-Al asunto, tienes razón; al grano.. Y el grano es que tu Dulcineíta no te quiere, ni se acuerda de ti para nada.. Tiene otro novio..

-¿Es de veras? (Pálido, echando chispas de sus ojos.) ¿La viste tú.. qué te dijo, qué hablasteis?

-Las Hermanas nos dijeron que le ha salido otro novio, que está locamente prendada del nuevo galán..

-¿Y el novio es militar, es persona de categoría?

-¿Militar dices? Creo que no.. Es pacífico, muy pacífico y de categoría tan alta, que tú a su lado eres más chico que una hormiga. De ese galán nos habló Madama Berta con entusiasmo, y al celebrarle y enaltecerle ponía los ojos en blanco, y aun creo que se le caía la baba.

-Teresa, por los clavos de Cristo, déjate de babas, y dime..

-¿Pero, tontín, no has comprendido ya quién es el novio de tu adorada? Si acabas de nombrarle.. Eres tan torpe, que hay que meterte en la cabeza las ideas con cuchara. Tu rival es el propio Jesucristo. Tu Dulcinea zangolotina se ha convertido en una cuitada y sosa monjita. No (p.7766) ha profesado aún: por eso te dije que Jesucristo es su novio; no tardará en ser esposo.

La sorpresa de Santiago estalló en monosílabos, en golpes sobre la mesa, en pases de la mano por la cabeza echando atrás el cabello, que así se encrespaba más. Teresa prosiguió: «Pero, tontín, si eso es de clavo pasado y ocurre todos los días. Don Baldomero les entregó a su hija para que se la educaran a la francesa con mucha finura y mucho aquel, y ellas, viéndola tan mona, dijeron que debía ser para Dios, no para los hombres.. Los hombres, ¡qué asco! Es la historia eterna.. Yo me imagino qué cosas le dirían a la niña para convencerla.. Sin duda supieron que tenía un novio salvaje y medio loco, que habla con los espíritus; le dirían que eres un perdido, un amigo de Prim, y que ya no hablas con los espíritus, sino con una mujer mala.. conmigo.. Figúrate cómo habrán puesto aquella cabecita. La menguada chiquilla cayó en el cepo y ya no se escapa. Si la encontraras en alguna parte, verías que la han vuelto idiota.. Por supuesto, yo no me equivoqué, Santiago: siempre creí que Salomita tenía muy poca sal en la mollera; a un entendimiento bien sazonado no le entran esas bromas del monjío.. Y el pueblo en que la pusieron, ese Toboso de tu Dulcineíta, es lo más abonado para tales cosas, porque allí, para que te enteres, hubo hace años, no muchos, un grandísimo milagro. En una gruta, se apareció la Virgen a una muchachita llamada Bernadette Soubirous, de catorce años, y le dijo que elevaran en aquel lugar un Santuario para darle culto. Allí están la gruta y la imagen, muchas velas encendidas y sin fin de ex-votos de los que han ido a curarse del reúma, ciática y parálisis.. Ya, hijo mío, el que cojea es porque quiere.. Van peregrinos de toda Francia, con tanta fe y devoción que se queda una pasmada y edificada».

-Por Dios, no divagues más.. ¿Qué me importa la gruta, ni qué los cojos y lisiados de todo el mundo?

-Pues no vayas a creer que don Baldomero consintió que su hija entrara en religión. El pobre señor no se enteró hasta que la cosa (p.7767) no tenía remedio. Fue a Lourdes hecho un demonio, y lo menos que quería era sacarle los redaños a la Madre Rectora y a todas las benditas Hermanas. Pero sólo consiguió que se le encendiera la sangre y que la cabeza se le llenara de bultos deformes y la cara de feísimos granos. Al fin tuvo que salir de Lourdes entre gendarmes, y a la niña la llevaron a un pueblo cerca de Marsella, donde para todos, menos para Dios, está invisible.

El monjío y la invisibilidad de Salomita en un convento próximo a Marsella, evocaron en la mente de Santiago recuerdos penosos del capitán Lagier y de los sufrimientos del honrado marino. Por estas memorias, y por lo que personalmente le dolía el suceso, se levantó en el alma de Ibero un gran tumulto; los sentimientos se movieron con furioso oleaje, las ideas saltaron y anduvieron a la greña.. Pero como en razón inversa de la intensidad del tumulto estuvo la duración, no tardó en calmarse el sofoco. En verdad, el inopinado desenlace no encontró base psicológica para producir arrebatos de ira o negra pasión de ánimo. Como se ha dicho, la imagen y el recuerdo de Salomita se borraba cada día más; había corrido un año largo sin que Ibero la viese y aun sin que de ella tuviera noticia, y por fin, el amor de Teresa, sostenido por la convivencia, precipitaba la desilusión rápida. Aquella misma tarde, interrogado acerca de la impresión recibida, dijo Santiago a María y Teresa que se sentía mentalmente aliviado de un peso, como si le hubieran operado en la cabeza para extraerle un cuerpo endurecido. Algo le quedaba del dolor de la operación; pero ya iba pasando; pronto vendría la insensibilidad.

Aún tenía que hablarle Teresa de otro asunto, y como era urgente, no quiso aplazarlo. Había tenido noticias directas de su madre por una carta quejumbrosa, llena de amenazas. Mostrola a Santiago, y ambos comentaron con viveza los manejos de la sutil tramposa. «Es mi madre -dijo Teresa-, y no puedo hablar de ella como hablaría de una persona extraña. Pero sí afirmo que las maldades de la primera (p.7768) mitad de mi vida no son mías sino en corta proporción. Obra de ella fue mi rebajamiento. Ella me vendía, me arrendaba, me contrataba según su interés, y mirando sólo a lo que daban por mí.. Bien conoce Dios mis buenas intenciones; si algún día llego a tener más dinero del que necesitamos para mantenernos, algo mandaré a mi madre para que viva.. Pero.. ¡volver yo a su lado, jamás! Prefiero morirme.. Y ahora, Santiago, vas a saber la segunda parte, que es la peor. Dos días antes de llegar tú, se presentó aquí un tío polizonte preguntando por.. Traía el nombre escrito en un papel: Carlos de Castro.. Ya ves: las señas son mortales. El tipo aquel habló del Subprefecto, del Cónsul.. Yo me quedé helada. Bidache el viejo le trasteó de lo lindo, diciéndole que el Castro ese había quedado en Cambo, y que allá fueran a buscarle.. ¡Ay, hijo mío!, temo la internación, por lo menos. Para nosotros no puede haber aquí tranquilidad».

-Francia es muy grande -dijo Ibero sin inmutarse-. Francia es trabajadora, hospitalaria. Busquemos en ella libertad y honrados medios de vivir.

-Pues hemos de decidirlo pronto. Somos unos pobres salvajes que necesitan cambiar de choza. Di tú a dónde debemos ir.

-Decídelo tú.. ¿A dónde vamos?

Ambos quedaron mudos un rato, mirándose con ojos fijos y penetrantes. «¿A dónde vamos?» preguntaban los ojos. De improviso y a un tiempo, con voz que pareció un estallido, los dos amantes soltaron de su boca la respuesta: «¡A París!».

Perfectamente acordes estaban en la resolución, y los móviles de cada uno eran substancialmente los mismos: necesidad de mayor espacio y de atmósfera vital menos ahogada. Ibero vio en París el grande horizonte, la amplitud en las ideas, el roce con las primeras figuras de la emigración hispana. Teresa veía por el lado femenino el ensanche de pensamiento y acción, y sus planes no eran desacertados. En los días de la ausencia de Ibero estuvo en Sainte Marie una señora, parienta de la esposa del viejo Bidache. Llamábase Úrsula Plessis, y tenía en París negocio de encajes (p.7769) finos. Solía veranear en el Pirineo, repartiendo sus días de descanso entre Biarritz, Pau y Luchon, sin perder ripio para hacer su artículo en los sitios a donde concurrían señoras ricas. De paso visitaba a sus parientes. En Olorón hizo conocimiento con Teresa, y quedó maravillada de la gracia nativa de esta, de su exquisito gusto, de su genial disposición para comprender y asimilarse las sutiles artes de la elegancia.

A este propósito, la sermoneaba de continuo: «Hija mía, su terreno de usted, su porvenir, están en París. Véngase conmigo allá, o vaya cuando pueda, y yo le aseguro que pronto se abrirá camino en cualquier negocio de los que tienen por fundamento el buen gusto. Yo desde luego le ofrezco que para empezar tendrá en mi establecimiento un acomodo modesto..». Esto y otras cosas sugestivas le dijo, con lo que el alma de Teresita quedó encendida en la noble ambición de adquirir con su trabajo un vivir decoroso. (p.7770)

Véase por qué Teresa, en admirable consonancia con su amado, soltó el grito de vida, de lucha contra la miseria y la muerte. ¡A París! Como tenían poco que arreglar en punto a equipajes y efectos de viaje, tardaron en poner en ejecución su pensamiento el tiempo preciso para asegurarse el secreto de la salida, por si al Subprefecto o al Cónsul se les ocurría darles un disgusto. La despedida fue tiernísima: en ninguna parte del mundo encontrarían amigos como aquellos honrados y generosos Bidaches. Tuvo Santiago la satisfacción de dejar colocado en el arrastre de mármoles al pobre sargento Miranda, que muy contento decía: «Vale más ser aquí un buey de trabajo que dejarse internar como un perro, o volver a España a que le fusilen a uno como un hombre, con sacramentos y todo».

Partieron los amantes algo medrosos, y hasta pasar de Pau no respiraron con tranquilidad. En Dax, avanzada la noche, al cambiar de tren, se encontraron a Silvestre Quirós, muy mal trajeado, con cara de insomnio y ayuno. Abrazáronse los dos amigos, cambiando en rápida frase el quejumbroso saludo de la (p.7771) emigración con sus melancólicas añoranzas. Dijo Silvestre que no podía vivir más en Bayona. Con los cuartos que le quedaban podía llegar a Angulema, donde le ofrecían colocarle en una fábrica de papel. Ya encajonados los tres en el coche de tercera, refirió Quirós que en los mismos días de lo de Linás, embarcó Prim en Marsella para Valencia, donde tuvo el tercer fracaso, porque las tropas que se habían comprometido no salieron. «La razón que daban fue que Prim había firmado un manifiesto en que se pide la abolición de quintas; y sin quintas, ¿cómo ha de haber ejército? Salió el General del puerto del Grao echando bombas, y según dicen, ha desembarcado en Cette. ¿Entrará por Bourg Madame? ¿Tendremos otro descalabro?.. Yo no creo nada ya; he perdido la fe.. Ya es hora de que gritemos: 'Nos están engañando; juegan con nosotros como si nuestras vidas fuesen fichas de damas o dominó'. La revolución, que es guerra de guerras, no se hace sin dinero. Si no lo tienen, ¿para qué nos meten en estos líos? No hay libertad sin pan. Ahora mismo, al volver de Marcuello, no teníamos qué comer. Moriones nos dio lo que llevaba sobre sí: no podía más.. Pereciendo llegamos a Bayona. Pero no ha venido Moriones más lucido que nosotros. Anoche le vi en el café Farnier con Muñiz. Su cara y ropa eran las de un cesante. Y yo pregunto: ¿a quién da la Junta el dinero que recoge? Vete a saber.. En Bayona tienes a los que entraron con Contreras, y han vuelto por el puerto de Benasque descalzos y pidiendo limosna. Algunos, cogidos por los destacamentos franceses, han sido internados a pie, de cárcel en cárcel. Ya Bourges no les parece bastante lejos, y están mandando emigrados a Besançon, pared por medio con Suiza.. Con que ayúdame a sentir, Santiaguito. La pobre España está perdida, y quiere que la salvemos sin armas, sin dirección y con los estómagos vacíos. ¡Anda y que la salve su madre!».

Con esta cantinela pesimista, contristaba el pobre Quirós a sus dos compañeros de tren, que alentados iban por risueñas esperanzas. (p.7772) Felizmente, el lastimado amigo les dejó en Angulema, y ellos recobraron su buen humor en el resto del viaje, que fue felicísimo, aunque un poco largo, porque los trenes ómnibus no eran un prodigio de velocidad.. Al anochecer del día siguiente vieron que a un lado y otro del tren en marcha se iniciaba la aglomeración de alegres pueblecillos, de granjas admirables, de quintas escondidas entre bosques espesos; vieron la muchedumbre de fábricas y talleres con sus chimeneas humeantes, las estaciones de una y otra línea transversal, los edículos y almacenes, los gasómetros, el sin fin de construcciones que anuncian la vida industriosa y opulenta de una gran metrópoli. «Ya llegamos -dijo Teresa-. Esto es París». Era ya noche cerrada. Ibero miraba con avidez por encima de las filas de vagones parados, máquinas y objetos mil de intensa negrura, y veía un extenso y vivo resplandor que invadía gran parte del cielo.. «Es París -exclamó-. Parece que arde». Y risueña, radiante de alegría, respondiole su compañera: «No es incendio, es claridad».

 

Ep-40-XXI -

Iban recomendados por los Bidaches a una casa modesta (Rue Paradis) , y gracias a esta precaución, pudieron obtener un cuartito decente. Hallábase París en los días febriles de la Exposición Universal, en que Francia hizo potente alarde de su industria, de su riqueza y mentalidad luminosa; eran los días de la gran apretura de hospedajes; media Europa invadía París; la otra media hacía cola.

Apenas tomaron tierra los enamorados aventureros, pusiéronse en comunicación con Úrsula Plessis, que vivía en la Rue Mont Thabor. Reiteró la comercianta de encajes la simpatía que en Olorón había mostrado a Teresa, y consecuente en su amabilidad, la llevó a su establecimiento para que se fuera enterando. Se convino en que mientras duraran las dificultades de hospedaje, continuarían viviendo en la Rue Paradis. Después se les agenciaría mejor acomodo. Iría Santiago a buscarla poco antes de las doce para almorzar juntos en cualquier restaurant barato de las calles (p.7773) próximas a Palais Royal; al anochecer harían lo mismo, retirándose a su casa después de comer. Las horas que Teresa pasaba entre encajes y blondas las consagraría Santiago al divagar por París, aprendiendo en la práctica el laberinto de calles, bulevares y avenidas.

El primer día le acompañó en este sabroso estudio un chico, hijo de un comisionista español, vecino de piso en la casa de Paradis; pero luego se procuró un plano, y con este amigo mudo se libró del otro, que era harto entrometido y molesto. Solito recorría París de punta a punta, viendo y admirando tanta grandeza y maravilla. Habíanle dicho que si quería ver españoles se fuera al Pasaje Jouffroy, y asistido de su plano fiel, allá se encajó una mañana.. No hizo más que llegar, y le salieron dos compatricios, uno de ellos con su capa, terciada garbosamente. No se puede afirmar que en Agosto llevase tal prenda con objeto de abrigarse; llevábala sin duda para tapar la desastrada vestimenta de un triste insurrecto proscrito. Conocieron los tales a Ibero por la pinta (que los españoles pregonan la casta por el aire jacarandoso) , y le abordaron resueltamente, entrando al instante en palique. «¿Qué tal?.. ¿Usted por aquí?.. Este París es un infierno.. Todo aquí es farsa». De estos tópicos vulgares se pasó a charlar de política, de la Revolución fracasada por falta de cabezas.. No había cabezas; no había más que pies para correr en cuanto sonaba un tiro.. Ellos (el de la capa y el otro que se cubría con un gabán claro) eran víctimas de su amor a la Libertad. Les habían engañado; les habían sacado de sus casas, donde tenían un modesto pasar, para meterles en jaleos de guerra, que se malograban por causa de los de tropa.. «Mire usted, caballero -dijo el de la capa-. Yo puedo alzar el gallo; yo puedo acusarle las cuarenta al mismo don Juan Prim, porque vengo del Alto Aragón.. yo me batí al lado de Moriones; yo ayudé a matar a Manso de Zúñiga..».

-Alto ahí, señor mío -dijo Santiago con prontitud y sequedad-. Yo estuve en eso que cuenta, y no le vi a usted por ninguna parte. No éramos tantos que (p.7774) se pudieran confundir las caras y personas. Ni usted apareció por allá, ni sabe dónde está Linás de Marcuello.

-Le diré a usted..

«No me diga usted nada, porque es tarde y estoy de prisa. Abur». Y les dejó plantados, siguiendo su camino por el bulevar adelante hacia el de Italianos. Estaba de Dios que aquella mañana le saldrían españoles en cada esquina, porque apenas llegó a la de la Rue Drouot, se tropezó con don Jesús Clavería. ¡Oh sorpresa!.. «Iberillo, ¿tú aquí?». No le había visto desde que en Urda recibió de él las cartas para Muñiz y Chaves. Cambiados los saludos afectuosos, Clavería le dijo: «Ya sé, ya sé que has tomado un papel poco lucido: el de redentor de Teresa Villaescusa, de esa..».

Cortole Ibero la palabra con rápido ademán y un mirar luminoso. La protesta enérgica y concisa remató el efecto. «Mi Coronel, ya sabe que le quiero y le respeto. Pero con todo el respeto del mundo, le digo que ni usted ni nadie hablará mal, delante de mí, de una mujer que por mujer merece consideración, y por estar conmigo tiene quien contra todo el mundo la defienda».

El tono y la dignidad del lenguaje impusieron comedimiento a Clavería, que, por otra parte, no estaba de humor de romper lanzas por una redención de más o de menos. Conocía bien las cualidades de Ibero, su tozuda entereza, y la prontitud con que solía poner los hechos como remate y complemento de las palabras. Echose atrás con más benevolencia que cobardía, y palmoteándole en el hombro, le dijo: «Bien, hijo; no te enfades. A mí nada me importa. Redime todo lo que quieras». Fácilmente llegaron a conversación menos espinosa. «Vengo a París a ver mundo -dijo Ibero-, y a servir a la causa si en algo puedo servirla». Contole después la frustrada aventura en Linás de Marcuello, que Clavería oyó con vivísimo interés, diciendo al fin: «Es preciso que hablemos. Hoy no puedo detenerme contigo, porque me está esperando Monteverde, que me ha convidado a almorzar.. Acompáñame un rato, y charlaremos».

Bulevares arriba, Clavería informó a Santiago del gran número de (p.7775) españoles de todas castas que en aquellos días había en París, atraídos por la interesante y espléndida Exposición. «¿Sabes a quién tienes aquí? A Manolo Tarfe: vive en la Rue Helder.. ¿No es también amigo tuyo y protector el Marqués de Beramendi? Pues en París está con toda la familia, en un hotel elegante y recogido, Rue Ville l'Eveque, detrás del Elíseo». Algo le dijo también tocante a planes revolucionarios; pero con tanta brevedad, que fue más bien programa para otra entrevista.

Aprovechaba Ibero su tiempo tan metódicamente, que en pocos días dio rápidos vistazos a las salas del Louvre, a Cluny, a los Inválidos, al Bosque de Bolonia; subió al Arco de la Estrella, a la Columna de Vendôme, al Pozo artesiano de Grénelle, alternando este recreo instructivo con las visitas a la Exposición. Si los monumentos y jardines le causaban alegría y asombro, no gozaba menos en el gigantesco palacio del Campo de Marte, o de Marzo, construido en forma elíptica con la más lógica y práctica distribución que pudiera imaginarse. Las líneas ovales guiaban al curioso en dirección de las materias expuestas; las líneas radiales en dirección de las naciones que exponían.

En el Parque de incomparable amenidad que rodeaba el palacio, vio Ibero al famoso Maltranita, muy elegante, llevando del brazo a una señora joven, que debía de ser su mujer. Sin duda el mozo positivista y cuco había encontrado el partido de boda que perseguía como cazador codicioso en el coto social. Aunque Maltranita vio a Santiago y sin duda le había conocido, no creyó decoroso saludarle, por la inferioridad jerárquica que anunciaba el traje del amigo. Este tampoco se dio por entendido, y le hizo todos los honores de su desprecio. Con la guía en la mano, el soplado señorito y su esposa, que era raquítica y de muy poca gracia, se detenían ante cada una de las instalaciones del Parque, poniendo todo su asombro, lo mismo en el gigantesco cañón de Krupp o el martinete del Creusot, que en la cabaña suiza, llena de chucherías de tallada madera. De (p.7776) este modo almacenaban en su cerebro impresiones bien catalogadas, para llevarlas a Madrid y despatarrar a la gente con el recuento maravilloso de lo que habían visto. (p.7777)

En tanto, Teresa, contentísima de su iniciación, daba a Ibero cada noche cuenta de sus adelantos. Ya se iba soltando en el francés: la continua charla con sus compañeras le enseñaba los secretos del idioma y las inflexiones del acento. Ya conocía todas las clases de encajes, y distinguía perfectamente lo legítimo de lo falsificado por esmerada que fuese la imitación. Ya sabía empalmar los pedazos del Bruselas sin que se conocieran las uniones; el Valenciennes, el Chantilly, Punto de Alençon, Brujas, los Guipures inglés y venecianos, éranle familiares, como amigos de toda la vida. En fin, adelantaba prodigiosamente, y Úrsula no cesaba de elogiarla por su entendimiento, por la sutileza de su vista y la delicadeza de sus dedos en aquel difícil trabajo. Con idea de alentarla le había señalado dos francos.. A mediados de Septiembre hallaron, por mediación de la misma Madame Plessis, un cuarto baratito, Rue Saint-Roch, no lejos del establecimiento, y abandonada la primitiva casa, instaláronse en su nuevo nido.

Una mañana, en la segunda quincena de Septiembre, encaramado Ibero en la imperial de un ómnibus (Madeleine Bastille) , se cruzó con otro coche, en cuya imperial iba Vicente Halconero con su padrastro. El cojito vio a Ibero, y alargando los brazos, llamole con un grito de alegría que le salía del corazón. Al grito volaron las miradas de Santiago tras el otro ómnibus, que andaba rápidamente; vio a Vicentito, mandó parar, se bajó; mas cuando puso el pie en el asfalto del bulevar, su amigo, el gran sabedor de historia escrita, estaba ya tan lejos que no había medio de alcanzarle.. ¡Qué contrariedad, qué pena! Perdido el amigo en el caudaloso río de gente y caballos, desapareció como navegante arrastrado de veloz corriente..

Los días se deslizaban fáciles y entretenidos en la inmensa metrópoli. Agradaban a Ibero singularmente las excursiones al campo con que (p.7778) los parisienses trabajadores suelen reparar cuerpo y espíritu del ajetreo de toda la semana. Salía con Teresa muy ufano por aquellos lindos suburbios. Comían al aire libre, paseaban por florestas tupidas o asoleadas praderas, se mecían en columpios, remaban sobre el Sena en barquillas gallardas. Iban a estas gratas expansiones con las compañeras del taller de encajes, y se les agregaban mozalbetes del comercio, obreros diamantistas, y algún estudiante hirsuto y pálido del Barrio Latino. En una de aquellas jiras, dos, tres muchachos se permitieron acosar a Teresa con galanteos impertinentes, y apenas vio esto el fogoso Ibero, salió como un león a poner su fiereza entre tales groserías y la señora de sus pensamientos. Del primer ímpetu les soltó una fuerte andanada en español neto, por no dominar el francés. Quedaron ellos cortados y sin saber qué decir; pero el estudiante melenudo, desconociendo el peligro que corría, revolviose contra Santiago echándole a la cara una de las palabras francesas más feas que se pueden decir a un hombre. Ibero, que se oyó llamar macró, y que sabía lo que significaba, arremetió furibundo contra los tres, y del primer zarpazo cayó uno en tierra y los otros salieron pitando bosque arriba. Levantose el caído, chillaron las mujeres, acudieron otros merendantes, oyéronse voces conciliadoras y proposiciones de paz. Los jóvenes dispersos no querían volver, temerosos de que Ibero sacara la navaja, arma que inspira más terror fuera que dentro de España.. Todo se arregló al fin, dio excusas el de las greñas, y la partida continuó tranquila hasta la hora de retirada, los jóvenes refrenados en su lenguaje, Teresa orgullosa, y Santiago dispuesto a proceder con igual prontitud siempre que fuera menester.

No consentía el riojano alavés la menor sombra en su decoro; el mote infamante le lastimaba más que cien bofetadas. Deseando evitar para lo sucesivo suposiciones injuriosas, al día siguiente, de acuerdo con Teresa, visitó por segunda vez a Clavería para pedirle con vivas instancias que le proporcionase una (p.7779) ocupación bien o mal retribuida. Tempranito fue a casa de su amigo temiendo que se le escapara. Encontrole vistiéndose, y a las primeras indicaciones del asunto, respondió Jesús: «Ya se hará, hijo; ya tendrás ocupación. No te apures; ten paciencia y fe, como todos los penitentes españoles que estamos aquí privados del placer honestísimo de ver bajar la bola en la Puerta del Sol. Por de pronto, te convido a almorzar: esto ya es algo».

Salieron juntos, y cuando requerían el ómnibus que había de llevarles al Campo de Marte, Jesús continuó así su charla: «No soy yo quien te convida, sino un español que me convida a mí y otros; y yo te agrego, porque para este buen señor no hay mayor gozo que encontrar compatriotas a quienes obsequiar. Es un caballero aragonés llamado don Manuel Santa María, dueño de una fuerte y acreditada casa de comisiones. Poseedor de mucha guita, emplea parte de ella en dar gusto a su patriotismo y a sus ideas radicales. Es el paño de lágrimas de los emigrados pobres, y a veces intermediario de la correspondencia secreta entre Prim y todos nosotros». Por último, indicando que el señor Santa María les daría de almorzar en el comedero español de la Exposición, servido por el Café Universal de la Puerta del Sol, dijo: «Tú ya tendrás ganas de comer cocido. Puede que también nos den paella, o bacalao a la vizcaína». En el Parque les esperaba Santa María, que era un señor de mediana edad, moreno, afeitado totalmente el rostro, de ojos vivos, tipo de indiano. Con él estaba un sujeto flácido, tuerto, el rostro picado de viruelas y reñido con el agua, la cabellera reñida con los peines, trajeado de la manera más fachosa y mísera. Ibero le conoció al instante: era Carlos Rubio.

Antes de que terminaran los saludos, Santa María, desconsolado, hizo esta pregunta: «¿Y Sagasta?». Clavería y Rubio afirmaron que la noche antes le habían hecho la invitación en nombre de don Manuel; pero desconfiaban de su asistencia. Era mal madrugador, y para venir desde la Isla de Saint-Denis, tenía que tomarse dos o tres horas de delantera. (p.7780) «Pero a cambio de ese riojano que nos falta -dijo Clavería-, le traigo a usted este otro, de ilustre familia. Como yo, como tantos otros, es víctima de su amor a la Libertad». El agrado, la benevolencia paternal con que le acogió el aragonés dieron regocijo y alientos al pobre muchacho.. ¡Si obtendría de aquel excelente señor la ocupación que deseaba..! Entraron en el restaurant, donde Rubio y Clavería saborearon la ilusión de hallarse en el Café Universal de Madrid, pues allí estaba el dueño, don Juan Quevedo, un astur amable y narigudo; allí Pepe el malagueño, brujuleando de mesa en mesa, siempre zaragatero y servicial.

Comieron lo más hispanamente que era posible en aquellas latitudes, sin perdonar los castizos garbanzos; charlaron y ojalatearon de lo lindo, arreglando las cosas a su gusto. El más callado era Ibero, que no osaba manifestar sus opiniones ante los tres para él respetables patricios.. Ya tomaban café, cuando entró Manolo Tarfe, presuroso y fatigado, como el que viene de muy lejos con el peso de una noticia de sensación. Alegrose al ver a Clavería, y llegándose a él le dijo: «Al fin le encuentro, querido Jesús.. He estado en su casa, donde me dijeron que..». Se interrumpió para saludar a Carlos Rubio; saludó también gravemente al caballero aragonés, como a persona desconocida, y para Ibero tuvo una frase familiar y cariñosa. «¿Ocurre algo?» preguntó el Coronel, vislumbrando en el rostro del amigo un secreto que quería echarse fuera. «Sí -replicó Tarfe-: ya hablaremos..».

Dijo entonces Santa María que si tenían algo reservado que tratar, aguardaran no más que dos o tres minutos, porque él tenía que marcharse. «Ya sabe usted, mi querido Clavería, que a las dos hago falta en mi escritorio.. Si hay noticias buenas de España, ya me las comunicará usted». Aceptó Tarfe el café que le ofrecieron, y cuando a tomarlo empezaba, retirose el aragonés con afectuosa despedida de todos. «Bien pudo usted -indicó Clavería- decirnos todo lo que quisiera delante de nuestro amigo, que es de una discreción a toda prueba. (p.7781) Pero en fin, ya estamos solos. Desembuche. ¿Qué hay?».

Después de mirar en torno, Tarfe bajó la voz para soltar en el oído de los tres emigrados esta que bien podía llamarse bomba: «Ya está iniciada la inteligencia de los unionistas con el general Prim.. La magna coalición será un hecho muy pronto».

Las primeras exclamaciones fueron de duda más que de alegría.. Siguió un fulminante tiroteo de frases entre los tres, pues Ibero no hacía más que oír y callar.

«¿Quién ha iniciado la inteligencia?».

-El general Dulce. Ha venido de Biarritz a conferenciar con Olózaga.

-¿No era más natural que conferenciara con Prim?

-Para eso ha ido a Ginebra Cipriano del Mazo.

-¿Y de O'Donnell, qué?

-O'Donnell.. ¡ah!.. él no hace.. pero deja.. deshacer.

 

Ep-40-XXII -

Pasados algunos minutos en interrogaciones rápidas, comentarios ardientes y resoplidos de entusiasmo, restableciose la serenidad, y refirió Tarfe pormenores del gran suceso. «El proyecto de coalición se había elaborado en Bayona por Dulce y Mazo, con asistencia de Muñiz. Este telegrafió a Prim lo tratado en la conferencia. El mismo día contestó Prim desde Ginebra: Acepto. Que venga Mazo. En Bayona se comunicó el proyecto a los emigrados Montemar, Damato, Moriones y Moreno Benítez, que lo encontraron de perlas.. Si quieren ustedes saber más, averigüen lo que estarán hablando ahora don Salustiano y Dulce. Como yo vengo calentando este horno desde el otoño pasado, el amigo Dulce, al llegar a París esta mañana, vino a parar a mi hotel; me puso en autos. Después de hablar con Olózaga volverá a Biarritz, y yo me voy con él.. Queremos estar junto a don Leopoldo». Como terminara indicando que convenía enterar del suceso a los emigrados de más viso, Clavería, frotándose las manos de gusto, dijo: «Yo me encargo de eso, mi querido Manolo. Rubio irá esta tarde a la Isla de Saint-Denis, y por la noche veré yo a don Joaquín Aguirre».

No pudiendo detenerse más el simpático vicalvarista, despidiose de los tres con apretones de manos y frases de (p.7782) lisonjera esperanza: «Ahora sí que vamos bien.. Ya marchamos cuesta abajo.. ¡Al éxito, amigos; al triunfo!». En cuanto salió Tarfe, pidió Clavería papel y pluma, y escribió esta carta:

«Mi querido Santa María: ¡Hosanna, Aleluya, y viva la Libertad! Me apresuro a comunicar a usted que la Unión liberal y el Progreso se han dado ya la mano, y pronto se abrazarán para realizar como un solo partido la salvación de España. Ya le contaré a usted detalles y le diré nombres.. ¿Recuerda usted, mi noble amigo, que ayer mismo hablamos de esto, y usted dijo: '¿Pero en qué piensan esos hombres que no posponen sus agravios mujeriles al bien de la patria?'. Pues la coalición se ha planteado; todos la quieren; se hará.

»Y ahora, mi bonísimo don Manuel, no me riña si le digo que este notición, que a usted, como a todos, le hará feliz, no puede ser gratuito. El portador de la presente, Santiago Ibero, natural de la Rioja Alavesa, es hombre de relevantes prendas, leal como ninguno, inteligente como pocos, y además liberal y patriota, que ha derramado su sangre por nuestras ideas. Emigrado está como yo, como otros ciento y mil; pero carece de recursos, y yo me atrevo a recomendarle a la benevolencia de usted para que le proporcione una colocación en cualquier industria o dependencia comercial. Confío en que la grande alma del patriota no desatenderá este ruego.. Salud, Libertad.. y francos. Su siempre reconocido amigo q.b.s.m. -Clavería».

Clío Familiar reproduce esta generosa carta para documentar históricamente la colocación que tuvo Ibero en la casa mercantil del señor Santa María, con la retribución diaria de cinco francos. La noche que Santiago llevó a su mujer la estupenda nueva de su destino, el regocijo de ambos estalló en apasionadas carantoñas de amor; permitiéronse un extraordinario en la comida; después se fueron a ver una funcioncita en el Guignol mecánico de los Campos Elíseos. Teresa ganaba ya tres francos, con esperanza de llegar pronto a cuatro. Eran felices: París, el monstruo benéfico, les cogía de la mano y les llevaba por senda angosta (p.7783) y áspera.. pero bien derecha, y conducente a los grandes fines de la vida.

El destino de Santiago era de almacén, para llevar la entrada y salida de géneros, anotando los bultos y su peso en un libro, y al propio tiempo en hojas que servían para comprobar las operaciones de transporte. Exigía este cargo gran escrúpulo en los asientos, y vigilancia extrema de los cargadores y camioneros. Ponía Santiago en su obligación los cinco sentidos, y su principal estaba contento de él. Solía el señor Santa María emplearle también en comisiones no comerciales, tocantes a su concomitancia con los emigrados. Una noche de la primera semana de Noviembre le llamó a su despacho, y mostrándole varios pliegos que introdujo en un sobre grande, le dijo: «Mañana muy temprano vas a llevar esto a la Isla de Saint-Denis. ¿No sabes dónde es? Saca tu plano, y te indicaré.. ¿Ves la estación del Norte? Pues aquí tomas tu billete y te metes en el primer tren que salga.. En diez o quince minutos estarás allá. Buscas la calle du Bocage, y.. ¿Conoces tú a Sagasta?».

-Sí, señor: en Madrid le vi más de una vez. Su cara no se me despinta.

-Bueno; pues este paquete de cartas has de entregarlo a Sagasta en propia mano. Podrías darlo a su compañero de vivienda, Juan Manuel Martínez; pero como no le conoces personalmente, no te expongas a dar el pliego a un individuo que tomara su nombre para engañarte. Sólo a Sagasta darás lo que llevas.. Si este o Martínez tuvieran algo que decirme, ello será seguramente por escrito.. en este caso, te esperas, dándoles todo el tiempo que necesiten para escribir.. Otra cosa: ya olvidaba decirte que les llevarás de palabra una noticia.. Si esta noche la sabemos pocos, mañana será pública en París.. En cuanto veas a Sagasta, le dices: «Ha muerto O'Donnell..». Si quieres dar pormenores, añades que ha muerto en Biarritz, hoy.. según parece, de indigestión de ostras.

Temprano salió Ibero a su comisión, sin madrugar mucho, pues ya sabía por don Jesús que nuestros emigrados dejaban tarde las ociosas lanas. Siguiendo las (p.7784) instrucciones de su principal, tomó billete en la estación de la plaza Roubaix, y se puso en camino. La niebla que en aquella desapacible mañana de Noviembre invadía París, era en la zona Norte densísima. Al llegar al lindo pueblecito llamado Isla de Saint-Denis, no pudo orientarse fácilmente: las casas se desvanecían en la blancura lechosa; las personas, encogidas de frío, transitaban a prisa, con pocas ganas de dar informes al forastero que en mañana tan cruda venía preguntando por la Rue Bocage. Al fin, no sin trabajo, dio con la calle y el número. Entró en la casa; una viejecita le encaminó arriba; llamó.. tardaron en abrir.. abrió al cabo un joven alto, moreno, de ojos vivos, boca grande y risueña. Díjole Ibero que traía un recado de don Manuel Santa María para el señor Sagasta.

«Práxedes ha salido. Puede usted dejarme a mí el encargo. Soy Juan Manuel Martínez».

-Dispénseme, señor: me han dicho que entregue mi encargo en la propia mano del señor Sagasta.

-No tardará mucho. Pase usted. Perdóneme: estaba encendiendo la lumbre cuando usted llamó, y temo que se me apague.

El tal Martínez le llevó a una cocinita próxima a la puerta de entrada, y cogiendo un fuelle sopló en los carbones para que en ellos acabara de prender la llama de unas teas. «Como no tenemos criados, nosotros lo hacemos todo -declaró ingenuamente, sin abandonar la sonrisa larga y afable-. Práxedes ha ido por agua al río, y yo tengo que hacer nuestra compra».

-¿Quiere usted que le ayude? -dijo Ibero, movido de los sentimientos más generosos-. Si a usted le parece, puede ir a la compra, y yo quedaré aquí al cuidado de la lumbre.

-Gracias, amigo -replicó Martínez-. Me figuro que también usted es emigrado.

-Y a mucha honra. Emigrado para servir a usted, y muy amigo del señor Clavería.

-¡Ah!.. todos somos amigos, todos somos unos. Pues si quiere ayudarnos, oiga lo que se me ocurre. Mientras yo voy a la compra, usted se va al encuentro de Sagasta. El pobre ha llevado hoy, además del cubo, un jarro muy grande: los dos cántaros llenos han de (p.7785) pesarle una atrocidad. Es algo indolente, y poco aficionado a ejercicios corporales. Si usted trae el cubo, o siquiera el jarro, lo agradecerá mucho.

Conforme Ibero con este plan, bajaron a la calle, y Martínez, con su cesta colgada del brazo, indicó al mensajero la dirección segura para llegar al río. Separáronse, tomando cada cual distinta dirección. La niebla empezó a desgarrarse en jirones vagos. A los diez minutos de marcha, distinguió Ibero la mansa corriente del Sena, como un cristal esmerilado. Acercose a la orilla por angosto sendero entre céspedes, y vio venir a un hombre agobiado, andando lentamente, con un grave peso en cada mano. Llevaba el cuello del gabán subido hasta las orejas, sombrero hongo, pantalones doblados a estilo de pesca, las botas mojadas de la gran humedad del suelo herboso. Cuando estuvieron frente a frente, dijo Ibero: «Señor don Práxedes, le traigo unos pliegos de su amigo Santa María».

«¡Hombre..! -exclamó Sagasta risueño, con toda la gracia bondadosa que le era peculiar-, hombre.. de Santa María.. pliegos.. Vamos a casa». Y al decirlo dejó en el suelo los pesos que llevaba, y tomó un gran aliento, pues venía ya fatigadísimo.

«Vamos a casa, señor -dijo Ibero-; pero no está bien que usted cargue estas cosas.. Yo lo llevaré..».

Quiso don Práxedes resistirse a que el desconocido le sustituyera en el acarreo de agua; pero Santiago se apoderó de la carga y echó por delante diciendo: «Yo estoy aquí para servirle a usted, y ahora, de camino para su casa, le daré una noticia: ha muerto el general O'Donnell».

-¡Hombre, hombre!.. ¿Pero es cierto?.. ¿Y dónde ha sido?.. En Biarritz de seguro.

-Allí.. Parece que comió demasiadas ostras. Los periódicos de hoy lo traerán..

La inopinada y grave noticia detuvo a Sagasta en su camino. Absorto quedó mirando al mensajero.. Por su mente pasó la noble figura escueta del Duque de Tetuán; pasaron detrás la Vicalvarada, el Bienio, las luchas parlamentarias desde el 54 hasta el 65, en que él, Sagasta, había tantas veces combatido airadamente al vencedor de África. (p.7786) El paso de aquellas históricas páginas por la memoria del tribuno proscrito iba dejando en su alma sensación de frialdad. Una época de empeñadas contiendas pasaba y moría.. «¡Qué frío hace!» exclamó el buen Práxedes moviendo los brazos para activar la circulación. Y pensó en la Historia próvida y renovante, que tras de la muerte trae la vida, tras el frío el calor. Inmenso hueco dejaba O'Donnell; mas era el vacío que la idea nueva esperaba para cimentarse.. «Vamos, amigo -dijo Sagasta con súbita impaciencia-. En casa hablaremos. ¿Cómo se llama usted?».

-Santiago Ibero: soy también riojano; pero alavés, del lado acá del Ebro. Tal vez haya usted oído nombrar a mi padre, que se llama lo mismo que yo.

-Me suena ese nombre. ¿Su padre de usted es militar? ¿Sirvió con Zurbano?

-Sí, señor. Hace tiempo que está retirado. No sale de nuestra casa de Samaniego.. Conocerá usted a mi tía Demetria, la señora de don Fernando Calpena.

-Precisamente les he visto aquí en Julio. Vinieron a la Exposición.

Tembló Santiago pensando en el posible encuentro con personas de su familia, y ya no habló más de parientes lejanos ni próximos. Melancólicos prosiguieron ambos, y a la casa llegaron cuando Martínez, de vuelta de la compra, preparaba el almuerzo. «Juan Manuel -dijo Sagasta asomándose a la cocina-, O'Donnell ha muerto». El otro ya lo sabía: había comprado La Liberté.

Mientras Juan Manuel trasteaba en la cocina, don Práxedes recogió de manos de Ibero el voluminoso paquete, donde venían comunicaciones reservadas, unas de Madrid, otras de Bruselas. Después de pasar por ellas la vista con vaga atención, gritó: «Juan Manuel, oye.. ven un momento. Se me olvidó decirte que hagas también almuerzo para este joven». Ibero dio las gracias, excusándose con que tenía que partir pronto; pero al fin, tanto le rogaron, que hubo de quedarse. «No tenga usted prisa, joven -le dijo Sagasta sonriente, rascándose la barba-. En este mundo no hay nada peor que las prisas.. Si corremos tras de las cosas, encontramos siempre las peores. (p.7787) Las buenas, créanlo ustedes, vienen a nosotros».

Sirvió Martínez una tortillita para los tres, y una chuleta por barba, y bebieron de un Borgoña superior, resto de un obsequio que les había hecho el diamantista Samper.. Llegó para Santiago el momento de tocar a retirada. Despidiose con estas razones: «Es muy grato estar aquí; pero yo tengo que hacer, y ustedes también». Sagasta, indolente y festivo, obsequió al riojano con un insípido cigarro de la Régie, diciéndole: «Nuestros quehaceres no son muy grandes que digamos. En cuanto despachemos la correspondencia, fregaré la vajilla, y luego nos iremos a pasar un rato en el café del pasaje Choiseul..».

Apenas desapareció Ibero, Juan Manuel, haciendo de secretario, leía los pliegos y extractaba su contenido. «Aquí nos dice 83 que continúa celebrando reuniones con 104. A la última concurrió 90, sin que de él pudieran obtener nada concreto».

-90 es el Duque de la Torre, ¿no es eso?

-Justo. Asistió a la conferencia con Dulce y don José Olózaga; pero se mostró muy reacio.. Este otro pliego nos lo manda Alcoriza (el cura Alcalá Zamora) , diciéndonos que 28, el amigo de Sevilla, tiene a la disposición de la Junta tres mil quinientos duros, y que, según comunicación del amigo de Cartagena, 47, entre la gente del Arsenal hay cada día más partidarios de la Revolución.

-El amigo de Sevilla es Arístegui, y el de Cartagena, Mogrovejo.

-No: Mogrovejo, 171, es el de Alicante.

«Dichoso tú, que con tan buena memoria retienes esos números que son personas», dijo Práxedes, mirando vagamente los giros del humo de su cigarro. A esto siguió una pausa.. Martínez leía para sí. Sagasta, después de breve meditación, expresó estas ideas, que demostraban su grande agudeza y el conocimiento de hombres y cosas: «Juan Manuel, oye: muerto don Leopoldo, y Dios le haya perdonado, se puede dar por concluida la etapa de las sublevaciones locales, de los alzamientos chicos, y de las intentonas con partiditas y tontadas.. O'Donnell se va, y con su ida acaba la época de los sargentos y empieza la de los generales.. Entendámonos (p.7788) con los tetuanistas, y lo que falte lo hará Narváez con sus violencias. La conspiración grande mata la conspiración chica: ¿no crees tú lo mismo?».

-Sí.. pero si abandonamos en absoluto la pesca chica -opinó Juan Manuel-, no cogeremos tan fácilmente los peces gordos.. Sigamos ahora (le da una carta) . Aún hay algo muy importante.

-Ya -dijo Sagasta displicente, leyendo con rápido pasar de ojos-. Nuestro bonísimo Santa María nos repite la murga de que debemos parlamentar con don Carlos.. Y me incluye una carta de don Félix Cascajares, que sigue en su manía de identificar al Pretendiente con la Revolución.. ¡Vaya por dónde le ha dado a este viejo progresista! Y no es él solo. ¡Qué cosas vemos, Juan Manuel! ¿Pero qué piensan?.. ¿Creen posible que traigamos a ese señor a ocupar el Trono? Ya he dicho a Prim que me parecen ridículos esos tratos y contubernios.. Y Prim, erre que erre, empeñado en echarme a mí el mochuelo.. ¿Qué puedo yo proponer a don Carlos que él acepte? ¿Qué puede don Carlos proponerme a mí que me parezca admisible?

-Pues mira lo que dice Prim (alargándole una carta) . La conferencia se celebrará por delegación. Tú representarás nuestras ideas; don Ramón Cabrera, las de don Carlos.

-¡Cabrera y yo! (con suprema indolencia) . ¡Y tengo que ir a Londres! (lee rápidamente, fijándose en lo más importante) . «Conviene, mi querido 50, que vaya usted a conferenciar con el Tigre del Maestrazgo, no para que lleguemos a una inteligencia, cosa imposible, sino para entretener a don Carlos.. Ya que no nos ayuda en la Revolución, debemos hacer todo lo posible para que no nos estorbe.. (Pausa. Sagasta rehace su voluntad desmayada.) Iremos a Londres».

Martínez guardó los papeles; cogió una escoba, disponiéndose a la limpieza y arreglo de la casa. «Y qué, ¿vamos esta tarde a París?».

-Iremos un rato al café del pasaje Choiseul -replicó Sagasta acometido de nerviosa actividad-. Prometí a Gambetta que nos veríamos esta tarde.. Pero antes, atendamos a nuestras obligaciones. Voy a lavar la loza.

 

Ep-40-XXIII -

Crudísimo fue (p.7789) en París el invierno del 67 al 68. Sobre el Sena helado patinaba la juventud bullanguera, y en el lago del Bosque de Bolonia la crema aristocrática organizó una fiesta rusa, con espléndida iluminación, trineos y deportes al uso septentrional. Insensible al frío, Ibero veía pasar los días y los meses en la vulgaridad uniforme, descolorida, isócrona, dentro del cerrado horizonte del almacén. Ganaba el sustento, sí; pero como no vivimos sólo de pan, el hombre estaba en gran penuria espiritual, ausente de toda grandeza y de las nobles aventuras que planeó su loca imaginación. Vida tan desaborida no habría soportado nunca si el amor no le amarrase a ella con fuertes ataduras, y mientras más se desalentaba viéndose tan bajo, más apasionado se sentía por la hermosa madrileña y más uncido a ella por indestructible yugo. Al contrario de Ibero, Teresa era toda entusiasmo, alientos, orgullo de su oficio. Tanto progresaba en este, que al principiar el 68, Úrsula, que en ella ponía ya toda su confianza, le subió el jornal a cinco francos. Y para mayor delicia de Ibero, cada día estaba más bonita.. ¿Qué diablos hacía para conservar y afinar su belleza y para presentarse más garbosa en su modesto atavío? Obra del medio era esto sin duda: por todos estilos, París habíala hecho suya.

Privados del campo por el riguroso frío, solían ir los domingos a la matinée de algún teatro, y el tiempo restante lo pasaban recogidos en casa, ejercitándose en los temas franceses, o dando él a ella lección de aritmética. Quería Teresa ponerse muy fuerte en contabilidad. Algunas tardes de día festivo le incitaba a ir al café du Cercle o al de Choiseul para que viese españoles y se alegrara oyendo hablar de revolución y de Prim. Determinose a ir una tarde. Vio a don Juan Manuel Martínez, vio a Sagasta hablando con un señor de cabello erizado, de semblante duro, de extraordinario fuego en la mirada: era un famoso periodista francés llamado Rochefort. También vio a Gambetta, que entró más tarde; hermosa cabeza, barbuda y melenuda. Hablando con vehemencia, se convertía en (p.7790) cabeza de león.

Ibero sintió reparo de aproximarse a Sagasta, y buscando lugar más modesto, arrimose a otras mesas, donde vio a Carlos Rubio con emigrados de medio pelo. Entre estos reconoció a un sargento de Bailén y a otro de Calatrava, que ya llevaban en París cerca de dos años, y se ganaban la vida en una fábrica de clysobombas.. Al entrar Santiago en el ruedo, los tales hablaban de un trágico asunto, ya viejo de seis meses, pero siempre nuevo, interesante y conmovedor: el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro. A este propósito, Carlos Rubio tomó la palabra con cierto énfasis, y después de colmar de alabanzas a Prim por su destreza diplomática y su airosa retirada de Méjico, sostuvo que la sangre del infortunado Archiduque austriaco debía recaer sobre la cabeza de Napoleón III, a quien por este y otros motivos puso cual no digan dueñas, concluyendo por llamarle Nabucodonosor.. El Imperio francés era un poder falso y sin fundamento, estatua de bronce con pies de barro.

Llegó luego un patriota madrileño del 22 de Junio, menguado de cuerpo, barbudo de rostro: ganaba el pan en un comercio de naranjas. En cuanto tomó asiento, sacó el número del Gil Blas, que venía muy bueno: traía sin fin de picardías graciosas contra el neísmo, y solapadas alusiones a personas altas. De mano en mano pasó el periódico; todos se regocijaron con los donaires de Luis Rivera, Eusebio Blasco y Manuel del Palacio. El famoso soneto de este, despiadado con doña Isabel, fue repetido entre risas por el sargento de Calatrava, que lo sabía de memoria. La conversación recayó luego en el Infante don Enrique, desterrado a Canarias por si se corrió o no se corrió hablando de su prima. De esta, ya se comprenderá que no habían de decir cosa buena. Suponiéndola destronada, allá para Pascua florida o para San Isidro, apresuráronse a proveer la vacante. En aquella asamblea de soñadores vocingleros, Montpensier no tuvo más que un voto; don Enrique, ninguno; Espartero se llevaba de calle a todos los candidatos. Por fin, el bueno y (p.7791) desastrado Rubio cortó con tajante autoridad la nudosa cuestión, afirmando que no había más candidato serio que el Rey viudo de Portugal, don Fernando de Coburgo. A esto puso reparos un vejete vivaracho que se titulaba demócrata hasta morir, y declaró que su partido no quería que le hablaran de Reyes. Así se lo habían escrito Castelar y Pi y Margall desde Ginebra, Orense desde Bayona y García Ruiz desde Amberes. Si no creían lo que bajo su palabra afirmaba, traería las cartas para que los presentes vieran y entendieran.

Con estas divagaciones y controversias, Ibero se entretenía y pasaba gratamente el rato; pero al fin de la tertulia presentose aquella tarde en el café un sujeto de alta estatura y curtido rostro, barba erizada, voz cavernosa, tipo de mareante, el cual desconcertó a Santiago con su saludo bronco y fúnebre, como dicho con bocina: «¿Ya no me conoces, Iberillo? Soy Nonell, piloto retirado que despachaba el Monarca en Barcelona. Me metí en aquel turris-burris.. Tiene uno patriotismo y sangre liberal.. Ventura y Mas fusilados.. yo escapé por un milagro de la Virgen.. Vaya, vaya: has variado bastante, Iberillo; estás hecho un hombre. ¿Llevas en París (3) mucho tiempo? ¿No viste a Ramón Lagier, que aquí estuvo por Agosto a visitar la Exposición? Pues sabrás que volverá.. y pronto. Aquí tengo su carta. Viene al negocio de la Causa. Estará unos días.. Entiendo que irá después a Londres, a ponerse al habla con Prim. Si quieres verle, dime las señas de tu casa, y te avisaré cuando llegue».

Respondió Ibero con torpes evasivas, y se despidió del casi desconocido y olvidado Nonell, sin darle las señas, o dándoselas equivocadas. Aturdido y en grande inquietud salió del café, y de camino hacia su casa sondeaba su interior, buscando la razón psicológica del extraño azoramiento que sentía. ¿Por qué le turbaba la idea de verse en París con el capitán Lagier? Era este persona de su particular predilección y cariño. Le amaba como a su padre, pues fue para él padre de voluntad y regulador de la existencia. Verdad que tanto (p.7792) como le amaba le temía: había sido para él un maestro inflexible, un cuño de duro metal que le dio forma y perfiles nuevos.. Si en París le encontraba el maestro, era casi seguro que con su férrea autoridad trataría de soltarle del yugo de Teresa, y contra esto ¡vive Dios!, se rebelaba con toda su energía y fiereza. Y lo mismo haría con su padre, si llegara con iguales intenciones separatistas.

De esta zozobra, que duró todo el mes de Enero y parte de Febrero, le sacó al fin Teresa con su dulzura, y la buena maña que se daba para penetrar en el alma de él, descubrir lo dañado y ponerle remedio.

A fines de Febrero, queriendo Madame Plessis ampliar la protección que a Teresa dispensaba, diole la suma necesaria para que ella y su amigo pudieran dejar los estrechos aposentos del hotel meublé y alquilar un piso cuarto, luminoso y alegre, en la misma calle de Saint-Roch. En Marzo estrenaron aquel precioso nido, y los muebles tan modestos como elegantes que Teresa compró a su gusto. La suerte se empeñaba en favorecerles, porque en la misma semana, Santa María aumentó en un franco el sueldo de Ibero, ascendiéndole del trabajo rudo del almacén al descansado del escritorio (Rue Saint-Hyacinthe) . ¡Oh París tutelar!

La felicidad de Teresa era un cielo sin nubes; la de Ibero a las veces se obscurecía con el celaje de sus murrias, abatimientos y desmayos anímicos. En lo corporal notábase igual diferencia, porque si Teresa gozaba de una salud formidable, insolente, que se manifestaba en la frescura de su tez, en el torneado de sus formas y en el brillo de su mirada, la naturaleza de Santiago, construida para un vivir duro y longevo, comenzaba a quebrantarse. La Villaescusa era como una planta de tiesto trasplantada en tierra libre; Ibero como un árbol silvestre traído al encierro de la estufa. Teresa reconstruía su vida con nuevos elementos; Ibero veía desmerecer la suya por el abandono de los elementos propios. Así lo comprendía con su admirable penetración la hermosa madrileña, y cavilando en ello con alguna inquietud, se decía: (p.7793) «Mi pobre salvaje no puede adaptarse a este reposo, a esta igualdad de las horas y los días; necesita libertad, movimiento, aire, sol. ¿Qué haría yo para darle todo esto?». Por más que en ello reflexionaba, no veía la solución del problema.

Tenía Ibero su mesa de trabajo en un cuartito próximo al despacho del señor Santa María. Por allí pasaban todos los que tenían que hablar con el jefe de la casa, corredores, clientes; por allí los emigrados que solicitaban socorro.. Cuando en el despacho había demasiada gente, Ibero, por orden de su principal, decía a los entrantes: «Tengan la bondad de aguardar un poquito; en seguida pasarán». En el rato de plantón, algunos entraban en palique con él: no hay que decir que eran españoles. Un día de Abril llegó un sujeto a quien hubo de suplicar que esperase un ratito. No le veía Ibero por primera vez: ya vino a fines del mes anterior; en sus visitas se mezclaban las dos naturalezas, comercial y política; don Manuel le apreciaba, y solía convidarle a comer en el Café Inglés. Era el tal de estatura espigada, seco de carnes, tan acelerado y nervioso que no podía estar quieto en ninguna parte, expresivo en la mímica, suelto en la palabra, con acento andaluz de blando ceceo. Tapaba sus ojos con gafas azules; el rostro tenía curtido y picado de viruelas, el pelo al rape, la barba corta; su edad no pasaría de los cuarenta. Conocía Ibero de aquel señor el nombre de pila, don José; ignoraba el apellido. Aquel día entró el andaluz con ganas de conversación, y viéndose obligado a una corta antesala, desahogó su locuacidad con el dependiente: «¿No sabe usted la noticia, joven? Se ha muerto ese perro de Narváez.. Ya reventó el tío, ya cargó el diablo con él. Y van dos».

-Dos, sí -dijo Ibero-. En Noviembre O'Donnell, ahora este.. los dos puntales de la Monarquía. ¿Que le queda a doña Isabel?

-Le queda Marfori -dijo el don José con risotada cínica-. ¡Bueno se pondrá el país!.. Según parece, seguirá González Bravo, que es un barril de pólvora.

-¿Va usted a Londres, don José?

-No, hijo: vengo de allí. Voy a España.. Hay que mover los títeres. (p.7794) ¡Ocasión como esta..! Volveré pronto a Londres; pero no pasaré por Francia; iré por mar.

En este punto se abrió la mampara; salieron dos, y pasó don José al despacho dando voces. Como un cuarto de hora estuvo encerrado con don Manuel. Este llamó; acudió Santiago. En el momento de entrar, don Manuel decía con jovialidad al andaluz: «Pero no le bastarán quinientos francos. Se expone a tener que dar un sablazo por el camino». Y volviéndose a Santiago, le ordenó que fuese a la caja y trajese mil francos oro.. «Oye, oye: que los anoten en la cuenta de don José Paúl y Angulo».

Al despedirse, soltó el señor Paúl todos los grifos de su facundia, que en aquella ocasión fue enteramente patriotera y de ojalatismo revolucionario. «Voy a revolverte un poco, Andalucía de mi alma. Ya es hora.. Allá por Cádiz y Jerez, estamos hartos.. A Prim le he dejado animadísimo.. Con poco que ayuden o dejen hacer los Generales de la Unión, la armaremos gorda.. pero muy gorda, mi querido don Manuel. Yo le digo a Prim que eche por la calle de en medio.. Abajo la Reina, sin pensar en más candidatos ni candiditos.. Cortes Constituyentes.. y adelante con los faroles de la Historia.. Abur, amigo; que cuando nos volvamos a ver podamos decir: Salud y España libre».

Otros españoles y franceses pasaron por el escritorio, dejando enzarzadas en los oídos noticias de España. Cada día llegaban de allá especies más alarmantes, de un tono agrio y chillón, como todas las cosas de la tierra de los colorines. Las últimas palabras de Narváez fueron: Esto se acabó; dejo a España entre dos Juanes. Los Juanes eran Pezuela y Prim, Reacción y Libertad.. Se le hicieron exequias suntuosas. Ejército, Política, Magistratura, Corte, tributaron a sus restos honores ampulosos, retumbantes. Pero no se dice que Isabel II consagrase a este fiero servidor de la Monarquía una frase shakespiriana (4) , como la que, según cuentan, pronunció al tener noticia de la muerte de O'Donnell: Se empeñó en no volver a ser Ministro conmigo, y se ha salido con la (p.7795) suya.. La bondadosa Reina sin seso nombró a González Bravo heredero de Narváez en la Presidencia del Consejo. Fue un ademán de suicidio.. Para concluir de arreglarlo, hizo Capitanes Generales a los Marqueses de Novaliches y de la Habana, y después dedicose a hinchar la Gaceta con nombres de nuevos Marqueses, Grandes de España y Caballeros del Toisón.

Avanzado ya Junio, recibía Santiago directamente del propio señor Santa María nuevas de España. Algunas noches llamábale don Manuel a su despacho para dictarle la correspondencia. Sentados frente a frente, trabajaban hasta muy tarde, y en los ratos de descanso permitíase el buen aragonés su poquito de ojalateo. «Esa pobre Señora está ya completamente ida de la cabeza.. hablo de doña Isabel.. Entiendo yo que no hay en ella perversión, sino falta de juicio. La verdad, siento hacia la Reina más lástima que odio. Si pudiera yo hacer algo por esa Señora, abrirle los ojos, librarla de los cuervos que la rodean, tendría la mayor satisfacción de mi vida. Pero ya no hay quien la salve.. Otra cosa: sabrás que se casó la Infanta Isabel con un Príncipe napolitano, y Madrid vio por las calles la pompa palaciega, el desfile de carrozas. Será bonito aquello. Me escribe un amigo que el pueblo de Madrid vio a la Infanta con simpatía: dicen que es buena de su natural. Esa jovencita y su hermano Alfonso no tienen culpa de nada, y pagarán los vidrios rotos por su mamá.. Pues verás ahora lo más gordo: a los pocos días de la boda, echó la Nueva Iberia un artículo en que se traslucía que ya estaban los Generales unionistas colados en la Revolución. ¿Qué hizo González Bravo? Coger a los Generales y ponerles a la sombra. Fue ni visto ni oído. Anochecieron en sus casas y amanecieron en las prisiones de San Francisco. De allí han salido para Canarias o Baleares el Duque de la Torre, Dulce, Serrano Bedoya, Zabala, Echagüe, Caballero de Rodas, Ros de Olano, Marchesi, y otros que si no son todavía Generales, entiendo que lo serán pronto. ¿Qué te parece, Ibero? ¿No te da olor a chamusquina? ¿No sientes los (p.7796) pasos del cataclismo? ¡Los unionistas en destierro lejano.. y Prim en Londres..! ¿Por dónde vendrá lo que ha de venir? ¿Tú qué piensas?».

-Yo, señor -dijo Ibero-, pienso y creo que ello vendrá por donde disponga Prim, pues Prim es el hombre, es la Libertad, es la España nueva que dirá a la vieja: «vete de ahí, estantigua, harta de ajos, hija de fraile y maestra de la gandulería..».

Con las azarosas noticias de España estuvo Santiago en aquellos días muy avispado; engrandecía los sucesos, los comentaba con regocijo ardiente si se trataba de liberales, con sarcasmo y malicia si se referían a moderados o a los aborrecidos neos.. Pero de improviso ¡ay!, en lo más alto de estos vuelos de la fantasía, la Providencia, con frío y cruel manotazo, le precipitó en la dura realidad, desatando sobre él todo el rigor de las desdichas. ¡Infeliz Ibero!, ya los benéficos espíritus se cansaron de protegerte, y caíste en poder de los espíritus aviesos, que aborrecen la paz y abominan del amor.

 

Ep-40-XXIV -

Jesús Clavería, que ausente de París estuvo largos meses, laborando, según se dijo, en las plazas de Cádiz y Ceuta, reapareció a mediados de Julio. Tranquilo y gozoso estaba Ibero en su despachito una mañana, cuando le vio entrar. ¡Qué alegría, y súbitamente qué susto, qué consternación! En breves palabras le dio Clavería el jicarazo. «De Cádiz me vine embarcado a San Sebastián: allí vi a tu padre, que ya sabe dónde estás, y viene a París decidido a cogerte, secuestrarte y llevarte consigo.. Traerá todo el apoyo de las autoridades españolas y francesas. Prepárate, Iberillo.. Mi opinión es que te dejes coger». El terror privó a Santiago de la palabra. Lo primero que dijo, llevándose las manos a la cabeza, fue: «¿Dejarme coger, dejarme llevar?.. ¡nunca! Suceda lo que quiera, mi padre tendrá que volverse solo».

-Ya lo pensarás, hijo. Estás en edad de no prolongar las tonterías.. Veremos reproducida la escena de la Dama de las Camelias, cuando viene el papá del señorito Armando, y..

-¡No, no! -gritó Santiago, dejando caer con estruendo sobre la (p.7797) mesa la palma de su mano-. Teresa no está tísica.. no está tísica ni de los pulmones ni la voluntad. Es mujer fuerte, mujer valerosa.. Ni del corazón ni del cerebro flaquea; no y no.

«Bueno, hombre, bueno.. ¿A qué ese furor? Mejor será que te inspires en la sana filosofía parda, y esta noche te vengas conmigo un ratito a Mabille.. ¿Qué.. te incomodas?.. Pues dejemos a un lado la filosofía.. Tu padre, por lo que me dijo, estará aquí dentro de un par de días.. Lo que resulte de esto, lo sabré yo más adelante, porque mañana saldré para Londres». No dijo más, y pasó al despacho.

En indecible ansiedad estuvo Ibero hasta que llegó la hora de salir a la refacción de mediodía. Siglos se le hacían los instantes. No hay que decir que antes de hablar con Teresa, la lividez de su rostro incapaz de disimulo, y el extravío de su mirada, le delataron. «Grave cosa me traes hoy, salvajito -dijo la madrileña, bajando con él a la calle-. ¿Qué es? Cuenta, cuenta». En pocas palabras refirió Ibero el terrible conflicto. Por entre los porches de la calle de Rivoli oyó Teresa la siniestra noticia, sin perder la serenidad, y confortó el ánimo turbado de su salvaje con estas apacibles razones: «Almorzaremos tranquilamente, y luego, en casa, vendrá la deliberación y oirás mi parecer. No te apures: no veas montañas donde sólo hay un montoncito de arena. Somos unos pobres vagabundos, que hemos labrado una choza con cuatro palitroques y un poco de paja. Esta choza es para nosotros un hogar sagrado, que convertiremos en castillo inexpugnable».

Así habló Teresa: «Tu padre no podrá separarnos, y para evitar disgustos y cuestiones, que siempre traerían falta de respeto, hemos de procurar que don Santiago Ibero tenga que volverse a España sin que pueda hablar contigo ni conmigo. Tú y yo desaparecemos, tú y yo nos evaporamos. ¿Cómo? Vas a saberlo. ¿Conoce tu padre las señas de nuestra casa, las señas del señor Santa María, donde estás colocado? Pues ni a mí en nuestra casita, ni a ti en tu oficina, nos encontrará. Para conseguir esto, (p.7798) necesitamos contar con la protección de dos personas: Santa María y Úrsula Plessis. Yo, antes de hablar con mi amiga y patrona, sé que no ha de faltarme su amparo. ¿Puedes tú decir lo mismo del señor Santa María? Es preciso, Santiago, que esta misma tarde hables con él.. Le pides una conferencia.. Solicitas que te conceda un cuarto de hora. Pues bien: no seas tímido ni te amilanes. Le cuentas con absoluta sinceridad toda nuestra historia, sin ocultar nada, nada, Santiago. Le dices cómo empezó nuestro conocimiento.. lo que yo fui.. sin omitir cosa alguna, salvajito mío.. a estos lances se va con la verdad.. lo que yo fui, lo que soy ahora.. Le cuentas nuestro encuentro en el tren del Norte; el pacto que hicimos en Bayona; nuestra vida en Itsatsou, en Olorón; la inspiración de venirnos a París; en fin, todo, todo. Y cuando, a más de esto, sepa don Manuel el conflicto que se nos viene encima, le pides que te mande a Londres con una comisión cualquiera comercial o política.. Pero no tienes que descuidarte. En cuanto llegues al escritorio, te vas derecho a don Manuel y..».

Pareciole a Santiago muy acertado el consejo, y no le puso más pero que el desconsuelo de la separación. Si juntitos fueran a Inglaterra, la felicidad sería redonda; a lo que respondió Teresa: «Dudo que Úrsula me deje salir de París. Estamos en la época de más trabajo y apuros de tiempo; ella no goza de buena salud, y descansa en mí..». Convinieron en que la resolución definitiva se aplazaba para la noche, después que cada cual hiciese la consulta con su patrono tutelar. Impetuoso y confiado, por los alientos que le había dado Teresa, fue Santiago a la confesión con don Manuel, el cual dio el primer indicio de benevolencia prestándose a escuchar una historia larga, si bien no desprovista de interesantes episodios. ¡Y que no se quedó corto Santiago en el arte de la presentación, poniendo en plena luz lo que a su parecer más le favorecía! El buen señor oyó con interés, y en los pasajes que indicaban audacia y travesura soltaba la risa. Todo le (p.7799) regocijaba, todo le hacía feliz; a ratos la satisfacción humedecía sus ojos tiernos. Creyérase que sus maduros años recibían en cada lance de aquella historia tan espiritual como picaresca, inhalaciones de fluido juvenil.

Cuando Ibero, terminada la confidencia, le presentó el grave conflicto de la venida del padre, el aragonés precipitó su opinión diciendo entre picadas risitas: «Tú y ella debéis desaparecer, evaporaros. Respetable será el papá, ¿quién lo duda?.. pero conviene que no encuentre al hijo casquivano. Los padres no tienen razón siempre. Lo que yo digo: la razón de la sinrazón es alguna vez la razón suprema». Estas peregrinas y algo estrafalarias manifestaciones del risueño don Manuel, y lo que después dijo Ibero de sus ganas de servir a la Causa bajo la bandera revolucionaria de Prim, determinaron la solución más práctica y sencilla que pudiera imaginarse. «Lo mejor -dijo Santa María- será que te vayas a Londres: yo te daré una carta para mi tocayo Ruiz Zorrilla, y con la carta irán papeles y notas que a mi parecer serán de alguna utilidad en los momentos presentes. Llevarás lo preciso para el viaje, y te abriré un modesto crédito en la casa de mis corresponsales en la City, para que vivas uno o dos meses en aquella Babilonia. Aprovechando tu viaje, mandaré contigo a Blanco Brothers valores y efectos comerciales». Por último, con la idea de ganar tiempo, se convino en que las cartas y encargos quedarían corrientes aquella noche, a fin de que pudiera el prófugo salir pitando a la mañana siguiente.

Cuando Ibero y Teresa se juntaron para comer, de la boca de uno y otro salió la misma exclamación: «¡Triunfo completo!». Él dijo: «es un santo ese hombre»; y ella: «¡qué mujer tan buena!». Con recíprocas felicitaciones celebraron su éxito, y apresurando la comida se fueron a su casita, donde con más desahogo refirió cada cual su breve gestión. «¿Sabes una cosa, mujer? -dijo él-. La historia que le conté a don Manuel, la historia mía, la nuestra, debe de ser igual a la suya, o por lo menos muy parecida. Porque el hombre no se incomodó (p.7800) por nada de lo que conté.. Todo le hacía mucha gracia.. y el hombre reía, reía.. Ni una sola vez le vi fruncir el entrecejo. Mi historia es la suya.. ¿Conoces tú a la mujer de don Manuel? Yo apenas la he visto.. Es guapa, y vive muy retraída.. En fin, que el hombre me manda a Inglaterra. Lo que te digo: es un santo».

Habló luego Teresa: «Lo que hará Úrsula por mí ya lo sabes: llevarme a vivir consigo mientras tú estés ausente; y si se presenta tu padre, decirle: 'Aquí no hay damas de camelias, ni Cristo que lo fundó. Vaya usted con Dios, caballero, y no parezca más por esta casa'. No me sorprende la bondad de Úrsula: yo la esperaba. ¿Sabes por qué, tontín? Porque mi historia es semejante a la suya: yo lo sé; y en la historia de ella, también apareció un padre.. pero se fue como había venido. En fin, chico, que la vida humana se repite sin cesar, y lo que hoy pasa ha pasado miles de veces».

Tranquilos, confiados ya en la solución del conflicto, sólo quedaba la pena de la separación. Ambos la expresaron con ternura, y a la ternura añadió Ibero el ardor de su exaltado temperamento. Esperó Teresa a que las llamas se aplacasen, y sobre el rescoldo dejó caer su palabra dulce, que en los momentos críticos sabía engalanarse con las mejores luces de la razón: «Tanto como tú siento yo la ausencia; pero la soporto por algún tiempo, un mes o dos, porque sé que mi salvaje necesita de vez en cuando escapaditas al campo, al mar, a los aires del mundo. Bueno es, créelo, que vuelvas en seguimiento de tu ilusión, que llegues a ella y la toques y veas si es cosa real o fantasma.. Donde me dejas me encontrarás, y aunque tardes más tiempo del convenido, siempre seré lo que soy. Tan seguros estamos yo de ti y tú de mí, que no hacen maldita falta los juramentos ni las protestas de fidelidad eterna. No salgamos ahora imitando a las novelas desacreditadas. Nuestra novelita modesta y sin requilorios la hacemos nosotros a la chita callando, con hechos positivos y la verdad por delante, ¡hala!; y que venga Dios y lo vea».

Siguió a esto un largo divagar sobre el sistema de (p.7801) comunicación que habían de establecer para saber uno del otro con frecuencia. Dios misericordioso, que mira por los enamorados, cuidaría de mantener el contacto de las almas para que la ausencia fuese el más parecido retrato de la presencia. En esto se les fue una hora larga; de las ternezas y amantes coloquios que ocuparon el resto de la noche, no hay para qué hablar.

Tempranito estaban los dos en la plaza Roubaix. Tomó Ibero su billete directo a Londres por Calais. Teresa entró al andén para estar junto a él hasta el último instante. Por mucho freno que quiso echar a su emoción, perdió la entereza cuando se aproximaba el momento de la partida.. Él en la ventanilla, ella en el andén, repitieron lo que se habían dicho de cartas, direcciones, poste restante y telegramas; pero luego Teresa tuvo que sacar el pañuelo y aplicarlo a sus ojos.. Y desde el tren en marcha vio Ibero que el pañuelo bajaba a la boca, para dejar libres los ojos con que mirar al amado, y luego batió los aires dando los últimos adioses.. Llevaba Santiago el corazón tan oprimido, que no podía respirar. ¿Por qué se iba? ¿Por qué no la llevaba consigo?.. ¿Qué era la vida sin ella?.. Pero una vez en camino, volver pronto era la mejor solución.

Hasta más allá de Creil no se aflojó el lazo corredizo que apretaba el corazón del viajero, y en el restaurant de Amiens, donde bajó a tomar algo, se iniciaron las impresiones y sorpresas, que eran como signos precursores de las interesantes aventuras que buscaba. Al entrar en el comedero, encaró de sopetón con Clavería, el cual mostrose frío y reservado en su saludo. No alcanzaba el riojano la razón de esta esquivez de su amigo, a quien no había visto desde que le anunció la próxima emergencia de Ibero padre. A las explicaciones que hubo de pedirle Santiago, contestó Clavería secamente: «Si quieres, hablaremos en el tren. No me negarás que vas a Londres. Ya te vi en la estación de París: no me sorprendió. Y no vas a Inglaterra huyendo de tu padre.. Tu padre y el decoro de la familia te tienen a ti sin cuidado. Vas.. (p.7802) tú sabrás a qué».

Viendo a Clavería entrar en un coche de segunda, se coló tras él. En el departamento iba otro viajero español (y no había nadie más) , en quien al punto reconoció al catalán Nonell, que en el café del Pasaje le había desconcertado con los pronósticos referentes al Capitán Lagier. Reclinado con indolencia, el viejo marino comía lonjitas de carne fiambre que cortaba cuidadosamente con su navaja; delante tenía una cesta con diferentes vituallas entre papeles grasientos.. Ibero se sentó frente a Clavería, y sin preámbulos habló así: «Mi Coronel, usted me ha dicho cosas que no entiendo, y otras que me lastiman por el despego con que me trata. Somos amigos, y por mi parte no quiero dejar de serlo».

-Te conozco, Santiago -replicó Clavería sin abandonar su sequedad-, y sé que no has de revelarme a dónde vas dirigido, qué llevas, y quién te manda. Vuélvete a tu coche para que no caigas en la tentación de explicarme los fines de tu viaje. Si aquí te quedas, no podré yo contener las ganas de preguntártelos.

Comprendiendo Ibero que le convenía conservar el misterio planteado por las enigmáticas razones de Clavería, se dio mucha importancia, diciendo: «Hará usted bien en no preguntarme nada, pues yo a usted nada le pregunto».

El catalán, que acababa de empinar una botella, bebiéndose de un tirón gran parte del vino que contenía, se limpió con la mano la boca, y soltó de ella estos conceptos roncos: «Déjate de músicas, Iberillo, y cuéntanos qué embuchado llevas a Londres. Don Jesús va llamado por Prim; yo mandado por Ramón Lagier. Tú no puedes decir lo mismo; y a propósito, hijo, espérate un poco: en Marsella vi a Ramón la semana pasada, y me dijo que te tiene ya por cosa perdida. En fin, con nosotros, que somos de ley y llevamos el corazón abarrotado de patriotismo, debes clarearte. Si no lo haces, pensaremos que llevas una encomienda traidora. Porque.. para que lo sepas, la traición ronda nuestra Causa».

Estupefacto miró Ibero a Clavería, el cual, después de afirmar enérgicamente (p.7803) con la cabeza, lo hizo con estas palabras: «Falsos amigos, Iscariotes hay en la causa, y los buenos patriotas debemos aplastar la negra traición. Tú eres un inocente; enredando con los espíritus, no ves lo que pasa en el mundo. ¿Sabes tú que la Infanta Luisa Fernanda y su marido Montpensier han sido desterrados por haber escrito a doña Isabel señalándole el mal camino que lleva la política?».

-En París lo supe, y también que salieron de Cádiz para Lisboa en la Villa de Madrid.

-Pero no sabes que los unionistas que trabajan en Cádiz este negocio, Ayala, Barca, Vallín, se echan atrás si no aceptamos como futuro Rey de España al Duque de Montpensier.. ¿Qué, te ríes de esta dificultad? ¿Qué significa esa cara de idiota que pones oyéndome lo que acabo de decirte?

-Significa que no me da frío ni calor que esos señores y otros quieran encajarnos un Rey que los militares no habían de aceptar.

-Veo que estás en Babia. Los Generales que fueron tetuanistas, ahora desterrados en Canarias, también respiran por el maldito Montpensier. Nuestro gozo en un pozo. Aquel júbilo, ¿te acuerdas?, con que celebramos la coalición, se nos convierte en rabia.

-Prim triunfará de todo -afirmó Ibero, que con su lozano optimismo resolvía la temida cuestión-. ¿No cuenta con el Ejército?

«De Cádiz y Ceuta he venido yo no hace mucho -dijo Clavería-. Los Cuerpos de guarnición en aquellas plazas están bien dispuestos. Las disposiciones son excelentes: de las agallas para salir no puede decirse lo mismo.. Recordarás lo de Valencia, lo del 22 de Junio en Madrid.. Hace tiempo que se emprendieron trabajos en otro organismo militar de gran poder. Ya lo teníamos ganado; ya lo teníamos cogido por los cabezones..». Ibero no entendía, y sus ojos, clavados en el rostro del amigo, querían deletrear el pensamiento de este, que la palabra a intervalos mostraba y encubría.. En tal punto, la voz de Nonell, con estruendo ronco de bocina, rompió en francas declaraciones: «Este tonto no sabe que está en el ajo la Marina.. la Marina de guerra..».

-Estaba -dijo Clavería con dejo (p.7804) melancólico-, porque Topete se ha cerrado en banda por Montpensier.. y con este señor naranjista y paragüero no transigimos.. Preferiríamos aguantar a doña Isabel, que siquiera es española.

 

Ep-40-XXV -

La conversación languideció gradualmente. Nonell, después de dar los últimos tientos a la botella, atronaba el coche con sus ronquidos lúgubres, que parecían lanzados también con bocina o trompa de tinieblas. Clavería fue cayendo en una taciturnidad melancólica; Ibero, arrimado a la ventanilla, contemplaba el paisaje, las verdes planicies bajas limitadas al Oeste por una faja de mar de un azul grisáceo: era el Canal de la Manga, o de la Manche, Mancha muy distinta de la que inmortalizó don Quijote.. Así llegaron a Calais. Cada cual agarró su maleta, y a escape metiéronse los tres en el vapor, que desatracó sin tardanza, y con vigorosas paletadas que levantaron bullentes espumas, partió trotando hacia la acera de enfrente, Inglaterra. El vapor era de ruedas, con achos tambores que formaban en el centro de la embarcación una extensa y alta toldilla. A esta subieron los tres españoles, y arrimándose a la borda, vieron cómo se alejaba y desvanecía la costa francesa. Allí recobró Clavería la palabra para proseguir con Ibero la conversación interrumpida. «¿No te enteraste -le dijo- de que hace unos días estuvo Prim en Francia? Fue a tomar las aguas de Vichy, que le hacen mucha falta para su padecimiento del hígado. Napoleón, que no le perdona lo de Méjico, le había cerrado la puerta de Francia. Fue preciso entablar negociaciones, poner en juego influencias inglesas, para que se le permitiera una temporada corta en Vichy..».

-Algo de esto dijo no sé quién en el escritorio de Santa María -replicó Ibero-, y también que el General volvió pronto a Londres.

-Porque a los cuatro días de estar en Vichy llegaron desalados el cura Alcalá Zamora y Pérez de la Riva. Venían de Cádiz con la noticia de que los unionistas piensan hacer el movimiento por sí mismos, anticipándose a los planes de Prim.. Naturalmente, (p.7805) no sabes nada de esto. Recibir Prim el aviso de la gran traición y salir escapado de Vichy, fue todo uno. Al paso por París visitó al Ministro del Interior, M. Pinard, y le dijo que se volvía precipitadamente a Londres por haber caído repentinamente enferma la Condesa.. El General, acompañado por Juan Manuel Martínez, pasó este Canal hace pocos días.. quizás en este mismo barco..

Otras vueltas dio Clavería con triste acento al nunca apurado tema. De pronto Nonell, con penetrante vista marina, señaló tierra. Momentos después, los que no eran mareantes distinguían bien los acantilados de Dover. La conversación recayó en las grandezas de Albión, en la libertad que aquel país concede tanto a sus hijos como a sus huéspedes.. ¡Nación como ninguna sólida y potente, porque en ella tiene su imperio la Justicia, es respetada la Ley, y amada la persona que la simboliza! Nonell, que había vivido en Liverpool y en Londres bastante tiempo, no se hartaba de encomiar la vida inglesa; la colosal abundancia de comestibles de todo el mundo que allí se reúnen; la excelencia y finura de las carnes; la variedad y fuerza de los vinos y bebidas; la colosal riqueza, la hermosura de la libra esterlina, lo bien pagado que está el trabajo, y por último, también había que dar a las hembras su buena parte en los elogios, por lo tersas, sonrosadas y frescachonas. Divagando así llegaron a Dover, y con la misma prisa con que entraron en el vapor salieron de él, requiriendo a escape el tren que había de llevarles a Charing Cross; que ya estaban en el país de las prisas, donde el tiempo vale y corre. Nonell, que mascullaba el inglés marítimo sabido de todos los navegantes del mundo, les servía de intérprete. En alas del tren, que marchaba con sostenido ritmo y andadura veloz, sintiose el buen Clavería movido a la sinceridad.

El alma noble del Coronel se desbordó en estas francas explicaciones: «Pues ahora, Iberillo, preciso es arrojar al aire los disimulos y marrullerías españolas. La mentira no cuaja en esta tierra. Hablando como hombre de (p.7806) honor, te digo que yo no traigo misión ninguna, ni nadie me ha mandado; vengo por mi cuenta, traído por mi patriotismo y mi amor a la Libertad, sin más objeto que decir a Prim: '¿General, qué hacemos? ¿Es cierto que los unionistas nos echan el pie adelante, y nos quitan con su cansado Montpensier la bandera revolucionaria? ¿Quedaremos en proscripción eterna, llorando nuestra incapacidad y las desdichas de la patria, que no sabe sacudir una tiranía sin aplicarse otra?..'. A esto vengo y nada más. He fingido una misión misteriosa para ver de arrancarte a ti el secreto de la que traes».

La espontaneidad del amigo movió a Santiago a desembozarse con igual franqueza, diciendo: «Pues ha llegado el momento de la verdad, allá va la mía. A Londres me manda mi principal y jefe, que no es capaz, bien lo saben ustedes, de tramar cosa contraria al interés de Prim, de la Libertad y de la Emigración».

-Pero don Manuel es hombre tan bueno como inocente -indicó Clavería-, y a todos los emigrados agasaja por igual, sin reparar ni distinguir el género bueno del averiado.

-Yo no sé lo que traigo. Soy portador de una carta bastante abultada para don Manuel Ruiz Zorrilla.

-Empezaras por ahí -dijo Clavería con alborozo-, y se nos habría quitado el amargor de boca.. Al verte en la estación de París, di en pensar lo peor: que traías comunicaciones del infame unionismo. En París vi a Pastor y Landero: en el café du Cercle estuvo la otra tarde, revistiéndose de importancia y misterio; hablaba en nombre de Topete y Malcampo.. Luego sé que fue a visitar al amigo Santa María.. Bien puede ser que este avise a Ruiz Zorrilla para que.. En fin, pronto saldremos de dudas, porque tú traes la carta, y yo te llevo a la presencia de Ruiz Zorrilla en cuanto lleguemos a Londres.. Viene a resultar que el mensajero soy yo, y tú la valija.. ¿Dónde estamos, maestre Nonell?, ¿llegaremos pronto?

-Ya esto es Londres -dijo el lobo de mar, señalando las filas de casas de ladrillo ennegrecido que a un lado y otro del tren, y debajo de este, se veían. Pasado New Cross, (p.7807) inmenso haz de líneas férreas que allí se reúnen, y de allí se ramifican abriéndose como varillas de abanico para penetrar por diferentes puntos en las entrañas de la metrópoli, vieron por la derecha un bosque de mástiles. Era el inmenso rebaño de buques de vela encerrado en las aguas quietas de Grand Surrey Docks. Contemplando las altas arboladuras, el bueno de Nonell rompió en estas exclamaciones de entusiasmo: «¡Hurra por Inglaterra; hurra por los mercantes, y por los reyunos también, concho!.. ¡hurra por toda la marina de aquende y de allende y de más allende!..». Arrebatado por su propio acento, prosiguió su enfático sermón, en pie, braceando, como si hablase ante un gran concurso: «Señores, yo aseguro bajo mi palabra de honor dos cosas: primero, que amo a Inglaterra como a una madre, pues en ella he mamado la leche de la navegación; segundo, que tengo mi boca, paladar y tragadero tan resecos como la yesca, y, por tanto, hago voto de beberme uno, dos, o si a mano viene, cuatro vasos de cerveza Pelel, en cuanto demos fondo en la estación de Charing Cross. Señores, nobles amigos, no puedo yo en momento de tanta alegría guardar ningún secreto. Del corazón se me salen los secretos, arrastrados por el patriotismo, que cuando soy feliz, no quiere estar encerrado en el silencio. Declaro que vengo acá mandado por mi amigo Ramón Lagier para tripular con otros mareantes españoles el vapor que ha de ir a Canarias en busca de los Generales.. A ti te lo digo, Iberillo, que este Clavería ya lo sabe. ¡Qué honra para mí, nobles caballeros y amigos del alma!».

-Aplaca tus humos, buen Nonell -dijo Clavería con inflexión escéptica-. A tripular el vapor te han mandado; pero fácil es que al llegar a Londres encuentres deshecho ese plan, y tengas que volverte con las orejas gachas a tu triste destierro de París.

-Pues ahora me toca a mí -exclamó Ibero, contagiado de la exaltación del catalán-. Si el amigo Nonell está en sus cabales y no es delirio lo que nos cuenta, en ese vapor iré yo. Si ustedes no quieren enrolarme, yo mismo le pediré a don (p.7808) Juan Prim que me enrole, aunque sea de grumete, de marmitón, de fogonero. ¡Yo iré.. como hay Dios que iré!

En esto llegaron a la estación de Cannon Street, donde el tren se detuvo un momento, reculando después para tomar los carriles que en pocos minutos debían llevarlo a Charing Cross. Bajaron presurosos del tren los tres españoles llevando sus maletas, y como el hotel a donde iban a parar no estaba lejos, determinaron mandar con un mozo sus breves equipajes, y hacer a pie su entrada en la más grande y populosa ciudad del mundo. El primer cuidado de Nonell fue dirigir sus pasos inseguros al bar de la estación y convidar a sus compañeros, atizándose él sin respirar tres, seis o más dosis de cerveza, que en esto de las tomas no se conoce la cifra exacta. Salieron, y a los pocos minutos se encontraban en la Plaza de Trafalgar. Un fenómeno extraño pudo notar Ibero en la persona del fantástico Nonell, y era que si la sed le hacía desvariar, la copiosa ingestión de pale-ale le devolvía el discreto y normal uso de sus facultades mentales. Cogiendo del brazo a sus amigos, les llevó junto a uno de los gigantescos leones que ennoblecen y custodian el monumento elevado a las glorias de la Marina inglesa. Después de señalar a la estatua del insigne Almirante, colocada en lo alto de la columna, les mandó que se fijaran en uno de los bajo-relieves del pedestal, donde se representa la muerte del héroe, y les dijo: «Caballeros, vean ahí un letrerito, escrito en inglés, naturalmente, para mayor claridad.. Pues esas letras doradas ponen lo que el amigo Nelson dijo a sus marinos antes de disparar el primer cañonazo en el combate de Trafalgar. Les dijo, dice: «Caballeros..».

-Caballeros no -indicó Clavería-. Todos conocemos la proclama de Nelson: «Inglaterra espera..».

«'Que cada quisque.. every man, cumplirá con su deber'. Pues yo, que hasta ahora no he sido Nelson, ni espero serlo ya, digo esas mismas palabras a los buenos españoles que estamos metidos en este fregado de la Revolución pública. Caballeros, que cada uno de por sí haga lo que se le (p.7809) ha mandado, y llegaremos al triunfo. Con que, nobles amigos, ¡viva Nelson, viva España libre, viva don Juan Prim y Prats!.. vivamos todos para ver implantado el progreso, y vámonos a casa..». Guiados por Clavería, muy conocedor de aquellos lugares, recorrieron parte de las vías más hermosas y concurridas de Londres: Piccadilly Circus, el Cuadrante, y de aquí, por estrecha transversal, llegaron a una placita jardinada (Golden Square) y al hotel modesto donde algunos emigrados solían albergarse. A la sazón vivían allí Pavía y Milans del Bosch.

Sin tomar descanso, refrescándose tan sólo con un lavatorio de cara y manos, fue Clavería con sus dos compañeros de viaje a ver a Ruiz Zorrilla, que habitaba en un Family hotel, cerca del Museo Británico. No estaba en casa don Manuel: largo fue el plantón; pero al fin viéronse en la presencia del afamado revolucionario que con Sagasta compartía la confianza de Prim. A Clavería saludó con mucho afecto, y a Ibero y Nonell acogió benévolamente, apresurándose a recoger y abrir el pliego que su tocayo le dirigía. Leyendo para sí, dejó traslucir en el rostro el gozo de las buenas noticias, y Clavería, que reventaba de curiosidad, y no cabía en sí de puro inquieto y desasosegado, le dijo: «Querido don Manuel, no nos prive del gusto de saber lo que ocurre, si es cosa buena como parece indicar su cara. Y lo que a mí solo me diría, dígalo delante de estos dos hombres, patriotas de ley, afectos a nuestra Causa y dispuestos a servirla».

-Sí que lo diré -contestó don Manuel, mandándoles sentar, lo que no obedecieron, porque su anhelo se avenía mejor con aguardar en pie la verdad pedida-. Sabrán ustedes que los unionistas no se dieron por vencidos con el veto que puso Napoleón a la candidatura de Montpensier para el Trono de España. Insistieron por medio de sus agentes; manifestaron que sería Reina la Infanta, y que el marido de esta quedaría en la situación de Príncipe consorte, sin título de Rey.. Ya suponíamos que a esta solemne tontada no había de rendirse el Emperador; pero la confirmación oficial no (p.7810) la teníamos hasta ahora. (Recorriendo con rápida vista la carta.) Bien claro está. El Presidente del Consejo Privado del Emperador, Monsieur de Persigny, ha dicho a Olózaga que no se consiente la corona de España en la cabeza del Duque ni en la de la Duquesa de Montpensier.

-¡Bravísimo! -exclamó Clavería-. De modo que es candidatura descartada.

-En absoluto.. Ya lo saben los unionistas. Y si aún no se han enterado bien, no faltan medios de abrirles las entendederas. Nosotros, descuidados ya de este asunto, vamos a la Revolución.

-Con o sin ellos.

-No, no, Clavería: con ellos. Los unionistas no pueden volverse atrás, ni nosotros prescindir de su concurso. La fórmula de someternos todos a la Voluntad Nacional expresada en las Cortes Constituyentes, resuelve por ahora todas las diferencias.. Después, Dios dirá.

Esta manera elemental y algo inocente de marcar el proceso de las revoluciones fue muy del agrado de los tres visitantes, que la celebraron con esperanza y alegría. Era sin duda Zorrilla un temperamento revolucionario; pero ni la Historia ni la vida le habían enseñado las leyes que rigen las alteraciones de la normalidad en los pueblos. Verdad que no se estudian las revoluciones por los que las hacen, ni se hicieron nunca por los que las estudiaron en sus causas y en sus efectos. Obras son inspiradas más que reflexivas. En los movimientos interiores que turban la paz de los pueblos, imposible es separar las ideas de las pasiones. Y Ruiz Zorrilla carecía seguramente de la frialdad necesaria para intentar esta separación. Era un hombre voluntarioso, contumaz, carácter forjado en los odios candentes del bando progresista, nutrido con los amargores del retraimiento, que fue como un destierro para la vida pública, y como un largo ejercicio en el arte de la conspiración. Personalmente, era franco y noblote, como buen burgalés; alto y no muy derecho, con ligero agobio de su espalda; el rostro era la imagen de la llaneza, de la hombría de bien; los ojos leales; el bigote corto y caído, con mosca.

No (p.7811) quisieron retirarse los emigrados sin que don Manuel les diese alguna información sobre otro punto muy importante. ¿Tardaría mucho en ser alistado el vapor que había de salir para Canarias en busca de los Generales? No quiso, o no pudo Zorrilla precisar la fecha de la proyectada expedición; pero recomendó encarecidamente a los tres que guardasen escrupuloso secreto sobre aquel asunto, y que con ninguna persona hablaran en Londres de tal viaje ni de tal vapor. Este se alistaba como para ir a Candía en auxilio de aquellos insulares, sublevados contra el Imperio turco. Si alguien les hablaba del asunto, debían decir.. «Sí: el vapor lleva socorro de armas y víveres a los candiotas, a los pobrecitos candiotas, víctimas del despotismo turco», y no pronunciar el nombre de Canarias, ni el de España.. ni mentar a nuestra desgraciada doña Isabel.. Chitón, chitón..

 

Ep-40-XXVI -

Clavería dijo a don Manuel que los dos hombres allí presentes eran de los que enviaba Ramón Lagier para tripular el barco misterioso; y como Zorrilla manifestase que aquel asunto no estaba en sus manos, y no podía darles hasta el siguiente día indicación clara de lo que habían de hacer, soltó Nonell con la bocina de su ronca voz estas estridentes razones: «Yo estoy bien enterado, señor Ruiz, pues Ramón Lagier me dio en Marsella completa guía para todo lo que tengamos que hacer aquí. En el forro de mi sombrerete llevo apuntación con las señas de la correduría que despacha el vapor, Billiter street, y las señas de nuestro alojamiento en las Minories, cerca de la Torre de Londres y de los diques de Santa Catalina, donde amarrada está la embarcación. Yo iré de piloto, y este joven de marinero. Somos partidarios frenéticos de Prim, bien probados en Barcelona y en Madrid con el peligro de nuestra pelleja».

Con esto se retiraron los tres muy contentos, dejando a don Manuel no menos gozoso y animado. Al día siguiente, quiso Clavería que Ibero le acompañase a pasear por Picadilly, Pall Mall y los parques; pero Santiago, con fogosa querencia de las aventuras, prefirió lanzarse al (p.7812) conocimiento de lo que en su imaginación se representaba con descomunal grandeza y atractivos: los diques de flotación, los inmensos trasatlánticos, el Támesis, la Torre de Londres.. Salió, pues, tempranito con el fantástico Nonell; en el Puente de Waterloo metiéronse en uno de los vaporcitos que hacen el servicio urbano en ambas orillas, y se fueron río abajo, admirando la acumulación de maravillas que en ninguna otra parte del mundo se pueden ver. Iba Santiago con la boca abierta; no hablaba para no quitar espacio ni tiempo a su asombro. Después, paseando en tierra, los diques de Santa Catalina y London, la muchedumbre y variedad de barcos de todos tamaños y de diferentes banderas; los inmensos almacenes abarrotados de cuanto Dios crió en las cinco partes del mundo; los trenes que sin cesar cruzaban, llevando y trayendo mercancías, diéronle la impresión de haber caído en un planeta esencialmente comercial, todo carbón, fardos, máquinas, humo. Sus habitantes eran negros demonios benignos, que colaboraban en el bienestar universal.

Para concluir de embriagarle y enloquecerle a fuerza de admiración, Nonell le condujo al Túnel bajo el Támesis, con lo que quedó el pobre muchacho enteramente trastornado. «Si esa bóveda fuera de cristal -le dijo el catalán cuando se hallaban a la mitad del tubo-, veríamos el agua del río, y en el agua las quillas de los barcos. Esto viene a ser el mundo al revés, y más sorprendente que andar en globo por los aires..». Por fin, poco después de anochecer, uno y otro cayeron rendidos en sendos camastros del posadón en que se alojaban, situado en una calleja del arrabal de Minories.

Atendida la primera de sus obligaciones, que era escribir a Teresa, dedicó Ibero el nuevo día con ardor impaciente a ver Londres, que, a su parecer, era como una provincia con calles. Echando un vistazo al barrio donde vivía, Minories, advirtió en los rótulos de las tiendas apellidos de claro abolengo hispano: Guevara, Rodríguez, Mondéjar.. Pronto comprendió que eran nombres de judíos, y que estos (p.7813) abundaban en aquellos lugares. Entró en un Rastro que allí había, mísero bazar de ropas hechas, nuevas y baratas, o usadas y en buen uso, y cuando examinaba un colgadizo de chaquetones de pana, con idea de hacer alguna compra, salió al trato un hombre de rostro cetrino y pringoso. No entendió Ibero lo que le dijo; comprendió el marchante que se las había con un español, por alguna palabra de él cogida al vuelo, y acercándose más con afabilidad humilde le soltó esta frase: «Señor, ¿topa lo que le place?».

Ibero le miró; creía escuchar una voz que venía del tiempo de los Reyes Católicos; y así era, en efecto. El judío siguió hablando con él en la jerga que llaman judeo-español. Había oído Santiago que existían en diferentes partes del mundo hebreos de procedencia hispana que conservaban en sus hogares como reliquia preciosa la lengua de Castilla, y alegrose de comprobar por sí mismo el fenómeno.. Como tenía que aprovechar el tiempo, despidiose del mercader judío, ofreciéndole volver a comprarle algo, y tiró con rápido andar hacia el Oeste.

Cerca de Royal Exchange compró un planito de Londres, y púsose a estudiar brevemente las vías principales y las líneas de ómnibus. Lo primero que tenía que aprender era la situación de la casa Blanco Brothers, en la cual había de presentarse aquel mismo día. Pronto la encontró: era un pasadizo afluente a Lombard street, muy cerca del sitio donde a la sazón se hallaba examinando su plano; mas como no era hora de visitas, resolvió emplear el rato de espera en recorrer la City, el Strand, y algo más si había tiempo. Subió a la imperial de un ómnibus, que le llevó a Trafalgar Square. De allí recorrió a pie la espléndida vía Whitehall, formada en parte por monumentales edificios antiguos y modernos. La mañana era brumosa; el sol no había devorado aún todas las gasas en que Londres desde su temprano despertar se envolvía.

La ciudad dejaba ver sus formas tras un velo tenue, que solía conservar con cierto recato pudoroso hasta muy avanzado el día. El sol mismo atenuaba sus rayos tras (p.7814) aquel velo, para que los londinenses pudieran mirarle sin quemarse los ojos.. Los de Ibero no se saciaban del hermoso espectáculo que le ofrecían las maravillas de aquel trozo de la ciudad. Y cuando vio la masa gótica del Parlamento, cuyas líneas verticales parecían ascender de la tierra al cielo, estirándose y adelgazándose en la subida; cuando vio la torre y su reloj, cuya esfera y agujas eran tal vez para marcar horas gigantescas, no nuestras comunes horas; cuando, siguiendo hacia el río, llegó al puente, y contempló la enorme conglomeración de masas ojivales, Parlamento y Abadía de Westminster, todo envuelto en el vaporoso velo que espiritualizaba la piedra y desleía sus contornos en el gris dulce del cielo, creyó tener delante la representación del mayor esfuerzo de los hombres para establecer el imperio de la paz en el mundo. Esta idea extraña brotó en su mente, y en ella hizo su nido. «Los que han labrado esta colmena -se dijo- son las abejas de la paz, del bienestar humano». Él mismo se maravillaba de que tal idea hubiese entrado en él, y la agasajó en su cerebro para que no se escapase.

Después de abarcar con rápido golpe de vista el conjunto de las dos orillas del Támesis, mirado desde el puente de Westminster, corrió a la Abadía, revistó con arrobamiento febril las tumbas de los grandes hombres de Inglaterra, y desandando aprisa Whitehall, tomó el ómnibus para la City. Por el camino iba pensando mil extravagancias, nacidas del ideísmo pletórico que en su mente levantaron las grandezas que sólo en dos días había visto. Primero el espectáculo de Long Shore al Este, los diques, las naves, el inmenso trajín de la industria y el comercio; luego los monumentos del Oeste que declaraban la pujanza y solidez del Estado británico, reconcentraron sus pensamientos en esta noble idea patriótica: «¡Quiera Dios que con la Revolución que haremos pronto los españoles consigamos fundar un Estado tan potente, ilustrado y feliz como el de esta tierra nebulosa y fuerte!». Y creyendo en la posibilidad de tanta ventura, entró en la casa (p.7815) comercial de Blanco Brothers.

Recibido fue por dos individuos, un inglés tieso y un español flexible, que ya debía de tener noticia, no sólo de su llegada, sino de su persona y antecedentes, porque le acogió muy cariñoso, y le invitó a traspasar la verja de madera con rejillas metálicas. Encontrose Ibero frente a un señor larguirucho que escribía en un pupitre, y otro muy anciano que en aquel momento entró renqueando, apoyado en un bastón. Llegose al joven, y saludándole con paternal afecto, le mandó sentar, sentándose también él con lenta caída sobre la blandura de un sofá. Las primeras palabras, en un castellano plagado de elipsis y con notorias inflexiones inglesas, fueron para España y su hermoso cielo y su alegría picaresca. El señor anciano se regocijaba con las memorias de una patria que había perdido de vista medio siglo antes, sin haber vuelto a ella ni una sola vez.

Era también emigrado; pero de larga fecha, de la gloriosa y fecunda emigración de 1824, la importadora del régimen constitucional, y como el famoso relojero Losada, y Carreras, el acreditado tobacconist, encontró en Londres, con la hospitalidad, medios de labrar una fortuna. El buen viejo, asaltado de añoranzas, se deshacía en preguntas: «Dígame usted, joven, ¿se ha muerto Alcalá Galiano?». No estaba seguro Ibero de la respuesta, y en la duda, por no quedar mal, respondió que sí.. Ya no vivía.. era una lástima.. Y siguió el señor Blanco, que así se llamaba: «Hace mucho tiempo que no sé nada de Argüelles..». Respondió Ibero con ingenua veracidad que en el mismo caso estaba él.. Dijo después el anciano: «De Toreno me acuerdo perfectamente.. Me parece que le estoy viendo.. Aquellos hombres valían mucho, joven. Ya no hay hombres como aquellos.. Yo los traté a todos.. Fuimos amigos entrañables».

Sin duda el pobre señor no regía bien de la cabeza, porque varió súbitamente de conversación, diciendo: «¿Es usted aficionado a la música, joven?.. Porque convendrá usted conmigo en que no ha nacido otra cantante como la Malibrán. (p.7816) Soy muy amigo de su hermano, Manuel García. En mi casa come todos los domingos.. Yo sostengo que todas estas Pattis y todas estas Pencos no valen lo que el zapato de María Malibrán.. Dígame otra cosa: ¿Espartero está bueno? ¿Vive todavía en Logroño?». Sin esperar respuesta, cambiando súbitamente de conversación, le dijo que si se proponía visitar todo lo notable de aquella gran capital, no dejara de ver la parra de Hampton Court, y los instrumentos de tortura que se guardan en la Torre de Londres.. y que, según parece, eran los regalos que a Inglaterra llevaba la Armada Invencible.

Despidiose Ibero del venerable y simpático viejecito. Inmediatamente, el caballero que al entrar le recibiera, español neto por el lenguaje y el tipo, le manifestó que podía disponer del crédito abierto a favor suyo por el señor Santa María. Pidió y tomó Santiago cuatro libras para ir viviendo, y se retiró muy satisfecho y agradecido. El resto de la jornada lo empleó en tomar su lunch, en ver San Pablo y recorrer después toda Oxford Street, en rodear Hyde Park dando la vuelta completa a la Serpentine, y admirando el lujo de los paseantes en coche, a caballo y a pie.

En los siguientes días no pudo el riojano evadirse de acompañar a Nonell en las diligencias para el alistamiento del vapor misterioso. Conoció en estas faenas a varios mareantes catalanes y mallorquines, que con el propio objeto estaban en Londres. Asimismo pudo observar la variedad de hombres y razas que hormigueaban en los apartados cantones del East End. La diversidad de lenguas en aquella Babel a flor de tierra era otro motivo de sorpresa y asombro. Oyó Ibero su lengua propia, la italiana y francesa, y otras que le sonaban como jerigonza ininteligible. Vio tipos griegos, turcos, egipcios, australianos; vio a los que traen las sederías y el té de China, las perlas de Ceylán, las plumas y pieles africanas, el oro de California, las quinas de Arauco, el tabaco de Cuba, las esmeraldas del Perú, y las fieras y alimañas que de todo el mundo vienen a ocupar su celda en el (p.7817) Arca de Noé llamada Jardín Zoológico.

Los amigos españoles o ingleses con quienes hubo de intimar aquellos días, iniciaron a Ibero en el pasatiempo de las tabernas, mas sin lograr que tomase afición a las fuertes bebidas que allí se usan. La ginebra le repugnaba, transigía con el small whisky, aumentando la dosis de agua para atenuar considerablemente la graduación alcohólica. En los bar y cantinas, más que con la bebida, se embriagaba con la conversación, si encontraba españoles, franceses o catalanes. A la charla de los ingleses atendía para habituar su oído al idioma británico, cuya fonética era para él una música bárbara.. En aquellas sesiones tabernarias surgían a menudo disputas que alguna vez acababan en pendencias y choques violentísimos. Ibero, por lo común, no rehuía su intervención en estas trapisondas, movido de su carácter impetuoso y de las aficiones guerreras de su niñez, que en momentos graves casi siempre reverdecían. Nonell le atajó más de una vez, librándole de compromisos y lances peligrosos.

Una noche de sábado, en un tabernucho de Whitechapel, hallándose con amigos franceses y catalanes, y turbamulta de ingleses que bebían como cubas y vociferaban como demonios, estalló una cuestión entre un francés y un griego: la disputa empezó por nada, y rápidamente se trocó en furibunda trapatiesta. Intervino Ibero con ideas de paz; pero de improviso metiose en el ruedo un maldito irlandés que solía gallear con insolencia en aquellas reuniones, y al verle junto a sí, el riojano alavés perdió la serenidad. Aquel hombre, que noches antes había soltado palabras despectivas y canallescas en un castellano soez aprendido en los muelles de Gibraltar, le cargaba lo indecible; sentía ganas hondas, instintivas, de darle dos patadas.

Pues, señor.. llegó el bravucón irlandés despotricando en bárbaro lenguaje híbrido.. Algún brutal injurioso disparate dijo de los españoles; mas la frase quedó bruscamente cortada por el tremendo bofetón que Ibero le descargó en mitad del rostro.. ¡Inmenso tumulto, greguería (p.7818) espantosa! El irlandés volvió contra Ibero esgrimiendo los puños como mazas de hierro; otros dos boxeadores se abalanzaron sobre el español, que se vio precisado a sacar su navaja, aprestándose a una defensa rabiosa.. Sabe Dios lo que habría pasado allí si al estruendo no acudiese la policía que rondaba la calle. Un policeman echó la zarpa a Ibero, ordenándole que entregase el arma; otro agarró al irlandés, ligeramente herido de navaja en el brazo izquierdo. Los boxeadores quedaron también detenidos, y.. ¡hala!, ¡todos a la cárcel!

La gran desdicha de Ibero aquella noche fue que no estaba presente su amigo. Este llegó minutos después del suceso. Corrió detrás de los policemen que llevaban a los delincuentes.. fue al depósito de prevención.. Enterose allí del caso legal, que era delicadísimo por la herida de arma blanca que ostentaba como un trofeo judicial el gandul irlandés. Salió consternado Nonell, diciendo para su capote: «¡Pobre Iberillo, ya tienes para un rato!».

 

Ep-40-XXVII -

La primera diligencia de Nonell para sacar a Ibero de aquel mal paso, fue visitar a Clavería. El emigrado español y los amigos que con él vivían se inhibieron del asunto. Ni ellos ni Prim podían dirigirse al Cónsul en demanda de protección para un compatriota que, por cuestiones de naturaleza criminal, había de comparecer ante los tribunales.. Era un grave compromiso. Aguantara Ibero su detención y la sentencia que le viniese después. ¿Quién le mandó emborracharse y meterse en líos? El primer deber de la emigración política es no faltar a la hospitalidad. Ibero había faltado, hiriendo a un súbdito inglés.. Por último, no queriendo cerrarle los horizontes de salvación, dijeron a Nonell que viera con tal objeto a los señores Blanco Brothers en la City, para quienes el riojano trajo de París carta de recomendación y crédito.

Pasaba el buen don Jesús las horas del día y parte de las de la noche en la casa de Ruiz Zorrilla, en otra donde vivía Gaminde, y en la de Prim (Paddington) . El General recibía por la mañana a los que más directamente le ayudaban en su trabajo, Zorrilla y (p.7819) Pavía. Juan Manuel Martínez y Milans del Bosch entraban a todas horas. Para unos y otros tenía el General una frase afectuosa; para todos una previsora reserva, amargo fruto de los desengaños. Nunca fue el de los Castillejos tan poco expansivo, nunca tan tardo y perezoso para levantar los velos del inmediato porvenir. Y no obstante, el silencio de Prim no amortiguaba la confianza de los españoles proscritos. En todas las almas abría la esperanza sus rosadas florecitas. La voz de la fatalidad política, secreteando en los corazones, les decía que la histórica mole se desplomaría pronto. En tanto, la salud de Prim no era buena: los heroicos esfuerzos seguidos de fracasos, los acelerados y angustiosos viajes, los obstáculos dilatorios que a cada paso surgían, el desaliento de los partidarios, la indolencia de algunos, la ingratitud de otros, quebrantaron su naturaleza física. Pero de todo sabía triunfar el templado espíritu del Caudillo, su tesón admirable, que de la dureza de los hechos sacaba nuevo raudal de energía.

La vivienda del General era una linda casa burguesa, confortable, pulcra, discretamente elegante, situada en uno de los más hermosos barrios del Oeste. La Condesa de Reus (doña Francisca Agüero) , y los hijos, Juan e Isabel, compartían con el grande hombre las amarguras del destierro y las asperezas de la conspiración. Componían la servidumbre más inmediata al General dos hombres: un ayuda de cámara, francés, llamado Denis, pequeño de cuerpo, alegre de rostro, y un italiano alto, rubio, de gallarda figura, a quien llamaban Antoni. El primero llevaba muchos años al servicio de Prim; estuvo con él en las campañas de África y de Méjico, y sentía por su amo respetuosa adoración; el segundo le fue recomendado en Italia: era de los Mil de Marsala, y entró al servicio de Prim con nota o fama de bravura, honradez y fidelidad. Por su porte y modales, era un maître d'hôtel distinguidísimo.

Saca el narrador a cuento estos caracteres secundarios por un suceso acaecido en la casa de Prim, avanzado ya el (p.7820) mes de Agosto, y que tuvo relación subterránea con la Historia pública. De tiempo atrás, los emigrados que comunicaban a Prim las obscuras tramas revolucionarias, venían notando que algunas noticias transmitidas al Jefe con exquisitas precauciones, eran conocidas en Madrid y en la Secretaría privada de Gobernación. Sagasta y Martínez desde París, Zorrilla desde Bruselas, manifestaron al de Reus la sospecha de que en la casa de Paddington había un geniecillo maléfico que sustraía las cartas.. Prim lo negó terminantemente. «Toda carta que recibo -les dijo-, la leo dos veces para enterarme bien y contestarla, y en seguida la rompo». En la segunda quincena de Agosto, las sospechas de los amigos tomaron cuerpo, y una prueba evidente vino a darles plena confirmación. Había recibido Sagasta en París una carta del agente revolucionario en Marsella, señor Cuchet; otra de Arístegui, el agente en Sevilla, y ambas remitió a Prim, el cual, después de contestarlas, las rompió como de costumbre. Pues bien: a los pocos días, las dos cartas con la de Sagasta eran recibidas en nuestro Ministerio de la Gobernación.

Don José Olózaga, que por soplos de un funcionario infiel (en todas partes salen Judas) tenía noticia de este caso inaudito, harto parecido a un lance de comedias de magia, trató de comprobarlo. Lanzándose por torcidos caminos, logró al fin su objeto, y ello fue por mediación de una señora, cuyo nombre se ha perdido en los intersticios de la vida histórica. Por fin, Olózaga tuvo en sus manos las cartas, y con ellas la clarísima prueba de la traición. Bien se veía que en Londres fueron rotas en pedazos, y estos estrujados. Luego una mano aleve había recogido del cesto los trozos de papel, los había estirado, juntándolos cuidadosamente y pegándolos en una hoja en blanco.. Olózaga copió los párrafos más significativos, y formando con ellos una rica documentación testifical, la envió a Sagasta para que este hiciera comprender a Prim que tenía la serpiente en su casa. La comunicación de don José Olózaga fue llevada de París a Londres por don Juan (p.7821) Manuel Martínez.. En presencia de la terrible verdad, Prim quedó mudo; la lividez verdosa de su rostro daba espanto. Con interjección rotunda, exclamó en voz queda y trágica: «¡El italiano..!».

Seguros de que la labor criminal no tenía interrupción, concertaron el plan más certero para sorprender al Judas. La hora más propicia estaba próxima. Por Denis supieron que todas las tardes, en cuanto el General salía de paseo, Antoni se encerraba en su cuarto del piso segundo. ¿Qué hacía en sus soledades? Nadie lo sabía.. El General y su amigo dispusieron dar el golpe con las precauciones necesarias para un éxito seguro. Salió toda la familia a dar su paseo de costumbre por Hyde Park; acompañábala Juan Manuel. Al cuarto de hora, este y Prim entraron sigilosamente en la casa por el patio trasero.. Allí quedó Martínez; el General avanzó hacia el interior, y subiendo la escalera despacio, con pie gatuno, preparose para la sorpresa, que había de ser decisiva y cortante.

En los tiempos de su juventud militar y aventurera, hubo de adquirir Prim una costumbre que conservó hasta su muerte. Usaba un cinturón de cuero, y en la parte posterior de este llevaba bien sujeto y envainado un puñal. Escalones arriba, pisando quedo, sacó el arma.. llegó a la puerta del cuarto en que Antoni se encerraba, y no se entretuvo en llamar, ni se cuidó de que la puerta estuviese cerrada con llave o sin ella. De un puntapié vigoroso, la puerta quedó de par en par abierta. Antoni fue sorprendido en la tarea de pegar los pedacitos de cartas sobre un papel blanco. Al ver entrar al amo en aquella actitud, la cara verde, los ojos fulgurantes, el puñal empuñado en la mano derecha, no pensó ni en disculparse ni en confesar su delito. Prim no le dio tiempo a las gradaciones que conducen del crimen al arrepentimiento. El hombre cayó de rodillas, y antes de pronunciar el yo pequé, prorrumpió en súplicas de perdón con terror lacrimoso. El General cayó sobre él como un tigre, y apretándole el pescuezo hasta que el italiano echó fuera gran parte de su (p.7822) lengua mentirosa, alzó el puñal como si matarle quisiera de un solo golpe en aquel mismo instante.

Antoni, congestionado, pedía perdón más con la mirada que con la voz. Prim le dijo: «Villano, traidor, podría yo matarte; podría enviarte a Italia a que te mataran los que me engañaron haciéndome creer que eras hombre honrado y leal.. Pero no mancharé, no, mis manos con tu sangre.. quiero dejar tu vida en la ignominia.. Tu castigo es continuar siendo lo que eres, y el mal que me has hecho lo pagarás repitiendo lo que hiciste..». «Levántate -dijo después, poniéndose en pie-. ¿A quién das las cartas? Responde pronto». Compungido contestó el italiano: «Al Embajador, señor Duque de Vistahermosa». Le cogió don Juan por las solapas, y sacudiéndole furiosamente sin soltar de su mano el puñal, le dijo: «Tu vida está pendiente de mi voluntad. Muerto eres si no haces lo que te mando. A la menor infracción de las órdenes que voy a darte, perecerás sin remedio.. Escúchame: seguirás en mi casa sirviéndome con las mismas apariencias de fidelidad; seguirás siendo espía del Duque de Vistahermosa.. Yo y tú vamos ahora en un acuerdo perfecto. Yo, como antes, arrojaré en el cesto las cartas que reciba; tú continuarás recogiendo los pedazos y pegándolos conforme hacías cuando entré a sorprenderte. Reconstruirás cuidadosamente las cartas, y seguirás entregándolas al Embajador de España, y cobrando lo que este señor te pague por tu servicio.. ¿Te enteras bien de lo que te digo?».

Puesta la mano sobre el corazón, y acentuando sus trémulas palabras con movimientos de cabeza, hizo Antoni protestas de servil obediencia a lo que su amo le ordenaba. No dándose Prim por satisfecho con esta medrosa contrición, reiteró sus amenazas de muerte en la forma más terrible. Terminó con esto la escena.. Dejando al italiano bien vigilado, don Juan Prim se dejó cepillar por Denis, cogió su sombrero y se fue con Martínez a Hyde Park, a seguir su paseo con la familia.

La Historia se precipitaba impaciente; las ideas corrían a engendrar los hechos; (p.7823) la Libertad, harta ya de tentativas espirituales y de amenazas aéreas, ansiaba dar al mundo un ser efectivo, un engendro cualquiera, ya fuese bien formado, ya monstruoso. Cuantas noticias llegaban de España en los últimos días de Agosto y primeros de Septiembre, daban ya por rematada con todos sus perfiles la máquina revolucionaria. Un contratiempo, no obstante, desconcertó por unos días a los emigrados londinenses. Fue que dos días antes del señalado para la salida del buque misterioso, que había de traer a los Generales deportados, la casa consignataria se percató de que el auxilio a los candiotas era una.. metáfora política, y rescindió el contrato, devolviendo la cantidad entregada ya como primer plazo del flete. Felizmente, cuando los conspiradores se hallaban en lo más recio de aquel apuro, llegó de Cádiz la noticia de que estaba concertada la expedición del Buenaventura, mandado por el capitán Lagier. Este intrépido marino y ardiente patriota traería de Gran Canaria y Tenerife a los Generales unionistas. Pero aun con esta favorable solución, Prim y los suyos no descansaban de sus inquietudes, pues forzosamente habían de fletar otro vapor para llevar a Cádiz a los oficiales proscritos, residentes en Inglaterra y Francia.

Nuevos entorpecimientos rindieron, pues, aquellas firmes voluntades, que no hay obstáculos tan enojosos como los que origina la escasez de dinero. El tesoro de la Revolución hallábase en lastimosas apreturas.. Era indispensable socorrer a los emigrados pobres, que no podían quedar abandonados en tierras extranjeras. La solución de este problema aritmético la dio la Condesa de Reus, generosa y magnánima, decidiéndose a empeñar una joya de gran valor.. Resultó después que tan nobles esfuerzos eran insuficientes, pues de improviso surgieron gastos imprescindibles.. Por fin, los banqueros Blanco Brothers, entusiastas amigos de España y de la Libertad, facilitaron cuanto fue menester para el saldo definitivo de la emigración.

Desconsolado Nonell por el fracaso del buque fantasma, (p.7824) desahogaba su pena con el amigo Clavería, el cual le animó de este modo: «No llores por aventuras románticas. Más seguro y tranquilo irás en este otro vapor, que creo es de los Macandrews, y que me llevará a mí y a los demás jefes y oficiales. ¡Quiera Dios, Nonell amigo, que nos salga todo tan bien como está planeado y presupuesto, y que al rendir nuestro viaje, veamos a España feliz, en el goce de todas las libertades!».

A las preguntas que con vivo interés le hizo sobre las cuitas de Santiago Ibero, contestó Nonell: «Ya salió de chirona, gracias a los señores Blanco Hermanos, que se han interesado por él. Para mí, que don Manuel Santa María escribió a estos Blancos diciéndoles: 'Caballeros, cuiden de ese chico travieso y valiente, y mírenle como si fuera de mi familia'. Y así lo han hecho.. Me ha contado Ibero que en la cárcel no le trataban mal. La semana pasada le llevaron al juicio, y yo fui con él por animarle y cuidar de que declarara por derecho.. ¡Qué comedia! Aquellos tíos de las pelucas nos marcaron en grande. Vengan preguntas y más preguntas. Que si tal, que si fue, que si sacó la navajilla.. Santiago contestaba por intérprete, y todo lo que dijo estuvo muy en su punto. Para no cansar, los guasones de peluca sentenciaron libertad y una corta compensación al herido. Yo le hubiera dado por compensación cincuenta palos.. Ibero está contento: hace un rato le dejé en casa de los Blancos; no sale de allí; les ha caído en gracia. Díjele que vendría con nosotros en el Macandrews, y me ha contestado que no; él irá en el barco en que vaya Prim, aunque tenga que ir pelando patatas o fregando la loza.. Oiga usted, mi Coronel, ¿cuándo sale el General? ¿En qué vapor embarcará?».

-No lo sé -respondió Clavería-, ni me atrevo a preguntarlo a nadie. Ese es el secreto último, el secreto capital, la clave..

Llegó Ricardo Muñiz a Londres con las disposiciones postreras del plan, acordadas en Cádiz y en Madrid, y al día siguiente volvió al continente, y sin detenerse en París siguió a Bayona, con órdenes para Damato, (p.7825) Moriones y Montemar. No tardó en salir Juan Manuel Martínez, que no había de parar hasta Madrid; llevaba instrucciones definitivas para Olózaga, Cantero, Moreno Benítez y Escalante, que formaban la Junta central.. Pavía, Milans del Bosch, Gaminde y otros muchos, partieron en el vapor fletado; Clavería no, pues a última hora se le mandó a Burdeos, para desde allí acudir a Santander y Santoña.. En fin, toda la hueste conspiradora se movilizó con admirable orden y prontitud.. El 12 de Septiembre muy temprano, por la estación de Waterloo, salió Prim para Southampton. Con él iban Sagasta, Ruiz Zorrilla y el fiel Denis. El mismo día por la tarde embarcó en el magnífico trasatlántico Delta, de la Mala Real Inglesa.

Entró Prim a bordo vestido con la librea de los Condes de Bark, señores franceses amigos suyos, que con este donoso tapujo le facilitaban la salida de Inglaterra y la llegada a Gibraltar. Para sostener la ficción, fue alojado Prim en cámara de segunda, con Denis. En segunda iban también Zorrilla y Sagasta, que habían tomado su pasaje como viajantes de comercio, sin infundir sospechas. Y la salida de Prim se tramó con arte tan discreto y sigiloso, que ni la policía inglesa ni el Embajador de España tuvieron la menor noticia. La estafeta traidora del italiano Antoni, que antes dañó a la Causa, hízole ahora un gran servicio. El espía de Vistahermosa, reducido por las amenazas de muerte a engañar a quien le pagaba, seguía recogiendo del cesto cartas amañadas, falsas invitaciones a jiras campestres, y a paseos marítimos en Brighton o isla de Wight. Los pedacitos, cuidadosamente desarrugados y pegaditos en un papel, iban a parar a la Embajada, y de allí salían para Madrid. Por esto, cuando Prim iba de viaje, cuando estaba ya en Gibraltar y aun en Cádiz, González Bravo decía sonriente y confiado: «No hagan ustedes caso de noticiones absurdos. El hombre sigue en Londres.. No puede haber duda: aquí está la prueba».

Partió el Delta majestuoso, con sin fin de pasajeros para la India y escalas. En la espléndida cámara de (p.7826) primera, familias inglesas, ricachonas, se disponían a un viaje divertido, comiendo cinco veces al día, y entreteniendo las restantes horas con lecturas, música y otros pasatiempos. Hechos a las largas travesías, los ingleses viven a bordo como en tierra, y consideran el mar como un elemento que en toda ocasión les es propicio: por esto lo han dominado, convirtiendo al buen Neptuno en un manso amigo de Albión. En la cámara de segunda, el hombre de los Castillejos violentaba su carácter señoril acomodándose a la inferioridad del alojamiento y trato, y proponiéndose no salir del camarote hasta Gibraltar, con lo que podía soñar despierto en la magna empresa o aventura que su indomable corazón acometía.

La primera noche de viaje fue mediana. A excepción de Denis, que era insensible al cambio de elemento, los españoles de segunda sintieron las molestias del mar. Prim cayó por la mañana en profundo sueño, que fue sedación de la horrible cansera mental de los últimos días en Londres; Zorrilla, despierto, consultaba con las almohadas de la litera sus atrevidos planes revolucionarios, suficientes a volver del revés toda la vida nacional; Sagasta, que había dormido por la noche, fue desde el amanecer el más valiente: había echado de su cuerpo la bilis sobrante; se confortó después con café; más tarde añadió el superior confortamiento de un gin-cock-tail, y ávido de aire y luz, que son la mejor medicina contra las molestias del mar, subió a cubierta. Vio en la toldilla señoras y caballeros que arrellanados en butacas de mimbre o de lona, leían o charlaban. Ya el Delta había montado la punta de Ouessant, en Francia, y llevaba rumbo a Toriñana. El día era espléndido; la mar, muy llana y apacible. Sagasta disfrutó del puro ambiente, y hallándose en sosegada contemplación del barco en toda su longitud de popa a proa, vio aparecer por la más próxima escotilla la cara, después el busto y cuerpo, de un joven que no le fue desconocido. El tal vestía chaqueta con botones dorados; al hombro llevaba una servilleta, y en la mano unos platos. Llegose al (p.7827) proscrito español, y con voz afectuosa le dijo: «¿No me conoce, don Práxedes?».

-Hombre, sí. Quiero recordar..

-Soy el que le llevó a Saint-Denis los pliegos del señor Santa María.. y le encontró a usted volviendo del río con los cubos de agua.. Soy, para servirle, Santiago Ibero.

 

Ep-40-XXVIII -

-Hombre, ya.. ya recuerdo. ¿Cómo tú aquí?

-Se lo contaré.. Debo la felicidad de estar a bordo, cerca de Prim y de usted, a los señores Blanco Hermanos, que me han favorecido.. Para mí no hay mayor gloria que servir a la Causa.. A donde vaya Prim voy yo. Denme ustedes ocasión de hacer algo, por poco que sea, en provecho de esa gran idea..

-Bien, hijo, bien. Tú pitarás, tú pitarás. Arrimémonos a la borda, donde estaremos más aislados para charlar un poco. Cuéntame: Clavería me dijo que estuviste preso..

-Sí, señor.. Pinché a un irlandés renegado que habló mal de los españoles.. Fue un pronto que tuve. No pude contenerme. ¡Quince días de aburrimiento, de congoja.. y sin saber lo que sería de mí! El trato de la prisión no era malo. Me daban bien de comer, y me permitían escribir a mi mujer y recibir las cartas de ella.

-¡Tu mujer! -exclamó Sagasta riendo-. ¿Pero eres tú casado?

-Casado precisamente, no. Pero para mí y para ella es lo mismo. Somos felices.

Agradeció Ibero la benevolencia de Sagasta, que escuchaba risueño. Con el mismo regocijo había escuchado el señor Santa María la picaresca historia de su dependiente. «Le contaré -dijo Santiago- cómo he podido colarme en este vapor. Al verme preso, escribí a mi principal y este repitió a los señores Blanco la recomendación de mi persona, rogándoles que hicieran por devolverme la libertad.. Don Jaime Blanco, que es el más joven de la casa, nieto del viejecito don Félix, me tomó afición; fue a visitarme en la cárcel dos o tres veces.. le conté mi historia.. También se reía.. Cuando me vi libre, dije a mis favorecedores que mi mayor gusto sería embarcarme en el vapor que llevase a España al General Prim. El día 10 supieron los Blancos que don Juan embarcaría en el (p.7828) Delta. Y vea usted por dónde la Providencia me favoreció, colmando por el momento todas mis ambiciones. Un día, explicándole yo a don Jaime Blanco por quinta vez mis manías patrióticas, me dijo lo mismo que usted hace un rato: Tú pitarás. Y he pitado y pito, porque don Jaime está casado con la hija del proveedor de la Mala Real Inglesa, un Mister Prescott que tiene a su cargo el servicio de fondas de todos los vapores de la Compañía, y el personal de mayordomos, despenseros, camareros y limpia-platos.. ¿Verdad que he tenido suerte? Todavía me parece sueño.. Esta mañana le serví a usted el café, señor don Práxedes, y no me conoció..».

-Hay poca claridad en la cámara -dijo Sagasta, recogiendo su sonrisa y poniendo en su rostro ligera expresión de severidad-. Esa travesura que me cuentas, el colarte aquí para ir a Gibraltar con nosotros, podría tener, a pesar tuyo, algún inconveniente.. Ese proveedor de los vapores, a quien debes tu colocación, ¿sabía que Prim embarcaba en el Delta?

-No, señor: nadie más que don Jaime Blanco lo sabía. Mister Prescott me admitió como ayudante de camarero, hasta Gibraltar nada más, por estas razones que le dio don Jaime: que yo servía en un barco español naufragado en Bristol; que tengo mi familia en Algeciras: que carezco de recursos para volver a mi país. Esto y más le dijo.. pero nada de Prim ni de política.

Sin darse por convencido absolutamente, inclinábase don Práxedes a recibir por buenas las razones del riojano y a creer en su lealtad. No dio a Ibero formal promesa de apoyarle en su pretensión de ser incorporado a los acompañantes de Prim; pero le ofreció consultar el caso y darle respuesta definitiva antes de llegar a Gibraltar. Separáronse después de esto, pues su conversación era ya demasiado larga, y Sagasta se volvió a su litera, de donde ya no salió en todo el día.

En el siguiente, navegando a lo largo de la costa de Portugal, Ibero se dio a conocer a Ruiz Zorrilla, dentro de la cámara, aprovechando una ocasión en que nadie podía escucharles. Don Manuel recordó la (p.7829) fisonomía del joven emigrado, y los encomios que de su ardimiento y fidelidad a la Causa le había hecho por escrito Santa María. No fue preciso más para que se estableciera entre ambos revolucionarios, el grande y el chico, una corriente de simpatía y confianza. «Aunque contamos con la Marina -dijo don Manuel en el tono sigiloso que era ya un hábito por el largo ejercicio de la conspiración-, yo me mantengo reservado.. Si me preguntan por qué desconfío, contestaré que estas cosas no pueden razonarse. En los Cuerpos armados hay muchos liberales de buena fe, que en los acaloramientos del patriotismo prometen lo que después, en las frialdades de la ordenanza, se queda sin cumplir.. Sabemos que el mes pasado estuvo la Zaragoza en Lequeitio; que la Reina, con la mar picada, fue a visitar el barco.. Doña Isabel no se marea nunca: lo que hace es marearnos a todos.. Pues a bordo de la Zaragoza la obsequiaron los señores marinos, y el bravo Malcampo le rindió los homenajes de ritual.. ¿Quedó Malcampo, después de la visita regia, en la misma disposición que tenía antes de ir a Lequeitio?.. Te advierto que Topete, Malcampo y Prim apenas se han tratado. Pronto hemos de ver lo que de esto resulta.. Entiendo que mañana llegaremos a Gibraltar.. Tú, si no te doy órdenes en contrario, te arrimas a mí, como si fueras criado mío, y trasbordaremos a una lancha, a otro vapor.. todavía no lo sé.. Aún estamos en la esfera de lo desconocido, de lo dudoso.. ¿Cuándo entraremos en lo cierto?». Suspiró, y llamado por Denis, se fue al camarote de Prim.

Un ratito de palique tuvo Ibero con el bondadoso franchute, criado del General. Oyéndole hablar español, quiso Denis meterle los dedos en la boca para que vomitase su nombre, condición y lo demás que al parecer ocultaba; pero Santiago no se dio a partido, y supo hacer la comedia de que ignoraba la jerarquía y calidad de los pasajeros a quienes servía. El de Reus continuaba invisible.. El tiempo empezó a ponerse fosco a la altura de Lisboa, y cuando el Delta, al atardecer del 15, asomaba las narices al Cabo de (p.7830) San Vicente, recibió la bofetada de un levante frescachón, que fue aumentando en violencia cuanto más se aproximaba el vapor a la boca occidental del Estrecho. Con balances molestísimos para todo el pasaje llegó a la bahía de Gibraltar en la mañana del 16.. Al punto atracaron multitud de botes y lanchas. Entraban los de Sanidad y la Policía del puerto; salían pasajeros que habían terminado su viaje; invadían el vapor mercaderes de fruta, chamarileros, ganchos de fondas. En la gran confusión de cubierta, vio Ibero a don Juan Prim con traje usual de paisano, despidiéndose de los Condes de Bark; vio a Sagasta y Zorrilla, y a este se arrimó, aliviando a los dos de las maletas que cargaban.

Vestido aún de la chaqueta azul de camarero, Santiago se abrió paso, a codazo limpio, entre la densa multitud.. Llegó a verse muy cerca de Prim, a quien expresivamente saludaron dos señores que acababan de subir a bordo: en uno de ellos, alto, picado de viruelas y con gafas ahumadas, reconoció a don José Paúl y Angulo; al otro no conocía: después supo que era el Coronel Merelo.. Con trabajo llegó Ibero a la escala: delante de él iba Denis, agobiado de diferentes bultos. Al fin pusieron el pie en una lancha; vio a Zorrilla y Sagasta que pasaban de una embarcación a otra.. El General, Paúl y tres más acomodáronse en un bote con dos remeros. Un hombre que empuñaba la caña del timón hizo señas a Sagasta, indicándole una lancha con toldo, tripulada por cuatro hombres.. Hacia allá fueron saltando de borda en borda. Al fin, en la confusión se iniciaba un orden relativo.. Entre tantas voces, una enérgica frase dispuso la salida del bote y la lancha bogando en dirección determinada.. Iban con rumbo contrario al muelle; se aproximaron a un vapor, cuyo nombre, pintado en la aleta de estribo, leyó Ibero Alegría-Cádiz.

Sin duda, aquel era el barco que debía conducir a Cádiz al General y a sus amigos.. Notó Ibero gozoso que Denis le miraba risueño; además, al encaramarse en la escala, le confió parte de los bultos que llevaba, encargándole mucho cuidado. Uno (p.7831) de estos era un lío como de bastones o paraguas enfundados. Por la forma de algún objeto, comprendió Santiago que iba allí la espada de los Castillejos. ¡Adelante, arriba! Sobre cubierta, mientras Prim y sus amigos desaparecían en la cámara, Ibero y el francés cuidaron de reunir, junto al mamparo más próximo, el equipaje del General, las maletas de Zorrilla y Sagasta, añadiendo las de los criados.. Y cuando los marineros del Alegría trataban de bajar todo a la cámara, salió de esta Zorrilla y les dijo: «Dejen eso aquí, pues es fácil que hagamos otro trasbordo».

En tanto, Denis seguía tratando a Ibero como de la casa. Sin duda don Manuel había garantizado la fidelidad del mozo riojano, llevándolo a su servicio, que era como ir al servicio de Prim. En la cámara celebraban animada conferencia el General y sus amigos con los que de Cádiz habían venido en el Alegría: don José Paúl, el Coronel Merelo y un paisano llamado La Rosa. Ni Denis ni Santiago pudieron enterarse de lo que allí se trató: tal vez el criado francés, que repetidas veces entró en la cámara, pudo coger al vuelo alguna frase reveladora del sentido de la conferencia; mas al salir nada dejó entender a su compañero. Ignoraba, pues, Santiago que los jefes de la Escuadra hacían saber a Prim, por conducto de aquellos tres señores comisionados al efecto, que no debía presentarse en Cádiz, ni personarse a bordo de la Zaragoza, hasta que llegasen de Canarias los Generales unionistas, que había de traer el Capitán Lagier en el Buenaventura. Ya sabía Ibero por un marinero del Alegría, harto comunicativo y charlatán, que el Buenaventura había salido de Cádiz el 8, llevando de sobrecargo a don Adelardo Ayala.. Estaría de vuelta sobre el 18 o el 19, salvo impedimento de mar, o dificultades para el embarque de los Generales en las costas del Archipiélago.

La discusión fue muy animada en la cámara del Alegría. Por conducto de los comisionados, Topete y Malcampo decían a Prim que se detuviera en Gibraltar. La Escuadra no debía, según ellos, dar el grito, mientras no (p.7832) estuvieran reunidas en Cádiz todas las espadas revolucionarias. No se conformaba con esto el impetuoso General. Con poderes de este, el Capitán Lagier, al partir para Canarias, había convenido con Topete en que la Escuadra recibiría a su bordo al primero de los caudillos que llegase, efectuando sin dilación el pronunciamiento. Faltaba, pues, Topete a un compromiso por él contraído, y además ponía en grave peligro el éxito de la sublevación dilatándola indefinidamente, pues no era posible determinar cuándo recalaría el Buenaventura, ni había seguridad absoluta de que trajese a los Generales. Los mismos que eran mensajeros de la Marina opinaban contra la excesiva precaución de Malcampo y Topete. Se corría el riesgo de que la goleta Ligera llegase de Málaga de un momento a otro, y no se había contado aún para la revolución con el comandante de aquel barco de guerra.. Hallábanse, además, el General y sus amigos expuestos a una desagradable visita de la policía inglesa.

El más fogoso, inquieto y levantisco de los comisionados, don José Paúl y Angulo, no sólo se mostró contrario a la cuestión de etiqueta planteada por los jefes de la Marina, sino que propuso al General desatender resueltamente la indicación de aquellos. Y como se recelaba que el viaje en el vapor Alegría había de ser peligroso a la salida de Gibraltar, y más aún al entrar en la bahía de Cádiz, él y su hermano don Francisco habían dispuesto que el General y sus amigos embarcasen en otro vapor. Al efecto, entraron en negociaciones con un rico comerciante de Gibraltar, Mr. Bland, grande admirador de Prim y entusiasta por la revolución española. Este les facilitaba un remolcador del puerto, embarcación ligera y de buena marcha, que les llevaría, como un discreto contrabando, a Cádiz y al costado de la Zaragoza. Prim, que nunca fue tardo ni vacilante en sus resoluciones, dijo: «Vámonos, y sea lo que Dios quiera».

A poco de esto, llegó a bordo el mismo Bland, dueño del barco, y de lo que allí deliberaron resultó el acuerdo de salir en el remolcador (p.7833) durante la noche. El Alegría saldría como de costumbre, siguiendo, para no infundir sospechas, su derrota ordinaria de Gibraltar a Cádiz con escala en Tánger. En el curso del día variaron los pareceres sobre si todos irían en el Adelie, o sólo el General con Sagasta y Zorrilla. Por fin se decidió que con Prim irían tan sólo los amigos que le habían acompañado en el Delta, y además Paúl y Denis. No quedó poco desconsolado Santiago Ibero cuando Zorrilla le notificó que no embarcaría en el remolcador. Adverso se le mostraba el Destino en aquel punto, pues su ilusión más viva era ir junto al gran caudillo y los dos paisanos que casi actuaban ya como ministros de la Causa. Y aun la separación del buen Denis le causaba pena, pues con un corto trato ya le estimaba y tenía por amigo. Se acordó, por último, dejar los equipajes en el Alegría, donde era más fácil ocultarlos en caso de que algún buque guarda-costas intentara reconocimiento.

En resolución, a la madrugada zarpó el Adelie con las personas indicadas, cuatro marineros y un piloto. Con diferencia de pocas horas, hizo lo propio el Alegría. El Levante, que ya les zarandeaba en la bahía de Gibraltar, en cuanto rebasaron de Punta Carnero, se les mostró terrible enemigo, con furioso viento y mar gruesa de costado. Entre Tarifa y Trafalgar el Adelie luchó como león marino con los refuelles del Estrecho, moderando su andar y manteniendo el rumbo como podía. En el horroroso cuneo, sus tambores iban alternativamente al cielo y al abismo. Cuando la embarcación se hallaba en la cresta de la ola, las ruedas pataleaban en el aire, y al caer en la sima de agua, creyérase que el barco y sus valientes tripulantes y la revolución española, se colaban juntos hechos una pelota en las profundidades del mar.

En esta situación, amaneció el 17 de Septiembre. El mismo día, entre nueve y diez de la noche, hallándose la Zaragoza fondeada en Puntales, los oficiales de la fragata jugaban tranquilamente al tresillo. De improviso se presentó a bordo el segundo Comandante don Francisco Castellanos, y al poco tiempo (p.7834) llegó don Rafael Malcampo, primer Comandante. Como solían dormir en tierra, la presencia de los dos jefes fue motivo de sorpresa en la oficialidad y en toda la tripulación. Sobre las cartas del juego interrumpido flotaron retazos de comentarios sigilosos. Alguien apuntó por lo bajo el esperado arribo de un vapor que vendría de Canarias. En estas incertidumbres y conjeturas había pasado media hora larga, cuando los oficiales sintieron que otro bote requería la escala. ¿Quién venía? El brigadier don Juan Topete, capitán del Puerto de Cádiz. Ya no quedaba duda de que un acontecimiento extraordinario estaba próximo. En el portalón recibieron los dos comandantes a Topete, el cual, malhumorado, les dijo: «Ríñanme; vengo con retraso». Y sin hablar más, metiéronse los tres en la cámara del Comandante.

La causa de la tardanza del valiente Comandante de la Blanca en el Callao, se conoce en Cádiz por una tradición perpetuada de boca en boca. Cuentan que la señora de Topete, tan virtuosa como amante de su marido, no gustaba de que este anduviese en trapisondas revolucionarias. Don Juan, que estaba muy atrasado de sueño, echose en la cama a prima noche, encargando al cabo de mar que a determinada hora le llamase tirando fuertemente de la campanilla. Sospechó sin duda la dama que el ir a bordo tan a deshora no era para cosa buena, y envolvió en trapos el badajo de la campana, para que la vibración del metal no pudiese llegar a los oídos del durmiente. La impaciencia del cabo deshizo el femenino ardid: cansado el hombre de tirar del cordón, llamó a puñetazos con tanta furia, que poco le faltó para echar abajo la puerta. Gracias a esto despertó el buen Topete y pudo acudir a su puesto, aunque con bastante retraso.

A poco de reunirse en la cámara los jefes de la Zaragoza y el Capitán del Puerto, llamaron a la oficialidad. Topete, con palabra difícil, les dijo que el oprobio arrojado por el Gobierno sobre la Marina, ponía fatalmente a esta.. en el duro trance.. de quebrantar la disciplina.. Era (p.7835) cuestión de dignidad.. cuestión de honra.. Guerrero de voluntad maciza, navegante de grande acción y palabra seca, Topete no conocía más vocabulario que el de la lealtad; no encontraba las voces con que se ha de expresar lo contrario de aquella virtud, algo que también es respetable, pues hay sin fin de virtudes que los hombres practican conforme al mandato de las circunstancias. En su auxilio fue Malcampo que dijo: «La Marina no puede ser indiferente a los males de la Nación; la Marina es un organismo nacional.. ha recibido de los últimos ministros del ramo desaires sin cuento, humillaciones..». Con estas y otras vagas formulillas, salieron al fin del paso los dos Comandantes, y terminaron diciendo a sus subordinados que si alguno se sentía desconforme con el pronunciamiento de la Marina, a tiempo estaba para retirarse a su casa. Un oficial se permitió suplicar a los jefes que fijaran el punto hasta donde había de llegar la Marina en su protesta o rebelión, pues no resultaba esto bien claro. Volvió a tomar la palabra Topete para decir, con rudeza premiosa, que la Marina no iba contra el Trono.. el Trono ¡ah!, sería respetado.. Se aspiraba no más que a un cambio de Gobierno, a un cambio radical de política.. Con las explicaciones de unos y otros, prolongose un rato la conferencia, y estando aún reunidos todos en la cámara, sonaron fuertes voces fuera del barco..

Las voces decían: «¿Es esta la Zaragoza?.. ¡Zaragoza, un bote; pronto.. echarnos un bote!».

Acudieron todos a la borda; en la obscuridad de la noche distinguieron el bulto de una embarcación no muy grande. Malcampo reconoció el remolcador de Bland, y ordenó al instante que acudiese un bote a los que llamaban con tanto apremio. Momentos después, el bote atracaba a la escala, y por esta subía don Juan Prim, seguido de sus compañeros.

«Creí que no llegábamos nunca -dijo Prim al estrechar la mano de Topete y Malcampo-. Viaje malísimo.. muertos de hambre».

 

Ep-40-XXIX -

Al poner el pie en la cubierta de la Zaragoza, Prim no (p.7836) disimuló su júbilo. Topete y Malcampo, guardando al General la debida cortesía, permanecieron un rato vacilantes y cortados, sin encontrar en su pensamiento la fórmula de las congratulaciones para casos como aquel, más frecuentes en las comedias que en la vida. No esperaban a Prim tan pronto; esperaban a los Generales traídos de su destierro de Canarias. Cambiado por el acaso, por lo que fuera, el orden de las cosas, se les desconcertaban las ideas y hasta el vocabulario. No podían decir a uno lo que cada cual llevaba preparado en su caletre para decirlo a otros.. Creyérase que el inesperado huésped entraba en la fragata como un golpe de mar, alterando por un momento la estabilidad.. de los perplejos tripulantes.

Reunidos marinos y paisanos en la cámara del Comandante, antes de meterse en deliberaciones se acudió a reparar las fuerzas de los que llegaban de una travesía penosa y sin víveres. Como nada se había preparado a bordo, la cena de Prim y los suyos fue modestísima y fiambre. Naturalmente, al compás del comer, la conversación animada y picante, en términos de franca amistad, fue sacando de cada alma pensares y sentires que, si en algunos puntos disentían, en otros admirablemente concordaban. Con pie de gato asustadizo pasaron sobre las ascuas del candidato al Trono, en el caso de que este quedase vacante. La infantil ingenuidad de Topete y su palabra marinera y balbuciente, podían poco cruzándose con la convicción ardorosa y la palabra de acero de Prim; menos podían aún frente a la esgrima de un polemista tan experimentado como Sagasta. La idea de remitir la espinosa cuestión dinástica al supremo criterio de la Soberanía Nacional, acogiéndose a la socorrida receta de Espartero, iba penetrando en el ánimo de los marinos, que así se encontraban con un buen emoliente que aplicar a sus escrúpulos y escozores de conciencia.

Discutiendo con noble sinceridad, se llegó a declarar que si los males y humillaciones de la Marina eran graves, mayor gravedad tenía el oprobio de la Patria, y que la Marina empequeñecería (p.7837) su protesta si la encerraba en los cortos límites del espíritu de Cuerpo. La Marina, como el Ejército, tomaría el nombre de España, envilecida ante las naciones por la Corte y la infame camarilla. Los soldados de mar y de tierra, como todo el país, sentían su rostro enrojecido por los ultrajes que a la Nación española inferían los que más obligados estaban a mirar por su honra. Ejército y Armada, unidos al Pueblo, habían de salir a la defensa de la Madre común, escarnecida públicamente y arrastrada por el fango.. De esta discusión, que Prim, Sagasta y Zorrilla caldearon hasta el rojo, salió el acuerdo de que la Escuadra se pronunciara al día siguiente a las doce. De ningún modo debía esperarse a los Generales, no sólo porque era insegura la fecha de su llegada, sino porque la efervescencia que reinaba en Cádiz exigía que no se dilatara el arranque inicial.. La revolución llenaba el ambiente y movía todas las almas; la misma autoridad, azorada y melancólica, sintiéndose impotente contra ella, a punto estaba de dar el breve paso que separa el contra del pro. Detener el pronunciamiento un día más, una hora, era exponerse a que cualquier inesperado suceso, una regresión, una falsa noticia, una voz en el aire, una china en el sendero, dieran con todo al traste. ¡Volver a empezar!, ¡qué horror! Las vidas se agotaban, las voluntades rebeldes habían llegado a su máxima tensión, y ya.. o reventar o vencer.

Penetrados de tales ideas y dispuestos a ejecutarlas, requirieron los caballeros de la Libertad un corto descanso; que ya, desde la última palabra del discutir hasta la primera claridad del amanecer, poco tiempo había de pasar. El más tardo en recogerse fue Sagasta, que en un corro de oficiales estuvo charlando hasta la salida del sol. Encendidas las calderas desde la madrugada, el 18, después de las faenas matutinas, se dieron órdenes para que la Escuadra dejara el fondeadero de Puntales y se aproximase a la ciudad, colocándose frente a la batería de San Felipe. Era para don Juan Prim contrariedad molesta la falta de uniforme; pero como todo tiene (p.7838) remedio en este mundo menos la muerte, él mismo discurrió un ingenioso arbitrio para ostentar las insignias elementales de su jerarquía militar. Mandó que con lanilla roja de banderas le hicieran una faja; se la puso, y en verdad que una vez ceñida al cuerpo y vista de lejos, todo el mundo la diputara por legítima y noble seda. Para cubrirse, tomó la gorra del oficial de Marina cuyas medidas de cabeza correspondían a las de la suya. Tocó este honor a la cabeza del ilustrado oficial don Camilo Arana. Véase cómo un gran suceso de la Historia contemporánea fue precedido de incidentes vulgares, cómicos, contrarios a toda solemnidad.

Con lenta marcha majestuosa llegó la fragata Zaragoza frente a San Felipe. Delante y detrás, formando extensa línea, fueron la Tetuán y Villa de Madrid, los vapores Isabel II, Vulcano y Ferrol, y las goletas Edetana y Concordia. A la una del viernes 18 de Septiembre de 1868, hallábanse en el puente de la Zaragoza don Juan Topete, Malcampo, Prim, y toda la oficialidad. Diose a la marinería la orden de subir a las vergas, a los cabos de cañón la de prepararse para el saludo, y don Juan Topete, con voz de mando estentórea, lanzó los gritos de ordenanza: ¡Viva la Reina! Siete veces fue aclamada doña Isabel por Topete; siete veces contestadas las aclamaciones por la marinería. Bien pudieron notar los oficiales que Prim cambiaba de color a cada grito. Mas no era hombre que se dejase imponer por una voluntad que en aquel caso solemne tenía por secundaria, ni consentía que sus altos pensamientos quedasen más bajos de lo que debían estar. Arriba, en el cielo mismo, había de ponerlos ¡vive Dios!, y que los señores de a bordo lo tomaran como quisiesen. Huésped de ellos era, su prisionero tal vez. Pero ningún peligro le arredraba: con una o dos palabras pondría el remate a su gran obra y convertiría su idea en acción real. Pues a decirlas ante el cielo y la tierra.

Como quien rectifica cortésmente un concepto equivocado, Prim se adelantó con esta vulgar frase: «Dispense usted, mi brigadier». Y como un león se (p.7839) abalanzó al pasamanos del puente, y echando toda el alma en su voz vibrante, gritó: «¡Viva la Soberanía Nacional.. viva la Libertad!». Repitió la exclamación como un conjuro mágico que desde aquel punto había de correr por toda España, despertando los corazones dormidos y resucitando las esperanzas muertas. Oído por la marinería el grito del General, ya no sonaron más los fríos clamores de ordenanza, sino que estalló un ¡viva Prim! inmenso, ardoroso, y confundido con el estruendo de la artillería, fue repitiéndose de verga en verga y de barco en barco. El nombre de Prim y los cañonazos sonaban con giro vertiginoso como si en espiral se enroscaran.. iban a perderse en la ciudad entre los alaridos de la multitud.

La fiera de la Revolución estaba ya suelta; el Trono caído y roto.. Los Generales, cuando vinieran, si venían, nada podrían hacer ya para encadenar a la fiera y enderezar lo caído. Si Prim no se les hubiera anticipado, el alzamiento habría seguido rumbo distinto, que desconocemos.. como no se tome el trabajo de referirlo el divino Confusio.

Pronunciada la Escuadra, se creyó a bordo que la Plaza secundaría el movimiento sin tardanza. No fue así: tardanza hubo. Los batallones de Cantabria no salían de sus cuarteles, y el paisanaje divagaba por las calles cantando coplas patrióticas, sin que la Guardia civil tratase de impedirlo. A media tarde empezó a llover, y lloviendo estuvo parte de la noche. El agua del cielo, ya se sabe, no favorece los movimientos populares.. En tanto, llegaron a bordo de la Zaragoza los que habían salido de Gibraltar en el Alegría, y además el jerezano Sánchez Mira, capitán de Artillería retirado. Al anochecer volvieron a tierra, después de asegurar que el pronunciamiento de la guarnición sería indefectiblemente un hecho en la mañana del día siguiente 19. La noche transcurrió en Cádiz con aparente tranquilidad, aunque bajo la capa de este sosiego protegido por la lluvia ardía el espíritu de rebelión, y se trabajaba en encenderlo más. Merelo, Sánchez Mira, Bolaños y Guerra recorrían los (p.7840) acantonamientos, encareciendo a los paisanos la quietud hasta que llegase el momento preciso. Agregados a ellos estaba el capitán de Infantería de Marina, Borrero, que días antes logró escapar del Castillo de Santa Catalina, donde hubo de arrostrar indecibles sufrimientos y martirios hasta su evasión, que realizó jugándose la vida y casi seguro de perderla.

A la madrugada se personaron Merelo y su acompañamiento en el cuartel de San Roque, donde se alojaba Cantabria, y con una breve arenga quedó pronunciada la tropa. Inmediatamente se dispuso reforzar con paisanos armados la guardia del Principal, ocupar todas las azoteas de la Plaza de San Juan de Dios, y que dos o tres compañías se posesionaran de la Aduana. Uniéronse al movimiento los carabineros, y se procedió luego a poner en libertad a los patriotas presos días antes. Se dispuso que fuese un oficial a bordo de la Zaragoza a participar lo que ocurría, y al toque de Diana, la banda de Cantabria saludó la sublevación en el lenguaje musical de ordenanza: el himno de Riego.

A las siete desembarcaron Topete y Prim. Este llevaba ya su uniforme de Comandante General de Ingenieros. Fue recibido con hervor de entusiasmo, con emoción ardiente, en la cual había no poco de ternura. Dirigiéronse a la Aduana, el histórico albergue de toda autoridad en los días famosos de los años 8, 12 y 23. Allí vivió Fernando VII, prisionero de los constitucionales, mientras Angulema bombardeaba en el Trocadero las avanzadas españolas; en aquellos balcones se asomaba, vestido de mahón, para que la plebe le manifestase un respeto que él no merecía; allí le puso en capilla el lógico historiador Confusio, y de allí le sacó entre guardias para llevarle al rebellín de San Felipe, donde le administró los cuatro tiros a que se había hecho acreedor por su perfidia. Cierto que esto de los tiros era fantástico, desgraciadamente. Quédese, pues, en los rosados limbos de la justicia ideal, y dígase que en el mismo balcón donde se asomaba Fernando a requerir los homenajes de un (p.7841) pueblo inocente tirando a tonto, tuvo que asomarse Prim para recibir la adhesión amorosa de un pueblo más avisado ya, y en camino de pasarse de listo.

Mientras el General se ocupaba en nombrar la Junta revolucionaria, ponderando discretamente en ella las tres familias progresista, unionista y democrática, acudió Topete al castillo de Santa Catalina, donde se había retirado el Gobernador de la plaza, General Bouligny, con la Artillería. Por fórmula le rogó que se adhiriese al movimiento; por fórmula replicó el General que no podía complacer a su amigo; resignó el mando; fue conducido por el mismo Topete a la Capitanía General; las fuerzas de Artillería volvieron a sus cuarteles, y a la una de la tarde salieron para la Carraca. Todo iba, pues, como una seda. Los que con loca facilidad, apoyados por la Escuadra, habían sublevado a Cádiz y a la guarnición, se alababan de un éxito tan hermoso, sin derramar una gota de sangre.. ¡Qué simpleza! La sangre se había derramado antes. Que hicieran la cuenta de sangre desde la noche de San Daniel, y jornada del 22 de Junio con sus severísimos castigos; que añadieran los suplicios de Espinosa, Mas y Ventura, Copeiro del Villar y otros mártires, y se vería que no hay Revolución seca. Y aún faltaban algunas venas que abrir. Clío trágica no había soltado de su mano la terrible lanceta.

Para que todo fuese dicha en aquel venturoso 19 de Septiembre, por la tarde llegó el Buenaventura. A su encuentro en alta mar salió el vapor de guerra Vulcano, que informó a los Generales de cuanto en Cádiz había ocurrido. Desembarcaron los unionistas. Nuevos entusiasmos. El regocijo y las esperanzas desbordaban de los corazones. Estos habían vivido largo tiempo en sequedad triste, y ya se llenaban de flores, que lucirían su aroma y colorines hasta que Dios quisiera. La misma tarde se dio a la imprenta el manifiesto que Ayala había escrito en el Buenaventura, y al anochecer corría por Cádiz de mano en mano. Era la proclama viril en que el poeta, fundiendo con arte exquisito la razón con el sentimiento, expresó (p.7842) el dolor de la Patria, y sus legítimos anhelos de recobrar la salud, la paz y el decoro; documento que puede señalarse como modelo de elocuencia guerrera y política, y que por su fuerza oratoria fue en aquellos días el rayo ardiente que corrió por toda España propagando el popular incendio. Por mucho tiempo conservaron los españoles en su memoria los famosos queremos de Ayala. Queremos que una legalidad común, por todos creada, tenga implícito y constante el respeto de todos.. Queremos que el encargado de observar la Constitución no sea su enemigo irreconciliable.. Queremos que las causas que influyan en las supremas resoluciones, las podamos decir en voz alta delante de nuestras madres, de nuestras esposas y de nuestras hijas.. etc..

Ni los Queremos de la vibrante alocución de Ayala, ni la presencia de Prim y Serrano, saludada en calles y balcones por la frenética multitud, distraían a Santiago Ibero de su melancolía y abatimiento por no haber encontrado en Cádiz la esperada carta de Teresa. En Londres pidió a los hermanos Blanco un nombre de casa de banca o de comercio a donde su familia pudiera dirigirle la correspondencia. Diole don Jaime, anotada en un papel, esta dirección: Horacio Alcón y Compañía.- Cádiz, la que mandó a su amada mujer con la advertencia de que inmediatamente le escribiera. No se alegró poco al saber por sus amigos los marineros del Alegría que los Alcones eran armadores del vapor en que navegaba. Pero en cuanto desembarcó, su gozo en un pozo. En la casa y escritorio donde creyó encontrar su dicha, no había carta para él. Idéntica negativa dada el 19 y el 20 abatió tanto el ánimo del pobre aventurero, que aun la misma revolución triunfante perdió parte de su interés.

En compañía de marineros alegres vagaba Ibero por la linda ciudad engalanada. En algunos momentos el delirio popular invadía su alma; pero muy poco se estacionaba en ella. Cuando por los amigos del Alegría se supo que había venido con Prim en el Delta, era saludado en las calles como un brazo fuerte de la (p.7843) Libertad; caían sobre él convites y obsequios, obligándole a un disparatado consumo de manzanilla. En medio de esta disipación, que entenebrecía su espíritu en vez de iluminarlo, apareció al fin la aurora de su felicidad. El 21 por la tarde volvió a la casa de Alcón con la negra idea de un nuevo chasco. Dios lo dispuso de otro modo, y hubo carta.. La cogió Santiago, y rápidamente rasgó el sobre como si dentro viniera bien dobladita la propia Teresa en cuerpo y alma. Pasando la vista por los no muy derechos renglones, leyó frases amantes, dulces tonterías, y guardando en su seno el precioso papel con idea de leerlo y saborearlo en su casa, salió a la calle de San Francisco medio loco. Todo el delirio patriotero reconcentrado y latente en su alma, se desbordó ante los grupos de transeúntes que iban hacia la Plaza de San Juan de Dios, donde estaba tocando la música de Cantabria. El hombre feliz prorrumpió en estos alegres clamores: «¡Viva Prim, viva Serrano, vivan todas las Libertades, de Cultos, de Comercio, de Imprenta..!».

Soltando estos gritos, que también eran convicciones, llegó a la plaza. Unos le miraban con asombro, otros con alegría, y como todo el vecindario gaditano estaba ebrio de liberalismo, hacían gracia los patriotas aunque fueran borrachos. Al aproximarse a la Puerta de Mar, por donde entran y salen de continuo chorros de gente, vio Santiago a un hombre de regular estatura, grueso, de tostado rostro, con enormes patillas grises. Quedó Ibero paralizado ante aquella figura. El de las barbas le vio también, y abriendo sus brazos, con paternal emoción gritó: «¡Bero, hijo mío!..». Santiago se dejó estrujar entre los brazos forzudos del capitán Lagier, diciendo con voz llorosa: «Don Ramón, iba a buscarle..».

 

Ep-40-XXX -

Pasadas las efusiones del reconocimiento o anagnórisis, Lagier dijo a Ibero: «Acompáñame a unas diligencias, y luego te vienes conmigo a bordo, para que hablemos largo y tendido..». Así se hizo: pasó el riojano la noche en el Buenaventura, gozoso de platicar con su segundo padre. (p.7844) ¡Qué admirable coyuntura para hacerle confesión general de su vida en el tiempo que había corrido suelto por el mundo! Hablaron de política y de revolución, y Santiago abordó con valentía el magno asunto de su revolución propia, de sus amores con Teresa y de su firmísimo inquebrantable lazo de matrimonio libre, sin reparo ninguno de los antecedentes de ella y de sus pasados extravíos. Oyó Lagier la historia, sin reír como los anteriores oyentes, y vio toda la importancia y gravedad del caso, su fatalidad inevitable.

Apuró Santiago su dialéctica para obtener el exequatur de su maestro, y entre otras cosas muy pertinentes, dijo que no podemos ser revolucionarios en lo público y atrasados o ñoños en lo privado. Si se tira de la cuerda para lo de todos, tírese para lo de cada uno.. Cierto que Ibero, al proceder de aquel modo, se ponía en desacuerdo con la sociedad, y levantaba un murallón infranqueable entre él y su familia. ¿Veía el sabio maestro alguna solución conciliadora? A esta pregunta contestó el buen marino, después de meditar en silencio acariciándose las luengas patillas, que si Santiago tenía medios de vivir en el extranjero con Teresa, trabajando los dos honradamente, diera un adiós definitivo a España, y se labrara una vida francesa del mejor modo que pudiese, con libertad y sosiego. Así, dejando pasar el tiempo, se vería libre de los disgustos que en España le ocasionaría el fanatismo. «Sí, hijo mío: el fanatismo tiene aquí tanta fuerza, que aunque parezca vencido, pronto se rehace y vuelve a fastidiarnos a todos. Los más liberales creen en el Infierno, adoran las imágenes de palo, y mandan a sus hijos a los colegios de curas.. No sé hasta dónde llegará esta revolución que hemos hecho con tanto trabajo. Avanzará un poco, hasta que al fanatismo se le hinchen las narices, y diga: «Caballeros Prim y Serrano, de aquí no se pasa».

Muy del agrado de Santiago fue la exhortación a la vida en país extranjero, donde su doméstica revolución quedaría amparada de la tolerancia, y defendida del (p.7845) fanatismo español por los providenciales Pirineos.. Elevando luego la cuestión a las esferas de la filosofía que profesaba, afirmó Lagier que si las almas de los fenecidos transmigran de uno a otro planeta, buscando nuevas encarnaciones, ya con el carácter remuneratorio, ya con el expiatorio, las almas de los vivos pueden y deben transmigrar dentro de la pequeñez de nuestro mundo, buscando su mejor estado y observando las leyes de la moral universal. Él no emigraba porque le tenían amarrado al terruño español su familia y el régimen de la Marina mercante.

«El que ande suelto -añadió-, haga efectiva su libertad, viviendo donde mejor le cuadre.. Yo no hallo más inconveniente que la tristeza de tus padres por tu desvío. Siempre verán con cristales de fanatismo tu casamiento libre; nunca con los cristales de la ciencia eterna, que dan al amor su verdadero tamaño.. ¿me entiendes?.. Sed buenos, humildes, honrados, y puede que el tiempo os lleve a la reconciliación con tus padres y hermanos.. Dificilillo es; pero quién sabe.. Recordarás, Bero, lo que otras veces te he dicho. Nacemos como un libro en blanco, en el cual, conforme vivimos, vamos escribiendo una historia dictada por causas internas y externas, de que no sabemos darnos cuenta.. Ocasión es esta de deciros una y otra vez a ti y a tu Teresa: 'Reconstruid vuestras personas con actos buenos, con actos independientes de los dogmas, y que arranquen de la pura conciencia'. Por mis lecciones sabes que en nuestra conducta influyen de un modo misterioso seres inteligentes e invisibles. Pon atención a lo que esos seres te digan.. No te preocupes de las experiencias y comunicaciones. Los buenos espíritus vendrán a ti sin que tú los llames.. En tus soledades y tristezas vuelve los ojos al mar, si tienes ocasión de verlo, y al cielo: ellos te darán la impresión de lo infinito. Ante lo infinito, eleva tu conciencia, y Dios será contigo».

De estas apacibles lecciones, dulcemente acogidas por el alma de Ibero, pasó Lagier a referir a su amigo las fatigas que había pasado en Tenerife para (p.7846) embarcar a los Generales. «A los tres días de navegación -dijo-, llegué al Puerto de la Orotava al amanecer. Paré la máquina; al poco rato vi una lancha que venía en demanda de mi barco. Esto no es nuevo en aquellas costas. A menudo pasa un vapor preguntando: '¿Hay cochinilla que embarcar?'. Y de tierra vienen a decirnos las condiciones de flete. El patrón de la lancha me trajo una carta anónima que decía: 'No estamos preparados para el embarque. Váyase de vuelta afuera hasta el lunes 14, a las doce de la noche, que se acercará con un solo farol, para que embarquemos.. Aléjese mucho para no ser visto'. Yo contesté: 'Conforme: no faltaré a la cita'. Dos días estuve voltijeando mar afuera. En la fecha convenida, a media noche, me llegué al Puerto de la Orotava, con sólo la luz del tope, apagadas las de situación. La noche era obscura, el cariz de mal tiempo.. Acerqueme a la farola con precaución, moderando.. No tardé en oír el compás de los remos de varias embarcaciones.. Eran los Generales. Larga y penosa, por el picado de la mar, fue la travesía del puerto a mi barco.. El primero que subió por mi escala fue el Duque de la Torre, a quien recibí en el portalón con un abrazo. Él suspiró y me dijo: 'Yo no sirvo para esto. Me gustaría más estar al lado de mis hijos'. Tras él entraron los demás. Lancé un Viva la Libertad, que retumbó en las bóvedas del infinito, y sin perder un minuto puse rumbo Norte, cuarto al Este, y mandé dar avante a toda máquina. El viaje fue mediano, con un día malísimo. Yo bajaba de vez en cuando a charlar con el Duque en su camarote. El buen señor sufría del mareo, y gustaba de mi conversación. Hablábamos de política. Una noche le dije: 'Señor Duque, si salimos bien de esta, hemos de establecer el Matrimonio Civil..'. 'Hombre, hombre -me contestó-; eso no es cosa nuestra'.

»Ya ves: todavía creen que eso del casarse es cosa del Papa.. La Revolución que traen quedará, pienso yo, en un juego de militares. Como no vayan al bulto, no harán gran cosa. Por eso me atreví a decir al Duque: 'Pues si no cortamos las (p.7847) alas a esa gente, trabajo perdido..'. En fin, avistamos Cádiz a las ocho de la mañana. Como Topete me encargó que entrase de noche, me aguanté fuera hasta que salió el vapor Vulcano, y supimos la sublevación de la Escuadra al grito de ¡viva la Soberanía Nacional!».

En los mismos sabrosos asuntos tratados por la noche, volvieron a picar a la mañana siguiente, al despedirse por tiempo indefinido, pues Lagier había recibido de Prim la orden de salir inmediatamente para Lisboa, con objeto de traer la gente que tenía en Portugal, y ciento once oficiales que estaban desterrados en la Madera. Terminó Ibero con esta consulta interesante: «Aconséjeme, don Ramón, pues dudo qué rumbo he de tomar ahora. Prim se va en la fragata Zaragoza a sublevar las poblaciones del Mediterráneo; Serrano va tierra adentro, llevándose todas las tropas que pueda, para formar con las de Sevilla un Cuerpo de ejército, y marchar sobre Córdoba y Madrid.. ¿Con quién debo irme yo?». Sin vacilar contestó Lagier: «Incorpórate a los que van por tierra, que así llegarás pronto a donde quieres ir, y verás más notables peripecias».

Como Ibero a nadie conocía en el séquito de los Generales, Lagier le prometió recomendarle cariñosamente a Caballero de Rodas, Ayala o López Domínguez. Bajaron los dos a tierra, y anduvieron de un lado para otro. La oferta de Lagier quedó al fin cumplida. Por orden de López Domínguez, Santiago ingresó en la Maestranza de Artillería, donde se organizaba un convoy que había de salir aquella misma tarde. Despidiéronse con vivos afectos el capitán y su discípulo, no sin que aquel le diera, con el último abrazo, la síntesis de sus advertencias y sanos consejos.

«Hijo mío, encastíllate en la virtud, sin mirar al dogma, mirando a lo infinito, que verás reflejado en tu conciencia si sabes mirarlo.. La conciencia es el espejo de lo infinito.. Otra cosa debo decirte. Cuando te tuve a mi lado después de recogerte en medio del mar, tenías inclinaciones al heroísmo. El heroísmo no se busca; se acepta y se practica cuando la (p.7848) ocasión nos lo trae, cuando nos vemos obligados a ser heroicos.. También en la vida obscura y laboriosa hay heroísmo; también es heroico hacer frente a los fanáticos y derrotarlos con el ejemplo de las virtudes que ellos no practican.. y no te digo más.. Adiós, hijo querido..». Despidiéronse con fuertes abrazos, casi con lágrimas en los ojos, y Santiago quedó en la Maestranza encomendado a un sargento de Artillería que le cambió de ropa, endilgándole chaquetilla de mecánica y gorra de cuartel. De allí fue a la estación, donde toda la tarde se ocuparon en embarcar material de artillería en plataformas, con las cuales y algunos coches de tercera se formó un tren especial que, restablecida la comunicación entre la Isla y Puerto Real, salió avanzada la noche y llegó a Sevilla dos horas después de amanecer. De allí pasó el tren al Empalme, quedando Ibero con algunos hombres en la ciudad, ya pronunciada por el general Izquierdo.

En medio del ardoroso trajín de aquellas horas, en que los hombres desconocían el descanso, tuvo Ibero la inmensa satisfacción de encontrarse de manos a boca con su amigo del alma Leoncio Ansúrez. Apenas tuvieron tiempo de cambiar las interrogaciones de sorpresa y alegría. ¿Cómo tú aquí?.. ¿De dónde vienes? Bastoles por el momento saber que irían a Córdoba, y se concertaron para hacer juntos el viaje. Leoncio había llegado a Sevilla el día 15, con un mensaje reservado de don Manuel Tarfe para el General Izquierdo. Comunicáronse rápidamente sus impresiones y noticias, y siguieron trabajando con ardor incansable. Un día pararon en la Factoría de Utensilios, una noche al raso, vagando por las morunas calles, oyendo el habla graciosa del pueblo, y dando vueltas en torno de la Catedral y la Giralda.. Vieron partir a Serrano y a Izquierdo despedidos por alegres multitudes, y al día siguiente partieron ellos en un tren militar. Todo era júbilo en el camino. Los pueblos salían a las estaciones con músicas y banderolas; el aire se componía de estos elementos: ojos lindos de mujeres, aroma de (p.7849) flores, himno de Riego..

Como Leoncio sabía muchas cosas que Ibero ignoraba, en el tren le informó de que al estruendo de los cañones de la Escuadra en Cádiz se desplomaron en San Sebastián González Bravo y todo el Ministerio moderado. Ministro universal era el Marqués de la Habana, que no tenía otra misión que reunir tropas y mandarlas a cortar el paso a Serrano. Al frente de ellas venía el General Marqués de Novaliches.. «Yo creo -dijo Leoncio, profético- que no habrá batalla, y que cuando se encuentren en Despeñaperros, o donde sea, se abrazarán unos y otros soldados, diciendo como Ayala: ¡viva España con honra!». A la hora en que así discurrían, las poblaciones del litoral estarían sublevadas. La camarilla imperante, con Reina y todo, se desmoronaba y deshacía como un azucarillo en el agua..

Con estas ilusiones llegaron a Córdoba los dos amigos, donde se les dio boleta de alojamiento para una casa situada en el Potro. Tan corto fue su descanso en la patria del buen Séneca, que apenas dispusieron de algunos ratos para ver deprisa y corriendo la Mezquita o Catedral; que de las dos maneras la llaman los turistas. Sin respiro se ocupaban en el inventario y reparación de armamento, en la pirotecnia, en el servicio de acémilas y carros.. De esta faena les sacó una mañana Caballero de Rodas, que salió con dos regimientos a tomar posiciones en Alcolea, porque, según noticias, Novaliches había franqueado ya Despeñaperros, y era forzoso cerrarle las puertas de Córdoba. En Alcolea comenzaron sin pérdida de tiempo los trabajos de atrincheramiento, así en la falda de la sierra como en la cabecera del puente, donde había un hostal muy apropiado para la defensa. Se dispuso el emplazamiento de la artillería, y se fortificaron dos excelentes posiciones en casas de labor llamadas Yegüeros y el Capricho.

Serrano, que en Córdoba se alojaba en la casa de los Condes de Gavia, iba todas las mañanas en coche a examinar los trabajos. El día 27 fue con él Ayala, que partió al campo enemigo a conferenciar con Novaliches. Días (p.7850) antes había salido con el mismo objeto el señor Vallín, que era gallardo jinete, y uno de los paisanos que con más ardor ayudaban a la Causa. El 28 fue Serrano más temprano que de costumbre, acompañado de sus ayudantes. En otro coche llegaron varios caballeros, entre los cuales Ibero y Leoncio vieron con gozo a don Manuel Tarfe. Hallándose Serrano en Alcolea, inspeccionando las obras de atrincheramiento y el estado de las tropas, llegó don Adelardo Ayala de su visita al campo de Novaliches. La respuesta que trajo no se dio a conocer fuera del círculo íntimo del General en Jefe. Corrió la voz de que en la contestación del caudillo de la Reina palpitaban el tesón caballeresco, el sentimiento del deber cumplido con leal firmeza, y una tristeza muy humana ante el espectáculo del sangriento inevitable choque entre dos esforzados grupos del Ejército nacional. No había razón ni afecto que impidiesen ya la formidable porfía entre las instituciones caducas y el pueblo que proclamaba con pujanza y estruendo sus derechos seculares. Muchedumbre de tropas habían llegado al amanecer, y bastantes cañones de batalla. El campamento ardía en animación bulliciosa. Soldados, jefes y paisanos respiraban júbilo y confianza.

Serrano y sus acompañantes, a los cuales se agregó don Adelardo Ayala, volviéronse a almorzar a Córdoba; mas no debieron de hacerlo con tranquilidad, porque poco después de mediodía, los confidentes o espías de Caballero de Rodas trajeron la noticia de la proximidad de las avanzadas de Novaliches, y despachó a Córdoba un propio con apremiante aviso para que el General en Jefe acudiese sin tardanza. Las dos serían cuando llegó Izquierdo. Media hora después, Serrano con su Plana Mayor, y diversa y heteróclita gente en carricoches o a caballo, desfile por la carretera como procesión fantástica, cuyas figuras se desvanecían en la nube de polvo que a su paso levantaban.

A las tres y minutos, hallándose Caballero de Rodas frente al Capricho, vastísima y opulenta casa de labor de un rico hacendado (p.7851) cordobés, vio venir tropas enemigas por la falda de la sierra, entre los grupos de olivos. Dispúsose a resistir el ataque. Apenas iniciado el tiroteo, fuerzas de Cazadores de Madrid se precipitaron a una embestida contra las que mandaba Caballero; error táctico bien visible, pues los combatientes revolucionarios aún no habían entrado en fuego, mientras los otros venían fatigados, y con prematuro ardor quebrantaban su energía.

Desastroso fue el resultado para las tropas de la Reina, que de un modo tan irregular iniciaban la lucha. Eran los Cazadores de Madrid uno de los Cuerpos más afamados por su bravura. Al encontrarse de improviso frente a los Cazadores de Simancas, de glorioso abolengo también, el estupor les dejó mudos y paralizados. Viendo la línea de tropas extendida entre Yegüeros y el Capricho, y tras ella la formidable artillería, los que habían venido por el bosque con idea de sorprender un destacamento, halláronse sin remisión copados.

Caballero de Rodas propone que venga a su presencia el Coronel de los de Madrid, y le dice que si estos retroceden les hará fuego; si dan un paso hacia adelante, también. Eran, pues, prisioneros. En esto se adelanta Serrano, que estaba frente a Yegüeros con Izquierdo y López Domínguez.. pide una conferencia con el brigadier Lacy, que mandaba la fuerza enemiga; hablan este y Serrano; confiesa Lacy con sinceridad dolorosa que creyendo sorprender había sido sorprendido, y que su posición era en absoluto funesta. El Duque le invita con frase más patriótica que militar a unirse al ejército de la Revolución; protesta Lacy pundonoroso, aferrado al cumplimiento de su deber. La idea de que su aturdido movimiento pueda ser interpretado como ardid para pasarse, le subleva, le vuelve loco, le lleva a la desesperación. Prefiere la muerte a tal ignominia.. Por fin, Serrano, que sabe emplear muy a tiempo la magnanimidad, termina la conferencia con un rasgo admirable. «Brigadier Lacy -dice a su contrario-, comprendo las dificultades militares y morales de (p.7852) su posición. Retírese usted con sus fuerzas, vuélvase a su campo, y yo le doy mi palabra de honor de no romper el fuego sin previa intimación».

 

Ep-40-XXXI -

Retirose Lacy. Al cuarto de hora tomaba posiciones, y empujado por el General de su división daba la orden de romper fuego. Cazadores contra Cazadores embistiéronse a tiros; pronto lo harían cuerpo a cuerpo con encarnizada fiereza. El combate se generalizó entre Yegüeros y el Capricho; el cañón de las tropas de la Reina, que era de los de acero, de modernísima construcción, empezó a tronar desde las alturas lejanas; el cañón revolucionario, de bronce, algo anticuado, pero dirigido con más arte y conocimiento por López Domínguez, tronaba desde acá. Unas y otras piezas hacían estrago. Los proyectiles de la artillería enemiga, que en el aire trazaban horribles espirales, venían a caer muy detrás de la infantería de Serrano; sin reventar empotrábanse en el suelo blando, levantando la tierra en forma semejante a la de los montículos que hacen los topos.. En el extremo izquierdo de la línea, donde el paisanaje armado ayudaba a los militares como podía, Leoncio se separó del grupo buscando a su amigo Ibero, a quien vio correr y perderse entre unas encinas. Creyó que estaba herido.. Le encontró ileso, arrimado a un tronco, con muestras de fatiga y desaliento.

«No es cobardía lo que me ha separado de vosotros -dijo Ibero a su amigo-; es el espanto de ver cómo se matan unos a otros los hermanos.. Disparé, vi caer muerto a un Cazador de Madrid.. Tuve esa desgracia.. Al segundo disparo no hice blanco; al tercero, sí.. cayó, ignoro si herido o muerto, otro soldado de Madrid. No sé lo que me pasó al verlo.. Rompí a llorar de pena.. Creí que mataba a un hermano mío. Aumenta mi congoja el ver la ferocidad con que se matan estos y aquellos.. y acaba de confundirme el verlos vestidos con el mismo traje. Un número no más los diferencia.. Me ha entrado un terror muy grande sólo de pensar que puedo equivocarme de número».

-Yo también he sentido ese temor -dijo Leoncio-. (p.7853) Pero no hay más remedio que pelear. Seguimos la bandera de Serrano contra la de Novaliches, y si retrocedemos, nos tendrán por traidores.

-A todo seré traidor; pero no a la humanidad. Esta carnicería es estúpida.. ¡La guerra civil!, ¡qué cosa más abominable!.. Menos mal cuando se pelean los que quieren libertad con los que la aborrecen. Pero aquí, en uno y otro bando, todos piensan lo mismo. Métete en el pensamiento de ellos, examínalos por dentro uno por uno, y verás que no hay diferencia mayor en lo que desean.. Todo es un puntillo de honor, un puntillo de disciplina y nada más..

-Sea lo que quiera, ven, y déjate de humanidades y tonterías.. Si pensáramos siempre en la humanidad, no habría guerras ni gloria militar. Con tus ideas, viene necesariamente el desmayo, y si desmayamos, nos derrotará y destrozará el que trae la bandera de doña Isabel y su camarilla.

Cedió Ibero a la sugestión de su amigo, y se dejó llevar por él a donde este quiso conducirle. El Brigadier Salazar daba una carga feroz a los Cazadores de Madrid, que retrocedían hacia el arroyo de Yegüeros, dejando innumerables muertos en el campo. Los de Borbón y Cantabria, mandados por Alaminos, batieron la derecha de los de la Reina, persiguiéndolos y acosándolos entre los olivares. Ibero y Leoncio viéronse arrastrados por el pelotón de treinta carabineros con que Caballero de Rodas cazó en lo más intrincado de la espesura a innumerables hombres de Barbastro y Gerona. Leoncio mató hermanos; Ibero tuvo la desgracia de hacer lo mismo, y ambos se recogieron espantados de su triunfo, pidiendo a Dios con secreta oración que acabase pronto la inhumana y brutal pelea. Sentían opresión, ansia misteriosa de que todos los caídos se levantaran; de que el hierro de las bayonetas se convirtiera en cartón, y los fusiles en inofensivos juguetes.

Repugnaba en verdad a la conciencia patria (que es forma de conciencia de las más interesantes, en la cual se fundan el honor y la dignidad de las grandes familias llamadas Naciones) ver cómo (p.7854) tiraban a matarse tantos hombres vestidos con el mismo traje, llevando en sus armas y arreos los mismos signos de nacionalidad. Sólo se distinguían por un número. En aquel tiempo, los Cazadores vestían uniforme mal imitado de los bersaglieri italianos, con un sombrerito a la chamberga, ornado de plumas de gallo. El empaque parecía más cinegético que militar, pintoresco, algo tirolés o suizo. El pueblo español nunca vio en aquellas figuras de ópera cómica el aire de las tropas ligeras de nuestro país, tan queridas y admiradas. Por esta razón, los altos sastres de nuestro Estado Mayor General desecharon pronto el exótico traje, y cogieron las tijeras para hacer otro.

Llevado de su indomable tesón, Novaliches no vio, no quiso ver que tenía perdida la batalla, y destacó varios escuadrones al mando del príncipe italiano Conde de Girgenti. Avanzaron por el llano con tranquilo paso, como si asistieran a una parada. Nadie entendía los propósitos del General al disponer este movimiento, como no fuera el dar a la Historia un alarde de frío valor pasivo. La Caballería y su coronel Girgenti resistieron impávidos, recibiendo a su paso innumerables proyectiles de cañón, sin que se les presentara coyuntura de acuchillar a sus enemigos. Al cabo tuvieron que guarecerse de la lluvia de fuego al amparo del cortijo. Pero este fue incendiado por las granadas de la artillería de Serrano, y los bravos jinetes hubieron de retirarse sin hacer cosa de provecho: sólo habían demostrado un valor ineficaz.. Aun después de este fracaso, el tenaz Novaliches, que sin duda tenía en su corazón el famoso No importa, emprendió el ataque del puente, la más temeraria locura que se podría imaginar. Embistió por la cabecera izquierda; lanzáronse con ímpetu los soldados, llevando al frente al valeroso Meca, capitán de Estado Mayor, que perdió la vida en los primeros sacudimientos del ataque. ¡Gloriosa vida, cortada bárbaramente en la flor de la edad!..

Desde la orilla derecha, Ibero y Leoncio, que con otros paisanos recibieron la orden de molestar al enemigo con frecuentes disparos, (p.7855) vieron la terrible porfía del puente. Caía la tarde, y el Occidente se encendió en un crepúsculo rojo, fondo muy apropiado, por su sanguinolento esplendor, a la fiera batalla. A poco de iniciado el ataque, empezó a debilitarse el rojo del cielo, y cuando los combatientes llegaban al delirio, aquel tono degeneraba en rosa.. El regimiento de Valencia defendía con brava serenidad el paso del puente; los soldados que ocupaban los contrafuertes eran los más exaltados en la lucha y las primeras víctimas, por hallarse en posiciones sin más defensa que los curvos pretiles, semejantes a la mitad del brocal de un pozo. Desde allí, agachados, hacían incesante fuego. En los trances de mayor furia, el cielo de Occidente pasó del rosa al violeta, se diluía fundiéndose en el azul diáfano y puro, señal de paz. Pero la paz no venía para los hombres, que continuaban peleando cuando sobre ellos cayó el velo de la noche.

Desde su puesto en la orilla derecha, Ibero y Leoncio vieron la porfiada lucha que con intervalos breves se prolongó hasta las nueve de la noche o más, desarrollándose la trágica escena en una dulce penumbra cerúlea recamada de plata, pues la luna, en vísperas de nueva, alumbró antes de la puesta del sol con pálida faz, después con intensa claridad argentina. Las figuras de los guerreros sobre el largo puente, que reflejaba en las aguas del Guadalquivir la ringlera de sus ojos centrales, ofrecía un cuadro fantástico, tan bello como aterrador. La claridad plateada y lívida agrandaba los hombres; el suelo de la escena, de piedra dura montada sobre agua, acentuaba vigorosamente las voces furibundas con que se enardecían los combatientes para sostener su coraje.

La tenacidad heroica de las tropas reales no tenía otra finalidad estratégica que llevar a un punto culminante la disciplina y el pundonor de los que hacían el último esfuerzo en pro de Isabel II. Su grito era: «¡Viva la Reina! ¡A dormir a Córdoba!». Y a la Eternidad iban a dormir unos y otros, sin que doña Isabel ganara una sola línea del terreno perdido en el corazón de España. Es indudable que (p.7856) Novaliches se lanzó al frenético tumulto del puente por delirio caballeresco, buscando una muerte que pusiera sello de gloria a su inquebrantable lealtad. Herido fue gravemente en la quijada, y hubo de resignar el mando en el general Paredes. La figura de Novaliches, dando el rostro a la impopularidad para defender lo irremisiblemente perdido, infundiendo a sus tropas un ficticio entusiasmo y peleando contra la Libertad hasta quedar fuera de combate, es digna del mayor respeto, y aun de admiración.

Al retirarse el General de la Reina, habiendo apurado con escrupuloso tesón el cumplimiento de su deber, el puente estaba embaldosado de muertos. Fue preciso apilarlos en los pretiles para franquear el paso. En esta operación ayudaron los paisanos a los militares. Asistía la luna con su dulce claridad a este tristísimo despejo del campo de batalla. Extinguidas las voces de cólera y guerra, se oía una cháchara triste y zumbante, como un rezo por tantos difuntos. El general Serrano, después de disponer que el Ejército vencedor pernoctara en sus posiciones, se retiró a descansar en un carro de artillería. A sus allegados dirigió frases melancólicas, acordándose de sus hijos. Melancólica también era sin duda la victoria alcanzada por la Libertad. Los novecientos cadáveres de ambos ejércitos en aquella trágica tarde, entristecían el triunfo, y aumentaban la horrorosa estadística de vidas españolas sacrificadas por la fatídica doña Isabel o contra ella.

Hallábase Ibero junto a el Capricho, ayudando a disponer el vivac de los de Simancas, cuando una mano amiga le cogió del brazo. Volviose y vio la cara risueña de Tarfe, el cual le dijo: «Salgo pitando para Madrid. ¿Quieres venir conmigo?». Respondió Santiago con afirmación enérgica, añadiendo que anhelaba perder de vista el horrible matadero de hombres.

«Pacífico estás. La vista y el olor de la sangre despejan las cabezas ahumadas de ensueños de gloria. ¿Qué tal la frase?».

-No está mal, don Manuel, y yo añado que es verdadera. Los humos se escapan. Las grandezas lejanas se (p.7857) achican cuando nos acercamos a ellas.. Crea usted que esta guerra civil me ha descorazonado totalmente.

-¿De cuándo acá, pregunto yo, se ha vuelto cordero el león, el que siendo aún cachorro quiso ir con Prim a la nueva conquista de Méjico?

-Ya en Linás de Marcuello sentí los primeros síntomas de esta enfermedad, o de esta curación, que lo mismo puede ser lo uno que lo otro. Pero aquello fue ligera sacudida.. Ahora viene el desencanto como un desplome.

-Seguramente habrás echado la sonda en tu alma. ¿Atribuyes tu cambiazo al amor, a los espíritus?

-Los espíritus son los mensajeros del amor, señor don Manuel.. Su misión es propagar la ley de amor en todo el Universo..

-Metafísico estás.. ja, ja, ja..

-Es que el espanto de la guerra civil me ha trastornado.. En fin, don Manuel, si se digna usted llevarme consigo a Madrid, vámonos cuanto antes. Tengo mucho que andar desde este campo de muerte a la paz de mi casa. ¿Por dónde y cómo iremos? ¿No está cortado el ferrocarril?

-En un carricoche que enganchado quedará dentro de cinco minutos, llegaremos a Andújar. Desde allí hay vía libre.

Brevemente dispusieron la marcha. Metió Tarfe en el birlocho algunos pliegos, cartas, paquetes de Manifiestos, ejemplares de La Andalucía de Sevilla, una cesta de provisiones, un maletín con ropa.. Santiago añadió a esto sus armas y su corto equipaje, y a los pocos minutos recorrían la polvorosa carretera, alumbrados por la blanca luna. El vetusto coche iba marcando en la carrera un sonajeo rítmico; el cochero no soltaba de su boca las canciones patrióticas, poniendo en ellas el dejo triste de las quejumbrosas playeras; los caballos sostenían honradamente su paso, y cumplían su deber con suaves estímulos de la fusta.

Corriendo veían la desolación del ejército en retirada, soldados y oficiales medio muertos de hambre y cansancio, destrozados de ropa, menos quebrantados de moral porque su vencimiento les llevaba del campo de la Reacción al de la Libertad victoriosa, donde serían acogidos como hermanos. Iban maltrechos, (p.7858) consumidos; pero sin odio ni afán de inmediato desquite. En el Carpio, donde muchos estuvieron alojados hasta la mañana de aquel día, fueron acogidos con agasajo cariñoso. Todo el vecindario salió a recibirlos, pidiendo noticias de la batalla, celebrando el triunfo de la Revolución, sin creer que con esto lastimaban a los vencidos. «Patrona, aquí estamos -decía un oficial, entregándose al cuidado y a las atenciones de sus aposentadoras-, venimos muertos.. nos han fastidiado.. ¡Viva España! Dennos algo de comer..». Detúvose el carricoche de Tarfe en una de las principales casas del pueblo, cuyas puertas estaban bloqueadas por el gentío. Allí, el médico de Pedro Abad, don José Antúnez, hacía la primera cura al General Novaliches. No quiso proseguir Tarfe su camino sin informarse con vivo interés del estado del valiente caudillo de la Reina. El propio médico, terminada la cura, bajó a decirle que no podía dar un pronóstico satisfactorio.

¡Adelante! En su rápida marcha hacia Pedro Abad, hallaron los viajeros fuerzas del ejército vencido en Alcolea, que se retiraban sin perder su organización. Avanzada ya la noche, cuando no veían soldados, sino paisanos y mujeres que salían a la carretera ávidos de noticias, Tarfe, con relativa tranquilidad, habló a su amigo del trascendental hecho de armas que habían presenciado. Era un doblez de la Historia de España, una desviación de la vida española hacia los ideales de progreso.. Innumerables lugares comunes salieron a la boca del buen caballero, entremezclados con incidentes y pormenores que archivaba su feliz memoria. «El General Novaliches se había portado como perfecto militar defendiendo hasta el último trance la causa de la Reina, y los dorados muebles que llamamos el Trono y el Altar.. La conducta del Coronel de Pavía, Conde de Girgenti, esposo de la Infanta Isabel, merecía también sinceras alabanzas. El buen señor se hallaba tranquilamente en París, cuando le dieron aviso de la sublevación de la Escuadra, y con el aviso le llegó el olor de chamusquina. Corrió a su puesto, hizo (p.7859) lo que se le mandó, arriesgando la pelleja.. Como era yerno de Isabel II, Serrano pondría a su disposición una escolta que le acompañase hasta la frontera de Portugal». (p.7860)

Oía y callaba el buen Ibero, más atento a las melancolías y vagos pensamientos pesimistas que en aquella para él triste noche embargaban su ánimo. Pero el caballero unionista, que con sólo un oyente mudo tenía bastante para soltar el chorro de su locuacidad, prosiguió su nervioso comentario de la jornada: «¿Y qué me dices de la intrepidez del General Rey, hechura y pariente de don Ramón María Narváez? La Libertad atrae a los que fueron sus enemigos. Rey mandaba la plaza de Ceuta; presentose en Cádiz a Prim, que le trató con dureza, madándole que se pusiese a las órdenes de Serrano. Ya viste cómo ha cumplido el hombre.. ¿Dices que el empuje revolucionario lleva demasiada fuerza y que llegará más allá de donde quería ir? Soy de la misma opinión.. Y el que se queda más atrás en esta carrera es mi amigo Montpensier. ¿Sabes que ofreció a Serrano su cooperación personal, y que Serrano la rehusó cortésmente? ¿Sabes que envió caballos de silla y que estos se volvieron por donde habían venido?». Ibero no sabía nada de esto, ni le importaban las oficiosidades pretendentiles del de Orleans.

Cerca ya de Montoro, contó don Manuel a su amigo la trágica muerte de Vallín, emisario de Serrano en el campo realista. Menos afortunado que Ayala, Vallín tuvo la desgracia de tropezar con un furioso. Su altanería se estrelló en otra altanería mayor, quizás algo vesánica.. Apenas entraron en la ciudad, sorprendió a los viajeros un hecho satisfactorio. Las autoridades civiles y militares, que habían olido ya la quema, estaban a medio pronunciamiento, y con las noticias traídas por Tarfe se procedió a formar la inevitable Junta revolucionaria. Para mayor dicha, supieron que desde Montoro estaba la vía corriente hasta Madrid. ¡Qué alegría! Todo era bienandanzas aquella noche. Como el único tren disponible era el Mixto, que allí debía (p.7861) formarse a las cuatro de la madrugada para llegar a Madrid a las diez de la noche siguiente, Tarfe pidió un tren especial, en el cual, aun saliendo después de media noche, podría llegar a la Corte a la una o las dos de la tarde del 29. Su impaciencia y las órdenes que llevaba exigían ganar horas, minutos.

A la una próximamente salieron en el tren especial, compuesto de una máquina, dos coches y un furgón. Tarfe, Santiago y dos caballeros de Montoro ocuparon el primer coche; en el segundo iban tres parejas de la Guardia civil. En cuanto cayó en las blanduras del departamento de primera, Santiago pagó su tributo al sueño, con quien estaba en atrasada deuda. Tarfe durmió hasta el paso de Despeñaperros, y entre Vilches y Venta de Cárdenas, alumbrado ya el coche por el nuevo día, viendo que su compañero sacudía la pereza, abrió la cesta de provisiones, en que traía emparedados y un Jerez exquisito. Sin dar parte a los señores montoreses, que como troncos dormían, repararon sus cuerpos extenuados, y entablando de nuevo conversación, Tarfe dijo a Ibero: «Has descansado, has hecho por la vida. Ya estás en disposición de que yo te dé una noticia desagradable.. No pongas ojos tan fieros.. No te anticipes a la verdad; escucha tranquilo, y provéete de filosofía.. Allá voy; ten calma.. Pues sabrás que Teresa vuelve a ser lo que fue.. Ha triunfado mi tocaya doña Manuela..».

Del estupor pasó Ibero a la explosión colérica, pidiendo explicaciones, aclaraciones, pruebas.. invocando al Cielo y al Infierno como testigos contra el deslenguado calumniador.

 

Ep-40-XXXII -

«Cálmate.. repara con quién hablas -le dijo Tarfe gravemente-. Disculpo tus inconveniencias, reconociendo tu ofuscación.. Yo no calumnio, yo no miento.. Repito lo que me han dicho personas dignas de todo crédito..».

-Es falso -replicó Ibero con estridente voz-. Yo afirmo que miente quien tal ha dicho, y espero encontrar al infame para partirle el corazón y no dejarle gota de sangre en el cuerpo.

-Muy bonito, muy trágico.. de pura tragedia provinciana y de (p.7862) guardarropía.. Si no te moderas, llamaré a la Guardia civil.. Deja a un lado el furor, arma vieja que no sirve para nada, y ven a la razón..

-No vengo ni voy más que a mi protesta contra ese engaño; no voy ni vengo más que a matar al que me ha deshecho mi vida, sea quien fuere.. Don Manuel, perdóneme que le haya dicho lo que a usted no debo decirle, porque usted no es culpable; el culpable es mi Destino, yo quizás, que nunca debí separarme de ella.

Del furor pasó a una intensa congoja que le hizo derramar algunas lágrimas. De este fondo de amargura rebotó al instante, subiendo de golpe a las alturas de la desesperación, y otra vez invocó al Cielo y al Infierno, agotando el caudal de palabras groseras, y se golpeó el cráneo, y azotó con mano iracunda los acolchados asientos.. En vano intentaba el amigo sosegarle, arrepentido de haberle dado el jicarazo sin sospechar sus terribles efectos. Manolo Tarfe no comprendía que por la infidelidad de una mujer corrida como Teresa se disparase con tanto vuelo la pasión de un hombre del siglo. El romanticismo, ya pasado de moda en el Teatro, no había dejado ni una chispa de fuego en las almas glaciales de los señoritos de la clase media.

Pasada la estación de Santa Cruz de Mudela, Santiago, en un nuevo acceso de rabia, balbucía quejas y amenazas entre resoplidos; cayó al fin en silencioso marasmo, que aprovechó don Manuel para derivar el espíritu del pobre riojano hacia las ideas apacibles. «Podrá ser que me hayan engañado, y que todo resulte fábula.. En Madrid sabrás la verdad..». A las nuevas preguntas de Ibero, contestó: «No puedo afirmar que encontremos a Teresa en Madrid. Lo que sí aseguro es que hace días la vieron en San Sebastián, tan bien disfrazada, que tardaron en reconocerla. Del nuevo protector de ella sólo sé que es título de Castilla, y de gran posición..».

-Mentira, mentira -clamaba Santiago, tapándose el rostro, como para librarse de una visión siniestra-. Lo que cuenta usted no cabe en la realidad humana.. está fuera de la Naturaleza..

-Hazte cargo de que estamos en pleno (p.7863) cataclismo. Revolución pública, revolución privada.. Eres un caso de mudanza dinástica.. Lo que te digo: filosofía, respeto a los hechos consumados.

-Ahora veo todo lo vulgar, todo lo indecente y chabacano de esta revolución que ustedes han hecho -dijo Ibero con negro pesimismo-. ¡Inmensa y ruidosa mentira! La misma Gaceta con emblemas distintos.. Palabras van, palabras vienen. Los españoles cambian los nombres de sus vicios.

En cada parada del tren, Tarfe y sus amigos repartían el Manifiesto de Cádiz y los números de La Andalucía. Saludados eran con vítores, canticios roncos, augurios ardientes de un risueño porvenir. Ayudando a repartir proclamas, Ibero decía entre dientes: «Tomad, tomad vuestra alfalfa, borregos de la Revolución». En Alcázar y Tembleque su intensa amargura se desbordó en las formas de sarcasmo más envenenadas; extremaba su falso entusiasmo gritando: «¡Viva el Pueblo libre! ¡Abajo la Iglesia! ¡No más Trono ni Altar! ¡Venga la República, venga el Comunismo!».

Pasado Aranjuez, hallándose el hombre en un estado de profundo agotamiento muscular y nervioso, Tarfe se dispuso a pasar la mano por el lomo del pobre león herido. «A poco que reflexiones en el hecho que hoy te parece una desgracia, comprenderás que es más bien un favor del Cielo.. ¿Qué podías tú esperar de Teresa? Alégrate, tonto, de recobrar tu libertad.. ¡Libertad.. España con honra!.. Eso hemos gritado.. Pues con honra y libertad, ya estás en camino para volver a la sociedad a que perteneces, y en la cual por tu mérito te corresponde un puesto, una posición quiero decir.. Como ahora estamos en candelero, gracias a Dios, yo te aseguro que para entrada.. fíjate, para entrada, puedes contar con una plaza de diez y seis mil reales, ya en Hacienda, ya en Fomento. Pronto te subiremos a veinte mil.. No puedes quejarte..».

Aturdido por su propia locuacidad de señorito parlamentario, no se fijó bien Tarfe en el rostro de Ibero, ni supo leer en él la expresión intensamente despectiva con que escuchada fue la promesa de protección. (p.7864) Irónico, destilando amargura, agradeció Santiago la generosidad del caballero, que a todos los buenos españoles quería dar abrigo y pienso en los pesebres burocráticos. Desde aquel momento, el infeliz Ibero, solo, errante, sin calificación ni jerarquía en la gran familia hispana, miró desde la altura de su independencia espiritual la pequeñez enana del prócer, hacendado y unionista.. Hablando poco, aplicado cada cual a sus particulares pensamientos, llegaron a Madrid.

Toda el alma de Ibero ardía en un deseo furioso: acudir pronto a donde pudiera descifrar el tremendo enigma de su vida. En su última carta a Teresa le había dicho: «Escríbeme a Madrid con doble sobre y esta dirección: Vicente Halconero y Ansúrez. Segovia, 3». En la estación despidiose de Tarfe, y cogiendo el primer coche que encontró, se fue derecho a interrogar al oráculo: Segovia, 3.. Eran las dos de la tarde del 29 de Septiembre de 1868.

Recorriendo calles, vio el loco júbilo de Madrid, banderas, colgaduras, cuadrillas de paisanos armados que pronunciaban la sentencia histórica con vivas y mueras. Un letrero toscamente pintado dijo a Ibero que había caído para siempre la raza de los Borbones, y que a la Dignidad Suprema subía la Soberanía Nacional, la Voluntad del Pueblo.. Este proclamaba su triunfo en alta voz, con alegre deambulación por las calles.. El coche en que Santiago iba al negocio de su enigma tuvo que detenerse más de una vez por lo apretado del gentío. El cochero, que había brindado por los redentores de España en innúmeras tabernas, se ponía en pie en el pescante y echaba toda su voz gargajosa en loor de Prim, Serrano y Topete.. Por fin, venciendo apreturas y dando tumbos sobre el infame piso de Madrid, llegó Ibero a la calle de Segovia, donde fue su cruel pitonisa la portera del número 3, que le soltó este oráculo triste: «Los señores han ido a la vendimia. No puedo decirle si hoy están en la Villa del Prado o en Méntrida. No se canse en subir, pues no hay nadie en la casa». Helado quedó Ibero. Su primer impulso fue emprender el viaje a (p.7865) la Villa del Prado. Luego pensó que lo más práctico era tener domicilio en Madrid, escribir a Vicente Halconero, pidiéndole la carta si la tenía, y proseguir las averiguaciones visitando ante todo a la sutilísima tramposa.

Entregó su maleta a un chico mandadero, y llevándole por delante, encaminose a la calle de Santa Margarita, donde alojado estuvo en los días de Junio del 66. ¿Existirían aún la sosegada y silenciosa casa, la bonísima patrona doña Mauricia Pando, y el tan ilustre como esmirriado huésped Juanito Confusio?.. Al atravesar la calle, vio un denso grupo de paisanos armados que iba en dirección del Ayuntamiento. Llevaban un lienzo a modo de pendón, con la fatídica leyenda: Cayó para siempre la raza espúrea, etc. Del grupo se destacó un hombre de rostro encendido y sudoroso que llevaba sable colgado de una cuerda, y llegándose a Ibero, le obsequió bruscamente con un estrecho abrazo. Era Malrecado, agente de Seguridad pública. Quiso el voluble polizonte arrastrar a Santiago a la manifestación popular; pero este se negó: acababa de llegar de la batalla de Alcolea; tenía que ventilar en Madrid un asunto urgente, y lo primero era instalarse en la casa que habitó dos años antes. Interrogado el corchete sobre varios puntos, aseguró que el pupilaje de doña Mauricia Pando no había tenido variación. De la residencia de doña Manuela nada sabía.. Reteniéndole casi a la fuerza, quiso Ibero saber si se hallaban en Madrid algunos amigos suyos que podrían ayudarle en la investigación emprendida. Díjole Malrecado que don Ricardo Muñiz estaba en aquel momento en el Gobierno Civil, armando con otros señores el tinglado de la Junta Nacional. Rivas Chaves debía de andar por los barrios bajos, que eran su terreno.

En esto, la procesión popular se atascó frente a Milaneses, chocando con otra que por la calle de Santiago venía de la Plaza de Oriente. La confluencia de las dos corrientes humanas produjo remolinos, más hervor y espumarajo de alegrías patrióticas. Torció Ibero hacia Herradores buscando (p.7866) paso franco, y tras él se fue Malrecado, en quien la frase de Ibero vengo de Alcolea determinó una fascinación irresistible. Venir de Alcolea era la mejor ejecutoria de valimiento político. La curiosidad y la ambición convirtieron al policía en satélite de Santiago. Corriendo a su lado, le refirió así los sucesos de aquel día:

«De madrugada se supo en Guerra que habíais ganado la batalla, y a eso de las ocho nos pronunciamos.. El amigo Concha, don José, reunió Consejo de Generales, y se acordó nombrar Capitán General de Madrid a Ros de Olano, para que bajo el mando de este fraternizáramos pueblo y tropa. Yo, que estaba encargado de vigilar a la Junta Central revolucionaria, me puse a las órdenes de don José Olózaga.. La verdad, como buen liberal, yo trabajaba por el Progreso bajo cuerda.. Mandome don José en busca de Rivero, escondido en la calle de Tabernillas.. Le llevé a la casa de López Roberts, calle de la Libertad, donde ya estaban Madoz, Figuerola, Moreno Benítez.. Muñiz me cogió después para que le acompañase a sacar de la prisión a don Amable Escalante, y a reunir gente que se le agregara.. Fue don Amable al Principal; habló con el General Ros; pidió que se le diera orden para tomar armas del Parque.. corrimos a San Gil.. volvimos.. gritamos. Escalante arengó al pueblo soberano en la Puerta del Sol.. Entusiasmo, delirio.. Pena de muerte al ladrón.. ¡Viva España con honra!.. ¡Cayó para siempre, etc..! Amigo Ibero, siempre fui de la cáscara amarga tirando a democrático.. Pues sigo: Ros de Olano nombra Gobernador de Madrid a don Pascual Madoz, el cual me dice: 'Malrecado, ves en busca de Vega Armijo, del pollo antequerano y de..' no me acuerdo de quién. Yo me volvía loco de tantos quehaceres, de tanto ir y venir.. En estos trajines me coge Rivero y me dice: 'Malrecado, hágame el favor de avisar a don Vicente Rodríguez..'. Ya no me acuerdo de lo demás que me encargó, y que no pude cumplir, por tener que correr al Ayuntamiento detrás de don José Olózaga, llevándole un cartapacio con papeles.. Junta (p.7867) reunida en el Ayuntamiento.. Junta en el Gobierno Civil.. yo loco, atendiendo aquí y allá.. Don Manuel Cantero me manda llamar a Pepe Abascal; este me ordena que traiga a Rojo Arias, y por fin se constituye la Junta Nacional, que gobernará hasta que vengan los amigos Serrano y Prim.. Ahora se están formando las Juntas de distritos, y si usted quiere, influiremos para que en el mío pueda yo entrar siquiera como suplente, pues méritos sobrados tengo para ello..».

Respondiole Ibero que a él no le importaban un ardite las Juntas. A Madrid venía por un negocio particular. Si a resolverlo le ayudaba el señor Malrecado, se lo agradecería mucho; pero sin darle recompensa metálica ni empleo, pues él no tenía dinero ni valimiento político. Oído esto, se enfrió de súbito el interés que al aventurero mostraba Malrecado, y pretextando quehaceres en otra parte, dio media vuelta y le dejó en la calle de Leganitos.. Poco tuvo que andar Santiago para llegar a la presencia de doña Mauricia Pando, que le recibió con su habitual finura. «Pase usted, señor Conde, y descanse.. Ocupará la misma habitación de hace dos años. No tengo ahora más huésped que el señor de Confusio, que en estos momentos anda por Madrid viendo cómo cuece el pueblo la Historia verdadera.. Está muy triste, porque su protector Beramendi no ha vuelto todavía de San Sebastián.. Venga esa maleta, y despida usted al chico mandadero.. Pase a su cuarto. ¿Quiere acostarse, quiere comer algo?.. Al punto le serviré. ¿Qué dice?.. ¿Lavarse, escribir? Aquí tiene agua, jabón, tintero y pluma. Le traeré papel del que usa Juanito para escribir de los Reyes que aún no han nacido».

Mientras Santiago sacaba de su maleta la ropa limpia, la patrona informaba. «De Manuela Pez puedo decir a usted que ya no vive en la calle de San Ignacio, sino en la del Viento, esquina a la de los Autores, ¿no sabe?, en aquel altozano, frente al Arco de la Armería.. Dos semanas hace que no la veo.. Recibe algún dinero de su hija, y con eso y lo que aquí se agencia va tirando. A mi oreja ha llegado un rumor, (p.7868) salido, según creo, de la boca de Manuela Pez, y es que Teresita ya no está con el negro salvaje que la llevó a Francia, sino con un serenísimo Duque adinerado. No sé si es verdad. Si tiene usted interés en averiguarlo, váyase a la calle del Viento y hable con Manolita, que desde que se sublevó la Escuadra, según me han dicho, se pasa el día brindando por Serrano, Prim y Topete».

Pronto despachó Ibero su carta; luego redactó un telegrama para Madame Plessis, preguntándole por Teresa; devoró a prisa parte de lo que le ofreció la patrona, y salió para el correo y telégrafo. Despabiladas en corto tiempo estas diligencias, fue a la calle del Viento, donde no tuvo que hacer indagaciones para encontrar a la tramposa sutilísima, porque la suerte se la deparó en la calle rodeada de una turba de mujeres y chiquillos. Sólo por la exaltación patriótica podría explicarse la descompuesta facha y ademanes escénicos de Manolita. Arrastraba la buena señora una falda negra de larga y deshilachada cola, recamada del polvo y basura de la calle; cruzaba su pecho una toquilla o nube azul con desgarrones, y en su cabeza descubierta las guedejas grises mal recogidas tendían a enroscarse y esparcirse, como las serpientes de la cabellera de Medusa. Al público infantil y femenino que la seguía, arengaba con roncos disparates, que al llegar Ibero terminó de este modo: «¡Viva España con deshonra!.. No, no, hijos míos: entendámonos. España con nuestra honra.. somos la honra de España».

 

Ep-40-XXXIII -

Acercose Ibero, aunque desde el primer instante hubo de conceptuarla borracha o loca, abordó ante ella la cuestión magna. Para su información y consulta no tenía más que aquel triste documento, escrito con garabatos ininteligibles. «Soy Santiago Ibero -le dijo-. ¿No me conoce usted? ¿No recuerda haberme visto dos años ha en la casa de su amiga Mauricia Pando?.. Vengo de Andalucía, y quiero que usted me dé noticias de Teresa, óigalo bien, de Teresa..». Soltó doña Manuela una risilla entre burlona y dolorida, y estas palabras incoherentes: «Vos, (p.7869) el salvaje negro.. preguntáis por mi hija.. ¡Oh! Teresa, Duquesa.. hija del alma.. Llevadme, si gustáis, a la casa grande, ¡oh!.. Veréis que ha sido ella, ella sola, sin mi consejo, la que ha tomado por querindango al Duque.. ¡ah, el Duque!.. Ahí le tenéis en el Regio Alcázar.. Es de los Muñoces de Tarancón, que tienen una pata en el Trono de España y otra en Flandes de las Asturias». El encendido color del rostro de la vieja, que echaba lumbre de sus mejillas, la peste a vinazo que iba delante de las palabras abriendo paso hacia el oyente, confirmaron a Ibero en la idea de que se las había con una pobre mujer alcoholizada.

Sintió el joven un impulso fiero de estrangularla o segarle el pescuezo.. A la fiereza sucedió instantáneamente la compasión, y el deseo de un informe cierto volvió a ganar su alma. Tiró del brazo de la vieja; la llevó al pretil que da frente al Arco de la Armería, y con palabras cariñosas trató de sacar de aquel turbado cerebro la verdad que buscaba: «Serénese, doña Manuela, y respóndame a esta sola pregunta: ¿está Teresa en San Sebastián?.. ¿Ha tenido usted carta de ella?.. Contésteme, y no mienta. Tengo mal genio, y el que me engaña una vez no me engañará la segunda. Soy bueno para el que me dice la verdad». Doña Manuela, pasándose la mano por la cara, exhaló un gran suspiro. Los muchachos que la rodeaban prorrumpieron en chillidos burlones. Evocando toda su paciencia, Ibero procuró aislar a Manolita de la chusma que la toreaba. Una mujer dijo a Santiago: «No le haga caso, señor. Los días que se entrega al vicio, su cabeza es una pajarera..». «¿Es usted vecina de esta pobre señora? -preguntó Santiago a la mujer desconocida-. ¿Puede decirme si sabe algo de lo que acabo de preguntar?».

«Sí, señor -replicó la mujer-: sé que la Teresita está en San Sebastián. He visto la carta fechada en aquel pueblo, en que dice a su madre que está buena, y le manda diez duros..». Interpúsose entonces doña Manuela con este nuevo chispazo de su incendiado cerebro: «Venid vos, gallardo negro y salvaje, a mi casa.. No (p.7870) es casa opulenta, sino más bien de vecindad.. de las de tócame.. Tú, don Roque, busca a Teresa en la casa de enfrente.. piso segundo.. pregunta por los Muñoces de Tarancón, Duques ellos, Príncipes ellos.. Yo aquí mirando.. yo aquí viendo pasar la España con deshonra.. Hijos, ¡viva la Libertad que habéis conquistado con vuestro sudor! ¡Viva el sudor del pueblo!..». Volviéndole la espalda, Ibero miró a la calle, y vio que al frente de un grupo pasaba Rivas Chaves. Con repentino júbilo le llamó por su nombre dos, tres veces. Pero el patriota iba ya lejos en dirección de la Puerta del Príncipe, y no oyó la voz clamante. Pensaba Ibero que el primo de Manolita podía darle la luz que en vano quiso obtener del inflamado entendimiento de la vieja. Sin hacer ya ningún caso de esta, que seguida de su coro angélico tiró hacia la calle del Factor, bajó por la de Requena en persecución del amigo, perdido entre la multitud estacionada frente a Palacio. Abriose paso con dificultad, y por fin, entre tantas cabezas allí aglomeradas, alcanzó a ver la de Chaves, que fácilmente de las demás se distinguía. Con fuertes voces le llamó hasta conseguir que se fijase en él. Alzando los brazos, el patriota le gritó con alborozo: «¡Hola tú, Iberillo, ven.. Libertad tenemos!». A fuerza de codos pudo Santiago llegar hasta él, y sin entretenerse en saludos, le dijo: «Don José, quiero entrar en Palacio; ya le diré por qué». El ardiente revolucionario, hecho a mandar al pueblo, empezó a dar voces: «Caballeros, abran paso, que este señor viene de parte de la Junta». Luchando con la onda humana llegaron a la Puerta del Príncipe, que estaba entornada. Chaves empujó, diciendo: «Abre, Muñocito: soy yo; vengo con este amigo, que es de los de ley, y podemos confiarle una guardia». Tuvo tiempo Santiago de ver un papel de doble folio pegado en la puerta con obleas, en el cual se leía en letras gordas:

En este edificio existen delegados de la Junta Provisional.

Hallose Ibero en el largo zaguán que conduce al patio, y lo primero que llamó su atención fue un joven de levita y sombrero de copa, (p.7871) que daba órdenes a una veintena de hombres del pueblo, armados unos, otros por armar. Con los instrumentos de guerra que allí se repartían, podía formarse un pintoresco museo militar.. Próximo al joven del alto sombrero, un caballero de mediana edad, vestido con elegancia y descubierto, hacía discretas indicaciones para organizar la custodia del edificio: era un empleado de la Intendencia. Un paisano joven de gallarda estatura, armado en toda regla con fusil, correaje, sable y canana, colaboraba en aquellas disposiciones salvadoras: era un empleado en la Fábrica Nacional del Sello. Actuaba también allí en la Plana Mayor don José Chaves, que había salido poco antes con una urgente comisión para la Junta Suprema. Al volver con la respuesta, ocurrió el encuentro con Ibero. Entraron a un tiempo y..

Antes de referir la comunicación verbal que de la Junta Suprema trajo Chaves, conviene que se dé conocimiento del origen de aquella singular escena, tan contraria a la normalidad palatina. El joven de la levita y chistera (ambas prendas harto deterioradas, rugosas y polvorientas por el extremado roce que habían tenido con las multitudes populares en aquel agitado día) era un tipógrafo natural de Ciudad-Rodrigo, llamado Casimiro Muñoz, que trabajaba en el periódico de la tarde La Reforma, fundado por Manuel Fernández Martín, y que tenía su imprenta y redacción en la Plazuela de Lavapiés, esquina a la calle del Tribulete.

En la mañana del 29, hallábase el buen Muñoz laborando en las cajas de su periódico, cuando entró Fernández Martín con la noticia de la victoria de Alcolea, que era el Alleluia de la Revolución. Entre gritos de júbilo, se dispuso escribir, componer, imprimir y echar inmediatamente a la calle una Hoja extraordinaria. Todo se hizo con febril presteza. Los unos desde las cajas, los otros desde la redacción, percibían la efervescencia popular y el jaleo entusiasta de las muchedumbres. Casimiro no podía contenerse, y apenas terminada su tarea, quiso ver, oír y palpar la Revolución, y hacerse suyo en cuerpo y (p.7872) alma. Fue a su casa, un cuarto piso en la calle del Humilladero; se puso los trapitos de cristianar, sin darse cuenta de la oportunidad de lucir su mejor ropa en día de trifulca, y se lanzó a las calles con el vago presentimiento de que su Destino le asignaba un importante papel en los albores del nuevo Régimen..

En la Puerta del Sol vio Casimiro a don Amable Escalante arengando al pueblo; oyó que en el Parque de Artillería podían los ciudadanos proveerse de armas. Corrió a la Plaza de San Marcial; pero el excesivo cúmulo de gente impidiole ser caballero militante. Inerme y sin otra prestancia que la que le daba su alto sombrero, fue hacia la calle de Bailén y Plaza de Oriente; notó que por la Puerta del Príncipe entraban hombres y muchachos de mal pelaje; colándose entre los grupos, llegó al patio, donde unos cuantos bigardos y chulos indecentes, con palos y navajas, intentaban desarmar a los alabarderos. Algunos de Estos, sobrecogidos por las injuriosas amenazas y groserías de la plebe, entregaron sus picas; otros subieron a refugiarse y hacerse fuertes en el cuerpo de guardia llamado el Camón..

Contemplaba indignado el bravo cajista este desagradable espectáculo, cuando se le acercó un señor de aspecto distinguido que le dijo: «¿Es usted de la Junta?». Contestó Muñoz negativamente, doliéndose de no tener autoridad para enfrenar a la canalla.. «Si no tiene usted autoridad, parece tenerla -dijo el desconocido sujeto, y esta manifestación fue el primer efecto de la ropa negra y sombrerote que el cajista llevaba-. Yo soy empleado de la Intendencia; pero nada puedo hacer. Esta gentuza la emprenderá contra mí si sabe que soy de la casa». Casimiro tuvo una idea luminosa, y con la idea brotó en su alma noble el propósito de ponerla en ejecución al instante.

«Proporcióneme usted en seguida -dijo al de la Intendencia- papel, pluma y tinta». Procediendo sin demora, como las circunstancias exigían, el caballero palatino le llevó a un entresuelo que daba a la Plaza de la Armería. Allí escribió Casimiro con letra gorda y en papel de barba el aviso que (p.7873) Santiago vio en la puerta del Príncipe. Dos más escribió, saliendo él mismo inmediatamente a fijarlos con obleas en las puertas de Palacio. Ordenó que fuesen cerradas las de la Plaza de la Armería, y sólo quedó abierta la del Príncipe. Fijados los cartelillos, volvió adentro el hombre, y encarándose con la pillería que en el patio y pie de la escalera tramaba el asalto de las habitaciones altas, soltó con enérgica voz esta conminación: «¡Eh, pronto.. a la calle!.. Soy de la Junta.. Estoy encargado de la custodia del Palacio Real.. Ya viene la fuerza.. A la calle, digo».

Y sin detenerse salió a la Puerta del Príncipe con dos objetos: no permitir la entrada de más chulapería, y llamar a cuantos paisanos de honrado aspecto pasasen. ¡Nuevo y más admirable efecto de la levita y bimba, a que daban más autoridad las iracundas voces del atrevido tipógrafo! A muchos contuvo a empujones; a otros metió dentro, ofreciendo en nombre de la Junta dos pesetas por el servicio de guardia, y luego colocación en los trabajos del Ayuntamiento. Acertó a pasar Chaves, que era conocido y vecino de Muñoz, y con el refuerzo de tan buen ciudadano vio el cajista su obra coronada por el éxito. Otro de los que entraron a montar la guardia fue el empleado del Sello.. Por fin, organizada una fuerza provisional honrada y de buena presencia, desalojaron a los gandules, y Palacio quedó en condiciones de defensa eficaz. En esto, el que se había hecho por su energía y audacia dueño de la situación, ordenó a Chaves que corriese al Gobierno Civil y notificase a la Junta lo que en Palacio ocurría. Fue allá el patriota, y acompañado de Ibero, volvió al poco rato, con esta desconsoladora respuesta: «Los señores de la Junta se están constituyendo.. No pueden disponer envío de delegados ni de fuerza alguna hasta que se constituyan».

«¡Vaya con la pachorra de los señores junteros!». Contra ella protestó Casimiro, pisando fuerte en el patio y haciendo gala de la autoridad tan gallardamente conquistada. Entre tanto, Ibero y el paisano del Sello acabaron de limpiar (p.7874) el edificio de la gentuza que aún quedaba en las galerías y escalera. Presentose a la sazón un viejecito, que era el llavero de Palacio, y Muñoz, acompañado de Ibero y Chaves, determinó hacer una requisa en las habitaciones altas, para ver si los pilletes habían cometido algún desmán.

Precedidos por el llavero, que iba franqueando las puertas, los fingidos delegados de la Junta, recorrieron varias estancias lujosas, que a todos causaron maravilla. En las de la Infanta Isabel vieron y examinaron objetos curiosos, entre ellos un lindo libreto de rezos. Entre sus hojas había una carta autógrafa de Pío IX, aconsejando a Su Alteza que no vacilase en casarse con el Conde de Girgenti.. En una gaveta hallaron una carta del Infante don Sebastián, que contenía un mechoncito de pelo.. Terminada la requisa, se les comunicó por el empleado de la Intendencia que habían llegado tres caballeros preguntando por los delegados que indicaban los carteles fijos en las puertas. Acudió Muñoz, dio a los tres señores enviados por la Junta cuenta y explicación de lo que había hecho para salvar el edificio desamparado por la autoridad, y entre el fingido y los verdaderos delegados para defensa, vigilancia y administración del Real Palacio, reinó perfecta concordia. Los guardianes legítimos aprobaron sin reservas lo dispuesto y ejecutado por los intrusos, y estos, que tan gran servicio habían prestado a la Nación, quedaron agregados por aquella noche a la comisión oficial.

Dadas las nueve, algunos hablaron de descanso y cena. Ibero cogió a Chaves, y llevándole aparte, secreteó con él de este modo: «Dígame, don José, ¿este Muñoz es por ventura de los Muñoces de Tarancón, Duques ellos, Príncipes ellos..?». Soltó la risa el patriota, y con ella esta franca respuesta: «¿Te has vuelto tonto? ¡Si este es un pobre cajista de La Reforma! Le conozco.. somos vecinos en la calle del Humilladero.. excelente muchacho, de los charros de Ciudad-Rodrigo, buen liberal y ciudadano de ley, como has visto».

Suspiró Ibero; refirió su turbación y mortales ansias, añadiendo la (p.7875) poca substancia informativa que pudo sacar de la trastornada madre de Teresa. Cariñosamente le respondió el amigo que no se fiara de palabra alguna salida de la boca de la Manuela, pues la pobre mujer empinaba el codo más de lo regular, y de vez en cuando cogía unas turcas horribles que le duraban tres días. «Cierto es que cuando está peneque había del nuevo arreglo de la hija con un Muñoz de los de Tarancón; pero a mi ver, esta idea es tan sólo el vapor del vinazo y aguardentazo que se mete en el cuerpo.. De si está Teresa en San Sebastián, nada puedo decirte. La suposición de que habite en este Real Palacio, ponla a la cuenta de la chispa que ha cogido Manuela estos días para celebrar a su modo la sublevación de la Escuadra. Y para más seguridad, requisaremos todo el edificio de abajo arriba.. ¿Qué piensas?».

-Que con mi pena y mi cansancio, estoy tan borracho como mi suegra.. y basta que una cosa sea disparate para que la piense yo.. Mis dudas son peores que la muerte.

 

Ep-40-XXXIV -

Avanzada la noche y cerradas las puertas de Palacio, bajaron a las cocinas Muñoz y uno de los delegados en busca de provisiones. Tan sólo hallaron un jamón en dulce, tres botes de melocotón en conserva y dos panes grandes, duros ya como adoquines. Esto no era bastante, y como también había que repartir algo de cenar a los cincuenta y tantos hombres, entre paisanos y alabarderos, que componían la guardia, resolvieron mandar traer de fuera pan y butifarra en abundancia; el vino indispensable subiéronlo de las bien surtidas bodegas de Palacio. Ibero y Chaves, una vez que requisaron sin resultado alguno los pisos segundo y tercero, bajaron a tomar su parte de la cena.. Por iniciativa del empleado de la Intendencia se cometió la expoliación más inocente que los guardianes podían permitirse. Del rico depósito de tabacos habanos que en los sótanos había, mandaron subir un par de docenas de cajas, con lo que, después de llenarse los bolsillos (que hay que mirar siempre por el día de mañana) , tuvieron para fumar toda la noche. El tabaco (p.7876) es la alegría de las guardias y el mejor compañero de los largos plantones.

El incansable Muñoz y tres más descendieron nuevamente a las cocinas y despensas. Olfatearon y revolvieron diferentes escondrijos, y en un cuarto obscuro destinado a depósito de cenizas encontraron una maletita de viaje. Con el precioso hallazgo subieron al entresuelo, donde tenían su Cuerpo de guardia. Abierta fue la maleta con las debidas formalidades, y de ella sacaron seis mil duros, parte en billetes, parte en oro y plata, varias sortijas de oro y brillantes, dos de ellas con la corona real, un collar de perlas en su estuche, unas tenacillas de plata para el azúcar, y varias prendas de ropa interior de caballero.

De todo se levantó acta minuciosa, que firmaron los delegados con Muñoz y Chaves, y se redactó un oficio al Gobernador de Madrid, don Pascual Madoz, para que se hiciese cargo de aquellos objetos y de otros que en el curso de la noche se encontraron. Entre estos figuraba un interesante libro de apuntes, descubierto por Ibero y Chaves en las estancias del Príncipe Alfonso. Era el Registro en que los Gentileshombres del Cuarto de Su Alteza, señores Morphy, Ulibarri y Losa, anotaban diariamente los actos, juegos, lecciones y dolencias del heredero de la Corona. Pasada media noche, el sueño y la fatiga rindieron a los guardianes del Real Alcázar. Los que no debían permanecer en vela acomodáronse en divanes de la Intendencia, o por la galería pasaban al Camón; otros descubrían, en los entresuelos altos y bajos de la servidumbre, mullidos lechos. Ibero y su amigo se apoderaron de un cuartito próximo a la Escalera de Caoba, en el cual solían dormir los Monteros de Espinosa. Las camas, aunque de campaña, ofrecían comodidad a los hombres rudos, desconocedores de la molicie. Chaves dijo a su compañero: «Acuéstate y descansa, que a Madrid has traído agujetas y desvelo de ocho días.. Paréceme que has echado ya de tu pensamiento esa maldita idea».

-Sí -dijo Ibero tendiendo a lo largo sus doloridos huesos-. ¡Teresa en (p.7877) Palacio! ¡Desatino como ese..! Fue una turca horrorosa que me comunicó doña Manuela con su aliento envenenado.. Ya se me despeja la cabeza, ya me habla el corazón, y me dice.. Necesito recogerme para oír bien lo que quiere decirme.

Tumbose a su vez el patriota, y al poner su cabeza en la almohada, la puso ya dormida.. Santiago, cuya excitación cerebral se rebeló un instante contra el sueño, recordó palabras interesantes de su maestro el capitán Lagier. Este le había dicho en Cádiz: «En nuestra conducta influyen de un modo misterioso seres inteligentes e invisibles.. No te preocupes de las experiencias y comunicaciones.. Los buenos espíritus vendrán a ti sin que tú los llames..». Repitiendo estas palabras con un deseo muy vivo de que tuviesen eficacia real, entre dormido y despierto Santiago vio a Teresa.. Entraba la hermosa mujer en la estancia, mal alumbrada por el mechero de gas de la próxima Escalera de Caoba, y pasito a paso se aproximaba risueña, con aquel ángel de su mirada y rostro que no tenían en toda la humanidad semejante. Ibero le dijo: «Teresa, ¿dónde estás?.. Para que no dude de ti, dime en qué pueblo estás». Vestía Teresa como en el obrador de encajes, con su elegante delantal blanco recamado de cintitas rojas. Viéndola muy cerca, inclinada y sonriente, con vaga expresión de burlona confianza, el amante le habló así: «Teresa, dime si te has muerto.. Por Dios, dímelo, y no me tengas en estas ansias. Si estás en la Eternidad, allá iré yo contigo..». Pasado algún tiempo, cuya duración el durmiente o semi-despierto no podía precisar, la imagen de Teresa se desvaneció.

Santiago repetía en su cerebro la visión próxima de las estancias de Palacio por las cuales había discurrido con Chaves y el viejecito llavero; vio las enormes salas silenciosas y frías, de altos techos, en que bailaban figuras pintadas; las paredes revestidas de riquísimas telas, las estofadas consolas, las chimeneas de jaspe que sustentaban relojes y candelabros con muñecos mitológicos; los retratos de Reyes (p.7878) muertos, el manso Carlos IV, el narigudo Carlos III, y Reinas con blancas pelucas y deformes tontillos; vio las sillas y altos sillones puestos en formación a lo largo de las paredes, gravemente vestidos de sus fundas de lienzo, como frailes con los capuchones calados en la ringlera del coro.. Las estancias pasaban; una se iba, y llegaba otra. En la última vio a doña Isabel pintada con tintas y pinceles de adulación, vestida de azul y plata, el cabello en cocas, medio cuerpo dentro del inflado miriñaque, coronada la frente, los claros ojos azules diciendo bondad, pereza mental, abulia, la mano derecha blandamente caída sobre un cojín rojo, donde estaban la corona y un cetro ideal, semejante al que llevan los reyes de baraja.

En medio de esta soñación de los aposentos palatinos, apareció de nuevo Teresa, con su trajecito de encajera.. Pisaba las blandas alfombras de Santa Bárbara o las finas esteras de junco, con voluble y gracioso andar.. Ibero, angustiadísimo, bañada la frente en frío sudor, le decía: «Ven aquí, Teresa: ¿qué haces?, ¿por qué andas de un lado a otro sin fijar tus ojos en mí? Acércate y dime si te has muerto.. Voy creyendo que ya no estás en el mundo de los vivos, sino en el de los espíritus inteligentes e invisibles. Si es así, ¿por qué te veo?.. ¿Seré yo también espíritu, y me habré muerto como tú? Sácame de esta duda; y si en realidad somos espíritus, ¿por qué estamos en este caserón maldito y no en los libres espacios del Universo?».

Las diez del día 30 serían cuando despertó Chaves, y tan profunda y sosegadamente dormido vio a su compañero, que no quiso interrumpirle el sueño y salió en busca de los demás guardianes para ver qué novedades ocurrían. El primero que se echó a la cara fue Casimiro Muñoz, coronado ya de su respetable sombrero. Disponíase el valiente joven a volver a su trabajo de cajista, satisfecho de haber evitado el saqueo y profanación del Real Palacio en el turbulento 29 de Septiembre. A la misma hora en que Muñoz salía de la que fue morada de los Reyes (día 30) , entraba un chico de Telégrafos en la humilde (p.7879) casa de doña Mauricia Pando, calle de Santa Margarita. Llevaba un telegrama para Santiago Ibero, transmitido desde París por la primera oficiala de Madame Plessis. Aunque cerrado lo guardó la patrona esperando el regreso del huésped, bien puede el historiador penetrar dentro del papelejo y leer y traducir su contenido. Así decía: «Úrsula y Teresa en Biarritz San Sebastián trabajando artículo.- Pauline».

 

Ep-40-XXXV -

A Biarritz llegaron las dos mujeres el 18 de Septiembre, y el 20 fueron a San Juan de Luz y San Sebastián. A los tres días tornaron a Biarritz. Anualmente hacía la Plessis su excursión mercantil a la frontera de España, y en aquel otoño tuvo singular empeño en llevar consigo a Teresa. Resistió la española cuanto pudo; mas al fin fue conquistada por la autoridad y el cariño de su patrona. Del inopinado viaje dio conocimiento a Santiago en carta que le dirigió a Madrid, según aviso de él, al cuidado de Vicentito Halconero. Entre otras cosas amables y chuscas, le decía: «Para evitar que me conozcan, me visto y me peino de una manera algo estrambótica, me finjo italiana, tomo el nombre de Beatrice, y hablo un francés enteramente macarrónico. El 27 volveremos a San Sebastián. Escríbeme allí: Hotel Ezcurra».

Hallábanse las encajeras el 29 de Septiembre muy atareadas, trabajando su artículo de casa en casa y de hotel en hotel, cuando llegaron a San Sebastián las emocionantes noticias de Alcolea y Madrid. España entera se estremecía de júbilo; sólo permanecía muda y al parecer tranquila la Bella Easo, por respeto a la desdichada Majestad que en su recinto se albergaba. Suspendidos los negocios por la grande inquietud de la colonia estival, Úrsula y Teresa salieron a ver lo que ocurría. No lejos del Hotel de Inglaterra, donde moraba la Corte, vieron partir los coches de la Casa Real hacia la estación. No necesitaron preguntar.. En los corrillos próximos decía la gente que el Marqués de La Habana llamaba desde Madrid a la Reina.. Su presencia sola calmaría la tempestad.. Al poco rato, hallándose (p.7880) las parisienses en el paseo del Urumea, vieron que los coches volvían de la estación con las mismas personas que antes llevaron.. ¿Qué ocurría? Pues nada: que estando ya Su Majestad y real familia y servidumbre dentro del tren, llegó otro despacho de Concha, diciendo poco más o menos: «Que no venga. Esto está que arde.. Ya no hay remedio».

Entró de nuevo la Señora en el Hotel como en una cárcel, y el infortunio pesó ya gravemente sobre su corazón. Aún sentía en su cabeza la corona, por costumbre de aquel peso ideal, y engañada todavía de los espejismos puestos ante sus ojos por la superstición, vislumbraba socorros enviados a última hora por la Providencia. Y si la Reina, dentro de su improvisado palacio, esperaba el milagro, fuera del edificio y frente a él la embobada multitud, montando a pie firme la incansable guardia de la curiosidad, leía en las puertas y ventanas de una fonda la última página de un reinado. El buen pueblo de San Sebastián y la colonia de forasteros castellanos no sentían inquina contra la Reina; pero sí un fuerte anhelo de la novedad histórica, de ver cómo se deshacía una época, y cómo corrían a encasillarse en la Actualidad los tiempos que algunos días antes parecían lejanos.

Embutidas entre la multitud atenta y piadosa, Teresa y Úrsula también leían en el rostro del Hotel de Inglaterra lo que aún faltaba saber del acabamiento de una dinastía. Es bella la muerte de las cosas grandes.. La caída de un trono no se ve todos los días.. ¿Cómo es un soberano en el momento de quedar cesante? En estas ansias de curiosidad estaban las encajeras, cuando junto a ellas se abrió paso un caballero cuarentón, de noble y gallarda figura. Teresa lo señaló a su amiga con estas palabras: «Ese que ha pasado y entra en el palacio es el Marqués de Beramendi.. excelente persona.. y de mucho talento. De seguro dará a doña Isabel buenos consejos».

Sin que nadie le detuviera, pasó Beramendi a una estancia del piso bajo, donde vio cuatro personas, mudas, pensativas: eran el Alcalde la ciudad, un diputado por Guipúzcoa, un (p.7881) teniente coronel de Ingenieros y el Gentilhombre de servicio. A este manifestó Beramendi su deseo de hablar brevemente con la dama de la Reina, Marquesa de Villares de Tajo. En el corto tiempo que tardó en presentarse la moruna, el Marqués cambió con aquellos señores palabras de cortesía mortuoria, como las que amenizan las visitas de duelo, los entierros y funerales. El Gentilhombre, anciano de larga domesticidad en la casa, suspiraba.. y aun creía en los milagros políticos. Escuchándole, Beramendi no pudo eximirse de la tristeza que proyectaba la casa de la Reina sobre cuantos entraban en ella. La Corte de España, reducida a la vulgar estrechez de los cuartos de una posada, sugería meditaciones dolorosas. ¡Qué soledad, qué abandono! Los Grandes de España, los Próceres del Reino, ¿dónde estaban?, ¿dónde los Príncipes de la Milicia, de la Magistratura, de la Iglesia? El pobre Trono se caía sin que le prestase apoyo su robusto hermano el Altar.

La entrevista del caballero con Eufrasia fue breve. Apartáronse los dos a un ángulo de la estancia para hablar, en pie, como si hicieran alto en medio de un camino. «Vengo a decirte que si la Reina persiste en la buena idea de la abdicación, debes hacer los imposibles para que ciertas personas enfatuadas no malogren este pensamiento, única salvación que se vislumbra.. He tenido noticias directas de Serrano. Si doña Isabel abdica en don Alfonso, salvará la dinastía, ya que no salve su persona. El Duque de la Torre no pondrá obstáculos a esta solución».

-Hay otra mejor -dijo la dama sin necesidad de bajar mucho la voz, pues a consecuencia de un enfriamiento estaba casi afónica-. Esta solución que voy a revelarte tiene sobre la tuya la ventaja de que no hay que pasar por el sonrojo de tratar con Serrano.. A mí se me ocurrió esta idea feliz, y cuando tenía la palabra en la boca para decirlo a la Señora, saltó ella con lo mismo.. Las dos lo pensamos a un tiempo.. Como que es la pura lógica.. Oye: Su Majestad tomará el camino de Logroño, y en presencia (p.7882) de Espartero abdicará en el Príncipe de Asturias..

-Bien, admirable.

-Falta lo mejor.. La Reina, después de abdicar, partirá inmediatamente para Francia, dejando al nuevo Rey en poder del Regente Espartero.

-¡Admirable.. hermosísimo! -exclamó Beramendi con sincera convicción y entusiasmo-. Es la clave del porvenir, es la salud de España.. Pero.. ya debíais estar andando hacia Logroño.. El tiempo apremia.. No hay que perder horas ni minutos.

-Esta noche se decidirá la partida..

-¡Ay, Dios mío!, temo aplazamientos que serían mortales; temo que algún mal amigo, algún obcecado palaciego, tuerzan esa dirección salvadora, la mejor, la única.

-Veremos -dijo la dama con bostezadora indolencia-. Dios nos inspire a todos. Retírate. Tengo que volverme arriba. La Señora, don Francisco y Roncali están tratando de los términos del Manifiesto que se ha de dirigir a la Nación.

-Y España dirá: «¿Manifiestos a mí?». Es hora de hablar al país con hechos robustos, no con retóricas vacías.

-Los hechos a veces quieren hablar y no pueden -murmuró Eufrasia con voz apenas perceptible, arropándose en su manteleta.

-¿Tienes frío..?

-Siento el frío de la proscripción.. La desgracia de doña Isabel me ha cogido desprevenida.. Si hubiera yo sospechado que venía tan pronto, no habría salido de mi casa. Pero no puedo decir: «ahí queda eso». No se trata ya de la Reina, sino de la amiga. (p.7883)

-Merece consideración la pobre Majestad, abandonada por los que la llevaron a la perdición. ¿Qué Ministros quedan aquí?

-Ninguno más que este señor Roncali. Catalina, Orovio, Belda y Coronado se han ido a Francia. Ponen a Concha que no hay por dónde cogerle.

-Y Concha dice que aquí sigue funcionando la Camarilla, y que se expiden órdenes militares sin el refrendo del Ministro de la Guerra.

-No hablemos del Marqués de la Habana, que ha jugado con dos barajas, la de Isabel II y la de la Revolución.

-Eso no es verdad. Se le han pedido a Concha milagros, y esos no los hace más que Sor (p.7884) Patrocinio.. En fin, amiga mía, no es ocasión de disputas agrias. Única absolución de tantos errores: salir inmediatamente para Logroño..

-Yo lo aconsejo.. Idea mía fue.. No puedo decir más. Adiós, Pepe.. Tengo frío.

-Adiós, moruna.. Cuídate. Estos aires de la frontera son malos.

Despidiéronse afectuosos, y Eufrasia subió lentamente, agobiada por inmenso tedio, la escalera del Hotel-palacio. El silencio de muerte que reinaba en la última residencia de la Monarquía, fue turbado por el trajín de los criados que servían la comida en las habitaciones altas. Comida y servicio resultaban de una modestia grave, sin ningún esplendor palaciano. Los Reyes y Príncipes estaban en aquella vivienda, relativamente pobre, como inquilinos desahuciados que al abandonar la casa sin saber a dónde ir, se aposentan por una noche en la portería.

El día 30 amaneció envuelto en la dulce humedad de las mañanas cantábricas. El toldo de plata, sin lluvia, velando los ardores del sol, era propicio a la vagancia callejera y al abandono de los negocios. Desde muy temprano acudieron las bandas de curiosos a situarse frente al Hotel, a la entrada de la Concha. Muchos que iban al baño, con la sábana envuelta en hule, se detenían para ver cosa tan desusada como el éxodo de las Instituciones.

Acudieron también al acto las encajeras, y estando en filas, vieron que, como en la tarde anterior, entraba en la morada real el Marqués de Beramendi. No necesitó ser introducido: al dar sus primeros pasos en el interior de la casa, observó una completa relajación de la etiqueta. Resueltamente pasó al gran salón de la derecha, que era el comedor del Hotel. La mitad, o una tercera parte de la mesa, tenía mantel y servicios de desayuno de café y chocolate, ya consumido. En la otra parte, sobre el tablero desnudo, se veían maletitas, sacos de viaje, líos de bastones, espadines y paraguas.

De manos a boca tropezó Beramendi con el Marqués de Loja, don Carlos Marfori, Intendente de Su Majestad. Saludáronse con afecto empañado por la tristeza. Conocía Fajardo al sobrino de (p.7885) Narváez de los tiempos en que no figuraba en la política ni tenía más significación que la de su parentesco con el General; le apreciaba por su caballerosidad y por la firmeza de sus ideas retrógradas, que sostenía con modestia y sin ofender a nadie. Después, cuando Marfori escaló un Ministerio, y de este saltó a Palacio, ya era otra cosa. El trato entre ellos fue menos frecuente, y sus relaciones algo frías. Apenas cambiaron sus saludos en aquel día nefasto, comprendió José María que era un tanto impertinente hablar de política. No obstante, se aventuró a esta sencilla pregunta: «¿Va Su Majestad directamente a Francia?.. Algo se ha dicho de viaje a Logroño..».

Arrugó su entrecejo Marfori al decir: «¿Pero no comprende usted, mi querido Marqués, que será humillante para la Reina de España ir a pedir protección a un General, aunque este se llame Espartero?.. Toda concomitancia con progresistas ha de ser funesta.. La Reina sale de España persuadida de que su pueblo la llamará pronto.. tales horrores hemos de ver aquí..».

No dijo más. Las disposiciones para la partida solicitaban su atención. Indignado Beramendi por lo que había oído, contempló un rato al don Carlos dando sus órdenes a la turba de servidores, uniformados unos, otros no. Le miró con encono, viendo en él la torpe influencia que torcía los propósitos saludables de doña Isabel. Entre tanta gente desmedrada y anémica, se destacaba la figura de Marfori por su recia complexión sanguínea y su tipo árabe, afeado por el grandor de la boca y el desarrollo del maxilar. Su prognatismo desvirtuaba la belleza de los ojos negros y de la figura garbosa, amenazada ya por la obesidad incipiente. Era impetuoso, autoritario, ejecutivo; su altanería ante los iguales tenía el atenuante de la educación exquisita que le había enseñado la finura y amabilidad. Estas prendas resplandecían en él en ocasiones normales, aun en el trato con los inferiores.

De pronto, alguien tocó el brazo de Beramendi. Un hombre, un señor que no denotaba su jerarquía con ningún signo (p.7886) exterior, y lo mismo podía ser gentilhombre que criado, le dijo: «Su Majestad está en la salita de enfrente.. Desea que pase el señor Marqués a saludarla». Corrió el caballero a la sala de la derecha del vestíbulo, y hallose frente a Isabel II sentada, vestida de viaje, con dos señoras en pie por cada lado. La una era Eufrasia. Con lástima hondísima, Beramendi notó en la faz arrebolada de la Reina la tensión muscular, el esfuerzo fisiológico por revestirse de entereza. Cuando el prócer besaba su mano, ella le retuvo forzándole a permanecer inclinado para que oyera lo que no quería decirle en alta voz: «Ya sabrás que se ha desistido de ir a Logroño.. Lo hemos pensado.. No puede ser.. ¿A qué..? No más humillaciones.. Yo me voy por no agravar las cosas, por evitar el derramamiento de sangre.. Pero ya me llamarán, ya volveré.. ¿No crees tú lo mismo?».

Mintió con tanto descaro como piedad el buen Fajardo, respondiendo así: «¿Qué duda tiene? Llamaremos a Vuestra Majestad.. y Vuestra Majestad vendrá con la rama de oliva, con el laurel..». No encontraba en su mente las tonterías propias de la dolorosa situación.

La Reina se impacientaba. ¡Salir, salir de una vez.. no prolongar más tiempo la terrible ansiedad con su lado patético y su lado embarazoso!.. Levantose la Soberana, y tocando con su mano augusta el brazo de Beramendi, le dijo: «Francamente, creí tener más raíces en este país». Y cuando el apiadado amigo le decía que sus raíces, a pesar de aquel suceso, eran hondas y fuertes, entró en la sala don Francisco, vestido de paisano, dispuesto para la partida. Su figura y su voz, no muy apropiadas a las grandezas, añadieron escaso interés a la escena dramática, que alguna vaga semejanza tenía con las salidas para el patíbulo. En muchos casos no vale una corona menos que una vida. Aparecieron las Infantitas con sus ayas, y tras ellas el Príncipe de Asturias llevado de la mano por la señora de Tacón.. Vestía Su Alteza trajecito de terciopelo azul. Su carita descolorida y la tristeza resignada de sus grandes (p.7887) ojos expresaban mejor que todas las miradas y rostros presentes el duelo monárquico y doméstico.. ¿Qué faltaba ya? Nada más que la orden de partir.

 

Ep-40-XXXVI -

La multitud que ante el Hotel-palacio aguardaba la interesante función de la salida, vio aparecer a doña Isabel del brazo de don Francisco.. Su presencia fue saludada con un murmullo de acatamiento respetuoso, y nada más. Atajaron los pasos de la Reina algunas mujeres, que se agolpaban en los peldaños. Eran criadas palatinas, señoras pobres, que habían recibido limosnas de la bondadosa Soberana. De rodillas le besaron la mano; prorrumpieron en tiernos adioses, sollozando.. No pudo ya doña Isabel conservar su entereza, y llevándose el pañuelo a los ojos, trataba de abreviar la escena lastimosa.. No sabía qué decir.. «Adiós, hijas.. No lloréis.. Volveré.. España me quiere.. Yo.. Adiós.. Volveréis a verme».

Partieron uno tras otro los blasonados coches, desfilando con la prisa que fatalmente se impone a las salidas no triunfales. En la estación se habían tomado precauciones para impedir la entrada del público. Acomodáronse todos: la dinastía fugitiva en los coches regios, los demás en departamentos de primera.. La media compañía de Ingenieros que había de escoltar a Su Majestad hasta Hendaya ocupaba coches de segunda a la cola del tren. La máquina no tardó en pitar con áspero bramido, y pronto arrancó sin que se oyeran vivas: el mudo respeto suplió las exclamaciones, mandadas recoger por inoportunas.

En un coche de primera se metió Beramendi, con dos oficiales de Ingenieros y un Diputado de la provincia. El duelo se despedía en la frontera. Pero los acompañantes de la difunta Monarquía no guardaban silencio en aquel viaje; que en los entierros, comúnmente, los que van de reata combaten el tedio con expansivas conversaciones. Hablaban, pues, del suceso: el más taciturno era Beramendi, que reservaba sus pensamientos por creerlos tal vez demasiado crudos para dichos en alta voz.

Cavilando más que diciendo, el sagaz (p.7888) caballero, entre San Sebastián y el Bidasoa, lanzaba a los espacios estas tristes ideas: «¿Qué pensarán de esto, si pueden pensar y formar juicio de las cosas de nuestro mundo, las cien mil víctimas inmoladas por Isabel desde su cuna hasta su sepulcro?.. Llamo sepulcro a su destierro. Las cien mil vidas sacrificadas en la guerra de sucesión y en las innumerables revueltas intestinas por y contra Isabel, ¿qué himno de justicia tremebunda cantarán en este día? Véase la tragedia de este reinado, toda muertes, toda querellas y disputas violentísimas, desenlazada con esta vulgar salida por la puerta del Bidasoa, como si los protagonistas o causantes de tantas desdichas fueran a tomar baños, o a vistas y regocijos con otros Reyes.. Dígase lo que se quiera, la Libertad ha sido en España mansa, benigna y generosa; no ha sabido derramar más que su propia sangre, como cordero expiatorio de ajenas culpas..».

En Hendaya formaron los Ingenieros en el andén, y con rápido paso los revistó la Reina, del brazo del Rey; llevándose el pañuelo a los ojos, saludaba con ligera inclinación de cabeza. La infeliz Señora tuvo en aquel instante el momento más amargo de su tránsito a tierra extranjera. Sin volver atrás la vista, penetró en el tren francés. Los Ingenieros quedaron en Hendaya; habían llevado al duelo la tradicional cortesía del Ejército español, y a España se volvían a colaborar en la Historia nueva. Beramendi siguió con idea de no pasar de Biarritz, donde tenía su familia, y en el término de su viaje vio un espectáculo que resultó tan triste como el de Hendaya. En el andén estaba Napoleón III, rodeado de un brillante acompañamiento militar. El Emperador, rechoncho ya y avejentado, entristecía el cuadro con su rostro tétrico y dormilón, con su nariz romana, bajo la cual salían horizontalmente, a un lado y otro, las afiladas guías de sus bigotes. Entró Napoleón en el coche real, y allí estuvo unos diez minutos.. Al salir, su semblante expresaba una profunda indiferencia del suceso político y una etiqueta glacial ante la desgracia.

No se fijó en esto Beramendi, (p.7889) porque a la estación salieron su mujer y Tinito, y a ellos hubo de acudir cariñoso: no les había visto en seis días.. Y aconteció que Tinito, viendo al príncipe Alfonso asomado en la ventanilla, se desprendió de la mano de su madre, y anduvo un poco hasta llegar cerca de su amiguito, y le saludó con la mano, no atreviéndose a expresar su duelo de otro modo. Reparó en él Alfonso, y puso una cara tan triste, que el niño de Beramendi rompió a llorar. Su madre fue corriendo hacia él; le apartó del tren regio.. También acudió el padre, que entre besos le decía: «No llores, hijo. Alfonso volverá. Fíjate en él ahora. ¿No ves cómo te mira y se sonríe?.. ¿Qué te has creído tú? El Príncipe tu amigo viene a Francia a tomar aires. Estate tranquilo. Volverá; en España le hemos de ver».

No acababa de convencerse el dolorido chicuelo, ni las caricias de los amantes padres atajaban sus lágrimas, únicas que corrieron en aquel acto final del drama dinástico. Calmándose ya, estrechado por los brazos maternos, preguntó sollozando: «Dime, papá: y la Reina.. ¿volverá también?».

-¡Ah!.. eso no puedo asegurártelo, hijo mío. Yo creo que no. Para salir de dudas, cuando vayamos a Madrid se lo preguntaremos a Confusio, que es quien sabe de estas cosas.

Diciendo esto, el tren arrancó. Los Beramendi vieron pasar a doña Isabel, que en pie, dejando ver media figura en la ventanilla, saludó a todos, de Emperador inclusive abajo, con el aire de majestad delicada y bondadosa que era su gran éxito personal en los actos solemnes. Así lo vio María Ignacia. Otros creyeron que el paso de los claros ojos azules de la Soberana fue rapidísimo y cortante, como el del diamante que raya el cristal.

El sagaz historiófilo Pepe Fajardo siguió a la Majestad con el pensamiento, diciéndole: «No volverás, pobre Isabel. Te llevas todo tu reinado, más infeliz para tu pueblo que para ti. Impurificaste la vida española; quitaste sus cadenas a la Superstición para ponérselas a la Libertad. En el corazón de los españoles fuiste primero la esperanza, después la desesperación. Con tu (p.7890) ciego andar a tropezones por los espacios de tu Reino has torcido tu Destino, y España ha rectificado el suyo, arrojando de sí lo que más amó.. Vete con Dios, y ahora.. aprende a pensar.. Piensa en lo que ayer fuiste, en lo que hoy eres».

¿Quién puede decir lo que pensaba la destronada Isabel, cuando por los risueños campos bearneses la llevaba el tren hacia Pau, cuna y nidal de sus antepasados? Tal vez, del fondo negro de su pena por el ultraje recibido, saltaba un chispazo de alegría; tal vez, como acontece en los más hondos dramas humanos, el dolor engendró un goce, y el llanto una sonrisa.. y con la sonrisa brotó en el pensamiento esta frase de placentera conformidad: «Me han echado.. y ellos gozan de libertad.. Bien, ¿y qué? Ahora.. yo también libre».

 

Ep-40-XXXVII -

La última visión de Madrid en la retina de Santiago fue un ciclo de rápidas imágenes, que le resultaban gratas por la reciente placidez de su espíritu. Le causó risa el ver a Maltranita hinchado de fatuidad en la Junta de su distrito, y asaltando con radicalismos de última hora un puesto en Gobernación.. Malrecado, asido a los faldones del inaprensivo joven, se coló también en el Ministerio, mientras Segismundo Fajardo, hijo de Gregorio y sobrino de Beramendi, se filtraba en Hacienda, al arrimo del conspicuo señor de Oliván, que era de los técnicos, y por tanto insustituible.. Ya se hablaba del Ministerio de la Revolución: Serrano, Presidente; Prim, Guerra; Sagasta, Gobernación; Ruiz Zorrilla, Fomento. Los demás serían unionistas. La inmensa grey desheredada del Progreso y Democracia aprestábase a invadir los nacionales comederos.

A Leoncio encontró Ibero en la calle del Arenal; rápidamente hablaron; citáronse para la tarde. Aquel día, 1.º de Octubre, repitiéronse las ruidosas expansiones populares en la Puerta del Sol. Una de las Zorreras, la más joven según versión digna de crédito, arrebatada de patriotismo y de ardoroso frenesí revolucionario, se dejó decir, moviendo caderas y arremolinando faldas, que para celebrar el triunfo de la Libertad se ofrecía gratis para (p.7891) todo el que quisiera. Con igual esplendidez hubo taberneros que brindaron gratuitamente al público libre sus bautizados vinos.. Recobró Santiago en aquel venturoso día la paz de su alma, porque a más de recibir el telegrama de que se ha hecho mención, tuvo la dicha de ver en Madrid a Lucila y Vicente Halconero con toda la familia. La carta de Teresa que en sus manos pusieron fue un celestial aviso para el pobre aventurero, que ya iba viendo claro en la obscura mentira frívolamente acogida y divulgada por Tarfe.

Demente con la Revolución, en la cual veía esplendores y maravillas sin cuento, Vicentito se pegó a su amigo Ibero y no lo dejaba a sol ni sombra. Lucila, embelesada con la sabiduría de su hijo, soñaba con que este llegase a ser en el nuevo Régimen el águila de la Historia. Cordero no se apeaba de su montpensierismo. «Al fin y a la postre -decía-, tendrán que ponerle en el Trono, pues no hallarán rey más económico y administrativo». Y maravillado del pacífico advenimiento de la Revolución, repetía con orgullo esta frase pescada en el mar revuelto de la Prensa: «Las naciones extranjeras nos admiran».

Llamado por conducto de Leoncio (que iba a ser colocado con pingüe destino en el Museo de Artillería) , fue Ibero a casa de Tarfe, el cual le abrazó con franqueza cordial, y pidiole perdón por la gran sofoquina y trastorno que le había ocasionado en el viaje, repitiendo con ligereza opiniones de los amigos, que consideraba erróneas. «Pensé yo pagarte con un destinillo -añadió- los servicios que has prestado a la Revolución en París y Londres, en Cádiz y en Alcolea; pero como no quieres empleo, según me asegura Leoncio, yo me permito poner en tu mano (sacando un bolsillito con monedas de oro y contando algunas) .. en tu mano, digo.. estos cien duros, para que con ellos compres lo que te sea más necesario, o los gastes en divertirte y en echar al aire las canas que aún no te han salido».

Por la expresión que vio en el rostro de Ibero, pensó Tarfe que su amigo, echando por delante algunos melindres o (p.7892) quijotescos escrúpulos para cubrir la dignidad, aceptaría la remuneración. Pero no fue así. Poniendo en su negativa una sequedad cortés y delicada, el riojano salió del paso con estas razones: «Lo agradezco, señor.. Destine esa cantidad a recompensar a otros más dignos. No soy yo tan pobre como usted cree.. Casi, casi soy rico.. No insista, don Manuel..». Y con esto y reiterando las gracias, se despidió del aristócrata revolucionario.. Ya lejos de la casa y divagando solo, pues Leoncio se fue por otro lado a sus quehaceres, comentó Ibero su negativa, sazonándola con cierta ironía salobre y con los granos dulces de su naciente optimismo: «Yo, caballero sin caballo, aventurero desengañado de las grandezas, soñador perdido tontamente en el camino de las glorias políticas y militares, quiero darme el tono de rechazar los cien duros que me ofrece este caballerete de la Unión Liberal por mis vanos servicios. Es un orgullo como otro cualquiera, es la nueva grandeza que me nace en el alma para llenar el hueco que dejaron las otras.. Aventurero desventurado, voy en busca de aventura nueva.. y a ella quiero ir pobre y desnudo.. Además, desprecio los favores del hombre que calumnió a Teresa.. Teresa y yo somos ricos. Nuestras almas se llenan de ambiciones doradas, y de ideas.. contantes y sonantes.. ¡Oh, amor.. vea yo tus milagros!».

Decidido a largarse sin demora, por telégrafo avisó Santiago a Teresa su salida, y sin despedirse de nadie, se recluyó en su casa hasta la hora de partir. Sólo con el gran Confusio, su más inmediato vecino, se entretuvo algunos instantes. «¿Ha visto usted, señor Conde -le dijo-, la elegante Revolución que hemos hecho? Es un lindo andamiaje para revocar el edificio, y darle una mano de pintura exterior. Era de color algo sucio, y ahora es de un color algo limpio; pero que se ensuciará en breves años.. Luego se armará otro andamiaje.. llámele usted República, llámele Monarquía restaurada. Total: revoco, raspado de la vieja costra, nuevo empaste con yeso de lo más fino, y encima pintura verde o rosa.. Y (p.7893) el edificio cuanto más viejo más pintado. Pasarán años, y aquí estoy yo para derribarlo antes que se desplome y aplaste a todos los que estamos dentro. Sobre las ruinas armaré yo el gran andamiaje lógico-natural, para edificar de nueva planta sobre el basamento secular ¡oh!, que nunca necesitó revoco ni pintura. No respetaré más que el basamento, que es del mejor granito.. ¿Se entera usted? Pues adiós, y hágame el favor de dar memorias de mi parte a las naciones extranjeras».

Partió Santiago en el Expreso de las tres. Adormilado pasó la tarde y gran parte de la noche, y en los claros de su modorra oía retazos de la conversación de los viajeros que iban en el coche: «Ministro de Hacienda, Figuerola.. de Estado, Lorenzana, el autor de los célebres artículos Misterios, Meditemos. Para Ultramar, el indicado es López de Ayala; para Gracia y Justicia, Romero Ortiz.. Y en tanto, Prim de triunfo en triunfo en su viaje por el Mediterráneo.. Hermosa revolución.. Todo como una seda.. Yo confío mucho en Serrano.. Y yo en Olózaga y Cantero.. Yo confío más en los demócratas Rivero y Martos».

Como a todo se llega, llegó el tren a San Sebastián.. Teresa en la estación: abrazos, besuqueo.. «¡Qué flaco estás!..». «¡Y tú qué hermosa!».

 

Ep-40-XXXVIII -

TERESA.- (En una estancia del Hotel Ezcurra, despertando.) Pienso como tú. Vámonos hoy mismo. Aquí ya no hacemos nada. También Úrsula desea volver a su casa.

IBERO.- (Saltando del lecho.) Démonos prisa; no perdamos el tren de hoy.. A París, a París pronto.. Como anoche te decía, voy contento. Toda ilusión de grandezas políticas y militares se me ha ido de la cabeza. Pero te tengo a ti; contigo me conformo; tú eres mi gloria y mi grandeza..

TERESA.- (Vistiéndose muy a la ligera.) ¿Y qué me decías anoche de esa revolución que habéis hecho?

IBERO.- Empecé a contarte.. Pero tú no cesabas de reír y reír con la divertida historia de los Muñoces de Tarancón. ¿Quieres que hablemos otra vez de las fatigas que pasé por los malditos Muñoces?

TERESA.- Ahora no: tengo que (p.7894) bañarme.. tengo que avisar a Úrsula para que se vaya preparando.. Nos vamos hoy. Yo estoy contenta. ¿Verdad que somos felices? No me canso de celebrar que rechazaras los cien duros que quiso darte el sinvergüenza de Tarfe.

IBERO.- ¿Qué dinero tenemos? Paréceme que es muy poco. Yo me río contemplando la nada espléndida de nuestros bolsillos.

TERESA.- Y yo.. Con que tengamos para llegar a París, basta.

IBERO.- París nos dirá: «Pobretones, venid a mi Reino..».

TERESA.- Nos dirá: «Venid a mi Paraíso. Comeréis la fruta no prohibida de mi Industria y de mis Artes..». Iberillo, arréglate pronto. (Vase.)

IBERO.- (Solo.) Sí que soy feliz. Cada cual obedece a sus propias revoluciones. Yo no tengo que poner los andamiajes de que habla Confusio para revocar un viejo caserón. Mi casa es una choza nueva y linda. En ella tengo mi Trono y mi Altar. En ella venero mis Instituciones.

TERESA.- (En la estación.) Me dio mucha pena ver partir a la pobre doña Isabel.

IBERO.- Doña Isabel no volverá, ni nosotros tampoco.. Ella, destronada, sale huyendo de la Libertad, y hacia la Libertad corremos nosotros. A ella la despiden con lástima; a nosotros nadie nos despide; nos despedimos nosotros mismos diciéndonos: corred, jóvenes, en persecución de vuestros alegres destinos.

TERESA.- (Meditabunda.) Huimos del pasado; huimos de una vieja respetable y gruñona que se llama doña Moral de los Aspavientos, viuda de don Decálogo Vinagre..

IBERO.- (En Hendaya. Vuélvese hacia la orilla española del Bidasoa, y haciendo bocina con sus manos, grita:) Adiós, España con honra. Nos hemos muerto.. Adiós; que te diviertas mucho. No te acuerdes de nosotros.

TERESA.- (Gritando.) No te acuerdes.. Nosotros te olvidamos.

IBERO.- (Andando el tren.) Somos la España sin honra, y huimos, desaparecemos, pobres gotas perdidas en el torrente europeo.

 

FIN DE LA DE LOS TRISTES DESTINOS

 

FIN DE LA CUARTA SERIE DE LOS EPISODIOS NACIONALES

 

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