EPISODIOS NACIONALES

Benito Pérez Galdós

(1843-1920)

SERIE QUINTA

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ÍNDICE

1908.- 41 “España sin rey” (cp.I--XXXII)

1909.- 42 “España trágica” (cp.I--XXXI)

1910.- 43 “Amadeo I” (cp.I--XXVIII)

1911.- 44 “La primera República” (cp.I--XXIX)

1911.- 45 “De Cartago a Sagunto” (cp.I--XXVIII)

1912.- 46 “Cánovas” (cp.I--XXVIII)

FINAL

 


&

(EPISODIO 41)

ESPAÑA SIN REY

 

Ep-41-I -

Faltome tiempo y espacio para referiros un suceso doloroso acaecido en la familia de Santiago Ibero. Si me dais licencia, emplearé mis ocios en adobar esta y otras historias particulares anotadas en la cuenta de los años 1869 y siguientes, las cuales a mi entender no deben perderse en el sumidero del olvido, a donde paran muchas historias públicas pregonadas y trompeteadas por esa gran voceadora que llamamos la Gaceta. Los íntimos enredos y lances entre personas, que no aspiraron al juicio de la posteridad, son ramas del mismo árbol que da la madera histórica con que armamos el aparato de la vida externa de los pueblos, de sus príncipes, alteraciones, estatutos, guerras y paces. Con una y otra madera, acopladas lo mejor que se pueda, levantamos el alto andamiaje desde donde vemos en luminosa perspectiva el alma, cuerpo y humores de una nación.. Por lo expuesto, y algo más que callo, pedida la licencia, o tomada si no me la dieren, voy a referir hechos particulares o comunes que llevaron en sus entrañas el mismo embrión de los hechos colectivos. El caso es este:

Primogénito de Santiago Ibero y de Gracia (la niña segunda de Castro-Amézaga) fue aquel ambicioso y desengañado joven cuyas andanzas a tiempo se relataron. Siguiole en el orden de sucesión Demetria Fernanda, nacida el 45, y el 47 vino al mundo Fernandito Demetrio. Por un caso de trasposición harto común en el habla doméstica, los segundos nombres de la niña y su hermanito pasaron a primeros, quedando así confirmados por el uso para toda la vida. No bien cumplidos los veintitrés años, era Fernanda una moza de opulenta hermosura, flor de la (p.7896) ibérica raza, traslado y reproducción femenina de su padre, de quien tenía los ojos negros y la mirada quemadora, la riqueza sanguínea, el cuerpo espigado, el andar resuelto, la terquedad aragonesa batida en el yunque riojano. Era de ventajosa talla; en las anchuras moderada, en las delgadeces recogida; la tez morenita, la boca no pequeña, roja y dulcísima. En el regazo moral de su madre y su tía Demetria, aprendió Fernanda todas las virtudes, y se revistió de aquella honestidad y comedimiento que tan bien cuadraban a su linaje por ambas ramas. La tenacidad de su carácter, la espiritual fuerza polarizada en dirección del bien, existían envueltas en capitas de dulce modestia, semejantes a las túnicas delicadas que protegen a ciertos frutos en formación.

La vida provinciana, casi lugareña, fomentaba en Fernanda un estado psicológico de puro desarrollo interno. Ni los padres habían pensado en casarla, ni anduvo ella en tanteos candorosos de novios o pretendientes, como es ley de vida en toda jovencita, aun las mejor nacidas, sin que por ello se empañe su pureza. Mostrábase con los jovenzuelos graciosamente esquiva; teníanla algunos por orgullosa o encopetada, de estas que se reservan y custodian en espera de un partido principesco, y cuando vuelven de su encanto se encuentran aderezando trapitos para vestir al Niño Jesús. Gustaba Fernanda de componerse y acicalarse con toda la elegancia posible, según las modas que a La Guardia llegaban perezosas; su presunción, encerrada escrupulosamente en la medida de la modestia, se producía dentro de los cánones de un gusto exquisito.

Amaba también la niña de Ibero el teatro, la sociedad, el baile decoroso, y por esto los amantes padres, atentos a dar gusto a una hija tan buena, pasaban en Vitoria dos o tres meses de invierno para presentarla en lo que socialmente llamamos el mundo, darle el goce de las representaciones escénicas por buenos cómicos, y alegrar su venturosa y lozana juventud. Completaban estas expansiones, en cierto modo educativas, las escapadas a (p.7897) Burdeos, en verano, con sus tíos Demetria y Calpena. En Royan pasó Fernanda semanas alegres de agosto en medio de una risueña sociedad de veraneantes. Allí, y en la gran ciudad girondina, se soltó en el francés, practicando lo poquito que sabía; dominó el acento y las fórmulas elementales de la conversación; perfiló su natural elegancia, corrigiendo la rigidez de modales y el hablar reducido y dengoso de las señoritas de pueblo.

A su fin corría con paso incierto el año 68, atropellando sus días inquietos entre clamorosas disputas. Habíamos hecho una revolución con el instrumento naval y militar, trayendo después al pueblo a que la confirmara, y apenas cogieron los nuevos estadistas el manubrio de gobernar, saltó la cuestión batallona: si quitado el Trono debíamos poner otro, o constituirnos en República. Y los españoles se encendieron en porfías y altercados sin fin. La oratoria, que había sido achaque de algunos escogidos habladores, se hizo manía epidémica, y hombres, mujeres y aun chiquillos, salieron perorando a cántaros, cada cual según su tema o sus humores. Los más fríos argumentaban así: «Pero, hombre, no es poco trabajo carpintear ahora un trono con las astillas del que acabamos de romper». Y esta discusión primaria pronto había de ramificarse en variedad de peloteras. Los republicanos despotricarían sobre si la República debía llevar penacho unitario, federal o mixto, y los monárquicos andarían a la greña por si encasquetaban la corona en esta o en la otra cabeza.

A principios de Diciembre, el Gobierno llamó a Cortes Constituyentes, fijando los días de las elecciones y de la apertura de la gran Asamblea en que se había de desescombrar a España, y enderezar lo caído, y poner mano en las nuevas construcciones planeadas por los revolucionarios. Y allí fue el correr los candidatos a sus casillas electorales, y el remover en ellas voluntades y opiniones, soltando la catarata de sus discursos. El ardor sectario en algunas localidades, la intriga y los amaños de amistad en otras, la tutela oficial en casi (p.7898) todas, iniciaron la campaña, tempestad ruidosa y fulgurante.

Pues Señor.. la nube electoral descargó en La Guardia un candidato joven, de sonoro nombre y extraordinarios atractivos personales. Era don Juan de Urríes y Ponce de León, andaluz segundón de la casa noble de Ben Alí. Llevaba una expresiva carta de Sagasta para Santiago Ibero, en la cual, después de enaltecer la caballerosidad y el patriotismo del ilustre candidato, se indicaba que el Gobierno Provisional le vería con gusto representando en las Cortes Constituyentes la circunscripción de.. (No aparece claro en los apuntes recogidos para esta historieta si la provincia agraciada con tan esclarecido candidato era Burgos, Álava o Logroño. Lo mismo da.) Cartas llevaba también de Olózaga para los pudientes de Oyón y Treviño; otras, que había de entregar en Vitoria, para ilustres canónigos y respetables veteranos del carlismo. Según decía Sagasta a su amigo Ibero, el gallardo joven no tenía ya cabimento (1) en ninguna casilla electoral de su tierra, pues la que estaba vinculada en la familia Ben Alí la representaría el Conde de este título, hermano mayor del don Juan de Urríes. Seguía este las banderas de la fracción o estamento unionista, compuesto de graves y aprovechadas personas. ¡Y tan aprovechadas! Como que sin ellas nunca se habría hecho la Revolución.

Por de contado, Ibero aposentó en su casa y agasajó cumplidamente al señor de Urríes, caballero de acabada hermosura varonil, años veintisiete, soberbia estampa, realzada por un hablar fácil y gracioso, que era el encanto de cuantos le oían. Muy honrados se consideraron Ibero y Gracia con tal huésped. Don Juan respiraba nobleza, elegancia; su traje y modales eran la misma distinción; sus pensamientos, expresados con exquisito donaire, revelaban un alma tan selecta como sus corbatas, y sentimientos primorosos, bien limpios y esmeradamente planchados. Aconteció que la visita de Urríes coincidía con la época en que los Iberos se trasladaban a Vitoria a cuarteles de invierno. Como el (p.7899) candidato había de seguir el mismo derrotero, no hubo necesidad de alterar planes, y allá se fueron todos. Demetria y su esposo don Fernando Calpena estaban a la sazón en Madrid con sus hijos.

Aunque los Iberos tenían casa propia en Vitoria, creyérase, por lo mucho que lo frecuentaban, que vivían en el palaciote de los marqueses de Gauna, parientes de Gracia por doña María Tirgo y el cura Navarridas, ya difuntos; parientes de Ibero por los Barandas y Pipaones.. No vendrán ahora mal cuatro pinceladas descriptivas de la casa de Gauna y de sus moradores en aquellos años, gente de atildada bondad y llaneza no incompatibles con el rancio abolengo. Casos notables de longevidad ilustraban aquella mansión, descollando en ella el añoso don Alonso Landázuri, marqués de Gauna, del hábito de Santiago, que a su título añadía esta pomposa coleta: Juez Superintendente de Arcas y Tesoros de Encomiendas vacantes y Medias annatas. Llevaba a cuestas noventa y seis inviernos, y aún tenía cuerda para un rato. Seguíanle en la serie cronológica otros vejestorios disecados y señoras embalsamadas: don Tirso Pipaón, sobrino del Marqués, fraile exclaustrado que había sido Provincial de la Orden de Predicadores de Alcarria y tierra de Toledo, supra Tagum; doña Manuela Tirgo y Sureda, viuda de un alto funcionario de la corte de Oñate; otra momia nombrada doña Rita de Landázuri, solterona, hija del Marqués; don Wifredo de Romarate, sobrino de Gauna, Bailío de Nueve Villas en la Militar Orden de San Juan de Jerusalén. Completaban la lista dos clérigos: el uno, ex-Capellán del Hospital de Convalecencia de Unciones; el otro, ex-Canónigo cuarto de optación en la insigne Iglesia Colegial de Santo Domingo de la Calzada, después Canónigo entero en la de Logroño.

En este museo de antigüedades destacábanse con juvenil colorido los presuntos Marqueses de Gauna: él, don Luis de Trapinedo, nieto del casi centenario don Alonso; ella, doña María Erro Sureda y Arias Teijeiro, que por los cuatro costados de su (p.7900) nombre declaraba su sangre carlista. Ambos eran agradables, hablaban y casi pensaban a la moderna. Tenían dos hijas muy monas, la mayor de la edad de Fernanda, sencillitas, inocentes, menos bellas y más provincianas que su amiga, y dos chicos adolescentes que estudiaban en el Instituto. Esta generación alegraba la casa holgona y feudal, enclavada en la ciudad antigua entre las calles de Zapatería y Herrería. Las familias de Trapinedo y de Ibero eran la vida y el color en medio de aquel ennegrecido retablo de ricos omes, fijosdalgo, dueñas acecinadas y reverendos eclesiásticos curados al incienso.

Viejos y jóvenes acogieron al caballero Urríes con deferencia y noble agasajo. Harto sabía él, consumado artista social, adaptarse a todos los medios; en la masa de la sangre tenía la facultad de asimilación, y en su labia flexible y chispeante un arsenal inagotable de recursos persuasivos. Conversando se llevaba de calle a todo el mundo; su dicción derramaba sin tasa la sal andaluza, sin ceceo, por haberse criado en Madrid. Entendía de linajes y entronques nobiliarios; de costumbres, modas y estilos de elegancia; usaba la sátira con donaire, la crítica con apariencias de buen sentido: el gracejo de los chascarrillos que contaba hacía desternillar de risa a las momias del palacio de Gauna; el propio don Alonso se estremecía riendo con muecas de ultratumba. (p.7901)

A los primores de la cháchara jovial añadía don Juan de Urríes el don singularísimo de impresionar a las mujeres con tonos y conceptos de fácil entrada en el corazón de ellas.. Ya se adivina el resto.. y es que con sólo unos pocos días de trato en La Guardia y otros tantos en Vitoria, quedó Fernandita intensamente enamorada del don Juan, y llegó a prender en ella el fuego de amor con tal furia, que pronto fue incendio imposible de apagar. Ni ella trataba de sofocarlo; antes bien dejábalo crecer, dejábalo crepitar, echando en la hoguera toda su alma inocente.

El galán, vista la facilidad de su conquista, procedía con las formas pulcras del que ante todo anhela conservar su (p.7902) opinión y timbres externos de caballero. Buen cuidado tuvo de no salirse ni una línea del campo de la corrección: sagaz calador del corazón femenino, entendía que era imposible llevar su conquista por caminos apartados de la pura honestidad. Con toda su pasión y ciego delirio, Fernanda no le habría seguido. Podían mucho en ella la educación, los ejemplos de su familia y el carácter rígido de su padre. El don Juan supo enarbolar desde los primeros arrullos la bandera de matrimonio, pues si así no lo hiciera, la niña se habría llamado a engaño, dándose a la muerte antes que a la deshonra. No tardaron los padres en hacerse cargo; que la comunicación, por miradas, actitudes u otros chispazos del alma, llegó pronto al punto en que el secreto se vende a sí mismo. Padres y amigos tuvieron por venturoso el hallazgo de un porvenir.. Quedaba la tramitación del noviazgo hasta la petición y las nupcias, cuesta que los enamorados suben con brincos de impaciencia y los mirones bostezando. Así es la vida: brincos aquí, bostezos allá.

Desde que la violentísima ráfaga de amor arrebató el alma de Fernanda, esta no tenía sosiego: la extremada felicidad le dolía, y las risueñas esperanzas la punzaban. Era como una protesta de la naturaleza humana contra la irrupción insolente del bien. Recordaba el dicho eclesiástico de que hemos nacido para sufrir, no para gozar. Se impacientaba por llegar al fin, a la solución de lo que tenía siempre, a pesar de la indudable formalidad del caballero, el ceño del enigma. A ratos temía morirse antes de casarse, que muriese don Juan, o que un espantoso cataclismo hundiera en abismos de fuego a toda la humanidad. Y a ratos su felicidad se reclinaba en la confianza, y de todo su ser despedía torrentes de luz.

¡Cuántas veces, paseando por el campo con el galán, la hija mayor de Trapinedo y el cura don Tirso Pipaón, creía Fernanda que no pisaba el suelo, sino una nube convertida en alfombra; que todas las cosas visibles eran bellas, que las alturas de Gorbea podían alcanzarse con la mano, que las coles sonreían y los (p.7903) árboles secos cantaban al paso del viento por entre las ramas ateridas! Los burros cargados de leña o de ladrillos eran guapísimos, los grajos parleros, las ranas elocuentes, y los rastrojos de la tierra encharcada pensiles cubiertos de flores. Los ojos negros de la señorita enamorada devolvían a la Naturaleza el amor que de esta recibía, y apenas devuelto lo tomaba de nuevo. Con este ir y venir, las miradas fulgentes de la niña de Ibero encendían el cielo, abrasaban la tierra, y derretían la nieve que en aquella cruda estación blanqueaba las alturas.

 

Ep-41-II -

Unos días a caballo, otros en coche, salía el galán a sus correrías electorales, visitando pueblos, alentando a los amigos y desarmando a los contrarios con urbanidad melosa. Aquí derramaba obsequios en especie o moneda, allá dejaba caer amenazas, y en todas partes prometía lo que no lograra cumplir si mil años viviera. Total, que triunfó, y quedaron los electores tan satisfechos como si hubieran encontrado la piedra filosofal. Trabajillo le costó a don Juan cortar las ligaduras de amor para irse a Madrid, a donde le llamaban sus deberes de hombre público y constituyente; y al fin, dado el último tirón que a él le dolió mucho y a Fernanda más, partió días antes del 11 de Febrero, señalado para la apertura de las Cortes.

La novia era de las que no sin dificultad se consuelan consumiendo la propia idealidad. Al quedarse sola, levantaba castillos imaginarios, torres de proyectos más altas que la de Babel, y entre estas torres y castillos tendía cables y columpios en los cuales mentalmente se balanceaba. Era de ver cómo entre un aleteo de sus negras pestañas surgían los días futuros matizados de vivos colores. En la intimidad del pensamiento, Fernanda preveía lo moral y lo físico. Su marido era muy bueno, y además eficaz marido. Por consiguiente, ella tendría hijos, los cuales de seguro habían de ser guapos, inteligentes, tan buenos como su padre. Este ocuparía elevados puestos, ministro, embajador, y aunque la soñadora no se pagaba de vanidades, veía con gusto el (p.7904) encumbramiento del jefe de la familia por el honor que de ello había de recibir toda la descendencia.. Meciéndose en su columpio, Fernandita se miraba al espejo de un remoto porvenir, y en él se veía risueña, grave, bella en sus años maduros, los negros cabellos ya nevados.. En tal estado, Fernanda acariciaba a sus nietos..

Desde Madrid continuaba el galán constituyente alimentando con cartas la hoguera de amor. A Fernanda prolijamente escribía, llenando el papel de cariñosos melindres que no perdían su valor por repetidos y vulgares. Pudo notar la señorita que su caballero era menos inspirado escribiendo que hablando. Ella plumeaba mejor que él, y solía poner cosas que a nadie se le habían ocurrido antes. Vaya de muestra: «Estoy celosísima de las Cortes, que me parecen unas jamonas habladoras y emperifolladas». «Dices que vais a hacer una Constitución. Por Dios, no te metas en eso.. En todo caso, coge una de las viejas, y con algún garabatito aquí y otro allá, la presentas como nueva. Me ha contado mi madre que el famoso caballero don Beltrán de Urdaneta, cuando ya chocheaba, no tenía más entretenimiento que hacer constituciones. Todas las noches escribía una, y al día siguiente hacía con ella pajaritas».

A Ibero también escribía Urríes de vez en cuando, informándole del curso de la política. Divagaba, hinchaba las noticias, y se ponía furioso siempre que mentaba a los republicanos. «Esos majaderos están comprometiendo la Revolución con sus exageraciones.. En Cádiz, el Puerto, como antes en Málaga y Antequera, se suceden las escenas vandálicas.. Me ha dicho el Duque de la Torre que no hay más rey viable que Montpensier. Urge restablecer la Monarquía para que los vándalos del republicanismo se encuentren con la horma de su zapato». El hombre de inagotables gracias en la conversación, no sabía salir, escribiendo, del círculo tonto en que están contenidas todas las vulgaridades del pensamiento.

A principios de Marzo volviéronse los Iberos a La Guardia, y a los pocos días de estar allí (p.7905) tuvieron de huésped a uno de los ricos omes o fijosdalgo que decoraban la casa Gauna, Frey don Wifredo de Romarate y Trapinedo, que en sus tarjetas ponía sobre el nombre un casco rematado de plumas, y debajo este título insigne y pomposo: Bailío de Nueve Villas en la Real y Militar Orden de San Juan de Jerusalén.. Era un caballero cincuentón, de corta talla y tiesura ceremoniosa, pulcro, remilgado, afeitadito, espejo de la buena crianza y diccionario vivo de las palabras finas y corteses. Cifraba su orgullo en pertenecer a una de las Órdenes de caballería más ilustres, y nada le halagaba como que le llamaran señor Bailío, aunque todos ignorasen el significado de la palabreja.. Pues, como digo, apareciose inopinadamente en La Guardia el señor don Wifredo, y Santiago Ibero le tuvo en su casa los días que empleó el Bailío en despachar sus menesteres en la villa. (Aquí un paréntesis para decir que Romarate trató siempre a Fernanda con las más exquisitas atenciones y los rendimientos más refinados. Era como un caballero servente, que a la dama obsequiaba y asistía, sin traspasar nunca la línea que separa el cortesano respeto del melindre amoroso) .

De La Guardia fue don Wifredo a Cenicero y Logroño; siguió después a Viana, y de aquí a Estella. A las tres semanas de su partida se le vio aparecer de nuevo en La Guardia por el camino de Oyón, acompañado de otros dos caballeros, que así los llamamos porque venían en sendas mulas, no por su aspecto, que era como de clérigos vestidos de paisano. Aposentáronse en la casa de Crispijana, dando excusas a Ibero por no aceptar su hospitalidad. Los dos sujetos que con el Bailío viajaban, no podían encubrir su carácter eclesiástico. No eran viejos, no tenían aire juvenil; antes bien revelaban el cansancio de las naturalezas consumidas por el sedentarismo y el estudio de esas materias abstrusas, que lo mismo dan de sí sabidas que ignoradas. Uno de ellos era endeble, medio cegato, con anteojos de una convexidad extremada; el otro hablaba con acento extranjero, picando en todos los asuntos sin eludir (p.7906) los mundanos. Cuando fueron a visitar a Santiago, el Bailío presentó al primero diciendo que era un afamado teólogo; al nombre del otro agregó una retahíla de conocimientos: Historia, Matemáticas, Lenguas orientales, Geografía. Era incansable viajero. Acababa de llegar del Japón, y después de recorrer la España, se embarcaría para el Perú.

El amigo Ibero no necesitó preguntar a Romarate el móvil de tales viajatas. Al punto le dio en la nariz el tufo carlista: como hombre de corazón abierto, lo dijo claramente a los tres señores en la segunda visita que le hicieron; y como añadiese algunas palabras de asombro por la impavidez y ningún sigilo con que los tradicionalistas andariegos llevaban su negocio, replicó el teólogo: «Nos acogemos a los derechos individuales que proclama la Constitución nueva: Libertad igual para todos, señor don Santiago, porque si no, no es tal libertad.. Permítame usted que me ría un poco de la candidez de los señores de la España con honra».

-Está bien -dijo Ibero-. Pero la Constitución no se ha promulgado, no rige todavía.

-Para nosotros como si rigiera -agregó el Bailío sonriente, echando atrás la cabeza con airecillo de autoridad dogmática-. Y no dude usted que estamos agradecidos a la España con honra por la generosa concesión de esos derechos.. inalienables.. En esto se ve la mano de la Providencia: nos dan la libertad que esa misma Libertad necesita para ser abolida.. O como dijo el sabio: similia similibus..

En otra conversación, solos Ibero y Romarate, este empleó conceptos de hueca solemnidad para contar a su amigo que los carlistas áulicos habían conseguido del Príncipe don Juan que abdicase en su hijo. No era don Juan hombre capaz de sostener en toda su pureza el dogma de la legitimidad. Para esto había venido al mundo don Carlos, hijo de aquel, joven de excelsas virtudes y partes, grande, apuesto, magnánimo, bien penetrado de sus deberes como de sus derechos, que arrancaban de su realeza histórica y divina, hijo intachable, padre de sus pueblos, esposo (p.7907) de una ilustre Princesa que daría prez y honor al Trono de San Fernando. Y antes de acabar esta letanía sacó del bolsillo interior de su levitín un retrato de fotografía que enseñó a Santiago. Este lo había visto ya en casa de Crispijana, afiliado también a la Causa que a la sazón revivía de sus cenizas. Sin entusiasmarse con la figura del Príncipe, elogió la talla lucida, la gallardía marcial, la expresión varonil, y devolviendo la cartulina, con melancólico y frío acento se expresó de esta manera: «Cuando al carlismo dimos sepultura en Vergara, lo dejamos muy a flor de tierra. Claro: con la alegría de terminar la guerra, no pensábamos más que en abrazarnos.. No nos dimos cuenta de que el enemigo mal enterrado estaba medio vivo».

-Diga usted que con toda la vida y robustez que tuvo en los días de Zumalacárregui y de Cabrera.. Vacante el Trono, por haberse podrido la rama segunda, nadie puede evitar que venga la primera.. Declare usted con toda franqueza, como hombre discreto y leal, si cree posible que España reciba y aguante a un Rey extranjero.

-¡Rey extranjero!.. Eso nunca -afirmó Ibero poniendo en su voz todo el españolismo de su nombre y apellido.

-Veo que es usted de los míos.. Carlos VII es nuestro Rey, el único Rey posible..

-No estoy conforme, señor Bailío; no me llame usted de los suyos.. Me sublevo.. quiero decir, voto en contra.. Guárdese usted su Rey.

-No me lo guardo, pues no sólo es Rey mío, sino de todos los españoles.. Precisamente aquí tengo dos cartas.. (Metiendo mano al bolsillo.) Una es de don Joaquín Elío (sacándola) . Otra es del señor Arjona, secretario de Su Majestad..

-Sí, sí.. le escribirán con la pluma mojada en ilusiones..

-Me dicen.. (gravemente, envainando las cartas) que antes de San Juan estará el Rey legítimo en el Palacio de Madrid..

-Lo dudo.. pero si así fuere.. no le arriendo la ganancia.. ¿Y cree usted, don Wifredo, que Prim se cruzará de brazos?..

-No sé de qué se cruzará.. Sé que en el ejército español hay infinidad de jefes y oficiales que pronto tomarán el camino por (p.7908) donde ha ido el Coronel don Eustaquio Díaz de Rada.. Prim verá que el ejército español se le escapa por entre los dedos.

Con frases un tanto vivas de una y otra parte terminó el coloquio. El alavés se despidió para Miranda, a donde iría con sus acompañantes, el teólogo y el enciclopédico, ambos jesuitas de cuidado. El primero era de los expulsados de España en Octubre del 68; el otro, polaco recriado en Francia, poseía en grado sumo la facultad de asimilación, y a los pocos días de entrar en España mascullaba nuestra lengua, apropiándose con furioso y pertinaz estudio el conocimiento gramatical, y ejercitándose en la palabra castellana, en su acento y prosodia, con arrestos de conquistador.. Ambos iban rectilíneos y sin pestañear al fin que se les señalaba, resortes inflexibles de una máquina tenebrosa y fuerte, soldados de una Orden de caballería que unos creen de Dios, otros del Diablo.

Cuando Romarate se despidió de la familia Ibero, pidiéndole a Fernanda órdenes para don Juan de Urríes y Ponce de León, la hermosa señorita se mostró desconsolada por la ya larga ausencia del galán, doliéndose de que el corte y costura de una Constitución durase tanto.

-Ya están dando las primeras puntadas -dijo don Wifredo-. Es una prenda de vestir que nosotros nos pondremos, pero volviéndola del revés.. Del derecho podrá servirnos para Carnaval.

Habló después Fernanda de sus rabiosas ganas de ir a Madrid, y de la cachaza con que sus padres habían aplazado de un año para otro la satisfacción de este deseo. Sus tíos Demetria y Fernando la llamaban desde allá con voces cada día más cariñosas. Faltaba sólo que su padre se determinase a llevarla.

Oyendo esto, Gracia y Santiago sonreían. Don Wifredo, tomando un aire de intercesión paternal y caballeresca, apoyó a la señorita. Los padres no decían que no.. Lo pensarían.. La mamá, amargada por la desaparición de su querido hijo Santiago, sentía horror del bullicio de las capitales, y no quería separarse de Fernanda hasta que esta se casara.. Si la boda era en otoño, Madrid sería el punto (p.7909) elegido para el viajecito de novios.. ¡Madrid, Sevilla, Granada..! Ante estas manifestaciones, Fernanda suspiraba, soltando su imaginación por los piélagos infinitos del espacio y del tiempo; y después de un navegar loco, volvía, como la paloma del arca, con una rama en el pico.. rama de los olivares andaluces.

Salieron para Miranda el Bailío y los clérigos de San Ignacio; mas en aquel punto se separaron, marchando los jesuitas a Tolosa, y agregándose a don Wifredo para ir con él a Madrid otro eclesiástico, ya mencionado en la relación de los huéspedes de la casa de Gauna. Era el doctor in utroque don Cristóbal de Pipaón y Landázuri, sobrino o resobrino del Marqués por agnación lejana, varón ilustrado y pío, con gafas de oro, mirar oblicuo y habla reposada. De sus títulos eclesiásticos no se copia más que mínima parte: canónigo cuarto de optación.., canónigo entero.., chantre de Armentia.., prestamero de San Miguel, etc. La opinión le señalaba por su conducta severa y por su feroz intransigencia política. Últimamente diéronle fama de poetas varias composiciones religiosas de estilo tonto-pindárico. La lira de don Cristóbal cantaba asuntos bíblicos con estro semejante al volar de un pato, con engarabitada sintaxis y terminachos pedantescos. Todo era Jehovah para arriba, Jehovah para abajo, y poner motes a los demonios, llamándolos tartáreos o abortos del Horeb; a Jerusalén llamábala reina impura. Hablaba de la faz jocunda de Dios en su trono, y de la impía raza de Cam (los judíos) . Describía con pelos y señales la mansión de los justos: los abismos de azul, las cataratas de vívido fulgor llenan los cielos.. Se metía con el filisteo y el saduceo, poniéndolos como hoja de perejil, y ensalzaba la mano innocua de Jesús curando a los leprosos. Aunque nadie entendía los versos del conspicuo don Cristóbal, unos cuantos amigos de su misma cáscara le alzaban hasta el cuerno de la luna, diputándole por eminentísimo poeta entre los primeros del mundo. La verdad era que al buen señor no deslumbraban los ridículos (p.7910) encomios, y se hacía muy de rogar para dar a la estampa sus bíblicas, retumbantes y huecas majaderías.

Sin contratiempo alguno hicieron su viaje don Wifredo y don Cristóbal. Despabilados y nerviosos, no pararon de charlar en todo el camino, agotando los tópicos de la ojalatería y cuentas galanas. Eran dos monomaníacos que jugaban a la pelota con la idea que a entrambos enardecía y fascinaba. El canónigo entero, en un arrebato de optimismo humanitario, planeaba la nueva Inquisición para limpiar de errores heréticos a la gran familia española, y Romarate esbozó pragmáticas diaconianas que restablecieran las buenas costumbres, el respeto a la nobleza y al sacerdocio. De madrugada, cuando ya el sueño les rendía, sin que remitiera la embriaguez optimista, don Cristóbal dijo a su amigo:

-Créame usted, señor Bailío: una de las primeras medidas debe ser el establecimiento de la censura para poner coto a los mil esperpentos que se publican. Yo no permitiría la impresión de composiciones poéticas que no tuvieran un fin altamente moral y un estilo decoroso.

Asintió don Wifredo con cabezadas, pensando en otra cosa: la recompensa de su adhesión sería una embajada en cualquiera de las cortes extranjeras. Durmiose, y al poeta bíblico también se le cuajaron los pensamientos en una mezcla de sueño y cavilación. Pero no dormía con sosiego, porque en la cabeza le estorbaba un desmesurado gorro, al cual tenía que echar mano para que no se le cayese. A fuerza de tocarlo, llegó a entender que era una mitra.. En uno de sus dedos notaba la presión de un gordo anillo, y a cada movimiento del buen señor, el pesado báculo le daba un golpe en la nariz.. La complicada vestimenta crujía con rumor de seda y rigidez de bordados de oro..

Al entrar el tren en la estación de Villalba, ambos viajeros, en dislocantes posturas, roncaban estrepitosamente.

 

Ep-41-III -

No era rico ni mucho menos el caballero de Jerusalén. Su hacienda consistía en dos casas modestas en la parte alta de Vitoria, llamada Villa de Suso, y en un caserío situado (p.7911) en Arganzona, hermandad o término de la capital de Álava. De sus mezquinas rentas gastaba tan sólo lo preciso para su sostenimiento, y defendía el corto peculio con su asistencia casi diaria a la mesa del Marqués de Gauna. Gracias a esto, el Bailío tenía sus ahorros, que aplicaba al dispendio extraordinario, o al renglón de viajes en servicio de la Causa. Hombre más arreglado no se conocía en el mundo: jamás contrajo la menor deuda; jamás recibió de amigos ni de parientes préstamo ni favor alguno en metálico.

Ajustándose a sus limitados posibles, don Wifredo, apenas resolvió el traslado a la Corte, escribió a un su amigo de toda confianza que le previniese un alojamiento decoroso y no caro, como otros que tuvo en Madrid en viajes anteriores, el 49 y el 53. El discreto amigo, doctor don Pedro Vela y Carbajo, Comendador de la Orden de Alcántara y Capellán Mayor del Convento de las Descalzas Reales, cumplió el encargo con diligencia y tino. Ved al buen Bailío instalado en una casa de huéspedes decentísima y de buen trato, calle de Atocha, entre San Sebastián y Santo Tomás. Al escribirle a Vitoria incluyendo las señas en un papelito con olor de incienso, don Pedro Vela le decía: «Es casa de las más recogidas de la Corte, pues no se admiten más que personas recomendadas. Allí van sacerdotes y señoras mayores que huyen del bullicio. El trato es excelente y como de familia. A las ventajas de buen sol, calle espaciosa y ventilada, une la inapreciable proporción de la misa cercana por un lado y por otro».

Instalados los dos amigos en la casa que les recomendó el señor Vela, vieron que este no había sido hiperbólico en los encarecimientos. La vivienda hospederil era de lo mejor en su género, limpia y ordenada. Como una docena de personas vieron en el comedor a la hora de los garbanzos, gente juiciosa y grave, con excepción de dos jóvenes inquietos y un poco maleantes, que se permitían adulterar la honesta conversación con frases equívocas y vocablos de reciente cuño callejero. Había un (p.7912) sacerdote, un relator de la Audiencia, un coronel retirado con su esposa, dos ricos caballeros extremeños, un cónsul, y otros sujetos de circunstancias.

Ilustre huésped de la casa era una señora Marquesa, ya madura, con sobrina y criada; pero esta familia comía en su cuarto, y era casi invisible. La dueña, señora mayor de buen porte y modales finos, no hacía más que vigilar el servicio, recorriendo cuartos y pasillos asistida de un grueso bastón, por estar dolorida de las piernas. El gobierno inmediato de la casa llevábalo una mujer de mediana edad, limpia, seca y no mal parecida, andaluza, muy diligente. El ama la llamaba Chele, y algunos huéspedes pronunciaban su nombre invirtiendo las sílabas. Todo lo que vio y observó en la casa el señor Bailío fue de su agrado; todo le parecía discreto y conforme a la buena educación, menos la desenvoltura de lenguaje de los dos caballeretes. Y lo que mayormente en estos le disgustaba, era que a la gobernanta de la casa la llamasen doña Leche, nombre o remoquete que a su parecer no era completamente decoroso.

Mientras más a los mozalbetes trataba, menos estimación les tenía. Uno de ellos cultivaba una uña. Había dejado crecer desmesuradamente la del dedo meñique de la mano izquierda, limpiándola con potasa y cuidándola como se cuida un objeto de gran valor. Con los gestos de su mano hacía por mostrar a la admiración del mundo aquella excrescencia, como si fuese una joya. Tal moda de origen chinesco le pareció a don Wifredo una porquería, y así lo manifestó al joven, recordándole uno de los consejos de don Quijote a Sancho; mas con tal discreción y timidez lo hizo, que el dueño de la uña no se dio por ofendido. La manía del otro era culotar una boquilla de las que llaman de espuma de mar. Fumaba puros de estanco, más que por el vicio del tabaco, por el gusto de arrojar sobre la pipa los chorros del humo. Esto hacía sin parar, parloteando de sobremesa en el comedor, y luego frotaba la boquilla con un trapo de lana. Satisfecho de su labor, mostrábala a los (p.7913) huéspedes para que admirasen el negro brillo que tomaba. Luego se iba al café, donde seguía culotando y frotando, y ofreciendo su obra a la admiración de un círculo de ociosos.

Los insubstanciales señoritos, el de la uña y el de la boquilla, se revelaron pronto en el comedor de la casa como pretendientes a destinos. Al discreto y comedido don Wifredo le repugnaban aquellos silbantes que pretendían y al propio tiempo criticaban con chocarreras expresiones a los hombres de la Gloriosa. El uno imitaba la voz atiplada de Castelar; el otro zahería con chanzonetas del peor gusto al Duque de la Torre; al propio Prim y a Sagasta escarnecían ambos, y de todos los candidatos al Trono hacían disección y picadillo con anécdotas soeces.

Al sacerdote que en la casa vivía abordaron pronto los dos alaveses, quedando muy desconsolados del trato de aquel sujeto. Llamábase don Víctor Ibraim, y llevaba luengos años en el sacerdocio castrense. Desde las primeras palabras gargajosas del clérigo andaluz, le dio en la nariz a don Cristóbal olor de caballería. Hablando de diferentes asuntos eclesiásticos y políticos, los tradicionalistas descubrieron en el huésped hervor de ideas revolucionarias y un soez desenfado para manifestarlas. Entre la hojarasca de sus vanos conceptos, dejaba traslucir el castrense una ambición insensata. El propio Romero Ortiz le había prometido la Rectoría de Atocha, destino calificado y pingüe. Pero pasaba el tiempo, ¡caray!, y ya se cansaba de esperar el santo nombramiento.. Brindose luego Ibraim a presentar al señor De Pipaón en San Sebastián, donde tendría misa diariamente, y remató la oferta con estas groseras palabras: «Ojo al cura, que es un tío muy malo.. y el bandido del colector no le va en zaga». Guardáronse muy bien los alaveses de clarearse ante aquel renegado. Apenas oyeron los primeros bramidos de su ambición no satisfecha, encerráronse en reserva sagaz, envolviendo cuidadosamente el lío que llevaban a Madrid.

«Hemos de recatarnos de este sinvergüenza -dijo Pipaón a su amigo (p.7914) cuando se hallaron solos-, porque como buen revolucionario y mal sacerdote, será de los que llevan soplos al Gobierno». Y otro día, cuando incidentalmente se tocó la cuestión de reyes posibles en España, Ibraim se dejó decir que el carlismo era una aberración de cerebros enfermos. Luego nombró a don Carlos con el mote irrespetuoso de Niño terso, inventado, según el canónigo poeta, por los graciosos que infestan la noble habla castellana. Oía don Wifredo por primera vez denominación tan irreverente, y un noble coraje encendió su alma caballeresca, monárquica y religiosa en que revivía el espíritu de las Cruzadas.

A los tres días de su llegada recibieron los de Álava la interesante visita de dos caballeros muy señalados en Madrid por su filiación política, con vueltas a la fama literaria. Eran Gabino Tejado y Navarro Villoslada, ambos atrozmente neos o clericales, buen orador y periodista el primero, el segundo excelente prosista, y el que con más ingenio y dotes narrativas había cultivado en España la novela histórica en el género de Walter Scott. Era Tejado de mediana estatura, de rostro duro y bruscas maneras, que se acomodaban a su intransigencia irreductible; Villoslada no desmerecía del otro en el rigor absolutista; pero le aventajaba en estatura y no carecía de cierta flexibilidad en el trato, por lo que contaba con buenas amistades en el bando liberal. A primera vista causaban cierta pavura su talla escueta y el color subidamente moreno de su rostro, en el cual boca y ceño nunca fueron apacibles. Tejado solía emplear el tono humorístico con gracejo y elegante frase. Ambos se producían en sus escritos como en su conversación con cierta donosura tiesa y castiza que, según el entender de ellos, era el verbo adecuado a las ideas que profesaban.

La primera entrevista de Tejado y Villoslada con el Bailío de Nueve Villas y el canónigo Pipaón no duró menos de dos horas. En ella cambiaron instrucciones y planes; hubo trasiego de papeles y notas, designación de pueblos adictos, listas de personas que ansiaban dar su vida por la Causa, (p.7915) y todo lo demás que es materia prima del amasijo de las conspiraciones. Los tales caballeros trabajaban la harina con activa mano; pero faltaba el horno bien caldeado para intentar y obtener la cochura. Sin esto, de nada valdría la preparación de la masa, como verá el que siga leyendo..

Nuevas entrevistas celebraron los mismos sujetos en la casa de huéspedes, y otra, con más asistencia de amasadores, en un tenebroso piso bajo de la calle de la Cruzada. De aquel local recóndito, con trazas de masónica sacristía, salió el acuerdo de que don Cristóbal de Pipaón acudiera incontinenti a varios pueblos de la Mancha, donde era necesaria la presencia de varón tan calificado, y don Wifredo quedase en Madrid esperando instrucciones de carácter delicadamente internacional, las cuales le obligarían a visitar con tapadillo impenetrable las Cortes extranjeras.

Todo lo que dispuso el reverendo Sínodo fue cumplido al pie de la letra, y en Madrid quedó muy gozoso y hueco el señor Bailío, recreándose mentalmente en la secreta misión que se le confiaría y en los graves puntos que había de tratar con las Potencias de Europa; misión que a su parecer encajaba en él como anillo al dedo.

Hallándose don Wifredo en esta expectación, hizo un nuevo y peregrino conocimiento sin salir de la casa. Como ya se ha dicho, allí moraba una linajuda y triste señora que día y noche permanecía recluida en su aposento, sin dejarse ver más que de muy contados visitantes. En el comedor había oído el Bailío diferentes versiones acerca de la retraída y un tanto misteriosa dama: quién la consideraba mujer de historia, degenerada en novela de litigios denigrantes; quién deslizaba el innoble supuesto de que la bella sobrina, que compartía la triste existencia y reclusión de la señora mayor, no era tal sobrina, y sí una princesa de sangre real.. El tontaina de la larga uña llegó a insinuar algo más grave, suponiéndola de sangre pontificia.. Tales desatinos encendieron la ira de don Wifredo, y con la ira la curiosidad. Pero Dios quiso que esta quedara pronto satisfecha, porque una tarde llegose a él (p.7916) risueña y susurrante doña Leche con la encomienda de que la señora Marquesa, sabedora de quién era don Wifredo y de su jerarquía y significación, le suplicaba que la honrase con su visita.

Acudió a la cita el caballero; recibiole la señora con amable finura, mostrando alegría y orgullo de verle en su cuarto; de un gabinete próximo salió la sobrina; sentose él, después de los obligados cumplidos, y frente al enigma pensaba que le sería fácil descifrarlo.. La dama se dio el título de Marquesa viuda de Subijana, que don Wifredo desconocía, aunque en su oído sonaba con eco alavés. Los apellidos eran Lecuona y del Socobio, y apenas enunciados añadió la Marquesa que estuvo reñida con sus parientes de Madrid, Serafín del Socobio, y con la viuda de Saturnino, una tal Eufrasia, advenediza, que de aluvión bastante turbio había entrado en la familia. Oyendo estas cosas, pasó rápidamente don Wifredo por variables estados de ánimo. Tan pronto creía que hablaba con una farsante aventurera como con una víctima inocente de graves discordias domésticas. Al fin resultó que la Marquesa viuda de Subijana sostenía en Madrid un rudo pleito con el Estado por la posesión de gran parte de las salinas de Añana, que el Ministro de Hacienda de O'Donnell, Sr. Salaverría, vendió indebidamente años atrás.

En el curso de la exposición del litigio, pudo observar el sanjuanista la dicción perfecta que declaraba el alto abolengo; observó también la belleza de la sobrina, que era del tipo angélico, rubia, vaporosa, espiritual. Diríase que sus brazos, honestamente recogidos, se iban a convertir en alas, y que todo lo que su modestia callaba lo diría remontando el vuelo por encima de las cabezas de la tía y el visitante. Una vez que la ilustre viuda explanó sus derechos, se metió en el campo político, declarándose ferviente partidaria de la Causa que el caballero defendía. No había otro Rey para España que el gallardo Príncipe, hijo de don Juan y nieto de don Carlos María Isidro. A estas manifestaciones añadió el relato patético de sucesos presenciados por (p.7917) ella en los años 34 y 35; páginas palpitantes de la vida y desengaños del asendereado Carlos V, la verdadera Historia de España, según don Wifredo. Aunque se la sabía de memoria, oíala siempre con desmedido gusto. La otra Historia, la de la rama segunda, que a Isabel enaltecía llamándola Reina y a su tío denigraba con el depresivo mote de Pretendiente, le atacaba los nervios: era una Historia suplantada, apócrifa y petardista.

 

Ep-41-IV -

Embelesado prestó atención el buen Romarate a este relato fidedigno. «Yo, señor mío, seguí a don Carlos, a la Reina doña Francisca y a sus hijos, con la Princesa de Beira, en la persecución que sufrieron en Portugal, después de la derrota de los miguelistas por las tropas de Saldaña y Rodil, y embarqué en el Donegal con los Reyes y su séquito. Era yo camarista de mi señora doña Francisca, y constantemente al lado suyo en aquellos trances, pude admirar su grandeza de alma y su valor sublime ante la adversidad. Si don Carlos Isidro era la paciencia resignada, en doña Francisca había usted de ver la fortaleza desafiando al Destino. De don Carlos Luis puedo decir que no se ha conocido Príncipe más inteligente, ni más simpático y resuelto. ¡Con su muerte, ¡ay!, perdió España un excelso Rey!».

Con cierta prevención escuchaba don Wifredo este exordio, sospechando que la tronada Marquesa historiaba de oídas; y para salir de dudas, la interrogó bruscamente: «¿Recuerda usted, señora, el nombre del pueblecillo donde embarcaron?».

-Aldea-Gallega -replicó al instante la narradora-. ¿Cómo no he de acordarme si en mi vida he pasado mayor susto que en la angustiosa travesía de la playa al navío, que era inglés, como usted sabe? Lo que tal vez ignora es que el comandante se llamaba Pushave, y era hombre seco y de pocas palabras.

-Lo sabía, señora, y también que en el séquito de nuestros Reyes iban algunos generales.

-Sí, sí: Romagosa, González Moreno..

-Y Maroto, señora, y dos Mariscales de Campo.

-Abreu, Martínez: bien me acuerdo. El personaje que más abultaba por su (p.7918) hinchada jerarquía era el Obispo de León, señor Abarca. También llevábamos al padre La Calle, confesor del Rey, y al Padre Ríos, ayo de los Príncipes, y otros Padres, que no se mareaban y comían como buitres.

-No se olvidará usted del Gentilhombre señor Conde de Villavicencio, pariente mío.

-No me olvido de ese, ni de mi tío materno el Marqués de Obando. Llevábamos también al secretario Plazaola, al Brigadier Soldevilla, a los médicos Llord y Villanueva, y al caballero francés Saint-Silvain.

-Veo que tiene usted una memoria felicísima -afirmó Romarate, sosegado ya de su recelo-. Me ha dicho usted que era camarista de Su Majestad la Reina.

-Sí, señor. Mi esposo, caballerizo de Su Majestad, quedó en Portugal, encargado de traer con sigilo pliegos del Rey a Madrid y a las Provincias Vascongadas.. Nuestro viaje fue pesadísimo por causa de las calmas. Doña Francisca, impaciente por llegar a Inglaterra, imprecaba con ardor a los vientos dormidos y al tiempo perezoso.. Por fin ¡válgame Dios!, llegamos a Portsmouth, en cuyas aguas nos tuvieron fondeados dos días sin dejarnos desembarcar. ¡Qué ansiedad, qué amarguras las de aquellas horas! A bordo vinieron varias autoridades que, con preguntas irrespetuosas, indiscretas, aumentaban la desazón de la Familia Real. Al cabo llegó un inglesote con el escopetazo de que el Gobierno británico no reconocía los derechos de nuestro señor don Carlos al trono de España, y que no podía tributarle honores regios, ni tampoco honores de Príncipe, como no renunciase previamente a lo que aquel bárbaro llamaba derechos ilusorios a la Corona. No podía, pues, el Gabinete inglés concederle mejor trato que el correspondiente a un simple particular.

-De entonces acá, señora mía -dijo sesudamente el caballero de San Juan-, ha cambiado mucho la opinión de la Inglaterra respecto a estos particulares, y no han tenido poca parte en esta mudanza los escándalos del reinado de esa pobre doña Isabel.. Y no la llamo Reina, porque no lo ha sido más que de hecho.. El hecho contra el derecho claro y (p.7919) patente no tiene valor alguno. Esa Isabel, mal llamada Segunda, es para mí como una sombra que ha pasado por el Trono sin romperlo ni mancharlo.. Siga usted, señora.

-El agravio de aquellos malditos ingleses nos encendió la sangre. Como no nos entendían, les insultábamos en nuestra lengua. Yo no podía contenerme: les dije todas las desvergüenzas que podía decir una señora, y algunas más.. Saltamos en tierra.. El Rey se mantenía en su paciencia taciturna: miraba al suelo y movía los labios como si rezara entre dientes. Doña Francisca, mujer poco sufrida, de sentimientos hondos, fácilmente inflamables, no disimuló la quemadura en el rostro que el bofetón inglés le había causado, y con fiera dignidad de Reina ofendida protestaba del ultraje en formas iracundas. No había consuelo para ella. La negación, burla más bien, de sus derechos, les ponía en un grado de excitación cercano a la demencia.. La familia no quiso residir en Portsmouth. En una quinta de las cercanías de Gosport se instalaron los Reyes con su inmediata servidumbre. De las camaristas, yo fui la única que permaneció junto a la Reina doña Francisca, y puedo asegurar que ni una sola vez puso la Señora sus pies en la calle: tan grandes eran su tristeza y abatimiento.

Pausa larga y patética. Suspiró el caballero de San Juan, y su mirada melancólica, al vagar por la estancia como ave que busca su nido, se cruzó con la mirada igualmente desconsolada y errabunda de la señorita angélica, que figuraba en el mundanal catálogo como sobrina de la Marquesa de Subijana. Chocaron las miradas un momento; la señorita recogiose de nuevo en sí, apretando contra el cuerpo sus alas, sin decidirse a volar; rasgó el silencio una tosecilla del caballero, y al poco rato lo cortó la voz bien entonada de la señora, que así reanudaba el hilo de sus graves historias:

«Triste era la existencia de las reales personas en la soledad de Gosport. Corrieron los días con la única distracción de proyectos de viaje y planes belicosos. En diarios consejos de magnates se trataba de los arbitrios para (p.7920) costear la campaña en el Norte de la Península, donde ya estaba encendida la guerra; tratábase asimismo de si la presencia del Rey era o no necesaria para inflamar los ánimos de la gente carlista. Un día de gran discusión en el consejo, se levantó fuerte altercado sobre esto, y el Obispo Abarca y el francés Saint-Silvain opinaron porque el Rey se reservara, cuidando de no exponer su persona al riesgo de los combates. Presentose de improviso la Reina en medio de la junta o concilio, y con acento de dignidad y enojo soltó un severo discurso terminado con esta frase: Quien aspira a ceñirse una corona por la fuerza, no ha de mirar peligros, no ha de mirar más que a la posibilidad o certeza de lograr el triunfo.

»No fue menester más para que todos se decidieran por la presencia inevitable de Carlos V en Navarra y Guipúzcoa.. Poco después, el travieso Silvain se procuraba unos pasaportes falsos expedidos a favor de Alfonso Sáez y Tomás Saubot, comerciantes en la isla de la Trinidad, y al amparo de estos papeles, partió don Carlos de Londres, atravesó el Reino de Francia, y el 1.º de Julio del 34 fue recibido en Elizondo por Zumalacárregui. Un faccioso más dijo el badulaque de Martínez de la Rosa al saber la noticia.. El faccioso era el Rey, un leño más, un bosque de leña arrojado en el incendio de la guerra.

»-Incendio -afirmó prontamente el Bailío- que no quedó extinguido en Vergara, sino mal tapado entre cenizas.

»-Llego a lo más sensible, a la mayor amargura y desolación de la historia que me tocó presenciar, y fue la muerte de mi amada señora y Reina doña María Francisca de Braganza. La proscripción, la estrechez de la vivienda, la negrura del cielo inglés, los desaires de aquel Gobierno hereje más inclemente que cielo, suelo y clima, la incertidumbre y ¿por qué no decirlo?, la pobreza, pues Su Majestad llegó a carecer de lo más preciso, destruyeron su salud. La grande heroína quedó desarmada para la tremenda lucha que sostenía.. La veíamos desmerecer por meses, por semanas. Su lozanía (p.7921) degeneró en extrema flaqueza. Todo en ella moría lentamente; sólo vivían en sus ojos la tristeza y la majestad. Su hermana doña Teresa y yo, únicas personas que la asistíamos con nuestro cariño y nuestros cuidados, vivíamos en constante alarma. La arrogancia, la tirantez de voluntad que sostenían, como armazón de hierro, aquella desmayada naturaleza, vinieron a tierra con dos golpes de adversidad que recibió en Mayo de aquel año funesto. El uno fue las malas nuevas que recibió del Pirineo, confirmadas por una carta de don Carlos en que le decía que, sorprendido por las avanzadas cristinas, estuvo a dos dedos de caer prisionero. Se salvó de milagro gracias a un pastor llamado Esain que en hombros le sacó por entre peñas y precipicios horribles, ocultándole en una choza».

-Fue la ocasión más crítica -dijo don Wifredo- en que se vio Su Majestad durante aquella guerra, y una de las que más claramente manifestaron la acción tutelar de la Providencia.

-Permítame usted, señor Bailío -dijo con cierto escepticismo de buen tono la Marquesa historiadora-, que dude de las bondades de la Providencia en aquellos días tristísimos. Esa señora tutelar no se dignó evitar a doña Francisca el horrible notición de la escapatoria de Carlos V, llevado a la pela por un pastor, como si fuera una oveja descarriada. Y para mayor desdicha, sobrevino nuevo altercado con las autoridades inglesas por negarle estas a la Señora los honores que a su realeza correspondían.. Ardiendo en indignación, doña Francisca no se mordió la lengua. «Mis pretensiones y derechos -les dijo- nacieron conmigo; tienen un origen tan remoto y respetable como mi propia existencia. Toda detentación de estos derechos será un atropello inicuo». No se dieron por convencidos los ingleses.. La infeliz Reina, sintiendo que se hundía todo su tesón, cayó moralmente desplomada, y su espíritu no alentó ya más que para prepararse a un morir cristiano.. ¡Ay, señor!, no podré contar a usted la muerte de mi amada Señora sin que mis ojos se llenen de lágrimas y el corazón (p.7922) se me despedace. Arrebatada Su Majestad de una fiebre violentísima, estuvo algunos días entre vida y muerte. La ciencia hizo esfuerzos desesperados, y al fin se retiró de la lucha, dejando a la enferma en manos de Dios. Nuestros cuidados fueron también ineficaces.. La tribulación y congojas de los últimos días no podré olvidarlas si mil años viviera.. Rodeada de su familia y servidumbre, con entero conocimiento, despidiéndose de todos en tierno lenguaje, que parecía descender del cielo, grandiosamente, santamente, entregó su alma al Señor a las once y treinta y cinco minutos de la mañana del 11 de Junio.

Gimoteando terminó la noble dueña su página histórica, y la señorita angélica rompió a llorar amargamente.

«Esta niña -indicó la Marquesa, tratando de contener su propia emoción- es tan sensible, que no puedo referir delante de ella los trances dolorosos de nuestra Causa sin que se deshaga en lágrimas, como usted ve. Hija del alma, sosiégate. Han pasado más de treinta años desde aquellos días tristes, y ahora esperamos días risueños».

Ni con estas palabras afectuosas se le calmó a la sobrinita la congoja, que más parecía mal de corazón.. Contagiose la tía, y por no ser menos, también se afectó dolorosamente don Wifredo, que hubo de llevarse a los ojos su pañuelo marcado con la cruz de San Juan de Jerusalén sobre las iniciales.

 

Ep-41-V -

«No haga usted caso, señor Bailío -dijo la dama, limpiándose el mojado rostro-. Es que somos tan desgraciadas, y con tanta saña se ceba en nosotras el infortunio, que por cualquier cosa, por un triste recuerdo, por una palabra de ternura, nos convertimos en Magdalenas..».

El noble caballero, dominando la parte de emoción que le había tocado, empleó toda su elocuencia en sosegar a tía y sobrina, logrando al fin que se iniciara lo que en lenguaje clásico se llamaba descordojo, o sea, el alivio de la congoja y el dulce placer que sigue a las fuertes aflicciones. Por fin, a ratos condolido, a ratos consolado, los ojos de Romarate se embelesaban en la admiración de la señorita, cuya belleza no (p.7923) desmerecía con el llorar. Aunque la nariz se le había puesto muy colorada, y la boca se contraía con muequecillas poco estéticas, don Wifredo la consideraba tan bonita como los ángeles que acompañan en su duelo a Nuestra Señora de las Angustias.

Sosegadas tía y sobrina, entraron los tres en conversación de cosas positivas y tocantes a intereses, y el alavés pudo enterarse de que el bienestar de ambas señoras dependía de una resolución del Consejo de Estado. En Madrid tenía la Marquesa conocimiento con personajes de los que la Revolución había puesto en candelero. Sin ningún escrúpulo solicitaba y obtenía el amparo de tales hombres, pues todo debía posponerlo al rescate de su hacienda. Semejante contubernio con los enemigos del Trono y el Altar no le parecía bien a Romarate; pero se calló por no tener aún confianza para contrariar a las señoras en puntos tan delicados..

La visita de aquel día fue demasiado larga para ser la primera. Cada vez que don Wifredo pedía venia para retirarse, le instaban a permanecer un poquito más; pero al fin dejáronle salir, sin agotar los variados temas que, unos tras otros, enredándose como cerezas, se suscitaban. Al retirarse caviloso a su estancia, el sanjuanista no veía los caracteres de la dama y damisela con claridad satisfactoria. Pensando más en ello, se dijo: «Pocos días, pocas horas quizás de conocimiento bastarán para disipar la neblina que las envuelve, a no ser que su disimulo sea más fuerte que mi penetración. Estate en guardia, Wifredo, que para ti está guardado este precioso enigma».

En las visitas siguientes, las obscuridades, lejos de disiparse, aparecieron más espesas a los ojos del caballero. En una larga conversación que tuvo con la sobrina (cuyo nombre familiar era Céfora, elipsis de Nicéfora) , revelose en la niña un conocimiento de cosas místicas y aun teológicas, que no por superficial dejaba de ser gracioso. Sin duda, su adolescencia precoz se apacentó en variadas lecturas; seguramente cayeron en sus manos, tras de las novelas sentimentales y enredosas, obras (p.7924) de literatura sagrada o de ejercicios devotos a la moderna, y en aquel feraz campo espigó ideas, hechos y conclusiones referentes a la vida inmortal.

Y cuando Céfora, después de pasearse un ratito por los Lugares teológicos, se declaraba horrorizada de la terrenal existencia y querenciosa de la paz del claustro, saltaba la Marquesa con estas doloridas manifestaciones: «Han sido inútiles mis esfuerzos para desviarla de esos caminos.. Buena es la inclinación hacia la verdad, excelente el estudio de cuanto conduce a Dios; mas para determinarse a encerrar la vida en el rigor y dureza de un monasterio, hace falta mayor reflexión. Verónica es una criatura, y su vocación no ha pasado por las pruebas que han de darle la debida consistencia. ¿No está conforme conmigo el señor Bailío?».

Sí que lo estuvo don Wifredo; y penetrado de que la señorita procedía con infantil precipitación y aturdimiento en sus anhelos de vida ascética, en tal sentido la sermoneó con palabra cortés y un poquito galante. Pero la niña defendía su criterio con tesón y eruditas razones, y un mover de sus ojos azules, y un accionar de manos y brazos, que al alma del Bailío llevaban más trastorno que convencimiento.

No acababa de convencerse el caballero de San Juan de la sinceridad de Céfora en aquel orden de ideas, y su confusión subió de punto una tarde oyéndola tratar materias muy distintas. Esquivando la disputa de temas religiosos, habló de re mundanal y suntuaria, de costumbres y devaneos cortesanos con un conocimiento, ¡ay, ay!, y con una picardía, que hicieron a don Wifredo el efecto de un tiro.. Pero la gran sorpresa, más bien espanto, del ilustre alavés, fue al anochecer de aquel mismo día, cuando vio entrar de visita, con la desenvoltura y modos familiares de una firme amistad, al caballero andaluz don Juan de Urríes y Ponce de León.

El estupor dejó mudo a Romarate por algunos segundos. Don Juan tardó más de la cuenta en encontrar la fórmula de saludo. Pero recobrándose, como hombre muy corrido, disimuló lo (p.7925) desagradable de aquel encuentro. Alegre y cordial fue la salutación de las señoras, y en ellas se traslucía que el amigo había estado ausente un par de semanas. Con toda su agudeza no pudo evitar Urríes cierto embarazo en la conversación, y don Wifredo, de puro cortado, trabucaba los conceptos. Pero su confusión no le impidió advertir el extremado gozo de la señorita teóloga ante el gallardo sujeto recién venido.

Los ojos de Céfora brillaron: en ellos jugueteaba una luz que por convencionalismo seguiremos llamando celestial. Al buen alavés le parecieron más azules, más expresivos, húmedos de candorosa emoción. Corrían las miradas de la niña hacia la faz del caballero, como si quisieran sorprender sus pensamientos antes de que los expresara. Tan aturdido estaba el noble personaje carlista, que a ratos cerraba sus ojos para descansar de una visión que le resultaba odiosa. Sostuvo la conversación, no sin sutilezas de su mente, para evitar una retirada brusca, y al fin, en cuanto halló coyuntura de fácil salida, pidió la venia, y despidiéndose de Urríes y de las señoras con afectadas finezas, se puso en salvo.

Muy alterado estuvo el caballero de San Juan aquella noche. La ira prendió en su noble alma, y con la ira tomaron en ella mayor vuelo los sentimientos de hidalguía y caballerosidad. Paseándose en corto dentro de la brevedad de su aposento, encasquetado el sombrero de copa y sin quitarse los guantes que llevó a la visita, monologueaba de este modo: «Tan ángel es como mi abuela. ¿Y de aquellas teologías, de aquel llanto por la muerte de doña Francisca, ocurrida treinta años ha, qué debo pensar? O es loca de remate, o una consumada histrionisa.. Bien he visto que Urríes le ha sorbido el seso.. ¿Y cómo compaginamos amor de hombre y devoción del Santísimo Sacramento? ¡Oh corrompida sociedad; oh fruto venenoso de las doctrinas de la maldita Enciclopedia; oh burla de Dios y risotadas del diablo! ¡A lo que ha llegado esta pobre España, el país de las damas honestas, de los caballeros sin mancilla y de la exaltada fe religiosa! Aquí tenéis vuestra (p.7926) obra, revolucionarios; ved la sentina de vuestra España con honra». (p.7927)

Quitábase los guantes y con furia los arrojaba en el velador; dejaba sobre la cómoda el sombrero con violento golpe que parecía indicar poca estimación de aquella noble prenda, y aguardando el aviso de doña Leche para la comida (que allí a la francesa se servía, con los garbanzos por la noche) , daba más cuerda a sus alborotados pensamientos: «Ya veo claro que si la sobrina es una comedianta, la tía es el prototipo de la trapisonda. ¡Y quieren hacerme creer que son partidarias de los que defendemos a rajatabla el Trono y el Altar! Si así pensaran, ¿cómo habrían de andar en contubernios con los malditos septembristas y alcoleístas, valiéndose de ellos para negocios y enredos que han de ser de una suciedad apestosa? ¡Válgame Dios! ¡A lo que ha venido a parar la nobleza! Si no hubiera otros indicios para calar toda la malicia demagógica de esta pobre familia degenerada, lo que observé esta tarde me bastaría para formar juicio. Cuando llegué, la Marquesa leía.. Para recibirme y saludarme, dejó el libro en el velador cercano.. De soslayo lo miré.. ¿Qué libro era, Dios mío? Pues Los miserables de Víctor Hugo.. Áteme usted esa mosca.. Y dama aristocrática me soy.. y ex camarista de la Reina legítima. ¿Qué idea tendrá esta gente de la legitimidad, y de los sagrados derechos, y de la verdadera y única Religión?».

Después de comer con menguado apetito, salió como de costumbre a gustar las delicias de la fresca noche de Madrid, que es uno de los mejores recreos de esta villa, entonces descoronada. Solía don Wifredo dar unas vueltas, de nueve a diez, embozado en su capita, por la calle del Príncipe y Carrera de San Jerónimo. Su caballerosidad y catolicismo no le estorbaban para distraerse viendo las niñas guapas, y en seguimiento de ellas las acechaba para observarlas a su antojo al pasar ante el resplandor de los escaparates. Aquella noche no faltó a su rutina.. Más desconsolado que nunca se retiró a su vivienda después del ojeo, y al acostarse le (p.7928) acometió de nuevo la fiebre del monólogo.

«Y ahora resulta -se dijo- que el don Juan de Urríes es un pillastre, un hombre sin conciencia, que desconoce las leyes elementales de la delicadeza y del honor.. ¡Vive Dios!, no esperaba el muy ladrón que yo le sorprendiese en delito flagrante de infidelidad. ¡Oh, qué pensaría Fernanda si supiera que su prometido se entretiene en abrasar y derretir con amores, que a mí me parecen impuros, a esta dislocada mística rubia, a esta diablesa con ojos y cabello de serafines, blanca, modosa, tan pronto sentimental y llorona, como avispada y picaresca!.. ¡Y qué diría de semejante canallada don Santiago Ibero, persona recta y pundonorosa, aunque progresista!.. Ahora se me ocurre que yo, como amigo leal de aquella noble familia, debo tomar cartas en el asunto.. ¡Sí..! ¿Somos acaso caballeros de relumbrón, o lo somos para sacar el pecho bravamente en defensa de los ultrajados y adelantarnos al castigo de los que olvidan las leyes del honor?.. ¡Oh, Fernanda hermosa, la más arrogante, la más honesta y pulcra doncella que Dios ha puesto en el mundo!, ¿quién te había de decir que este Bailío de San Juan habría de ser mantenedor de tu inocencia, burlada por un libertino?.. Por el nombre que llevo y el hábito que visto, no pasará el día de mañana sin que yo me plante frente al señor de Urríes y le exija reparación, y le amenace con los furores de mi justicia implacable, si no rinde su necia vanidad de seductor ante la belleza y honestidad de la sin par Fernanda Ibero..». Con estas belicosas ideas se durmió al fin el caballero de Jerusalén, abandonando su noble cabeza sobre la almohada hospederil.

 

Ep-41-VI -

Al despertar a la siguiente mañana, lo primero que en sí notó el puntilloso Romarate fue una remisión notoria de la fiebre caballeresca. Saltó del lecho, y mientras se aseaba y acicalaba, reanudó sus cavilaciones, dándoles nuevo giro, por efecto del bálsamo de mansedumbre que el sueño había difundido en su alma. «La noche me ha dado serenidad bastante para ver que no siendo yo padre, ni (p.7929) hermano, ni tío siquiera, de la sin par Fernanda, no me corresponde pedirle cuentas a ese don Juan de los agravios hechos o por hacer a tan primorosa doncella. Si fuese huérfana o estuviese sola en el mundo, bien estaría mi metimiento en este negocio, y el exponer mi vida por la justicia y el honor».

Poco después, hallándose en medio de la estancia, con sus escasos pelos mojados y tiesos, la cara enrojecida del frotar de la toalla, se decía: «Y has de tener muy en cuenta, Wifredo de mi alma, que si ese bergante de Urríes hace contigo el jaquetón y te arrastra a un duelo de verdad, has de verte apuradillo. Eres poco fuerte en toda clase de armas: en esgrima no pasas de discípulo chambón, y en el tiro de pistola pones la bala en todas partes menos en el blanco.. Por una verdadera irrisión social, estos señoritos calaveras son espadachines y tiradores muy temibles. Maldita gracia tiene que Urríes te mande al otro mundo, por el desaire de una niña bonita que no ha sido tu novia ni cosa tal.. Bien mirado, resulta absurdo y casi ridículo que sea yo caballero de la insigne y militar Orden de San Juan de Jerusalén, que pueda usar un largo y severo manto con cruz roja de ocho puntas, que me cubra con un birrete, y ciña espadín, y que con todos esos arreos carezca de la más elemental destreza en el manejo de las armas..». En su corto paseo matinal, camino de la peluquería donde se afeitaba, pensó también el Bailío que no debía poner el caso en conocimiento de la familia de Fernanda, pues no era compatible la dignidad de un caballero con la soplonería y el llevar y traer chismajos.

Aquella noche no visitó a la Marquesa. No quería estorbar, ni tampoco ser impertinente o desairado testigo de la conversación y de los melindres, ojeadas y muequecillas que habrían de cruzarse entre los enamorados. Sabía que por las noches iban tía y sobrina a la parroquia de San Sebastián, donde a la sazón se celebraba solemne novena de los Dolores. A la hora que le pareció más oportuna, requirió don Wifredo el tapujo de su capita, y embozado a la picaresca se situó en la calle de (p.7930) Cañizares al acecho de las damas, por ver si el amigo las acompañaba a la novena. Al cuarto de hora de centinela, distinguió el alavés la figura talluda y airosa de don Juan de Urríes. Junto a él iba Céfora, picoteando; detrás la muchacha, que era una mostrenca de nariz roma y ademanes silvestres, llamada Sagrario. ¡La Marquesa se había quedado en casa.. embebecida en Los miserables de Víctor Hugo!.. La sorpresa que embargó el alma hidalga de Romarate, trocose prontamente en ira; apretó los dientes, imprecó al cielo con una mirada y al suelo con pataditas, masculló una frase corajuda, y dijo al fin con Jovellanos: ¡Oh vilipendio, oh siglo!..

De aquel innoble desaguisado tenían la culpa la Enciclopedia, Voltaire, d'Alembert, Diderot, y toda la taifa precursora y actora de la infernal Revolución francesa.. De aquella ciénaga desbordada venía la corrupción de las costumbres en esta pobre España. Por obra y gracia de los emigrados, importadores del vicio mental, y de los masones y revolucionarios, puros monos de imitación, habían quedado estos reinos limpios y rasos de sus tradicionales virtudes. Apenas quedaban ya damas verdaderas; apenas teníamos hombres de honor. Urgía restaurar la patria, empezando por sus quebrantados cimientos..

Las sospechas del alavés llegaron a lo más abominable. Determinó trasladar su punto de acecho desde la calle de Atocha a la de las Huertas, pues ya tenía noticia del fácil juego que ofrecen a los amantes en este Madrid las iglesias de dos puertas. Poco trecho medió entre lo sospechado y lo sucedido: a los cinco minutos de estar en el nuevo atisbadero, vio salir por el patio de San Sebastián a Urríes y Céfora, solitos, presurosos, escurriéndose con disimulo entre la multitud que entraba.. Siguieron el galán y la niña calle abajo, arrimándose a las casas, como en requerimiento de la obscuridad; llevaban el paso ligero; ocultaba ella su rostro entre los pliegues de la mantilla, y él se alzaba el cuello del gabán, so color de poner reparo al fresco de la noche. El Bailío les siguió a distancia.. les vio torcer a la derecha, (p.7931) metiéndose por una transversal.. De la calle del León pasaron a la de San Juan.. Adelante siempre los bultos recatados. Detrás, a distancia, el embozado espía..

Pasaron la niña y su amigo a otra calle que don Wifredo desconocía.. Entró por ella y no vio nada. La escurridiza pareja se perdió, filtrándose por alguna pared, o sumiéndose por algún traicionero callejón o puerta disimulada. Quedó perplejo y muy dolido de su chasco el buen Bailío, y se abstuvo de proseguir su persecución indiscreta. No era de caballeros apurar el espionaje. Su mal humor fue expresado con patada violenta.. Dio media vuelta brusca, como girando sobre un pivote, y marcó la retirada. Terribles cosas escupía su boca contra la felpa del embozo. «¡A qué ignominias ha llegado esta nación! Crea usted en purezas de niñas angelicales, en virtudes de Marquesas tronadas y codiciosas, en palabras de galanes bien vestidos y dicharacheros!.. ¿En dónde estoy?.. Siento asco.. Vuélvome a casa.. ¿Dónde habrá personas decentes con quienes tú puedas hablar, Wifredo de mi alma?.. Sin duda, todo Madrid es pestilencia..».

La retirada del caballero fue triste y no sin peripecias. Perdido en las calles, fue a salir frente al Congreso, cuya fachada le sirvió para orientarse. Y a la tarde siguiente (¡oh incongruencia bárbara de la sociedad matritense y de la nueva neurosis de que atacada estaba toda la nación!) , le recibieron las de Subijana con las demostraciones más afectuosas. Urríes no apareció por allí: sin duda la sesión del Congreso era movidita y de bullanga. El angélico rostro de Céfora estaba triste como un día sin sol. Creyendo el Bailío que el sol que faltaba era don Juan de Urríes, hacia la persona de este derivó la conversación, tratando de sondear el pensamiento de las damas sobre aquel bergante de buen tono. Contra lo que esperaba, la viuda no fue muy benévola con el andaluz, cuya figura física y moral trazó con estas breves pinceladas: «Es un hombre agradabilísimo, fino y servicial como él solo; pero a poco que se le trate, se descubre, debajo de la (p.7932) frivolidad graciosa, el enorme vacío moral de estas generaciones. Estimándole yo mucho como amigo de los de puro ornamento social, no me fiaría de él en cosa alguna pertinente a las buenas costumbres, a la familia y a nuestra religión sacratísima».

No queriendo negar ni asentir, el Bailío salió del paso con generalidades de las que a nada comprometen. En su interior afirmó que cada día entendía menos a la Subijana. O era una sutil hipócrita, o una inocente de esas que no ven más que la superficie de las flaquezas humanas.. Carolina de Lecuona y del Socobio no revelaba en su noble rostro, de simpática belleza otoñal, inocencia ni gazmoñería. Había sido hermosa, y aun en aquella fecha lo sería sin el estrago que antes que el tiempo le causaron las pesadumbres, los quebrantos de salud y fortuna. Su cuerpo desbaratado por la obesidad y por la negligencia del estrecho vivir, contrastaba con su primorosa cabeza sesentona, en la cual la crítica estética más descontentadiza no encontraría ninguna vulgaridad. Hablaba con la pureza gramatical que observamos en las señoras de alto nacimiento y crianza exquisita. Su dicción y su acento encantaban; su lenguaje familiar reunía la llaneza castiza y el donaire sutil apenas perceptible, como los aromas delicados.

Súbitamente, sin que nadie le preguntara habló Céfora del ausente caballero andaluz. De su linda boca oyó el Bailío, maravillado y aturdido, estas peregrinas razones: «¡Ah!, ese pobre don Juan quiere ser listo, pasarse de listo, y lo que hace es pasarse de tonto. Ayer.. ¿te acuerdas, tía?, nos reímos de él todo lo que quisimos. Por halagarnos se empeñó en hacernos creer que está desengañado del mundo; que no tiene novia, ni la busca; que si se decide a casarse, se casará con una lugareña.. sin ilusión, se entiende.. por aquello de tener quién le cuide.. Dijo que se siente viejo, muy viejo, y que desea vivir en un rincón, olvidado de todo el mundo. ¡Qué farsa, qué comedia tan mal representada! Nada me hastía como ver a estos hombres, que son todos mentira, así cuando dicen verdad como (p.7933) cuando la fingen.. Total, que ni mentir saben. Verás, tía, cómo don Juan vuelve otra vez mañana con la cantinela de su desengaño del mundo.. Y si le hablas de Dios, te dirá que no le entra la fe ni con escoplo y martillo.. Espíritus muertos, ¿verdad, señor de Romarate?.. Yo no puedo tomar en serio a este pobre don Juan..».

Largo rato duró el reír nervioso, entre jovial y dolorido, de la niña angélica. Carolina le decía: «Basta, hija: por cualquier cosa se dispara la carretilla de tus nervios..». El Bailío permanecía mudo, pensando que Céfora era tonta rematada o un monstruo de cinismo precoz.. Retirose luego la joven a una estancia próxima, y la Marquesa dijo a su amigo: «Habrá usted observado que esta chiquilla tiene mucho talento.. un talento desmedido y que no cabe en su delicada persona. Quisiérala yo menos avisada y con menos luces en la mollera; quisiérala yo un poco tonta, señor Bailío, más acomodada al tipo común de señoritas en el estado social presente; me convendría que fuese más vulgar, de pasta blanda, que fácilmente se dejara modelar.. Así haría yo de ella una mujer definitiva para el mundo, o para la religión».

No habían concluido la dama y el caballero de parafrasear esta idea, cuando reapareció Céfora, no ya riendo, sino compungida y llorosa. Viéndola su tía tan bruscamente cambiada del reír a las lágrimas, la reprendió cariñosa, incitándola al reposo y a la ecuanimidad, a lo que replicó la sobrina con humilde acento: «Perdóneme, tía; perdóneme también el señor Bailío. Es que me había propuesto confesar y comulgar hoy.. pues no lo he hecho desde el jueves.. No encontré en Santo Tomás a mi confesor, padre Codes.. Por esperarlo se me pasó el tiempo. ¿Verdad que debí confesar con don Matías?.. Lo que importa es la confesión, no los confesores».

-Sí, hija mía -dijo Carolina con amable corrección-; pero.. se llora por un motivo serio, no por escrúpulos tontos y sin sustancia.

-Cada cual aprecia, según su sensibilidad, los móviles de la conciencia.. Yo me entiendo, tía.. déjeme usted.

Y más dolorida, la mano en el rostro, (p.7934) con lento paso se metió en la cercana estancia, mientras su tía sacaba un suspiro del hondísimo pozo de su pecho, y Romarate se hacía cruces mentalmente, diciendo para su sayo: «Si no está loca de remate, es la más desvergonzada embustera del mundo».

 

Ep-41-VII -

El primer encuentro del caballero de Jerusalén, después del ojeo nocturno que referido queda, fue en la Plaza de las Cortes, volviendo el uno de su paseo, camino el otro del Congreso. Saludáronse con formas de etiqueta, como personas que no se estiman y están obligadas a respetarse. Algo cohibido, Urríes se puso en guardia, esperando del alavés alguna desagradable insinuación. Así fue, en efecto. Preguntole Romarate si seguía recibiendo noticias diarias de La Guardia.. luego, dejándose caer, le dijo: «Ya le he visto a usted atrozmente derretido con la rubita candorosa de Subijana». Indeciso entre la expresión seria y la jovial, dando a conocer que le había escocido la indirecta, don Juan respondió con frivolidades evasivas, y para su capote dijo: «Este tío mamarracho llevará o mandará cuentos y chismes a los Iberos y a las momias de la casa de Landázuri». El temor de la chismografía maliciosa le indujo a tratar al Bailío con exageradas finezas y lisonjas. «Ya sé.. lo he sabido por Gabino Tejado -indicó atenuando la intención guasona y palmoteándole en el hombro-. No me lo niegue.. Es usted el diplomático del carlismo. No tardarán en enviarle las instrucciones para tratar con las Cortes extranjeras».

Quedó atónito el alavés, y como precisamente se hallaba en gran desasosiego por la tardanza de las credenciales que le anunciaron Tejado y Villoslada, no bien llegó a su nariz el tufo del incienso, se hinchó de vanidad, y su actitud y ademanes fueron como los del pavo en el momento de hacer la rueda.

«Por Dios, don Juan -murmuró con cierto misterio, a estilo masónico-; esas cosas, cuando se saben sin deber saberlas, se callan.. ¡Qué indiscreto ha sido el amigo Tejado!.. Me compromete usted, querido Urríes, divulgando lo que debe ser secreto (p.7935) impenetrable».

Ya el andaluz le tenía por suyo. Para mejor asegurarle, echó sobre él cuantos halagos y adulaciones le sugería su extraordinaria viveza. Véase la muestra: «No me cansaré de decir a usted, ilustre amigo, que hace mal, pero muy mal, en no frecuentar el Congreso. Hoy mismo le mandaré un pase para el interior, y allí tendrá papeletas para la tribuna de Orden.. Y no salgamos ahora con que es usted antiparlamentario furibundo, incorruptible.. Mayor motivo para que trate de conocer bien aquella casa.. Entre paréntesis, es un herradero. Allí se aprende mucho. Se aprende a venerar, a odiar el régimen.. según el humor de cada cual. Allí se ve día por día la marcha y paso que lleva la procesión política, el alza y baja de los candidatos al Trono, que hemos sacado a subasta o concurso.. Créame usted: hay tarde en que aquello parece una casa de locos. Tendré yo el gusto de presentarle a muchos diputados amigos míos.. ¡Y qué sesiones tan brillantes y de tanta emoción podrá usted ver, oír y gozar!.. Ahora se discute la cuestión peliaguda, alias religiosa».

Quedó el señor de Romarate convencido, y mientras el andaluz expresaba su pensamiento con gracia y ardor, dirigía miradas benévolas a los leones del Congreso. Había presenciado ya, desde la tribuna, dos o tres sesiones. Ciertamente, lo que allí oyera no dejó en su ánimo impresión grata, ni atenuó su repugnancia del parlamentarismo. Su propósito de no volver fue quebrantado por el artificio mañoso de Urríes, que supo deslumbrarle excitando en él la vanidad. ¿No era el Bailío figura culminante del carlismo? Pues por estudio, ya que no por gusto, debía conocer y tratar de cerca a los llamados prohombres, respirar el caldeado ambiente de la intriga, ver, en fin, la farándula de telón adentro, desnuda y sin careta.

A la tarde siguiente, vierais al caballero de San Juan peripuesto de levita y chistera, guantes, botita de charol y un bastón muy majo con puño de marfil, penetrar en el Congreso por la puerta de Floridablanca, harto pequeña para ingreso de casa tan (p.7936) concurrida. Presentó su pase; saludáronle gravemente los porteros, y pronto dio con su estirada persona en el pasillo. A los pocos pasos hubo de quedar preso entre la muchedumbre que allí rebullía. El cuerpo del Bailío avanzaba, chocando ahora con codos, ahora con espaldas; la cháchara de tantas bocas le aturdía; la estrechez y escasa ventilación le sofocaban. Un ratito anduvo el hombre como atontado, buscando entre los cuerpos un hueco por donde avanzar corto espacio. Hablaban los diputados familiarmente, en algunos grupos con cierta vehemencia, en otros con inflexiones humorísticas. Aquí estallaban risotadas, allí susurraba el secreteo. La mayor sorpresa del buen señor fue ver confundidos en aquella grillera los padres de la patria de distintos partidos, bandos y fracciones, y oír que conversaban en tonos de tolerancia y amistad los que públicamente se argüían con dureza.

Por aquel callejón prolongado, que es paso para el Salón de sesiones, para las escaleras, escritorio, buffet y otras piezas; colector y partidor, en fin, de todas las actividades de la casa, se fue colando trabajosamente el Bailío. Deslizándose entre los grupos, ganó la puerta del Salón llamado de conferencias, por la cual no podrían entrar juntos dos hombres de buenas carnes. Al penetrar allí, vio don Wifredo un espacio rectangular con cuatro puertas y ninguna ventana, cuatro chimeneas, alfombra rica y mesa central sostenida por cuatro quimeras. Avanzando, pudo apreciar las proporciones, holgura y simetría del local, la altura del techo, la luz amarillenta que por la claraboya de este se filtraba. El decorado y su pátina de oro viejo le hizo un efecto semejante al de los antiguos altares del renacimiento; los santos eran allí unos señores graves pintados en altos medallones. Muchos de estos aún no tenían santo.. En el cuadrado salón había también tropel de diputados, tropel de gente, pues entre tantos individuos ceñudos o risueños, serios o locuaces, el buen alavés no distinguía los padres de los hermanos, sobrinos y yernos de la Patria.. Con menos (p.7937) estrechez estaban allí que en el pasillo; algunos en movibles grupos paseaban de chimenea a chimenea; otros platicaban con indolencia en los divanes rojos.

Esparcía don Wifredo sus miradas buscando algún rostro conocido, cuando de un pelotón próximo a la mesa central se destacó el don Juan.. Saludáronse con fingido afecto. Momentos después, el Bailío era presentado al pollo antequerano, don Francisco Romero Robledo. El encogimiento y la cortesía ceremoniosa del caballero alavés contrastaban con la soltura y gracia del andaluz, así como la talla corta del primero, malamente agrandada por los tacones y la bimba, quedaba deslucida por la hermosa figura del segundo, y por su arrogante juventud, el rostro animado de picardías, la palabra erizada de agudezas. No tardaron en hablar de política, asunto que abordaba con desenfado el de Antequera en todos los terrenos.

«No harán ustedes nada sin Cabrera -indicó Romero-, y Cabrera, según me ha dicho hoy un amigo que acaba de llegar de Londres, no está dispuesto a meterse en historias. Los aires de Inglaterra han amansado al tigre..».

-Con Cabrera o sin Cabrera -afirmó el alavés, que obligado se creyó a mostrar optimismo y resolución-, iremos al cumplimiento de nuestro deber para con Dios y para con la Patria.. Usted, señor Romero, será de los que no quieren confesar que don Carlos es el único Rey posible en España.

-Lo que confieso y declaro es que le tengo por el único Rey imposible.

-Permítame que le diga que no es usted sincero..

-No se ofenda, señor mío, si afirmo que viven ustedes en un mundo de ilusiones engañosas.. -y añadió con gracejo-: «livianas como el placer».

-Natural es, señor don Francisco, que usted y yo nos mantengamos en nuestras respectivas torres, y en ellas nos tiremos a la cabeza nuestras opiniones inconciliables.

-Yo admiro a ustedes por su fe..

-Somos los grandes convencidos.

-Pronto serán los grandes desengañados.

Sonaron los timbres llamando a sesión. Era un estridor metálico que (p.7938) tintinaba en diferentes partes del edificio, como el canto de un sin fin de chicharras que a la vez agitaran sus vibrantes elictros (2) . Los diputados se dirigían hacia el Salón; algunos quedaban en el pasillo; otros entraban, subían a los escaños, a la Presidencia, o permanecían formando corros bajo las barandillas del hemiciclo. La sesión comenzaba perezosa; el Secretario rezongaba el texto del acta como una letanía. En el Salón de conferencias, observó don Wifredo que la muchedumbre política se rarificaba; vio a Romero Ortiz y Ruiz Zorrilla que pasaron presurosos con escolta de amigos locuaces; vio también a un joven de buen año que, cargado de papeles, llevaba el mismo camino (después supo que era Coronel y Ortiz) ; poco a poco se fue quedando solo; con aire de hastío, tan pronto miraba el reloj colocado sobre la puerta, como las figuras alegóricas pintadas en la escocia, y en esto vio entrar por la puerta del escritorio a su amigo el diputado carlista Vinader. Era un señor regordete, con larga perilla, anteojos, expresión seria, aire de actividad, como hombre abrumado de ocupaciones.

«Querido Romarate -le dijo en el tono expeditivo que en él era habitual-, supongo que irá usted a la tribuna. Suba, suba.. no se entretenga, que voy a hablar en seguida.. ¡Qué Gobierno! ¡Bonita está la Libertad! En mi distrito han emprendido una persecución horrorosa. Creen que podrán someternos desterrando curas y prendiendo veteranos de la otra guerra.. Ya le contaré lindas cosas».

-Celebro esta ocasión de oír a usted.. Pero tenga la bondad de indicarme el camino, que aún no conozco las subidas y bajadas de este establecimiento.. como dijo el diputado y obrero catalán.

Cogiéndole del brazo, le llevó al pasillo y a una de las escaleras, no sin que en aquel breve tránsito hablaran de la Causa. «¿Qué hay, amigo Vinader? ¿Tenemos alguna novedad?». «Poca cosa, y esa no muy buena. El empréstito no cuaja. Los banqueros Cramer y Breda no dan lumbre sino en condiciones horribles». «¿Y el Conde de Chambord?». «Nada entre dos platos. El Duque de Módena (p.7939) no suelta una peseta.. En fin, ya hablaremos. Suba, suba».

Indicándole la ruta que había de seguir, partió como una flecha hacia el Salón. Momentos después, el Bailío entraba en una tribuna junto a la diplomática, y tomaba sitio en la grada tercera; la primera y segunda estaban ocupadas por señoras elegantes.. Un mediano rato empleó en contemplar el ancho y vistoso local, la Presidencia, las ringleras de diputados.. Luego recogió sus miradas para examinar la sociedad de ambos sexos que inmediatamente le rodeaba. Abarcado todo el conjunto, lo distante y lo próximo, fijose en Vinader, que había empezado su perorata, gesticulando debajo del reloj, un poco hacia la izquierda. El sanjuanista no veía de su amigo más que la calva lustrosa, y la larga perilla que marcaba con nervioso sube y baja el ritmo de la indignación del orador. De lo que este dijo no pudo enterarse. En los escaños y en las tribunas, un murmurar hondo, como zumbido de abejorros, ponía sordina a los discursos. Diputados y público se distraían, se impacientaban..

Con ojos y oídos aplicó Romarate toda su atención a dos damas que picoteaban en la tribuna, separadas de él tan sólo por una grada. Eran la Villares de Tajo y la Campo Fresco, ambas privadas ya de toda frescura en la tez, pero conservándola en el ingenio y la palabra. No eran jóvenes, pero aún tenían ese atractivo emanado de la distinción y de la buena ropa, especie de hermosura convencional que hace las veces de la verdadera, y aun de la misma juventud. Era don Wifredo muy devoto del mujerío, aunque en las más de las ocasiones lo disimulaba, por obediencia al buen parecer y al rigor dogmático de la moral que su significación política le imponía; y entre todos los tipos femeninos, gustábale singularmente el de aquellas damas, ajadas ya, pero siempre seductoras por el prestigio heráldico y social.

Algo daría el personaje alavés por tener coyuntura de entablar conversación con las aristócratas picoteras; pero entre ellas y él había una grada donde varias señoras y señoritas provincianas y un caballero enteco (p.7940) hacían comentarios sobre la gallardía de los maceros, o trataban de interpretar el simbolismo histórico de las frías pinturas del techo.

El señor enclenque, con vanagloria de cicerone parlamentario, iba designando a las provincianas los diputados de más viso: «Aquel de larguísima barba blanca, el vivo retrato de Abraham o Moisés, es Montero Telinge, gallego él y progresista; y aquel jovenzuelo gordo y lucido de carnes es Coronel y Ortiz, entenado de Becerra.. Muy cerca veréis al mismo Becerra. Más allá está Moncasi, el gran progresista aragonés. Frente por frente tenéis a Muñiz, aquel de las patillas negras; junto a él, Damato.. Más arriba, mi amigo Álvaro Gil Sanz, y en la fila más baja del redondel, veis a Moreno Benítez, a Milans del Bosch, a Paúl y Angulo, a Frasco Monteverde.., los mejores amigos de Prim. Mirad ahora por aquí abajo, tirando a la izquierda. Ahí tenéis a Cánovas, que según dicen es un gran talento: ¡lástima que no sea progresista!.. Los republicanos, los que despiertan más curiosidad en Madrid.. y en provincias no se diga.. no puedo enseñároslos bien. Están aquí, debajo de nosotros. Si os ponéis en pie, podréis ver sus calvas; sus rostros, no. En lo más bajo, García López y el valiente Fernando Garrido; arriba Figueras y el Marqués de Albaida; Castelar un poquito más abajo.. Arriba también, y arrimado a la derecha, se sienta Sánchez Ruano. Lástima que no hable hoy, porque había de gustaros por lo desahogado que es y la gracia que tiene.. García Ruiz entra en este momento.. Vedle llegar a la escalerilla.. Es ese de color de pez, y el peor vestido de las Cortes.. Ya sube; tras él viene Díaz Quintero, otro que tal en cuestión de ropa.. Toda esta parte la ocupan los republicanos; entre estos y los moderados, tenéis a los carcundas, Cruz Ochoa, Ortiz de Zárate y el Vinader ese, que nos está vinaderizando hace media hora y no lleva trazas de acabar».

Muy mal le sentó al caballero de San Juan este modo irrespetuoso y burlesco de designar a los hombres de su partido y al digno diputado tradicionalista que rompía (p.7941) lanzas por Dios y por el Rey.. No pudo contenerse: dirigió al descortés sujeto desconocido una mirada furibunda.. El otro se dio por enterado, y fue más discreto en lo restante de sus informaciones, que recordaban el retablo de Maese Pedro. Tanto molestaban a don Wifredo la charla y el desenfado de aquella gente, que hizo propósito de marcharse; mas por fortuna los otros le dieron mejor solución, porque una de las señoritas se sintió sofocada del calor y pidió retirada. Verdaderamente, de Cortes y diputados tenían ya bastante, y el resto de la tarde podían emplearlo en dar otra vuelta por el Retiro. Al Bailío le vino Dios a ver cuando salieron las provincianas y el caballero enteco, no sólo porque se libraba de vecinos fastidiosos, sino porque, al quedar vacía la segunda grada, podía descender a ella y estar pegadito a las damas elegantes.. Saltó, hizo el paso de un banco a otro con juvenil ligereza, y en su nuevo sitio sentía gozo indecible aspirando el sutil perfume que las aristocráticas prójimas exhalaban.

 

Ep-41-VIII -

Ansioso el hombre de ser notado, tomaba las posturas más propias para caer dentro del campo de visión de sus nobles vecinas cuando volvían la cabeza. Toda exclamación de ellas, ya fuese de alabanza o de burla, la repetía y celebraba, agregándole algún fino comentario. Y tan embargado tuvo su espíritu en este juego de coquetería, que apenas se dio cuenta de que hablaba Sagasta contestando al difuso Vinader. Vagamente fijó sus miradas en el banco azul: vio los ademanes graciosos y elegantes del Ministro de la Gobernación, y oyó sus giros familiares y sus argumentos socarrones. Fue una visión rápida, porque don Práxedes se sentó pronto. La Cámara reía: don Wifredo no sabía por qué.

Inútiles eran las insinuaciones galantes del sanjuanista para enganchar la atención de las señoronas. Sonrisas, miradas, muestras de conformidad y aquiescencia, todo resultaba como pólvora mojada. Él apuntaba; pero el tiro no salía. En esto, presentose un ujier con cartuchos de caramelos que a las damas (p.7942) enviaba el señor Romero Robledo. Pensó el caballero alavés que sus vecinas le convidarían; pero se equivocó en este cálculo risueño. Sin percatarse de ello, también él era un poco provinciano, pues las damas no eran de esas que convidan a un desconocido, como suele acontecer en los coches de un ferrocarril ocupados por gente del montón. Observó que una y otra señora criticaban acerbamente todo lo que oían a los oradores republicanos y progresistas. Sin duda eran moderadas, de las viejas cepas de Narváez o Sartorius. Primero hablaron pestes de Montpensier, por si vendía o no vendía las naranjas de San Telmo. Luego cogieron por su cuenta a don Fernando de Portugal, un Coburgo viudo, casado después morganáticamente con una bailarina. Tembló el Bailío, sospechando que la emprenderían después contra don Carlos; pero con gran sorpresa y deleite oyó decir a la Campo Fresco: «Que no le den vueltas. El único Rey posible es don Carlos». Alguna objeción hizo la otra; pero al punto tuvo réplica categórica y contundente: «O lo aceptan trayéndole con pomada, o España le traerá con sangre. Que escojan».

Encantado de lo que oía, Romarate estuvo a punto de quebrantar la etiqueta, presentándose a sí mismo con sus títulos heráldicos y el dictado de carlista de acción, emisario probable del Rey en las Cortes extranjeras. Pero no había medio de llevar a la ejecución el atrevido pensamiento, porque las señoras, cuando él se insinuaba con ademán de romper el capullo de su timidez, volvían la cara, dejándole cortado y suspenso. Creyó notar que en una de estas cuchicheaban, se reían.. El rostro de don Wifredo echaba llamas. «O son -pensó- de las que sólo tienen de damas el nombre y el traje, o también en las personas de alto abolengo se debilita, se pierde la buena crianza. Voy viendo que en este corrompido Madrid para nada existe ya la seriedad. Todo es reír, bromear, sacar chistes a cada paso, y para las cosas más graves le sueltan a usted un chascarrillo indecente».

Por fin las señoras, fatigadas ya de una sesión que les ofrecía (p.7943) poco interés, se levantaron para salir. En aquel momento tan propicio para una cortés aproximación, fue también desgraciado el Bailío, porque cuando alargaba su mano para ofrecer apoyo a la más próxima, vio que un brazo negro avanzó con el mismo objeto. Era brazo y mano de un cura que estaba en la tercera fila y que debía de conocer a las damas, porque algo les dijo a que ellas contestaron con sonriso.. La otra recibió apoyo de un oficial de Caballería que acababa de entrar en la tribuna. «Debí acudir más pronto -se dijo don Wifredo pesaroso-. Para otra vez he de procurar ser algo atrevido, pues ya veo que este Madrid liberalesco y corrupto es de los desaprensivos, tirando un poco a desvergonzados».

A la tarde siguiente fue don Wifredo más venturoso, porque desde que entró en la tribuna le sonrió la suerte por la linda boca y ojos de una señora que le tocó por vecina. Era jamona, risueña, larga de lengua y opulenta de pechuga, corta de resuello por las apreturas del corsé, el rostro harto retocado de afeites, tan cargadita de buenas joyas como aliviada de cortedad. Su desembarazo era tal, que apenas vio a su lado a Romarate, trabó conversación con él: «Caballero, váyame diciendo.. ¿quién es el que habla? ¿Y aquellos de enfrente son los Ministros?.. ¡Oh!, sí, ya distingo a Prim: le conozco por los retratos.. El que ahora entra es Topete.. Dispénseme; pero soy de Cáceres; nunca he visto esto: hoy vengo aquí por vez primera.. Estaremos aquí un mes, ni un día más.. Pero no faltaremos a ninguna sesión.. Esto es precioso.. Lo que queremos es oír discursos de esos que levantan ampolla..».

Hablaba en plural, porque acompañada iba de otra jamona, flácida, desvaída y fulastre de vestimenta, con trazas de parienta pobre. Derritiéndose de cortesía, respondió don Wifredo al atropellado interrogar de la señora cacerense, y viendo la fácil llaneza con que esta se insinuaba y su airoso desprecio de toda discreción, entendió que el cielo aquella tarde le deparaba conquista segura, y se dispuso a proseguirla y rematarla del modo más gallardo. No (p.7944) necesitaba ser atrevido, porque la dama le había tomado la delantera en las audacias, y su alma, saliéndosele por ojos y boca, buscaba el alma del caballero. En la finura, este se quebraba de puro sutil.

«Mi deber de informante, señora -le dijo-, me obliga a prevenir a usted que ese a quien ahora se concede la palabra es don José María Orense, Marqués de Albaida. Aquí le tiene usted, debajo de esta tribuna, en el escaño más alto». Atendió la dama gorda, y viendo que el orador era de edad madura, salió con este donoso comentario: «Caballero, usted comprenderá que no viene una de Cáceres a oír a los oradores viejos, sino a los jóvenes». Celebró la gracia el alavés, y ambos escucharon al orador, que explanaba una idea conforme con el dicho de la gordinflona; pedía que al llegar a los veinte años adquiriesen todos los españoles el derecho de sufragio.

«Este buen señor -dijo el Bailío- es hombre agudo, franco, noblote, y de los que expresan su opinión sin rodeos. Por su llaneza me gusta, por su honradez es digno de admiración; pero a mí no hay quien me quite de la cabeza que en la suya faltan algunos tornillos de los más necesarios para el buen discernimiento. Yo pregunto: ¿cómo es que este señor Marqués, aristócrata de raza, milita en los ejércitos del loco republicanismo?». Y la vecina frescachona, que sin duda era filósofa sin saberlo, respondió con cierta gracia ordinaria: «El mundo va caminando ahora cacia la variedad.. Todo es de otra manera.. ¿No lo entiende? Pues hasta en mi pueblo lo entendemos».

El buen castellano viejo, con ribetes de manchego por su lógica refranesca y su diáfano estilo, defendía la juventud, y con gracejo hablaba de santones y santoncitos, acusando a los viejos de que en sus manos se desacreditaban los movimientos populares. Le respondió Sagasta, imitándole en el razonar marrullero y en los tópicos aforísticos. Ambos hicieron reír con sus donaires al ilustrado concurso, y la cuestión entre jóvenes y viejos pasó, no a la Historia, sino al Limbo de una Comisión parlamentaria y somnífera. Entrose luego en lo (p.7945) que llaman Orden del día, que era el proyecto de Constitución en su totalidad, y dieron la palabra a un orador joven que se sentaba en el banco de la Comisión, detrás del de los Ministros.. A la preguntona de Cáceres no supo contestar el sanjuanista. Había visto al orador en el Salón de conferencias: de él había oído que era uno de los jóvenes que más alto picaban en la predicación política; pero no se acordaba de su nombre. Felizmente, uno de la tribuna, con voz alegre, lo soltó en la grada más alta, y pronto corrió de boca en boca: «Es Moret.. ese Moret, Segismundo..». «¡Ah!, sí, Moret y Prendergast».

Apenas empezó el orador, supo cautivar al auditorio. La dama cacereña, con sus gemelos chiquitos de teatro, hizo de él un examen atento. «¡Qué guapo es! -dijo sin poner frenos a su admiración; y pasando los gemelitos a la pariente pobre, agregó: «Mira, Jesusa, qué hombre más guapo». Luego le tocó el turno a don Wifredo en el uso del óptico instrumento. Ver de cerca al orador y oír los encomios de la señora, era todo uno. «¿Verdad que es guapísimo? ¡Y qué cuerpo tan gallardo, qué actitudes y qué mover de brazos!». No tuvo el Bailío más remedio que asentir a cuanto se le decía, pues la urbanidad y sus designios de conquistador así se lo ordenaban.

Reconocía el ilustre alavés, en su fuero interno, que Moret hablaba con perfección: dominaba las ideas, y con arte supremo las iba presentando engarzadas; dominaba el lenguaje, que era en su boca un esclavo sumiso y servidor diligente. Pero con todo esto y su airosa figura, el orador le encocoraba, porque defendía el proyecto del Gobierno, y para don Wifredo nadie que patrocinase las ideas septembristas podía ser de su agrado y devoción. Además, los elogios desmedidos de la señora, flores con que a cada párrafo y a cada triquitraque adornaba la persona del caballero parlante, fueron parte a que el de San Juan le tomase ojeriza. ¡Vaya con los hombres guapos! Cuando tuviera más confianza con la cacereña, le diría que otras cualidades, más que la pulidez del rostro y la buena (p.7946) caída de ojos, deben ser estimadas en el hombre.

La simplicidad de la dama era realmente encantadora: con igual candor colmaba de elogios al joven por su gentileza, y declaraba después que no había entendido ni jota del discurso. Y no era que Moret fuese obscuro; al contrario, su verbo resplandecía de claridad. Pero la extremeña era absolutamente indocta en aquellas materias, y no sabía más sino que el orador hilaba bien sus razones. A pesar de esto, el discurso le parecía largo. ¿Por qué no acababa ya? ¿Por qué no cogía otro la palabra?..

Viéndola con trazas de aburrimiento, el conquistador creyó llegada la ocasión de encaminarse resueltamente a su negocio, y comenzó a disponer sus artilugios de amor fino, que eran, en verdad, harto anticuados y candorosos. Preguntitas, manifestaciones de gustos y preferencias, un discreto lamentar de la suerte por no encontrar las personas dignas de confianza y afecto.. todo fue saliendo quedito y con delicadeza de los labios del caballero de San Juan.. Tenía él vivos deseos de ir a Cáceres. Debía de ser un pueblo muy hermoso, de aspecto noble, como residencia de nobles familias.. ¡Lástima que la señora ¡ay!, no estuviera más tiempo en Madrid! ¿Por qué no quedarse siquiera hasta San Isidro?.. Él había simpatizado atrozmente con la señora, cuyo nombre aún ignoraba.. La señora ¡ay!, era de esas personas que con sólo una palabra, un suspiro, dejan traslucir un alma hermosísima.. Él era hombre que siempre ponía por encima de todo las dotes del alma.. Por nacimiento, por educación y por pertenecer a una de las más venerables Órdenes de Caballería, su línea de conducta frente al bello sexo era la de una consumada delicadeza..

Y al cabo de estos requilorios del manido formulario del año 43, hizo la extremeña nuevos derroches de simplicidad. «Mi esposo -dijo- es también muy caballero.. ha sido militar.. Pronto le verá usted.. Abajo está conferenciando con los diputados de Cáceres, señor Conde de Torre Orgaz y don Vicente Hernández.. Quedó en (p.7947) subir a recogerme.. Hilarión ha sido militar, como digo.. Sirvió con Espartero, que le quería como a un hijo.. Es hombre de muy mal genio y de pocos amigos.. pero en el fondo, un ángel.. Como usted, es delicado con las señoras, verbigracia, conmigo, pues para él no hay más bello sexo que yo.. Y si para mí es de rosas, para todos es ortiga, y no tiene más ley ni más roque que el puntillo de honor».

Como gotas de hielo cayeron estas cláusulas bobas sobre el arrebatado corazón del sanjuanista. Y aún tuvo que oír mayores candideces de la dama extremeña. Era natural de Coria, hija única de padres muy ricos, que no aprobaban la boda con Hilarión. Este la depositó contra viento y marea. Era un hombre terrible. Toda Coria se alborotó.. Hilarión tuvo seis desafíos.. Iba al campo del honor como quien va a beberse un vaso de agua..

No hubo de esperar Romarate largo tiempo para conocer al truculento esposo de la dama frescachona.. Aún no había terminado Segismundo su bella oración; aún se regocijaban los oyentes de abajo y arriba con la admirable ilación discursiva, cuando don Wifredo vio aparecer en la primera grada de la tribuna la procesora estampa de un caballero. Era él; era el Hilarión, el Perseo de la fábula cauriense. Su esposa, su Andrómeda, desde la grada inferior, le dio a conocer por las miradas que entre uno y otra se cruzaron. El Bailío clavó en él los ojos, y obligado fue a retirarlos al punto, pues los del sujeto no admitían persistencia de extraña mirada.

Lo culminante del rostro terrible de don Hilarión era un bigote tan grande, que con él podrían hacerse hasta una docena, de regulares proporciones para hombres bien barbados o bigotudos. Más que bigotes eran dos cortinas que arrancaban del labio superior, y con pelo de la cara hábilmente dispuesto se prolongaban hasta los hombros. El color negro, retinto, abetunado, hacía más terroríficas las magníficas excrecencias capilares, obra de los años y de un cultivo esmeradísimo. El hombre las alisaba y repartía a un lado y otro con suaves pases de su (p.7948) mano, como diciendo: «Aquí hay un león que tiene por melenas estos signos de virilidad, y con ellos cita y emplaza a cuantos varones andan por el mundo armados de ordinarios bigotes».

Concluían la figura del respetable don Hilarión dos ojos fulgurantes, que eran pregoneros de la marcialidad y guapeza del negro aparato bigotil, y más arriba lucía la bóveda de una lustrosa calva. En la nítida y bien planchada pechera ostentaba el hombre un grueso brillante, cuyos destellos eran el adorno retórico de aquella firmísima provocación caballeresca o matonil. Don Wifredo, dentro de su sayo, tembló y soltó la risa.

Puso punto final Moret en su gallarda peroración, recibiendo aplausos y felicitaciones de los circunstantes, y en aquella coyuntura o paréntesis levantose la extremeña para subir hacia su marido, que con bigotudos signos (que en él las miradas eran también mostachos espeluznantes) la llamaba. Por distracción sin duda, que a otra cosa no puede achacarse la falta, la señora no se despidió del galán su amable vecino; no tuvo para él un movimiento de cabeza ni una sonrisa de las que a los guapos oradores prodigaba. Al subir de grada en grada, su corpulencia y anchuras lozanas fueron gran molestia para los asistentes a la tribuna. Todo lo recogió el fantasmón de los bigotes, dueño indiscutible de aquellos ricos tocinos extremeños. El último detalle fue que si la dama gorda no hizo al salir ningún aprecio del desconsolado caballero de Jerusalén, en cambio la otra señora o mujer, la que don Wifredo calificó de parienta pobre, le agració con una sonrisa y una mirada.. del año 43. Y el Bailío de Nueve Villas, aunque la tal no era bella ni joven, lo agradeció cumplidamente, porque el mirar delicado y el lánguido sonreír respondían a sus arcaicas artes de amor, encastilladas en la tradición y refractarias al progreso.

 

Ep-41-IX -

La siguiente tarde, que era la del 9 de Abril, la pasó don Wifredo en el Salón de conferencias más que en la tribuna. Hizo conocimiento con Vallín, hermano del que fusilaron en Montoro; con José Luis (p.7949) Albareda y con Augusto Ulloa. De lo poco que les oyó hablar, dedujo que eran orleanistas, y no fue preciso más para mirarles con recelo y antipatía. Después vio al pomposo don Salustiano con sus amigos Pardo Bazán y Montero Telinge: eran el núcleo del bando que patrocinaba la candidatura de don Fernando de Portugal. Creía el noble alavés que los tales, así como los de Montpensier, estaban locos, o que se habían vendido al oro extranjero. Esto mismo pensaba y decía Cruz Ochoa, por quien el Bailío sintió vivos estímulos de amistad apenas le hubo tratado. Era joven, esbelto, rubio como las espigas, y sus palabras despedían esa fragancia de las convicciones que con nada puede confundirse. Había sido guardia civil, y con el uniforme de este Cuerpo se le vio años antes en las aulas de la Universidad estudiando la carrera de Derecho. Los carlistas de Pamplona le dieron sus votos para las Constituyentes. Cumplió en ellas como soldado parlamentario de la Monarquía que llamaban legítima. Después se hizo cura, estado a que le llamaban sus ideas, cierta testarudez del ánimo, nacida del trato con cabecillas veteranos y clérigos levantiscos. Contribuyó a encender la guerra civil con su palabra, no con el ejemplo de lanzarse al campo ungido por la Iglesia, trocando la estola por el fusil.

Con otro constituyente simpatizaba don Wifredo, saltando por encima del ancho foso que entre ellos abría la política. Era Sánchez Ruano, el ático ingenio salmantino. Admiraba en él la juventud, la gracia, la oratoria impulsiva y pendenciera, en la que armonizaba la virilidad del luchador republicano con las sales del humanista. Debe añadirse que el caballeresco Romarate sentía menos aversión de los republicanos que de los monárquicos llamados constitucionales. Entre aquellos los había dignos de simpatía y aun de amistad; los otros, hombres sin fe religiosa ni política, no merecían más que desprecio. Los que, hartos de recibir honores de la Reina Isabel, la destronaron groseramente, y andaban luego pidiendo prestado un Rey a las naciones extranjeras, le (p.7950) parecían seres descoyuntados, políticos de circo ecuestre, cuatreros con puntas de rufianes. Al pensar así, don Wifredo no era más que un lorito repetidor de la opinión de su partido.

Un momento subió a la tribuna por ver qué ocurría. De la pena de muerte y de la necesidad de su abolición, hablaba un orador progresista tiernamente compadecido de los asesinos y ladrones. ¡Horror! A la descarriada España con honra no le faltaba ya más que honrar el delito y repartir a los delincuentes chocolate de Astorga.. Escapó de la tribuna cuando empezaba la votación de proyecto tan desatinado, y en el Salón de conferencias, donde platicaban sosegadamente no pocos escépticos de la pena de muerte y de otras penas y glorias, agregose a la trinca de Romero Robledo. Le agradaba el antequerano por su alegría, por el tijereteo de su sátira, y por su ropa, que resultaba en él de una perfecta elegancia personal, aun contraviniendo los cánones indumentales para hombres públicos. Usaba comúnmente chaquet, pantalón y chaleco de colores distintos, corbata un tanto chillona. Con estas prendas, que en otro habrían sido demasiado pintorescas, resultaba el rubiales de Antequera muy bien. Así lo entendía don Wifredo, y más de una vez le contempló con idea de imitarle; pero pronto se hizo cargo de que la imitación era imposible. Lo que debía buscar el Bailío era una originalidad propia, huyendo del plagio, más peligroso en esto que en literatura..

Rodeado de amigos, entre ellos Barca, León y Llerena, Bermúdez Reina, Urríes y otros, el pollo antequerano picaba en todos los asuntos del día, en las personas más que en las ideas. Desenfadado, locuaz, gratísimo a las damas, poseía cuanto es menester para una brillante carrera política, y él la iniciaba con el arte instintivo, netamente español, de dejarse querer. Lo primero que aprendió fue a enguatar su ambición de modo que no lastimase a nadie. Fumaba cigarrillos con pinzas de plata para no manchar sus dedos pulcros.. Fue a las Constituyentes como satélite de Ayala, y desempeñaba en derredor de este la (p.7951) Subsecretaría de Ultramar. En el arte en que había de ser un águila andando el tiempo, el arte de hacer amigos, despuntaba ya entonces con genial precocidad. Cuentan que Ayala le decía: «Ya me duele la mano de tanto firmar credenciales para tus protegidos de Antequera.. y de media España».

Un ratito figuró don Wifredo, aunque con muy escaso brillo, en la constelación de habladores presidida por Romero. De allí le llevó Urríes al pasillo largo que une las estancias de los dos Presidentes, de la Cámara y del Consejo, y paseo arriba, paseo abajo, trabaron palique con diferentes sujetos que asiduamente concurrían a la casa: periodistas, algún ex-diputado, algún ex-gobernador del Bienio en expectación de destino, aspirantes unos, sobreros otros de la política. Allí, como en el Salón, había hombres arcaicos junto a otros que eran plantas nuevas acabadas de traer de la almáciga; los había también que confundían en sus rostros los signos de la antigüedad con los de la juventud. Entre estos individuos, uno con particular interés fue presentado a don Wifredo por Urríes, para lo cual misteriosamente los arrimó a un rincón, encareciéndoles la conveniencia y oportunidad de que fuesen amigos. El desconocido y presentado lo fue con el nombre de Celestino Tapia y con filiación tradicionalista. «Es de los empedernidos», había dicho Urríes.

El tal Tapia lo mismo podía pasar por joven revejido que por anciano remozado: diríase una vida desligada del fuero del tiempo. Tenía cara de vieja; su labio superior ostentaba un bigotillo más poblado que el que decora la faz de algunas mujeres. El color era moreno, como pasta de higos; la nariz trompuda, los ojuelos chispos y maliciosos, la boca rasgada y pícara, conductora de un verbo ceceoso, sazonado con donaires. Desagradable a primera vista, dejaba de serlo cuando la palabra fácil y entretenida animaba el corcho de aquellas facciones.. Del cuerpo, nada malo se podía decir: era esbelto y flexible en su mediana talla, y de añadidura correctamente vestido según la moda del día. Esto cautivó (p.7952) a don Wifredo, admirador de los figurines vivos. Pero no tenía el sanjuanista bastante mundo para distinguir la verdadera elegancia de la de aluvión, adquirida en pocas lecciones con el texto de un buen maestro sastre. Tanto o más que el lujo y propiedad del vestir, agradó al Bailío el santo amor a la Causa, manifestado por el Tapia desde las primeras conversaciones. Cierto que también esta cualidad era de acarreo; mas el ciego fanatismo del señor de Romarate no podía como tal apreciarla.

Después de cambiar sus cortesanías, subieron los dos amigos a la tribuna. Lo primero que hizo don Wifredo fue pasar revista al mujerío, y a este propósito le dijo Tapia: «Estamos en el mejor campo para conquistas, señor de Romarate. En los días que llevan discutiendo la totalidad del proyecto de Constitución, yo he hecho tres.. y no malas». Admirado y dolido de tales venturas, don Wifredo pidió a su amigo que le revelase el secreto de sus rápidos triunfos. «Aquí no hay más que citar con los ojos -dijo Celestino-. En seguida toman varas.. Vienen a lo platónico y a lo que no lo es.. Elija usted luego». Replicó el Bailío que él, por su condición de representante de los principios de Religión y Monarquía tradicional, no podía traspasar los límites de la moral cristiana. «Ya hablaremos de ello -dijo el otro-, y oigamos los discursos de estos bandoleros, que tienen secuestrada a la pobre España, y la venderán al extranjero si los dejamos.. Paréceme que la función de esta tarde será de las que hacen época en la historia del aburrimiento.. Si a usted le parece, dejemos este beaterio y vámonos a batir calles y a ver chicas guapas».

Así lo hicieron, y la tarde y prima noche pasaron sin sentirlo, charlando en Recoletos y en el café Universal. Comieron en la fonda de Barcelona, donde vivía Tapia, y prolongaron la sobremesa parloteando hasta más de las doce. Nunca había gustado tan intensamente don Wifredo el placer puro de la charla, hablar por hablar, picando en todos los asuntos desde el político más alto al chismográfico más rastrero. Algo sabía el alavés de historias (p.7953) cortesanas; pero Tapia, que era viviente archivo de lo verídico y de lo falso, colmó la medida de la curiosidad de su amigo. De innumerables personajes o fantasmones en candelero hizo Tapia disección cruel, rajando sin piedad y sacándoles al aire las entrañas. A las mujeres de algunos puso mentalmente en la picota, aligerándolas de ropa para poder azotarlas más en lo vivo, refiriendo sus vicios, engaños y trapisondas, que movían a indignación y risa. El bendito don Wifredo estaba horrorizado.

Derivó la conversación hacia la pura política, y el desvergonzado Tapia hizo, con trazo gordo y chafarrinones espesos, retratos de hombres y partidos, esmerándose en pisotearlos y ennegrecerlos. Véase la muestra: «Esos pobres progresistas son un hato de borregos, que no saben ni balar; los de la Unión, zorros que vienen al robo de gallinas y huyen al menor ruido; los demócratas, papagayos disecados, que con un mecanismo dan los tres golpes de Libertad, Igualdad, Fraternidad. Ni entre todos valen tres pepinos, ni son capaces de hacer nada. Desaparecerían de un soplo si no tuvieran a su frente a ese hombrecillo desmedrado y lívido, a ese Prim, monstruo que parece un arrapiezo, saco de malicias, vaso de bilis.. Su perversidad es tan grande como su inteligencia.. Y ahí le tiene usted: es el amo.. ha cogido a España y se la ha metido en el bolsillo.. ¿Quién es el guapo que se atreve con él? Créame, señor don Wifredo: Prim es el estorbo insuperable, la rémora, el atasco..».

Quedaron los dos un instante pensativos, y luego mordieron en otro tema. Era viernes; el sábado también lo pasaron juntos; el domingo, no. Tapia tuvo que ir a Aranjuez, y el Bailío empleó el día en visitas: quería exponer al joven Olazábal y al viejo Aparisi su situación equívoca y desairada en el partido. El lunes 12 de Abril, conforme a la cita que se habían dado, reuniéronse a primera hora en el Congreso para presenciar juntos la sesión, que había de ser interesante: hablaría Manterola. Puntuales y madrugadores acudieron a la tribuna, resignándose a las apreturas y al largo plantón con (p.7954) tal de tener sitio. Casi todas las delanteras estaban ya ocupadas cuando Tapia y Romarate llegaron. Las señoras eran las más impacientes, las más ávidas de obtener lugar, y explotando el fuero de galantería, desalojaban a los caballeros de los sitios preferentes para ocuparlos ellas. Con gran trabajo lograron los dos amigos un par de puestos en primera fila, arrimados a una columna: hallábanse en situación contraria a la que otras tardes ocuparon, es decir, a la derecha del Presidente, costado de la Epístola, aunque sea mala comparación. Tenían debajo a los ministros y a la Comisión; veían de frente a las minorías o izquierdas, que caen siempre del lado del Evangelio, comparando mal.

Largo rato hubieron de esperar viendo la Presidencia desamparada, los grandes semicírculos rojos como enormes mandíbulas bostezantes. Don Wifredo engañaba su hastío mirando al techo y al abanico de cristales que se abre o se cierra para templar el aire del Salón; miraba las pinturas frías, cual estampas iluminadas y desteñidas por la luz, representando reyes aburridos y alegóricas figuras de las Artes y las Ciencias, que también gemían bajo el imperio de simbólico fastidio. De allí, por buscar el consuelo de la variedad, abatió sus miradas sobre la curva fila de las tribunas, y desfloró gozoso la ringlera de señoras que en aquel cuerno de oro brillaban. Movidos por el calor, aleteaban los abanicos; movidos de la curiosidad y del tedio expectante, mariposeaban los ojos. Colorines de sombreros salpicaban de temblorosos puntos todo el circuito..

A poco de comenzar la mujeril requisa, don Wifredo vio en la tribuna de los diplomáticos a las dos orgullosas damas que una tarde le mostraron un desvío mortificante. En otra tribuna frontera vio a la señora cacereña que por breve rato fue su amiga. A la derecha estaba el tremendo marido de los bigotes espantables; a la izquierda, la pariente pobre, cuya mirada recogió la del sanjuanista, y ambas quedaron enzarzadas y como en simpática trabazón una con otra.. Creyó el alavés que al correr de los minutos, los ojos (p.7955) de la dama pobre variarían de objetivo; pero no fue así. Continuaban fijos en el caballero, sin hartarse de su contemplación. Indudablemente, era una mirada del año 43, toda fe, ternura y constancia; mirada que decía: «Quiero un amor puro.. y eterno».

 

Ep-41-X -

No se le escapó el juego al maligno Tapia, que así dijo a su compañero: «Amigo, conquista tenemos.. y esta es de las que vienen con prisa.. Allí hay unos ojos que se lo comen a usted. Supongo que esto no es nuevo, pues no se empieza con tanto furor..».

-Cierto que no es nuevo -murmuró el Bailío dándose tono lo más discretamente posible-. Ello data de hace días.. Es una señora que adopta formas humildes; es persona que sufre; un ejemplo más de grandezas caídas, que no quieren contaminarse de la farsa reinante.. como aquella otra que ve usted a su lado.. una gordura cerdosa, imagen del siglo, ¿verdad?.. La que me mira pertenece a la primera nobleza de Cáceres.. Algo ajada está de tanto llorar, de tanto sufrir humillaciones..

En estos y otros decires y comentarios se fue animando el Salón. Llegaban diputados; aparecían los maceros precediendo a los señores de la Mesa; comenzaba el run-run del Secretario en la tribuna. Ya ocupaba Rivero el alto sitial. Su figura recia, tozuda y ciclópea, llenaba la Presidencia. Ladeado en el sillón, hablaba con Ministros y diputados que a saludarle subían. Como todos los días, el principio de la jornada parlamentaria era un diluvio de exposiciones con miles de firmas pidiendo la unidad católica.

Los Ministros, andando de lado como los cangrejos, iban poblando el banco azul. Ya estaban en su sitio todas las celebridades: enfrente, Castelar, Orense, Figueras.. debajo del reloj, Cánovas; más a la izquierda, Ríos Rosas. Don Wifredo y Tapia vieron los solideos de Manterola y Monescillo, sentados bajo ellos, no lejos del banco de la Comisión. Un escaño más arriba veíase la roja vestimenta del cardenal Cuesta. La orden del día no se hizo esperar. Empezó Cánovas rectificando, y a pesar de su fama, no (p.7956) obtuvo la atención de don Wifredo. Tratábase de contestar a conceptos de Ríos Rosas en la sesión última. Más que esto, le importaba al Bailío cerciorarse del mirar persistente de su conquista, la cual, en su expresión amorosa, a juicio del caballero, no pasaba ni un día más acá de la caída de Espartero, y con sus ardientes y febriles ojos decía: «Tu amor o la muerte». Era como un alarido del romanticismo que quería volver de ultratumba.

Recreándose en los ideales románticos, y acariciando a cada instante con su expresión caballeresca el mirar dolorido que de la tribuna frontera venía, el alavés no paraba mientes en los discursos. Ni le interesaba la oratoria viril y membruda del gran Ríos, ni menos la de Cánovas, en quien no vio más que uno de tantos constitucionales que en la España sin Rey iban a su negocio, llevando por señera el nombre de cualquier candidato de los averiados e imposibles.. Prendido estuvo el espíritu del sanjuanista como una mosca en la red de miradas que tejía desde enfrente la dama melancólica y pobre, hasta que don Nicolás María Rivero, con su voz ciclópea, dijo: «El señor Manterola tiene la palabra».

A este sí había que oírle. Era la Monarquía legítima, era la Religión, era la Verdad, voz augusta que pronto habría de desvanecer y dispersar las gárrulas mentiras. Púsose en pie Manterola, requirió su manteo, desembarazó su garganta con ligera tosecilla y empezó su perorata con ademán grave y modesto, con palabra llana, fácil, sin otro defecto que una leve guturalización de las erres. De él se había dicho que era más tribuno que predicador, y que sus éxitos en el Congreso habrían de superar a los obtenidos en el púlpito. Y era verdad: Manterola se revelaba como un parlamentario hecho y derecho. ¡Con qué habilidad tocaba la delicada cuestión de creencias, sin herir las creencias o incredulidades del contrario! ¡Y qué arte puso en disimular la pesadez de la erudición eclesiástica!

«¡Lo que habrá leído este hombre!» dijo don Wifredo al oído de Tapia.. Y este replicó: «Sabe demasiado. No es menester (p.7957) atracarse de lecturas malignas para traer aquí la sana y sencilla verdad». Esta idea era reflejo de una opinión muy extendida en el país vasco navarro con respecto a Manterola. Creían por allá que para combatir la herejía y su derivación liberal, bastaban la fe y un conocimiento somero de la cuestión. Los creyentes habrían querido a Manterola más burdo, más elemental, quizás un poco zote, ayuno y limpio de exóticas filosofías. De tal absurdo protestó así el alavés: «Necesitamos venir al combate armados de todas armas, y con pertrechos y material de guerra semejantes a los que traen nuestros enemigos. He aquí un adalid que con cuatro mandobles no tardará en merendarse a toda esta caterva de sofistas y desvergonzados masones. Usted lo verá: aguárdese un poco. Vea con qué atención le oyen; note las caras de sorpresa y terror. Claro: no esperaban esto. Creían que los dignísimos sacerdotes se venían acá con los Gozos de San José y la Letanía Lauretana. Y ahora les sale la criada respondona.. y ahora este coloso de la dialéctica y la palabra los vuelve locos, los aniquila, los aplasta».

Admirable y completo, dentro de la corrección o etiqueta parlamentaria, fue el largo discurso del cura Manterola; más admirable aún y de grande eficacia dentro del estricto criterio católico. Dijo con excelente lógica y persuasivo estilo cuanto había que decir: de la Teología y de la Historia sacó y expuso cuantos argumentos había menester para robustecer su tesis; tuvo sus rasgos de alta retórica para mover a la pura y noble emoción; y cuando hubo terminado y se sentó a descansar, como Dios después de haber hecho el mundo, con calurosos plácemes y apretones de manos le felicitaron los dos Obispos sentados a su vera, y otros conspicuos tradicionalistas que no lejos de aquel lugar tenían su puesto. Mientras recibía el buen presbítero tantos y tan valiosos parabienes, en los escaños altos de enfrente se levantaba un hombre regordete, calvo y bigotudo.

Al verle, don Wifredo, que había llorado de emoción oyendo los elocuentes conceptos finales de Manterola, no (p.7958) pudo reprimir su enojo, y limpiándose las lágrimas que humedecían el rostro caballeresco, dijo a su compinche: «¿Pero este majadero de Castelar se atreve..? Saldrá con alguna canción.. con alguna de esas coplas que debemos recomendar a los ciegos..». Y hablando así, buscaba las miradas de la dama de enfrente, que constante en su apasionado ensueño le decía: «Amor puro, amor eterno en el seno de nuestra Madre dulcísima la Iglesia católica..».

Descendían sobre el salón las sombras de la tarde. Apenas distinguía don Wifredo la faz de la señora enamorada y pobre.. Poco tardó en verla con claridad.. Hablaba ya Castelar cuando se encendieron las luces. En las cristalinas bombas que encerraban los mecheros, detonaba el gas con alegre bum-bum al contacto del fuego. Cada bocanada aumentaba una luz, y la suma de ellas, difundiendo intensa claridad, ponía el color y la vida en los rostros de los constituyentes y en el pintoresco semicírculo de las tribunas. Todo renacía; todo se llenaba de matices y resplandores, con los cuales poco a poco se fundía el resplandor mágico del verbo castelarino.

El maestro de la elocuencia no atacó la fe: tuvo la extraordinaria habilidad de rodear de veneración y respeto lo fundamental del Catolicismo. Su táctica era describir los inmensos males ocasionados por la intolerancia religiosa. Gran estratega, sabía llevar al enemigo al terreno en que fácilmente pudiera destrozarlo. En esta maniobra avanzaba despacio, midiendo las cláusulas, graduando los efectos, graduando también las fuerzas que una tras otra al combate lanzaba. A medida que desarrollaba su plan, se iba creciendo; su voz ganaba en sonoridad rotunda, su actitud en desembarazo majestuoso.. El interés y la atención del auditorio crecían de igual manera. Don Wifredo lo veía en las caras, lo respiraba en el aire, por el cual pasó una corriente ciclónica, y la corriente giraba y pasaba de nuevo, aumentando en intensidad a cada vuelta.

De pronto oyó el sanjuanista un rumor lejano.. que rápidamente se aproximaba. Era el profundo (p.7959) son subterráneo que precede a los terremotos, o el rodar de la nube antes de descargar el granizo.. Castelar se había crecido enormemente, y con voz que no parecía de este mundo exclamó: «Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede; el rayo le acompaña; la luz le envuelve; la tierra tiembla; los montes se desgajan.. Pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y diciendo: -Padre mío, perdónalos; perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores porque no saben lo que se hacen..».

Al Bailío se le iba la cabeza, se le nublaron los ojos.. El suelo de la tribuna se estremecía; el soplo ciclónico pasó velocísimo, sacudiendo el cuerpo y el alma del caballero.. Este miró al techo, creyendo por un instante que tan alto llegaba la cabeza del orador. Y Castelar, como si con letras de fuego escribiera en los aires lo que decía, prosiguió así: «Grande es la religión del poder; pero es más grande la religión del amor. Grande es la religión de la justicia implacable; pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre de esta religión, en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis al frente de vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, Libertad, Fraternidad, Igualdad entre todos los hombres».

Quedó el alavés sin resuello, viendo que la Cámara ardía, que todos gritaban. Los aplausos en escaños y tribunas, el golpe y sacudida de miles de manos derechas contra miles de manos izquierdas, daban la impresión de innumerables aves que aleteaban queriendo levantar el vuelo. ¿Qué pasaba? ¿Era una tempestad de entusiasmo ardiente, o un espasmo colectivo de terror? Sacando las palabras del pecho con dificultad, dijo a Celestino: «Hágame el favor de darme algunas palmadas en la espalda.. no sé lo que me pasa.. no puedo respirar». Hizo el amigo lo que se le pedía, y el señor de Romarate pudo echar de su boca estos conceptos: «¿Qué (p.7960) quiere ese hombre? ¿Libertad de cultos? Yo digo: matarle, matarle.. Pero habla bien; me ha conmovido.. Sin quererlo, se siente uno magnetizado.. Esto es un abuso, amigo: no hay derecho a magnetizar.. Eso no vale, no vale.. Es como darle a uno cloroformo para dormirle y robarle.. sacándole del bolsillo el dinero, o del corazón la Unidad Católica.. No, no mil veces. Atrás magnetismo, atrás gotitas de cloroformo.. ¡Castelar, fuera de aquí!.. Oradores que le sustraen a uno con engaño la Unidad Católica, ¡a la cárcel, a la cárcel!..».

Completamente tranquilo, veía Tapia con ojos escépticos la calurosa ovación que a Castelar hacían los diputados de aquende y allende. Contemplaba el hecho, el fenómeno, como quien lee una página histórica, y reservaba su juicio para mejor ocasión. Don Wifredo, con avinagrado talante, propuso la retirada. Se asfixiaba en aquel recinto, viendo flotar junto a sí en jirones dispersos la Unidad Católica.. Veía los cadáveres de Manterola y de los reverendos obispos tendidos en el suelo. Quiso salir, pero no podía. El público desalojaba la tribuna con lentitud; las señoras tardaban un siglo en franquear la última grada.. En estas apreturas, el caballero miró a la tribuna de enfrente, y advirtió con pena que su dama del año 43 ya se había retirado. Como ella y él habían de bajar por escaleras distintas, ya no era fácil aproximarse a la incógnita y enamorada señora..

¡Nueva desilusión, nueva trastada de un Destino adverso y cruel, que no permitía el cuaje de la más inocente conquista! Como formulara esta queja al traspasar con gran trabajo la puerta de la tribuna, el amigo se apresuró a sosegarle, diciéndole que por la galería interior podían pasar de las escaleras del Florín a las que descargan en Floridablanca. Pero don Wifredo se encontraba imposibilitado de acelerar el paso: sus piernas flaqueaban; tenía que arrimarse a las paredes. El gentío le mareaba, y el largo tiempo de quietud en la tribuna le había entumecido. En tal situación, andando a empellones, Tapia se encontró a un amigo, con quien trabó conversación. Separáronse (p.7961) inadvertidamente Celestino y don Wifredo: este quedó como perdido..

Cuando se encontraron con feliz coincidencia a la salida por Floridablanca, Tapia, risueño y burlón, cogió del brazo al sanjuanista para socorrerle en su premiosa y divagante andadura. «He visto a la familia cacereña -le dijo-. Hace un momento desapareció por la calle del Sordo. El señor de los bigotes es, en efecto, un terrible espantajo, muy propio para Carnaval; la señora gorda es una linda tarasca que podría servir como anuncio del género de Candelario y Almorchón; y en cuanto a la conquista de usted, mi querido don Wifredo.. he de decirle que.. la pobre anda con mucha dificultad. ¡Lástima que no saliese usted y le ofreciera el brazo para llevarla hasta su casa! ¿No entiende, o se hace el mal entendedor? Pues la he visto bien de cerca. Está en estado interesante.. tan interesante que.. vamos, debe de haber entrado ya en el octavo mes.. ¿Qué dice? ¿Duda del embarazo? Pues yo, que he visto a la dama, no dudo.. y digo más: creo que es de usted..».

-Señor De Tapia -replicó don Wifredo plantándose en actitud y tonos de la más genuina al par que correcta caballería-. Yo me permito decir a usted que si es broma puede pasar.. pero que en el caso presente, y tratándose de personas de absoluta moralidad y principios, no debo tolerar chanzas de tan mal gusto.. Como le aprecio a usted, siento mucho verme precisado a emplear este lenguaje..

Con explicaciones afectuosas de Tapia se restableció la concordia, y el paladín de Jerusalén envainó el temido acero.

 

Ep-41-XI -

Las tristezas que agobiaban el alma del Bailío se ennegrecieron en los días subsiguientes a la portentosa oración de Castelar. Ya se ha dicho que salió el hombre del Congreso, en aquella memorable tarde, atontado y desvanecido. El discurso fue para él como un golpe de maza en el cráneo. A la impresión producida por el sublime estruendo y los fulgores de aquella tormenta oratoria, se unía, para desconcertarle más, la consternación que le causara el ver al (p.7962) orador republicano aplaudido y aclamado por tan diversa gente. Los diputados todos, casi sin excepción, corrieron a felicitarle; en las tribunas fue terrible el entusiasmo; hasta las nobles señoronas moderadas batían palmas, y otras de peor pelaje chillaban como rabaneras.. Castelar era un gran magnetizador de gentes, y por tanto, un inmenso peligro para la paz pública.

Pero aún tenía el caballero de San Juan otros motivos de desazón que personalmente le afectaban, y era que corrían días, semanas, meses, sin que le llegaran instrucciones ni avisos de aquella misión diplomática que le anunciaron Villoslada y Tejado. ¿Qué ocurría? ¿Por qué se le descartaba de toda intervención en los trabajos del partido? ¿Acaso había encontrado don Carlos de Borbón y de Este hombres que le sirvieran con más solicitud, lealtad y abnegación? Estas incertidumbres y resquemores le amargaban la vida. Dos o tres veces visitó al señor Aparisi y Guijarro; pero ni el insigne letrado carlista ni el joven áulico don Tirso Olázabal arrojaron luz sobre el giro que llevaban las cosas.. Ambos le dijeron que no se le pretería ni se le olvidaba; que los trabajos estaban paralizados, y no habrían de ser emprendidos con brío hasta que cesaran las vacilaciones de Cabrera y se resolviese la cuestión madre y batallona, que era el empréstito. «Tenemos hombres de sobra -decían-; pero para salvar a España necesitamos dinero, dinero.. Sin dinero no se salva nada».

Algo calmado con tales explicaciones, recobró en parte don Wifredo su tranquilidad, pero no su alegría. Felizmente acudió a distraerle el picaresco Tapia, invitándole al teatro, a largos paseos en coche, o a comer en cafés y restaurantes, a todo lo cual proveía el amigo con el metal de su repleta bolsa. Del desaire de no pagar nunca protestaba orgulloso el Bailío; pero Tapia, con risueña y cordial contra-protesta, le decía: «Déjese querer, señor de Romarate. ¿Cuándo volveré yo a tener ocasión de obsequiar a un tan ilustrado y cumplido caballero?.. Pues aguárdese un poco: para esta noche le tengo preparado un (p.7963) divertimiento que ha de ser la mejor medicina de esas murrias que usted padece. Iremos a un colmado, donde comeremos muy bien, y de sobremesa.. quizás entre plato y plato, nos servirán unas muchachas muy lindas.. mejor dicho, se servirán ellas a sí propias, como la sal o el ajilimójili de nuestra comida».

Rechazó don Wifredo la tentación con remilgados escrúpulos de orden moral; mas el otro pudo al fin doblegar la rígida conciencia del caballero, haciéndole ver que el elemento femenino ha sido siempre el mejor calmante de nuestras penas, y un seguro alivio de preocupaciones y quebraderos de cabeza. La sociedad autoriza esta clase de recreos, y la Iglesia misma los mira como deslices sin importancia, sabedora de que tales funciones terminan siempre con un lindo epílogo de arrepentimiento.

Movido de estas y de otras razones, don Wifredo fue, o se dejó llevar, a un colmado que algunos autores designan en la calle de la Visitación, otros en la del Lobo; y como la exactitud del lugar importa poco, dejamos el esclarecimiento de este punto a la erudición ociosa, y atenderemos sólo al indubitable suceso. Entraron por una tienda, cuyo mostrador ostentaba innumerables viandas crudas, otras condimentadas ya, fiambres suculentos, mariscos, frutas, repostería y cuanto apetecer pudieran los más refinados comilones, amén del sin fin de botellas que con los abigarrados signos de sus etiquetas pregonaban licores y vinos así de España como de extranjis. De la tienda pasaron a un corredor, en cuya banda izquierda se veían compartimientos separados por tabiques que no llegaban al techo, de lo que resultaban al modo de establos o pesebres con mesas. En uno de estos pesebres se metieron, y allí les llevó el mozo el servicio y la lista de comistraje, y para empezar o hacer boca gran copia de chucherías, mariscos, menudencias picantes o saladas..

El hostelero y mozos saludaron a Celestino sin ninguna ceremonia, como a parroquiano casi familiar. Romarate, que entró con recelo, mostrándose inapetente, hizo a la comida los debidos (p.7964) honores; bebió un poco del vinillo blanco que Tapia le escanciaba, y sus melancolías empezaron a disiparse. Hablaba y reía, celebraba chascarrillos que el amigo refería con gracia. A media comida, serían las diez y media de la noche, oyeron bullanga de voces, risas y guitarreo en un departamento cercano, al término del pasillo. Tapia dijo al mozo: «Advierte a esos que no alboroten, que hay aquí esta noche personas de respeto..». A poco de enviar este recado, coláronse sin previo aviso, en el departamento o establo donde los dos amigos comían, dos mozas de insolente hermosura, bravas, jocundas y desfachatadas. Al verlas llegar alborotando, arrimarse a la mesa metiendo ruido con platos y cubiertos, pedir langostinos, salsa tártara y manzanilla, lo primero que chocó a don Wifredo fue que hablaban con muy mala gramática. La una sazonaba su lenguaje con dengues andaluces, la otra con rudezas baturras.

Ambas mozas se mostraron desde el primer instante amabilísimas, con todos los pérfidos arrullos propios de su liviana condición. La que parecía baturra era de estatura mediana, carnosa, pegadiza y mareante, por la grande agilidad de su juego de ojos, de su charla suelta como el chorro de un grifo imposible de cerrar, por las ondulaciones pisciformes de su cuerpo bonito. La otra, de lucida talla y esbeltez admirable, morena, de gitanos ojos, tenía dos toques fisonómicos que le daban singular encanto; eran: una dentadura ideal por su corrección y blancura, y unas patillitas que limitaban su bello rostro con dulce sombra de terciopelo. Resultó que no era andaluza, sino de Ceuta, y respondía por Paca, reservando su verdadero nombre, África, por respeto a la Virgen de su pueblo. Fácilmente perdonó don Wifredo a la gentil africana sus faltas gramaticales, que por esto no desmerecía su linda boca; antes bien la incorrección era un garabato gracioso.

Al principio, el insigne alavés estaba hecho un pánfilo: no sabía qué decirles ni cómo tratarlas. Empezó con galanteo sentimental del tiempo del Triste Chactas; mas pronto supo acomodarse a la (p.7965) condición anárquica de las alegres pelanduscas. En tanto, la bullanga crecía en el cercano pesebre, y cuando Tapia y la baturra transmitían por el mozo órdenes de atenuar el escándalo, dijo don Wifredo: «Dejarles; ¿qué más da que chillen? Aquí hemos perdido todos la vergüenza. Cada sitio tiene su moral, y cada moral su lenguaje propio. Discútase si debemos venir a estos lugares; pero una vez en ellos, adelante con la ignominia..».

Poco a poco, el escrupuloso paladar de don Wifredo se iba jaciendo a la medicina preceptuada por el sabio doctor Tapia, para remisión de la fiebre política y alivio de pesadumbres. Al cuarto de hora de tener a Paca la africana junto a sí, gustaba de ella y de las patillas, que sombreaban su tez morena y limpia, de los ojos como luceros negros y de la ringlera de perlas de su dentadura maravillosa; a la hora, ya creía que el separarse de la moza era un golpe mortal, y a las dos horas pensaba el hombre que la Paca valía una misa, entendiendo por misa el soslayar a ratos el decoro, la representación social y toda la caballería andante o sedente.

Al llegar a este punto, las incompletas crónicas de donde se ha entresacado esta historia recatan con discreto silencio los actos del Bailío de Nueve Villas. Por respeto a tan digno personaje, ponemos sobre él la capa del silencio, y sólo se hacen públicos algunos incidentes y diálogos que al través de los agujeros de dicha capa se traslucen. Estos huequecillos, abiertos sin duda por mano aleve, dejan ver retazos de alguna escena interesante, en local muy distinto del colmado ya descrito. Era sin duda una casa donde tenía sus recepciones la gentil africana; la cual, consecuente con su ardorosa naturaleza, estaba ligerita de ropa. Don Wifredo, reclinado a su vera en sofá de gastados muelles que gemían al peso, la contemplaba con tiernos ojos. Languidecía la conversación, caída de los tonos vehementes a la frialdad del coloquio fragmentario. En la estancia, decorada con un lujo chillón y barato, había muebles de algún valor; otros, sin que nadie se lo (p.7966) preguntara, declaraban haber venido de las Américas. Láminas picantes, retratos de mujeres bonitas y de hombres achulados, se daban de bofetones con grandes cromos de Santos y Vírgenes.

La mujer de las patillitas y los febeos ojos habló así, con dejo de indolencia: «Me ha dicho Tapia que eres caballero».

-Naturalmente. ¿Pues qué querías que fuese?

-No me explico.. Quiero decir que eres caballero de esos que están cruzados o llevan cruz..

Resistiose don Wifredo a entablar tal conversación en lugar profano; pero tanto se obstinó la moza, que al fin hubo de responderle que, en efecto, era caballero de la Real, Militar y Hospitalaria Orden de San Juan de Jerusalén, la más antigua, la más noble de cuantas existen.

«¿Y eso para qué sirve?».

-Tú no puedes entender -dijo el Bailío en tono agridulce- estas cosas del honor, de las instituciones históricas y de la..

-¡Pues no estás poco tonto! -replicó la africana cortándole la palabra-. Esa cruz te la dio la pobre doña Isabel II.

-No, hija, no digas disparates. Soy caballero por decisión del Capítulo de la misma Orden de San Juan.

-Pero el capítulo ese ha de ser cosa del Rey o Reina. Déjame a mí de historias. Eres caballero porque la Reina fundó para pasar el rato esas caballerías.. ¿Qué quería ella más que caballeros?

-Con tu permiso, bella Paca -dijo el alavés entre severo y acaramelado-, mi Orden viene de tiempos muy remotos, pues la fundó Balduino I, hermano de Godofredo de Bouillon. ¿Sabes tú algo de Balduino I?

-No sé nada de ese señor -dijo la africana echándose una falda-. Pero a Godofredo sí le he conocido. Era un cochero francés de la Marquesa de Itálica, que tenía sus cocheras hace un año en el bajo de esta casa. Por cierto que me hizo el amor y quería llevarme a Francia. ¡Pues no nos hemos reído poco del tal Godofredo y de su modo de hablar, lo mismo que el de los amoladores!

Riose el Bailío de esta humorada, y como sólo estaba calzado de la bota izquierda, porque la derecha le apretaba, se calzó esta con protesta de sus callos, disponiéndose a recobrar su eclipsada (p.7967) prestancia. Desvanecida la primera vergüenza de hablar de la Orden en sitio tan contrario a los históricos prestigios, quiso dar a su amiga un sumario conocimiento de aquel venerando instituto. «Fuimos fundados -le dijo- con un fin hospitalario y guerrero. Residíamos primero en Jerusalén, después en Tolemaida, luego en Chipre, en Rodas, por fin en Malta..».

-¿Y en todos esos puntos has vivido de paseante en Corte?.. -replicó la moza estirándose las medias por encima de las rodillas-. ¡Pobrecillo! Vele ahí por qué estás tan encanijado. Si hubieras sido labrador, como San Isidro, estarías más robusto y con buen color.. Lo que te digo es que tienes que traerme tu cruz para que yo la vea, y harías bien en dejármela poner un día y salir con ella a la calle.. No, no me pongas esa cara de ave fría desconsolada.. También me ha dicho Tapia que tienes un manto de gran cola, y que no lo sacas más que el Viernes Santo. ¿Vas con ese manto a la Cara e Dios, como voy yo con mi mantón de Manila?

Calló don Wifredo, y sintiéndose de nuevo avergonzado, se atacó el pantalón y abrochó sus bragas, añadiendo al cuerpo la doma y suspensorio de los tirantes. Aplicó después al talle un cinturón de cuero que hacía veces de corsé para enderezarle y cincharle el desbaratado cuerpo, y en este pergenio volvió a sentarse, requiriendo a la moza para cambiar con ella delicadas caricias. Dejando a un lado los escrúpulos de su noble alma, se sentía vivamente enamorado de la africana, y esclavo de su linda figura, de sus ojos asesinos, de sus patillas terciopelosas, y de su blanco, finísimo y uniforme dentamen.

La verdad sea dicha: tan enamorado como compadecido de la bella criatura, acariciaba la idea de redimirla, hidalga y generosa intención. Pero al propio tiempo veía en su mente las dificultades de tal empresa. No hallaba medio de aplicar a esta la calidad hospitalaria y militar de su Orden, y temía que sólo el propósito de redención le precipitase en abismos de escándalo. En fin, la idea, no por difícil, debía ser desechada, y ya volvería (p.7968) sobre ella más adelante.. Sigamos, pues, la historia, sin más datos informativos que lo que se trasluce por los agujeros de aquella capa de silencio, que cubre los actos del buen Romarate en esta parte de su azarosa vida. Sépase que en otro aposento de la misma casa donde se ha localizado la anterior escena, tuvo lugar otra de mayor interés y mucho más pintoresca y bulliciosa.

En comedor o sala, que los heteróclitos muebles no decían claramente el destino de la estancia, hubo aquella noche (tampoco consta la fecha exacta) una regocijada francachela. Asistieron, a más de Paca y la baturra, dos mujeres de trapío y una matrona fofa y empalada dentro de un corsé, más pintada que un retablo. De hombres estaban Tapia y don Wifredo; dos militares, Navascués y Pulpis, y dos sujetos más, bien conocidos en Madrid por sus hípicas aficiones, y que reclaman y obtienen el anónimo. ¿Celebraba su santo la dueña de la casa? Tal vez. Se ignora su nombre. Pero escarbando la historia, aparece la tal con quince años de antelación y el picaresco mote de María Meneos.

Cenaron, bebieron, alborotaron y se divirtieron como demonios. Conservó su noble gravedad don Wifredo hasta muy adelantada la cena. Al aceptar la invitación, habíase propuesto observar en el festín actitud semejante a la que le impondría su buena educación en un banquete de personas regulares. Era hombre de poco mundo, criado en el reino de la simplicidad. Así, mientras todos reían y bromeaban, manteníase el caballero en una desaborida y tétrica corrección; aumentaba el bullicio, pasaban del desorden a la desvergüenza, y él haciendo la triste figura de San Antonio, vencedor de las demoniacas tentaciones.

La africana por un lado y Tapia por otro le incitaban a doblar el palo de su tiesura ante las expansiones del alegre cotarro. Debemos quebrantar alguna vez la rígida observancia social, y sacudir el ánimo para que caigan de él las murrias que lo devoran. Paca le hacía beber, le demostraba con su enojo que un hombre tercamente encastillado en la templanza es indigno del amor de (p.7969) una mujer. Cedía don Wifredo a los halagos, a las burlas, a la lisonja, mañosamente empleadas por la hija de Ceuta; bebió al fin mucho más de lo que acostumbraba, y sus ojuelos empezaron a encandilarse. El ambiente, el ruido, la jácara de la orgía se le fueron metiendo en el alma.. También él rompía risas por cualquier incidente baladí, y poco a poco se le iba pasando el finchado envaramiento de un decoro impropio del lugar y la ocasión. Poco tardó ya en zaherir a la Meneos por la prodigalidad de sus postizos lunares; se metió con Navascués, porque este habló de la africana con poco respeto, llamándola hermosura de presidio, y cantó un responso a la candidatura de Montpensier, coplas a la de Espartero..

Con gran regocijo celebraron los comensales el trastorno del sanjuanista, y para llevarlo a la extrema irradiación de chispas del ingenio, le dio la maligna Paca un infernal brebaje, mixtura de coñac, aguardiente de Chinchón y no sé qué más.. Apenas lo hubo tragado el pobre Bailío, sobrevino la rápida y monstruosa transformación: ya no era el mismo hombre; ya era un grotesco maniquí, hecho con los despojos del atildado caballero de San Juan. Su buen talante y compostura desaparecieron como por arte del demonio; con manotazos iracundos se desabrochó levitín y chaleco, se deshizo el lazo de la corbata; su comedido lenguaje se desbarató en carcajadas insolentes, como un cristal que en mil pedazos se rompe; sobre la reunión, que no quería más que divertirse, arrojó dicterios y miradas provocativas. «¿Quién es el que ha dicho que yo soy el bastardo de don Godofredo de Borbón?.. -gritaba-. Que lo repita en mi cara, y lo suicidaré al instante.. Señoras de la aristocracia de Ceuta, no hagáis caso de estos borrachos que os quieren introducir la libertad de cultos.. Oídme a mí, que os traigo la verdad de mis convicciones superlativas.. ¿Queréis oírme, sí o no? Yo vengo de Tolemaida o de Cocentaina, que es lo mismo, como apóstol de gentes de mal vivir.. Oídme, oídme».

Empujáronle para que subiese a una silla y hablar pudiera (p.7970) desde lugar alto. El pobre señor desembuchó, con voz a ratos atiplada, a ratos cavernosa, estos horribles disparates: «Grande, grandísimo es Dios en el Sinaí.. el trueno le precede, la chispa le acompaña.. la tierra se echa a temblar, los montes se ríen a carcajadas.. Pero en mí tenéis un dios más grande, más bonito.. ¿No me declaráis el más bonito de los dioses? Yo soy el amador de Paquita; yo bebo en sus ojos la idea espiritual de Chinchón, y vengo a predicaros la libertad de aquellos cultos que practicaron caldeos y macabeos, fenicios, egipcios y estropipcios (3) .. Por esa idea muero, perdonando a mis verdugos. Y por eso soy más grande que aquel Dios del Sinaí, mi particular amigo.. Me río yo del Dios del poder y de la justicia implacable.. Yo soy el dios del amor.. dígalo la celestial Paca.. yo soy el dios del perdón misericordioso de la Magdalena y la Meneos.. y por eso os digo que no hagáis caso del Señor ese del Sinaí, escupe truenos y vomita rayos, y vengo a pediros que en vuestro código fundamental.. ¡ah, señores!, dejadme reír.. que en vuestro código fundamental le mandéis memorias a la Unidad católica, y pongáis este letrero: Liberté, qué sé yo qué.. y por último, ¡viva mi africana con honra!..».

(Locos aplausos, berridos, pataleo, escándalo.) Lo que siguió apenas merece los honores de la narración. A las tres de la mañana sacaron a don Wifredo de debajo de la mesa, y entre Tapia y Pulpis le metieron en un coche, y como cuerpo muerto lleváronle a su casa.

 

Ep-41-XII -

Dos días hubo de permanecer en cama el noble caballero y otros dos sin salir de su aposento: tan desquiciado le dejó la estúpida broma de aquella noche infausta. Los huesos le dolían como si se los hubieran quebrantado en bárbara paliza; su cerebro era como abierta jaula, de la cual habían huido la memoria y el entendimiento.. Hizo Tapia por consolarle, diciéndole que todo caballero había corrido alguna borrasca de mujeres y vino, y que hasta los hombres más sesudos y escrupulosos tenían anotada en su vida una borrachera, como tributo pagado a la virilidad. Ni admitía ni rechazaba (p.7971) Romarate estas ideas, pues su ánimo se estancaba en un fondo cenagoso de idiotez y marasmo. Casi a la fuerza, Celestino le obligó a vestirse; le sacó a la calle, y después de pasearle en coche por la Castellana, le condujo a un café donde almorzaron; y cumplida esta elemental obligación para con la máquina corporal, se fueron al Congreso.

Era el 26 de Abril. Ya se había discutido la cuestión religiosa en la totalidad del proyecto de Constitución. Faltaba examinar los artículos 20 y 21, en que se concedía de una manera farisaica y meticulosa la tolerancia de cultos. Aunque mucho se había dicho de tan grave materia, mucho y bueno quedaba por decir. La expectación era grande; las tribunas estaban llenas antes de empezar la sesión. Propuso don Wifredo a su amigo quedarse en el Salón de conferencias, donde no faltarían ociosos con quienes engañar las horas en dulce charla. Pero anhelando Tapia para sí y para el Bailío las fuertes emociones, a remolque le llevó arriba, y se colaron en la tribuna de periodistas, donde aquel gran entrometido tenía vara alta.

Viose, pues, el ilustre hijo de Álava en un mundo nuevo y desconocido, el mundo de la Prensa, formado por personal de diferentes castas y procedencias, por hijos de diversas madres políticas, amamantados antes con unas leches, ahora con otras. Lo que a primera vista le causó más sorpresa, fue ver confundidos en cháchara compañeril a los que seguían las inspiraciones de don Pedro la Hoz y a los que las recibían de Castelar o Rivero. «¿De modo -se dijo- que en este coro angélico se practica la libertad de cultos?». Nueva sorpresa fue para él que los folicularios de Dios y los de Luzbel aparecieran también unidos para ofrecerle en aquel beaterio sitio de preferencia donde pudiese ver y oír cómodamente.

Ya empezada la sesión, pudo observar el alavés que algunos de aquellos pícaros le miraban con cierta malicia, y apartados murmuraban risueños. Por Tapia, que entre ellos se sentaba y con todos alegremente departía, sabían el nombre y condición social del caballero. El que a (p.7972) su lado estaba, como los demás prevenido de lápiz y papel para extractar los discursos, le ofreció caramelos, y entrando en conversación con él sobre si estorbaba o no en aquel sitio, le dijo: «Usted no estorba en ninguna parte, y para nosotros es un honor tener en nuestra compañía al señor don Gaiferos».

Al pronto, tuvo el Bailío por irrespetuosa la alteración de su nombre de pila, y poco le faltó para corregir airadamente al picaresco escritorcillo; pero luego reflexionó que el Gaiferos no era más que la castellanización castiza del gótico nombre, como está escrito en los libros de caballería y en los romances de gesta. No había, pues, motivo para enfadarse por un rasgo de erudición. En esto, había empezado a discursear un orador republicano de lucida estatura y semblante un poquito diabólico, rostro largo y huesudo, frente ancha, ojos vivos, pelos negros y erizados en tres mechones, uno por arriba y dos en las regiones temporales; barba en la forma que llaman de candado, también negra, partida como cola de pez mitológico; figura, en suma, semejante a la que se ve en la parte inferior de algunos retablos. El periodista dijo así a su vecino: «Este es Suñer y Capdevila, diputado federalista, y ateo él gracias a Dios». Y a poco de oír el nombre, oyó don Wifredo de boca del orador esta frase sintética: «Ni el Gobierno ni la Comisión han comprendido bien la idea nueva, y voy a decírselo. La idea caduca es la fe; el cielo, Dios. La idea nueva es la ciencia, la tierra, el hombre».

Sorprendió a don Wifredo la idea; mas no levantó en él indignación. Se sentía caído, amilanado; yacía su alma en un pantano de indiferencia o cobardía, en el cual dormitaba la perezosa voluntad. Las graves cuestiones de conciencia no tenían fuerza para sacarle de allí, y pasaban sobre él como aves errabundas, dejando caer la vana elocuencia de sus cantos o graznidos. No pudo confiar su impresión al vecino más próximo en la tribuna, porque el diligente cronista transcribía con rápida mano las palabras del ateo.. Este la emprendió luego con Jesucristo y la Virgen María, en forma (p.7973) tan irreverente, que toda la Cámara y las tribunas respondieron con murmullos.. Romarate estaba perplejo; no sabía qué pensar. El orador dijo: «Jesús, señores diputados, fue un judío, del cual todos los católicos, y sobre todo las católicas, tienen una idea equivocadísima.. Jesús fue hijo de un carpintero.. Según San Mateo, siendo María desposada con José, antes que vivieran juntos se halló haber concebido del Espíritu Santo..». El Bailío, cada vez más lelo, buscaba en los rostros circunstantes el efecto de aquellas palabras. Oyó claramente la voz de Tapia, exclamando: «¡Bárbaro!.. ¡fuera!». Otras voces oyó, que por un momento ahogaron la voz del orador.

«¿Qué ha dicho?» preguntó don Wifredo al periodista.

-Que San José.. no sé.. que no conoció a María.. que esta tuvo otros hijos, a más del primogénito.. Ese tío está loco.. Aquí no se pueden decir ciertas cosas..

Trató la campanilla presidencial de atajar al impío; este, con diabólica impavidez, hablaba del sentido que debemos dar a la palabra bíblica conocer. Quería demostrar que María tuvo más de un hijo, y que Jesús no provenía del Espíritu Santo.. Rivero, haciendo de San Miguel, ponía el pie sobre Suñer, aunque aparentemente los golpes caían sobre la mesa.. Pero Suñer no se daba por entendido. Su calma y la feroz tranquilidad de su acerba crítica podrían tener expresión propia cuando el lenguaje paradójico nos consintiese hablar de la frialdad del Infierno. «No debe olvidar Su Señoría -decía el Presidente furioso, descargando la espada ondeada sobre la testa dura de Suñer- que no discutimos aquí la religión, sino la forma política que debemos dar a la religión en España». Y el Belcebuth parlamentario devolvía la admonición con este zarpazo y coletazo de tente tieso: «Mi enmienda abraza dos partes: primera, que los españoles tengan libertad de profesar cualquier religión; segunda, que estén en libertad de no tener ninguna.. He indicado que sería una ventaja para los españoles el estar limpios de toda religión..».

Oyendo estas cosas, don Wifredo (p.7974) vacilaba entre la risa y el enojo. El periodista su vecino le dijo con marcada socarronería: «Gracias a Dios que oímos aquí a un hombre de fe.. ¿No cree usted que este Suñer es el evangelista del porvenir, y que su ateísmo es obra de la gracia divina?». Sin comprender el burdo humorismo de esta frase, Romarate asintió con sonrisa y cabezadas. Y luego, para su chaleco se dijo: «Estoy degradado. Busco en mí mis opiniones, y no las encuentro.. efecto de la embriaguez y de andar entre Magdalenas que no quieren arrepentirse». Sus ojos buscaron a Tapia, el cual alarmado le miraba, temiendo que las horrendas herejías del orador afectaran al puntilloso paladín católico, y que este se disparase a una protesta ruidosa en plena tribuna. Pero Romarate parecía tranquilo y como aletargado. A las preguntas que por señas le hacía Celestino, contestó a media voz.. «No oigo nada.. Estoy sordo». Poco después de declarar el Bailío su sordera, Suñer y Capdevila soltaba nuevas y más detonantes bombas. Véanse algunas de estas: «La ciencia debe sustituir a la fe, el hombre a Dios..». «La moral se deriva directamente del hombre..». «El hombre no será hombre mientras Dios sea Dios..».

Por último, entre la Presidencia, que quiere cerrar a todo trance la boca del diablo republicano, y este y sus amigos co-diablos, que afirman ruidosamente su atea libertad de pensamiento y de palabra, se entabla un vivo diálogo. La Cámara, salvo el cotarro de la izquierda, apoya con calurosas excitaciones al Presidente; el orador sucumbe al fin a los golpes de los innumerables San Migueles que surgen de los escaños. Todos creen, todos envainan su indiferentismo práctico, para blandir el ondulado acero religioso que les ayuda a conservar sus posiciones políticas.. El Satán parlamentario, acusado de una parte y otra por las voces que le motejan y las manos que le presentan cruces, repliega su cola erizada de escamas, esconde sus uñas, y con amargura flemática dice que no puede continuar apoyando su enmienda. Se sienta.. Don Wifredo alarga su cabeza.. ve (p.7975) desaparecer los cuernos del ateo entre las cabezas de los cachidiablos que le felicitan.

La necesidad de respirar aire no tan impuro como el de la Cámara, puede más que el entumecimiento perezoso del señor de Romarate. Se levanta; salta trabajosamente de la grada inferior a las superiores; su vecino le ayuda.. Tropieza en unos y otros. Pide perdón, y una voz dice: «Tiene ángel este don Gaiferos». Suénale a burla el Gaiferos; pero le faltan alientos para protestar.. Al fin, sus manos encuentran las del amigo Tapia, que le ayuda a salvar los últimos obstáculos para salir al pasillo. Tras de sí, en la cavidad rojiza y negra de la Cámara, deja un vago rumor de tempestad que gradualmente se apacigua, y una como neblina o tenue polvareda, producto de las retóricas emanaciones. «¿De veras está usted sordo?» le dice Tapia cariñoso. «Sordo del espíritu -replica el alavés-, impedido del pensamiento. No sé razonar, no sé juzgar. Me encuentro acorchado, o algodonado.. Es atroz.. no sé qué me pasa».

El portero le ofreció una silla en la antesala de la tribuna para que descansara. Dábase aire el Bailío con un pañuelo. A su lado, algunos periodistas disputaban. «Eso no puede decirse en un Parlamento..». «En un Parlamento se dice cuanto es menester para fundamentar la opinión que se profesa..». «¿Pero qué tiene que ver la Sagrada Familia con la libertad de cultos?..». «¿Pues no ha de tener que ver? El Estado me manda que adore a San José, y yo, en uso de un derecho indiscutible, me niego a ello..». «No es eso.. por Dios, no es eso..». «Suñer no predica el ateísmo; no hace más que proclamar el derecho a no creer en nada». Uno de ellos, no de los más jóvenes, se dirigió a Romarate con frase afable y benévola: «Habrá usted pasado un rato amarguísimo. No debe venir aquí el que no pueda dejarse las creencias en la calle de Floridablanca».

A esta y otras indicaciones de los que a su lado bullían, contestaba don Wifredo indistintamente, abanicándose, sí sí, o no no, sin saber a qué ideas asentía ni cuáles reprobaba. Un amigo de Celestino tomó la (p.7976) defensa del diablo Suñer, encareciendo así sus virtudes privadas, las únicas que tal nombre merecen: «Es un hombre honradísimo, excelente padre de familia, cumplidor exacto de sus deberes en todos los terrenos. No ha necesitado extraer del catecismo su moral.. y es benigno, generoso, indulgente.. Ensalza a los buenos y detesta a los malos, sin preguntarles a qué religión pertenecen. Ama la ciencia, y la practica como médico. Respeta la fe.. La fe suya arranca de la Naturaleza. No hace mal a nadie. Don Juan Prim, que le conoce bien, le ha retratado en pocas palabras: un santo que no cree en Dios».

Despidiéndose del grupo de periodistas con un solo saludo para todos, don Wifredo se agarró al brazo de Tapia, y con trémula voz le dijo: «Lléveme usted hasta la calle.. No sé qué tengo..». Bajaron la escalera entre un gentío bullicioso que comentaba la crudeza brutal del enviado de Pero Botero. Alarmado Celestino por la palidez y temblor del Bailío, quiso levantar su ánimo con palabras lisonjeras: «También hoy había mujeres bonitas en las tribunas.. ¿No ha reparado usted?».

-Sí, no.. no sé.. Algo sordo.. También un poco ciego.. Yo miré.. Sobre las tribunas flotaba una niebla.. Las caras de las mujeres, confusas, borradas.. Abajo, lo mismo.. Yo no veía claro más que el testuz cabrío y el corpacho peludo de ese Capdevila.. Estoy trastornado, ¿verdad?.. Pues en las tribunas de enfrente vi a Paca la africana, que no quitaba de mí sus ojos.

-Ilusión, fantasmagoría -dijo Tapia riendo-. Esas no vienen a las tribunas del Congreso.

-Alucinación, burla de mis sentidos.. Como la llevo en el alma, la veo donde no está.

Suspiró con ansia el caballero, y al llegar a la calle requirió a su amigo para que hasta la de Atocha le acompañara. Temía perderse, tropezar con los transeúntes, caer al suelo.. se sentía muy mal. Accedió el otro condolido y atento, y en aquel triste camino rompió de nuevo el silencio el buen Romarate para franquear al compañero las singulares anomalías de su espíritu. «Esa mujer, esa africana -dijo parándose para tomar (p.7977) aliento-, me tiene loco; se ha metido en mí.. y con ella dentro de mí, yo soy otro hombre: ya no soy aquel, aquel..». Asintió el adlátere, temiendo que la contradicción acreciera el desvarío, y entreteniéndole con frases amenas, le llevó hasta su casa.

Subieron. Opinó Celestino que al instante debía meterse en cama, y prevenida doña Leche para disponer lo necesario, pronto quedó entre sábanas el atribulado sanjuanista. La vicepatrona se apresuró a traer un tazón de tila bien caliente. Con la pócima se templó y sosegó el enfermo.. No hacía falta más que reposo y descargar la cabeza de pensamientos vanos. De esto hablaban, cuando el cruzado de Jerusalén con brusco ademán mandó salir a doña Leche; atrajo a sí al amigo con otro gesto menos autoritario, y señalándole una silla próxima al lecho, amplificó y aclaró los conceptos expresados en la calle.

«Sí, señor de Tapia, soy otro hombre.. Ya no soy aquel Frey don Wifredo de Romarate que vino de Vitoria dos meses ha con el cura Pipaón. Madrid me ha embrujado, o para decirlo más claro, me ha endemoniado.. ¡Oh noche aciaga, oh infaustas horas, oh vilipendio! Y yo me digo: ¿No es lógico suponer que en aquellas tomas de aguardientes venenosos, bebí alguna droga de maleficio?.. Si no, ¿cómo me explicaría usted, señor de Tapia, que desde aquella hora se encendiera en mí con tal furia el amor de Paca, llegando mi locura al punto de que la imagen de ella no se aparta ya un instante de mi pensamiento?.. Yo sé de muchos casos en que el jugo de ciertas hierbas y la substancia de ciertas alquimias enardecen la ilusión en el hombre, y le ponen más enamorado.. hasta morir de incendio de amor. Esto es un hecho.. Y yo miro a mi interior, y digo que con la pasión ha entrado en mí una villana condescendencia con la demagogia y las ideas anárquicas».

Tomando resuello, prosiguió así el caballero sin ventura: «Se me han metido en el alma uno o varios demonios, que a este paso pronto harán mangas y capirotes de mi nobleza, de mi honradez pura y hasta de mi santo temor de Dios.. Ya no (p.7978) me asusto de oír menospreciar a Jesucristo. Agravian a la Virgen Santísima, injurian al bendito San José, y me quedo tan fresco.. ¿Es esto lo que llaman meta.. metamorfosis, o qué demontres es? Dígamelo, por los clavos de Cristo. Para que vea usted cómo estoy, sepa que a ratos tengo a Castelar por el primer orador entre los nacidos.. Hay dos Dioses: el del Sinaí y el otro.. Oigo ruidos extraños.. la demagogia patalea dentro de mí.. Siento pasos.. la incredulidad y el ateísmo llegan a la calladita y me acechan en un rincón del cerebro.. Divertido es esto, como hay Dios.. Y para concluir, señor y amigo particular, tráigame a mi africana; que si ella me ha ocasionado con sus gracias hechiceras este turris-burris, ella sola podrá quitármelo.. Vaya usted; cuéntele lo que me pasa.. vuelva pronto con ella».

Inquieto y locuaz estuvo don Wifredo buena parte de la noche. Tapia no se separó de él hasta dejarle sosegado y vencido del sueño, bajo la custodia de las sirvientes de la casa.

 

Ep-41-XIII -

Al siguiente día, fue llamado un médico. Con los antiespasmódicos y la gradual alimentación nutritiva, se obtuvo una mejoría franca. El pobre señor a los cuatro días del acceso, parecía totalmente reparado; hablaba poco y sin desvariar; pero su debilidad no le permitía salir del aposento. Visitábale a menudo la Marquesa de Subijana, acompañándole cariñosa.. Una prima noche hablaban los dos tranquilamente de cosas gratas, extrañas a la política, y de pronto el alavés, sin venir a cuento, salió por este desatinado registro: «Yo, señora, iría de buen grado a pasar una temporadita en el campo, si no me retuvieran en este maldito Madrid mi obligación y compromiso de redimir a una gentil persona que por sus cualidades y su belleza no merece la vida miserable a que está condenada.. Si usted, señora mía, se viera en esa esclavitud del trato con diferentes hombres, ¿no solicitaría el auxilio de un honrado caballero redentor?».

Asustada de verle camino del despeñadero, Carolina torció la conversación hacia otro tema.. En aquellos días regresó de su viaje a la Mancha don (p.7979) Cristóbal de Pipaón, el cual, enterado de la dolencia del amigo y de sus causas, creyó confortar el espíritu de este leyéndole una pindárica y palmípeda oda que en Daimiel había compuesto en elogio y defensa de la Unidad católica, tan combatida en aquellos días por los energúmenos parlamentarios. La composición había sido inspirada por el soez insulto de un diputado (García Ruiz) que llamó monserga a la Santísima Trinidad, y por la fervorosa protesta que contra blasfemia tan horrible formularon el cardenal Cuesta y el obispo Monescillo.. Empezaba el poeta implorando el auxilio de la Musa o Numen, que en aquel caso tenía que ser el Espíritu Santo, y ya con el soplo de la Divinidad sobre su frente, rompía en apóstrofes trompeteros contra los impíos y desvergonzados, diciéndoles que venían del Báratro, que traían marcadas en la frente la garra de Astaroth y la uña de Baal; tronaba en hinchadas voces contra la infanda cohorte; luego se volvía lisonjero hacia los defensores de la fe, hablaba del pío arrebato con que proclamaron la verdad, y terminaba invocando el auxilio y pronta venida del generoso Príncipe y enviado de Dios, que había de redimir a España de la esclavitud del error..

Apenas concluyó, díjole el Bailío que lo del redimir era la parte más inspirada de la canción, por la forma y por la idea. «Lo demás -agregó-, permíteme la franqueza, paréceme harto frío y obscuro. Si una lengua infernal llamó monserga a la Santísima Trinidad, también tus versos tienen algo de monserga por lo ininteligibles y enrevesados.. y no te enfades, Cristóbal, por este juicio de tu leal amigo».

Pidiole después don Wifredo noticias del giro que llevaba en la Mancha el negocio carlista, y Pipaón, lastimado aún por el poco aprecio que el Bailío hiciera de su oda, contestó que todo iba mal en el país manchego, que los carlistas aguerridos y fieles no querían echarse al campo mientras no se les diera con qué sostenerse. Soflamas y ojalaterías no valían para nada. No había dinero. Las pocas y desmandadas partidas del Campo de (p.7980) Calatrava no eran carlistas más que de nombre, pues alentaban y comían con dinero de Montpensier. Terminó don Cristóbal su informe con estas graves palabras: «Así me lo han asegurado, y mil pormenores he visto que lo confirman. Por esto he decidido retirarme, y acudir a París, o a donde esté el Señor, y plantear la cuestión en estos términos: O se procura metálico abundante para que nuestros hombres no tengan que tomar el de ese tío maulón, o arrollemos nuestra bandera, y envainemos la espada de nuestra fe, hasta que Dios nos depare un maná o tesoro militar.. Harto saben las tres personas de la Santísima Trinidad que sin dinero no se mueve el carro de la guerra entre los hombres. Lo de que la fe lleva de aquí para allá las montañas, está dicho en un sentido espiritual».

Absorto quedó Romarate con estas opiniones y noticias, y cuando rompió el silencio fue para decir que él había barruntado que las partidas carlistas de la Mancha y tierra de Burgos se alimentaban con dinero masónico. «Hay que ver en este Madrid el pujo de los candidatos, para comprender que ese maldito Duque lleva la mejor parte. Él es rico, y ricos son sus partidarios. Si Prim, que es el amo, por él se decide, ten por cierto que será Rey. Prim dispone de los caudales de la nación.. Así estamos.. Y yo te digo: Cristóbal, aconséjale al Señor que se entienda con Prim.. ¿Cómo?.. A mí me parece que antes se entregará por ambición que por codicia, antes por honores que por moneda sonante. ¿Por qué no le ofrecen la soberanía de un pequeño reino? ¿No habrá por ahí una isla, o algún pedacito de tierra firme..?».

-No creas, también yo había pensado en eso.. Hagámosle Rey.. por ejemplo, de la República de Andorra.

-O aunque sea de la República de las Batuecas.. Lo aceptará, sí, a cambio de abrir el camino al Señor.. Y si no aceptara, los de Montpensier se encargarán de matarle.. Esto he pensado yo.. que lo maten los de Montpensier. Así lo he visto en mis delirios. He soñado; por mi magín han pasado mil extravagancias que pueden resultar la pura (p.7981) realidad..

Callaron, meditaron. Poco después, don Cristóbal, confinado en su aposento, escribía cartas en cifra conforme a clave. Una de las epístolas iba dirigida al señor Labandero, Ministro de Hacienda de don Carlos; otra era para Homedes, que llevaba y traía mensajes entre don Ramón Cabrera y el Señor. Los conocedores de las interioridades del Destino y de las revueltas de la Historia, sabían que en cuanto recibía Cabrera los cifrados escritos de Pipaón, los hacía trizas sin leerlos y los arrojaba al cesto de los papeles rotos.

Como la noticia del malestar y chifladura del buen Romarate cundió entre los amigos, menudearon las visitas, singularmente de alaveses. Ninguna fue tan agradable para el enfermo como la de Demetria y su esposo don Fernando, que ya se disponían para regresar con sus hijos a La Guardia, o a cuarteles de primavera. El gozo de ver a personas tan entrañablemente estimadas serenó y templó de tal modo los espíritus del pobre caballero, que en el curso de la larga visita no dejó caer de sus labios las tonterías y sinrazones, fruto morboso de su destornillado caletre.

Hablaron algo de Madrid, mucho más de Vitoria; consagraron recuerdos cariñosos al venerable Matusalén don Alonso, y a todas las innúmeras personas de aquella patriarcal familia, desde las más vetustas y momificadas a las más frescas y juveniles. Ningún Trapinedo, ni Tirgo, ni Landázuri quedó sin mención afectuosa, y especialmente recargaron la cordialidad de sus buenas ausencias en los presuntos Marqueses de Gauna, don Luis y doña María, y en su lucida prole. Fácilmente pasaron de esta familia a la de Gracia y Santiago Ibero, que eran la propia familia de los visitantes. Al llegar a este punto y al tema de Fernanda y de su presupuesto matrimonio, le faltó a don Wifredo la discreción que hasta entonces había gallardamente manifestado.. Sin ningún atenuante, se dejó decir que si consentían en el casamiento de su sobrina con Urríes, haríanla desgraciada para toda la vida, porque el don Juan era un calavera libertino y voluble que a diferentes mujeres (p.7982) entretenía y engañaba. Disparado en sus airadas revelaciones, contó el caso bien cercano y palpitante de Céfora, una joven mística y pérfida, una diablesa rubia, que en aquella misma casa tenía su escondrijo.

Oyendo esto, los señores de Calpena quedaron confusos y desconcertados. No se determinaban a creer lo dicho por Romarate, y pensaron que este, tan juicioso en toda la visita, desbarraba lastimosamente al término de ella. No obstante esta consideración de la chifladura del alavés, al retirarse no iban tranquilos. Recordaba Demetria que su hermana, en carta del mes anterior, le había encargado que se informase discretamente de la conducta de don Juan de Urríes y de la vida que llevaba en Madrid. No hizo caso: harto sabía que Gracia era excesivamente cavilosa y suspicaz.. El día mismo de su partida para La Guardia hablaron del caso con don Cristóbal de Pipaón, el cual, llevándose a la sien el dedo índice, habló así:

«No hagan caso de Wifredo, que está.. un poco ido.. El hombre parece otro.. Y por lo que toca al Urríes, no puedo decir de él nada bueno. Es montpensierista, y con esto se dice todo. Hay más: me han asegurado que ese andaluz pinturero y otros farsantes como él, valiéndose de agentes astutos o de falsos tradicionalistas, promueven y pagan el levantamiento de partidas, ora carlistas, ora republicanas, para que alboroten, escandalicen y atropellen. El intríngulis de esto bien claro se ve: que España se aburra, que España se desespere y a gritos pida la conclusión de esto que llaman Interinidad. España padece este grave mal, y es forzoso curarla, desinterinizarla: el desinterinizador que la desinterinice no puede ser otro que ese franchute avariento y ruin, a quien yo llamo Antonio Igualdad, amamantado como su padre y su abuelo a los pechos de la Revolución francesa..». Partieron Demetria y Fernando para La Guardia, llevando entre sus alegrías la tristeza de un enigma.

Las visitas del caballerete de la uña larga, su compañero de hospedaje, entretenían al Bailío; pero no aprovechaban a su salud, porque (p.7983) oyendo hablar de política, teatros, mujeres y otros mundanos asuntos, tornaba el pobre señor a sus insanas manías. García Junco se llamaba el tal, y era del lugar de La Felipa, cerca de Albacete. Habíanle mandado sus padres a estudiar Derecho, y él lo estudiaba torcido, dedicando las más de sus horas a pasear y divertirse. Fuera de aquel extravagante capricho de la uña crecida y cultivada, era un buen chico, con más frivolidad que malicia. A don Wifredo solía contarle sus aventuras en el paraíso del Teatro Real, y escenas en las casas de damas de las camelias (así lo decía buscando la distinción del lenguaje) , donde apurar solía las horas de la noche.

Refirió también García Junco que por el padrinazgo del señor don Manuel León Moncasi, famoso progresista, diputado por Albacete y por Huesca, disfrutaba de un destinillo en Hacienda; pero que no iba a la oficina más que a cobrar. En cambio, su compañero y amigo íntimo el culotador de boquillas, Pepe Tinoco, natural de Concentaina (4) , andaba todavía pereciendo tras del destino que le había ofrecido don Emigdio Santamaría, sin que llegase el momento de ver el rostro bonito de la credencial. Estudiaba Tinoco para notario. Aunque ambos eran de familia bien acomodada, pedían al Estado que subviniese a lo superfluo, teatros y placeres, pues no bastaba para esto lo que recibían de sus padres, ni lo que las madres a escondidas de estos les enviaban. Divertíase don Wifredo con la viva historia referida por los muchachos, y encarecidamente les recomendaba que fundasen o promoviesen la nueva Orden de Galanes de la Merced, o Redención de Cautivas.

Por fin, un visitante tuvo don Wifredo que le llevó gran provecho espiritual, serenando su turbado entendimiento con palabra docta y cristiana. Era don Pedro Vela y Carbajo, capellán de las Descalzas Reales, el amigo que le había recomendado la honesta casa en que el buen alavés vivía. Pues en cuanto se enteró del trastorno y de sus aparentes causas, fue allá y sin rodeos le planteó la cuestión de (p.7984) conciencia. «Ea, caballero Romarate, para que la cabeza rija como es debido, hay que limpiar el corazón de las porquerías que se han metido en él.. ¿Qué ha sido ello? Que por no parecer gazmoño o por alternar con viciosos, se dejó usted llevar, y anduvo en malos pasos.. que en esos pasos trató y conoció a una moza guapa, con patillitas.. ¡vaya por Dios! Reconozco que las patillitas, una sombra suave, como pelusa de melocotón que baja por delante de la oreja.. así.. son cosa de mucha gracia. Pero no es para que un hombre se disloque y quiera redimir, olvidando su calidad y posición política.. ¡Magdalenas a mí..!».

Asentía don Wifredo con cabezadas y suspiros que mostraban su arrepentimiento, y el bravo capellán continuó así: «Dejémonos de pamplinas, y vamos por el camino derecho a la enmienda de estos graves errores. Lo primero es reconocer que una calaverada poco significa, si de esa callejuela indecente se sale con propósito firme de no volver a entrar en ella.. Porque lo que yo digo: ante la dignidad de un caballero y la conciencia de un buen católico, nada significan unos dientecitos blancos y unos ojuelos pícaros.. Ello es muy bonito, lo confieso; pero no tiene maldita gracia bajar a los profundos infiernos por demasiado amor a esas lindezas.. Considere que pronto se las comen el tiempo y la muerte.. Conque a salvarse tocan, Wifredo.. Aunque tiene usted vida para muchos años, y Dios se la aumente, hágase cuenta de que llega la hora de liar el petate.. ¿Está conforme? Ea, como médico del alma, le ordeno a usted que se prepare, que haga examen detenido de su conciencia.. Todo, todo ha de salir a la colada..».

Penetrado Romarate de la rectitud del camino de vida y reparación que el capellán le trazaba, no acertó a expresar su reconocimiento. Poco le faltó para expresarlo con lágrimas.. Por no excitar demasiado la sensibilidad del enfermo, don Pedro desvió la conversación hacia la política, evitando tocar el delicado punto de candidatos al trono, porque el buen clérigo guardaba fidelidad a la destronada doña (p.7985) Isabel, de quien había recibido el hábito de Alcántara y un pingüe destino eclesiástico, a más de la capellanía de las Descalzas. Con tesón y coraje a su protectora defendía de las ignominias que la maliciosa ingratitud le imputaba: para él, doña Isabel no había cesado de reinar; la situación creada por la Gloriosa era una sombra pasajera, un estado ficticio; no reconocía nada de lo existente; todo lo consideraba falso, postizo, provisional, y esperaba que las aguas de la vida pública tornaran pronto a su natural cauce.

Volviendo luego, por natural querencia de las ideas, al fundamental tema de la visita, dijo el capellán a su amigo y ya penitente que pensase en someter su vida a un régimen nuevo, y que si se sentía picado y cosquilleado del estímulo amoroso, debía pensar en poner fin a una soltería que dañaba su alma. Aún no era viejo; aún podía procurarse por la vía matrimonial una compañera y un hogar tranquilo y honesto, que fueran alivio de sus comezones. Mas no buscara esta consorte en Madrid, donde hay poco bueno en materia de bello sexo, sino en Álava: allí encontraría fácilmente una señora de peso, viuda, virtuosa y con algo de hacienda, que le resolvería de una vez los problemas del espíritu y de la materia.

Propuesta la sabia solución, retirose don Pedro Vela, y quedó el Bailío muy consolado. Los consejos del capellán se clavaron en su pensamiento, y toda la tarde y prima noche dio vueltas en el magín a la saludable receta del médico espiritual. Lo del casorio embargaba singularmente su ánimo. Por entonces solía tener don Wifredo sueños extravagantes; pero aquella noche, al dormirse con la idea de buscar esposa en la clase de viudas recatadas y pudientes, su sueño fue de lo más peregrino que puede imaginarse. Soñó, pues, que se casaba con doña Leche, y cuando angustiado y oprimido disponíase a consumar boda tan desigual, se le apareció en imagen clarísima la regidora de la casa.. la vio revolver en un arcón, sacar papeles y llegarse a él diciéndole: «Si dudas de mi nobleza, Wifredo mío, aquí tienes la demostración de que puedo ser tu (p.7986) esposa. Desciendo en línea recta de Balduino II, hijo de Balduino I, fundador de tu Orden.. Lee y lo verás. Mira mi árbol genealógico, y posa tus ojos en todas sus ramas. Mi nombre es Everarda; nací en Anatolia, en aquellas calendas.. ¿te acuerdas?, cuando tomasteis a Jerusalén reinando Guido de Lusiñán. La envidia y los malos quereres me han traído a la baja condición de pupilera. Para ti estaba guardado el sacarme de este encantamiento, y arrebatar mi disfraz, volviéndome a mi prístino ser y regia condición.. Toma, lee.. Tole et lege, y verás que aún eres tú poco para mí..». Apretando con dulzura la blanca mano de doña Leche, despertó el Bailío, y un ratito tardó en convencerse de que todo había sido humo cerebral.

 

Ep-41-XIV -

Las visitas de Urríes al sanjuanista fueron breves y de pura fórmula. Al salir del aposento de la Subijana, llegábase al del vecino, y en él permanecía unos minutos, o bien, limitándose a preguntar a doña Leche «¿Cómo está el señor Baldío?», se iba sin poner interés en la respuesta.. Corrían ya los primeros días de Mayo; en uno de estos, despidiose de Urríes su amigo Tapia, que partió a Barcelona, para de allí salir a cacería de incautos en la montaña de Cataluña. El objeto de tales correrías no consta en los archivos de donde se ha sacado el meollo documental de estas historias, y para conocerlo se ha de esperar a que las hablillas del vulgo (que asimismo son documento y manantial de históricas verdades) se concreten en hechos positivos. Partió el mozo viejo, en quien se confundían las dos naturalezas de carlista y demagogo, dejando un pequeño vacío en los afectos de Urríes. Este consagraba parte de su tiempo a la política, y al Congreso asistía con la puntualidad de los que allí laboran por sus intereses o apetitos, despojados de todo ideal; otra parte, la mayor quizás de sus horas, dedicaba al mujeril enredo, que era en él conveniencia tanto como diversión o deporte.

El hermano de don Juan, Marqués de Ben Alí, era también diputado; pero no había venido al Congreso más que para jurar, y en su pueblo de la (p.7987) provincia de Córdoba permanecía gobernando y feudalizando con los instrumentos de tortura o dominación administrativa. La connivencia entre los dos hermanos era completa, y ambos se daban maña para fortificar la torre del cacicato y hacerla inexpugnable. Con esto queda dicho que don Juan sostenía correspondencia larga y prolija; carteo constante, entreverando los amores con la politiqueja local. Levantábase el hombre a medio día, y desde que almorzaba hasta la noche tiraba de pluma con verdadero frenesí. Cartas empezadas en su casa concluía en el Congreso, y algunos días no paraba hasta la noche, viéndose privado del recreo de la conversación.

Viéraisle una tarde abandonar el escritorio y acudir al Salón, dejar el cigarro en el pedestal de la estatua de Isabel la Católica, colocada en el rincón de la derecha; ocupar su asiento junto a una de las escalerillas de la banda ministerial, y allí, solicitado su espíritu de la necesidad epistolar que en muchos casos era obligación de caballero, levantar el pupitre y escribir, aislando su atención del interés de la Cámara o compartiéndola con él. Así resultaba en sus escritos, no pocas veces, una incongruencia de ideas y un anarquismo gramatical que le obligaban a pedir indulgencia. Aquella tarde puso en garabatos esta graciosa coletilla: «Perdóname las faltas. Escribo en el Salón, en medio de un espantoso barullo, oyendo a un loco que nos habla de la Virgen María, y añade que no quiso ofenderla ni presentarla como esposa infiel.. Este bruto es el Suñer que habló la semana pasada.. Aquí te pongo su retrato..». Y con cuatro rayas y borrones trazaba la silueta infernal del ateo.

No le bastaba esto, y poco después añadió a la postdata otra igualmente garabatosa: «Para que te rías. Ha dicho este bárbaro que los que se han escandalizado de sus blasfemias son cuatro beatas, cuatro sacristanes y muchos hipócritas. Aplícate el cuento.. También nos ha contado historias de ídolos chinos, de una diosa de buen ver que se llamaba Ton-Pao, y que con sólo mirar a una estrella tuvo (p.7988) un hijo, a quien pusieron el nombre de To-Hi.. Te aseguro que es muy divertido oír estas cosas.. Y todavía no hay quien le dé una patada a este tío.. Adiós; hasta mañana.. Adorándote..».

Al día siguiente, en su casa, escribió a la misma, contestando la inesperada y alarmante carta de ella. «Ciertamente -le decía-, es grave contratiempo que mi señora doña Carolina haya pronunciado el lo sé todo, que prepara el desenlace en las comedias de enredo.. '¿Y ahora qué?' dices tú. Y yo contesto: 'Ahora, lo mismo..'. Tú niegas; yo no temo a tu tía, ni he de temblar, como crees, cuando me presente ante ella. Alegre y sereno le notificaré dentro de dos días, tres a lo sumo, la resolución favorable del asunto de las salinas. ¿Te parece que soltando esta bomba sin dar tiempo para hablar de otra cosa, seré mal recibido?.. Y lo que te digo no es cuento. Mañana tendremos la sentencia del Consejo de Estado. Váyase lo uno por lo otro. Carolina se amansará; es mujer de talento; ha padecido escaseces; ha luchado buscando el apoyo de personas de todos los partidos; en su corazón ha entrado la indulgencia, y de allí no puede arrojarla.. no puede..».

A estas razones, trazadas con tendida escritura y desordenado estilo, añadió el andaluz las ternezas de amor, planes de próximas secretas entrevistas, y otras menudencias espirituales entreveradas con conceptos eróticos. Terminada su epístola, que iba llena de borrones y tachaduras, la cerró y envió a su destino por una recadista que para estos tráficos tenía.. Almorzó de prisa y corriendo, y en los escritorios del Congreso reanudó su tarea de Sísifo. Y no había medio de aplazarla, pues en deuda de carta estaba con la mujer a quien debía mayor respeto.. deuda de tres días, que gravitaba en la conciencia del galán, anunciándole serias complicaciones. Apenas empezó, tuvo que pasar al Salón. Puesto el cigarro con cierta reverencia en el pedestal de la Católica Isabel para que esta lo custodiase, subió a su escaño, levantó el pupitre, y aprovechando el rato destinado a preguntas e interpelaciones, fue despachando el delicado introito (p.7989) hasta entrar en materia.. Leed, amigos, estos fragmentos especiosos.

«Me duele mucho que creas esos disparates, y que no tengas bastante serenidad para ver en ellos una fábula grosera. O la inventó la envidia, o es obra inconsciente de algún cazador de mosquitos. Yo sospecho que a ti y a los tuyos ha llevado estos cuentos el señor Baldío, en quien debemos ver más simplicidad que malicia. Es un pobre mentecato que no conoce el mundo; el hombre me gasta una moral estrecha, cortada por la regla de San Benito, y con ella convierte los actos inocentes en crímenes merecedores del Diluvio Universal.. Te advierto que el Baldío está loco rematado, a consecuencia del naufragio de su virtud entre una turca y una africana. Corramos un velo..».

Y más adelante escribía: «No te niego que conozco a esa Céfora, sobrina de una Marquesa de Subijana que acá vino no sé cuándo. La tía es persona distinguida y tronada. De tonta no tiene un pelo, ni de inocente tampoco. Se rodea de sombras para darse lustre novelesco; se titula ex-camarista de la Reina doña Francisca; cuenta historias muy viejas, con pormenores que nadie puede rectificarle.. Pleitea por las salinas de Añana, que dice son suyas.. En cuanto a Céfora, buena falta le hace la salazón, porque hembra más desaborida y sin gracia no ha nacido de madre. Es rubia desteñida, de ojos azules que nada expresan. No sabe hablar más que de los milagros que hicieron estas o las otras Vírgenes; figura en Santo Tomás como una de las beatas más empedernidas; viste como una percha de colgar ropa, y tira al monjío como la cabra al monte.. Quedan con esta leal explicación disipados tus recelos; y no digo celos, porque lo que esta palabra significa es vela demasiado grande para llevada a un entierro tan chico.. Amor de mi vida, no volverás tus ojos a ninguna parte sin encontrar mi lealtad y el sagrario de mis promesas..». Al llegar aquí, el andaluz dejó la pluma. Cuando se escribe entre mucha gente, más interrumpe el silencio que el ruido. Englobada su atención en la atención de la Cámara, (p.7990) bajó don Juan el pupitre, y con propósito de terminar después su carta, ojos y oídos puso en la persona del orador, que hablaba detrás del banco azul.

«Este Echegaray -dijo una voz junto a Urríes- me parece más científico que político, y más poeta que científico. Tiene el don singular de vestir sus ideas con imágenes tomadas de la astronomía y de la geología, y sobre estas figuras físicas sabe poner las humanas». Esto lo decía Moreno Nieto. El andaluz, lego en tales materias, como en todo lo que no fuera el arte de amar, aplicó de lleno su sensibilidad al orador, un hombre de algo más de treinta años, flaco, espiritual, barbudo y con anteojos, de dicción fácil y razonar persuasivo. Le agradó sobremanera esta idea con tanta galanura expresada: «La ciencia ama la religión, sólo que la ama a su manera; no se encierra en ella, no se ahoga en ella; es como el águila que ama las montañas, que pasa de unas a otras, que se posa un momento en la más elevada, pero que después tiende su vuelo, sube a las nubes, se pierde en el espacio, y las montañas allí se quedan, inmóviles, gigantescas, colosales». La imagen empleada por el matemático poeta para exponer la idea democrática, el doble proceso cósmico desde la nebulosa hasta el planeta, y desde la unidad al individuo, impresionó al frívolo caballero, individualista impenitente en cuestiones de moral y de amor.

Echegaray, de quien pudo decirse que poseía el secreto de la inspiración científica, alumbraba con potentes resplandores las cuestiones más distantes de la poesía. Tratando el punto harto prosaico de las relaciones entre la fe y las leyes humanas, trazaba con tonos dramáticos el cuadro de la teocracia y de su abusivo poder despótico en épocas remotas. Combatía la Unidad Católica como el más apropiado ambiente para que aquel poder tiránico pudiese atormentar a la humanidad; y al describir el quemadero del llamado irónicamente Santo Oficio, cuyos vestigios fueron desenterrados en aquellos días, puso en su acento toda la humana ira y las maldiciones más elocuentes. Por esto le gustó a (p.7991) Urríes, por la pasión del intento y el fuego de la palabra.

Admirable fue la reconstrucción que hizo el orador del lugar siniestro en que tostábamos a los herejes. En el corte del terreno veía como un libro cuyas negras páginas declaraban la infamia de aquel tribunal, que afrentó a la justicia divina con sus atroces crímenes. De las capas de terreno extraía residuos calcinados o a medio quemar, y con ellos daba teatral realismo a los actos inquisitoriales; a su conjuro resurgían los verdugos fieros, las piras crepitantes, el chasquido de las carnes lamidas por el fuego y la blasfema imprecación de las víctimas, que en el paroxismo del dolor pedían al Cielo que se desplomase sobre tanta iniquidad. Por este y otros inspirados pasajes, Echegaray tuvo un éxito ardoroso. Urríes aplaudió a rabiar. Moreno Nieto dijo: «Lo que hemos oído es hermoso y dramático». Y al bajar a felicitarle, completó así su pensamiento: «Muy bien, muy bien, Echegaray. Lástima que no sea usted dramaturgo».

Y no fue Urríes el último de los que colmaron de sinceras alabanzas al orador. Después, apremiado por la obligación y urgencia de escribir, recogió su cigarro del pedestal de la Reina Católica y se fue al escritorio. La carta debía salir necesariamente aquella misma tarde, aunque fuera menester mandarla a la estación. Como se hallaba bajo la impresión del discurso de Echegaray, y aún le ardían en el oído las palabras de fuego del gran plasmador de la belleza científica, el resto de la carta le salió harto imaginativo y apasionado: «Si yo tuviera el convencimiento de que tú dudabas de mi amor, pondría término a mi existencia.. Créeme, Fernanda: tus dudas son para mí como una nebulosa.. No, no, que de la nebulosa sale todo el Universo. Lo que quiero decir es que eres el sol, y tu amor es la atracción, la suprema ley que rige los orbes; yo, un pobre cuerpo que gira en derredor tuyo y no puede salir de su órbita sin correr a desmoronarse en el vacío..».

Muy satisfecho de este párrafo, lo releyó y en él hizo enmiendas, retocando lo de la nebulosa. (p.7992) En los finales de la carta, los conceptos del galán revelaban contagio de la tensión dramática que puso en su brillante arenga el insigne sabio y poeta: «Ausente de ti, mi vida es como la del condenado a destierro. Momentos hay en que la desesperación me sobrecoge, me sacude, me irrita. Y si calumniadores infames me privaran de tu amor y de tu fe, mi único consuelo sería la venganza; mi gozo único, condenar a los infames verdugos de mi felicidad a tormentos semejantes a los de la Inquisición, y que ellos y yo pereciéramos juntos en las llamas. El espectáculo de los autos de fe y mi propia extinción en la hoguera son mi idea fija cuando pienso que me niegas tu amor y me condenas al olvido.. Olvido no; antes muerte, infierno..». Con apasionadas ternezas, y el anuncio de que muy pronto las obligaciones parlamentarias le permitirían volar a su lado, echó la firma.. Cerrada la carta, la mandó a la estación.

Cumplido el apremiante deber epistolar, descansó el caballero, y con libre espíritu entregose a su recreo nocturno. Comió con Constantino Vallín en Lhardy; estuvo un rato en el Príncipe; el resto de la noche lo pasó en la tertulia de la Duquesa de la Torre y en el Casino. Pero no fue completo su descanso mental, porque le atormentaba la idea de una olvidada carta que debió escribir y aún estaba pendiente.. ¿Quién es, quién era ella? Pues una viuda rica (veinticinco años, agradable palmito, ilustre nombre) , a quien había conocido y tratado en Córdoba antes de emprender su viaje electoral.. Por hoy sólo se añade que en la mañana siguiente, por mi cuenta la del 6 de Mayo, escribió don Juan con singular esmero una extensa carta.. No conoce el historiador más que el sobre, que así decía: «Excelentísima señora doña Mariana de Pedroche y Vaca de Guzmán, Marquesa de Aldemuz.- Priego».

 

Ep-41-XV -

Conforme a los saludables requerimientos de don Pedro Vela y Carbajo, que a menudo le visitaba como cura de almas y como amigo, dedicose aquellos días el caballero de San Juan al arreglo de su conciencia. Del menudo (p.7993) análisis y honda meditación resultó un admirable resumen que hubo de dividir en dos partes, apresurándose a escribirlo para que las interesantes conclusiones no se le fueran de la memoria. La primera parte de aquel registro de conciencia lleva el epígrafe de Pecados, la segunda el de Tristezas, ambos rótulos puestos en latín para mayor claridad. Conviene dar a conocer los dos índices trazados por la honrada mano del noble y cristianísimo alavés.

«PECATA.- 1.º Error mío gravísimo y primer paso hacia la ignominia fue dejarme llevar al colmado por el maligno Tapia. Debo considerar como pecado mortal la cenita o comistraje en que Celestino y el demonio confabulados me entregaron a las hechicerías de la africana. Si yo no hubiera ido al colmado, mi pureza no habría sufrido menor detrimento.

»2.º Con sólo mencionar la flaqueza y el arrebato impúdico que me arrastraron hasta caer en el cieno, declaro mi pecado más horrendo, y de él me acuso. Mi arrepentimiento no empece para que yo admire una de las más bellas obras de Dios, a saber: los ojos negros y rasgados, el marfil de los dientes, el terciopelo de las patillas.. y ainda mais, de la diablesa.

»3.º En el tercer artículo de mi afrenta pongo la descomunal borrachera que cogí aquella noche después de echarme al coleto un infernal bebedizo. Pecado repugnante fue la turbación a que damos el nombre de papalina, y los bárbaros despropósitos y suciedades del discurso que pronuncié subido en la silla. Parodiando a Castelar, más que a este, ridiculicé al Dios del Sinaí y del Calvario.

»4.º Culpa execrable fue haber admirado a Castelar, aunque por breves momentos y velando con escrúpulos mi admiración. Pequé asimismo cuando deseaba que Dios me concediese un poder oratorio semejante al de aquel vocinglero disolvente.

»5.º Pecado fue la cobardía que paralizó mi voluntad cuando de labios del moderno Moloch, Suñer y Capdevila, oí desvergonzados ultrajes a la Virgen Santísima y al glorioso Patriarca San José. Y no me disculpa la presunción o el hecho de que en (p.7994) aquel instante tuviera yo dentro de mi cuerpo unos diablillos irónicos y picarescos. Esto no me vale. Yo debí vomitar mis diablos sobre el hemiciclo, y protestar furiosamente contra el blasfemo.

»6.º El odio que de algún tiempo acá he sentido contra don Juan de Urríes y Ponce de León es un sentimiento notoriamente pecaminoso. Acúsome también de haber deseado la muerte de este sujeto, sin que me disculpe su perversidad. Abomino de mis pensamientos homicidas. Durante muchos días y noches me recreó y entusiasmó la idea de que pereciese en un desafío con espadachín más diestro que él. Quería yo ver reproducido en Urríes el caso de Celestino Olózaga, que por acometer airada y ciegamente se clavó en el sable de su contrario.

»7.º Pecado de tontería, no por menos grave, es la confianza y amistad que, por sugestión astuta de Urríes, concedí a esa serpiente llamada Tapia. Pequé de obcecación, de inocencia; falté a la lealtad que debo a mi Dios y a mi Rey, abriendo mi corazón a un traidorzuelo que con máscara carlista es correveidile de Montpensier y miserable instrumento de sus intrigas. Así me lo han asegurado personas de tanto crédito como don Pedro Vela, don Cristóbal de Pipaón y el bendito don Cruz Ochoa».

Reproducido el índice de los Siete Pecados del sanjuanista, sigue aquí el de sus Siete Tristezas.

«TRISTITIÆ.- 1.º Amor platónico y purísimo, sin ninguna esperanza, sentía yo por Fernanda Ibero cuando tan cerca de mí la veía diariamente en casa de mi tío el Marqués de Gauna. Indómitos celos me quemaron el alma cuando la vi arrebatada de amor por ese danzante de Urríes. El dolor de esta quemadura me durará tanto como la vida.

»2.º Conocí a Céfora; gusté de su dulce y blanda belleza dorada. Antes de que yo la desechase por extravagante y neurótica, me fue arrebatada por el atrevido pillastre don Juan de Urríes, a quien Dios pone siempre en mi camino para enturbiar glorias de amor. Yo habría conquistado a Céfora, enmendando con paciencia y saliva sus histéricas explosiones de risa y llanto.. Luego he visto que tía (p.7995) y sobrina no son trigo limpio.. Urríes se come la breva, y yo masco mi amargura.

»3.º Entrome la africanita por el ojo derecho; sus gracias me subyugaron. Ya he reconocido como pecado grave la pasión inspirada por una Magdalena no arrepentida. Pero la idea de redimirla no quiere abandonarme. Puesto que mi director espiritual no consiente que me meta en líos de redención, obedezco, y consigno aquí mi desconsuelo, no sin hacer constar que la doctrina de Cristo no nos veda que redimamos a quien lo ha menester, ni menos que lo hagamos por los medios y resortes del amor. Dolida está mi alma de no poder salvar la de una mujer bella y descarriada, diciéndole: 'Tú, que has amado mucho, vendrás conmigo al Paraíso'.

»4.º No disimules, corazón mío, tu aflicción por el desaire que te hicieron los propios agentes de la causa de Dios y del Rey. Ofrecieron mandarte a negociar con las Cortes extranjeras, y después nadie te dijo por ahí te pudras, diplomático. ¿Quién tiene bastante grandeza de alma para no sentir ni lamentar este vacío de la promesa no cumplida? ¿Hay otros más dignos de tan noble misión? Pues díganlo. Yo no soy ángel; yo me quejo de lo que considero doble bofetón a mi dignidad y a la Orden de caballería que profeso.

»5.º Y como no me duelen prendas, también diré que estoy dolorido por haber hablado con la africana de la sacra Orden de San Juan de Jerusalén. Tuve la debilidad de darle pormenores de la fundación y de las reglas de honor a que los caballeros estamos sometidos. Esto no debí hacerlo hasta no tener el alma de Paca bien metida en las vías redentoras.

»6.º Una de las tristezas que más lúgubremente agobian mi alma, es haber admitido socorros de dinero de ese maldecido Tapia. Verdad que este oprobio vino a mí de soslayo. ¡Perfidias de mi destino adverso! Mandome el sastre la cuenta. Yo, contra mi costumbre, diferí el pago, esperando que de Vitoria me remitieran fondos. El Celestino, que presente estaba, dijo que no me apurase. Yo, enfermo y turbado, me entristecí, suspiré.. ¿Qué hizo él? Pues pagarme la ropa.. (p.7996) Después vino con el requilorio de que ya arreglaremos cuentas. Se declaró mi administrador. ¡Canalla!

»7.º Me duele haber querido competir en vestimenta con ese silbante de Romero Robledo; me horripila deber dinero a Tapia; me amarga la idea de que, con lo que ha de venir de Vitoria, no tendré para el médico y para la quincena de casa. Heme aquí perturbado en mi admirable orden, y sacado del carril de mi método.. ¿Qué es esto? ¿Es anuncio de mi próxima muerte? Si es así, acójame el Señor en su santo seno».

Así acababan las Tristezas del Bailío, que jamás contento con lo que había escrito, rehacía diariamente sus conclusiones. Por último, a fin de Mayo o principios de Junio, que en la fecha no hay claridad, viendo don Pedro Vela que el amigo se hallaba ya restablecido de sus achaquillos cerebrales y bien preparado de conciencia, determinó que no se dilatase más el acto de confesión. De acuerdo ambos en el lugar y la hora, fue don Pedro a buscar al Bailío una mañana, y juntos se llegaron a la próxima parroquia de San Sebastián. No faltó el ratito de parleta en la sacristía con el cura, el colector y otros clérigos que entraban o salían, algunos revestidos para la misa. Amigo de los más de ellos era don Pedro, y no escaseaban temas de conversación eclesiásticos y profanos. En esto, salió a la iglesia don Wifredo, con ánimo de arrodillarse en el primer confesonario que viese libre, según indicación del padre Vela; y al atravesar la nave paralela a la calle de Atocha, entre el barullo de gente que a diversos altares y misas acudía, fue atormentado por visiones que tomaban cariz terrorífico en la penumbra del templo.

Creyendo que su ánimo turbado era el forjador de tales fenómenos, avanzó don Wifredo en seguimiento de dos bultos que le parecieron Céfora y Urríes. No eran, no, fantasmas, sino reales y tangibles personas. La mística de Subijana y el guapo caballero andaluz iban hacia la puerta de la calle de Atocha silenciosos, como pedía la santidad del lugar. Fuerte coloración observó el alavés en las mejillas de Céfora, como de quien (p.7997) ha llorado, como de quien ha tenido excesos de pena o de alegría. El rostro del don Juan, por el contrario, era todo gravedad, decorada con palidez de buen tono. No daba Romarate crédito a sus ojos: buscando el testimonio del tacto, les cortó el paso, y poniendo su mano sobre el pecho de Urríes, dijo: «¡Ah!, ¿son ustedes?». El libertino respondió al instante: «Ha venido a confesar». «¿Y usted?». «Yo no; ella».

Miró Céfora con lástima a su vecino de habitación, y dijo: «En la capilla de los Dolores saldrá misa muy pronto. Nosotros nos retiramos ya». Y sin aguardar respuesta, se fueron.. El de Jerusalén les vio salir, después de tomar agua bendita.. Era una visión en que hacían híbrida pareja el misticismo y el amor. Había pronunciado Céfora el nosotros con dulcísimo acento familiar y musical, que dejó una intensa vibración en el alma del pobre don Wifredo. Este, cuando el andaluz y la rubia de Subijana salieron, se sintió en pavorosa soledad, sin que el ruido de pisadas y las caras del gentío que se agolpaba frente a los altares le aliviaran de tan ingrata sensación.

Como quien huye, atravesó la Iglesia en dirección de la salida por la calle de las Huertas, y junto a la capilla de la Novena vio un apiñado grupo con más mujeres que hombres. Acercose.. más propio será decir que el grupo le atrajo. Fue magnetismo, fue el efecto de una enorme irradiación vital. El grupo era una boda que esperaba la bendición, y en él estaba Paca la africana con otras mujeres, todas con mantón negro de largo fleco y flores en la cabeza. Al ver a su conquista, resplandeciente de hermosura, el sanjuanista estuvo a punto de perder el conocimiento. Luego se le achisparon los ojos; acercose más hasta enredar sus dedos en el fleco sedoso que dejaba traslucir la torneada mano de la hetaira, y articuló palabras balbucientes. «Sí, sí, Gaifrido -dijo la moza, que así solía llamarle-: venimos de boda.. Pero no soy yo la que se casa, sino la Eloísa.. ¿no te acuerdas? Tú la conoces.. estaba con nosotros aquella noche.. cuando cogiste la gran mona.. Es buena chica, (p.7998) honrada en lo que cabe.. con mucho ángel..

-¿Y es casamiento de verdad.. o..?

-¿Pues dónde estamos, Gaifrido, más que en la santa iglesia?.. Ha tenido esta chica la gran sombra de encontrar un chico honrado y caballero.. mírale allí.. José Cornejo, que sin hacer caso del qué diréis lenguas, la saca de vida esclava y la trae a un altar, pasándose el mundo por las narices.. Ya ves.. para que aprendas. Eso hacen los hombres de corazón. Cornejo es guarnicionero, y trabaja en los arneses de la caballería, por lo que también es caballero como tú.. Ahí tienes un hombre.

-Redención -dijo el alavés anegando sus miradas en los negros y fúlgidos ojos de Paca, que a su parecer (al de Bailío) alumbraban la iglesia-. Redención.. lo que yo pienso, lo que yo predico, y no me entienden.. Sólo que yo.. no puedo.. un cruzado de Jerusalén no puede, Paca.. ¿Y la novia ha confesado? ¿Por qué no confiesas tú también, y limpias, barres y deshollinas tu conciencia? No hay otro camino.. Yo he venido a eso.. Te he visto. Estás guapísima. Tu hermosura es obra del Omnipotente, y esto se lo digo yo a don Pedro Vela y al Verbo divino. ¡Ay, Paca, Paca, yo estoy loco! ¿Cómo toco yo a redimir sin dejar de ser caballero.. y cómo me pongo mi manto si redimo?.. Que venga Dios y lo vea; que venga el Dios del Sinaí, mi particular amigo, y lo vea también.. y que venga..

Alzando gradualmente la voz y descomponiéndose, llegó a promover alarma y tumulto en el santo recinto. La gente acudía escandalizada, las misas se quedaban sin oyentes. Perdida por completo la noción del lugar donde estaba y toda idea de comedimiento, avanzó don Wifredo hacia la nave principal, y allí, de cara al altar mayor, aterró a los fieles con sus gritos y sus descompasadas gesticulaciones.. El primero que acudió a contenerle, echándole los brazos, fue don Víctor Ibraim, que salía ya para su casa. Después apareció consternado don Pedro Vela; tras él el párroco, y algunos otros clérigos, sacristanes y monaguillos. En tanto, el grupo de la boda entraba en la capilla donde los novios habían (p.7999) de recibir las santas bendiciones.

Fue don Pedro Vela el que primero logró imponer su autoridad al desdichado Bailío, haciéndole ver el escandaloso sacrilegio que cometía. Voces y músculos cedieron, agotada pronto la energía del pobre señor, y fácilmente le condujeron a su casa el mismo Vela y don Víctor Ibraim. Buena parte del día pasó el alavés sin que remitiera la exaltación. Por la tarde, al fin, quedó el hombre tranquilo; comió en su aposento; fueron a verle algunos amigos, y él se mantuvo correcto en la breve tertulia, más atento a sí propio que a las ajenas voces. No faltó aquella noche la de Subijana, mostrando tanta estimación como lástima del desdichado amigo, y mientras hubo con quien mover la sin hueso, allí se estuvo parloteando. Don Pedro Vela fue el que más tiempo devanó con ella el hilo de la conversación. Carolina desplegó aquella noche una locuacidad diluviana. El motivo de este desbordamiento no era otro que la venturosa solución del pleito de Salinas; que la felicidad engendra el optimismo, y este suelta las esclusas de la palabra.

«Al fin se me ha hecho justicia, señor don Pedro -dijo la dama-; al fin se me entrega el patrimonio de mi familia, y yo estoy loca de contento deseando volver a mi tierra».

-A usted -replicó el capellán de las Descalzas- la llama el Norte; la llama el país de sus antepasados, de sus recuerdos. Desea respirar el aire de las montañas, y.. digámoslo de una vez.. el aire carlista.. Yo, señora, no la sigo a usted por ese camino: soy partidario acérrimo de la Reina destronada, y no hay quien me saque de las casillas de mi lealtad.

Observando que don Wifredo, adormecido suavemente, abandonaba su cabeza en el respaldo del sillón, aguardó un instante, y en voz baja dio esta réplica al digno sacerdote:

«Ahora que nuestro buen amigo no se entera de lo que hablamos, señor don Pedro, puedo decir a usted que los partidarios del nieto de don Carlos María Isidro no harán otra cosa que perpetuar la Dinastía de la Pretensión.. no sé si me explico».

-Lo entiendo muy bien -dijo Vela-, y abundo en las ideas de usted. Será (p.8000) ese joven Pretendiente III, pues aquí no hay más Reina efectiva que doña Isabel II.

-Y en todo caso, la Señora tiene un hijo que dentro de algunos años estará en edad de ceñir la corona.

-Es prematuro hablar de Alfonsito. Su madre, calumniada y escarnecida por los que se ensalzaron y se enriquecieron a su sombra, ha de volver al Trono, y una vez restaurada en él, abdicará o no abdicará.. Ella es quien ha de decidirlo.

Dormía profundamente don Wifredo, la cabeza tendida hacia atrás, abierta la boca, por la cual respiraba con áspero ronquido, las manos cruzadas sobre el vientre. Del angélico sueño del Bailío, que era como un alejamiento a cien leguas de la realidad, se aprovechó Carolina para echar de sí las ideas ingeniosas que a continuación se expresan.

 

Ep-41-XVI -

«Yo, señor Capellán, no puedo negar mi abolengo carlista: fui dama de honor de la primera esposa de don Carlos María Isidro en su emigración; en mis brazos expiró aquella digna señora; leal servidor de la Causa fue mi marido hasta su muerte, ocurrida en Italia. Deste entonces mi vida ha sido un via-crucis de contratiempos, privaciones y apuros, y a la hora presente, cuando me veo remediada de tantos males, me asalta y acaba por apoderarse de mí la idea de que la lealtad es tontería, ridículo amaneramiento que debemos desechar. ¿Qué debo yo al carlismo? Nada. ¿Por qué caminos me conducía la fidelidad? Por los de la miseria. ¿A quién debo mi reparación y estos alientos de vida? A la tan maldecida y execrada Gloriosa.. Perdóneme usted si lastimo sus sentimientos. Contra doña Isabel no digo nada. Pero tampoco puedo negar que a los hombres que la destronaron debo yo la restitución de un bienestar perdido.. A pesar de esto, no me gustan los delirios revolucionarios. Yo vería con gusto que este nudo se desatara con la abdicación de doña Isabel».

-En el fondo, la idea de usted no es mala -dijo gravemente el señor Vela-; pero nada espere de esos elementos desencadenados que llaman aquí Cortes Constituyentes..

-Perdone usted, don Pedro, que le contradiga en (p.8001) este punto. No debemos hablar de estas Cortes con ira ni menos con desprecio. Yo he tenido la paciencia de leerme todo lo que han hablado en ellas los hombres de los diferentes bandos.. Urríes me trae el Diario de las Sesiones, y allí me entero y formo mi juicio, equivocado tal vez; juicio de mujer, pero mío, y por él tengo que guiarme, mientras no me den otro que me parezca mejor.. ¿Qué, se asombra usted de lo que digo? Pues espérese usted un poco. En las Cortes hay una suma de inteligencia que no encontraremos en ningún otro momento de la Historia de España en este siglo. Si de este foco de inteligencia no sale lo que debe salir, no es cuenta mía.. ¿Qué tiene usted que decirme de los discursos que negros y blancos pronunciaron hace días sobre la forma de Gobierno? ¿Leyó usted el discurso de Figueras?.. ¿y el de ese Pi y Margall que sabe por veinte?.. ¿y lo que dijeron los de la otra cofradía, Ulloa, Silvela y Ríos Rosas?

Con breves palabras, acentuadas por gestos negativos, indicó don Pedro Vela que no perdía su tiempo en vanas lecturas. Prosiguió impertérrita Carolina con claridad y desenfado: «Yo, hallándome ya en edad que no admite fantasmagorías, veo la procesión histórica, y a ella me agrego, marchando detrás modestamente.. ¿Quiere usted que le hable, señor cura, con absoluta sinceridad, como se habla al confesor? Pues allá voy: al recobrar mi hacienda, tengo que ser muy otra de lo que he sido en mi desgracia. Los bienes que poseo me dicen que la vida es buena, y que no debo derrocharla en quejas lastimosas del mal ajeno, ni comprometerla uniendo mi suerte a la de causas que yo no perdí, que se perdieron por sus propios errores o porque Dios así lo dispuso.. Óigame hasta el fin, don Pedro, y no me juzgue mal. Yo veo la procesión histórica, y no soy tan tonta que me eche a andar en sentido contrario.. no, señor: ando con ella, tras ella.. porque soy rica.. tengo al menos con qué vivir, y no se vive bien a contrapelo, señor mío..».

-Hasta cierto punto -dijo Vela reprimiendo una sonrisa-, tiene usted (p.8002) razón.. Vivimos a pelo derecho; pero podemos pensar a contrapelo..

-No, señor, que el pensar de ese modo altera los humores, y amarga la existencia. Es más saludable y entretenido mirar las comitivas históricas y dejarse ir al compás de ellas.. Respetemos los hechos y asistamos a su paso majestuoso, cualquiera que sea la música que vayan tocando.. No maldigamos a esta gente hasta que veamos a dónde van a parar con sus musiquillas y sus estandartes. ¿Qué ocurre? Que han hecho una Constitución.. Vayan con ella benditos de Dios.. Por una Constitución más no hemos de reñir.. Han votado la Monarquía.. Muy bien. Esto nos gusta a usted y a mí.. Adelante con ella. Ahora falta que encuentren Rey. Yo.. que tengo para vivir.. perdóneme que insista en mi argumento capital.. yo, que soy modestamente rica, no debo apurarme porque el Rey se llame Juan o Perico.. Ya le veremos, ya le examinaremos de pies a cabeza cuando nos lo traigan.. En tanto que se ponen de acuerdo sobre este particular, nos dan un poco de Regencia.. y en este Trono de la Interinidad colocan al general Serrano. Muy bien, muy bien.

-Muy mal, horriblemente mal -dijo el capellán alborotándose-, y no se enfade si le contesto tan a contrapelo.

-No me enfado, señor Vela. Usted maldice a Serrano por lo que llama su ingratitud con la reina Isabel. Pues yo, dejando esta cuestión a un ladito, bendigo a Serrano, porque a él debo el remedio de mis abstinencias. Sí, señor mío: los amigos que me han ayudado en este negocio interesaron en favor mío al Duque de la Torre, y este ha sido mi salvador. Por eso digo a voz en cuello que Serrano es el primer caballero de España y un Regente dignísimo. Comprenda usted, señor Vela, que vivimos bajo el imperio de la Fatalidad, y que el egoísmo es el gran constructor de caracteres. Yo debo enaltecer a los que me han devuelto mi posición. Las ideas caen desplomadas en cuanto tosen fuerte los intereses.. Sea usted franco. ¿Por qué es usted furibundo isabelino? Porque doña Isabel le resolvió el problema de los garbanzos.. ¿Qué? ¿se ríe? He (p.8003) llamado garbanzos, hablando en lenguaje popular, a la raíz de la existencia.

-Raíz.. está usted en lo firme; pero no es la única -dijo el capellán transigiendo benignamente-. El caso es que si arrancamos esa, todas las demás mueren al instante.

-Al fin me da usted la razón.. Las circunstancias me han obligado a cambiar de ídolos.. Así hemos de llamar a los figurones que dirigen las cosas públicas. La gratitud se parece mucho a la devoción religiosa. Por ella quito de mi altar los santones apolillados, y pongo un santirulico acabado de salir de la tienda, el Duque de la Torre.. A la derecha de esta imagen tengo que colocar la de la Duquesa, que, por lo que me han dicho, fue quien hizo más para sacar a flote mi asunto.. De Madrid no saldremos hasta que podamos visitar a esa señora. No hemos ido ya por.. a usted puedo decírselo en confianza.. porque este paso de la estrechez a la holgura nos ha cogido mal de ropa. De la modista depende que cumplamos pronto ese deber.. Dicen que la Duquesa es un prodigio de hermosura.

-Vaya usted, vaya bendita de Dios -dijo don Pedro con leve dejo humorístico-. Apostaría yo que ahora, en su nueva posición empingorotada, visitándose con la Regente y otras damas de rumbo, se aficionará usted más a la vida de Madrid y la tendremos aquí mucho tiempo.

-¡Oh, no, don Pedro!.. Yo me voy a mi tierra; tengo que estar a la mira de mis intereses, mejorar la explotación de las salinas hasta duplicar su producto.. Además, debo atender con la mayor solicitud al porvenir de Céfora.

-¿Y para casarla con Urríes tiene usted que ir tan lejos?

-No he hablado de Urríes; no he dicho tampoco que mi sobrina desee casarse.. Es que Céfora no acaba de decidirse entre la vida religiosa y la matrimonial, y en mi país estoy en mejor terreno para elegir.. yo, yo, no ella.. lo que más convenga.

-Eso es puro despotismo. Veo, señora, que acabadita de hacerse constitucional, sigue usted tan carlista como antes.

Al pronunciar don Pedro Vela estas palabras, despertó súbitamente el Bailío, diciendo con fuerte voz: «Estoy (p.8004) conforme, absolutamente conforme..».

-¿Con qué, mi buen Wifredo?

-Con todo lo que ustedes han hablado, y con la conclusión, con la síntesis.. tan carlistas como antes.

-¿Pero qué decíamos, señor Bailío de mi alma? -le preguntó afectuosamente Carolina, llegándose a él.

-No se me ha escapado una sílaba de la conversación de ustedes.. Lo primero, que murió la pobre Reina doña Francisca en Gosport.. suceso tristísimo que nos ha hecho derramar lágrimas, y que por poco cae don Carlos en poder de los cristinos.. Gracias que un pastor le cogió en hombros, como a una oveja, y le puso en salvo.. Después viene la noticia del día, la más sonada, la más gorda.. Que han matado a Prim.. Se cree que haya sido Tapia el matador.. Conste que el tal Tapia no es carca, sino montpensierista.. Pues muerto Prim, la Regente, Duquesa de la Torre, resuelve la cuestión de Rey.. ¿Cómo? Del modo más sencillo.. Isabel II larga su abdicación, y casamos a don Carlos con Céfora.. digo, con la Infanta Isabel Francisca.

-No hay más inconveniente sino que la Infanta y don Carlos están casados ya.

-El Sumo Pontífice, Gregorio XVI o quien quiera que sea, casa o descasa cuando así conviene a las naciones.. Y ahora, Carolina, no falta más que redimirla a usted.. Tenga usted calma, que todo se andará. Hoy, sin ir más lejos, hemos visto en San Sebastián una redención por vía de matrimonio.. No ha sido cosa mía, sino de un caballero guarnicionista que arregla las monturas del Apóstol Santiago.. Espere usted una buena coyuntura, y digamos con el corazón: «Tan carlistas como antes».

Con miradas tristes dijéronse la Marquesa y el Capellán que Romarate no tenía remedio, y diputándole perdido totalmente de la cabeza, le recomendaron el reposo.. Retirándose por el pasillo, la noble señora y don Pedro Vela convinieron en aplicar al sanjuanista el único remedio práctico, que era mandarle a Vitoria, donde el descanso y los aires del país nativo le repondrían del grave estropicio cerebral.

Llegaron por aquellos días a Madrid los presuntos (p.8005) Marqueses de Gauna, don Luis de Trapinedo y su esposa, parientes del buen Romarate, herederos del título y hacienda del casi centenario don Alonso. Como venían con propósito de pasar en Madrid un largo mes, esta era buena proporción para el traslado del Bailío, si otra más pronto no se presentaba. El Marqués de Gauna, a quien todos daban el título antes de poseerlo por legal sucesión, era un caballero que física y moralmente llevaba consigo la simpatía, y aunque por tradición de familia militaba bajo las banderas de la legitimidad, la lectura y los viajes le habían modernizado. Y más que el viajar y el leer, influyó en esto su amistad íntima, casi fraternal, con Cánovas del Castillo. Tenían la misma edad, cuarenta y un años, en la época de esta historia; se habían conocido en Madrid, siendo ambos estudiantes; escribieron, no con criterio igual, en La Patria, fundada por Pacheco en 1849; juntos recibieron las inspiraciones y los consejos de Estébanez Calderón, y cuando Cánovas, a fines del 54, fue destinado a Roma como Encargado de Negocios y Agente general de Preces, allá se fue también Trapinedo, en viaje de novios, y poco menos de un año permaneció junto a su amigo, embebecido con él en la admiración y el estudio del arte clásico.

Las estrechas relaciones mantuviéronse luego en España con el carteo frecuente. El ministro de la Gobernación en el Gabinete Mon-Cánovas (1864) , ministro de Ultramar con O'Donnell (1866) , no olvidó en ninguna ocasión a su amigo. Este hizo un viaje a Madrid en 1867, expresamente para asistir a la recepción de Cánovas en la Academia Española. Claro es que la primera persona visitada por Trapinedo en su viaje del 69 fue el entonces solitario malagueño, que en las Constituyentes representaba una causa harto embrionaria y verde para ganar prosélitos. No estaba aún el horno para las empanadas alfonsinas. Cánovas, conforme en esto con la ingeniosa Marquesa de Subijana, no pensó en andar a contrapelo de la procesión política: iba con ella muy a retaguardia, esperando (p.8006) la madurez y oportunidad de los fines que perseguía. Para redondear este párrafo de historia privada, que pública podía ser a poco que se escarbase en ella, dígase que la señora de Trapinedo, María Erro y Sureda, era muy amiga de la Marquesa de Villares de Tajo, Eufrasia para los lectores de estas anécdotas que van cosidas con un hilo histórico robado del costurero de Clío.

Casi todas las tardes dejaba ver el Marqués de Gauna en el Congreso su agradable persona. Allí departió con Urríes; allí se permitió recordarle el compromiso matrimonial con la hija de Ibero. Obligado por razones de lógica y de dignidad a ratificarse en lo dicho, ya que no implícitamente pactado, hízolo con expresiones de fina delicadeza. Noticias interesantes agregó el Marqués. Que Fernanda estaba cada día más guapa (ya se lo imaginaba el novio) .. Que la familia se había instalado por breve temporada en Bergüenda, donde Ibero había adquirido un monte que fue del Condado de Fontecha.. Una y otra vez expresó Urríes su impaciencia por ir a La Guardia o a donde estuviese la sin par Fernandita; pero no podría zafarse del herradero hasta el mes de Julio.

Apenas terminada esta conversación, corrió don Juan al escritorio, acordándose de que estaba en deuda epistolar. Con rauda escritura enjaretó una carta, de la cual se entresacan estos interesantes trozos: «Al hablar hoy con Luis, he sentido tan acerba la nostalgia, que me ha faltado poco para llorar. El tiempo vuela, y yo no puedo volar hacia mi cielo.. A las razones que te dije en mi anterior, añado hoy otras, recomendándote el sigilo por tratarse de asunto muy delicado. Ya sabes que por mi buena o mala estrella, soy de los que trabajan la candidatura de Montpensier. No puedo decirte por escrito los medios que empleamos en esta secreta campaña. A su tiempo lo sabrás todo, vida mía».

Reflexionó un instante, temeroso de correrse más de la cuenta en las revelaciones; y una vez pensada y medida la parte que la discreción podía ceder a la confianza, prosiguió así: «Por hoy te diré que entre un amigo y yo hemos catequizado (p.8007) a Becerra, el furibundo demócrata: ello se ha hecho ganando de antemano la voluntad de su mujer, una señora tan ilustrada como respetable, a quien llaman aquí Madame Rolland. Después de esto, he tenido yo solo un triunfo mayor. Asómbrate: he conquistado a Sagasta, el buen amigo de tu padre; Sagasta, Ministro de la Gobernación. Ahora trato de conseguir que don Práxedes arrastre tras sí a la reata de sus amigos. Para ello cuento con Abascal, a quien he metido en el ajo.. Es un antiguo progresista, hoy encargado de la administración y conservación de los bienes que fueron de la Corona. Palacio y los Sitios Reales están bajo su custodia. Pues verás: el que bien puedo llamar Intendente del Real Patrimonio, dará muy pronto un banquete a Sagasta y a los amigos que él quiera llevar. Sitio: el Escorial. Fecha: uno de los próximos días festivos..

»Espero que en esta comida traerá don Práxedes al campo del Duque una buena parte del rebaño de Prim. Figúrate mi alegría si esto se logra. ¡Quererme tú, ver yo cumplidos mis deseos en la esfera de amor y en el terreno político!.. ¿Qué mayor felicidad para un hombre? Ya tienes bien explicado el motivo de mi tardanza, y seguramente me autorizarás para detenerme aquí un par de semanas.. Otra cosa tengo que decirte. Cuidado, Fernanda mía: de esto, ni una palabra a tu padre, que hace fu a toda candidatura que no sea la de Espartero. Amor de mi vida, espero ansioso tu carta con el perdón que solicito y la licencia para vivir lejos de ti unos diitas más..». Con veloz pluma trazó las últimas fórmulas de pasión, echó la firma, y ¡zas!, al correo.

 

Ep-41-XVII -

En la calle del Príncipe encontró don Pedro Vela una tarde a la Marquesa de Subijana, y al pronto no la conoció: tan bien apañada y compuesta iba, luciendo al exterior elegante traje y capota, por dentro atormentada de un tirano corsé, máquina ortopédica contra la obesidad y los cuerpos deformados. Unos días a pie, otros en coche, cultivaba la noble señora sus nuevas amistades refrescando las antiguas. A la (p.8008) Duquesa de la Torre visitó más de una vez en la Inspección de Milicias (morada del Regente, como lo había sido de Espartero) , y quedó muy prendada de su gracia y amabilidad.

Por cierto que en su reciente salida a las mundanas esferas, no era fácil clasificar a Carolina en uno u otro de los dos bandos sociales que a la sazón existían marcados con graciosos motes. En entrambos podía figurar, porque a los dos por igual concurría. A las esposas de los ministros y personajes que pertenecían a la situación presidida por Serrano con el nombre de Gobierno Provisional, pusieron las damas de la vieja cepa aristocrática el picante apodo de señoras provisionales. No se quedó corta la de la Torre en devolver la picazón a sus enemigas, y como estas tenían su conciliábulo de murmuraciones en un palacio de la Carrera de San Jerónimo, fueron así llamadas: las señoras de la Carrera. La de Subijana, por la promiscuidad de sus relaciones, era tan pronto de la carrera como provisional.

No debe el historiador dejar en el olvido un dato importante, y es que Céfora se negaba tercamente a acompañar a su tía, o lo que fuese, en el jubileo de visitas. Aunque no carecía ya de buena ropa, rara vez abandonaba su sencillo vestir. Más que de andar por el mundo, gustaba del visiteo de altares y de hociquear con curas y personas religiosas. Grandes altercados tuvo con ella Carolina; mas no pudiendo vencer su caprichuda modestia, al fin la dejó que hiciese su gusto. La probidad exige al narrador una declaración que arrojará, sin duda, sombras de sospecha y desdoro sobre la señorita; pero los hechos piden la verdad, y la verdad era que muchas tardes, dejando a la criada en la iglesia, Céfora se escapaba con Urríes de Santo Tomás o de San Sebastián para esconderse con él en ignorado asilo.. Doloroso es decir esto: tal vez los mismos sucesos traigan, cuando menos se piense, justificación de cosa tan irregular.

Para que todo fuera misterioso en aquella singular mujer de angélicos y dulces ojos, su origen y estado civil no estaban claros. Por conceptos obscuros y (p.8009) equívocos escapados de la discreta boca de la Subijana, entendió don Juan que no era tía de Céfora. ¿Qué lazo de parentesco había entre las dos? ¿Acaso no existía ninguno? Si así era, ¿cómo explicar la proximidad o alianza de aquellas dos vidas? Por descifrar tan cerrado acertijo, ahondaba Urríes en el pensamiento de una y otra, partiendo de palabras, ademanes o silencios de ellas; pero no encontraba la solución. Conjeturas, hipótesis, leyendas, disparates mil devanaba en su caletre el caballero andaluz, con interminable voltear de infinitos hilos. Y lo más extraño, confinando con lo inverosímil, era que su secreta confianza con Céfora no le valía para esclarecer las tinieblas de aquella existencia. La vaporosa mujercita no sabía nada de sus progenitores, o no quería romper el sello que la dignidad, la vergüenza, el miedo quizás, habían puesto en sus labios.

Tan sólo una vez habló la esfinge rubia. Hallábanse una tarde los enamorados en su retiro. Urríes estrechaba con preguntas apasionadas y capciosas a su amiga, y esta, arreglándose los cabellos de oro entre el galán y un espejo, dejó caer de sus labios pocas palabras melancólicas, desmayadas: «Lo único que sé y puedo decirte es.. que fui bautizada en Roma, el 9 de Febrero, día de San Nicéforo.. Para que sepas mi edad, añadiré que fue el 47, segundo año del Pontificado de Pío IX.. Conténtate con saber una fecha, el principio de una vida.. Deténgase aquí tu curiosidad..».

Dicho esto, revistió Céfora su bello rostro de una fría severidad displicente, que lastimó al galán, llevando a su alma mayor confusión. Poco más hablaron aquella tarde. Céfora o Nicéfora no se dignó poner en su boca la flor de la sonrisa. Urríes, al separarse de ella en el portal de la casa, pensó que el carácter de la damisela incógnita estaba erizado de espinas. ¿Pero qué importaba si en la esfera física y sensual los encantos de ella se sobreponían al carácter y lo soslayaban y obscurecían?.. A menudo dejaba ver la locuela de Subijana dos fases de su ser, absolutamente disconformes una con otra. La cara ardorosa, la cara de hielo, (p.8010) alternaban a las veces, sin que entre el frío y la llama mediara la más leve transición. Displicente, hinchaba las ventanillas de su nariz, y en sus azules ojos se eclipsaba todo lo angelical, dejando ver chispazos de ridícula fatuidad. Amorosa, volvía la luz del cielo a su mirada, y la faz recobraba su atractiva belleza..

Al entrar en su casa con la criada mostrenca, fue sorprendida de un bullicio de voces y carcajadas. Era que el pobre don Wifredo andaba por los pasillos en mangas de camisa, alborotado, protestando de graves injurias que en aquella tarde había recibido de personas de la casa y de otras que fueron a visitarle. Tras él iban risueños, calmándole con prudentes razones, doña Leche y el joven Tinoco, el culotador de pipas de fumar. Dos ataques a la dignidad soliviantaron al cruzado de Jerusalén: le habían llamado señor Baldío, poniendo en caricatura su honroso título, y habíanle dicho que un señor pariente suyo, el Marqués de Gauna, le pagaba todos sus gastos. Gritaba el alavés protestando de tales insultos, y apeló a Céfora para que le apoyase. «¿Verdad, señorita, que es humillación intolerable que le paguen a uno casa y comida, un triste cocido y lo demás? Un caballero de nacimiento sabe recorrer con la frente erguida el camino de la pobreza.. Venderé mi caserío de Argandona, venderé los pantalones que llevo puestos por ley del pudor, venderé mi honrada camisa antes que..».

En este punto, entró Céfora en su aposento, y tras ella, como si huyera de sus enemigos, se coló el sanjuanista sin ninguna ceremonia, cosa muy opuesta, en verdad, a su exquisita educación. «Aquí busco refugio -dijo- contra esa plebe desmandada». Pero la damisela no creyó que las bromas debían llevarse tan adelante, y con sequedad despiadada le significó que no se entraba con facha tan indecente en las habitaciones de las señoras. «¡Ah!, dispénseme -murmuró el Bailío sin desconcertarse-. Va usted a rezar.. ¿Pero no ha rezado bastante con el caballero Urríes?.. Mi opinión es que debe usted cambiar de altar y de santo.. Y no es que ahora pretenda (p.8011) yo que rece usted conmigo.. no.. Yo practico a mi modo la libertad de cultos, y tengo mi altarito y mis devotas.. morenas, de ojos negros». Empujándole suavemente, Céfora echó de su estancia al señor Baldío.

Cuando Tinoco se encargaba de llevar a don Wifredo a su habitación, hallábase no lejos de allí el Marqués de Gauna, haciendo efectivo ante la patrona el pago de los débitos del pobre vesánico. Cumplido este deber, y adelantando algunas indicaciones acerca del transporte del enfermo a Vitoria, retirose Gauna, evitando la dolorosa emoción de ver y oír a su infortunado pariente. De allí se fue al Congreso; subió a las tribunas, donde estaba su mujer con la Marquesa de Villares de Tajo y otras damas, y después de saludarlas bajó al pasillo curvo, donde aguardó a que saliera Cánovas del Salón de sesiones. En el breve rato de espera le acompañó Iranzo, uno de los que componían la modesta constelación canovista. Díjole que pronto hablaría Prim para presentar a los nuevos ministros, Silvela y Martín Herrera, en sustitución de Lorenzana y Romero Ortiz, y presentarse él mismo como Presidente del Consejo.

Desde el 29 de Septiembre, venía siendo Prim la voluntad impulsora de la situación. A principios de Junio del 69, vigente ya el nuevo mamotreto constitucional, la cabeza visible, Serrano, fue colocada en jaula de oro, y apareció al frente del Gobierno el que de hecho lo presidía ya y era su efectiva cabeza.. Propuso Iranzo a don Luis de Trapinedo introducirle en el Salón por la mampara de la izquierda, para que pudiese ver y oír a Prim. Aceptó gustoso el forastero, y en pie, en el ángulo donde estaba la estatua de Fernando el Católico, presenció lo más interesante de la sesión. Justo será decir que le agradaron la persona enjuta y el amarillo rostro del General de los Castillejos, así como su oratoria ceñida, clara, de genuino estilo militar. Vino a repetir Prim la muletilla de los Presidentes del Consejo en tales casos: que el nuevo Gobierno era continuación del anterior, y que si cambiaban los hombres, inmanecían las ideas; o en otros términos: (p.8012) que la idea, Prim, se perpetuaba, aunque por dar pasto a las ambiciones se variaran las figurillas del retablo.

Volvieron Iranzo y el Marqués al pasillo curvo, donde no tardó en agregárseles Cánovas del Castillo, el cual expresó una opinión, como suya, muy interesante y atinada. «No entiendo -les dijo- cómo este Prim, hombre de una agudeza fenomenal, ha reconstituido el Ministerio sin dar participación a los demócratas, que vienen siendo, aunque el General no quiera, la salsa del guisado septembrista. Oigan ustedes a Martos, a Becerra, al mismo Rivero, y verán por dónde respiran. Lo que ellos dicen: '¿Y para esto nos hemos hecho monárquicos?'. No ha de tardar mucho la explosión de estas ambiciones hasta cierto punto legítimas.. A esto dicen los de la Unión Liberal: 'Sin nosotros estaríais aún en la emigración, cantando las letanías ojalateras..'». En este punto pasó junto a ellos un joven regordete, con gafas, afeitado totalmente el rostro.. Gauna, que no le conocía, le tomó por un profesor de latín o por un clérigo humanista que ahorcado había las negras hopalandas. Tocó en el brazo a Cánovas; este alargó el suyo, le enganchó de la mano, le trajo al grupo y con afecto le presentó al de Gauna: «Mi amigo muy querido, Cristino Martos, Vicepresidente, gran orador y demócrata de la congregación de la paciencia».

-Ya sabes, Antonio -replicó Martos con gracejo, después de los cumplidos-, que no soy impaciente. Los que fabricamos el porvenir sabemos esperar.

-¿Y qué dices de los nuevos ministros?

-Que no traen más que una muda de ropa política.. como quien viene para pocos días.. Abur. Me llama el Presidente.

Corrió a la Mesa, donde Rivero le soltó el trasto de presidir, la campanilla. Los tres del grupo quedaron riendo del gracioso dicho de Martos, y luego don Luis indicó a Cánovas que tenía mucho y bueno que contarle referente a los planes y conjuras carlistas. Desde que se puso en contacto con su entrañable amigo, contaminándose de las ideas del talentudo malagueño, contábale a este todo lo favorable (p.8013) a la Causa, y con más gusto quizás todo lo adverso. Aquella tarde llevaba Gauna un buen puñado de substanciosas y verídicas noticias; pero como no había tiempo para transmitirlas, propuso a D. Antonio que comieran juntos. «Convidados estamos María y yo para esta noche por la Villares de Tajo.. y en nombre suyo te digo que ella y nosotros tendremos muchísimo gusto en que tú y el amigo Iranzo seáis de los nuestros, para decirlo a la francesa». Aceptaron.

Vivía la Villares de Tajo en el novísimo barrio de Salamanca, ampliación de Madrid según la norma de las grandes ciudades europeas. Del plan ideado y a medio ejecutar por el atrevido negociante, resultaba partido el escudo de esta cortesana Villa: con todo lo viejo se quedaba el oso heráldico, y lo nuevo poníase bajo la jurisdicción del madroño. En los días de mi cuento, gran parte de la nueva Madrid avanzaba en su construcción, un poquito a la ligera, y se extendía desde el terreno próximo a la antigua Plaza de Toros, por detrás de la Veterinaria y Casa de la Moneda, hacia los altos que dominan la Fuente Castellana. Por el Este quería invadir los improvisados Campos Elíseos y los tejares y paradores que afeaban los aledaños de la capital. Las dos primeras manzanas de casas, levantadas hacia el 68, respondían al genial pensamiento de Salamanca. En su interior tenían un gran patio común ajardinado, que les daba luz y aire; sus habitantes gozaban de doble fachada y no padecían la insana obscuridad de los interiores del viejo caserío.

El espíritu progresivo de Eufrasia fue de los primeros en admitir la innovación. Una de las casas de la segunda manzana, con entrada por Jorge Juan y disfrute de las luces del patio, fue adquirida por la ilustre dama, que se instaló en ella poco después de la Revolución de Septiembre. Falta decir, como última pincelada en el boceto del barrio flamante, que a la calle principal se dio primero el nombre exótico de Boulevard Narváez. La Revolución, con el criterio patriótico infantil de aquellos días, borró el Narváez para poner Serrano, y el instinto académico (p.8014) del pueblo condenó a muerte la primera parte del rótulo, pues no es necesario que las calles se llamen bulevares para ser aireadas, amplias y alegres.. La comunicación entre el barrio y la vieja Villa era de lo más primitivo, conforme a la mezquindad y lentitud de la existencia urbana. Llevaba y traía gente un solo ómnibus con imperial, y cabida para veinte personas a lo sumo. El cobrador anunciaba las salidas con un cuerno o trompetilla, y a los clamores de esta acudían señoras y caballeros al estribo por donde trepaban al interior, o a la escalerilla de la imperial. A muchos parecía este sistema de locomoción interurbana un portento de actividad y europeísmo.

Volvió a su casa la Villares de Tajo, acompañada de su amiga María Erro, antes que terminase la sesión, que fue bastante aburrida, como una comedia moral del viejo molde. Encontró tarjeta de la Subijana, que por segunda vez a visitarla iba. Supo al propio tiempo que también había estado la señorita Céfora. La visita de la titulada sobrina era ya la tercera, y en ninguna de las tres llevó compañía de señora ni criada. Bastó la simple mención de estas personas para que María Erro, encendida en curiosidad, pidiese a su amiga información acerca de ellas. Como viuda de un Socobio, Eufrasia seguramente las conocería.

Declaró, en efecto, la Villares de Tajo que a Carolina trataba, y que de ella no podía decir nada malo. Era viuda de un don Miguel de Nanclares, caballerizo de don Carlos, por gracia de este, Marqués de Subijana. A la terminación de la guerra, quedó el matrimonio en situación precaria, y huyendo de molestias y ahogos fue a parar a los Estados Pontificios. «Don Miguel y Carolina desaparecieron, pues, de Álava, y en más de veinte años apenas se ha tenido de ellos noticia. Muerto el marido en Roma, volvió Carolina con Céfora, hará de esto dos años.. Entre paréntesis, esa joven no es tal sobrina: ya lo explicaré. Volvió, digo, muy mal de ropa y de dinero, y se consagró asiduamente a reclamar del Estado las salinas de Añana, fundándose en el derecho que le había (p.8015) transmitido su tío paterno don Indalecio de Lecuona, fallecido en Miranda de Ebro el 66.. Según parece, ha ganado el pleito, y ya está remediada de su estrechez. Yo me alegro mucho: la he felicitado de todo corazón. Carolina es mujer de talento. No tenga usted reparo en tratarla.. A la inteligencia une la distinción, la bondad.. Y hablemos ahora de la falsa sobrina, que bien merece capítulo aparte, porque esa sí que es historia interesante de las que parecen novela. Carolina tuvo y tiene gran empeño en entapujarla. Con esto ha dado lugar a que la gente lance a la circulación mil cuentos extravagantes: que Céfora es hija de Montemolín, que nació de una princesa de Módena.. Algunos van más allá, y han lanzado a la maledicencia el nombre del Papa.. ¡Qué aberración! Yo soy quizás la única persona que sabe la verdad, y no vacilo en contarla para que se entere todo el mundo. No hay desdoro para nadie en referir una verdad que corta el vuelo a las mentiras.. Amiga mía, tenemos tiempo de charlar un poco antes que lleguen mis convidados. Déjeme usted dar algunas órdenes.. cinco minutos no más.. y luego contaré..».

 

Ep-41-XVIII -

»Vivía yo en Roma el 47 cuando allí ocurrió lo que voy a contar -dijo Eufrasia-, y pude enterarme del suceso por mi conocimiento directo con personas que en él hubieron de intervenir.. Céfora es hija de don Miguel de Nanclares, esposo de Carolina. La tuvo de una hermosa muchacha judía, llamada Mesooda, de familia pobre del Gheto. Cómo se las arregló el don Miguel para enamorar y seducir a esa Mesooda, es cosa que no sé, ni hace falta este dato para la historia. Lo indudable es que, nacida la chiquilla, la dieron a criar a una buena mujer de un pueblecito cercano. Allá iba don Miguel a verla, y en una de estas visitas a la aldea, el caballero y el ama de la niña discurrieron que debían bautizarla. Les pareció que era un crimen dejar que la tierna criaturita se perdiera para Dios.. Trajéronla a Roma, y en la Minerva, ya recordará usted, una hermosa iglesia próxima al Panteón, recibió la hija de Nanclares el agua (p.8016) bautismal el 9 de Febrero, y le dieron el nombre de Nicéfora por el santo de aquel día. Mi marido estuvo presente, y contribuyó a la solemnidad del acto.. Pues no quiero decir a usted la que se armó en cuanto pudo enterarse la madre, una rubita de traza ideal, del tipo de Ruth.. me parece que la estoy mirando.. ¡Y que era una fierecilla la tal Mesooda!.. Por milagro se salvó Subijana de que le arrojara al rostro un cantarillo de aceite hirviendo..».

-Es un caso semejante al del niño Mortara, que tanto ha dado que hablar -dijo la oyente-. Aunque en verdad hay diferencia, pues aquí el padre era católico.

-Cierto.. y tan furibundo católico como ferviente libertino. No ha visto usted un hombre más extremado en la devoción de las faldas.. Carolina tuvo que suprimir el servicio de criadas. Don Miguel las hacía suyas de la mañana a la noche, y fuera de casa andaba en liviandades con señoras, si alguna le caía por delante, con loretas y hasta con monjas.. ¡Y muy católico me soy! ¡Y ay del que en su presencia dijese alguna herejía leve! Había usted de oírle ensalzando la moral cristiana, y refiriéndonos milagritos de santos y vírgenes. Era una risa.. Pues, señor, el Gheto se alborotó con escándalo.. Pero Pío IX, Rey absoluto de Roma, dijo que la niña Céfora había entrado en la grey cristiana, y punto final. Mesooda no volvió a ver a su hija; no le quedó más derecho que el del pataleo y las maldiciones: en el maldecir son terribles los judíos.

»Viene ahora otra faz del asunto, y es el furor de Carolina, que también maldecía, aunque en estilo cristiano: acudió a la Rota, quería divorcio, separación de cuerpos. En todos aquellos líos intervinimos mi marido y yo, queriendo poner paz en el matrimonio.. Al fin logramos echarle un zurcido; pero de aquellas luchas quedamos la Subijana y yo enemistadas. Aquí en Madrid, hace cuatro días, hemos hecho las paces.. La historia que refiero se iba volviendo cómica, ferozmente cómica. A los dos días de reconciliarse Carolina y su esposo, ¿sabe usted lo que hizo el arrepentido don Miguel? Pues después de pasar la (p.8017) noche velando al Santísimo Sacramento, por la mañanita, con la fresca, se escapó a Frascati con una bailarina del teatro de Apolo.

-¿Y Céfora?

-A ella voy. Ya grandecita la pusieron en un convento de Ursulinas.. De esto hablo por referencia, pues ya no estaba yo en Roma. Sé que murió el Marqués de Subijana, y que su mujer, dando pruebas de excelente corazón, cuidó de la desgraciada niña. Sé que ambas vivieron algún tiempo en Pau, y que al volver a España la presentaba como sobrina.. Mucho tiempo estuve sin saber de ella, hasta que un día, no hace de esto dos semanas, me anuncian la visita de una joven, y sola.. Una joven que viene sin compañía es siempre sospechosa. «Pues que pase..». Entra aquí y hace su presentación con encantadora sencillez: «Soy Céfora». La verdad, me fue muy simpática. Su figura delicada, su ademán humilde hablaban en su favor. Las primeras palabras que pronunció fueron para excusarse de venir sola. Por impulso propio imitaba a las señoritas extranjeras, que no necesitan rodrigón para andar por la calle.. Esta gallardía me agradaba; pero empecé a recelar cuando con cierto temblor de voz me suplicó que a Carolina no hablase de su visita, rematando el ruego con esta frase: «Vengo sin que mi tía sepa que doy este paso». El paso, no tardó en decirlo, era que sentía vocación religiosa muy viva y ardiente; que, anhelando ser monja, me pedía mi protección para encontrar convento en que meterse; deseaba una Orden muy estrecha. Acabó soltándome a boca de jarro un texto de San Agustín: «Mucho me cansa, Señor, esta vida, y me angustia esta prolija y triste peregrinación».

-Estas que a los veinte años se cansan de la prolija peregrinación -dijo María Erro-, me dan a mí muy mala espina.

-Y a mí.. Siguió hablando la joven.. Yo encantada de oírla. Tiene talento, mejor dicho, imaginación viva.. ha leído.. Pero, con todo su ingenio, no acabó de convencerme. Me pareció el primer día una cabeza dislocada, y en su segunda visita confirmé esta opinión.. Yo sabía que ese loquinario de (p.8018) Urríes le hace el amor. De esto le hablé, y ella, sin perder su serenidad, respondió que Urríes la persigue; pero que no logrará cogerla en sus garras. A propósito de esto, me disparó otro párrafo de San Agustín de que ahora no me acuerdo, santas palabras que venían muy a pelo.. La verdad, he sacado en limpio que esta criatura, híbrida de judaísmo y cristianismo, es un ser bastante complejo. No hay claridad en ella. En sus ojos azules noto un estremecimiento de luces que marea.. Yo me entretengo a veces en estudiar la mirada humana, y en la de Céfora he visto algo del suicida que mide la hondura del despeñadero en el momento de arrojarse.. Esta es de las que se precipitan en el monjío como quien se arroja a una sima cuyo fondo apenas se ve.. Pero ya hemos de poner punto a nuestra conversación.. Ya están ahí: oigo la voz de Cánovas.. Después vendrán Urríes y Juanito Valera.

La presencia de los tres convidados trajo a los salones de Eufrasia la dulce amenidad, el parloteo festivo con toques irónicos, que son la orgía de las personas formales. ¡A comer se ha dicho, y a referir, comiendo, anécdotas y sucesos del mundo vigente, cosas amables, gustosas y picantes! Allí se realizaba lo que expresó Cánovas en un dicho ingenioso, como todos los suyos: «¿Qué hacen usted y sus tres amigos en las Constituyentes?..». Y él respondió: «Esperamos, y esperando hacemos la Historia de España». Pues la mesa de Eufrasia fue aquella noche un taller de Historia con sólo las referencias que allí se hicieron de sucesos privados. En algunos de estos se veía pronto la relación con la vida pública; en otros, la misteriosa tangencia de lo individual y lo sintético no aparecía bien clara, y sólo era visible para las mujeres, que saben encontrar el parentesco de la Gaceta con las costumbres.

Don Juan Antonio Iranzo llevó su lote de anecdotismo particular a la general leyenda hispánica. En él todo era extraño, incongruente. Hombre de origen humildísimo, formaba en el grupo conservador y aristocrático de Cánovas, y precisamente por esto resultaba tan española (p.8019) su figura. En España es un hecho constante la realidad de lo contrario, o que cosas y personas actúen al revés de sí mismas. El diputado por Teruel era un sesentón, alto y enjuto, de rostro huesudo, cenceño y totalmente afeitado. Creyérase que días antes había cambiado el calzón corto ceñido, el chaleco de pana y el pañizuelo en la cabeza, empaque muy noble ciertamente, por la levita y demás prendas, que no caracterizan a nadie y a todos nivelan en la desairada vulgaridad.. Lo que realmente a don Juan Antonio caracterizaba era que, en su alta posición de hombre político adinerado, no sentía vergüenza ni resquemor de su origen plebeyo; antes bien siempre fue su mayor gusto referir cómo subió la cuesta social desde la humildad pobre a la cumbre en que a la sazón se veía. Deseaba Eufrasia que sus amigos los Gaunas oyesen de boca del propio caballero la historia de su vida portentosa. No se hizo de rogar Iranzo. La sorpresa de sus oyentes le hacía feliz; refiriendo la verdad escueta, gozaba tanto como los histriones que declaman el ingenioso embuste.

«Es cierto lo que Eufrasia dice. No me avergüenzo de mirar desde arriba la llaneza de donde vine.. y bien puede uno alegrarse de haber subido cuesta tan empinada.. Pero si me alegro, no me alabo de ello, porque, mirándome bien, veo que no he llegado por mi propio esfuerzo a donde estoy.. Claro que mi constante trabajo ha tenido alguna parte en los bienes que disfruto; pero la parte mayor pertenece a la suerte.. Debo lo que soy a un milagro.. no se asombren, a un verdadero milagro, como van a ver.. Yo fui criado de los Duques de San Lorenzo.. criado.. doy a las cosas su nombre.. no vale disfrazar el nombre de las cosas. Criado fui, y a mucha honra.. Los señores Duques me querían, porque yo era fiel y puntual en el servicio, y muy afecto a la casa. Doncella de la señora Duquesa era una joven de quien me enamoré.. Juntos servíamos.. entramos en relaciones, resolvimos casarnos. Los amos veían con buenos ojos nuestros amores honestísimos.. Pero aunque mi novia y yo (p.8020) teníamos algunos ahorrillos, el casorio nos lanzaba a los azares de la vida con pocos elementos para la lucha. ¿Cómo se remediaba esto? Pues la solución más sencilla era que los señores Duques, al salir yo de su casa, me consiguieran un destino. En mis ratos de descanso, entreteníame en pensar qué empleo, arreglado a mis cortos conocimientos, me convendría más.. ¿Portero en algún Ministerio, en el Congreso, en Palacio, guarda en Sitios Reales?.. A fuerza de cavilar, me decidí al fin por algo que halagaba mis gustos; yo veía con admiración a los cobradores que andan por Madrid llevando al hombro un saco de plata o calderilla.. Aquel empleo colmaba mis ambiciones. Cobrador te vean mis ojos, que capitalista como tenerlo en la mano».

Con ojos y oídos atendían todos al buen Iranzo, y en cada pausa celebraban la ingenuidad y gracia del autobiógrafo. Este prosiguió: «Escogida la ocupación que había de sustentarnos, dije a mi novia que a la señora Duquesa manifestara mis cortas ambiciones, y ya descansamos de todo afán, pensando en apresurar la boda, pues la Duquesa pronunció el estad tranquilos: corre de mi cuenta.. Y así fue: la ilustre señora no se anduvo en chiquitas, y acudió, no al Director ni al Ministro, sino a la propia Reina Gobernadora doña María Cristina, con quien tenía entrañable amistad. No sé si llevó de memoria la petición, o en el mismo papelito en que yo la escribí para mayor claridad. Ello fue que Su Majestad repitió el sacramental estate tranquila, etc.. y deseosa de servir, tiró de pluma y pidió al Ministro la plaza para mí..».

-¿Y el milagro?

-El milagro fue que al escribir.. ¡cómo tendría su cabeza la buena señora!.. se equivocó, y en vez de poner Cobrador colegiado, fue y puso Agente colegiado.. (exclamaciones alegres de los oyentes) que es destino de fianza, destino de rendimientos grandes, como que los agentes autorizan las operaciones de Bolsa.. Total: que me casé, y a los dos días de ser marido de mi mujer, me dio la Duquesa el nombramiento. Lo leí.. quedé aterrado.. El primer impulso fue devolver la (p.8021) credencial, diciendo que aquello no era para mí, ni yo para cosa tan grande. Después me vino la idea de no precipitar los acontecimientos. Guardé mi papel.. Ocho días lo tuve en mi bolsillo, sin mostrarlo a nadie; ocho días de meditación sobre aquel caso inaudito.. Concluí diciéndome que cuando a Dios le da la gana de hacer un milagro, no debe el hombre meterse a corregirlo.. Dios me había hecho Agente de Bolsa y Cambios, colegiado.. Pues cúmplase su santa voluntad.. A los ocho días de dar vueltas en mi caletre al bendito milagro, me fui a ver a un amigo muy estimado, que en Bolsa operaba sin título: era listo, de riñón bien cubierto; yo le dije, mostrándole mi credencial: «Don Anselmo, mire lo que me han dado y no se encandile. De usted depende que yo me quede con este papel o lo devuelva». Y el hombre, abriendo el ojo, y dando un puñetazo en la mesa, me respondió: «¿Devolver? Eso es cobardía. Los valientes saben morir antes que devolver las armas que la patria les entrega». Nos arreglamos. Él cobraría la mitad de mis ganancias hasta reintegrarse con intereses la suma que adelantó para la fianza.. Trabajábamos juntos: operaba él; yo firmaba.. hasta que llegó un día en que pude soltar los andadores.. Para no cansar: a los cinco años de esto, ya tenía yo un capitalito ganado a pulso.. a los diez, el capitalito era capital.. a los veinte..

-No siga, don Juan Antonio -dijo Eufrasia riendo-; nos da usted una dentera horrible contándonos cómo crecían sus cosechas de dinero.

Iranzo terminó así su cuento de hadas: «Ya saben todos los presentes que es más fácil hinchar cincuenta mil duros que cincuenta mil reales.. El primer milagro, el verdadero, fue obra divina.. Yo hice después los míos, milagritos pequeños, de los que hace cualquiera con un poco de suerte, buen ojo para los números y buen olfato para las ocasiones».

-Lo que llamamos suerte -dijo Gauna- no es más que la proyección de nuestras cualidades y defectos. En lo que hemos oído, veo yo la acción de una voluntad poderosa. Don Juan Antonio, es usted un hombre extraordinario.

-¡Ah.. (p.8022) eso no!, un hombre de los más comunes, honrado y trabajador, un obrero que sabe hacerse su propia casa.. No me quejo de la vida, y bendigo mi estrella. A mayor abundamiento, también en mis dos matrimonios he sido afortunado. Mi mujer y yo vivimos en la mejor armonía. Disfrutamos de todo, y nos permitimos un poquito de vanidad. El Papa nos ha hecho Condes.. Ps.. esto gusta a las mujeres. En tiempo de la pobre doña Isabel, era moda ponerse un título para dorar la plata, y a veces la calderilla. Nosotros no habíamos de ser menos.

En el giro de los comentarios, Cánovas expresó esta idea tan ingeniosa como profunda: «Vea usted confirmado, Eufrasia, con el ejemplo de Iranzo, lo que dije ayer hablando con Manzanedo. No esperemos que de la antigua aristocracia salga la fuerza conservadora, inteligente y eficaz, que ha de salvar a esta sociedad. O no sale esta fuerza de ninguna parte y la Nación española se pierde sin remedio, o vendrá de estos hombres nacidos del pueblo y elevados a las altas posiciones por su agudeza y laboriosidad. Estos, estos son los fabricantes de fuerza. Vengan muchos Iranzos; vengan a robustecer el sentido conservador de la sociedad, que hoy vemos harto flaco y miserable».

Con sagaz criterio afirmó después don Antonio que España había de pasar fatalmente por graves disturbios, delirios y ensayos sangrientos. La política de los últimos años había producido, por errores de todos, una gran fuerza expansiva o revolucionaria. No era prudente ni práctico oponerse al empuje de esa enorme fuerza desencadenada. No había más remedio que dejarla correr hasta que por el continuo roce se gastara. «La fuerza nuestra es aún débil. Esperemos su crecimiento, que ha de venir por ley de Naturaleza.. Ya tenemos en nuestras catacumbas milicia, nobleza, damas elegantes, capitalistas.. Pero aún vendrán en número incalculable.. Nuestras catacumbas son doradas y cómodas: se está muy bien en ellas.. Podemos esperar».

Ya se ha dicho que las conversaciones de la calle y de las salas y comedores, (p.8023) con las anécdotas privadas y las vidas de hombres obscuros, colaboraban en la Historia de España. La vida de Iranzo era en esa Historia uno de los pasajes de mayor potencia documental. Los fabricantes de fuerza iban quitando el puesto a los guerreros y conquistadores. El pueblo, desnudo unas veces, vestido otras, hacía lo que antes hicieron reyes y tribunos. La plebe, transformada por la adquisición del dinero, escalaba las alturas y modelaba los ídolos monárquicos con un yeso que no había de fraguar ídolos para largo tiempo, pues ya no hay calor que endurezca la blanda masa de que están compuestos.. Y ahora seguiremos presentando anécdotas y sucedidos particulares que son fundamento de la Historia fraguada para medio siglo de Idolatría nacional; un remiendo, más bien chapuza, para tirar hasta 1919.

 

Ep-41-XIX -

Hablan ahora las damas. Eufrasia dijo: «Sólo en el carlismo veo yo un peligro imponente».

Y María Erro, que hasta entonces había permanecido taciturna, anunció un nuevo pasaje histórico: «Que cuente Luis lo que sabe acerca del carlismo, y ustedes dirán si debemos mirarlo como un serio peligro, o como un estorbo pasajero. Yo soy legitimista: mis apellidos traen acá los ecos de Oñate, de Estella, de Vergara. Pero no vive uno por vivir, sino por aprender. Seguiremos siendo carlistas platónicos mientras no se nos traiga una cosa mejor, o algo que sea nuestro ser trasplantado a la vida real. Así lo dice Luis; así lo digo yo, que ante todo soy católica, apostólica, romana».

La curiosidad de lo que el Marqués de Gauna había de contar no admitía espera. Apremiado por todos, don Luis cogió la palabra: «No es cuento, aunque lo parezca. Es, no diremos un hecho, pero sí un propósito que ha de traducirse en hechos reales. Me han traído noticias de Cabrera, y las tengo por tan verídicas como si yo las recogiera del propio don Ramón, mi querido amigo. Cabrera, sépanlo ustedes, acepta al fin la dirección del partido, que es como decir la dirección de la guerra. Cabrera se pone al frente de las muchedumbres carlistas, (p.8024) llevando a su lado al Rey hasta traerle a ocupar el Trono. Pero.. Aquí viene lo bueno. Cabrera será la espada de don Carlos, con la condición de que este acepte un programa liberal, franca y abiertamente liberal. Aquí tengo copia de las bases (saca un papelito que pasa a las manos de Cánovas) . Míralo, Antonio, y te convencerás: es copia exacta de las condiciones enviadas a Carlos VII.. programa liberal a la europea, pues de otro modo, la Causa sería recusada por el mundo entero: Constitución, Parlamento y libertad de imprenta; tolerancia religiosa, vivir a la moderna, dar de lado a frailes y clérigos, sujetando a la beatería con un Concordato inspirado en las ideas regalistas..».

-Basta, basta -dijo Cánovas con expresión victoriosa-. Si esto es verdad, y verdad será cuando tú lo dices, pon una losa sobre el carlismo, que ha muerto para siempre. ¿Rechaza don Carlos las condiciones de Cabrera y se lanza a la lucha con los elementos que ahora tiene? Pues será vencido, irremisiblemente vencido y destrozado. ¿Acepta el liberalismo que le ofrece el Conde de Morella? Pues pronto le abandonarán los elementos clericales, que son su fuerza, son el alambre que mantiene derecha esa estatua de barro.. Don Carlos, antes de disparar el primer tiro, tendrá que irse a su casa, porque el carlismo dejará de ser tal, y cambiando de ideas, ha de cambiar necesariamente de nombre: se llamará Alfonso XII.

Callaron todos, esperando más vivos comentarios. Y Cánovas siguió así: «Esto lo sabe Cabrera mejor que nadie. Me consta que lo sabe.. Por lo demás, esas condiciones diríanse ideadas con el fin de desengañar a don Carlos y abrir sus ojos a la realidad. Por ese medio Cabrera se quita de encima una mosca importuna, pues ni él está para salir a campaña, ni sus ideas son las que tuvo en 1838 y 1840. Vive en Inglaterra; está casado con una protestante, que es más fiera que él, y no puede ver ya en el carlismo más que una leyenda para solaz de inválidos de las clases militar y eclesiástica».

A poco de terminar Cánovas, y cuando acababan de tomar café, fue (p.8025) anunciado Urríes. Pasaron los comensales al salón, donde no había más visitante que el diputado andaluz, con quien Eufrasia y sus amigos empalmaron la hebra de su charla política. «¿Qué noticias nos trae, Juanito? ¿Sigue en alza el papel Montpensier?.. Díganos antes: ¿cómo es que no viene con usted esta noche Juanito Valera?».

-Está en casa del Duque de Rivas, donde habrá lectura de una colección de elegías. Juan quería llevarme; pero como esto de las elegías entiendo que es cosa triste y funeraria, he preferido brillar por mi ausencia.. En cuanto al papel Montpensier, tengo el sentimiento de declarar que hay tendencias a la baja.

-¡Ah, Juanito! Ya me lo figuré en cuanto le vi a usted. Nos trae esta noche una cara terriblemente elegíaca. Vamos a ver: ¿qué ha resultado de la reunión masónica en el Escorial? ¿Fueron los amigos de Prim y de Sagasta? ¿Consiguió este hacerles entrar por el aro? Ea, no nos venga usted ahora con reservas y tapujitos. Descúbranos el lindo pastel.

-Como el pastel se nos ha quemado, todo lo diré, sin ocultar nombres.. El primero, nuestro espléndido anfitrión Abascal, Intendente, o cosa así, del Real Patrimonio; después Sagasta, que era el llamado a recomendar al Progreso el papel Montpensier; seguía la reata.. Vaya usted contando: Figuerola, Llano y Persi, Moreno Benítez, Juan Manuel Martínez, Venancio González, Ricardo Muñiz, Bonifacio de Blas, Carratalá y este cura.. Me parece que no se me olvida ninguno.

-Pues han sido ustedes trece. ¡Fatalidad!

-Dispénseme, Eufrasia. Mala cuenta hace usted. Éramos once. Y este número debe ser más fatídico que el trece, porque el final de la reunión hizo competencia al rosario de la aurora.. Sagasta desempeñó su papel con brevedad. Su argumento fue de los que no admiten réplica: «Señores, no discuto la valía del Duque. Sólo afirmo que ha venido a ser el único candidato viable. No hay otro. Todos los intentos han fracasado. El que de ustedes crea posible mejor solución, dígalo pronto. Yo sólo añadiré que cada mes, cada día de (p.8026) interinidad, es un gravísimo peligro para la Patria. No patrocino a Montpensier; expongo la urgente necesidad de tener un Rey. Don Fernando de Portugal se niega en absoluto.. en el Duque de Génova no hay que pensar.. ¿Qué hacemos? Quiero saber la opinión de mis queridos amigos».

»Y la supo; la oyó bien clara y terminante, contraria resueltamente a la propuesta o consulta del Ministro de la Gobernación. Cada cual según su temperamento, unos con suavidad, otros con energía, alguno con fiereza, todos se interpusieron entre la Corona de España y la cabeza del cuñado de Isabel II. Antes la Interinidad indefinida; antes el desgobierno, el motín crónico, el diluvio. No sólo era cuestión política, sino cuestión moral. Yo me permití decirles que estaban obcecados, que estaban locos. Pero si de Sagasta no hicieron caso, ¿qué caso habían de hacerme a mí?

«¡Delicioso fracaso, Juanito! -dijo Eufrasia gozosa-. ¡Ay, qué alegría! Siga, siga».

-Nada más diré de un asunto que recuerdo con pena. Huyo de él como los cómicos escapan del teatro en que les han arreado una silba. Pero algo más, de un orden enteramente distinto, hubo en la reunión. ¿Lo cuento? Allá va. El bueno de Abascal quiso prepararnos una sorpresa.. más que grata, emocionante, patética; un espectáculo que ha dejado en los que lo presenciamos recuerdo indeleble. Fue, por decirlo así, el número más hermoso y dramático del programa, el único éxito brillante, magnífico, de la excursión, jira, o como quiera llamársela.

Expectación ansiosa del público: «¿Qué ha sido, Juanito? ¿Qué ha visto? Dígalo pronto».

-Lo que yo he visto -afirmó Urríes pavoneándose-, ninguno de los que me oyen lo vio jamás, ni probablemente lo verá.. Convengamos en que Abascal no tiene precio como empresario de espectáculos de gran novedad, ni como anfitrión que sabe obsequiar a sus convidados. Pues, señor.. bajamos al Panteón, y allí nos encerramos con algunos albañiles y aparejadores. A cada uno de nosotros se dio una vela de cera encendida.. Vimos al costado derecho del altar, en la (p.8027) primera fila de nichos, un andamio portátil, bastante sólido. Era el aparato que allí se emplea para dar sepultura a los Reyes o Reinas. Subieron los aparejadores. Sacaron la urna más alta, tirando de ella como se tira del cajón de una cómoda.. Una vez la urna en el andamio, levantaron la pesada losa de mármol que la cubre, y quedó descubierto el cuerpo del emperador Carlos V.. Subimos todos a verlo..

-¡Escándalo, profanación! -exclamó Cánovas con súbito estallido de ira-. Esto no puede tolerarse.. Esos hombres nada respetan. ¿Qué sentimiento monárquico ha de haber en esas almas groseras y prosaicas, insensibles a la grandeza de una tumba gloriosa?.. Siga, Juanito.. ¿Y qué vieron?, ¿en qué estado se halla el cadáver del César?

-Está momificado, y en admirable conservación. Enormemente nos impresionó ver el rostro y cuerpo del Emperador. Quedamos todos suspensos, y en los primeros instantes no se oyó el menor murmullo. Conteníamos la respiración; nos paralizaba un respeto religioso.. Creíamos ver la Historia que volvía.. no sé decirlo.. el pasado que se nos ponía delante.. tampoco acierto a expresarlo. Tiene el César la nariz casi destruida; los ojos como huecos profundos; inalterable la quijada saliente, y en perfecta conservación el pelo entrecano de la barba. Para mí resultaba como si la cabeza del retrato de Ticiano, que está en el Museo, fuera sacada de un desván donde las cucarachas hubieran hecho algún estrago, dejando el parecido.. Las piernas, de rodillas abajo, son esqueléticas.. La gota en vida le trató peor que las cucarachas en muerte.

-¿Y qué ropa viste..?

-Sólo un gran manto de tisú blanco, en que está envuelto todo el cuerpo; en la cabeza un capacete o gorro de la misma tela. La conservación de esta es admirable.

-Manteo de brocado de Cambray, tejido con seda y tirado de plata -dijo Cánovas-. ¿Y no tenía alguna insignia del Toisón?

-Nada. Ni collar, ni borrego, ni cruz, ni ningún objeto de metal vimos.. Después de contemplar un rato lo que queda del hombre más poderoso de su tiempo, se (p.8028) volvió a poner en su sitio con muchísimo respeto la losa o cobertera; los aparejadores empujaron la urna hacia el interior del nicho, y todo quedó conforme estaba.

Los comentarios y apreciaciones de la irreverente travesura fueron muchos y poco lisonjeros para los progresistas.

CÁNOVAS.- ¡Y esta gente anda buscando un Rey!.. Los que no respetan la Monarquía en su representación personal más alta, quieren que venga un Príncipe extranjero a compartir con ellos la frivolidad de esta generación. Yo aseguro, desde ahora, y lo digo muy alto; yo aseguro que ningún Rey traído de fuera dormirá en las urnas del Escorial.

URRÍES.- (aparte de Gauna) . Con furia lo ha tomado este señor. No he querido contar las tonterías que en presencia de la momia se dijeron. No sé quién hizo esta frase: «De mal agüero es tu exhumación, amigo Carlos V. ¿Significará que vendréis otra vez los austriacos a jeringarnos?».

EUFRASIA.- Compadezco al que venga. Deseo la ruina y el fracaso más horrible a los empresarios de la traída de Rey.

URRÍES.- (alto) . Por Dios, don Antonio, no se incomode, y sobre todo, guárdeme el secreto. Se me olvidó decir que nos juramentamos para no contar a nadie lo que hicimos. Si se sabe, que no se sepa por mí.. Verdaderamente, debí callarlo; pero el afán de referir algo extraordinario ha podido más que mi discreción.. Ruego a todos que no me comprometan.

Diósele promesa de secreto, y la presencia de otros amigos de la casa generalizó y desgranó la conversación. Don Manuel Orovio, apenas puso el pie en la sala, acometió fieramente a Cánovas con apreciaciones políticas, de una seriedad aterradora. Más que con su seriedad, deslumbraba el ex-Ministro de Isabel II con sus chalecos, que en el último tercio del siglo XIX suministraron a las gacetillas abundante materia pintoresca. Era un buen señor, tan probo como reaccionario, bastante sagaz en los días subsiguientes a la Revolución para ver en Cánovas el hombre del porvenir. A él se adhería mentalmente, poniendo al servicio del maestro todo lo que podía darle: su (p.8029) honradez, su experiencia de covachuelista y su ardiente devoción borbónica.

Las diez y media serían cuando se despidió Iranzo. Era hombre de una sociabilidad tan intensa como rutinaria, y en aquellos días no se retiraba sin pasar por el salón y tertulia de la Duquesa de la Torre. Esta fidelidad a una casa en que predominaban ideas tan contrarias a las del buen amigo de Cánovas, se explica o por la atracción de los elementos opuestos, o por la simpatía personal, que España suele relegar las ideas a un lugar secundario. Por esto, diluidas en el ambiente cortesano, acción y reacción han sido siempre tan benignas.. Al ver salir a Iranzo, la de Campo Fresco, que poco antes había entrado, dijo a la moruna (viejo mote de Eufrasia) : «Siempre que veo a este hombre, ¡ay!, me le represento alzando la cortina para darme paso al salón de la San Lorenzo.. Créame usted: si atontado está el mundo, es de las vueltas que da».

Llegó Carriquiri, un viejo amable, viviente archivo de su siglo; poco después el Conde de Toreno, joven con aire de bebé, coloradote y con barbas rubias, el más inteligente y lucido quizás de la nueva hornada reaccionaria; comparecieron después Cárdenas, Jove y Hevia y otros. Hablando pestes del Gobierno de la Revolución y zarandeando los candidatos al Trono, pasaban dulcemente las horas. Urríes se retiró después de las doce, y se fue a la indispensable escala en la tertulia de la Duquesa de la Torre, que aún respondía en la Inspección de Milicias. Allí vio a Ortiz de Pinedo, con quien se entretuvo un rato en maldecir la Interinidad. Un General ilustre, Ros de Olano, comentando los apuros de la España sin Rey, hizo una indicación, que no comprendieron los que con risas la celebraron, viendo el chiste y no la profunda filosofía histórica que entrañaba. «No hemos caído en la cuenta -dijo- de que lo más lógico es traer un Rey árabe, y que no debemos buscarlo en las reinantes familias europeas, sino en los harenes africanos.. Árabe y musulmán debe ser nuestro Rey, aunque luego, para que ande por casa con (p.8030) desenvoltura, tengamos que cristianizarlo. Un Rey descendiente del amigo Mahoma será el que mejor nos entienda, nos baraje y nos meta en cintura. Decidámonos, y traigamos un Abderramán, a quien llamaremos califa. Alá es grande.. Con tal caudillo no tardaremos en apropiarnos toda la costa septentrional de África..». Esta idea no era para reída, sino para pensada.

Retirose Urríes a su casa, donde estuvo unos días en preparativos de viaje, lo que no era tarea liviana, por el inmenso bagaje de sus pensamientos, unos que irían con él al Norte, otros que había de dejar en Madrid, y algunos que debieran ser expedidos a la tierra de María Santísima. Provenía la confusión del caballero de su desordenado y voluble deporte amoroso, pues como quien se ejercita en la circense habilidad que llaman juegos icarios, jugaba con varios corazones como si fueran platos o palillos, tirándolos al aire para recogerlos y relanzarlos con diestra y limpia mano. El juego había de fallar alguna vez, y ello fue cuando el hermano de don Juan apareció en Madrid inopinadamente y le dijo:

«Ha llegado el momento de poner término a tus vacilaciones, y de decidirte por la solución que vengo indicándote desde el mes pasado. Nuestra casa necesita un apoyo. Tú debes darlo casándote con Mariana de Pedroche, que a su condición de propietaria de las mejores vegas de Montilla y Lucena, une las cualidades de belleza y virtud. Acábense tus dudas. Sienta la cabeza, Juan; ya no eres un niño. Bastante tiempo te he dejado vivir a lo mozalbete. Ya llegó el día de llamarte al orden y decir: Hermano mío, te mando que seas Conde de Aldemuz».

 

Ep-41-XX -

Y animándose con el mutismo de su hermano, prosiguió Ben Alí: «Irás inmediatamente a La Guardia, y sin dilación desharás el equívoco que allí existe por tu gran imprevisión y ligereza. Mil veces te dije: Juan, no sueltes prenda, no hables de matrimonio, ni empeñes tu persona irreflexivamente. Por no hacerme caso te ves ahora obligado a dar explicaciones, a pedir que te dejen retirar (p.8031) promesas y palabras que un hombre discreto no debe dar nunca. Y al propio tiempo te encargo que procedas como caballero, que no olvides tu nombre y procures quedar bien con esa familia de Ibero, según entiendo, muy respetable. La cuestión es como de encerrona, y para sortear la salida necesitas de mucha flexibilidad y mano izquierda..».

Era el Conde Ben Alí un hombre feo, de esos en quienes la misma fealdad revela procedencia de padres hermosos. Sus ojos desmesurados y refulgentes eran como los faroles de un ferrocarril; las cejas dos tirajos curvos de paño negro; la distancia entre la nariz corta y la boca larga más grande de lo que marca el ideal helénico; la barba fuerte, espesísima, afeitada en los carrillos para que no invadiera las partes del rostro que, según ley estética, deben estar mondas de pelo; la color blanca dorada al sol; los dientes limpios, correctos y sanos. Su aspecto, en suma, comprendiendo cara y cuerpo, acomodábase al más arrogante tipo de bandido, y no había en ello incongruencia, pues rara vez vio y sufrió el pueblo español cacicón más audaz y despótico. Era el azote político, fiscal, judicial y administrativo de una comarca tan risueña como desdichada.

El ideal patriótico del Conde, fundamentado en su brutal egoísmo, no era otro que ver al bueno de Montpensier en el trono de España. Grande amigo del Duque, no dudaba que este le facultaría para extender y reforzar con apretados tornillos su feudal máquina de tortura.. Y por fin, las ambiciones de Ben Alí se redondeaban casando al hermano con la dama de Priego, Marquesa de Aldemuz, para que nuevos estados vinieran a la familia, y se constituyese el feudo en un considerable espacio rural.

Las amonestaciones severas del hermano mayor impresionaron a don Juan, que si bien ya estaba en la idea de cambiar de novia, su ligereza no le había permitido aún ver claramente la dificultad del paso. Pero había llegado el momento crítico de liquidación amorosa. El galán tenía que desenredar sus enredos y afrontar las consecuencias de su (p.8032) frivolidad. ¡Oh Fernanda grácil y seductora! ¡Cuán penoso era para tu accidental caballero sufrir la pena de dejarte libre y en disposición de admitir nuevo dueño, y al fin poseedor de tu excelsa hermosura!.. Menos mal que el tirano Ben Alí le mandaba a La Guardia por largo camino, pues dispuso que fuese antes a Barcelona con importantes órdenes y pliegos para un coronel de Artillería retirado, que en aquella gran ciudad dirigía secretamente la tramoya montpensierista.

Cuando el arrogante andaluz disponía sus bártulos para tomar el tren, supo que la Subijana y Céfora habían levantado el vuelo. Días antes, salió el pobre Romarate, custodiado por un sirviente de los Marqueses de Gauna, en el mismo tren que a estos condujo. Algo inquieto y sobresaltado, pudo creer el caballero que amigos y enemigos corrían hacia el Norte, imantados como él de un temor supersticioso, miedo a la verdad, al amor enojado y justiciero.

Partió el mismo día en que Prim modificó el Gabinete. La salida inevitable de Martín de Herrera, por su desatentada circular sobre la interpretación de los derechos individuales, y el decreto acerca del ingreso y ascenso en la carrera judicial, dieron al General ocasión de abrir la puerta grande a los demócratas. Quedó en Estado Silvela, pasó Ruiz Zorrilla a Gracia y Justicia, en Hacienda entró Ardanaz, en Fomento Echegaray, en Ultramar Becerra. Con estos últimos nombres en el cartel gubernativo refrescó Prim su política, y los demócratas conocieron la alegría del vivir: ya no eran simple adorno muerto, de azul y oro, en la vitela del libro de la Constitución..

El mayor, el único regocijo de Urríes al salir de Madrid por la vía de Zaragoza, fue ver la lozanía con que maduraban los frutos de la Interinidad. Como fanático de Montpensier, deseaba que en el cuerpo y extremidades de la Nación brotaran granos y pústulas, para que fuese menester acudir al heroico remedio. Gravísimas noticias traían el viento y el telégrafo, el correo y las públicas voces. España decía: «Estoy muy molesta con insufribles picazones en todo mi (p.8033) viejo corpacho. Por aquí me duele, por acullá me arde, por esta otra parte se me hincha la piel. Me salen carlistas por donde menos podía pensar, me salen federales por do más pecado había».

Por el camino repasaba Urríes en su mente el sin fin de manifestaciones eruptivas que infestaban a la Nación. Todo aquel sarpullido era por don Carlos y la Unidad Católica. Indudablemente el ejemplar más castizo y picaresco de aquellos brotes insurreccionales, fue el que la Historia designa con el epígrafe de El Cura de Alcabón. Era don Lucio Dueñas, según sus biógrafos, un clérigo chiquitín, casi enano, buen hombre en el fondo, pero tan fanático y cerril que perdía el sentido en cuanto el viento a sus orejas llevaba rumores de guerra carlista. Apenas se enteraba de que ateos y masones sacaban los pies de las alforjas, preparaba él las suyas llenándolas de víveres y cartuchos. Convocaba inmediatamente al vecindario del mísero pueblo de Alcabón, y entre mozos y viejos disponibles reclutaba una docena, o algo más, de gandules dispuestos a defender con su sangre y su vida la Unidad Católica y la Monarquía absoluta. Hecho esto y reunida su mesnada, que rara vez pasó de veinte hombres, echaba la llave a la iglesia, cogía la escopeta, enjaezaba su rocín flaco, y, ¡hala!, a pelear por Dios y por Carlos VII.

El campo de operaciones del minúsculo guerrillero tonsurado era la banda Sur de la provincia de Toledo. Pasaba el Tajo por donde podía; evitaba los pueblos grandes; en los pequeños entraba impetuoso, arengando a su gavilla; pedía raciones, cebada y pan o lo que hubiese; y si en alguna parte le atendían, daba recibo en papel encabezado con este membrete: Real Comandancia de Toledo. Su refugio y descanso buscaba en Menasalbas o en Guadalerzas. Era en verdad delicioso y romancesco el cleriguillo de Alcabón. Hacía poco o ningún daño; no fusilaba; valíase de los muchos amigos que en la comarca tenía para escabullirse de la Guardia civil; pedía y tomaba raciones; no despreciaba caballo cojo ni burro matalón, y aprovechando alguna (p.8034) coyuntura feliz arramblaba con los menguados fondos municipales. Como experto cazador de toda la vida, don Lucio conocía palmo a palmo el terreno. Alguna vez recalaba en la posesión de don Juan Prim, en Urda. El administrador, que era su amigo, le daba raciones y buen vino de las provistas bodegas del General. El jefe y los bigardos de la partida se apimplaban para hacer coraje, y luego salían por aquellos campos gritando como energúmenos: «¡Viva la Religión, viva la Virgen, viva don Carlos!». El exaltado cura, tan pequeñín que apenas se le veía sobre el jamelgo, se esforzaba en suplir su menguada estatura con la fiereza de sus gritos y la bizarría de sus actitudes.

Más temibles que el enano de Alcabón eran en la Mancha Sabariegos y Polo, cabecillas veteranos que asolaban el Campo de Calatrava. Los bárbaros que les seguían llegaron a formar cuadrillas imponentes, que so color de la Unidad Católica cometían mil desafueros. Estos granos o diviesos eran de más cuidado que los de tierra toledana, y mortificaban con punzadas dolorosas el tronco de la madre Iberia. Pero esta sufría en otras partes de su cuerpo enardecido múltiples tumores que en sanguinoso avispero se juntaban. Los párrocos y canónigos de Astorga, alzando pendones por la Monarquía absolutamente católica, se comprometieron a dar cada uno para la santa guerra un hombre armado o su equivalencia en dinero. Pronto se reunieron elementos tan silvestres como belicosos. Del Seminario salió un intrépido sacerdote y catedrático, el señor Cosgaya, que, organizada la evangélica partidita, se lanzó a las aventuras macabeas. Su hazaña primera fue matar a un pobre alcalde; después siguió de pueblo en pueblo racionando a sus hombres y caballos, y aliviando al Fisco de la cobranza de contribuciones.

Pero la cuadrilla más audaz y vandálica de la provincia de León, fue la que guerreaba bajo las banderas del heroico beneficiado de la Catedral, don Antonio Milla, de quien se dijo que era tan sutil teólogo como hábil estratégico. Asoló diferentes (p.8035) pueblos, dejando en Santa María de Ordax memoria perdurable, por los delitos que allí se perpetraron contra la vida, la hacienda y el pudor. Otro de estos Cides con puntas de bandoleros fue el ilustrado canónigo don Juan José Fernández, que no se quedó corto en los atropellos y depredaciones. En una provincia cercana, Palencia, salió Balanzátegui, no cura, sino soldado y de los más valientes, a quien perdió el necio delirio de imponer a tiros y sablazos la Unidad Católica y el Concilio de Trento. Su ciega y fanática intrepidez le perdió: fue pasado por las armas..

El divieso del Burgo de Osma fue García Eslava, que brotó y reventó entre aquel pueblo y Almazán. En tierra de Burgos aparecieron como abscesos infecciosos los afamados Hierros, que operaban con ruda valentía y eclesiástico fervor en la patria del Empecinado y en los términos de Aranda de Duero, Roa y Coruña del Conde.. En la provincia de Segovia, los facciosos dispersos se juntaban en Revenga bajo el garrote y bonete del capellán de Juarrillos, para correr al latrocinio de leñas, carbones, pan y cebada; en tierras de Madrid, el cabecilla Jara salía de Santa Cruz de la Zarza en busca de los pingües esquilmos de Aranjuez; desde Valdemorillo y Colmenarejo partían bandas de campeones de la Unidad Católica en persecución del Real Sitio, y amenazaban las preciosidades de la Casita de Abajo. Era, en fin, un levantamiento general y a la menuda, en la mayoría de los casos organizado y dirigido por indignos clérigos. Y estos bribones, que al verse perdidos se acogían al último indulto, volvían luego tranquilamente a sus parroquias, santuarios o catedrales, y sin que nadie les molestara continuaban ejerciendo su ministerio espiritual, y elevaban la Hostia con sus manos sacrílegas.

Y aún había más, mucho más que lo rápidamente contado, que fue repaso y enumeración en la mente de Urríes. Todo el mísero cuerpo de la Nación estaba invadido de la plaga. En el Maestrazgo, Valencia, Aragón y Cataluña, sufría España la terrible picazón. De aquella sarna que la obligaba a rascarse (p.8036) desesperadamente, brotaron los horribles tumores que la pusieron en tan asqueroso estado. Acudía el Gobierno con los emplastos emolientes del envío de columnas en persecución de los malhechores católicos, unitarios, absolutos o carlistas, que de mil modos se llamaban. Pero como era forzoso atacar un mal esporádico en tan distintas y distantes partes del enfermo, unas veces llegaba tarde el remedio, otras demasiado pronto, como pasó en Montealegre, cerca de Barcelona. Los conjurados se reunían por órdenes del cabecilla Larramendi, y conforme iban llegando al punto de cita, con arreos de cazadores, la columna del brigadier Casalis los cogía y tranquilamente los fusilaba. El único que pudo escapar fue Larramendi, que olió la quema y se puso en salvo.

De algunas de estas erupciones oyó hablar Urríes en el curso de su viaje; otras las supo en Barcelona, donde se detuvo pocos días para dar cumplimiento a la misión que llevaba. En el centro de propaganda y de irradiación activa que allí tenía el de Orleans, supo que los carlistas se llamaban a engaño y ya no daban juego. Mejor resultado se pensaba obtener de los federales, que ya en diferentes partes de Cataluña movían los secretos humores para salir a la epidermis nacional. El mal y su difusión aterradora provenían de la sangre viciada por el terrible virus de la Interinidad, y el enfermo llegaría pronto a la gangrena y la muerte si no le ingerían la droga interna, que era tragar al Duque. ¡Amarga pócima para España, que, rechazándola con signos negativos, se rascaba y se condolía, siempre risueña y grave, inmensamente noble y picaresca!

 

Ep-41-XXI -

De regreso a Zaragoza, continuando su viaje parabólico, tuvo Urríes un encuentro feliz y desagradable. Presuroso comía en la estación cuando se le apareció su amigo Tapia, derrengado, cojo y con un brazo en cabestrillo, el rostro de vieja tachonado de negros parches de tafetán. Con frase compungida y rápida, hizo historia de sus lastimosas averías, obra de unos desalmados facciosos de Balaguer. Como la brevedad de la parada (p.8037) no daba tiempo a largas explicaciones, limitose a decir que los carlistas que furiosamente le molieron los huesos eran de los de verdad; que el vapuleo fue desaforado y puso en peligro su existencia, y que huyendo de sus verdugos se vino a Lérida para curarse con árnica y quietud sus mataduras y contusiones. Dicho esto, pidió y obtuvo un auxilio de dinero.. Metiéndose en el tren a toda prisa, después de socorrer al amigo, don Juan le mandó que fuese a Barcelona a recibir nuevas órdenes.. Durmió en Zaragoza el caballero, y tempranito salió en el tren que va y viene por la margen derecha del Ebro, entre Zaragoza y Miranda.

A medida que avanzaba el vagabundo Urríes, espaciando sus miradas en los risueños campos o en la caudalosa corriente del magno río, tristeza y zozobra se metieron a la calladita en su alma; y cuando al caer de la tarde, pasando por Cenicero, vio los montes de La Guardia y Toloño iluminados por el sol poniente con tintas y tornasoles de nácar, don Juan se recogió en sí.. Como el sol doraba los montes, la imagen de Fernanda iluminó la mente del caballero, y en ella se reprodujo con singular viveza. La hermosura de la hija de Ibero, su gracia, su continente a la par modesto y noble, imitaban soberanamente la realidad.

En aquella hora de triste ocaso, propicia al examen interno, don Juan pensó que su inclinación a las livianas aventuras, por puro pasatiempo deportivo, y sus tratos con la Marquesa de Aldemuz, buscando una boda de conveniencia, le imposibilitaban en absoluto para pretender un hueco en el corazón de Fernanda. Pero contra la desazón que esta idea produjo en su alma, reaccionó el caballero al instante con sus arrogancias de libertino.. Cierto que Fernanda era mujer de extraordinaria valía.. mas no la única.. Otras había que.. Y por último, ¡qué demonio!, si él salía bien de la engorrosa obligación que le había impuesto su hermano, deshacer aquel impremeditado compromiso matrimonial, ¿no podía suceder que Fernanda siguiese amándole, que él..? Su buena estrella en lides de amor no (p.8038) había de abandonarle. Con tales pensamientos llegó a Miranda, y no sabiendo dónde residían a la sazón los señores de Ibero, corrió a la fonda en busca de un muchacho que allí servía, y que seguramente le sacaría de dudas. El mozo, natural de Páganos, hijo de un antiguo servidor de Castro-Amézaga, y muy afecto a la familia, le dijo que los señores habían pasado por Miranda dos días antes. Don Santiago y su señora, con el niño pequeño, estaban en Sobrón tomando las aguas; la señorita Fernanda, en Bergüenda con sus tíos doña Demetria y don Fernando.

Durmió Urríes en la fonda de Guinea, mejor será decir que se acostó, pasando en penoso desvelo toda la noche. Sus atormentadores eran: el mandato de su hermano, tan difícil de cumplir; la hermosura y bondad de Fernanda; la rígida entereza de Santiago Ibero. A la mañana siguiente, un buen coche de alquiler le llevó por la orilla izquierda del Ebro. Aunque iba con toda la atención en sus inquietudes, algo le quedaba para mirar el paisaje, que le pareció desolado y tristísimo. Detenido en Fontecha para pagar el portazgo, el corazón le dio avisos de mal recibimiento, augurios tristes.. Pero aún había que andar algo más. Adelante, pues.. Por fin paró el coche frente a un muro enverjado en su parte superior. Urríes oyó ¡ay!, la voz de Fernanda.. en el mismo instante vio su esbelta figura tras unas ramas de rosales floridos.. Charloteaba con unas muchachas. ¿Eran criadas o señoritas del pueblo?.. El caballero descendió junto a una puerta que no era entrada del jardinillo, sino de la casa, y esta tenía un aspecto austero, señoril y arcaico, con escusones, reloj de sol y una graciosa ventana plateresca. La primera que salió a recibir a don Juan fue Demetria; poco después apareció Fernanda. Fríos, pero de suprema ficción cortesana, fueron los saludos. En lo poco que habló Demetria descollaron estas dos frases, que hirieron particularmente la atención de Urríes.. «Mi esposo ha ido a Santa Gadea del Cid, a visitar a un amigo..». «Ahora, don Juan, hablará Fernanda con usted; después (p.8039) hablaré yo».

Dicho esto, salió la señora, y los novios quedaron solos frente a frente. Las miradas de uno y otro vagaban en el espacio intermedio como pájaros asustados que no saben a dónde volar.

¿Quién de los dos hablaría primero? El sentimiento que en el alma de Urríes hacía veces de dignidad, dijo a este que debía romper el silencio, y así lo hizo: «He venido acá, olvidándome de todos los equívocos que nos han trastornado, he venido a decirte, Fernanda, que..».

-Acaba. Cuando a mí me toque hablar, verás qué pronto despacho.

-A decirte que no he dejado de amarte; que mi corazón es y será siempre tuyo, cualquiera que sea la determinación.. a que me lleve.. mejor dicho, que me imponga mi Destino, un sino perverso.. fatalidad debo decir.. Ese nombre de fatalidad doy yo a mi familia.. Más fuerte que todo eso será mi amor.. más permanente la imagen tuya que llevo grabada en mi corazón.

-¿Y para qué quiero yo -dijo Fernanda con arrogante desdén-, para qué quiero un corazón que se contenta con llevarme grabada?.. ¡Qué risa! ¿De modo que yo me vuelvo imagen, y tu corazón un altarito en que dice misa otra mujer?

-No me has dejado concluir. Aguarda un poco. He dicho que te amaré mientras viva, Fernanda; que..

-¡No dices verdad!.. Podías dar a tus engaños otra forma, alegar razones: que has encontrado mujer más de tu gusto, que la conveniencia se sobrepone al cariño, o que el cariño es voluble, loco.. Podías en todo caso traerme la razón suprema, el no quiero, el no puede ser, que no dan lugar a más dimes y diretes. Juan, Juan, yo soy muy recta, y no admito disculpas estudiadas, ni volteretas del pensamiento.. Quiero el sí o el no, claros, redondos.. Tengo el alma bien dura.. dura para el sufrimiento.. Dura soy también para querer, cuando en el querer soy correspondida. ¿Me entiendes? Si he de estimarte, ya que quererte no pueda, ven a mí honradamente con tus disculpas; no me traigas las mentiras endulzadas y las perfidias que usáis en las Cortes..

-Allá se quedan las ficciones; aquí vengo a declarar (p.8040) inextinguible el amor que te tengo, Fernanda.

-Mentira, mentira -replicó la hija de Ibero, firme en su proceder rectilíneo. Era un alma enteriza. Desconocía las sutilezas de lenguaje que sirven para soslayar el pensamiento con adornadas curvas; no usaba nunca el lenguaje irónico ni las figuras tortuosas; en sus cariños como en sus antipatías jamás gastaba términos medios; no sabía poner sordinas ni apagadores en la ruda expresión de la verdad.

Repitió don Juan sus ditirambos amorosos. El niño que hay siempre dentro del calavera o libertino le sugería procedimientos muy elementales: arrojar sobre la mujer engañada flores bonitas y galanos requiebros. Creía que Fernanda era como las demás, y en esto se equivocó, poniéndose en el orden de los profesionales de amor más adocenados, conforme a la degeneración del tipo en el siglo XIX. La enamorada doncella se levantó, protestando del artificioso galanteo. Con empañada voz le dijo: «No te canses, Juan: tus flores me parecen flores de muertos.. flores de trapo. Llévalas a la rubia de Subijana, y en ella se volverán flores vivas, frescas, naturales. Bien cerca la tienes.. Ha sido ella más dichosa que yo. Pero no debemos quejarnos.. Al mundo venimos para eso, para que unos pierdan y otros ganen.. Yo he perdido..».

Saltó Urríes con una gallarda negativa.. Céfora no le interesaba. Era un conocimiento, no un compromiso. No era caso de amor, sino de piedad de una huérfana desvalida. Con un no hablemos más dicho con entereza, ahogando su pena hondísima, puso Fernanda punto en la conversación, y se dirigió a la puerta. Su andar y su gesto eran como si arrojara y pisoteara las flores contrahechas con que el galán quería reconquistarla. Y saliendo ya, dijo: «Todo lo tenemos hablado.. Lo que falta te lo dirá mi tía». Desapareció, y en el rato que estuvo solo, coordinó don Juan sus pensamientos, y analizó los de Fernanda. «Es muy particular -se dijo- que su celera y su enojo señalen exclusivamente a Céfora.. De Mariana ni una palabra. Sin duda hay aquí un equívoco que debo aprovechar».

No (p.8041) tuvo tiempo para más reflexiones. Entró Demetria, que deseando terminar pronto, evitaba toda prolijidad. «No puede usted figurarse, don Juan, el estrago que ha hecho en la familia, en nuestros corazones. Ya le queríamos a usted, ya le teníamos por nuestro.. Reconozca que su comportamiento no ha sido como esperábamos. La corrección no parece por ninguna parte. ¿Qué? ¿Se ofende de lo que le digo? Peor sería para usted que se lo dijera Santiago.. Ya, ya sé lo que usted me contestará.. que en la vida no se hace todo lo que se quiere; que cuando menos se piensa saltan obstáculos insuperables. Naturalmente, no es el corazón el que manda en todos los casos.. mandan los intereses..».

Por la primera brecha que Demetria le dejó libre, se coló Urríes con sus disculpas, comenzando por manifestar que su pena era de las que no admiten consuelo.. que amaba a la familia Ibero tanto como a la suya, y acabó declarando que, en efecto, existían obstáculos; pero que acerca de ellos no había dicho aún en su casa la última palabra. «Dispénseme, don Juan, si me permito desmentirle -replicó Demetria triste y obstinada-. La última palabra está dicha ya; los dos hermanos se han entendido; usted se casará con la dama de Priego.. Todo lo sabemos aquí; sólo está ignorante de ello la pobre Fernanda, a quien hemos ocultado la verdad para que su herida no sea tan dolorosa. Hemos tenido la desgracia de perderle a usted.. digo desgracia, porque para nosotros era felicidad contarle en nuestra familia. El Conde de Ben Alí, que según parece no admite oposición a su autoridad, ha sentenciado.. Es inútil que usted nos hable de su desconsuelo.. Creo en él; creo que usted no va con gusto en ese machito del casorio con la viuda.. Pero resígnese y háganos el favor de retirarse y de no volver por acá. Mi marido y mis hermanos Gracia y Santiago no apreciarían esta visita de usted como la aprecio yo..».

Quedó el caballero un tanto apabullado con estas severas y delicadas razones, a las que por el pronto no supo responder más que con declamaciones (p.8042) caballerescas, de las cuales tenía bien surtido repertorio. Y Demetria, visiblemente afectada, con lágrimas en la voz, ya que no en los ojos, le despidió con frases de intensa ternura: «¿Ha traído usted las cartas de Fernanda para entregárselas como es uso y costumbre en todo rompimiento de noviazgo? Porque ella tiene ya dispuestas las de usted en un paquetito. Y para que se vea si es inocente y angelical esa criatura.. esta mañana, hablándole yo de la obligación de devolver las cartas, me dijo: «Tía, ya las he reunido en un paquete; pero lo até con una cinta rosa, y estoy buscando una cinta negra para que lleven la expresión de muerte que es necesaria, indispensable».

Contagiado de la emoción de la dama, uno y otro en pie para la despedida, don Juan no quiso rematar la visita sin dar también su nota de ternura y delicadeza. «Yo he traído las cartas de ella; pero las dejé en Miranda.. El corazón se me rebelaba contra el trámite doloroso de rompimiento.. y me decía que esta visita no podía ser la última. ¿Me permite usted, señora, que me despida de Fernanda y solicite nueva entrevista para el cambio de esas que vienen a ser papeletas de defunción, signos de muerte, el corazón suyo y el mío devueltos, como lo que no fue poseído, sino prestado?».

-¡Ay, no!.. no puedo consentirle a usted nueva entrevista, caballero. Despídase usted de ella en forma vaga, sin afirmar ni negar que se ven por última vez.. De este modo la separación no será tan desoladora para ese ángel.. Véala usted en el jardín (acércanse a la ventana) .. Allí está regando los claveles con las dos muchachas que aquí le hacen compañía.. la una es sobrina del cura del pueblo; la otra es Boni, hija del que fue escudero de mi esposo y hoy el criado más antiguo de mi casa.. Es hermana de Sabas, un muchacho que sirve en la fonda de Miranda.. Observe usted a mi sobrina. ¡Qué bien disimula su pena! Ríe, y a ratos canta.. Mientras esté usted aquí, sabrá mantenerse entera y tragarse sus amarguras. Salga usted, baje, despídase con su habitual cortesía.. Yo no intervengo, no quiero (p.8043) intervenir; le dejo a usted solo, y fiada en su caballerosidad le veré desde aquí.. Después, nada.. Vuélvase a Madrid, y de la devolución mutua de cartas me encargo yo. Mándeme usted su paquete, las de ella; yo le enviaré después a Madrid, con un conductor del tren, hombre de toda confianza, el paquetito atado con cinta negra.. y requiescat in pace. Todo queda muerto y sepultado.. Pero los corazones revivirán.. Usted será feliz con su viudita opulenta, y a mi sobrina, que es mujer de grandísimo mérito, no le faltará un buen partido.. y también será feliz.. Yo soy un ejemplo de este revivir de los corazones, mejor dicho, mi marido es el ejemplo. Amaba locamente a otra, y yo me di mis trazas para ser su verdadero amor, el amor de toda su vida.

Descendió al jardín el caballero, y reuniose con Fernanda junto a un grupo de altos rosales. Los que fueron novios quedaron a distancia de las dos muchachas, en un sitio desde el cual podía verles Demetria. El taimado caballero, ducho en artes de amor, evocó en la mente todo su poder sugestivo y magnético.. En breves instantes y contadas palabras había de crear una nueva situación sobre las ruinas de la antigua. «Fernanda -le dijo poniéndose en el rostro la máscara patética que usaba en las críticas ocasiones-, no ates el paquete de tus cartas con cinta negra, por Dios te lo pido.. Lo negro es signo de muerte, y nuestros corazones quieren vivir, pese a quien pese. El paquete de tus cartas lo dejé en Miranda. Viene atado con cinta verde, que es color de esperanza. Lo que hoy parece rompimiento, no lo es.. Yo me sublevo contra tal absurdo, y para darte mis razones necesito una entrevista, solos los dos.. cerca de aquí, en el campo, donde tú digas».

-Eso no puede ser -replicó ella con temblor de voz, que de los labios a todo el cuerpo le corría-. Eso nunca. Hemos concluido para siempre.

-Piénsalo, vida mía, y no me empujes a la desesperación.

Con pérfido arte lo dijo, revistiéndose de una dramática gravedad que admirablemente realzaba sus ademanes varoniles. La inocente y crédula Fernanda se (p.8044) enganchó en la fina red arácnida de cazar moscas.

«La desesperada soy yo, Juan; yo, que.. Pero cuanto digamos ya es inútil. Vete pronto.. déjame. No volveremos a vernos.. ¿Pero qué has dicho?».

La pobre criatura vacilaba entre darse por muerta y recobrar nueva vida. El galán echó el resto, y con aparatosa ficción romántica que le agigantaba, dándole a los ojos de ella mayor gallardía y hermosura, se expresó así: «Concederme o negarme la entrevista, es como decidir que yo viva o que muera. Es tristísimo que no pueda yo contarte mis horribles penas. ¿Eres tú acaso más mala y más perversa que mi destino? Bien. ¿No quieres volver a verme? En ese caso, me sentencias a desaparecer del mundo».

-¡Oh, no! Juan, no.

-¿Concedes la entrevista?

-No puedo.

-Pues yo podré. Adiós, Fernanda. Me verás otra vez. Adiós.

Hizo las reverencias y figurado saludo de quien se despide con forma vaga, como había indicado la señora, y salió. Corriendo en su cochecillo hacia Miranda, el caballero no iba triste. En su alma aleteaba la ilusión de empalmar los pedazos rotos de su historia de amor. Pensando en ello, acariciaba este hilo de zurcir que ingenuamente había dejado caer Demetria: Boni, hermana de Sabas, el mozo que sirve en la fonda de Miranda..

 

Ep-41-XXII -

Con ardor empezó Urríes su trabajo apenas llegó a la estación; que en tales campañas no conocía la pereza ni dejaba perder los minutos. Con dinero y saliva conquistó fácilmente a Sabas, el cual no puso reparo a intervenir en el negocio, siempre y cuando no fuera para cosa mala. Muy adicto a la familia, y tan fiel como su padre y su hermana, no asintió a las proposiciones del caballero sin echar por delante sus escrúpulos: «¿Pero todo esto, don Juan, es para casarse?».

-Sí, hombre. ¿Pues para qué había de ser? ¿Por quién me has tomado?

Y con explicaciones enfáticas, de inventiva novelesca, le dejó en pleno convencimiento de que colaboraban en la paz de la familia. Sin perder tiempo, se puso el bueno de Sabas en comunicación con Boni.. Esta se encargaba de persuadir a la señorita. Todo a pedir de (p.8045) boca se arreglaría, porque el jardín de la casa de Bergüenda lindaba con otro enteramente abandonado y en poder de caracoles y babosas. La entrada era facilísima de noche, sin que nadie lo advirtiese. Tapia de poca altura separaba los dos jardines, y en ella podían hablar los novios, cada uno por su lado, sin aproximaciones ni tan siquiera cogerse las manos. Lo malo era que el perro guardián seguramente con sus ladridos daría la voz de alerta. ¿Cómo se arreglaba esto?

Y el buenazo de Sabas, rascándose la testa, halló al fin la solución y la manifestó con llaneza ruda. «Dejaivos de jardines con caracoles, y del perro y la tapia, y los incomenientes que pasan. ¿No saléis tú y la señorita a prima noche para irvos al rosario en la iglesia?.. Pues, coni, en vez de entrar en la iglesia, meteivos por el callejón que sale al juego de pelota y a las choperas del camino viejo, por onde no pasan ni las ánimas; que ya no andan ánimas dende que la Revolución quitó el Purgatorio.. Allí estaremos don Juan y yo, y allí pueden hablarse los novios.. que en media hora, coni, tiempo tienen de decir lo que quieran tocante a casamiento, y tú y yo apartadicos sin quitarles ojo, para que no haiga pegazón de personas una con otra, ni besos mismamente, cétera..». A ciegas aceptó Urríes este plan, por no tener medios de ejecutar otro. Entregábase al acaso, fiando en su suerte loca; contaba con lo imprevisto, que rara vez deja de ser favorable en las comedias vivas de amor.

Llegó, pues, la noche fijada para la cita. Acudió el primero don Juan: llevaba coche cerrado. No tardaron en destacarse de la sombra nocturna las figuras de Fernanda y Boni. Todo resultaba tal como lo calculó el experto Sabas, que andaba por allí ceñudo y vigilante, sin otra mira que el honor de la familia. Las intenciones de Urríes no eran buenas; pero su apetito donjuánico no tenía suficientes arrestos para proceder conforme al uso de los tiempos heroicos del libertinaje. La sociedad comedida y reglamentada del siglo XIX, no permitía ciertas audacias. El rapto en el coche, burlando de un puntapié o (p.8046) a cuchilladas la vigilancia de los servidores, era un delirio anacrónico. Robada Fernanda, ¿qué haría después? Estábamos en un siglo imposible, todo alambrado de leyes, reglas y miramientos. El ideal supremo sería tener dispuesta una casa próxima; entrar en ella con la hermosa joven; platicar juntos y solos en la forma más íntima, sin reparo de los desvaríos a que la mutua pasión les condujera, y después volverla al hogar paterno, quedando todo en secreto, con o sin consecuencias visibles en corto plazo. Esto era lo procedente y lógico en un siglo de amaños, hipocresías y ziquizaques. Y la Humanidad iba perdiendo en ello, porque los males de la fuerza fueron siempre menos malos que los de la astucia.

Ya en el terreno, mano a mano con Fernanda (y las manos de él no osaban ir más allá de las de ella) , vio don Juan que se había equivocado de lugar y ocasión. Otra cosa ideó y presumió su acalorada mente de burlador. ¿Qué hacían allí las estatuas sombrías de Boni, Sabas y la señorita del pueblo, como representantes ñoños de la moral? Los mirones o testigos profanaban la santidad de la poesía, y convertían en copias insulsas el poema donjuánico.. En la corrección de la entrevista, el pensamiento dominante de Urríes era recabar de Fernanda promesa de nueva cita, para lo cual precisaba reentablar sigilosa correspondencia entre la casa de Bergüenda y Miranda. Negose la hija de Ibero, y encastillada en su honestidad tanto como en su agravio, acudía veloz al cierre de todas las brechas que el galán abría. En el corazón de la enamorada joven, el odio a Céfora era una llama inextinguible. A Céfora tenía por autora de los tormentos que le ocasionaba el desvío de don Juan; y mientras más bello y seductor a sus ojos se presentaba el hombre amado, más terriblemente crepitaban las llamas del corazón, y más acerada y persistente era la idea fija, semejante a una brújula montada en el cerebro.

Con todas las artes de su ingenio fecundo se aplicó Urríes a desmontar aquella idea fija. Recelar de Céfora era ver visiones y asustarse de sombrajos. (p.8047) Aferrada tenazmente a sus odios, Fernanda insistió, diciendo: «Es verdad; no deliro. ¿Por qué estás aquí sino por estar cerca de ella?». Viendo que las sutilezas de su imaginación no daban juego, don Juan tomó el caso a broma; ridiculizó a Céfora, agregando chistosas comparaciones y conceptos saladísimos. Fernanda sonreía; pero aunque la sonrisa podía parecer señal de debilidad, continuaba rebelde al convencimiento. Repitió don Juan muy en serio su declaración de que la rubia de Subijana no significaba para él más que las invisibles pajaritas del aire.

Fernanda era religiosa; creía que los juramentos obligan y son prendas de veracidad. Su candorosa fe, un poco rutinaria y formalista, respondió a las ardientes afirmaciones del galán proponiéndole que jurase lo que había dicho. ¡Buen cuidado le daba a Urríes complacer a su amada, y pasarse jurando toda la noche! Los juramentos dramáticos y líricos no tuvieron fin: juró por Dios y por su madre, es decir, por las dos madres, la de Dios y la del caballero, a la cual este suponía muy bien aposentada en la mansión de los justos. Quedó así Fernanda consolada o en disposición de creer, y dando por terminada la entrevista, ofreció conceder otra en breve plazo, y decidir en ella si reanudaban el carteo. Separáronse, él con pasión declamatoria, ella con ternura reservada. Triste y un tanto alicaído se retiró Urríes a Miranda. No le resultó la novelesca cita tal como él la soñara y presintiera. Pero en su riquísimo arsenal de pertrechos amorosos hallaría resortes, trampas y redes más eficaces.

En este lugar de la narración se marca una coyuntura que desvía los sucesos y los empuja por derrotero no previsto. Un personaje, una mujer ya mencionada, aparece ahora como activa palanqueta en la máquina de esta ejemplar historia. Era Nievecitas, sobrina del cura de Bergüenda, bondadosa y honesta joven, agradable de rostro, menudita de cuerpo, un poco y un mucho picotera, y tan comunicativa que antes reventara que guardar un secreto. A los tres días del careo (p.8048) nocturno, llegose a Fernanda y muy compungida, casi llorosa, le dijo que don Juan de Urríes visitaba las más de las noches a Céfora, en un caserío pobre de las inmediaciones de Salinas.. Para evitar su paso por Bergüenda, el traidor tomaba la línea de Bilbao hasta Pobes, donde ajustado tenía un coche..

El primer efecto de este jicarazo en el ánimo de Fernanda, fue una estupefacción parecida a la insensibilidad; siguió la cólera, el ciego creer en lo que oía; vino después la duda.. Nieves mentía.. repetía cuentos y chismajos.. A estos angustiosos estados de alma que cambiaban rápidamente, sucedió un repentino desbarajuste nervioso como arrebato de locura. En la sedación de su delirio, cayó Fernanda en la taciturnidad sombría, lúgubre. Guardó en el alma el secreto de su aflicción con heroico y casi increíble disimulo. La violencia que hacía sobre sí para no dejar traslucir su congoja, parecía superior a las fuerzas humanas: divina fuerza era sin duda.

El primer cuidado fue que los tíos no sospecharan la grave desazón de la señorita. Conseguido esto, en su aposento y en los paseos vespertinos Fernanda tramaba con Nievecitas y Boni tenebrosa conspiración. Se le había metido en la cabeza comprobar por testimonio de sus propios ojos la traición de Urríes. Amiga y criada trataron de apartarla de aquel propósito; mas antes lograrían que saliese el sol por Occidente. La hija de Ibero podía romperse y morir; doblarse y transigir, nunca. Era un ser fundido en una sola pieza, y no había medio de tomar una parte de ella dejando lo demás.

Las conspiradoras recibieron de Miranda un soplo interesantísimo. Algunas tardes salía don Juan por la línea de Bilbao, diciendo que iba a visitar a un amigo en Orduña o en Amurrio. Regresaba al día siguiente. Sin decirlo claro, quería pasar por conspirador, y aires de tal se daba. Esto a nadie sorprendía en tiempos de tanta libertad, y de tan activas y variadas propagandas por el achaque de buscar Rey.. Una tarde, después de comer en la estación, se metió Urríes en el mixto de Bilbao. Al poco rato se apeaba en Pobes. En (p.8049) un coche que prevenido y bien pagado tenía, partió por la carretera de Nanclares a Espejo. El camino era tortuoso, costanero, y el paisaje melancólico se entristecía más al caer de la tarde, cuando las últimas luces del día se acostaban en él soñolientas.

Don Juan se distraía contando los robustos y frondosos nogales que en aquel país se ven frente a todas las casas y en la proximidad de las iglesias. La penumbra los agrandaba, la sombra los ennegrecía, y sus formas corpulentas querían ser ante la imaginación figuras de abades panzudos o de atletas acurrucados bajo inmensos paraguas. En su vagorosa observación, así pensaba el caballero: «En la madera de esos árboles, que puede ser algún día mi cama, mi mesa, mi ropero, duermen ahora los pájaros tan tranquilos..». Luego, enzarzando ideas, se decía: «A diferencia del hombre, los pájaros no aman nunca de noche.. De día se dedican al canto, a sus amores y a robar para comer.. El ser que no ama, no vive. Como el pájaro busca el grano, busca el hombre a la mujer, y donde la encuentra, allí se para y come.. toma lo suyo y lo ajeno..».

Entre pensativo y adormilado, llegó a un caserío pobre, a la entrada de Salinas. La noche era obscura y cálida; el lugar hondo, medroso, solitario, entre cerros y peñas. Próximo estaba el pueblo, y ninguna calle de él se veía. No faltaba, frente a la casa, el nogal pomposo que dormía envuelto en su capa o copa, tapándose desde el tronco a la coronilla. Salió la casera al encuentro de don Juan y le dijo que la señorita no había llegado. Coche y cochero pasaron al corral, y Urríes entró renegando en la casa, pues los plantones le enojaban, como hombre acostumbrado a que los gustos y bienandanzas se le viniesen a la mano. Condújole adentro y arriba la mujer, prevenida de un candil, por escalera crujiente y sollado de castaño, que respondían a las pisadas con quejas y chirridos lastimosos. En una estancia bien puesta y limpia entraron. El galán se dispuso a esperar; preguntole la casera si quería tomar algo; negose don Juan mohíno: tomaría (p.8050) tan sólo paciencia. A su pregunta de si la señorita tardaría mucho, respondió la mujer que nada sabía, y que la tardanza podía ser corta o larga, según.. Total, que era forzoso ponerse en manos del tiempo, árbitro de los plantones de amor.

La noche había de ser para don Juan penosísima; noche de fastidio y rabia, porque el plantón no acabó ni con el día. Fue una soberana burla del tiempo y del amor confabulados, un bromazo cruel, aunque no tanto como él merecía. A las doce perdió la esperanza de ver a Céfora. Ya cerca de la una, prefirió el galán dormir, y se tendió medio vestido en la cama, que no era mala, aunque sí de las de música, pues en cuanto el cuerpo se movía en ella, las secas hojas de maíz y las maderas de la armadura cantaban y reían como enemigas del sueño del huésped. A pesar de esto, durmió cuatro horas con leves interrupciones de picotazos; que no faltaron pulgas feroces, asesinas..

Temprano dejó las ociosas y musicales pajas, y desayunándose con un buen chocolate que le dio la casera, preguntó a esta el camino más corto para entrar en las salinas sin pasar por el pueblo. Precisamente del caserío a las salinas había poco que andar, aunque ello era por vericuetos. Subiendo por un senderillo que arrancaba del nogal, se llegaba a una pared de piedra seca, deshecha en diversas partes y con practicables boquetes. Guiado por estas indicaciones, allá se fue don Juan seguro de encontrar a Céfora, que todas las mañanas, antes o después de misa, daba un paseíto por los dominios de la blancura.

Alguna noche estuvo Urríes en las salinas; de día, el espectáculo de aquella singular explotación del agua salada, le dejó maravillado y suspenso. Era un ancho y profundo barranco, cuyas dos vertientes habían sido convertidas en estanquillos o balsas de madera, escalonadas como los jardines de Babilonia. Estacas verticales soportaban estos tenderetes; los más lejanos parecían galerías o pórticos guindados unos sobre otros; las superficies altas, donde se estancaba el agua para someterla a la evaporación, eran de una horizontalidad perfecta. (p.8051) Los soportes y algunos trozos de muro que servían de armazón a tan industrioso artificio, ofrecían la complejidad y variedad más pintorescas. De una parte a otra, y aun por todo el espacio que separaba las dos vertientes del valle o encañada, corrían los cauces de madera, conductores del agua. Esta bajaba del manantial y se distribuía por la enmarañada red de canalillos altos y bajos. Lo que daba al paisaje una singular y exótica hermosura, era que al evaporarse el agua salobre, en los trayectos quebrados o rectilíneos que recorría y en la entrada y salida de los estanques, dejaba por todas partes cuajarones de sal. Aquí colgaban témpanos y estalactitas, allí corrían cristalinas cuerdas horizontales. Estos efectos, los de las pilas de sal ya recogida, y la nitidez alba de los embalses, daban la impresión de un país nevado o de una ciudad de pórticos, en parte de madera, en parte del más rico mármol de Paros. La general blancura superaba con mucho a la de la nieve, por el brillo y claridad que la viva luz y los directos rayos del sol daban a tan espléndido conjunto. No se cansaba Urríes de contemplar el bello, gracioso y divertido espectáculo: iba de una parte a otra buscando las variadas perspectivas, cuando vio a Céfora que sola y leyendo un librito avanzaba por la linde de los más bajos estanques. Había entrado por el portalón que comunica las salinas con el pueblo. «Ahí viene esa loca -se dijo Urríes andando hacia ella por los blancos senderos en que la sal pisoteada tenía el brillo mate del esmeril-. ¡Y qué guapísima! ¡Cómo realzan su belleza dorada estas nieves, hijas del sol; estos templos de sal!..».

 

Ep-41-XXIII -

Cuando a la dorada beldad se acercó el caballero, alzó ella del libro los ojos, y sin mostrar alegría ni pena, con fría tranquilidad, le hizo este saludo: «Ya contabas con encontrarme aquí. Buenos días, Juanillo loco».

-Contaba encontrarte, sí; pero no pensé que trajeras por delante al amigo San Agustín, que sin duda es el culpable del plantón que me diste anoche.

-San Agustín, no, ¡pobrecito! Échame a mí la culpa. ¿De veras te ha dolido el (p.8052) plantón? Me alegro mucho. Juan.. ¿Para qué estamos en este mundo más que para sufrir?.. Reconoce, amigo mío, que mis desgracias, esta humillación en que vivo, me dan derecho a mortificar.

-Pero a mí no.

-Mortifico a los que me quieren, Juan. Así me querrán más.

Esto decía con frialdad lacerante, que al caballero confundía, dándole impresión parecida a la del frote de un rallo en lo más sensible de la epidermis. Cuando así hablaba Céfora, don Juan creía ver en los ojos de ella un resplandor extraño, como si el azul celeste se cambiara en verde cenagoso. «Hoy vienes en la más cargante de tus fases.. porque tienes fases, Céfora, como la luna.. Tienes crecientes deliciosos, y menguantes horribles.. Te suplico que hoy, en compensación de la noche boba que me has dado, me presentes la fase amorosa..».

-Sí que soy lunática.. Pero no esperes hoy la fase bonita. Estoy en la hora antipática y en el menguante de hacerme aborrecible.. Vámonos por aquí, y metámonos en aquella cueva, que estos salineros todo lo ven, y llevan cuentos a mi tía.

-Vamos a donde quieras. Y ya que nombras a tu tía, dime si anoche has tenido con ella algún zipizape.. Eso me explicaría mi plantón y tu displicencia.

-Anoche no hemos reñido. Nunca reñimos; pero siempre estamos distantes una de otra, en espíritu. Mi tía es amable.. amable como las serpientes que miran con tiernos ojos antes de enroscarse en la víctima. Carolina no me arroja de su lado; espera que yo me vaya; lo espera sentadita, sin decirme una palabra dura ni agria.. Me arroja de sí con este dilema: «O monja o casada». Hace dos días me propuso por marido a un chico del pueblo, que tiene cuartos.. hijo de un tendero de aquí, valenciano, que vende alpargatas, loza ordinaria, con especialidad en orinales, esteras, pelotas y muñecas baratas, de esas que miran con ojos espantados. El que quieren que sea mi novio es gordo y lucido.. Siempre está sudando.. Los ojos tiene asustadicos, como los de las muñecas, y como ellas está lleno de serrín. Su orgullo es jugar bien a la pelota, y cuando (p.8053) sale del trinquete trasuda horriblemente y apesta.. Pues el otro punto del dilema es el convento de las monjas de la Esperanza, a media legua de aquí. El clérigo que se compinchó con mi tía para meterme en la Esperanza me ha resultado grilla. Carolina me mandó que oyese sus consejos.. ¡Vaya una catequesis que se gastaba el hombre! Me hizo una declaracioncita muy mona.. que le gusto mucho.. que en vez de entrar en la Esperanza me arregle con él en clase de ama con visos de sobrina.. que seremos muy felices.

-Ya ves, Céfora -dijo el caballero gozoso- cómo al fin tienes que venir a parar a mí.. Rechazas el novio gordinflón; desprecias el curita hipócrita.. Pues vente conmigo, tontuela.. Te escapas bonitamente una mañana.. yo te llevo a Madrid. Tendrás una linda casita.. y..

Buscando soledad y frescura, pues picaba ya el sol, se encaminaron a uno de los grandes huecos que los pórticos dejan entre sí, bajo el maderamen de los estanquillos. Eran como cavernas de fondo desigual, según la forma de la roca o conglomerado terroso en que se apoyaba todo aquel tinglado. Allí se veía la sal apilada en montones, bloques endurecidos que semejaban esbozos de marmóreas estatuas. En algunos trozos, la imaginación veía intentos de modelado de figuras, y golpes del escoplo de Fidias.

-No me hables a mí -dijo Céfora sentándose en la sal blanca y dura- de linda casita en Madrid, ni de nada de eso.. ¡Bonito papel el mío!.. No quiero casamientos de mano izquierda, mientras das la derecha en el altar de Dios a la señorita de La Guardia. Entre paréntesis.. la he visto.. ¿No sabes que estuve la otra tarde en Bergüenda con unas amigas? Es bonita tu novia, sólo que su hermosura va diciendo: '¡qué tonta soy!..'. Pero no hablemos de eso ahora.. y a lo que iba. En ningún caso aceptaré lindas casitas, porque resueltamente me decido por la vida religiosa.. Si un clérigo indigno turbó mi alma, otro dignísimo me ha dado la paz.. A él debo el afianzarme en mi vocación.. ¿Quién es, me preguntas? Pues un sacerdote ejemplar, un (p.8054) sabio, un santo que vino aquí a misiones.. hoy no está en Salinas; mañana volverá. Él me ha marcado el camino único para llegar a la paz que ambiciono; él me ha reprendido mis liviandades contigo, me ha enseñado a evitar las tentaciones..».

-Pero tú no le harás caso, como no te coja en alguna de tus fases de tontería.. Eres voluble.. yo te cogeré al fin en una voltereta de las que miran hacia mí.. y contra clérigos y beatas.

-No lo harás, Juan. Esta veleta no mirará más para tu lado. ¿Qué puedo esperar? Posición social no has de darme.. Yo ambiciono, ¿a qué negarlo?, ambiciono ser algo más que una inclusera pobre. La sociedad no quiere nada conmigo, bien lo veo. Cien maldiciones pesan sobre mí. Si me quedo en el mundo, pienso que he de ser muy mala, y que haré daño a cuantas personas vea junto a mí.. ¿Quieres que te abra mi conciencia, y te deje ver mis anhelos y mis odios? Pues vas a verlo. Si te asustas, no culpes a mi sinceridad, sino a tu curiosidad. No necesito recordar mi triste origen, pues hace pocos días tuve el valor de contártelo. Mi madre era judía, mi padre cristiano.. Me educaron en el cristianismo. Lo que este tiene de hebraico es lo que ha echado más raíces en mi alma. Soy hebrea por mi madre.. ¿No recuerdas lo que te conté de esta? Pues por vengarse de mi padre, que la abandonó y me apartó de ella, ¿qué crees que hizo? Acecharle con un cantarillo de aceite hirviendo para quemarle la cara.

-Bárbara y loca venganza -dijo el caballero con súbito estremecimiento y contracción de su rostro-. Tu madre era una furia del infierno.

-Pues aquí me tienes a mí; también soy algo furia. Mi madre se llamaba Mesooda, que quiere decir Dichosa. Así me lo ha dicho mi director espiritual, que sabe lenguas orientales; yo me llamo Nicéfora, que significa.. ya no me acuerdo.. cosa de llevar algo, no sé qué.. Lo cierto es que.. ¿lo digo?.. desde que tengo uso de razón, llevo en mi mano el cantarillo de aceite hirviendo.. Creo que en mi naturaleza persiste el impulso aquel de mi madre contra mi padre.. Pues verás: la otra tarde, cuando (p.8055) vi a tu novia, la señorita de La Guardia, al pasar junto a ella instintivamente levanté la mano.. Con gusto le habría quemado la cara, convirtiendo su hermosura en fealdad repugnante.. Estas perversidades mías he revelado a mi confesor, el cual me ha dicho que no hay para mí salvación si no abandono el mundo.

«Abandonando el mundo no te salvas -dijo el caballero asustado de la fase maligna de Céfora-. La soledad es lo más propicio a la perdición. Quédate en el mundo; hazte cargo de que este es un río, y tú un pedrusco anguloso.. La corriente y el rodar continuo te irán gastando los ángulos y picos, y quedarás redondita y bien pulimentada». Satisfecho de su idea, y más aún de la feliz imagen con que logró expresarla, imagen por cierto adquirida en una lectura reciente, don Juan miró a la rubia, buscando en su rostro alguna señal de conformidad.. Pero el pensamiento de Céfora había roto el hilo de la conversación y suelto divagaba por espacios desconocidos. Las miradas de ella lo perseguían; cazáronlo al fin en los blancos lomos de una pila de sal cercana; lo trajo a sí, y a Urríes lo brindó con estas palabras: «¿Qué decías, Juan? Mientras tú hablabas, me distraje recordando un pasaje de San Agustín muy bonito, que me sé de memoria. Dice así: 'Dios mío, fortaleza y salud mía, pequé, y tuvisteis paciencia; falté, y todavía me esperáis; si me arrepiento, me perdonáis; si vuelvo a Vos, me admitís, y aun si tardo, me aguardáis..'».

-Pues todo esto -replicó don Juan con el gozo que infunden las claridades de la lógica- está conforme con lo que te digo.. ¡Yo de acuerdo con San Agustín!.. Ya ves; si tardo me aguardáis. Quiere decir el santo que debemos vivir en el mundo, rodar por él, baquetearnos en sus luchas, y después.. Yo he pensado en eso mil veces. Tiempo tiene uno de volverse a Dios.. En fin, Céfora, que Dios nos aguarda hasta que seamos viejos.

-¡Tonto!.. ¡Bonita manera de entender la virtud!

-Tu capellán, ese clérigo.. ese que llamas el Bueno, en contraposición al otro pillete que quiso tomarte de sobrina, ¿qué te aconseja?

-Pues que (p.8056) huya del mundo desde ahora, que me aparte del pecado.. No creas que es demasiado rigorista, como esos que tienen siempre el infierno en la boca, y que por cualquier tontería o dame acá esas pajas la quieren meter a una en el fuego eterno.. Es hombre ilustrado, conoce el mundo, y sabe persuadir sin asustar. Perdona con tal que no se le oculte ningún secreto del alma ni de la vida.

-¿Es italiano, es español?

-Entiendo que es húngaro, o polaco.. Pero nada debe importarte este sujeto, enderezador de conciencias torcidas.. Y ahora, Juan, bastante hemos hablado. Separémonos. Los salineros, y más aún las salineras, reparan en nosotros.. No te quiero decir qué cuentos llevarán por el pueblo.

-No te dejo, Céfora, sin que me des tu palabra de reunirnos otra vez.. Me debes una noche, y antes moriré yo que perdonarte esa deuda. Te perseguiré, te acosaré si no accedes, y si fuera menester acogotar o sacarle las tripas al clérigo polaco, hablador de tantas lenguas, cree que lo haré. ¿Quiere el hombre ser mártir para subir al cielo con palma? Pues lo será.. ¿Te espero, sí o no?.. Te advierto que si después de prometerme la cita, faltas a ella, habrá en Salinas una catástrofe.. Piénsalo y decide. (p.8057)

Insistía Céfora en la negativa, primero ceñuda, después risueña. Supo don Juan emplear con hábil gradación sus medios sugestivos: primero amedrentó, poniendo en su rostro admirable ficción de ira; después atacó por la parte más flaca y peor defendida de la desigual fortaleza que debelaba. Bien sabía qué partes del muro se derrumbaban espontáneamente cuando el sitiador pedía entrada con ardiente lenguaje amoroso. Este era de seguro éxito para turbar la voluntad de Céfora, para enmarañar la red de sus nervios, encender su sangre y chamuscar su piel. Advirtió don Juan en los ojos de ella que el efecto se producía, y apretó más en la seducción para que el efecto no se perdiese en los días medianeros entre aquel instante y la noche de la cita. Pudo creer el hombre que, bajo la acción de sus palabras ardientes, la rubia crepitaba cual manojo de espigas (p.8058) arrojado en la hoguera.

«No me tientes, Juan» dijo Céfora temblorosa, apartándose de él para buscar asiento en otro montón de sal.

Con eléctrica prontitud pasó don Juan de un artificio de combate a otro que conceptuaba de más terribles efectos. Había herido el flaco de la sensualidad, y ahora la emprendía contra el del orgullo y vanas ambiciones. «Yo te llevaré a donde ahora no puedes soñar, Céfora; yo te llevaré a un estado social decoroso, como corresponde a tu belleza, a tu distinción nativa, a tu gracia inteligente; se te arreglará que tengas el nombre ilustre que te falta, que poseas medios de vida, que brilles, que triunfes, que seas como mereces, festejada y admirada. Sin mí te pudrirás en un convento tedioso y sucio, rodeada de imbéciles monjas; conmigo irás al esplendor de tu ser y de tus prendas naturales».

-No me tientes, te digo.

-No es tentación; es amor por ti, es interés por ti, es ambición de llevar al mundo una mujer exquisita, para que me digan: «¿De dónde has sacado esa divinidad? ¿En qué cielo has robado ese ángel?».

Céfora temblaba. Apoyándose en los bloques de sal, se puso en pie. De sus labios caían, entre escupidas y habladas, estas vocecillas melindrosas: «Juan, huyo de ti, me voy.. te tengo un miedo horrible».

-Pero vendrás, vendrás a la cita -dijo Urríes asiéndola de la falda para no dejarla salir de la gruta-. Cada día que pase aumentará mi ansiedad hasta la desesperación. Nos reuniremos mañana.. fíjate.. mañana..

Y ella: «Salgamos, Juan, y disimulemos.. Nada puedo prometerte.. Dentro de mí está empeñada la batalla. Puedo ceder, puedo hacerme fuerte y no acudir.. No sé lo que pasará de hoy a mañana.. En la mano llevo el cantarillo de aceite hirviendo.. Si lo vertiera en mi propia cara, repetiría el caso de una heroína española muy nombrada..».

-Déjate de heroínas, que no existieron más que en la imaginación de poetas malcomidos.. Si llevas el aceite, puedes freírle la jeta a tu director espiritual, para que diga lo de gato escaldado, etc.. Nosotros entendemos que sobre todo está el amor. Nuestra religión nos manda (p.8059) embellecer y alegrar las horas de la vida. ¿Vendrás?

-Vuelvo a decirte que no y que sí. Estoy en lo más terrible de la borrasca de mis dudas. Vámonos despacito por el borde de estos estanques. Hablemos sin dar a conocer que estamos en plena discordia.. Pasemos con tranquilidad aparente junto a estos hombres y mujeres que aquí trabajan.. Imagina tú los pucheros que se pueden sazonar con la sal que aquí se recoge.

-No divagues, Céfora; no desvíes la conversación -dijo el caballero con salobre amargura en su boca-. Quedemos en algo preciso. Yo te espero..

-Como quieras.. Yo ignoro todavía si te daré plantón o no.. En caso de que recibas plantón, echas a correr y me das por muerta para ti, Juan.. No te sulfures: aguarda un poco. En caso de que yo descarrile, desde ahora te digo que no me retengas toda la noche.. Volveré a casa antes que el gallo dé su primer canto, que es a las dos.. Mi tía se levanta con el alba, y suele hacerme una visita de inspección.. Teme que haya volado el pájaro.. La Sagrario, que es mi discípula en perversidad, me aguarda, me abre la puerta del jardín, y protege mi paso a obscuras hasta la alcoba en que duermo.. o no duermo.

Bordeaban los estanquillos, andando uno tras otro por angostos senderos blancos de esmerilado cristal. Y cuando dejaron atrás el grupo que con descarada observación les miraba, don Juan se paró y dijo: «Por tu madre, Céfora, no me faltes mañana».

Y ella, con grave solemnidad, que degeneraba en picardía: «No invoques a mi madre, Juan, porque cuando la llevo dentro de mí, más dispuesta estoy a quemarte la cara que a las diversiones de amor. Invoca para esos devaneos a mi padre, a mi enamoriscado y ardoroso papá don Miguel de Zambrana, que no vivía más que para.. ya lo sabes».

-Pues le invoco.. Descienda a ti desde el Cielo, o suba del Infierno el divino don Miguel..

-Tonto, no blasfemes.. No hablemos más.. Aquí nos despedimos. Yo me voy por el pueblo; tú sales por donde has entrado. Adiós.. retírate.. no me sigas.

Y sin darle tiempo a la repetición de sus instancias, desapareció (p.8060) fugaz en las calles de Salinas. El galanteador de oficio retrocedió mohíno y meditabundo a las alturas, y traspuesta la tapia desmantelada, fue a esconder en el caserío su expectación, su cachaza venatoria. Largas horas había de aguardar en el puesto, hasta ver si la res venía o no venía. Se propuso entretenerlas paseando en coche y a pie por la comarca, camino arriba.

En tanto, Céfora pasó el día gozosa con las visitas que le hizo el espíritu de su padre. El sacerdote de Venus, después de asomarse al alma de la hija de Mesooda una y otra vez, acabó por meterse y anidar en ella risueño y desvergonzado, irradiando sensualidad. Con tal fuerza y estímulos dentro de sí, Céfora soltó el armadijo de alambres de su externa tiesura moral, y apenas cerrada la noche, escapose de la casa con ciego afán y andar sonambulesco. No era dueña de sí: al ser vicioso, a la caldeada sangre del padre obedecía.. En ascuas la esperaba el galán, paseo arriba, paseo abajo, midiendo el tiempo, y el suelo del solitario y hondo camino. Cuando se cansaba de mirar a las mortecinas luces del pueblo, miraba a las estrellas. Unas y otras eran signos de cruel incertidumbre. En el prado circunstante, rodeado de peñas, se oía el coloquio de los rumores nocturnos: aquí el silabeo de las aguas corrientes, allá la nota cristalina de los sapos en celo.. Llegó Céfora a la vista de don Juan. ¡Hosanna!.. Juntos, enlazados los brazos, entraron en el albergue obscuro y silencioso.. Allí se quedan.. Historia y Fábula, corred vuestras cortinillas..

Antes que el gallo, puntual vigilante y cosmógrafo, cantase las dos, don Juan y Céfora salieron del caserío. Iban sin abrigo ni tapujo, confiados en la soledad del sitio y en la templanza del aire; hablaban sin secreteo, creyendo que de nadie podían ser oídos.. No habían andado veinte pasos en dirección del pueblo, cuando unos rígidos bultos plantados en medio del camino parecían interceptar el paso a los amantes.. Andando estos un poco más, pudieron ver que los bultos eran tres, colocados equidistantes, el del centro mayor que (p.8061) los dos laterales.. Un paso más, y.. Eran mujeres: las tres llevaban negro manto por la cabeza, sin ocultar los rostros.. Ante aquellas extrañas y temerosas figuras, quedó yerto Urríes.. Segundos no más duró su perplejidad. Comprendiendo que no debía pararse ni manifestar miedo, empujó a Céfora, y ladeándose pasaron ambos por la cuneta. Invertida la posición, los amantes avivaron el paso, y las tres figuras se volvieron de la otra parte. Una voz clara y fuerte dijo: «Lo he visto..». Don Juan no permitió a Céfora mirar hacia atrás.. Ya iban a distancia cuando el canto del gallo rasgó el velo estrellado de la noche. Otros gallos cerca y lejos repetían.. repetía la voz de mujer, que ya no era voz, sino grito de vibrante sarcasmo, lanzado como bala en persecución de los fugitivos: «¡Eh!.. caballero, ángel.. os he visto..».

 

Ep-41-XXIV -

Aún no iban lejos los amantes, cuando les alcanzó una piedra lanzada con recia mano. La suerte de Céfora fue que la peladilla pasó rozándole la falda. Si llega a darle en la cabeza, ¡pobre ángel de Dios! Otra piedra cruzó el aire; mas ya no pudo hacer blanco, porque el enemigo estaba lejos.

«No tires, Boni, no tires -dijo Fernanda a su criada, cogiéndole la mano que ya tenía la tercera piedra-. Sabes que eso no me gusta.. ¿Qué adelantamos con apedrearles? Un par de tiros con buena puntería ya sería otra cosa. Pero no podemos, no sabemos matar.. Vámonos, llevadme a Bergüenda. Nieves, Boni, no perdamos tiempo.. Hemos de estar en casa antes de amanecer.. Ya he visto lo que quería ver.. y nada tengo que hacer aquí».

-Ahora que lo has visto, lo crees.

-Ya lo creía.. pero siempre me quedaba un poquitín de duda.. Es bueno ver las cosas, por malas que sean, y apurarlas en toda su amargura, para que el alma descanse en una pena tranquila.. Venga un padecer claro, sin incertidumbres ni falsas esperanzas. ¿Quién no preferiría la muerte a la agonía?

-Esta no es muerte, sino vida, salud -le dijo Nievecitas filosofando-. El suplicio que has pasado tiene ahora su término; la indignidad de ese don Juan es la mejor medicina de tu (p.8062) ceguera. Mi tío lo dice: «Niñas que estáis ciegas de amor, frotaos los ojos con el desprecio de los hombres.. Despreciadlos y curaréis».

«Por cura y por viejo -replicó Fernanda, dejándose llevar camino abajo-, no es tu tío el mejor médico para estas enfermedades del alma..». Dicho esto, sus labios figuraban un mudo monólogo durante el paso por las ásperas pendientes del pueblo. Calles abajo corrían las tres, como si un torrente las arrastrara, y sus pies ágiles no se detenían ante ningún obstáculo. Por fin viéronse en campo libre, y un instante se pararon para tomar aliento. «¡Qué pueblo más horrible! -dijo Fernanda desembarazando su cabeza del manto-. Hemos salido disparadas; hemos rodado por las calles, como si nos echaran a puntapiés.. Yo estoy perdida de barro.. Nieves, mira mis zapatos. ¡Ay, lo que más siento es llevarme barro de este pueblo!.. Hasta el barro me ofende».

-Puedes creer que el barro no tiene ninguna culpa: el barro es sucio.. al par que inocente -dijo Nieves rondando la filosofía. Siguieron su camino, el más del tiempo calladas, aplicándose en cuerpo y alma a sostener la vivaz andadura. A ratos Nieves y Boni bromeaban por sacar a Fernanda de su taciturnidad, y lo conseguían en apariencia. La desolada joven daba gusto a sus amigas respondiendo a las chanzas con palabras amables y hasta con risas, sin que por esto se acallaran los piporrazos lúgubres de la procesión que le andaba por dentro.. Gracias al sostenido paso militar, llegaron a Bergüenda cuando los gallos, con alegre clarín, espantaban a la Pereza y mandaban descorrer el velo del Día. Con asistencia del cochero y hortelano que les habían favorecido en la escapatoria, entraron las tres de puntillas. No quisieron Nieves y Boni abandonar a Fernanda hasta dejarla recogida. La señorita les dijo que tenía mucho sueño y quería dormir; mas lo que hizo, en cuanto se quedó sola, fue desatar la pena que hinchaba su pecho y soltar el río de sus lágrimas.

Pensaba la triste doncella que su vida se había frustrado absolutamente; que (p.8063) ya no existía felicidad mundana de la cual pudiera obtener una parte, por pequeña que fuese. La persona gallardísima y las promesas de don Juan habían constituido en ella una segunda naturaleza, por no decir alma segunda. Muerto don Juan, por defección moral imperdonable, quedaba el alma de ella lo mismo que estuvo, encendida en tiernísimos afectos. Con el símil de una casa robada, expresaba Fernanda en sus soliloquios aquel estado de dolor inaudito. «Nada: ha entrado el ladrón en mi casa, en mi alma; se ha llevado todo lo que había en ella: felicidad, alegría, y él.. el ladrón, se ha quedado dentro. ¡Qué cosa más rara! ¡Robarme todo lo que tengo, y quedarse dentro!.. ¿y cómo le echo ahora?.. Más raro es todavía que no quiero echarle.. Quiero tenerle en mí como las cosas muertas que pasan a ser reliquias, recuerdos queridos que fueron muy amargos, y luego se van volviendo dulces».

Ya fue imposible ocultar a los padres y tíos lo que había ocurrido. Después del rompimiento con Urríes, Fernanda tenía sobre su conciencia algunos actos realizados a espaldas de la familia, y que pedían inmediata confesión. Declaró, pues, la entrevista nocturna en las Choperas, el cambio de algunas cartas, y por fin el caso atrevidísimo de ir de noche a Salinas para comprobar la traición del que aún se daba el nombre de caballero.

Tanto Demetria como Gracia y Santiago afearon a Fernanda la audacia de este paso tan contrario al decoro de una doncella noble; reprendieron ásperamente a Boni, y dieron quejas a la sobrinita del cura. Por las explicaciones que mediaron, se tuvo conocimiento de la intriga con que las tres muchachas lograron su fin. Iniciadora fue Nieves, instrumento activo el sacristán de Bergüenda, el cual, compinchado con su colega de Salinas, armó un admirable espionaje, por el cual supieron los días y noches, la hora de las citas, y hasta lo que el galán y la diablesa rubia hablaban en su escondrijo. El sacris de Salinas, que era el primer pícaro de la comarca, oyó una noche, aplicando su ancho pabellón auricular al (p.8064) tabique de madera, que los enamorados pensaban romper por todo y casarse a lo civil, como personas públicas, luteranas y dañadas de concupiscencia..

Todo lo perdonaban los Iberos a su querida hija, con tal que sacudiese con firme voluntad la maligna ilusión que le quedaba en el alma. Una muchacha inteligente, virtuosa y bella no debía embobarse mirando los pájaros idos, pues estos no habían de volver, y si volvían, menester era recibirles a tiros.. A vivir, a olvidar, a desocupar el corazón de viejas murrias y de ajados ideales para disponerlo a nuevos amores.

Aparentaba Fernanda someterse a estas exhortaciones; pero su espíritu se mantenía rebelde al convencimiento. Gustaba de estar sola para consagrarse con ancho y libre pensamiento a sus meditaciones, y dar mil vueltas al dolor, buscando la sutil alegría que esconde entre sus pliegues. Como no le permitían encerrarse de día en su aposento, por temor a que cultivara sus melancolías, refugiábase en la libertad de la noche; que los llagados de amor buscan su bálsamo en el pensar antes que en el dormir.

Por la proyección nocturna, los pensamientos de Fernanda, en aquel desfile de sombras ante su caldeado cerebro, tenían más semejanza con el sueño que con la realidad; eran una forma del dormir, y en cierto modo un descanso del cuerpo quebrantado y del alma dolorida.. El primer delirio fue la idea de renunciar al mundo y sepultar su vida en un convento. Todas las almas juveniles rompen el vuelo en esa dirección cuando, azoradas ante la catástrofe del ideal de vida se lanzan a los espacios.. Pero la hija de Ibero no persistió en aquella dirección tenebrosa, y volvió las alas hacia el punto de partida, sintiendo repugnancia de la pasividad monjil en disciplina rigurosa.

En su segundo delirio se estacionó tanto la dolorida joven, que en él parecía querer fijar su alma. Empezó el ensueño por avivar enérgicamente la memoria de su hermano Santiago, por reverdecer el cariño que siempre le tuvo, por mirar con benevolencia su vagar aventurero y su (p.8065) alejamiento de la familia. De aquí vino un cambio radical en la manera de apreciar los hechos del fugitivo. Las que fueron extravagancias o locuras eran ya, si no razones, sinrazones con un reverso razonable. Todo en este mundo tiene su lógica transparentada cuando no la tiene a flor de superficie. Así, por gradaciones de benevolencia, la hermana admiró al hermano, y habría querido imitarle si la diferencia de sexos no fuera elemental impedimento. ¿Cómo dejar de admirar el primer arranque de Santiago, cuando se escapó de la paternal tutela de don Tadeo Baranda para lanzarse con Prim a la nueva conquista de Méjico?.. A este poema infantil siguió el de arrojarse con salvaje brío a la independencia, buscándose la vida por mar y por tierra, primero navegando con Lagier, después conspirando y batiéndose por Prim.

De recuerdo en recuerdo y de simpatía en simpatía, Fernanda llegó al último dislate de Santiago, que para la familia era de los que no admiten disculpa. Todo se le podía perdonar, menos la vileza de dejarse arrastrar por una mujer de mala conducta, huir a Francia con ella, y establecerse y ayuntarse con simulación de matrimonio, deshonra de su abolengo y atropello de toda ley divina y humana.. Recogiose en sí la hermana del delincuente, y al examen de aquel problema trajo algunos datos nuevos, entre ellos la manifestación de un grande amigo de su padre, Jesús Clavería, ya brigadier, que, al volver de París en Junio último, se detuvo en Vitoria por pasar un día en casa de Ibero.

La feliz memoria de Fernanda nos reproduce, casi con honores de copia, esta interesante declaración de Clavería: «Tú me conoces, Santiago; sabes que no puedo engañarte; usted, Gracia, sabe también que rindo culto a la veracidad. Pues óiganme y crean lo que digo.. He visto a esos. No quise salir de París sin acercarme a la pareja y observarla bien, para traer a esta familia noticias auténticas, de las que no admiten duda.. Esa Teresita, de quien hemos hablado con tan poco respeto, afeando su presente con su pasado, es una mujer extraordinaria.. Todos (p.8066) nos equivocamos, y como yo fui el primero en denigrarla, quiero ser ahora el que rompa plaza en desdecirse y proclamar el error. Teresa es un caso inaudito de regeneración, del cual hay pocos ejemplos en el mundo.. Yo creí que no había ninguno: he visto y comprobado el presente, y para que no me quedase duda, hice mi prueba con las investigaciones y testimonios más minuciosos. Me ha llenado de asombro el ver cómo esos dos que parecían locos, Santiago y Teresa, han resuelto el problema de la vida con un arte y una inteligencia que ya podrían imitar muchos cuerdos. Fundamento fue el amor, y ejecutantes del milagro dos voluntades poderosas. Yo he visto el milagro, y he llegado a los extremos de la admiración, que se tocan y confunden con los comienzos de la envidia».

Amplió Jesús Clavería su informe, agregando que entre los dos ganaban ya veinte o veinticinco francos diarios, y que vivían del modo más ejemplar: de ello daba fe Madama Úrsula, la cual a tal punto llegaba en su confianza que había entregado plenamente a Teresa la dirección del negocio de encajes. La casa en que vivían los amantes, y así había que llamarlos aunque esto sonara mal en oídos gazmoños, era un modelo de orden y pulcritud.. Teresa tenía tiempo para todo. En la vecindad no se oían más que elogios de Madame Ibero.. ¡tan bonita y tan buena!.. Su marido, su trabajo, su casa, y no más.

París complejo, París integral y babilónico, tuvo siempre en su seno ejemplares de estas abejas industriosas, fabricantes de la miel doméstica y de las virtudes silentes, opacas, que rehúyen el cartel y hasta los menores ruidos de la fama. Estas virtudes, cualquiera que sea el sexo en que resplandezcan, necesitan el apoyo y estímulo de un ser del otro sexo, dotado de superior consistencia moral. En el caso de Madame Ibero, esta no habría realizado el portento de su rehabilitación, si no hallara en Santiago un robusto pilar en que asentarla.

Falta decir que en los más de los casos no era parisiense todo el oro de estas virtudes escondidas. Había parejas mixtas y parejas (p.8067) totalmente exóticas, que en el ambiente de la gran ciudad, tan rico en principios vitales, habían llegado a rehacer la existencia en nuevos moldes, encontrándose poseedoras de cualidades que procedían ciertamente de un tronco étnico lejano, pero que en él no tuvieron efectividad por causas invisibles. En presencia de estos fenómenos, el curioso trataba de indagar la causa o raíz de la fuerte concreción vital que París poseía. ¿Era por ventura la facilidad de la subsistencia, el vivir cómodo, la pronta y eficaz recompensa del trabajo, la puntualidad, la formalidad, el cumplimiento de las leyes, la blandura de estas, la soberana tolerancia religiosa, que por su extensión y benignidad más parecía obra de la naturaleza que de los hombres? Difícil era precisar las causas; bastaba con reconocer los hechos.

No se engolfó en estas consideraciones Clavería; pero apuntó la idea, llegó a sostener que el terreno lo hace todo, y que las plantas oprimidas en el semillero donde han nacido, no dan flores ni frutos hasta que se las pone en tierra libre y ancha, cruzada por cuantos aires, vientos y ventarrones quiera Dios mandar al mundo. Algo de esto dijo, sí, y si no lo dijo, lo mismo da. Lo que importa es que Fernanda recordó las informaciones de Clavería para encariñarse más con su hermano y llegar a lo más increíble: a no sentir despego, sino simpatía, por la compañera de la regeneración de él; por la mujer aquella de mala vida, que ya no lo era, pues algo excelso brillaba en su obscuridad.

Otro dato sobre lo mismo. Poco antes de salir la familia para Bergüenda y Sobrón, Fernanda sorprendió en el pupitre de su madre una carta a medio escribir. Sin duda, Gracia se olvidó de guardarla: era carta de tapadillo. El inflexible Santiago Ibero había decretado rompimiento de relaciones con el hijo rebelde, y el informe optimista y conciliador de Clavería no era tal que le moviese a cambiar de conducta. El primer impulso de Fernanda fue respetar el secretillo de su madre; pero la curiosidad pudo más que el respeto, y una mirada fugaz, deslizándose en la escritura, enganchó estos jirones (p.8068) de conceptos: «Hijo querido, tu padre se desenojará un poco si vienes a vernos. Ven, por Dios.. Pero no puedes traerla.. eso nunca.. traerla no.. Mándanos su retrato.. bien disimuladito para que tu padre no se entere.. Deseamos conocerla.. Clavería nos ha dicho..».

Con lo poquito que leyó, pudo Fernanda formar este juicio: su madre se dejaba rodar por la pendiente que arriba es rigor inflexible y abajo piedad.. ¡Cuán difícil es sostenerse en los picachos del odio!.. Cada día sería mayor la blandura de Gracia: el hijo ausente llamaba con fuertes aldabonazos en el corazón de la madre; la hija, por su parte, adelantábase a los demás de la familia, y abría desde luego su atribulado corazón al hermano querido, al aventurero, al vagabundo, al revolucionario, al amante de la Samaritana; y por no poner límites a su desbordada indulgencia y piedad, también absolvió y amó a Teresa.. Ningún miramiento tenía ya que guardar la hermana de Iberito a la sociedad que la rodeaba. Fuérase la tal sociedad a paseo con todas sus morales triquiñuelas y sus necias hipocresías. Teresa era, según Clavería, un caso inaudito de regeneración. Pues a respetarla, a quererla, a morar con ella en espíritu.

Véase, pues, cómo en donde menos podía esperarse encontró Fernanda un alivio de su tribulación, y una salida al repleto embalse de sentimientos generosos que su noble corazón atesoraba.. No hay forma de dar todavía explicación clara de este fenómeno: que Fernanda restañara sus penas con la felicidad de dos seres amantes. Entre el caso inocente y doloroso de la doncella enamorada y el caso de aquellos aventureros corridos, no había relación, contacto ni aun remota semejanza; ofrecían, por el contrario, en sus conclusiones brutal antítesis. La paloma candidísima que en su corta existencia no había hecho más que arrullarse en honestos cálculos de amor, se estrellaba en un terrible desengaño, que más parecía castigo. ¡Y ellos, los de París, los que habían sido malos, concluían dichosos! Pronto comprendió la joven que este criterio de cuento (p.8069) de hadas no podía ser aplicado a los casos reales de la vida.. Ya iría entrando en conocimiento de la escondida ley, por la cual los pecadores pueden ser felices y las almas angélicas no.. Mientras encontraba un criterio justo que aplicar a tan endiabladas contradicciones, Fernanda se entregaba al deleite íntimo de amar a los irregulares, y de traerlos a su lado para verlos y oírlos, como a viajeros maravillosos que conocían y contaban los secretos más dulces del vivir.

 

Ep-41-XXV -

Buen acuerdo de los padres y tíos de Fernanda fue apartar a esta de los lugares que constantemente le recordaban su desventura. Partieron, pues, todos a La Guardia y Samaniego, y de allí, a los dos o tres días, se fueron a Vitoria, donde esperaban hallar más bullicio de seres, más variedad de imágenes, más rotación de sucesos, y el exceso de impresiones que, destilándose lentamente, producen el benéfico bálsamo del olvido.

Con excepción de las de Gauna, todas las señoritas de Vitoria desagradaron a Fernanda. ¡Cosa más rara! En algunas, que habían sido sus amiguitas, ya no veía más que insulsas muñecas que se movían y hablaban por mecanismo. Muchas de ellas no pasaban del papá y mamá; otras, en cambio, eran tan redichas, que fácilmente recaían en la indiscreción. Algunas, en su primera visita, plantearon la cuestión de don Juan. Con lenguas, ora despiadadas, ora zalameras, azotaron al caballero y compadecían a Fernanda, llegando a esa locuacidad cotorril que no se sabe si expresa pena o alegría.

A poco de residir en Vitoria los Iberos, corrieron por la ciudad (casinos, boticas, Mentirón y Florida) rumores de carácter un tanto novelesco, referentes a don Juan de Urríes. La fama del héroe popular andaluz, conquistador de mujeres, no cabía ya en los términos familiares, y propagándose por pueblos y montes, invadía el suelo pacífico y patriarcal de Álava. Cierto que en el trasplante se ajaban y desteñían los colorines de la poesía donjuánica; pero en la airosa figura quedaban todavía el penacho y caireles que el pueblo modificó a su antojo. Lo (p.8070) que principalmente constituía el aura popular de Urríes era su mano dadivosa, abierta siempre para el necesitado. En fondas y paradores no reparaba en cuentas, por desaforadas que fuesen; espléndidamente pagaba servicios de coches, recadistas y mediadores, y lo más bonito y seductor era que, a más del dinero, derrochaba la influencia política, prodigando recomendaciones, promesas de credenciales, efectividad de favores políticos, con lo que algún burlado esposo quedó más que satisfecho. En fin, que el don Juan indemnizaba, cual si acometiera y realizara sus aventuras por cuenta del Estado.

Véanse las lindas hazañas donjuanescas, según el vulgo las refería. En Orduña, con sólo una tarde de trato y dos o tres horas de la noche, enamoró, sedujo y enloqueció a una hermosa y hasta entonces honestísima señora casada. A los tres días de esta horrenda catástrofe moral, paseaban juntos los tres.. es a saber, don Juan, la señora y el marido de esta.. a quien ya se indicaba para una plaza de joven de lenguas en el Ministerio de Estado. (Era francés el tal, y mascullaba dos idiomas a más del suyo.) En Ulibarri Gamboa engañó don Juan a una linda muchacha que estaba para casarse. La encandiló con sólo un palique de media hora, echándole unas flores tan bonitas y al propio tiempo tan demoniacas, que la pobre chica, según contó después, no supo lo que le pasaba..

Luego ¡vaya por Dios!, resultó que no hubo la malicia que al principio divulgaron las ociosas lenguas.. El novio, que había sufrido un ataque de pataleo furioso y rabia blasfemante, estaba ya más calmado; poco a poco iba remitiendo su desconfianza, y no tardaría en descansar a la sombra de las palmeras de la fe.. Del buen cura don Prudencio Virgala, tío de la joven, varón sensato, conciliador y pacificante, debe decirse que a los seis meses del escándalo se consideraba ya con toda seguridad canónigo de Calahorra.. ¡Y que no estaba poco ufano el hombre, viendo realizado al fin, por tan tortuosos medios, su ideal eclesiástico desde que cantó misa!

En Villarreal, (p.8071) Nanclares, Salvatierra y otros pueblos, siguió don Juan dando sus golpecitos de escandaloso libertinaje, con fugaz alboroto de los vecindarios inocentes. Pero todo terminaba con pacífico arreglo y pródigas mercedes del burlador. Prenda de paz solía ser una concesión de carretera por el Estado en territorio de Treviño, subasta de otra con adjudicación a determinada persona, o bien destinillos y favores de menor cuantía; y aun se dio otro caso más chusco: don Juan hubo de pagar la dote de dos muchachas monjitas, de familia estrechamente unida por parentesco a la señora burlada.

Imperaba, pues, el criterio de las compensaciones, que tal vez era la rosada aurora de una moral nueva. Nueva era también y singularmente peregrina la transfusión de la sangre donjuanesca de las venas cálidas del Sur a las venas del Norte aguado y frío. La gallardía personal y la esplendidez dadivosa reproducían el Mañara sevillano; las artes escurridizas y el amaño para guardar el bulto recordaban al virote de las ciudades andaluzas. El tipo evolucionaba en pos de un maridaje discreto del romanticismo con la administración, y esquivaba el paso por encrucijadas dramáticas, llevando en su corazón el fuego de amor, en su escarcela el oro, las leyes, decretos, reales órdenes y todo el positivismo decoroso de las mejoras locales.. Entraba en los pueblos como paladín de la Inmortalidad, y se despedía con esta tarjeta: Don Juan Tenorio, miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País.

Quisieron los padres y tíos de Fernanda poner barrera entre la perversa fama de don Juan y los oídos de la desairada señorita. Pero viendo que sería imposible este aislamiento sin cerrar con candados las bocas de las amigas, juzgaron conveniente informarla de todo, y así se hizo, tocando previamente las trompetas y trompetillas de la moral. «Ya ves, hija, qué hombre tan impúdico.. ¡De buena te has librado!.. Vete enterando, para que acabes de perder esa vana ilusión».

Revestía Fernanda su rostro de glacial indiferencia al oír estas cosas, y los (p.8072) padres y tíos se regocijaban creyéndola convalecida de la grave enfermedad de amor. Pero no iban las cosas por tal camino en la región invisible del alma, que Fernanda con cierto pudor místico recataba de las curiosidades más afectuosas. Según el juicio de ella, el donjuanismo era un mal; pero de tal naturaleza, que en él no podía existir la fealdad.. como no existía tampoco la fealdad en la vida borrascosa de Santiago y Teresa, antes de que un impenetrable destino los llevase a la tranquila honradez. Estas ideas eran nuevas en Fernanda; apuntaron en su cerebro después de la catástrofe, y en su rápido crecimiento ahogaban toda idea anterior. En ellas se mecía como en un columpio, viendo venir otras, viéndolas entrar en su pensamiento como pájaros asustados que huyen de la tempestad. Cada idea que entraba traía plumaje desconocido y un piar distinto del de las aves de acá. Volando venían de países remotos, donde la locura es sensatez, y quizás el desorden virtud.

La Historia privada y pública convienen en que por aquellos días el trastorno mental de don Wifredo de Romarate, Bailío de Nueve Villas, se había resuelto en una plácida mansedumbre, casi equivalente a una radical curación. Ya era otra vez el hombre pacífico, atento, sin una palabra más alta que otra, extremado en la caballería, fino y consecuente en la amistad. Verdad que hablaba muy poco, y así no había ocasión de disputa; no se curaba de la Legitimidad, ni de las fatigas de Carlos VII por ceñir la corona de España. Levantábase el hombre temprano; oía misa en San Vicente; consagraba después, en su casa, dos o más horas a un prolijo aseo y aliño cuidadoso; se ponía unas botitas de tacón muy alto, con que acrecía un poco su menguada estatura; endilgaba la ropa que últimamente le hicieron en Madrid, un hermoso chaquet estilo Romero Robledo, pantalón y chaleco distintos; se coronaba de un sombrero de altísimo cilindro terminado en airosa campana; revestía sus manos de amarillos guantes, y acompañado del más primoroso de sus bastones, emprendía su (p.8073) matinal paseo hasta la hora de comer.

El paseo del Bailío había llegado a ser en Vitoria fenómeno consuetudinario, inherente a la vida de la población. Su presencia servía de reloj a muchos. Invariablemente recorría dos veces los cuatro costados de la Plaza Nueva, una vez las aceras de la Vieja; seguía luego por la calle del Prado, hasta dar vista a la frondosa Florida. Por el Instituto, Capitanía General y San Antonio se encaminaba a la calle de la Estación, de la cual recorría invariablemente las dos terceras partes, ni baldosa más, ni baldosa menos; regresaba a la Plaza Nueva, y medidos por última vez los cuatro costados, tornaba a su vivienda en el Portal del Rey. El ritmo de andadura era siempre el mismo. Si se contaran los pasos, no habría cuatro de diferencia entre un día y otro. Su contoneo era grave y decoroso; su ademán, noble; su pisar, firme; no hablaba con nadie; sólo con leve sonrisa y una indulgente cabezada favorecía la persona de algunos transeúntes. A las señoras y sacerdotes cedía galanamente la acera. En medio paseo bastoneaba; en el otro medio llevaba mano y bastón a la espalda, y cuando entraba en su calle hacía un poco de molinete.. Todas las tardes, después de la siesta, repetía la caminata por los mismos sitios y con el mismo número de pasos; la única diferencia era que no sacaba el chaquet Romero Robledo, sino la levita Manuel Silvela y el pantalón Camposagrado.

Invariablemente terminaba el paseo de la tarde en el palacio de Gauna, donde por cena hacía don Wifredo una colación muy frugal; y si no estaban allí los Iberos, a la casa de estos iba en busca de la tertulia, la colación y el extático contemplar a la hermosa Fernanda. Tenía esta especial gusto en hablar con el Bailío; encontraba en su conversación algo del gorjeo exótico y del plumaje pintoresco de los pájaros que en forma de ideas venían a refugiarse en su cerebro. Los primeros días hallábase el pobre sanjuanista cohibido por un respeto casi religioso. En la hija de Ibero veía una santa, una mártir, un ser interna y externamente purificado por las (p.8074) tribulaciones; era para él la perfección moral y la suma hermosura. Después, ya se fue soltando; pero su franca espontaneidad no se mostraba sino cuando Fernanda era su única interlocutora, y esto acontecía las más de las noches, porque a las chicas de Gauna y a las de Prestamero se había prohibido severamente marear al buen señor, y darle bromas que pudiesen remover su dolencia o despertar sus aletargadas manías.

Apartada con él en un rincón de la sala, Fernandita sabía tratar graciosamente los puntos más delicados, sin alterar la dulce mansedumbre en que el caballero vivía. «Anoche, don Wifredo, me dejó usted a media miel. Ya sabe que sus aventuras amorosas me entretienen más que nada, y son lo único, puede creerlo, que me alivia de mi tristeza. Pues empezó a contarme su conocimiento y relaciones con una dama enlutada, triste, parienta pobre de otra muy compuesta y fachendosa, natural de Cáceres; y cuando estaba yo más entusiasmada con su historia, se nos acercó Sofía Prestamero; varió usted de conversación, y yo me quedé, como quien dice, en ayunas.. Siga, siga, por Dios, y sepa yo en qué pararon aquellos amores tan volcánicos..».

Tomó don Wifredo la postura de las grandes confidencias, la cual era como todas las suyas, postura correctísima, con la más decente colocación del cuerpo y las extremidades, y un orden artístico en todos los pliegues de su pantalón y levita, los cuales pliegues eran cada noche casi exactamente iguales a los de la noche anterior.. Y en esta grave petrificación estatuaria, satisfizo la curiosidad de su noble amiguita. «Ya dije a usted que la conocí en las tribunas del Congreso, cuando Castelar nos habló del Dios del Sinaí, muy señor mío.. Las miradas de aquella señora triste incendiaban el Salón de sesiones. Yo estaba sofocado, y me puse malo por no tener a mano un refresco.. Un amigo que entonces me salió, pérfido y enredador, quiso hacerme creer que la dama estaba en el último mes de su embarazo. Fue una broma de mal gusto; y cuando la señora llamó a la puerta de mi (p.8075) casa, nadie observó en ella bulto de vientre ni cosa tal. No me fue posible recibirla; pero por doña Leche, que habló con ella, supe que es algo marquesa, viuda de un militar muerto en Cuba, y que allí dejó una fortuna.. En sus cartas, arrebatadas de un amor insensato, del año 43, me pedía que fuéramos ella y yo a reclamar.. En fin, que por mi dolencia no me decidí a embarcarme con ella.. Mi negativa debió de exasperarla hasta la exaltación. Sus cartas terminaban con el terrible dilema: Tu amor o la muerte.. Trajéronme entonces a Vitoria, donde supe que murió de tristeza..».

-No me parece inverosímil. ¡Pobre señora!.. Y ahora, dejando esto a un lado, don Wifredo, va usted a explicarme otra cosilla que anoche dejó medio en el aire.. Ya no se acuerda. Pues me dijo usted que ese achaque de la cabeza que padeció en Madrid, por culpa de una tal África, le trajo muchos sinsabores y disgustos, y también grandes beneficios. Me falta saber qué beneficios fueron esos, señor Bailío.

-Verdad que no acabé de explicar.. Lo que yo padecí fue como un terremoto que cuarteó mi cerebro.. Hendido y lleno de grietas quedó.. y si por este lado se escaparon muchas ideas y pedacitos de la razón, por estotro entraron hermosas verdades, que ya no quisieron salir.. Una de las verdades que adquirí en aquella revolución o cataclismo, fue que Cristóbal de Pipaón es un malísimo poeta.. sí, hija mía, no se asuste usted.. no se ría.. Cristóbal es el peor poeta que cabe imaginar.. Sí, sí: un gato que maya en el tejado llamando a la gata es más poeta que él.. Las voces que Cristóbal llama poéticas son adoquines, y sus odas calles empedradas.. Suenan sus versos como las calles cuando pasa el pesado carromato de Burgos con seis mulas, ni más ni menos.. Bueno: pues otra de las grandes verdades que aquí se me han metido y ya no salen, es que si mi amigo don Carlos de Borbón y de Este viene al trono, no lo calentará mucho tiempo.

 

Ep-41-XXVI -

-¿Qué razones tiene mi buen don Wifredo para creerlo así? Eso ya no es poseer verdades, sino meterse a profetizar.

-Pues (p.8076) profetizo. En mi caletre han venido a guarecerse las verdades futuras. Don Carlos no calentará el trono, porque todas las señoras elegantes quieren al niño Don Alfonso.. Así lo cuenta Luis Trapinedo, que conoce bien la sociedad.. Y Luis y yo sabemos, porque lo hemos visto de cerca, que también aman al niño de Isabel II los enriquecidos, antaño salchicheros, chocolateros, contratistas de tabaco, prestamistas, logreros, y ogaño chapados de aristócratas, algo marqueses ya, o con ganas de serlo.. Como estos ricachones y las damas bonitas vestidas a la última moda de París son la fuerza social efectiva, no cuajará ningún Rey que no venga empollado por las faldas y talegas.. No digo que no haya Rey al fin, ya lo saquen de un pozo, ya escojan algún sobrero de ganaderías extranjeras.. Lo que digo es que no cuajará..

-Pues yo, don Wifredo de mi alma -declaró Fernanda, humorística-, creo que el único monarca que conviene a los españoles es aquel de palo que Júpiter dio a las ranas cuando estas le dijeron que no podían vivir sin Rey.

-Quizás esté usted en lo cierto, pues ahora todo es figuración, y el mejor Rey será el que sirva de imagen para llevado en andas en la procesión política. Con más fervor lo adorará nuestro pueblo viéndolo de palo que viéndolo de carne y hueso. El pueblo gusta de venerar los sujetos cuando se les presentan en traza de objetos barnizados e inmóviles, con ojos de vidrio.. Y los que medran al amparo de esta superstición, no quieren Rey vivo, sino un lindo juguete monárquico que lo más, lo más, diga papá y mamá, y eche firmitas.

-Vaya, don Wifredo -dijo Fernanda con risueño entusiasmo-, que está usted hecho un sabio, y bien puede bendecir su cataclismo.

-Basta de verdades por esta noche -declaró el Bailío-. Ya mi señora doña Gracia da la señal de retirada.. Mañana seguiremos, amiga del alma, que aún hay aquí verdades como puños, y entre ellas algunas que interesan a usted particularmente..

Empezó el desfile, y nada más hablaron aquella noche, con gran desconsuelo de Fernanda, a quien (p.8077) no se le caía el pan hasta saber qué verdades eran aquellas de su particular interés. La impaciencia y curiosidad tuviéronla desvelada, y no se durmió sin tornear en su mente atrevidos cálculos y conjeturas sobre aquel ignorado tema. A la siguiente noche debían reunirse todos los amigos y parientes en el palacio de Gauna, donde había familiar fiesta, por ser la de San Luis Rey de Francia, y celebrar sus días el futuro Marqués de Gauna y su hija Luisita.

Esta y su hermana, con Fernanda, Demetrio y los chicos hortelanos, tuvieron la feliz idea de adornar la frondosa huerta del palaciote como para verbena, y toda la tarde emplearon en colgar de los árboles farolillos y banderolas de papel; antes dispusieron un barrido general de paseos, y se armó un tabladillo para colocar dos violines, dulzaina y tamboril. Todo resultó muy bien apañado, como improvisación de muchachas traviesas. Llegada la hora del juvenil regocijo, después de la cena, daba gusto ver las arboledas, aquí umbrosas, allí iluminadas de fantásticos colorines, y oír el rumorcillo de risas y coloquios por alegres bocas de ambos sexos, y ver los grupos que entre cerezos, manzanos, morales y albérchigos bulliciosamente discurrían. La musiquilla cumplió hasta media noche, sin dar tregua ni paz a sus estridores rítmicos; bailó la juventud honestamente, y la cháchara interrumpió con crueles latiguillos galantes el tranquilo sueño de los pájaros, que tenían por suya la callada fronda.

Ya mediada la verbena, Fernanda y el Bailío reanudaron en tan apacible lugar sus coloquios. Apartados del tumulto, dejáronse ir quedamente a un paseo lateral, a donde llegaba medio muerto el resplandor de los farolillos, y hecho polvo de sonidos el parloteo de galancetes y damiselas.. «Esta soledad -dijo don Wifredo saboreando el misterio nocturno- es la más adecuada escena para que ciertas verdades pasen de mi boca a los oídos de usted..».

-Pero lo hará sin asustarme -murmuró Fernanda, traspasada por fugaz calofrío-. Esto está muy obscuro, don Wifredo.. Vamos por aquel paseíto.. Estamos (p.8078) junto a la noria, que es lugar triste. Fue noria.. ya no es por dentro más que una ruina, por fuera un armatoste abandonado.. con mortaja de hiedras.

-Sí, ya veo.. es la noria.. que veinte años ha sacaba de la tierra un hermoso raudal de agua fresca y cristalina.. Me agrada verme junto al pasado glorioso.. Detengámonos aquí un instante, que mis verdades pronto se dicen. Es cuestión de segundos.. Fernanda, no tiemble, no se asuste. Don Juan.. ¡Eh!, ¿qué hace usted? ¿Por qué chilla?.. Venga aquí.

-No quiero que me hablen de ese hombre -gimió Fernanda temblorosa, alejándose del Bailío.

-Si no me ha dejado concluir. Digo que don Juan ha de volver a usted.. sé que ha de volver, Fernanda; lo sé..

Aterrada, la hija de Ibero no se movía. El sanjuanista fue hacia ella, y alzando los brazos iracundos, y agitándolos sobre su cabeza, soltó estas palabras de fuego: «Volverá.. volverá.. lo digo yo.. Y digo también, delante de Dios y delante de usted, que si no vuelve, le mato.. le mato Fernanda».

-Silencio: cállese, don Wifredo.. No diga esos horrores. Pueden oírle.

Y él, disparándose más en la exaltación, lanzó su clamor a las estrellas: «Por la presencia de Cristo vivo en la Hostia, juro que mato a ese hombre si no vuelve a usted.. Pero volverá: yo lo sé, yo lo aseguro».

Tuvo Fernanda que decir también volverá, volverá, para que el caballero se calmase.. Y gracias a esta hipócrita conformidad, logró sacarle de aquel sitio sin que alborotara con sus destemplados juramentos y amenazas.. Poco después, don Wifredo recobraba su tranquilidad entre los demás asistentes a la verbena, y habló a Fernanda en el tono de su habitual mansedumbre. Al salir para su casa, algunos que iban tras él notaron que gesticulaba moviendo el bastón de un modo harto fantástico, y le oyeron mascullar y escupir frases incoherentes.

Fernanda tardó aquella noche más de lo regular en traer a su mente fatigada las dulzuras del sueño, pues aun dichas por un pobre vesánico, las palabras don Juan volverá, le mato si no vuelve, tenían bastante poder magnético para turbar su (p.8079) reposo.. Y al siguiente día vio la noble Vitoria interrumpida la normalidad de su existencia, por la falta de un hecho que diariamente ocurría con cierta puntualidad astronómica: el Bailío no se dejó ver en sus paseos matinal y vespertino, y los vitorianos comentaron con asombro el eclipse. Amigos y parientes llegáronse a la casa, y por Filiberta, la criada del sanjuanista, supieron que había pasado toda la mañana encerrado en su sala biblioteca, entre legajos, armas sacadas de los viejos arcones, y libros que parecían misales, con sus hojas rebarbeadas por los ratones; añejas crónicas, tal vez, de la Orden de San Juan en los gloriosos días de Tolemaida y Rodas.

Repitiose el eclipse un día, dos días más, que en esto no hay exacta medida histórica, y una prima noche hizo su reaparición en casa de Ibero, revestido de su pontifical elegancia nocturna, y luciendo además, o aparentando, su caballeresca y dulce amabilidad. Rodeáronle y con lindas palabras le entretuvieron las chicas de Prestamero y de Gauna. Fernanda se apartaba de él, como si le temiera. Pero en una favorable coyuntura, hallándose Romarate solo en el ángulo donde sentarse solía, suplicó a la señorita con amable seña que se acercase un momento, y con fugaz secreto le habló de este modo: «Fernandita, sepa usted que por aquí anda ese hombre.. No quiere abandonar las tierras de Álava, donde por lo visto le va bien». Con temblor en su voz cristalina, la joven respondió: «Don Wifredo, le suplico otra vez que no me hable de.. Ni nombrarle me gusta.. Sea usted prudente, respete mi tristeza».

-Yo insisto en que volverá. Me lo dice el poder de adivinación que adquirí en mi terremoto cerebral. ¿Duda usted de este poder mío? Pues con ejemplos que fácilmente pueden comprobarse, lo demostraré. No hace muchos días, el caballero andaluz se corrió a San Sebastián, y de allí a Irún, donde se hizo el encontradizo con el general Prim, que pasó a Francia con varios amigos para tomar las aguas de Vichy.. Don Juan quería informarse de los planes de Prim, referentes a (p.8080) candidatos al trono.. Es un lío, un lío horroroso.. Siéntese usted, ingratuela, y oiga los apuros y desengaños de los buscadores de Rey.

-Me sentaré, si usted se empeña en ello -dijo Fernanda-. Pero algo de eso sabemos ya. Nos lo contó anoche Luis Trapinedo, que está bien enterado.

-Pero Luis no sabe que si ningún príncipe extranjero quiere ser Rey de España, Montpensier no desiste de sus pretensiones, y que el de Urríes propone a Prim, en nombre del Duque, un millón de reales para cada diputado que le vote, diez millones para Prim y otros diez para Serrano.

-Yo no sé nada de eso, don Wifredo, ni me importa.. Si no se enfada, le diré que habla usted en sueños.

-Pronto se convencerá usted de que hablo bien despierto. No tardará mi amiguita en apreciar por sí misma que don Juan ronda, que don Juan acecha; ha conocido su error y quiere repararlo.. Y como no entre en razón, peor para él. Ya sabe usted la que le espera.. Si él se planta en la sinrazón, yo me planto en la justicia.

En circunstancias comunes, estas arrogancias habrían hecho reír a la hija de Ibero; en la turbación de su espíritu, aún perseguido de sombras y no abandonado de las angustiosas dudas, el responder con bromas a las palabras del Bailío le repugnaba más que discutirlas y tratarlas con seriedad. El motivo de esto fue que dos horas antes había sabido por otro conducto algo que confirmaba las noticias del buen Romarate. Don Juan, no sólo rondaba la ciudad, sino que había estado y quizás estaba aún en ella. Le habían visto recorrer de abajo arriba el paseo central de la Florida, entrar por la calle del Prado. Pasó después por delante del Instituto y entró en la Capitanía General. Al anochecer del mismo día, se le vio en los Arquillos con un sujeto de baja estatura que tiene cara de vieja.. bajaron por San Vicente, perdiéronse luego en la Plaza del Machete, donde los Iberos vivían.. Estas noticias dio a Fernanda una buena mujer que fue su criada, y antes lo había sido de los Prestameros. Llamábase Marciana, y estaba casada con un guardia civil.

Dos noches después de la referida (p.8081) conversación con el Bailío, no esperó Fernanda a que este la llamase, sino que se fue a él, aprovechando una feliz ocasión de hallarle solo. No fue a él temerosa de noticias, sino más bien buscándolas.

«El pájaro ha levantado el vuelo, Fernandita -dijo don Wifredo-; pero.. me consta que volverá».

-¿Ha hablado usted con él? -preguntó Fernanda entre seria y burlona.

-Yo no hablaré con ese caballero más que una vez, y será la definitiva.. Aparte de esto, la sonrisita de usted me dice que sabe algo de lo que yo sé.. no todo, porque sería imposible. Lo que ha llegado a su conocimiento lo debe a Marciana.. ¿Ve usted cómo adivino donde menos se piensa?

-Como que el pajarito que le cuenta a usted todo será la propia Marciana.. será Filiberta. Vamos, don Wifredo, dejémonos de jugar a los secreticos. Yo sé más que usted.. Sé que ese caballero estuvo en la Capitanía General.. cosa naturalísima.. Es amigo del General Allende Salazar..

-El cual fue.. lo sabe todo el mundo.. ayudante de Espartero..

-Pero la amistad no viene por Espartero, sino por Zabala. Los Urríes son amigos y algo parientes del General Zabala.

-Está bien.. Y después de visitar al Capitán General, fue don Juan a ver al Gobernador civil, señor Ezcarti, con quien tiene también amistad.

-De esa visita no sé nada. La amistad con Ezcarti debe de venir por Pavía, que es muy amigo de don Juan. Ya sabe usted que el Gobernador tiene dos hijas casadas, y que sus dos yernos son oficiales de Artillería: Baltasar Hidalgo y Manuel Pavía.

-Justamente. No niego que usted sabe algo de lo que yo sé.. Pero usted no adivina, hermosa Fernanda.. Dios no ha querido conceder a usted la facultad que yo disfruto por singular favor, quizás como compensación de mis desdichas.. Conoce usted, pues, algo de lo externo, algo de la vestidura de los hechos; pero no sabe ni palabra de los hechos profundos, de las intenciones.. Veo que usted se asombra; veo que sus bellos ojos lanzan al espacio sus miradas como aves de cetrería, en persecución de todo pensamiento volante y reptante.. (p.8082) ¿Me explico? Es que si mi trastorno me ha hecho adivino, también me ha hecho poeta, más poeta que Cristóbal de Pipaón, el adoquinador de odas.. En fin, amiga del alma, ¿de veras no ve usted el sentido íntimo de las visitas de don Juan al Capitán General don José Allende Salazar y al Gobernador señor Ezcarti?

-Yo no veo nada, don Wifredo -dijo Fernanda con pudoroso disimulo de sus vagas esperanzas-; sólo veo que usted es muy bueno, que se emborracha de caridad, de abnegación..

-Deje el incensario y respóndame a esta otra pregunta: ¿No estuvo ayer el Capitán General a visitar a su padre de usted? (Signo afirmativo de Fernanda.) ¿Hallose usted presente a la visita? (Nuevo signo afirmativo.) ¿Puede decirme lo que hablaron?

-Presente estuve un rato no más -dijo la señorita-. Luego mi madre y yo nos retiramos; quedaron solos mi padre y el General. Ya sabe usted que son muy amigos, desde los tiempos de Espartero y Zurbano. Delante de nosotros hablaron de política y de los aspirantes al trono.. Allende Salazar, como mi padre, es partidario de Espartero.. El odio a los carlistas enciende el genio del buen don José, que si siempre se parece a don Quijote por su alta estatura, flaqueza y sequedad del rostro, cuando habla contra esa gente es don Quijote mismo. Delante de mí, ayer, dijo que su mayor gusto sería fusilar al canónigo Manterola, que predica la guerra santa en el púlpito y en las conversaciones de los Arquillos.. y que le pegaría los cuatro tiros en la misma tapia donde fue pasado por las armas, con menos motivo, el pobrecito Montesdeoca.

Risueño comentó el Bailío esta humorada del Capitán General, añadiendo que no merecía tan fiero castigo el buen Manterola, defensor de la fe católica y de la monarquía tradicional. «Mejor sería -dijo después- que fusilase a Cristóbal de Pipaón, no por carlista, sino por detestable poeta.. Y no hablemos más esta noche, adorable Fernanda.. Sólo diré a usted que don Juan, al partir hoy para Miranda, donde habrá cogido el tren del Ebro hasta Zaragoza, y de allí hasta Lérida, Reus y Tarragona, (p.8083) ha dicho: 'Volveré..' y yo lo repito.. Con esta palabra me permito entrar en el amante corazón de usted, y como amigo y como poeta dejo en él una linda flor que se llama Esperanza..».

 

Ep-41-XXVII -

¿Tendría razón don Wifredo?.. Debe advertirse que si en su vida social no escaseaban las ridiculeces, en su vida íntima era un santo, y que Fernanda conocía no pocos ejemplos de su grandeza moral. Por esto quizás, al conjuro del caballero, sintió la joven que en su alma reverdecían esperanzas marchitas; las ramas secas e inodoras despedían leve fragancia de mejorana y tomillo, y en la mente obscurecida como alcoba de enfermo grave, entraban ya por innumerables rendijas luces del libre ambiente. Cierto que esto no era debido tan sólo al lisonjero vaticinio de don Wifredo; en el conjuro tenía buena parte Marciana, mujer bienintencionada y discreta, que procedía con la mayor lealtad.

Y aún cobraron las esperanzas de la desconsolada señorita mayor aliento cuando observó que llegaban a su casa visitas que a su parecer traían misterio y algo que a ella particularmente interesaba. Presentose una mañana don Felipe García Fresca, alcalde de Vitoria, y aunque esto nada tenía de particular, por ser Santiago y el señor Fresca muy amigos y ambos liberales, Fernanda creyó ver en ello una extraordinaria encomienda. Quizás no hablarían más que de política, de la elección de Rey, de los temores de levantamiento carlista; pero estos asuntos no explicaban el extraño caso de que, al despedir a su amigo en la escalera, quedase Ibero contentísimo, con una cara de Pascua que la hija no había visto en él desde los tristes días de Bergüenda.

Pues la misma noche estuvo en casa de Gauna don Francisco Juan de Ayala, persona principal de la ciudad, cuñado del Conde de Cheste. Ayala y Luis de Trapinedo hablaron largamente a solas en un extremo de la sala; Fernanda notó que la miraban sonrientes. Luego creyó notar en Luis cierto alborozo.. El hecho era que todos parecían contentos; pero nadie le decía nada. El único que con la señorita se franqueaba era su (p.8084) amigo el gran don Wifredo, que risueño le dijo: «No me ponga esa cara tristona. Alegrándose un poco, está usted más bonita.. Ya puede salir al campo de la ilusión, a recoger y acopiar pajitas y pelusitas para un nuevo nido.. Aquel se rompió, se deshizo.. Pues a otro.. Esto digo yo, y que venga ese bruto de Cristóbal Pipaón a competir conmigo en imágenes bellas.. Fernanda, que la vea yo a usted alegre y saltona, cogiendo pajitas y llevándoselas en el pico..».

Al llegar aquí, se detiene el historiador extasiado ante la noble figura caballeresca del Bailío de Nueve Villas, que en aquella segunda etapa de su azarosa vida se nos presenta con los caracteres de la más alta grandeza moral. Podría no estar el hombre en sus cabales; podría ser un vidente, un iluminado; fuera lo que fuese, la dirección que tomaba su voluntad merecía calurosas alabanzas. Volvió el hombre de Madrid medio loco o loco entero, trastornado por pasiones que súbitamente entraron a saco en su espíritu. Madrid le había sido funesto; había caído el hombre en aquel infiernillo político y social, con cincuenta años largos de pacífica normalidad provinciana; pagó el tributo a los gustos retrasados, a los apetitos inéditos y adormecidos; se le fue el santo al cielo; se achispó de los sentidos y del corazón. Restituido por bondadosos parientes al suelo natal, se encontró con el tristísimo suceso de Fernanda, la mujer ideal, la mujer soñada, tan alta para él, que nunca osó rendirle adoración fuera del invisible altar del pensamiento.

Pudo estar don Wifredo perturbado cuando le trajeron de Madrid a Vitoria; pero no cabía mayor señal de cordura que su proceder ante la hija de Ibero, abandonada del novio, sin perder su pureza. Ni por un momento pensó el Bailío en sustituir al galán fugitivo. Claramente vio que su edad avanzada, su posición modesta, la borrasca mental que había corrido en Madrid, le imposibilitaban para toda pretensión amorosa. No era falto de seso el hombre que así pensaba. Pero no contento con esto, y obedeciendo a las generosas y cristianas voces (p.8085) que sonaban en su alma, se dijo: «Todo por Fernanda y para Fernanda; y pues enamorada sigue del sujeto, a pesar del desaire sufrido, consagro mi vida al fin altísimo de traer al don Juan a su deber, o de castigarle con la muerte si a ello se negara». Con esta especie de juramento quedó afianzado el sanjuanista en la desinteresada empresa, expresión fiel de la Orden de Caballería que profesaba.

La idea del regreso de don Juan nació en la mente del Bailío de confidencias que alteraba su lozana inventiva. Pero contando siempre con la volubilidad del andaluz, se previno por si llegaba el caso de tener que matarle. Los eclipses del paseo matutino y el encierro en su aposento fueron motivados por la necesidad en que se vio de limpiar sus armas, enmohecidas por el ocio de una larga paz. Poseía espadas de fino temple, cuyos aceros jamás vieron sangre; sables, dagas y otras herramientas de muerte conservadas por curiosidad, o como recuerdos de familia. Terminada esta faena en dos mañanas, otras consagró a poner en orden sus papeles, a desempolvar sus ejecutorias y a trazar con mano firme un testamento ológrafo, pues aunque confiaba en que el juicio de Dios le sería favorable para llevar consigo toda la razón, no podía dejar de admitir alguna probabilidad de fracaso y muerte. Sobre todo estarían siempre los altos designios.

Fundado en vagas noticias, Romarate se imaginaba a don Juan encariñado con la reconciliación. Faltaba, no obstante, la nota de verosimilitud o algún dato testimonial, para que tal creencia fuese algo más que vana conjetura. A este propósito, debe decirse que las atrevidas adivinaciones de don Wifredo solían tener más consistencia lógica y más aire de verdad que muchos de los informes que sus confidentes le comunicaban; pero él se las componía muy bien para llevar a los puntos débiles la fuerza persuasiva que en otros sobraba, para dar apoyo a los hechos tambaleantes arrimando a ellos los hechos firmes, y así lograba sostener aquel aparato en que no era fácil discernir lo imaginario de lo (p.8086) real.

El taller en que don Wifredo fabricaba su lógico artificio era su casa del Portal del Rey, y el ayudante o discípulo la criada que desde remotos tiempos le servía, cincuentona como él, de una fidelidad inaudita, llena el alma de devoción y de supersticiones, con cierta salida de humos a lo caballeresco, plagio de su señor. Lo más extraño de Filiberta era que jamás creyó en la demencia del amo, y que en cuanto este hizo y dijo al regresar de Madrid no vio más que donaires, o rigurosa demostración de un carácter entero. Le amaba y le servía con absoluto desinterés; le cuidaba como a un hijo, y no tenía más finalidad en su existencia que verle saludable y alegre. Rara vez ha existido un caso de adhesión semejante, que se explica, más que por el natural bondadoso de la sirviente, por la increíble bondad, rayana en lo sublime, del caballero de San Juan.

Era Filiberta viuda de un contrabandista, que el año 54 contrajo una repugnante enfermedad en la boca y nariz. Hora es de que se conozcan las cristianas virtudes del ilustre Bailío, que llevó a su casa al pobre canceroso, le aposentó en su propia alcoba, asistiole como a hermano y no se apartó de él en la hora de la muerte. Entre él y la viuda le amortajaron; fue el caballero al Campo Santo, y con sus propias manos le dio sepultura. Como nunca hizo alarde de esta ni de otras obras suyas de alta misericordia, que cumplía calladamente como Caballero Hospitalario, pocas personas lo sabían. Pero el historiador lo sabe, y nos manda trazar este perfil biográfico.

«Filiberta -decía una noche a su fiel sirvienta cuando esta le quitaba las botas-, en el testamento, que hace días escribí de mi puño y letra, te dejo el caserío de Argandona». Y ella, con súbitas ganas de llorar, oprimiendo contra su pecho la bota que acababa de quitarle al amo, respondió: «Señor, yo no quiero que me deje nada. Lo que quiero es que viva más que yo. Muérame yo primero».

-No te aflijas, mujer. Sólo Dios sabe los días que hemos de vivir. Comprenderás que hallándome yo pendiente de un lance gravísimo con ese (p.8087) don Juan, he debido arreglar mis asuntos, por si el juicio de Dios me fuera desfavorable.

-Quite allá, quite -dijo Filiberta retirando la otra bota después de limpiarse una lágrima en cada ojo-. ¡Estaría bueno que Su Divina Majestad no le sacara a usted salvo y triunfador!

Disertando sobre esto con desigual reparto en el coloquio, pues don Wifredo no hacía más que asentir con frases breves, Filiberta expresó peregrinas opiniones respecto a la Caballería y a las virtudes de su amo. El que era un santo con sombrero de copa; el que practicaba la caridad sin que se enterara ni el cuello de la camisa; el cruzado de Jerusalén, amparo de los desvalidos, que andaba por el mundo lleno de misericordia, no podía quedar mal en un lance por defender a una dama noble y católica. Oyendo esto, despojose don Wifredo de las prendas de vestir más pegadas a su cuerpo, y se metió en la cama. Hízolo en la forma más pudorosa, mientras la criada, poniéndose de espaldas para no ver al amo en su desnudez, recogía la ropa y la ordenaba. Era Filiberta morena, tirando a negra; de granadera talla, huesuda, con bosquejo de bigote y barbas. Puesto en pie a su lado con altos tacones, apenas le llegaba al cuello el hombre chiquitín con quien compartía su existencia, y en quien veía un santo niño, digno de culto religioso.

Acostado el niño, su servidora le lió en la cabeza, a guisa de turbante, un pañuelo de seda. No dormía bien el caballero sin abrigar de este modo su cráneo y sus pensamientos, costumbre higiénica que le fue impuesta en Madrid por los cuidados de doña Leche. Y cuando Filiberta le hacía en la frente el nudito final, dijo a su señor: «Y para más seguridad, ya sabe que yo tengo un amuleto que me dieron los ermitaños de Barria. Se lo pongo en el pecho, y no haya miedo de que le toquen balas, ni de que le entre estoque o daga en desafío, siempre que a él vaya con fe y devoción. No es más que un colgajito con el haba de mar cogida en Viernes Santo, unos palitos de hierba de Tierra Santa y la regla de San Benito. Bien probada tengo la virtud (p.8088) de ese divino escudo: que por dos veces se lo puse a Ramón, y fue como si llevara una coraza de diamante. En Vera le soltaron siete tiros a boca de jarro, y no le tocó ni un grano de pólvora». Bondadosamente replicó el Bailío que más eficaces que el amuleto de los ermitaños eran la razón y la justicia, formidables broqueles que él llevaba en su pecho, y con esto terminaron el coloquio.

A la mañana siguiente, serían las ocho, volvía ya el Bailío de San Vicente con su misa en el cuerpo. Sirviéndole un rico chocolate, Filiberta le dijo: «¿Y anoche, señor, durmió bien?.. ¿Pensó mucho, vio las cosas que están lejos?».

«Te diré.. Anoche estuve algo inquieto, distraído.. Sin que yo los llamara, venían recuerdos y alguna que otra imagen, muy seductora por cierto, de las borrascas que corrí en Madrid.. No pude concentrar bien el pensamiento en las cosas de acá.. ni calcular lo que hace y piensa el caballero andaluz en Cataluña.. No dejes de ver hoy a tu prima Marciana, y si puedes, haz por ver a su marido, el guardia civil Antonio Castro. Un compañero de este, llamado Matías Calero, acompañó a Urríes en el trajín de las elecciones, y un miñón de los que están en el Gobierno civil llevó recados del Gobernador a don Juan en la fonda de Quintanilla.. Y ahora que me acuerdo: ¿no conoces tú a dos muchachas de la fonda, que son de Comunión, tu pueblo? Pues esas tal vez sepan algo..». Gozosa de colaborar en las imaginativas empresas de su amo, Filiberta se preparó para salir a la compra. «No te des prisa -le dijo el señor-, que hoy no paseo.. No me arreglaré hasta las doce.. Pasaré la mañana leyendo». Partió la moza con la idea de que las páginas de aquellos librotes viejos de Tolemaida y Rodas contenían la misteriosa cábala.. reveladora de las cosas futuras y los sucesos distantes.

Pero al enfrascarse en la lectura, no buscó el caballero su deleite en pesados mamotretos del tamaño de diccionarios, sino en volúmenes chicos, amenos y graciosos que guardaba en su reducida biblioteca, y que fueron sus delicias en la niñez como lo habían sido de sus (p.8089) padres.. Se embelesaba en aquellos días con peregrinas historias de aventuras y correrías maravillosas por las regiones inexploradas del Globo; buscaba la distracción de momento, los lances más inauditos, los hallazgos de enanos y gigantes, de monstruos marinos y terrestres, los peligros de huracanes, desiertos de hielo, abismos, trombas, torbellinos y banquetes de antropófagos..

De uno de estos bárbaros festines volvía don Wifredo aturdido.. cerró primero el libro, después los ojos, y en un breve letargo se vio llegando a Barcelona en un navío después de seis meses de viaje. Apenas saltó en tierra, vio a don Juan de Urríes tomando billete en la estación de un ferrocarril. Vendía los billetes una mujer, que asomó las narices por el ventanillo preguntando al caballero que a dónde iba.. La voz era la de Filiberta que entraba con la cesta de compra, y dijo a su amo: «Señor, en la fonda de Quintanilla esperan al don Juan para dentro de tres días. Tiene la habitación reservada».

-Ya lo sabía -dijo don Wifredo pasándose la mano por los ojos-. En este momento toma el tren en la estación de Barcelona.

 

Ep-41-XXVIII -

Y era verdad que tomaba el billete en la estación de Barcelona; mas no para Zaragoza, como pensó don Wifredo, sino para Tarragona. No iba solo: dos señores le acompañaban. No le movían empeños o compromisos amorosos: empujábanle, con inquietud y curiosidad, móviles políticos y el inmediato interés de la causa dinástica que defendía. Observar quiso la tromba insurreccional que se iba formando en toda España, y con más ímpetu que en parte alguna en las regiones catalanas próximas al Ebro. Era la explosión del sentimiento republicano, el más joven y por tanto, el más vigoroso de los sentimientos políticos en aquella época de pasmosa florescencia vital. Brotaban los nuevos gérmenes con fuerte empuje de la savia, y el poder y virtud de esta se malograban por querer crear el fruto antes de producir las flores.. Este arrebatado movimiento tomó la encarnación teórica más atrevida, el pacto federal, y tras él iba con (p.8090) generoso raudal de sentimiento. El federalismo creyó llegar más pronto a su fin batiendo las alas de la razón filosófica que andando modestamente con los pies de la cautelosa realidad. Pronto había de pagar su error.

Como se ha dicho, fueron Urríes y dos más a ver de cerca el ciclón, sin acercarse mucho, por si llovían golpes y tiros. Los compañeros de don Juan eran un señor Angulo y un señor Solís, muy notados de montpensierismo doméstico y público. Lamentaban que en España hubiese tantos hombres que exponían su vida y su hacienda por don Carlos o por la República, y que no saliesen de ninguna parte ni siquiera cuatro gatos armados que mayasen por el de Orleans. En su lista de adictos tenía este generales y políticos de peso; en sus arcas millones que derrochar, si pudiera más la ambición que la codicia, y con tales elementos era el hijo predilecto de la impopularidad. Angulo, Solís y Urríes salieron de Barcelona con objeto de ver si en el revuelto río federal era fácil pescar alguna trucha que pudiese comer tranquilamente el señor Duque.

Vieron los tres caballeros la grande agitación de aquel país, y en un tris estuvo que retrocedieran a Barcelona; pero más pudo la curiosidad que el temor, y adelante siguieron. Sabían que las radicales ideas de Pi y Margall habían cristalizado en los organismos federativos de pueblos y regiones, y que pronto lo harían en la Junta central, común atadijo de los haces regionales. Sabían también que la guerra civil republicana se iniciaba en ciudades populosas y ardientes, como Zaragoza, y en otras que siempre fueron pacíficas. No desconocían que tras ellos quedaban soliviantados pueblos importantes de Barcelona y de Gerona; que Suñer y Capdevila reclutaba hombres a centenares, a miles, para expugnar la institución monárquica todavía platónica y acéfala, pues había trono, mas no Rey que lo ocupase; pero ignoraban lo que podía venir del lado de Tortosa, donde algunos diputados republicanos y otros que no lo eran, hombres de tan viril entendimiento como Valentín (p.8091) Almirall, jóvenes exaltados como José Luis Pellicer, habían adiestrado al pueblo en el arte de la reivindicación y en otras artes complementarias, como el maldecir cantando y el aclamar rugiendo. Inspiraba el gran niño admiración por su infantil fiereza; causaba miedo, porque su inocencia no era ya inofensiva.

Al llegar a Tarragona, nada vieron anormal Urríes y sus acompañantes. Fueron a visitar al Gobernador don Juan Manuel Martínez, hombre tan inteligente como simpático, amigo inquebrantable del General Prim, satélite de adversidad más que de fortuna, pues con alegre constancia le siguió por todos los ásperos senderos y atajos de la emigración.. No le encontraron: había ido a Barcelona a conferenciar con el Capitán General Gaminde, y pedirle fuerzas con que contener el nublado que se les venía encima.

Recibió a los curiosos forasteros el Secretario, Gobernador interino don Raimundo Reyes García, el cual no pareció temeroso de que estallasen desórdenes graves a la llegada de los republicanos que vendrían de Tortosa. Según dijo, conocía bien al pueblo tarraconense; teníale por reflexivo, poco dado a excesos revolucionarios; pensaba que arengándole con lenguaje conciliador, invocando su dignidad y cordura, todo se reduciría a un poco de ruido. Contagiados de la tranquilidad del Secretario, se fueron los caballeros a la fonda, luego a un café, Rambla de San Carlos, donde departieron sobre los presuntos alborotos. Seguramente, si estos eran extremados y traían atropellos de la propiedad y ataques a las vidas, más ganaba que perdía la causa del Duque. Convenía que la odiada Interinidad se pusiera su máscara más cadavérica y su mortaja más pavorosa para asustar a la Nación.

Con estos comentarios ojalateros pasaban el rato cuando oyeron rumor de marejada popular, y a la calle se lanzaron, siguiendo la corriente que con hervor de gritos descendía de la Rambla de San Juan a la de San Carlos. Por la calle de la Unión precipitáronse a la Plaza de Isabel II, donde ya era menos fácil el paso por lo que iba (p.8092) espesando la muchedumbre. Dejábanse llevar del torrente humano que corría cuesta abajo, y por calles que desconocían, rectas y de anchura diferente, llegaron a una gran explanada, en cuyo término se veía la estación del ferrocarril. Era la escena del drama federal anunciado, que se hallaba en su primer acto, mejor será decir en el único, porque fue tragedia breve, con muy poco espacio entre la prótasis y la catástrofe.

Sobre la multitud que ondeaba con hinchazón rugiente, como un mar tempestuoso, se destacó la figura arrogante de un militar anciano que subió a un coche. Su hermosa barba blanca dábale aspecto de un gran Rabino, con ros y levita galonada.. Era Pierrad, hombre valiente en la guerra, desgraciado en la paz, y en toda ocasión política enormemente inoportuno; tardío cuando debía llegar pronto, prematuro cuando su tardanza podía ser un suceso favorable. No se sabía si a la multitud arengaba, o si oía su bronco alarido sin comprenderlo.. El General era sordo.

Entre don Blas Pierrad y la Estación, el Gobernador interino arengaba en otra forma y con mejor sentido a la brava multitud. Esta, también un poco sorda como su ídolo en aquel momento, no se enteraba de las sensatas exhortaciones de la autoridad.. se arremolinó en torno al señor Reyes; este cayó al suelo.. La fiera se inclinó sobre él.. Era como el niño recogiendo el juguete que se le ha caído.. Los niños, en sus juegos inocentes, inventan diversiones crueles y hacen simulacros de maldades.. Ello fue que la iracunda caterva popular echó una cuerda a los pies del infeliz Gobernador interino y le arrastró, no sin tropiezos y dificultades, porque el suelo estaba muy mal empedrado.. Los arrastradores, con incierta marcha de niños embriagados por la travesura, tiraban hacia el puerto.. Pierrad fue y vino en su coche.. los caballos encabritados, parecían luchar con las olas, como caballos de Neptuno. Alguien gritaba junto al General refiriéndole lo que ocurría; mas él no parecía comprenderlo bien.

Urríes, Angulo y Solís no creyeron prudente marchar a la cola de la (p.8093) bárbara tragedia que se alejaba; y deseando apartar de sus oídos el espantable resuello de la plebe, mezcla de carcajada hombruna y de aullar de canes, retrocedieron calles arriba..

«Filiberta -dijo don Wifredo a su criada, abriendo los ojos y requiriendo el libro que había dejado sobre sus rodillas-, ¿has oído un estrépito como de loza que cae y se rompe en mil pedazos?».

-No, señor -replicó la mujer huesuda, que entró de puntillas cuando su amo dormitaba en el sillón-. Nada oigo, y en casa no se han roto tazas ni pucheros.

-Pues creí.. Estaba yo leyendo unas historias del País de los Volcanes.. cada casa tiene su cráter.. país de terremotos.. el suelo está siempre bailando.. Pues leía que estalló una gran erupción.. no sé más, porque me amodorré.. Dime, Filiberta, ¿fue ilusión mía, o en la calle había bullanga? ¿No pasó un grueso gentío alborotando?

-No, señor: no ha pasado más que el carromato de Estella con cuatro mulas.. Alboroto hemos tenido en Vitoria; pero ello fue anoche.. En el teatro se juntaron esos locos republicanos, y estuvieron echando prediques hasta las once o más. Luego, a la salida, hubo lo de que si tú, que si yo; vivas y mueras, y empujones muchos que por poco se vuelven palos.

-Fuera de don Pedro la Hidalga, varón respetable, aunque de cáscara más amarga que la hiel, todos los republicanos de acá son niños echados a perder por el estudio.. Entre ellos hay muchachos listos.. simpáticos. ¡Ricardo Becerro, Daniel Arrese, Sotero Manteli, ángeles de Dios!.. Antes de irme a Madrid discutía yo con ellos, y les volvía tarumba, despedazándolos con sus propios argumentos.. Ahora, los ángeles se han quitado de cuentos, y tratan de traernos el Caos. ¿Sabes tú, Filiberta, lo que es el Caos?

-Señor, como saberlo, no lo sé.. pero ello debe de ser algo parecido a la República Federal, porque esta no se les cae de la boca.. Pues el otro Cao, el de Carlos VII, también tiene pelos.. Y para que estemos más divertidos, Cao de Montpensier, Cao de Espartero y del Demonio coronado. Digo, señor, que no ganamos para Caos.

-Es (p.8094) verdad; no ganamos.. Y a propósito, Fili: estoy algo inquieto.. El corazón, desde anoche, me dice cosas tristes. Todo cuanto leo me hace pensar en trifulcas lejanas, en calamidades y sucesos sangrientos.. en volcanes y cataclismos. ¿No te parece que..?

«Sí, sí: me parece que debe el señor arreglarse, vestirse y echarse a la calle -dijo la mujerona con regaño y mimo, a la par severa y cariñosa-. ¡A lucirla, a pintarla.. a que diga la gente: 'Ahí va el primer caballero, y el caos de la pura elegancia'! Fuera murrias, y viva mi dueño». Fácilmente persuadido por este exabrupto de cariño maternal, don Wifredo despachó sus lavatorios matutinos; con media hora más quedó de punta en blanco, y a la calle.. ¡Albricias! El gran Romarate reaparecía como el sol después de un largo y triste nublado.

Entrada la noche fue al palacio de Gauna, donde halló más gente que de costumbre, y la novedad de que estaba allí el Gobernador contando el trágico suceso de Tarragona. Un cronista muy autorizado fija en la noche siguiente la visita del señor Ezcarti. ¿Qué más da? Y en último caso, con correr una fecha queda la Historia en su punto.. Al entrar don Wifredo, el digno Gobernador, rodeado de graves señores y algunas damas, iba ya muy adelantado en el relato del espantable motín, que sabía por telegramas oficiales: La autoridad militar, General Acosta, no dio señales de vida hasta que le llevaron noticia de que el pobre señor Reyes había sido arrastrado. Antes de que llegara la escasa tropa que guarnecía la plaza, algunos guardias civiles y carabineros lograron contener a la salvaje plebe; pero no salvar a la víctima, que aún estaba entre la vida y la muerte, yacente en la Plazuela de San Fernando, cerca del mar, a donde los arrastradores querían arrojarla..

-¿Y el Gobernador civil?

-Llegó de noche.. pudo recoger el cadáver del desgraciado Reyes, espantar a don Blas, que se volvió a Tortosa, y dar principio al desarme de los voluntarios de la Libertad. Don Juan Manuel hizo prender en Tortosa al general Pierrad, y le trajo a la cárcel de Tarragona; después, (p.8095) reuniendo toda la fuerza disponible, persiguió a los amotinados. Estos se corrían a Reus, a Valls, a Montblanch.. En fin, que había para rato, y aquella insurrección daría mucho que hacer al Gobierno.

Los comentarios fueron, como es de suponer, vivos y medrosos. Algunos, encastillados en la rutina, creían que sólo al carlismo correspondía la especialidad, casi casi el derecho, de la insurrección. Romarate oía y callaba, pues había perdido el hábito de las disputas políticas. María Erro, Gracia y la señora de Prestamero no extremaban su indignación, y sólo veían en la tragedia el peor síntoma de la gravísima dolencia de España, llamada Interinidad. En cambio, las añosas damas doña Manuela Tirgo y doña Rita de Landázuri sacaban de sus amojamadas laringes voces de ultratumba, para pedir un régimen absoluto sin Cámaras, aunque con camarillas, que pusiera freno a tantos desmanes. Luis Trapinedo, Ezcarti, Santiago Ibero y otros, pedían represión por los medios constitucionales, y los que blasonaban de católicos antes que políticos, como don Ramón Ortiz de Zárate, don Francisco Juan de Ayala y el valetudinario don Tirso Pipaón, ex-Provincial de la Orden de Predicadores, afirmaron que la tragedia de Tarragona y otras que se estaban preparando tenían por único fundamento la relajación de los principios religiosos.

Oídas estas sesudas razones, se arrimó el Bailío al grupo de las muchachas, que al otro extremo de la sala picoteaban con cuatro mozalbetes. Al mirar a Fernanda, los ojos de ella le salieron al encuentro, mirándole a él. ¡Y con qué expresión tan rara! Asustados pedían auxilio, informes, luz, con ser tanta la que ellos despedían. Fácilmente se puso el caballero al habla con la señorita, y aprovechó ella el ruidoso charlar de la gente moza para decir quedamente al de San Juan: «¿No sabe? Ayer estuvo aquí de visita la Marquesa de Subijana.. me lo ha contado Luisa. Esa señora quiere ahora reanudar sus amistades del siglo pasado, o de no sé qué siglo, con estas venerables momias. María Erro le preguntó por la sobrina.. por (p.8096) esa..».

Comprendió don Wifredo la repugnancia a pronunciar el nombre. Él revolvió el Céfora entre los dientes, y después, mirando al suelo, lo escupió sin saliva.. Y Fernanda siguió: «La respuesta de doña Carolina fue de lo más chusco.. Que la chica esa.. entra en un convento».

-Ya lo sabía yo. Es achaque antiguo en ella la falsa santidad.

-¡Monja!.. ¿Pero es burla, es ironía?.. ¿Y en qué Orden?

Como don Wifredo no toleraba que los informes reales se anticiparan a su prodigiosa facultad de adivinación, contestó sin vacilar: «En la Brígidas de Vitoria».

 

Ep-41-XXIX -

Retirose el Bailío a su casa recelando que la traviesa realidad no quisiera ponerse de acuerdo con la inspiración profética.. «Filiberta, ¿lo soñé yo, o me dijiste tú que en las Brígidas entraría pronto una joven..?».

-El señor lo habrá soñado -replicó la huesuda, tirando de la bota derecha de su amo-. Yo no le hablé de semejante cosa.. Pero ahora me acuerdo de haber oído ayer en la plaza..

-¿Ves cómo es verdad? ¡Si yo no me equivoco!.. ¿Y oíste el nombre de la nueva monja?

-Lo dijeron. Pero tengo yo mala cabeza para nombres.. y el de esa mujer no es de los que oímos todos los días.

-Filiberta -dijo el caballero ya en la cama, cuando con blanda mano le ponía su criada el turbante-, yo te suplico, y si es preciso te mando, que me averigües qué hay de nueva monjita en las Brígidas, y cómo se llama; y si es forastera, de dónde ha venido. Hace días que veo signos próximos y distantes de sucesos de suma gravedad.. Retírate, que yo aquí, solo y a obscuras, lo mismo pensaré dormido que despierto, y algo he de ver y he de sentir de lo presente y de lo futuro. Buenas noches, Fili..

Al día siguiente, no llevó la fiel doméstica noticia ni rumor alguno referentes a la nueva parroquiana de las Brígidas. Y como al segundo día ocurriera lo propio, empezó a creer don Wifredo que había fallado su adivinación. En el barullo mental que esto le causaba, no sabía el hombre si desear o temer que fuese verdad la presencia de Céfora en Vitoria. Al tercer día, o tercera noche, la confusión del (p.8097) caballero subió de punto en la tertulia de Gauna, donde el Alcalde don Felipe García Fresca puso el paño al púlpito para referir los horribles desmanes de Valls. La plebe, desenfrenada de toda autoridad, se lanzó a satisfacer sus bárbaros apetitos, a descargar sus odios en personas quizás culpables y en edificios inocentes. Aquí asesinó, allá incendió, ensañándose particularmente en los opresores del pueblo, y entreteniéndose en la quemazón de archivos, así municipales como notariales. Era el furor revolucionario en su mayor delirio, la ciega venganza de inveterados desafueros.. Lo que el Alcalde de Vitoria refirió, sabíalo por un caballero de Madrid, testigo presencial de los terribles atentados, el cual llegó a Vitoria por la mañana, marchando por la tarde a un pueblo próximo.

La idea de que el caballero informante era don Juan de Urríes se clavó en la mente del de San Juan, quien se impuso el deber de no dormir aquella noche sin despejar la formidable incógnita. En efecto, así lo hizo, y por el guardia civil Antonio Castro supo que Urríes estuvo aquella mañana en la fonda de Quintanilla dos o tres horas; fue después a la Casa-Ayuntamiento, y a las dos próximamente alquiló un coche por días, partiendo a un pueblo cercano.. ¿Ali, Armendia, Gomecha? Esto no se sabía; mas no era difícil averiguarlo. Con tales informes, don Wifredo creyó tener en su mano la mitad de la clave, y por tenerla entera, a la mañana siguiente muy temprano despachó a Filiberta con un recado para la señora Madre Abadesa de las Brígidas, con quien el Bailío tenía conocimiento. Iba el mensaje formulado interrogativamente en un papelito para que la criada no trabucase el extraño nombre. La respuesta fue bien categórica. En efecto, las Brígidas recibirían pronto como novicia a una señorita llamada Nicéfora, catequizada por el padre Beck. Aún no había llegado. Hallábase en preparación o ejercicios..

Seguro de poseer ya la clave entera, apresurose el Bailío a construir a su modo toda la historia, con potente imaginación y lógica un tanto poemática. Conocía (p.8098) bien a Céfora, y se sabía de memoria las dos naturalezas que estrechamente enroscadas una en otra componían su carácter. Incompatible con Carolina, se había declarado independiente, haciendo la comedia del monjío para escaparse con Urríes en pos de goces y aventuras, menos secretas que las de Madrid. La que lloraba oyendo relatar la muerte de la Reina doña Francisca y poco después reía locamente repitiendo donaires picarescos; la que frecuentaba la iglesia, y dolorida de las rodillas por larga humillación ante el confesonario, se iba con don Juan a misteriosos nidos o burladeros, no era susceptible de enmienda ni reforma.

Era el Diablo mismo en su duplicada encarnación histérica y romántica; era la infernal Antarés, que a don Juan ofrecía sus formas seductoras cuando se hallaba dispuesto a variar de conducta. Con ser tan malo, don Juan era mejor que ella. El caballero andaluz volvía seguramente, como había previsto o adivinado don Wifredo; pero no volvía llamado por la virtud de Fernanda, sino por la sensualidad de Céfora. Según las presunciones del cruzado de Jerusalén, el burlador había tenido un instante de arrepentimiento: rayo del Cielo penetró en su alma, iluminándola con divinos resplandores; pero acudió Antarés con las tinieblas y el vicio, y don Juan perdió la vía del bien a que su vaga intención más que su rígida voluntad le encaminaba.

Ultimatum. -En cuanto se pudiese averiguar dónde moraba o se escondía don Juan, el Bailío de Nueve Villas le plantearía con arrogante severidad la cuestión caballeresca en esta concisa fórmula: «Usted, señor de Urríes, está obligado a casarse con Fernanda, no por reparación del honor de esta, que no ha sufrido ni podía sufrir ningún detrimento, sino por dar al alma nobilísima de la doncella de Ibero la paz y felicidad a que es acreedora. Padece la demencia de amar a usted. Su corazón pertenece a su verdugo». Si a este requerimiento respondía el andaluz con un sí, todo estaba felizmente terminado. ¿Respondía con un no iracundo o siquiera displicente? Pues el de (p.8099) San Juan con la misma o mayor entereza, le diría: «Aquí traigo dos espadas de fino temple: escoja usted la que quiera, y solos, sin testigos, vámonos a resolver en Juicio de Dios, cual cumplidos caballeros, esta grave contienda».

Al trazar con mente fervorosa este soberbio plan, el alma del caballero ardía en loco entusiasmo. ¿Qué mayor gloria que consagrar los últimos días de una vida intachable (salvo las canitas echadas al aire con la Africana) a una empresa de rehabilitación tan grande y bella? Y pensando en esto, a su mente traía la imagen de Fernanda, adornándola de innúmeras piedras preciosas que representaban otras tantas prendas morales. O devolverle su don Juan, o morir por ella.. En la mansión de los justos se encontrarían, limpios ambos de toda terrenal impureza, y contemplándose extáticos, gozarían eternamente el premio de sus virtudes.. y a Dios vería cada cual en las pupilas del otro.. Alargando después sus brazos para alcanzar al cuello de Filiberta, que en estatura le ganaba más de un palmo, le dijo con desbordada vehemencia: «Abrázame, mujer, y abrazándome reconoce que tienes por amo al caballero que más alto pica en la abnegación. Abrázame, a ver si se te pega algo de la grandeza de mis fines.. y aprende, Filiberta, aprende a sacrificarte por la belleza y la virtud. Este arranque gallardo que en mí ves, lo debo al cataclismo de mi cerebro. Dios me turbó y desconcertó, para darme después un natural y temple más varoniles, infundiéndome la querencia de los actos heroicos. Al propio tiempo me hizo más poeta que Cristóbal de Pipaón, y con esa ventaja me encontré de añadidura».

Derramando lagrimas, le abrazó Filiberta, diciéndole entre babas que si el señor moría en duelo, o como Dios quisiera, ella no se quedaba por acá. A su don Wifredo se pegaría como una lapa, y juntos subirían a la Gloria eterna.

Tan ufanado con su caballeresca resolución llegó a estar el Bailío, que le aterraba la idea de que un soplo de prosaica realidad deshiciera el hermoso castillete. Al regresar de su paseo una mañana, pensando en la (p.8100) ideal doncella por quien se desvivía, la encontró con su hermano Demetrio y con María Erro, que iban hacia la Plaza Nueva. Galantemente se agregó a las damas y al caballerito, y creyó ver en los divinos ojos de Fernanda sombra y luces que decían: «temo y espero». Al entrar en la Plaza, halláronse de manos a boca frente a un clérigo joven, vivo, con acento extranjero, el cual se enganchó en saludos amables con María Erro, después con Fernanda, Demetrio y la compañía. Era el Padre Beck, uno de los dos jesuitas que estuvieron con don Wifredo en La Guardia, en la primavera de aquel mismo año. Saludáronse todos, y particularmente extremó el clérigo sus cortesanías con el Bailío, no sin recordarle las caminatas que juntos habían hecho por Estella, Viana y Logroño, preparando el terreno y las almas para el levantamiento carlista. Con sonrisa de conejo respondió don Wifredo a las remembranzas del ignaciano, que se despidió relamido y afable, ofreciendo su domicilio, una hospedería muy recatada, próxima al convento de las Brígidas.

Siguieron las damas y su acompañamiento. Al despedirse Romarate en la puerta de la casa de Gauna, Fernanda le recomendó, con expresivo acento de tímida confianza, que no faltase aquella noche.. ¿Qué había de faltar?.. Llegó el primero, y aun pensó que llegaba tarde. Apenas vio a la gentil doncella de Ibero, pudo advertir en ella un ardiente afán de ponerse al habla. Ambos se dieron sus mañas para encontrar la ocasión que deseaban. La sorpresa del caballero fue grande cuando la señorita le dijo con balbuciente voz: «Ya sé, don Wifredo, dónde está esa.. esa.. En Vitoria la tenemos ya».

-¡Céfora!.. ¿Dónde?

-¿Se fijó usted en las señas que dio de su casa el clérigo de esta mañana?.. Pues allí.. allí.

-Ya lo sabía yo.. -replicó el caballero en un rapto de vanidad adivinatoria-. Digo: como saberlo precisamente, no.. Lo había pensado, lo sospechaba. Ya sé, ya sé: la hospedería de las señoras de Ezquerecocha, a donde sólo asisten personas recomendadas, comúnmente sacerdotes, beatas..

-Dijo el (p.8101) Padre que es al lado de las Brígidas.

-Está esa casa en lo que fue Hornabeque de la Victoria.. ¿Sabe usted?

-¿Qué he de saber?.. En mi vida oí tal nombre.

-¡Oh, yo de chico he jugado allí más veces..! Ya el Hornabeque o fortín estaba en ruinas.. Pues el año 50 construyeron allí varias casas: una de ellas es esa, con sólo dos pisos altos, que ocuparon las Ezquerecochas, excelentes señoras a fe mía.. Guadalupe, que era una santa, murió del cólera; Eduvigis está baldada.. Hoy gobiernan la posada unas sobrinas de poco juicio según entiendo. Por esto ha perdido la casa su antiguo crédito y respetabilidad.. En el bajo, que es un local muy espacioso, hubo hace años un almacén de granos; luego un gimnasio, que tronó hace dos meses. La semana pasada, esos locos republicanos quisieron alquilarlo para celebrar allí sus reuniones o metingues; pero las vecinas de arriba pusieron el grito en el cielo, y el propietario se negó.. Ahora que me acuerdo: días ha me dijo Filiberta que los valencianos de la Plaza Nueva alquilan ese local para depósito de loza y esteras.. Amiga del alma, noto en usted un sobresalto que no tiene razón de ser.. Estamos próximos a la Hora de Dios.. Como dice muy bien Filiberta, el reloj de Dios es distinto del de los hombres, y cuando nosotros decimos temprano, él dice tarde, y cuando decimos ahora, él dice todavía no.. Aguardemos con fe y serenidad.

Hubiera desentrañado Fernanda estas sutiles razones; pero por atender más al pensar propio, no quería salir del alcázar de su silencio. Despidiose el Bailío con efusión concisa, y algo aturdido salió a la calle; mas en cuanto las auras frescas de la noche orearon su frente, sintiose poseído de ardimiento belicoso, y espoleado por febril actividad. Apenas encaró con Filiberta, dio órdenes semejantes a las de un caudillo que reúne a los jefes de cuerpo para dar comienzo a una fiera batalla. Al punto quiso ponerse al habla con la Marciana, con su marido Antonio Castro, con Matías Calero y con un miñón llamado Ciordi, que según Filiberta era el individuo mejor informado de (p.8102) los pasos de don Juan. Anhelaba don Wifredo conocer sin demora el paradero del andaluz, para irse derecho a él y plantearle la cuestión caballeresca en términos de inexorable precisión.

Divagando en conjeturas y sin resolver nada, se pasó la noche, y a la mañana siguiente, dadas ya las ocho, sólo pudo averiguarse que la Marquesa de Subijana, desentendida ya de Céfora, se había ido a San Sebastián con su amiga la Villares de Tajo: ambas habían estado tres días en Quintanilla, donde tuvieron la dicha de alternar con los Marqueses de Beramendi y otras aristocráticas familias. Carolina Lecuona era feliz entre las damas elegantes y los señores ricos, que habían erigido en ley de buen tono el repudiar a todos los candidatos a la Corona de España y envolver en flores de simpatía al niño don Alfonso.. También había partido de Vitoria el padre Beck, creíase que a Tolosa, dejando a Céfora bajo la custodia y gobierno de una grave señora piadosísima, que habitaba en la misma casa.

Daban las diez cuando se supo que don Juan había pasado de Ali a un caserío cercano. Era inútil buscarle allí. Más práctico sería salirle al encuentro en Vitoria, a donde venía en cuanto cerraba la noche. El miñón José Ciordi, conocedor sin duda de los pasos, ya que no de las intenciones, del caballero, se encastillaba en una discreción a prueba de halagos. Era indudable que entre don Juan y Céfora mediaban cartitas. Desesperado don Wifredo ante la imposibilidad de apoderarse de alguna de ellas, invocaba y sutilizaba su poder de adivinación, tratando de penetrar ideológicamente el delicado arcano de las letras que iban y venían por el aire, como efluvios telegráficos. Pero esto no le valía, y los esfuerzos de una imaginación potente y ágil no servían más que para internarse en enredosos laberintos.. Por fin hubo de comprender que su fantasía deliraba, y que los monstruosos absurdos por ella engendrados eran obra de unos traviesos diablillos que se introdujeron en su magín, y allí jugaban con el aparato de adivinar.

Para librarse de esta diabólica sugestión, se fue (p.8103) el hombre a San Vicente, y ante el altar mayor oró devotamente una media hora, de rodillas. Muy consolado y fortalecido en sus pensamientos salió de la iglesia para su casa, y antes de llegar a esta sintió que en la bóveda de su cerebro llamaba con fuertes golpes el verdadero y genuino poder adivinatorio, como diciendo: «Atención: aquí estoy.. abrid, abrid..». La grande adivinanza de origen divino entró en el cerebro precedida de espléndidas luminarias. Vedla aquí: El nuevo alquilador del local vacío, planta baja, en la casa de las Ezquerecochas, era Servando Arregui.. grande amigo de Romarate, moralmente ligado a este por el cariño y la gratitud..

«Fili, Filiberta -dijo el Bailío con fuertes voces entrando en su casa-, averíguame al instante si los valencianos de la Plaza Nueva han alquilado el bajo de la casa.. ya sabes..».

-Señor, le estaba esperando para decirle que ayer alquiló el almacén Servando Arregui, y que hoy le han dado la llave.

 

Ep-41-XXX -

-¿Ves, ves?.. Lo adiviné -clamó el Bailío radiante de júbilo-. Y el barrunto vino de que recordé haber oído a Servando, seis días ha, que pensaba tomar ese local para poner en él un establo.

-No, señor; establo no.. pone almacén de ferretería.

-Eso es.. confundí las vacas de leche con las llantas, flejes, clavazón.. Lo mismo da. Corre, mujer: dile a Servando que quiero hablarle.. Puedes desde luego explicarle tú mis fines y propósitos, que son de la más pura honestidad.. inspirados en el supremo bien.. En fin, quiero que me dé la llave.. Es preciso que esta noche misma me apodere yo de aquella posición importantísima, para sorprender al don Juan, que por allí ha de recalar.. Ahora sí que no se me escapa, ¡vive Dios!.. Y detrás de la casa hay un campillo mal cerrado de tapias, el cual fue huerta, prado, y hoy es depósito de escombros, lavadero.. Allí tenemos don Juan y yo un espacioso y solitario ejido donde plantear el juicio de Dios, si ese andaluz alocado se negase a la reparación que le pido.. Filiberta, estoy loco de contento.. Vete pronto a ver a Servando. Que me dé (p.8104) la llave.. La llave es la clave, y cogiéndola podré exclamar: Eureka.. Eureka quiere decir: clave, ya te tengo..

Fue luego el ingenioso Bailío a la casa de Ibero, deseoso de hablar con Fernanda antes de llevar a la realidad su audaz propósito. Pero no pudo ver a la ideal señorita, porque hallándose enferma de fiebre palúdica Sofía Prestamero, junto al lecho de esta pasaba tarde y noche, asistiéndola como cariñosa enfermera. Dirigiose don Wifredo al domicilio de Prestamero, calle del Prado, casi frente al Instituto y muy cerca de las Brígidas; pero en la puerta varió de idea, porque preveía la dificultad de no poder hablar a solas con Fernanda, y porque sus graves quehaceres le pedían aprovechar escrupulosamente el tiempo.

Recibida de manos del propio Servando Arregui la llave del local, y pasada revista a los confidentes y espías que auxiliaban su causa, no quiso demorar la ejecución de sus heroicos pensamientos; recogió al anochecer sus espadas, y llevándolas bien disimuladas con la envoltura de una tela, se fue al escondido palenque donde aguardar a pie firme debía la Hora de Dios.

Aunque el caballero quiso ir solo al puesto de peligro, contra su voluntad le acompañó Filiberta. «Bueno -le dijo el amo en la puerta del local-. Consiento que entremos juntos; pero luego te vas.. Quiero estar solo. Las mujeres, con sus arrumacos y chillidos, perturban estos actos de carácter estrictamente varonil.. Abramos.. Ea, ya estamos dentro..». Era un local vastísimo; gran salón corrido, con dos rejas y una puerta a la carretera, otra al campillo posterior, que por el Norte lindaba con la huerta de las Brígidas. Columnas de hierro fundido sostenían las gruesas vigas de carga del techo; las paredes eran desnudas y sucias, el suelo de baldosín. Del techo pendían aún argollas y cuerdas, resto del gimnasio que allí hubo. En algunos paramentos se veían desgarrados carteles de Ferias y Toros, cuentas trazadas con carbón sobre el yeso. Únicos muebles donde poder sentarse eran un banco de carpintería, otro más pequeño, y algunas piezas de tablazón apiladas contra el (p.8105) zócalo.

Vieron esto a la luz de una vela que con precaución doméstica trajo y encendió Filiberta. «Buena ha sido tu idea -dijo don Wifredo dejando sus espadas en el banco-, y no está mal que yo tenga aquí esa bujía, que podrá ser necesaria en alguna ocasión. Pero yo me propongo hacer mi guardia en completa obscuridad, para evitar el riesgo de que se espante el enemigo y no entre a la suerte». Después de cerciorarse de que el local no tenía comunicación directa con los pisos altos, apagaron la vela, que Fili dejó sobre el banco de carpintería con una palmatoria de barro y caja de fósforos, y saliendo al campillo, reconocieron la puerta que daba salida a los pisos altos, y frente a ella lavaderos y colgadijos de ropa; más allá un estanquillo vacío y seco, y después soledad, árboles muertos, restos de fortificaciones. Una tapia destruida a trozos limitaba el campo a lo largo de la carretera de Madrid a Irún.

Una vez examinado el terreno, ordenó don Wifredo a su criada que le dejase solo, y como ella se negara, poniéndose un poquito dengosa, tuvo el amo que cuadrarse y hablar recio.. Al fin partió la huesuda, haciendo propósito de dar por allí unas vueltas a distintas horas de la noche. Solo en su torre, ufano como un guerrero feudal dentro de los muros que afianzaban su poder, esperó el Bailío los hechos que el reloj de Dios marcaría fijamente en el curso de la noche. Su punto de vigilancia era una de las ventanas enrejadas que daban a la carretera, frente al paseo de la Florida. Desde allí no se le escapaba don Juan, ni nada de lo que ocurriese en las Ezquerecochas. En su acecho le ayudaba una luna hermosa, con sólo dos noches de menguante, ligeramente recortada de un carrillo, y espléndida de dulce claridad. Alumbraba el astro lo exterior, y el caballero vigilaba en la obscuridad. Todo lo veía, y ni de hombres ni de alimañas podía ser visto.

No había pasado media hora desde que en el firmamento apareció la luna, cuando Fernanda Ibero, en un respiro que le dejó el descanso de la amiga enferma, salió a un mirador de los que engalanan la (p.8106) ciudad de Vitoria, con vistoso frente de cristales. Sola un momento ante la hermosa vista del cielo con claridad lunaria, y de las arboledas cercanas, iluminadas de un azul verdoso, el alma de la triste doncella salió a espaciarse en la dulce melancolía de la noche. Pocos minutos llevaba en su contemplación, cuando fue sorprendida por una muchacha de las que servían en la casa, Prudencia, la cual llegose a ella medrosica y vacilante como quien trae un tapadillo. Después de mirar a las habitaciones próximas, de donde salía rumor de niños y criadas, le dijo: «Señorita, para usted traigo una cosa». Tembló Fernanda. ¿Qué sería? El miedo de la criadita se le comunicó, y apenas pudo pronunciar dos palabras. Con un tome, tome, alargando un papel, cumplió Prudencia, que azorada seguía mirando a las puertas por donde venían las voces.

Cogido el papel por Fernanda, vio que era una cartita pequeña con sobre de tarjetas.. vio la letra de don Juan en el sobre.. le faltó poco para caer sin sentido. «¿Quién te ha dado esto, Prudencilla?». «Mi primo el miñón Pepe Ciordi.. Abajo está esperando por si quiere la señorita contestar.. Me dio el papel cuando volvía yo de la botica..». «¿Cómo he de contestar si no he leído..? Y no sé si debo leerlo.. Dile que se vaya.. No, espera.. Sí, que se vaya, que no contesto.. Aguarda, mujer.. que sí, que contestaré.. Pero tengo que pensarlo despacio.. oye.. que pensarlo despacio». No sabía la pobre señorita qué decir, ni qué resolución tomar: tan violenta conmoción le traía el inesperado mensaje, que era como bomba estallante en su alma. Con veloz mano rompió el sobre chiquito, y con mirar de relámpago leyó las seis líneas escritas por don Juan.. Leerlas y arrugar papel y sobre, guardándolo todo en el seno con rapidez de prestidigitador, fue obra de pocos segundos..

Inmediatamente se internó en la casa; volvió al cuarto de la enferma, que aún dormía; salió.. Marciana, de cuya fidelidad y honradez tenía tantas pruebas, era la única persona de quien se fiaba en el asunto obscuro y delicado que de improviso (p.8107) tomaba tan extraño giro. No hallándose en la casa la confidente, esperó su llegada con cruel ansiedad. En esto, la madre y la hermana de la señorita enferma ordenaron cariñosamente a Fernanda que se acostase, pues había pasado en vela la noche anterior.. Aunque no tenía sueño, Fernanda obedeció por estar sola y aislada. Quería zambullirse con libertad en el mar de sus pensamientos.

La solitaria meditación fue para la enamorada doncella tormento, del cual provenían goces del espíritu, y ensueños que acababan en cruel suplicio de incertidumbres. En su breve carta, don Juan le proponía restablecimiento de relaciones, olvidando todo lo pasado. El galán reconocía el inmenso mérito de la que fue su novia y prometida, y renegaba de sus pasadas locuras. Momentos hubo en que Fernanda, que aún conservaba la carta en el seno (se acostó vestida) , sentía que el papel le comunicaba un calor dulcísimo; sentía renovado su amor ardiente, y veía posibles la confirmación y realidad de las esperanzas que alimentaron su alma desde que don Juan emergió en La Guardia hasta que se hundió en Bergüenda. El recuerdo de la parábola del Hijo Pródigo la alivió de sus dudas. Antes de media noche, disparada la imaginación de la señorita en velocísima carrera, llegó a ver cosas y personas tal y como fueron en los primeros meses del año. La ilusión de amor, el porvenir risueño.. el matrimonio, el esposo, los hijos.. hasta la remota esperanza de los nietos, revivieron como una vegetación milagrosamente cambiada de las zonas frías a las tropicales.. Don Juan, curado de sus travesuras solteriles por los goces de la familia y por la paz doméstica, era un modelo de esposos, de padres.. ¿por qué no ya de abuelos?..

Una brusca regresión, un repentino salto atrás, llevaron el alma de Fernanda hacia otras ideas. Obra fue también de la imaginación, que es juntamente veleta y viento, pues a sí propia se cambia.. Vio la señorita cómo se ajaba de súbito aquel rosado ensueño.. pensó que la enmienda de don Juan sería difícil, y temió que si en efecto se (p.8108) arreglaba todo y con él se casaba, había de ser infelicísima. Acordose luego de su hermano Santiago, de sus aventuras, de su vida irregular, de su felicidad presente, y se dijo: «Quizás mi destino y el de mi hermano sean igual destino.. No podré llegar a la paz sin que antes pase por mil pruebas, sufra desdichas y afronte horribles tempestades». Santiago y Teresa eran para ella un símbolo más admirado que comprendido, un mito que representaba la humana vida en su primordial concepto. Veíalos como un grupo de clásicas figuras, imponentes por su belleza y noble gravedad. Sin que hubiera en torno a ellos palabras escritas ni grabadas leyendas, algo decían.. Invisibles trompetas de oro daban al aire estas voces: Energía, Dignidad, Amor, Justicia, y alguna más que no se oía bien..

Cansada de buscar enseñanzas de vida en la vida de su hermano, pasó Fernanda otra vez a lo fácil, próximo y tentador, a la fascinación donjuanesca. ¡Era tan interesante y galán el travieso andaluz!.. Su carta revelaba propósito de enmienda.. En el mundo no son raros los casos de pecadores súbitamente convertidos.. Con estas generosas ideas se adormeció, ya de madrugada, y su caldeado cerebro tuvo algún descanso.. Al despertar, su primer pensamiento fue para Marciana.. Por fin, ¡ah!.. Eran ya las nueve bien dadas, cuando la señorita pudo hablar con su leal servidora y confidente.

La primera observación de Marciana, en cuanto se enteró de la cartita, fue de una lógica intensa: «¿Por qué no le dice eso a tu padre? A tu padre debe dirigirse ahora, no a ti.. No te fíes.. lo que quiere es marearte, trastornarte, sabe Dios con qué idea». Protestó Fernanda tímidamente: tomaba la defensa del burlador por estímulos hondos del alma y nerviosos estímulos que enlazados subían a inspirar su pensamiento. Cariñosa rebatía Marciana sus débiles razones. Era una buena mujer, cuarentona, gordezuela, corta de estatura y de inteligencia, graciosa de cara, la mirada picante por causa de un ligero estrabismo, como gancho malicioso. Amaba con ternura maternal a Fernanda, de quien fue niñera, y no (p.8109) había olvidado el tutearla; no quería más a sus hijos. «Ten calma, cordera -le dijo-. Yo me enteraré hoy mismo. De ese Ciordi no debemos fiarnos, porque está vendido enteramente al don Juan, y no nos cuenta más que lo que le conviene.. Pero mi Antonio sabe o puede saber lo que Ciordi nos oculta. Volveré por aquí a primera hora de la tarde, y te diré lo que Antonio averigüe».

Entre la primera y la segunda visita de Marciana, las horas, invisibles ruedas del tiempo, corrieron con doloroso engranaje en el corazón de la señorita. Adormeció esta su ansiedad asistiendo a Sofía, recibiendo las órdenes del médico y aplicando sus manos al trajín de la casa. A las tres llegó Marciana con cara fosca, y a solas hablaron después de esperar ocasión favorable. «Hija del alma, lo que pensé ha resultado cierto. Tan engañada como yo lo estuve cuando te calenté la cabeza con lo de que volvía don Juan, lo estás tú ahora con la ilusión que te ha traído esa carta de brujería.. No viene, no, con buen fin.. Si viniera de buenas, se habría dirigido a tu padre.. Lo que quiere es perderte, arrastrarte a sus locuras..».

Rechazó Fernanda estas suposiciones que creía malévolas. Imposible que existiera en un hombre tanta maldad. Palideció en la protesta, como si las palabras de la confidente desgarraran sus sentimientos más vivos. Marciana, que blasonaba de su veracidad así como de su amor a la señorita, se aventuró a desembuchar la peor parte de las nuevas que traía.. «Pues sabraslo todo, para que te desengañes de una vez. El don Juan juega con cartas dobles.. Y esa que estudia para monja es tan santa como yo emperatriz.. Don Juan y ella están de acuerdo, se escriben, se hablan.. Todo lo tiene preparado para sacarla de aquella casa.. La roba.. se la lleva a Madrid de contrabando.. Y no ha de pasar de esta noche».

De la ira quedó Fernanda un momento sin habla; apretó los puños, y al oír a Marciana repetir sus últimos conceptos, rompió en acerbas negativas: «¿Cómo he de creer esas atrocidades? Marciana, te tuve siempre por leal; ahora te tengo por mentirosa.. No es (p.8110) buena esa Céfora.. pero sería un monstruo si de la puerta del convento se volviese atrás llamada por el vicio.. No, te digo que no es la humanidad tan perversa.. no, no.. ¡Y el don Juan escribirme lo que has leído, para salir luego con..! ¡Oh, no! Marciana, no me harás creer que Dios permite infamias tan horribles.. no mil veces».

Acabó su protesta llorando amargamente. Marciana, con dignidad de mujer que no sabía mentir, replicó así: «Pues, hija, no estás poco romántica.. Te traigo la verdad y dudas; no me crees.. ¿Lo creerás si lo ves?».

-Sí, sí -dijo Fernanda, y el sí fue como un grito en que echaba toda su alma-. Marciana, llévame.

-Bien cerca estamos.. pero es un compromiso.. ¡Si tus padres lo saben!..

-Quiero verlo.. La mayor vileza, la mayor abominación que Dios permite a sus criaturas, quiero ver.

Hablando así, avanzó con tal fiereza hacia la pobre mujer, que esta retrocedió asustada. «Bueno, paloma, no te pongas así -dijo apretándole las manos, que Fernanda soltó en seguida con tirón vigoroso-. Si te empeñas en ello, iremos.. ¿No calculas que nos será difícil salir de noche.. y dar una razón de nuestra salida?..». Y Fernanda, despreciando con gesto altivo los escrúpulos de la otra, contestó: «Digan lo que dijeren, y pase lo que pase, yo voy.. Si no quieres ir conmigo, iré sola.. Sé a dónde tengo que ir.. Es muy cerca».

Vaciló Marciana. El fuego que despedían los ojos de Fernanda prendió pronto en ella. Próximas la una a la otra, ya no se oyó más que un cuchicheo de ladrones en acecho: «Tráete tu mantón negro de crespón para mí..». «¿Fingiré un recado de tu madre llamándote a casa?..». «No es preciso..». «¿Sabes que tengo miedo?..». «Yo no..». «Bien mirado, ¿qué vamos a buscar allí?..». «La verdad: ¿te parece poco?».

 

Ep-41-XXXI -

Desgracia y fastidio fue para el insigne don Wifredo que el reloj de su ansiedad no anduviese acorde con el del Padre Eterno, pues las horas de aquel pasaban y pasaban silenciosas, sin que llegara la de Dios. Venía, pues, atrasado el reloj divino, o el del Bailío corría furioso, como si adelantara sus agujas el dedo de la (p.8111) impaciencia. El hombre esperaba, sin distraerse un instante de la escrupulosa atención de su acecho, y ni asomos del caballeresco lance aparecieron por parte alguna. ¡Lenta y tediosa noche, engalanada de una dulce claridad que resultó enteramente burlona! Diversa gente vio don Wifredo pasar por la carretera; mas nadie se acercó a la casa de Ezquerecocha después de cerrada la puerta, a las diez y minutos. Arriba sonaron pasos tenues.. Murciélagos entraron en el almacén y se colgaron del techo; ratones transitaban bajo las tablas como corredores diligentes que van y vienen a sus negocios.

Ni con las claridades del día se acabó la paciencia del Bailío, pues cuando vio entrar a Filiberta, que sonreía en competencia con la aurora, le dijo: «No ha pasado nadie, ni ha venido el enemigo; pero yo no desmayo. Tráeme el chocolate, que de aquí no me muevo. ¿Quién nos dice que la Hora de Dios ha de ser precisamente una de las de la noche?». Al volver con el chocolate, Filiberta le disuadió de su propósito. No debía esperar que de día hubiese drama. Lo conveniente era descansar en casa, para volver a la noche con los necesarios bríos. Cedió el hombre; se fue, llevando por delante a la huesuda, portadora de la chocolatera y de las espadas.. Antes de anochecer ya estaba otra vez el Bailío en su puesto, más alentado aún que la noche anterior, pues algo y aun algos le susurraba la cerebral trompetilla que anunciar solía las grandes adivinaciones.

Varió don Wifredo de táctica en la segunda noche, y dejando las armas en el banco salió a un reconocimiento en el campillo. Cerca de las tapias, cuyas roturas y boquetes permitían la entrada por diversas partes, se le acercó un miñón con el paso y modos de quien encuentra la persona que busca, y cortésmente le dijo: «Señor don Wifredo, ¿no me conoce? Soy Lucas Ciordi, hermano de Pepe Ciordi. Mi hermano, que está de servicio, no puede venir a verle.. Por Filiberta supo que estaba usted aquí.. Pues me manda a decirle que no se moleste en esta centinela, porque aquí nada ocurre ni puede ocurrir, señor. Para no (p.8112) cansarle, hay paces. Sépalo y alégrese».

-Me alegraré si me traes pruebas de esas paces -dijo el Bailío con entonada gravedad en su voz y continente- o si me señalas dónde podré encontrarlas tan claras como yo las necesito.

«A eso vengo, pues. El señor don Juan de Urríes estaba hace un rato en la Capitanía general. De allí salió para el Gobierno civil, donde ahora se encuentra con el Gobernador señor Ezcarti, el señor de Ayala y don Ramón Ortiz de Zárate.. A mi hermano ordenó don Juan que se le diese a usted aviso de que le esperaban en el Gobierno civil.. para ir todos juntos a visitar a don Santiago Ibero, Plaza del Machete». Quedó suspenso el ínclito Romarate. En su alma, la desconfianza y el temor suspicaz fueron pronto vencidos por la irrupción de sentimientos generosos, empapados en el dulce humor de la credulidad; y sin más palabra que un vamos decidido y seco, salió como una flecha, precedido del miñón.

Quedó solo el campillo, pues al propio tiempo que don Wifredo lo abandonaban un muchacho y una mujer, que retiraron ropas de las cuerdas de secar, y desaparecieron por la puerta excusada de la casa de Ezquerecocha.. Rodaron luego sobre aquella bostezante soledad minutos de silencio y paz.. un hombre pasó silbando; sapos cantaban llamándose de una parte a otra con sonidos de flauta dulcísimos.. conversación de ranas venía de la parte alta, lindante con las Brígidas. Apareció la luna, ya con la redonda faz más mermada de un carrillo, y su claridad azul pintó fantásticamente los relieves del suelo y los objetos en él esparcidos, recortándolos de sombras intensas.. Ya iba la luna bastante alta, despejada de nubecillas stratus, cuando por uno de los huecos de la tapia rota entraron dos bultos, que parecían enlutadas mujeres. El desigual terreno, con fuertes golpes de claridad y sombra, les imponía un andar lento, cauteloso.

Llegaron a la casa; dio Marciana con la puerta, y empujándola dijo a su compañera: «Está abierto.. entremos.. Aquí no habrá nadie, y si alguien hubiere, será ese ángel de don Wifredo, que (p.8113) cogió las llaves..». Ya dentro las dos, sentose Fernanda en el banco pequeño, y viendo en el de carpintero algo que a la luz de la luna relucía.. tocó.. era el manojo de llaves.. Algo más pudo reconocer: las espadas del Bailío.

Después de examinar el local y de asomarse a una de las rejas, volvió Marciana junto a la señorita, diciéndole con voz sigilosa: «No se ve, no se siente nada». Y Fernanda: «Habrá que esperar. Creo que debemos apostarnos fuera.. en este campo abandonado.. Por ahí saldrán, creo yo..». Y Marciana: «Estate ahí sentadita; yo miraré por una parte y por otra. Ten sosiego, hija mía; no olvides lo que me has prometido: ser prudente, no alborotar..». Y Fernanda: «No puedo decirte hasta dónde llegará mi prudencia.. Tales cosas puedo ver que..». Y Marciana: «Pues nada; un paso de novela, tonto de puro viejo. Ella estará preparada.. Llegará él con un coche.. Lo probable es que deje el coche a distancia.. Lo que no sabemos es si ella saldrá por alguna puerta, o si se descolgará del balcón».

Callaron. Fernanda permanecía sentada; a su lado Marciana en pie.. En el oído tenían las dos su alma, acechando rumores del piso alto y de la calle. La primera que dio un alerta como susurro casi imperceptible fue la hija de Ibero: «Arriba, pasos..». Marciana susurró negando: eran ruidos de fuera. Insistió Fernanda: «De fuera no; de arriba.. Son pasos.. y pasos de mujer.. Aguarda.. Ahora abren la ventana o balcón con mucho cuidado para que no chillen las bisagras..». Y Marciana: «Te equivocas: es el chillido de alguna lechuza en los árboles de la Florida..». Nueva pausa.. minutos que se coagulaban en las venas del tiempo, y no querían correr.. De pronto Marciana delató, con el gesto más que con la voz, una sombra, una figura que pasaba ante una de las rejas. Sin decir nada, Fernanda empujó a su confidente para que a la reja se acercara y.. Antes de que la criada volviese a la reja, el bulto volvió a pasar: iba en sentido contrario. Acudió también Fernanda, y como la otra retrocediera, en medio del local encontráronse las dos.. (p.8114) Marciana la abrazó, le sujetó los brazos, aun hizo ademán de taparle la boca.. «No te arrebates, hija; no hagas caso.. Es él».

Más prudente fue la señorita de lo que creyó su antigua niñera. Caricias tiernísimas le prodigó esta para sosegarla y evitar una explosión dolorosa. Por señas le aseguró Fernanda que sabría contenerse. Segundos después vieron a don Juan de Urríes plantado frente a la reja, la cabeza echada atrás, atento a una voz que del balcón descendía.. Desde el centro del local donde las dos mujeres estaban, no oían los conceptos de arriba; oían tan sólo sonidos dispersos, sílabas aperladas que rebotaban en el cristal de la noche. La voz y los conceptos de don Juan sí que los percibían claramente. «Me has dado la razón, vida mía -dijo el galán-. Tu carta de hoy es el mayor alegrón que podrías darme. Resueltamente arrojas de tu alma el último sedimento de esa estúpida manía monjil..». Algo dijo ella, y el caballero respondió: «Sí, sí: mi amor será inextinguible; te hago mía, te llevaré a Madrid. Serás dichosa, yo también..». Habló Céfora. La réplica de don Juan fue así: «Antes de recibir tu carta, tenía yo preparado todo para mañana, y a eso he venido, a decirte que todo está dispuesto para mañana.. ¿Te parece bien esta hora?». Poco antes de decir esto don Juan, Fernanda, retirada al fondo obscuro del local, dejábase caer en el banco donde antes estuvo. Con violentísimo esfuerzo sobre sí, pudo contener su angustia y desesperación, y sofocar las voces furibundas que de su boca querían salir. Marciana, en tanto, permaneció junto a la ventana para no perder nada de lo que hablaran.. Y en esto, retirose el andaluz vivamente, más pronto de lo que las mujeres esperaban.

«Llora, hija de mi alma -murmuró Marciana besándola con efusión-; llora un poquito.. Esto ha concluido..».

«¿Pero se fue.. se ha ido él?». La interrogación de Fernanda era estupor, espanto, sospecha de mayor desventura.

-Sí.. Te contaré. Sosiégate.. Pues según parece, don Juan tenía dispuesta para mañana la función de robar a esa berganta. Pero ella (p.8115) ¿sabes lo que ha dicho? Que mañana no podrá ser, porque el Padre catequista, que está en Tolosa, vendrá en todo el día de mañana, y con el dichoso clérigo aquí no puede haber fuga sin escándalo.. Tiene que ser la función esta noche. ¿Ves qué pillos?.. Oí bien claro lo que la pájara dijo desde el balcón.. Que esta noche, en cuanto esté dormida la vieja que arriba manda, podrá escabullirse sin ruido. Tiene llave para salir por la puerta que da a los lavaderos.

-¿Y él?

-Se fue corriendo.. No tenía nada preparado.. Dijo así: «Si nos quedamos aquí esta noche, ¿dónde nos guarecemos?.. Si nos vamos, preciso es que ahora mismo alquile un carruaje.. Esto será lo mejor; nos iremos a Miranda..».

-¿Eso dijo?..

-Esto, y algo más.

-Lo demás, fácil es de adivinar.. Quedaron en que él vendría con el coche y aguardaría en la carretera. Tratar coche a esta hora, prepararlo, enganchar, y venir aquí, será cosa de cuarenta minutos.. algo más quizás.. ¿Vendrá a esperarla, o saldrá ella a un sitio de la carretera que él fijó?.. Se irán por abajo, por el paso a nivel..

-Algo de eso dijeron.. no pude enterarme bien. ¡Buena tengo yo mi cabeza para retener palabra por palabra!.. Un oído tenía yo puesto en ellos, otro en ti, por si salías chillando y moviendo gresca.. Y sobre todo, ¿qué nos importan ya esos últimos requilorios? Ya has visto lo que querías ver; ya tienes la verdad que buscabas.. Vámonos a escape, hija, y demos gracias a Dios por no haber tenido ningún tropiezo.

Permanecía Fernanda inmóvil, y con su inercia taciturna decía claramente que aún era pronto para partir. La impaciente comezón de Marciana no dio resultado alguno, y en esto transcurrió un buen cuarto de hora, veinte minutos que a la buena mujer se le hicieron larguísimos. Al fin, la joven, poniéndose en pie, dijo a la que bien podría llamar su escudera: «Adelántate un momento, y mira si hay alguien que pueda vernos». Salió Marciana, y volvió al poco rato diciendo que no había nadie; en la puerta encontró a Fernanda que también salía, muy envuelta en su negro mantón.. Ya en el campillo, la (p.8116) señorita se encaminó a la derecha, hasta llegar a una puertecilla que era la comunicación de la casa con los lavaderos.. Detúvose junto a un poste de los que mantenían las cuerdas de colgar ropa, y a las indicaciones apremiantes y temerosas de la escudera, contestó muy quedamente, pero con voz firme: «Déjame; es entretenido ver la puerta por donde ha de salir este diablo hecho mujer.. No, no temas nada.. no chillaré, no alborotaré si la veo salir.. no haré más que reírme, Marciana; reírme de estos horribles sainetes del infierno.. No es esto para llorar ni para encolerizarse; es para reír.. para que nos hartemos de echar burlas y salivazos sobre un hombre más falso que Judas y una mujer sin pudor».

A fuerza de amantes ruegos logró Marciana separarla de aquel sitio; pero no tardó Fernanda en rebelarse de nuevo y volver al lugar que con fuerte atracción la llamaba.. Pausa y silencio, que cortó bruscamente un ruidillo metálico.. llave requiriendo una cerradura.. cerradura que chilla.. puerta que gime y se abre lentamente, dando paso a un bulto, a una mujer.. Esta salió rígida, cautelosa.. No vio a los que la veían y pudieron reparar que vestía de gris, con un abrigo en el brazo luciendo su airoso cuerpo; en la mano derecha traía un envoltorio, un saquito, no podía distinguirse bien; en la cabeza nada.. Echó sus miradas hacia la derecha buscando un sendero, y en aquella dirección anduvo hasta llegar fuera de la zona de sombra. Creyó sentir pasos; asustada miró hacia la parte desolada del campillo; pero no venía por allí el miedo; venía detrás de ella, con paso vivo, y en forma de una figura esbelta y obscura que al aproximarse le arrojó estas palabras, como saetas voladoras: «Señorita Céfora, va usted equivocada. No la espera a usted don Juan por esta parte. Es por la otra.. hacia el ferrocarril. Párese un poco. ¿Quiere hablar un rato conmigo en tanto que..?».

Céfora se paró en firme. Había llegado a la zona de iluminación de la luna; la angelical figura y sus cabellos de oro se destacaron en la plateada noche. «¿Quién es usted?.. ¿qué me quiere?» dijo asustada y (p.8117) desdeñosa.

-Quiero -replicó Fernanda, también parada en firme- que reflexione usted, que se vuelva por donde ha venido, que entre en su casa y no salga de ella esta noche.

Cuando esto decía, fue reconocida por la otra, que lanzando terrible chillido salió disparada en carrera velocísima por el primer sendero que encontró delante. Tras ella corrió Fernanda igualándola en velocidad, y detrás, a bastante distancia porque su gordura y corto aliento no le permitían más, Marciana que gritaba: «Hija, cordera, déjala, no seas loca.. Por tu madre, ven, aguarda».

Las dos jóvenes corrían a competencia con gallardos quiebros y brincos, salvando las desigualdades del terreno como gacelas perseguidas. Iban locamente al acaso, y sin darse cuenta recorrían todo el campillo, internándose en el recodo solitario próximo a la tapia de las Brígidas.. A Céfora se le acabó el resuello antes que a Fernanda, y fue alcanzada por esta, que con mano vigorosa la cogió del brazo y la detuvo, quedando ambas frente a frente.. Céfora gritó despavorida: «Juan, Juan, ven a mí..». Y Fernanda con más furia, blandiendo la espada que traía en su mano derecha: «Llámale, llámale. Juan, ven a este infierno, que es obra tuya». Frenética cerró contra ella, y ¡ras!.. allá fueron al suelo Céfora y espada, aguja clavada en un acerico.. La diablesa pasó de este mundo al otro sin decir apenas ¡ay!

 

Ep-41-XXXII -

Mediano rato tardó Marciana en llegar jadeante al lugar de la tragedia.. Sus ojos dudaban de lo que veían.. Pasado el estupor primero y sin aliviarse de su espanto, comprendió la gravedad del hecho y asió el brazo de Fernanda para llevársela.. La infortunada joven, que parecía privada de voluntad, se dejó llevar largo trecho; pero de improviso, como herida de recuerdo punzante, desprendiose de la mano de su escudera.. y apretó a correr en querencia del lugar trágico, pero sin dirigirse a él en línea recta. Describió extensa curva con el ligero y brincante paso de gacela, y al llegar cerca, como a seis pasos, del cadáver de Céfora, se arrodilló ante él y permaneció en (p.8118) contemplación muda.. En tanto Marciana, medio loca de consternación, iba y venía de una parte a otra, las manos en la cabeza, sin saber qué resolución tomar.

Cerca de aquel desolado sitio, casi tocando la tapia de las Brígidas, había un tejar, charcas pobladas de ranas, que a ratos rompían el silencio nocturno con su crotorante canticio; más allá una casucha que habitaba la viuda de un tejero. Allí vio luz Marciana, allí acudió. La viuda y un hijo suyo, mocetón hercúleo, que habían oído las alteradas voces, le salieron al encuentro. Relató la escudera el suceso como una riña sin consecuencias graves, y despachó al mozo con un recado para el guardia civil Antonio Castro, marido de ella, que estaba de servicio en el camino de Ali. Hecho esto, volvió en busca de su señorita, a quien encontró, no de hinojos, sino sentada en una piedra, los codos en las rodillas, el rostro sostenido en las palmas de las manos. Sentose a su lado Marciana, poseída de intensa emoción religiosa ante la mujer muerta; los suspiros de ella se concertaban, como fúnebre rezo, con los gemidos que de vez en cuando exhalaba la otra. Pasado algún tiempo, Fernanda alzó el rostro y dejó caer de sus labios estas lentas palabras: «Mírala.. tan joven, y ya muerta..».

Marciana suspiró más fuerte, y Fernanda prosiguió así: «Morir en la juventud florida es ley de enamorados.. El amor, el verdadero amor, no quiere envejecer..». Pasó más tiempo, inapreciable jirón del tiempo, y Marciana vio aparecer una figura humana, dos.. Eran don Wifredo y Filiberta. Al partir corriendo el tejero hercúleo en busca de Antonio Castro, encontró a medio camino al Bailío y su criada, y les refirió con vagas y medrosas indicaciones la ocurrencia y el lugar de ella.. El primero que se acercó al lúgubre teatro fue el caballero sanjuanista, y al ver a Fernanda en actitud luctuosa, y a Céfora tendida con mortuoria compostura, la espada clavada en el pecho, quedó como estatua, en estupefacción terrorífica. Luego llegó Filiberta, que de la fuerza del repentino espanto cayó al suelo diciendo: «¡Ay, Dios, (p.8119) ampárame! Yo no he sido».

Las cuatro figuras rodeaban en lúgubre cerco el cuerpo de la que dormía el eterno sueño, vuelta hacia el cielo la blanca faz, el cuerpo yacente en gracioso abandono, un brazo extendido sobre el césped, recogido el otro hasta dar con la mano en la tremenda herida.. Los cuatro callaban; sólo de la boca de Fernanda salieron palabras sueltas, sin sentido, sin relación alguna con la tristísima realidad: «En una lanchita.. olas furiosas.. al agua tú..». Oído esto por Marciana y don Wifredo, creyeron que la señorita deliraba. La terrible situación presente, ¿qué tenía que ver con olas ni con lanchas? No era delirio, sino este sutil comentario que pasaba por la mente de la infeliz damisela: «Mi hermano, escapado de Melilla, salió de Orán en un barco de contrabando.. Perseguido, tuvo que meterse en una lanchita.. Oleaje furioso.. Iban él y un griego solos.. Dos hombres eran mucho peso para una embarcación tan chica.. Mi hermano vio en el griego la intención de tirarle al agua.. ¿Qué hizo?.. Matar al griego y tirarle.. Cae el que cae.. se salva el que puede..». Esto se decía Fernanda, y al pensarlo, algunas palabras salieron a los labios, otras quedáronse dentro..

FERNANDA.- (Mirando a Céfora.) Matarme tú a mí de dolor.. matarte yo a ti con espada.. Son dos espadas.. ¿Cuál de nosotras dos está más muerta?.. Venga la Justicia Divina y dígalo..

DON WIFREDO.- La Justicia Divina me ha burlado, Fernanda, pues creyéndome instrumento de ella, quise matar a un hombre perverso, y he matado a una mujer.. a la infernal Antarés, la que induce a los hombres al vicio..

FERNANDA.- He sido yo, señor.

DON WIFREDO.- Mía es la espada.

FERNANDA.- Mía fue la mano..

MARCIANA.- (Protestando con voz lacrimosa.) No delires, hija del alma. Tú no has sido.. Como testigo que no miente, digo y sostengo que esa pobre mujer iba delante de nosotras.. De pronto salió de lo obscuro un hombre enmascarado que la mató, atravesándola con su espada.

DON WIFREDO.- La espada es mía, y yo el matador (p.8120) enmascarado. Lo digo y juro yo, Bailío de Nueve Villas en la Hospitalaria Orden de Jerusalén; yo, que jamás he mentido; yo, que por riguroso mandato de la caballeresca religión que profeso no puedo decir cosa contraria a la verdad.

FERNANDA.- (Con voz entera.) Por mi culpa, por culpa también de alguno que no está presente, he venido a caer en este infierno. Yo estoy en él por mi pasión furiosa. La generosidad del buen Bailío no tiene puesto aquí.

DON WIFREDO.- (Inspirado, pulsando la lira, más bien templándola.) No se obstine, Fernanda, en creer que sus manos pueden estar manchadas de sangre.. En ellas veo yo la blancura de las azucenas, como en toda su alma la celeste claridad de la virtud.. (Tocando la lira con frenesí.) Pasa la gentil doncella de Ibero por el valle que riegan nuestras lágrimas. Los ángeles la preceden, las estrellas la acompañan; coronan su frente y adornan su seno piedras preciosas, símbolo refulgente de la pureza. Recorre nuestro mísero valle la inefable dama; ella es el cielo que pasa; nosotros, el infierno que permanece.. Quedamos en el valle angosto y negro de la llamada justicia humana, de la falsa devoción, de la vanidad y de la mentira.. Para ella el esplendor de la bienaventuranza; para nosotros la obscuridad de cárceles y presidios, entre la villana grey de estos diablos llamados hombres.. (Rompiendo alguna cuerda, de la furia con que toca.) Adiós, virgen de Ibero, la del destino venturoso.. Un triste caballero desconsolado, hoy criminal confeso, contempla la vía luminosa que dejas tras de ti, y en ese polvo rutilante busca dejos de tu voz, estelas de tu sonrisa, destellos de tu mirada.. Adiós, mujer que fuiste, querubín que eres. Reserva un lugar humilde en tu Paraíso al caballero loco y enamorado, matador de Antarés, la de las dos naturalezas.

FILIBERTA. -¡Pobrecito amo mío, cómo está! (Antes de que terminara el cantor Bailío su grave melopea, prorrumpen las ranas en cháchara clamorosa.)

FERNANDA.- (Trastornada.) Oigo espantosos gritos, y una voz llorosa, y (p.8121) un sonar de cuerdas de laúd. Marciana, yo desfallezco de cansancio, de horror, de piedad.. ¿Es verdad que he matado a esa?.. Soy criminal.. Mi madre, ¿dónde está? Quiero verla, quiero contarle.. Mi madre y mi padre, mis hermanos queridos, me consolarán. (Espántase de la vista del cadáver; con violenta sacudida se levanta, como queriendo huir.)

MARCIANA.- (Aprovechando aquel movimiento para llevársela.) Ven, hija del alma.. Estás enferma.. Aparta de este horror tus ojos y tus oídos.. (Aparece una pareja de guardias civiles: uno de estos es Antonio Castro. Tras los guardias viene el mocetón que fue a buscarlos.)

FERNANDA.- (Poseída de terror, poseída del ansia de la verdad.) Guardias, yo maté. (Marciana habla un momento con su marido; habla después con el hombre atlético. Este se va derecho a Fernanda y la coge en brazos como a un niño. Avanza con ella hacia el punto de salida; detrás Marciana.)

DON WIFREDO.- (A los guardias que se acercan.) Señores guardias, tan claro es esto, que no necesitan interrogarme. En el corazón de la muerta está mi espada.. y aquí, en mi corazón y en mis labios, la verdad de esta tragedia.. Llevadme ante el juez.

FILIBERTA.- No le crean, guardias.

FERNANDA.- (En brazos del atleta, gritando.) Yo la odiaba.. Ella me mató antes a mí. Muerta soy.. Santiago, hermano mío, Teresa, ¿dónde estáis?.. Espíritus fuertes, venid, resucitadme.

 

FIN DE ESPAÑA SIN REY

 

 

&

(EPISODIO 42)

ESPAÑA TRÁGICA

 

Ep-42-I -

«1.º de Enero.- Ha sonado la última campanada de las doce. 1870 recoge la herencia del escandaloso 69, año de acciones difusas y de oratoria sinfónica.. '¿Y qué haré yo con tantos discursos? -dice este pobrecito 70, que nace sobre los mismos hielos que han sido sepultura de su padre-. ¿De qué me servirá la opulencia verbosa de estos caballeros constituyentes?.. ¿Por ventura, el diluvio retórico fecundará la simiente de la República o nos traerá un nuevo retoño del árbol secular de la Monarquía?'.

»2 de Enero.- Si escribir pudiéramos (p.8122) la Historia futura, corriendo más aprisa que el tiempo, yo escribiría que el Rey X, si acaso lo encuentran, no querrá venir a este cráter del volcán en erupción. Se le quemarán las botas.

»3 de Enero.- Estos Carabancheles son desprendimientos del apretado cascote que llamamos Madriles. Hastiados de formar en ringleras, sin aire ni luz, algunos caseríos se han escurrido bonitamente hacia el campo. Aquí vivo, no por mi gusto, sino por el de mi madre, que como buena campesina tira siempre a las Afueras.

»6, día de los Santos Reyes.- ¡Oh, qué visión divina me trajeron los Magos de Oriente!.. Pasó el tiempo en que mi buena madre dejaba en el balcón mi zapato para que Gaspar, Melchor y el negro Baltasar me pusieran en él soldados o cañoncitos, que colmaban mis inocentes ambiciones. Anoche, sin aventurar zapato ni chinela, los Reyes fueron para mí más que nunca propicios y dadivosos, porque apenas abrí hoy la ventana por donde suelo contemplar la huerta de esta casa y la de la casa medianera, separadas por vieja tapia, vi una figura, imagen, persona, que al pronto me pareció ángel, después mujer. Verla y pensar que había encontrado mi novia definitiva, el ideal de amor, fueron dos facetas de un solo momento, iluminadas por un solo relámpago.. Cuando absorto clavé mis ojos en la hermosa visión, esta me miró a mí.. Pasado un segundo, dos quizás, la imagen se desvaneció tras de un ciprés.. Esperé un rato; no la vi más. Yo miraba al ciprés y le decía: 'ciprés amigo, apártate un poco; déjame ver si..'.

»7.- Estoy tristísimo. Temo y espero y desconfío. Mis pensamientos han volado a otro mundo, dejándome en una perplejidad ansiosa y muda. Mi madre me riñe por mi sombrío silencio. Con falsas alegrías y afectada locuacidad disfrazo yo la turbación de mi alma.. Viene mi amigo Enrique Bravo, exaltado patriota, escritor agresivo, tribuno vibrante, que cultiva en su propio ardimiento y en fogosas lecturas el arte de las insurrecciones. Con palabra bravía me habla de la Convención, de Bonaparte en el Consejo de los Quinientos, de Carlos X, (p.8123) del ministro Polignac y de las Jornadas de Julio. Le contesto vagamente.. Volvieron de muy lejos mis opiniones, y como bandada de avecillas que requieren sus nidos se posaron en el ciprés..

»12.- Con Enrique fui hoy a Madrid. Estuve en la Iberia hablando con Fernando Garrido y con Gil Sanz. Luego entramos en el Congreso; subimos a la tribuna y asistimos a la presentación del nuevo Gabinete; vi a Rivero en el banco azul, le oí un discursillo corto y duro. Su facha es de cíclope, su palabra de hierro, ceceosa; va soltando las cláusulas como si las forjara con potente martillo sobre un yunque gramatical. No me enteré bien de lo que dijo, ni de los argumentos de Figueras, que interpelaba sobre la crisis.. Salí de la tribuna y bajé a la calle con mi amigo, sin darme cuenta de lo que allí pasaba. Bravo lo decía todo; yo asentía con cabezadas mecánicas y con un mirar sin fijeza. La Política y el Parlamento me resultaban de una pequeñez atomística..».

Estas y otras ocurrencias o impresiones, humoradas, hechos de índole personal o de interés público, anotaba casi diariamente en un rayado libro el joven Vicente Halconero, hijo de Lucila, bien conocido ya del lector familiar, que en anteriores páginas le vio entrar y salir, paseante de Madrid, alma candorosa y bella, voladora por los infinitos espacios en que giran los astros y las ideas, inteligencia vagabunda, ambiciosa y sedienta, nunca satisfecha, nunca saciada.

Andaba ya Vicente en los veinte años no cabales. Su rostro melancólico, de viril belleza delicada, casi lampiño, reproducía las facciones de Lucila y las del Apolo de Belvedere. Aunque la corrección clásica no alcanzaba al cuerpo mezquino y endeble, este no carecía de gentileza y arrogancia. Su cojera, modificada por el prurito de disimularla, había llegado a ser una imperfección casi distinguida y de buen tono, como la cojera de Byron. La adoración y el mimo de su madre realzaban con excelente ropa la persona del primogénito de Halconero; pero este desdeñaba la elegancia sartoril, y apenas Lucila se (p.8124) descuidaba, iba derivando hacia la sencillez, y de la sencillez hacia el desaliño.

De cuanto pudiera decirse acerca de Vicente Halconero, lo más fundamental es que provenía espiritualmente de la Revolución del 68. Estas y las ideas precursoras le engendraron a él y a otros muchos, y como los frutos y criaturas de aquella Revolución fueron algo abortivos, también Vicente llevaba en sí los caracteres de un nacido a media vida. Produjo ciertamente la Gloriosa medias voluntades, inteligencias en tres cuartos de madurez con incompleto conocimiento de las cosas, por lo que la gran procesión histórica partida de Cádiz y de Alcolea se desordenó a mitad de su camino, y cada pendón se fue por su lado. La razón de esto era que buena parte de la enjundia revolucionaria se componía de retazos de sistemas extranjeros, procedentes de saldos políticos. La fácil importación de vida emperezó en tal manera a los directores de aquel movimiento, que no extrajeron del alma nacional más que los viejos módulos de sus ambiciones y envidias, olvidándose de buscar en ella la esencia democrática, y el secreto del nuevo organismo con que debían armar las piezas desconcertadas de la Nación.

Casi todo el dinero que la hermosa Lucila destinaba al bolsillo particular de su primogénito, disipábalo este en un tabuquito de la Carrera de San Jerónimo, la humilde librería que las manos de Monnier transmitieron a las de Durán, y de estas había de pasar después a las de Fernando Fe, constituyendo en tan mezquino y obscuro local una especie de aduana por donde recibíamos la importación de cultura europea. Difícil es precisar la innumerabilidad y catálogo de libros que con la divisa de Didot, Charpentier, Plon, Hachette, Levy y otros afamados mercaderes de material literario han entrado por allí en más de medio siglo, y el cúmulo de ideas que enfardadas en masas de papel pasaron de los grandes cerebros del siglo a la fácil asimilación de nuestros ávidos entendimientos.

Parroquiano constante de Durán fue Vicente Halconero, que (p.8125) completaba el gusto de adquirir libros con el honor de encontrar en la menguada ermita o cuchitril aduanero a Castelar o a Cánovas del Castillo, arrimados al estante bajo de la izquierda conforme entrábamos; a Campoamor, a Echegaray, a Gabriel Rodríguez, a don Francisco Canalejas, o bien a Pi y Margall, Giner de los Ríos, Alcántara, Calderón y otros muchos que estaban en los medios o en los principios de la fama. Muchos iban por la Literatura, otros por la Filosofía o la Economía política.. Halconero no hablaba con las personas eminentes que allí veía, por sentirse muy inferior a ellas en edad y saber: contentábase con el golpe de vista y oído, y con el roce; hablaba sólo con Durán, la mitad superior de un hombre pegado a una mesilla escritorio, en la cual, a la luz de un mechero de gas, despachaba el género cultural extranjero en grandes y pequeñas dosis.

Antes del 68, ya el hijo de Lucila dejaba pesetejas y duros en la covacha de Durán. Pero el gran derroche vino después de la sacudida del 29 de Septiembre. Como compuerta que se abre soltando el libre curso de las aguas embalsadas, la Revolución dio entrada a una impetuosa corriente de literatura extranjera. Obras que en Francia eran viejas, vinieron acá como novedad fascinadora. La censura y las prohibiciones habían alejado de nuestros paladares el vino nuevo de Europa, y de pronto la libertad nos lo sirvió añejo, fortalecido por el largo reposo en botellas o cubas.

Las primeras borracheras las tomó el neófito con Víctor Hugo, que en verso y prosa le entusiasmaba y enloquecía. Vino luego Lamartine con sus dramáticosGirondinos; siguieron Thiers con El Consulado y el Imperio, y Michelet con sus admirables Historias. En su fiebre de asimilación empalmaba la Filosofía con la Literatura, y tan pronto se asomaba con ardiente anhelo a la selva encantada de Balzac, La comedia humana, como se metía en el inmenso laberinto de Laurent, Historia de la Humanidad. Por complacer a su padrastro don Ángel Cordero, apechugó con Bastiat y otros pontífices de la Economía (p.8126) política, y para quitar el amargor de estas áridas lecturas, se entretuvo con la socarronería burguesa del Jerónimo Paturot.

Impelido por intensa curiosidad, dedicose el incipiente lector a los maestros alemanes. Devoró a Goethe y Schiller; se enredó luego con Enrique Heine,Atta Troll, Reisebilder, y por esta curva germánica volvió a Francia con Teófilo Gautier, Janin, Vacquerie, que le llevaron de nuevo a la espléndida flora de Víctor Hugo. Mayores estímulos de sed ardiente le empujaron hacia Rousseau y Voltaire, de donde saltó de un brinco a las constelaciones de la antigüedad clásica, Homero, Virgilio, Esquilo, el cual, como por la mano, le condujo hacia el espléndido grupo estelario de Shakespeare, Otelo, Hamlet, Romeo y Julieta. De aquí, por derivaciones puramente caprichosas, fue a parar a Jorge Sand, Enrique Murger y al desvergonzado Paul de Kock. El espíritu del neófito se remontó de improviso, requiriendo arte y emociones de mayor vuelo. Releyó historias y poemas, y buscando al fin con la belleza la amargura que a su alma era grata, se refugió en Werther como en una silenciosa gruta llena de maravillas geológicas, y ornada con arborizaciones parietarias de peregrina hermosura.

No tardó Halconero en tomar grande afición a la literatura concebida y expuesta en forma personal: las llamadas Memorias, relato más o menos artificioso de acaecimientos verídicos, o las invenciones que para suplantar a la realidad se revisten del disfraz autobiográfico, ya diluyendo en cartas toda una historia sentimental, ya consignando en diarios apuntes las sucesivas borrascas de un corazón atormentado. En densas epístolas puso Rousseau su Nueva Heloísa, y en espasmos de amor y desesperación, diariamente trasladados al papel, contó Goethe las desdichas del enamorado de Carlota. De este arte apasionado, melancólico y amarguísimo se prendó tanto el hijo de Lucila, que sin quererlo, y por inopinadas comezones de la edad juvenil, fue inducido a imitarlo.. Aquella noche (Enero del 70) , después de un día de aplanante (p.8127) tristeza, escribió en su Diario:

«14.- Hoy la he visto por tercera vez; hoy he podido admirar su belleza, porque se detuvo algunos minutos junto a la tapia medianera jugando con los chicos del hortelano de su casa. Figura más esbelta no vi en mi vida. De su rostro no puedo decir sino que al mirarlo me sentí enloquecido. Trato de analizarlo y no puedo. No cabe análisis de lo que se ofreció a mis ojos como el cielo mismo. Su propio esplendor, llenando todo mi espíritu, me incapacita para la descripción. ¿Es morena? ¿Son negros sus ojos? O no lo sé, o lo sé demasiado. Oí absorto su voz sin entender lo que decía. El sonido blando de las eses y las eles entre vocales penetraba en mi alma como el eco de una música lejana. ¡Y pensar que esto que aquí escribo habría de parecer tonto a los que lo leyeran!.. Pero nadie lo leerá». Sólo el que siente y padece sabe ver el trasluz divino de las tonterías.

«15.- En mi hermosa vecina.. cada día lo veo más claro.. hay misterio. Misterio es, sin duda, que una mujer bonita y joven no salga nunca de casa. Mi madre me ha dicho que ni a misa va. ¿Será que algún suceso desgraciado le ha infundido el horror de mostrarse en público? ¿Será miedo, será vergüenza, será enfermedad? Hoy he notado que anda con lentitud. Sus ojos, de intensa expresión amorosa y dramática, me han hecho pensar en las divinas mujeres que ganaron la bienaventuranza eterna con el martirio. Dios ha querido que esta santa escultura baje de los altares para que yo la adore viva».

No se trataba la familia de Vicente con la de la vecinita preciosa y pálida; pero sí con una dama que, dos números más adelante, en la misma calle vivía. Era la viuda de Oliván, mujer de historia, relegada al fin por los años a una obscuridad honorable, y a un extrañamiento que la puso a honesto resguardo de las murmuraciones. Por esta señora, con quien hizo conocimiento en la iglesia, supo Lucila que la señorita misteriosa se llamabaFernanda, y que era hija de un coronel de reemplazo. Al oír esto, sintió Vicente alegría y un cierto (p.8128) alivio de su confusión y pesadumbre, porque el misterio con nombre es misterio que empieza a desembozarse. Ya no era tan hermética la bella y triste aparición que decía: Me llamo Fernanda.

 

Ep-42-II -

Sin ningún accidente extraño, antes bien, con fácil sucesión de los hechos más vulgares, se fue aclarando día por día el enigma obscuro. En la parroquia, por mediación de la Oliván, hizo amistad Lucila con la madre de Fernanda. Simpatizaron apenas cambiados los primeros cumplidos; charlaron familiarmente al volver a casa, y se despidieron con la mutua invitación a entablar amistades.. En su primera visita, poco ceremoniosa en verdad, a los señores de Ibero, se enteró Lucila de que estos habían abandonado su país, la Rioja alavesa con la esperanza de que el cambio de aires fuese favorable a su querida hija. Del carácter y origen de la dolencia de esta no dio la madre explicaciones. De Madrid habían venido a Carabanchel huyendo del bullicio cortesano, que destemplaba furiosamente los nervios de la señorita. ¡Ah, los pícaros, los traidores nervios!.. Algo debió de acontecer que moviera la insurrección espasmódica, porque la compleja máquina de nuestro sistema nervioso no suele descomponerse sin graves turbaciones del orden afectivo y moral. ¿Qué sería? ¿Pasiones contrariadas, desengaño amoroso precedido de extravío y deshonra?

«No, madre, no -dijo Vicente rebelándose contra las conjeturas expresadas por la celtíbera-. ¡Deshonra no! Guárdate de usar esa palabra oprobiosa, cruel.. A ti, por ser mi madre, te consiento que hables de ese modo; a otra persona no se lo consentiría.. no podría consentirlo. Es mi gusto salir a la defensa de la debilidad, de la inocencia perseguida..».

Sonrió la celtíbera de este inesperado ademán caballeresco, y comprendiendo que el interés de Vicente por la vecinita no era superficial o caprichoso, en el resto del coloquio cuidó de ponerse en discreta concordancia con las ideas de él. Si esta conversación avivó el incipiente desvarío del joven romántico, más radical fue su (p.8129) trastorno cuando la madre, al volver de su tercera o cuarta visita, le habló así:

«Hijito mío, mañana tendrás que ir conmigo a la casa de esos buenos señores. Quieren verte, quieren que veas y trates a su hija. ¿Te parece esto muy extraño? A mí también; pero te cuento las cosas como son, y refiero puntualmente lo que don Santiago y doña Gracia me han dicho. Verás, verás qué raro es todo esto. Fernanda padece la monomanía de la soledad. No quiere ver gente; le causan horror las caras humanas, en particular las de jovencitas de su edad y las de caballeros de edad correspondiente a la suya. Se han hecho mil probaturas y ensayos para librarla de este desvarío; pero sólo han conseguido excitarla más en el aborrecimiento del mundo. Su sociedad, ya lo has visto, se reduce a tres criaturas, con las cuales charla, ríe y parece dichosa.. Quieren los padres romper el cascarón de hielo en que parece está encerrado el espíritu de la pobre señorita.. Te han visto en la calle; han oído hablar de ti.. Yo, madre amante y un poco tonta, figúrate lo que les habré dicho de Vicentillo Halconero.. Y ellos, ¡ay!.. cree que me han trastornado la cabeza. 'Tráigale usted, por Dios; tráiganos a su hijo. Ya sabemos que es un muchacho excelente, juicioso, ilustradísimo, que no hace más que leer y leer; que entiende de poesía, de literatura, de artes, y que manifiesta su saber con donaire y viveza, con un decir elegante.. que cautiva'. Así me hablaban uno y otro.. Y yo tan hueca. Se me caía la baba de gusto, sin comprender el motivo de que esos señores te estimen en tanto antes de conocerte y tratarte.. Pero sea lo que quiera, allá nos iremos mañana, y Dios sobre todo».

Atontado como quien recibe un golpe en la cabeza, quedó el bueno de Vicente con lo dicho y propuesto por su madre. La pena y el gozo se disputaban su ánimo: la una entraba expulsando al otro, y al instante se repetía la operación contraria. La noche pasó desvelado, en lecho de espinas, sin poder aletargarse en el descanso de las sábanas, ni aquietar sus pensamientos en el apacible trato de los libros. ¿Por qué le (p.8130) llamaban los vecinos? ¿Qué significaba el empeño de aproximarle a la doliente señorita, como un remedio de sus graves trastornos? ¡Tremendo arcano y enredoso acertijo! No había visto nunca que los padres buscasen un galán para la damisela. Estas, comúnmente, con libre iniciativa los ojeaban y perseguían en el ancho coto social, y los hacían suyos antes que la familia se percatara de ello. En el mundo literario, no en el real, había visto Vicente algo semejante al solícito reclamo de los señores de Ibero. Recordaba la niña enferma de El médico a palos, y otras niñas neuróticas que graciosamente revestían de melindres patológicos su desolación. Si en efecto padecía Fernanda mal de amores en el grado agudísimo, ¿por qué no le llevaban el remedio propiamente suyo? ¿O había llegado el caso de aplicar el aforismo psicológico de la mancha de la mora, que con otra verde se quita?

En estas angustiosas cavilaciones llegó la hora de la visita, para la cual se vistió Vicente con elegante sencillez, por inspiración propia con el asenso de su madre, que le dijo: «Sin pretensiones ha de ir quien por ahora es más pretendido que pretendiente». No hay que decir que fueron hijo y madre amablemente recibidos por el matrimonio Ibero, y que la conversación preliminar no rompió los moldes o tópicos de la retórica de visitas. La crudeza del tiempo, los rigores de la helada, la tristeza de las dilatadas noches en un suburbio falto de todo atractivo social, consumieron no pocos instantes. Sin transición alguna pasaron del tema meteorológico al tema político, y este no podía ser otro que el sabroso asunto de la elección de Rey, comidilla de todas las bocas en aquellos días. Burla burlando dieron de lado al de Aosta, al de Génova y al Coburgo.. Don Santiago se mantenía en su tozuda fidelidad a la candidatura de Espartero, y Lucila, respondiendo a las ideas burguesas y positivistas de su segundo esposo, quería salvar a España con las virtudes administrativas de Montpensier.

Comenzó Vicente a expresar su opinión recordando (p.8131) los tres jamases de Prim, y estando en esto, oyeron risotadas de chiquillos en la huerta cercana. La salita era baja; el gorjeo de aquellos pájaros alegró por un momento la triste solemnidad de la visita. Luego sonó la voz de Fernanda, dulce y armoniosa, sobreponiéndose a las de sus amiguitos. ¿Les reñía o les acariciaba? Con un signo afectuoso, Gracia sacó a Vicente de la sala. Seis escalones no más bajaron hasta pisar la tierra endurecida por la helada, y a los pocos pasos el caballerito y la damisela se encontraron frente a frente bajo un sol de Enero, tibio y pitarroso, pero que pintaba los objetos con vibrante color y fuerte claro-obscuro. Sintió Vicente grande emoción al ver a corta distancia el rostro descolorido de Fernanda, sus manos que parecían de cera y el general aspecto de figura mística y doliente. Con la persona desentonaba el vestido: falda de franela gris tórtola, y una capita moruna de paño escocés; en la cabeza, nada que amenguara la magnificencia de su cabellera negra como el fondo de un abismo.

Con asombro de Gracia, más encogido que la señorita y más indeciso de palabra estuvo el galán después de la presentación. Con soltura sonriente Fernanda dijo al vecino: «Ya tenía noticias de usted por mi amiguito Luis, el chico del hortelano. Me ha contado que usted se pasa la noche leyendo en ese cuarto que se ve desde aquí.. Yo he mirado la luz a las nueve, a las diez.. Desde esa hora no he podido mirarla, porque a las diez me recojo siempre..». Contestó Halconero balbuciente que leía de noche por no tener mejor cosa que hacer.. pero que su madre le quitaba la luz a las once para obligarle a dejar los libros por el sueño. «Pues a mí -dijo Fernanda- mi madre no me quita la luz en toda la noche, porque a obscuras no puedo dormir, y aun con luz duermo poco. La noche es muy triste.. Dicen que desde Reyes acortan las noches.. Yo no lo he notado.. Yo me paso las madrugadas esperando las primeras luces del día, y cuando entran por los resquicios de la ventana de mi cuarto, me alegro y les digo: «bien venidas seáis, (p.8132) lucecitas mías. Entrad, entrad».

Estas razones un tanto desconcertadas, emitidas con ingenuidad dulce y poética, fueron gratas al galán, que en la réplica pudo desembarazarse de su cortedad. «Yo celebro el día, que nos trae la madurez de lo que pensamos por la noche -dijo-; celebro la luz que separa los buenos pensamientos de los malos.. De día es más hermosa la soledad y más fecunda. Yo he visto a usted en las horas de pleno sol y de viva luz. Su bella persona me ha hecho pensar de noche y de día, acumulando tantas cavilaciones, tanto y tanto imaginar con miras a lo pasado y a lo futuro, que se maravillaría usted si pudiera yo contárselo..

¿Por qué no ha de poder? -dijo Fernanda con singular brillo en la mirada y un poquito de coloración en las mejillas-. Cuéntemelo.. Si no es para contarlo, ¿a qué ha venido usted?». Contestó Halconero que no era ocasión de referir las intimidades de su pensamiento: podrían parecer extravagantes, quizás ridículas.. Tiempo habría de que él abriese su alma y dejara salir las locuras y desatinos que se agitaban en abierta insurrección dentro de ella.. Soltó Fernanda una franca risa oyendo estas cosas.. De la risa y de las palabras que oyó, cruzadas entre el galán y la damisela, se maravilló y alegró sobremanera doña Gracia. Tal fue su gozo, que dejando solos a los jóvenes corrió a llevar las albricias a su marido y a Lucila. Jadeante entró en la sala diciendo: «En tres meses no la he visto reír como ha reído ahora.. Apenas se ven ella y él, ¡pobres ángeles! simpatizan y.. honestamente, discretamente, se brindan amistad, confianza.. Ha sido mano de santo para mi adorada hija. ¿Querrá Dios ahora darnos el remedio que tantas veces le hemos pedido?..».

Gozosos los tres llegáronse a la ventana, y arrimados a los cristales siguieron con atentos ojos el vago pasear de la pareja por los rústicos andenes. A ratos se paraban, acentuando con miradas lo que se decían. Bien claro estaba el interés que cada cual alternadamente ponía en las palabras del otro. Cuando les veían de cara, (p.8133) notaban que la de Fernanda, risueña, parecía iluminada por un rayo interno de su propio espíritu. Creyérase que volvía por arte mágico a los dichosos días de su florida y sana juventud. En tanto las criaturas, dos mocosas de cinco y seis años y un chaval de siete, abandonados de su amiga y maestra, que a juegos mayores jugaba, entregáronse solos a ruidosas travesuras.

La huerta había sido jardín. Por una y otra parte se veían señales de su noble abolengo. Testigos de la degeneración eran algunas matas de ciprés y boj recortados, y otras lastimosas reliquias del estilo versallesco, pedruscos y trozos de cemento que habían sido gruta, y aún se conservaba una estatuilla descabezada, que debió de ser un fauno venido muy a menos. La traza del pensil había sido alterada para convertir los arriates floridos en tablares de hortalizas. Berzas, escarolas y lombardas heredaron el suelo que fue patrimonio de las rosas, clavellinas y anémonas, bien así como los humildes labriegos heredan los timbres linajudos de próceres arruinados. La casa también era degeneración tristísima, y de su grandeza pasada sólo quedaba el desnudo grandor de los aposentos.

Como se ha dicho, los padres de Fernanda y la madre de Vicente seguían con atenta mirada el vagoroso ir y venir de la pareja por senderos, ora curvos, ora rectos, de la plebeya finca, descendiente de un aristocrático jardín.. Se perdían a ratos tras un grupo de arbolillos, supervivientes míseros de un lindo boscaje destruido, y reaparecían entre un cenador en ruinas y un rimero de mantillo. Casi una hora duró el paseo y palique inocente, a que puso término Halconero con la fórmula más discreta y delicada. Bajaron Gracia y Lucila; se generalizó la conversación, interviniendo la gente menuda, gozosa de recobrar a su maestra. Los vecinos se retiraron, quedando en estrechar diariamente las amistades entabladas con tan buenos auspicios. Gracia y su esposo no disimulaban su satisfacción, que subió de punto a la hora de la cena, advirtiendo en su amada hija un cambio radical. Hablaba la señorita (p.8134) como si su hastío de la vida y del mundo se trocara súbitamente en ganas de vivir, como si saliera del sepulcro que con su taciturnidad sombría se labraba, y corriera en pos de las hermosuras y armonías de la Naturaleza. A la Naturaleza renacía, y en el seno de esta, mullido con promesas de amor y felicidad, descansaba de su fatídico viaje al Purgatorio y al Infierno.

Luego que a su hijita dejó acostada, parloteando graciosamente con la doncella, Gracia fue a reunirse con su marido, que sobre las diez acostumbraba fumar el último puro del día, paseándose en su despacho. Marido y mujer estaban de enhorabuena por haber encontrado al fin, tras ineficaces probaturas, la reparación psicológica de su adorada hija. Con militar rudeza expresó Santiago Ibero a su esposa sus esperanzas de triunfo en aquel empeño. Gracia le oía temblando, desconfiada del peligroso juego; pero él, con elevación de pensamiento y frase llana y baturra, habló de este modo: «No temas nada. Pase lo que pase, debemos alegrarnos del brinco que ha dado el alma de esta pobre criatura. ¿Qué hacía falta para sacarla de ese pozo en que se nos había metido? Un novio, un amor nuevo. Así mil veces lo pensamos. Pues ya tenemos novio. Otros le desagradaron, le repugnaron; este le gusta, este es el hombre.. Ya hemos dicho que el mal ocasionado por un hombre infame, otro puede curarlo. Ya sabes mi lema: 'un hombre, un hombre para la niña'. Fíjate en que no digo un marido, ni siquiera un novio, sino un hombre. Por las trazas, este chico es un angelón; pero si no lo fuera, siempre saldríamos ganando. Gran beneficio será que la chica le ame y que con el nuevo amor se le encienda el corazón, que, a mi ver, no era más que un tizón apagado. Si en efecto se nos enamora de este joven, dejémosles que hagan lo que quieran. ¿Que la deshonra? Eso será el mal menor, en todo caso preferible al estado presente.. Ya te lo he dicho, mujer: «Contra un cataclismo, otro cataclismo». ¿No has oído que un clavo saca otro clavo? Pues un hombre saca a otro hombre.. Venga la (p.8135) resurrección de la niña, aunque nos traiga un poco de vilipendio. ¿Qué supone una mácula en la extensión de eso que llamamos ser, vivir?

Exhaló Gracia un suspiro, que quería decir: Amén.

 

Ep-42-III -

Prosiguieron asiduamente las visitas con regocijo por parte de las dos madres. Fernanda revivía, tornaba visiblemente a su prístino ser. Vicente, más enamorado cada día, no había logrado aún la completa tranquilidad del ánimo, porque el misterio que en la vida anterior de su novia traslucía continuaba indescifrado. En sus discreteos galantes, de exquisita delicadeza, intentó alguna vez provocar una confidencia leal; pero Fernanda enmudecía, y un celaje obscuro pasaba sobre su rostro hechicero y místico. Desde su ventana, antes de bajar a la visita, solía el joven hablar con ella, y aun tomar parte en el candoroso divertimiento de la señorita con los nenes. Oía la inocente cantinela: ambo ató matarilerilerite, y contestaba: matarilerilerón.. En el juego de escondites intervenía con los risueños avisos de: frío, frío.. caliente.. que te quemas.

Un día salió a la ventana y no vio a Fernanda, ni sintió el rumor de su graciosa charla con los amiguitos. No tuvo tiempo de pasar de la extrañeza a la confusión, porque entró su madre y le dijo: «Hoy no bajaremos. Fernanda tuvo anoche un enfriamiento y no han querido que se levante. En cama está; la he visto. Parece que su indisposición no es de cuidado. Yo iré después sin ti. Gracia me ha dicho que quiere contarme algo que tú y yo no sabemos todavía.

-Ya era tiempo, madre. Convendrá usted conmigo en que no debieron tardar tanto en descorrer el velo.

-Hijo mío, no sabemos lo que habrá tras el velo. Sin duda es cosa de mucha gravedad.. Hace un rato, al decirme Gracia que hoy me contará las causas del duelo de la familia, se le demudó el rostro.. derramó algunas lágrimas.. Dime: en tus conversaciones con la niña ¿no has tenido arte y malicia para provocar la confianza?..

-La he visto llegar al borde de la confianza y retroceder como espantada.. Sólo me ha dicho claramente que este (p.8136) amor suyo no es el primero.. Otro amor hubo.. Le duele a uno ser segunda parte en estas cosas, ¿verdad, madre?.. ¿Por qué te ríes?.. ¿Quieres decir que hay casos en que lo segundo es mejor que lo primero?».

Poco más hablaron. Volvió Lucila a la casa vecina, y el chico romántico, abrumado de melancolías, sin ganas de pasear, ni de conversar con sus amigotes, acogiose a la sociedad de sus amados libros. Trozos favoritos leyó de dramas y poemas; pero no pudiendo encadenar su atención, se entretuvo en mirar estampas. Días antes había comprado a Durán un libro bello y voluminoso, La Mitología Griega, con texto eruditísimo y sugestivas ilustraciones. Largo rato invirtió en ver dioses y diosas, ninfas del aire y el agua, sátiros, héroes divinos y divinidades humanizadas, copias de estatuas más o menos desnudas, por las cuales conocemos el Olimpo y sus aledaños. En una hermosa lámina de las Musas detúvose con examen contemplativo, porque en ella había notado, desde que por primera vez la vio, una curiosa particularidad: la semejanza, más bien exacto parecido de su madre Lucila con Melpómene, la musa de la Tragedia. Una y otra tenían las mismas facciones: nariz y boca eran idénticas; y cuando Lucila, por algún enojo doméstico, fruncía su helénico entrecejo, creyérase que la personificación del numen de Sófocles y Esquilo andaba por estos mundos.

Hojeando el libro de las bellas deidades, mató Halconero un buen espacio de tiempo; y cuando, a las dos horas de partir, volvió Lucila de la casa de Ibero, hallábase el romántico por tercera vez con los ojos puestos en las figuras arrogantes de las hermanas de Apolo. Lo primero que Vicente dijo a su madre, viéndola entrar alterado el rostro y fruncido el ceño, fue que nunca había sido más patente su parecido con la iracunda Melpómene.

«¿Quién es esa? -dijo Lucila mirando la figura y su leyenda-. ¡Ah! es la señora Musa de los dramas y tragedias.. Pues, hijo, ¿es esto casualidad o magnetismo? Tragedia es lo que te traigo.

-¿Qué dices?

-Tragedia, lance (p.8137) de teatro es lo que ignorábamos, lo que yo sé ya, y tú sabrás ahora.. En dos palabras te lo cuento. Luego sabrás pormenores.. Fernanda tuvo un novio, caballero andaluz muy galán, pero más falso que Judas. La entretuvo y engañó con bonitas palabras largo tiempo.. engañó también a la familia.. la pidió en matrimonio, y haciendo la comedia del casorio, a otras enamoraba con doblez y villanía. No abusó de Fernanda porque no pudo, porque esta fue siempre la misma virtud.. Fue leal, ciega, enamorada.. confió locamente en el hombre mentiroso y pérfido. Un día, a poco de oír de los labios del caballero protestas de amor, descubrió sus amoríos infames con una tal.. no recuerdo el nombre.. rubia, medio italiana, medio judía, medio religiosa, casi monja, casi diabla. Supo el sitio y ocasión en que la empecatada hembra se había de reunir con el mal caballero para escapar juntos a tierras andaluzas.. Deja que recuerde bien.. Lo que te cuento pasaba en Vitoria.. en lugar solitario, noche obscurísima.. Para concluir: Fernanda sorprendió a su rival, y antes que llegase al punto en que la esperaba con un coche el maldito don Juan.. ¡es terrible, hijo mío!.. la hirió con una espada.. le atravesó el corazón.. la dejó seca.. ¿Has visto?.. ¡Y creemos que sólo en el teatro hay tragedias cuando da en escribirlas algún poeta que jamás mató un mosquito! ¿Has visto?.. Asómbrate, hijo, y de aquí a mañana no vuelvas de tu asombro.. no vuelvas de tu admiración».

Hijo y madre se miraron un rato con fijeza intensísima. Vicente permaneció mudo un mediano rato, viendo más claro que nunca el parentesco fisonómico entre su madre y Melpómene. Con terrible entrecejo, cerrado vigorosamente el puño con que golpeaba la mesa, Lucila pronunció estas entonadas estrofas: «Admiro a la mujer valiente, que supo llenar de ira el corazón que tuvo lleno de amor.. Admiro a la heroína que castigó la maldad, matando a la rival embustera, prostituida y ladrona.. Así.. así. Digan lo que quieran, esto no es crimen: es justicia, es virtud.. Y aún le faltó (p.8138) matar al bandido, al canalla.. aunque debemos reconocer que la medio monja y medio judía era más culpable que él. Ella le embaucaba.. así pienso yo.. ella le arrastró a la fuga; él era el robado y ella la ladrona.. Bien, Fernanda, bien.. Eres la mujer fuerte, que no espera de los hombres la justicia.. Los hombres hacen la justicia para sí, no para nosotras. Ellos matan a sus rivales, ellos odian, y a nosotras nos mandan que seamos muñecas de amor».

Un tanto sorprendido de la vehemencia con que hablaba su madre, Vicente rompió en elogios de Fernanda, ensalzando su bizarra valentía. ¿Cómo no amar a mujer tan grande?.. Acerca de su pureza, repitió Lucila que no tenían los padres de ella la menor duda.. Ansiaba Vicente narración del suceso con todos sus aspectos y pormenores, como quien anhela leer y saborear un hermoso poema después de haber oído sucinta referencia de su asunto. La tragedia y su protagonista tuviéronle tarde y noche en febril exaltación. Veía todas las cosas agrandadas monstruosamente, y revestidas de un vivo resplandor de aurora boreal; agrandado veía su amor hasta lo infinito, y la heroína se le representaba con la majestuosa elegancia y la perfección estética de las diosas paganas. Amar a una mujer trágica, ¡qué hermosura! Amar a la que en sus divinos ojos dejaba traslucir el alma de Esquilo, ¡qué felicidad! Era una felicidad que espantaba y un terror placentero.. En tal estado de bárbaro delirio le encontró su madre a la mañana siguiente. ¡Efervescencia de amor y poesía en un cerebro congestionado por la excesiva asimilación literaria!

A la hora de costumbre después de comer, fueron hijo y madre a la casa vecina. En un aposento alto vio Vicente a Fernanda. Hallábase la damita recluida y resguardada del frío, cuello y cabeza envueltos en una nube, para que todo fuese a la moda olímpica. El galán creyó ver en la hermosa figura de su amada la reproducción de Polimnia, pensativa, rebozada en sutil velo, conforme aparece en una escultura famosa. Fernanda le acogió con afecto delicado. (p.8139) Sentáronse el uno junto al otro, y sin vigilancia de ninguno de la familia, hablaron cuanto quisieron. Departían vagamente, como paseantes desocupados en elíseos jardines, y se miraban para enmendar con los ojos la cortedad de la palabra.. Ya se tuteaban. «Sé que estás enterado de mis desventuras», dijo ella, creyendo decir poco. Y él prosiguió: «Son desventuras de almas superiores que se elevan sobre la turbamulta de los mortales. Tú has sido grande en la acción. Los demás, y yo entre ellos, no hemos hecho nada que merezca referirse».

La confianza crecía rápidamente. Fernanda era sincera y expresiva en su lenguaje, proyectando en rayos o chispas la espiritual acción, que era la facultad primera de su alma. «Dudo mucho -dijo al caballero-, que después de saber lo que sabes, sigas queriéndome.. Si te inspiro repugnancia o miedo, retírate tranquilamente a tus libros y busca en ellos el modelo de la mujer esclava del hombre». A lo que replicó Halconero que la quería infinitamente más; que amaba en ella la fuerza psíquica, creadora en el amor, destructora en los casos de rivalidad y justicia. La fuerza le subyugaba en su expresión moral y estética. De aquí partieron para un vivo y alterno tiroteo de protestas y promesas, en que se daban mutua fianza del presente y del porvenir. Fernanda encontraba en él su segundo amor, basado en la estimación. Hallábase Vicente en la eflorescencia robusta y total del primero, que había de ser único. En él ponía toda su existencia, y el amor no perecería sin llevarse la vida por delante.

Aquella misma tarde, cuando Fernanda se recogió a su alcoba, acompañada de su madre, don Santiago Ibero refirió a Vicente toda la historia, un ejemplar compendio de acción humana con sucesivas formas de idilio, madrigal, novela, drama y tragedia. No olvidó el Coronel el tremendo epílogo, las fatigas y malos ratos que hubo de pasar la familia para sustraer a la justicia el terrible suceso. Alcanzado este fin, los señores de Ibero abandonaron la ciudad de Vitoria, y luego la casa patrimonial de La Guardia, (p.8140) creyendo con razón que su dolor se atenuaría huyendo de la escena ensangrentada y pavorosa.

Pasó un día. Al levantarse, serían las nueve, supo Vicente que su madre estaba en la casa vecina. De allí la habían llamado al amanecer con urgente apremio.. Sin entretenerse en interrogaciones, su ansiedad le llevó a la indagación directa, personal.. Corrió a la casa de Ibero. En la puerta vio un coche. Al entrar, una mujer le dijo que la señorita Fernanda estaba muy malita.. Franqueó la corta escalinata, y en la sala baja halló a Lucila, que oía las órdenes facultativas del doctor Alejandro Miquis. Este salió a ocupar el coche que le esperaba. Lucila, leyendo la consternación en el rostro de su amado hijo, acudió a sosegarle con dulces palabras: «No hay motivo de alarma, creo yo. Ello ha sido una indisposición de más aparato que gravedad. Los padres se han asustado.. Naturalmente.. adoran a su hija. Ya está mejor.. El reposo y buenos calditos la restablecerán. Mañana podrás verla..

-¿Pero qué..?

-Un repentino ataque de.. no recuerdo el término.. un vómito de sangre.

-Hemoptisis..

-Eso mismo. Anoche se acostó tan tranquila. Despertó de madrugada.. acudió la criada que duerme en la misma alcoba.. acudieron todos.. En fin, si no hay gravedad manifiesta, la pobrecita ha quedado muy débil.. Quietud y calma le ha recomendado el médico, y hablar lo menos posible.. Mañana podrás verla; hoy conviene tenerla en completo reposo, para que no se repita el ataque.. ¡Lástima de mujer, tan bella y tan buena!.. Buena podemos llamarla a pesar de aquella fiereza con que liquidó sus cuentas de amor..».

 

Ep-42-IV -

Momentos después, vio Halconero a los padres, afligidísimos, sin poder ocultar un sombrío presentimiento. Aunque dejaron a la enferma tranquila y aletargada, desconfiaban de verla pronto restablecida. Gracia subió de nuevo, y junto al lecho vigilaba el respirar pausado y rítmico de Fernanda. En la sala baja, frente a Lucila y Vicente, Ibero refería con triste comentario las horribles desazones que le habían dado (p.8141) sus hijos, con la extraña particularidad de que los tres tenían excelentes cualidades. Del primogénito, Santiago, refirió las novelescas aventuras y su voluntario destierro en París, unido con o sin sacramento.. no pudo averiguarlo.. a una mujer.. demasiado conocida en Madrid.. Demetrio, el hijo tercero, enloqueció de ira al conocer la tragedia y quiso rematarla digna y lógicamente. No se le podía quitar de la testaruda cabeza la idea de matar a don Juan de Urríes. Escapó de La Guardia con propósito de realizar su venganza en Madrid, en Córdoba, o donde quiera que hallase al desleal caballero. Fue menester que los padres mandaran en seguimiento del exaltado chico a dos hombres de confianza, los cuales lograron detenerle a mitad del camino, y para sujetarle rigurosamente, impidiendo una nueva catástrofe, don Santiago le llevó a Toledo y le puso interno en la Academia de Infantería.

Considerándose ligado por lazos de afecto indestructible a los señores de Ibero, Vicente no se apartaba de ellos. Tres días pasaron en alternadas emociones de temor y esperanza. El hijo de Lucila iba algunos ratos a su casa. Comía poco en una y otra parte. El latir de su corazón marcaba los segundos de su vida expectante, como el tiqui-tiqui de un reloj marca las partículas de tiempo que separan el hoy del mañana. Vivía esperando, minuto tras minuto, hora tras hora, el mañana dichoso en que pudiera ver a su amada restablecida. Llegó por fin el risueño día. A Vicente se le consintió verla; a Fernanda se le permitió hablar.

Trémulo entró Halconero en la alcoba, y hubo de reprimir su emoción ante la imagen de la señorita yacente en lecho de blancura, rodeada de flores que le habían llevado para alegrar su ánimo. Las flores y el albor de las telas y la inmovilidad de la enferma daban la impresión de una belleza no perteneciente a este mundo, amortajada viva por un alarde de estética funeraria. Marcábanse vagamente en la ropa de la cama las formas supinas del cuerpo, como esbozadas en un gran trozo de mármol. Tan sólo los ojos eran vida, y vida muy intensa. (p.8142) De una parte a otra los revolvía buscando caras u objetos en que posar la mirada. Cuando vio al entrañable amigo, descansó en él su afán. Sentose Vicente junto al lecho, y ella se apresuró a usar del permiso de hablar que se le había dado.. «Hola, Vicente: ¡qué malita me encuentras! ¡Vaya, que has tenido mala suerte conmigo..! Apenas empezamos a tratarnos, salgo yo con este alifafe, y aquí me tienes hecha una calamidad».

Difícilmente pudo el joven disimular su pena con frases consoladoras de las más triviales. «Ya estás buena.. Yo estoy muy contento de verte.. Miquis ha dicho que mañana estarás en franca convalecencia..». Sucedió a esto un silencio adusto. Gracia, esforzándose en desatar el nudo que se le había hecho en la garganta, les dijo: «Hijos míos, porque yo esté delante, no dejéis de hablar con libertad y de deciros todo lo que se os ocurra.. Aquí estoy por tener cuidado de que Fernanda no se fatigue charlando demasiado. Algo puede hablar. Y usted, Vicente, procure que sus palabras no sean demasiado vivas. Hablen, díganse cosas.. cosas gratas, sencillitas y que no provoquen a emoción. Yo estoy sorda: callo y vigilo».

Con tan amable licencia, ella y él se despacharon a su gusto en corto tiempo. Fernanda emitía la voz con alguna fatiga; pero dejaba en libertad a los ojos para que con su expresiva intervención dieran descanso a la palabra. «Ya creías tú que me moría, Vicente. Pues mira: aún no puedo asegurar que te has equivocado». Y él: «Nunca pensé tal cosa. Morirte tú y vivir yo no puede ser. Mi vida me ha garantizado la tuya». Y ella: «Con frasecitas imitadas de tus libros no adelantamos nada.. Yo te miré bien cuando entraste, por ver si estabas alegre.. Pues aunque disimulabas, la tristeza traías contigo, y no podías dejarla al otro lado de la puerta». Y él: «Mi tristeza consiste en no poder cambiar mi salud por tu enfermedad». Y ella: «Tonto, si eso pudiera ser, la triste sería yo entonces. Devuelve tus frases a los libros de donde las has tomado. Convendrás conmigo en que para estar los dos (p.8143) contentos, debemos pensar que Dios, obligándonos a morir juntos, tal vez se compadezca de nosotros y nos deje vivir..

-Morir no, hijos míos -dijo Gracia sintiendo que se le apretaba más el nudo-; ni juntos ni separados debéis pensar en moriros. Aunque yo esté delante, llevad la conversación del lado afectuoso, y decid que os queréis.. No soy tan lerda que os prohíba la cháchara de amor. Es lo natural. Tú, Fernanda mía, debes callar y oír. Ya se te nota la fatiga. Callas y escuchas a Vicente, que te cantará, como él sabe hacerlo, su extremado cariño». Con tales estímulos, el caballerito se despachó a su gusto, soltando el raudal de su pasión por el cauce de su rica fantasía.

Cuidaba de evitar el énfasis literario, poniendo en su amoroso cántico notas de gracia y de familiaridad encantadoras. Tan pronto sonreía Fernanda, como expresaba con donoso mohín su incredulidad un tanto coquetil; sostenía la conversación con arqueo y fruncimiento de cejas, con morritos de mimo, con ligero meneo de la cabeza y agitación de su cabellera, pronunciando monosílabos, palabras sueltas, cláusulas rotas. Así pasaron un 1 ratito, hasta que Gracia dio la voz de alto, diciendo: «Por ahora no más.. Toma la medicina.. Irá Vicente a dar un paseíto por la huerta o a charlar con tu padre; tú y yo nos quedamos solitas.. y dormirás un poco. Hasta luego, Vicente.. Pero oye, hijo: para que veas si soy tolerante; para que veas cómo sé dar al cariño leal y honesto alguna franquicia de buena ley, te permito.. voy más allá.. te mando que des a Fernanda un besito en la frente». En un instante que pareció religioso, con cierta solemnidad de administración de sacramento, Vicente cumplió el mandato de la madre benigna. Besó la cálida frente de su amada, y esta, en un sonreír pudoroso, le dijo: «Vicentillo, pronto me levantaré.. creo yo..».

Salió de la alcoba el galancete, y como en su espíritu moraban por entonces las formas y representaciones del arte clásico, vio en Fernanda la exacta imagen de la interesante Reina Alceste en su lecho mortuorio, (p.8144) antes que viniera Hércules a resucitarla. Fue reproducción mental de la famosa pintura de un vaso griego. La Reina parecía dormida entre rosas; la rodeaban los suyos, plorantes en humilladas actitudes, y el coro de plañideras, de retorcidos brazos.

En la huerta vio Halconero a las dos chiquillas y al chaval, con quienes Fernanda se solazaba en juegos inocentes antes de su noviazgo y enfermedad. Los tres correteaban con travesura y alboroto, sin echar de menos, al parecer, a su amiguita. Penosa impresión dejó en Vicente la brutal alegría de las criaturas, olvidadas de quien tanto las amó y quería ser como ellas. No se había hecho cargo aún de que la niñez es ingrata y desmemoriada, ni de que el egoísmo inocente informa al ser humano en los comienzos de la vida.. En tanto, se le agregó Santiago Ibero con sus amigos, uno de ellos el cura de la parroquia, militar el otro, de servicio en Leganés. Hablando del suceso que entristecía la casa, recitaron tímidamente y con débil convicción el himno de la esperanza.

Renovose al siguiente día la dulce y triste escena de la conversación de novios junto al lecho de Fernanda, en quien se acentuaban la debilidad y aplanamiento. Extremó Vicente la sutileza gentil de sus conceptos de amor, incitado a ello por Gracia y por Lucila, que presente estaba. Repitiose asimismo el beso final autorizado y prescrito por ambas señoras. Vicente se excedió en la obediencia, besando tres veces la frente abrasada de la damisela. Esta no pronunció palabra alguna; pero cogiendo la mano del caballero, la estrechó con leve presión contra su pecho. Los ojos tenía cerrados, la boca entreabierta.

Tres horas más, y sobrevino súbitamente la extrema gravedad. El espanto entró en la casa.. Llegó el médico con una oportunidad que desgraciadamente resultó ineficaz. Todos acudían al triste aposento, y de él salían más llorosos y descorazonados. Vicente tuvo que acudir a la iglesia para traer al cura. Al volver a la casa, oyó gemidos angustiosos que descendían de lo alto, y apenas pisaba el (p.8145) primer peldaño de la escalera, quedó aterrado ante la figura de su madre que lentamente bajaba. Traía Lucila un negro chal por la cabeza. Con su mano derecha envuelta en la tela se tapaba la boca. Sus ojos divinos, sombreados por las cejas contraídas, declaraban un pavor doloroso. Figura semejante había visto Vicente en el libro mitológico o en los dibujos de Flaxman. Era Némesis, que preside el tránsito a la Eternidad. Destapándose la boca, dejó salir estas palabras: «No subas, hijo. Todo ha concluido».

Pero él subió con mayor presteza, sin parar hasta la fúnebre estancia. Vio el rostro muerto de Fernanda debajo del de su madre, que no se hartaba de besarlo; vio la faz curtida del coronel Ibero pegada a una de las yertas manos, mientras las criadas se disputaban la otra para poner en ella sus lágrimas y sus caricias. Las ropas del lecho compartían su blancura con grandes manchas de un rojo húmedo que les daba tonalidad trágica. Hallábanse presentes la viuda de Oliván, otras dos señoras y el cura, que había llegado tarde con las postrimerías sacramentales. Entre todos apartaron a Gracia del cuerpo inanimado, y entonces Vicente se arrojó con bárbaro anhelo a sellar con sus labios las bellas facciones no desfiguradas aún por la muerte. Medio loco ante aquel cuadro desgarrador, no se dio cuenta de cómo salió de allí, ni supo qué brazos vigorosos le sacaron hasta la escalera.

Momentos después encontrábase en la sala baja con su madre, el cura y un militar. Tan hondo era el duelo de Lucila, que se sentía incapaz de intervenir con la familia en los fúnebres actos ineludibles que imponía la muerte. Hijo y madre confundían la expresión de su inmensa pesadumbre. Las pisadas que sonaban en el piso alto estremecían a Vicente, y atendiendo a ellas, creía presenciar la escena que arriba se desarrollaba. Para que la noche fuese más lúgubre, desde media tarde se inició un temporal que al anochecer adquirió aterradora violencia. La lluvia azotaba los cristales con tremendos latigazos, y el viento bramaba en derredor de la casa con (p.8146) variados acentos terroríficos, ya imitando el rugido de animales feroces, ya la voz lastimera del dolor humano.

Pensaba Vicente que si mil años viviera, no podría olvidar aquella noche de suprema desolación y pavura, acentuadas por espantables clamores de la Naturaleza. Dadas las doce, Gracia, que era de corta resistencia espiritual y nerviosa, hubo de sucumbir al cansancio, y en compañía de Lucila se retiró a su aposento. El padre y Vicente, con el amigo militar y las criadas, hicieron la guardia en derredor de la heroína muerta, cuya bella faz apagada y marchita se hundía entre flores y aromoso follaje. En la turbación de su insomnio, el enamorado caballero veía desaparecer lentamente el perfil de cera, remedando el ocaso de una estrella en el mar.

De madrugada, el quebranto producido por tan hondas emociones venció la energía del pobre Halconero, abismándole en un sopor insano. Servíanle de almohada sus propios brazos, y en tal postura su cerebro enardecido le dio lóbregas visiones poemáticas. Se vio con Fernanda en los espacios cavernosos de un Infierno medio dantesco, medio pagano.. Vestidos iban los dos de luengos ropajes que caían con severas líneas. No hablaban, no sabían hablar; deteníanse ante los grupos de sombras vagantes que por una y otra parte discurrían.. Pasaron de improviso a un campo abierto y luminoso. Veían un suelo azul, arbolitos del mismo color, de tronco rígido, follaje recortado, formando algunos copa semiesférica, otros copa cónica, sin proyectar ninguna sombra sobre el suelo. Por entre ellos iban y venían personas que no eran vivas ni tampoco muertas. Vestían túnicas azules que poco más allá tomaban matiz de rosa.

Con el azul y rosado gentío se confundieron Fernanda y Vicente, sin que su presencia fuese advertida de aquellos seres diáfanos, ni muertos ni vivos. Allí no se conocía ningún ruido. Fernanda, que iba delante, volviose hacia su compañero, y en un lenguaje sin voces, idioma de signos emitidos por la mirada, le dijo: «Aquí no está. ¿Dónde la encontraremos?». Y él (p.8147) dijo: «No lo sé, Lucero. Para mí que nos hemos equivocado de planeta..». Siguieron a estas, otras visiones indeterminadas que acabaron desvaneciéndose en los nimbos cerebrales. Volvió Vicente a la realidad, y tardó un mediano rato en reconocerla, dudando de lo que veía.

Desde aquel amanecer en que todo lloraba, el cielo y la tierra, los ojos y los corazones, hasta el momento en que vio desaparecer los despojos de su amada en el interior de un nicho, que fue tapado con ladrillos y yeso, el alma de Vicente Halconero estuvo emancipada de la vida corporal, y voló libremente por las negras regiones del dolor sin consuelo. Cuando a su casa volvió, su madre, que le esperaba intranquila, le obligó a recogerse y acostarse. El intenso cariño maternal fue medicina y salvación del desdichado joven. La idea del suicidio que embargaba su espíritu con clavada fijeza, señalándole el término eficaz de su inmenso padecer, se embotó en el corazón de Lucila. Y la terrible idea no vino, no, exenta de cierto orgullo, porque el propio aborrecimiento de la vida se encariñaba con un morir semejante al del joven Werther, gloria y ejemplo de los amantes desesperados.

 

Ep-42-V -

La cuidadosa ternura de la madre y de toda la familia, el padrastro inclusive, apartaron a Vicente del disparadero; mas esto no fue obra de pocos días. Lucila no le permitía salir, ni tampoco entregarse desmedidamente a la lectura. A los amigos dio licencia para que le acompañaran algunos ratos, y en lo restante del tiempo ella se cuidaba de entretenerle y sosegarle como Dios le daba a entender. Por su madre supo el dolorido que a los dos días de la defunción llegó Demetria, hermana de Gracia, con su hija mayor. No habían venido antes por ignorar la gravedad y peligro del caso. Lo primero que determinaron las dos hermanas, después de desahogar con lágrimas su pena, fue abandonar la triste casa de Carabanchel, y así lo hicieron aquel mismo día, instalándose en Madrid. «Demetria es muy simpática -dijo Lucila-, inteligentísima y más dispuesta que su (p.8148) hermana. En cuanto tú te serenes, hijo mío, iremos a visitarlas».

Deseos tenía Vicente de abrazar a don Santiago y de saludar a la noble familia que tuvo por suya, y a la cual se sentía ligado para siempre por fibra de amor y respeto; pero su primera salida fue para visitar y contemplar con melancolía extática el nicho de San Justo en que apagado yacía el Lucero de la tarde. La madre le acompañó en este religioso acto: ambos lloraron y mudamente anegaban su pensamiento en las tristes memorias, doliéndose del corte brusco que Dios suele dar a las dichas humanas y a las glorias apenas nacidas. Como el caballero se lamentara de la ruindad del nicho, señalado tan sólo con un tosco número y la inscripción del nombre, la celtíbera, lacrimosa, le dijo: «Hijo del alma, ya sabes que es provisional, y que cuando pase el tiempo que marca la ley, será trasladado el cuerpo al magnífico panteón de la familia en La Guardia.

-Es verdad.. ya no me acordaba -replicó Halconero-. Aquí y allá todo es provisional en relación con lo eterno.. Y por espirituales que seamos, no podemos acostumbrarnos a ver en esto algo más que polvo y despojos míseros. Esclavos somos de la rutina, y admiramos la piedra o el yeso que tapan un hueco vacío de toda vida..».

Puso fin la madre a estas vagas razones, dictadas del no extinguido dolor, y se le llevó fuera del camposanto.. Por aquellos días propuso Lucila que debían trasladarse a Madrid, y así se acordó en principio por todos. Intentó Vicente detener algunos días la mudanza, sintiéndose amarrado a los lugares fúnebres por fortísimos hilos de su propia pena. Temía el olvido; aborrecía la distancia. Olvido y distancia eran un agravio a su inalterable consecuencia de amor; eran como una amenaza de infidelidad y traición.

Algunos días consiguió su padrastro don Ángel Cordero llevarle a Madrid y sacudirle el ánimo, tratando de despertar en él las aficiones políticas, ya que hacerlo no podía con las político económicas. Pero quien positivamente vigorizó el desmayado espíritu de Halconero, fue su amigo Enrique (p.8149) Bravo, joven apasionado y verboso, sentimental en el terreno de la lozana doctrina federalista como el otro lo era en el moral y literario. Las ideas predicadas por el gran filósofo constituyente Pi y Margall habían conquistado el pensamiento y el corazón de Halconero, quedándose allí en forma teórica para un lejano porvenir. En cambio, Enrique Bravo las consideraba de fácil aplicación a la vida real, antes de aquilatarlas en su mente fogosa y de escasa cultura. Divagando por Madrid, de café en club y de logia en taberna, a los dos amigos se agregaron otros, entre los cuales hallábase Vicente un tanto dislocado, pues todos eran la acción irreflexiva y él la teoría reservada y meticulosa.

Politiqueando de calle en calle, Bravo propuso a Vicente que tomase un puesto en la Milicia Nacional, salvaguardia de la Libertad, y escudo contra los buscones de Rey y faranduleros de la reacción. A esto contestó el amigo que se consideraba incapacitado para mandar una compañía en los batallones patrióticos, porque su cojera, aunque leve y bien disimulada, era incompatible con la desenvoltura y arrogancia militar.

«¿Qué vale tu cojera, que apenas se conoce -dijo Enrique risueño-, comparada con la del bravo capitán del batallón de la Inclusa, Romualdo Cantera, que lleva una pata de palo, y marca el paso como nadie, y es el oficial más gallardo y más apuesto frente a su tropa?.. En cuanto a uniforme, si el mío no te gusta, ahí tienes el del batallón de Antón Martín, con chambergo y botas, que por tu figura esbelta te caerá muy bien». No se dio por convencido Vicente; pero sí asistió a las reuniones privadas de la oficialidad en la Casa Municipal de la Plaza Mayor, o en las diferentes tiendas, clubs y mentideros a que habitualmente concurría.

En estas visitas, que a veces eran sabrosas cuchipandas, reanudó Vicente su amistad con un popular sujeto, sugestionador de multitudes, llamado por todo el mundo con familiar llaneza El Carbonerín. Era de mediana edad, de mediana estatura; sólo tenía grande la viveza del ingenio y la (p.8150) prontitud en las resoluciones. Informaba su carácter la guapeza jactanciosa. En los actos políticos, así como en todo incidente de la vida privada, ponía singular empeño en demostrar que era hombre capaz de jugarse la cabeza por un sí como por un no. Vestía bien, y cuidaba de llevar en público su ropa limpia del polvo de la carbonería. Tenía caballo, del tipo andaluz acarnerado, de ancho y prominente pecho. En él montaba, llevándolo a paso rítmico de procesión ecuestre, como si el bruto fuese estatua marchando sobre su propio pedestal. En su trato mostrábase leal, violento, de una susceptibilidad bravía, por lo cual era tan temido como amado. Casado y con familia, tenía la mujer en Asturias, quedándose de este modo en holgada franquicia para sus mariposeos amorosos.

Con este tipo revolucionario simpatizaba grandemente Halconero, no porque se le pareciese, sino por todo lo contrario. Radicalmente se diferenciaban en alma y cuerpo, en modales y costumbres. El hijo de Lucila era rico en cultura, pobrísimo de acción; Felipe Fernández, El Carbonerín, tenía todo su ser polarizado en la voluntad, sin que le quedara espacio para el estudio.. Con este amigo y con Enrique Bravo, solía pasar Vicente algunos ratos en el club federal de la calle de la Yedra, local destartalado, sombrío y sucio, donde tarde y noche se congregaba un pueblo bullicioso, entusiasta de ideales antes adorados que comprendidos. En aquel antro se respiraba, con los densos olores, el malestar social, ineducación agravada por la clásica pobreza hispana. Las conversaciones duras, entreveradas con discursos en tono agresivo y rugiente, versaban sobre estos temas invariables: dar disgustos al Gobierno; oponerse a la elección de Rey, pues ni reyes ni curas nos hacían maldita falta; tener, en fin, bien dispuestos los fusiles y los corazones para defender la libertad, el federalismo y los derechos del pueblo.

A pesar del candoroso fervor revolucionario, no exento de grosería, imperante en el cotarro de la calle de la Yedra, Halconero pasaba buenos ratos (p.8151) en él, y allí se sentía más a gusto que en el Casino federal de la calle Mayor, Casa de Cordero, donde los primates departían y peroraban con discreta elocuencia y verbalismo parlamentario. Faltaban por aquellos días los elementos (ya era costumbre llamar así a los grupos de cada matiz) más levantiscos y más desmandados de palabra. Suñer y Capdevila, Joarizti, Guillén, Paúl y Angulo, Estévanez, Carrafa, Bertomeu, Santamaría y otros habían salido en el otoño del 69 a levantar en armas el partido federal. Vencida por Prim la formidable insurrección, los propulsores de ella andaban desperdigados por esos mundos; los unos presos, como Estévanez, que purgaba su ardiente radicalismo en cárceles de Salamanca; los otros refugiados en Francia, como Antonio Orense y el angelical ateo Suñer; dispersos los restantes en Gibraltar, Madera, Londres o Lisboa.

Pero a medida que avanzaba el 70, los de acá se animaban, recobrando el calor perdido, y acibarando la vida del Gobierno con motines escandalosos. In diebus illis, Halconero pasó revista a todos los clubs y casinos políticos de Madrid, sin descuidar el llamado del Congreso, calle del Lobo, donde Enrique Bravo llevaba la voz cantante. Luego fue arrastrado a la visita de logias, en las que no se entraba sin cierto respeto, por la tradición del misterio y de la pintoresca liturgia que allí se gastaba. Cierto que las formas rituales habían decaído enormemente, y que las iba sustituyendo el positivismo cooperativo; pero aún quedaba solemnidad, y persistían los arrumacos y simbólicas garatusas. Visitó Halconero la Rosa Cruz, la Mantuana y tres más. Unas estaban instaladas en sótanos, otras en desvanes. Nada sacó en limpio de aquellas secretas asambleas el ilustrado joven como no fuera el tenerlas por decaídas y amenazadas de muerte. Cuando todo podía decirse y concertarse en lugares públicos y aun al aire libre, para nada servía el tapujo en reuniones nocturnas y soterradas.

Nadie superaba al joven Halconero en lo radical de las ideas; pero como se hallaba vigilado estrechamente por la (p.8152) madre, que no le dejaba descoserse de sus faldas protectoras, resultaba un revolucionario teórico y faldero, incapaz para todo lo que no fuese observar los hechos y anotarlos en su mente. En cuanto Lucila se enteró, por él mismo, de que se había dejado llevar a escondrijos masónicos, le reprendió con el templado enojo que emplear solía en la corrección de su amado hijo.. Más severo que la madre fue el padrastro don Ángel Cordero, que apareció en el cuarto de Vicente con las manos en los bolsillos de su batín de moda, luciendo el pie pequeño calzado con zapatilla de terciopelo rojo bordado de gualda, y en la cabeza, gorrete con borlón de seda, que de un lado pomposamente le caía.

«Tiene razón tu madre -dijo mediando en la conversación con sólido argumento-. Guárdate de alternar con masones, y de oficiar con ellos en sus pantomimas extravagantes. Tu madre te ha señalado el peligro.. pero yo voy más allá; yo te digo: «Vicente, si peligroso es el trato con los que llamándose maestros sublimes perfectos, no son más que unos grandes tunos, peor es el roce con esos que se apodan internacionalistas.. ya los conocerás.. unos pajarracos extranjeros que andan por Madrid corrompiendo a nuestras honradas clases populares. Todos los crímenes políticos que hemos visto, obra fueron de la masonería. Los crímenes de mañana.. que vendrán, ¡ay! si Dios no lo remedia.. deberemos atribuirlos a esaInternacional tenebrosa, que es la masonería de abajo. Yo veo en esa locura europea, un aborto de la diabólica doctrina comunista.. Pretende nada menos que poner patas arriba a la sociedad.. las patas arriba, y las cabezas abajo: ya ves qué absurdo.. hacer tabla rasa de las instituciones fundamentales, destruir la propiedad, la familia misma..». Algo más dijo el buen señor, pertinente a las lecturas que debía preferir el estudioso joven. «Para que aprendas a odiar esa herejía social y política llamada Comunismo, menos literatura, Vicente, menos dramas y poemas y más ciencia económica y administrativa.. Dice Pelletan: El mundo (p.8153) marcha. ¿Pero hacia dónde marcha, Vicente? Hacia la buena administración.. y no le des vueltas.. hacía el Debe y Haber o la estricta cuenta del toma y daca».

 

Ep-42-VI -

Sin menoscabar el respeto que a su buen padrastro debía. Vicente se cuidaba poco de seguir su criterio para la elección de libros. Reanudó sus visitas al cuchitril aduana del amigo Durán, y anhelando nutrir su pensamiento con doctrinas fundamentales, recibió de manos del mercader importador las obras de Ahrens y de Spencer. Cargó luego con lo último de Proudhon y con La Democracia en América, de Tocqueville, libro que volvía locos a todos los políticos de aquel tiempo. En la librería, corriendo los últimos días de Febrero del 70, hizo conocimiento con Manuel de la Revilla y amistad con Eusebio Blasco.

Vinieron días apacibles que Halconero aprovechó para su peregrinación al santo nicho de San Justo, que guardaba el Lucero de la tarde. Acompañábale Enrique Bravo en esta devoción de amor viudo, y del cementerio se corrían a Carabanchel, entreverando, en sus pláticas de paseantes, el Federalismo con la literatura, y las ideas permanentes con la transitoria y voluble actualidad. Hablaban de las dificultades que se acumularon en el camino de Prim por las cuestiones económicas y el proyectado empréstito con el Banco de París. Los haces de la mayoría se desataban. Unionistas, demócratas y progresistas saldrían pitando, cada cual por su lado, y adiós Gobierno, adiós Prim, y adiós restauración monárquica.. Entre col y col, sacaban a relucir la lechuga del Concilio Ecuménico, que a la sazón estaba reunido en Roma para darnos el nuevo dogma de la Infalibilidad del Pontífice. De esto, por caprichosos brincos del pensamiento, pasaba Enrique a referir que se había divertido locamente en el último baile de Capellanes, o en el teatro-café de Calderón.

Aunque la familia de Vicente se había reinstalado ya en su casa de la calle de Segovia, Lucila pasaba semanas enteras en Carabanchel, solicitada de su tenaz afición a la vida de granja. Por hacerle (p.8154) compañía, dejaba la residencia de la Villa del Prado su padre Jerónimo Ansúrez, ya cargado de años, pero fuerte y en la plenitud de su saber campesino. Era la época de echar las gallinas, arreglándoles los nidales y las huevadas con maternal solicitud, asistiendo después al romper de los cascarones, y al cebo y crianza de los graciosos pollitos. Lo que gozaba Lucila en este interesante período de la vida gallinesca, no es para dicho. En tanto que ella se embelesaba en su papel de comadrona de pollos y patitos, Jerónimo podaba las tres o cuatro vides de latada, disponía preparación de los terrenos para la siembra de patatas, algarrobas y yeros, para el plantío de calabacines, pepinos y zanahorias, y a toda hora se mostraba labrador peritísimo y archivo de refranes agrícolas.No ha de llover en Marzo más de cuanto se moje el rabo del gato, decía tranquilizando a su nieto que anhelaba el buen tiempo para sus campestres paseos.

Cuando Vicente se quedaba de noche en la casa de Carabanchel, solía retener a Enrique Bravo en su compañía, y por la mañana salían juntos para volverse a Madrid, o peregrinar con rumbo a lo que fue Portazgo de Alcorcón, corriéndose luego hacia el campo de tiro y demás establecimientos militares. Una mañana, apenas salieron al camino real, vieron venir, como de Carabanchel Alto, tres figuras de mujer vestidas de negro, formadas en línea y andando a compás, guardando una distancia discreta entre sí. La que iba en medio era más alta que las otras dos; estas, desiguales en su mediana talla. «Ya tenemos aquí a las tres estantiguas, que no descansan, que no se rinden, ni hay un rayo que las parta -dijo Bravo, hallándose aún a distancia de las visiones-. ¿De dónde vendrán ahora estas beatas andariegas? Vendrán de Leganés, de visitar al inspirado historiador Confusio, que en aquel manicomio sigue escribiendo la Historia de España.. por el reverso, o como él dice, por la verdad de la mentira».

A pesar de estas burlas, detúvose Bravo ante las tres mujeres, y saludó a una de las pequeñas en tono de familiar (p.8155) conocimiento. «Doña Rafaela, ¿tan de mañana por estos arrabales? ¿Han dormido aquí, o han venido en el coche de Tiburcio?..». La respuesta fue breve, y denotaba pocas ganas de conversación. Durante el rápido coloquio y saludo, Halconero permaneció apartado, mirando con recelo cauteloso a la más alta de las tres, que por más señas era de rostro huesudo y desapacible. Siguieron las negras mujeres su camino a paso vivo y casi marcial, hollando la polvorosa carretera con pie calzado de zapato blando y holgón, como de santas peregrinas, y los dos amigos, viéndolas entrar en la casa de la viuda de Oliván, hicieron despiadada carnicería de ellas y de sus infecundos menesteres de falsa piedad.

La cháchara de los jóvenes facilita la obra del narrador. «¿Qué nombre les has dado? -decía Enrique-. ¿Son las Euménides, o las Parcas?». Y Vicente respondió: «La noche en que murió mi Fernanda, cuando salí disparado a buscar al médico, las vi por primera vez en este mismo sitio. ¡Oh! Después las he visto en ocasión también memorable, y esa de aventajada talla, y de cara tan dura que parece de bronce, me causa miedo.. me da escalofrío..». Insistió Bravo en que eran las Parcas, y Vicente, más fuerte que su amigo en Mitología, las declaró reproducción de la triple Hécate, divinidad infernal que en tres figuras representa la venganza, el encantamento y la expiación.

A esto añade el narrador que la más talluda y desagradable era Domiciana Paredes, hija de un cerero de la calle de Toledo, más que cincuentona, de historia compleja y un si es no es dramática. Abrazó el monjío en el culminante período del valimiento de Sor Patrocinio, y la expulsaron del convento de Jesús por el delito de clavar un alfiler gordo en las nalgas de un señor obispo. Anduvo después en privadas intrigas y enjuagues palaciegos. Vivió en los altos de Palacio hasta que fue destronada doña Isabel, y cuando entraron a mandar los revolucionarios, según ella impíos y masones, dedicose a la dulce masonería que en reservadas logias laboraba porque volvieran las aves negras a sus (p.8156) desiertos nidos. Terca como una mula, sagaz como raposa y escurridiza como serpiente, llevaba por buen camino sus propósitos, ayudada de sus malas pasiones y de su talento de organización. Conocía mejor que nadie la Historia interna de España desde el 46 al 70.

La de menor talla, que solía ir a su derecha, era Rafaela Milagro, ya entrada en años, proyectando en ellos las últimas luces de su decadente belleza graciosa y aniñada. En sus mocedades, aún soltera, cuando le aplicaban el gracioso mote de perita en dulce, tuvo que ver con diferentes sujetos, extremando su fragilidad con Montesdeoca, y antes, o a la par, con un caballero militar, que al cabo de los años resurge en esta historia. Casó luego Rafaelita con un señor acomodado que apodaban don Frenético; enviudó el 67, y apenas hubo endilgado las severas tocas que le aseguraban la prescripción de un pasado frívolo, se consagró a pasar revista nocturna y matinal a todas las iglesias de Madrid. En la sacristía de San Justo hizo amistad con Domiciana, que le confirió el cargo de su lugarteniente o Vicaria general.

La tercera, la que se distinguía por su talla media entre Domiciana y Rafaela, se llamabaDonata, y había vivido desde su tierna infancia entre curas y capellanes más o menos castrenses. El imponderable historiador Confusio la raptó, con audacia y escándalo, del gineceo del Arcipreste de Ulldecona, descendiente del de Hita. Pasó luego del servicio de Juanito Santiuste al de opulentos y refinados canónigos. Blando y encendido era el corazón de Donata, como de pura pasta de amor; pero no podía torcer el imán de su destino que la encaminaba inflexiblemente a la íntima familiaridad con personas eclesiásticas. A estas consagraba toda la solicitud y ternura de su alma fogosa. Era la más joven de las tres, y en su faz de Dolorosa, pálida y lacrimeante, persistía la belleza de imagen vieja, de luciente barniz, que reflejaba la llama de los cirios. Entre sus cualidades descollaba el saber litúrgico, pues en la dilatada convivencia con gente de iglesia su feliz memoria llegó a encasillar en las fechas del (p.8157) calendario los nombres de todos los santos del Cielo; conocía las festividades y ceremonias, sin que se le escapara el menor detalle; sabía Derecho canónico, y merecía pertenecer a la Sagrada Congregación de Ritos.

Colaboradora y amiga de tanto precio encontró Domiciana en la vivienda de un ilustrado sacerdote, que había sido Capellán de Honor y Predicador de Su Majestad, y llevándola consigo en sus peregrinaciones quedó constituida latriada de mal agüero, que a Bravo causaba risa y miedo a Vicente. El continuo trajín de las reverendas fantasmonas se explica por un fenómeno social propio de aquellos días turbulentos: la revolución de Septiembre había llevado su espíritu reformador a la esfera y a las costumbres que parecían más rebeldes a toda mudanza. La discreción privada y pública recibió un golpe de muerte; las ideas más conservadoras buscaban el aura popular, y la falsa piedad, que antes vegetó en recintos obscuros, se hizo callejera. Obedeciendo al prurito social de libertad, gimnasia y ventilación, la sagaz Domiciana iba prendiendo de casa en casa el hilo de sus intrigas. Creíase destinada por Dios a recoger la grey cristiana dispersa, y a establecer contacto y acuerdo entre los españoles crédulos que del nuevo Recaredo Carlos VII esperaban la salvación.

Con estos y otros artilugios, la triada iba calentando el horno de la fe, lo que no era difícil aun en tiempos tan impíos. Organizaba pomposas funciones de desagravios, solemnísimos Triduos y Novenas, recaudando de casa en casa gotas de cera para un grande cirio pascual. Pedían asimismo para socorrer a emigrados católicos que ojalateaban en Bayona o en Perpignan, y últimamente acudían al bolso de las personas ricas para obsequiar con esplendidez pontificia al Santo Padre en celebración de su dogmática infalibilidad.

No era todo venturas en los tientos que las andariegas daban a la caridad o a la vanidad de las familias madrileñas, y si de algunas casas salían bien satisfechas, con carne entre las uñas, en otras, las menos, o eran recibidas (p.8158) agriamente, o tenían que retirarse aprisa con las manos en la cabeza. Uno de los más feos desaires recibió la Triple Hécate en casa de Lucila (calle de Segovia) .

Con cierto temor mezclado de confusión, así lo contaba Vicente: «Iban sin duda equivocadas, desconociendo quien vivía en nuestra casa.. Entraron las tres. Salió mi madre al recibimiento antes que pasaran a la sala. La Domiciana, grandullona y altiva, se turbó al ver a mi madre.. Mi madre la miró como dudando si era o no era persona conocida. La feróstica quiso recobrarse de su asombro; le costó trabajo echar una sonrisa y estas palabras: «Lucila, ya no me conoces?..». Mi madre, sin esperar mas razones, puso la cara trágica.. Cuando mi madre se pone la careta de Melpómene.. se acabó.. trapatiesta segura.. Pues me cogió del brazo, como amparándose de mí, y con fiereza me dijo: «Vicente, echa de casa a esas mujeres». Yo me adelanté.. Oída por ellas la intimación, la Domiciana soltó una risilla desdeñosa y se dirigió a la puerta rezongando así: «Pues no es poco tonta tu mamá. Abur.. Que se alivie..». Cogieron la escalera más que deprisa.. Pues en todo aquel día no se quitó mi madre la cara trágica. A las interrogaciones que le hicimos mis hermanos y yo, respondía vagamente.. ¿Tú qué piensas de esto?

-Yo no sé más -replicó Bravo-, sino que esa Domiciana es un demonio que no se espanta de las cruces.. como que las lleva siempre consigo.. Es mala de veras.. Quizás tenga tu madre, en sus cuentas atrasadas, alguna partida serrana de esa estantigua.. Si tu madre no te lo ha dicho, guárdate de preguntárselo».

No se habló más del asunto. Tres días después, hallándose una tarde en Madrid y en lo alto de la calle de Fuencarral, acompañados del Carbonerín y de Emigdio Santamaría, vieron pasar a la triada. Bromearon los cuatro amigos acerca del apodo que debían aplicar a las damas callejeras, y discutiendo si las llamarían las Parcas o las Euménides, Carbonerín se decidió por este mote, y lo corrompió al instante con su lengua inculta y graciosa. Quedaron bautizadas con el (p.8159) nombre de las ecuménicas.

 

Ep-42-VII -

Las negras damas pedigüeñas habían salido del Hospicio. Tras ellas anduvieron un rato los cuatro federales.Carbonerín propuso que, si ellas se corrían más allá de la Era del Mico, debían seguirlas y apedrearlas. Pero las postulantes se metieron en un palacete que hacía esquina a la calle del Divino Pastor, con jardín cerrado por elegante verja curva. «Esta es la casa de Fermín Lasala -dijo Santamaría-, y aquí vive Montpensier, el pobre Duque derrotado en las elecciones de Oviedo. Pretende la corona y no ha podido alcanzar el acta de diputado». Viendo entrar a las pécoras, todos a una dieron por seguro que iban a pedir dinero a Montpensier para ayuda de sus embelecos mojigatos. A este propósito contó Halconero lo que días antes había oído de boca de uno de los dependientes del librero Durán. De vez en cuando entraba el Duque en la tendilla de la Carrera de San Jerónimo a comprar alguna obra de Historia Contemporánea, o de estudios graves de Economía Política. Le mostraban lo mejor que había, y su primera palabra, hojeando los volúmenes, era ¿Combien?.. De la repetición de esta muletilla vino el que le pusieran el nombre de Monsieur Combien. Comprara o no, siempre iba por delante la pregunta del precio.

«Pues a este Monsieur Combien -dijo Santamaría-, me parece que le van a poner las peras a cuarto muy pronto».

«¿Quién, cómo, cuándo?». A estas preguntas no quiso Santamaría responder concretamente. Dijo que tenía que ver al Infante don Enrique, y que si los amigos pensaban seguir paseando hacia Chamberí, no les acompañaría. Los otros declararon que eran vagos políticos, que ni como milicianos ni como patriotas libres tenían nada que hacer en aquella ocasión. Lo mismo divagaban por el Norte que por el Sur. Barruntando que Santamaría pudiera contarles algo nuevo, de picante actualidad, determinaron ir con él hasta dejarle en la Costanilla de los Ángeles, y en la puerta misma de la morada del único Borbón residente en España.

Parecía el buen don (p.8160) Emigdio poco seguro de sí mismo, preocupado, vacilante, dudoso. Bajando por la calle Ancha, a ratos se adelantaba como si tuviera prisa, a ratos quedaba retrasado sin hacer caso de sus amigos.. Uno de estos propuso ir a pasar el rato al cafetín de la Plaza de Santo Domingo, llamado de Lepanto, donde tenía su asiento una tertulia federal de las más ardorosas. Allá se fueron, y al llegar a la puerta del café se despidió Emigdio Santamaría de sus compañeros diciendo secamente: «Vuelvo». Los amigos entraron, dirigiéndose a las mesas de la izquierda. En ellas rebullían grupos de gente ociosa, zumbante, fumante, embriagada por el espíritu y el vaho de ideales risueños. El local era de los más típicos: columnas prismáticas de madera sostenían el ahumado techo; el mostrador, el cafetero, los mozos, el echador, las mesas, el gato, el servicio, la jorobadita vendedora de cerillas y periódicos, reproducían con indudable propiedad arqueológica los gloriosos recintos de La Fontana de Oro y Lorenzini.

En las mesas donde se apiñaban los bulliciosos federales, envueltos en irrespirable ambiente de tabaco y disputas, no se hablaba sólo de política. Un capitán del Batallón de Maravillas, y un chico del de Palacio, ambos cubiertos con la gorra colorada, embobaban a los compañeros refiriendo sus triunfos amorosos. El de Maravillas tenía por teatro de sus conquistas La Novedad (bailes de Capellanes) , y otro saltó diciendo que para mujerío hasta allí y conquistas rápidas no había nada como La Azucena Madrileña, Carrera de San Francisco.. En la caterva hirviente del cafetucho había también hombres estudiosos y jóvenes formales que alternaban con los demás por la común exaltación federalista. Halconero se arrimó a un tal Segismundo García Fajardo, hombre muy listo y de fácil palabra, sobrino del Marqués de Beramendi. Había comenzado su vida política alistándose en la Unión Liberal; al estallar la Revolución del 68 se pasó a los demócratas de Rivero; poco después, por no sabemos qué piques o despechos, dio un (p.8161) salto tan grande que fue a caer junto a don Carlos; del carlismo se vino a la República, y seducido por las doctrinas de Pi, abrazó el Federalismo con fervor delirante. Respetando sus inconsecuencias, Halconero le admiraba por la agilidad de su ingenio y por su verbo rico, seductor.

En la mesa próxima, un federal vetusto, de abolengo progresista, lobo de barricadas curtido por los huracanes revolucionarios, hablaba del ciudadano Emigdio Santamaría, que minutos antes se separó de sus amigos en la puerta del café. No fue benévolo el tal en los comentarios que hizo del ausente y de su conducta en la vencida insurrección federal. En Octubre del año anterior salió de Madrid para Levante. Iban en el mismo tren Froilán Carvajal, Rodríguez Solís, Bertomeu, Palloc y otros. Con Antoñete Gálvez se corrió hacia Orihuela y Murcia, dejando en Alicante a sus compañeros. Estos sublevaron muchos pueblos de la provincia; se batieron con los pandorgos, que así llamaban a los monárquicos por allá; fueron vencidos.. la tropa les dio caza, les abrasó.. Al pobrecito Froilán nos le fusilaron.. los demás se escondieron, volaron.. En el extranjero esperaban un indulto.. Pues Santamaría, después de andar en el fregado de Murcia sin hacer cosa de provecho, se vino acá tranquilamente y le dijo a Prim: «Don Juan, yo no he sido.. Don Juan, yo no estuve en Murcia; yo soy hombre de orden.. yo no he tenido arte ni parte en esas locuras..». Y con su poco de coartada y otro poco de sanfasón, ahí le tenéis tan campante..».

Empezaban el Carbonerín y Bravo a defender a Santamaría, ponderando su valor, su honradez republicana, cuando entró el aludido, tomando asiento en medio de la pandilla. Saltó la conversación a un punto interesante sugerido por la presencia del amigo que acababa de llegar. «Oiga, ciudadano don Emigdio -gritó un sujeto de bronca voz, echándola desde el extremo de la mesa más distante, como un proyectil parabólico-, aunque usted guarda una reserva, como aquel que dice, diplomática, ¡ajo!.. no se nos oculta que podrá confirmar lo que por ahí corre (p.8162) tocante a los planes, ¡ajo! del Infante don Roque, digo, don Enrique.

-No sé nada.. todo lo que se dice es música, amigo Tablares -replicó Santamaría apartando de la boca del vaso el platillo con los terrones de azúcar, para que el echador le sirviera-. El Infante es un caballero, es un liberal de toda la vida; pero su nombre y posición excepcional le prohíben adoptar actitudes demasiado activas..

-Se ha dicho, y yo lo creo -indicó el Carbonerín-, que don Enrique Borbón, sin de, ¡fuera ringorrangos! abraza el Federalismo con todas sus consecuencias, y está preparando el manifiesto que ha de dar a la Nación.

-No crean eso.. El Infante es liberal, muy liberal y muy caballero; pero debe apartar su nombre y su jerarquía de las luchas candentes -dijo Emigdio, quemándose los labios con los primeros sorbos del café, tan caliente como la opinión».

Pausa breve, con maleantes murmullos de incredulidad.. Era Santamaría un perfecto modelo del tipo arábigo levantino. Si vistiera chilaba o albornoz, podría creerse que acababa de llegar de la Meca. Nació en Elche, oasis que los genios islamitas transportaron de las faldas del Atlas. Le destetaron con dátiles, y desde su tierna infancia aprendió el Korán de la Libertad, que luego fue ardiente Federalismo. Su color moreno aceitunado, su barba negra partida, sus labios gruesos, de un rojo ahumado, hacían creer a la gente que el simpático Profeta se paseaba por estos mundos vestido de español del siglo XIX.

Rompió el silencio Segismundo García con una observación que denotaba su sentido político y su conocimiento de la historia contemporánea. «Me escamo mucho, señores -decía cautivando con sus primeras palabras la atención del auditorio-; me ponen en ascuas estos príncipes de sangre Real que se enamoran locamente de la República. ¿No os dice nada el ejemplo de Luis Napoleón? Ese hombre ladino y falso se declaró partidario ardiente de la forma de gobierno que más odian los reyes y los tiranos. Coqueteó con ella, le hizo la rueda hasta calzarse la presidencia; y (p.8163) apenas apagado el eco de sus juramentos, empezó a conspirar contra la institución sacrosanta.. y ya sabéis lo demás.. Con un plebiscito amañado se burló de Francia y de los franceses, y les puso la albarda del Imperio.. Amigos, ojo a los príncipes que se prendan de nuestra República y la encuentran preciosa, monísima..».

Una voz de bronce, al otro extremo de la pandilla, gritó: «No queremos Borbones en casa.. no queremos República con pachulí.. no, no.. Fuera demócratas de sangre Real, aunque nos digan que vienen con buen fin.. Besugo, te veo el ojo claro..». Andese con tiento, el titulado Infante, y no juegue con nuestra Federal, que es doncella pulida y no admite chicoleos ni tentarujas. Borbón, a tus zapatos; zapatero, a tu monarquía.. Haz las paces con tu cuñada la Isabelona, y no enredes aquí, pues ni con plebecito ni sin plebecito te tragaremos.. He dicho».

Protestó Santamaría buscando apoyo en la mirada de Halconero y de Segismundo, los más ilustraditos de la reunión, limitándose a repetir que don Enrique no quería más que la felicidad de España; que era un espejo de caballeros, hombre puro, limpio de ambición, con otros discretos razonamientos.. A pesar de la réplica del buen Emigdio, siguieron los demás picoteando en aquel tema, hasta que les llevó a otros más risueños el voluble giro de la conversación.

El que menos hablaba era Vicente, que se sentía descentrado en aquella sociedad. Ni sabía cómo alternar en las ardorosas disputas, ni hallaba modo de cortar y despedirse airosamente. La superioridad de su entendimiento, su timidez y delicadeza le tuvieron un buen rato abstraído, y como ausente, en espíritu, del bullicioso cotarro. Soltando las alas a su imaginación, volaba muy lejos, y a sus oídos, físicamente ligados al torbellino del café, llegaban cláusulas dispersas. Oyó que un miliciano de colorada gorra leía trozos de un folleto muy celebrado en aquellos días, Los neos en calzoncillos, de Funes y Lustonó. Las carcajadas que coreaban la lectura interrumpían el libre pensamiento del joven soñador. (p.8164) Oyó también que hablaban de La Carmañola, comedia estrenada en Lope de Rueda, noches antes, con estrepitosa ira del público; a su cerebro llegó alguna palabra referente a las bravatas de los carlistas, a las disensiones que por apreturas económicas estallaron en la familia Real proscrita..

Nada de esto podía interesarle, ni lo que después dijeron de teatros y diversiones. Como se había echado encima la tediosa Cuaresma, los bailes de Piñata cerraron el ciclo coreográfico, y de amenos galanteos y conquistillas; pero en cambio tuvo el vago público en Lope de Rueda un drama sacro-bíblico tradicional, Los siete dolores de María, dividido en pasos, cada uno con decoración espléndida, lujoso vestuario y guardarropía.. Había coros, comparsas; salían judíos y cristianos, los doce Apóstoles, las tres Marías, y en la final apoteosis, angelitos de ambos sexos y lindas muchachas que cantaban aleluyas.. ¡Gloria in excelsis Deo, y Viva la República Federal!

 

Ep-42-VIII -

Pasado un lapso de tiempo inapreciable (como toda fracción de tiempo perdido) , y disuelta la tertulia, Halconero bajaba por la Costanilla de los Ángeles llevando a su lado a Segismundo García Fajardo; delante iban Bravo y Santamaría, el cual, después de secretearse un instante con su amigo, entró en la casa del Infante. Siguieron los tres por la calle del Arenal. Enrique encontró a su amigo Felipe Ducazcal y se fue con él; Segismundo se metió en San Ginés, donde, según dijo, ojeaba una conquista.. ya le contaría.. caza mayor.. una hermosa res de las que corren a la querencia del coto eclesiástico, y en él había que perseguirla y cobrarla.

Despidiéronse a la entrada del patio, y Vicente se alegró de encontrarse solo. Cabizbajo marchó a su casa, condoliéndose de que en su alma no encontraba calor nada de lo que en derredor suyo veía. La política callejera le hastiaba cada día más. Amaba al pueblo; pero no había sabido ponerse a tono con él, ni logró tampoco armonizar con las pasiones populares la ciencia extraída de los libros. El clamoreo de los clubs, la gárrula y ociosa charla de (p.8165) cafés y cafetines, que un día le divirtieron, ya le fatigaban. Veíase metido en el charco de las ranas pidiendo libertad, y la algarabía de aquellos batracios le resultó más molesta y jaquecosa que la de los que pedían un rey, siquier fuese de palo. Diariamente veía crecer Halconero el vacío que en su existencia dejó la muerte de Fernanda; vacío de sentimientos no más, pues las ideas abundaban y crecían con extrañas ramificaciones.

En su casa no hallaba medio de abrigarse contra el frío espiritual, porque su madre, que era para él único foco de calor, continuaba en Carabanchel entretenida con el abuelo en sus trabajitos de avicultura y de jardinería potajera. Con sus hermanos pequeños Manolo y Bonifacia se entretuvo el resto de la tarde; comió con su padrastro don Ángel, que si bien excelente persona, era un buen bloque de hielo espiritual, y al fin se recogió en la soledad plácida y casi religiosa de su aposento, donde le hacían dulce compañía la lectura y la meditación. Muchos días antes de lo que ahora se narra Vicente había encerrado en una gaveta de su mesa aquel Diario en que anotar solía, por Enero, impresiones varias y cuenta corriente de sucesos públicos y privados. El rayado libro yacía en el cajón, como Fernanda en su nicho; pero de pronto se le antojó al caballero inhumarlo, y llenando con largas cruces el espacio correspondiente a las fechas en claro, reanudó sus apuntes con casos de pura psicología, rápidas notas del estado de su ánimo. Véase la muestra.

«4 de Marzo.- Yo me siento aristócrata.. ¿Y en qué te fundarías tú, Vicente Halconero y Ansúrez, para justificar ese sentimiento? En ninguna ley de sangre. Ni por la línea paterna ni por la materna me salen próceres ni caballeros. Mi padre fue labrador, de gloriosa dinastía de destripaterrones. Por su belleza, puede mi madre suponerse descendiente de los dioses del Olimpo; pero en el árbol de su linaje no aparecen héroes castellanos. Plebeyo soy, según lo que reza mi fe de bautismo. Y, sin embargo, tengo a mi padre por noble.

Mucho he pensado en esto (p.8166) ayer y hoy.. Buscando mis ejecutorias, digo y sostengo que no hay en el mundo ademán más noble que el de mi abuelo Jerónimo Ansúrez. ¿Quién le iguala en la dicción castiza, quién le aventaja en las actitudes de gran señor? O mi abuelo es un prócer disfrazado de villano, o los villanos de antigua cepa labradora, del tipo del Alcalde de Zalamea, son los verdaderos fundadores de razas nobles. Esto me induce a estampar aquí un disparate, que entrego a mi propio paradojismo para sacar de él una gran verdad: La aristocracia es la agricultura.

5 de Marzo.- Poetas y dramaturgos me han enseñado el amor al pueblo. Yo amo al pueblo.. en principio. Pero viéndome en contacto con las multitudes bullangueras y sudorosas, me han nacido estos instintos aristocráticos. Son ellos más fuertes que yo, y van invadiéndome poco a poco. Me sucede una cosa muy rara: soy más tímido ante el Carbonerín que ante cualquier persona de mayor categoría social. Envidio la acción de Felipe, y me figuro que también él siente algo de aristocrático rebullicio dentro de sí. No sé por qué me figuro que Carbonerín ama al pueblo.. en principio. Sin rebozo alguno y confiado en el secreto de este Diario, estampo aquí mi pensamiento:Ven pronto, Dictadura.

8 de Marzo.- Me agradaría mucho conocer y tratar al Infante don Enrique. Veré si Santamaría quiere llevarme a su casa, presentarme.. Los individuos de estirpe real y de dinastía destronada, ¿cómo son, qué piensan, qué dicen? Este ilustre señor permanece en España privado de toda distinción jerárquica; se llama demócrata, y si no lo es, hace cuanto puede por parecerlo. Además, es pobre: ¿qué mayor diploma de democracia que la pobreza? Su familia, que en la proscripción harto hace con atender a sí misma, le abandona, por no decir que le desprecia. Su hermano don Francisco, que le pagaba la casa de la Costanilla, hogaño tiene que cuidarse de pagar la propia en París..

Los resquemores del Infante datan de los días ya lejanos en que se consumó el enorme desacierto de las Bodas Reales.. Así lo dicen los que conocen (p.8167) el asunto y han sido testigos de la creciente inquietud de este descontentadizo nieto de Carlos IV.. Sólo de vista conozco al Infante. Se parece a don Francisco de Asís; pero el rostro de don Enrique es más varonil que el de su hermano. La frente y el cabello rizoso les dan semejanza.. Lo demás del rostro indica en don Enrique un vivir de fatigas y aun de pasiones que no advertimos en el mirar inexpresivo y cuajado del esposo de doña Isabel.. Una tarde, estando yo en la tienda de Prast, calle del Arenal, vi salir al Infante con un paquetito de dulces o pasteles que debían de ser para sus niños. Vestía con decencia un tanto estropeada y en uso cuidadoso. Al verle me dije: 'Adiós, sombra de Borbón, errabunda en los círculos del Infierno Revolucionario..'. Para mí solo escribo estas tonterías. No creo que el Infante dé que hablar a la Historia».

A la siguiente noche, don Ángel Cordero, que había cenado fuera de casa con sus amigos Barca y el Marqués de Santa Cruz de Aguirre, furibundos montpensieristas, entró poseído de grande enojo, que manifestaba con temblor de manos y pataleo semejante al de los chiquillos contrariados en sus travesuras. No satisfecho con desahogar a solas su rabietina, se lanzó a profanar la soledad de Vicente, que con sus lecturas y su Diario se entretenía como un estudiantón traga-libros. Entró, pues, rezongando en la leonera, y con el ademán resuelto y la voz tartajosa le sacó para llevarle a su despacho.

«Ven acá, hijo, para que te enteres de este papelucho.. de esta infamia, por no decir canallada indecente..». La voz del buen señor se volvió lúgubre y remedaba el escucha y tiembla que en toda tragedia se oye como anuncio de un terrible relato. «¿Qué es esto?» -dijo Vicente cogiendo de la mano trémula el arrugado papel y pasando por él sus ojos. «Dudo que la indignación te deje leerlo hasta el fin -indicó don Ángel-. Dámelo.. yo te leeré los trozos más desvergonzados para que veas a qué extremo llegan el cinismo y la grosería de ese desgraciado Príncipe. Tú dirás, como digo yo, que el que esto ha escrito (p.8168) está más loco que todos los huéspedes de Leganés. Sólo así se concibe que un magnate.. que un individuo de sangre Real se produzca.. es lo que digo.. se produzca como suele producirse la plebe de los barrios bajos.. Lee.. no.. dame.. yo leeré el manifiesto que ha echado a las calles el titulado Infante.. Atiende.. escucha; reprime tu repugnancia: 'Cumple a mi honor romper el silencio, etc..'. En este párrafo se revuelve contra los que le acusan de hallarse acobardado ante el señor Duque, o en tratos sumisos con él.. Luego.. verás.. se burla de los que piensan que Antonio I será coronado por don Juan Prim.. y en el siguiente párrafo estampa estas ignominias: 'No hay causa, dificultad, intriga ni violencia que entibien el hondo desprecio que me inspira su persona, sentimiento justísimo que por su truhanería política experimenta todo buen español..'.

-Fuertecillo viene el hombre -dijo Vicente más risueño que indignado-. Esas querellas que entre ciudadanos del montón no pasan de Juan y Manuela, entre Príncipes adquieren tal resonancia, que bien puede meter el cuezo en ellas la trompetera Clío.

-Para mí, lo más indigno es lo que voy a leerte: 'Este Príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia, habría sido proclamado Rey en las aguas de Cádiz si un ilustre compañero mío de Marina no se negase a manchar su uniforme indisciplinándose por Montpensier..'. Si lo dice por Topete, miente el bellaco, pues Topete no proclamó a la Infanta, porque Prim ¡ay! le ganó la acción echando por delante la Soberanía Nacional y diciendo a Topete (él mismo me lo ha contado) : 'Luego se verá.. Que la Nación decida'. Y la Nación no ha dicho todavía que sí ni que no.. Este papelucho habla del dinero montpensierista, dando a entender que habrá diputados que voten al Duque mediante conquibus.. No mil veces, Infante loco: le votarán por convicción y patriotismo.

-No se sulfure, don Ángel.. y considere que en este juego de la elección de Rey, si no son triunfo las espadas, tal vez (p.8169) lo sean los oros».

Tan desconcertado y nerviosillo estaba el buen Cordero, que sus manos no tenían sosiego. Quitábase el lindo gorro, lo amasaba entre sus dedos hasta dejarlo como una pelota, y después lo desenvolvía para coronar de nuevo con él su prestigiosa calva.. El papel difamatorio pasó de las manos de don Ángel a las de Vicente, que siguió leyendo: «¡Dicen los mercenarios que Montpensier es un ser perfecto, y el iris de paz y el Dios de bondad!.. Por eso cuanta sangre se ha derramado, y tal vez se derrame antes de su completa desaparición, cae sobre su cabeza de pretendiente.. El liberalismo de Montpensier, conducido por la fiebre de hacerse Rey, es tan interesado, que se merece la terrible lección que de cuando en cuando impone la justicia de las naciones indignadas».

-Más adelante verás sus ridículos alardes de patriotismo. Gibraltar le entristece.. los héroes del 2 de Mayo le entusiasman. Mentira, fatuidad.. Sigue..».

Vicente leyó: «En 1808, cuando mi padre provocaba el levantamiento del valiente pueblo de Madrid, era la invasión armada contra nuestra patria, y hoy es la invasión hipócrita, jesuítica y sobornadora, de los orleanistas contra nuestro país, tan cansado, tan desilusionado y tan ametrallado por los gobiernos..». Luego daba el Manifiesto su nota detonante con la bomba final: «Montpensier representa el nudo de la conspiración orleanista contra el emperador Napoleón III, conspiración en que entraron ciertos españoles de señalada clase. Pero que sepan esos conspiradores de Francia y España que, caída la dinastía imperial, no la heredarán los Orleans, sino Rochefort, o lo que es lo mismo, la República Francesa.. Y sepan también que en España el esclarecido Espartero es el hombre de prestigio y el objeto de la veneración nacional, y de ninguna manera el hinchado pastelero francés..».

Así terminaba la rencorosa diatriba del de Borbón contra el de Orleans. Inquieto y medroso, don Ángel Cordero concretó sus recelos en esta forma: «Pienso, querido Vicente, que los propósitos de ese infernal don (p.8170) Enrique no se limitan al escándalo. Lo que has leído es una provocación, un reto para llevar al Duque a un lance de los llamados de honor.. Se le insulta, se le induce a volver por su dignidad, le obligan a batirse, y pim, pum, le matan.. ¡Qué manera tan sencilla de resolver la cuestión de interinidad! Al Rey más calificado, ¿te enteras? más grato a la opinión, se le quita de en medio con un poco de farándula caballeresca y un mucho de alevosía.. y ¡viva la Pepa!.. La Pepa es la republiquilla federal.. Pero.. lo que yo digo: podría suceder que les saliera la criada respondona. ¿Has oído tú que el don Enrique es un gran tirador?

-Nunca oí tal cosa -replicó Vicente-; pero bien podría ser verdad, que el juego de las armas fue siempre arte de príncipes.. ¿Cree usted, don Ángel, que esta querella entre el Orleans y el Borbón acabará en desafío?

-No, hijo, no. Sería lamentable, pues por mucho que igualen los odios, Montpensier, llamado a ser nuestro soberano, no debe rebajarse..».

Y midiendo la estancia con paso de tendero meditabundo, remató su pensamiento con estas sesudas razones: «Don Antonio debe apuntar a su enemigo con el arma del desprecio.. Buen tirador de desdenes es el Duque, que el año pasado, cuando don Enrique le insultó llamándole naranjero y volcando sobre él todo el diccionario de las verduleras, no tuvo más respuesta que un silencio verdaderamente augusto. Hoy, sin embargo, podría suceder que, fueran las cosas por otro camino.. En confianza te diré que ayer y hoy han menudeado ciertas embajadas entre el caserón de la Costanilla y el palacio de Fermín Lasala.. Iban y venían mensajeros del honor.. ¡qué guasa!.. ese moro barbudo.. ¿cómo se llama? ¿Emilio, Remigio..?

-Emigdio Santamaría.

-Y el otro barbudo sevillano, médico y federal, Federico Rubio.. De otra parte los generales Córdova y Alaminos.. No sé, no sé lo que traman.. No he podido enterarme bien; pero se me antoja que la caballería andante ha tomado cartas en el asunto.. Para mí que el don Enrique cantará el yo pecador con tal (p.8171) que le socorran de garbanzos y panecillos.. Es triste cosa para los que creemos en la dignidad de las casas Reales.. Pero a nadie más que a sí mismo debe culpar el Infante de haber venido tan a menos. Él es su propio enemigo; él se ha hundido, se ha encenagado en sus propios desaciertos y locuras.. Yo digo que quien busca el escándalo, en él perece.. Es tarde, Vicente; acostémonos.. Y para concluir: nuestra vivienda está tristísima sin tu madre.. diré más, está muy fría. Tu madre es el calor. Harás un bien a toda la familia si te vas a Carabanchel y la convences de que es hora de venir a darnos su abrigo. Y no hablo yo precisamente del calor físico, sino del calor doméstico.. No ha de ser todo el cariño para los polluelos.. Que venga, que venga y medraremos todos.. Nuestro nido está helado.. Cada cual, según su estado propio, echa de menos las plumas de la madre, de la.. En fin, hijo, que duermas mejor que yo.. Vete y tráela, para que termine nuestra desaborida soledad».

Con estas dulces quejas, retirose el buen Cordero a la matrimonial alcoba, y no tardó en estirarse en su lecho, cuyas frías anchuras no eran por entonces vergel, sino páramo desolado.. Obediente a su padre político, el chico de Halconero se fue temprano a Carabanchel, y encontró a Lucila tan embelesada en la crianza de las nuevas generaciones gallinescas, que le fue penoso convencerla de que los hijos del hombre y el hombre mismo tenían mayor derecho a su maternal asistencia. Horas dulcísimas pasaba la celtíbera en el entretenido enredo de prestar el primer socorro a los que salían del cascarón, y en alimentar a los que ya sabían comer, ya echaban sus traguitos de agua elevando al cielo los tiernos picos, y habían aprendido el lindo juego de escarbar la tierra para buscar comida. Luego ponía Lucila todo su cuidado en rodearles de precauciones contra la humedad y contra ruines animalejos.

La casa patética, donde expiró el Lucero de la tarde, hallábase aún desalquilada, coyuntura que aprovechó Vicente para renovar y espaciar sus melancolías en la huerta solitaria, (p.8172) empapándose en el dolor con deleite romántico y místico. La noche pasó en ensueños medio sentimentales, medio literarios, interrumpidos por insomnios en que recobraba su imperio la realidad. Era como un poema en verso con metódicos comentarios en prosa. Muy de mañana, antes de la hora en que solía dejar el lecho, entró su madre a llamarle con apremio. «Hijo, levántate: ahí está Enrique Bravo. Viene a buscarte. Le he preguntado que a dónde vais, y me ha respondido con esta tontería: «Que se levante y se vista pronto; vamos a ver la Historia de España».

Saltó Vicente de la cama y aprisa se vistió. Faltaba un cuarto para las nueve cuando los dos amigos salían a la calle y de la calle al campo. Enrique le dijo que la Historia de España que iban a ver podría resultar una página trascendente o un renglón burlesco, según el humor que en aquel día tuviera el Destino, árbitro de la existencia de los hombres y de los pueblos. Y Vicente replicó así: «El toque está en que madama Clío se ponga el coturno de dorados tacones, o las chinelas de orillo, en que traiga el péplum o una bata de tartán a cuadros blancos y negros».

Lenguaje más positivo habló Enrique diciendo: «Aunque se quiere guardar secreto, yo he sonsacado la confianza de Santamaría.. Démonos prisa. Soy amigo de un teniente, subalterno del comandante de la Escuela de Tiro, y espero que podremos meter el hocico y ver de cerca la función.. El programa es magnífico.. A diez metros avanzando.. Pistola, y condiciones verdaderamente trágicas. Falta que los actores correspondan al interés y a la pasión que se ha querido poner en la obra..». A campo traviesa anduvieron los dos amigos largo trecho en dirección del arroyo de Luche, y cuando se hallaban a corta distancia de la carretera de Extremadura vieron que por esta venía un coche de dos caballos.. detrás otro.. luego simones.. «Aquí están.. Son los héroes del día, los sacerdotes de la Historia, acompañados de sus acólitos; van a oficiar.. van a celebrar la misa en la mesa o ara del Destino. Adelante, Vicentillo, y tratemos de (p.8173) colarnos en el templo.. ¡Hermoso día para una fiesta en honor del Honor!..

-Yo tengo mis dudas, Enrique. En mi corazón se balancea un péndulo doloroso.. ¿Resultará Historia o gacetilla?

 

Ep-42-IX -

Vieron los amigos que los coches paraban en el lugar llamado Portazgo de Alcorcón, y que de ellos descendían caballeros que, unos tras otros, tiraron a pie hacia la derecha. Vicente y Bravo apresuraron el paso, carretera adelante, para tomarles las vueltas. Largo trecho anduvieron, sin poder penetrar en el coto militar: aquí encontraban cierre de alambres, allí un soldado que les cortaba el paso. Por fin Bravo, adelantándose a su amigo, logró la condescendencia de un oficial, que permitió la entrada con tal que observasen exquisita discreción, permaneciendo lejos del sitio del lance.. Admitidos en el vedado, los dos jóvenes hubieron de caminar a la ventura, procurando orientarse. El terreno era extenso, ondulado, con pabellones y casetas aquí y allá, raso de arboledas, resplandeciente de luz vivísima y batido por aires matinales de picante frescura.

Aturdido del vago correr en distintas direcciones, y deslumbrado por la luz, Halconero sentía el cansancio precursor del aburrimiento. Llegó con su amigo a un lugar donde vieron un alto y abultado armatoste, formado con vigas y planchas de hierro: era el blanco del tiro de cañón, enorme pantalla que les permitió parapetar su curiosidad en acecho de la comedia o tragedia que se preparaba. Al amparo de aquel biombo robusto, abollado por los proyectiles, se tumbaron en el suelo boca abajo, postura de lagartijas con que fácilmente ocultaban sus personas, y en tal situación divisaron a los caballeros que en dos grupos avanzaban y retrocedían, como escogiendo lugar adecuado para la justa. Contaron unas diez personas: los dos adalides, tres padrinos para cada uno, y otros dos, que debían de ser médicos. Tanto se aproximaron algunos, que Halconero vio brillar los lentes de Montpensier. La preparación del duelo se efectuaba con exactitud parsimoniosa, semejante a las ceremonias litúrgicas.

«Tú no (p.8174) te has visto en estos lances, y desconoces la escrupulosidad con que se disponen -dijo Bravo al hijo de Lucila-. Yo he tenido tres, y en los tres acabamos con abrazo y almuerzo. Lo que importa es aparentar valor, sobreponer al peligro la idea de quedar bien, y ser caballeresco desde el principio al fin. ¿Ves? Ahora, después de elegir terreno, se cuidan de que ninguno de los combatientes reciba de cara los rayos del sol. Uno de ellos tendrá el sol a su derecha, el otro a su izquierda.. Inmediatamente medirán la distancia. Ya lo ves: miden nueve o diez metros con una cinta; luego echarán suertes para designar quién ha de tirar primero.. Se sorteará también el punto que cada cual debe ocupar en los extremos de la línea. La rifa de vida o muerte va despacio, como ves, y los que han de batirse hacen de tripas corazón, mostrando una impavidez fría, etiqueta obligada de estos encuentros en la puerta de la Eternidad, que las más veces suele ser la puertecita de una fonda».

Por la distancia que de estos trámites le separaba y por la extrañeza de ellos, Halconero los veía como actos y figuras de ensueño, y su atención se iba de la humana realidad a las líneas y colores del paisaje. Frente a sí, más allá del lugar de la liza, vio una caseta roja, otros mamparones que servían de blanco al tiro de fusil, y detrás, manchas verdosas de jara, las curvas del terreno acentuadas por la viva luz, y a lo lejos la torre de Húmera.. El azul de la Sierra, con toques de nieve, embelesó sus ojos por un momento, y los habría embelesado más si Bravo no le trajese a la realidad inmediata diciéndole:

«Mira: ya están los caballeros de Orleans y Borbón cada uno en su puesto. El primero a nuestra izquierda, el otro a esta otra parte. Fíjate.. Parecen estatuas. Ambos están serenos.. con la serenidad del honor.. con la vergüenza caballeresca, que es lo mismo que la torera, pongo por caso.. Ninguno de ellos deja ver la procesión que le anda por dentro.. Mientras los sacerdotes del Destino permanecen como marmolillos entregados a la meditación y al cálculo de las probabilidades de vida (p.8175) o muerte, los acólitos se ocupan en cargar las pistolas, operación delicada que realizan metódicamente, devotamente.. Las balas son el símbolo del honor.. son el criterio, el sí y el no de este tribunal que llamamos Juicio de Dios.. Las balas deciden, y tienen siempre razón.

-Serán la razón de la sinrazón -dijo Halconero sin quitar los ojos de los que a distancia del punto de acecho cargaban las pistolas-. Desde aquí distingo las barbas morunas de don Emigdio y las blanquinegras de don Federico Rubio. Parece que han terminado de atacar las razones..

-Y ahora echan suertes para elegir pistola.. A cada uno le llevan la suya.. Se retiran los padrinos a distancia prudente.. Las actitudes indican que se ha dado ya la voz: ¡atención!..

-Ya están los adversarios en manos de la Fatalidad.

-Ya están en guardia.. los distingo claramente.. el brazo derecho doblado, la pistola a la altura de la cara, con el cañón apuntando al cielo.. Han alzado el cuello de la levita para ocultar el de la camisa, que hace blanco con su blancura.

-Ya los segundos se alargan.. La Fatalidad se hace esperar.. la esfinge retrasa su fallo, y dice voy, voy, sin venir nunca. ¿Pero cuándo tiran, cuándo se matan? Si tiraran a un tiempo y se matasen los dos, sería lindo término de esta expectación angustiosa.. y..».

Disparó el Infante, disparó luego Montpensier, y ambos quedaron ilesos. Los padrinos cargaron de nuevo las pistolas y discutieron, probablemente sobre la supresión del avance después de cada doble disparo.. «La función es harto pesada -dijo Vicente-; los actos brevísimos, los entreactos interminables. A ver, guapos mozos, tiren otra vez, y hagan el favor de hacer blanco». Y Bravo opinó que el lance llevaba trazas de inofensividad estudiada o fortuita, para concluir sin víctima y sin vencedor, con el solo triunfo del honor en el concepto condecorativo y de social etiqueta.. Al disparar los rivales por segunda vez, acudieron los padrinos al Infante, creyéndole herido. Sin duda no fue nada, porque se procedió a cargar nuevamente. «Esto va para largo», dijo Bravo. Y Halconero: «A la tercera va la (p.8176) vencida. Veo la Fatalidad arrugando el ceño..». Y el otro: «Yo veo en su boca una muequecilla conciliadora. Desengáñate. Habrá vida y honor para todos». Por un rato de duración inapreciable, siguieron comentando el lance prolijo, y cuando sus palabras pasaban resueltamente del tono serio y expectante al de las bromas, oyeron el tercer disparo del Borbón.. y al sonar el de Montpensier, ¡ay! vieron a don Enrique girar con rápido quiebro y voltereta, y caer de un lado.. Al rebotar en el suelo, quedó el cuerpo en posición supina.

Con excepción del caballero de Orleans, que impávido, tal vez temeroso, permanecía en su puesto, todos acudieron a examinar al caballero caído.. Los amigos intrusos, espoleados por su curiosidad ardiente, metiéronse en el vedado del Juicio de Dios. Si un instante dudaron, pronto les decidió el ver que de la otra parte violaban la clausura diferentes personas, algunas en traje militar. Algo sucedía de gravedad suma. Cuando llegaron al grupo, destacose de él Santamaría, y en su rostro moruno vieron los dos amigos la emoción trágica. «¿Herido el Infante?» murmuró Bravo. Y el levantino respondió que si no estaba muerto, poco le faltaba.. Acercose Bravo codeando; mas de tal modo se apiñaban sobre el caído los ansiosos de examinarle, que sólo pudo ver el cuerpo de rodillas abajo.. Federico Rubio, que antes que los dos médicos del duelo había podido apreciar la herida del Infante y su respiración estertorosa, se incorporo diciendo: «No hay remedio. Está expirando».

Al propio tiempo volvió Halconero sus miradas hacia Montpensier, la contrafigura del duelo terminado, y vio que un señor, en quien pudo reconocer a Solís, secretario y padrino del Duque, le notificaba el terrible desenlace.

El de Orleans dejó caer sus lentes, que quedaron colgando de la cinta, y mientras los cristales devolvían la luz con picantes reflejos, el caballero vencedor se llevó las manos a la cabeza en ademán de desesperación, y al aire salieron de su boca palabras doloridas que oyó tan sólo el (p.8177) secretario. O se lamentaba cristianamente de haber matado al primer hermano de su esposa, o lloraba viendo desvanecida en humo su ilusión mayestática 2. Fue al lance tal vez con la idea de hacer ante el público sus pruebas de valentía y de honor caballeresco, guardando las vidas de ambos para un reinado de conciliación, de lavatorio en aguas jordánicas. Pero el Destino le había jugado una mala partida. Él quería comedia, y Melpómene le había cambiado los trastos. Frente a la catástrofe, Montpensier maldecía su suerte, confundiendo en su consternación los motivos políticos y los humanos. Había matado a un individuo de la Familia Real de España, hermano del Rey consorte, cuñado y primo de la Reina, tío del inocente Alfonso. Pero si la bala de Orleans quitó la vida al Infante, la bala de Borbón, perdida en el espacio, se llevó la corona de Isabel, que ya el esposo de Luisa Fernanda creía poder encasquetar en su cabeza. Con brutal humorismo, el Destino retirábase del escenario, dejando tras de sí las sílabas de su carcajada.. ja, ja..

Expirante don Enrique, nada tenía que hacer allí Montpensier. Acompañado de dos de sus padrinos y de uno de los del adversario, se volvió a Madrid. Iba el egregio señor verdaderamente consternado. La gloria de triunfador era poca para sofocar el remordimiento de fratricida. Su ambición, aliada con sus sentimientos humanitarios, había pedido al Destino una victoria incruenta, un éxito de pamplina honorífica para deslumbrar al profano vulgo. Lloraba el nieto de Felipe Igualdad la desfloración de sus ilusiones, y masticando los amargores de un triunfo desgraciado, entró abatidísimo en el palacio de Lasala.. Como novio que ha tenido que maltratar al hermano de la novia, suspiraba pensando en el estallido de la opinión al siguiente día, o aquella misma tarde, cuando cundiesen por Madrid las lástimas de la tragedia, y empezase el clamoreo de los que no tienen más oficio que lloriquear por toda víctima y hablar pestes de todo matador.

Pasaron minutos, y los testigos de ambas partes desfilaron mudos y cabizbajos; (p.8178) temían la llegada de la Policía, que desde muy temprano recibió del Gobierno la orden de perseguir a los duelistas.. En tanto, de los próximos edículos militares acudían curiosos, y en torno a la víctima se formó un ancho ruedo compasivo y susurrante. Aislado el cuerpo en medio de aquel redondel de mirones, todos podían verle y contemplarle consternados, y el comentario giraba una vez y otra con triste murmullo, por todo el círculo de cabezas. Muchos tenían al Infante por muerto; otros observaban tenues oscilaciones de la vida en su extinción solemne.

El desdichado Borbón tenía la cabeza hundida en la tierra, tal vez por la blandura del suelo. La mortal herida sangraba en la sien derecha. En la mejilla y en el cuello de la camisa brillaba el rojo de la sangre, que ya invadía el hombro y brazo del mismo lado. El brazo izquierdo, doblado con violencia, desaparecía bajo la espalda; el derecho se extendía rígido, como brazo de cruz; las piernas se abrían; el pie izquierdo aparecía contraído violentamente, con la bota a medio descalzar. En la voltereta que dio el cuerpo, al ser taladrada la masa encefálica por el proyectil, sufrió, sin duda, el pie izquierdo una dislocación formidable.. El rostro no se había desfigurado aún, y su expresión mortuoria satisfacía los diferentes gustos de los curiosos. Algunos veían el rencor en el entrecejo fruncido del muerto o moribundo; otros descubrían en sus labios un intento de sonrisa irónica.

Esto vio Halconero, transido de compasión, y cuanto más le consternaba la tragedia, con más ahínco se clavaban en ella sus ojos. Ningún detalle perdía, ningún objeto accesorio se sustrajo a su tenaz observación. La pistola del Infante estaba no lejos de los pies. El sombrero y guantes a la derecha.. Llegó el subdelegado de Orden Público, señor Maestre, y su primera disposición, después de reconocer a la víctima y de darla por muerta, fue requerir a los militares para que facilitaran una camilla en que trasladar el cadáver a un local cercano donde se le instalara con algún decoro, y pudiera ser examinado por los (p.8179) médicos forenses.

Llegaron los camilleros; fue recogido el cadáver, y en marcha se puso la triste procesión hacia la Venta de Retamares. Rodeaban la camilla los de Policía, y detrás formaban acompañamiento los curiosos, gente de pueblo, chiquillos, algunas mujeres que pedían la cabeza del matador. En el cortejo dolorido iban Bravo y Halconero, y este no podía echar de su mente la página histórica, que había visto antes de que pudiera ser escrita. ¿Era el fin de una raza? ¿Con don Enrique morían la dinastía borbónica y su colateral, la rama de Orleans?.. ¿Qué giro tomaría el pleito obscuro de la Interinidad?.. No recordaba que ningún Príncipe español hubiese muerto en desafío.. El duelo resultaba como una democratización de la realeza.. Gran resonancia tendría en toda Europa el suceso del 12 de Marzo, aunque el Gobierno español lo desvirtuara con la fabulilla oficial de que don Enrique había muerto probando unas pistolas en el Campo de Tiro. A esta infantil versión contestaría la Iglesia negándose a enterrar en sepultura bendita al pundonoroso y desgraciado Príncipe.

Mientras la Policía cumplía sus deberes en la Venta de Retamares, Bravo intentó convencer a su amigo de que debían abrir un pequeño paréntesis en el duelo, haciendo por la vida.. Hasta para llorar y condolernos necesitamos vivir sanamente, y la vida y la salud nos piden alimento. Declaró Bravo su buen apetito, y aunque Vicente se resistió a descender de golpe desde lo espiritual a lo material, al fin pudo el amigo llevársele a la reparación orgánica. Largo trecho anduvieron por el camino real y fuera de él hasta dar con la Venta de la Rubia, donde un adusto ventero y una Maritornes amable les sirvieron opulenta tortilla con jamón y unas magras carneriles con cartílagos y osamenta, vino peleón, y para postre, blandas y melosas torrijas. Probó de todo Vicente con desgana; devoró Bravo, y luego se volvieron despacito al recinto mortuorio de Retamares.

Yacía el cadáver de don Enrique en desnudo colchón, que sustentaban desiguales tablas sobre dos derrengados (p.8180) bancos. Fláccidas 3 almohadas sostenían la cabeza, que se inclinaba del lado de la herida. La sangre que de esta manaba se iba empapando en un luengo paño, como toalla, que aplicado por un extremo a la sien se extendía hasta medio cuerpo como culebra roja y blanca. El pie izquierdo estaba descalzo, por haberse perdido la bota en el traslado del cuerpo. Entre las rodillas y los pies se veían el sombrero y los guantes.. Golpe de gente había en el mísero local. De rodillas junto al muerto rezaba un sacerdote, que era, según después les dijo Santamaría, el capellán de las Descalzas Reales, señor Pulido y Espinosa. Entre los visitantes reconocieron a Luis Blanc, a Montero Telinge, a García López y otros calificados republicanos, que iban a rendir triste homenaje al tataranieto del Duque de Anjou (Felipe V) , tronco del árbol hispano-borbónico.

Los mortales despojos del Príncipe sin ventura evocaban memorias históricas, y ponían de relieve sus lazos de sangre con todas las personas de la familia que había cesado de reinar en Septiembre del 68. Era primo y cuñado de Isabel II; tío carnal del niño Alfonso, que los fieles dinásticos habían traído a que reinara en sus corazones; primo hermano de la esposa de Montpensier, lanzado por la fatalidad a un lamentable fratricidio; primo de Montemolín, de don Juan de Borbón y tío en segundo grado de Carlos VII. Fue desdeñado pretendiente de Isabel, por esta preferido, preferido también por los progresistas; mas rechazado por la Corte y las camarillas reaccionarias. De esta pugna y del desaire resultaron las llagas del corazón, las acritudes de carácter que habían de persistir en el resto de su vida como enfermedad crónica.. Fue causa o pretexto de la revolución gallega, que terminó con los fusilamientos del Carral. Halagado por los del Progreso y admitido con júbilo en los senos masónicos, hizo profesión y gestos de liberalismo que disgustaron a su parentela. Sufrió persecuciones, destierros y desdenes, por lo que su impetuoso ánimo se lanzó a más peligrosas inquietudes. Era hidalgo, (p.8181) valiente, liberal, amante de sus hijos, amante del aura popular. Su historia, desde el 46, en que los vientos de la opinión jugaron con su nombre ilustre, hasta que murió en una tragedia doméstica, fue agitada y borrascosa, vida de rebeldía constante, de querella irreductible entre la realeza y la popularidad.. En el Diario de Vicente Halconero descuella esta frase que no carece de sagacidad histórica: «Tempestad que turbaste a la Familia Real de España con ruidos y conmociones de escándalo, así en el trono como en el destierro, ya pasaste para siempre. Yo te vi exhalar el último soplo..».

 

Ep-42-X -

Volvieron los dos amigos a Carabanchel, donde pasaron juntos la noche. Vicente contó a su madre lo que había visto, esmerándose en la veracidad, bien adornada de los más sutiles pormenores, y poco después anotaba en su cuaderno el sangriento drama del sábado 12 de Marzo. Terminó la velada con el acuerdo de que Lucila volvería con su hijo a Madrid.. Y en la siguiente mañana, cuando Bravo y Halconero salieron a buscar coche, toparon de manos a boca, en la carretera, a la menor de las tres damas negras, que el Carbonerín con chunga y solecismo llamaba las ecuménicas. Era Rafaela Milagro, que había pasado la noche en la casa de su amiga la viuda de Oliván. Como Vicente se asustara del encuentro, Enrique le dijo: «Pues ayer por la mañana, cuando entraba yo en la calle de Toledo para coger el coche en la tienda del botijo, me encontré a la estantigua mayor, la feroz Domiciana.. Temblé y me dije: 'Malum signum. Algo muy grave tendremos hoy'. Ya ves cómo acerté..». Serían las nueve cuando salieron con Lucila. La buena señora partió desconsolada, oyendo el tierno piar de la infantil pollería.

Fue para Vicente aquel domingo, 13 de Marzo, día de variadas sorpresas y emociones. Iba por la calle de Alcalá viendo el señorío concurrente a las misas de Calatravas y San José, cuando se encontró de sopetón al coronel Ibero, el cual, después de abrazarle con paternal afecto, le reconvino cariñosamente en esta forma: «Pícaro, no has ido a vernos.. (p.8182) Tu madre nos dijo: «Vendrá mañana», y ese mañana no acaba de llegar.. Vivimos con Demetria.. Mi cuñada y su marido desean conocerte.. «¡Pero ese chico!.. ¿Qué hace que no viene?..». Enrojecido de vergüenza, se disculpó Halconero con vagas razones en que puso toda su alma. Y prosiguió Ibero: «Ven pronto, y conocerás a las dos niñas de Demetria.. Verás qué monas, qué simpáticas.. Y bastante instruiditas..». La confusión de Halconero subió de punto, y su vergüenza le encendió más el rostro cuando vio venir a la señora de Calpena con sus dos hijas que salían de San José. Las tres llevaban luto por Fernanda. «Aquí las tienes.. -dijo don Santiago-. ¡Vaya, que es casualidad!». Hecha la presentación, se metió Vicente en el berenjenal de los saludos, entreverados con excusas, apretando lindas manos, y desenvolviéndose atropelladamente del gracioso enredo en que le ponían la cortesía y la timidez.

En Demetria vio acabado modelo de gracia y afabilidad, y en las dos damiselas, lindas muchachas muy interesantes, si bien harto inferiores al clásico tipo de su prima Fernanda. Acompañando a la noble familia por la calle de las Torres hasta la del Barquillo, dijo Vicente que había presenciado el desafío y muerte del Infante don Enrique; y al comentario que hicieron las damas y el Coronel, este agregó informes auténticos, transmitidos aquella misma mañana por un testigo presencial, don Fermín Lasala. «Cuando llegó a su residencia, a las once de ayer, el Duque de Montpensier iba tan atribulado, que los amigos que allí le aguardaban le creyeron herido. Federico Rubio le sostenía; entre todos le llevaron a su habitación.. Diéronle a beber tazas de tila con éter, y temiendo una congestión, por la tarde le sangraron.. En la noche del viernes al sábado, don Antonio no pudo conciliar el sueño.. Redactó un codicilo.. Su esposa le había telegrafiado estas palabras: No te batas; despréciale.. La respuesta de él fue: Nada temas; no pienso batirme..».

Y la sin par Demetria llevó también su parte de testimonio al suceso del día. «Pepe Beramendi le (p.8183) dijo anoche a Fernando que el pobre don Enrique confesó y comulgó anteayer en las Descalzas Reales, donde está sepultada su esposa, Elena de Castelví.. Lo supo por el propio capellán de las Descalzas, señor Pulido y Espinosa.. Don Enrique llegó hace poco de París: allí tiene a sus hijos menores, internos en el Liceo Napoleón.. Le amargaba el presentimiento de una desgracia próxima. Vivía solo y aislado en su caserón frío de la Costanilla, donde le visitaban republicanos de los más rabiosos, muchos de ellos afiliados en la Masonería. Contaba el Infante.. así lo refiere el Capellán de las Descalzas.. que al despedirse en París de la Reina doña Isabel, esta le dijo: «Si vas a España, primo mío, haz cuanto puedas para que no sea Rey Montpensier». El hombre así lo prometió, y ha cumplido, porque de esta tragedia ha salido el vencedor imposibilitado para pretender una corona que ayer manchó de sangre..». En las despedidas se mezcló profanamente el espanto de la tragedia con el lindo entremés de instar al chico de Halconero a que apresurase la visita. No se preocupara de la hora.. De tarde, salían poco; de noche, nunca.. Adiós, adiós, y finezas y apretoncitos de manos.

Encantado quedó Vicente, y al retirarse a su casa (que ya se aproximaba la hora de comer) , hacía propósito de pagar sin demora su deuda social con tan noble familia. En la calle Mayor se encontró a Segismundo García Fajardo, el cual le dijo que el cadáver de don Enrique había sido trasladado a su casa, donde le embalsamarían para exponerle al público. La masa popular proyectaba una demostración de simpatía con su poco de ruido y parambomba. Quedaron en reunirse por la tarde en el Café Universal, para de allí alargarse a la Costanilla y ver lo que pasaba.

Acudió Halconero a la cita, y con Segismundo y otros amigotes de este, pasó largos ratos de conversación perezosa en aquella parte interior del Universal, que formaba un martillo con salida al portal de la casa, departamento en que se reunían los canarios, servidos por Pepe el Malagueño. Era (p.8184) una tertulia de las más amenas de Madrid, compuesta de estudiantes de Derecho, de Medicina y de Caminos, y reforzada por personas mayores curtidas de marrullería y experiencia. Corrieron allí de boca en boca noticias referentes al duelo del día anterior, las unas verosímiles, extravagantes las otras, muchas de ellas transmitidas por el verbo inconsciente del Malagueño, que de mesa en mesa llevaba con el servicio sus fantásticos discursos. No ha existido mozo de café que en tan alto grado poseyera el don de las peroratas hinchadas y burlescas para divertir a los parroquianos. «Sé de buena tinta -dijo un chico de Derecho- que el reloj del Infante desapareció mientras estuvo tendido en el campo del honor, antes de la llegada de la justicia..». «Pues a mí me consta (esto lo dijo un caballero viejecito, clérigo sin hábitos) que con el reloj volaron veinte mil duros en billetes, que del señor Martín Esteban había recibido don Enrique por venta de sus muebles: lo sé por el barbero que afeita al Capellán de las Descalzas Reales».

No podía faltar el comento de un discreto canario: «También es ocurrencia ir a un duelo con veinte mil duros en el bolsillo». Y el otro completó así su informe: «No le dejaron más que los retratos de sus hijos, y una carta-orden que le dio Napoleón III para su Embajador en Madrid, encargando a este que velara por la seguridad del Infante». «Pues yo sé.. -dijo el Malagueño en pie frente a los parroquianos-. En la mesa de los bolsistas lo han relatado.. Pregunten a los bolsistas que están de cuerpo presente en aquella mesa.. Pues yo sé que el Infante escribió a Espartero para que viniese a ser su padrino. Y Espartero le contestó: «allá voy».. Vele ahí por qué adelantaron el desafío.. Porque si llega a venir el de Logroño, por primera medida consagra al don Enrique Rey de España por los cuatro costados».. Y Segismundo habló así: «Dinos, Pepe, ¿no has oído tú que la pistola de don Enrique la cargaron sin bala?». Y el Malagueño respondió besándose los dedos: «Por esta cruz, que nada oí de ese desacierto.. Lo que sí dijo el jorobeta vendedor (p.8185) de fósforos es que los padrinos volvieron a Madrid un poco ajumados, y que Montpensier se tapó la boca con el pañuelo, y luego los ojos, para que no se le conociera que lloraba cuando vio muerto a su contrincante.. Lloró y puso sus gritos en el sol, diciendo: '¡Ay, Dios mío, qué día tan desgraciado!.. Yo no quería matarle, sino darle una lección del catecismo.. por deslenguado y contraproducente..'. El Infante había insultado al Duque con piropos provocativos en letra de molde, sarcasmo y vituperio con las de Caín.. No iban a matarse, sino a velar por el honor consabido de mancomún, quedando en situación pacífica, y desagraviados de suyo cada cual. Con un pim-pum y tente tieso se cumplía para la visualidad. Pero las pistolas no entendían de fililíes, señores, y hubo la de caiga el que caiga. Esto es lo que llamamos tragedia superior.. Según viene el tiempo, tendremos tragedia para todo el año.. ¡Va!».

Con este grito acudió al servicio de otros parroquianos, dejando a los primeros en el vértigo de sus conversaciones.. El voluble Segismundo, que ya se cansaba de aquella forma de ociosidad, propuso a su amigo tomar el aire en un corto paseo. Salieron, y apenas traspasada la puerta del café, vieron tropel de gente que subía por la calle de Alcalá, con voces y risas que les sonaron a motín. El rumor de jarana era, en aquel bendito tiempo, el tono corriente del resuello de las multitudes, y los ciudadanos no se asustaban de oírlo. Tranquilos y casi gozosos se metieron entre el gentío, ansiando saber por qué chillaba el buen pueblo de Madrid.

Oyendo aquí, preguntando allá, enteráronse los dos muchachos de que había salido por las calles una manifestación de protesta contra las quintas. ¡Oh, la eterna pesadilla del pueblo español! ¡Neurosis de rabia impotente!.. Iban los manifestantes por Recoletos un poco desmandados, cuando acertó a pasar entre ellos el General Prim, que a caballo volvía de su paseo en la Castellana. Hombres y mujeres se arremolinaron en torno al jinete, cortándole el paso.. Manos convulsas le conminaron, (p.8186) voces airadas le pidieron que cumpliese los sagrados compromisos de la Revolución.

El héroe se mantuvo sereno y digno; díjoles que ejercitaran con más comedimiento el derecho de manifestación, y picando el caballo, se zafó gallardamente. La multitud no se dio por convencida; siguió tras él.. Cerca ya de la Cibeles le arrojaron una piedra, que dio en el anca del caballo.. El General vio a tres bigardones con las peladillas en la mano, dispuestos a tirar. A los policías que allí se le agregaron, ordenó que los detuviesen y los llevasen al Ministerio de la Guerra.. Total: que en presencia de Prim, los criminales rompieron a llorar.. ¡Ellos no habían sido!.. Se ignoraba lo que pasó después. Probablemente, el General les pondría en libertad. No era hombre que, por un quítame allá esa piedra, se enfrascara en la devoción del Orden y del sacro Principio de Autoridad.

«Pues anochece ya -dijo Segismundo a su compañero-, vámonos a San Ginés, a rastrear mi conquista eclesiástica. Pasaremos un rato bueno. Pero no te asustes si en el sagrado recinto nos encontramos a la Triple Hécate, como tú dices; que si al entrar tomamos agua bendita, las Ecuménicas quedarán desarmadas de sus atroces maleficios». Allá se fueron gozosos, y llegaron cuando concluía la función vespertina con Sermón y Reserva. En el patio de la calle del Arenal les estorbó el paso el tropel de mojigatería de ambos sexos, y colocados en atisbo junto a un puesto de flores, vieron salir en la última tanda a las tres negras mujeres. Ya sabía Segismundo que en la calle se separarían, partiendo dos hacia la Puerta del Sol, y la tercera en dirección contraria, para reunirse en otra iglesia una hora más tarde, después de cenar. Así fue. Domiciana y Rafaela tiraron de una parte; y cuando la Donata quedó sola, se le agregaron los dos jóvenes para darle convoy hasta su casa.

«Dispénseme la sin par Donata -le dijo Segismundo con fino rendimiento-, si hemos llegado tarde a San Ginés.. La culpa es de este amigo, que tenía su arreglito y Cuarenta Horas en el Oratorio del Olivar.

-Déjeme (p.8187) en paz -respondió la dama, tétrica por su obscura y pobre vestimenta, blanca y bella por su faz de Dolorosa compungida-. Ya le he dicho que no me siga, que no me ronde ni me hable en la calle, y menos en la iglesia.. Es usted enfadoso, y trae consigo, aunque quiera disimularlo, un olor de masonería que apesta.

-No soy masón, Donata, ni lo es mi amigo, a quien con todo el respeto debido presento a usted.. Vicente Halconero y Ansúrez, de familia noble y cristiana, niño sensato y puro, que por las noches y de mañanita reza el Con Dios me acuesto, con Dios me levanto.. Si usted nos lo permite, le daremos escolta hasta su santa casa.

-Ni quiero que me acompañen, ni voy a mi casa, don Segismundo -replicó la Ecuménica, concediendo a los galanes, por especial misericordia, una leve sonrisa de amabilidad-. Esta noche no ceno, porque las sobrinas del Cura de San Ginés se empeñaron en darme merienda más fuerte de lo que tolera mi estómago.. Chocolate del que llaman macho, con dos ensaimadas, y encima cabello de ángel y otras golosinas. Puede creerme que me ha quedado acidez y rescoldera.. Ya no voy a casa. Esperaré a mis amigas en Santa Catalina de los Donados, tres pasos de aquí, donde tenemos la Novena de San José.

-Por mi fe y mi salvación le juro, hermosa Donata, que poco antes de encontrar a usted estábamos Vicente y yo en gran perplejidad por decidir en qué iglesia gozaríamos la Novena del Santo Patriarca. Y ahora que usted nos indica el modesto santuario de Santa Catalina, ya no dudamos, y allí nos meteremos, que yendo detrás de usted entraremos en la Gloria.

-Embustero, farsante, váyase con Dios, si con Dios pueden ir los masones.

-Hermana, ya le dije que me salí de la Masonería y abominé de sus gatuperios infernales, porque usted así lo quiso. La bella Donata es mi redentora, y yo su hermano espiritual.

-Malos vientos corren para el Masonismo, señor don Segismundo. Ya ve usted lo que le ha pasado a ese pobre don Enrique. Pues esta tarde, en la Castellana mismamente, han apedreado a don Juan Prim. (p.8188) Parece que la descalabradura ha sido tremenda, y que entre cuatro le llevaron al Ministerio de la Guerra, dejando tras de sí un reguero de sangre».

Díjole Segismundo que el caso no había sido tan grave, y Halconero se asombró de que Donata y sus amigas, que en el momento de la pedrea se hallaban devotamente recogidas en San Ginés, conocieran con tales pormenores lo sucedido en Recoletos.

«En el recogimiento de la iglesia sabemos nosotras todo lo que ocurre -replicó la ecuménica con vaga petulancia-, y no aletea en Madrid una mosca sin que el zumbidito llegue a la capilla, a la sacristía o al confesonario.. Y digo más.. digo que aun de diabluras y francachelas masónicas sabemos más que ustedes, los que se pasan la vida ganduleando en calles y cafés.. De seguro no saben que esta noche hay gran jolgorio y aquelarre solemne en esa casa donde está de cuerpo presente el pobre señor a quien dio muerte Montpensier, otro que tal.. Pues en presencia del propio Infante difunto y condenado, habrá zarabanda con salterio, brindis con cítara o bandurria, y todas las escandalosas ceremonias que usan esos protervos para ofender a Dios.

-No lo sabíamos -dijo Segismundo afectando sorpresa y gravedad-; pero pues lo decís vos, gentil Donata, ello ha de ser cierto, como Dios es nuestro Padre».

En esto, llegando los tres cerca de la Costanilla de los Ángeles, vieron espeso gentío que estorbaba la entrada por la calle del Arenal. La plazoleta de Santa Catalina de los Donados estaba también favorecida de público.. Por la travesía pasaron, y en la puerta de la menguada iglesia se detuvieron para contemplar, en las ventanas de la casa del Infante, la claridad de los hachones funerarios.

«Vicente amigo -dijo Segismundo revistiendo de solemnidad su intención picaresca-, penetra sin miedo en esa casa impía, para que veas y aquilates y puedas contarnos todas las borricadas que hagan esta noche los de la Acacia, con triángulo y garatusas. En esta plazoleta te esperaré, después de platicar un ratito con mi redentora dentro de la iglesita de mis (p.8189) amigos los Donados, pues donado quiero ser y a la santa fundación entregarme con bienes y persona». Fue Vicente a la casa mortuoria, y Segismundo, desobedeciendo a Donata que no quería compañía de hombre en los actos de culto, se coló tras ella en Santa Catalina.

 

Ep-42-XI -

Poca gente había en el santuario chiquitín, pues aún faltaba más de media hora para la Novena. Luces, pocas; sombra, mucha; silencio misterioso sólo turbado por el profano rumor que al abrir de la puerta entraba de la calle con soplos de aire frío. Cuatro bultos se veían aquí y allá: eran viejas baldadas y catarrosas, que respiraban con siniestros carraspeos. Al poco rato aparecieron otros bultos, anunciados por la quejumbre chillona de los goznes de la puerta.. Las figuras entrantes tomaban posiciones, señalando su presencia con el arrastrar de suelas y el restallido de toses. El altar se destacaba de la obscuridad por salteados golpes de resplandor en su estofa luciente, y San José, con las velas no encendidas aún, vestidito de fiesta, aguardaba risueño la ofrenda litúrgica, en unas andas domingueras al lado del Evangelio.

Donata oró un rato de rodillas. Los instantes del rezo fueron horas para Segismundo. Al fin, la dama ecuménica se sentó en el más delantero de los tres bancos colocados al lado de la Epístola, y el atrevido joven se instaló en el segundo, de donde sin escándalo de los fieles adormecidos, hablar podía con ella cómodamente. «Donata -le dijo-, ya que su nombre indica que usted se ha dado a Dios, yo me llamaré Donado, pues por usted, por seguirla como la sigo, religioso y amante, también quiero darme a Dios.. o darme a usted, para que lo vaya entendiendo..

-Cállese, libertino, y repare que estamos en lugar sagrado -murmuró la hembra piadosa volviendo ligeramente su rostro.

-Me callaré -respondió Segismundo, deslizando las sílabas con susurro-, me callaré después de decir a usted, Donata sublime, que este Donado ama a usted con locura, con frenesí.. No me culpe a mí; culpe a sus virtudes, a su hermosura, que no (p.8190) tiene igual en el mundo. ¿Quién hizo esa belleza dolorida y arrebatadora? Dios.. Pues si Dios la hizo, ¿qué mal hay en que yo la reverencie, en que yo la adore?..

-Desvergonzado, no siga.. Me está usted perturbando en mi devoción.. Reserve su desatino y sofóquelo.. Si usted quiere condenarse, yo no me condenaré por sus arrebatos..

-No nos condenaremos. Usted se salva y a mí me salvará de mis tormentos temporales, peores que los eternos. Sea usted benigna, Donata, y no vea en mí un tipo vicioso, ni un incrédulo enemigo de Dios, ni menos un masón corrupto. Yo me convierto a la fe, y por usted, que es toda pureza y amor, quiero ser su discípulo y su amante.. con pureza y arrobamientos. A las personas eclesiásticas entrega usted su alma. No me lo niegue: conozco la inmensa unción de su espíritu fogoso y pío. Pues aquí me tiene decidido a ser también religioso. ¿Quiere usted ver en mí el aspecto grave, el limpio rostro de las personas consagradas a la divinidad? Pues el aspecto, y la limpieza y la divina compostura verá pronto en este neófito. Abrazaré el estado canónico, y para que acompañen las apariencias a la vocación, mañana mismo, si usted lo manda, me afeitaré el bigote, este signo infamante del hombre libre, siervo de una sociedad profana, por no decir atea..».

Torció su cabeza la Dolorosa más a lo vivo, sin llegar a mirarle, y muy quedamente le dijo: «No me tiente, Segismundo, que si sus errores y las malas compañías le han hecho disoluto, el Diablo le ha hecho simpático. Apague el fuego de sus palabras, y si el de su corazón es como dice, y son sinceros sus propósitos de entrar en religión, ya hablaremos..

-¿Pero duda..? ¿Cuándo llegó a sus oídos la expresión de un amor como el mío? Sométame a cuantas pruebas quiera; impóngame penitencias; oblígueme a mortificaciones crueles, que yo he de cumplirlas, así me valgan y me conforten las potencias celestiales y los santos del día..

-Los santos de hoy -dijo Donata sin ladear la cabeza-, son San Leandro, arzobispo, San Rodrigo, San Salomón, y Santa (p.8191) Eufrasia; los de mañana, Santa Matilde, reina, y la Traslación de Santa Florentina. Encomiéndese a ellos, y cálmese y espere». Y a los nuevos parrafillos eróticos que el pícaro silbó en su oído como satánica serpiente, contestó con susurro estas discretas palabras: «Cálmese y espere. Tenga fe y paciencia.. No soy persona blanda, ni tampoco puerco-espín erizado de púas. Si tanto me estima, obedézcame.. Vea usted: ya encienden las luces del altar; ya se va llenando de gente la iglesia. Váyase de aquí, que pronto vendrá Domiciana, y como me vea y le vea tan cerca de mí, no será floja reprimenda la que me endilgue.. Domiciana es mujer de tanta austeridad, que no nos permite hablar con ningún hombre, como no sea en las casas de gente piadosa y honesta a carta cabal. Con el ejemplo nos predica, porque ya sabrá usted que no hay otra que más aferrada viva en la abstención de todo melindre.. Rechaza la dulzura, busca el padecer, reniega de los hombres.. y ha sabido conservarse virgen.

-No lo sabía -replicó el pícaro-; pero sostendré que es la misma pureza si usted me lo manda. No me coge de nuevas la noticia de su virginidad, que ya me había llegado al alma el olor de sus virtudes..

-Obedézcame, Segismundo: por Dios se lo ruego.

-Obedezco, y aquí dejo mi corazón, Donata.. No quiero que por mí tire de disciplinas la santa maestra virginal, a quien deseo ver pronto en los altares.. Adiós, alma y vida mía en lo temporal y en lo eterno. Me humillo, me encomiendo al Santo Patriarca, y desaparezco por el foro, anunciando a usted que esta noche, cuando se retire a su casa, calle de Silva, me encontrará. Adiós».

Arrodillose, y encorvado devotamente rezongó, dándose golpes en la caja torácica. Luego hizo mutis despacio con quiebro, genuflexión y agua bendita en la misma puerta.. En la calle vio gentes que miraban a la casa mortuoria, adorantes del hecho trágico representado en la fúnebre quietud de un cuerpo que nadie podía ver desde fuera. El pueblo hace sus honras frente a una pared callada, o ante el fulgor de (p.8192) luces que alumbran el camino de la Eternidad, para que no tropiecen los que a ella se dirigen.

En el portal le salió al encuentro su amigo Roque Barcia, y a él se agregó para entrar y subir como por su casa. En la escalera vio a dos o tres señores vestidos con anticuadas levitas, encasquetado el sombrero de copa (de la moda del año 40) , ceñidos de bandas, con el deslucido adorno de un mandil que del pecho hasta más abajo de la cintura les colgaba.. En la antesala encontró a Luis Blanc, el cual se lamentaba de que no asistiesen a velar o siquiera visitar al ilustre difunto los personajes de primera fila, pertenecientes a la Orden. «Ya ves: no ha venido ni vendrá don Juan Prim, que tiene el grado 33 en el Oriente de Escocia; ni Sagasta, que ahora quiere ver olvidada su historia masónica».

En el salón contempló el cuerpo del Infante en cama imperial de la Sacramental de San Isidro, vestido de vicealmirante. En la cabecera se veía el escudo con las armas Reales, y debajo de este un paño bordado con signos diversos, descollando en el adorno el número 33 en letras de oro. El cadáver estaba colocado en la línea de Oriente a Occidente, y en los cuatro ángulos de la cama hacían guardia otros tantos individuos con bandas y mandil, empuñando la espada. Parecían estatuas, o más bien maniquíes, vestidos de levitones demasiado anchos, o de casaquines que reventaban de estrechos. En los relucientes aceros advirtió Segismundo todas las variedades arqueológicas. Alguno era ondeado, como el que le ponen al Arcángel vencedor de Satanás, y otros procedían sin duda de las panoplias de Zorobabel, o de Ciro Rey de Persia.

Observado todo esto, se fijó el picaresco joven en las desnudas paredes del salón y en la pobreza de su mueblaje. Cuadros había dos: el uno de cacerías flamencas, grandón, ennegrecido, lucha de perros y venados; otro, un retrato de personaje del siglo XVIII, con peluquín, casacón galonado de plata, y venera de Santiago. Una consola vulgar recientemente barnizada para disimular su vejez plebeya, (p.8193) y algunos sillones de tapicería, de una modernidad de baratillo, hacían juego con la alfombra deslucida y de retazos, sin ningún parentesco con las de Santa Bárbara. Todo cuanto allí se veía daba testimonio de la honrada escasez en que había vivido el infortunado Príncipe, que no quiso doblegarse ante su Real parentela. Digno era de respeto, de tanto respeto como lástima, y su cadáver merecía del pueblo y de los grandes más altos honores.

Pasó Segismundo a otras salas y gabinetes: en uno de estos halló individuos de filiación ministerial en la política militante. Alguno se aventuró a sostener que no había derecho para sacar a relucir la guardarropía masónica en aquel acto. «Por estas tontunas -dijo Ricardo Muñiz, poniendo cátedra de discreción-, se han alejado de la casa mortuoria las entidades políticas de más viso. Por nohacer el oso se abstiene la Marina, que hoy se llama Almirantazgo, y esto es lo más grave, pues don Enrique de Borbón era, si no me equivoco, vicealmirante. La clase aristocrática, que habría sido el mejor ornamento de las honras fúnebres, también brilla por su ausencia, y henos aquí deseando tributar nuestros homenajes a este gran patriota de sangre Real, y temerosos de caer en el ridículo».

En otro grupo halló Segismundo al joven Halconero, y juntos se internaron de sala en sala, huroneando en la fría y desamparada mansión. En una estancia de las más recónditas, próxima a la cocina, vieron al Carbonerín y a Romualdo Cantera(el cojo de las Peñuelas) , con uniforme de milicianos; a otros dos de la misma vitola, y a tres de los de levitón, mandil y banda de colorines. Habían mandato traer vino y cerveza del café de Santo Domingo, y estabanrefrescando, o haciendo salvas, según el vocabulario masónico. Excitado por la bebida, Carbonerín despotricó agriamente contra los del triángulo, que con sus artilugios habían hecho del funeral del Infante patriota una mala comedia para niños y criadas de servir. Si él y sus colegas de la Milicia se hubieran encargado de organizar la manifestación de luto, formando en el (p.8194) entierro, el día siguiente sería sonado en Madrid.. Confirmó y acentuó estas opiniones Cantera, diciendo: «Dennos el cadáver, y yo aseguro que las honras no acabarán en el camposanto. ¿Qué mejor responso para este señor que un toque de Libertad, y Abajo el Gobierno?». Los del mandil respondían, con cierta gravedad sacerdotal, que el acto debía tener carácter religioso, y ellos a este criterio elevado se ajustaban, entendiendo que lo litúrgico no quitaba lo revolucionario, antes bien, cada uno de los ritos masónicos simbolizaba la destrucción del templo de la farsa para construir el de la verdad.

No interesaban a los dos amigos estas vanas altercaciones, y desfilaron llevándose a Cantera, cuyo pie de palo batía marcha con duro compás al través de pasillos y salas de la triste casona. En la capilla ardiente se toparon de nuevo con Roque Barcia, que en actitud un tanto aflictiva expresaba su duelo, mezclando a las audacias democráticas alguna simpleza sentenciosa de corte bíblico. Su cuerpo mezquino y su cara irregular, más ancha de un lado que del; otro, perdiéronse en el gentío, y asimismo se perdió Cantera, fundiéndose en un grupo de milicianos. Libres ya Segismundo y Vicente, tomaron aire escaleras abajo, y se fueron a la calle, ávidos de franquía para correr a sus anchas. Halconero quería cenar; Segismundo también necesitaba un buen reparo del organismo; pero no desistía de acechar el paso de Donata cuando se recogiese a su vivienda. De una breve discusión brotó esta luz: ojear durante un cuarto de hora en la calle de Silva, y si la res no parecía, irse a cenar al café de la Luna.. La suerte favoreció a los galanes, porque a los diez minutos de medir la calle, vieron que la incierta luz de un farol sacaba de la obscuridad el bulto negro de la linda ecuménica.

Al instante se le pusieron los dos al costado, y Segismundo, con elocuencia descocada y mística, repitió sus endechas amorosas, pidiendo compasión a la santa mujer. Cumpliría esta las obras de misericordia dando posada al peregrino, admitiendo aquella noche en su domicilio (p.8195) venerable al dolorido galán y catecúmeno. De tal desvergüenza protestó airada la bella santurrona, persignándose y rompiendo en estos anatemas: «Quite allá, insolente, deslenguado, y no me provoque a maldecirle y aborrecerle.

-Perdone, hermana y redentora.. Si aspiro a recogerme donde usted se recoge -dijo el pícaro con sutil argucia-, no es por mala idea, ni por acicate de concupiscencia; es por un intenso anhelo de que mi espíritu more junto al espíritu de usted y con él se compenetre, unidos en la oración y escondidos en un mismo cenáculo. Si he faltado, sea mi señora indulgente, y ofrézcame que me concederá otra noche el favor que le pido.

-Otra noche tampoco podrá ser.. ¿Cómo va a poder ser eso que pide? -replicó ella en lenguaje de persona sensata, que mide y pesa los obstáculos materiales más que los espirituales. Y volviéndose hacia Vicente, prosiguió así-: Convénzale usted, señor de Halconero; usted que parece más razonable que su amigo. Yo les agradeceré que se retiren y me dejen entrar en mi casa sin más paradas ni conversaciones. Aunque parece que no hay testigos, puede haberlos.. En ninguna parte está la inocencia libre de sospechas».

Para sosegarla afirmó el tuno que los ojos inquisitoriales de Domiciana no llegarían a la escondida calle donde a la sazón se hallaban los tres. A lo que respondió Donata que la maestra, como virgen y exenta de pecados, poseía un saber prodigioso y cierta divina inspiración que le permitía ver lo distante, y penetrar en el porvenir obscuro. «Esta noche -añadió- nos ha causado un miedo espantoso con su flujo de adivinación. Al través de las paredes de la casa del infelicísimo don Enrique, ha visto los horribles actos sacrílegos de los masones, y ha oído sus blasfemias, burlas y rugidos infernales. Luego nos ha dicho que en este año se han de ver los efectos de la grande ira del Altísimo por los ultrajes que se le hacen en esta Nación perdida y en otras. Dice que si hoy la piedra lanzada por el pueblo no ha matado a Prim, piedras o balas volarán que lo maten, pues ya está llamado (p.8196) a dar cuenta estrecha de sus acciones malas.. Afirma también, como si lo viera, que en este año maldito ha de correr mucha, pero mucha sangre de cristianos, justo castigo de esa pestilencia que llaman el Pensamiento Libre.

-Nosotros -dijo Halconero- nos inclinamos ante las profecías de la venerable dama huesuda y zanquilarga, y pedimos a Dios que esa sangre de cristianos que ha de derramarse no sea la nuestra. Y ahora, Segismundo, acompañemos respetuosamente a esta señora hasta la puerta de su casa, y vámonos a cenar, que estamos desfallecidos».

Así lo hicieron, y Segismundo extremó sus amorosos aspavientos en la puerta, que muy a pesar suyo no podía franquear.

«Donata, como buen creyente -murmuró apretándole la mano-, yo siempre espero.. La fe y la esperanza están en mí. Sólo me falta la caridad que veo en usted sin poder alcanzarla.

-Si es usted razonable, Segismundo -dijo la negra dama Dolorosa, abandonando sus dedos inertes en la cálida mano del joven-, seguiré estimándole; no le diré que ponga punto en la esperanza. Adiós; una cosa les recomiendo al despedirles: que no vayan mañana al entierro de ese Príncipe masón. Habrá palos, correrá la sangre de culpables y de inocentes.. Domiciana lo ha dicho.. Sangre inocente es la que lava.. Adiós, pollos alocados, adiós».

Y con un saludito de su mano bella se metió en un portal lóbrego, muy cercano a la iglesia del Cristo de la Salud.

 

Ep-42-XII -

«Esta pájara -decía Segismundo, calle arriba- hace siempre su nido en casas de clérigos. Hay que asaltar el nidal, o sacarla de él con arte mañoso, y luego dejarla libre para que busque otro sagrado refugio, que hallará al primer vuelo».

En el café se encontraron a Felipe Ducazcal, que también allí cenaba con algunos amigos militantes en el famoso bando de la Porra. Y el capitán de esta, coincidiendo con laecuménica, vaticinó que en el entierro menudearían los palos, por causa del metimiento de los masones en acto tan serio. «Si queréis libraros de un porrazo -agregó con su habitual petulancia-, veníos a la (p.8197) Porra». Luego llevó su tributo al inagotable caudal de comentarios sobre la tragedia del día 12.

Como dijera uno de los presentes que ninguna persona de la familia del Infante se hallaba en Madrid, Felipe afirmó que el hijo mayor, llamado también Enrique, subteniente de Húsares, no había salido de la Corte. En la mañana del domingo tuvo sospechas de que su padre se batía con Montpensier, y salió a caballo acompañado de su primo, el hijo de Güell y Renté, dirigiéndose a los Carabancheles. En el camino encontraron al de Orleans que volvía de la tragedia, con su séquito de médicos y padrinos.. Siguieron los dos jóvenes, y antes de llegar a donde querían, alguien les enteró del funesto desenlace. Ciego de ira, volvió grupas el que ya era huérfano, con la temeraria idea de alcanzar a Montpensier, retarle a un juicio de Dios, repentino, sin trámites ni etiquetas ociosas, y arriesgar su vida juvenil en el empeño de vengar a su padre.. Amigos y deudos le atajaron en esta generosa insensatez, y cuando su coraje se deshizo en un dolor sin consuelo, le llevaron a la casa de su tío el Duque de Sesa.

Muy al tanto de la vida y andanzas de don Enrique estaba el fantástico Ducazcal, o lo decía y aseguraba, declarándose íntimo del desgraciado Borbón. Todo lo sabía, y con desenfado airoso hacía las veces de Historia palpitante. «No están en lo cierto los que asignan a mi amigo cincuenta años de edad; sólo tenía cuarenta y siete, pues nació en Abril del año 23.. Sus hijos menores don Francisco y don Alberto se hallan en París, en el Liceo Napoleón, que antaño se llamó de Enrique IV. La niña, doña María del Olvido, que sólo cuenta diez años, allá está también, en uno de los mejores colegios de señoritas. Y en París viven, al cuidado de los hijos, los criados fieles del Infante, Camilo Carsy y Eugenia Saint-Blancat.. A los dos les he conocido y tratado bastante aquí. Son excelentes, y de inquebrantable adhesión a la familia.. Don Enrique vino a Madrid con ánimo de cerrar el paso a la candidatura Montpensier. El mismo me ha referido lo que le (p.8198) dijo doña Isabel al despedirle.. Porque habéis de saber que la Reina le quiso siempre.. ¡Ay, qué cosas os contaría si tuviéramos tiempo por delante! Yo lo sé todo.. Las desavenencias en la familia, las amarguras y reconcomios de este caballero vienen de que debió casarse con Isabel.. Pero entre la Cristina, Luis Felipe de Francia y el Espadón de acá, deshicieron la obra santa del amor para urdir la de la maldita razón de estado..».

Interrumpió Segismundo a Felipe con estas cortantes razones: «Todo eso que nos cuentas es información de segunda mano, pues no fuiste tan amigo del Borbón como dices, ni poseíste su confianza. No eres más que portavoz del Capellán de las Descalzas, señor Pulido y Espinosa, el cual me ha contado también a mí lo que acabamos de oírte. No te des tono, haciéndote pasar por fuente histórica. Tú y yo no somos más que los primeros bebedores de las aguas de la verdad.

-Pues me has descubierto, querido Segismundo -replicó Ducazcal con llaneza y frescura-, declino mi originalidad.. Es muy desairado contar de referencia. Sin pensarlo se hace uno el propio cosechero de las noticias de importancia. En fin, lo dicho dicho, bajo la fe y autoridad del Capellán señor Pulido. Por él sabrás tú, como yo, que uno de los mejores amigos del Infante ha sido Espartero.

-Y que don Enrique conservaba cartas del ex-Regente, llenas de respeto y cariño. Una de ellas, escrita el 48 en Londres, es digna de pasar a la Historia. Ambos se hallaban desterrados en distintos países. El moderantismo furioso mangoneaba en España..

-Y en su carta al Infante, Espartero le decía..

-Le decía.. Ya no me acuerdo.. El señor Pulido retiene en su memoria las ideas, mas no los conceptos..

-¡Lástima que esa carta se pierda!

-Se perderá. La muerte del hombre -dijo Segismundo con triste sagacidad-, suele apagar todas las luces que iluminaron su vida».

Por fortuna, no se apagó aquella luz, y el narrador puede alumbrar con ella el cuerpo exánime del Príncipe sin ventura. La carta de Espartero dice así: «Serenísimo (p.8199) Señor: Cuando el infortunio que a tantos españoles agobia alcanza también a Vuestra Alteza, considero un deber manifestar el profundo sentimiento de que me hallo poseído al ver arrojado a un país extranjero al Príncipe adherido a la causa del pueblo.. Consagrado yo al servicio de la Patria, he cuidado poco de los bienes de la fortuna. No me es dado por lo mismo el hacer ofrecimientos espléndidos. Pero si lo que yo poseo puede contribuir a suavizar la suerte de Vuestra Alteza, disponga de ello con tanta franqueza como yo empleo de sinceridad en ofrecérselo.. Ver a Vuestra Alteza restituido a la Patria con la consideración debida a su alto rango, es el deseo ardiente del más atento y respetuoso servidor de Vuestra Alteza, cuyas manos besa. -El Capitán General, Baldomero Espartero».

Lo demás que hablaron Segismundo y Halconero en la ociosa compañía de los cachiporros, perdiose en el vago aire de las tertulias cafeteras. Al siguiente día, lunes 14 de Marzo, encontramos a nuestro amigo Vicente en la casa del Infante, esperando la salida del entierro. Sobre el ataúd cerrado se había puesto un crucifijo de bronce, el sombrero y la espada de vicealmirante; los emblemas masónicos habían desaparecido. En marcha se puso la fúnebre procesión.. El día era ventoso y claro. En la calle no faltaba gentío popular; coches de lujo había muy pocos; personajes de viso, tan sólo el Duque de Sesa, el hijo de Güell y el Capellán de las Descalzas, que presidían. Uniformes de Marina no se veían por ninguna parte; altos funcionarios tampoco. Algunos respetables sujetos de la Masonería salieron con bandas y mandiles; pero pronto hubieron de quitárselos y esconderlos, obedientes a un mugido del pueblo acentuado por las mujeres. Contó Segismundo que una desaforada hembra de Lavapiés había gritado: Que se metan el faldón de la camisa.

Por entre ringleras de curiosos iba la negra carroza, paseando su desairado acompañamiento, que era en verdad bien pobre para difunto de estirpe tan alta. Lo que llamamos mundo oficial se había quedado en sus (p.8200) cómodas oficinas, la Grandeza en sus palacios, los caballeros de la Armada en el pontón anclado en calles que llamamos Ministerio de Marina, el Ejército en Buenavista, la Milicia Nacional en sus ociosidades bullangueras, las Autoridades embozadas en sí mismas, y los ricos, que colectivamente designamos con el nombre de alta banca, retraídos en el sagrado de su cuenta y razón. El pueblo solo asistía, melancólico, desorientado y sin arranque, en masas no muy nutridas, pues no se le había preparado para el acto. La sociedad revolucionaria que en aquel año imperaba, se mantuvo perpleja y muda, asustada de los arrumacos masónicos. Era tarda en formar criterio; su cerebro hallábase atarugado con las mareantes disputas por los candidatos al trono, y con el más enconado litigio de la forma de Gobierno. El mundo aquel de la Interinidad había caído en honda modorra, congestionado por sus pasiones furibundas. No hacía más que rumiar sus ideas, como un buey soñoliento.

Vicente y sus amigotes iban contando las personas conocidas asistentes al entierro: Montero Telinge con sus barbas de Isaías, García López con su atildada frialdad, Díaz Quintero, Sánchez Borguella, Barcia, Blanc, Bernardo García y otros muchos de significación radical. Los de la cuerda templada se podían contar por los dedos de ambas manos.. En la Puerta del Sol hubo un poco de atasco y barullo. El coche fúnebre se paró junto al pilón, y en la muchedumbre que en dos filas se apiñaba se iniciaron carreras con tumulto y chillidos. Por fortuna se calmó pronto el oleaje. Del grupo bullicioso en que Halconero iba, se separaron, por oscilación mecánica de la multitud, Segismundo, Ducazcal y otros jóvenes, quedando solos el hijo de Lucila y Enrique Bravo.

En la corta parada, Bravito sacudió el brazo de Vicente, dirigiendo la atención de éste hacia unas mujeres que formaban en la primera tanda de apretados mirones. «Allí tienes -le dijo-, a la Eloísa, con Paca la Africana y otras tales. Míralas: nos han visto y se ríen. La Eloisilla rompe (p.8201) filas para venir a hablarte.. ¡Pobrecilla! La tienes muy olvidada». En efecto: a Vicente se acercó una linda joven de esbelta figura y agraciado rostro, y sin melindre se le colgó del brazo, soltándole estas acaloradas expresiones: «¡Bandido, ladrón; tres siglos, tres meses sin ir a verme! Desde el día de los Inocentes no he visto a mi Vicentíbiris. ¡Faltón, perdulario, ingratíbiris!». Su lenguaje era como el de los pájaros, su acento sentido y risueño: a un tiempo le reconvenía y le acariciaba.

Halconero estrechó con afecto la mano blanca, y por un instante admiró el bello rostro de exquisito corte y finura, los ojos azules, la expresión inocente de la pobre mujercita en quien se juntaban las apariencias angelicales con la moral más desconcertada. Eloísa siguió así: «No te suelto si no me juras por tu salvación que irás a verme. ¿Te espero, granujíbiris? ¡Tres meses sin acordarte de tu silfidíbiris, tanchalá por ti!». Afable y cariñoso le contestó Vicente que sí, que a verla iría prontito, y diciéndolo pensaba en las cosas que le habían pasado en aquel lapso de tres meses: el conocimiento con Fernanda, su admiración de la hermosa mujer trágica, su pasión repentina, las ansias de aquellos lúgubres días de Enero, la muerte, en fin, del Lucero de la tarde.. No hubo tiempo para más, porque el carro fúnebre siguió, avivando la marcha, en dirección de la calle de Carretas. Halconero se despidió de la grácil y tierna Eloísa; despidiose también Bravito de la Africana y de las otras, echándoles familiares saludos, a que todas contestaron con gestos y sonrisas de picante franqueza.

Dejándose llevar en la pausada corriente del entierro, el hijo de Lucila no podía echar de su mente a la sentimental diablesa, parecida externamente a los ángeles, y dio en traer a la memoria el cómo y cuándo de su conocimiento. Fue por Todos los Santos. Bravo había sido el introductor. Sobrevino del primer encuentro un ardiente apego por una parte y otra. Halconero se dejaba colar por simpatía y también por estímulo cerebral, procedente de sus amores literarios.. (p.8202) Realizaba la Vida de Bohemia y otras vidas de cortesanas remojadas en el Jordán de la poesía.. La pasión de ella era más intensa, más arraigada en el corazón. Decíale a Vicente que le amaba con locura, y este pudo creerlo en algunos instantes.. Al fin, tras devaneos y embriagueces que no duraron más de cincuenta días, el galán vio a Fernanda y contrajo la grande y definitiva dolencia de amor, con fiebre y delirio. Las relaciones corporales con Eloísa quedaron desde aquel punto cortadas bruscamente y disueltas en el olvido.

Reapareció de improviso la graciosa silfidíbiris en el fondo de un cuadro fúnebre, y la visión despertó en el guapo mozo memorias que no eran desagradables.. Eloísa encarnaba en su persona la más absurda paradoja que pudiera imaginarse, pues su depravación pública no se acomodaba con la fineza ideal de su ser físico. Inmóvil y callada, era un perfecto tipo de distinción aristocrática; la palabra y el gesto descomponían el artificio, y ya no era más que un ser desgraciado, errante en el laberinto de las liviandades del hombre. Con estos pensamientos enlazó el joven otros pertinentes al vacío sentimental de su alma. Acordose de la señora y niñas que en la calle había visto el día anterior.. En falta estaba con Gracia lo mismo que con Demetria, y más aún con el amadísimo don Santiago, padre delLucero de la tarde. Hizo, pues, ante su conciencia juramento de pagar sin perder día la deuda de urbanidad.

En la calle de Toledo, donde el duelo se despedía, redújose bastante el acompañamiento. Halconero y Enrique siguieron en simón hasta el camposanto, y reunidos allí con los amigos dispersos, entraron tras el cadáver hasta el lugar del sepelio. Dominaba en la concurrencia la humanidad de chaqueta o blusa, y el recinto lúgubre y los fríos patios, embaldosados de rotas lápidas mortuorias, se animaban con tanto ruido de pisadas enérgicas y de vivo lenguaje.. Antes de encasillar el cuerpo de don Enrique de Borbón en un nicho de la horrible estantería sacramental, le rezó un responso el señor Pulido, (p.8203) rodeado de los parientes y allegados del muerto. El susurro de las preces dio al acto severa solemnidad.. Gemían los goznes del negro portalón de Ultratumba..

Fuera del cementerio, mientras las cabezas del duelo requerían sus coches para volverse a Madrid, el pueblo se derramaba por los cerros próximos a la ermita del Santo, juntándose con innumerables gentes que subían de la pradera. Y si en las exequias del Príncipe de Borbón faltó la militar pompa y enmudecieron cañones y fusiles, en cambio estalló ruidosa tempestad popular con truenos y relámpagos oratorios. Aquí y allí lanzaron sus anatemas improvisados tribunos, y de la turbamulta se destacó al fin uno que impuso atención y silencio, soltando a los aires su voz bien timbrada y sus detonantes razones. Era Luis Blanc, joven que por su apellido parecía revolucionario francés, y lo era español de los más desahogados y atrevidos. Pequeño de cuerpo, de rostro agradable y sugestivo, completaba su persona con una palabra audaz que se disparaba sin saber a dónde iba.

Empinándose sobre las ruinas de una tapia, empezó diciendo que hablaba por obedecer al pueblo soberano.. Hablaba para manifestar ante el pueblo que su presencia en aquel sitio no significaba que acompañase a un Borbón a su morada postrera; significaba el respeto a un español muerto por la mano de un francés.. Don Enrique había perecido de un modo misterioso, cuando ya estaba secretamente elegido Presidente de la República.. Griterío aterrador y palmoteo acogieron estas palabras: el aire quemaba, la tierra se estremecía con el ardiente resuello popular. Calmó Luis Blanc los atroces vientos recomendando que se disolviese la reunión con el mayor orden. El pueblo no es enemigo del orden, y lo reclama y practica en el ejercicio de las sacrosantas libertades. «Orden, señores, para que no digan.. para que no vengan diciendo que somos la demagogia, que somos el libertinaje..».

A pesar de la sensata indicación del orador, el pueblo no se retiraba con la debida compostura, ni cesó el (p.8204) relampagueo de protestas y tronicio de aislados discursos. Del tronco de un árbol caído hizo púlpito un imberbe mozo, y emprendió con voz fogosa y ademanes epilépticos el panegírico de la Santa Masonería. Alelados le oían hombres y mujeres, y él se arrancó con este atrevido pensamiento: «Pío IX se tiene aún por francmasón, aunque hace tiempo se le borró de los cuadros jerárquicos de la Orden, por considerar al Rey de Roma incompatible con la fraternidad humana. ¿De qué os asombráis? ¿Por qué abrís con estupor de ignorancia vuestras bocas? Meditad en lo que digo, y la razón entrará en vuestros obscuros entendimientos. No me miréis con ojos atónitos. Sobre las aguas turbias de la ignorancia flota la verdad.. Si buscáis a Dios en el fanatismo sacerdotal, nunca le encontraréis.. Buscadle en las almas sencillas de los que sufren, de los que lloran.. Vuelvo a deciros que Pío IX es francmasón. ¿Y por qué no ha de ser francmasón el llamado Papa, habiéndolo sido nuestro padre Adán, Moisés y el mismo Jesucristo, Hijo de Dios, que extrajo de los libros masónicos todo lo bueno que encontramos en los Evangelios?..».

 

Ep-42-XIII -

«15 de Marzo.- Obediente a su madre Lucila, obediente a su conciencia y a un vago deseo de embellecer la vida, llamó Vicente Halconero a la puerta de la casa en que moraban los Iberos y Calpenas (calle del Barquillo) . Eran las cuatro de la tarde. Los señores habían ido de paseo. Volvió el caballerito por la noche, después de comer, y a todos encontró, y de todos fue recibido con alegría cordial. Abrazado tiernamente por Gracia, estuvo a punto de llorar viendo la aflicción de la pobre madre. Demetria le habló de Lucila, encomiando con ardor su belleza, su dulce trato, y reconociéndose igual a ella en el gusto de las artes del campo y en la chifladura de sacar pollos. Ibero y don Fernando, tocando la tecla política, pidieron a Vicente noticias del mundo plebeyo, federal y masónico que frecuentaba, dándole a entender delicadamente que en tal sociedad no hallaría nunca su ambiente propio un espíritu (p.8205) cultivado.

Después de picar en diferentes asuntos, los dos caballeros se fueron a la tertulia de Beramendi. Entraron otras personas, que luego se darán a conocer, y Vicente pudo platicar aparte con las niñas Pilar y Juanita. Ambas le cautivaron por su exquisita educación, en que se armonizaban la gravedad y la soltura. Sin ser beldad estupenda, Pilar lo parecía por la esbeltez de su talle y la admirable composición de su rostro, en el cual, con facciones vulgares, se producía un hechicero conjunto. La blancura de su tez y el opulento cabello castaño eran los toques definitivos de su linda persona. Más pequeña de talla y menos viva que su hermana era Juanita, que aún no llevaba al ras del suelo la falda de su vestido. En los ojos de ambas veía el buen Halconero un fugaz destello del mirar de Fernanda; llegó a creer que el alma de la trágica damisela jugaba al escondite con el alma de sus primas, así cuando estas reían como cuando se ponían serias.

Al poco rato de vago charlar con el nuevo amigo de la casa, reveló Pilar su genio sutil y vivaracho.. Mejor que describiendo y perfilando sus caracteres, el narrador dará existencia real a las niñas de Calpena, dejándolas que hablen y se presenten a sí mismas. «Oiga usted, Halconero -decía Pilarita-: ya sabemos que se pasa usted la vida tragando libros franceses, o libros ingleses y alemanes traducidos al francés. Dice mi padre, y no se ofenda, que tanta lectura extranjera podía indigestársele a usted. Nosotras, como nos hemos criado en Burdeos, hablamos el francés lo mismo que el español. Y tan lo hablamos, que mi hermana, como usted habrá notado, arrastra un poquito las erres.. Pues mi padre, que es el hombre más español que se conoce.. entre paréntesis, sepa usted que le gustan muchísimo los Toros y no pierde corrida.. pues mi padre, como le digo, nos ha quitado aquí todos los libros franceses que traíamos, dejándonos tan sólo dos o tres.. y nos ha obligado a leer el Romancero dos veces, tres veces el Quijote, y de lo moderno nos tiene a ración diaria de las Leyendas de Zorrilla y de las Doloras de (p.8206) Campoamor.. Veo que usted se ríe.. Sin duda, nos tomará por unas brutas.. Ea, no se nos vaya a enfadar por eso.. Y si se enfada, ¡qué hemos de hacerle!.. Ya sé que usted se surte de ilustración en la librería de Durán. Lo que le digo es que hace días fuimos allá nosotras a comprar las Novelas Ejemplares de Cervantes.. y no las había.. sí, las había; pero no más que en una edición grandota, que cuesta cuarenta duros».

Risueño y encantado, les contestó Vicente que el españolismo literario de sus nuevas amiguitas significaba una hermosa revelación. Ya comprendía que él, por tan aficionado a lo extranjero, era el verdadero bárbaro, y que de ellas tomaría lecciones: sería su discípulo..

«Oiga, Vicente, oiga.. -dijo la menor-. Ya sabemos que es usted aficionado a la Mitología. Nosotras tenemos un libro chiquitín francés de esas cosas.. con algunas láminas.. Yo soy muy mitológica, y me entretengo con las mentiras de aquellos dioses pícaros, y de aquellos héroes.. ¡Ay, qué líos arman!.. Yo digo que son hombres poéticos.. Lo que más me llama la atención es que Neptuno, con su corte de ninfas, pudiera vivir dentro del mar.. La verdad.. ¡qué lindas son las Musas.. y el tal Cupido, qué mono!».

Vicente se declaró también mitológico, y diciendo a sus amiguitas que el libro de ellas era un manual insignificante, ofrecioles el suyo, y cumplió a la noche siguiente regalándoles su grandiosa obra deMitología Griega. Después de hojearla, viendo las admirables estampas, Pilar pasó por lentas gradaciones a otro punto. Habló de su prima Fernanda, y con expansiva crueldad puso sus delicados dedos en la llaga que aún sangraba y dolía. No pudo Halconero evadir la triste conversación, y con austero laconismo y sinceridad hizo a las niñas un resumen de su breve y tiernísima historia, desde que conoció al Lucero de la tarde hasta que lo dejó encerrado en el nicho de San Justo. Juana oyó el relato mirando al historiador con asustados ojos, y Pilarita derramó no pocas lágrimas. Al punto dijo: «Yo quise a Fernanda después de la tragedia tanto o (p.8207) más que antes la quería.. Pero no hablemos de esto ahora, que ya mi tía Gracia nos está mirando.. Tú, Juana, discurre algo que nos haga reír.. y usted, Vicente, cuéntenos otras cositas de su vida que no sean dolorosas».

Y en la tercera visita, ya establecida una discreta confianza, Pilar dijo al caballero: «Esta noche, señor don Vicentito, tengo que pedir a usted un favor.

-Concedido antes de saber lo que es.

-No se comprometa tan pronto. Tenga cuidado, que si le cojo la palabra, no va a tener más remedio que cumplir.. El favor será para mí de gran precio; pero si usted se pone tontito y no quiere concederlo, tendré paciencia, y por ello no hemos de enfadarnos.. Con que no suelte prenda y pregúnteme qué favor es.. Pues es.. Ya está rabiando porque se lo diga.. Bueno: rabie una chispita más.. No, no quiero que se caliente esos cascos tan llenos de ilustración.. Allá voy.. Sé que usted ha escrito un Diario.. Lo empezó el 1.º de Enero, y en él ha ido apuntando todas sus impresiones, todos sus secretos.. Sé que a nadie ha dejado ver el librito de esas memorias.. Pero alguien que le quiere a usted mucho lo ha visto, y a mí me han entrado ganas de verlo también.. Soy muy impertinente, ¿verdad? ¡Ay, pobre Vicentito! ya le cayó que hacer».

Sorprendido y desconcertado, respondió Halconero que su Diario no era más que un juguete de estudiante.. No quería que nadie lo viese.. Lo había escrito sin reparar en las incorrecciones, amontonando idea tras idea, dejando correr lo absurdo entre lo razonable.. A esto dijo Pilarita: «Ahora lo comprendo todo. Usted no quiere enseñarme su libro, porque en las últimas fechas ha puesto algo que va con nosotras.. por ejemplo: Hoy, día tantos, he visto en la calle a esas desaboridas señoritas de Calpena, y..

-Sí, sí -replicó Vicente-; pensaba poner eso y algo más: que las niñas de Calpena me resultaban atrozmente antipáticas.. Pero me ha faltado tiempo.. Todo se andará; y ahora, pues empeñé mi palabra, le traeré a usted lo que desea para que se ría de los disparates que pensé y escribí.. Sólo pongo una condición. Que (p.8208) usted me devuelva el Diario después de leerlo, o que lo queme, o que lo guarde, sin enseñarlo a persona viva».

Aceptada por Pilarita la triple condición, Halconero le llevó a la noche siguiente el arca de sus secretos, con lo que bien pudo decir que le había entregado su alma.

En los comienzos de su intimidad con los Iberos y Calpenas, no iba Vicente todas las noches a la casa de la calle del Barquillo. Pensaba, con buen juicio, que no era delicada la puntualidad. Mas transcurrida una semana, suprimió por consejo de su madre los discretos paréntesis, y quedóabonado a la tertulia y al dulce platicar con las donosas niñas. De ello se holgaba enormemente Lucila; que así se iba desprendiendo el chico de las groseras amistades, para entrar de lleno en el mundo y sociedad que le correspondían. Y él apreciaba ya las ventajas del cambio, dándose cuenta de una feliz transfusión de sus ideas. El vacío sentimental se le disminuía gradualmente, y su alma descansaba de los tormentos del pensar solitario, devorándose a sí mismo. Cesó además en la febril lectura, que ya tragado había bastante alimento en letras de molde, y se sentía mejor nutrido con la fácil asimilación de las letras vivas, hechos y personas.

Y no se concretaba el joven al cuchicheo galante con Pilar y Juanita, y otras agradables damiselas, las de Trapinedo, las de Lantigua, las de Monteorgaz; sino que se metía en el ruedo político formado por el Coronel y don Fernando con diferentes señores de grave continente y charla sesuda. En la mayoría de estos advirtió Halconero la tendencia alfonsina. Sin rechazarla como solución que impusiera la dura necesidad, Calpena reservaba su preferencia para un príncipe de la casa de Saboya, si teníamos la suerte de vencer las dificultades de España y escrúpulos de Italia.

A la semana de trato, alguna tarde paseaba Halconero con Demetria y sus hijas, haciéndose el encontradizo en la Castellana o en el Retiro. Y antes de estos gratos encuentros, don Fernando le hizo el honor un día de pasear con él en el Prado y llevarle después al Congreso, a ver de cerca (p.8209) la comedia política, que ya era familiar y soporífera, ya de intensa vibración dramática. Por cierto que el señor de Calpena le cautivaba por la delicadeza y distinción de su trato. Era sin duda la persona de más noble prestancia que Vicente había visto en su vida. Por algunos días rondó su mente la idea de asemejarse al modelo con una discreta imitación; pero luego hubo de caer en la cuenta de que para realzar la nobleza ingénita de su ser, le bastaría la proximidad al maestro sin necesidad de copiarle servilmente.

En una de sus visitas al Congreso, tuvo el hijo de Lucila la suerte de presenciar la famosa sesión que en la historia parlamentaria quedó con el nombre de San José, porque, empezada en la tarde del 18 de Marzo, no acabó hasta la madrugada del 19. Don Fernando, que con él estuvo en la tribuna, se cansó del largo debatir, y se retiró a las nueve de la noche con la presunción de que Prim perdería la batalla. Ibero volvió después de comer, y lo mismo hizo Halconero.. Vivamente se interesaba don Santiago por el Jefe del Gobierno, con quien había reanudado antiguas amistades, y eran de esas que toman su fuerza del compañerismo militar, en juveniles andanzas de guerra con gloria y peligros. Tenía Ibero a Prim por su segundo ídolo, pues como primero figuraba siempre en su alma el Duque de la Victoria, y al llegar aquella comprometida ocasión en que peligraba la supremacía política del hombre de los Castillejos, no tenía sosiego hasta ver qué daba de sí el fiero empuje de las revoltosas mesnadas con quienes tenía que habérselas el bueno de don Juan.

Mientras Halconero permanecía en la tribuna aguantando el nublado de discursos, don Santiago andaba de fisgoneo en el Salón de Conferencias y pasillos, asomándose a ratos a las mamparas, de donde apreciar podía el giro del combate.. Véanse ahora las causas, véanse las ambiciones que movían todo aquel cisco. Estaba el Gobierno a la cuarta pregunta. ¿Cómo tapar los agujeros abiertos en el Tesoro por las recientes sublevaciones carlista y federal? ¿Cómo acudir con hombres y dinero a (p.8210) la urgente obligación de atajar a los insurrectos cubanos? No hubo más remedio que sacar el dinero de debajo de las piedras, y las únicas piedras que guardaban a la sazón el dinero buscado por España eran un grupo de negociantes, que usureaban con el rótulo de Banco de París. No tenía Prim otro santo a quien encomendarse, y aceptó su auxilio, no porque fuera bueno, sino porque era el único que en aquel temporal de descrédito se le ofrecía.

En estos apuros del Gobierno y en lo que este hacía para dominarlos por el momento, vieron los unionistas la mejor coyuntura para dar el encontronazo a sus aliados los progresistas y demócratas. Juntos habían hecho la revolución; en dulce contubernio habían gobernado desde Septiembre del 68; llevaba Prim mucho tiempo con la mano potente en la caña del timón. En su belicosa actitud, los unionistas y conservadores vieron el cielo abierto con el apoyo que les daban los federales echando del lado conservador la cuantía y el peso de sus votos. Porque los federales de aquel tiempo, como todo partido español avanzado, padecían ya el mal de miopía, o sea el ver de cerca mejor que de lejos. Jamás apoyaban a sus afines; en estos veían el enemigo próximo, y cerraban contra él, descuidados del enemigo lejano, que era en verdad el más temible.. Pues, señor, de cualquier modo que se sumaran por una parte y otra los votos probables, resultaba derrotado el Gobierno.

Halconero presenciaba desde la tribuna el tiroteo parlamentario. Oyó un grande y magistral discurso de Cánovas, otro muy substancioso y ático de don Manuel Silvela; oyó a Figuerola, a Santa Cruz, a Ulloa. Dándose unos a otros la denominación de elocuentísimos, y arrojándose el incienso de traidora cortesía, se destrozaban cruelmente, y el Gobierno llevaba la peor parte.. No tenía hueso sano, y el banco azul despedía olores de matadero.. Pero poco antes de las dos de la madrugada se levantó Prim en la cabecera del banco, y entre despojos lució su faz verdosa y sonó su palabra guerrera y cortante. Habló poco tiempo con frase dura, (p.8211) con lógica de hierro.. Presentó la cuestión en su aspecto político y financiero, en su aspecto moral, todo ello con rápida flexibilidad oratoria; y al final, sacando y poniendo sobre el pupitre, no ya los argumentos, sino otras varoniles razones vigorosas, vino a decir poco más o menos: «Nunca pensé que los que fueron nuestros amigos y colaboradores vinieran a darme esta batalla.. Ya sabéis las dificultades que he tenido que vencer, los cargos que se me han hecho, las consideraciones que he debido guardar a todos.. los consejos, las súplicas.. Si queréis guerra, no me queda que hacer más que decir también: Guerra..». Y terminó esgrimiendo la espada de los Castillejos, convertida en esta frase refulgente:¡Radicales, a defenderse! ¡El que me quiera, que me siga!

A votar, a votar.. Ganó el Gobierno por 123 votos contra 117.. ¡Seis votos de diferencia!.. ¿De quiénes eran aquellos seis votos?

 

Ep-42-XIV -

«Verás lo que ha pasado -dijo el Coronel Ibero a su amigo Vicente, cuando embozados en sus pañosas salían del Congreso entre dos y tres de la madrugada del 19 de Marzo-. Como he pasado la noche entre bastidores, he visto el manejo de la maquinaria. ¿Por qué sortilegio diabólico se cambió la suerte, y los 123 votos que las oposiciones creían suyos pasaron a ser del Gobierno? Vas a saberlo. Hay en las Cortes una fraccioncita de cinco, seis o siete individuos que se han puesto el rótulo de independientes.. Ya sabes cómo califica el Marqués de Albaida a los independientes, descomponiendo la palabra.. Pues estos caballeros que tal nombre se dan, son familiarmente conocidos con el apodo de los Perlinos, porque en ciertos días se reúnen a comer en el café de la Perla. Son, en puridad, pretendientes disgustados: uno lo está con Sagasta porque le negó no sé qué favor, otro con Rivero porque no le despachó tal o cual expediente. Lo cierto es que se han juramentado para constituirse en grupo atrabiliario, o en puerco-espines políticos que no se casan con nadie.

Refirió Halconero que en la tribuna de los periodistas, a donde se (p.8212) pasó para estar con Segismundo, oyeron, a eso de la una, voces tremendas que muy cerca sonaban. Preguntado el hujier, este les dijo: «Son los señores perlinos, que están en la Sección Sexta».

«Sabrás ahora quién daba esos gritos -prosiguió Ibero-. En el Salón de Sesiones, los amigos del General y los secretarios de la Mesa contaban y recontaban los diputados adictos y no adictos para poder anticipar el resultado de la votación. La cuenta no salía.. faltaban votos.. En esto dijeron a Prim que los independientes estaban reunidos en una sala de arriba, y que se abstendrían o votarían en contra.. Montó en cólera don Juan, y llamando a su amigo el doctor Mata, que, según parece, tiene algún ascendiente sobre los puerco-espines, le dijo: «Perico, vete a la Sección Sexta y no bajes sin traerte a esos majaderos a paso de carga, y si se resisten, subiré yo por ellos». Los gritos que oíste los dio Mata poniéndolos de vuelta y media por no querer votar con la mayoría, como era su deber. Ello fue que todos menos uno entraron por el aro.. Me río yo de ciertas independencias cuando hay un pastor que sabe conducir las manadas de hombres.. A la voz de Radicales, a defenderse, balaron todos el voto, y se salvó la situación.. se salvó la Patria».

Añadió el Coronel que Prim era la clave de la libertad y del porvenir de España, y que si aquel hombre faltase, volveríamos tarde o temprano al reino de las camarillas, bajando de tumbo en tumbo hasta ponernos otra vez debajo de las tocas de Sor Patrocinio y del solideo del Padre Claret. Lo que parece vencido y muerto no lo está, y a cada momento sentimos el resuello del fantasmón que quiere volver a darnos guerra y a metérsenos en casa.. De este asunto pasó el Coronel a otro que particularmente le interesaba, y era que Prim quería traerle de nuevo al servicio activo. Base principal de su política era tener a su lado a todos los hombres de probada lealtad y firmeza.. Locuaz estaba don Santiago aquella noche. No bastándole el corto trayecto del Congreso a su casa para desahogar su mente (p.8213) congestionada, se pasearon un rato entre la plaza del Rey y la entrada al Ministerio de la Guerra por el Barquillo, dándose el uno al otro sus opiniones sobre el grande hombre que regía las Españas. Después de apurar los conceptos encomiásticos, Halconero puso una sombra en la espléndida figura del Presidente del Consejo, y fue de este modo:

«Grande admiración debemos a Prim por su energía, por su buen tino como pastor de pueblos y por su habilidad o astucia política; que en él se manifiestan reunidos el león y el zorro. En alto grado posee el valor, la inteligencia; pero los sentimientos de moralidad.. de esa moralidad que debemos llamar pública, no están en él muy claros.. El hombre se va con Maquiavelo, sin comprender que el maquiavelismo no encaja en el genio, en los humores, como dice Mariana, del pueblo español. La idea de vender a los Estados Unidos la Isla de Cuba es un alarde de positivismo llevado a las últimas consecuencias, y ese positivismo será siempre mirado como una ignominia en esta nación romántica, que ha sabido conquistar colonias y perderlas; pero venderlas no, mi querido don Santiago.

-También oí yo esa monserga de la venta de Cuba -dijo Ibero en tono displicente-; pero no lo he creído. Recordarás que hace pocas noches, en casa, hablamos de esto a Marcelo Azcárraga, Jefe de la Sección de Campaña en el Ministerio. De él y de Sánchez Bregua se dice que son los brazos de Prim.. Pues Marcelo, al oírlo, rezongó malhumorado: 'No debe hablarse de semejante asunto sin conocerlo a fondo'.

-Bien comprende usted, mi Coronel, que don Marcelo no ha de decir cosa alguna que sea depresiva para su Jefe. El mal humor de ese señor y el de otros adláteres de Prim demuestran que lo de la venta es verdad. ¿Y cree usted que se vende un pedazo de España con sus habitantes, como se vendería una dehesa con sus rebaños? Los millones que cogiera España por ese negocio se le desvanecerían como el humo.

-En eso estamos conformes.. Y de veras te digo que cuando oigo hablar de vender un lote del (p.8214) solar español, me corre un cierto escalofrío por el espinazo, y se me salen a la boca las expresiones de ira que son verbo patriótico para nosotros los aragoneses.. Yo, no obstante lo que se dice, pienso que Prim no es hombre que se ponga, como quien dice, enfrente de la vergüenza nacional. Yo te prometo que he de enterarme de lo que haya.. pues sin duda algo se ha tratado que pudo motivar esos desatinos. Las ideas más altas pueden, hijo mío, convertirse de honradas en afrentosas al pasar de la mente de un grande hombre al magín desconcertado del vulgo.. Y ya sabes, tú lo has dicho: en ciertos terrenos, toda España es plebe». Con esta sensata resolución de buscar elementos de juicio, aconsejada por la lógica y la hora (las tres y media de la madrugada) , se despidieron, y cada cual se fue a buscar su descanso.

En lucha interna vivía por aquellos días el Coronel Ibero, solicitado por Prim para volver al servicio de la patria, y requerido por su propio espíritu a la quietud y al cuidado de sus haciendas. Gracia, que al oír las primeras indicaciones de don Marcelo, mandatario de Prim, había sentido repugnancia de ver a su amado esposo en los trajines militares, se dejó al fin picar de la ambición. El ascenso Brigadier no se haría esperar; y luego.. Mariscal de Campo y Teniente General como tenerlo en la mano.. El principal motivo de que don Santiago quisiera terminar sus días en la vida privada, era el aplanamiento en que le habían dejado la desaparición de su primogénito y la muerte de Fernanda. Acerca de esto, Demetria y su esposo don Fernando opinaban que la actividad marcial sería para las heridas del alma mejor medicina que el vivir sedentario..

En estas dudas, inclinándose a ratos de una parte, a ratos de otra, Ibero iba muy a menudo a Buenavista donde disfrutaba el privilegio de la franca entrada en el despacho del General. Pensando en sus cosas y en los graves aprietos que enzarzados unos en otros le salían al Gobierno, se fue al Ministerio una mañana, en los postreros días de Marzo. Llegó al portal por los (p.8215) desmontes de la calle de Alcalá, dejó a la derecha la escalera grande, y por una puerta humilde, a mano izquierda, llegó a la escalera de servicio privado, por donde a sus habitaciones particulares subía el Ministro y Presidente del Consejo. Todos los ordenanzas le conocían. Bastó un simple anuncio para que se le franqueara el paso a la estancia en que Prim despachaba los asuntos corrientes. (p.8216)

«No podías llegar más a tiempo, Santiago -dijo el héroe de los Castillejos, señalándole el asiento frontero al suyo en la mesa de despacho-. Hace un momento decía yo al amigo Azcárraga y a Sánchez Bregua: 'Hoy que necesitamos a Ibero, verán ustedes cómo viene. Tengo yo una suerte loca para las evocaciones. Me siento magnético.. Cuando deseo ver a un amigo, el amigo viene; cuando deseo perder de vista a otro, ese otro se muere, o se lo llevan los demonios'. Siéntate, y fuma un cigarro».

La estancia era grande y señoril, sillería y paredes vestidas de seda carmesí rameada de blanco. Fuera de la escocia y techo, en que subsistían pinturas del género tonto-pompeyano, un tono de noble elegancia imperaba en la sala-despacho del Ministro. Aristócrata por naturaleza, ya que no por nacimiento, Prim amaba los esplendores suntuarios, y quería convertir el palacio de la Guerra en morada de príncipes.

A la derecha del General se sentaba Sánchez Bregua, Mariscal de Campo y Subsecretario; a la izquierda el Coronel Azcárraga, Jefe de la Sección de Campaña. Los tres vestían de paisano. El Subsecretario, terminada la firma, recogía y apilaba los papeles, después de quitar a cada uno los polvos secantes, devolviendo estos al arenillero.

El Presidente del Consejo siguió así: «Como los pasillos de tu propia casa conoces tú, querido Santiago, los caminos de Estella a Vitoria, de Estella a La Guardia..». Afirmó Ibero que todo aquel terreno se lo sabía de memoria, y por él andaría con los ojos cerrados. Tratábase de adoptar con tiempo las medidas necesarias para cerrar el paso a una partida carlista que, según (p.8217) confidencias recientes, se formaba en las Amézcoas para recorrer y alborotar los pueblos ribereños del Ega.. Asesoró Santiago, diciendo que con un par de columnas en Santa Cruz de Campezu y otra en Gauna o Maeztu, bien organizadas y al mando de oficiales conocedores del país, bastaría para destruir cuantas partidas de carcas o de bandoleros salieran de las guaridas altas de Urbasa y Andía. «No se olvide, mi General, de tener bien guarnecidas las posiciones de Peñacerrada y Pipaón, para cortar, en caso preciso, el paso al merodeo en la Ribera alavesa, que ha sido siempre la querencia de esos malditos».

Según indicó Azcárraga, para llevar una columna a Santa Cruz de Campezu tendría que sacarla de Vitoria o de Logroño. Con la organización de las fuerzas que había que mandar a Cuba, forzosamente quedarían muy mermadas las guarniciones de las plazas del Norte..

«Y las del Sur -dijo Prim con acento amargo-. Tenemos menos ejército del que pide nuestra guerra interior. Tanto hemos dicho ¡libertad, libertad! que ahora hemos de gritar ¡soldados, soldados!.. O en otros términos, necesitamos libertad armada». De estos breves conceptos se derivó un diálogo vivo de apreciaciones y recuerdos. El uno relató episodios de Navarra, el otro de Cataluña o del Maestrazgo, y cada cual puso un renglón en la vaga y amena historia de España. Y partiendo de aquella documentación fragmentaria, don Juan Prim cogió de la mesa una goma de borrar y un pedazo de lacre, como don Quijote cogió las bellotas en el convite de los cabreros, y jugando distraídamente con aquellos objetos, sin que esto significara más que un ritmo maquinal o compás de la palabra, dio a la suya rienda suelta, no para celebrar, como el otro, la edad y siglos dichosos, sino para lamentarse de los afanados y difíciles que le habían tocado en suerte. Y ello fue en el estilo llano y descosido que usan los héroes en esta edad de hierro y papel, como por la muestra se verá:

«Prefiero, amigos, el tiempo de guerra declarada, con las viseras altas y las caras al sol, a esta paz (p.8218) guerrera en que nos sentimos cercados de enemigos, sin saber por dónde han de atacarnos, ni con qué semblantes vienen, ni qué arreos traen; paz que no es paz, sino un estado rabioso en el país y en los que lo gobiernan, pues todos rabiamos, todos maldecimos nuestra ineptitud para buscar y encontrar términos de inteligencia.. Habrán ustedes visto, como yo, que España padece desde el año anterior una calentura muy alta, que más se enciende cuanto más agua fría tratamos de echar sobre ella con nuestra paciencia y nuestra moderación. No hay templanza que baste; no hay razón con fuerza suficiente para llevar la tranquilidad a este manicomio.. Yo creo que pocos han de igualarme en energía y coraje cuando la ocasión lo pida; pero también digo que en paciencia doy quince y raya a los santos del calendario, y haré gala de esta virtud cuando todos se hayan disparado en la insensatez.. Pero tengo en mis manos el porvenir de la Nación, y la Nación ha de decirme algún día: 'Juan Prim, no más paciencia, hijo'.

»Bien a la vista está que nuestro país ha venido a ser una caldera puesta al fuego. El agua hierve, hierve.. Hace días, Figueras me dijo que prefiere la república más loca a la monarquía mas cuerda y liberal. Yo creo que no dice lo que siente, o que libre de responsabilidad, se entretiene en tratar los problemas de hoy con las ideas del siglo veintitrés.. España sigue hirviendo. Los federales quieren que yo me ponga un gorro colorado, y salga por ahí con unas tijeras descosiendo el mapa de España, y haciendo cantones como los de Suiza. Yo digo que la Suiza que conocemos no se hizo con tijeras, sino con hilo y aguja. Primero existían los cantones; después vino la nación confederada.. ¡Federalismo! ¡Ah! yo admiro a mi paisano Pi y Margall. Es gran filósofo y hombre de perfecta rectitud y pureza. Pero entiendo que la pureza pura y la recta rectitud no hacen los pueblos, ni los sacan de los atolladeros hondos en que se atascan por obra y gracia de la historia de cada día. La historia no es filósofa cuando está (p.8219) pasando, sino después que ha pasado, cuando vienen los sabios a ponerle perendengues.. Los pueblos no entienden la filosofía cuando están descalabrados, febriles y muertos de hambre. El único filósofo que puede crear obras duraderas es el Tiempo, y nosotros, plantados en un hoy apremiante, tenemos la misión de resolver el problema de un solo día.. Este día puede ser de veinte, de cincuenta, de cien años..

»El agua española hierve; pero se dan casos en que puedo meter los dedos en ella sin quemarme. Hay entre los políticos actuales alguno o algunos que me dicen: 'Prim, no se devane los sesos buscando rey, y pues usted conduce el carro, llévelo por el camino llano y hágase Rey de derecho; que de hecho ya lo es..'. Oigo estas cosas, y.. como digo.. no me quemo, antes bien enfrío el agua al meter en ella mis dedos.. ¿Qué quieren?, ¿que haga yo el Iturbide, o el tiranuelo de otra república americana? No he nacido para eso.. El rey que a España traigamos será de sangre Real, será rama de una gloriosa dinastía, y personificará la fusión perfecta del principio monárquico y del principio democrático.. No será rey ningún figurón de quien el pueblo español pueda decir: te he conocido ciruelo..

»Las cabezas están en ebullición: pondría mil ejemplos; pero quiero fijarme en el más expresivo, en la cabeza de Paúl y Angulo, que ha llegado al mayor desvarío y exaltación, por no saber encerrar las ideas dentro de los límites que marca la razón. ¡Oh! la razón de Paúl es un cohete continuo que va por los aires estallando sin cesar, y derramando chispas cuando sube, lo mismo que cuando baja.. El pobre Paúl es un caso digno de estudio. En ocasiones me ha parecido un niño, en ocasiones un desalmado. De todo tiene un poco.. Yo le quiero; no puedo olvidar que me ayudó y sirvió, mostrando un corazón más grande que la copa de un pino.. Después ha enloquecido, como si las ideas se le volvieran infecciosas, envenenándole el cuerpo y el alma. Tales han sido sus exigencias, tan desconsiderados sus ataques a mi persona, que he tenido que mandarle a (p.8220) paseo.. Y de paseo está. Fugitivo después de la sublevación federal, vivió en Lisboa, luego en Londres.. ¿Y saben ustedes lo que se le ha ocurrido para matar sus ocios en el destierro? No lo creerán si no lo afirmo con toda seriedad, si no les aseguro que tengo pruebas irrebatibles del mayor desatino que ha podido caber en cabeza humana.. Oigan esto, que es lo más célebre..

»De Londres vino Paúl a París, donde organizó una peregrinación a Roma. ¡Y qué peregrinación tan pía! Era una partida de aventureros italianos y españoles, de demagogos franceses, lo más perdido de cada casa. El objeto de la peregrinación era disolver a latigazos o a puntapiés el Concilio Ecuménico.. arrojando de San Pedro a los obispos, y.. no sé lo que haría con el Papa.. ¿Hase visto demencia igual?.. (Risas de los tres oyentes.) Pues ya tenía unos noventa peregrinos, todos ellos de lo más bragado que existe en el mundo, cuando hubo de abandonar su empresa, porque Mazzini, a quien dio conocimiento de ella, le escribió diciéndole que no intentara locura tan descomunal.. Quien ha visto la carta me ha contado el hecho, y el consejo de mi amigo Mazzini.. Pues al tono de ese cerebro delirante están hoy muchos cerebros españoles. Cada uno chilla y desentona por su lado. Díganme ustedes qué director de orquesta podría concertar estas músicas, y sacar un sonido agradable de esta desafinación sin fin». (Asombro, risas y comentarios donosos de los oyentes. El héroe les convidó a almorzar.)

 

Ep-42-XV -

En el curso de Abril, entre Semana de Pasión y Pascua florida, floreció la amistad de Halconero con Pilarita Calpena, hasta llegar al noviazgo consentido por los padres, o sea los amores en su expresión más correcta y fría, como un negociado más de la oficina social. Con agrado, ya que no con ardor, fue entrando Vicente en este género de relaciones, sometidas a un estrecho formulismo y a melindrosas etiquetas. A los pocos días de verse en aquella blanda esclavitud, que pictóricamente se expresaría con los tonos rosado y gris perla, pudo el galán penetrar en (p.8221) el alma de la señorita; creyó ver en ella un fondo moral de gran solidez, y al propio tiempo cierta malicia inocente, no incompatible sin duda con el fondo moral, pero que desconcertaba la pareja.

Pilar había tenido ya dos novios o pretendientes, relaciones fugaces, domésticas y de escasa formalidad; pero que fueron parte a que la damisela se adestrara en las artes del diálogo amoroso para novios honestos, en el cambio de insípidas esquelas, y más que nada, en las perfidias coquetiles, que, aun en estado embrionario, esconden algo de veneno. De estos amores zangolotinos no quedó otra huella que las artimañas de Pilar, sus desconfianzas, sus exigencias, celos a cada instante y por liviana causa, afán de interrogar, de inquirir, el romper hoy para reanudar mañana, y otros menudos y enfadosos alfilerazos. No era así Fernanda, mujer de extraordinaria grandeza, que daba o negaba su corazón todo entero, y cuando le deparaba su destino agravios que reprimir, entuertos de amor que enderezar, no tomaba sus armas de los acericos, sino de las panoplias..

Frente a la fuerza quisquillosa y femenil de Pilarita, tenía fuerza mucho más eficaz Halconero, su saber literario, el espíritu universal archivado en su propio espíritu, un mundo grande dentro de otro pequeño; y aunque el conocimiento que de esto resultaba no era directo, valía como tal en aquel caso. Pasiones, batallas de amor, almas y personas de uno y otro sexo, procederes que no por imaginarios dejaban de ser profundamente humanos; todo esto, y la forma exquisita y los retóricos ejemplos, llevaba el buen Halconero dentro de su alma, y con semejante arsenal se aprestó a regalar su propio ser con ideales paseos por diferentes espacios del amor. ¿Era venganza? ¿era compensación? De todo había un poco.

Encendido el cerebro por la llama literaria, Halconero reanudó sus gratas expansiones con la desenvuelta Eloísa, y lo hizo sin escrúpulo de conciencia, sin creerse traidor a su cándido noviazgo, ni en deuda de fidelidad con la inocente doncella. Si (p.8222) alguna turbación sintió en los comienzos de su enredo con la bella hetaira, luego invocó augustos nombres:¡Libertad! ¡Juventud!.. Y dichas estas palabras, agregando otras, Arte, Poesía, declaró ante su conciencia el derecho del hombre libre a la independencia de amor. Esta independencia se conquista con el cultivo del espíritu. Dueño era de hacer su gusto el que había estado en comunicación con todos los grandes maestros de la literatura, desde Virgilio hasta Cervantes, y desde Cervantes hasta Balzac.

Así pasaron días. Pilarita, que poseía geniales dotes de observación y perspicacia, sospechó, por no decir adivinó, las distracciones de Vicente, y le atosigaba con interrogaciones y quejas reiteradas. «¿De dónde vienes?.. ¡Vaya unas horas de venir!.. ¿Y a dónde irás luego?.. ¿En qué estás pensando ahora?.. A ti te pasa algo; tienes el pensamiento a cien leguas de aquí.. ¿Contestas o no a lo que te pregunto?.. Pues así no se puede seguir.. ¿A qué hora te espero mañana?». Otro día, para dar picante variedad a su impertinencia, empleaba Pilar la pregunta capciosa: «¿Saliste de casa esta mañana?». Contestaba Halconero que no. Y ella, revistiendo su cara de artificiosa sequedad, y clavando en él los ojos, decía: «Mentira. A las once y cuarto pasaste por la calle de la Montera, frente a la tienda de Scropp».. Vicente se sentía cogido. Alguien, tal vez ella misma, le habría visto.. Parábase un poco; revolvía su mente buscando disculpas, explicaciones, y al fin encontraba un lindo artificio con que salir del paso.

Aliviábase al fin la señorita de su rigor inquisitivo, oyendo de boca de él dulces conceptos de madrigal. Pero al día siguiente volvían a las andadas. ¿Quare causa? En el salón de sus amigas las de Monteorgaz oyó Pilarita reticencias que dejaban malparada la honradez amorosa de Halconero, o bien se le decía claramente que era muy favorecido del bello sexo.. Mercedes Lantigua, inocente o maliciosa, le aseguró que Vicente tenía la mala costumbre de retirarse a su casa a las tantas de la noche..

Sobrevino de estas hablillas (p.8223) una grave alteración de la modosa paz del noviazgo. Tardes enteras pasaron ella y él en dimes y diretes, y cándidas ironías. Pilarita le recriminaba; él se defendía con arte y gracejo.. Por fin, una prima noche estalló en forma destemplada la ruptura. La niña de Calpena se presentó con faz luctuosa.. Había llorado, y sobre la huella de las lágrimas traía como lindo afeite un toque de afectación. Engrosó su linda voz cuanto podía para decir: «Lo sé todo.. Ya no valen disculpas ni enredos.. Hemos concluido.. fíjate bien, concluido para siempre.. ¿Qué vas a decirme? Vale más que te calles. Ni tú ni yo debemos alborotarnos.. no. Esto se ha de resolver con frialdad. Los dos nos hemos equivocado.. Ni yo soy para ti lo que creíste, ni tú para mí..».

Apareció una premiosa lagrimilla, que Pilar hubo de borrar pasándose la mano por los ojos con gracioso ademán gatesco, y luego repitió y agravó sus recriminaciones con acento un tantico teatral; que algo le valían los ejemplos de las comedias y dramas que había visto representar. Véase el latiguillo: «Lo sé todo.. Ea; basta de fingimientos. Estás en relaciones con una señora casada». Tronó Vicente contra tan absurda suposición. Contestó ella que no suponía, sino que afirmaba de ciencia cierta. Personas de todo respeto le habían revelado la terrible verdad. «Y antes de que me la revelaran, tuve indicios.. ¡ay, Vicente! indicios de esos que no dejan duda.. Hace dos días.. a ver cómo explicas esto.. hace dos días traías en el cuello de tu levita.. mejor dicho, entre el cuello y el hombro.. un cabello rubio. Sobre el paño negro se destacaba como un hilo de oro.. Yo, naturalmente, no te dije nada.. No era decoroso, no era propio de mí preguntarte: '¿De quién es ese cabello, Vicente?'.. Me callé.. Tragando amarguras estuve aquella tarde y toda la noche.. En fin, no hay más que hablar.. Acabemos, acabemos de una vez.. Equivocados tú y yo.. Adiós.. Ya sabes.. Nos devolveremos las cartas.. Adiós.. Retírate tranquilamente, como si nada ocurriese.. y que te vaya bien con tu señora casada.. Adiós, (p.8224) digo.. No más, no más».

Todas las protestas y negativas que puso Halconero en su defensa fueron inútiles, porque la niña, firme en su idea y propósito de rompimiento, como actriz concienzuda que sostiene su papel con artístico tesón, no se daba a partido, ni escuchaba razones, ni se apeaba de aquel inflexible tópico de la señora casada y del pelito de oro. Cerrado el camino a la conciliación, el buen Halconero, ya rendido al cansancio de aquellas enfadosas peleas, ya con miras de castigo y ejemplaridad como único medio de domar a la fierecilla, aceptó el desenlace, tomando un airecillo de resignación decorosa. Retirose al Aventino de su casa con romana gravedad; y en dos días, que para entrambos resultaron nebulosos, la costurerilla, que hacía el servicio de comunicación epistolar, fue y vino con paquetitos que despedían olor de flores ajadas y de ilusiones muertas.

Y ahora interviene la Historia, que nunca olvida sus viejas mañas de amalgamar los grandes hechos de público interés con los casos triviales, que componen el tejido de la vida común. Para que veáis cómo la severa Clío no se desdeña de ser traída y llevada por criaturas insignificantes que mariposean en los espacios del amor, sabed por ella que, efectuado el toma y daca de cartitas, la niña de Calpena cayó en vaga tristeza, que a la tristeza siguió un desconsuelo intensísimo, y que a los tres días del regaño, ya le faltaba poco para rasgar sus vestiduras y entregarse a la desesperación.

En noche horrible de insomnio y pesadillas, Pilarita delataba la grave turbación de su alma con febriles monólogos: «No sé qué me haría para castigarme por mi simpleza, por mi falta de seso y de tacto.. ¿En qué estabas pensando, Pilar, cuando le pusiste en el disparadero de despedirse y decir no vuelvo más? ¡Pobre chico!.. Vaya, que estuve impertinente y soberbia.. Lo que digo: estuve muy cargante.. ¡Y ahora!.. Pues nada, que lo ha tomado en serio, y ya no vuelve.. ¡Dios mío! ¿Pero he sido yo quien le ha dado libertad, o es él quien se la toma para matarme de pena?.. Estuve (p.8225) tontísima al decirle aquello de la señora casada. ¿Pero lo inventaste tú, Pilar, o fue artimaña de las de Lantigua? Ellas, por envidia, me lo dijeron, como sospecha no más, y yo.. Bueno: pues admitiendo que sea verdad, y que lo del cabello de oro no fuera casual, ahora resulta que yo, ciega y embrutecida, en vez de atraerle a mí, le solté, para que a sus anchas se divierta con la señora casada.. Estas son cosas de los hombres; cosas de las casadas casquivanas, que les trastornan a ellos, sin conseguir que ellos las quieran.. ¡Pues me he lucido, como hay Dios! Da una estas pifias, y a muerte se condena por orgullo, por aquello de mostrar carácter y decirle al hombre: 'Sobre tu voluntad estará siempre la mía..'. Pero ya me vuelvo atrás.. Yo te quiero, Vicente; yo te quiero a ti, y a ningún hombre podré querer aunque mil años viva.. Pues si es así, acábese pronto esta ansiedad mía. Tú deseas volver; pero por puntillo de amor propio no darás el primer paso. Yo, que con mis tonterías he traído esta terrible situación, daré el primer paso.. Tomo por la calle de en medio, y te escribiré mañana.. ¡Pero que te escribiré, vaya, y de pensarlo y resolverlo ya me pongo más contenta que unas pascuas! ¡Ay, que peso se me quita sólo con el propósito firme de escribir a Vicente!.. Vicente, te escribo.. Vicente, te pido perdón. Por Dios, no salgas ahora dándote tono.. Ven a casa.. Acuérdate de Fernanda.. Fernanda se me aparece en sueños, y me dice que tú me quieres como la quisiste a ella..».

Pero sucedió que a la claridad del día cambiaron las ideas de Pilar, y le entró el miedo a infringir las sosas etiquetas del noviazgo. No debía ella tomar la iniciativa para la reconciliación; podía, sí, emplear un ardid mañoso para echarle el lazo. Su hermana Juanita, con quien consultó el tremendo caso, opinaba lo mismo. Tempranito se encerró Pilar en su cuarto, y atormentó el tintero y la pluma buscando la fórmula digna de escribir al galancete; mas como ninguna le saliera conforme a su gusto, muchos plieguecillos rompió apenas rasgueados por la pluma. Luego fue a misa con su (p.8226) madre y hermana, y pidió a la Virgen del Carmen que la iluminase para poder salir del atranco. Al volver a casa, metiose de nuevo en el trajín de buscar la fórmula. Y entonces se vio, como socarronamente dice la Historia, que hay una Providencia, o una Virgen del Carmen, para las niñas buenas, aunque sean frívolas y quisquillosas.

Pues aconteció que hallándose Pilarita suspensa, como Cervantes al escribir su prólogo,con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que escribiría, entró a deshora en el cuartito de la doncella su tío don Santiago, que venía del Ministerio de la Guerra.. Aquel mismo día, muy temprano, llegó de Toledo, y por la tarde tenía que salir para La Guardia, de donde le llamaban los menesteres de su hacienda.. Nada sabía de la ruptura de los novios, ni le importaría gran cosa si la supiera.. Disponiendo de poco tiempo entre la llegada y la partida, fió a su sobrina un delicado encargo.

«Toma este papel -le dijo, entregándole un plieguecillo doblado en cuatro-, y dáselo a Vicente en cuanto llegue.. Cuidado; no lo pierdas, que ello es cosa de importancia, copia fiel de la nota que dio Prim a eseMister Sickles, embajador de los Estados Unidos.. ya le conoces; el que arrastra una pierna de palo.. En este documento resplandece la luz, que nos saca de una gran confusión; y como Vicente y yo hemos andado medio locos con la falsa noticia de la Venta de la Isla de Cuba, pon en sus manos el desengaño para que se tranquilice, y vea en don Juan Prim, no un vendedor de islas, sino el más alto y sagaz de los patriotas».

En el alma de Pilar estalló la franca alegría, y cogiendo el pedazo de Historia que el tío puso en su mano, lo colmó de besos. La Virgen del Carmen disfrazada de Clío había venido a verla, penetraba en su camarín, y bondadosa le decía: «Ahí tienes, niña del alma, la solución que me pediste; te doy la fórmula para escribir a ese alocado Vicentito..». Con acción rápida tomó la pluma, y no tuvo que pensar mucho para escoger el tono y estilo que emplear debía.. El tono había (p.8227) de ser severo, como de persona ofendida y completamente inflada de dignidad. Ved ahora la carta:

«Señor don Vicente Halconero.- Muy señor mío: Muy a pesar mío dirijo a usted esta carta..». Suspendió la escritura, diciéndose: «Dos veces he puesto mío, que es la palabra cariñosa.. Pero no importa.. En lo demás, me pondré muy fiera.. ¡Que rabie, que rabie!.. Sigue, Pilarica.. «He tenido que violentarme para obedecer a mi tío Santiago, que me ordena remitir a usted este documento.. Yo no quería.. porque entre usted y yo hay un abismo..». Retiró la pluma pensando que lo del abismo sería demasiado fuerte; pero luego siguió, atenuando la frase..: «un abismo abierto por la fatalidad.. Me limito, pues, a cumplir el encargo de mi señor tío, y nada más tiene que comunicarle su segura servidora q. b. s. m. -Pilar de Calpena».

Notó al instante que algo más debía decirle, y trazó con firme mano la postdata: «Ya comprenderá usted que a mí me importa tres pitos que vendan o compren la Isla de Cuba, pues ni en esa isla ni en la de San Balandrán se me ha perdido nada.. Lo que me faltó decirle es que no me escriba usted a mí, sino a mi tío, para que este vea que he cumplido su encargo. Pero como mi tío sale esta tarde para La Guardia y no volverá hasta la semana que viene, puede dirigirme a mí la carta con sólo cuatro letras que digan: 'Recibí, etcétera..'. Y no se moleste en poner otras cosas, porque cerraré los ojos y romperé la carta sin leerla».

 

Ep-42-XVI -

Al tener que referir el cómo y cuándo recibió Halconero la carta, y dónde fue a leerla con el curioso manuscrito que contenía, la Historia, más pudibunda y remilgada en aquel caso que en otro alguno, se tapó la cara y disfrazó su voz para que no se la tuviese por persona de baja ralea. A su parecer, era grande ignominia que aquel documento, digno de ser guardado en el relicario de Simancas, pasase a lugares profanos que envilecen todo lo que en ellos entra.. La narradora de los grandes hechos humanos no tuvo reparo en decir que la costurerilla encontró a don Vicente saliendo de su casa; que le entregó la (p.8228) carta en la misma puerta, y que el galán, guardándola cariñosamente en el bolsillo del pecho, se lanzó al laberinto de calles y callejuelas; pero, dicho esto, se negó rotundamente a puntualizar y describir el sitio adonde fue a parar con su cuerpo el hijo de Lucila.

Digna de respeto es la gazmoñería de la sabia Matrona. Por conducto más abajo se sabe que Halconero dio fondo en un gabinete exornado de frescachonas láminas al cromo, de panderetas y pasajes taurinos, y que a su vera se puso una linda muchacha rubia, la cual con gozosos modales y tiernas voces celebraba su presencia.. Sábese también que por el camino, desde la calle de Segovia a la mansión X, la curiosidad y el amor le impulsaron a romper el sobre de la carta. Lo abultado de esta le había puesto en gran inquietud. Enterose rápidamente del contenido, y con propósito de leer despacio al volver a su casa, metió la esquela y papel adjunto en el bolsillo interno de su levita.. Lo que ocurrió en la entrevista con la ninfa de cabellos de oro, no se narra. La Historia está presente, y vuelta de cara a la pared para no ver nada, recomienda con bronca voz la total omisión de lo que allí se ve y se oye. Al terrible veto escapa alguna frase aguda, que sale volando como ágil mariposa o pajarita: «Por mi salud, que estoy contenta. Y tú, ¿qué tienes? ¿Por qué está mi nene tanpensatibiribiris?..».

Luego, la blanca mano sobadora, estrujando el pecho, promovió bajo el paño un áspero ruido de papel. El que usan en los Ministerios, de consistencia pergaminosa, se delata al menor roce y canta las rigideces burocráticas. «¿Qué es esto?». La respuesta fue seca: «Esto no es nada que a ti te interese. Haz el favor de..». Pasó un cuarto de hora, algo más quizás. El tiempo duerme a veces, y no sabe darse cuenta de sí mismo. Con osada rapacidad, la mano blanca sustrajo del bolsillo los papeles rumorosos, y de un brinco saltó la ninfa al otro extremo de la habitación. Reía como loca empuñando su presa, con la insolente amenaza de no dejársela quitar.. Estalló de súbito una repugnante porfía entre hombre y (p.8229) mujer. Con no poco trabajo, valiéndose de la fuerza, de la autoridad varonil, y viéndose obligado a golpear a la linda mujer en diferentes partes de su cuerpo y rostro, pudo Halconero recobrar lo suyo. Los chillidos de ella y sus bárbaras expresiones alborotaron la casa. Acudieron a la trapatiesta dos mujeres y un hombre, que ayudaron a contener el salvaje furor felino de la chica de cabellos de oro. Estos quedaron en un bello desorden. Diríase que despeinó a la ninfa la mano de un dios iracundo. De su pecho, ahogado por el esfuerzo muscular, brotaron voces de amante duelo, amostazadas con groseras locuciones que ensuciaban los oídos. Acudieron las mujeres a sujetar a la fiera, que en el espasmo de su ira arrojaba sobre el caballero cuantos proyectiles a mano encontraba: una bota, un candelero, un corsé.. Y el hombre echó sus brazos al galán, diciéndole con acento de amistad conciliadora: «Basta, Vicente.. ¿Qué ha sido?.. Sosiégate.. A esta gente hay que tratarla de cierto modo. No vale incomodarse.. Es de mal gusto llegar a la riña material..».

La Historia, que no contenta con taparse la cara se había hecho invisible dentro de una espesa nube, sugirió a los amigos la resolución de marcharse con viento fresco. Era esta la táctica mejor para dar fin a la batalla. Cogieron a toda prisa la puerta, y escaleras abajo, Vicente, que apenas hablar podía por causa del sofoco, balbució estas palabras: «En el momento de llegarte a mí para sujetarme, no te conocí, Segismundo..

-No me conociste porque me he quitado el bigote; estoy transfigurado, y parezco un respetable clérigo».

Comprendió Halconero el por qué de la metamorfosis; mas no quiso entretenerse por el momento en asunto tan baladí. Diole cuenta de lo que había motivado su enojo con la Eloísa, y añadió: «Hemos de leer juntos un papel político de importancia. ¿A dónde nos vamos?». Propuso Segismundo que se fueran a un café, y Halconero indicó que no iría donde encontraran tertulia de amigos, pues debían leer a solas, lejos de toda indiscreción y fisgoneo de curiosos. A esto dijo el otro (p.8230) que no le proponía llevarle a su casa, pues ya no la tenía, y el albergue en que moraba míseramente estaba muy lejos. Ya en la calle, Segismundo puso en su rostro la mixtura de aflicción y dignidad que usar solía en sus apelaciones a la bondadosa largueza del amigo: «Ateniéndome a la significación, no casual, sino providencial, de nuestro encuentro, te digo, Vicente de mi alma, que eres el hombre designado por Dios, o por los Hados, como quieras, para proporcionarme doscientos reales que me hacen mucha falta.. Déjame que te explique..».

Sin esperar las explicaciones, el liberal amigo, que en cien apreturas le había echado una mano, ofreció remediarle aquel mismo día. «No puedes figurarte, querido Vicente -dijo Segismundo en tono patético-, a qué extremos llega mi desamparo. Mi padre me ha echado de casa; mi madre dice que no quiere verme ni en pintura, y el tío Beramendi, que siempre fue mi paño de lágrimas, también se me ha puesto de uñas. Yo reconozco que he sido un tronera, que he despilfarrado el dinero mío y el ajeno, que mis travesuras han llegado a la frontera del delito.. Efectos de la edad, de la sangre joven, enardecida por el estudio de la Historia contemporánea.. No te asombres: los que conocemos la efervescencia revolucionaria y psicológica de los tiempos modernos, padecemos la dolencia del olvido moral.. Las ambiciones del hijo del siglo, como nos llama Roque Barcia, tienden al quebranto de toda ley.. Discurriendo así, mi angustia y desesperación me determinaron a 4 pedir un socorro a la Josefona, mujer de buenos sentimientos y de corazón hasta cierto punto magnánimo, a pesar de su vil oficio, del cual dijo Cervantes que es de los más necesarios en la república.. Y estando yo convenciendo a la Josefona de que bien podía prestarme sin menoscabo de su erario los doscientos reales, oímos el bullicio de tu altercado con la Eloísa, y al encarar contigo vi claro, como la luz del día, que la Providencia que yo buscaba en aquella casa no era la Josefona, sino tú».

Contestole Vicente risueño y afable que él (p.8231) actuaría de Providencia siempre que el amigo le prometiera lealmente variar de conducta y ponerse a tono con su familia y la sociedad.

«Eso haré -replicó el otro casi compungido-; pero entre tanto, como mi tocayo el de La vida es sueño, he de recitar el apurar cielos pretendo.. Sin casa ni hogar, vivo del amparo que me ha dado Romualdo Cantera en un cuartucho de la casa en que tiene su barbería.. La comida es por mi cuenta, y de servírmela en el pesebre se encarga una feroz harpía a quien tengo por aborto del Infierno,vulgo de la Fábrica de Tabacos. Con todo, allí vivo tranquilo y casi contento. El contacto del pueblo me tonifica, me inspira ideas grandiosas, a veces épicas.. Yo digo que frente al pueblo libre me educo en la oratoria tribunicia, como Demóstenes robustecía su voz hablando frente a las olas del mar embravecido».

Del brazo atravesaron la Puerta del Sol, sin saber qué dirección tomarían para llegar a un lugar reservado. Decidiéndose a subir hacia Santa Cruz, Halconero quiso saber en que ocasión se había rapado su amigo el bigote, y Segismundo le dio franca explicación del caso. «Esa perra ecuménica pareciome rendida la víspera de Dolores.. Contaba yo con que me franqueara su nido al día siguiente, y me decidí a limpiarme de pelos la cara para ser más de su gusto.. Pero la indina me salió con el pío-pío de que hasta después de Semana Santa no podía ser, y no en su casa, sino en otra de una fiel amiga suya temerosa de Dios..

»No tuve más remedio que apencar con el aplazamiento, y llegado el día de Pascua me encontré compuesto y sin novia, mejor dicho, descompuesto, o dígase afeitado.. Luego vino mi degradante pobreza, y encontrándome tan raso de bolsillo como de cara, no me atreví a presentarme a la Donata, pues no tenía ni para pagar un coche, ni para convidarla tan siquiera a leche merengada, o a café con media.. Un caballero tronado es hombre al agua. Escribí a mi santurrona diciéndole que me había torcido un pie, y al siguiente día se me apareció en la calle con la estantigua de (p.8232) Domiciana. Una y otra me agraciaron con un mirar benévolo, y yo me hice el cojo y pasé de largo con el aire más compungido que pude poner en mí. No desisto, Vicente; sé que mañana irán a San Sebastián.Cuarenta Horas y Noventa del Alumbrado.. A la salida irá cada pájara a su nido.. Yo sé dónde podré coger a la mía, que ya no duerme en la calle de Silva, sino en la de Embajadores, junto a San Cayetano».

Completando los informes biográficos que Vicente deseaba, Segismundo acabó de pintarse a sí mismo con estos graciosos trazos: «En mi pobre domicilio estudio, leo cuanto puedo, que para eso me he llevado allí parte de mis libros. Y al propio tiempo me divierto y juego a las máscaras algunos días. En el Rastro me he comprado un bonete seboso y una sotana raída. Cuando el pueblo de aquellos barrios se agita y sale vociferando, con el refuerzo de la turba chillona de las cigarreras, me calo mi bonete, endilgo la funda negra, y con esto y mi cara de cura, salgo a mi balcón y les echo cada discurso que tiembla Dios. Ya clamen contra las Quintas, ya contra otra cosa, yo despotrico en mi púlpito, y les vuelvo locos con aquellas palabras de Lamennais: «Soldado, ¿a dónde vas? A la conquista de mis derechos», y otras majaderías por el estilo. Yo cito a Platón, a Descartes, a Roque Barcia, y les atribuyo cuantos disparates se me ocurren. Soy dichoso. Me aplauden a rabiar. Al final les doy mi bendición, saludo y me meto para adentro».

En esto llegaron a la Plaza Mayor, y Vicente propuso entrar en el café del Gallo, donde no encontrarían gente curiosa y patriotera que les estorbase. Pero Segismundo, temeroso de no hallar en aquel apartado sitio el deseado aislamiento, guió hacia otro lugar, bajando la Escalerilla y siguiendo por Cuchilleros hasta Puerta Cerrada. Metiéronse en la taberna de Lucas, que tenía un departamento interior para borrachos distinguidos, y allí se instalaron en banquetas, uno a cada lado de la mesa mojada de vino. La luz era escasa; pero se podía leer sin dificultad. Sacó Vicente el papel, arrugado en la lucha con Eloísa, y se dispuso a (p.8233) leerlo. «Al final -dijo- hay una nota de letra de don Santiago, en que me recomienda la mayor discreción. Entérate, Vicente: ni en todo ni en parte debe pasar esto al dominio público, pues es por hoy cosa reservada.

¿Tiene alguna cabecera o título?

-Dice así: «Bases propuestas por el general Prim para conceder a la Isla de Cuba la autonomía, o la completa emancipación».

En el momento en que Halconero esto leía, la Historia, que con los dos amigos había entrado invisible en la tasca indecente, se dejó ver.. quiero decir, que espiritualmente hubo de presidir la reunión, y entre los dos jóvenes tomó asiento, sin mostrar repugnancia del ambiente plebeyo y vinoso. En la mesa puso la gentil Matrona sus codos augustos, y con ambas manos sostuvo su rostro clásico, modelado por los padres de la estatuaria. Atentos los ojos y el oído a la lectura, que era recreo inocentísimo de dos almas españolas, no vio profanación en los lectores ni en el sucio lugar que les albergaba; antes bien, dio con su presencia grave solemnidad a lo que se leía. Su laureada frente no se humilló en aquel cuadro de apariencias groseras; los bordes de su clámide recamada de elegantes grecas, resbalaban de su cuerpo soberano y caían en el suelo entre polvo, heces de vino y salivazos, sin que estas confundidas suciedades en manera alguna los manchasen.

Por abreviar, resumió Vicente en pocas palabras las cláusulas primeras: «Empieza diciendo que los insurrectos depondrán las armas, y que hecho esto, el Gobierno español concederá una generosa y amplia amnistía.. En seguida procederá Cuba a la elección de sus diputados a Cortes: sin este requisito no se podrá legislar sobre aquella provincia con arreglo a la Constitución del Estado.. Cuando los diputados cubanos libremente elegidos se encuentren en la Península, el Gobierno español presentará a las Cortes un Proyecto de ley concediendo a la Isla de Cuba amplias libertades, llegando, si necesario fuese, a la autonomía bajo el protectorado de España, y aun a la completa independencia, si fuese (p.8234) indispensable para la felicidad de ambos pueblos.. El procedimiento que habría de seguirse y las compensaciones que España habría de reclamar se acomodarían a la extensión y alcance que la Nación diese a sus concesiones..».

-No está eso bien claro -dijo Segismundo- ¿Quieres que yo lo lea y le saque la miga?

-Espérate un poco, que o mucho me engaño, o la miga está en los siete artículos que siguen. Los leeré despacio, atendiendo a la idea más que a la forma, y viendo si una y otra están en perfecta concordancia. (Vicente lee con lentitud reflexiva.)

«Para llegar a la emancipación, juzgaría el Gobierno indispensable:

1.º Que así se acordara por los habitantes de la Isla, y por medio de un plebiscito.

2.º Que la Isla emancipada se obligase a garantir la seguridad individual, y las propiedades y derechos de los españoles avecindados o residentes en Cuba.

3.º Que por cierto número de años, diez por ejemplo, se concedieran ventajas al comercio español, quedando este, al terminar aquel plazo, en las condiciones de la nación más favorecida.

4.º Que se daría indemnización a España por el valor de todas las propiedades inmuebles, fortalezas, establecimientos militares o civiles, caminos, puertos, faros y demás obras públicas; en una palabra, de todos los bienes inmuebles que la nación española posee en la Isla.

5.º Que esta tomaría a su cargo una parte de la Deuda pública de España. Para deslindar bien la carga que la Isla aceptaría por este concepto y por el del párrafo anterior, se computarían los valores en doscientos cincuenta millones de pesos en metálico, y España no recibiría nada de su importe, limitándose a que la Isla pagase los intereses de la parte de Deuda española que al tipo corriente, en una fecha convenida, fuese el equivalente de la indicada suma en metálico.

6.º El cumplimiento de este contrato exigiría forzosamente la intervención de una Potencia que lo garantizase; y en este concepto, España aceptaría gustosa la de los Estados Unidos de América. Esta garantía, en cuanto al pago de la suma convenida, (p.8235) consistiría en que los acreedores de España, a quienes cupiese tal ventaja por sorteo, tendrían derecho a canjear sus títulos por otros de la Nación garantizadora. Si no lo hiciesen, esta pagaría los intereses por semestres en Madrid o en París, a voluntad del Gobierno español.

7.º El tratado que estipulase tales condiciones se habría de someter al Poder legislativo de los Estados Unidos, así como a las Cortes Constituyentes, sin cuyo requisito no tendría valor alguno, ni crearía ninguna clase de compromiso.

Tales son las indicaciones que hoy pudieran hacerse; pero deberán ser puramente confidenciales, dando sólo lectura de ellas con toda reserva, sin entregar copia».

 

Ep-42-XVII -

La última palabra de la lectura abrió el espacio de un silencio en cuyo seno se agitaban los pareceres, temerosos de manifestarse. Quiso Vicente que su ingenioso amigo echara su opinión por delante, y viendo que no alzaba los ojos de la redonda tabla tabernaria, cual si en ella hubiera signos y garabatos que prendían su meditación, le dijo: «Bueno, Segismundo: ¿qué..?». Como ni con este puntazo volviera el otro de sus reflexiones, le sacudió de un hombro, pidiéndole juicio sincero sobre el pensamiento y planes de Prim.

«No es fácil opinar tan pronto de cosa tan grave -replicó Segismundo sobándose la frente-.. Aquí me tienes más que perplejo.. En estos instantes he volado con una mirada de mi espíritu hacia el porvenir, y del porvenir vuelvo diciéndote.. Espérate otro poco. Aún no es completo mi juicio.. Esto debiera someterse al criterio de nuestro amigo Confusio, que si sabe rectificar la historia pasada, es maestro también en adelantarse a la futura.

-Yo pienso -afirmó Vicente con juicio a medio formar-, que si esto no es la venta descarada y burda de que tanto se habló, es un traspaso revestido de formas bellas, sugestivas y aun graciosas. Si la intención es discutible, debemos celebrar sin reservas la obra de arte.

-El arte es todo, mi querido Vicente. En la política, como en la vida, como en la misma religión, los grandes éxitos (p.8236) no son más que triunfos artísticos. ¿Quién duda que fueron artistas Moisés y el propio Jesucristo, y que en los tiempos cercanos al nuestro, Cromwell, Washington y Napoleón han sido ante todo admirables histriones?.. Pero dejando a un lado el Arte, o sea la sublime pantomima que engendra las transformaciones políticas, yo, a medida que te hablo, voy completando mi juicio y acabo por decirte que.. Déjame tomarlo de otro modo. Si lo que acabas de leer se hiciera público, todos los juiciosos, todos los sensatos, todos los sesudos omes de nuestro país dirían a voz en grito: 'Eso es una atrocidad, una vergüenza con taparrabo, una ignominia sobredorada'.. y clamarían invocando la dignidad de una patria que nos quieren presentar con tricornio y chafarote para espantarse a sí misma.. Pues yo, que más que hombre juicioso soy hombre sin juicio; yo, perdido, calavera, manirroto y dejado de la mano de Dios, te digo que en el pensamiento de Prim descubro una previsión profética, un mirar de águila que percibe lo distante mejor que lo próximo; veo el ensueño de fundar una nueva España más grande y potente, formada de pueblos ibéricos que se aglomeren y unifiquen, no con atadijos administrativos, sino con ligamento moral, filológico y étnico.. ¿Me entiendes o no? ¿Crees que desvarío? Aunque estamos en una taberna, no he probado el vino; menos el aguardiente.. ¡Pum, pum!.. ¡Mozo..!».

Golpeaba la mesa llamando al tabernero o a su acólito, y este se apareció preguntando qué se ofrecía. Pidieron algo de beber, y en el punto en que el chico entraba con botellas y vasos, la Historia, oídos los pareceres de sus alumnos, aprovechó el ver a medio abrir la puerta para escabullirse sin que nadie advirtiera su salida. Los amigos bebieron, aplicándose Segismundo al aguardiente de caña, que le inspiraba sutiles pensamientos. Halconero lo tomó también, pero en pequeña porción, atenuada por la mezcla con gaseosa. Era el hijo de Lucila mal amigo de Baco: la bebida fuerte le repugnaba, y jamás conoció los desórdenes de la (p.8237) embriaguez. En cambio, Segismundo, lanzado a la vida libre sin poner freno a sus apetitos, se había connaturalizado con el alcohol, y bebiéndolo en cierta medida conservaba su serenidad, atizando y dando mayor brillo a las luces de su mente. Aquella tarde, a punto que el crepúsculo ponía entre dos luces a los descuidados amigos, Segismundo bebió con tino, y su ingenio paradójico y su fácil verbo se manifestaron gallardamente. Acariciando el vaso y consumiendo a sorbos la dulce y capitosa caña, decía:

«Este licor de América trae a mi pensamiento la idea de la comunidad pan-hispánica, que apoya uno de sus brazos en el viejo solar de Europa, para extender sin esfuerzo el otro por el continente americano.. 'Libertad, fraternidad' dice la universal lengua soberana, Constitución íntima de estos gloriosísimos reinos; y por lo que toca al amigo Prim, opino que ha querido dar un salto en los tiempos, y se caerá al suelo sin que su idea por hoy tenga realidad.. Y ahora, trayendo la cuestión del lado sublime al lado picaresco, te diré, ¡oh Vicentito! que será lástima el fracaso de nuestro General, porque si ese plan fuese un hecho, yo propondría que se modificara en aquella parte que trata de la indemnización y de que sólo se han de pagar los vagos intereses. Lo bonito será que nos traigan acá los doscientos cincuenta millones de pesos, para distribuirlos y aplicarlos conforme a las negras necesidades de estos empobrecidos pueblos. Muy desgraciado había de ser yo si no me tocaran algunas hebras de este vellocino..».

Tanto lo que Segismundo expresaba seriamente como lo que en picaresco decía, era muy grato a Vicente, que tenía singular predilección por aquel desordenado amigo. Las ideas de este sobre el pan-hispanismo como síntesis palingenésica le admiraban y seducían, pues él también acarició alguna vez en su cerebro aquella magna hermandad de los continentes, concibiéndola y desechándola como un rosado ensueño, y en el inofensivo picor de la gaseosa, se alumbró con las divinas luces que despedía de su mente el (p.8238) gracioso perdis.. La conversación derivó por escalones hacia las sosas aventuras del propio Vicente, y este dijo que la carta de su novia, incluyendo la nota de Prim, era un disimulado artificio para llamarle y dar por terminados los moños. La niña le amaba, y él también a ella, con pasión discreta de las que terminan en matrimonio. Su madre Lucila le incitaba a la reconciliación, buscando para ello un pretexto, un punto de apoyo.

«Sí, sí: haz pronto las paces.. cásate.. ponte la marca de los privilegiados de la vida. Posees bienes de fortuna; no tienes que aguzar el entendimiento para proporcionarte el cocido de mañana. Todo te lo dan hecho: la comida, la casa, la mujer.. A cambio de esto, carecerás de libertad, de aquella libertad preciosa que arraiga en el pensamiento y florece en los hechos políticos.. Sí, Vicente, joven sensato: quiéraslo o no, tú serás alfonsino, trabajarás por la Restauración.. Puede que seas marqués, y ministro de un Borbón futuro..».

Halconero reía, tomando a chacota los presagios de su amigo. Y este, apurando la caña, atizaba el fuego de su locuacidad. «Yo no soy sensato, y me quedo en la pobreza y en la insensatez; yo me tengo por hijo de una edad revuelta, y en este año 70, que es para mí la plenitud de los tiempos locos, me declaro ciudadano de la sinrazón, y no haré nada que sea razonable, según vuestra idea de la razón.. Ya se verá lo que sale de esto. Lo que yo te aseguro es que antes de haber mundo hubo caos, un delicioso embarazo cósmico, y que viniendo a la edad histórica, la civilización y cultura han nacido del vientre abultado de una sociedad gestativa.. En aquel barrio pobre me instalé, y en él vivo gozoso.. Y aunque pudiera titularme Marqués de la Cascarria, me limitaré a llamarme capellán honorario de Su Majestad la Plebe.. Podré ser Ministro de un Gabinete o Gabinetito con alcoba. Desde mi púlpito predicaré la piadosa destrucción. Nada me importa el decir de la gente de allá. He abandonado Atenas para establecerme en Corinto, y allí puedo disfrutar mejor que en otra parte la (p.8239) única riqueza que me ha dejado la sociedad, el sol, el benéfico agente de toda vida. Con mi sol y mi plebe me basta; no quiero nada más.. Y para concluir, amadísimo Vicente, hombre nacido de pie y destinado a gozar de todo privilegio, no olvides que me has prometido un suministro de doscientos reales, que te devolveré el día en que se vuelvan gatos los leones de la Cibeles.. No lo dejes para mañana, que en ese río del mañana, según un viejo refrán, se ahogan las buenas intenciones».

Con estas y otras donosas extravagancias, que Vicente oyó como chisporroteo del recalentado magín de su amigo, terminó la tarde. Fue Halconero a su casa, a corta distancia de la taberna, y al poco rato puso en manos de Segismundo la cantidad que este necesitaba para sus urgencias de amor y el pago de su pitanza. Separáronse, prometiendo Vicente visitar al pobre misántropo en su retiro de Corinto.. Volvió a su casa Halconero, y aquella misma noche o al siguiente día (sobre esto no hay seguridad) dedicó un mediano rato a contestar a su novia. La carta era del tenor siguiente:

«Señorita: Conforme a lo que me indica en su esquela, doy recibo de la nota que incluye, para que su señor tío don Santiago tenga seguridad de la exactitud con que usted cumple sus encargos. Y tranquilizada usted sobre este punto, me permito decirle que el abismo abierto entre usted y yo es grandísimo y pavoroso. No me toca ninguna responsabilidad en la apertura o excavación del susodicho abismo, obra exclusiva de usted y de sus imaginarios agravios. No soy, pues, quien debe cegar esa cavidad, sino usted, Pilar, y para ello es menester que tenga el valor de reconocer en mí al caballero que amó a usted creyéndola dotada de tanta discreción como sensibilidad, y de un genio apacible, digno complemento de su gentileza y hermosura. Es cuanto tiene que decirle por hoy su atento servidor q. s. p. b. -Vicente Halconero.

»Como usted postdatea, no quiero ser menos. Reciba usted, por mi conducto, finas expresiones y recuerdos de esta señora casada, con quien me divierto y (p.8240) me divertiré hasta que logre olvidar a la que no hace mucho reinaba en mi corazón y era señora de mi pensamiento.. En mis soledades no olvido a las amigas de usted, que tan bien la ayudaron a cavar el dichoso abismo. Deles memorias, y añada que me alegraré mucho de que se queden para vestir imágenes. A usted no le deseo lo mismo, aunque bien merece tener ese fin desgraciado; no se lo deseo, porque aún espero la enmienda de la interesante señorita, que ahoga las bondades de su corazón con suspicacias y reparillos sacados de su cabeza.. un poquitín destornillada.

»Aunque usted me manda que no escriba palabra alguna dirigida a la que fue mi novia, y me amenaza con romper mi carta sin leerla, yo desobedezco, y escribiré cuanto me dé la gana. Quiero hacerla rabiar. Rabie usted Pilarita y conserve su furia hasta el Día del Juicio por la tarde.. Allí, en el Valle de Josafat nos encontraremos».

Aunque esta carta llevaba entre líneas las paces, y paces cantó parabólicamente en su respuesta Pilarita, llamándole pillastre, libertino, granuja, epítetos que en mil casos no son más que la proyección burlesca del cariño, la reconciliación se hizo esperar, y fue Vicente el que la llevó con pies de plomo, buscando así la eficacia de la lección que dar quiso a su novia. Y aunque esta, corregida de su ligereza, trataba de apresurar el día feliz, aún fue menester que la costurerilla rompiese un par de zapatos llevando y trayendo conceptos sutiles, escrúpulos y reservas no menos prolijas que las de una negociación diplomática. Halconero se proponía rendirla y someterla de una vez para siempre, que así creía, como si dijéramos, reacuñar en nuevo troquel a su esposa futura.

Y tanto se alargó la lección, que hasta bien entrado Mayo no fue un hecho la paz, ajustada por fin en forma tal, que ambos la tuvieron por duradera. Vicente, justo será decirlo, no queriendo ser corrector incorregible, se puso también en paz con su conciencia, cortando de raíz sus livianos amores con la rubia Eloísa. Al llegar, pues, los floridos días de San Isidro, halláronse los novios en pleno (p.8241) éxtasis de amor sin nubes, de candorosa égloga y de idílico arrullo. Sus conversaciones, apartadas de los oídos profanos, imitaban el canto pre-matrimonial de las enamoradas avecillas. Oigase el gracioso pío-pío: «¿Verdad, Vicente, que nosotros somos felices y que la infelicidad de España nos importa un bledo? ¿Verdad que este afán de buscar Rey y no encontrarlo, nos tiene sin cuidado? Porque nosotros ya hemos salido de la maldita interinidad; nosotros ya tenemos Rey. Mi Rey eres tú, y yo tu Reina..

-Así es; y lo mismo nos importa un Rey de extranjis que la traída de la República. La República no ha de causarnos la menor molestia; haremos nuestro nido en un árbol grande y alto, a donde no lleguen los alaridos de la muchedumbre soberana.

-Yo te digo, Vicente mío, que la vida humana es muy bonita, y que hicimos muy bien en nacer y venir a este mundo, porque este mundo, digan lo que quieran los predicadores, es precioso, y en él está todo dispuesto para nuestra felicidad. ¿No lo crees tú así? No tenemos para qué pensar en la muerte. Entiéndanse con ella los viejos. Nosotros hacemos bien en ser jóvenes, y como jóvenes pensamos en Dios, sin meternos en las tristezas de la religión.. Nosotros no tenemos pecados.. me parece que tú y yo somos ángeles.. no te rías.. Yo pienso que en el cielo se casan los ángeles.

-No nos cuidemos, vida mía, de si hay en el cielo una Vicaría para los ángeles que quieran vivir honradamente en sus casitas. Sin duda habrá por arriba ángelas hacendosas que anhelan casa y marido, y ángeles que aspiren a ser cabezas de angelicales familias».

Y otro día, la enamorada dijo esto a su enamorado: «Vicentillo, quiero revelarte un secreto.. Dame tu palabra de no contárselo a nadie, ni a tu mamá.. Lo he sabido casualmente por unas palabras que oí a mi tío Santiago hablando con mi tía Gracia.. No es que yo me pusiera a escuchar.. Eso no lo haré nunca. Fue que hablaron ellos sin verme, cuando yo estaba en el gabinete de mamá, detrás de aquel biombo, ¿sabes? buscando un pedazo de satén que guardé hace días en (p.8242) el arca que fue de doña María Tirgo.. Te lo digo a ti solo.. Verás: tú has oído que mi tío sale mañana para La Guardia y Samaniego con objeto de ver los trigos y preparar la siega de las cebadas.. Dicen que la cosecha será tremenda.. Pues mi tío no va a La Guardia.. Todo es mentirijilla y disimulo. A donde va es a Logroño, y lleva una carta que Prim escribe a Espartero ofreciéndole la corona..Vicente, tan verdad es esto como el sol que nos alumbra.. Y como Espartero, naturalmente, aceptará otra esta vez la corona que le ofrecen Prim, Serrano y Sagasta, en triunfo le traerán a Madrid, y.. aquí viene lo que no es más que figuración y corazonada mía. Espartero quiere mucho a mi padre, que fue su mejor auxiliar cuando preparaban el Convenio de Vergara.. Pues Espartero Rey será padrino de nuestra boda, Vicente.. ¡Anda, no esperabas esta, pillo!.. ¡El Rey nuestro padrino!.. ¿La noticia no vale que me digas alguna cosa bonita?

-No es noticia; es corazonada. Y el corazón no acierta siempre, Pilarica. Por lo demás, nuestra felicidad será la misma apadrinados por Baldomero I, o por cualquier hijo de vecino».

Aconteció que a los pocos días volvió el Coronel a Madrid, y toda la transcendencia del mensaje que había llevado a Logroño quedó en agua de cerrajas. Espartero rechazaba discreta y juiciosamente la corona. No se dio por defraudada Pilarita, y del auroral optimismo en que vivía sacó este plácido razonamiento: «A decir verdad, Vicentillo, maldita la falta que nos hace que nos apadrine un Rey. Yo pensé en Espartero, por aquello de darnos tono y de que rabiaran mis amigas; pero como de todos modos han de tragar mucha quina, bien vamos así.. Para el otoño han fijado nuestra boda tu mamá y la mía. Tú has dicho que debemos poner alas al verano. Por mí, que vuele todo lo que quiera. Te advierto que mi padre quiere llevarnos este año a Arcachón; pero mamá no está por eso, y prefiere a Royan. Conque ya lo sabes. Si vas este año a París.. y cuidado con París, caballerito, que es ciudad donde los hombres pierden el tino, y por eso la llaman Babel (p.8243) o Babilonia.. ya lo sabes.. a la ida o a la vuelta nos harás la visita, y ella no ha de ser corta.. ¿Quedamos en eso?

Y ya entrado Junio, con su blando calor y alegría, Pilar pasó una tarde tediosa esperando a Vicente, que por primera vez después de la reconciliación faltaba a la hora de costumbre. «¡Ay, qué susto me has dado! -le dijo Pilarita viéndole entrar casi de noche-. No te riño.. Lo de reñir por las tardanzas está mandado retirar, ya lo sé.. Pero he pasado una tarde horrible. Creí que estabas malo». Dio Halconero la explicación justa. Había ido al Congreso con Enrique Bravo y otros dos amigos.. Les llevó a la tribuna el interés que despertaba el voto particular de Rojo Arias, y la votación que habría de recaer sobre él.

-¿Y qué es eso, y con qué se come?

-Pues nada.. El Congreso acuerda que para elegir Rey será preciso reunir 171 votos, la mitad más uno de los diputados que han jurado el cargo..

-¿Y eso va con nosotros, Vicente? ¿Qué nos importa que sean ciento o ciento y pico?.. Mi padre ha dicho que lo que es Montpensier, por más dinero que gaste en la compra de periódicos y diputados, no sacará más de veinte o veinticinco votos.. ¡Ah! ¿no sabes lo que me dijo ayer tu padrastro don Ángel? ¡Qué risa! Pues quiso atraerme al montpensierismo. Me ofreció, puesta la mano sobre el corazón, que si don Antonio es Rey, me nombrarán dama de honor de la reina Luisa Fernanda. ¡Lo que pude reírme, Dios mío! ¿Qué falta me hace a mi ser dama de honor, que es como entrar en servidumbre?.. Pues oye lo más gracioso.. También me dijo que a ti, a los dos, nos darán un título de nobleza: seremos Marqueses de la Villa del Prado.. Anda, hijo, date tono. Fruta por fruta, un Marqués de la Uva de Albillo no será menos que un Rey de las Naranjas».

 

Ep-42-XVIII -

Celebrando la ocurrencia, afirmó Vicente que el acuerdo votado aquella tarde por las Cortes dificultaría la elección de Rey, pues no habría candidato que reuniese 171 votos.. Con esto salía ganando la República.

«Pues que venga de una vez -dijo Pilar gozosa, extendiendo su optimismo a (p.8244) la forma de gobierno-. ¿Y qué nos va a pasar si suben los republicanos? Porque guillotinas no han de traer.. Todas las fierezas de esos buenos señores quedarán reducidas a quitar las quintas, a rebajar las contribuciones, y a suprimir unos cuantos clérigos de los muchos que hay».

Terció en la conversación el Coronel Ibero, asegurando que don Juan no se acoquinaba por la dificultad de los 171 votos; que tendríamos Rey; que ya se habían echado los anzuelos para pescar uno de familia Real de muchas campanillas, y que.. por el momento no podía decir más.. Entendieron los oyentes que algún secreto poseía, guardado en el arca de su discreción.. Hablando de Prim y de sus dotes de gobernante, recordó Vicente el bosquejo de la emancipación de Cuba, y quiso saber si los Estados Unidos entraban por el aro. Según afirmó el Coronel, enterado por buen conducto, los yanquis estimaron aceptable la proposición y excesiva la cantidad. Entrarían tal vez, si España se contentaba con la mitad, ciento veinticinco millones de pesos.. Pero aunque se llegase a un acuerdo en la cuestión metálica, el trato aquel tropezaría con enormes dificultades por los escrúpulos caballerescos del patriotismo español.

Contó Ibero que el General había dado conocimiento de su atrevido plan al Consejo Supremo de Guerra. Los primates que componían aquel alto Cuerpo se indignaron viendo reducidos a una cuestión de ochavos los sacros fueros de Marte y el glorioso atavismo. Todo les pareció mal, y sin dar informe por escrito, pusieron en el cielo sus clamores. Prim ignoraba la opinión del venerable coro de ancianos de la Milicia, y a este propósito refirió el Coronel un pequeño pasaje histórico por él presenciado. Estaba el General en su aposento familiar, vistiéndose para salir a la calle. Presentes se hallaban Sánchez Bregua, el ayuda de cámara, el ayudante Moya y Santiago Ibero. El General, parado ante el espejo, en la operación de anudarse la corbata, preguntó al Subsecretario si algo sabía del efecto causado en los del Consejo por la nota (p.8245) que sometió a su examen. Sánchez Bregua, recelando que el General desataría su coraje al saber la opinión de los veteranos, furiosamente contraria al proyecto, atenuó cuanto pudo la verdad de su respuesta. Ya Prim se lo tenía tragado: conocía la honda inercia de la rutina histórica y la rigidez de las corporaciones seniles, buenas para contener, ineficaces para el impulso.. Sin apartar la mirada de su propia imagen en el espejo, ni desentenderse del lazo de su corbata y de la compostura de su efigie, pronunció fríamente estas palabras: «Ya lo llorarán.. ya lo llorarán».

Comentaron Ibero y la joven pareja el dicho del General. Ninguno de los tres tenía bastante clara la percepción adivinatoria para saber si los españoles futuros derramarían lágrimas sobre la inmovilidad de los hieráticos consejeros. Tan sólo Vicente, recordando al iluminado y erudito Segismundo, sabio, calavera y un poco borrachín, tuvo una rápida visión de la edad futura, visión de sangre, llanto y desconsuelo; pero creyéndola hechura del pesimismo que todos los españoles del siglo XIX llevamos dentro, no se determinó a manifestarla.

El tiempo corría, precipitando a los madrileños hacia la desbandada veraniega. En todas las casas ricas se limpiaba el polvo a las maletas, y las señoras cuidaban de los complicados equipos que habían de lucir en las casas de baños y en las playas del Norte. Lucila confirmó a Vicente la promesa del viajecito a París, y para que el joven tuviera freno y compañía en la grandiosa y divertida ciudad, determinó ir con él. Demetria y su familia partirían para Royan, con escala de pocos días en Vitoria. Gracia y su marido, y el hijo cadete, que tomaría vacaciones muy pronto, seguirían la misma ruta, después de pasar un par de semanas en Samaniego y Paganos, inspeccionando la recolección. Todos aguardaban gozosos el día en que tocaran a emigrar, y Pilarita singularmente piaba y trinaba, como avecilla que se dispone a levantar el vuelo hacia los climas dulces, y hacia los aleros y los árboles donde se han de colgar los nuevos (p.8246) nidos.

«¿Por qué está tan alegre mi Pilarica? -le dijo su novio una tarde, viéndola batir palmas y gorjear una canción de moda.

-Pero ¿no sabes la noticia?.. Nos vamos la semana que viene.. Es casi seguro que iremos también a París. Allí nos veremos; allí nos pasearemos, olivarej arriba, olivarej abajo, como dijo Cúchares.. Y puede que nos lleguemos a ver un poquito de Alemania.. ¿Sabes ya que nos traen un Rey alemán? Lo ha dicho el tío Santiago; el nombre es algo así como Ole-Ole..

-El príncipe Leopoldo de Hohenzollern.. Parece que acepta.. Al fin hay un caballero que no se asusta de regir estos alborotados reinos. Salazar y Mazarredo ha traído el notición de la conformidad del Príncipe y del consentimiento del Rey Guillermo de Prusia.

-Pues esto del Rey prusiano me gusta mucho.. Las modas no vendrán ahora de París, sino de Berlín, y ya no beberemos vino, sino cerveza. Tenemos que aprender algo de alemán, que es una lengua muy parecida a la que hablan los pájaros. En fin, Vicente: como no pienso más que en nuestra felicidad, todo me alegra. Y te digo también que si en vez de traernos Rey alemán nos lo trajeran turco, me alegraría lo mismo.

-Yo no.. porque, según he oído, Napoleón está que trina.. La noticia ha caído aquí como una bomba. Prim está en Daimiel, cazando con Milans del Bosch y otros amigos. Vendrá esta noche. Mañana sabremos si ese Hohenzollern cuaja o no cuaja.

-El nombre de Ole-Ole me hace mucha gracia. Invita a las cañas de manzanilla y al baile flamenco.. Yo me río y me divierto con estas cosas, porque, la verdad, no me dan frío ni calor: sobre esto que llamáis política y sucesos públicos, mi alma vuela como una mariposita. Todo lo ve y lo mira; pero no se posa más que en lo suyo, y lo suyo es un caballerete muy simpático y muy pillo, que se llama don Ole-Ole Halconero..».

Cada hora traía nuevas impresiones. La candidatura del Hohenzollern le había sabido a Napoleón a cuerno quemado. Su Embajador, Mr. de Mercier, llegó a decir: «Antes que ese prusiano, Montpensier». Y (p.8247) mientras el Gobierno español convocaba las Cortes para decirles:Eureka, ya tenemos Rey, las cancillerías de Francia y Prusia se alborotaban como gallineros visitados por el zorro. «Oye, Vicente -decía Pilarica a su novio-. ¿Con que se ha roto o está para romperse el equilibrio? Explícame eso..». «No se romperá nada -repuso Halconero-, porque el Príncipe Leopoldo ha renunciado a la mano de doña Leonor. No es mala gresca la que han armado con la tal candidatura. España no puede desmentir su abolengo histórico. Es la dama guerrera que preside los torneos del mundo. Una mirada suya, cayendo como centella donde menos se pensaba, ha estado a punto de incendiar los campos europeos.

-Pues mi padre sostiene que el gallinero sigue alborotado, y que en él anda un zorro muy listo que llaman Bismarck.. Pero, sea lo que quiera, podremos irnos a Francia tranquilamente».

Salió la familia Calpena, y en Vitoria supo don Fernando que Napoleón, impertinente y picajoso, había exigido al Rey Guillermo tales garantías para evitar la reproducción del conflicto, que el Soberano de Prusia hubo de mandarle a paseo en la persona del Embajador Mr. Benedetti. Partieron los Iberos para La Guardia, y en el camino se les dijo que Francia, o más claro, el Imperio, ávido de laureles militares con que galvanizar su dominio, había declarado la guerra a Prusia.. Salieron Halconero y su madre, dejando en Madrid la desagradable impresión de que un guiño de España buscando Rey había encendido la guerra europea. En el descanso de Bayona oyeron la trepidación del suelo francés, y a los dos días, apenas llegados a París, presenciaron la furiosa exaltación de las turbas gritando: «A Berlín, a Berlín».

Asustada Lucila de aquel estruendo, propuso a su hijo volverse a España; pero Vicente no se avino a dejar la plataforma de donde tan bien se vería la descomunal tragedia que se anunciaba. Contagiado de la opinión corriente en Madrid y en toda España, creía que el poder militar de Francia era incontrastable; que el sol de la leyenda napoleónica no se (p.8248) había eclipsado, y como un lorito repetía la jactanciosa frase de Girardin:Echaremos a los prusianos a culatazos al otro lado del Rhin. Persistía en el noble mancebo el ardiente amor a Francia, por las afinidades de raza y por la exaltación de los amores literarios. Francia era Voltaire y Rousseau, Victor Hugo, Musset, Balzac.. Y aun los alemanes Goethe y Heine se afrancesaban, transmigrando del hermético idioma teutónico al transparente lenguaje de las modernas Galias.

París ardía en entusiasmo y en fiebre guerrera. En los bulevares, el paso de los batallones encaminados a la guerra promovía delirios de patriotismo loco. En toda Francia los ferrocarriles conducían tropas hacia el Este; por las estaciones pasaban trenes y más trenes con la velocidad del rayo. El Gobierno francés, temiendo las indiscreciones del telégrafo, prohibió bajo penas severísimas las noticias de movilización.. A pesar de estas precauciones, que pusieron en pugna el arte de la guerra con los adelantos científicos, las noticias volaban sin saberse de dónde salían. Prusia había lanzado a las orillas del Rhin medio millón de hombres.. El Rey Guillermo tenía su cuartel general en Francfort.. Dos formidables cuerpos de ejército, mandados por el Príncipe real de Prusia y por el Príncipe Federico Carlos, ocupaban Maguncia y Coblenza.. Todas las naciones se armaban hasta los dientes. Italia y Bélgica eran verdaderos campamentos; Austria llamaba sus reservas; Inglaterra mandaba al Báltico sus escuadras.. Francia retiraba de Civittavecchia las tropas que allí tenía para defender de los garibaldinos los Estados del Papa..

Halconero escribía desde París a su prometida, residente en Royan: «Estoy en el mejor sitio para ver la tragedia más grande y sangrienta que ha presenciado el siglo desde Waterloo. No temas por mi madre y por mí. Aquí no corremos peligro alguno. París es la torre desde donde podremos ver sin riesgo la reforma del mapa de Europa. La tragedia será hermosa y terrible. Nunca pensé que me fuera dado ver de cerca un hecho de los que han de ser (p.8249) punto culminante en la Historia de la Humanidad. ¡Qué pequeños nos sentimos ante la Historia vista en la realidad! Pero aún nos parecen más enanos los que han de leerla después de bordada en el cañamazo de la letra de molde.. Vida mía, hoy no te escribo más.. Voy al caféCardinal a saber noticias. Parece que algo se sabe ya de un primer encuentro, favorable a las armas de la divina Francia».

En aquellos angustiosos días, París necesitaba una victoria.. París no podía vivir sin victoria, y esta le fue transmitida desde Saarbruck como un calmante telegráfico. Roto el fuego, los batallones franceses habían cortado del árbol germánico los primeros laureles. El telegrama llevó a París trompetazos de fanfarronería, y una nota sentimental:La jornada había sido brillante.. El fusil de aguja había hecho maravillas.. El Príncipe Imperial se mostró sereno en medio del fuego.

Enloqueció París con esta inyección de ideal napoleónico; pero poco hubo de durarle el efecto del estimulante. Lo de Saarbruck fue el 2 de Agosto, y el 4, la acción de Wissemburgo, empezó a deshojar la flor de las ilusiones, iniciando la serie de descalabros con que Francia pagó su imprevisión y el descuido de sus organismos militares.. Dejando ahora lo público por lo privado, se dirá que Halconero se encontró en París con su amigo Antonio Orense. A menudo se reunían en el café de Madrid o en el Cardinal para remembrar a España, y condolerse de sus querellas y desdichas. Con otros jóvenes emigrados hizo amistad Vicente, distinguiendo a un catalán llamado Garrigó, que había corrido la suerte de Suñer y Capdevila en la sublevación federal del 69. A principios de Agosto, después de la desastrosa acción de Worth, se organizó en París un cuerpo de voluntarios, en el cual se alistaron jóvenes emigrados de distintas naciones. Uno de estos fue Garrigó, que con generoso ardimiento quería dar su sangre por la hospitalaria y gloriosa Francia.

El día en que partió para la frontera la legión de voluntarios, fueron Halconero y Orense a la estación de Estrasburgo a despedir al bravo (p.8250) Garrigó. Tan apretado era el gentío, que difícilmente pudieron abrirse paso hasta el andén. Entre el humano revoltijo formado por los legionarios y los que iban a despedirles, vio Halconero una cara de hombre que le produjo repentina emoción. No pudo contenerse.. A codazos y empujones se abrió paso; llegó hasta el tal, que era joven, de figura gallarda y varonil belleza.. y agarrándole el brazo, no se entretuvo en preguntarle quién era ni en presentarse con las formas usuales, sino que con airosa familiaridad le dijo: «Usted es Santiago Ibero.

-Sí, señor: yo soy..

-¿Y usted va también..?

-Voy.. sí, señor.. Perdóneme.. no tengo el gusto de conocerle.

-No es ocasión de pedirle que aguce un poco la memoria. Hace algunos años, no sé cuántos, nos conocimos en Madrid, en la casa de mi tío Leoncio. Yo era un chiquillo. Paseamos juntos una tarde, hablando de..

-Ya me acuerdo.

-Por la noche estuvo usted en mi casa, calle de Segovia..

-Sí, sí: la noche que el señor de Tarfe me disfrazó de fogonero para escapar de Madrid.. Y usted me ha conocido..

-Más que por mis recuerdos, por el parecido de usted con su hermana Fernanda, de triste memoria..

-¡Ah!.. ¡mi hermana Fernanda..!

Dijo esto con inflexión de duelo, mientras Vicente, ahogado por la pena, hubo de contener con esfuerzo viril las lágrimas que le salían a los ojos.. Este diálogo nervioso, rapidísimo, no pudo prolongarse en ocasión tan importuna. El oleaje humano separó a los que ya parecían amigos. Por un esfuerzo de ambos volvieron a juntarse.. Vio Halconero a una mujer hermosa que cogida al brazo de Santiago se despedía de otras mujeres.. El hijo de Lucila, movido de intensa efusión, se dirigió a ella con fraternal confianza: «Usted es Teresa. La conozco sin haberla visto nunca. ¿Pero.. usted también a la guerra?

-Sí, señor. Ya que no he podido disuadirle de esta calaverada heroica, me voy con él.. no quiero que esté solo».

No había tiempo para más explicaciones. Santiago abrazó a Vicente, diciéndole: «Adiós.. adiós. ¿Nos volveremos (p.8251) a ver en París? ¡Quién sabe si nos veremos en España! Adiós».

Y Teresa, en los apretujones para subir al tren, pudo decir: «Le conocemos a usted, caballero don Vicente. En París sabemos todo. Tenemos en Madrid nuestro pequeño espionaje.. Adiós.. Una palabra no más. Si volvemos vivos de esta calaverada, llámela usted aventura, Santiago se reconciliará con sus padres.. Yo se lo aconsejo..».

Y lo demás fue dicho por Santiago, ya en el estribo, después de subir Teresa: «Diga usted a mi madre y a mi padre que Teresa y yo iremos a visitarles en La..».

Ahogaron su voz los vivas y aclamaciones patrióticas. Halconero gritó: «En La Guardia..». Y Santiago y Teresa afirmaban con cabezadas.

Partió el tren, que al matadero llevaba tanta juventud, alucinada por un ensueño de gloria.

 

Ep-42-XIX -

En el curso de Agosto vio Halconero el vertiginoso giro del desastre; vio la incapacidad militar de Napoleón; el engaño de Francia, conducida torpemente a una colosal guerra, sin organización, sin criterio estratégico y táctico, sin estudio, sin planes ni concierto; vio claramente que el Ministro de la Guerra, Leboeuf, era una hinchada nulidad; que los generales se hacían un lío al primer paso; que la oficialidad llevaba planos de la topografía de Alemania, y desconocía la de su propio país; que los batallones iban con cifra menor que la del contingente oficial; que el aprovisionamiento era una vana palabra; que las tropas tenían que entrar en fuego fiándolo todo a un heroísmo temerario y a los arranques epilépticos del valor personal. Francia, vendida por sus ineptos conductores, sucumbía con hermosa desesperación.

Al descalabro de Worth siguieron Mars-la-Tour, Gravelotte, la salida de Metz, y por fin Sedan (1.º de Septiembre) , con la resquebradura y desplome del fantasmón imperial. Y cuando París furioso, desengañado de la falsa ilusión guerrera y asqueado del organismo político que había perdido a Francia, proclamó el 4 de Septiembre la República; cuando el pueblo derramó su ira por plazas y bulevares, y tras (p.8252) de las pisadas de la Emperatriz fugitiva, recogió del arroyo la corona imperial para refundirla en mural corona, emblema de la Soberanía de la Nación, Lucila, temblando de miedo, dijo a Vicente: «Hijo del alma, vámonos sin perder día. Has visto ya bastante Historia viva, de esa que pone los pelos de punta.. ¡Sabe Dios lo que va a pasar aquí! Yo te aseguro que las palabras República y republicanos me dan escalofríos y temblor de piernas. Antes no era yo así; me gustaba lo que llaman Soberanía del pueblo. Pero ahora.. hogaño, como dice mi padre, y yo lo decía también cuando era moza.. hogaño, el bienestar me ha hecho bastante moderada.. Vámonos, hijo. ¡Ay, París, qué feo estás! ¿Quién te conoce? ¡Oh, España mía, único país del mundo que sabe ser a un tiempo desgraciado y alegre!».

No pudo Halconero desoír el toque de retirada. En un día compró los regalos destinados a la novia, y partieron para Burdeos. Iba Lucila contenta, y su hijo triste, viendo cómo se le ajaba y desvanecía la ilusión de Francia. Hasta la literatura, desmereciendo a sus ojos, se rebajaba de su esplendor augusto. Voltaire y Rousseau, Víctor Hugo y Balzac se le representaban menos grandes de lo que fueron antes del desastre. Este sentimiento de chafadura del ideal fue por fortuna poco duradero, y tuvo su corrección en el propio espíritu del joven. De la gloriosa Nación maltrecha resurgió pronto con mayor pujanza lo que debía tener perdurable vida..

En Burdeos enteráronse hijo y madre de la concisa carta que el desdichado Emperador dirigió al Rey Guillermo declarándose prisionero: Señor y hermano: No habiendo podido morir en medio de mis tropas, sólo me resta entregar mi espada a Vuestra Majestad. -Napoleón.Con esta dolorida estrofa terminó uno de los actos de la tragedia. Pero esta no había concluido, y sus pavorosas convulsiones siguieron aterrando al mundo entero en lo restante del año 70 y en buena parte del 71.

Se comprenderá que el descanso de Halconero y su madre en Burdeos fue muy breve, y que el primer vaporcito que salió (p.8253) para Royan les llevó a esta risueña villa, situada en la desembocadura de la Gironda. Gran día de regocijo y plácemes. Las dos familias (Iberos y Calpenas) gozaban de excelente salud, sin otra contrariedad que el dolor por las desdichas de Francia. Pilarita no había podido echar de su mente la idea de que su prometido corría enormes riesgos en París, y hasta que le vio llegar vivo y sano no se recobró de su pavura. En sus insomnios creía que los hulanos cogían a Vicente y le llevaban preso a Berlín; mal dormida y soñando, veía que los descamisados del 4 de Septiembre le conducían a la guillotina y le cortaban la cabeza, ¡ay!

Halconero y su madre se instalaron en el Hotel de la Croix Blanche, y los Iberos y Calpenas vivían en una linda casa con jardín, propiedad de don Fernando. Todo el día pasaban juntos, y la feliz pareja irradiaba su contento sobre los demás. Mas era raro el día en que las malas noticias no arrojaban una sombra de tristeza sobre la triple familia. Hoy era la batalla de Artenay; mañana, la toma de Soissons; por fin, que los prusianos iban ya sobre París.. Y una mañana, cuando Vicente fue a la casa de su amada, de donde habían de salir todos para una excursión a Vieux Soulac, pueblecito tragado por las arenas, Pilarita le sorprendió con un notición que de tan gordo parecía mentira.

«¿No sabes, Vicentillo, lo que pasa? Te quedarás atónito y estupefacto cuando yo te lo diga.. Espera un poco, que ahora voy a decírtelo.. Pues los garibaldinos han entrado en Roma.. Como Francia tuvo que retirar sus tropas dejando indefenso al Papa, ¿qué han hecho los italianos? Pues asaltar la ciudad eterna por una puerta que se llama.. Pía.. Nada, hijo, que a Pío IX le han birlado sus Estados, y Roma será la capital de Italia. ¿Qué te parece? ¿Ves qué cosa tan atroz?

-Ya estaba previsto. El Papa quedará de Rey espiritual de los católicos, que es destino de gran provecho.. Dejemos correr la comedia del mundo hacia el reparto equitativo de papeles. Cada cual al suyo.

-¿De modo que tú no te asustas, ni siquiera te indignas? Pues mi tía (p.8254) Gracia dice que esto es un robo, una usurpación, y que si todas las naciones no acuerdan devolver al Santo Padre su reino, lo que debe hacer Pío IX es abandonar a esa Roma ingrata, y venirse a España con toda su Corte Pontificia. Aquí se le recibiría como si bajara del Cielo, por ser este el país más católico del mundo.. A mi tía Demetria no le da tan fuerte, y asegura que bien se está San Pedro en Roma. Por mi parte, te diré que, si me apuran, todo lo que no sea casarme contigo me importa un rábano, y que allá se las haya Pío IX con Víctor Manuel.. Pero eso no quita que nos alegremos de que el Papa se establezca en Madrid.. Dará gusto ver tantos Cardenales vestidos de colorado y centenares de Obispos, algunos con barbas.. y figúrate el sinfín de frailes y monjas de todos colores que veremos por las calles.. Confiésame que será muy bonito.. Si nos traen Rey, tendremos dos Cortes; y como para el Papa habrá de ser el Palacio Real, al Rey le meteremos en la Casa Panadería o en la Platería de Martínez».

Pasados algunos días en gratas excursiones por las amenas orillas de la Gironda, llegó la ocasión del regreso a España. Partieron con pena, dejando a Francia tan agobiada de acerbas desdichas, y a medida que avanzaban hacia el Pirineo, les daba en el rostro el aliento de las calamidades españolas.

En aquella encrucijada internacional, donde se abren los portillos de Francia y España, los viajeros no lograron seguir juntos. Lucila, invitada por los Iberos, pasó la frontera para detenerse en la Rioja alavesa, gozando de una temporadilla geórgica en tierras de sus amigos. Vicente quedó con los Calpenas en Biarritz por unos días. Era tan considerable allí la colonia de españoles de viso, que no se daba un paso sin meterse en saludos y en chácharas interminables. Manolo Tarfe, Guillermo de Aransis, la Villares de Tajo, desfilaron esparciendo a un lado y otro sus ditirambos sobre la guerra franco-prusiana y sobre el obscuro porvenir de nuestra política.

Nada de esto desagradó a Vicente. Lo que le sacó de quicio fue ver al mal (p.8255) caballero don Juan de Urríes y a su esposa doña Mariana de Pedroche, Marquesa de Aldemur. Con ellos iba Carolina de Lecuona, formando una trinidad harto antipática. Esquivó Halconero la presentación, desairando a su amigo Tarfe, con quien a la sazón estaba, y prefirió la sociedad de un improvisado figurón, funcionario del Gobierno civil, don Telesforo del Portillo, que en su anterior vida policíaca fue vulgarmente conocido con el mote de Sebo. Este hombre del siglo y su esposa, una tal Fabiana Jaime, que había sido sastra de curas, presumían de elegancia. La sociedad estaba sin duda trigonométricamente trastrocada, como decía Raimundo Bueno de Guzmán. Los aristócratas se aburguesaban, y la señora de Sebo ponía en su sombrero los plumachos que eran signo de distinción social.

Septiembre era en años normales el mes del desfile de españoles a Francia. Los comerciantes iban a sus compras de otoño; las señoras a su acopio de perifollos de invierno, y a tomar nota de los nuevos modelos de vestir. Fabiana Jaime hacía también su escapadita, a por un abrigo de última novedad. París era la meta de las ambiciones indumentales. Pero en aquel año trágico la corriente se invertía, y el Ferrocarril del Norte más traía que llevaba españoles. Los unos huían de la guerra; los otros eran emigrados de las sublevaciones federal y carlista del 69, a quienes la amnistía concedida por el Gobierno español abría las puertas de la patria.

Con esta avalancha tropezó Vicente en su regreso, y aconteció que el plan de las tres familias para seguir juntas hasta Madrid, no pudo realizarse por imprevisión, o descuidos de tiempo, harto comunes en la estrategia de los viajes. Ello fue que Vicente llegó al encuentro de Lucila más tarde de lo presupuesto, y ambos se quedaron rezagados en Miranda. Hijo y madre cogieron el expreso, metiéndose en un coche ya ocupado por tres personas, y no fue poca suerte encontrar aquel acomodo, pues todos los trenes ascendentes iban atestados de viajeros.

Las tres personas que en el departamento venían (p.8256) instaladas desde Irún, eran Portillo y su mujer, y un caballero alto, picado de viruelas, inquieto y hablador. Antes de fijar la atención en aquel hombre extraño, dígase que los señores de Portillo (alias Sebo) venían inconsolables por no haber podido llegarse a París. Billete gratis tenían hasta la frontera, y en el Midi les agraciaban con mitad de precio. Después seguían en Orleans con billete de segunda, y así podían, con arte económico, visitar la capital de Francia. Dos otoños seguidos habían efectuado su excursión, alojándose en casa de Madame Noel, donde amos, criados y huéspedes hablaban español. Hacía Fabiana sus pequeñas compras de trapos, con añadidura de sombrilla, fichú, cintajos y otras menudencias, todo baratito, pues sabía entenderse con marchantes de poco pelo; luego lo pasaba todo de contrabando por la aduana de Irún, valiéndose de mil tapadijos y de su conocimiento con vistas y carabineros, y al llegar a Madrid, en el círculo de sus variadas amistades se daba un horroroso pisto. Pero la maldita guerra, promovida por las intrigas de ese Bismar, había cortado en flor dichas tan inocentes.

Trotando el tren hacia Pancorbo, el señor parlanchín, que ocupaba un asiento junto a la ventanilla del Oeste, prosiguió su conversación con Portillo, sentado en mitad del diván frontero de espaldas a la máquina. A juzgar por lo que dijo el desconocido, Sebo se había burlado de los derechos individuales, llamándolos inaguantables, y recordando que a Sagasta le pesaban como losa de plomo. Desatose el otro en invectivas contra Sagasta, llamándole farsante y traidor a la Libertad.. No intervino Halconero en la conversación, aunque a ello le incitaba el taravilla de ronca voz con su mirada insistente, como si le pusiera por fiador de lo que decía o le pidiese su testimonio. Hallábanse en lados distintos y en ventanillas diagonalmente contrapuestas.

En tanto, las dos señoras, sentadas una junto a otra en el diván zaguero, de cara a la máquina, no podían vencer el prurito netamente español de la familiaridad, (p.8257) y picotearon contándose sus viajatas. Fabiana, cuarentona de lucidas carnes, tomó un tonillo finústico, y sin dejar de la mano el saquito en que llevaba su dinero y algunas alhajas, ponderó a Biarritz por su elegancia y la mucha gente de la grandeza que allí veraneaba. «En Francia -decía- todo es amabilidad. En tiendas, cafés y restauranes la miran a una para adivinarle lo que quiere y servirla al instante. Eso da gusto.. Cierto que cobran bien; pero paga una de buena gana la finura, acordándose de que en España no tenemos buena educación».

El hablador del otro lado despotricaba con fuertes voces y ademanes violentos, alargando los brazos casi hasta tocar con sus dedos el rostro fiero y bigotudo de Sebo, que defendió a Sagasta, su jefe en otros días, empleando los argumentos más comunes con frase arrastrada y pedestre. El discutidor viajero soltó esta rociada: «Vivimos en una sociedad infame donde los unos son egoístas hasta el crimen; los otros, ignorantes o pusilánimes hasta la estupidez.. No tendremos verdad y justicia hasta que las clases trabajadoras despierten de su letargo.. Esto lo digo yo, yo, que inicié la Revolución de Septiembre, y después arrastré al partido federal a la lucha violenta.. No hay otro medio para facilitar al pueblo el camino de la verdadera revolución. Vengo del destierro; vuelvo a mi patria con el fin de agitar las masas.. Yo no me canso; lucharé hasta morir, porque es mi temperamento luchar por el pueblo y para el pueblo.. Ese caballerito que está sentado frente a mí, me conoce, y puede decir si soy hombre que lleva en sus venas horchata de chufas, o sangre caliente y rica».

Sebo y las señoras miraron a Vicente. Este habló así, dirigiéndose al exaltado sujeto: «Desde que entramos aquí le conocí a usted, señor Paúl y Angulo; pero como no había tenido el gusto de tratarle más que una vez, y eso brevemente.. no sé si se acuerda.. una noche en casa de don Fernando Garrido, creí que no se acordaría de mí, y no me determiné a saludarle».

Viéndose presentado al público, el hablador se aprestó a sermonear de (p.8258) nuevo. Lucila le miraba espantada. Nunca había visto aquel rostro cribado por la viruela, y encendido del ardor de la sangre.. Los cristales azules de las gafas hacían veces de ojos, simulando los de un ser fantástico, de esos que representan el papel aterrador en los cuentos de niños. El marcado ceceo andaluz y las patillas negras completaban el cariz temerón y provocativo del viajero, que sin que nadie le excitara rompió en estas exaltadas manifestaciones:

«Yo soy todo corazón, ya lo sabe ese joven; yo llevo la honradez en mi alma y el anatema en mi boca; yo digo a España la verdad, y al pueblo señalo el camino para que llegue a la conquista de sus derechos.. Los que me escuchan no me negarán que el orden existente es un conjunto repugnante de leyes injustas, de códigos infames, de gobiernos cínicos, de costumbres vergonzosas. Y yo digo a los virtuosos y desgraciados trabajadores: «Nada tenéis que esperar de los ricos, de los instruidos, de los poderosos de la tierra».

Algo pensó contestar Sebo: su descomunal bigote se agitó debajo de la nariz minúscula; los vocablos querían salir, y el bigote no los dejaba, o las ideas se recogían en el pensamiento, persuadidas de que las cerdas del mostacho bastarían a confundir al brutal preopinante. Halconero, sin ganas de discusión en tal sitio y delante de señoras que deseaban reposo, dijo que la sociedad no era perfecta ni mucho menos; pero más imperfecta sería por los medios violentos del amigo Paúl. España acababa de hacer una revolución de tres al cuarto, y anhelaba constituirse en un régimen práctico, ecléctico, que le permitiese vivir.. No aspiraba por de pronto más que a un vivir de reparación y descanso, con media cabeza en el almohadón del régimen pasado, y la otra media en el de las ideas novísimas..

«¡Ah, según eso -exclamó Paúl soltando la carcajada-, usted es de los del balancín! Bonita generación de muchachos tenemos.. Nada, que estamos a lo práctico. ¿Le ha dado a usted Prim un destinillo? Bien, hijo: por ese camino se va a la gloria. No ha cambiado usted poco (p.8259) desde que le vi en casa de Fernando Garrido.. Claro: en casa de aquel amigo no hacía usted nada. Allí no daban credenciales».

La grosería impertinente del andaluz no podía ser tolerada. «Señor Paúl -le dijo Vicente con serena dignidad-, no he dado motivo a que usted me hable de ese modo. Si usted desconoce que estamos en una sociedad de personas bien educadas, le dejaremos que hable solo, y sus palabras serán para nosotros como un ruido más de las ruedas del tren.

-¡Ja, ja..! ¡Señoritos a mí! Dígame, pollo: ¿cuándo traen ustedes al bebé.. al inocente Alfonsito? ¿Ya están de acuerdo con Pringue?

-Señor Paúl, lo único que puedo y debo decir por ahora, es que usted no debe molestar a estas señoras. Si no lo entiende así, será preciso decírselo de otro modo».

Lucila, viendo cómo se alborotaba su hijo, trató de calmarle con amonestaciones cariñosas, dichas a media voz. Pronunció Sebo frases conciliadoras. Vicente se movía en su asiento, cual si este fuera todo espinas. Paúl rezongaba en el opuesto ángulo, mascullando crudas ironías, y en esto se detuvo el tren en la estación de Burgos; abriose la portezuela, y entró un clérigo con maletín y una manta liada, dio las buenas noches y tomó asiento junto a Paúl. Cuando el tren proseguía su marcha, sacó de una de las maletas un gorro negro, y encasquetándoselo, se dispuso a envolver el traqueteo del viaje en un dulce sueño.

 

Ep-42-XX -

Halconero se puso en pie y cubrió la luz mustia que alumbraba el departamento. En tono familiar, desvanecido ya o disimulado su enojo, dijo: «Caballeros, llegó la hora del silencio. Las señoras quieren descansar». Refunfuñó Paúl, estirando su gorra hasta taparse los ojos; los demás callaron, y Sebo se atusó los espesos bigotes, tomando un aire ceremonioso ante la majestad del sueño.

Cambió Halconero de sitio con su madre, para que esta tuviese mayor lugar de descanso. Fabiana Jaime quedó entre Vicente y el clérigo, que era joven, bien parecido y de lucida estatura. Aunque este personaje viene a empalmar en la (p.8260) presente historia como un bulto durmiente, justo es que el narrador le consagre alguna referencia, diciendo que al tomar el tren en Burgos traía en el cuerpo cinco horas de coche desde Salas de los Infantes, y que la noche anterior no había dormido, por causas que se ignoran.. Se consigna el hecho para que nadie extrañe que al caer en las blanduras del vagón quedara dormido como un tronco.

Nada digno de mención ocurrió hasta la hora de Ávila, donde daban a los viajeros diez minutos para desayunarse. Del coche descrito sólo Paúl salió, y al volver carraspeando y renegando del frío, de Ávila y de Santa Teresa, despedía un tufo aguardentoso que tumbaba.. Siguieron.. amaneció.. En Villalba ya venían todos despiertos, con caras descoloridas y tristes del madrugón y del mal dormir; las señoras, arreglándose un poquito para la llegada; los caballeros, requiriendo los bultos y rehaciendo los líos de mantas..

Apenas penetraron en el vagón las primeras luces del día, el truculento Paúl tomó pie de unas palabras de Sebo, tocantes a la lentitud del tren y al mal servicio, para perorar en esta forma: «Aunque ese caballerito se incomode.. y yo lo siento, porque le estimo, le considero.. no puedo menos de afirmar que nuestro zarandeado país no saldrá de su miseria y de su ignorancia mientras no acabemos con la taifa de gateras que se han hecho pastores del rebaño español.. Los que me oyen que sean empleados, rásquense.. Ya sé que pico.. y pico, porque digo las verdades.

-No sentimos picor, señor Paúl -dijo Halconero-, porque usted, con su violencia extremada, quita fuerza a sus diatribas. Hable usted de otro modo, y..».

Paúl interrumpió con esta cortante afirmación: «La vergüenza política no puede tener otro lenguaje que el mío. Yo sostengo todo lo que digo.

-Yo también.. Y si no quiere usted llamar a esto vergüenza política, llámelo vergüenza privada, personal».

Estas palabras y el reír descompuesto de Paúl agriaron de nuevo la conversación. Todos, menos el cura, que impasible y atento permanecía, dijeron algo (p.8261) para calmar los ánimos, y Lucila, encarándose con el andaluz, le soltó estas puntadas: «Caballero, deje usted en paz a los que vamos tranquilamente en este cajón del ferrocarril, sin otra idea que llegar vivos y sanos a nuestras casas, y póngase a predicar a los palos del telégrafo.. Vea cómo van pasando uno tras otro.. quiero decir, nosotros pasamos, y ellos nos miran quietos y calladitos.. Pero si usted les dedica sus parletas, ellos las transmitirán por los alambres a todos los confines del mundo, y eso va usted ganando».

Ante la bella señora se inclinó Paúl con respeto, y acató su donaire, pues era hombre de principios. «Yo, señora, hablaré con los palos del telégrafo si su hijo de usted me promete contar a las nubes lo que me ha dicho a mí. Cada uno es como es, y yo estoy en el mundo para decir verdades como puños, hasta que me oigan.. y me oirán, créalo usted. Tengo la voz muy gruesa, y unos pulmones grandísimos, y un corazón que descompondría la romana si quisieran pesármelo por arrobas.

-Lo que usted tiene -dijo Sebo envalentonándose, fiado en la erizada insolencia de sus bigotes-, es mucho tupé, pero muchísimo tupé.

-Pues usted, caballero -replicó Paúl-, lo tiene mayor que el de Sagasta; sólo que lo lleva en el labio superior, para infundir más miedo.

-Yo no provoco a nadie.. soy hombre de paz -dijo Portillo recogiendo velas y mordiéndose el mostacho como si quisiera comérselo-. Mi tupé consiste en cumplir con mi deber, sin meterme en dibujos.. Soy jefe de Sección en el Gobierno civil..

-Por muchos años -dijo Paúl con mueca que a Sebo le pareció infernal-. Por muchos años, no; por muy pocos, señor mío, porque no tardaremos en limpiarle a usted el comedero».

El cura sonrió, y Fabiana Jaime puso unos morros harto despectivos. Lucila requirió a su hijo para que arreglase maletas y mantas, pues ya se aproximaban a Las Rozas. Paúl, no queriendo terminar el viaje sin deshacerse de las ideas que congestionaban su mente, rompió en estas duras fanfarronadas: «Yo, que inicié la Revolución de Septiembre, trato ahora de (p.8262) sacarla del atasco en que la han metido estos traidores. No me paro en barras. Yo grito: 'Abajo la Monarquía llamada constitucional con sus atributos esenciales y su fausto escandaloso; abajo la Unidad católica con su clero oficial; abajo el Ejército activo con sus quintas y sus ordenanzas peores que la Inquisición; abajo el centralismo administrativo con su presupuesto absurdo y su burocracia insolente.. ¡Fuera el Código civil, que sanciona las iniquidades, el despojo y el acaparamiento de la tierra y sus productos! ¡Fuera el Código penal con su garrote vil y su cadena perpetua, negación del derecho a la vida y obstáculo de la ley de perfectibilidad que dignifica a los hombres y a la sociedad!.. Romperemos las tres cadenas del pueblo, que son: la Monarquía, la Iglesia privilegiada, el Código civil y penal. ¡Abajo lo existente y su antecedente! ¡Muera la historia!'.

-Caballero -dijo Lucila valerosa, creyendo interpretar el sentir de los oyentes-, eso que usted se trae sería obra de romanos para muchos hombres de buena voluntad; para usted solo es obra temeraria, que quedará en pura pamplina. Tal mudanza sólo puede hacerla Dios, y Dios no está por eso; al menos, no da señales de querer dar gusto a los revolucionarios rabiosos. Más bien tira del otro lado.

-Señora -respondió Paúl creciéndose al castigo-. Ya que habla usted de Dios, palabra que aún suena bien en boca de señoras, le diré que eso que yo llamo elGran Todo, o con más propiedad Lo desconocido, no toca pito en nada de lo que hacemos o dejamos de hacer en nuestro mundo. Sólo intervienen las fuerzas naturales, y estas, tratándose de política, ¿qué son más que el pueblo, el santo pueblo?».

Tapose el rostro Fabiana ruborizada de tales sacrilegios, y volviéndose luego al cura, que a su lado continuaba silencioso y risueño, le dijo: «Usted, Padre, contéstele..».

Y el Padre, dando al aire por primera vez en el curso del viaje su voz sonora, dejó a todos turulatos con esta rotunda declaración: «Estoy conforme con todo lo que ha dicho este caballero, con todo absolutamente». (p.8263) Asombro y escándalo de señores y damas. Paúl, radiante, alargó al clérigo su mano diciéndole: «Choque, choque».

Como habían pasado de Pozuelo, preparáronse todos para bajar del tren. Paúl guardó su gorra y se puso un sombrero blando de alas anchas. Su figura, sus patillas, su grueso chaquetón y su desgarro andaluz, dábanle las apariencias de un ganadero de toros.

En el andén apretujó la mano del clérigo, y este desapareció entre el gentío, llevándose sus bultos. Los señores de Portillo despidiéronse de Lucila con ofrecimiento de las respectivas casas, y el terrible demagogo cambió con Vicente palabras equívocas: «Hasta la vista, joven alfonsino. No le digo más. Soy Paúl y Angulo». Y el otro replicó: «Mi nombre es Vicente Halconero. Si me necesita.. Segovia, 3». Algo más querían decirse; pero de la multitud salió don Ángel Cordero con los hermanitos de Vicente, y este se entregó a la familia, desentendiéndose del jerezano, que en el mismo instante fue cogido por los brazos de dos amigos, Ramón Cala y Pepe Guisasola.

Al tomar nuevamente posesión de Madrid, la primera visita de Halconero ya se comprende para quién fue; y por cierto que no halló bienandanzas en su presunta familia. El joven Demetrio, alumno en la Academia de Toledo, había pescado en el Tajo calenturas malignas, y allá se fueron Gracia y don Santiago.. De mal talante estaba Pilarita, no sólo por la dolencia de su primo, sino porque con tal motivo hubo de aplazarse la boda. Para mayor desdicha, avanzado el mes de Octubre, la fiebre que el cadete padecía se agravó considerablemente. Demetria fue también a Toledo; las noticias que de allí venían no eran consoladoras. Pilarita encubría su destemplanza con la tristeza común a toda la familia.

«Me da el corazón -dijo a su novio un día, que debió de ser el de Santa Teresa (15 de Octubre) -, que no nos casaremos hasta San Eugenio. En nuestra boda comeremos las bellotas del Pardo. A mí me gustan; ¿y a ti? Pues.. a propósito de bellotas: ¿estás ya enterado de que al fin encontraron Rey? Sí, hijo; el (p.8264) Duque de Aosta, que antes salió fallido y ahora parece que cuaja. Dicen que esta vez va de veras. ¿Conoces a Montemar? Pues ése es el que lleva las negociaciones directamente con Víctor Manuel». Replicó Vicente que sería venturoso para España traer a reinar al caballeresco y liberal Príncipe Amadeo de Saboya.

«Pues venga de una vez y acabemos con la jaqueca de los candidatos -dijo Pilar pensando en su trousseau, que era muy bonito, pero que corría el riesgo de anticuarse si no tocaban pronto a casorio-. Yo te aseguro que las marcas de los almohadones, con palomitas entre las letras, son de una novedad estupenda. Lo mismo digo del rebozo de las sábanas.. ¿Pero en qué estoy yo pensando?.. ¿De qué hablábamos? Perdona, hijo: ya ves cómo está mi pobre cabecita.. Decíamos que el Duque de Aosta..

-Mi cabeza no anda más concertada que la tuya, vida mía, y cuando hablábamos del nuevo Rey don Amadeo, pensaba yo en las hermosas vistas de nuestra casa en Claudio Coello, con vuelta a la calle de Alcalá. Ayer estuve un rato en el balcón del chaflán contemplando el Retiro. Es una delicia. Se ve parte del estanque.. Se oye el rugido del león.

-¡Jesús, qué preciosidad! ¡El rugido del león! -exclamó Pilar, con centelleo de sus lindos ojos-. ¡Oír al león! ¡Qué acierto tuviste en la elección de casa! ¿Y cuándo, Vicentillo..? Ello ha de ser algún día, y vendrá ese don Amadeo, trayendo a España una paz deliciosa.. También te digo que mis dos vestidos de sociedad son elegantísimos, y que el blanco de boda me lo pondré un día de estos para que lo veas y te quedes bizco».

Con estas dulces tonterías iban pasando los tediosos días de espera.. En tanto, Vicente no se había olvidado del pobre Segismundo García, y en cuanto tuvo una mañana disponible se fue al extremo de Embajadores, seguro de hallarle en la barbería de Romualdo Cantera. Aún moraba en el cuchitril que este le cediera meses antes; pero comía fuera de casa. Dio Vicente algunas vueltas por el barrio, hasta que tuvo la suerte de encontrar al propio Cantera que de las (p.8265) Peñuelas subía. Aquel buen hombre y bravo miliciano, alegrándose mucho de verle y de serle útil, se brindó a llevarle a donde Segismundo mataba su hambre, que era la taberna de Tachuela, en la calle de Toledo, frente a la Fuentecilla. Como vía más expedita cogieron la Ronda, y a cada paso encontraba Cantera correligionarios y amigos con quienes, por exigencia de su popularidad, tenía que echar un párrafo.

El Cojo de las Peñuelas, que por tal mote se le nombraba, ejercía cierto apostolado político en aquellos barrios. A cuantos le paraban en la calle decía una palabra patriótica, pertinente al suceso del día. «Estén tranquilos.. Ese Rey italiano, ese Macarroni, no pisará las calles de Madrid». Subiendo por la de Toledo, frente al Matadero, el regatón de su pie de palo hería el suelo con fuerza, y al duro choque soltaba chispas el pedernal del empedrado de cuña. A su encuentro salían matachines y jiferos con los mandiles manchados de sangre; salían mondongueras hombrunas, vociferantes, y a todos atendía y arengaba: «No temáis. El patriotismo no se duerme.. Estaría bueno que dejáramos entrar a ese Aosta o langosta. Italianos a la ópera.. Españoles a la República».

En la taberna, que era la mayor y más lujosa del barrio, había poca gente. El tabernero, Joaquín Balbona, más conocido por Tachuela, con su chaleco de Bayona y sus manguitos de lanilla verde rayada de negro, campaba en el mostrador forrado de latón, y servía copas a dos paletos. Risueño y cortés, obsequió a los amigos con un par de chatos, y enterado del objeto de la visita, dejó el despacho, y guiando hacia un cuarto interior, echó dentro estas voces: «Mundo, aquí te busca un caballero». Pasó Vicente, y Romualdo quedó en el cuerpo principal del establecimiento, agregándose a un grupo de parroquianos bulliciosos.

Segismundo celebró con alegría franca la presencia de su amigo, y después de abrazarle, se dispuso a seguir comiendo. «No te convido -le dijo-, porque estas miserias no son para ti.. Ya ves: dos tajaditas de bacalao y un vaso de vino son hoy mi (p.8266) remedio. Me vengo a comer aquí porque este buen Tachuela me sirve por poco dinero, tan poco que no me cobra nada. Ya ves.. Pocos hombres he conocido tan magnánimos. A más de gran patriota, es el mejor discípulo de Marco Aurelio, y como este, no quiere acostarse sin poder decir: «hoy he hecho algo en provecho del prójimo». Con graciosa transición pasó el pícaro a diferente asunto.

«Te has sorprendido de verme otra vez con bigote. Sí, hijo: me quité la cara eclesiástica, que ya para nada me sirve. Conquisté a Donata.. Aproveché unos días en que llovió sobre mí algún dinero.. ya te diré cómo.. La perseguí de iglesia en iglesia, hice el papel de amante desesperado.. imité como un perfecto cómico los preliminares del suicidio.. Al fin cayó. En una casucha escondida de la calle de Santiago el Verde, vivienda de una mujer amiga suya, especuladora en caras de Dios, cilicios, reglas de San Benito y muelas de Santa Polonia, conocí a Donata, quiero decir, que apuré sus congojas de amor.. Es mujer arrebatada, y debajo de su misticismo apócrifo esconde un corazón bueno.. Torcida vive en una vida irregular y estrambótica, bajo la férula de Domiciana, de quien no puedo decir si es mujer desaforada, o bruja que ha descubierto untos maravillosos para darse olor de santidad. ¡Peste del diablo!.. Pues tres días tuve a Donata en mi poder, en silenciosos escondites de dos horas y media cada tarde. Al tercer día estaba dislocada por mí.. no exagero.. y la conciencia se le removió con el incendio de amor. Por cada ojo echaba un río de lágrimas, y abrazándome a mí con apretón tan fuerte que me trituraba los huesos, me decía: 'Yo deseo ser tuya por toda la vida que me queda. Quiero que nos unamos para siempre; pero antes debo limpiarme de mis grandes pecados para darte una esposa enteramente pura. No conozco aquí fraile ni sacerdote con autoridad para perdonarme. Segismundo mío, si tú puedes allegar algún dinero, con eso y con lo poquito que yo poseo de mis ahorros, reuniremos lo preciso para irnos a Roma y echarnos a los pies del (p.8267) Padre Santo, pidiéndole un perdón general para los dos.. perdón que de fijo tendríamos, y con él la licencia para casarnos santamente y ser los más felices, los más meritorios siervos de Dios'.

Yo le contesté así, mutatis mutandis: 'Donata hermosa, mujer escogida, corazón sublime, yo haré cuanto quieras por lograr el bien inefable de la unión contigo. Mi anhelo es que juntos vivamos y muramos. Mas para proporcionarme esa cantidad que dices, necesitaré robarla.. no podré proveerme de metálico más que por un hurto, más bien estafa picaresca y sutil. Y como eso sería, bien lo comprendes, añadir un pecado a los muchos y gordos que habremos de llevar a Roma, tú me dirás si aumentando la carga no corremos el riesgo de que se dificulte el lavado de nuestras almas..'. Quedó ella perpleja, sumida en meditaciones, y llegado el momento de la separación, me despedí hasta otro día; y ello fue la del humo, querido Vicente, porque di por terminada mi aventura, y no volví. Como yo tuve buen cuidado de no darle las señas de mi casa, se acabó todo.. Yo no había pretendido más que un triunfo sin consecuencias. Llegué, vencí, y a mi camaranchón a continuar viviendo la Historia de España».

 

Ep-42-XXI -

Condolido del mal traer de Segismundo y admirado de su ingenio, Halconero volvió en su busca al siguiente día, convidándole a un buen almuerzo en casa de Botín (Cuchilleros) . El generoso amigo no se contentaba con matarle el hambre atrasada: era su propósito repararle totalmente, vestirle, devolverle a la familia y a la sociedad, para que tan lucido talento no se anegara en los remolinos de la plebe. No se mostró el perdulario muy conforme con aquel plan. En más estimaba su libertad, según dijo, que todos los bienes del mundo, y más dichoso le hacía el vulgo bajo que los demás vulgos que componen el conglomerado social. Sin hacer caso de estos coqueteos filosóficos, Vicente seguía en sus trece. Por de pronto, y mientras requerían un sastre que vistiera al desnudo, el amigo remedió a este con su ropa (p.8268) decorosamente, cosa bien hacedera, pues ambos tenían la misma talla y anchuras.

Pensaba Halconero solicitar la intervención del Marqués de Beramendi para reconciliar al pícaro con sus padres; pero antes de que lo intentara, le disuadió de su buen propósito el propio Segismundo con su desatinada conducta. En los primeros días de Noviembre, fue a visitarle en su vivienda de Corinto. Allí estaba el hombre afanado entre papeles y libros, que desordenadamente cubrían la mesa y parte del camastro. Sorprendió a Vicente ver a su amigo vestido con los pingajos que llevaba sobre su cuerpo el día del almuerzo en Botín, y antes que le pidiera explicaciones, Segismundo las dio terminantes con estos donosos conceptos:

«Ya, ya.. Te asombras de no ver sobre mí las hermosas y casi nuevas prendas de vestir con que me obsequiaste. ¡Ay, querido Vicente! Si otra vez cubren mi esqueleto estos innobles guiñapos, débese, no a mi descuido, sino a mi acrisolada honradez. Sabrás que el parné que me diste para mi bolsillo tuve que traspasarlo al de unos feroces logreros, que me facilitaron fondos este verano con el módico rédito de una peseta por duro cada mes.. Aquí donde me ves, pobre y casi desnudo, soy esclavo de mi palabra, cumplidor fiel de mis compromisos.. Apenas llegó a mi bolsillo tu dinero, no pensé más que en pagar; pero como no me bastaba, ¿qué hice? pues depositar la ropa en los archivos de Peñaranday volver a ponerme la vieja, con la cual, dígolo sin intención de molestarte, me encuentro muy a mis anchas, y en la plenitud de la holgura y comodidad».

No sabía Vicente si reñir a su amigo o perdonarle, atendiendo al sinfín de desdichas que sobre él se acumulaban. Segismundo se hizo más digno de compasión, prosiguiendo así el relato de sus calamidades: «Pues no bastando lo que por tu ropa me dieron en las mazmorras de Peñíscola, me puse al trabajo, que en estaapartada orilla no deja de ser productivo. Yo me levanto muy temprano, y después de leer los Diálogos Socráticos de Platón, o las (p.8269) Tusculanas del amigo Marco Tulio, me pongo a trabajar. Verás en qué. Tengo un parroquiano, sacerdote muy ejemplar, pero más bruto que las bolas del Puente de Segovia, que se gana el cocido predicando en los pueblos de Parla, Fuenlabrada, Griñón y otros de esta ilustrada provincia. Es un zote incapaz de toda sintaxis y de toda literatura. Nos conocimos vagando en Gilimón; tuvo la sinceridad de confesarme sus dificultades para componer los sermones; brindeme yo a socorrerle de gramática y fraseología, y al fin convinimos en que yo le sacaría de apuros por el estipendio de diez reales cada pieza oratoria. El hombre quedó contentísimo, y yo más, pues con esa corta ganancia he podido bandearme en mis borrascas de verano y otoño».

Diciendo esto, Segismundo revolvió con nerviosa mano los papeles que en la mesa y en la cama tenía, y encontrando algo de lo que ansiaba mostrar a su amigo, le dijo: «Para que veas cómo las gasto en el arte de la sagrada oratoria, emulando a Bossuet, a Fray Luis de Granada y demás órganos del Espíritu Santo, aquí tienes los cartapacios de sermones que escribí para ese bienaventurado.. Este es el que le hice para la fiesta del Rosario en Torrejón de la Calzada.. Leeré yo. Hago el elogio de Santo Domingo de Guzmán, y digo.. Escucha: 'Contra los infames albigenses luchó Domingo, y salió victorioso. ¿Con qué armas? Con la persuasión, con la oración, con la santa y dulce caridad; charitas gladium.. Y en memoria de triunfo tan grande, instituyó el Santo Rosario, que los píos fieles practican y practicarán hasta el fin de los siglos; solvet saeclum..'. Y más adelante: 'Apareció Domingo en medio de las tinieblas de la herejía, y con encendida antorcha las disipó.. Dios bendijo tu santo Instituto, Domingo..'. Le trato con esta confianza, tú por tú, porque así es costumbre en la literatura sermonaria».

En esto, la puerta se abrió con estridente ruido, y en su hueco apareció una bestia feroz con trazas de mujer, desgreñada, bigotuda, alta de barriga, baja de pechos y estos colgantes como pellejos (p.8270) puestos a escurrir, los ojos bizcos, la trompa encarnada, la boca torcida y los pies en chanclas astrosas, vestida de sucio y armada de una escoba; bruja, en fin, truculenta, la cual echó de sus fauces estos desaforados gritos: «A ver, don Chirimundo, si me deja libre el cubil para tan siquiera un barrido. ¿Qué hace ahí nadando en papelorios, escribano de los demonios?.. Salga, que van tres días sin arreglarle el cuarto..». Y esgrimiendo la escoba sobre las cabezas de los dos amigos, exclamó: «¡A ver si va a poder ser!

-Anda, Vicente -dijo Segismundo levantándose-; vámonos, que esta loba viene hoy de malas.. ¡Ah, Señángela, si fuera yo hombre de trabuco en vez de ser hombre de pluma, ya la había puesto a usted patas arriba!.. Hala, Vicente, a la calle, para que mi harpía me limpie el chiquero». Y como aún tardaran en salir, porque Segismundo se detuvo a recoger papeles, la loba volvió a blandir la escoba, rugiendo con mayor coraje: «¡A ver si va a poder ser!

-Ahí te quedas, morcón infernal -dijo-. Por burla te llamanSeñángela.. Ya nos vamos; no pegues..».

Y como en el angosto pasillo, y bajando por la escalera desvencijada, continuara Segismundo denostando con bromas agrias a la mujerona, salió esta y descargó un escobazo en el barandal de la escalera, repitiendo su aullido: «¡A ver si va a poder ser!

-Ahí donde la ves -dijo Segismundo a su amigo cuando cogían la calle-, es buena y me quiere.. Su fealdad puerca sirve para espantar a mis enemigos. Hace días, cuando vinieron a sofocarme los forajidos mensuales, a peseta por duro, la Señángela salió con su escoba, y uno fue rodando por las escaleras, y al otro le puso un ojo como un tomate. Estos bárbaros contrastes no hallarás fuera de los barrios pobres, donde labra hoy sus madrigueras el genio brutalmente paradójico de la raza. Pasearemos un poco, y para evitar el encuentro de pelmazos y preguntones, vámonos hacia los terraplenes que dominan el Gasómetro, lugar solitario, donde podremos filosofar a nuestras anchas..».

Aunque en aquella (p.8271) dirección no faltaron amigotes de Segismundo que les detenían y molestaban, Cheparunda y el Mosca, no les fue difícil sacudírselos, y hallaron al fin un grato aislamiento. Dijo Vicente que mientras no saliesen maestros o apóstoles que aleccionaran a la muchedumbre, y en ella infiltraran el sentido práctico, el vecindario del Sur sería un peligro para la paz pública. A esto replicó Segismundo que él, estudiando día y noche el sentir hondo y el vago pensar del pueblo, había sacado esta enseñanza: Como en las grandes crisis políticas de nada sirven las ideas si no vienen vaciadas en pasiones ardientes, la plebe del Sur cumplía muy bien su misión de poner al fuego las ideas para que hirvieran, y con su hervor fuesen cauterio del cuerpo social. La semilla lanzada por filósofos y pensadores no germina sino cuando cae en los cerebros y en las almas de los que más directamente soportan el mal humano, de los mal comidos y semidesnudos, de los que soportan todas las cargas y no gozan de ningún beneficio.

«Es cierto -dijo Vicente-; mas para que de las revoluciones salga vida eficaz, es preciso que se casen y procreen la fuerza pensante y la mecánica o impulsiva. De otro modo, todo es barullo estéril.

-Convenido.. pero yo te digo que las fuerzas mecánicas están ya fecundadas por la idea, ¡bendita vesícula!.. Y el nuevo ser vendrá. Tú lo has de ver, Vicente.. Y ahora gocemos de este delicioso sitio. Sentémonos en este sillar, que nuestra imaginación, ya que no nuestras nalgas, convertirá en diván blandísimo; respiremos este polvo, y contemplemos las pintorescas basuras que por todas partes esmaltan el suelo y los edificios. Esparce tu vista a un lado y otro, y abarcarás un soberbio escenario, digno de sublimes dramas históricos. A la izquierda verás el caserío de las Peñuelas, que si humilde en la realidad, en nuestra retina se vuelve grandioso; a la derecha se destaca la hinchada cúpula de San Francisco, llamado el Grande, porque es algo menos que chico. Bajo aquellas bóvedas y techos pasaron a mejor vida multitud de (p.8272) reverendos frailes en el zafarrancho que tuvimos el año 34.. Vuelve los ojos a esta otra parte y verás la Fábrica de Tabacos, que alberga la comunidad de cigarreras, alegría del pueblo y espanto de la autoridad. Si miras a lo lejos, verás el lindo telón de la Sierra y las enramadas que bordan las orillas del Manzanares, risueño y pobre.

-No niego que este paisaje tenga cierto encanto -dijo Halconero-. No es bello; es majo. Los guiñapos y el sol le dan su colorido picante, y debe su majeza al desperdicio de las alegrías de Madrid, que caen todas hacia esta parte.

-Yo te aseguro, Vicente mío, que aquí me acomodo como una joya en su estuche. ¿Consistirá el encanto de estos arrabales en que a ellos vienen, como tú dices, las barreduras de las ideas y de los placeres de Madrid? Sea como quiera, yo amo esta vertiente, y la prefiero a lo de arriba, donde todo es artificio, importación y farándula.. Pues reflexiona conmigo, y considera el sinnúmero de vidas españolas que alientan debajo de esos techos, debajo de los tenderetes y cobertizos que vemos desde aquí. Si pudieras examinarlas una a una, como yo, verías que particularmente y en conjunto todas esas almas abominan de los que nos traen ahora un Rey extranjero, un nuevo Botellas, aunque no sea bebedor; unIntruso, aunque venga por votos de 171 caballeros, si es que al fin tienen pecho para votarlo.. Pues yo te digo que nuestra insigne plebe está cargada de razón, porque la razón no es privilegio de los leídos y escribidos, sino de los que conservan pura en sus entrañas bárbaras la fundamental idea de Patria y Libertad.

-Sobre esto no discutamos, Segismundo. Tú eres un hábil paradojista; tu ingenio escamotea las verdades.

-Yo estudio aquí la vida española en su estado elemental; yo veo lo que no ven los de arriba, engañados por su ambición, que sin quererlo ni pensarlo es la medula de su pensamiento. Esos.. los hombres llamados públicos, los unos calvos y con lentes, los otros barbudos o con bigote y perilla, desconocen la vida elemental de España. El leer sin ton ni son libros o (p.8273) revistas extranjeras; el parlamentar como cotorras, han hecho de ellos hombres artificiales. De buena fe algunos, otros con las picardías que les sugiere su ambición de provechos personales, han llegado a suponerse poseedores de la clave política, y lo que poseen es un bastón como los que llevan los ciegos para guiarse en las tinieblas.

-Metafísico estás.. Que me maten si te entiendo.

-Te lo explicaré mejor. Con la mano puesta sobre el corazón del pueblo, yo he meditado en el problema político; ya veo muy claro que la Gloriosa de Septiembre fue tan sólo el acopio de materiales para la revolución que piden a voces el alma y el cuerpo de nuestra raza. ¡Y ahora, de lo que no es más que preparativo, queremos hacer un estado permanente! ¿Has visto que todo el país se sacude y se agita con una exaltación formidable? Pues esa exaltación, esa fiebre, significan que España se siente dentro del período épico; sus convulsiones son la lucha contra los que quieren ahogar esa situación épica.. Dime, ¿las revoluciones de los grandes pueblos, como Inglaterra y Francia, no son epopeyas? ¿Tú, que has leído tanta historia, no lo ves así, o es que a fuerza de leer has llegado a embotar tu entendimiento, y este acaba por ser pura curiosidad que se deleita en la superficie pintoresca de los grandes hechos humanos?».

Vicente le miraba sin chistar, y el pícaro prosiguió así:

«El pueblo español quiere constituirse en estado de epopeya, y no lo dudes, en prólogo épico estamos. Pronto aparecerá lo que faltó en las abortadas revoluciones del 54 y del 68: el elemento trágico. Si quieres ilustrarte sobre la fatal necesidad de la tragedia, lee las páginas inéditas del divino Confusio, que supo reconstruir el movimiento sedicioso del 20 al 23, rematándolo con el toque felicísimo de llevar al patíbulo a Fernando VII. Lee en historias verídicas el suplicio de otros tiranos, Carlos I de Inglaterra y Luis XVI de Francia, y verás que, para que tenga su natural desarrollo la epopeya hispana del siglo XIX, hemos de sacrificar altas vidas; que estas vidas han de ser inmoladas para dar (p.8274) cumplimiento al trágico designio de la fatalidad histórica.. Y esta nos dice con acento de oráculo infalible: ¡Españoles, matad a Prim!».

 

Ep-42-XXII -

Oída esta barbaridad, se levantó Vicente enojado y nervioso, diciendo: «Basta, Segismundo; hasta aquí llegaron las paradojas, las bromas o epigramas picarescos. Vámonos de aquí».

Dio algunos pasos, pisando cascos de loza y vidrio, cortezas de naranja y cáscaras de piñones, mezcladas con el polvo y con escoria de fraguas. Tras él fue el amigo parafraseando sus últimas palabras: «Oye, Vicente; aguarda. ¿No somos literarios? ¿No tienes tú, como yo, atiborrado el cerebro de bellezas históricas y poemáticas? ¿No somos estéticos o amantes de lo bello? ¿Pues quién más hermoso que Julio César, envolviéndose en la toga, cuando cae traspasado por la espada de Bruto?.. Yo, bien lo sabes, soy incapaz de matar un mosquito, y al decir que Prim morirá, no hago más que reproducir el latido trágico de esta epopeya que viene, que avanza.. Sus pisadas hacen temblar la tierra.. Prim es el tirano; Prim quiere traernos esta pamplina del Rey constitucional, que reina y no gobierna; del Rey pantalla, tras el cual seguirá él gobernando y haciendo su voluntad.. Esta traída de un italiano es como petardo puesto en el corazón del pueblo, que no conoce de Italia más que a los infelices saboyanos que vienen acá con arpas y organillos.. Fíjate.. toda la gente brava de estos barrios está que trina; no hablan más que de traición, de venta de España, y cada techo alberga un ciudadano que si no tiene trabuco, lo compra..

-Eres tú más literario que yo -dijo Vicente, que sin saber por dónde iba, se metió en las Américas-, y tienes la cabeza llena de lugares o temas estéticos, que no podemos aplicar a la vida real.

-Yo fui libresco; pero hace tiempo que me volví humanesco; he pulsado la vida, y mis libros son el pueblo. ¿Quieres instruirte en mi biblioteca? Pues vente a menudo acá, no de día, sino de noche, que nocturno es el culto de la Demagogia. No verás aquí masones con embeleco sacerdotal, sino hombres bien (p.8275) bragados con trabuco.. Estamos en el Rastro: si quieres adquirir trabuco, carabina o pistolones, yo te llevaré a donde te sirvan lo bueno.. Para el estudio ven de noche, como te digo. Iremos al templo de Tachuela, que ya conoces; subiremos luego hasta el santuario de Antón Martín, donde hay cada misa cantada que tiembla el misterio».

Replicó Vicente que no gustaba de tales templos. Hablando del pueblo, dijo que reconocía su poder anímico, pero que las multitudes, movidas por la pasión o por la idea pasional, no podían dar de sí nada bueno si no eran regidas por un maestro, por un pastor inteligente.. «Esto nos lo dice el sentido común.. y la literatura.

-Aquí tenemos gente arisca y resuelta -dijo el pícaro-; corazones que aman la Patria y quieren servirla.. pero como cabeza no tenemos más que la de don José, a quien los más siguen y obedecen».

Comprendiendo Vicente que aquel don José, rabadán del rebaño patrioteril, era Paúl y Angulo, refirió a su amigo cómo le había conocido en el tren, y le calificó de tarambana y valentón de boquilla.

«Yo tengo a Paúl por hombre de talento y de corazón -dijo Segismundo-. El odio que ha tomado a Prim, no sé por qué, lo ha convertido en grito de guerra. Discurre bien cuando tiene la cabeza fresca; pero si se excede un poco en los chatos que suele tomar, ya le tienes perdido.. Yo he visto en él rasgos de bondad admirables; le he visto también pasar de la dulzura de carácter a la grosería más soez. Por una palabra inocente se dispara, y al que le contradice le provoca y le desafía.. Es gran tirador: yo recomiendo a sus amigos que no le hagan caso cuando le vean alumbrado por seis o siete copas, porque si van con él al terreno los despacha para el otro mundo en un decir Jesús.

-Rebaja un poco de la ferocidad de don José -dijo Halconero-. Esos valientes, conchatos o sin ellos, se acaban cuando les sale un hombre de dignidad que les arrea un par de bofetadas.

-Puede que tengas razón -indicó Segismundo-; pero hasta ahora, que yo sepa, ninguno le ha parado los pies al jerezano. (p.8276) En cambio, le he visto muchas noches en Antón Martín completamente sereno, diciendo la misa demagógica con gran sentido, y afinando bien la puntería.. A mí me quiere.. tiene debilidad por mí.. Se ha empeñado en llevarme a su periódico El Combate, que se imprime en la Plaza de los Mostenses: allí tiene la redacción, con un trabuco detrás de cada puerta.. Pero no me doy a partido.. Aunque don José me ofrece un sueldo, no acabo de convencerme. Temo que ofrezca y no pague.. y yo con mis sermones me defiendo y gano cuartos; que mi parroquiano el cura don Trinidad es tan mal gramático como buen pagador».

Decían esto parados en la esquina de las Amazonas, donde acordaron separarse, el pícaro para ir a su comedero, la taberna de Tachuela; el otro en dirección de su casa. «Sí, chico -dijo Halconero-: no vayas al Combate, quédate por acá, en la dulce vida libre, escribiendo sermones.. y yo te encargo uno dedicado a Santa Catalina, pues para esa fecha se ha fijado mi boda.. aplazada ya dos veces. Y en pago de ese sermón toma cinco duros».

Cogió Segismundo la moneda de oro, y ademán hizo de besarla guasonamente. «Dios te lo pague y te lo aumente, amigo del alma; y queCatalina.. con esta confianza trato yo a todos los santos del Cielo.. que Catalina te traiga en su día una buena boda, y asegure tu felicidad con masculina sucesión.. Adiós, adiós».

Siguió Vicente por la cabecera del Rastro, sumergido en vagas meditaciones. El pueblo español padecía de una honda enfermedad del juicio: loco estaba el Patriotismo, loca perdida la Libertad, y el año venía con una sarta de locuras trágicas engarzadas una en otra, como cuentas de rosario. Perdido de la cabeza estaba Segismundo, rematados Paúl y los brutos que le seguían.

Pero aún tenía que ver otro ejemplo vivo del desbarajuste mental de la sociedad, y ello fue al pasar por la calle de los Estudios. Absorto quedó ante un caballero y una señora que hacia él venían de bracete. La mujer era Donata; en el galán reconoció al clérigo que había tenido por compañero en el (p.8277) ferrocarril desde Burgos a Madrid.. Al apartarse para dejarles la acera, se fijó en el sujeto. No podía dudar; era el mismo: alto, guapo, con traje obscuro de paisano, la cara sin afeitar, no por desaseo, sino por determinación de dejarse la barba. Pasaron.. El caballero sacerdote saludó a Vicente con expresivo sombrerazo, y la graciosa beata volvió su rostro hacia la pared, para ocultar el pavo que hasta la raíz del pelo le subía..

Detúvose Halconero para verles de espaldas, y advirtió que se entretenían ante las tiendas que en la tal calle exhiben el tráfico de baúles y maletas, y examinaban el género con atención que delataba tendencias emigratorias. «Estos pájaros -pensó Vicente- rompen por todo, y para vivir a sus anchas quieren cambiar de aires..». Lo primero que hizo el joven al llegar a casa fue contar a su madre lo que acababa de ver, y Lucila, soltando la risa, le dijo: «Yo también les he visto esta mañana en una tienda de Santa Cruz. Me quedé pasmada, y él me reconoció, saludándome con una reverencia.. Ella se probaba un abrigo, un sobretodo para viaje. No sé si al fin compraron, porque yo me marché.. Dirás tú que ella y él son un par de sinvergüenzas. Yo me callo.. no, callar no.. yo te digo que si predicáis y pedís libertad, esta no ha de consistir tan sólo en dorar las cadenas. Y otra cosa te digo: «La libertad menos mala es la que no tiene tratos con la hipocresía».

Almorzaron; llegó a la sobremesa Enrique Bravo, y suscitada conversación sobre el mismo asunto, el amigo dio más informes de la pareja sacrílega, pues al clérigo conocía, y dos días antes habló con él largamente. Llamábase don Andrés de Romeral; era hombre de mérito, pues en su espíritu se juntaban la doctrina severa y la dulce amenidad. Descolló en estudios teológicos, fue brillante alumno del Sacro Monte; después ganó en lucido certamen la Penitenciaría de Burgos. A estas evidentes galas del cacumen añadía Romeral su destreza en tañer la guitarra, su gracia para contar chascarrillos, su don de gentes y el despejo que en el comercio social mostraba. Amores (p.8278) tuvo con Donata, en tiempos no remotos que el narrador no podía precisar; sólo sabía que la ecuménica le guardaba fidelidad relativa en el sagrario de su corazón.

Los vientos de libertad trastornaron a don Andrés; se sentía varón, y de añadidura guapo, y dotado de espirituales atractivos. Viviendo y pensando, fue a dar en la tecla de hacerse protestante, que era un pastoreo compatible con los melindres de la carne. Hombre de recia voluntad, no se anduvo en chiquitas para su apostasía. Rompió con la Iglesia como quien se despoja de un calzado molesto, y de la noche a la mañana, pisando hablillas y dándosele un ardite de la disciplina, hizo su evolución. «Porque esto, querido Vicente -añadió Bravo-, no es más que la evolución natural de las conciencias, conforme a los grandes principios de Septiembre. Romeral, según me ha dicho, se irá uno de estos días a Gibraltar con su coima. Allí se casarán, y luego.. América es grande.. Las paletadas de la hélice de los vapores, pim, pam, cantan: «¡Libertad, libertad!».

Horas después, cuando acompañaba Enrique al amigo hasta la casa de su novia, hablaron de otra evolución no menos extraña que la del cura Romeral, sólo que era en sentido contrario. A los oídos de Vicente había llegado el rumor de que Bravito evolucionaba resueltamente hacia la Monarquía. Interrogó el amigo al amigo, y este, con gallarda valentía y sinceridad, confesó de plano. Se había visto constreñido a la defección por los aprietos de la vida, que ahogaban las ideas. «Las ideas no dan de comer, ni con ellas se paga la pensión de una madre loca recluida en un manicomio, ni se atiende a un padre paralítico, y a tres hermanos pequeños que necesitan educación.. amén de otras mil urgencias que le agobian a uno.. y atrasadas trampas que crecen como la espuma». Esclareció su informe declarando que al cambio de casaca le había llevado su amigo el Gobernador don Juan Moreno Benítez, íntimo de Prim, y uno de los hombres más simpáticos y más caballeros de la situación.. Según dijo Vicente, corrían voces de que el (p.8279) corredor o intermediario entre Bravito y Moreno Benítez había sido Ducazcal. Negolo el interfecto, agregando que aunque era amigo de Felipe, ni este medió en el asunto, ni el paso atrás significaba ingreso en la temida y execrable Porra. Terminó Enrique su confesión, manifestando, como descargo de conciencia, que la traída de don Amadeo al trono de España, era una solución conciliadora, que satisfacía por el pronto los anhelos democráticos del país. «Contentémonos con lo posible, y no vivamos en la expectación de ideales utópicos. El don Amadeo, según dicen, es un Príncipe liberal, y con él tendremos un monarquismo templado, que casi casi será una República coronada, a estilo de la Monarquía inglesa».

Esto decía Bravo, entrando ya en la calle del Barquillo, cuando vieron los amigos que hacia ellos venían las ecuménicas, ya reducidas a dos por la voltereta de la ojerosa y sentimental Donata. Con súbito presagio, al recibir de frente el flechazo siniestro de la mirada de Domiciana, dijo Halconero: «Alguna desgracia nos anuncian las dos Parcas que quedan».

Pasaron moviendo con sus negras faldas una ola de aire, no tan frío como el acero de sus miradas. Bravo dijo: «La corneja mayor, la infernal Domiciana está que echa lumbres por la fuga de su compañera.. Cree que tú y Segismundo habéis tenido alguna parte en la captación de Donata y en su traspaso al cura Romeral.. Ha intentado echarle la zarpa y volverla a su esclavitud.. Sabe que Romeral anda en amistades con Paúl y Angulo, y no se ha recatado de hocicar con este.. Me consta que Paúl la mandó a paseo. Lo sé por Montesinos y Gabiola, amigos íntimos del jerezano». Replicó Vicente que si odiosa era para él laecuménica, no lo era menos, por otro estilo, el desaforado, el vesánico Paúl.

Por sucesivos encadenamientos lógicos hablaron de política, y convinieron en que la elección de Rey en las Cortes sería un capital acontecimiento, y un nuevo triunfo que Prim apuntaría entre los mejores de su vida heroica. Y por otra lógica derivación del diálogo se trató de la boda. Dijo (p.8280) Halconero con alegría franca que ya no habría más aplazamientos. Mostrose Bravo delicadamente envidioso de tanta ventura. En esta sociedad formada de mogollón y a puñetazos, unos lo tenían todo, otros nada. La desamortización no había hecho más que cambiar los términos de la desigualdad. Aumentaba el número de ricos, y en las clases inferiores aparecía un nuevo grupo miserable, que era el proletariado de levita y botas de charol. Para esta infeliz caterva social, no había otro refugio que la burocracia. Las oficinas eran conventos modernizados en que hallaban techo y sopa los segundones de esta edad funesta.. A la burocracia o pan-funcionarismo había que atenerse.

«¿Sabes lo que me ofrecen por mi resellamiento? -añadió Bravo casi con lágrimas en los ojos-. Pues la secretaría de un Gobierno de provincia, o un destino en Cuba, a elegir. Aunque no siento ganas de pasar el charco, quizás me convenga alejar de Madrid todo lo posible este oprobio que me han traído mis desgracias.. Querido Vicente, estoy pasando amarguras de que tú, el mimado de la suerte, no puedes tener idea. Ya no entro en ningún café, ya no voy al teatro.. El temor de encontrar amigos que me zahieran o me insulten, me retrae de la sociedad que siempre fue más de mi gusto..».

El bondadoso Vicente le dio ánimos y consuelo. En España tenemos un singular rocío de olvido, que desciende benéficamente del cielo sobre las inconsecuencias políticas, y las hace desaparecer sin que quede rastro de ellas.. Se despidieron al fin, quedando en verse a la noche siguiente, cuando Halconero saliese de la casa de su novia. A la misma hora saldría Bravito del nido en que tenía la suya, una linda muchacha, con quien estaba casado en vigésimas nupcias por detrás de la iglesia. Si admitía el destino en Cuba, la llevaría consigo.. Como la tal moraba en la calle de Regueros, se reunirían los dos amigos a lo largo de la del Barquillo, a la hora bien determinada, y se irían a parlotear a una extraviada chocolatería, donde no topasen con ser viviente de los que causaban (p.8281) espanto al desdichado Bravito.

Así lo hicieron: las diez y media serían cuando Halconero y Bravo iban de pájaros nocturnos por la calle de San Mateo, de la cual pasaron a la de la Palma. Pero con tal desdicha o mala intención guió sus pasos la fatalidad, que huyendo del perejil cayeron en él de cabeza. Todo les salió al revés de lo que pensaban, y donde creyeron encontrar paz, hallaron querella y bronca. Iba diciendo Bravito: «En esta calle, un poco más allá, tenemos una chocolatería que por lo tranquila es una sucursal del cielo», cuando se vieron interrumpidos en su marcha por un tropel de gente bulliciosa, que de la Costanilla de San Andrés desembocó en la calle de la Palma. Eran unos ocho, lo más diez sujetos; pero alborotaban por ochenta.

No les valió a los amigos detenerse para dejar paso libre al tumulto. Venían dos delante como batidores, embozados hasta los ojos; los demás en desorden, graznando y riendo, con alegría tabernaria. Pasaron los primeros. De los que seguían se destacó uno que, reconociendo a Bravo, le abordó con burlas y ademanes descompuestos: «¡Hola, don Gaita o don Judas!». Y otro se arrimó también desembozándose, y dejó ver un rostro inyectado de sangre y unos ojos chispos. De los pliegues de la capa salió el cañón de un trabuco, y de la boca del hombre este disparo: «Dile al traidor Sagasta que esta noche le vamos a descacharrar la Porra.. dale el recado de mi parte, de parte de Paco Huertas.. Ya me conoce». Y vino un tercero y dijo: «Eres Bravo el vendido.. So monárquico, ¿ya no saludas a los que fueron tus amigos? Yo soy Paco Robles, y te desprecio».. «Sigan su camino -gritó Halconero-, y déjennos en paz».

Uno que a distancia iba ya, retrocedió en aquel instante, y plantándose en el grupo dejó ver su faz picada de viruelas, sanguinosa, sus gafas azules, su aire bravucón y desenvuelto, sin capa ni trabuco, con sólo un palo que esgrimía para marcar con acento irónico y brutal estas roncas palabras: «¡Caray, si son los niños de la aristocracia del pavo!.. ¿A dónde vais, paví-paví? ¿Sois de la Porra? (p.8282) ¿Besáis el faldón sucio de Felipe Ducazcal? Tú, Halconerín, no andes en compañía de este lambión.. Tú eres rico, tú harás carrera, por tener madre guapa. No hay como gastar madre hermosa para echar buen pelo.. Por el marido de tu madre te llamas Halconero.. pero nadie, ni ella misma, sabe de quién eres hijo».

Con terrible rugido se abalanzó Vicente hacia Paúl, y sus manos casi tocaron el pescuezo del jerezano; pero este se apartó con viveza, soltando carcajada de insolente desprecio, y rodeado de algunos de los suyos, siguió calle adelante. Quiso Halconero correr tras él.. El llamado Huertas le detuvo con vigorosa mano, gruñendo así: «Aguántate, niño, y sigue tu camino».. Pero el pobre caballero, fuera de sí, trataba de desasirse de Huertas y del mismo Bravo, y no cesaba de gritar con toda su voz: «¡Canalla, cobarde, borrachín.. déjame arrancarte esa lengua asquerosa!».

 

Ep-42-XXIII -

Solos al fin Halconero y Enrique, este seguía encadenando con sus dos brazos al amigo, que, poseído de frenética indignación, no se arredraba ante el número y fuerza superior de la mesnada de Paúl. «¿Pero estás loco? ¿Qué podemos nosotros contra esa cuadrilla de bárbaros armados de trabuco? ¿Traes revólver?.. ¿No?.. Pues yo sí, y no lo saqué, porque de nada me habría servido.. Cálmate, y reflexiona. En rigor, no debes considerarte agraviado por las palabras soeces de un hombre que trae esta noche dentro del buche una bodega tan grande como las que tuvo en Jerez. ¿Qué adelantas ahora con provocarle si él había de poder más que tú?.. Lo que te digo. Las injurias de ese botarate no deshonran más que al mismo que las pronuncia».

No cedía la furia de Vicente; pero la descomunal tensión muscular y nerviosa tocó a su fin, y el hombre habría caído al suelo si su amigo no le sostuviera. «Busca donde pueda sentarme», murmuró Halconero, agotado el aliento.. La iglesia de Maravillas les ofreció los escalones de su puerta berroqueña, y allí se sentaron los dos. «Descansa; vuelve a la razón -le dijo Bravo-. Podemos retar a un enemigo insolente; (p.8283) pero a un loco de atar no.. Y un loco embriagado carece de personalidad». «Pues que lo diga -replicó Halconero, con respiración-. Declárese irresponsable; eche la culpa al vino.. cante la palinodia.. y pida perdón..

-Eso no lo hará. Es tan soberbio como provocativo. Buscaremos la intervención de amigos suyos de los más adictos, como Balbona, Montesinos, Quintín, y no será difícil que consigan de ese bruto una explicación franca».. Sosteniendo su cabeza con ambas manos, perdida la mirada en la obscuridad de la calle, permaneció Vicente como esfinge un mediano rato sin dar respuesta al amigo. Este oyó al fin palabras dichas con estoica frialdad. «Déjate de pasteleos indignos y de parlamentar con facinerosos. Mañana, tan seguro como hay Dios, busco yo al miserable que me ha ofendido, y él y yo solos ajustaremos esta cuenta.

-Considera, querido Vicente, que estás a punto de casarte..

-Yo no me caso si antes no mato a ese hombre, o me mata él a mí. Me ha herido en lo más vivo del alma. Con cien vidas de él no quedaría mi honor bastante satisfecho.. ¿Qué hora es? Será muy tarde. Las once y media escasamente.. No te empeñes ahora en llevarme a cafés o chocolaterías.. No podré distraerme con nada, ni comer ni beber.. Dentro de mí se ha metido de repente una idea, un bulto, un mundo.. no sé cómo decírtelo; y mientras no eche de mí esa idea, esa pasión o lo que fuere, mi existencia está interrumpida. A donde voy ahora es a mi casa.. y no a dormir; me será imposible. Quiero estar junto a mi madre.. sentirla cerca de mí aunque no la vea..».

Poco después, andando los dos taciturnos hacia la calle de Segovia, que era largo camino, Vicente rompió el silencio para decir a su amigo: «Cuidado, Enrique; cuidado con contar a mi madre el suceso de esta noche. Desde ahora te advierto que si hablas de esto a mi madre, perderás el único amigo que te queda.. Más te digo: seré tu enemigo irreconciliable». Con medias palabras prometió Bravo callar, y al despedirse dejó en la puerta su promesa vaga, y se (p.8284) retiró con sus reservas hondas.

En vela estuvo Halconero toda la noche, viendo la inmensa procesión que no acababa de pasar por dentro de su espíritu; procesión de agravio recibido, de honor no satisfecho, de amor a su madre, de odio a su enemigo, del forzoso escarmiento que había de seguir a la soez injuria. Examinándose a sí mismo, vio llegada la gran crisis de su existencia. Hasta entonces había vivido en pasiva normalidad, arrimadito a las faldas de una madre amantísima. Sus necesidades, desde lo elemental hasta lo superfluo, estaban plenamente satisfechas; todo lo recibía de la incansable providencia materna: el vivir sereno y sin fatigas, la ilustración fácil y el solaz literario, los amores. Si estos fueron desgraciados con Fernanda, felices eran con Pilarita. Con esta le daban esposa linda, buena, rica y de familia ilustre. Bienes tan eficaces no alteraron ni en un punto la pasividad del hijo de Lucila, que con hechuras y estampa de hombre se perpetuaba en la niñez, dulcemente mimado por la madre, por los amigos, por la sociedad.

Pero ¡ay! que de pronto surgió en el Limbo infantil el momento de la virilidad activa; apareció el caso en que había de decidir Vicente si era hombre completo o no lo era. Hasta entonces no se le presentó ocasión de conocer en sí el más claro signo de la voluntad humana, que es el valor, con sus facetas de dignidad, de firmeza estoica, de menosprecio de la vida. Reconoció que al llegar ocasión tan solemne no se sentía débil, sino por el contrario asistido de una vigorosa fuerza interior, y el copioso archivo literario que llevaba en su cerebro no le estorbó para lanzarse camino de la bravura y aun del heroísmo, antes bien le alentaba, le esclarecía con rutilantes ejemplos.

En resolución, castigaría con prontitud, dureza y crueldad proporcionadas al agravio, la insolencia de su enemigo. Sin ceder en su fiero propósito, veía bien claro que se colocaba en un terreno divisorio entre la vida y la muerte, con más probabilidades de muerte que de vida. Porque el plan de Vicentito era ir enteramente solo al escarmiento (p.8285) de Paúl, sin padrinos ni médicos, despreciando la tramitación caballeresca y en cierto modo elegante de los lances de honor.

Aunque Bravito prometió no informar a Lucila del suceso de la calle de la Palma, no estaba Vicente seguro de que el amigo cumpliera. Temía que con miras de sentimentalismo ñoño, Enrique faltase a la discreción.. ¿Qué hacer? Bien sabía que Bravo se levantaba muy tarde. Determinó, pues, el improvisado paladín echarse fuera de casa antes que el oficioso amigo llegara, y esto no había de ser hasta mediodía. Con el embuste de que Beramendi le había convidado a almorzar, despidiose de Lucila, diciéndole que no le esperase hasta la noche.. ¡Oh, qué dolor ver la cara de la celtíbera, que en el hijo clavó sus ojos con cierta lumbre patética y recelosa! Al salir intentó Vicente sofocar su pena con fortísima presión de la voluntad. «Mi madre -pensaba-, se ha puesto hoy la cara trágica.. ¿Sospechará?». La idea de que tal vez no la vería más le puso por un momento en consternación desgarradora, determinando en él un punzante cariño a la vida.. ¡Fuera, fuera melindres! ¿Qué valía la vida sin honor?

En el café Oriental tomó un tente en pie, y después se fue a divagar por el Prado y Retiro, sin otro móvil que hacer tiempo hasta la hora en que solía visitar a su novia. En la casa de esta entró a las cuatro, después de un prolijo estudio de histrionismo para ponerse máscara y ademanes de alegría, que no dejasen traslucir el sorteo de vida o muerte que llevaba en su alma. Y tan bien hizo su papel de hombre sereno y feliz, que Pilarita no sorprendió en él la menor sombra de inquietud. Hablaron.. de lo mismo, del día dichoso, sólo separado del presente por una semana cachazuda, que deslizaba sus instantes con lentitud de caracol..

Llevaba Halconero bien guardado un revólver que le regaló meses antes su tío Leoncio, dueño a la sazón de un hermoso almacén y taller de armería. Vicente no había usado nunca el arma, que era del mejor sistema conocido entonces, y en tan buena ocasión pensaba estrenarla dignamente.. Quedó, pues, Pilarita engañada (p.8286) por la bien fingida serenidad de su prometido, que supo sustraer a toda sospecha el conflicto anímico y el instrumento de muerte. En la despedida, con promesa de volver por la noche, la señorita vio partir a su novio tranquila y risueña, prolongando su alma en pos de la de él con un cariñoso hasta luego.

Bajó Halconero rápidamente los primeros peldaños de la escalera, como si se precipitase al fondo de un abismo; mas de pronto se paró sacudido por un lúgubre pensamiento. «¡Ay, Pilar, Pilar, mujer mía! Noventa y nueve probabilidades contra una me dicen que no te veré más.. Pero ¿es esto posible? ¡Y tan posible!.. No te veré más.. no seré tu marido; quedarás viuda antes de casada». Y al pensarlo dio tan fuerte golpe con la mano en el barandal de la escalera, que esta se estremeció en toda su angulosa longitud de abajo arriba. Por un instante vaciló su ánimo, acogiéndose a la idea del desistimiento de su aventura.. ¿No sería mejor aplazarla para después de la boda? Así quedaría Pilar en viudez legal y canónica, no en la desabrida situación de viuda soltera.. En el trastorno de su mente llegó a creer que, si consultaba el caso con su futura, esta opinaría lo mismo.

Al coger calle, se afianzó Vicente en su 5 resolución caballeresca. El aplazamiento era una cobardía.. Y en buena lógica, ¿por qué habían de ser noventa y nueve las probabilidades de muerte? Bien pudieran ser cincuenta, mitad por mitad entre la muerte y la vida. Sobre todos los cálculos en casos tales, se cernía con las alas extendidas el ave misteriosa de lo imprevisto, la fatalidad, que lo mismo podía ser desdichada que favorable.. Metiose por calles transversales para llegar a Recoletos, y seguir luego por la Castellana, recorriéndola toda sin otra idea que hacer tiempo hasta las diez de la noche, hora infalible para encontrar a Paúl en la redacción de El Combate.

En nocturno paseo por rondas y proyectadas vías fue dejando minutos, horas, y cuando se aproximaban las diez entraba en la calle Ancha de San Bernardo por la de las Navas de Tolosa. Despacito (p.8287) avanzó hacia el fin de su caminata. Por la calle de las Beatas hizo su entrada en los Mostenses. Antes de dirigirse a la redacción, en la esquina de la escalinata que conduce a la travesía de la Parada, dio la vuelta a los tinglados de la plaza por el Oeste, con el fin de reconocer el terreno; cruzó frente a la calle del Álamo; detúvose en la rinconada; en la bocacalle de la travesía del Conservatorio vio dos bultos que guardaban las esquinas. Nada de esto extrañó a Vicente, pues ya sabía que los mesnaderos de Paúl guarnecían la redacción, diariamente vigilada por la policía y a veces asaltada por la Partida dela Porra. Uno de los bultos que custodiaban la callejuela, dejaba ver su rostro: Vicente creyó reconocer al ferocísimo, al membrudo y peludo Paco Huertas; pero no podría jurar que fuese él.. Al dar la vuelta, vio en la esquina de la calle del Rosal a otro individuo, que por lo hinchado del embozo debía de llevar trabuco bajo la capa. No se le despintó a Vicente la cara de aquel tipo. Era uno de los Quintines, héroe con Paco Huertas de la barricada del 22 de Junio en Antón Martín.

Entró en la casa de El Combate por una pieza baja en que tenían el cierre y despacho para la venta de números. El recinto estaba obscuro, y en él había hombres y muchachos cuya condición y oficio no era fácil precisar. Tipógrafos no eran, porque el periódico se componía y tiraba en la imprenta de Tello, Isabel la Católica, 23. Un chico señaló a Vicente la escalera que a la redacción conducía. Subiendo por ella topó el joven con un hombre conocido que bajaba. Era Tachuela, el dueño de la taberna donde comía Segismundo. Repitió Vicente su pretensión de ver sin demora al señor Paúl, y el tabernero, fluctuando entre la desconfianza y la cortesía, le dijo: «No sé si podrá verle. Está trabajando.. Suba y pregunte, que don José recibe siempre a los amigos.. y a los enemigos».

Peldaños arriba, Halconero tuvo una lúcida visión, hechura de su considerable saber histórico y literario. Y pensando que no era muy airoso compararse a una mujer, aunque esta fuese grande (p.8288) heroína, se comparó con Carlota Corday cuando subía la escalera de la casa de Marat, hasta llegar, guiada por la sirviente, a la estancia en que el brutal revolucionario y libelista aguardaba la muerte, metido en su baño.. Apenas llegó arriba, vio Halconero la claridad de un aposento, y en este al terrible Paúl, no en el baño, sino escribiendo, encorvado sobre una mesa bajo la luz de un quinqué colgante.. Junto a él, en pie, estaba el diputado federal jerezano Ramón Cala.

Sin pedir permiso ni andar en etiquetas, Halconero se coló dentro de la salita. El director y el redactor de El Combate le miraron sin gran extrañeza, quizás por estar hechos a las visitas de sorpresa, sin previa licencia de entrada. Después de mirarle, atendieron a lo suyo. Dichas por Paúl algunas palabras al redactor, este se retiró a una estancia próxima, concediendo a Vicente una sonrisa benévola.

Alzó Paúl los ojos de lo que escribía, dejando salir de su boca una interrogación rutinaria, sin interés: «¿Qué se le ofrece, caballero?..

-Yo creí -dijo Halconero firme de acento y sereno de rostro-, que bastaba mi presencia para que usted comprendiera..

-Pues no caigo.. pero, en fin, señor mío, con decírmelo usted salimos de dudas.. Dispénseme un momento. Déjeme acabar este sueltecillo.. cuestión de medio minuto.. y luego hablaremos todo lo que usted quiera».

Con un monosílabo asintió Vicente, y en la corta espera, viendo y oyendo el rasguear de la pluma del jerezano, pensaba que este se hallaba completamente fresco, y que la hora del copeo no había llegado aún.

Terminó Paúl en breve tiempo su trabajo; dio un silbido; vino un chico de la imprenta, en cuyas manos negras puso las cuartillas, con una orden seca, y..

«Pues usted dirá.. ¿Por qué no se sienta?

-Gracias: estoy bien así.. Si no comprende usted a qué vengo, es que ha perdido completamente la memoria..

-¿A ver, a ver?

-Perder la memoria de anoche acá, es cosa incomprensible, a no ser que usted se quite la memoria cuando le conviene, como se quita uno los guantes o el sombrero.

-¿A ver?.. Explíquese (p.8289) mejor», dijo Paúl fríamente, sacando su revólver y poniéndolo sobre la mesa, junto a las cuartillas en blanco.

Halconero requirió en su bolsillo el arma que traía, y sin sacarla, sacó del pecho estas graves razones: «Yo le avivaré la memoria diciéndole que anoche nos cruzamos usted y yo en la calle de la Palma. Usted llevaba consigo un tropel de gente; yo iba con Enrique Bravo. Los amigos de usted se permitieron insultar a Enrique. Luego, usted, sin la menor provocación de mi parte, vino hacia mí, y con formas soeces me injurió.. Personalmente no me hacían gran mella sus ofensas; pero usted injurió también a la primera señora del mundo, que para mí es mi madre, y esto no se lo tolero yo a ningún nacido. Vengo, pues, a que usted se trague todo lo que dijo, o de lo contrario tendré que romperle la crisma, exponiéndome, como es natural, a que usted me la rompa a mí.

-Bien, joven -replicó el hombre terrible tirándose hacia atrás en el sillón, con sonrisa más guasona que iracunda-. Así me gusta a mí la gente. Estoy a sus órdenes. Elija dos amigos que vengan a tratar con los míos las condiciones del lance..

-La magnitud del agravio me manda prescindir de esa farsa, de las formas y etiquetas del duelo. Sin testigos nos entenderemos mejor usted y yo.. Y si no se aviene a que nos matemos con esta sencillez primitiva, me veré en la precisión de asesinarle.. Decida pronto.

-Decido que sí.. que se hará como lo desea el chico de Halconero -afirmó Paúl echándose adelante..-. Quiero ver si es usted un hombre, aunque el verlo me cueste la pena de matarle, con lo que haré a su señora madre daño mayor que el causado por las palabras que de ella dije.. palabras y ofensas de que no me acuerdo, ¡caray!.. puede creérmelo.

-¡Lo niega, lo niega y se desdice ahora! -exclamó Vicente con mayor coraje.

-No niego, señor mío -replicó Paúl flemático en grado sumo-. Digo que no me acuerdo; pero pues usted afirma que dije esto y lo otro y no sé qué, yo lo doy por cierto. Me basta su testimonio, y ya ve que hago honor a su palabra.. Nada, nada: nos (p.8290) batiremos en esa forma primitiva que desea, forma verdaderamente trágica y hermosa.. Se asombrará usted si le digo que empiezo a sentirme cansado de la vida.. ¡Esta lucha, esta tensión continua..! Lo peor será que el instinto de defensa pueda más que mi cansancio, y que le mate a usted.. Por muy bien que tire el chico de Halconero, yo tiro más.. Nada: lo dicho, dicho.. Me parece que no hay prisa, que podemos esperar a la madrugada. En cuanto yo cierre el periódico, estaré a su disposición.. Tome asiento, espere, o vuelva por aquí: como usted guste».

Dijo Vicente que esperaría, y cuando con heroica paciencia se sentaba en la silla más próxima, entró Ramón Cala con cuartillas que había de someter a su amigo. Después de examinarlas rápidamente, Paúl dijo a Cala: «Este señor viene a desafiarme por palabras que, según él, pronuncié anoche.. palabras ofensivas para su madre.. ¿Tú te acuerdas?».

Ramón Cala, que debajo de la fiereza revolucionaria y de los arrestos demagógicos ocultaba una bondad angelical, se explicó en esta forma: «Palabras, sí, que no tienen ningún valor.. dichas en momentos de abandono y alegría.. alegría que sale de los vapores de la cabeza, levantados por unas copas de más.. ¿Y por eso quieren matarse?». Llegose a Vicente, y agraciándole con una sonrisa y un palmetazo en el hombro, le dijo: «Mire usted, joven: yo lo arreglaría de este modo..». Y en el momento de oír Halconero el de este modo, subió del piso bajo y de la plazuela un gran estruendo; sonó un tiro.. otro tiro..

Paúl saltó de su asiento gritando: «¡La Porra, la Porra! ¡A ellos!». Con brinco felino corrió a coger un trabuco colgado tras de la puerta. Sus voces parecían gruñidos al decir: «Joven.. usted no sirve para estas trifulcas. Quédese aquí. ¡A ellos, a ellos!».

 

Ep-42-XXIV -

Ramón Cala, muy sereno, dijo a Vicente: «Esto pasa una noche sí y otra también. No salga de aquí si tiene miedo». Ofendió al joven que Cala le supusiera medroso, y sacando su revólver salió a ver la batalla, o a tomar parte en ella si era menester. Los hombres que antes vio, (p.8291) y otros que parecían vendedores del Mercado estaban en la calle, y enredados con la gente de la Porra, llovían garrotazos y mojicones. Parecería batalla de chicos si los disparos de revólver que de una y otra parte se hacían no encendieran y agravaran la pelea. En retirada iban los porros, unos hacia la calle de las Beatas, otros escabulléndose por entre los cajones de la plaza. En la parte baja de esta, hacia la calle de Isabel la Católica, se avivó la lucha, con tiroteo de escopeta y gran carga de palos. Desde la travesía del Conservatorio tronaron los trabucos, y la patulea, viendo cortado aquel agujero de escape, tiró en busca de otro por la calle del Rosal. Nuevos trabucazos, desde la calleja de San Cipriano, asustaron más a los fugitivos, que ya no corrían, volaban. Bueno es decir que si algún trabucaire cargaba su arma con postas y clavos, los más de ellos tiraban con pólvora sola. Paúl dejó el retaco, y apaleó a cuantos cogía por delante entre el Mercado y la redacción, pues los porros más aturdidos emprendieron la fuga por el escalerón de la travesía de la Parada.

En suma, la hueste de Ducazcal había llevado una nueva paliza, que seguramente no sería la última. Alguno de los vencedores aseguró haber visto al jefe de la Porra en la entrada de la calle del Álamo alentando a los suyos. Formaban el Estado Mayor de Felipe algunos policías. «Vaya un paso que llevan -decía Paúl runflante de gozo, rodeado de sus amigos y matones-. Vayan a contarle a Sagasta, a Martos y Prim el recorrido que han llevado». Ebrio de victoria, mas no satisfecho con embriaguez puramente abstracta, Paúl se puso a dar gritos: «Tachuela, Ramón, Pepe, que traigan jerez, coñac, cazalla, chinchón, ¡caray! y los doce judíos Apóstoles. Si no lo traen pronto, beberemos la Reina de las Tintas». Llegaban a la redacción o castillo, a recabar sus miajas de gloria, los vecinos que habían intervenido a favor de don José. Corrieron órdenes para traer bebida, y en estas alegrías estaban cuando un carnicero entró diciendo que entre los cajones de la Plaza había visto un cadáver.. Un segundo (p.8292) mozo rectificó: no era difunto mismamente, sino herido vivo que a gatas se arrastraba, queriendo salir.. Debía de ser de la Porra.

Fue allá Ramón Cala con Balbona y otros, y a poco volvió diciendo: «Es el joven ese que vino poco antes de la trifulca».

-¡El Halconerín, caray! -exclamó Paúl sorprendido y lastimado-. Iba yo a preguntarte si le habías visto.. ¡A ver! traerle pronto, y si hay remedio para él, se hará lo que se pueda. ¡Caray! ¡Pobre chico, en la que se metió! Como valiente, lo es. ¡Y parecía tan para poco! Pues si es perro, me muerde».

No tardaron en traer al herido entre dos de aquellos improvisados héroes, y cuidadosamente le pusieron en el suelo, mientras se buscaba colchón o cualquier blandura en que acomodarle. El rostro tenía lívido; la sangre corría por el costado derecho, invadiendo el pantalón, así como la mano del mismo lado, aunque en ella no tenía señales de herida; su mirar era de dolor resignado; su habla intercadente y trabajosa.

El fiero Paúl prorrumpió en exclamaciones compasivas que pronto se hicieron jactanciosas. «¡A ver! ¿qué hacéis ahí?.. No se os ocurre nada. Hay que prestar auxilio a este caballero sin pérdida de momento. Si no estuviera yo aquí, nada resolveríais.. ¡Eh!.. pronto, una camilla y llevarle a la Casa de Socorro».

En tanto Ramón Cala desabrochó a Vicente, y pudo apreciar heridas en el costado derecho.. algo también en el brazo. En un quejido pidió Halconero que le llevasen a su casa. Paúl siguió vociferando con atroces fanfarronadas de hombre de iniciativa. «Gracias que estoy yo aquí, joven; que si llego a faltar yo, ¡caray! se queda usted hasta el día del Juicio en los cajones de la Plaza».

Puso su mano en la sien del herido, y las jactancias tomaron un tono paternal. «Vamos, amigo, eso no es nada. Se ve que es usted nuevo en estas jaranas, y que no ha tomado gusto al plomo ni al hierro.. Ánimo.. que usted no es gallina, ni mucho menos. Bien ha mostrado esta noche, al venir a buscar a Paúl y Angulo, que tiene un alma como una torre.. ¡Digo! venir con una cuestión grave de (p.8293) honor, dando la cara, como la ha dado usted, empezando por decir: ni padrinos, ni reglas ni peinetas.. Eso lo hacen pocos. Y ahora que le veo caído, repito que no me acuerdo de haber dicho lo que dice usted que oyó de mi boca. O estaba usted soñando, o yo.. ¡A ver! basta de matemáticas. Traéis o no esa camilla? Tendrá que ir Paúl y Angulo a buscarla. Los demonios me lleven si hay aquí quien valga para un fregado como para un barrido.. Vamos, gracias a Dios, ya pareció la camilla. ¿Habéis ido a Pekín por ella, gandules? Llevad al señor con cuidado. Vete tú, Ramón.. Joven, eso es poca cosa. Iré a visitarle.. Con que, ¿viene o no viene el Espíritu Santo?».

Entraban botellas a punto que salía la camilla.. Vicente fue transportado a la Casa de Socorro, sita en la calle de los Dos Amigos, donde un médico y sus auxiliares diligentes le despojaron de la ropa y examinaron las heridas, que eran tres, en el costado derecho. Los proyectiles fácilmente se reconocían como de trabuco: dos de ellos pasaron de través, sin otro efecto que desgarrar los tejidos, de que resultó la hemorragia venosa; otro debió de alojarse en la cara externa de las falsas costillas. «¿Pero cuándo acabáis de alborotar a Madrid con estas batallas callejeras? -dijo el médico a Ramón Cala-. Ya es intolerable. Mientras discutíais a bofetadas y garrotazos, menos mal. Pero desde que habéis dado en hablar con la boca de las escopetas y retacos, sois un peligro serio.

-Nosotros no atacamos -dijo Cala-. Si nos buscan, hemos de defendernos.

-Pero emplead en la defensa vergajos, trallas o varas de medir, ¡jinojo! -prosiguió el médico bondadoso y humanitario-. Ya le he dicho a don José que si emplean el trabuco con un fin terrorífico, lo carguen con sal o perdigón menudo. Pero esos bárbaros cargan con clavos, postas y hierros de metralla, y hasta con ochavos morunos partidos en dos pedazos.. A este joven, si no me equivoco, le han metido en el cuerpo un ochavo partido, con bordes desgarrados.. Gracias que el proyectil, según parece, no ha penetrado en la región torácica 6.. Será preciso extraerle (p.8294) el ochavo.. que habría estado mejor echado en el cepillo de las ánimas».

En el bíceps reconocieron otra herida, felizmente transversal. El proyectil que la produjo había salido, desgarrando a su paso el tejido y algunas venas. El afectuoso médico y sus ayudantes se esmeraron en la cura de Halconero, el cual, una vez lavadas las heridas y taponadas con hilas y bálsamo católico, quedó en relativo bienestar, recobrado de su laxitud. Diéronle caldo, y como este le repugnaba, mandó Cala traer café con leche, que el herido tomó con verdaderas ansias de vivir. En esto llegó Enrique Bravo, que desde las nueve de la noche, sospechando el mal paso de su amigo, salió a buscarle, y al fin, inquiriendo aquí y allá, dio con él en la Casa de Socorro. No se había llevado mal susto, pues en la calle de Silva, unos chicos de la Porra le dijeron que de la zaragata de los Mostenses resultaron dos muertos, y que uno de ellos parecía ser Vicentito Halconero.

Respiró Enrique al ver vivo al amigo, y al saber por el médico que las heridas no eran de muerte. El cariño que a Vicente tenía inspirole resoluciones acertadas: «¡A casa, a casa! Estáte aquí una hora más, acostadito y fumándote tu cigarro.. Voy a buscar un coche. Antes iré a prevenir a tu madre, que está en ascuas. Quiero tranquilizarla con la verdad, antes que un indiscreto, un malintencionado le lleven algún cuento absurdo..».

A los pocos minutos de salir Bravo, entró en la Casa de Socorro Paúl con su amigo Guisasola. Venía el director de El Combate con los espíritus alborozados por su triunfo y por el sinnúmero de copas con que acababa de celebrarlo. No traía la cabeza fresca; pero los vapores cálidos que la ponían fuera de la normalidad, eran de carácter festivo con tendencias a la mansedumbre humanitaria. «¿Con que vamos bien? -dijo sentándose junto al lecho-. ¡Como que ello no es nada! Con pocos días de quietud en casita, podrá usted volver a las andadas. No hay vida como esta para llegar a viejo. A mí las trifulcas y el andar a tiros me rejuvenecen. Por cierto que esta noche, apenas me reparé del (p.8295) estómago, me volvió la memoria que había perdido.. De pronto, como si en mí entrara una luz, me acordé de lo que pasó anoche en la calle de la Palma.. Y en efecto, joven: me dejé decir alguna o algunas palabras incorrectas, o si se quiere impertinentes y desatinadas.. Pero créame usted, caballero: no fuí yo quien dijo lo que a usted puso fuera de sí.. Como me llamo José Paúl, que en aquel momento habló por mi boca una fantasma de Madrid a quien llaman Domiciana, que el día antes vino a contarme que le habían quitado una oveja.. Y contándomelo con boca y babas de serpiente, habló de usted, y me echó a la cara las injurias a su señora madre.. Aquí está Guisasola, testigo de que la despedí con cuatro frescas de las que yo gasto, y un empujón que la llevó de golpe hasta la escalera.. Salió de estampía; pero sus palabras venenosas se me quedaron dentro, se me quedó ella misma metida en mi cuerpo. Fue, digo yo, como cuando está un hombre endemoniado.. Por mi salud, que endemoniado estuve hasta la noche siguiente.. Recuerdo ahora que cuando le vi a usted en la calle de la Palma, sentí como una fuerte basca.. y.. ¡brrum! eché por mi boca al demonio.. o sus palabras, que ello viene a ser lo mismo».

Oyó Vicente esta declaración picaresca y jerezana con el interés que inspira un trozo de literatura anacreóntica.. Algo quiso decir; pero el médico le cerró el pico, instando a los demás a que hablaran lo menos posible con el herido. Paúl hizo corrillo aparte con Guisasola, Cala y el médico para desfogar a media voz su locuacidad. Inspirado por su exaltada imaginación, decía, comentando el suceso de aquella noche: «¿Qué quieren que yo haga? ¿Que me deje asesinar por la patulea de Ducazcal? Tengo que defenderme. Contra el Mito, que así llaman a la PorraSagasta y Prim, trabucazo y adivina quién te dio. Ya verán quien es Paúl y Angulo. ¿No es una gorrinada que el capitán del Mito tenga un destino en la Conservaduría del Real Patrimonio?.. Pues el muy gandul vive en las dependencias de Palacio, y anda por (p.8296) Madrid en un magnífico coche de los de la Casa Real.. ¿Cabe mayor insulto a la sociedad, ni mayor cinismo en un Gobierno? Todos los días va el mitorro a tomar la orden al Ministerio de la Guerra. 'Mi General, ¿a quién silbamos o apedreamos esta noche?'. Y su General, que en vergüenza está a la altura de una alpargata, le dice: 'Felipe, quítame de en medio a Paúl, y te nombraré azafato de mi Rey Macarroni I'.. Luego dicen que si yo, que si tal.. Es que me sublevan, me dan asco los traidores.. Yo inicié la revolución de Septiembre, yo traje la Libertad, y Prim la vende.. ¿No es un miserable, no es un bandido?.. ¿Estoy o no cargado de razón cuando digo: hemos de matar a ese hombre?».

Ya eran las dos de la madrugada cuando Halconero fue conducido a su casa sin más compañía que la de Enrique Bravo. La consternación que tenía en vilo a toda la familia, quedó reducida a una mediana zozobra cuando vieron al herido, que entraba por su pie, risueño y con relativa agilidad. Todos, la madre, el padrastro, los hermanitos, le rodearon, le besuquearon y le hicieron mil carantoñas. No tardó Lucila en despachar a chicos y grandes, y se quedó sola con Vicente, a quien acostó, disponiéndose a permanecer a su lado toda la noche. Ni él le dijo una palabra de la gresca en que le sobrevino aquel percance, ni ella le molestó con interrogaciones que le habrían causado inquietud y desvelo. Guardó la señora para mejor ocasión su curiosidad, y puso toda su alma en aplicar al hijo los tiernos cuidados que habían de ser, según ella, la medicina más eficaz.

Vencido de la debilidad y del horrible desgaste nervioso, cayó Halconero en un sopor hondo, con fiebre no muy alta y delirio a media voz, incoherente. De la herida no tenía la madre más informes que los traídos por Bravo, esto es, que no era de peligro, y que según el médico municipal, una operación sencillísima y quince días de asistencia cuidadosa bastarían para que el caballero se restituyese a su normal salud. Pensando en esto y sin quitar los ojos de su amado hijo, la celtíbera contaba los minutos, (p.8297) las horas, esperando la llegada de Augusto Miquis, a quien había mandado recado con Bravito.

En la familia de Calpena, la noticia del hecho levantó mayor sobresalto y ruido, por haber llegado repentinamente y sin preparación. Demetria y Gracia, avanzado ya el día, hubieron de emplear sin fin de circunloquios y artificios de lenguaje para dar a Pilarita conocimiento del triste caso. Cayó la doncella con un descomunal síncope, y fue menester meterla en la cama, llamar a Moreno Rubio, y probar en ella todo el arsenal de antiespasmódicos que ha inventado la ciencia para conjurar las tempestades del ánimo en el sexo femenino.

Las buenas noticias que durante todo el día administraron a Pilarita, no fueron parte a sosegarla. Rota la disciplina de sus nervios, pedía que su hermana Juanita no se separase un momento de su lado, y abrazándose a ella le contaba al oído sus imaginarias penas. Por la noche, después de disfrutar algún descanso, despertaba, tapándose los oídos, y sobresaltada y temerosa decía: «Mamá, ¿no oyes el rugido del león? Si no lo oyes, estás sorda como una tapia. Yo lo oigo dormida y despierta.. ¿Pero te ríes, mamá? Es el león del Retiro. Ya sabes que está muy enfadado.. A nuestra casa llegan los rugidos.. Juana me ha dicho que ella también los oye.. ya ves.. no soy yo sola..».

Al siguiente día reaccionó la señorita, y funcionaba ya su entendimiento hacia la normalidad. Ya no decía que don Juan Prim había mandado matar a Vicente, ni que don Amadeo y su señora, la de la Cisterna, al posesionarse del trono habían hecho ministro a Paúl y Angulo y al Carbonerín.. Todo volvió al estado de realidad, y se vio clara la desgracia sin tenerla por irremediable. Diariamente iban a visitar al herido don Fernando Calpena y el Coronel don Santiago, que volvían a la otra casa con noticias lisonjeras. Recobró la novia la paz de su alma por virtud de una cartita que le escribió su prometido con firme pulso, en la cual tuvo buen cuidado de poner cuantas esperanzas, ternezas y alegrías le sugirieron su amor y su literatura. Pero ¡ay! ni (p.8298) la literatura ni el amor podían impedir que la boda se retrasara un siglo más.. dígase un mes.

A los cinco días del percance, un hábil operador extrajo del cuerpo de Vicente dos postas y un fragmento de ochavo moruno, y desde la salida de estas piezas entró la mejoría franca, y poco después la convalecencia, que si no fue corta, no llevó consigo ninguna complicación. A fines de Noviembre, cuando permitieron al herido el tónico moral de recibir la visita de su novia, se dio franca entrada a los amigos que quisieran entretenerle con pláticas no muy largas ni de temas excitantes. Don Santiago Ibero quiso referirle con pormenores curiosos, por él presenciados, la famosa sesión del 16 de Noviembre; pero Lucila le suplicó que dejase para otro día la votación de Rey, asunto complejo y peliagudo que podría perjudicar a Vicente si su cabeza, todavía muy débil, se obstinaba en discurrir sobre él.

Obediente a la señora, Ibero se metió en el despacho del candoroso don Ángel, el cual, siempre que encontraba una víctima, no la soltaba sin espetarle sus especiales puntos de vista sobre la elección de Rey. «Si miramos a la calidad más que a la cantidad, mi querido Ibero, valen más los veintisiete votos por Montpensier que los ciento noventa y uno que se ha cargado don Amadeo.. ¡Valiente cuadrilla le ha salido al italiano!.. ¿Quiénes son y que significan ese Albareda, ese Juanito Valera, ese Navarro y ese duque de Tetuán? Yo puedo asegurarle a usted que fueron nuestros hasta hace poco.. Y del pollo antequerano, ¿qué me dice usted?.. Para mí que Ayala es el corruptor de toda esta familia, con el dinero que han traído de Cuba don Manuel Calvo y demás negreros para hacer propaganda en favor de la esclavitud.. ¿Ha visto usted cómo la Bolsa ha saludado la elección con un alza considerable? Vea usted la mano de Manzanedo, de Herrera, de Vinent. El dinero cubano nos perderá.. Y hay que reconocer que los federales han sabido cumplir.. Sus sesenta votos indican que hay en España hombres que no se venden. Los carlistas serán esto y lo otro; pero no se (p.8299) les puede negar la decencia. Viendo estas cosas -añadió sacando un número de El Combate-, casi estoy por dar la razón a este loquinario de Paúl, que dice (se cala los lentes y lee) : 'El 16 de Noviembre de 1870 será para la España revolucionaria de Septiembre la marca de una vida afrentosa, que en vano intentará borrar de su frente la sangre del tirano'. Pues fíjese ahora en la salutación cariñosa que dirige a las Cortes y al nuevo Rey: 'El edificio está coronado; lo remata un mamarracho, obra de la desesperación de algunos hambrientos'. ¿Qué tal, Ibero amigo?.. ¿Medita usted?.. Nosotros los montpensieristas nos lavamos las manos, y a su tiempo se verá si laSoberanía Nacional se lava, no las manos, sino el rostro, con la sangre del tirano».

 

Ep-42-XXV -

Ibero llevaba con paciencia la derrota de Espartero (ocho votos no más, ocho leales) , y sólo pensaba en describir a su amigo la efervescencia y algarabía de la Representación Nacional en aquellas solemnes horas. Momentos hubo en que la semejanza de las Cortes con un circo de gallos fue completa. Federales y carlistas se levantan, se sientan, soltando de sus gargantas enardecidas voces de guerra y desafío. Figueras, Múzquiz, Vinader, Blanc, Moreno Rodríguez, Abárzuza, se suceden como en galope infernal, presentando exposiciones contrarias a la candidatura de Amadeo, o leyendo listas de los diputados que en las Constituyentes del 54 votaron contra doña Isabel II. Uno pide que se lean tales artículos del reglamento; otro reclama la lectura de la Bula de Excomunión fulminada por Pío IX contra Víctor Manuel y su familia. El barullo crece, la temperatura parlamentaria llega al rojo, el Presidente rompe campanillas. En lo más recio del tumulto, se levanta Paúl, y en medio del hemiciclo, la voz ronca, los brazos por alto, la cara echando fuego, pronuncia estas atrocidades que el pudoroso Diario de las Sesiones no admite en sus columnas: En nombre de todos los españoles que tienen vergüenza y dignidad, y que no son presupuestívoros como lo sois (p.8300) vosotros, protesto de las farsas indignas que aquí se representan.

Por fin, cuando el Presidente, afónico ya y sudoroso, logra establecer una calma relativa, aporreando la mesa y mandando que callen, que se sienten, que respeten la majestad del lugar, empieza la votación.. En el curso de esta, surgen cómicos entorpecimientos. El General Izquierdo:Pido la palabra. El Presidente: No hay palabra. El General Izquierdo: «La pido, señor Presidente, para decir tan sólo que si hasta este momento he defendido la candidatura del señor Duque de Montpensier, ahora voto al señor Duque de Aosta». (Aplausos aquí, risas allá.) Desfilan uno tras otro los diputados, formulando su voto en una papeleta donde constan el nombre del votante y el del Rey elegible. En la Mesa, los Secretarios y los que intervienen la votación forman una piña espesa. El escrutinio dura largo rato, y es presenciado con expectación, que en ningún momento es silenciosa. Nadie ocupa su asiento. Van y vienen, y un vórtice de impaciencia y ansiedad llena la Cámara. Cuentan, recuentan, se lee la lista de los ausentes, la lista de los votantes. Del cúmulo de cifras y del laberinto de nombres, emerge al fin la voz del Presidente que dice: «Queda elegido Rey el Duque de Aosta.» Eran las siete y media.

Mas con esto no se termina el acto ruidoso y memorable. Suspendida la sesión para designar los diputados que habrán de ir a Italia a presentar a don Amadeo el acta de su elección, se reanuda después de las ocho. Otra vez a votar. Los caballeros que por voluntad de la Cámara habían de ir a Italia a cumplimentar al Rey y a traerle al hispano redondel, recibieron desde aquella noche el nombre de cabestros. La guasa española ni en las ocasiones más solemnes se desmentía.

Y mientras allá en la Montaña del Príncipe Pío, cañones roncos anunciaban a Madrid y a España que teníamos Rey, el Presidente Ruiz Zorrilla pronunciaba con ronquera y cansancio un discurso apologético del hijo de Víctor Manuel. No quiso Dios que con este sermón acabase la borrascosa jornada del 16 (p.8301) de Noviembre, porque de nuevo se enredaron mayoría y minorías en acerbas disputas. Tronó Castelar, granizó Figueras, y el Presidente hubo de hacer frente con descomunal esfuerzo a la nueva tempestad que amenazaba. Sobre si después de la elección de Rey podía este ser discutido, resurgió la borrasca, un nuevo desate de los vientos airados, y de las voces y réplicas que parecían gritos callejeros. La ingente pelea entre Monarquía y República, coleaba todavía con vigorosas convulsiones. ¡Y lo que aún habías de colear, morena!.. Por fin, como quien despierta de angustiosa pesadilla, el Presidente respiró y dijo: «Se levanta la sesión». Eran las nueve. El cañón lejano había enmudecido.

Rebañando en su memoria sacó Ibero detalles interesantes de la votación. Los conservadores, con Cánovas al frente, habían votado en blanco. Dos tan sólo, Iranzo y Otero Rosillo, dieron gallardamente su voto a don Alfonso de Borbón. No recataba el Coronel su derivación hacia el aostismo o amadeísmo, guiado por el criterio superior de su hermano político don Fernando Calpena. En realidad, era el único partido viable en las anómalas circunstancias del día. Los 191 votos decían bien claro que los hombres de orden entraban en aquel despejado camino, conducidos por don Juan Prim, ante cuya firme voluntad y agudeza cedían todos los obstáculos y dificultades.

Reconocía don Ángel Cordero las dotes políticas del jefe; pero echaba de menos en él la potencia administrativa y el golpe de vista económico. «Créame usted, amigo Ibero -dijo a su amigo cogiendo de la mesa un librejo de pocas hojas-. El señor de Prim no será nunca económico ni administrativo. Vea usted lo que dice este papel, obra de un notabilísimo escritor a quien llaman don Roque Barcia. (Lee.) «Ese General (Prim) tiene de sueldo diez mil reales mensuales, y gasta mil duros todos los días.. Ese General gasta su sueldo en el postre ordinario de su mesa.. Ese General recibió dinero de los moderados, de los unionistas, de los progresistas, de los demócratas; lo recibiría (p.8302) mañana de los republicanos si estos no le conocieran.. Ese General, plebeyo insaciable, plebeyo ingrato, venderá a don Amadeo como vendió a su augusta comadre doña Isabel II.. Si España diese a Prim un palacio de piedra, lo querría de plata; si fuese de plata, lo querría de oro; si fuese de oro, habría de ser de diamantes..». No leo más; basta. Pues con un hombre así no voy yo a ninguna parte, don Santiago de mi alma. Digo con este don Roque: «Señor Duque de Aosta, venid confesado».

Como se ve, el candoroso don Ángel, al volver mohíno y desalentado del campo administrativo de Orleans, se prendaba de las doctrinas hiperbólicas y del bíblico estilo de Roque Barcia. España estaba loca, y la propia Economía política se iba del seguro, como decía Vicente Halconero. Este mejoraba rápidamente, y desentumecía su cerebro con el amigo Enrique remembrando los hechos pasados. Entre otras cosas, contó Vicente que en la noche de marras había salido de la redacción de El Combatesin saber si tomaría partido por los de Paúl o por los de la Porra. Unos y otro éranle profundamente antipáticos. En cuanto se vio en el terreno de la lucha, sintiose inclinado a dar su apoyo a los que viera más débiles. Su único fin era que no se le tuviese por cobarde. Dos disparos hizo con su revólver desde los cajones de la Plaza. Con ellos alentó a unos paulistas, que tenían traza de panaderos y se batían a garrotazo limpio. Después supo que eran operarios de una tahona cercana.. A los pocos minutos, se vio envuelto en un grupo de porros, los cuales le estrecharon tanto que no podía moverse. Un disparo les dispersó. Cuando intentaba reconocer de dónde había venido el tiro, ¡pum! le descerrajaron casi a quemarropa el trabucazo que le dejó tendido. En el tirador creyó reconocer al ojalatero Gabiola.

«Estás equivocado -dijo Bravito-. Gabiola no llevaba esa noche trabuco, sino escopeta, y cargada con sal para meter ruido sin matar. Me consta esto de un modo indubitable.

-¿Sería Langarica? El demonio lo sabrá.. Cuando me llevaron herido a la (p.8303) redacción, vi caras conocidas, ojos que me miraban con lástima. Los nombres relacionados con aquellas caras huían de mi memoria. Quizás eran de esos nombres que uno no sabe nunca, porque nada nos interesan las personas que los llevan.

-El que de seguro estaba era Montesinos.

-¿Uno pequeño, flacucho, vivaracho?

-No: Montesinos es figura procerosa. El chiquitín que dices, debía de ser ese que llaman Matacristos. Y estaría también otro tipo inconfundible, Torralba. De fijo lo viste allí. Es un madrileño neto y barbián, más conocido que la ruda.

-Buena figura: barba y pelo castaños, ojos garzos..

-El mismo. Pero más que las señas particulares de talle y rostro, le caracteriza el que tiene una mujer llamada Pepita, buena, inteligente y simpática, tan enamorada de su marido y tan celosa, que va con él a todas partes, incluso a los sitios y ocasiones de mayor peligro: barricadas, motines, trifulcas.. Allí donde esté Torralba peleando por la libertad o contra las quintas, no puede faltar Pepita, exponiéndose al fuego por vigilar bien de cerca al marido, tan valiente como pinturero.

-Pues te diré: si de haber visto al hombre no tengo idea clara, sí recuerdo que cuando en la camilla me llevaban a la Casa de Socorro, fue junto a mí una mujer acompañándome con sus lamentaciones:¡pobrecito.. qué dolor!.. De cuanto en aquella noche me pasó, de las diferentes impresiones que entraron en mí por los ojos y los oídos, algunas han quedado en mi cerebro con tal intensidad, que no las olvidaré nunca. La voz de Paúl, jactanciosa, sin ningún acento de odio contra mí; la figura de Pepita plañidera, y el sonido del trabucazo que me tumbó, son sensaciones inolvidables. Durante muchas noches de insomnio y fiebre oía el terrible disparo.. Era.. no puedo explicártelo.. algo como cien campanas que a la vez dieran el golpe, del cual quedaba en el aire una vibración nunca extinguida..».

De estas y otras cosas atañederas al suceso de la infausta noche hablaron los amigos, llevando graciosamente el asunto al vago humorismo, en que se (p.8304) desvanecían las trágicas emociones. Y lo más peregrino en los comentarios de aquella página histórica, fue la sinceridad con que declaró Vicente la transformación de sus sentimientos con respecto a Paúl. Ya este le inspiraba menos odio que lástima; le tenía por un loco irresponsable, peligrosísimo..

«Es un iluminado, un poseído, un epiléptico, a quien no se debe permitir que ande suelto por el mundo -afirmó Bravo-. Lo mismo podría decirse de los bárbaros que le siguen. Casi todos ellos son en la vida privada hombres de bien; viven de su trabajo, y algunos tienen una holgura ganada honradamente. El fanatismo que don José ha metido en sus almas podrá llevarles a los mayores desafueros. Pero no hallarás entre ellos ninguno que vaya al crimen por interés. No son asesinos asalariados, sino matones espontáneos, espirituales, movidos por una exaltación morbosa y mecánica».

Sobre el jerezano hizo Halconero observaciones muy atinadas. En él veía la representación personal de la fiebre o locura que en aquel año fatídico padecía la sociedad española.. Completará la figura el hecho que a continuación se refiere.

Una noche de las últimas de Noviembre, los mitológicos asaltaron el teatrito de Calderón, donde había de estrenarse un sainete cómico-burlesco, tituladoMacarronini I. Tomadas y ocupadas por la cuadrilla todas las butacas, desde la fila 4.ª a la 24, apenas se levantó el telón empezó el disparo de patatas y de verduras arrojadizas sobre los pobres comediantes; y como estos protestaran con ira, los alborotadores invadieron el escenario, y allí no quedó decoración entera, ni mueble sano, ni actor sin desgarrones en la ropa y cardenales en el rostro. Huyó el público despavorido, se desmayaron muchas señoras, y algún niño salió magullado. A los agentes del Orden no se les vio el pelo, y el acto vandálico se consumó con discreto alejamiento de la autoridad. Y menos mal que no hubo muertos, como en el salvaje atropello del Casino carlista de la Corredera.

De este y otros desmanes quedó en el público un rastro de indignación, de acres disputas. (p.8305) Paúl en su Combate y Ducazcal en La Iberia, se pusieron de vuelta y media, achacándose uno a otro la culpa del escándalo. Felipe se jactó de haber maltratado al jerezano en plena calle. Lo más suave que Paúl dijo a su enemigo fue este puñado de flores: «Al jefe de la partida de asesinos, protegidos por el Gobierno que a España deshonra, a Felipe Ducazcal, tiene dicho el Director de El Combate: -Que le reconoce como vil y cobarde agente del ignominioso Gobierno de Prim y Prats. -Que mintió como un villano al asegurar que le había maltratado, quitándole el revólver. -Y, por último, que sin embargo de su despreciable condición, dispuesto estaba a batirse con él cuando quiera y como quiera».

Inevitable fue salir al campo del honor; empezaron las visitas de caballeros, el discutir y fijar las condiciones del lance. Este se concertó al fin a muerte. Padrinos de Paúl fueron Santamaría y La Rosa; los de Ducazcal, Doñamayor y Menéndez Escolar, teniente de Cantabria. El 10 de Diciembre, muy de mañana, habían de encontrarse los dos valentones con sus testigos detrás de las tapias del cementerio de San Isidro. Si un duelo es siempre cosa de cuidado, para Ducazcal fue aquel atrozmente inoportuno, porque se hallaba el hombre en la luna de miel: días antes se había casado con una hermosa pescadera de la calle Mayor.

Tempranito salió Felipe de su casa, próxima a la llamada de Pajes, detrás de la Armería, y en coche de la Casa Real, tirado por magnífico tronco de mulas, se fue con sus padrinos al Tiro de Leonardo, en la Castellana, donde estuvo más de una hora ejercitándose en el tiro de pistola. Con admirable destreza puso doce blancos. Los padrinos le felicitaron, asegurándole un triunfo si en el terreno apuntaba y afinaba tan bien como en la Castellana. Después del feliz ensayo, partieron a la carrera para San Isidro; llevaban las mismas pistolas que en Marzo de aquel año sirvieron para el duelo en que Montpensier mató al Infante don Enrique.

La llegada a San Isidro coincidió con la de un lujoso entierro escoltado de (p.8306) innumerables coches. Viendo de lejos los dos simones en que venía Paúl con sus padrinos, comprendieron la dificultad de escabullirse tras el cementerio sin llamar la atención. Vacilaron entre ir a lo suyo o agregarse a la cáfila del entierro, y estando en estas dudas, se les presentó un sargento de la Guardia Civil de a caballo con dos números, interrogándoles en forma que indicaba el propósito de impedir el duelo. Grande fue la contrariedad de Ducazcal, que agotó todo el repertorio de apóstrofes para maldecir su suerte. Le sacaba de quicio la idea de queel otro le supusiera capaz de haber dado el soplo a la policía, para librarse de un encuentro en tan graves condiciones.

Invocando a todos los demonios, dio con una estratagema que salvaría su opinión de caballero intachable. Convino con sus padrinos en echar pie a tierra para confirmar lo que habían dicho al guardia civil, esto es, que formaban parte de la comitiva del entierro. Y en tanto, el amigo Menéndez Escolar corrió a donde estaban los dos simones de Paúl, y contó a este lo que pasaba. El mejor medio para salir del atranco era que don José y sus padrinos se metieran en el coche de la Real Casa, y salieran pitando para el Arroyo Abroñigal, mientras Felipe y los suyos irían en los alquilones al Gobierno Civil para ver a Martos y exponerle el caso. No dudaban que el Gobernador interino les daría permiso para matarse como caballeros en donde lo tuvieran por conveniente.

Así se hizo, no sin que Paúl, escamón, pusiera el ceño de matachín perdonavidas. Mientras los unos iban al Abroñigal en el coche regio, los otros emprendieron la carrera hacia el Gobierno Civil, donde Ducazcal, con fieras maldiciones, pintó a su amigo Martos el desairado trance en que le ponía echando la Guardia Civil en persecución de los honrados paladines. Martos le dijo: «Váyanse, váyanse al Abroñigal; pero a prisita, y despachen lo más pronto que puedan, que yo aguardaré un poco.. Calcularé el tiempo para que la Guardia Civil llegue allá cuando de (p.8307) los dos valientes no queden más que los rabos».

Salieron Ducazcal y los suyos con loca impaciencia, ofreciendo propina de un duro a cada simón; y ya eran más de las once, cuando se juntaron unos y otros en un barranco del Abroñigal, a la izquierda y fuera de la vista de las Ventas.. Pero no había tiempo que perder, y aunque el sitio era estrecho, sin espacio bastante para partir el sol, no se entretendrían en buscarlo más cómodo, por no parecerse a Bertoldo eligiendo el árbol en que había de ser ahorcado. El día era glacial. De la nieve caída en la noche anterior, quedaban enormes cuajarones en los sitios no acariciados por el sol.

¡Al avío, al avío! Activaron los padrinos las prolijas funciones preparatorias: medir distancias, sortear los puestos y las armas, cargar, etc.. Llevaba Ducazcal un majestuosocarrick nuevo de última moda, levita inglesa y chistera flamante. Paúl iba envuelto en luenga capa de paño verde, con larga esclavina y cuello alto. Sobre este campeaba un sombrero de alas anchas. Llegado el instante de recibir las pistolas, cada uno de los duelistas dejó ver su peculiar temperamento y psicología. Felipe, con gesto semejante al de un tenor de ópera en la escena de las bodas de Lucía, arrojó lejos de sí el carrick elegante y la bimba lustrosa; Paúl se quitó la pesada capa, y doblada cuidadosamente, como si apreciase la prenda pluvial más que su propio cuerpo, la dejó en un sitio despejado de nieve, y sobre ella puso el blando chapeo. Quedó la figura escueta, con zamarra, pantalón de pana y botas altas.

Tocó a Ducazcal disparar primero. También en la manera de tirar se declaraba la diferencia de temperamentos. Ambos eran valientes; pero el valor, como todo lo humano, reviste formas variadísimas. El de Felipe era enfático y decorativo; el de Paúl, reconcentrado, profundamente austero.. Tiró Ducazcal con precipitación desdichada, disgustando a sus padrinos, que en la mañana de aquel día le habían visto hacer blancos con admirable precisión en elTiro de Leonardo.. Por segunda vez disparó con más arrogancia que tino, con teatral (p.8308) guapeza. Y se le acercó su padrino Menéndez Escolar, diciéndole: «Afine usted, afine por Dios.. o ese hombre le mata».

Siguieron tirando. En una de las suertes, le falló a Ducazcal la pistola; arrojola con gallardo gesto, volviendo la cabeza. En aquel momento la bala de Paúl le entró por una oreja. Felipe dio una gran voltereta y cayó como muerto. Mientras los padrinos, acudiendo a socorrerle, daban por terminado el lance, Paúl recogió y desdobló su capa tranquilamente, se la puso, se caló el sombrero, y sin más saludo que una grave reverencia, se marchó con su padrino La Rosa.

 

Ep-42-XXVI -

En las primeras referencias que del lance llegaron a la casa de Halconero, se dijo que Ducazcal había muerto. Pero en la noche del mismo día (10 de Diciembre) rectificó Bravo la triste noticia, por testimonio del propio Menéndez Escolar. Cuando los padrinos llevaron a su casa en el coche de Palacio al jefe de la Porra, creyeron que se les quedaba en el camino. Pero no fue así. Vivía, y podría salvarse si se lograba extraer la bala. Los comentarios de desafío y de la relación del mismo con la cosa pública, no tenían fin en la tertulia de Halconero. Allí se leía El Combate, que en su número del 12 traía estas convulsiones epilépticas: «La traición revolucionaria está probada; el volcán de las iras populares está próximo a estallar.. se aguarda un momento terrible; se aproxima una tempestad siniestra; óyense los primeros rugidos del aquilón revolucionario; se necesita una víctima para reivindicar nuestros derechos.. Esta víctima la traéis vosotros al sacrificio.. ¡Sobre vosotros caerá su sangre, y la sangre generosa del pueblo que por vuestra culpa se derrame!».

En otro número echaba estas flores a don Nicolás María Rivero: «Un Ministro de la Gobernación, tan tirano como cobarde, que no tiene el valor del progreso ni de la reacción; apóstata y traidor por temperamento, que vendió la República española por un cuartillo de vino; ese gitano y regateador político, que adopta el procedimiento del hurto y de la estafa, detiene en las calles y en (p.8309) las estaciones inmediatas a Madrid los ejemplares de El Combate..».

Leídas estas ignominias, Bravo se afirmaba en sus nuevas aficiones monárquicas. Pero si el espíritu del ex-federal se avenía bien con el cambio, no se conformaba con la tardanza en recibir el premio de su resello. El ofrecido turrón no parecía. Cansado de esperar, puso toda su confianza en los buenos oficios de Vicente. Este habló del caso con su presunto suegro don Fernando, el cual era grande amigo de Moret, Ministro de Ultramar, y quedó concertado que en la primera combinación iría Bravito a Cuba, con un buen momio en la Aduana, o en otro benéfico ramo..

En su convalecencia, Halconero fue visitado por amigos de diferentes castas, entre ellos Romualdo Cantera y el Carbonerín. Ambos milicianos se mantuvieron en el altar de sus sacros ideales. No transigirían con el nuevo Rey, no formarían en los actos solemnes de la entrada de Amadeo; protestaban de que Prim quisiera desarmarles, para refundir la Milicia en el molde monárquico.. Pero esto no significaba que simpatizaran con las desvergüenzas y locuras de Paúl, ni a tan desaforado capitán prestarían vasallaje. No reconocían otros ídolos que los antiguos: Figueras, Pi, Orense, Estévanez.. Con estos irían hasta el fin del mundo, guiados por la santa doctrina, no por el pregón de la violencia y el asesinato. Indicaron además que el don José no tardaría en quedarse solo con su cuadrilla de valentones. Muchos que seguían al jerezano en sus andanzas callejeras, como Matacristos, Torralba y el mismo Tachuela, se iban apartando de él, a instancias de Figueras o de Pi.

En estos aislados hechos, y en otros que los graves individuos de su nueva familia le mostraban, vio Halconero un instintivo retroceso de la sociedad española, la querencia del Orden, como si todo el país sintiese la necesidad de buscar el abrigo de las ideas conservadoras. No en vano él, desde que intimó con los Iberos y Calpenas, se sentía retrógrado y, como si dijéramos, un poquito neo. ¿A dónde iba a parar la sociedad si no seguía la despejada (p.8310) senda que el genio sagaz y enérgico de Prim le marcaba? Y como la soledad en que vivía (fuera de las visitas de su futura y sus amigos) convidábale al examen interior y al análisis de sus propios sentimientos, dedicaba al monólogo la parte de ociosidad sobrante de sus lecturas. El siguiente soliloquio merece ser conocido.

«La exaltación de dignidad y el acto de arrojo temerario que me llevaron al percance de los Mostenses, han determinado en mí esta dirección conservadora que quiero tomar. Mi alma no estaba fortalecida para ninguna clase de acción. Me faltaban los bríos, el arranque, el desprecio de la vida. Ese valor y ese desprecio tuve, y aunque el Destino impidió que yo apurase aquel estado anímico, por circunstancias de tiempo y lugar, por el rendimiento de mi enemigo, etcétera, conservo las virtudes conquistadas en ocasión tan crítica. ¿Y a qué fines debo aplicar las nuevas virtudes y las que ya poseía, inculcadas por mi querida madre en los días placenteros, llanos, sin ningún saliente ni alteración de la superficie vital? ¿Debo aplicarlas a los ideales atrevidos del pueblo? No, porque este tiene ya sus directores bien calificados, y porque yo, aunque plebeyo, o aristócrata villano más bien, no siento en mí entusiasmo por reivindicaciones que apenas se marcan vagamente en la media luz de los siglos futuros. ¿Me aplicaré a los ideales e intereses de las clases superiores, nobleza de abolengo, y sus similares, ejército, religión? Tampoco. Esos cultos tienen ya sacerdotes del mismo pelambre, de la propia hilaza linajuda..».

Deteníase en un punto de confusión; mas luego hallaba fácil salida: «Mi novia, la que será mi mujer dentro de algunos días, es mi Ariadna; ella me conduce al través del laberinto. Yo cojo de sus lindas manos el hilo salvador. Cuando me veo junto a ella, pienso que nuestra clase, la suya y la mía, estas familias medianamente ilustres, medianamente ricas, medianamente aderezadas de cultura y de educación, serán las directoras de la Humanidad en los años que siguen. Este último tercio del siglo XIX es (p.8311) el tiempo de esta clase nuestra, balancín entre la democracia y el antiguo régimen, eslabón que encadena pobres con ricos, nobles con villanos, y creyentes con incrédulos..».

Tras otro momento de confusión, proseguía: «Bien clara veo mi esfera de actividad. Casado a mi gusto, resueltos definitivamente los problemas del corazón, viviré sin ningún estímulo de nuevos amores. Estaré como el santo patrono en su altar, entre dos imágenes guardianas, que serán mi madre y mi mujer; y no teniendo que pensar tampoco en mis intereses, porque ellos están bien asegurados, me consagraré al bien público.. ¡Qué hermosura poder consagrarse al provecho de todos, sin ninguna mira personal!.. De este modo, la política es el arte social por excelencia.. De seguro que mi madre y mi mujer me estimularán a entrar por ese camino del sublime arte.. En ambas he creído notar cierta noble ambición.. Tienen de mí la idea, un poco extraviada, de que por haber leído tanto, tanto, estoy habilitado para dirigir a los pueblos. ¡Qué desvarío! Bueno es enriquecer noblemente nuestro espíritu con las ideas de todos los sabios antiguos y modernos; pero eso no será eficaz sin la acción. Mi madre y mi mujer me estiman en mucho por el adorno de mis lecturas; yo me estimo en algo por la acción que adquirí en aquellas dos noches, gracias a la violenta sacudida del sentimiento humano.. Y a propósito de esto: a las conquistas de la voluntad deben acompañar nuevos conocimientos. Prepárate, Vicente.. Da de mano a los poemas y a la historia vieja, y busca en la moderna y en los estudios económicos el secreto del arte político.. Miren por dónde, habiéndome reído de mi buen padrastro don Ángel, tengo ahora que acudir a su árida biblioteca.. Ya, ya.. Capital y trabajo, Tratados de comercio.. Cooperativas.. Crédito agrícola..».

Enumerando los elementos de su erudición futura, se adormeció el chico de Halconero.. Porque estos monólogos se producían en la nocturnidad blanda y tibia del lecho, como una decantación de las ideas de cada día. Y (p.8312) en la última vuelta que dio buscando el profundo sueño, decía Vicentillo: «Siglo XX, ¿qué seré yo si a ti llego?.. ¿Y tú qué serás?..».

Las visitas menudeaban día y noche. Fueron a verle Clavería y Ricardo Muñiz, amigos de la casa y muy allegados al General Prim. Habláronle de la próxima venida del de Aosta. El triunfo de Prim era el mayor éxito del siglo. Tendríamos un Rey democrático, que imposibilitaría de un modo absoluto la vuelta de los Borbones.. La Comisión del Congreso, que había regresado de Florencia, venía encantada de la cortesía del Rey Galantuomo y de la llaneza hidalga de su hijo, ya Rey de España por los cuatro costados.. Prim sería Ministro del nuevo Soberano por largo tiempo, para que pudiese implantar sólidamente, al abrigo de la majestad saboyana, los principios democráticos.. Las Cortes funcionaban de nuevo, pues entre otras menudencias habían de resolver y votar la dotación del Rey, que no era grano de anís: treinta millones de reales. La energía y la paciencia del General, que habían triunfado de lo más, triunfarían de lo menos, y no quedaría el rabo por desollar, habiendo desollado con tanta fortuna el cuerpo del inmenso problema político.

En una de las visitas de Romualdo Cantera, dijo este a Vicente que Segismundo había ido con él hasta el portal, no atreviéndose a subir porque no quería dejarse ver con la desastrada ropa que cubría sus pobres carnes. Volvió más de una vez el tal a la portería, sin otro objeto que preguntar por la salud de su amigo, y en una de estas fue sorprendido y capturado por criados de Halconero con esta consigna, enteramente arbitraria y despótica: «Manda el señorito don Vicente que le prendamos a usted, y de grado o por fuerza le llevemos arriba, donde tiene dispuesta ropa interior y exterior para que se vista de caballero decente y alterne con sus iguales..».

La primera persona que ante sí vio Segismundo al entrar en la casa fue Lucila. Llevándole a un cuarto próximo a la puerta, la señora le dijo en tono de guardia civil: «Ahí tiene usted cuanto necesita para mudarse (p.8313) de pies a cabeza; quítese toda esa basura que lleva encima, y la mandaremos quemar.. Luego que usted se vista de limpio, almorzará con Vicente y con Enrique».

¿Qué remedio tenía el pícaro más que aceptar? La gratitud se disfrazó de obediencia, y el hombre salió del cuarto como nuevo, sin ocultar el gozo que su transformación le producía. Vicente y Bravo le abrazaron. El charlar alegre, chispeante y caudaloso no cesó durante el buen almuerzo, servido para ellos solos en el gabinete del señorito.. De su vida y milagros (que milagrosa parecía su existencia) refirió Segismundo varios ejemplos y casos, conforme a lo que le preguntaban sus amigos.. Seguía componiendo sermones para el cura don Trinidad, pagador escrupuloso a diez reales pieza. De añadidura, le había salido trabajo de otra clase, aunque no tan productivo. Escribía discursos terroríficos para el tribuno de la plebe apodado Cheparunda. Era el tal un jorobeta que poseía las dotes mímicas y fonéticas del orador. Faltábanle las ideas y el arte retórico. Pues esto se lo suplía Segismundo redactándole las peroratas. Chepa se las aprendía de memoria y arrebataba al auditorio de la calle de la Yedra. En todos los discursos se enaltecían rabiosamente los derechos del pueblo, pisoteados y escupidos por Prim y sus acólitos. El estipendio de estos trabajos era mezquino y en especie, con el agravante de la impuntualidad. Era toque indispensable en la conclusión de las arengas pedir la cabeza de don Amadeo, y para el caso de que ello fuese materialmente imposible, pegar fuego a Madrid, convirtiendo a nuestra villa en antorcha funeraria.

Uno y otro amigo desaprobaron la industria oratoria con fines criminales. Arguyó Segismundo que los demagogos para quienes él componía tales soflamas, eran absolutamente inofensivos. «Cheparunda es un ángel afligido de una gran corcova, y sus oyentes, revolucionarios de boquilla.. El mal y el peligro vienen de otro lado.. Los que ahora callan son los que darán que hablar, según yo entiendo».

Siguió soltando (p.8314) retazos de su historia picaresca: «Ya no vivo en la barbería de Cantera, ni como en la taberna de Balbona. El dejar a Romualdo no ha sido por desavenencia con este gran patriota, sino porque la Señángela me ha dado mejor acomodo en casa de una hermana suya, calle de la Lechuga, primer piso bajando del Cielo. Es comercianta en pitos, pelotas, triquitraques y otras cosucas, que varían según las estaciones. Tiene su puesto en la calle de Toledo.. Algunos días como con ella, y otros en la taberna de Casimiro, calle de Botoneras.. establecimiento sosegado y limpio, a donde va gente muy callada.. Y algunas noches voy a cenar a la tienda de vinos de Tachuela, con quien conservo las mejores amistades. Por cierto que si él me dio de comer de gorra por largo tiempo, yo le he pagado con creces. ¿Cómo, con qué moneda? Pues con el oro de un sano consejo que le di y él tomó y ha seguido, quedándome muy agradecido. «Joaquín -le dije-, no andes con Paúl, que la compañía de ese hombre te perderá». ¿Por qué di este consejo a Balbona? Todo no puedo decíroslo de una vez.. Ni estaría, hoy por hoy, bien seguro de lo que dijera.. En fin, amigos míos, si no puedo sostener que estoy otra vez en Atenas, sí afirmo que me voy acercando a ella. Un.. no sé cómo decíroslo.. un vago magnetismo histórico me atrae hacia el centro.. No vi yo bien claro, querido Vicente, cuando te dije que la Historia elegiría para su teatro épico la vertiente del Sur donde yo habitaba.

HALCONERO.- ¿Y en qué vertiente o colina de las setecientas de Madrid pondrá su tinglado la Historia? ¿Puedes decirlo?

SEGISMUNDO.- No. Yo veo que Palatino y Capitolio se disputan el ser teatro de lo que ha de venir. Aventino está descartado.

BRAVO.- No nos hables en romano, ni vaticines tragedias.

HALCONERO.- Malos augurios no me traigas. De las heridas que recibí en los Mostenses he quedado muy débil. Mi cerebro y mi corazón rechazan las emociones fuertes, y mis ojos se cierran asustados ante todo espectáculo (p.8315) desagradable.

SEGISMUNDO.- Pues oye el consejo de un amigo que entrañablemente te quiere. Cásate pronto, que aun estando débil, el amor mismo te dará bríos para la iniciación matrimonial. Si tu familia y la de tu novia han señalado para la boda un día muy lejano, adelántalo tú: cásate, y sal pitando de aquí con tu mujer. Diviértete con ella en un país remoto, y no vuelvas hasta después que haya entrado don Amadeo, pues aunque muchos creen que entrará aquí como en su casa, a mí me da el corazón que antes o después de la entrada tendremos una bella catástrofe.

HALCONERO.- Me casaré; mi mujer y yo nos iremos, en luna de miel, a donde mi madre disponga. Temo estar aquí; me da miedo la Historia, que si trajese alguna desdicha, sacudiría terriblemente mis nervios. Hay momentos en que me causa terror el pensar en las felicidades de mi boda.

BRAVO.- ¡Ah, Vicente, si yo tuviera tu independencia, valiente cuidado me daría la Historia!.. Yo me casaré con mi mala suerte, y huiré a la isla de Cuba si no me limpian el comedero a los dos días de llenármelo.

SEGISMUNDO.- Todo podría ser, querido Bravo. No te embarques, y espera».

Algo más y aun algos hablaron. La partida se disolvió sobre las tres, pues Halconero salía en coche todas las tardes para visitar a su novia. La inclemencia de la temperatura no le permitía echarse a las calles a pie. Invitado el pícaro a entrar en el coche para llevarle a donde quisiese, pidió a su amigo que le dejase en la Plaza Mayor.

Placenteras eran las horas de Halconero en la dulce compañía de Pilarita y de los padres y tíos de ella. A media tarde iba Lucila en coche; las señoras mayores tomaban chocolate, conforme al estilo y costumbre de los pueblos del Norte. Era la casa holgadísima. Tenía su ingreso por la Plaza del Rey, y en largo espacio se extendían las habitaciones hasta Levante, con vistas al Parque del Ministerio de la Guerra. Las señoras gustaban de charlar a solas, separadas de los chicos, tratando de algún asunto de sus inocentes ambiciones maternas. Demetria y Lucila sondeaban (p.8316) con mirada optimista el porvenir, que para ellas no era obscuro ni problemático, sino bien esclarecido de luminosas venturas.

«DEMETRIA.- Me ha dicho Fernando que en cuanto venga el Rey habrá nuevas elecciones. Las Constituyentes están ya deshechas. El distrito de La Guardia es nuestro; Vicente será diputado.

GRACIA.- Un chico como este, lector de cuanto se ha escrito, merece que se le lleve a la vida pública.

LUCILA.- Amigas del alma, Vicente lo agradecerá, y yo.. ¡qué he de decirles! Soy tan madraza, que todos los honores me parecen pocos para mi amado hijo.

DEMETRIA.- Vicente tendrá pronto dos madres.. estoy por decir tres, pues a mi hermana no le faltan motivos para quererle tanto como yo le quiero.

GRACIA.- Nuestro hijo será el gran hombre del porvenir.

DEMETRIA.- Vienen tiempos de regeneración, en que los intereses públicos estarán en manos de la juventud ilustrada, independiente, que sepa mantenerse bien derecha entre las exageraciones.

LUCILA.- Así sea».

En tanto, Santiago Ibero se corría de Poniente a Levante para remozarse con la alegría de los novios, instalados con Juanita en un risueño y luminoso aposento junto al comedor.

«JUANITA.- Oye, Vicente; oye, Pilar: si vosotros, desde vuestra casita frente al Retiro, oiréis el rugido del león, nosotros aquí oímos a otro león más fiero que el vuestro.. En esas habitaciones de Buenavista que tenemos tan cerca, vive Prim.

IBERO.- Fijaos en el ángulo del edificio: dos ventanas que miran a la calle de Alcalá, otras dos que miran acá. Pues ahí duerme el General. En esa cueva, magnífica estancia tapizada de seda amarilla, se recoge de noche el león, como dice muy bien Juanita.. Allí madura sus pensamientos y planes; allí afila el hierro de su voluntad; allí se reviste de la coraza de su paciencia.. Pidamos a Dios que dé a nuestro león hispánico larga vida. Si le perdemos, ¿dónde encontraríamos otro?».

 

Ep-42-XXVII -

A medias tan sólo se ufanaba el león hispano del reciente triunfo, porque si su energía, su ingenio y perseverancia habían al fin salvado el (p.8317) inmenso atasco de encontrar un Rey y traerle acá, no estaban con esto desarmadas las imponentes dificultades que por humana ley circundaban a un suceso tan fuera de lo común; que siempre fue más fácil despachar a un soberano y sacudirse toda una dinastía, que traer a un viejo reino familia y monarca de naciones y climas extraños. Bien lo comprendía el General, sin que le arredrase la magnitud de su empresa, así en lo ya hecho, como en lo que restaba por hacer.

Si no temía complicación internacional, porque el aplomo europeo había de alterarse muy a su gusto, de Pirineos adentro veía dos fuerzas enemigas, a cual más poderosa: de un lado el Federalismo, de otro la Aristocracia. Si distinto era el terreno en que estos fieros dragones acampaban, diferentes en mayor grado eran sus armas, su táctica y sus banderas. Con menos ruido que los republicanos, con envenenadas ironías y menosprecios de damas linajudas, el bando borbónico había de dar más guerra que las muchedumbres mal vestidas, vociferantes en el extremo contrario del social.

Pero con sólo pensar en ello, a don Juan le salían del corazón y de toda el alma estímulos de resistencia contra tales enemigos, y se le ocurrían ardides para inutilizarlos; que su genio asistido de su paciencia era inagotable en recursos defensivos.. Al propio tiempo pensaba en el viaje del Rey, ya próximo; en su llegada a Cartagena, y en los preparativos y precauciones para recibirle dignamente. Y aún faltaba que las Cortes despacharan asuntos pertinentes al cambio de política, y que votaran la Lista Civil; faltaba dictar infinidad de disposiciones que eran el puente por donde la Nación había de pasar de la Interinidad a un estado efectivo. En la cabecera de aquel puente estaba Prim, presidiendo el paso de la muchedumbre social, y fijándose bien en los que iban derechos o torcidos.

La actitud del General era en aquellos días serena, revelando alguna fatiga, actitud y expresión de insomnio, de mala salud y de confianza en la propia voluntad. No participaba de la zozobra de sus íntimos, (p.8318) que presentían atentados criminales contra él. Dos conjuraciones fueron descubiertas; pero no parecían cosa formal. Prim las tuvo por conjuras de opereta. No consentía que se le supusiera medroso, ni gustaba de ver su camino guardado por policías. A pesar de esto, algunos de sus amigos iban al Congreso armados de revólver, y no se apartaban del General cuando al pasillo curvo salía con algún otro Ministro a fumar un cigarro.

La labor testamental de las Cortes era premiosa y áspera, últimos andares de un mecanismo ya oxidado. En la cabecera del banco azul, Prim apuraba su energía cachazuda; creyérase que se agotaba su numen fecundísimo para el sorteo de las dificultades. Vieron los amigos acentuado el verdor de su cara y empañado el claro timbre de su voz. Alguien dijo que la cara del General se revestía de una extraña expresión mística. Era que lo restante de la obra no había de consumarlo el valor, sino la paciencia.

El Combate de Paúl, abrumado de denuncias y multas, perseguido en los Tribunales por el Fiscal y en la calle por los corchetes, determinó suicidarse, y despidiose del público en una hoja furibunda, en la cual losdefensores de los derechos del hombre declaraban que debían cambiar la pluma por el fusil. Cargando, pues, el fusil hasta la boca, y atacándolo con furia, los hombres de El Combate decían: «Una mayoría facciosa, prostituida y encenagada hasta la hediondez.. maniató traidoramente la soberanía a la espuela del dictador don Juan Prim».

Y más adelante: «La Patria está en peligro. Basta ya de dudas y vacilaciones.. ¿Hay algún español que dude y vacile ante el golpe de Estado de un pequeño dictador? Pues ese español es un cobarde, un ciudadano indigno, un hombre degenerado, un miserable.. Ignominia y baldón para el ciudadano español que, al saber que el Rey extranjero ha manchado con su planta el suelo español, no se apresure a lavarlo con su sangre..».

En otro lugar hablaba de la Revolución, declarándola enteca, y añadía: «Mas por uno de esos milagros de ciencia de (p.8319) curar, el hierro, el acero y el plomo la robustecerán muy pronto, tan robustamente, que no la conocerá la madre que la parió. Al tiempo, y un poquito de calma, no más que un poquito; que el verdadero fiat lux no se hará esperar muchos días».

Nadie hacía caso de estas groseras bravatas. Pero no faltaban otros signos y barruntos de la vesania pública que a los amigos del General inquietaba. En la mañana del 26 fue Vicente Halconero a casa de su novia, no ciertamente a tortolear con Pilarita, que para esto sobraba tiempo en las tardes y noches de amoroso palique. Acompañábale Enrique Bravo, y ambos, validos de la confianza del primero en la casa, se colaron en el cuarto del Coronel, que estaba vistiéndose para ir al Ministerio de la Guerra.

«Pues llegamos a tiempo -dijo Vicente, mostrándole un papel con lista de nombres-; y usted, mi querido don Santiago, prestará un gran servicio a su amigo el General Prim, diciéndole que mande prender a los diez individuos comprendidos en esta nota».

Tomó Ibero el papel; leyó los nombres, que en unos eran apellidos, en otros apodos, en los menos designación completa de la persona, con el oficio y las señas de residencia. Quedó Ibero suspenso, y a su estupor siguió un mohín de incredulidad. «Entiendo -les dijo-, que no es este el primer soplo que a Buenavista llega. Don Juan no hace caso. Confía en su buena estrella, y en lo que hemos dado en llamar hidalguía del pueblo español. Por lo que he podido observar, más teme por don Amadeo que por sí mismo.. Pero, en fin, debemos dar curso a estos avisos por lo que pudiera tronar. Decidme ahora por qué conducto ha llegado a vuestras manos este papel.. Noto que la escritura es tuya, Vicente.

-Escribí los nombres al dictado -replicó Halconero-. El apuntador ha sido un amigo nuestro llamado Segismundo García. Si mi escritura me compromete, acepto la responsabilidad de la delación.. Por el honor nacional doy la cara en este asunto.. Yo acuso de tentativa de asesinato a los que están en esa lista.

-El delator -dijo Bravo- es un amigo a quien queremos mucho, (p.8320) perdonándole sus extravagancias, su vivir de bohemio en contacto con la ínfima plebe. Es hombre de talento extraordinario, nutrido por copiosas lecturas; pero en él distinguimos el hervor paradójico, la brillantez retórica y el flujo de originalidad, del sentido moral y de la rectitud del corazón».

Hechas estas manifestaciones, los amigos saludaron a las damas y señoritas, y con Ibero volvieron a la calle. Este subió a Buenavista por la rampa de la calle del Barquillo, y los amigos se reunieron con Segismundo, que les esperaba en la Plaza del Rey. Vestía el bohemio la ropa de Vicente, ya mal traída y afeada por manchas y algún siete. «He cumplido un deber de conciencia -les dijo, andando los tres hacia la calle de Alcalá-. No sé si entramos en el período épico, o salimos de una epopeya fallida, de un mal ensayo con chambones y héroes de la legua. Os confieso que estoy desorientado, y no sé si esto acabará en novela por entregas, o en diálogos filosóficos en el estilo del nuevo Platón, alias Roque Barcia.

-Has hecho muy bien -dijo Vicente- en traernos esa lista, que hacemos nuestra. Si algo temes, escóndete. Vente a mi casa. Los diez de la lista dormirán esta noche en la cárcel.

-De veras os digo que el elemento trágico traído a la Historia de España por esos Brutos de tan baja calidad, no entra en mis sentires de poeta histórico. De otro modo han de ser las tragedias. Danton y Robespierre me aterran, pero no me repugnan. Son la tempestad que purifica, no la alcantarilla que retrotrae sus aguas inmundas para verterlas sobre la sociedad. He delatado por vergüenza revolucionaria. Y ahora, mis queridos amigos, no me tildéis de pusilánime si os digo que abandono mi albergue de La Lechuga y mi pesebre de Botoneras para volverme a miCorinto de abajo, al amparo del buen Cantera y de mi morcón tutelar la Señángela.. Me hago la cuenta de que salvar una vida da derecho al sueño tranquilo. El ansia de paz y del dormir largo y sin visiones lúgubres me ha llevado de nuevo a la vertiente Sur.. Dejadme correr hacia allá, que hoy (p.8321) he mandado con un mozo de cuerda mis pobres bártulos, un cofre con más libros que ropa, y quiero ver si han llegado felizmente las únicas riquezas que poseo.. Adiós. Si esta noche o mañana tuviera que comunicaros algo nuevo, iré a tu casa, Vicente.. y no dejéis hoy de la mano el asunto de la lista, que en estas cosas un minuto de pereza puede traer largos días de lágrimas. Abur».

Partió el pícaro por la calle del Turco, acompañado de Bravo, y Vicente volvió a la casa de su novia, donde había de pasar todo el día. El tiempo no era propicio para callejear. ¡Felices los que libres de cuidados tenían lumbre a qué arrimarse, y corazones amantes que dieran al alma confortante abrigo! A pesar de que la vida del afortunado mortal, hijo de Lucila, se hallaba fuertemente defendida contra la social intemperie, no gozaba el hombre la plenitud de la felicidad. Su salud no era completa; su anemia no estaba vencida; su ánimo, rebelándose a ratos contra las visiones alegres, quería llevarle a una región de sombríos presagios. Ya la boda se había fijado definitivamente para el día de Reyes, y en ambas familias nadie temía la emergencia de nuevos obstáculos.

A la hora del almuerzo, le dijo Ibero que don Juan Prim había leído la nota con indiferencia. Sonrisa de incredulidad acompañó a las palabras con que hubo de ordenar al Subsecretario que pasase la lista al Gobernador. Otra relación semejante, con alguna diferencia en los nombres, había recibido por conducto de Ricardo Muñiz. En el vago interés del General hacia las delaciones, vio Halconero como un desprecio del amaneramiento histórico. Amaneramiento era la repetición pedestre de las amenazas de muerte contra los hombres colocados en la cumbre social. Por lo mismo que estos avisos acusaban una monotonía tediosa en el arte de la Historia, el grande hombre no debía darles la menor importancia. En el curso de los sucesos faltaría toda majestad, si lo que había pasado en diversas ocasiones hubiese de ocurrir siempre. Conviene desconfiar de todo lo que se (p.8322) anuncia y de todo lo que se espera. En aquel caso, lo artístico era pedir al Destino venturas no previstas ni anunciadas por el vulgo..

Nada digno de mención pasó en el resto del día en la feliz morada de los Iberos y Calpenas. El 27 por la mañana fue Ricardo Muñiz a Buenavista, y almorzando con Prim se quejó doloridamente de que el Gobernador no hubiese preso más que a uno de los diez de la lista. El General, con escasa atención en el asunto, le dijo que viese a Rojo Arias y al coronel de la Guardia Civil, encareciéndoles mayor diligencia, y con su amigo y sus ayudantes se fue al Congreso.

Apurada fue la labor parlamentaria en aquel día. El anterior, 26, partió de Génova la fragata Numancia conduciendo a don Amadeo, y la dotación del soberano popular no había sido aún aprobada por las Cortes. Un orador del grupo de Cánovas, el señor Bugallal, abogado de retóricas difusas y de acentos fiscales que difícilmente llevaban consigo la persuasión, combatió la Lista Civil en un discurso agrio.. habló mucho de lo divino, poco o nada de lo humano que se debatía. Le contestó Prim, sacando del alma las heces de su paciencia. Se veía que el hombre anhelaba llegar al fin de una lucha que aun para titanes habría sido fatigosa. Su oratoria fue aquel día seca y dura.. Habló después Navarro y Rodrigo, con despejo y firme dialéctica.

En el curso de la discusión, dilatada y sin relieve, no pocos amigos se acercaron al banco azul a saludar al Presidente del Consejo. En el propio sitio sostuvo con este una larga conversación Ricardo Muñiz. Díjole que aquel día, 27 de Diciembre, banqueteaban los masones en memoria de San Juan Evangelista. ¿Qué tenía que ver el santo Apóstol con los caballeros de la Acacia? Nada. La Masonería se congregaba en fiesta solemne dos veces al año: Solsticio de verano y Solsticio de invierno, San Juan Bautista y San Juan Evangelista. Elágape de aquel invierno se celebraba en el Hotel de las Cuatro Naciones, calle del Arenal.

Prim había ingresado recientemente en el Gran Oriente Nacional de (p.8323) España. Diéronle el cargo de Portaestandarte del Supremo Consejo de la Orden. Su grado era el 18, con título de Caballero Rosa Cruz. Al darle cuenta de la solemnidad masónica de aquel día, Muñiz le encareció la necesidad de honrarla con su presencia. Prim se mostró indolente, poco propicio a conceder a tales comedias el poco tiempo de que disponía. «Fíjese, Ricardo, en que necesito algún reposo. Llevo una vida que no es para llegar a viejo. Mañana sin falta saldré para Cartagena a recibir al Rey, que ayer partió de Génova. En el Ministerio tengo mil asuntos que debo despachar entre esta noche y mañana. Vaya usted al banquete; discúlpeme con estas razones, y con otras que a usted se le ocurrirán..». Insistió Muñiz en que fuese, aunque su visita no durara más que algunos minutos. La asistencia del grande hombre sería muy grata, etc.. En esto quedaron, y poco después se levantó la sesión. La Lista Civil fue aprobada por 115 votos contra 8. Para todos fue como el despertar de un mal sueño, y en Prim se pudo advertir la sensación de un descanso inefable.

Requerían los diputados sus gabanes o capas para echarse a la calle, que la noche se presentaba en extremo glacial, noche de infinita soledad y tristeza. Por las calles desiertas discurrían a escape las contadas personas a quienes alguna obligación ineludible lanzaba de sus hogares. Los coches rodaban sin ruido sobre un suelo acolchado de fango y nieve. En el arroyo, las ruedas dejaban paralelas serpenteantes; en las aceras, las huellas impresas a compás de andadura parecían marcar el paso de seres invisibles. La atmósfera era una opacidad quieta y lechosa que rodeaba de nimbos las luces próximas y desvanecía las lejanas en dudosas penumbras. Ruidos de la calle: un ligero roce de algodones que al ser comprimidos crujían como el serrín..

Interior del Congreso: el Conde de Reus hablaba en el pasillo curvo con Rojo Arias, Gobernador de Madrid. ¿Le recomendaba que pusiera pronto en recaudo a los hombres de la trágica lista? Es probable que así fuese, y (p.8324) también que el flamante Gobernador, guardándola en su bolsillo, dijera que se ocuparía del asunto.. todo ello sin precipitación, y estudiando los antecedentes de cada individuo, para que no se le acusara de arbitrariedad.. Poco después de esto se vio al General en el pasillo recto, frente a la puerta del salón de Conferencias. Allí encontró a varios federales, con quienes sostuvo un afable diálogo: «Lo que debiera usted hacer -dijo a García López-, es venirse conmigo a Cartagena a recibir al Rey».

Contestaron los enemigos festivamente, y uno de ellos le aconsejó con sincero interés que no confiara demasiado en su buena estrella y se precaviese contra riesgos probables. Otro habló de prontas algaradas, y Prim dijo: «Que haya juicio. Llegado el caso, tendré la mano dura».. Algunas palabras cambió con Morayta, excusándose nuevamente de asistir al banquete masónico.. Aparecieron luego Sagasta y Herreros de Tejada, que habían convenido en acompañar a don Juan al Ministerio. Se encaminaron a la salida por la calle de Floridablanca. En la portería, los ordenanzas y un guardia de Orden Público charlaban tranquilamente, apiñados alrededor de un brasero.

En la calle, el intenso frío no ahuyentó a los desocupados que se recrean viendo el entrar y salir de personajes. Sagasta y Herreros de Tejada subieron a la berlina de Prim; siguioles este, dejándoles los sitios de preferencia. Pero de pronto Sagasta y su acompañante se acordaron de que una ocupación urgente les obligaba a tomar otro rumbo. Salieron; los ayudantes del General, que ya se iban a pie, retrocedieron y entraron en el coche, que al instante partió.. Al doblar la esquina de la calle del Sordo, un resplandor súbito iluminó la blancura opalina de la niebla. Uno de los ayudantes miró al través del vidrio. No era nada.. Un fumador que encendía su cigarro.

 

Ep-42-XXVIII -

A los pocos segundos, al torcer el coche para entrar en la calle del Turco, surgió otro fumador que daba fuego a su cigarro. Pensó el ayudante que ya eran dos las personas que en tal sitio y en noche (p.8325) tan fría se paraban a encender fósforos. El General iba meditabundo. Pensaba en lo que le habían dicho los federales, interesándose por su vida, que él mismo afectaba despreciar. No debió de ahondar mucho en sus reflexiones, porque ya próximo al extremo de la calle del Turco se detuvo el coche. Había un obstáculo.. otro coche, parado y sin cochero. Oyose la voz del de Prim que clamaba contra el estorbo. En el momento mismo, el ayudante gritó: «Mi General, agáchese, que nos hacen fuego». Al través del vidrio empañado vio, o antes sintió que vio, el súbito peligro. A un golpe de fuera saltó en pedazos el cristal del lado derecho, y por el hueco entró, con un hierro en forma de trompeta, un estruendo aterrador. El General quedó herido en la mano derecha con que empuñaba el bastón.

Antes que pudieran protestar de la barbarie, estalló el vidrio por el otro lado. Una voz tabernaria, infernal, gritó: «¡Fuego! ¡Prepárate; vas a morir!». Dos, tres, cinco disparos descargaron dentro del coche sin fin de postas y hierros de metralla.. El cochero fustigó furioso a los caballos, para zafarse de la horrible visión de los hombres que dispararon sus trabucos. Vio cinco, seis, repartidos en los dos costados. Vestían largas blusas. Palabras soeces, horrorosas blasfemias, eran la repercusión de los disparos.. En segundos pasó todo: la descarga, el piafar de los caballos, el arrancar de estos con arrogante fiereza invadiendo la acera, el encontronazo con el coche parado, la rauda salida a la calle de Alcalá tomando la dirección de la rampa de Buenavista..

El carruaje fusilado llevaba en su interior sangre, silencio y el estupor trágico, que aún no daba paso al claro conocimiento del hecho. Subiendo la rampa empezaron las voces a manifestar las impresiones.. «¿Herido?.. No será nada. ¡Canallas!». Prim echó las llaves a su palabra. Manteníase derecho, mirando a los oficiales y soldados de la guardia que, al ruido de los trabucazos, salieron a ver qué ocurría. Alguien dijo: «Nada.. unos miserables.. tentativa de agresión..». El coche entró (p.8326) en el portal. Un oficial abrió la portezuela. Salió Prim con bastante agilidad y rostro ceñudo, sin hablar con nadie; se dirigió a la escalera privada y subió agarrándose al pasamanos, que dejó manchado de sangre. Contestaba con frase cortante a los que bajaron a su encuentro.

Al pronto se creyó que el General no tenía más herida que la de la mano derecha, bien manifiesta por la sangre que de ella corría. Al llegar arriba, la Condesa de Reus salió consternada. Su esposo le dijo: «No me toques.. Estoy herido..». Fijáronse todos en el hombro izquierdo.. Por la inmovilidad, por las señales de intenso dolor, por la sangre que empezó a calar la ropa, comprendieron que había en aquella parte gran destrozo.. Pasaron silenciosamente a la alcoba del General. Este se sentó en una silla. El primer impulso fue acudir con pañuelos, con agua templada, con frases cariñosas.. Siguió a esto la natural confusión, la febril impaciencia: «Losada, Losada..», y en otra parte: «Ledesma, Ledesma..».

Lentamente recobró sus fueros el método normal.. Y a cada instante llegaban amigos, según se iban enterando del grave suceso. Uno de los primeros fue Muñiz, que había ido a la fonda de la calle del Arenal, donde se celebraba en santa paz el convite masónico. Presidía el ágapedon Clemente Fernández Elías, y el ritual de la Orden escrupulosamente se observaba en todos los pormenores del festín, así en la disposición de las mesas, como en el detalle de colocarse los comensales las servilletas en el hombro izquierdo. Primero Muñiz, luego Morayta, dieron cuenta de la bien motivada abstención del General, lo que desconsoló a todos; y aunque ambos dejaron entrever la posibilidad de que el Caballero Rosa Cruz asistiese por breves minutos, nadie esperaba verle aquella noche. Ya habían empezado las salvas, cuando entró un militar masón, y habló al oído delVenerable Presidente. Este palideció. Diríase que su estupor le privaba del uso de la palabra.. Una onda de ansiedad suspicaz corrió de mesa en mesa. El señor Elías escribió algo en un papel, y alargó este a los (p.8327) comensales más próximos. Cuantos leían, quedaban suspensos y aterrados, y la general incertidumbre aumentaba. Por fin, el Venerable, sacando fuerzas de flaqueza, se puso en pie, y con voz de intenso duelo pronunció estas palabras: «Hermanos.. imposible callar. No puedo ni debo ocultaros la verdad terrible. El hermano Prim ha sido asesinado».

Levantáronse todos de golpe, como a impulso de una sacudida telúrica, y confundidos el lamento y la protesta, los elementales sentimientos humanos ahogaron el sentido masónico que a tanta gente congregaba. Se acabaron las salvas; la pólvora quedó en los cañones o vasos ociosos. Todos mostraban honda pena, y los militares, que no eran pocos, añadían a la pena, la ira y el deseo de venganza. La dispersión fue instantánea. Los más acudieron a Buenavista.

A las diez, en el salón grande del Ministerio y en el despacho, recientemente decorados por el General Prim con exquisito gusto suntuario, apenas cabía la muchedumbre que acudió a condolerse del salvaje crimen y a maldecir a sus autores. Los amigos íntimos, como Damato, Muñiz, Moreno Benítez, y los funcionarios de la casa, Azcárraga, Sánchez Bregua y otros, pasaban a las estancias interiores y volvían con noticias que interpretaban en el sentido más favorable. «Losada y Vicente han hecho la primera cura. Las heridas del hombro izquierdo son las de más importancia; pero, según parece, no comprometen la vida del General..». El ayudante Nandín, que se aguantó largo tiempo con la mano herida envuelta en un pañuelo, fue conducido a la Casa de Socorro.. No cesaba el ardiente comentario del suceso. Moreno Benítez y Ricardo Muñiz declaraban que al entrar don Juan en su residencia, dijo a su esposa y a los amigos: «Oí su voz bien clara..».

Prim fue acostado después de la cura. La Condesa de Reus y contadas personas de la intimidad política del héroe, no se apartaban del lecho. Aunque los médicos habían recomendado el reposo y el silencio, era forzoso tratar sin demora de una cuestión de suma gravedad. (p.8328) Imposibilitado el Presidente del Consejo para recibir al Rey, que habría de llegar a Cartagena el 29, ¿quién desempeñaría misión tan alta? Serrano, sentado a la cabecera del lecho, propuso la cuestión a Prim, a Topete y a dos amigos presentes. Nadie osaba pronunciar una palabra en tal asunto. Rogó Prim al Regente que decidiera, como primera autoridad del Reino en los confines de la Interinidad a punto de extinguirse. El Duque de la Torre, que en todo el tiempo de la visita no acertó a disimular su tristeza y consternación, dijo a Topete con una mirada y un apretón de manos cuanto podía decirse en trance tan crítico, impropio para discusiones de palabra.

¿Con qué cara iría Topete a recibir a un Rey a quien había negado su voto? Esta cuestión peliaguda, insoluble para espíritus de bajas miras, la resolvió el hombre generoso y bueno, el heroico soldado de mar, con un gallardo arranque de su corazón, desoyendo cuantas sutilezas pudiera sugerirle el pensamiento. Los tres caudillos de la Revolución de Septiembre, separados por distintos criterios en las postrimerías de la Interinidad, se unían de nuevo lealmente, como en los comienzos de ella. Accedió Topete a partir para Cartagena, y lo hizo casi sin articular palabra; asintió, más que con la voz, con el gesto y un palmetazo en el hombro de Serrano, mirando al General herido, a quien no podía estrechar ninguna de las dos manos. «Don Juan -dijo al fin, empañada la voz-, esté tranquilo. Yo traeré al Rey.. No tema nada. De que le traeré bueno y sano, respondo con mi cabeza. Restablézcase pronto.. y que al volver de este viaje le encontremos a usted tan animado como le vi en el puente de la Zaragoza».

Y Prim, inmóvil, pues sus vendajes le tenían como una momia, le contestó: «Amigo del alma.. yo no dudaba que usted me sacaría de este mal paso.. Dios se lo pague..». Con Serrano habló luego un instante, mostrándose uno y otro más tranquilos. «Creo que saldré de esta -dijo Prim.. Y Serrano: «Para mí es indudable. Quietud, amigo. No pensar más que en remendar la (p.8329) pelleja, y adelante con ella. Yo pienso que nosotros tenemos siete vidas».. Y Prim: «Yo he contado siempre con setenta. Adiós. Descansar».

Topete, al salir de la alcoba, se pasaba la mano por los ojos. Era hombre de corazón tan grande, que por no temer nada, no temía que le vieran llorando. Grave y silencioso salió Serrano, queriendo engañar con vaticinios consoladores su pesimismo.. Para sí, muy para sí, pensaba que la nave de la Revolución de Septiembre había encallado.

 

Ep-42-XXIX -

Antes de media noche contaba Muñiz en un corro de amigos, entre los cuales se encontraba Santiago Ibero, que él, por sí y ante sí, después de presenciar la cura del herido, había visitado al primer operador de España, don Melchor Sánchez Toca. Y oídas las impresiones del amigo, opinó el maestro que urgía la inmediata decolación del brazo izquierdo. De esto trataron los íntimos; pero ninguno se atrevió a proponer el caso a la familia, pues a la Condesa de Reus se había dicho que las heridas no eran de muerte, y la Facultad no consideraba precisa la intervención quirúrgica.. Muñiz y Moreno Benítez resolvieron quedarse hasta el día; otros se retiraron a distintas horas de la noche.

A su casa llegó Ibero entre doce y una. Toda la familia velaba, anhelando noticias auténticas y dignas de crédito, pues en el curso de la noche habían llegado referencias distintas, las unas tranquilizadoras, las otras alarmantes. El Coronel adoptó un justo medio para informar a los suyos. Juanita no cesaba de atisbar desde la ventana de Levante, y cuando vio que de los balcones de la alcoba del General desaparecía la luz, por haber cerrado las maderas, dio por seguro que el león dormía tranquilamente.

Halconero, presente en la mansión de Calpena desde media tarde, no quiso retirarse a la suya sin noticias fidedignas. Hallábase afectadísimo, profundamente lastimado en su corazón, y se condolía de que el Gobernador y el Coronel Valencia tomaran a broma el aviso que se les dio con los nombres de los asesinos. Tal abandono era un nuevo crimen, o un reverso del acto criminal, y merecía (p.8330) castigo severo.. El tiroteo de la calle del Turco se oyó en la casa cuando se disponían a sentarse a la mesa. El primer tiro retumbó en el cerebro de Vicente, dejándole aterrado y sin habla. Oyó los cinco restantes con el mismo estupor. Pilarita y los demás de la familia se estremecieron del susto. Todos se manifestaron con una interrogación angustiosa, y Vicente recobró así la palabra: «Han matado a Prim».

Dudas, ansiedad.. Ibero corrió a Buenavista. Pronto se supo por diferentes conductos la verdad.. Esta siguió entrando en la casa con versiones que variaban desde la extrema levedad a los augurios más desconsoladores. Halconero se resistió a comer, por el estado de su ánimo. Decía que el primer tiro fue para él siniestra repetición del trabucazo que le dejó tendido entre los cajones de la Plaza de los Mostenses.. el mismo son simultáneo de campanas, con honda quejumbre que rompía el tímpano y el cráneo.. Por un segundo fue víctima de la terrible sensación, y habría caído al suelo si los tiros siguientes no le trajeran a la realidad.. Pilarita intentaba distraer a su prometido, y llevarle a la serena apreciación de las cosas; mas todo era inútil, y acabó ella por trastornarse también y ponerse un poquito trágica.

Ya era más de la una cuando el joven se decidió a volver a su casa. Fue con él don Fernando, por no dejarle solo con la turbación que padecía, y el coche hubo de tardar lo indecible por el cuidado y entorpecimientos de la nieve en las calles. Ardiendo de impaciencia esperaba la madre; retirose Calpena deseándoles descanso y buen dormir, y Lucila trató de que su amado hijo se recobrase de la tremenda emoción. Reduciéndole a meterse en la cama, la celtíbera combatió como pudo el prurito de hablar sin término, de referir el suceso, y condenar con atropellada indignación el descuido de las autoridades y el escandaloso alejamiento de la policía. Y cuando parecía dar fin a su relación y comentarios, empezaba de nuevo. Hasta el alba estuvo a su lado la madre, y no se retiró a su aposento sino cuando el adorado hijo, rendido al desgaste (p.8331) físico, cayó en profundo sopor.

Por la mañana, Bravito, llamado por Lucila, acudió sin tardanza. Vicente había dormido unas cuatro horas, con sueño intercadente. Despierto, le atacó de nuevo la verbosidad, ya con persistencia en una sola idea, que era la de hacer públicos los nombres de los asesinos y de pedir para ellos perentoria justicia. Como su madre y Enrique le dijesen que mirase bien lo que hacía, pues su boda estaba señalada para Reyes, y no le convenía distraerse de aquella obligación sagrada, contestó muy serio: «Madre y amigo, el casarme es asunto de dos personas, Pilar y yo; y el reclamar y obtener justicia, no sólo a dos familias afecta, sino a toda la Nación, y a la Humanidad entera.

Por precaución, y esperando que el aislamiento le calmase de aquella inquietud, Lucila le mantuvo encerrado en casa todo el día 28. Creyó Enrique ponerse a tono con la madre aguando el vino de la tragedia, y aseguró que las noticias del día eran plenamente satisfactorias. La Iberia, en un artículo truculento contra los matadores de la Libertad, decía que las heridas recibidas por el General no eran de cuidado.

El 29 mostrose Halconero más tranquilo; pero Lucila decretó un día más de encierro. Por la tarde presentose Segismundo en la casa, cuando menos se le esperaba. Los tres amigos hablaron del suceso con calor, y enaltecieron la figura del mártir, a quien un corto número de hombres fascinados y delirantes querían cerrar brutalmente el paso hacia el coronamiento de una empresa política. Si a todos no era grata tal política, merecía respeto por el brío y la perseverancia que Prim había puesto en ella. De aquí pasaron al examen y expurgo de la lista de facinerosos, que intentaron cambiar el rumbo de los destinos de España con feroz dentellada más propia de tigres que de hombres.

Rompió luego Segismundo el freno de su sinceridad, y sin preparación alguna nombró a los bárbaros de la calle del Turco. «No hay ni mediana paridad -dijo Halconero- entre esos nombres y los que traía la lista.. Aquí tengo la copia, que para mi uso particular guardé». (p.8332) Sacó del bolsillo el papel, y examinado por el pícaro, dictó este a su amigo la rectificación, quitando dos nombres y sustituyendo otros dos por nombres nuevos. Total: ocho. Y luego que se hizo la enmienda, añadió estas palabras, dictadas por la radical convicción de lo que decía: «Ahora tienes completo y exacto el personal de la tragedia, cuyo desenlace ignoramos aún. Ahí verás al capataz de los bandidos; ahí los dos fosforeros, el del coche, y los cinco que dispararon sus retacos dentro de la berlina.. ¿De dónde salieron preparados para dar muerte a don Juan? Lo sabrás todo. Lugares y personas tienen igual importancia. Entre dos luces partieron de la taberna de Botoneras, llevando su plan bien maduro, contados los pasos que habían de dar. Seguros iban de la indolencia de la policía y de la ceguera de las autoridades. Podían despachar su obra en cómodas tinieblas, en un escenario admirable para trabajar a mansalva, sin ningún peligro. Un solo contratiempo temían: que la víctima no pasase aquella noche por la vía más breve entre su palacio y el de las Cortes. Pero si pasaba, como siempre inerme y descuidado, no había de salvarle ni la Paz y Caridad.

»Salieron uno por uno del escondrijo de Botoneras, tomando distintas direcciones, bien calculados tiempo y distancias para reunirse en el Prado. Llevaban los más blusas largas; dentro de estas, los retacos.. Unos subieron a la calle del Turco por la de la Greda, otros por la de Alcalá. Como habían de esperar a que terminase la sesión de las Cortes, entraron algunos en la taberna del Turco con disimulo de sus inicuas intenciones; su lenguaje fue jovial y totalmente extraño al asunto. Los demás divagaban por las proximidades andando a prisa, no como quien se estaciona, sino como quien pasa de largo.. Con hábil estrategia, semejante a la de los ladrones, se juntaban para cambiar el alerta en espera del aviso. Este llegó comunicado por un sencillo telégrafo de fósforos encendidos en la obscuridad, y.. lo demás pertenece a la historia visible y pública.

»Al General le ha perdido la (p.8333) vanagloria de su valor. Si hubiera dejado entrar en su alma un poco de miedo, ordenando que custodiara la calle una pareja no más de la Guardia Veterana, a estas horas estaría tranquilamente en Cartagena, sin otra inquietud que la de si aparecía o no en el horizonte la fragata Numancia. La bravura temeraria salva en unos casos a los hombres, y en otros los pierde. La hombrada de los Castillejos dio a Prim fama, gloria, tras de las cuales vino el caudillaje de las multitudes, el poder revolucionario, el poder de gobierno.. Los hombres se endiosan por el éxito, y en el delirio de su soberbia llegan a desconocer que si en largos días no los vence la legión de enemigos descubiertos, en cinco minutos puede vencerlos y aniquilarlos la cobardía traicionera y enmascarada. En el escenario militar de África y en el teatro político de Madrid, triunfa el hombre valiente y sagaz, y en un paso estrecho y obscuro, media docena de bárbaros en acecho acaban con él y con sus ideas altas y generosas».

Dicho esto, el pícaro y bohemio abandonó a sus amigos alegando la necesidad de consagrarse a las ocupaciones que eran el nervio de su existencia. Su próvido cliente don Trinidad le apremiaba para que se pusiese al telar, pues los pueblos, ante el advenimiento de un Rey excomulgado, pedían actos de fe y el consuelo de la santa cátedra. «Me da en la nariz -dijo Segismundo al salir-, que viene a escape una época en que veremos muy floreciente la industria sermonera o sermonaria, y yo, que de ella vivo, quiero sostener, y si fuere posible, aumentar mi honrada parroquia».

Quedó Halconero, con la visita y referencias de Segismundo, más caviloso que antes estuvo, y más aferrado a la idea de lanzarse a la palestra de la Verdad como paladín de la Justicia. Guardando cuidadosamente en su bolsillo la corregida nota de los matachines de la calle del Turco, expresó con grandísimo tesón su propósito de acusarlos a cara descubierta, sacrificando a este deber su tranquilidad, su posición, sus amores, su vida misma si fuere menester. Viéndole tan (p.8334) decidido y ardoroso, Lucila pensó que sería peor contrariarle, y así lo dijo secretamente a Bravito cuando en la puerta le despedía. Toda la tarde y parte de la noche persistió Vicente en su temeraria idea, sin que de ella pudiese apearle ni el propio don Ángel Cordero con sesudos y amenos divagares sobre la economía y administración aplicadas al arte de pastorear a los pueblos. A media noche se durmió; junto al lecho observaba Lucila con atento amor las intermitencias del sueño del amado hijo. Retirose al tener certeza de que había caído en un dormir profundo. La estancia quedó alumbrada por una mariposa puesta en el gabinete próximo, frente a una imagen de la Virgen; la tenue llamita de la candileja proyectaba sobre el cuadro religioso extrañas claridades, que en unos puntos fingían figuras alargadas, y en otros sombras contraídas.

Media hora estuvo Lucila ausente de la habitación. Apareció de nuevo en ella, abriendo con lentitud la puerta para evitar el ruido. Venía mal cubierta de un manto, como persona que abandona su lecho para poner en ejecución una idea súbita, quizás una idea olvidada. Traía la cara trágica; podía ser comparada con Lady Macbeth cuando, en su vagar sonámbulo, intentaba lavar su mano de una mancha indeleble. Mas no era esta la intención, no era este el estado anímico de la noble señora en aquel instante, como se verá por la narración fiel de lo que hizo en la estancia donde su primogénito dormía.

Pasito a paso se acercó al lecho; sus pies descalzos no levantaban ni el más ligero ruido en la blanda alfombra. Observó a Vicente dormido, y llegándose a donde había dejado su ropa, la reconoció con dedos sutiles hasta encontrar el bolsillo en que guardaba el censo de asesinos. Suavemente lo sacó, poniendo en el mismo sitio otro papel que a prevención llevaba. Con el mismo andar de diosa o figura evocada por un ensueño, pasó de la alcoba al gabinete, y llegándose a la mesa en que estaba la candileja, miró la lista que llevaba en la mano, y segura de que no se había equivocado, acercó una (p.8335) de las puntas del papel a la lucecita que ardía sobre un disco de corcho, flotante sobre el aceite. El papel cogió lumbre. Viéndole arder lentamente, la señora de trágico rostro así pensaba: «Para nada sirve este infame papel, como no sea para trastornar a mi querido hijo y apartarle de su felicidad y de sus deberes. Quémate, lista criminal; quemaos, nombres de bandidos. ¡Lástima que con vuestros nombres no ardan también vuestras personas!.. Descifren el acertijo los que tienen el deber de hacerlo; descubran los jueces lo que haya que descubrir, y queden los inocentes apartados de esta infamia. Ya se ha visto que no hay aquí policía ni autoridades previsoras. Para saber que tampoco hay justicia, no es necesario que este pobre hijo mío comprometa su nombre honrado y sacrifique sus días dichosos. Asesinos, pasad ignorados a la posteridad, y que esta pueda maldeciros sin conoceros».

 

Ep-42-XXX -

El papel, invadido por la llama, se ennegrecía y enroscaba como cuerpo vivo sensible a los efectos de la combustión. La celtíbera no lo soltó de sus blandos dedos hasta que estos sufrieron el ardor de la quemadura. Recogidas las cenizas, las arrojó en un cubo de agua, donde se deshicieron como saliva escupida en el mar.. El papel que introdujo la buena madre en el bolsillo de Vicente, en sustitución del papel sustraído, era una carta que Pilar escribió a su novio aquella noche, expresándole su cariño con la ingenuidad más intensa, suplicándole además que por amor de Dios y de ella se abstuviera de comprometer nombre y persona en enredos de Justicia.

Lo que se ha referido pasaba en la madrugada del 30 de Diciembre, día que amaneció risueño y claro para los que en Buenavista seguían con ansiosa expectación el curso de la dolencia traumática del General Prim. Este había pasado la noche muy tranquilo, y de su sueño despertó con ganas de hablar, que todos interpretaron como ganas de vivir. La noticia de la mejoría salió a correr por Madrid, llevando alegría y esperanzas a todo el vecindario, y lanzada después por el telégrafo a (p.8336) ciudades y pueblos, difundió las albricias por España entera. A pesar de esto, se prohibió severamente la entrada en la alcoba, sin otra excepción que la de los amigos y familia que turnaban en velar al enfermo. Tenía el General su cabeza tan despejada, que de todo quiso informarse, y aun apuntó disposiciones acertadísimas, proyectos que había de realizar en cuanto el Rey llegara.

Ya el día anterior, 29, había presentado síntomas de mejoría por la remisión natural de la fiebre. Pudo resistir la emoción de la despedida de Topete, que partió aquel día para Cartagena, revestido de la autoridad de Presidente del Consejo. Conoció y alabó la composición que en momentos tan angustiosos se dio al Ministerio. Sagasta había vuelto a Gobernación; Topete se encargó de Estado con la Presidencia, y Ayala entró en Ultramar. Asimismo tuvo Prim suficiente claridad mental para informarse de la interesante sesión del 28, y del hermoso arranque de Topete, que supo expresar su pensamiento y noble actitud con sublime elocuencia; pudo conocer las protestas contra el hecho de la calle del Turco, formuladas por amigos y adversarios, y las disposiciones y acuerdos de las Cortes para mantener el orden material en días de tanta inquietud y amargura.

No todos los que de cerca observaban y asistían al herido se hallaban conformes con las noticias optimistas que a cada instante eran lanzadas al público, ni creían que en caso de tal importancia debía ser engañado el país con piadosas mentiras. El Ministro de Hacienda, Moret, pidió que no se diesen noticias sin el refrendo de la Facultad, y el Gobierno acordó en la mañana del 30 que así se hiciera.. En las rampas de Buenavista, por Alcalá y el Barquillo, se estacionaba mañana y tarde el pelotón de gente ociosa y compasiva que infaliblemente, desde que el mundo es mundo, monta la guardia pública a la vera del suceso trágico.

Salía Ibero de Buenavista, y al tomar la bajada del Barquillo fue detenido por una mujer que del pelotón salió a cortarle el paso. Desagradó al caballero la presencia súbita de Rafaela (p.8337) Milagro (pues no era otra la mujer aparecida) , con quien tuvo algo que ver en días anteriores a su casamiento con Gracia. Alguna vez habíala visto en Madrid, pasando de largo, sin hacer caso de las miradas de ella, que pedían saludo y conversación. No pudo don Santiago librarse aquel día del repentino encontronazo, y si este no le satisfizo, menos le agradó el oírse tuteado familiarmente en cuanto abrió su boca la dama errante de antaño. «Dispensa que te detenga; pero te veo salir de Buenavista.. Traerás noticias frescas de ese pobre señor.. ¿Cómo está? ¿Es cierto que ha mejorado de ayer a hoy?».

«Tanto ha mejorado el General -replicó Ibero con propósito de limitar a lo preciso la contestación-, que creemos asegurada su vida..». Y la ecuménica, componiendo su rostro con guiños y muequecillas coquetiles, para que Santiago recordase los tiempos en que la llamabanperita en dulce, habló de esta manera: «Aunque no es santo de mi devoción, me alegro.. Viviendo, tendrá espacio su alma para el arrepentimiento.. Ya sé que hoy eres su amigo. No vienen esas amistades de muy atrás, porque este Prim pasaba por moderado y enemigo del Regente, cuando tú, Santiago Ibero, fusilaste al pobre Montesdeoca en la Florida de Vitoria..».

Frunció el ceño Santiago y revistió su rostro de amargo desdén al oír el intempestivo recuerdo. Quiso dar por terminada la conversación, cuando se acercó la fantasma o estantigua mayor, que había permanecido alejada de su compañera. La huesuda y feroz Domiciana, cabeza principal de la triple Hécate, metió su viperina palabra en el coloquio con estos lúgubres conceptos: «¿Y dice usted que está mejor? Lo siento, porque esa es la mejoría de la muerte. Al verle a usted pasar tan aprisa, creímos que iba en busca del confesor.. No está bien que le detengamos.. Vaya, vaya pronto, que si no trae en seguida al médico del alma, podría llegar tarde..».

 

Ep-42-XXXI -

De mal talante se apartó Ibero de las malditas cornejas, y procurando olvidar los lúgubres vaticinios, fue corriendo a su casa, (p.8338) ganoso de llevar a la familia las felices nuevas. Sin tardanza volvió al Ministerio, y apenas entró en la alcoba donde el General yacía, pudo advertir en las caras de los amigos presentes que las impresiones lisonjeras habían cambiado en el corto tiempo de su ausencia. Había dejado al héroe incorporado en su lecho, y le encontraba rígidamente tendido en todo su largo, la cabeza hundida en las almohadas. Habíale dejado parlero y casi jovial, y le encontraba con la cara intensamente terrosa, la mirada fija en el techo con atención incierta. No hizo el Coronel a los circunstantes pregunta alguna. Todos miraban al General, esperando que hablase. Al fin el héroe y mártir dejó caer de sus labios una vaga pregunta: «¿Qué hora es?». Contestáronle que habían dado las doce, y el silencio volvió a posesionarse de la triste y amarilla estancia.

Pasado un rato, la misma pregunta del General rasgó el silencio: «¿Qué hora es?». Le respondieron agregando a la cifra anterior lo que aumentado había el paso inexorable del tiempo.. Ya no dudó nadie que en el cerebro del General se iniciaba la somnolencia que conduce al eterno dormir; y cuando por tercera vez dijo con mayor desmayo y terneza de la voz: «¿qué hora es?» el terror cundió por toda la casa. Síntomas tristísimos no tardaron en presentarse, y la Facultad acudió a ellos con remedios que sólo servían para disimular la inmensa gravedad. Aumentó la fiebre, y en el ardor de ella el General tuvo un momento lúcido para preguntar con voz entera si había llegado el Rey a Cartagena; y como le contestaran que si, lanzó de su pecho un descomunal suspiro. Fue sin duda el delantero que abría paso para la salida del alma. Pasó un rato angustioso, hasta que la noticia que habían comunicado al hombre de la Revolución tuvo de boca de este un fúnebre comentario: El Rey ha llegado, y yo.. me muero.

¡Triste síntesis de la vida de España en aquellos turbados años! ¡Tanta energía y acción tan formidable concluidas en un cruce irónico del triunfo y la muerte! Llevaron apresuradamente al doctor Sánchez Toca, (p.8339) que no hizo más que verle, y salió diciendo: «Me traen a ver un cadáver.. Ya no hay nada que hacer..». Anocheció. Las últimas claridades de un día velado y lacrimoso se despidieron del aposento amarillo en que acababa sus horas el que unió su nombre a la más amada idea del siglo: Prim Libertad. Lámparas nocturnas alumbraron la inmovilidad del moribundo y el dolor de los suyos. En su delirio, el héroe mismo se cantaba sus honras pronunciando a ratos con fuerte voz, a ratos con torpeza balbuciente, este salmo lastimero: «He salvado la Libertad.. me muero.. ¡Canallas!..».

El grande hombre arrastró sus instantes hasta las ocho y quince minutos, en que expiró. Su figura histórica era la puerta de los famosos jamases, la cual tapaba el hueco por donde habían salido seres e institutos condenados a no entrar mientras él viviera. Muerto Prim, quedó abierto el boquete, y por él se veían sombras lejanas que miraban medrosas, sin atreverse a dar un paso hacia acá. Era pronto para entrar; pero como quedaba franco el camino, ya les llegaría su ocasión. Aquel día, 30 de Diciembre de 1870, supo España que toda puerta es practicable cuando no hay un cuerpo bastante recio que la tape y asegure.. Las devociones reaccionarias y frailunas rezaron por el muerto con esta dulce letanía: «Vivir para volver».

 

FIN DE ESPAÑA TRÁGICA

 

 

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(EPISODIO 43)

AMADEO I

 

Ep-43-I -

El 2 de Enero de 1871 vimos entrar en los Madriles al Monarca constitucional elegido por las Cortes, Amadeo de Saboya, hijo del llamado re galantuomo, Víctor Manuel II, Soberano de la nueva Italia. En las calles, alfombradas de nieve, se agolpaba el pueblo, ansioso de ver al príncipe italiano, de cuyo liberalismo y caballerosidad se hacían lenguas los amigos de Prim, que le habían buscado y traído para felicidad de estos abatidos reinos. Como los españoles no habíamos visto, en lo que iba de siglo, Rey ni Roque a la moderna, más arrimados a la Libertad que al feo absolutismo, ardíamos en curiosidad por ver el cariz, el gesto, la prestancia del que nos (p.8340) mandaba Italia en reemplazo de los en buen hora despedidos Borbones.

Entró don Amadeo a caballo, con brillante escolta, y su persona despertó simpatías en el pueblo.. Varios amigos, de quienes hablaré luego, nos situamos en la esquina de la calle del Turco, palacio de Valmediano, orilla baja del Congreso, y le vimos muy a gusto desde que apareció por el Prado y embocó el repecho que llaman Plaza de las Cortes. Saludaba con graciosa novedad, extendiendo ceremoniosamente el brazo al quitarse el sombrero. Uno de los amigos que me acompañaban aseguró que aquel era el saludo masónico en su expresión castiza, y sólo por este detalle vio en el Rey entrante una esperanza de la Patria.

A todos pareció don Amadeo gallardo, y animoso hasta la temeridad. Y que el hombre tenía los riñones bien puestos y un cuajo formidable, se demuestra con decir que de una monarquía juvenil le traían a reinar en una vieja monarquía, devastada por la feroz lucha secular entre dos familias coronadas. Verdad es que España se sacudió a entrambas como pudo; pero una y otra dejaron en los repliegues del suelo cantidad de huevecillos que el calor y las pasiones de los hombres cluecos, aquí tan abundantes, habrían de empollar más tarde o más temprano. Venía el buen príncipe de un país en que el pueblo y sus reyes recíprocamente se amaban, y entraba en este, recocido en el hervor de las opiniones, amante tan sólo de irisados ideales, o de vagas incógnitas que sólo podría despejar el tiempo.

Y por si no estuviera bien probado el valor del chico de Saboya, la fatalidad le sometió a mayor prueba. Al llegar a Cartagena, diéronle, para hacer boca, la noticia del asesinato y muerte de Prim, que le había traído a reinar en este manicomio. Mostrose apenado y sereno el príncipe al recibir este jicarazo.. Su arribo a España en momentos trágicos, no carecía de romana grandeza. La Historia, que aún no tenía nada que decir del nuevo Rey, señaló aquel primer paso, puesta la mano en el esforzado corazón del hijo de Víctor Manuel.

En el trayecto por ferrocarril desde (p.8341) Cartagena a Madrid no llegaron a don Amadeo calurosas demostraciones populares. Diéronle la bienvenida caciques inveterados en la adulación, y alcaldes de Real orden que lo mismo habrían festejado al Moro Muza si el Gobierno se lo mandase. Llegó a Madrid la Majestad saboyana, y de la estación fue al santuario de Atocha, donde visitó a Prim muerto y amortajado de uniforme entre hachones; y cuando el Rey, con mudo estupor y recogimiento, contemplaba el embalsamado cadáver, este le dijo: «Aprende de mí la inseguridad de las grandezas humanas. Vienes a reinar en España traído por Prim. Pues aquí tienes a tu Prim.. Ya no soy más que un nombre, un despojo mortuorio, un tema para que algún sabio cuente lo que hice y lo que no he podido hacer. Creíste encontrar un hombre, y sólo soy una leyenda.. una ráfaga de gloria, un frío mármol quizás y una biografía.. Arréglate como puedas, hijo. Consulta el corazón del pueblo, y al son de los latidos de este pon los del tuyo. Para poseer el arte de reinar, aprende bien antes la ciudadanía. El buen Rey sale del mejor ciudadano..».

Oído esto, o pensado (es un suponer) , don Amadeo hizo su oficial entrada en la Villa y Corte con la arrogancia caballeresca que le captó la querencia y agrado de los madrileños. Después de jurar en las Cortes, siguió su camino, entre soldados y apretada muchedumbre, prodigando el quita y pon del tricornio, que mi amigo llamaba saludo masónico. Los que gozamos de aquel lindo espectáculo éramos cinco: Córdoba y López, federal exaltado y escritor valiente; Emigdio Santamaría, furioso propagandista republicano; Mateo Nuevo, otro que tal, revolucionario de acción, que a la idea consagraba toda su actividad y toda su pecunia: los dos restantes, inferiores sin duda en edad, saber y gobierno, nos habíamos conocido y tratado en una casa de huéspedes donde juntos hacíamos vida estudiantil. Él era guanche y yo celtíbero, quiere decir que él nació en una isla de las que llaman adyacentes, yo en la falda de los Montes de Oca, tierra de los Pelendones; él despuntaba (p.8342) por la literatura; no sé si en aquellas calendas había dado al público algún libro; años adelante lanzó más de uno, de materia y finalidad patrióticas, contando guerras, disturbios y casos públicos y particulares que vienen a ser como toques o bosquejos fugaces del carácter nacional. A mí también me da el naipe, por las letras; pero carezco de la perseverancia que a mi amigo le sobra. Ambos, en la época que llamaré amadeísta, matábamos el tiempo y engañábamos las ilusiones haciendo periodismo, excelente aprendizaje para mayores empresas. Y no digo más por ahora, reservándome, con permiso del bondadoso lector, el nombre de mi amigo y el mío.

Visto el paso del Rey, divagamos por las calles, recogiendo de las bocas y de las caras de la muchedumbre la impresión del suceso, y debo declarar honradamente que el príncipe italiano, traído a ocupar el trono vacío de los Borbones, había entrado en la capital del Reino con buena sombra. Las mujeres encomiaban al Rey forastero por su garbo y su valor sereno, y los hombres, en general, le veían como una esperanza engarzada en una novedad. Lo nuevo lleva siempre ventaja sobre lo gastado y caduco. La medicina desconocida consuela al enfermo, ya que no le cure, y el cambio de amo trae algún alivio a los que sufren miseria y esclavitud.

Los amigos que desde la tribuna de periodistas del Congreso presenciaron la sesión solemnísima de las Constituyentes cuentan que el nuevo Rey, bien plantado, la derecha mano sobre el corazón, pronunció con voz entera el Sí juro, sanción elemental de su investidura y primer aliento de su reinado. Respondiole con fervientes aclamaciones la turbamulta que llenaba el salón, voces que fueron ¡ay!, el estertor de las Constituyentes, pues con aquel hálito expiraron y se desvanecieron en la Historia, dejando tras sí un rastro glorioso. En el propio instante feneció también la discreta Regencia ejercida por Serrano desde que la Democracia se hizo monárquica por el voto de los más, hasta que el Principio se hizo carne en la persona del hijo de Víctor (p.8343) Manuel..

Al salir del Congreso, el Rey alteró la carrera y ordenamiento de su marcha triunfal, volviendo al Prado para dirigirse a Buenavista. No quería entrar en su casa sin visitar a la viuda de Prim, Condesa de Reus y Marquesa de los Castillejos, doña Francisca Agüero. La visita fue breve y patética, según nos contó Ricardo Muñiz en la misma tarde del día 2. Don Amadeo besó la mano de la desolada señora y abrazó a los huérfanos. Ni él pudo hablar largo por su escaso dominio de la lengua castellana, ni la viuda tampoco, porque la intensidad de su dolor le entorpecía la palabra.. De Buenavista subió el Rey por la calle de Alcalá, saludando y saludado con afectuosa cortesía.

Buenos observadores éramos para saber apreciar el momento político por el adorno de los balcones de la carrera. Las irreductibles formas de opinión hablaron aquel día claramente, aquí con las profusas percalinas, allá con la ausencia de toda clase de trapos manifestantes de una idea. Un amigo muy despierto, de filiación moderada, Juanito Valero de Tornos, nos hizo notar que los palacios de Medinaceli y Villahermosa en lo más bajo de la plaza de las Cortes, no habían colgado sus elegantes reposteros. También faltaban los tapices en la casa de Miraflores, Carrera de San Jerónimo, y en la de Oñate, calle Mayor. El veto del alfonsismo era, pues, terminante. Yo me permití decir a nuestro amigo que más significativo que aquel veto era el de los federales, bien manifiesto en innumerables balcones desnudos, y él respondió burlándose: «Poco significa la opinión de la cofradía sinalagmática, conmutativa, bilateral, que muerto Prim, ya no podéis tocar pito ni flauta». Uno de los nuestros le dijo: «Tocaremos lo que nos acomode, y vosotros el cuerno». Y el otro replicó: «Sí, sí, el cuerno de Hernani».

Vuelvo un poquito atrás para referir que los cinco amigotes agrupados el 2 de Enero de 1871 para ver entrar a don Amadeo, formamos la misma piña el día anterior, domingo 1 de Enero, en las rampas aún no concluidas del palacio de Buenavista, para (p.8344) ver salir y pasar tristemente el féretro de Prim. También aquel día cubrían el suelo cuajarones de nieve. El sol se ocultaba entre nubes pardas, ceñudas. ¡Oh luctuoso día, el más triste que yo había visto desde que mis ojos pudieron observar la corriente de la Historia viva! Pasó el coche en que iba el General cuando le dispararon los tiros en la calle del Turco, rotos los vidrios, enlutados los faroles, enlutado el cochero; detrás la carroza fúnebre, lenta como el barquichuelo de Aqueronte. Vi a los que llevaban las cintas por el lado en que yo estaba: eran el General Contreras, don Manuel Silvela y don Vicente Rodríguez. Seguía la cabecera del duelo: General Serrano, don Salustiano Olózaga, un obispo, don Nicolás Rivero, Moreno Benítez.. Ulloa, Ruiz Zorrilla, que se habían adelantado al Rey para llegar al entierro del grande hombre, y detrás la revuelta turbamulta, diputados y políticos de todas marcas y abolengo. Recuerdo haber visto a Castelar, a Pi y Margall, a García Ruiz, Sánchez Ruano, Becerra.. Era un desfile de caras que constituían la iconografía política de aquel tiempo.. figuras del montón complejo, algunas de las cuales entraron en la Historia, y otras se quedaron fuera mirando a una puerta que se llama del Olvido.. En marcha se puso la tétrica procesión, Prado abajo, en dirección del santuario de Atocha. Lloraba el día, lloraban los árboles desnudos, lloraba la muchedumbre negra, silenciosa, con el solo rumor de sus pisadas. Así fue llevado al sepulcro el hombre que ejerció en España durante veintisiete meses una blanda dictadura, poniendo frenos a la revolución y creando una monarquía democrática como artificio de transición, o modus vivendi hasta que llegara la plenitud de los tiempos.

El mismo día, tempranito, habíamos ido los cinco a los funerales masónicos que se hicieron al General en la basílica de Atocha. Aunque yo y mi amigo de hospedaje y periodismo no teníamos vela en aquel entierro, nos agarramos a los faldones de Nuevo, Córdoba y Santamaría, para colarnos en el sacro recinto y en la (p.8345) capilla que los atrevidos masones convirtieron por un buen rato en logia o taller. Nunca vi cosa semejante, alarde atrevidísimo de licencia cultural. En los tiempos que corren, aquel acto habría sido la más escandalosa de las profanaciones, merecedora de los tizonazos del Infierno. Yacía el cadáver del héroe de los Castillejos en una capilla de las primeras a mano izquierda, descubierto en su caja bronceada. De la otra parte del templo venía el tintín de campanillas, señal de misa, y se oían pisadas y carraspeo de viejas. Los masones, que eran unos treinta, pertenecientes al Gran Oriente Nacional de España, dieron comienzo a la ceremonia, sin que nadie les estorbara en los diferentes pasos y manipulaciones de su extraño rito.

Descripción del funeral. Lo primero fue hacer tres viajes alrededor de la caja, formados uno tras otro. El primero y segundo viajes iban dirigidos por los dos primeros Vigilantes de la Orden; en el tercero iba de guía el Gran Maestre (Gr.•. Mae.•. de la Ord.•.) . Al paso arrojaban sobre el cadáver hojas de acacia. Luego, el propio Gran Maestre dio tres golpes de mallete (un mazo de madera) sobre la helada frente de Prim, llamándole por su nombre simbólico: Caballero Rosa Cruz, Grado 18. A cada llamamiento, los masones, mirándose con gravedad patética, exclamaban: «¡No responde!». Después formaron la cadena mística, dándose las manos en derredor del muerto. El Vigilante declamó con voz sepulcral esta fórmula: La cadena se ha roto. Falta el hermano Prim, Caballero Rosa Cruz. Gr. 18. A continuación el Gran Maestre pronunció un breve discurso apologético, y luego leyó un balaustre. Así llaman a las comunicaciones o documentos que las logias de diferentes países se cruzan entre sí para restablecer la fraternidad universal. El balaustre era de la masonería italiana, que ponía bajo la salvaguardia de los Hermanos del Grande Oriente Español la persona de Amadeo de Saboya, encargándoles encarecidamente que velaran por el nuevo Rey, y le protegieran de la maldad y asechanzas de todo género.

(NOTA. (p.8346) Luego resultó, según me dijo Santamaría, que el balaustre era falso, y que Amadeo no figuraba en la masonería de su país, ni pisó jamás las cámaras, logias o talleres. Superchería fue de un español amante de la casa de Saboya. Con tal ardid logró un efecto de propaganda previsora, muy eficaz en la ocasión crítica de aquella traída de un rey para fundar dinastía en país turbulento y alocado.)

Observé que en la última parte del ceremonial, cuando los Hijos de la Viuda estaban en la plenitud de su abstracción litúrgica, asomaron en la entrada de la capilla dos o tres viejas y algunos inválidos que habían despachado sus misas. Con más curiosidad que espanto miraron y oyeron los arrumacos y el vocerío masónicos. Debieron de pensar que aquellos señores rezaban por sus muertos en una forma y estilo extravagantes; mas no veían gran malicia en ello.. Sotanas de curas y sacristanes no vimos que a la capilla se acercaran, lo que demostraba excesiva tolerancia, o vista muy gorda de la superior clerecía de Atocha.. Tolerancia hubo de una parte; pero la otra incurrió en el pecado de indiscreción, porque algún periódico describió la ceremonia con todos sus pelos y perendengues, sin omitir las hojas de acacia. Consecuencia de esta simplicidad periodística fue la destitución del Rector de la basílica, don Leopoldo Briones, varón docto y un tanto hereje, según oí decir; liberal sin careta, muy dado al libre pensar y a la libre crítica de personas y cosas eclesiásticas.

 

Ep-43-II -

Volviendo al punto inicial de este relato, diré que a media tarde del 2 de Enero nos dispersamos los cinco ciudadanos que habíamos presenciado juntos la entrada del nuevo Rey. Mi amigo el canario se fue con Córdoba López a la casa de pupilos donde moraban (Olivo, 9) ; Santamaría se unió a la trinca de Félix La Llave, Patricio Calleja y Nicolás Calvo, conspiradores de oficio, y se encaminaron los cuatro al domicilio del último (Olmo, 30) , donde tenían su sanhedrín. Yo me fui con Mateo Nuevo a su casa (Montera, 11) , donde se agazapaba la redacción de un ardiente (p.8347) periodiquillo, El Tribunal del Pueblo. Ayudábale yo a escribirlo, y no miento al decir que las parrafadas más libres y frenéticas eran de un servidor de ustedes. Sorprendíanos a Mateo y a mí la aurora del nuevo día enjaretando artículos y sueltos, o hablando de la revolución que a juicio de él se incubaba sigilosamente, y pronto saldría del cascarón cantando la Marsellesa.

Era Mateo Nuevo un hombre ingenuo y exaltado. Su fe revolucionaria, a prueba de desengaños, le inspiraba la persistente acción y el ciego impulso hacia los fines que creía tener al alcance de la mano. Los dedos tocaban los fines, y estos huían alejándose en una atmósfera de azul y dorado ensueño. Su casa era un tubo de largo pasillo y habitaciones lóbregas que empezaba en la calle de la Montera y acababa en la de los Negros, rebautizada con el nombre de Tetuán. En esta parte estaba la redacción, y allí teníamos nuestro club y mentidero, con asistencia de amigos locuaces, adorantes de un dogma bellísimo, dispuestos a dar toda su saliva y en último caso su sangre por traerlo a los altares de la realidad. Las noches largas de invierno se nos hacían cortas, y deslizaban sus horas entre el correr de nuestras charlas, ora utópicas, ora proyectistas, pues en el delirio de la conversación imaginábamos lindas leyes concisas que no esperaban más que el triunfo material para colmar a España de felicidad y contento. El desperezo matutino del próximo mercado del Carmen y el ronco son de la taberna y carbonería que caían bajo los balcones por la calle de los Negros, nos traían a la razón y al sueño. Ya era virtud el descanso. Cada mochuelo se iba a su albergue, y yo a mi cueva, que así la llamaba por ser en la calle de los Leones.

Mi trato constante con Mateo Nuevo y otros románticos de la política, constructores clandestinos de una España feliz, me puso en condiciones de descubrir algunos tapadijos revolucionarios y rasgar velos de conspiración, cosa muy grata a los que anhelamos libertad que nos despabile y mudanza que nos mejore. Con mi destreza en atar cabos, y algo que se le (p.8348) salía de la boca al bueno de don Mateo, vine a saber que existía en Madrid un organismo designado con el resonante título de Junta Suprema del Consejo de la Federación Española. Lo presidía don Francisco García López, diputado constituyente, estirado de palabra y de ropa, y fueron Vicepresidentes los hermanos Pierrad, y después don Juan Contreras. Mateo Nuevo figuraba como Vocal, y también Córdoba López y Emigdio Santamaría.

Tuve luego conocimiento de otros, y de los que componían las juntas de distrito, que irán saliendo conforme los reclame el desarrollo histórico. Reuníase a veces la Junta Suprema en la casa de mi amigo Nuevo. Por variar de sitio se congregaron alguna vez en el taller de Nicolás Calvo (Olmo, 30) ; andando días, los olfateos de la policía les movieron a recatarse más, y la guarida revolucionaria fue.. lo diré aunque no me lo crean.. fue un convento de monjas.

Ello era en la plaza de Jesús esquina a las Huertas, y ocurría cuando ya llevaba largos días en Madrid el Rey saboyano. Emigdio Santamaría, que era el mismo demonio, me reveló, cuando llegamos a unirnos con mayor confianza, que él había sido el catequizador de las monjas para que facilitaran un salón de planta baja donde se reuniera la Junta Suprema. Mas no supo o no quiso explicarme el porqué de tal tolerancia en personas de ideas tan contrarias a las nuestras. He dado en pensar que como la conjura iba contra un Rey excomulgado, creían aquellas mujeres simplísimas que ayudando a la Federación Española, laboraban santamente en servicio de Dios. Misterios de la conciencia, misterios de la política, ¿quién os entiende, quién os deslinda, quién os baraja?

Perdóneme el piadoso público la falta de método que habrá notado en mis escritos, los cuales aparecen reñidos con el orden cronológico. Este defecto mío radica en el fondo de mi naturaleza, y sin darme cuenta de ello refiero los acontecimientos invirtiendo su lugar en el tiempo. Si nunca me ha entrado en el cerebro la aritmética, tampoco hice migas con la cronología, y sin (p.8349) pensarlo refiero lo de hoy antes que lo de ayer, y la consecuencia antes que el antecedente.. Va siempre por delante lo que hiere mi imaginación con más viveza.. Al franquearme contigo, noble y cachazudo lector, presumo que desearás conocerme, saber quién soy, de dónde he salido, y el cómo y por qué de mi metimiento, de mi colaboración en estas historias. Por de pronto diré que soy un hombre chiquitín de cuerpo, grande de espíritu y dotado de amplia percepción para ver y apreciar las cosas del mundo. Reservo por ahora mi verdadero nombre, y entre los diferentes motes que suelo usar en mi labor periodística, escojo el más adecuado, que es también el más breve: Tito.

Si queréis saber algo de mi ascendencia os diré que es un extraordinario ciempiés o cienramas. Por mi padre tengo sangre de los Pipaones y Landázuris de Álava, absolutistas hasta la rabia, y sangre de los Torrijos y Porlieres, mártires de la Libertad. Mi madre me ha transmitido sangre de verdugos como González Moreno y Calomarde, sangre de Zurbanos, y aun la de fieros demagogos, ateos y masones. Mi abolengo es, pues, de una variedad harto jocosa. Yo, con paciencia y saliva, quiero decir tinta, he reconstruido mi árbol, y en él tengo señoras linajudas, títulos de Castilla, que casi se dan la mano con logreros y mercachifles de baja estofa; tengo un obispo católico, un cura protestante, una madre abadesa, dos gitanos, una moza del partido, un caballero del hábito de Santiago y varios que lo fueron de industria.. Soy, pues, un queso de múltiples y variadas leches. Debo declarar que de la heterogeneidad de mis fundamentos genealógicos he salido yo tan complejo, que a menudo me siento diferente de mí mismo.

En la época de este mi cuento amadeísta había cumplido yo los veintitrés años; pero declaraba veinticinco por el afán de hacerme más hombre, y atenuar la poca estimación en que, a mi parecer, se me tenía por mi rostro aniñado, casi lampiño, y mi corta estatura. Temeroso de que se dudara de mi eficacia varonil, yo aumentaba mi (p.8350) humanidad agregándome años, y mi talla usando descomunales tacones.. Han pasado desde entonces algunos lustros: rugoso y lleno de canas, ya no me cargo años, sino que me descargo de ellos, y ni a tiros me hacen pasar de los cincuenta y nueve. La estatura es la que no ha cambiado, ¡ay de mí!.. Suspiro, señores míos, porque este defecto de mi pequeñez ha sido y es la mayor amargura de mi vida. A la menguada talla debo atribuir todas mis desgracias, el fracaso de mis tentativas literarias y el estancamiento de mis ambiciones.. Mi defecto era simplemente la pequeñez, pues no padecía ninguna deformidad: al contrario, mi rostro era correcto, mi cuerpo bien repartido de miembros y de notoria esbeltez, mi temperamento de gran viveza y acometividad, compensación que la Naturaleza suele dar a los chiquitines, casi enanos. Completo mi retrato asegurando con toda veracidad que en los días a que me refiero hice la mar de conquistas, como verá el que me leyere.

Una de las más rápidas y felices la intenté y llevé a venturoso término en Palacio, en la época de interinidad, poco antes de que las Cortes eligieran Rey a don Amadeo de Saboya. ¿Quién era ella? Pues una mujer picotera y bien armada de carnes, planchadora desde los tiempos de doña Isabel, esposa de un portero, que tuvo bastante habilidad y cuquería para empalmar el último reinado borbónico con el primero de la dinastía italiana. Vivían marido y mujer en una modesta habitación del piso más alto, y les protegía el intendente interino don José Abascal. A Palacio iba yo para visitar a un primo de mi madre, don José Folgueras, empleado en las oficinas. Recorriendo las alturas, topé con María de las Nieves. Pronto hallé un pretexto para entrar en su casa. Ello fue que se me hizo un tremendo desgarrón en la capa y ella me ofreció el remedio de aguja y hebra de seda. Era bajita y frescachona. Sin encomendarme a Dios ni al Diablo le planteé la cuestión de confianza. A mi primer exabrupto contestó con risas y fingidos desdenes; al segundo advertí que le había caído en gracia; al tercero fue la (p.8351) vencida, y quedamos amigos. El marido, Quintín González, que se pasaba gran parte de la tarde y prima noche trajinando en la reventa de billetes de teatro, era un buenazo, corpulento como un buey y confiado como un borrego de Dios.

No duró mucho tiempo aquel lío. En Febrero del 71 fui una tarde a Palacio, por visitar a Nieves, sin otro fin que preparar un delicado rompimiento, pues ya me había deparado el Cielo conquista mejor. Apenas pude ver a Nieves un instante: toda la servidumbre estaba muy afanada en disponer las habitaciones para la Reina doña María Victoria, que no tardaría en venir a estos reinos. El Marqués de Dragonetti, caballero rubio y de buena presencia, ayudante, secretario y amigo de Amadeo I, se multiplicaba en la organización de los servicios palatinos, y en equipar con arte pintoresco la servidumbre. A los porteros vistió de colorado rabioso. Cuando en la puerta del Príncipe topé con mi candoroso y coronado amigo Quintín González, vestido en tal guisa y armado de una cachiporra, no pude contener la risa. Bromeamos un rato. Díjome que a su mujer le gustaba lo colorado. Era Nieves muy fantasiosa y algo torera. A él no le hacía maldita gracia el traje, porque ya la gente tomaba en broma las libreas rojas de los porteros, y dentro y fuera de Palacio les llamaban los langostas. «Mala cosa es -dijo moviendo el testuz- que empecemos ya con el mote, el chistecito y la guasita. Yo le diría al Rey, si tuviera confianza: 'Mire, señor, si los españoles le atacan con discursos, injurias y aun con armas blancas o de fuego, manténgase tieso; pero si vienen con chafalditas y remoquetes, a puede ir preparando el petate'».

Mi siguiente conquista fue romántica, pasión que venía rezagada, no de los tiempos de Don Álvaro y El Trovador, sino de otros más próximos en que privó el sentimentalismo baboso de Flor de un día y de Borrascas del corazón. La mujer soñada se me apareció en el anfiteatro del Teatro del Príncipe, viendo, en función de tarde, Los Polvos de la Madre Celestina, obra de risa en que Mariano (p.8352) Fernández derrochaba su inagotable gracejo. ¡Ay!, aquellos polvos me trajeron pronto a los lodos de mi amorosa demencia. La joven que me trastornó era, como yo, chiquitina, de bellas facciones y cuerpo primorosamente formado. A esta igualdad o armonía de nuestra naturaleza visible se debió quizás la repentina inclinación de ambos, y el fogonazo de amor que no tardó en producir voraz incendio. El nombre de la menuda divinidad era Obdulia, de exquisito sabor romántico, y su talle y rostro componían la más encantadora muñeca que en bazares de juguetes se ha podido ver. Iba en compañía de otra mujer, de más edad y complexión hombruna, y desbordada entre ellas y yo la confianza, supe que la pequeña servía y la grande había servido en la casa de una empingorotada señora, la Marquesa de Navalcarazo.

En el primer acto de Los Polvos, hicimos Obdulia y yo nuestra presentación respectiva; en el segundo declaramos la mutua simpatía, y en el tercero afirmamos enfáticamente que habíamos nacido el uno para el otro. Romeo y Julieta no se dieron más prisa. Fue casualidad picante o simbólica que la compañera de Obdulia se llamara Celestina, y confirmaron el nombre sus astutos requerimientos. A la salida de Los Polvos las acompañé, y en el tránsito desde el teatro a la calle del Sacramento, repetimos nuestros gorjeos amorosos, añadiéndoles ya planes y horarios para nuestras futuras entrevistas. Celestina Tirado nos dio facilidades de tiempo y lugar que me colmaron de gratitud.

Aventura tan novelesca me pareció cuento de hadas. Fue Obdulia encanto y alegría de mi existencia, y yo con mi labia y fáciles recursos de expresión, la trastorné y enloquecí. Mi muñeca dejaba traslucir constantemente el romanticismo azucarado y tonto que llevaba en su alma. A lo mejor salía diciendo con canturria: Si oyes contar de un náufrago la historia -ya que en la tierra hasta el amor se olvida.. y lo demás de que no me acuerdo. Cuando yo le preguntaba, suponiéndome náufrago, si me olvidaría, contestaba poniendo la mano sobre el corazón: (p.8353) Aquí -vivirás mientras yo viva. A pesar de estas ardientes ternuras, tuve que darle palabra de casamiento para continuar nuestros amores. Cada día me requería con más empeño a legalizar su situación. Mostrábase celosa guardiana de los buenos principios y de la corrección legal.. En verdad, la melaza romántica no se avenía con las asperezas del deber social y católico; pero yo entraba por todo, y cuando mi Obdulia salía con la tecla del matrimonio, yo le aseguraba que en cuanto me mandaran los papeles.. pim.. a casarnos.

Llegó un día en que mi muñeca, sin apagar sus poéticos fulgores, mostraba un admirable sentido práctico. «He confesado a mi señora -me dijo poniéndose muy seria- que tengo un novio, a quien quiero de veras.. novio con buen fin, que si otra cosa le dijera se pondría furiosa; que a nosotras las criadas no nos consienten gallos tapados, por más que veamos a nuestras señoras enredadas con este o el otro caballero, que a lo mejor es el más íntimo del marido.. Pues bien: sabedora de estas relaciones, me aseguró que si vamos por el camino de la decencia y la religión, nos protegerá. ¿Te vas enterando? Sabrás que la Marquesa de Navalcarazo es muy lista, que ha leído y lee libros en francés de mucha sabiduría, y que en política vale más de lo que pesa. A un cura de cuello y medias moradas, que suele comer en casa, le oí decir que las personas más sabias de España son ese Cánovas y mi señora.. Bueno: pues me dijo ayer que este Rey que han traído tendrá que tomar el tole dentro de unos meses, porque en esta tierra no puede cuajar rey extranjero. Y no le vale que sea, como dicen, honrado y caballero. Con eso y la excomunión que tiene encima su padre el Rey de Italia, saldrá pronto de aquí con viento fresco. En seguida vendrá esa cosa que llaman la Restauración, que es como decir Alfonsito, el niño de doña Isabel, y ese día mandarán los que hoy se llaman alfonsinos. ¿Te vas enterando? Pues en cuanto eso venga, si para entonces estamos casados, tendrás un destino de doce mil reales, y de catorce mil si quieres servir en (p.8354) provincias mejor que en Madrid.. Mi señora es cumplidora fiel de su palabra. Del empleo no dudes, que ello es pan comido, en cuanto este pobre don Amadeo se aburra y salga pitando, despedido por los tiros de los federales y los desprecios de la aristocracia. Si oyes contar de un náufrago la historia.. Si ves que Amadeo se embarca.. ya sabes.. destino al canto».

 

Ep-43-III -

Y siguió diciendo mi muñeca, o lo dijo otro día: «Sabrás que en casa se reúnen a tomar té las señoras alfonsinas. Van la Monteorgaz y la Campo-Fresco. Esta tiene, según dicen, la contrata de los chistes, porque los hace tan graciosos, que dan risa para todo el año. Es muy salada, no se asusta de lo verde ni de lo colorado; cuenta sus historias, y a lo mejor te suelta una barbaridad que canta el credo. Esa fue la que, hablando de su hijo, se dejó decir que le había llevado en su vientre como se lleva una solitaria. También van la Belvís de la Jara, la Villares de Tajo, la Villaverdeja y la de Yébenes. Esta, que según cuentan, es más nea que Dios, toma las cosas de política por el lado de la religión. Dice que este Rey es masón y nos ha traído acá el Infierno.. Pues allí se están picoteando toda la tarde, y por la noche van algunas de ellas y muchos señores: uno que le llaman Orovio, el Marqués de Molins, este.. ¿cómo se llama?, Iranzo, y otros que tú conocerás.. En fin, que no paran de hablar mal de este pobre Rey.. Que si no piensa más que en divertirse..; que si sale a la calle como un cualquiera, encanallando la majestad; que si todas las noches se va de picos pardos con su ayudante italiano; que si le han visto en tales o cuales casas.. ¡Jesús, qué cosas dicen!».

Hablome otra tarde Obdulia de su familia. Era natural de Villaviciosa de Odón, donde su madre moraba. En Madrid tenía un tío muy bestia, que diferentes veces la requirió de amores con mal fin; pero ella no se daba a partido. Temía que cuando el tal tío tan tío se enterara de nuestras relaciones y del proyecto matrimonial nos dificultara la boda de acuerdo con la madre. ¡Ay!, lo que nos enfadó esta idea no hay para qué (p.8355) decirlo. Hicimos juramento de vencer cuantos obstáculos se nos opusieran. Antes que renunciar al casorio, haríamos cuanto aconsejasen el romanticismo y el clasicismo más desenfrenados. Huiríamos, nos mataríamos con pistola o veneno si alguno intentaba cortarnos la fuga. Acordado esto solemnemente, volvíamos a nuestras conversaciones. Obdulia me dijo:

«No sabes cómo andan ahora de alborotadas las señoras alfonsinas con la llegada de la Reina, que parece está ya en camino. ¡Y cómo la muerden! Lo menos que dicen de ella es que es una buena mujer, sin hábitos de reina. No pasa de señora de un comandante, lo más de un teniente coronel. Es algo instruida, como que ha estudiado para maestra. Su título es de la Cisterna. El título no puede ser más profundo. Fama de virtuosa sí que tiene. Gusta más de vivir recogida, que en las bullangas de la Corte. Eso no se puede criticar, digo yo, pero tampoco es razón para que venga aquí a por una corona. Una reina debe ser ante todo reina. La de Yébenes dijo: «No nos oponemos a que sea virtuosa; eso nunca. Las virtuosas reinan en sus casas. Oí que esa buena señora da el pecho a sus niños y a los niños de sus criadas. Lo mismo puede ser esto afectación que pobreza de espíritu».

Yo advertí a Obdulia que la guerra de damas estaba prevista, porque cuando acudían a cumplimentar a don Amadeo las entidades decorativas del Estado, la Diputación de la Grandeza se abstuvo, salvo dos o tres familias. La aristocracia está de uñas.. De doña María Victoria se sabe que es una gran señora, y que viene a honrar la Corte y Trono de España. Dilo así a tu ama..

«¡Qué tonto! ¿Cómo quieres que le diga yo eso a mi señora? ¡Buena se pondría!.. ¡Bonito genio tiene estos días para que se le vaya con bromas! Sabrás que.. Esto te lo digo con reserva.. No salgas por ahí contándolo a tus amigos.. Sabrás que está con un humor de mil demonios porque el suyo parece que anda distraído.. dícese que con la Tordesillas.. Cuando yo entré en la casa, ya mi señora hablaba con el Marqués de Uclés.. Todo (p.8356) Madrid le conoce por Manolo Uclés. Pues ahora están de monos.. A mi señora no hay quien la aguante, de la celera que tiene. Y ya no es una niña.. Los cuarenta y pico no hay quien se los alivie.. Y ya no te digo más; no se te vaya la lengua con tus amigos..».

-Nada importará que cuente lo que sabe todo el mundo -repliqué yo-. Esas historias son en Madrid comidilla fiambre, que pasa de boca en boca sin que nos parezca muy gustosa. Los paladares piden manjares fuertes, Obdulia.

-Llamas tú manjares fuertes al escándalo gordo, a las revoluciones.. Hazme el favor de no andar tan metido con los federalotes, gentecilla fulastre.. Ya sabes que tienes que hacerte alfonsino, poquito a poco para que no chillen tus amigos. Si no te conviertes, será difícil que nos casemos.. Y ahora que me acuerdo: mi señora me preguntó ayer si mi novio es católico. Yo le respondí que sí, que eres muy católico.

-Sí, sí; tan católico por lo menos como Manolo Uclés, que es grande amigo de Nocedal, y da dinero para el Pensamiento Español, donde escribe Gabino Tejado.. Si a pesar de ser yo catoliquísimo no nos dejan casar, nos suicidaremos, ¿verdad, gacela mía?

-Eso habrá que pensarlo.. Cierto que es bonito morirse de amor, como aquellos de Teruel, o matarse una con el humo de un braserillo, como leí en una novela de por entregas. Pero la muerte más simpática es la de la dama de Espinas de una flor, que se va quedando muertecita en un sillón; y allí sale un cura vestido de calzón corto, que le dice al oír la campana: es un alma que divisa -las palmeras de Sión. Para mí, que esas palmeras son el cementerio. A mí me gusta pasearme por un cementerio, y ver los nichos, las lápidas del suelo, y pensar que debajo de ellas están descansando tan tranquilos los enamorados.. En fin, chico, a ver si vienen de una vez tus papeles, que los míos encargados los tengo al secretario del Ayuntamiento de mi pueblo, sin que lo sepa mi madre.. Me corre mucha prisa, no sea que.. ¡Ay! Es cosa fea el salir una en estado interesante, cuando menos se piensa, y no (p.8357) poder ocultarlo, y que le digan a una que no es católica por no haberse casado antes de..

Yo procuré tranquilizarla, persuadiéndola de la pronta venida de los papeles, que ya estaban de camino. Pero los papeles no podían venir, ni yo los había encargado. Vino en cambio un grave suceso que torció de súbito la corriente histórica de mi vida, llevándola por torrenteras dramáticas. Veréis lo que pasó. Llegado el día de la entrada de nuestra Soberana, doña María Victoria, me planté en el Prado, por donde la comitiva había de pasar, dispuesto a referir el acto para nuestro periódico, conforme a las indicaciones de Mateo Nuevo, quien me ordenó que hablase de la señora Reina con respeto, pero sin entusiasmo. Yo debía decir que doña María Victoria era atrozmente virtuosa; pero que no lograría captarse el amor de los españoles, que ya no querían cuentas con reyes, y menos si son extranjeros.

Vi la regia procesión palatina entre filas de tropas y grandes masas de gentío curioso. Pensaba decir en mi crónica que en las caras del pueblo se combinaba la curiosidad con la indiferencia, y que el sentimiento general era de lástima más que de simpatía. En esto no decía verdad. Oí comentarios en extremo favorables. Las mujeres, sobre todo, contemplaban a la Reina con alegría, y con cierta confianza la saludaban, cual si en ella vieran la más alta de sus iguales. No sé si me explico bien. Al paso de la ilustre dama, se discutía su hermosura. Algunos la ensalzaban con exceso; otros la deprimían con esta crítica pesimista, que es la miel más grata en bocas españolas. Yo, dejando a un lado la reseña oficial escrita para mi periódico, daré a los beneméritos lectores de estas páginas la veraz impresión de un honrado testigo.

Era doña María Victoria de buena presencia y más que regulares carnes, que propendían a la gordura. En su rostro advertí perfil y rasgos napoleónicos, la sonrisa franca, el mirar entre melancólico y asustado. Creyérase que la dignidad real era en su pensamiento cosa prestada o postiza, y que a nosotros venía, no a ejercer un cargo, (p.8358) sino a desempeñar un papel. En estas ideas me afirmé después, cuando la esposa de Amadeo convertía la realeza, que le dieron entonada y rígida, en cosa blanda y doméstica. Al verla pasar en el coche de gala, a la derecha del Rey, que no paraba en repartir a un lado y otro su garboso saludo, comprendí que doña María Victoria sería muy querida de las mujeres humildes, y admirada de las de clase intermedia, que pueden ser llamadas señoras sin llegar a damas. Estas brillaron en la recepción de Palacio con todo el fulgor de su ausencia, bien campaneada por los periódicos moderados, alfonsinos y carlistas. La gente adinerada se hizo notar también por sus desdenes. El Imparcial señaló las casas donde no lucían colgaduras, y aludió claramente a Manzanedo, hablando de un palacio que debía ostentar en los florones de su escudo Tabaco Virginia o Kentucky, y algunas motas de ébano, representativas de la compra y venta de negros en Cuba.

En la Puerta del Sol hubo apreturas y algún calor de vivas y aplausos al paso de los Reyes; en la plaza de la Armería mayor tumulto, por el gentío que esperaba el desfile de la tropa. Salieron las saboyanas Majestades al balcón, y el pueblo desempeñó muy bien la parte de coro que le corresponde en estas partituras. Las músicas militares enardecían a las muchedumbres, y estas, a su vez, estimulaban con sus gritos al fervor de los inocentes soldados.. Hallábame yo muy entretenido con aquel espectáculo pintoresco, cuando me sentí tocado en el hombro. Volvíme, y vi a un hombrejo zanquilargo, feo, encopetado con sebosa chistera que fue de moda el año 41. Con señas y medias palabras me dijo que le siguiera para hablar conmigo dos palabritas, y me fui tras él, rompiendo no sin dificultad por el primer resquicio que nos ofreció la multitud. Fuera ya del arco de la Armería y encontrándonos en sitio más desahogado, el tal, ceñudo y con áspera voz, me dijo: «Usted no me conoce».

-Sí, señor -le respondí-. Usted es don José Malrecado, que sirve en la Policía.

-No soy Malrecado ni (p.8359) Buenrecado, ni permito que usted se burle de mí.

-Dispense: no me burlo -dije, observando su ropa negra y raída, con las trencillas del chaleco y levitín deshilachadas, el rostro sudoroso, el bigote lacio, los ojos de carnero moribundo.

Y él, mirándome con amenaza y cogiéndome el brazo con garra de cernícalo, soltó la voz a estas ásperas razones: «Yo soy Aquilino de la Hinojosa.. Veo que se asusta. Es natural. Por mi nombre se entera de que soy tío de Obdulia por parte de madre».

-Aunque lo fuera usted también por parte de padre no me asustaría -respondí, sacando del pecho toda mi entereza-, pues nada tengo que ver con usted, ni me importa un bledo que sea usted tío de la Osa Mayor o del Espíritu Santo.

-¿Bromitas tenemos? -replicó el tío, tambaleándose en su soberbia-. Le he buscado para decirle que no se casará usted con Obdulia.. que aquí estoy yo para impedir que siga trastornándole el seso a esa buena chica. Entiéndalo, y me ponga en el caso de hacer con usted una barbaridad.

-Pues le participo que me casaré con Obdulia cuando me dé la gana, y sepa que me descargo en usted y en su pastelera madre.

Hizo ademán de echarme al cuello sus manos; pero yo, que chiquitín y todo soy una fiera cuando tocan a mi dignidad, invoqué a mis tacones para que aumentaran media cuarta, y haciendo como que requería un arma en mi bolsillo, le solté esta rociada: «Si usted me provoca, no tendré inconveniente en sacarle al aire el bandullo, so tío».

-Poco a poco -gruñó el estafermo echándose atrás-. No hemos de armar escándalo entre tanta gente. Si usted no tiene vergüenza, yo la tengo. Tiempo y lugar habrá para ver quién puede más.

Diciendo esto sacó del bolsillo una tarjeta sucia, en la que leí: Aquilino de la Hinojosa, afinador de pianos. Cuchilleros, 3. Yo me arranqué a decirle con mayor coraje: «Iré a buscarle a usted y le afinaré el entendimiento». A lo que, ya en retirada discreta, respondió: «No me busque en mi casa, donde tampoco quiero escándalos. Me encontrará todas las tardes en el Casino (p.8360) Conservador.. Abur.. Nos veremos, caballero miniatura».

-Cuadrúpedo, nos veremos.

Nada me sulfuraba tanto como que me llamaran chiquitín. El miniatura me sonó como la injuria más grosera y soez.. Viendo al tío gandul alejarse hacia los Consejos, hice juramento mental de romperle la crisma o el hueso palomo donde y cuando le cogiera.. La inesperada emergencia de aquel gaznápiro fue la mueca repugnante con que el Destino me anunciaba una reata de infortunios: al siguiente día me tocaba entrevista con Obdulia, y Obdulia no fue. Busquela en la calle del Sacramento, paseando desde las Monjas de este nombre a la plazuela del Cordón, y el eclipse de mi linda muñeca en la calle como en nuestro nido me colmó de amargura y despecho. El jicarazo lo recibí aquella misma noche en mi casa por una carta que me llevó Celestina. ¡Oh ansiedad, oh enigma fatídico! ¿Qué diría la carta? Pues la carta, con el lenguaje burlón de sus garabatos, esto decía:

«Apreciable Mico (apodo familiar inventado por su cariño) : Tengo que decirte con sentimiento que ya no puedo casarme contigo, porque he sabido que no eres católico. Mi señora la Marquesa y mi madre, que ha venido ayer, son muy católicas, y las dos me mandan renegar de ti. ¡Ay, Mico mío, qué pena! ¿Pero qué quieres que yo haga? Dejar de ver a Dios por ti y condenarme, no puede ser. Si me muero por esta pena, que me entierren en un cementerio bonito, con muchas flores.. y que me dé sombra una palmera de Sión. Yo le pediré a Dios en la otra vida que te arrepientas y en seguida te mueras, para que allá estemos juntos mi Mico y yo.

»Supe que no eres católico porque me contaron que estuviste en la reunión de los federales en el Teatro de la Alhambra, y allí dijeron mil herejías ese Pío Margallo, el Castelar, el don Roque de Barcia, don Marcos de Albaida, y tú te subiste a una silla y soltastes 1 el mayor sacrilegio, diciendo que no estabas seguro de que hay Dios, ni ángeles ni Virgen.. que adorabas al Demonio y que te descomías en los santos.. ¡Qué (p.8361) cosas, qué pena! No puedo ser más larga. Ya no vuelvas a verme ni a escribirme.. De ti se despide hasta la eternidad la que llorando te aborrece y verte no desea. -OBDULIA».

Estrujando la carta en el puño dije a Celestina que aquello me parecía una estúpida farsa. La letra era de Obdulia; pero no el sentido ni la intención de la carta. Algún mal intencionado la obligó a escribirla, dictando quizás parte de ella. En el párrafo tocante a mi supuesto discurso en la reunión de la Alhambra, vi bien a las claras la malvada inspiración directa del siniestro mastín que había querido morderme en la plaza de la Armería. Cierto que estuve en la reunión de los federales y que pronuncié algunas palabras; mas no fueron para meterme con Dios ni ensuciarme en las imágenes de santos. Celestina, dejándome ver su blanca dentadura, se reía de mi furor y de las vulgares perfidias que lo motivaban. Confesome que la familia de la muñeca no aprobaba sus relaciones conmigo; querían casarla con un hombre de más fuste y estatura. Lo de estimar los maridos por la alzada levantó en mí una borrasca de indignación. Díjome también que Obdulia me tenía ley, y vacilando entre el amor y la obediencia, se hallaba la pobre como una borrica entre dos piensos.

Sospechando que la señora Marquesa de Navalcarazo pudo ser causante de mi desventura, interrogué a Celestina, la cual, soltando de nuevo su reír frescachón, me dijo: «La señá Marquesa es muy católica, eso sí, pero no se mete en los líos de sus criadas, ni se cuida de lo que ellas hacen o dejan de hacer con sus novios. La Marquesa no piensa más que en el suyo.. Por cierto que ya se ha reconciliado con el caballero de Uclés.. El galán ha vuelto arrepentido cantando la mea culpa. La señora le ha perdonado, y tan creída está de que por sus oraciones ha vuelto el caballero, que ayer, en acción de gracias, confesó y comulgó, y a las monjas del Sacramento llevó de limosna un buen puñadito de monedas de cinco duros. Protege de largo a la Comunidad. Es beata de ley, socorre a los necesitados, y (p.8362) como tiene más dinero que pesa, a todos atiende: da para el culto, da para que se casen los amancebados, da para los pobres de su casa y de la casa de Uclés, y siempre le queda un buen pico para mandárselo al pobrecito Papa, que está preso, como usted sabe, en su propio palacio convertido en cárcel por esos malditos italianos.. ¡Ay, Jesús!».

 

Ep-43-IV -

«¡Cómo está la sociedad! -exclamé yo-. ¿Cuándo se vio pisto igual? ¿Es que Dios y Luzbel han llegado a un arreglo? Civilización de España, ¿quién te entiende? ¿Somos un país europeo, o aquel País de las monas descrito por un inglés de cuyo nombre no me acuerdo?». Viéndome tan triste, la bondadosa Celestina me administró estas palabras de consuelo: «Confórmese con lo sucedido, y no crea que se acaba el mundo porque se le va una novia. Mujeres hay muchas, y yo, si quiere, le proporcionaré una mejor que esa sosaina de Obdulita. Si sus negocios andan mal, y la pluma no le da para vivir, arrímese a lo católico, pues lo que es dinero no encontrará fuera del catolicismo. Si no tiene valor para meterse de hoz y de coz en el alfonsismo, no hable mal del hijo de su madre, ni le ponga motes feos, como el que le aplican ahora los que no le quieren, ni le saque a relucir al padre ni a la madre.. Siga el consejo mío, que es consejo de persona que conoce como nadie el tecleo de este Madrid y su gente. Tenga juicio y pupila; váyase desapartando de los federales, familia tronada que no da más que palabrería sin jugo.. No se meta con el Altísimo ni con el Papa, escriba para el Gobierno, y saque un buen destino, que si usted pega de firme a los que mandan, de ellos saldrá el amansarle con un cacho de turrón».

Aquella mujer ruda era una sabia de tomo y lomo, y yo la estimaba y agradecía sus consejos, sin tener en cuenta su ruin oficio, del cual dijo Cervantes que era muy necesario en la república. Debo declarar que antes de oír los sesudos consejos de Celestina ya había pensado yo en gestionar una colocación. Todos los españoles adquirimos con el nacimiento el derecho a que el (p.8363) Estado nos mantenga, o por lo menos nos dé para ayuda de un cocido. Los valedores a quienes acudí fueron Llano y Persi, amigo de Sagasta, y Ramos Calderón, íntimo de Rivero y de Martos. Ambos me las prometieron muy felices; pero.. había que aguardar a que pasara el periodo electoral.. Pasó el funesto periodo, y por cierto que el bueno de Práxedes manejó los cubiletes con arte maestro para traer mayoría; mas no pudo impedir que la coalición de carlistas y republicanos, diabólico himeneo, trajera setenta o más diputados.

No sé si mis lectores tendrán interés en conocer el Ministerio de conciliación, presidido por el Duque de la Torre. Eran los de siempre, ni mejores ni más malos que los anteriores y subsiguientes. ¿Qué hacían? Ir viviendo, ir trazando una Historia tediosa y sin relieve, sobre cuyas páginas, escritas con menos tinta que saliva pasaban pronto las aguas del olvido. Si no recuerdo mal, Martos se encargó del Foreign Office, Ulloa regentaba la Gracia y la Justicia, Sagasta era el gallito de Gobernación, Moret tomó las riendas del Fisco, y Beránger el timón de la Marina. Paréceme que Ruiz Zorrilla ocupó la poltrona de Fomento y Ayala la de Ultramar.

Más que el quita y pon de ministros, os interesa sin duda mi asunto personal, que a mi parecer también era histórico. Pues a ello voy. No tenía yo sosiego hasta que pudiese acometer y apabullar al ruin, al sucio, negro y desvergonzado aguilucho que me privó de las gracias de Obdulia, Aquilino de la Hinojosa. Designado el día de mi venganza, me calcé las botas de tacón más alto que en aquellas décadas poseía, cogí un roten nudoso que parecía la maza de Hércules, y me fui derecho al Casino Moderado de la calle de Atocha, donde esperaba medir mi fiereza con la barbarie soez del tío más tío del mundo.

Pronto comprendí que iba mal encaminado, porque al Círculo de la calle de Atocha no concurrían más que moderadotes de ropa limpia y elevada representación pública, como el señor Carramolino, el señor Moyano, el señor Collantes, el Conde de Cheste y otros tales. (p.8364) Mejor orientado, me dirigí a un casinejo de reciente fundación, abierto en la calle de Jacometrezo con el mote de Círculo popular.. no sé si conservador o alfonsino, y apenas entré en la obscura, deslucida y puerca antesala, oí la voz del cernícalo graznando en estridente disputa con otros pajarracos de la fauna reaccionaria. Con un mozo que pasaba llevando servicio de café en abolladas cafeteras, mandé recado a mi enemigo.. Una visita.. un señor que deseaba decirle dos palabras..

Los vocablos con que se inició la visita fueron más de dos, seguidos de réplica insolente y de un garrotazo que descargué con delicioso coraje sobre la cabeza del tío, la cual sin el resguardo del sombrero habría quedado rota. Em como hucha de barro que yo quería cascar para sacarle la calderilla, digo, los sesos.. Al vocerío de Hinojosa y el traqueteo de los palos acudieron de una parte el mozo y conserje, de otra los compinches de mi enemigo. Unos me sujetaban, otros corrían al socorro del tío.. Ya he dicho que soy un hombre terrible, y que me crezco al castigo convirtiéndome de chico en grande por la fiereza de mi embestida y la arrogancia de mis actitudes. Con presteza increíble me sacudí de los que intentaban acorralarme, y seguí el vapuleo contra todo el que por delante me caía. El número al fin pudo más que el ardimiento feroz. Uno salió al balcón gritando: ¡guardias, guardias!; otro a la próxima escalera reclamando el auxilio de los vecinos. Pude, tras ruda pelea, batirme en retirada solo contra tantos, y gané la escalera. A no ser yo quien soy, habría bajado rodando; pero no perdí pie.. Felizmente, acudió en mi ayuda un amigo que a punto subía presuroso, alarmado del estruendo.

Era Telesforo del Portillo, en los viejos anales conocido con el apodo de Sebo, criado que fue del Marqués de Beramendi, después policía, funcionario de Gobernación, y al cabo cesante cuando ya le indicaban para secretario de un gobierno de provincia. Provino su desgracia de habérsele descubierto concomitancias con el Marqués de Bedmar, el de Uclés y otros (p.8365) acreditados alfonsinos. Su esposa, Fabiana Jaime, ex-criada de la Campo Fresco, tenía parentesco con mi madre, de donde vino mi amistad con Sebo, y las consideraciones que me guardaba, estimándome más que como periodista como pariente. En cuanto me vio, púsose de mi parte, diciendo con aplomo policiaco: «Paz, caballeros. Ténganse a la autoridad, que todo ello será por mala inteligencia. Vengan explicaciones leales de una parte y otra. Conmigo no valen soterfugios. Silencio, digo, y envainen los insultos. Este joven es de mi familia, y será el primero en retirar sus palabras». Algún trabajo le costó al ilustre Sebo imponerse, y en cuanto hubo sosegado las encrespadas olas, lo primero que hizo fue sacarme del remolino, escaleras abajo, recomendándome, como había hecho más de una vez, que pusiera frenos a mi fiereza indómita. Aunque yo había quedado airoso, por ser uno contra tantos, llevaba en mi cabeza tremendos chichones, y mataduras dolorosas en distintas partes de mi cuerpo garboso y pequeñín.

Acompañome Telesforo a mi casa de la calle de los Leones, llevándome antes a una botica, donde fue el león asistido de apósitos y tafetanes. Y véase ahora cómo se empalman y enraciman los males con los bienes en esta vida humana, complejidad eterna de llanto y de risa, de ansias coléricas y expansiones de júbilo. ¿Qué creéis que en mi casa encontré al volver a ella con bizmas y parches? Pues la credencial que meses antes había solicitado de Llano y Persi. Bendije la risueña credencial; bendije al Destino y a Dios, inspiradores del próvido Sagasta, sin acordarme de que dos días antes habíale disparado un dardo periodístico hablando de su tupé, de su frescura y otras zarandajas. ¡Cosas de la vida! La vida es pasión, contrastes, fuga veloz de corazones duros, de corazones tiernos, toma y daca de arañazos y caricias. Y el mundo marcha.. y el sol sale todos los días. Vivid, humanos, en la dulce alternativa del odiar y el querer.

Mi primer pensamiento al verme colocado fue ocultar mi felicidad a Mateo (p.8366) Nuevo, a Santamaría y demás amigos políticos. Luego lo pensé mejor y abominé del tapujo, que, además de ser inútil, me habría colocado en el listín de traidores o siquiera sospechosos. Franqueado con mis amigos, que conocían la distancia que la Fatalidad había puesto entre mi boca y el pan, alentáronme a envainar mi dignidad, previa declaración de que sería más federal hoy que ayer, y mañana más que hoy.. El mundo marchaba y yo con él derechamente a mi bienestar, porque para colmo de ventura, me dijo Llano y Persi que yo no tenía que ir a la oficina más que a cobrar, el primero de cada mes.

Encerrado permanecí en mi leonera esperando a que fueran menos visibles en mi cara los achuchones de la reciente trifulca. Apenas puse el pie en la calle fui a ver a Llano y Persi, el cual me dijo que deseaba llevarme a la redacción de La Iberia. Quedé perplejo. No quería disgustar a Llano, uno de los hombres más nobles y generosos que he conocido, ardiente liberal y patriota desinteresado; no me agradaba ser redactor de un periódico rabiosamente ministerial, un cuerpo anquilosado de la opinión que sólo a la defensiva funcionaba, desaborido y sermonario, sin vis política, ni gracia ni literatura. En tal indecisión pedí a mi buen amigo plazo de tres días para decidirme.. Y aconteció que en aquella semana se acumularon sobre mí, como aluvión de un Destino caprichoso, multitud de sucesos raros y sorprendentes.

Entre aquellos halagos de una fatalidad benigna, menciono la visita del amigo citado por mí en las primeras páginas de esta relación, el excelente chico isleño con quien trabé amistad en la casa de huéspedes donde vivimos desde el 66 hasta el 70.. No vino el tal a mi casa por visita de cumplido, ni por ociosa charla; vino a proponerme que fuese a trabajar con él en El Debate, fundado a principios del año por José Luis Albareda. La verdad, me sedujo la proposición, por el modernismo y buen tono de aquel periódico, y con esto y una sola consulta con la almohada, quedé libre de mis dudas y me desligué del pendiente (p.8367) compromiso con Llano y Persi.. No poco se holgó el isleño de mi resolución, y al día siguiente nos fuimos gozosos al pisito bajo de Trajineros, donde estaba El Debate, y en otro cuarto del mismo piso tuve el gusto de hablar con Albareda, a quien yo no conocía más que de vista y fama.

Por las Once mil Vírgenes, que me fue muy simpático el caballero andaluz. Hombre más salado no he visto, y si en la primera visita me cautivó por su gracejo, cuando el trato afinó mi conocimiento, le admiré por su talento macho y por la viveza con que percibía y atrapaba las ideas políticas culminantes en cada día, y la claridad con que veía la fase de razón de esa idea, la fase de oportunidad y la fase de peligro.. Inspirado por José Luis, que así le llamaban sus íntimos, escribía yo de todo: teatros, vida social, política. El fundador leía nuestros artículos, y si le gustaban nos elogiaba desaforadamente. Cuando, según él, lo hacíamos mal, nos trataba como perros.

Prevínome el isleño contra las hipérboles de Albareda. «Ni cuando te pone en los cuernos de la luna te envanezcas, ni demasiado te aflijas cuando te trata a zapatazos». Un día que escribí muy a su gusto una croniquilla de salones elegantes, alfonsinos y católicos, me dijo así: «Tiene usted más talento que Dios». Al día siguiente le desagradó un suelto político, y al entrar en su alcoba, oí que decía, por mí: «A ese judío enano le voy a dar cien patadas». Su enojo pasaba como el humo y se desvanecía en donosas ocurrencias. Nos quería, y le queríamos. Para mí era el periodista ideal. Cuando nos llamaba para sugerirnos alguna idea, con igual confianza nos recibía en su alcoba, recién dormida la mañana, que en la próxima pieza donde le veíamos bañarse en pelota, tomar ducha por regadera, y hacer luego su toilette de persona pulcra y elegante, todo esto hablando de lo humano y lo divino con singular donaire ceceoso, apuntando la idea política o el juicio picante de cosas y personas.

Era nuestro inspirador y Mecenas partidario ferviente de la Conciliación, y apoyaba con su periódico el primer ministerio (p.8368) de don Amadeo, armadijo de unionistas y radicales. Creía el buen andaluz que se hundiría el mundo en cuanto los dos concertados puntales de la situación se cayeran cada uno por su lado. Y si esto creía el maestro, o si no creyéndolo lo afirmaba, de su caletre al nuestro lo transmitía por razones de puro arte político. Yo no pensaba como él en lo tocante a la Conciliación, que infecunda me parecía, pues cada una de las dos partes a la otra estorbaba para toda labor eficaz. Pero me guardaba de manifestarlo a mi jefe, que me habría soltado el chorro saladísimo de su verbosidad andaluza. Yo pensaba en ello y me decía: «Algún motivo tendrá este hombre para patrocinar con tanto ardor la forzada coyunda de los dos partidos, y para fundar un periódico con el fin exclusivo de sostenerla». El Debate araba la tierra política sin lograr la derechura del surco, porque ni el buey unionista ni el buey radical se avenían a tirar del arado con igualdad. ¿Romperían el yugo?

Lo rompieron, sí señor, bastantes días después de entrar yo en El Debate; pero antes de referir esto, traeré a colada otras materias para no disgustar a los devotos de la exacta cronología. De asuntos privados, confundidos con los públicos hablaré, para que resulte la verdadera Historia, la cual nos aburriría si a ratos no la descalzáramos del coturno para ponerle las zapatillas. ¡Cuántas veces nos ha dado la explicación de los sucesos más trascendentales, en paños menores y arrastrando las chancletas! Y vais a verlo.

 

Ep-43-V -

Sabréis, amigos, que mi conquista de aquellos días (que no consigno por orden numérico porque he perdido la cuenta) me deparó una moza bravía y algo hombruna, morena y agitanada, más alta que yo en cuarta y media, gallardísima, de ojos bonitos y más bonitos morros, la cual me juró amor eterno y fidelidad, siempre que yo le mantuviese el pico y con decencia la vistiera, sin interrupciones de ayuno y desnudez. Trájome Celestina aquella hermosa bestia, diciéndome que era su prima, y yo le di el gobierno de mi casa y la soberanía de mi (p.8369) persona. Vivíamos felices. Felipa, que así se llamaba, natural de las Peñas de San Pedro, era una fuerte trabajadora en los menesteres más duros de la vida doméstica; lavaba la ropa y los suelos y toda la casa con verdadero frenesí; guisaba con abuso de especias y picantes, y hablaba con estridor de gritos y libérrimo vocabulario..

Naturalmente, mis relaciones con Felipa trajéronme nuevas amistades y trato con personas del propio jaez. Conocí a otra mujer, muy bonita por cierto, pelo rojo, figura delicada. Aunque el tipo, lenguaje y modales de Lucrecia (¿nombre verdadero o postizo?) eran tan distintos de los de Felipa, tratábanse las dos mujeres con familiar intimidad.. Tras Lucrecia compareció en nuestras tertulias un hombre ordinario, disfrazado de elegante, estrenando ropa, mal carado, y hablador verboso, insubstancial y cínico de asuntos que no entendía.

De esta sociedad, llamémosla así, que a mi albergue acudía, pasamos a otras, yendo Felipa y yo a tertulias amenas en casas donde conocí y reconocí caras bonitas y feas, y encontré amigos entre sujetos que veía por vez primera. No se crea que era la mansión de Celestina ni otra semejante. Algo se celestineaba allí, es cierto, por bajo cuerda, y más que algo se le tiraba de la oreja al amigo Jorge; el tono general era de semi-decencia o medio-mundo, y algo de armas al hombro. Útiles enseñanzas de la vida y del mundo adquirí en aquel extraño beaterio. Oyendo aquí y adivinando allá, vine a comprender que mi Felipa había sido criada de Lucrecia, y que el fachoso cortejo de esta, adornado con gruesos brillantes en pechera y sortijas, era jugador de profesión, y poseía en Madrid pingües chirlatas. Otras muchas rarezas vi y observé, que no cuento a mis buenos lectores porque quiero irme derecho al asunto de más interés. Una mujer entró allí, la Tía Clío, con mantón y delantal, arrastrando gastadas pantuflas en chancleta. Mirándola en tal guisa y desgaire, tardé un rato en reconocerla, y me dije: «yo he visto a esta vieja en alguna parte».

Y en el mismo instante se destacó del grupo principal de la (p.8370) tertulia un señor inflado, calvo y herpético que me llevó aparte para reanudar conmigo una conversación entablada la noche anterior. Aquel sujeto llevaba frac, no por llevarlo allí, sino porque de allí se iba al Teatro Real. «En El Debate está usted muy bien -me dijo-. José Luis es listo, bien relacionado, y sabe mirar por los que le sirven, y abrirles camino para las buenas posiciones políticas. Un sueldecito regular no le faltará a usted.. El periódico está bien hecho: me gusta mucho.. Y vivirá: su vida está asegurada para largo tiempo. Hay dinero, amigo, hay dinero a granel. ¿Sabe usted de dónde vienen los monises?.. Pues vienen de Cuba.. ¿Por qué abre tanto esa boca? De Cuba, sí, señor. ¿Pero usted cree que hay en España dinero que no venga de la perla de las Antillas?.. ¿Qué.. lo niega usted?».

-No señor, no niego ni afirmo nada: oigo.

-Pues oiga usted más. El dinero lo mandan los ricos hacendados de la Isla para crear aquí una opinión favorable a sus intereses. Considere usted, joven, lo que son los intereses en aquel país tan rico, y tan desatendido por estos Gobiernos. Los buenos españoles de allí quieren que no se precipite el Gobierno en echarles reformas y reformas. Sobran aquí sabios, oradores, y el buen sentido se cotiza muy bajo. Quieren los buenos españoles que si se ha de quitar la esclavitud, nos contentemos ahora con el vientre libre, dejando lo demás para mejores tiempos. Si así no se hace, peligrará la riqueza, la propiedad, y los ingenios serán pronto montones de ruinas.. Para meter estas ideas en las cabezas alocadas de acá, los hacendados desean tener aquí órganos de la opinión sensata.. Hacen ellos su cuestación, reúnen una porrada de miles de pesos y la mandan acá. Ahora viene el dinero a las manos de don Manuel Calvo, que está en Madrid. ¿No le conoce usted? Vive en casa de Lhardy. Es la única persona que Lhardy aposenta en su casa.. De las manos de Calvo pasa el dinero a las de don Adelardo Ayala, que lo distribuye.. porque no es sólo El Debate el que cobra por defender la buena causa. ¡No he visto yo pocos (p.8371) fajos de billetes pasar de las manos de don Manuel a las de don Adelardo! ¿Qué, se asusta, Tito? ¿Es usted de los españoles pacatos que tiemblan y se descomponen cuando oyen hablar de gruesas cantidades?

-No me asusto, señor -le dije-; me asombro y casi me indigno de que se suponga a mi jefe capaz de..

-¡Ay qué gracia! -exclamó el herpético rompiendo en franca risa-. ¡Pero si Albareda no pierde con ello ni un átomo de su honradez; si esto es lo más lícito, lo más meritorio, lo más..! Albareda es un amable filósofo, que se adelanta a su época. Si a él le conviene tener un periódico defensor de su política, ¿qué mal hay en recibir auxilio de un grupo de buenos españoles que miran por su patria? Me consta que el dinero pasa por las manos de Albareda sin que nada se pegue en ellas.

Aquel hombre, que, según dijo, venía de comer en Lhardy, hablaba con salpicaduras de saliva y un galopar tumultuoso de los conceptos. Creí advertir en su lenguaje los efectos de un mediano exceso en la bebida. Sin venir a cuento, sacó un largo puro habano, diciéndome: «Tome este tabaco. Es de los de regalía». En seguida me dio otro, y cuando yo creía que tomaba aliento para seguir despotricando, se levantó, dejándome con mis observaciones atravesadas en la boca.. Le vi acercarse a las que llamaremos damas por no saber qué nombre darles, y se fue no sé por qué puerta.. Acerqueme entonces a la Tía Clío con avidez para interrogarla, y me volvió la espalda, volteando su anchuroso cuerpo, pobremente vestido.. Y al instante, sin decirme una palabra, sin dejar tras de sí otro rumor que el de sus chancletas sobre la gastada esterilla, desapareció. Mis ojos la buscaban; buscándola la perdieron de vista. En medio de la sala quedeme perplejo y apenado.. Cogí de un brazo a Felipa y le dije: «Ven, vámonos de aquí, mujer, que en esta casa hay duendes».

Me guardé bien de contar a don José Luis lo que había visto y oído, tal vez soñado. Tratando en largos días al maestro y a sus amigos, llegué a la certidumbre de que El Debate, como otros periódicos de Madrid, (p.8372) vivía de la savia cubana. Esta pasaba por las manos de Albareda sin que en ellas quedaran ni partículas del precioso metal. Todo era poco para el cuerpo y el alma de la publicación (imprenta, papel, redactores) . El hombre que sostenía con fatigas y el apoyo de sus amigos La Revista de España, fue un grande y desinteresado propulsor de la cultura de este país. Fue el más aristócrata de los periodistas y el más elegante de los políticos. Las campañas que él inspiraba llevaron siempre el sello de distinción exquisita. En contacto constante con la gente linajuda se mantuvo fiel a los ideales de la soberanía de la Nación; era conservador a la inglesa y predicador del self-government. Esta fórmula y los motes de los dos partidos, fundamento y piezas principales de la máquina política, los torys y los wighs, no se apartan de su boca andaluza.. Y viviendo entre millonarios siempre fue pobre, y en la pobreza se deslizó su vida, que muchos tenían por ociosa y era muy activa. Mujeriego, taurófilo y deportista, tenía tiempo para todo, hasta para demostrar con hechos que el talento fecundiza la misma frivolidad, y de ello sacan frutos preciosos la razón y el ingenio.

A propósito de ingenios quiero hablar del conocimiento que en El Debate hice con varios sujetos que lúcidamente han figurado en las Letras y en el Periodismo. Los que más vivos conservo en mi memoria son Rodríguez Correa y Ferreras.. ¡Alto!.. Déjenme volver atrás. Necesito el desorden; la estricta cronología pugna con mi temperamento voluble y mis nervios azogados. Atención. Cuando llegamos a casa pregunté a Felipa quién era el señor obeso y calvo, de frac, que me había llevado aparte para hablarme a solas. Díjome que era un mozo de café o de fonda, que se fue a La Habana y de allá volvió dándoselas de ricachón, o siéndolo de verdad. De la Tía Clío, por cuya procedencia y oficio le pregunté, díjome lo que a la letra copio: «Es una vieja medio loca que en el piso bajo tiene una tienda de muebles, armas y papelorios antiguos. Lejos de aquí la hemos visto vestida de señora (p.8373) con borceguíes de tacón dorado, y aquí se nos presenta hecha un pingajo, con chinelas que dice fueron de una tal doña Urraca. Charlotea de trifulcas que pasaron y de las que están pasando, y es una criticona que no hace más que gruñir. Se va como viene, sin saludar a nadie y diciendo no más que: 'Hasta ahora'. Y el ahora quiere decir siempre».

Hablábamos de esto medio dormidos ella y yo, por lo cual quedó en mi cerebro aquella conversación como cosa de incierta realidad, tocando en la frontera de lo mentiroso y fantástico.. Y a los pocos días caí enfermo de una fiebrecilla que empezó leve, y por descuidarla hubo de parar en tifoidea, que a mí me postró por más de tres semanas, y a Felipa dio mucho que hacer y que sentir. La pobre mujer, creyendo que me las liaba, forcejeó con la muerte, y mientras esta tiraba de mí para llevarme al otro barrio, mi coima tiraba con verdadera furia para dejarme aquí.

¡Qué días de sufrimiento y qué noches de angustia! El único amigo que me acompañaba y a ratos hacía de enfermero auxiliar de Felipa, era el isleño por cuya mediación afectuosa entré yo en El Debate. No se concretaba su auxilio a las palabras consoladoras y a la dulce compañía, sino que, a las veces, con su corto peculio cuidaba de proveer el vacío portamonedas de Felipa.. En la soporífera largura de mis horas de fiebre me acosaban las visiones de la Tía Clío y del hombre herpético que me contó la leyenda de los dineros de Cuba.. Al fin, restablecida poquito a poco la normalidad en mi caletre, entré en convalecencia, fui tomando fuerzas, curé, y una tarde, cuando ya podía valerme y saborear la lectura y la conversación, hablé de este modo a mi buen camarada el isleño: «Por mucho que yo viva y prospere, no podré pagarte lo que en esta ocasión, la más crítica de mi vida, has hecho por mí». Y él me respondió: «Quién sabe si algún día me presentaré yo a cobrarte esta deuda, y tú, con buena memoria, te apresures a pagarme».

Corrió el tiempo arrastrando sucesos públicos y privados; se fue don Amadeo; salió por escotillón la (p.8374) República, feneció esta, dejando el paso a la Restauración.. Reinó Alfonso XII; pasó a mejor vida. Tuvimos Regencia larga; se fueron de paseo las Colonias y entraron a comer manadas de frailes y monjas.. El niño Alfonso XIII fue hombre; reinó, casó.. Vino lo que vino: agitación de partidos, inquietud social, prurito de libertad, alerta de republicanos, guerra con moros, semanas de fuego y sangre..

Pues en tan largo estirón de la Historia, el hombre chiquitín que os habla vio caer sobre sí un diluvio de calamidades. Pasó miserias, sufrió persecuciones; trabajó sin descanso, repartiendo su voluntad entre las tareas de pluma y la conquista de mujeres, únicas empresas en que le favoreció la fortuna. Errante anduvo de un hemisferio a otro; fue empleado en Cuba, empleado en Filipinas, periodista que jamás obtuvo recompensa, escritor que no llegó a conocer el galardón de la fama. Siempre obscuro y desconsiderado, en sus retornos de América y Oceanía vivió pobre en Madrid, vegetó en diversos pueblos y poblachos de provincia. En el curso de esta odisea, alguna vez topó con su amigo el isleño; se cumplimentaron y departieron sobre la buena o mala suerte de cada uno. Pero llegó un día en que la conversación fue más larga y de mayor substancia, como a continuación se verá.

En la Puerta del Sol nos encontramos a los treinta y siete años justos del día en que tomó el portante don Amadeo de Saboya. ¡Treinta y siete años! Muy pronto se dice; mucho se tardaría en contar lo que pasó bajo las chinelas o el coturno de la Tía Clío en trece mil quinientos cinco días. Yo, lejos de aumentar, había menguado de talla; los pelos que me quedaban eran hebras de plata, y rostro y cuerpo mostraban lastimosamente los zarandeos del tiempo. Mi amigo no llevaba mal sus años maduros, y su rostro alegre y su decir reposado me declaraban mayor contento de la vida que el que yo tenía. Hablamos de trabajos y publicaciones; díjele yo que había leído las suyas, y él, replicándome que algo le quedaba por hacer, saltó con esta idea que a las pocas palabras (p.8375) se convirtió en proposición:

«Una promesa indiscreta oblígame a escribir algo de aquel reinadillo de don Amadeo, que sólo duró dos años y treinta y nueve días. Tú y yo vimos y entendimos lo que pasó y lo que dejó de pasar entonces. Tu memoria es excelente; sabes contar con amenidad los sucesos públicos. Hazme ese libro, y con ello quedará saldada la deuda de caridad que tienes conmigo. Puedes observar el método que quieras, ateniéndote a la cronología en lo culminante y zafándote de ella en los casos privados, aunque estos a veces llegan al fondo de la verdad más que llegan los públicos. Puedes entreverar entre col y col la lechuga de tus conquistas; ya sé que han sido innumerables, algunas acometidas y consumadas con temerario atrevimiento y dramáticos peligros.. Por este trabajo te pagaré lo que dio Cervantes al morisco aljamiado, traductor de los cartapacios de Cide Hamete Benengeli, dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, o su equivalente en moneda, añadiendo el gasto de papel, tinta y tabaco en los pocos días que tardes en rematar la obra.. Dime pronto si aceptas, para cerrar trato contigo, o buscar otro plumífero con quien pueda entenderme para sacar al mundo la vaga historia de Amadeo I».

Vacilé un instante, mirando al cielo y a los tranvías que de un lado a otro pasaban, y acepté, y con un apretón de manos sellamos nuestro compromiso.

 

Ep-43-VI -

Y ya que sabéis la razón de que yo escribiese lo que estáis leyendo, añadiré para mayor claridad de este negocio, que el isleño me autorizó a contar la Historia como testigo de ella, figurándome en algunos pasajes, no sólo como presenciador, sino como lo que en literatura llamamos héroe o protagonista. A mi observación de que yo tendía por temperamento y volubilidad natural a la mudanza de opinión, y a variar mi carácter y estilo conforme a la ocasión y lugar en que la fatalidad me ponía, contestó que esto no le importaba, y que la variedad de mis posturas o disfraces daría más encanto a la obra.

Dadas estas explicaciones, continúo mi cuento. En pleno verano del 71 se (p.8376) despegó con el calor la Conciliación, retirándose cada parte por su lado con ganas de pelea. No habían hecho nada. Al soltar sus cuellos del yugo, la emprendieron a cornadas unos contra otros: «Ya ve usted, mi querido don José Luis -dije al maestro-, lo mal que resulta el intentar que gobiernen juntos los que de su separación y diferencia sacarían la fuerza eficaz que pone en marcha la máquina del sistema. Ya que tan enamorado está usted del turno inglés, hágase la prueba de que gobiernen ahora los wighs con su programa y planes de reforma, y que los señores torys aguarden con paciencia su vez».

Pero Albareda no daba su brazo a torcer. Hombre agudísimo, que por imposiciones de la Fatalidad tenía compromiso de abogar por el contubernio, desmintiendo su dilettantismo anglómano, sacaba razones de su fértil ingenio, y me apabullaba con sofismas deliciosos. Seguía yo defendiendo con mi fácil pluma el desbaratado armadijo, tratando de recoger los pedazos para volver a pegarlos con la cola de mis artículos. Pero por mi cuenta digo que los torys de acá eran la mayor calamidad del Reino. De cepa unionista moderada, llevaban en la masa de la sangre los vicios y las malas mañas de la rancia política y de la Administración apolillada. Con necia fatuidad aseguraban que ellos solos poseían el secreto de regir a la Nación, y que sin ellos todo era desorden y merienda de negros. Conocía yo a un señor, inveterado unionista del 63 y 64, y siempre que nos encontrábamos largábame un sermón, contrastando la omnisciencia de los suyos con la ineptitud de la gente nueva. La síntesis era esta: «Nada, nada, amigo; es cuestión de camisa limpia..». Según aquel inmenso congrio, la clave del gobierno de España estaba en manos de las lavanderas y planchadoras.

Divorciados el Ayer y el Mañana, matrimonio de conveniencia, entró a formar Gobierno el Mañana, don Manuel Ruiz Zorrilla, el más valiente y entero de los hombres de la Revolución, popular cual ninguno por mirar de frente a los intereses del pueblo, voluntad firme, (p.8377) corazón que ardía en el amor romántico de una España redimida. Sus compañeros de Gabinete, llamándose demócratas, gastaban pecheras tan blancas y lustrosas como las de los palaciegos mejor almidonados. No era cuestión de camisas limpias, sino de cerebros lavados de roña y telarañas.

Un poquito atrás, caballeros. Se me olvidó decir que en los tenebrosos y amargos días de mi enfermedad fue la apertura de Cortes, y en el acto solemne leyó don Amadeo el acostumbrado discurso, como todos los del ritual, enfático y pedantesco, henchido de vanas promesas y preñado de hiperbólicas esperanzas. En boca del Rey puso el Gobierno parrafillos en que este pudo vanagloriarse con sincera bravura de su liberalismo, como de su respeto a la voluntad de la Nación. Con entusiasmo loco recibió el anfiteatro estas lindas canciones, que trascendieron pronto a las calles y el corazón de los adictos.. Presidente de las Cortes fue Olózaga por votación no muy nutrida. Ciento diez papeletas le colaron en las urnas. La oposición era tremenda; entre federales, carlistas, moderados netos, alfonsinos de solemnidad o vergonzantes, formaban una falange de complejos rencores que iban a una contra el Gobierno, el Rey y el Verbo divino.

Adelante. Reanudo el hilo cronológico para deciros que Ruiz Zorrilla trajo a la política oxígeno abundante y frescura de reformas por las que suspiraba el envejecido ser de la Patria. Entró don Manuel con singular arranque a matar las rutinas; crujía la Gaceta del empuje, y el radicalismo se estrenó con un sonoro triunfo. De aquel Gobierno se dijo que era una República con Rey. ¡Lástima que no hubiera sido cierto, y que no durara lo bastante para que se consolidase la utopía y se hiciera verdad de carne y hueso! Los Ministros que don Manuel asoció a su obra tuvieron éxitos redondos desde los primeros días. Don Servando Ruiz Gómez realizó brillantemente una emisión de 220 millones en un papel que yo no he poseído nunca, y que llaman Billetes del Tesoro, y un empréstito de 150 (p.8378) millones; Montero Ríos dio un buen tajo al presupuesto eclesiástico; el tan modesto como entendido don Santiago Diego Madrazo ordenó las cosas de Fomento, y Mosquera intentó lo mismo con las antillanas, que eran más duras de pelar.

El verano apoyó con su calor esta vehemencia del zorrillismo, y todos íbamos viviendo.. digo mal, yo no vivía, porque no daba un paso sin pisar horrendas dificultades, por los desniveles de mi hacienda, que ya me llevaban a la bancarrota inevitable. Así como los Estados, en sus conflictos pecuniarios, acuden a los grandes financieros del mundo, yo, en mis apuros (secuela de mi enfermedad y otros excesos) , llamaba a las puertas de la Casa Rostchild 2, a las de la Casa Lafitte. Mi sueldo y lo que yo ganaba en El Debate hablando pestes del radicalismo, barajando los torys con los wighs, o bien preconizando como heroica medicina de España el self-government, todo esto y algo más se lo llevaba la Casa Rostchild, un roñoso prestamista de la plazuela del Alamillo, que en diferentes crisis metálicas me había facilitado algunos millones o puñados de maravedises.. Ahogado ya, puse mis paralelas a otras opulentas casas judaicas, y como estas me mandaran a escardar cebollinos, fui y qué hice, contratar un empréstito de diez duros, a corto plazo, con Baring Brothers de la City (en Madrid, callejón de San Cristóbal) ; mas no habiendo podido cumplir, me dieron un escándalo, y a la escandalera se agregó la Casa Rostchild, y entre todas aquellas casas me dejaron, como quien dice, en cueros vivos; buena moda para verano.

A estos males se sumaron otros, que por ser de calidad afectiva dolían y amargaban más, y fue que Felipa empezó a mostrarse displicente y a renegar de mi estado financiero. Aunque me adoraba, según decía, no se sentía con fuerzas para vivir del aire como los camaleones, y en sus actos y aun en la palabra, notaba yo el propósito de poner entre mi descarnada pobreza y su gallarda persona la distancia que impone el instinto de conservación. A cada momento, por un daca o por (p.8379) un toma, nos peleábamos.. El regaño gordo vino al cabo, y la vi recoger su ropa para marcharse a vida menos ruin. Como yo observara que alguna prenda de su uso dejaba en casa, pensé que preparaba un artificio para volver.. Al verla salir, tomé una actitud de dignidad severa, sin desplegar los labios ni alterar mi adusto entrecejo..

Al día siguiente supe que se había hospedado en una casa donde la honestidad no tiene su asiento.. Como yo esperaba y temía, volvió.. Burla burlando nos enredamos en reconvenciones, más eres tú y que torna, que vira.. Con furia un tanto grotesca Felipa me cogió de improviso doblándome por la cintura en la disposición de darme lo que llaman en Cuba un boca-abajo, y con la palma de su mano dura me arreó tal azotina en semejante parte, y luego tales estrujones en la espalda y cabeza, que olvidé mi condición varonil para chillar como un niño. Concluyó el castigo poniéndome en pie y zarandeándome. «Aunque me voy, pizca de hombre -me dijo cogiendo la puerta-, no creas que te dejo campar solo.. ¡Qué sería de este pobre Tito sin mis azo.. titos!..».

Al siguiente día recibí por un mozo de cuerda un paquete conteniendo entre papeles un terno de lanilla de los que en El Águila valen cinco o seis duros. No era nuevo, pero sí en buen uso, comprado a una prendera, o en el Rastro. Debió de pertenecer a un niño de catorce años, y a mí me venía como si me lo hubieran hecho por medida. En un bolsillo del chaleco encontré dos pesetas envueltas en un papel. La procedencia del regalo ninguna duda me ofrecía. Antes que el mozo me diera las señas de la donante, reconocí a Felipa, que era una bestia muy delicada..

Pues, señor, me endilgué al instante mi trajecito, que me caía muy bien, y salí a la calle gustoso de exhibir en ella mi persona, recluida por falta de vestimenta.. Y bien podría mi buena sombra depararme una conquistilla que me consolara de tantos infortunios.. Después de pasear un rato por las aceras, caldeadas del sol, volví a casa, donde reparé mi organismo con el frugal comistraje que me aderezaba (p.8380) la portera. Fuime después al Café Oriental, y me arrimé a la tertulia de don Santos la Hoz, Roque Barcia, Rispa Perpiñá y otros desinteresados patriotas. Sólo estaba el primero, y con él me explayé hablando de la situación y poniendo la persona de Zorrilla sobre el cuerno de la luna.

Ya sabéis que don Santos la Hoz era un curita que condenó a garrote vil sus hábitos, metiéndose de lleno en la vida laica y en el torbellino de la política, primero progresista, después republicana. Mezquino de cuerpo, ahilado de rostro, en el cual dejó crecer patillas y un lacio bigote; suelto de nervios y más suelto de palabra, don Santos ponía en la política toda la honrada vehemencia que su alma no pudo encontrar en la vida eclesiástica.. Había cambiado de tema, de norte y de ideales; pero su estilo era el mismo, y en los clubs tenía dejo y tonos de predicador; en el café, delante del licor negro y humeante, movía las manos y miraba al vaso como un grave sacerdote que está diciendo misa.

«Esto va muy bien -me dijo mirando a un periódico que al lado tenía, como si estuviera leyendo la Epístola-. Si don Manuel sigue por el camino que ha emprendido, la democracia forzosamente ahogará la Monarquía, y don Amadeo tendrá que volverse a su tierra diciendo: 'Españoles, habéis demostrado que merecéis la República..'. La benevolencia se impone. Pi Margall, Castelar y Barcia, que forman el Directorio, dirán a las masas en el manifiesto que preparan: '¿Hemos de tratar con igual rigor a los que nos dan condiciones de vida y de progreso, y a los que pugnan por quitárnoslas?'. En fin, yo estoy contento. Esto marcha.. Claro es que Sagasta y el Duque pondrán en el camino de don Manuel chinitas y peñascos.. pero, amigo, todo lo vence amor o la pata de cabra, todo lo vence el principio sacrosanto de libertad, ese rayo de Dios, esa palanca, esa panacea..».

Nos burlamos luego de los carlistas, diciéndoles ante el mármol de la mesa del café: «Venid, echaos de una vez al campo.. Así os aniquilaremos más pronto». Nos reímos de las damas católico-alfonsinas. Ya podéis (p.8381) guardar en vinagre o en alcohol a vuestro niño. La Patria le rechaza (frase de Castelar) , como el mar arroja a la playa los cadáveres.. Y dicho esto, nos quedamos tan frescos, con permiso del calor que nos abrasaba. Don Santos pagó mi café, y yo me fui a la calle.. ¡Oh calle, única delicia y recreo del hombre tronado!

El verano se me presentaba fosco y aterrador. Casi todos los amigos que podían aliviar mi penuria, habían echado a correr. Para mayor desdicha, la inacción veraniega metió a El Debate en el pantano de las economías, y a mí me tocó el ser uno de los licenciados hasta otoño. El isleño se fue a Santander, Albareda a tomar los baños de Dax, y yo no tenía santo a quien poner una vela.. Ferreras y Correa, ¡ay de mí!, también levantaron el vuelo. Lleneme de paciencia, y me vestí de la coraza del estoicismo. Hallaba consuelo en mi fatalismo musulmán, el cual en aquella triste ocasión me decía: «Está escrito que por desconocida senda te vendrán satisfacciones y venturas..».

En largos y calurosos días esperé, mirando a la esfinge del Mañana. Por pasar el rato escribía gratis en La Igualdad y en La Ilustración Republicana Federal. Tenía esta su redacción en la Plaza de la Cebada, 11, y la dirigía Rodríguez Solís. En la lista de los colaboradores figuraba todo el santoral republicano, con los pontífices a la cabeza; pero los más constantes eran Roque Barcia, Roberto Robert, Ramón Cala y otros de vago y hoy olvidado nombre. Tanto como me encantaban Robert y su acerada sátira, me entristecía don Roque con su literatura bíblica y orientalesca en rengloncitos de este jaez: «Avanza, hombre loco, y dime: ¿cuál es tu sino?..»; y el hombre loco y pálido responde: «Mi sino es llorar hoy el Pasado, que no quiere volver y vuelve. -Retírate, Pasado, y no olvides llevarte tu manto de tinieblas. -Adiós, hijos del día; la luz en que vivía me daña. Adiós». ¡Y había lectores, entre ellos mi portera, que se deleitaban con estas cosas!

En La Ilustración Republicana Federal me aclimataba yo más que en La Igualdad, pues aunque en ninguno de los dos (p.8382) periódicos ganaba un real, en el primero tenía de director al bueno y cristianísimo Rodríguez Solís, que solía convidarme a comer en su modesta casa, llenándome el buche para un par de días. A las veces, llevábame Roberto Robert a Lhardy, un espléndido bodegón que radica en los sótanos de la Plaza Mayor, y tiene su entrada suntuosa por Cuchilleros, en lo más bajo de la Escalerilla. Dábannos allí cocido, judías u otro plato suculento; y amenizábamos el festín con el dulce murmurar, comentando la vida social o política. Recuerdo que en aquel Lhardy apuramos una tarde el tema candente de las Cacerías de Riofrío. No se hablaba de otra cosa. Persiguiendo venados con el Rey, Serrano conspiraba para derribar a Zorrilla, al mes de subir este al poder. No sería verdad; pero el público, ávido siempre de novedades, se hartaba de aquella comidilla.. Las cacerías fueron y son los más seguros vedados para matar las grandes reses políticas.

Pero don Manuel seguía tan terne, sin que le alcanzaran los tiros, si acaso los hubo, ni cuidarse de ellos. Por aquel tiempo, si no me falla la memoria, visitó a su hermano el Príncipe Humberto, heredero de la corona de Italia. Estuvo en La Granja, en Madrid y en Toledo y Sevilla. Al despedirle, nuestro Presidente del Consejo oyó de labios del huésped ilustre estas palabras de felicitación, que recordaba siempre con orgullo: «Deseo para mi hermano y su dinastía diez años de gobierno radical».

Grabada con letras de oro quedó en mi memoria esta frase, porque la oí de la boca dulce y colorada de una dama, de una mujer.. que.. Leed, os lo suplico, leed a renglón seguido mi nueva conquista.

 

Ep-43-VII -

Doña María de la Cabeza Ventosa de San José, a quien respetuosamente inscribo con el número tantos en mi amoroso Registro, era una dama fresca y agraciada, de negros ojos, risueña boca, lucidas carnes, poseedora de dos tiendas de telas, una en la calle de Toledo y otra en la Concepción Jerónima, donde habitualmente residía. No diré que fuese una cabal hermosura; pero sí (p.8383) que tenía lo que llamamos un gancho fisionómico, un garabato facial, un mirar pillín y un fruncimiento de la boquita que a todos cautivaba, y con tal gancho a mí me pescó el alma, inspirándome una pasión que no vacilo en llamar volcánica.

¿Cómo la conocí? Pues los vaivenes de mi miseria me llevaron de nuevo hacia Córdoba y López, y Mateo Nuevo, que quiso arreglar mi complicada cuenta con la Casa Rostchild de Alamillo Square. Algo se aflojó con aquellas gestiones el dogal que me apretaba el pescuezo; respiré un poco, y por derivaciones naturales hice conocimiento con un vejete gracioso y pío, que llamaban Plácido Estupiñá, corredor de dependientes de comercio, el cual me exhortó a dejar la pluma por la vara de medir, y la literatura por la contabilidad mercantil. Intercedió noblemente con las opulentas casas de banca para que me dieran mayor respiro, y llevándome de tienda en tienda, di con mi persona en la de doña María de la Cabeza, que precisamente, ¡oh felicísima casualidad!, necesitaba un chico que supiera llevar cuentas. ¡Cielos divinos!, aquel chico fui yo. ¿Era sueño, era realidad? Estupiñá fue el alado mensajero de la Providencia que me llevó del abismo de la desesperación al pináculo de mi ventura.

Del gusto que me dio el verme admitido por doña Cabeza y aposentado en su propia casa, me puse muy malo, me entró fiebre, atacome la tos ferina con quebranto de todo el cuerpo. Me metieron en cama; mi admirable patrona y principala me llevaba calditos, infusiones, alguna golosina para llamar el apetito, apelando a las friegas para desvanecer los dolores erráticos. Mi gratitud hízome ver en la señora un ser divino, quizás la propia esposa de San Isidro Labrador, Santa María de la Cabeza, cuyo glorioso nombre llevaba. ¡Vive Dios, que antes que el nombre las igualaba y confundía la santidad!.. Cuando me dieron de alta y me levanté, poniéndome la ropa limpia, lavada en mi nueva casa, me sentí inundado de una luz celestial y abrasado en fuego de inspiración. El alma se me quería salir por ojos (p.8384) y boca para ofrecerse con sublime rendimiento a doña Cabeza, como galardón de sus divinas bondades e infinita misericordia.

Yo soy un hombre que no sabe disimular sus sentimientos. Soy todo un torrente para la sinceridad, y un águila para poner en ejecución, sin perder instantes, lo que me dicta mi conciencia. Consecuente conmigo, me arranqué, como suele decirse, de una vez, y le solté a mi doña Cabeza una declaración de amor tan coruscante y ardorosa, que la buena señora se quedó asustadica, vacilante entre la risa y el asombro. Notando yo que no era la dama tan fácil al asedio, avivé el fuego de mi oratoria, echando en él llamaradas de locura, sutilezas de poesía, y conceptos que doña Cabeza oía quizás por primera vez en su vida.. Y el efecto se produjo al fin. Al través de los espesos vapores que, a mi parecer, levantaba mi apasionado lirismo, observé que el rostro de doña Cabeza se ponía muy serio, que en su boca graciosa expiraba la última risa, que aparecían después unos pucheritos muy monos.. y que la interesante señora, enmudecida por la emoción, me mandaba callar.. ¡Ay, qué pillo!

Aunque doña Cabeza me dijo aquella tarde que se vería en el caso de despedirme de su casa, en tal forma lo dijo, y con tal mimo de quiero y no quiero, que me tuve por vencedor. Debo declarar que mi pasión era sincera, y que mi protectora se hacía dueña de todo mi ser. ¿Había encontrado mi felicidad y la solución de los graves problemas de mi vida? Tal vez.. A los tres días de aquella mi flamígera declaración, desesperado vuelo de un alma que huye del vacío, aseguré y celebré mi triunfo. Loco de orgullo juré amor eterno, fidelidad hasta la muerte. Y cuando a este culminante fin llegaba, un desengaño enfrió mi entusiasmo. María de la Cabeza no era viuda, como presumí viéndola vestir de alivio. Por ella supe que su viudez consistía en vivir separada de su esposo, un perdido criminal, con méritos bastantes para ir a presidio. En Madrid andaba el tal: su mujer le pasaba un duro diario, y de vez en cuando le pagaba las (p.8385) trampas; pero antes muriera que admitirle a su lado. La riqueza, las tiendas y alguna finca rústica eran de ella. No refiero lo que Cabeza me contó del engaño y disparate de su casamiento, porque no añade ni quita interés a esta verídica historia.

Si me afligió por un lado el saber que mi dama no estaba capacitada para segundas nupcias, me agradó mucho conocer su abolengo liberal, rancio y clarísimo, como esas aristocracias cargadas de blasones. Mi señora era nieta, por parte de madre, del gran don Benigno Cordero, espejo de milicianos, que inmortalizó su nombre en el Arco de Boteros, hoy 7 de Julio; sobrina, en segundo grado, de Calvo Asensio, y en tercer grado, de don José Abascal. Parentesco lejano tenía con Mariana Pineda, y cercano con don Vicente Rodríguez y don Juan León Moncasí. Su padre, don Lucas Ventosa, fue uno de los más leales amigos de Espartero, íntimo de don Evaristo San Miguel y de don Ramón de Calatrava. En su casa, y en la de sus padres, Cabeza se pasó parte de la vida bordando banderas para los batallones de milicianos. Era la encarnación del ideal progresista, y en sus dos tiendas se refugiaron una y mil veces los cabildeos electorales y aun los tapujos revolucionarios. Toda esta tradición cálida y candorosa se fue acumulando en la cabeza de mi doña Cabeza, tan entusiasta de Prim, que lloró tres días cuando le mataron. Muerto el héroe, la idolatría de mi dama vino a condensarse en el único santo que, a su parecer, representaba las glorias del Progreso, don Manuel Ruiz Zorrilla.

Yo también me volví radical como el mismo don Manuel, o como su trompetero Ángel Fernández de los Ríos. Fuera de esto, yo estaba en la gloria, bien comido, bien bebido, admirablemente apañado de ropa, y satisfecho en cuantas necesidades y estímulos constituyen la vida espiritual y fisiológica. El marido de Cabeza, Serafín de San José, no me inquietaba gran cosa. Alguna vez me tocó despacharle con tres pesetas o un duro, sacados del cajón; era un cínico silencioso que a su degradación ponía máscara de (p.8386) prudencia. Más me inquietaban algunos parientes de Cabeza que se retraían de visitarla, reprobando así discretamente su irregular trato conmigo. Y mayor zozobra que el despego de los primos y agnados me causó la insistencia con que paseaba la calle un sujeto alto y zancudo, de color cetrino, barba negra, nariz tajante, con lentes que daban no poca impertinencia a su mirar fisgón, bien vestido, la chistera un poco ladeada. Advertí un día que al pasar le saludó Perico Luna, que solía tertuliar en mi tienda.

Interrogué al amigo, que así me dijo: «Es un tal Alberique, amigo de Madoz, empleado que fue en La Peninsular. No tiene hoy más oficio ni más beneficio que pintar la mona y hacer el oso». Por algo más que se escapó a la discreción de Luna, y otro poco que me indicó Roberto Robert, sospeché que aquel tipo había sido mi antecesor en los blandos afectos de mi señora doña Cabeza. No necesité saber más para decidirme a espantar al enojoso estafermo. Elegida la ocasión más favorable, salí a la calle una mañana, y me encaré con el cargante individuo. A quemarropa le di el quién vive en la forma que cuento, y no es jactancia: «Caballero, quiero saber qué se le ha perdido a usted en esta parte de la calle, y qué motivos tiene para montarnos la guardia. Si es policía, dígalo y se le dará una propineja para que no moleste tanto».

-Señor enano de esta venta -me replicó zumbón, ajustándose los lentes en la nariz huesuda y poniéndose en facha-, yo estoy en mi derecho cogiéndome parte de la calle o la calle entera, y usted váyase a medir percales, y déjeme en paz.

-Si usted me insulta, le diré que voy a coger la vara para medirle a usted las costillas.

-Antes me insultó usted a mí llamándome policía y ofreciéndome propina.. Si usted no fuera tan chiquitín le pediría cuenta de sus ridículas arrogancias. Conozco su nombre y condición. Por si usted no sabe quién soy y cómo las gasto, ahí le dejo mi tarjeta. Como usted no trae tacones altos, y ha salido en zapatillas, tengo que inclinarme para que la tarjeta pueda llegar a sus manos.

Tomé la (p.8387) tarjeta, y leí: Modesto Alberique, representante de la Sociedad Belga Constructora de cierres mecánicos. Esgrima, 3. Y viéndole partir con aire jaquetón, le dije con el pensamiento: «Ya te daré yo a ti cierres mecánicos, farsante». Volví a mi tienda, y nada dije a Cabeza, que estaba en el principal, en manos de su peinadora. Era tan firme mi resolución de mandarle los padrinos al infatuado virote que me ultrajó groseramente, que no pasó la tarde sin pensar en los amigos que debía escoger para función tan delicada. Andando en esto, supe que mi rival era un poco espadachín, o que de ello presumía. Mejor que mejor. El lance había de ser duro. Mi amor propio no consentía otra solución que matar a mi contrario, y quedar yo airoso y arrogante, cantando el quiquiriquí en mi gallinero.

En las tertulias de mi tienda menudeaban los noticiones y las profecías políticas. Oigan lo que me dijo aquella tarde, o la siguiente, un amigo nuestro, inveterado progresista semi-fósil: «Parece que se conspira de lo lindo. ¿Qué hay de La Granja? Pues hay..». Diciendo esto mostraba un fajo de periódicos, entre los cuales vi El Imparcial, El Debate y La Política. El corresponsal del periódico del señor Mantilla contaba que la Reina María Victoria había salido como escapada del Real Sitio, llevándose a su marido.. Hay más: «El Brigadier Palacios, Comandante General del Real Sitio de San Ildefonso.. ¡oído a la caja!, arrestó al joven Díaz Moreu, oficial de Marina, ayudante de Su Majestad». ¿Por qué creerán ustedes? Porque siguió demasiado cerca a don Amadeo. Pero El Imparcial trae otra versión. Oigan: La causa del arresto del ayudante fue que este saltó una zanja con más presteza que el Brigadier Palacios. ¿Quieren decirme ustedes qué significa esto de Reina fugada, y de arrestos y zanjas? Pues el corresponsal de La Política salta otra vez con la cuenta de cuarenta y ocho reales que no ha sido abonada al dueño del Hotel Europa de La Granja, el señor Davide Macchino. ¿Qué es esto? ¿Quién me compra un lío? Hame dado en la nariz, señores, (p.8388) olor de barraganía.. Estas cosas tan raras y esta cuenta sin pagar, y el Rey que escapa con la Reina, ¿no os señalan un rastro? Seguid el rastro, seguid la pista, y encontraréis una res que dicen es hermosa, yo no la he visto.. la dama de las patillas.

Tomó entonces la palabra don Francisco Bringas, otro de los asiduos a mi tienda, varón calmoso y sesudo, colocado recientemente por Zorrilla en una modesta plaza de Fomento. Asegurándose las gafas sobre la nariz, aquel hombre, que llamaban Monsieur Thiers por la perfecta semejanza de su rostro y talle con los del celebérrimo político francés, nos dijo que no era de buenos españoles sacar a colación a la de las patillas, ni dar aire a los malignos rumores, de que se apacienta el vulgo ignaro. El Monarca que nos regía, por obra de los 191 votos o por lo que fuere, se menoscababa en su alta dignidad, traído y llevado en lenguas de la gente ociosa. «Yo serví lealmente a doña Isabel -añadió-, y mientras comí su pan, jamás permití que en mi presencia se dijeran las atrocidades que corrían acerca de ella.. Ahora, después de larga cesantía, debo un humilde destino a don Manuel, colocación que viene encabezada con el nombre del Rey. Pues yo, fiel a mis principios, no digo ni escucho ninguna cuchufleta en mengua del Jefe del Estado. ¿Qué más? Ayer me vino Rosalía con el cuento de la señora patilluda, y yo le dije: 'Rosalía, hazme el favor de callarte la boca'. Por mi decoro de funcionario público, por respeto al primer Magistrado de la Nación, oigo esas anedoctas como fábula indecente. Y punto final».

-Tiene razón don Francisco -me dijo Cabeza interviniendo en el coloquio con la bondad juiciosa que era el mayor encanto mío-. Sí, amigo Bringas, fuera cuentos que bien pueden ser falsos testimonios. ¿Qué nos importa que Su Majestad tenga un devaneo, y que la tal gaste patillas o barba corrida? No demos aire a las habladurías, y menos ahora que tenemos el progreso en el poder. ¡Y que está el Rey poco contento, vaya! Por lo que he contado a ustedes de las palabritas del don Humberto al despedirse, (p.8389) comprenderán que hay don Manuel para rato.. lo que digo: ¡don Manuel para rato!

Al anochecer desfilaron los amigos, y antes de cenar di un salto al Casino Federal, para conferenciar con mis padrinos, hombres inflexibles en materias de honor: Córdoba y López, Ramón Cala.. Pasaron tres días; el feroz Alberique no se daba prisa para designar padrinos. Los míos iban en su busca; no le hallaban nunca en su casa. Temimos que se lo tragara la tierra. Pero del centro de ella le habría sacado yo para vapulearle públicamente y pregonar su cobardía. Por fin dio la cara, y se concertó el duelo en las condiciones que imponía la gravedad del caso. Y en los días que precedieron al terrible lance, mi señora doña Cabeza mostró deseos de que yo escribiese en Las Novedades, ensalzando hasta las nubes a don Manuel, y declarándome radical monárquico, bajo el manso poder de don Amadeo I. Claro es que yo no podía negarme a tan dulces requerimientos. Escribí, pues, sin esfuerzo, hinchados panegíricos de la política radical, y el bueno de don Manuel se asfixiaba seguramente con las nubes de oloroso incienso que yo arrojaba sobre él. Llevado y traído por fatal corriente misteriosa, yo era el campeón de todas las causas. En corto tiempo enaltecí con mi fácil pluma el federalismo intransigente, el federalismo templado, la monarquía conservadora de Serrano y Sagasta, y la monarquía democrática de Ruiz Zorrilla. Era yo, pues, un caso peregrino de proteísmo; y ved, amigos, cómo esta mi voluble constitución mental venía consagrada desde mi nacimiento y bautismo por mi nombre y cognomen. Yo me llamo, sabedlo ya, Proteo Liviano, de donde saqué el Tito Livio usado en mis primeros escritos, y el Tito a secas que hoy merece mi preferencia por lo picante y diminuto.

Escribí, como digo, furiosos alegatos ministeriales para dar gusto a la gobernadora de mi existencia. Pero en lo más recio de mi campaña, vino el trueno gordo; las intrigas del Real Sitio dieron su fruto, y Ruiz Zorrilla con todo su radicalismo reformista se (p.8390) desplomó con estrépito. Y he aquí que aparecieron en el tablado, por el foro derecha, Serrano y Sagasta tapándose el rostro con el antifaz del Ministerio Malcampo-Candau.

 

Ep-43-VIII -

Un poquito atrás. No se me vaya a quedar en el tintero mi épico lance con Alberique, más interesante, a mi juicio, que aquella cáfila de hombres que iban y venían, y aquellas menudencias del vivir nacional, que el Tiempo y la Tía Clío arrojan en el polvoriento rincón de la trastienda, donde toda antigüedad inútil tiene su sepulcro.

Acordaron los padrinos que el duelo fuese a pistola: la desigualdad de talla entre mi enemigo y yo imposibilitaba el uso del arma blanca. Los padrinos de mi contrario, Felipe Ducazcal y el teniente Luque, de quien hablaré después, propusieron el sable, arma en que Alberique se creía fuerte; pero al fin cedieron a la razón, que era la pistola. Llevamos de médico a un chico de San Carlos que en aquellos días recibió la Licenciatura. El lugar donde habíamos de tirar a matarnos era un jardín o huerta en las cercanías de las Ventas del Espíritu Santo.

Las ocho de la mañana serían cuando llegamos al terreno los dos rivales, con nuestros respectivos apoderados. Alberique iba muy estirado de guantes, vestido de negro, el sombrero muy encasquetado para que no se lo arrebatase el viento que del Oeste soplaba. Por no cansar, suprimo los pormenores. Partido el campo y cargadas a conciencia las pistolas, nos pusimos frente a frente. Sin ninguna jactancia, debo hacer constar que yo estaba sereno ante la faz del drama, como lo estoy en el momento de referirlo. Yo he nacido para las ocasiones críticas, para los actos que se desarrollan en raudos minutos, decisivos entre la vida y la muerte. Tocó a mi rival disparar primero. No me acertó. Disparé yo.. Nada.. En su segundo disparo, Alberique afinó la puntería. Yo dije: «¿Sí? Pues ahora verás». No era yo tirador; afiné con toda calma.., ¡pim!, le metí la bala en el costado derecho.. ¡Alto!.. La herida de Alberique era de pronóstico reservado. Terminó el lance. No me presté a (p.8391) reconciliaciones ni saluditos, y me retiré con tranquilidad augusta.

O mucho me equivocaba yo, o todos los que se cruzaron con mi coche en la carretera de Aragón me miraban con respeto admirativo, quizás, quizás con respeto medroso. En mi casa me declaré a Cabeza, refiriéndole con terroríficos detalles el lance y sus antecedentes y motivos. Oyome atenta sin mostrarse demasiado orgullosa de mi serena valentía, y contra lo que yo esperaba, me salió con esta desentonada cantinela: «Has hecho mal, Proteo, en tomar las cosas tan por lo caballeresco, porque ese majadero de Alberique es casado.., casado y con cinco hijos. Figúrate que se muere de la herida. Pues tú le has matado, y por tu quijotismo quedarán huérfanas esas pobres criaturas.. Todo por el honor. ¡Dichoso honor, que sólo existe en las lenguas de los que no lo tienen! Dime, Proteo querido, ¿dónde tienes tú el honor? ¿Lo has traído tú a casa, o estaba aquí ya cuando llegaste?.. Hazme el favor de no hablarme a mí de esas pamplinas. No hay más ley que el amor, el trabajo, la libertad y el progreso, y todo lo demás es verso y tonterías. ¡Ah!, se me olvidaba: también es ley de vida la buena contabilidad y el arreglo de los negocios, y respetar el tuyo y mío. Como me llamo Cabeza, que esto creo y no creeré otra cosa si mil años vivo».

Quedeme de una pieza oyendo estas razones, y ellas habrían bastado a quitarme el sosiego, si Cabeza no me mostrara su cariño y confianza en terreno que no era el ideológico. Adelante: Como decía, cayó Zorrilla cuando se le creía más seguro. El terremoto político que llamamos Crisis, se produjo por la elección de Presidente de la Cámara. El candidato ministerial, Rivero, obtuvo 110 votos, y a Sagasta, candidato de los unionistas, progresistas templados y carcundas, le votaron 123 padres de la Patria. Esta se quedó turulata viendo que por corta diferencia de votos se cambiaba el Gobierno. Pero tal era el sistema, mal traducido del inglés, tal la bastarda imitación de aquel self-government con que Albareda y yo andábamos a vueltas en El (p.8392) Debate.. Malos ratos debió de pasar el Rey con este self-desbarajuste.

¡Sorpresa, escándalo, furor! La Tertulia Progresista se echó a la calle con un pendón morado. Salieron los estudiantes de Farmacia y San Carlos a ventilar su ardorosa juventud, fatigada de la estrechez y disciplina de las aulas. Madrid ardió en alborotos, vocerío de vivas y mueras. Restallaban de boca en boca los dicterios contra Sagasta, y hasta las verduleras designaban a las fracciones políticas contrarias al Radicalismo con los viles apodos usuales: fronterizos, cangrejos, calamares, palomos, tomadores.. Mi Cabeza me mandaba que fuese a meter ruido en las manifestaciones, y a enfoguetar los ánimos con mi briosa elocuencia.

Obediente a mi dulce tirana, acudí al bullicio, y entre la turbamulta encontré a muchos federales que se agregaban al progresismo radical, para hinchar el coraje público y armar camorra con los agentes de la autoridad. Ramón Cala me aseguró que antes de dos meses tendríamos la Federal con todo su complejo tinglado de pactos y cantones; Rodríguez Solís comentó el retraimiento cada día más significado de la sangre azul y del dinero amarillo. Las únicas damas de alcurnia que iban a Palacio y acompañaban a la Reina, más por lástima y respeto que por adhesión verdadera, eran las Duquesas de Fernán-Núñez y de Tetuán, la Condesa de Almina y otras poquitas más. Y Luis Blanc opinó cándidamente que la Grandeza, con la sorda y persistente conspiración del desaire, nos estaba haciendo el caldo gordo a los republicanos. Yo, que si en letra de molde, por dar gusto al dedo, falsifico donosamente la verdad, soy esclavo de ella cuando hablo con mis amigos, les dije que nosotros éramos los que hacíamos el caldo gordo a las elegantísimas damas alfonsainas y catolicoides, ayudando a convertir en palabras vacías los tres rotundos jamases del General Prim.

La implacable cronología, de la cual quiero hacerme esclavo, me lleva en los primeros días del Ministerio Malcampo a referir una nueva y peregrina conquista..; digo mal, porque en (p.8393) realidad no fui yo conquistador, sino conquistado. Ved qué cosa más rara. Una tarde, terminado el trajín de la tienda (que fue, por más señas, harto engorroso: recibir el género de invierno, anotar precios según factura, precios de venta al vareo) , salí a desentumecerme y proveer de aire fresco mis pulmones, y cuando pasaba junto al callejón de la Concepción Jerónima, salió de este una muchacha, que puso en mi mano una cartita y apretó a correr. Pronto la perdí de vista. «Aventura tenemos» pensé yo; y antes de que abriera la esquelita, comprendí, por el color del papel y el perfume que de él se desprendía, que era carta de fémina. No creí prudente leerla en mi calle, y seguí hasta la plaza del Progreso, donde satisfice mi curiosidad. Ved la carta, que me sorprendió tanto por su contenido como por su excelente escritura y ortografía, mejor que las que gastan las mujeres bonitas.. y aun las feas.

«Caballero: Reciba usted la entusiasta felicitación de una señora desconocida para usted.. Sentime ¡ay!, inundada de alegría cuando supe que había castigado al infame y presumido Alberique, y mi júbilo habría sido completo si hubiera usted dirigido su puntería al costado izquierdo en vez del derecho, para que quedase partido aquel corazón donde jamás anidó un sentimiento noble.. He sabido con satisfacción que se agrava la herida de ese bigardo insolente. Lo celebro con toda el alma. Yo soy así, implacable con los que me han ofendido. Sé querer; no sé perdonar.

»En usted veo al hombre honrado que, cuando el caso llega, sabe proceder con vigor y arranque, comprometiendo su vida. Mis plácemes y vítores entusiastas al héroe. ¡Arriba los hombres de ánimo grande y corta estatura!.. Cuando me han enterado de que el héroe es chiquitín de talla, he sentido por usted admiración más viva. Séame lícito decir que de niña jugué con muñecas más tiempo del que mi crecimiento permitía; que de mujer me agradan todas las variedades de muñecos. Entre lo pequeño y lo grande hay una escala de gratas sensaciones. Ya sabe usted que per (p.8394) troppo variar Natura è bella.

»Y no digo más por hoy. Deseo conocerle, mas no es ocasión. La ocasión llegará.. En tanto, valiente caballero, admita los sinceros plácemes de su amiga -Graziella».

Leí por tres o cuatro veces la carta, y ni con veinte lecturas habría salido de mi confusión. Por la gramática no parecía carta de mujer. ¿Sería obra de algún amigo maleante? No.. La corrección gramatical y la ortografía revelaban quizá las manos y pensamiento de mujer neurótica, de superficial cultura. No desconocía yo la suma extravagancia mezclada con el sumo donaire que constituyen el ser de algunas almas del reino femenino, entendimientos desequilibrados que fluctúan entre la sutileza del ingenio y los desvaríos de una razón desmandada. Por su nombre y la cita italiana, la tal declarábase compatriota del Dante. Nueva confusión mía mezclada de ardiente curiosidad. ¿Por qué me dejaba, como quien dice, a media miel, revelando su nombre y guardándose la dirección de su casa? ¡Pues de saberlo, no iría yo poco contento a darle las gracias y rendirme a su fineza y bondad!.. Rompí la carta en los pedacitos más chicos que pude obtener, cuidando mucho de que alguno de ellos no se me quedase pegado a la ropa, porque..

Ya lo comprenderéis. Cabeza era muy celosa, y además mujer de grandísimo talento. Por algo se llamaba Cabeza. No ignoraba mis aficiones al bello sexo. Mi fama de galanteador afortunado le quitaba el sueño, y a mí me ocasionó sofoquinas. En sus ataques agudos de celera, mi dama se levantaba de puntillas, a media noche, para registrar mi ropa, buscando alguna carta que su encendida imaginación sospechaba y temía. Y cuando entraba yo en casa de dar un paseíto o evacuar alguna diligencia mercantil, me olía las solapas, la corbata, el cuello, buscando algún aroma que delatase mi supuesta infidelidad. La tarde de marras, al llegar a la tienda después de rotos y aventados los pedacitos de la carta de Graziella, me asaltó el temor de que el papelejo hubiese dejado en mis dedos algún resto de su intensa fragancia. Subí (p.8395) corriendo a lavarme las manos, mas ni aun con esto estuve tranquilo, ni vencer pude el terror que me causaban los ojos inquisitivos de Cabeza y el venteo de sus narices.

Advertí en los siguientes días a Cabeza más pensativa y fisgona que nunca lo estuvo. Parecíame que su mirada, al fijarse en mis ojos, los atravesaba para sorprender los pensamientos míos replegados dentro del cerebro. Y en este no habría encontrado más que una infidelidad puramente mental. Yo pensaba en la italiana. Su imagen revoloteaba dentro de mi caletre como un insecto alado que cambiara de luz y colores a cada instante. Por las noches, mi cara mitad me tenía prisionero en casa, no permitiéndome ni quince minutos de expansión en el café Oriental o en el de las Columnas, donde yo encontraba los amigos de mi mayor aprecio. Vedme, pues, forzado a soportar la insípida tertulia casera, formada por dos viejas regañonas, que se dormían cuando no jugaban a la brisca, y de tres o cuatro sujetos soporíferos, entre ellos un primo de Rojo Arias, que no hacía más que hablar pestes de Sagasta y de los amigos de este, Abascal, Muñiz, don Zoilo Pérez, y un inspector de arbitrios municipales, que proponía como única solución política la traída de Espartero.

El Ministerio Malcampo-Candau seguía pasando el rato con un enredoso debate parlamentario sobre La Internacional. Pero el interés político no estaba en el Congreso, sino fuera de él, en los conciliábulos y recíprocas embajadas de los dos feroces bandos que se disputaban la primacía. Rompieron en terrible pelea zorrillescos y sagastorros. Cada uno de los jefes de estas dos revoltosas taifas dio al país su manifiesto. Leílos yo, y la verdad, no encontré gran diferencia entre una y otra soflama. No era obra de romanos concordarlos y hacer de los dos uno solo, que fuera cimiento en que fundar honrosas y duraderas paces.. Los padres de las criaturas, que parecían mellizas, Zorrilla y Sagasta, se avinieron a nombrar un Jurado o comisión de arbitraje que examinara los dos (p.8396) manifiestos, y desarmándolos y volviéndolos a armar en un solo cuerpo de doctrina y conducta, creara el progresismo único y de una sola pieza, amplio terreno dogmático en que pudieran vivir y comer todos los caballeros de la orden setembrina. ¡Qué cosa más sencilla, ¡vive Dios!, y qué facilísima dificultad!

Apoderados de don Práxedes fueron Calatrava, el Marqués de Perales y don Cipriano Montesinos; de Zorrilla, Fernández de los Ríos y Moya (don Javier) . A estos, por si eran pocos a discutir, se unieron luego otros cuantos, que no me tomo el trabajo de citar, pues para lo que hicieron vale más dejarlos recostaditos en el almohadón del olvido.. Conque, manos a la obra, caballeros. Un día se reunían aquí, otro allá, y vengan consultas, vengan ponencias, vengan.. Y no sigo, pues me urge decir que cuando comenzaban los finos dedos de los señores jurados a tejer aquella tela de Pentecostés (como decía un General de la época queriendo decir Penélope) , recibí segunda carta de la italiana, más perfumada y más pequeña que la primera. Diómela la misma criadita en el mismo sitio, y yo, poseído de zozobra, escapé a leerla lo más lejos posible, y no pareciéndome bastante segura la distancia de la plaza del Progreso, fui a dar con mi cuerpo y mi epístola olorosa.. más abajo de Antón Martín.

¡Oh, Tito, afortunado mortal! ¡La incógnita dama te indicaba calle y número.. y hora para recibirte! Aventura tan bonita y novelesca no se presentó jamás a ningún nacido. Esto pensaba yo cuando me acercaba, tímido y dudoso amante, a la gruta en que la diosa se ocultaba. La misma duda aumentaba el encanto de amor. ¿Sería Graziella una hermosa ninfa, o un culebrón espantable? Pronto había de verlo.

 

Ep-43-IX -

Ni culebrón repugnante ni hermosura radiosa. La llamada Graziella, italiana o española, debiera ser clasificada en el tipo vulgar de la escala femenina, si no le dieran valor estético las llamaradas de sus ojuelos negros, su graciosa movilidad de ardilla, y el libre chorro de su lenguaje atrevido y pintoresco.. En mi primera visita, que hubo de ser corta, (p.8397) como simple acto informativo, de puro reconocimiento, no pude adquirir la identificación completa de mi nueva conquista, nombre, familia, lugar de nacimiento. Diome en la nariz que el nombre de Graziella era postizo, la nacionalidad dudosa, la mujer un misterio, una cifra obscura de interpretación imposible. La gruta de tan singular ninfa estaba en barrio muy distante del mío, allá por Monteleón o Maravillas. El interior era reducido y pulcro: pocas y bien arregladas estancias, gabinete coquetón y alcoba rosada. Sorprendiome el adorno de paredes, donde descollaban panderetas pintadas entre láminas de Santos y Vírgenes de distintas advocaciones, Pilar, Desamparados, Sagrario y Paloma. En peana y entre flores vi a San Antonio, el frailecito amable, indulgente patrono de las enamoradas. En la heteróclita casa vi a la mozuela que me llevara las cartitas, y mujerona que se escurría por los pasillos sin otro rumor que el de toses y carraspera. Era un anchuroso bulto de vieja, o una elefanta en dos pies cubierta de refajos..

En nuestra conversación inicial, la enigmática hembra puso algo de sordina en su expresivo parlar de amores y en su liviano propósito de entenderse conmigo. «Ya ves, Tito -me dijo con donaire-, que la franqueza es mi Norte y mi Sur, mi Este y mi Aquel. Si te dijera que soy honrada, te echarías a reír. Tráeme una honradez que me dé de comer, y tendrás que santiguarte al entrar en mi casa. Yo he admirado en ti al caballero valiente, vengador de la virtud ultrajada. Eres chico y grande.. Me gustaste por tu hazaña, y más me gustas ahora que te conozco.. Pero entendámonos. Tú eres pobre. A mí no me hace maldita gracia la pobreza.. No soy hermosa; pero no soy pava.. Soy de esas feas que dan la desazón y revuelven medio mundo.. Como no quiero perjudicarte, lo primero que te digo es que no dejes a tu tendera lozana y rica.. La engañas un tantico, y nada más. Yo no engaño.. Vivo en libertad.. protegida por la Corte Celestial.. Entre los santos que cuelgan de estas paredes, (p.8398) hay uno, que no se ve, y es mi Santo Gusto.. Por el reverso de los santirulicos, andan mis diablillos, quiero decir, mis rencores y malos quereres.. Has de saber que uno de mis mayores odios ha sido ese ladrón de Alberique.. Algún día te contaré la trastada que me hizo, y que no pagará con cien vidas».

Tras una pausa grave, siguió así: «Ya me irás conociendo; soy voluble, caprichosa y un demonio de travesura.. Tengo una virtud, digo, muchas virtudes.. Vas a saberlas: 1.ª, que el que me la hace me la paga; 2.ª, que todo lo que digan de mí me sale por una friolera; 3.ª, que soy larga en tomar dinero, y más larga todavía para darlo al que lo necesita.. Si tú hicieras comedias y quisieras sacarme en una, deberías titularla: La deshonrada más honrada».

Volví a mi casa un poco aturdido. Pensando en mi aventura, hice propósito de proceder con cautela. No me convenía dejar lo cierto por lo dudoso, ni sacrificar lo positivo a lo de puro pasatiempo y fantasía. Tuve la suerte de que mi señora Cabeza no estuviese aquel día tocada de celera, y sacudiéndome el perfume, salí pronto de mi cuidado. Al día siguiente tuve ocupaciones en casa; pero al otro, que fue viernes, me entendí con un amigo progresista radical para que me escribiese llamándome a una entrevista con Zorrilla, que quería encargarme un trabajo de pluma urgentísimo. Con este sutil engaño, en que fácilmente cayó mi Cabeza (que si en amores era la misma suspicacia, en política tenía tragaderas para cuanto se le quisiera echar) , me fui a la gruta, donde pasé toda la tarde con la endiablada ninfa, recreándome con su grácil salero, y disfrutando en su compañía variedad de esparcimientos, algunos, créanmelo, del orden espiritual..

Del ingenio y del libertinaje de la diabólica italiana (me aseguró aquel día que era hija de un cardenal) saqué no pocas enseñanzas para mi estudio y conocimiento del mundo. Ratos pasé de alegría, ratos de confusión y perplejidad. Si mi huéspeda empezó la tarde con dulce temple, luego le sobrevino de súbito la racha de las diabluras, y me fastidió de medio a medio al (p.8399) acercarse la hora de separarnos. «Tito, mio caro -me dijo cuando me disponía para la retirada-. Me ha picado la tarántula, y esta noche quiero darte un bromazo.. y otro a tu doña Cabeza».

-¿Qué dices, Graziella?

-No pongas esa cara de tonto. Esta noche no vas a tu casa. Yo lo he determinado así. ¿No me has dicho que soy una ninfa hechicera? Pues prepárate a pasar la noche en mi gruta.

-Graziella, por San Antonio bendito, que te custodia, no gastes bromas trágicas.

-Aquí estaremos los dos divirtiéndonos con la idea de lo que ha de rabiar doña Cabeza. ¿No me has dicho que es celosa y que te huele la ropa y te registra los bolsillos? Pues yo detesto a las personas celosas, y me divierto aplicándoles al corazón un hierro encendido al rojo. Yo soy así.

Protesté indignado.. Pero Graziella, con infernal risa, me dijo que me había escondido botas, ropa y sombrero, y que estaba cautivo, sin que por ningún medio pudiera evitarlo. Omito, por no fatigar a mis lectores, los gritos que proferí, ahora coléricos, ahora suplicantes; las vueltas que di por toda la casa, descalzo y en mangas de camisa, buscando mi ropa; los extremos de ira y desesperación; los ruegos y amenazas; el último recurso de mi desesperación, que fue lanzarme escaleras abajo, escaleras arriba, llamando al portero, a los vecinos para que me sacaran de aquel aprieto. ¿Dónde estaba la policía, dónde el alcalde de barrio, dónde el sereno que ampararan a un honrado cliente de la nefanda Antarés, diosa del quinto Infierno?

Nada me valió. Con risueña frescura Graziella contemplaba mi sufrimiento; la muchacha reía, y la vieja elefanta deforme y carraspienta se mofaba también de mí.

Dieron las ocho, las nueve, y cuando sonaron las diez me rendí.. «Ya no te atreverías a ir a tu casa si yo te soltara -me dijo la hechicera-, porque Cabeza te sacaría los ojos. Vale más que esta noche prepares aquí tranquilamente el lindo embuste con que podrás aplacarla mañana. ¿No le diste el pego con una fingida carta de Zorrilla, llamándote para escribir con él un papelón político? (p.8400) Pues date prisa: escríbelo aquí. Yo te ayudaré». Esta donosa superchería me consoló un tanto. Audaz era la idea; pero no despreciable para soslayar el peligro y gravedad de mi situación. En esto pusieron la mesa para cenar. Cuatro cubiertos vi: sin duda comíamos juntos las criadas, Graziella y yo. ¡Oh, burlesca democracia y confusión de clases! La cena fue substanciosa: estofado y frituras, hojaldres y polvorones, todo ello ingerido con el estímulo de un vino blanco, excitante y traicionero, que a los pocos tragos me puso perdido de la cabeza, alterándome la justa percepción de las cosas. Advertí que Graziella tragaba como si no hubiera comido en tres días, y que la vieja elefanta, sin dar paz a los dientes, rezongaba conceptos ininteligibles. El recuerdo más claro de aquella noche fue que, después de cenar, me cogieron en vilo las tres mujeres, y con gran chacota y fiesta me arrojaron sobre la cama como un fardo insensible.

¡Noche de fiebre, de un girar vertiginoso en torno de mi propio pensamiento! La primera sensación de la mañana siguiente fue que una de las tres, no sé cuál, me llevó en brazos a la salita que comunicaba con el gabinete. Yo me sentía más chiquitín; no pesaba ni abultaba más que un nene de cinco años. Desgreñada, pálida y pitañosa, Graziella me sirvió café con leche y tostadas. Me entoné con el brebaje caliente.. Junto a la butaca donde mi menguada persona yacía, pusieron un velador con papel en cuartillas, tintero y pluma, y la ninfa me dijo: «Aquí tienes los avíos de escribir. Tómalo con calma. Fácilmente podrás enjaretar el turri-burri, que supones dictado por ese don Manuel, para dársela con queso a tu cara mitad. ¡Pobre Cabeza.. destornillada! Dará gusto verla con el adorno de la vistosa cornamenta que le has puesto. Siento que mi peinadora no sea la suya. Yo le diría: «Cuando arregle a esa señora, lleve serrucho en vez de peine. ¡Ay, Tito mío chiquitín!.. Eres lindo y perverso: así me gustas».

En esto, entró la matrona corpulenta trayéndome de la calle todos los periódicos del día y de la noche anterior: Iberia, (p.8401) Correspondencia, Novedades, Eco de España, Tiempo, Pensamiento Español, Universal, Discusión y alguno más. «Ahí tienes hilaza -me dijo Graziella-. Ya puedes hilar y tejer cuanto quieras». Viendo salir a la vieja pregunté su nombre, condición y empleo que en la casa tenía, a lo que respondió mi tirana: «Es la tía Mariclío, comercianta de antigüedades y papeles viejos, que ha venido a menos. Yo le doy albergue, y me hace servicios menudos y recados. Tú la conoces: no te hagas de nuevas.. No se ha podido averiguar la edad que tiene. Hay quien asegura que nació un poquito después del principio del mundo. No siempre está en el mal pergenio en que ahora la ves. Si en tales o cuales días viene a menos, en otros sube a más, y se pone unas botas al modo de borceguíes de cuero carmesí, con tacones dorados, y de gordiflona y ordinaria se te vuelve esbelta y elegante.. Sabe más de lo que parece, y cuando escribe lo hace con primor. Llámala para que te ayude, y te dará buena cuenta de lo mucho que ha visto, y te alumbrará las entendederas para que sepas ver lo que ahora pasa».

Oí estas advertencias de la diablesa como si sus palabras fueran rum rum de mis propios oídos. Yo no estaba en mis cabales. Sospeché que aún me duraba el efecto del vinazo ardiente que aquellas hechiceras, brujas o lo que fuesen, me dieron en la cena de la noche anterior. Fuese Graziella, reclamada por su peinadora, y yo me puse a leer periódicos.. Largo tiempo, a mi parecer, invertí en la lectura, que fue irregular y nerviosa, saltando de uno en otro papel, y fijándome en todos antes que en ninguno de ellos. ¿Qué decían? Que si el Jurado encontraba la fórmula, que si la fórmula resbalaba cual anguila en las manos de aquellos respetables majaderos.. De pronto vi a la vieja sentada frente a mí. No supe cuándo ni por dónde entró. Apoyaba sus robustos brazos en el velador, y me acariciaba con su mirada complaciente. Sus cabellos, que antes me parecieron blancos, tenían irisaciones y reflejos que en las ondas del rizado tan pronto eran oro como plata. (p.8402) Su rostro se había tornado apacible, tirando a hermoso, y el volumen de su cuerpo quedaba reducido a las proporciones de una mujer de medianas carnes.

Antes de que yo le hablara, acercó sus dedos al rimero de periódicos, y con voz que de ronca se había trocado en blanda, me dijo: «Pobre Tito, si para sortear la furia de tu mujer engañada has de fingir un alegato dictado por el bueno de Zorrilla, puedes empezar diciendo que los del Jurado no acabarán de encontrar la fórmula de avenencia hasta el momento preciso en que suenen las trompetas del Juicio final. De estos hombres que ponen en la mediocridad el límite más alto de sus ambiciones, nada puede esperarse. Ya ves. Empezaron por decir que no veían gran diferencia entre los dos manifiestos. Se les dice: 'A ver, a ver. Reducid las dos monsergas a una sola', y empiezan a quitar o poner esta o la otra palabra, y aquí doy un toque, allá otro toque».

-Ya, ya.. Y luego vienen las consultas.. «¿Qué les parece?..». «Nos parece -responden de allá- que ahora debe atenuarse aquel verbo, y poner aquí un adjetivo de más color».

-«Está bien», dicen los otros.. -prosiguió Mariclío zumbona-. «Pero antes conviene discutir la cuestión previa, para fijar la forma y manera de proceder en este negocio». Y en la cuestión previa se pasan días y días, noches y noches.

-Llegan al artículo de La Internacional.. ¡Ah!, es indispensable poner algún freno a ese monstruo disolvente.

-Sí, sí.. Pero ¡ah!, no toquemos a los derechos individuales, inalienables.. Sistema preventivo.. No, no, represivo.. Pues hagamos un bello maridaje de lo represivo y de lo preventivo..

-Viene la cuestión de Cuba. ¡Ah!, ante todo la integridad del territorio.. Cuestión elemental, cuestión previa.

-Pero ¡ah!, las reformas se imponen.. No puede España permanecer divorciada de la opinión universal.

-Sí, sí.. reformas, aire nuevo.. Pero ¡ah!, alentemos la abnegación y el patriotismo de los Voluntarios de Cuba, salvaguardia del honor de España, y de la integridad, etc.

-Por encima de todo, los derechos ilegislables, por ser (p.8403) naturales, inherentes a la personalidad humana.. Pero ¡ah!, medios ha de tener siempre el Gobierno para castigar, sin salirse de la Constitución, todo acto político de carácter inmoral o delictivo..

-Otra cuestión a debatir: La Internacional, ¿es moral o inmoral? Que sí, que no.. Por fin, tras largas disputas enredosas, declaraban que entre el programa de Sagasta y el de Zorrilla no había un comino de diferencia.. Pero ¡ah!..

Rompimos en franca risa los dos, mirándonos sin pestañear. Y ella fue la primera que convirtió las notas picantes de su risa en palabras donosas.

-¡Ay, Tito, no sé cómo me río hablando de estas cosas que son, ¡vive Dios!, tan tristes! ¡Que un país, donde hay sin fin de hombres que discurren con juicio, y sienten en sí mismos y en conjunto el malestar hondo de la Patria; que una Nación europea y cristiana esté en manos de esta cuadrilla de politicajos por oficio y rutinas abogaciles, hombres de menguada ambición, mil veces más dañinos que los ambiciosos de alto vuelo! Si algo pudiera contra ellos, los barrería como barro esta sala, regándolos antes para no levantar polvo, y mezclados con serrín los metería en su más adecuado sumidero, que es el eterno olvido.

-Pues anda, anda.. En este periódico veo que después de inútiles conferencias, alambicando palabras, y evacuando consultas.. ¡ridículas diplomacias!, salimos con que todos se sacrifican.. No hay avenencia.. ¡Ah!, yo me sacrifico.. No quiero ser obstáculo.. Y salta otro por allí sacrificándose..

-Sacrifiquémonos. Eso dicen cuando se ven cogidos en la última maraña de sus enredos.. Si creen que debe sustituirse en el manifiesto la palabra pitos por la palabra flautas, hágase en buen hora; pero ¡ah!, mi dignidad no me permite..

-Y por allí salta otro diciendo que su Credo es tal o cual cosa, y que no puede quitar ni una tilde de su Credo. ¡Valientes Credos, valientes Salves las que rezan estos farsantes! Riámonos de su indigna dignidad y de sus interesados sacrificios. Si no se avienen a vivir juntos en una sola Iglesia con un solo Credo y un solo Gloria patri, es porque en (p.8404) caso de avenencia sólo serían ministros las cabezas más visibles..; mientras que dividiéndose en hatillos o cofradías de corto personal, irían todos entrando en el comedero, y hasta los gatos serían ministrables. La ambición de estos hombres raquíticos y de cortas luces se limita, como ves, a la vanidad de ser ministros, sin otros fines que darse tono, repartir empleos, y que la señora y los niños paseen en coche galonado. Ello les dura poco tiempo, y salen del Gobierno en completa virginidad política. Lo más que han hecho es estudiar los asuntos que allí se quedan para que los estudie el sucesor. Esta caterva de estudiantes debiera ser mandada, ¡voto a Sanes!, al Limbo de las eternas vacaciones..

Esto dijo la vieja Mariclío, a quien diputé por persona sagaz y de mundana picardía. Salió para entrar de nuevo, y durante su ausencia me visitó Graziella en un intermedio de sus abluciones. Aún le faltaban toques de afeite y compostura, y el pelo lo traía suelto.. La peinadora, que podía pasar por hombre público, según lo que charlaba y peroraba, lucía en el cercano gabinete la soltura de su lengua. La tía Mariclío volvió a mí con un libro viejo, que abrió sobre el velador sentándose en postura de escribir. «Aquí voy yo anotando.. Mira, mira -me dijo risueña, escribiendo con un estilete que a cada momento se llevaba a la boca para mojarlo con su saliva-. Obligada estoy por mi Destino a mencionar todo lo que hace esta gentezuela; pero escribo sus nombres con una saliva especial que me dio mi padre para estos casos».

-¿Qué casos?

-Esta saliva tiene una virtud preciosa. Lo que con ella escribo se lee hoy, se lee mañana; pero luego se borra y no llega a la posteridad.

 

Ep-43-X -

Ignoro cómo tracé, con rápido mover de pluma, lo que suponía dictado por don Manuel Ruiz Zorrilla; pero hablando en conciencia, no puedo afirmar sino que me lo dictaron los mismos demonios. En mi escrito, que no tiene principio ni fin, ensalcé el radicalismo puro, única receta para sacar a esta Nación de su atonía y somnolencia (p.8405) mortíferas. Si don Manuel se sentía con redaños para obra tan grande, bastárale plantarse en firme, y dar grandes voces diciendo: «Cortes y Rey, caterva de políticos intrigantes y ociosos: Convocad a la Nación con verdad y honradez, y ella os dará un criterio de gobierno. ¿No queréis hacerlo? ¿Teméis que os manden a todos al corral? Pues aquí estoy yo para esa hombrada.. ¿Que yo tampoco me atrevo? Pues al corral con vosotros.. Venga un hombre, un tiazo que hable poco y sepa sacar la voluntad nacional de las teorías pedantescas a la realidad viva.. O perecemos como nación, o hay que rehacerla desde el cimiento. Justicia, Ejército, Administración, Trabajo, Igualdad ante la ley, Libertad de la conciencia. Que todo sea nuevo, de flamante material y hechura.. Que todo sea tan sólidamente construido que no podamos volver atrás, y que si cuatro carcundas o cinco sacristanes intentasen remover las viejas ruinas, sean hechos polvo, y el polvo aventado por los espacios infinitos..». Estos y otros disparates escribí con mano febril, dejándome arrastrar de mi ardiente imaginación, y de mi odio a las repugnantes rutinas y ficciones que forman el entramado político y social de nuestra existencia.

Tres, cinco, seis pliegos emborroné, cual máquina que obedece a un impulso extraño y superior. En mi delirio llegué a trazar planes y programas de orden jurídico, financiero, social: Presupuestos, Organización de tribunales, Mecanismo electoral, Espectáculos públicos, Relaciones entre el Municipio, la Provincia y el Estado; Ley de Servicio militar, Catastro, Minas, Código de Comercio, y mil y mil disposiciones que en surtidor inagotable salían de mi cabeza.. Y en los pasajes más afluentes de mi inspiración metía paréntesis imperativos: «Don Manuel, ánimo; don Manuel, atrévase; don Manuel, ahora o nunca..». La presencia de Graziella, ya peinadita y acicalada, contuvo un tanto la velocidad de mi rotación cerebral. Leyó algo de lo que yo escribía; lo alabó sin entenderlo, y yo le dije: «Espérate un poco, ninfa hechicera. Déjame acabar. Aún me (p.8406) falta lo de Culto y Clero, Instrucción Pública..; ahí es nada.. Receta contra frailes y monjas..

-Con toda esa monserga que llevas a tu casa, doña Cabeza quedará desenojada. El toque está en que sortees la primera embestida de la fiera celosa..

-Déjame acabar. Pongo la última razón: «Don Manuel de mi alma: o sois el salvador de España, o quedaréis perdido en el montón gregario, donde se os pondrá un cencerro y pastaréis tranquilamente en el presupuesto..».

Concluido mi trabajo, me sentí satisfecho, y hasta cierto punto conforme con la esclavitud que la hechicera me imponía. Ya me inquietaban menos los temores y el deseo de volver a mi casa. Hallábame un si es no es alelado, como si obraran en mi voluntad los efectos de un licor o esencia de extraordinaria virtud aplanante. A ratos dormía, y en mi sueño me asaltaban visiones placenteras, me arrullaron lejanos cantos eróticos de ninfas, entre cuyas voces distinguí la de Graziella con agudas notas humorísticas.. Desperté, y halleme solo en la casa, la puerta cerrada con llave.. Entraron luego la italiana y su criadita, que me traían dulces, cigarros y más botellas de aquel delicioso y somnífero vino que me apagaba la voluntad, y me encendía la imaginación con ardores resplandecientes.. No pedí a mis carceleras que me devolviesen la libertad. Dulce pereza me familiarizaba con la atmósfera tibia y perfumada de aquel presidio. Pasó todo el día sin que me aliviara de la holganza, y vi llegar la noche sin que me asustase la idea de pasarla blandamente en la serena gruta.

En mi segunda noche, no vi a Mariclío. Pregunté por ella, y dijéronme que había ido a la Academia de la Historia (calle de León) , donde cobra la menguada pensioncilla de que vive. En aquella casa venerable, suele entretenerse ayudando al conserje en el barrido de la biblioteca y en quitar el polvo a los estantes. Si le anochece en esta faena, suele quedarse a dormir en la portería, y por la mañana le cepilla la ropa al gran don Marcelino, por quien siente ardoroso cariño maternal.. Prosigo contando que yo (p.8407) dormitaba, y Graziella, junto a mí, escribía cartas en el velador. Y a cada renglón que trazaba se interrumpía para celebrar con risas lo que había puesto en el papel.

«Estás en ascuas -me dijo- viéndome escribir y reír juntamente. Es que cuando estoy aburrida, me entretengo escribiendo anónimos.. Verás.. escribo a las damas católicas y alfonsinas, que andan en intriga contra el pobre don Amadeo y su mujer.. En mis cartas figuro que soy también católica, y que para traer al Alfonsito ofrezco todo el parné que tengo.. En esta he firmado la Marquesa del Congosto, y en esta otra la Condesa de Pata del Cid.. No creas, algunas las pongo con tan lindo artificio que no parecen de burlas. Otra voy a poner diciendo que a mis tes viene todita la crema de Loeches. Me divierto la mar. Les digo que cuenten conmigo para todo, y que vino a verme Zorrilla para ofrecerme la plaza de Camarera de doña María Victoria, y yo le respondí: «Para ese cargo pongo a su disposición cualquiera de mis criadas..». Voy a escribir otra en que me planto título de Duquesa, y digo que en mi palacio se han reunido ayer el Obispo de la diócesis y el Clero castrense, Sor Patrocinio, el fiel de fechos y dos generales invictos, manifestando todos a una que están decididos a pronunciarse por Alfonso y a dar el grito un día de estos, con la fresca..».

Leyendo y comentando los disparates con que amenizaba sus ratos de ociosidad, me entretuvo la diablesa toda la prima noche.. Me maravillaba que, en largas horas de mi permanencia en la gruta, no fuera esta visitada de hombres.. A mis dudas contestó, poniéndose un poquito seria, lo que literalmente copio: «Aquí no vienen hombres, Tito.. Porque has entrado tú, no vayas a creer.. que esta casa es un tranvía para el Infierno.. Infierno no digamos.. En fin, lo que sea. Yo vivo amparada por un señor, por un caballero.., te lo diré claro, por un sacerdote que podría ser mi padre.., y por su comportamiento conmigo lo es. Créelo, Tito, aunque lo oigas de estos labios míos, que te parecerán mentirosos; puedes creerme que persona como esa no existe en el mundo, y (p.8408) que si entre tantas virtudes no tuviera la flaqueza de quererme, sería un verdadero santo, mejor que muchos que se han encaramado en los altares. El nombre no te lo diré; lo venero y guardo por respeto.. Es bueno para todos; es humano, caritativo, y no se asusta de nada. En su oficio de cuidar de las almas cumple como el primero.. Reprende todos los vicios; pero hay uno en que a mi buen cura le falta valor para incomodarse.., y abre la mano.. Lo que él me ha dicho mil veces: 'Por esta debilidad, que es imperio de la carne, no se va al Infierno. Se va por la crueldad, por el no socorrer a nuestros semejantes cuando están necesitados, por levantar falsos testimonios, por la usura, la ira y la soberbia'».

-Me dejas atónito, Graziella. ¿Y cómo has encontrado ese mirlo blanco, ese espejo de los caballeros, más digno cuanto más tonsurado?

-¡Ay, no fue poca mi suerte al dar con él! Perdida andaba yo, cuando una casualidad me deparó su conocimiento. Hará de esto diez años. Me recogió y amparó.. Prendose de mí; le cautivaba el fenómeno de que, siendo yo lo que era tuviese el poquito de ilustración que se me pegó en Italia. Él también estuvo en Italia. Era familiar de un cardenal español, y fue con él al cónclave en que eligieron Papa a Pío IX. Cuenta cosas muy interesantes del cónclave y de fuera de él. En Roma perdió la fe.. Ya sabes: Roma vedutta, fede perdutta.

-¿Y no quieres decirme..?

-No, no, Tito; el nombre no me lo preguntes.. Es persona muy conocida, muy apreciada en Madrid.. Puedo alabarle, puedo contarte lo bueno que es..; pero la boca se me cierra al querer pronunciar su nombre. Si algún día lo sabes, te lo callas, guárdate de decir que es mi protector, y que viene a verme una o dos veces por semana.. Antes venía más a menudo; ya no puede.. Está viejo, achacoso..; las piernas le flaquean.. Ya no dice la misa todos los días.. Sale poco de su casa.. Y ninguna falta le hace trabajar en el oficio de cura, porque es rico. Tiene fincas allá por Toledo, y dinero en el Banco.

A propósito de la riqueza del santo varón, dije a la ninfa que bien (p.8409) podría contar con una parte en la herencia, si no había sobrinos o amas con mayor derecho, y Graziella me aseguró que no tenía pizca de ambición en lo tocante a intereses. De aquí derivó la conversación hacia el terreno moral, y no pude ocultar a la moza mi extrañeza de que no guardara fidelidad a un protector tan generoso y bueno. Delicada era la cuestión. Graziella supo sortearla con sutil razonamiento y gracia.. Harto sabía el caballero sacerdote que su protegida era de la piel del diablo, alocada fantasía y temperamento inflamable. Tolerante y filósofo, no había de exigir que.. Sin manifestarlo claramente, dio a entender a su amiga que podría tomarse una libertad relativa.., evitando todo escándalo. Mil veces le había dicho que no era pecado.. sino en tanto cuanto.. Ni Graziella encontraba la fórmula racional para cohonestar sus pasatiempos licenciosos, ni yo podía dar mi conformidad a tan absurda ética.

Con nuevos pormenores adornó la ninfa su peregrino cuento. La razón de su odio al farsante Alberique era que este malvado, furioso porque ella desatendió sus requebrajos, cometió la villanía de abochornar públicamente al cura, una mañana, a la salida de la parroquia de San Marcos. De aquí provino el entusiasmo y alegría de ella cuando supo que yo le había metido una bala en el cuerpo, y el felicitarme y hacerme por escrito amorosas carantoñas, llamándome valiente caballero y un poquito héroe.. Otro detalle: el buen presbítero era muy aficionado a los estudios históricos; poseía copiosa biblioteca, y mataba sus largos ocios escribiendo una obra de mucha miga, titulada: Historia del Clero Mozárabe en la diócesis de Toledo. «Y para que te enteres, Tito -añadió Graziella poniendo toda el alma en sus ojos-, aquellos benditos clérigos no eran solteros, y todos tenían sus lindas barraganas. De su gran obra, ya lleva el señor publicados tres tomos..; la venerable Mariclío que has visto en casa, sabe de estas cosas más que yo. Ella te contará..».

Esto y algo más que hablamos completó en mi mente la figura extraña de la (p.8410) hechicera, que en su gruta me alojó tres días. Al tercero salí, más que por impulso mío, por un suave empujón de ella, que así me dijo: «Ya es hora, Tito, de que vuelvas a tu casa. Anda; muéstrale a tu consorte el programa pistonudo que te ha dictado don Manuel. Tres días y dos noches te ha tenido en su casa sin dejarte salir.. Entiendo yo que al verte llegar, Cabeza te recibirá de uñas, bramando improperios y rugiendo amenazas. Pero en cuanto se entere de lo que rezan esos papeles, se irá trocando de frenética en razonable, y de dura en tierna. Si así no fuere, aplícale unos cuantos bastonazos en las partes blandas, con que la sacudas bien el polvo sin hacerle daño. Verás qué pronto se le aplaca el genio.. Anda, hijo mío; no lo pienses más. Ánimo, y a la Cabeza».

Salí de la gruta con flojera de piernas y desmayo de mi corazón, y en todo el largo trayecto desde aquel lejano barrio al mío, fui pensando en la catástrofe que esperaba y temía. Al dar en mi calle los primeros pasos me detuve a pensar si no me convendría más volverme atrás y emprender definitiva y veloz carrera en sentido contrario. La imagen de María de la Cabeza Ventosa de San José se me ofrecía en el pensamiento como la de una espantable hidra.. Por fin, anteponiendo a todo mi dignidad de varón, avancé hacia el peligro y me metí en la tienda.. Las caras de los dependientes me dieron la impresión de estupor, de miedo y lástima.. Yo les dije: «¿Qué hay de nuevo por aquí..?». Y como no me contestaran, quedándose ante mí cual estatuas de hielo entre percales y lanillas, les dije otra vez: «¿Qué hay por aquí..? ¿Y de ventas qué tal?». El mayor de ellos respondió: «Así, así.. ¿Y a usted cómo le ha ido por esos mundos?».

-¿Qué mundos ni qué carneros?.. ¿Cabeza no está?

-Creo que ha salido. Suba usted y le dirán..

Subí medio muerto de sobresalto. Salió a recibirme Jesusa, la criada vieja que a Cabeza servía desde tiempo inmemorial. No esperó a escuchar el metal de mi cortada voz para decirme: «Cabeza no está. Se ha ido a casa de su tía doña (p.8411) Florencia».

-¿Pero no vendrá pronto?

-No.. Pase usted por aquí. Tengo que darle un recado.

Llevome a la que había sido mi habitación, y con seca voz me dijo señalando mi baúl: «Aquí tiene usted su ropa.., lo mismo la nueva que los pingajos que trajo acá.. Puede usted retirarse. Cabeza me ha dicho que le diga.., vamos.., que no volverá a su casa.. hasta que usted no se haya ido, llevándose su ropa».

-¡Jesús, Jesusa! -exclamé yo-. Eso no puede ser.. Necesito explicar a Cabeza.. ¿Ve usted estos papeles que traigo? Pues aquí está la explicación.. Don Manuel Ruiz Zorrilla.. ya sabe Cabeza que..

-Cabeza no sabe nada de eso. Por don Ignacio Rojo Arias mandó recado al señor Ruiz Zorrilla preguntándole.. Total, que ni ese señor le llamó a usted, ni usted ha parecido por la casa de él, y que todo es inventorio de usted. Ya se lo dije yo a Cabeza: «¡Ay, Cabeza, Cabeza; ten cuidado con esa sabandija que has metido en tu casa!».

-Pero yo necesito explicar, dar mis razones.. Este papel.. ¡Oh! Me harán pedazos antes que retirarme sin que Cabeza se entere de.. Dígame, Jesusa: ¿las personas que aquí suelen venir han hablado desfavorablemente de mí.., han supuesto que yo..?

-Algo han hablado, por mi fe. «Es mucho Tito este», decía el señor de Bringas. Según don Roque Barcia, usted se había perdido en los laberintos federales. Ni don Mateo Nuevo, ni don Roberto Robert, ni ningún otro dieron razón. Y todos a una decían: «Perdido está entre faldas..». ¡Ah!, se me olvidaba.. Llegó ayer una carta.. La firmaba una Marquesa.. A ver si me acuerdo.. La Marquesa de Pata del Cid.. Decía que el señor Tito se había puesto al servicio de las damas católicas y alfonsinas, y que con ellas pasaba el día y la noche.. Ya se vio que era broma. Pero detrás de las bromas salen las verdades.. Conque a despejar pronto.. Cabeza no vuelve a su casa, ya se lo he dicho, ¡caramba!, hasta que usted no se haya perdido de vista.

-Pues, ea, me voy al otro mundo -dije avergonzado de la ultrajante despedida-. Me llevo mis papeles.. Ella se lo pierde. A ver, a ver, Jesusa: (p.8412) llame usted a un mozo de cuerda, para que me lleve el baúl. Y diga usted a Cabeza que la perdono. Ella se lo pierde.. Ella es la reacción; yo soy el progreso; pero el progreso indefinido.. No lo digo yo. Lo dice Ruiz Zorrilla en estas páginas que han de ser inmortales.. Ea.. con Dios.. Abur.. Conservarse. ¡Oh, qué país! Al español honrado no se le hace justicia hasta que se muere.. Pues venga la muerte, y tras de la muerte vendrá la justicia, vendrá la apoteosis.

Y así, empleando los tonos patéticos al emprender mi forzosa retirada, salí de aquella casa, donde mi vida tormentosa gozó algunos días de regularidad placentera. Mandé el baúl a la portería de mi antigua casa de la calle de Los Leones, y me lancé a una divagación callejera, dando libre vuelo a mi desolado pensamiento. ¿Dónde me guarecería? Felizmente tenía cinco duros que me había echado en el bolsillo al salir para mi aventura loca. Por una noche y un día, podría creerme potentado. En el café de Las Columnas, me convidé a comer una tortilla y un bistec, seguidos de café con leche.. Abreviaré mi relato, diciendo que aquella noche me dio albergue Mateo Nuevo, mi consecuente y bondadoso amigo, y que al siguiente día, mis pasos se fueron solos, por inconsciente magnetismo, hacia el barrio de Maravillas, donde tenía su encantadora gruta la diablesa causante de la soledad en que me veía..

Entré en la calle, y como a primera vista no reconociera la casa, fui mirando los números, y atontado anduve de abajo arriba sin encontrar el 16 que buscaba. Aturdido pregunté a una mujer que parecía portera: «¿No es este el 16?». Respondiome que era el 14.. «El siguiente será 16», dije yo; y la maldita vieja, que me miraba con sorna, tomándome por demente o borracho, pronunció estas fatídicas expresiones: «El número que sigue es el 18. En la calle no hay 16. Lo hubo. ¿Ve usted esa valla de madera que sigue? Pues en ese solar estuvo el 16.., si usted no manda otra cosa..». No pude menos de hacer una juiciosa observación: «Anoche debió de ser derribada la casa, porque ayer (p.8413) estuve yo en ella. Y si así no es, habré yo confundido el número. Dígame, ¿no vive en este 14 una señora que llaman doña Graziella? Si no es aquí, será en el 18». Oído esto, la portera me dio la contestación más inconveniente y soez: «¿Sabe lo que le digo? Que si viene usted dormido, aquí tengo yo el palo de la escoba para despertarle.. Y váyase pronto a que le den el amoníaco».

En mi confusión y azoramiento al ver desaparecida o tragada por la tierra la gruta de la maga, me retiré sin saber por dónde iba. El incierto rumbo de mis pasos me llevó a la calle de Fuencarral; por esta me metí en la de San Mateo, y al promedio de ella vi que hacia mí venía una persona.., un hombre, en quien creí reconocer a uno de mis amigos más queridos. Dudé; desconfiaba de mis ojos, que en tales días padecían quizás la dolencia de ver visiones. Avanzaba el sujeto.. Su talla y andar, su rostro, su larga perilla rubia no podían engañarme. Era él, era él. Cuando a mí llegó con los brazos abiertos, mis dudas se extinguieron en este grito de alegría: ¡Estévanez.. Nicolás Estévanez!

 

Ep-43-XI -

Bastante más joven que él era yo, y por la edad, como por el respeto, solía llamarle don Nicolás. Él me devolvía la fineza llamándome burlonamente don Tito. Abrazados todavía me dijo que acababa de llegar de Cuba, por vía muy larga y tortuosa.. ¡Qué viaje, qué fatigas! Aún llevaba el pantalón blanco de hilo que usan los militares antillanos. Con él salió de la Habana, con él andaba en Madrid por no tener otro. ¡Y estábamos en pleno invierno! Por sólo este detalle, me movió a grande admiración la sublime pobreza del héroe.. Así le llamo, porque por tal le tuve y le tengo.

«Yo no poseo más que cincuenta reales mal contados, don Nicolás -le dije-; pero con esa suma, le convido: almorzaremos juntos». Aceptó, y nos fuimos en busca de un cafetín. Por el camino y dentro del local modesto donde almorzamos, me explicó los motivos de su inesperada vuelta de Cuba, cuando le suponíamos allá bregando con los insurrectos.. Hallábase en Madrid de reemplazo a (p.8414) fines del 71. No deseaba la situación activa, porque en ella se habría visto en el caso duro de tener que combatir a los republicanos. Puesto en el dilema de faltar a sus deberes o a sus arraigadas creencias, pensó en abandonar la carrera militar.. Sus modestas ambiciones se verían colmadas con un destino civil. ¿Cuál? Desde niño soñaba con desempeñar plaza de torrero en un faro. Era su ilusión vivir entre las olas, con los pies en tierra, gozando la inefable ventura de no tener vecinos.

Ignoro si había llegado Estévanez a pretender la plaza de torrero, que era su ensueño. Soñando vivía cuando se pensó en destinarle a un regimiento, y aquí vino el conflicto: o mandar soldados, cuya misión entonces no era otra que pegar a los republicanos, o abandonar la carrera. No teniendo otro medio de vivir que su paga de capitán, salió del paso pidiendo el traslado a Cuba con el propio empleo. Otros iban con ascenso; él no aspiró a tal gollería. Embarcó en Octubre; llegó el 2 de Noviembre, día de los Difuntos; se presentó a las autoridades; no se le dio ocupación activa, ni en guarnición ni en campaña. Su único trabajo era pasearse en la acera del Louvre, y charlar con los amigos en el café, del mismo nombre.

Ocurrió en el curso de aquel mes que se alborotaron los Voluntarios por no sé qué broma, ligereza o travesura de los estudiantes de Medicina. Contaba don Nicolás que no dio importancia al suceso, y que cuando oyó en el café que se había formado consejo de guerra para juzgar a los estudiantes, creyó que era también ligereza o broma de la infatuada tropa de Voluntarios.. Una tarde, al entrar en el café, lo encontró casi vacío. En las calzadas y paseos próximos no se veía un alma. ¿Qué ocurría? Pues nada.. «¿Pero qué ocurre?» preguntó a un mozo del café.

-¿Qué ha de ocurrir? Que los están fusilando.

-¿A quién?

-A los estudiantes.

Contándolo, el rostro de Estévanez se transfiguraba.. parecía otro.. «Nunca, ni antes ni después -me dijo-, en ninguno de los trances por que he pasado en mi vida, he perdido tan por completo mi (p.8415) aplomo. Grité, me descompuse, pensé en mis hijos, creyendo que también me los fusilaban.. No sé lo que me pasó.. Ahora mismo no puedo explicármelo». El horror de la brutal tragedia, la indignación, la idea del oprobio que caería sobre España y su Ejército por tal acto de barbarie, le pusieron en un estado congestivo, privándole de conocimiento. Fue menester sangrarle. Amigos cariñosos le llevaron a su casa.. En una noche de insomnio y horribles pesadillas, atormentado por la idea y visión de que le arrancaban de cuajo el alma y con ella los sentimientos más arraigados, Estévanez pasó por todas las formas de la demencia; y cuando esta fue declinando hacia la serenidad, surgió la inquebrantable resolución de abandonar la Isla.

Hombre de tal temple, enardecido desde sus años juveniles en la devoción de la Humanidad, de que se derivan las ansias de Libertad y Progreso, no podía vivir en aquel campo de fieras discordias: por un lado los enemigos de la Patria, por otro los que, llamándose hijos de ella, la deshonraban con sus violencias y crueldades; allí la soberanía del honor militar; aquí el imperio de las ideas.. Imposible residir en Cuba sin tirar el uniforme o tirarse al mar..

¿Pero cómo volver a España? Amigos fieles facilitaron a don Nicolás la salida de aquel cráter: se solicitó del Capitán General licencia y pasaporte para la Península, y conseguido esto, ya sólo faltaba esperar la salida del primer vapor. Pero a Estévanez se le hacían siglos las semanas, los días.. Ansioso de partir, como si en ello le fuera la vida, tomó pasaje en una goleta llamada Estrella, que salía para Nueva Orleans con cargamento de madera.. El relato que me hizo el hombre de su viaje en aquel barcucho, ponía los pelos de punta. Fue un viaje de incidentes y trabajos que recordaban la primitiva navegación en los mares de América.

Zarpó la goleta al anochecer, y a las pocas horas se inició en su bodega un incendio. Echaron el bote al agua, y en él se embarcaron precipitadamente tripulación y pasajeros. Estos eran dos: don Nicolás y un (p.8416) chino. El capitán de la goleta, un yanki de mala catadura, les puso a remar, y al fulgor de las llamas que devoraban el barco, emprendió el bote la penosa navegación por un mar nada tranquilo. Sospechaba mi amigo que el incendio no había sido casual: capitán y tripulantes dieron fuego al barco con un fin de piratería. Provocaban un siniestro para estafar a la Compañía de Seguros.. Esto sospechó Estévanez. Confirmaron su presunción las maneras y actitud del capitán y marineros.

Rema que te rema, los dos infelices pasajeros veían cercano el momento de ser asesinados o arrojados al mar. Parecía novela de navegación por aguas de piratas o caribes. El miedo que pasaron fue tal que a otro que Estévanez le habría durado toda la vida. Así transcurrió la noche, y en tan horrorosa incertidumbre llegaron los náufragos al nuevo día. Felizmente encontraron un vapor yanki que los recogió y los llevó a Cabo Haitiano. De Cabo Haitiano partió mi amigo a Santomas, y allí, descansado de tan hondas angustias, no pensó más que en dar realidad legal a la situación que se había creado. Al abandonar la Isla de Cuba, devolvía resueltamente a la Nación la espada que esta puso en sus manos. En cuanto pisó tierra de Santomas, fue al Consulado de España, y entregó al Cónsul un pliego en que solicitaba del Rey la licencia absoluta.

«Lo hice con pena -me dijo grave y melancólico-. Yo no tenía más carrera que la militar: era capitán del 59, con el grado de comandante; pero me había persuadido al fin de que no se puede pertenecer a la milicia cuando se antepone la propia conciencia a todas las leyes, a todas las ordenanzas, a todos los prejuicios de profesión y de escuela..». Siguió refiriéndome que por hallarse muy escaso de dineros, tomó pasaje de tercera en un vapor francés, que a Europa venía con escala en Santander. Recaló el vapor en el puerto cantábrico en día de furioso temporal del Noroeste, y suprimida la escala, siguió a Saint-Nazaire. Desembarcó don Nicolás, y con los pantalones blancos de la Habana, en pleno invierno, y la misma ropa (p.8417) veraniega estuvo en Nantes.. Prosiguiendo en ferrocarril su odisea, pasó la frontera y se plantó en Madrid.

Esta breve y pálida referencia no puede dar a mis lectores idea, ni siquiera remota, de la precisión, elocuencia y donaire con que el héroe, que tal nombre debo aplicarle, relataba su dramático viaje de las Antillas a España, y las tremendas causas que lo motivaron, y el admirable tesón cívico que vigorizaba su alma generosa. Oyéndole, saboreaba yo una gallarda página histórica, que él solo puede y debe escribir, como su propio creador o cosechero.

Del cafetín fuimos, corriendo calles, a la busca y captura de amigos de él y míos, y por el camino le enteré de las extrañas cosas que aquí pasaban. Se maravilló y enojó de que los republicanos estuvieran divididos en Intransigentes y Benévolos, y me dijo que por esta castiza propensión al divorcio, estábamos tan lejos del advenimiento de la República. No había en España voluntades más que para discutir, para levantar barreras de palabras entre los entendimientos, y recelos y celeras entre los corazones.. Puedo afirmar con plena convicción que de cuantos amigos tenía yo, ninguno me cautivaba como aquel hombre inflexible y de una vez, dicho sea vulgarmente.

Perdónenme ahora si me acuso de una nueva licencia cronológica.. Caigo en la cuenta de que mi destornillado caletre ha invertido los hechos, pues mi encuentro con Estévanez fue bastantes días después de mi violenta salida de la casa de Cabeza, y de la misteriosa desaparición de la gruta (número 16 de cierta calle) en que visité a la ninfa graciosa y endemoniada. Se me apareció el gran republicano ya bien entrado Enero del 72, y lo compruebo con un dato político. Hablamos don Nicolás y yo del Ministerio Sagasta, y precisamente en aquellos días don Práxedes derribó con un simple codazo al Gobierno de Malcampo para subirse al pescante y coger las anheladas riendas.

Sagasta era otra vez el gallo de nuestro corral político, y con su arrogante cresta o tupé, su quiquiriquí tribunicio y el irisado plumaje de su simpatía (p.8418) personal, dominaría las olas que socavaban el trono de Amadeo I. Del caído Ministerio conservó a Malcampo y a Angulo, y completó el retablo con estas figuras: De Blas, Groizard, Topete y Gaminde.

En los propios días, ¡oh lector mío bonachón!, esa misteriosa fuerza de los hechos menudos que llamaré onda social, me apartó del trato y compañía de Nicolás Estévanez para llevarme a la vera de mis antiguos camaradas de El Debate. ¿Fue caso providencial, o una nueva virazón de mi voluble destino? Pues una noche, dadas ya las once, me encontré a Ramón Correa que del Príncipe venía muy embozado en su capita. Del teatro solía ir a sus tertulias de gente de tono, y después se zambullía en el Casino hasta el amanecer. Me paró; hablamos con expresiva confianza; quejose de mi retraimiento.. «¿Pero dónde te metes, Titillo? Ya sabes que te queremos.. Vete por mi casa..». Le prometí visitarle, y él puntualizó la cita, diciéndome: «Vete pronto. Ya sabes..; a la hora a que me levanto. Abur. ¡Qué flaco estás!».

La hora a que me levanto era, en el reloj de la vida de Correa, las siete de la tarde. Hombre más nocturno no he visto nunca. Vivía en un pisito bajo de la calle de Claudio Coello. Retirábase al despuntar el día. Despertaba de doce a una; se incorporaba, y sus criadas le servían un buen almuerzo en una mesilla de patas muy cortas, construida ad hoc para formar un plano sólido sobre las telas del rebozo. Después de bien almorzado, seguía durmiendo hasta las seis y media o las siete. Era la hora de recibir a los amigos, y lavándose y vistiéndose charlaba con ellos hasta que salía para la casa rica en que había de comer. Tal era el vivir de Ramón Correa, que se pasaba meses y años sin conocer al sol más que de oídas. En la noche social resplandecía la luciérnaga de su grande ingenio. Por ser Correa cubano, debo decir cucuyo. De noche brillaba más que de día, y hablando más que escribiendo, pues la indolencia ponía diques a su talento para mostrarse en la literatura escrita. Su gracia, su exquisito gusto literario y su inmenso (p.8419) saber de cosas mundanas corrían sin tasa en los raudales de la conversación.

Desde que iniciamos la nuestra, todo lo que me dijo mi amigo, acabado de salir de la cama, iba encaminado a catequizarme para que me hiciese sagastino. Con burlas y razones quería convencerme de mi estulticia, y alabó a don Práxedes y al Duque de la Torre, presentándolos como los únicos hombres que podían traer a España la paz, el bienestar y la cultura. Era Correa un espíritu liberal metido en la armadura de un eclecticismo elegante y conservador, como Albareda y demás políticos procedentes de El Contemporáneo. Con el buen gusto y la pasta de un positivismo del mejor tono adornaba sus argumentos. Pero con todo su donaire y amenidad no lograba convencerme.

«Mire usted, amigo Correa -le dije-. Yo, bien lo saben Albareda y Ferreras, escribo fácilmente, ajustándome a las ideas que se me piden. Escribo en republicano, escribo en conservador y hasta en neo si fuera menester. Pero esto es, como si dijéramos, producción inconsciente de mi ser, un chorro con variados criterios, que brota de mí sin más valor que el de un juego de palabras. Dentro de mí quedan mis convicciones inalterables. Si se me piden parrafadas anónimas, dispuesto estoy a darlas; pero si me quieren afiliar públicamente al sagastismo, o como se le llame, no accederé nunca, aunque usted me ofrezca posiciones, destinos y jamón con chorreras. Vendo por un pedazo de pan mis tiradas de prosa política; mis ideas no las vendo por ningún tesoro». Sin pensarlo me ponía yo en la cuerda paradójica en que él con gracioso balancín sabía moverse y bailar.

«Todos guardamos en nuestra alma, querido Tito, un depósito grande o chico de convicciones, que vienen a ser nuestro equipaje para el siglo que viene. Pero no cambiemos de siglo antes de tiempo. La vida presente nos tira del faldón cuando queremos lanzarnos hacia un lindo porvenir, y nos dice: 'Detente, amigo, y no corras hacia las fechas de 1910 ó 1915, que aún están vacías'. Tiéntate el estómago, (p.8420) y tu estómago te dirá: 'Estoy como caño de órgano. Échenme algo pronto, que si no, me muero y te mueres'».

De broma en broma fui a parar a mi grave profesión de fe política, diciéndole que yo no quería cuentas con Sagasta, el cual era el escepticismo, el aplazamiento, el ya se verá, y yo aceptaba de lleno el programa de don Manuel Ruiz Zorrilla, la reforma inmediata, radical, concluyente.. Libertad de cultos, Enseñanza totalmente laica, Derechos inalienables, imprescriptibles; Igualdad social, Reparto equitativo del bienestar humano, Supresión del voto de castidad, Desamortización de conciencias, Ejército cívico, Autonomía municipal y provincial. Fuera títulos de nobleza; fuera cruces y calvarios.. No más pena de muerte; no más quintas; no más frailes, no más gandules presupuestívoros; no más colmenas para zánganos administrativos.. En mi exaltación, me dejé decir aturdidamente que tal programa me lo había dictado el propio cosechero, y en mi poder lo tenía para darle publicidad.. Mirábame Correa con asombro, poniéndose las gafas, después de lavarse.. Dudó de que yo estuviera en mis cabales; soltó la risa.. Volví yo entonces de mi fugaz desvarío, y sujetando la burra que se me quería escapar, rectifiqué. No me lo había dictado Zorrilla.. Obra mía fue la nueva Constitución, en noche fantástica, hospedado en la gruta de una hechicera Circe, barragana de un cura loco.

Contagiado el gracioso cubano de los escapes flamígeros de mi pensamiento, aseguró que él iba más allá, y que dentro de un par de siglos levantaría la simpática bandera de la supresión de todo gobierno que es como decir anarquía. La entidad Gobierno es la negación de la paz pública.. Y de aquí, con gradaciones airosas, iba a parar a este dilema: O yo me afiliaba públicamente en el Sagastismo, o se me ofrecería celda gratuita en Leganés, ya que no se habían creado aún los tonticomios que reclama el considerable aumento de la necedad.. Una vez que endilgó su frac, como feliz comensal de casa grande, salimos juntos, y por la calle repitió sus bondadosos (p.8421) requerimientos para redimirme de la obscuridad y solitaria pobreza en que yo vivía. Díjome al despedirme que si él no lograba convencerme lo haría Ferreras, que también me distinguía y honraba con su afecto..

A buen paso me fui a mi domicilio, que a la sazón era una casa de huéspedes, calle del Amor de Dios, de mediano trato y no muy lucido aspecto, donde en días de penuria grande me metí, por los motivos y circunstancias que a renglón seguido contaré. La horripilante situación de mi erario me lanzó nuevamente a la busca y captura de la Casa Rostchild, la cual, echando los bofes, encontré reencarnada en un varón seco, duro, agrio, que se llamaba don Francisco Torquemada y vivía en la calle de San Blas, zona baja de Atocha. Enorme cantidad de saliva gasté, y sin fin de escalones subí para conseguir de aquel perro algún alivio de mi necesidad. Pidiome garantía del Banco de España, o la firma de Manzanedo, y cuando ya llegaba yo a los extremos de la ira, llegó él a los de la piedad, y salí de su casa contento, aunque desplumado para una fecha no lejana. Al despedirme quiso mostrarme su protección recomendándome una casa de huéspedes buena, limpia y económica. Acepté por hallarme a la sazón muy mal alojado, y por dar gusto a Torquemada. Sin duda la casa de pupilos era suya, o de algún cliente con quien iba a la parte.

Mi patrona era una pobre mujer derrengada y envejecida por el trabajo, con la carga de cuatro hijos y la impedimenta de un marido que no le servía para nada, en el orden de la industria huesperil. Llamábase Nicanora, y Rosita la mayor de sus niñas, que era muy mona y algo bachillera. El esposo, don José Ido del Sagrario, había sido maestro de escuela. Aquejado de cierta frialdad del cerebro, hubo de abandonar el noble oficio de desasnar chicos; mas no con el descanso pudo recobrar la salud, ni siquiera un mediano gobierno de su máquina muscular y nerviosa. Quedó, pues, en situación de esqueleto vestido de fláccidas carnes; no resistía ningún trabajo fuerte, físico ni mental; ocupábase tan sólo (p.8422) en repartir entregas de una Casa Editorial, reduciéndose a un corto callejero, y en hacer recados a los huéspedes, que eran conmigo tres estudiantes de San Carlos. El trato de Ido me agradaba; era hombre que no carecía de luces, aunque solían brillar tan sólo por ráfagas intercadentes, lívidas llamaradas de alcohol. Tristeza y goce me causaban a la par mis conversaciones con aquel hombre inocente y bueno, cerebro que yo comparaba a la celda de una cárcel, en que hubiera estado preso un filósofo. Este se había fugado dejando en las paredes efluvios de su espíritu.

A poco de entrar en la casa de doña Nicanora, tuve amores con una princesa.. Déjenme explicar. Era una tiple que había estrenado en los Jardines del Retiro el airoso papel de la Princesa Colibrí, farsa medio lírica, medio bailable. Por la interpretación libérrima y desahogada de aquel personaje mímico y cantable, quedole entre el vulgo teatral el mote de La Princesa. Su nombre auténtico era Pepa Hermosilla, sobrina carnal de dos guapísimas hembras de la generación pasada, las Hermosillas, comúnmente llamadas las Zorreras, por ser hijas de un fabricante de zorros. Vierais en Pepa una mozuela linda y desfachatada, bailarina más terrestre que aérea, tiple ligera, ligerísima.

 

Ep-43-XII -

Sí; tan ligera, que la conocí antes de media noche en el escenario, y a la madrugada estábamos ya casados requetecivilmente.. No debería yo contar estas cosas; pero allá van para descargar mi conciencia, mostrando a mis lectores la locura de aquellos años juveniles. Confieso mis pecados con la mira saludable de que en ellos se vea la procedencia de mis fieros quebrantos y desdichas, y de ello tome ejemplo la juventud para que se aparte de los caminos que no conducen a la moral.. Pues, señor, llevaba yo media semana en las alegrías de príncipe consorte, cuando una tarde me encontré en la Plaza de Matute con aquella Lucrecia de quien ya hice mención, bonita y vaporosa rubia bermeja amiga de Felipa.., la que conocí asociada a un jugador de oficio que llevaba la pechera y los (p.8423) dedos cuajados de brillantes. Al jugador le había salido la mala, y se lo llevaron los demonios. Lucrecia se me presentó desolada. La compadecí, le prodigué los consuelos que mi alma generosa me sugería, y por último, observando que su pena no tenía más alivio que el contármela a mí, decidime a protegerla; hablamos, nos entendimos, y punto concluido.

Mi doble juego de amor fue descubierto a los pocos días por las dos apasionadas hembras, a quienes yo engañaba y entretenía con toda clase de sutilezas o equilibrios. El resultado fue que estalló el conflicto una mañana.. Encontrándose en la calle de Santa Isabel se acometieron, se arañaron, se dijeron cuanto dos bravas mujeres pueden decirse en caso tal, y se arrancaron recíprocamente mechones de sus respectivas cabelleras, negra la una, rojiza la otra. El culpable de aquella mujeril trifulca, que los periódicos narraron como un caso de risa y festejo, fue el bendito chiflado don José Ido, a quien entregué dos cartas, una para cada cual, y el desventurado filósofo las trabucó y.. Ya comprendéis lo demás.. Cuando enterado de la zaragata increpé al mensajero por su descuido, me respondió con fría y angelical serenidad: «Francamente, naturalmente, yo pensé, señor don Tito, que usted, en vez de regañarme, me agradecería la equivocación, porque así, enzarzadas la una con la otra, se ve usted libre de las dos, y quedará en franquía para mejor arreglo con una sola».

No dejé de apreciar en su justo valor esta sutil filosofía; pero, ¡ay!, del lance mujeriego no me resultó el beneficio que el candoroso Ido presumía, sino todo lo contrario.. Sucedió que cuando se hallaban Lucrecia y Pepita en lo más recio de su pelea, acudió a separarlas y a poner paz una señora que con su criada venía de hacer la compra en el mercado de los Tres Peces.. Logró el armisticio entre ellas; oyó las razones de cada cual, y con humanitaria diligencia vino a mí para gestionar avenencia y concordia con una de ellas, ya que con las dos no podía ser. Y cómo se arreglaría la desconocida señora en su arbitraje, que de (p.8424) las sucesivas conferencias resultó que llegué a un modus vivendi con las dos separadamente, y luego me entendí con la mediadora, que era mujer agradable, viuda en buena edad y de no poca sal en la mollera.. Yo no sé qué tengo, señores que me leéis, no sé qué tengo.. Lo mismo es hablar yo con una mujer, que esta se pone tierna y no tarda en enloquecer por mí.. No sé lo que tengo, repito, no sé..

De lo que acabo de referir, salió, como podréis suponer, mayor desventura mía, y el trabajo hercúleo de tener que triplicarme con diarias fatigas y combinaciones. La más amada de las tres era la que fue mediadora. Trataba yo de que fuera la única; pero tales dificultades y trapisondas me salieron al paso en mi tentativa de moralidad, que hube de seguir bailando, como decía el otro, en el triple trapecio de Trípoli, hasta que la desdichada derivación de tales hechos dio su funesto resultado.. Antes de que pasaran dos semanas de este horrible trajín, Lucrecia fue asesinada por el empresario de timbas que había sido su amante, y aunque no me alcanzaba ni alcanzarme podía culpabilidad en el crimen, por el lugar y ocasión en que fue perpetrado, no me libré del espanto y consternación propios del trágico suceso. Pocos días después descubrió la princesa mi triple juego, y alborotada se plantó en mi casa, y cual furiosa rabanera, vertió sobre Nicanora y el pobre Ido las más groseras injurias. Lo que me dijo a mí me está escociendo todavía.. Y por último, compasivo lector, mi tercera, que yo tenía por primera, no pudo menos de abrir sus enamorados ojos a estos escándalos, y me despidió de su trato, ya que no de su corazón, derramando lágrimas amarguísimas.

Era una viuda tierna, bastante supersticiosa, tirando a mística. Llamábase Delfina. Su padre fue un excelente confitero que tuvo gran parroquia en Madrid. Su marido fundó y disfrutó la más elegante Funeraria de esta Corte, industria que la viuda traspasó, mediante conquibus, al que había sido primer dependiente del fundador. Con este provecho y lo que heredó de su padre, Delfina (p.8425) disfrutaba de un buen pasar; vivía holgadamente, y daba socorros a parientes pobres, suyos y de su marido.. Entendía yo que aquellas granjerías tan diferentes en forma y fondo habían dejado en la infancia y juventud de la buena señora la impresión de las cosas familiares adheridas a la existencia. Por esto decía de ella mi amigo Roberto Robert que era dulce y tétrica.., y que en su carácter veía un ataúd lleno de yemas y tocino del cielo.

Algo de verdad había en estas paradojas. Mi amiga era suave y borrascosa; con sólo minutos de diferencia mordía y acariciaba. Ferviente devota de San José, a quien pedía todo lo que anhelaba, creía mil profanos disparates. Cuando en misa sacaba el cura casulla verde (lo que sólo en contados días se ve) , doña Delfina se llenaba de terror, y de la iglesia salía persuadida de la proximidad de grandes daños y calamidades. Creía en el mal de ojo y en las recetas para impedir sus terribles efectos, y era fuerte en fórmulas cabalísticas para conseguir de la Santísima Trinidad la pronta cura de tercianas y cuartanas.

Refiriendo a mi persona estas extravagancias, diré que la viuda me quería y me apartaba de su trato; tan pronto era la benigna divinidad que por mí se interesaba, como la fiera sacerdotisa que arrojaba sobre mí siniestros augurios y maldiciones.. Termino el retrato con estas noticias que, si por el momento no interesan, podrán tener algún valor en lo que más adelante relataré. Delfina Gil era natural de un pueblo próximo al que tuvo el honor de verme nacer. A no pocas personas de mi familia conocía, y huroneando en el pasado sacaba remotos entronques de sus antecesores con el claro linaje de los Livianos.

Adelante con mi cuento. Las resultas de la referida borrasca mujeril, y la extraña doblez del carácter de Delfina, mi benéfica protectora por un lado, por otro mi fiscal implacable, me llevaron a un estado de intensa melancolía. Vagaba yo mañana y tarde por los barrios extremos y las afueras de Madrid, hablando a solas, o pronunciando discursos férvidos ante la soledad agreste. El casual encuentro (p.8426) con algunos amigos me sacó del pozo de mis meditaciones, llevándome a la política, que es eficaz medicina de tristezas. El trajín de las opiniones propias y ajenas, que en mil casos no nos llegan a lo hondo del ser, nos restablece a una normalidad vividera, y al suave pasar de las horas y los días.. Sin saber cómo llegué a verme metido en el hervor de la campaña electoral. Corría Febrero, Marzo le siguió en aquel afán; yo, avispado o embrutecido, que esto no lo sé, por la propaganda, me metí más en ella. No era que yo pretendiese la diputación; pero amigos míos pedían sus votos al pueblo, y quise poner en la lucha todos mis esfuerzos, interesándome particularmente por Nicolás Estévanez, que presentaba su candidatura en uno de los distritos de Madrid.

En aquellos días de ciego furor sectario, quedó formada la magna Coalición o piña electoral para derrotar al Gobierno. Componían la Junta Mixta, o si se quiere, el pisto manchego, tres individuos por cada uno de los cuatro partidos de oposición: por el carlismo tres neos hidrófobos; por el alfonsismo tres reverendos caballeros de los de alba camisa, únicos poseedores de lo que se llama dotes de gobierno, esto es, planchado con brillo; por los radicales tres añejos progresistas, y por los republicanos los más culminantes del partido. Omito los nombres para no contribuir a que llegue a la generación venidera el fuerte olor del vinagre en que se hizo esta ensalada o gazpacho..

Menudeaban las reuniones, las prédicas y las asambleas. Yo fui a las que celebraron los republicanos en el teatro de la Alhambra, y sin hacerme de rogar, por impulso instintivo y comezón declamatoria, en todas hablé.. Me oían con vivo interés, me aplaudían a rabiar. Luego, mi ardor y los aplausos me llevaron a la exageración de mi énfasis, a emplear argumentos retorcidos y dislocados y a burlarme de la lógica. Una noche defendí el contubernio electoral, y a la siguiente lo combatí con saña.. Sin saber cómo, se me salían del pensamiento a la boca las ideas de aquel fantástico programa que supuse (p.8427) dictado por Ruiz Zorrilla en la hechizada gruta de Graziella. Todas las zarandajas de mi Credo radicalísimo iban cayendo de mis labios sobre el auditorio, como lenguas de fuego sobre el montón de combustible. Una noche, a la salida, Santamaría y Luis Blanc me dijeron: «Chico, no hables más. Te exaltas demasiado. Procura serenar tu entendimiento».

Estas suaves reprimendas de mis amigos, y otras más agrias de algún primate de los que ocupaban la mesa, conminándome con no concederme la palabra si seguía por aquel camino, me redujeron un triste silencio. Salíame yo por las tardes a los barrios del Sur y de allí a las afueras, y dondequiera que veía un grupo de seis o siete personas, me detenía y les predicaba.. No tardé en encontrar prosélitos; llevaba tras de mí una pandilla de hombres y mujeres que me incitaban a que les arengase, y yo, diciendo para mí aquí que no peco, soltaba el surtidor de mi desordenada oratoria. No ponía ningún freno a mis ideas, y lo menos que les decía era que el mejor Gobierno era el no-gobierno.. Cuando a mi casa me retiraba fatigado y ronco, y en la soledad de mi cuarto con fría reflexión pensaba en mis discursos, me asaltaba la sospecha de que en mi cerebro había ocurrido alguna conmoción, que desmontara o por lo menos sacara de sus quicios las piezas del mecanismo pensante. Y cavilando más en esto cada noche sobre el agasajo de las almohadas, creí dar con la razón de tales sinrazones. Si en efecto yo iba camino de la demencia o de la chifladura, la causa no podía ser otra que el desequilibrio en que estaba mi ser por la interrupción de mis conquistas y de los dulces efectos de ellas, o sea, el trato con el bello sexo.

Firme en esta tesis, me propuse volver a las amenidades amorosas. Sí, sí; el amor es la vida, y además la razón, y el perfecto funcionar armónico de nervios, sangre, masa encefálica, estómago, pulmones, etc.. ¿Qué hice? Visitar a Delfina Gil y abordarla bruscamente con arrumacos sentimentales, suaves arrullos, miradas incendiarias, y sobre todo ello puse las florituras y fermatas de (p.8428) un vocabulario de seducción que, dicho sea sin falsa modestia, sé manejar como nadie.. Pues Delfina no me hizo caso. Hallábase en un estado de espíritu incompatible con mis malvadas pretensiones. Sufría el ataque de virtud furiosa y empedernida, que solía durarle diez o doce días y a veces meses enteros. Seria y desdeñosa, me dijo que llamase a otra puerta, y al verme salir, me retuvo para echarme esta suave indirecta del padre Cobos: «Estás mal de la cabeza, pobre Tito. He notado el desorden de tus razonamientos. Tus amigos se alarman oyendo los disparates que dices en los metingues. Será preciso aislarte, tenerte en encierro y observación hasta que entres en caja. Escribiré a tu familia, enterándola de tu mal. Allá dispondrán si vienen a buscarte y te llevan al pueblo, que sería lo más acertado, o me autorizan para ponerte en cura». Yo me reí.. «Adiós, adiós..».

Al pie de la letra tomé el llama a otra puerta, y de la calle de la Magdalena me fui tan campante a la de Tabernillas. Sabía que en aquellos barrios moraba mi antigua socia Felipa, que aún me guardaba ley, demostrándomelo en repetidas ocasiones con recaditos de amistad y aun con menudos obsequios.. Busca buscando, la encontré en la calle del Águila, más negra y agitanada que antes, por efecto del negocio de carbón a que se dedicaba en compañía de un hombre robusto, tiznado y carbonífero, llamado Bernabé Díaz. A mis halagos contestó Felipa que no contara con ella para nada contrario a la fidelidad que a su Bernabé debía. Hallábase, pues, en pleno periodo de virtud; era feliz, trabajaba de sol a sol, y no cambiaba su actual vida de activa tranquilidad por otra de escándalo y deshonor. Pregunté si se casaría con Bernabé, y me dijo: «En eso andamos. Las damas catoliconas nos están trabajando el casorio. Yo lo deseo. Me espanta la idea de llegar a vieja sin tener un arrimo y vivir en ley..».

Ya me iba cargando tanta virtud.. ¿Por ventura tendría yo que hacerme también virtuoso para recobrar mi equilibrio?.. De la carbonería pasé a la taberna próxima, donde tuve la (p.8429) satisfacción de encontrarme a mi amigo y casi pariente, Sebo por mal nombre, rodeado de toscos ciudadanos, entre los cuales estaba el tal Bernabé, presunto esposo de Felipa. Trataban de la elección por aquel distrito (Latina) , el más republicano de Madrid. Sebo, agente electoral de la Coalición, recomendaba la candidatura de Estévanez, que era predicar a convencidos, pues en aquel barrio pobre, liberal y entusiasta, gozaba don Nicolás de gran predicamento. Metí yo al instante mi cuarto a espadas en la reunión, haciendo del candidato el más fogoso panegírico que aquellos hombres inocentes habían oído. Y fue grande mi satisfacción oyendo lo que a la salida de la tasca me dijo Telesforo: «Mi antiguo señor, el Marqués de Beramendi, me ha mandado que apriete de firme para sacar a Estévanez, pues aunque no le trata ni le ha visto nunca, le tiene en gran estima por su honrada convicción, y por lo derecho y firme que va camino del Progreso, sin mirar atrás».

Desde aquel día, me metí en el trajín electoral, y tuve la dicha de oír de los autorizados labios de don Nicolás, en las reuniones del teatrito de la calle de Las Aguas, parrafadas y apóstrofes tan tremendos como los que a mí me valieron poco menos que la excomunión de la Asamblea del partido.. Si a mí me tuvieron por loco, no lo estaba menos Estévanez, y esto me consolaba. O ser revolucionario de verdad, o no serlo. Si nuestra sociedad reclamaba, con su hondo malestar, renovación completa, nada se haría si no demolíamos el vetusto y apuntalado edificio para reconstruirlo con nuevos planos, nuevos materiales y arquitectos nuevos. Sacáramos estos de la nada, no del personal existente.. Antes de crear un nuevo mundo, hiciéramos un delicioso caos.

No canso a mis lectores refiriendo al detalle una campaña electoral en que apenas hubo pelea, por la excelente disposición del popular distrito y el arranque del candidato. Sin gastar una peseta le sacamos, con 8.000 votos de ventaja sobre el contrincante sagastino. Los electores eran gente sencilla, proletaria, que no (p.8430) ambicionaba destinos ni prebendas, voz y voluntad auténticas del pueblo soberano. La Coalición triunfó en Madrid, con dos republicanos, Estévanez (Latina) y Galiana (Hospital) ; cuatro radicales, Montero Ríos (Palacio) , Ruiz Zorrilla (Centro) , Martos (Congreso) y Becerra (Audiencia) ; el único ministerial que tuvo acta fue el General Beránger (Hospicio) . En provincias, los amaños de Sagasta dieron a este una mayoría gregaria; mas no pudo ahogar el empuje de las minorías. Sólo el carlismo trajo treinta y cinco puntos.. Y estos sí que eran puntos negros.

Seguí en relaciones de cordial amistad con Estévanez, que no se envanecía de su triunfo, ni creía que en el futuro Congreso pudieran hacerse campañas eficaces para la idea republicana. En nuestras charlas, tuve el gusto de oír de su boca las apreciaciones más exactas de la realidad política en aquellos días. La revolución estaba muerta por haber perdido en gran parte la savia progresista que le dieron los trabajos del 67 y el triunfo del 68. Los alfonsinos habían ganado terreno con la traída de un Rey extranjero; contaban a la sazón con lo más florido de la oficialidad del Ejército. Todo cuanto veíamos despedía olor a muerto. Los Gobiernos de don Amadeo no salían de la norma y pauta somníferas de los Gobiernos anteriores a la Revolución. Los vicios se petrificaban, y las virtudes cívicas no pasaban de las bocas a los corazones. Administración, Hacienda, Instrucción Pública, permanecían en el mismo estado de quietismo y pereza oriental. No salía un hombre que alzara dos dedos sobre la talla corriente. Hacía falta un bárbaro, como Pizarro, que sin saber leer ni escribir, creó un mundo hispano en la falda de los Andes.

Estas ideas me cautivaron. Sí, hacía falta un bárbaro que creara otro mundo hispano. Pero aquel bárbaro no era yo, que poseía regular cultura, sabía escribir, y echaba sin ton ni son discursos elocuentes.. Hacía falta un mudo, que hablara con los hechos y con la piqueta, demoliendo los viejos muros, sin pedir permiso a las letras de molde; un mudo, sí, que (p.8431) entendiera de cirugía política, y supiera leer lo escrito con caracteres de fuego en el alma de la Nación.. Debajo del pesimismo de mi gran amigo, latía, como es de ley en todo ser superior, un fuerte optimismo. No desconfiaba de la idea, sino de los hombres que en el telar político, llamándose ministeriales o de oposición, tejían la misma tela frágil y descolorida, tan fea y tan mala por el derecho como por el revés.. En suma, que la oposición republicana, aliándose con los Nocedales y Barzanallanas, se contagiaba de esa legalidad indigesta que siempre resulta infecunda, y cándidamente hacía el juego a sus naturales enemigos. Los arañaba; pero no supo darles, como debía, muerte y sepultura.. Mientras más lecciones de estas cosas me daba mi amigo, más me enamoraba su carácter. Lo que aún tengo que decir de él quédese en remojo todavía, pues me urge contar un suceso de importancia, que a mi ver cae dentro de la fase humorística de la Historia. Sígame, si gusta, el benigno lector desde este capítulo al que inmediatamente le sigue.

 

Ep-43-XIII -

No cesaba yo de interrogarme así: «¿Estaré un poco demente, o siquier tocado de tenaces manías, la manía de mi proteísmo, que consiste en escribir con distintos criterios y aparente convicción, la manía de mi esencial criterio inmanente, de tendencias atrozmente revolucionarias?». Y otra cosa pregunto a los que me leen y a mí mismo: «¿Todo lo que cuento es real, o los ensueños se me escapan del cerebro a la pluma y de la pluma al papel? ¿Las amorosas conquistas que me sirven de trama para la urdimbre histórica, son verdaderas o imaginarias? ¿Creo en ellas porque las imagino, y las escribo porque las creo?..». Mientras con ayuda de mis indulgentes lectores dilucido estos puntos, seguiré contando.. A ver si me acuerdo.. Ya, ya he cogido el hilo.. Pues Felipa, después de repetida por décima vez la proclamación dogmática de su virtud, me aconsejó que viese a Celestina Tirado, y a sus buenas disposiciones me encomendara.

Pero.. el demonio lo hacía.., encontreme a Celestina (p.8432) también atacada de monomanía virtuosa, y en vías de abandonar su vil industria, dándose de baja en el escalafón del Infierno. Tenía una hija, criada en el campo, ya grandecita. Celestina la llevó consigo, sedienta de cariño maternal, que apenas había gustado en su vida liosa. Enterose de ello la Marquesa de Navalcarazo, y queriendo apartar a la pobre niña de todo influjo maléfico, obligó a la madre a ponerla bajo la guardia y custodia de unas monjitas de la calle de San Leonardo. Accedió Celestina, movida de un vago prurito de corrección espiritual, y las mañanas pasaba en la iglesita del convento, o en la fronteriza parroquia de San Marcos, entretenida en rezos y otros actos de devoción. Hablando de esto, me confesó que hasta las oraciones más elementales, Credo y Padrenuestro, se le habían olvidado, y en aquella ocasión las aprendía de nuevo, sintiéndose volver a sus años infantiles.

En estos contactos con la vida eclesiástica, la antes pecadora, y después reformada Celestina, echose también su director espiritual, y tuvo la suerte de topar con un sacerdote ejemplarísimo, llamado don Hilario de la Peña. Hablando de él la pícara convertida no agotaba el filón de las alabanzas. Tales cosas me dijo, que me entraron vivas ganas de conocer al bendito clérigo. Y una mañana, en que mis divagaciones callejeras me llevaron a la de San Leonardo, me deparó mi suerte el encuentro de Celestina, que del convento salía con su reverendo amigo y capellán don Hilario, y ambos iban hacia la parroquia de San Marcos. Presentome la pícara como periodista y cultivador de las Letras, y apenas hablé diez palabras con el buen señor le diputé por hombre bueno, tolerante, y de no común cultura.

Metiose Celestina en la parroquia, y yo seguí con el cura hasta la puerta de su casa. Era viejo, de gran talla y al parecer gotoso. Aliviaba su cojera con un grueso bastón. Lucio y carilleno, pareciome hombre que se había dado buena vida. Su afable sonrisa y sus ojuelos vivarachos delataban el amplio conocimiento del mundo y el (p.8433) hábito de la preciosa indulgencia. Mostrose complacido de hablar con un escritor, y juzgándome con benevolencia cortés, por desconocer mi escasa valía, me reveló que él también plumeaba, por pasar el rato, y sin pretender el galardón de la fama. «Soy aficionado a los estudios históricos -dijo con modestia-, y he consagrado mis ocios a escribir la Historia del Clero Mozárabe en Toledo, de la cual llevo ya publicados tres tomos. Es obra de pura erudición, árida, como centón de documentos». Mi cortesía correspondió a la suya, diciéndole que conocía parte de los tres tomos publicados, y haciendo del contenido de ellos un ardiente elogio. Al darme las gracias advertí en él un amable escepticismo. No creía en mi entusiasmo por su obra.. Con recíprocos plácemes y cumplimientos nos separamos, pidiéndole yo la venia para visitarle, pues me honraría mucho su trato y buena amistad.

Y no pasaron tres días sin que me personara en la casa del cura. Me recibió en su biblioteca, que era copiosa y algo desordenada, como toda biblioteca en que se trabaja. De lo que habló don Hilario, saqué en limpio que era rico, que por no abandonar en absoluto su ministerio religioso, desempeñaba la capellanía de las monjas vecinas. Algún trabajo le daba el delicado gobierno de las conciencias de aquellas santas señoras, que por no tener nada que hacer, inventaban pecadillos, y apuraban la paciencia del confesor para lavarlos y restablecer su inmaculada pureza.. Deseaba el señor Peña ocasión para zafarse del enfadoso lavatorio y planchado de las monjiles conciencias.. También me dijo que le amargaba el sentimiento de no poder terminar su obra. Herido de la gota y otros desgastes del organismo, sólo contaba ya con un par de años de vida, o poco más..

La persona del venerable clérigo trajo a mi cabeza espantosa confusión. Antes de tratarle, tenía yo noticia de él (ignorando el nombre) y de su magna Historia del Clero Mozárabe. Intentaba yo por mañana y tarde descifrar aquel enigma, y desvanecer mi perplejidad. No sé cuántas veces me llegué a la calleja, entre (p.8434) Monteleón y Maravillas, y con ojos inquietos buscaba el 16 de marras, sin perder la esperanza de que la casa de aquel número hubiera salido de las entrañas de la tierra. Pero lejos de ver que esta devolvía lo que se tragara en días ya lejanos, mi barullo mental aumentó con sucesos más contrarios a la lógica y al sentido común.

Acudiendo una mañana de Abril a mi tercera visita, encontré a don Hilario en la calle, yendo yo por la de los Reyes. Nos paramos, y después de los recíprocos saludos, me dijo: «Tengo que ir a Palacio. Si no tiene usted que hacer acompáñeme, y por el camino le contaré el porqué de ir yo a la Casa Grande, novedad para mí extraordinaria, pues sólo una vez estuve en ella, cuando a doña Isabel le dio por hacerme obispo, y yo rehusé. No recuerdo la fecha. Ello fue cuando Pío IX concedió a doña Isabel la Rosa de Oro. Vamos, hijo». Andando, siguió así: «Pues esta buena señora, doña María Victoria, sale ahora con que quiere nombrarme capellán de ese Asilo que ha fundado para las lavanderas.. Ello habrá sido idea del Conde de Rius, intendente de Palacio, y gran amigo mío. Usted le conocerá: es yerno de Olózaga, que también me honra con su amistad. Sea de quien fuere la iniciativa de mi designación, voy a decir que nombren a otro. Yo declino ese honor, yo no sirvo para nada. Busquen para las lavanderas un clérigo mozo. Yo no estoy ya para ninguna función que reclame el vigor juvenil..».

Charlando con voluble intercadencia de veras y bromas llegamos a Palacio y entramos en la Intendencia, que está, como sabéis, en la planta baja, plaza de la Armería. En una antesala nos detuvimos; salió el intendente, Conde de Rius, a quien yo sólo conocía de vista; el cura me presentó a él como un amigo que le acompañaba en clase de rodrigón o lazarillo de su cojera, y pasaron los dos al despacho próximo, donde a mi parecer trataron de la Capellanía de Lavanderas. Quedeme solo en aquel aposento, donde no veía más que estantes llenos de legajos, y algunos cuadrotes deslucidos del (p.8435) tiempo y del humo del gas, y que representaban edificios o campiñas de los Sitios Reales. A poco de estar sumido en tal soledad, sentí hormiguilla en brazos y piernas, y zumbar de mis oídos, cual si a ellos llegaran las ondas de un lejano son de bronces vibrantes. Convirtiéronse aquellos sonidos en voz humana, demasiado dulce para ser de hombre, demasiado grave para ser de mujer. Volví la cabeza.. y vi que por escondida puertecilla entraba un bulto.. Mi primera impresión fue de una señora gorda y ajamonada.. Al acercarse a mí se volvió esbelta sin gran merma de sus carnes lúcidas. Vestía elegante traje negro de seda, a la última moda.. ¡Ay, Dios mío! Que me llevaran los demonios si no era la Mariclío, con sin fin de años menos de los que representaba cuando anteriormente la vi, y muy apersonada y peripuesta.

«Hola, Tito -me dijo con graciosa confianza, arrastrando un pesado sillón para sentarse frente a mí-. ¿No me habías conocido? Vengo ahora un poquito transformada. Yo me pongo más fea o más bonita según los lugares por donde paso y las diligencias que traigo entre manos. Estamos en lo que los periodistas llamáis el regio alcázar, y cuando aquí entro, procuro adecentar mi facha y traje por si me sale en estas alturas del Estado algo decoroso que pueda llevar a mis archivos».

Diciendo esto, alargó hacia mí uno de sus pies, con la mayor desenvoltura, sin cuidado de que yo le viera la pantorrilla. Calzaba en aquel pie un lindo borceguí colorado, con tacón de plata. Y viéndome suspenso, sin saber qué hacer con el precioso y bien engalanado pie, me dijo risueña: «Parece que estás tonto. Haz el favor de descalzarme. ¿Tanto te asusta una vieja compuesta? No es el coturno lo que ves; es un zapatón de media gala. Me lo he puesto para venir a esta casa, y ya me pesa. No lo merecen..». Le quité el borceguí con todo el respeto que me inspiraba, y al instante sacó, no sé de dónde, una blanda zapatilla, que por su propia mano se calzó sin esperar mi auxilio. Antes de repetir la operación en el otro pie, levantose muy ligera, y (p.8436) dio paseos airosos por la estancia, un pie con medio coturno y el otro con zapatilla. Esgrimiendo la que le quedaba en la mano, decía: «Con este escarpín azotaría yo las posaderas de los desgraciados y ridículos hombres que arriba he visto. Pide a tu Patria que tenga un arranque y los mande a donde fue mi amigo el reverendo padre Padilla».

Dicho esto, volvió a sentarse; la descalcé y calcé del otro pie, y quedose meditabunda un mediano rato, mientras yo discutía mentalmente con mis ojos sobre la realidad o ficción de lo que veían, y les acusaba de burlarme con alucinaciones infantiles.. Y ellos me contestaban que no era culpa suya, sino de doña María Clío, hechicera y juguetona. Esta terminó sus meditaciones diciendo: «Mal andan allá arriba. Ministros y Rey han rivalizado en torpezas. Al Rey le disculpo. Sagastinos y zorrillistas le traen mareado con sus necias enemistades por un quítame esas pajas. Los 191 votos que dieron la corona a la casa de Saboya, ¿qué se hicieron? Hanse dividido en dos bandos; viven tirándose a la cabeza todos los trastos de la Constitución. Como don Amadeo no se imponga a esta tropa, ya puede preparar sus equipajes.. Figúrate, hijo mío, que los llamados constitucionales se dividen a su vez, y por la combinación de generales andan también a repelones.. El sábado, día de Consejo en Palacio, se presenta Sagasta en la Cámara Real, y dice al Rey que no se celebrará Consejo, porque no hay asuntos de qué tratar. No le valen al camerano sus marrullerías, y Amadeo, con acento más firme del que suele usar, le contesta: Si el Gobierno no tiene hoy nada que decirme, yo tengo cosas muy serias de que hablar al Gobierno. Cite usted ahora mismo, y aquí quedo esperando..

-Ya sé lo demás, señora mía -repliqué yo-. Lo traen los periódicos.

-Cada periódico cuenta el caso a su modo, y con el aderezo y salsa que cada bandería suele gastar en sus guisos. Óyelo de mi boca, que no miente. Mi único guiso es la verdad.. Azorados reuniéronse los ministros en Consejo, y ante ellos desenvainó el (p.8437) Monarca un papel que leyó con buena entonación. El documento era declamatorio y enfático, como los que escribías tú en El Debate, recomendando el específico de la Conciliación. No admitía el Rey nuevas disidencias, ni que el partido llamado Constitucional se partiera en mitades, que en la política general resultaban cuarterones. La intención expresada en el papelito era buena, el modo de señalar y el estilo vulgarotes a no poder más.. Los ministros fueron desde aquel momento pintorescos personajes de ópera cómica. ¿Dimitían o continuaban después de rascarse las partes de sus cuerpos azotadas por el papelito? De sus reflexiones resultó que debían quedarse, con ligero cambio de personas. No hay cosa más desagradable que dejar vacías las poltronas para que otros las ocupen.. La gran escena cómica de hoy en la Cámara regia y piezas inmediatas es de tal modo bochornosa, que me he quitado los coturnos por zafarme de la obligación de contarla. Para dar noticia de lo que hoy he visto, heme puesto estos borceguíes traídos y viejos.. Figúrate que los sagastinos y unionistas han arreglado su guisote de crisis con salsa de calamares, y hoy se han presentado a jurar.

-Juran y perjuran poniendo su mano al revés sobre un falso Evangelio.

-¡Anda, que del indecoroso plantón que les dio el Rey, se acordarán mientras vivan! Yo le dije a Sagasta: «¿No te sientes humillado? ¿Eres un cochero que viene a pedir plaza en las Caballerizas?». Y él, rascándose la barba, me contestó: «Paciencia, madre Clío; este oficio pide mucho aguante y resignación por arrobas. La política es valle de bilis». Dos horas les tuvo Amadeo en la antecámara. A lo mejor salía Dragonetti con recaditos: «Dice Su Majestad que si traen el programa». Y el riojano de amarillo rostro y boca rasgada, respondía: «El programa no lo traemos; pero.. se traerá. El amigo Colmenares lo está confeccionando..». Confeccionando, como si fuera un pastel o una torta de dulce.. Vuelve Dragonetti con dulzura oficiosa, y dice: «Que si no traen el programa no juran». (p.8438) Yo disimulaba mi enojo hablando de teatros con la Marquesa de Constantina. El hombre del tupé bajó al Ministerio de Estado con De Blas, y los que allí quedaron se miraban asustados de su paciencia ovejuna. Me acerqué al Ministro primerizo, y le dije: «Simpático pollo antequerano, parece que estás triste. Te ha tocado un estreno de mala sombra». Y él desplegando su boca y mostrando su blanco dentamen, se sacudió así la broma: «Madre, la buena sombra la traigo yo conmigo.. Sea usted benigna, y dejaré memoria de mí».

»Volvió de Estado Sagasta, con el tupé más crecido y la color más biliosa. Traía también el programa que enseñó a los amigos. Como reapareciese Dragonetti con nuevas chinchorrerías, Práxedes le dijo: «Aquí está, aquí está el programa. Mañana lo verá Su Majestad en la Gaceta. Le hemos dado forma de Circular a los Gobernadores. Se les dice que este Ministerio es estrictamente compacto, que somos el progresismo histórico, firme columna de la Monarquía; y al propio tiempo les encarecemos la más exquisita legalidad en las elecciones. Legalidad ahora y siempre, para que el sufragio sea la exacta expresión de la voluntad del país..». Amén. Pasaron a la Cámara Real; hicieron arrumacos de juramento..

»Yo lo vi; hice cuanto pude para ponerme seria. Di una vuelta en derredor de todos; pasé delante del Rey casi tocándole las narices, y ni él ni sus desaprensivos secretarios me vieron. Fuertemente dirigidos hacia los senos de su egoísmo tenían los ojos del alma, y los del cuerpo estaban ciegos. «Si me vierais, hijos del aire -les dije-, no seríais lo que sois». Bajé corriendo a quitarme el calzado, que torpemente llevé a las alturas. No merecen los de arriba mis tacones de plata.. Y ahora, buen Tito, acompáñame. Quiero espaciarme, alegrar mi pobre espíritu ansioso de verdad. Vámonos a la Fuente de la Teja, y allí veremos a los soldados bailando con las criadas. Aquello, en su humildad, es más noble que esto. De allí puede salir algo grande, de aquí no. Iremos también a ver a los chicos jugando al toro o a la (p.8439) tropa, en la Virgen del Puerto. De allí saldrán hombres de poder, ciudadanos, trabajadores, mártires, héroes. Aquello es la sal y el fuego de la vida.. Aquí no hay más que hombres de humo que burla burlando asfixian a su patria.

Ya estábamos en la puerta con ánimo de no parar hasta la Fuente de la Teja, cuando llegaron don Hilario y el Conde de Rius, que bajaban de las habitaciones de Su Majestad la Reina doña María Victoria. Hablando pasaron junto a nosotros, como si no nos vieran. Creímos entender que había sido mala inteligencia del Conde la designación del señor Peña para la Capellanía de Lavanderas.

«Le han llamado -me dijo Mariclío- porque a esta buena señora le ha dado ahora por hacer obispos. Cree con esto desarmar a las damas católicas que le han declarado la guerra. Equivocada está de medio a medio, porque aunque propusiera una hornada episcopal de sacerdotes virtuosos y entendidos, el Papa no los aceptaría.. Así lo dije ayer a doña María Victoria, y ella me aseguró que secretamente, y sin que lo supieran don Amadeo ni Víctor Manuel, había tendido un hilo de inteligencia con el Vaticano, y por este hilo le habían dicho que sí, que propusiera.. ¡Ay, no sabe esta buena señora con quién trata! Yo le dije: 'No te fíes. Suponiendo que Pío IX entre por el aro, no te preconizará más que obispos carlistones, afectos a él más que a ti y a tu marido.. Hija mía, no te metas con Roma, ni creas que amansarás a las apostólicas damas, poniéndote todos los moños del catolicismo y del papismo..'. Y este bienaventurado Hilario Peña no se calará nunca la mitra. Es hombre bueno, sabio y caritativo. No tiene ambición..; no quiere obispar. Ya sabes que pertenece a la militar orden de Santiago el Verde, quiero decir que es de Caballería».

 

Ep-43-XIV -

No sé cómo escapamos de aquel antro, que tal me parecía.. Salimos oyendo la voz lejana de don Hilario que decía: «No, no; nunca». En la calle nos encontramos Mariclío y yo, y apenas tomamos la dirección que ella indicara, noté que su persona se iba despojando de (p.8440) la dignidad señoril, y su vestimenta desluciéndose hasta tomar las apariencias humildísimas con que la vi en la gruta de Graziella. Pero a medida que envejecía y se vulgarizaba, era mayor su agilidad, y su paso tan vivo que no podía yo seguirla sin sofocarme. Yo me preguntaba: «¿Cómo ha podido cambiar tan pronto de traje y facha?.. ¿Y dónde demonios lleva escondidos los zapatos de medio lujo?.. ¿Y cómo salimos de Palacio sin pasar por ninguna de sus puertas?.. ¿Y qué se le habrá perdido a esta buena señora en la Fuente de la Teja?».

Por Caballerizas, Cuesta y Puerta de San Vicente, Puente del Manzanares llegamos al popular sitio de recreo. Hormigueaba en él la descuidada plebe; sonaban en estridente algarabía los organillos, los pregones y el gozoso runrún de los merenderos. Por entre la turbamulta paseamos; Mariclío habló con dos aguadoras, yo con un mendigo lisiado a quien llevaban en un carrito.. Llegamos a donde militares y muchachas habían armado el incansable bailoteo. Daba gusto ver el entusiasmo con que ellas zarandeaban sus cuerpos en aquel ejercicio, agarrándose al hombre o brincando frente a frente y haciendo graciosas figuras. «El baile -me dijo mi compañera de paseo- es la primitiva manifestación del arte y del amor. En su ritmo verás el aleteo con que la especie humana dice: 'No quiero morir, sino vivir y reproducirme'».

Contemplando los enardecidos grupos danzantes, y luego las parejas que entre los espesos olmos se alejaban buscando la soledad, Mariclío, con lenguaje que sólo entendíamos el viento y yo, les decía: «Divertíos en la edad gozosa.. Soldaditos y criadas, chicos y chicas que comenzáis la vida en la sana esclavitud de las obligaciones, no os detengáis, y de estos devaneos inocentes pasad a mayores devaneos.. Casados o sin casar, cread españoles, traednos ciudadanos, que es menester venga nueva generación a enmendar a esta, desvaída y decadente. Traed acá nuevos hombres de quienes yo pueda referir acciones altas y nobles».

Seguimos andando.. Yo era un (p.8441) autómata.. En la Virgen del Puerto y la Puente Segoviana, nos cruzábamos con parejas a quienes Mariclío hacía la misma recomendación de aumentar a toda prisa el censo de España.. «Nueva gente.. y pronto, pronto.. Hombres que traigan cerebros machos, corazones grandes y ternillas a la medida de los corazones..». Pasamos luego por la Tela, donde vimos enorme caterva de chiquillos jugando a la tropa con palos, banderitas y morriones de papel. Los más audaces se disputaban el mando: Yo soy Plim, chillaba uno, y otro gritaba: Pues yo Napolión. Límpiate.. Un tercero venía dando zancajos y vociferando así: Quitaos, gallinas, que yo soy mi abuelo, y mi abuelo se llamaba el Tío Pecinado.. Formaban batallones; batían marcha imitando con la boca el rataplán de los tambores; disparaban tiros, se acometían al arma blanca, tomaban la fortaleza de un montón de piedras.. Mariclío se metió entre ellos y fogosa les decía: «No desmayéis, valientes chicos. Creced y dadme tela para que yo corte a vuestra patria un vestido espléndido, y dadme materia para que ese vestido salga recamado con estrellas de oro.. Mandaos los unos a los otros, recompensaos, castigaos, para que aprendáis la justicia. Sed guerreros chiquitos para que de grandes seáis buenos ciudadanos».

Otras estupendas cosas les dijo, y ellos, exaltados por tan sonoras palabras, no vieron mejor modo de expresarnos su conformidad que apedreándonos. Las peladillas silbaban en nuestros oídos.. Era un disparar impetuoso y graneado que no nos hizo daño alguno. Mariclío se descuajaba de risa, y sin miedo a la pedrea les enardecía de este modo: «Bien, hijos: no importa que me ofendáis ahora si mañana os portáis como dignos y valientes. Seguid, seguid jugando..». Embocábamos la calle de Segovia, cuando mi brava compañera me habló así: «Tito mío, estas diabluras de los rapaces y el embeleso de las parejas de enamorados, me consuelan de la mísera vida que arrastro en esta tu decaída tierra. Veo que abres tus ojazos, admirándome sin conocerme, deseando que te (p.8442) diga quién soy y te explique por qué vine al mundo, y cuáles son mi abolengo y familia. Sentémonos en este sillar que aquí está como preparado para nuestro descanso». Nos sentamos, y he aquí lo que me contó:

«Somos nueve hermanas.. No te diré cuál es más joven o más vieja, pues nacimos juntas de un mismo vientre.. Nuestro padre nos dedicó a diferentes artes. Cada cual escogió la más de su gusto. Una de mis hermanas se dedicó a bailarina, y ha venido muy a menos; es más desgraciada que yo, y hoy nadie le hace caso. Dos fueron cómicas: la una se dedicó a la tragedia, la otra a la comedia. Andan hoy regular; consideradas sí, pero muy discutidas..; que si eres, que si no eres.. La que estudió para oradora brilla y aparenta, mas con poca substancia. La que se aplicó a la tarea de componer versos heroicos, está por los suelos, más que yo quizás; la que hace versos alegres va viviendo.., da qué hablar, y los desocupados la festejan. La que actúa de observadora del cielo y del curso armónico de los astros, goza de gran predicamento. Pero la que ha subido más en el aprecio de las gentes y más éxitos alcanza es la que eligió el arte de la música, del dulce canto y tañer de concertados instrumentos. A mí ya me ves. No valgo para nada, por falta de materia con que pueda dar al mundo muestra y señales de mi grandeza.. Las nueve hermanas nos vemos y nos visitamos a menudo para comunicarnos nuestras glorias y desdichas..».

Cuando esto decía, ya no estábamos en la calle de Segovia, sino internados en las calles más bulliciosas de Madrid. Mi interesante compañera se detuvo en un punto, donde oíamos dulcísimos acentos de violines y de humanas voces melodiosas, y despidiéndose me dijo así: «Aquí me quedo, que siento la voz de mi hermana, la que rige y gobierna los reinos de la Música, y subiré a pasar un ratito en su compañía.. Vete a descansar, que bien lo necesitas.. Haz por dormirte; olvida lo que conmigo has hablado y visto, que todo es figuración y embuste de tu cerebro enardecido y no muy sano..».

Dejé de verla a mi lado.. Mi camino seguí (p.8443) claudicante y haciendo eses.. Esto de las eses que yo hacía me puso en gran cuidado, pues no recordaba yo haber bebido ni una gota de licor espirituoso. Alguna cuchufleta oí referente a mis eses..; la cabeza me pesaba como si en ella se me hubiera metido todo el azogue de las minas de Almadén.. No puedo asegurar cómo y en qué postura llegué a mi casa; pero es indudable que en ella y en mi cama me encontré por la mañana, como quien despierta, o más bien resucita.. Apenas puse mis huesos de punta, me lié con Ido del Sagrario en agria disputa. Empezamos por sostener, yo que las Musas eran diez, y él me contradijo con burlas diciendo que no eran más que nueve, quizás ocho no más, pues una de ellas, la de la Historia, se había dado de baja por no tener ya cosa bella o grande que contar.. Estallé yo en cólera; quise pegarle, y habríamos tenido en casa una tragedia si no entrara Nicanora con zorros y una estaca para restablecer la paz. ¡Cómo estaría yo en aquellos días, que no hablaba con ningún amigo sin que acabáramos poniéndonos de vuelta y media! Con Mateo Nuevo reñí tan ásperamente que faltó poco para enredarnos a pescozones. Por una palabra, por una sonrisa, desafié a Luis Blanc y a Roberto Robert. A Ramón Cala, por haberme recomendado moderación en la bebida (yo no lo cataba) , le mandé los padrinos, que fueron Ido del Sagrario y Roque Barcia.

Divagando solo, examinaba lo que bien puedo llamar mi conciencia mental, y sentía que alguna pieza del aparato pensante no se hallaba en perfecto engranaje con las demás. Yo quería pensar una cosa y me salía otra. ¿Cómo restablecer la ordenada función de mi cerebro? Consulté el caso con Ido, muy práctico en tales achaques, y me dijo que tomase mucha tila y no leyera más libro que Las Tardes de la Granja, obra muy distraída, o la Vida de Santa María Egipciaca, que a él le había probado muy bien. En esta situación de espíritu, llegaban a mí ecos zumbantes del estruendo político en las Cortes y en la Prensa. A Sagasta y Romero Robledo, el gallo de Cameros y el pollo de Antequera, les traían (p.8444) locos por la transferencia de dos millones, que la gente maleante dio en llamar Los dos apóstoles. Traviesos eran Sagasta y Romerito, y no reparaban en pelillos para engrasar la máquina electoral. Y aun así no pudieron impedir que trajeran acta treinta y cinco carlistas. Estos se preparaban en el Norte para obsequiarnos con otra guerra civil.. ¡Bueno se iba poniendo esto..!

Mis amigos políticos y particulares huían de mí, o me trataban como un caso patológico. La vagorosa Delfina se presentó en mi casa un día, luctuosa y con un negro velo por la cara, y en tono dulzaino y lúgubre, revelándome su doble procedencia confitera y funeraria, me dijo: «Tito de mi alma, tus amigos no hacen más que compadecerte; yo te compadezco y trato de curarte. Ya escribí a tu familia. Tendrás pronto remedio. La vida campestre te probará muy bien. Yo, cuando me quedé viuda, estuve también algo tocada, y con dos meses de andar al zancajo en una dehesa, pastoreando vacas y subiéndome a los alcornoques, sin cuidarme de que los zagales me veían las piernas, me puse buena, y tan fuerte que al volver habría podido levantarte en vilo para darte azotes, como lo hice después.. bien lo sabes».

A los tres días de esta visita, hallábame yo recién salido del lecho, sentadito en incómodo sillón de gastados muelles y desiguales pelotes. Trájome Ido mi desayuno, y apenas lo tomé con menos que mediano apetito, me sumergí en hondísimas reflexiones. ¿Adónde iría con mi cuerpo aquel día? Estando en los senos cavernosos de esta meditación, la mirada en el suelo, el dedo en la frente, oí ruido de voces que venían del recibimiento.. Alcé los ojos, y en la puerta de mi cuarto vi un bulto, una persona que allí apareció como clavada. Era tan semejante a mí, que creí ver la reproducción de mi figura en un espejo.. El sujeto que suspenso me miraba era chiquitín como yo, con mi propia cara más curtida, cabello gris y.. Lo diré de una vez. Aquel señor era mi padre.

La inesperada presencia del autor de mis días sacudió todo mi ser, privándome del habla por un mediano rato.. Y el pobre (p.8445) señor, más envejecido que viejo, se conmovió intensamente al verme tan alicaído, si bien su pena no tardó en dulcificarse, pues por la carta angustiosa de Delfina, temía encontrarme en un manicomio. Pasada la efusión primera, y dada cuenta de toda la familia, mi padre planteó la cuestión secamente. Había venido por mí. Yo no dije nada; me sentía máquina rota. ¿Y cuándo nos iríamos al pueblo..? Aquella misma tarde. «Bueno.. pues vámonos». Así dije, y mi padre dio las órdenes a Ido para que aprontara mi ropa y todo mi bagaje, con excepción de libros, pues no consentía que llevase conmigo las causas de mi desarreglo mental, que eran la vida loca de Madrid, el hervidero de las ideas disolventes, y las lecturas de obras perversas que inducían a la inmoralidad y al crimen.. Él no tenía nada que hacer en la Corte, que odiaba y maldecía.. «Yo no me separo de ti -me dijo-. Tomaremos un bocado al mediodía..; yo con un caldo me arreglo. Hoy es vigilia de precepto».

Fuimos a visitar a Delfina, y largo rato platicó mi padre con ella, recordándole sus bondades con mi familia. Y entre otras remembranzas de gratitud, sacó de la obscuridad del pasado la siguiente: «Usted, Delfina, ha sido muy buena para nosotros. Cuando vino a Madrid el año 67 mi hermana Bonifacia con su marido, a consultar a los médicos su enfermedad del pecho, estaba usted recién casada. Acompañó a mi hermana en el visiteo de doctores; le regaló una magnífica torta de dulce, y cuando el pobrecito Manuel murió, no quiso usted cobrarle nada por el ataúd y hachones.. Esto no lo olvida mi hermana, que ahora vive en Burgos». Con estas y otras finezas nos despedimos, y Delfina me dio un escapulario y una cajita de bombones de chocolate para que me entretuviera por el camino.. Dos horas después, estábamos ya en la estación del Norte, con una hora de anticipación a la de la salida del tren, pues mi padre temía que este se le escapara, dejándole un día más en este Madrid, objeto de todo su asco y aversión.

En marcha el tren, llevando en nuestro departamento (p.8446) de segunda tres compañeros y dos compañeras de camino, mi buen padre, libre ya de la inquietud del regreso, y gozoso de llevarme consigo, me franqueó sus cariñosas intenciones. «Hijo mío, creo que sólo con sacarte del laberinto de ese Madrid arrastrado y disoluto, te curarás de tus murrias y del desvarío de tu cabeza. Te inficionaron los miasmas del vicio y de la corruptela, ¿no entiendes lo que te digo?..; pues corruptela quiere decir el burlarse de las leyes de Dios, el no amarle ni temerle, el andar en el tole tole de libertades, que yo llamo licencias, y el querer meternos a los españoles en un fregado de ideas pestíferas y, como quien dice, republicanas. Te lo diré más claro.. En los aires limpios del pueblo soltarás toda esa podredumbre, y serás otro hombre.. Echarás de tu cabeza todo el maleficio, dejando que entre poquito a poco, como ave que busca su nido, la paloma del Espíritu Santo».

De esta figura que de su boca salió envuelta en seráfica sonrisa, debió de quedar muy satisfecho el buen señor, pues con ella puso punto final, y apoyando su venerable cabecita en la palma de la mano, se durmió como un ángel. Era mi padre, don Matías Liviano y Pipaón, un hombre bueno y simplísimo, incapaz de hacer daño a una mosca, de ideas petrificadas, patriarcales, resultado del vivir estrecho en pueblos de corto vecindario, sustrayéndose sistemáticamente a todo contacto con el vivir que irradia de las grandes ciudades del reino. Alavés de nacimiento, se estableció desde muy joven en Oña, patria de mi difunta madre, doña Pascuala Zurbano y Calomarde. En Oña, el Cubo y Medina de Pomar poseían mis padres algunas tierrucas y dos o tres casas de mala muerte con que disfrutaban de un pasar modesto, insuficiente para los hijos que aspirábamos a mejor vida. Mis dos hermanas casaron, la una con un bigardo vizcaíno, bien cubierto del riñón, vamos al decir, rico; la otra con un viudo joven de Miranda de Ebro, que traficaba en vinos de Rioja. Yo, el más chico de la familia en edad y estatura, pues a mis hermanas (p.8447) les tocó la talla que a mí me faltaba, anhelé desde niño horizontes más amplios, y cuando pude valerme solo, me fui a Vitoria en busca de alimento con que saciar mi apetito mental. No hallándolo en la capital de Álava, planteme en Madrid, desde donde anudé relaciones con mi padre, ofreciéndole villas y castillos, y pronosticándole mi próxima, indubitable celebridad.

El sueño no quiso apagar mis arrebatados pensamientos. Mi desvelo fue parte a que me fijase en una señora que a mi vera estaba, la cual durmió hasta más allá de Ávila, y poco después, volviéndose a mí, me preguntó que cuánto faltaba para llegar a Bribiesca. Al contestarle que allá iba yo también, vi que era de agradable rostro, lozana y risueña. Al instante reapareció en mi ser el caballero galanteador, sentí mi cabeza despejada, y mi corazón henchido de amor a toda la humanidad femenina. Empecé por acometerla con discretas finuras, sondeando hábilmente su receptividad galante. Mantúvose firme un buen rato, ni admitiendo ni rechazando las varas que yo quería clavarle; mas yo saqué las armas retóricas de mi arsenal persuasivo, y a poco de medirlas con la recatada concisión de la dama, supe que era viuda sin hijos, y que tenía fincas en la Bureba.. Poco a poco fue entrando en el nimbo de simpatía que sé formar entre mi persona y una blanda hembra. Desde Medina a Valladolid la dama recompensaba mi rendimiento con sonrisas, y un juego de ojos que fue como si las estrellitas del cielo se colaran en la penumbra del coche. Más animado yo en cada estación, pues por estas contaba yo las etapas de mi aventura, rompí a cantar, cerca de Burgos, la cavatina de mi declaración, con la mala pata de que en los primeros compases despertó mi padre, y estirándose y bostezando exclamó: Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar. Al terminar la frase, hizo la señal de la cruz sobre su boca, y sacando el rosario se puso a rezar.. Me había cortado el resuello.. ¡Ay, si no fuera mi padre..! Entre dos avemarías, pronunciadas a media voz, me dijo: «Tito, ¿te (p.8448) encuentras bien? ¿Has podido dormir?».

-Sí, padre; he dormido. Estoy tan bien, tan bien, que ya se me han quitado todos los males, y me siento tal y como fui en mis días de fuerte salud, enteramente conmutativo y bilateral». El pobre señor no me entendía, y siguió despachando su tercio de rosario.

 

Ep-43-XV -

A poco de pasar de Burgos, envainó mi padre su rosario suspirando ya por la llegada, y aunque sobraba tiempo, diome prisa para que recogiera nuestros bultos y paquetes. «Por Dios vivo, Tito, no se nos quede algo». La señora guapa se arregló la cabeza y toquilla dirigiéndonos una mirada que me pareció precursora de inteligencia. Sin duda le supo mal el quedarse a media miel cuando el despertar de mi padre cortó bruscamente la volcánica declaración que yo empecé a espetarle. «Hasta que pase Santa Olalla no hay prisa» nos dijo; y en su acento creí notar cierta dulzura que a mí solo dedicaba. Llegamos, y al ponerse en pie la señora para salir vi con espanto que era coja, pero de una cojera de solemnidad, pues tenía una pierna de palo, y se ayudaba de un bastón.. En ninguna de mis conquistas, tuve tan mala pata.. Hice como que no me enteraba, y extremando mi finura y prodigando las expresiones más corteses, la ayudé a bajar del coche. Los demás viajeros seguían durmiendo profundamente. El frío era intensísimo.. De mi brazo pasó la dama coja a los brazos de personas que la esperaban.. Mi padre saludó a un cura, y luego al dueño de los coches que llevaban diariamente el correo desde Bribiesca a Medina de Pomar, pasando por Oña, nuestro pueblo.. Descansamos; amaneció, y ¡al coche..! Antes de las diez estábamos en la risueña y monacal villa de Oña, donde me crié, y con las primeras travesuras realicé mis primeras infantiles conquistas.

Declaro que me rejuvenecí y me fortifiqué con sólo pisar el suelo de aquella villa guardadora de mis dulces recuerdos. El convento de benedictinos con su iglesia y claustros y frondosas huertas, que conservaban aún a mi parecer la huella de mis zapatitos agujerados a poco (p.8449) de estrenarlos, renovaron en mi espíritu las alegrías de la niñez. Con placer indecible me recreaba en las verdes orillas del río y en los embalses de cristalinas aguas que los frailes tenían para sus recreos de natación y pesca.. La menguada población me divertía menos. En el tiempo que yo faltaba de allí, aumentado había el rebaño de curas; la beatería del vecindario era ya un estado epidémico.. Para mí, pasar de Madrid a Oña era como saltar de un planeta a otro. Mi padre, que con tanto desprecio y horror hablaba de los miasmas de Madrid, no se daba cuenta del aire espeso de fanatismo que allí respirábamos. Felizmente, corta sería nuestra estancia en Oña, y cobrados unos cuartejos de la renta de dos casuchas y tierras pobres, seguiríamos hasta Durango, donde mi padre, desde su viudez, vivía con mi hermana Trigidia (nombre de una santa oñense) , bien casada y establecida.

Con mal tiempo y buen humor, metidos mi padre y yo en vehículos que variaban de lo malo a lo pésimo, emprendimos la peregrinación hacia Frías; de allí por el valle de Tobalina seguimos a Miranda de Ebro, donde nos detuvimos para pasar un día con mi hermana Pascuala. De Miranda seguimos en tren hasta Vitoria, y otra paradita, pues mi padre no pasaba por allí sin visitar a sus parientes los Pipaones y Suredas, todos redomados carcundas. La última etapa fue de Vitoria a Durango, por Ochandiano, paso de la Peña de Amboto.. Y heme aquí, lectores que bondadosos me seguís de mazo en calabazo, heme incrustado en una sociedad de sentimientos y pensares tan opuestos a los míos, que me tuve por transportado, no digamos que a otro planeta, sino al más lejano de los mundos siderales. Vivía mi hermana en casa holgona, del tipo más patriarcal. Su marido, Ignacio Zubiri, estaba ausente. Guardábase en la familia cierto misterio, que al fin descifré suponiéndole en la facción. Fruto lozano de este matrimonio eran tres chicos sonrosados y mofletudos. Trigidia se alegró mucho de verme; como mi padre, celebraba que me hubieran traído (p.8450) del infecto ambiente de Madrid a la sanidad de los valles risueños entre montañas. Halagado de la buena vida material, yo simulaba un apego mansurrón a la verde Vasconia.

La verdad, yo comprendía y admiraba las sólidas virtudes de la raza, su contumaz apego a la tradición, cualidad meritoria cuando sirve de punto de partida para el progreso, como acontece en Inglaterra; me agradaba la lealtad de los hombres, la lozanía de las mujeres; los alimentos eran muy de mi gusto: la rica ternera, el pescado que los más de los días traían de Mundaca o Elanchove, las gallinas, patos y abundancia de verduras que mi hermana recibía diariamente de sus caseríos. Las borrajas, las habas, nabitos, y cuanto constituye la nutrición castiza en el país, satisfacía mi paladar y me restauraba el estómago, tan necesitado de vida nueva. Lo que no me entraba ni con escoplo era el habla. Toda mi atención no era bastante para entenderla, y ni el oído ni la mente podían habituarse a tan archiengorrosa cháchara. Mayormente me afligía ver en el vascuence un valladar, un tremendo aislador para todo amoroso intento. Siempre que inicié la conquista de alguna garrida hembra campestre o frescachona criada, el maldito lenguaje me descomponía y me desarmaba, pues ni yo les entendía una palabra, ni ellas a mí más que si les hablara en lengua chinesca.

En aquel pueblo y en ambiente tan apropiado a un espíritu enteco, vivía mi buen padre como si estuviera en las antesalas del Paraíso. Desocupado y con sus cortas necesidades satisfechas, vegetaba y dormitaba como un bendito a la sombra del dogma, que en aquel país es como una bóveda solemne que protege y abriga las almas. En su credulidad candorosa, el pobre don Matías Liviano y Pipaón no veía nada más allá de su vivir cómodo, en lo material, y de su pensar estrecho dentro de la elemental esfera religiosa. «Así lo encontramos y así lo hemos de dejar, hijo mío», era su única réplica cuando yo me permitía deslizar en su oído alguna observación conforme a mis ideas. Viéndole tan tranquilo, tan feliz dentro (p.8451) de su redoma, me parecía crueldad impertinente contrariarle. Si le hubiera dicho que no creo en el Infierno, le habría ocasionado tal vez un catarro gástrico, tal vez un ataque a la cabeza; que su flaca salud pendía de cualquier disgusto. Si yo le hubiera dicho que el Purgatorio no es más que un establecimiento industrial y mercantil, de cuyos pingües rendimientos se nutre el cuerpo de la Iglesia, el choque de mis ideas con su inefable quietud le habría quizás provocado un torozón que le llevara al otro mundo. Y aunque él creía tener asegurada la gloria eterna, por el pronto le iba bien aquí con las borrajas, las habas, la merluza en salsa verde, los pichones y las sabrosas sardinas de Elanchove.

Por esta causa, yo no me metía en discusiones con él ni con mi hermana, ni con ninguna de las personas que a casa concurrían. Y aun le guardaba la fina consideración de acompañarle en sus frecuentes visitas a Santa María, seguidas de inmersiones larguísimas en la casa del cura, vicario o arcipreste que en aquella santa iglesia gobernaba, con otros, las almas duranguesas. Para sobrellevar tan fastidiosos plantones no tenía yo paciencia, y esperaba al santo varón paseándome en el espacioso atrio de la iglesia, donde me entretenía viendo salir y entrar chicas guapas, no por beatitas menos interesantes.

Buena parte del tiempo que allí me sobraba, invertía yo en pasearme por las anteiglesias o pueblecitos que rodean la villa. A todas las mujeres que encontraba les pedía plática, con idea de ejercitarme en el vascuence, lengua preciosa, les decía yo, que deseaba poseer..; como que mi estancia en Durango no tenía más objeto que aprender el idioma vasco. Ya poseía veinticuatro lenguas, entre ellas todas las orientales, y además el catalán y el chino. Con estas y otras sutilezas iba entrando en la confianza de ellas, y como ya sabía no pocas frasecillas éuskaras, me divertía, bromeaba, y con alguna logré asomos de intimidad, que andando días llegaron a mayores, proporcionándome sabrosos ratos a la sombra de espesos laureles o nogales.

Fuera de estos experimentos harto (p.8452) arriesgados y de compromiso, vivía yo confinado en la desabrida normalidad de la casa y sociedad de mi hermana, rezando el rosario con mi padre, oyendo la cancamurria de los ojalateros que le hacían la tertulia, o el relato de lo que ocurría en la facción lejana. Mi único recreo, las más de las tardes, era jugar a la pelota con mi sobrino mayor y otros chicarrones del pueblo, en el trinquete próximo a Barrencalle, donde vivíamos.

Por las noches, arrimados a la lumbre si hacía frío, o reunidos en la sala baja, había de aguantar el chaparrón de la ojalatería carlista, que ni poco ni mucho me importaba. Ello era como vivir en un Limbo todo tristeza nebulosa, y ya me cansaba ¡por Júpiter!, tan miserable vida. Los asistentes a la casa eran vecinos de mi hermana y amigos de su marido, algunos curas que olían a pólvora, y hombrachos aguerridos que apestaban a incienso.

Una noche vi a mis buenos ojalateros tan movidos al optimismo, que hube de prestar más atención a sus ardorosos comentarios. Según noticias mandadas con un propio por mi cuñado Zubiri desde Lecumberri, donde a la sazón estaba, el grito se daría muy pronto en la frontera de Navarra, proclamando la Monarquía cristiana y su cabeza don Carlos, alias Duque de Madrid, nieto del glorioso don Carlos María Isidro. Habían concluido, pues, las vacilaciones entre los consejeros del Rey; ya los Elíos, los Radas del orden militar, los Morales y Manterolas del civil y eclesiástico, habían superpuesto su opinión guerrera a la de los Nocedales y Canga-Argüelles que en los ocios de Madrid predicaban la paz. Ya el hijo de cien reyes, por la recta línea masculina, desenvainaba el acero, y seguido de sus leales, pasaba la raya de Francia, y con bravura y ardor repetía la frase guerrera del comunero episcopal Acuña: ¡Adelante mis clérigos!

La buena sombra, que a todas partes me acompaña, deparome un amigo, cuya compañía y grata conversación suavizaban la rigidez monótona de mi vida en aquellos días de Mayo. Era el tal un donoso cura, don José Miguel Choribiqueta, rector de la (p.8453) iglesia de San Pedro de Tavira, viejo ya el hombre y cascado, algo enfermo de los ojos, que recataba con vidrios verdes, carácter jovial, ameno y comunicativo. Asistente por rancia costumbre a la tertulia de mi hermana, se aburría como yo de las ojalaterías enojosas, y me hacía el favor de sacarme de paseo por las alegres campiñas. En cuanto le traté, vi en él a uno de esos hombres que, habiendo realizado en la plenitud de la vida lo que le imponía su conciencia, llevando a la esfera de los hechos su fe, su valor y su buen criterio, miraba con desdén a los que imitar querían en peores tiempos los mismos actos y las mismas virtudes, o lo que fuesen. Don José Miguel, héroe de la otra guerra, no podía desechar la idea de que lo pasado fue mejor, ni admitía que hubiera dos epopeyas en un mismo siglo.

«A solas con usted, señor don Tito -me decía en castellano corriente, aunque un poco turbio-, me reiré de estos majaderos, que quieren repetir.. ya, ya.. para repeticiones estamos. Aquellos eran otros tiempos, aquellos eran otros hombres.. Dígame usted, señor don Tito, qué guerra pueden hacer, ni qué lauros conquistar Fulgencio Carasa y Jerónimo García..».

-No les conozco, amigo mío, y esos nombres escucho ahora por primera vez.

-Pues no pierde usted nada con no conocerles.. Como si el mandar tropas fuera cosa de juego.. Oiga usted. Yo mandé tropas desde el 33 hasta el convenio de Vergara, que Dios confunda; yo tengo mi cuerpo lleno de agujeros, cicatrices y costurones. Yo..; no es que yo lo diga.. Ahí están los partes de la campaña, desde el gran Zumalacárregui hasta el bribón de Maroto..; en algún archivo estarán..; véanlos.. Pero no hablemos de mi humilde persona. Yo le pregunto a usted si puede esperarse algo bueno de Jiménez de Rada, que fue liberal y conspiró con Prim para traer la Revolución llamada de Septiembre.. ¿Se concibe, pregunto yo, que Valdespina pueda hacer algo? ¿Y de Calderón qué me dice? ¿En Elío tiene usted confianza?

-Yo, ninguna. No les conozco siquiera..

-Y puesto a comparar, mi señor don Tito, diré a usted en (p.8454) confianza que entre este reyezuelo y aquel otro respetable y sentado cristianísimo monarca don Carlos María Isidro hay alguna diferencia.. me parece a mí.. Y dígame ahora, hágame el favor, dígame: ¿Dónde tenemos un Zumalacárregui, un Villarreal, un Gómez, un Zariátegui, un Cabrera?.. En cambio, veamos los que han salido a la palestra.. ¿Pero no se ríe usted? Yo me descuajo de risa. Han salido armados de punta en blanco, Canaelechevarría y Solís, dos clerigachos guerniqueses, que no pueden ni con el hisopo.. Le digo a usted que esto es un paso de comedia.. También ha ido el danzante de Urraza, síndico del Ayuntamiento.. Y ahora, mi buen don Tito, no se enfade si le digo que su cuñado de usted, el marido de Trigidia, Ignacio Zubiri, que anda no sé por dónde haciendo el papelón, es un calzonazos que se asusta de ver pasar un conejo.. ¡Bonita guerra nos traerán, bonita! Yo barrunto que estos van a su negocio.. Guerra y guerra de figurón, para luego venderse al Gobierno de Madrid, y pescar grados y galones. Otra vez el infiel Maroto que vendió como carneros a los hombres de fe, a los guerreros cristianos de España.. ¡Oh, España! ¿Quién te sacará de esta miseria?.. Los leones que pelearon en aquella soberbia campaña, o se han muerto, o están como yo con una garra en la sepultura. Nuestro galardón no está aquí sino allá -añadió con solemnidad señalando al cielo con su cayada-. Dios nos acoge en su santo seno, y dice a estos malos imitadores: «Mequetrefes, no intentéis lo que es superior a vuestra flaqueza. Dejad las armas hasta que me plazca resucitar a mis hombres, y les mande a defender mi causa».

En otro paseo, oyéndole los mismos o parecidos razonamientos, le dije: «Según veo, esto será nube de verano, y todo acabará en corto tiempo, por la poca lacha de la gente nueva y el abandono del Gobierno..».

«No se duermen, no, los fantasmones de Madrid. Ya tiene usted a Serrano en campaña. Ayer estaba en Tafalla.. ¡Por mi patrón San Miguel, que no me dieran a mí más trabajo que hacer polvo a esos Serranos y a esos (p.8455) Moriones, generales de teta, que aún no han llegado a la dentición militar! Oiga usted, amigo: En uno de los encuentros que tuvimos con los cristinos al retirarnos de Peñacerrada, no copamos a Espartero porque el General Guergué, que entonces nos mandaba, no hizo caso de mí, que a cada momento le advertía sus errores tácticos. Y a pesar de ello, supe arrollar al entonces coronel don Juan Zabala, matándole mucha gente, y al maldito Zurbano le tuve cogido.. Fue cuestión de minutos, señor don Tito..; debió la vida suya y la de su tropa al socorro que le dio de improviso el General Rivero.. Pues verá usted otra: Días adelante, mandaba yo la Caballería del General don Julián Alzaa.. No tiene usted idea de las palizas que le di a Zurbano en Arechano, en Gamarra y en otros lugares de Álava.. Pues digo, también el General León me conocía.. Menudas cargas nos dimos, y si los falsos historiadores le dicen a usted que en Belascoaín quedó vencedor el Leoncito, no lo crea usted. El vencedor fue este cura». Dijo esto puesta la mano en el pecho, parándose, con lo que dio a su figura un aspecto estatuario.

-Ha sido usted un héroe, señor Choribiqueta -le dije poniendo en ojos y boca todas las formas de admiración-. He oído que también estuvo usted en Ramales y Guardamino.

-Allí estuve.. ¿Cómo no? Bien armada se la teníamos a Espartero. Pero la cobardía de Maroto nos birló la victoria.. El tal Maroto, desde los fusilamientos de Estella.. y yo fui de los que escaparon de milagro.. venía tramando su infame traición al Rey legítimo. Bien nos la jugó a todos. Yo he servido a la causa de Dios desde sus comienzos hasta que Maroto nos vendió miserablemente en el llano de Vergara. En el Infierno está pagando su culpa.. Yo he servido a las órdenes de Zumalacárregui, de Villarreal, de Cástor Andéchaga, del Conde de Negri, de Guergué y de otros guerreros abnegados y valientes; serví y luché sin ambición, despreciando ascensos, despreciando pagas, comiendo un pedazo de pan y unas habas mal cocidas después de veinte horas a caballo, o de medio día de combate; (p.8456) yo no miré jamás a ninguna ventaja temporal; no miraba más que a Dios y a su santa doctrina.. Cuando salí de mi casa para entrar en la facción, llevaba en mi cinto sesenta y cinco duros, y cuando a mi casa volví después de la traición de Vergara traía dos pesetas en plata, y otra, o poco más, en calderilla..

-¡Bien por los hombres valientes y honrados -exclamé- que sacrifican a una finalidad altísima la conveniencia personal y la propia vida!.. Y ahora, don José Miguel, me va usted a permitir que le haga una pregunta: Cuando, terminada la campaña, dejó usted la existencia militar para restituirse a la eclesiástica, ¿no sintió en su alma los efectos de transición tan violenta?.. Yo me figuro que usted no sabría ya ser cura..; vamos.. que se le habría olvidado hasta la misa, el modo de decirla.. y el rosario y las preces más usuales.

-Le diré a usted. Cuando a mi pueblo y hogar volvía, con la pena del convenio, deshecha y arrojada en el polvo la causa de Dios, venía yo pensando eso mismo que usted dice, que se me había olvidado todo el ritual.. Pues verá usted, señor don Tito: yo fui siempre especial devoto de la Purísima Concepción. La Dulcísima Señora, San Miguel Arcángel y el Señor San Pedro fueron y son mis abogados así en la guerra como en la paz. A la Reina de los Ángeles me encomendaba yo en todos mis aprietos, y con su amparo y el de los santos que nombro, salí felizmente de todos los peligros.. Como digo, venía yo mustio y desconsolado en un jamelgo que me proporcionó el cura de Placencia, y al divisar la torre de mi pueblo querido, se me ensanchó el corazón.., me entró en el alma una luz celestial, y volviendo toda mi voluntad hacia la Purísima Señora, le pedí que a la memoria de su siervo humilde volviera todo lo que pudo olvidar en los trajines de la guerra.. Fue para mí aquel momento el más solemne de mi vida, puede usted creerlo, momento en que me sentí comunicado con la Virgen Santísima y con mis celestiales patronos.. Esto no lo comprenderá usted, esto no está al alcance de las personas de fe (p.8457) poco ardorosa. Pues bien, llego, me desmonto del rocín, me quito las espuelas, y entro en la iglesia. Lo mismo fue verme bajo la bóveda obscura, que recordar de golpe lo que había olvidado. Mi memoria se vació de todo lo de la guerra, y se llenó de todo lo eclesiástico. ¡Virgen Inmaculada, qué cosas! Lo que usted oye.. A la media hora de mi llegada, me revestí y salí a decir mi misa.

 

Ep-43-XVI -

Me entretenían lo indecible las conversaciones con el amable cura, tipo singular del más violento hibridismo que puede ofrecernos la naturaleza humana. Sólo España, fecunda en ingenios, en héroes, en santos y en monstruos, nos da estos engendros de la razón y la sinrazón, de la fe mística y el orgullo marcial fundidos dentro de un alma.. Y debo añadir que el bravo veterano Choribiqueta era en su vejez un venerable padre de almas, que cumplía sus deberes escrupulosamente y ejercía la caridad con verdadera efusión cristiana.

Tanto como me agradaba la épica historia del clérigo y su franco carácter, picante mixtura de lo divino y lo humano, me entristecía la sociedad de mi casa, donde se oía tan sólo el áspero zumbido de los ojalateros, y el comentar de verídicos o fantásticos incidentes de una guerra lejana. Iban y venían emisarios, llevando masas de juventud y trayendo noticias de las gestas de Navarra. También se hablaba de política o sucesos de Madrid, afeándolos con groseras burlas. Había caído el Gobierno de Sagasta, por la porquería de dos millones que el Sagasta y un tal Romero habían sustraído de la caja del Tesoro público para llevárselos a sus propias cajas. Decíase que si los gastaron en elecciones; que en Madrid, el dinero es el mejor cebo para pescar votos; que si los gastaron en comilonas y regalos a señoras guapas, cosa en Madrid corriente por ser pueblo de continuos festejos y cuchipandas.. En las Cortes se armó tal rifirrafe por este alivio de dos millones que hicieron al Tesoro los indignos administradores del procomún, que el Gobierno se tuvo que retirar, lavándose las manos con el agua del río Manzanares, que (p.8458) es agua muy sucia.. Naturalmente, vino otro Gobierno, con el indispensable Serrano al frente, llevando de compañeros a Topete, a un señor Ulloa, a otro que llamaban Candau, a un tal Elduayen y a otro que respondía por Balaguer. Estos señores, salvo Serrano y Topete, que con Prim componían la trinidad revolucionaria, eran para la gente duranguesa muy conocidos en sus casas.

Corrió Serrano a Madrid a tomar posesión del mando político, y encargando al Topete que le hiciera la vez, como cabeza del Consejo de Ministros, se volvió al campo de la guerra.. En tanto, mi padre, mi hermana y otras personas que por su metimiento en la casa eran como de la familia, apartaban a ratos su atención del grave negocio bélico para ocuparse de mí. Queriendo resolver de golpe y porrazo el problema de mi vida y asegurarme la felicidad, decidieron casarme.. ¿Con quién? Con una zagalona, más alta que yo en media vara, llamada Facunda, hija de un pariente de mi cuñado Zubiri, y heredera de cuatro caseríos de valor, según dijeron, situados en la risueña vega que fertiliza el río Durango. La que me destinaban para compañera de mi existencia en todo lo que esta me durase, era.. Dejadme tomar resuello, que esto es muy grave.

Era una muchachona desgarbada, más sosa que las calabazas que a mi parecer crecen a la puerta del Limbo; tan cerrada en el habla vascuence, que apenas podía decir en castellano frases premiosas, trabucando los casos, descoyuntando la sintaxis como lo harían los mismos demonios. Desde que la vi, me fue atrozmente antipática, por su ceño displicente, la sequedad de su trato, y algo que en ella noté, como sombra o trasluz de un brutal fanatismo. Casándome con ella, según me manifestó mi padre en una sesuda conferencia, sería yo poseedor de cuatro caseríos, dos de ellos en Santa Polonia, lo más hermoso de la vega de Durango; otro en Malespera, y el cuarto en Leguineche. El cuidado de mis tierras y ganados acabaría de limpiar mi cabeza de los miasmas cerebrales, que me habían puesto al borde de la locura en la mil veces (p.8459) endemoniada Villa y Corte. Aunque estos proyectos y augurios me desconcertaban, fingí conformidad con la idea paterna, esperando que algún inopinado quiebro de mi destino me sacara de aquel compromiso sin oponerme derechamente a los planes del pobre viejo.

Los padres de mi novia eran admirable pareja para presentar como maniquíes vestidos al tipo éuskaro en un museo etnográfico. Con ambos hablaba yo mediante intérprete, pues sólo jirones desgarrados del idioma castellano les habían entrado en la mollera. El padre pareció mirarme con simpatía y alegrarse de tenerme por yerno: dijo que, siendo yo persona de mucha lectura y escritura, podía enseñar algo a la chica que se conservaba cerril. No le habían enseñado más que a rezar y a escribir y leer torpemente. Era un ángel, eso sí, muy buena y obediente; sabedora de todas las artes caseras, y tan excelente labradora del campo que valía por dos hombres de los más fornidos. La madre no fue, a mi parecer, tan propicia, y puso el reparo de mi corta estatura, por lo cual no haría buen ayuntamiento con la yegua que el Cielo le había deparado por hija.. También la chica, mi novia o prometida, Facunda Iturrigalde (allá van nombre y apellido) , me motejaba por chiquitín; la risa no iluminaba su rostro inexpresivo y mofletudo sino cuando se hablaba de mi corta talla, y algo decía en vascuence que hacía reír.. Era sin duda un concepto semejante al de La Niña boba, de Lope, cuando le presentan el retrato de medio cuerpo del novio que le destinaba su familia: Eso es no tener marido -siquiera para empezar.

Esto me ofendía. Pues una tarde.. Dejadme tomar otro aliento, que esto es gravísimo. Una tarde, digo, iba yo acompañando a mi novia desde Durango a Santa Polonia. Una fatalidad benigna nos dejó solos, pues los padres iban delante con el carro cargado de aprestos de fábrica, herrajes, maderas, para una obra que habían emprendido en la mejor de sus casas. Charloteaba yo con Facunda, dándole lección de lengua castellana, y obligándola, con (p.8460) insistencia de dómine, a repetir temas y conceptos de uso constante en la conversación. A propósito estiraba yo mi acción escolar para retrasarnos en el camino y ponernos a mayor distancia de los padres. Dos criados que nos seguían con un borrico, cargado también de material, pasaron delante de nosotros, y en esto, atardeciendo, atravesamos un grupo de nogales que con su sombra anticipaban la noche y convidaban al descanso. Díjome Facunda que aquellos nogales y otros que más allá se veían eran suyos. Entrome con esto un vivo afán de posesión de la tierra y de lo que no era tierra. Y pues esta y los ganados, el fruto vegetal y la carne animal habían de ser míos, bien podía tomar posesión de todo en aquel instante.

Apenas pensado el propósito mío de hacer efectivos mis derechos, acudí a la práctica, declarando a Facunda la pasión violentísima que el lugar sombrío y apacible, el sosiego del campo y la hermosura de ella levantaron al modo de tempestad en mi alma. Observé que mis palabras ardientes en castellano declamatorio, parodia de las famosas endechas de don Juan Tenorio en el sofá, la impresionaron hondamente y la movieron a estupor y curiosidad seguida de infantiles risotadas. Estimando la actitud de Facunda como un principio de consentimiento, me lancé de las palabras fogosas a los actos atrevidos.. Echele los brazos, y ello fue como si el algodón quisiera ceñir y sujetar el acero. Facunda, sin dejar de reír como una chicuela, se defendió de mí con rápida zancadilla. Caí al suelo en postura poco airosa.. Quise levantarme.. Facunda, con vivo juego de infancia campesina, me volvió a dejar tendido y sin gobierno de mis piernas, y cuando yo, vencido y maltrecho, pedía misericordia, me increpó y vilipendió con horroroso traqueteo de frases de burla en vascuence. Comprendí que jugaba conmigo, y que celebraba con algazara jocosa el triunfo de su fortaleza sobre mi debilidad miserable.. Terminó el juego desliándose de la cintura un cordel y atándomelo al tobillo sin que yo pudiera evitarlo.. Me ayudó a levantarme, y (p.8461) arreándome con su varita, me llevó por delante. No me quedaba otro recurso que aceptar el juego y seguir la broma. De la boca de Facunda salió una frase que me dolía más que la caída y los varetazos. Haciéndome el tonto, y fingiendo alegría, traduje a mi modo la frase. Creo que no era infiel esta versión: «Vean, vean el cochinito que he comprado en la feria.. A mi casa lo llevo.. Tres duros me costó.. Engordarelo para San Martín. Cochinito, arre..; arre, charrichu».

Llegué al caserío renegando de las bromas de la zángana Facunda, aspeado de la prisa con que me llevó haciendo el charrichu. Quisieron los padres que me quedase a cenar con ellos; mas yo, pretextando quehaceres en casa y órdenes de mi hermana, me volví a Durango por el mismo caminito llano, a trechos sombreado por nogales corpulentos. Si aquellos hermosos árboles no me fueron propicios, otros más arrimados al monte habían sido mis sagrados bosques citereos, y váyase lo uno por lo otro. Yo podía vanagloriarme de más de tres y más de cuatro conquistas en la soledad nemorosa.

Añado ahora, como dato interesante, que después de mi frustrado ataque a la virtud de Facunda, esta empezó a mostrarme afición, y a gustar de mi compañía y lecciones; ya no se burlaba de mi estatura mezquina, ni me daba a entender que era poco hombre para su corpulencia. Esto me envanecía; mas no cambiaba mi invencible repugnancia de hacerla mi esposa, por incompatibilidad o desproporción muscular y sanguínea. Bestias había yo conocido que no me desagradaban. Bien vengas, bestiezuela, para el amor, mas no para el matrimonio.

A los tres días de hacer yo el cochinito, supimos que en un lugar de Navarra llamado Oroquieta, había dado el General Moriones un tremendo palizón a los carlistas, echándolos a la frontera con su iluso rey, desvanecido por la adulación de sus prosélitos montaraces, y por el estímulo de las plumas y voces que en Madrid movía la turba de neocatólicos y tradicionalistas hidrófobos, explotadores de la religión como resorte de (p.8462) absolutismo. El desconsuelo y turbación que tal noticia produjo en la villa de Durango, y marcadamente para mí en nuestra tertulia o cabildo de ojalateros, ignorantes de cuanto concierne a gobierno de pueblos y al fuero de ciudadanía, no es para referido. Unos clamaban, otros gruñían.. Llegó mi cuñado Zubiri, desarmado, rabioso, sin que la vista de su hogar y de su familia le consolase del porrazo recibido en lo más delicado de su amor propio y en lo más duro de su barbarie.

Por no desentonar en el coro, yo me mostré afligidísimo, como si la derrota de Carlitos VII me quitase la breva de ser su Ministro Universal; mi padre era la imagen de la consternación paralítica y estupefacta, cual si oyera el son terrorífico de las trompetas del Juicio final. Todos se hallaban igualmente cariacontecidos, incluso el cura Choribiqueta, aunque este lo hacía por comedia, pues cuando salimos, y a discreta distancia de mi casa nos hallamos, rompimos los dos en la misma exclamación: «¡Tenía que suceder!». Sin disimular su alegría, el valiente clérigo me dijo: «¿Estaba yo en lo cierto, querido Tito? ¿Se puede esperar algo de un Carasa, de un García, de un Urraza? ¿Cabe en lo humano que nos traigan la Monarquía de Dios las cabezas más vacías que tenemos en nuestra tierra?.. Amigo, cada día me encontrará usted más aferrado a mi tema. Dios no quiere que haya dos epopeyas dentro de un siglo».

-En el otro será, don José Miguel.

-En el siglo XX resucitaremos.., lo creo como si lo estuviera viendo..; resucitaremos los soldados de la fe para traer a España el Reino de Dios.

Por la tarde fui con mi padre a visitar al amigo Choribiqueta, que a la hora de ritual nos dio chocolate con exquisitos bizcochos. Y tomando los tres el Guayaquil, repitió don José Miguel los solemnes conceptos sibilíticos que había expresado ante mí.. Entusiasmado quedó mi buen viejo, y no sentía sino que él no fuera también resucitado para ver la maravilla del siglo XX. Al volver a casa, le vi engolfado en soliloquios que eran destellos de la misma idea consoladora.. (p.8463) Llevándome a su cuarto a la hora de acostarse, tomó el tonillo más patético y dulce para decirme: «Tito, hijo mío, ya que trayéndote a esta tierra de la virtud y de la fe, te hemos curado de tus desvaríos, yo te ruego que apliques tu ingenio y dotes oratorias a ilustrar a estas buenas gentes sobre aquel punto de la venida del Reino de Dios. Tus ideas han cambiado de una punta a otra del pensamiento. Eras hereje, y herejías y locuras y pestilencias predicaste. Hoy eres creyente y acatas la ley divina. ¿Qué trabajo te cuesta regalarnos con un buen discurso que instruya y consuele? Yo me he cansado de decir a todos los amigos de acá que eres un verdadero pico de oro, que en Madrid entusiasmas, y que alguna vez te sacaron en hombres tus oyentes. Pues si tales triunfos obtenías cuando predicabas la mentira, ¿qué tendrás ahora, reformado y arrepentido, proclamando la verdad? Yo, sin esperar tu consentimiento, he dicho que mañana por la noche nos darás una conferencia en la sala de esta casa, que es bastante capaz.. No, no me vengas con repulgos, ni arrumacos de falsa modestia. No, Tito..; yo he anunciado la plática tuya, y no has de dejar mal a tu padre. Di que sí. Tienes la noche y todo el día de mañana para prepararte. A más de los amigos, que ya están en el ajo y esperan la función como pan bendito, convidaré a las personas principales del pueblo, sacerdotes, señoras.., señoritas..».

No dijo más. Lo pensé un instante, y accedí, representándome la sala, mi sermón, mi triunfo..

 

Ep-43-XVII -

A continuación verás, oh lector amable y socarrón, mi formidable discurso, precedido de un ligero introito descriptivo.. Mi hermana y mi padre se encargaron de colocar a los caballeros y señoras en ringleras de sillas puestas en tres lados de la sala, dejando la cabecera de esta para las personas de más viso, y para desahogo del orador. Yo improvisé una tribuna con tres sillas cuyos respaldos me separaban del público, ofreciéndome apoyo y resguardo. Con cuquería teatral me abstuve de aparecer ante mi auditorio hasta el momento de comenzar mi (p.8464) oración. Desde la puertecilla por donde había de entrar miré y examiné a mi público, conforme se iba instalando. Vi señores acartonados, predominando los narigudos sobre los chatos, serios todos como si estuvieran en misa; vi a la derecha, en el término más lejano, señoras gordas, señoras flacas, algunas de buena presencia y aire aristocrático dentro del tipo lugareño. En la primera fila lucía un grupo de tres damas, una de ellas muy aventajada de pechos, la cara bonita. Vestían todas de negro, con excesiva honestidad, pues apenas dejaban ver el cuello carnoso. Sobre la obscura vestimenta se destacaban escapularios y medallitas. Gente aldeana de ambos sexos ocupaba las filas menos visibles, pues los sitios delanteros eran para el señorío y los curas..

Tal era mi público, arcano cuyo seno guardaba la rechifla o el aplauso. Aunque nunca me ha faltado el valor en casos semejantes, sentía ligero escalofrío, y mis ideas se acobardaron, refugiándose en lo más hondo del cerebro.. Pero llegaba el instante en que el pundonor y el sentimiento del deber habían de arrollar al miedo y a los falsos escrúpulos con que el alma desconfía de sí misma.. Tendí mis ojos sobre el apretado concurso. El aleteo de los abanicos me infundió ánimos, no sé por qué. Tras de cada abanico, adiviné un corazón de mujer.. ¡Ah!, mujeres. ¡A ellas!, me dije, y salí. Acogido fui por un murmullo; que allí no se estilaban los aplausos. Puse las manos sobre el respaldo de las sillas, que eran mi tribuna, y con firme aliento, y plena conciencia de mi triunfo ante las damas y mujeres, solté las primeras palabras: «Señoras.., señores..».

Una pausita, y seguí: «Soy un pobre peregrino que ha venido de la región del pecado a esta comarca de la inocencia y las virtudes. Salí de aquel infierno agobiado por el peso de mis culpas; pero la voz de Dios me alentó en los primeros pasos; la voz de Dios me iluminó el alma; en el áspero camino lloré mis errores, y una vez llorados y aborrecidos, el arrepentimiento me dio nueva vida.. El ambiente puro de esta tierra completó mi (p.8465) regeneración, y el ejemplo de vuestras virtudes me da valor y alientos para dirigiros la palabra. Soy un alma que ha conocido el mal, y ahora se espacía en el bien, sintiéndose hermana de las almas buenas, y aspirando a perfeccionarse viviendo entre vosotros con familiares lazos de amor. Os entrego mi corazón, os entrego mi alma toda, para que la fundáis con las almas vuestras. Vuestro pensar es el mío. No me falta más que poseer vuestra lengua, la más antigua y la más hermosa del mundo, para poder con ella cantar en voz baja las bellezas de vuestra tierra y en voz muy alta, pero muy alta, el nombre de Dios y las glorias de su santa causa».

Circuló murmullo de aprobación. Adelante. «Dios me ha dado el singular galardón de traerme a su campo, a su solar amado y predilecto, donde prepara la redención de la mísera España, que sería, como sabéis, su nación preferida, si ella se organizase a la usanza vuestra, y desechando sus vicios y desnudándose de la costra leprosa de sus herejías, se vistiera del esplendor de vuestra fe y de la gala de vuestras resplandecientes virtudes.. Pero ¡ah!, la redención de España está lejos, queridas hermanas, queridos hermanos; y está lejos, porque la vuestra, que ha de preceder al salvamento de todo el pueblo ibero, no está cerca, no. Mucho tendréis que hacer aún, ¡oh gloriosos vascos!, para poner el problema en su verdadero estado de intenso desarrollo. Permitidme que os exponga las ideas, fruto de mis largas meditaciones en esta tierra bendita. Oíd el parecer de un férvido creyente que en largas noches, invocando el auxilio de la Divinidad, ha estudiado el presente, adquiriendo la clara visión del porvenir.. La causa de Dios triunfará en Vasconia, y en Vasconia tendrá su principal asiento, cabeza de todos los reinos católicos de nuestra España.. Habréis visto, amadas hermanas y hermanos, que la guerra encendida para restablecer el imperio de la fe se ha visto frustrada. Abrid los ojos y ved bien claro, como lo veo yo, que Dios no quiere traeros la verdad por mano y designios de reyes grandes ni chicos, ramas una (p.8466) y otra de un árbol podrido. No; no esperéis nada de los reyes, que conquistan el suelo para hacerlo suyo y llenarlo de formas de tiranía. Yo no distingo de reyes, ni disputo por legitimidades que sólo son juego de palabras. Todos los reyes son ilegítimos, todos llevan en la cimera de sus cascos estos o los otros signos; en la redondez de sus cabezas, estos o los otros sombreros».

Estupor en el público.. En él se oiría el vuelo de una mosca.. Sin perder el hilo de mi razonamiento, observaba yo las caras de mi auditorio, y en ellas vi asombro, terror.. Pero no me importaba. Tomé aliento, bebí un poco de agua, que me habían puesto en una mesilla cercana, y seguí muy sereno preparando la bomba cuyo estallido debía ganarme la voluntad de todo el concurso. Seguí: «Mi declaración os causa sorpresa, y alarma por un instante vuestras conciencias honradas. Pues si a todos los reyes, decís, debemos declararlos ilegítimos; si ninguno de ellos ha de traernos la luz celestial; si no debemos luchar por reyes ni príncipes ni fantasmones más o menos coronados y galonados, el orador quiere que instituyamos una república, y esa república será el ara santa donde se consagre la unión de todos los católicos pueblos, la paz, el bienestar, la dicha.. Sí, hermanos queridos, la república es nuestra salvación».

Inmensa ansiedad expectante en el público. Hice una pausa. Paseé mis miradas arrogantes por las caras de señoras y caballeros, y como había tomado ejemplo de Fray Gerundio para producir los grandes efectos oratorios, les dejé en el tormento de sus dudas, y cuando me pareció bien, tomado otro traguito de agua, proseguí: «¡Sí, la república..! Pero no es aquella bacante semi-desnuda y escandalosa, hija de Satán, que trastorna con su bello nombre y su infernal doctrina a los pueblos y ciudades de Castilla; no es la bestia roja, sanguinaria, ebria de vino y de mentirosas filosofías; no es esa, no. Esa república será barrida como los despojos de Carnaval que ensucian las calles el Miércoles de Ceniza; esa república tendrá sus altares en los manicomios, donde expirarán todos los que la (p.8467) profesan, y donde se extinguirán sus alientos con rugido de fieras moribundas. La república que yo preconizo y anuncio es otra, es la que lleva en sus sienes, por corona, la luz del Espíritu Santo, la que en los bordes de su clámide lleva bordadas las inscripciones Fe, Esperanza y Caridad, la que en su seno purísimo agasaja la paz, la que con sus labios imprime el beso del ardiente amor de Dios..; esa república, hermanos queridísimos, es.. la Iglesia».

El enorme efecto se produjo, y aguzando mi voz para dominar los murmullos de entusiasmo, remaché la frase: «La Iglesia católica, apostólica, romana..». «Ya veis, cómo al arrancar de vuestras opiniones la figura borrosa y descolorida de estos reyes de faramalla, os presento la imagen de Cristo, Rey de los pueblos católicos, Cristo, Rey de España.. Y siendo Vicario de Cristo, y su cabeza visible el Romano Pontífice, os digo: Durangueses, pueblo todo vasco-navarro, derribad los ídolos dinásticos, usurpadores de la autoridad, y poned en el trono vacío la excelsa soberanía del Papa.. Oídme ahora este argumento decisivo: ¿No nos gobierna el Papa en lo espiritual; no es él quien nos impone el dogma y vigila su cumplimiento? Pues si gobierna en lo espiritual, que es lo más, ¿por qué no ha de gobernar en lo temporal, que es lo menos? ¿No se os había ocurrido este razonamiento? ¿No pensabais que el gobernador espiritual debe gobernar también en el terreno de las menudencias de la vida? ¿Qué es lo espiritual?: la vida infinita. Pues englobad lo finito en lo infinito, mirad lo finito como cosa baladí al lado de lo infinito».

Entusiasmo loco. La convicción ganó todos los ánimos. Me aplaudieron. La señora gorda y guapa más visible entre las damas, me miraba no ya con admiración, sino con arrobamiento. Mi padre, sentadito en forma de ovillo no lejos de mí, tenía ya el pañuelo tan mojado de sus lágrimas que se las bebía por no poder secárselas. Adelante con mi bravo discurso: «Ya sabéis, ¿qué católico no lo sabe?, que el Santo Padre tenía en el centro de Italia sus Estados, de los cuales era (p.8468) Rey. Donación del Altísimo eran aquellos Estados, los más felices de la tierra mientras vivieron bajo el mando, bajo el dulcísimo gobierno de Su Santidad. Pero el Infierno alborota la Italia; el Infierno coloca en el trono de un pequeño reino de Italia llamado Cerdeña a un cerdo que lleva el nombre de Víctor Manuel, y este cerdo arrebata al Pontífice sus Estados, dejándole preso en su palacio. ¿Por qué ha permitido Dios tal iniquidad? Porque previene a Pío IX mejor casa y estados mejores y reino más grande.. Ya lo adivináis. Vuestros corazones se anticipan al pensamiento.. El nuevo Estado Pontificio es España, y contra España pontificia nada podrá el Infierno, ni los Víctor Manueles de los cubiles de acá y de allá prevalecerán contra la voluntad de Dios.. Pero Dios espera, Dios quiere que los pueblos que le son queridos se penetren de su voluntad, y den muestra de querer realizarla. Claro es que Dios puede hacerlo cuando guste; pero le agrada en extremo que su pueblo más querido se anticipe, y reclame el honor de declararse propiedad del Vicario de Cristo.. Ya lo sabéis, hijos de Vasconia. Si el Espíritu Santo, como creo, ha sugerido a vuestras almas la idea de la Pontificia República, no vaciléis, no durmáis, no esperéis a mañana. Id a Roma, damas y varones escogidos de Dios, y decid al Supremo Jerarca: Padre Santísimo, si Estados os quitó la iniquidad de un Rey, tomadlos mejores y más ricos en la Península católica, donde la Reina de los Ángeles tiene su más extendido y ferviente culto, en la tierra bendita, madre de los santos y fundadores más gloriosos. Por de pronto, podréis tener por vuestros los vastos dominios que se extienden desde el Roncal a Carranza, salida y puesta del sol; por Septentrión, el Cantábrico mar y cordillera pirenaica, y al Sur montañas de Burgos, curso del Ebro..».

Sonidos guturales, ayes de admiración, palmadas.. Estaban locos. La señora gorda me comía con sus ojos. En ellos y en su lozano rostro encendido por el calor y el entusiasmo fijé yo los míos, y para ella dije: (p.8469) «Pedid al Santo Padre su bendición y os la dará gozoso, y vosotros le diréis: 'Santísimo Padre, mandad al punto a vuestro nuevo territorio todos los frailes y monjas que tengáis disponibles, y que sean de diferentes órdenes, sin que ninguna falte, y con la sola invasión de esa católica hueste, dad por conquistado vuestro reino, y bien asegurado contra heresiarcas y contra la peste de nefandos políticos. Los varones religiosos, astros de virtud y profesores de fe, se difundirán por toda la Península, y ya no hace falta más. Pero mandad muchos, Santísimo Padre, los más robustos, los más enérgicos, los más sabios, y con ellos mandad cuantas vírgenes o esposas del Señor tengáis en vuestros sacros monasterios. No os arredre el número, que allí hay sustento y holgadas casas para todos, y dinero de largo para cuanto hubieren menester'».

El regocijo de mi público iba en aumento, y yo, creciéndome y agigantándome sin necesidad de tacones, llenaba el mundo, a mi parecer, con mi exaltada oratoria, y al cielo tocaba con mi gesto no menos elocuente que mi palabra. Para ofrecer a mi auditorio, en forma práctica y fácilmente accesible a los más obtusos, la idea de mi República Hispano-Pontificia, tracé el siguiente cuadro estadístico: «No terminaré, señoras y caballeros, sin daros una síntesis clarísima de los nuevos Estados de Dios, gobernados por su Vicario en la Tierra. Admitid que las órdenes religiosas difundidas por toda España y adueñadas de las conciencias, declaran constituida la divina República. Admitid esto y dadlo por hecho, y veréis el grandioso espectáculo de una nación organizada por el Espíritu Santo. Rey ni Roque no necesitamos, porque nuestro soberano es el Papa, residente en Roma, o residente en España, en la ciudad que más le conviniere. Los ministros podrán ser siete, ocho, según lo demande el interés público, y serán escogidos entre los arzobispos y los priores o abades de las Congregaciones. Desaparecerá, pues, de un soplo la nube de politicastros que cual langosta devora toda la riqueza del país. Congreso y Senado (p.8470) pasarán también al estercolero, y en su lugar tendremos un Concilio permanente, que se formará con individuos del Episcopado, Padres de la Compañía de Jesús, reverendos párrocos y sabios religiosos de distintas órdenes. Los funcionarios subalternos de los Ministros, los embajadores o nuncios serán también obispos, deanes, arciprestes, según la categoría del cargo; los gobernadores y alcaldes se reclutarán entre los párrocos de más autoridad y circunstancias, y en cuanto a lo que hoy se llama Tribunales de Justicia, os diré que a la Iglesia le sobra personal para constituir, con los sabios agustinos, dominicos y jerónimos, cabildos jurídicos que vean y sentencien con recto juicio todas las causas civiles, criminales y eclesiásticas.. Ya veo en vuestros rostros que mentalmente formuláis una pregunta: ¿Y Ejército? Os diré con la rudeza que pongo en mis opiniones, que el actual elemento armado será reconstituido después de una escrupulosa purificación, para lo cual se formará un elevado Consejo presidido por un obispo. Serán vocales de ese magno Consejo personas de acreditado conocimiento y experiencia en lo militar y en lo religioso, que de sobra tenemos, bien lo sabéis, varones doctos, guerreros y píos, que sepan desempeñar función tan delicada».

Vehemente aprobación, y voces afirmativas.. que sí, que sí.. Y yo me encaminé sereno y majestático 3 al coronamiento de mi aparato lógico: «Sólo me falta deciros que para la realización de este divino ideal, de lo que llamaríamos Política de Dios y Gobierno de Cristo, hemos de establecer la estricta unidad de sentimientos religiosos, hemos de conseguir que en toda la Nación no exista una sola alma que discrepe del sacrosanto dogma. ¿Qué necesitamos para este fin indispensable? Pues necesitamos un órgano, un instrumento de limpieza, un salutífero purificador de las conciencias. ¿Y cuál es este órgano, este instrumento en que se combinan lo divino y lo humano? En la mente de todos los que me escuchan, en sus labios, diré con más propiedad, está la respuesta. El órgano (p.8471) purificante y unificante es la dulce Inquisición.. Sí, la llamo dulce porque sus efectos nos llevarán a un dulcísimo estado de beatitud, porque los rigores que a veces empleara contra la herejía son cosa blanda en parangón de la paz y dulcedumbre que ha de dar a la Nación, porque si emplea el fuego para ahuyentar a los demonios, nos trae frescura y aire delicioso con el batir de alas del sinnúmero de ángeles que el cielo nos enviará para consuelo y alegría de las almas españolas».

Delirio, palmoteo frenético, berridos de aldeanos, lloriqueo de señoras.. Y yo tenza que tenza como el célebre mentiroso Manolito Gázquez, bailando en el aire, quiero decir que alentado por los aplausos, disponíame a terminar del modo más airoso. Con rápida visión retórica, comprendí que el final debía ser en extremo patético y dulzón. Allá va: «Ya he cansado bastante a este noble auditorio; ya debe este humilde orador católico volver a la obscuridad de que nunca debió salir, de que salió por vuestra benevolencia y caridad, digo caridad porque tal me parece el hecho de que os hayáis dignado oírme. Os debo gratitud eterna por vuestra benevolencia, y a ella correspondo diciéndoos que ese galardón de vuestras almas generosas es el más preciado que pude soñar. No veáis en mi pobre discurso primores de inteligencia, ni recursos de erudición, ni ornato de filigranas retóricas; no veáis más que ardor de fe, y sinceridad de creyente postrado ante los altares de Dios. Lo que habéis oído es fruto, más que del estudio, de la oración, de embebecer el alma en la contemplación de la Divinidad y dormir en el éxtasis como el niño inocente en el blando regazo maternal. En mí no veáis ciencia; en mí no veáis la vana sabiduría que adquiere en los libros, obra comúnmente de la superchería o del orgullo; en mí no veáis más que amor, que es la fuente de todo bien, manantial que nace en la grada más alta del Trono del Altísimo y viene murmurando suaves promesas hasta nuestras almas sedientas. El amor de Dios que me abrasa con llama inextinguible, me ha enseñado el amor de las (p.8472) criaturas. Mi enseñanza es amor, y entiendo que el sublime plan de República Hispano-Pontificia sólo por el amor puede traerse a la realidad. Y en verdad os digo que sin amor no saldréis de la esclavitud en que vivís.. Amaos los unos a los otros. Amad a vuestros enemigos, amad a vuestros amigos. Os lo dice y os lo encomienda con efusión ardiente el que, subiendo desde el error a las cimas de la verdad, aprendió esta suprema ley; el que vivió en el pecado y se regeneró en la virtud; el que fue ciego y hoy iluminado por el fuego de la fe, es todo sentimiento, todo piedad, todo amor.. He dicho».

El esfuerzo para terminar con brío, el espasmo oratorio me dejaron sin aliento. Me vi en brazos de mi padre que al estrujarme en ellos me privó de la respiración: el raudal de sus lágrimas me anegaba el rostro. Mi hermana lloraba también, abrazándome y dándome besos, mientras el bárbaro de su marido gritaba: «Lo que saber chico, pico de oro tener hablando». El público en masa avanzó impetuoso hacia mí para felicitarme con palabras cariñosas y exclamaciones de entusiasmo. La señora gorda y bonita fue de las primeras que a mí llegaron, trayendo consigo dos damas flacas un tanto narigudas, de cuyos labios oí plácemes afectuosos en una jerga mixta de castellano y vascuence. En la señora simpática pude advertir una subida coloración del rostro, del exceso de entusiasmo, y un trémolo de la voz que me indicaba su modestia, como si se creyera indigna de hablar conmigo. Apretándome las manos entre las suyas calentitas, me dijo: «¡Qué sublime orador! ¡Qué gloria oírle!.. Aquí no se ha conocido quien a usted iguale ni quien como usted posea el arte de conmover». A su correcto castellano contesté con vehementes gratitudes, y ella, hecha un merengue, hablome de este modo: «Sería cosa de pedir a usted que le oyéramos todos los días. Yo he comprendido todo, tan bien lo decía usted y con tanta claridad lo exponía. Todo lo he comprendido. Sólo me han quedado dudas en un punto. ¿En la nueva República, los militares vestirán el uniforme (p.8473) que hoy usan, o un traje como los caballeros de Calatrava y Santiago, con birrete y manto blanco?».

-Sobre ese punto y otros que no he podido explanar en esta oración sintética -le respondí muy fino-, daré a usted explicaciones latas cuando tenga yo el honor de visitar a usted para ofrecerle mis respetos.

-¡Oh!, cuando usted quiera.

-Molestaré quizás..

-¿Molestia? Ninguna. Vivo sola con dos muchachas. Mi esposo está en Cuba, empleado en la Aduana.. Salgo poco de casa. De ocho a nueve todos los días voy a misa a Santa María, y por la tarde al rosario.. Tendré mucho gusto..

Despidiéndola cortésmente para dar paso a otras y otros que acudían a mí, dije para mi sayo: «Conquista tenemos». Largo rato duró el sofocante jubileo de plácemes y apretujones. Las pobres aldeanas expresaban con sencillez candorosa el deleite de haberme oído, y salían clamando: «¡Viva Dios y viva el Santo Papa nuestro Rey!». Harto expresivos fueron los padres de mi novia y mi novia misma. En los ojos de esta conocí que había llorado. Apretome el brazo hasta el dolor, muda y bestial expresión de sentimientos que parecían instintos. El padre me dijo que sabía yo por doce obispos, y la madre me soltó este requiebro: «Tanto como chico, grande ser tú, hijo mío, de saber y sermón bonito».

La felicitación y el abrazo de mi amigo el cura Choribiqueta fueron también muy expresivos, si bien con un poquito de reserva, que no pudo disimular. Le invité a no escatimar conmigo su confianza, y a mis razones contestó estas, que oí con el respeto debido a su grande autoridad: «Muy bien, querido Tito, soberbio. Ha estado usted imponderable en la dicción, sublime en la idea y plan del Gobierno de Cristo, por su Vicario el Papa. Es usted un orador que se deja en mantillas a los Manterolas de aquí y Castelares de allá. Conforme en todo, menos en una cosa; y pues usted me pide franqueza, allá va mi parecer sincero. Todo me ha parecido bien, menos la idea de meternos aquí todos los frailes de la Cristiandad. ¿Para qué queremos aquí tal aluvión y (p.8474) acarreo de regulares? Nosotros los seculares nos bastamos y nos sobramos para todo lo que haya que hacer. Sobre que son en su mayoría un hatajo de gandules que vienen aquí con hambre atrasada, y en poco tiempo consumirían todas las subsistencias de la Nación, querrían mangonear ellos solos y nos reducirían a una servidumbre vergonzosa. En la clerecía de aquí hay bastante personal para desempeñar cuantas funciones civiles, judiciales y aun militares se nos encomienden. De mí sé decir, sin jactancia, que me creo tan apto como el primero para ser, al par que un párroco modelo, un ejemplar alcalde. Sí, Tito, sí; yo gobernaría esta villa mejor que nadie. Bien apañado estaría el pueblo, y bien derechos andarían todos mis administrados, que al propio tiempo serían mis feligreses. ¡Ayuntamiento y parroquia en una pieza! ¡Qué gusto! Pues aún me sobraría tiempo para otro cargo, por ejemplo: maestro de escuela.. A los chicos los despacharía yo en dos palotadas.. Conque ya sabe usted lo que piensa un hombre que siempre dice la verdad. Recorte usted eso de la traída de frailes y monjas, y en lo demás conformes, y grandemente entusiasmado de su talento, de su oratoria, de su arranque.. ¡Viva Dios Uno y Trino, y la Purísima Concepción, Madre del Verbo, inspiradora de toda elocuencia!».

De los demás curas recibí enhorabuenas, no todas ardorosas, algunas bastante frías como de quien no ve con buenos ojos al que descuella demasiado pronto, y gana con un solo acto la voluntad colectiva.. Avancé en la sala para saludar a los que humildemente iban saliendo sin atreverse a dirigir la palabra al gran orador. A muchos di mis gratitudes, y en uno de los grupos rezagados que requerían con apreturas la puerta de salida distinguí una cara de mujer que me dejó paralizado de estupor. O yo veía visiones, o la que vi era Mariclío en apariencia equívoca, medio señora, medio aldeana. Con trabajo y abriéndome paso como pude llegué hasta ella. Me miraba y reía. Cuando a su lado estuve, acercó su boca a mi oído para decirme con susurro: «Eres el (p.8475) granuja de más chispa que he visto en el mundo. He pasado un rato delicioso oyéndote desatinar con tanta gracia y picardía. ¡Y esta pobre gente tan consentida!.. Te han tomado por el Espíritu Santo».

Interrogada por la razón de su presencia en la villa de Durango, me dijo así: «Aquí he venido creyendo encontrar algo de provecho. Me parece que nada bueno podré llevarme, como no sea tu discurso, que quizás, bajo la forma de jácara o entremés de burlas, entraña no pocas verdades para el día de mañana.. Pero no hablemos más aquí. Vivo en una posada o parador, a la entrada del pueblo viniendo de Bilbao. Vete a verme cuando puedas. Estaré algunos días hasta ver en qué para esta nueva humorada facciosa.. En la posada, pregunta por doña Mariana, o la Madre Mariana, que con tales nombres vengo, y por ellos soy conocida. Adiós, Tito salado».

 

Ep-43-XVIII -

Maravillado me dejó la presencia de Mariclío, pues aunque bien conocía yo sus naturales tendencias a la ubicuidad, no esperaba verla en aquel lugar de Vasconia, donde nada ocurría digno de los borceguíes ni aun de las sandalias de mi ilustre amiga. Hice propósito de visitarla en su posada, en cuanto tuviera un rato disponible. Viéndola escurrirse entre el gentío saliente, acompañada de otra mujer que acaso sería su posadera, pensé que mi discurso debió de causarle gran regocijo, y de ello me alabé, pues yo también de dientes adentro me reía de mí mismo, y celebraba el gracejo y socarronería con que supe tomar el pelo a los inocentes y fanáticos durangueses. Ni en aquella tarde ni en todo el día siguiente pude ver a Mariclío, porque en mi casa menudeaban las visitas. Tras de las visitas venían las invitaciones a comer, y hasta de las monjas de Santa Susana y Santa Clara llegaron recaditos tiernos, con la coletilla de que me verían con gusto en el locutorio.

Heme aquí de visiteo todo el santo día, sin olvidar a las monjitas, y menos a mi predilecta, la que di en llamar señora gorda, y ahora designo por su verdadero nombre, doña Josefa Izco de Larrea. Ya comprenderá (p.8476) el ladino lector que, encontrándola sola en mi primera visita, juzgué oportuno aprovechar la buena coyuntura para colocar, entre los tópicos vacíos de un vago parloteo, una pérfida declaración de amor. Díjele que por las singulares circunstancias de mi vida y por la exaltación a que había llegado, mi espíritu necesitaba un amor puro, un amor místico, y que en ella veía el único ser capaz, por su exquisita idealidad, de acoger aquel amor.. enteramente angélico, sin el menor atisbo ni vislumbre de melindre sensual. Poniéndose colorada y haciendo con su boca linda unos repliegues muy monos, contestó que siendo el amor rematadamente puro, en toda la extensión de la palabra, afecto espiritual, sutilísimo y sonrosado, no tendría inconveniente en.. Al siguiente día, después de acompañarla a misa, le conté, como yo sabía hacerlo, la vida de Santa Cecilia y San Valeriano, que fueron novios y tuvieron el gusto de ser martirizados antes de casarse. Oíame Josefa Izco con arrobamiento, y encomiaba la castidad como la virtud preeminente para ganar el cielo. Yo decía para mi sayo: «Déjate estar. Ya hablaremos de eso dentro de ocho o diez días».

La primera vez que pude hacer un hueco en mis preocupaciones para visitar a Mariclío, tuve la desdicha de no encontrarla en su casa. Díjome la posadera que había ido a Elorrio, y que ignoraba cuándo volvería. ¿Qué pasa en Elorrio? A mi pregunta me contesta la buena mujer: «No sé, señor. Sólo sé que allí está el General Serrano, alojado en la casa de los señores de Urquizu.. Dos hermanos muy principales. El uno fue a la facción, el otro está con Serrano. Andan sobre esto muchos decires.. Parece que allá van los señores de la Diputación de Vizcaya, o que Serrano y Urquizu irán a ponerse so el árbol de Guernica para tratar paces duraderas con don Carlos. No sé si doña Mariana es amiga del Serrano; pero allí está, viendo lo que guisan. Es señora muy leída, que todo lo quiere saber, y no hay olla en que no meta sus narices..».

En tanto que esto ocurría, el éxito y fama de mi discurso, Proclamación de la (p.8477) República Hispano-Pontificia, repercutían lejos o cerca de mí con diferentes efectos. Por una parte, mi padre recibía de Madrid la noticia de que la conferencia, reproducida por la prensa neocatólica, había levantado polvareda de alegría y entusiasmo. Gabino Tejado, Carulla, Carbonero y Sol y otras encumbradas figuras del ultramontanismo, me ponían sobre su cabeza. Se decía en Madrid que en la Curia Romana era ya conocido el discurso, y que el propio Pontífice, oído el dictamen de la Propaganda Fidæ, lo consideró como documento digno de ser comunicado a todo el mundo católico. Esto me aseguró mi buen padre, babeándose de emoción; mas como no me mostrara las epístolas en que tan lisonjeras cosas se le comunicaban, pensé que algún ángel se lo había contado en sueños.

Por otra parte, llegaron a mí referencias totalmente desfavorables a mi persona y discurso. Mi amiga mística Josefa Izco, cuando ya sus tiernas afecciones iban derivando por suave pendiente hacia la impureza, me informó con íntimo secreteo, de que dos curánganos aviesos, el uno coadjutor en Santa María, capellán el otro de las Claras, tramaban atroz conjura contra mí. Andaban diciendo que informados de mi persona y antecedentes por sujetos llegados de Madrid, sabían que yo era un pícaro redomado, un zascandil de la literatura y el periodismo, federal de abolengo, masón y revolucionario callejero, y que mi famosa perorata fue una burla infame de la honrada inocencia de los durangueses. Creía Pepita Izco que los tales clérigos procedían así movidos de la envidia y del reconcomio de su barbarie, y que yo sufría la injusta persecución que siempre recae sobre el verdadero mérito. Pero me prevenía contra la maldad de mis enemigos, que ya se preparaban para vilipendiarme públicamente. El uno se proponía desenmascararme desde el púlpito, contando mi vida de disipación y escándalo, y mis propagandas demagógicas y ateas. El otro andaba ya en tratos con una pandilla de mozos de brío, que me obsequiarían con una somanta, toreándome por las (p.8478) calles y arrojándome del pueblo.

Ambas versiones archivé en mi mente para resolver, a su debido tiempo, el partido que debía tomar. Pepa Izco no me engañaba; los optimismos de mi padre me inspiraban confianza poca, y no era santo de mi devoción el ángel que le traía los cuentos de Roma. Prevenido para lo que pudiera ocurrir, volví a la morada de Mariclío, que por dicha mía llegó de Elorrio horas antes de pasar por Durango el Duque de la Torre, con su séquito militar y civil en dirección a Zornoza. Di cuenta a la Madre Mariana de mis inquietudes, y me dijo que según sus noticias no tendría yo más remedio que salir por pies, antes que se descubriera la superchería picaresca del sermón con que embobé a los durangueses. Había sido yo un diablo metido a predicador y profeta, y aunque lo hice con donaire sutilísimo, tendría que pagar con el pellejo mi descocado atrevimiento.. A estas severas razones añadió después otras más blandas que me infundieron cierta tranquilidad: «Hazte el desentendido de esos rumores contra ti, y esta tarde y mañana irás con tu padre a Santa María, y con Choribiqueta darás tu acostumbrado paseo. Yo me encargo de sacarte de esta rinconada en que te has metido. ¿Cómo? Por de pronto antes de media noche recibirá tu padre un telegrama del encargado de la Nunciatura en Madrid, diciéndole que el Papa desea y pide que vayas sin pérdida de tiempo a Roma..

-¡Yo..; a Roma yo!

-No te alborotes, hijo. Tú has hecho la historia jocosa, la profecía burlesca. ¿Qué otra cosa es tu República Hispano-Pontificia más que un divertido sainete? Pues yo, en estos días de horroroso tedio, endulzo mis amarguras dándome un paseíto por el campo de la Historia burlesca, de la Historia chismográfica, de la Historia juguete.. De varios modos nombro estos vagos esparcimientos de mi triste vida. ¿No lo entiendes, tontín? Pues vete a tu casa, y espera los acontecimientos. Aunque estos sean acontecimientos de puro recreo infantil para pasar el rato, no quedarás mal servido, querido Tito, predilecto de las (p.8479) Musas bufonescas.. Yo me iré esta noche en persecución de mi Duque de la Torre. Deseo saber si hace algo que me obligue a cambiar estas rústicas alpargatas por el alto y dorado coturno. Luego volveré aquí, donde espero verte, y me contarás si te han dado la solfa y carrera en pelo que te corresponde por haberte metido a intérprete del Espíritu Santo.

Obediente a su mandato, me retiré pian pianino a mi casa y esperé tranquilo los pícaros acontecimientos. A la hora de la siesta, llegó el telegrama en que el secretario de Estado de Pío IX.., no reírse.., comunicaba.., no sé cómo decirlo para que mis lectores no me tengan por loco.. En fin, que piensen lo que quieran.. Los visajes que hacía mi padre al fijar sus ojos en el telegrama, la cara que puso leyéndomelo, después de haberse enterado él detenidamente, no caen dentro del dominio de la literatura descriptiva.. Yo, al menos, no encuentro palabras para expresar el trémulo acento, la.., la.. transfiguración, el éxtasis final de mi buen viejo en tan sublime instante. Y para complemento de la función, llegó una hora más tarde el rector de Santa María con otro telegrama notificándole que la Propaganda Fidæ quería que yo explanase mi tesis ante ella..; vamos, que Roma me llamaba, Roma me reclamaba, no sé si para ponerme en un altar, o para quemarme vivo.

Corrí a llevar la noticia a Pepita Izco, que no se resolvió a creerlo, y aun indicó la idea de que en ello andaban los demonios. De vuelta a mi casa, recibí el tercer telegrama. Era del encargado de los negocios puramente eclesiásticos de la Nunciatura, diciéndome que a mi disposición tenía los fondos necesarios para mi viaje.. ¿Creéis que era broma?..; y añadía que no perdiese el tiempo, pues el 25 salía vapor de Marsella para Civitta-Vecchia, y si me descuidaba no tendría vapor hasta el 31.. Aquella noche nadie durmió en casa. Todos parecían locos. Zubiri, mi padre, mi hermana, se reunían en consejo de familia, y se separaban sin decidir cosa alguna. Trigidia, un tanto recelosa de la procedencia de los telegramas, inclinábase a suponerlos, (p.8480) como Pepita Izco, invención del mismo Infierno.

Lo primero que me dijo mi buen padre a la mañana siguiente, cuando tomaba su chocolate, fue que antes de partir para la capital del Orbe Católico, debía dejar concertadas solemnemente mis nupcias con Facunda, dando cuenta de ello al Sumo Pontífice en la primera entrevista que con él celebrara, para que nos concediese su santa bendición, regalo de boda el más preciado que la chica de Iturrigalde podía ambicionar. Con todo me mostré conforme. Trató luego de la necesaria provisión de dinero, y haciendo un gran esfuerzo y torciendo la boca como si algo le doliera, sacó un envoltorio de papel con cuatro monedas de cinco duros, que me enseñó diciéndome: «Esto para el viaje a Madrid, que harás en primera, para que en primera te vea el Nuncio, Pro-nuncio, o lo que sea, si baja a la estación a recibirte.. Ya sabes que tienes viaje pagado desde Madrid a la capital del Orbe Católico. Te recomiendo, hijo del alma, que no te detengas en la Villa y Corte más que el tiempo preciso para visitar al señor Pro-nuncio. Huye de los amigos malos y de toda la pestilencia de aquel pueblo corrupto».

Por la noche me dio las monedas de oro con tanta solemnidad como si pusiera en mis manos hostias consagradas. Y al siguiente día me asaltaron los padres de Facunda con arrumacos y zalamerías, amenazándome con su enojo si volvía de Roma sin traer para su hija el espléndido regalo de la bendición papal. En tanto la mozarrona corpulenta me perseguía, como camella desmandada, por las calles y callejas del pueblo, llamándome a su lado, pidiéndome conversación de amores cual si me necesitara para inmediatas expansiones afectivas. También me acosaba mi padre, dándome prisa para emprender mi viaje; no se me escapara el vapor de Civitta-Vecchia.

Estaba yo en ascuas, pues Pepita Izco me dio noticias alarmantes de los dos clerizontes que trataban de lanzar contra mí la brutal plebe, armada de estacas. Indicios de esta ignominia observé al pasar por algunas calles. Frente a la botica de Anabitarte vi (p.8481) un grupo que a mi paso profirió voces chanceras acompañadas de siseos y carcajadas, y de la lonja de Basterrechea salieron chiquillos desvergonzados que me arrojaron hojas de berza y algunas peladillas.. En previsión de un escandaloso conflicto, mi primer cuidado fue correr en busca de mi protectora la Madre Mariana, y tuve la suerte de verla entrar en su posada a poco de estar yo allí. Sabedora ya de mis afanes, y tomándolos a broma, me dijo sonriente: «¿Qué le pasa al ingenioso Tito?.. ¿Quieres quedarte en esta feliz Arcadia?».

-No, Madre. Por todo el oro del mundo no estaría un día más en la metrópoli de mi República Pontificia. Se la entrego al Papa y a sus negros lugartenientes.. El problema es salir de aquí sin la cabeza rota. Ampáreme usted, y si como parece abandona estos lugares beatíficos, lléveme en su compañía y séquito, en calidad de secretario, maletero, paje o como le plazca.

Sin otra forma de expresión que una sonrisa tranquilizadora, cogiome de la mano y me llevó a su habitación, que era baja, obscura. Al entrar en ella, encandilado por la luz solar, no pude distinguir si los informes bultos que allí se parecían eran muebles, baúles o personas. Doña Mariana me arrojó, con empujón leve, en un asiento que no supe si era sillón o sofá. Inciertas blanduras de muelles rotos y de pelotes gastados me lastimaban las carnes. La señora me habló de viajar en coche y en trenes, y cuando de mí se alejaba la reconocía tan sólo por la voz, pues su figura se perdía en las tinieblas de aquel antro. Me consolaba la idea de que doña Mariana me llevaría consigo, y mi única contrariedad era el tener que partir sin ropa, pues ni a tiros volvería yo a casa de mi hermana para recoger mi equipaje..

Pensando en esto, mis oídos, más que mis ojos, se sintieron como sumergidos en una atmósfera de somnolencia, jugando con la ilusión y la realidad. En el charloteo murmurante de doña Mariana con personas no vistas, se destacó un acento que me sonaba como la propia voz de Graziella, mi hechicera y amiga en las noches febriles (p.8482) de la gruta de marras. El dejo italiano de la invisible parlante y su gracia voluble delataban a la ninfa; mas yo nada veía; la luz era escasa, temblorosa. Creyérase que la producían llamas moribundas de candiles colocados en el suelo de la estancia. Esta era de tal configuración, que desde mi asiento yo no distinguía su término.

De improviso, vi a la Madre Mariana junto a mí, no puedo decir si sentada o en pie. Su voz sonaba quejumbrosa, diciéndome lo que, por ser de ella, intento copiar ad pedem litteræ..

«Me vuelvo a los Madriles, porque ya he visto lo que dan de sí los últimos acontecimientos de Navarra, y el fracasado intento de guerra civil. Bien poca cosa es lo que puedo aprovechar de esta ráfaga histórica, que pudo ser incendio, y no es más que fogata o llamarada efímera. En un palacio de Amorevieta (Dos Amores) , he dejado a Serrano, que ayer trataba de paces con los diputados de este Señorío. Con él hablé, y sus pensamientos y los míos han coincidido en la necesidad nacional de poner cerrojos, candados y barrotes al templo de Jano.. En los medios para lograr tal ventura no estamos acordes. Serrano, ya lo sabes, es un león en los campos de batalla; pero en los descansos de la guerra, toda la hiel se le endulza, y en su inocente optimismo cree que con tratos y avenencias amistosas puede desarmar a sus encolerizados enemigos. Yo le dije que sólo con la guerra cruda y eficaz se puede obtener el beneficio de paces duraderas. No le convencí, y allí estuvo parlamentando con los primates vizcaínos, y entre unos y otros dejaron escritas unas que llaman bases, y que son montoncitos de arena movediza sobre los cuales nunca podremos asentar un sólido edificio».

Yo quise decir algo; pero las ideas que de mi cerebro bajaron a mis labios helados, murieron en ellos sin producir el más leve sonido. Doña Mariana prosiguió así:

«Estaba el Duque en lo cierto diciendo a los carlistas, por conducto de Urquizu, que en guerra formal jamás vencerían. ¿A qué sostener una campaña, que no tendría más consecuencias que (p.8483) convertir el risueño País Vasco en campo de ruinas y desolación? Algunos cabecillas, como Iriarte y Valdespina, no se daban a partido; otros firmaron en Mondragón un acta en que autorizaban a Urquizu para tratar de paces con Serrano». De la boca de la Madre Mariana salieron con limpia dicción nombres de esos que se resisten a permanecer en la memoria del oyente: Garibi, Cengotita, Arguinzonis.. Entendí que los dos primeros eran apellidos de cabecillas, el otro de un diputado del Señorío de Vizcaya.. Luego pronunció otros nombres, que yo con atención muy afilada intenté clavar en mi memoria. Pero entraban en ella y al instante salían a perderse en el ambiente ahumado y tenebroso de aquella estancia de aplastado techo y largura de túnel.

Turbado yo y soñoliento, pude formular en mi magín este razonable juicio: «El suceso que la puntual Mariclío trata de referirme es de aquellos que se desvanecen en la Historia, y a los treinta o más años de acaecidos, no hay memoria que los retenga, ni curiosidad que en ellos quiera cebarse. El humo y la penumbra borran todo hecho que no tuvo eficacia, y de él sólo queda un epígrafe, la etiqueta de un frasco vacío». Yo vi el letrero: Convenio de Amorevieta, y ante él la Madre Mariana y su humilde interlocutor bostezábamos.

Pronunció luego la señora nombres vascos, que al salir de la clásica boca cruzaban el aire con ruidillo comparable al del diamante que raya el cristal.. Arguinzonis, Urquizu, Urúe. Eran estos los individuos con quienes Serrano hizo tratos para dar la paz a la noble Vizcaya. ¿Qué convinieron? Indulto general a todos los insurrectos carlistas que se presentaran con armas, dándoles todo género de garantías para su seguridad.. Los que vinieran de Francia podían quedarse en sus hogares sin ser molestados.. Los generales, jefes y oficiales procedentes del Ejército, que se hubiesen alzado en armas por la causa carlista, podrían ingresar en el Ejército con los mismos empleos que tuvieron antes de su deserción. La Diputación de Vizcaya se reuniría con arreglo a fuero, a la sombra (p.8484) venerable del Guernicaco arbola, para determinar la forma y manera del pago de los gastos de la guerra.. La cuestión foral se trató vagamente en una carta del Duque, ofreciendo que todo se arreglaría de común acuerdo, mirando a la paz duradera..

¿Qué resultó de esto? Nada. Vinieron días de una paz artificiosa. Fue remisión de la fiebre carlista, cuyo germen permanecía latente en la sangre vasco-navarra, prolongando el descanso para resurgir con más fuerza. El tiempo no quiso hacer nido entre los papeles del Trato de Amorevieta, y la guerra dormida, o tan sólo amodorrada, despertó y se puso en pie en los comienzos del año que venía.. De esto nada puedo decir, y sigo mi cuento refiriendo sensaciones personales que no carecen de miga histórica.

Cuando menos lo pensaba, sirviéronnos comida frugal. Yo vi a la Madre Mariana sentada frente a mí, con la separación de una mesilla en que aparecían diferentes platos y viandas del género pobre y barato. Servían mujeres, de las que yo no veía más que las manos y antebrazos. Eran dos, pues yo distinguía tres manos, a veces cuatro; pero de esta cifra no pasaban. Sus voces sonaron como un murmullo, vago silabeo mezclado de inflexiones de jácara. «Que me maten, pensaba yo, si esta voz y estas manos no son las de la ninfa hechicera». Confirmaron tal sospecha el olor y el gusto del vinillo blanco, en quien reconocí la poción somnífera que me dieron en la gruta señalada en mis recuerdos con la sencilla marca del número 16.. Me dormí, mas no tan profundamente que dejara de advertir la partida, el arrastrar de baúles, la cháchara de las viajeras, que en vilo me llevaron a un coche, y en él me acomodaron como un bulto más. Rodó el vehículo con estruendo..; rodó con él el tiempo descuidado, sin señalar las horas; rodó la noche vaga, en cuyo seno las horas se dormían también olvidadas de sus minutos.. y uno de estos despertó de súbito y me dijo: «Excelso Tito, estás en Vitoria».

 

Ep-43-XIX -

Y yo dije al minuto: «Tu hora ¿cuál es?». Y no el minuto sino doña Mariana me contestó: «Déjate llevar, (p.8485) bobito. Del coche pasamos al tren». Me miré, me consideré, me vi como un niño chiquitín, que no podía valerse. Sentí hambre. Pensé que me alimentarían con biberón. Manos blandas me cogieron arropándome. Mis manecitas tocaron un abultado seno, y balbuciendo dije: «¿Verdad que eres Graziella?..». Y una mano menos blanda me azotó en los cuartos traseros, y oí dulces palabras: «A callar, a dormir.. ro..». Por el traqueteo rítmico que venía de abajo, conocí que no íbamos en coche, sino en el tren. Yo dormitaba, y mi vago soñar, reproduciendo cosas pretéritas, era cortado a trechos por el canticio melancólico que marcaba las estaciones y los puntos de parada. Los sueños que elaboraba mi cerebro eran pasajes de intensa zozobra, con opresión cardiaca y temor de inminente peligro. Mi primera zozobra fue si alcanzaría o no el vapor para Civitta Vecchia.. Que no lo alcanzaba; que salía momentos antes de llegar yo.. Allá va el vapor sin mí; allá va.. Y en esto sonaba el triste canto: ¡Pancorbo, un minuto!

Pensé yo que un minuto no me daba tiempo para embarcarme en otro vapor.. El traca traca del tren siguió arrullándome, y en mi cerebro aparecía nueva inquietud opresora. En mi discurso de Durango, se me había olvidado una parte importantísima. A muchos de mis oyentes repugnaba la palabra República, aun retocada y ennoblecida con los perifollos de Católica y Pontificia. «No, queridas hermanas; no, hermanos del alma, no os alborotéis por la fealdad de una palabra, similar de todo escándalo y del delirio de la sanguinaria plebe.. Callad, escuchadme: os sobra razón, y en armonía con vuestros sentimientos doy a los gloriosos Estados el nombre de Imperio de Cristo, Imperio Hispano-Pontificio.. ¿Os satisface? ¡Viva nuestro Emperador y Rey Pío I, quiero decir Nono, que el número no hace al caso!». En esto la divina voz melancólica clamaba en el silencio frío de la noche: ¡Quintanapalla, un minuto!

El espantoso ruido del tren pataleando sobre las placas giratorias al entrar en una estación grande, me hizo saltar en el regazo de la (p.8486) incógnita hembra que me agasajaba. Pregunté dónde estábamos, y oí que habíamos llegado a Burgos. No me tranquilicé con la idea y el honor de estar en la ilustre Caput Castellæ, y seguí con mis ansias y zozobras al compás del fogoso vehículo que me llevaba traqueteando a lo largo de las Españas. Vi que contra mí venían los bárbaros jayanes hostigados por dos curas impíos y soeces, deshonra de su clase. La bestial plebe me apaleó; arrastrado fui por el suelo y lanzado a un campo de ortigas 4.. Recogíame con dulce piedad Pepita Izco; me lavaba las heridas, me bizmaba con delicadas manos; con el bálsamo de sus caricias me restauraba el cuerpo y el alma, y llevándome a su casa en brazos de las fornidas doncellas que la servían, en su propio lecho blando y anchuroso me acostaba, ¡ay!, a punto que el cantor triste del tiempo y de la noche decía, estirando la voz: «¡Torquemada, un minuto!». Oyéndolo, pensaba yo que Torquemada, con sus hórridas hogueras y sus crueles suplicios, era más humano que la bestial plebe duranguesa..

Pasado este angustioso trance, volví a la primera zozobra: ¿Alcanzaría el vapor para Civitta Vecchia? No lo alcanzaría, por no llevar el tren la vertiginosa marcha necesaria para llegar a Marsella en corto tiempo. Cuando creí que el cantor nocturno clamaría Marsella, parada y fonda, gritó: Venta de Baños, cambio de tren para Santander.. Pensé que siendo Santander puerto de mar, allí encontraríamos vapor para Italia.. Pero no iba nuestro tren en aquella dirección que me sacaría de mis apuros. Oí cantar Dueñas, luego Valladolid; después Arévalo, Sanchidrián.. Cuando pasamos de la patria de Santa Teresa, la Madre Mariana me tomó en sus brazos y me zarandeó gozosa diciéndome: «Titín, chiquitín, arroja de tu mente todas las ideas, todas las impresiones, recuerdos de aquella Carquilandia que ha sido para ti un destierro, en algún modo tedioso y mortificante. Pero no creas que allí has perdido el tiempo, no; en aquella tierra de hombres inocentes y bravos has aprendido más de lo que pensabas. Mucho vale, hijo (p.8487) mío, el aprendizaje de cosas y personas que allá tuviste; mucho vale el dato de Vasconia, documento vivido por ti, para que lo agregues a los estudios que han de darte el total conocimiento de la vida hispana».

Con filial mirada y breves voces accedí a cuanto la cariñosa, Mariana me decía. En aquel punto me sentí tan extremadamente chiquitín, que al colocarme ella al amparo de su brazo derecho, pude medirme fácilmente, pude ver y comprobar que yo no era más largo que su brazo, desde el sobaco a la punta de sus dedos. Yo menguaba, yo había disminuido considerablemente de talla, y así debía creerlo mientras no se me demostrara que ella crecido había hasta un tamaño doble o triple del que tenemos por natural.

Al otro lado del vagón, dos mujeres arrebujadas y encogidas dormían profundamente. Con el tapujo de sus pañolones no se les veía el rostro. En los dos montones de arropadas carnes, inmovilizadas por el descanso, descollaban las ancas poderosas. Esto vi a la incierta luz de la lámpara cenital cubierta de un trapo verde. Doña Mariana no dormía. Sentada estaba en el rincón junto a la portezuela, teniéndome agasajadito en el espacio, grandísimo a mis ojos, entre su brazo derecho y el costado correspondiente. Blanduras tibias rodeaban mi mezquino cuerpo en aquel nicho sagrado.

De él me sacó la Diosa cuando habíamos traspasado el caballete del Puerto, y poniéndome sentadito sobre su muslo izquierdo, me dijo: «Pronto veremos la claridad del alba. El día nos saluda siempre en este paso de la Vieja a la Nueva Castilla. Y pues estamos, como quien dice, a las puertas de esa Villa, cueva o nidal de todas las alimañas que intervienen en la vida pública, aquí recobro la plenitud de mis funciones, y uno de mis primeros actos será tomarte a mi servicio, utilizando tu agudo ingenio y la sutileza con que te cuelas allí donde algo se guisa que pueda interesarme. Tu vista y oído son excelentes órganos de observación. Pequeño eres; más pequeño, casi imperceptible serás cuando me sirvas en calidad de corchete, confidente y (p.8488) mensajero».

Respondile que desempeñaría con orgullo cuantas encomiendas quisiera encargarme, y cada palabra que salía de mis labios achicaba, a mi parecer, mi ya corta estatura. O yo padecía una horrenda perturbación de mis sentidos, o era del tamaño de un gatito en la edad juguetona. Mordía yo suavemente un dedo de la Madre Mariana para demostrarle mi cariño, y con sus dedos me abrazaba ella y jugaba con mi cuerpecillo blando y dúctil.

El tren descendía rápidamente. Amaneció.. Oí el clamor ferroviario que nos dijo: Escorial, cinco minutos. Vino luego Villalba; siguió Torrelodones.. Ya día claro, doña Mariana llamó a las mujeres durmientes, incitándolas a prepararse para la llegada. Pero ellas continuaban como piedras en el apretado envoltorio de sus mantas y mantones. La señora, puesta en pie, se cubrió de un luengo balandrán; cogiome con viva manotada, y doblándome sobre mí mismo me guardó en un hondo bolsillo de aquella prenda lujosa.

Desde mi cárcel holgona y forrada de seda olorosa, oí la voz de la que bien puedo llamar mi ama, despertando a las mujeres. Estas gruñían desperezándose.. Con el canto de Pozuelo, dos minutos, se confundía el ajetreo de las tres féminas requiriendo sus maletas y cinchando con correas sus envoltorios de viaje. En tanto, yo me desperezaba y sacudía en mi cárcel sedosa. Nada veía; pero al tacto pude apreciar que no estaba solo y que otros seres blandos y menudos iban conmigo en la prisión.. Total, que llegamos a Madrid. Claramente percibí la salida del tren, el paso por la estación, la entrada en un coche y.. ya no más, ya no más. Mis sensaciones se perdieron en un sopor delicioso y rosado, tirando a violeta.. No sé cómo expresarlo.

Al llegar a este punto, el más delicado, el más desaprensivo de esta historia, me detengo a implorar la indulgencia de mis lectores, rogándoles que no separen lo verídico de lo increíble, y antes bien lo junten y amalgamen; que al fin, con el arte de tal mixtura, llegarán a ver claramente la estricta verdad. A riesgo de que no me crean, les (p.8489) digo que me encontraba en la plena conciencia de mi yo espiritual y físico; yo era yo mismo en mi ser inmanente; gozaba la serena vida fisiológica, la vida pensante y erudita, pues todo lo que supe sabía, y mi memoria se armonizaba con mi entendimiento; yo estaba bien comido y perfectamente apañado de todas mis necesidades y estímulos; yo bebía y fumaba; yo iba por las calles saboreando la inefable dicha de que nadie me viera ni en mi diminuta persona reparara; yo disfrutaba el placer de verlo todo sin ser visto, y de ejercitar el don de la crítica, el don de la burla, más precioso aún, sin que nadie por ello me molestase; yo podía reírme a mansalva de todo ser viviente, del Rey para abajo, y no encontraba freno ni obstáculo a mi observación fisgona; ante mí no había puerta cerrada ni pared que me cortaran el paso; me congraciaba de mi suerte diciéndome: «Por San Tito mi patrón y por Santa Clío mi madre, que es linda cosa el oficio de duende».

En calidad y funciones de tal, avanzaba yo una tarde por la Plaza de Oriente, y después de rodearla toda contemplando el caballo de bronce, me metí en Palacio por la puerta del Príncipe. En el largo zaguán, desde la puerta al patio, me encontré de manos a boca con mi amigo Quintín González, imponente y colosal portero, vestido de casacón colorado, con los aditamentos solemnísimos de tricornio y cachiporra. Ante él me planté puesto en jarras y le felicité por su hermosura monumental. Con gran sorpresa mía, Quintín permaneció impasible y tieso, sin contestarme ni fijar en mí sus miradas. En aquel momento me hice cargo por primera vez de que yo era invisible o poco menos, y sin solicitar de nuevo la comunicación amistosa con el amigo, acordeme de su mujer y de mi amoroso enredo con ella en días lejanos, allá por los fines del 70 y principios del 71.

Entráronme vivas ganas de ver a Nieves, y con resuelto paso me lancé a las alturas por la escalera de Cáceres. Recorrí alegremente todo el piso segundo, todo el tercero, rememorando alegres días. No encontré a la esposa de Quintín en la habitación donde (p.8490) antes moraba; tampoco encontré a mi pariente don José Folgueras, empleado en la Intendencia.. Metime en diferentes casas cuyos inquilinos desconocía, y en una de ellas se me apareció la frescachona Nieves, así llamada irónicamente, pues era su persona el trasunto de los ardores caniculares. Había mejorado considerablemente de posición y jerarquía, que bien lo declaraban su compostura y traje, así como el adorno de la sala. En esta la vi sentadita frente a un alabardero, el cual, inclinado con abandono, le acariciaba las manos pronunciando las palabras galantes que inician una campaña de amor..

Yo me reía y observaba. Brincando pasé entre las piernas de uno y otro sin que ellos se percataran de mi presencia. Salté a una silla; de esta me encaramé en la cómoda; me entretuve mirando retratos colocados en esterillas, y entre ellos vi el mío, que a Nieves regalé dos años antes. La estancia revelaba un progreso enorme en el bienestar del matrimonio Quintín-Nieves. Esta no era ya planchadora de la Real Casa; debía de ser azafata, moza de retrete o no sé qué.. De un brinco volví al suelo. El alabardero, echando hacia atrás los vuelos de su capa blanca, se aproximaba tanto a Nieves que su larga perilla rozó los labios de ella. En uno y otro, la alegría del alma mostrábase con el reír gozoso y voluble. De pronto Nieves cogió del sofá el tricornio de su adorador y se lo puso. Con rápido andar corrió a mirarse en el espejo. Tras ella fue el galán, y abrazándola por la cintura, ambos contemplaron sus rostros risueños en el espacio reproducido por el cristal. Yo me dije: «Vaya, vaya; ni aun en mi condición de invisible me resigno a presenciar la felicidad ajena, con mi gorro bien calado y mi velita en la mano. Abur, avecillas en celo; divertíos todo lo que podáis».

Salí de estampía y conmigo salió el gato de la casa, que por efecto de la picante escena iba en busca de lo suyo. El ligero paso del morrongo guió los pasos míos y tras él seguí escaleras abajo, no sé si por la de Cáceres o por otra de las muchas que allí hay. Ya era de noche y el gas (p.8491) alumbraba todos los pasajes, conductos y rincones del inmenso caserón real. No puedo dar idea del sinnúmero de peldaños que descendí. En un rellano encontré a mi gato, con otros individuos de su especie, maullando y haciendo la carretilla. Su lenguaje no era para mí totalmente ignorado. También ellos y ellas jugaban, se perseguían y se enzarzaban en enredos amorosos.. Descendiendo más, el olfato y el ruido de voces hondas me anunció las cocinas.

En ellas penetré, y vi la caterva de cocineros y marmitones que aderezaban la real comida. Era también la hora de servirla, y en el ancho recinto abovedado vi movimiento y barullo que me dejaron suspenso. Daba el jefe voces de mando, como general en el momento crítico de una batalla. Los hombres de blanco gorro hacinaban en las fuentes con ágiles dedos las piezas de carne, legumbres y pescado, con el adorno de mil porquerías comestibles. Otros armaban los castilletes de repostería y postres de cocina. Todo el comistraje iba pasando al pie del ascensor, por donde las copiosas bandejas subían al piso principal, como en los buques de guerra suben los proyectiles desde la bodega hasta la batería donde están emplazados los cañones.

Recorrí todo el antro, y movido de mi curiosidad intensa me metí en un grupo de marmitones, que arreglaban las fuentes catando de todo por arte o glotonería. Algunos de ellos comentaban con burletas el extraño gusto de don Amadeo. No comía más que carne guisada simplemente, que los italianos llaman lesso, y patatas cocidas. Uno que parecía italiano aseguró que lo mismo comía Víctor Manuel. El postre de nuestro Soberano eran guindas en aguardiente que le mandaban de Turín, aderezadas con pimienta en grado tan fuerte que cuantos lo probaban aquí escupían los hígados.

La vista del monta-cargas me atraía. Reconocida ya la oficina culinaria, me lancé a él escabulléndome entre rimeros de chuletas y montañas de hojaldre. Subí.. Encontreme en una habitación donde estaba la estufa en que se colocan las fuentes para conservar el (p.8492) calor. Allí, los mozos, a la voz de un maestresala llevaban los manjares al comedor llamado de diario. Con rápido paso en el comedor me colé. Vi al Rey y a la Reina en las respectivas cabeceras. Vi damas, gentiles hombres, militares de la guardia, ayudantes del Rey, y oí la festiva charla trilingüe, pues sobre el castellano, a lo largo de la mesa, flotaban frases y conceptos italianos y franceses. Exploré con alegría juguetona la hermosa estancia; contemplé las pinturas del techo, los espejos, cuadros y tapicerías que ornaban las paredes, las suntuosas mesas, relojes y candelabros.. Ni encogido ni perezoso, creyendo que vistas las alturas y los medios debía investigar también lo rastrero, me metí debajo de la mesa, y la recorrí holgadamente de punta a punta por la calle que dejaban libre los pies de las dos filas de comensales.

Allí me entretuve observando los bien calzados piececitos de las señoras, las caladas medias y los bajos finísimos guarnecidos de encajes. Por otro lado vi botas con espuelas, conteras de sables, pantalones galonados.. Hasta mí llegaba, repercutido por la madera que allí era mi techo, el sonido de la conversación ceremoniosa. La mesa era para mí una caja armónica que me transmitía las inflexiones más leves de la voz humana. La Reina hablaba un castellano gramatical, premioso, aprendido por principios. Los entorpecimientos de su palabra revelaban el temor a equivocarse. Don Amadeo hablaba torpemente, como quien todo lo aprendía de oídas y sin estudio. Al fin de la comida me regocijó la escena en que el Rey, con galantería maleante, quería obsequiar a señoras y caballeros con las famosas guindas de Turín. Todos declinaban riendo el honor de probarlas. Una dama, cuyo nombre ignoro, dijo que una vez que cató las guindas se le abrasó la boca y estuvo enferma de estomatitis. Un caballero, ayudante del Rey, alabó a este por tener su boca indemne contra el fuego. La risa terminó con libaciones discretas de jerez y champagne. Todos bebieron menos el Rey que no cataba el vino.

Terminada la comida, desfilaron. (p.8493) Yo salí de los últimos, y pude ver a los camareros bebiéndose lo que quedaba en algunas copas. Como esto no me interesaba, corrí tras de las reales personas, y de estancia en estancia llegamos a una que llamaban (después lo supe) Despacho del Rey. La Reina con las Condesas de Almina y de Constantina formó corrillo en el testero principal, junto a la chimenea entonces apagada. Sobre ésta lucía un retrato de María Luisa, por Goya, maravilla de la pintura. Embelesado estuve un rato mirando la figura genuinamente borbónica de aquella Reina frescachona, de boca hundida y ojos de fuego. El pintor, atento a destacar lo más hermoso del modelo, se había esmerado en reproducir su brazo incomparable.

Retozando sobre la blanda alfombra de Santa Bárbara, me enteraba yo de cosas y personas. La tertulia de Sus Majestades después de comer no era muy lucida. Ningún personaje de importancia, ningún prócer de primera fila, vi entre los asistentes a la real sobremesa. Toda la concurrencia era puramente palatina y del Cuarto Militar. Habló la Reina del Convenio de Amorevieta, que estimaba beneficioso.. por el momento.. Díaz Moreu le dio detallada explicación de las bases de aquel arreglo; elogió con ardor al Duque de la Torre, hombre de altas miras. Según dijo, el Convenio sería discutido en las Cortes y tendría la aprobación de todos los elementos dinásticos. Esperaba que de esta discusión saldría el Gobierno con mayor fuerza. Hablaron después de Ruiz Zorrilla, lamentando su alejamiento de la vida pública, en su retiro de Tablada. Doña María Victoria expresó tímidamente sus dudas de la eficacia del Convenio de Amorevieta. ¿Quién podía responder de que los carlistas, rehechos más allá de la frontera, no volverían con mayor furia a encender la guerra civil? Contra su terquedad nada valdría la razón, nada el interés de la Patria. Extremando su galantería, Díaz Moreu no se atrevió a disipar en absoluto las dudas de la Reina y casi las confirmó diciendo: «Tal vez, Señora. Vuestra Majestad discurre siempre con admirable previsión. El (p.8494) carlismo es de calidad muy dura, irreductible.. Con esa gente no hay día seguro».

Por lo que después oí de labios de doña María Victoria, comprendí que esta señora se cuidaba de los asuntos públicos y en ellos ponía toda su atención. En su grande ánimo prevalecían la idea y propósito de consolidar en España la dinastía de Saboya. Manteniendo su propia persona en cierta obscuridad modesta, enderezaba su voluntad firmísima hacia el porvenir de sus hijos en tierra hispana.. Hecha esta observación pasé a fisgonear en el grupo que al otro lado de la estancia formaba el Rey con los amigos de su mayor intimidad. Allá me fui ligero, resbaladizo, invisible. Lo que oí agazapadito debajo de la silla en que don Amadeo se sentaba, merece capítulo aparte.

 

Ep-43-XX -

Lo primero que le cuento al lector amable y antojadizo es que nuestro buen Rey saboyano desdeñaba los riquísimos tabacos habanos de regalía, de que había grande acopio en la Casa Real. El mismo desaire que sus amigos hicieron a las abrasadoras guindas de Turín hizo él al tabaco generoso y suave de la Vuelta Abajo. Por hábito y gusto fumaba el hombre los apestosos cigarros que en Italia llaman virginia, consistentes en un luengo y nefando cachirulo que lleva en su ánima una paja, sin la cual no hay quijadas que los hagan arder. Amable y guasón, a sus amigos ofrecía las cajas de habanos diciéndoles: Fumen eso; yo virginia. Para evitar el continuo encender de fósforos, que sin fuego constante no hacía tiro la pajilla, Su Majestad tenía en una mesita cercana una vela encendida, y a la llama de esta aplicaba el chicote.

Junto al Rey estaba el Barón de Benifayó, Montero Mayor de Palacio, alto, moreno, expresivo, de arqueadas cejas, lentes de oro. Como hablaba de corrido y limpiamente el italiano, con él descansaba don Amadeo del suplicio del idioma español, que en dos años no había podido dominar. A la vera de don Amadeo vi otros señores, que no pude identificar por mi desconocimiento del personal palatino. Vestían de paisano. ¿Era uno el General (p.8495) Gándara o el General Rosell? ¿Era el otro don Cipriano Segundo Montesinos? No puedo asegurarlo. Reconocí a Dragonetti, a Díaz Moreu y al General Burgos, de uniforme, que dejaron a la Reina conversando con las damas, el Conde de Rius y otros dos palaciegos gordinflones que yo no conocía.

En el corrillo del Rey, la conversación era frívola, de temas fugaces que pasaban rápidamente de boca en boca. En un momento que a mí me pareció solemne vi a la Reina levantarse. Hizo una reverencia de Corte, y seguida de las damas se retiró a sus habitaciones. Empezó el desfile de los caballeros en dirección de la Saleta, hasta que solos quedaron don Amadeo y Benifayó. Encendió Su Majestad otro virginia. El Rey y su Montero hablaron breve rato en italiano bajando la voz, pues aunque nadie quedaba en la estancia, temían el misterioso escuchar de las paredes. Servidores galonados pasaban por el Despacho del Rey. Les sentí cerrando puertas y apagando luces en las habitaciones próximas. Pensé que mis funciones inquisitivas me ordenaban no apartarme del Rey y su Montero hasta saber qué harían. A mi parecer, dejaban correr el tiempo esperando la ocasión oportuna para escabullirse de Palacio. No me engañaba.

Llegó un instante en que el silencio y la tranquilidad, tardíos cortesanos, se posesionaron de la Casa de los Reyes. Don Amadeo y su Montero se filtraron, vamos al decir, por la puerta de servicio. Pisando quedo y sin decir palabra, atravesaron un pasillo alumbrado con mecheros de gas. Torcieron a la derecha, luego a la izquierda. Ningún servidor les salió al paso, ni tuvieron otro testigo de su escapatoria que mi traviesa personalidad invisible. Llegaron, llegamos debo decir, a la escalera de caoba que llaman de la Intendencia. Descendimos suavemente. Gemían los peldaños alfombrados bajo las pisadas de ellos, no de las mías; que yo era poco más que un espíritu.. Fuimos a parar a un pasillo: en él vi dos servidores que estaban en el ajo, y saludaron con leve reverencia. De allí salimos a la Plaza de la Armería, donde esperaba (p.8496) un coche de un solo caballo y cochero sin librea. Entró el Rey en el coche; tras él Benifayó. Algo noté entre el Montero y el oficial de guardia, que me indicó la connivencia de este. No necesito decir que me colé de un brinco dentro de la berlina, achantándome bonitamente en la bigotera..

El coche partió hacia la Plaza de Oriente y calle del Arenal. Era la noche plácida, de mejor temple que el día, como suele acontecer en las primaveras matritenses. Por la Puerta del Sol y calle de Alcalá discurrían los vecinos noctámbulos que salen de los teatros para meterse en los cafés. En Recoletos vimos poca gente; no faltaban los ciudadanos de la última capa social que tienen por alcoba y cama las sillas de hierro, o la escalinata de la Casa de la Moneda. Desierta estaba la Castellana. El coche la recorrió en casi todo su largo y fue a parar en un hotel próximo a la calle de la Ese. Alguien abrió desde dentro la verja, y la berlina penetró en un jardinillo de incipiente frondosidad. Momentos después, las tres ilustres personalidades franqueábamos corta gradería y entrábamos en una linda sala bien iluminada, donde fuimos recibidos por una dama.. Espérate un poco, picaresco lector, que esto es muy delicado.

Era la tal de mediana talla, bien formada y no mal constituida de carnes y anchuras. Mi primer cuidado fue examinarle bien el rostro, que vi entonces por primera vez. Mi crítica lo declaró tan agraciado como hermoso; la tez morena, ojos expresivos, grande la boca, tan abundante el pelo que no se contenía dentro de sus límites naturales, extendiéndose por delante de la oreja como un rudimento suave de varoniles patillas. El conjunto de tal rostro tenía el encanto de la originalidad, que en arte como en belleza es poderoso atractivo. Sentáronse los tres arrimados a una mesa, la dama y el Rey juntitos, mano con mano; frente a ellos Benifayó.. Yo me subí de un brinco a la consola próxima para ver bien y pescar todo lo que hablaran. La señora, que vestía luenga bata de seda blanca libremente descotada, dejando ver los linderos de un (p.8497) lozano busto, revelaba en sus ojos chispos y en su franca sonrisa el gozo de ver terminada felizmente una larga y ansiosa espera. Anhelaba, sin duda, comunicar a su regio amigo impresiones guardadas durante lentas horas y aun días. La ocasión de la dichosa confianza llegaba al fin. No podía contenerse, y prorrumpió en estas calurosas manifestaciones: «Ya supongo, mon lion brave et généreux, que no te habrás tragado el pastel que llaman Convenio de Amorevieta. No te fíes del Duque. Su intención no es mala; pero en la diplomacia militar no da pie con bola. Los carlistas tratarán ahora de rehacerse, y volverán pronto más insolentes y feroces a disputarte el Trono.. Si las Cortes aprueban el Convenio, el Duque, ¡oh Rey mío!, te pedirá la suspensión de garantías, pues sin hacer mangas y capirotes de la Constitución no podrá gobernar».

-Yo contrario. He jurado (giurato) la Constitución. Gobernar sin ella no puede ser. Yo contrario.

-No debiste consentir que don Manuel, desalentado y aburrido, se retirase a Tablada. Ten presente, Rey de España por los 191, que no has venido aquí a continuar la política de los malditos Moderados, de los Unionistas rutinarios y pasteleros. Por ese camino no vas a ninguna parte.

-Es cierto, Adela. Yo conforme.

-Ni la guerra puede ser sofocada para siempre sino con la guerra misma -dijo ella disfrazando la pedantería con mohínes graciosos-, ni la política debe estancarse o petrificarse.., no sé cómo decirlo.. No has venido a España para gobernar como la pobre doña Isabel.. Para ese viaje no necesitabas alforjas.. Fíjate en este refrán castizo; repítelo para que se te grabe en la memoria.. Alforjas..; a ver, a ver cómo nos pronuncias esa jota..

Intentó el Soberano un aprendizaje de pronunciación castellana; mas lo hizo tan desgraciadamente, que él mismo se reía de su torpeza antes que los demás riéramos. En esto entró un criado, vestido de frac, con dudosa corrección, y colocó en la mesa servicio de té, con galletitas y emparedados. A una orden de la señora, desapareció el sirviente, volviendo al punto (p.8498) con un mazo de los infernales cigarros virginia, predilectos de Su Majestad. Cayeron los dos caballeros sobre los sandwichs, mientras la señora servía el té, y a mí, lo confieso, me asaltó la idea de plantarme en la mesa y comer con ellos, satisfaciendo mi hambre nocturna. Mas recordando mi calidad de sabandija perteneciente al mundo suprasensible, me abstuve de tomar parte en el refrigerio. Temía que un rasgo de animalidad me descubriese, deshaciendo el artilugio que me había transformado de persona grave en duende corredor. Si una indiscreción o exceso de travesura me restituyese de súbito a mi ser propio, ¡no te arrendara yo la ganancia, pobre Tito!

Entre mordiscos a los emparedados y sorbitos de té, la dama de las patillas anudaba la serie de sanos consejos al amigo y Rey. Intervino Benifayó realzando con tímidas palabras la persona del General Serrano. Entre la dama y el Barón se trabó una donosa controversia, en que salieron a relucir duques y duquesas con otras bien conocidas personas de la crema social. En todo lo que allí se dijo puse yo mi atención; pero mis funciones en cierto modo históricas me obligan a seleccionar los conceptos que oí, reservándome tan sólo los que entrañaban algún interés público.

«Si vale el consejo de una mujer -dijo la dama poniendo su blanca mano sobre el hombro de Amadeo-, yo diría que debías mandar a Tablada un mensajero..; persona discreta y aguda tenía que ser..; un mensajero que pudiera cazar con lazo de buenas razones a Ruiz Zorrilla y.. Debes tener muy presente, león de Saboya, que para remover del fondo a la superficie la vida política, las costumbres políticas, y toda la pesca, determinó Prim traer a España un Rey nuevo, un Rey de fuera que nos diese lo que no teníamos, y acabara con el tejemaneje moderado y unionista. Hacer una revolución, poner todo patas arriba, cambiar de dinastía para volver a las viejas mañas, al polaquismo, al hoy tú, mañana yo, me parece que es como si quisiéramos aplicar a la vida de la Patria el juego de las cuatro esquinas..».

En un tris (p.8499) estuvo, podéis creérmelo, que saltara yo desde la consola al regazo de la patilluda señora para felicitarla por su atinado consejo. ¡Qué discreción, qué talento, qué golpe de vista! Yo me decía: «De casta le viene al galgo. Ya sé que te engendró el primer escritor del siglo». Abstraído un momento en estas consideraciones, vi que el Rey y la dama blanca se escabullían por una puerta próxima al mueble donde tenía yo mi observatorio. Advertí disminución de la luz.. El bueno de Benifayó ¿dónde estaba?.. Creí verle arrimado a la mesa hojeando una revista ilustrada.. Creí que salía por la puerta que nos había dado ingreso. Por primera vez desde que era duende dudaba de la justeza de mi perfección visual. Pero es mi deber no interrumpir mi cuento; que para seguir con vista y oído el curso de la humana vida en estas historias me llevaron al recatado lugar donde me encontraba. Adelante, pues.

La fatalidad me obliga, ¡oh lector agudísimo y picaruelo!, a continuar en forma que sin duda no ha de agradarte. Tengo que emplear en mi escritura los signos simbólicos más discretos. Meto la mano en una escarcela bien provista que me colgó de la cintura mi doña Mariana, y saco un puñado de puntos suspensivos y los derramo sobre el papel para que te entretengas leyéndolos o descifrándolos. Ahí van. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Aturdido recorrí brincando toda la habitación; salí al jardín; no vi alma viviente. El coche no estaba. ¿Había partido en él Benifayó para volver más tarde? No lo sabía ni me importaba averiguarlo. Cerrada la puerta de hierro, trepé por las enredaderas que cubrían la verja y de un brinco me puse en la calle. Al pisar el suelo de la Castellana me reconocí en mi normal estado físico. Yo era quien era, Proteo Liviano, conocido por Tito en el vago mundo del periodismo y de las letras. Mi primer cuidado fue desandar a buen paso la Castellana, Recoletos.. En la Cibeles el reloj de Buenavista me dijo que (p.8500) eran las dos de la mañana.. Tomé el camino de mi casa, calle del Amor de Dios, hospedaje de doña Nicanora, esposa del evaporado filósofo don José Ido del Sagrario.

Agasajado en mi cama me adormecí jugueteando con estos acertijos: ¿Era verdad que mi buen padre me había llevado a Durango, que hice allí vida patriarcal y soñolienta entre carlistas fieros y curas de armas tomar? ¿Eran reales las figuras de Choribiqueta, Fabiana Iturrigalde y Pepita Izco? ¿Había yo en efecto espetado a los cándidos durangueses un discurso chancero sobre la República Hispano-Pontificia? ¿Era verdad que la Madre Mariana me había sacado de aquel atolladero, tomándome a su servicio, para lo cual hube de transformarme en duende minúsculo y gracioso, sutil espía de la historia privada?.. Si todo esto fue mentiroso aparato forjado por mi exaltada imaginación y de ello puede resultar que lo verosímil sustituya a lo verdadero, bien venido sea mi engaño, y allá van, con diploma de verdad, los bien hilados embustes.

En aquellos días anduve de bureo político con mis amigos Mateo Nuevo, Roberto Robert y don Santos La Hoz, que me felicitaban por haber recobrado mi equilibrio cerebral. Fui a la tribuna de las Cortes; oí un gran discurso de Cristino Martos de fiera oposición al Gobierno; presencié los ardientes debates sobre el Convenio de Amorevieta, terminados con votación que dio al Gobierno formidable mayoría. A pesar de esto corrían voces desfavorables para la situación Serrano-Topete. Decíase que el Duque, abrumado por las dificultades que se le venían encima, había pedido al Rey la suspensión de garantías y que don Amadeo respondió secamente con su acostumbrada fórmula: Yo contrario. Despiertos y animosos, los radicales corrieron en Comisión a Tablada logrando atrapar a don Manuel Ruiz Zorrilla y traerlo a Madrid. Total, lector mío cachazudo, que sobrevino la quinta o sexta de las crisis que amenizaron aquel reinado. Cayó el Duque de la Torre, dejando el puesto a Ruiz Zorrilla, que formó Ministerio con Martos, (p.8501) Montero Ríos, General Córdoba, Ruiz Gómez, Beránger, y Gasset y Artime. Íbamos viviendo.

Engalláronse más los alfonsinos. Hablaban de la Restauración como si la tuvieran en la mano. Los federales del grupo intransigente y levantisco echaban bombas. Los Clubs y Casinos ardían en protestas, en arengas fogosas, en amenazas furibundas a todo lo existente. Me pidieron que hablara y hablé, soltando todo el surtidor de mi nativa facundia oratoria. Nadie me atajó; a nadie parecieron extremadas mis lucubraciones. La misma boca que predicó en Durango la República, mejor dicho, el Imperio Hispano-Pontificio, vociferaba en Madrid anunciando el próximo advenimiento del Federalismo Sinalagmático y Cantonal. ¡Abajo la Unidad centralista y corruptora, arriba el Cantón autónomo que por medio del Pacto reconstruiría la patria libre, devolviendo al ciudadano su dignidad y soberanía! Aplausos frenéticos y plácemes cariñosos recompensaban mi palabrería furiosa.

La corriente social me devolvió, entrado ya el mes de Julio, al afectuoso trato de Mateo Nuevo, que generosamente me ayudaba en mis penurias. Volví a frecuentar su casa, Montera, 11, donde acudían casi todos los amigotes mencionados en los comienzos de este libro. El jacobino Tribunal del Pueblo ya no se publicaba; pero existía, con el nombre de Redacción, el punto de cita de los que regían las muchedumbres populares, titulándose presidentes de los Comités de distrito, presidentes de Juntas revolucionarias, con otras denominaciones que sólo han servido para distracción y entretenimiento de los partidos avanzados. A poco de frecuentar la sala cuyos balcones caían a la obscura calle de los Negros, me dio en la nariz olor de conspiración aguda.

Al comunicar mis sospechas a un amigo candoroso, este me dijo: «Sólo se trata de producir en Madrid la conveniente alarma con objeto de que el Gobierno no saque tropas de aquí para mandarlas a las plazas de provincias. Se prepara.., en confianza te lo digo.., un movimiento general en toda (p.8502) España. Ahora va de veras. Se alzarán Ferrol, Santoña, Cartagena, Sevilla, Badajoz, etcétera. Ello está tan bien dispuesto que el triunfo es seguro, tan seguro como tenerlo en la mano. No falta más que una cosa, Tito, y es producir en Madrid agitación tan grande que el Gobierno no pueda sacar tropas. ¿Lo entiendes? Ello es clarísimo. Te digo esto con la mayor reserva. No hables a nadie..».

No daba yo gran crédito a tales monsergas. Mil veces había llegado a mis oídos el susurro de alzamientos generales o locales sin que los hechos correspondieran a las risueñas esperanzas. El optimismo de los revolucionarios sencillotes y pillines, que creen lo que sueñan, es un fenómeno habitual en tiempos turbados. Manteníame yo escéptico, convencido de que no había más revolución que la formulada en ardientes discursos, revolución puramente teórica y verbal. Por eso yo, sempiterno hablador, era el primer revolucionario de la época y el primer oráculo de un resurgimiento que no quería venir. La Patria no podía contar aún con la acción de sus hijos, y debía contentarse con la resonante canturía de sus oradores. Desconfiado de la eficacia de la acción, continuaba yo atento al trajín de los conspiradores, y a su chismorreo sigiloso en la vacía redacción de El Tribunal del Pueblo. De ello me distrajo, al promedio de Julio, el hallazgo feliz de una mujer..

Tomo aliento, amados lectores, con lo cual, al contarlo, expreso mi sorpresa y turbación ante la súbita emergencia de un pasado lisonjero. La mujer que se me apareció en la calle de la Sal, junto al arco de la Plaza Mayor, era la poética, la romántica Obdulia con quien compartí las venturas del amor en los comienzos del reinado de Amadeo I.. Obdulia, ¡oh!.. Tito, ¡ah!.. Al tiempo de lanzar estas exclamaciones se juntaron en febril apretón nuestras manos, y con frase entrecortada nos dimos informes recíprocos de la salud y vida de uno y otro. La linda criatura estaba flaca, ojerosa, manchado el rostro de pecas rojizas; y el desarreglo y suciedad de su ropa indicaban pobreza, malestar, infortunio.. (p.8503) Díjome que se había casado, por imposición de su familia, con el desagradable mastín negro Aquilino de la Hinojosa. Ya lo sabía yo. Oí contar de un náufrago la historia. La náufraga era mi pobre y desdichada Obdulia.

 

Ep-43-XXI -

Ávida de referir sus cuitas, la infeliz mozuela me contó que, a poco de casarse, vio en su marido el más perverso animal de la Creación. Lo que llamamos luna de miel fue para Obdulia completa desilusión del matrimonio. Ella era delicada, sensible y de finísimo trato; él grosero, brutal, insaciable en la comida y otros apetitos. Al mes de casada pensó en divorciarse; habló con un abogado amigo suyo, y como este le dijera que en las leyes españolas no tenemos divorcio, dio en la idea de suicidarse, saltando de un brinco hacia las palmeras de Sión. Le faltó valor para el salto mortal: ni con fósforos, ni con braserillo, supo determinarse.. Pensó acudir a mí; me buscó; dijéronle que yo vivía en magnífico arreglo con una tendera de la Concepción Jerónima. Acercose allá y le salió al encuentro una señora llamada Cabeza que quiso descabezarla.. En tanto, Aquilino iba de mal en peor, agravando sus defectos. No le bastaba el oficio de afinador para sostener su casa y sus vicios. Dedicose a la compra, venta y alquiler de pianos, y tales desatinos hizo y en tales enredos se metió, que fue a caer en las mallas del Código penal.

«En mi casa -decía suspirando- no entraban más que procuradores y alguaciles. Yo no vivía; el apetito y el sueño me abandonaron; consuelo de mi angustia era el llanto, consuelo también un librito de poesías de Selgas que por las noches me calmaba los nervios, y aquellos versos de Espronceda: ¿Por qué volvéis a la memoria mía..? Hace unos meses vino a verme y a consolarme Celestina Tirado, que se metió a beata.., no sé si lo sabes.., y anda en trajines de religión. Díjome que en la iglesia hallaría mi remedio; que fuese a misa y a confesar, y que rezara mis tercios de rosario con devoción. Mi antigua señora la Marquesa de Navalcarazo me llamó para recomendarme el mismo medicamento de (p.8504) Celestina: Religión, misas, novenas, y pronunciar a toda hora el nombre de Jesús, que endulza el alma y la boca -más que con la miel y azúcar- con sólo sus cinco letras..».

Cogidos de la mano íbamos paseando despacito bajo los soportales de la Plaza Mayor. La doliente historia de mi amiga quedaba cortada en un suceso que nos abría camino para reanudar nuestra vieja novela interrumpida. Aquilino de la Hinojosa no estaba en Madrid. Dos semanas antes de lo que se refiere, había ido a Villaviciosa de Odón a recoger la menguada herencia de una tía suya que murió en aquel pueblo. Para ciertas diligencias judiciales tuvo que trasladarse a Navalcarnero; al regreso volcó la galera en sitio de peligro; rodando cayó el afinador en una barranquera, donde le recogieron descalabrado y con una clavícula rota. Personas caritativas le llevaron a Villaviciosa, y en casa de unos parientes estaba en cura, que habría de ser larga. «Ayer -me dijo ella- recibí su primera carta después del siniestro. Está dado a los demonios. Me escribe poniendo en cada renglón una blasfemia. Le tienen bizmado y entablillado, sin poder moverse. ¡Dichosa herencia, que no es más que un melonar, cuatro almendros y una casuca sin techo! Me dice que tiene cama para dos meses; manda tres duros por el ordinario y cuatro recibos de treinta reales para cobrar alquileres de pianos. Me recomienda la economía y que no vaya a verle, pues está bien cuidado por su prima doña Melchora».

Fáltame referirte, lector de mi alma, la última declaración de Obdulia, que es del tenor siguiente: «Vivo en el 23 de esta Plaza, allí, en un entresuelo, encima de la taberna que hace esquina a la calle del 7 de Julio. Con las pesetejas que me ha mandado ese, y diez duretes que me dio mi señora la Navalcarazo, vivo pobre, y solita porque he despedido a la muchacha que me servía..». No necesito decir más para que se comprenda que en aquel mismo día senté mis reales en el modestísimo y lóbrego albergue de mi antigua y moderna conquista, la señora de la Hinojosa. Los que no han (p.8505) vivido en un entresuelo de la Plaza Mayor, con ventanas mezquinas, bajo la visera de los soportales, no saben lo que es obscuridad en pleno día. Nunca pensé yo cobijar mi persona en tal ratonera; pero la exaltada pasión y el donaire de mi socia me convertían la tristeza en gozo y las tinieblas en luz. Aderezaba Obdulia nuestras comiditas. Más de una vez, por evitarnos ir a la compra y la molestia de encender lumbre, bajábamos a comer a la taberna, donde nos servían platos de judías de batallón, tajadas de bacalao y otros condimentos de pobres. El tabernero era muy amable y nos ponía la mesa en un aposento interno, donde rara vez veíamos comensales.

Por cierto que una noche me encontré de manos a boca con Serafín de San José, el esposo de mi antigua barragana, la eximia señora doña Cabeza. Aquel soez vagabundo, muy mal vestido y con cara de hambre atrasada, hablaba sigilosamente con un bigardo de mala catadura, entreverando las tajadas de bacalao con tragos de tinto. De la mesa donde estaba vino a saludarme, y me dijo que su mujer se había arreglado otra vez con el zascandil de Alberique. ¡En qué distinguida sociedad estábamos! El despacho grande de la taberna hervía de parroquianos lenguaraces. Siempre que por allí pasábamos de refilón oíamos conceptos groseros, iracundos, entre los cuales saltaba, como nota picaresca, una idea política.

Ultimados mis quehaceres volví a casa, un poco tarde, en la noche del 18 de Julio, y marco esta fecha porque sobrevino de improviso un suceso histórico. Hallé a Obdulia nerviosa y asustada: «¡Gracias a Dios que llegas! -me dijo, saliendo a la escalera-. Entremos; vas a saber una cosa tremenda. No te asustes; no va con nosotros. Siéntate.. Recordarás que pedimos al tabernero para esta noche un pote gallego, que a ti tanto te gusta. Queriendo yo aprender cómo hacen este guiso, bajé a la cocina y estuve un rato con la señá Sebastiana. Luego me fui al mostrador, con el señor Tomás. De allí a la trastienda. Oí palabras sueltas de los puntos que bebían y charlaban.. Até mis cabos.. (p.8506) Volví al mostrador; el señor Tomás y un hombre de mala facha, que llaman el tío Martín, secreteaban.. Pesqué alguna frase que me abrió las entendederas.. En fin, chico, te diré lo que he podido traslucir: Esta noche matarán a don Amadeo. ¿A qué hora? Cuando los Reyes vuelvan de los Jardines del Retiro a Palacio. ¿Sitio? La calle del Arenal. No te rías. Verás cómo resulta cierto. Otra cosa: el pote gallego se ha pegado, y en su lugar nos mandarán unas chuletas de vaca y patatas fritas. Andan abajo esta noche muy desconcertados. ¡Qué caras he visto en la trastienda! Para mí, son los mismos que mataron a Prim».

No di gran importancia al cuento de Obdulia; pero tampoco lo eché en saco roto. Mientras cenábamos, comentando la conjura tabernaria, hice propósito de dar un soplo al Gobierno civil para que este tomase las precauciones propias del caso. Pero a nadie conocía yo en las Delegaciones ni en las antesalas del Gobernador. En estas dudas acordeme de mi pariente Sebo, cuyas relaciones familiares con la primera autoridad de la provincia, don Pedro Mata, me constaban de manera positiva. Tranquilamente despachamos nuestras chuletas, por cierto medio chamuscadas, medio crudas, y salimos a buscar en calles y jardines el aire y la expansión nocturna con que templábamos el ardor de los días caniculares. Después de hacer escala en la casa de Telesforo del Portillo (Olivar, 4) , bajamos al Prado; dimos unas vueltas por Recoletos; descansamos en un aguaducho, y ya cerca de media noche cogimos la calle de Alcalá, y en la Puerta del Sol dudamos si tomaríamos la calle Mayor, que era nuestro derrotero, o la del Arenal. Éramos como trasnochadores que no se retiran a su casa sin ver una piececita de teatro. «Por sí o por no -dije a mi señora postiza- sigamos la dirección que han de llevar los Reyes y veremos si sale sainete o tragedia».

Recorriendo despacio la calle del Arenal vimos en la esquina del callejón de San Ginés a Serafín de San José con blusa larga. Advirtiendo que se recataba de nosotros creí sorprender en él cierto aire de (p.8507) filósofo pensativo. Al pasar por Bordadores dos hombres cruzaron a la acera de enfrente. Obdulia me hizo notar que bajo las blusas de aquellos tipos se marcaba el bulto de trabucos o retacos. Hacia la calle de las Fuentes creí ver al señor Tomás, con chaqueta parda y boina. Ya nos acercábamos a la calle de la Escalinata, cuando sentimos venir coches que nos parecieron de Palacio. Retrocedimos. Era, en efecto, la carretela descubierta en que volvían de los Jardines el Rey y la Reina, con el General Burgos. Detrás venía otro carruaje..

No tuvimos tiempo para mayores observaciones porque de súbito sonaron disparos. Los fogonazos brillaban en un lado y otro de la calle. Encabritados los caballos (luego supimos que eran yeguas) , se paró el coche. Púsose en pie don Amadeo. El General Burgos atendió a escudar a la Reina con sus corpulentas anchuras.. Confusión, espanto.. Los transeúntes se agolpaban curiosos o corrían atemorizados. Obdulia y otras mujeres lanzaban al aire sus chillidos. Del coche que venía detrás descendió el Gobernador don Pedro Mata enarbolando su bastón. Surgieron polizontes como por magia. Nuevos disparos. La carretela de los Reyes partió a escape hacia Palacio: una de las yeguas cojeaba. Entablose rápida lucha entre policías y paisanos. Estos huyeron, en veloz corrida, hacia las Descalzas y Santo Domingo.. Busqué a Obdulia, que en el tumulto se apartó de mí. La encontré en la esquina de la calle de las Fuentes. Volvimos al lugar trágico y vimos entre varios heridos a uno yacente, rígido; parecía muerto. Obdulia reconoció al tío Martín. Allí estuvimos, atentos al ardoroso comentario del suceso, hasta que trajeron la camilla para llevarse al que todos creían cadáver. Y agregándonos a la comitiva de curiosos desocupados y chicuelos, fuimos tras de la camilla hasta la Casa de Socorro de la Plaza Mayor. De allí pasamos a nuestra casa, advirtiendo al entrar en ella que había en la taberna estrecha custodia de policías.

A la mañana siguiente, atraído del febricitante interés que (p.8508) despierta un lugar trágico, me fui a la calle del Arenal. Gran golpe de gente había frente a una tienda de cristales situada entre la Costanilla de los Ángeles y la Travesía de los Donados. Los curiosos impertinentes no se hartaban de mirar y señalar las huellas de los proyectiles en el zócalo y en el rótulo de la tienda. De improviso, los que formábamos el respetable público de la tragedia fracasada vimos llegar al propio don Amadeo, acompañado de su amigo Dragonetti y de su ayudante Díaz Moreu. Rodeado de la plebe novelera miró y remiró las señales de los balazos. Muchos de los que allí fisgoneaban tenían a gala el señalar al Rey algún desperfecto que Su Majestad no había visto.

De la tienda salió una señora joven que parecía la dueña, y graciosamente invitó al Rey a que pasara, si quería descansar. Daba las gracias don Amadeo, permaneciendo en la calle, cuando se destacó del personal de la tienda una señora mayor, que ofreció al Rey un proyectil que había penetrado en el local, incrustándose en la anaquelería. Agradeció don Amadeo el obsequio y quiso gratificar a la señora, mas esta no admitió el dinero. Despidiose el monarca sombrero en mano, con su habitual cortesía, y a pie se volvió a Palacio, escoltado por un pelotón de vagos y precedido de un destacamento de chiquillos.

Acerqueme yo a la señora mayor, que en la puerta de la tienda quedaba, contemplando al pueblo soberano, y de manos a boca le dije: «He tardado un rato en reconocerla, insigne Mariclío, porque está usted hoy un poco desfigurada, con mayor peso de ancianidad que el que tenía la última vez que la vi. A su disposición me tiene para cuanto guste mandarme».

-A este ensayo de tragedia -me dijo, enseñándome un pie- he venido con mis zapatos de orillo, como ves. No había motivo ni asunto para mejor calzado. Los badulaques de anoche, movidos a un acto que no tenía más objeto que producir miedo para que el Gobierno no saque tropas a provincias, han procedido neciamente. El provecho de este regicidio sin regicidio será para los partidarios del niño (p.8509) Alfonso. ¿Por ventura son estos los que os aconsejan y dirigen?

Nada le respondí, pues mis observaciones no habían de llegar a la altura de su autoridad. Ofrecime de nuevo a prestarle cuantos servicios me encomendara, y con gusto la vi bien dispuesta en favor mío. Díjome que a la sazón moraba en la portería de la Academia de la Historia, porque sus cortos haberes no le permitían mejor acomodo. La capitis diminutio a que había llegado, en la desabrida etapa histórica del Rey saboyano, deslucía su ancianidad gloriosa. «Lo que mayormente me aflige -añadió, rompiendo conmigo la multitud para seguir juntos por la calle del Arenal- es la flaqueza femenil de los partidos monárquicos y la inconsistencia de los que vociferan en las filas avanzadas, indicio seguro de la poca virilidad del pueblo hispano. Todo lo que aquí pasa es cosa de ópera cómica, tirando a bufa. He pensado en darme de baja, como dice tu amigo Ido del Sagrario, y transferir mis nobles funciones a mi hermana Talía, que las desempeñará muy bien, encargando algunos numeritos de polka y tango a mi hermana Euterpe.. El quita y pon de Ministerios que sólo difieren en la medida y rumbo de sus tonterías; la conspiración de las damas católicas, con su armamento de peinetas y florecillas de lis, pertenecen al orden literario del entremés con tonadilla y ovillejos. Habrás oído, entre tus amigos, planes de levantamientos en plazas fuertes y ciudades populosas. No hagas caso, hijo. ¡Batallones que se echan a la calle, guarniciones que se pronuncian! ¡Sueños locos de paisanos ociosos, que gobiernan el mundo en las mesas de un café o la redacción de periódicos bullangueros! Todos esos que se levantan, lo que hacen es acostarse, y entre sábanas se ríen de los conspiradores de alfeñique.. Hace pocos días, he visto a los niños de las Peñuelas jugando al pronunciamiento. La demagogia misma procede hoy con más simplicidad que barbarie. Los ideales exaltados son ahora instintos movidos por la imbecilidad».

Acompañé a la señora hasta la calle del León, y me volví a casa. A mi (p.8510) consorte accidental referí mi encuentro con doña Mariana, y traté de explicarle la condición de esta y su doble calidad real y quimérica. Pensé yo que Obdulia no me entendería, pero como en la naturaleza cerebral de la bella joven prevalecían la ensoñación poética y el bello mentir, admitió como verídico el cuento de Mariclío y de sus inauditas transformaciones. «¡Ay Tito de mi vida -me dijo consternada- que felices seríamos si esa divina dama nos llevara por esos mundos como duendes o muñequitos que pueden esconderse, si a mano viene, dentro de una cajita de caramelos! Sabrás que en esta renegada casa estamos sobre un volcán. Apenas saliste tú para la calle del Arenal, entraron dos policías y me marearon con preguntas; que si yo, que si tú.. Respondiles que no teníamos nada que ver con el atentado; que nosotros somos vecinos, pero no cómplices del señor Tomás y sus compinches. Antes te dije, querido Tito, que estábamos sobre un volcán.. Son dos volcanes, dos. Porque si vuelve Aquilino mal curado de sus mataduras no pararé hasta el suicidio.., y que me entierren en un cementerio bonito, con cipreses y adelfas. En caso de que mi maridillo se quede por allá, será posible que nos prendan por el aquel de regicidas, y nos separen quizás para siempre. Eso no, Tito mío: vámonos, salvémonos».

Fácilmente me comunicó Obdulia sus recelos, y por tranquilidad suya y mía resolví una pronta mudanza. Recogida nuestra ropa, un colchón y otras cosillas, y dejando en la casa los trastos menos necesarios, nos fuimos a mi hospedaje de la calle del Amor de Dios. De sus graves inquietudes descansó Obdulia con la grata compañía de Nicanora y del dulce filósofo don José Ido. Este mostraba paternal solicitud por la espiritual joven que llevé a su casa. Hablaron de literatura y teatros, y Obdulia le recitó con lírica declamación, versos que embelesaron al esmirriado señor.. Mi compañera no pisaba la calle por temor a un encuentro desdichado. Echándoselas de médico, Ido la declaró anémica y diagnosticó los baños de (p.8511) mar como infalible tratamiento. ¡Buenos estábamos para viajecitos y expansiones estivales!

Pasaba yo los mejores ratos del día persiguiendo a doña Mariana, o en su grata compañía cuando me deparaba Dios el encontrarla. Una tarde, platicando en la portería de la Academia, me sorprendió, mejor diré, me asombró gratamente con estas inesperadas razones: «Ocioso está el gran Tito, y la ociosidad es el achaque peor que puede caerle a un hombre de ingenio. De tu listeza y de tu travesura necesito yo estos días, sin que me sea forzoso darte la condición, modo y sutileza física que te di al traerte de Durango a Madrid. Tal como eres y en compañía de esa moza chiquita y romanticuela, que es ahora tu mujer adventicia, irás a donde yo te mande. Ya sabes que el Rey Amadeo sale hoy para una excursión a diferentes ciudades del Norte. Tú irás también por allá. Mas te destino a una sola plaza, Santander. Me consta que van también para allá gentes peligrosas de uno y otro sexo. En fin, tú lo has de ver.. Observa lo estrictamente verdadero; no me traigas acá mentiras adornadas». Sacó de entre sus ropas un taleguito, y me lo mostró con estas dulces palabras: «Apurando mis recursos te doy billete de ida y vuelta para ti y para tu chiquilla, y una suma prudente para el gasto de tres semanas. Toma. No tardéis más de dos días en poneros en camino. Buen ojo, actividad y criterio. Adiós».

 

Ep-43-XXII -

Ya me tenéis otra vez, lectores picarescos, oficiando de guindilla histórico, sin conmutación de mi ser físico en entidad peri-espiritual.. Lo que se alegró mi Obdulia cuando en casa le mostré el saquito milagroso, no hay para qué decirlo. Veraneo, baños de mar, costa cantábrica, ¡qué porvenir tan poético y delicioso! En dos días arregló la romántica sus trapitos por el figurín más económico, y nos largamos con viento cálido en busca del viento fresco. ¡Por qué modo tan peregrino se habían realizado los deseos emigratorios de Obdulia y su anhelo de ambiente marino, conforme a la docta indicación del filósofo-médico Ido del Sagrario! (p.8512) En el estado de nuestro ánimo se nos representó como un paraíso la ciudad Cantábrica, que en aquel tiempo bien podría llamarse la ciudad harinera, porque su hermoso puerto se veía poblado de buques de vela cargando harina, o descargando los ricos frutos coloniales. Obdulia, que nunca había visto el mar, se embelesaba contemplando el grandioso muelle, el trajín comercial, los barcos de arboladura gallarda; y cuando en nuestro primer paseo vagoroso traspusimos el cerro de Miranda, la vista del Océano impetuoso colmó el estupor de la pobre muchacha. ¡Aquello sí era poesía!.. ¡Aquello era el camino de América, el camino para todo el más allá terrestre y acuático!

A los dos días de vagar por la ciudad y sus alrededores, probando distintos alojamientos, nos instalamos definitivamente en una casita del alto de Miranda, donde pagábamos dos pesetas por la habitación, y comíamos por nuestra cuenta. Éramos dichosos en aquella vida libre y modesta. Los dos íbamos a la compra, y Obdulia guisaba. Lo restante del día lo empleábamos en largos y deleitosos paseos: ya nos extendíamos hasta Cabo Mayor, y desde lo alto del faro contemplábamos el mar en toda su majestad y bravura, o bien, después de recrearnos en las hermosuras del Sardinero, íbamos a coger azucenas y clavellinas silvestres a la península de la Cerda. También dirigíamos nuestros pasos tierra adentro, revolviéndonos por toda la ciudad, entretenidos con la faena de las harinas en el puerto, o viendo el arribo de las lanchas pescadoras.

A los seis días de esta descansada vida llegó el Rey, con séquito militar y civil no muy lucido. Recibiéronle las autoridades y le alojaron en la Aduana, edificio viejo donde estaban las oficinas del Gobierno Civil y de la Administración de Hacienda. Antes o después de don Amadeo (no puedo precisarlo) , llegó de Santoña el batallón de línea que debía custodiar a Su Majestad y hacerle los debidos honores. Como en la ciudad no había cuartel, por ser plaza desguarnecida y en extremo pacífica, la autoridad militar ordenó al alcalde que (p.8513) expidiera boletas de alojamiento para albergar a la tropa. El Alcalde, señor Sañudo, era convencido republicano, y sin faltar al respeto que al Jefe del Estado debía, replicó que no estaba dispuesto a molestar al vecindario y que acomodasen a los soldados en la forma militar más adecuada.

En esto ocurrió un suceso digno de la historia. Como la visita del Rey fue tan precipitada, no hubo manera de prepararle decoroso alojamiento. Elegido para este fin el local alto de la Aduana, habitación del Gobernador civil, lo pintaron deprisa y corriendo para disimular su fealdad y porquería, y esto se hizo la víspera de la llegada del Rey. Pasó este una noche de perros en su incómodo albergue, apestado del insufrible olor de la pintura, y al amanecer abrió los balcones, buscando aire respirable. Ante este imprevisto contratiempo acudieron los ediles a don Juan Pombo, el ricacho del pueblo, que ofreció para morada real un lindo palacete del Sardinero, conocido por La casa de Pepe Pombo. Y allá se instaló el Rey, encantado de la belleza del sitio y del relativo esplendor de su nueva residencia.

Al propio tiempo fue resuelto, del modo más simple, el conflicto del alojamiento militar. En las suaves colinas verdes que rodean el Sardinero y entre los espesos grupos de pinos, se emplazó un lindo campamento con tiendas de lona. El vivir de los soldados día y noche en aquel alegre vivaque, dio al hermoso paisaje un cierto encanto de popular romería. Para embellecer más el cuadro fondeó en el abra del Sardinero la fragata Vitoria. Desde el ventanucho de nuestra casita, Obdulia y yo, contemplando las tiendas, los pinares, la tropa, los bañistas y la grandiosa nave, creíamos ver el más lindo nacimiento que se pudiera imaginar.

En aquel amenísimo rincón de la Montaña hacía don Amadeo vida campestre, desplegando libremente sus aficiones democráticas. A distintas horas se le veía divagando en dirección de Cabo Menor o de La Magdalena, acompañado de Díaz Moreu y Dragonetti. Por las tardes, cuando la música tocaba en El Pañuelo (plazoleta (p.8514) triangular entre la Casa de Baños, las fondas y el palacete de Pombo) , le veíamos en la turbamulta de paseantes, ojeando a las señoritas guapas y charlando jovialmente con sus amigos.. De la llaneza democrática del Rey oímos contar innumerables casos. Alguien le había visto llegar de noche, solo, a su vivienda y llamar a la puerta tirando de aldabón, como cualquier vecino trasnochador.. Otros le sorprendieron en el interior de su palacio inspeccionando las obras de decorado. Viendo a un obrero que clavaba una guarda-malleta, subido en débil escalera, puso en esta el Rey su mano y dijo: «Cuidado con caerse, amigo. Siga usted clavando; yo mantengo».

Una mañana, paseando Obdulia y yo por la Segunda Playa, vimos una dama guapa y melancólica, con traje veraniego enteramente blanco: «Ya tenemos aquí a la de las patillas» dije a Obdulia, que cebó en ella sus miradas. Un rato fuimos tras ella, acechándola con discreto espionaje. La vimos llegar pausadamente hasta Los Molinucos; volvió luego por la playa en baja marea, fijando sus ojos en la arena húmeda como si buscara en ella alguna inscripción borrada por las aguas. Subió después hacia Las Llamas; se sentó en un ribazo. Sin duda esperaba. ¡Qué triste es esperar, esperar al que no llega, al que no acude puntual a la cita! La espiábamos con tanta discreción que no podía sospechar nuestra vigilancia.. Llegó el momento en que la belleza patilluda daba por terminado su desesperante plantón. En su rostro pálido creíamos advertir el despecho y la ira. Subió paso a paso hacia el pinar llamado de Aparicio. De tiempo en tiempo volvía sus ojos hacia el paso de la Primera Playa. Aquel mirar era el último residuo de esperanza. En la carretera subió a un coche de los que llaman cestas, y partió cuesta arriba en dirección de la ciudad..

De once a doce, me cuidaba singularmente del baño de Obdulia. Ayudábala yo a desnudarse y vestir el traje marino; con ella descendía por la playa hasta dejarla en poder de Germán, el fornido bañero; y en el límite del agua, mojándome los pies, la miraba entre las (p.8515) blandas olas, remojándose con toda la fe de una bañista que busca la salud. A la salida le ponía la capa, y a la caseta volvía con ella, donde quedaba sola con su felpuda sábana y su ropa. Yo me paseaba viendo el ir y venir de mujeres en remojo, y singularmente me fijaba, como los demás curiosos, en una señora inglesa, esbelta, rubia y guapísima, que nadaba como un pez. Al salir de las aguas, la recibía su marido capa en mano y, como yo a Obdulia, la llevaba derechamente al secadero de la caseta.

Un amigo que en el entretenido vagar de la playa me salió, un conocimiento de estos que se traban y se destraban en la sociedad balnearia, entabló conmigo coloquio chismográfico, del cual refiero lo estrictamente substancial: «¡Brava mujer es esta inglesa! ¡Vaya unas hechuras, vaya una tez de rosa y nácar..! ¿Ha visto usted qué piernas? Para escultura no hay como las inglesas. Su marido es corresponsal del Times, el primer periódico de Londres. Celebra conferencias políticas con el Rey, y el Rey las celebra de otro género con la corresponsala. ¿No lo sabía usted? Viven en una de estas fondas, no sé si en Zaldívar o en Barbotán.. Dicen que Amadeo y su nuevo amor se ven en una casa del Paseo del Alta».

Camino de nuestra casa, dije a Obdulia: «Me parece que tendremos lío. En el mar proceloso se baña una bellísima nadadora, de nacionalidad inglesa y corresponsala del Times. A esta señora le hace cucamonas nuestro amado Soberano, y digo tan sólo cucamonas por no dar mayor gravedad a un caso que conozco por simple chismorreo público». Debo añadir ahora que, sin darnos cuenta de ello, Obdulia y yo nos sentíamos posesores de no sé qué poder metafísico, con el cual penetrábamos en la intimidad de los hechos y en la conciencia de las personas que en Santander y su famoso balneario vivían. Hallábame yo dotado de una facultad intuitiva, al modo de reflejo de la vida externa en mi retina cerebral, facultad que a Obdulia se comunicaba, resultando que los dos teníamos un vago conocimiento de cuanto sucedía.

Por esta pasmosa virtud (p.8516) anímica supimos, sin que nadie nos lo dijera, que la dama patilluda moraba en el Hotel del Comercio, el más decentito de la ciudad (Muelle, número 1) , antigua casa próxima al edificio de la Aduana, donde el Rey habitó una noche y estuvo a punto de perecer envenenado por la reciente pintura del local. Tuvimos asimismo la visión de que Adela pasaba parte del día en su aposento solitario, atormentada de hondas inquietudes. Escribía cartas con febril mano, y las rasgaba en pedazos antes de concluirlas. Por no bajar al comedor se hacía servir en su habitación. Como Calipso en su gruta, ne pouvait se consoler de la partida de Ulises.

Una mañana, en el Sardinero, presenció todo el público de bañistas y curiosos una estupenda regata. La nadadora inglesa se alejó, con gallardo deporte, como unas treinta brazas. Al volver hizo la plancha, meciéndose graciosamente sobre las movibles ondas. Cuantos estábamos en la playa admirábamos su belleza y arrojo. Apenas la hermosa oceánide hizo pie para volver a tierra firme, se nos ofreció un espectáculo emocionante. De la Caseta Real, colocada del lado de Piquío, salió Su Majestad con dos amigos al recreo de su baño, que más bien era un alarde de resistencia deportiva, pues si como Rey había quien le aventajara, como nadador difícilmente se le encontrara rival. Le vimos alejarse braceando, hizo la plancha, continuó aguas adentro; a una distancia doble de la que había recorrido la bella nadadora inglesa, se volvieron los amigos del Rey y este siguió, impávido, convoyado por una lanchita que tripulaban los bañeros.

En la playa, la nutrida fila de espectadores aumentaba por momentos. Corrían de boca en boca voces de admiración y entusiasmo: «Es un pez.. Hace rumbo a la Vitoria.. Que llega.. Que no llega». A veces le perdíamos de vista por interponerse la curva de una onda; después reaparecía. Hubo momentos en que sólo pudieron verle los espectadores que miraban con gemelos; por fin, estalló en el público la exclamación: «¡Que llega! ¡Que llega!». A bordo de la fragata sonaron las (p.8517) cornetas, anunciando la presencia del Soberano. Los que tenían gemelos vieron a los oficiales que descendieron la escala para recibirle. La nadadora inglesa, que había tenido tiempo de vestirse, era la más regocijada entre el público, la que con más énfasis aplaudía y encomiaba el arriesgado ejercicio del regio tritón, glorioso deudo de Neptuno. Don Amadeo se quedó a bordo; para llevarle su ropa y servidumbre vino la falúa de vapor de la fragata.

La misma tarde de este suceso vimos en el Sardinero a la dama blanca y melancólica. Después de voltijear en las inmediaciones de la residencia real, vino al Pañuelo, donde alguien la enteró de que don Amadeo continuaba en la fragata. Supo también que a bordo había un poquito de fiesta, merienda o refresco. La lancha de vapor iba y venía, llevando convidados. Por sus propios ojos vio Adela que entraban en la falúa el corresponsal del Times y su bella señora. Momentos después de este grave incidente la vimos en la playa, excitadísima, hablando con Díaz Moreu. Su palabra era tan vehemente, su actitud tan resuelta y su gesto tan vivo, que creímos que le arrancaba los cordones al ayudante del Rey. Este empleaba toda su habilidad cortés en aplacar el enojo de la dama, y sus razones discretas terminaban con una negativa rotunda: Imposible llevarla a bordo. Volvió la embarcación a recoger más gente, y se llevó a Díaz Moreu, al alcalde Sañudo y a dos o tres militares de la guarnición. La hermosa Dido, abandonada contra el fuero de amistad y amor, mostraba claramente su despecho y celosa furia cuando embarcó en la jardinera de dos caballos para retirarse a su gruta del Hotel del Comercio.

No sé decir si yo veía o si adivinaba; mas la certidumbre penetraba en mi espíritu, y continúo mi cuento seguro de llevar delante de mi pluma la luz de la verdad. Obdulia y yo veíamos lo distante; oíamos las voces lejanas.. A consecuencia de lo anteriormente referido, la hermosa y desdichada señora, que por su talento y su belleza mereció los favores del Rey, se vio lanzada a extremos de pasión y (p.8518) venganza, si reprobables en la estricta moral, dignos de indulgencia como desahogo casi legítimo de un alma burlada. Iracunda y ciega pensó que su papel en aquel drama, medio personal, medio histórico, era responder al secreto agravio con agravio público y resonante. Pues se la despreciaba indignamente, pues se la sustituía por una inglesa extravagante y zancuda, no se retiraría de la escena sin escándalo. ¿Qué menos hacer podía que dar publicidad a trece cartas escritas de puño y letra por el Rey de España, don Amadeo I?

Aferrada locamente a esta resolución, castillo formidable de la flaqueza femenina, hizo saber al Rey lo que proyectaba. Alarma y susto en la pequeña Corte del Sardinero; mensajes, recaditos.. Pronto se vio que la deidad irritada no cedía. Sonaron los primeros fragores del escándalo: la tempestad estaba cerca.. Transcurrieron dos días; al tercero presentose en el Hotel del Comercio y en la estancia de la dama un caballero amigo del Rey, pidiéndole conferencia reservada. Sentose Dido abandonada junto a la mesilla donde pasaba las horas escribiendo y rasgando cartas, e invitando al caballero a sentarse frente a ella, le preguntó el motivo de su visita.

«Comprenderá usted, Adela -dijo el caballero-, que el objeto de esta entrevista no puede ser grato para mí. Confío en la discreción de usted, en su talento, en su bondad. Es usted buena. Por tal la he tenido siempre. Bien sabe el respeto y la consideración con que la tratamos todos sus amigos. Vengo decidido.., ¿no lo presume usted?.., a recoger las cartas de Su Majestad». Desplegando toda la táctica femenil, Adela contestó que las cartas podían ser documentos históricos y que en este caso pertenecían a la Nación. No creyó el caballero que el asunto era de los que pueden tratarse con sutilezas del ingenio, y sacando de su cartera un sobre repleto de billetes de Banco, lo puso sobre la mesa y dijo así:

«Las relaciones de Su Majestad con usted han terminado, Adela. Mi opinión es que usted las ha roto, no él. Sea como fuere, Su Majestad no consiente que usted quede desamparada. (p.8519) Tome usted esto.. Son cien mil pesetas».

Airada respondió la señora que quizás vendería los documentos históricos por una palinodia del Soberano, reconociendo su veleidad y poniéndole remedio.. Por dinero no los daría nunca. Entablose una breve y agria disputa. Dido enamorada se defendía fieramente contra el abandono. El mensajero del Rey, hombre que iba derecho al bulto y no gustaba de inútiles parloteos, sacó del bolsillo un revólver, y poniéndolo de golpe sobre la mesa, soltó este ultimátum: «O me da usted las cartas, o la mato a usted ahora mismo».

Por distintos estados emotivos pasó rápidamente la dama. En el espacio de unos segundos se mostró colérica, medrosa, soberbia, humilde.. Con incierto paso llegose a un maletín donde guardaba sus alhajas. Sacó las cartas, y con furioso ademán las arrojó sobre la mesa. El mensajero tuvo serenidad para contarlas. Vaciando el sobre de los billetes y metiéndolas en él, para guardarlas cuidadosamente en su bolsillo, se retiró con fría reverencia. No hay noticias del tiempo que tardó Adela en recoger la indemnización de guerra, última página de su historia de amor.

 

Ep-43-XXIII -

En medio de la placidez de la vida campestre y balnearia, no se extinguían absolutamente las inquietudes de Obdulia. Una noche despertó sobresaltada y pegando gritos. Había soñado que hallándose en la frescura y recreo de su baño, vio venir de mar afuera un horrendo tiburón, abierta la espantosa boca con triple fila de dientes. El cetáceo no era otro que Aquilino de la Hinojosa, metido en aquel disfraz para devorar a su cónyuge infiel. Entre las mandíbulas del monstruo marino estaba ya cuando despertó de la pesadilla. El terror le duró largo rato después de despierta, y sólo a fuerza de cariños pude tranquilizarla, prometiéndole además el exterminio del afinador, en cuanto le cogiese a tiro.

La partida del Rey, que embarcó para visitar otros puertos de la costa; las enojosas lluvias, que anunciaban la declinación de la temporada, y la merma fatal de los dineros de Mariclío, nos dieron el (p.8520) toque de marcha.. En el tren, camino de Madrid, la casualidad nos deparó la compañía de aquel joven, no diré amigo, sino conocido, que en la playa del Sardinero me dio noticias de la corresponsala del Times y de sus amores con el Rey. Era el chismoso profesional, el hombre de las anécdotas galantes, de las historias que son el fermento de la ociosidad en casinos y cafés. Tomando pie de una frase nuestra pegó la hebra de su croniquería escandalosa, y después de referir con picantes pormenores el enredillo del Rey con la dama inglesa, nos colocó el relato de otras aventuras amadeístas, acaecidas en el último invierno.

La primera ocurrió en una casa (proximidades del Teatro Real) donde vivía un personaje que, por su elevado cargo, despachaba muy a menudo con el Rey. Esposa del tal personaje, cuyo nombre no quiso revelarnos el cuentista, era una mujer bella y arrogante a quien Amadeo conoció en un baile de Palacio. Ligerilla debía de ser la dama, pues sin gran resistencia tomó varas del Rey y concertaron una entrevista. ¿Dónde? En la propia casa de ella, aprovechando las largas ausencias que al marido imponían sus obligaciones burocráticas.. Acudió el Soberano a la cita, no sin prevenirse contra posibles contingencias desagradables. Por si el marido se presentaba inopinadamente en su domicilio, se dispuso que un confidente del Rey se situase en la puerta de la calle, con hábiles instrucciones para cortarle el paso. La maquinación era del género más picaresco.. Pues señor; llegó como se temía el confiado o desconfiado caballero, y el emisario, acometiéndole al bajar del coche, le dijo con bien fingida premura: «Estoy aquí esperándole a usted para comunicarle, de parte de Su Majestad, que en Palacio le espera para tratar con usted de un asunto urgentísimo». Refunfuñó el marido.. Antes de ir a Palacio subiría un momento a su casa. Pero el confidente le atajó con frase apremiante, angustiosa: «No, no; no hay que perder momento. Su Majestad espera impaciente. El asunto es muy grave». El engañado personaje se dirigió (p.8521) velozmente a Palacio, donde preparado le tenían otro gracioso ardid. Al encuentro le salía Dragonetti, obligándole a una larga antesala. Su Majestad estaba conferenciando con Cialdini, embajador de Italia, en las habitaciones de Su Majestad la Reina.. A la hora larga de este bromazo recibía don Amadeo al personaje y con él trataba de un asunto administrativo, que el cuentista no dijo, y en verdad no hacía falta para redondear el cuento.

Oída y celebrada esta picante aventura, de cuya veracidad no respondo, el chismoso, sin tomar respiro, continuó la serie: En otro lance amoroso, los satélites del Rey tuvieron que simular un robo para proteger la difícil salida del galantuomo; en otra sacaban a la señora por una puerta secreta, o bien descolgaban al caballero desde el balcón al jardín, y en todas resultaba que el marido era tonto. Nos dijo seguidamente que don Amadeo había traído de Italia una cuadrilla de rufianes para organizar aventuras tan diabólicas. No daba yo gran crédito a esta importación rufianesca. Añado por mi cuenta que los referidos lances de seducción eran de corte italiano más que español, y en ellos se advertía el cinismo malicioso de Bocaccio antes que las artimañas sutiles de la picaresca de acá.. Lo que he recogido de boca del chismoso tiene un hueco en estas páginas como documento vivo de cierta opinión insana que se proponía desprestigiar al Rey Amadeo, poniendo en circulación estas liviandades indecorosas y a veces ridículas.

Llegamos a Madrid en perfecta salud. En la casa de huéspedes no había otras novedades que un aumento molestísimo de estudiantes de Medicina, y que el gran don José, en un ataque agudo de su depresión cerebral, pasaba largas horas sumergido en hondas meditaciones sobre el misterio de la Inmaculada Concepción. Sabedora de mi llegada, fue a verme Delfina Gil, suponiendo que yo venía de Roma. Por carta de mi hermana Trigidia tuvo noticia del revuelo que armó mi discurso, y de los telegramas del Papa llamándome a la capital del Orbe Católico. Seguí yo la broma, y a sus preguntas (p.8522) acerca de la salud del Padre Santo, le dije que estaba bueno, sin otro achaquillo que un corrimiento de muelas que le obligaba a tomar continuamente buches de malvavisco. Le describí con frase hiperbólica la Basílica de San Pedro, y la Capilla Sixtina, donde oía yo misa todos los días frente a la pintura del Juicio Final. Añadí que el Sumo Pontífice me había colmado de bendiciones y finezas, dándome de añadidura una misión secreta para la Reina doña María Victoria, la cual me recibiría en audiencia un día próximo. De esto no podía decir una palabra más. Ítem. Yo comía todos los días con mi amigo del alma el Cardenal Fieramosca, de la Propaganda Fidæ.. Los buenos católicos estábamos de enhorabuena porque la prisión del Santo Padre tocaba a su fin. El bárbaro Víctor Manuel, movido de arrepentimiento y del acerbo dolor de su culpa, estaba dispuesto a postrarse de hinojos ante el solio pontificio, cubierta de ceniza la cabeza, besando sucesivamente los escalones, hasta poner sus labios en la sandalia de Pío.

Por el efecto que en Delfina causaron estas gordísimas trolas, comprendí que le faltaría tiempo para comunicarlas a los beaterios y sacristías que frecuentaba.. Como mi Obdulia no se aliviara de su terror, le ordené que no saliera de casa. Yo andaba en busca de la Madre Mariana, sin poder dar con ella. Los porteros de la Academia de la Historia me dijeron que después de pasarse tres días y tres noches en la biblioteca, la vieron salir una noche con don Marcelino. Presumieron que habían ido a la Academia de la Lengua, calle de Valverde. Don Marcelino había vuelto; doña Mariana no. Ansioso de hablar con ella, la busqué en ambas Academias y en la de Ciencias Morales y Políticas, en la imprenta de la Gaceta y en la Armería Real. Todo inútil.

Al volver a mi casa encontré en ella a Ramón Cala y a Felipe Ducazcal, que me esperaban para que les acompañase a la guarida de don Francisco Torquemada, prestamista y anticuario, con objeto de proponerle la venta o alquiler de algunas prendas de uso mujeril, consideradas ya como (p.8523) arqueológicas. De buen grado les acompañé a la calle de San Blas, y, enterado yo del asunto, entablamos negociaciones con el adusto usurero, gastando los tres enorme dosis de paciencia y saliva para persuadirle de que le proponíamos un buen negocio. Tratábase de adquirir o alquilar cierto número de peinetas de carey, altas y labradas, en forma de teja. Usadas por nuestras abuelas, ya pertenecían al coleccionismo. Torquemada las tenía preciosas y pedía por ellas un sentido. Se convino al fin en que las cediera por dos días, depositando una cantidad como garantía de puntual devolución.

Colaborando en la travesura que se traían mis amigos, nos procuramos mantillas blancas y negras en diferentes casas de préstamos, y en lo restante del día y mañana siguiente organizamos la graciosa mascarada que había de desvirtuar y corromper la manifestación de las católicas damas alfonsinas. No fue empresa difícil reunir y contratar dos docenas de mozas del partido, bonitas las unas, atarascadas las otras, útiles todas para el efecto que nos proponíamos obtener. El pícaro Ducazcal sacó, no sé cómo ni de dónde, ocho carretelas de lujo, algunas blasonadas, con lucidos troncos de caballos.

La función resultó brillante, abigarrada, jocosa. Salieron aquella tarde las alfonsinas aderezadas con sus mantillas y peinetas, creyendo realizar de este modo una protesta muda contra la nacionalidad exótica de nuestros Reyes. Ridículo, afectado y artero resultaba el españolismo de nuestras clases altas. Las que desde el segundo tercio del siglo habían renegado de todo lo castizo, arrojando al montón de las prenderías las modas españolas, y vistiéndose, comiendo y hablando a la francesa, salían ahora con la tecla de adoptar preseas sacadas del Rastro indumentario. Bien hicieron los pícaros de la política en poner frente a ellas el manchado espejo de un Rastro moral.

La pantomima de aquella tarde fue lucida, y digámoslo claro, vergonzosa. A lo largo de la Castellana, la ilustre señora y reina doña María Victoria pasó ante la (p.8524) muchedumbre carnavalesca arrostrando, con severo continente, el desaire público con visos de injuria. Nunca la vi tan revestida de alta nobleza y majestad. En su rostro y actitudes no se conoció si había sabido distinguir las verdaderas de las apócrifas damas. Mis amigos y yo nos entretuvimos en actuar como puntuales cronistas de salones, digamos de sociedad, y fuimos enumerando el mujerío manifestante, en sus dos estamentos constitutivos. La fatalidad política había confundido lo más aristocrático con lo más villanesco. Y sobre la bullanga femenil oíamos una estruendosa carcajada de la Moral Pública.

Oficiemos de revisteros imparciales: allí estaban la Navalcarazo y la Yébenes, señaladas por su furibundo catolicismo; la Campo Fresco, de agudísimo ingenio; la Belvís de la Jara, la Ruy Díaz, ilustres importadoras de toda elegancia francesa; la Villares de Tajo y la Gamonal, flor y nata de la aristocracia burguesa; la Trastamara, la Monteorgaz, la Villaverdeja y la Tordesillas, de remoto abolengo histórico. Entre los caballeros vimos a Paquito Uclés, a Pepe Armada, Jacinto del Pulgar, Guillermo de Arancis, Manolo Montiel y otros que sería prolijo enumerar.. De la otra banda deben ser citadas con preferencia Paca la Alicantina, Marquesa del Cieno; la Eloísa, muy conocida en todos los círculos.. viciosos; la Clotildona, la Rosa Huertas, Pepa la Sastra, espléndida de fofas carnes; la Napoleona, la Condesa del Real Cuño, la Sílfide, la Moño Triste y otras tales, cuyos linajudos nombres se escapan avergonzados de la pluma cuando queremos escribirlos.

Al volver yo de la Castellana con Roberto Robert y Mateo Nuevo, encontramos a Pepe Ferreras, el periodista más discreto y agudo de aquellos tiempos, hombre que sabía cual ninguno poner el dedo en la parte doliente de todo suceso político y mostrar el grave daño que padecíamos. «He visto la indigna comedia de esta tarde -nos dijo-. No se concibe mayor oprobio de un país, ni mayor torpeza de las clases altas, que nos han traído la intervención del fango social en la vida (p.8525) política. En el estúpido atentado contra el Rey y en esta farándula repugnante veo yo el principio del fin. La responsabilidad es de todos, sin excluir las instituciones. Queríamos un Gobierno constitucional, sensato, estable, y en dos años llevamos ya seis crisis si no recuerdo mal. En política todo puede admitirse, menos el barullo, el caos y la falta de orientación. ¿A dónde nos lleva este don Manuel? ¿Continuará la marcha emprendida en su primer Ministerio, o nos precipitará de tumbo en tumbo hacia lo desconocido? Digamos con don Salustiano: Dios salve al Rey. A la Reina no hay que salvarla, que bien alta está en el concepto público. Si ella gobernara, tendríamos Saboyas para rato. Pero no nos caerá esa breva. Lo peor del caso es que todo esto, y principalmente lo que esta tarde hemos visto, resulta en provecho de los Borbones.. Y yo pregunto a ustedes, señores republicanos tibios y calientes, señores demagogos y socialistas de la Internacional, ¿harán ustedes algo duro y hondo, algo que no sea esta labor de tontería y aturdimiento? Si no cambian de tocata, la Restauración viene; vendrá traída por todos, y principalmente por ustedes; la tendremos aquí después que armemos el gran barullo.., el gran barullo.. Y si no, al tiempo, al tiempo.. el gran barullo».

Repitiendo la frase última, rutinaria muletilla en él, se despidió de nosotros, y yo seguí sopesando en mi mente las palabras proféticas del sutil periodista y augur Pepe Ferreras.

 

Ep-43-XXIV -

En lo restante de aquel Otoño, esta Nación sin ventura, como cuerpo en que circula sangre viciada, se llenó de granos, manchas eruptivas y forúnculos, síntomas de la enfermedad o gran barullo pronosticado por Ferreras. En todo el territorio del Norte, alta Cataluña, Maestrazgo, provincias de Levante, apareció la sarna de las partidas carlistas, y tras ellas vino el picor y desazón de las partidas republicanas. No sabía el Gobierno a dónde acudir primero: aquí salía del paso rascándose; allá se aplicaba emolientes; nos contentábamos con ir viviendo, con ir (p.8526) tirando, mientras el mal estuviera limitado a la fea y desapacible afección dermatológica.. Continuaban infructuosamente mis diligencias para encontrar a la Madre Mariana. Si por una parte me dolía mi orfandad, por otra tuve algunas satisfacciones de carácter doméstico. La intranquilidad en que Obdulia y yo vivíamos se calmó con las noticias que de Villaviciosa trajeron el ordinario y otras ordinarias personas. Lejos de mejorar, Aquilino iba de mal en peor, por la falsa soldadura de la clavícula, y aún tenía camastro para otros dos meses o más. Eso íbamos ganando.

Con los dinerillos que dio a mi mujercita la Marquesa de Navalcarazo, por ciertas labores de aguja, y algo que yo ganaba escribiendo en El Diario del Pueblo, fundado por mi amigo Valero de Tornos, pagábamos nuestro pupilaje, y aún nos restaba para menudencias y honestos placeres. Debo decir, entre paréntesis, que en mi Obdulia se armonizaba el romanticismo con las cualidades del perfecto economista. Gracias a ella podíamos regalarnos diariamente en La Perla, yo con mi café, ella con su vasito de leche merengada.

Los billetes del periódico nos permitían el goce del teatro: en el Circo de Paúl nos entreteníamos oyendo a la Williams, actriz bonita y salada que con el gracioso Rosell representaba el Mambrú, pieza de circunstancias llena de picardía. En el Teatro Circo vimos dos o tres veces el famoso zarzuelón Barba Azul; en Capellanes nos descuajábamos de risa con la desvergonzada revista Los prófugos de Ultramar, sátira del escándalo de los Dos Millones que, según la gente maliciosa, afanaron Sagasta y el pollo antequerano.

Pero lo que más nos encantaba y divertía era el arte maravilloso de la célebre prestidigitadora Benita Anguinet, en Variedades. Titulábase la función Los milagros de la brujería, y como yo había sido un poco brujo hallaba singular deleite en aquel espectáculo de escamoteos, sorpresas, juego de luz y tinieblas, que confundían la mentira con la realidad. Era la Anguinet una señora simpática, gorda sin menoscabo de (p.8527) su agilidad: encontraba yo en ella un parecido notable con Pepita Izco, heroína de mi breve idilio místico y sensual de Durango. Por esta razón eran más calurosos mis aplausos a la mágica de opulentas carnes y sortilegios diabólicos. Una noche, estando Obdulia y yo en segunda fila, vi en la primera a mi pasado amor María de la Cabeza Ventosa de San José. Estaba con Alberique. A la salida nos miraron con desdén olímpico, como diciendo adiós pobreza. Les pagamos en peor moneda, riéndonos descaradamente de su inflado empaque burgués.

Entrado ya Diciembre, el buen pueblo republicano de Madrid agregó al interés de los teatros un motincillo callejero, nuevo síntoma de la grave dolencia hispana. Hallábase una noche deliberando la Junta Suprema del Consejo de la Federación Española, cuando sonaron tiros en la Puerta del Sol. ¿Qué ocurría? Que los Comités de los distritos habían acordado, por sí y ante sí, lanzarse a la calle. Corriose la trifulca a la Plaza de Antón Martín, tradicional baluarte republicano, y allí fue sofocada por las tropas que llevó el General Pavía. Entre los revolucionarios figuraban el famoso Espiga, el comandante Decref y Carlos Caro, Cerrudo y otros paisanos. Hubo bastantes heridos y un solo muerto, el lacayo del coche de Ruiz Zorrilla, víctima inocente del celo de un diputado, señor Boceta, que se empeñó en recorrer el campo de batalla en el propio carruaje oficial del Presidente del Consejo.

Los treinta y cinco prisioneros de aquella descabellada intentona fueron puestos en libertad a la mañana siguiente.. A mi parecer, produjeron aquel fugaz movimiento Las Hojas Revolucionarias que, a falta del periódico Tribunal del Pueblo, publicaban mis amigos de la calle de la Montera. Entre aquellas Hojas obtuvo enorme circulación la titulada El Rey se va, escrita por la propagandista republicana Modesta Periú. No era ella la única hembra que valerosamente luchaba por la Causa, pues otra, llamada Guillermina Rojas, anduvo a tiros con las tropas de Pavía en la plaza de Antón (p.8528) Martín.

A los pocos días de esta zaragata, los buenos y sencillos revolucionarios se las prometían muy felices. Hallándome yo una noche en la redacción de El Diario del Pueblo escribiendo mi Crónica del día, vino a darnos plática un amigo, jovenzuelo y candoroso, el más activo satélite de don Juan Contreras y del Consejo Federal, que forjaba los rayos de la revolución. «Ya la tenemos armada, querido Tito -me dijo con sigiloso misterio-. Ahora va de veras. Será cuestión de días el triunfo de la República Federal. Sevilla, Barcelona, Cádiz, Cartagena, están a punto de pronunciarse. La Junta Suprema y los prohombres han discutido largos días, triunfando al cabo la idea del levantamiento general. Esto que te digo lo sé por el propio García López..

»Puedes estar seguro, como si lo hubieras visto, de que anoche salió para Andalucía Nicolás Estévanez. ¿Crees que va de paseo o a echar discursos? No, chico. Lleva la sagrada misión de cortar todos los puentes de Despeñaperros, de levantar partidas, sublevar las poblaciones de Linares, Andújar, Bailén, La Carolina, cerrando al Gobierno toda comunicación con las plazas de Andalucía. Tú conoces a Estévanez; comprenderás lo que puede esperarse de su capacidad y audacia. Nicolás es el águila de las guerrillas. No te digo más.. Dentro de algunos días podremos decir, no El Rey se va, como nuestra brava heroína la Modesta Periú, sino El Rey se ha ido. Día de júbilo tendremos. ¡Con qué gusto veré partir a don Amadeo, al Dragonetti y a los rufianes que ha traído de Italia para sus trapicheos amorosos! Lo sentiré tan sólo por la Reina, francamente lo digo. Esta doña María Victoria es tan buena y simpática que no parece Reina, sino una señora cualquiera. Yo me quito el sombrero al verla pasar, y le perdono el ser italiana. Ya sabes que cría a sus hijos. Me consta que este verano, paseando por las inmediaciones del Escorial, encontró un niño abandonado que chillaba pidiendo teta. Pues lo recogió y le dio de mamar, no con biberón, Tito, sino a sus propios pechos. Tú que sabes tanto de (p.8529) Historia, me dirás si has leído algún pasaje de reinas o emperatrices que hayan hecho esto..».

Tomé nota mental de los cuentos que me trajo aquel majadero inocente, y seguí observando los acontecimientos que marcaban la fiebre y el creciente malestar de la Madre España. Entre domésticos goces y fáciles trabajos transcurrieron los días de Diciembre, hasta la placentera semana de Navidad y Año Nuevo, que fue para nosotros alegre y descansada por lo que voy a referir. Se hospedó en nuestra casa por pocos días un rico labrador toledano, residente en Bargas, que nos invitó a pasar las fiestas en su campestre vivienda, holgona y bien abastada de cuanto ha menester la vida. Aceptamos con gratitud, y allá nos fuimos con él en un galerín que salía de la Cava Baja. En el viaje y en el pueblo todo nos pareció delicioso: el campo totalmente desnudo de árboles, nos encantaba; la morada de nuestro amigo y anfitrión se nos antojó palacio principesco; cuanto veíamos era reflejo del gozo de nuestras almas.

En don Casiano vimos el más cumplido, el más gallardo y obsequioso hidalgo campesino; en su mujer, doña Dulce, la más bella, la más airosa y afable dama labradora de estos reinos; en sus cinco niños, cinco ángeles que reproducían la hermosura y simpatía de sus padres. La casa, enorme y toda de planta baja, era el ideal de la humana vivienda: anchurosas estancias, patios y corrales poblados de alimaña volátil y de toda cuatropea cerdosa, ovejuna y caballar. Completo la figura del gran don Casiano diciendo que militaba en el republicanismo federal, y que tanto en él como en su linda consorte reconocimos las ideas más amplias y generosas. Estábamos, pues, Obdulia y yo en el Paraíso terrenal, y nuestra única pena era que antes de Reyes tendríamos que salir de él.

No hay que hablar de la opulencia de las comidas, del diario consumo de pollos, palomos, conejos y cabritos. Lo que digo: aquello era más que el Paraíso, era Jauja. Tenían los niños, en una de las principales habitaciones, un magnífico Nacimiento con la mar de figuras, montañas de corcho, (p.8530) nubes de algodón, sin fin de pastores, Reyes Magos, y un escuadrón de Húsares. Obdulia, que era maestra en artes infantiles, les completó la decoración con ramaje de carrascas, un lago cristalino, en que patinaban elefantes y camellos, y un ferrocarril que comunicaba el Cielo con la Tierra. La Nochebuena, iluminado el altarejo con innumerables candelas, brillaba como ascua de oro. Niños de la vecindad agregados a los de casa, nos regalaron con el concierto angélico de panderetas, zambombas, rabeles, cánticos y alilíes de entusiasmo.

A la mañana siguiente, los ciegos, que recorrían el pueblo cantando villancicos, vinieron a la casa, donde se les aseguraba copiosa limosna. Eran mendigos astutos y oportunistas que variaban el sentido de sus coplas, acomodándolas a las ideas de las personas cuyo aguinaldo requerían. Y como el buen Casiano gozaba en toda la comarca fama de republicano ardiente, los ciegos cantaban de este modo el natalicio del Hijo de Dios: Camina la Virgen pura - con San José liberal - para el Santo Nacimiento. - República Federal. Venía luego el estribillo, que era el Me gustan todas, con música de El joven Telémaco.

Otras coplas copio que nos hicieron mucha gracia: En la mitad del camino - iba San José cansado. -Fue a llamar a una posada - y le salió un moderado. -A otra posada llamó, - ya fatigado de andar, - y le dijo el posadero: - entra, Pepe federal. Por aguinaldo recibieron, con la calderilla, un pan y un chorizo por barba. En la calle les encontré luego, cantando también en forma libre para halagar al pueblo cuyas ideas liberales conocían: Vinieron los pastorcitos - a besarle pies y manos; - Jesucristo muy contento - porque eran republicanos. Me contaron que en la casa del párroco, tachado de carcunda, cantaban así: Viva Jesús Nazareno, - juez de nuestra Religión. - Viva Jesús Nazareno - y don Carlos de Borbón. Frente al cura, como en todas partes, terminaban con el estribillo: Me gustan todas, - me gustan todas, - me gustan todas - en general..

Con la llegada de los Reyes Magos, día (p.8531) triste para los escolares, nos despedimos de nuestros espléndidos anfitriones. Trance amarguísimo era dejar las ricas ollas, y el trato exquisito de doña Dulce, su digno esposo y agraciada prole. Pero no había más remedio. Proponiéndome yo no volver a Madrid sin pasar unos días en Toledo, para que Obdulia pudiese dar un vistazo a la Catedral y demás monumentos, el propio don Casiano nos llevó en un cochecillo a la Imperial Ciudad, instalándonos en la Posada de la Sangre, donde nos pagó una semana de hospedaje. Hombre tan bueno y dadivoso despertaba en mí tal admiración y gratitud, que hube de considerarlo como un enviado de Dios.

El tiempo húmedo y ventoso no nos estorbó para recorrer y registrar las maravillas toledanas, desde la inmensa Catedral, relicario de todas las artes, hasta los últimos rincones arqueológicos, como el Cristo de la Luz y el Cristo de la Vega. Rendidos de nuestras caminatas por las empinadas y torcidas calles, nos acogíamos a nuestra Posada, al amparo de la sombra del amigo Cervantes. Una noche, cenando en anchurosa cuadra junto a la cocina, vi a la Madre Mariana que hacía por la vida en una larga mesa, poblada de arrieros y caminantes. Dos mujeres estaban a su lado, y todos los comensales departían alegremente. Con respeto supersticioso me acerqué a la Señora y le besé la mano. Ordenó ella que Obdulia y yo nos agregáramos a su compañía, y así lo hicimos gozosos. «Celebro encontrarte, querido Tito -me dijo-. Aquí me tienes descansando en esta ciudad que es uno de mis solares predilectos. Me distraigo remembrando cosas de tiempos muy lejanos. Es dulce y confortante hacer revivir los Concilios de Toledo, las cuitas del Rey Sabio, el Rito Mozárabe y charlar con los cardenales Mendoza, Cisneros, Cilíceo, Carranza, y con mis buenos amigos Juan Guas y el Greco».

Oyendo a la Señora creí encontrarme en los senos vaporosos de un mundo quimérico. Las dos mujeres que acompañaban a la divina Clío atrajeron poderosamente mi atención. La una, bella y altiva en su madurez, era la (p.8532) mismísima Viuda de Padilla; la otra, joven y bonita, Santa Leocadia.. Entre los hombres, todos de vigorosa complexión goda o castellana, de rostros enjutos y tallas procerosas, vi al Rey Wamba, a San Ildefonso, a Jiménez de Rada y Jiménez de Cisneros, a Illán de Vargas, al Pastor de las Navas, y a otros, extranjeros españolizados, que eran sin duda Copín de Holanda, los Borgoñas y Theotocópuli. También creí reconocer al poeta Garcilaso y al comunero Padilla.

 

Ep-43-XXV -

Cenamos diferentes manjares castizos; se obscureció la estancia, y al volver en tropel a nuestros dormitorios, Mariana me estrechó la mano diciéndome: «Descansa un poco, que en el primer tren de mañana nos iremos a Madrid. No sé si sabrás que está a punto de estallar un huracán político por susceptibilidades y resquemores de los caballeros de Artillería. No te digo más por esta noche..».

En efecto, reunidos en el tren, a temprana hora, Mariclío prosiguió de esta manera sus graves informes: «El ventarrón nos ha venido por el nombramiento de don Baltasar Hidalgo para el mando de una división en el Ejército del Norte o de Cataluña.. no estoy bien segura: lo mismo da. Recordarás la parte que se atribuye a Hidalgo en los trágicos acaecimientos del cuartel de San Gil (1866) . Fuera o no culpable el entonces capitán de Artillería, sus compañeros le tomaron entre ojos. Apartado del Cuerpo, Hidalgo ha prestado servicios en Cuba; ha merecido y obtenido ascensos: hoy es Mariscal de Campo, sin que sus compañeros de Arma hayan protestado de verle en tan alta jerarquía. El disgusto de ahora se funda en que los artilleros no quieren ser mandados por don Baltasar. Distante de Madrid he formado el juicio de que esto es un aparato político para derribar al Gobierno y poner en graves apreturas al pobre Amadeo. Sé que los llamados Constitucionales andan en este enredo y que los oficiales de Artillería se reúnen nocturnamente en casa de Ulloa. Pronto se sabrá la verdad. Hoy se abren las Cortes, allí parirán estos montes y veremos sí sale ratoncillo inocente o dragón (p.8533) infernal».

Mientras hablaba la Señora examiné a las dos mujeres que iban en su compañía. Ya no vi en ellas las poéticas facciones de la viuda de Padilla y Santa Leocadia, sino, antes bien, vulgares rostros de dos criadas, que al propio tiempo eran marisabidillas capaces de escribir al dictado sendos tomos de Historia. Con una de ellas charlaba Obdulia, refiriéndole sus impresiones de Toledo, y la otra me dio noticias del nuevo incendio de guerra civil en el Norte y Cataluña. Las facciones de Guipúzcoa, mandadas por Lizárraga, pisoteaban el Convenio de Amorevieta; Durango ardía en pasiones belicosas; Pepita Izco, olvidada de mí, bordaba banderas para los batallones de la Fe, y mi amigo Choribiqueta, dando de mano a su atavismo, presentía ya que podían caber dos epopeyas dentro del espacio de un solo siglo. Horizontes teñidos de sangre cerraban la vista por el Norte y parte de Levante. La pobre España, arrullada en los brazos de la Fatalidad, aguardaba su sentencia de muerte o vida con expectación pavorosa.

Al llegar a Madrid, doña Mariana concertó conmigo lugar y ocasión para comunicarnos; podía yo prestarle ayuda en la grave crisis que el Destino elaboraba en su profundo taller histórico. Conforme a estas advertencias, una mañana, entrado ya Febrero, me llamó a la casa del reverendo sacerdote don Hilario Peña, a quien hallé trabajando en su biblioteca, algo aliviado de la gota, metido en el laborioso afán de terminar su magna obra del Clero Mozárabe. Frente a él, en la misma mesa atestada de librotes y papeles, escribía rápidamente la Madre Mariana en largas hojas de papel pergaminoso. Apenas me acerqué a ellos para saludarles, vi entrar a Graziella, trayendo servicio de café con leche y tostadas para los dos, mejor dicho, para los tres, pues me invitaron a participar de su desayuno. Entraba y salía la ninfa, diligente y cuidadosa, como ama de llaves sobre quien pesa el gobierno de una casa. No hablaba más que lo preciso. Pasado un rato, cuando el cura, la Madre y yo hablábamos de los asuntos (p.8534) públicos, reapareció con bayetas calientes para defender del frío las piernas y pies de su amado señor.

«Hemos sabido -me dijo la Madre- que el Rey de Italia ha escrito a don Amadeo ordenándole que a todo trance se sostenga en el trono, para lo cual es indispensable que se ponga al lado de la oficialidad de Artillería, y que no consienta la disolución de un Cuerpo tan noble y fuerte. Tenemos, pues, que Amadeo se coloca frente a su Gobierno. Si prevalece el criterio del Rey, veremos a Ruiz Zorrilla y a sus radicales hechos polvo. Volverá el Duque, volverán los unionistas con los resellados del progreso. ¿Qué ocurrirá después?.. Ven acá, Graziella: tú, que eres el numen de la nueva Italia, traído a nuestra tierra como un soplo vivificador, dinos lo que te inspiran tus hermanas las ninfas del Arno y Tíber».

La vivaracha Graziella, que en aquel momento acababa de poner bajo los pies de don Hilario una estufilla con brasas de carbón de encina, apoyó sus codos en la mesa, y en el tono jovial y picaresco que tan bien se armonizaba con su liviandad, nos dijo: «Víctor Manuel teme a los Carbonarios, teme a los sectarios de Mazzini y a los venecianos que han heredado las doctrinas de Manín. No quiere que se pase más allá de la Monarquía democrática. Le asusta la República; cree que si su hijo flaquea en España y se deja arrollar por el radicalismo, tengamos aquí un ensayo de Gobierno popular con gorro frigio. La dichosa monterita es para él como para mí la mala sombra, la getattura. Le dice a su hijito que se arrime a los cañones. Sin cañones no se puede vivir. Lo mismo pienso yo, que también soy de artillería. Como venga el gorro colorado, el Rey galantuomo ve perdido el trono de Portugal, donde tiene a su hija María Pía, perdido el trono de España, en peligro también el suyo, aunque asentado en la popularidad».

-Si es verdad lo que nos cuenta esta loca -dijo don Hilario-, tenemos resuelta la cuestión. El Rey se va con los caballeros de Artillería; Zorrilla y Córdoba se meten en sus casas; vuelve el Duque.. (p.8535) Resulta que aquí siempre estamos lo mismo. Entran y salen los eternos perros sin tomarse el trabajo de cambiar sus collares.

-Lo que yo veo, mi buen don Hilario -dijo Mariana-, es que aquí andan sueltas todas las pasiones menos la del patriotismo, única pasión que da salud y vida a los pueblos enfermos. Ya sabemos quién es el Ginés de Pasamonte que mueve los hilos de este retablo. Al pobre Amadeo le ponen en un dilema de mil demonios: de una parte su juramento de Rey constitucional; de otra la conservación de un trono que unos y otros han convertido en mueble de guardarropía. Aquí despuntan acontecimientos dignos de mí. Graziella, sácame del arca grande mis borceguíes de tacones de plata..

En la segunda visita que días después les hice, me recibió Graziella sola, luctuosa y suspirante. Don Hilario estaba en cama, con ataque agudísimo. Doña Mariana, que había salido a sus menesteres y a visitar a sus hermanas, no tardaría en volver. Decidime a esperarla para comentar con ella el suceso corriente. Las Cortes habían discutido la disolución del Cuerpo de Artillería, aprobando la conducta del Gobierno por ciento noventa y un votos.

«Gettatura, gettatura -exclamó la ninfa, llevándose las manos a la cabeza-. ¡Los ciento noventa y uno que le trajeron, ahora le despiden!». Desapareció la hechicera voluble y yo me quedé solo en la biblioteca, sin otra distracción que leer los tejuelos de los libros y curiosear en los rimeros de papeles. Llegó Mariclío; hablamos un rato; volvió a salir presurosa. No sabré dar medida del lapso de tiempo que permanecí solito en la silenciosa estancia. Anocheció; me adormecí en la holgada blandura de un sillón. Conservo la vaga idea de haber visto a Graziella entrar con una triste lamparilla de catacumbas. La tenue claridad nocturna se fue trocando en luz de claro día, y cuando mi cerebro se despejó de las nieblas del sueño, advertí con espanto que no estaba en la biblioteca del docto don Hilario, sino en la quimérica gruta de aquella casa del número 16, tragada por la tierra (p.8536) en Maravillas o Monteleón. Entró la diablesa itálica desgreñada y en paños menores a traerme café con leche; y poco después llegó doña Mariana, de cuyos labios, para mí divinos, oí la grave relación que a la letra copio:

«El nudo se ha roto ya, y a estas horas el arduo conflicto artillero ha pasado al montón de los hechos consumados. Las consecuencias serán por algunos bien vistas, por otros lloradas.. Los jefes y oficiales, doloridos por el agravio que a tan noble Cuerpo se infería, presentaron, como sabes, solicitudes de cuartel, retiro o licencia absoluta según la situación de cada uno. Como era natural, el Gobierno las admitió. Paralelamente a esta moral de los ofendidos, los Generales palatinos Gándara, Rosell y Burgos, en connivencia y contacto secreto con Serrano Bedoya, el Duque de la Torre y todo el patriciado constitucional, preparaban un acto de audacia política que bien podría llamarse golpe de Estado. Del Rey te diré que patrocinaba el movimiento conforme a las ideas, planes y temores de su señor padre. La Casa de Saboya se asusta del radicalismo y pretende afianzar en las dos penínsulas la Monarquía democrática».

-Ya lo sabemos, Madre -dije yo-. El numen italiano no quiere cuentas con la República. Víctor Manuel cree que está lejos aún la emancipación de los pueblos latinos.

-Así es, hijo mío -prosiguió Mariana-. La conjura para sacar triunfante al Cuerpo de Artillería no vacilaba en rebasar los linderos de la prudencia. No bastaría derribar al Gobierno radical; era forzoso barrer el Parlamento, en cuyo seno convulso ciento noventa y un votos aprobaron la reconstitución del Arma de Artillería, elevando a los sargentos a la categoría de oficiales y substituyendo los jefes con individuos técnicos de otros Cuerpos. Para dar eficacia positiva al pensamiento de los conjurados se acordó el siguiente plan: Enganchadas las baterías en el cuartel de San Gil y en el del Retiro, con su oficialidad y jefes naturales a la cabeza, saldrían a la calle con la marcialidad que es de rigor así en las paradas como en los pronunciamientos. Los de San Gil debían (p.8537) detenerse en la puerta del Príncipe, donde se les incorporaría el Rey con el escuadrón de su Escolta. Dado este paso, ¿qué faltaba ya? Seguir adelante, disolver las Cortes y crear la dictadura interina, de donde saldría un nuevo artificio constitucional, impuesto por las circunstancias.. Preparado estaba ya todo, cuando llegó de Palacio la contraorden. No había nada de lo dicho. A desenganchar. Quedaron los soldados en su ordinaria vida de cuartel y los jefes y oficiales se acogieron al descanso de sus casas.

-Ya me figuro el reverso de la escena, señora Madre; mejor será decir que lo adivino. Con el fuerte apoyo que le daba la confianza de las Cortes, Ruiz Zorrilla llevó a la sanción del Rey el Decreto reorganizando el Cuerpo de Artillería, y don Amadeo.. fue débil..

-Débil no, querido Tito. Fue consecuente con los compromisos que le impuso su dignidad al venir a España. Reflexionó; hizo exploración de su conciencia; puso fin con solemne arranque a sus veleidades y ligerezas. Recordó su juramento ante las Cortes. Sus ojos vieron en letras de fuego las palabras memorables con que expresó su propósito de no imponerse a la soberanía de la Nación, y firmó.

-Y ya tenemos a los sargentos en los puestos de los oficiales. Me da en la nariz que algunos de los agraviados ofrecerán sus servicios a Carlos VII.

-Así será, hijo mío. La Nación está en presencia de graves turbaciones y luchas sangrientas. Para salir viva de ellas necesita sacar de su ser el poder anímico que hoy parece adormecido. Fracasada la conjura de los constitucionales, la rabia del pataleo les inspira resoluciones sumamente cómicas. Entérate de esto: la Duquesa de la Torre ha dimitido su cargo de Camarera Mayor de la Reina, y el Duque renuncia a todos sus empleos, títulos y condecoraciones. La figura de Amadeo se ha crecido a mis ojos. Presumo que en su mente germina y florece la idea de la abdicación. ¿Estamos frente a un acontecimiento digno de mí?

Sorprendido quedé viendo el arrogante ademán con que Mariana se levantó de su asiento. La sorpresa fue pasmo y admiración cuando la vi (p.8538) transfigurada de vieja caduca en matrona gallarda, de rostro helénico y figura escultórica. Temblé de emoción al oír el vibrante sonido de su voz, pronunciando este imperativo llamamiento: «Graziella, ven; ha llegado la hora. Saca del arcón mi clámide más hermosa. Tráeme la diadema y el coturno.. ¿No entiendes, tonta?.. Mis borceguíes de tacones de oro».

 

Ep-43-XXVI -

Con potente acción de mi voluntad sobre mis sentidos logré desembarazarme de aquel mundo quimérico, y me restituí a la vida normal, volviendo a mi casa y a la comunicación afectuosa con mis amigos. Valero de Tornos, alfonsino, y Ramón Cala, republicano, me llevaron al Congreso, y en pasillos, tribunas y Salón de Conferencias noté agitación y vocerío que me recordaban el gran barullo, pronóstico de Ferreras. Por aquel cálido y tempestuoso ambiente corría como centella esta frase lumínica: El Rey abdica. Pepe Ferreras, que por su autoridad y claro sentido de las cosas formaba corrillo en cuanto hablaba, puso el paño al púlpito y nos dijo: «Don Amadeo se va; don Amadeo vuelve la espalda a este pueblo de orates y nos deja entregados a nuestras propias locuras. No creáis, como algunos dicen, que a la Reina le cuesta trabajo desprenderse del Trono español. Es todo lo contrario». Como sobre este punto se moviera ligera discusión en el corrillo, el buen zamorano, mascando un puro rebelde al fósforo y a las quijadas, prosiguió así:

«Por una dama discretísima, la más afecta a Su Majestad la Reina, he sabido que esta planteó a su marido la cuestión en forma concluyente. No tenía ya paciencia para soportar los desprecios del patriciado de señoronas, que habían manifestado con descortesía su fanatismo y su inferioridad mental. ¿Querían Borbones? Pues dárselos. La santa Señora, que siente nostalgia honda de su tierra y de su casa ducal, saldrá de aquí dejando memoria eterna de sus virtudes. A cambio de esto no se llevará ni una hilacha. Huye de nosotros para librarse de los dos fantasmas que llenan su alma de terror: el carlismo y la Internacional. Anhela sacar a su (p.8539) esposo y a sus hijos de un país donde no hay hombres que sepan domar las pasiones, y establecer un Gobierno que sea garantía de la libertad y de la paz.. Estos sentimientos y razones han ganado el ánimo del Rey, que, como ustedes saben, no tiene ambición. La Corona no le deslumbra; por conservarla y traer a la razón a los elementos que componen esta olla de grillos no quiere emplear la fuerza, ni derramar sangre española. Por tanto, es irrevocable su resolución de abdicar la Corona, y así lo ha manifestado a don Manuel Ruiz Zorrilla.. Así lo ha manifestado.. así lo ha dicho».

Más tarde, recorriendo distintas cavidades de aquel horno de pasiones y disputas, me encontré a otro corrillo donde Llano y Persi y don Santos La Hoz vaciaban en los oídos las noticias más recientes: el Rey había encargado a don José de Olózaga el mensaje de abdicación; mas no habiéndole gustado la forma y algunos conceptos del documento, encargó nueva redacción de él a don Eugenio Montero Ríos. Llegó en esto la noche, y el zumbar de colmena aumentaba en el Congreso. Metiéndome en todos los corrillos vi al propio Rivero esculpiendo, con su voz dura y su gesto autoritario, la Historia de España en aquella memorable noche del 10 al 11 de Febrero de 1873. Por la voz, el ceño y el ademán, don Nicolás María Rivero era un cíclope ceceoso que hablaba dando martillazos sobre un yunque. Oponíase airadamente a la pretensión de Zorrilla que, acariciando aún la esperanza de disuadir al Rey de su propósito, intentó suspender las sesiones de Cortes. Rivero, firme y tozudo en la idea contraria, quería reunir Senado y Congreso, constituyendo así la Asamblea Nacional (llamada por algunos Convención) , que al recibir la renuncia del Rey asumiría todos los poderes.

Como teníamos jarana para toda la noche, me fui a cenar con Ramón Cala y don Santos la Hoz a la taberna de la calle del Turco, donde es fama que se dieron cita los matadores de Prim. Volvimos al instante al Congreso, que estaba en sesión permanente. En las inmediaciones del (p.8540) edificio, por Floridablanca y Carrera de San Jerónimo, había gentío expectante. Relajada la disciplina de ujieres y porteros, entraban, salían y andaban por aquella casa los ciudadanos, en revuelta familiaridad con diputados y senadores. Corrían de grupo en grupo noticias estupendas. En uno se aseguraba que ya no había nada de lo dicho, que el Rey se quedaba entre nosotros, ganoso de nuestra felicidad; en otro decían que los constitucionales procuraban entenderse con el Gobierno para buscar la consabida y tan acreditada fórmula de concordia, que permitiera seguir turnando mansamente en los pesebres del presupuesto; más allá oímos que Serrano enviaba un recadito al General Moriones para que acudiese a Madrid con algunas fuerzas.

En estas contradicciones y resoplidos del gran barullo de Ferreras se pasó la noche. Me fui a dormir a mi casa, y en la mañana del 11 traté de volver a mi puesto o atalaya de la Historia. Pero a la familiar licencia de la tarde y noche anteriores para franquear el edificio, había sustituido un rigor extremado. Los ujieres no dejaban pasar ni una mosca, y hube de mantenerme en la calle observando los grupos que circundaban el templo de las leyes. Allí me encontré con las furibundas mesnadas de Mateo Nuevo, de García López y con muchos individuos de la Junta Suprema del Consejo de la Federación Española. Vi cuadrillas de hombres armados, inquietos y vociferantes. Busqué ávidamente entre la multitud a Nicolás Estévanez, y no le hallé ni nadie me dio razón de él. Ya perdía yo la esperanza de colarme en el Congreso, cuando mi buena suerte me deparó a Moreno Rodríguez, a cuyos faldones me agarré para romper la terrible consigna porteril. En las tribunas no se cabía. Cuando pude meter el hocico en la de la Prensa, con terribles ahogos y apreturas, ya se había leído el mensaje de abdicación de Amadeo I. Poco después conocí el documento y pude apreciar su entonación viril y el amargo lamentar de un Rey que no logró la paz y ventura de sus pueblos. Quejándose de la crudeza implacable con que (p.8541) luchaban los partidos, decía: «Si fuesen extranjeros, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería yo el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la Patria, todos pelean y se agitan por su bien, y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males».

En otro lugar se expresaba de este modo: «Nadie achacará a flaqueza de ánimo mi resolución. No habría peligro que me moviera a desceñirme la Corona si creyera que la llevaba en mis sienes para bien de los españoles..». A renglón seguido pedía, en su nombre y en el de su esposa, que se indultase a los autores del atentado de la calle del Arenal. Y terminaba, con frase patética, haciendo renuncia de la Corona por sí, por sus hijos y sucesores, y despidiéndose de la noble y desgraciada España con toda la efusión de su alma generosa. Suspendieron la sesión para redactar la respuesta que las Cortes debían dar al Rey dimisionario. Crecía la efervescencia en el interior del Congreso, y fuera la inquietud popular era ya imponente. Para calmar los ánimos, salió Figueras a una ventana, por la calle de Floridablanca, y pronunció una breve arenga, cuya síntesis era esta: «De aquí saldremos muertos o con la República votada».

Encargado Castelar de contestar al Rey, redactó en breve tiempo un elocuente mensaje. Se reanudó la sesión. Presidía Rivero; a su lado se sentaba Figuerola, presidente del Senado. Los escaños rebosaban de legisladores de diferentes capacidades y cataduras. Todo lo que allí pasaba era irregular y contrario a la Constitución, según la cual no podían deliberar juntas en ningún caso las dos Cámaras. Sobre el fondo de un silencio majestático fue leído el mensaje de Castelar, un adiós ceremonioso al Rey (p.8542) caballero, que prefería la paz de su hogar al tumulto de una Patria hirviente y postiza. El estilo grandilocuente y ampuloso del orador poeta lucía en todo el documento. Flores y más flores arrojaban las Cortes sobre la persona del Soberano dimitente y de su augusta y amada esposa. Se les despedía con galas retóricas, lindísimas y bien olientes, ofreciéndoles, como poético galardón, la ciudadanía de un pueblo independiente y libre. Ite, missa est.

 

Ep-43-XXVII -

Sin discusión fueron aprobadas la renuncia del Rey y la respuesta o responso que le dieron las Cortes al asumir todos los poderes. A Palacio acudió una Comisión presidida por Rivero, la cual debía poner a manos de Su Majestad dimisionaria los tiernos adioses de la tan noble como desgraciada España. En el acto palatino, que según me dijeron fue solemne y triste, Rivero, con la trémula voz de un cíclope conmovido, pidió al Rey y a la Reina el honor de estrecharles la mano, y no hay que decir que tal honra le fue cordialmente otorgada. Los Reyes dijeron para sí: Adiós, mundo amargo.

Primer trámite del Parlamento después de lo relatado fue la renuncia del Gobierno, que ya estaba como el alma de Garibay. Inmediatamente se presentó la proposición pidiendo que se proclamase la República. El debate fue ordenado y serio, sin más acritud que el corto pero grave altercado entre Martos y Rivero. Este, movido de su temperamento irascible y despótico, exigió duramente a los que fueron ministros de don Amadeo que ocuparan interinamente el banco azul. Saltó Martos de su asiento, como enconada fierecilla, y con aplauso del Congreso dijo entre otras cosas: «No está bien que empiecen las formas de la tiranía el día en que se despide el poder monárquico». Estas palabritas hirieron a don Nicolás en lo más vivo, obligándole a descender, con runflante protesta, del augusto sitial.. ¡A votar, a votar! Doscientos cincuenta y ocho votos contra treinta y dos decidieron que España no era ya Monarquía, sino República. Laus Deo.

Procediose a elegir Poder Ejecutivo. He aquí el primer (p.8543) Ministerio de la República: Presidencia, Figueras. -Estado, Castelar. -Gobernación, Pi y Margall. -Gracia y Justicia, Salmerón (don Nicolás) . -Hacienda, Echegaray. -Guerra, Córdoba. -Marina, Beránger. -Fomento, Becerra. -Ultramar, Salmerón (don Francisco) . Cuatro de estos señores pasaron de ministros de don Amadeo a ministros de la República con la corta pausa de un trámite parlamentario. Martos vitoreó calurosamente a la República, a la integridad de la Patria y a Cuba española, y Figueras anunció días de ventura bajo un régimen de concordia, paz y libertad.. El cambio de instituciones, que parecía mutación teatral con subir y bajar de telones pintados, fue acogido por el pueblo con alegría más expansiva que escandalosa. Las multitudes que invadían las calles próximas al Congreso se difundieron fraccionándose. El más nutrido destacamento fue a parar a la Puerta del Sol, irradiando su ardor patriótico con vítores, cánticos, músicas y desahogos inocentes, sin molestar a nadie ni llegar a las tonalidades demagógicas. En Antón Martín el tumulto fue más vivo, y aparecieron banderas aparejadas precipitadamente por ciudadanas en quien se juntaban el republicanismo y la majeza. En la Plaza de la Cebada, en Maravillas, San Gil y demás puntos estratégicos de las expansiones madrileñas, el entusiasmo no traspasó los límites de la moderación. Ello fue como un plácido regocijo lugareño, festejando la traída de aguas o la elección de un alcalde muy querido en la localidad.

Con puntualidad absolutamente espontánea, pues no mediaron órdenes ni avisos, aparecieron iluminados casi todos los balcones de Madrid en la noche del 11 al 12 de Febrero. Obdulia y yo recorrimos algunas calles, y en las de Alcalá y Arenal contemplamos las lucecitas balconarias, haciendo de todas ellas recuento y análisis. Eran como letras, palabras y conceptos de una página histórica, escrita con hachones y farolillos. Sin más auxilio que nuestro criterio y el conocimiento en cierto modo adivinatorio que teníamos del vecindario matritense, leímos aquella (p.8544) página y la diputamos por vergonzosa y repugnante. Las casas de los republicanos, que eran los legítimos triunfadores en la jornada del 11 de Febrero, estaban a obscuras, y en cambio los palacios aristocráticos, las moradas de las damas católicas y de los señorones alfonsinos y carlistas brillaban con espléndido alumbrado, signo de lisonjeras esperanzas. Mayormente nos escandalizó la cínica refulgencia de las casas donde se albergaban los corifeos del viejo progresismo, que hasta el día 10 fueron cortesanos y servidores de don Amadeo.

Pasando junto al Teatro Real en dirección de la plaza de Oriente, me tocó en la espalda, llamándome por mi nombre, una mujer enlutada, cubierto el rostro de negro velo. Por la voz conocí a Graziella, y rogándole que abandonara el tapujo, le dije: «Numen de Italia, ¿también tú nos dejas?».

-Bien quisiera volver a mi Patria -contestó la ninfa con voz tremante-. Esta patria postiza me rechaza. ¡Oh, España!.. Vedo l'armi, vedo le mure, ma la gloria non vedo.

-Hechicera del Arno y Tíber, hija del Cardenal Fieramosca, ¿quién te trajo a España?

-Me trajeron, diez años ha, unos pobres coristas de ópera. Era yo mocita cuando mis padres rebuznaban, en este teatrón, los corales del Moisés y de La Gazza Ladra. Ya sabes lo que fui cuando abandonada de mis padres me metí en la vida traviattesca. Mucho he visto, mucho aprendí en esta tierra de la donosa picardía.. Dragonetti me conoce bien. Voy a Palacio a despedir a unos parientes míos que moran en las alturas, los rufianes del Rey. Quiero dar a todos mis tiernos adioses.

-Sigue mi consejo, Graziella, y vete con los de tu raza.

-No puedo, queridos amigos Tito y Tita; que en Madrid he de quedarme al cuidado de mi anciano protector y amigo del alma don Hilario. A proceder así me mueve con mi cariño la ambición intensa que me llena toda el alma. ¿Sabes lo que ambiciono?.. No te rías.. Aspiro a que vosotros, los locos de la Federal, hagáis obispo al sacerdote más ilustrado y virtuoso que existe en las Españas míseras. Con el oro y la (p.8545) plata de mis ahorros le he comprado ya la mitra y báculo.. Dentro de pocos días adquiriré un magnífico pectoral que he visto en el Monte y un soberbio anillo, que espero besaréis con devoción tú y todos tus compinches.. En fin, apresurad el paso, que yo tengo prisa. Si queréis entrar en Palacio, venid conmigo.

En esto nos hallábamos frente a la inmensa mole de la casa de los Reyes, huraña y obscura, contrastando lúgubremente con las luminarias de la Burguesía infatuada y de la Aristocracia enloquecida.

 

Ep-43-XXVIII -

Momentos después, mi Tita y yo, por virtud del poder milagroso que llevábamos en nuestras almas, nos convertíamos en gatitos diminutos y recorríamos, con jugueteo y brincos invisibles, la Saleta, la Antecámara y Cámara, y otras regias estancias. Un hado benéfico, protector de nuestro sagaz espionaje, nos permitió ver el solemne desfile que era fin y principio, engarce o eslabón entre dos interesantes etapas históricas. Delante iban damas y palaciegos rodeando a las servidoras que conducían a los dos niños mayores, Manuel Filiberto, ex-Príncipe de Asturias, de cuatro años de edad( ) , y Víctor Manuel, de tres años y dos meses( ) Seguía el ama que llevaba en brazos al ex infante Luis Amadeo Fernando, nacido en Madrid el 29 de Enero: su edad, catorce días( ) . En torno a esta criatura se agrupaban los Marqueses de Dragonetti y otras personas de alta jerarquía, italianas y españolas. Detrás iba don Amadeo grave y sereno, sin expresar pena ni alegría, vestido de viaje. La corona y atributos monárquicos se habían quedado en el suelo del Despacho del Rey, al pie del retrato de María Luisa.

Daba el brazo el Monarca dimisionario a su digna y santa esposa, doña María Victoria, envuelta en pieles. No se le veía más que el rostro pálido, con marcadas huellas de dolencia reciente. No parecía pesarosa de abandonar la colosal vivienda que fue para ella lugar de ansiedad y martirio. A los que fueron sus servidores despedía con sonrisa graciosa y afable. Creímos que les decía: «No me llevo más que lo (p.8546) mío, marido y mis hijos. Os dejo todo lo vuestro, una corona que no ambicioné y un título de Reina que no fue para mí más que una palabra vana».

Rodeaban a los Reyes personas finchadas de estas que llaman hombres públicos. No transcribo nombres porque no estoy bien seguro de acertar en mis designaciones. Había entre ellos algunos militares que en ocasión distinta enumeré en estas páginas. Confundido entre la turbamulta, y como si quisiera ocultar con su persona su desconsuelo, iba Ruiz Zorrilla, con luto y resignación en el rostro macilento. En la cola de la procesión vi a mi adorada señora Mariclío, tan grande que no había techo de suficiente alteza para su figura majestuosa. Vestía la clámide griega, calzaba el coturno y ceñía su frente la diadema cuyos reflejos iluminaban el Espacio y el Tiempo. Su rostro clásico, sus labios mudos y sus ojos divinos decían: «Al fin encontré la página hermosa. Ahora soy quien soy».

El momento más triste y grandioso de aquel éxodo fue el descender de la comitiva por la Escalera de Honor, entre alabarderos rígidos, sin música ni voces que turbaran el fúnebre silencio. Sólo el rumor de las pisadas marcaba el lento caminar de una época, declinando hacia los senos del Tiempo que traen la sanción de los actos y el juicio de la Historia.

Y nada más.. Se obscureció la escalera, se obscureció el Palacio, apagose el ruido de las pisadas. Nos vimos envueltos en tinieblas de panteón..

 

FIN DE AMADEO I

 

 

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(EPISODIO 44)

LA PRIMERA REPÚBLICA

 

Ep-44-I -

Venid acá otra vez, fieles parroquianos de estas páginas, y escuchad la voz de aquel buen Tito, entrometido indagador de cosas y personas, familiar diablillo que os entretuvo con la vaga historia del Rey saboyano; venid acá otra vez, y os contará cómo saltó España del trono mayestático 1 al tablado de la República, las fatigas, desazones y horribles discordias que afligieron a esta Patria nuestra, tan animosa como incauta, y por fin, el traqueteo nervioso y epiléptico que la precipitó a su desdichada caída.

Reconocedme, (p.8547) soy el mismo: chiquitín, travieso, enamorado, con tendencias a exagerar estas cualidades o defectos, si es que lo son. Mi estatura parece que tiende a empequeñecerse más cada día; la agilidad de mi espíritu y de mis movimientos toca ya en lo ratonil, y en cuanto a mis inclinaciones y aptitudes donjuanescas, debo decir que vivo en constante combustión amorosa.

Ansío penetrar con vosotros en la selva histórica que nos ofrecen los adalides republicanos en once meses del año 1873, año de sarampión agudísimo del que salimos por la intensa vitalidad de esta vejancona robusta que llamamos España. La historia de aquel año es, como he dicho, selva o manigua tan enmarañada que es difícil abrir caminos en su densa vegetación. Es en parte luminosa, en parte siniestra y obscura, entretejida de malezas con las cuales lucha difícilmente el hacha del leñador. En lo alto, bandadas de cotorras y otras aves parleras aturden con su charla retórica; abajo, alimañas saltonas o reptantes, antropoides que suben y bajan por las ramas hostigándose unos a otros, sin que ninguno logre someter a los demás; millonadas de espléndidas mariposas, millonadas de zánganos zumbantes y molestos; rayos de sol que iluminan la fronda espesa, negros vapores que la sumergen en temerosa penumbra.

Antes de meternos en este laberinto quiero decirle al picaresco lector algo de mis particulares asuntos. Obdulia, mi compañera dulce, a quien conocéis con el doble carácter de romántica y hacendosa, me fue arrebatada por su marido, que cayó sobre Madrid y sobre mí como una maldición de Dios a los pocos días de la partida de los Reyes para Lisboa. Recordaréis que aquel gaznápiro respondía por Aquilino de la Hinojosa, y lo mismo desafinaba pianos que los vendía y alquilaba. Se debió sin duda a los médicos del Infierno la soldadura de la clavícula, el gobierno de la pata, y el admirable lañado de la osamenta craneana, estuche de sus infames pensamientos.

La presencia de aquel mastín, que se nos apareció ladrando con la fiereza que le daban sus derechos, nos (p.8548) truncó la vida y nos mató la felicidad. Intervino la justicia, pasamos días de horrible infortunio y vergüenza, y al fin, la paloma suavísima y arrulladora me dejó solo en mi nido. Una tarde, trastornado y rabioso, salí resuelto a matar al ladrón de mi dicha. No me arredraba perder la libertad, ni la honra, ni la vida; la idea de la cárcel y del patíbulo no aplacaban mi furor.. Tras de mí salió corriendo el buen Ido del Sagrario, ansioso de atajarme en el camino de mi perdición, y cuando yo forcejeaba para desasirme de los amantes brazos del filósofo.. ¡pum!, se nos acerca Nicolás Estévanez, risueño, haciendo chacota de mi exaltación homicida.

El cariño y la jovialidad de Estévanez me calmaron, dando a mis sentimientos una dirección apacible. En breves palabras expliqué a mi amigo la razón de mi furia, y nombré al perro cuya vida me estorbaba. A este propósito me dijo don Nicolás, con donaire mezclado de amargura: «Conozco a ese sinvergüenza, a ese Hinojosa, que es como decir Jinojo.. Pertenece a la bandada de pajarracos que apenas establecida la República se cuelan en ella para llenar sus buches con los desperdicios del presupuesto. Tu enemigo es de los primeros que han llegado, quitándose las plumas alfonsinas para ponerse la cresta roja que gastan los demagogos. Esta canalla nos desacreditará, Tito, y acabará por perdernos. ¿Sabes quién ha colocado al don Jinojo? Pues Martos, que hila maravillosamente las palabras, pero en cuestiones de personal no tiene vista ni olfato.. Ayer me enteré. Al afinador le mandan a la oficina de Bienes Mostrencos, que está en la travesía de la Parada».

Estábamos en Antón Martín, junto a la fuente churrigueresca. El manso filósofo Ido del Sagrario se fue a la compra, calle de los Tres Peces, y Estévanez, que había salido de la tienda de sedas del popular republicano don Toribio Castrovido, me llevó calle abajo por la de Atocha, contándome sus andanzas en el largo tiempo en que yo le había perdido de vista. Refería con pintoresca sencillez y gracia las que no vacilo en llamar hazañas, y mi curiosidad (p.8549) apuraba sus conceptos con atención sedienta. No esperéis que transcriba su relato ad pedem litterae; lo extractaré, conservando, si puedo, la intensidad del pensamiento y la concisión de la forma.

Empezó así: «A mediados de Noviembre me visitó Contreras y me dijo que contaba con una parte de la guarnición de Bajadoz, con casi toda la de Sevilla, con las de Córdoba y Málaga, con muchos carabineros y con un regimiento de Caballería, para intentar un golpe decisivo. Añadió que estaban dispuestas las partidas que habían de salir al campo en catorce provincias. Pero que la señal que a todos serviría para sublevarse era la aparición de una partida que cortase el ferrocarril en Despeñaperros. La partida estaba dispuesta, y yo designado para mandarla. No vacilé, y pedí al General que señalara día para mi salida. Convinimos en que yo iniciara la revuelta el 23; los demás secundarían la sublevación hacia el 25. Sólo exigió de mí que me sostuviera ocho días».

No se contentó el audaz revolucionario con aguantarse ocho días; se aguantó treinta y ocho. En todo este tiempo el pobre General Contreras anduvo de la Ceca a la Meca hostigando a los militares y paisanos comprometidos, sin lograr sacarles de su inmovilidad. A Prim, con ser Prim, le pasó lo mismo allá por los años 66 y 67. Las partidillas que aparecieron al conjuro de Contreras en Murcia, Extremadura y Vizcaya, no pasaron de tímidos conatos.

Según me dijo, lanzose Estévanez a la aventura de Sierra Morena sin ninguna confianza en el éxito. Salió de Madrid por la estación de Atocha. Apenas tomó asiento en un vagón de segunda, un hombre de aspecto inofensivo, cargado con cajas de cartón, abrió la portezuela preguntando: «¿Es este el tren que va a Sevilla?». Oída la contestación afirmativa se introdujo en el coche, y acomodando sus cajas se reclinó en un ángulo, con actitud de indiferencia descuidada.. Momentos antes de arrancar el tren llegó a la estación don Toribio Castrovido, republicano de los más fieles, y después de buscar a Estévanez de coche en coche dio (p.8550) con él y le hizo bajar para decirle rápidamente: «Ese tipo de las cajas de cartón es un inspector de policía; lleva la orden de prender a usted por la Guardia civil tan pronto como el tren salga de los límites de esta provincia y encerrarle en la cárcel de Toledo o de Ciudad Real». Volvió Estévanez al coche sin cerrar la portezuela, y cuando el tren arrancaba se arrojó al andén. Sorprendido el polizonte asomó la gaita por la ventanilla, y el atrevido conspirador le gritó: «¡Buen viaje, amigo!.. ¡y mucho ojo!».

En la noche del mismo día salió de Madrid don Nicolás metido dentro de una zafra de aceite sin aceite, en un furgón precintado del tren de mercancías, con tan menguada velocidad que tardó en llegar a Vilches veinticuatro horas. El Gobernador de Ciudad Real, Plácido Sansón, amigo y paisano del héroe, le esperaba por orden del Gobierno en una de las estaciones de la línea, al paso del tren de viajeros, con la fuerza de la Guardia civil que había de detenerle. Supónese que se alegró mucho de no encontrarle.. A las diez de la noche, antes de llegar a Vilches, paró el tren de mercancías para que se apeara el hombre facturado en la zafra de aceite. Hallose el tal en un despoblado, donde se le unió Virgilio Llanos con la formidable partida que debía iniciar el movimiento: una docena de hombres, ocho de los cuales eran procedentes de Madrid. Dos horas después ya no existía el puente de Vadollano.

Al decir esto, pasaba Estévanez del estilo picaresco al estilo trágico, desnudo de todo énfasis, sin otro adorno que la sencillez. En él veía yo la personificación vigorosa del espíritu de rebeldía que alienta en las razas españolas desde tiempos remotos, y que no tiene trazas de suavizarse con las dulzuras de la civilización, protesta inveterada contra la arbitrariedad crónica del poder público, contra las crueldades y martirios que la burocracia y el caciquismo prodigan a los ciudadanos. Cortar las comunicaciones ferroviarias es grave atentado a la cultura y saqueo del acervo nacional; pero Estévanez y sus auxiliares actuaban en aquellos momentos como (p.8551) profesionales de la rebeldía y ejecutores ciegos del fatalismo revolucionario. Creían sin duda que era forzoso destruir las cosas útiles, único medio de allanar el camino para la destrucción de la inmensa mole de inutilidades viciosas, y de seculares estorbos.

El historiador de sí mismo contaba con naturalidad aterradora el acto de cortar el puente. Entraba en él a toda máquina un tren de mercancías, después de haber dejado en tierra a todos los empleados, menos al conductor. Para salvar la responsabilidad de este, un hombre, armado de mala escopeta, se plantaba en medio de la vía gritando: «¡Alto el tren!». Saltaban a tierra conductor y maquinista; el tren seguía, y al llegar al punto en que se habían levantado los raíles descarrilaba, y desde la formidable altura caía con estruendo pavoroso sobre el río, quedando la máquina, ténder y algunos vagones en posición vertical.

En el acto estalló el incendio, pues el tren iba cargado de aguardiente y otras materias combustibles. Ardió todo, cedió la armadura del viaducto; las llamas reflejándose en la corriente del río y el humo subiendo en negras ondulaciones por los aires, componían un cuadro grandioso, sublime estrofa del arte revolucionario, que también las revoluciones tienen su poesía.. De este modo quedó interrumpida para mucho tiempo la comunicación de Castilla con toda la región andaluza.

Recorrimos la calle de Atocha en toda su longitud y torcimos hacia el Prado, pues Estévanez tenía que ir al Ministerio de la Guerra, en donde le había citado el General Córdoba. Andando despacito siguió contándome don Nicolás su historia de Despeñaperros, que más parecía novela: «No creas que aquella vida era demasiado fatigosa; tirábamos a los lobos, alguna vez a los jabalíes; no tuvimos ningún encuentro serio, ni dimos ninguna batalla como las de Marengo y Arcola; nos alimentábamos con naranjas, madroños, exquisita miel, y bebíamos agua cristalina de los manantiales de la sierra.. En Madrid publicaban los intransigentes, en hojas extraordinarias, noticias estupendas elaboradas para los (p.8552) inocentes de grandes tragaderas: «Entrada de Estévanez en Linares con cuatro mil hombres».. «Última victoria de la partida de Estévanez».. «Tropas del ejército unidas a la partida de Despeñaperros»..

«Ya me acuerdo -dije yo-. También se propaló el notición de que había usted tomado El Viso.

-Lo que tomé en El Viso fue una buena taza de café con que me obsequió el famoso guerrillero León Merino.. En cuanto a las tropas que se me incorporaron, todo se redujo al cabo de Caballería Tomás Guzmán y cuatro soldados con muy buenos caballos, que supuse eran los de sus jefes.

-Y de allí, según nos contaron, fue usted a Linares con su ejército.

-Sí; formidable ejército compuesto de doce hombres. Antes de entrar en Linares mandé un explorador para saber si se había sublevado la población, según lo prometido al General Contreras; volvió el emisario diciendo que todo estaba en calma, sin el menor vislumbre de sublevación. Luego se me presentaron dos vecinos con la embajada de que sólo esperaban mi presencia para echarse a la calle. Pues adelante con mi tropa. Apenas entré se levantó el pueblo, con el señor Marín a la cabeza, atronando los aires con el grito de ¡viva la República Federal!

 

Ep-44-II -

-En Madrid se afirmó que los cuarenta y dos guardias civiles que guarnecían la ciudad se habían rendido, tras reñida lucha, a una docena de paisanos.

-No quiero engalanarme con plumas de pavo real; yo no disparé un tiro; la Benemérita salió de la ciudad al ver la exaltación unánime del vecindario.. Desde Linares oficié al Directorio dándole cuenta de haberse proclamado la República. Hicimos un alistamiento voluntario y fortificamos las entradas del pueblo. Como no nos sobraba tiempo, suprimí casi en absoluto las soflamas, arengas y manifiestos. A los dos días, alarma en el pueblo, gran toqueteo de campanas; los alistados acudieron a sus puestos. No participé del desasosiego. Calculé que no seríamos atacados hasta el cuarto día, por lo que abandoné la ciudad la noche del tercero, llevándome setecientos hombres. (p.8553) El armamento era de una variedad pintoresca; cada cual llevaba lo que halló en su casa; en cuanto a municiones, el que más, tenía seis cartuchos.

-Según los noticieros madrileños, se fue usted a La Carolina.

-Y cerca de este pueblo nos salió al paso una corta fuerza de Caballería y unas parejas de la Guardia civil de infantería. Nos tiroteamos y mi ejército voló, quedándome sólo ochenta hombres.. Dos días después la Gaceta de Madrid decía: «Ha sido dispersada la partida de Estévanez; pero se ha presentado otra en El Viso». No era otra; era la misma. Habíamos atravesado la sierra en pocas horas. En El Viso se nos incorporaron algunos voluntarios de la Mancha. Necesitando municiones, traté de sorprender el destacamento del Visillo (Almuradiel) , compuesto de veinticuatro cazadores del batallón de Las Navas y mandado por el subteniente O'Donnell. La sorpresa fracasó y tuve que retirarme a la venta de Malaventura. Amanecía.. Perseguido por varias columnas, tuve que maniobrar algunos días por los sitios más escabrosos de la sierra. Esclavo en todo de la verdad, debo decirte, querido Tito, que aquello era una persecución de mentirijillas. Aquel extraño modo de guerrear me ha enseñado muchas cosas. Nuestras guerras civiles han durado años y años porque las tropas regulares no han sabido o no han querido ahogarlas en su origen. Creeríase que hay interés en que las facciones se organicen, y fogueándose constantemente, aprendan el arte o las astucias de la guerra. Pudieron los jefes de las columnas acabar con nosotros en menos de una semana; pero descansaban de noche en los pueblos, iban de uno a otro por las carreteras, sin fatigarse, siempre de día, y no nos buscaban con deseo de encontrarnos. Varias veces pasaron las columnas junto a mí sin sospechar mí presencia; jugábamos graciosamente al escondite».

Íbamos ya frente al Museo de Pinturas cuando empezó a contarme su encuentro con la columna del Coronel Borrero, hecho de armas que llegó a Madrid de tal manera hinchado que alguien le dio (p.8554) proporciones semejantes a las de la acción de las Termópilas. Acaeció el suceso el 6 de Diciembre en una ermita llamada de San Andrés. Borrero llevaba veinticinco caballos y dos compañías de cazadores de Ciudad Rodrigo; Estévanez treinta y siete escopeteros. Después de un largo tiroteo, Borrero se retiró al Viso con algunas bajas. Esta batalla en miniatura tuvo una prelación cómicamente ampulosa. La militar arenga que Virgilio Llanos, subido en una roca, pronunció ante los aburridos y fatigados escopeteros. «Esforzados campeones de la Libertad -les dijo con épica exaltación, agitando los brazos, como poseído del mal de San Vito-, ha llegado el momento sublime de hacernos inmortales. Desde aquellas cumbres la España y la Historia os contemplan. ¡Corred intrépidos a cubriros de gloria! Vuestras madres os bendicen. La santa República os acogerá en sus brazos amorosa. ¡Sus, y a ellos!, etcétera..». El tal Virgilio era un muchachón avispado, activo, frenético sectario y un poquito socarrón. Años adelante le he conocido yo trabajando modestamente en la administración de un periódico avanzado, en la contaduría de un teatro, en las oficinas de la Resinera de Coca. Fue grande amigo de Eusebio Blasco.

La partida menguaba de día en día; algunos de los de Madrid se marcharon, no sin despedirse. Eran buenos para el fuego, pero se cansaban pronto de las jornadas largas, de las lluvias y de las privaciones. Los más duros eran los pastores y serranos. El 20 de Diciembre ya no le quedaban al heroico y sufrido don Nicolás más que nueve hombres. El 21 entró solo en Bailén, dejando a su gente en un cortijo próximo. Descansó unos días en casa de un buen amigo suyo, y al volver al cortijo, los nueve guerrilleros se habían reducido a seis.

Entrando ya en el palacio de Buenavista relató así el bravo campeón la última triste página de sus aventuras: «Una noche, en un cortijo, orilla del Jándula y cerca de Andújar, dormíamos sin vigilantes por la escasez de gente. El cortijero me dijo que de nada servían escuchas ni centinelas, (p.8555) porque los perros nos advertirían cualquiera novedad. En efecto, él interpretaba los ladridos con una exactitud maravillosa. Oyendo a los perros, me decía: 'Le ladran a una lechuza'. 'Pasa un lobo'. 'Está saliendo la luna', etcétera. De repente se oyó un ladrido lejano, y el hombre se puso en pie, gritando con susto: '¡La Guardia civil!'.. Salimos, y a los pocos minutos vimos llegar un paisano enteramente solo y sin armas a la vista; pidió un vaso de agua, y entre sorbo y sorbo nos manifestó que había servido en la Guardia civil seis años. Llevaba la licencia en el bolsillo. Sin duda conservaba el olor del Instituto, puesto que los perros avisaron su paso».

El 30 de Diciembre tomó Estévanez en Vilches el tren de Madrid. Fue reconocido por más de dos viajeros que no le denunciaron. Se tiró del tren antes de llegar a la estación de Atocha, y embozándose en la capa, se dirigió a su casa con el tranquilo paso del ciudadano más inocente y descuidado.

Ya en el Ministerio, escaleras arriba, me dijo Estévanez que Figueras le incitaba vivamente a reingresar en el Ejército. Negábase a ello mi amigo, muy a gusto en el libre ambiente de la sociedad civil.. En el salón del Ministerio había mucha gente, paisanos y militares, agrupados en diferentes corrillos. En uno de éstos vi a Luis Blanc y a García López; en otros, Roque Barcia y Félix la Llave charlaban con dos militares, con Ramos Calderón, riverista, y con un amigo de Martos de cuyo nombre no me acuerdo. En todos los grupos se respiraba el aire espeso y acre que arroja de sí la palabra Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a (p.8556) Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal.

En aquel maremágnum de gente ociosa y postulante se me perdió de vista Estévanez. Salí de allí con ligero paso, hastiado del pregón de crisis y de la turbulencia moral que indicaban los rostros de aquellos politicastros de baratillo. Quise ir a mi casa, y maquinalmente me fui a la de don Eleuterio Maisonnave, que me había ofrecido una colocación decorosa. No le encontré, y aturdido y desalentado vagué por las calles, cambiando a cada instante de propósito y dirección. La ausencia de mi Obdulia me llenaba el alma de tristeza, y esta se agudizaba de improviso resolviéndose en arrebatos de cólera furibunda. En la Puerta del Sol, llena de papanatas y haraganes, sentía vivos impulsos de enredarme a trastazo limpio con cuantas personas me estorbaban el paso.

Sin pensarlo, como si huyera de mí mismo, me metí en el café de las Columnas, donde tal vez encontraría a don Santos La Hoz para contarle mis penas: «Hoy estoy de malas -me dije atravesando por entre las mesas pobladas de vagos parlanchines-. Basta que hoy desee ver a don Santos para que no le encuentre». ¡Sorpresa y alegría! Desde una mesa cercana al mostrador me llamó el curita La Hoz, que tomaba café con unos cuantos amigos de esos que arreglan el mundo entre terrones de azúcar y sorbos de agua de castañas. Acudí al llamamiento y me hicieron hueco amablemente. Al sentarme, vi frente a mí una señora risueña y guapita que formaba parte de la trinca. Al instante me sentí arrastrado al vértigo de una conversación febril, de política, por supuesto.. Don Santos hablaba horrores de Martos, de Becerra y de toda la chusma que llamaban cimbrios. Junto a mí había dos tipos locuaces, que despotricando me rociaban con su saliva. Sus caras no me eran desconocidas; pienso que les vi en un Templo Masónico adonde me llevaron una noche a ver una Tenida blanca, con pasteles, caramelos y baile agarrado. Si no me equivoco, aquellos dos venerables hermanos tenían en la Logia los nombres de Licurgo y (p.8557) Epaminondas.

La señora sentada frente a mí, pizpireta y apañadita, no me quitaba los ojos, celebraba cuanto yo decía, por lo que, holgándome mucho, le dedicaba yo todos mis chistes y agudezas, subrayándolos con pisotones. En el giro de la conversación, vine a comprender que también aquella dama había visto las Columnas Simbólicas, como aprendiza masona, en lo que denominan Rito de Adopción. Algunos la llamaban Candelaria, su nombre de pila, y otros le aplicaban el sonoro mote de Penélope. Junto a don Santos había dos señores que afectaban cierta gravedad y se creían depositarios del buen sentido y órganos de toda opinión sesuda. Eran dos solemnes marmolillos, de esos que se precian de poner los puntos sobre las íes y de quitar caretas a todo el género humano. De lo que allí se habló saqué la certeza de que el primer Ministerio de la República amenazaba ruina, y de que Martos, Presidente del Congreso, era el Sansón de los filisteos republicanos. Mi vecino de mesa, Epaminondas, aseguró que don Cristino había nombrado a Espartero Capitán General de Madrid; pero don Santos y sus adustos adláteres pusieron sendos puntos sobre las íes, consignando que el nuevo espadón de la dictadura era el General Moriones.

Retiráronse algunos de la tertulia y hubo cambio de sitios, quedando yo junto a don Santos, y a mi izquierda la vivaracha Candelarita Penélope. En el curso de la picante comidilla política, hallé coyuntura para contarle al curita los motivos de mi descontento. El mismo 11 de Febrero, Maisonnave me ofreció una placita modesta para poder vivir, y habían pasado muchos días sin que don Eleuterio me sacara de penas. «Bien puede afirmar el grande y pequeño Tito que ha nacido de pie -dijo don Santos rasgando toda su boca en un reír inefable-. Mira por dónde te ha salido la buena, cuando menos lo pensabas, al entrar en este café y encontrarme a mí.. Dime ahora que no hay Providencia. Ya puedes marcar este día con piedra blanca: Albo notanda lapillo, que dijo el latino.. Abrázame, Titín, y anticípame (p.8558) las gracias: aquí tienes al ciudadano La Hoz, clérigo desclerigado, que sabe mirar por sus amigos, cuando son liberales de buena ley, como tú.. Debo decirte ante todo, para que vayas aprendiendo a vivir, que no te fíes de Maisonnave ni de ningún castelarino; deja el campo de los ruiseñores, donde no hay más que gorjeos, y vente acá: nosotros no gorjeamos, pero damos trigo».

Llevado de sus pujos oratorios, me dejó suspenso y a media miel. Se subió las gafas, que tendían siempre a resbalar hacia la punta de la nariz. Tomó de nuevo la palabra, que era estropajosa por la falta de dientes, y espolvoreando su saliva sobre mí, mordisqueó desabridamente a Figueras, Salmerón y Pi, que piaban federalismo y dejaban vacíos los comederos. Con gran trabajo logré que disipara mis ansias y despejase la doble incógnita de su generosidad y de mi agradecimiento. ¡Acabáramos! Mi amigo disponía de una plaza de seis mil reales en Gobernación, por ascenso y traslado a provincias del funcionario que la desempeñaba. Trastornado yo de júbilo, cierro el pico y dejo hablar al ínclito don Santos, mi salvador y Mecenas:

«Esa plaza me la dio Ruiz Zorrilla para mi amigo y paisano don Rufino José Novillo, esposo de esta dama que nos honra con su presencia, y como ha sido destinado al Gobierno civil de Bajadoz, dispongo yo del puesto vacante, según práctica usual en nuestro panfuncionarismo burocrático. Cuando tú entraste, querido Tito, estaba yo discurriendo a quién daría la modesta breva. ¡Mira con qué oportunidad y buena sombra entraste en el café esta tarde! Lo que te digo: hay minutos decisivos en la vida de los hombres públicos o de los que aspiran a tales. Es uno providencia sin saberlo, y tú, al encaminar aquí tus pasos, venías empujado por el ángel de tu guarda». Volvime yo entonces hacia doña Penélope, y violentándome para no darle un estrecho abrazo y besar sus mejillas, un poquito pintadas, le dije: «Señora mía, permítame usted que celebre con toda el alma el ascenso de su digno esposo, recompensa justa, mas no correspondiente a sus méritos (p.8559) insignes. Como supongo que usted le acompañará, mi alegría se nubla, pues quisiera poder expresar a usted mi gratitud aquí, día por día..

-No, no; yo no voy. Mi marido puede ir donde quiera; cuanto más lejos mejor -dijo vivamente la señora, acentuando su palabra con guiños y muequecillas que no dejaban duda de sus sentimientos conyugales-. De Madrid al Cielo.. Yo no he nacido para provinciana.. Aquí tengo mi centro, mis trabajos humildes, y un nombre que no carece de resonancia, aunque me esté mal el decirlo..».

Selló sus labios un alarde de modestia, tan falsa como el rosicler de sus mejillas. Pero don Santos se apresuró a desvirtuar aquella discreción postiza, diciéndome: «Tú habrás leído algunas composiciones de esta señora en La Ilustración Federal. Firma con el seudónimo de Rosa Patria.. Y de sus artículos Conciencia libre y La hora del Apocalipsis también tendrás conocimiento».

Aunque era la primera vez que oía citar aquellas creaciones en verso y prosa, yo las alabé hiperbólicamente cual si las supiera de memoria, y ella, volviéndose hacia mí, dando a mis ojos la convexidad blanda de su pechuga y a mi nariz el perfume barato que usaba, me dijo con tierna voz: «Yo sí que le admiro a usted hace tiempo, señor don Tito. El discurso irónico que pronunció usted en Durango es una pieza oratoria por la que merece el título de Cicerón humorístico. ¡Con qué gracia se burló el orador de aquel público de avutardas católicas y de gansos absolutistas! Cien veces he leído su plan de Imperio Hispano-Pontificio relamiéndome de gusto. Tiene usted mucho talento, señor Tito. Está usted llamado a ser pronto un hombre público eminente al par que ilustre pensador».

Un ratito estuvimos incensándonos mutuamente, cambiando alabanzas, gratitudes y mil floreos empalagosos.. Atardecía. Se iba aclarando la piña de los contertulios de don Santos. Uno de los señores graves desfiló, dejando tras sí una estela de necedades sentenciosas; el otro agarró un periódico. Yo aproveché la clara para concertar con mi amigo lo que (p.8560) más me interesaba. Convinimos en que al día siguiente iríamos juntos al Ministerio para que me extendieran la credencial y tomar posesión del cargo lo más pronto posible. En esto la señora se despidió de nosotros. «Tengo que ir -nos dijo- a la tienda de Clement.. ahí, calle de Carretas, donde ahora estará, seguro, seguro, mi Rufino comprando las corbatas que quiere llevarse a Badajoz para hacer el pollo en aquella culta ciudad. Hemos quedado en vernos allí: son las cinco. Me temo que si no estoy presente escoja las formas y colorines más estrepitosos. Tiene mi marido un gusto de mil demonios. Si le dejo, sale a la calle hecho un guacamayo..». Al despedirse agotó su arsenal de remilgos, ojeadas y meneos para ofrecerme su casa, su persona, en el concepto literario y político, aceptándome como auxiliar o comadrón para los futuros alumbramientos de su fantasía. Viéndola salir por entre las mesas, pude apreciar que era pequeña de cuerpo, gordezuela y fofa, viva de andadura, suelta de ademanes, y tan desahogada de lengua que a lo largo del café iba disparando dicharachos a un lado y a otro.

Dejadme tomar aliento para que pueda contaros, con la debida pausa y sentido, dos hechos muy importantes que van entrelazados estrechamente en esta veraz historia. El uno es el caso y circunstancias de mi metimiento afectivo con doña Candelaria. El otro es la ruidosa y descomunal crisis del 24 de Febrero, a los trece días del establecimiento de la República. ¡Aún no asábamos y ya pringábamos!

 

Ep-44-III -

Por no cansar a mis buenos lectores con prolijidades impertinentes, omito el empalagoso tramitar que me llevó a la intimidad con la estrafalaria señora del café de las Columnas, a quien podía designar escogiendo ad libitum cualquiera de los tres nombres que le aplicaba la turbada sociedad de su tiempo: Penélope por lo masónico, Rosa Patria por lo literario y Candelaria conforme al santo Crisma.

Tres días mal contados, incluyendo entre ellos el de la partida de su esposo para Badajoz, me bastaron para posesionarme de su hogar (p.8561) modesto y amenizar en él mis días tediosos y agasajar mis noches heladas. Noticias pocas y precisas os daré de la familia de Candelaria. Componíanla sus tres crías, dos varoncillos pequeños y una chavala graciosa y parlera que ya rayaba en los ocho años; y su madre doña Belén, matrona espigada, tiesa y diligente, que llevaba el gobierno de la casa. Por la buena mano de esta mujer, su pulcritud y vivacidad, la casa estaba bien apañadita, y sólo tenía trazas de leonera el gabinete en que había instalado su laboratorio poético y prosaico la fecunda y jamás cansada propagandista. Gracias a la providente abuela, los niños andaban bien cuidados y limpios, la comida siempre a punto, y en la casa no sufrían grave ofensa la vista y el olfato.

Despojada del doña que le ponía la vecindad, Belén estaba más en carácter y lucía en toda su plenitud las cualidades domésticas. En elogio suyo debo decir que a su hija idolatraba, creyendo que había venido al mundo para desacreditar y extinguir la raza de las mujeres ñoñas, encogidas, pánfilas y santurronas. La densidad analfabética de su cerebro no le dejaba espacio más que para la admiración del portentoso talento de Candelaria. Se maravillaba de verla escribir con desenfrenado rasgueo de pluma, y cuando los garrapatos o patas de mosca volvían de la imprenta transformados en letra de molde, que la pobre señora entendía tanto como si fuera escritura chinesca, contemplábalos atónita cual si fueran arte de magia o brujería. «No sé a quién sale esta chica -decía-, porque el bailarín de su padre, que esté en gloria, no escribía más que con los pies».

La idea extremadamente lisonjera del mérito de Candelaria excluía en la madre toda severidad. A fuerza de admirar el talento, no paraba mientes en las flaquezas de su hija, ni en sus desórdenes y extravagancias, que la diferenciaban de todo el personal de su sexo en aquella época. Creía Belén que andando los años y siguiendo en aquel ajetreo de pluma adquiriría Rosa Patria fama universal, reinando al fin, por la fuerza de su entendimiento, sobre la (p.8562) turbamulta de hombrachos enclenques y desaboridos que mangoneaban en la sociedad. Sin participar del delirante optimismo maternal, yo veía en Penélope algo extraordinario que se cernía sobre sus extravagancias, sobre su inquietud ratonil, su mala prosa, sus versos ripiosos y cojitrancos. Lo que me agradaba en ella era su valentía, su desprecio de la vigente organización social y la desvergüenza, en cierto modo graciosa, con que daba la cara a las rechiflas y burletas de las demás señoras y aun de muchos hombres.

Cuando la intimidad abrió el sagrario de sus secretos artísticos, Rosa Patria me dio a conocer todo el material inédito de sus obras poéticas, así los ensayos balbucientes como las odas pindáricas y laberínticas, con tendencias patrioteras, y la verdad, todo ello me pareció medianejo. La prosa, menos mal: aunque deslavazada, tejida de lugares comunes, se dejaba leer. Sus apóstrofes campanudos y sus chupinazos finales buscaban la emoción del lector ingenuo, y cumplidamente lo conseguían. Mi posición junto a ella obligábame a mostrarme admirador de tal fecundidad farragosa; lo que yo realmente estimaba era, como antes digo, la bravura desaprensiva con que se adelantaba medio siglo al curso de la Historia. Guardábame yo de decirle que predicaba para gentes que aún tardarían un rato en nacer. Mi egoísmo manteníala en su ilusión mentirosa, recreándose tan sólo en los atractivos personales de aquella singular Diosa Razón. Me encantaban su linda dentadura, los hoyuelos de sus mejillas, sus negros ojos, el donaire o garabato que en su rostro picante corregía o retocaba la dudosa hermosura.

Completaré la figura de Candelaria con unas pinceladas psicológicas. Era vanidosilla, ligera de cascos y de buen corazón. Un solo rencor turbaba la placidez de su carácter. Odiaba sencillamente a su marido, a quien tenía por el más vulgar de los hombres, cominero, fisgón, refractario a toda poesía y a toda literatura. De aquel odio participaba doña Belén, y cuando hija y madre se ponían a contar las impertinencias y (p.8563) chinchorrerías del tal don Rufino, acababan pidiendo a Dios que le tuviera hasta la eternidad en Badajoz o en el quinto infierno.

Una sola vez vi yo al marido de mi amiga en su casa, disponiéndose a partir para Extremadura, y me pareció persona insignificante, soplado de presunción, sin que lograra con su hinchada tiesura disfrazar su crasa vulgaridad. Era regordete, adiposo; se pintaba el bigote, según decían, con el tizne de la sartén, y su cabeza encanecida abultaba mucho por la gran cantidad de aglomerada estopa que tenía dentro. Discurría trabajosamente, cual si prensara las ideas, y de sus labios salían perezosas y lentas las palabras como gotas de aceite. Habituado a la somnolencia de las oficinas, no sabía más que atar y desatar los fárragos expedientiles. Entre los varios papeles que la sociedad reparte para la representación de la humana comedia, don Rufino escogió el más apropiado a su vacío cacumen, el papel de hombre serio, y lo desempeñaba compitiendo con los más acreditados guardacantones.

El ridículo funcionario se burlaba estúpidamente de su mujer, que, sin poseer dotes excepcionales era junto a tal zopenco un prodigio de la naturaleza. Candelaria se cobraba de aquel menosprecio injusto proclamando a voces que su esposo era una excelente bestia para tirar de un carro o dar vueltas a una noria. Nunca pude entender cómo existió noviazgo y matrimonio entre dos criaturas tan diferentes. Alguien me indicó después que ello fue obra del difunto padre de la escritora, del cual se dijo que, bailarín consumado, tenía los juanetes en el entendimiento.

Cuando Candelaria y yo llegábamos a una intimidad que no había de ser duradera, frecuentaba la casa uno de aquellos varones graves que vi junto a don Santos La Hoz en el café de las Columnas. Era un pobre hombre que, después de haber consumido sus mejores años trabajando en vanos periódicos como redactor financiero, andaba rondando la naciente República y haciéndonos el oso para ver si cogía un destinejo, como los que gozó en tiempo de (p.8564) González Brabo. Los que esto lean reconocerán a don Basilio Andrés de la Caña, que en la redacción de un diario ya fenecido desmenuzaba el presupuesto del Gobierno, y acumulando cifras a su antojo armaba el mazacote del presupuesto de oposición, para uso de cuatro papanatas que sin leer sus artículos, semejantes a una pared de ladrillo, le dieron fama de hacendista y diploma de hombre serio. Era de abultada presencia, calvoroto, nariz cortísima, poco mayor que una almendra, y montadas sobre ella unas gafas de présbita muy fuertes.

Andaba mi hombre a la sazón flaco de bolsillo y desguarnecido de ropa. Buscaba un cocido y algo más, principio y postre; y no había tecla que no tocase para remediar sus atrasadas escaseces. Antigua era su amistad con los progenitores de Candelaria, y lejos de burlarse de esta, la mimaba, alentaba sus aficiones, y con sanos y cariñosos consejos quería guiar sus talentos por el camino de la seriedad. Entre tanto no se descuidaba en admitir las invitaciones que hija y madre le hacían para que cenase o comiese con ellas. Más de una vez nos reuníamos los cuatro en torno a la mesa, bien abastecida de sabrosos manjares caseros. De las innumerables majaderías que oí al don Basilio una y otra noche, transcribo algunas para ornamento de esta historia:

«Fíjate en lo que te digo, Candela. Ya sabes que te quiero paternalmente y admiro tus bellas facultades. Lo que has escrito estos días está muy bien. Tu imaginación chispea; tu sensibilidad imprime calor a los pensamientos. Atinadísimo lo que dices de la libertad igual para todos, del derecho al trabajo y a la educación, del gobierno por el pueblo y para el pueblo, de abolir la pena de muerte, las quintas y el estanco de la sal. Pero todo eso, que es lindísimo y tornasolado, no será eficaz mientras no tengamos un buen sistema de hacienda y un rigor escrupuloso en las prácticas administrativas. Escríbenos una serie de estudios sobre cuestiones tan amenas como los Derechos Reales, el Catastro, la unificación de las Deudas, la circulación fiduciaria, los (p.8565) Bonos del Tesoro, etc., etc. Tu pluma galana puede presentar estas cuestiones bajo prismas brillantísimos y hasta poéticos. Tú puedes dar encanto a las materias más áridas, como por ejemplo, a la extinción de la langosta, al enyesado de los vinos y a las relaciones del Tesoro con el Banco.. De esto y de todo lo relativo a la Hacienda te daré cuantos datos necesites, cifras, cálculos.. te haré un presupuesto verdad, no como los que presenta el Gobierno».

Si en algún punto de la perorata mostraba Candelarita cierto escepticismo chancero, al fin la vi como contagiada de la seriedad del sabio profesor de finanzas. La vivaracha propagandista entraba por todo, y era capaz de poner en octavas reales los presupuestos del Estado. Otro día llegó el ciudadano De la Caña desconcertado y asustadico, trayéndonos la noticia de la crisis del primer Gobierno de la República. Leed aquí sus palabras, que revelaban una emoción triste, casi fúnebre: «Vean ustedes lo que pasa, y pásmense como yo. A los trece días de instaurada la forma republicana ya la tenéis en peligro de muerte. Este señor Martos, en connivencia con los Ministros procedentes del amadeísmo, y que hoy se llaman Radicales, quiere arrojar del Gobierno a los republicanos Pi, Salmerón, Figueras y Castelar. Aunque esto es un desavío para mí, porque ya mis amigos habían recabado del señor Echegaray mi colocación en Hacienda, me tengo por hombre sincero y justo, y sostengo que el designio de Martos es a modo de un golpe de Estado. Ya sabéis que yo soy muy claro y que gusto de poner los puntos sobre las íes. Afirmo, pues, que lo que quiere mi don Cristino es una dictadura. ¿Te has enterado tú, Candela, de lo que es dictadura? Es el gobierno de un solo hombre, sin más ley que su voluntad o su capricho. Agarra la pluma, hija mía, y enjareta un artículo condenando los desenfrenos de la ambición, el fanatismo del yo..».

Como don Basilio dijese, entre otras cosas, que había gentío y tropas en el Congreso, abandoné corriendo la casa (Costanilla de los Desamparados) para leer en la (p.8566) vía pública la página histórica. Esta no fue sangrienta, ni siquiera de mediana emoción. En la plaza de las Cortes me encontré a Rojo Arias, que me introdujo en el Congreso. Apenas di algunos pasos hacia el Salón de Conferencias, rodeado me vi de amigos que me refirieron el argumento de la ópera cómica cuya representación había empezado. En el despacho presidencial y en el de los Ministros hormigueaban los hombres públicos, y entre uno y otro departamento cruzábanse mensajes, recados y comisiones portadores de recetas y formulillas emolientes. Parte de la tropa requerida por Martos se agazapaba en el sótano, y otra parte permanecía en la calle, dispuestas a sostener lo que don Basilio llamaba el fanatismo del yo.

A media tarde oí decir que a don Cristino no se le cocía la torta de la dictadura. Una cosa era predicar, como él lo hacía, con soberbio estilo, y otra dar la cara a los hechos con bravura y agallas. No adelantó nada con llenar de tropas los Ministerios de Gobernación y Hacienda; sus propios amigos, viendo que el Presidente de la Asamblea quería conducirles por los bordes de un precipicio, echáronse atrás, dieron la razón a los republicanos, y el fiero complot terminó con un frío desenlace de lamentaciones, disculpas y alguna que otra nota jocunda. La Milicia Nacional republicana se echó a la calle en defensa de los suyos; pero no hubo necesidad de romper el fuego, porque dentro de la Cámara quedó Martos domado y vencido, aunque guardándose para mejor ocasión sus pinitos de Bonaparte. A prima noche, cuando volví a mi casa, supe la solución de la crisis. Continuaban los cuatro Ministros republicanos; a Echegaray sustituyó Tutau; a Córdoba, Acosta; a Beránger, Oreiro; don Eduardo Chao y don Cristóbal Sorní entraron en Fomento y Ultramar.

Sin inquietarme gran cosa del cambalache de Ministros, fui a ver a Candelaria, a quien no encontré. Díjome su madre que había ido con don Santos al Club de la calle de la Hiedra, donde el tema de la crisis convocó a toda la turbamulta exaltada y parlera. No estaba yo de humor para soportar el (p.8567) ambiente caldeado de aquel hervidero de pasiones, y me lancé a recorrer los barrios del Sur, desde Santa Isabel a las Vistillas. Sentía yo en mi ser por aquellos días una como evolución de mis gustos y costumbres. Me agradaba sobremanera la vagancia por calles, travesías y plazuelas, viendo rostros que aun siendo desconocidos me parecían familiares, recogiendo al paso jirones de diálogos, apóstrofes o frases picarescas, tropezando con grupos amorosos, secreteantes, o con pendencias y ruidosas broncas. Esta deambulación solitaria me avivaba el entendimiento y me sugería ideas luminosas con más vigor que pudieran hacerlo las tertulias de amigos y las lecturas más interesantes.

Retirábame a mi casa fatigado, alta ya la noche, y al otro día, a la hora reglamentaria, iba puntualmente a mi oficina en Gobernación, pues me complacía ganar mi sustento, y el trajín burocrático no me desagradaba. Destináronme a la Secretaría particular del Subsecretario, don José de Carvajal, a quien muchos de los que me leen habrán seguramente conocido, hombre de gallarda y noble presencia, hermosa cabeza, perfil semítico, luenga barba espesa, ademanes señoriles y trato muy afable. Si en la tribuna lucía como brillante orador, en la conversación privada cautivaba por su amenidad, dicción correcta, y un ceceo blando y meloso. A todos los que allí servíamos nos trataba con miramiento, y a mí me distinguía particularmente, atribuyéndome cualidades que no tengo, y colmándome de elogios cuando interpretaba a su gusto los trabajos epistolares de mi incumbencia.

Aunque muy a gusto con jefe tan simpático, aspiraba yo a prestar mis humildes servicios lo más cerca posible de Pi y Margall, por quien sentía veneración fanática. El mismo Carvajal me deparó lo que yo deseaba, enviándome al despacho del Ministro para redactar urgente correspondencia. Halleme, pues, frente al santo de mi mayor devoción, el cual, visto de cerca, modificó la idea que de él tenía yo y conmigo el vulgo. No era un hombre glacial; no era la estatua de la (p.8568) reflexión imperturbable como parecía indicarlo la escasa movilidad de sus facciones, su austera faz, su barba gris, su boca sin sonrisa, y sus anteojos que aguzaban la penetración de la mirada.

Era en verdad el apóstol del federalismo un hombre afectuoso, reposado, esclavo del método. Lo primero que me encargó fue algunas cartas citando a su despacho a varios personajes, y otra para don Eduardo Benot, con mayor extensión y conceptos más delicados. Cuando le llevé esta la corrigió, hízola casi de nuevo, redactándola de su puño y letra. Llegada la hora de tomar alimento, llamó a un ordenanza para que le trajeran del café Oriental su almuerzo, el cual, según después observé, era el mismo todos los días. En la propia mesa de su despacho le sirvieron una chuleta con patatas, una ración de queso Gruyère y un vaso de cerveza de Santa Bárbara. Cuando vino el mozo del café a recoger el servicio, don Francisco le pagó de su bolsillo, y seguimos trabajando. (p.8569)

 

Ep-44-IV -

Toda la marejada, todos los dimes y diretes que se produjeron entre la Asamblea Nacional y el Gobierno, cuando este quiso disolver las Cámaras para convocar Cortes Constituyentes, se iban reflejando en el despacho de mi Jefe, y aunque yo no presencié las frecuentes entrevistas con Figueras, Salmerón, Orense, Estévanez y otros primates de la República, se vio bien claro que los federales ganaban la partida. Martos, con su guerrilla de cimbrios, quedaba por segunda vez vencido. El 4 de Marzo se leyó en las Cortes un Proyecto de Ley, suspendiendo las sesiones y convocando las Constituyentes para el 1.º de Mayo. La Asamblea Nacional debía continuar deliberando hasta votarse definitivamente las Leyes de Abolición de la Esclavitud, de las Matrículas de Mar y sostenimiento de cincuenta Batallones Francos.

Aunque en Gobernación había yo visto a mi amigo Estévanez más de una vez, rabiaba por encontrarme con él a solas para oír de su boca opiniones y juicios que me orientaran acerca de la situación. (p.8570) Una tarde le visité en su morada oficial, y me recibió tan alegre y afable como antes, cuando me refería sus andanzas facciosas en Sierra Morena. En la puerta de su despacho vi el cartelito que le dio fama en aquellos días y que revelaba en don Nicolás tanto ingenio como entereza. El papelito, pegado con obleas, decía mutatis mutandis: Aquí no se dan destinos, ni recomendaciones, ni dinero, ni nada. Hablando con mi amigo de esta humorada, me dijo riendo: «No creas, Tito, que se compone de republicanos la nube de pedigüeños. Son más bien los cesantes de los partidos viejos, el detritus de la política, los innumerables moscones aburridos y famélicos que hacen imposible la vida oficial. He tenido que ahuyentarlos con esa tufarada de azufre. A pesar del cartelito vuelven, zumban y pican».

Las numerosas y pesadas visitas que el Gobernador recibía no le permitieron platicar conmigo todo lo que ambos deseáramos. Volví por la noche, y comiendo juntos pudimos charlar largo rato. No me franqueó, como era natural, el arca de los secretos graves que sin duda poseía, pero algo me dijo que puedo comunicar a mi buen público. Copiaré sus palabras para mejor inteligencia: «No soy grato a todo el patriciado del republicanismo. Algunos, que me han tratado a fondo, no desconfían de mí; otros me tienen por agitador levantisco que por un quítame allá esas pajas se lanza a vías de hecho.. Ya me irán conociendo. Yo les conozco a todos, y sé que en los republicanos de gran talla no es todo concordia. Hay entre ellos resquemores, celeras..».

Como juicio general de la situación me dijo esto: «En los sucesos a que dio lugar la ambición de Martos, se inició un síntoma malsano que podrá tomar proporciones peligrosísimas si a tiempo no se le sofoca. Tenían los Radicales preparado en Barcelona un pronunciamiento de bajo vuelo contra la República. ¿Por qué se malogró el movimiento? Porque la tropa no quiso obedecer a los jefes. Dicen que ha sido la indisciplina contra la indisciplina; o de otro modo, que los leales han sido los (p.8571) soldados y clases. Verdad; pero roto el nervio del Ejército, que es la subordinación, no sabemos a dónde esto podrá llegar.. Militarmente hablando, querido Tito, la situación es débil y lo será más si no sale un caudillo.. Yo te pregunto: ¿sabes tú dónde está ese caudillo?». (p.8572)

Ambos callamos meditabundos.. No sé si fue aquel día u otro cuando me contó los disparates que los corresponsales venidos de París enviaban a la prensa francesa. Uno de ellos dijo en su periódico: «La República ha caído en un desenfreno espantoso. Castelar se ha visto obligado a nombrar Gobernador civil de Madrid a un monsieur Estévanez que se lo exigió navaja en mano. Este monsieur, muy conocido en las tabernas, no sabe leer ni escribir». Otro corresponsal, por cierto amigo de don Eduardo Chao, mandó una crónica razonable; pero en París, para dar color romántico y medioeval a las cosas de España, la retocaron con estos monstruosos chafarrinones: «Madrid es una ciudad de la Edad Media, sin alumbrado público, salvo los faroles mortecinos que alumbran imágenes religiosas, esculturas en general de imponderable mérito; porque hay hornacinas, algunas muy artísticas, en todas las callejuelas.. Ayer pasó por la Puerta del Sol un batallón de Nacionales, cuya banda de música, por cierto notabilísima, tocaba la Marsellesa. El público se descubría respetuosamente al pasar los gastadores vistiendo el hábito de San Francisco».

En el desempeño de su cargo desplegaba don Nicolás una diligencia y celo admirables. Visitábale yo con frecuencia, y una noche advertí que se acostaba con las botas puestas, por la necesidad de acudir prontamente a cualquier tumulto que surgiese en la vía pública. Apartado de toda lucha activa, me concretaba yo a cumplir mis deberes burocráticos y a presenciar con tristeza el desconcierto que en todo el país reinaba. Los radicales procedentes del amadeísmo dieron a conservadores y alfonsinos el ejemplo de socavar la situación. El carlismo presentaba cada día nuevos (p.8573) focos de guerra. Los generales de la República eran pocos y malos. Todo el generalato de cuartel era hostil al régimen republicano. En Madrid, que considerábamos como resumen de los sentimientos de la Nación, rara vez veíamos caras que no expresasen una desconfianza severa de nuestros mal comprendidos ideales. Las noticias de Cuba traían mayor zozobra al ánimo turbado de los españoles de todas clases. A mi parecer, la media docena de hombres que simbolizaban el nuevo sistema de Gobierno, lucían como faros luminosos en la esfera del ideal; mas en la acción se apagaban sus indecisas voluntades.

En el correr de los días de Marzo fueron menos frecuentes mis visitas a Candelaria Penélope. Leí sus furibundos ataques a La Roma Papal y unas Consideraciones sobre la equidad tributaria, escritas en prosa poética y seguramente inspiradas por don Basilio Andrés de la Caña. Este logro ser colocado en la Dirección de la Deuda por el señor Tutau, feliz acontecimiento que nos libró del acoso y majaderías pretensioniles del sesudo financiero, quien al fin encontraba la caverna burocrática que por derecho de seriedad le correspondía.

Como ya os he dicho, me fui retirando por escalones de la intimidad de Rosa Patria, no porque su persona me disgustara, sino porque se me hacía muy penosa la obligación de alabar sus escritos, y más aún la de colaborar en ellos. Para romper este vínculo de carácter periodístico y literario tenía que romper también el amoroso, y ello vino tan bien concertado por la suerte que poco tuve que hacer para recobrar mi libertad. Una noche, nos enredamos en agria disputa sobre los reparos que puse a un articulazo que ella escribió con el título El Papado en camisa, y a una poesía truculenta que denominaba Ven pronto, guillotina.

Mis prudentes razones la pincharon en lo más sensible de su vanidad. Rabiosilla, me dijo que yo era un ignorante y que mis ideas no iban con las del siglo. Contestéle con acrimonia. De palabra en palabra llegamos al espasmo de la ira.. De (p.8574) súbito, agarró Candelaria el tintero y me lo tiró a la cabeza, causándome el doble estropicio de levantarme un chichón en la frente y de mojarme de tinta toda la cara y la parte visible de mi alba camisa.. Supe contenerme, y aunque me había puesto como un calamar, vi en tal ultraje más ridiculez que afrenta. Llenándome de filosofía me agarré a la profunda sentencia de uno de los siete sabios de Grecia, Bias, que legó a la humanidad todo su saber en este consejo: Aprovecha la ocasión.

Tomando actitud de severa dignidad, me levanté y le dije: «Señora; mi caballerosidad me ordena que sólo conteste a usted con una retirada silenciosa. Adiós». Frenética, respondió Candelaria con chillidos, y en esto entró la tarasca de doña Belén, vociferando como una endemoniada y lanzando sus manos disformes al alcance de mi cara. Entre sus gritos pude distinguir estos conceptos: «Vaya usted de aquí, silbante. Ya le tengo dicho a mi niña que se apañe con un hombre, no con un mico desaborido, gorrón y más tronado que arpa vieja. Váyase a llenar el buche a otra parte, don Titiritaño de los demonios». Salí combinando la dignidad con la prisa para librarme de las manos de aquella bestia desmandada. Candelaria me despidió con bramidos mezclados de un reír espasmódico. Oí estas frases: «Adiós, pigmeo; busca una pigmea que te sufra.. Lárgate pronto, Calomarde.. ji, ji.. pae Claret.. ji, ji.. piojo de la reacción.. ji, ji..».

Corrí a mi casa a mudarme de ropa, y cuando cenaba, sin apetito, Ido del Sagrario me dio una noticia muy desagradable. El marido de Obdulia, destinado a Filipinas, había salido ya para Barcelona llevándose a su mujer.. Empapada mi alma en el recuerdo de Obdulia, y perseguido por su cara imagen, me lancé a la calle, que era mi alivio y mi descanso en las horas nocturnas, hastiado de las conversaciones ociosas y de la turbulencia social. Arrojábame yo en el laberinto de las calles como en los brazos de una madre cariñosa. Trotando a ratos, moderando el paso cuando me acomodaba, recorría largas distancias (p.8575) entre sombras de muros y claridades de tiendas, oyendo las voces o el hálito no más de la vida matritense. Me metí aquella noche por la calle del Olmo, pasé a la del Calvario; no sé cómo entré en Ministriles, donde sentí tras de mí pisadas que me parecieron las de Obdulia.. Me volví, y era un clérigo que me fue siguiendo hasta la calle de Lavapiés.

Con marcha irregular llegué a la plazuela de Lavapiés, donde me detuve ante un grupo de hombres que disputaban en alta voz. Uno de ellos exclamó: «¡La República para los republicanos!». Al entrar en la calle del Tribulete pasé por una taberna a punto que salían de ella estas voces: «Para generales, Contreras. No hay otro como él». Poco más allá, dos mujeres gordas le decían a un guardia de Orden Público: «¿Por qué no afusiláis a ese Martos?». Andando, andando, me metí en la calle del Amparo. Subiendo por ella, vi que bajaba un hombre.. ¡Ay; era Aquilino de la Hinojosa!.. Cuando ya estaba cerca me detuve como cortándole el paso. Él también se paró cual si quisiera reconocerme. No era Jinojo, y sentí que no lo fuera. Nos flechamos con fugaz mirada recelosa, y él siguió calle abajo, yo calle arriba.

Continuando mi ronda entré en un estanco, pienso que en Mesón de Paredes, a comprar cigarrillos. En el breve rato que allí estuve, rasgaron mi oído estas palabras, que dijo la estanquera hablando con otra mujer: «Se fueron a Filipinas, sí señora; pero al llegar a Barcelona.. lo sé por la Ciriaca.. ella se le escapó, y el muy judío tuvo que embarcarse solo». Me detuve anheloso de oír algo más; pero se interpusieron otros compradores y me quedé in albis. Medio trastornado volví a la calle, y al salir a la plaza del Progreso vi una mujer, dos mujeres, grupos de mujeres, y todas ellas me parecían reproducción fiel de Obdulia, o más bien la propia Obdulia multiplicada.. Giré en torno mío; di pasos adelante, pasos atrás, y atontado tuve que agarrarme a la verja del jardinillo para no caerme.. Repuesto de aquel mareo, me dirigí como una flecha hacia la calle de Barrionuevo, donde Aquilino vivía y de donde (p.8576) seguramente salió el matrimonio para su viaje a Barcelona. Me asaltó la idea de que en dicha calle podía yo encontrar algún indicio.. Recorriéndola dos o tres veces en toda su longitud, así pensaba: «Y esa Ciriaca que ha dado la noticia, ¿quién será? Ciriaca, ¿dónde estás?».

Convencido de la inutilidad de mis pesquisas, me metí por la Concepción Jerónima. Pasé por delante de la tienda y casa de mi ex-barragana María de la Cabeza Ventosa de San José. ¡Oh témpora, oh mores! La tienda estaba cerrada. En uno de los balcones del principal había luz. ¿Qué estaría tramando la que fue mi señora y tirana?.. Del portal salieron dos señores en quienes reconocí a don Francisco Bringas y a don Plácido Estupiñá. Eran los contertulios de Cabeza en la era feliz de mi prepotencia en la casa.. Pasaron sin reparar en mí. Pesqué al vuelo esta gangosa frase de uno de ellos: «Y Zorrilla en Tablada. Tráiganlo de una vez, que si no, vamos a tener aquí la hecatombe hache..».

Seguí hasta la calle del Sacramento, que siempre me cautivaba porque allí vivió mi Obdulia cuando estuvo al servicio de la señora Marquesa de Navalcarazo. Pisando las aceras de la calle solitaria vibraba en mi oído la tierna voz de Obdulia, repitiendo aquella frase patética y un poquito cursi: Si oyes contar de un náufrago la historia.. De pronto me encontré junto a una boca de alcantarilla, abierta, por la cual salía una ronda de poceros que terminaban su servicio en aquellas profundidades. Uno de ellos, calzado con altas y gruesas botas, estaba ya fuera; otro, al asomar la cabeza y hombros por el agujero, soltó estas palabras: «Vus lo digo otra vez. La República tiene que ser para los republicanos». Y en lo hondo del pozo, otra voz subterránea repitió: «Sí, sí; para los republicanos».

Al llegar a la iglesia del Sacramento vi que de la calle Mayor descendían sigilosos, como negros fantasmas, algunos embozados, y se precipitaban en la obscuridad del Pretil de los Consejos. «Estos son masones -me dije- que van a la Tenida de esta noche». En efecto, algunos pasos más (p.8577) arriba me encontré a Nicolás Díaz Pérez, calificado como una de las más altas dignidades entre los Hijos de la Viuda. Nos paramos, y él, desembarazando su boca del embozo, me dijo: «Tú que estás en Gobernación, ¿no sabes lo que pasa en Barcelona? Desde hace días la tropa, pasándosela disciplina por las narices, fraterniza con los federales en cafés y paseos públicos. La plana mayor y jefes, aburridos y sin agallas, no se atreven a imponerse a las clases y soldados. O no hay lógica, o pronto tendremos Cantón Catalán. Adiós, amigo; que voy retrasado y no quiero llegar tarde al Templo. A ver cuándo se decide usted a penetrar en nuestros augustos misterios. Buenas noches, Tito».

No sé qué le respondí, y continué mi camino sin prisa y sin rumbo. Por la calle del Factor me dirigí hacia el Teatro Real. En la plaza de Isabel II me senté fatigado en un banco del jardincillo, frente a una estatua fea que tenía una careta en la mano. Al poco rato, sentí la atracción del lugar histórico y me acerqué a la tienda de cristales junto a la Costanilla de los Ángeles, que aún conservaba las señales de las balas que unos ridículos demagogos dispararon contra el pobre don Amadeo. Con Obdulia presencié yo el imbécil conato de regicidio. Al día siguiente del suceso, se me apareció Mariclío en la puerta de aquella tienda, y hablando familiarmente con ella tuve el gusto de acompañarla hasta la Academia de la Historia. ¿Dónde estaba la santa y buena Madre? ¿En qué rincones o burladeros escondía su clásica persona? Imposible que dejara de conocer y calificar las turbulencias del terrible año que corríamos, pues para tal oficio y menesteres habíanla dado el ser los altos Dioses. Si andaba por acá, infatigable en su fisgoneo sublime, ¿por qué a su lado no me llamaba, por qué no requería los servicios de su leal muñeco?

Esta idea se posesionó de mi cerebro con tal intensidad, que perdí el gobierno de mi mente y el aplomo de mi andadura. La cabeza se me iba; mis piernas temblaban; no sabía dónde poner los pies, como si el suelo se moviera con ondas (p.8578) semejantes a las del agua agitada por viento leve. En tal estado avanzaba por la calle del Arenal, no muy concurrida en aquella hora, pues había salido ya el público del Teatro de Oriente. Los quiebros que yo hacía y las eses que iba trazando debieron de sorprender a los pocos transeúntes, porque sentí risas burlonas.. Indudablemente el suelo se movía, la tierra temblaba; no por oscilación telúrica, sino por tremendos golpes que daba sobre ella el pisar de un ser invisible, que por la pesadumbre de sus pies debía de ser tan grande como la vieja torre de Santa Cruz.. Con esta sugestión terrible, precedido de los pasos de la figura gigantesca sustraída por arte mágico a la visión humana, llegué a la Puerta del Sol; avancé por ella tambaleándome, porque allí los pasos formidables del ingente fantasma imprimían al suelo una trepidación honda y convulsiva..

El invisible caminante, que era sin duda como una montaña con pies, se dirigió a Gobernación. No acierto a expresar mi asombro cuando sentí, no puedo decir vi, que la pesadilla andante entraba en el Ministerio. ¿Por dónde, si aquella puerta no tenía cabida para uno solo de sus talones?.. Yo también entré tropezando, y en la escalinata del zaguán caí desvanecido. Un guardia civil y un portero acudieron en mi auxilio. Bajó en aquel momento un telegrafista amigo mío que me llevó a mi casa.

 

Ep-44-V -

Cuando yo caía en mi camastro al término de una de estas largas y fatigosas peregrinaciones que solían acabar en desvarío sonambulismo, lo mismo que soltaba mi ropa dejándola a un lado, soltaba mis imaginaciones y pensamientos, echándolos de mí uno tras otro, hasta caer en profundo sueño. Dormía, descansaba, y al despertar la siguiente mañana, antes que la ropa volvían a mí las ideas de la noche anterior. Primero llegaba una, después dos o tres rondaban mi cerebro, y al fin iban entrando todas. Pensé yo entonces que durante mi sueño las ideas y los hechos pasados velaban en torno mío, esperando que yo despertase para volver a su jaula.

Levanteme (p.8579) un día con sinfín de cosas imaginarias y reales dentro de mi pajarera cerebral. No me pidáis que puntualice el día, porque en mi mollera entra cuanto existe menos las fechas. Nunca he podido disciplinar, ya lo sabéis, el dietario de los acontecimientos, sobre todo cuando no son de esos que llevan bien determinada la efemérides.. Pues señor, me fui a la oficina a pesar de ser domingo, y al entrar me dijeron los compañeros que el Ministro, don Francisco Pi y Margall, se había pasado la madrugada anterior agarrado al telégrafo. ¿Qué pasaba? Pues que los rumores de alzamiento en Barcelona se habían confirmado. Ya sabíamos que la tropa, dominada en absoluto por los Comités federales y convertida en instrumento de la Diputación provincial, aspiraba nada menos que a proclamar el Estado Catalán.

Al instante vio nuestro jefe los gravísimos inconvenientes de tal precipitación. No se podía consentir que los pueblos establecieran por sí y ante sí el régimen federativo, anticipándose a lo que era facultad y obra de las Cortes Constituyentes, aún no reunidas. De la parte acá del hilo telegráfico hablaba Pi y Margall con la serenidad reflexiva propia de su exquisito temperamento. De la parte allá vociferaban los federales barceloneses, conjurados para proveerse del Cantón que les correspondía con arreglo al catecismo autonómico. Gastó don Francisco enorme dosis de su fuerte dialéctica para convencer a los amigos de la inoportunidad el imprudencia de tal resolución. Nunca vino tan a pelo el aforismo de que no por mucho madrugar, etcétera..

Atento a conjurar todos los peligros, don Francisco ordenó la incomunicación telegráfica de Barcelona con el resto de España, y previno contra el movimiento a los Gobernadores de las provincias limítrofes.. Hallábame yo en el despacho de mi jefe don José Carvajal, escribiendo al dictado cartas urgentes, cuando entró el secretario de Figueras señor Rubaudonadéu, y por él supimos que aquel mismo día partiría para Barcelona el Presidente del Poder Ejecutivo. Poco después pasé al salón grande del (p.8580) Ministerio y vi a Figueras, Castelar y Salmerón que salían del despacho del Ministro, acompañados por este. Las caras de todos revelaban tranquilidad. Don Francisco les dijo al despedirse: Por fortuna, hemos deshecho la borrasca antes que estallase. Y Castelar, risueño, añadió este comento breve: Ahora, señores, hasta otra.

Volvió a reinar en la Secretaría del Ministerio el sosiego burocrático. Durante largo rato oíase tan sólo el rasguear de las plumas.. Sigo mi cuento declarando que después de conjurado aquel conflicto, por hábil maniobra de Pi y Margall, adquirió cierta fortaleza el Gobierno republicano. Pero como quedaba en pie la hostilidad solapada de los Radicales, con el inquieto don Cristino a la cabeza, continuaron los días azarosos. La naciente República no tenía momento seguro, y todo su tiempo dedicábalo a quitar las chinitas que ponía en su camino la displicente Asamblea Nacional, formada con todo el detrito de las pasiones monárquicas. Al fin, en un día de Marzo, hacia el 20 ó 22, se consiguió que suspendiera la Cámara sus sesiones, después de votar la abolición de la esclavitud en Puerto Rico y otras importantes leyes.

Pero los conjurados inventaron el enredijo de una Comisión Permanente, que no servía más que para embrollar, entorpecer y aburrir a todo el mundo. De tanta y tanta pejiguera se habrían librado los republicanos si desde el primer día (24 de Febrero) en que apareció el serpentón monárquico-radical le hubieran cortado, con certero golpe, la cabeza. Así lo pensaba yo, y si no me lo estorbase mi respeto al gran Pi y Margall, le habría dicho: «Si usted, mi señor don Francisco, y sus compañeros, hubieran volcado con un audaz gesto revolucionario la Asamblea llamada Nacional, quitando de en medio a puntapiés a toda esta caterva de ambiciosos egoístas, tendrían despejado el terreno para fundar desahogadamente el régimen nuevo. No se pasa de aquello a esto sin cerrar con cien llaves el arca de los escrúpulos, aplicando calmantes heroicos a las conciencias demasiado irritables».

Repitiéronse en Abril las mismas (p.8581) dificultades y las propias luchas. En mis paseos melancólicos y en la soledad de mi hospedaje me entretenía yo en aconsejar mentalmente a los Ministros y proponerles la mejor línea de conducta. «Yo entiendo de Política, señores míos -les decía con el pensamiento- porque entiendo de Historia. Y no aprendí esta ciencia en los libros, sino de labios de la propia divinidad que recoge y transmite todo lo que concierne a la ciencia de los hechos humanos. La Historia me ha llevado en sus brazos, en sus bolsillos y en su regazo augusto. La llamo mi madre, no sé dónde se ha metido, y la buscaré por toda la redondez de este suelo ibérico, dejado de la mano de Dios».

Vagaba yo una noche por las inmediaciones de la iglesia de San Sebastián, cuando sentí un ligero paso y el siseo de una vocecilla que me llamaba. Volvime rápidamente creyendo que pudiera ser Mariclío y.. ¡ábrete, tierra, y trágame!.. era Candelaria. Llegose a mí con ademán afectuoso, y estrechándome las manos se arrancó con estas frases: «¡Ay, Tito chiquitín, qué ganas tenía de verte!.. No has querido volver a casa.. ¡qué tonto!.. No creí que lo tomaras tan por la tremenda. Yo te esperaba para pedirte perdón por aquel arrebato. Te tiré el tintero sin darme cuenta de ello. Te habría tirado un clavel o una rosa si los hubiera tenido a mano. Toda la noche estuve llora que te llora. En fin, ya me estás perdonando; pronto, pronto..».

Balbuciente le di las gracias; aseguré que no le guardaba rencor, y quise abreviar la entrevista con el pretexto de ocupaciones perentorias en mi casa. Pero ella hizo presa en mi brazo, tirando de mí hacia la plaza del Ángel. Tanto como sus tirones me redujeron a la obediencia sus tiernas palabras: «No, Tito; ya que he tenido la suerte de encontrarte, no te suelto. Hazme el favor.. ea, no seas tonto. No me desaires.. ¡Mira que..! Acompáñame un ratito al café de San Sebastián. Quiero enseñarte dos artículos que llevo aquí. Son muy vibrantes, ya verás. Ven. En el café están don Santos, Luis Blanc, Antoñete Pérez y otros amigos». Me dejé llevar. La resistencia (p.8582) pugnaría con mi delicadeza y buena educación. Entramos.. Heme aquí en la tertulia de aquellos bravos patriotas. Senteme junto a Penélope, que antes de que le trajeran café desenvainó su manuscrito y comenzó a leer. Era una soflama violentísima que titulaba Delirium tremens, y en ella sacudía de lo lindo a los martistas y al propio don Cristino, aplicándoles toda clase de improperios y chanzas mortificantes. A media lectura advertí que Rosa Patria-Penélope habíase apropiado los latinajos que el periodismo de aquella época iba poniendo de moda. Al final de un párrafo, refiriendo las ridículas pretensiones de los señores de la Asamblea Nacional, escribía: ¿Risum teneatis?

Terminada la lectura, sirvieron a Candelaria el café en vaso. Lo endulzó con dos o tres terrones, y se guardó los demás en un hondo bolsillo. Todos hacíamos lo mismo; mas la escritora, por privilegio de su sexo, requisaba sobre el mármol los terrones dispersos para aumentar el acopio de azúcar y llevárselo a su casa.. Don Santos departía con Antonio Pérez, Balbona y Castañé en una mesa próxima, y cuando Rosa Patria tiró de papeles para leernos a Luis Blanc y a mí el segundo de sus artículos, la vaga atención que en la lectura ponía yo dejó en libertad a mis ojos para extenderse por las profundidades del café lleno de gente. Algunas mesas más adentro vi un rostro de mujer cuyas miradas vinieron al encuentro de las mías. No tardé en reconocerla: era Delfina Gil, la industriosa confitera y empresaria de pompas fúnebres. Pronto advertí que mi antigua dama y consejera deseaba hablar conmigo. Claramente me lo decía con sonrisas y mohines de su linda boca. Bajo estas impresiones corría, lenta y susurrante, la lectura del artículo candelaresco, cuyo título era Un dogal para los cimbrios, y que después de poner a estos como ropa de pascuas, acababa con el tremendo anatema: lasciate ogni speranza.

Como las tertulias cafeteras pugnaban cada día más con mi gusto y costumbres, abrevié cuanto pude mi permanencia en aquel lugar de vagancia sedentaria. (p.8583) Alabé con piadoso calor los escritos de doña Candelaria, y quedando con ella en equívocas apariencias de reconciliación, me despedí de todos prometiéndoles volver otra noche a matar el tiempo en tan agradable peña. Interneme un poco para saludar a Delfina, la cual, agradeciéndome la fineza, me preguntó si seguía yo viviendo en la misma casa (calle del Amor de Dios) , pues tenía que hablarme a solas y con urgencia. Díjele que no había cambiado de domicilio y.. Adiós, adiós.. Hasta mañana.

Pasó la noche, pasaron las primeras horas matutinas; y cuando estaba yo arreglándome para echarme a las calles, emergió en mi gabinete la señora dulce y funeraria de negro totalmente vestida, entapujada con tupido velo que se levantó al entrar, mostrándome la interesante blandura de su rostro. En la mano traía rosario y librito de misa, señal de que venía de cumplir sus obligaciones beatíficas en Montserrat o en las Niñas de Loreto.

«No debía yo tener ningún trato contigo -me dijo con melindre, sentándose en mi arrumbado sofá- porque estás muy echado a perder, Tito. ¿Qué esperas tú de esa cuadrilla de barrabases?.. Repito que no mereces que yo te hable: eres un secuaz de la monserga federala que quiere acabar con las venerandas creencias y con toda ley humana y divina.. A pesar de todo, te conservo alguna estimación, porque fuera de lo político eres hombre de buenas partes; estimo también a tu familia, y por ella y por ti vengo a decirte que estés preparado para el peligro, o te escondas y huyas, si no quieres perecer. De hoy a mañana ocurrirán en Madrid cosas tremendas. Vendrá el barrido de toda esta pillería que quiere dividir a España en cantones con autonosuyas y el pato comunicativo y burrateral. Ponte en salvo, Tito, que ya los buenos se han cansado de aguantar tantos ultrajes y locuras.. Por humanidad te aconsejo que prevengas también a los de arriba, al Pi, al Figueras y demás diablos que quieren traernos acá el Infierno; díselo también al borrachín de Estévanez. Que se oculten, que se metan en la carbonera (p.8584) o escapen a correr.. La sarracina será tal, que si los leales cogen a los pájaros gordos del arrastrado federalismo les machacarán de firme, y el pedazo más grande que quede de ellos será de este tamaño..».

Solté yo la risa, no sin pensar que detrás de aquellas imbecilidades bullía tal vez una maquinación verdadera, un nuevo plan o postrer esfuerzo de los desesperados martistas. Ya sabía yo que la viuda boyante estaba en estrechas relaciones con la cimbrería. Una hermana suya, a la sazón estanquera, sirvió algunos años en casa de Sardoal, y su primo Filiberto Gil mandaba una compañía de los Milicianos tildados de monárquicos. Algo le contaron a mi amiga, algo de proyectada conjura o bullanga llegó a sus oídos, y ella lo abultó con su disparada imaginación y criterio chabacano. Afecté credulidad para inducirla a que me diese más detalles. Pero se limitó a decirme que no le pidiera más claridad: su deber era prevenirme para defender mi vida, y no revelar planes que había sabido por los conductos más reservados. La causa de España, la causa del orden, la causa de Dios, exigían la discreción de todos los buenos.

Inquieto por los avisos de aquella tarasca que de la vida libidinosa había pasado a vida de farándula mística, y que, según rumores, hociqueaba con clérigos y mayordomos de Cofradía, me fui a ver a Estévanez. No le encontré en su oficina, pero media hora después le vi entrar en mi Ministerio. Encerrose con Pi, y allá se fue también Carvajal. La duración de la conferencia nos dio a entender que algo ocurría. Salió Estévanez, y entraron luego dos coroneles de la Milicia, acompañados de Rubaudonadéu. Mi trabajo me impidió llevar nota de las muchas personas que aquel día conferenciaron con el Ministro. Todo confirmaba el temor de próximas alteraciones del orden público..

Por la noche tuve la suerte de encontrar al Gobernador en su despacho. Comía precipitadamente para echarse a la calle. Salimos juntos, y le acompañé en su coche a la estación de Atocha. Hablando por el camino, advertí que aquel hombre, tan (p.8585) sereno ante el peligro, mostraba la inquietud natural ante lo desconocido. No fue conmigo demasiado sincero, ni podía serlo, por la reserva que le imponía su cargo. Procuraré reunir y ajustar las diversas expresiones que oí de sus labios, y combinarlas artísticamente conforme a la ley de la narración histórica, que permite extraer de la verdad de los caracteres la verdad de las manifestaciones orales. La conjura que me anunció Delfina era cierta. Los despechados radicales asambleístas contaban con Pavía, Capitán General de Madrid; con la guarnición, que no era muy numerosa, y con los batallones monárquicos de la Milicia Nacional. Creían tener de su parte a la Guardia civil, y confiaban ciegamente en la Artillería. Separados del servicio los jefes y oficiales facultativos por efecto de la desatinada disolución del Cuerpo en las postrimerías del reinado de don Amadeo, mandaban los regimientos individuos de las armas generales que temían de la República una reorganización contraria a sus conveniencias.

De lo que se tramaba tuvo noticia Estévanez al mediodía. Cuando fue a ver a Pi, ya este había recibido confidencias del caso. Ocupáronse de las medidas necesarias para cortar el paso a la sublevación, que por noticias fidedignas era indefectible programa para el siguiente día, 23 de Abril. El rostro estatuario de don Francisco Pi y Margall no sufrió en su coloración ni en sus líneas la menor mudanza mientras enumeraba los poderosos elementos de que disponían los contrarios. Estévanez le dijo: «Aun contando ellos con todo lo que quieran, yo le respondo a usted de que nos sostendremos treinta horas.. Si nos derrotaran en Madrid, y eso habría que verlo, fíjese usted, don Francisco, en que disponemos de todo el servicio de trenes en el Norte y Mediodía, y en treinta horas podemos traer sesenta mil federales castellanos, aragoneses, catalanes, valencianos, manchegos.. Ordene usted que vayan esta misma noche a los puntos que fijaremos, comisionados con poderes amplios para convocar y acumular sobre Madrid, sin (p.8586) necesidad de aviso telegráfico, las muchedumbres republicanas de media España, o de España entera si fuese menester».

Precisamente a despedir a esos comisionados iba don Nicolás a la estación de Atocha. El acto, de corta duración y de apariencias familiares, no dio motivo a curiosidad ni comentarios. De la estación fui con mi amigo a visitas, que atribuí a la necesidad perentoria de despertar las fuerzas populares y disponerlas para la lucha. Estuvimos en la Ronda de Atocha, en las Peñuelas, en la calle de Santa Ana. Como él subía solo a las casas, dejándome en el coche, no puedo asegurar a qué personas visitaba. Pero mi conocimiento de la gente de coraje me bastaría para designar sus nombres sin miedo a equivocarme.

De la calle de Santa Ana fuimos a la del Ave María y de allí a la plazuela de Antón Martín, donde nos apeamos los dos; yo llamé al sereno, y este abrió la puerta de la casa de Santiso. Ya era más de la una. Invitome Estévanez a subir con él, mas yo no creí discreto presenciar conferencias tan delicadas, y como estaba tan cerca de mi casa y me sentía fatigadísimo, le pedí permiso para retirarme. Al despedirme, el grande hombre que miraba con serenidad desdeñosa la negra faz de las revoluciones y afrontaba risueño y altivo las contingencias erizadas de peligros, me dijo así: «Mañana a estas horas, o quizás al caer de la tarde, podrás ver por ti mismo que hemos ganado la partida y que han escapado o están hechos polvo los enemigos de la República. Buenas noches, y duerme tranquilo».

En esto de la tranquilidad del sueño no pude obedecer al Gobernador, porque pasé una noche horrible, sin pegar los ojos, dando vueltas en mi duro camastro. Cualquier ruido de la calle se me antojaba estruendo de lejanos tiros, cañonazos o voladuras. La claridad de los faroles de la calle entraba en mi alcoba, y mi abrasada mente la convertía en resplandores de incendio. Aunque yo estaba acostumbrado a los tremebundos ronquidos de mi patrón, Ido del Sagrario, aquella noche me sonaban como acompasados gritos de la plebe (p.8587) furiosa invadiendo las calles.

 

Ep-44-VI -

Del ligero sueño que pude conciliar en las primeras horas del día me despertaron Nicanora y su marido con estas alarmantes voces: «Levántese, señor don Tito, que hay revolución». A toda prisa me vestí, y mandé que me trajeran mi desayuno. Mientras lo tomaba, el honrado psicólogo Ido inició la historia verbal de aquel nefasto día: «Desde el amanecer están pasando por Antón Martín Milicianos armados. Van a sus puestos, van a su deber, van a la muerte.. ¡Oh España! ¿qué haces, qué piensas, qué imaginas? Tejes y destejes tu existencia. Tu destino es correr tropezando y vivir muriendo.. Como le digo, toda la Milicia Nacional está en armas. En la plaza de Santa Ana he visto al Carbonerín con el batallón de Lanuza. Por la calle de las Huertas va un gentío inmenso chillando, y Milicianos a la carrera. Oí que en la Puerta del Sol está la Artillería. ¿Qué pasa? Que la Historia de España ha salido de paseo. Es muy callejera esa señora..».

En esto, mi patrona, que había salido un momento, volvió con las manos en la cabeza gritando: «Vete pronto a la compra, José, que si te descuidas nos quedaremos hoy sin comer. ¡Virgen de la Paloma, ya están esos diablos de Antón Martín armando las barricadas!». Salimos disparados Ido y yo. En Antón Martín no había barricadas, pero sí brazos ávidos de levantarlas y bocas de ambos sexos que las pedían a gritos. Mi patrón corrió con fuertes trancos a proveerse de comestibles, y yo, arrastrado por una corriente tumultuosa, me fui a la plaza de Santa Ana, donde los voluntarios del batallón de Lanuza, mandados por Felipe Fernández (el Carbonerín) y don José Cristóbal Sorní, Ministro de Ultramar, ocupaban el teatro del Príncipe y las entradas de las calles próximas. Parte de esta fuerza, la más cuidada de las Milicias republicanas, llevaba uniforme: guerrera garibaldina de paño gris, pantalón con franja verde, polainas, y gorra colorada con visera de charol, de que les vino el mote de botellas lacradas. El armamento de la Milicia Nacional era carabina Berdan. Sólo los (p.8588) batallones de la Latina usaban Remington.

Por lo que vi y por lo que me contaron puedo fijar la situación de las fuerzas republicanas. Los batallones de Antón Martín, mandados por Ponce de León y Clemente Gutiérrez, ocuparon el teatro de Variedades, calle de la Magdalena; los voluntarios de la Latina, uno de cuyos jefes era Antonio Castañé, ocupaban el teatro de Novedades y los puntos estratégicos de las plazas de la Cebada y Progreso. En las Milicias de los barrios del Sur eran escasos los uniformes; casi todos los combatientes iban de paisano, sin otro distintivo que la gorra colorada.. La Red de San Luis y la plaza de Santo Domingo estaban guarnecidas por fuertes núcleos de las Milicias republicanas, y pueblo armado de escopetas y trabucos. Varios edificios de las calles Mayor y Alcalá, como el Ministerio de Hacienda y el Depósito Hidrográfico, escondían retenes de guardias de Orden Público. En las Salesas situó Estévanez bastante fuerza, al mando de Enrique Faura, si no recuerdo mal. Lo mismo hizo en las dos estaciones del ferrocarril, dejando una considerable reserva en la Plaza Mayor.

Los Milicianos monárquicos, que eran más de cuatro mil hombres, se hallaban reunidos desde primera hora de la mañana en las inmediaciones de la Plaza de Toros Vieja, a la salida de la Puerta de Alcalá, con el pretexto de pasar una revista. A su frente estaba el señor Marina, jefe de la Milicia Nacional por su calidad de Alcalde de Madrid. Vestían estos Milicianos un pulido uniforme semejante al del Ejército, con quepis, correaje blanco y carabinas Berdan. Los más vistosos eran los batallones del Centro y de la Audiencia, y en todos ellos abundaban los empleados municipales. Pronto se vio que los jefes de la Milicia monárquica no se distinguían por sus luces estratégicas, y desde el momento en que se enchiqueraron en la Plaza de Toros su causa estaba perdida.

Las fuerzas del Ejército permanecían en los cuarteles, y aunque se dijo que algunos Generales apoyarían a los Milicianos monárquicos, ninguno de ellos se atrevió (p.8589) a dar la cara. La Guardia Civil no contrarió los planes del Gobernador, y después de las cuatro de la tarde no era difícil vaticinar el triunfo de la República. El Gobierno puso una columna de fuerzas de Infantería, Caballería y Artillería a las órdenes del Brigadier Carmona, jefe de Estado Mayor de los Voluntarios de la República. Don Baltasar Hidalgo, nombrado minutos antes Capitán General de Castilla la Nueva en sustitución de Pavía, transmitió órdenes a parques y cuarteles. Rodaron los cañones por las calles, y.. no pasó más. Los enchiquerados de la Plaza de Toros ya no podían dar otro grito que el de ¡sálvese el que pueda!

Agregándome a los voluntarios de Lanuza me fui de la plaza de Santa Ana a la de las Cortes. Se efectuó esta movilización para poner sitio a los batallones primero y segundo de Milicianos realistas del distrito del Centro, mandados por Simón Pérez, dueño del Bazar de la Unión, y por Martínez Brau, propietario de una famosa pescadería de la calle Mayor, que estaban desde por la mañana dentro del palacio de Medinaceli. Ocuparon los republicanos el marmóreo portal anchuroso, tomando posiciones a lo largo del edificio hasta el Prado, y en la calle de San Agustín y plazuela de Jesús. El enemigo quedó embotellado perfectamente. No debía de tener muchas ganas de romper las hostilidades: apenas veíamos asomar tímidamente algún quepis por las bohardillas o ventanas altas.

En esto llegó Estévanez y con él me colé en el Congreso, donde los individuos de la Permanente celebraban sesión en franca rebeldía contra el Gobierno. Apenas entramos, un diputado dijo a don Nicolás: «Los rebeldes no somos nosotros; lo es el Gobierno. Si lo fuéramos nosotros, ahora mismo nos apoderaríamos de usted». Tranquilo y sonriente contestó el Gobernador: «Eso es lo que yo quisiera, porque acabo de hacer testamento, y no tardarían en venir diez mil hombres a sacarme». Dicho esto entró a ver al Presidente de la Asamblea, don Francisco Salmerón, ofreciéndole fuerzas de la Guardia Civil para custodiar la Cámara. No fue (p.8590) aceptada la oferta.

En el bullicio del Salón de Conferencias perdí de vista a Estévanez, y metiéndome en los corrillos pude enterarme de lo que en la sesión había pasado. Asistieron los individuos de la Comisión Permanente y casi todos los Ministros. Planteó el debate Echegaray, sosteniendo que la elección de Cortes Constituyentes no debía efectuarse hasta que la legalidad estuviera totalmente asegurada. Con gallarda elocuencia le contestó Salmerón, deshaciendo los argumentos del ilustre matemático. Habló Rivero contra Salmerón. Intervino Castelar, y apenas comenzado su discurso se presentó en la Cámara el Ministro de la Guerra, quien, sin pedir la palabra, increpó la actitud de los batallones monárquicos de la Milicia en la Plaza de Toros. Saltó el Marqués de Sardoal, vociferando con vehemencia desaforada.. Pidieron los Ministros que se suspendiese la sesión hasta restablecer el orden.. La controversia degeneró en agria disputa, llegándose, no sin trabajo, al acuerdo de interrumpir el debate, mas no la sesión.

Permitidme ahora que, retrocediendo en mi relato, cuente un suceso que a mi parecer iguala en interés histórico al trozo parlamentario que acabo de trasladar a estas páginas. Dudo mucho que uno y otro hecho sean merecedores de pasar a la posteridad; pero allá va el mío, de índole privada, emparejado con el de carácter público. A eso de la una, almorcé en una tasca de la calle de la Visitación judías con salchicha y un vaso de vino. Allí alterné con los dos Carbonerines, Juan de Murviedro, Langarica, Félix Lallave, cantero; Enrique Díez (Moisés) , revendedor de billetes de teatro, y otros que merecen mención en esta historia.

Con tan escaso alimento pude resistir todo el día, y al caer de la tarde salí del Congreso con Moreno Rodríguez y Díaz Quintero a curiosear hacia el Prado, Cibeles y Puerta de Alcalá. Así pude enterarme del fracaso y desbandada en que vino a parar la truculenta rebeldía de los Milicianos monárquicos. Estos recibieron a tiros la columna del Brigadier Carmona. Contestaron al fuego los soldados, (p.8591) y como a los candorosos realistas se les había hecho creer que el Ejército no dispararía contra ellos, cuando vieron que las bromas se trocaban en veras estalló el pánico y salieron de estampía, unos hacia la Fuente del Berro, otros por detrás del Retiro en dirección del Olivar de Atocha, y no faltó quien se escondiese en los chiqueros de la Plaza. Los fugitivos iban soltando las armas, los quepis, y cuanto les estorbase para correr más aprisa, incluso las elegantes guerreras, que sólo les habían servido para camelar a criadas y nodrizas. De aquel bélico rigodón resultaron tres heridos leves y muerto un pobre cochero, a quien alcanzó una bala perdida.

Quedaba el nudo de Medinaceli, que se desató por sí solo ya entrada la noche. Los Voluntarios monárquicos, en malhora encastillados en el palacio ducal, salieron mohínos y silenciosos sin que los federales les maltratasen, porque el Gobierno había enviado fuerzas de la Guardia Civil para evitar las represalias, natural desahogo de la irritación de los ánimos. Los que se rendían sin disparar un tiro desalojaron la plaza mansamente, dejando sus carabinas en el portal, y calladitos se fueron a sus casas, eludiendo disputas y camorras callejeras.

La segunda Compañía del batallón de Lanuza entró en el Congreso, y en los alrededores del edificio se acumularon, a toda prisa, grandes muchedumbres armadas. Los señores de la Permanente levantaron la sesión con premura vergonzosa. En los pasillos de la Cámara se advirtió el trajín de la desbandada. Los primeros en salir hiciéronlo sin dificultad; otros hubieron de escapar furtivamente; algunos valiéndose de disfraces. Rivero y Becerra, por ser muy conocidos, se ocultaron en los sótanos. Los demás fueron saliendo acompañados por Nicolás Salmerón, por Castelar, por Sorní, por el propio Gobernador. Nadie les atropelló, nadie les insultó. Oyeron tan sólo al aparecer en la calle algunos silbidos. Federales y Radicales quedaban en disposición de entablar futuras inteligencias.. ¡Todos amigos!.. ¡Siempre amigos!..

Terminado lo del Congreso, (p.8592) podría decirse que cayó el telón sobre la histórica jornada del 23 de Abril; pero aún quedaba un fin de fiesta para regocijo del público. Los voluntarios de Lanuza, apostados desde el café de la Iberia a la Plaza de las Cortes, pasaron el rato dispersando unas turbas de señoritos impertinentes y molestos que invadían la Carrera de San Jerónimo. Eran la flor juvenil del alfonsismo y de la radicalería unitaria, de esos que ordinariamente llamamos pollos líquidos y que en aquellos tiempos designábamos con el remoquete de silbantes. Poco trabajo costó espantarlos; se metían en los portales, en las tiendas que aún estaban a media puerta, y los más corrían a escape por las bocacalles, de donde les vino un nuevo apodo. Se les llamó el Batallón Ligero.. de pies.

Media noche era por filo cuando cenábamos en la taberna de Juan Niembro (calle de los Negros) , Anastasio Martínez, librero de la calle del Arenal; el Quito (Francisco Berenguer) , dueño de una buñolería; Alejo Villesano, sastre; José Duplau (Pelusa) , carpintero, héroes de aquel día, y un servidor de ustedes que no fue héroe, sino curioso entrometido y aprendiz de narrador. Cada cual citaba y encarecía con infantiles aspavientos lo que había visto, y los incidentes en que había mostrado su marcial arrojo. Nuestra cena fue sopas de ajo, batallón, escabeche en ensalada y morapio sin tasa. No habíamos llegado a la total enumeración de tan prolijas hazañas, cuando entró el simpático Virgilio Llanos, henchido de noticias, según dijo, y se apresuró a desembucharlas gozoso en nuestros oídos. Ya sabéis que era muy amigo de Estévanez y se codeaba con elevados personajes del federalismo. En las primeras horas de la mañana de aquel día, se le confió un delicado espionaje en las inmediaciones del hotel del Duque de la Torre, calle de Serrano. Tan bien desempeñó el ojeo encomendado a su sagacidad, que no se le escapó ningún personaje de los que acudieron al misterioso concilio en la morada del Duque.

Por el mismo orden con que les vio entrar los fue (p.8593) citando Virgilio en nuestro cenáculo tabernario. Helos aquí: los ayudantes del General, O'Lawlor y Ahumada, el Conde de Valmaseda, Topete, Letona, Baldrich, Bassols, Gándara, Gasset, Ros de Olano, Caballero de Rodas. Del elemento civil fueron Borrego, Albareda, y otros que a mi parecer iban en representación de Sagasta, Martos y Rivero, los cuales se quedaron achantaditos en sus respectivas casas viéndolas venir. Oída esta cáfila de nombres, tan sonoros como vacíos, todos los presentes celebraron con mayor ingenuidad la victoria federal contra tal piña de pomposos y coruscantes figurones.

En el resto de la noche fueron llegando otros amigos de las Milicias Republicanas. Entre ellos Balbona (Tachuela) , Cantera (Cojo de las Peñuelas) , Santiago Gutiérrez (el Pasiego) , uno de los Quintines, y más y más. Enaltecida hasta las nubes la importancia de la victoria, hiciéronse lenguas de la generosidad de los vencedores. La sangre no enrojeció las calles; nadie fue molestado; los llamados prohombres, que en el Congreso hicieron cuanto podían para aplastar la República, fueron conducidos a sus casas con refinada cortesía y miramiento; los espadones que se reunieron en casa del Duque de la Torre se quedaron tan frescos, y si al poco tiempo pasaron la frontera fue para conspirar a sus anchas; los silbantes no tuvieron ningún deterioro en sus personas ni en su elegante vestimenta; el único que sufrió algún desavío, Becerra, a quien llevaron preso al Gobierno civil, fue puesto en libertad con apretones de manos y palmaditas en la espalda.

Camino de mi casa, casi al rayar el día, iba yo reconstruyendo en mi mente todo lo que había visto y oído, y entre las sábanas de mi lecho hice juicio sintético de la jornada del 23 de Abril de 1873. No tuvo nada de epopeya; no fue tragedia ni drama; creí encontrar la clasificación exacta diputándola como entretenida zarzuela, con música netamente madrileña del popular Barbieri. No hubo choques sangrientos ni encarnizadas peleas, ni atronó los aires el horrísono estruendo de los cañones. El acto del Congreso (p.8594) fue un paso de comedia lírico-parlamentaria, con un concertante final en que desafinaron todos los virtuosos. Los actos de la calle fueron un continuo ir y venir de nutridas comparsas, que disparaban vítores y exclamaciones de sorpresa o de júbilo. Otras comparsas mejor vestidas salían corriendo por el foro, y se tiraban al foso o se subían al telar. Concluía la obra con un gran coro de generosidades ridículas y alilíes de victoria, sin luto por ninguna de las dos partes.

Así no se pasa de un régimen de mentiras, de arbitrariedades, de desprecio de la ley, de caciquismo y nepotismo, a un régimen que pretende encarnar la verdad, la pureza, y abrir ancho cauce a las corrientes de vida gloriosa y feliz. Aplicando mi corto criterio a los hechos de aquel día, pensé que el 24 de Abril estaba la vida nacional lo mismo que antes estuvo, y que las seculares fuerzas que habían querido resolver el problema del porvenir no habían hecho más que exhibirse sin chocar en dura pelea, dispuestas a proseguir, el día menos pensado, la teatral batalla.. ¡Solución de amiguitos, querella de dicharachos en un inmenso patio de Tócame-Roque, simulacro de guerra y paces entre compadres bonachones!

Agrego a la página histórica el estrambote de una escena de que no tuve conocimiento hasta el día 25, y que no altera substancialmente mi juicio de aquellos vulgares acontecimientos. Parece que en la madrugada del 24 se produjo en el Gobierno algún conato de severidad contra el Duque de la Torre y los demás santones monárquicos. Ya clareaba el día cuando Castelar, con rostro afligido, se presentó en el despacho del Gobernador y le dijo: «Amigo Estévanez, si una persona que a usted le hubiera salvado la vida se hallara hoy en peligro inminente, ¿qué haría usted?». La respuesta de don Nicolás fue la que a todo varón honrado y generoso correspondía: «Pues vaya usted -añadió don Emilio- al hotel del General Serrano, métalo en su coche y llévelo a la Embajada inglesa». Así se hizo, y.. aquí paz y después gloria.

 

Ep-44-VII -

Tan rendido, tan agotado de fuerzas me (p.8595) dejó el ajetreo del 23, que no pude salir de casa hasta el segundo día. En la mañana de este, hallándome anegado en la cobranza de los atrasos que el sueño me debía, mi pobre cuerpo fue sacudido por una mano vigorosa. Desperté, y vi ante mí la imagen un tanto grotesca de mi amigo y algo pariente Telesforo del Portillo, más conocido por Sebo, el cual me atronó los oídos con estas estridentes palabras: «Levántate, hijo mío, y ven en ayuda de este hombre honrado que hoy es víctima de las envidias y malos quereres. Asómbrate y llénate de coraje. Acabo de recibir mi cesantía del puesto que desempeñaba en la Dirección de Penales».

Ayudándome a salir del lecho y a vestirme, prosiguió así su matraca: «Ya sé que eres uña y carne de Pi y Margall.. Lo sé por Fabiana, que es amiga de la lavandera de don Joaquín Pi Margall, hermano del don Francisco.. No vengas ahora con repulgos, haciéndote el modestito. El Ministro de la Gobernación ha puesto en ti toda su confianza..». Protesté. Mis negativas me valieron tanto como si quisiese atajar con razones las cornadas de un toro de Miura. Sebo insistió de esta manera: «Me han dejado cesante por soplos y delaciones de algún enemigo insidioso.. Que si he sido alfonsino, que si era confidente de Martos, que si llevé recaditos al Duque de la Torre.. Todo falso, querido Tito, maquinación infame de los perturbadores de oficio.. Porque has de saber que yo soy federal; más federal que Riego.. Las nuevas ideas me han conquistado; si lo dudas habla con Roque Barcia, con quien me reúno todas las noches en el café de Venecia. Precisamente anoche estuvimos trazando las lindes sinalagmáticas de los futuros Cantones..».

Levantado ya y vestido, corté la palabra de Sebo, que me rasgaba los oídos como el estridor de una corneta destemplada. Ni yo poseía la confianza de mi Jefe ilustre, ni osaría recomendarle ningún asunto de personal. Loco estaba quien tal creyera. Lo único que hacer podría era llegarme a Estévanez y.. Interrumpiome Telesforo descompuesto, diciéndome: «No, no; (p.8596) Estévanez no, que ese me ha tomado tirria por creer que yo me opuse a que fuera Gobernador..».

Trabajo me costó librarme de aquel tábano molesto.. Salimos juntos, y en la calle pude sacudírmelo, con la patraña de que trabajaría por su reposición. ¡Dios de los buenos, en qué fatigas se veía un hombre tan insignificante como el hijo de mi madre! ¡Pobre de mí; los necesitados de protección buscaban sombra en este mezquino arbusto, el último ciudadano de España!.. En la oficina pude enterarme de que mi Jefe, don Francisco Pi y Margall, Presidente interino del Poder Ejecutivo en ausencia de Figueras, había disuelto por decreto la Comisión Permanente de la Asamblea Nacional. De la misma forma disolvió los batallones de Milicianos que estuvieron el 23 en la Plaza de Toros y en el palacio de Medinaceli, y otras unidades orgánicas de Artillería, Zapadores y Caballería. Leí la expresiva alocución que dirigió a las Milicias Republicanas y a la guarnición de Madrid, felicitándolas por su actitud patriótica en los pasados disturbios. Estos documentos, que vinieron a enriquecer la copiosa literatura política coleccionada en la Gaceta, resultaban muy bonitos, pero no amansaron el oleaje tempestuoso que, iniciado en Madrid, iba extendiéndose por toda la superficie nacional.

De labios del propio don Francisco Pi oí una frase que conservo en mi memoria: «En el telégrafo central siento el latido de las provincias, y encuentro a las más republicanas poseídas de una exaltación calenturienta». Los partidos derrotados el 23 de Abril por el federalismo, tomaban las posiciones que mejor les convenían. Los Radicales conspiraban allegando voluntades en el Ejército y fuera de él. Los Carlistas, envalentonados por el barullo reinante, multiplicaban sus medios de guerra. Reverdecían como planta bien fecundada las esperanzas de los Alfonsinos. Los Monárquicos defensores del principio en forma impersonal, acrecían con la ridícula bandera del Rey X el desbarajuste hispánico. En tanto, el federalismo, perdida la (p.8597) cohesión en que le mantuvo la lucha con un enemigo poderoso, se dividía después del triunfo, y en su seno caldeado surgieron, a más de los intransigentes y benévolos de marras, los Pactistas convencionales, los Comunistas, y otras variantes del intenso latir que oía don Francisco desde el aparato telegráfico de Gobernación.

Durante el período electoral, que no fue tan turbulento como se creía, no cesaban de salir de Madrid las familias monárquicas y reaccionarias de más viso, generales de cuartel, banqueros, bolsistas, todo el elemento que llamaban sensato y la flor y nata de la gente de orden. Con esta emigración, que atestaba diariamente los trenes, el dinero español enriquecía de lo lindo a los fondistas y aposentadores de Biarritz. En aquellos febriles días de Mayo, pasaba yo la mayor parte de mi tiempo rondando el sentir y el pensar de mis conciudadanos; palpaba los corazones; intentaba penetrar con agudos interrogatorios en los cerebros enardecidos. De este pesquisar minucioso y constante saqué la impresión de hallarme en un pueblo de locos.

El desatinado Sebo, que no cesaba de acosarme solicitando la protección que yo no le podía dar, escribía artículos hidrofóbicos en La Igualdad, periódico sostenido según rumor público con dineros monárquicos. Tan loco como Sebo, si bien con diferente modo y estilo, estaba don Basilio Andrés de la Caña, que una y otra vez solicitó mi valioso influjo para que le destinaran a Filipinas. «Esta será mi jugada definitiva para redondearme -me decía el hombre serio, frotándose las manos-. Ya ve usted: jubilación a los treinta años de servicios con los cuatro quintos.. sueldo de Ultramar. Si se me pide mi credo político, diré que el federalismo no me desagrada; pero acá se queda toda esta faramalla si consigo pasar el charco.. Ya sé que el Ministro de Ultramar, don José Cristóbal Sorní, no le niega a usted nada. Si usted le habla por mí como espero, dígale que respondo de poner como una seda la contabilidad en aquel Archipiélago».

Aún no había conseguido librarme de este cínife, cuando vino (p.8598) otro con trompetilla y picadura mortificantes. ¿Sabéis quién era? Pues aquel Modesto Alberique que fue mi sucesor en el afecto y tálamo de doña María de la Cabeza. Nunca vi mayor desvergüenza. Venía a mí con una carta de la tendera frescachona, y pretendía del Ministro de Fomento una plaza de Inspector de Instrucción pública en provincias. Del sentido de la carta y de las palabras del que fue mi mortal enemigo, saqué la consecuencia de que doña Cabeza, hastiada de aquel gandul, quería lanzarle de su lado. «Sabemos de buena tinta -me dijo Alberique, haciéndose de mieles- que el Ministro de Fomento don Eduardo Chao no hace nada sin consultar con usted. Pídale mi plaza, y soy hombre feliz. Volveré por aquí mañana si no le molesto».

Apenas levantó el vuelo aquel cernícalo, vi entrar en mi gabinete ¡oh sorpresa indecible! a Candelaria y su madre, que cayeron sobre mí cogiéndome cada una por un brazo, y entre aterrorizadas y llorosas me soltaron estas tremebundas razones: «¡Tito, Tito; cataclismo en casa.. Se nos cae el cielo encima.. Rufino ha pedido su traslado a Madrid!.. ¡Ay Dios mío, Virgen del Sagrario, válganos el Ser Supremo!.. Por lo que más quieras háblale hoy mismo a tu grande amigo Pi y Margall, que no te niega nada.. Que no lo trasladen, que lo lleven más lejos, a las islas Chinchas, al Polo Norte, al Polo Sur..». Yo cogía el cielo con las manos, yo me sentía contagiado de la general locura. ¿De dónde diablos había salido la leyenda calumnioso-burlesca de mi poder omnímodo y de mi influjo con todos los Ministros?

Cansado ya de negar dicha leyenda, entrome de súbito un fuerte apetito de darla por verdadera. Invadió mi alma el placer del embuste, el regocijo de la humorada y de la expansión cómica. ¿Qué hice? Pues declararme generoso protector de todos, y pródigo de las mercedes oficiales. A Sebo, a Caña, a Modesto Alberique, a Candelaria, y a cuantos después vinieron con la misma solfa, les dije complaciente y risueño que sí, que sí, que sí; que yo era el bienhechor prolífico de todo el género humano.

Vinieron (p.8599) otros, compañeros míos de oficina, amigos que conocí en la redacción de El Tribunal del Pueblo, parientes lejanos, tipos diferentes con quienes tuve ligero trato en los dos años de don Amadeo. Mi humilde gabinete no desmerecía en aquellas mañanas del despacho de un empingorotado estadista o de un agente de colocaciones. Metido de hoz y coz en aquella farsa, tenía momentos en que me parecía verdad tanta mentira. Una noche me acosté destemplado y algo febril; tuve pesadillas desatinadas, y cerca ya del día soñé que era Presidente del Poder Ejecutivo, con tal precisión de detalles y tal claridad en los objetos y personas que me rodeaban, que ya despierto permanecían en mi cerebro las visiones como la misma realidad.

Cuando me hallaba ya vestido y preparado para las audiencias, el primer visitante fue un sacerdote anciano y venerable en quien al punto reconocí a don Hilario de la Peña. Asombro y alegría me causó su aparición en mi cuarto. Sus primeras palabras reveláronme torpeza de dicción, como amago de parálisis; su andar era pausado y doliente. Advertí en su ropa menos pulcritud de la que ostentaba cuando hice con él amistad en su casa de la calle de San Leonardo. Al sentarse, la lentitud del juego de piernas y una mueca de sufrimiento eran señal cierta de que el buen señor declinaba de la vejez terne a la senectud desmayada. Dándome un palmetazo en la rodilla, me habló de esta manera:

«Ya sabe usted, señor don Tito, que soy obispo. Recibí el nombramiento un domingo de Carnaval, no recuerdo la fecha. Yo no solicité tal honor ni entró jamás en mis planes gobernar una diócesis.. Pero ello vino porque Dios así lo quiso. Testigo es usted de que yo me resistí siempre.. Pero debo acatar los designios de.. los altos designios.. Perdone usted, Tito; tengo la cabeza un poco ida. Las ideas se me escapan, las palabras no me obedecen, y..

-Sosiéguese, don Hilario -le dije tocándole en el hombro-. Hable con reposo. Acaricie las ideas para que no se vayan volando, y agarre las palabras por una letra para sujetarlas al pensamiento.. (p.8600) Desde Febrero último sé que tiene usted mitra, báculo, anillo, pectoral, y toda la vestimenta de un señor Prelado. No le falta más que..

-Sí, sí; Roma, esa maldita Roma, que no acaba de despachar mi preconización. Por eso he venido..

-Descuide usted; yo me encargo de activar el asunto. Veré al Ministro de Gracia y Justicia hoy mismo. ¡Ah! Con Salmerón no juega la Curia romana. ¡No faltaba más!».

Elevó el santo varón sus miradas al techo, mostrándome en alto las palmas de sus manos como en señal de gratitud, y yo, atento en aquel instante a satisfacer una curiosidad ardiente, le solté la pregunta que me retozaba en los labios desde que le vi llegar a mi presencia: «¿Y Graziella, señor don Hilario; Graziella, sigue con usted?». Quedose el buen clérigo suspenso, como si buscara en los desvanes de su memoria un objeto perdido. Nos miramos un rato sin saber qué decirnos.

«¡Ah.. ya! -exclamó don Hilario con leve sonrisa-. Dispense usted, amigo Tito.. Es que la memoria también se me va. Hay momentos en que me encuentro totalmente vacío de memoria. Pero ella vuelve. Ha vuelto. Aquí la tengo. ¿Me preguntaba usted si Graziella..?

-¿Sigue con usted? Desearía verla.

-Ahora me cuida Celestina Tirado, una santa que lleva recados de la Tierra al Cielo y los trae del Cielo a la Tierra. Graziellita.. está sirviendo en una casa..

-¿Dónde? ¿Qué casa es ésa?

-Espérese usted un poco -dijo don Hilario, mirando al suelo y llevándose el dedo índice a la boca-. Esa perra de memoria se me ha escapado otra vez.. Pero ya vuelve.. Ya la tengo.. La italiana graciosa está hoy al servicio de las Nueve Musas».

Quedé absorto, movido a intensa compasión, pensando que las potencias mentales del pobre don Hilario se hallaban en lamentable anarquía.

«¿Qué Musas son esas? -le dije-. Serán tal vez señoras de carne y hueso que han tomado el nombre de las hermanitas de Apolo para embromar a la gente.

-No sé, no sé -respondió el cura, queriendo atrapar en el aire con su mano temblorosa las ideas que revoloteaban en (p.8601) derredor de su cabeza-. Las vi una noche.. ¿Qué noche fue, Dios mío? Las vi cual máscaras griegas, en procesión solemne, llevando ramas de mirto y laurel.. Vuelvo a mi asunto, Tito. Me ha prometido usted hablar a Salmerón..

-Esté usted tranquilo, don Hilario. Nicolás no me niega nada.. Las Nueve Musas, quiero decir Roma, cederá, y tendremos un Obispo a la moderna, liberal y racionalista.

-Yo no solicité la mitra; pero, una vez metido en este fregado episcopal, no he de quedar en ridículo ante mis feligreses. Debe usted decir al bueno de Salmerón, y a Castelar si le ve, que considero perfectamente compatibles el dogma católico y.. ¿cómo se llama eso?.. la República sinalag.. No puedo con esta palabra, que es como un gatito: me araña la lengua cuando quiero atraparla.

-Será usted el primer revolucionario del Catolicismo.

-Usted lo ha dicho -respondió el buen cura, demostrando con risa infantil su desconcierto cerebral-. En cuanto yo trinque el báculo, repartiré buenos golpes a un lado y otro. Lo primero será suprimir en mi diócesis el celibato eclesiástico, quiéralo o no el Santo Padre. Mandaré a todos mis clérigos que se casen inmediatamente con sus amas, y al que no me obedezca le retiraré las licencias.. Los ordenados in sacris no deben limitarse a la cura de almas; Dios quiere que se dediquen a procrear, practicando el crescite et multiplicamini. Refundiré las Comunidades de uno y otro sexo, organizando los conventos con parejas de frailes y monjas que prediquen el santo dogma, y procreen, y procreen..

-Admirable doctrina, señor don Hilario, que hará inmortal su nombre.

-Y haré más, más.. Espérese un poco, amigo, que se me ha escapado la idea.. Ya la cogí. Declararé de texto en mi Seminario mi grande Historia del Clero Mozárabe, que usted conoce.. Magna obra, ¿verdad? En ella consagro un tomo entero a la Institución de las Barraganas».

Viéndole en actitud de levantarse, no quise dejarle partir sin que me diera noticias más concretas de Graziella y del lugar donde se encontraba. Pero a mis (p.8602) preguntas no contestó sino con gestos denunciadores de la fugaz deserción de su memoria. No insistí, y reiterándole mi promesa de hablar a Salmerón aquella misma tarde, ayudéle a ponerse en pie, no sin que el esfuerzo muscular le arrancase doloridos ayes. Salió renqueando, apoyado en su grueso bastón. Mis patrones, que habían fisgoneado la visita, le salieron al paso. Don Hilario les echó gravemente la bendición, alargando dos dedos de su mano derecha. Nicanora y Rosita se arrodillaron para besarle la mano. Cogido del brazo le llevé yo hasta la puerta, y encargué a Ido que bajase con él la escalera, hasta dejarle en el coche que le había traído.

 

Ep-44-VIII -

Cuanto más arreciaba contra mí la caterva de pretendientes, con mayor desenfado me iba yo metiendo en el delirio de arrojar sobre todos la lluvia de oro de mis generosas ofertas. En esta rarísima situación psíquica llegué a extremos verdaderamente morbosos. Llenaba mi espíritu un intensísimo sentimiento paternal. Sin duda sufría yo un ataque de altruismo en su forma más aguda y frenética. Antes de referir los casos más extraordinarios de mi dolencia, traeré a estas páginas sucesos públicos que por obligación, no por gusto, debo comunicar a mis parroquianos. Asistí en 1.º de Junio a la apertura de las Cortes Constituyentes y a las sesiones del examen de actas; vi la turbamulta de flamantes diputados, caras inocentes, caras de honrada convicción y sinceridad candorosa, caras de rurales novatos, con visajes de marrullería y destellos de ambición. En su estreno, las Constituyentes fueron bautizadas por un profesional del chiste con el apodo de tren de tercera; grande necedad e injusticia, pues el pueblo español dio su representación a bastantes hombres de gran mérito, como a su tiempo se verá.

En los escaños vi a los políticos viejos y jóvenes, que se sustrajeron al retraimiento acordado por todos los partidos no federales: Ríos Rosas, Salaverría, Becerra, Labra, Padial, San Romá, Elduayen, Esteban Collantes, Canalejas, León y (p.8603) Castillo, Mansi, Marqués de la Florida, Romero Robledo, Fernández Villaverde, Silvela y algunos más. De los que tuvieron arte y parte en la Revolución de Septiembre se quedaron sin acta Rivero, Martos, Sagasta, el Duque de la Torre, Topete, Malcampo y Ayala.

Vuelvo a mi manía de grandezas para deciros que a lo mejor me abordaban en los pasillos del Congreso sujetos desconocidos para mí, diputados algunos, y llevándome aparte me decían con sigilo: «Amigo don Tito, ya sé que usted tiene vara alta con Pi y Margall..»; o bien: «No me niegue usted, señor Liviano, que Figueras le quiere a usted como a un hijo..». Otro salía con esta tecla: «¡Por Dios, don Proteo! Hable usted de mi asunto a Nicolás Salmerón. Yo le trato; pero no tengo con él la confianza que usted». Y uno que parecía venido de las Batuecas se descolgó con esta tocata: «Me dirijo a usted en nombre de un grupo de federales de ley. Sabemos que está usted encargado de redactar el proyecto de Constitución. Que sea muy radical, amigo, atrozmente radical. Hay que destruirlo todo sin compasión y levantar de nueva planta el edificio político y social..». Yo contestaba siempre, con bondad inefable: «Cuente usted conmigo.. Deme usted la nota.. Lo tomaré como cosa propia.. Será usted complacido.. Pierda cuidado.. etcétera». Como broma podía pasar; pero el día en que la realidad cayese sobre mí, tendría que poner tierra por medio, o me asesinarían en cuanto saliera a la calle.

Abrasado de impaciencia por tener noticias de Graziella y de Obdulia, me fui a ver a Celestina Tirado, ama de gobierno del Obispo reformador y casamentero de curas don Hilario de la Peña. Continuaba viviendo este señor en la holgona y cómoda casa de la calle de San Leonardo. Allí le encontré sentadito y agasajado entre mantas, escribiendo en la mesa de su biblioteca, en la cual los libros y papeles rivalizaban en desorden caótico con el caletre del pobre anciano. Saludome este con afable sonrisa, y, después de echarme la bendición, siguió redactando el Boletín Eclesiástico de su (p.8604) diócesis, como si ya no estuviera presente.

A punto entró el ama de gobierno, mostrándome sus afectos como en los días en que nos conocimos. No tardé en formular con apremio las preguntas que motivaban mi visita; mas la pícara, en vez de contestarme con la debida prontitud, saltó con esta requisitoria: «Ya sabemos que el señor Titín es el alma de este Gobierno federalucho. En los Ministerios no se hace sino lo que quiere esta buena pieza. Yo me alegro de verle tan por las nubes.. Y voy a lo mío: he casado a mi niña; mi yerno es un cuitado, Pepe Verdugo, hijo del mandadero de las monjas de ahí enfrente. El pobrecillo no tiene sobre qué caerse muerto. Mis hijos viven con los padres de él, orilla del convento, y me están comiendo un codo.. Bueno, pues yo quiero que me dé usted para mi Pepito una plaza en la Administración de los Reales Sitios, La Granja con preferencia, pues allí, de la poda y del aprovechamiento de yerbas sacan los empleados su buen cocido con gallina y jamón para todo el año».

Mi respuesta, ya lo suponéis, fue que contara con el destinejo, y ella, cual si ya lo tuviera en la mano, reventaba de satisfacción. Reiteradas mis preguntas, sacome al pasillo para explicarse con más libertad, y ved aquí cómo lo hizo: «La Graziella, que como usted recordará tiene los demonios en el cuerpo y es sabedora de cosas mágicas o hechiceras, se apartó de este buen señor por mandato de unas divinidades, que a mi parecer están emparentadas con las ánimas del otro mundo.. Esa diabla toma, cuando le conviene, naturaleza o hechura mundana, y con tal figuración está trabajando ahora de suripanta en el teatro de Las Musas, calle de las Aguas».. Por lo tocante a Obdulia, sólo sabía que no quiso embarcar en Barcelona y que escribió a la Marquesa de Navalcarazo, pidiéndole recursos para venir a Madrid. De esto hacía más de un mes. No me dio más noticias.

Y heme ahora, lectores amados, feligreses píos en estos divinos oficios de la Historia (ya veis que imito al obispo cismático y saladísimo) , heme aquí repito, aunque (p.8605) sean cargantes tantos hemes, en la calle de las Aguas buscando el teatro de las Musas, que reconocí al fin en una fachada de almacén o cocherón, en parte cubierta de carteles desteñidos y rasgados por el tiempo y la chiquillería vagabunda. La puerta estaba abierta. Entré. No vi a nadie. Di palmadas, voces, y al cabo, de la obscuridad de un pasillo entorpecido por rimeros de bastidores y de trastos polvorientos, salió un hombre en quien al punto reconocí con estupor a Serafín de San José, el esposo de doña Cabeza. Su figura era lastimosa; su rostro, famélico y displicente. En breves palabras me dijo que la compañía se había disuelto, que él fue dos meses representante, un mes visador, y a la sazón, para que no pereciera de necesidad, le tenían de guarda del oficio. Estas explicaciones biográficas las empalmó con estotras de mayor interés: «Ya sé por Cabeza que es usted el hombre más pudiente de España. Tengo entendido que le escribió, contestándole usted que podía contar con la plaza. Ya sabe, guardia de Orden Público, o agente de la Secreta. Para otra cosa no serviré; mas para esos oficios soy que ni pintado.. Cuando le vi entrar, señor don Tito, creí que me traía el nombramiento.

-Hoy no te lo traigo, Serafín -le dije-. Otro día lo tendrás. Pero te advierto que te doy la plaza por complacer a tu señora, nada más que por eso, porque.. debo decírtelo.. en el registro de la Policía, en el Gobierno Civil, estás anotado como sospechoso.. Y hay algo peor, Serafín: te han señalado como uno de los que en el Club de la Hiedra se juramentaron para matar a Pi, a Salmerón, y no sé si a Manolo Becerra».

Oído esto, se iluminó con centelleos de indignación el rostro macilento de Serafín. Elevó sus descarnados brazos a la altura de la cabeza, y de su boca húmeda y temblante salió esta protesta iracunda: «¡Qué me parta un rayo, señor Tito; que ahora mismo me quede tieso en este portalón si yo he matado jamás a ningún cristiano, ni siquiera a una picotera mosca! Es calumnia.. Tengo enemigos que le llevan a Cabeza la fábula de que soy un disolvente, un anárquico (p.8606) y un sanculoto.. Cabeza no me quiere. Para que vea usted lo mala que es, ayer fui a su tienda, donde se están alistando los que forman la Corporación de Vecinos honrados del distrito de la Audiencia para defender el orden y la propiedad, y apenas me vio entrar salió como una furia con la vara de medir, y me echó a la calle con estos lenguarajos indecentes: Ni tú eres vecino, ni honrado, ni tienes más comercio abierto al público que las Vistillas o la Fuente de la Teja. En fin, usted que la conoce bien sabe que es una víbora y..».

Le atajé en esta quejumbre amarga, ansioso de abordar pronto mi asunto. Y de Graziella, ¿qué? Respondiome que por este nombre no la conocía, y yo, después de darle las señas de su talle y rostro, añadí para completar la filiación que su voz era dengosa, con marcado acento italiano. «¡Ay, don Tito! -dijo el esmirriado San José-. Todas las pécoras que pasan por estas tablas son género averiado, y por el habla no las podemos distinguir. Si tiene usted interés en saber si estuvo aquí esa castaña pilonga, véngase conmigo al cuarto del que fue primer actor en una corta temporada de verso, don Hermógenes Cadalso, que hacía como los ángeles La carcajada y Los pobres de Madrid, y verá los retratos de casi todo el mujerío que ha pasado por este coliseo».

Subí con Serafín por desvencijadas escaleras lóbregas a una estancia asquerosa, cuyas paredes estaban llenas de recortes de periódicos y de toscos dibujos a pluma, fijados con engrudo. Eran retratos en caricatura de mujeres alegres o de actrices despechugadas, feos y groserotes, del peor estilo de aquellos tiempos en que era embrionario el arte de ilustrar periódicos. Por tales mamarrachos no podía yo reconstruir el aire y fisonomía de una persona determinada. Retireme del horrible teatro, dejando a Serafín de San José una propineja para que disfrutase por algunas horas la alegría del beber, y le aseguré que vestiría muy pronto el honroso uniforme de Orden Público.

A escape me fui al Congreso, donde teníamos aquel día elección de Presidente interino y de Mesa (p.8607) provisional. Se me olvidó decir que el 1.º de Junio, durante la solemne sesión de apertura, hubo gran desfile de tropas regulares y de Milicias, entremezcladas y confundidas para expresar con mayor realce la fraternidad entre el Ejército y los ciudadanos. Al pórtico del Palacio de las Leyes salieron muchos constituyentes, el Gobierno y el Cuerpo Diplomático. Estruendosos fueron los vítores y aclamaciones, así en los desfilantes como en la muchedumbre que los contemplaba. Una nota desagradable advirtieron algunos en el momento culminante de aquel entusiasmo. Se dijo, yo no lo vi, que ciertos oficiales y voluntarios intransigentes de la Milicia, al aclamar frenéticamente la República Federal, se pasaban la mano extendida por el cuello mirando a los Ministros, como si recordaran el uso de la guillotina para castigar la debilidad, la cobardía o la traición. De esta insolencia no bien comprobada se habló toda la tarde, y alguien aseguró que tendría castigo severo. Pero Figueras y Pi quitaron importancia a la broma descortés, y nada se hizo.

Elegido Presidente interino de las Cortes Constituyentes fue don José María Orense, Marqués de Albaida. En la discusión del Reglamento ocurrieron incidencias graciosas. Un diputado protestó iracundo de que le llamaran Su Señoría; fue un descuido del Presidente, pues la Cámara había acordado que el único tratamiento fuera Ciudadano tal, Ciudadano cual.. Otro padre de la Patria propuso la supresión de los maceros, que consideraba como un signo de atavismo repugnante. Y un tercero pidió en largo discurso que se tapizara con terciopelo de otro color el escaño de los Ministros, pues lo de banco azul recordaba los desafueros de la Monarquía.. El día 7 se eligió la Mesa definitiva. Después de constituidas las Cortes, aprobaron una Ley declarando la República Democrática Federal como forma de Gobierno en España, y surgió una crisis, que era la cuarta en los fastos de aquella República.

No necesito decir que en mis tardes del Congreso me vi asaltado por nuevos (p.8608) y más engorrosos pretendientes, a los cuales mi furibundo altruismo colmaba de risueñas esperanzas. Pero lo más chusco fue que una tarde, atravesando la Plaza de las Cortes para irme a mi casa, vi que hacia mí venía con los brazos abiertos don Basilio Andrés de la Caña. «Este tío viene a estrangularme -me dije sobresaltado-. ¡Dios me valga!». Pero lo que hizo el hombre fue abrazarme con ternura, clamando así: «¡Gracias, gracias, imponderable Tito, el hombre más influyente de estos Reinos.. o de estos Cantones! A usted debo mi felicidad; a usted debo mi plaza. Hoy me han dicho que mañana se firmará el nombramiento. Ya veo que Sorní le baila a usted el agua.. Otro abrazo.. Otro..». La desbordada emoción del financiero me sofocaba; sus apretujones me molían los huesos, y su aliento, que no era fragancia de rosas ni de ámbar, me revolvía el estómago. Quiso acompañarme hasta mi casa; pero le insté a que me dejara solo, y felicitándole con exagerado calor, apreté a correr por la calle de San Agustín.

Pues ahora veréis otro milagro. A la mañana siguiente entró en mi sala de audiencias, mejor será decir despacho presidencial, la bestia de doña Belén, madre de Candelaria. La introdujo Ido del Sagrario, con cierto aire ceremonioso y empaque de Portero Mayor o Sumiller de Cortina. Venía la pobre mujer a darme las gracias por haberse conseguido lo que yo pedí al Ministro de la Gobernación, tocante al chinche de Rufino. Don Francisco Pi me había complacido al instante. Bien se veía que era yo su ojito derecho. No sólo negó al maldito yerno el traslado a Madrid, sino que le ha mandado más lejos, a una provincia que llaman Güelba, allá donde San Pedro perdió las alpargatas. Luego me abrazó y estuvo a dos dedos de besarme, diciendo: «¡Bien por Tito, el hombre del gran poder!.. Y ahora, chiquitín de mi alma, no me voy de su casa sin pedirle algo para mí. Un estanco en buen sitio, calle Mayor, Arenal o Carretas». Y yo, espléndido y magnánimo, le dije: «Mejor será en la Puerta del Sol, doña Belén. Lo (p.8609) pediré esta misma tarde..».

Las sesiones de las Constituyentes me atraían, y las más de las tardes las pasaba en la Tribuna de la Prensa, entretenido con el espectáculo de indescriptible confusión que daban los padres de la Patria. El individualismo sin freno, el flujo y reflujo de opiniones, desde las más sesudas a las más extravagantes, y la funesta espontaneidad de tantos oradores, enloquecían al espectador e imposibilitaban las funciones históricas. Días y noches transcurrieron sin que las Cortes dilucidaran en qué forma se había de nombrar Ministerio: si los Ministros debían ser elegidos separadamente por el voto de cada diputado, o si era más conveniente autorizar a Figueras o a Pi para presentar la lista del nuevo Gobierno. Acordados y desechados fueron todos los sistemas. Era un juego pueril, que causara risa si no nos moviese a grandísima pena.

La composición de la Cámara era de una divisibilidad aterradora. Formaban la Derecha distintas castas de Benévolos; la Izquierda los Intransigentes, fraccionados en heteróclitos grupos: federales pactistas, orgánicos, simplemente autónomos o descentralizadores, federales con vistas al colectivismo, y otros que arrancaban con los criterios más extravagantes. El Centro era un arco iris con todos los colores del espectro solar del republicanismo. Nombrado un Ministerio, se deshizo al instante. El señor Tatau desenvainó unos proyectos de Hacienda que fueron conceptuados como declaración de la bancarrota nacional. En aquellos días apareció el famoso pasquín ¿Quién es Pedregal?, que revelaba tanta grosería como ignorancia por tratarse de un hombre de relevante mérito, así por su grande inteligencia como por su acrisolada honradez.

De la caótica confusión salió al fin el acuerdo razonable de autorizar a Figueras para que continuara con sus Ministros al frente del Poder Ejecutivo. ¡Aclamaciones y vítores ensalzando la unión de los republicanos!.. Pasado un día, nuestro gozo en un pozo. El Marqués de Albaida dimite la Presidencia de las Cortes. (p.8610) Renovación del barullo, que toca ya en la vesania. Después de varias sesiones diurnas y nocturnas, se faculta de nuevo a Figueras para formar Gabinete, sin someter la lista de Ministros a la aprobación de la Cámara. Empezaron las consultas y los ridículos cabildeos. Castelar quería convencer a Salmerón, Salmerón a Carvajal, Carvajal al demonio coronado..

En esto vino el estruendo final de la chispeante función de fuegos artificiales. Don Estanislao Figueras, enojado por la frialdad de Pi y Margall en una entrevista que ambos tuvieron, cogió el tren sin decir nada a nadie, y de un tirón se plantó en Francia. Inaudito suceso, caso de flagrante deserción que nadie pudo explicar en aquellos días. ¿Qué motivó esta fuga? ¿El hastío, el miedo, la convicción de la vacuidad bullanguera de las Constituyentes? De todo hubo un poco; pero ninguna de estas razones pudo absolver al Presidente de su insana conducta. ¡Qué chasco nos dio, a cuantos verdaderamente le amábamos, aquel hombre tan entendido, ingenioso y simpático! Fue orador insigne, y en su carácter la vivacidad y exquisito trato llenaban el espacio que dejaba vacío la falta de entereza. Doy a este breve juicio un sentido necrológico, porque aquel día murió políticamente don Estanislao Figueras.

Hasta pasadas veinticuatro horas no se tuvo noticia cierta de la fuga del que había sido figura eminente de la primera República española. La estupenda nueva partió del Banco Azul; corrió los escaños con hondo murmullo; subió a las tribunas; propagose con eléctrica velocidad por todo el edificio. Del estupor que sentí ante suceso tan grave, que era el mayor descrédito de la Causa, me puse malo. Al despedirme de mis amigos en la Tribuna de la Prensa, no podía tenerme en pie. Salí tambaleándome, y al llegar a la escalera, asaltó mi alma un horroroso pánico creyendo que se desplomaba el edificio. Furibundos golpes, como de grandes peñas que hirieran los peldaños, me recordaron la sugestión morbosa que padecí una noche transitando por la calle del Arenal y Puerta del (p.8611) Sol. Eran los pasos de una gigantesca figura invisible.. Creí que la escalera se convertía en astillas. A mi parecer bajé rodando, a gatas, o no sé cómo.. Pensé que el aire de la calle me despejaría la cabeza; pero no fue así.

En Floridablanca, Plaza de las Cortes y calle del Prado, el tremendo andar del ser misterioso hacía trepidar el suelo. Inclinábanse las paredes de las casas, como haciendo cortesías. Guiado por los pasos del fantasma entré en la calle del León. La terrible quimera, que no impresionaba mi vista sino mi oído, se desvaneció cuando me aproximé a la Academia de la Historia.. Recobrada mi normalidad, se me ocurrió meterme en la portería de la docta casa y preguntar por doña Mariana. Los porteros, asombrados de mi pregunta, no me dieron razón.

 

Ep-44-IX -

Sin salir de casa en tres días, enfermo del ánimo más que del cuerpo, supe que el Capitán General de Madrid señor Socías, al tener noticia de la huida de Figueras, ordenó a varios Generales y Brigadieres amigos suyos que se pusieran al frente de las fuerzas de la guarnición, sin excluir a la Guardia Civil. Pero en tanto, Estévanez ofició a la Benemérita ordenándole que fusilara a los que intentasen arrastrarla a un pronunciamiento. Echáronse a la calle los Voluntarios de la República; prodújose la consiguiente aglomeración de pueblo junto al Congreso y las tan acreditadas aclamaciones al federalismo.

Las Cortes, reunidas en sesión secreta, acordaron nombrar nuevo Gobierno por directa elección de cada uno de los ministros, conforme al sistema de los Intransigentes. Y entonces ocurrió uno de los hechos más singulares de aquellos singularísimos tiempos. La Guardia Civil, que se había declarado sostén de las Cortes Constituyentes, desplegó su fuerza frente al cuartel de la calle de Serrano, y sin meterse a designar personas exigió la inmediata formación del Ministerio. Muchos republicanos de primera fila negáronse a admitir cartera bajo esta presión humillante. Al fin, quitando y poniendo nombres, el laborioso parto dio al mundo la (p.8612) lista del nuevo Gabinete: Presidencia y Gobernación, Pi Margall; Guerra, Estévanez; Ultramar, Sorní; Estado, Muro; Marina, Anrich; Gracia y Justicia, Fernando González; Hacienda, Ladico; Fomento, Benot.

Aparto mi atención de estas cosas y casos, de notoria insignificancia en la vida general de la humanidad, para fijarla en los sucesos que personalmente me incumben, y que considero de suma trascendencia en la pura región del espíritu. Introducida solemnemente por Ido del Sagrario, se presentó una mañana en mi despacho presidencial Celestina Tirado, a quien mi chambelán debió de tomar por dama de alcurnia según las zalemas que le hizo al traerla a mi presencia. Venía la buena mujer con rostro alegre a darme las gracias por la colocación de su yerno Pepito Verdugo. Pasmada de la prontitud con que el Ministro accedió a mi petición, no sabía cómo alabarme y enaltecer mi augusto poderío. Estrechome las manos efusivamente, y se sentó en el destartalado sofá, cuyos muelles rotos herían las nalgas de todo visitante que cayera sobre ellos.

Después de los saludos y plácemes recíprocos le pregunté por don Hilario, del cual me dijo que su vejez era una infancia locuaz y juguetona. A ratos se entretenía con los chirimbolos de su investidura episcopal, báculo, pectoral y anillo. En sus accesos de presunción, se encasquetaba la mitra y salía por los pasillos echando bendiciones a fantásticas muchedumbres piadosas. Cansado de este trajín, permanecía largo rato sentadito en su sillón cantando antífonas, mientras con sus dedos reumáticos intentaba tocar castañuelas. Lamentábame yo de esta dolorosa crisis de senectud que desvirtuaba la personalidad de tan grave sujeto, cuando Celestina, no sin cierta cortedad y muequecillas equivalentes al exordio de una cuestión delicada, me habló de esta manera. Atención, amigos, que ello es grave:

«Yo quisiera, señor don Tito, demostrarle a usted mi agradecimiento con algún favor tan grande como el que usted me ha hecho. Aunque hace tiempo dejé aquel oficio mío, mal mirado de la gente y (p.8613) como quien dice vergonzoso, de higos a brevas lo ejerzo todavía, cuando se trata de personas de circunstancias a quienes estimo de veras. Ya sé que desde primeros de año no tiene usted mujer, y sin el pasatiempo y halago de mujer, está usted desconsolado, aburrido y..

-Así es, Celestina -le dije sin ocultar mi desabrimiento-. Desde que se me fue Obdulia vivo en tristeza deprimente, sin arrestos para nada. Mi soledad es la causa de esta hipocondría que no tiene más consuelo que el vagar nocturno por las calles. Las alucinaciones terribles que trastornan mi cerebro, provienen de la suspensión indefinida del trato amoroso. El amor es la vida, el amor es la luz, la savia de la existencia. De modo que si usted viene a proponerme una mujercita de buenas condiciones..

-No es mujer ni mujercita -declaró Celestina en tono triunfal-; es una dama».

Al oír dama miré a la corredora de amoríos silencioso, suspenso y turulato.. En la confusión de mi mente se destacó la idea de que me ofrecía Celestina un arreglo desigual, inaceptable. No se avenía con mis cortos posibles el disfrute de una señora encopetada por su alcurnia o por su riqueza. A esto contestó la sutil zurcidora que había dicho dama, no precisamente por la posición o el rango que hoy tenía la tal, sino por su nacimiento que era muy alto, y así lo declaraban su noble fachada y rostro. Luego añadió que yo encubría mi condición verdadera, haciéndome el modestito y alojándome en una casa de huéspedes de cuarta clase. No me valían tapujos. Mi buena mano para sacar destinos era señal de mi gran poder. «Y en todo caso -agregó la Tirado, mudando de postura en el sofá por el daño que le hacían los malditos muelles-, cuando le dan la breva no pida la berza. Si la señora que le digo se conforma con usted tal como es, ¿a qué viene el ponerle peros? Es como aquel que dijo: doyte el gazapo y pides el sapo.

-Pero vamos a cuentas, Celestina -indiqué yo, dejándome querer-. Esa señora ¿se conforma conmigo tal como soy? Si es así, sin duda me conoce, sabe que..

-Naturalmente, le conoce de vista.. Le conoce por la (p.8614) fama de sus buenas partes, de su talento, de su poder. Para mí que se trae alguna pretensión que sólo usted puede conseguir de esos padrotes federales.

-Entendámonos. ¿Se trata de que yo dé mi apoyo a un favor político difícil de lograr, o se trata de un pacto amoroso como los muchos que usted ha negociado felizmente en su larga profesión, que yo no califico de vergonzosa, sino de muy necesaria en la República, como dijo Cervantes?

-De ambas cosas hablo, como que van metiditas la una en la otra. Sé lo que digo. Soy muy ducha, muy corrida en lo tocante al ayuntar las voluntades de hombre y mujer.

-¡Pues aquí está el hombre; aquí está el corazón enamorado! -exclamé yo entregándome al sugestivo juego de la tratante en líos-. Vengan pormenores. Venga el nombre de esa señora.

-¿El nombre?.. No debo decírselo todavía. A su tiempo lo sabrá; no vaya usted tan aprisa.

-¿Es bonita?

-¿Bonita?.. ja, ja.. Con esa palabra no se puede pintar su hermosura. La pinto yo diciendo que es lo mismito que una diosa.

-¿Es alta?

-Lo bastante talluda para no ser baja.. Ni delgada ni gruesa. Ojos como luceros, facciones perfectas, boca tan linda cuando calla como cuando habla; blancura que deslumbra; pechos, manos y pies en proporción. Todo es proporción en esa criatura, y por esa igualdad en todas sus partes, incluso en las que tocan al alma, digo que es mujer única.. No hay otra como ella».

Oído esto, estalló dentro de mi un súbito incendio, pasión fulminante que me hizo saltar de la silla, y plantándome frente a Celestina, con altas voces y dramático gesto, le dije: «¿Es que ha venido usted a volverme loco, Celestina, o me toma por un visionario capaz de creer esas patrañas de mujeres diosas y criaturas perfectas?».

Levantose risueña la proxenetes, llevándose la mano a la parte lastimada por los rotos muelles del sofá, y me contestó con estas graves razones: «No he venido a volverle loco, señor don Tito, sino a proponerle la felicidad. Por hoy no le digo más; esto ha sido poner los primeros puntos al negocio.. Déjeme ir. Hago falta en casa, (p.8615) donde he dejado solo a mi obispito. Tenga paciencia. Otro día seguiremos tratando».

Se fue la pícara con paso ligero. Cuando la vi desaparecer, agarré violentamente a Ido por un brazo y le dije: «Esa mujer que sale de casa, ¿es en realidad de verdad Celestina Tirado, o una visión, un engaño de mis ojos?

-Esa pájara deshonesta -me contestó con hueca voz mi patrón- es una tal que hace años vivía del comercio de reses femeninas. La conocí siendo manceba de un amigo mío, don Pedro Polo, cura y maestro de párvulos».

Me encerré en mi cuarto, y largo rato estuve dando vueltas en él como una fiera enjaulada. Hallábame en plena rotación cerebral, atormentado por los singulares fenómenos psíquicos que me rodeaban. ¿Cómo explicarme el hecho de que acudieran a mí sinfín de pretendientes, creyéndome poseedor de influencia omnímoda? Y si esto no tenía sentido común, ¿qué debía yo pensar del loco altruismo con que yo me brindaba graciosamente a sostener y apoyar tales pretensiones? Pues luego venía lo más inaudito, lo verdaderamente milagroso, y era que todos los postulantes obtenían lo que solicitaban, resultando que mi supuesto influjo y poder eran en la realidad verdaderos, sin que yo hiciera gestión alguna ni de ello me cuidara. Cuantos confiaron ciegamente en mi soñado favoritismo fueron después a darme las gracias. ¿Qué significaba esto, Señor? ¿Era yo, sin saberlo, un genio benéfico, o actuaba por mí la mano de algún numen recóndito? Y de aquella mujer cuya belleza igualaba a la de las diosas, ¿qué debía yo pensar? ¿Y cómo siendo perfecta de cuerpo y alma solicitaba por tan baja tercería mi valimiento y mi amor?

El giro mental de estas ideas en mi caldeado cacumen fue decreciendo en velocidad a medida que se gastaba el inicial impulso que le dio movimiento. Al parar de la rueda invadió mi ser una fría calma que me trajo todos los resortes de la lógica, y arrojándome en mi lecho razoné de esta suerte mi estado anímico: «En este mundo, que no sé qué mundo es, vivimos rodeados de espíritus benéficos o (p.8616) maléficos que dirigen nuestros actos, estimulan nuestras pasiones, y vienen a ser como una proyección sobrenatural de nosotros mismos. A las veces, no nos dejan hacer lo que queremos; a las veces, hacen ellos lo que nosotros deseamos. Ellos son nosotros, y lo que llamamos nuestro yo es el yo infinito de todos y de cada uno de ellos.. Esta es la fija, Tito, y mientras las cosas vengan por el lado benigno y placentero, déjate llevar». Puse término a tales meditaciones afirmando que era imposible distinguir mi conciencia de la conciencia universal.

Meciéndome en el columpio de estas ondulantes filosofías, empalmé las horas del 11 con las del 12 de Junio, hasta que me sacó de mi éxtasis un recado de Nicolás Estévanez, que habiendo cambiado el bastón de Gobernador Civil por la cartera de Guerra, me llamaba al Palacio de Buenavista. Por ocupaciones perentorias en mi oficina de Gobernación tardé dos días en visitar a mi grande amigo. Cuando fui a verle, advertí desde que nos saludamos que en el nuevo y peliagudo cargo no había perdido el hombre su simpática jovialidad, contenida siempre dentro de la discreción y el buen gusto. Después de reiterarle mis felicitaciones, díjele que todos esperábamos grandes cosas de su iniciativa en Guerra, y él me contestó con buena sombra: «¡Pero hijo mío, si he venido precisamente a no hacer nada! Así me lo dijo Castelar cuando quisieron traerme a este beaterio. Bastante trabajo será defenderme de los enemigos que me han salido desde que vine a Guerra. El General Socías, que nos ha querido obsequiar con un golpecito de Estado, anda celoso porque no le dieron esta cartera, que según dice le corresponde.

-De don Fernando Pierrad, Subsecretario y Ministro interino, se dijo que no le daría a usted posesión como no se la pidiese a tiros.

-No hay tal. Enteramente solo vine a tomar posesión, y Pierrad me hizo entrega del cargo de una manera correctísima. Se miente mucho. El público apetece el folletín histórico. Quiere sangre, jarana, duelos, motines, y nosotros tratamos de ir escapando sin darle nada de eso. (p.8617) Nuestra República, recién nacida y un poquito enclenque por haber venido al mundo antes de tiempo con auxilio de comadrones inexpertos, requiere cuidados exquisitos. Resulta que la Madre España no puede darle la teta; su leche es escasa y mala. ¿Le daremos biberón? ¿Podrá ser amamantada por una loba como Rómulo y Remo? Yo, si me dejaran, iría a los desiertos de África en busca de una buena leona tetuda, rolliza y feroz, que nos criase a la Niña.. Pero no están los tiempos para bromas, Tito, y aunque aquí no debo hacer nada, me paso el día firmando..».

Entró el Coronel Carrafa, Subsecretario, amigo íntimo del Ministro; entraron otros jefes cargados de papeles, y yo me arrimé a los cristales de un balcón y me distraje mirando los árboles del parque. Ya comprenderéis que desde mi entrevista con la Tirado, mi pensamiento se escapaba a cada instante en persecución de la imagen de aquella hembra misteriosa, que me pedía protección ofreciéndome sus divinos pedazos. Ante los amenos jardines, y el trozo de caserío, y el grande espacio de cielo que veía desde el balcón de Buenavista, hice a Celestina Tirado esta ardorosa pregunta: «¿Pero cuándo he de saber el nombre y condición de esa diosa?». Y algo más pregunté a la maldita corredora: «¿Es casada, es viuda o soltera?».

La Celestina con quien yo hablaba era una nube, cuyos bordes reproducían el perfil aquilino de la Tirado. Naturalmente, la nube no me contestó, y continuaba fija sobre la torre y veleta del palacio de Alcañices. Terminado el despacho, me dijo el Ministro que en el Gobierno Civil había dejado firmada la credencial para Serafín de San José, añadiendo que su mayor gusto era complacerme en todo, pues me tenía por uno de sus amigos más leales..

No necesito indicar que salí muy satisfecho de la visita.. Aquella noche y al día siguiente, en el café, en la calle y en algún sitio de recreo, no cesé de recibir expresiones de gratitud y ofertas de recompensar mi favor con cuantos servicios pudieran prestarme los agradecidos. Sebo, Alberique y otros muchos, (p.8618) paisanos, militares, curas y aun diputados del montón, excitaron en mí de una manera loca lo que don Basilio llamaba el fanatismo del yo.. Al retirarme a casa, ya muy tarde, sentí en mi alma el retroceso del entusiasmo vanidosillo creado por éxitos tan fabulosos: «Guarda, Tito -me dije-, y no te deslumbres hasta ver en qué para esto».

Cavilando a toda hora en los manejos de aquellos vagorosos espíritus que me favorecían con su amistad, pasé lo restante del mes de Junio, entre San Antonio y San Pedro. No fueron para mí muy divertidos aquellos días, los mayores del año y los que más inducen al placer de vivir. Mientras mis convecinos reían, yo rabiaba. Cuantas veces intenté obtener de Celestina concretas noticias de la dama que conmigo quería entenderse, quedé defraudado. A mi anhelo de saber el nombre de mi bella incógnita no quiso dar satisfacción, alegando razones que más bien eran ridículos pretextos. ¡Por la cornamenta de Luzbel, ya me estaba cargando la mensajera de amores! ¿Se divertía conmigo mostrándome una piedra preciosa y apartándola de mi mano cuando yo quería cogerla?

De estas ansias mías, entremezcladas con lentas horas de tedio, me consolaba asistiendo a las sesiones de Cortes, más que por gusto mío, por ayudar a unos buenos muchachos que hacían el extracto y crónicas parlamentarias para varios periódicos. Presencié la embestida que dio el General Socías a mi amigo Estévanez; si destemplado estuvo el General, el Ministro hizo alarde de una moderación que algunos creyeron excesiva. Oí religiosamente y extracté el discurso de Pi exponiendo el programa de su Gobierno. La síntesis era esta: no podían de ningún modo emprenderse las reformas económicas mientras no estuviera hecha la Constitución Federal a que había de ajustarse el nuevo Presupuesto; las políticas de más trascendencia serían consignadas en la Constitución; mas era necesario ir derechos a separar la Iglesia del Estado, establecer la enseñanza gratuita y obligatoria, reorganizar el régimen colonial y abolir la esclavitud (p.8619) en Cuba. Respecto a cuestiones sociales afirmó la necesidad de implantar las mejoras ya realizadas en otros países, y las que fueran necesarias para proteger a las mujeres, regular el trabajo de los niños y vender los bienes nacionales en beneficio de los proletarios.

No fue del agrado de los Intransigentes esta última parte del discurso de Pi, y el Marqués de Albaida no se mordió la lengua para mostrar su enojo, añadiendo que ya desconfiaba de las Constituyentes y que se iba a su casa. Por segunda o tercera vez le oí su familiar alegación contra el cuarto del cartero, el estanco del tabaco, la Lotería, los Aranceles judiciales y los Consumos.. Las Cortes eligieron Presidente a Salmerón. No estaba yo aquel día para discursos, y antes de que acabara el suyo don Nicolás, salí pitando hacia la calle de San Leonardo, con el alevoso pensamiento de estrangular a Celestina si no me decía.. ¡Y con qué mala pata llegué, Señor!..

El pobrecito don Hilario estaba gravemente enfermo.. Entré; le vi en su lecho, con dos curas por cada lado, que sin duda le hablaban de la deliciosa eternidad que en el Cielo se le tenía dispuesta.. Aprovechando un momento propicio, saqué a Celestina al pasillo y le dije: «Estoy en ascuas. Vengo a que me diga usted de una vez..

-¡Por la gloria de este santo varón, señor don Tito! -replicó con acento lacrimoso-. ¿Le parece que estoy yo ahora para tratar de cosas tan mundanas, tocantes al deleite, como quien dice?

-Una palabra no más, Celestina. ¿Es casada, viuda o soltera?

-¡Dale con el melindre, dale con que si le sobra o le falta! De esta boca pecadora no quiere salirme la respuesta, porque tengo el pensamiento en Dios y en el alma de ese venturado que ya quiere subir a la Gloria.. ¡Ay, Gloria, para mí te deseo!.. Hoy le traeremos a Su Divina Majestad, y en esta hora solene no está una para que le hablen de pecados ni de..». No acabó la frase. Llamada con fuerte voz por uno de los clérigos, corrió a la estancia.. Comprendiendo la inoportunidad de mi visita, presuroso cogí la calle.

Las sesiones parlamentarias me (p.8620) proporcionaron en días sucesivos no pocos ratos de interés. Los Intransigentes armaban grescas cada martes y cada lunes. Una tarde leyó el diputado Bernardo García un pasquín o cartelón que los federales del bronce habían fijado en las puertas de los Clubs y en muchas esquinas. El cartel decía: «Pueblo Soberano: la República peligra. Los diputados de las Constituyentes no tienen valor cívico ni abnegación patriótica para salvar a España. Si hoy mismo no se forma un Gobierno valiente ¡salva tú a la Patria, Pueblo Soberano!». Protestas, apóstrofes duros y espantable chillería.

Días adelante, después de diferentes controversias enconadísimas, de un gran discurso de Pi planteando a las Cortes la cuestión de confianza, de otro discurso de Castelar, de un conato de crisis, y de veinte mil desazones y trapatiestas, los diputados Armentia, Echevarría, Olave, Taillet y otros que no recuerdo, se subieron a las barbas de don Francisco Pi, proponiendo a las Cortes que se declarasen en Convención Nacional, y eligieran de su seno un Comité de Salud Pública. Esta proposición fue desechada, y los Intransigentes presentaron luego otra y otras.

Hastiado de tanto delirar, me volví a lo mío, y lo mío fue que, según informes que tuve la víspera de San Pedro, don Hilario no se murió del grave arrechucho que parecía definitivo pasaporte para recibir el premio de sus virtudes y de sus facultades procreadoras.. Acudí allá, y me le encontré sentadito en su cama, risueño, vividor, jugando con dos gatines muy monos.. Corrí a la cocina, donde estaba el ama de gobierno machacando en el almirez. Llegar a su lado y espetarle mis preguntas, fue obra de segundos. Y ella, machaca que machaca, me dijo con retintín: «Sí, sí; contenta tiene usted a la señora».

 

Ep-44-X -

Mi perplejidad al oír la frase de Celestina duró segundos no más. Luego la emprendí con ella en esta forma: «¿Qué es eso, se burla usted de mí? Pues sepa que no lo aguanto. Ándese con cuidado, que tengo mal genio.

-¡En buena ocasión viene usted con sus rabietas! -me dijo secamente, (p.8621) poniéndose en jarras-. ¿Le parece al don Fuguilla que está una para incomodarse y para reñir en un día como este? Sepa el cascarrabias que hoy, para celebrar la mejoría de mi santo señor, he ido a confesar y he tomado la comunión. Conque pocas bromas, amigo. No se me hable hoy de nada que me encienda la cólera, ni de nada que tenga olor de pecados. Ya, cuando le vi entrar, cometí sin pensarlo un pecadillo de habladuría al soltar el chisme de que la señora.. tal y qué sé yo..

-Me dio usted a entender que estaba descontenta de mí.

-Pues con toda mi alma en la boca y con toda la limpieza que hoy, gracias a Dios, llevo en mi conciencia, le digo al pequeño don Tito que la señora tiene ya noticia de sus trapicheos con María de la Cabeza, la Felipa, la Lucrecia, la de Durango, esta otra que vende cajas de muertos, la Obdulia, y eche usted céteras y céteras.. En todo esto no ve la señora más que el melindre de usted y su fuego natural. Por lo que no pasa es porque sea usted, como le han dicho, un hombre de creencias ateístas, o verbigracia, anticatólicas. Si quiere usted agradar a la señora, váyase a misa todos los días, que ella lo sabrá, sin que nadie se lo cuente, por los duendes angélicos..».

Me entró tal arrebato que agarré la tabla de picar carne, y a punto estuve de estampársela en la cabeza.. Afortunadamente me contuve a tiempo. Valía más tomarlo a risa; tales desatinos no merecían mi cólera.

«Hoy no está usted en sus cabales, Celestina -le dije-. La santidad, tomada en ciertos días a grandes tragos, como hace usted, suele subirse a la cabeza. Me voy, no sin advertirle que como siga usted burlándose de mí ya le ajustaré las cuentas». Desde la cocina a la puerta saludé a dos curas que entraban, y oí la voz cascada de don Hilario cantando Alleluia, Alleluia..

De este arrechucho me alivió el desastre del Ministerio, que fue como si cayera de manos de un niño la caja de juguetes de barro, rodando por el suelo las figuras desportilladas. No me causaba pena Estévanez, pues bien conocía yo sus ganas de soltar la carga, ni (p.8622) José Fernando González, hombre de gran mérito que habría hecho mucho si le dejaran mimbres y tiempo; sentí la catástrofe por el insignificante, honrado y candoroso Ladico, que pasó por Hacienda sin pena ni gloria. A ese buen señor, por cuatro palabras que dijo una tarde en el banco azul, le arreé un desmesurado bombo en las Crónicas que yo hacía para no sé qué periódico. Quedó el hombre tan agradecido, que me buscó en los pasillos de la Cámara, hizo que me presentaran a él, y me dio las gracias con extremadas demostraciones de amistad. No es necesario decir que despachó favorablemente todas las recomendaciones que mis espíritus familiares le hacían en nombre mío..

Del origen de su candidatura para Ministro se contaron cosas chuscas. Vagaba el hombre, solitario, por el Salón de Conferencias, acordándose de su patria lejana (Mahón) y de su establecimiento comercial, cuando llegó un amigo y le soltó esta bomba: «Ladico; acaban de elegirle a usted para la Cartera de Hacienda». Por de pronto no dio crédito a lo que oía; mas cuando se persuadió de que era cierto, la sorpresa le tuvo suspenso y mudo largo rato.. Su primer cuidado fue poner un telegrama a su esposa, y al día siguiente, un mallorquín amigo de la familia recibió otro despacho concebido en estos términos: «Estoy en una ansiedad muy grande. Dígame si mi marido se ha vuelto loco. Me asegura que le han hecho Ministro de Hacienda». Era don Teodoro Ladico un buen hombre, sencillo y modesto; entendía de negocios, y manejaba los libros de contabilidad como experto comerciante.

La salida de Benot fue ciertamente lamentable. Varón recto y de poderosas iniciativas, de seguir en Fomento hubiera hecho mucho más que las Leyes regularizando el trabajo de las mujeres y los niños, y la creación del Instituto Geográfico y Estadístico.. Ved ahora la lista de las nuevas figuras con que Pi y Margall sustituyó a las que habían rodado por el suelo: Maisonnave 2, Estado; Gil Berges, Gracia y Justicia; General González, Guerra; Pérez Costales, Fomento; Carvajal, (p.8623) Hacienda; Súñer y Capdevila, Ultramar. El único que quedó del Gobierno anterior fue Anrich, Ministro de Marina, el cual, poco después, tuvo a bien pasarse a los carlistas. El programa de Pi y Margall, al presentar a las Cortes el nuevo Gabinete, se condensaba en estas dos palabras: Orden, Gobierno.

Aterrado por el crecimiento de la insurrección carlista, el Gobierno solicitó el asenso de las Cortes para tomar desde luego todas las medidas extraordinarias que exigiese la gravísima dolencia de la Nación. Sólo halló resistencias en el grupo de los Intransigentes, que ante la idea de ver suspendidas las garantías constitucionales, pusieron el grito en el cielo, acusando a Pi de atentar contra la Democracia y el principio Federal.

En las enconadas discusiones que con este motivo se produjeron, tuvo el Gobierno un brioso refuerzo con la súbita presencia en Madrid del diputado Antonio Orense, hijo del Marqués de Albaida. Se daba el caso extraordinario de que este noble anciano acaudillase el grupo más demagógico de la Cámara, y el hijo, mozo y muy baqueteado ya en la política y en la guerra, fuese uno de los gubernamentales más convencidos y discretos. En la guerra franco-prusiana batalló en la legión de garibaldinos. Ya proclamada la República en España, organizó un batallón para combatir a los carlistas, y en esta campaña tuvo ocasión de apreciar hechos mil de que eran responsables los Intransigentes por su conducta ante la indisciplina militar.

Fuerte con los datos que le dio la realidad por él observada, Antonio Orense refirió casos vergonzosos, y revolviéndose contra los federales fanáticos arrojó sobre ellos estas tremendas acusaciones: «La Patria se pierde; se pierde también la República. ¿Sabéis por qué? Porque habéis venido a demostrar que cuando aquí reinaban los Borbones nadie se atrevió a levantar la cabeza, y todos eran siervos humildes, mientras ahora que se nos ha dado la República, todos se atreven a insurreccionarse. ¡Ya sé yo que si estuviéramos bajo el yugo oprobioso de las (p.8624) dominaciones Borbónicas, no tendríamos tantos héroes de barricada!».

Trinaron y tronaron los Intransigentes con agrias y roncas voces; mas la filípica de Antonio Orense llevó la persuasión a todos los diputados, menos al padre del orador y a la partida de locos furiosos que le tenía por jefe y profeta. El que más alborotaba con la palabra y con el gesto era Casalduero, diputado por Brihuega. Entre los más inteligentes debo señalar a Díaz Quintero y a Ramón Cala, ambos amigos míos. Tal vehemencia y furor empleaban en su acción parlamentaria, que los que no les conocían juzgábanles como hombres atrabiliarios y feroces, absolutamente intratables en sociedad. Nada menos cierto. Tanto Quintero como Cala eran fuera de la política caracteres de dulce trato, fáciles a la amistad, esquivos para todo lo que no fuera correcto y digno. Detrás de sus vociferaciones no lució nunca la menor chispa de ambición. Mantuviéronse incorruptibles en toda su vida política: ni por nada ni por nadie cedían un ápice de su intransigencia huraña. De ellos decía Nicolás Estévanez que eran los energúmenos más angelicales que había conocido.

En tanto, los Voluntarios de la República, vistiendo de continuo innecesariamente el uniforme, se paseaban por Madrid arrastrando los sables, y sin que nadie los llamara se metían en el Congreso a pasar la tarde, como si aquello fuera un Casino. Por no sé qué inconveniencia del Gobernador civil don Juan Hidalgo se armó recia trapisonda en las Cortes. Vino luego la votación definitiva del Proyecto de Ley que el Gobierno creía indispensable para dominar la guerra carlista. Terminado el acto, pidió la palabra con solemnidad pontifical el Marqués de Albaida, y habló así: «Me levanto únicamente a decir que, visto lo que sanciona esta Cámara y la conducta del Gobierno, la minoría se retira de estos bancos». Los diputados vieron con más jovialidad que indignación el éxodo aparatoso de treinta señores, precedidos por el honrado patriarca de la Intransigencia don José María Orense.

El mandadero de las (p.8625) Servitas de la calle de San Leonardo, Cástulo Verdugo, consuegro de Celestina, me trajo una mañana la noticia de que había muerto a media noche el santo varón don Hilario de la Peña.. El pobrecito cura había pasado tranquilo la prima noche, acompañado de sus amigos los clérigos de la vecina parroquia. De pronto le entró comezón de risa, ganas de juego; pidió que le llevaran los gatitos, metidos dentro de su bonete. Luego le dio por llorar. Atribulada, Celestina le hizo el dúo, y los sacerdotes amigos rezaron quedito. Uno de ellos, don Mariano Medialdea, varón docto, perito en muertes, anunció que su querido amigo llegaría dentro de pocos instantes a la presencia del Señor. En efecto, tranquila y dulce fue la agonía del cura venerado y amable que supo cumplir sus deberes, y si se excedió generosa y humanamente en el amor, no dio jamás entrada en su alma grande a ninguna clase de rencores.

Sin alteración intensa en la faz, risueña la boca, fatigoso el aliento, pronunciando retazos de locuciones infantiles y truncadas palabras de indescifrable sentido; haciendo caricias con inquietos dedos a las cabezas y patitas de los graciosos gatines, fue resbalando hacia la negra divisoria entre la vida terrena y la eternidad.. Cuando le trajeron la Extremaunción, que recibió sin enterarse de ello, los buenos amigos sacerdotes juzgaron decoroso retirar de las manos del moribundo los mininos, que tanto en sus últimos días le divirtieron y embelesaron.. Momentos antes de expirar se vio que los dedos trémulos arañaban la sábana, requiriendo su juguete.. Don Mariano Medialdea le acercó uno de los animalitos, y en la última vibración muscular de los dedos yertos de don Hilario quedó prendida la blanda oreja del micho travieso.. Oyose un leve mayido, y.. Requiescat.

Como no podía ir al entierro porque en la oficina se nos había ordenado asistencia puntual, visité antes de las dos la casa mortuoria. En la biblioteca, convertida en capilla ardiente, yacía el difunto don Hilario vestido con lujosa ropa sacerdotal. Su rostro expresaba el infinito (p.8626) sosiego del sueño de un hombre justo. Las llamas oscilantes de la doble hilera de hachones repartían su triste claridad entre el varón muerto y las innumerables personas que lo velaban. Conté como unas veinte mujeres enlutadas, luctuosas; algunas, jóvenes y bonitas, otras, adolescentes, casi niñas. Entre ellas vi, sentados o de rodillas, unos cuantos hombres de cierta edad, y mocetones guapos, acompañados de algunos pequeñuelos.

Todo esto lo contemplé silencioso desde la puerta, pues no quise internarme en la biblioteca por no turbar el tranquilo dolor de aquella buena gente. Cerca y de espaldas a mí estaba una mujer que al ponerse en pie mostró un cuerpo esbeltísimo, perfecto, de una proporción exquisita.. No pude ver más. La hermosa figura, cuyo rostro me era desconocido, avanzó internándose, y desapareció al otro lado de la cama imperial. En esto salió Celestina, lacrimosa, afilada la nariz y afiladas todas las facciones de tanto llorar. Retirándonos al pasillo hablamos un momento:

ELLA.- ¡Qué desdicha, don Tito! Aunque hace días lo veíamos venir, yo no tengo consuelo. Créame usted, era un santo.

YO.- Un santo, sí. Ahora se aprecia todo el bien que hizo. La casa está llena de gente agradecida y piadosa.

ELLA.- Todos los que usted ve son familia del señor.

YO.- Ya está claro, Celestina. Por familia se entiende los hijos y las hijas del patriarca que ha fenecido anoche.

ELLA.- No he dicho hijos mismamente.. mas tampoco negaré que lo sean los más y las más que aquí se ven. Y, en fin, sea lo que fuere, yo vuelvo a decir que era y es un santo. Muchos de los que están en los altares no sirven para descalzarle el zapato.

YO.- Estamos de acuerdo. Yo también digo que..

ELLA.- Basta ya, que no es ocasión de habladurías.. Váyase a su Ministerio, y no falte al funeral, que será lucidísimo. Mañana habrá misas en San Marcos. Véngase.

Allá me fui tempranito, no precisamente movido del deseo de sacar pronto del purgatorio el alma de don Hilario (pues si este era un santo, los sufragios holgaban) , sino más bien (p.8627) cediendo a la irresistible atracción de un interés profano. Entré en la parroquia. En diferentes capillas se celebraban oficios de difuntos. Reconocí los que me interesaban por la asistencia de algunas personas que había visto el anterior día en la casa mortuoria. No cesaba yo de atisbar las mujeres vestidas de negro, arrodilladas de espaldas a mí. La escasa luz del templo no favorecía mis investigaciones. Por fin, se aclaró el recinto. El sol vino en mi ayuda despejando el cielo y metiendo rayos de luz por los altos ventanales.. Allí estaba: era ella, la figura estatuaria que vi en la cámara ardiente. No podía ser otra. Adquirí la certeza cuando se puso en pie terminadas las misas. Aguardé ansioso la salida para poder verla de frente; pero tardó un rato, porque se puso a charlar con otra señora; luego se agregaron dos niñas y un monaguillo.

Cuando observé que el grupo parecía próximo a disolverse tomé posiciones, calculé distancias para coger al paso a la incógnita y aún no bien vista belleza.. Llegó el momento. La ideal figura enlutada describió una suave curva para recorrer el camino desde la capilla a la puerta de la calle. ¡Ay de mí! Cuantas perfecciones había forjado mi fantasía pensando en ella, resultaron desvirtuadas por la realidad. ¡Qué asombro de mujer! Como dijo Celestina, el secreto de su extraordinaria belleza era la extraordinaria proporción.

Presa de un vértigo de galantería, de cariño, fui andando junto a ella, y luego me adelanté algunos pasos para poder ofrecerle agua bendita. En este acto quise poner tanta finura como respeto, y me resultó la comunicación más espiritual y ultraterrena que yo pudiera soñar. Tomó ella el agua, y se cruzó la frente con la cabritilla negra que forraba sus dedos. No puedo asegurar que me miró. Con una ligera inclinación de cabeza diome las gracias. Cuando abrí la puerta del cancel para que saliera, llevose a la boca el devocionario, como queriendo ocultar una leve sonrisa con que se dignaba obsequiarme. Fue una chispa de luz caída del cielo a la tierra.

Salí tras ella y la seguí con ojos ávidos. ¡Qué (p.8628) talle, qué manos y pies! ¡Qué discretas anchuras donde la naturaleza, no el indumento, las ponía! ¡Qué cabeza, qué andares, qué aire de diosa!.. Aceché su paso por la acera de enfrente, sospechando que volvería el rostro para mirarme. Me equivoqué.. Al verla doblar la esquina de la calle de San Bernardino, metime de nuevo en la iglesia. Todo mi anhelo era apoderarme de Celestina Tirado, que charlaba con el sacristán y unas viejas santurronas. Esperé un ratito.. le eché la zarpa. Olvidado del respeto que a la santidad del lugar debía, la llevé aparte, y con toda la fogosidad de mi alma, le dije: «Ya la he visto. Tenía usted razón. No es mujer; es una diosa.

-Cállese la boca, don Tito -me contestó poniéndose máscara de humildad compungida-. Repare que estamos en la iglesia. ¿Le parece a usted que es este sitio propio para hablar de diosas y embelecos mundanos? Ya que no tiene devoción, tenga recato y respete mi conciencia.. que hoy la llevo tapadita con crespones.

-Sólo una cosa le preguntaré, Celestina. ¿Es hija del difunto?

-¡Ay, ay! ¡Por Jesús vivo, no me ruborice, no me hable de hijos, porque hablar de hijos es hablar de pecados! Hasta que pase el novenario, ni en mi pensamiento ni en mi boca hallará usted idea ni palabra que me recuerden aquel oficio.. ¡Fuera de mí toda la tercería infame! Quiero ser buena. ¡Señor, déjame ser buena!..».

Creyendo que el aire de la calle disiparía sus escrúpulos la saqué de la iglesia, tirándole de un brazo.. En la calle me dijo: «No sea terco.. Repito que no sé si es hija o no es hija.

-Las facciones de la dama reproducen las del padre.. Lo he visto.

-¡Huy, huy! ¡Vaya con la sarta de pecados que este hombre mundano me quiere restregar en la conciencia!

-Digame una sola cosa. ¿Dónde vive?

-¡Jesús; San José bendito! ¡Ya quiere ir..! No, no; nada sé. Mientras dure el novenario no me llamo Celestina, me llamo andana. Déjeme en paz».

Diciéndolo se metió en su casa, y apretó a correr portal adentro y escaleras arriba. Entré yo detrás de ella, y desde los primeros peldaños la despedí con desaforados gritos: (p.8629) «¡Farsante, hipócrita, corredora del Infierno! Lo que tú callas, Dios o el diablo me lo dirán».

 

Ep-44-XI -

Desorientado anduve algunos días, sin que mis investigaciones me dieran la luz que deseaba. Envuelta en tinieblas permanecía la dama incógnita, pues ni el sacristán de San Marcos, ni las beatas de la parroquia, ni el mandadero de las Servitas, ni ningún bicho viviente supo señalarme el rastro por donde podía encontrar la hermosa res que se me había perdido. Vagas noticias adquirí del testamento de don Hilario. La casa en que este murió pasó a ser propiedad de una doña Leonor Ruiz del Macho, toledana, cincuentona, al parecer sobrina del santo varón. Lo primero que hizo esta buena señora fue plantar en la calle a Celestina Tirado. A otra heredera joven de buen ver, aunque algo paleta, le tocaron dos casas en Toledo y un Cigarral. Los cuantiosos bienes raíces que el cura poseía en los términos de Illescas y Torrijos los repartió entre individuos de ambos sexos y de diferentes edades, cuyo parentesco con el testador no estaba claramente definido.

Aprisionado mi espíritu en el afán de aquel ojeo amoroso, abandoné Cortes, amigos, oficina, para volver de nuevo ante la esfinge sutil, burlona y rufianesca, a quien encontré en la travesía de la Parada, no en su antigua casa (donde subsistía el obrador de zurcidos y enredos, bajo el gobierno de una que llamaban la Bernardona) , sino en la taberna de la misma calle, propiedad de su hermano Ginés Tirado. Sorprendiome ver a la mala hembra despojada ya de su traje de luto y con un pañuelo rojo por la cabeza. Junto a un velador tabernario, en compañía de otra mujer y de un cochero de punto, charlaba entre vasos de cerveza y caña. Al verme llegar, sus contertulios dejaron libres las dos banquetas. En una me senté yo, y entablé con Celestina este diálogo vivo:

«Terminado el novenario -le dije-, ya puede usted abrir la boca y no tenerme en el aire, como el zancarrón de Mahoma.

-¡Ay don Tito de mi alma! -exclamó echando un gran suspiro que trajo a mi nariz vapores vinosos-. No puede (p.8630) usted hacerse cargo de la pena que me ahoga. Figúrese.. El señor que está en gloria, y yo se la deseo por toda la eternidad, no se ha portado con esta fiel cristiana como era debido. Por los servicios que le presté, cuidándole con tanto mimo como lo hubiera hecho con los hijos de mis entrañas, esperaba yo que lo menos, lo menos que podía dejarme era un par de Cigarrales de los cuatro que en Toledo poseía y que, según dicen malas lenguas, los afanó de una vieja ricacha con quien tuvo que ver.. ¡Ay, Dios mío! Mi congoja y amargura por esta ingratitud y esta desconsideración son tales, don Tito, que me paso los días llorando y rabiando, y no encuentro mejor alivio de este sofoco que un par de copitas por mañana y tarde, y de añadidura unos traguitos de caña, que le recomiendo si tiene pesares y rencorcillos que ahogar.. Pues verá.. Por todos mis trabajos y sacrificios, por todas las porquerías que le limpiaba.. y hay que ver, don Tito, lo que es un viejo con los muelles flojos.. por la honradez mía en el gobierno de la casa y demás, me ha dejado, ¡pásmese usted!, la cochinada de cuatro mil reales. Cuando lo supe me volé; eché de mi cuerpo el luto; no he vuelto a pisar la casa, ni la parroquia, ni el convento de las monjitas.. que son unas bribonas, para que usted lo sepa.. pues cuando ya estaba el pobre señor con una pata en el sarcófago, por medio del capellán, que es otro pillastre, le sacaron un legado de diez mil duros. ¿Qué le parece? ¡Oh mundo falaz, mundo hipócrita y contraproducente!

-Por lo que voy viendo, Celestina, le ha resultado a usted fallido el cambiar el corretaje de amores por la vida beata.

-Lo hice no más que por casar a la niña, bien lo sabe Dios. Don Hilario fue el que me metió en cristiandad. Me escarabajeaba la conciencia, fui a confesarme con él, y me catequizó. La verdad, no me pesa haber dado a mi alma un limpión general con el zorro y plumero de tanto rezo y tanta penitencia. Pero ya no más. Casé a la niña. Gracias a usted que me colocó a Pepito, ya están los dos como dos ángeles, comiendo de la leña y de los pastos (p.8631) de La Granja. ¡Dios se lo premiará a usted, don Tito!.. Y ya hemos hablado bastante de lo mío.. Ahora, usted dirá.

-Debe comprender que estoy loco, Celestina. Me tiene usted en horrible incertidumbre, sin contestar a nada de lo que le pregunté.

-Pues ahora ¡ay qué pena! no puedo decirle nada que sea de su gusto. Le ofrecí lo que sabe porque en aquellos días creía tenerlo en mi mano pecadora. Ya no lo está, don Tito; ya se nos ha escapado la diosa.

-Explíqueme eso, yo se lo suplico. Empiezo por no saber el nombre de..

-La llaman Floriana.. ¿Tiene usted noticia de una señora gorda que ha heredado la casa del difunto cura y vive ya en ella, una tal doña Leonor Ruiz del Macho? Pues esa, que fue ama de don Hilario a poco de cantar misa, y después tuvo que ver con un canónigo de Toledo, otro de Ciudad Real y con varios figurones de Madrid, dedicándose ya vieja a parear corazones por todo lo alto, ha colocado a Floriana con un señor muy rico, carcunda él y Mayordomo del Alumbrado y Vela».

Quedé pasmado, no muy convencido de la veracidad de lo que aquella pícara y rencorosa mujer me decía. Necesitaba más explicaciones. ¿Dónde vivía Floriana? Vaciló un rato Celestina y apuró despacio medio chico de vino, como si se tomara tiempo para encontrar la respuesta. Por fin, estirando el concepto, me dijo: «Dónde vivía puedo decirle; dónde vive no. Pero antes ha de saber usted una circunstancia que se me había olvidado: Floriana es maestra de escuela. Estudió en la Normal con buenas notas y sacó título. Diéronle la escuela de niñas de la calle de Rodas. A más del sueldo tenía la pensioncita que le pasaba don Hilario. Hacía vida recogida y honesta, desasnando chiquillas. Alguna vez me mandaba allá mi amo a llevarle la pensión y algún regalito. Era su hija según decían. Yo no lo aseguro, porque la madre, una marquesa viuda y guapa de alto copete, amiga espiritual del curita, se divertía también con un caballero muy elegante, diplomático y qué sé yo qué.. Una de las veces que fui a ver a Floriana de parte de mi señor, me habló de usted (p.8632) con mucho retintín. Por ella supe que es usted el hombre de más poder en la política y el de mayor metimiento en los despachos de todos los Ministros. Luego me dijo: «Si yo conociera a ese señor, le pediría que hablase por mí en Fomento para que me dieran colocación en un colegio de los buenos..».

-Acabe usted, Celestina. Esa vida laboriosa y modesta, que tiene para mí mayores encantos que la hermosura, ¿ha terminado ya?

-Sí, señor; antes de que muriera don Hilario, voló la pájara. De ello no me pida usted cuentas a mí, sino a esa doña Leonor, que es una tal y una cual.

-Según eso, ¿ya no encontraré a Floriana en la calle de Rodas?

-Búsquela usted en algún palaciote o en un principal de mucho lujo, con la mar de balcones a la calle».

Aturdido y meditabundo, me anegaba en un mar de pensamientos melancólicos. En buena parte del cuento de Celestina advertí color y acento de verdad; pero algo había que me pareció mentiroso. Sospechaba que no fue doña Leonor, sino la propia Celestina, quien hizo el negocio de tercería con el caballero beato. Silencioso clavé en ella una mirada inquisitiva, y con el pensamiento le dije: «Yo sabré la verdad, hembra satánica, y si me has engañado me lo pagarás con tu vida».

Dos días invertí en indagaciones que creía precisas antes de abocarme nuevamente con la sagaz Tirado. En la escuela de la calle de Rodas no encontré más que albañiles, porque estaba el edificio en obra, y en vacaciones la maestra y las niñas. Nadie me dio razón de Floriana. Recorrí las calles inmediatas Peña de Francia, Santiago el Verde y Huerta del Bayo, interrogando a las porteras donde las había, o pegando la hebra con las mujeres que tomaban la fresca en las aceras de sombra, rodeadas de sus chiquillos. Entre tantas comadres parleras encontré algunas que me dieron noticias de una maestra muy guapa que regentó la escuela del barrio. Faltábame saber a dónde se había ido la profesora bonita, y sobre esto, los informes eran tan vagos como contradictorios. Aquí me dijeron que había pasado a otra escuela, en Maravillas; (p.8633) allá, que había heredado algunos miles y estaba en tierra de Toledo; acullá que, asediada por los novios impertinentes que acudían como moscas a la miel de su hermosura, se había metido monja..

Con estos elementos anecdóticos me personé a prima noche en la taberna de Ginés Tirado. La concurrencia de parroquianos era extraordinaria. Celestina no estaba; pero su hermano, asegurándome que bajaría pronto, me llevó a una mesa desocupada, en el ángulo más obscuro del establecimiento. Entre los concurrentes reconocí a muchos con quienes hice conocimiento y breve amistad en la jornada bullanguera del 23 de Abril. Allí charlaban y bebían Antonio Merino, profesor de esgrima, Cerrudo, maestro de obras, Botija, corredor de vinos, Vicente Morata, cajista, Perico el de los Mostenses, y otros que sólo conocía de vista.

Cerca de mí, un sujeto leía en alta voz, en ruedo de bebedores, el folleto de Roque Barcia El Papado ante Jesucristo, escrito en conceptos bíblicos que eran la forma usual de aquel desatinado evangelista. Comentaban los oyentes con risas o alabanzas las frases de latiguillo que eran la salsa del folleto. Al terminar la lectura, el vocero de don Roque se fijó en mí, y acudiendo a saludarme, me dijo: «Amigo don Tito, dispénseme, no le había visto. Estaba leyendo a estos señores la más grandiosa filípica que se ha escrito contra la Curia Romana. Usted la conocerá.

-Sí, sí; me la sé de memoria -contesté yo, y al decirlo recordé en él a uno de los Maestros Masones con quienes tomé café en el de las Columnas, la tarde que hice conocimiento con Candelaria. Era el que en Masonería llevaba el nombre simbólico de Licurgo. Sentándose junto a mí sacó un fajo de folletos, y alargome uno con estas corteses palabras: «Tengo el gusto de ofrecer a usted el que acaba de imprimirse, y aún no se ha puesto a la venta. Es precioso, interesantísimo. Vea usted qué título: ¿Quieres oír, pueblo? o La cabeza de Barba Azul».

Cogí yo el papelejo, y dando a Licurgo gracias expresivas, le prometí leerlo inmediatamente, pues me (p.8634) agradaba sobremanera la prosa hebraica del nuevo profeta don Roque. No seguimos porque tuve la suerte de que la entrada súbita de Celestina cortase un coloquio que no podía serme agradable. El tábano de Licurgo se fue, zumbando de mesa en mesa, hasta llegar a una donde se apiñaba el grupo más ruidoso de la patriotería del barrio. Solo ante mi corredora, me faltó tiempo para desembuchar lo que tenía que decirle. En efecto, Floriana no vivía ya en la calle de Rodas. Respecto a la ausencia de la linda moza daban las vecinas distintas explicaciones. Ninguna indicó que se hubiera liado con un ricacho carcunda.

«¿Qué tengo yo que ver con las habladurías de aquel barrio, que es el mentidero de la tía Cotilla? -respondió la Tirado, tomando el primer sorbo de un medio chico del blanco de Méntrida-. Créame a mí, y siga el consejo que le voy a dar: Desaparte ya su pensamiento de esa mujer, que no será para usted como no ponga toda su influencia con el Gobierno para que le caiga el premio gordo de la Lotería. La Floriana es y será siempre gala para hombres ricos. Si ha de seguir usted en su vida modestita y a la pata la llana, con influencia y todo, arréglese ya de asiento con esa doña Calendaria que es mujer barata, pues ella se mantiene con versos, que algunos llaman berzas, se desayuna con periódicos, y se viste con las percalinas amarillas y encarnadas que se usan para colgar los balcones en días de patriotismo».

Oí con desprecio las exhortaciones de la liosa mujer, y sintiéndome fatigadísimo y con dolor de cabeza, me retiré a mi casa. Pasé la noche compartiendo mis horas entre el sueño y el delirio, atormentado por visiones de la realidad y espejismos de un mundo ilusorio y fantástico. Dolencia grave del ánimo debo más bien llamar a mi pasión ardiente por aquella mujer, apenas vista, y más adorada cuanto mayor era el espacio entre su persona y mis brazos amantes. En la hermosa Floriana veía yo la cifra y resumen de mi existencia, el reposo definitivo de mis ansias de amor, lanzadas a prueba en mil ocasiones sin hallar nunca la (p.8635) ideal satisfacción de ellas.

Entre los disparates con que me mareó Celestina, brilló con fulgor de relámpago una idea práctica. ¿Por qué no utilizaba yo en provecho propio mi omnímodo poder en la esfera oficial? Si a los demás hacía yo felices, ¿por qué no agenciaba para mí la felicidad de ser rico, que me daría la más fácil solución del problema de amor? Tal fue mi vertiginoso delirio en aquella madrugada. Por más vueltas que daba yo en mi abrasado cerebro a la idea y propósito de traer a mis manos el premio gordo de la Lotería, no hallé la manera y forma de entenderme con mis espíritus familiares para que estos dieran positiva realidad a mi loco ensueño. Cuando las luces del nuevo día despejaron mi cabeza, vi con claridad que mi solo recurso era encomendarme con alma y vida a mis aéreos protectores, y ellos me sacarían de penas, ellos me traerían la mujer ideal empleando las divinas artes de su potestad sublime, ultraterrena.

Como en aquellos días no iba yo al Congreso ni parecía por la oficina, apenas pude enterarme de las graves sublevaciones que amenizaron la vida nacional en diferentes provincias. Nicolás Estévanez, única persona que yo visitaba entonces, me contó lo de Málaga que fue, no del tenor, sino del barítono siguiente, como decía en su guasón estilo mi amigo Roberto Robert. Los inquietos federales malagueños, ávidos de campar por sus respetos, rompieron todo lazo con el poder central, declarándose francamente autónomos. Cabeza de la insurrección fue un hombre de más osadía que inteligencia, llamado Eduardo Carvajal, tío del Ministro de Hacienda. Con las armas viejas requisadas en la Ciudad y las que quitaron a los pocos soldados que el Gobierno envió como guarnición de la plaza, se pusieron en pie de guerra. El travieso jefe de aquel movimiento tenía sin duda relaciones más que amistosas en el mundo oficial de Madrid, porque obtuvo de un empleado secundario de Guerra, sin conocimiento del Ministro, una orden para que le entregase cuatro cañones el Parque de Sevilla. Las cosas (p.8636) que entonces se veían en España no se vieron jamás en parte alguna.

Compinchado con amigos de Sevilla se dirigió Eduardo Carvajal a esta ciudad con una partida de mil hombres, entreteniéndose por el camino en cobrar contribuciones y en el merodeo de víveres y caballos. En su marcha siguió sublevando pueblos y afanando fondos municipales hasta regresar a Málaga, donde le recibieron con aclamaciones de triunfo. Su primer cuidado fue establecer el Cantón malagueño. No pudo conseguirlo. Quiso entablar negociaciones con el Gobierno, y como este no le hiciera caso, fue a buscar más ancho campo de acción en Cartagena.

Los intransigentes de Sevilla, imitando el ejemplo de sus hermanos de Málaga, se sublevaron atacando con ardor el Parque, del cual sustrajeron las armas inservibles y viejas que allí existían. Fácilmente se sobrepusieron a la escasísima guarnición de la plaza, y proclamaron con gran solemnidad la independencia de la provincia de Sevilla, formando la indispensable y tan acreditada Junta Provisional de Gobierno. Pero los de Utrera no se avenían a depender de Sevilla. Esta mandó contra Utrera una columna que fue rechazada en recio combate, en el cual sufrió cuatrocientas bajas entre muertos y heridos. Por la otra banda, Sanlúcar constituyó también su Cantón, nombrando un Comité de Salud Pública, y Cádiz, donde era alcalde el austero patriota Fermín Salvoechea, hizo lo propio. Siguió ardiendo por toda Andalucía el reguero de pólvora, y Osuna, Antequera, Leja, Granada, proclamaron con solemne desahogo y algarabía su santa independencia.

Aunque de mí os burléis, amados lectores, he de deciros que esta descomposición de la patria, este desorden convulsivo, traían a mi alma un regocijo intenso, porque en mi propio ser sentía yo el frenesí de independencia; yo era también obstinado rebelde, y el impulso centrífugo me lanzaba fuera del régimen de mansedumbre y rutinas putrefactas de puro viejas. Yo era también Cantón o quería serlo, fundándolo en el único pacto que mi mente concebía, el (p.8637) trato de amor con la mujer amada.

Érame odioso el pesado matalotaje de leyes que por todas partes nos cercan y aprisionan. Infecto me resultaba el llamado Orden Social, atmósfera demasiado espesa y malsana para mis pulmones. Así, para juzgar los arrebatos facciosos de las ciudades andaluzas, yo ponía mañosamente a un lado la reflexión, y me iba derecho al asunto con mi fantasía sin freno y con el centelleo de la pasión que me abrasaba.

En aquellos días de soledad ensoñadora, mi única placidez era el nocturno ambular por las calles, sin dirección fija. Mis piernas se volvían de acero. Al término de mi excursión no me era fácil decir por dónde había pasado, como no fuera la calle de Rodas y adyacentes, a las que consagraba largo tiempo de mis caminatas. No ponía ya gran atención en los grupos ni en los diálogos, natural expresión de la vida en los lugares de mi tránsito. Más que lo de fuera veía yo lo que en mi interior llevaba, y más que el lenguaje del pueblo me impresionaron, una vez y otra, voces pronunciadas sólo para mis oídos, aliento y susurro de seres invisibles que en torno a mi cabeza revoloteaban.

Una noche, después de dos horas de voltijeo inconsciente por una parte de los barrios bajos y otra parte de los medios, me encontré en una calle que reconocí como la que antaño se llamó de la Inquisición y hogaño de Isabel la Católica. Allí fueron más recias y claras las voces que murmuraban en mis oídos. No podía dudar que los familiares espíritus me decían: «Búscala, búscala.. Adelante, pobre Tito». Seguí, seguí.. Por la calle del Álamo llegué a la de los Reyes, y como allí sonara de nuevo el Búscala, pensé que mis invisibles amigos querían guiarme a la calle de San Leonardo. Allá me fui como una flecha. Recorrí la calle de arriba abajo y de abajo arriba, deteniéndome varias veces frente a la casa que fue de don Hilario, con la extraña particularidad de que mientras yo contemplaba en éxtasis el edificio, cerrado y sin claridad en sus huecos, las voces misteriosas callaron.

Al ponerme de nuevo en marcha (p.8638) hacia la calle de San Bernardino escuché como un reír gracioso, y luego estas palabras bien claras: «Sigue, Titín enamorado, Titín picaruelo». Obedecí metiéndome en las calles de Juan de Dios y Limón, alentado por las risueñas voces. Sin saber cómo salí al callejón del Cristo y a la calle de Amaniel, y allí mis aéreos tutelares clamaban, con jácara bulliciosa: «Sigue, Tito; que te quemas, que te quemas». Así llegué a la plazuela de las Comendadoras de Santiago, y ante la fachada grandota del convento me paré, mirando primero las altas rejas, después la pesada y ostentosa mole de la iglesia. En este punto, las voces que a tal sitio me guiaron resonaban en torno a mis oídos con cháchara de risas, mezcladas de sílabas y modulaciones fugaces. Creí encontrarme dentro de una pajarera.

Pensé que si allí estaba Floriana no sería en calidad de monja, sino de señora de piso, que así llaman a las damas principales que en aquel santo retiro buscan sosegado alojamiento y viven recogidas y libres, pudiendo salir a la calle y comunicarse con el mundo. Tras larga expectación me dominó de tal modo la fatiga que no podía ya con mi alma. Pero como al propio tiempo me sujetaban con invencible atracción aquellos lugares, me senté en uno de los escalones del pórtico. Minutos no más transcurrieron entre sentarme y tenderme a lo largo, apoyando mi cabeza en un gastado sillar.. La dureza de mi cama no impidió que me sumergiera en un sueño profundísimo.. De aquel sopor me sacaron manos vigorosas, que tirando de mí obligáronme a tomar la vertical.. Me vi entre dos guardias de Orden Público. Uno de ellos pronunció alborozado mi nombre. Era Serafín de San José.

 

Ep-44-XII -

Dejeme conducir hacia la calle Ancha por mi protegido, a quien vi transformado por el uniforme. De su rostro había desaparecido la expresión famélica, y su mirada y gesto eran de un hombre satisfecho de la vida. Agarrado a su brazo le dije: «Amigo Serafín, el apoyo que te presté espero que me lo pagues ahora con un servicio.. fíjate.. con un servicio que te (p.8639) agradeceré mientras viva. Quiero que me averigües.. fíjate.. que me averigües.. pero pronto, hoy mismo si puede ser.. fíjate en lo que te digo.. que me averigües si en el convento de las Comendadoras de Santiago vive una señora de piso, joven y hermosa, que se llama.. fíjate.. que se llama Floriana».

Observé que Serafín me oía con atención cariñosa mezclada de lástima. Sin duda, juzgando mal lo entrecortado de mis conceptos y la repetición del fíjate, creía que me había sorprendido durmiendo una jumera. Antes que él me revelara su pensamiento, yo me arranqué con estas explicaciones: «No soy bebedor, bien lo sabes. Mi sueño era de cansancio, no de embriaguez. Y si mi habla es un tanto premiosa, atribúyelo a la debilidad de mi estómago y que tengo el caletre un poquito trastornado.. porque.. fíjate.. ¡me pasan unas cosas!.. Esta madrugada han venido siguiéndome por las calles unos espíritus.. espíritus buenos y amables que se interesan por mí..».

Por lo que dije de mi trato con entes invisibles y por lo que antes hablé de mi desfallecimiento, el bueno de Serafín, movido a mayor lástima, me invitó a entrar con él en una excelente buñolería de la calle de la Palma, donde daban chocolate además de café económico. Acepté gustoso, que buena falta me hacía reparar mi desmayado cuerpo. Lo primero que me sorprendió al entrar en el cafetín fue la persona del buñolero, en quien reconocí a Indalecio García (Pajalarga) , Miliciano de los que cercaron el palacio de Medinaceli la noche del 23 de Abril y que luego concurrió a nuestra cena y tertulia en la taberna de Juan Niembro. Estuvo el hombre finísimo. Mandó hacer para el guardia y para mí dos chocolates machos, y nos los sirvió con churros exquisitos. La parroquia del establecimiento no era escasa. Vi dos mozas del partido, soñolientas, tres o cuatro chulos aburridos, con altas gorras, y unos trabajadores que tomaban en pie la mañana. Llegaron luego algunos silbantes, trasnochadores de prostíbulos y chirlatas, y empezaron a consumir buñuelos y copas de lo fuerte.

En torno (p.8640) a nuestra mesa se formó un ruedo de habladores en el cual descollaba Pajalarga, no sólo por su estatura sino por su vena oratoria. Era un parlamentario terrible. En los Clubs le rompían a fuerza de tirones la chaqueta, para hacerle callar. Mi presencia le alentó a dirigir su voz a las masas, y dando un puñetazo en la mesa, tomó así la palabra: «Yo, señores, soy Federal desde el vientre de mi madre. Ni don Francisco Pi ni el propio Roque Barcia me ganan en federalismo. No me asusto de que los pueblos, viendo que las Cortes se tumban en el surco y el Gobierno espera que las ranas críen pelo para federalizarnos; no me asusto, digo, de que los pueblos se acantonen de por sí, formando sus Consejos particulares de la Salud Pública. ¡Viva Sevilla, viva Málaga, donde hay hombres de coraje que rompen el vínculo y la víncula del unitarismo funesto, incomunicativo y contradictorio! Por lo que no paso, señores, es por lo que están haciendo los falsos Robespierres de Alcoy. Y ya que tengo el honor de recibir en este establecimiento al sabio corifeo don Tito, yo le ruego nos diga lo que piensa de esos vituperios que deshonran la Causa..».

Le interrumpí para decirle que ignoraba lo de Alcoy. ¿Cómo había yo de saberlo si acababa de llegar del extranjero? Fraccionada en retazos que salían de diferentes bocas, oí la historia de lo acaecido en la ciudad levantina, que fue como sigue: Los trabajadores de Alcoy, afiliados en su mayor parte a la Internacional, pidieron que se les aumentara el salario en un cincuenta por ciento y que se les declarase dueños de los telares en que trabajaban. Surgió la huelga. El alcalde, señor Albors, que había sido diputado, republicano en las Constituyentes del 69, declaró en un bando la libertad de los huelguistas y de los no huelguistas; es decir, que podía cada cual hacer lo que le viniera en gana.. El motín estalla, los trabajadores arrollan la escasa guarnición; pegan fuego al Ayuntamiento, asesinan a todas las personas que odian, matan a trabucazos al alcalde, y arrastran ferozmente su cadáver..

«Gracias que (p.8641) llegó una columna de Voluntarios valencianos, mandada por el General Velarde -dijo Pajalarga, arrebatando el vocablo a las demás bocas-. Con esto apretaron a correr aquellos que no son republicanos sino públicos forajidos; pero ya les alcanzará el Velarde y pagarán su culpa esos traidores, renegados, vendidos, señores ¡ah! vendidos al oro de la reacción.

-Para Cantones bien formados, el de Valencia -afirmó un silbante-. En la Junta Cantonal figuran el Arzobispo y el Marqués de Cáceres, jefe de los Alfonsinos.

-También se han acantonado Castellón y Murcia -agregó un albañil-. Lo sé por el ordinario.

-Poco a poco -saltó una de las mozas del partido, metiéndose en el ruedo-. Mi pueblo, que es Alhama de Murcia, no quiere depender de la capital, y ya tiene su Cantoncito para él solo».

Recobrado mi equilibrio con el lastre de chocolate y churros, me dispuse a marchar a mi casa. Con oficiosa esplendidez, Pajalarga no quiso cobrarnos el gasto, y sacándome del ruedo me metió en el rincón más obscuro de la trastienda, donde misteriosamente me dijo: «No me oculte usted, señor don Tito, que ha ido al extranjero con una encomienda de don Francisco, para que los Gobiernos repúblicos de la Francia y de la Suiza metan mano a los carcas y no les dejen pasar la frontera». Sin negar ni afirmar nada, mi sonrisa bonachona dio a entender al buen Pajalarga que estaba en lo cierto; pero tuve cuidado de añadir que el asunto era delicadísimo, y la reserva me obligaba a ser sordo y mudo. Ya hablaríamos, ya hablaríamos..

Hasta la puerta nos acompañó, a Serafín y a mí, el elocuente buñolero. Volviendo a la calle Ancha tomamos el tranvía de Estaciones y Mercados, para ir a la Puerta del Sol. Aproveché la obsequiosa compañía de Serafín, que no me quería dejar hasta mi casa, para reiterarle una y otra vez el encargo de averiguar lo referente a la señora de piso, añadiendo el dato importantísimo de que había sido maestra de niñas en la calle de Rodas.

En mi casa encontré a Ido y a toda la familia en grande alarma por mi (p.8642) ausencia. Díjeles que había estado en una reunión política de suma gravedad. Las magulladuras de mi cuerpo, por la dureza del lecho granítico, me pedían a voces la blandura de mi cama, y en ella me metí, sirviéndome de ayuda de cámara el bueno del patrón. Como de costumbre, le dije: «¿Qué hay de cosas, amigo don José?». Y él, alargando su chupado rostro, me contestó con voz funeraria: «Francamente, naturalmente, señor de Tito, poco puedo yo contarle que usted no sepa. Los males que afligen a España se reducen a uno solo, es a saber, que todo lo que sufrimos sería poca cosa si no padeciéramos ese cáncer, esa peste, ese cólera morbo que llamamos indisciplina militar. Yo me horripilo cuando me cuentan que los soldados gritan a sus jefes ¡que bailen, que bailen! y ¡abajo los galones!

Pausa. Suspiros de ambos. Ido prosiguió así: «Vea usted el caso del Teniente Coronel de Llagostera. Entra indisciplinado en Murviedro el batallón de Cazadores de Madrid. Su jefe, hombre de tesón y coraje, dice: 'Aunque me juegue la vida, yo meto a estos en cintura'. Alardeando de arrojo temerario, ordena a los cabos, sargentos y oficiales que le dejen solo con la fuerza. Después de poner en el suelo su sable y su revólver manda formar el cuadro. Arenga a los soldados con palabras ardientes, invocando el honor, la bandera, la patria, y cuando ya cree tenerlos dominados con su noble entereza, suena un tiro; luego otro y otros. El bravo Martínez Llagostera cayó acribillado a balazos.

-Como ese caso, aunque no tan graves, hay muchos en toda España.

-Y yo pregunto, señor don Tito: sin Ejército disciplinado, ¿cómo vamos a terminar las guerras civiles?

-El tiempo, amigo Ido, que es la cifra y compendio de la disciplina, pues nada puede alterar el régimen pausado de sus horas, sus días y sus años, se encargará de poner término a esas calamidades.. Las guerras civiles, combatidas por el cansancio, que es también una forma de disciplina, se acabarán por sí mismas, y todo volverá a su ser y estado natural. ¿Cuándo? A esto no (p.8643) puedo contestarle. Los que vivan mucho lo verán».

No seguimos porque Ido me recomendó el reposo, y mis nervios y mi cerebro me pedían también disciplina. Al despedir a mi patrón, le dije: «Es posible que duerma todo el día. No dejen entrar a nadie, con una sola excepción. Si viene un guardia de Orden Público que se llama Serafín de San José, despiértenme en seguida. Me traerá un parte, un despacho, un aviso, de más importancia para mí que todas las cuestiones políticas, así nacionales como internacionales o del mundo entero».

No interrumpió mi descanso la voz deseada de Serafín de San José; pero al llegar la noche, fuí sorprendido por otra voz siempre grata para mí. Era Nicolás Estévanez, que se me presentó en casa con propósito fírmísimo de llevarme a comer con él. Intenté formular delicada resistencia a la invitación de mi amigo; pero este la repitió con tonos tan terminantes y autoritarios, que me rendí a su bondad un tantico despótica..

Comiendo en Levante, solicitó mi colaboración para un trabajo literario y periodístico. Un diario de París de los más poderosos, le había encargado una información extensa y concienzuda de lo que en España ocurría, y singularmente de los debates parlamentarios. Pagaban con largueza, y exigían que diariamente se mandase un determinado número de cuartillas. «Necesito un ayudante -añadió-, y ese ayudante eres tú. Desde mañana nos vamos al Congreso, yo a los escaños, tú a la tribuna, distribuyéndonos previamente el trabajo. No hay que decir que partiremos también.. el oro francés, que no nos vendrá mal».

No sabía yo cómo excusarme de admitir una colaboración que había de serme penosísima por el estado de mi cabeza. Por fin, echando resueltamente por la calle de enmedio, rompí el secreto de mis íntimas aprensiones, ensueños y amorosas ansias, y le conté la fábula poemática o mitológica de la dama invisible, angélica o endemoniada, que era mi ilusión y mi suplicio. La risa que soltó don Nicolás al oír mis peregrinas confidencias me (p.8644) desconcertó más, poniendo mi pensamiento a inconmensurable distancia del suyo.

«Ahora sí que no te suelto, Tito -dijo Estévanez apretándome fuertemente el brazo-. Estás enfermo, y yo soy el médico que ha de curarte. Padeces un romanticismo agudo, que puede ser principio de chifladura crónica. Tu dolencia se manifiesta bien clara en tu estado de languidez babosa, de inquietud delirante, de sutileza del oído que se empeña en traducir al lenguaje vulgar los silbos del aire que pasa, los ruidos de las puertas, y el pisar de los transeúntes. Desde esta noche harás lo que yo te mande: te sujeto al trabajo. El remedio heroico de tu enfermedad es tener tu atención sujeta siempre a cosas prácticas, externas, ajenas a todo lo que compone el reino mentiroso de la imaginación».

Como lo decía lo hizo desde la mañana siguiente muy temprano. De acuerdo con Ido, me secuestró apenas tomado mi desayuno, y echándome la garra me llevó consigo, antes que pudiera yo largarme a mis habituales correrías. Movido de una intención benéfica y paternal me hizo su esclavo, y yo, sintiendo el hierro que me oprimía, no pude maldecir la mano dura y generosa del amigo entrañable.

Vedme otra vez en el Congreso, amados leyentes míos y hermanos en la comunidad de la Historia; vedme en la Tribuna, rasgando el papel con lápiz velocísimo, para transmitir a luengas tierras lo que a mi parecer no merecía salir de aquel que a cada paso llamaban augusto recinto. Extractaba yo los vanos discursos sin poner en ellos más que una fugaz atención mecánica. Casi todos los grupos de la Cámara eran hostiles al Gobierno, por la inacción en que éste permanecía frente a las escandalosas insurrecciones cantonales, y al creciente empuje de los Carlistas. A cada momento salían de los escaños voces de arbitristas proponiendo enérgicas panaceas para curar, con rápido tratamiento, los males de la Nación.

El simpático diputado por Cabuérniga (Santander) don Antonio Fernández Castañeda, propuso que se autorizara al Gobierno para organizar treinta mil (p.8645) voluntarios; el señor Ocón, diputado por Segorbe, pidió que se decretase un impuesto extraordinario de 110 millones de pesetas y que se nombraran comisiones de diputados vasco-navarros y catalanes, investidos de facultades extraordinarias, que acompañasen a los generales en la campaña del Norte. Otro saltó pidiendo que se revisaran las hojas de servicio de los generales, jefes y oficiales..

Con indignación y dolorido acento patriótico trataron de los sucesos de Alcoy, en las sesiones del 11 y 12 de Julio. Aura Boronat y Maisonnave 3, ambos diputados levantinos. Las Cortes ordenaron (textual) al Gobierno que procediera con inexorable energía. Los Ministros pusieron sus carteras en manos de Pi y Margall, y dos días después, mientras este se ocupaba en amasar y cocer un Gabinete de Conciliación, el señor Prefumo abordó el terrible asunto del alzamiento de Cartagena, precipitado por la flaqueza o traición del Gobernador de Murcia señor Altadill y por la indolencia del Gobierno.

A Pi y Margall se le censuraba casi unánimemente porque, investido por las Cortes de facultades extraordinarias para dominar la situación, no quiso aplicarlas en momentos tan críticos. Ante la pavorosa insurrección cantonal, limitábase a dirigir por telégrafo a los gobernadores y alcaldes amonestaciones patrióticas, o saludables máximas de buen Gobierno y de respeto a la ley. Era el hombre inflexible; era la ley misma. Pensaba como yo (lo digo sin vanidad) que la Razón y el Tiempo, las dos fuerzas eternamente disciplinadas e incontrastables, reducirían a los rebeldes a la obediencia, y devolverían a los pueblos su placentera normalidad.

A la defensa de Pi, ausente de las Cortes en aquellos días, salió Carvajal, Ministro de Hacienda, que con toda su elocuencia no pudo amansar las iras del señor Prefumo; acudió a la liza el Ministro de Ultramar, señor Súñer y Capdevila, y aquí fue Troya. Empezó diciendo que estaba dispuesto a castigar con mano dura, inexorable, a los revoltosos, a los incendiarios y a los asesinos. Un aplauso unánime acogió estas (p.8646) palabras, y aquel hombre talludo y frío, sectario furibundo, que desmintiendo su honrada condición ponía siempre en sus palabras una ironía mefistofélica, prosiguió de esta manera: «Pero, señores, cuando se trata de luchar y de derramar la sangre de mis amigos y de mis correligionarios, declaro que hasta aquí no llega mi heroísmo». Un diputado le interrumpió preguntando: «¿Y si son facciosos?». El Ministro contestó: «Para Su Señoría serán facciosos..». Espantable vocerío y protestas unánimes le obligaron a callar.

Restablecido el orden remató así Súñer su infeliz perorata: «Una cosa es considerarlos facciosos y otra luchar con ellos. Aquí no hay más que dos políticas: o la de ataque o la de concesiones. Pues bien, yo declaro desde este banco que soy partidario para con mis correligionarios, sublevados en Cartagena y en cuantos puntos puedan levantarse, de la política de concesiones». Nuevo escándalo. Habló Pi, que acababa de llegar al Congreso, y no convenció a nadie. La sesión terminó con borrascosas disputas. La crisis se imponía, y para resolverla, las Cortes dejaron de celebrar sesiones los días 15 y 16 de Julio, usando el artificio de figurar falta de número para poder abrirlas.

Me vinieron muy bien los dos días de asueto, pues ya me fatigaba la ímproba labor de comunicar al mundo los alborotos del divertido gallinero de mi patria. Pero mi amigo y médico don Nicolás Estévanez, atento a que mi espíritu no se desligase de las cosas externas para volver a cabalgar locamente por los espacios imaginarios, teníame bien sujeto; llevábame a comer a su casa o al café, y a la caída de la tarde, paseando agradablemente por las afueras, me refería sucesos cómicos y dramáticos en que él intervino; con fácil trazo descriptivo hacía la semblanza de los primates del republicanismo, y de ellos contaba casos y rarezas que desmentían la opinión vulgar de sus caracteres.

De cuanto le oí en aquellas tardes se me ha quedado muy presente el perfil biográfico de Figueras y una interesante anécdota. Reproduzco (p.8647) con la mayor fidelidad posible las propias palabras de Estévanez.

 

Ep-44-XIII -

«Don Estanislao es el hombre más generoso y bueno del mundo. En él no se admira tan sólo la virtud pasiva que consiste en no hacer el mal. En su corazón arde el sentimiento de caridad en su grado más efusivo. No acude a él ningún necesitado que no halle consuelo y socorro. Los perseguidos por la justicia que solicitan su compasión, le ven entrar en el Saladero llevándoles el sustento y la esperanza. En los casos difíciles habla con los jueces, revuelve toda la Curia, y no descansa hasta conseguir la libertad del preso. Si para los extraños es misericordioso, para los amigos no tiene límite su bondad. Practica el principio cristiano en toda su pureza, desentendiéndose en absoluto de la liturgia; por lo que resulta, según el criterio de los neos, un ángel impío, un santo anticlerical.

»Ahora te hablaré de su mujer, la pobre doña Josefa Madrignac, que murió en Abril, días antes del 23. Era una señora excelente, un modelo de esposas, modelo también de modestia y candor. Amaba tiernamente a su marido, sin que atenuara este cariño la diferencia de ideas religiosas. Su beatería y misticismo la inducían a procurar que su marido, elevado a la Presidencia de la República, dejase en paz a las personas y corporaciones religiosas. Pero Figueras se mostraba reacio. Cansada la angelical señora de sermonear al marido hereje, y no pudiendo, por su sordera, enterarse de las razones que este le daba, escribíale cartitas dulces, cariñosas, impregnadas de piedad, y cuidadosamente se las ponía en los bolsillos de la levita o en el forro del sombrero de copa.. No dejaban de afectar al Presidente las esquelitas cuando daba con ellas. Ocurrió que en un Consejo de Ministros se acordó la exclaustración inmediata de algunas monjas, y este acuerdo fue apoyado por Figueras con toda su energía. A la semana siguiente tratose del mismo asunto en otro Consejo, y don Estanislao, variando de opinión, se mostraba condolido del daño que se iba a causar a las pobrecitas religiosas. (p.8648) Pi y Margall, que le había descubierto el juego, se sonrió diciéndole: Vamos, Estanislao, ya has recibido carta de la familia. ¿Me dejas registrarte el bolsillo de la levita? Negó Figueras, un tanto confuso. Aquella misma tarde, al retirarse del banco azul tomando su sombrero, cayó del forro de este una esquelita. Sonrisa general en todo el Ministerio.

»La muerte de la virtuosa y angelical doña Pepita, que así la llamaban familiarmente sus amigos, causó grande aflicción a Figueras, que estuvo largos días encerrado en su casa de la Calle de la Salud, cuyo rótulo fue sustituido por este otro, kilométrico: Calle del Primer Presidente de la República Española.. Te contaré ahora cómo fue curado de su dolor el Jefe del Estado por la medicina del Tiempo, reparador solícito de las desdichas humanas. Añadiré, para tu total conocimiento del personaje, que además de bueno, misericordioso y caritativo en grado heroico, es Figueras un romántico hasta la médula de los huesos; romántico digo, como tú, y como tú gustoso de la variedad de los afectos que más halagan al hombre. Antes de su viudez se prendó de una bella señorita, y viudo ya y enlutado, el Presidente del Poder Ejecutivo rondaba la casa de la damisela, y acechaba en la esquina próxima para verla entrar o salir. Pasión ardiente prendió en aquel hermoso corazón que en todo ha de ser grande. Ni sus canas ni sus deberes políticos le contenían en el violento retorno a la edad juvenil. ¿Qué quieres que te diga, Tito? Yo admiro a Figueras tal como es, sin meterme a dilucidar si sus extravíos son aciertos, o sus errores cualidades excelsas. En él todo me parece bueno..

»Si ahora me preguntas qué influencia tuvieron estas que algunos llaman debilidades en la fuga del Presidente, te diré que lo ignoro. No tuve bastante intimidad con él para desentrañar el misterio psicológico de su deserción. Quizá sintió el hombre con extraordinario ardor el ansia de libertad; tal vez su alma vio en la libertad individual un bien altísimo y soberano, superior a cuantas satisfacciones podía darle la vida (p.8649) política en un país ingrato, voluble, predestinado a ser eterno juguete de la tiranía o de la demagogia».

Las últimas frases del cuento de Estévanez sugirieron en mí estas reflexiones amargas. Si mi amigo elogiaba el romanticismo de Figueras, y por ser este un grande hombre le absolvía de sus delirios, ¿por qué a mí, romántico también, aunque pequeño y de condición insignificante, quería curarme con medicamentos un tanto crueles? Si la libertad individual es el mayor tesoro de los humanos, ¿por qué había de ser concedido a los altos y negado a los humildes?

Debo declarar que el tratamiento de Estévanez no había sido ineficaz para mí, y que yo sentía muy atenuado mi frenético espiritualismo por la acción de la vida ramplona y pedestre. No obstante, cuando Estévanez me dejaba solo en mi casa, escapábame yo hacia el ideal preguntando a Ido si había estado a buscarme el guardia Serafín. Como la respuesta de mi patrón era siempre negativa, hube de añadir esta nota interesante: «Si viniese el guardia por la tarde, adviértale que me encontrará en la Tribuna de la Prensa del Congreso».

Desganado y sin ninguna ilusión periodística volví a las tardes de las Constituyentes, bajo la severa autoridad de mi amigo y médico. Testigo del inenarrable barullo que precedió a la designación de nuevo Ministerio, lo transmití todo a la prensa extranjera. Pero a vosotros, amados lectores, me guardaré muy bien de ofreceros los detalles de aquellas zaragatas, que habrían de marearos y confundiros. En una sesión que empezó a las ocho de la mañana, se leyó el Proyecto de Constitución Federal de la República Española.

Reunidos por la noche en el Senado los padres de la patria con el señor Pi y Margall, este se dio por vencido; sólo el Centro unido a la Derecha podía resolver la crisis. Al día siguiente, 18 de Julio, las Cortes designaron a Salmerón para formar Gobierno. El 19 leyó don Nicolás la lista de los nuevos Ministros: Soler y Pla, Estado; Moreno Rodríguez, Gracia y Justicia; Oreiro, Marina; Fernando González, Fomento; (p.8650) Palanca, Ultramar; Carvajal, Hacienda; González Iscar, Guerra; Maisonnave 4, Gobernación.

Apenas empezó Salmerón su discurso programa, yo, que fácilmente me distraía, miré a la puerta de la Tribuna, y vi en ella el rostro fláccido de mi guardia Serafín de San José. Como atraído por irresistible fuerza magnética salté de mi asiento, dejándome en el pupitre papel y lápices.. No sé si agarré a Serafín por el brazo o por el pescuezo.. Llevele al pasillo, y antes que yo le preguntara, su boca rasgada en sonrisa placentera me soltó estas palabras dulcísimas: «Señor don Tito, vengo a decirle que está usted servido.

-Explícate. Dime pronto..

-Ahora verá usted que Serafín es hombre agradecido. Por usted sacrifico yo todo lo que tengo, mi destino y hasta mi vida..

-Bueno, bueno; pero dime..

-He podido encontrar.. ¡ay qué fatigas, qué ajetreo, qué ir y venir!.. ¿He tardado, verdad?.. ¿Pero qué importa la tardanza, si al fin este pobre guardia viene a usted con la satisfacción inmensísima de haber encontrado a la señorita Floriana?».

La voz de Serafín me pareció celestial. No sonaron mejor en mi oído los coros angélicos. Mi polizonte prosiguió así: «Créame; ha sido como sacarla de las entrañas de la tierra. Verá usted: estuvo tres semanas en las Comendadoras con unas damas maduras que no sé si son tías, madres o abuelas putativas. Para averiguar esto tuve que hacer el amor a la cocinera de las señoras de piso. Por ello supe que Florianita saldría pronto de Madrid. Yo soy muy lince; camelé a la prójima, y la puse tan tierna que al fin logré que llevara un recado a la señorita, de parte de don Tito Liviano. Pasaron tres, cuatro, seis días sin respuesta ni razón alguna. Desesperado estaba ya, cuando la cocinera me dijo que doña Floriana se había dignado concederme audiencia. Subí al convento y me aboqué con la señorita, cuya hermosura medio me cegaba como si estuviera mirando al propio sol. La divina mujer me acogió risueña, y sin más, me dijo: «Mañana a esta hora búsqueme usted en la calle de Rodas, número 13. Es una (p.8651) escuela donde están de obra. Allí hablaremos. Basta ya».

Al llegar a este punto estaba yo medio loco; las sienes me latían, mis orejas echaban lumbre, el corazón se me quería saltar del pecho. Cogí a Serafín por un brazo, y le dije: «Paréceme que se nos cae encima el techo del Congreso. Vámonos a la calle». Temía que nos escucharan, que me detuvieran, que los amigos de la Prensa se conjurasen contra mí.. Bajamos rápidamente, y a media escalera tuve que volver a subir, porque se me había olvidado el sombrero en la percha del guardarropa.. Al fin me vi en la calle, llevando a mi confidente cual si yo fuera el policía y él un criminal.. Como fugitivos llegamos hasta la calle de la Greda. Allí me paré, y disparé contra Serafín esta pregunta, que fue como un tiro: «Imbécil, ¿cómo no has ido ya a la calle de Rodas? (p.8652)

-De allí vengo, señor.. ¿Por quién me tomaba? ¿Cree que soy capaz de hacer las cosas a medias?.. Pues por mor de usted y de su novia he tenido que faltar hoy al servicio.

-Bien, Serafín; me vuelves el alma al cuerpo.. Eres un hombre, un grande hombre.. Eres mi mejor amigo. En fin, habla. ¿La encontraste? ¿Qué te dijo?

-Apenas traspasé la puerta, me salió al encuentro en el local de la Escuela, vacío enteramente de chiquillos. La obra no ha terminado; pero los albañiles trabajan en el revoco del patio..

-¡Déjate de albañiles y de revocos, hombre! A ver, ¿qué te dijo?

-Repetiré sus acentos divinos. ¡Ay qué ángel! Oiga usted; lo recuerdo palabra por palabra: «Dígale al señor don Tito que mi gratitud será eterna por el favor que me ha hecho. He recibido el nombramiento de directora de un Colegio de niñas de reciente fundación. Estoy contentísima. Dígale también a ese señor tan bueno y amable que no puedo darle mis adioses porque salgo esta noche para tomar posesión de mi nueva plaza».

Quedé absorto, alelado, encantado.. Quedeme también a media miel.

«¿Y nada más, Serafín?

-Sí señor, hay más. Este humilde criado de usted sabe rematar la suerte. Como no me satisfacía que me diese el (p.8653) recado por lo verbal, le supliqué que me pusiera, en cuatro letras escritas de su mano, todo eso de la gratitud y de lo contenta que está.

-¿Y escribió, Serafín, escribió?

-Corrió hacia adentro; trajo tintero, pluma y papel, y.. tris tras.. con linda mano y más linda escritura.. En fin; sosiéguese, señor: aquí está el papelito».

Con mano trémula tomé lo que el mensajero del cielo me entregaba, y en medio de la calle, a la luz del sol, leí:

«No me engañó quien me dijo que es usted poderoso.

Por su mediación ha obtenido más de lo que pretendía esta humilde maestra.

Salgo esta noche para la nueva y feliz residencia a donde me lleva mi Destino.

Adiós, adiós, y que no sea para siempre.

Si es grande su poderío, no es menor la gratitud de -FLORIANA».

La tempestad de impaciencia que estalló en mi alma no me dio tiempo ni para besar la divina esquela, trazada con perfecta y elegantísima escritura. Arreando a Serafín subí a Cedaceros, para tomar la Carrera de San Jerónimo. Al atravesarla para entrar en la calle del Baño, un terror pánico me cortó el aliento. ¿Qué sería de mí si en aquella encrucijada se me aparecía Estévanez y me secuestraba..? Apreté a correr, diciendo para mi sayo: «Ahí te quedas, Nicolás amigo. Me escapo como Figueras.. hacia el ideal».

Cuando íbamos por la calle del León dije a Serafín: «Adelántate, vete a mi casa, y dile a Ido o a su mujer que me pongan en la maleta que uso para los viajes cortos toda la ropa interior que quepa, y las botas nuevas.. Yo no voy a casa por temor a que me entretengan o den parte a mi tirano.. Vuela, Serafín. Te doy diez minutos para esta comisión. Te espero a la entrada de la calle de la Magdalena. Si tardas, me voy solo..». El tiempo que esperé se me hizo larguísimo. La impaciencia me devoraba. Viendo el declinar de la tarde, temía no llegar a tiempo. Esto sería horrible, esto sería peor que la muerte. Por fin apareció el guardia jadeante. En Antón Martín tomamos un coche. Calculé que si este nos llevaba a la calle de Rodas en diez o quince minutos, llegaríamos (p.8654) mucho antes de que Floriana partiera para la estación. Por el camino pregunté a Serafín: «¿Pero tú no sabes a qué estación va?». Respondió que la señorita no había hablado de estaciones.

«¿Y no viste allí baúles, sacos de viaje..?».

-No vi nada de eso, ni junto a la divinidad apareció persona humana».

Cuando el coche paró junto a la puerta de la escuela, sentí en todo mi ser un retroceso frío y súbito de aquel impulso temerario. Por un momento me asaltó la idea de retirarme. ¿No era descortés, no era impertinente que yo, sin ser invitado a ello, me presentase a Floriana poco antes de la hora precisa para emprender su viaje? La timidez y la delicadeza, que por algunos segundos paralizaron mi actividad, fueron pronto vencidas por la pasión. «Adelante -clamó esta dentro de mí-, adelante siempre». Ordené a Serafín que entrase antes que yo, como enviado extraordinario para prevenir mi visita, suplicando a la señora que antes de partir me concediese el honor de ofrecerle mis respetos.. Viendo que mi embajador tardaba en volver más tiempo del que yo había calculado, bajé del coche y me metí en la casa. Recorrí el local de la escuela, donde no vi alma viviente ni oí ruido alguno. Acerqueme a una puertecilla del fondo, y tampoco vi nada. Ya la impaciencia y ansiedad derramaban fuego por mis venas, cuando apareció Serafín, trémulo y desencajado.

«Señor, señor -me dijo-. En esta casa hay duendes.

-¿La has visto?

-Sí, señor; está esperando a usted. Dice que pase al momento.

-¿Pero qué has dicho de duendes; estás tú loco?

-Después de hablar con la señorita Floriana, volvía yo hacia acá, cuando de una puerta lateral salieron llamas verdes y amarillas, con terrible olor de azufre.. Vea, toque, señor. Me han chamuscado el pelo y la ropa.. Y al tiempo que asoplaban las llamas, oí risas y cháchara de mujeres burlonas..

-Acabemos. Toma estas pesetas. Paga al cochero, tráeme mi maleta, y lárgate si quieres.

Segundos después, Serafín me entregaba la maleta diciéndome: «De veras, don Tito de mi alma, ¿no tiene (p.8655) usted miedo?

-¡Yo qué he de tener miedo! Tú lo tienes porque eres un simple, un pobre diablo que ignora los fenómenos de la vida suprasensible.. ¿Has dicho que Floriana me espera?.. ¿Dónde?

-Siga usted por ese pasillo adelante. Después tuerce a la derecha, y que Dios y la Santísima Virgen le acompañen.

-Abur, Serafín. Si no vuelvo, nos encontraremos y nos daremos un abrazo.. en el valle de Josafat».

Me colé a toda prisa por el pasillo obscuro, sin que me cortaran el paso llamas azules ni verdes. Sentí un tufo como de quemazón de pez y piedra alumbre.. Al extremo de aquel corredor torcido vi un cuadro de claridad que era el marco de una puerta. En el centro de esta, Floriana me aguardaba. Era como una estatua de imponderable belleza. Vestía traje blanco, de forma helénica netamente escultórica. Desde que la vi a larga distancia me descubrí, avancé despacio abrumado por la emoción, y cuando aún no había vencido la distancia que de la Diosa me separaba, su voz sonora y dulce me habló de esta manera: «Le esperaba, señor don Tito. Ya sabía yo que vendría usted. Por esperarle me he detenido unos minutos. Me han dicho que le tendré por compañero de viaje. Su compañía me será muy grata».

De tal modo me anonadaron las palabras de la divina Floriana, que no supe qué decirle ni qué hacer ante su augusta presencia. Creo, mas no lo aseguro, que hinqué una rodilla en tierra y le besé la mano. Traté de sacar de la mente a los labios la fraseología galante que yo manejé siempre con arte y desenvoltura; pero la usual galantería no me valió en aquel caso, y todo el vocabulario pasional y erótico que prevenido llevaba, se quedó en mi lengua avergonzado de sí mismo. Las únicas expresiones que pudo emitir mi boca fueron estas, tímidas y balbucientes: «Sólo aspiro a ser su siervo, su esclavo, Floriana.. ¿Qué soy yo más que un insecto miserable, indigno de mirar a este sol de hermosura..?». Advertí que sonreía como denegando graciosamente lo que afirmé en desdoro mío y en alabanza de ella.

En esto, una mano muy bonita me quitó la maleta.. y (p.8656) digo una mano, porque la mujer a quien aquella pertenecía yo no la vi. Floriana habló así: «Pase usted y sígame. Voy delante para guiarle en este camino, que es áspero, largo y difícil. Cuando se canse, me avisa y pararemos un ratito».

 

Ep-44-XIV -

Guiado por la creatura bella, bianco vestita, entré, no en una estancia sino en una caverna. A los pocos pasos el suelo descendía con rápido declive, y entrábamos en una especie de catacumba de paredes y techo labrados en la dura arenisca de Madrid. El soterrado pasadizo no era recto; ondulaba a izquierda y derecha. El piso, empedrado con desiguales cantos y morrillos, no permitía un andar ligero. Delante de la Diosa vi las llamas de una docena de hachones; los portadores de ellos no se veían. Oía, sí, un parloteo festivo de mujeres. A ratos, hacia mí se volvía Floriana y me alentaba con una sonrisa y un gesto gracioso. Cuando yo tropezaba en los pedruscos, sosteníanme brazos de seres invisibles. Como una hora duró, según mi cálculo, el tránsito por aquella mina lóbrega y pendiente.. Apagáronse los hachones.

Al término de la caminata fatigosa nos encontramos en un rellano bastante extenso. Elevé mis ojos hacia arriba, y no vi cielo, sino una inmensa bóveda pétrea. Miré hacia abajo, aproximándome a los bordes de aquella especie de terraza, y vi un abismo insondable. Quedé suspenso, mudo, absorto; pero lo que colmó mi estupefacción fue que allí no había sol, ni luna, ni estrellas, y sin embargo había claridad, una luz tenue, dulce, desconocida para mí.

Sentose Floriana en el suelo, que era de finísimo guijo, señalándome un puesto a su lado. Las vaporosas mujeres, ninfas, espíritus o lo que fuesen, que formaban el cortejo de la Diosa, nos sirvieron en platos de cristal una delicada merienda, de cuya suavidad, gusto y dulzura no puedo dar idea. Componían la parte sólida de aquella comidita unos bizcochos blandos y gruesos, no diré borrachos sino ligeramente embriagados con un néctar delicioso. Apenas los metía yo en mi boca, se deshacían, y al ser tragados diríase que (p.8657) comunicaban súbitamente a todo el ser un calor tenue, vigorizando la vida nerviosa y muscular. No sé cuántos bizcochos me comí; me sabían a gloria; no me cansaba de alabar tan sabrosa y sutil repostería. Agua cristalina y fresca nos dieron luego las ninfas, que al aproximarse a servirnos perdían en parte su invisibilidad. Yo no cesaba de mirarlas cuando de la penumbra iban saliendo hacia la claridad, y en una de las que más se nos aproximaron, reconocí el rostro picaresco de Graziella.

«Andando, andando -dijo Floriana poniéndose en pie con agilidad aérea. Y yo, que en aquel antro sublime y ante el misterio de aquellas divinas hembras no sabía decir más que palabras de una inocencia paradisíaca, concluí de este modo el concepto de Floriana: Andando, sí, que es tarde». Volviose a mí la Diosa, y entre risas delicadas me dijo: «Borre usted de su mente, señor don Tito, las palabras tarde y temprano; que aquí no existe esa forma de apreciar el tiempo. En estos valles no hay día ni noche; no amanece ni anochece. Si lleva usted reloj, no se cuide de darle cuerda, que mejor está descansando, con todas sus ruedecillas dormidas».

Emprendimos la marcha por un sendero estrecho, entre pedruscos conglomerados. Precediéndome a mí iba Floriana, acompañada de cuatro o cinco mujeres cuyas formas indecisas excitaban mi curiosidad. Delante de ella y detrás de mí iban las demás del cortejo, apreciables tan sólo al oído por un murmullo alegre, como conversación de avecillas picoteras. Sosteniendo mi marcha al compás de la comitiva, mis ojos ávidos no hacían más que observar el inmenso antro por donde caminábamos. Floriana lo llamó valle, y estructura de tal en parte tenía. Formaban la cavidad dos grandes escarpas montuosas, en las que pude apreciar una altura aproximada de doscientos o trescientos metros. Del fondo, donde los costados del valle tenían su cimiento, venía un rumor como de aguas precipitadas de peña en peña. Las que llamo escarpas afectaban en algunos trozos formas de colinas o laderas tendidas (p.8658) suavemente, en otros eran vertientes riscosas o paredones cortados casi a pico. Por el lado izquierdo del valle se escurría tortuoso el angosto sendero por donde íbamos.

Fáltame describir lo más extraño de aquel paisaje por mí nunca visto ni soñado. Las cimas de las dos grandes escarpas eran apoyo de la colosal bóveda o techumbre que unía una parte con otra. Traté de apreciar la distancia entre la clave máxima y el fondo del valle; pero mi mente, confusa ante tan grandioso espectáculo, no pudo determinar tal altura, que a veces me parecía inconmensurable, a veces comprendida en las dimensiones que resultarían de colocar dos o tres Giraldas, una sobre otra.

Ahora relataré lo que produjo en mí más que asombro terror. En el punto donde se confundía la cima de las vertientes con el arranque de las bóvedas creí distinguir agujeros, covachas, y apenas me hice cargo de esto, vi que de las oquedades salían cuerpos movibles, animales felinos del mismo color de aquel terrazgo amarillento. Se me erizó el cabello al oír espantosos rugidos.. No podía dudarlo: de los peñascales areniscos salían tigres, panteras y otras alimañas rampantes, cuyo aspecto y bramidos pondrían pavor en los pechos más animosos..

Al ver esto, noté que se alejaba rápidamente el rumor de las ninfas que iban delante. Comprendí que corrían. Corrió también Floriana. Las ninfas que iban detrás de mí se precipitaron monte arriba lanzando silbidos penetrantes. De otro lado venían sonidos roncos como de trompas de caza. El terror me paralizó, y no sabía por dónde tirar en busca de un sitio seguro.. Sentí pasos, y me dije: «¿Vendrá alguien a socorrerme?». Mis ojos no se apartaban del lugar por donde aquellos pasos sonaban. No eran pisadas de hombres, sino de gigantes.. ¡Ay, ay; tampoco eran de gigantes, sino de..!

Imaginad, amigos del alma, cuál sería mi espanto al ver venir hacia mí un toro.. ¡ay, madre mía!.. un toro tan grande que a mi parecer era mayor que los más corpulentos elefantes, colorado retinto, por su porte y lámina de genuina casta (p.8659) española, con una cornamenta que a Dios llamaba de tú.. Al suelo caí exánime, diciéndome: «Esta fiera me engancha en un tris, me voltea y me manda volando hasta el mismísimo techo». El animal acercose a mí despacio.. Vi llegada mi última hora.. me olfateó, echando sobre mí un resoplido de huracán, y siguió adelante.

No tuve tiempo de alegrarme, porque apenas pasó el primer toro vi venir otros dos, luego cinco, ocho.. ¡Dios mío!.. una inmensa piara inacabable: todos del mismo color y estampa: parecían hermanos. A medida que iban pasando sin hacerme caso, cual si vieran en mí un gusanillo despreciable, mi miedo declinaba, y se me alivió por completo cuando advertí que las ninfas, espíritus, ángeles, demonios o lo que fueran, volvían corriendo con grande algazara de silbidos y alilíes. Esto me confortó el ánimo. Ya respiraba. Señal inequívoca de que se me había despejado la cabeza fue que vi a los toros en su tamaño y proporción naturales.

Aún no había pasado el imponente rebaño taurino, cuando me llamaron mis compañeros de viaje con voces cariñosas. Acudí al reclamo por sendero distinto del que llevaban los cornúpetas, pues aún no las tenía yo todas conmigo. Por zanjas y barrancas llegué a un terreno casi llano, con verdor de pradera, y allí me salió al encuentro Floriana burlándome delicadamente por el mieditis que pasé. «Estos fieros animales -me dijo- son mansos como corderos para mí y para cuantos van conmigo. No tema usted nada». Al decir esto la Diosa, los toros, en número tal que no podía ser contado, prorrumpieron unánimes en mugidos espantosos. No creo que orejas humanas hayan oído nunca un coro semejante. Pensé que no sonarán con más estruendo las trompetas del Juicio Final. Mil truenos corriendo a lo largo del valle no imitarían la repercusión prolongada de aquel mugir estentóreo. Cuando vino el silencio, se oyeron lejanos los bramidos de las panteras y demás alimañas feroces, que amedrentadas se recogían en sus altas guaridas.

Estupendas cosas había yo visto en aquel mundo (p.8660) dantesco; pero aún me esperaban nuevos motivos de asombro. Floriana, que de un cercano matorral había cogido una varita y jugaba con ella blandiéndola en el aire, me dijo: «Ahora, señor don Tito, podremos seguir nuestro viaje con más comodidad. En este paso no faltan peligros; pero ya ve usted que los he sorteado con mis bravos y generosos animales». Acarició el testuz de un gallardísimo toro que a su lado estaba, y apoyando sus manos en el morrillo, de un brinco quedó montada a flor de mujer sobre el lomo del vigoroso bruto. Viéndome indeciso, hablome así: «No tenga usted miedo. Escoja el que más le guste y monte sin cuidado». Así lo hice, a horcajadas. No sé quién me dio una varita.. Todo el mujerío grácil y susurrante siguió el ejemplo de la Diosa, entre risotadas alegres y una ligera porfía retozona, disputándose los toros en que habían de cabalgar.

Púsose en marcha la extraña procesión, semejante, según mi criterio artístico, a los bajo-relieves que son memoria y emblema de la civilización asiria. Al moderado andar de los toros avanzamos valle abajo, y este, pasadas dos o tres grandes curvas, nos presentó aspectos más risueños. En algunas colinas vi manchas de vegetación montuna y baja. La luz siempre era la misma, y la temperatura inalterable, dulcemente cálida.. Si como dijo Floriana, no había noche ni día en aquella parte del mundo, los cuerpos sustituían aquellas relaciones del tiempo con la necesidad alterna del velar y del dormir.. Cuando en toda la comitiva se manifestó la querencia del sueño, hicimos alto, nos apeamos, y la Diosa nos encaminó a una grande y limpia caverna, donde permanecimos entregados al descanso.. ¿Cuántas horas?.. No seré yo quien os lo diga.

Lo que sí os diré, lectores amadísimos, es que los toros quedaron pastando en las verdosas márgenes del cercano arroyo; que el suelo de la caverna era una finísima alfombra musgosa y blanda; que las bullangueras ninfas, a ratos visibles, a ratos no, nos sirvieron bizcochones más suculentos que los de la merienda: creyérase que eran de una (p.8661) pasta parecida al chocolate, mezclada con lo que llaman ambrosía o manjar de los dioses..

Algún resquemor me causó que la Diosa, al retirarse con las que llamaré sus damas a un extremo de la caverna, no solicitara mi compañía, ni tan siquiera me diese las buenas noches, o lo que se usara donde la palabra noche no tenía sentido.. En el opuesto lado de la cueva-dormitorio, donde me rodearon las sílfides inquietas, a mi oído llegaba su confusa charla jovial, que se iba desvaneciendo en el sueño. No acababa yo de explicarme por qué no había entre ellas alguna que se vistiera de su carne mortal, y a mí se arrimara blandamente para estimularme a más dulce reposo. Pensando que aquel mundo en que había caído era un tantico monótono y sosaina, me dormí profundamente.. Y heme aquí soñando con lo que había dejado en el otro mundo. Así lo llamo por no saber si el otro era aquel en que me encontraba, o si me habían traído efectivamente al que allá llamábamos el otro. ¡Sueño de sueños!

Pues señor, me vi en el Congreso (Tribuna de la Prensa) oyendo un discursazo de Salmerón, magnífico, elocuente. Cuando terminó, todos decían: «Ya hay Gobierno en la República española». Aquello se me representaba como un teatro de niños con figurillas diminutas que se movían con alambres.. Luego soñé que pedía la palabra Ríos Rosas. Prodújose un tumulto porque alguien pretendió que no se dejara hablar al orador monárquico.. Yo salí a la calle, y en la esquina de Floridablanca, unos silbantes pegaban un pasquín que decía: ¿Quién es Ríos Rosas? Yo les dije: «Imbéciles; es el león de la elocuencia. Dios os libre de caer en sus garras..».

Volví a verme en la Tribuna, y escuché la fiera voz del león, que así clamaba: «El tercer Pretendiente al trono de España será confundido y aniquilado como su tío, como su abuelo. Esta Nación desgraciada puede sufrir hasta la anarquía por un período de tiempo; lo que no sufrirá jamás es el despotismo de don Carlos ni de sus descendientes; lo que no sufrirá jamás es la Inquisición. Jamás, jamás consentiremos a (p.8662) don Carlos ni a los satélites de la antigua tiranía. Todo menos eso. (Aplausos delirantes.) .. Para llegar a ser Gobierno de la Nación -decía dirigiendo sus palabras al banco azul- aquí tenéis una mayoría, no muy numerosa, no os importe el número; aquí hay cohesión, convicciones, patriotismo.. Con esta mayoría podéis salvar la República, restablecer el orden, restituir a la sociedad sus condiciones de asiento y de vida. Así seréis Gobierno de la Nación, energía prepotente que combata, que aterre y mate las fuerzas rivales».

Cambiados rápidamente los espejismos de mi sueño, me vi en la esquina de la calle de las Huertas, donde unos chicos pegaban un cartel que decía: Salmerón es el Presidente de los monárquicos.. Quise ir a mi casa, y de pronto me encontré en la tienda de María de la Cabeza, a quien vi muy acaramelada con su esposo Serafín de San José, y cuando ambos me saludaban apretándome tiernamente la mano, el atronador mugido de los toros me despertó.

 

Ep-44-XV -

Un ratito estuvo mi pensamiento meciéndose en el balancín de esta duda: ¿La realidad era lo de allá o lo de acá? ¿Eran este y el otro mundo igualmente falaces o igualmente verdaderos? Sin llegar a dilucidarlo, me vi conducido al punto en que me esperaba mi cabalgadura. En ella monté, y la caravana siguió su camino. Grandemente me desconsoló el ver que la Diosa iba muy delantera, dejando entre su persona y la mía buena parte de su séquito. Junto a mí marchaban las sílfides más juguetonas y parlanchinas.

Entre ellas vi a Graziella, manifestándose claramente en su encarnadura mortal. Debajo de una falda vaporosa vestía pantalones, y a horcajadas montaba en un toro voluntarioso y saltón, al cual gobernaba y regía con arte que envidiaran las más hábiles artistas de circo en el otro mundo. Hostigándole con una varita flexible, le hacía juguetear como un ágil caballo. Cuando se cansaba de este recreo, sentábase la diablesa en el testuz del animal, echando las piernas a un lado y otro del hocico, y agarrándose a las astas entonaba cantos (p.8663) báquicos, a que el toro respondía con sonoros resoplidos. Embelesado con tan extraordinarios ejercicios, pasé un rato agradable. Luego, la que fue mi amiga en otros tiempos, tomó de nuevo la forma natural de equitación, y emparejando su toro con el mío, me habló de esa manera:

«¿Qué tal, Titín, vas a gusto en el torito? Si no te enfadas te diré que te has metido en este laberinto subterráneo por un extravío de tu temperamento, por tus malas mañas de pícaro redomado, y por tus pretensiones de virote conquistador de cuantas hembras se te ponen por delante. Te enamoraste de la Maestra por artilugios de una corredora, y creíste que esta perfecta hermosura podía ser tuya, como lo fueron tantas otras de baja y villana estofa, entre ellas yo. Pues ahora te digo: picarón, impuro, lascivo, adúltero, vicioso, ladrón deshonesto, monstruo de disipación y libertinaje: en el momento en que dirijas a nuestra Maestra y Señora la menor solicitación o requerimiento de amor liviano; en el momento en que aspires a poseer un átomo de la carne divina con apariencias de mortal vestidura, quedarás muerto si no te convierten en un inmundo y hediondo bicharraco».

Ya se había hecho de tal modo mi espíritu a las cosas inauditas, descomunales y absurdas, que las palabras de la diabla no me causaron el efecto que ella sin duda pretendía obtener. Siempre la tuve por un ser esencialmente burlón y sarcástico. Díjele que al entrar en aquel mundo me había cortado la coleta de Tenorio y hecho voto de castidad. Apartose de mí, indicándome que tenía que ocupar otro puesto en la caravana, y yo, imposibilitado de trabar conversación con las indecisas figuras que me rodeaban, entretenía mi tedio observando los cambios del paisaje adusto y pavoroso. Conforme adelantábamos, el valle presentaba aspectos menos áridos: junto a las masas pedregosas veíanse alcores verdeantes; crecían las aguas con el aflujo de arroyuelos que brotaban de las altas peñas. En algunos sitios las bóvedas goteaban como si rezumasen el agua de caudalosos ríos (p.8664) que sobre ellas corrían. Llegó un momento en que la lluvia era tan intensa que sentí miedo. Una sílfide que a mi lado iba, me miró risueña diciéndome: «No se asuste, caballero, del agua que cae ni del ruido que se siente por allá arriba. Es el Júcar que pasa».

Esta observación de la ninfa llevó mi pensamiento al mundo exterior o cortical, digámoslo así, donde yo había nacido, y de la superficie volvió a la profundidad intra-telúrica en que a la sazón me encontraba. El ir y volver de mi pensamiento engendró una idea tristísima: «Seguramente -me dije- los que discurrimos por estas soledades, sin días ni noches, somos personas que murieron allá arriba, y muertas descienden a esta región para vagar siempre en ella purgando sus culpas». La verdad, lectores míos muy amados, lo de ser yo ánima del Purgatorio no me hacía maldita gracia.

Mucho más allá del sitio en que vi la filtración de las aguas del Júcar, se oyeron en lo alto rugidos de bestias feroces; mas no eran en tanto número como las que aparecieron en los comienzos de la expedición, y al mugido de los toros se metían asustadas en sus cubiles. Por la parte baja dejáronse ver enormes gatos monteses de pintado pelo, que a nuestro paso salían huyendo rocas arriba, con maullidos estridentes. La veloz huida de las terribles alimañas era celebrada por nuestras sílfides con algazara de silbos y greguería triunfal. No participaba yo de estos gozos, y me dije: «Por vida de San Proteo, mi patrón, que están apañadas las ánimas que vengan a este Purgatorio sin agregarse al séquito de alguna Diosa».

Largo trecho adelante, se me acercó Graziella cautelosa, juntando su toro con el mío, y deslizó en mi oído estas palabritas: «Farsante, me han prohibido hablar contigo.

-La farsante eres tú. ¿Cómo me explicas que siendo como eres el espíritu del sainete, de la farándula y de la picardía bufonesca, te admiten en esta grey donde todo es discreción, comedimiento y seriedad taurina y silfidesca? Cada vez entiendo esto menos. ¿A dónde me conducen? ¿Qué pito toco yo aquí apartado de la (p.8665) Diosa, que no quiere llevarme a su lado? ¿Esta caverna sin fin se formó con la osamenta del paganismo, muerto y sepulto miles de años, o es un conducto de ansiedad mística que nos encamina a los eternos goces?..».

Me azotó la diablesa con su varita, diciéndome en voz muy queda: «Pobre mentecato, sigue, déjate llevar y llénate de paciencia. Este es el reino de la paciencia, de la castidad, de las virtudes calladas, y de la educación para la vida futura. En este reino, como en todos, las almas necesitan un poquito de alegría para dar amenidad a las horas austeras, y esa alegría, soy yo. Cierra el pico y no me busques el genio. Ya me conoces: Soy Graziella, la que te zarandeó de lo lindo y te dio gusto y pena, llevándote siempre de lo malo a lo bueno, y de lo bueno a lo mejor. Por mí conociste a la Maestra de Maestras, a la grande Mariclío, que hizo de ti su auxiliar preferido, su muñequito donoso y sutil».

Oír el nombre de Mariclío y arrebatarme de júbilo y entusiasmo fue todo uno. Empecé a dar voces.. Graziella me fustigó con fuerza, incitándome al silencio. Sus últimas palabras fueron: «Dentro de un buen rato descansaremos para comer otra bizcochada sabrosa, y van tres.. Adelante hasta la bizcochada siguiente. Más paciencia, Titín salado, y después de la quinta comidita verás a la Madre gloriosa y eterna». Dicho esto arreó su toro, y haciéndole brincar como un cabrito, desapareció entre la turbamulta caminante.

Las gratísimas esperanzas que me dio la diablesa desenvuelta y marimacho, devolvieron la tranquilidad a mi espíritu. Pensaba yo que llevando cuenta de las etapas que me indicó Graziella, acortaría el tiempo y la distancia que me separaban del bien anunciado. El valle intra-telúrico estrechó considerablemente cuando pasamos de la tercera bizcochada, y después de la cuarta, descendía en rápido declive, y ondulaba con recodos violentos. Las escarpas eran rocosas, afectando las formas más extrañas que pudiera imaginar un escultor en pleno desvarío. La humedad aumentaba, y en las peñas vi légamos verdosos (p.8666) donde se deslizaban culebras de pintada piel, inofensivas. Luego, al término del largo descenso, el valle ensanchaba gradualmente y la bóveda que lo cubría era más alta, con tendencias a la forma ojival.

La quinta merienda y descanso fue en un lugar anchísimo en el que se podían apreciar vegetaciones más lozanas y espesas. La impaciencia que llenaba mi alma me quitó el sueño. Despierto deliraba. Quiso mi buena suerte o la voluntad de la Diosa que esta y yo reposáramos a corta distancia. Hablamos. Yo le reiteré las expresiones más nobles de mi acatamiento, y ella elogió la calma resignada con que yo la seguía en tan larga, triste y lenta peregrinación. Declaré que en aquel mundo pálido, como en el otro lleno de luz, yo sería siempre su más adicto siervo. Antes de recostarse en el blando césped para dormir, rodeada de sus ninfas camareras, me dijo así: «Con tales disposiciones a la obediencia, usted y yo iremos muy lejos. Pronto, señor don Tito, llegaremos a donde pueda yo decirle buenas noches y buenos días». Desvelado y en éxtasis, no me cansaba de contemplar el cuerpo ideal de la Diosa, tendido de espaldas cerca de mí. Conque mis brazos tuvieran doble tamaño del natural, hubiera podido llegar a tocarla y darle unas palmaditas en semejante parte.

A poco de emprender la nueva jornada, distinguí a lo lejos resplandor de luces. Los toros apresuraron el paso, lo que me indicó que ellos sentían como yo la comezón de la llegada. A medida que nos acercábamos, advertí el enorme ensanche de lo que habíamos dado en llamar valle. Era ya más bien un campo, y la magnitud de la techumbre exigía grandes soportes de roca, distribuidos con más variedad que orden, torcidos unos, derechos otros, esbeltos o jorobados, simulando gigantes cuerpos en violentas posturas. De ellos arrancaban las desiguales bóvedas en que se fraccionaba la gran techumbre pétrea. Era, en resumen, un recinto muy semejante al de una inmensa Catedral hecha a mojicones y puñetazos. Cuando entramos en él, aprecié su magnitud, (p.8667) advirtiendo que todos los toros y el personal de la caravana tenían allí holgada cabida.

Me desmonté, y acudí por entre cuernos duros y blandas formas de mujer al espacio donde veía la profusión de luces, el cual era como estrado con honores de presbiterio. Allí me colé de rondón, esquivando toda ceremonia. Vi divinidades risueñas, vestidas de clámide, calzadas de coturno, y con las sienes ceñidas de laurel. Vi a Mariclío, grande como el Tiempo, hermosa como la Verdad, plácida y grave como el genio de la Historia.. Descendió del presbiterio a las anchas naves, donde los toros se atropellaban frente a ella, y proferían cariñosos mugidos. Con tiernas y sentidas voces les acarició, rascando suavemente sus testuces, manoseando sus afiladas cornamentas, y ellos alargaron sus hocicos húmedos lanzando sobre la Diosa calientes resoplidos.

Acerqueme a la Madre y le oí decir: «Bien venido seas a mí, pueblo viril y manso, sufrido y fiero. Te conozco desde que el viejo Túbal me trajo a la feraz Hesperia. Reposa, solázate en las praderas, y hártate de cuantas golosinas hemos dispuesto para ti: avena en grano, algarroba, chícharos, habas, tan frescas hoy como las que para ti sembraron mis primeros amigos los felices Iberos. Cuando comas y descanses, espárcete por estas encañadas donde encontrarás a tus hembras, las amantes vaquitas, y con ellas puedes refocilarte cuanto quieras..». Partieron y se dispersaron con alegre confusión los hermosos animales, y entonces Mariclío, al volverse, encaró conmigo, y ambos lanzamos una exclamación de júbilo.

«Ven acá, Titín -me dijo levantándome en vilo para besarme. Por la diferencia de estaturas, no hubiera podido hacerlo de otro modo sin inclinarse más de lo que su dignidad permitía. Cortado y confuso, tan sólo supe responderle con frases balbucientes: «Señora y Madre mía.. Soy dichoso.. Siglos me habéis tenido huérfano..

-Has venido, buen Tito, en cuanto te lo mandé. Eres obediente a mi atracción sutil.. A flor de tierra te he visto mil veces; tú a mí no.. Está (p.8668) aquel mundo muy revuelto y no quise dejarme ver. He repartido allí no pocos zapatazos con mi recia sandalia. Mas no me han hecho caso. Una y otra vez quise ponerme al habla con tus grandes hombres; pero ni siquiera supieron oír mis pasos formidables. Tú solo te asustaste de ellos. Creo que los directores poseen inteligencia y buena intención, lo que no basta para que pueda yo darles la inmortalidad en mis anales. Pasarán días, años, lustros, antes que junten y amalgamen estas dos ideas: Paz y República».

Algo se me ocurrió que creí digno de ser dicho; pero de tal modo me conmovía y deslumbraba la majestad de la Madre, que de mi boca no pudo salir más que un suspiro. Avanzando por lo que he llamado presbiterio, entre grupos de sílfides reclinadas, Mariclío prosiguió así: «No hace mucho me anunciaron su visita mis hermanas.. Ya sabes que somos Nueve, y que las Nueve nacimos en un mismo día.. La presencia de mis hermanas ha sido un grande alivio de mis amarguras. Vinieron con la idea de que, desembarazado este pueblo de la balumba de su realeza caduca y estéril, podrían ellas cultivar y extender aquí libremente las nobles artes que cada una preside y enseña. ¡Ay!.. yo les digo que es muy pronto para que las Nueve ejerzamos por acá, en combinada maestría, nuestras funciones. Ya llegará la ocasión. Ello será cuando estos caballeros, todavía un poco inocentes, den el segundo golpe.. más seguro será cuando den el tercero».

 

Ep-44-XVI -

Las ninfas o sílfides, dudosamente revestidas de carne mortal, así como las sacras figuras majestuosas, hallábanse sentadas en el césped formando grupos sin clases ni jerarquías, y se regalaban con manjares de sutil delicadeza y aroma. La charla graciosa esparcía de grupo en grupo un franco y dulce contento. Tuvo la Madre el acierto, que le agradecí mucho, de no presentarme a sus hermanas, ante las cuales el pobre Tito turbado y confuso no habría sabido qué decir. Con Mariclío había adquirido yo cierta confianza, pero las otras me anonadaban con el resplandor de su presencia. Busqué con (p.8669) mis ojos a Floriana, y la vi junto a una que me pareció Polimnia, maestra de la Oratoria y la Pantomima. Poco después creí verla con Urania, soberana de los astrónomos. Y si no estoy equivocado, la vi luego reclinada en el regazo de Euterpe, profesora de Música de toda la Humanidad.

Senteme yo junto a Mariclío, y no lejos de mí estaba Graziella con otras sílfides, cuyos rostros pude yo distinguir y apreciar en el curso del viaje y en las estaciones de reposo. Debo decir que comí de cuanto me dieron, y que sentía regenerada mi sangre y alentado todo mi ser con la ingestión de los divinos manjares. De la general conversación llegaban a mí jirones o ráfagas que pasaban dejando en mi oído frases inteligibles, entre otras que no podía comprender por ser pronunciadas en extraños idiomas. A la derecha de Mariclío vino a sentarse su hermana Calíope, gobernadora del mundo de la Poesía, y de lo que ambas hablaron con viveza y animación no entendí ni jota. Por ciertas inflexiones me pareció que hablaban en griego para mayor claridad..

Ya llevábamos un gran rato engullendo las célicas viandas, cuando del sitio donde estaba Euterpe vino una música de tal suavidad y tan lindamente concertada en giros melodiosos, que al oírla sentíamos como si manos angélicas nos levantasen en vilo y al mismo cielo nos transportaran. Vi a la propia Euterpe tañendo una flauta de oro, cuyo son acompasaba y regía el de otras tañedoras de flautas, caramillos y chirimías, agrupadas a la derecha de la Musa. Al opuesto lado, otras musicantes tocaban liras y laúdes, y con tan exquisito arte se acoplaban las diferentes voces del aire vago y de las cuerdas vibrantes, que resultaba un perfecto trasunto de la armonía de las esferas.

El dulce comistraje, a cuya preparación no era extraño sin duda el amigo Baco, y el más dulce ritmo de la celeste música, nos llevaban suavemente a un estado letal. Luché con el sueño; pero al fin me dormí como un tronco.. Soñé que estaba, no en las Cortes, no en las calles de Madrid, sino en el Olimpo, habitual residencia de (p.8670) los Dioses que fueron y que quizá lo eran todavía. La impresión que recibí fue la que produce un lugar visitado ya en tiempos muy remotos.

El Padre Júpiter pareciome algo aburrido, y se desperezaba en su trono de nubes; la Madre Juno había engordado tanto, que su ponderada hermosura era ya un verdadero mito. El águila de él y el pavo de ella se habían hecho amigos y dormían juntos en el suelo. Minerva, Ceres y demás familia conservaban su gallardía de antaño; sólo el amigo Marte me pareció rebajado algunos puntos en su bizarría, como un general que ha pasado a la reserva.. Soñé que penetraba yo allí con la timidez propia de un intruso mortal, y cuando hacía grave reverencia a los venerables Dioses, vi entrar a Martos en traje olímpico, con lentes y corona de laurel. Habló con Mercurio.. Comprendí que trataban de sustraer un rayo del haz que Júpiter a su lado tenía.

Cuando yo hice por acercarme al Padre de los Dioses para prevenirle contra los rateros, sentí que me tiraban de un pie. No hice caso. Los tirones arreciaron, como si alguien quisiera arrastrarme.. Desperté.. Era que la maldita Graziella, llegándose a mí sigilosa, quería divertirse cortando mi olímpico sueño. «Tito, Tito desatentado y escandaloso -me dijo soltando la risa-, se permite dormir; pero no está permitido roncar en presencia de las Diosas inmortales. ¿Te parece que es decente atronarnos con esos bramidos de gañán? ¡Menudo concierto de trombón nos has dado! Despabílate, tontaina, que aquí estamos cuatro sílfides aburridas con deseos de entrar en conversación y pasar el rato».

Restregándome los ojos me incorporé, y viendo que ya no estaba a mi lado Mariclío, pegué la hebra con las compañeras que pedían palique. Observé que Morfeo imperaba sobre todo el cotarro divino, semi-divino y semi-humano. No tardé en formar ruedo con las amigas, y yo fuí el primero en tomar la palabra. «Ya sé -les dije- por qué estáis tan aburriditas. En toda la caravana que vino del otro mundo, y en todo el señorío mitológico que hemos encontrado en este, no hay más que mujeres. (p.8671) ¡Mujeres, Señor; todas mujeres y ningún hombre!.. pues yo, traído aquí en calidad de ser incorpóreo y contemplativo, apenas me llamo varón».

Rompieron a reír las cuatro, y una de ellas, bonita y graciosa, dijo: «Fastídiate, perdulario; bastante te has divertido allá». Y otra, rubicunda y metida en carnes, intervino así: «¿Pues qué querías, que te dejáramos traer a doña Cabeza, a Candela o a Delfinita la funeraria?». La tercera de aquellas pícaras metió la cucharada en esta forma: «No conoces bien este mundo, que se parece al otro más de lo que tú crees. Penitencia y soledad hallarás aquí; mas esto no es eterno. La Madre es la misma sabiduría, y a las que pedimos cierta libertad nos concede lo que ordena el fuero de Naturaleza».

Resumió las opiniones Graziella con esta peregrina observación: «Entre las que aquí vamos, aluvión de mujeres, las hay de todas castas: santas, semi-santas, místicas de moco y baba, románticas, espiritadas; haylas también tiernas de corazón y místicas al revés o contemplativas en la esfera de lo corporal. A las que formamos esta pandilla, la Madre bondadosa nos convierte en vacas y nos deja ir por esas encañadas».

Saltó una de las otras diciendo con viveza: «Has revelado el arcano, trastrocando la verdad con alguna indecencia. Lo que debe saber Tito es que muchos de los toros que ha visto son hombres.

-Lo he dicho al revés -afirmó Graziella sin dejar de reír-, para que lo entienda mejor».

Estos y otros disparates que oí de aquellas bocas desaprensivas, llenaron mi ánimo de tal confusión que no sabía qué juicio formar de aquel mundo en que había caído. ¿Era un mundo de guasa mitológica con ribetes picarescos, un fermento trasnochado del paganismo, traído a la vida moderna como levadura para poder amasar y cocer el nuevo pan de la civilización? ¿Las Musas que vi eran las verdaderas hermanas de Apolo, o figuras de teatro modeladas artísticamente por hábiles maestras de aquella comunidad andante, donde iban hembras de tan diferentes castas y aptitudes?

De esta desilusión pesimista sólo (p.8672) exceptuaba yo a Floriana y a la excelsa Mariclío, sagrario que guarda y custodia la verdad de los hechos humanos.. A mí se llegó la buena Madre, apartándome de la compañía y coloquio de aquellas a quienes juzgué como dislocadas marionetas, y me llevó consigo rodeando los grupos de durmientes. Llegamos a un punto donde vi la boca de una caverna de medianas anchuras, y me dijo: «Por aquí iréis vosotros a donde yo he dispuesto».

El iréis vosotros lo entendí como si dijera Floriana y tú, y así se lo manifesté. Luego añadió ella: «El camino es corto y menos ingrato que el ya recorrido. Durante la travesía no me veréis. Pero allá nos encontraremos». Esto me alegró lo indecible. La dulzura risueña con que me habló la Madre, me hizo vislumbrar que del mundo de pesadilla pasaríamos a la vida real, y que Floriana sería nuevamente la belleza corpórea que vi por primera vez en la parroquia de San Marcos.

Atento a la brevedad, omito los incidentes que precedieron a nuestra partida. Extinguiéronse las luces, disemináronse las figuras de aspecto divino y de apariencia humana. Las Musas se fueron con la Música a otra parte, a otra parte con la Tragedia y la Comedia, a otra parte con la Épica, la Oratoria y la Danza, a otra parte con la Astronomía y la Poesía Popular. No pude apreciar la dirección que tomó la Madre Historia. Aparecieron de nuevo los toros, no en tanto número como antes. Advertí que entre ellos venían no pocas vacas. Tocome oprimir los lomos de una de estas, por cierto muy ágil y bizarra.

Emprendimos la marcha por un valle menos ancho que los de las primeras etapas, de alta bóveda y suelo mullido y húmedo, en el cual no vi otras alimañas que las saltonas ranas entonando a nuestro paso el nocturno croá croá. La luz era la misma que antes nos alumbrara. Floriana y otra hembra, cuarentona y adusta, que en la última cena hablaba íntimamente primero con Mariclío y después con Calíope y Talía, montaban a mujeriegas un toro arrogantísimo. Detrás fui yo largo trecho, hasta que Floriana, (p.8673) llamándome a su lado con dulce acento, me dijo: «Ya descendemos, amigo Tito, hacia la vida vulgar. Es ley divina que esto acabe siempre en aquello y aquello en esto, pues nunca se verá el fin definitivo de las cosas».

Mientras contestaba yo como Dios me dio a entender a estas palabras sibilíticas, advertí que la ideal doncella no vestía ya la túnica helénica, alba y ceñida, sino un obscuro traje, de color no bien definido por la escasa luz, y de forma semejante a los que usan a flor de tierra las señoras. Con mayor asombro noté que sus lindos pies no calzaban sandalias, sino zapatos y medias. «Veo, señora mía -le dije gozoso-, que nos vamos humanizando. Esto me regocija porque yo soy humano hasta la médula de mis huesos».

Continué desarrollando mi tesis, y cuando yo estaba en lo más entonado de mi oratoria, me cortó la palabra un ruidoso trotar de jinetes o jinetas que detrás venían. Pasando con veloz carrera junto a nosotros, se nos adelantaron con alegre algazara hípica. Eran Graziella y un sinfín de picaronas de su laya, que corrían a tomar la delantera. Con risueña tolerancia, Floriana me dijo: «Adelántese usted, don Tito, y vea de apaciguar a esas locas harto impacientes por llegar al fin. Exhórtelas a la mesura, y amenácelas con mandarlas a la cola si no son juiciosas».

Con mis talones y la varita avivé el paso de mi vaca, y pronto llegué al grupo de las alborotadoras desmandadas. Al recorrer toda la caravana, advertí con júbilo que la invisibilidad había desaparecido casi en absoluto. Ya no había espíritus, ni peri-espíritus, ni formas equívocas. La carne y el hueso, la sangre y la vida, recobraban su imperio. Metido entre la turba de revoltosas, hice otra observación que confirmó mi alegría. Los trajes de ellas eran lindos y vaporosos, sin más que la tela precisa para llegar al término medio entre la ropa y la desnudez. Su alegre vocerío no era la salmodia clásica y desabrida de los himnos báquicos, píthicos o délficos, sino canciones de la vida mundana, con letra y música que yo había oído la mar de veces en los teatros populares.

Graziella nos dio un (p.8674) número de circo, divertidísimo, haciendo mil piruetas sobre los lomos de su cabalgadura, y luego una plancha imponente agarrada a las astas del toro, a quien llamaba Perico. Terminado el ejercicio, hízome montar a su lado, y entonces las otras diablesas se abalanzaron a mí, acometiéndome con pellizcos y tirones de orejas. Una de ellas me dijo: «¿Te acuerdas, pillín, de aquella noche.. cuando te llevamos por las calles hasta la plazuela de las Comendadoras, diciéndote búscala, que te quemas?». Otra saltó con esto: «Yo y esta amiga mía éramos las que te mandábamos los pretendientes de destinos para que te marearan y volvieran loco.

-¡Ah, bribonas! -exclamé-. Y luego ibais de ministerio en ministerio embaucando a los Ministros para que me concedieran todo lo que yo no les había pedido.

-No, tontín; esa función no era nuestra. Sacaba los destinos, con artes muy sutiles que nosotras no entendemos, la Madre Mariclío, que es la que corre con todo lo tocante a la intriga de lo divino en el terreno de lo humano, asistida, según creemos, de una dama cabalística que tiene a su servicio.

-Y esa dama ¿es la que Floriana trae a su lado?

-No, simple -dijo Graziella-. La que viene montada con Floriana en el toro Padre es Doña Gramática.. Tú de todo te asombras. A cada palabra que te decimos pones esa cara que parece la del bobo de Coria.. Déjame que te explique: Para regir el alma de Floriana en las funciones atañederas a la instrucción de los pueblos, hay un Consejo de sabias o sibilas que se llaman Doña Gramática, Doña Geografía, Doña Aritmética, Doña Caligrafía y otras tales.. Las has visto. Van cerca de Floriana.

-Decidme, diablas -exclamé fuera de mí-. ¿Estoy dormido o despierto? Sacadme pronto del dédalo de estos mitos que enloquecerían a la razón misma, si la razón con su luz vivificante no los ahuyentara.

Cuando esto decía, advertí un cambio súbito en la intensidad y color de la claridad que nos iluminaba. Las mujeres, que otro nombre no debo darles, prorrumpieron en clamores de júbilo: «¡Ya llegamos a la luz del sol! ¡Ya (p.8675) tenemos día, ya tendremos noche! ¡Horas, venid; venid, voladores minutos! ¡Dulce Tiempo amigo, compañero y compás de la vida, abrázanos!». En tanto, mi cabeza se despejó súbitamente de visiones, mitos, ensueños, delirios aéreos y telúricos, y de todas las fantasmagorías que se habían metido en ella por obra y arte de la razón de la sinrazón. ¡Realidad, qué hermosa eres!

 

Ep-44-XVII -

Estábamos en un anchuroso espacio, que era también encrucijada de donde partían diferentes caminos subterráneos. Desmontáronse todas las hembras, y las más traviesas despidieron a sus toros con cariñoso vapuleo de las varas, dándoles los familiares nombres de Perico, Gonzalo, Ventura, Zalamero, Manrique, Lázaro, y otros que se me han ido de la memoria. Las que fueron sílfides o silfidonas graves, hicieron lo propio con sus cabalgaduras, aplicándoles motes más apropiados a la condición taurina. Personas, habla, trajes, todo era real, verdadera resurrección de la carne vivificada por el espíritu. Como yo también había dejado de ser silfo vaporoso, halléme en la plenitud de mi agudeza mental, y pude reconocer por su noble madurez y serio continente a Doña Caligrafía y otras señoras académicas, que iban mezcladas con la muchedumbre llevando libros o fajos de papeles.

Pedibus andando, seguimos nuestro camino estimulados por la luz solar, que cada vez era más viva. Todo mi anhelo era encontrar a Floriana para juntarme a ella. Detuve el paso.. Al fin la vi venir acompañada de Doña Gramática, que al salir del estado silfidino era una matrona un tanto maciza, con aire de institutriz o profesora de casa grande. La que habíamos llamado Diosa vestía con elegante sencillez, cubriéndose con un abrigo ligero, holgado y muy airoso. Al verla, sentí en mi cerebro una reversión fugaz hacia los desvaríos mitológicos, representándomela como una Musa de origen olímpico ataviada al uso moderno. Alegrose de verme, requirió mi compañía, y hablamos con la naturalidad y llaneza de amigos bien probados. Empezó ella (p.8676) recordándome mi entrada en la escuela de la calle de Rodas, y yo, desenrollando la cinta de mis recuerdos, le dije: «Si mil años viviera, Floriana, no olvidaría la primera vez que vi a usted cara a cara, al salir de las misas por el alma del santo don Hilario..

-Sí, sí; fue una mañana triste. Yo iba de luto riguroso.

-En mi espíritu la había visto a usted mil veces, no enlutada, sino revestida de una blancura celestial.

-¡Por Dios, no se ponga usted tonto! -dijo ella sonriente-. Olvide ahora que a su espíritu me llevaron las mentiras de aquella mujerona que sirvió a mi padre con ideas de lucro.

-Cierto; a mi espíritu vino usted por caminos de mentira; pero ¿qué importa eso? La Naturaleza, Dios si usted quiere, nos trae a veces la luz por caminos obscuros».

La disminución lenta de la claridad solar nos anunciaba la noche. Llegó un instante en que hubimos de retrasar la marcha para evitar tropezones. Las muchachas delanteras cantaban alegremente para dar ánimos a la femenil muchedumbre caminante, y hacerle menos pesado el fatigoso andar en medio de tinieblas. Cuando estas llegaron a su completa densidad, ofrecí mi brazo a Floriana, que sin reparo lo aceptó. «Vaya usted tranquila -le dije-. Yo cuido de tantear el suelo para evitar malos pasos». En el mismo instante, Doña Gramática, pasando por detrás de mí, se me colgó del brazo izquierdo, excusándose con estas delicadas expresiones: «Perdone usted, don Tito. Con la obscuridad, no tiene usted más remedio que sostenerme a mí por esta otra banda. Peso un poquito; pero estimo que su amabilidad y galantería superan a mi pesadumbre, y por ello, agarradita a su fuerte brazo, me creo bien segura.

-Bien segura va usted -le respondí-. Mi vigor muscular corre parejas con la cortesía que debo guardar a las damas.

-Ya lo veo, ya lo sé -dijo Doña Gramática con melindre-. Aunque no de gran estatura, es usted un hombre de poder, y no le arredra el peso de dos señoras.. ni aunque fueran cuatro. Además, es usted muy amable. Sinceridad por delante, no vacilo en decir que por dondequiera que va el (p.8677) señor don Tito sabe captarse, por su talento y discreción, las simpatías de todo el mundo».

Después de darle las gracias volví la cara, y noté que Floriana se llevaba una mano a la boca para sofocar la risa. «Apañado quedaré -pensaba yo-, si al término de tan endemoniado viaje, Floriana no me quiere y esta vieja pedante me hace el amor».

Pasado un ratito, Floriana se dignó comentar graciosamente las antedichas alabanzas de mi persona: «Posee usted el arte dificilísimo, señor don Tito, de poner a su modestia un granito de sal, la sal de la jactancia. Eso me gusta. Yo creo que las personas que tienen un mérito no deben rebajarlo con afectaciones de humildad. Usted no tiene un solo mérito, sino muchos, y el más digno de admiración para mí es su bondad sin límites, el interés que pone en servir, amparar y proteger a los desfavorecidos por la fortuna que solicitan un empleo, un medio de vivir, un adelantamiento en esta o la otra carrera..

-¡Ah, señorita! -exclamé yo con efusión, dándole el tratamiento que imponía la realidad visible y palpable-. Es que en mi ser domina el corazón, el amor a la humanidad, el desvivirme por el bien ajeno antes que por el propio. Confúndese en mi alma con este sentimiento otro de la misma calidad y estirpe, y es mi adoración de la belleza. Soy un bienhechor y un enamorado. ¿Halla usted, Floriana, en estas dos cualidades alguna diferencia?

-Alguna tal vez habrá; mas yo no la veo. Pienso que el bueno no puede ser totalmente bueno si no ama. Si los enamorados no entraran en el cielo, el cielo estaría vacío».

Estas hermosas palabras me subyugaron, me embelesaron.. Desbordeme en clamores de admiración ardiente, que fueron cortados por un gruñido que sonó de la otra parte. Pesando excesivamente sobre mi brazo, Doña Gramática dijo con agria voz: «Por la Virgen, Tito, vaya usted con más tiento.. ¡Ay! por poco me caigo en un hoyo. Parece que nos lleva usted por donde hay más pedruscos». Di mis excusas con brevedad, y atendí a la voz de Floriana que me decía: «Refrénese, don Tito, y (p.8678) guarde sus hipérboles para mejor ocasión, que no ha de faltarle seguramente, pues yo sé que ha sido usted muy afortunado en amores.

-¡Ah, no, Floriana!.. Afortunado no fuí.. He sido buscador infatigable del bien que soñaba. Mi ambición, que es mucha, no se contentaba con menos que con el sol de la belleza. Busca buscando, encontré varias estrellas, y, como dijo Calderón, entretúveme con ellas -hasta que el sol mismo vi».

Mientras Floriana me reía la frase, obsequiome Doña Gramática con este otro gruñido: «¡Jesús, que he metido el pie en un charco!.. Haga el favor, don Tito, de poner alguna atención por esta parte.

-Muy alto pica el amigo -dijo Floriana entre risas-. No le censuro por eso, que la ambición es la cualidad que hace grandes a los hombres. Para los ambiciosos es el sol, no para los tímidos y apocados».

¡Oh felicidad! Ya no podía dudar que la ideal criatura me daba permiso delicadamente para manifestarle mi pasión. Igualándola en delicadeza, no dije palabra; tan sólo apreté ligeramente mi brazo contra mi costado derecho, creyendo que así me apropiaba el calor de su mano. La iniciación del idilio por una parte, y por otra la displicencia de Doña Gramática, eran la prueba palmaria y definitiva de que estábamos en plena Humanidad.

De súbito, vino de la plebe delantera un clamor estruendoso, como el ¡Tierra! de los navegantes, como el ¡Ujijí! con que anunciaban su paso los primitivos montañeses. «Han visto ya la boca de salida -me dijo Floriana. Miré hacia adelante. Vi tan sólo un punto de claridad. Aumentó el vocerío.. Siguieron canciones, coplas, palmoteo.. Un rato más, y el punto de claridad era ya un semicírculo luminoso, azul; era el cielo, la noche. Apresuramos el paso apretujándonos para llegar pronto a la salida. Doña Gramática, con refunfuños de impaciencia, tiraba de mí. Tuve que soltarla para no cuidarme más que de la comodidad de Floriana..

El medio punto llegó a ser tan grande como el arco de una catedral. Cerca ya de la boca, vi la muchedumbre de estrellas que tachonaban la inmensidad azul. Al (p.8679) pronto no pude hacerme cargo de la parte de cielo que teníamos delante; pero observando mejor, comprendí que mirábamos al Oriente. Floriana fue la primera en reconocer las espléndidas constelaciones zodiacales de Taurus y Géminis.

Fuera de la boca de la caverna, extendimos nuestra vista sobre la inmensidad estrellada. Ya en terreno abierto y llano, la femenil muchedumbre se diseminó y no parecía tan grande. Acompañada de Doña Aritmética se me acercó Doña Gramática, y con retintín profesional me dijo: «Señor don Tito, usted que sabe tanto, ¿podrá determinar, por la altura de los astros sobre el horizonte, la hora que es?». Mis conocimientos astronómicos eran nulos; pero no quise dar mi brazo a torcer, y respondí sin vacilar: «Son las once y media».

De pronto, vi una inmensa superficie de agua quieta y bruñida, sobre la cual se destacaban las recortadas siluetas de dos o tres islas habitadas tal vez por ninfas oceánicas. «Este lago es lo que llamamos el Mar Menor -dijo una señora delgaducha que me pareció Doña Caligrafía-. ¿Ve usted aquella luz?.. No la confunda con una estrella. Es la farola de Cabo Palos. Aquí, por la derecha, tenemos a Balsicas, que es camino para Cartagena».

Cuando creí que se habían acabado los prodigios, tuve una sorpresa que me dejó estupefacto. Una mujer desconocida me entregó mi maleta y desapareció corriendo. No dije una palabra. Las alborotadoras delanteras seguían cantando a mucha distancia de nosotros. A los diez minutos de marcha nos aproximamos a un caserío que debía de ser Balsicas. Nuevo asombro mío. Aparecieron dos señores bien vestidos que saludaron cortésmente a Floriana y a las matronas que iban con ella. La Diosa se desprendió de mi brazo. Seguíla yo a corta distancia, y pronto llegamos a donde vi no sé si tres o cuatro tartanas. Nada me sorprendía ya, ni aun el ver que unas mujeres y dos o tres chiquillos colocaran en aquellos vehículos las maletas de Floriana y de sus compañeras. Y yo ¿qué hacía, a dónde iba?

De esta confusión, que (p.8680) llegó a ser ansiedad, me sacó uno de los corteses caballeros, el cual se llegó a mí para decirme: «Usted puede venir en esta tartana. Uno de nosotros le acompañará, y le llevaremos a una buena fonda. En mala ocasión vienen ustedes. Cartagena está revuelta. El Cantón nos trae locos». Con movimiento simultáneo, Floriana y yo nos aproximamos uno a otro para despedirnos. No tuve tiempo de decirle las mil finezas que brotaron de mi mente. Con prontitud y afecto, estrechándome la mano, la divina mujer me dijo: «Adiós, Tito, hasta mañana. ¡Ay qué dolor! Hemos venido a un volcán. Adiós, adiós».

Ocupamos las tartanas. A mí me tocó ir en compañía de Doña Gramática, Doña Aritmética y dos señores. Muchas de las que fueron sílfides y ya eran hembras de diferentes cataduras, se quedaron en el pueblo esperando que vinieran más vehículos. Cuando las tartanas echaron a andar una tras otra, pasamos junto a la pandilla de las alborotadoras, que animosas se lanzaban a seguir a pie hasta Cartagena, amenizando el viaje con la regocijada algarabía de sus cánticos y vivo parloteo. Entre ellas vi algunos mocetones a los que llamaban Perico, Zalamero, Ventura, Lázaro, Manrique, Gonzalo y demás..

El trayecto desde Balsicas a Cartagena fue para mí muy triste. Desconocía la comarca, y no podía prever las derivaciones vitales que me traería mi Destino en la ciudad facciosa. Por lo que hablaban mis compañeros de coche, comprendí que no eran afectos al Cantón. Uno de ellos me pareció funcionario Centralista, destituido por las autoridades del Estado Cartagenero; el otro se reveló como comerciante, dolido de la paralización de los negocios. Doña Gramática, en quien el lector ha podido apreciar, por lo antes relatado, una fuerte propensión a la verbosidad entonada, pidió a los señores informes precisos de la sublevación cantonalista, y ambos contestaron entre risas y lamentaciones varios conceptos que pueden resumirse así:

«¡Ah, señora! Aquí tenemos una pequeña nación con todos los requilorios de una nación vieja y grande.. Tenemos (p.8681) Comité de Salud Pública, Generalísimo de los Ejércitos de mar y tierra, Tesorería.. sin un cuarto; y para que nada falte, piensan acuñar moneda..». Acogía Doña Aritmética estas noticias con aspavientos de asombro, y Doña Gramática las comentó con gravedad, deplorando los conflictos que podrían sobrevenir. Luego, señalándome en la forma habitual de las presentaciones, lanzó una caprichosa insinuación que no me hizo maldita gracia: «Pues para contarle a España y al mundo las atrocidades que aquí pasan, y las que seguirán si Dios no lo remedia, ha venido expresamente de Madrid con nosotras este ilustre historiador, don Tito Liviano, que pondrá todas las cosas en su punto, y a cada uno de estos malandrines dará su merecido».

Ligeramente sonrojado me incliné. Algo quise decir; pero la matrona me cortó la palabra, prosiguiendo así: «No disfrace su mérito con antifaz de modestia, señor don Tito. Madrid entero reconoce a usted como el erudito más concienzudo que cuenta en su seno la Academia de la Historia.. Y sepan estos señores que esa misma Academia de la Historia es la que acá le manda para que relate y aprecie, día por día y hora por hora, los acaecimientos del dislocado Cantón.

-Pues tenga cuidado -indicó uno de los caballeros- con que se le escape algo que no sea del gusto de esta gente. No le arriendo la ganancia si no compone sus Historias al son de lo que quieran el Cárceles, el Contreras y el Antoñete Gálvez».

Sin dejarme meter baza, Doña Gramática siguió despotricando de esta manera: «¡Ah, no saben ustedes lo que es este don Tito con la pluma en la mano! Posee el secreto de la imparcialidad, sin agraviar a nadie. Crean ustedes que hará una obra maestra, añadiendo una página a la Historia de esta ilustre Ciudad, que los antiguos, como ustedes saben, llamaron Cartago Espartaria, por el achaque del esparto que producía este terruño. Sabrán también que fue Asdrúbal el que la hizo capital de su Gobierno en la Península, cambiando el nombre que antes dije por el de Cartago Nova».

Asintieron con cabezadas los buenos señores; pero bien (p.8682) se les conocía que no sabían jota de tales antiguallas.. Picando en diferentes temas que se relacionaban con la trapatiesta cantonal, llegamos a la población al romper el día, traspasando la muralla por una puerta en que vi guardia de Milicianos. Momentos después pararon las tartanas en una plazuela, donde descendieron todas las mujeres, incluso Doña Gramática y Doña Aritmética. Uno de los caballeros bajó también, y con el otro seguí en el coche hasta llegar a mi albergue, que según supe después se llamaba Fonda Francesa.

Mi acompañante, cortés y obsequioso, no se separó de mí hasta dejarme instalado en la habitación, y reiterándome que anduviera con pulso en mis Historias, ofreciose como amigo, guía y consejero en la turbulenta ciudad. En pleno día me acosté, movido de un hondo cansancio; mas no pude conciliar el sueño por la nerviosa excitación que llenaba de espinas las sábanas hospederiles. En mi mente volteaba esta fatídica interrogación: ¿Era verdad o mentira, realidad o sueño, mi largo transcurso por las entrañas de la tierra?

 

Ep-44-XVIII -

Por Júpiter, por Cristo, si así os parece mejor, juro ante mi conciencia que no logré descifrar el tremendo enigma. Fatigado de ahondar en él, me sosegué recordando el título de una comedia de Calderón: En este mundo, todo es verdad y todo es mentira. Para mayor consuelo mío, amplié la sentencia diciendo, en este mundo y en el otro.

Ni dormido ni despierto, pensé que entraría con pie derecho en Cartago Espartaria si Mariclío me agraciaba con su divina presencia, guiándome con sus consejos y mandatos en aquel laberinto de pasiones ardientes.. A Floriana, seguramente la encontraría. ¿Dónde, cuándo? El Destino, a quien sobre esto interrogaba, respondíame con rostro más risueño que ceñudo, que esperase tranquilo el correr de los primeros días.. Gocé al fin de un sueño apacible, y al caer de la tarde, me puse en planta, me vestí y arreglé para bajar al comedor. En este había bastante gente, todos hombres, ni una señora por casualidad. Tomé sitio en la cola de la (p.8683) mesa redonda, y comí de todos los platos que me fueron pasando. La conversación de los comensales, era exclusivamente política y cantonal, con rudas vehemencias, y ultrajes al odioso Centralismo.

Como entré a comer de los últimos, quedeme casi solo a la hora de los postres y el café, y entonces se me ocurrió tirarle de la lengua al mozo, que era un chico afable, decidor y ávido de contar más de lo que sabía: «¿Vio usted aquel jovencito, casi sin pelo de barba, con uniforme de coronel de Milicianos, que comía junto a la cabecera? Pues ese es Cárceles..

-¡Cárceles..! -exclamé revolviendo en mis recuerdos-. Ya decía yo que aquella cara no me era desconocida. Ahora caigo.. En el Club de la calle de la Hiedra oí sus discursos algunas noches. Habla muy bien; es chico listo, fogoso, de ideas exaltadas. Me parece que estudia Medicina.

-Sí señor; estudia para médico y enseña federalismo. No hay otro más templado ni que sepa como él jugarse la vida por la revolución. Es hijo de Cartagena y aquí le idolatra la ciudadanía trabajadora, y, como quien dice, hambrienta de pan y libertad. Suyo es todo el popularismo campante que llamamos Milicias Voluntarias y Movilizados; suya toda la gente operaria del Arsenal, y los que labran con su sudor el mecanismo de la Maestranza, y viceversa los de la Armada: cabos de cañón, artilleros, contramaestres, y el total de marinería de guerra, mercante y de pesca.. No le pueden ver los prefumistas.. ¿sabe usted..?

-Ya, ya; los partidarios del señor Prefumo, diputado por Cartagena. Le conozco.

-A los prefumistas les descompuso Cárceles el juego antes de las elecciones municipales, y luego hizo la revolución en un decir Jesús, la noche del 11 al 12 de este mes de Julio. Lo que vale esa criatura no se dice en seis días.. ¡Y qué pico de oro, qué manera de entusiasmar a las masas y de llevarnos a donde quiere con cuatro palabras y cuatro gestos de lo que ellos llaman el apoteosis del credo federal!».

Oído esto, que me pareció interesante, le pregunté si había venido a buscarme el señor que me trajo a la (p.8684) fonda. Mi simpático camarero respondió que aquel señor, que era don Lorenzo Cantalapiedra, empleado destituido por el Cantón, se habría escapado ya probablemente de Cartagena.

«Es centralista -añadió con mohín despectivo-, y ya sabe usted que el centralismo es lo más malo que hay. A esos tales los odiamos, y cuando queremos ofenderles los llamamos benévolos, que es el voquible más feo que aquí se puede decir a un cristiano. ¿Se asombra usted?

-No, amigo; ya sé: los benévolos son un partido político; el que ha condenado el Cantón y se dispone a combatirlo.

-Pues en Cartagena no le ponga usted ese mote a nadie, como no fuere algún enemigo a quien quiera usted enrabiar. En fin, señor; si usted no me manda otra cosa, voy a comer. Cuando los mozos terminemos nuestra faena, me iré al Club. De seguro hablará Cárceles. ¿Quiere usted oírle y pasar allí un ratito? Yo le acompañaré con mucho gusto, puesto que usted no conoce la población. Es aquí cerca, en la calle de Jara».

Acepté gustoso la invitación del simpático mozo, y para hacer tiempo, salí a dar un paseo. Pero como desconocía las calles, puse freno a mis aficiones ambulatorias, tratando de reconocer los lugares por donde caminaba para poder orientarme a mi regreso. Llegué cerca de un edificio que me pareció el Ayuntamiento, vi el arco de muralla que al puerto conducía. En mi paseo me abstuve de meterme por calles laterales, temeroso de perderme.

Invertida en esta corta exploración una media hora, me volví a la fonda, y al poco rato salí con mi primer amigo cartagenero, el cual, conduciéndome por una calle estrecha y algo empinada, abrió el grifo de su locuacidad prolija con estas informaciones: «Esta calle se llama del Cañón.. Se lo digo para que se vaya enterando.. A mí me tiene usted a sus órdenes siempre que esté franco de servicio en la fonda. Yo me llamo Alonso Criado, para servir a usted, y soy de San Pedro del Pinatar, orilla del Mar Menor. Esta otra calle por donde vamos ahora se llama de los Cuatro Santos.. para que usted vaya conociendo la capital (p.8685) de nuestro Cantón. En vez de seguir palante, nos metemos viceversa calle abajo y entramos en la de Jara, donde está el Club».

No era menester decirme que allí estaba el Club, porque apenas pisé la calle oí el rumor oratorio y el estruendo de los aplausos. El gentío rebasaba de la puerta, y en medio del arroyo había gran número de oyentes. Mi camarero, que llevaba sombrero ancho, chaqueta y pantalón de dril, y un nudoso garrote, trató de abrirse paso invocando su calidad de socio, y miembro de la Diretiva. Yo no me atreví a seguirle por no aguantar estrujones y sofocos. Desde la calle oí la voz de Cárceles, vibrante, cálida, y percibí conceptos de rotundas cadencias tribunicias, que provocaban rugidos de entusiasmo.

Por el hueco que abrió con sus codos de hierro el mozo de la fonda, salió con fatigas, arreando golpes a diestro y siniestro, un joven alto y huesudo en quien al punto reconocí a Fructuoso Manrique, oficial de Telégrafos, amigo mío a quien yo conocía desde los primeros meses del 72. En cuanto salió del atascadero, sofocado y limpiándose el sudor, llegueme a él y celebramos nuestro encuentro con un estrecho abrazo. «¿Tú aquí?.. ¡Qué alegría verte!.. Cuéntame.. ¿Qué es de tu vida?». Era Manrique un chico excelente, suelto de palabra, honradamente fanático en opiniones, y seriamente dispuesto a la guasa y a la travesura. Le traté primero cuando íbamos juntos a negociaciones con la Casa Rostchild (Alamillo street) , con Torquemada y otras Bancas que eran alivio de los necesitados. Fue luego, durante un mes, mi compañero de pupilaje en la calle del Amor de Dios, y últimamente estrechamos nuestras relaciones en Gobernación, cuando él servía en el gabinete telegráfico del Ministerio.

En Mayo del 73 fue destinado a Cartagena, su pueblo natal. Allí tenía familia y sin fin de amigos, entre ellos Cárceles. Con este, con Alberto Araus y otros muchachos furibundos, perteneció a la Juventud Federal de Madrid. No hay que decir que en la fiebre pasional del Cantón halló Fructuoso el ambiente apropiado a su temperamento político. Así lo (p.8686) aprecié y comprendí cuando, llevándole conmigo a la fonda para tomar un piscolabis, me dio a conocer, con la exactitud de un testigo de vista, las primeras páginas de la Historia cantonal. Os doy un fiel extracto de su verbosa relación:

«Todo lo que aquí ves, todo este prodigio de crear un Estado, rudimentario si quieres, pero Estado al fin, se le debe a Manolo Cárceles Sabater. ¡Y luego dicen que los jóvenes..! No esperes nada de los viejos, Tito. Los viejos teorizan, pero no ejecutan. Vino este chico de Madrid comisionado por el Comité de Salud Pública para promover el levantamiento de Cartagena. Ni corto ni perezoso, poniendo toda su alma en la acción y encubriendo cuidadosamente sus propósitos, convocó al pueblo en el Club de donde me has visto salir. A su devoción tenía toda la masa obrera, los cabos de cañón y la marinería de las fragatas Almansa y Vitoria. Los enardeció como él sabía hacerlo, encaminando los entusiasmos hacia el tema de las elecciones municipales convocadas para el día 12. Esto fue un artilugio político, preparación para cosas más gordas.

»Luego celebró otra reunión para protestar del nombramiento de un inspector de policía, hechura de los aborrecidos prefumistas, llamados por mal nombre benévolos. De tal modo soliviantó a las multitudes, que el polizonte se quedó sin destino. A la gente del Arsenal y de la Escuadra les hizo creer que estaba de acuerdo con el Gobierno para hacer la revolución, con lo que logró que a su lado se pusieran hasta los más tímidos. En aquellos días pronunciaba discursos por mañana, tarde y noche, y se movía de un lado para otro, estaba en todas partes.. poseía sin duda el don de ubicuidad.

»Espérate un poco, Tito, que ahora viene lo mejor. Después de conferenciar secretamente con los Movilizados que guarnecían el castillo de Galeras para inducirles a que no se dejaran relevar por fuerzas del Ejército, se entendió con nuestro amigo Alemán, que manda la Compañía más brava de los Voluntarios de la República. Alemán convocó a la Compañía en su (p.8687) propia casa; pero no se reunieron más que sesenta, por falta de tiempo para dar los avisos. De estos sesenta sólo la mitad iban armados con sus fusiles Remington.

»Cárceles les expuso su plan y les dijo que eligieran al que creyesen de más agallas para un paso muy arriesgado. Elegido fue un cartero llamado Sáez. Ya le conocerás.. Es un tío bragado, capaz de jugarse la vida cien veces por la Causa federalista. Sin más preámbulos, Cárceles le dijo: 'Cartero de todos los demonios, tienes que subir al castillo de Galeras con los treinta hombres que llevan fusil. Nada, que subes cueste lo que cueste y caiga el que caiga. Cuando llegues a la cortadura te echarán el alto los centinelas de los Movilizados, preguntándote el santo y seña. Tú contestas a sus preguntas: Cantón y Libertad. Entonces te abrirán el castillo. Tu consigna es reforzar la guarnición, y no permitir de ningún modo que a las doce de la noche os releve la tropa del regimiento de África. En Galeras te sostendrás hasta que Cartagena secunde el movimiento'.

»Tramado el golpe de mano, Cárceles confió su plan a don Pedro Gutiérrez.. Ya conocerás a este señor, Presidente del Comité republicano de Cartagena y admirador fervoroso de Castelar.. El pobre don Pedro se llevó las manos a la cabeza, y dijo a Manolo que aquello era una locura. Mas la locura se realizó con un éxito redondo. A las doce de la noche del 11 de Julio, los soldados de África tuvieron que regresar a la plaza cantando bajito, y Galeras quedó en nuestro poder.

»No esperó Cárceles el día para seguir actuando con su extraordinaria velocidad de acción. A la una de la madrugada se reunieron en un caserón viejo de la calle del Carmen, junto a la puerta de Madrid, muchos jefes de Movilizados y Voluntarios, a los que Cárceles expuso el estado de las cosas. Algunos se asustaron y no quisieron comprometerse a secundar la revolución. Sólo el capitán Martínez y otro jefe de Voluntarios declararon que irían adelante. Covacho y Roca dijeron que antes de comprometerse creían necesario (p.8688) consultar a sus Compañías.

»A las cuatro de la madrugada, los timoratos quisieron dar por terminada la reunión. Pero a ello se opuso Cárceles resueltamente. Salió el valiente Martínez, y a poco volvió con su Compañía. Con diecisiete hombres de esta, se fue Cárceles al Ayuntamiento, tomando posesión del edificio. Como no tenía cornetas ni tambores, mandó a dos parejas de Voluntarios con orden de recorrer las iglesias para que las campanas de estas inmediatamente tocaran a rebato. Amaneció.. El sol que nos alumbró el día 12 era ya un sol cantonal.

»A las cinco de la mañana, el que bien puedo llamar dictador de un día, puso centinelas en la Plaza de las Monjas y nombró la primera Junta Revolucionaria, figurando él como presidente, y como vocales el viejo republicano D. Pedro Gutiérrez, los capitanes de Voluntarios Pedro Alemán y Juan Covacho, y otros que no nombraré porque, como verás, duraron poco. Acto continuo, se presentó a Cárceles un cabo de cañón de la Almansa, diciéndole que hasta que la plaza no se sublevara de una manera pública, la escuadra no podía secundar el movimiento, y urgía resolver esto porque los barcos tenían orden de zarpar dentro de pocas horas. Sin demora, el dictador mandó a Galeras un emisario para que izaran bandera roja, saludándola con un cañonazo.

»Al poco rato presentáronse en la Plaza de las Monjas las Compañías de Voluntarios que mandaban Covacho y Roca, con ciento cincuenta hombres bien armados cada una. Guarnecido ya el Ayuntamiento, Cárceles fue a Telégrafos para incautarse de las líneas, cortando la comunicación con Madrid. Mandó retirarse a los Carabineros que prestaban servicio en las puertas de la muralla, sustituyéndolos con Voluntarios, y estando en esto, lleváronle la noticia de que la Junta recién nombrada por él, vacilante y medrosica, trataba de ahogar la revolución en su nacimiento. Corrió Cárceles a la Casa Consistorial y, acompañado de unos Voluntarios muy decididos (entre ellos iba yo) , se acercó a la puerta del salón de sesiones en el (p.8689) momento en que peroraba un señor Fernández, escribano, capitán de Movilizados y amigo de Prefumo. Dimos un empujón a la puerta y nos plantamos en medio del salón. Cárceles no dijo más que esto: 'Despejen.. ¡a escape, a escape!.. El que no quiera salir por la puerta saldrá por el balcón'. Desbandáronse los reunidos.

»En aquel momento, la bandera roja y el cañón de Galeras proclamaron el régimen nuevo. A eso de las diez de la mañana, se reunieron en la plaza más núcleos de Voluntarios y Movilizados. Yo volé al Arsenal, y al poco rato traje la noticia de la sublevación de la marinería y de los obreros de la Maestranza. Al mediodía se nombró nueva Junta Revolucionaria, eliminando a los de la cepa prefumista y benévola, y sustituyéndolos con federales ardientes. En esta Junta se dio la presidencia a don Pedro Gutiérrez, nombrando a Cárceles Comandante General de las fuerzas populares..

»Para comprender bien nuestra emoción (y en plural lo digo porque en todos aquellos lances me encontré) ; para que te hagas cargo de las alternativas de susto y ardimiento, de coraje, desmayo y suprema exaltación, considera los graves sucesos que con precipitada furia se desarrollaron en el término de un día. Tú, Tito, que has visto muchas y grandes cosas y de ellas escribes, reconocerás que España no ha visto un trozo de Historia condensada como este nacimiento de nuestro Cantón..

»Y para que las ansias y triunfos de aquel inolvidable día 12 remataran de un modo espléndido, a las cuatro de la tarde tuvimos la entrada de Antonio Gálvez en Cartagena. No puedes tener idea del entusiasmo loco con que le recibimos. Su fama de valentía, sus proezas como rebelde indomable, su carácter rudo, entero, su misma figura de luchador salvaje, hacían de él un hombre de leyenda, o una leyenda humanizada. Del tren le sacamos en vilo, algunos amigos le metieron en una carretela, y al llegar a la calle Mayor tuvo que descender, porque los caballos no podían romper por entre la multitud.. Parte a pie, entre abrazos y empujones, parte en hombros, (p.8690) llegó al Ayuntamiento, desde cuya balconada saludó al pueblo y al Cantón de Cartagena, con frases de noble y bárbara elocuencia».

 

Ep-44-XIX -

Así terminó Fructuoso Manrique su fragmento de Historia condensada. Yo no me cansé de oírle; él se fatigó de hablar, pues no he referido más que una síntesis de lo que me dio su fluidez discursiva. Amplificaba sin freno, y sus continuas digresiones le llevaban fuera del asunto, perdiéndose en lentas curvas hasta volver jadeante a la línea recta.. Al despedirnos, con mutua promesa de vernos a menudo, me indicó los lugares donde podría encontrarle, el Telégrafo, el retén de la guardia del Ayuntamiento, la casa de Manuel Cárceles, plaza de la Merced, la redacción de El Catón Murciano, y otras señas y direcciones que no se grabaron bien en mi memoria.

Mi atrasado sueño me dio aquella noche un descanso tranquilo, y al día siguiente, después de almorzar, me lancé a la calle dispuesto a recorrer la población y a enterarme de todos los aspectos públicos de la vida cantonal. Deambulando a la ventura, no pensaba más que en encontrar algún rastro de Floriana, alguna señal o indicio por donde pudiera descubrir la morada de la Diosa que me había traído por las entrañas de la tierra o por la superficie de esta, pues ya me atormentaban dudas acerca de mi verdadero camino desde Madrid a Cartagena. Mi aburrida expectación me llevó a la ciudad alta, con accidentes de Alcazaba moruna y vestigios de Catedral añosa, no sé si visigoda o románica; llevome después al grandioso Arsenal, donde vi la marinería dueña de los barcos y de los almacenes y talleres: toda la oficialidad y jefes de la Armada estaban en forzadas vacaciones.

Rendido de cansancio me volví a mi fonda, a la caída de la tarde, y apenas entré me dijo un camarero que una señora había estado a preguntar por mí tres veces y que, dolida de no encontrarme, prometió volver a la mañana siguiente. Por las señas que me dio el mozo comprendí que mi visitante no podía ser otra que la insigne Doña Gramática. La esperanza de ver (p.8691) pronto a Floriana me llenó de júbilo.. Mi amigo Alonso Criado me dio nuevos pormenores de la visitante, repitiendo estas palabras de ella: «El caballero don Tito ha venido a Cartagena a escribir la Historia de lo que aquí está pasando». Subí a mi cuarto para quitarme el polvo del largo paseo. Di un corto descanso a mis huesos, y al bajar al comedor y sentarme a la mesa, mi fiel camarero me preguntó si me agradaba la población, si había visitado el Arsenal, si había visto a Gálvez..

«Estuve en el Arsenal, mas no he visto a Gálvez. Me han contado el recibimiento loco que le hicieron ustedes el día doce.

-Cosa no vista. Pues digo.. el recibimiento que hicimos al General Contreras, un día después, también fue bien sonado de palmas, vitoreos y ¡aquí está el hombre! Para mí que este Contreras es la primera espada de España y el primer ojo militar que tenemos».

Respondile apoyando estos encomios, y en el tercer plato me dijo: «Pues ahora estamos esperando a Roque Barcia, que como sabio da quince y raya a todos los tíos de las Academias y Ateneos de Madrid. En fin; que vamos a tener en Cartagena la flor y nata del valor, de la hombría de bien, del militarísimo y de la ilustración tocante al teje maneje del Gobierno y demás. Yo he leído esas Biblias que escribe don Roque, y crea usted que con aquel frasco tan pulido me quedo tonto y me subo al quinto cielo».

Cuando me servía los postres y el café, puso la voz en el tonillo bajo de íntima confidencia para decirme:

«Si el caballero don Tito quiere poner en el punto verídico la Historia que piensa escribir, no se olvide de este caso que al por menor le cuento. En la noche del trece vino a Cartagena de ocultis un señor Anrich que era Ministro de Marina en el Gobierno de Don Pi. Traía la incumbencia de restablecer la disciplina en la escuadra. Un cabo de cañón le hizo un disparo que por desgracia falló.. El hombre tuvo que salir de naja, pero no con las manos vacías, pues arrambló con veinticinco mil duros que estaban dispuestos para pagar un mes vencido a la Maestranza. (p.8692) Ponga usted también en su Historia que se llevó de rositas dos mil reales para sus gastos de viaje. Que no se le olvide esta gatada, y que esté bien clarita. Así verá el mundo lo que son estos caballeros del Centralismo nefando y virulento.

-Y ¿es verdad que el Gobernador de Murcia, ese Altadill, vino a Cartagena el día trece?

-Sí señor; pero no se metió en nada. Nuestro Cantón se ha hecho de por sí, y todos los populares, cada cual según su capa social, arrimó el hombro con desinterés, señor don Tito, sin recibir un chavo de nadie. Para que vea usted lo que es aquí la masa federal, armada o sin armar, le diré que la Junta Revolucionaria decretó el día 12 que se acuñara una medalla memorativa para colgarla en el pecho de los que defendieron el Cantón con las armas en la mano. La tal medalla daba derecho a una pensión vital de treinta reales al mes. Nadie aceptó el sustipendio. En cambio, los Voluntarios de la República pidieron que en la condecoración campeara la palabra Heroica.. Tome usted apuntación de este otro sucedido. El día quince llegó a la estación de la Palma el Regimiento de Infantería de Iberia, para batirnos a los cantonales. Llegó, vio y ¿qué hizo? Pues pronunciarse lindamente. Los soldados, que eran todos de la masa federal, despidieron a sus jefes y entraron en Cartagena dando vivas al Cantón.

-Pues todo eso, amigo Criado, lo pondré de pe a pa. Ya he sabido que la tropa de la guarnición de Cartagena imitó el ejemplo de los de Iberia.

-Lo que yo voy viendo es que el mundo entero es federativo. Acabarán por acantonarse las estrellas y esos que llaman planetas, para que rabie el sol».

Con esto nos despedimos. Me acosté, y aunque dormí algunas horas, la noche se me hizo interminable, como si faltaran siglos para la visita de Doña Gramática. Hallábame ya vestido y compuesto, a punto de las nueve, cuando entró en mi aposento la ilustre dueña. Era una mujer de mediana edad y de vulgar estampa, de rostro severo que a ratos volvíase almibarado. Vestía con aseada modestia; su cuello era carnoso, sus manos (p.8693) bonitas, su voz timbrada con el acento profesional, un tanto campanudo. Lo primero que me dijo fue su nombre, que yo desconocía. Llamábanla comúnmente Juanita Cid, y poseía cuantos títulos acreditan competencia en las funciones del magisterio con faldas.

Reíme de mí mismo al recordar que había visto en aquella pobre mujer una figura semi-olímpica, que se codeaba con las hermanas de Apolo y le quitaba motas a la Musa de la Historia. ¡Lo que va del ensueño a la realidad! Sentose la dueña frente a mí, y plegando su boca y dando cierta movilidad graciosa a sus negros ojos para lograr la mayor finura de expresión, entabló el coloquio con su poquito de hipérbaton: «El caballero Tito perdone que en matutinas horas a importunarle venga esta maestra humilde». A tan relamido concepto contesté que verme en presencia de señora por tantos títulos ilustre era mi mayor gusto.

«Gracias, señor.. Del alma brotan mis gratitudes por tan dulce bondad -dijo ella, y luego me soltó esta pieza sintáctica 5, abusando fieramente de los incisos-. Como quiera que Floriana desde la mañana de ayer, y no necesito puntualizar la hora, me encargó comunicar a usted su residencia, no lejana ciertamente, deseando ser visitada por el talentudo historiador e historiógrafo, me apresuré a desempeñar mi cometido, ayer tres veces frustrado, y hoy vengo gozosa a manifestar a usted, con gusto mío y del que me escucha, que vivimos en la plaza de la Merced, número tres, local anchuroso de una Escuela que debió de estar poblada de ángeles, y hoy está desierta porque nos ha trastornado con su convulso movimiento la hidra revolucionaria.

-Ahora mismo voy -exclamé, levantándome de un brinco; pero ella, con gesto y voz que remedaban las actitudes olímpicas, me ordenó la calma, y así prosiguió: «Refrene su impaciencia, señor mío, y óigame. Floriana es una chiquilla, sin que este calificativo amengüe su idoneidad casera. Lo juvenil no quita en ella lo juicioso. En esta hora y en la subsiguiente hállase atareada en el negocio de sus abluciones, y en (p.8694) acicalarse y componerse, cosa natural en tan linda persona. De ello resulta que, conforme a las ordenanzas de la etiqueta urbana, ha de correr un lapso de tiempo hasta que llegue el oportuno instante de recibir visitas. Deme el señor don Tito licencia para decirle que es hombre harto fogoso y vivaracho, de lo cual colijo que rara vez, quizá nunca, ha tenido a su lado personas sentadas y maduras; que el juicio se pega con el roce vital, y los ejemplos de sensatez y mesura son el mejor aprendizaje para los caracteres movedizos y volanderos en demasía».

Érame ya insoportable la cancamurria pedantesca y el traqueteo gramatical de aquella buena señora. Ansioso de llegar a la deseada oportunidad de las visitas, la entretuve como Dios me dio a entender, dándole cuerda y contestando tan sólo con monosílabos a su laberíntico fraseo. Cuando a mi parecer había pasado ya bastante tiempo, le dije: «Vámonos despacito, señora, y si aún fuere temprano nos entretendremos charlando por el camino». Accedió la dueña; le ofrecí mi brazo para bajar la escalera, y me llevó por calles desconocidas, aturdiéndome con su estilo machacante. De todo hablaba: del Cantón, de la enseñanza pública, de los nuevos métodos gramaticales, y en tan variados temas hallaba coyuntura para echarme una flor mal encubierta con frases lisonjeras.

«Aunque mi oficio es enseñar Gramática, dura faena en verdad -me dijo en una de las muchas paradas que hacía-, mis aficiones me han llevado siempre a la Historia, y a esta ciencia sublime consagro mis ocios. Sin autoridad para juzgar a los superiores, no vacilo en ofender su modestia diputándole por el más feliz narrador de los hechos humanos, así los obscuros como los resonantes. Tengo para mí que la Historia que usted nos escriba, si en ello persiste, será de las más discretas, eruditas y ejemplares que habremos de disfrutar, señor don Tito Livio.. No se ría; al trastrocar su apellido heme permitido usar un apócope que también puede ser un vislumbre de metátesis».

Sofocando la risa le reiteraba yo mis gratitudes, y al fin, con (p.8695) la pesada carga de la Gramatical balumba llegué al número tres de la plaza de la Merced. ¡Oh felicidad sin medida y sin nombre! En un magnífico y espacioso local de Escuela recién construida, todo nuevo, todo limpio, ornado de mapas y cuadros gráficos admirables, me recibió Floriana a los pocos instantes de impaciente espera. Gozosa vino hacia mí; nos estrechamos las manos, y sentándonos en un banco escolar, cambiamos las salutaciones de rigor. Vestía traje azul sencillísimo, sin ningún adorno. Su hermosura ideal recobró en mi retina la exquisitez helénica, y recordé la primera frase de Celestina cuando me propuso el pacto de amor: No es mujer; es diosa.

 

Ep-44-XX -

Inició ella la conversación con estos sentidos conceptos: «¡Ya ve usted, amigo Tito, con qué mala sombra he venido a tomar posesión de mi destino! ¿Cómo habíamos de pensar que este dichoso Cantón destruiría radicalmente mis ilusiones y mis planes, haciendo inútil la gestión de usted para darme la dirección de esta Escuela? Ya le enseñaré el edificio y sus dependencias. Verá usted qué grandiosidad. Aquí hay cátedras, gabinetes de Física, museo, jardines, aposentos para el internado.. Todo perdido, todo por lo menos en suspenso hasta sabe Dios cuándo.

-El aplazamiento será corto, no lo dude usted -le dije para consolarla-. Creo que el flamante Estado no abandonará esta Institución.

-¡Ay don Tito, no lo veo yo así! Contaba con que de las trescientas criaturas de ambos sexos que pidieron matrícula, vendrían en tiempo de vacaciones unas sesenta o setenta. Al llegar aquí encontré doce, y ayer no vino ninguna. Considere usted, amigo mío, que este edificio fue costeado por un millonario cartagenero recién venido de América, quien formó una Junta Patronal, sometiendo el plan de enseñanza a la Dirección de Instrucción Pública. Ahora resulta que la Dirección es un órgano centralista: vade retro. Y lo más funesto, lo que me quita toda esperanza, es que los señores de la Junta Patronal y el fundador millonario son benévolos.. Esta palabra es (p.8696) injuriosa en Cartagena. Cada día aprendemos una cosa nueva, y yo aprendo aquí que la benevolencia no es una virtud, sino un delito».

Asegurele yo con gran entereza que su pesimismo era infundado y que no faltaría quien intentase, en bien de la enseñanza, un decoroso arreglo entre prefumistas y cantonales.

«Observe usted -añadió Floriana- que el plan de enseñanza trazado por la Dirección es francamente laico. Yo no enseño Catecismo.

-¡Oh, mejor que mejor! Los cantonales aplaudirán seguramente ese criterio».

Movía la cabeza Floriana en señal de desaliento, y Doña Gramática, sentada en el banco próximo, soltó de su erudita boca las primeras frases de un terrorífico discurso, claveteado de incisos. Afortunadamente, Floriana no la dejó meter baza. En aquel punto entró por la puerta interior otra matrona, en quien reconocí a Doña Aritmética, seca, huesuda y muy aborrascada de entrecejo. Cubría toda su delantera con un grueso mandil. Por esto y por las palabras que cambió con Floriana, comprendí que desempeñaba funciones de cocinera en el vagar de las tareas escolares. Luego, Floriana y Doña Gramática me llevaron adentro para enseñarme toda la casa, que era en realidad una maravilla.

Bajamos a un jardín lindísimo, donde tuve la dicha de ver desaparecer a la insufrible sabia Juanita Cid, mandada por la Directora a un recado callejero. En un banco me senté junto a la que sigo llamando Diosa por estímulo de una idealidad más fuerte que mi razón. Encastillada en su pesimismo, me dijo: «Triste desengaño es este al término de un viaje largo y molesto, en que no nos faltó ninguna contrariedad. Primero, por la precipitación y por el descuido de estas buenas señoras, no traíamos comida, y tuvimos que alimentarnos con bizcochos. Ya lo recordará usted.. Después ocurrió la desgracia de que al salir de la estación, no sé si de Albacete o Chinchilla, hubo de parar el tren porque se precipitó sobre la vía una piara de toros; la máquina arrolló a uno y los demás huyeron desmandados.. ¿Se acuerda usted de lo que nos atormentaron los (p.8697) rugidos de las fieras enjauladas, que iban en un furgón y pertenecían a un polaco que las exhibe por los pueblos?.. Y a todas estas, el tren atrasando horas y horas. Me parece que fue en la estación de Hellín donde invadieron nuestro coche aquellos malditos cómicos, que nos dieron la gran tabarra contándonos el argumento de la función Las Diosas del Olimpo, que iban a dar en Murcia.

-Sí, sí; ya me acuerdo -exclamé yo, sin que mi confusión me permitiera añadir una palabra más.

-Yo no pegué los ojos en todo el viaje -dijo ella-. En un coche de tercera, de cola, iban unas muchachas alegres que no cesaron de cantar y gritar desaforadamente. Luego, en no sé qué estación, se pasaron a los coches delanteros. ¡Qué barullo! ¡Qué escándalo!

-Sí, sí; parecían diablesas.

-Y para acabar de arreglarnos, en Balsicas tuvimos que dejar el tren por descarrilamiento del mixto. ¿Se acuerda usted de que nos entretuvimos un rato contemplando las constelaciones?

-Ya lo creo. Vimos al Toro y a Géminis. Nos metieron en unas tartanuchas, y a las treinta y seis horas de viaje llegamos a Cartagena.

-Yo llegué muerta.

-Y yo también -dije procurando atraer a mi mente las ideas que azoradas escapaban volando hacia la región del ensueño-; muerto de cansancio y afligido de un grave desconcierto cerebral, que todavía persiste, aunque con atenuaciones temporales. Créame, Floriana; viéndola a usted y escuchándola, mi ser se ennoblece y se eleva, tomando las direcciones que usted quiera darle. Con Floriana voy al extremo delirio o a la razón serena.. En la razón estamos ahora. Adelante.

-Si he de hablarle con sinceridad, mi amigo don Tito -contestó ella con gracia un tantico burlona-, no entiendo bien lo que acabo de oírle. Pero pues estamos en plena razón, ya trataremos de.. de eso.. que usted razonablemente me explicará».

En este punto, entró de la calle Doña Caligrafía, cuyas facciones y talle de persona distinguida y bien apañada se me quedaron muy presentes desde que en Balsicas nos dio las primeras referencias de la localidad. Era una señora de (p.8698) buen porte, algo ajada y canosa, natural de Cartagena, y según después supe, maestra insigne en el arte de pendolista. Entregó a Floriana varios paquetes de compras, entre ellos una cajita de cartón que me pareció de dulces o pasteles. En el mismo instante apareció por otro lado Doña Aritmética, y las medias palabras que de boca de las tres oí, hiciéronme comprender que era la hora de la comida. Me levanté para despedirme, y Floriana me dijo: «¿Se va usted porque es hora de comer? No tenemos prisa. Si quiere usted honrarme otro día, le prepararemos algo que sea de su gusto. Venga usted a verme cuando quiera, y fijaremos el día para ese festín. A esta hora me encontrará siempre. Salgo muy poco. Algunas tardes voy de paseo a la calle Real o a San Antón».

Salí aturdido y un tanto desolado. Al atravesar el local de la Escuela para tomar la puerta de la calle, apreté el paso vivamente porque vino a mis oídos, desde los aposentos interiores, la tos clásica y la voz altísona de Doña Gramática. Almorcé sin apetito en la fonda y me lancé a la calle. Errabundo y triste, conforme a mi vieja costumbre, recorrí no sé qué barrios de la ciudad, pues nunca en casos tales precisaba mi descuidado itinerario, y en las inmediaciones del Arsenal me metí por un angosto callejón, donde oí voces risueñas y mi nombre claramente pronunciado.

Por un momento creí escuchar las voces misteriosas, que en noche memorable me guiaron en las calles de Madrid hacia la plazuela de las Comendadoras. Volvime, y en una ventana de piso principal vi tres mujeres bonitas, una de las cuales me llamó con la mano y con estas palabras cariñosas: «Tito, Titín salado, ven acá. ¡Gracias a Dios que te vemos! Sube». Ni corto ni perezoso entré, y por empinada escalera subí al aposento donde estaban las alegres muchachas, cuyas caras no me fueron desconocidas, pues con ellas hice el viaje, a mi parecer subterráneo, desde Madrid a Cartagena. Más que la presencia de las tres sílfides, me sorprendió encontrar entre ellas a mi amigo Fructuoso Manrique, a quien no había visto (p.8699) desde la noche que estuvimos en el Club de la calle de Jara.

Observando rápidamente el local, vi cómoda y muebles muy modestos, máquina de coser con obra empezada, y sofá ruinoso, que parecía hermano del que fue suplicio de visitantes en mi casa de huéspedes de Madrid. Sobre él y unas sillas cercanas había vestidos a medio coser. El ornato de las paredes lo componían láminas con vírgenes o santos al cromo, y litografías de toreros, sin marco ni cristal. El examen de la estancia me llevó a presumir la condición de las mozas. ¿Eran costureras, modistillas o qué demonios eran? En una redonda mesita con hule blanco, colocada en mitad de la pieza, vi servicio de café y copas, traído de fuera. «A tiempo has venido, querido Tito -me dijo Fructuoso-. Siéntate, y tomarás café en esta escogida sociedad».

La sílfide que se me puso al lado para llenarme el vaso de café con leche, me dijo: «Señor don Tito, la última vez que nos vimos fue aquella noche.. en la estación de Murcia.. cuando, al pasarnos del coche de cola al coche de cabecera, le di a usted un pellizco tan fuerte que aún me parece que le estará doliendo. Pues para que me perdone, ahora le diré que mi intención no fue pellizcarle a usted, sino al tío de las fieras, que ya me tenía cargada haciéndome el amor, como si fuese yo pantera o leona. Me equivoqué de nalga, y usted pagó por el polonés.

-Tiene usted razón: todavía me duele -dije yo-. El viaje fue muy malo; pero estas niñas bien se divirtieron».

Picotearon las tres ninfas un buen rato entre sorbos de café, y yo, echando de menos a Graziella en aquel cotarro, pregunté por ella. Las tres a un tiempo respondieron: «Ahorita viene.. La estamos esperando.. Nos asomamos a ver si venía cuando usted pasó..

-Si no tienes que hacer esta tarde -me dijo Manrique-, iremos un rato al Arsenal, donde hay mucho que ver, y además te contaré algunas cosas del Cantón, que te servirán para tus estudios históricos.

-¡Y cuidado con lo que nos escribe el don Tito! -dijo mi vecina, ojinegra, boca grande y salerosa, blanca dentadura-. Nosotras somos cantonalas hasta la pared de (p.8700) enfrente, y como usted hable mal de esto le arrastraremos por las calles». Y otra, pelirroja, boca chiquitita, metida en carnes, afirmó que al mar me tirarían con una piedra al pescuezo si escribía cosas feas del Cantón. La tercera, atizándose una copa de coñac, no hizo más que gritar: «¡Viva la revolución cartagenera y la Virgen de la Caridad!». (p.8701)

Respondiendo al viva entró Graziella sin anunciarse. Traía flores en la cabeza, y en los hombros un pañuelo corto de crespón amarillo de los que llaman de talle. Manrique hizo un hueco para que a mi lado se sentara. Pidió café solo, medio vaso, y apurándolo a sorbos, me dijo: «Ya sé por Doña Caligrafía que has visto hoy a Floriana. ¡Qué linda está!

-No es mujer; es una Diosa. Tiene toda la pinta de don Hilario, que de mozo debió de ser un clérigo guapísimo.

-Y de viejo todavía, todavía.. -indicó la pelinegra de boca grande.

-¡A quién se lo cuentas! -exclamó Graziella-. Don Hilario viejo valía por treinta jóvenes. Era mucho hombre mi santo varón.. y como aquel que dice, la santidad no quita la hombría».

En aquel momento empezó el copeo. Fructuoso sirvió a todas coñac, dando el ejemplo de largueza en la bebida. Aunque nunca tuve familiaridades con el bueno de Baco, se me comunicó la general alegría y empiné más de lo que acostumbro. Graziella, aficionada desde su infancia al néctar espirituoso, se puso pronto entre dos luces, y con rara mezcolanza de risa y llanto, nos contaba sus penas: «¡Ay de mí! No sabéis la tabarra que hoy me ha dado mi Perico.. Quiso pegarme el muy sinvergüenza. Pero yo le di un trastazo, y luego le agarré por las astas y le tiré al suelo. Si él es bravo, yo también.. Nada; se empeñó en que habíamos de ir hoy a Los Molinos para comer con su tía la Berrenda. El que sí; yo que no; en esta brega estuvimos hasta las tantas. Por eso he tardado».

Alegres carcajadas acogieron este desahogo, y la muchachita gordezuela y pelirroja, dijo así: «A mi Lázaro le voy a dar el canuto.. Con sus celeras me tiene frita. Ha dado en la tecla de que Zalamero me hace el amor».

La tercera de las mozuelas, (p.8702) menudita y vivaracha, dijo que su Ventura, hecho un merengue, le pedía casamiento, y que ella le había contestado con un sí dentro de un no. Mi honradez histórica oblígame a decir que, sin excederme en las tomas de coñac, me puse pronto a medios pelos. Alegría loca inundó mi alma. Abracé a Graziella y después a Fructuoso, diciéndole con efusivo lenguaje: «Manrique, amigo del alma, sácame de una duda que me atormenta: esta preciosa ojinegra que tengo a mano izquierda ¿es tu ninfa?

-Sí, Tito de mi corazón -respondió Fructuoso, que había cogido una regular papalina-. Distraído con la charla se me pasó el presentarte a mi amiga Dorita, de la noble estirpe de los Vargas Machuca o Machaca». Como la cáfila de nombres taurinos había despertado en mi caletre las ideas más extrañas, dirigí a Fructuoso esta segunda interrogación: «Dime, Manriquito, ¿recuerdas tú haber sido toro alguna vez?».

La tempestad de algazara y risas que levantó mi pregunta, nos impidió escuchar la respuesta de Fructuoso, que me pareció entre seria y festiva. Acallaron el tumulto dicharachos de Graziella, que disparataba en el tono y estilo más donosos. Blasonando de una templanza tardía, retiró Fructuoso las copas y la botella de coñac. Los ánimos embravecidos por el alcohol se fueron sosegando. Dorita se puso a coser en máquina. Las otras disponían la tarea, canturreando a media voz. Manrique, acometido de un sueño imperioso, se tendió en el sofá. Yo llevé a Graziella junto a la ventana. Había llegado la ocasión de satisfacer las dudas que continuamente me atormentaban.

«¿Tienes tu cabeza bastante serena -le dije- para contestarme a unas preguntitas?

-Y la tuya, Tito, ¿está firme y fresca para que puedas preguntarme cosas con sentido? Porque yo, por mucho que beba, ya lo sabes, nunca pierdo el compás, digamos la brújula de mi entendimiento.

-Con toda mi serenidad y todo mi aplomo, te suplico me digas si la madre de Floriana es una marquesa o condesa que vive en un convento de Madrid.

-Es duquesa, Tito.. (p.8703) Recordarás que yo, cuando me divertía escribiendo cartas en guasa a las señoras de la grandeza, le encajaba el título de Pata del Cid. Hoy está tronada y vive con otras dos viejas de su familia en las Comendadoras, como señora de piso. Hace días intentó catequizar a Floriana para que abandonase el siglo, como ellas dicen, y se metiese en vida monjil aristocrática. Pero Floriana no quiso entrar por ello y tomó la puerta.. ¿Quieres saber más, curiosón novelero? Pues te diré que la duquesa tuvo esta niña de un santo clérigo a quien requirió para que le enseñara la Teología y le explicase el Cantar de los Cantares.. Teología fue, que nació la linda criatura con las facciones hermosas del bendito papá. La duquesa dio a criar la chiquilla a unos pobres campesinos de las tierras que poseía y que luego perdió por su destornillada cabeza.

-Era viuda y guapa, según me han dicho.

-Guapísima y viudísima, sí; pero mala madre, porque no hacía caso de la criatura ni se cuidaba de ella. Cuando vino a menos y empezó el tronicio de su hacienda, dejó de atender a los pobres paletos que criaban a Floriana. Pero a la niña le salió un ángel bueno, le salió una señora con solicitudes y cariño de madre verdadera. Recogida Florianita por la divina dama, esta le dio educación perfecta, instruyéndola en todo el saber del mundo, para que en su día fuese maestra de maestras, o como quien dice..

-No sigas, Graziella -exclamé yo sin poder refrenar un arrebato de entusiasmo y orgullo-. ¡Los Dioses han creado a Floriana para un fin sin fin! Es la educadora de los pueblos».

 

Ep-44-XXI -

Díjome en seguida la diablesa que a su bienhechora daba Floriana el nombre de Madrina, y la quería más que a su madre. Oyéndolo, rompí en este exabrupto: «Y la Madrina es Mariclío, la Madre alta y piadosa que nos enseña el arte de hacer felices a los pueblos. No me lo niegues. Esta es una verdad que yo siento en mi corazón..».

Alzó Graziella los hombros, ademán que en ella solía tener una significación afirmativa. Luego sacó de su faltriquera un cigarrillo, lo encendió y se (p.8704) puso a fumar tan tranquila, sin pronunciar palabra. Yo proseguí: «Pues ahora te digo que Mariclío está en Cartagena. Lo sé. Y como estoy seguro de ello, quiero que me lleves a su lado, que para eso, no para cosas fútiles y livianas, eres consumada hechicera».

Fija la mirada en el suelo, y quitando la ceniza a su cigarrillo, me dijo la diabla que no podía llevarme a donde yo quería, sin obtener permiso y orden expresa de la señora mil veces augusta, que a menudo cambiaba de residencia y sabía ocultarse y aun perderse de vista, cuando pensaba que los nacidos no eran dignos de su presencia. «Es abeja -añadió- que labra su panal a escondidas, y no quiere que la molesten zánganos ni abejorros».

Amparados por el ruido de la máquina y el parloteo vivo de las mozuelas, pudimos Graziella y yo hablar con libertad. Desperezándose con mugido despertó Manrique. El breve sueño ahuyentó de su cabeza los vapores vinosos, y al poco rato nos hablaba de estirar las piernas y sacudir la galbana con un paseíto por el Arsenal. Del mismo parecer fuimos Graziella y yo. Dorita quiso agregarse a la partida; pero teniendo que terminar unos pespuntes, nos dijo que fuéramos por delante, que ella nos alcanzaría antes de media hora. Salimos, pues, y no paramos hasta franquear la puerta del Arsenal. Entramos en la Comandancia, donde algo tenía que hacer Fructuoso, y siguiendo luego por entre los edificios y talleres, llegamos a la dársena. ¡Qué hermosura! ¡Cómo me deleitaba ver aquel inmenso tazón rectangular, en cuyas quietas aguas flotaban inmóviles las naves más poderosas que en aquellos tiempos se conocían!

Advertimos gran movimiento a bordo y en tierra, y continua comunicación de gente afanosa transportando enseres y vituallas, en chinchorros, gabarras y lanchas de vapor. Junto a la machina vi a Gálvez rodeado de gentes de mar y tierra, y esperé que se aclarara el grupo para saludarle, pues de Madrid le conocía. Era de mediana estatura, doblado, fornido, de recios hombros; la cabeza grande y firme, atezado el rostro, la nariz (p.8705) ancha y algo aplastada, los ojos pequeños, vivos y muy a flor de cara, por lo que esta resultaba como un bajo-relieve. Su barba, bien poblada y negra, descendía del rostro hasta la mitad del pecho. Hablando en lo íntimo era dulce y candoroso como un niño; perorando en público sacaba una voz áspera y honda, con la que premiosamente expresaba su pasión fanática y sus indomables arrestos.

Viendo al fin un claro en la multitud, acerqueme a estrechar su mano. Saludome con afecto, y como yo le preguntase si se disponían a salir a la mar, me contestó con cierta jactancia pueril: «Teniendo como tenemos una plaza fuerte de primer orden, con buenos castillos, y una escuadra pistonuda, ¿qué ha de hacer nuestro Cantón más que salir a posesionarse de la costa? ¿Sabe usted lo que vale una costa en un Estado moderno? Pues es la vida, la riqueza y el poder. Si cuando salgamos quiere venir con nosotros, pondremos a prueba sus agallas».

Sin rehusar su invitación, quedamos en que nos veríamos. Le di las gracias por su amabilidad, y me aparté a corta distancia porque noté que Fructuoso quería hablar con él reservadamente. Al seguir ojeando por entre la multitud trabajadora, vi que Graziella se nos había escabullido. «Es que ha visto a Perico bajar de la Vitoria para venir a tierra -me dijo Fructuoso-, y corrió a esperar la llegada del bote. Ya nos la encontraremos». Yo pregunté a mi amigo: «¿Y qué habéis hecho de la oficialidad de la Armada?». La respuesta fue bien sencilla. Algunos se fueron con Anrich; otros quedaron presos, y por fin se les dio a todos pasaporte para que fueran a donde quisiesen.

Hice la misma pregunta referente a las autoridades militares, y Fructuoso me dio estas explicaciones: «El día catorce ordenó Contreras que Cárceles y Gálvez se entrevistaran con el General Guzmán, Gobernador militar de la plaza, para exigirle la entrega de los fuertes Atalaya, San Julián, Despeñaperros, Moros y los de la entrada del puerto. Yo fui con ellos y presencié la escena. Los Voluntarios que nos acompañaban se (p.8706) quedaron en la calle. El General Guzmán nos recibió pálido y descompuesto. Gálvez apoyó su intimación con tan ruda energía, que a los pocos momentos salíamos con una orden firmada para que las fuerzas Centralistas desalojasen los castillos. Desde aquel día quedamos absolutamente dueños de Cartagena. Vamos muy bien. Ahora nos falta que venga Roque Barcia a prestarnos ayuda con su talento macho. Nos falta el hombre que ilumina los entendimientos con su palabra y su filosofía, y aquel estilo sublime con que escribe de Jesucristo y de Dantón, del Papa y de Garibaldi. No ha venido ya, porque el hombre anda mal de bolsillo, y aquí están reuniendo diez mil reales para mandárselos. Es seguro que le tendremos muy pronto acá».

En esto vimos que Graziella, cogiendo del brazo a un hombre que debía de ser Perico, acabado de saltar en tierra, se metió con él a bordo de la Almansa, atracada al muelle. La llamamos y se asomó a la borda. Al mismo tiempo oímos ruido de guitarras y canticios dentro de la fragata. «¿Qué gente va en ese barco? -preguntó Manrique a la moza. -«Para mí -replicó esta riendo- que casi todos los que van aquí son presidiarios». Y Fructuoso siguió preguntando: «¿Perico se embarca también?». Asomó entonces el novio de Graziella, mocetón guapo, todo afeitado, con aspecto de matador de toros, y dijo así: «Yo voy de despensero en la Vitoria, amigo Fructuoso, y llevo mi carabina Berdan por si vienen mal dadas. Hemos entrado aquí para visitar a un primo mío que va de matarife. Todos tenemos que ayudar».

Se nos apareció de improviso Dorita, que venía muy sofocada, y al oír rasgueo de vihuelas a bordo de la Almansa, pidió permiso a Fructuoso para entrar a divertirse un rato. Vacilaba el amigo, y ella insistió con estas razones: «Déjame, tontaina, que baile un poquito. ¡Pobre de mí! Mira que esta noche tenemos que velar. Acabaditos de salir ustedes llegó Zalamero con varias piezas de lanilla colorada. Para mañana tenemos que tener cosidas y dobladilladas veinte banderas rojas del Cantón. Ya (p.8707) que trabajamos por la República, déjanos que nos alegremos con un poco de canto y zarandeo». Comprendiendo Manrique que las almas cantonales se vigorizaban con el meneo de los cuerpos, accedió a que su ojinegra entrase en la fragata.

En tanto, yo entablé con Graziella este vivo diálogo: «No te dejo vivir hasta que me lleves a donde sabes.

-Espérate a mañana, Titín gracioso. Si ello puede ser, te mandaré recado con Doña Gramática.

-¡No, eso no! Mándamelo con un mudo del Infierno o con el propio Satanás.. Hazme el favor de bajar un momento, que quiero hablarte.

-No puedo. Perico no me deja. Es muy celoso.. Y basta de conversación».

Al decir esto retirábase de la borda. Fructuoso me cogió de un brazo, y llevándome adelante me dijo: «No hagas caso de esa loca, que es algo bruja y anda en trato con los espíritus del aire y del fuego. Vivamos en lo positivo y dejemos lo ilusorio. Cuando las potencias invisibles quieran decirnos algo, ya sabrán ellas cómo han de hacerlo».

Platicando de estas sutilezas y tiquismiquis avanzábamos despacio. Pasamos por delante del presidio, ya vacío de su contingente criminoso. Díjome Manrique que los pobres galeotes, sacados de su purgatorio penal, se portaban como buenos chicos, procediendo como federales ardientes y honrados ciudadanos. Desde que los soltaron, la propiedad y las personas no habían sufrido ninguna violencia. Incorporados a las fuerzas defensoras del Cantón, deseaban que llegasen los momentos de peligro para ser los primeros en afrontarlo, como redención de sus pasadas culpas.

Por la Puerta de Mar entramos en la Plaza de las Monjas, y en ella nos disolvimos pacíficamente, quiero decir que nos separamos. Fructuoso se metió en el Ayuntamiento, donde estaba en sesión la Junta de Salud Pública, y yo me fui a la fonda decidido a esperar tranquilamente el mañana.. Y el mañana ¡Dios me valga! se marcó en la Historia con la salida matutina de la fragata de hélice Almansa, llevando a Gálvez, Cárceles y el coronel Pernas con rumbo a una (p.8708) potencia extranjera, Alicante. Arbolaban bandera española.

Por la tarde, sin cuidarme de la ruidosa entrada de los Cazadores de Mendigorría, pronunciados por la causa Cantonal, me fui a San Antón, donde Floriana, según me dijo, solía pasear. La mala sombra de aquel día no me trajo ningún accidente placentero. Desesperado me volví a la fonda, donde me sacudió los nervios y me encendió la imaginación un fenómeno inaudito. Por matar el tiempo abrí mi maleta para ver la ropa limpia que me quedaba.. Imaginad, curiosos lectores, cuál sería mi sorpresa al encontrarme un envoltorio de papel que contenía dinero en oro y plata. Si me holgué con el hallazgo no hay para qué decirlo.

Precisamente me alarmaba ya la merma del escaso metálico que traje de Madrid. ¡Y en esta situación precaria, los Dioses inmortales dejaban caer sobre mí una lluvia metalífera que me aseguraba la existencia por dos o tres meses! En ello vi la sutil taumaturgia de la excelsa Madre, Madrina de la sin par Floriana. ¡Medrados estaríamos los pobres mortales -me dije escondiendo mi tesoro- si lo esperáramos todo de la dura y seca realidad, renegando, como propuso Fructuoso, de los poderes espirituales o suprasensibles!

No necesito deciros, lectorcitos míos, que se me alegró el alma, no sólo por las reverendísimas monedas que entraron en mi bolsillo, sino porque el divino socorro era señal de que Mariclío me ordenaba permanecer en Cartagena; señal también de que me concedería el don de su presencia.

Los mosquitos, el ardor de las sábanas y la nerviosidad retozona ocasionada por mi opulencia mágica, se confabularon aquella noche para no dejarme conciliar el sueño. Me lancé a la calle, y en los alrededores del puerto pasé tumbado no sé cuántas horas, respirando el aire fresco de la mar.. Amanecía cuando volví a la fonda. Dormí hasta las once, y a la hora del almuerzo pude anotar otras páginas de la historia cantonal, que fueron como sigue: Volvió de Alicante la fragata Almansa, sin hacer nada de provecho ni traer fondos. Su único botín fue un (p.8709) vapor pequeño, llamado Vigilante, que apresaron, y a remolque lo trajeron a Cartagena.. Llegueme por la tarde al Arsenal. Vi que estaban armando el Vigilante a toda prisa. Gálvez, que dirigía la faena, me dijo si quería ir con él a Torrevieja. No me determiné.. Otra vez sería.. Presencié su salida, llevando a bordo un puñado de hombres bien bragados. El Vigilante arboló una bandera que las aguas del Mediterráneo no habían visto desde tiempos muy remotos.. Era la bandera de Barbarroja.

 

Ep-44-XXII -

Seguidme y veréis algunas líneas más de la página histórica. El Gobierno de Madrid había lanzado en la Gaceta un decreto, firmado por Salmerón, Presidente del Poder Ejecutivo, y Oreiro, Ministro de Marina, declarando piratas las naves que habían caído en poder del Cantón, y autorizando a las naciones amigas para que las detuvieran y apresaran. A esto contestó la Junta de Salvación Pública de Cartagena con otro decreto declarando a Salmerón y a sus Ministros traidores a la Patria y a la República, y ordenando a todas las autoridades su busca y captura. Gran escándalo y agitación en el Arsenal y en todo el pueblo.

Por la noche embarcaron el General Contreras y el diputado Sauvalle, con fuerzas de Mendigorría, en las fragatas Almansa y Vitoria, y salieron en son de reconocimiento del litoral. Llevaban bandera española. Luego se vio que todo se redujo a un paseo marítimo sin ninguna eficacia.. Seguidme un día más, y veréis que al volver Gálvez de Torrevieja en el Vigilante, trayéndose a bordo la recaudación de las salinas, tuvo un mal encuentro. A la altura de Cabo Palos le salió al paso la fragata alemana Federico Carlos, mandada por el Comodoro Wernell, y con un cañonazo le mandó parar. Funcionó el telégrafo de señales, preguntando qué bandera era la que arbolaba el vapor, y como la respuesta no fuera satisfactoria, Gálvez y su gente fueron conducidos a bordo del barco alemán, y este siguió con rumbo a Escombreras, remolcando al Vigilante.

Excitación tan airada se produjo en Cartagena al (p.8710) conocerse el suceso que, a voz en grito, pedían pueblo y marinería que se declarara la guerra al Imperio Alemán. Contreras convocó a los Cónsules, los cuales declararon que no habían recibido instrucciones de sus Gobiernos para proceder contra los cantonales, y que nada harían en contra de ellos. Sólo el alemán indicó que el apresamiento estaba justificado por la desconocida bandera roja que llevaba el Vigilante. Entre tanto, los fuertes y las fragatas se disponían para cañonear al Federico Carlos. Al fin todo se arregló, poniendo el Comodoro en libertad a Gálvez y su gente, los cuales entraron en Cartagena, en varias lanchas, trayéndose sus armas y el dinero que habían recogido en Torrevieja. Entusiasmo loco y vocerío delirante al recibir a Tonete triunfador de la perfidia extranjera.

Adelante conmigo, lectores pacienzudos, y os presentaré el primer Gobierno Provisional de la Federación Española, que se constituyó en Cartagena el 27 de Julio de 1873: Presidencia y Marina, General Juan Contreras; Guerra, Félix Ferrer, Mariscal de Campo; Gobernación, Alberto Araus; Ultramar, Antonio Gálvez Arce; Fomento, Eduardo Romero Germes; Hacienda, Alfredo Sauvalle; Estado e interino de Justicia, Nicolás Calvo Guayti. Los flamantes Ministros no se asignaron sueldo ni retribución alguna, y establecieron su oficial residencia y las oficinas correspondientes en los salones de la Comandancia del Arsenal.

El mismo día en que se constituyó el Gobierno entró en Cartagena Roque Barcia. La presencia del profeta bíblico en Cartagena dio motivo a estos decretos, fielmente copiados de El Cantón Murciano, Diario Oficial de la Federación Española, que empezó a publicarse el 21 de Julio:

«Habiendo llegado hoy el ciudadano Roque Barcia, diputado y presidente de la Junta de Salvación Pública de Madrid, y no existiendo las razones de prudencia que vedaban la publicación de acuerdos anteriores nombrándole individuo del Directorio Provisional, venimos en confirmarle para dicho cargo. -Cartagena, 27 de Julio de (p.8711) 1873».. siguen las firmas de los Ministros Cantonales.

«Fijada para hoy mi salida al frente de la Escuadra Federal que ha de recorrer las costas españolas del Mediterráneo, y de acuerdo con el Consejo de Ministros, queda encargado de la Presidencia del Gobierno Provisional el ciudadano Roque Barcia. -Cartagena, 28 de Julio de 1873. -Juan Contreras».

«Durante la ausencia del General Contreras, Ministro de Marina, queda encargado de este departamento el ciudadano Félix Ferrer, Ministro de la Guerra. -Cartagena, 28 de Julio de 1873. -Roque Barcia».

Dejo a un lado la Historia oficial para volver a la mía, personalísima y extravagante. En la tarde del 28 hallábame yo en la fonda, cuando recibí un recado de Fructuoso rogándome que fuese inmediatamente a la redacción de El Cantón Murciano, instalada en la Secretaría de la que fue Capitanía General de Marina. Acudí allá y encontré a mi amigo en la puerta, esperándome con febril impaciencia. Tanta era su prisa, que me cogió por un brazo y me llevó hacia el Arsenal, explicándome por el camino el motivo de su llamamiento: «A la redacción han traído una lista de los forasteros que se han enrolado en la tripulación de la Almansa. ¿Quién te ha puesto en esa lista? Yo no he sido. ¿Habrá sido Gálvez? Pronto lo sabremos.. No recuerdo si vas como despensero o como condestable. Mi parecer es que, sea cual fuere la mano que te ha inscrito, no debes quedarte en tierra. Lo que sí haremos es ponerte en un rango más decoroso, por ejemplo, en la Infantería de Marina».

Perplejo y confuso intenté poner reparos a una determinación despótica tan contraria a mi libertad; pero al propio tiempo, un impulso misterioso, magnético, me llevaba cosido al brazo de Manrique, y cuando entrábamos en el Arsenal érame ya imposible desprenderme de él. Abriéndonos paso entre las multitudes llegamos a la machina, donde topé de manos a boca con el símbolo viviente de la picardía y la travesura, con la cifra del donaire gracioso y desvergonzado, la endiablada Graziella. Su (p.8712) cara era toda risas; sus ojos centelleaban. Llegose a mí, y pellizcándome y haciéndome mil carantoñas, me dijo: «A bordo, a bordo. La Señora lo manda».

Miré a mi derecha, y no vi a Fructuoso; miré a mi izquierda, y la figura de Graziella se había desvanecido en el aire vago o en el torbellino de la multitud. Lo que me pasó después, lo que hice, si se entiende por hacer el trasladarse automáticamente de un punto a otro, no puedo fácilmente referirlo. ¿Fui o me llevaron hacia un lanchón lleno de gente, atracado en una de las escalerillas? ¿Bajé yo a la embarcación, o me metieron en ella manos blandas invisibles?.. Desatracamos; los remos hendían a compás la quieta superficie del agua. Pronto llegó el bote a la escala de proa de la fragata. Subí, y al entrar a bordo, dos o tres personas desconocidas me saludaron por mi nombre.

Internándome en los grupos de marineros y soldados de Infantería de Marina, saliome al encuentro un señor vestido de paisano que, después de mirar un largo pliego lleno de nombres, me dijo: «Usted, señor don Tito Livio, aunque viene aquí enrolado como Contador, no es usted contador de cuentas, sino de acontecimientos, o como quien dice, el vigía de la Historia. Puede usted recorrer libremente toda la cubierta de proa desde el puente hasta el cabrestante, y por la noche ocupará uno de los camarotes de maquinistas, que está vacío».

Poco después de estar yo a bordo, subió al puente el General Contreras con sus ayudantes y el diputado Torre Medienta, que yo había visto en el Congreso, en los escaños de la Intransigencia. Me entretuvo agradablemente la operación de levar anclas. Hecho esto, la fragata se deslizó majestuosa por el cristal de las aguas. Creyérase que estaba quieta y que se movían los edificios del Arsenal, las casas de la población, los montes próximos y lejanos.

Al hacer la virada para salir del Arsenal al puerto, atronaban el espacio las aclamaciones, los hurras del inmenso gentío que en tierra contemplaba el lento zarpar de las naves de guerra. Cuando la Almansa traspasó la boca del puerto, dejando a babor el (p.8713) dique de la Curra y a estribor el Empalmador grande, aceleró un poco su marcha, y desde proa oíamos, con leve trepidación, el golpear de la hélice pausado y rítmico. Al salir a Escombreras, los timbres del aparato que comunica el puente con la máquina, indicaban mayor velocidad. Mar afuera y a toda marcha, la fragata oscilaba levemente de costado.

La Vitoria salió tras de nosotros. Próximamente a una milla por el Este, vimos la fragata alemana Federico Carlos. Como al salir habíamos visto a la goleta inglesa Pigeón encendiendo sus calderas, comprendimos que íbamos a tener escolta. Tanto mejor: así presenciarían los extranjeros nuestras hazañas si en efecto las había.. La Almansa puso rumbo creo que al Sudeste, con un resguardo de dos millas de la costa, la cual se iba desvaneciendo tras de nosotros. Nos cogió la noche a la altura de Mazarrón, cuya luz indecisa distinguí en la penumbra crepuscular. El cielo estaba limpio y en todo su esplendor la infinita muchedumbre de estrellas. Me recosté cómodamente junto a un rollo de cables, y largo rato permanecí contemplando la gala del firmamento. Ya me entretenía reconociendo las constelaciones que había visto mil veces, ya esparcía mis ojos por la inmensidad de astros derramados como polvo luminoso en la bóveda inmensa y profunda. Mi pensamiento, en el ir y venir de la tierra al cielo, voló hacia la Madre augusta; a ella y a mi señora la sin par Floriana se encomendó mi espíritu pidiéndoles que me guiaran y socorrieran en los trances de aquella expedición, a que yo concurría por mandato y aviso de mis divinidades tutelares.

No puedo precisar el tiempo que duró mi éxtasis ante la belleza sideral y las imágenes que yo veía entremezcladas y confundidas con las más brillantes constelaciones. Después de media noche, me dijeron que descansaría mejor en el camarote de maquinista que me habían designado. En él me metí a punto que los marineros señalaban ya la luz de Águilas. Tumbado en la litera dormí hasta el amanecer. (p.8714) Me despertó la faena de baldeo, a la que siguió un movimiento general de toda la gente de a bordo. Estábamos frente a Almería.

Media hora después, las dos fragatas se aguantaban sobre máquina, a prudente resguardo de la población. A simple vista distinguíamos enorme gentío apiñado en el muelle, en las azoteas y en las alturas de la Alcazaba. El General Contreras mandó a tierra a su ayudante con la orden de que viniesen a bordo las autoridades. Pasó una hora. Vimos llegar un bote de la Comandancia del puerto trayendo a varios señores que, según oí, eran el Gobernador civil, el Cónsul inglés y comisionados de la Milicia Nacional y de los contribuyentes. Subieron a bordo, y allá se fueron todos con el General a la cámara de popa.

Lo que allí trataron, en una hora larga, yo no lo supe por el momento; pero lo que pasó después me indicó que no accedieron los almerienses a lo que nuestro intrépido General les pedía, a saber: contribución en metálico y que se retirasen de la plaza las fuerzas militares.. Volviéronse a tierra un tanto mohínos los caballeros que nos habían visitado, y poco después advertimos que en la población construían a toda prisa parapetos. Las cornetas de nuestra fragata y de la Vitoria tocaron zafarrancho de combate.

A eso de las diez empezamos a disparar balas contra la población, previo aviso a los Cónsules. La Vitoria disparó una sola granada. Comprendimos que el General quería causar a la plaza el menor daño posible. Como yo en mi vida había visto un combate naval, me imponían, no diré sólo respeto sino cierta pavura, la trepidación de la nave a cada disparo, y las nubes de humo que por todas partes me cerraban la vista. Era como el bosquejo de una catástrofe. Pensaba yo que ya estaban hechos polvo los pobrecitos almerienses. No sé a qué hora se dispuso que salieran dos lanchas con fuerzas de desembarco. Aquel señor vestido de paisano que me recibió a mi entrada en la fragata, se me acercó con una carabina en la mano, y así me dijo: «En la cara le conozco, señor don Tito, que está (p.8715) usted rabiando por que le mandemos unirse a las fuerzas de desembarco. Tome usted esta carabina y véngase conmigo».

En la cara no debía de conocérseme lo que aquel buen señor decía, porque en mi temperamento jamás anidó el heroísmo ni nada que se le pareciese. Pero la misma fuerza magnética que en el Arsenal de Cartagena me había traído a bordo, llevome tras de aquel sujeto hasta llegar a la escala, descender por ella y meterme en la lancha. Esta y otra que salió de la Vitoria bogaron trabajosamente hacia tierra. Cuando el que nos mandaba dio la voz de ¡fuego! empezamos a soltar tiros sin ton ni son. Yo me sentí héroe, y consideraba el espanto que estábamos produciendo en los inocentes pececillos que nadaban en derredor nuestro.

Cuando más enfoguetados estábamos, nos largaron de tierra una espesa lluvia de balas de fusil, que hirieron a dos de los nuestros. Ante tal modo de señalar, viramos en redondo y nos volvimos a los barcos. A las seis de la tarde, convencido el General de que Almería no daba un cuarto, cesó el fuego. Se habían hecho cuarenta disparos de cañón.. Poco después, las fragatas volvieron sus gallardas popas a la ciudad y navegaron mar adentro.

 

Ep-44-XXIII -

Al amanecer del siguiente día llegamos a Motril, población absolutamente indefensa. Allí dejamos los heridos, y el General pudo a duras penas recaudar ocho mil duros en libranzas sobre Madrid, que a mi parecer fue como llevarse papeles mojados. Por la tarde salimos para Málaga. El tiempo cambió, presentándose un Poniente ligero. La fragata embestía la mar con lentas cabezadas. Entrada la noche, dejamos de ver las luces de la Vitoria, que se fue quedando atrás, demostrándonos la impericia del marino que la mandaba. Hicimos señales y moderamos máquina, sin conseguir que nos siguiera en conserva.

Amanecía cuando divisamos dos fragatas. Creyendo Contreras que eran del odiado Gobierno Central y que venían en son de guerra, mandó tocar zafarrancho de combate. Pronto se vio, con ayuda de los anteojos, que una de las fragatas arbolaba (p.8716) bandera inglesa y la otra prusiana. Ya nos disponíamos todos a desplegar nuestros ímpetus heroicos, cuando nuestro General ordenó la prudencia. De improviso, la fragata germánica disparó un cañonazo con bala, que pasó rozando una de las vergas de nuestro palo trinquete.

Paramos. Contreras pidió parlamento y mandó a conferenciar con el alemán a su ayudante Rivero. Pronto volvió este con un pliego que contenía dos órdenes harto molestas: que los barcos cantonales volvieran a Cartagena inmediatamente, y que nuestro General en jefe pasase sin demora a bordo del Federico Carlos. Accedió Contreras a lo que se le pedía, y ya en el barco alemán fue maltratado de palabra por el Comodoro Wernell, que le conminó con ahorcarle como pirata. Contestó nuestro General con tanta dignidad como aplomo que, por el interés de su patria y por evitar una conflagración europea, soportaba resignado el atropello de que se les hacía víctimas a él y a los suyos, protestando enérgicamente del calificativo de piratas, que no merecían en modo alguno las honradas fuerzas cantonales. Como le inculparan de haber hecho fuego contra Almería, alegó que lo hizo porque aquella plaza estaba defendida por fuerzas militares, y previo aviso a los Cónsules extranjeros.

A las seis horas apareció la Vitoria. Preguntaron los alemanes a Contreras si esta fragata haría fuego contra ellos, y don Juan contestó que fuego harían si él lo mandaba; pero que reservaba sus fuerzas para combatir al Gobierno de Salmerón. Volvió el General a bordo de la Almansa, y ordenó que las dos fragatas cantonales hiciesen rumbo a Cartagena. La Vitoria, por sí y ante sí, tocó a zafarrancho tres veces. La fragata inglesa la intimó a seguir su rumbo. Contestó la Vitoria por el telégrafo de señales: No me da la gana, y trató de lanzarse a toda máquina, en son de abordaje, contra el barco inglés. Este, con rápida maniobra, evitó el choque. Entonces, la Almansa ordenó por telégrafo a su compañera que evitase un conflicto.

A consecuencia de esto, el Comodoro Wernell, creyendo que Contreras había (p.8717) faltado a su compromiso, volvió a cogerle prisionero y se lo llevó al Federico Carlos, donde se trabaron en disputa muy agria. Pensó Contreras que el asunto ya no debía plantearse entre caudillos, sino entre caballeros, y desafió al Comodoro, retándole a dirimir oportunamente sus querellas en el campo del honor.

Cerrada la noche, con Poniente leve de popa navegábamos cariacontecidos hacia Cartagena, lamentando el fracaso de la expedición. Muchedumbre de luces nos indicó la presencia de una escuadra: era la inglesa. Nueva parada y parlamento. El Almirante inglés nos dijo que nos detuviéramos en Escombreras, que las tripulaciones podrían entrar en la Plaza; pero que el General Contreras quedaría en rehenes hasta que se recibieran instrucciones de los Gobiernos inglés y alemán.. Hartos ya de humillaciones, y con las manos vacías, llegamos a Escombreras el 2 de Agosto.

La Vitoria, enterada de la prisión del General, intentó entrar en Cartagena y atacar a los barcos extranjeros, protegida por los fuegos de los fuertes. Desistió de su empeño por no exponer las vidas de los ochocientos tripulantes de la Almansa, la cual, por ser de madera, no estaba en condiciones para afrontar los riesgos de una lucha. Una Comisión del Gobierno Provisional de Cartagena, con los Cónsules extranjeros, menos el francés, pasó a bordo del Federico Carlos para pedir al Comodoro explicaciones de su conducta. Wernell se justificó diciendo que cuanto había hecho tuvo por causa el bombardeo de Almena, y se negó a poner en libertad a Contreras.

Cuando se conoció en Cartagena lo manifestado por el Comodoro Wernell prodújose, según me contaron luego, inmensa emoción. El Gobierno Provisional, reunido en sesión permanente, debatió la conducta que procedía seguir ante tan grave conflicto. El cartero Sáez, gobernador del castillo de Galeras, pidió que se rompieran las hostilidades contra el Imperio Alemán, actitud temeraria que el joven Cárceles defendió con verdadero frenesí.

Todo aquel día y el siguiente el pueblo (p.8718) invadió las calles pidiendo, con destempladas voces, la guerra a todo trance y asegurando que así había de ser aunque fuera preciso sobreponerse para ello al Gobierno, a la Junta y a Cristo Padre. Acordada, al fin, la ruptura de hostilidades, se alistaron a toda prisa las fragatas Numancia y Méndez Núñez, las cuales, por la impericia de sus tripulantes, embarrancaron a la salida del puerto y costó Dios y ayuda ponerlas a flote. Preparáronse los barcos extranjeros para repeler el ataque. Los vecinos pacíficos se ausentaron de la ciudad.

Siguieron los tratos y regateos. Volvió Roque Barcia a bordo del Federico Carlos y le soltó al Comodoro un discurso bíblico profético; pero el alemán no le hizo caso ni entendía una palabra de aquella jerigonza. Sólo se consiguió que pusiera en libertad a las tripulaciones y soldados de la Almansa y la Vitoria.

Nuevos dimes y diretes entre la Plaza y los extranjeros dieron por resultado que estos prometieran observar neutralidad en la lucha entablada por el Cantón contra el Gobierno de Madrid. El General Contreras, que en el Federico Carlos tenía que dormir en un colchón colocado en el suelo del camarote, porque su voluminoso corpachón no cabía en la litera, fue puesto en libertad el 7 de Agosto.. La fragata alemana abandonó las aguas de Cartagena, dejando en poder de los ingleses la Almansa y la Vitoria.

Cuando puse el pie en tierra, creo que el 4 de Agosto, ante una multitud inquieta y gemebunda, la primera persona conocida que me eché a la cara fue Dorita, la cual, con lastimero acento, me dijo que Fructuoso estaba herido en la cabeza y en una pierna, de resultas de un tiroteo en Orihuela, adonde fue con Tonete para sublevar la ciudad y traerse las contribuciones. «Venga usted a verle -me dijo tirándome del brazo-. En casa le tenemos. Aunque sus heridas no son cosa mayor, se queja con grandes alaridos de la soledad, del aburrimiento y de no poder salir por el dolor de la pata».

Olvidándome de mí propio y del descanso que necesitaba, acudí a ver al amigo, (p.8719) a quien encontré en la casa de marras, tendido en un camastro. Las tres sílfides dábanle asistencia cariñosa, y el tiqui-tiqui de la máquina de coser le servía de arrullo para sostener su cerebro en la dulce modorra, ayudándose a ello con sorbitos de ron, según tuve ocasión de observar. Mucho le animó mi visita. Incorporándose en el lecho me contó que se había unido a la expedición de Gálvez a Orihuela, con Pernas, Carreras y Perico del Real, que mandaban fuerzas de Mendigorría, Iberia y Voluntarios de Murcia. A meterse en tales andanzas le había movido la curiosidad más que el apetito de gloria. Los pijoteros laureles que recogió fueron la rozadura de una bala en el cráneo, y el estropicio de la pierna al caerse de una pared. Ved aquí el relato del asendereado telegrafista:

«¡Ay Tito de mi alma, ni a ti ni a mí nos llama Dios por el camino heroico!.. Verás: llegamos a Orihuela al amanecer del 31 de Julio, y cátate que en los alrededores de la ciudad nos esperaban cien carabineros a caballo, en la plaza ciento ochenta guardias civiles, y muchos más en las calles y en diferentes casas. A los carabineros pudimos fácilmente cercarlos, y se nos rindieron a discreción diciendo para salvar la pelleja: ¡Todos somos unos! Con ellos se entregaron varios oficiales de bigote de moco y un capitán con toda la barba.

»En la plaza fue más dura la refriega. El Brigadier Piñeiro, Gobernador militar de Alicante, dio la voz de ¡fuego! a la Guardia civil. Se trabó la lucha. Gálvez, que donde pone el ojo pone la bala, tumbó la mar de civiles. Por fin quedamos dueños del campo, sin más pérdidas que un soldado muerto y dos heridos. La baja más sensible fue la mía, Tito, y gracias que la bala no hizo más que rozarme el casco por encima de la oreja. Las averías de la pierna me las causé en un arrebato épico, tirándome de un muro para ponerme a salvo del plomo enemigo. Total, que los vencí, digo, los vencieron Gálvez y los valientes Pernas, Carreras y Perico del Real. Cinco guardias del bando contrario pasaron a mejor vida. Apresamos catorce (p.8720) civiles y cuarenta carabineros. Los demás pusieron tierra por medio más que aprisa, y los triunfadores nos volvimos a casita, todos muy contentos, yo renegando.

-¿Y no trajisteis monises?

-El carrero del furgón en que yo venía como un fardo me dijo que se habían recaudado diez y seis mil duros. Pero como no los conté, ni siquiera los vi, no puedo darte recibo de la cantidad».

Cuando yo me marchaba entró Cárceles, que ya por la mañana estuvo a visitar a Fructuoso en calidad de presunto doctor en Medicina. Las muchachas le saludaron con alegre algazara, y él, tan vivo y diligente en la acción médica como lo era en la revolucionaria, levantó a Manrique los vendajes de la pierna, le puso emplasto nuevo, y después de examinar la matadura de la cabeza le dijo, dándole palmaditas en un hombro: «Lo que tú tienes es holgazanitis, fomentada por el extracto de la uva. Levántate, gandul, y vete al Telégrafo y a la redacción de EL CANTÓN, donde no te faltará tarea».

Preguntado por su reciente aventura, nos dijo Cárceles: «Nada; que salí pitando para Valencia con el tapadillo de prevenir a los federales de allá para que se aguanten contra las tropas de ese perro de Martínez Campos, hasta que les llegue un refuerzo de seis mil hombres 6 que aquí se les prepara.. En la fonda de Chinchilla me prendieron y me llevaron a la tierra de las navajas, Albacete. Enchiquerado en el Gobierno civil de aquella ciudad concebí el atrevido proyecto de escapar, y tal como lo pensé lo hice tranquilamente. Al venirme acá encontré por el camino las tropas de Iberia mandadas a rescatarme. Nada: que ya estoy otra vez en Cartagena, dispuesto a pelearme con Dios si no hay aquí sentido y agallas para sacar adelante a nuestro Cantón glorioso».

Salí con Cárceles y le acompañé hasta la redacción de EL CANTÓN MURCIANO. Cuando ya iba camino de mi fonda sentí detrás de mí un siseo penetrante. Volvime.. ¡Oh sorpresa!.. era Graziella, que me echó la zarpa diciéndome: «¿Dónde te metes, pillastre, que te estoy buscando toda la mañana? (p.8721) Vente conmigo. La Señora te aguarda.. ¿De qué te asombras? ¿Qué cara de bobo es esa? Menéate, avefría, que hay que andar un trechito».

Dejeme llevar, poniendo mi paso al compás del suyo ligerísimo. Salimos al muelle, y rondando el puerto llegamos al barrio de Santa Lucía. Próximos a las primeras casas tuve que pararme para tomar aliento: tal era la velocidad con que me llevaba la diabólica hembra. Atormentado por dudas punzantes, le pedí seguridades de que aquello no era una burla. ¿Por ventura quería reventarme llevándome a una regata de andarines? «Anda, mostrenco, sigue -me dijo-, no te pares.. no vaya a escapársenos la Señora.

-Allá voy, allá voy -dije yo moderando el paso y aspirando el aire espeso y puro que venía del mar-. Yo te sigo, Graziella; pero no extrañes mi desconfianza. ¿Cómo es posible que en este arrabal apartado, donde no viven más que pescadores pobrísimos, cargadores del puerto y obreros de la fábrica de Figueroa, tenga su residencia la que por su jerarquía y su divinidad está por cima de todas las princesas del mundo? Si quieres que te crea, señálame desde aquí los muros y chapiteles del Palacio donde..

-A ti sí que te voy a dar yo chapiteles -replicó Graziella, acentuando sus palabras con risas y un regular bofetón-. Ven acá, babieca; voy a enseñarte los palacios donde hallarás a la que es Madre tuya y mía y Maestra de todo el género humano».

Cogido del brazo me llevó por delante de unas casas humildísimas, fronteras al puerto. Mujeres en perneras y chiquillos casi desnudos hormigueaban en los sitios de sombra, aspirando la frescura salina de la mar. Llegamos a una casa de apariencia menos humilde, con balconaje de madera del cual pendían redes, en cuyas mallas lucían algunas escamas de los peces recién cogidos en ellas. La puerta era grande, y a un lado y otro se extendían poyos, en los cuales se sentaban hombres y mujeres de distintas edades y de aspecto mísero. Las paredes relucían con el nítido albor de la cal. Quebraban a trechos la blancura una jaula con jilguero, otra con mirlo, y en la parte más (p.8722) alta dos o tres ventanas de desigual forma y tamaño. En la una colgaban ristras de ajos y cebollas, en la otra unos trapos puestos a secar.

Junto a la puerta vi una mujer friendo aladroque (que en Málaga llaman boquerones) en una gran sartén, montada sobre hornilla de barro.. Otras mujeres preparaban los pececillos, envolviéndolos en harina y juntándolos por la cola en forma de abanico. Chicos y mozuelas recogían la fritanga, unos para comérsela y otros para repartirla entre personas que estaban dentro y fuera de la casa. Graziella se paró ante el grupo y dijo con inocente sencillez: «Buenas tardes». Eco de ella fuí yo, repitiendo el buenas tardes con el acento más candoroso. Una voz dijo: «Adelante, caballero». Miré, y vi a Mariclío sentadita en el portal, a corta distancia de la freidora.

 

Ep-44-XXIV -

Corrí hacia la Madre y le besé las manos.. La emoción no me dejó articular palabra. El rostro de Mariclío era el mismo que vi y adoré en las postrimerías del reinado de don Amadeo, y así la faz como la figura reproducían la Musa de mi sueño mitológico en el viaje subterráneo, pero dignamente avanzada en la madurez fisiológica. Era una Matrona que disfrazaba su majestad con la pobreza del indumento. Vestía una limpia falda de percal con remiendos, y una blusa obscura sobre la cual cruzaba un tosco pañuelo de colorines. Calzaba medias azules y alpargatas valencianas con cintas negras. A su lado y tras ella se sentaban mujeres de variada estampa, todas de clase marinera, y algunos viejos. Uno de estos, el más próximo a la Madre, me pareció poco menos que centenario. Quiso el tal apartarse para dejarme sitio, pero Mariclío no lo consintió, y mandando traer una banqueta me hizo sentar frente a ella, tocando mis rodillas con las suyas.

«Ya tenía ganas de verte, Tito -me dijo con aquel acento de cuya grave dulzura no puedo dar idea-. Aquí me tienes alojada en esta casa humilde y entre esta buena y honrada gente. Arriba ocupo una magnífica estancia, muy holgada y cómoda, con vistas al puerto. Es mi delicia ver desde el balcón la entrada (p.8723) y salida de los barcos mercantes y de guerra. Desde allí atisbo también la ciudad, y veo cuanto en ella ocurre. Ya sabes que mi vista es tan larga como mi pensamiento.. Algo tendrás tú que contarme, yo a ti también. Ya hablaremos».

En esto se acercó Graziella con un plato lleno de racimitos de aladroque, recién salidos de la sartén, y lo puso en las manos de la Madre. Esta presentó el plato al anciano que a su lado tenía, diciendo: «El primero que ha de catarlo es mi amigo Juan El Cano». Resistiose el ancianito, y Mariclío, echándole cariñosamente un brazo por los hombros, agregó: «Tú, tú por delante. Donde tú estés serás siempre el primero.. Querido Tito, acércate a este hombre venerable y besa su mano flaca ya, pero todavía vigorosa. Aquí donde lo ves estuvo en la de Trafalgar».

Saludé al veterano con la veneración que merecía tal reliquia de los tiempos heroicos. Cogido por el viejo el primer abanico de boquerones, todos le secundamos, comiendo con gran apetito y alegría. La Madre me dijo que ya que merendaba con ella, no me soltaría hasta después de cenar. Las comadres y marineros allí presentes dieron broma al anciano por el trabajo que le costaba masticar el aladroque, y alguno se condolió de su extremada senectud.

Revolviose un tanto engallado el viejo, y les dijo: «Ea, no carguen tanto en la cuenta de mis años, pues, gracias a Dios, no he llegado a los noventa. (Risas.) No se rían: ochenta y nueve cumplí el 12 de Junio. Todavía puedo.. todavía soy hombre para cuanto las señoras quieran mandarme. (Más risas.) Y sepan que bien guapo era yo cuando embarqué en el Nepomuceno el 1.º de Octubre del año 805. El día de la tremenda batalla con el inglés, día 21, nuestro comandante Churruca y yo caímos heridos al mismo tiempo: yo sané, y aquel grande hombre murió. ¿Verdad, señá Mariana, que habría sido mejor que yo me fuera a pique y don Cosme se salvara? Yo he vivido desde entonces sesenta y ocho años sin servir para nada, y él ¡qué hubiera hecho si viviera!

-Eso no es cuenta nuestra -dijo (p.8724) Mariclío-. Dios sabe cuándo ha de dar y quitar la vida.

-Pues yo le digo a Dios -replicó el viejo blandiendo como espada su mano temblorosa- que los hombres valientes no deben morir hasta que se caigan de viejos.

-Los valientes, amigo El Cano -dijo la Madre-, son los más solicitados por la muerte.. Ya viste que también murió Nelson».

Gruñó el viejo mirando al suelo, y apenas le oímos medias palabras rencorosas. Pero el mal genio se le pasó cuando empezaron a repartir copas de un vinillo blanco, transparente y fino. Una vez que remojaron todos el aladroque, la Madre se levantó requiriendo mi brazo para que fuese con ella a su habitación alta, pues quería hablar conmigo despacio y a solas. Subimos por una escalera de palo, que gemía como si le doliesen todas las coyunturas o acopios de su viejo maderamen. La estancia donde moraba Mariclío era grande, limpia, con jalbegue reciente y muebles primitivos. Llevome al balcón, y sentados frente al espléndido panorama del puerto, me habló de esta manera:

«Querido Tito, te mandé a la correría de Contreras por el Mediterráneo para que vieras por ti mismo la incapacidad de esta gente. Ya te habrás convencido de que nada valen los corazones valientes si las cabezas están vacías. Contreras no hizo nada de provecho, y de añadidura le quitaron las fragatas, que sabe Dios cuándo volverán a manos españolas.. El arrojo de Gálvez en Orihuela, ¿qué consecuencias ha tenido? El menguado provecho de recoger algunos cuartos, y el enorme perjuicio de irritar a los pueblos cercanos y enemistarlos para siempre con este Cantón.

»Al llegar aquí los prisioneros de Orihuela los llevaron al navío-pontón Isabel II, y en él fueron atendidos y agasajados en la forma más cristiana: eso está muy bien. Por la tarde les visitaron el Brigadier Pozas y el mirífico evangelista Roque Barcia. Este les largó un discurso, que fue como un pedacito del Pentateuco, y llorando les abrazó uno a uno, y aun creo que les bendijo, prometiéndoles la próxima entrada en el Paraíso Federal. (p.8725) Tanto sentimentalismo me parece de muy mal agüero. Creen estos inocentes que las revoluciones se hacen con discursos frenéticos, con abrazos fraternales, con vivas estrepitosos y cantinelas optimistas.

»Cuando esto empezó me agradaba la rebeldía garbosa, el desprecio del Gobierno Central, que por más que se disfrace con arreos y colorines democráticos es siempre una enredosa oligarquía. Pero ya se van desvaneciendo mis ilusiones. Estos caballeros habrían sido aniquilados si no dispusieran de una plaza fuerte tan considerable como Cartagena. Por el resguardo que les da la Naturaleza sostendrán su tinglado algún tiempo, hasta que el Gobierno de Madrid acabe de salir de su desmayo y concierte los resortes de la unidad. No sé si sabes que el General Pavía ha sometido a los federales de Sevilla, después de meter en cintura a los de Granada, y ahora irá contra los de Córdoba. Sobre Valencia está Martínez Campos, hombre que sabe bien su obligación. Él dará buena cuenta de El Enguerino y de sus diez mil Voluntarios alocados. Todavía arde el rescoldo cantonal en Vinaroz, Castellón, Béjar, Cádiz, Sanlúcar y otros muchos pueblos; pero ya se irá apagando. Estos incendios no se apagan con agua, sino con leña.. La idea federal es hermosa; es mi mayor encanto, la ilusión de mi vida en esta y en todas las tierras que visito. Pero dudo ¡ay! que pueda implantarla de una manera positiva y duradera un pueblo que ayer como quien dice ha roto el cascarón del absolutismo.

-Verdad es cuanto dices, Madre querida -repliqué yo-. El federalismo nos vino aquí de aluvión, salido del cerebro de un hombre de extraordinario talento. A todos cautivó ese ideal por su grandeza, sin que llegáramos a penetrar las condiciones externas y materiales que son precisas para llevarlo a la práctica. Es como un bien caído del cielo; lo admiramos y celebramos sin saber qué tenemos que hacer para disfrutarlo.

-Tú y tus coterráneos no lo conocíais; yo, por mi calidad y el oficio que me da nombre en toda la tierra, lo conocí en tiempos muy (p.8726) remotos, casi en los días en que mi padre Júpiter nos dio la existencia a mis ocho hermanas y a mí. Éramos nueve jovenzuelas lozanas, frescas, hermosas, ávidas de esparcir por el mundo toda la gala de las artes colmándolo de felicidad y contento, cuando pude ver cómo se formó la maravilla del Anfictionado de Tesalia. La fecha es bastante lejana, Tito. Hablo de tiempos muy anteriores a la guerra de Troya.

»En un extenso y fértil territorio, que cerraban por Norte y Sur elevados montes y por Este y Oeste los mares helénicos, existían varios pueblos o nacioncitas independientes. No siempre reinaba la paz entre ellas, y a las veces se entretenían en guerras crueles por un quítame allá esas pajas. Unos eran pastores, otros labraban la tierra; estos criaban los mejores caballos que en Grecia se conocieron, aquellos tejían el hilo y la lana, o se dedicaban al trajín comercial y a la navegación. Cada uno de tales pueblos, en el curso de la vida, fue comprendiendo que sería más fuerte ligando su particular interés con el interés del pueblo inmediato. Aquí tienes el pacto federal. Dado el ejemplo por dos pueblos, fueron entrando los demás en la misma concordia, y al poco tiempo todos hallaron el vínculo común de un provecho elemental, que sirvió de aglutinante para amalgamar diferentes Estados débiles en un gran Estado poderoso.

»Aquella gran federación ha tenido muy pocos imitadores, y cuando te lo digo yo que tanto y tanto he visto, bien puedes creerlo.. ¿Piensas tú que puede establecer sólidamente este bello régimen un país que hasta hace cuatro días no ha conocido la libertad, una raza que aun siendo heterogénea ha vivido amamantada con la leche de la unidad, y aún se adormece en el regazo de la nodriza? Considera lo que pesan sobre tu país el Catolicismo y eso que llamáis el Papado, las viejas rutinas monárquicas, y los enormes intereses inseparables de estas abrumadoras máquinas sociales. Tú, que no puedes traspasar los límites fisiológicos de la existencia humana, no verás realizado el ideal federalista en (p.8727) toda su pureza; yo, que soy vieja eterna, espero ver algún día.. algún día, triunfante y dichoso el Anfictionado Español».

Terminada esta encantadora conversación, que elevó mi espíritu dejándome como en éxtasis, la Madre mandó que sirvieran la cena, y sentó a su mesa al marinero de Trafalgar, a otro viejo menos viejo, a dos mujeres y a mí. Frugal fue la cena, dominando en ella los condimentos de pescados sabrosos de fácil digestión. Exquisitas frutas y un vinillo levantino, claro, de ese que llaman ojo de perdiz, completaron el festín modesto. Hablose de diferentes temas: cada cual, según su condición y estilo, hacía la crítica del Cantón, considerando a este como potencia marítima.

El ancianito de Trafalgar aseguró que la Tetuán y la Méndez Núñez, manque les metiesen en las calderas todo el fuego del Infierno, no andarían más de cuatro o cinco nudos. Para nada servían como no fuera para irse a pique. El viejo menos viejo, que era hijo del veterano de Trafalgar, dijo que había hecho toda la campaña del Pacífico en la Numancia, y que a esta fragata la quería como a las niñas de sus ojos. «No hay otra como ella en la mar -exclamó con tanto cariño como si hablara de su familia-. Si algún día me ajogo, deme Dios el gusto de ajogarme en ella».

Sólo estos y otros rasgos salientes de la conversación quedaron grabados en mi memoria. Lo demás se borraba apenas oído. El torbellino de pensamientos que levantó en mi cerebro la evocación que hizo Mariclío del federalismo helénico, me aislaba de aquella charla familiar y rastrera.. Pensé que de sobremesa me daría la Madre otra lección como la que antes recibí de su inmenso saber de las cosas humanas. Pero quiso reservarse para otro momento, y cuando los humildes comensales se alejaron con respetuosa despedida, me estrechó y acarició la mano diciéndome: «Es hora de que vuelvas a tu casa, Tito. No tardaré en avisarte para que vengas otro día. Adiós, hijo. Ya que vas a la fonda, hazme el favor de acompañar a esta buena señora, amiga mía, que va en la misma dirección y (p.8728) no conoce bien las calles».

Cuando esto dijo vi que de la penumbra de la estancia salía una mujer enlutada, de buen talante y rostro severo, la cual llegose a mí con reverencia como poniéndose a mis órdenes. Salimos, y al bajar al portal alumbrado por un brillante farolón, fijéme en la cara de aquella señora, recordando haberla visto en alguna parte. Poco después, mi memoria me dio la solución, y al instante me volví hacia la dama, diciéndole: «Me parece, señora, que tengo el honor de acompañar a Doña Caligrafía. Perdóneme que antes no la reconociera. Hicimos juntos el viaje desde..

-Me llamo Gertrudis -dijo ella con gracia-, y me dedico a la enseñanza de la Geografía. Confunde usted el nombre con la profesión.

-Es verdad -dije yo un poco turbado-. Pero bien seguro estoy de que es usted una de las damas consejeras de Floriana.

-No soy dama consejera; acompaño y sigo a Floriana, que fue mi discípula y hoy es maestra y señora mía. Cosas son estas, don Tito, que no entiende usted ahora ni las entenderá en algún tiempo. Por esta noche, sólo me cumple decirle que nuestra excelsa Doña Mariana se ha valido del piadoso artificio de que vayamos juntos camino de la fonda, para que yo pueda advertir a usted que ponga freno a su pasión por Floriana, y procure apartar de ella su pensamiento. Que para esto hay razones muy poderosas, fácilmente lo comprenderá usted..

-Dígame por Dios esas razones si no quiere dejarme en un dilema terrible: o la desobediencia o la muerte.

-No sea usted romántico, don Tito. Ya sabe usted que a la Madre no le gusta ese romanticismo dulzacho y un poquito enfermizo.

-Pero lo que usted acaba de decirme -exclamé con angustioso desconsuelo- ¿es advertencia, o es mandato riguroso?

-Mandato es rigurosísimo, irrevocable».

En el momento en que yo quise protestar de esta bárbara sentencia, la extraña mensajera de la divina Clío desapareció de mi vista. Di algunos pasos, y un resplandor de luz verdosa me encandiló, dejándome después en tinieblas. Un corto rato estuve ciego. Poco a poco (p.8729) fui distinguiendo los bultos, las casas.. Palpando las paredes pude llegar con dificultad a mi alojamiento.

 

Ep-44-XXV -

Historia lastimosa voy a contaros, lectores queridísimos, y empiezo requiriéndoos a concederme vuestra lástima y un piadoso interés por mí, pues se trata de incumbencias particulares, sin mezcla de ningún melindre político, como aquel que dijo, sin trampa ni Cantón.. Leedme y afligíos. Consecuencia fulminante de la terrible prohibición o anatema que oí de labios de la vaporosa Doña Geografía, fue que caí en la honda enfermedad que llaman pasión de ánimo, y se manifiesta con intensa desgana de todo menos de la soledad, hastío de la comida, desmayo muscular, aberraciones nerviosas y cerebrales, aborrecimiento del género humano y anhelo de morir.

En mi estrecho cuarto de la fonda me pasaba las noches de claro en claro, los días de obscuro en obscuro, estirado a medio vestir en un sillón de mimbres, empapándome en el amargor de mis melancolías y temblando a cada ruido que me pareciese anuncio de alguna visita. Amables y compadecidos, el fondista y los mozos no sabían qué hacer para despertar en mí las ganas de comer. Me traían platitos de algún guisado selecto, frutas, mariscos, golosinas.. Mas, ni por esas; yo no pasaba nada, como no fuera café y algún mendrugo de pan chamuscado a la lumbre. Llegué a desligarme en absoluto de la norma del tiempo; no me importaban los sucesos exteriores, ya fuesen trágicos, ya fuesen ridículos. Sólo la idea de ultratumba me halagaba, adormeciéndome en placentera modorra. Muriendo dejaría de arrastrar los restos miserables de mis ilusiones deshechas y en descomposición. Morir era el descanso, y aunque parezca paradójico, el supremo egoísmo.

Fue a verme Cárceles, que trató de animarme con su jovialidad bonachona. Según él, hallábame atacado de neurosis agudisísima. «Lo que usted padece -me dijo- es una exacerbación del egoísmo, y eso se cura con la actividad, con el trato de gentes y el tomarse interés por las cosas (p.8730) del prójimo y del procomún. Conque ánimo, a comer, y a la calle con los amigos. Le pondré una fórmula; no más que un amargo para abrir el apetito».

Mi amigo, el camarero Alonso Criado, me llevó un día unos comistrajes rarísimos, por si con ellos lograba yo vencer mi desgana. Eran huevas en mojama de un pez llamado mújol, que se cría en el Mar Menor. Las probé y me supieron a demonios. Otro día me llevó dátiles de mar, un marisco sabroso, del cual me dijo Criado que comiendo mucho y bebiendo encima aguardiente era seguro reventar como un triquitraque. Lo caté y no me desagradó; pero me abstuve, porque aunque tenía ganas de irme al otro mundo, no me hacía maldita gracia emprender el viaje con el pasaporte de un cólico miserere.

Después de Cárceles me visitaron Fructuoso y el cartero Sáez, gobernador del castillo de Galeras. El primero me dijo que iba a mandarme a Dorita y sus dos amigas para que me dieran una sesión de bailoteo andaluz, con panderetas y palillos, y me cantaran las coplas cantonales que estaban tan en boga. El valiente cartero me dijo: «Véngase usted conmigo al castillo por unos días, y con aquellos aires y aquellos horizontes ¡recristo! se le quitarán esas murrias». No hablo más de estas visitas ni de las que me hicieron Tonete Gálvez, Alemán, don Pedro Gutiérrez, Roque Barcia, Pernas y otros amigos, porque tengo que consignar la que fue para mí más honrosa y grata.

A media mañana se me presentó un día Doña Gramática, compungida y bien abarrotada de locuciones hiperbólicas y laberínticas, ore rotundo, anunciándome, a fuer de solícita embajadora, la visita de la divina Madre. Afortunadamente, no se corrió demasiado en el mensaje, por priesa de sus quehaceres.. Partió deseándome la pronta sedación de mi espasmo neuro-imaginativo.. Me arreglé un poco, y al cuarto de hora entraron en mi estancia Mariclío y Doña Caligrafía. Vestían ambas de negro, con mantilla, como señoras mayores de la clase media que, al volver de misa, visitaban a un pobre enfermo. (p.8731) La Madre traía un librito como los que usan las señoras cuando van a sus devociones, y la otra dama una caja de cartón, cruzada con cinta roja, que se me antojó regalito de confituras.

El respeto y la emoción me paralizaron la lengua. Tardé un rato en expresar a la divina Señora el gozo que de verla sentía. «Padeces, querido Tito -me dijo ella, sentándose junto a mí y poniendo su mano en la mía- el morbo europeo, la epidemia de la civilización, que la Medicina del día atribuye a los nervios y la de antaño achacaba a los demonios. Entiendo yo que es flaqueza del cerebro, resultante del vértigo de los goces fáciles, del ansia de asimilar sabidurías de artes y ciencias, que viene a ser la guía del entendimiento. ¿Cree mi buen Tito que estas generaciones, debilitadas por la continua labor pensante y emotiva en el curso precipitado de la vida mental, pueden arrasar las instituciones caducas, y erigir sobre sus ruinas el monumento del Federalismo, que tiene por base las virtudes y el vigor físico de los pueblos?

»A los que como tú se inutilizan para el vivir normal solemos dar el nombre de románticos. Románticos son, pero de estofa ínfima y barata, los que se matan porque la novia se les va con otro, los que se desesperan y reniegan de la Humanidad porque no han podido obtener en un día lo que es fruto de la paciencia en largos años trabajosos.

»Conque ya lo sabes: no quiero verte romántico llorón, ni neurótico, ni flatulento, ni poseído de los demonios, que todos estos nombres han sido aplicados sucesivamente a los enfermos de necedad aguda. Conservando amorosamente el saber que tienes archivado en tu cabeza, ponte a trabajar en una herrería, forjando a fuerza de martillo el metal duro; abre el surco en la tierra, siembra el grano y cosecha la mies; arranca de la cantera el mármol o el granito; agrégate a los ejércitos que entran en batalla; lánzate a la navegación, al comercio, y si logras juntar a tu saber teórico la ciencia práctica que aprenderás en estos trajines, serás un hombre.

»No serás hombre sino un muñeco, si en vez de contener tu (p.8732) alma en la norma de ambición que la Naturaleza concede a los humanos, te lanzas al espacio insondable de las ambiciones locas, quiméricas, fuera de los confines de la realidad. Acabarás de perder tu salud, y con la salud tu vida, si te empeñas en remontarte al cielo para coger la estrella más linda que en él has visto desde la tierra, o si te arrojas en medio del Océano para sacar la perla escondida en el seno más hondo de las aguas».

Tragándome la píldora de indecible amargura que en mi boca puso la Madre excelsa, alabé su elevado conocimiento de las cosas humanas, y el arte sutil con que sabía separarlas de las divinas. Dicho lo que antecede, bajó el tono Mariclío, y de las altas esferas del pensamiento descendió a las más bajas con transición donosa.

Hablamos de la vida cantonal, que ya empezaba a ser aburrida y sin ningún relieve. «Te habrás enterado -me dijo la Señora- de la nueva quijotada de tu amigo el General Contreras. Este señor, que es infatigable en la imprevisión, apenas dio fin a la descomunal aventura en que le quitaron las fragatas, quiso entrar en singular batalla con los molinos de viento. Entre tropa y Voluntarios reunió un ejército de dos mil hombres, y con un tren de Artillería partió por el ferrocarril a la toma de Albacete. Iban con él Pernas y Pozas.

»En la estación de Murcia recibió el aviso de que Martínez Campos, desembarazado ya de los cantonales de Valencia, vendría probablemente contra los de Cartagena. Los que iban a la conquista de Albacete corrían peligro de que el caudillo centralista les cortara la retirada. La intrepidez a secas, sin ninguna otra virtud que la rija y encauce, es cosa muy mala en las andanzas guerreras. Ciego y espoleado por el arrojo siguió don Juan su camino, y en Chinchilla el Coronel Escoda le hizo frente con un corto número de soldados, distribuidos por la carretera.

»Llegó muy a punto el General Salcedo, y sin pelear apenas ni sufrir ninguna baja, derrotó en corto tiempo a los cantonales. En su poder quedaron muchos jefes, oficiales y soldados, el tren de (p.8733) Artillería, las banderas rojas y los cincuenta vagones en que habían hecho el viaje los expedicionarios. El descalabro fue monumental. Como no has salido a la calle en tantos días, no has podido observar que cunde el desaliento y que esta revolución candorosa va de capa caída. Vive de milagro, y el milagro consiste, según veo, en que el Gobierno de Madrid no puede distraer de la guerra carlista la escasa fuerza militar de que dispone».

Fijábame yo con insistencia en el librito, al parecer de misa, que la Madre llevaba en su mano. Notó ella mi curiosidad, y risueña me dijo: «Uso este libro cuando mis disfraces me obligan a entrar en la iglesia. Pero no es el Prontuario de la Misa, sino una obra de mi amigo Jenofonte, titulada Agesilao. La estimo en mucho porque en ella escribió una invocación a mi persona, proclamando mi culto y ensalzando el nombre de Clío con inefable devoción. Además, contiene el libro avisos y sentencias políticas para el gobierno de los pueblos, que hoy conservan el mismo sentido y matiz de actualidad que tuvieron cuatrocientos años antes de Jesucristo. Del manuscrito que me regaló Jenofonte, y que conservo religiosamente entre mis reliquias, me sacó una copia de imprenta el propio Gutenberg, y de aquella copia hiciéronme estotra los impresores de la Biblia Políglota del cardenal Cisneros».

Puso en mis manos el interesante libro. No pudiendo entender una palabra de él, por estar escrito en lengua griega, besé la preciosa reliquia y la devolví a la divina Mariana. Esta cogió de manos de Doña Caligrafía la cajita de cartón que, a mi parecer, guardaba confites o pasteles, y ofreciéndomela me dijo: «Aquí te dejo esta golosina, que no te vendrá mal para poner algún alivio a la inapetencia, que es el peor alifafe de los que sufren el morbo europeo. Son bizcochos riquísimos, de una pasta en que está combinada la dulzura con la substancia provechosa y confortante. Los hacemos en casa, por una receta que a mis hermanas y a mí nos dieron en el monte Hymeto. Algo ha llovido desde entonces».

Dicho esto, y expresada (p.8734) mi gratitud por la visita y por el regalo, despidiéronse las dos damas, no sin que Mariclío me dejase al partir la esperanza de una nueva entrevista en plazo breve. Salieron. Al quedarme zambullido en mi soledad angustiosa, no vi otra manera de retener junto a mí el espíritu de la Madre que deleitarme con la rica ofrenda de sus bizcochos, hechos en casa. Apenas los caté, reconocí en ellos la mágica repostería que fue mi alimento en el viaje absurdo por las entrañas del planeta.

Comiendo de aquel sabroso manjar, se escapaba mi espíritu hacia las penumbras misteriosas de aquellas cavernas y conductos labrados por una ensoñación dantesca o mitológica. Vi el séquito de la divina Floriana, los toros, las ninfas; me vi a mí mismo, caballero en una vaca, restituido a mi ser de sílfido vaporoso. Mi mente se aferró de nuevo a la idea de que lo sobrenatural es lo verdadero. ¿Cuánto tardaría en volver al sentido de la realidad? Meditando en ello me dije: «El Universo es un trinquete, y yo la pelota con que juegan, para pasar el rato, lo humano y lo divino».

 

Ep-44-XXVI -

Muchos días, no sé cuántos, después de la visita de la Madre, me sentí un tanto aliviado de mi flojera muscular; el ansia de soledad se amenguó bastante, la idea de morir en plena juventud y la querencia del sepulcro empezaban a serme unas miajas desagradables. Mis amigos Fructuoso, Alemán y Alberto Araus, deseosos de sacudirme y entonarme, me llevaron a una de las islas del Mar Menor, y por cierto que el viaje me causó miedo; creía yo que en mi estado de extenuación no podría recorrer con vida el camino de tierra y mar, que se me antojaba de una longitud fabulosa. No recuerdo el nombre de la pintoresca isla en que me desembarcaron, sacándome en vilo de la chalana. Entendí que era propiedad del barón de Benifayó.

La hermosura del sitio, la pureza del aire, la quietud y transparencia de las aguas, influyeron de tal modo en mi naturaleza física y moral que por la tarde me reconocí muy mejorado. Nos albergamos en una casita donde moraba, con su mujer y (p.8735) unos chiquillos, el guarda de la isla, y tal fue la bondad con que me agasajó aquella excelente familia que mis amigos, previa discusión entre todos, acordaron dejarme allí por dos o tres días.

Aquella noche dormí como un canto. A la mañana siguiente ya era yo otro hombre. Recorrí sin cansarme distancias que el día anterior me habrían parecido considerables. Mis buenos patrones me daban comiditas de enfermo; mas yo prefería las calderetas de pescado fresco con que ellos se alimentaban diariamente. En uno de estos comistrajes, no sé si al segundo o tercer día, mi apetito se desarrolló hasta la voracidad.

Aunque en mi albergue modesto y patriarcal abundaban los utensilios de caza y pesca, no se me ocurrió entretenerme en ningún deporte, pues siempre me repugnó la persecución y matanza de inocentes animales del aire y de las aguas. Mi única diversión era pasear sin fatiga, recorrer la plácida costa de la isla en las partes donde no había cantiles infranqueables, subir a las cimas no muy altas, y tumbarme allí donde encontraba un lugar mullido y fresco para la contemplación del paisaje y la dulce tarea de no hacer nada.

Con este vivir fácil y mis calderetas de mújol fresco al medio día, mis fritangas de barbos y bogas por las noches, con algún hojaldre de añadidura, me reconstituí en mi ser normal apartando mis ojos de la cara fea de la muerte. Lo único que me quedaba de mi trastorno era la incapacidad para contar las horas y los días. Una mañana llegó Fructuoso a verme, y hablando de acontecimientos particulares y públicos vine a entender que estábamos en Septiembre, lo que me causó grande estupor, por mi antedicha ineptitud cronológica.

Entre varias noticias de mediano interés me dio Manrique la de que Salmerón se había negado a firmar las sentencias de muerte dictadas para contener la indisciplina militar. Discutimos un rato sobre si eran o no compatibles la filosofía pura y el impuro arte de gobernar a los pueblos. Sin que lográramos dilucidar punto tan grave, supe que Salmerón se obstinaba en el propósito de (p.8736) dimitir.

Venid a mí otra vez, parroquianos benignos, y os daré una página histórica que me salió, cuando menos lo pensaba, en los días de mi convalecencia. Los amigos que me llevaron a la islita de Mar Menor me restituyeron a Cartagena en una plácida tarde de Septiembre. Apenas llegué a la ciudad y a la redacción de El Cantón Murciano, leí en este periódico la lista del Ministerio que había formado el gran tribuno Emilio Castelar. Vedla aquí:

Presidencia, Castelar; Estado, Carvajal; Gracia y Justicia, Río Ramos; Hacienda, Pedregal; Guerra, Sánchez Bregua; Marina, Oreiro; Gobernación, Maisonnave 7; Fomento, Gil Berges; Ultramar, Soler y Pla. Salmerón fue elegido Presidente de las Cortes. Era opinión general en Cartagena que don Emilio iba a meter mano a los cantonales, poniendo sitio a la plaza en toda regla.

Sin que yo pusiera nada de mi parte, y hallándome aún a media convalecencia, me vi otra vez llevado a la corriente histórica, que en aquellos días de Septiembre era mansa y sin notorias turbulencias. Dudo que merezcan pasar a los Anales de Clío los acontecimientos que, vistos de cerca, me parecieron de poca monta y no alteraban la marcha indecisa y claudicante del Cantón. Pacificada Valencia, Martínez Campos se acercó a nuestra plaza, llegando hasta La Unión, desde donde sus avanzadas hicieron un reconocimiento hasta las inmediaciones del barrio de Santa Lucía. Contáronme que hubo tiroteo y que las fuerzas centralistas se retiraron a la madrugada.

Y ya que nombro a Santa Lucía, diré que fui a la casa donde cené con la Madre en aquella calurosa noche de Agosto, inolvidable para mí porque en ella me inoculó Doña Geografía, con sus acerbas prohibiciones, la pasión de ánimo que me tuvo medio loco y medio muerto durante más de un mes. La freidora de pescado estaba en su sitio; pero en la casa me dijeron que Doña Mariana había cambiado de residencia y no sabían su paradero.

Sigo pasando ante tu vista, lector discreto, una cinta histórica de menguado interés: iniciativas (p.8737) abortadas, hazañas ilusorias, planes muertos apenas concebidos. Salió Contreras en busca de Martínez Campos, con grande aparato de fuerzas de tropa y Milicias, cañones Krupp, Ingenieros, Caballería, Sanidad Militar, pertrechos de guerra y boca, y demonios coronados. Los dos Ejércitos no se encontraron o no quisieron encontrarse.

Las piezas Krupp de una parte y otra hicieron fuego a larga distancia sin causarse daño de consideración. En el campo cantonal, un caballo fue herido en la boca por un casco de proyectil, avería tan leve que el animal no tardó en curarse; otro casco perforó el parche de un tambor, y un soldado recibió contusiones que apenas merecieron auxilios caseros de la Sanidad. Mejor hubiera sido que me dejara yo en el tintero estas vanas correrías. Conste que las saco sin otra expresión gráfica que unos puntos suspensivos..

Las excursiones marítimas de aquel mes no merecen mayor gasto de tinta. Claro es que luego vendrán hechos de armas tan resonantes que para referirlos toda la tinta será poca. Concretándome a las aventuras marítimas del Cantonalismo en Septiembre del 73, acorto la corriente narrativa para consignar que el viajecito de Gálvez a Torrevieja en el Fernando el Católico, y la sorpresa de Águilas por el Brigadier Carreras en el mismo buque, sólo sirvieron para esquilmar con escaso provecho a estos dos pueblos.

Algo más serio fue lo de Alicante. Carreras se presentó con las fragatas Numancia y Méndez Núñez ante aquel puerto, donde entonces residía el Ministro de la Gobernación, Maisonnave 8, tan amado de sus coterráneos los alicantinos. Alborotose el vecindario, las fragatas rompieron el fuego contra la Plaza, y ante la obstinada pasividad de esta, los cantonales viraron en redondo y se volvieron a Cartago Espartaria.

Apártate de mi atención, fastidiosa historia pública; déjame volver a mi dulce cuento. La fuerte querencia que no podía echar de mí llevome una tarde a la plaza de la Merced, donde vi que el edificio construido para la magna institución pedagógica estaba cerrado a piedra (p.8738) y barro. Recorriendo las calles adyacentes, con la esperanza de encontrar alguna puertecilla excusada que comunicara con tal edificio, interrogué a unas pobres mujeres que estaban haciendo calceta en el quicio de un portalón cerrado. Dijéronme que la escuela grande se había convertido en almacén de harinas, arroz, bacalao y otros artículos, para el suministro de la Plaza en caso de que le pusieran cerco los condenados centralistas. Las señoras maestras habían desalojado el edificio, llevándose los trebejos de enseñar, mapas, tinteros y la mar de libros.

En esto vi que por angosta puertecilla de un callejón cercano salía una señora con manto negro, en la cual reconocí a Doña Aritmética. Llevaba en sus manos un lío de ropa y un fajo de papeles y cuadernos. No consideré prudente detenerla y hablar con ella, y la seguí a discreta distancia, en conserva, como dicen los marinos.. Traspuso la dueña la puerta de San José. La dirección que tomó luego indicome que iba hacia Santa Lucía. Como no miraba hacia atrás y además iba y venía mucha gente por aquellos lugares, pude espiar su ruta fácilmente.

Pasó la dueña por delante de la casa en que yo cené con Mariclío; metiose después en angosta travesía, por donde pasó a una calle de mediana anchura, tortuosa y con altibajos, de caserío desigual, mezquino y pobre. Plebe lastimosa se veía en las puertas o divagaba por un suelo que sin duda fue empedrado y desempedrado por los demonios.

Adelantando en la calle, oí el tintineo vibrante de los martillos sobre el yunque.. Doña Aritmética torció a la derecha vivamente. Apresuré el paso para seguirla de cerca. Ella delante, yo detrás, penetramos en una travesía corta, en cuyo fondo vi el resplandor rojizo de una herrería. Allí se metió la dueña, y yo, sin saber ni pensar lo que hacía, me colé tras ella. Dentro de la negrura en que lucían con viva lumbre las llamas de la fragua, los hierros al rojo y las chispas que al golpe de los martillos saltaban, quedeme absorto y paralizado. Por más que miré en derredor mío no vi a Doña (p.8739) Aritmética. Dos hombres hercúleos, con mandiles de cuero, trabajaban en el yunque; un mozo fornido metía los hierros en la fragua, y un guapo chico de tiznado rostro tiraba de la cadena del fuelle.

Yo no sabía qué decir. Por fin me decidí a preguntar tímidamente si había entrado allí una señora de tales y tales señas. Nadie me contestó; llegué a creer que nadie me veía; los cuatro siguieron trabajando como si no hubiera entrado nadie. Repetí mi pregunta con el mismo resultado negativo. Acordeme entonces de que la Madre me dijo en ocasión reciente que para ser hombre y no muñeco debía yo conservar el saber adquirido, completándolo con el vigor físico que dan los trabajos más duros. Pensando en esto llegué a imaginar que me hallaba en un recinto encantado, bajo el dominio de la Madre augusta y eterna, educadora de las naciones.

 

Ep-44-XXVII -

Mi perplejidad y azoramiento me causaban una molestia enfadosa. Viendo que no hacían caso de mí, cual si yo fuera un ente invisible, quise llamar la atención de aquellos cíclopes con gesticulaciones violentas y gritos atroces. Entonces, uno de los herreros dejó a un lado su martillo y la pieza que forjaba, y se llegó a mí risueño. Al ver que al fin había logrado hacer acto de presencia, creo, señores míos.. no estoy seguro de ello.. creo que me expresé de este modo: «Pero los que aquí trabajan ¿son hombres o qué diantres son?». Antes de contestarme, el forjador se quitó el mandil de cuero dejando ver un tórax espléndido, cual yo no lo había visto nunca en carne mortal. La cabeza y el rostro eran de una hermosura sólo comparable a la que nos ha transmitido la estatuaria helénica.

Con bondadoso acento me dijo aquel que diputé por superior a la estirpe humana: «Ya sé a qué vienes. La que manda en ti te propuso que fueras herrero y sabio para ser hombre y no muñeco. Pero yo advierto que eres demasiado endeble para emprender tarea tan ardua. Sería preciso que te dejaras construir de nuevo. Yo y mis compañeros de trabajo somos forjadores de los caracteres hispanos del porvenir. ¿No (p.8740) comprendes esto?.. Pues has de saber, hombrecillo de obcecado entendimiento, que estos hierros son resortes para las voluntades, que no han de doblarse ni romperse. Luego verás cómo trabajamos el acero y otros metales, que han de dar resistencia a los corazones y solidez a los cráneos donde se alberga el pensamiento».

Continuaba yo privado de opinión sobre cosas tan inauditas. Con fugaz razonamiento me dije: «Por Júpiter, que este ensueño es más dislocado y delirante que cuantos hasta ahora me depararon los espíritus juguetones». Y antes que yo pudiera escudriñar la razón de aquel extraordinario prodigio, el hombre perfecto de cuerpo y rostro me cogió por el brazo o por el pescuezo, y llevándome como en vilo, me condujo a otra estancia más grande, en la cual vi dos filas de hombres membrudos y atléticos, que trabajaban en diferentes operaciones de lima, torno y pulimento de metales. Pasando entre ellos pude observar la majestuosa estatura del forjador, comparada con la mía. Con tacones y sombrero, yo le llegaba poco más arriba del codo.

Entramos en un aposento reducido, iluminado por luz cenital. En el centro había una mesa de hierro con tazas y ánforas griegas. Por indicación de la estatua viviente nos sentamos. Oí en derredor mío un musitar festivo de voces femeninas. Manos invisibles nos sirvieron un divino néctar que debía de ser Falerno. Cuando se aproximaban las fantásticas servidoras creí vislumbrar un asomo de facciones humanas, vagamente apreciables a la vista. Me volví y dije: «¿Eres tú Graziella?». Risillas burlonas sonaron alejándose en el aire vago.

La ingestión del vino de los Dioses produjo en mí una súbita iluminación del espíritu, un gozo chispeante, una conformidad expansiva con lo que me pasaba. «Caballero forjador -dije al que ya consideraba como amigo-; confiado en su amabilidad le suplico me saque de una duda. Yo entré en la herrería siguiendo a una señora madura a quien conozco con el nombre de Doña Aritmética. Traspasé la puerta un segundo después que ella y no la vi. ¿Puede (p.8741) usted decirme a dónde ha ido esa señora y el cómo y porqué de desaparecer tan pronto?

-Esa calle por donde has venido -me contestó el hombre de perfectas hechuras- es incómoda y casi intransitable en el trozo más alto. Las personas que tienen que ir a la escuela de párvulos hallan por aquí acceso más fácil, pues sólo un patio, como verás, separa este taller del taller de Floriana. La gran Maestra, imposibilitada de trabajar en el magno colegio que se hizo para ella, no quiere estar ociosa, y en este barrio mísero ha establecido una escuela humilde, para educar a los niños más pobres y desamparados de la ciudad.

-Bien clara es ya para mí la ruta de Doña Aritmética, y ahora comprendo el magnetismo que a estos lugares poderosamente me atraía. ¿Me permitirá usted, señor coloso, que salga yo a ese patio, por lo menos, para ver desde allí el recinto escolar donde la Diosa cría las inteligencias del mañana?».

Levantándose me dijo el artífice de voluntades: «Ven conmigo y verás». Salimos.. no sé si por una puerta o por una de esas paredes que permiten la filtración de bultos corpóreos.. salimos, digo, al patio, que era irregular, con empedrado menudo y muy bien barrido, completamente llano. Avanzamos luego por un espacio trapezoidal, limitado por medianerías y anexos de casas mezquinas. El patio se angostaba después para ensancharse en una especie de plazoleta. Sorprendiome la pulcritud del empedrado, que indicaba la acción constante de hacendosas manos femeniles. Pero más que esto me sorprendió que nuestros pasos no hacían ni el más leve ruido sobre las piedrecillas, como si estas fueran pelotas de lana.

En la plazoleta vi unas cuerdas en las que estaba tendiendo ropa Doña Gramática. Temblé ante la personificación de la sintaxis enroscada y regurgitativa; pero mi temor se disipó al instante, porque pasamos frente a ella, como a dos palmos de su cara, y no nos vio. Traspasado el cortinaje que formaban las sábanas y manteles puestos a secar, vi unas ventanas bajas, y llegó a mi oído un runrún leve de voces infantiles. Allí estaba la (p.8742) escuela.

Repitiose el fenómeno anterior. No puedo decir si entramos por una puerta o por un muro de materia tan tenue que daba paso a los cuerpos. La escuela era grande, de techo bajo, con pies derechos de madera sin pintar, y trazas de un viejo almacén o depósito de efectos navales. Aún quedaba en él un ligero tufillo de brea. Entre niños y niñas pareciome que había poco más de veinte, todos muy pobres, descalzos la mayor parte, mal vestidos, algunos harapientos y desgreñados.

En el centro del local vi a Floriana, vestida de azul obscuro. Dulce palidez melancólica advertí en su rostro estatuario. Su frente, de proporciones exquisitas, me deslumbró cual si de ella irradiara una claridad que iluminaba el mundo. En derredor de la divina Maestra, un enjambre de pequeñuelos de ambos sexos recibía las primeras migajas del pan de la educación. Les enseñaba las letras y los sonidos que resultaban de unir una con otra. A unos les corregía con gracejo, a otros con besos les estimulaba; a los más chiquitines les sentaba sobre sus rodillas, metiéndoles en la cabeza, como por arte mágico, las cinco vocales. Allí no había palmeta, ni correa, ni puntero, ni ningún instrumento de suplicio. Había tan sólo cariño, halagos, persuasión, y un extraordinario poder espiritual para encender en el cerebro de las criaturas las primeras lucecitas del conocimiento. Un sacerdote santo dando la comunión a los fieles, en las catacumbas, no me hubiese inspirado mayor respeto.

Divagamos por el aula con la libre curiosidad de fantasmas que gozan el precioso don de ver sin ser vistos.. En el fondo del local vi a la simpática Doña Caligrafía bregando con las niñas y niños mayorcitos que, llenándose los dedos de tinta y alargando los morros, trazaban palotes, rudimento inicial de la escritura.. Llegó el momento del descanso, que fue consuelo de aquellas pobres almitas oprimidas por la grave atención.

Llevando de la mano por racimos a sus chiquitines, Floriana salió a un patinillo donde había un naranjo raquítico y unos girasoles mustios. Allí todos, chicos y (p.8743) medianos, se soltaron a correr y a jugar. Algunas niñas, que habían dejado allí sus peponas, las recogieron y empezaron a zarandearlas con alegres cantos maternales. Los chicos tiraban de peonzas y pelotas. En un rincón del patinillo, Doña Aritmética, delante de un gran barreño lleno de agua, lavaba las caras mocosas y sucias de algunos. En lugar próximo, Doña Geografía se encargaba de peinar a otros las enmarañadas greñas, donde no era raro encontrar habitantes. Después entró Doña Gramática, trayendo la merienda que entregó a Floriana para que la repartiese: era pan y aladroque, que comieron los chiquillos con la gazuza que supondréis.

Luego vinieron los regalitos; a los pequeñuelos descalzos, con los pies llenos de mataduras, les puso Floriana por su mano alpargatitas nuevas; a una niña muy aplicada que en pocos días había aprendido a deletrear, obsequió la Maestra con una pepona muy lozana, con camisa, y chapas de bermellón en los mofletes; a un rapaz espigado y listo, que ya trazaba úes y emes con rara perfección, le regaló una cajita de colores, pincel y lapicero. Entró Doña Caligrafía con un ramo de flores que la Maestra repartió entre las chiquillas, poniéndoselas en el moñete o en el pecho.. «Adiós; hasta mañana».. Besos, cariños, alegría, risas que eran como un himno a la Enseñanza, y desfiló aleteando la infantil bandada.

 

Ep-44-XXVIII -

Ya no vi más, porque el divino forjador me sacó del patinillo, no sé cómo ni por dónde, y me encontré con él en lo alto de una calleja de tan áspera pendiente que más parecía despeñadero. Pensaba yo en los volatines que tenía que hacer para el descenso, cuando el titán me cogió en brazos, como si yo fuera un monigote de papel, y me bajó hasta un rellano donde había un pretil. Debajo del pretil se veía la muralla, y más abajo el mar.

Nos sentamos los dos. No pude yo expresar mi estado de espíritu más que con un suspiro, tan hondo y grande como si con él echara toda mi alma. El atleta me miró atentamente, y sus labios de mármol pronunciaron estas palabras desgarradoras: (p.8744) «Floriana es mi novia..».

Ni para temblar me quedaron fuerzas después de oído esto. El corazón se me achicaba, y llegué a sentirlo del tamaño de una nuez cuando el varón estatuario remató así su concepto: «Mi novia es, y ningún mortal puede aspirar a su amor.. Te lo digo en el lenguaje vulgar de tu tiempo, y traduzco el lenguaje eterno, para que pueda ser por ti fácilmente comprendido. Las divinidades que gobiernan el mundo han dispuesto que el Fuego plasmador se una en coyunda estrecha con la Feminidad graciosa y fecunda, para engendrar la felicidad de los pueblos futuros. Antes que acabe esta generación se ha de ver en pos de Floriana un enjambre de mil niñas, que al llegar a la edad juvenil encarnarán la belleza, la ternura, la gracia y sutileza educativa que has admirado en la excelsa regidora de esa humilde escuela. Cada una de esas mil criaturas, hijas de Floriana, dará al mundo otras mil. Ya puedes comprender que con un millón de maestras como esta que has visto, tu patria y las patrias adyacentes serán regeneradas, ennoblecidas y espiritualizadas hasta consumar la perfecta revolución social».

Atontado escuché.. Hallábame, como si dijéramos, henchido de resignación.. Nada se me ocurría que pudiera ser digna respuesta a predicción tan sublime.. Yo, Tito Liviano, el hombre raquítico, enclenque, de ruin naturaleza, residuo miserable de una raza extenuada, politicastro que pretendía reformar el mundo con discursos huecos, con disputas doctrinales, fililíes retóricos y dogmáticos requilorios, me sentí tan humillado, que anhelé con toda mi alma huir de la comparación con aquel ser titánico de infinita grandeza.. Me levanté, y con la frase más vulgar del lenguaje de mi tiempo le dije: «Ya debo retirarme. Adiós, señor».

Al dar el primer paso vi bajo mis pies una escalera quebrada, empinadísima, en cuyo fondo adiviné un abismo. Viéndome perplejo, el hermoso gigante tiró de mí diciendo: «Por aquí bajarás mejor». Se volvió hacia la muralla y me arrojo por un inmenso talud o escarpa de inconmensurable altura. «¡Adiós, (p.8745) Tito -me dije-, que aquí pereces!..». Contra lo que pensaba, descendí con suave rapidez como si la pendiente fuera de algodones, y caí de pie en la playa, sano y salvo, sin contusión ni rozadura, sin polvo ni el menor desperfecto en mi ropa.

 

Ep-44-XXIX -

Al retirarme, vi en mi mente con absoluta claridad que mi papel en el mundo no era determinar los acontecimientos, sino observarlos y con vulgar manera describirlos para que de ellos pudieran sacar alguna enseñanza los venideros hombres. De tales enseñanzas podía resultar que acelerasen el paso las generaciones destinadas a llevarnos a la plenitud de los tiempos. Seguí, pues, en mi atalaya histórica, y presencié fríamente sucesos culminantes que imprimieron mayor interés y bizarría a los anales del Catón. (p.8746)

Pero me falta espacio para referiros lo que observé en los meses de Octubre, Noviembre y Diciembre del 73 y la mitad de Enero del 74, por lo cual solicito de vuestra benevolencia un período de higiénico descanso, que no ha de ser corto si me obligo a contaros el bloqueo de Cartagena, con los reñidos combates navales de aquellos interesantes días; el asedio que puso a la Plaza un Ejército Centralista, mandado por el General López Domínguez; el lastimoso asesinato de la República, muerta el 3 de Enero a manos del General Pavía, y después, el dramático desenlace y acabamiento del Cantón, con la fuga de sus temerarios caudillos a las playas africanas.

Ya metidos lectores y narrador en la jurisdicción del 74, seguiremos tan campantes al través de la intrincada manigua de las desgarradoras contiendas civiles, hasta parar en aquella fatalidad histórica que abominamos, no sin reconocer que nuestra incorregible tontería fue Razón transitoria de una Sinrazón que ya ¡vive Dios! va durando más de la cuenta.

 

FIN DE LA PRIMERA REPÚBLICA

 

 

&

(EPISODIO 45)

DE CARTAGO A SAGUNTO

 

Ep-45-I -

Arriba otra vez, arriba, Tito pequeñín de cuerpo y de espíritu amplio y comprensivo; sacude la pereza letal en que caíste (p.8747) después de los acontecimientos ensoñados y maravillosos que te dieron la visión de un espléndido porvenir; vuelve a tu normal conocimiento de los hechos tangibles, que viste y apreciaste en la vida romántica del Cantón cartaginés, y refiérelos conforme al criterio de honrada veracidad desnuda que te ha marcado la excelsa maestra Doña Clío. Abandona los incidentes de escaso valor histórico que han ocurrido en los días de tu descanso soñoliento, y acomete el relato de las altas contiendas entre cantonales y centralistas, sin prodigar alabanzas dictadas por la amistad o el amaneramiento retórico.

Obedezco al amigo que me despabila con sacudimiento de brazos y tirones de orejas, cojo mi estilete y sigo trazando en caracteres duros la historia de estos años borrascosos en que, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir. Lo primero que sale a estas páginas llegó a mi conocimiento por los ojos y por el tacto: fue la moneda que acuñaron los cantonales para subvenir a las atenciones de la vida social. Consistió la primera emisión en duros cuya ley superaba en una peseta a la ley de los duros fabricados en la Casa de Moneda de Madrid. Las inscripciones decían: por el anverso, Revolución Cantonal. -Cinco pesetas; por el reverso, Cartagena sitiada por los centralistas. -Septiembre de 1873.

Elogiando yo la perfección del cuño ante los amigos don Pedro Gutiérrez, Fructuoso Manrique, el Brigadier Pernas y Manolo Cárceles, éste, con su optimismo que a veces resultaba un tanto candoroso, me dijo: «Fíjese el buen Tito en que ese trabajo lo han hecho los buenos chicos que en nuestro presidio sufrían cadena por monederos falsos». Puse yo un comentario a esta declaración, diciendo que los tales artífices fueron maestros antes de ser delincuentes, que en la prisión afinaron su ingenio, y que la libertad les habilitó para servir a la República con diligente honradez, cada cual según su oficio. «Así es -dijo Cárceles-, y da gusto verles por ahí tan tranquilos, sin hacer daño a nadie, procurando aparecer como los más fieles y útiles (p.8748) auxiliares del naciente Anfictionado español». Antes de la emisión de la moneda se pagaban los servicios con cachos de plata que luego se canjearon por los flamantes y bien pronto acreditados duros de Cartagena.

En los mismos días me enteré por los amigos de la nueva organización que se había dado a los altos Poderes Cantonalistas. Dimitió el Gobierno Provisional, incorporándose a la Junta Soberana, que se fraccionó en las siguientes Secciones: De Relaciones Cantonales: Presidente Roque Barcia, Secretario Andrés de Salas. -De Guerra: Presidente General Félix Ferrer, Secretario Antonio de la Calle. -De Servicios Públicos: Presidente Alberto Araus, Secretario Manuel F. Herrero. -De Hacienda: Presidente Alfredo Sauvalle, Secretario Gonzalo Osorio. -De Justicia: Presidente Eduardo Romero Germes, Secretario Andrés Lafuente. -De Marina: Presidente Brigadier Bartolomé Pozas, Secretario Manuel Cárceles Sabater. Los cargos de Presidente y Secretario de estas Secciones equivalían a los de Ministro y Subsecretario de los diferentes ramos.

Sin puntualizar una por una las diversas expediciones marítimas que efectuaron los barcos insurgentes a fines de Septiembre, procuro corregir mi deficiente sentido cronológico y me apodero de algunas fechas, claveteando en mi memoria la del 24 porque ella señala mi nada lucida incorporación a la escuadra que fue al bombardeo de Alicante con las miras que fácilmente supondrá el lector. Mi amigo Cárceles, que se empeñaba en hacer de mí una figura heroica, me metió casi a empujones en elFernando el Católico, vapor de madera, inválido y de perezosos andares, el cual iba como transporte llevando gente de desembarco ganosa de probar en una plaza rica la fortaleza de su brazo y el largor de sus uñas. Al conducirme a bordo, Cárceles puso en mi compañía para mi guarda y servicio a un presidiario joven, simpático y hablador, que desde el primer momento me cautivó con su amena charla y la variedad de sus disposiciones. Antes de bosquejar la figura picaresca de mi adlátere y (p.8749) edecán, os diré que el Cantón creyó deber patriótico cambiar el nombre del barco en que íbamos, pues aquello de Fernando, con añadidura de el Católico, conservaba el sonsonete del destruido régimen monárquico y religioso. Para remediar esto buscaron un nombre que expresase las ideas de rebeldía triunfadora, y no encontraron mejor mote que el estrambótico y ridículamente enigmático de Despertador del Cantón.

A la hora de navegar en el Despertador, mi asistente o machacante hizo cuanto pudo para mostrarse amigo, refiriéndome con donaire su corta y patética historia. Resultó que hacía versos. En su infancia se reveló sacando de su cabeza coplas de ciego; luego enjaretó madrigales, letrillas y algunas composiciones de arte mayor que corrían manuscritas entre el vecindario de su pueblo natal, la villa de Mula. Por algunos trozos que me recitó comprendí que no le faltaban dotes literarias, pero que las había cultivado sin escuela ni disciplina.. Casó muy joven con moza bravía; surgieron disgustos, piques, celeras, choques violentísimos con varias familias del pueblo. Cándido Palomo, que tal era su nombre, alpargatero de oficio y en sus ocios poeta libre, llegó una noche a su casa con el firme propósito de matar a su mujer; mas tuvo la suerte de equivocarse de víctima y dio muerte a su suegra, que era la efectiva causante de aquellos líos y el impulso inicial de la tragedia. Cuando Palomo entró en presidio compuso un poema lacrimoso relatando su crimen y proceso. Aunque plagado de imperfecciones, el poético engendro me recordó el libro primero de Los Tristes de Ovidio y aquel verso que empieza Cum repeto noctem..

Con estas y otras divertidas confidencias de aquel ameno galopín, que también repitió una letrilla y un romance burlesco que había dedicado a cantar las malicias de su suegra días antes de despacharla para el otro mundo, entretuvimos las horas lentas de la travesía, terminada a las nueve y media de la noche frente a la ciudad del turrón, la dulce Alicante. El primer cuidado del caudillo cantonal que nos mandaba (p.8750) (y juro por la laguna Estigia que no sé quién era) fue notificar a los cónsules que si la plaza no aprontaba buena porción de víveres y pecunia, conforme al truculento ultimátum formulado en viajes anteriores, comenzaría el bombardeo al amanecer.. Llegado el momento, colocadas en orden de batalla las naves guerreras con nuestro Despertador a retaguardia, intervino el Almirante de una escuadra francesa surta en aquellas aguas, logrando con hábil gestión humanitaria que se aplazase el bombardeo cuarenta y ocho horas. Pusiéronse a buen recaudo los vecinos pacíficos de Alicante, y el Gobierno Central, representado allí por mi amigo Maisonave y por un general cuyo nombre no figura en mis anotaciones, se preparó para la defensa.

A las seis de la mañana del 27 rompieron el fuego las fragatas Numancia, Tetuány Méndez Núñez con pólvora sola, y como no izase Alicante bandera de parlamento se hicieron disparos con bala contra el castillo y la ciudad. El castillo, visto desde la mar, parecíame asentado en la cima de un alto monte de turrón, deleznable conglomerado de avellanas y miel. A pesar de estas apariencias, nuestros proyectiles no hicieron allí estrago visible. En la plaza advertimos señales de gran sufrimiento, y las balas que de allá nos venían apenas rasparon el blindaje de nuestra Numancia. Como tampoco sufrieron deterioro las inservibles carracas Tetuán y Méndez Núñez, envejecidas e inútiles en plena juventud, no pude ver en aquella militar función más que un juego de chicos o un bosquejo parodial de página histórica, para recreo de gente frívola que se entusiasma con vanos ruidos y parambombas.

Cinco horas duró el simulacro, disparando nosotros ciento cincuenta proyectiles que debieron de ser pelotas de mazapán. Total, que Alicante no dio un cuarto y que nos marchamos con viento fresco, llevando a la mar la jactanciosa hinchazón de nuestras fantasías. Mientras nosotros navegábamos hacia Cartagena, ufanándonos de haber impuesto duro castigo a la plaza centralista, las autoridades de (p.8751) ésta telegrafiaban a Madrid extravagantes hipérboles del daño que nos habían causado: según ellas, la obra muerta de nuestras naves estaba hecha pedazos y las cubiertas sembradas de cadáveres; en tierra, don Eleuterio y el general, cuyo nombre sigo ignorando, habían afrontado el bombardeo con espartano heroísmo. Por una parte y otra era todo pueril vanidad y mentirosas grandezas para engaño de los mismos que las propalaban.

En el viaje de regreso hice amistad con otro galeote, llamado de apodo Pepe el Empalmao por la desmedida talla de su cuerpo flaco y anguloso. Aprovechando un rato en que mi machacante subió a cubierta, dejándonos en el primer sollado, me dijo que la bravía mujer de Palomo, guapa de suyo y mejorada en sus atractivos por los afeites y pulidas ropas que a la sazón gastaba, hacía en Cartagena vida libre, requiriendo el trato de señores ricos en casas discretas cuyas paredes eran reservado encierro del escándalo. Añadió que si yo quería verla y juzgar por mí mismo su buen apaño de rostro y hechuras, él no tendría inconveniente en llevarme a donde pudiese encontrarla. El pobre Cándido conocía el aprovechado mariposeo con que su mujer se ganaba la vida; visitábala alguna vez; pero ella con buenas o malas razones, según el viento o el humor reinantes, le apartaba de su lado, dándole algunos dineros que eran el mejor específico para que el marido se curase del molesto afán de sus visitas. Comprendí que Pepe el Empalmao era un sutil rufián y le prometí aceptar sus buenos servicios, tan necesarios, como dice Cervantes, en toda república bien ordenada.

Retirado de mi presenciaEl Empalmao por accidentes del servicio, volvió junto a mí Cándido Palomo, al cual le faltó tiempo para brindarme sabrosos apuntes históricos de su camarada. José Tercero, que tal era el nombre del rufián, había ido a comer el bizcocho y el corbacho del presidio por ejercer con demasiada sutileza las artes de corrupción, asistido de una mala hembra, llamada por mal nombre Marigancho, que purgaba sus delitos en la Galera de (p.8752) Alcalá de Henares.. Dejo a un lado a éste y otros prójimos de interesante psicología, para seguir desenredando la madeja histórica. La Junta Soberana resolvió canjear con el comercio, por artículos de comer, beber y arder, gran copia de materiales existentes en el Arsenal y fortificaciones: bronces, hierros, maderas finísimas, y cuanto no tenía inmediata eficacia para la defensa de la plaza. Acordó además la Junta reforzar la guardia de la fábrica de desplatación y amenazar a varios industriales, entre ellos al marqués de Figueroa, con el embargo de sus bienes si no pagaban a la Aduana, en el término de cuatro días, los derechos de Arancel por la importación de carbón y otros efectos.

Continuaron aquellos días las salidas por mar y tierra. Resistí a las sugestiones de Gálvez para que le acompañase en una expedición que hizo a Garrucha con el Despertador y la fragata Tetuán. Creí más divertido para mí, y más eficaz para la misma Historia, salir por las calles de la ciudad con mi amigo El Empalmao a la fácil conquista de Leonarda Bravo o Leona la Brava, como vulgarmente llamaban en Cartagena a la mujer de Palomo. Pronto la encontramos, que para llegar a la gruta de tal Calipso no era menester larga exploración por tierras desconocidas. En una casa recatada y silenciosa, medianera con la vivienda y taller de las tres muchachas retozonas amigas de Fructuoso, recibió mi visita. Era una mujer bonita y fresca, bien aderezada para su oficio, cariñosa en el habla y modos, como a sus livianos tratos correspondía.

Nada advertí en Leona que justificara su fama de braveza. A mis preguntas sobre esto me contestó que la ferocidad de su genio habíala mostrado tan sólo en el tiempo que hizo vida conyugal con Palomo, por ser éste un terrible celoso atormentador y un carácter capaz de apurar y consumir a la misma paciencia. Pero que recobrada la libertad, y respirando el libre ambiente del mundo para vivir del beneficio que su propio mérito y gracias le granjeaban, se había trocado de leona furibunda en oveja mansísima. Ni fue corta ni (p.8753) desabrida mi visita, sino, antes bien, larga y placentera. . . . . . . . . . . . . .

No sé si en los medios o en el fin de nuestra accidental intimidad,Leona me dijo que no vivía donde estábamos sino en la parte alta de Santa Lucía. Oyendo esto acordeme de la famosa fragua mitológica y de la escuela de Floriana. A mis preguntas, sugeridas por el recuerdo de aquellos lugares, contestó la moza que existía la fragua, que el patinillo era secadero de una tintorería y la escuela depósito de cosas de barco. Las maestras puercas y legañosas que allí daban lección a los chicos harapientos del barrio, se habían largado a otra parte. Esto avivó mi curiosidad y el deseo de reconocer aquellos lugares, y pidiendo permiso a La Bravapara visitarla en su vivienda, nos despedimos hasta una tarde próxima.

 

Ep-45-II -

Que la Junta Suprema de Cartagena autorizase una función dramática en el teatro Principal, representándoseJuan de Lanuza y destinando los productos a los Hospitales, no merece largo espacio en estas crónicas. Tampoco debo darlo a la expedición de Gálvez a Garrucha, extendiéndose a Vera y Cuevas de Vera, donde tuvo lucido acogimiento y pudo afanar dinero y provisiones de boca. La repetición de estas colectas a mano armada las priva de interés en el ciclo cantonal.

Mejor alimento, lector voraz, siquiera sea de golosinas, te doy contándote que guiado por mi embajador venustino José Tercero fui a visitar a La Brava en el altillo de Santa Lucía. Entramos a la vivienda de la moza por la fragua de marras, en la que forjaban clavos unos vulgarísimos y tiznados herreros, que ni la más remota semejanza tenían con los gallardos alumnos de Vulcano, y menos con el Titán hermosísimo en quien los ojos de mi fantasía vieron al creador de mil hijas de recia voluntad.

Pasamos de allí al patinillo, donde unas mujeres con las manos carminosas ponían al sol madejas de estambre recién teñido de colorado. Entramos luego en lo que fue escuela, y vi el local repleto de barriles de alquitrán, de viejas lonas y de montones de la filástica que se (p.8754) usa para calafatear las embarcaciones. Ni rastro hallé de objetos escolares. ¡Y pensar que allí se me representó en carne viva la ideal Floriana, educadora de pueblos, virgen y madre de las generaciones que han de redimirnos! ¡Qué cosas vio mi espíritu en aquel mísero aposento, y qué divinos embustes imaginó, pintándolos en la retina, el caldeado cerebro de este antojadizo historiador!

Introdújome Tercero en un angosto pasillo, que era pórtico de humildes viviendas numeradas. En la salita de una de éstas encontré a Leonarda con el cabello suelto, en compañía de una mujer que no era peinadora sino maestra, y que a mi amiga estaba dando lección de escritura. La Brava, con los dedos tiesos, llenos de tinta y torcida la boca, hacía tembliqueantes palotes, poniendo en ello toda su alma. La maestra, con dulce paciencia, guiando la mano de su discípula, la corregía y amonestaba.. Pásmate, lector incrédulo, y abre tamaños ojos al saber que en la profesora reconocí las facciones de Doña Caligrafía, ya envejecidas y deslustradas cual si hubiera pasado medio siglo desde que la vi o creí verla en la compañía y séquito de la ideal Floriana.

Deseosa de hablar conmigo,Leona suspendió la lección, despidiendo a la momificada pendolista y a Pepe el Empalmao. Sin más ropa que la camisa y una holgada bata de colorines; sin corsé, los desnudos pies en chancletas, suelto el negro cabello abundante, Leonarda ponía la menor veladura posible entre sus corporales hechizos y los ojos del visitante. Afectuosa y comunicativa, me habló de esta manera:

«Veo que te asombras de que ande yo en estos jeribeques de la escritura. Pues sabrás que no me contento con ser lo que soy al modo rústico y ordinario. Me enloquece la ambición. Desde que me metí en este vivir arrastrao, la mirilla en que tengo puestos los ojos de mi alma es Madrid.. Quierodirme a la Corte, donde podré ser mujer alegre con más aquél que aquí, luciendo y aprovechando lo que Dios me ha dado.. Comprenderás, querido Tito, que no puedo ir hecha una burra, pues entonces no me (p.8755) saldría la cuenta, que aquél no es un público de patanes sino de personas principales y de posibles. Yo sabía leer a trompicones, y ahora esta pobre maestra que aquí has visto, vecina mía, por dos reales que le doy un día sí y otro no me enseña la lectura de corrido, y además me da lección de escritura, empezando por tirar de palotes que es muy duro ejercicio.. Pienso yo que la ilustración es necesaria aun para las que andamos en tratos.. ya me entiendes.. En Madrid haré vida de libertad, pero mirando a lo elegante y superfirolítico. Como en ello están todos mis pensamientos, pongo gran atención en el habla de los señores con quienes una noche y otra noche tengo algo que ver, y cuantas palabritas o frases les oigo, que a mí me parecen finas, las atrapo y me las remacho en la memoria para soltarlas cuando vengan a cuento. Ya sé decir: a tontas y locas, de lo lindo, en igualdad de circunstancias,partiendo del principio, permítame usted que le diga,mejorando lo presente, tengo la evidencia, seamos imparciales,bajo el prisma, bajo la base..».

Discretísimo y práctico me pareció el anhelo de aquella pobre criatura, que no sabiendo salir de su esfera mísera trataba de ennoblecerla y darle asomos de dignidad. Felicité sinceramente a La Brava, incitándola a que se esmerase en engalanar con flores, siquiera fuesen de trapo, el camino vicioso que había de seguir, siempre que su destino no le marcara otro mejor aunque menos bonito. Puso ella a sus confidencias el remate de esta profecía: «Con lo poquito que ya sé, y lo que he de aprender, no será difícil que en Madrid me salga un marqués viejo, rico, baboso, a quien yo pueda manejar como un títere, que me ponga casa elegante, con alfombras y cortinones de seda, y me vista con toda la majeza del siglo. Pa entonces tendré coche y me pasearé muy repantigada por las alamedas que llaman el Retiro y la Fuente Castellana».. Después de esto vino la peinadora. Del tiempo transcurrido desde la operación de aderezarse la hermosa cabellera hasta que se puso a almorzar un excelente arroz con pescado, no debo decir (p.8756) nada a mis lectores, pues la tela de la Historia tiene dobleces impenetrables.

Vestida y calzada salió Leona conmigo al patinillo, donde vimos un sujeto en mangas de camisa, lavándose la cara en una pobre jofaina de latón. Mi amiga le saludó risueña, como a vecino que en uno de los cuartos de aquella humilde casa moraba. Apartándonos de él para dejarle fregotearse a sus anchas las orejas y el pescuezo, La Bravame dijo: «Este tipo es otro presidiario suelto a quien sus compañeros de gurapas llamaban don Florestán de Calabria, y por este remoquete le conoce todo Cartagena. Es noble, según dice, y desciende de príncipes napolitanos. Vino a cumplir condena de seis años por enmiendas que hizo al testamento de una tía suya. Es hombre de historias, de lenguas, y tan périto en la escritura que no hay letra ni rúbrica que no imite».

Al llegarnos otra vez a don Florestán, ya estaba el hombre frotándose las orejas con una toalla no muy limpia. Era un cincuentón de mediana estatura, cabeza romántica del tipo usual allá por el 45, ahuecada melena, bigote y perilla corta como los que usaron Espronceda y los Madrazos. Presentado a él por Leona, que le dio el nombre de Florestán, me dijo estrechándome la mano: «Ya le conocía a usted de vista y por su fama de historiador, señor don Tito. Mucho gusto tengo en ser su amigo; pero sepa ante todo que ese nombre que me ha dado doña Leonarda es broma de compañeros maleantes. Yo me llamo Jenaro de Bocángel, y mi linaje está entroncado con la nobleza española de Nápoles y Sicilia. ¿Habrá usted oído hablar de los Duques de Amalfi? Pues de ellos vengo yo por la rama paterna; con los ilustrísimos Marqueses de Taormina, residentes en Palermo, estaba emparentada mi madre, doña Celimena de Silva; y no falta en mi sangre algún glóbulo procedente de la clarísima estirpe de los Escláfanis de Siracusa. Algo más de mi persona y familia, así como de los vaivenes de mi existencia, he de contarle a usted.. Antes le pido permiso para volver a mi aposento y arreglarme un poco, pues no está bien que los (p.8757) caballeros se presenten ante sus iguales con este desaliño de andar por casa. Hasta luego».

Entró corriendo en su vivienda el tronado caballero. Mi amiga y yo nos quedamos riendo de su estampa fachosa y de sus hinchazones nobiliarias. Díjome La Brava que don Florestánera un infeliz de buena pasta y corazón muy tierno, a pesar de haber cometido el desliz de aquellas endiabladas escrituras que dieron con sus huesos en el estaró. Apenas transcurrido un cuarto de hora, que invertí dando a La Brava lecciones de lenguaje finústico, reapareció don Jenaro de Bocángel abrochándose un levitín raído, con visos de ala de mosca. El chaleco de colorines y el pantalón veraniego mostraban a la legua los ultrajes del tiempo. Las botas eran de charol deslucido y cuarteado, torcidos tacones y grietas que pronto serían ventanas; la camisa sin almidón; la corbata de color de rosa, anudada con esmero y arte. En el corto tiempo que consagró a su aliño, tuvo espacio Bocángel para peinar y alisar su melena coquetona, para darse un poquito de negro humo en las canas del bigote y un toque de rosicler barato en las mejillas. (p.8758)

Pegando la hebra cortésmente en nuestra charla, don Florestánme dijo: «Si como parece escribe usted los grandes anales de este Cantón que tanto da que hablar al mundo, seguramente tendrá que ocuparse de mí. Pues allá van datos de este aristócrata perseguido inicuamente por haber tomado como buen caballero la defensa de la bondad y la rectitud. Me soltaron de las prisiones no por la clemencia sino por la justicia, que nunca debieron traerme a padecer entre ladrones y asesinos. No fui criminal: fui amparador de los menesterosos, abogado de la verdad, adalid del derecho. No me arrepiento de lo que hice, sino que de ello estoy muy orgulloso, pues si mi tía doña Silvia Menéndez de Bocángel procedió criminalmente privando del usufructo de sus riquezas a los parientes más próximos, yo, Jenaro de Bocángel y de Silva, en representación de toda la parentela pobre, salí a la palestra jurídica inspirado por Dios y (p.8759) por todas las leyes divinas y humanas. No cerré contra la injusticia armado de espada y lanzón. Mis armas fueron una pluma bien cortada y el buril de la navajita con que grabé la figura y lemas de varios sellos en la blandura de una patata. Resultó un codicilo que tuvo en confusión al tribunal por largo tiempo.. Fui vencido; la sociedad, que es muy perra y muy ladrona, me destrozó con las garras de sus infames escribanos y leguleyos. Y no contenta con deshonrarme, me encerró en presidio por seis años. Pero el varón justo no se acobarda ante la adversidad, y aquí me tiene usted decidido a defender el derecho de los humildes contra la soberbia y egoísmo de los poderosos endiosados. Sostengo y sostendré que mi tía doña Silvia fue una solemne bribona legando sus riquezas a una piara de frailes inmundos y de monjas idiotas y puercas.. Conque.. aquí tiene usted, señor mío, un tema tan admirable que si lo campanea en su Historia, como sabe hacerlo, resonará en todas las naciones de Europa, Asia, África y América».

Respondile socarronamente que trataría el asunto con entusiasmo, poniendo en el mismo cuerno de la luna la abnegación y valentía del caballero don Jenaro de Bocángel. Añadí que necesitando para llevarle a mis historias un conocimiento fiel de la vida y costumbres del personaje, de sus medios de existencia, de sus trabajos o quehaceres, le pedía licencia para estar en su compañía algunos ratos. Él, con júbilo y cortesanía, me respondió de esta manera: «No saldré en toda la tarde, ni a prima noche. A su disposición me tiene para cuanto guste indagar acerca de mí. No le ruego que me acompañe a la mesa porque ya sé que almorzó con Leonardita; además mi comida es tan sobria que sería penitencia demasiado dura para una persona como usted: un platito de cocido, tres o cuatro ciruelas y un vaso de vino de Alicante. Vivo ¡ay!, en estrechez indecorosa con dos pesetas diarias que me pasan unos parientes de Madrid».

Deseosa La Bravade emprender su ronda vespertina por las calles alegres de la metrópoli (p.8760) cantonal, se despidió de nosotros hasta la noche, y yo me metí con don Jenaro en la mísera covacha donde escondía su degenerada grandeza. Después que devoró con famélicas ansias el comistraje que le sirvió una mujer desgreñada y andrajosa, mostrome el caballero un montón de cartas recibidas de Madrid y las contestaciones que él había ya medio escrito. Díjome que se consagraba exclusivamente al magno asunto de humanidad y justicia por el cual había roto lanzas en la ocasión que motivó la execrable sentencia. Hasta morir seguiría luchando, y esperaba que un triunfo glorioso coronase al fin sus trabajos y horrendo sacrificio. Entre varias cartas me leyó una que dijo ser de una prima suya, señora linajuda que de su dorada opulencia había descendido a la triste condición de patrona de huéspedes de a tres pesetas.

De los trozos de cartas leídos, el más extraordinario, peregrino y despampanante fue éste: «Ya puedo asegurar que antes de fin de año se proclamará en Madrid el Cantón que llaman Carpetano, centro y cabeza, según me ha dicho mi sobrino Policarpo, de los demás Cantones de la España. Entonces, Jenaro de mi vida, será la nuestra. Porque tú con tus influencias y Policarpo con las suyas, que no son flojas, echaréis por tierra esas leyes inhumanas que nos han despojado de lo nuestro para dárselo a la mano muerta, como tú dices, o a la mano demasiado viva y sucia, como digo yo.. Castelar está dado a los demonios. Ve venir el Cantón y no le llega la camisa al cuerpo. Mi opinión es que si este papagayo quiere hacerse cantonalista, para seguir en candelero, debéis mandarle a escardar cebollinos».

Después de celebrar con ditirambos de júbilo estas graves noticias, sin poner en duda su certeza, agregó Bocángel que no era de su gusto el nombre de Carpetanocon que los madrileños querían bautizar el nuevo Cantón. Mejor sería llamarle Mantuano, voz que se acomodaría fácilmente al criterio del vulgo.. En el curso de nuestra conversación me mostró luego el de Calabria ejecutorias de familia de los (p.8761) siglos XVII y XVIII, escritas en lengua italiana y fechadas en Palermo. A pesar de lo rancio del papel y de lo arcaico de la escritura, no creo pecar de malicioso diciendo a mis lectores que en los tales documentos había puesto su hábil mano el propio don Florestán, insuperable calígrafo según pude apreciar por las diferentes obras de su pluma que pasaron ante mis ojos.. Dejéle al fin en su febril tarea epistolar, doliéndome de la incurable vesania de aquel pobre hombre, más digno de los cuidados de una casa de orates que de los rigores del presidio.

Volvime al centro de la ciudad en busca de alguna noticia substanciosa o siquiera chismes políticos dignos de ser contados. Cerca del Arsenal me encontré a Fructuoso Manrique y al cartero Sáez, por los cuales supe que los vigías del puerto señalaban hacia poniente tres barcos de gran porte que, según creencia general, eran de la escuadra centralista mandada por el contralmirante Lobo. Así en el Arsenal como en las calles de la población advertí que pueblo y Milicias ardían en entusiasmo ante la proximidad de una naval refriega con los buques del Gobierno, a los cuales pensaban derrotar y destruir precipitando sus despojos en las honduras del reino de Neptuno. Cené con Alberto Araus, Ministro de Servicios Públicos(léase Fomento) , el cual participaba del general furor y bélico optimismo, anhelando la más alta ocasión que vieron los pasados siglos y esperan ver los venideros. A este propósito dijo: «En el nuevo Lepanto nosotros seremos la Cristiandad y ellos la bárbara Turquía».

Al retirarme a mi fonda encontré a La Brava que iba de vuelta para su casa. Acompañela hasta la plaza de la Merced, y sentados en un banco charló conmigo de cosas diferentes, entreverando estas donosas consultas: «Tú que eres tan sabio, don Tito, dime: ¿qué significa inocular?.. Explícame también qué quieren decir estas palabritas: bajo el punto de vista económico..». Con toda la claridad posible contesté a sus preguntas, y ella me dijo: «Yo me pensé que económicoy economía eran (p.8762) cosa de ahorrar; y eso bien lo entiendo, que ahorrando estoy y todos los días meto en una media lo que me sobra. Así voy ajuntando para mi mantenciónen Madrid hasta que se me arregle el negocio. Por tu salud, Tito mío, no digas nada a nadie, que si se entera ese granuja de Cándido será capaz de ir tras de mí y darme la gran desazón.. Yo te aseguro que Leona la Brava dará que hablar en los Madriles. Y ahora te suplico que mientras esté en Cartagena me des lección en todo lo tocante a palabras finas, modos de saludar, de comer, de presentarse ante la gente, con los toquecitos de gracia, chispa y salero que allí se estilan entre personas que a un tiempo son alegres y de buena educación. Enséñame todo esto, que ya te pagaré el favor algún día en parné del mejor cuño».

Prometile ser su catedrático, siempre que ella se corrigiera de emplear en la conversación dicharachos flamencos, y ella me dijo: «Por la gloria de tu madre, Titín, pégame un cate siempre que me oigas decir alguna de esas porquerías. Me propongo que no salgan de mi boca, y se me escapan por la fuerza de la costumbre. ¡Estará bueno que en Madrid, cuando me vea con personas bien habladas, suelte yo un diquelar, un mangue, un cangrí..! Ten por seguro que la ambición de esta borrica que quiere afinarse ha de ir muy lejos. Ya me estoy viendo entre medio de tantismo señorío. Me gustaría mucho trincar a uno de esos marimandones que llaman hombres públicos, y embobarle de tal modo que no se atreva a respirar sin mi licencia. Yo le daría la mar de consejos, señalándole las teclas que habían de tañer para gobernar al pueblo con decencia y justicia, con lo cual, figúrate, vendrían a bailarme el agua todos los lambiones de la Política, saldría mi nombre en los papeles y me daría más charol que un dichabaró. ¡Ay, se me ha escapado! Pégame, Tito. Dichabaró quiere decir gobernador».

No sigo relatando la evolución de estalumia, que quería elevarse de un salto en la escala social, porque otros hechos que parecen traer médula histórica requieren mi atención. A las (p.8763) siete de la mañana del 11 de Octubre salieron de Cartagena las fragatas Numancia, Méndez Núñez,Tetuán y el vapor Fernando el Católico (Despertador del Cantón) , haciendo rumbo hacia cabo de Palos en busca de la escuadra centralista, compuesta de las fragatasVitoria, Almansa, Navas de Tolosa, Carmen, las goletas Prosperidady Diana, y los vapores Cádiz y Colón, al mando del contralmirante don Miguel Lobo.

 

Ep-45-III -

Subime a Galeras para ver la función, que por las trazas había de ser imponente, aunque ninguna de las dos escuadras era digna de tal nombre, pues cada una contaba tan sólo con un barco de combate. En realidad, el duelo se entablaba entre la Numancia y la Vitoria. Los demás buques eran unas respetables potadas que no servían más que para hacer bulto. Ni con ayuda de los buenos catalejos del castillo pude ver gran cosa; pero como el cartero Sáez y algunos de los Voluntarios y soldados de la fortaleza tenían ojos de águila, con lo que ellos me contaron y lo poco que yo pude distinguir aderezo mi relato en la siguiente forma:

Eran las doce próximamente cuando la Numancia se separó más de una milla de sus inválidas compañeras, y a toda máquina se coló en medio de los barcos centralistas. Luchó sola contra los buques de Lobo, que la rodearon disparando sobre ella todos sus cañones. Mas era tal la pujanza de la fragata, cuyo nombre se inmortalizó en la guerra del Pacífico, que salió ilesa de aquella embestida temeraria. Hizo nutrido fuego con sus baterías de babor y estribor, y rompiendo el cerco viró con rapidez, sin cesar en sus disparos.

Llegaron después al combate las apreciables carracas Méndez Núñezy Tetuán, y la Vitoria dispuso sus garfios de abordaje intentando hacerse con la más próxima, que era la segunda. Ésta disparó sus andanadas con brío, causando algún estrago en la cubierta de la Vitoria, la cual, teniendo que acudir en auxilio de sus compañeras centralistas a las que seguía cañoneando la Numancia, no pudo realizar el abordaje ni hacer cosa de provecho. El vapor-goleta Cádiz izó bandera (p.8764) de parlamento cuando uno de sus tambores fue destrozado por los disparos de la Numancia. La Carmen y la Navas de Tolosa sufrieron bastantes averías, y como por nuestra parte la Tetuán y la Méndez Núñezhabían agotado sus escasas fuerzas, quedó concluso el combate poco después de las dos de la tarde. Los barcos cantonales pusieron proa a Cartago Espartaria, y Lobo se retiró mar afuera.

Se me olvidó decir, para terminar la descripción de aquel Lepanto en zapatillas, que a bordo de la Numancia iba el General Contreras, y en las demás naves del Cantón varios individuos de la Junta Soberana. Desde Galeras vi que al llegar al puerto los combatientes se les hacía un recibimiento loco, con gran algazara de vítores, aplausos y otras demostraciones, cual si volvieran de un Trafalgar al revés trayendo la cabeza de Nelson. Estos ruidos de la pasión local y del entusiasmo sectario son la música inevitable que ameniza nuestras civiles contiendas por un sí o por un no.. Luego supe que los cantonales traían cinco muertos, entre ellos don Miguel Moya, vocal de la Junta Suprema o Soberana.

En el tiempo que estuve en el castillo de Galeras hice amistad con un hombre muy avispado, cuyos ojos suplieron a los míos en la visión del lejano combate. Su vista superaba a la de las gaviotas, y todo lo refería como si los objetos se acercasen hasta ponerse a tiro de fusil. El mismo me reveló con donosa franqueza, su condición de presidiario, diciéndome que la condena había sido por diez años, y que sólo le faltaban meses para cumplirla cuando el Cantón le puso en libertad. De las causas que motivaron su encierro no me dijo nada ni osé yo preguntarle. Era de buen talle y agradable presencia, uno de esos hombres de naturaleza tan peregrina que a los sesenta años conservan una dulce jovialidad y el contento de vivir. Sus canas se armonizaban con sus ojos azules de expresión bondadosa, y su palabra era fácil, serena y de perfecto casticismo en la dicción. David Montero, que así se nombraba, había ejercido antes de su delito la (p.8765) profesión de mecánico, dedicado casi exclusivamente a la compostura y arreglo de instrumentos de náutica. Tal era en el Departamento la fama de su habilidad, que tuvo siempre la tienda llena de sextantes, octantes, brújulas, barómetros aneroides, y no faltaban cronómetros, pues era también consumado relojero. Apurábanle sus clientes, y él, infatigable, a duras penas cumplía aumentando las horas de trabajo.

Cuando bajábamos del castillo, David me contó que al entrar en prisiones, otros mecánicos vinieron a suplirle, estableciéndose en Cartagena. Él, en tanto, logró con su buena conducta que el jefe del presidio le consintiera montar un reducido taller en las estancias altas del penal, con lo que alivió la pesadumbre del ocio y la tristeza, granjeándose algunos dineros para mejorar las condiciones materiales de su vida.

Al despedirnos en la Plaza de las Monjas ofreciome su casa, situada en lo más alto de la ciudad, no lejos de la vieja iglesia románica. Díjome que gustaba de vivir lo más cerca del cielo, pues con la libertad le habían entrado aficiones astronómicas. Prometí visitarle para conocer sus nuevos estudios.. A poco de separarme de él para ir al Ayuntamiento encontré a Pepe el Empalmao, el cual me dijo que David Montero fue condenado por dar alevosa muerte a su manceba y a una guaja con quien la sorprendió en malos pasos.

El entusiasmo de Cartagena por el primer choque naval continuó con hervor creciente en los días sucesivos. El 14 de Octubre, la Junta Soberana acordó un plan de combate: luchar hasta vencer o quedarse sin un barco, según la espartana frase de la Gaceta del Cantón. En la mañana del 15 salió la escuadra en busca de los barcos de Lobo, que se hallaban a la vista. A retaguardia, en el famoso Despertador, iban el bíblico Roque Barcia y Manolo Cárceles, en representación de la Junta Suprema, para hacer cumplir las disposiciones estratégicas de ésta y resolver sobre cualquier incidencia que ocurriese en el curso de la batalla. Navegaban los buques de combate en correcta línea, y apenas divisaron los (p.8766) barcos centralistas éstos se pusieron en orden conveniente para afrontar la lucha.

Cuando ya estaban los adversarios a tiro de cañón adelantose la Tetuánrompiendo el fuego contra la bárbara Turquía, como dijo Alberto Araus. Apenas recibieron los primeros balazos, las naves centralistas viraron en redondo, poniendo rumbo al Sur en franca retirada. Los cantonales las persiguieron cerca de cuarenta millas hasta perderlas de vista, y regresaron a Cartagena, quedando roto el bloqueo por mar. No hay que decir que cuando entraron en el puerto los que se llamaban vencedores se repitieron las inevitables alharacas y la greguería jubilosa.

Al consignar que a bordo de las naves cantonales iba lo más granado y florido del personal revolucionario, debo decir y digo que el único hombre de mar y de guerra marítima que a mi parecer merecía ser recordado en la Historia era un tal Alberto Colau, contrabandista, hijo de Alicante y tan familiarizado con las aguas mediterráneas y con los peligros del navegar y del combatir, que entre toda la gente llegada de diversas partes a la República Cartagenera no se pudiera encontrar quien le igualase. Le conocí el mismo día 15, a poco de saltar en tierra, y quedé maravillado de su espléndida y arrogante facha. No era menester ciertamente el auxilio de la fantasía para ver en aquel hombre la resurrección del tipo del corsario que en los tiempos de la piratería heroica llenó los anales del mar Interno.

Descollaba Colau entre la muchedumbre por su robusta complexión y lucida estatura, por su curtido rostro y el mirar flamígero de sus ojos negros. Como el azabache eran también sus cabellos crespos, sus cejas pobladas y el bigotazo que perpetuaba la tradición de la moda turquesca. Coronaba su cráneo con el fez rojo, complemento, en cierto modo histórico, de la figura de aquel Barbarroja redivivo. Andando los días se vio un gorro colorado en el puente de la Numancia, de donde vino el atribuir a Contreras el uso de tal prenda. No; el fez no era de Contreras, sino de Colau, y éste, a juicio de un (p.8767) historiador psicólogo, la figura más saliente, pintoresca y castiza del Cantón Cartaginés.

La bravura pirática del arrogante aventurero se llama hoy contrabando, que viene a ser lo mismo con diferencias de tiempo y lugares. En sus faluchos de vela, Colau desafiaba las olas y la persecución de las escampavías del Resguardo. Cuando la astucia no le bastaba y era preciso emplear la violencia, no vacilaba en derramar sangre. Empezadas sus correrías en Gibraltar, se trasladó luego a Orán, donde obtuvo provecho mayor y campo de operaciones más extenso. De la costa argelina nos traía tabaco, licores, telas, quincalla y otras mercancías vigiladas por nuestros aduaneros. A los vistas de acá, unas veces les cerraba los ojos, y otras les rompía la cabeza. Con este ten con ten y un ardor infatigable, hizo Colau en poco tiempo una fortunita y vivía en Orán como un bajá, con su mujer y sus hijos, bien quisto de los franceses y de la colonia española. De él se contaba que nunca se le acercó un necesitado sin que al punto le socorriese, y en la misma Cartagena era el amparador de todas las personas o familias que, perseguidas por el Centralismo, se habían refugiado en la Plaza.

Con la fiereza del continente y rostro de Colau contrastaba la blandura de su trato en la vida social. Era cariñosísimo y a veces hasta pueril. Al estallar la revolución cartagenera se presentó en la Plaza ofreciendo sus servicios a la Junta Revolucionaria, que los aceptó en el acto dándole el mando de la fragata Tetuán, la cual manejó y gobernó desde el primer momento con la misma destreza que solía desplegar en el gobierno y mando de sus faluchos.. Pasé una tarde con él y otros amigos en el café de la Marina, charlando de aventuras guerreras en el mar y en la costa. Colau nos refirió terribles episodios de su lucha contra las olas embravecidas en los duros Levantes, que mil veces le pusieron a dos dedos de caer en los profundos abismos. Nos contó también alijos que por su descomunal audacia parecían fabulosos, y peripecias trágicas de sus encontronazos con (p.8768) los aduaneros y demás patulea del Fisco.

A la gentil cortesía de Cárceles debimos aquella tarde el obsequio de jerez y pastelillos, y en la alegría del beber y del charlar suplicamos al contrabandista nos dijese el porqué ostentaba en el ojal de su chaqueta el botoncito rojo de la Legión de Honor. Con modestia ruda evadió Colau la respuesta, queriendo llevar a otros asuntos el vago coloquio. Pero Manolo Cárceles, tan indiscreto en aquel caso como amante de la verdad, nos refirió el hecho heroico que había motivado aquella distinción, empezando por decir que Francia no concede nunca tales honores más que al mérito indudable.

Horroroso temporal de Levante descargó una tarde sobre Orán, con furibundas rachas de viento y olas como montañas, que en pocos minutos destrozaron la escollera del nuevo puerto en construcción. En lo más duro de la borrasca presentose a la vista un trasatlántico francés, que traía de Marsella pasajeros de diferentes clases sociales, y entre ellos gran número de mujeres y niños.. Muy apurado venía el barco por los accidentes de una tormentosa travesía, y al querer tomar puerto se le vio a punto de zozobrar, estrellándose contra las peñas o los bloques de la escollera destruida donde reventaban las olas. En el muelle estaba casi todo el vecindario de Orán, con ansiedad y espanto, pues muchas familias tenían seres queridos entre los pasajeros del vapor. Nadie osaba intentar el salvamento, que era poco menos que imposible en condiciones tan aterradoras.

De pronto apareció entre la multitud un hombre.. Este hombre era Alberto Colau.. que con fuerte y altanera voz dijo así: «¡Cobardes! Si no hay quien me siga yo iré solo a salvar los que pueda. Si alguno me acompaña, mejor». Cuatro o seis marineros se adelantaron, dispuestos a secundar al español en su hazaña. Metiéronse todos en una lancha grande, con vela y remos, y desafiaron impávidos el oleaje furioso. Al cabo de algunos ratos de indecible angustia realizó Colau el primer salvamento. En la segunda tentativa, que fue la más emocionante, se veía desde el (p.8769) muelle la lancha de Colau, a veces balanceándose en la cresta de una ola formidable, a veces precipitándose en la hondonada líquida.. Por momentos desapareció..

Creyeron los angustiados espectadores que no volvería; pero volvió, ¡hurra!, trayendo unas señoras lívidas y unos niños llorosos, mojados todos hasta los huesos.. Los marineros bogaban con sereno coraje; Colau, en pie, las melenas al aire, llevaba el timón, empuñando la caña con tal fuerza que no le superara el propio Neptuno.. El tercer viaje fue más benigno. Las mismas olas parecían inclinarse respetuosas ante la intrepidez de aquellos hombres. Cuando terminó el salvamento y pisaron tierra todos los náufragos del vapor, se produjo una indescriptible escena sentimental: abrazos, besos, exclamaciones, llantos de alegría. Alberto Colau, desentendiéndose de las manifestaciones de cariño y gratitud, tomó con sereno continente el camino de su casa.

«Ahí le tenéis -dijo Cárceles al poner término a su relato-. Ahí tenéis al héroe, ostentando en su pecho la insignia de la Orden de Caballería más acreditada que existe en la Edad Moderna, recompensa de su esforzado ánimo y de su amor a la Humanidad».

-Caballero fui siempre y caballero soy -dijo Colau, contraviniendo discretamente su natural modestia-. La Orden del Contrabando pide arrojo temerario, paciencia en las adversidades, calma y tino cuando sean menester, liberalidad, sangre fría, prendas que entiendo yo son y han sido siempre la mejor gala y adorno del alma de los caballeros.

 

Ep-45-IV -

Fáltame decir, para redondear la personalidad de Colau, que en el trajín del contrabando también comerciaba. En aquellos tiempos era muy estimado en el Norte de África el aljófar, perlitas pequeñas y mal configuradas con que las moras adornan y recaman sus chaquetillas, sus fajas y babuchas. Como en España venía desmereciendo este artículo, multitud de tratantes en pedrería iban de pueblo en pueblo comprándolo para llevarlo a Marruecos y Argelia. A igual tráfico se dedicó (p.8770) Alberto Colau en Cartagena, extendiéndose no más que a Lorca, Totana y Murcia. Redondeaba su especulación trayendo de África zafiros y esmeraldas que en España tenían cotización muy alta.

Dicho esto, añadiré que aquella misma noche cenábamos Fructuoso Manrique, Cárceles, Alberto Colau y yo, en el propio café de la Marina, cuando vimos entrar fachendosa y arrogante a La Brava, que agarrando con desgaire una silla se plantó en nuestro corro junto a Colau, acometiéndole con esta viva requisitoria: «Eh, Alberto, cómprame ahora mismo este aljófar que te traigo. Dispensen los señores y sigan comiendo, que no vengo a cenar, sino a mi negocio». Diciéndolo sacó un envoltorio de papel de periódico en que guardaba un puñado de perlitas, y así prosiguió: «Las he recogido entre mis amigas. A ver cuánto me vas a dar, judío arrastrao. Yo quiero por ellas veintechus, o por lo menos una jara».

Dejó Colau el tenedor, y risueño, sopesando la mercancía, dijo a la moza: «Pero si esto no vale más de doscientos rumbelesa todo tirar. En fin, ya hablaremos. ¿Quieres cenar?». RechazóLa Brava con donosura el galante ofrecimiento, y todos reiteramos con alegre algazara la invitación: «¿Quieres huevas de jumol? ¿Una copa de jerez? ¿Dátiles de mar? ¿Un pastelillo de estos de crema que están tan ricos?».

-Bueno -exclamó Leona arrimando su silla en el hueco que le hicimos y cogiendo el primer plato vacío que encontró-. Venga alguna cosita. Pero déjenme que siga con mi negocio. Yo todo lo miro ya bajo el prismade mi economía.

-Ya, ya sé por Dorita -dijo Fructuoso- que acumulas fondos para irte a Madrid y hacerte un buen cartel en la cocotería elegante.

-¡Calla,malange, tú qué sabes de eso! -replicó ella, atizándose una copa de Jerez-. Yo necesito cuartos porque me voy volviendo muy regalona. Díganle a este perro de Colau que tenga conciencia y me pague por el género lo que le pido.

-Yo te daría eso y más -repuso Alberto- si hicieras caso de mí. ¿Qué demonio vas tú a pintar en los Madriles? Allí no (p.8771) hay más que pobretería finchada y figurones políticos que no tienen ni un calé.. Repito lo que te he dicho mil veces. Cuando acabe este jollín del Cantón en que estamos metidos, vente a Orán conmigo. Verás qué tierra, chica. Allí encontrarás la mar de franceses tontos y ricos. ¡Qué fácilmente los podías pescar, gitana, con el anzuelo de esa carita! Pues digo; si le caes en gracia a uno de aquellos morazos podridos de dinero, que se pirran por las españolas, ¡ay morena!, te cubres el riñón para toda la vida.

-No me hables a mí de tierras extranjeras -contestóLa Brava-. Yo tiro siempre al españolismo.. La Madre Patria necesita de todos sus hijos, como dice don Roque.. y de todas sus hijas, digo yo.

La respuesta de Alberto Colau a estas sesudas consideraciones fue coger el papel donde estaba envuelto el aljófar, y sacar de su repleto bolso varias monedas de oro y una de plata, que entregó a la mozanca, añadiendo estas expresivas razones: «Pierdo dinero. Allá no pagan el adarme de aljófar más que a seis pesetas. Pero en fin, para que no chilles te doy la jara y un chus de propina». Continuó la conversación alegre. Mientras Leona devoraba pastelillos, jamón en dulce y otras frioleras, humedeciéndolas con Jerez, todos le dirigíamos chicoleos, anunciándole los grandes éxitos que había de obtener en Madrid. Ella nos atajó diciendo: «No hablen de eso, que el diablo las carga. Estoy perdida si mi marido se entera. Cándido no me deja vivir, me persigue, me acosa. Ese condenado parte del principio de que yo soy rica, y cuando me niego a darle dinero se pone fosco.. Temo que el mejor día me mate como mató a mi madre.. Si le da por seguirme a Madrid.. No quiero pensarlo.. ¡Sálveme la Virgen de la Caridad!».

Desde allí nos fuimos todos al teatro Principal, donde había función de aficionados. Representaban un dramón, obra de dos autores indígenas, titulado Glorias del Cantón y perfidias del Centralismo. Camino del teatro, La Brava, cogiéndome del brazo y retrasándonos del grupo, me dijo con misterio: «Explícame ahora mismo qué quiere (p.8772) decir en tesis general, porque anoche Juanito Pacheco, el hijo del Marqués de Águilas, que es un chico que habla muy requintado y siempre con mala idea, me dijo que yo y otras como yo éramos, en tesis general, lindas bestias sin alma. Lo de tesis me ha escocido, créelo. Dime si es alguna desvergüenza, porque yo no aguantoancas de nadie». Solté la risa y le contesté que no era fácil explicarle el significado de la palabratesis, pues tendría yo que emplear en mi lección otros vocablos incomprensibles para ella; que no hiciera caso; que ya iría aprendiendo eso y mucho más en el trato con la gente de Madrid.

Persistiendo Leonarda en sus anhelos instructivos, me dijo: «También hablaron anoche de que a Pepito le da por la ironía. Para mí que la ironía es como quien dice la viceversa de las cosas».

-Así es -repliqué yo-. Veo que tú sola vas aprendiendo con tu propia inteligencia y criterio. ¡Adelante, mujer de los alegres destinos!

En esto llegamos al teatro. Leona no quiso entrar. Su marido hacía el papel de traidor centralista, y por bien que ella se escondiese entre los espectadores no podría evitar que el indino saliera al público para darle la matraca y corromperle las oraciones. La tesis general de Cándido Palomo era emborracharse todas las noches.. Retirose mi amiga a su casa, muy satisfecha con la guita que le había sacado a Colau, y los demás entramos a ver la función. El frenesí patriótico que en su drama pusieron los inocentes autores, no atenuaba los disparates de fondo y forma. Sin pararnos en estos pelillos aplaudimos hasta desollarnos las manos.

En los siguientes días supimos que el contralmirante Lobo dio cuenta de su retirada al Ministro de Marina, en términos que ha conservado la Historia para conocimiento de hombres y sucesos. Era Lobo un técnico excelente, autor de obras muy estimables; mas en el mando naval no pudo poner nunca su nombre a la altura de su suficiencia científica. He aquí lo que telegrafió al señor Oreiro: «Hoy 15 de Octubre han salido otra vez las fragatas insurrectas en orden de batalla. La Numanciaiba (p.8773) un poco delante, pero sin romper la línea de los otros buques, y formando con ellos un muro de hierro. Todos maniobraban muy bien y parecían mandados por jefes expertos. En vista de lo cual, y teniendo que reparar algunas averías y proveer de carbón, he ordenado partir con rumbo a Gibraltar».

Bañándose en agua de rosas quedaron los cantonales con la inexplicable inhibición, por no darle otro nombre, del Contralmirante Lobo, y era general creencia que ello se debió al respeto que le impuso el acertadísimo plan y perfecta organización táctica de las naves de Cartagena, obedientes a las órdenes del contrabandista. Los amigos y admiradores de éste le dimos desde aquel día título y diploma de marino de guerra, llamándole, entre veras y bromas, el Comodoro Colau. La mejor prueba de que Lobo no supo engallarse ante los barcos cantonales en su segunda salida fue que le censuró duramente el General Ceballos, sucesor de Martínez Campos en el mando de las tropas sitiadoras de Cartagena. El Gobierno Central destituyó a Lobo en el mando de la escuadra, nombrando para este puesto al Contralmirante Chicarro. Fueron asimismo reemplazados el comandante de la Navas de Tolosa y el segundo de la Blanca.

Fuera de la feliz aventura del Despertador del Cantónque apresó una goleta cargada de bacalao, lo que trajo gran alivio a la plaza mal surtida de víveres, no hay sucesos dignos de mención hasta la salida de la escuadra para Valencia con los mismos barcos y los propios jefes que en las anteriores correrías llevara. Para el mejor desempeño de mis deberes croniquiles embarqueme en el Católico Despertador, desoyendo las amonestaciones de David Montero y de La Brava, que al despedirme en el Arsenal me vaticinaron una jugarreta del Destino. Leona había echado las cartas, y David consultado el inmenso libro del firmamento. Ambos presagiaban que tendríamos unas miajas de catástrofe. Pero yo, que nunca di crédito al lenguaje de las estrellas ni al de los naipes, me agregué a la expedición tranquilo y confiado. ¡Ay, ay; cuán (p.8774) equivocado estaba yo y cuán en lo cierto aquellos buenos amigos! Sabed, lectores compasivos, que cuando habíamos rebasado de Alicante, montado ya el cabo Huertas.. Pero dejadme tomar aliento, pues se trata de uno de los más apretados lances de mi vida.

El Despertador iba de vanguardia, con mar llana y tiempo cerrado de niebla. A la madrugada, cuando bajo cubierta dormían todos los tripulantes, menos una veintena que huyendo de la pesada atmósfera de cámaras y sollados subimos a pasar la noche con los que hacían servicio a proa y en el puente, fuimos sorprendidos y aterrorizados por la visión de un corpulento barco que se nos echaba encima. Era la Numancia. Nuestro timonel inició una virada rápida, mas con tan mala suerte que el formidable espolón de la fragata embistió el costado de estribor de nuestro barco, hizo añicos la rueda y abrió un inmenso boquete en el departamento de calderas y máquinas. Aunque en la Numancia dieron contravapor apenas divisaron al Católico, no se logró evitar el desastre.

No podréis imaginar la confusión, el espanto de los que estábamos sobre cubierta. El Despertador se hundía rápidamente como un cesto cargado de plomo. Empezó a salir gente por las escotillas. No hubo tiempo de arriar nuestros botes, y si no es por los de la Numancia, que acudieron con presteza, todos habríamos perecido. Ya tenía el Católicola popa bajo el agua cuando yo salté, no sé cómo ni por dónde, a un chinchorro que estuvo a punto de zozobrar por los muchos hombres que en él se metieron. En tan horrible confusión caí al agua y fui recogido por unos marineros que luego vi eran de la Tetuán, pues entre ellos estaba Alberto Colau. A éste debí mi salvación, que todavía creo milagrosa. Mi primer pensamiento fue para recordar las fatídicas predicciones de La Brava y David Montero.

La escena era espantosa: vi a muchos infelices que nadaban desesperadamente, tratando de agarrarse a los pocos salvavidas que fueron arrojados desde el buque náufrago. Desgarradores gritos (p.8775) aumentaban el horror de la catástrofe. Yo también grité llamando a mi machacante.. ¡Cándidoo!.. ¡¡Palomo, Palomo!!.. Ni éste me respondió ni le vi entre los que luchaban angustiosamente con las negras aguas.. Cuando estábamos como a diez o doce brazas del siniestro, noté que del Católico sólo se veían ya los palos, la chimenea y un poco del tambor de babor. Al reconocerme seguro en la cubierta de la Tetuán, tropecé con un contramaestre del Despertador y le pregunté por Palomo. «Dormido estaba como un leño -me dijo-. Quise despertarle; le tiré de una pata; no rechistó. Ajogado estará».

El primer cuidado de los supervivientes fue calcular el número de víctimas. Unos decían que eran ciento y pico; otros que no pasaban de treinta. Luego quedó fluctuando la cifra entre sesenta y setenta.. Consagrado por todos un pensamiento de fúnebre despedida a los que habían perecido y al pobre Despertador, la escuadra cantonal siguió su ruta. Llegamos al Grao de Valencia, donde estuvimos fondeados tres días y medio. No pudiendo obtener de la plaza lo que pedíamos, arramblamos con los barcos mercantesDarro, Victoria, Bilbao y Extremadura, cargados de víveres, tejidos y otros artículos de comercio. Nuestro arribo a Cartagena fue el 22 de Octubre si no me engaña mi flaco sentido en la cuestión de fechas. Salté en tierra con botas prestadas y una gorra de marinero, pues perdí las prendas mías equivalentes en las ansias del naufragio.

En la plaza de las Monjas encontré a La Brava, que ya tenía noticias del desastrado fin de su caro esposo. Inquieta y medrosica me preguntó por él, y yo le dije sin preparación ni melindres que ya podía tenerse por viuda. No se cuidó la buena moza de disimular su alegría, y me consultó si estaba en el caso de vestirse de luto por el bien parecer. Mi opinión fue que si tenía ropas negras debía ponérselas, siquiera unos cuantos días, a lo que me respondió que algunos trapitos conservaba del luto que llevó por su madre, añadiendo: «Con mi ropa negra y la cara un poco afligida representaré muy a gusto lo (p.8776) que llama Juanito Pacheco la comedia social. En igualdad de circunstancias, igualdad de sentimientos y luto al canto. Ahora lo llevaré como huérfana y como viuda, y tú podrás mirarme bajo el prismaque quieras». Me acompañó hasta mi fonda en la calle del Cañón, y por el camino me habló de este modo: «A pesar de lo que me has dicho, no acabo de creer que ese posma de Cándido haya perecido. Tiene más picardías que un gato soltero, y puede que se haya hecho el náufrago para cuando una esté harta de llevar luto aparecerse en alguna isla desierta de las que llaman Columbretes, o Filipinas de la mar Caribe».

El 24 de Octubre apareció nuevamente en aguas de Cartagena la escuadra centralista, al mando del Contralmirante Chicarro, reforzada con la fragata Zaragoza, que había venido de Cuba. Los barcos de Chicarro cruzaban sin cesar frente a Escombreras; pero el bloqueo no era de gran eficacia porque de noche, sin luces, entraban embarcaciones menores que mantenían en regular abundancia el abasto de la ciudad.

En una de mis excursiones a Santa Lucía, visité al desdichado prócer maniáticodon Florestán de Calabria, a quien hallé muy abatido y macilento por efecto del frío que vino con las primeras lluvias de Noviembre. Envuelto en una manta vieja y rota continuaba arrimado a la mesa en la fementida estancia que era su mísero albergue. Cubría sus pies descalzos con una mugrienta toquilla de su casera, y no dejaba de la mano la tarea de contestar con tembloroso pulso la copiosa correspondencia de sus parientes de Madrid. Como en aquellos días de recogimiento había dejado de pintarse la perilla y los pómulos, tuviérasele por envejecido en dos o tres lustros.

Lástima grande me inspiró el caballero sin ventura, y atento a remediarle volví aquel mismo día con la modesta ofrenda de unas babuchas de orillo, un gorro de pellejo y un chaquetón, deslucido pero en buen uso, que me compró para este fin Alonso Criado, el camarero de la fonda. No necesito decir cuánto agradeció mi pobre amigo aquellas prendas, (p.8777) demostrando su necesidad con las prisas que puso en estrenarlas.

Al estrecharme las manos con honda emoción se le saltaron las lágrimas, y como advirtiese yo que al llanto siguieron desaforados bostezos, comprendí que su mal no era sólo de frío sino de hambre. Saqué del bolsillo algunas pesetas para ofrecérselas con efusión sincera; pero no quiso tomarlas. Se puso de mil colores, rechazando el socorro. Su delicadeza, su dignidad de hombre linajudo, le permitían quizás admitir un obsequio de la amistad, siempre que éste fuera en especie; dinero jamás admitiría. El oro y la plata ofrecidos a título de caridad causábanle un horror invencible. Luego añadió: «Mi patrona o casera me dará de comer mientras el bloqueo de la plaza impida la llegada del correo que ha de traerme.. fondos».

Pasado un rato me dijo: «Siéntese a mi lado un momento y le pondré al tanto de las graves noticias que tengo de Madrid. Cierto es que Castelar ha restablecido la disciplina, aplicando severos castigos; cierto es también que ha reconstituido en su antiguo ser y estado el Cuerpo de Artillería. Pero con todo esto sepa usted que el Cantón Mantuano será un hecho muy pronto. Nos lo traerá el mismo Castelar. Aquí tengo textos fehacientes.. las cartas de mi sobrino Policarpo que está muy bien enterado de todo y es el brazo derecho de don Emilio. ¿A que no adivina usted quiénes ayudarán al Presidente a traernos el Cantón? Pues los generales de más nota, y entre éstos el más decidido es.. ¿quién dirá usted?.. el General Pavía.. Don Manuel Pavía y Alburquerque.. Eh, ¿qué tal?.. Aquí, aquí están los textos. Véalos».

 

Ep-45-V -

Las visitas que en los siguientes días hice a don Florestán de Calabria me proporcionaron agradables ratos de parloteo con La Brava en su propia habitación. Mostraba Leona bastante inquietud ante el cerco que a la ciudad ponían las tropas centralistas mandadas por Ceballos, activando cada día más los trabajos de fortificación y atrincheramiento. «A mi juicio-me dijo Leonarda torciendo la boquita (p.8778) como hacía siempre que pronunciaba palabras escogidas- pronto empezarán nuestros contrarios a zurrarnos de lo lindo, y tanto apretarán el sedio que no podrá entrar ni salir bicho viviente. Si tuviera yo mi economía en todo su pogeo, quiero decir si hubiera ajuntado dinero bastante, mañana mismo saldría de naja para Madrid».

Respondile que tuviera sosiego porque el sitio no había de ser muy duro. ¿Por qué no aplazar el viaje hasta fin de año? En un momento de afectuosa intimidad me salió de la boca el chispazo de estas palabritas: «No juraré yo, pecador de mí, que no te acompañe para hacer tu presentación en el gran mundo, que solemos llamardemi-monde».

Movido de no sé qué atracción inexplicable, visité también por aquellos días a David Montero. Este hombre me interesaba enormemente por su natural agudeza, por su vida laboriosa y trágica. Si eran dignos de estima los pensamientos que en el curso de la conversación mostraba, no lo eran menos los que a medias palabras y con velos de reserva dejaba traslucir. Cuando le conocí se me mostró como habilísimo mecánico de instrumentos menudos y sutiles. Después, en su casa, se me reveló como astrónomo con puntas de nigromante. Últimamente advertí en su taller apuntes, papeles llenos de guarismos y trazos lineales que indicaban estudios de Aritmética y Geometría.

Una mañana, al traspasar los umbrales del hogar de Montero, situado como he dicho en los altos de la vieja Catedral, tropecé de manos a boca con una mujer que, si no era la propia Doña Aritmética era el mismo demonio, transfigurado para volverme tarumba. Trémulo y confuso le pregunté: «¿Pero es usted Doña Aritmética?». Y ella me contestó entre asustada y burlona: «No señor; no me llamo Demetria, sino Angustias para servir a Dios y a usted». Repuesto de mi sorpresa pude advertir que había semejanza de facciones entre la servidora de Floriana y la criada de David, sólo que ésta era mucho más madura y peor apañadita.

Poco después, cuando Montero me daba cuenta de la parte no reservada de (p.8779) sus trabajos, entró a llevarle café otra anciana vestida de negro, en quien de pronto vi pintiparada la imagen deDoña Geografía. También entonces expresé mi curiosidad, y ella repuso: «No me llamo Sofía sino Consolación, y soy de Totana para lo que usted guste mandar».

-Pues mire, don Tito -dijo a la sazón David, riendo-. En broma llamo a esta buena mujer Doña Geografía, porque sabe de memoria los nombres de todos los pueblos del país murciano.

No era la primera vez que sufría yo tales equivocaciones. Algunos días sentíame perseguido por fantasmas, reminiscencia de mi antigua navegación por el inmenso piélago suprasensible.

Sin saber cómo, nuestra conversación recayó en el asunto del cerco de la Plaza, mostrándose David algo pesimista sobre las consecuencias de esta función militar, y no mal informado de los planes del Ejército sitiador. Hizo breve semblanza del General Ceballos, del Brigadier Azcárraga y de los Comandantes Generales de Artillería e Ingenieros Brigadier don Joaquín Vivanco y Coronel don Juan Manuel Ibarreta, revelando conocimiento directo de sus respectivos caracteres. Luego enumeró las fuerzas Centralistas, según su parecer escasas pero bien disciplinadas. Marcó después el contingente de las diversas Armas, con tal precisión y seguridad en las cifras como si lo hubiera contado. Notando mi extrañeza por la posesión que tenía de aquellos datos sin salir de la Plaza, me dijo:

«Algunas mañanas me voy al castillo de Moros. En lo más alto de sus muros he puesto un anteojo de mucho poder, con el cual veo los trabajos que hacen los sitiadores. Ya sabe usted que la primera batería la tienen emplazada en Las Guillerías. En ella hay cuatro piezas de a diez y seis. El talud interior del espaldón está revestido de cestones, y las cañoneras de sacos terreros. Han emplazado la segunda batería cerca de las casas de don José Solano, artillándola con cinco obuses de a veintiuno. El terraplén interior consta de tres planos diferentes.

»Más allá, junto a la ermita de San Ferreol, hay otra batería con seis cañones (p.8780) de a diez y seis. Los revestimientos están hechos con cestones y fajinas. La batería de la Piqueta, que está al lado de la finca de este nombre, se halla provista decubre-cabezas, y tiene un través en su centro que completa la protección del retorno de la derecha».

-Ya veo, amigo David -le dije sin ocultar mi asombro-, que es usted una enciclopedia. Yo le admiraba como mecánico y astrónomo, y ahora resulta que es usted maestro también en el Arte de la Castrametación.

-La tristeza y el aislamiento -replicó él- nos lleva, señor don Tito, a la variedad de los estudios. Hace unos días, hallándome hastiado de trabajar sin fruto, sentí vivas ganas de tomar el tiento a las cosas de Guerra.. Vea los libros que tengo aquí. Me los ha prestado el Brigadier Pozas, que, según entiendo, no los ha leído ni por el forro.. Si sigo en esta inacción que me entumece el cerebro, el mejor día me encuentra usted entregado al Derecho canónico, o al Ocultismo, que así llaman hoy a la Magia. (p.8781)

Con la idea de obtener de aquel hombre extraños hilos o hilachas para mi tejido histórico, seguí visitando a Montero. Algunas mañanas no le encontré en su casa. Esperábale, y al fin le veía llegar fatigado y cubierto de polvo. Venía sin duda del campo reseco que a Cartagena circunda. A las veces, no me hablaba de nada concerniente a las fuerzas sitiadoras, sino de chismes y enredijos del interior de la ciudad; por ejemplo: «Parece que hay sospechas de que Carreras, Pernas, Del Real y otros militares, hociquean secretamente con el General Ceballos. Dicen que corre el dinero.. Yo no lo creo. Tal infamia no es posible». Otros días se lanzaba desde luego, sin preámbulos, a departir sobre el Arte de la Fortificación.

«Para proteger las baterías que acaban de emplazar -me dijo una mañana-, y para oponerse a cualquier salida que intentemos los cantonales, están los sitiadores haciendo espaldones sistema Pidoll, modificado con pozos para los sirvientes de las piezas, que creo son de las de a diez. (p.8782) Uno de los espaldones lo construyen entre el ferrocarril y la finca de Bosch, otro en las inmediaciones de la casa de Calvet, y otro junto a Roche Bajo. Parece ser que cuando terminen estas obras empezará el bombardeo, y allá veremos quién puede más».

Pepe el Empalmao, a quien yo utilizaba mediante cortas dádivas para recadillos y espionajes de diversa índole, aprovechó una tarde en que nos encontramos enteramente solos para decirme con ronco sigilo cavernoso: «Señor don Tito, ese David sale de madrugada, y escondiéndose de la gente va al campo de los judíos Centralistas. Allí se pasa las horas hablando con éste y con el otro, y mayormente con uno que llaman el Azcárrago. Esto se lo digo a usted sólo. Chitón y armas al hombro».

-Me parece, Peporro -contesté yo, para estimularle a mayores confidencias-, me parece que no es David sólo. También tú y otros como tú.. metéis la cuchara en la olla del enemigo.

-¡Señor! -exclamó furioso José, golpeándose el pecho con rabia-. Llámeme lo que quiera menos traidor. Por la necesidad le presto a usted y a otras personas servicios de tercería. Pero vender a mi Cantón de mi alma.. ¡eso no lo hago por todo el oro del Potosí sumarino!

Buscando yo nutritivo condimento histórico, encontraba tan sólo aguanosas y desabridas salsas. Por las tardes, en la redacción de El Cantón Murciano, Fructuoso Manrique y Manuel Cárceles me referían los sucesos, abultándolos desaforadamente. Las cosas más vulgares, en boca de aquellos patriotas ingenuos, eran trágicas, épicas y de grandeza universal o cósmica. Un día de Noviembre, no importa la fecha, leí en pruebas un artículo de Roque Barcia, que ofrezco a mis lectores como muestra de la literatura política sentimental que hizo estragos en aquellos tiempos. El insigne don Roque flaqueaba por la entonación lacrimosa de sus escritos, inspirados en los trenos de Isaías, o en los cánticos de David bailando delante del Arca Santa.

Decía Barcia en su artículo que pronto partiría de Cartagena, por la necesidad de inflamar en todas partes el fuego (p.8783) sagrado del Cantonalismo. Al marchar a otras Regiones, donde estaba a punto de sonar el grito, rogaba a todos que se acordasen de él. Concluía así la salmodia: «Cuando los niños de hoy pregunten a sus madres ¿dónde está aquel hombre que nos dio tantos besos?, que les contesten: ¿vosotros no sabéis la historia de aquel hombre?.. Pues era.. hijo, era un pirata».

El 26 de Noviembre (esta fecha es de las que no pueden escaparse de mi memoria) , a las siete de la mañana, rompieron el fuego contra la Plaza las baterías Centralistas. Al bombardeo no precedió intimación ni aviso alguno. El primer momento fue de estupor medroso en Cartagena. Pero el vecindario y los defensores de la ciudad no tardaron en rehacerse: hombres, mujeres, niños y ancianos corrían al Parque en busca de proyectiles y sacos de pólvora, que llevaban a los baluartes de la muralla. Yo fui también allá para enterarme de cuanto ocurría, y vi actos hermosos que casi recordaban los de Zaragoza y Gerona.

Entre la muchedumbre encontré al veterano de Trafalgar, Juan Elcano, que ansiaba reverdecer sus marchitos laureles. Gesticulando con sus manos tembliconas me dijo que si le daban un puesto en la muralla cumpliría como quien era. La persona del heroico viejo trajo a mi mente la imagen de Mariclío, con quien primera vez le vi comiendo aladroque en la puerta de un caserón de Santa Lucía. Al momento le pregunté por la divina Madre, y afligido me contestó: «Ya no está la Señora en Cartagena. Una noche, hallándonos todos sus amigos acoderados a ella, oyéndole contar cosas de los tiempos en que era moza (y para mí que su mocedad la pasó en el Paraíso Terrenal) , se desapareció de nuestra vista y todos nos quedamos con la boca abierta, mirando al cielo, porque nos pensemosque se había ido por los aires. Una vieja sabidora que andaba siempre con Doña Mariana, nos dijo: 'Bobalicones; aunque la Señora gusta de platicar con los humildes, no creáis que es mujer; es Diosa'. Yo calculo, acá para entre mí, que Doña Mariana es el Verbo, o por mejor hablar, la (p.8784) Verba divina».

Al atardecer de aquel mismo día supe que el veterano de Trafalgar, consecuente con su destino heroico, había muerto en la muralla defendiendo la idea cantonalista, última cristalización de su patriotismo.

Continuó el bombardeo en lo restante de Noviembre, con mucha intensidad durante el día, atenuándose algo por la noche. Los proyectiles de los sitiadores producían más estragos en los edificios de la población que en las fortalezas. La Junta Soberana recorría los castillos y baluartes dando ánimos a los defensores de la Plaza. Ocasiones tuve yo de ver y apreciar por mí mismo el tesón de los Cantonales ante los fuegos Centralistas. Esta virtud les hacía merecedores de la independencia que proclamaban. Había cesado el estruendo importuno de los vítores, arengas y aplausos, y llegado el momento, la función guerrera desarrollábase gravemente, con viril entereza que rayaba en heroísmo.

Accediendo a las súplicas de los Almirantes de las escuadras extranjeras, el General Ceballos concedió armisticios de cuatro y seis horas para que salieran de Cartagena los ancianos, niños y mujeres. Una de éstas, la impaciente Leona, se preparó para escabullirse aprovechando alguna de aquellas claras. Pero yo la disuadí con la promesa de acompañarla si hasta Navidad me esperaba.

A don Jenaro de Bocángel le vi en el baluarte de la Puerta de San José, lacio, trémulo y despintado, no ciertamente con anhelos heroicos, sino con la modesta pretensión de transportar agua, proyectiles y cuanto los combatientes necesitasen. Llevaba las babuchas de orillo y el pardo chaquetón que yo le regalé. En el corto diálogo que sostuvimos me dijo que, según noticias transmitidas por la suegra de su sobrino, la proclamación del Cantón Mantuanodependía de que la indómita Cartago hiciese una defensa heroica, no dejando títere con cabeza en el Ejército de Ceballos.

El 29 de Noviembre marchó la escuadra Centralista a repostarse de carbón en Alicante. El 30 hicieron los Cantonales una salida desde el fuerte de San Julián, causando 25 bajas a (p.8785) los batallones de Figueras y Galicia, que mandó a su encuentro el General Ceballos. Como yo no cesaba en mis investigaciones, allegando datos para los anales de Mariclío, fui a ver a David Montero, y éste me dijo que Ceballos, apretado por el Gobierno para rendir la Plaza en pocos días y no teniendo bajo su mando fuerzas suficientes para consumar empresa tan difícil, había presentado la dimisión. No di crédito a esta noticia. Algunos días después volví a visitar a Montero, encontrándole inquieto y caviloso. Díjome que en sustitución de Ceballos vendría López Domínguez, General joven, procedente del Cuerpo de Artillería, y sobrino de Serrano. No pude arrancarle más confidencias, ni me dio el menor indicio de la fuente de sus informes.

El 5 o el 6 de Diciembre, no acierto a puntualizar la fecha, subí de nuevo a la guarida del mecánico, astrónomo y estratega. Al traspasar la puerta saliéronme al encuentro, desoladas, las dos viejas a quienes mi exaltada mente confundió con las vaporosas figuras de Doña Aritmética y Doña Geografía, las cuales me manifestaron que estaban solas pues don David, después de quemar todos sus papeles, se había marchado una madrugada enviando luego el aviso verbal de que su ausencia duraría largo tiempo. Aquellas pobres mujeres no sabían qué hacer ni a qué santo encomendarse.

Del 12 al 13 llegó López Domínguez y tomó el mando de las fuerzas sitiadoras. Ceballos había marchado ya, dejando interinamente al frente del Ejército Centralista al General Pasarón. Con el nuevo caudillo vinieron los Brigadieres López Pintos y Carmona en sustitución de Azcárraga y Rodríguez de Rivera, que con Pasarón marcharon a Madrid. El primer cuidado de López Domínguez fue recorrer la extensa línea de sitio y revistar las tropas, a las que encontró animosas y disciplinadas. Luego dio una proclama. Siguió después el bombardeo, notándose que la Artillería Centralista hostigaba a la población sin hacer fuego contra los castillos, lo que puso en cuidado a los jefes Cantonales por ver en ello (p.8786) un indicio de secretas connivencias con las guarniciones de los fuertes. Desde que comenzó el bombardeo de Cartagena en 26 de Noviembre hasta que López Domínguez tomó el mando del Ejército Centralista, hizo éste 9.297 disparos de cañón, y la Plaza, sus fortalezas y fragatas 10.159. ¡Una friolera!

En el curso de Diciembre, pude apreciar por observación directa ciertos hechos que explican y corroboran la psicología de las guerras civiles en España. Leed, amigos y parroquianos, lo que a continuación os refiere un observador sincero de los hilos con que se atan y desatan las revoluciones en los tiempos ardorosos y pasionales de nuestra Historia. Cuando arreció el bombardeo pudo advertirse que los jefes de los batallones de Iberia y Mendigorría, que como se recordará se habían pronunciado en favor de los rebeldes de Cartagena, se mostraban inclinados a una pronta capitulación. Tonete Gálvez, que poseía tanta bravura como agudeza y era el hombre de mando en la República Cantonal, con dotes militares, con dotes de estadista y toda la malicia y sagacidad que siempre han sido complemento de aquellas cualidades, supo calar las intenciones de los individuos del Ejército que meses antes, en los torbellinos de Julio y Agosto, se habían pasado al Cantonalismo con armas y bagajes. Los vigilaba cauteloso y al fin descubrió el enredo.

Desempeñando el Coronel Carreras las funciones de Sargento Mayor de la Plaza, dispuso una noche, con el pretexto de defender a Santa Lucía, que salieran el batallón de Mendigorría y Movilizados. Gálvez, noticioso de que se dio a estas fuerzas el mismo santo y seña que tenían los sitiadores para entrar en Cartagena, ordenó al instante la suspensión de la salida, y puso presos al Sargento Mayor y a varios jefes y oficiales, asegurándolos en el castillo de Galeras. Al enterarse el General Contreras de lo que ocurría, subió presuroso al castillo para escuchar las declaraciones de los detenidos. Encerrado Carreras en una estancia, alguien observó que rompía papeles apresuradamente.

En esta operación fue sorprendido, y sus (p.8787) guardianes recogieron los trozos de papel, entregándolos a Gálvez y Contreras, que tuvieron la paciencia de unirlos para obtener el texto completo. Entonces se comprobó que había sido vendida la Plaza: era aquel escrito una lista de comprometidos a entregar Cartagena a los sitiadores, y consignaba las recompensas de grados y el premio pecuniario que por su defección les concedería el Gobierno Central. Ordenose en el acto la prisión de los que aquel documento denunciaba, y dieron con sus huesos en Galeras Pozas, Pernas, Perico del Real y otros muchos militares de diferente rango y categoría.

Pocos días después de este grave suceso, supo Gálvez por un soplo que a las doce de la noche tenían decidido embarcar y marcharse de Cartagena algunos individuos de la Junta Soberana. Eran las ocho cuando, reunida la Junta en el Ayuntamiento, se presentó Tonete en el Salón de sesiones, sin más escolta que su hijo Enrique, su sobrino Paco y el capitán de Voluntarios Tomás Valderrábano. Llevaba Gálvez las manos en los bolsillos del pantalón y en ellos dos pistolas amartilladas. Apenas traspuso la puerta dijo a los reunidos: «No se mueva nadie. Al que intente salir le levanto la tapa de los sesos, y si alguno se me escapa, en la calle será recibido a tiros».

-¿Puedo yo moverme? -preguntó el General Ferrer.

-Puede usted pasearse dentro de esta sala; pero nada más -contestó Gálvez con sequedad y entereza, añadiendo sin más preámbulos-. Han sido ustedes descubiertos, caballeros.

Quedaron corridos como monas los señores de la Junta que estaban en el ajo. Estrechó Tonetela mano a los que consideraba leales al Cantón; a los demás dijo que quedaban en libertad, que podían ausentarse de Cartagena previo aviso, y que sí alguno permanecía en la ciudad y hacía traición a la Causa sería fusilado en el acto sin compasión.

 

Ep-45-VI -

Ante sucesos de tal trascendencia no podía faltar la bíblica salmodia del bueno de don Roque. Resonó en un escrito jeremíaco recomendando que al imponer castigo a los desleales, se hiciera (p.8788) justicia magnánima, generosa, clemente.. Decíase por aquellos días que López Domínguez había pedido cuatro mil hombres de refuerzo al Gobierno Central, y que a los apremios de éste para rendir la Plaza antes de 1.º de Enero, fecha de la reunión de las Cortes, contestó que a tantos no se podía comprometer. Con un mes largo por delante quizá podría rematar la empresa.

Castelar ofreció mandar los refuerzos y seguía pidiendo rendición a todo trance, ya por la fuerza, ya por el soborno, o bien combinando hábilmente ambos métodos de guerra.. A mediados del mes, los sitiadores concentraron sus fuegos sobre los castillos de Atalaya, Moros y Despeñaperros, y las puertas de San José y Madrid. La Plaza contestó con brío, y los disparos de la escuadra Centralista contra San Julián resultaron cortos y por tanto ineficaces.

Reunió a la sazón López Domínguez Consejo de Generales para determinar el plan que habían de seguir, acordándose por el pronto la conveniencia de un ataque vigoroso a San Julián, y conviniéndose en la urgencia suma de reforzarla línea de bloqueo: ésta no era inferior a seis leguas, y si no se neutralizaba la extensión con la intensidad, imposible alcanzar el éxito con la rapidez que Castelar quería. Desplegaba López Domínguez enorme actividad, supliendo con su cuidado y esfuerzo la escasez de los medios de combate.

En Pormán celebró el General en Jefe una entrevista con el Contralmirante Chicarro, el cual le dijo que le era dificilísimo el bloqueo marítimo porque sus barcos andaban bastante menos que los barcos rebeldes. Con tal Marina y un Ejército animoso, pero de contado contingente, era obra de romanos rendir la más formidable plaza de guerra que sin duda existe en el Mediterráneo. Si los Cantonales hubieran tenido tanto seso como bravura en aquella última ocasión de su loca rebeldía, no queda un centralista para contarlo.

Hasta el 28 de Diciembre transcurrieron los días sin ningún suceso extraordinario. Continuaba incesante el fuego entre sitiadores y sitiados. Éstos hicieron varias salidas y en una de (p.8789) ellas causaron diez y ocho bajas a sus enemigos. Hacia el 22 recibieron los centralistas los refuerzos que esperaban y con ellos veinticuatro piezas de Artillería de diez y seis centímetros. El 24, un proyectil Armstrong disparado por la fragata Tetuán, que seguía mandada por el intrépido contrabandista Colau, estalló en la batería número 3 del campo enemigo, haciendo reventar cuatro granadas que dieron muerte a un oficial, catorce artilleros e individuos de tropa, y tres paisanos. Y con esto, amados lectores, llego al día 28, fecha culminante en mi memoria por ser la fiesta de los Santos Inocentes, y porque en aquella madrugada, a punto de salir el sol, nos escapamos de Cartagena Leona la Brava y yo, suceso a mi ver memorable que merece un rinconcito en estas verídicas crónicas.

Mi escapatoria no fue secreta, pero tampoco me convino hacerla pública. Sólo me despedí de Manolo Cárceles, a quien tantas atenciones debía. Al abrazarnos, me dio con sus cariñosos adioses algunos recados verbales para Estévanez, Castañé y Patricio Calleja. Prometile yo volver pronto, pues me interesaba mucho el Cantón y quería presenciar hasta el fin su arrogante defensa. En la respuesta de Cárceles creí advertir cierta disminución del optimismo que había mostrado desde el comienzo de la revolución cantonal: «Si nos vencen -me dijo-, y ello habrá de ser más por la maña que por la fuerza, abandonaremos este volcán y nos iremos tranquilamente al África en busca de mejor suelo para poder vivir. Si vuelves, gran Tito, te vendrás con nosotros y nos haremos todos africanos».

Hasta la línea de bloqueo nos acompañó, al marcharnos La Brava y yo, mi leal mandadero Pepe el Empalmao, a quien las fatigas del sitio convirtieron de rufián en héroe. Su inveterada indolencia trocose en actividad febril, su astucia de zorro en fiereza leonina. En los baluartes de las puertas de San José o de Madrid afrontaba las balas enemigas, con un desprecio de la vida que ya lo querrían para sí más de cuatro figurones, de los que aspiran a merecer una línea en las altas (p.8790) inscripciones de la Historia. Y no lo hacía por ambición ni propósito de medro; no esperaba recompensa, ni galones, ni cintajos, ni cruces, ni siquiera el aumento de un real en su miserable soldada. Hacíalo, sin darse cuenta de ello, por la gloria, por un ideal que indeterminado y confuso hervía dentro de aquel cerebro, que para muchos no era más que una olla del más tosco barro. Como yo no quería partir sin saber algo del pobre don Florestán de Calabria, interrogué al Empalmao, que así me dijo:

«Ahora presta servicios de ranchero en las cocinas que ha mandado poner la Junta Soberana en el sótano de la muralla de los Mártires. Allí le tiene usted, con su mandil y su cucharón, revolviendo los peroles en que nos hacen la bazofia con que matarnos el gusanillo. Don Jenaro, que no sirve para militar sino para chupatintas, ha pedido a Contreras que le nombre Memorialista Mayor de la República Cartagenera. Pero para mí que se queda meneando el cazo toda su vida».. Con esto nos despedimos afectuosamente, y Leonarda y yo cogimos el tren de Madrid en la estación de la Palma.

Ya estábamos instalados en un coche de segunda con la ilusión de ir solitos todo el camino, y ya el tren se ponía en marcha, cuando vimos que avanzaba presurosa y dando chillidos una pobre señora, cargada de envoltorios, que intentó subir a nuestro departamento. Gracias al auxilio que yo le presté pudo poner el pie en el estribo y posesionarse de un asiento. Era una vieja de buenas carnes, vestida de negro. Al fijarme en su rostro temblé de sorpresa y sobresalto: o yo estaba loco o tenía frente a mí a la propia Doña Gramática, si bien envejecida, un poquito cargada de espaldas y tan descompuesta de facciones como de vestimenta. Antes que yo pudiera decir palabra, soltó ella la suya dejándome más absorto y alelado que antes, pues en cuanto abrió el pico reconocí la tremebunda y retorcida sintaxis de la que en día no lejano fue mi mayor suplicio. Volví a creer que me perseguían fantasmas al escuchar de boca de la vetusta dama estas enfáticas (p.8791) razones:

«No agradeceré bastante al noble caballero la merced con que me ha favorecido al prestarme ayuda para escalar, con la enfadosa carga de mis achaques y de estos paquetes, el endiablado vehículo. No están ya mis pobres huesos para tan vivos trotes.. Ello ha sido que, faltando cortos minutos para la partida del tren, corrí a recoger estos livianos bultos, que olvidados dejó mi señora en la covacha del jefe de la estación, hombre descuidado al par que descortés, por quien a punto estuve de perniquebrarme o de quedarme en tierra. Gracias a usted, repito, y a esta hermosa dama cuyas manos diligentes me ayudaron a subir, y Dios se lo pague, pude meterme en este coche zaguero, y salva estoy aquí, aunque todavía no reparada del grave susto ¡ay de mí!, ni del sofoco de estos cansados pulmones. ¡Ay, ay!..».

Como he dicho, creí hallarme otra vez en pleno delirio y perseguido por las visiones de antaño. Apenas recobré la palabra, que el azoramiento y la confusión me habían quitado, dije a la para mí fantástica viajera: «Señora; perdóneme si la interrogo con cierta indiscreción. ¿Es ustedDoña Gramática, ilustre dama versada cual ninguna en los giros de las sintaxis?».

-No me llamo Pragmática-contestó ella con melindre- sino Práxedes. No soy dama ilustre, aunque no hay bastardía en mi linaje, y sólo acierta usted en que mi afición al estudio me ha enseñado a hablar con discreta corrección y propiedad.

En tanto, Leona no quitaba los ojos del rostro de la vieja, cuyo hablar finísimo y entonado le colmó de asombro y embeleso. En el mirar de mi amiga leía yo un afán ardiente de apropiarse los términos exquisitos y la nobleza gramatical de nuestra compañera de coche.

«Cualesquiera que sean su nombre, estirpe y condición, señora mía -dije yo a doña Práxedes-, nosotros estamos muy complacidos de haber trabado conocimiento con usted. Juntos haremos este molesto viaje, honrándonos mucho con su grata compañía».

-¡Ay!, eso no podrá ser -replicó la enlutada dueña, arqueando las cejas-. Y de veras lo siento, porque me (p.8792) hallo harto gustosa entre personas tan hidalgas. En la primera parada que no sea corta tengo que pasarme al coche donde va mi señora, la cual es de alcurnia tan alta que no hay en la grandeza española quien pueda igualarse a ella. Va en el departamento que lleva el rótuloReservado de Señoras. A su servicio tiene damas y doncellas de singular hermosura.

Lo dicho por la vieja me adentró más en los delirios paganos. Pensé que en el mismo tren iba Mariclío.. quizás Floriana.. ¡Dios mío, qué horrible trastorno, mezcla de alegría y espanto! Si yo me presentaba a la divina Madre y ésta me veía con La Brava, sin duda me reñiría duramente por mi liviandad.. Advertí que doña Práxedes, risueña, no apartaba sus ojos inquisitivos del rostro de Leona. Sorprendida de su silencio pronunció estas palabras: «Y esta joven tan hermosa y apuesta ¿no dice nada?». Mi compañera balbució algunos monosílabos que no expresaron más que su timidez y el temor de soltar algún disparate chulesco ante una tan refinada maestra de la lengua castellana.. Intenté pedir a doña Práxedes más claras referencias de aquella princesa de alto linaje que iba en el Reservado de Señoras, con acompañamiento de bellas damas y lindísimas doncellas; pero un escrúpulo invencible paralizó mi lengua, y seguí alelado y taciturno.

Al fin, hostigada por la vieja redicha, pudoLeona desatar el nudo de su timidez, y pronunció algunas frases rebuscaditas para demostrar que no era muda. «Nosotros vamos a Madrid -dijo haciendo con sus rojos labios mohínes muy finústicos-, porque Cartagena es un infierno enpequeña miniatura. Allí la libertad es un viceversadel sosiego, o como quien dice, una ironía que la tiene a una siempre sobresaltada. En Madrid viviremos tranquilos porque allí la libertad no hace daño a nadie. Además, como estamos bien relacionados en la Corte, lo pasaremos al pelo».

-Su esposo de usted tendrá, y esto lo colijo por su talante, porte y lenguaje distinguido -dijo la vieja, clavando en mí sus miradas como saetas-, tendrá de fijo, repito, una elevada posición.

- (p.8793) Regular -contestó Leona, mordiendo su abanico para contener la risa-. No diré que sea de las más ensalzadas, ni verbigracia cosa de poco más o menos.En el interín, nos basta y nos sobra para todas las circunstancias de nuestra vida, y como no tenemos sucesión, sucede que marchamos divinamente.

Aunque me mortificaba que Leona me diputase por esposo permanente y legítimo, no me pareció bien desmentir a mi amiga, y permanecí callado largo rato, mientras ellas departían a su sabor. Leonarda, perdida completamente la cortedad, hablaba a doña Práxedes de lo divertido que era Madrid, donde había tanta aristocracia y tanta democracia. «Entre otros mil atractivos -dijo-, Madrid tiene toros los lunes y domingos, funciones en la mar de coliseos, misas de seis a doce en todas las iglesias, y a cada dos por tres jaleo de revolución en las calles».

Hasta la estación de Murcia, donde el tren paraba quince minutos, no se atrevió doña Práxedes a bajar al andén para cambiar de coche. Despidiose de nosotros con frase coruscante y ensortijada, deseándonos un viaje dichoso y toda la ventura conyugal que por nuestra juventud y buenas partes merecíamos. La Brava, que en los últimos coloquios había hecho muy buenas migas con aquella gramatical cotorra, tuvo gusto en descender con ella y en llevarle los livianos bultos, según la clásica expresión de la matrona provecta. Era mi costilla per accidens vivaracha y curiosona, amiga de gulusmear y enterarse de todo. Acompañó a la vieja hasta el Reservado de Señoras y, al abrirse la portezuela para dar paso a doña Práxedes, exploró con rápida vista al interior del departamento en que viajaban las misteriosas damas.

Pronto volvió a mi lado, contándome de este modo lo que había visto: «Pues allí va una señorona con más años que Matusalén, alta y de buenas hechuras. Su cara es blanca, con perfil de estatua: parece mismamente de mármol. Viste de luto y tiene aire de reina que ha perdido el trono. En el fondo del coche hay otras mujeres, y entre ellas una chavala guapísima.. (p.8794) como los propios ángeles. La gachí parece una diosa de las que he visto pintadas en un libro que tiene don Florestán.. No pude fijarme más porque ellas me miraban como choteándosede mí. Me dio vergüenza y me retiré en buen orden a mis posiciones, como dice el ayudante de Contreras».

Al partir el tren llenose nuestro coche de viajeros de Murcia, que alborotaban hablando a gritos de las cosas del Cantón. Unos ponderaban a Gálvez con extremadas hipérboles, asegurando que si le dejaran sería pronto el dominador de toda España; otros, con desmayado pesimismo, sostenían que el Cantón estaba perdido y que López Domínguez daría buena cuenta de aquella gentecilla, entre Año Nuevo y Reyes. Yo me desentendí de esta conversación, y reclinado en un ángulo del coche, mi mano en la mano de Leonarda, permanecí largo rato soñoliento y meditabundo, pensando en lo que mi amiga me contara de las damas que ocupaban el Reservado de Señoras. ¿IbaMariclío en aquel departamento? ¿Era Floriana la divina hermosura que Leona comparó con las diosas?

En estas ideas y en dudas tan crueles fluctuaba mi espíritu, que ya se asía fuertemente a la realidad rechazando toda relación con el mundo de las quimeras, ya se lanzaba disparado a embelesarse con las hermosas visiones Paganas y Mitológicas. Por momentos, el deseo y la curiosidad me aguijoneaban para correr hacia el coche donde iban las misteriosas viajeras; por momentos, el miedo a la desilusión y la idea de ser mal recibido me retenían, sujetándome a la única diosa de que yo podía disponer, Leona la Brava, divinidad terrestre, pedestre y de vuelo harto rastrero y prosaico.

En la estación de Hellín saqué un momento la cabeza por la ventanilla, y vi pasar a un hombre de soberbia talla y formas escultóricas. ¿Era el arrogante forjador de voluntades, padre presunto de las mil hijas de Floriana que, después de echar toda el agua fría del mundo sobre mi pasión por la Maestra educadora de pueblos, me arrojó desde lo alto de un talud, cual si yo fuera un (p.8795) muñeco inservible o un despreciable animalejo? Cuando advertí que el divino Titán, vestido con azul ropa de maquinista, se acercaba al Reservado de Señoras y subiendo al estribo departía con las incógnitas viajeras, llegué al colmo del espanto. Tembloroso me arrebujé en la manta y cerré los ojos para reconcentrarme de nuevo en mí mismo. «¿Qué te pasa?» -me preguntóLeona. Y yo respondí: «Me pasa.. me pasa que he visto cómo resucita el Paganismo que creíamos muerto para siempre. Me pasa que he visto una figura..».

-¿Pero a quién, a quién has visto? ¿Quién ha resucitado? -exclamó Leonarda con súbito terror, palideciendo-. ¿Es mi marido que ha vuelto ya de la isla desierta?

-No, hija, no. Tu marido.. se lo comieron los peces y lo han digerido ya. La figura que he visto no es la de Cándido Palomo. Es la del forjador atlético hijo de los Dioses, padre de las mil maestras.. renovador del Paganismo..

-¡Bah, bah!; ésas son coplas. ¿Ya estás otra vez con la tecla de los paganistas? Pues ya sabes que el mejor paganismo es no pagar a nadie y cobrar todo lo que se pueda.

 

Ep-45-VII -

En Chinchilla, donde bajamos a confortar nuestros estómagos con el agua de castañas almidonada que llaman café con leche los fondistas de las estaciones, me puso la mano en el hombro un señor a quien al pronto no conocí.

Era David Montero, totalmente transfigurado de ropa y rostro. Tenía la facha de un clérigo vestido de seglar. Se había quitado barba y bigote, y disimulaba con ligero tinte las canas de las sienes y de la nuca, bajo un gorro de terciopelo negro como el que usan los párrocos de aldea. «Hablemos quedito -me dijo sentándose junto a mí-, y no pronuncie usted mi nombre. Ya ve que voy disfrazado. Me escapé hace días, y en casa de un amigo de Balsicas me vestí de máscara para marcharme a Madrid.. Leona me mira sonriendo. Sin duda me ha conocido. Adviértale que no venga ahora con aspavientos y que no me llame por mi nombre.. Ya hablaremos, ya hablaremos. Dígame en qué departamento van, y si es de segunda como el mío (p.8796) pasaré un rato con ustedes».

Alegrándome mucho de ver a David, le indiqué que íbamos en el último coche. Antes de partir el tren ya estábamos reunidos los tres y entablábamos una grata conversación sin recelo de ser oídos, pues al pasar de Chinchilla sólo quedaron en nuestro departamento dos viajeros, que arrebujados en sus mantas dormían como lirones. «El Cantón está perdido, señor don Tito -me dijo Montero con voz apagada-. Lo estuvo desde 1.º de Diciembre. Ya sabrá usted la prisión de Carreras, Pozas y demás individuos del Ejército».

-Lo sé, lo sé -respondí-. Estoy bien enterado de todo. Desde que López Domínguez tomó el mando de las fuerzas Centralistas, los militares de la plaza se hacen cucamonas con los de fuera.

-¡A quién se lo cuenta usted! -repuso David-. Yo he tenido algún trato con los Centralistas. Ello fue porque un primo mío, Carlos Montero, está de mecánico en el Cuartel General, donde le estiman mucho por los servicios que presta. He hablado con el Coronel Sánchez Molero, que ayer me dijo: «La fiesta de Reyes la celebraremos dentro de la Plaza». He hablado también con López Domínguez, quien, generoso, y muy satisfecho con las referencias que le dieron de mí, me aseguró que pedirá mi indulto. Pero mientras esa gracia viene, yo me pongo en salvo, amigo mío, que si se rinde Cartagena, lo primero que harán los vencedores será meter en chironaa toda la población penal. Y lo que es a mí no me pescan.

-Muy bien, David -dije yo-, ha hecho usted muy bien: libertad y vida nueva.

-Eso, eso -saltóLa Brava juguetona y alegre-. La idea de pasar de un mundo a otro la tuvo antes que usted, amigo Montero, una servidora. No más presidio: el mío era la pobreza, la vergüenza, el andar siempre entre gente groserota y vil o entre señoritos babosos y cargantes que todo lo ven bajo el prisma de la corcupicencia.

No pudimos prolongar nuestro coloquio porque Montero se quedó en Albacete, donde tenía un hermano. Allí descansaría breve tiempo, trasladándose luego a Madrid sin abandonar las precauciones (p.8797) que garantizaban su libertad. Díjome su nombre postizo, que era Simón de la Roda, añadiendo que se holgaría mucho de que nos viéramos en la Villa y Corte. De su paradero darían razón en el taller de Calixto Peñuela, un su amigo, famoso armero establecido en la calle de los Reyes, número 15.. En Alcázar de San Juan, donde la parada fue muy larga, no me fue posible reprimir mi curiosidad, y me lancé a una indiscreta exploración del Reservado de Señoras, cuya portezuela estaba abierta.

Con gran asombro vi que el coche se hallaba vacío. ¿Qué se hizo de las misteriosas viajeras? ¿Se desvanecieron en los aires cual figuras que tenían su domicilio en los espacios imaginarios, o eran seres de carne y hueso que habían terminado su viaje? Busqué a las fantásticas damas a lo largo del andén; luego en la Fonda, y no hallé rastro de las princesas o señoras paganistas, como decía La Brava. Ésta, que era un águila para las averiguaciones por su metimiento y natural comunicativo, preguntó a un empleado del tren, el cual nos dijo secamente que el Reservado de Señoras había venido vacío desde Cartagena. La mentira y la verdad, enzarzadas y juguetonas, continuaban atormentando mi espíritu.

Nos hallábamos mi costilla falsa y yo consumiendo sendos chocolates con tortas de Alcázar, cuando se nos acercó un señor de más que mediana edad, alto y de buen porte, suelto de ademanes y de lengua, que saludó a Leona con despejo y gracia, felicitándola por verla camino de Madrid. Fue después al mostrador para pagar su gasto y el nuestro, y yo pregunté aLa Brava: «¿Este caballero es Prefumo o uno de los Paganes de Murcia?».

-Pagano es y de los buenos -me contestó mi amiga gozosa-. Pero no se llama Pagán.

Y cuando el caballero volvía del mostrador salió ella a su encuentro y hablaron un mediano rato lejos de mí. Al meternos en nuestro coche para continuar el viaje, mi esposa fortuita o accidental me dijo, con frase que por su extremada sinceridad parecía candorosa, que el paganole había propuesto pasarse a su departamento de (p.8798) primera y que él abonaría la diferencia del billete.

«¿Qué te parece, Tito? -agregó la moza con zalamería-. Sí tú lo consientes, voy; si no, no. Te digo esto, Titín, porque el ir con ese amigo me servirá para la introducción».

-¿Qué quieres decir?

-Que para introducirme o como aquel que dice presentarse en la vida de Madrid, ese caballero poderoso me hará un buen avío. Aconséjame si debo ir o no. Aconséjame, hombre.

Con toda honradez y franqueza le contesté que siendo ella mujer libre y árbitra de su destino, podía tomar la senda que más le conviniese para el buen principio y orientación en la carrera que había emprendido. Mi fácil consentimiento produjo en ella un ligero chispazo del amor propio y fugaces monerías de coquetismo. Pero al fin quedó convencida, gracias a la perfecta lucidez con que yo expresé la rectitud de mis intenciones. Díjele que si en Madrid necesitaba de mí me encontraría en mi vivienda, calle del Amor de Dios. Como La Brava no dominaba el conocimiento de los números, señalé la casa con la infalible indicación de que junto a la puerta había una cacharrería y en ésta una tablilla anunciadora de burras de leche.. En Aranjuez se consumó nuestro divorcio. No debo ocultar que si ella se fue un tanto pesarosa yo quedé medianamente triste.

Llegué a Madrid solito y tan campante. Al tomar un coche de punto vi de lejos a Leona la Brava con el caballero pagano, precedidos de un mozo cargado de bultos, y disponiéndose a entrar en el ómnibus de la Fonda Peninsular. En mi casa fui recibido con explosión de júbilo. A Rosita encontré más espigada, a Nicanora más barriguda, y a Ido transparente ya de puro espiritado. Una novedad de la vida hospederil me contrarió mucho: la que yo llamaba mi habitación estaba ocupada por una señora, a quien mis buenos patrones no podían echar para restituirme en el usufructo de aquel cuarto. Era una dama recomendada por Delfina Gil, la dulce beata traficante en ataúdes. ¿Era guapa aquella señora? Sí. ¿Joven? Regular, tal, cual.. En fin; ya la veríamos.

Ayudándome a (p.8799) quitarme la ropa de viaje, el seráfico Ido me dijo: «Ya sabemos, señor don Tito, que los cabecillas cantonales le nombraron a usted Embajador de Constantinopla, y que usted propuso al Gran Turco pactar un Tratado de Alianza con la República Cartagenera.. No se ría, no venga negándolo; aquí todo se sabe.. Nos dijeron también que estuvo en Roma tratando de conseguir del Papado que se entendiera con Roque Barcia para establecer en Cartagena un catolicismo suave y democrático. Ahora.. usted lo negará, porque diplomacia y reserva son una misma cosa.. ahora, digo, viene usted a Madrid a negociar con el Gobierno las paces con el Cantón en condiciones honrosas para ambas partes.. No se haga de nuevas.. ¡Si aquí le están esperando!.. Hace días estuvo en casa don Nicolás Estévanez a preguntar cuándo volvía usted. Luego vino con la misma cantinela un caballero que a mi parecer es el secretario del señor Maisonave, Ministro de la Gobernación».

-También vino -dijo Nicanora, que entraba con ropa limpia para hacerme la cama- uno que debía de ser el propio Castelar..

-Era él, era él -afirmó Ido dándose una palmada en la frente-. Era don Emilio con barba postiza.

-No, José, no; estás trascordado -repuso Nicanora-. Aquel caballero no traía barba.. Pero si no era don Emilio, era Carvajal afeitadito.. También estuvieron aquí don Luis Blanc, don Serafín de San José y un porción de santones, es a saber: el General Velarde, Solís, Moreno Rodríguez, doña Candelarita la escritora, y un tal Robledo Romero que me parece que es borbónico.

El mismo día de mi regreso al hogar patronil, hice conocimiento con la señora que ocupaba mi habitación. Era una dama de agraciado rostro, de estatura menos que mediana, edad incierta entre los treinta o treinta y cinco, tipo de lugareña fina, modosa y bien criada, el habla dulce aunque no exenta de viciosas concordancias, vestida con el hábito de los Dolores, limpia, peinada con esmero y un poquito perfumada.

«No es la primera vez que veo a usted, señor Liviano -me dijo, haciéndome (p.8800) sentar junto a ella en el sofá de los duros y punzantes muelles-. Yo soy vizcaína, de un pueblo que llaman Elanchove, y en Durango tuve el gusto de oír el discurso que usted nos echó sobre la República Pontificia, sermón bonita que si al pronto nos entusiasmó, luego vimos que irreverente burla era.. Conozco a su padre de usted que fuertecito todavía está, aunque resentido de sus achaques. Trato mucho a su hermana Trigidia y a Ignacio Zubiri. Soy amiga de Pepita Izco, y algo parienta del cura Choribiqueta. Me llamo Silvestra Irigoyen, pero allá todos me conocen con el nombre familiar de Chilivistra.. Conque ya ve que nos conocemos.. Y ahora sólo me falta decirle que esperaba su vuelta como agua de Mayo para que me dé su auxilio poderosaen la pretensión que traigo a Madrid».

Atento a la buena señora, y sintiéndome ya ¿por qué no decirlo?, prendado de su modestia y dulzura melancólica, le dije que dispusiera de mí a todo su talante y voluntad.

«Tanto Delfina como este señor Sagrario y doña Nicanora -prosiguió Chilivistra- me han dicho que a usted no le niega nada el Gobierno. Cosa que pida es cosa lograda. Todos me aseguran que va usted para Ministro, y que ha venido al arreglo de paces con el Cantona».

Protestando con modestia de aquella supuesta privanza mía, le rogué que me diera razón de su cuita o desventura, y ved aquí lo que me contestó, echando por delante un gran suspiro: «Yo soy casada.. No podré decir a usted si el casarme fue para mi felicidad o desdicha, pues de todo hay. Mi marido es.. corazón de ángel y genio de todos los demonios. Pruebas mil tengo de su cariño, y en mi cuerpo no faltan señales de sus malos tratos. Se llama Gabino Zuricalday. En su familia todos son carlistas netos.. Desde Febrero del año pasado mandaba el 5.º Navarro. Cuentan que era una fiera en los combates.. Por dejarse llevar de su arrojo le coparon con otros en un encuentro que tuvieran con las avanzadas de Moriones cerca de Bacaicoa. Cuando le llevaban preso a Pamplona quiso escaparse y.. ¡pim!, ¡pum!.. sin (p.8801) lograr su objeto, Gabino mató a un guardia civil.. Milagro fue que no le fusilaran. Hoy le tiene usted en la prisión militar de Logroño esperando sentencia de un Consejo de guerra.. Más de un mes lleva en este suplicio; pero ello va despacio. Militares hay del Ejército liberala que se interesan por él; mas no faltan otros que no pararán hasta la vida quitarle.. Oído el parecer de mi familia, y el consejo de mi confesor, vine a Madrid para poner cuanto esté de mi parte en la santa obra de salvar a ese desgraciado».

-Procede usted -le dije yo efusivamente apretándole las manos- como esposa cristiana que olvida las ofensas y obra conforme a la divina ley de amor. Porque si es verdad que su bello cuerpo conserva señales de malos tratos..

Chilivistra me interrumpió diciendo con presteza: «Cardenales fueron y tantas que llevaba yo sobre mí todo el Sacro Colegio. Mas tiempo ha que no dolerme. Mi confesor, santo siervo de Dios y de don Carlos, me ha dicho que perdone al marido mala que me ofendía.. y ello no era más que cuando se arrebataba por la bebida o se encalabrinaba porque le había soplado mal el naipe.. El Altísimo y mi conciencia me gritan que emprenda la campaña de redención. Lo hago no sólo por mí sino por el mi hijo.. Se me olvidó decirle que tenemos un niño de siete años al cual he dejado en casa de los mis padres.. ¡Ayúdeme usted, don Tito, en esta empresa cristiana, y si en ella salimos triunfosganaremos el cielo!».

Lo que yo mayormente quería ganar era la ternura indecisa de sus ojos, tras de los cuales entreveía los cielos infinitos del amor. «Señora cristiana y dolorida -exclamé con arranque-, yo, como buen caballero, me pongo al servicio de usted, y no tendré paz ni sosiego hasta que rematemos el alto empeño de rescatar la vida de su esposo. Hoy mismo veré a Sánchez Bregua, a Castelar. Mi grande amigo Emilio no me dará una negativa..».

Chilivistra quedó muy complacida, y yo salí de su presencia revolviendo en mi mente un plan de campaña que me pareció inspirado en la lógica más pura. Con el súbito recuerdo de mis (p.8802) admirables éxitos, en la primera mitad del año que expiraba, se renovó en mí la firme convicción de que cuantas peticiones hiciese a los Ministros serían inmediata y satisfactoriamente resueltas, por obra y gracia de mis invisibles espíritus familiares. En aquel poder hermético confiaba yo para conseguir la libertad del prisionero y hacerme dueño de su interesante y acardenalada esposa.

Imaginando que me bastaría poner una expresiva carta a mi amigo Eleuterio Maisonave para que el prodigio se realizase con la presteza sobrenatural de marras, puse en ejecución mi pensamiento, y allá fue la epístola que a mis queridos espíritus daba tarea en qué pasar el rato.. Refrescado y vestido de limpio me eché a la calle en busca de mis camaradas, y tuve la desgracia de no encontrar a ninguno.

Silvestra, sola o con Delfina, iba diariamente a misa, y las más de las noches a los oficios que se celebraban en las iglesias próximas. Pero no creáis, lectores píos, que era una de esas beatas apestosas y cargantes que son verdadero antídoto contra el pecado. Largo espacio de la mañana empleábalo en la limpieza y arreglo de su bella persona, y cuando salía tan bien apañada y elegantita, daban ganas de ir en su seguimiento y arrodillarse con ella ante los altares. El 1.º de Enero de 1874, se me ocurrió salir en su acecho y la sorprendí hociqueando en la rejilla de un confesonario. Mas no por esto se amenguaban su gracia y atractivos. Algunas veces, después de dar un paseíto por el barrio, volvía trayendo en su pañuelo naranjas o peladillas compradas en los puestos de Antón Martín. Jamás conocí santurrona tan sugestiva y simpática.

Fiado en la intervención de mis amigos del otro mundo, daba yo a Chilivistra seguridades de un éxito feliz en nuestra empresa de salvamento, y una tarde, acompañándola con su permiso a la iglesia de Montserrat, donde había sermón y Manifiesto, pude advertir que cuando yo le hablaba de la libertad de su marido no parecía tan contenta como era de suponer. Llegué a formar la opinión de que los anhelos (p.8803) de la dama dolorida y coquetona se satisfarían con obtener la vida de Zuricalday, y conseguido esto.. que le mandaran lejos, lejos, a Filipinas por ejemplo, poniendo así la mayor distancia posible entre el adorable cuerpo de la señora y la mano impía del esposo.

No se me olvida la fecha de estas insignificantes ocurrencias y vanos coloquios. Era el 2 de Enero. Deseoso de ponerme en contacto con mis amigos me fui al Congreso, donde el invisible poder de Mariclío me llevó a presenciar los memorables acontecimientos de la noche del 2 y madrugada del 3 de Enero de 1874.. ¡Dame tu aliento, sostén en mí la acendrada devoción de la verdad, divina Madre y Maestra!

 

Ep-45-VIII -

El primer amigo con quien tropecé en los pasillos fue Moreno Rodríguez, a quien debí las referencias que me dieron un rumbo fijo en la corriente histórica. Díjome que las mayores dificultades acumuladas sobre el Gobierno Castelar provenían de la inquietud de los Intransigentes y de la cuestión de los obispos. «Ya sabes -añadió- que sin aquiescencia de Roma nombraron Arzobispo de Cuba al padre Llorente, íntimo de Martos, y Obispo de Cebú al amigo Alcalá Zamora, demócrata de buena cepa, que siendo diputado en las Constituyentes del 69 votó la Libertad de Cultos vestido de clérigo. Sabes también que el Papa se negó a preconizar a estos prelados, y que han pasado largos meses sin que el Gobierno español y el Vaticano se entiendan».

-Ya, ya lo sé -contesté yo-. Dicen que Pío IX está afligidísimo.

-Naturalmente -repuso mi amigo-; lo está siempre que no puede tener a los países católicos bajo su sandalia. El nuestro se las mantiene tiesas con Roma desde el 68, y por eso el Pontificado ha tenido que cantar la palinodia, conviniendo un modus vivendi con el Gobierno Castelar para la provisión de las mitras vacantes, que son muchas. Los jesuitas querían que el Papa nombrase los nuevos obispos arrebatando al Gobierno el derecho de presentación, y hasta tenían preparada una hornada de clérigos carcundas para encasquetarles la mitra. (p.8804) Pero Masttai Ferretti vio que mermaban los chorros del dinero de San Pedro, y acabó por entenderse bonitamente con la República española. Esto es un éxito indudable del Gabinete Castelarino, ¿no te parece, querido Tito? Pues verás qué amarguras y contratiempos le aguardan al bueno de don Emilio. Salmerón está que echa bombas, y me parece que oigo ya los ruidos lejanos de la tempestad que se acerca.

Poco después di de manos a boca con Pablito Nougués, que compartía con Eugenio García Ruiz el fervor unitario. De lo que me contó el inteligente y simpático periodista, redactor-jefe de El Pueblo, deduje que la eterna discordia entre unitarios y federales era por aquellos días violentísima. La más clara expresión del odio que unos a otros se tenían es la frase pronunciada por un rabioso Intransigente: «Entre una República que no sea Federal y la Monarquía, preferimos la Monarquía». Este relámpago no fue el último que me deslumbró aquella tarde en la cálida atmósfera del Congreso.

En diferentes grupos, donde encontré amigos muy queridos, pude oír el retumbar horrísono de la tempestad que se aproximaba. Salmerón, ya muy esquinado con el Gobierno, estimando el Modus Vivendi episcopal supremo error y violación del credo republicano, escogió este tema para cantarle a Castelar el De profundis y dar con él en tierra.

Una Comisión de diputados se acercó a don Nicolás, rogándole que depusiera su actitud contra el Gobierno. Mas no lograron rendir la tenacidad del filósofo, que condensó su negativa en esta implacable sentencia: Sálvense los principios y perezca la República. Tal fue el segundo relámpago deslumbrador que me anunciaba el rápido avance de la tormenta. El espantable fallo del Presidente de las Cortes arrancó lágrimas a los leales republicanos que más de una vez jugaron su vida en las conspiraciones y en las barricadas.

No queriendo abandonar el Congreso entre la sesión de la tarde y la de la noche tomé un piscolabis en la Cantina con Martínez Pacheco, Castañeda, Olías, Morayta. Éste nos (p.8805) dijo que el voto de gracias al Gobierno, que presentaron a primera hora de la tarde, se discutía calurosamente. Castañeda refirió que estando aquella mañana en la casa de Castelar, calle de Serrano, don Fernando Álvarez, pariente del gran tribuno, y otros amigos allí presentes, aconsejaron al Presidente del Poder Ejecutivo que se resolviera a dar el golpe de Estado. Don Emilio contestó que su honor rechazaba no sólo la idea, sino hasta la frase golpe de Estado, y que a las Cortes iría sin vacilar, afrontando todo lo que pudiera ocurrir.

Martínez Pacheco, uno de los políticos más ligados al jefe de la Situación, nos contó sigilosamente que Castelar había conferenciado con Pavía en el despacho de la Presidencia para informarle de los rumores por todos oídos de que intentaban sublevarse contra las Cortes Soberanas. El General lo negó en redondo. Don Emilio entonces le exigió palabra de honor de que decía verdad. Pavía, dando su palabra, dijo textualmente: «Jamás, jamás me sublevaré yo ejerciendo mando». Oído esto convinimos todos en que no había peligro por aquel lado. Don Manuel Pavía y Alburquerque, ayudante de Prim, tuvo siempre estrechas relaciones con los republicanos y era el General que más confianza podía inspirar a todos.

En la sesión nocturna se fue avivando el debate, no sé si sobre la proposición de Morayta y Olías o la indispensable de No ha lugar a deliberar. Subí a la tribuna de la Prensa y oí discursos de los conservadores favorables al Gobierno. Romero Robledo dijo que habiendo apoyado a Pi y Margall y a Salmerón cuando eran Poder, no podía negar su voto al Gabinete Castelar. En el propio sentido habló don Agustín Esteban Collantes, que sintetizó su pensamiento en esta frase feliz: «Si un regimiento de Granaderos entrase por esas puertas y se hiciese dueño del Poder, yo sería de los vencidos, ya triunfasen las turbas, ya los Granaderos..». Relámpago intenso que me hizo cerrar los ojos.

Defendió al Gobierno, entre otros, el eximio catedrático don Francisco de Paula Canalejas, que fijó la cuestión política en (p.8806) estos precisos términos: «Si el Ministerio debe caer, es preciso sepamos cuál es la solución que ha de sustituirle». Atacaron, sin acritud Benítez de Lugo, y con sin igual dureza Corchado y Labra, quienes intentaron presentar a Castelar como sospechoso a los republicanos. No pudiendo formar Gobierno ningún hato suelto del rebaño parlamentario, se imponía un Gabinete sintético o de conciliación; pero como era imposible armonizar la Izquierda con el Centro, y la Derecha con los Intransigentes, resultaba un embrollo de todos los diablos o un nudo que los dedos más hábiles no podrían deshacer.

En esto sonó el primer trueno de la ya inminente tempestad. Salmerón, que había dejado la silla presidencial, soltó en un escaño próximo al reloj el raudal de su elocuencia altísona y majestuosa. Sus negros ojos fulgurantes, su lucida estatura y la solemnidad de sus ademanes, completaban el mágico efecto del orador sobre sus embelesados oyentes. Mostrose ufano de haber contribuido a formar la Derecha, que definió de este modo: «Partido eminentemente republicano, esencialmente democrático en los principios, radical en las reformas, pero conservador en los procedimientos; partido de paz, de orden, de imperio, de ley, de autoridad». A mi lado, los periodistas, comentando estas palabras, dijeron que la Derecha no la había formado Salmerón con sus vacilaciones, sino Castelar con su continua propaganda. Don Emilio era el representante legítimo y autorizado de la Derecha.

Prosiguió el filósofo sosteniendo que Castelar había roto la órbita de la política conservadora, y trató de probarlo exponiendo vagas generalidades acerca del Ejército, del partido conservador monárquico, de reformas administrativas y de economía de los gastos públicos, sin aludir ni por asomo a la cuestión de los obispos, móvil, según creíamos, de aquella gran borrasca. Se guardó muy bien de indicar cuáles eran las economías y reformas administrativas que, según él, debió Castelar implantar y no lo hizo. Tampoco dijo nada (p.8807) que permitiese apreciar la diferencia entre las disposiciones referentes al Ejército dictadas por don Emilio y las que él adoptó en el período de su mando.

Las únicas afirmaciones, por cierto nada tranquilizadoras, del orador fueron éstas: «Soy inhábil, soy incapaz para el Gobierno mientras las actuales condiciones no cambien: ni pretendo, ni demando, ni acepto el Poder. Si no es posible salvar la situación presente dentro de la órbita del Partido Republicano, antes que romperla nosotros con mano sacrílega, digámoslo a la faz del país; declaremos que no es posible gobernar con nuestros principios, con nuestros procedimientos: así quedará nuestra conciencia tranquila de no haber profanado el Poder, de no haber hollado nuestras sagradas convicciones».

Aunque no sonaron fuertes aplausos, las señales de asentimiento que advertimos en toda la Cámara, nos demostraron que había herido gravemente al Gobierno el discurso del filósofo sin realidad, según la sabida frase castelarina. Había llegado el momento supremo. El Presidente del Poder Ejecutivo se levantó arrogante, ansioso de mostrar en aquel torneo la pujanza de su nombre, de su elocuencia y de su honor, como jefe de la democracia gubernamental.

Empezó su discurso el inmenso tribuno con estos ardientes apóstrofes: «Soy sospechoso al Partido Republicano porque le digo que él solo no puede salvar la República; porque le digo que está hondamente dividido y perturbado; porque le digo la verdad, como se la dije a los Reyes, y añado que no gobernará como no condene enérgicamente y para siempre a esa demagogia». (Señalando a la extrema izquierda.)

Fijó luego su significación gubernamental, constante en su vida pública. Sostuvo que nada hizo en el Gobierno que no hubiera defendido en la oposición y expuesto en su programa al ser elevado al Poder. Notó los servicios prestados por él a todos los Gobiernos de la República, de quienes fue ministerial ardiente aun sin compartir sus opiniones, por no mermarles autoridad. Luego (p.8808) prosiguió así: «Tenemos todo lo que hemos predicado. Tenemos la Democracia, tenemos la Libertad, tenemos los Derechos Individuales, tenemos la República. Dos reformas no más necesitamos: la primera es la separación de la Iglesia del Estado; la segunda es la abolición de la esclavitud en Cuba».

El relampagueo y tronicio continuaban, con fulgores y sonidos más próximos. Un diputado interrumpió: «¿Y la Federal?». Don Emilio repuso con acento iracundo: «Eso.. eso es organización municipal y provincial. Ya hablaremos más tarde; no merece la pena. ¡El más federal tiene que aplazarla por diez años!». En los bancos de la Intransigencia produjeron enorme tumulto las frases del tribuno. Una voz dijo: «¿Y el proyecto de Constitución?». Castelar lanzó esta respuesta fulminante: «Le enterrasteis en Cartagena».(Sensación profunda en la Cámara y contradictorias manifestaciones.)

El Jefe del Gobierno puso término a su discurso con estas palabras: «El Partido Republicano tiene que transformarse en dos grandes partidos: uno de acción, progresivo, muy progresivo, a quien le parezcan estrechas y mezquinas nuestras ideas; y otro pacífico, nada de dictatorial, nada de autoritario, nada de arbitrario; legal, muy legal, demócrata, muy demócrata, pero con grandes instintos de consolidación y conservación.. Mi política es la natural y podréis maldecirla, pero no sustituirla, porque ante la guerra no hay más política que la guerra».

Sin más dimes y diretes, porque Salmerón no rectificó y las Izquierdas olfateando su triunfo no quisieron perder el tiempo, se dio por concluso el debate. ¡A votar, a votar! Derrotado por 120 votos contra 100, Castelar entregó a la Mesa la dimisión de todo el Gobierno.. Aprobose la proposición de costumbre para elegir por papeletas firmadas un nuevo Ministerio con las mismas facultades conferidas a los anteriores, y se suspendió la sesión por más de dos horas para que los diputados se pusieran de acuerdo.. Bajé de la Tribuna con mis amigos periodistas, y en los pasillos y (p.8809) Salón de Conferencias oímos ardorosos comentarios de la votación.

Alguien censuró con acritud a Figueras porque, si personalmente se abstuvo, ordenó a sus parciales que votaran contra el Gobierno. También votaron en contra Salmerón y sus adeptos, el Centro, la Izquierda y los Intransigentes. Al lado de Castelar estuvieron, a más de sus amigos, seis monárquicos y los Unitarios. Hallándome yo en medio de aquel laberinto me encontré de improviso en los brazos de Estévanez. «Pero don Nicolás -le dije-, ¿qué es de su vida de usted? No le he visto en los escaños». Y él, con semblante triste y voz apagada, me contestó: «No he venido más que a votar y me largo a escape. Mi suegra acaba de morir. Adiós».

Avanzaba la noche. Ya habían caído en las honduras del tiempo pasado las horas del 2 de Enero de 1874 y entrábamos en la madrugada del 3. La votación por papeletas se deslizaba lenta, triste, cadenciosa y somnífera, reproduciendo en los espíritus la pesadez atmosférica de la tempestad que sobre el Congreso se cernía. En los aires sobrevino el silencio lúgubre que precede a los grandes estallidos de la electricidad. No vean mis lectores en esto más que un fenómeno subjetivo, producto de mi caldeada imaginación. La tempestad no estaba en los aires sino en la Historia de España.

A una hora que debía de ser molesta para los trasnochadores más empedernidos, las cinco o las seis de la madrugada, terminó la parsimoniosa votación para elegir nuevo Gobierno, y se dio comienzo al escrutinio con prolijos trámites a fin de garantir la más escrupulosa exactitud. En esto estábamos cuando retumbó sobre nuestras cabezas un trueno formidable. Retembló el edificio, se estremecieron todos los corazones, vibraron todos los nervios.. Subió Salmerón a la Presidencia y demudado, lívida la faz, centelleantes los ojos, dijo solemnemente estas fatídicas palabras: «Señores diputados: hace pocos momentos he recibido un recado u orden del Capitán General de Madrid -creo que debe ser ex-Capitán General-, quien por medio de sus ayudantes nos (p.8810) conmina para que desalojemos este local en un término perentorio».

 

Ep-45-IX -

El rayo corrió por toda la Sala en menos de un segundo, levantando a muchos de sus asientos, y oyéronse estas voces: «¡Nunca!, ¡nunca!». Pareciome que en aquella fracción de segundo los pupitres, los divanes, los candelabros, las luces de gas, las pinturas y adornos, los nombres grabados en las lápidas conmemorativas y hasta los mudos maceros gritaban también ¡Nunca!

Tratando de imponer silencio, Salmerón prosiguió así: «¡Orden, señores diputados! La calma y la serenidad no deben apartarse de los ánimos fuertes en circunstancias como ésta.. Me ha dicho el Capitán General que si no se desaloja el Congreso en plazo perentorio lo ocupará a viva fuerza.. Yo creo que es lo primero y lo que de todo punto procede..». Espantoso tumulto ahogó la voz del orador. Algunos vociferaban: «¡Esto es una indignidad, una villanía! ¡Esto es una traición infame!». El Presidente, en tanto, gritaba con voz estentórea: «¡Orden, señores diputados, sírvanse oír la voz..!». Continuó el tumulto con creciente estruendo. Varios Intransigentes, en pie sobre sus escaños, gesticulaban y decían: «Calma, señores, mucha calma». Don Eduardo Chao exclamó: «¡Esto es una cobardía miserable!». Y el filósofo don Nicolás, reiterando sus exhortaciones, exclamaba a grito herido: «¡Orden, orden, señores diputados! Vuelvo a recomendar la calma y la serenidad. Sírvanse oír».. Pero nadie le oyó.

Cuando por agotamiento físico se hizo un poco de silencio, prosiguió Salmerón: «El Gobierno presidido por el ilustre patricio don Emilio Castelar es todavía Gobierno y sus disposiciones habrá adoptado ya. Entre tanto, yo creo que debemos seguir en sesión permanente, y seremos fuertes para resistir hasta que nos desalojen por la violencia dando un espectáculo que, aun cuando no sepan apreciarlo en lo que vale aquellos que sólo pueden conseguir el triunfo por ciertos medios, las generaciones futuras sabrán que los que éramos adversarios ahora hemos estado unidos para defender (p.8811) la República». Varios padres de la Patria exclamaron: ¡Todos! ¡Todos! Y el Presidente contestó: «No esperaba yo menos, señores diputados: ahora seremos todos unos».

En los escaños retumbó el estruendoso clamor de ¡Todos somos unos! ¡Todos somos unos para defender la República! Al oír esto no pude contenerme. Se me encendió la sangre, y con toda la fuerza de mis pulmones lancé al hemiciclo estas palabras: «¡A buenas horas mangas verdes! Majaderos fuisteis; sed ahora ciudadanos y dejaos matar en vuestros asientos». En el espantoso vocerío perdiéronse mis apóstrofes. Muchos diputados daban vivas a la Soberanía Nacional, a la Asamblea y a la República. Salmerón echó el resto de su potente voz con estas frases rotundas: «Se han borrado en este momento todas las diferencias que nos separaban. Borradas estarán hasta tanto que no quede reintegrada esta Cámara en la representación de la Soberanía Nacional..». Otra vez, sintiéndome coro, grité burlescamente: «¡Tarde piache!». Mi comentario familiar quedó ahogado en el estrépito de los aplausos que corearon la vibrante protesta del gran metafísico.

Tocó la vez a Castelar, que dijo: «Yo creo que la sesión debe seguir como si no sucediese nada fuera de esta Cámara. Puesto que aquí tenemos libertad de acción, continuemos el escrutinio, sin que por eso el Presidente del Poder Ejecutivo tenga que rehuir ninguna responsabilidad. Yo he reorganizado el Ejército; pero lo he reorganizado no para volverse contra la legalidad, sino para mantenerla». Frenéticos aplausos interrumpieron al colosal tribuno, que terminó de esta manera: «Ya, señores diputados, no puedo hacer otra cosa que morir el primero con vosotros».(Inmensa emoción. Muchos se abalanzaron a abrazarle.)

Don Eduardo Benot se puso en pie, y rojo de ira gritó: «¿Hay armas? Vengan. ¡Nos defenderemos!».

Salmerón: Sería inútil nuestra defensa y empeoraríamos nuestra causa.

Una voz: ¡Quia; ya no se puede empeorar!

Salmerón: Digo que nosotros nos defenderemos con aquellas armas que son (p.8812) las más poderosas en estos momentos: las de nuestro derecho, las de nuestra dignidad, las de nuestra resignación para recibir semejantes ultrajes.

Castelar: Pero una cosa hay que hacer..

Un diputado: ¡Que se dé un Voto de confianza al Ministerio que ha dimitido!

Castelar: De ninguna manera; aunque la Cámara lo acordase, este Gobierno no puede ser Gobierno, para que no se dijera nunca que había sido impuesto por el temor de las armas a una Asamblea Soberana. Lo que está pasando me inhabilita a mí perpetuamente para el Poder.

Varios diputados: ¡No, no, que te creemos leal!

Castelar: Así es, señores diputados, y a mí me toca demostrar que yo no podía tener alguna parte en esto. Aquí, con vosotros los que esperéis, moriré y moriremos todos.

Benot: Morir, no: vencer.

Chao: Ruego, señores diputados, que se expida un Decreto declarando fuera de la ley al General Pavía, sujetándole a un Consejo de guerra.. y si es necesario desligando a sus soldados del deber de la obediencia.

Fernández Castañeda: ¡Farsa! ¡Qué Decreto ni qué garambainas! Si no disponemos ni de un cabo y cuatro soldados para que nos defiendan ¿cómo vamos a exonerar a nadie?

(Sánchez Bregua extiende y firma el Decreto. Varios diputados solicitan ser ellos quienes lo entreguen a Pavía.)

Calvo y Delgado: (Despavorido. Penetrando en el Salón.) La Guardia Civil entra en el edificio, pregunta a los porteros la dirección de esta Sala, y dice que se desaloje en el acto, de orden del Capitán General.

Benítez de Lugo: Que entre, y todo el mundo a sus asientos.

Salmerón: Ruego que sólo esté en pie el señor diputado que se halle en el uso de la palabra.

Benítez de Lugo: Yo que en esta misma sesión he consumido un turno contra la política del señor Castelar, pido que en este momento la Cámara entera le dé un Voto de Confianza.

Castelar: Ya no tendría fuerza y no me obedecerían.

Salmerón: No tenemos más remedio que sucumbir ante la violencia, pero ocupando cada cual su puesto. Vienen aquí y nos desalojan. ¿Acuerdan los señores (p.8813) diputados que debemos resistir? ¿Nos dejamos matar en nuestros asientos?

Muchas voces: ¡Sí, sí, todos!

(Algunos padres de la Patria desfilan silenciosos hacia las puertas altas que dan al pasillo curvo.)

Castelar: Señor Presidente. Yo estoy en mi puesto y nadie me arrancará de él. Yo declaro que aquí me quedo y que aquí moriré.

Un diputado: ¡Ya entra la fuerza en el Salón!

Unos: ¡Qué vergüenza!

Otros: ¡Qué escándalo!

Varios: Soldados: ¡Viva la República Federal! ¡Viva la Asamblea Soberana!

Aparecieron por la puerta de la izquierda soldados con armas. Su aire era tímido, receloso. En su actitud se conocía que traían orden de no hacer daño. La grandeza del Salón, la muchedumbre de personas, las voces airadas, les mantuvieron un instante en cierta perplejidad.. ¡Pobres hijos de España! ¡Y os sacaron de vuestros hogares para consumar tal crimen!.. Algunos diputados se abalanzaron hacia la tropa, agrediéndola con sus bastones y tratando de desarmarla. Entre aquel torbellino se abrió paso el Coronel de la Guardia Civil, señor Iglesias, alto, viejo, de blanco bigote y aire muy militar. Tricornio en mano subió a la Presidencia y habló con Salmerón. Tanta gente se arremolinaba en el alto estrado, que no pude distinguir la actitud de don Nicolás ante el embajador de la fuerza bruta. Diputados, ujieres, taquígrafos, se entremezclaban y corrían de un lado para otro en espantosa confusión. Sólo permanecían en sus puestos, rígidos y mudos, los maceros, como esos heraldos de piedra que decoran los regios sepulcros.

En esto sonó en los pasillos un tiro. Luego otro y otros.. Terrible pánico. Por la puerta de la derecha salieron del Salón de Sesiones muchos diputados: unos para evadirse lindamente; otros para ver lo que ocurría entre la calle y el Salón de Sesiones. A escape bajé yo de la Tribuna. En el pasillo de la Orden del Día vi que la tropa se limitaba a indicar con la mano a los padres de la Patria la puerta de salida. Algunos de los que habían jurado dejarse matar dentro del Congreso (p.8814) antes de rendirse al imperio de la fuerza, recogieron sus prendas de abrigo en el guardarropa y ganaron cabizbajos y silenciosos la calle de Floridablanca. En cambio, los más exaltados trataban de imponerse a los militares con razones iracundas y argumentos contundentes.

Allí presencié una escena, que refiero para que se vea que la elevación de sentimientos no dejó de manifestarse en los incidentes de aquella memorable escena histórica. Emigdio Santamaría, hombre fornido, corto de talla pero de fuerza hercúlea, arrebató su fusil a un sargento de Infantería, en el pasillo circular. Consternado y casi lloroso quedó el pobre sargento, considerándose sin honra por verse inerme e indefenso. Como ya he dicho, tanto él como sus compañeros tenían orden de no agredir a ningún diputado.. En esto intervino Antonio Fernández Castañeda, representante de Santander en aquellas Cortes, el cual disipó la ira acometedora de Santamaría con estos conceptos de Patria y Humanidad que fielmente copio: «Amigo Emigdio, no tenemos medios hábiles para sostener nuestro derecho. Tristísimo es decirlo, pero ya no hay para nosotros más recurso que salir y callar, esperando el fallo de la Historia. Lo que usted hace es una locura sin más consecuencia que perjudicar a este pobre muchacho. ¡Devuélvale usted su fusil!». Emigdio Santamaría, apagando los últimos resoplidos de su furia, entregó el arma al sargento, que, con voz empañada por la emoción, dijo: «Gracias, gracias, caballero».

No era ésta la única prueba que de su comedimiento y claro juicio dieron los buenos chicos del Ejército. Obedecían a los autores de aquella infamia sin desconocer que escarnecían a la Patria y pisoteaban las Leyes.

Colándome en el Salón de Sesiones vi a don Nicolás ponerse el sombrero y descender pausadamente de la Presidencia, seguido de los graves maceros. En el banco azul, Castelar, con semblante dolorido y actitud de suprema consternación, permanecía en su sitio como un estoico que apura el cumplimiento del deber hasta el último instante. (p.8815) Rodeábanle sus amigos más adictos y cariñosos. Dirigí una mirada al hemiciclo, y la soledad de los escaños me dio la impresión del hielo de la muerte. Lucían los mecheros de gas como funerarias antorchas.. Ya iban palideciendo ante la claridad tenue del alba que por la claraboya cenital tímidamente penetraba..

Por fin, los fieles adeptos del gran tribuno consiguieron arrancarle de su asiento, y sacarle de la Cámara ardiente al pasillo. Abrieron paso respetuosos los militares.. La que podríamos llamar procesión de duelo se dirigió hacia la escalera y salida de la calle del Florín. Seguí yo detrás, atraído por la solemnidad del suceso y por la figura de Mariclío, que creí distinguir junto a la persona triste y agobiada del héroe vencido, Emilio Castelar.

En la calle, dudando yo si era real o imaginaria la presencia de la excelsa Madre, acerqueme a ella. Iba vestida de negro, con la toca y monjil que usaron las reinas viudas y las dueñas ricas, traje con que la iconografía religiosa viste a Nuestra Señora de los Dolores. Suavemente me dijo: «Vete a recorrer las calles que rodean a esta Casa profanada; fíjate en las tropas que han acudido a consumar la fácil y criminal hazaña. Repara bien dónde está el Pavía, que verás a caballo, rodeado de bayonetas y cañones, y de toda la máquina marcial hoy dispuesta para matar mosquitos. Di a tus amigos los republicanos que lloren sus yerros y procuren enmendarlos para cuando la rueda histórica les traiga por segunda vez al punto de..».

-Al punto de.. -repetí yo-; y al sonido de mi voz, como si ésta fuera el canto del gallo que despide a las almas del otro mundo, la Madre mil veces augusta desapareció de mi vista.. Corrí en seguimiento de la comitiva de Castelar, y cuando ésta doblaba la esquina de la calle del Sordo, una mano invisible me empujó hacia la plaza de las Cortes.

La conciencia de mis deberes, como emborronador de páginas históricas, me llevó a revistar las fuerzas apostadas a lo largo del palacio de Medinaceli, calles de Floridablanca, Greda, Turco y Alcalá, hasta el Ministerio de la Guerra. Allí, junto al (p.8816) jardín de Buenavista, vi a Pavía y Alburquerque, rodeado de un Estado Mayor no menos nutrido y brillante que el de Napoleón en la batalla de Austerlitz. Ya era día claro, aunque nebuloso, tristísimo y glacial. Todo lo que pasó ante mis ojos, desde los comienzos del escrutinio hasta mi salida del Congreso, se me presentó con un carácter y matiz enteramente cómicos. Pensaba yo que en las grandes crisis de las naciones, la tragedia debe ser tragedia, no comedia desabrida y fácil en la que se sustituye la sangre con agua y azucarillos. El grave mal de nuestra Patria es que aquí la paz y la guerra son igualmente deslavazadas y sosainas. Nos peleamos por un ideal, y vencedores y vencidos nos curamos las heridas del amor propio con emplasto de arreglitos, y anodinas recetas para concertar nuevas amistades y seguir viviendo en octaviana mansedumbre. En aquel día tonto, el Parlamento y el pueblo fueron dos malos cómicos que no sabían su papel, y el Ejército, suplantó, con sólo cuatro tiros al aire, la voluntad de la Patria dormida.

Al volver hacia el Congreso decía yo para mi sayo, mirando al porvenir: «Republicanos condenados hoy a larguísima noche: cuando veáis amanecer vuestro día, sed astutos y trágicos». En la calle del Turco me encontré con Juanito Valero de Tornos, que siguió junto a mí, refiriéndome detalles curiosos observados por él en las postrimerías del Parlamento de la República. «Puedo asegurarte, querido Tito -me decía-, que el truculento General Sánchez Bregua, en el azoramiento de su retirada forzosa, se dejó olvidada la chistera en el Banco Azul. Yo no lo vi; me lo contó Bernardo García, y lo tengo por exacto. De otro Ministro sé que buscó refugio en las habitaciones altas, donde vive el Mayor, y allí estuvo aguardando a que terminase la degollina..

»Muchos diputados se agazaparon en las oficinas del Diario de las Sesiones, y por una ventana salieron a Floridablanca. Por la puerta que da a la misma calle se escabulleron cantando bajito los que más habían alborotado en los pasillos, queriendo (p.8817) desarmar a la tropa: eran Olías, Casalduero, Díaz Quintero, el Marqués de la Florida y otros. Antonio Orense dirigió algunas palabras enérgicas a los civiles que custodiaban la puerta; pero éstos no le hicieron caso, y siguió su camino.

»Yo vi a don Nicolás Salmerón salir con el cuello del gabán levantado, y tapándose la boca con un pañuelo. Le acompañaban Carratalá y Montero Rodríguez, embozados en sus capas hasta los ojos.. Me consta porque lo he visto, que León y Castillo, Antonio Matos, y Merelles, de acuerdo con los conjurados, hacían frecuentes viajes del Congreso a Buenavista para informar al General Pavía del momento preciso en que debía dar el golpe. Ellos fueron los transmisores del estado agónico de la pobre República. El Capitán General de Madrid no se puso en movimiento hasta que supo que la enferma estaba dando las boqueadas».

Anoto los informes de Juanito Valero, descontando de ellos el agridulce que aquel ingenioso amigo ponía siempre en sus referencias políticas. Como buen conservador y alfonsino, no perdía ripio para zaherir y rebajar los caracteres de la gran familia republicano-democrática.

Cansado de correr en tonto por las calles, donde no veía más que tropas fríamente alineadas e inactivas, sin ver asomar por ninguna parte la cara iracunda del pueblo; asqueado del indigno suceso histórico que llegó al brutal consummatum sin dignidad por la parte ofendida ni arrogancia por parte de los asesinos de la República, me fui a mi casa con la esperanza de que un sueño profundo ahogara mi desaliento tristísimo y dulcificase mi amargura. Pero mis nervios se opusieron fieramente a que yo durmiera.

Hablé un rato con Chilivistra, la cual, compuesta ya y vestida con su hábito de los Dolores, me contó el sueño que había tenido aquella madrugada. Soñó la pobre señora que don Carlos triunfante venía sobre Madrid con poderosa hueste. Yo la tranquilicé diciéndole que la toma de Madrid por el Niño Terso no estaba tan próxima como ella había visto en sueños.

Acompañé a mi dama hasta el (p.8818) oratorio del Olivar, y me fui a visitar a Estévanez. En las calles no advertí el menor síntoma de inquietud ni emoción por lo que había pasado en las Cortes. El vecindario se hallaba tranquilo, las tiendas abiertas y todo el mundo en las ocupaciones habituales de cada día. La casa de mi amigo don Nicolás estaba de duelo; la madre política de cuerpo presente. No quise pasar, y aplacé mi visita para el siguiente día.. Volví a divagar por la vía pública. En la plaza del Ángel me encontré a Pepe Ferreras, con quien hablé de la increíble tranquilidad que notaba en la población.

«Fíjese usted bien -me dijo el agudo periodista-, y notará más que tranquilidad, alegría.. ¿Se asombra usted, querido Tito?.. Aquí producen siempre regocijo los cambios de Gobierno, sobre todo cuando son radicales y hay que mover todos los títeres. La mitad de las personas que pasan a nuestro lado son cesantes que aguardan la formación del nuevo Gobierno para pedir que los repongan. Esta situación hará un desmoche tremendo.. Notará usted también que en las tiendas reina cierto alborozo. Los tenderos salen a la puerta creyendo oír ya el voceo de los extraordinarios de periódicos con el nuevo Ministerio.. Madrid se anima, el comercio se despereza, la industria renace de sus cenizas como el Ave Fénix, los negocios se desentumecen, y ya mañana las criadas irán a la compra con más dinero del que suelen llevar a diario».

Entramos en una sastrería, de cuyo dueño era Ferreras muy amigo. El escuálido sastre, apenas le preguntamos su parecer sobre el cambio político, nos dijo con semblante de júbilo: «Pues nada, señor don José y la compañía, que estamos de enhorabuena; toda la calle lo está. El cambio parece de esos que todo lo ponen al revés. Nos hallamos abocados a una zafra que ha de ser magnífica y provechosa. Algo me ha de tocar a mí de los encargos que han de caer sobre la sastrería de Madrid..

»Antes de media semana habrá que tomar medidas para las 49 levitas de los 49 gobernadores nuevos. De pantalones y chalecos negros, de ternos de lanilla, (p.8819) tendremos tantísimos encargos que será fácil nos quedemos sin género catalán, de ese que llamamos inglés. En el ramo de capas, que es mi especialidad, espero que la cosecha será de las no vistas, pues el invierno crudo y la crisis honda se han puesto de acuerdo para que la gente tenga que abrigarse.

»Ya era tiempo, señor don José, pues en esta crujida de la República lo íbamos pasando muy mal. Los republicanos son muy buenos chicos; pero con sus grescas escandalosas, su Pacto, sus Cantones, y la maldita y arrastrada Igualdad, no traen más que hambre y mala ropa. Mis compañeros y yo vivimos de vestir a los españoles. ¡Lucidos estaríamos si nuestro negocio dependiera del lujo que gastan los descamisados!».

Nos despedimos del sastre. De madrugada había yo visto cómo se empequeñecían las cosas grandes; acababa de ver cómo crecía y se hinchaba lo infinitamente pequeño.

 

Ep-45-X -

Después de enterarnos mi amigo Ferreras y yo del júbilo de los sombrereros (que en tiempos de República el armatoste llamado chistera iba muy en desuso) , entramos en el café de La Iberia, donde tuvimos el feliz encuentro del bondadoso Llano y Persi, que nos convidó a almorzar. Eran las doce. En el Congreso estaban reunidos el Duque de la Torre, Cánovas, Sagasta, Martos, Becerra y algunos santones más, civiles y militares, amasando el pastelón del nuevo Ministerio para meterlo en el horno. Cánovas dijo que si no se proclamaba en el acto Rey de España al Príncipe Alfonso, debía declararse por lo menos abolida y conclusa la forma republicana. A esto no accedieron los altos reposteros, y continuaron trabajando el hojaldre para darle una pronta cochura y servirlo al país.

Ferreras, que era un águila para las indagaciones políticas, difirió por un rato el almuerzo y se fue al profano Templo de las Leyes, de donde volvió al cuarto de hora trayéndonos los nombres del nuevo Gabinete, trazados por él con lápiz en un papelejo. Ante los amigos que formábamos corrillo en dos mesas próximas leyó la esperada y emocionante lista, que (p.8820) reproduzco para conocimiento de los papanatas del tiempo venidero:

Presidente del Poder Ejecutivo, General Serrano. -Presidente del Gobierno y Ministro de la Guerra, General Zabala. -Estado, Sagasta. -Marina, Topete. -Hacienda, Echegaray. -Gobernación, García Ruiz. -Gracia y Justicia, Martos. -Fomento, Mosquera. -Ultramar, Balaguer.. Almorzamos alegremente, y allí fue el acumular cálculos sobre la vitalidad de la nueva Situación, sobre el atropellado asalto de puestos oficiales y demás preparativos de la pública merienda burocrática que se aproximaba. Llano y Persi nos contó que, cuando Castelar iba del Congreso a su casa rodeado de amigos, a las siete y media de la mañana, se le presentó un ayudante de Pavía, rogándole de parte del General que continuase al frente del Gobierno. Don Emilio contestó con frase desvergonzada, única respuesta que a tal ultraje correspondía, y prosiguió inalterable y firme su retirada dolorosa.

Gratísima era la tertulia de La Iberia, donde se oían opiniones y comentos dignos de ser grabados en los mármoles y bronces de nuestra inmortal chismografía política. Pero yo, muerto de cansancio por no haber pegado los ojos la noche anterior, me fui a mi casa, a punto que atronaban las calles los voceadores de la Lista del nuevo Ministerio.. Tendido en mi cama y contagiado de la soñación de mi vecina Chilivistra, soñé que era yo sastre, y que estaba cortando las 49 levitas para los 49 flamantes gobernadores de provincia. Luego cambió el tema de mis cerebrales aberraciones, y soñé que la dolorida dama se despojaba de su hábito negro para arrojarse en mis brazos amantes. Por último, andando ya la noche, me atormentó la visión o pesadilla del caso del Virginius, que fue uno de los temas tocados en la tertulia del café.

Dicha nave, arbolando bandera americana, fue apresada en aguas de Jamaica por nuestra goleta Tornado. Llevaba gran número de filibusteros, norteamericanos, ingleses y españoles, dispuestos a desembarcar en la Gran Antilla para favorecer la (p.8821) guerra contra España. Conducidos a Santiago de Cuba los tripulantes y pasajeros del barco insurgente, fueron fusilados la mayor parte de ellos, contraviniendo las órdenes de Castelar al Capitán General Jovellar para que no se aplicara la pena de muerte sin dar antes cuenta al Gobierno de Madrid. Ante la horrenda tragedia de Santiago de Cuba, desperté en mi cama dando gritos atroces: «¡Teneos, bárbaros! ¡No fusiléis!.. ¡A mí!.. ¡Socorro!.. ¡Clemencia!..».

A mis voces acudió Ido del Sagrario en paños menores, alumbrado de un candilejo, y me dijo: «¿Qué es eso, señor don Tito? ¿Qué le pasa?».

-Que están fusilando a los del Virginius -repliqué yo sentándome al borde del lecho-. Los tiros me han dejado sordo.

-¿Pero está usted en Babia? -murmuró mi patrón tembliqueando de frío-. Lo del Virginius está arreglado hace ya la mar de días, según dijeron los papeles.

-No, no -exclamé yo lanzándome en pernetas a recorrer la estancia-. En este cuarto estaban conferenciando ahora Castelar y míster Sickles. Todavía estoy oyendo el traqueteo de la pata de palo que gasta el Ministro de los Estados Unidos. De aquí pasó don Emilio al cuarto de usted. Bien claro dijeron que es inevitable la guerra con la República Norteamericana. ¡Jesús, qué calamidad! ¡Jesús, qué desastre! ¡Pobre país, pobre España!

Con no poco esfuerzo me tranquilizó Ido, haciéndome volver a mi camastro. La cuestión del Virginius era ya cosa vieja. Castelar y el cojo Sickles arregláronla con los bartolillos y bizcochos borrachos que usa la diplomacia..

El día siguiente, 4, lo pasé casi todo con Nicolás Estévanez. Embozados en nuestras capitas nos fuimos a divagar por las calles, observando la fisonomía y estado moral de esta compleja Villa. Hallábase el hombre en un grado tal de desaliento y tristeza, que me fue imposible calmarle con mis excitaciones a la paciencia filosófica. La inhibición del pueblo ante el criminal golpe de Estado le ponía fuera de sí.. Más de una vez le oí pronunciar estas frases que copio ad pedem litterae: Lo de ayer ha sido una increíble (p.8822) vergüenza.. Todos nos hemos portado como unos indecentes.. Visitamos a no pocos jefes y oficiales de la Milicia Nacional, para ver si los gorros colorados se decidían a intentar un supremo esfuerzo. A todos les encontramos indecisos y como atontados. Francisco Berenguer (el Quito) fue el único que, como siempre, se mostró resuelto a cualquier barbaridad. Era popularísimo en la Latina y disponía de bastante gente.

Antes de tomar una resolución en asunto tan arriesgado, quiso Estévanez ver a Salmerón, y allá nos fuimos. Dejele en la puerta de la casa y quedé en esperarle en el café de Lepanto. A la media hora volvió el infatigable republicano, diciéndome: «Farsa, farsa; no podemos hacer nada. Salmerón ha recibido un mensaje de Moriones. El General en Jefe del Ejército del Norte declara que no está dispuesto a reconocer el Gobierno formado por Pavía. Pero encarga que no nos movamos para no hacer fracasar sus intentos, y exige que se pongan de acuerdo los desavenidos Salmerón, Pi, Figueras y Castelar.. Esto está perdido. Cantemos a nuestra pobre República el debido responso».

Pasados unos días me enteré de que las únicas poblaciones que protestaron decorosamente contra el golpe de Estado fueron Valladolid, Zaragoza y Barcelona. En la capital castellana pusieron sobre las armas los Voluntarios de la República. El famoso General don Eulogio González Iscar, familiarmente llamado Gonzalón por su extremada corpulencia, salió a calmar los ánimos. El gentío le acosó, rechazándole con ultrajes; mas aunque amenazaba con fusilar a los revoltosos nada hizo. El ruidoso motín, con sus incipientes barricadas, fue derivando hacia la tibieza y por fin hacia la paz, convencidos los republicanos de que la cosa no tenía remedio. En Zaragoza ocurrieron tentativas y desmayos semejantes. En Barcelona los Batallones Catalanes que mandaba el Xic de las Barraquetas, armaron un cisco que dominó fácilmente la tropa de la guarnición. El pueblo más deshonrado en aquellas vegadas fue nuestro querido Madrid, dándonos el (p.8823) mal ejemplo de una resignación musulmana. Estaba escrito que las crisis políticas resolvían las crisis del pequeño comercio y remediaban el hambre atrasada de sastres, sombrereros, zapateros y patronas de huéspedes.

Una mañana llamó a la puerta de mi casa la Leona cartagenera. No tuve el gusto de recibirla porque el señor de Ido, oficioso y pudibundo, conociendo por el trapío de la moza que ésta era de cuidado, le dijo que yo estaba ausente y que hasta la noche no volvería. Pasado un cuarto de hora salí a la calle y me la encontré en el portal: La Brava, ducha ya en las mentiras cortesanas, había conocido el ardid de mi filosófico patrón. Ella y yo nos alegramos de vernos, y apenas nos saludamos hice propósito de acompañarla hasta su casa. Cuando pasábamos juntitos a la acera de enfrente miré a mis balcones, y en uno de ellos vi a Chilivistra que nosguipaba cautelosa y un tanto ceñuda.

En el camino hacia la calle de la Victoria, donde Leonarda me dijo que vivía, advertí que la mujer alegre no había perdido el tiempo en la obra ciertamente admirable de su metamorfosis. En diez días de Madrid iba vestida con traje flamante a la moda, y en lo referente a la adquisición de palabras finas, sus progresos me colmaron de asombro. Ya sabía decir hecatombe, el punto de vista, miel sobre hojuelas, y otras majaderías usuales. Lo primero que me contó fue que el caballero pagano con quien llegó a Madrid le había servido de mucho para orientarla en su nueva vida. Pero aquél tomó las de Villadiego, y ella anduvo algunos días un poquito aperreada.. Después había tenido la suerte de que le saliera un señorón muy bueno, que sólo con verla se enamoró de ella como un colegial.

Parándose en medio de la calle, para hablarme con más reposo, La Brava continuó así su historia: «Mi señor es un personaje de la Situaciónque acaba de salir ahora, y está tan loco por mí que me llama su tipo y otra cosa muy bonita.. a ver si me acuerdo.. sí, eso es.. su ideal.. El nombre, Tito, no puedo decírtelo, porque él es casado y.. debe una tener delicadeza y mirar el (p.8824) punto de vista de la familia y la sociedad.. Le han dado un destino muy gordo.. Creo que cincuenta mil reales y manos libres.. Ya le están haciendo un uniforme bordado y un sombrerote con plumas, y todo esto, con el espadín y una banda amarilla, le sale por más de diez mil reales. A mí me ha regalado este vestido. Ya comprenderás que es rico.. rico por su mujer, naturalmente».

Vivía Leona en una casa equívoca. Al entrar con ella en su habitación no vi más que a una mujer frescachona que me saludó con amabilidad tan equívoca como la vivienda. Seguimos nuestra conversación La Brava y yo hablando de Cartagena y de las trifulcas que allí dejamos. Mi amiga me dijo con viveza: «¿Pero no sabes?.. Si tenemos aquí a la Ramira.. ¿No te acuerdas de la Ramira, una que iba conmigo la noche que te acompañamos hasta la plaza de las Monjas?.. Pues llegó ayer con un chico del ferrocarril.. En casa está: voy a llamarla para que te cuente». Salió un momento, y al poco rato volvió acompañada de su amiga, que era menudita y graciosa. «Siéntate aquí, Ramira -dijo Leona-, y cuéntale a don Tito el incendio de la fragata. Verás, hijo, verás qué hecatombe».

«Pues señor -empezó diciendo la narradora-; la fragata Tetuán se ha quemado hace unos días. A las ocho de la noche comenzó el fuego, y a la media hora las llamas llegaban al cielo. Era un espanto. Los que estaban a bordo tuvieron que salvarse tirándose de cabeza a las lanchas. Decían que si el incendio había sido por las estopas o por los estopines. Los cañones se disparaban solos. La autoridad mandó que nadie se acercase. La ciudad estaba aterrorizada. A media noche reventó la santabárbara: la cubierta voló por los aires, hasta llegar a las estrellas; se hicieron cisco los palos, el cordaje, cuanto a bordo había, y el casco se fue a pique.. ¡Ay, Dios mío! ¡Los cristales que se rompieron aquella noche cuando el retemblido!.. Puertas y ventanas hubo que de la sacudida se arrancaron de por sí, saliéndose de sus marcos».

-Y fue milagro que no hubiera otras hecatombes -añadió Leonarda-. Según dice ésta, la (p.8825) Numancia, que a la vera estaba de la Tetuán, tenía en las bodegas cuatro mil quintales de pólvora, que hizo sacar del Parque tu amigo Cárceles porque contra el polvorín tiraba siempre la tropa del Gobierno.

-Mientras duró el fuego de la Tetuán -prosiguió Ramira-, Cartagena estaba como en fiestas con luminarias. Toda la gente se echó a la calle, y se veía lo mismito que en día claro. Los del Gobierno no disparaban. Los de dentro hacían catálogos y calculorios sobre el porqué del siniestro. Unos decían que el barco se quemóde su motivo; otros que había sido por mano de los que se fingen amigos y son traidores. Lo cierto fue que cuando los fogoneros de la Tetuán vinieron a tierra los encerraron en el Presidio y se les formó causa.. En cuantico que voló el barco y Cartagena se quedó a obscuras, los de López Mínguez arrearon de firme otra vez a cañonazo limpio contra la pobre ciudad. Habíamos pasado de un infierno con llamas a un infierno entre tinieblas.

Con esto puso fin a su relato la Ramira, porque ignoraba lo que después de su salida del pueblo había pasado. Quiso Leona invitarme a almorzar, mas yo la convidé a ella, mandando traer dos cubiertos del café del Pasaje. Informado por mi amiga de que su respetable adorador no la visitaría en toda la tarde, permanecí junto a ella muy a gusto hasta después de anochecido, admirando sus considerables adelantos en el arte de hablar finamente y en otras preciosas y sutiles artes.

Cuando volví a mi casa, ¡ay de mí!, encontré a Chilivistracon unos morros de a cuarta que deslucían y afeaban su bello rostro. Mis galanterías delicadas no lograron arrancar la máscara de su desapacible seriedad. A fuerza de ruegos y arrumacos, pude oír de sus labios estas amargas explicaciones: «Ya me he convencido, señor don Tito, de que no debo confiar en el que se ofreció a prestarme auxilio con alma y vida en mis tribulaciones. Permítame decirle que acción fea es abandonar a una dama en momentos de prueba, yéndose de paseo con una trotacalles indecente».

Iba yo a contestarle cuando (p.8826) me quitó la palabra de la boca para seguir despotricando de esta manera: «¿A quién volverme ahora? ¿Con qué brazo fuerte, con qué corazón generoso podré contar?».

-Con el mío, señora -exclamé, echando el resto de mis pelendengues declamatorios y de mi hábil trasteo persuasivo. La domé, la convencí, jurando y perjurando que la pelandusca vino a pedirme socorro y que sólo fui con ella hasta doblar la esquina de la calle de las Huertas, desde donde marché al Ministerio de la Guerra. Con mohín remilgado y pucheritos graciosos me contestó Silvestra lo que a la letra copio: «¡Ay, Tito, Tito; no sabe usted cuán lacerado está hoy mi corazón! Esta mañana, cuando volví del Oratorio, me dejó usted con la palabra en la boca al intentar decirle..».

-¿Qué, señora, qué?

-Allá voy. Tenga usted calma.. Pues mi confesor.. no, no, me equivoco.. no fue mi confesor, fue el padre Carapucheta, Rector del Oratorio, quien me aseguró que mi marido ha sido puesto en libertad hace unos días.. Y usted que es el hombre del gran poder, usted que todo lo arregla con una cartita ¿resulta que ahora no sabe una palabra de esto?

-Perdone, señora. Se lo dice usted todo y no me deja meter baza.. ¿Pues a qué fui yo hoy al Ministerio de la Guerra? ¿Qué me dijo el Subsecretario?.. Me dijo, en nombre de mi amigo el General don Juan de Zabala, que, atendida como siempre mi recomendación, había sido indultado el capitán carlista Gabino Zuricalday. Eh.. ¿qué tal?

-Está bien; pero aún no sabe usted lo mejor, quiero decir, lo peor. El padre Carapucheta, que es hombre a quien no se le escapa nada de lo que ocurre entre carlistas buenas y malas y tiene allá sin fin de espías que le cuentan todo, me ha enterado de que Gabino, en cuanto pescó la indulta, se fue a mi pueblo, cogió al nuestro hijo y se largó con él a la frontera de Francia, donde estará en espera de que don Carlos le dé el mando de otro batallona.

-Todo eso, Silvestra carísima -afirmé yo poniendo en mi rostro una calma seráfica-, no es para que cojamos el cielo con las manos. Serenidad, (p.8827) amiga mía. Lo primero es inquirir por ese clérigo Carapucheta el lugar donde Zuricalday se encuentra, y seguirle los pasos hasta que se agregue de nuevo al Ejército de don Carlos.

Chilivistra, levantándose airosa y extendiendo hacia mí su brazo, me dijo con rígida solemnidad: «¿Y podré yo contar, pobre mujer sola y sin amparo, con un caballero hidalgo y valeroso que me asista en los pasos arriesgados que son precisos para rescatar a mi hijito de las manos de Gabino, forajida mala?».

-Aun siendo preciso ir al mismo infierno, y pasar por entre todas las catervas de diablos que andan sueltos por el mundo -exclamé yo, dándome en el pecho un fuerte golpe-, aquí está el caballero, servidor y esclavo de la dama dolorida.

-Mire lo que dice y a qué se compromete.

Repetí yo, puesto en pie, con hipérboles más deslumbradoras mi juramento, y en el calor de la improvisación me lancé a darle un abrazo.. Del abrazo quise pasar a darle un beso en la mejilla, pero ella desvió el rostro vivamente y me quedé con las ganas.. Limitábame a besar ardorosamente sus lindas manos, cuando me dijo con severa dulzura: «Admito muy agradecida su oferta caballerosa, pero ello ha de ser sin el menor quebranto ni perjuicio de mi honestidad.. La honestidad es lo primero.. No habrá nada entre nosotros que no podamos decir a nuestros confesores».

Asentí, afirmé, corroboré con desaforados aspavientos.

 

Ep-45-XI -

Mi primer cuidado en los días subsiguientes fue contener la impaciencia de Chilivistra, ganosa de lanzarse a románticas aventuras.. Una noche, al salir del teatro del Príncipe, encontré a Leona que me soltó esta sorprendente noticia: «¿No sabes? Está aquí don Florestán de Calabria. Se ha escapado con un oficial de iberia, herido, que viene a convalecer al lado de su familia. ¡Pobre don Jenaro! Ayer tarde me tropecé con él en la calle. Al pronto no le conocí. Se ha cortado las melenas, pero trae todavía la cara de hambre, los cachetes dados de almazarrón y la perilla pintadita con el humo de la sartén. Me dijo dónde vive, pero no (p.8828) me recuerdo.. ¡Ay, ya doy con ello!.. Vive con David Montero. Si tú sabes el domicilio de éste podrás abocarte con el chiflado don Florestán.. ¡Ah!, también tienes aquí a Dorita, que rompió con Fructuoso por un agravio contundente, quiero decir bofetás.. ¡Y qué cosas cuentan de lo que en Cartagena ha pasado! Dice mi señor que aquello ha sido el acabose de laapocalirsis».

Sin más averiguaciones me fui al día siguiente a la calle de los Reyes, 15, taller del armero Calixto Peñuela, famoso por su habilidad en la compostura de escopetas de caza. Era éste un hombre de pocas palabras, de corta estatura, calvo, afeitado. Entornaba los ojos para mirar por ser corto de vista, y se cubría con un blusón o mandil azul hasta los pies. En él vi el último representante vivo de aquellas ilustres familias de armeros de Madrid, que tanta honra y prez dieron a su industria en el siglo XVIII.

Su tienda era negra, desordenada, llena de piezas sueltas, de armas de fuego en situación de reforma. Advertí que no tenía en el taller ninguna silla, sin duda para que sus numerosos parroquianos no se sentaran a darle conversación. Si el hombre era histórico, éralo también la casa, que había pertenecido a don Francisco Goya.

Con el adusto artífice hablé lo preciso para formular mi pregunta, mas sólo obtuve una respuesta rotundamente negativa: ignoraba quién era el tal David Montero. Comprendiendo que quería guardar el incógnito a su amigo, pronuncié el fingido nombre que el tal me confió en la estación de Chinchilla: Simón de la Roda. Al oírlo, Peñuela salió conmigo a la puerta, y señalando calle abajo me dijo en forma seca y lacónica: «En esta misma acera verá usted, tres casas más allá, una que no tiene más que un piso alto, con un balcón y dos ventanuchos. En ese piso hallará usted a Simón».

Al poco rato abrazaba yo a David, a quien encontré limando una pieza de ajuste en un torno, junto a la ventana. No vestía ya de negro, y del disfraz con que le vi en Chinchilla sólo conservaba el total rapado de sus barbas. Apenas habíamos cambiado algunas (p.8829) impresiones sobre las cosas de Cartagena, cuando vi entrar a don Florestán, que venía de la compra con su cesta al brazo. Al verme se deshizo en cumplimientos y demostraciones de alegría, y habló de esta manera:

«Aún tengo tiempo de encender la lumbre.. Ya ve usted, señor don Tito, en qué menesteres anda el pobre don Jenaro de Bocángel.. Esa bigarda de Dorita, que pasa todas las noches corriendo las siete partidas con bailarines, toreros y hombres de mal vivir, se acuesta a la hora de las burras de leche, y todavía la tiene usted dormida como una marmota. Pero aquí está el hidalgo entre los hidalgos, obligado a tirar de cacerola y soplillo, cosa tan contraria ¡oh Dios mío!, a su abolengo y a su nombre.. Soportemos, aguantemos con paciencia estas humillaciones, que pronto ha de llegar la buena.. Habrá usted visto, señor historiadordon Tito Livio, que se cumplieron mis predicciones: ya está establecido el Cantón Mantuano, aunque disimulado y so color de Centralismo para desorientar a los alfonsainas».

-Sí, sí -dijo Montero, sarcástico-; ¡bonito está el Cantón Matritense, obra de Pavía, Serrano y García Ruiz!.. Coja usted la cesta, don Florestán, y váyase a la cocina, que yo cuidaré de tirar de una pata a Dorita para que abra las pestañas, sacuda las greñas, se ponga los huesos de punta y vaya a su obligación. ¡Hala pronto, a la cocina, don Jenaro!

Rezongando se fueel de Calabria, y David pasó a otro aposento. Oí la voz descompuesta de Dorita maldiciendo a quien la despertaba. Volvió Montero a mi lado.. Sentí el ruido que hacía la muchacha lavoteándose la jeta y requiriendo su ropa y zapatillas. Pronto apareció en la puerta alisándose las guedejas. «Este David tan súpito -exclamó entre bostezos- no la deja a una vivir». Luego advertí que metía sus blanduras torácicas 1 dentro de un corsé muy deteriorado.

«Siéntese junto a mí, Tito -me dijo Montero-. Por esta gente y por otros que han venido huyendo de la quema, sé lo que ha pasado en Cartagena. En los primeros días de Enero arreció el fuego por una y otra parte (p.8830) con intensidad aterradora.. Los cantonales izaron en todos los fuertes bandera negra, y los Centralistas se apoderaron de la ermita del monte Calvario, después de retirarse la poca fuerza que la guarnecía. Me han dicho también que la Tetuán no ardió por un hecho casual. Cuentan que uno de los fogoneros de la fragata, encerrados en el Presidio, fue malherido en el vientre por un casco de granada, y que antes de morir confesó que había pegado fuego a las estopas de limpiar las máquinas, después de rociarlas con petróleo, recibiendo por este servicio treinta mil reales. Así me lo han referido; no respondo de que ello sea cierto..

»Por el teniente de Iberia que trajo a don Florestán, he sabido que López Domínguez recibió el día 3 un telegrama del General Pavía dándole cuenta del golpe de Estado y diciéndole que tal acto fue tan sólo una medida heroica para sacar a España del anarquismo y del caos. Añadía el telegrama que acababa de formarse un Gobierno Nacional, y a éste se adhirió aquel Ejército, sin más reserva que la del Coronel de Ingenieros señor Ibarreta, el cual manifestó que su Cuerpo jamás se había sublevado contra los Gobiernos constituidos».

-Y en tanto -pregunté yo- ¿siguieron bravamente unos y otros la lucha emprendida?

-Sí -contestó David-. El día 4, los sitiadores rompieron un fuego vivísimo contra el castillo de Galeras, y los sitiados reforzaron sus medios de defensa montando un enorme cañón Barrios en el baluarte de la puerta de Madrid. La jornada fue muy dura.. En ese día subió al cielo de los inmortales el intrépido rufián don José Tercero El Empalmao.

-Lo que prueba, amigo mío -observé yo-, que toda una existencia de acciones villanas puede ser redimida en una semana de sacrificios heroicos.

-Así es -afirmó sentencioso David-, y no pocos ejemplos hay de ello en la Historia.

-Tengo entendido que voló el Parque.

-Sí, el 6 al mediodía. El estruendo produjo efectos de terremoto. Perecieron en el momento de la catástrofe más de cincuenta personas, y otras tantas, espantosamente mutiladas, fueron (p.8831) extinguiéndose en los días sucesivos. ¡Horrible, horrible!.. Lo más importante que vino después fue que López Domínguez, apreciando los estragos que su Artillería causó en los baluartes de Madrid y Muralla, amenazó con emplazar cañones de gran calibre a setecientos metros de la Plaza, para abrir brechas que facilitasen el asalto. Tales amenazas produjeron mayor exaltación en las fuerzas Cantonales, y los presidiarios dijeron que ellos serían los primeros en ocupar las brechas para recibir dignamente a los sitiadores, sobre todo si venía delante la Guardia Civil.

En esto llegó a nuestros oídos el rumorcillo de un altercado en lo interior de la casa, y se nos presentó don Florestán, compungido, diciendo: «Señor Montero, señor don Tito: Dorita me ha pegado. Vean el estropicio que me ha hecho en la frente con las tenazas. Y todo porque quise arrimar a la lumbre el cazo en que hago mi café. Más que el golpe he sentido que me haya llamado ladrón».

Antes risueño que compadecido, Montero le incitó a llevar con paciencia las genialidades de Dorita. Iguales exhortaciones le hice yo. Pero el desdichado Bocángel, adoptando el tono patético y lacrimoso, se expresó de esta manera: «¡No, señor Montero; las humillaciones que sufro aquí no se compadecen con mi carácter altivo! El pan que como en su casa de usted es demasiado amargo, y no pasa por mi gaznate sin producirme bascas horribles. Ya sabe usted que mi prima, la dama ilustre que ha venido a la triste condición de patrona de huéspedes, no quiere admitirme en su casa si no le doy adelantadas las tres pesetas del pupilaje. Pero hay Providencia, señor David, y un hombre como yo no puede andar pidiendo limosna por las calles».

-Eso no, eso no lo consentiremos -dije yo dando ánimos al infortunado prócer-. ¡Pues no faltaba más!

-Usted, señor don Tito, que sabe tanta Historia -prosiguió don Jenaro-, no ignora que también tengo en mi abolengo ramificaciones con la nobleza castellana. Por mi madre estoy emparentado con el famoso personaje del siglo XVI Ruy Gómez de Silva, esposo (p.8832) de la Princesa de Éboli, el cual Silva figura en la ópera que llaman Hernani, donde sale cantando por todo lo alto.. Pero dejo aparte estas grandezas pasadas para repetir que hay Providencia. ¡Vaya si la hay! Sepan ustedes que me ha salido una protectora sumamente caritativa, quien me ha señalado un corto emolumento para vivir con el decoro que cumple a mi linaje.. Y ahora, señor don David, agradeciéndole mucho su hospitalidad, le pido licencia para recoger la balumba de mis papeles, y me retiro de su casa.

Diole Montero el pasaporte con frases de afectuosa consideración, y don Jenaro partió en seguimiento de su mejor acomodo.. Dos días me bastaron para saber que la señora caritativa, ángel tutelar del de Calabria, era Leonarda Bravo, instalada ya en un pisito segundo de la calle de Lope de Vega, frente a las Trinitarias. A visitarla fui una tarde. La casa estaba bien arregladita de muebles, cortinas y alfombras, y en ella campaba mi amiga como una reina que al trono de sus ilusiones había subido dignamente. Ya conocía yo el buen corazón y natural generoso de la hetaira lanzada con veloz carrera por el camino de la ilustración. Lo primero que hizo al instalarse fue señalar a don Florestándos pesetas diarias para que comiese en una taberna o figón; luego le asignó una peseta más para que le diera lección de escritura, dos horas al día, utilizando la consumada ciencia del eminente calígrafo; y remató el favor concediéndole un cuarto interno de su casa para que pasase las noches. Ahora dejo hablar a Leona, que completará estas interesantes noticias.

«No sólo me enseña la escritura -dijo ella sentándose en un blando sillón- sino cosas tocantes a la poesía; porque has de saber, Tito de mis pecados, que aquí trae mi señor las más de las noches a unos amigos, que por las trazas deben ser gente de pluma, periodistas o autores de comedias. Ello es que se ponen a decir versos, y a lo mejor salen hablándome de estos o los otros poetas. Como yo estoy in albis de tal jerigonza me veo negra para poder contestarles. Pero ya (p.8833) verán qué pronto me entero de todo eso y los dejo con la boca abierta.. Don Florestán me está enseñando nombres de poetas, y yo los apunto para metérmelos en la memoria. Primero me ha enseñado los españoles, y ahora está con los italianos que son los que mejor conoce, cuatro no más según dice.. el Dante, el Ariosto, el Tasso, el Petaca..».

-Petrarca, mujer, Petrarca -dije yo-. Ten cuidado, fijate bien.

-Ha sido una coladura -me contestó Leonarda-. Pero ya pongo en ello mis cinco sentidos, y delante de gente no suelto uno de estos nombres hasta que no estoy bien asegurada de las letras que tiene.

Felicité a mi amiga por el paso feliz que acababa de dar en su regeneración mundana, y por sus adelantos en el arte de hablar bien, a los que se unirían pronto algunos conocimientos literarios. En ella se manifestaban, cada día más claramente, una inteligencia muy aguda y una voluntad bien templada para la vida.

Ocasión es ésta de deciros algo del señor a cuya sombra realizaba Leonarda sus planes educativos, y os daré clara razón de él, reservando su nombre conforme a la delicada prescripción de su coima. Era el empingorotado caballero un terrible burócrata, que siempre tenía puesto en las situaciones liberales por su pericia en el mangoneo expedientil. Conocíale yo de vista y no dejaba de admirar su corpulenta figura, su pulida ropa, la mirada de protección y los andares majestuosos que centuplicaban su indudable importancia. Bigote y perilla muy poblados y teñidos de negro decoraban su rostro. En su pechera y en sus dedos lucían brillantes espléndidos.

Pero lo más característico de tan imponente persona eran los sombreros que usaba. La forma de tan descomunales chisteras estuvo muy en auge del 60 al 70: el primero que la llevó fue don José Salamanca. Adoptada después por el Marqués del Bacalao, Gándara, un conocido agente de negocios y varios bolsistas y banqueros, siguió imperando en un corto número de cabezas de notoria respetabilidad. Cuentan que fue Ministro un sujeto por el solo mérito de usar aquella (p.8834) prenda, cuya especialidad tenían los sombrereros Campo y Odone. Era un armatoste de alas anchas y retorcidas por los lados, con alta copa cilíndrica semejante a la chimenea de un vapor. El arrimo de La Brava usó siempre la forma más hiperbólica. Visto por detrás, el ajuste del sombrero en la cabeza dejaba a la intemperie un segmento de la lustrosa calva del buen señor. Completo en dos palabras el trazado de esta figura diciéndoos que era uno de esos inconmensurables imbéciles que están siempre en candelero.

Visité yo algunas tardes aLeona, hurtándole las vueltas al caballero burócrata, para no tropezarme con él. Un día me recibió mi amiga cuando terminaba su lección de escritura, y por cierto que escribía ya gallardamente, con finos y elegantes trazos. ¡Vaya una mujer! ¡Qué aplicación, qué tenacidad, qué inteligencia!..

Viendo salir al pobrecillo don Florestán, observamos que pisaba con el contrafuerte. Movida a compasión, Leonale llamó y le dijo: «Florestancito, no quiero verle más con esas botas; tírelas, y aquí tiene tres duros para comprar unas nuevas». Elogié yo su caridad, presagiándole que por esta virtud, y por otras cosas que no son virtud, llegaría seguramente a las mayores alturas de la esfera mundana. Ella, riendo, me contestó: «Déjame a mí de alturas, Titillo, que yo, con la modestia que me caracteriza, andaré siempre a flor de tierra».

-No, Leona -afirmé-. En ti se revela una cortesana de alto vuelo, que será tal vez ornamento de la sociedad futura.

Disimulando con graciosos mohínes la hinchazón de su orgullo, me soltó este verso, seguido de una fantástica cita literaria: «.. Lástima grande -que no fuera verdad tanta belleza.. como dijo el Petrarca».

Gozoso y echando facha con sus flamantes botas se me apareció una noche don Florestán, cerca de la casa en que moraba su protectora. Me paró y entablamos el siguiente diálogo, que no carece de interés histórico:

«Caballero don Tito, ¿va usted a casa de doña Leonarda?».

-No, hijo, que allí estará el señor del chisterómetro.

-En (p.8835) efecto, allí le tiene usted, acompañado de dos poetas tristes y dos bolsistas alegres que hacen sus versos con números. Leonardita a todos les oye y de todos aprende: ya sabe decir que el Interior está a 45,90, que los Bonos del Tesoro se cotizan a 33,12.

-Y a Montero ¿ha vuelto usted a verle?

-Sí señor, pero no en su casa. ¡Dios me libre de encontrarme con Dorita, que es más mala que un dolor de muelas! He visto a don David en un sotabanco de la calle de San Leonardo, donde mora una tal Graziella, italiana, que estaba en Cartagena y de allá vino huyendo hace días.

-¡Por Baco, por todos los númenes de Italia, qué grata noticia me da usted! ¡Graziella en Madrid! Iré a verla mañana.. ¿Habrá venido con el bestia de Perico?

-No señor. Ha venido con Fructuoso Manrique, ese caballerete semejante a un palo del telégrafo que, según me dijo El Empalmao (q. s. g. h.) , era novio de Dorita.

-Graziella es mujer donosa y atractiva. Entiende de cábala y se divierte con hechicerías que embelesan y cautivan el ánimo.

-¡A quién se lo cuenta usted! -exclamó don Florestán-. En Cartagena, mediante el estipendio de cinco duros, le hice yo una copia del Manual Hebraico de Salomón Safetir, donde están todos los signos, trazos y garabatines que sirven para el barrunto y adivinación de lo venidero, y para saber lo que está pasando a cien mil leguas de distancia en la esfera terráquea.. Apenas llegó aquí, la Graciella puso taller y despacho de adivinanzas, con tan buena mano que allí tiene un jubileo de mujeres del pueblo y de señoras de alto copete, que van a que les eche las cartas para descubrir los enredos de amantes o maridos.

-¿Estará haciendo su agosto?

-Ya lo creo. Cuando le pagan bien trae a capítulo a los animales del Zodíaco, el Carnero, el Toro, el Escorpión,el Macho Cabrío, y a los que no son animales comoGéminis y Libra o la Balanza que, entre paréntesis, es el signo que presidió mi nacimiento, por lo cual estoy destinado a defender y hacer triunfar la justicia. Mi misión es no tener descanso hasta conseguir que (p.8836) la maldita mano muerta no se apodere por inicuos legados de lo que no es suyo.. Cuando usted tenga un rato disponible le daré a conocer las cartas que estoy escribiendo al General Pavía, al General Serrano, al señor García Ruiz y al señor Martos, señalándoles el camino que deben seguir para que las leyes tocantes a la herencia no sean conforme al capricho de una vieja loca, sino ajustadas al fuero de Naturaleza.

No se me cocía el pan hasta encararme con Graziella, y allá me fui a media mañana del día siguiente. El taller mágico de la italiana diabólica radicaba en el piso más eminente de la casa en que vivió y murió el buen don Hilario de la Peña. Cuando yo remontaba con dificultad la escalera, mi audaz imaginación me hizo creer que ante mí corrían negros y peludos diablillos.. En una estancia larga y de bajo techo encontré a Graziella, tan picaresca y sugestiva como siempre, sentada a lo musulmán sobre un tapiz moruno. Vestía también al uso marroquí, con chaquetilla roja recamada de aljófar, amplios calzones y babuchas encarnadas. Entre sus piernas dormitaban dos gatos negros, que a mi parecer, eran los mismos con quienes jugueteó el santo don Hilario momentos antes de expirar. A un lado de la manga lucían dos velas verdes. En el suelo vi un cuervo atado con delgada cadena, y un búho que en platillo de barro comía su ración de carne cruda.

Al verme entrar, la diablesa soltó la risa y..

 

Ep-45-XII -

Yo también me reí viéndola con el atrezo y decorado de las hechiceras de comedia de magia. «Esto, en verdad -me dijo-, no es para tomarlo a guasa, porque gano el dinero a espuertas.. Ya puedes retirarte por el foro: es la hora que he fijado para la entrada del público.. Mi parroquia es la Humanidad que, como sabes, fue siempre tonta de remate». Respondile que haría mutis inmediatamente, pues mi visita no tenía más objeto que ver a Fructuoso Manrique. ¿Estaba o no estaba en casa? Me indicóGraziella una puerta cercana, diciendo: «Por ahí pasas a mi alcoba, y de ésta a otro aposento donde encontrarás a (p.8837) Manriquito tumbado en un sofá de Vitoria. Ha pasado toda la noche fuera y está rendido de cansancio. Él también desea mucho verte. Ya te dirá..».

Momentos después había logrado despertar a Fructuoso, y platicábamos de diversas cosas interesantes. Lo primero que me dijo fue que había pasado la noche con Montero, en el domicilio de éste, y que ambos estaban inquietos. Sentían cerca de sí el acecho policíaco como fugitivos del Cantón. Se tranquilizó al saber mi amistad con un inspector de la secreta, Serafín de San José, a quien yo había colocado tiempo atrás de guardia de Orden Público. Aquella misma tarde procuraría verle, seguro de tener a dicho individuo a nuestra completa devoción.. El coloquio fue rodando por modo natural hacia los incidentes que precedieron a la caída de Cartagena en poder de los Centralistas. A este propósito, me refirió Manrique lo que a la letra copio:

«La defección del castillo de Atalaya, que está, como recordarás, en un monte que domina el Arsenal, fue el principio del fin. Guarnecían aquella posición fuerzas de Iberia y de Movilizados. A estos últimos los mandaba un tal Joaquín Pagán, El Enlosador, y a los primeros un teniente llamado Ibarra. Según me dijo Cárceles, al Gobernador de la fortaleza le ofrecieron los Centralistas diez mil duros. De esto no puedo dar fe. Lo indubitable es que Ibarra y El Enlosador estaban en el ajo. Lo es también que un paisano, vecino de Quitapellejos, se presentó en el Cuartel general de López Domínguez con el cuento de que los de Atalaya se hallaban muertos de fatiga y de hambre, y que acaso se rendirían si se les aseguraba que no serían fusilados. Contestó el General en Jefe que concedería indulto a los paisanos, que a los militares los pondría a disposición del Gobierno, y a los confinados los encerraría de nuevo en el Presidio. Exceptuaba de la gracia de indulto a todos los que pertenecieran o hubieran pertenecido a las llamadas Juntas Supremas del Cantón».

-Por algo que me dijo Montero, la rendición fue inmediata.

-No, no: espérate (p.8838) un poco. El 9 de Enero hubo un fuego vivísimo entre los Centralistas y la Plaza. Sólo Atalaya permaneció inactivo y no fue tampoco hostilizado.. El día 10, el Coronel Sánchez Mira y el Brigadier Carmona celebraron una conferencia con los jefes del castillo de Atalaya. A las ocho de la noche se reunían en una casa de campo situada entre la fortaleza y las avanzadas del Ejército sitiador, y poco después estaba concertada la entrega del castillo para las once y media de aquella misma noche, no pidiendo los que se rendían más que el indultoy algún socorro en metálico.

Al llegar a este punto, oímos ruidillo de disputa en la puerta de la casa. Creyendo escuchar una voz conocida corrí a satisfacer mi curiosidad, y cuál no sería mi sorpresa al encararme con Celestina Tirado que, actuando de portera en la consulta de quiromancia, trataba de poner orden en el numeroso público, y alinearlo para formar cola. No se hizo de nuevas al verme, y con su habitual socarronería me dijo: «Si el caballero Tito viene también a que le adivinen, póngase en la cola.. Hay señoras principales en la consulta».

-No haré cola, señora doña Celestina -le dije muy quedamente-, si usted me da razón de las damas ilustres que están dentro. Oigo aquí unas vocecitas que.. o yo estoy loco o son de personas que conozco muy bien.

Cautelosa y discreta me llevó la Tirado a las habitaciones interiores, dejándome donde podía curiosear a mi sabor. Por una pequeña abertura de la puerta del consultorio mágico vi a Delfina Gay y a Chilivistra, que aguardaban el oráculo del cuervo y el búho, y el manejo de cartomancias que la pícara Graziella se traía. Visto esto, me volví de puntillas junto a Fructuoso, el cual prosiguió su relato de esta manera:

«El castillo de Atalaya se rindió, y fue inútil la arriesgada tentativa de Gálvez para recuperarlo. Como nota cómica de aquel indigno pasteleo te contaré que el Gobernador de la fortaleza vendida a López Domínguez, cuando le preguntó éste qué deseaba además del indulto y de los pocos miles de reales con que (p.8839) había gratificado su infame traición, contestó que deseaba le nombraran.. ¿qué dirás?.. ¡Administrador del Matadero de Cartagena!

»Sigo mi cuento: al anochecer del 11 de Enero se presentó al General en Jefe de los Centralistas una Comisión de la Cruz Roja, pidiéndole la suspensión de hostilidades, y asegurándole que si era generoso con los vencidos tal vez se conseguiría la capitulación de la Plaza. López Domínguez contestó ofreciendo indulto para los que se rindieran. De esta gracia quedaban exceptuados todos los individuos de la Junta Soberana, sin perjuicio de recomendarlos a la benevolencia del Gobierno.

»Dio de plazo el General hasta las doce del siguiente día para la entrega de Cartagena, ordenando a su Artillería suspender el fuego. Luego se prorrogó el armisticio hasta las ocho de la mañana del 13. Volvieron los de la Cruz Roja, con unos individuos que se atribuían la representación del Ejército y de los Voluntarios Cantonales. Presentaron a López Domínguez unas bases de Capitulación, que el General rechazó indignado. Siguieron los tratos hasta primeras horas del día 13. López Domínguez dijo que la Plaza tenía forzosamente que rendirse a discreción, y que si se obstinaba en lo contrario la tomaría por asalto, haciendo un duro escarmiento en los que intentasen una resistencia inútil.

»La fiereza que en la mañana del 13 se manifestó en la Junta Soberana y en todos los defensores de la idea cantonal, se fue trocando en resignación estoica. Algunos querían rendirse, distinguiéndose en esta actitud los militares; otros proponían furiosos seguir el ejemplo de Numancia y Sagunto. Por sostener la no rendición hubo algún conato de asesinar a Gálvez, y sus amigos tuvieron que llevarle casi a la fuerza a bordo de la Numancia».

-No se puede negar -observé yo- que López Domínguez ha sabido hacerse superior a la menguada fuerza de que disponía, y que sirvió lealmente a la infantil, inestable República.

-Es verdad -afirmó Fructuoso-. Sigamos y acabemos. Llego al momento más dramático y bello del Cantón Murciano, (p.8840) tan infantil e inestable como la República Nacional de la que intentó desprenderse. La Junta Soberana de Cartagena, los jefes de Voluntarios Cantonales y muchos de éstos, además de los penados, no queriendo aceptar un perdón que jamás solicitaran, resolvieron abandonar la Plaza con sus mujeres e hijos, embarcándose en la Numancia. Eran en total unos mil quinientos. Confieso que no tuve valor para compartir la suerte de los que se lanzaron con arrojo temerario al inmenso riesgo de la salida.

»Fuera esperaba la escuadra Centralista, compuesta de cinco fragatas, entre ellas dos blindadas y otros barcos de guerra. Con los ojos llenos de lágrimas me despedí de Manolo Cárceles, Gálvez, Contreras y demás amigos, confundiendo en mis expresiones el sentimiento de mi cobardía y el dolor de ver partir a tanta gente animosa que ponía la honra sobre la vida y la expatriación sobre la libertad.. A las cuatro y media de la tarde, mientras entraban en Cartagena parte de las tropas sitiadoras y el General López Pintos se posesionaba del castillo de San Julián, abandonado por su guarnición, levó anclas la nave intrépida que consignó la última página del Cantón Cartaginés. Desdicha fue para éste que su postrer aliento sea el más interesante y hermoso en la Historia de aquella turbulenta República».

-Me han contado que en la boca del puerto embarrancó la fragata.

-Tocó ligeramente en el fondo con la proa; pero dio máquina atrás, y con auxilio de un vapor se franqueó prontamente, saliendo mar afuera. Desde el Empalmador Grande presencié la salida, imponente, grandiosa, en medio de las aclamaciones de los que iban a bordo y del griterío de los que quedábamos en tierra.. ¡Viva el Cantón! ¡Viva Cartagena! ¡Antes morir luchando que capitular!.. Claramente divisé el fez rojo del Comodoro Colau, que sobre el puente gobernaba el buque en la descomunal hazaña de la escapatoria.

»Al pasar de Escombreras, vieron los de la Numancia la escuadra Centralista formada en línea para cerrarle el paso. ¡Momento tan (p.8841) bello que rayaba en lo sublime! Los barcos de Chicarro rompieron un fuego horroroso contra la fugitiva.. Colau dio avante toda máquina, y viró rápidamente pasando como un rayo por entre la Carmen y la Zaragoza, contra las cuales disparó sus dos andanadas. Instantes después, la Numancia, con veloz carrera, apagadas las luces, se perdió en el horizonte..

»Era la tarde fría, lluviosa y tristísima. El único consuelo de los que permanecimos en tierra fue considerar los palmos de narices con que se quedaron Chicarro y los suyos. Aún no habían vuelto de su asombro, cuando la fragata que realizó el éxodo de los Cantonales al África estaba ya en Orán.

»¡Adiós Cantón! ¡Adiós República ingenua y romántica, que a la Historia diste más amenidad que altos y fecundos ejemplos! Tu existencia duró seis meses y dos días..».

Un rato se nos fue en inciertos cálculos sobre lo que hubiera podido pasar en Orán a la llegada de la fragata. ¿Qué habría hecho el Gobierno francés con los cabecillas, qué con los presidiarios?.. Divagando estábamos cuando llegó David Montero, en quien advertimos mayor recelo de los corchetes, que ya descaradamente le seguían los pasos. Para sosegar a mis amigos salí a la busca de mi fiel esbirro Serafín de San José, y no encontrándole en el Gobierno civil, me vi forzado a personarme en la tienda de su esposa doña Cabeza (Concepción Jerónima) . Ya era yo sabedor de que se había restablecido felizmente la coyuntura matrimonial.

Mi entrada en la tienda fue un éxito ruidoso, que casi trascendió a la calle. Los dependientes me abrazaron, colmándome de felicitaciones, y al punto bajó la rozagante doña Cabeza Ventosa de San José, quien, al estrecharme ambas manos cariñosamente, se puso muy colorada de la retozona emoción que al verme sentía. De boca de ella oí también plácemes y albricias. Preguntando yo la razón de tales extremos, la tendera me dijo: «Ya nos enteró don Francisco Bringas de que la rendición de Cartagena no fue debida al cañoneo y artes guerreras de López Domínguez, sino a la (p.8842) diplomacia de don Tito, que tiene en la cabeza todo el talento de Dios». El dependiente principal agregó con petulancia: «Don Plácido Estupiñá supo de buena tinta, y así nos lo comunicó, que el General Pavía quiso hacerle a usted Ministro, pero que usted declinó esa honra con su habitual modestia. Yo digo que ello será en la primera crisis que haiga».

Como comprenderéis, lectores tan guasones como el que esto escribe, yo dejé correr la bola, y afectando mucha prisa manifesté a la señora la urgencia de hablar con su amante esposo. Por inmediatas referencias de ella me enteré de que Serafín se había reformado; parecía otro hombre, y al ascender a su actual posición su conducta y su porte eran de un perfecto caballero. En tono reservado me dijo la que fue tiempo atrás alivio de mis escaseces: «Como marido cumple, pero es tan Juan Lanas como siempre».

En esto entró el ínclito San José; nos abrazamos, prodigándonos recíprocas expresiones de cariño. Subimos al entresuelo, y reunidos los tres, platicamos sobre el asunto que motivaba mi visita. Total, que Serafín se prestó a ir conmigo a la calle de San Leonardo para devolver la calma a mis amigos los emigrados de Cartagena.

«Ya sé -me dijo por el camino el complaciente policía-, ya sé que el Gobierno le ha nombrado a usted Delegado Secreto con el fin de trabajar la rendición de los carlistas, que nos están haciendo la santísima. Me consta que el Zabala pone a disposición de usted trescientos mil duros que ha de emplear paulativamente, según se tercie, en el soborno de los cabecillas que se quieran vender, y para mí que todos morderán el queso. No hay hombre que pueda igualarse a usted en este fregado por su talento macho, su agudeza y el meneo de los palillos en el juego de convencer a la gente, por la buena cuando no por la mala. Como verá, estoy bien enterado: seis millones de reales y manos libres para contratar paces con los carlistas, como lo hizo tan limpiamente con los Cantonales, mediante conquibus. No ignoro tampoco que de aquí a Julio tiene usted que dar por (p.8843) finiquita esta comisión. Seis meses y cincuenta mil duros cada mes. ¿No es eso?».

A mi regocijada clientela no le ocultaré que también dejé correr esta bola, a pesar de su descomunal magnitud. Cuando Serafín me propuso que le llevara de auxiliar o secretario, le dije que ya pensaría en ello, y tal y qué sé yo; pero que mayormente necesitaba un buen tesorero y contador, muy experto en la Partida Doble. Pronto llegamos al eminente piso de la calle de San Leonardo, y presentado Serafín a Fructuoso y a Montero, quedamos acordes en la manera de asegurar a mis amigos su omnímoda libertad en la Corte de las Españas. Retirose el bueno de San José, diciéndome que estaba impaciente por tomar aquel mismo día una provechosa lección de Partida Doble. David se fue a ver al armero Calixto Peñuela para que le diese más trabajo, y Manrique salió en requerimiento de sus antiguos camaradas, con idea de ser admitido en la redacción de algún periódico mientras conseguía volver por los trámites de costumbre al servicio de Telégrafos.

Quedeme solo con la hechicera y su ayudanta. Terminada la hora de audiencia, presencié el recuento que hicieron de las ganancias de aquel día. Luego las vi comer en el propio local donde tenían su consultorio de adivinaciones. Apagaron las velas, sentáronse ambas a la turquesca, el cuervo por un lado, el búho por otro, y con buen apetito aplicáronse a devorar un oloroso guiso de carne y patatas y otros condumios que les servía una criada algo gibosa, sin que faltaran las ricas uvas de cuelga y el confortante Valdepeñas.

Celestina Tirado, que vestía falda y pañuelo al estilo gitano, me contó que los dineros heredados del cura don Hilario se le habían ido entre los dedos, porque se metió a fiadora y la desplumaron bonitamente, dejándola por puertas. Desesperada y sin arrimo se acogió a la sabia Graziella, con quien se apañaba muy bien para hacer juntas el oficio de brujas, granjería de mucho provecho en los reinos de España, según ella había probado y visto por sus ojos más de una (p.8844) vez.

Graciella, sin abandonar su traje moruno, se había recostado en la alfombra después de la comida para fumar un cigarrillo, acariciando el suave plumaje del búho, y en esta postura me dijo: «Más que de Brujería debemos hablar de Ocultismo, que es ciencia flamante, muy bonita, y yo sé de ella más que saben de Teología y Derecho Romano los doctores de Salamanca. Por dominar esa ciencia heme dado buenos atracones de lengua caldea, pues habéis de saber que de los caldeos y egipcios ha venido esta divina monserga. Yo le digo a Celestina que no necesitamos untarnos para salir por esos aires montadas en escobas y llegarnos pian pianino al cerro Zugarramurdi, donde nos espera el Gran Cabróncon toda su Corte de rabo y pezuña. Ésos son cuentos viejos que ya están mandados recoger. Yo me voy de aquí a los antípodas, o un poquito más allá si quiero, con sólo echar unas palabritas caldeas sobre el humo de un braserillo en que pongo a quemar la muela del juicio de un ahorcado que haya sido viudo tres veces y dos vértebras de una urraca muerta en estado de virginidad. Yo me desentiendo del Cabrío, que ya está jubilado por viejo, y me pongo debajo del patrocinio de Astarté, diosa de aquellos infiernos que sostienen buenas relaciones con la Humanidad».

-Pues aquí me tienes -dijo Celestina-, deseando meterme hasta las cachas en la devoción de esa diosa Trastera, y hoy empiezo a rezarle padrenuestros y avemarías para que me tome en su gracia.

La profesora de Ocultismo me dio a renglón seguido prueba magnánima de su confianza y del interés que se tomaba por mí. He aquí sus palabras: «Hoy han estado en la consulta dos señoras amigas tuyas. La Delfina quería cerciorarse de la fidelidad de un lindo coadjutor de San Sebastián, con quien cambió promesas de cariño místico y rigurosamente honesto. El dicho coadjutor se fue a Valladolid, donde al parecer se halla en coqueteos igualmente místicos, puros y honestos, con otra dama que allá tiene el negocio de ataúdes, según le han dicho a tu amiga en un anónimo. La (p.8845) señora que por el habla me pareció vizcaína está dislocada por ti, y anhela saber si puede contar con tu amor y tu lealtad en un largo viaje que emprender quiere contigo. Yo les hice un horóscopo con todas las de la ley, y ambas se fueron muy satisfechas. La tuya llevó la seguridad de que estás enamoradísimo de ella y de que la seguirás hasta el fin del mundo. La otra va dispuesta a cambiar de coadjutor, pues en Madrid tiene donde escoger». Último detalle de esta referencia fue que la vizcaína le había pagado en plata y Delfina Gay en calderilla.

Salí de aquella casa con mi espíritu en rotación vertiginosa. Bajando la escalera creí que brincaban delante de mí negros animalejos con saltos de batracio. Los peldaños vetustos de la casa de don Hilario gemían bajo mis pies articulando frases que no entendí: sin duda me hablaban en idioma caldeo. El fresco de la calle no despejó mi alocado entendimiento. Éste se escapaba de la realidad, lanzándose con avidez jubilosa a navegar por el insondable océano ultraterreno. Cerca ya de mi casa, me parecían vanas y mentirosas las imágenes de los transeúntes que mis ojos veían en derredor. Añadiré que aquel estado mental, sin duda de carácter patológico, me transportaba suavemente a las penumbras de un delicioso éxtasis. ¡Qué gusto mecerme en el vacío y subirme a las estrellas, después de dar un puntapié al sólido asiento de la razón!

Lo primero que hice al entrar en la vivienda patronil fue interrogar capciosamente a Chilivistra, para cerciorarme de su visita al sotabanco de las artes mágicas. ¡Grande sorpresa y mayor confusión mía! O la vizcaína disimulaba con extrema sutileza, o la sesión de Cartomancia y Brujería fue hechura quimérica de mis sentidos, sacados de su orden natural por el influjo hermético de aquellas mujeres diabólicas. Creció mi asombro cuando Silvestra me soltó estas despampanantes revelaciones: «No por cábalas y sortilegios, que son pecado mortal, sino por confidencias que acaba de hacer al señor Ido del Sagrario un noble caballero de la Italia (p.8846) o de Palerma, que se llama, bien recuerdo el nombre, don Jenaro Bocadeángel, sé que ha tenido usted amores con una bestia hermosa, que ahora está estudiando para señora fina y aristocrática. Daranle título de Duquesa de Mula».

Rompió después Chilivistra en un reír histérico. Yo me puse muy serio ante aquel brusco retroceso a la realidad.. En el resto de la tarde y a prima noche, logré con artificios de lenguaje, mezclando a las patrañas la verdad, llevar el sosiego al ánimo de mi amiga. Sin jactancia os aseguro que tuve un éxito de los más grandes de mi vida enamoradiza y donjuanesca. La severidad de Chilivistra se descuajaba y desleía como un témpano de hielo rodeado de llamas.. Sus resquemores contra Leonaquedaron reducidos a una infantil celera por aventuras retrospectivas en que ninguna parte tuvo el corazón de Proteo Liviano. Mi personalidad se creció a sus ojos, y echando el resto de mi táctica seductora, la dejé totalmente sumisa, tierna y acaramelada.

Aquella noche nos tuteamos por primera vez.

Y cuando nos entregábamos al descanso encadenó mi albedrío con un emplazamiento perentorio: «¿Vendrás resueltamente conmigo en el viaje que debo emprender para rescatar al hijo inocente del poder de un padre loco?».

Mi contestación fue categórica y rotunda: «Al fin del mundo iré contigo. No me arredran peligros ni distancias. Pasaremos si es preciso del mundo real al mundo quimérico, que es la región de la verdad eterna».

 

Ep-45-XIII -

Casi automáticamente me llevaron mis pasos, no sé qué día, a la casa de Leona. El estado de constante alucinación, que balanceaba mi alma en impresiones de susto y regocijo, sustraíame la noción del tiempo y me daba sensaciones equivocadas de personas y lugares. La vivienda de La Brava se me antojó palacio suntuoso.. La señora no estaba, según me dijo una linda criadita al abrirme la puerta. Pasé a la sala y al punto se me apareció don Florestán, en la misma facha y pergenio con que le conocí en el patinillo de Santa Lucía. Las melenas ahuecadas, según la moda del (p.8847) 40 al 50, ornaban otra vez su noble cabeza siciliana. Había vuelto el rosicler a sus pómulos, y a su perilla el negro humo de la sartén. Con voz opaca y un tanto medrosa me dijo: «Estoy trazando un documento importantísimo, con escritura netamente burocrática y todo primor de sellos y estampillas que han de darle la debida eficacia como documento público.. Perdóneme que le deje un momento, pues tengo que acabar mi trabajo ahora mismo. La señora no ha de tardar; ha salido en coche».

A punto que desaparecía de mi vista don Florestán, se me presentó Leonarda, en cuya persona vi la más exquisita elegancia y distinción. ¿Era ya Duquesa de Mula? Sentose a mi lado en un rico diván, y apenas me habló de diferentes cosas, ora políticas, ora privadas, advertí la discretísima forma y primor de su lenguaje. No usaba ya sin ton ni son las palabras finas, sino que las seleccionaba, aplicándolas con arte a la expresión de las ideas. Soñaba yo sin duda oyendo la dicción limpia de Leona, cual si pasara sobre ella toda la piedra pómez de la Academia de la Lengua.

Díjome mi dulce amiga que no tardaría yo en llegar a la meta de mis ambiciones si seguía con paso firme la senda que un hado propicio me señalaba. Como yo me manifestase dispuesto a seguir todos los caminos y veredas que los tales hados o hadas me señalaran, añadió la ya retocada y pulida mujer: «Aunque no han de faltarte los medios monetarios para dar cima a empresa tan grande, padecerás un ataque de inocencia paradisíaca si crees que podrás salir de Madrid sin numerario. Tú eres pobre, yo rica..».

Diciendo esto sacó un portamonedas de malla de oro, y al ver yo que lo abría para darme billetes y monedas, me levanté de súbito, protestando. Mis primeras palabras, trémulas y confusas, fueron: «¿Eres tú, Leonarda, la que a mi lado veo?.. ¿Cómo has subido tan pronto a la cima de tus aspiraciones?.. ¿Andan también en esto los hados benignos y las hadas traviesas?.. Si mis ojos no me engañan, esta vivienda tuya es un lindo palacio.. Agradezco tu oferta. Pero no puedo, ni (p.8848) debo, ni necesito aceptarla. Al mediar de todos los meses recojo yo en la portería de la Academia de la Historia la cantidad que para mis gastos asignada me tiene mi divina Madre.. ¿No la conoces?.. Mi Madre vive lejos de aquí, y rara vez se deja ver en estos barrios.. Pasa temporaditas en el Olimpo, con sus hermanas que, naturalmente, son mis tías.. Algunas noches viene a esta casa mi tíaDoña Caliope con los poetas que acá te trae de tertulia el rimbombante señor de los desaforados sombreros..

»Por descuido mío, por el desvanecimiento en que ahora está mi cabeza, he dejado pasar cinco días sin recoger los dineros de la Mamá cien veces augusta y soberana.. Allá me voy ahora mismo.. allá me voy.. No me retengas; no dejes caer sobre mí el dulce peso de tu cuerpo blando y amoroso.. No rodee mi cuello tu brazo.. no me cautives.. Adiós,Leo..». Recuerdo haber oído la voz tenue de Leonarda, diciéndome: «Adiós, Tito chiquitín y salado. Largo tiempo estarás sin verme. Adiós».

El encontronazo que di al entrar en la Academia de la Historia me despertó. Había recorrido como máquina inconsciente un corto espacio de las calles de Lope de Vega y el León. Una de las jambas graníticas que forman la puerta de la antigua casa del Nuevo Rezado me estropeó el ala del sombrero, desollándome ligeramente una oreja.. Entré en el portal de la Academia, y la portera, señora de mediano viso, afable y un tanto redicha, me dio un paquetito rotulado a mi nombre con gallarda escritura de Iturzaeta. Apresurábame a romper los sellos de lacre para desentrañar lo que el paquete contenía, cuando la mano menudita de la portera alargó hacia mí un pliego voluminoso que al punto reconocí como de los llamados de oficio. En el sobre me daban tratamiento de Ilustrísimo Señor, y vi un sello que decía:Presidencia del Poder Ejecutivo. «¿Qué será esto?» -me dije suspenso y turulato.

Como alma que lleva el diablo me eché a la calle, dándome un segundo trastazo contra la jamba de berroqueña, y al doblar la esquina de la calle de las Huertas (p.8849) metí el dedo en el sobre para rasgarlo y satisfacer mi curiosidad. Hice propósito de irme a mi casa para examinar allí detenidamente aquel embuchado misterioso; pero sumergido en la onda de mi propio afán, seguí sin sentirlo por toda la calle de las Huertas abajo. Lo primero que saqué del sobre fue un oficio, escrito en preciosa letra de pendolista, con la mar de rasgueos y primores caligráficos.. Al final me decían que me guardara Dios muchos años, y que patatín y que patatán. Al principio leí que yo había sido nombrado.. ¡Jesús, qué demonio será esto!.. Me dio en la nariz olor de azufre, pez y otros ingredientes de la droguería infernal.

Con loca precipitación saqué del sobre otro papel. Era una carta firmada por don Eugenio García Ruiz en la que éste me decía que el Consejo de Ministros, después de la entrevista que yo celebré en la Presidencia con los señores Serrano, Martos, Sagasta y el infrascrito, vistos mis honrosos antecedentes,etcétera.. examinadas mis altas prendas de reserva y diplomacia, etcétera.. acordado había designarme como Delegado Secreto..

Con mano convulsa, después de restregarme los ojos para convencerme de que funcionaban en toda regla, saqué otro escrito del sobre y.. ¡Santa Bárbara!.. era un libramiento firmado por el Director del Tesoro y el Ministro de Hacienda señor Echegaray.. ¡Ángeles divinos, excelsa Madre: venid en mi socorro!.. Con sólo presentar aquel documento en la Administración de la Hacienda Pública de Vitoria, me serían entregados los primeros cincuenta mil duros, de los trescientos mil que yo debía emplear en la corruptela y soborno de cabecillas carlistas.. Lo demás se me iría entregando en otras Administraciones de Hacienda.

Poseído ya de una comezón epiléptica, metí todo en el sobre para leerlo despacio en mi casa, y me encontré en el Prado, frente a la Platería de Martínez. Me paré en firme, y un rato estuve haciendo cálculos topográficos para ver qué camino había de tomar. Tras un largo discurrir llegué a persuadirme de que por la calle de San (p.8850) Juan podía llegar a la meta, como decía mi amiga la Duquesa de Mula. Camino del Amor de Dios, y pasando como un borracho de una acera a otra, tropecé con varios transeúntes que me lanzaban hacia el arroyo.

Al cabo, encerrado en mi aposento patronil, traté de reconcentrar mi pensamiento, apurando la lectura de los azufrados papelorios contenidos en el sobre de oficio. Leí, releí: la duda y la certidumbre libraron descomunal batalla en las sombrías regiones de mi espíritu. Lo que más hondamente me alborotaba era el notición de mi conferencia con Serrano, Sagasta, Martos y García Ruiz, en la Presidencia del Consejo, como preliminar y fundamento del cargo de confianza con que el Gobierno me favorecía. Para sacar de aquel abismo de confusiones la verdad que había de tranquilizarme, me arrebujé en una manta, y hecho un ovillo me acosté en mi lecho, amparándome de la obscuridad y un silencio absoluto con el fin de que mi pensamiento trabajase a sus anchas.. Ahondando en el problema llegué a creer que tal conferencia era verdad.. En esto, entró en mi camarín Ido del Sagrario con la siguiente embajada, que refiero sin dilación para solaz de mis regocijados lectores:

«¿Qué hay, carísimo don José?» -le dije fingiendo que despertaba.

-Ilustrísimo señor -me contestó-, ha estado aquí don Serafín de San José. No le dejé pasar porque creí que Vuecencia no quería recibir a nadie.

-A Serafín sí, sí -exclamé saltando de la cama-. ¿Y no ha dicho si está ya fuerte en la Partida Doble?

-Nada de eso me ha dicho, Ilustrísimo señor.. y no le apeo el tratamiento aunque Vuecencia me lo mande.. El recado y comisión que traía don Serafín era del tenor siguiente: Hallábase de guardia en la Presidencia del Consejo el día en que Vuecencia celebró una larga entrevista con el General Serrano y los Ministros de Gracia y Justicia, Estado y Gobernación. Vio a Vuecencia entrar y salir. Uno de los porteros de la Presidencia recogió un guante que a Su Ilustrísima se le cayó al bajar la escalera. El susodicho guante pasó a las manos del señor de San José para que se le (p.8851) entregase a Vuecencia.. y aquí lo tenéis.

Mis asombrados ojos vieron el guante, pendiente de los trémulos dedos del filósofo, y de ellos lo cogí, diciendo con toda la naturalidad que afectar podía: «En efecto, lo eché de menos al volver a casa. Hágame el favor, señor Sagrario, de buscar en el bolsillo de mi gabán el otro guante, y cotéjelos a ver si..».

-Aquí están los dos; son hermanos. El guante perdido y ahora recuperado es el de la mano izquierda.

-Bien, bien. Que me pongan el almuerzo en seguida. Y ahora dígame otra cosa: ¿está en casa doña Silvestra?

-No señor; hoy ha ido a confesar. Para mí que su conciencia está estos días necesitada de un buen limpión.. Es un suponer: punto en boca.. A Nicanora dijo esta mañana que quizás almorzaría con doña Delfina. Si quiere usted verla váyase al almacén de féretros y allí le darán razón.

Almorcé sin apetito, y por la tarde no vi mejor manera de pasar el rato que lanzarme por calles y plazuelas, metiéndome más y más en la esfera de la incongruencia que era en verdad un mundo delicioso, poblado de indecibles encantos. A varios amigos encontré, y algunos de ellos me felicitaron reservadamente.. «Ya sabemos que.. ¡Menuda breva, amigo!..». Al caer de la tarde, mis pasos automáticos me llevaron a la calle de los Reyes. En la puerta de la armería de Calixto Peñuela vi a Simón de la Roda (Montero) , que también me felicitó, lamentándose de no poder acompañarme en mi diplomática expedición.

Seguí luego por la calle de San Bernardino. Al pasar por las Capuchinas zumbaron en mis oídos voces, primero confusas, luego más claras, de mis familiares espíritus, que alegremente me saludaban, celebrando con blando gorjeo mi rápido avance en la esfera política y social. Aturdido y como asustado de mí mismo me metí en un coche de los que en aquel punto había y al cochero di las señas de mi casa, Amor de Dios, 12. El vehículo corrió por las calles con un traqueteo espantoso que me crispaba los nervios.. y no paró en la puerta de mi casa, sino en Atocha, 3, tienda de ataúdes y (p.8852) coronas para muertos. Ya vi que los hados me llevaban a donde querían. Entré, y a mi encuentro salióChilivistra, que al verme se dispuso a volver conmigo a casa. Por el camino, cogiéndome del brazo para que anduviera derecho, me dijo:

«Por mi parte ya tengo arregladas mis cosas. A ver si acabas tú de una vez, para que partamos esta semana. Mañana no podemos irnos porque quiero asistir a la novena de los Misterios Dolorosos de Nuestra Señora. Pasado mañana tampoco, porque se celebra la fiesta de San Pedro Nolasco, de quien era mi padre especial devoto, y pienso encargarle una misa que oiremos los dos en la iglesia de las Trinitarias».

Contestele yo que estaba en franquía para partir en globo, en ferrocarril o a caballo, y correr con mi dama hasta el último rincón del mundo. En casa ya, y sentaditos uno junto a otro en el sofá de los muelles punzantes, me dijo Chilivistra: «Aunque he confesado dos veces, no creo tener mi conciencia enteramente limpia de pecado. Seamos buenos, Tito, seamos juiciosos, y no nos lancemos a peligrosas aventuras sin llevar nuestras almas bien confortadas en el santo temor de Dios». Asintiendo yo a cuanto me decía, todo mi afán era que diese la orden de marcha la dulce, antojadiza y un tanto histérica señora de mis atropellados pensamientos.

Un día entero me pasé en sueño profundo, durmiendo la mona que contraje al sumergirme en las ondas en cierto modo alcohólicas del océano suprasensible. El largo sueño agravó la intensa embriaguez de mi espíritu, y por la noche, habiendo salido a que me diera el aire, me creí convertido en pompa de jabón que flotaba sobre los transeúntes, al ras de sus cabezas. Yo era una delgadísima esfera líquida, y temblando me decía: «¡Ay, ay; si reviento al chocar con cualquiera de estas cabezas, me deshago y no seré más que un salivazo mísero de agua jabonosa!».

Por fin llegó el momento del anhelado éxodo. Precedidos de baúles y maletas, salimos una tarde a punto de las siete para la estación de Atocha, y nos empaquetamos en el correo (p.8853) de Aragón. Mi bendita compañera se santiguó, una y otra vez, al ponerse el tren en marcha, y luego siguió rezando hasta más allá de Alcalá de Henares.

Íbamos mi dama y yo solos en un departamento de primera. Observé que Silvestra, al paso por algunas estaciones, consagraba devotas plegarias entre dientes a los santos locales. En Sigüenza rezó a Santa Librada; en Huerta a don Rodrigo Jiménez de Rada, creyéndole santo, y en Calatayud dedicó extremados soliloquios y santiguaciones a los Divinos Corporales, confundiendo a Calatayud con Daroca. Así se lo dije, añadiendo que el arzobispo de Toledo Jiménez de Rada no figuraba como santo más que en el cielo de la Historia. En tanto, yo no perdía ripio para proseguir las lecciones que le venía dando a fin de corregir sus vicios de lenguaje, y debo hacer constar que ella demostró con su aplicación el provecho que sacaba de tales enseñanzas.

Aunque salimos de Madrid con el propósito de hacer nuestro primer descanso en Zaragoza, cambiamos de plan en Las Casetas, trasbordando al tren de Castejón. Ya era día claro cuando corríamos por la ribera del Ebro. Nuestro departamento iba mediado de viajeros, los cuales nos informaron de que no se podía ir más allá de Tafalla por la línea de Pamplona, y de que no había seguridad en la línea de Logroño y Miranda, pues se decía que los carlistas de la Rioja Alavesa intentaban vadear el río para ocupar a Cenicero. En vista de estas noticias y ansiando el descanso, nos quedamos en Tudela, donde tranquilamente pasamos la noche.

En la intimidad, sintiéndome yo poseído, por no sé qué fenómeno cerebral, de mi papel de Delegado Secreto, comuniqué a Silvestra todo el intríngulis de mi Comisión diplomática para traer a la paz a los cabecillas carlistas, mediante cebo contante y sonante. Más crédula que yo mi antojadiza y nerviosa compañera, se apoderó gozosa de la noticia, lanzándose a planear mi campaña, que fácilmente podía emparejarse con la suya. «Creo yo -me dijo en tono de firmísima convicción- que ese bandido de Cucala se (p.8854) venderá por veinte mil duros, o quizá por menos.. ¿Está por aquí el Maestrazgo?».

-No, hija mía; el Maestrazgo lo hemos dejado a la espalda, al venir de Las Casetas. Mi parecer es que el primer pez a quien hemos de echar el anzuelo es el cura Santa Cruz, poniéndole una buena carnada de diez o quince mil duros.

-Bastará con diez. Ya te diré yo cuál es el terreno en que opera ese forajido, allá entre Tolosa, Betelu y la parte de Vera.

-Mi opinión.. ¿a ver qué te parece?.. es ofrecerle a Santa Cruz los diez mil duros, dárselos, y en cuanto veamos que se los mete en el bolsillo, cogerle, fusilarle, y en seguida quitarle el dinero, que puede servirnos para otro.

-¡Muy bien, Tito: qué talento el tuyo! -exclamó Chilivistra navegando por el piélago inmenso del desatino-. Pero fíjate, debemos ir primero contra los peces gordos. Si se consigue pescar a Dorregaray con cuarenta mil duretes, a Cástor Andéchaga con veinticinco mil, y a otros tales, habremos hecho más que cogiendo en la red a los bicharracos de menor cuantía.. ¡Ah! Pero ahora caigo en que ante todo tenemos que avistarnos con el Administrador de Rentas de Vitoria para que nos entregue..

-Ya, ya, el primer millón de reales -murmuré cayendo en honda perplejidad. Y en mi mente se representó la imagen del Administrador de Rentas como un ser escueto, peludo y rabilargo, que volvía del campo solitario de Zugarramurdi.

 

Ep-45-XIV -

Cediendo a los apremios de Chilivistra, que mostraba impaciencia febril, partimos en el primer tren del día siguiente hacia Logroño y Miranda. Al pasar por Calahorra no olvidó Silvestra sus preces por los santos patronos Emeterio y Celedonio, martirizados en aquella ciudad, y cuyas cabezas fueron hasta Santander navegando por el Ebro, el Mediterráneo y el Océano, en un barco de piedra. En Logroño, acordándose mi amiga de la prisión de su marido, formuló mirando hacia el pueblo este femenil apóstrofe: «¡Ah, pillastre! Más quiero verte vivo que muerto; más atado que suelto por esos mundos, llevándote a mi pobre hijo. Pero espérate un poco (p.8855) que ya te cogeremos, tunante.. Te compraríamos por cinco mil duros si no supiéramos que habías de jugártelos en seguida».

Antes de llegar a la estación de Haro, tuvimos una detención de tres horas largas en medio de la vía, sin que nadie supiera por qué. Los viajeros, que entre unos y otros coches discurrían, hablaron de rotura de máquina. Después se dijo que no llegaríamos a Miranda. Un señor que entró en nuestro departamento porque en el suyo había demasiada gente, nos contó que las tropas liberales habían desalojado de La Guardia a los carlistas. Aquel buen señor, regordete, comunicativo y al parecer de ideas avanzadas, dijo después: «Portugalete está en poder de los carlistas. Ya se sabe que don Carlos ha repartido recompensas por ese golpe de suerte: a Dorregaray le ha hecho Teniente General, y a Cástor Andéchaga Mariscal de Campo. ¡Bonito se está poniendo esto! A Bilbao lo tenemos cercado de carcundas. ¡Ay, mundo amargo, yo que tenía que ir allá para mis negocios!.. ¿Van ustedes por casualidad a Vizcaya?». Contestele que no por casualidad, sino por obligaciones ineludibles, queríamos ir a Vitoria.

Nuestro desconocido acompañante, llevándose las manos a la cabeza, aseguró que no podría ser sin llevar un salvoconducto del Estado Mayor del malditoTreso, porque los carcas habían levantado la vía desde la Puebla de Arganzón a Nanclares. Repuso a esto Silvestra que si no había tren habría carros o borricos, y que de algún modo llegaríamos, pues nos era indispensable abocarnos con el Administrador de Rentas de la provincia de Álava.. Echado un remiendo provisional a la locomotora, prosiguió el tren con marcha perezosa. Hacia las Conchas de Haro se plantó de nuevo como un cojo dolorido de sus débiles piernas. La segunda parada duró hasta el anochecer, y en ella tuvo tiempo el señor regordete para darnos noticia descriptiva y topográfica de la cruel guerra que asolaba el país.

No me detengo a referir los cuentos de aquel buen hombre porque me urge deciros que llegamos a Miranda del (p.8856) Ebro entrada ya la noche, hartos del tren y de su cojera insufrible. En la fonda de Guinea, donde nos albergamos, diéronnos pormenores de la toma de La Guardia. Aunque Moriones llevó consigo bastantes fuerzas para dominar la Rioja Alavesa, aún quedaba en Miranda crecido número de tropas liberales.

A la mañana siguiente, dejando a Chilivistra en el lecho con un leve ataque de anginas, salí a recorrer el pueblo con idea de encontrar entre la oficialidad de los Cuerpos allí estacionados algún amigo que me orientase en la correría fantástica que había emprendido, acompañando a una dolorida señora de buen palmito y un tantico alocada. Tan sólo encontré a un Teniente de Puerto Rico llamado Palazuelos, a quien traté mucho en Madrid, el cual me abrió ruta fácil hacia Vitoria con esta indicación: «Proporciónese usted un carro, amigo mío, y agréguese mañana a la impedimenta de mi batallón, que por orden de Moriones sale para la capital de Álava». Corrí a llevar esta feliz nueva a mi costilla postiza, y me la encontré metida en fervorosos rezos a San Blas abogado de los males de garganta (festividad del 3 de Febrero) , con lo cual y unas gargaritas de zumo de limón pensaba curarse totalmente de su angina.

Por abreviar diré que San Blas y el zumo de limón triunfaron en la garganta de Chilivistra, y seguida al pie de la letra la indicación del amigo Palazuelos, al anochecer del 4 nos aposentábamos en la fonda de Quintanilla, en Vitoria.. Atormentado por la idea de mi entrevista con el Administrador de Rentas, no pegué los ojos en toda la noche. Silvestra durmió a pierna suelta.. En las primeras horas de la mañana me incitó a levantarme con fuertes voces, diciéndome: «Mientras yo me lavo y me arreglo, vete tú a presentar tu libramiento al Administrador de Hacienda.. Despáchate, hombre, despáchate.. Sacude la pereza. ¿Será preciso que te ayude a vestirte?.. Si tuvieras mi genio ya estarías en la calle, atento a tu obligación.. ¡Hala, hala, despabílate!.. ¡Ay, qué pelmazo, Virgen Santa!.. Me desesperas..

Objeté yo que nada (p.8857) adelantaría con ir antes de las horas de oficina. Pero ella, con ademán despótico y voces displicentes, me soltó esta rociada: «Vete pronto, que algún tiempo has de necesitar para saber dónde están esas oficinas. Coge tus papeles y no me vuelvas acá sin traerte el millón de reales».

No pasaré adelante sin daros detallada noticia del carácter complejo de aquella mujer, estudiado por mí a medida que iba observando sus diferentes facetas en el curso del trato íntimo. Era mimosa, blanda y flexible, cuando en ella dominaba el instinto marital, o sea la irresistible necesidad de aproximarse al hombre. Era ferozmente autoritaria, tozuda y de palabra muy agria, cuando imperaba en ella la soberbia. Su misticismo, o insana embriaguez de las devociones supersticiosas, prevalecía tan pronto como se le apagaba el ardor de las borracheras lúbricas.

En su conducta advertí una oscilación isócrona de péndulo: apenas se levantaba un palmo del lodo en que arrastraba su liviandad, emprendía rápido vuelo para subirse a una región de mentirosas estrellas, y de allí caía otra vez al fango. Del mismo modo, los arrebatos de su irritable amor propio alternaban en el curso diario de la vida con su mórbida humildad de fémina caprichosa. Había yo notado que durante semanas enteras comía vorazmente, sucediendo al buen apetito abstinencias de anacoreta. La conocí tierna y amante; la padecí poseída de celos absurdos y de locas envidias. En resumen; llegué a ver en ella una especie de relicario diabólico en el que estaban contenidos los siete pecados capitales.

Salí aquella mañana por las calles de Vitoria en estado de ánimo semejante al de Sancho Panza cuando Don Quijote le envió al Toboso con la carta para Dulcinea. Largo rato divagué movido por una extremada confusión y perplejidad. ¿Presentaría mis documentos al Administrador de Rentas? Sentado en un banco de la Plaza de la Constitución, por hacer tiempo saqué mis papeles, y examinándolos una y otra vez, fijándome en todos sus rasgos y primores de caligrafía, los diputé por buenos, (p.8858) absolutamente fidedignos. Con esta idea me fui como una flecha hacia el edificio donde me dijeron que radicaban el Gobierno civil y la Administración de Hacienda. Pero al llegar a la puerta me sentí detenido por una mano que llamaré invisible y misteriosa. Así son todas las manos que en casos tales atajan a los personajes de novela, lanzados a veloz carrera por un fuerte impulso del corazón. Supersticioso miedo invadió mi alma. Oí la risilla de un diablo maleante y jovial, que a mi parecer salió de las oficinas armado de látigo, más bien zorro para sacudir muebles..

Me retiré, invocando a Mariclío para que de aquella horrible turbación me sacase. Pero por más que la llamé con el pensamiento, y aun con la voz, la Madre augusta no vino en mi auxilio. Decidí al cabo volverme a la fonda, después de dar vueltas y más vueltas por las calles circulares de la parte vieja de la ciudad, sin otro objeto que justificar, con una prudente tardanza, el plan concebido para dar el pego a Chilivistra.. Encontré a ésta ya vestida con su hábito negro de los Dolores, en el cual brillaba el emblema de plata: un corazón atravesado por siete lindas espaditas. Advirtiendo en Silvestra el temblor de labio, signo infalible del punto culminante de su soberbia, me anticipé a su interrogación diciéndole con afectada serenidad: «Pues verás, mujer, lo que me ha pasado». Y ella, con seca voz airada, balbució estas palabras: «Acaba pronto, majadero.. ¿Traes el millón?».

Me senté risueño, simulando cansancio para desarrollar mi plan dialéctico, que fui exponiendo poco a poco en esta forma: «Espérate un poco.. Verás.. Déjame tomar aliento.. El señor Administrador es un caballero amabilísimo, pero..». Interrumpiome Silvestra con estas frases cortadas, que tartajosas salían de sus labios: «Amabilísimo, sí.. Será un maula.. como tú.. un perezoso.. Te habrá mandado que vuelvas.. Esa gentuza de oficina siempre tiene en la boca el vuelva usted.. ¿Y cuándo?.. ¿Esta tarde?».

-Esta tarde no.. Pero no te sofoques, no te precipites. Siéntate y hablaremos -dije yo, viéndola correr y dar vueltas (p.8859) como una pantera enjaulada-. Estas cosas no pueden resolverse de momento. Hay casos excepcionales. Verás. El señor Administrador, que, lo repito, es hombre muy fino, me ha mandado volver dentro de unos días.. Ten calma.. Sin precisar cuántos días.. Es que ha tenido que dar a las tropas de Moriones la paga de Noviembre y parte de la de Diciembre. Ponte en su caso, mujer. Ayer hizo el arqueo, y sólo tiene en Caja diez mil duros.

-¿Y por qué no te los ha dado ese bergante?

-Eres una pólvora. Espérate. Los diez mil duros están en calderilla. ¿Cómo quieres que..?

Largo tiempo invertí en desfogar el encendido temperamento de aquella hembra, que se ponía insufrible cuando le soplaba el viento de la soberbia. Dos medios había para domarla: o apurar mis facultades parlamentarias, con refuerzo de halagos y carantoñas, o coger una estaca y convencerla con razones contundentes. Este sistema radical no lo había empleado nunca. Preferí en aquella ocasión el método de la verbosidad dulzona, y a la media hora de aplicarlo ya estaba la señora como un guante. Díjome que después de almorzar haría sus visitas a las familias de Vitoria con quienes tenía conocimiento y amistad. Los Baraonas eran los primeros a quienes pensaba visitar, porque con ellos uníanla estrechos lazos de parentesco. Después se vería con los Trapinedos, Prestameros y Romarates. De todas estas familias, que eran fieles fanáticas del Dios, Patria y Rey, esperaba obtener salvoconductos para penetrar sin riesgo en el campo carlista. Cuando comíamos me dijo que, por decoro y honestidad, no era prudente que yo figurase como su acompañante. Pareciome muy sensata esta precaución y le manifesté que si sus amistades y parentela le pagaban la visita, yo me ocultaría discretamente.

Al disponer por la noche nuestra partida en dirección a Durango, itinerario marcado por la terca vizcaína, ésta se rebelaba contra la idea de dejar en Vitoria los diez mil duros, y en su desvarío llegó a proponerme que cargáramos con la calderilla, aunque para ello tuviéramos que alquilar (p.8860) cuantos carros fueran menester. Con nuevo gasto de saliva la disuadí de aquel disparate, asegurándole que con mis libramientos en regla bastaba para reducir a los cabecillas más inaccesibles al soborno.

En un mal carricoche, que alquilamos pagándolo muy bien, partimos de madrugada por el camino real de Peña de Amboto y Ochandiano. Invertimos casi todo el día en llegar a este último pueblo por entorpecimientos de la carretera y por los sobresaltos que nos causaron algunas partidas volantes, de las que logramos zafarnos gracias a los salvoconductos de que se pertrechó en Vitoria la tozuda señora que me llevaba de rodrigón o escudero.

En las agrias cuestas de la divisoria tuvimos que aplicar a nuestro desvencijado carruaje la tracción de una pareja de bueyes. En otras partes del camino, los deterioros causados por el temporal de lluvias nos obligaron a recorrer a pie largos trayectos. Estos desavíos, y el hambre que nos extenuaba por habérsenos olvidado la canasta de provisiones, moviéronnos a guarecernos en la posada de Ochandiano para comer tranquilamente y pasar la noche. Gozosos entramos a disfrutar del abrigo de aquella casa, donde además de comodidades tuvimos agasajo y cariño. La patrona, que era una mujer fresca, guapa y de gigantescas hechuras, nos trató desde el primer momento con afabilidad campechana. Apenas cruzados los primeros saludos entre la dueña del parador y Chilivistra, lanzáronse ambas a parlotear alegremente en lengua vasca, dejándome casi a obscuras de cuanto decían.

La cena fue sabrosa, animada y familiar, sentándonos juntos en la misma mesa la patrona con dos hijos suyos de corta edad, Silvestra, dos hombrachos de boina blanca con insignias, de Teniente el uno de Capitán el otro, y un servidor de ustedes. La posadera, cuyo asiento estaba frontero al mío, blasonaba de persona cortés, dirigiéndome frases en castellano macarrónico para indemnizarme del tedio que me producía el asistir en silencio a una conversación en vascuence. «Esta señora -me dijo (p.8861) mi dama- se llama Polonia Zuazu y es sobrina carnal de nuestro amigo el cura Choribiqueta. Según ella, estás aburrido porque hablamos una lengua que no entiendes, y yo le digo que no debemos hablar castellano para que te acostumbres al son del habla nuestra y vayas aprendiéndola».

No refiero pormenores de aquella cena ni del franco regocijo que en ella reinó, porque anhelo pasar rápidamente a otro pasaje más interesante. Encendida la vela hospederil en candelero de cobre, Polonia nos guió a la habitación que nos destinaba. Apenas encerrados en ella, vi que mi compañera frente a mí se engallaba con ojos fulgurantes, y el temblor de labio inseparable de sus accesos de ira. Absorto quedé al oír este absurdo despropósito:

«Ya he sentido.. bien segura estoy.. que por debajo de la mesa.. le pisabas el pie a Polonia.. No lo niegues: tengo yo mucho pesquis para estas cosas.. Y ella, la muy puerca, se dejaba caer pisándote a ti.. Es claro como el agua.. No se me han escapado tampoco las miraditas que cruzabais ella y tú».

Grave y firme rechacé la indigna suposición de Silvestra. Pero ella, más enfoguetada en su imaginaria celera, prosiguió de este modo, agriando la voz y sacudiendo mi brazo:

«La gran bribona me dijo que eres muy guapo.. Creerás tú que yo no entiendo de estas cosas.. Claro: como soy santita no sé nada del mundo.. Te equivocas, sinvergüenza.. Yo sé muy bien que las gigantonas gustan de los enanitos.. y los chiquitines de las marimachos.. Puedes irte con ella.. No temas nada.. El marido está lejos: sirve como tambor mayor en el 6.º de Navarra».

De toda mi serenidad y paciencia tuve que valerme para refrenar la cólera. Cuantos argumentos me sugería la razón no bastaban para desvanecer el ridículo supuesto de aquella hembra desconcertada. Llegué a pensar que todo era invención caprichosa, histérica, para mortificarme. Por fin, con rotunda frase corté la disputa. Ordené a Silvestra que se acostara, y le dije que yo haría lo mismo, aplazando la cuestión para el día siguiente. Por fortuna teníamos camas (p.8862) separadas. Chilivistrase desnudó aprisa, esparciendo su ropa por el cuarto, y se metió en el lecho. Yo también me acosté.

Pero no pude disfrutar ni un momento de calma porque la furiosa mujer me atormentó con fingidos lloriqueos, y con estos lastimeros reproches: «Podías hacerte cargo, hombre desvanecido y sin seso, de que por culpa tuya estoy yo en pecado mortal. Esto es tan verdad como Dios es mi padre. Yo vivía en santa ignorancia de ciertos desvaríos, y tú has venido con seducciones infernales a manchar mi conciencia. ¡Ay Virgen mía! ¿Quién me había de decir que yo pasaría del estado angélico al estado de condenación por las artes de este pillete vicioso, sin ley ni Dios?».

Callado escuchaba yo tales desatinos, y mordiendo la sábana para no disparatarme en denuestos contra Silvestra, me decía: «A esta loquinaria le rompo yo un hueso antes que amanezca, y si logro contenerme, mañana la dejo plantada, aquí o donde me parezca mejor». Furiosa Chilivistra porque yo no quería contestar a sus invectivas, me tiró una bota que vino a dar en mi frente. Más benigno que ella, contesté a su disparo tirándole una almohada. No acabó aquí el bombardeo. Viendo caer sobre mí la otra bota de ella, le arrojé yo las dos mías, a lo que contestó la plaza enemiga lanzándome un vaso de agua que tenía en la mesa de noche.

Ya no pude aguantar más. Me levanté. Vistiéndome con calma vi que Silvestra se volvía de cara a la pared y se arrebujaba en las sábanas, como para prevenirse contra el vapuleo que merecía.

 

Ep-45-XV -

Defendiéndome del frío con mi gabán y la manta de viaje me tendí en un sofá de Vitoria, no sin requerir mi cachava, cuyo auxilio me pareció necesario en expectación de lo que ocurrir pudiera. Contra lo que esperaba, mi basilisco permaneció silencioso entre las sábanas, y a la media hora el rumor de su respiración me advirtió que se había dormido. Yo también descabecé algunos sueñecillos sobre el duro sofá.

Apenas entraron por las rendijas del balcón las primeras claridades del alba, me sorprendió la (p.8863) voz de Chilivistra en los tonos más dulces que usar solía cuando su magín recobraba el normal equilibrio: «¡Ay, Tito, ven! Hazme el favor. He despertado con terribles dolores en la paletilla derecha. ¡Ay, ay! Ya se me corren por la espalda hacia el costado. Acércate, dame unas friegas como tú sabes hacerlo, por toda esta parte. Anda pronto, que no puedo respirar».

Acudí a ella, y sin hablar palabra le di los deseados refregones, recordando que había estado en un tris el dárselos de acebuche. «¡Ay, Tito -me dijo plañidera-, qué arisco estás! Ni siquiera me preguntas cómo he pasado la noche. Yo he dormido algo, ¿y tú?.. ¿Pero qué haces, tonto? ¿Te vuelves al sofá sin decirme nada? Llégate otra vez aquí y friégame más fuerte, que aún no se me ha quitado el dolor».

Mientras yo le raspaba la piel con verdadero ahínco, la fierecilla me habló de esta manera: «Ya recuerdo. Estás enojado por lo que pasó al acostarnos. Tú eres un gran pillo, y yo me disloco cuando me figuro que no me quieren.. En mi cama tengo una de tus botas y en la tuya deben estar las dos mías. Vaya, no se hable más de eso, y veamos en todo ello la fuerza del querer. Se me metió en la cabeza que le pisabas el pie a Polonia; esta idea, y el decirme ella que eres muy guapín me sacaron de quicio».

Había pasado el arrechucho. La gata nerviosa pedía reconciliación con suaves mayidos. Como siempre prefiero la situación de paz a la de guerra, accedí a las paces para evitar mayores disgustos. Junto a ella dormí largo rato, y ya serían las nueve cuando me despertó con fuertes empujones, diciéndome: «¿No oyes tocar a misa? Levantémonos, vistámonos a escape. Hoy no me quedo sin misa, y tú irás conmigo, que buena falta nos hace a los dos».

Al volver de la iglesia, la simpática Polonia nos dio el desayuno en la planta baja de la casa, donde tenía taberna y estanco. Junto a nosotros tomaba la mañana el fornido carlistón en quien vi la noche antes las insignias de Teniente, el cual nos dijo que si a Durango íbamos él nos llevaría gustoso. De diez a once saldría en aquella (p.8864) dirección conduciendo un convoy de víveres. Aceptó Silvestra el galante ofrecimiento, y poco después emprendimos nuestra marcha en un carro de la impedimenta carlista. Nada de particular nos ocurrió en el camino. A la caída de la tarde, cuando ya nos aproximábamos al fin de nuestro viaje, paró el convoy junto a un robledal espeso. El Teniente, que iba a caballo, se acercó a nuestro carro y nos dijo:

«Antes de seguir adelante, quiero decir a ustedes que yo me quedaré a cenar esta noche en una casa de campo que encontraremos cerca de San Pedro de Tavira. Es la quinta de Aizpurúa, hoy propiedad de mi prima Pepita Izco. Sabiendo que son ustedes amigos de Pepita, les invito a que pasen allí la noche. Estoy bien seguro de que en ello tendrá mucho gusto mi parienta».

Al oír mi dama el nombre de Pepita Izco palideció, y su labio temblicón indicó la inminencia de otro estallido de celos. De un brinco descendió del carro; yo hice lo mismo, tratando de contener los bufidos de su enojo ante los soldados que ya se arremolinaban en torno nuestro. Sin cuidarse del público que en derredor teníamos, el basilisco agarrome las solapas del gabán y me increpó en esta forma desatinada y virulenta: «¡Malvado!, anoche, mientras yo dormía, concertaste con este Teniente.. ya lo veo, ya.. que te trajese a la casa de tu antiguo amor, Pepita Izco.. ¡Bien, muy bien!.. ¿Es ello propio de un caballero?».

Al decir esto me estrujaba, y llenando de arañazos mi rostro, me desanudaba la corbata. Yo no hice más que rechazarla con alguna violencia. El Teniente acudió a contenerla. Sofocado y casi sin aliento, apenas pude formular algunas palabras en mi defensa. «Esta señora está loca -afirmé-. Llévenla donde quieran. Yo me vuelvo a Ochandiano». Y dejando a Silvestra rodeada de los del convoy, fui a sacar del carro mi maleta, para poner en ejecución inmediatamente lo que había dicho. En esto, sentimos por el robledal toques de corneta y ruido de tropas. Era un destacamento de la división de Lizárraga, que según después supe iba a (p.8865) Portugalete.

Pronto se vio aquel trozo de la carretera lleno de soldados. El Capitán que mandaba a los de Lizárraga reconoció al instante a la fierecilla, y se fue hacia ella gozoso, saludándola con estas voces: «¡Oh, Chilivistra! ¿Tú aquí, mujer? ¿Qué te pasa, qué es esto?». Ella, lívida, las manos en alto, la boca espumante, vociferaba contra mí con los dicterios más atroces: infame, traicionero, burlador de mujeres honradas, enviado de Satanás..

En tanto, los del convoy me apartaban hacia otro lado, y por sus miradas y actitudes comprendí que todos se ponían de parte de la señora. Prodújose una confusión tan grande que no pude darme cuenta de lo que pasaba. Luego vi que el convoy se ponía en marcha, llevándose al basilisco en el mismo carro que hasta allí nos condujo. En pie seguía dando gritos, entre los cuales percibí estos acentos trágicos: «¡Matarle, fusilarle!».

El Capitán de la columna se llegó a mí, diciendo risueño y zumbón: «Hola, Tito, gran Tito, ¿viene usted a proclamar la República Pontificia?». Fijándome en él caí en la cuenta de que era un muchacho durangués, muy simpático por cierto, llamado Mendía y vecino de mi hermana Trigidia. Al reconocerle abrí mis brazos con efusión, diciéndole: «Amigo, deme usted un abrazo. ¡Qué alegría tan grande!».

-¿Alegría dice? -exclamó el Capitán-. ¿Y quiere abrazarme? ¡Pero si debe usted renegar de mí! Le tengo a usted por hombre sospechoso. Conozco bien sus ideas, y seguramente no viene usted aquí a cosa buena. Me veo, pues, precisado a detenerle. Venga usted conmigo.

-Deténgame y lléveme a donde quiera. Es usted mi salvador.

-¡Su salvador!.. ¿Por qué?

-Porque al librarme de esa tarasca me ha sacado de la más horrenda esclavitud. Dice usted que me lleva preso, y yo digo que esa prisión equivale a mi libertad.

El Capitán ordenó a un soldado que llevase mi maleta, indicándome que a su lado marchara. Obedecí, y platicamos tranquilamente, andando por senderos para mí desconocidos. Cerrada la noche, entramos por ásperas cañadas entre matorrales (p.8866) espesos.

«Debe usted agradecerme, señor Tito -me dijo el Capitán-, que no le haya dejado ir a Durango, donde tiene usted no pocos enemigos; hay allí personas que desean cobrarle el bromazo que nos dio con aquella pamplina del Imperio Hispano Pontificio. Se ha librado usted de que le contesten al discurso con una tanda de cardenales.. Además, le diré por si lo ignora, que su padre don Matías Liviano no está ya en Durango: hace un mes se fue con su hija Trigidia y sus nietos a Motrico, buscando mayor sosiego. Ignacio Zubiri está en el Cuartel Real de don Carlos».

La noticia de la ausencia de mi padre y hermana turbó un poco mi espíritu. Pero estas desazones, así como la idea de mi cautiverio, eran compensadas por la felicidad de haber sacudido el insufrible yugo de Chilivistra. A las dos horas de camino por terreno quebrado, vadeando arroyos y franqueando divisorias, empecé a sentir cansancio y desaliento, dándome cuenta de la gravedad de mi situación.. ¿A dónde me llevaban? ¿Qué sería de mí entre aquellos hombres fanáticos, que subordinaban toda ley de humanidad a las absurdas pretensiones de un Rey de fantasía?.. No estaba yo acostumbrado a las marchas militares sin descanso ni respiro. Aquellos sectarios de inflamado corazón y temple duro tenían piernas de acero. Para engañar el tiempo y la fatiga amenizaban la constante andadura con alegres cantorrios.

El Capitán callaba, y de rato en rato, con frase breve, hacía por estimularme a que pusiera mi paso perezoso al aire y compás de la columna incansable. Ladridos de perros venían a nosotros de una parte y otra, añadiendo las notas campesinas al tumulto de nuestras pisadas. Avanzaba la noche, fría y obscura, sin que el formidable aliento de los recios campeones, ávidos de tragarse las leguas y de medir con sus pies el terreno sin fin, diera señales de amenguarse. A la madrugada, ya era yo como un muerto que se movía por máquina.. Al clarear el alba distinguí casas; vi algunos paisanos que salían a nuestro encuentro; oí terminachos y (p.8867) salutaciones en vascuence. Entrábamos en un pueblo. Mis pobres huesos dieron gracias a Dios.

«¿Descansaremos en este lugar?» -pregunté a Mendía. Y éste secamente me respondió: «Nosotros no descansamos; hemos de seguir a marcha forzada algunas horas más. Usted se queda aquí a disposición del Comandante de la Fortaleza. Se registrará su maleta y su ropa a fin de saber qué mensajes o encomiendas trae. Deseo que no resulte nada contra usted. Adiós, amigo».

En esto llegamos a una plazoleta empedrada y llena de baches. Vi acercarse a unos hombres de boina, embozados en sus capotes. Uno de ellos traía un farol que tristemente pestañeaba en la obscuridad, pues la aurora, mensajera del rubicundo Febo, apenas hendía los horizontes con sus dedos de rosa..

Metiéronme por angosta puerta en una tenebrosa estancia, y a la luz del farol macilento me tomaron el nombre, edad, profesión, etc. Mis respuestas se ajustaron completamente a la verdad. Luego hicieron registro escrupuloso en toda mi ropa, tentándola por una y otra parte, por si entre los forros sonaba ruido de papeles. Los que yo llevaba en el bolsillo, entre ellos mi credencial de Delegado Secreto y algunos apuntes, los entregué antes que me los pidieran. Después me quitaron las botas, sospechando que en ellas escondía algún parte o reservada confidencia. Iguales pesquisas hicieron en el sombrero.

Cuando el registro hubo terminado, el que parecía jefe de los tres que conmigo estaban, me dijo en mal castellano: «Aquí quedarte a las resultas de lo que contenga el contenido de estas papelorias». Sin más razones, reintegrado en el uso de mis botas, gabán y sombrero, lleváronme por un pasillo de dos ángulos y me metieron en un aposento cuadrilongo, donde vi, a la luz del consabido farol, por un lado un mal avío de estera, jergón y manta, y al otro una silla. En tan regio alojamiento me dejaron, recomendándome la paciencia con frases medio vascas, medio castellanas, y salieron cerrando la puerta con dos vueltas de llave y corriendo un cerrojo, (p.8868) que rechinó como risotada del Infierno.

Reconociendo aquel antro con fugaz mirada, pude apreciar en uno de sus muros una reja que daba al campo. El techo era de bóveda, las paredes renegridas, el suelo mitad de ladrillos, mitad de tierra. Mis pobres huesos me pedían el descanso, y yo lo pedí para ellos y para mi cerebro al hinchado jergón, que por ser de hoja de maíz tocó diferentes piezas de música cuando en él me acosté.. Creo que de un tirón dormí todo el día y la noche siguiente. Anidaban en mi cárcel el tedio, la tristeza y la desesperación. Pero yo saqué del fondo de mi alma el caudal recóndito de mi estoicismo para defenderme de las ideas negras.

Corrían los días, sustrayéndome con su lentitud somnífera la noción exacta de su valor cronométrico. El único ser humano que me visitaba era una diligente abuelita, que me traía mi alimento por mañana y tarde: medio pan y una ración de rancho, no mal guisado, ni tampoco escaso. Mi carcelera, que no carecía de espíritu de caridad, solía dolerse de mí con palabras dulces y consoladoras dichas en una mixtura de vascuence y castellano que me hacía mucha gracia. Un día, no sé si al tercero de mi prisión, o al octavo o al quinto, me obsequió con estas frases que traducidas copio: «Mire, señor; le voy a traer, si usted quiere, a un curita del pueblo para que le vaya preparando».

-¿Preparándome?.. ¿Para qué?

-No se asuste, señor. Nuestra fe nos manda que tengamos la conciencia siempre muy limpia de alas para poder volar hacia Dios cuando éste lo disponga. Nadie se ve libre de un torozón o de un súpito a la cabeza. Por eso le digo: ¿qué pierde con estar preparadito?

Llamaban a mi guardiana Maribatista, y era tan buena que de su cuenta me llevaba bizcochos, higos pasados, o alguna otra golosina para mi regalo.

La primera visita que me hizo el jefe de la Fortaleza no fue anterior al décimo día de mi cautiverio, según mis imperfectos cálculos del curso del tiempo. Entró en mi calabozo una mañana, regañando con áspero acento a dos tagarotes que le acompañaron hasta la puerta: «¡Pero (p.8869) qué brutos seis! -gritaba-. ¿No vus dije que metierais aquí un talburete? ¿Queréis que el preso y yo hablemosasentados en una sola silla?». Pronto trajeron una banqueta, y al punto quedé solo con el terrible fantasmón que en aquel instante disponía de mi suerte. Era un viejecillo seco, de alta estatura, de manos sarmentosas. Si por su habla y acento se me reveló como hijo de Castilla, por su edad entendí que era un veterano de la primera guerra, reducido en la segunda a ejercer funciones sedentarias.

Con rudezas de forma, tras de las cuales traslucí un fondo de humanidad y cortesía, me dijo el viejo carlistón que mis papeles entrañaban prueba plena de intentos alevosos contra la causa del Rey, intentos que sin duda venían de muy alto, por lo cual, él y sus compañeros habían decidido remitir todo el papelorio al General en Jefe, a fin de que éste resolviera lo procedente en caso tan grave. Añadió que aún estaba yo vivo motivado a que él no quería cerrar mi boca antes que Lizárraga, Elío o Dorregaray metieran sus dedos en ella, para saber de dónde venía aquella infamia de querer comprar a los jefes carlistas con el judío dinero liberal.

«Pues lléveme usted -dije yo con viveza-, lléveme pronto a presencia de uno de esos Generales, ante quien declararé, como ante usted declaro, que soy inocente y pruebas tengo de ello». La respuesta de mi cancerbero fue indecisa, con un dejo de sorna castellana: el General era quien había de decidir si se dignaba escucharme o si por primera providencia debía yo ser pasado por las armas.. Ya me lo dirían para mi conocimiento y efectos consiguientes.

 

Ep-45-XVI -

No me afligieron más de la cuenta estos siniestros augurios. Envuelto en la toga de mi resignación, esperaba sereno las derivaciones probables de mi cautiverio. Además confiaba en el auxilio de mi divina Madre, que seguramente no me dejaría perecer a manos de aquellos bárbaros. Una noche desperté arrebatado de súbito alborozo y salté del jergón creyendo ver, viendo mejor dicho, el rostro inefable de Mariclío asomado entre los barrotes de mi (p.8870) reja carcelaria. Palabras fervorosas se escaparon de mis labios, y oí claramente esta contestación de la excelsa Señora, mil veces augusta:

«Nada temas, hijo: yo estoy al cuidado de ti. Imita mi paciencia, imita mi serenidad ante estas guerras tan inverosímiles ¡ay!, como verdaderas. Estamos dentro de un absurdo vestido de realidad, Carnaval sangriento. Escribiremos una Historia que no será creída por los venideros, y al leerla, si es que la leen, pensarán que hemos escrito cuentos disparatados para educar a los niños en la barbarie y en la imbecilidad».

Al recostarme de nuevo en mi jergón, dilucidaba yo con vagas cavilaciones si lo que había oído me lo dijo la Madre o me lo cantaron las armónicas hojas de maíz, gimiendo bajo mi cuerpo.. Rodaron días sin otra visita que la de la señora Maribatista, amén de las que me hacían de noche alimañas audaces, ávidas de aprovechar los restos de mi pitanza. La viejecilla continuaba dadivosa y afable, y me entretenía con amena charla mientras trajinaba en mi calabozo haciendo una limpieza elemental. Rara vez al traerme la comida dejaba de añadir alguna fineza, y una tarde me obsequió muy gozosa con un pedazo de mazapán y un Niño Jesús de alfeñique, obra de las monjas vecinas.

Hecho a la soledad y a la meditación pasaba yo mis horas revolviendo el copioso archivo de mi vida pasada, rememorando mis adversidades y bienandanzas, trazando síntesis históricas para un libro que seguramente no escribiría nunca, y comunicándome por la fuerza expansiva de mi espíritu con seres que me habían divertido sin hacerme ningún daño: Leona la Brava, don Florestán, Graziella, José Ido, sin olvidar las pedantescas figuras simbólicas de Doña Gramática y sus vetustas compañeras.

Una noche, después de beberme una botella de vino blanco que a hurtadillas me llevó Maribatista, mi encendido cerebro me trajo la visita de seres, que si eran vivos fuera de allí, no eran dentro de mi calabozo más que simples fenómenos espectrales. El primero que entró fue Serafín de San José, el cual, fieramente, (p.8871) tirándome de los pies como para despertarme, me decía: «Si me hubieras traído contigo como Contador y maestro de Partida Doble, no te verías como te ves. Con la mitad del dinero que te dio el Gobierno para la compra de cabecillas, habríamos dado la paz a España.. y con la otra mitad nos hubiéramos divertido tú y yo lindamente.. Contando con este negocio ofrecí yo a Cabeza un aderezo de brillantes.. Y ahora ¿qué aderezo le daré, como no sea una ristra de ajos?.. ¡Ja, ja!».

Se me apareció luegoGraziella, dando el brazo a un bulto negro en quien vi un esbozo de la figura de don Hilario. La diablesa, con mirada burlona, se sentó junto a mí, produciendo en la paja del jergón un ligero estallido de risa. «Para que salgas de estos trances, Tito salado -me dijo-, voy a ponerte en el dedo del corazón el anillo de Astaroth, hijo de Astarté, la infernal divinidad que yo reverencio». Sentí en efecto el roce del anillo al entrar en mi dedo. El informe bulto negro tiró del brazo de Graziella, y ambos salieron dejando tras de sí los ecos o salpicaduras de una cháchara zumbona.

No fue aquella noche sino otra, cuando la ingestión de medio azumbre de chacolí, obsequio de Maribatista, me produjo la visión de un espantable murciélago que se coló por la reja, y después de chillar revoloteando junto al techo, se posó cerca de mí, deslumbrándome con sus ojos de fuego. Era el propio don Florestán, con su melena, perilla y pómulos pintados. De su hocico ratonil escuché estas grotescas manifestaciones: «Acabo de escribir al Séptimo Carlos una carta de su abuelo don Carlos María Isidro, en la que le dice que afane para sí todo el dinero que traes y te ponga en libertad, dejándose de más guerras y nombrándote su Chambelán Honorario».

En una de las siestas que yo comúnmente dormía, me fueron a ver Leonay Doña Gramática. Díjome la primera que ya era Duquesa de Mula, y que para evitar la fealdad de esta palabra, la concesión del título decía:Duquesa de la Mula del Nacimiento. Había tomado aDoña Gramática como aya o maestra del buen decir (p.8872) para no hacer mal papel entre la grandeza..

Segunda y tercera visita recibí del áspero Comandante castellano, y en ambas no hizo más que repetir o parafrasear lo que me había dicho en la primera. Una mañana fui sorprendido por bullicio de multitudes, congregadas en el campo que rodeaba mi cárcel. Más tarde, oí pasos y voces de tropas en acción. Sonaron tiros lejanos, algún tiro próximo, y a esto siguieron chillidos de mujeres no lejos de la reja de mi calabozo.. Pensé que de aquella batahola podría resultar mi liberación; pero no fue así.

Al anochecer entró en mi celda el Comandante, seguido de tres descomunales guerrilleros, notificándome que el General de la División reclamaba mi persona, para someterme a un interrogatorio conforme había lugar en justicia.

«¿Puedo saber a dónde voy?» -le pregunté.

Y él, rígido y seco, me contestó repitiendo el cuento del loro: «Usted, seor Tito, irá aonde ó leven».

Laconismo tan áspero me enfadó; pero el estoicismo selló mis labios. Sacáronme al pasillo y del pasillo a la calle, donde vi grupos de soldados que se iban a poner en marcha. Despidiome el Comandante con una mirada lastimera y un saludillo militar. En cambio, los adioses de Maribatista fueron de ternura casi materna, con el aditamento de unas lonchas de jamón y unos bollitos, que me dio envueltos en un número de El Cuartel Real. Ya que la pobre mujer no pudo darme noticia del lugar a donde me llevaban, por ella tuve conocimiento del tiempo que había durado mi prisión. Cincuenta y dos días estuve recluido en aquel antro que, visto por fuera, se me representó cual un resto vetusto de construcción feudal. Como apenas podía yo tenerme a causa de mi dilatada inmovilidad, me metieron en un carro de víveres, atándome los pies para que no me fugara.

Y aquí me tenéis otra vez, llevado por valles y montes hacia lugares desconocidos, donde se decidiría la solución adversa o favorable que mi Destino me deparase. La noche era fría y clara, con hermosa luna creciente, cielo limpio, atmósfera de hielo. Un individuo de los que custodiaban el (p.8873) carro tuvo lástima de mí y me cubrió con una manta de munición. Al abrigo de ésta traté de adormecerme. Tocándome las manos y las sienes aprecié en mí un estado febril, y ello fue causa de que la pesada modorra me trajera visiones fraguadas en mi propia caldera cerebral, imágenes absurdas que al desvanecerse no dejaron rastro en mi memoria.

No sé decir a mis compasivos lectores en qué día y hora terminó el suplicio de mi segunda caminata, conducido por amenos valles y verdes montes en un convoy carlista. Sólo apunto que el sol alumbraba en el cenit cuando paró la caravana. ¿A qué lugar de Vasconia me habían llevado? No lo sabía. También ignoraba si el General que reclamara mi presencia era Lizárraga, Mendiri, Dorregaray o Cástor Andéchaga, pues estos cuatro nombres sonaron en mis oídos durante la penosa marcha.

Desatados mis pies, dos mozarrones me llevaron en vilo a un aposento bajo, espacioso y mal oliente. Yo no podía moverme, debilitado por la inanición y abrasado por la fiebre intensísima. En mi horrible turbación pude hacerme cargo de que me hallaba en un improvisado Hospital de Sangre. Así me lo revelaron gemidos, ayes dolorosos que a mi lado sonaban.. Un hombre, que por las trazas era médico, se acercó a mí, y después de reconocerme minucioso, ordenó que me arropasen con mantas o capotes, prescribiendo brebajes de quinina y alimentación muy moderada.

Desde la visita del físico ceso en las referencias directas de mi persona porque estuve privado de conocimiento en largos días, conservando sólo un brumoso recuerdo de la horrenda sed, del amargor de la quina, y del repugnante gusto de los caldos que me daban.

Cuando mis sentidos empezaron a recobrarse, pude advertir que muchos de mis compañeros de Hospital se morían lindamente, y oí los azadonazos de los que a la parte de afuera les cavaban la sepultura. Otros, destrozados por las balas, venían a sustituir a los fenecidos.. Mujeres, que parecían monjas por su parda vestimenta y luengos rosarios, andaban entre nosotros con (p.8874) blando pisar de alpargatas. Eran enfermeras bondadosas, calladas y solícitas.

Mi renacer a la vida fue un vertiginoso cavilar sobre la impía guerra civil, monstruo nefando que sólo me mostraba sus extremidades dolorosas. Dos Ejércitos, dos familias militares, ambas enardecidas y heroicas, se destrozaban fieramente por un quítame allá ese trono y un dame acá ese altar. No era fácil decir cuál de estos dos viejos muebles quedaba más desvencijado y maltrecho en la lucha. En sin fin de páginas de la Historia del mundo se ven hermosas querellas y tenacidades de una raza por este o el otro ideal. Contiendas tan vanas y estúpidas como las que vio y aguantó España en el siglo XIX, por ilusorios derechos de familia y por unas briznas de Constitución, debieran figurar únicamente en la historia de las riñas de gallos. Así lo pensaba yo en aquellas horas siniestras de mi vida, y así lo pienso todavía.

Ahora voy a dar a mis joviales lectores un plato de gusto, contándoles que una mañana fui conducido por las blandas mujerucas y algunos militares de indecisa graduación a una estancia del piso alto, ancha y luminosa, donde me dieron alimento escogido para fortalecerme en mí convalecencia. Diéronme también una cama bien mullida, y en derredor mío vi un mediano ajuar de cómodos mueblecitos. Encontrábame allí como el pez en el agua y mi sorpresa fue tan grande como mi alegría cuando un vejete modoso y limpio, de porte un tanto sacristanesco, y una monja gordita, risueña y algo cojitranca, me dijeron que ya no corría peligro de ser fusilado. Por mi vida se interesaban personajes altísimos, y aun damas y princesas. No necesito decir cuánto me holgué de aquel feliz cambiazo en mi destino.. No riáis, parroquianos maleantes que entretenéis vuestra ociosidad con estas lecturas, no riáis y esperad lo que resta de mi cuento.

Mis nuevos guardianes no sabían qué hacer para facilitar de un modo grato mi reparación orgánica. Menudeaban las comiditas sabrosas, alternadas con tragos de confortantes licores. De añadidura, me asearon y compusieron, (p.8875) poniéndome muy elegantito. Por efecto de aquel dulce trato y de las cosas estupendas que pasaron ante mi vista, hube de reconocer en mí el trastorno más delicioso y la ensoñación más bella que yo había gozado en mi existencia de historiador y de poeta. A la hora de comer presentáronme cierto día una linda mesa pulquérrima con todo el aderezo de vajilla y cristalería que pide un yantar lujoso. Mandáronme sentar en el único sillón colocado a la cabecera de la mesa. Frente a mí, a bastante distancia, había un gran ventanal, y junto a él extensa hilera de figuras femeninas cuyos rostros no podía distinguir por estar ellas de espaldas a la vivísima luz del sol. La figura del centro, si no era Mariclío, se le parecía mucho.

Dada la señal de empezar la comida por mis guardianes, que permanecían en pie detrás de mí, avanzaron hacia la mesa dos señoras de las que formaban fila junto al ventanal. La una era la titulada reina doña Margarita de Parma, esposa de Carlos VII; la otra doña Isabel II, que aunque destronada conservaba su rango mayestático. Ambas señoras recibían de manos del maestresala y de la monja los platos exquisitos y me los servían con soberana gentileza.. Yo no sabía qué decir ante tan inauditos honores, y por no estar callado repetí con turbada voz los famosos versos: Nunca fuera caballero-de damas tan bien servido..

Del grupo de las señoras, destacáronse otras para compartir con las Reinas el honor de servirme: eran la Infanta doña María Isabel Francisca, viuda de Girgenti, y doña Blanca, esposa de don Alfonso de Borbón y Este.. Las Reinas y Princesas, así como las otras damas que ponían ante mí los ricos manjares, retirando después los platos ya vacíos, me agraciaban con sonrisas y donosos mohínes sin pronunciar palabra.

Inmóvil en su puesto ante el ventanón permanecía la Madre Clío, como presidiendo la escena de cuento infantil en que yo era estupefacto protagonista. No pude contener mis ganas de conversación, y desde mi sitial dirigí a la Madre estas regocijadas expresiones: «Te veo, Señora, sin distinguir (p.8876) claramente tu semblante augusto. Pero aunque no te viera te reconocería por el bromazo que me das, ordenando que me sirvan de comer testas más o menos coronadas y altísimas Princesas de sangre real. Ello es el signo fantástico de la soberana protección que concedes a tu siervo humilde, indigno amanuense de tus sacros Anales..».

¡Jesús, qué delirio! Por Júpiter y don Pedro Calderón, ¿soñar es vivir?.. Dormí hondamente la mona, empalmando la tarde con la noche, y a la siguiente mañana, apenas me vestí y acicalé, llegose a mí con su blando andar de alpargatas mi monjita guardiana, y así me dijo: «Un ayudante del Teniente General don Antonio Dorregaray ha venido con el recado de que éste le espera a usted para conferenciar».

-¡Ah, no sabía..! -exclamé requiriendo mi gabán y sombrero.

-¿Pero no sabe que llegó anoche el General? ¡Pues poco ruido que hicieron las tropas al distribuirse en sus alojamientos! ¿Nada oyó usted? Claro.. ha dormido entre tarde y noche diez y ocho horas seguidas..

Las últimas palabras de la buena señora fueron para decirme que estábamos en el valle de Luyando, y que corría la segunda quincena de Abril. Inmediatamente salí con el ayudante, que me llevó por la carretera, sorteando baches y montones de grava. A un lado y otro vi soldados que ocupaban caseríos y tiendas de campaña. En corto tiempo llegamos a un grupo de casas, entre las cuales se destacaba una con gran portalada señorial guarnecida de escudos. La muchedumbre de oficiales que vi al entrar, me indicó que aquél era el alojamiento del Teniente General Dorregaray. Subimos al primer piso, y el ayudante me metió en una estancia que parecía biblioteca, con alta estantería de nogal bruñido por el tiempo.

Retirose el ayudante, después de decirme que esperase un momento, y a los diez minutos de estar allí vi aparecer al caudillo carlista don Antonio Dorregaray, cuyo semblante conocía yo por los retratos que en aquella época prodigaban los periódicos ilustrados. Era un hombre fornido, membrudo, de negra y espesa barba partida, (p.8877) despejada frente y expresivos ojos. Desde el primer momento advertí en él cierta benevolencia mezclada de curiosidad. Hízome sentar frente a sí, junto a una mesa donde vi números de El Cuartel Real, una escribanía de cobre con plumas de ave mojadas de tinta, y algunos pliegos sueltos a medio escribir. Presidía la estancia un retrato litográfico de Carlos VII, montado en brioso corcel de flotantes crines, que lanzaba por narices y boca los vahos espumosos de su fogosidad.

 

Ep-45-XVII -

Inició el General nuestro coloquio con estas palabras corteses: «Días ha que deseaba yo hablar un rato con usted. Antes de tratar de los papeles que se le recogieron al ser detenido, debo decirle que han llegado a mí referencias de su persona. Por Carlos Calderón, a quien usted conoce, sé que es usted historiador de nota».

-De afición no más, mi General -respondí con modestia-. Mientras llega el caso de examinar los hechos históricos, me dedico a estudiar los caracteres que los producen. Al venir aquí me traje el bosquejo de la figura militar de V. E., y si quiere le daré una muestra de la escrupulosa fidelidad con que hago mis investigaciones.

-Suprima tratamientos y siga.

-Nació usted en Ceuta en 1823, y a los doce años ingresó como Cadete de Infantería en el Ejército de don Carlos María Isidro. Tenía usted el empleo de Subteniente cuando se acogió al Convenio de Vergara, pasando a prestar servicio activo en el Ejército Nacional. Con el mismo grado de Alférez guerreó usted a las órdenes de Oraa y Espartero para someter a los carlistas que aún asolaban el Maestrazgo. Se batió usted en el sitio de Castellote y en la toma de Morella.. El 48 y 49, siendo ya Teniente, operó usted contra la facción Montemolinista que se organizó en las Provincias Vascongadas, y por sus méritos le hicieron Capitán. En Julio del 54 se adhirió usted al movimiento de Vicálvaro, a las órdenes del General don Leopoldo O'Donnell, y ascendió a Comandante. Dos años después se le condecoró con la Cruz de San Fernando de primera clase por su animosa conducta en las (p.8878) turbulencias que ocurrieron en Madrid. El 59 fue usted a la guerra de África en el Batallón de Alcántara, uno de los que componían la brigada de vanguardia del Primer Cuerpo, mandado por el General Echagüe. Tomó usted parte en las más lucidas acciones de aquella guerra, y el 9 de Enero del 60 se le dio, a petición suya, el mando de las fuerzas de presidiarios armados. En 4 de Mayo se le nombró ayudante de campo del General de la división en la que servía, y en este puesto logró usted el grado de Teniente Coronel.

-¡Oh, qué hermosa guerra! -exclamó Dorregaray, dilatando su espíritu en remembranzas placenteras-. ¡El Serrallo, Castillejos, Montenegrón, Tetuán!.. Siga, siga.

-Después de la guerra de África hizo usted servicio de guarnición en diferentes poblaciones, demostrando siempre sus grandes conocimientos en Táctica, Ordenanza y Ciencia militar. Poseía usted, además de la Cruz de San Fernando concedida en 1856, la de San Hermenegildo, que le fue otorgada el 58, y otra de San Fernando de primera clase, que se le dio por su bravo comportamiento en la batalla de Wad-Ras. El 62 se le impuso el hábito de la militar orden de Santiago.. Vea usted, mi General, qué bien enterado estoy de los méritos y servicios del Teniente Coronel don Antonio Dorregaray hasta que, en los últimos meses del 68, sus ideas le llevaron a ingresar de nuevo en el Ejército absolutista.

-Está muy bien, señor mío -dijo Dorregaray, reforzando los conceptos con expresivas cabezadas-. Si completa usted el estudio de las personas con el examen imparcial de los hechos, será usted un historiador digno de tal nombre.

-Me falta decir que conozco y trato a muchos distinguidísimos militares que fueron y son amigos de usted: los hermanos Pieltain, Primo de Rivera (Rafael y Fernando) , Martínez Campos, Pavía y Alburquerque, Nandín y Moya, ayudantes de Prim, Echagüe, Zabala, y algunos paisanos ilustres como el Marqués de Beramendi, el Barón de Benifayó..

-Bien, basta ya -dijo el caudillo realista cual sin quisiera apartar de sus ojos una nube de (p.8879) tristeza-. Tengo mis afectos repartidos en uno y otro campo.. Pero dejemos esto, y vamos al asunto que motiva nuestra conferencia. Los papeles de usted.. ese extraño nombramiento de Delegado Secreto para someter por el soborno a los jefes carlistas, paréceme monstruosamente falso por la enormidad del intento, y verosímil por la perfección de la escritura. Conozco muy bien la firma de García Ruiz, que conmigo se ha carteado más de una vez; las firmas de Echegaray y del Director del Tesoro también me son conocidas, y por tanto..

Hube de interrumpir al caudillo, anticipándole mi sincera y leal explicación de aquellos farandulescos papeluchos. Eran un bromazo que me dio al salir de Madrid el más sutil calígrafo que existe en estos reinos. A la objeción lógica que vi apuntar en los labios de mi sagaz interlocutor, me adelanté diciéndole: «Naturalmente, se asombra usted de que yo, conociendo la falsedad de estos papeles, los haya traído conmigo al pasar del campo liberal al campo absolutista. Comprenderá usted mi torpeza cuando se entere de que padezco desvaríos mentales, que alteran temporalmente mi fiel apreciación de las cosas, y cuando de añadidura sepa que salí de Madrid bajo la sugestión insana de una mujer histérica, antojadiza y atrabiliaria, que me hacía ver lo blanco negro..».

-Ya, ya. ¿Hembra tenemos? ¡Malo, malo! -exclamó don Antonio, conteniendo la risa y sacando del bolsillo del pecho los documentos de autos-. Entre los papeles del señor don Proteo Liviano hay un plieguecillo, escrito con lápiz en letra de mujer bastante garabatosa, que dice así: Pesquemos primero a los pájaros gordos. A Dorregaray 50.000 duros. .. A Cástor Andéchaga 25.000.. etc.

-Me parece que con ese ridículo apunte de la dama estrambótica que me acompañaba queda bien clara mi inocencia, y donde digo inocencia ponga usted tontería o flaqueza mental.

Antes de que me lo preguntase le di cuenta de mis amores con Chilivistra, del endiablado carácter de ésta, no bien conocido hasta que juntos emprendimos el viaje, de (p.8880) las querellas y ruidosas trifulcas que nos separaron, largándose ella con mil demonios a no sé dónde y cayendo yo en horrible cautiverio por más de dos meses, del cual me sacó la magnanimidad del hombre generoso en cuya presencia estaba.

«Por lo que aquí hemos hablado -dijo Dorregaray-, y por los nuevos informes que de usted me dio esta madrugada Carlos Calderón al partir para Miravalles, queda usted indultado, señor don Proteo».

En este punto se levantó, y rompiendo en cuatro pedazos los mágicos documentos que me acreditaban como corruptor de caudillos facciosos en el campo inmenso de la fantasía, los arrojó en el suelo con ademán desabrido.. Creyéndome libre le pedí licencia para retirarme. Pero él, deteniéndome con un gesto, me indicó que aún faltaba algún rabito por desollar hasta poner término a nuestra entrevista.

«Ya sabe usted -me dijo- que hemos puesto sitio a Bilbao. Esta plaza tan importante no tardará en ser nuestra. Ahora no se nos escapa como se nos escapó en los famosos días de Luchana.. Sabrá usted también que Serrano y Concha embarcaron en Santander para Castro Urdiales, y piensan atacarnos por las líneas de Somorrostro».

-Es la primera noticia que tengo de eso, mi General. Soy un pequeño historiador que ignora la Historia viva que le rodea.

-¿Y tampoco sabe usted que con Serrano y Concha vienen Primo de Rivera, Martínez Campos, Tassara, Echagüe y otros amigos míos..?

-¡Qué he de saber, pobre de mí, si me han tenido ustedes más de dos meses encerrado en Yurre y en Luyano!

-Pues si está usted a obscuras de todo lo que pueda interesarme -dijo Dorregaray un tanto malhumorado-, quédese en libertad y tome la dirección que más le convenga.

-Considere, mi General, que adonde quiera que vaya tendré que pasar por entre tropas carlistas, y si éstas han de volver a encarcelarme prefiero que sea usted el que disponga de mi suerte, llevándome consigo.

-Me refiero yo, señor Liviano -indicó don Antonio con un dejo de socarronería-, que usted, hombre un tanto alocado y de (p.8881) imaginación que tira siempre a los desvaríos, querrá irse con los suyos, que a estas horas andarán por los vericuetos de Somorrostro. Yo le daré un caballejo, unas alforjas con víveres y salvoconductos para que vaya usted hasta Valmaseda, franqueándose de las tropas de Cástor Andéchaga o Lizárraga, únicas que puede usted encontrar en ese camino. Desde Valmaseda póngase usted en manos de la Providencia y de sus santos tutelares para llegar a donde estén los suyos, a quienes tengo por tan alocados y fantasiosos como usted. Dios se la depare buena.. Otra cosa: si se tropieza usted con Arsenio Martínez Campos dígale que le espero.. donde él verá. Adiós, amigo.

Con todo rendimiento me despedí de aquel hombre que tan gallarda y generosamente se había portado conmigo. Para colmo de bondad cumplió al instante su oferta, proporcionándome un caballo con alforjas a la grupa. En ellas, junto con los víveres, acomodé mi ropa, desembarazándome del estorbo de la maleta. El mismo ayudante que me llevó a presencia del General, me entregó dos salvoconductos, en cuyas márgenes había trazado Dorregaray expresivas líneas recomendándome a Lizárraga y Andéchaga. Ganoso de aprovechar el tiempo despedime de mis buenos guardianes, y entre alborozado y medroso partí hacia el valle de Llanteno, dirección que me indicaron como la más fácil para llegar a Valmaseda.

No quiero entreteneros con pormenores de mi caminata, en la cual nada de particular me ocurrió. Al otro día, cerca de Santa Coloma, encontré tropas de Andéchaga. Hablé con el veterano cabecilla, que me acogió hidalgamente, invitándome a seguir en su compañía. Así lo hice, y en el lugar de Antuñano, el guerrillero me indicó la ruta más breve para llegar a Valmaseda, donde quizás encontraría tropas e Lizárraga. Mi jaco, que era una buena pieza, me llevó en algunas horas a la capital de las Encartaciones, donde tuve la suerte de no topar con la facción de Lizárraga y sí con un buen almuerzo caliente que me restauró de cuerpo y (p.8882) espíritu. Eran las diez de la mañana de un día de Abril, cuyo número estaría seguramente en los almanaques, pero no en mi flaca memoria.

Después de dar a mi valiente rocín el descanso y pienso que se le debían, me lancé a la ventura por un camino que a mi parecer al encuentro de Serrano y Concha me llevaba. La Providencia iba conmigo. ¿Iría también invisible mi excelsa Madre? Dígolo porque unos aldeanos, a quienes pregunté si me había equivocado en el camino de Múzquiz, me respondieron: «Va bien, señor; tuerza por la carretera que encontrará pronto a mano derecha, y todo seguido llegará, si le dejan los cristinos que andan por esos montes».

Seguí la indicada ruta, y al meterme en las encañadas de una sierra (que según después supe se llama de Saldoja) me vi sorprendido por una turbamulta de soldados carlistas a pie y a caballo, que en veloz retirada venían hacia Valmaseda. Eran sin duda los vencidos en un reciente combate. Sus caras atristadas, su andar presuroso, las inflexiones de su lenguaje vasco, que unidas al ademán resultaban inteligibles, me revelaron que iban en humillante fuga. Algunos me injuriaron, en otros advertí una hostilidad nada tranquilizadora. Tuve miedo de que, por lo menos, me quitaran el jaco, ya que no descargasen en mi propia persona la rabia de su vencimiento..

Cuando pasaban los últimos de la dispersa manada, mi buena suerte me deparó a la derecha del camino una venta o parador. Picando espuelas a ella me fui, con ánimo de guarecerme por si venía nuevo tropel de guerreros desmandados. En la venta sólo había dos mujeres, las cuales, a mis primeras palabras en demanda de hospitalidad me contestaron en purísimo castellano y con acento muy cortés. Eran de Castro Urdiales, hija y madre, y estaban solas porque los dos hombres de casa habían tenido que ir con sus carros, llevados a la fuerza, a portear víveres y municiones en un convoy de Mendiri.

«¡Ay, señor! -me dijo la más joven-. Desde ayer, por todo el terreno de aquí a Somorrostro, en los altos de Las Muñecas y en la parte de (p.8883) Montellano, no han cesado los tiros de fusil y los zambombazos de la Artillería. Todavía hay para rato y no se sabe quién lleva las de perder. Ha venido de Madrid, según dicen, un General que llaman el de la Concha con otros tales. El Serrano parece que ahora va por delante. ¡Menudas trapatiestas vamos a tener, señor!».

La vieja, que con mirada de águila exploraba las lejanías, saltó diciendo: «Me paiz que al carlista le zurran la badana. Hacia aquí vienen algunos más huyendo de la quema. Por la encañada de allá abajo veo un montón de ellos, espavoridos, que corren buscando la vuelta de Güeñes. Señor; si es usted moro de paz, puede guarecerse en el pajar hasta que pase esta tremolina. Comida no tenemos, como no sea un poco de cecina que asaremos en las brasas. Vino sí lo hay, y no faltan cerezas en aguardiente».

Cuando esto decía la buena mujer, arreció de un modo espantable el tiroteo, y distinguíamos el humazo de los disparos como blancos vellones que surgían incesantemente en los términos remotos. Quedeme en relativa tranquilidad al abrigo del ventorro, y al amparo de aquellas tal vez encantadas princesas, que así curaban de mi rocino como de mi humilde persona. Todo aquel día duró el estampido de las lejanas batallas. La ventera más joven me señaló diferentes puntos de donde venía ruido de volcanes en erupción, entre ellos unos picachos que a mano derecha y a larga distancia se parecían, donde el humo de la pólvora formaba espesa nube.

Relacionando días después aquella visión con lo que en el campo liberal me contaron, vine a comprender que mi ventera me había señalado, sin saberlo, el formidable paso del General Concha por los desfiladeros de Las Muñecas. Como he dicho, todo el día siguió el tremendo chocar de ambos ejércitos, y durante la noche, agazapado en el pajar, oí distintamente el zumbido aterrador de los carlistas en retirada por los caminos y veredas colindantes.

El día siguiente amaneció cerrado de nieblas. Desde muy temprano empezó el fuego de fusilería y cañón. Salí de mi escondite, (p.8884) advirtiendo que el ruido bélico se extendía marcadamente hacia mi derecha. Nada se veía. Pedí a la mesonera anciana noticia de los lugares que la niebla blanquecina en aquella dirección ocultaba, y me dijo: «Lo más cerca por ese lado es Avellaneda; luego sigue Galdames de Suso y de Yuso; después Abanto, y al cabo Portugalete».

Arreció el rumor de batalla conforme avanzaba el día. Por la tarde llegaron al parador dos viejos, con la noticia de que los carlistas habían sido destrozados y de que el Ejército Cristino también tenía muchas bajas.. Horas después vimos que por una loma distante pasaban de izquierda a derecha tropas que parecían liberales. No pudiendo contener mi curiosidad impaciente enjaecé mi caballo, y despidiéndome de las bondadosas mujeres, me lancé a buen trote en la ruta que me pareció conducente al lugar de Avellaneda.. Antes de anochecer me encontré cerca de los míos. Alegría retozona inundó mi alma. Metiéndome entre ellos reconocí el Regimiento número 38,León.

 

Ep-45-XVIII -

Al instante me puse al habla con los soldados que consideraba como mi familia política y militar. Entre los oficiales reconocí a un joven Teniente, sobrino de don Romualdo Palacios, el cual me dijo que las divisiones de Letona y Martínez Campos estaban ya cerca de Portugalete, pues las líneas carlistas habían sido forzadas y el enemigo, poniendo pies en polvorosa, dejaba libre el camino de Bilbao. Descansamos algunas horas en Avellaneda, y al salir de madrugada con el mismo Regimiento, vi el suelo, a un lado y otro del camino, sembrado de cadáveres. A las cuatro horas de marcha oí de nuevo fuego lejano. Dijéronme que hacia Galdames de Suso se estaban batiendo todavía. Encontramos tropas que creo eran de la retaguardia de Martínez Campos. Muchos hombres se ocupaban en enterrar muertos. Era un espanto, un horror. ¿Y esto para qué? ¿Qué finalidad tenían aquellos cruentos combates, con sacrificio de tantas vidas generosas? Luego os diré, lectores de mi alma, las ideas que empezaron a bullir en mi (p.8885) mente al presenciar la pavorosa escena.

Entre los oficiales que dirigían los enterramientos encontré a Palazuelos, aquel Teniente que en Miranda facilitó mi viaje a Vitoria con la enfadosa Chilivistra. Abrazándome me dijo: «De Puerto Rico he pasado a Saboyanúmero 6, y aquí me tiene usted, en la División de Martínez Campos». Aquella misma tarde, pasado Abanto, Palazuelos y dos oficiales más, despachando juntos y aprisa un ligero tente-en-pie, me hicieron una descripción sintética de las bravas acciones que franquearon el paso hacia la ría de Bilbao. Contáronme la muerte de Andéchaga y el audaz movimiento del Marqués del Duero por la cumbre de Las Muñecas, que envolvió al enemigo atacándole de flanco hasta ponerle en dispersión presurosa.

Según el relato de aquellos amigos, las pérdidas nuestras habían sido dolorosas. Mucho más lo fueron las de los carlistas. Los cadáveres eran como jalones que marcaban el paso de la Historia en aquellos trágicos días.. Amaneció el 1.º de Mayo, día feliz en concepto de los liberales. Colocado yo en un altozano próximo al lugar de Cabreces, viendo a nuestro Ejército en el término de aquella jornada truculenta, lancé al aire vago y a los vapores de la tierra ensangrentada pensamientos que si entonces tenían algo de profético, luego se resolvieron en una apreciación clara y justa de la hispana vida. Sin duda me inspiraba la Madre, cuyo aliento fecundo penetró en mi cerebro; sin duda la Madre augusta me sugirió después el criterio clarísimo con que, andando el tiempo, he podido juzgar los sucesos que entonces vi.. Escribo estas líneas cuando el paso de los años y de provechosas experiencias me ha dado toda la claridad necesaria para iluminar el 2 de Mayo de 1874.

Ved aquí lo que pensaba y pienso: liberales y carlistas se desgarraron cruel y despiadadamente por dos ideales que luego han venido a ser uno solo. ¿Cabe mayor imbecilidad de una parte y otra? Los liberales derramaban a torrentes su sangre y la sangre enemiga sin sospechar que entronizaban lo mismo que (p.8886) querían combatir. Los carlistas se dejaban matar estoicamente, ignorando que sus ideas, derrotadas en aquella memorable fecha, reverdecerían luego con más fuerza de la que ellos, aun victoriosos, les hubieran dado.

El 2 de Mayo, la suerte me deparó el honor de acompañar al General Concha cuando en un vaporcito entró por la ría de Bilbao hasta llegar al casco de la ciudad, recién liberada de un sofocante asedio. No puedo describir el júbilo del vecindario. Era una locura, un delirio. Las aclamaciones abrasaban el aire, infundiendo en las almas el fuego de una nueva vida. Bilbao creía que inauguraba una era de grandeza nacional, de cultura, de emancipación del pensamiento, de todo cuanto podían dar de sí la pujanza mental y la nativa riqueza de aquel pueblo. Al recordar hoy los sublimes momentos de aquel día, ayes de gozo, alaridos de esperanza, me parece que oigo burlona carcajada del Destino. Sí, sí; porque la Restauración primero, la Regencia después, se dieron prisa a importar el jesuitismo y a fomentarlo hasta que se hiciera dueño de la heroica Villa. Con él vino la irrupción frailuna y monjil, gobernó el Papa, y las leyes teñidas de barniz democrático fueron y son una farsa irrisoria.

Los desdichados carlistas, que entonces lloraron su retirada, vinieron luego a instalarse sin rebozo en la ciudad opulenta, y a dar en ella carta de naturaleza a las ideas sombrías que no pudieron imponer con las armas. Pero si el hierro vizcaíno ha servido para forjar las cadenas que cercan la vida de un pueblo llamado a influir derechamente en la reconstrucción de España, también las almas oprimidas recibieron del acero la dureza y temple con que han de romper algún día el asedio moral que les ha puesto la barbarie.. Hablando de esto no hace mucho, la excelsa Madre me dijo: «Tito del alma: aquellas peleas que viste el 74 fueron juego y travesuras de chicos mal criados».

Pasados los ruidosos alegrones del 2 y 3 de Mayo en la invicta Villa, me instalé en Portugalete, acomodándome en la propia casa donde se alojaban el Teniente Palazuelos y otros (p.8887) amigos de Saboya y Ciudad Rodrigo. En aquel período de descanso menudearon las comilonas en diferentes sitios próximos a la ría, pues ya se sabe que donde hay bilbaínos no pueden faltar las alegres cuchipandas campestres. En una de éstas me contaron (no respondo de la veracidad) que los Generales afectos a la dominación borbónica propusieron a Concha la proclamación del Príncipe Alfonso, como el mejor entretenimiento para pasar el rato. Mala cara puso el General en Jefe al oír tal despropósito, y aun se dijo que reprendió ásperamente a los que con tanta prisa querían atropellar los acontecimientos..

El 13 de Mayo, bien presente tengo la fecha, emprendimos la marcha.. El General Concha, con noble ardimiento, quería llevar la guerra a lo que él llamaba el corazón del carlismo, Navarra.. Acompañando a los de Saboyame puse en camino, montado en el trotón que me dio Dorregaray. Mi cabalgadura, con el largo descanso y los buenos piensos, iba tomando trazas de corcel brioso y era la envidia de mis amigos. Éstos, con graciosa burla, le pusieron el nombre de Babieca. Por la misma ruta que yo había traído fuimos con otros muchos Regimientos y Batallones hasta Valmaseda, donde pernoctamos. Al día siguiente recorríamos el Valle de Mena hasta Bercedo y Medina de Pomar.

No describiré los movimientos de la numerosa hueste que llevaba consigo don Manuel de la Concha.. Sólo diré que de Medina de Pomar marchamos a Villasante y desde allí seguimos por el Valle de Tobalina, orilla izquierda del Ebro, en dirección de Sobrón. Interpretando mal el pensamiento de nuestro General pensé que nos llevaba a Miranda. Pero no fue así. Desde Puentelarrá fuimos a Salinas de Añana; allí supe que Concha, al frente de una división, había entrado en Orduña, donde impuso un fuerte tributo, volando después la fábrica de pólvora. El 18 de Mayo, se reunieron en Nanclares las diferentes fuerzas de aquel Ejército. El 19 estábamos todos en la capital de Álava.

En los cinco o seis días (p.8888) que pasé en Vitoria ocurrieron acontecimientos históricos de extraordinaria importancia, y me apresuro a referir el que estimo de mayor interés: mi repentino encuentro con la destornillada mujer a quien los Anales de Clíodieron el claro nombre de Chilivistra. Iba yo por la calle de la Zapatería, abstraído en vagos pensamientos, cuando un siseo que no podía confundir con ninguna otra expresión humana me obligó a detenerme. Era ella, ¡Dios!.. Hacia mí vino presurosa, alargando los brazos como para estrecharme en ellos. ¿Qué había de hacer yo? Dejarme abrazar, dejarme besuquear, recibiendo en el rostro su saliva y sus lágrimas, y oír estas lastimeras voces entremezcladas de amargor y dulzura:

«¡Ay, Tito de mi vida, lo que habrás sufrido!.. Cuéntame.. ¿Has estado preso en el campo carlista?.. Culpa mía fue tu desgracia.. ¡Perdóname!.. Muy mal me porté contigo, lo reconozco.. ¡Ay; cuando te cuente yo mis infortunios verás a qué pruebas tan duras me ha sometido el Señor!.. ¡Oh, qué dicha tenerte a mi lado!.. Hace días que no ceso de pedir a la Virgen Santísima me conceda el favor inefable de recobrarte.. La Virgen me ha oído.. y aquí estás.. aquí te tengo.. Dime tú ahora: ¿has venido con ese Concha?..».

Los atropellados conceptos de Silvestra no tuvieron fin hasta que accedí a llevarla conmigo, colgada de mi brazo, por las calles curvas de la ciudad vieja. Observé en Chilivistra una desdichada transformación de la persona en lo tocante a la vestimenta y aliño del rostro. Venía mal trajeada, el cabello en desorden, ojerosa, revelando el descuido de las artes de tocador con que acicalar y componer solía su faz bella. Lo primero que me dijo al sosegar su ánimo fue que acababa de salir del convento de las Brígidas, donde había permanecido tres semanas en durísimos ejercicios espirituales, con toda la severidad de ayunos y mortificaciones y el sin fin de rezos que le fueron impuestos por su confesor. La causa de estos rigores me refirió en seguida con la tranquilidad propia de un alma cristiana. Había sufrido tan áspera penitencia para (p.8889) limpiar su alma de los pecados más graves a que nos induce la humana flaqueza.

«¡Ay, Tito adorado! -prosiguió parándose frente a los pórticos de la Colegiata de Santa María-. Entremos en la casa del Altísimo y en ella te contaré.. Quiero que seas mi segundo confesor..».

En la cavidad obscura del templo, Silvestra me guiaba como lazarillo, pues mis ojos deslumbrados por la luz solar nada veían. Ella, como rata de iglesia, iba fácilmente de una parte a otra en el recinto tenebroso. Nos sentamos en un lustroso banco bajo el coro. En el fondo de la nave y en alguna capilla distinguí macilentas luces, que con el tintineo de campanillas me indicaron que había misa en algunos altares. Como Chilivistra había oído ya tres, puso más atención en mi persona que en el Santo Sacrificio.

«Te contaré mis ansias -me dijo con susurro-, sin ocultarte los horrendos pecados que me han traído a esta tribulación. Todo lo sabrás. No quiero tener secretos para mi Tito, que es bueno, indulgente, y sabe perdonar.. Pues verás: estuve unos días en Durango, otros en Elanchove, donde me ocurrieron cosas que hoy tengo por secundarias y te las contaré después. Vamos a lo principal, vamos a lo gordo. De mi tierra me vine aquí, atraída por la amistad de mis parientes los Baraonas, y al mes de estar en Vitoria haciendo vida de recogimiento y devoción, conocí a un sujeto que dio en acosarme y perseguirme con requerimientos amorosos. En todas las casas conocidas, así los Romarates como los Trapinedos y los Prestameros, me lo encontraba. Es un hombre que ya pasó de la juventud y aún no está en la madurez de la vida, muy pulcro y atildado, de trato finísimo y palabra dulce y sonora, como nacido en el riñón de Castilla, Ávila, patria de Santa Teresa de Jesús».

-Y ese señor tan finústico -dije yo, poco interesado en aquella historia-, ¿será también místico y extático como su paisana?

-No te diré que sea místico -prosiguió Chilivistra-, pero de palabritas devotas y de lindas frases tocantes a la Santa Religión, y aun a la misma Teología, se valió el muy tuno para (p.8890) cortejarme.. No te rías.. El buen señor estaba desatinado por mi frialdad y resistencia. Me esperaba en la calle, y andando junto a mí, en voz baja me decía cosas.. ¡Ay, Tito, qué cosas!.. La verdad.. tiene el hombre una imaginación, una labia, un modo de expresarse que.. vamos.. Yo, muerta de vergüenza, callaba y me ponía muy colorada.. Una tarde me llevó a la Florida y nos internamos en los paseos más reservados.

-Vaya, mujer, acaba pronto. ¡Tantos rodeos para venir a parar en..!

-Si el hombre se hubiera mantenido en el terreno del amor puro, o como quien dice platónico, menos mal. Pero buscaba el melindre, quería llevarme a la deshonestidad, al desenfreno, a la impureza.. Una noche, paseándonos por la Plaza, sentía yo mucha sed porque había comido bacalao asado.. Llevome a una Cervecería para que refrescáramos.. ¡Ay, perdóneme Dios el mal pensamiento!.. Yo creo que aquel hombre me echó en la copa de cerveza una droga endiablada, incitativa ycalórica, que me trastornó por completo.

-En fin, que..

-Sí, hijo, sí.. ¡Qué desgracia, ay!.. Como él es viudo y vive solo, iba yo a su casa.. De este desvarío, que fue sin duda obra del Enemigo Malo, resultó para mí el bochorno que puedes imaginarte.. Todo el pueblo se enteró. Los Baraorias, los Trapinedos, los Prestameros, los Romarates.. ¡ay!.. me dieron de lado.. Ahora que conoces mi mal, Tito mío, te diré lo que ha de causarte admiración y espanto. Aquel hombre que me arrastró al pecado con maleficio y artes corruptoras es.. ¡asómbrate, Tito!.. es el Administrador de Rentas de Vitoria.

Antes que compadecer a Chilivistra sentime inclinado a reírme de su simplicidad. Mi estupor subió de punto cuando me dijo, cambiando el tono patético por el que familiarmente usamos en los negocios: «Comprenderás que con Eulogio Mentirola, que así se llama el asaltador de mi virtud, hablé de tu Delegación Secreta, y más de una vez me dijo que tiene orden de pagar los libramientos y espera que tú vayas a cobrarlos. Ya lo sabes. Si quieres, yo te llevaré a su casa o a su oficina, identificaré tu (p.8891) persona y..».

Para mi sayo me dije: «Esta mujer está loca rematada y lo mejor que puedes hacer, Tito, es poner tierra por medio». Y en alta voz proseguí: «Pero tú, después que el confesor te sacó de ese oprobio y con la penitencia y los ejercicios espirituales en las Brígidas has restaurado tu pureza, ¿vuelves a caer en las garras del espíritu maligno?».

-¡Ay, hijo.. si supieras! Él me persigue, me acosa, no me deja vivir.. Anhelo ser buena y no puedo.. Pero esto acabará, si tú quieres, Titín. Decídete: te presentas a Mentirola, cobras el primer libramiento y yo, aquí donde me ves, estoy dispuesta a ir contigo para tender el anzuelo a Dorregaray.. Ya te dije que ése es el primero a quien debes enganchar.. En Oñate le tienes: me consta.

Comprendiendo ya que la enajenación mental de la pobre Silvestra no tenía remedio, la compadecí de veras. Díjome que vivía con la familia del Capellán de las Brígidas y que a la mañana siguiente me visitaría en mi hospedaje, fonda de Pallares. Dicho y hecho: estaba yo vistiéndome cuando se metió en mi cuarto, y con lenguaje atropellado y febril, viva expresión de su demencia, repitió la enmarañada historia: el Administrador.. el libramiento.. los cincuenta mil duros.. Oñate.. Dorregaray..

Fingiendo pesadumbre le dije: «Hoy no puede ser. Dejémoslo para dentro de unos días. ¿No sabes lo que pasa? Tenemos interceptado el camino de Aránzazu y Oñate. Dorregaray, que ha sustituido a Elío en el mando en jefe del Ejército carlista, ocupa los altos de Arlabán. Hoy saldrán de aquí fuerzas considerables que manda Concha para batir a don Antonio si se atreve a bajar al llano». A esto añadí el socorrido embuste de que tenía que unirme inmediatamente al Cuartel General de Concha: Don Manuel me había llamado con urgencia, y tal y qué sé yo. De esta suerte logré despachar a la pobre mujer, cuyo desconcierto cerebral influía, sin darme cuenta de ello, en mi nada segura imaginación.

Oprimiendo los lomos de mi Babieca, salí con la columna del General (p.8892) Martínez Campos, una de las tres que mandó Concha al reconocimiento de Arlabán. Fuimos hacia Arriaga y Urrúnaga, que los carlistas abandonaron tras un ligero tiroteo. Echagüe se llegó por la izquierda hasta Ulibarri Gamboa. Por el centro, otra columna avanzó hasta Villarreal, al mando de no sé quién. Se vio claramente que Dorregaray no aceptaba la batalla, permaneciendo en las alturas con sus doce batallones. Al día siguiente, cuando regresábamos a Vitoria, hervían en mi pensamiento las consideraciones escépticas que desde la liberación de Bilbao formaban mi criterio sobre aquellas vesánicas campañas.

En las alturas de Arlabán teníamos a Dorregaray, que empezó su carrera en el absolutismo, y después de servir con gloria y provecho en el Ejército liberal, volvió a la liza bajo las banderas de don Carlos. En el llano de Álava, se agolpaban armados hasta los dientes los que compartieron con don Antonio las fatigas de la guerra de África y de las contiendas familiares del liberalismo. Habían sido amigos: lo serían siempre..

Con sutileza de imaginación introducíame yo en el cerebro del de arriba y de los de abajo, y encontraba la percepción de un solo ideal. ¿Qué querían, por qué peleaban? Debajo del emblema de la soberanía nacional en los unos y del absolutismo en el otro, latía sin duda este común pensamiento: establecer aquí un despotismo hipócrita y mansurrón que sometiera la familia hispana al gobierno del patriciado absorbente y caciquil. En esto habían de venir a parar las mareantes idas y venidas de los Ejércitos, que unas veces peleaban con saña y otras se detenían, como esquivando el venir a las manos.

Discurría yo, metido en las entendederas de aquellos hombres, que si por el momento no era lógico el acuerdo entre ellos, no tardaría el tiempo en dar realidad a mis maliciosas conjeturas. Concluirían por hacer paces, reconociéndose grados y honores como en los días de Vergara, y la pobre y asendereada España continuaría su desabrida Historia dedicándose a cambiar de pescuezo a pescuezo, (p.8893) en los diferentes perros, los mismos dorados collares.

 

Ep-45-XIX -

Mayor interés que los toques proféticos que acabo de colocar a mis lectores tiene en la Historia la noticia siguiente: cuando a partir hacia Logroño me disponía, con el grueso del Ejército de Concha, volvió a presentárseme Chilivistra, ya restituida felizmente a su prístino estado de compostura y arreglo personal. No era ya la figura luctuosa, mísera y lastimera de los días anteriores. En su rostro advertí los discretos afeites que comúnmente usaba. Venía risueña, aliviada o quizás totalmente restablecida del dolor en que la sumergieron sus deslices escandalosos con el Administrador de Rentas. ¿Fue todo ello una farsa, un caso más de las aberraciones histéricas? Las personas atacadas de este mal inventan historias lúgubres, aflictivas, y acaban por creérselas.

El lenguaje y actitud de la que fue mi costilla falsa eran de una perfecta tranquilidad de espíritu, con ráfagas de alegría. Habíase colocado de nuevo en el terreno de sus primitivos afanes, y ansiaba continuar conmigo la odisea romántica en busca del errante marido y de la inocente criatura. No quise contrariarla por temor a que saltase de la mansedumbre a la cólera, mostrando una vez más el labio temblicón que tanto miedo me inspiraba. Con buenas palabras la entretuve, y acompañándola hasta su casa, allí la dejé asegurando que volvería por ella. Mi vuelta fue la del humo.. Apresuré mi partida para librarme de aquella desdichada cuyos desvaríos morbosos no podía yo remediar, y me agregué a las primeras fuerzas que salieron en dirección a la Rioja. Iba con el temor de que Silvestra se lanzara en mi seguimiento, y adelanteme todo lo posible fiado en que, confundido entre las tropas, no podría fácilmente encontrarme la que había venido a ser enemiga de mi tranquilidad.

En Logroño supimos que los carlistas, rehaciéndose con tenaz esfuerzo del descalabro de Bilbao, reorganizaban y fortalecían sus huestes para salir al encuentro de Concha, en Navarra. Faltos de recursos, apelaban a la munificencia de las (p.8894) Diputaciones Forales y al patriotismo de los realistas pudientes; esquilmaban a los pueblos, y decididos a no perdonar medio alguno para adquirir dinero, llegaron al extremo increíble de afanar los fondos de la Santa Cruzada. Sin hacer caso del Obispo, que puso el grito en el cielo al tener noticia de la exacción sacrílega, conminaron a todos los párrocos a que aflojaran sin demora los parneses de la Bula, alegando que se trataba de defender la Religión y que ya ajustarían ellos sus cuentas con el Papa.

En tanto, a espaldas de Concha surgían diferentes cabecillas aguerridos y ligeros de pies, que asolaban las tierras de Burgos, Palencia y Santander, mientras otros se corrían hacia el Alto Aragón. Tranquilamente organizaba nuestro General en Jefe un poderoso Ejército, con innúmeros batallones, muchas piezas de artillería Plasencia y Krupp, y formidable contingente de caballería. Después de varias marchas y contramarchas, que el mareo de mi cabeza no me permite referir, me encontraba yo en el lugar de Allo hacia el 20 de junio. Me alojé con mis amigos de Saboya y Ciudad Rodrigo en el mesón de La Jarra, plaza del Ayuntamiento. Nunca vi una casa más divertida, por el sinnúmero de viajeros que salían y entraban durante el día y la noche. La guerra aumentó la caterva de huéspedes: tan pronto invadían la posada los oficiales carcas como los guiris, que con tal nombre eran conocidos en Navarra los liberales.

En el poco tiempo que allí estuve me sentí contento de la vida, gozando de mi libertad sin ningún enojo, rodeado de muchachos simpáticos y valientes a quienes miraba como a hermanos. Bestial apetito se despertó en mí, y en todo el día no cesaba de meter algo en el estómago. Muy tempranito me servían el desayuno: sopas de sartén con torreznos. A las diez me regalaban con media pinta de vino y una escudilla de aceitunas. Al filo de las doce ya estaba en la mesa la sacramental sopa de ajo; después el riquísimoChilindrón, un guiso de cordero con pementonicos de cuerno de cabra; luego las magras con tomate, y de (p.8895) postre los blandos roscos y el mostillo dulzón.

Por la tarde me iba con los oficiales guiris al casino de la placeta, conocido por el de la Mormoña. En él tomábamos café, coñac y algún piscolabis, para conservar las fuerzas hasta la hora de la cena. Ésta empezaba con la ensalada al uso navarro; seguía el abadejo en ajo arriero, y el lomo con pementones picantes. Y vengan pintas y más pintas para remojar y reblandecer el suculento comistraje, que terminaba con gran acopio de frutas secas y del tiempo.

Conociendo mi carácter comprenderá el lector que una de mis primeras ocupaciones en el simpático pueblo de Allo fue echarme una novia: tocole la vez a una linda muchacha, llamada Ruperta, hija del Nuncio, nombre con que es allí conocido el pregonero, que anda de calle en calle anunciando al redoble de un tambor de llegada y venta de pescado fresco, y dando publicidad a los edictos de la Alcaldía. Mostrábase la moza blanda y accesible, y tales ventajas brindó el amor mío a su loca imaginación que desdeñó los obsequios y la palabra de casamiento que le había dado el Ministro, remoquete con que designan en aquellas tierras al alguacil de Ayuntamiento.

En fin, señores míos; las delicias de Allo, no menos gratas aunque sí más breves que las delicias de Capua, terminaron bruscamente con el son guerrero de cajas y clarines en la madrugada del día del San Juan, cuando aún ardía en la plaza del pueblo la enorme hoguera donde hacen chocolate las mujeres, a las doce de aquella noche, para celebrar la tradicional festividad.

La columna, división o lo que fuera se puso en marcha, y no me preguntéis el derrotero que yo seguí caracoleando en mi Babiecaporque la mente del buen Tito no dominaba todavía la fácil comprensión de los movimientos militares.. Sólo supe de cierto que el General Concha emprendió la marcha después de organizar en Tafalla una numerosa hueste con la mar de batallones, que según después supe ascendían a cuarenta y ocho con los que le mandaron de Bilbao, de Medina de Pomar y (p.8896) de ambas Riojas. Las piezas de Artillería con que contaba eran, según oí, veinte Plasencias y treinta y tantos Krupp. Del número de caballos se hacían cálculos que me parecieron hiperbólicos.

El temporal de lluvias nos entorpeció algo el camino, y el 25 estábamos, según creo, en las estribaciones del monte Esquinza. En mis cortos alcances comprendí que se trataba de ocupar las entradas de Estella, donde estaba Dorregaray con veintiocho batallones. Unidos al grueso de la división de Martínez Campos escalamos sin dificultad las alturas del monte, que tenían los carlistas abandonado. Seguimos nuestros movimientos, y tras penosa marcha pernoctamos en Alloz. Otras fuerzas de nuestra división quedáronse en Lácar. Según oí, las tropas de Echagüe ocuparon a Murillo, y las de Rosell a Villatuerta y Arandigoya, después de desalojar de allí a los carlistas. El General en Jefe no debía estar lejos.

En una parada que hicimos entre Allo y el monte Esquinza, tomé a mi servicio a un viejo muy despabilado, ágil, parlero y de carácter jovial, ajustándole por ocho sueldos diarios (léase reales) como asistente o espolique. Llamábase de nombre Fermín y de apodo El Sargentico. Pronto eché de ver sus buenas cualidades: era un andarín fabuloso, conocía palmo a palmo el suelo navarro, y daba razón de todos los habitantes de los pueblos que recorríamos. Para que me fuera más simpático figuraba entre los pocos guiris que en tal terruño existían. En los descansos cuidaba al Babieca como si fuera hijo suyo; en las lentas marchas me daba conversación, cautivándome con su charla donosa; indicábame los nombres de los montes, pueblos y ríos que encontrábamos al paso.

En Alloz, divagando por las calles, me dio cuenta minuciosa de todas las chicas bonitas del pueblo, sus familias y viviendas. Ya me había descubierto el flaco, y queriendo halagarme me ilustraba en todo lo referente al bello sexo. Seco y avellanado, insensible al cansancio, así como al frío y al calor, no llevaba más equipo que la camisa de lienzo, el chaleco de pana, faja, calzón, (p.8897) peales, y en la cabeza el zorongo, que es un pañuelo de colores ceñido a estilo aragonés. Cuando se le apagaba el cigarrillo a medio fumar se lo ponía detrás de la oreja.

Salimos de Alloz y marchamos por terreno quebrado horas y horas, entre pueblos cuyos nombres me iba diciendo mi espolique con la puntualidad de un experto geógrafo. No me pidáis, lectores míos, que os dé cabal noticia de los complicados movimientos tácticos de aquel nutrido Ejército en extensión tan considerable. Estas complejas acciones de guerra las describen los historiadores después que han sucedido, valiéndose de planos y documentos guardados en los archivos del Estado Mayor Central. A priori y en el curso de los sucesos no hay quien puntualice los varios accidentes marciales.

En la mañana del 26 me encontré, sin saber cómo ni por qué, en el Cuartel General de don Manuel de la Concha. Éste tenía todo dispuesto para dar la batalla; pero hubo de retrasarla por la tardanza de un convoy que le era indispensable para racionar y municionar debidamente a las tropas. La impaciencia y malhumor del General en Jefe se comunicaron a cuantos estaban cerca de él. Por fin, a las tres de la tarde, en vista de que el convoy no llegaba, ordenó atacar al enemigo. Yo me retiré a retaguardia porque no había ido a la campaña con miras heroicas. El Sargentico, que todo lo sabía o lo adivinaba, me dijo que la línea carlista se extendía desde Dicastillo hasta el puerto de Eraul, y que el pueblo que atacaban los nuestros era Abárzuza. Hubo un momento en que estuve muy cerca del General Concha; le vi a caballo, revestido de su impermeable, echando los anteojos al lugar del combate.

No bien empezaron a disparar los cañones, estalló en los aires una horrísona tempestad de truenos, rayos, centellas y demonios coronados. El espectáculo que daban juntamente el cielo y la tierra, confundiendo su furor y estruendo, pertenecía ¡vive Dios!, al orden de las cosas más sublimes que pueden verse en la vida. No sabré yo deciros que mis ojos percibieron los pormenores de la lucha, ni tampoco preciso el (p.8898) tiempo que duró. Sólo sé que después de abrasar con incesante fuego a los pueblos enemigos, lanzáronse contra ellos en frenética legión las tropas de los Generales Echagüe y Martínez Campos. Al anochecer eran nuestros los lugares de Abárzuza, Zurucuáin y Montalbán.

Llegada la hora del reposo, que tan bien habían ganado los esforzados combatientes, consulté yo con mi espolique a dónde iríamos a repararnos del cansancio, del hambre y la mojadura, y el buen Ferminico me dijo guiñando el ojo: «Señor; vámonos a Zurucuáin, donde tenemos la posada de mi primo Matías, que nos dará un trato superior. Además, para que usted se alegre un poco, le diré que en ese pueblo hay chicas mucho guapas».

Ni sosiego ni comodidad tuve en la posada de Zurucuáin por causa del gran gentío que la invadió aquella noche, y en cuanto a las lindas mozas de que me habló El Sargentico declaro a fe de buen galanteador que no las vi por ninguna parte. De madrugada supimos que el convoy que esperaba el General Concha había llegado a Murillo, y que se habían circulado órdenes a todo el Ejército para el combate del siguiente día.

En la mañana del 27, las tropas de Martínez Campos rompieron el fuego amenazando con coronar la sierra de Estella, que domina el pueblo de Zurucuáin. Mi amigo Palazuelos me dijo que el General en Jefe había dado orden de no consumar la operación hasta que la columna que estaba en Abárzuza tomase Murugarren y el caserío de Muru. La misma orden se dio a los que atacaban al pueblo de Grocín. Martínez Campos repartió entre su gente las primeras raciones del convoy, y los que operaban en Abárzuza no pudieron ser racionados a tiempo. Por esta contrariedad, se pasó la mayor parte del día sin hace otra cosa que entretener en fuego a los carlistas mientras hacía sus preparativos el grueso del Ejército liberal.

Por fin, a las cuatro de la tarde, comenzó el ataque. Don Manuel de la Concha (y esto lo aseguro como historiador de visu, pues no estaba yo lejos de él) se situó con dos batallones y los (p.8899) Regimientos de Caballería Numancia, Pavíay Talavera, en una excelente posición alta, donde se habían emplazado treinta cañones Krupp para batir los atrincheramientos de Muru y Murugarren. Se rompió el fuego y la artillería, corregida el alza, causó enormes estragos en las trincheras carlistas. A galope tendido corrían los oficiales de Estado Mayor con órdenes a las columnas que luchaban en Abárzuza, Villatuerta y Zurucuáin, previniéndoles que sostuvieran el fuego sin tirarse a fondo sobre el enemigo. Los carlistas tuvieron que abandonar sus trincheras varias veces por el horrendo destrozo que en ellos hacían nuestras granadas. Espantosa confusión se produjo en el campo enemigo. La terrorífica escena ponía los pelos de punta.

El General Concha dio a sus edecanes breves y fulminantes órdenes. Éstos las transmitieron con la velocidad del rayo al Brigadier Blanco y al General Reyes. Momentos después, las masas de Infantería se lanzaban como avalancha impetuosa en dos columnas, la una contra Murugarren, la otra contra el caserío de Muru. Eran doce los batallones que avanzaban, seis en cada columna. Los carlistas, sólo en Murugarren, tenían catorce batallones.

En lo más recio del combate llegó un aviso del Brigadier Beaumont comunicando que las fuerzas de su mando eran furiosamente atacadas por los facciosos, los cuales habían abandonado sus trincheras para caer contra Abárzuza. Con ayuda de un mal catalejo y por las explicaciones de mi espolique, yo me daba cuenta de estas terribles peripecias. Los doce batallones que avanzaban contra Murugarren y Muru fueron embestidos del mismo modo que la columna Beaumont. El choque fue tremendo, como una pelea de gigantes furiosos. Al cabo, los nuestros retrocedieron, acuchillados a la bayoneta.

Los treinta cañones empleados en la altura escupían a torrentes la mortífera metralla. Concha, con gesto de rabia y ronco acento imperioso, daba órdenes y más órdenes. La formidable Artillería logró al fin contener el ímpetu de los valientes realistas, (p.8900) obligándolos a buscar el refugio de sus trincheras. Por segunda vez treparon nuestros soldados con increíble arrojo por las fragosidades de Murugarren y Muru, y de nuevo fueron atajados en su avance. Descompuestos retrocedieron hasta la carretera. Pero los cañones, vomitando fuego, pusieron nuevamente a raya a los bravos batallones de don Carlos. En tanto, hacia Zurucuáin y por las líneas Villatuerta-Arandigoyen y Murillo-Grocín, oíamos fuerte tiroteo. Eran las columnas allí destacadas, que entretenían a una parte de la legión absolutista hasta que se les ordenase realizar acción más decisiva.

Atento a los incidentes de la lucha, el General en Jefe ordenó que las columnas de Reyes, Blanco y Beaumont se concentraran en una sola. La concentración tardó en efectuarse por estar harto diseminadas estas fuerzas. Pasaba el tiempo, caía la tarde, la artillería empezaba a sentir escasez de municiones, apuntaban en nuestro Ejército síntomas de desaliento, y el combate seguía sin resultado práctico.

Cansado de esperar a los batallones del General Reyes, se decidió Concha a intentar el esfuerzo supremo. Dejó los tres Regimientos de Caballería en la altura donde estaban emplazados los cañones, para que protegiesen esta posición y aseguraran el flanco derecho. Llevose consigo los dos batallones de Infantería y con ellos se unió a los diez y ocho que acababan de reconcentrarse. Al frente de estas fuerzas se lanzó al asalto, cuando ya el sol, enrojeciendo las nubes de Occidente, se hundía en el horizonte. Arreció el combate con creciente furia. Las tropas de Reyes no llegaban. Concha enviábale de continuo órdenes apremiantes para que acudiera pronto en apoyo de sus movimientos. Y decidido a jugar el todo por el todo, ascendió al frente de sus tropas hacia las trincheras carlistas.

Ante el soberano arrojo del caudillo enardeciéronse los soldados, y seguían a su General como si no hubieran sido arrollados momentos antes. Yo, moviéndome a impulsos de una fuerza magnética, fui detrás de los combatientes. (p.8901) Concha trepaba impertérrito, unas veces a pie y otras a caballo, según los accidentes del terreno. Al llegar a cierta altura, el General y los demás Jefes tuvieron que dejar los caballos al cuidado de los ordenanzas. Con éstos quedé yo, teniendo de la brida a mi Babieca. Me uní a Ricardo Tordesillas, asistente de don Manuel de la Concha, y ambos nos pusimos al amparo de unos árboles donde creíamos librarnos de las balas enemigas.

La artillería continuaba teniendo a raya a los carlistas, que ya no se atrevían a salir de sus trincheras. El avance de Concha fue tan rápido que llegó a cincuenta metros del enemigo cuando aún no se le habían incorporado los batallones del General Reyes. Por falta de este apoyo no se pudo dar fin y remate al supremo esfuerzo. A las siete y media de la tarde, Concha no tuvo más remedio que aplazar el ataque definitivo, dando por frustrada en aquel día la operación. Empezó a descender, dirigiéndose con los demás Jefes a donde aguardaban los caballos.

Llegó el General donde estábamos Tordesillas y yo, ocultos a la vista de los demás asistentes por un matorral espeso. Con voz displicente dijo a su ordenanza: «Ricardo, el caballo». Éstas fueron las últimas palabras que pronunció en el mundo de los vivos.. En el momento de cruzar la pierna derecha por la grupa del caballo, una bala, que lo mismo pudo venir del cielo que del mismo infierno, le atravesó el corazón. Con débil gemido expiró el primer soldado español de aquellos maldecidos tiempos.

 

Ep-45-XX -

A las voces de Tordesillas acudieron los que estaban más próximos. El cuerpo del General en Jefe cayó en tierra. Tal fue la consternación y el espanto de los primeros espectadores de la terrible escena, que todos quedaron un momento mudos. Los ayudantes de Concha, creyendo que aún vivía el caudillo, le desabrocharon el impermeable y levita, haciendo saltar botones y rasgando ojales. Nada vieron que no indicase la seguridad de una muerte instantánea. Pronto se formó un grupo espeso en el cual nadie osaba determinar cosa alguna. ¿Qué (p.8902) pensar, qué decir, qué hacer..?

Por fin, entre los ayudantes y Tordesillas discurrieron lo único práctico en trance tan fatídico. Ante todo urgía apartar de allí el cadáver. Con gran trabajo, por la pesadumbre del recio cuerpo exánime, colocaron éste sobre un caballo y sigilosamente fue conducido al pueblo de Abárzuza, evitando que las tropas pudieran darse cuenta de la catástrofe. La triste caravana, fatal término y desenlace de un acto militar que debió ser glorioso, deslizábase furtiva por los campos como una decepción horrenda, o una burla del Destino que quiere sustraerse a la mirada humana, y aun a los ojos de la Historia. La media luz crepuscular, alumbrando este paso solemne y medroso, daba a la escena la intensa melancolía de las grandezas caídas súbitamente en los abismos de la nada.

El primer Jefe que se presentó en Abárzuza fue el General Echagüe, que enterado del desastre tomó el mando del Ejército a pesar de hallarse muy enfermo. No olvidaré nunca la cara del Conde del Serrallo cuando vio el cadáver de su amigo y maestro. El dolor concentrado y mudo no tuvo jamás expresión más fiel que la que le dieron aquellas facciones duras, angulosas, de soldado curtido en cien combates. La primera determinación de Echagüe fue convocar Consejo de Generales y Brigadieres. Se reunieron sin demora los que estaban más cerca de Abárzuza: Beaumont, Burriel, Reyes, Blanco, Bargés y el Coronel de Artillería señor Echaluce. Por unanimidad acordose la retirada del Ejército a Tafalla para el amanecer del siguiente día. Y al cabo se circularon órdenes a fin de que el movimiento se realizase aquella misma noche.

Las tropas se pusieron en marcha. El desfile de las de la derecha fue protegido por las del centro. Las de la izquierda mantuviéronse en sus posiciones hasta que desfilaron todas las demás. El cadáver del Marqués del Duero fue colocado con misterio sigiloso en un furgón de Artillería, y los heridos quedaron en Abárzuza confiados a la humanidad del enemigo. Como el éxito de la operación dependía del tiempo que se ganase y de que los (p.8903) carlistas no advirtieran la retirada, se apresuró ésta todo lo posible y se tomaron minuciosas precauciones. Determinose prohibir a los vecinos de los pueblos por donde había de pasar la tropa el encender luz ni fuego en las casas; se advirtió a todo el Ejército que nadie podía fumar, del General en Jefe para abajo; se conminó con penas severísimas al que imprudentemente produjera el menor ruido. De este modo, bajo la protección del silencio y de las sombras, realizose el prodigio de que antes de amanecer hubiera desfilado ya la muchedumbre armada, incluso la Artillería y los convoyes, por delante de las posiciones de Villatuerta, sin que los realistas sospechasen siquiera lo que ocurría en el campo liberal.

Ya era día claro y nos aproximábamos a Oteiza cuando los carlistas se dieron cuenta del fúnebre desfile. Tarde conoció el enemigo su engaño, y fue inútil cuanto intentó para molestar a nuestras tropas. Las columnas delanteras donde iba el furgón mortuorio avivaron el paso. Las de retaguardia, combinadas con las fuerzas de Rosell y de Reyes, tomaron posiciones y contuvieron el tardío movimiento de los soldados de Dorregaray, retirándose después por escalones con el orden más perfecto. No se perdió ni un hombre, ni un fusil, ni un cañón, ni una acémila, ni un carro del convoy: la retirada dispuesta por Echagüe en Abárzuza fue una brillante aunque triste página militar. En las encarnizadas acciones del día 27, las bajas del Ejército de Concha habían sido: 121 oficiales y 1.300 individuos de tropa fuera de combate, más 268 extraviados y prisioneros.

Seguimos a buen andar, bordeando los montes de Baigorri; hicimos una corta parada en Larraga para tomar alimento; y dejando a la derecha los altos de Val de Ferrer, a media tarde llegamos a Tafalla, donde tuve el descanso que mis asendereados huesos imperiosamente reclamaban. Mi oficioso espolique me buscó cerca de la plaza un alojamiento muy aceptable. Allí platiqué con mis amigos, comentando cada cual según su entender las bravas refriegas y el inmenso desastre que mató en flor (p.8904) las hermosas esperanzas del Ejército liberal. Enaltecieron todos el saber estratégico, la genial maestría y la bravura del héroe muerto que trajimos en mísero furgón, ocultándolo como si fuera un robo que se había hecho a la Fatalidad.

Entre los oficiales que conmigo formaban corro alrededor de una mesa, bebiendo y fumando, había un Teniente de Infantería muy desahogado, sobrino según creo de una persona de alta significación en la política, el cual, colmando de alabanzas la figura militar del Marqués del Duero, aseguró (sabiéndolo de buena tinta) que el primer acto de éste al entrar en Estella, si a entrar llegara, hubiera sido proclamar Rey de España al Príncipe Alfonso. La irrespetuosa manifestación de aquel jovenzuelo llevó nuestro coloquio al vértigo de las disputas políticas, y se oyeron las opiniones más peregrinas, diferentes en estilo y criterio, flemáticas unas, ardientes las otras. Queriendo yo poner término a la controversia dije estas palabras: «Caballeros; no pierdan el tiempo discutiendo lo que pudo pasar y no ha pasado.. Descuiden que todo se andará. Lo que hizo Concha lo harán otros, y estas peleas horribles acabarán poniéndose todos de acuerdo para llegar a un feliz arreglito, cuya finalidad será que nos gobierne el Nuncio».

Antes de entregarme al descanso fui al Ayuntamiento, a punto de las diez, deseoso de presenciar las primeras honras que se tributaron al grande hombre muerto, reuniendo en un solo acto el esplendor militar y la escasa pompa religiosa que en aquel pueblo pudo ostentarse. Arreglado y compuesto el cadáver, sin que desaparecieran las huellas de una muerte gloriosa en el campo de batalla, le colocaron en un ataúd decoroso. Paños negros y blandones encendidos completaban el triste cuadro. Las facciones del héroe apenas habían sufrido alteración. Ignoro si hubo o no embalsamamiento. Permanecía tal como le vi en el instante de caer del caballo: el ceño fruncido, apretados los labios cual si aún durase el dolor de la herida que le mató, el corto bigote rígido, la frente surcada de (p.8905) arrugas. Por un momento creí yo adivinar dentro de aquel cráneo la visión de su postrer arranque frustrado, y el agotamiento de su voluntad al expirar el día.

Bien dijo el que dijo que tras de las pisadas duras de la tragedia suele ir el blando paso de la comedia. Así lo quiere la complejidad tumultuosa de nuestra vida, y yo lo confirmé aquella noche con el descomunal contraste que voy a referiros. Hallábame en mí cuarto con El Sargentico y a meterme en la cama me disponía, cuando sonaron golpecitos en la puerta. Fugaz presagio cruzó por mi cerebro. El sonido seco de la madera me delataba los nudillos de una persona conocida. ¿Sería Chilivistra?.. Sí, sí; era ella, ¡Dios!.. Apenas pronuncié yo el adelante, abriose la puerta y penetró de rondón la señora mística y destornillada. Venía bien arregladita, con el hábito de los Dolores. En su bello rostro notábase, fresco y reciente, un discreto aliño de colorete y polvos.

«Pero mujer, ¿qué es esto? -exclamé indicándole un sillón cojitranco-. ¿Qué buscas, qué quieres, cómo has venido aquí?». Y ella, serena y flemática, me contestó: «Desde lejos he seguido tus pasos, sabiendo día por día y hora por hora dónde estabas. Razón tuve de tu alojamiento en cuanto llegamos aquí, a eso de las diez. En esta misma posada buscamos albergue. Tú no te enteraste porque habías ido al Ayuntamiento a ver el cadáver del pobrecito Concha».

-Según eso, no has venido sola -exclamé yo, aterrado ante la idea de habérmelas con el elegante caballero, Administrador de Rentas de Vitoria.

-Solita hubiera venido -afirmó Silvestra-, sin más compañía que mi anhelo de verte. Pero traigo conmigo dos personas respetables que, compadecidas de mis infortunios, no han querido separarse de mí en todo el viaje, y me seguirán, según dicen, hasta donde yo vaya. Una de estas buenas almas es el Capellán de las Brígidas. La otra, una señora mayor con quien hice conocimiento en el trayecto de Vitoria a La Guardia. Es dama muy principal, de finísimo trato y mucho saber. Conversamos, intimamos y nos hicimos (p.8906) muy amigas.

Oyendo a la voluntariosa mujer me maravillaba de los enredos e imaginarias historias que se traía. Mi estupefacción llegó al colmo cuando me dijo, para darme pormenores de sus compañeros de viaje: «El Capellán de monjas, para que te enteres, es el padre Carapucheta, que como recordarás, estaba de Rector en el Oratorio del Olivar. La dama es una matrona de regia estirpe.. No te rías.. que a ti te conoce mucho y te llama su muñeco. Su nombre es.. ¿no lo adivinas?.. Doña Mariana».

Este nombre retumbó en mi cerebro como el eco de un cañonazo.. Se nublaron mis ojos, no sabía lo que me pasaba. «Tú -dije a Silvestra, poniendo mis manos trémulas junto a su rostro-, o padeces un mal que te sugiere los absurdos más desatinados, o posees una imaginación que deja tamañitos a todos los inventores de fábulas, a todos los poetas del mundo. Si esa Doña Mariana no es engendro de tu caletre enfermizo, quiero verla ahora mismo. Pronto, pronto».

Grave y serena se levantó Chilivistra, y cogiéndome la mano, me dijo: «Pues ven a verla. Bien cerca la tienes. Dos puertas más allá, en este mismo pasillo. Ven, Tito, ven».

Momentos después, mis ojos, asustados de su propia visión, distinguieron la imagen o la persona de Mariclío en una estancia mal alumbrada, anchurosa, con las paredes cubiertas de viejos cuadros al óleo ennegrecidos por el tiempo. En un sofá de dos cabeceras y respaldo de crines, modelo antiquísimo que sólo se ve ya en alguna fonda de pueblo, estaba la excelsa Madre, apoyada en una de las cabeceras, en actitud de tristeza y cansancio. Adelanteme hacia ella con timidez y respeto..

Las primeras palabras articuladas por sus labios augustos determinaron súbitamente en mí la transformación de lo interno y lo externo, de todo cuanto yo llevaba en mi espíritu y de lo que mis sentidos podían apreciar. La estancia creció desmesuradamente, la figura olímpica se agigantaba, y su voz llegó a mis oídos como lejana música. Mi turbación no me permitió retener el justo sentido de aquella música. (p.8907) Creo que me dijo: «Lo que has visto de esta guerra estúpida yo también lo vi.. La Fatalidad, ley que viene de muy alto, impidió al gran soldado dar un golpe decisivo.. No creas que puedan concluir estas luchas de otro modo que por conciertos y cambalaches como los de Vergara.. Tu pobre España gemirá, por largos años, bajo la pesadumbre del despotismo que llaman ilustrado, enfermedad obscura y honda, con la cual los pueblos viven muriendo.. y se mueven, gritan y discursean, atacados de lo que llaman epilepsia larvada.. Debajo de esta dolencia se esconde la mortal tuberculosis..». Si tales no fueron sus expresiones textuales, no creo equivocarme respecto al sentido de ellas.

Desde que oí a la Señora subió de punto el desvarío de mis pensamientos. Se me olvidó el nombre del pueblo donde me encontraba. «¿Pero dónde estás, Tito?» -me pregunté.. Vi a Chilivistra arrastrando por los polvorosos ladrillos de la inmensa habitación la cola negra de un vestido como los que usan las damas en la Corte. Me senté a distancia de la Madre en una banqueta de nogal lustroso. Creí advertir que el sofá de antiguo modelo no estaba próximo a la pared, y que por aquel hueco discurrían las figuras descendidas de los cuadros viejos, tomando las negras apariencias de Doña Gramáticay Doña Caligrafía.

Transcurrió un lapso de tiempo, que ignoro si fue de minutos o de horas. Silvestra se llegó a mí, diciéndome: «Quiero que conozcas a mi segundo acompañante, el bendito Capellán padre Carapucheta». Ausentose un momento, y reapareció trayendo de la mano a un sujeto esmirriado y larguirucho, vestido de luenga sotana. ¡Dios, Jehová, Lucifer! El hombre que hacía reverencias frente a mí era el mismísimo Ido del Sagrario. «¿Pero es usted don José?» -dije o creí decir yo. Y él, dilatando su boca en larga sonrisa, habló en su habitual estilo: «Francamente, naturalmente, señor don Tito, no podía venir a estas tierras sin disfrazarme.. Sabrá Vuecencia que al llevar a mi hija Rosita, el mes pasado, a la feria de Huete, que es el pueblo de Nicanora, me fue robada en Fuentidueña (p.8908) de Tajo por la partida carlista que manda el cabecilla Santés. Desesperado salí a recuperarla. Dijéronme que su raptor se la llevó a Navarra, y aquí me han dicho que ahora podré encontrarla en tierras de Guadalajara o de Cuenca. Ayúdeme usía en mi empresa y Dios le dará el Reino de los Cielos».

Al oír estos desatinos, me llevé las manos a la cabeza creyendo que de ella se me escapaba la razón y todo el sentido de la realidad. Salí de la estancia como alma que lleva el diablo, gritando: «¡Favor, socorro!..». Dando tropezones y metiéndome en diferentes cuartos llegué por fin al mío, donde me encontré frente a un hombre escueto, con chaleco de pana y zorongo. Cogiéndole de los brazos le zarandeé mientras le decía: «¿Qué hace usted aquí?.. ¿Quién es usted?.. ¿Dónde estoy?».

Turbado me contestó el buen hombre: «Señor, ¿qué le pasa? Soy El Sargentico. ¿No me conoce ya?.. De aquí salió usted despierto y vuelve dormido».

 

Ep-45-XXI -

Con solícitos cuidados, mezclando en su lenguaje la expresión seria con la festiva, mi buen espolique se esforzaba en serenarme. Hízome tender en la cama, y sentado junto a mí apuró razones y cuchufletas para traerme a la percepción de la realidad. Yo le dije: «Quedamos en que tú eres El Sargentico. Bien:El Sargentico. Sobre eso ya no hay duda. Dime ahora cómo se llama este maldito pueblo donde estoy, pues mi memoria es esta noche como una jaula rota de la que se escapan todos los pájaros». Al oír el nombre de Tafalla, repetido tres veces por mi espolique, agarré el vocablo y me lo metí en la casilla más honda de mi cerebro.

«Ya me vuelve poco a poco el sentido -dije incorporándome en el camastro-. Tafalla es esta ciudad, y a ella hemos traído un muerto que se llama.. ¡ah, ya me acuerdo!.. el General Concha.. Y ahora, Fermín, contéstame a otra pregunta. Pero has de prometerme, por la salvación de tu alma, decirme la verdad. Vamos a ver, ¿no crees tú como yo que estamos en una casa encantada?..».

-Como encantada por achaque de brujería o maleficio, no lo creo, señor - (p.8909) replicó mi espolique-. Ahora, si achacamos a encantamento el golpe de gente, el rebullicio, el entrar y salir de oficiales, curas, mujeres de toda laya.. con perdón.. todos pidiendo de comer, comiendo el que puede, éstos borrachos por el mosto, aquéllos por el meneo de los naipes.. si es así, la casa de Irucheta está dada, como quien dice, a todos los demonios.

Con la grata conversación de El Sargentico, mi ánimo iba entrando en su normalidad. Sentí sueño, me metí en la cama, y cuando mi espolique quiso retirarse le ordené que se quedase a dormir en mi cuarto. Yo tenía miedo de que se repitieran las morbosas aberraciones que me atormentaron antes de media noche. En un sofá de enea arregló lindamente su cama mi escudero con dos mantas y un maletín que convirtió en almohada. Dormí algunos ratos. En mis instantes de desvelo agradábame oír a los serenos cantando las horas.

La del alba sería cuando hirió mis oídos una música dulcísima, un coro armónicamente concertado con voces agudas y graves, tan hermosas por timbre como por su cabal afinación, música deliciosa, solemne y mística, que a mi parecer pasaba por la calle cual bandada de angélicos cantores que al término de la noche se retiraban de la Tierra al Cielo. Embelesado por aquel divino cántico, en cuyas vocalizaciones distinguí el nombre y alabanzas de la Virgen María, me incorporé en el lecho y afiné mi oído para que no se me escapase ni un acento de tan incomparable salmodia.

«¿Qué es esto que oigo?» -pregunté a Fermín, notando que remuzgaba desperezándose.

-Señor -me contestó al momento-. ¿No sabe que estamos en la tierra de los cantores? Todo navarro nace músico antes que carlista. Eso que oye es el alba, como decimos por acá, un canticiomucho precioso que los serenos echan al retirarse, alabando a la Virgen Santísima. Sereno hay aquí que cuando suelta la melodia da quince y raya a los tiples de las iglesias.. ¡Ay, señor, si hubiera usted oído a un chico del Roncal que vino a Pamplona poco tiempo ha!.. ¡Aquello sí que era voz! Por gracia cantó (p.8910) algunas mañanas con los serenos, y los vecinos salían en paños menores a los balcones para oírle más a gusto. Voz de tenor tan fina y bien timbrada diz que no se ha oído jamás, como no sea en los coros que festejan al Padre Eterno. Por toda Navarra se corre que han venido unos maestros de Madrid para llevarle a cantar óperas en el Teatro Real.

Ya entraba la luz solar en la habitación cuando dije a mi espolique: «Mientras yo me levanto vete callandito a la cocina, manda que me aderecen la riquísima esencia de castañas que aquí llaman café, y me la traes con abundante leche bien caliente para desayunarme. Para ti pides el chorizo y panazo que te gusta. En cuantico que metamos ese lastre en el cuerpo recogemos nuestros bártulos, bajamos de puntillas sin que nadie nos vea, pagamos la cuenta, ensillamos el jaco y salimos pitando de esta condenada Tafalla».

Largo rato empleó El Sargentico en dar cumplimiento a mi encargo, y cuando me ponía delante el cocimiento de achicorias y la leche aguada, me dijo tranquilamente: «Bueno, señor: nos escapamos de tapadillo sin que nadie nos vea. Muy bien. Y ahora le pregunto yo: ¿a dónde vamos?».

La pregunta del viejo navarro me dejó suspenso. ¿A dónde iríamos? El problema era grave. Hallábame perplejo y atontado, discurriendo a qué punto del globo terrestre debíamos encaminar nuestros pasos, cuando un súbito estremecimiento como sacudida de terremoto me hizo saltar en la silla. Mas no fue temblor del suelo propiamente sino dos tremendos golpes en la puerta, los cuales, por la dureza de la percusión, debieron de ser dados con nudillos de piedra. «¡Ay! -grité-. No abras, Sargentico.. Sí, sí; abre, que si no, puede que nos derriben la puerta».

Franqueada la estancia vi en el umbral una mujer de espigada estatura, vestida de luengos paños negros que caían hasta sus pies con pliegues estatuarios. La blancura de su rostro era blancura de alabastro, y su voz, como articulada por una boca de piedra, heló mi sangre cuando me dijo: «La señora doña Silvestra y el padre Capellán han ido a (p.8911) la iglesia de Santa María y San Pedro. Allí está también la soberana Madre. De su parte vengo a decir al señor don Tito, que le espera sin demora en aquel lugar: Clío necesita dar órdenes a su gentil muñeco».

Al decir la última palabra se apartó para darme paso. Yo alargué mi mano y toqué la suya: era de mármol.. Temblé de frío y de pavura.. Miré al Sargentico y vi que se santiguaba.. «No temas -le dije tratando de sobreponerme a la turbación-. La Señora que me llama es mi Madre, es también la tuya, porque tú, Fermín, antes de estar a mi servicio y desde que estás en él, si no has escrito la Historia la has hecho. Todos hemos sido y somos modeladores de la vida de los pueblos».

Salimos, apoyado el uno en el otro, pues ambos flaqueábamos de las piernas.. En la calle, cuando dije a Fermín que me guiara a la iglesia de Santa María y San Pedro, me sentí otra vez navegante en el piélago de las cosas suprasensibles. «Mejor -pensé avivando el paso-. Bien venido sea el mundo quimérico. Bendita sea la sinrazón que es casi siempre el molde de la razón».

Lo primero que vi al entrar en la iglesia y llegamos a una de las capillas, fue un delicioso absurdo que en pocas palabras refiero.. ¡Ido del Sagrario estaba acabando de decir misa, con casulla encarnada! Al pronto dudé. Pero cuando se volvió de cara a los fieles para decir el ite, missa est, reconocí sus inequívocas facciones. Al retirarse el oficiante hacia la sacristía, calado el bonete y llevando en sus manos el sagrado cáliz, no pude reprimir las ganas de soltarle una chirigota. «Vaya, don José -le dije-, que sea enhorabuena: esto es mejor que ir a la compra».

Vi a Chilivistra surgir de un grupo de mujeres arrodilladas, y cuando iba hacia ella, una mano blanda me tocó en el brazo. Era la Madre, que me dijo con acento jovial: «Ven aquí, perdulario; ahora no te me escapas. Salgamos al pórtico y hablaremos». Se me presentaba Mariclío en la forma más humana, ajustada estrictamente al tipo de señora principal, como tantas otras que vemos en el mundo físico. No advertí en ella ni el menor asomo de figura olímpica (p.8912) ni de fantástica evocación pagana. Su rostro y porte eran los de una matrona hermosa, aunque algo madura. Llevaba un trajecito de merino y su mantilla negra; en la mano el libro de Jenofonte, Agesilao, impreso en griego, que yo pude ojear cuando Clío me visitó en la fonda de Cartagena.

Al salir al pórtico me llevó la Madre a uno de los poyos más distantes de la puerta, donde charlamos tranquilamente en el lenguaje más opuesto al que suelen usar las almas del otro mundo. «Esta vez, como siempre -me dijo-, has de cumplir fielmente mis órdenes. Forzoso es seguir los pasos de una guerra, que juzgo hermanando dos calificativos tan distintos y antitéticos como lo son de infantil y sangrienta. Creyérase, mi querido Tito, que estos niños grandes se matan por el gusto de la destrucción, y que el fin sin fin de las batallas, encuentros y emboscadas, no es otro que disminuir la población hispana. Vuestros políticos y vuestros guerreros estiman como el mal el crecimiento de la raza. Hay que matar, matar sin tregua para que se acorte el número de los españoles que viven y comen.. Has visto, en sus diferentes fases, la guerra en el Norte. Conviene que la veas en el reino de Valencia y términos fronterizos de Castilla. Vete, pues, yo te lo mando, en compañía del buen Capellán padre Carapucheta y de la desdichada señora a quien sus conterráneos dan el gracioso nombre de Chilivistra».

Como yo, sin oponerme a sus mandatos, indicara que las genialidades de Silvestra me amargaban la vida, la excelsa matrona rebatió mis escrúpulos con estas sendas razones: «Has de persuadirte, hijo mío, de que en el carácter borrascoso y tornadizo de tuChilivistra tienes un perfecto símbolo de la vida española en el aspecto político, y estoy por decir que en el militar. Tan pronto es cariñosa y tierna como altiva y marimandona. El amor la dulcifica hoy, y mañana la endurece el orgullo. Inventa con lozana imaginación fábulas absurdas y acaba por creerlas. Se finge deshonesta sin fundamento real de sus mentirosos pecados. En ella habrás observado (p.8913) que al fuego del sentimentalismo sustituye rápidamente el hielo de los negocios menudos, todo ello sin criterio fijo, sin noción alguna de la realidad. En su desconcertada cabeza es un mito el Administrador de Rentas de Vitoria; mito es también ese marido errante, y por fin, personaje de leyenda es el hijo que busca».

Asombrado escuché el admirable juicio que en cortas razones hizo Clío de la histérica dama, y acabó de maravillarme con esta discreta síntesis: «Fíjate bien, hijo mío, y verás que con el sistema puramente Chilivistril, y conforme al voluble proceso mental de tu amiga, gobiernan a España las manadas de hombres que alternan en las poltronas o butacas del Estado, ahora con este nombre, ahora con el otro. También ellos invocan el sentimentalismo patriótico cuando les conviene, o se entregan a los espasmos del despotismo cuando no hallan salida por la vía patriótica, o sea la vía liberal. También ellos inventan historias para domar las fieras oleadas de la opinión y acaban por creer lo que engendró su propia fantasía. Tus gobernantes son creadores de mitos, y mostrándolos al pueblo andan a ciegas sin saber lo que quieren ni a dónde van.. Resígnate, pues, a llevar contigo este emblema de la vida nacional en la cristalización que llamamos política militante. Chilivistra será para ti lección viva, que hora tras hora te mostrará los capitales defectos de tu patria, para que aprendas a precaverte contra ellos con la mira de que algún día seas llamado a gobernar la Nación».

El talento de la Madre, con ser divino y de tan extraordinarias luces adornado, no acabó de llevarme al convencimiento. Pero, sin dejar salir de mis labios la menor objeción, declaré que obedecería ciegamente sus mandatos. Donosa y risueña me dijo la Señora que en todo tiempo no me inspiraría conducta y acciones que no fueran para mi provecho, y con dulzura materna me encareció que desechase toda sensación de miedo cuando ella creyese necesario llamarme a su presencia. Respondile que la noche anterior me había (p.8914) sobrecogido el verme de improviso y sin preparación alguna frente a tan excelsa divinidad, y que asimismo me turbé horriblemente aquella mañana cuando recibí sus órdenes por la mensajera más clásica y más helénica que vi en mi vida: una estatua de mármol. «¡Pero, hijo del alma -exclamó la celeste Musa, soltando una deliciosa risa que también me pareció helénica-, si el recado para que vinieras aquí te lo mandé con la criada de la fonda!».

En esto, llegaron al pórtico Silvestra y el enigmático sujeto en quien se fundían las dos personalidades del cura Carapucheta y del filósofo simple Ido del Sagrario. Reunidos los cuatro, Mariclíose mostró impaciente y nos incitó a partir sin demora. En mis manos puso una carterita que contenía, según me dijo, cuanto dinero pudiera yo necesitar para un largo viaje. Antes de que preguntase a dónde íbamos, afirmó que Chilivistra y el señor Capellán marcarían nuestro derrotero. Preparado tenía un buen coche con cuatro poderosos caballos, que podríamos dejar cuando se nos presentase coyuntura de recorrer largos trayectos en ferrocarril.

Antes de emprender tan aventurada correría, no debía yo olvidar a mi buen espolique Fermín, ni al espejo de las cabalgaduras, el gallardo y sufrido Babieca. Pero la Madre, que todo lo había prevenido, declaró que a su cuidado quedabanEl Sargentico y mi corcel, agregando que ella guardaría y conservaría con toda solicitud al hombre y al bruto, para que yo los recobrase en el punto y hora en que tan dulces prendas me fueran necesarias. Llamé al escudero fiel, que a corta distancia nos oía, y con pocas palabras le enteré del acuerdo. Quedó muy complacido de servir, por plazo más o menos largo, a la más alta Señora que en estos reinos existe.

En fin, lectores de mi alma, que no sé si llamar severos o socarrones, sabed que me llevaron a donde esperaba el coche, que en él metieron los equipajes de los tres viajeros, que por un callejón cercano vi que se retiraba Mariclío entre dos estatuas de mármol vestidas con negras y ajustadas túnicas, que al Sargentico (p.8915) se le humedecieron los ojos al despedirme, y que a mis oídos llegó lastimero relincho de mi Babieca, encerrado en una cuadra próxima. ¡Adelante con la Fábula, adelante con la Historia! El coche partió a escape por la margen del río Cidacos. ¡Arre, caballitos, arre hacia lo desconocido, hacia las alturas, hacia los abismos, hacia el ensueño!..

 

Ep-45-XXII -

Como mi pobre cabeza tardó horas y horas en recobrarse de aquel vértigo, no me es fácil determinar el lugar y momento en que cambiamos el coche por el ferrocarril. Sí recuerdo que al anochecer íbamos en un tren mixto, de cuya dirección no pude enterarme hasta que Silvestra dijo que estábamos cerca de Las Casetas. Poco antes de esto, tras penosa lucha entre mi razón y mi fantasía, llegué al convencimiento de que no llevaba traje sacerdotal aquel don José, que en boca de Silvestra era el padre Carapucheta y en la mía el señor Ido del Sagrario.

En la estación que empalmaba la línea de Castejón con la de Madrid a Zaragoza, bajamos a restaurar nuestras fuerzas con el comistraje que dan las fondas ferroviarias, y entre una sopa aguanosa y un pollo más duro que la pata de un santo deliberamos sobre la ruta que nos convenía seguir. Opinó Chilivistra que debíamos continuar en tren hasta Calatayud, y de allí internarnos por Daroca hacia la provincia de Teruel. El don José, cuya delgadez era ya transparente, sostuvo la conveniencia de llegarnos por el ferrocarril hasta Guadalajara, donde él tenía que tomar lenguas acerca del asunto que a tales trotes le llevaba. Yo, Proteo Liviano, mensajero de los Dioses, envolviéndome en una serenidad majestuosa les dije que mi opinión era no tener ninguna, y que me dejaría llevar a donde la dama gordita y el caballero flaco determinasen, ora fuese a las delicias del Paraíso Terrenal, ora fuese al mismísimo Infierno.

De la deliberación de mis dos compañeros de viaje resultó que haríamos una paradita en Calatayud. Paradita fue que en la ciudad aragonesa que los antiguos llamaron Bílbilis, patria del poeta latino Marcial, estuvimos tres días. Ello (p.8916) sucedió porque nos metimos en una fonda con ánimo de pasar la noche, y apenas viose Silvestra bajo techo se puso tierna, indolente, mimosa, aquejada de esa insana languidez que sólo se cura con los melindres afectivos. Estábamos en la faceta de los arrumacos pasionales. Ya vendría la contraria. ¡Dios!

Respondí a los arrullos de mi amiga por mantener la paz en nuestra errante comunidad; yo no tenía prisa en cerrar aquel paréntesis de descanso, ni el bueno de don José mostrábase impaciente: pasaba todo el día recorriendo calles y visitando conventos.. Al tercer día de nuestra parada le cogí a solas en su estancia y así le dije: «Ya mi cabeza está despejada y no le vale a usted su disfraz de capellán ni toda esa monserga que se trae. Usted es mi patrón, el gran filósofo Ido del Sagrario, sujeto que con ninguna otra criatura humana puede confundirse».

-Sí, señor: soy el que Vuecencia dice y no puedo ser otro -me contestó Ido un tanto lacrimoso-. Pero, francamente, naturalmente, ¿qué he de hacer yo si esa doña Silvestra se ha empeñado en que soy el padre capellán don José Carapucheta?.. Veréis, Ilustrísimo Señor: fui a Vitoria buscándole las vueltas a la pobre hija que me robaron, y me encontré a doña Chilivistra. Esta señora.. ya sabe usted que está loca perdida.. me metió en el enredo de vestirme de cura para poder penetrar con seguridad en el riñón de Navarra.. En el riñón entramos y del riñón salimos. Luego se nos apareció esa madama Clío, sabedora de todo lo que ha pasado en el mundo y de lo que ha de pasar, y gracias a la supradicha madama, que mil años viva, me veo junto al hombre del gran poder, quien seguramente me llevará a donde encuentre lo que busco.

-Sí, sí, no tenga usted duda: rescataremos a Rosita -dije yo pavoneándome al recobrar mi papel de consolador de todos los afligidos.

-Pues bien, Ilustrísimo Señor. Si ahora vamos Vuecencia y yo a doña Chilivistrilla, y le decimos que yo no soy el padre Carapucheta sino el marido de Nicanora, verá Vuecencia cómo le tiembla el labio y nos pega a los dos.

-No le diremos (p.8917) nada; descuide don José. Y si para mantenerla en su engaño fuese menester que dijera usted misa en cualquiera de los pueblos por donde hemos de pasar, la dice usted, yo le ayudo, ella la oye, y pax Christi.

-Amén.. Ahora hablemos de otra cosa. Si esa señora se obstina en ir al Maestrazgo, no cuenten conmigo. He pasado estos días enterándome de las cosas de la guerra, y sé que toda esa parte de Teruel y Albarracín es un volcán. Francamente,naturalmente, no he venido yo al mundo para que me fusile un Cucala, un Bonet, u otro de esos bárbaros matarifes.

-Estamos conformes. ¿A dónde quiere usted que vayamos?

-A donde dije en la estación de Las Casetas. A Guadalajara, Ilustrísimo Señor.

-Pues allá iremos. Yo convenceré a doña Silvestra.

Al día siguiente habríamos llegado a la ciudad que goza fama de ser el emporio de los bizcochos borrachos, si a mi Silvestra no se le hubiera metido en la chola hacer otra paradita en Alhama. Seguía la racha voluptuosa. Ya me iba yo cansando de paraditas, mimos y empalagos de sentimentalismo dulzón. Y gracias que en todas las estaciones siguientes no propuso más que otras dos paradas, una en Medinaceli para ver el sepulcro de Almanzor, otra en Sigüenza porque había hecho promesa de ofrecer sus pías devociones a la gloriosa mártir Santa Librada.. Con estas lentitudes, ya corrían los primeros días del mes de Julio cuando entramos en la capital de la Alcarria.

Apenas instalados en la posada de donde parten las diligencias para Brihuega y Pastrana, olvidó Chilivistra su terca obstinación de visitar el Maestrazgo, país entonces erizado de peligros que en su magín enfermo se revestían de formas románticas. Ilusionada por nuevas ideas imaginó que sería muy divertido dar un vistazo al país donde se cría la exquisita miel y a los verdes oteros poblados de aromáticas hierbas.. A todas éstas, el pobre Ido andaba desatinado por la población, donde no le faltaban amistades y conocimientos. Díjome una tarde que había tenido noticias desconsoladoras; mas para confirmarlas era preciso que fuéramos a (p.8918) Huete.

A Chilivistra no le pareció bien abandonar la región melífera. Antojósele además tomar las aguas de La Isabela, en Sacedón, que según decían eran excelentes para conservar la tersura del cutis. En estas disputas acerca del punto a donde debíamos ir pasaron dos días más. Por fin determiné yo alquilar un buen coche para irnos por el camino de Pastrana hacia la provincia de Cuenca, después de asegurar a Silvestra que cuando despachásemos un asunto particular del señor Capellán la llevaríamos a zambullirse en las aguas de La Isabela.

De mala gana emprendió la vizcaína el viaje, y por el camino nos daba la tabarra volviendo su enojo contra el padre Carapucheta, de quien decía que iba siempre huroneando los conventos de monjas, con las cuales a hurtadillas se refocilaba. Oía con resignada humildad estas cosas el bueno de Ido, cuya inquietud y zozobra se mostraban en lo escuálido del rostro y en el crecimiento de la nuez.

Rodando por desiguales caminos llegamos a Huete avanzada la mañana de un luminoso día de Julio, y don José, apenas nos quitamos el polvo en el parador de Santa Clara, encaminose al monasterio del mismo nombre, situado a corta distancia de nuestro alojamiento. Más de dos horas permaneció el manso filósofo en la casa monjil, conferenciando con una tal Sor Inés de la Transverberación, prima carnal de Nicanora.

En el largo tiempo que pasamos esperando a Ido, noté que a Chilivistra le tembliqueaba el labio. Ya venía la racha de la impertinencia borrascosa. «Bonito papel estamos haciendo -me dijo- tapándole los vicios a este capellán que parece una mosquita muerta y es un tenorio de monjas. Opino que debemos dejarle aquí, marchándonos nosotros hacia La Isabela, donde encontraré el remedio para estos granitos que me han salido en las piernas. Míralos, Tito, y te convencerás de que me son precisas aquellas aguas, que instaló Fernando VII para pulimentar la epidermis de su segunda mujer, la Reina doña Isabel de Braganza».

Hice cuanto pude para contener y (p.8919) amansar a Silvestra con blandas razones. Llegó por fin el buen Ido, consternado, y llevándome aparte discretamente me dijo: «Ilustrísimo Señor; ya sé a ciencia cierta que mi adorada Rosita está en Cuenca, en una casa de esas que llaman.. con perdón.. mancebías públicas, y yo llamo templos del escándalo».

-Pues vámonos allá, don José -repuse yo-, y salvaremos de la infamia a esa sacerdotisa de Venus.

No necesito decir los artificios amorosos que puse en juego, halagos que prodigué y patrañas que discurrí, para convencer a Chilivistrade que debíamos ir a Cuenca. Con todo, momentos hubo, a poco de arrancar el coche, en que don José y yo estuvimos a dos dedos de ser abofeteados por el basilisco; poco faltó para que sus blancas y afiladas uñas se clavaran en mi rostro. La lucha duró hasta que el sueño y la fatiga rindieron a la fierecilla, andados ya dos tercios del camino. Nocturno fue aquel viaje y fecundo en molestias de todo género. Ya era más de media noche cuando entramos en Cuenca. Nuestros pobres huesos y nuestros desmayados espíritus tuvieron descanso en la mejor fonda de la Carretería, parte llana de la ciudad.

Al siguiente día, 12 de Julio, fecha que no se me olvidará mientras viva, el molimiento de nuestros cuerpos nos retuvo en las ociosas lanas más tiempo de lo que acostumbrábamos. Levantose Silvestra de mal talante, que manifestaba con agrias y descomedidas voces, y agarrando sus libros de rezos y su rosario requirió mi compañía para ir inmediatamente a la Catedral, pues quería prosternarse ante el sepulcro del bendito San Julián, Obispo de Cuenca.

Salimos los tres y nos dirigimos por la Carretería hasta una vetusta puente sobre el río llamado Huécar, la cual une la ciudad vieja con los arrabales. Como poseo un gran sentido topográfico, andando me enteraba de la estructura de aquella ciudad celtíbera, visigoda, arábiga o no sé qué, asentada en varios montículos rocosos. El conjunto del viejo caserío escalonado en diferentes anfiteatros, donde al parecer los cimientos de unas (p.8920) casas pisaban las techumbres de las otras, era de lo más pintoresco que yo había visto en mi vida. Pasado el puente entramos en una calle que, según me dijo Ido, se nombraba de Las Cocheras. Allí nos separamos; el filósofo torció a la derecha en busca de las casas públicas y pecaminosas, donde creía encontrar a su desdichada hija. Chilivistray yo, por la empinada y tortuosa ruta que nos señaló don José, subimos hasta la Catedral.

Aquel día estaba mi basilisco en la plenitud de sus vesánicas impertinencias. Por la menor cosa reñíamos. Si tropezaba yo en un pedrusco (y hay que ver, señores, lo que eran aquellos empedrados, los partidos losetones y los peldaños puntiagudos) , se ponía furiosa y me increpaba de esta manera: «Hoy estás cargantísimo. No se puede ir contigo a ninguna parte.. Claro, ¡como no te dejo ir con el bigardo del Capellán Carapucheta a jugar con las monjitas!.. A mí no me toques, no me des la mano, que yo sola sé andar muy bien. No tengo las piernas de trapo como tú».

El interior de la Catedral me impresionó grandemente por la majestad y elegancia de sus líneas ojivales, diluidas en un doble misterio de silencio y obscuridad. El presbiterio y el ábside me parecieron espléndidos, las verjas magníficas. Silvestra oyó dos o tres misas en diferentes capillas, y luego estuvo arrodillada largo rato ante el altar de San Julián, un armatoste greco-romano del estilo más antipático y pedantesco. Beatas vejanconas no cesaban de llegarse a los mármoles del sepulcro para besuquearlos y llenarlos de babas. Apenas se apartó del altar mi basilisco para marcharnos, adelantose a darle agua bendita un hombre de buena estatura, vestido con decorosa modestia, de negra barba, pelo rizoso, facciones de varonil belleza y edad como de cuarenta o cuarenta y cinco años. Al acercarme yo, le oí decir: «¿No me reconoce usted, Silvestra?». Y como ella dudara observándole, él prosiguió: «Soy primo de Delfina Gay, y en su casa nos hemos visto algunas veces, ¿no se acuerda? Mi nombre es Avelino Palomeque».

-¡Ah! ya, ya, Palomeque -dijo (p.8921) Silvestra agradeciéndole con su más delicada sonrisa- ¿Es usted de aquí?

-No, señora; yo nací en Toledo. Pero estoy en Cuenca desde muy niño y en ella tengo mis negocios: dos fábricas de harinas y los molinos de San Antón.

Salimos los tres. El gaznápiro de Palomeque iba junto a Silvestra, dándole conversación, y a mí ni me saludó ni me hacía caso. Le pagaba yo este desaire con la moneda de mi desprecio. Mirándole bien recordé haberle visto en la casa de Delfina y en la tienda de ataúdes. Era un carlistón rabioso, fanático, muy cerrado de mollera. Al llegar a una calle, que luego supe se llamabade Caballeros, tan pendiente que por ella había que andar a gatas, se paró el cerril carcunda y dijo estas palabras, volviendo su rostro hacia mí como para que yo me enterase bien:

«No pasarán dos días, y casi estoy por decir que no pasará ni uno, sin que entren en Cuenca las tropas del Ejército Real del Centro, mandadas por Sus Altezas los Serenísimos Infantes don Alfonso y doña María de las Nieves. Creo que no ha de hacer resistencia este pueblo donde hay pocos liberales, y esos pocos tontos de remate.. Si usted teme el fuego y las balas, póngase en salvo hoy mismo, señora doña Silvestra. Puede usted refugiarse en mi casa, donde estará más segura que en ninguna parte. Soy viudo y vivo con mi madre, mi hermana y una hija mía de catorce años».

Luego seguimos bajando hasta la plaza de San Vicente. Palomeque invitó a Chilivistra a comer en su casa aquel día, anunciándole que iría a buscarla a la fonda. El basilisco, con no poca sorpresa mía, aceptó diciendo al carcunda que se arreglaría deprisa y corriendo para no faltar a la hora.

Solos otra vez Silvestra y yo, nos dirigimos a la fonda por la puerta que llaman del Postigo. Íbamos a escape, yo silencioso, ella punzándome con sus acres intemperancias. «Aprende, tonto -me dijo-. Ese caballero sí que es fino y galante. Tú, en cambio, eres un avefría y no sabes tratar con damas». Poco después de las doce llegó Palomeque a nuestro alojamiento. Silvestra, bien apañadita de ropa y pergeñada de (p.8922) lindos accesorios, sin omitir ninguno de los retoques de su bella faz, se fue con él, dejándome en una soledad deliciosa.

Cuando Ido no había vuelto de sus diligencias, me lancé solo por las calles de la ciudad baja, después de comer. Por un momento se me ocurrió volver a la Catedral para pedirle a San Julián que me concediera el inmenso favor de librarme para siempre de la fémina mortificante y tornadiza. Pero me detuvo el extraordinario movimiento que notaba en las calles: iban y venían hombres y mujeres en actitud de recelo y alarma. Acerqueme a un grupo y no tardé en conocer la causa de tal agitación. Del pueblo de La Cierva, distante unas cuatro leguas de Cuenca, había llegado una mujer con la noticia de que allí y en Pajarón estaban los carlistas: la mar de batallones, con unos llamados zubabos que parecían fieras, y el don Alfonso y la doña Blanca. En otro grupo oí que de Palomera, distante sólo una legua, acababan de llegar emisarios que también anunciaban la presencia de las bárbaras legiones.

Antes de amanecer caería sobre Cuenca la turba desmandada, feroz y hambrienta, y se haría dueña de la ciudad riscosa si las peñas y los corazones no le oponían una brava defensa.

 

Ep-45-XXIII -

Recluido en el cuarto de la fonda, pasé la noche muy agitado por el tumultuoso ruido que de la calle venía. Además, me inquietaba que Silvestra no hubiera vuelto a mi lado, no porque me hiciera falta su presencia, sino por el temor de que le hubiera ocurrido algún desavío. Al manso filósofo le esperé hasta la madrugada; mas tampoco vino a la mansión hospederil. Pensé que había encontrado a su hija, o que las diabólicas sacerdotisas venustas le retenían en sus nefandos cubículos. Al amanecer, las cornetas tocaron diana cerca y lejos, las unas en el interior de la ciudad, las otras en el campo, ocupado ya por los carlistas. Me asomé un momento a la ventana de mi cuarto, y vi en las crestas de los cerros humazo de fusilería. Poco después empezó el tiroteo en los términos cercanos. Dijéronme que los sitiadores atacaban la Puerta del Castillo, y (p.8923) que ya eran dueños de un barrio del mismo nombre, situado extramuros de la ciudad.

Bajé al comedor, donde el patrón y otros que con él estaban me dieron noticias desconsoladoras. Las fuerzas que habían de defender a Cuenca eran harto débiles: cuatro compañías de la Reserva de Toledo, un escuadrón de Lanceros del Regimiento de España, otro de Carabineros, algunos Guardias civiles, y dos centenares de Voluntarios, gente por punto general poco aguerrida. Las fortificaciones se reducían a unas verjas de hierro, arrancadas de las iglesias para ponerlas en las entradas de la ciudad vieja, y a unos cuantos remiendos echados de cualquier manera en la vetusta muralla. Cuatro cañones con insuficiente servicio de artilleros eran las únicas piezas disponibles para tener a raya al enemigo.

El fuego siguió muy nutrido durante la mañana. Poco antes de las once, los vecinos de los arrabales, creyéndose poco seguros en aquella parte de la ciudad, empezaron a trasladarse a toda prisa a la ciudad alta. Mi patrón y su mujer, personas sencillas y afables, se empeñaron en llevarme consigo. «Caballero -me dijo el fondista-, aquí no puede usted quedarse, porque esto está muy malo. Véngase con nosotros. Allá, en los altos de la Plaza de San Nicolás, tenemos una casita en paraje resguardado de los zambombazos que atizan esos perros. Coja usted su ropa y los efectos de valor; nosotros salvaremos lo que podamos. Bueno que se lleve el diablo nuestros intereses, pero la vida no queremos perderla.. ¡Ay, caballero: lo peor para la pobre Cuenca es que tenemos el enemigo en casa! Muchos vecinos, muchas familias de acá son carcundas hasta los tuétanos. Conque hágase cargo..».

Por el puente de la Puerta de Valencia me llevaron a un barrio de calles pinas, angostas y obscuras. Entramos en una casa de no sé cuántos pisos: la escalera no tenía fin. En un desván lleno de pobretería de ambos sexos hallé albergue que parecía seguro de las balas, mas no lo era de insectos y alimañas molestas. En aquel camaranchón traté inútilmente de (p.8924) conciliar el sueño. Pasada la infernal noche, decidí cambiar de alojamiento, y bajé a otros pisos donde encontré mejor compañía, personas amables que me dieron pan y vino para sostener mis fuerzas. Entre los allí refugiados había un chico de tipo gitanesco, vivaracho y más listo que el hambre, el cual salía y entraba a cada momento, trayéndome noticias de lo que ocurría.

Por aquel galopín supe que se habían apoderado los sitiadores de la Carretería y calles inmediatas, saqueando casas y tiendas con infernal estrépito. Supe también que los carlistas quisieron parlamentar junto al Instituto; pero el Brigadier don José de la Iglesia, Gobernador Militar de la Plaza, hombre tan chiquitín como bravo, les mandó a escardar cebollinos.. Mientras el chiquillo andaba recorriendo los sitios donde más empeñada era la lucha, mi patrón, dolorido y suspirante, me dijo: «Caballero, nos quedamos sin agua. Esos cafres han cortado el acueducto en el caserío de la Cueva del Fraile». La patrona, llorando, agregó: «¡Ay, Virgen Santísima, mañana no habrá ya pan en Cuenca! El poco que amasaron hoy se lo arrebata la gente en la calle, y los pobres que están batiéndose no tienen qué comer».

Por la tarde, volvió despavorido el chicuelo contándonos que había un fuego horroroso en la cuesta de Tarros, Matadero, Jardín de las Carteras, Retiro, San Miguel y las Angustias, con la mar de muertos y heridos. Una vieja que vino después nos dijo que los Voluntarios, con el cañón que habían puesto en una de las ventanas del Instituto, estaban abrasando a los carcas. Otra vieja, con las sayas en la cabeza, compareció ante nosotros y nos largó un relato terrorífico del fuego que hacían los carlistas desde las casas contiguas a las puertas del Postigo, Valencia y convento de la Concepción. Los pobres carabineros, soldados y voluntarios que defendían aquellos lugares caían como moscas.

La noche fue pavorosa. Los insectos y la fetidez de las habitaciones atestadas de gente expulsáronme de la casa. Bajé a la calle, prefiriendo que me matase una bala a morir de (p.8925) asfixia y asco. Tirado en el suelo, entre un ciego, dos lisiados, un sin fin de mujeres, y rapaces medio desnudos, me enteré de que los caribes que llamaban Zuavos habían intentado vadear el Huécar, siendo rechazados por unos cuantos Lanceros. Las llamas de los incendios daban a la ciudad un aspecto de siniestra desolación.

El hambre, el miedo y el cansancio me obligaron a meterme en el zaguán de una casa, y arrimándome a un bulto que debía de ser un durmiente envuelto en mantas, descabecé algunos sueños. Al amanecer, noté que el tiroteo había disminuido considerablemente.. Dijéronme que los carlistas desmayaban por la tenaz resistencia del pueblo en el día anterior.

A media mañana, advertí grande animación en la ciudad. Corría la noticia de que se aproximaba una columna de tropas del Gobierno mandada por un tal señor Calleja. «¡Ay, Dios mío -exclamaba todo el mundo-, que venga pronto ese Calleja!». Contagiado yo de estas públicas alegrías, y sintiendo los horrores del hambre, trepé por los empinados escalones de una calleja angosta, en busca de un alma caritativa que me diera un pedazo de pan. Torciendo a mano derecha, vi venir hacia mí un esqueleto que me estrechó en sus brazos. ¡Por San Julián bendito! El esqueleto cuyos huesos chocaron con los míos era don José Ido del Sagrario.

«¡Ay, don José de mi alma! -exclamé con grande alegría-; ¿está usted muerto?».

-Por milagro no estoy muerto -me contestó Ido-. Sepa Vuecencia que una bala me atravesó de parte a parte.

-A ver, a ver; enséñeme esa tremenda herida.

-No es de cuidado. Mire, ha sido en el chaquetón. El proyectil lo pasó de parte a parte.. ¡Ay, don Tito, toda la noche buscándole! No ha sido mala suerte encontrarle ahora para poder decirle..

-Cuénteme, don José; ¿ha encontrado a la niña?

-Sí señor. Estuvo algunos días en una casa de picaronas; pero ya ¡gracias a Dios!, ha ido a parar a lugar más honesto, aunque no del todo limpio. ¡Ah, señor, déjeme usted que suspire!

-Yo también suspiro, don José, pero de hambre.

-¿Hambre Vuecencia, Ilustrísimo Señor? (p.8926) Pues aquí tengo yo pedazos de pan para Usía. Cómalo, que es bastante bueno.

Vi el cielo abierto. Me abalancé a los mendrugos, y para comerlos con más comodidad me senté en un escalón, en medio del arroyo. Lo mismo hizo Ido, y en aquel momento se nos acercaron unos pobres perros que olieron el pan. No tuvimos más remedio que darles algo de lo que nos sobraba.

«Ya que este corto desayuno me aclara un poco las entendederas -dije al filósofo-, prosiga el cuento de la infeliz Rosita».

-Pues nada: que hace días está al servicio de un señor Canónigo, muy apersonado y muy galán, que la tiene en su casa en calidad de doncella para todo y con honores de sobrina. Allí he pasado yo toda la noche bien resguardado de esta horrenda trifulca, y de allí salí a buscar a Vuecencia para llevármele conmigo.

-¿A casa del Canónigo?.. ¡Sí, hombre, vamos! Allí estaremos bien seguros, porque supongo que el amo de Rosita será carcunda neto.

-Sí que lo es, pero buena persona y muy torero, con perdón. Está loco por la niña.. Vamos, vamos.. Pero ¡ay de mí!, buscando a Vuecencia me he perdido en el laberinto de estas rinconadas y costanillas, y no sé por dónde volver allá.

En esto, oímos que de la parte baja venía, con gran clamor de gente, estruendo de cataclismo. Unos ancianos que subían nos dijeron que, en la calle de la Moneda, los bravos defensores arrojaban petróleo con la bomba de incendios del Municipio sobre las casas de la calle de los Tintes, ocupadas por los carlistas. No pudiendo realizar su intento, lanzaban a mano el líquido inflamable contenido en botellas. Huyendo de la quema seguimos calle arriba, acelerando el paso. Don José, casi sin resuello, me dijo: «¿No sabe, don Tito, que ayer tuvieron los carlistas una gran pérdida? El cabecilla Segarra quedó muerto de un balazo junto al convento de la Concepción, al atacar la Puerta de Valencia».

-¿Segarra? Pues en el Infierno nos espere muchos años.. Vamos, vamos a ver si podemos dar con la casa del Canónigo. Preguntaremos al primero que pase para (p.8927) que nos oriente. ¿Cómo se llama ese señor?

Detúvose Ido perplejo, y llevándose un dedo a la frente me dijo: «¡Ay, señor don Tito!, el apellido del Canónigo es de tal manera enrevesado y estrambótico, que no sé si lo podré recordar ahora. Ayer, cuando él me lo dijo, lo apunté en un papel, y toda la noche lo estuve repitiendo, sílaba por sílaba, para ver si me lo clavaba en la memoria.. Espere Vuecencia un poco.. déjeme pensarlo.. Ya tengo algunas sílabas, pero otras me faltan.. Calma, calma..».

Mediano rato aguardé a que terminase su trabajo mental el cuitado filósofo. Luego, con semblante risueño, me dijo: «Ya, ya tengo las sílabas todas. Ahora falta el acento.. Espérese otro poco, Ilustrísimo Señor.. Tengo que arrimarme a la pared para poderlo decir seguido.. y he de agarrarme la nuez, vea Vuecencia, la nuez, que se me quiere escapar cuando pongo el acento.. Allá va. El Canónigo que ahora es tío de Rosita se llama de apellido Pagasaunturdua».

 

Ep-45-XXIV -

-Después de pronunciar ese nombre -dije yo- es preciso tomar alguna cosa, por ejemplo, una copita de Jerez. Vamos a ver si ese bendito Canónigo nos la da.

-Excelentísimo Señor -replicó Ido-, llevando por única guía ese nombracho no llegaremos nunca. El tío de mi niña hace poco tiempo que ha venido a esta Catedral desde la de Calahorra, y apenas se le conoce. Además, señor, no hay un solo conquense que sepa entender ni pronunciar el trabalenguas de ese apellido.

Llegamos a una plazoleta en la que Ido reconoció que había confundido la torre de la Catedral con la de Mangana, y cuando discutíamos la dirección que debíamos seguir para enmendar nuestro rumbo, nos vimos envueltos en un tumulto de gente que nos llevó consigo como barredera humana al grito de ¡Abajo todo el mundo! ¡A las Puertas, al Instituto, que vienen los nuestros! ¡Ya está ahí Calleja! ¡Viva Calleja! Imposible resistir al torbellino patriótico. Corriendo, más bien rodando, descendimos por las calles de guijas puntiagudas. A mi lado se puso, chillando desaforadamente, el (p.8928) chiquillo gitanesco y vivaracho que me había servido de informante histórico en los primeros encontronazos entre conquenses y carlistas. «Quieren entrar -me dijo- por la calle de la Moneda. Allí hay fuerte quemazón. Pero no saben ellos quién es Calleja. ¡Viva, viva Calleja!».

Fuimos a parar cerca del Instituto, y allí nos encontramos a nuestro fondista y a un sin fin de mujeres llorosas, que se disputaban los corruscos de pan.. No sé el tiempo que duró aquella situación equívoca en que alternaban los gritos de entusiasmo con las expresiones de desaliento. Por fin corrió entre la muchedumbre ansiosa esta desoladora noticia: «El que viene no es Calleja ¡maldita sea su alma!, sino un cura guerrillero que llaman el de Flix, con dos batallones de fieras desbocadas.. ¡Perdición, ruina, muerte!..».

Esta triste realidad alentó a los carlistas residentes en Cuenca. Propalaron por todas partes que los sitiadores entraban ya en la ciudad, sembrando el desaliento, y muchos defensores se retiraron de sus puestos, convencidos de que era inútil toda resistencia. Sin saber cómo, nos encontramos Ido y yo en la miserable casa donde pasé la primera noche de asedio, y en uno de sus aposentos nos guarecimos, esperando la suerte que nuestro adverso Destino nos deparara. Allí supimos por algunos Voluntarios que los defensores que ocupaban el Jardín de las Carteras se habían retirado y la facción era ya dueña de algunas casas de la calle de la Moneda.

La última página de la tenaz resistencia fue gloriosamente escrita por el Gobernador Militar, Brigadier don José de la Iglesia, que levantando barricadas disputó palmo a palmo la ciudad a las salvajes hordas realistas. En esta postrera jornada pereció heroicamente el Teniente Coronel de la Reserva de Toledo don Francisco de la Peña. En tanto, el Brigadier La Iglesia, sereno en medio del peligro, al frente de cuarenta hombres, se retiraba lentamente mandando hacer fuego de trecho en trecho. Al llegar a la parte más empinada de la calle de San Pedro, agotados todos los recursos y siendo la retirada (p.8929) imposible, hizo señal de parlamento. Los carlistas, que estaban a pocos metros, destacaron un pelotón mandado por un jefe. La Iglesia se desciñó la espada, y entregándola al cabecilla, puso término definitivo al esfuerzo gigante de los humildes y beneméritos defensores de Cuenca.

Desde aquel momento cambió con súbito giro el panorama histórico, trocándose el honrado choque de las armas rivales en feroz desbordamiento de los vencedores, que hollaron con cínica barbarie las leyes de la Guerra y los elementales principios de Humanidad. Contaré los horrores, crímenes y vergüenzas de las jornadas de Cuenca en los días 15, 16 y 17 de Julio, con toda la fidelidad que mi oficio me impone; contaré lo que vieron mis ojos espantados y lo que, visto por otros ojos, fue transmitido del alma de las víctimas y de sus allegados al alma dolorida de este humilde narrador. Ante la brutalidad de los hechos que fluctúan vagamente entre lo verdadero y lo inverosímil evitaré la mentira y la hipérbole, y no recargaré de negras tintas las perversidades de los hombres, ni aun cuando éstos, más que hombres, parezcan demonios.

Al penetrar en la ciudad las manadas realistas, fueron víctimas de su desenfreno las propias familias de los vencedores. Diose el caso de que algunos facciosos nacidos en Cuenca oyesen de labios de sus madres, al abrazarlas, súplicas implorando respeto para sus vidas y haciendas. Pero tales ansias traían aquellos bárbaros de celebrar su victoria con la saciedad de todos los apetitos, aun los más infames, que nada respetaron. Entraban en las casas, lo mismo por las puertas que por las ventanas, forzaban los muebles, sacaban ropa, dinero, alhajas, y luego porfiaban entre sí para repartirse el fruto del pillaje. Lo mismo expoliaron las casas liberales que las carlistas; no hicieron diferencias de clases ni de ideas, ni se acordaron para nada de la Religión que figuraba en su execrable bandera.

En una desdichada iglesia, cuyo nombre no recuerdo, afanaron con avara rapidez un soberbio pectoral, dos mantos de (p.8930) terciopelo de San Juan, y una corona, rosario y diadema de la Virgen del Puente. En los casinos rompieron los espejos, las mesas y sillas, hartándose de licores, cuyas botellas arrojaban a la calle después de vaciarlas. En el Instituto destruyeron el Gabinete de Física y el de Historia Natural, lanzando por las ventanas los aparatos y las colecciones zoológicas. Al ver la máquina eléctrica llegó a su máximum el ansia de destrucción, y mientras la pulverizaban decían: ¡Duro, duro con esto, que sirve para mandar partes al Gobierno!

Se les veía correr de calle en calle y de casa en casa, dando alaridos de salvaje alegría. Algunos se desnudaron públicamente para vestirse la ropa blanca y los trajes que habían robado. Después de vestidos, dejaban en medio del arroyo los guiñapos llenos de porquería y miseria. Aunque uniformados, los Zuavos de los Príncipes presentaban el aspecto más siniestro y repugnante por la desenvoltura cínica de sus maneras y la grosería de sus vociferaciones, en ronca mixtura de italiano y francés. Con hambre atrasada devoraban embutidos, lonchas de jamón y cuanto pudieron atrapar. Por toda la ciudad retumbaron destemplados toques de corneta y estas estridentes voces:¡No hay para nadie cuartel!

De los Zuavos y de los que no eran Zuavos huían las mujeres, lo mismo jóvenes lozanas que viejas tembliconas, corriendo a refugiarse en los sótanos más hondos o en los más altos desvanes. Aun allí eran perseguidas, pues aquellas bestias lujuriosas no sólo habían perdido la vergüenza sino el sentimiento de la hermosura, de la gracia y de la juventud.. Los facciosos no se limitaron a saciar sus groseros instintos, y movidos de criminal saña política, perseguían como perros rabiosos a los cipayos, que así llamaban a los liberales, y a los que habían contribuido con su denuedo a la defensa de la población.

Voy a referir a mis horrorizados lectores el trágico fin del Comandante don Enrique de Escobar y Valdeolivas, que se hallaba en situación de reemplazo, recluido en su domicilio por (p.8931) larga enfermedad. Creyeron los carlistas que aquel cipayo había tomado parte en la defensa, y asaltaron su casa, en la calle de Cordoneros, subiendo atropelladamente hasta las habitaciones altas, donde el infeliz señor yacía en el lecho, asistido por su madre. Al verse rodeado de aquellas fieras que le insultaban profiriendo las amenazas más atroces, el desdichado enfermo perdió el conocimiento. La madre lloró, imploró, y no pudiendo ablandar los corazones petrificados por la incultura y el fanatismo, se abrazó a su hijo intentando en vano librarle de las acometidas de tales monstruos. Sobre el cuerpo de la pobre mujer llovieron golpes terribles. El Comandante fue cosido a bayonetazos, y cuando ya se le escapaba la vida, arrancáronle de los brazos maternales y lo arrojaron por el balcón.

El cuerpo chocó contra las piedras, y yacía exánime en medio del arroyo, cuando apareció en la calle abigarrada muchedumbre, a cuya cabeza venía una mujer a caballo, como amazona de circo, radiante de fatuidad, decidida y altanera. Era la tristemente famosa Princesa doña María de las Nieves, esposa de don Alfonso de Borbón. Los que la vieron venir pensaron que desviaría su caballo para no pisar el cuerpo expirante. Pero la terrible capitana de bandidos no se inmutó, y sin dar señales de ninguna emoción ante aquel espectáculo dejó que el animal pisotease a un honrado caballero moribundo.

 

Ep-45-XXV -

Siguió la cruel amazona su sangriento camino hacia la Correduría. Era de corta estatura, flaca, rubia, de azules ojos: su belleza, completamente apócrifa, consistía tan sólo en la marcialidad de su apostura y en su destreza hípica, cualidades de marimacho, no de mujer. En su rostro vi un mirar ceñudo y una rígida contracción de la boca que indicaban la sequedad del corazón confundida con la brutal soberbia. Llevaba boina roja con borlón de oro, traje negro de montar, altas botas de charol, en la mano un latiguillo que le servía de bastón de mando, y en el cinto un revólver. Tras ella iba el marido, que sólo brillaba por su insignificancia junto a la (p.8932) marimandona. Llevaba boina encarnada con áureo borlón y dormán de Caballería. Seguía la caterva de jinetes, algunos con distintivos de oficiales, otros con escolta, todos de aspecto bárbaro y provocativo.

No sé a dónde iban en aquel instante. Pero, esclavo de mi obligación, he de referir las escenas más patéticas del drama conquense, y para ello haré uso del don de ubicuidad que, con otras atribuciones, me concede en casos tales mi divina Madre Clío. Sabed, pues, que aquella mañana presentose ante la Catedral el aparatoso y ridículo cortejo de la Generala doña Nieves de Borbón, de Braganza o de los demonios coronados. Apeose la tal de un salto y entró en la basílica seguida del marido y de los jefes que componían su abigarrado séquito. Junto a ella se coló en el sagrado recinto un perro de presa que era su inseparable compañero. Ya se habían dado las órdenes para que el Obispo saliese a recibirla y le cantase el indispensableTedéum por la feliz entrada del Ejército Real en la histórica ciudad de Cuenca.

He aquí, lectores míos amadísimos y cristianísimos, al venerable Prelado señor Payá y Rico, plantado en el trascoro con todo su Clero, para recibir ceremoniosamente a la que representaba el poder majestático 2 impuesto por la fuerza bruta. Con evangélica humildad acompañaron el Obispo y Clero Capitular a los regios figurones, llevándolos al presbiterio, donde tomaron asiento en los sillones preparados para el caso. El Tedéum fue breve, llevado a paso de carga, a estilo militar. Berrearon los cantores de mala gana, y el alto Clero, con excepción del Obispo, hizo gala de la pompa litúrgica y de su fanático servilismo.

Terminada la ceremonia con su canticio bostezante, acompañado de sonoros golpes de órgano, los Príncipes de la sangre se aposentaron en el Palacio del Obispo, próximo al templo diocesano. Ignoro si la ocupación de la morada episcopal fue por galante obsequio del señor Payá y Rico, o por motu proprio de la desenvuelta doña Nieves, que a sus indudables dotes de mando unía la frescura y desahogo que a las (p.8933) personas vulgares da la falsa conciencia del derecho divino. Su temple arbitrario se manifestaba lo mismo en la llaneza para incautarse del solar ajeno, que en la fea costumbre de tutear a las personas de más alta posición y jerarquía. Apenas instalada en el Palacio la trashumante Corte, se vieron llenas de uniformes las anchurosas estancias; el arrastrar de sables y el militar bullicio sustituyeron al murmullo sigiloso de una mansión eclesiástica.

En el salón de honor, decorado con un soberbio crucifijo, recibieron los Príncipes comisión de señoras, comisión de notables, que eran lo más granadito de la carcundería conquense. Allí dictó la despótica doña Blanca los fieros bandos que causaron terror al sufrido vecindario. En el primero se ordenaba que los habitantes de la ciudad, sin distinción de clases, acudieran a demoler las fortificaciones, llevando ellos mismos los útiles y herramientas necesarios. En el segundo se disponía que acudieran las mujeres y señoras con vasijas llenas de agua a sofocar el fuego del Gobierno civil, incendiado por los carlistas. El tercero, inspirado por Judas, mandaba que todos los Voluntarios defensores de Cuenca se presentasen en los claustros de la Catedral, advirtiendo que de no hacerlo así serían fusilados donde quiera que se les encontrara. Los tres bandos se fijaron en las esquinas o fueron publicados por pregón, y decían que sus disposiciones habían de cumplirsebajo pérdida de la vida.

Obedientes a las draconianas órdenes de la que algunos llamaron el Atila con faldas, acudieron con palas y picos los pobres de chaqueta y los señores de levita a desbaratar las obras de fortificación. Y como a todos les iba en ello la pelleja, también corrieron a sofocar el fuego las menestralas y las señoras, transportando el agua en cántaros, barreños y pericos. Los Voluntarios defensores de la Plaza, entendiendo que serían indultados si hacían acto de arrepentimiento en el sagrado recinto de la Catedral, allá fueron cual ovejas sumisas y, con más paciencia que el amigo Job, esperaron el fallo benigno de la (p.8934) serenísima tirana.

¿Benignidad dijisteis? Espérense un poco, caballeros. Apenas estuvieron los voluntarios reunidos en los claustros de la basílica, llegó una cuadrilla de Zuavosque les maniató por parejas; sin pérdida de tiempo los condujeron a los sótanos del Palacio episcopal, y allí quedaron encerrados cual rebaño destinado al sacrificio.

En tanto, la soldadesca vencedora, harta de comistrajes y de vino, harta de volubles placeres, mas nunca saciada ni satisfecha en sus brutales instintos, continuaba la cacería y exterminio de cipayos. Pedro Díaz Escamilla, maestro alpargatero de la Casa de Beneficencia, voluntario que peleó en la calle de la Moneda, retirose herido, escondiéndose en un desván de su casa. Allí lo encontraron los carlistas, y después de rematarlo a tiros y bayonetazos le rompieron el cráneo con las culatas de los fusiles, haciendo saltar en pedazos la masa encefálica. A la viuda de este infeliz la martirizaron cruelmente pinchándola en la espalda, y a una muchachita hija del muerto le dieron a beber tila con pólvora para que se le pasara el susto.

A un pobre vendedor de frutas, Anico el de la Ventosa, a quien acusaban de haber matado a dos Zuavos, lleváronle a rastras por las calles con infernal gritería, y después de asestarle innúmeros bayonetazos, acabaron con él, junto al cuartel de San Francisco, quemándole la cara con petróleo. Un humilde dependiente municipal fue capturado cuando regresaba de llevar un parte del Ayuntamiento al Brigadier Villalaín. Cediendo a instigaciones de un carlista conquense, aquel desventurado fue conducido en las puntas de las bayonetas por la Correduría, y en su sangre mojaron los asesinos la suela de las alpargatas para reforzarla. Junto a la Puerta del Postigo asesinó la soldadesca a un cartero, de quien dijo una mujer que había dejado de entregar algunas cartas a los carlistas del pueblo. La agonía de este desgraciado fue horrenda, pues su delatora se obstinaba en hacerle comer pan y pepino.

Por soplo de gentes malignas, que nunca faltan en casos tales, supieron los (p.8935) vándalos del Dios, Patria y Rey, que en una casa del Pósito se escondía un cipayo llamado Vicente Cornago, enfermo de viruela negra. Allá marcharon en tropel los asesinos, decididos a librar de penas al virulento. La pobre madre del enfermo creyó que mostrándoles el cuerpo de éste, cubierto de pústulas, les convencería de la verdad de la dolencia. Los menos feroces quedaron perplejos; mas otros, que sin duda eran fieras en figura humana, insistieron en asegurar que el cipayo era un enfermo de conveniencia y que aquellas costras serían pintadas. La embriaguez les enloquecía. Tras una espantable escena en que la madre trató de salvar la vida de su hijo, abrazándole con desesperado esfuerzo, se consumó el crimen odioso, entre salvajes gritos y carcajadas infernales de aquellos caribes.

Más horrores contaría; pero temo que mis buenos leyentes aparten sus ojos de estas páginas, bárbaramente ensangrentadas. Por mi gusto pondría siempre en ellas la miel de la Historia, aderezándola sabiamente con las hieles amargas que en todo tiempo afluyen de las humanas acciones. Mas tengo que rendirme a las brutalidades de una raza, que en sus accesos de locura suicida se divierte rasgando sus propias venas para morir de anemia.

Diré tan sólo que a la mujer de un pobre zapatero, asesinado en la calle del Agua, dieron el pañuelo de la víctima empapado en su propia sangre, caliente todavía. A la esposa de un humilde agente de Orden público le ofrecieron el sable con que acababan de cercenar el cuello de su marido. No satisfechos los facciosos con ser asesinos y ladrones, fueron también incendiarios, y a más del Gobierno civil pegaron fuego a la Diputación provincial, a la Plaza de Toros y a otros edificios. Con enormes lavativas lanzaban petróleo a los pisos altos; con regaderas empapaban de líquido inflamable las plantas bajas. El inmenso ruedo de la Plaza de Toros, del que surgían llamas gigantescas, era como el cráter de un volcán.

Como infernal apoteosis de aquella fiesta de barbarie, clavaron los vándalos banderillas de fuego a los caballos (p.8936) heridos o enfermos que, locos de dolor, corrían por la ciudad, entre el chisporroteo y las detonaciones de la pólvora que abrasaba sus carnes.

 

Ep-45-XXVI -

Mi privilegio de ubicuidad permitiome presenciar las pomposas audiencias que daba doña Nieves a los Jefes de su mesnada de matachines: salían éstos llevándose el aplauso y albricias de su Generala por los asesinatos y desvergüenzas con que castigaban al pueblo infeliz. En esto, anunciaron la llegada de una Comisión del Ayuntamiento que iba, con toda sumisión y protestas de fidelidad, a impetrar de Sus Altezas clemencia para los vencidos. Como medida preventiva, metieron a los comisionados en las habitaciones bajas donde estaban las cuerdas de Voluntarios presos. No quise dejar de ver a los que representaban el organismo municipal, algunos del antiguo Ayuntamiento, otros de la nueva hornada carlista. En todos vi caras afligidas y largas, y admiré las arrugadas levitas que habían sacado del fondo de los cofres para presentarse ante las reales personas, así como las chisteras abolladas y peinadas a contrapelo en las precipitaciones que la etiqueta les imponía.

Francamente, naturalmente, diré con mi amigo Ido que me acompañaba por las escaleras y pasillos de la casa episcopal, me dieron lástima los señores concejales tratados como perros, y aun el propio don Avelino Palomeque, concejal de nuevo cuño, me fue menos antipático, por verle en tan humillante situación. No pensaba yo hablarle, pero él se dirigió a mí con menos arrogancia de lo que yo esperaba, diciéndome estas palabras: «No pase usted pena por doña Silvestra, que está bien segura en mi casa, al lado de mi madre. Si los excelsos Príncipes acceden a lo que les pediremos, todo se arreglará».

-Quédese Chilivistra al lado de su señora madre -contesté yo cumplidamente-, que allí estará como en la gloria. Y si la nobilísima doña María de las Nieves la toma bajo su protección, miel sobre hojuelas. Silvestra es una malva como usted habrá visto, un carácter angelical, dulcísimo. Para mí será muy grato que (p.8937) permanezca en la honesta y sagrada casa de usted hasta que Dios fuere servido de poner término a los males que a todos nos afligen.

Díjome entonces el estirado señor Palomeque que si yo gozaba, como parecía, de algún predicamento cerca de la brava doña Nieves y de su augusto esposo, les hiciese presente la conveniencia de que fuera pronto recibida la Comisión municipal que ansiaba ofrecerles sus respetos. Sin negar yo mi supuesta influencia, respondí que hablaría de buen grado a los Serenísimos Infantes, procurando llevar a feliz término aquellas diferencias, y añadí que esperaran sentaditos a que de arriba viniera la orden de ser recibidos en audiencia solemne.

Volví con Ido del Sagrario al piso principal, y lo primero que vi fue el venerable Obispo sentado en el banco del portero, aguardando ser admitido a la presencia de doña Nieves. Diferentes personas había en la antesala, y entre ellas.. no sé si por testimonio de mis ojos o de mi exaltada imaginación.. creí distinguir la faz de Mariclío en un grupo de señoras que hablaban con Payá y Rico, lastimándose de la humillación que sufría. Estoy bien seguro de haber oído de labios del Prelado estas tristes palabras: «Ayer me pedían ustedes su protección: hoy la necesito yo». Puse toda mi alma en cerciorarme de si era verdad la presencia de Mariclío, mas no pude obtener la certidumbre que buscaba porque el buen Ido me cogió de un brazo, y llevándome al cercano pasillo donde aguardaban varios clérigos en actitud expectante, me dijo: «Véngase acá, Ilustrísimo Señor, que quiero presentarle al Canónigo Pagasaunturdua. Este buen señor desea conocer a Vuecencia».

Presentado al Canónigo, nos estrechamos las manos con familiaridad cortesana. Era un clerizonte guapo, joven y rollizo: su desenvoltura de lenguaje y ademanes revelaban el gusto del buen vivir y el menosprecio de las trabas y preocupaciones que entorpecen la existencia. Después de los saludos campechanos, quedamos en que honraría yo su casa aquella misma tarde para tomar juntos una copita (p.8938) de Jerez y fumar un buen habano.

Al volver a la antesala vi que entraba una caterva de vándalos, arrastrando los sables y metiendo mucha bulla. Entre denuestos y amenazas decían que la canallacipaya trataba de asesinar a los Príncipes, y que para castigar su intento sería conveniente acabar con ella. De estas inauditas barbaridades resultó que Sus Altezas dieron orden de despedir a la Comisión municipal, mandándola que se largara con viento fresco. Poco después fue admitido en audiencia el reverendo Prelado, y al gozar yo el extraordinario privilegio de presenciarla reconocí la proximidad de mi excelsa Madre, que por interés de ella y honor mío se dignaba ponerme en directo contacto con las verdades netamente históricas.

Vi a doña Nieves en pie frente a una mesa forrada de damasco. Rodeaban a la Infanta su insignificante esposo y unos cuantos bigardos de su cuadrilla: Monet, Grollo, Freixá, Villalaín, el cura de Flix y otros. La Generala vestía un traje de amazona, cuya falda recogía con la mano izquierda; en la derecha empuñaba un latiguillo que era como el cetro de su realeza, lo mismo a caballo que a pie. El perro de presa no faltaba en aquel acto solemne, vigilante al lado de su ama. Con la boina roja encasquetada, los cabellos rubios mal recogidos en un voluminoso moño, el cuerpecillo tieso, la mirada fría, el rostro avinagrado, condensando en sus duras facciones toda la energía de un alma dominadora y salvaje, aguardó la entrada del Obispo.

El venerable Payá se adelantó con sereno continente, y anticipando sus finas reverencias, rogó a la Infanta que perdonase la vida a los Voluntarios presos y que pusiera término a los actos de inhumana crueldad, tan contrarios a la Religión que el Rey don Carlos ostentaba en su bandera.

«Ya he dicho a las señoras -contestó colérica y nerviosa la terrible mujer- que mis soldados necesitan un poco de expansión, después de los trabajos y privaciones que han sufrido». Y tras esto, atreviéndose a tutear a persona tan venerable, investida de la autoridad evangélica, esgrimió el látigo para (p.8939) imprimir acento y vigor a estas infames palabras: «Da gracias a Dios porque no hacemos contigo lo mismo que con todos esos miserables».

Aguantó el Obispo con firme ánimo la rociada y dijo, tarde ya pero aún a tiempo, lo que debió decir a los Príncipes cuando entraron en Cuenca pidiéndole que les cantara un Tedéum. Allá va el verdadero Tedéumy la sagrada voz evangélica de un Prelado que sabe su obligación: «Señora: con esa conducta ni se conquistan tronos en la tierra ni coronas para el cielo. Adiós, adiós».

Dio media vuelta el buen Payá, y retirose de la sala sin hacer la menor reverencia.

 

Ep-45-XXVII -

Permitidme ahora, lectores muy católicos y muy amantes de nuestra patria, que os dé una opinión sincera y humana de la nefasta María de las Nieves, opinión que, sin excluir las execraciones que merece al mostrarse por primera vez en la candente arena de aquel torneo político y militar, contendrá las alabanzas que le corresponden como el modelo más extraordinario de fuerza y energía dentro del tipo femenino.

Al ponerse con su esposo al frente del Ejército Real del Centro, doña Nieves fue el alma de la facción; se impuso a todos los cabezas y cabecillas; erigiose en Generalísima incuestionable; llegó a ser muy pronto la primera estratega, la primera autoridad táctica de sus cuadrillas, a las que disciplinó y gobernó dándoles apariencias de hueste organizada. Compartía con sus soldados las inclemencias del cielo y las fatigas de las penosas jornadas; compartía también con ellos los piojos, la bazofia, los mendrugos de pan, la dureza de los lechos de piedra en las sierras ásperas, la humedad y desamparo en las desoladas llanuras.

De este modo les llevó a la conquista de Teruel, tan difícil y cruenta que hubo de levantar el asedio y salir en busca de otras arriesgadas aventuras. Con su infatigable tropa, ella, que no conocía tampoco el cansancio, compartió la rabia de no haber podido ganar a Teruel, y en terrible avalancha cayeron sobre la pobre Cuenca, donde alcanzaron la gloria (que gloria fue para ellos) de plantar (p.8940) por primera vez en la capital de una provincia española el pendón del Carlismo.

Cuando se tuvo en Cuenca conocimiento de la entrevista de doña Blanca con el señor Obispo, antes referida, dijeron algunos: esa mujer es una hiena. Pues yo os digo que será todo lo hiena que se quiera en determinada ocasión; pero me permito enmendar la frase de este modo: esa mujer.. es un hombre, el primer hombre del absolutismo, desde los tiempos de don Carlos María Isidro hasta la edad presente. En los días del asedio de Cuenca, cuando los Infantes tenían su Cuartel General en un lugar apacible de la Hoz del Huécar, la Generala, que todo lo disponía y ordenaba como experto caudillo, viendo que la ciudad no se rendía tan pronto como ella deseara, llamó a Villalaín y le dijo: «Necesito que las tropas reales tomen al momento la ciudad. Apelo a tu bravura y no creo hacerlo en vano. Ve y tómala, yo te lo mando. Si en el término de una hora no se cumplen mis órdenes, fusilarás al jefe u oficial que flaquee en el cumplimiento de su deber».

Chispazos del genio de Atila y del Tamerlán iluminaban el cerebro de aquella hembra temeraria y cruel, negación de su sexo. Desde el momento en que Cuenca cayó en poder de las honradas masas, la doña Nieves les permitió todas las brutalidades, crímenes, atropellos y vandálicas libertades que se han descrito, porque sabía que de este modo se captaba para siempre la voluntad y sumisión de aquellos forajidos. Consintiéndoles la saciedad de sus apetitos, les adiestraba para continuar peleando por ella y allanando los caminos por donde corría desenfrenada la feroz ambición del marimacho más genial que ha tenido España.

Aquella misma tarde, don José y yo volvimos la espalda a los horrores trágicos para penetrar en la mansión apacible del Canónigo don Plotino Pagasaunturdua. Abrionos la puerta Rosita, no sin precauciones, descorriendo cerrojos y quitando trancas de hierro. El buen Capitular no había llegado aún: estaba acompañando al señor Obispo y dándole ánimos para soportar la tribulación (p.8941) que sufría. ¡Por Júpiter Capitolino y por la divina Cytherea, que me gustó Rosita! Estaba muy linda, tan limpia y bien apañada de ropa y aliños del rostro, que daban ganas de comérsela. Por hacer tiempo a que llegara su amo nos llevó al aposento alto en que moraba, en el cual admiré el buen arreglo y la comedida elegancia de un vivir modesto y dichoso.

Antes de repetir en mi presencia lo que a su padre había dicho respecto a su nuevo estado, quiso mostrarnos a los dos los diferentes regalitos que le había hecho su tío putativo: unos zapatitos de charol muy monos, todavía no estrenados; un vestido de merino negro muy honesto y apersonado, para ir a la iglesia; otro de percal sin colorines, pero adornado con mucho aquél; varias alhajillas de poco precio, de oro fino, que no llamaban la atención ni por sus dimensiones ni por su riqueza; medias negras de semiseda; zapatillas de abrigo para dentro de casa; peines y avíos de tocador; un rosario hecho con huesos de aceitunas del Huerto de las Olivas donde oró el Señor en Jerusalén; y, por último, un devocionario monísimo, con sus tapas de nácar y broche dorado para cerrarlo. Viendo y admirando estas cosas advertí en el rostro de Ido del Sagrario una mezcla singular de alegría y tristeza.

Cuando Rosita, un poco cohibida y vergonzosa, empezó a contarme las razones que tenía para no abandonar aquella casa, llamó a la puerta el Canónigo. La muchacha bajó, abrió, y poco después estábamos los cuatro en la sala donde el buen sacerdote recibía sus visitas. Desde el primer momento nos mostró don Plotino su llaneza y amabilidad campechana. No necesitó pedir el Jerez, pues Rosita se apresuró a traerlo, acompañado de bizcochos y de unos puros, no de primera, pero bastante aceptables. Como supondréis, la conversación recayó al instante en el asunto de actualidad que excitaba los ánimos en Cuenca. Sirviéndonos Jerez y excitándonos a no ser parcos en la bebida, el desahogado cura señor Pagasaunturdua nos dijo:

«Es preciso confesar que esa buena señora nos ha hecho un flaco servicio con (p.8942) venirse acá mandando las tropas de don Carlos. Quedárase la doña Nieves en Albarracín o en cualquier otra parte de los Estados del Centro, y no hubiéramos tenido aquí los desmanes y atropellos que ustedes han visto. ¡El demonio con la señora esa!.. ¿Se enteraron ustedes del trato que dio esta mañana al señor Obispo?».

-Sí que nos enteramos, señor don Plotino -repliqué yo-. Si usted me lo permite, le diré que ese trato y otro peor lo tenían ustedes bien merecido por haber salido a recibirla con palio y largarle luego el Tedéumcon órgano, cantorrio y toda la pesca. ¿Por qué el señor Payá, cuando la vio entrar en la Catedral, no mandó al perrero que la pusiera en la calle?

-Eso no podíamos hacerlo, señor don Tito de mi alma -repuso Pagasaunturdua con humildad risueña, tras de la cual asomaban puntas y ribetes de ironía-. El señor Obispo y el Cabildo cumplieron su deber. La Iglesia está siempre en su puesto, y no podía negarse a rendir honores a los Serenísimos Príncipes, hermanos del Católico Rey, nuestro Señor.. Comprendo lo que quiere usted decirme; tiene usted razón; déjeme concluir.. Esta tarasca nos ha puesto en una gravísima tirantez de relaciones con el pueblo en que vivimos, y no sé en qué parará esto. En fin; creo que se van mañana tempranito. Dios vaya con ellos; la Virgen les acompañe.. y que no vuelvan a parecer por acá.

-¡Desgraciado el pueblo en que caigan ahora esos serenísimos diablos! -exclamó Ido elevando los ojos al techo y atizándose otra copa.

Haciendo lo mismo, el Canónigo pasó a tratar de un asunto muy interesante: «Pues no se van con las manos vacías -nos dijo-. Como contribución de guerra, he aquí que arramblan con todos los fondos públicos y particulares que hay en Cuenca. Verán ustedes: a los vecinos les han sacado cerca de 800.000 reales; de la Caja provincial han sustraído bonos del Tesoro, libramientos y metálico, por valor de 90.000 pesetas mal contadas; de la Delegación del Banco de España, casi 100.000; de Tesorería, en pagarés de bienes nacionales y (p.8943) metálico, más de medio millón».

Lo restante de nuestro coloquio no merece mención. Al despedirnos del bondadoso don Plotino Pagasaunturdua, le preguntamos si podríamos contar con su ayuda para salir de Cuenca sanos y salvos. Él, con gallardía protectora, nos dijo: «No teman nada; si los Serenísimos se van mañana, como dicen, yo les respondo a ustedes de que podrán salir tranquilos, sin que nadie les moleste, ya se vayan por Huete, ya por San Clemente y Villarrobledo.. Conque, adiós, señores, y descansar, que buena falta nos hace a todos.. Usted, don José, no ponga esa cara triste ni haga pucheros: su hija está en mi casa como en la gloria. ¿Verdad, Rosita, que no quieres volver a Madrid?.. Repito que su hija de usted, señor de Ido, al venir a esta su casa, ha pasado del Infierno a la Bienaventuranza.. ¿Verdad, Rosita?.. ¡Ay, señor Sagrario! Si usted la hubiera visto donde estuvo, no lloraría de verla aquí. Al contrario, bailaría de gusto».

-¡Ah, sí, señor!.. Pero ya ve usted.. un padre.. -rezongó el filósofo lagrimeando.

-Rosita está muy contenta. Vea usted esa cara -dijo el clérigo, acompañándonos hasta la puerta-. ¡Y ahora que la voy a llevar de viaje!.. En cuanto llegue Agosto tomo una licencia y me voy a Lequeitio, mi pueblo, para que Rosa respire las brisas del Cantábrico.

 

Ep-45-XXVIII -

Camino de nuestro albergue (que era una cabrería de la calle de Pilares, donde pasamos la noche anterior con sosiego y buena compañía) , iba yo consolando al buen Ido, lo que no me fue difícil, pues la fácil teoría del mal menor vino muy a pelo para el caso de la deshonra de Rosita. ¿Qué mejor solución podía esperar el desolado padre que ver a la niña reposando a la sombra de una protección tan benéfica como la de don Plotino? Obra fue de los hados.. estoy por decir que de la Divina Providencia. Por lo que el propio Ido me contara cuando llegamos a Huete, sabía yo los horribles temporales que había corrido la niña, desde que la raptaron en Fuentidueña de Tajo hasta que fue a caer en las inmundas mancebías. El cómo pasó (p.8944) Rosita de tal ignominia a las paternales manos del Pagasaunturdua, ni don José lo sabía, ni en averiguarlo teníamos interés. Nos contentábamos con celebrarlo y ver en ello una divina intriga tramada por los ángeles del cielo. Así debía decirlo el filósofo simple a su esposa Nicanora cuando le diera cuenta de la paz y tranquilidad que la niña disfrutaba. Era cosa de que toda la familia festejara el suceso alabando al Señor y encomendándose a la Santísima Virgen.

A nuestro cansancio debimos un profundo y dilatado sueño, entre cabras y honrados vecinos de Cuenca. Al despertar, avanzada ya la mañana, oímos gran trompeteo y bullanga: los forajidos se iban, con su condenada doña Nieves a la cabeza. Marchaban hacia Levante, llevándose prisioneros a los soldados del Ejército, a los Voluntarios liberales y a gran número de contribuyentes, personas de arraigo y posición. ¡Pobrecitos, buena les esperaba! ¡Infeliz Cuenca, infeliz España!

Decididos mi amigo y yo a poner pies en polvorosa, nos abocamos con nuestro protector don Plotino, el cual ya nos tenía preparada fácil salida en los carros de unos madereros que por San Clemente iban a Villarrobledo. Nos despedimos de Rosita, y en la tierna escena advertí que las lágrimas de Ido del Sagrario eran más de alegría que de pesadumbre. La sobrina del Canónigo dio a su papá un imperdible de oro muy lindo para que lo entregase como recuerdo de la tierna hija a la nunca olvidada madre. ¡Adiós, Rosita; adiós, don Plotino, trasunto de la Providencia; adiós, Catedral, Obispo, vecindario cadavérico; adiós, Cuenca moribunda y trágica, aún envuelta en humo, en vapores de sangre, en ambiente de tristeza y desolación!

No quisimos partir sin informarnos del paradero de Silvestra. Mandamos un recado a la casa del concejal señor Palomeque; mas como este señor no nos diera ninguna respuesta, creímos perdida a la voluntariosa y antojadiza dama, de cuya reaparición daré noticias a mis buenos lectores en posteriores páginas, que ya no caben en este libro. No saldré de la patria de San Julián sin deciros (p.8945) que recobramos parte de nuestro equipaje y que momentos antes de partir vimos entrar por Carretería tropas a caballo, vanguardia de una columna mandada por el General Soria Santa Cruz, que el Gobierno envió el día 13 en auxilio de Cuenca. Entraban con extraordinarias precauciones, cuando ya en Cuenca no había ni un voluntario de la facción. ¡A buenas horas mangas verdes!

Salimos en la gratísima compañía de los madereros. Y no te digo adiós, lector pío, benévolo, buen católico y amante del orden social; no te digo adiós sino hasta luego, pues la deuda que tengo contigo de referirte lo de Sagunto, aplazada queda por apremios del tiempo y del espacio, superiores a la voluntad de vuestro leal y asendereado Tito. Otorgadme el respiro que os pido, y pronto me encontraréis camino de Sagunto, acompañado de las figuras representativas de la Restauración, Chilivistra, Leona la Brava y otras no menos interesantes personas que se aprestan a bailar conmigo y con vosotros en la nueva contradanza histórica.

 

FIN DE CARTAGO A SAGUNTO

 

 

&

(EPISODIO 46)

CÁNOVAS

 

Ep-46-I -

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía blanca pego la hebra de mi cuento diciéndoles que al escapar de Cuenca, la ciudad mística y trágica, fuimos a parar a Villalgordo de Júcar, y allí, mi compañero de fatigas Ido del Sagrario y yo, dando descanso a nuestros pobres huesos y algún lastre a nuestros vacíos estómagos, deliberamos sobre la dirección que habíamos de tomar. El desmayo cerebral, por efecto del terror, del hambre y de las constantes sacudidas de nervios en aquellos días pavorosos, dilató nuestro acuerdo. Inclinábame yo a correrme hacia Valencia, impelido por corazonadas o misteriosos barruntos. Di en creer que hallaría en tierras de Levante a mi maestra Mariclío y que por ella tendría conocimiento de la preparación de graves sucesos. Pero a Ido le tiraba hacía Madrid una fuerte querencia: su mujer, sus amigos, (p.8946) su casa de huéspedes. La ley de adherencia en las comunes andanzas aventureras nos apegaba con vínculo estrecho. Desconsolados ambos ante la idea de la separación, cogimos el tren en La Roda y nos plantamos en la Villa y Corte.

Largos días permanecí recluido en mi aposento pupilar de la calle del Amor de Dios. La casa estaba desierta por ausencia de los estudiantes de San Carlos que gozaban ya de la dilatada vagancia veraniega. Prisionero me constituí en mi celda, sin osar poner los pies en la calle, no sólo por aburrimiento, sino por tener mis bolsillos tristemente limpios y mondos de toda clase de numerario. Olvidado me tenía mi excelsa Madre, sin que mi conciencia ni mi razón explicarme supieran la causa de tal abandono, pues nada hice ni pensé que pudiera desagradarla. Cuantas veces acudí a la portería de la Academia de la Historia en busca de los emolumentos que allí, solícita y puntual, meconsignaba Doña Mariana, hube de volverme desconsolado y con las manos vacías a mi pobre hospedaje. Por fin, avanzado ya el mes de Agosto, ¡oh inefable dicha! la portera de la docta casa me entregó con graciosa solemnidad un paquete que contenía suma moderada de los sucios papiros que llamamos billetes de Banco, y una cartita cuyo interesante contenido devoré con mis ojos en el corto trayecto de la calle del León a la del Amor de Dios.

«Perdona, mi buen muñeco -decía la carta-, si tan largo tiempo estuve sin acudir a tus necesidades. Con la presente recibirás ración no muy cumplida del pan de la vida social. Gástalo con tiento, mantente en la justa ponderación de la economía y la prodigalidad.. Estoy donde estoy. No me verás tan pronto. Vivo en obscuro escondite, acechando un hecho histórico que tú no has previsto y yo sí. No pocos caballeros españoles y algunas damas alcurniadas quieren engendrar un ser político, que representará la transformación capital de la familia hispana. Es lo que el bueno de Víctor Hugo llamaba un gozne de la Historia.. Yo me entretengo mirando a los que ponen sus manos pecadoras en esta labor (p.8947) mecánica. Unos se esfuerzan en engrasar la espiga y el anillo del gozne para que el doblez se efectúe sin aspereza y con silencio decoroso; otros, en su afán de terminar prontito, salga lo que saliere, doblarán la Historia con maniobra violenta, y el chirrido del metal giratorio se oirá hasta en la China.. ¿No entiendes esto, historiador travieso y chiquitín?.. Vístete bien, ahora que tienes dinerito fresco, y no busques tu sastre entre los de medio pelo. Reanuda y cultiva tus antiguas amistades, y disponte a estrecharlas nuevas relaciones que te salgan al paso. No desdeñes a los hombres de pro.. El pro se acerca taconeando recio.. La pobretería se aleja pisando con el contrafuerte.. Adiós, hijo. En cuanto lleguen las brisas de otoño, que avivan la natural frescura y alegría de los madrileños, diviértete lo que puedas. Si sientes apetito de lecturas, pon a un lado al amigo Saavedra Fajardo, y entretente con el Manual del perfecto caballero en sociedad, consagrando algunos ratos a la Moda elegante».

Confuso me dejó la epístola, que leí cuatro veces, y aunque algo pude descifrar de su sentido recóndito, no llegué al pleno dominio de las ideas expresadas por la Madre en aquellas líneas, escritas con genuino trazo de Iturzaeta.. Septiembre se me pasó en renovar mis amistades de Madrid, y en ponerme al habla con sastres y zapateros.

Amenguaba ya el calor; pero aún se veían en el Prado grupos de paseantes y tertulias de gente distinguida: formábanlas familias que no habían podido ir a baños y otras que se volvieron antes de tiempo, repatriadas por la escasez de pecunia. En diferentes corros y tertulias mariposeaba yo en las tardes y noches de variado temple. También gustaba de arrimarme a los puestos de agua, frecuentados por parroquianos de distinta marca social, bastos, finos y entrefinos.

Ved ahora la cáfila de amigos que me salieron al encuentro en el Prado y sus aguaduchos: Luis Blanc, Moreno Rodríguez, Serafín de San José, Telesforo del Portillo (Sebo) , Patricio Calleja, Mateo Nuevo, Fructuoso Manrique, David Montero, Dorita, Niembro, (p.8948) Emigdio Santamaría, Díaz Quintero, María de la Cabeza, Delfina Gay, y el imponderable don Florestán de Calabria, que se presentó ante mí con flamantes apariencias de limpieza y elegancia. Apartados del grueso de la concurrencia, que paladeaba el agua fresca con azucarillos y aguardiente, echamos un parrafito. Díjome que a femeniles influencias debía un empleíto escribientil en el Círculo Popular Alfonsino, y que desde que se puso en contacto con las personas decentes había empezado a echar buen pelo, como lo demostraba su ropa.

A mis anhelos de conocer el paradero de Leona la Brava, contestó que estaba en París.

¿Fue quizás con el hinchado figurón de los monumentales sombreros? No; el tal no gozaba ya la privanza de la dama de Mula; con su fatuidad chisteriforme habíase retirado, dejando el puesto a un protector nuevo, caballero separado de su mujer,regordete, calvoroto, afeitado el rostro y muy pulido de vestimenta, íntimo amigo de don Francisco Cárdenas, de don Manuel Orovio, y asistente pegajoso a la tertulia del Conde de Cheste. Noté en don Florestán cierto pudor para revelarme el nombre de aquel sujeto; sin duda quería guardar el incógnito de uno de los hombres de pro que le habían protegido. No insistí, seguro de descifrar el acertijo en cuanto Leona volviera de su excursión parisiense. ¡Y que no vendría poco ilustrada en todo género de novelerías y elegancias! Terminó el pendolista sus referencias diciéndome con cierta vanagloria:

«Fíjese usted, don Tito; el amigo de doña Leonarda es de los que tienen más metimiento en el palacio Basilewski, donde reside la que fue nuestra Soberana, quien como usted sabe abdicó ya en su hijo don Alfonsito».

Quedé con don Genaro en que me avisaría puntualmente la fecha de la rentrée de La Brava, y ya no volví a verle hasta mediados de Octubre. En tanto, los amigos cuyo trato frecuentaba yo por aquellos días, me confirmaron en la idea de que la sociedad española quería cambiar de postura, como los enfermos largo tiempo (p.8949) encarnados sin encontrar alivio. Notaba yo la lenta pero continua inclinación de las voluntades hacia un ideal que a primera vista deslumbraba, desviándose de los ideales pálidos ya y marchitos.

Dábame en la nariz el olor del aceite con que los más sagaces querían engrasar la bisagra histórica, y a mi oído llegaba el crujir de los impacientes y el retemblido del aparato con que se hacen los dobleces de la vida de un pueblo.

En la última decena de Octubre tuve conocimiento del regreso de Leonarda y de su domicilio, calle del Saúco, a espaldas del Ministerio de la Guerra. Juzgando indiscreto visitarla sin previa petición de venia, eché por delante un recadito con el de Calabria, y por el mismo conducto recibí un pase para penetrar en la gruta de la ninfa. Era la casa linda, coquetona, mejor apañada y dispuesta que la de la calle de Lope para un vivir descuidado y placentero. En el carácter de Leona no advertí mudanza: era la misma mujer afable, cariñosa y sugestiva que descubrí en el tempestuoso ambiente del Cantón Cartaginés. En su habla encontré notorio progreso, pues no se daba reposo en la tarea de perfeccionar su léxico. Apenas abrió la boca, me saltó al oído el decir exquisito, que revelaba un trato frecuente con personas de cepa moderada. Con estos refinamientos se confundía un gracioso empleo de galicismos de buen tono, y el desaprensivo chapurrar de términos franceses, entreverados con lo más corriente de nuestro lenguaje.

Apenas cambiamos las primeras cláusulas de afecto y remembranzas, Leona me soltó en nervioso estilo el relato de sus impresiones de París, juzgando con criterio justo todo lo que había visto, sin dejarse llevar del prurito de la admiración ni columpiarse en los espasmos de la hipérbole, como es uso y costumbre de los que llevan a la gran Lutecia todo el bagaje de sus almas provincianas. El buen gusto apuntaba ya en mi dulce amiga, anunciando la deliciosa ecuanimidad de la mujer de mundo. «Vivíamos en la Rue Richepanse, muy cerquita de la Magdalena y a poca distancia de la Plaza de la (p.8950) Concordia -me dijo-. Nos retirábamos tarde, porque casi todas las noches íbamos al teatro. A media mañana nos levantábamos, y yo empleaba largo rato en mi toilette, que allí, Tito mío, hay que mirar bien cómo sale una a la calle. Almorzábamos, unas veces en el Café Anglais, que es lo mejor de París; otras veces en Vefour, en las arcadas de una plaza que llaman Palais Royal. Por probar de todo, y para que yo me enterara bien de lo que es aquel gran pueblo en lo tocante a comistrajes, íbamos algunos días a unos restauranes baratitos, pero la mar de buenos, que llaman Bullones o Duvales».

A su caballero daba Leona el nombre de Alejandro, que a mi parecer era denominación familiar convenida entre ellos, pues según mis barruntos, el tal personaje figuró después en la Historia no muy lucidamente con nombre bien distinto. «Después de almorzar -continuó diciendo La Brava-, mi Alejandrito me dejaba en el Hotel y se iba a sus negocios, que no eran otros que la conspiración alfonsina. Largas horas pasaba enel Palacio de la Reina; visitaba al marqués de Molins, a Salaverría, al Duque de Sexto, a don Martín Belda y a otros que yo no recuerdo, todos ellos metidos en esa contradanza del alfonsismo. Cansábame yo de estar encerrada en el Hotel, y algunas tardes cogía mi sombrero y mi sombrilla y me marchaba a pasear por los bulevares, llegándome hasta la Puerta de San Denis o un poquito más allá. Yo podía decir lo que dicen que dijo Cúchares cuando le preguntaron si se había divertido en París de Francia: aqueyo es mu aburrío. To er zanto día está uno olivarej arriba, olivarej abajo.. Y no te creas, Tito, que era Leona costal de paja para los franchutes. Olivares arriba y abajo me seguían dos, tres y a veces hasta cinco moscones haciéndome el amor, y diciéndome cosas que yo entendía muy bien sin saber una palabrita de aquel habla. Pero, dándome la mar de pisto y con muchísima dignidad, seguía mi camino sin hacerles caso y me metía en la fonda».

No volví a ver a Leona hasta una noche de Noviembre, en el teatro Real, a (p.8951) donde la llevaba con frecuencia su afición a la ópera, nueva señal de adelanto en su carrera de cultura. Después de buscar a Leonarda por las regiones paradisíacas la encontré en delantera de palco por asientos, localidad que abonada tenía con dos amigas guapas, elegantonas y de la propia marca social. En los entreactos picoteaban las tres pasando revista con picante estilo a la concurrencia de damas, y señalando indiscretamente a sus editores responsables, confundidos en la turbamulta de gente distinguida, conservadora y alfonsina. Sobre la negrura de los fraques se destacaban las calvas, relucientes algunas como bolas de billar. La ópera de aquella noche era Roberto el Diablo, cantada por Rosina Penco, el tenor Nicolini y el bajo David. Poco pude hablar con mi amiga en aquella ocasión porque de improviso llegaron al palco unos pollastres esmirriados, en traje de etiqueta, que entablaron voluble conversación con las tres damas, acosándolas con bromas de mal gusto y cuchufletas impertinentes. Me retiré a mi localidad del Paraíso un tanto mohíno y desconsolado.

Más dichoso fuí la noche del estreno de Aida, hacia el 10 o el 12 de Diciembre, porque tuve la precaución de tomar anticipadamente la delantera de palco por asientos inmediata a las que ocupaban las tres ninfas. Sentado junto a mi amiga pude charlar con ella cuanto me dio la gana. «Esta noche -me dijo Leona- tenemos el teatro au grand complet. Sabrás, Titín salado, que hace tres semanas me da lecciones un profesor de francés, a quien conocerás el día que vuelvas por casa. Como los temas se me salen de la boca sin pensarlo, te pregunto: ¿Tienes el cordón azul de la sobrina del hermano de mi jardinero? Mi respuesta fue: No tengo el cordón de la bella hermana del sacristán; pero tengo la inmensa satisfacción de contemplar de cerca tus negros ojos y de admirar los blancos dientes que asoman entre esos labios de coral cuando iluminas el teatro con tu sonrisa.

-Cállate la boca, Tito, que no estamos solos -me contestó La Brava-. Mejor será que eches tus miradas por esta (p.8952) sala espléndida. En aquel palco tienes a la Campo Alange con su hija Luisa, que esta noche se lleva en el Real la palma de la hermosura. En la platea del proscenio, debajo del palco de los ministros, verás a la Medinaceli. Buena mujer, verdad. ¿Te gusta? ¡Ah, pillo!.. Más arriba, en los entresuelos, está la Fernán Núñez y su hija Rosarito, très gentille, con otras chicas muy guapas. Sigue mirando. ¿No ves a la baronesa de Hortega con su palco lleno de señorones?

-Sí. Y en el palco de al lado la de Navalcarazo.

-Pardon, moncher Tit. No es la de Navalcarazo, sino la de Híjar.. Allí tienes a Robles, el empresario del teatro, un caballero alto, moreno.. En la platea de abajo la Montúfar, guapa, carnosa. Tras ella el Marqués de Bedmar, Heredia Spínola y otro alfonsinovejancón que no recuerdo cómo se llama. En aquella platea, mira, Sardoal, Ricardo Álava y unas señoras que no conozco. En el palco de al lado la Perijaa con la Acapulco.

-Y luego sigue la de Ahumada..

-Pardon, mon ami. Me sé de memoria a todo el señorío de Madrid, lo que llamamos gens du monde. Esa que dices tú es la Folleville, con la Belvís de la Jara, la Campoalegre y Pepito Montiel.. Vuelve tus ojos al entresuelo y verás a la Villavieja con el Marqués de Yébenes, el neo más rabioso que hay en todo el universo mundo».

Cambiando bruscamente de cháchara, sin dejar de prodigar los pardones a cada instante, me quitó Leona los gemelos para mirar a las butacas. «En el pasillo central, allí, al extremo, de espaldas a la orquesta, tienes al caballero más pomposo y elegantón que hay en el teatro -me dijo-. Es Monsieur le Marquís du Bacalaó. A él se acerca en este momento mi Alejandrito. Reconócelo por la calva, que es de las que hacen época en la historia del poco pelo. Sé lo que le está diciendo. Cosa muy interesante. En el segundo entreacto te lo contaré, pues el primero pronto se acabará.. ¿No ves en otro grupo a Ramón de Navarrete? ¡Oh, le grand critique de société, por mal nombre Asmodeo! Dicen que es más viejo que la Cuesta de la Vega, (p.8953) pero está muy espigadito todavía.

-Ya, ya. También andan por ahí don Ignacio Escobar, y Jove y Hevia.

-Ahora entra Ramón Correa con Cruzada Villamil.. A callar, a callar, que empieza el segundo acto.. Esta ópera me va gustando mucho. Hoy leí el libreto y sé que pasa en el Egipto, donde están las Pirámides. ¿Saldrán aquí esas Pirámides? Me gustaría verlas».

Terminado el acto segundo con el grandioso concertante que sigue a la marcha de las trompetas, Leona se dispuso a comunicarme las interesantes novedades políticas que, según ella, conocía mejor que nadie en Madrid. Recatando su rostro tras el abanico, me dijo con afectada reserva: «Has de saber, querido Tito, que don Alfonso ha dado un Manifiesto a la Nación, escrito en un Colegio no sé si de Inglaterra o de Alemania.

Hasta ahora no se ha hecho público ese documento, que dice cosas muy bonitas.

-¿Lo has leído tú?

-Pardon. No lo he leído. Pero mi Alejandro, que recibió un fajo de ellos para repartirlos, me ha contado todo lo que trae. Cosa buena. Como que está escrito por Cánovas, voilà.

-Sí, sí. Dirá.. ya se sabe.. todo lo que es de rigor cuando los Reyes destronados quieren que se les franqueen los caminos o los atajos de la restauración.

-Dice.. que seamos buenos.. Pardon.. no es eso.. Dice que viene a reinar por haber abdicado su mamá, que a todos abrirá de par en par las puertas de la legalidad, o como si dijéramos, que todos entrarán al comedero para llenar el buche, passez moi le mot.. Y pone más, Tito; escucha: que si al igual de sus antecesores será siempre buen católico, como hijo del siglo ha de ser verdaderamente liberal.

-Dos ideas son esas, ma cherie, que rabian de verse juntas. ¿Liberal y católico? ¡Pero si el Papa ha dicho que el liberalismo es pecado! Como no sea que el Príncipe Alfonso haya descubierto el secreto para introducir el alma de Pío IX en el cuerpo de Espartero..».

 

Ep-46-II -

En el tercer entreacto de Aida, Leonarda, coincidiendo con mi excelsa Madre, me aconsejó que me pusiese a tono con la situación que se veía venir. Don Alfonso estaba en puerta, aunque (p.8954) otra cosa pensasen los cándidos provisionales y los que creyéndoselistos andan a tientas por las obscuridades de la vida. Al Gobierno de Sagasta no le llegaba la camisa al cuerpo y se defendía deportando a Filipinas a todos los que juzgaba sospechosos. Sospechoso era el país entero, que pedía orden y paz, metiendo de una vez en cintura a los malditos carcas y a los insurgentes de Cuba. A tan atinadas observaciones, que mi amiga expresaba en lenguaje más llano del que yo uso, agregó luego estos familiares consejos, inspirados en un claro sentido de la realidad: «Cuídate ahora de la buena ropa, porque se ha concluido el reinado de los cursis y de la pobretería. Arrímate a Cánovas, que es el hombre de mañana, y si no tienes medios para hacerte su amigo yo te los proporcionaré. Qué, ¿te asombras? Esta pobre Lionne, que te parecerá una doña Nadie, tiene hoy un poder que ya lo quisieran más de cuatro».

Al final de la ópera, entre el tumulto de los aplausos que prodigó el público a Tamberlick y a la Fossa, me dijo Leonarda que por don Florestán me avisaría para celebrar una entrevista y ponerme al tanto de los acontecimientos. Despedime cariñosamente de ella y de sus dos amigas, que tengo el gusto de presentar a mis lectores, presagiando que tal vez las encontraremos más tarde en nuestro camino. La una era María Ruiz, menudita y graciosa; la otra Carolina Pastrana, ojinegra, blanca y gordezuela; ambas liadas con alfonsinos de riñón bien cubierto que no debo nombrar porque ya entrábamos en la era de la hipocresía, del mírame y no me toques, y del buen callar, que llamamos Sancho.

Con la mayor parte de los ministros del Gabinete Sagasta tenía yo pocas relaciones. Al Presidente no le había visto desde el tiempo de don Amadeo. A Ulloa y Romero Ortiz les trataba superficialmente. Por cierto que este, en su despacho de Gracia y Justicia, adonde fui con una comisión de postulantes gallegos, nos habló del Manifiesto de Sandhurst con marcado menosprecio. El único Ministro con quien tenía yo franca amistad era el de (p.8955) Fomento, Carlos Navarro Rodrigo, el cual en Noviembre me manifestó su proyecto de fundar un gran periódico que defendiera la pura doctrina constitucional, contando conmigo para redactor político. ¡A buenas horas mangas verdes!

Una tarde, a fines de Diciembre (creo que fue por Inocentes, día más día menos) fui a verle a su despacho de la Trinidad, y me le encontré demudado y tan nervioso que su lengua gorda no articulaba las palabras con la claridad debida. «¿Pero no sabe usted lo que pasa, Tito? -me dijo, anonadándome con su gesto y el aire imponente de su procerosa figura-. Esto es inaudito. Vivimos en un país de locos.. Por telegrama de hoy se ha sabido que en Sagunto, el General Martínez Campos ha proclamado Rey de España al Príncipe Alfonso. ¿Es esto racional, es esto patriótico?.. ¿Qué personalidades del Ejército le han ayudado en su loca empresa? Se habla de Jovellar, de Balmaseda, de los Dabanes, de Borrero; no sé.. no sé..».

Acto seguido entraron precipitadamente en el despacho los Directores Generales y los

Secretarios, con sin fin de papelotes que traían a la firma. El Ministro, con presurosa mano, garabateaba su testamento. Al despedirme, don Carlos me dijo:

«Nuestro periódico se quedará para mejores tiempos. Ahora mismo voy a ver a Serrano Bedoya y a Primo de Rivera, para saber qué determinan el Ministro de la Guerra y el Capitán General de Madrid.. Esto no puede quedarse así.. Algo muy gordo pasará..

Quizás no pase nada.. Veremos..».

Caviloso me volví a mi casa, y al subir la escalera sentí mi espíritu lanzado a un torbellino de ideas contradictorias. La renovación social y política que se anunciaba ¿era un paso hacia el bienestar nacional o un peligroso brinco en las tinieblas?.. Apenas entré en mi aposento me dio la ventolera de ponerme los trapitos de cristianar para salir al visiteo de las personas de pro, obediente a las sabias indicaciones de Mariclío y de Leona la Brava. Yo me había hecho a la entrada de invierno elegante ropita para andarpor el mundo: pantalones de última moda, (p.8956) chalecos vistosos, levita inglesa y un gabán con forros de seda y cuello y bocamangas de piel, que quitaba el sentido. Este rico indumento completábase con espléndido surtido de corbatas, guantes, botas de charol y sombrero de copa dernière façon.

Disponiéndome para vestirme busqué mi ropa en la percha y en un armario de luna que me habían puesto mis patrones para mayor decoro de la estancia hospederil, y busca

que te busca, no encontré ninguna de aquellas ricas prendas que me costaron un dineral. Contrariado primero, furioso después, empecé a pegar gritos:

«¿Qué es esto? ¡Don José, Nicanora! ¿Dónde está mi ropa?». No tardó en acudir a mi desesperado llamamiento el filósofo Ido, que trémulo y confuso, me dijo: «Ilustrísimo Señor: llega Vuecencia a su casa trastornado, falto de memoria. Las tres y media serían cuando llamaron a la puerta dos individuos con uniforme, que me parecieron ordenanzas de la Presidencia o ujieres del Parlamento. Venían de parte de Vuecencia por su ropa elegante para vestirse allá, no sé donde..

-Yo no he pedido mi ropa, ¡canastos, mil porras! -exclamé fuera de mí-. Es usted un simple, don José. Se ha dejado usted robar.

-Señor, yo me lo creí porque.. verá.. A eso de las dos y cuarto me encontré en la calle a ese amigo de Vuecencia.. don Serafín de San José.. el cual me dijo que para que don Alfonso venga con más aquel, se quería formar hoy mismo un Ministerio de conciliación y de ancha base, pero muy ancha..

-¡Qué demonio de conciliación ni qué ocho cuartos!

-Conciliación del orden con el desorden, de la libertad con el palo, de Cheste con don Salustiano de Olózaga. Ya ve usted si es ancha la base.. Al saber esto y al ver que Vuecencia me pedía su ropa.. francamente, naturalmente.. pensé que era su Ilustrísima

uno de los llamados a componer ese Ministerio, y que tenía que vestirse a escape por mor del juramento y de la toma de posesión..

-¡Qué juramento, que posesión, ni qué cuerno! ¡Señor don Ido del seguro, señor don Ido de la cabeza, basta de enredos y (p.8957) venga pronto mi levita, mi gabán, mi..!

-Excelentísimo señor don Tito -exclamó Sagrario consternado y casi lloroso-. Lo que he tenido el honor de decir a Vuecencia es el mismo Evangelio.

-Déjeme usted de Evangelios, señor mío. Ya empiezo a creer que esto es una broma de los estudiantones de San Carlos que tiene en su casa, los más traviesos, los más alocados, los más pillos, hablando mal y pronto, que hay en Madrid.. Esas diabluras de niños mal educados no las tolero yo. Que los aguanten sus padres, que no supieron darles mejor crianza.. Y usted, señor don Ido, señor don Dejado de la mano de Dios, usted es responsable de este despojo. Ya verán todos quién es Tito. Esta misma tarde daré parte a la policía y..».

En esto presentose Nicanora, y con tan sinceras y persuasivas palabras confirmó lo dicho por su esposo, que yo quedé perplejo, sin saber qué pensar. El desgaste de energía me llevó a un estado de atontamiento que pronto fue laxitud soporífera. Dije a mis patrones que me dejaran solo, y me tumbé en el sofá, cuyos muelles cortantes habían sufrido aquel verano esmerada reparación.. Rumor de misteriosas voces atormentó mis oídos. Otra vez me sentí en poder de los entes invisibles que en ciertas ocasiones de mi vida dirigían a su antojo mi conducta social. Y eran precisamente los espíritus malos, bien distintos de aquellos benéficos protectores que más de una vez endulzaron mi existencia.

De improviso, me hizo saltar en el sofá un anhelo irresistible de echarme a la calle. Y como ya no podía, por falta de la ropa buena, visitar a la aristocracia política, resolví vestirme con un trajecillo raído, añadiendo la capa venerable, astrosa, digna de pasar de mi casa al Rastro, y el hongo abollado que sufrió los rigores del asalto de Cuenca, puesla chistera número dos habíala destinado a medir garbanzos. Iba, pues, como uno de esos cesantes crónicos que todo lo esperan de las algaradas demagógicas. En la calle me sentí populacho, y hube de contenerme para no gritar ¡Abajo Alfonso 1! ¡Viva la libertad de cultos y el desestanco (p.8958) de la sal! En mis oídos resonaba la cháchara de los espíritus maléficos, aviesos y burlones. Tal era mi aturdimiento que llegué a desconocer los sitios por donde iba. A menudo recibía empujones de los transeúntes con quienes tropezaba, y en todos ellos creí ver moderados o alfonsinos orondos, insolentes, pavoneándose en celebración de su triunfo.

Sin saber cómo ni por dónde, cual cuerpo inconsciente lanzado por el acaso a los laberintos callejeros, llegué a la Travesía de la Parada y a la taberna de Ginés Tirado. Entre los parroquianos que allí mataban el tiempo encontré al maestro de obras Cerrudo, Perico el de los Mostenses, el corredor de vinos Botija, el churrero Paja Larga, el tipógrafo Vicente Morata, Antonio Merino, profesor de esgrima, y otros desaforados patriotas cuyos nombres no recuerdo. Llevome Ginés a una mesa situada en lo más obscuro del establecimiento. Formé ruedo con dos o tres de aquellos puntos, y un aprendiz de medidor nos sirvió de lo añejo. Pedí al tabernero noticias de su hermana Celestina, y me dijo que se hallaba en el piso alto y que le mandaría un recadito para que bajase a verme.

Caía la tarde. Las luces de gas encandilaban mis ojos. Yo bebía sin darme cuenta de las copas que a mis labios llevaba.. Sobre mi alma iba cayendo un velo de tristeza desgarrada, por cuyos intersticios veía las caras de los hombrachos que rodeaban la mesa, y oía jirones de una charla política tocante a la venida de los higos chumbos, o como dijo Paja Larga, del elemento alfonsino.. En medio de aquellas sensaciones caóticas vi aparecer a Celestina, que se sentó a mi lado. En sus facciones angulosas, huesudas y secas, nariz de tajante caballete, barba muy saliente con cuatro pelos en guerrilla, creí ver la caricatura de un rostro aristocrático. Por la manera de liarse el pañuelo a la cabeza, su parecido con el Dante resultaba perfecto. Saludome con arrumacos y carantoñas, echándome su brazo por los hombros.

Pasado un lapso de tiempo que no sé precisar, Celestina me convidó a comer; accedí; desaparecieron los (p.8959) bebedores; sentáronse a la mesa dos muchachas graciosas y joviales, la una más linda que la otra; sirvieron tortilla con jamón, tajadas de bacalao en el condimento que llaman soldados de Pavía, conejo en salsa y bartolillos; todo ello remojado en abundancia con peleón, cariñena, moscatel y caña.. Entre un tumulto de risotadas que repercutían dolorosamente en mi cerebro, se nublaron mis ojos, me congestioné, perdí el conocimiento.

Mis sagaces lectores suplirán aquí la mutación de teatro que yo no puedo describir porque no me hice cargo de ella. Cuando empecé a recobrar el sentido me vi en la calle,

¡ay Dios mío!, llevado en vilo por cuatro personas, dos de las cuales me parecieron mujeres. Mis conductores no podían tenerse de risa y hacían chistes a costa mía, burlándose de mi lastimoso estado. Quise hablar y no pude.. Caballero lector, prepárate para otra mutación. Sumergido nuevamente en profundo sopor, no me di cuenta de nada hasta que recobré súbitamente mi lucidez, encontrándome en una pobre estancia, tumbado en mísero camastro.. En pie, junto a mí, vi dos mujeres: la una era el Dante, la otra, la más linda muchacha de las que comieron conmigo en la taberna.

Transcurridos los primeros instantes de estupefacción hablé de esta manera: «Pero - - Celestina, ¿qué es esto, qué me ha pasado?

-No es nada, señor de Liviano -me contestó la figura dantesca-. Comió usted con gana y empinó más de la cuenta; de aquí que se le fuera el santo al cielo.. Se nos quedó usted como difunto y nos dio la gran desazón. Para ver de resucitarle y que recobrara su tino le trajimos a esta casa, que no es la mía, sino la de esta joven, mi amiguita, que aquívive con su tía Simona. La vivienda no es de lujo, como ve. Pero sí bastante apañada para su comodidad. Aquí puede usted estar todo el tiempo que quiera, hasta que su caletre y sus nervios entren en caja».

Mostré en cortas palabras mi gratitud, dirigiéndome a la mocita gentil, a quien di, no sé por qué desvarío dantesco, el nombre de Beatrice. «No me llamo Beatriz sino (p.8960) Casiana, para servir a usted caballero don Tito -me dijo la graciosa muchacha-. En mi casa está usted seguro y tranquilo. Nadie le molestará». Como yo tratase de indagar el lugar donde me encontraba, Celestina lo describió de esta manera: «Estamos a la vuelta de la Escalerilla, frente a los Mostenses, en el local donde radicó (vamos al decir) la redacción de El Combate, aquel papel donde escribió Paúl y Angulo, de quien se dijo que tuvo que ver en la muerte de Prim. ¡Ay qué gracia, don Tito: está visto que donde quiera que usted va, allí encuentra la Historia!». Con esta frase y otras igualmente donosas se despidió la Tirado, diciendo que era ya más de la una de la noche. Cuando la vi retirarse, después de encarecer a Casiana que me cuidara con la mayor solicitud, creí que salía para dar su acostumbrado paseo por el Infierno y Purgatorio de la Divina Comedia.

Solo ya con mi linda guardiana y aposentadora, esta se apresuró a meterme en la cama. Hízome levantar; arregló el lecho con sábanas limpias y buenas mantas; me quitó las botas; me ayudó a desnudarme con todo recato y honestidad; me acostó, arropándome cuidadosamente; puso la luz en lugar donde no me molestara, y sentose a mi lado. Tras de algunas palabras mías de agradecimiento, contestadas por ella de una manera discreta, caí en sueño profundísimo.. Desperté muy avanzado ya el día, sintiendo en mi cabeza y en todo mi ser los efectos de la reparación orgánica. Mi cerebro recobraba su lucidez. Yo era yo; me reconocí como el Tito despabilado y clarividente de mis mejores días. Llegose a mí Casianita, risueña y amable, trayéndome una taza de café con leche. Bendiciendo su solicitud, me incorporé para tomar mi desayuno. Apenas puse la taza vacía en las manos de la mozuela, esta se sentó al borde de mi lecho, y con grácil llaneza y sinceridad, me enjaretó este discursillo interesante:

«Ya está usted en mi poder, caballero don Tito, y lo primero que oirá de mi boca es que ya no le suelto. Celestina me dijo anoche: 'Ahí te lo dejo, Casiana; (p.8961) asegúralo bien, y haz cuenta de que con ese hombre chiquito, te ha venido Dios a ver. El buen apaño que - - buscabas, ya lo tienes. No es un cualquiera el señor que te ha caído del cielo, y aunque le ves mal trajeado y alternando con gente de taberna, es como si dijéramos un grande hombre, con muchisma influencia y muchismo poderío'. Yo no valgo nada; pero soy buena, aunque me esté mal el decirlo, sé gobernar una casa y hacer la felicidad de un caballero de circunstancias que no pique muy alto en sus pretensiones. En mí tendrá usted una criada para todo y una mujer fiel que le proporcione paz, alegría y cariño».

Corté el discursejo pidiéndome antecedentes de su persona y familia. ¿Cuál era su estado, cuál su condición presente? Premiosa, suspirando a ratos y haciendo lindos pucheritos, me dio a conocer los rasgos culminantes de su breve historia. La señora con quien vivía era su tía. De su madre, ausente, poco bueno tenía que decir ¡ay! pues ella fue quien la llevó a la desgracia. Con emoción y vergüenza me suplicó que no la obligase a dar más pormenores de su deshonor y de la maldad de su madre. «En fin, don Tito -añadió resumiendo en precipitadas razones la confesión de sus desventuras-; ya sabe usted quién soy. La pobre Casiana se acoge al buen corazón de usted. Ampáreme, señor, téngame consigo para que mi vida sea menos aperreada y menos afrentosa».

Confieso que la chica empezó a interesarme y que en mí sentía, con la viva compasión, albores o remusguillos de un afecto incipiente. La muchacha prosiguió:

«Puede usted hacer mucho por mí, señor don Tito. Y si quiere hacerlo con reserva, mejor. Con reserva debe ser, porque usted es persona muy alta. Me lo ha dichoCelestina y todos los que estaban en la taberna de Ginés Tirado. Usted vino anoche a la tasca.. ¡ya lo sé, ya lo sé yo!.. disfrazado de pobre con una capa vieja, un traje de papel secante y un sombrero que parece un acordeón. Esos disfraces se los pone usted para vigilar a los que conspiran contra el Gobierno y descubrirles todos sus (p.8962) trampantojos.

Pero a mí no me la da, que yo le he visto en la calle vestido muy majo, con botitas de charol, gabán de pieles y un chisterómetro reluciente que da la hora..

»Usted se sonríe y me mira con ojos cariñosos -continuó tras una breve pausa- Ya veo que me amparará. Ya no lo dudo.. Y lo primero que le pido, don Tito de mi alma, no es que me dé de comer, no es que me vista decentita; lo primero que le pido es que me enseñe a leer y escribir o que me ponga un maestro que me dé lección.. porque soy una burra.. no entiendo una letra.. no sé escribir una palabra.. Y el ser una burra, créalo como Dios es mi padre, me mortifica tanto, no, me mortifica más que el no ser mujer honrada. ¡Ay.. cuando yo le cuente cómo ha sido la infancia de esta pobrecita Casiana, se espantará usted!.. De los cinco a los diez años anduve por las calles, descalza, con un ciego que tocaba la bandurria. Largo tiempo pasé durmiendo en un banco sin más abrigo que unos trapajos indecentes. El abandono en que me tenía mi madre no se cuenta en un año. Me alquilaba para pedir limosna con mendigos asquerosos y borrachines».

 

Ep-46-III -

Las ingenuas declaraciones de Casianilla, infeliz pájara vagabunda y analfabeta, me interesaban más a cada instante, y su afán de aprender a leer y escribir despertó en mí los más puros sentimientos de tierna simpatía. Cuatro días permanecí en aquella casa bien alimentado, bien servido, como fuera Lanzarote- cuando de Bretaña vino.

Suavemente, por naturales atracciones y accidentes circunstanciales, fuimos entrando la mozuela y yo en franca intimidad. La tía de Casiana, Simona, era una mujer tan avezada al trabajo casero que ni un momento daba paz a sus manos bastas, así en la cocina como en el barrido y fregoteo de las humildes habitaciones. Cuando ya me encontraba restablecido y en disposición de salir a la calle, Casiana, infatigable y hacendosa, me arregló la capa disimulando con hábil aguja los sietes que la deslucían, y adecentando a fuerza de bencina y cepillo mi desdichada ropa. En medio de estas faenas (p.8963) solía presentársenos de improvisto El Dante, para darnos buenos consejos y señalarme con profética autoridad la conveniencia de recobrar mi alta posición.

Por fin, la vaciedad de mis bolsillos que en aquella ocasión pedía inmediato remedio, me lanzó a las calles, llevando conmigo a la que ya conceptuaba como inseparable compañera. Réstame decir que en el período de mi corto encierro acabaron los agitados días del año 74 y empezaron los de su sucesor. Estábamos, pues, en los infantiles comienzos del 75, entre la Circuncisión y los Santos Reyes, cuando Casiana y este humilde cronista atravesábamos medio Madrid alegremente y cogiditos del brazo, para dirigirnos a la portería de la Academia de la Historia, donde esperaba encontrar, con noticias frescas de la Madre, los dineritos que tanta falta nos hacían.. No me engañó el corazón. Puso la portera en mis manos el paquete, diciéndome: «Feliz año, don Tito», y salimos mi amiga y yo, no diré que brincando de alegría, pero poco menos. Propuse a Casiana que bajáramos al Prado para descansar y leer detenidamente la carta de mi Madre. Así lo hicimos, y sentaditos en el escaño de la verja del Botánico, me consagré a leer, con el debido respeto y devoción, la carta de Mariclío que así decía.«Para que te vayas enterando, mi buen Tito, te mando estos apuntes producto de mi observación directa en los risueños lugares de Levante. Días ha encontrábame yo en las ruinas del teatro romano de Murviedro, rememorando la espantosa ocasión de la caída de la heroica Sagunto en poder del furioso Aníbal, cuando mi fiel criada Efémera me trajo el aviso de que en el caserío llamado de les Alquerietes ocurría un suceso, que no por previsto era menos interesante para mí. Volando fuimos allá Efémera y yo, y vimos numerosas tropas del Ejército del Centro formadas en cuadro. Frente a ellas, el General Martínez Campos, rodeado de brillante Estado Mayor, pronunciaba con ronca elocuencia un militar discurso, comenzado con negra pintura de los males de la Patria y concluido con (p.8964) proponer la panacea de su invención, la cual era proclamar Rey de las Españas al joven Príncipe Don Alfonso.

»Yo vi a Martínez Campos el 27 de Diciembre por la noche, cuando llegó a Sagunto en una tartana, acompañado del Teniente Domínguez. Estábamos él y yo en la misma posada. Ya sabes que aprecio mucho a este General, reconociendo en él cualidades de bravo militar y honrado caballero. Me ha dolido verle metido en este enredo. Si la Restauración era un hecho inevitable, impuesto por fatalismo histórico, los españoles debían traerla por los caminos políticos antes que por los atajos militares. Cánovas opinaba como yo, y al fin ha tenido que doblar su orgullosa cerviz ante la precipitada acción de las espadas impacientes.

»Al tanto estaba yo de lo que tramó don Arsenio en el Ejército del Centro, antes de irse a Madrid; de la misión que llevó a la Corte el Comandante Aznar, de las conferencias que tuvo con Martínez Campos, y de la clave convenida para que este viniese a dirigir y encauzar el movimiento. La clave telegráfica, que pasó por mis manos, decía: naranjas en condiciones. Las primeras tropas que se unieron al General para dar el grito fueron las que mandaba el Teniente Coronel Aragón, Jefe de la reserva de Madrid. Las demás no tardaron en agregarse.

»Con mis propios ojos vi al General Martínez Campos, la noche que llegó a Sagunto, escribir tres cartas que mandó a su destino con el Comandante Salcedo. El sobre de una de ellas decía simplemente: Brigada Laguardia.- Villarreal. La segunda carta iba dirigida a don Pablo Corral, Teniente Coronel de la misma Brigada. Y la tercera al Coronel Borrero, Jefe del Regimiento de la Constitución, que se hallaba en Castellón de la Plana. Tras el emisario mandé a Efémera, hija del Tiempo, educada por Eolo, y yo me fui a dar una vuelta por Valencia, para ver lo que allí pasaba. Cuando me reuní con Efémera dejé a esta al cuidado de lo que ocurriera en Villarreal y volé a Castellón, donde observados directamente los actos y palabras del General Jovellar que (p.8965) mandaba uno de los Cuerpos de Ejército del Centro, comprendí que la Restauración era ya un hecho, y que por la vulgaridad de aquellos sucesos, la Historia no debía precisar pormenores que carecían de todo interés.

»Apunta, hijo, apunta en media página el resumen de las directas observaciones de tu

Madre. Ayudaron a la fácil traída de don Alfonso los hermanos don Luis y don Antonio Dabán, Borrero y don José Bonanza, el Jefe de Estado Mayor Brigadier Azcárraga; el Teniente Coronel Aragón, los Comandantes Aznar y Salcedo, y casi todos los jefes y oficiales de la Brigada Laguardia y del Cuerpo de Ejército mandado por Jovellar. Efémera y yo nos reíamos de la llaneza ramplona con que en España se desarrollan y se redondean estas revoluciones pacíficas que llaman pronunciamientos.

El de Sagunto fue una comedia, El juego de las cuatro esquinas, representada en un escenario de algarrobos.

»Y por último, no olvides que entramos en una época de buenas maneras, distinción y elegancia. Ya se llevan los chalecos de fantasía y los botines blancos.»Adiós, muñeco mío. Ten juicio. Si no te escribo ni me ves, sabrás de mí por la veloz Efémera».

Afirmándome en la resolución que tomé apenas recibidos los dineros y la cartita, cogí por un brazo a Casiana y nos fuimos a mi mansión hospederil. Grande fue la sorpresa del matrimonio Ido al verme entrar con la bonita res que había cazado en mi ausencia de cinco días. Acostumbrados a mis extravagancias y a la presteza genial con que yo emprendía y realizaba las amorosas conquistas, mis patrones suprimieron toda indiscreta pregunta. Adelanteme yo a satisfacer su curiosidad, diciéndoles en tono que excluía todo comentario: «Esta señorita que traigo de la mano vivirá conmigo en esta misma habitación o en otra muy próxima. Prepare usted, Nicanora, una buena cama y los muebles más decorosos que haya en la casa». Y tirando del paquete que acababa de recibir saqué el fajo de billetitos y puse dos en manos de mi patrona, diciéndole:

«Ordeno y mando que esta señorita y yo (p.8966) comeremos en nuestras habitaciones, apartados de la turbamulta de estudiantillos alborotadores y zaragateros. Cobren mis atrasos si los hubiere. Abriremos la mano en el dispendio, pues como ustedes saben, vienen tiempos en que las personas han de ser estimadas según su prestancia y el tono que se den al presentarse en el escenario social».

Cuando esto decía, miré a la percha, abrí el armario de luna, y vi con asombro y júbilo que toda mi ropa buena había vuelto a los colgaderos donde estuvo antes de su inexplicable desaparición. Antes que yo pidiera explicaciones de aquel prodigio, el filósofo don José pronunció estas solemnes palabras: «Excelentísimo Señor: los mismos ordenanzas galonados que se llevaron la ropa, la trajeron a los dos días, intacta y sin el menor deterioro.

-Vamos, lo que yo pensé: un bromazo de los pícaros escolares.

-Dispénseme, Ilustrísimo Señor; no está en lo cierto. La broma, según he podido yo entender por mis cálculos políticos, fue de don Antonio Cánovas, que aquel día tenía gran interés en que Vuecencia no se pusiera al habla con don Práxedes Mateo Sagasta, ni con el Capitán General de Madrid, señor Primo de Rivera.

-Bien podrá ser -dije yo con fingida seriedad-. Me maravilla, señor Ido, su descomunal pesquis y la justeza de sus puntos de vista, así en lo privado como en lo público. Y ahora, querido, ordene usted que nos sirvan a la señora y a mí un suculento almuerzo».

Mientras almorzábamos, por cierto con soberano apetito, solté el chorro de mi locuacidad sobre el buen Ido del Sagrario, que ceremoniosamente nos servía. «Don José de mi alma -le dije-. Voy a encomendar a usted una misión, en cierto modo sagrada, que no dudo desempeñará cumplidamente por ser usted tan cuidadoso patrón como ilustrado pedagogo. Esta joven, cuyo nombre es Casiana de Vargas Machuca y procede de una de las más ilustres familias españolas, ha venido a ser mi compañera por una serie de lamentables desdichas que no es oportuno referir. En edad crítica para las niñas, entre (p.8967) los trece y catorce años, padeció una terrible enfermedad de cerebro. ¡Ay don José! Casi milagrosamente escapó con vida de aquella hondísima crisis. Pero perdió en absoluto la memoria de cuanto aprendiera en la niñez. Aquí la tiene usted modosa, dulce, cortita de genio, dotada de toda la perspicacia compatible con su inocencia. Mas le falta.. le falta.. En fin, ilustre amigo: Casiana no sabe leer ni escribir».

Asombrado quedó mi patrón, y brindose como viejo maestro de escuela a reparar en corto tiempo la deficiencia educativa de la señorita de Vargas Machuca. «Esta misma tarde -le dije yo- proveeré a usted de fondos para que compre una Cartilla, el Catón, el Fleury, el Juanito, papel de escribir, pizarra, y todo lo que sea menester para la primeraenseñanza. La enfermedad quitó a la niña la memoria, pero le dejó su talento natural, y con tan buen maestro como usted recobrara en un periquete la sabiduría que perdiera».

Muy orondo y como las propias mieles se puso el bueno de Ido. No veía ya las santas horas de dar comienzo a su faena educativa. Cuando nos quedamos solos, Casiana, soltando la risa, me dijo: «¡Ay, Tito, qué graciosos embustes le has metido! ¡Vaya con decirle que me llamo Vargas Machaca, cuando mi apellido es Conejo!

-Y mañana le diré que por la línea materna eres Imón de la Mota, y que te corresponde el título de Baronesa de Canillas de Aceituno, con sus miajas de grandeza de España».

-En el mismo tono de amable socarronería seguimos departiendo largo rato, y a media tarde, adecentándome un poco sin llegar a ponerme los atavíos señoriles, nos fuimos a la calle. Deseaba yo ponerme al habla con algunos amigos para enterarme de todo lo actuado políticamente en los días de mi eclipse. Estuvimos en el café de Venecia y en el de San Sebastián, donde sólo encontré a dos amigos periodistas, Fabriciano López y Mateo Carranza, que habían hecho campañas furibundas en la prensa avanzada durante los pasados días, y a la sazón dejaban traslucir su movible criterio con estas o parecidas manifestaciones: «Nosotros, a (p.8968) la chita callando, hemos infiltrado el alfonsismo en toda España».

Imitando la flexibilidad de sus conciencias, les presenté a Casiana como una prima mía de grandes conocimientos pedagógicos, que había llegado de Cuba con la noble aspiración de ocupar una plaza en la Escuela Normal de Maestras. Subiéndose a la parra y poniéndose muy hueco, ofreció Carranza su influencia para colmar los deseos de la ilustrada joven, pues era muy amigo del nuevo Director de Instrucción Pública y esperaba tener un puesto preeminente en las oficinas del Ramo.

Por Fabriciano y Mateo adquirí frescas noticias del raudo cambio de situación que mi Madre llamaba gozne o doblez histórico. Apenas comprendieron Sagasta y sus Ministros que al pronunciamiento de Sagunto se adhería con blanda unanimidad toda la fuerza militar del Centro y del Norte, se apresuraron a retirarse por el foro cantando bajito. Se hizo la pamema de detener en el Gobierno civil al imponderable don Antonio Cánovas, el cual pasó algunas horas en el despacho del Gobernador señor Moreno Benítez, obsequiado por este, y recibiendo plácemes, mimos y reverencias de innumerables hombres públicos, arrimados temporalmente a un sol que alumbraba antes de nacer. Don Emilio, amigo de Cánovas, le envió al Gobierno Civil una cama para que descansase cómodamente en su breve cautiverio. Por tal fineza, el ilustre malagueño favoreció después a su amigo con rápidos adelantos en la carrera de la Magistratura.

Al día siguiente, si no estoy equivocado, después de un fugaz e ilusorio poder omnímodo del Capitán General de Madrid, Primo de Rivera, se constituyó la indispensable Junta con figuras culminantes del alfonsismo. Poco después, maese Cánovas, como quien cambia los títeres de un retablo, compuso en esta forma el llamado Ministerio Regencia: Presidencia: Cánovas. -Estado: don Alejandro Castro. - Gracia y Justicia: don Francisco Cárdenas. -Hacienda: Salaverría. -Guerra: Jovellar. - Marina: Molins. -Gobernación: Romero Robledo. -Fomento: Orovio. (p.8969) -Ultramar: Ayala.

Prosigo ahora mi cuento mezclando sabrosamente lo personal con lo histórico. Sabed, lectores míos, que Casianita dio comienzo a sus lecciones con ardiente entusiasmo, y que el docto profesor, contentísimo de las aptitudes y aplicación de su discípula, aseguraba que pronto leería de corrido y que sus adelantos habrían de ser prodigiosos. Como la señorita de Vargas Machuca deletreaba mañana y tarde, y gustaba de emplear el resto del día ayudando a Nicanora en la cocina y en los trajines de la casa, yo salía solo a recorrer el mundo.

Una tarde, Felipe Ducazcal me llevó al Círculo Popular Alfonsino, hervidero de pretendientes al sin fin de plazas que brindaba la Restauración a los españolesnecesitados. Allí me encontré a Carranza, que ya se había colado en la Dirección de Instrucción Pública; a Modesto Alberique, que andaba tras una secretaría de Gobierno de provincias; a don Francisco Bringas, que, bien asegurado en Fomento por la protección de Orovio, brindaba sus influencias a la gentuza adve (p.8970) Guardia.

Se me olvidaba consignar.. y no extrañéis el desorden de mi cabeza, pues ya sabe mi parroquia que yo endilgo mis cuentos brincando locamente de idea en idea.. olvidé referir, digo, que el día 2 de Enero del 75 salieron de Madrid los individuos designados para traer al Rey Alfonso de las lejanas tierras donde se encontraba. Componían dicha Comisión el Marqués de Molins, los Condes de Valmaseda y Heredia Spínola, y don Ignacio Escobar, director de La Época, todos hombres muy serios y de encopetada representación para el caso. Una de las primeras medidas del Ministerio Regencia fue suspender a rajatabla los siguientes periódicos: El Imparcial, El Pueblo, El Correo de Madrid, La Bandera Española, El Cencerro, La Prensa, El Gobierno, La Iberia, La Igualdad, El Orden, La Civilización y La Discusión.

Habituado a la lectura matinal de mis periódicos favoritos, el vacío de prensa me causaba tristeza. A Casiana le tenía sin cuidado que no entraran papeles en casa, porque le estorbaba lo negro, y además, le sabía mal que pasara yo largas horas agarrado al Imparcial o al Pueblo. Cada día se metía más en las honduras del Catón, y sus ocios los consagraba, con no menor celo, al trabajo físico. Una mañana me la encontré en la parte interior de la casa, fregando los suelos, de rodillas, con los brazos al aire y las manos moradas de tanto darle a la bayeta. Como rasgo característico de su feliz adaptación a la nueva vida, contaré que los estudiantillos de San Carlos solían acosar con bromas de mal gusto a mi hacendosa compañera; pero esta les contestaba en breves y agrias razones, y si ellos insistían, refrenaba sus audacias a bofetada limpia.

A menudo era visitada Casiana por su tía Simona, y cuando la encontraba en el trajín de sus lecciones, permanecía la pobre mujer pasmada y muda cual si presenciase un acto milagroso. Analfabeta era también Simona, de las empedernidas e incapaces de enmienda, por causa de su edad. Se consolaba mentalmente admirando el fervor de la muchacha, y la paciencia del (p.8971) escuálido maestro que le iba metiendo en la cabeza tanta sabiduría. Terminada la lección, tía y sobrina salían hablar de sus conocimientos y relaciones.

Refiriéndose a Celestina Tirado, aseguró un día Simona haber descubierto que la hermana del tabernero Ginés tenía trato con los demonios; vivía en sociedad con una tal Grosella, italiana o cosa así, y ganaban la mar de dinero adivinando lo que no se ve y curando con bebedizos a los desamorados. A lo mejor se iban por los aires en busca del Gran Cabrío para celebrar las misas demoniacas. Desde que Celestina andaba en estostrotes se le había puesto la cara más huesuda y le habían salido en la barbilla, en la nariz y en las orejas unos pelos largos y feos.

Una tarde, solos Casiana y yo en nuestra habitación, platicábamos sobre lo mismo. Mostrábase mi amiga incrédula de las cosas sobrenaturales que su tía le contaba.

Sostenía que eso de las almas del otro mundo que vienen al nuestro no tiene realidad más que en los cuentos de viejas. Díjele yo que existen verdades y fenómenos fuera de la acción de nuestros sentidos; que no debemos rechazar en absoluto en contacto de nuestro mundo con otros lejanos o próximos, aunque invisibles.. y estando en estas amenas divagaciones vi que entraba en la estancia una imagen, una persona, una mujer, sin que precediera el tintín de la campanilla, ni anuncio ni aviso alguno. Di algunos pasos hacia la extraña visitante, y antes que yo le preguntara si en mi busca venía, oí su voz melodiosa que así me dijo: «¿No me conoce, señor don Tito? Soy Efémera, la mensajera de su divina Madre».

 

Ep-46-IV -

La recadista de mi Madre era una figura estatuaria, vestida con luengo túnico negro algo transparente.. El estupor me cortó la palabra. Pero con instintivo movimiento traté de reconocer si era real o quimérico el bulto de aquella singular aparición. Al tocar con mi mano su hombro sentí la dureza y el frío del mármol, y vino a mi memoria lo que me

aconteció en la fonda de Tafalla una mañana, cuando llamó a mi puerta con dedos (p.8972) de piedra una figura, que si no era la misma que delante tenía, se le asemejaba mucho.

«Ya sé quién es usted -dije balbuciente-. En Tafalla.. ¿se acuerda?

-Sí; me acuerdo -respondió ella con voz dulce y queda, sonriendo-. Yo fuí la que llevó a usted un recado de mi santa Señora, en Tafalla, sí.. cuando hicieron honras fúnebres al General Concha antes de traer acá su cadáver.. y ahora vengo otra vez de parte de Mariclío.

-¿Me trae usted carta?

-No, don Tito. El mensaje de hoy es verbal y se lo comunicaré a usted en pocas palabras. La que todo lo ve y lo sabe, ha dispuesto que su fiel muñeco.. perdone si le doy este nombre cariñoso.. se prepare para ir a visitar a don Antonio Cánovas.

-Pero yo no soy amigo de ese señor. No le he tratado nunca.

-¿Y qué importa? Yo tampoco le trataba, y hace días hablé con él como hablo ahora con usted.. Ya sabe lo que dice don Antonio: que ha venido a continuar la Historia de España.

-Pues iré, iré. Pero no sé qué pretexto buscar para introducirme, para pedir audiencia..

-No se inquiete por eso. Es fácil, casi seguro, que el propio Presidente le abra a usted camino llamándole a su despacho».

Diciendo esto saludome con ligero movimiento de cabeza y dio media vuelta para retirarse. Salí yo tras ella pasillo adelante. En el recibimiento la despedí con expresiones inefables de gratitud y ternura: «Adiós, Efémera. Gracias, Efémera.. ¡Bendita sea mi Madre que te ha mandado a mí, bendita tú que me traes un destello de su mente divina!..». No conservo memoria de haber abierto la puerta. La visión salió no sé cómo ni por dónde.. Tampoco sentí el sonido de sus pies de mármol bajando la escalera..

Al volver a mi estancia, vi que Casiana, reclinando su cabeza en el respaldo del sofá, estaba como adormecida. Al llegar yo a su lado se despabiló y me dijo: «Tito, tú hablabas aquí con alguien. ¿Quién era?-No te asustes. Era una señora, una tal Efémera, que vino a traerme un recado.

-¿Cómo dices que se llama? ¿Efe..?

-Efémera, nombre que quiere decir la historia de cada día, el suceso diario, algo (p.8973) así como el periódico que nos cuenta el hecho de actualidad.

-¡Ah.. ya! ¿De modo que esa doña Femera viene a ser un periódico vivo que no dice las cosas escritas sino habladas?

-Justo, así es. ¡Oh, Casianilla, tú tienes mucho talento y todo lo comprendes!».

Desde aquella tarde no se apartó de mi mente la idea de que don Antonio me llamaría para echar un parrafito conmigo. ¿Era verdad el anuncio que me trajo la vagarosa Efémera, o era un artilugio de los espíritus familiares que a ratos venían a divertirse con el pobre Tito?

Mientras llegaba la ocasión de salir de dudas, Casiana y yo matábamos el tiempo acudiendo a presenciar todo suceso pintoresco que el flamante reinado nos ofrecía. Un luminoso día de Enero se puso Casiana el más decente de sus vestiditos, yo la pañosa con embozos de terciopelo carmesí que adquirí con los dineros de la Madre, y nos fuimos al Prado a presenciar la entrada del nuevo Monarca.

Había yo visto el solemne paso procesional de adalides revolucionarios victoriosos, o de Reyes y Príncipes que venían a traernos la felicidad, y calculaba que todas estas entradas aparatosas eran lo mismo mutatis mutandis: gran gentío, apreturas, aplausos, un punto más o un punto menos en el diapasón de los vítores, la chiquillería subida a los árboles, y los balcones atestados de señoras que sacudían sus pañuelos como espantando moscas. En algunos casos hubo también soltadura de palomitas que volaban despavoridas, huyendo del popular entusiasmo.

Una procesión de carácter bien distinto, tétrica y desesperante, y que marchaba en sentido inverso, dejó en mi alma impresión hondísima: la salida del cortejo fúnebre de Prim para el santuario de Atocha. Señaló una coincidencia que me resultó irónica: en el mismo sitio donde vi la entrada de don Alfonso de Borbón había visto pasar el entierro del grande hombre de la Revolución de Septiembre, que dijo aquello de jamás, jamás, jamás.

Entró el Rey a caballo. Vestía traje militar de campaña, y ros en mano saludaba a la multitud. Su (p.8974) semblante juvenil, su sonrisa graciosa y su aire modesto le captaron la simpatía del público. En general, a los hombres les pareció bien; a las mujeres agradó mucho. Al subir don Alfonso por la calle de Alcalá, el palmoteo y los vivas arreciaron, y en los balcones aleteaban los pañuelos de un modo formidable. Tras el Rey marchaba un Estado Mayor brillantísimo. Lo que más gustó a Casiana, según me dijo, fue el juego de colorines de las bandas con que se adornaban los señores cabalgantes a la zaga del Soberano barbilampiño. Igualmente me preguntó si aquellos caballeros tan majos y revejidos eran Generales, y si el Rey jovencito les mandaba a todos. Después contempló embelesada el paso de los coches en que iban los Ministros y el alto personal palatino, cargados de plumachos, galones y cruces, y quiso saber si aquellos pajarracos eran también marimandones; a lo que yo contesté: «Todos los que ves vestidos de máscara mandan; pero más que ellos mandan sus mujeres y otras tales, esas que están encaramadas en los balcones, y algunas que andan por aquí».

En esto sentí que una mano enguantada me tiraba de la oreja. Volvime y me encontré frente a Leona la Brava, que iba con una de sus amigas del Teatro Real, Carolina Pastrana. Tras un rápido saludo, Leonarda me dijo atropelladamente: «Que tienes que ir a ver a don Antonio Cánovas; pero pronto, pronto. Hoy te mandé una cartita con el de Calabria. Si no la has recibido, en tu casa la encontrarás. En ella te digo que si don Antonio no te llama, no faltará un amigo que te lleve a su presencia».Antes que yo pudiera contestar, Leona se fijó en Casiana, requiriendo trato con expresiones francas, afectuosas: «¡Ah! esta es la muchachita que has pescado en el río revuelto de tu vida. Es linda de veras. Parece buena chica y tú estás muy contento con ella.. Todo lo sabemos Tito, y no tienes que guardar misterio con nosotras».

Intervino entonces la Pastrana, diciendo con bondadoso acento: «¡Oh! Nos han dicho que es una gran profesora, que es punto fuerte en el arte de (p.8975) enseñar.

-¿Sabe francés? -interrogó La Brava interesándose por mi amiga.

Con monosílabos balbucientes intentó Casiana formular una contestación, y yo acudí en su auxilio, respondiendo por ella: «Todo lo sabe. Pero es tan tímida que no se explicará bien hasta que tome confianza.

-Quedamos en que visitarás al Jefe -saltó Leona, presurosa por seguir su camino-. Si el grande hombre te ofrece una posición, tú harás un poquito de coqueteo y melindre, y acabarás por aceptar, quedando muy satisfecho, ça va sans dire».

Con poco más de una parte y otra terminó el coloquio, siguiendo las dos mujeres hacia la Cibeles. Ya los soldados que cubrían la carrera formaban en columna de honor para el desfile. Las voces de mando, los toques de clarín y corneta, daban al nuevo cuadro la brillante animación ruidosa que tanto agradaba al pueblo de Madrid. Las masas de curiosos se arremolinaban, buscando salida por una parte y otra. Nos corríamos hacia la fuente de Neptuno queriendo ganar la Carrera de San Jerónimo, cuando Casiana, atormentada por una idea, me habló de este modo: «Dime, Tito,

¿aquellas mujeres son damas o qué?

-Damas son, querida; pero de esas que llaman de las Camelias.

-Pues, según me han dicho, la dama de las Camelias era tísica, y estas no están enfermas del pecho: chillaban como demonios.

-Los tísicos son ellos.

-Y dime otra cosa, Tito: los hombres de esas mujeres ¿son los que iban antes en coche, con plumachos y requilorios dorados?

-Sí, hija mía. Uno de ellos llevaba casacón bordado con muchos ojos; el otro, casaquín, llave de oro, calzón corto y media de seda.

-Y los que visten de esa manera ¿son Duques o Marqueses?

-En algunos casos, sí. En otros son Jefes Superiores de Administración, Gentiles- hombres, o se les designa con diferentes motes muy bonitos.

-Pues, según dice Ido, tú lucirás pronto si quieres todas esas garambainas, y estarás muy guapo.

-No te digo que no. Cuando se pone el pie en el pórtico de este mundo que hoy has visto, nadie sabe a dónde podrá llegar.

- (p.8976) Otra cosa, Tito -dijo Casiana rasgando su linda boca en franca risa-. ¿Llegará un día, no digo que mañana ni pasado, un día del tiempo venidero, en que tú y yo seamos también Marqueses, Jefes de la Sagrada Administración o personas gentiles de las llaves doradas?

-¡Ya lo creo que podrá ser! Muchos han pasado por aquí que subieron del lodo a las cimas.

-Ahora vuelvo a mi tema: aquellas mujeres guapas que nos hablaron antes ¿también mandan?

-¡Que si mandan! Más que el Rey. Más que nadie. En muchas ocasiones son ángeles tutelares que reparten la felicidad entre los ciudadanos».

Mirome Casiana con espanto, abierta la boca, y yo me apresuré a cerrársela con estas maduras reflexiones: «En la procesión que ha pasado frente a nuestros ojos, multitud engalanada rebosando satisfacción y alegría, has visto el mundo de los pudientes, de los administradores, mayordomos y capataces de la cosa pública, mecanismo cuyas piezasmueven las cosas privadas y todo el tejemaneje del vivir de cada uno. ¿No lo has entendido, verdad? Pues te lo diré más a la pata la llana. Lo que hemos visto es el familión político triunfante, en el cual todo es nuevo, desde el Rey, cabeza del Estado, hasta las extremidades o tentáculos en que figuran los últimos ministriles; es un hermoso y lucido animal, que devora cuanto puede y da de comer a lo que llamamos pueblo, nación o materia gobernable.

»Sabrás ahora, mujercita inexperta, que los españoles no se afanan por crear riqueza, sino que se pasan la vida consumiendo la poca que tienen, quitándosela unos a otros con trazas o ardides que no son siempre de buena ley. Cuando sobreviene un terremoto político dando de sí una situación nueva, totalmente nueva, arrancada de cuajo de las entrañas de la patria, el pueblo mísero acude en tropel, con desaforado apetito, a reclamar la nutrición a que tiene derecho. Y al oírme decir pueblo ¡oh Casiana mía! no entiendas que hablo de la muchedumbre jornalera de chaqueta y alpargata, que esos, mal o bien, viven del trabajo de sus manos. Me refiero a (p.8977) la clase que constituye el contingente más numeroso y desdichado de la grey española; me refiero a los míseros de levita y chistera, legión incontable que se extiende desde los bajos confines del pueblo hasta los altos linderos de la aristocracia, caterva sin fin, inquieta, menesterosa, que vive del meneo de plumas en oficinas y covachuelas, o de modestas granjerías que apenas dan para un cocido. Esta es la plaga, esta es la carcoma del país, necesitada y pedigüeña, a la cual ¡oh ilustre compañera mía! tenemos el honor de pertenecer».

Cerró Casiana su linda boca en el curso de mi perorata y luego, con grandes suspiros, expresó que iba entendiendo y lamentando la pintura que yo le hacía de nuestra sociedad. Tomado un breve respiro, proseguí: «En todo tiempo, y más aún cuando ocurren cambios de situación tan radicales como el que estamos viendo, la caterva de menesterosos bien vestidos, agobiada de necesidades por el decoro social de los señoritos y los pujos de elegancia de las señoras y niñas, cae como voraz langosta sobre el prepotente señorío engalanado con plumas, cintajos, espadines, cruces y calvarios, porque esa casta privilegiada es la que tiene en sus manos la grande olla donde todos han de comer. Aquí la industria es raquítica, la agricultura pobre, y los negocios pingües sólo fructifican en las alturas. La turba postulante se agarra a todas las aldabas, llama a todas las puertas, tira de los faldones de los personajes empingorotados, pide auxilio con discretos tirones a las mujeres legítimas de los tales.. y a las que no son legítimas. Ya irás comprendiendo, Casianilla, el manejo que se trae la inmensa tribu de desheredados, y la misión benéfica que desempeñan, en algunos casos y a hurtadillas, las dos mujeres guapas con quienes hemos hablado hace un ratito».

Terminé diciéndole, en forma que ella pudiera entenderlo, que España era un país algo comunista. Por los canales contributivos venía todo el caudal a la olla grande, de donde salía para repartirse en mezquinas raciones entre el señorío paupérrimo de la flaca España. «He dado el (p.8978) nombre de olla grande -añadí- a lo que en lenguaje político llamamos Presupuesto.

-¡Virgen de la Paloma! -exclamó Casiana con risueña espontaneidad-. Pues yo te digo ahora, Tito de mi alma, que seremos los bobos de Coria si no metemos nuestra cuchara en ese bendito porsupuesto».

Subíamos por Medinaceli y San Antonio del Prado, camino de nuestra casa, cuando pasó ante mí la fantástica Efémera, cual visión rápida que fue a perderse entre los altos abetos que rodean la estatua de Cervantes. Con ella iba otra mujer, vestida también de flotante y negro túnico. ¿Era Graziella? No puedo asegurarlo. Sólo diré, que en su rauda fulguración de relámpago, las dos mágicas figuras lanzaron hacia mí una mirada insinuante, cariñosa.. Y no hubo más.El rigor cronológico, al cual inútilmente quiero acomodar la serie de mis históricos relatos, me ordena referir que en la tercera semana de Enero del 75 se me presentó Fabriciano López, quien como sabéis ya tenía un puesto en las oficinas de la Presidencia. Según me indicó, estaba yo en la lista de las personas que don Antonio Cánovas citaría para ser recibidas en el despacho presidencial. Ignoraba la fecha en que me tocaría la vez; y como al propio tiempo me dijera que en las covachuelas de la calle de Alcalá tenían su abrigado albergue algunos funcionarios de la clase de literatos y periodistas, todos amigos míos, allá me fui con Fabriciano, movido del deseo de tantear el terreno en previsión de lo que pudiera suceder.

En la hospedería burocrática de la Presidencia me encontré a don Carlos Frontaura, ameno y regocijado escritor satírico, creador de El Cascabel, el periódico más divertido y chusco que hizo las delicias de la burguesía matritense en aquellos lustros; a Campo Arana y Puente y Brañas, autores de comedias y zarzuelas que tuvieron sus días de aura popular; al excelente y hábil periodista Pepe Fernández Bremón, que durante un cuarto de siglo mantuvo después su acreditada firma en La Ilustración Española y Americana.

Por mi primera visita entendí que en el asilo (p.8979) presidencial no eran grandes los quehaceres de los buenos muchachos que allí tenían cómodo acogimiento: unos leían periódicos, otros tertuliaban entre el humo de los cigarrillos; iban y venían de una parte a otra, pasándose de mano en mano papeles con trabajos vagamente iniciados. Todo indicaba la plantación de un árbol burocrático que pronto daría flores y quizá algún fruto.

Largo rato permanecí en aquella feliz Arcadia, oyendo el tañido de la ociosa zampoña pastoril. Fabriciano y Fernández Bremón lleváronme al despacho del Subsecretario, Saturnino Esteban Collantes, y a él me presentaron. Era un joven discreto y afable, hijo del famoso político del antiguo régimen don Agustín, nombrado a la sazón Ministro plenipotenciario en Portugal. En la breve conversación que tuve con el Subsecretario, adquirí la certidumbre de que mi nombre figuraba en la lista de los presuntos visitantes de Cánovas. Pero el Presidente estaba muy atareado en aquellos días.. Ya se me avisaría la fecha de la entrevista.

Una larga semana tardó en llegar el aviso. En cuanto lo recibí me puse la levita y las demás prendas de vestir, me encasqueté la bimba y ¡hala! a la Presidencia. Mediano rato me tuvo Esteban Collantes en su despacho, esperando que salieran varios señores que estaban dándole la jaqueca a don Antonio. Eran unos comisionados de Málaga, un cacicón murciano, y el caballero de reluciente calva y maneras elegantes a quien vi en las butacas del teatro Real la noche del estreno de Aida, hallándome en delantera de palco por asientos junto a Leona la Brava.

Despejado el terreno pasé yo, y atravesando el salón donde se reunía el Consejo de Ministros, llegué al despacho del Presidente. A muchos personajes de primera magnitud política había yo visitado en mi vida; pero ninguno me causó tanta cortedad y sobresalto como don Antonio Cánovas del Castillo, por la idea que yo tenía de la excelsitud de su talento, por la leyenda de su desmedido orgullo y de las frases irónicas y mortificantes que usar solía. Apenas cambiamos las (p.8980) primeras frases de saludo, empezó a disiparse - - la leyenda del empaque altivo, pues me encontraba frente a un señor muy atento y fino, y de una llaneza que al punto ganó mi voluntad. Hízome sentar a su lado, en un sofá casi frontero a la mesa de despacho, y hablamos.. quiero decir, él habló y yo escuché, atento a su palabra enérgica, vibrante y un poquito ceceosa.

«Deseaba verle, señor Liviano -me dijo-, porque he tenido ocasión de leer páginas sueltas referentes al Cantón de Cartagena, escritas por usted en el propio cráter de aquella revolución empezada sin tino y concluida sin grandeza. Más que páginas, son notas trazadas al vuelo frente a los acontecimientos, ya en los bastiones de Galeras oSan Julián, ya en la cubierta de los barcos sublevados. Esas notas borrajeadas con el desgaire que imponen la premura del tiempo y la nerviosidad del observador, me encantan a mí lo indecible, porque en ellas veo como el primer aliento de la Historia, libre aún de artificios y llevando en sí el aroma de la veracidad».

Quedose el buen Tito de una pieza oyendo estos elogios, y por un momento llegó a creer que el Presidente le tomaba el pelo. Mi estupor fue tal que ni acerté a darle las gracias por tan increíbles piropos. Don Antonio, ajustándose los lentes y alzando luego la cabeza, movimientos en él muy comunes, prosiguió así: «Ya sé lo que va usted a decirme, y es que esas páginas, esas notas, esos que mejor será llamar apuntes o bosquejos, han sido escritos efectivamente por usted; pero no se han publicado. Y usted pensará: ¿cómo puede este señor haber leído mis escritos si aún no han tenido la sanción de la letra de molde? Pues si no lo sabe le diré que tengo una loca afición a los estudios históricos. A mí llegan diversos papeles interesantes, trozos de la Historia viva que aún destilan sangre al ser arrancados del cuerpo de la Humanidad. Yo los leo con avidez; los ordeno, los colecciono.. ¿Cómo llegaron a mí los escritos de usted? No lo sé ni me importa saberlo..».

Al oír esto sentí un tenue desvarío en mi cabeza, miré a un lado y a otro.. (p.8981) ¡Jesús me valga!.. Creí que en la cabeza del sofá erguíase grandiosa y colosal la figura de mi Madre, la divina Clío.

 

Ep-46-V -

Segundos no más tardé en sustraerme al mundo quimérico para volver a la esfera real. El sagaz estadista, adoptando el tono familiar apropiado al asunto que quería tratar conmigo, me dijo así: «Sé que es usted amigo de Cárceles y de otros que tuvieron parte muy visible en las locuras del Cantón; seguramente lo es usted también de Tonete Gálvez, que, según mis noticias, fue la cabeza más firme y el brazo más fuerte en las jornadas de Cartagena. Estará usted enterado de que los cantonales que escaparon en - - la Numancia permanecieron largo tiempo en Orán, encerrados en un castillo. El Gobierno francés dispuso, a fines del año anterior, internarlos en la provincia de Constantina. Contreras y su ayudante Rivero accedieron a ser internados; Manuel Cárceles, Germes, Gálvez y Gutiérrez obtuvieron un salvoconducto para fijar su residencia en Suiza. Allá se fueron, creo que en Diciembre último. Y ahora pregunto yo a don Proteo Liviano: ¿Están aún en Suiza? ¿Algunos de ellos ha vuelto a España?

Dígame lo que sepa. Habla con usted el amigo, no el gobernante, y debo advertirle que estoy decidido a no perseguir a nadie, ni aun a esos cuatro que, como usted sabe, están condenados a muerte. Las realidades del Gobierno y la fuerza indudable de la Situación que presido me imponen la clemencia. Oportunamente pienso dar una amnistía general, que ha de comprender a esos ilusos, más románticos que criminales. Espero que me diga usted, si lo sabe, el paradero de Cárceles, Germes, Gutiérrez y Gálvez, y no vacilo en indicar que me intereso singularmente por este último. Antonio Gálvez es un hombre de bien; un político de ideas extraviadas, pero muy puro y muy sincero; caudillo valiente hasta la temeridad. Sus sentimientos generosos le impulsan hacia el bien, y si alguna vez hizo el mal fue por obedecer ciegamente a la pasión revolucionaria».

Asentí con fuertes cabezadas y (p.8982) algún monosílabo a lo que don Antonio me decía en - - elogio a Gálvez. Como yo declarase con toda ingenuidad que ignoraba el paradero de los emigrados del Cantón, el Presidente me sorprendió con este rasgo de franqueza:

«Tenemos una policía detestable. No veo en ella más que la proyección más inútil ydesmayada de nuestro matalotaje burocrático. Si yo tuviera tiempo y no me agobiaran atenciones de superior importancia, intentaría organizar un Cuerpo de Seguridad muy a la moderna. Pero es más difícil crear aquí una buena policía que poner en pie de guerra un gran Ejército. Por esa caterva de vagos, mendigos y soplones, que no otra cosa son nuestros actuales corchetes, ha sabido el Gobierno que andan por Madrid algunos presidiarios de los escapados de Cartagena. Me han hablado de un armero, muy hábil por cierto, que trabaja en la calle de los Reyes, y de un vejete que se dice aristócrata napolitano y al parecer es gran pendolista y pintor de ejecutorias. De seguro habrá en Madrid muchos más y usted quizá los conozca. Ya comprenderá que no trato de perseguirlos. Si esos infieles viven de su trabajo y no hacen daño a nadie, arréglense como puedan. Lo que yo deseo de usted, señor Liviano, es que por esa gente o por otra indague si está Gálvez en Madrid. En caso afirmativo, trate de verle y dígale de mi parte que no se dé a conocer y se le proporcionará buen recaudo para retirarse a Beniaján o Torre Agüera, sin peligro alguno.. Y ahora, dispénseme, don Proteo, que yo dé a usted esta comisión, puramente confidencial y amistosa. Esto queda entre nosotros, y si dan resultado sus investigaciones y tiene la bondad de venir a manifestármelo, ya sabe que con sólo presentarse a Esteban Collantes será usted recibido por mí cuando guste».

Prometí al caudillo alfonsino ocuparme desde aquel mismo día en dar los pasos necesarios para satisfacer lo más pronto posible sus deseos, y me despedí con todo el rendimiento y veneración que persona tan ilustre merecía. Al atravesar el Salón de Consejos para retirarme, flaqueaban mis piernas y mi (p.8983) cabeza no estaba muy firme.

Cuando salí al vestíbulo me alzó la cortina una mujer.. ¡Por Júpiter, era Efémera!.. Mi retirada fue más bien escapatoria. No vi a don Saturnino Esteban Collantes ni a ninguno de los amigos de la Secretaría.. Bajé a trompicones la escalera. En cada rellano, en el zaguán y en la puerta se me apareció una, dos y veinte veces la figura de Efémera, con su túnico negro y su mirada dulce y un poquito guasona.. En la calle tiré hacia el Prado, sin rumbo ni dirección razonable. Me sentía sin aplomo, enloquecido. La mensajera de Clío no me abandonaba. Volví a verla en la esquina de la calle del Turco; después junto al palacio de Alcañices. A lo largo del Prado se repitió la visión, desvaneciéndose gradualmente.

Al llegar a mi casa iba totalmente persuadido de que la entrevista con Cánovas era un nuevo fenómeno de la vida quimérica. Ni don Antonio me había dicho nada, ni yo le vi, ni puse los pies en la Presidencia. Todo había sido un bromazo impertinente de los espíritus picarescos que en aquella temporada pasaban el rato divirtiéndose conmigo. El resto del día permanecí en mi casa sumido en tristes cavilaciones, sin que los halagos de Casiana pusieran término a mis melancolías. ¿Cómo era posible que el Jefe del Gobierno, atento a los problemas políticos que debían consolidar la Restauración, descendiese a la nimiedad de inquirir el paradero de los desgraciados cantonales? La amistad protectora con que distinguía Cánovas a Tonete Gálvez ¿era un hecho real o un desvarío de mi cerebro debilitado? Estas dudas me atormentaron hasta la siguiente mañana en que mí espíritu empezó a serenarse, y di en pensar que tal vez no era un sueño mi entrevista con el árbitro de los destinos de España.

Fuese o no verdad el fenómeno, una fuerza misteriosa me impulsó a inquirir y olfatear la pista de Gálvez. Vi a David Montero, y ni este ni Dorita me dieron luz alguna.

Busqué a Fructuoso Manrique, que vivía con Graziella, no ya en la calle de San Leonardo sino en la del Limón. En el taller de amenas hechicerías permanecí un rato (p.8984) entretenido con las donosas diabluras de la italiana, y tuve el gusto de acariciar al cuervo y al búho que gravemente colaboraban en las operaciones de la casa. Ni Fructuoso, ni Graziella, ni Celestina Tirado, que entró de la compra con cesta repleta yun conejo de campo para ponerlo con arroz en la comida de aquel día, sabían una palabra de lo que afanosamente trataba yo de averiguar.

Cuando ya me despedía desalentado, saltó Graziella con la idea de apelar a la Cartomancia, arte muy eficaz para descubrir tesoros ocultos y personas escondidas. Agarró la diablesa los naipes, y después de barajarlos y hacer sobre ellos la mar de garatusas, pronunció sobre el humo de un braserillo palabras hebraicas, llamó al cuervo que saltando a su hombro le picó en el oído, y tras un nuevo sobar y manoseo de las cartas trazando sobre una de ellas crucecitas con saliva, me dijo en tono pausado y altísono: «Angélico Tito; encamina tus pasos vacilantes hacia Perico Niembro, que te dará la luz que deseas».

Ni corto ni perezoso corrí a ver a Niembro, el cual, después de un largo palique en que se mantuvo escamón y misterioso, me mostró una carta de Gálvez, fechada diez días antes en Lausanne. Ya me consideré satisfecho; ya podía dar al gran estadista la precisa información que anhelaba. De regreso a mi casa, revivió en mí la idea de que la famosa entrevista fue soñación quimérica o mofa de los socarrones espíritus. A pesar de esto, y temeroso de que no me dejaran llegar a la presencia de Cánovas, endilgué mi levita y chistera, y me fui con maquinal impulso al caserón de la calle de Alcalá. Contra lo que esperaba y temía, el Subsecretario me recibió amablemente y me introdujo en el Salón donde vi como unas veinte personas, entre las cuales reconocí al Marqués de Molins, a don Fernando Cos Gayón, a Pepe Cárdenas, a Elduayen, a Valero de Tornos, y a otros que por su empaque provinciano parecían embajadores del caciquismo rural.

Iba Cánovas de grupo en grupo, repartiendo formulillas afectuosas y equívocas, dulces (p.8985) ofertas que a nada comprometen. Yo me mantuve apartado, esperando a que el Presidente me viese y me concediera el honor de un breve coloquio. De improviso vino a mí el grande hombre, y llevándome junto a una ventana, en una sola cláusula condensó el saludo y la interrogación referente al encargo que me había hecho.

Comprendiendo que el laconismo se me imponía, saludé y contesté con estas breves razones: «Señor don Antonio, he visto una carta, datada en Lausanne con fecha 18 de este mes, en la cual dice Gálvez a su amigo Perico Niembro que aún no sabe cuándo podrá volver a España».

Pareciome que quedaba satisfecho el jefe de la Situación, y fuí despedido con esta fórmula cortés: «Dispénseme, señor Liviano. Ya ve usted cómo estoy de gente».

Salí, y en la antesala me sorprendió la voz de Fernández Bremón, que desde la puerta de la Subsecretaría me dijo: «No te vayas, Tito. Precisamente estaba en acecho de ti para que no te me escaparas».

Cogiome del brazo para llevarme a su oficina y allí, sentados vis a vis a un lado y otro de la mesa de trabajo, el sutil periodista me dejó estupefacto con esta inesperada manifestación: «Por encargo de mi Jefe te pregunto si aceptarías una posición decorosa, correspondiente a tus méritos literarios y a tu conocimiento de la sociedad española. Por el pronto tendrías una plaza en provincias, y más adelante vendrías a Madrid».

La sorpresa no me permitió formular una contestación inmediata y terminante. Con medias palabras me mostré muy agradecido a la bondad del Presidente.. Mas no podía, no debía dar.. ¿cómo decirlo?.. dar a mis ideas de toda la vida un brutal esquinazo..

Saltar tan de súbito al campo alfonsino, parecíame un acto de cínica desvergüenza. Sólo el pensarlo me amargaba y me dolía como un remordimiento.

Apuró Bremón los argumentos más ingeniosos para combatir una susceptibilidad que a su juicio era producto de romanticismos mandados recoger. Dignidad tan fieramente escrupulosa y arisca entraba ya en los términos del (p.8986) mal gusto.. Disputamos, primero con serenidad, después con cierto agridulce. Por fin, deseando yo cortar por el momento la cuestión, le dije: «Pepe, lo pensaré. Déjame reflexionar y mañana hablaremos».Abandoné la Presidencia con el recelo de encontrarme a Efémera, cuya vaga presencia precedía siempre a las burlas de los ociosos geniecillos maleantes. Al llegar a mi casa habíase afirmado en mi ánimo la resolución de no admitir del alfonsismo una merced indecorosa. Respetaba yo a Cánovas y le admiraba por su elevado entendimiento, por su saber de Historia y de política, así como por su palabra enérgica y sugestiva, esmaltada con los donaires de un ingenio sutil. Pero no quería en modo alguno entregarme a la Restauración, induciéndome a ello no sólo el vocerío de mi conciencia, sino el hecho de tener asegurado un vivir modesto por el estipendio que de mi divina Madre recibía.

Decidido a rechazar con toda entereza el soborno, me personé al día siguiente en las oficinas de la Presidencia, y reiteré a mi amigo Fernández Bremón mi negativa exponiéndole exclusivamente las razones de conciencia y dignidad, pues del subsidio materno que aliviaba mi pobreza no tenía yo que dar conocimiento a ningún nacido. En esto llegaron al despacho Frontaura y Campo Arana, y con ellos me dejó Bremón, llamado en aquel instante a la Subsecretaría. Los ociosos funcionarios y yo charloteamos más de media hora de cosas de teatros, comentando la fulgurante aparición del genio de Echegaray en la escena española. Fue como un huracán tonante y luminoso que trocó las emociones discretas en violentos accesos de furia pasional; deshizo los gastados moldes, infundió nueva fuerza y recursos nuevos al arte histriónico, electrizó al público, y lanzó al campo de la crítica, en espantable remolino, los ardientes entusiasmos revolcándose con las tibiezas rutinarias.

Cuando nuestras voces bajaban de tono hablando de Calatañazor, Arderíus, Escríu y - - otros graciosos comediantes, volvió Fernández Bremón, y (p.8987) llevándome aparte me dijo lo que a la letra copio para que el lector se percate bien de la sorpresa que recibí al oírlo: «Se estima y se respeta tu delicadeza al rechazar lo que se te propuso. Pero hay otra cosa, Tito. Consta en la Subsecretaría que tienes a tu lado a una parienta próxima recién venida de Cuba, una joven ilustradísima que posee todos los conocimientos y títulos para ejercer el magisterio en condiciones insuperables. Como supongo que en esa señorita no existirán los motivos de delicadeza que a ti te obligan a renegar de la protección oficial, dime el nombre de tu prima, sobrina o lo que sea, y se le dará una de las plazas de Inspectoras de Escuelas que se crearán en estos días».

Mediano rato estuve pensando la contestación que debía dar. Mi conciencia me acusó de prestarme a una superchería si aceptaba, pues Casiana no había pasado del be o ene, bon, be u ene, bun. Luego, mi voluntad un tanto picaresca quiso ahogar a la conciencia, dictaminándome la conformidad con lo que se me proponía. Vacilé. Mi boca trémula hizo una emisión de monosílabos que expresaban el pro y el contra. Sentí en mi cabeza un leve desvanecimiento. Miré en derredor. Frontaura y Campo Arana habían desaparecido.

En la mesa de despacho una mujer escribía silenciosa, haciendo con sus lindos morros muecas infantiles.. ¿Era la vaporosa Efémera? No puedo asegurarlo. Sólo afirmo que en mi ánimo se extinguieron las dudas, y sin miedo a la superchería dije a Bremón:

«Si quieres, ahora mismo te daré el nombre». Acordeme entonces de que el apellido de Casiana era Conejo, palabreja innoble y bajuna que a mi parecer envilecía la persona de una Maestra Superior, y resolví traducirlo al portugués, diciendo a mi amigo: «Apunta, Pepe, apunta el nombre: Señorita doña Casiana Coelho.. y por más señas Coelho de Portugal».

Seguro estoy de que al leer esto, mis fieles parroquianos preguntarán: «¿Y Efémera?». Honradamente les contesto que no la vi al salir de las covachuelas presidenciales, ni acierto a discernir si una figura de flotante (p.8988) ropaje blanco, que iba delante de mí por las calles de Alcalá y Cedaceros, reproducía la vagorosa estampa de la recadista de miMadre. Creo haber notado que se detuvo a comprar El Cencerro en la esquina de la calle de Gitanos, y que por esta vía húmeda y tabernaria desapareció.

Me fui a mi casa, y entretuve la tarde repasándole las lecciones a Casiana y oyendo el voluble disertar de mi buen patrón sobre materias políticas y militares. «Sabrá usted, ilustre don Tito.. ¿y cómo no ha de saberlo si un día sí y otro también hociquea usted con don Antonio Cánovas?

-Párese un poco, don José -dije cortándole el discurso-. Yo no he hablado con Cánovas. Por mis ideas y por mi insignificancia no sé, ni puedo, ni quiero tratar a personas tan altas.

-Respeto, Excelentísimo Señor, las razones que Vuecencia tiene para hacerse el chiquito -prosiguió Sagrario-. ¡Sabe Dios lo que se traerá Su Ilustrísima entre ceja y ceja! No me meto, no quiero meterme en escudriñar su interior, las ideas, los propósitos, los planes que algún día han de salir a la luz pública. Yo, que no veo más que lo que tengo pegado a mis narices, pregunto: ¿Qué va a pasar aquí?.. No alterno con sabios ni con gentes de grandes lecturas. Lo que sé lo aprendí oyendo la voz del pueblo, vox caeli que dijo el Latino. Todas las mañanas voy a la compra, como Vuecencia sabe, y un ratito en la tienda, otros en los cajones y puestos de los Tres Peces, me voy enterando de los dichos que corren de boca en boca. Cuando vuelvo a mi casa y me recojo en mi discernimiento natural, de lo que me entró por el oído y de lo que yo discurro saco la verdadera enjundia y el meollo de eso que llaman la Cosa Pública.

-Muy bien, don José. Los ruidos de la calle, traídos al crisol del entendimiento, nos dan la verdadera clave de la opinión de un pueblo.

-Y francamente, naturalmente, un hombre que ha vivido mucho, que ha tratado innúmeras personas de arriba, de abajo y de en medio, que ha sufrido adversidades personales y públicas viendo pasar ante sus ojos tantas mudanzas, (p.8989) revoluciones y cataclismos, tiene derecho a decir: yo veo lo que no se ve, yo presiento el suceso que aún está escondido en los pechos de los que engendran la actualidad de hoy y la actualidad de mañana. Y como pienso muy al derecho, al derecho le digo a Vuecencia, señor don Tito, que su amigo don Antonio Cánovas.. amigo, ¿eh? aunque Su Ilustrísima lo niegue por razones de sigilo diplomático.. está tragando mucha quina, una barbaridad de quina, apretado entre dos muelas cordales, pues de una parte pesan sobre él los malditos moderados, los Chestes, Moyanos y Orovios que le piden neísmo, intolerancia y tente tieso, y de otra parte le acosan los alfonsinos que vienen de lo de Alcolea y quieren franquicias, unas miajas de Soberanía Nacional y vista gorda para el libre pensamiento.

-Así es, amigo Sagrario. Lo que usted cuenta no es nuevo para mí.

-Pero hay algo más que usted no sabe, o si lo sabe no quiere decirlo, y es que la Reina doña Isabel está dando las grandes tabarras a don Antonio: solicita que la dejen venir acá, creo que para mangonear y meterse en lo que ya no debe importarle. Con Pezuela y Roca de Togores se entiende por cartitas dulces que menudean lo que usted no puede figurarse.. Los moderados escupen ya por el colmillo; quieren ser los amos y que Cánovas gobierne a gusto de ellos. Por esto yo digo a todo el que quiera oírme: aquí va a pasar algo.. Ya se habrá usted enterado de que el rey don Alfonso, que se fue a Zaragoza y Tudela a los cuatro días de llegar a Madrid, marchó después a Peralta, donde acudieron los Generales Moriones, Laserna y Ruiz Dana, y con estos y Jovellar, Primo de Rivera, Despujols, Terreros, Portilla, Morales de los Ríos y otros, celebró Consejo para acordar el plan de operaciones.

-Sí, ya lo sé. Y el 22 de Enero largó sendas alocuciones a los habitantes de las Provincias Vascongadas y Navarra y a los soldados del Ejército del Norte.-¡Consejo de Generales, alocuciones! Y yo pregunto: ¿Se trata de dar el golpe definitivo a la negra facción, organizando descomunal batalla con todos (p.8990) esos ilustres caudillos y el total contingente de nuestras valientísimas tropas? ¿Estará próximo ese día de júbilo, ese día grande, principio de la redención de España? Para mí, no hay duda, reunidos todos esos elementos que han de constituir una hueste tan poderosa como las de Alejando y César, la victoria es indudable. Venceremos, señor don Tito, barreremos de nuestro suelo y de una vez para siempre esa escoria del retroceso, esa inmundicia del absolutismo, esa paparrucha indecente de la legitimidad. ¡Oh alegría, oh inmensa dicha de las almas liberales!.. Un abrazo, don Tito. Y tú, Casiana, ven aquí.. ¡Un abrazo al amigo, al patrón, al maestro!».

 

Ep-46-VI -

En los primeros días de Febrerillo loco, mi amigo Prieto y Villarreal me llevó a una reunión de zorrillistas en casa de Cristino Martos. Concurrieron a ella todos los que seguían a don Manuel y muchos militares de los que quedaron defraudados y vencidos el 3 de Enero de 1874. Asistí yo al conciliábulo como simple testigo, y no despegué los labios por no sentir mi ánimo dispuesto para ninguna clase de campañas políticas. Había levantado don Manuel Ruiz Zorrilla la bandera de la República frente a la Restauración, y tales fuerzas militares y civiles agrupó a su lado, que el Gobierno alfonsino creyó preciso disponer el extrañamiento de aquel gran ciudadano, rebelde y tenaz.

Decretado el ostracismo de don Manuel el 4 de Febrero, con la coletilla de que no podría volver a España sin permiso previo del Gobierno, aquella misma noche fue puesto en ejecución. Los zorrillistas y otras personas unidas al temible revolucionario por vínculos de amistad, hicieron acto de presencia en la estación del Norte.

Representando el ideal vencido que la Restauración quería lanzar del suelo patrio, estaban en el andén Castelar, Salmerón, Carvajal, Rivero, Echegaray, Martos, Pablo Nougués, Aguilera, Pedregal, García Ruiz y otros muchos. Del estamento militar vi a los Generales Izquierdo y Lagunero y al Brigadier Carmona, que salieron pitando para el destierro al día (p.8991) siguiente.

Entre los amigos distinguíanse por su significación alfonsina don Pedro Salaverría, Ministro de Hacienda, y el simpático Subsecretario de la Presidencia, Esteban Collantes. De dónde provino la amistad de Salaverría con don Manuel, no lo sé; la de Esteban Collantes y García Ruiz tuvo su raigambre en la tierra palentina, donde Ruiz Zorrilla o su señora poseían extensa propiedad rústica. La despedida fue triste y afectuosa; los abrazos, efusivos; discreto el entusiasmo.

A este acto que considero público, y si queréis histórico, sigue en mis crónicas otro que también me parece digno de perpetuarse en letras de molde, y los escribo engarzados en una sola página para que resalte mejor la desacorde calidad de ambos sucesos. Una tarde de aquel mismo Febrerillo, que ahora llamo loco de atar o loco furioso, hallábame yo solo en mi aposento, trasladando al papel con nerviosa escritura mis impresiones de los pasados meses, cuando.. ¡ay Dios mío!.. vi entrar a una mujer sin que la precediera rumor de pasos ni sonsonete de campanilla. Llegose a mi mesa la fantasma, y yo, sin sorpresa ni espanto, con la mayor naturalidad del mundo, le dije:

«Hola, Efémera; bien venida seas. ¿Me traes carta de mi adorada Madre?».

Ella, dejando caer su izquierda mano marmórea sobre la mesa, alargó hacia mí la derecha con un pliego, mientras sus labios helénicos articulaban estas palabras que mesonaron cual si las transmitiera pos ráfagas del aire una voz muy lejana: «No te traigo carta de tu Madre, sino este pliego que me han dado para ti».

Y yo, rasgando ávidamente el sobre y enterándome de su contenido, exclamé: «¡Ah! La credencial nombrando a Casiana Inspectora de Escuelas. Gracias. Mi buena Madre no se cansa de favorecerme.. Tú no ignoras, Efémera, que Casiana Coelho es mujer meritísima, muy versada en la teoría y práctica del arte pedagógico.. ¿Por qué no descansas a mi lado?.. ¿Qué dices? ¿Que no te sientas? ¡Oh! divina mensajera; tu destino es correr, volar, llevando por el mundo la verdad del momento. Del conjunto de (p.8992) estos átomos, aglomerados por el Tiempo, se forma la verdad histórica en lustros, en siglos.. Espera un poquito, que quiero hacerte algunas preguntas. ¿Qué me dices de mi Madre? Ya sé que por su condición inmortal está exenta de toda enfermedad. Su salud es inalterable. Varían tan sólo su apariencia personal y las vestiduras que cubren su noble cuerpo. Cuéntame: ¿qué calzado gasta en estos benditos días para andar por el mundo? ¿Lleva por ventura el alto y ceremonioso coturno, señal de la grandeza histórica?».

La recadista de Clío, con solemnidad un tantico risueña, contestó: «No lleva el coturno, sino unos holgados borceguíes de burdo paño, decorados con papeles de rojo y gualda, talco y purpurina, imitando el esplendor áureo del calzado de los Dioses, falsedad que sólo engaña a ciertos académicos. Usa la Madre estos borceguíes blandos y de figurón, porque se los impone la suciedad y dureza del suelo que recorre, todo fango y guijarros puntiagudos.

-Muy bien, Efémera. Y ahora dime otra cosa.. Esto se refiere a mi persona.. Escucha. Con toda sinceridad y franqueza me responderás a lo que voy a preguntarte. ¿Es verdad o es mentira que yo he visitado a don Antonio Cánovas, hablando a solas con él de asuntos políticos y particulares?

-La verdad y la mentira de los hechos no caen debajo de mi jurisdicción. Lo que a mí me concierne es el contacto de las inteligencias en las anchas regiones del espíritu. Del uno al otro cerebro saltan las ideas como chispas de un fuego que es el generador de la concomitancia y simpatía. Recojo yo estas chispas y las comunico entre los seres, hállense próximos o distantes.. Es lo único que puedo contestar al señor don Tito.

Tengo prisa. Adiós».

No me dio tiempo a formular nueva pregunta ni a darle mis tiernos adioses. Desapareció en forma semejante a las magias de teatro. En vez de volverse para tomar la puerta se desvaneció en la cavidad del aposento, dejándome absorto, atontado y sin respiro. Apenas me repuse de la emoción de tal escena, recorrí con rápida vista la credencial. (p.8993) Nombraban a Casiana Inspectora de Escuelas con sueldo de diez mil reales. En nota aparte me decía Bremón que si la señorita Coelho de Portugal ocupaba sus horas en dar lecciones particulares a domicilio, quedaría relevada de todas las obligaciones de la Inspección, salvo la de cobrar su sueldo a primeros de cada mes..

Guardé el nombramiento, en el que vi un signo de los tiempos. Todo era ficciones, favoritismos y un saqueo desvergonzado del presupuesto.. Después de un largo titubeo, decidí no dar conocimiento a Casiana de aquel momio inverosímil y esperar, esperar a que se pusieran de acuerdo los ángeles que me favorecían y los demonios que me burlaban.

Una noche, avanzado ya Febrero, cuando Casiana y yo volvíamos de ver una funcioncita en el próximo teatro de Variedades, donde trabajaban actores tan graciosos como Luján y Riquelme, nos encontramos a don José Ido en estado de gran consternación y abatimiento. Creímos que Nicanora estaba con el histérico o que habían llegado noticias desagradables de Rosita, de quien se dijo días antes que se hallaba yafuera de cuenta. No era nada de esto. Dejo al propio Sagrario la explicación del enigma, reproduciendo el texto fiel de sus acongojadas manifestaciones:

«¡Ay don Tito de mi alma, qué pena, qué horrible desengaño! Ya sabe Vuecencia que hace dos días venían corriendo unos rumores sumamente halagüeños para la Patria y para la Libertad. Las voces públicas decían en tiendas, porterías, plazuelas, cafés, estancos y boticas que en el Norte estábamos dando una gran batalla, mejor dicho, que ganamos una y luego dimos otra más reñida y sangrienta, ganándola también; que en la tercera batalla, el suelo quedó totalmente cubierto de cadáveres carlistas en una extensión de cuatro leguas a la redonda. Saturio, el amolador de las Niñas de Loreto, me dijo ayer que de resultas de esa terrible matazón de carcundas, los pocos que de estos quedaron salieron por pies, desapareciendo al otro lado del Pirineo.

»Pero ¡ay!.. esta mañana, cuando más contento (p.8994) iba yo entre los puestos de los Tres Peces, empezaron unos runrunes que dejaban patidifusos aun a los que no les dábamos crédito. Hice mi compra, y donde quiera que yo iba la voz pública seguía cantando el miserere. Al entrar en la Plaza de Matute, para comprar vino en el almacén de Roque, me encontré al amolador y al sacristán de las Niñas que discutían en medio de la calle. El sacristán, que es más neo que Judas y más borracho que Noé, se dejó decir que a los liberales nos habían dado un palizón horroroso.. Qué tal sería la somanta, que los carlistas cogieron prisionero al Rey don Alfonso y se lo llevaron a Estella».

Siguió diciendo el manso filósofo que del sofoco que tomó al oír tales desatinos le flaquearon las piernas, y tuvo que arrimarse a la pared para no dar con su pobre cuerpo en el suelo. Luego se equivocó de tienda y le armaron el gran escándalo por pedir tinto de mesa en una cerería. Al referirnos esto, se acentuaba tanto la flaccidez del rostro del buen hombre que los huesos se le transparentaban debajo de la piel, y la nuez le crecía desaforadamente.

«Esta tarde -prosiguió mi atribulado patrón, sentándose para tomar aliento-, me fui a Buenavista con la esperanza de que mi primo Macario, sargento de la brigada obrera de Estado Mayor, me sacara de mis horribles dudas y me dijese la verdad de lo acontecido en Navarra. ¡Ay Dios mío, cuánto sufre un corazón patriota cuando el demonio enreda las cosas de la guerra!.. Lo que ha sucedido es cosa desdichada y lastimosa; pero no tanto como las asquerosas mentiras que contaba esta mañana el rapavelas de las Niñas de Loreto. Parece, según reza el telégrafo, que entre dos pueblos llamados si no recuerdo mal Lácar y Lorca, hubo un momento en que por milagro de Dios Nuestro Señor no cayó Alfonso XII en poder del faccioso.

-Estas cosas de la guerra -dije yo, dándole ejemplo de serenidad-, son para miradas despacio. Esperemos los despachos oficiales que nos darán relación detallada de los hechos. Tranquilícese, don José; tomémoslo con calma, que ni por una (p.8995) victoria debemos perder el sentido, ni por un descalabro hacer malas digestiones. La grandeza de un pueblo no está en la guerra sino en la paz; la desdicha de los españoles consiste hoy en que para llegar a la paz tenemos que pelearnos fieramente unos con otros. A los labradores hemos convertido en soldados, y ahora falta que los mansos obreros del terruño se cansen de andar a tiros y vuelvan a coger el arado».

A la noche siguiente no falté a la tertulia que algunos amigos teníamos en el Café de Zaragoza. Casiana iba conmigo. Asiduo concurrente a nuestras mesas era el Capitán Palazuelos, a quien yo conocí de Teniente el año anterior: a la sazón prestaba servicio en la Subsecretaría de Guerra. En cuanto llegué se puso a mi lado y me refirió lo que sabía del suceso de Navarra, acaecido no lejos del siniestro lugar en que murió trágicamente el General Concha. He aquí su relato sucinto:

«El 2 de Febrero, si no estoy equivocado, el jefe carlista Mendiri atacaba con preferencia al segundo Cuerpo del Ejército, por suponer que con el General en Jefe,Primo de Rivera, hallábase el Rey Alfonso. En la tarde del 3, cuando menos lo esperaba la división Fajardo, compuesta de dos brigadas (una de las cuales estaba en Lácar bajo el mando de Bargés y la otra en Lorca) , embistieron los de Mendiri el pueblo de Lácar con extraordinaria bravura, llevando consigo a Cavero, Pérula y no sé quién más, con aguerridos batallones y bastantes piezas de artillería. Ante lo formidable del ataque flaquearon los nuestros; oyéronse gritos de: ¡Estamos vendidos! ¡Sálvese el que pueda!, y el Regimiento de Valencia se dispersó, siguiéndole al poco rato los soldados de Asturias. Ni Fajardo ni Bargés cuidaron de poner centinelas en los altos de Alloz y de Murillo, y a ello se debió principalmente el descalabro.

»Cuando Fajardo, que estaba en Lorca, oyó los primeros disparos, se puso al frente del Regimiento de Gerona y se dirigió a la montaña que separa aquel pueblo del de Lácar. Mas nada pudo hacer para dominar la confusión en (p.8996) aquella hora fatídica. El desaliento era unánime, lo mismo en los jefes que en los soldados. También se dispersó el Regimiento de Gerona, y el brigadier Viérgol se vio forzado a retirarse del sitio de peligro. Primo de Rivera, ocupado entonces en el emplazamiento de piezas de Artillería sobre Monte Esquinza y en hacer pruebas de puntería sobre los pueblos enemigos, acudió en auxilio de los de Lácar y Lorca, logrando remediar un tanto el desastre.

»En la madrugada del 4, el General Fajardo, al frente de la tropa, con las cajas de caudales, botiquines y material de guerra, salió de Lorca, retirándose hacia Esquinza. También los de Mendiri se desmandaron, y viendo este que sus tropas se lanzaban al saqueo y al inútil derramamiento de sangre, retirose a Estella. En el Ministerio aseguran que el Rey no estuvo en peligro más que breves instantes. Alguien ha dicho que se hallaba en la torre de una iglesia situada entre los pueblos de Lácar y Lorca. Según las - - versiones oficiales, Su Majestad permanecía en su alojamiento de Villatuerta, donde oyó muy de cerca los disparos de fusilería. Cuentan que dijo a los que le rogaban que no se aventurase a salir: Un Rey no debe ocultarse cuando silban las balas a su alrededor.

Cómo y en qué forma salió de su alojamiento, no he logrado saberlo. En Guerra me han dicho, sin precisar la hora, que el Rey emprendió la marcha a galope tendido hacia Puente la Reina».

A mis observaciones sobre la obscuridad del relato de Palazuelos, contestó este: «Ha de pasar algún tiempo antes que sean conocidas en todos sus pormenores las jornadas dudosas y equívocas que hoy designamos con los nombres de Lácar y Lorca. Entiendo yo que la Historia, cuando se ve precisada a referir con verdad acontecimientos de esta índole, pasa grandes apuros y se ve ahogada en perplejidades enojosas. Los que intervinieron en estas acciones, procediendo con negligencia o aturdimiento, no ponen en sus despachos la debida fidelidad. Si es sospechoso el testimonio de los nuestros, también lo es el de los (p.8997) enemigos, que siempre exageran y sacan las cosas de quicio cuando han tenido algún momento afortunado.. Los carlistas cantaron victoria al recogerse a Estella. Ya veremos quién cantará el último».

Cuando terminó el Capitán su bosquejo de Historia equívoca, nos enredamos en otras pláticas más amenas y en bromas y diálogos picantes que no nos corrompían las oraciones. Amenizaba las tertulias cafeteras un pianista navarro llamado Cárcar, que solía venir a nuestra peña brindándonos las piezas de su repertorio que más nos agradasen. Aquella noche, para quitarnos el amargor de las desagradables peleas de Lácar y Lorca, le pedimos que tocara jotas y rondallas, pues era consumado maestro en la música popular de su tierra. Hízolo prodigiosamente y los aplausos creo que se oyeron en Getafe. Hartos de conversación y de música nos retiramos, no sin que Casiana hiciera la indispensable requisa y acopio de terrones de azúcar para endulzar nuestro café matutino. Con este típico detalle queda bien demostrado que en aquelladichosa era de distinción y elegancia habíamos escogido lugar preeminente en la esfera de la cursilería.

Pocas noches pasaron hasta una que en cierto modo debo llamar memorable, porque en el diálogo familiar que tuve con Ido del Sagrario no faltaron unas briznas de Historia.

«Venga usted acá, excelso patrón -le dije, viéndole entrar en casa cabiztivo y pensibajo-. Acérquese y le contaré un suceso que disipará sus murrias, colmándole de satisfacción y alegría.. Aquí tiene usted a Casiana, su ilustre discípula, que pronto va a saber más que el maestro.

-Así lo creo y lo deseo, Excelentísimo Señor -dijo el filófoso, tomando asiento a respetuosa distancia.

-Ya sabe Casiana el suceso de autos que voy a contarle a usted, y se ha puesto muy - - contenta.. Ea, no quiero dilatar el plato de gusto que le tengo a usted preparado.

Oiga, don José, y vaya sacudiendo las tristezas que le agobian desde que supimos la terrible trapatiesta de aquellos malditos pueblos navarros. ¡Ánimo, valiente, que no hay mal que cien años dure, ni desdichas (p.8998) que no terminen con algo lisonjero!.. Pues, señor: don Alfonso XII celebró en Puente la Reina Consejo de Generales, donde se acordó lo que no sabemos ni nos importa. De allí fue a Pamplona y luego se dirigió a Logroño, con objeto de visitar al Duque de la Victoria. ¿Qué tal? Su ídolo de usted, el invencible Espartero, recibió al joven Monarca con las demostraciones de afecto más efusivas, y pidiendo a sus ayudantes la cruz laureada de San Fernando, que él ganó en las gloriosas campañas de la primera guerra civil, la puso en el pecho del simpático reyecito. Debo añadir amigo don José, para que usted se esponje, que al realizar don Baldomero este acto de acendrado monarquismo, elogió calurosamente la conducta de Alfonso XII en la breve campaña que a usted le tiene tan compungido.

-Algo es algo. ¡Viva el Duque! -exclamó Ido-. Me complace el suceso; pero siempre me queda un dejo de aquellos amargores.

-Sursum corda. Recobre usted su fe en la libertad; hínchese de patriotismo; nos hincharemos todos.. Y ahora, don José, cuídese de que nos sirvan la cena. ¿Verdad, Casiana, que el patriotismo nos desarrolla furiosamente las ganas de comer?.. Oiga, señor Sagrario: para celebrar el suceso con la debida solemnidad, dígale a Nicanora que nos ponga una tortilla de seis huevos, para los dos, y esas chuletas a la papillote por las cuales merece su esposa de usted el título de Cocinera de los Dioses».

 

Ep-46-VII -

Menudas jaquecas daban a don Antonio los señores del lastre reaccionario, que pesaba brutalmente en la nave de la Situación. Por el sistema efemerídeo que me había revelado la Madre, introducía yo mi pensamiento en el cerebro del grande hombre. Allí se me comunicaba su iracundia por las enormidades que imponerle querían los bárbaros del vetusto Moderantismo. Ponían estos el grito en el cielo al ver que los primeros puestos de la Política, de la Administración y del Ejército eran arramblados por la taifa de Septiembre, y se aprestaron a las represalias metiendo a don Francisco Cárdenas, Ministro de Gracia y (p.8999) Justicia, en el jaleo de derogar la Ley de Matrimonio Civil de 18 de Junio de 1870. Con tal atropello resultaron concubinatos los matrimonios legalmente contraídos, y naturales los hijos habidos en ellos. Horrísona tempestad levantó en la Prensa y en la opinión este atroz desafuero, y mientras el Papa se frotaba las manos de - - gusto, el jefe de los alfonsinos rabiaba en silencio, viendo frustrado su sano propósito de cimentar su política en el Manifiesto de Sandhurst.Nadie me contaba el estado mental del Presidente del Consejo. Sentíalo yo en mí mismo por el contacto misterioso del pensar canovístico con el pensar de este humilde vocero de la vida hispana. Por el mismo artilugio milagroso pude apreciar que no hicieron maldita gracia al insigne malagueño los airados decretos con que Orovio puso en la calle y desterró a los Catedráticos de la Universidad Salmerón, Giner de los Ríos, Azcárate y otros, lumbreras de la Filosofía y del Derecho, y apóstoles de la libertad de conciencia. Por este acto de brutal intolerancia y por sus pintorescos chalecos, transmitió su nombre hasta los alrededores de la posteridad el Marqués de Orovio que, aparte su ciego fanatismo, era una persona decente y honrada.

Con un bello desorden que a mi parecer da colorido y sabor picante a las minucias históricas, os contaré que el Rey don Alfonso, muy contento con la cruz laureada que Espartero puso en su pecho, partió de Logroño a Burgos, y después de visitar Valladolid y Ávila regresó a Madrid, donde las masas oficiales le recibieron con palmas. En tanto, su madre doña Isabel no cesaba de mover el ánimo irritable de los borbónicos netos para que le abrieran brecha o caminito por donde colarse en el suelo patrio. Suspiraba por la - - espesura florida de Aranjuez; necesitaba una estación balnearia para la primavera, y en verano no podrían pasarse, ni ella ni las Infantitas, sin los baños de mar.

Cánovas, que profesaba el principio filosófico-político de mantener a las Reinas Madres alejadas del foco de la gobernación, indicó a doña Isabel, con (p.9000) muchísimo respeto, la residencia de Mallorca para sus esparcimientos y regocijos primaverales y veraniegos. En esto, sabedor Carlos VII de los anhelos de su augusta prima, le escribió brindándole para su descanso y recreo las Provincias Vascongadas donde él reinaba.. Ridícula es la carta en que el Pretendiente ofrecía las playas vizcaínas y guipuzcoanas a doña Isabel para su temporada estival. Entre otras simplezas se dejó decir lo siguiente:

«Si quieres ir a Lequeitio o Zarauz, donde estuviste en otras épocas, puedes ocupar los mismos palacios que entonces habitaste, pues no creo posible que en tal caso los marinos de tu hijo continuaran bombardeando aquellos puertos, y si lo intentasen, tengo cañones de suficiente alcance para que te dejen tranquila». Doña Isabel fue lo bastante discreta para no aceptar la farandulesca protección de su primito. ¡Estaría bueno que las dos ramas que habían desgarrado el cuerpo de la pobre España disputándose un trono durante más de medio siglo, hicieran paces vergonzosas por los baños de ola de Lequeitio!

Si buenas dosis de acíbar tragó Cánovas por las imposiciones del elemento retrógrado

y obscurantista, como diría Ido, no fue mala compensación la dulzura de ver entrar en la legalidad al truculento guerrillero don Ramón Cabrera, culminante figura del carlismo. Conviene consignar algunos antecedentes familiares de este gran suceso.

Cuando el llamado Tigre del Maestrazgo pasó el Pirineo en 1840, perdida ya la causa de don Carlos, fue a parar a Inglaterra, donde la fama de su temerario arrojo rodeó su nombre de una aureola de trágica leyenda. En Londres se destacó vigorosamente su atezado rostro, su mirada fulgurante, el aspecto de fiereza medioeval, y se contaban las cicatrices que hacían de su cuerpo un heroico jeroglífico. No necesitaron los ingleses forzar su imaginación para ver en Cabrera una figura genuinamente shakespiriana.

Pasado algún tiempo, la leyenda del guerrillero y su presencia personal interesaron el corazón de una dama inglesa, protestante, rica y noble. (p.9001) La dama y el héroe contrajeron matrimonio con todas las de la ley. Entró, pues, Cabrera en una vida pacífica y burguesa, a la cual se atemperó fácilmente el adalid más terrible, sagaz, activo y sanguinario que ha existido en nuestras discordias civiles. Determinó esta evolución del carácter de Cabrera el genio de su esposa, que supo subyugar la fiereza del cabecilla insigne.El tigre cedió a la blanda ferocidad de la tigresa, convirtiéndose en apacible cordero. Un amigo de Cabrera, que le había conocido en España, me contó que una noche fue a visitarle a su casa de Londres, situada en el West, junto a un Square o plazoleta jardinada. Al entrar en esta encontró a don Ramón, de frac, fumándose tranquilamente un puro. Al abrazar a su amigo, el tigre domesticado le dijo: «Me encuentra usted aquí porque mi mujer no me deja fumar en casa».

En rigor de verdad debe decirse que más que la señora contribuyó a la domesticación de la fiera el plácido ambiente de un país liberal y protestante, de un país en que imperaba la justicia y el orden, en que los ciudadanos vivían dichosos ejercitando sus derechos y sometidos al suave rigor de las leyes. A nadie pudo sorprender que un hombre tan inteligente y agudo como Cabrera evolucionase radicalmente, acabando por abominar de la salvaje guerra dinástica de su país, y se asqueara de las vesanias y horrores en que él desplegó todo su coraje. Últimas palabras de esta conversión fueron los intentos de transigir con don Amadeo y aun con la República, y, por último el acto decisivo de reconocer a don Alfonso como el único Rey posible en España. A este feliz resultado se llegó mediante negociaciones en que intervinieron de una parte el Duque de Santoña, Merry del Val y Pareja de Alarcón, y de la otra el señor Homedes, sobrino del famoso guerrillero, y otros amigos de este.

En un Manifiesto publicado en París, dijo Cabrera a los carlistas con buenas formas que el absolutismo teocrático era una estupidez en nuestros tiempos, y que del lema de la bandera facciosa dejaba a los fanáticos el Rey, llevándose consigo (p.9002) el Dios y Patria. Don Carlos espetó contra su antiguo General un enfático documento, privándole de todos sus títulos, empleos y honores, castigo que al flamante alfonsino le tenía sin cuidado. En cambio don Alfonso incluyó el nombre de Cabrera en el escalafón de Capitanes Generales, reconociéndole el título de Conde de Morella y todas las condecoraciones que ganara en los campos de batalla, peleando contra la causa liberal.

Figurando ya en la Grandeza militar y social del nuevo reinado, el de Morella se instaló en Biarritz para trabajar más de cerca en pro de Alfonso XII. Muchos carlistas prestigiosos se fueron con él, y la estrella del Pretendiente empezó a perder su brillo, anunciando un próximo eclipse. Aquel amigo que había encontrado a Cabrera en la plazoleta del West londinense fumándose un habano, me contó que en Biarritz la transformación de la figura del tigre superaba en radicalismo a la mudanza de sus ideas y de su carácter. Se había dejado la barba; su rostro no carecía de serenidad placentera; el empaque y la ropa delataban la rigidez protestante y el característico tono británico. Hablando, salpicaba de sus labios un ligerísimo acento inglés. ¡Oh tempora, oh mores!

Mezclando sabiamente lo útil con lo dulce, conforme al precepto del Latino, os contaré que Casiana Coelho adelantaba maravillosamente en sus estudios. Había pasado el Catón, y ya leía sin grandes tropiezos las primeras páginas de la infantil enciclopedia llamada Juanito. En la escritura, vencido el agobio de los palotes y el duro aprendizaje de letras sueltas, escribía palabritas enteras con limpieza caligráfica y puro estilo de letra española. Gozaba yo lo indecible viéndola trabajar, y el paciente Sagrario me profetizó que el año próximo la señorita de Vargas Machuca sería un portento de ilustración.

Continuaba yo manteniendo en reserva la famosa credencial de Casiana, y como mi conciencia repugnaba la villanía burocrática de cobrar el sueldo de la Señora Inspectora sin que esta prestase al Estado servicio alguno, inclinábame a permanecer a (p.9003) la expectativa, sospechando que el tiempo o los espíritus amables me traerían una solución decorosa. En tanto, deslizábase mi vida sosegada y sin quebraderos de cabeza, viendo pasar los días grises y melancólicos: si alguno traía un suceso digno de atención, el siguiente se lo llevaba para diluirlo en las penumbras del olvido.Redondeaba mi tranquilidad la paz amorosa de mi unión con Casianilla, cuya modestia, docilidad y aptitudes caseras, encantábanme lo indecible. La compenetración de nuestros caracteres y de nuestros gustos llegó a ser tal, que mi pensamiento rechazaba con horror la idea de separarnos. Ya he dicho, y ahora repito, que nos habíamos declarado muy a gusto figuras culminantes en la flor y nata, o dígase crema, de la cursilería.

Para que mis simpáticos lectores se rían un rato, les contaré lo que hacíamos mi compañera y yo, ganosos de afianzarnos y sobresalir dignamente en aquella interesante clase social. Sigo creyendo que la llamada gente cursi es el verdadero estado llano de los tiempos modernos, por la extensión que ocupa en el Censo y la mansedumbre pecuaria con que contribuye a las cargas del Estado. Atención, caballeros. Mi Casiana era su propia modista. Juntos íbamos los dos a comprar las telas; luego, entregábase la pobre chica al corte y confección en la mesa del comedor, guiándose con patrones hechos de papel de periódico y figurines sebosos, que le traía no sé de dónde su tía Simona. Largas horas de la tarde y la noche dedicadas a la costura, sin sustraer tiempo al estudio, completaban la obra, y cuando llegaba la ocasión de las probaturas, estas se hacían en mi presencia para requerir mi opinión de hombre de mundo y corregir los defectos que yo advirtiera.

Sepan también las edades futuras que mi compañerita se arreglaba los corsés, echando piezas nuevas allí donde hacían falta, renovando ballenas, ojetes y cordelillos. En cuanto a los polisones ¡ay!, yo, Prometeo Liviano, era el fabricante de aquellos absurdos aditamentos. Tras cortos ensayos llegué a dominar el armadijo de alambres y (p.9004) crinolina, que hubiera causado vergüenza y horror a la Venus Calípige. Agradecía Casiana esta colaboración convirtiendo en lindas corbatas para mí los retazos sobrantes de sus vestidos. Sus hábiles manos confeccionaron igualmente un chaleco que resultó tan bien cortado y fashionable como los de Orovio.

Cuando teníamos aderezado nuestro equipo nos echábamos a la calle pistonudos y fachendosos, y exhibíamos nuestras personas en Recoletos, la Castellana y el Retiro, saboreando el efecto que causábamos en la plebe ignara. A los teatros íbamos comúnmente con el noble carácter de tifus, acudiendo a la fina amistad de Ducazcal, Arderíus y otros rumbosos empresarios. Rara era la noche en que faltábamos al café, prefiriendo los que tenían piano y violín, complemento artístico de la frescura de la leche merengada y del rico chocolate con picatostes. Deliciosos ratos pasábamos en las soirées cafeteriles, entre la escogida sociedad de señoras equívocas y señoritas del pan pringado, sin olvidar a última hora la rapiña picaresca de terrones de azúcar.

Procedía yo de esta manera extremando las formas de ordinariez presumida, no por el corto gasto que tal vida supone, pues bien podía dármela mejor, sino porque se me habían hecho odiosas las elegancias faranduleras y la hinchada presunción traídas a la sociedad española por el cambiazo de Sagunto.

Me cargaban los hombres jactanciosos y vacíos que se habían elevado de la pobreza cesantil a las harturas del presupuesto, gentes por lo común holgazanas, marimandonas, atentas no más que a encarnar en sí mismas la pesadumbre del armatoste burocrático. Me reventaban los Condes y Marqueses, mayormente los de nuevo cuño, sacados por don Amadeo y don Alfonso del montón de indianos negreros, de mercachifles enriquecidos o de agiotistas sin conciencia. Me encocoraban los señores pudientes, que rebajando su jerarquía ancestral entregábanse al servilismo palaciego y monárquico. Detestaba, en fin, todas las vanidades que se habían mancomunado para (p.9005) contener los progresos de nuestra Patria, y encerrarla dentro de unos moldes que no podría romper sin nuevas y más iracundas revoluciones.Como yo me tenía por superior a toda esta turbamulta, materializaba mi desprecio adoptando la modalidad que a mi parecer era contrafigura del señorío infatuado, rémora contumaz de la vida española. Y cuando ante él ostentábamos Casiana y yo nuestros atavíos fachosos, mentalmente les decíamos: «Miradnos bien. Somos cursis por patriotismo».

Mis odios más vivos recaían sobre una casta de señoritos en su mayor parte salidos de las Universidades, ricos por su casa, y algunos participantes de las delicias de la nómina. Trastornadas estas criaturas por las parambombas que introdujo la Restauración, elevaron a fórmulas dogmáticas el arte y reglas de la elegancia. A todos los que no tuviéramos exquisita hechura personal, en modales y ropa, nos miraban como a raza inferior, no más digna de aprecio que las turbas gregarias despectivamente llamadas masa obrera. Entre ellos y los de abajo ponían una barrera de lenguaje, neologismos extraños, chistes y camelos, mezclados de una galiparda insubstancial.

Citaré el caso de uno de estos mancebos de cultura somera y ademanes finústicos, que, tras una temporadilla de dos semanas en París, volvió acá reventando de exquisitismo europeo. Su refinamiento no excluía el gusto extravagante de algunos manjares españoles tan ordinarios como sabrosos. En suma, que le gustaba con delirio el plato llamado callos. Entró a cenar con varios amigos en uno de los mejores restaurantes de Madrid; mas no se atrevió a pedir el comistraje de su gusto con el nombre español, que a su parecer era lo más contrario al buen tono. Después que sus amigos pidieron lo que les vino en gana, él dijo al mozo: «Para mí traiga usted.. A ver, a ver.. ¿Cómo se llama eso?.. Ya, ya.. tripe à la mode de Caen».

 

Ep-46-VIII -

Confundidos Casiana y yo entre el gentío fastuoso y el de medio pelo que paseaba en la Castellana o el Retiro solíamos encontrarnos con Leona la Brava, (p.9006) acompañada de su amiga María Ruiz. Una tarde, bajando de la Casa de Fieras al Parterre, nos sorprendió la

voz de Leonarda, a quien vimos bebiendo un vaso de agua en la Fuente Egipcia. No iba con María Ruiz sino con una doncella de servir llamada Pilar, que a Casiana conocía por haber dado juntas no pocos pasos en las correrías mundanas. Reunidas las tres mujeres y yo, seguimos deambulando.

Leona, que en otras ocasiones había mostrado simpatía por Casiana, estuvo aquella tarde más expresiva, diciéndole entre otras cosas amables: «Mujer, no te des tanto tono.

¿Por qué no has ido a mi casa como me prometiste aquella noche que nos vimos a la salida de la Zarzuela? Tendré mucho gusto en que comas conmigo. Después de comer iremos al teatro, donde se nos agregará tu gallardo caballero, que no vive separado de ti».

Contestaba Casiana modosita y con infantil cortedad.. Balbuciente, ya se excusaba con finura encogida, ya contemporizaba prometiendo acceder a la invitación. La Pilar, aunque se hallaba en servidumbre, miraba con cierta protección compasiva a la pobre Casiana, considerándose como término medio entre el esplendor de su ama y la obscuridad de la que en otros tiempos fue su igual en la vida galante.

Desmedido era el contraste entre la vestimenta magnífica y un poquito estrepitosa de Leona y los trapos caseros de mi humilde amiguita. Esta me había dicho mil veces que no sentía envidia de la dama de Mula, a pesar del rumbo que gastaba, y andando el tiempo me dio pruebas mil de su encantadora modestia. Cuando salíamos del Paseo de las Estatuas a la calle de Alfonso XII, me dijo La Brava con su poquito de misterio:

«Este año tardaré un poco en salir a mi veraneo, porque Alejandrito tiene un asunto.. un negocio.. un proyecto de ferrocarril que ha de ir por Miraflores a Segovia y La Granja.. ya te contaré.. y hasta que no se lo despachen no saldremos.. No sé si sabesque los moderadotes están que echan bombas: todo lo quieren para sí, les belles places, les gros affaires, la lune et le soleil.. Y a (p.9007) propósito: Alejandrito les ha vuelto la espalda, arrimándose a Romero Robledo y a López de Ayala, que le han prometido echar los bofes para sacar adelante su asuntillo. Cuando esto sea, nous partirons pour la France.

Pasaremos una temporadita en Arcachón y luego nos vendremos a Biarritz».

Terminó Leona sus confidencias diciéndome que Carlota Pastrana se iría pronto a San Juan de Luz, y que María Ruiz estaba aux abois, porque el suyo, que era empresario de casas de juego, dio el trueno gordo y tuvo que salir escapando de Madrid para que no le matasen.

En la Cibeles nos separamos. Cuando íbamos hacia nuestra casa, la discreta Casiana consagró a la dama de Mula estos juicios sinceros: «Leonarda es linda, simpática y cariñosa. Viste muy bien y tira el dinero que es un gusto.. Pues con todo eso, yo no quiero parecerme a ella. Según tú, La Brava y yo nos asemejamos en que las dos hemos querido instruirnos para pasar de burras a personas. Pero no es lo mismo, Tito. La de Mula hipa por la grandeza, aprendió el habla fina, luego el francés, y todo su aquel es tratarse con hombres ricos. Busca el boato, la bambolla, y así como otras se pintan la cara para ser más bonitas, Leona se pinta el alma con la ilustración para que se enamoren de ella los Duques, los Príncipes y hasta los mismos Reyes.

»Yo soy de otra manera; no pretendo más que saber leer y escribir, y unas miajas de Aritmética para llevar las cuentas de mi casa. Muy corto es mi genio, pero más cortos son mis deseos. Con un poquitín de lo que Dios reparte a sus criaturas tengo asegurada la felicidad: un hombre bueno que me quiera, una casa modesta y limpia, un pasar mediano y sin ahogos, un vivir tranquilo, cuidar a mi hombre y tenerle todo a punto y muy arregladito, y para colmo de contento mi plancha, mi aguja y mi estropajo».

Entre San Juan y San Pedro, entrada de verano, cambiamos Casiana y yo el escenario en que exhibíamos nuestras bien aderezadas personas. Abandonamos la Castellana y el Retiro, y vestidos cómodamente y sin (p.9008) pretensiones nos íbamos por las tardes a la Fuente de la Teja o a la Pradera del Corregidor. La libertad del vivir plebeyo al aire libre nos encantaba, mayormente cuando llevábamos merienda o cena y nos la comíamos tumbaditos sobre la hierba.

Era nuestra delicia la sociedad de los ventorrillos, donde escuchábamos las conversaciones más graciosas; los musiquejos mendicantes nos divertían, y el vocerío alegre regocijaba nuestros corazones. Por cierto que una tarde encontramos a María Ruiz, una de las amigas de Leona, paseando del brazo de un gallardo sargento de Caballería. Al poco rato bailaban una mazurca, bien agarrados, al son de los atronadores organillos. Otra tarde se nos apareció el masón llamado burlescamente Epaminondas, a quien conocí en la tertulia de Candelarita Penélope. Le convidamos a merendar en un ventorro; aceptó, y apenas nos sentamos los tres, empezó a discursear de esta manera:

«Ya tenemos a Periquito hecho fraile, ya tenemos a Sagasta metido en la legalidad.

¿No leíste la semana pasada el artículo de La Iberia? Pues bien claro lo dice. Los elementos procedentes del amadeísmo y del unionismo, juntamente con los restos del antiguo progresismo que no están con Zorrilla, quieren ahora formar un partidito que a un tiempo se llame liberal y borbónico. ¿Entiendes esto; lo entiende usted, señora?

-Sí que lo entiendo, querido Epaminondas -respondí yo- Ni el elemento liberal ni el elemento borbónico quieren perecer. Para vivir y pescar lo que se pueda, se alían, se juntan, y buscan un dogma que encuentran en seguida.. Aquí hay dogmas para todo, hasta para las combinaciones y mezcolanzas más extravagantes.. Encontrada la fórmula, se aprestan todos a comulgar en la iglesia alfonsina que hoy abre de par en par sus puertas al culto del Funcionarismo. No te asustes de nada, Epaminondas.Sagasta formará un partido liberal dinástico que alterne con el de Cánovas en la gobernación de estos Reinos venturosos.

-A eso iba -prosiguió el masón, mostrando en su rostro el júbilo y la (p.9009) vanagloria de contar un suceso que él solo sabía-. Óyeme. Puedo asegurarte, como si lo hubiera visto, que ayer y hoy se han reunido Sagasta y Cánovas en casa de este último, Fuencarral, 2. Encerrados estuvieron más de dos horas cada día, tratando de.. La conversación entre ambos prohombres no he de referírtela, porque no la oí.. Pero te diré, si te interesa saberlo, la hora exacta con minutos en que entró Sagasta y la hora en que salió. Lo sé por Ramón, el ayuda de cámara de don Antonio, que es paisano y amigo mío, y todo me lo cuenta.. Total, es claro como el agua que los empingorotados corifeos conferenciaron acerca de la forma y modo de fundar el nuevo partidito, bajo la base del equilibrio de los elementos dinásticos, conforme al credo borbónico.

-En mi sentir -respondí yo- todo lo que me has dicho es la pura realidad. Por mi parte, debo declarar que no patrocino el nuevo partido ni me opongo a su creación, y así lo hago por dos razones: la primera es que sucederá lo que debe suceder, y la segunda, que todo ello me tiene sin cuidado».

Disertamos un poco más sobre el asunto, cada cual según su temperamento y estilo, hasta que el amigo Epaminondas se fue con unas mozas barbianas que salieron del merendero próximo.

Transcurrieron días calurosos, tardes de holganza placentera en las soledades campesinas, noches serenas que empezaban tibias y concluían con dulce frescura matinal. Más de una vez, la aurora risueña nos acompañó a Casiana y a mí al tornar a nuestra vivienda.

El primer suceso público que relatan mis crónicas en la declinación del verano fue la recrudescencia de las sofoquinas que a don Antonio daban los moderados. Los antagonismos en el seno del Ministerio parecían ya irreductibles. Se tiraban los trastos a la cabeza por si las primeras elecciones de la Restauración habían de hacerse con el sufragio universal o con el restringido. Cánovas del Castillo, que a sus grandes talentos unía un arte sutil para deshacerse de los revoltosos y amansar a los díscolos con el sencillo gesto de abandonar el Poder, dejando (p.9010) tras sí como emblema de castigo el vacío de su persona, inventó un Ministerio Jovellar que fue plasmado rápidamente en esta forma: Romero Robledo, Ayala y Salaverría conservaron sus carteras de Gobernación, Ultramar y Hacienda. En Guerra, con la Presidencia, quedó Jovellar. Y entraron: en Estado, don Emilio Alcalá Galiano, Vizconde del Pontón; en Fomento, don Cristóbal Martín Herrera; en Gracia y Justicia, don Fernando Calderón Collantes, y en Marina, Durán y Lira.

Heroico remedio fue para la turbada política el mutismo de don Antonio, mejor dicho, medio mutis como los que en las acotaciones de las comedias se designan con la siguiente fórmula: hace que se va y se queda. Para estos pasos escénicos tenía el maestro Cánovas una singular destreza, casi estoy por decir travesura, y de ello dio nuevos ejemplos en posteriores épocas de su mando. El flamante Ministerio correspondió dócilmente a los fines que motivaron su presencia en el retablo político, y el 1.º de Octubre, tras una gestación que no debió ser muy laboriosa, la señora Gaceta dio a luz un decreto estableciendo que el nuevo Parlamento se formaría con arreglo a la ley electoral de 1870. El sufragio universal había vuelto a levantar la cabeza, y los moderados, con excepción del inflexible don Claudio Moyano, bajaron la cresta convencidos de que se quedarían fuera de la circulación política si continuaban encerrados en las covachas del tiempo viejo.

Desembarazado de los engorrosos obstáculos que le ocasionó la cuestión electoral, Cánovas volvió a ser cabeza visible de la Situación en la Presidencia del Consejo. AJovellar dio el mando supremo de Cuba, prebenda que fue muy del agrado del General. En Guerra entró Ceballos; en Fomento el Conde de Toreno. Martín Herrera pasó a Gracia y Justicia, y don Fernando Calderón Collantes a Estado. Los demás Ministros, excepto Alcalá Galiano, siguieron en sus puestos.

Ante un público de amigos inquietos y ambiciosos, congregado en el Circo del Príncipe Alfonso el 7 de (p.9011) Noviembre, celebró Sagasta con endechas tribunicias el advenimiento del partido liberal monárquico y la felicidad que había de resultar del turno pacífico, del equilibrio, del balanceo metódico entre los dos elementos que diferenciaban e integraban la política general, sirviendo a la Nación y al Rey cada cual con su credo, cada cual con su dogma, sin perjuicio de comulgar ambos en el ideal común, en el ideal dinástico, etc.. No expresó don Práxedes su pensamiento con los vocablos y frasecillas que aquí empleo. Yo no asistí a la reunión; pero creo interpretar fielmente la substancia del discurso utilizando las notas tomadas al oído que me trajo el diligente informador Epaminondas.

Que Sagasta puso en las nubes la Constitución del 69 y pisoteó la del 45, no hay para qué decirlo. Hizo un discreto elogio de los derechos individuales y de la libertad de conciencia, armonizando estas conquistas con el estricto mantenimiento del orden, y concertó las notas chillonas del Himno de Riego con la grave salmodia de la Marcha Real. El Partido Constitucional combatiría con el mismo ardimiento los excesos de la demagogia y las atrocidades de la reacción.. Todo iba bien, muy bien. Los liberales dinásticos, provistos ya de las necesarias recetas para entrar con salud en la política activa, andaban por Madrid a fines del 75 como chiquillos con zapatos nuevos. Faltaba que el Gobierno convocase al pueblo a los comicios, que se efectuaran las elecciones, y que se supiera quiénes salían triunfantes del seno hermético de las urnas.

Perdonadme, lectores de mi alma, que pase como gato fugitivo por este período de una normalidad desaborida y tediosa, días de sensatez flatulenta, de palabras anodinas y retumbantes con que se disimulaba el largo bostezar de la Historia. Todo este fárrago de convencionalismos resobados pasó de las manos caducas del año 75 a las tiernas manecitas del 76. Funcionó el artefacto electoral, y para haceros comprender su eficacia me bastará decir que Romero Robledo estrenó entonces su extraordinaria (p.9012) maestría en la fabricación de Parlamentos. Con tiempo y saliva designó y encasilló a los padres de la Patria, formando a su gusto el montón grande de la mayoría conservadora y el montón chico de la minoría liberal dinástica, sin olvidar unas cuantas figuras sueltas, sacadas de las urnas o de los cubiletes con un fin ornamental y pintoresco. Fue al Congreso Emilio Castelar por el cariño que Cánovas le tenía, y para que no estuviera solo pusieron a su lado al señor Anglada. Una vez más, y aquella vez más que otras, lució sobre Madrid y España la espléndida mentira de la Soberanía Nacional.

Ya sé, ya sé que mis lectores me agradecen mucho que no les cuente la teatral apertura de las Cortes el 15 de Febrero de 1876, con la fastuosa mascarada palatina, ni el discurso del Rey, ni los subsiguientes trámites rutinarios de elección de Mesa, examen de actas y constitución definitiva en las dos Cámaras. Todo esto, visto a cierta distancia, es aburridísimo, letal, y el que lo contase de buena fe o lo leyere con paciencia moriría de un ataque agudo de fastidio. Las Cortes alfonsinas habían de empezar sus tareas pergeñando una nueva Constitución, pues la del 12, la del 37, la del 45, la del 54 y la del 69, todas incumplidas, o barrenadas como suele decirse, estaban ya inservibles.

Aunque el pío lector no me lo agradezca, doy de lado la discusión del Mensaje, juego de pirotecnia verbosa en el cual cada orador respiraba por sus heridas, conforme a la postura política en que le habían dejado los sucesos de los últimos años. Pidal se revolvía contra don Antonio por no haber traído este a la Restauración las furiasultramontanas; Moyano execraba la Revolución de Septiembre, pintándola como un criminal esparcimiento demagógico; Sagasta, cantando por todo lo alto, izaba el gallardete de la Soberanía Nacional; Castelar y Pavía disertaron extensamente sobre el pro y el contra del 3 de Enero del 74; Cánovas, con derroches de lógica elocuente, contestaba a unos y otros requiriéndoles a la paz y concordia en los altares de la (p.9013) legalidad alfonsina; todos, en fin, se encastillaban en las ficciones o decorosas pamplinas que les servían de plataforma en aquella encrucijada de los destinos de España.

Sospecho que estas páginas tendrán más amenidad hablando en ellas de mí mismo, de la honda depresión de mi ánimo en aquellos días de amodorrante sensatez. Sin que pudiera decir que estaba enfermo, yo me sentía desganado y triste; apenas salía de mi casa; ni una sola vez traspasé la puerta del Congreso; huía de la rarificada atmósfera de los que llaman Círculos, y para colmo de mi desdicha, en los meses transcurridos del año 76 no me visitó la vaga Efémera, ni tuve más relaciones con mi adorada Madre que la cobranza de mi asignación en la portería de la Academia de la Historia, sin que a la entrega de fondos acompañara carta ni referencia directa de la divina Clío. Llegué a creer que mi Madre yacía en grave postración espiritual o que se hallaba en estado de catalepsia, única enfermedad que acomete a los Dioses cuando no tienen nada que hacer, o se creen dispensados de intervenir en las acciones humanas.

También la vida de este pobre Tito había llegado a ser vida de durmiente o cataléptico. Sus horas se deslizaban una tras otra lentas, pardas y sin ruido. El ayer, el hoy y el mañana eran un solo día: esfumábanse los recuerdos, extinguíase la esperanza.. De improviso, una noche me sacudió y me puso en pie restituyéndome bruscamente a mi ser normal un suceso inopinado, un relámpago de vida, la visita de un amigo queridísimo a quien yo no había visto en algunos años. Este amigo era Segismundo García Fajardo, el rebelde más tenaz y el revolucionario más gracioso que ha existido bajo el limpio cielo de los Madriles.

En los días trágicos de la muerte de Prim y en todo el año 70, fecundo en emociones y disturbios, derrochó Segismundo su agudeza satírica y los donaires de su feliz ingenio en soliviantar las masas populares de Lavapiés y las Peñuelas. Grande amigo de Romualdo Cantera, recibió de este albergue y sustento en (p.9014) los azares de la vida más desordenada y tormentosa que cabe imaginar. Aquel trueno de la política, bala perdida en la sociedad, era como sabéis sobrino carnal del Marqués de Beramendi, caballero talentudo y de alta posición, que se cansó de proteger al mozo cuando las extravagancias de este llegaron a ser escandalosas. Abandonado del tío y de sus padres, Segismundo se dejó arrastrar por la desesperación revolucionaria, y aunque no tuvo arte ni parte en el conato de regicidio contra don Amadeo, fue perseguido con tanta saña que salió por pies y no paró hasta París. En aquella capital permaneció largo tiempo entre los innúmeros españoles que conspiraban para cambiar radicalmente las cosas de España.

Cansado, al fin, de soportar humillaciones, hambre y desnudeces, se valió de sutiles arbitrios para repatriarse. Atravesó toda Francia empleando los más inverosímiles medios de locomoción gratuita, y protegido por un fogonero vino de Irún a Madrid.. Cuando ante mí se presentó, su rostro estaba tan desfigurado por la miseria y su vestimenta era tan haraposa que hubo de decirme su nombre más de una vez para que yo pudiera reconocerle.. Le abracé conmovido, hícele sentar a mi lado, y él, con voz doliente y asmática, eco de un cuerpo vacío, me dijo: «No vengo a pedirte albergue, querido Proteo, que ese, aunque no mejor que la guarida de una bestia, ya lo tengo.

Vengo a pedirte un pedazo de pan..».

 

Ep-46-IX -

Mi respuesta fue dar voces llamando a Ido para que nos sirviera al instante la cena.

«Cenarás conmigo -dije a Segismundo-, y con esta señorita, Casiana Coelho, que si no es ya una profesora de instrucción primaria, lo será muy pronto. Ya sabes que diariamente, desde esta noche, habrá siempre en mi mesa humilde un plato para ti». Por causa de la turbación de su ánimo, o quizás por la vacuidad de su estómago, el pobre Segismundo no pudo expresar su gratitud más que con truncadas frases expresivas.

Apenas tragó García Fajardo las primeras cucharadas de sopa y media copa de vino, pudo advertirse que recobraba su (p.9015) perdido vigor. Ya era otro hombre, y a medida que - - avanzaba en la ingestión de alimento, su gesto hacíase menos desmayado y su voz más segura y vibrante. «Gracias a mi antigua camarera y aposentadora, la benéfica Señángela -nos dijo-, no duermo a la intemperie. Aquella fiera, tan deslenguada como caritativa, me ha dado cobijo en un cuchitril inmundo de la calle de Cabestreros. Allí tengo unos palmos de terreno donde estirarme, sobre un montón de trastos y rollos de esteras. El amigo Balbona ya no está en la taberna de la calle de Toledo, y Romualdo Cantera se ha ido a vivir lejos de Madrid.. Todo mi guardarropa se reduce hoy a estos venerables guiñapos que ves colgados sobre mi cuerpo.

-No te apures, noble hijo de España -le contesté yo-. Nosotros te proveeremos de ropa con algunas prendas mías y otras del amigo Ido, que próximamente mide tu estatura.

Todo es cuestión de tijera y aguja. Aquí tenemos a Casianita, que es una gran sastra y arregladora de vestimentas para todos los gustos. Te adecentaremos.. no te rías.. y podrás salir a la calle con elegancia de figurín barato. Ya sabes que la elegancia es el signo de los tiempos. Bien apañadito, como un estirado señorete que viene de París, podrás presentarte a tu ilustre tío el Marqués de Beramendi, y a tu amigo Vicente Halconero».

Poniendo breves pausas en el buen comer, mi huésped replicó así: «En el fondo y aun en la superficie de su espíritu, mi tío Beramendi es un rebelde a macha martillo; pero su mujer, sus hijos y la sociedad en que vive no le permiten sustraerse a esta atmósfera de artificios convencionales y de mentiras aparatosas. Los hombres de ideas más avanzadas se vuelven suspicaces y medrosicos, y se acomodan a vegetar dentro de esta cárcel fastidiosa de la sensatez monárquica, mayormente si poseen buenas rentas para tratarse a cuerpo de rey mientras dure su cautiverio. En cuanto los jesuitas establezcan aquí esos Colegios elegantes de que ya se habla, los primeros niños que entren en ellos serán los de mi tío Pepe. Así lo quiere (p.9016) María Ignacia y así será.

»Lo mismo te digo de Vicentito Halconero. Es un chico excelente, talento claro de los que miran al porvenir y a la regeneración de este pobre pueblo. Pues hostigado por su madre, Lucila, y por sus suegros los Calpenas, solicitó el acta de La Guardia; le encasilló Romero Robledo, y ahí le tienes, entre los borregos de Cánovas.. no, me equivoco.. entre los de Sagasta, que viene a ser lo mismo. Te diré ahora que la hermosa Lucila, al cabo de los años, se siente un poco ultramontana y papista. No hace mucho tiempo hizo un viaje a Roma con su esposo don Ángel Cordero, el sutil economista, sin otro objeto que besar la sandalia de Pío IX, y recibir la bendición pontificia.. Con que ya sabes, a esta sociedad que me execra y me maldice, no puedo yo acercarme sin recibir desaires y sofiones».

Avanzada ya la cena, añadió Segismundo a las manifestaciones anteriores confidencias de un orden más delicado. Poniendo en su acento el respeto que a su madre debía, díjome que esta, Segismunda Rodríguez, esposa del primogénito de losGarcía Fajardo, se había dedicado en los últimos años al negocio de préstamos usurarios, y laboraba sigilosamente tras la pantalla de testaferros sin conciencia. Amasado un grueso capital desplumando lindamente al prójimo, la buena señora hipaba por la grandeza y era rabiosa alfonsina. Se desvivía por pescar un título nobiliario, y no siéndole fácil conseguirlo de los de Castilla resignábase a tenerlo pontificio, que como es sabido resultan muy económicos.

De sobremesa volvimos a tratar la cuestión de indumentaria. Casiana, movida de repentina inspiración, sacó de su cesta de costura la cinta-metro que usan los sastres y modistas, y puesto en pie Segismundo, le tomó las medidas a lo ancho y a lo largo. La señorita de Coelho cantaba los números y yo los iba apuntando en un papelejo. Hecho esto, y cuando Segis se despidió con demostraciones de gratitud, bien provisto de tabaco, le aseguré que a la tarde siguiente encontraría en mi casa el remedio de su indecorosa (p.9017) desnudez.

Coincidiendo en una resolución práctica, habíamos pensado Casiana y yo que la más expedita obra de misericordia era vestir al desnudo con un traje de El Águila. En efecto, a la mañana siguiente adquirimos, por las medidas que llevábamos, un terno modestito - - y de buen ver. Luego, en la calle de Toledo, compramos tres camisas y otras prendas interiores, a las cuales agregamos un sombrerete blando adquirido en Las Tres B B B de la Plaza Mayor.. Con toda esta carga nos volvimos a casa satisfechos y gozosos, pues nada era tan grato para mí, y lo mismo para Casianilla, como aplicar nuestros limitados recursos a una obra esencialmente cristiana y altruista.

Por la tarde, cuando se nos presentó el infeliz repatriado y le mostramos las para él lujosas prendas de vestir, advertimos que se humedecían sus ojos y que su boca tembliqueante no acertaba a formular las oportunas frases de reconocimiento. Con un tonillo evangélico, que maquinalmente me salía del pensamiento a los labios, le hablé de este modo: «Amigo, mejor será decir hermano mío, coge estas ropas y tenlas por tuyas sin reparar en la mano que te las entrega; corre a tu morada, y una vez que purifiques tus carnes con santas abluciones, vístelas con la decencia que Dios te ha deparado».

El hombre infeliz, recogiendo parte de su equipo para hacer con él un lío, me contestó en el tono más sencillo y familiar: «Benditos sean los que practican el amor al prójimo con verdad y donosura. Muchos se precian de socorrer a los desvalidos; pocos hay que posean el arte de la caridad. Yo acepto estos dones y admiro la gracia con que se me ofrecen.. Permitidme, mis queridos amigos, que no traslade a mi casa toda la ropa interior; me llevo sólo una muda; lo demás aquí queda, pues mi desmantelado cubil se me antoja que no es, no ya el Puerto, sino el Golfo de Arrebatacapas».

Con toda la presteza que su contento le infundía, el desgraciado y ya favorecido Segismundo partió, llevándose su ropa envuelta en un pañuelo. Casiana y yo nos quedamos discurriendo nuevas (p.9018) manifestaciones del arte de la caridad. Al otro día sorprendíamos al menesteroso caballero con una pañosa nuevecita y unas botas de becerro mate adquiridas en un bazar de calzado. Todo resultó a las mil maravillas: cuando resurgió a media mañana el amigo, bien lavoteado y vestido de limpio, parecía otro. Obsequiole Casiana con unas corbatitas de colorines en las que había trabajado la noche anterior. El espléndido regalo final de la capa y botas puso al buen Segismundo en un estado de beatitud seráfica. Yo reventaba de gozo, Casianilla no cesaba de reír, y los dos creíamos hallarnos en presencia de un muerto a quien acabábamos de resucitar.

Tras un largo rato de ocioso charloteo, en que intervino Ido con su cándido filosofismo, nos sentamos a la mesa. El muerto resucitado, dueño ya de los varios registros de su inteligencia, nos contó interesantes casos y episodios del vivir azaroso de los emigrados españoles en París. Habíalos allí de todas castas y procedencias:republicanos federales del 73, zorrillistas de la última extracción con afiliados civiles y militares, carlistas de todas las épocas, especialmente de la última, pues la causa de la legitimidad iba de capa caída y muchos partidarios del Pretendiente pasaban la frontera ansiosos de buscarse la vida en un país pacífico y libre. El Pasaje Jouffroy y el Café de Madrid hervían de españoles aburridos y famélicos. Algunos, embozados en sus capitas, acechaban el paso de un amigo que les diera un Napoleón o les convidase a un almuerzo de dos francos cincuenta; otros se instalaban en las mesas del café, y allí pasaban largas horas en tristes añoranzas, o planeando medios de trabajo para poder matar el gusanillo. Los más prácticos apencaban con los rudos oficios y se metían en una cerrajería, en una tahona o en talleres de encuadernación.

«Me han contado -dije yo- que republicanos y carlistas fraternizan allí, unidos por la común desgracia, y se buscan la vida dando lecciones de español.

-Así es -prosiguió Segis-. Yo me asocié con un ex-capitán carlista, natural de (p.9019) Azpeitia, excelente chico, que no hablaba bien más que el vascuence. Pereciendo de hambre, anunciamos una Gran Academia de Lenguas en la cual, el vascongado y yo, y un andaluz muy despierto que se nos agregó, ofrecíamos dar lecciones de español, de latín y de griego. El resultado fue desastroso.. Debo añadir que de la emigración zorrillista poco podíamos esperar, porque los prosélitos de don Manuel, mal que bien, tenían para vivir y se cuidaban poco de los demás, como no fuera para darnos de vez en cuando un corto auxilio.

»De Ladevese recibí yo algún socorro que le agradeceré toda mi vida.. La conspiración zorrillista labora en España tratando de mover las fuerzas militares para producir los tan acreditados pronunciamientos. En París se manifiestan con un ojalaterismo rosado y transparente que a muchos deslumbra, a mí no, pues de los pronunciamientos no espero nada bueno para mi Patria.. Desesperado de la inutilidad de mis esfuerzos para resolver el problema vital, abandoné el Pasaje Jouffroy, donde todo se volvía cháchara sin substancia, y planté mis reales en el Café Cluny, Boulevard Saint Michel, Barrio Latino.

-Dime, Segis, ¿no has visto por allí a Estévanez?

-Sí; pocos días antes de mi salida, llegó de Portugal. Está muy desalentado, y cree que todo intento revolucionario, ya sea zorrillista, ya sea de otro orden, quedará hecho polvo bajo el peso de esta oligarquía de tres cabezas: la femenina aristocrática, la militar masculina y la papista epicena.. Como decía, me instalé muy a gusto en el Barrio Latino, que es para mí el París luminoso, la urbe de la ciencia y el arte. Allí están todos los focos del saber y de la enseñanza pública; allí están la Sorbona, el Collège de France, la Universidad; allí las Escuelas Superiores de Medicina, de Farmacia, de Ingenieros, el Observatorio Astronómico, innumerables Institutos, Laboratorios y Bibliotecas; allí todos los grandes editores de París; allí, en fin, la inmensa cátedra de escolares, estudiosos los unos, otros afiliados a la graciosa hermandad que llaman bohemia. Sobre este inquieto y juvenil (p.9020) personal flota la nube de poetas más o menos parnasianos, y de pintores más o menos impresionistas.

-¡Hermosa y florida República -exclamé yo-, esperanza de un gran pueblo!

-En el Café Cluny y en otro que está junto al Odeón, tenía yo mis Círculos predilectos. Hice amistad con unos chicos mejicanos y chilenos, pensionados para estudiar Medicina. Sociedad más a mi gusto jamás la conocí. Los americanillos eran estudiosos, y de la piel del diablo. Ellos, y un pintor español que hacía paisajes melancólicos, me arrastraron a la bohemia, para lo cual es condición precisa tener los bolsillos vacíos.

Gocé y me divertí cuanto pude, y mis calaveradas extravagantes dejaron memoria en aquel rincón del París ático y bullicioso. Para que nada me faltase, tuve mi griseta, que me adoró durante dos días y medio.»También aquel barrio era campo de acción de muchos expatriados españoles, que se administraban por un presupuesto absolutamente negativo. Con algunos de estos me lié yo en sociedad comanditaria al objeto de arbitrar recursos honradamente. Un tal Boneta, cantonal, me propuso un negocio que consideraba de resultados infalibles. ¡A trabajar se ha dicho! Alquilamos una tienda en la rue Grenelle, y nos instalamos en ella sin muebles ni cosa alguna. Pero en la fachada pusimos este anuncio sugestivo, Misterios de la vida parisién, y en la puerta un rotulillo que decía en letras bien claras, Entrada, un franco. A mi cargo corría la cobranza, mientras Boneta se paseaba en el salón vacío. El primer día cayeron algunos incautos, que al ver aquellas paredes desnudas preguntaban: «¿Pero qué es lo que se enseña aquí?». Boneta contestaba con voz estruendosa: ¡Rien! Intervino la Policía obligándonos a cerrar el establecimiento.

Con los francos recaudados tuvimos para cenar algunas noches.

-Esa broma o ese timo, querido Segis -repuse yo-, no habríais podido darlo en Madrid.

-Claro es -siguió diciendo el pícaro-. Pero tú no sabes que París es el pueblo más novelero del mundo. Verás ahora otro caso de la maravillosa (p.9021) inventiva de un emigrado español muerto de hambre. Un tal Catuelles, carlista, anunció en la prensa que estaba dispuesto a reconocer todos los hijos ilegítimos no reconocidos por sus padres. En el anuncio, redactado con frases muy patéticas, declaraba que lo hacía por lástima de las pobres criaturas, y deseoso de que estas pudieran entrar decorosamente en la vida social. Lo demás ya se supone: precios convencionales. Pues este hombre que en España habría pasado por loco, en París y en poco más de seis meses, reconoció ciento dieciocho hijos y ganó doce mil duros.

-¡Ay qué gracioso, qué hombre más listo! -exclamó Casiana riendo a carcajadas-. - - Pero usted, don Segis, ¿qué intentaba para ganar dinero y salir de su miseria?

-¡Ah, hija mía! Yo no tenía la travesura de Boneta ni el genio de Catuelles. Cuando llegué a los extremos de la necesidad me dejé llevar por dos amigos, uno cantonal y otro carcunda, a las conferencias religiosas que en cierta calle próxima a San Sulpicio daba una Sociedad Catequista. Aunque mis dos compañeros eran librepensadores, casi ateos, y yo no tengo creencias religiosas, apencábamos con aquella farsa porque los catequizadores recompensaban nuestro falso catolicismo con un modesto socorro. Por las noches nos hacían oír unas pláticas estúpidas y soporíferas. Pero ¡ay! esto no bastaba: querían los señores dar público espectáculo de nuestra piedad y mansedumbre, como éxito notorio de la labor catequizante y triunfo de Nuestra Santa Madre Iglesia.

Eramos como unos doscientos, entre hombres menesterosos y beatas vejanconas. Todas las mañanas nos llevaban a confesar y comulgar en San Sulpicio, y hasta que ingeríamos el pan espiritual no nos daban el franco, óbolo remunerador de nuestras edificantes devociones.

-¡Pero tú comulgabas, Segis, tú..! -exclamé yo, vacilando entre la incredulidad y la risa-. ¿Es posible?

-¡Ya lo creo! Como que si no comulgaba no comía.. ¡Ay, amigos del alma! Si ahora que estoy decentito me decido a presentarme a mi madre, ya sé lo primero que me (p.9022) dirá. Me parece que la estoy oyendo: «Hijo mío, ¿vienes dispuesto a sentar la cabeza y a enmendarte de tus errores? Si así es, tu madre te bendice, y lo primero que te recomienda es que entres resueltamente en la grey cristiana y cumplas con la Iglesia». Yo le responderé: «¡Ah, madre querida; bien cumplido y purificado vengo de París.

Traigo cumplimiento para lo que me resta de vida».

 

Ep-46-X -Desde aquel día, el náufrago salvado de las olas del infortunio quedó unido a mí por vínculos fraternales. Casiana y yo partíamos el pan y la sal con Segismundo, y él nos mostraba un cariño respetuoso que más parecía veneración. Juntos salíamos los tres de paseo, tranquilos, alegres, ni envidiados ni envidiosos, y por las noches no perdonábamos nuestra partidita de café en los de Zaragoza, Venecia o San Sebastián donde poníamos el paño al púlpito despotricando, ora en tonos enérgicos, ora en sarcástico estilo, contra la oligarquía dominante. Aunque perorábamos para una posteridad remota, los parroquianos que nos oían con la boca abierta celebraban nuestras locas arengas, cual si en ellas viesen una palpitante actualidad.

En nuestra casa teníamos luego una segunda soirée más interesante y divertida, porque en ella gozábamos la inefable libertad del disparate sin acortar el vuelo de nuestros - - arrebatados pensamientos. Reforzada nuestra trinca con la conspicua personalidad de Ido del Sagrario y la de un estudiantillo muy despierto llamado Gayoso, recorríamos hasta lo infinito los espacios quiméricos.

Allí se oyeron afirmaciones aplastantes y atrevidísimas hipótesis. Por ejemplo, oid a Segismundo: «Si en España viniera un cataclismo, pongo por caso, como dice Orovio en sus discursos.. un cataclismo, es un suponer, que decía el General Infante, y fuéramos llamados Tito y yo a ejercer la dictadura, ¿qué haríamos?». El estudiante Gayoso saltó en seguida sosteniendo que no dominaríamos la situación si no consagrábamos los tres primeros días de mando a cortar cabezas, la mar de cabezas..

De esto protestaba Sagrario, (p.9023) movido de un alto espíritu de humanidad, y decía con enfático acento: «No se cuiden los señores dictadores de cortar cabezas, sino de cortar abusos, y esto se hará fácilmente blandiendo en una mano el cetro de la Ley y en la otra la antorcha de la Verdad. Sí; con ley, verdad, justicia y honradez ciudadana todo irá como una seda. Matar no, no. Me opongo a la horca y a la guillotina. Todo lo más que admito es el cartel que diga pena de muerte al ladrón, sólo como amenaza contra los timadores y descuideros».

A esto repliqué yo adoptando un término medio entre los feroces procedimientos de Gayoso y la indulgencia de don José. Este me interrumpió con atinadas razones: «Yo lo fío todo al progreso, y harto saben los preopinantes que el progreso es benigno, suave, mirando siempre a la Voluntad Nacional.. Ya que los señores se dignan escucharme, les diré que no veo más dictadura que la del denodado señor Duque de la Victoria».

Tomó entonces la palabra Segismundo para expresar estas ideas, propias de su elevado cacumen: «Yo, conforme con el sesudo Sagrario, enarbolo los pendones de la ley, la verdad y la justicia; pero ¿cómo hemos de salvar el espacio mediante entre los furores del cataclismo y la normalidad fundada en esos ideales? Al constituirnos necesitamos Ejército. ¿Cómo pasamos del pretorianismo indisciplinado a la posesión de una fuerza regular que apoye la acción gubernativa? Será indispensable conciliar los intereses de los ricos con el bienestar relativo de los menesterosos. Hemos de crear un presupuesto novísimo, descargando las cifras asignadas al Clero y Milicia para reforzar las dotaciones de Enseñanza y Obras Públicas. Y yo pregunto a los preopinantes:

¿Cómo nos defenderemos de las fieras que, azuzadas por esta radical alteración del presupuesto, caerán sobre nosotros ansiosas de devorarnos? Por todo lo dicho y por algo más que se me queda en el magín, yo renuncio a la dictadura que galantemente me ha ofrecido el amigo Proteo, y la transfiero, como propone el señor Ido, al Príncipe de Vergara, Duque (p.9024) de la Victoria y Conde de Morella».

Casianilla, que había permanecido muda y atenta ante el varonil senado, se arrancó al fin con este juicio tan tímido como discreto: «Déjenme pedir a los señoresopinantes que no se devanen los sesos por la incumbencia del dictado, que entiendo es el encaminar a la Nación para que del tumulto pase a la paz.. Porque yo digo, del mucho orden sale siempre el desorden, es a saber, los motines y la rabia del pueblo, y de esto sale siempre la tranquilidad o verbo y gracia quedarse todo como una balsa de aceite. Dios Nuestro Señor ha dispuesto que tras de la calma tengamos las tempestades y tras de las tempestades la calma y el cielo sereno. ¿Que viene cataclismo? Pues que venga. El cataclismo se encargará de volver las cosas a la norma.. o como se diga. ¿Me explico?».

Los cuatro le aseguramos que la entendíamos muy bien, y ella, cobrando ánimos, concluyó de este modo: «No quiero que Tito ni Segismundo se metan a dictar estas cosas. Si España se alborota, ya sabrá ella desalborotarse, y por lo que voy viendo, buen desalborotador será ese Duque mentado por don José y que, según yo calculo, no es otro que el señor de Espartero».

Aplaudimos todos, y disolví la reunión. El primer suceso memorable del día siguiente fue que Segismundo, al venir a casa, se encontró a Sebo, el cual ya tenía conocimiento de que en su repatriación García Fajardo había mudado de piel como las culebras.

Díjole Telesforo del Portillo que el señor Marqués de Beramendi deseaba ver a su sobrino, y que él tenía orden terminante de llevarle a su presencia de grado o por fuerza. Yo aconsejé a Segis que se dejara querer, pues algo bueno resultaría de su entrevista con el bondadoso prócer oligarca.

El segundo suceso histórico de aquel día fue la terminación de la guerra civil. Desde fines del año anterior andaban muy atropellados los carlistas. No tenían dinero, no tenían generales de empuje. El atontado Carlos VII puso al frente de sus tropas a don Alfonso de Borbón y de Habsburgo, Conde (p.9025) de Caserta, hermano del ex-Rey de Nápoles Francisco II, e hijo en segundas nupcias de Fernando, el llamado Rey Bomba. El pobre Conde de Caserta, con toda la hinchazón de su regia prosapia, carecía de dotes para regir una poderosa hueste en quien iba faltando la interior satisfacción. En tanto, el Gobierno de Cánovas, viendo ya maduro el fruto de la paz, organizó dos grandes Ejércitos con nutrido contingente de todas armas, mandado el uno por Martínez Campos y el otro por Quesada. El primero llevaba consigo a los Generales Blanco y Primo de Rivera; Quesada iba en la compañía de hombres tan expertos y conocedores del territorio como Moriones, Loma, Villegas y otros.

Ambos Ejércitos adquirieron fáciles ventajas, así en el suelo navarro como en el país vascongado y límites de Santander. Martínez Campos emprendió su famosa marcha hacia el Baztán, iniciando el movimiento envolvente a lo largo de la frontera que pronto dio sus frutos. Primo de Rivera, después de sacudir duras palizas a las partidas facciosas, no ya Cuerpos de Ejército, en Santa Bárbara de Oteiza, La Solana y línea del río Egea, entró en Estella el 19 de Febrero del 76. Tan importante suceso y la victoria alcanzada por el General Blanco en Peña Plata determinaron la desbandada de las tropas carlistas. Estas gritaban ¡traición, traición! y en grupos salían por pies hacia el Pirineo.

Segismundo García Fajardo, después de hablar con su tío el Marqués de Beramendi, me refirió las opiniones de este sagaz hombre de mundo que sabía poner la realidad por encima de los engañosos convencionalismos. Según el Marqués, las ventajas obtenidas se debían en primer término a la eficacia de las armas liberales, después al influjo de la plata repartida entre los pobres carlistas, descalzos, hambrientos, aburridos ya de un heroísmo inútil. Viendo ya seguro el fin de la guerra, Cánovas dispuso que don Alfonso fuese al Norte a recoger abundante cosecha de laureles. Entró el Rey en Tolosa el 21 de Febrero, aclamado por alfonsinos y carlistas. Un batallón (p.9026) guipuzcoano se sublevó en Leiza a los gritos de ¡Mueran los traidores! ¡Nos han vendido!, teniendo que retirarseCarasa con su Estado Mayor y escolta, no sin que le insultaran. El batallón de Guernica se insurreccionó contra sus jefes, y en todas partes se repetía: Esto se ha concluido.

Completo esta página histórica con otra que me dictó Segis. Dando a tal página toda - - la importancia que merece, la copio al pie de la letra: «Mi tío Pepe me recibió con benévola conmiseración. Oyó el relato que tuve que hacerle de mis andanzas y miserias, y al reprenderme por mi vida borrascosa, atenuaba su severidad con inflexiones regocijadas. Harto conocía yo la rebeldía interna, así en lo político como en lo social, de mi señor tío; pero yo era pobre y él rico, yo no tenía casa ni hogar y él vivía en la dorada farsa de un mundo artificioso. Por esta fundamental diferencia, la rebeldía y el dogmatismo revolucionario de Beramendi eran no más que un adorno mental, florecillas del espíritu que el buen prócer sacaba a relucir tan sólo en la intimidad de sus amigos.

»También María Ignacia, que al oír mi voz entró en el despacho, mostrose conmigo indulgente y compasiva. Tratando ante mí de aliviar mi desdichada suerte en la forma más práctica, Beramendi me notificó que estaba dispuesto a pagarme pupilaje decoroso y buena comida en cierta casa de huéspedes regida por una señora llamada doña Leche. Añadió que hoy mismo daría a Telesforo del Portillo las órdenes oportunas para que fuera yo recibido sin dilación en mi nueva morada, Relatores, 4. Acto seguido, María Ignacia puso en mi mano dos dobloncitos de a cuatro, para mis gastos menudos de tabaco y café, advirtiéndome con sequedad melindrosa que si yo no era económico y sensato no repetiría la dádiva».

Cuando esto decía el buen Segis, sacó las moneditas de oro con el aleve intento de pasarlas de su bolsillo al mío. Como yo me resistiera enérgicamente, intentó ponerlas en la mano de Casianilla; pero esta rechazó la oferta con más jovialidad que indignación, diciendo: «Eso es para usted, (p.9027) don Segis; Tito y yo somos ricos por nuestra casa, ya usted lo sabe, y del amigo queremos la amistad y el cariño, no el vil metal, como dice don José cuando se le habla de oro».

Pasados unos días, el 20 de Marzo de 1876, propuse a Segismundo que fuésemos los tres a presenciar la entrada de Alfonso XII en Madrid al frente de las tropas victoriosas en el Norte, pues según anunciaba la Prensa tendríamos un acontecimiento grandioso, vibrante, solemne, un himno a la paz cantado al unísono por el pueblo y las altas clases sociales. Esta indicación mía dio motivo a un sustancioso juicio histórico del rebelde, que merece el honor de la letra de molde. Ahí va:

«Detesto la guerra civil dinástica, y es tan vivo mi odio a ese medio siglo de lucha fratricida sin gloria y sin fruto, que nada encuentro en él que pueda contentarme. Tanto me amarga esa guerra que me incomodan hasta las victorias, me carga el heroísmo y me revientan los laureles. Para mí, la contienda de familia debió quedar acabada y finiquita el mismo 34, a los pocos meses de entrar en España por Elizondo el inmenso mentecato don Carlos María Isidro, cuando Martínez de la Rosa lanzó la frase de un faccioso más. En este desdichado país no había entonces sentido político ni militar sentido, ni el vigoroso estímulo de la conservación nacional. Por la flaqueza de estos sentimientos, los españoles no supieron extirpar el mal aplicando con dureza implacable el procedimiento quirúrgico. La querella dinástica se hizo crónica, y la repugnante dolencia creció invadiendo el cuerpo social en el curso del siglo. Todavía ¡pobre España!, todavía tienes sarna que rascar para largo tiempo.

»En vez de resolver a rajatabla el problema Vendeano, diose tiempo a los carlistas para que se tomaran la beligerancia, para reclutar hombres y allegar dinero formando ejércitos casi regulares, para proveerse de una pequeña Corte y erigir un Estado minúsculo, dotado con todos los engorros burocráticos y administrativos. Los liberales, a su vez, se preparaban apercibiendo los resortes (p.9028) complejos del viejo mecanismo histórico. En seguida empezaron los encuentros, las batallitas, el correr y perseguirsepor los ásperos montes y los verdes oteros, que fueron y son campos del fanatismo. Para mayor desdicha de la Patria, ambos Ejércitos eran valientes, incansables. Los triunfos y los descalabros se compartían por igual. El heroísmo flameaba en uno y en otro bando; victorias hubo aquí, victorias allá, mas ninguna bandera logró desgarrar definitivamente la bandera contraria.

»En el rápido crecimiento de la grey militar, muchos veían ventajas positivas. Si acertaban estos ilusos España era un país felicísimo y envidiable, pues en los fatídicos tiempos de la guerra civil, las frecuentes concesiones de grados por méritos efectivos multiplicaron profusamente la cifra de Oficiales y Jefes. Muchos, hermanando el valor con la fortuna, pasaron muy pronto de Tenientes a Generales. De esta categoría teníamos caudillos bastantes para mandar los Ejércitos de Napoleón. Naturalmente, bromas tan sangrientas en el campo de la Historia no podían ser de larga duración. A los siete años de un batallar tenacísimo, los dos Ejércitos, fatigados y anhelantes de la paz, cayeron en la cuenta de que lo más conveniente y positivo para entrambos era pactar franca reconciliación, abrazarse y lanzar el Todos somos unos. Tal como lo pensaron lo hicieron, conviniendo en mantener y dar valor efectivo a los grados, empleos y condecoraciones ganados por una y otra hueste en siete años de rabiosa porfía. ¿Por qué, Señor, a santo de qué? Por si debía reinar varón o hembra.

»El huevo de Vergara fue ciertamente un huevo de paz. Pero de él, al calor de nuestras incurables tonterías políticas, ha salido una gusanera que es incubación de todo aquello que creíamos muerto y sepultado. Te dije antes que en las guerras intestinas me cargan los heroísmos, los laureles marchitos apenas ganados, y ahora te digo que me carga también la paz, porque aquí la paz es el huevo de que sale otra generación con la misma

estúpida manía del (p.9029) pleito familiar dinástico, de la demencia bélica, de la multiplicación de Generales.. Ya ves lo que ha pasado en los últimos años. Otra vez parece que tenemos paces. Pero no te fíes..

-En este momento entra don Alfonso en Madrid -dijo Casiana-. ¿No oyen ustedes los tambores y cornetas que suenan lejos, lejos?

-Oímos, sí -prosiguió Segis-. Además de oír, desde aquí veo yo el contento del Rey y el júbilo del pueblo inocente y confiado que le aclama. ¡Pobrecitos! Llaman paz a una tregua cuya duración no podemos apreciar todavía.

-Tienes razón -afirmé yo-, y es posible que los carlistas no vuelvan a tomar las armas, porque verdaderamente no lo necesitan. Los vencedores se han traído acá las ideas de los vencidos, creyendo que en ellas consolidarán el trono flamante.

-Todo queda lo mismo -continuó García Fajardo, con gran seguridad en su juicio-. El Borbonismo no tiene dos fases, como creen los historiadores superficiales, sino una sola. Aquí y allá, en la guerra y en la paz es siempre el mismo, un poder arbitrario que acopla el Trono y el Altar para oprimir a este pueblo infeliz y mantenerlo en la pobreza y en la ignorancia. Lo único positivo en ese cortejo brillante que ahora atraviesa las calles de Madrid es un sinfín de Generales, Jefes y Oficiales nuevos, agregados a los que ya teníamos, una caterva de funcionarios viejos o novísimos que fundarán sobre el doble catafalco, Altar y Trono, una política de inercia, de ficciones y de fórmulas mentirosas extraídas de la cantera de la tradición. Todo esto va decorado con el profuso reparto de honores, distinciones y títulos nobiliarios. Pronto veréis, amigos míos, el Anuario de la Grandeza empedrado de Condes y Marqueses. En lo de acuñar nobles al por mayor y en la prodigalidad de los Excelentísimos, Ilustrísimos y Reverendísimos, no hay país en el mundo que nos iguale. ¡Oh desmedrada España! Cada día pesas menos, y si abultas más atribúyelo a tu vana hinchazón».- XI -

Ya supondrán los píos lectores que habiendo paz en España ardió Madrid en fiestas, conforme al ceremonial de alegría pública que (p.9030) amenizaba nuestra Historia desde que volvió del destierro Fernando el Deseado en 1814. Vestían los balcones abigarradas percalinas, las más de ellas de respetable ancianidad, pues ya figuraron en el regocijo de 1860, cuando entraron las tropas vencedoras en África, y en el regocijo del 68, entrada de Serrano vencedor en Alcolea. De noche fulguraban las hileras de gas en los edificios públicos, y en el caserío lucían de trecho en trecho los farolitos de aceite con parpadeo mustio y lacrimoso. La iluminación pública era la misma que esmaltó las noches en diferentes ocasiones de júbilo, como el nacimiento del Príncipe y las Infantas, o la traída de aguas del Lozoya.

Salimos una noche a ver los festejos los tres inseparables; mas no tuvimos paciencia ni valor para correr el largo trayecto desde la Cibeles a Palacio, entre un gentío espeso, silencioso y embobado, que a mi parecer personificaba de un modo gráfico el aburrimiento nacional. Nos dijeron que en algún sitio de la carrera se alzaba un armatoste de pintados lienzos. Era sin duda lo que llaman un arco de triunfo, quizá un templete del género clásico fastidioso como el que pusieron en el popular regocijo de 1830, cuando María Cristina vino a casarse con Fernando VII. Toda esta balumba de tonterías no nos interesaba y la dimos por vista, acogiéndonos a la sociedad amable, risueña y chispeante del café de Las Columnas.

Y ahora, lector mío, a mi modo continuaré la Historia de España, como decía Cánovas. En cuanto terminaron los desaboridos festejos, las Cortes enredáronse en el arduo trajín de fabricar la nueva Constitución, la cual si no me sale mal la cuenta, era la sexta que los españoles del siglo XIX habíamos estatuido para pasar el rato.

Naturalmente, se nombró una Comisión cuyos individuos trabajaban como fieras para pergeñar el documento, y a este propósito os diré que la última nota del regocijo público, en los jolgorios de la paz, la dio don Antonio Cánovas con una frase graciosísima que vais a conocer. Hallábase una tarde en el banco azul el Presidente del (p.9031) Consejo, fatigado de un largo y enojoso debate, cuando se le acercaron dos señores de la Comisión para preguntarle cómo redactarían el artículo del Código fundamental que dice: son españoles los tales y tales.. Don Antonio, quitándose y poniéndose los lentes, con aquel guiño característico que expresaba su mal humor ante toda impertinencia, contestó ceceoso: «Pongan ustedes que son españoles.. los que no pueden ser otra cosa».

Cuando ya conocimos la letra y el espíritu de la Constitución, Segismundo recitaba algunos fragmentos dándoles un sentido contrario al que textualmente tenían. El tercer párrafo del famoso artículo 11, que trata de la cuestión religiosa, lo volvía del revés en esta forma: «Todo ciudadano será molestado continuamente en el territorio español por sus opiniones religiosas y por el ejercicio de su respectivo culto, conforme al menosprecio debido a la moral universal». Otras cláusulas del mismo Código ponía mi amigo en solfa, asegurándonos que a tales burlas le incitaba una vena profética posesionada de su espíritu. Sin atormentar su fantasía contemplaba en los días futuros la sistemática violación de aquella Ley, como violadas y escarnecidas fueron las cinco Constituciones precedentes. En el propio estado de pérfida legalidad seguiría viviendo nuestra Nación año tras año, hasta que otros hombres y otras ideas nos trajeran la política de la verdad y la justicia, gobernando, no para una clase escogida de caballeros y señoras, sino para la familia total que goza y trabaja, triunfa y padece, ríe yllora en este pedazo de tierra feraz y desolado, caliente y frío, alegre y tristísimo que llamamos España.

Del pesimismo profético de Segis participaba yo, haciéndolo aún más lúgubre por la negra melancolía que empezó a invadir mi alma poco después de las fiestas de la paz. Rápidamente creció aquel malestar insufrible, no sé si cerebral o nervioso, que en años anteriores me llevó a los mayores delirios. Durante algunos días conseguí sobreponerme a los fenómenos más enojosos de la dolencia, como la percepción de (p.9032) voces susurrantes que atormentaban mis oídos. Los seres invisibles hurtábanme el sosiego, y en giros vertiginosos se revolvían en torno mío, diciéndome palabras dulces, palabras tétricas o burlonas.

Cuando me encontraba junto a Casiana y Segis, apetecía la soledad, y si estaba solo deseaba cualquier compañía, aunque fuera la de la insignificante Nicanora.

Enfadábanme la casa, y al buscar alivio en el aire libre y en el bullicio de la muchedumbre, la calle se me hacía también insoportable. En mi turbación hondísima, discurría yo que una de las causas de aquel desvarío borrascoso era el abandono en que me tenía mi divina Madre, pues aunque puntualmente me entregaba la portera de la Academia mi estipendio, ya no venía este acompañado de cartita o mensaje, y para mayor soledad no volvió a llegarse a mí la espiritual mandadera de Clío, la voladora Efémera.

Los cuidados y mimos de Casiana y las gracias de Segis me aliviaron un tanto a la entrada de verano. Llevábanme a dar largos paseos por las afueras, y alejándome del caserío de la Villa y Corte notaba yo en mis nervios efecto sedante. Un día nos íbamos por el Abroñigal, otros por Bellas Vistas, Amaniel y Arroyo de San Bernardino, o bien Manzanares arriba hasta cerca de El Pardo, o Manzanares abajo más allá del Canal.

Aunque prohibí a Segismundo que me hablase de política, este no podía contenerse, y en forma jovial y guasona me daba cuenta de sucesos en los cuales yo no vi ningún interés. Con prodigiosa memoria repetía trozos del Breve que largó el Papa condenando el artículo 11 de la Constitución. Sus chanzas no me divertían; mandábale yo callar diciéndole que, pues éramos más súbditos de Pío IX que de Alfonso XII, debíamos concretarnos a gemir bajo la sandalia que nos aplastaba.

Ni la cólera pontificia, ni la promulgación del sexto Código fundamental, producto de los ocios políticos, ni el presupuesto alfonsino, ni la cuestión foral, atraían mi dislocado pensamiento.. Pasaron tardos y tediosos los meses caniculares con suave mejoría de mi (p.9033) dolencia, y a la entrada de otoño creí notar que lo que ganaba en salud física lo perdía en facultades mentales, pues sentíame tonto, muy lento en el discurrir y en formar juicio

de las cosas. En la soledad de mi casa, suspendidas ya las caminatas campestres, el buen Segis trataba de sacudir mi pereza mental refiriéndome pormenores de la maquinación sediciosa. En París habían llegado a un acuerdo Salmerón y Ruiz Zorrilla, concertando un pacto del cual esperaban grandes frutos los amigos de don Manuel.

Contra este convenio tronó Emilio Castelar en carta dirigida a Morayta desde Garrucha. En tanto, los zorrillistas seguían conspirando de lo lindo en Francia y en Madrid. Segis me aseguró que en una vivienda obscura de la calle de la Aduana tenían Ladevese y Santamaría la oficina revolucionaria, en que tramaban un alzamiento combinado de paisanaje y tropa. Llegaron al Gobierno soplos de esta conjura, y una mañana fueron presas más de doscientas personas entre civiles y militares.

Escuchaba yo esto como quien oye llover, y no presté mayor atención a las parrafadas de Segis comentando el bill de indemnidad (dicho a la inglesa para entenderlo mejor) que Cánovas pidió a las Cortes en Noviembre. Sagasta y el Duque de la Torre, capitaneando con bravura el Partido Constitucional recién empollado, pedían ya el Poder, que era como pedir la luna. Al discutirse la reforma de las leyes municipal yprovincial del año 70, don Antonio se batió con ellos, con Castelar y con los moderados, en memorables sesiones de indudable interés teatral.

Leíame Casiana los discursos del malagueño; decía Segis a este propósito cuantos disparates se le ocurrían, y yo, recobrando por un momento la lucidez de mi espíritu, pude aventurar esta gallarda opinión, que mis interlocutores oyeron estupefactos: «Conozco el pensamiento de Cánovas; penetro en su cerebro por privilegio que me ha dado mi excelsa Madre. El hombre de la Restauración sacude a un lado y otro los latigazos de su potente oratoria porque ve en peligro su obra, (p.9034) la ensambladura del Altar y el Trono; sospecha que los enemigos del régimen se preparan a reconquistar por la fuerza el Poder que por la fuerza se les arrebató en Sagunto.

»Advierto que me miráis con incredulidad un poquito burlona. ¿No sabéis que puede existir y en mil casos existe el contacto espiritual entre dos, tres o más cerebros situados a larga distancia? Pues si esto ignoráis, yo lo sé y os lo digo para que lo creáis como artículo de fe, y no se os ocurra tomar estas cosas a broma. La vibración pensante se comunica de aquel cerebro al mío por arte magnético desconocido de los tontos, y aquí tenéis al pobre Tito fiel transmisor de las ideas del Jefe del Gobierno».

Pausa expectante y fúnebre. Casianilla y Segis se miraron perplejos, y luego volvieron sus ojos hacia mí con expresión de lástima cariñosa. Creían sin duda que yo no estaba en mis cabales, o que mi dolencia nerviosa derivaba marcadamente hacia la locura. Los dos llevaron la conversación a un tema jovial, como para desviar mi mente de las obsesiones monomaníacas.. Debo añadir que empezaba yo a tomar entre ojos al buen Segismundo, por su insistencia en contrariarme y por su afán de traerme noticias que, a mi parecer, eran más que Historia chismografía. También Casiana me causaba cierto enojo y fastidio por la prolijidad de sus cuidados, que los enfermos solemos ser ingratos con las personas que nos asisten.

Una tarde, a la hora del crepúsculo, salimos de paseo los tres. Casiana y Segis iban delante, yo detrás, por la calle de las Huertas abajo. Fuera porque ellos se adelantasen o porque yo me retrasara, lo cierto es que les perdí de vista. Avancé hacia el Prado revolviendo mis ojos de una parte a otra, y al llegar cerca de la fuente de las Cuatro Estaciones vi un grupo de niñas grandullonas que, cantando y cogiditas de la mano, jugaban al corro. El ruedo era muy extenso: formábanlo unas veinte o veinticinco rapazuelas, vestidas con luengos ropajes flotantes de distintos colores. Acerqueme, y creyendo reconocer a una de aquellas ninfas juguetonas, la saqué violentamente del (p.9035) corro y le dije:

-Ven aquí; tú eres Efémera.

-Sí, sí -me contestó-. Todas las del corro somos Efémeras.

-¡Ah! Sí, sois muchas. Ya lo sabía yo. ¿Tú me has visitado algunas veces?

-No puedo asegurártelo. Mensajeras veloces, tenemos alas eternas, pero nuestra memoria no dura más que un día.. Y cuando no nos mandan a recorrer las esferas jugamos, ya lo ves.

-Hijas del aire, ¡sed compasivas conmigo! Cogedme entre todas, que bien podéis hacerlo, y llevadme adonde está mi divina Madre».

Prorrumpió en alegres risas la sílfide picaresca, y desprendiéndose de mi mano volvió al corro con sus gráciles hermanas. Corrí yo hacia ellas; pero a mis primeros pasos me cegó una ráfaga de luz vivísima, sulfúrea, violácea, y tuve que detenerme. No vi más a las Efémeras; oía su canto, un murmullo ciclónico que se desarrollaba en espirales cada vez más lejanas. Mi oído pudo percibir estas cláusulas: En el Salón del Prado -no se puede jugar -porque hay muchos mocosos -que vienen a estorbar. -Con un cigarro puro

-vienen a presumir: -más vale que les dieran -un huevo y a dormir..Andando a tropezones, medio ciego y en un estado de turbación indecible, traté de orientarme para volver a mi vivienda, sin pretender encontrar a Segis y Casiana. Mis ojos, encandilados por aquel resplandor intensísimo, no me guiaban bien en mi camino. Era la hora en que los faroleros corrían encendiendo los mecheros de gas. Por la Plaza de las Cortes, calle de San Agustín y otras que seguí con andadura maquinal, llegué a mi casa, donde me encontré solo. ¡Solo, Dios mío! No puedo expresar la tristeza que invadió mi alma al hallarme sin Casianilla. Cuando advertí que transcurría el tiempo sin verla entrar, mi tristeza se trocó en ira. Tumbado en el sofá esperé, esperé. Al cabo de - - media hora larga que me pareció un siglo, llegó mi compañera, inquieta y turbada. Antes que pudiese darme explicaciones de su desaparición en la calle, la increpé con voces ásperas y descompuestas. Mis gritos atronaron la casa. La pobre mujercita, que jamás me vio en estado tan contrario a mi (p.9036) natural mansedumbre, rompió a llorar amargamente, balbuciendo entre gemidos estas atropelladas razones:

«¡Ay, Tito mío; yo no tengo la culpa!.. No me riñas así.. Cuando te echamos de menos volvimos atrás. No te encontramos. Adelante otra vez.. Como a ti te gusta ir hacia el Botánico, allá nos fuimos.. ¡Ay Dios mío!.. Tampoco estabas allí..

Segismundo dijo que habrías ido hacia el Museo.. ¡Ah! en el Museo tampoco te hallamos.. Por mi salud, yo estaba loca, no sabía lo que me pasaba.. Buscándote por un lado y otro del Prado seguimos hasta la Cibeles.. Aturdidos, y sin saber ya qué hacer, subimos por la calle de Alcalá, entramos por la del Turco. Me dio una corazonada. Yo dije: Al ver que nos perdíamos se habrá ido a la plazuela de las Cortes, y allí estará sentadito en un banco, al pie de la estatua de.. No sé, no sé cómo se llama aquel hombre.. No encontrándote, me dio otra corazonada, puedes creérmelo como Dios es mi padre, y dije: Apuesto a que se ha metido en casa. Voy corriendo, voy volando. Y volando vine acá.. ¡Tito, por la Virgen Santísima, no me digas esas cosas!.. ¡Ay, yo me muero si tú no me quieres!

-¿Y Segismundo?- pregunté con acento agresivo, de suprema desconfianza.

-Pues cuando llegábamos a la plazuela de las Cortes se nos presentó de repente aquel señor Sebo, ya sabes, y le dijo a Segis que tenía que hablarle.. que si el señor Marqués o la señá Marquesa.. En fin, Tito, que yo eché a correr dejándolos con la palabra en la boca».

Pasado un rato se calmaron mis irritados nervios. La fiel Casiana, con sinceras razones y blandas caricias, me devolvió la perdida tranquilidad. Hicimos las paces. Volví a mi quietud enfermiza, no sin que me atormentaran horas de insomnio, dudas, tristezas y alucinaciones horribles.

No aquella noche, ni la siguiente, sino tres o cinco noches después (que la cronología por entonces era problema insoluble para mí) , hallándonos Casiana y yo de sobremesa pensando mucho y hablando poco, se llegó a nosotros Ido del Sagrario con paso grave y actitud sacerdotal. Imponiéndonos silencio (p.9037) con marcada rigidez de su dedo índice, para que oyéramos las campanadas del reloj de San Juan de Dios, alargó la nuez y en tono sibilítico nos dijo: «Excelentísimo Señor, señorita de Coelho, en este momento ha fenecido el año de 1876 y ha entrado a presidir nuestra existencia el 1877. Laus Deo».

 

Ep-46-XII -¡1877! La cifra pasó fugaz por mi mente. Menos que los años me interesaban los meses y los días, pues el Tiempo había llegado a ser para mí un concepto caótico.. Volvió Segismundo a mi compañía y tertulia con la cordialidad de amigo verdadero y de hombre agradecido. Una mañana (averigüe la fecha quien tenga empeño en conocerla) se presentó ante nosotros con un chaleco rameado y un pantalón de género inglés. Antes que me lo dijese comprendí que aquellas prendas eran el desecho del rico guardarropa de Beramendi.

«Hemos de mostrar prácticamente -me dijo el rebelde con sorna sutil- que nos asimilamos la característica elegancia de la sociedad alfonsina. Otra característica de los tiempos es que estos se retrotraen y vuelven las cosas al estado que tenían años ha.

Sabrás, querido Tito, que el hombre del día es Montpensier. Por las calles le he visto con su tradicional paraguas y su aire de Príncipe acomodaticio y contento de la vida. Sus querellas con la Reina doña Isabel, a quien quiso destronar; el duelo trágico con el Infante don Enrique y los trabajos de zapa para cargarse la corona democrática que las Constituyentes otorgan a don Amadeo, han pasado al cesto en que arroja la Historia los

papeles inútiles. Busca y obtiene la reconciliación con los Borbones reinantes, moviéndole a ello las gracias de su linda hija Mercedes. Te diré, si lo ignoras, que el simpático Alfonso se ha enamorado perdidamente de su primita».

Otro día (indagad la fecha por el curso de los astros o el vuelo de las aves) , se nos apareció el pícaro Segis con un precioso alfiler de corbata en que lucían dos perlitas y un rubí, y me dijo, poniendo en sus palabras tanta seriedad como gracejo: «Vivimos en la época del fausto insolente y de los grandes negocios. No (p.9038) se habla de otra cosa que de capitales extranjeros que afluyen aquí buscando empleo y beneficios pingües, de grandiosas empresas industriales, de ferrocarriles más largos que la cuaresma, y de otros cortos y ceñidos al interés particular. La alta banca se mueve; el dinero se desentumece, y corre a donde lo llaman el crédito y el trabajo.

»España renace; pero los provechos de este resurgir de la vida económica no alcanzan todavía más que a las clases opulentas. Y yo pregunto: ¿Por qué lo que llamamos capas inferiores de la sociedad no ha de agregarse también a esta corriente financiera? Si bien se mira, la multitud es rica por solo el hecho de ser tal multitud. Los muchos pocos, alineados en cifra, representan ¡oh Tito! suma considerable. Ha llegado, pues, el momento de crear los Bancos Populares, que recojan los ahorros del pobre y se los devuelvan multiplicados. De tal modo, entiendo yo que laborando de consuno las capas de abajo y las capas de arriba se abrigarán recíprocamente. ¿No crees tú lo mismo?».

Le contesté que sí, sin añadir observación alguna. Había yo notado que Segismundo, habitualmente muy diestro en el uso de la ironía, la sutilizaba entonces hasta hacer de ella un arte maravilloso.. Pasadas dos semanas, se nos presentó Fajardo mejor apañado de indumento: traía botas de charol y un gabancete, no nuevo pero en buen uso, prenda de fijo adquirida en un establecimiento de compraventa mercantil. A mis felicitaciones por su buen porte, y a las preguntas que le hice, me contestó que había mejorado de posición gracias a la buena amistad del insigne Sebo, quien le había conseguido empleo modesto y decoroso en un Banco Popular.. Relacioné al instante las referencias de Fajardo con una entidad de crédito establecida no hacía mucho en la Plaza de la Cebada, y cuyas operaciones daban que hablar a la gente.

«Sí, querido Proteo -me dijo Segis-; trabajo en las oficinas de ese Banco, fundación admirable que no viene a vaciar un lleno sino a llenar un vacío en la sociedad española, porque ha de (p.9039) traer la sangre plebeya a vigorizar el cuerpo financiero de la Nación..

Sangre nueva, sangre fresca: el ahorro menudo, el globulillo rojo circulando por las venas de este país anémico.. Por último sabrás, si ya no lo sabes, que la creadora de esta institución benéfica y patriótica es una dama ilustre en quien yo veo el símbolo de la raza hispana, mujer de un vigor mental extraordinario cual nunca se vio en hembras de nuestra tierra, portento de sagacidad, clarividencia y maestría en el arte o ciencia de las finanzas, bonita y graciosa de añadidura; es, en fin, doña Baldomera Larra, hija del gran Fígaro».

En conversaciones posteriores, me contó mi amigo que la gente de la Plaza de la Cebada, y todos los lugareños que se albergaban en los paradores de la calle de Toledo y adyacentes, hacían cola a la puerta del Banco Popular para imponer sus monises en las cajas de doña Baldomera. Aquello era un jubileo, era un escándalo, y la policía tenía que intervenir para poner orden. Se contaba que en los pueblos vendían las fincas con objeto de hacer imposiciones en el flamante Banco. La genial hacendista, persona muy sugestiva y de fenomenales dotes oratorias, echaba discursos a la entusiasta y codiciosa plebe, y al darles el primer plazo de los cuantiosos intereses, les ofrecía ganancias pingües, colosales. La garantía de tan inaudito negocio ¿cuál era? Pues unas minas de plata, de oro o de piedras preciosas radicantes en el suelo virgen de América, minas de incalculable riqueza cuya explotación multiplicaría los parneses depositados en las arcas Baldomeriles.

En las visitas que casi diariamente me hacía el buen Segis, contábame el asunto en cierto modo fundamental y étnico del Banco Popular. Sostuve yo que la credulidad candorosa del pueblo español y las artes hipnóticas de la hija de Larra eran, como signo indudable del estado mental de la raza, más dignos del fuero de Clío que las ficciones vanas en que se agitaban nuestros políticos; en suma, que la Historia debía consagrar más páginas al zurriburri de las (p.9040) finanzas plebeyas que al barullo retórico de las Cortes, y al trajín de quitar y poner Constituciones que no habían de ser respetadas.

Acorde con cuanto yo dije, Segis me manifestó que estaba contento en su destinillo. La dama banquera le consideraba, mostrándole un afecto casi maternal, al que correspondía el funcionario con su puntual asistencia y el esmero y pulcritud de su trabajo de contabilidad. Iba, pues, muy a gusto en el machito, y como los Marqueses de Beramendi le aseguraban su hospedaje y manutención, el duro diario que en el Banco percibía destinábalo a mejorar su vestimenta. Cada vez que se nos presentaba con algo nuevo en su atavío, ya fuese prenda de ropa, ya un relojito barato, nos decía:

«Ved aquí el positivo producto de las minas de América, de esos ricos yacimientos de metales preciosos ¡ay! que han venido a ser la felicidad del pueblo madrileño. Adelante con la ilusión, vida y encanto de las naciones pobres. Tú, buen Proteo, que a ratos escribes o garabateas en las tabletas de la divina Clío, continúa la Historia de España, como dice Cánovas, transmitiendo a la posteridad estos actos de fe candorosa y de sutil taumaturgia; añade a ello la fiebre taurina, la ciencia recóndita de esos que llaman los apóstoles, y que andan por los barrios bajos curando todas las enfermedades con agua más o menos limpia, y habrás hecho el retrato fiel de la España de la Restauración».

No tenía yo ánimos en aquellos días para continuar la Historia de España, ni conforme al canon político, ni acogiéndome al rico tema de la ilusión plebeya que me recomendaba Segis, deseoso de arrastrarme al concepto irónico de la psicología nacional. Declaro que el acto del Rey poniendo la primera piedra de la Cárcel Modelo en las proximidades de la Moncloa, las sesiones de las Cámaras, el cambio de Ministro de Hacienda, así como el viaje que emprendió don Alfonso para visitar las provincias de Levante y Mediodía, no me interesaban poco ni mucho. Cuando mis amigos me contaban estas menudencias (p.9041) históricas sonábame todo a hueco. La tristeza invadió nuevamente mi alma, complicándose con un malestar físico que me llenó de inquietud, avanzados ya los días tibios de la primavera.Después de Semana Santa empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenillas en los ojos, sin que de ello me aliviasen los cuidados de Casiana, que dos o tres veces al día bañaba con agua de rosas mis pupilas enfermas. Los patrones me recomendaron ejercicio y distracción. Conforme con este tratamiento elemental, mi compañera sacábame de paseo todas las tardes; pero mi vista mermaba tan rápidamente, que a los pocos días de estas divagaciones por el Botánico y Ronda de Atocha, tuve que agarrarme al brazo de mi leal Casianilla para no tropezar con los transeúntes. Al propio tiempo crecía la fotofobia, y ni aun amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento.

Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, que perdía su brillo, tomando según me dijeron un aspecto mate, sanguíneo.

Tanto Segis como los demás amigos que me acompañaban en mis largas horas tediosas, convinieron en familiar consulta que era forzoso acudir a la Ciencia. Agravado el mal en breve tiempo, hasta el punto de que ya no distinguía más que los objetos próximos y de mucho bulto, se trató en mi casa de elegir el médico que había de curarme, y Pablo Nougués, doliente también de la vista, llevó a mi casa una tarde para que me examinase al doctor Albitos. Era este un oculista joven, inteligentísimo en su profesión, de trato muy ameno y agradable, discípulo del famoso Delgado Jugo.

Examinó el doctor mis dolidos ojos con escrupulosa atención y cariño; enterose de cuanto en mi naturaleza y en mis costumbres pudiera ser considerado como antecedente de la enfermedad. Sus palabras dulces me consolaron; mi sufrimiento sería tal vez un poco largo; pero si no me faltaba la virtud puramente medicatriz de la (p.9042) paciencia, él respondía de mi curación. Terminó el diagnóstico con el nombre científico y un tanto enrevesado de lo que yo padecía. No se me olvida aquel nombre, que fue como un rótulo, clavado por el médico en mi frente: Queratitis Parenquimatosa».

Desde aquella tarde quedamos unidos con vínculo estrecho mi Queratitis y yo, cual un matrimonio doloroso que había de durar hasta que la ciencia del oculista nos divorciara. Fortalecido por mi paciencia, de la que hice acopio exuberante, cargaba mi cruz y con ella recorría el agrio camino de la vida hora tras hora, semana tras semana. Recluso en mi habitación, sumido en intensa obscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante.

En aquel lúgubre rodar de mi existencia notaba yo menos constancia en las visitas de los amigos. Hasta el propio Segis se me antojó poco asiduo: casi siempre tenía perentorias ocupaciones que le obligaban a retirarse pronto. Sólo la fiel Casiana permanecía junto a mí superándome en paciencia, y llevando a los límites de lo sublime la humanidad, el amor y la misericordia.

Compadecedme ahora más que nunca, piadosos lectores, pues encontrábame ya en el período más doloroso y tétrico de mi largo padecer. Mi ceguera llegó a ser absoluta, mis ojos inflamados dábanme la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las órbitas. Los fomentos calientes y las duchas de vapor, que me administraba el ayudante del oculista, aliviábanme a ratos. Casianilla me servía con puntual solicitud la medicación interna, mercuriales, antisépticos.. Cuando a mis oídos llegaba el tintín de la cucharilla revolviendo las dosis terapéuticas en el vaso de agua, sentía yo cierto regocijo. Aquel rumor cristalino era mi único reloj, y por él tenía yo un vago conocimiento de las horas.. En cierto modo (p.9043) imitaba el ritmo de la Queratitis, arrullándome en sus duros brazos..Mi existencia no era más que una sombra encerrada en ancha caverna, que ya me parecía roja, ya de un tinte violáceo surcado de ráfagas verdes. En tal estado llegué a perder, según después he podido apreciar, la conciencia de la realidad. Una tarde o una noche, no sé precisarlo, sintiendo junto a mí rumorcillo de faldas, alargué la mano y dije: «Casiana, ven, siéntate a mi lado». Y una voz tenue, con leve inflexión burlona, me contestó: «Tonto, no soy Casiana. Soy Efémera».

No me dio tiempo a expresar mi alborozo porque, apenas oí la voz primera, otras voces sonaron en alegre y voluble cháchara, y al par de esta, rumor de pisaditas como de seres alados que juegan y revolotean rozando apenas el suelo con blandos pies.

«Ya os siento, ya os escucho, mensajeras de mi Madre -exclamé-. ¿Venís a consolarme?.. ¿Me traéis nuevas de la que es vuestra Señora y Señora mía?».

Las ninfas juguetonas siguieron revoloteando a mi alrededor, y el aire que movían sus flotantes túnicas me daba en el rostro. Del murmullo picaresco destacose una voz que claramente me dijo: «Somos las Efémeras ociosas que hoy están libres, dueñas de los aires y del tiempo.. La Madre, que se halla lejos, lejos, y también ociosa, nos ha mandado que juguemos y nos divirtamos sin más ley que nuestro albedrío. Venimos de embromar a Cánovas, y ahora la emprendemos con el buen Tito. (Risillas mal sofocadas.) Nos ha dicho Cánovas que quiere consultar contigo el problema matrimonial de don Alfonsito.. Ja, ja, ja.. Ji, ji, ji..».

El giro vertiginoso de las sílfides me mareaba, me volvía loco.. Algunas, al pasar junto a mí, dábanme papirotazos en la cabeza con sus manos livianas y frías.. Arreció el murmullo reidor, chancero. Levanteme frenético, empecé a dar voces, traté de coger a una de las ninfas, creí agarrar su ropa, tiré fuertemente y la traje hacia mí diciendo:

«Ven, Efémera, quédate aquí». Pero ella se escapó susurrando: «Volveré, Tito. Soy tu amiga». En esto oí la voz de mi (p.9044) compañera que a mi lado dormitaba y que a mis gritos habíase despabilado. Abrazándome tiernamente me dijo: «¿Qué te pasa, muñeco mío? ¿Sueñas, deliras? ¿Por qué llamas Efémera a tu Casianilla?».

 

Ep-46-XIII -

Contra lo que sin duda creerán mis compasivos lectores, aquel delirio me sentó muy bien. Acostome Casiana y me dormí con sueño tranquilo y reparador. Al despertarme, no sé a qué hora, sentí notorio alivio en mi estado general.. La oleada de ambiente quimérico me refrescaba el alma y producía en mis pobres vísceras acción más eficaz que los antisépticos y calomelanos.. Cuando el bendito don José vino a preguntarme cómo me encontraba, le dije: «Muy bien, amigo Sagrario. Fíjese ahora en lo que voy a encargarle. Si vienen a visitarme las señoritas Efémeras, o una Efémera sola, no haga la tontería de cerrarles la puerta; páseme aviso inmediatamente, que estoy dispuesto a recibirlas. Mucho cuidado, don José, mucho cuidado».

Casiana y el patrón callaron. Yo, sin ver gota, comprendí que se miraban alarmados y compasivos, como diciendo: Nuestro pobre Tito, a fuerza de sufrir ha perdido la chaveta.. Omito los pormenores del proceso patológico, hora tras hora y día tras día, en aquella existencia de clínica, monótona y triste.. Debo añadir que la imaginación endulzaba mis males, ora tiñendo de color rosa las paredes de mi caverna, ora dejándome ver con los ojos cerrados objetos y figuras enteramente arbitrarios y convencionales. De esta labor anárquica de mi fantasía resultó que, hallándome despierto en mi sillón de paciente resignado, paseábame por las calles viendo todas lascosas como las viera en mis tiempos de perfecta salud, hablaba con los amigos, hacía visitas, y a mi casa tornaba tranquilamente con un paquetito de dulces para Casiana.

Si este regalo de vida ilusoria dábame la imaginación hallándome despierto, ¿qué no me daría en las horas del descanso nocturno, bien arrebujado entre las sábanas?.. Una noche de furiosa tormenta con desaforados truenos y copiosa lluvia, que azotaba las paredes y (p.9045) sacudía los cristales de mi ventana, entraron en mi habitación tres Efémeras. Saltonas, risueñas y. parlanchinas, tomaron asiento en los bordes de mi cama. Asustado me incorporé y les dije: «¿Por dónde entrasteis, picaronas?». Y una de ellas, acercándose tanto a mí que su aliento frío me dio en la cara, contestó: «Entramos por un cristal roto de la claraboya de la escalera, y aquí nos tienes». Suscitose entonces un vivo diálogo que transmito a la posteridad en la forma más concisa:

«Yo.- ¿Sois espíritus traviesos, maleantes, desligados del gobierno y autoridad de la Madre?

Efémera 1.ª- Somos ninfas libres y desocupadas, dueñas del espacio. Efémera 2.ª- Llevamos de un confín a otro las razones de la sinrazón.

Efémera 3.ª- Nos divertimos despertando a los dormidos, y adormeciendo a los que se tienen por muy despabilados.

Yo.- (Defendiéndome de los pellizcos y estrujones con que me atormentaban las seis manos de aquellas malditas hembras.) ¿Qué queréis de mí, espíritus desmandados, aviesos? Idos de mi casa, dejadme en paz».

Furioso me arrojé del lecho gritando: «¡Casiana, Casiana, despierta, levántate, que hay duendes en la casa!». Y las raudas féminas, que ya me parecían harpías, brincaban por la habitación y chillaban desaforadamente. En su algarabía de aves parleras destacose este concepto: «No busques a tu Casiana. Tu dulcísima compañera se divierte ahora con otro muñeco..». Como loco me abalancé hacia el lecho de Casianilla, colocado en otro testero de la estancia, y palpando en las ropas revueltas advertí que estaba vacío..

Desaparecieron las diablesas con revoloteo susurrante, y yo, medio desnudo, caí fatigado en el sillón de la paciencia, sin cesar en mis alaridos angustiosos: «¡Casiana, don José, Nicanora!..».

La primera que vino en mi auxilio fue Casiana, haciéndose de nuevas y asegurando que se levantaba en aquel instante. «Tú no dormías en esa cama -le dije, rechazando sus caricias-. Tú, ausente de mí, te divertías con otro muñeco..». Disputamos un rato. Yo - - callé, al fin, guardando mis recelos, con (p.9046) la idea de observar en noches y días sucesivos.. Desde aquel inaudito suceso, real o imaginario, el monstruo de los celos empezó a morderme el corazón..

Al siguiente día, el doctor Albitos, después de un largo cuchicheo que tuvieron con él apartados de mí don José y mi costilla, me recetó bromuro en frecuentes dosis, y cuando me lavaba los ojos con la ducha de vapor y me ponía colirio de atropina para impedir que se soldasen los bordes del iris, díjome cariñosamente: «No sólo hay que proveerse de paciencia, querido, sino también de serenidad y de sentido común para no dejarse arrebatar por ideas insanas, que insubordinan el sistema nervioso y dan al traste con la acción medicatriz. Ánimo, amigo. Resígnese a no ver nada por ahora, que mejor está ciego que el que ve visiones».

Me convenció Albitos por el momento; mas no tardé en volver a mi horrible pesimismo. Creí notar en Casiana cierta displicencia o cansancio, que atenuaba su celo de enfermera.. Aplicando después toda mi observación a Segismundo, traté de escrutar por sus palabras y actitudes el estado de su conciencia. Advertí en él menos acritud en la ironía, y un delicado estudio para medir los conceptos y darles estructura familiar y unaintención candorosa. Oyéndole, yo decía para mí: «Tú conciencia se ha impurificado. Ya no eres el mismo. Quieres engañarme y no lo conseguirás».

Con ánimo de sondearle le dije: «Segis, alguna noche de estas has estado tú en casa sin entrar a verme, y has permanecido en una habitación interior hasta la madrugada o hasta el día siguiente». La contestación fue un reír descompuesto de Segismundo, y el sostener que yo desatinaba. Pero bien conocí que su risa era fingida, como de histrión que no domina su papel, y del mismo modo aprecié las burlas que, por lo que dije, hicieron de mí Casiana y Nicanora, allí presentes. Ocurrió entonces un hecho que hubo de aumentar mi escama. García Fajardo varió sutilmente de conversación, largándome estas parrafadas que me dejaron atónito:

«Se me olvidaba (p.9047) decirte, querido Tito, que un periódico de gran tirada viene publicando hace días unos artículos, muy bien escritos, que llaman grandemente la atención. No se habla de otra cosa en Madrid.

-¿Y a mí qué me importa que hablen o no hablen de artículos de periódico que yo no he leído ni podré leer en mucho tiempo? ¿Para qué me cuentas esas cosas, tontaina?

-Te las cuento porque todo el mundo dice que esos artículos son tuyos, y verdaderamente, su estilo y gracia delatan el ingenio de Proteo Liviano.

-¡Qué desatino!.. ¿Y de qué tratan los articulejos, que por lo visto son anónimos?

-El asunto, interesantísimo, está tratado de una manera magistral. La tesis es que el Gobierno español no procede con altas miras patrocinando el casamiento del Rey Alfonso con su prima Mercedes. Si Cánovas, como dice la voz pública, sabe ver el porvenir y presiente la España futura redimida de tanta barbarie, debe entablar negociaciones para enlazar a don Alfonso XII con la princesa Beatriz de Inglaterra, hija menor de la Reina Victoria. En las estipulaciones matrimoniales se reconocería a Beatriz el derecho de mantener viva su fe protestante al venir a ocupar el trono de España. De este modo se planteaba sobre sólida base el problema de la libertad confesional, y pronto entraríamos en una vida de tolerancia, de cultura, dejando de ser rebaño predilecto del Romano Pontífice.

-Yo no escribí eso, yo no sé nada de eso -exclamé, en tono descompuesto y airado-. Tales enredos son invención tuya para mortificarme.

-No, no. Todos creen que tú eres el autor de los artículos. Por cierto que en uno de ellos dices que ya hubo conatos de negociaciones en la primavera del año pasado, cuando estuvo en Madrid el Príncipe de Gales.

-Quizás cuando vimos aquí a ese Príncipe dije yo algo de eso. Pero no fue más que una idea, un decir, nada.. Ahora estoy pensando que toda esa monserga la has escrito tú, Segismundo, y que me la atribuyes a mí para aumentar mis cavilaciones, mis sobresaltos, y hacerme más viva y patente la sensación de mi (p.9048) inutilidad».

Comprendiendo Segis que yo me excitaba demasiado guardó silencio, dejando el asunto para mejor coyuntura. Con ligeros descansos, mis inquietudes tomaron cuerpo en los días subsiguientes. Mi caverna se teñía de un azul intenso algunas veces, otras de un rojo de sangre.. Despierto creía notar que eran demasiado largas las ausencias de Casiana. A lo mejor venía con la historia de que su tía Simona estaba enferma del hígado. ¡Así reventara!.. Dormido, o a medio dormir, adquiría la certidumbre de que estaba vacío el lecho de la que fue mi dulce compañera.. Mi corazón era ya una piltrafa, destrozado por la mordedura de los celos..

Una tarde siniestra de soledad y sufrimientos, mi exaltación fue tan grande que salí por los pasillos dando gritos y tropezando en las paredes. Ido vino a mi encuentro para contenerme y llevarme de nuevo a mi cuarto, y las expresiones melifluas de su filosofismo angelical fueron el fulminante que hizo estallar mi cólera: «Déjeme usted..No me toque.. Usted me ha vendido, usted es un traidor.. Quítese de mi presencia. En su casa se ha labrado mi deshonra.. Le tenía a usted por un santo, y resulta usted un alcahuete.. Atrás, villano.. Déjeme en paz». Me arrojé en la cama, ocultando mi rostro entre las almohadas, y oí los gemidos del pobre Sagrario que lloraba como una Magdalena.

Pasado un mes, pienso que no entero, de sufrimientos horribles más en lo moral que en lo físico, sobrevino el extraño incidente que a continuación se narra. Antes debo indicar que a ratos iniciábase ligero alivio en mi dolencia de los ojos. La percepción luminosa cada vez era mayor, y refugiándome en una casi obscuridad podía distinguir vagamente los objetos de más bulto. El amable y gracioso Albitos me vaticinó que antes de tres o cuatro semanas mi retina cumpliría como buena ejerciendo las funciones que le asignó la Naturaleza. Pero no contaba el buen doctor con las aventuras de mi dislocada imaginación, lanzándose sin freno ni paracaídas a los espacios novelescos. Una tarde o noche, no lo sé, (p.9049) hallándome solo en mi caverna teñida de color violeta con franjas de oro, vi que a mí se llegaba una mujer. ¡Ay! era Efémera, la buena, la estatuaria, la que en Tafalla y Madrid me trajo dulces mensajes de mi adorada Madre. La reconocí al sentir en mi hombro su mano marmórea. Alargué la mía para coger su túnica, y advertí que sobre esta llevaba un delantal casero.

«Aunque te has puesto el delantal de Casiana -dije yo-, bien te reconozco, Efémera». Tras breve pausa, la fantasma pronunció estas apagadas voces: «No soy Efémera.

Tampoco soy Casiana, aunque lleve su delantal para ser tu servidora y enfermera». Yo callé, atontado y confuso, y mi perplejidad subió de punto cuando escuché este otro concepto: «¿No me conoces por el acento, pobre Tito? ¿Tendré que decirte mi nombre? Soy Leona la Brava.

La gentil aparición se sentó junto a mí y, echándome su brazo por encima de los hombros, me habló de esta manera: «Vengo a tu lado para cuidarte y servirte en sustitución de la mujer desleal que te abandona seducida por el ingrato Segismundo..». Algo debí yo de responderle, quizás expresando consternación o vergüenza por la desdicha que me anunciaba. Insistió ella en su afirmación, prosiguiendo así: «A tu lado me tendrás, si quieres, hasta que recobres la vista y la salud. Si una compañera de amor y de caridad has perdido, en mí tienes otra más solícita y fiel que esa desventurada recogida por ti del arroyo». Tuve un momento de horrorosa duda; pero no tardé en recobrar toda la fuerza de mi arrebatada inventiva genial. Como yo me asombrase de que Leona descendiera de su posición rumbosa, para unir su existencia a la de un hombre enfermo y casi pobre, la dama de Mula me dio esta explicación de su actitud humilde:

«Debí empezar por decirte, Titín salado, que hace algún tiempo me despeñé de aquella cumbre de bienestar y lujo jactancioso en que me viste antes de caer enfermo. Reñí con Alejandrito, ¿no lo sabías? Te contaré el caso con descarnada sinceridad. J'adore la vérité. Je haïs le mensonge. Al dichoso Alejandrito le (p.9050) daré yo lo suyo, que no es poco: hombre más impertinente y más chinche no ha nacido de madre; y a mí me daré lo mío, que es más grave.. Pues, hijo, apestada de mon bourgeois tuve una tentación.. cosas del temperamento, de la ociosidad.. En fin, chico, que me colé demasiado, y cuando mon vieux se enteró de que yo la había puesto en la cabeza unas cositas puntiagudas.. que no traen gran malicia cuando los hombres no son casados.. figúrate la trapatiesta que se armó. Total, que caí de mi escabel dorado. Como yo me había hecho al lujo y a la bonne chère, me vi en el caso de vender algunos muebles y empeñar alhajas para seguir viviendo a mi modo. Aunque aún no me tienes enteramente tronada, camino de eso voy. A pesar de mis tropiezos, soy siempre una mujer buena, y vengo a tu lado para renovar nuestro cariño y practicar las obras de misericordia».Apenas empecé yo a comentar tan vulgar historia, Leona me pidió que siguiese escuchando, pues aún faltaba la segunda parte. «Es el juego de la vida humana -dijo-, el eterno balancín, el vaivén de las prosperidades y las miserias. Cuando yo me precipitaba en la desgracia, tu Casianilla subía de golpe a grandezas que nunca pudo soñar. Has de saber que tu dulcísima cuanto traidora compañera, inducida por esa lagarta de Simona, ha cobrado a toca teja todos los atrasos de su sueldo como Inspectora de Escuelas. Para ello ha tenido que mover ciertas influencias altas y bajas el pillastre de Segismundo, le demon ironique.

»¡Menuda suerte la de esos bribones! Mientras la señorita Conejo embolsaba buenos duros por un empleo que nunca desempeñó, Segis pescó un magnífico destino en el Ministerio de Ultramar. ¿No lo sabías? Pues el Marqués de Beramendi le pidió a Cánovas esa bicoca, y don Antonio al instante.. pum, pum.. Como comprenderás, ahora están en grande. La Conejo lleva brillantes en las orejas y García Fajardo fuma puros de a peseta. Han tomado un piso en la Costanilla de los Ángeles.

¿Ves qué vueltas da el mundo, Tito?

-Sí, sí, qué de vueltas tan horribles.. (p.9051) -exclamé yo-. Vueltas damos todos.. todos..». Me sentí anonadado, me faltaba la respiración.. Púseme en pie, giré sobre mí mismo y caí en redondo al suelo..

 

Ep-46-XIV -

Después de aquel que yo no sabía si llamar suceso, fenómeno, pesadilla o caso real, caí en un estado parecido a la idiotez. Hablaba muy poco, no sólo por desgana de conversación sino porque sentía dificultad para articular las palabras. Advertí que Albitos mostrábase intranquilo respecto al curso de mi dolencia cerebral: la de la vista iba indudablemente mejor. Ya no tenía yo dolor en las sienes ni escozor en los ojos, ya veía un poco más. Pero hacíaseme imposible distinguir las facciones de la mujer que me servía. ¿Era Casiana, era Leona? ¿Era una sola que cambiaba de rostro a cada momento? Tocábale yo las orejas para ver si tenía brillantes. Mi olfato buscaba en sus vestidos el perfume que solía usar Leonarda. En las visitas de los amigos que iban a mi casa tampoco pude discernir si entre ellos hallábase Segismundo, pues las voces de todos (p.9052) ¿dónde está?

-Aquí la tienes -dijo poniendo sobre la cama todas las piezas, sin que faltase una.

Mientras me vestía vi muy clara la figura estatuaria, con su helénico rostro y el sutil ropaje negro. Era mi Efémera, la ninfa predilecta, la que me llevaría quizás a los brazos de mi excelsa Madre. Con arte mágico me vestí, sin que me faltara ninguna prenda ni se me olvidase el menor detalle. Por el mismo arte maravilloso y taumatúrgico me condujo Efémera de la mano, sacándome no sé si escaleras abajo, o escaleras arriba por la claraboya de cristales. Lo cierto fue que me encontré en la calle bueno y sano, como en mis mejores tiempos, viendo claramente todas las cosas, alegre y muy orgulloso de llevar en mi compañía una estatua griega. Todo cuanto hallé a mi paso era de una perfecta naturalidad. Tan sólo me parecía ilógico y absurdo que los transeúntes no se fijaran en que iba yo acompañado de una señora de mármol, sin más ropa que el vaporoso túnico negro.

Pian pianino, cambiando frases cortas y vulgares, llegamos a la calle de Alcalá y de rondón nos introdujimos en la Presidencia del Consejo, sin que los guardias civiles que custodiaban la puerta pararan mientes en el ser fantástico que iba conmigo. En la escalera obscura y angulosa me encontré solo, y solito llegué a la puerta de la Subsecretaría, a punto que por ella salía Fernández Bremón con un fajo de papeles.

«Qué caro te vendes, Tito -me dijo el sagaz periodista-. Puedes pasar. Aunque Saturnino no está solo, él te dirá si el Presidente te recibe al momento, o si tienes que esperar un rato».

En el despacho de Esteban Collantes tertuliaban unos cuantos señores de esos que van a las oficinas a matar el tiempo rumiando la comidilla de la actualidad política. No más de un cuarto de hora permanecí en aquella sociedad charlamentaria, deslizando algunas palabritas en la ociosa conversación. Cuando me llegó la vez, Esteban Collantes me condujo al salón presidencial, al tiempo que se retiraban el Marqués de Orovio y el Conde de Toreno. Y heme aquí, lectores cachazudos, crédulos y (p.9053) traga bolas, en el despacho del monstruo, hablando mano a mano con él en el diván frontero a la mesa escritorio.

Empezaré por decir que olfateaba yo el ambiente, creyendo rastrear la persona invisible de la Madre Clío. Dábame en la nariz el delicioso y peculiar olor suyo. No sé si os he dicho que mi Madre gastaba en sus ropas un solo perfume, el aroma exquisito de los tomillos del monte Hymeto.

Entrando en materia sin preámbulos, como buen tasador del tiempo, don Antonio me dijo: He leído los artículos de usted. Yo leo todo escrito que tiene entre sus líneas una intención recta y sana, aunque el autor, dejándose arrastrar de las seducciones de la forma, no penetre en las entrañas de la realidad, que no está nunca en la superficie. Ha tratado usted con sumo arte y donosura el asunto del casamiento del Rey. Escribe usted muy bien, y la gallardía con que eleva sus miras hacia la Historia me encanta. (p.9054)

Pero ha de permitirme que a sus opiniones oponga las realidades indestructibles que para tan complejos problemas nos ofrece la constitución interna de nuestro país».

Bien claro vi que se trataba de los trabajos periodísticos cuya paternidad me había colgado Segis. Con gran agilidad de espíritu me declaré modestamente autor de los articulejos, sin que pudiera percatarme de la ocasión y lugar en que hube de escribir semejantes cosas. Para no hacer el ridículo dejé correr el engaño y seguí prestando atención al gran don Antonio, que continuó de esta manera:«Si en algunas afirmaciones se ha equivocado usted, en otras ha tenido un feliz acierto. Hubo en efecto negociaciones para traer al solio de España a la Princesa Beatriz de Inglaterra. Cuando tuvimos aquí al Príncipe de Gales planteé yo el asunto. Pero debo decirle que lo inicié tímidamente, movido de un ideal histórico que siempre me sedujo, aunque nunca dejé de prever las dificultades de tan audaz empresa. No pasaron aquellas tentativas de una exploración que pronto quedó terminada, pues apenas llegamos a tratar del cambio de religión para (p.9055) que la Princesa de Inglaterra pudiera ser Reina de España, se vio la imposibilidad de llegar a un acuerdo. Nos hallábamos ante un nudo imposible de desatar, porque el puritanismo protestante es tan fanático como nuestro catolicismo. En cuanto la Reina Victoria se enteró de que su hija tenía que hacerse papista para ser nuestra Soberana, cerró la puerta a toda inteligencia. Esto no se hizo público; por el contrario, se guardó un secreto escrupuloso para evitar el estallido de un turbón ultramontano que sabe Dios a qué extremos de violencia habría llegado.

-¿Y cree usted, señor don Antonio -me atreví yo a decirle con el mayor respeto-, que si la Reina Victoria hubiera mirado con buenos ojos el cambio de religión de Beatriz habríase producido aquí alguna tormenta clerical?

-Seguramente, sí. Pero ésa la hubiese sofocado yo. Respondo de ello.

-También he dicho en mis artículos -manifesté codeándome con el ilustre estadista- que el matrimonio anglo-español ofrecía dificultades con abjuración o sin ella; pero luego sostuve que el problema confesional, el gran problema hispánico, no podía ser abordado y resuelto aquí más que por un hombre que ha venido a ser dueño de todas las voluntades: este hombre es don Antonio Cánovas del Castillo.

-Ay, amigo -dijo el jefe de la Situación, afirmando los lentes en el caballete de su nariz-; no me suba usted un punto más de la altura en que me han puesto las circunstancias, ni me atribuya un poder omnímodo sobre la opinión, que no podrá nunca lograr quien no posea dotes sobrenaturales. Abata usted un poco su fantasía, y véngase conmigo a examinar de cerca el ser interno de nuestra patria. Esta vieja nación, con sus glorias y sus tristezas, sus fuerzas y sus recuerdos, sus instituciones aristocráticas y populares, y su extraordinario poder sentimental, constituye un cuerpo político de tan dura consistencia que los hombres de Estado, cualesquiera que sean sus dotes de voluntad y entendimiento, no lo pueden alterar. El alma de ese cuerpo es igualmente maciza, petrificada en la tradición y (p.9056) desprovista de toda flexibilidad. El único gobernante capaz de llevar a esa alma y a ese cuerpo a un nuevo estado de civilización es el Tiempo, y yo seré todo lo que usted quiera, amigo Proteo, pero el Tiempo no soy.

-Me conformo con esa opinión fatalista por ser de usted. Pero es triste cosa en verdad que España tenga que subsistir largo tiempo bajo un poder extraterritorial que entorpece y ahoga todos sus alientos, y ata sus manos y sus pies con el cordón dogmático, inutilizándola para emprender nuevas direcciones de vida. Esto dije en mi último artículo, y esto repito ante usted, suplicándole que sea benévolo con mis audacias.

-Admito las audacias como labor sintética y teorizante, como un bosquejo artístico de la Historia del porvenir. Mas yo no teorizo, yo gobierno, señor Liviano, y como gobernante estoy amarrado por los ciento y tantos cordones de la realidad. De mi gestión depende que ese ser interno que he descrito a usted no se convierta en elemento trágico. Mi deber es sofocar la tragedia nacional, conteniendo las energías étnicas dentro de la forma lírica, para que la pobre España viva mansamente hasta que lleguen días más propicios. No podemos marchar a saltos, ni con trompicones revolucionarios. Las algaradas y las violencias nos llevarían hacia atrás en vez de abrirnos paso franco hacia un adelante remoto.-También escribí que aplicando con firmeza las Regalías de la Corona o del Estado, un Gobierno fuerte y hábil podría contener al Papa dentro de su esfera espiritual, y atajar sus intromisiones vejatorias en el régimen interior de los pueblos».

Cuando esto decía yo sentí más intenso el olor de la Madre, la fragancia de los tomillos del monte Hymeto. Después de vacilar un instante, don Antonio habló así:

«Mucho tiento será menester hoy para desenvainar en nuestra edad la espada que esgrimieron Carlos V, Felipe II y Carlos III contra diferentes Papas, desde Clemente VII hasta Clemente XIV. Aquellos Monarcas eran de más fuste que los que ahora tenemos, y el Papa de hoy, desposeído del poder (p.9057) temporal, aprieta furiosamente las clavijas del mecanismo dogmático con que gobierna las conciencias católicas. Yo procuro por todos los medios fortalecer el poder real, debilitado por las agitaciones revolucionarias y por las propagandas de los ambiciosos de bajo vuelo. Y si en este reinado y en los siguientes mantiene su fortaleza el poder real, será obra fácil reducir y someter al poder eclesiástico.

»Por lo demás, hemos resuelto del modo más feliz el asunto interesante del casamiento del Rey. ¿Qué nos importan las majaderías del inquieto Montpensier, ni la palinodia que ha tenido que cantar para poner a su hija en el trono de España? Hemos doblado esa hoja triste de las querellas dinásticas. Los resquemores de doña Isabel han ido a parar a la cesta de los papeles rotos. Esa buena señora no tiene derecho a trazar una página rencorosa en los anales contemporáneos. Ningún efecto nos han hecho las ridículas bravatas de mis buenos amigos los moderados de la vieja cepa, ni el discurso del pobre Moyano sacando a relucir un texto arcaico y manido de Donoso Cortés. Lo importante, lo definitivo es que la Infanta Mercedes, futura Reina de España, atesora las cualidades más bellas: linda, modesta, dócil, amable, inteligente, apenas lanzado su nombre en el remolino de la opinión, se ha hecho popular. ¿Qué más podemos apetecer? Reina bonita, discreta, popular.. Por lo demás..».

Dejé de percibir la voz de don Antonio. Después vi su figura en pie, desvanecida, alejándose de mí. El grande hombre se hallaba en un salón lujoso, rodeado de damas elegantes, Marquesas y Duquesas que le agasajaban solicitando su conversación ingeniosa, amenísima, a veces cáustica. Entre aquellas señoras creí ver a la dama de Mula, y seguramente vi a Mariclío, fastuosa, calzada con el alto coturno. Pasó a mi lado inundándome con su fragancia helénica.

Lo más extraño fue que detrás de la Madre vino hacia mí Casiana. Al verla empecé a dar voces, y entonces sentí que me sacudían los brazos diciéndome: «Despierta, hijo, que ya has dormido más de la (p.9058) cuenta». Mis primeras palabras al abrir los ojos fueron:

«¡Ah, qué delicioso olor a tomillos!». Casiana me acercó al rostro un ramo de estas aromáticas hierbas. «¡Déjame gozar de aroma tan delicioso! -exclamé yo-. ¡Ay, pero esas plantas no son del monte Hymeto!

-Son de la Casa de Campo.

-¿Vienes tú de allí, chiquilla?

-No, hijo, no. Esto me lo trajo Nicanora que fue allá con varias amigas a visitar a un guarda, pariente suyo.

-¡Oh, la Casa de Campo! Allí estarían paseando la Infanta Mercedes y el Rey Alfonso, que son novios y se van a casar pronto, ya lo sabes. La futura Reina es simpática, humilde, linda, y apenas se habló de su boda se hizo popular.

-Todos hablan bien de ella menos Segismundo, que está con la tecla de que por ser hija de Montpensier debían haberla puesto a cien leguas del trono de España. El demonio de Segis y otros tan locos como él, ya lo oíste noches pasadas, querían que nos trajeran aquí una protestanta para casarla con don Alfonso.-Cánovas me ha dicho que la idea es hermosa. Pero que se opone a realizarla el ser - - interno.. ¿lo entiendes?.. el cuerpo y alma de esta Nación, que es Católica hasta los tuétanos. Don Antonio teme que el ser interno se le vuelva trágico, y trata de irlo conllevando por lo lírico hasta que, fortalecido el poder real, etcétera.. En suma, Casianilla de mis pecados, que ha de llover mucho hasta que los Gobiernos de esta tierra puedan decirle al amigo Pío, o a sus sucesores: Tente allá, Papa, que los españoles ya sabemos salvarnos cada cual a su modo».

 

Ep-46-XV -

Desde aquel día, que en mi mente quedó marcado con el recuerdo de los tomillos del monte Hymeto, avancé rápidamente en la curación de mi vista. La horrenda Queratitis, que había sido mi suplicio en gran parte del año 77, se apartaba de mí, se retiraba, se iba. Tan acertado estuvo Albitos en devolverme la luz de los ojos como en el régimen y medicinas aplicadas para librar a mi cerebro del desorden anárquico. Gracias a esto no tardaron en deshacerse por sí mismas las fábulas que mi intelecto, lanzado a un delirio (p.9059) de Carnestolendas, forjó para embromar a la razón.

La quimera que más tardó en disiparse fue la de Leona la Brava. Mas tuve la suerte de que esta viniera un día a visitarme, no habiéndolo hecho antes por haber estado ausente de Madrid durante algunos meses. Viéndola en su propio ser, sin ninguna mudanza en su estado de prosperidad y rumbo, comprendí que era pura novela mía picaresca lo de los cuernecitos que le puso a don Alejandro, novelón sentimental el venir a ser mi enfermera, y terrorífico folletín por entregas el truculento caso de la fuga de Casiana con Segismundo. Este buen amigo me desengañó también con su asidua presencia, con la lealtad y gracejo de su conversación amenísima. En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que encontré siempre en la verdad de la mentira.

Antes que se me olvide, debo anotar en los anales de mi Madre el estrepitoso fin del drama económico de doña Baldomera, según me lo contó testigo de tanta autoridad como Segismundo. Llegado el momento en que la sutil arbitrista vio agotada la simplicidad de los imponentes, determinó levantar el vuelo hacia una región lejana de la esfera terráquea. Los mismos que en el fervor del entusiasmo la llamaron nuestra madre, al ver en la casa señales de tronicio, no se contentaban con menos que con arrastrar a su protectora por la Plaza de la Cebada y calle de Toledo, hasta la Fuentecilla. Agregó Segis a sus noticias este comentario fieramente sarcástico:

«Ved aquí, amigos míos, la mejor muestra de la injusticia del pueblo, que si entregó sus ahorros a la genial banquera hízolo por ambición canallesca y por su idea estúpida de la multiplicación del vil metal. Yo sostengo que mi jefa y principala no engañó más que a los que ya venían engañados y ciegos desde su nacimiento. Procedió como hábil (p.9060) financiera que ve la parte suya en un negocio, sin cuidarse de la parte de los que operan con ella. Según mi cálculo, la buena señora no se ha llevado más que unos siete millones de reales, cantidad mezquina si se compara con los millones desfalcados por agiotistas de más alta categoría social.

-Ya lo creo -afirmé yo-. Ejemplos mil tenemos aquí del Baldomerismo en grande escala, de Sociedades de Seguros inseguros, en las cuales, unos cuantos caballeros de muchas campanillas han arramblado con los ahorros de una o dos generaciones,quedándose luego tan frescos. A esos elegantes Baldomeros les han dado títulos de Condes y Marqueses, y andan por ahí con el rango y tratamiento de Excelentísimos señores.

-A la hija de Larra -prosiguió Segis con profunda convicción- le daré yo el superlativo de archi-excelentísima, pues era muy buena para sus empleados, afable con los imponentes, a quienes llamaba sus hijos, y observante del axioma de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Si le dieron siete millones, qué había de hacer la pobrecita más que cogerlos y decir: gracias, caballeros; me voy a tomar aires.

»Ahora os contaré la fuga de la banquera, que fue en la madrugada del 4 de Diciembre, día de Santa Bárbara, festividad muy del caso para esta clase de catástrofes. La señora estuvo con unas amigas en el teatro de la Zarzuela viendo la función, y concluida esta se fue a su casa, calle del Sordo. Allí se preparó para el viaje, y antes de amanecer salió en un coche de colleras camino de Pozuelo, donde tomó el tren mixto del Norte y.. ¡Adiós, Madrid, que te quedas sin gente!

»El secretario de la dama, don Saturnino Iglesias, evaporose también. Se ha dicho que un señor Pallares, que fue Jefe de Policía en tiempo de la República, ha favorecido el mutis de la gran histrionisa de los números. Por mi parte, no he tenido que desaparecerme, ni temo que me empapelen como funcionario modestísimo de aquella mágica oficina, porque en el último día de Noviembre olí la quema, pedí mi cuenta y presenté la dimisión, (p.9061) pretextando tener que ausentarme para un asunto de familia».

El mutis de doña Baldomera en el escenario social tuvo, como supondréis, sus naturales derivaciones. De ello se hablará cuando la sagaz hacendista reaparezca en el campo de la actualidad. Por el momento, en las agonías del 77 y primeros vagidos del 78, lo más importante para mí era el acentuado restablecimiento de mis ojos, y la reconquista de la facultad visual perdida en largos y dolorosos meses. Los que no han vivido en tinieblas por más o menos tiempo no conocen el purísimo, inefable gozo de ver y contemplar hombres y cosas, lo feo y lo bonito, la Naturaleza toda en la plenitud de sus maravillosos aspectos. Es como vivir de nuevo. Yo resucité, yo renací, y difícilmente puedo expresar mi alegría.

Coincidió mi resurgimiento a la vida con los desposorios de Alfonso y Mercedes, obligado motivo de festejos oficiales, palatinos, y en aquel caso señaladamente populares. Yo no me acerqué a la basílica de Atocha, teatro del espléndido ceremonial, ni vi el desfile de la procesión epitalámica desde el templo a Palacio. Aunque frecuentaba ya la calle y los paseos, no quise meterme en el remolino de las muchedumbres regocijadas, ávidas de contemplar tan lucido espectáculo. Pero, sin verlo, la frescura de mi imaginación permitíame apreciar el soberbio cuadro, por el recuerdo de otras cabalgatas del propio estilo en diferentes ocasiones de la Historia.

Desde el Retiro, donde me paseaba con Casianilla, veía yo en mi mente las carrozas de la Casa Real, los arreos del guadarnés, los soberbios caballos que pausadamente tiraban de los coches, el mover rítmico de las cabezas de los brutos adornadas de vistosos plumachos, las bordadas libreas, las blancas pelucas, el sinfín de jinetes palatinos y militares, los timbaleros y clarines, reyes de armas, monteros de Espinosa, caballerizos, correos y carreristas, los mancebos, lacayos y palafreneros, y por fin, los regios novios y el acompañamiento de coronadas testas, de Príncipes, (p.9062) embajadores y magnates, que componían el cortejo nupcial. Si doña Isabel II brillaba por su ausencia, por su presencia majestuosa resplandecía doña María Cristina, de albo cabello y dulce sonrisa que el paso de los años no había logrado destruir. Don Francisco de Asís ocupaba el puesto que por regia clasificación le correspondía, y el suyo los Duques de Montpensier y las Infantas hermanas de Alfonso XII.Si aparté mis ojos, recién abiertos a la luz, de estas magnificencias callejeras, no pude resistir la tentación de presenciar las dos corridas de toros con caballeros en la plaza, que fueron el número popular en el programa de los reales festejos. Obra fue del Municipio esta solemnidad taurina. Por cierto que los ediles discutieron calurosamente si debía celebrarse en la Plaza Mayor, teatro antaño de los regios torneos taurómacos así como de los autos de fe, o utilizar para el caso la nueva Plaza de Toros, inaugurada en 1874. Prevaleció por fin este criterio, y yo, ávido de gozar el lindo espectáculo, tomé cuatro delanteras de grada, pues además de Casiana convidé a Segis y a Ido del Sagrario.

Llegado el día feliz entré en la Plaza con mi pareja y mis dos amigos, arrebatado de un gozo infantil que embellecía y agrandaba todas las cosas. El nuevo Circo, que yo veía - - entonces por primera vez, se me representaba superior en grandeza y hermosura a la idea que tenemos del Coliseo de Roma, y el ornamento de banderolas, escudos, gallardetes, guirnaldas, guardamalletas, lanzas de torneo y demás requilorios, se me antojó lo más bello y gracioso que pudiera imaginarse. El alborozo de mi espíritu convertía las flores de trapo en naturales y olorosas, los tapices de percalina en ricos reposteros de seda y oro.

Si de tal modo transfiguraba mi fantasía las cosas materiales, imaginad mi desenfreno optimista al contemplar el mujerío que en gradas y palcos dábame la impresión de una corte celestial de belleza y amor. Desde nuestros asientos veíamos perfectamente el palco regio; cuando en él aparecieron Mercedes y Alfonso, rodeados (p.9063) de Majestades históricas aunque cesantes y venidas muy a menos, y de las Princesas y Príncipes de Borbón y Orleáns, estalló un ciclón de aplausos y aclamaciones que bramaba y crujía como un cataclismo atmosférico.

Después de colocarse en el ruedo, debajo del palco de los Reyes, una Compañía de Alabarderos en triple fila y en actitud de firmes, Mercedes dio la señal para el comienzo del desfile. Tras de cinco alguacilillos aparecieron por la puerta de caballos los timbaleros y clarines de la Real Casa con uniforme de gala; seguía una carroza conduciendo a dos caballeros en plaza, tirada por cuatro soberbios alazanes empenachados; a los estribos marchaban a pie, como padrinos de campo, Frascuelo y otros dos lidiadores, que eran Regatero y Hermosilla, según alguien me dijo; venían luego dos pajes con rejoncillos, y cuatro más conduciendo del diestro otros tantos caballos, enjaezados con montura de raso y pasamanería de oro y plata.

Vi después lo que enumero con la prolijidad que me permite el continuo pasar de figuras tan pintorescas: otro coche de gala con ocho corceles empenachados, y lacayos ostentando las libreas de los grandes de España que apadrinaban a los caballeros en plaza; gran carroza sobresaliente con adornos y arabescos de plata en su caja, propiedad, según oí, del Duque de Santoña; tiraban de aquel armatoste dos troncos de poderosos potros morcillos, y en él iban dos caballeros, vestidos de azul y rojo y de morado y blanco; marchaban al vidrio los espadas Cayetano Sanz, Gonzalo Mora, Ángel Pastor y Francisco Sánchez; detrás, pajes con caballos y rejoncillos, coche de respeto, carruajes de los padrinos Condes de Bazalote y Superunda, escoltados por lacayos, mancebos y palafreneros.

Concluían la relumbrante procesión las cuadrillas de lidiadores, formadas por diecisiete espadas, cuarenta y ocho banderilleros, cuatro puntilleros, tres chulos y veintisiete picadores, y a la cola iban mozos de caballos, tiros de mulas de arrastre con preciosos arreos y mantillas, ramaleros y mayorales luciendo ropa de terciopelo y fajas (p.9064) de seda. Pensaba yo que humanos ojos no habían visto nunca mascarada tan espléndida y suntuosa, desfile mareante por lo abigarrado de los colorines, el esplendor del oro y la plata, el movible oscilar de plumachos y el continuo pasar de figuras yfigurillas, rígidas unas, flexibles otras, y todas recargadas de tintas chillonas. Casianilla estaba embobada; Ido del Sagrario abría un palmo de boca; Segis, siempre descontento y mordaz, burlábase de aquel lujo estúpido y un tanto chabacano; y yo, que al principio admiraba todo como un chiquillo, acabé por atontarme ante las vueltas, revueltas y movibles luces de aquel rutilante caleidoscopio 2.

La cabalgata dio la vuelta al redondel, y al llegar debajo del palco real, apeáronse caballeros y padrinos, saludando todos a las Majestades y Altezas. Los alabarderos abrieron filas, y por la puerta de Madrid salió la brillante procesión, no quedando en el ruedo más que los lidiadores y tres alguaciles a caballo.

Comenzada la lidia, los caballeros en plaza rejonearon sus toros. Era la primera vez que yo veía tal juego, y fuera de la gallardía de los jinetes y de la soberbia estampa de los bridones, no encontré en ello gran emoción. El tercer toro rejoneado embistió a uno de los alguacilillos, que fue a caer con caballo y todo entre los alabarderos, produciendo algún estropicio. El mismo torito alcanzó a un caballero en plaza cuando iba a clavar su rejoncillo, le volteó, matándole la cabalgadura, y el airoso campeón, vestido a la chamberga, hubo de ser retirado a la enfermería. La lidia ordinaria me interesó un poco al principio; pero como no entiendo de toros ni frecuento este espectáculo, acabé por sentir aburrimiento y ganas de que aquello terminara. Ido del Sagrario, no más perito en tauromaquia, hacía de cuanto veíamos críticas tan sesudas como la que podría yo hacer de la Ilíada de Homero.

En los ratos de hastío convertía mis ojos del ruedo a los palcos y gradas, para pasar revista al pintoresco público. La hilera de palcos ofrecía un aspecto deslumbrador. Allí estaban la Navalcarazo, la Belvís (p.9065) de la Jara, Luisa Campoalange, la Perijaa, y las más admiradas hermosuras de la Grandeza, luciendo albas mantillas y adorno de camelias y gardenias en la cabellera y en el seno. No lejos del montón aristocrático vi a Leona la Brava con Carolina Pastrana y otras amigas del género demi-mundano. Ocasión es de decir que, en aquella época de sus progresos en el arte social, daba la dama de Mula la mejor prueba de su talento vistiéndose con modestia, procurando obscurecerse y pasar inadvertida.

En un palco fronterizo entre sombra y sol vi una tanda de mujeres, ataviadas estrepitosamente con pañolones de Manila, mantillas de madroños, altas peinetas y gran carga de flores en el pelo. Eran las que el año 72 hicieron en la Castellana, a las órdenes de Ducazcal, la famosa manifestación contra la dinastía de Saboya: la Moño Triste, la Condesa del Real Cuño, la Sílfide, Pepa la Sastra, la Cacharrito, Rosa Huertas, la Napoleona, Paca la Alicantina, la Eloísa, la Clotildona, etcétera.

Retrocediendo con mi atenta observación hacia la grey aristocrática, vi en dos palcos a Vicente Halconero y al Marqués de Beramendi con sus familias. En las gradas, no lejos de nosotros, había tres muchachas picoteras, inquietas y reidoras, que a ratos miraban hacia mí, saludándome con lindas garatusas formuladas con los morros y con los abanicos. «¿Ves aquellas tres chicas que vuelven hacia acá sus rostros picarescos como haciéndonos burla? -dije a Casiana-. Pues son tres Efémeras que han venido disfrazadas de personas, dejando en alguna percha de los espacios sus túnicas flotantes. Pertenecen al grupo de las malas, traviesas y enredadoras. No mires hacia ellas; no les hagamos caso». Casiana, sin comprender bien lo que yo decía, se dio por enterada.

Observamos luego que, en los tendidos, hombres y mujeres comían a mandíbula batiente y empinaban botellas o zaques, sin desatender los incidentes de la corrida. La razón de estas merendonas era que, empezando las corridas a las doce y terminando a las cuatro por causa de la cortedad de los días, trastornábanse (p.9066) las ordinarias horas de almorzar y comer.Entre los accidentes restantes de la lidia ordinaria, el que más presente ha quedado - - en mi memoria es el achuchón que dio un toro a los alabarderos, apostados al pie del palco Real. Rechazaron estos con sus hierros la embestida del morucho, que volvió a la carga con más coraje, abriendo brecha. La res sufrió terribles lanzazos, rompiéronse bastantes alabardas, dobláronse otras, volaron los tricornios por el aire, y muchos Guardias sufrieron el destrozo de sus uniformes. Pero ni los alabarderos abandonaron su puesto de honor y de peligro, ni el cornúpeto se mostraba propicio a terminar la desigual pelea. Fue preciso que el espada Felipe García colease al codicioso bruto para hacerle abandonar el campo.

Llegó el momento final, que yo vi con gusto porque ya me cansaba fiesta tan prolija y fatigosa por el vértigo de sus complicadas emociones. La inmensidad de la concurrencia dificultaba la salida; largo rato empleamos en pasar de la Plaza a la calle, y en las apreturas de aquel atranco, Segis comentaba con negro humorismo el festejo, en su doble aspecto popular y aristocrático.

«¡Cuánto nos hemos divertido! -exclamó-. ¿Verdad, Casiana, que tenemos retortijones de tripas para todo el año? Me alegro de haber venido para no verme obligado a leer en la prensa taurina la descripción de esta chocarrería sublime.. Si me dieran el dinero que gastó el de Santoña en esa carroza de cuento de hadas, lo emplearía en comprarle una chichonera de oro, recamada de esmeraldas y brillantes, al Alcalde que inventó esta mojiganga de Las mil y una noches.. aburridas.. Me ha entusiasmado Manzanedo, me han hecho tilín los padrinos de la Grandeza, y entre las brutalidades de los lidiadores y las finustiquerías de los caballeros en plaza, me quedo con las primeras.

»Los alabarderos han estado monísimos; merecen la Gran Cruz de San Fernando por el canguelo que pasaron. Y si hubiera que dar un premio a las figuras culminantes del jembrerío de los palcos, yo agraciaría con la Jarretiera inglesa a la (p.9067) Moño Triste, obligándola a enseñar la pierna para que el público viese imponer entre aplausos la insignia de tan ilustre Orden. Yo hubiera organizado este espectáculo en la Plaza Mayor, abriéndolo con un torneo y cerrándolo con un auto de fe, para que la fiesta fuese más nacional y castiza. El último y más lucido número habría sido quemar en elegantes hogueras al Duque de Sexto, a Manzanedo, a los Grandes y pequeños de España, a Cánovas, Ducazcal, Romero Robledo, Varagua, Saltillo, y el Marqués del Bacalao.. en efigie, por supuesto».

Cuando ya pasábamos de las apreturas a sitio de algún desahogo, nos encontramos con Celestina Tirado, buscando a Fructuoso y Graziella que se le perdieron en el tumulto de la salida. Tiempo hacía que no nos veíamos: noté a la mujer dantesca más vieja, huesuda y barbuda que en los días de mi última visita al laboratorio de la italiana. Interrogada por Casianita sobre la corrida regia, la zurcidora de voluntades nos dijo:

«A ratos me ha parecido comitiva de boda, a ratos acompañamiento de entierro, porque.. créanlo, yo me fijo en todo.. algunas de las carrozas eran coches de la funeraria, pintados de colorines para dar el pego a los bobalicones.. La Corte muy brillante; la Reina Mercedes linda y triste.. Motivos tiene para ello.. Graziella y yo examinamos detenidamente el pañuelo que agitaba para cambiar los tercios de la lidia..

¡ay qué pena!.. Por el movimiento que hacían en el aire las puntas del pañuelo, y por los giros y pliegues de la tela junto a la carita de Su Majestad, vinimos a conocer como este es día que la pobre Mercedes vivirá muy poco.

-¡Quita allá, bruja indecente! -exclamé yo indignado-. No nos vengas con vaticinios ni sandeces.

-Por la luz del santo día, Tito; créanlo, que estos signos no fallan: la hija de Montpensier no llegará a San Juan».

 

Ep-46-XVI -

Al abrirse las Cortes el 15 de Febrero ya pude yo decir que había recobrado completamente la salud. Pero como me enojaba el barullo del Congreso no asistí jamás a las sesiones. Las únicas noticias (p.9068) parlamentarias que puedo daros son que, por renuncia de Posada Herrera, fue elegido don Adelardo López de Ayala Presidente de la Cámara popular, y que desde los primeros días arreciaron su oposición los sagastinos.

Todo ello es, históricamente considerado, flojo, anodino y sin substancia.

Más interés tuvo la conspiración zorrillista, que desde París enviaba sordos mugidos, llenando de zozobra los corazones monárquicos. Hablábase mucho de los Generales Villacampa y Lagunero, y los más timoratos les veían aparecer aquí y acullá como fantasmas sediciosos, capitaneando soldados o paisanaje. Renegaba yo de la vana y artificiosa política de aquellos tiempos, y cuidábame tan sólo de darme buena vida y de pasar el tiempo plácidamente en teatros y honestas diversiones. El 30 de Marzo fui con Casiana al estreno de la comedia de Ayala, Consuelo, en el Español, y ocupamos dos modestas delanteritas en el anfiteatro principal. La sala rebosaba de selecto público, descollando en sus palcos los Reyes, los Duques de Montpensier y un lucido acompañamiento de magnates y fantasmones.

Casianilla y yo no apartábamos los ojos de la simpática Merceditas, que en el teatro como en la Plaza de Toros, en los paseos y en todas partes, se llevaba tras sí los corazones. La obra del gran Ayala gustó mucho, sin llegar al éxito clamoroso y entusiasta de El tanto por ciento. Pasaje culminante de la representación fue el monólogo del actor segundo, que dijo Vico de un modo magistral. Aclamado el insigne poeta con aplauso ardoroso se presentó en el palco escénico, no ciertamente cogido de la mano de los actores como es costumbre en estas solemnidades, sino solo, enteramente solo, pues su categoría de Presidente de las Cortes le obligaba, según se dijo, a recibir los homenajes teatrales en un decoroso aislamiento. La eminente actriz Elisa Mendoza Tenorio subió a las más altas cumbres del arte en la creación del carácter de la protagonista.

Como antes indiqué, yo no perdía ripio para gozar de todo espectáculo (p.9069) artístico de noble cultura. En años anteriores fui parroquiano ferviente de la Sociedad de Conciertos, que celebraba sus fiestas los domingos de Cuaresma en el Teatro-Circo del Príncipe Alfonso. La incomparable orquesta que primero dirigió Barbieri, luego Monasterio, Mariano Vázquez y otros maestros, ha sido y es la gran educadora del pueblo de Madrid en el clásico y supremo arte musical. Por ella han venido a ser el más puro recreo de nuestras almas las monumentales, las soberanas sinfonías de Beethoven y lo mejor del repertorio de Haydn, Mozart, Mendelssohn, Weber, Handel, Schubert, y demás genios de la gloriosa pléyade germánica. Después de educarme yo quise iniciar a Casiana en los misterios de la santa religión de Euterpe. Durante las primeras audiciones, la pobrecilla no lograba tomar gusto al intrincado lenguaje de aquella teología del sonido. Pero poco a poco iba entrando, y acabó por deleitarse con el andante de la Sinfonía Pastoral y el allegretto scherzando de la Octava.

Cuidábame yo mucho de dar al espíritu de Casianilla un matiz de cultura, sacándola de la rusticidad y ordinariez en que se había criado. Sus nobles sentimientos, y los estímulos de su alma querenciosa de un vago ideal, me ayudaron en mi tarea. Firme en mi propósito, llevábala con frecuencia al Museo del Prado, y a los tres o cuatro días de andar por aquellas salas mi compañera se asimiló el valor estético de la pintura, supoapreciar a los maestros, y distinguía perfectamente a Velázquez del Tiziano y a Murillo de Rubens, dando a cada uno lo suyo.

Una mañana, cuando nos hallábamos en la Rotonda recreándonos en la variada colección de obras capitales, que no tiene igual en el mundo, sorprendiome la presencia de Vicentito Halconero, que con su mujer y su suegra se deleitaba como nosotros en aquel Olimpo pictórico. En cuanto me vio el simpático amigo vino a saludarme muy cariñoso, y me presentó a su familia; yo, naturalmente, no les presenté a Casiana, y esta se mantuvo cohibida y avergonzadita, fijos los ojos en el suelo, cual si quisiera recatarse (p.9070) con el invisible manto de su modestia.

Insinuante y efusivo, Halconero me dijo así: «¡Caramba, Tito, cuánto me alegro de verle! Hasta hace muy poco no supe que ha estado usted enfermo de los ojos.. Ya me extrañaba a mí no encontrarle por ninguna parte.. Pero lo que es ahora, ya no se me - - escapa usted, querido. Tenemos que hablar. Usted es un hombre que vale mucho, y no debe estar obscurecido, huyendo de la gente y malogrando en la inacción sus extraordinarias dotes de talento y cultura. Eso no puede ser, no puede ser. Es preciso que hablemos, amigo mío».

Contestele yo, con mi habitual llaneza, que me encontraba muy bien en la obscuridad y que me infundía temor la idea de salir de ella. Disertamos un rato, y al llegar el momento de la despedida me dijo Vicente: «Mala cosa es la obscuridad, y ello tiene usted ejemplo en la dolencia que acaba de padecer. Los hombres que valen deben vivir en plena luz. De eso hemos de tratar detenidamente. ¿Quiere usted que vaya yo a su casa, o vendrá usted a la mía?». Le contesté que tendría mucho gusto en visitarle, y con esto nos despedimos. Casiana y yo continuamos admirando a Van Dick, Correggio, Velázquez, Rafael y el delicioso y minúsculo cuadro del Mantegna Las exequias de la Virgen.

Ocurrió esto a fines de Abril o principios de Mayo, no me acuerdo bien. En lo restante de Mayo llevé a Casiana a la Armería Real, donde le fui mostrando uno por uno los soberbios arneses, y dándole a conocer los altos héroes que habíanlos llevado sobre su cuerpo en famosas batallas. Visitamos también el Museo Naval, y allí vio Casianilla despojos gloriosos de Trafalgar y los modelos de las antiguas y modernas naves de - - guerra. En el Museo de Artillería contemplamos recuerdos agradables o lastimeros de la vida de la Patria, y en el de Historia Natural, mi compañera se deleitó contemplando los fósiles gigantescos y el rico muestrario de la fauna felina, de la ornitológica y de los organismos inferiores.

Continuando la Historia de España os diré que la mozuela que yo recogí del (p.9071) arroyo adelantaba con seguro paso en sus conocimientos. Dominada prodigiosamente la lectura y escritura, don José y yo le dábamos lecciones de Aritmética, de Geografía y de Historia compendiada. Había leído ya el Quijote, el Gil Blas y algunos libros modernos de poesía o amena literatura. Su instrucción era gradual, lenta y práctica; expresaba su gozo por cada conocimiento recién adquirido huyendo de las demostraciones pedantescas, todo ello sin olvidar los trajines caseros que constituían su mayor deleite. Modista de sí propia, vestía con suma sencillez, evitando las formas llamativas y de relumbrón. Como yo, se encontraba muy bien en la obscuridad y le infundía temor la idea de salir de ella.

A principios de Junio circularon por Madrid rumores de que la Reina Mercedes no gozaba de buena salud. En nuestras divagaciones por la Castellana y el Retiro, Casiana y yo la veíamos pasar en coche con su esposo, y en efecto, notamos en su linda carita palidez, tristeza, un indeciso mohín que a mí me pareció algo como despego de la vida.

Nos interesábamos por la joven Soberana como si fuera de nuestra familia, y el propio sentimiento creo yo que alentaba en todo el pueblo de Madrid. Vino Mercedes altrono de España como símbolo de paz, sin odios por su parte, sin ningún recelo por parte de la Nación. Merecía reinar, merecía vivir..

Después de San Antonio, festividad del padre de la Reina, fue más denso el rumor de la enfermedad de esta, y ya no se ocultaba lo grave del caso. Quién decía que era una afección al pecho, quién que una fiebre maligna; muchos recordaban que otros hijos de Montpensier habían muerto en plena juventud, de calenturas infecciosas, contra las cuales nada pudo la ciencia; algunos, desviando los hechos del terreno lógico al de las conjeturas supersticiosas, afirmaban que sobre don Antonio de Orleáns pesaba una maldición: no podía ser feliz en su vida doméstica el que había sido en la pública desleal, ingrato y locamente ambicioso. Era el Duque una capacidad administrativa, hombre ordenadísimo, (p.9072) económico, buen esposo, buen padre, y a despecho de estas apreciables dotes nadie le quería. En la mente popular se claveteaba con remaches duros la idea fatalista de que los hijos inocentes han de expirar las culpas de los padres pecadores.

El 22 de Junio aumentó tanto la gravedad de la Reina infeliz, que se desconfiaba de salvarla. En la Mayordomía de Palacio agolpábase el gentío aristocrático y oficial, cubriendo de firmas tal número de pliegos que pronto se formaron montes de papel en las anchas mesas. El pueblo soberano, que no firmaba porque no sabía o no le dejaban, hizo pública demostración de su afecto a la Reina ocupando silencioso y triste la Plaza de Oriente y sus avenidas. Casiana, Segis y yo recorríamos los grupos de aquella plebe consternada y ansiosa que, clavando sus ojos en los balcones de Palacio, firmaba según su peculiar modo de escritura. Las impresiones que recogimos aquí y allá pueden ser sintetizadas en esta forma: Merceditas era la cándida paloma que trajo a España el ramo de oliva. Mientras ella calentó el nido huyeron espantadas las víboras de la trágica escandalera dinástica en el siglo XIX.

El día 23 llegaron de París los Duques de Montpensier, llamados por un angustioso telegrama del Rey Alfonso. Ante la hija herida de muerte disimularon su consternación, y a espaldas de Mercedes pidieron que fuese llamado a consulta el célebre médico republicano Federico Rubio..

El 24 arreció la gravedad de la enferma con síntomas y caracteres que inducían a la desesperación; se creyó que la Reina terminaría su vida en el aniversario de su natalicio: el día de San Juan Bautista cumplía Mercedes de Orleáns diez y ocho años. Contra este horrible sarcasmo del Destino protestaron la familia de la moribunda, el mundo palatino, las clases altas y bajas de Madrid y el pueblo entero de España, elevando al cielo todas las formas de plegaria, desde las más solemnes a las más humildes.

Hiciéronse rogativas en innúmeros templos, catedrales, parroquias, conventos, santuarios y ermitas; (p.9073) enronquecieron frailes, monjas, capellanes y canónigos de tanto pedir a Dios la vida de la joven Reina; y hasta las pobrecitas presas de la Cárcel de Mujeres reunieron, cuarto a cuarto, suma bastante para mandar decir una misa rezada con el mismo piadoso objeto.

En la noche del 24 al 25 se inició ligera remisión en la enfermedad. Las salas próximas a la regia alcoba parecían un campamento; aquí y allá, recostados en los lujosos divanes, daban descanso a sus fatigados huesos Montpensier, la Princesa de Asturias, los Cardenales Moreno y Benavides, y los palatinos de servicio. Las personas que no se movían a ninguna hora de junto al lecho de Mercedes eran don Alfonso, la Marquesa de Santa Cruz y la Infanta Luisa Fernanda.

El 25 renació la confianza. Federico Rubio dijo que no se debía tener por imposible la salvación de la Reina. A propósito del doctor Rubio referiré las voces que aquel día corrieron por Madrid. Según el rumor público, el famoso médico se presentó en Palacio vestido de americana y se le dijo que no podía penetrar en la Cámara Real sin ponerselevita, a lo que don Federico respondió que él no entraba en aquella casa por su voluntad, que le habían llamado para ver un enfermo, y que iba con el traje que usar solía en el ejercicio de su profesión.. Después supe por el propio Federico Rubio que todo aquello era una fábula, que fue a Palacio como le exigían su dignidad, su educación y el respeto a los compañeros.

Llegada la noche del 25 al 26 disipáronse las esperanzas rápidamente. No había salvación para la Reina. Extendida la triste noticia por todo Madrid, el público abandonó los teatros, los cafés y los círculos de recreo. Grandes muchedumbres acudieron a Palacio, invadiendo el patio y galerías bajas. La guardia exterior tuvo que desalojar el edificio; pero el gentío siguió estacionado en la Plaza de la Armería y en la de Oriente..

Desde las primeras horas de la mañana del 26, entrañaba la situación de Mercedes una definitiva, inevitable desesperación. Todas las personas que rodeaban el (p.9074) lecho mortuorio, hijas de Reyes las más, magnates o Príncipes de la Iglesia las otras, presenciaron enmudecidas por la congoja el lento descender de la Reina a la región de la eterna sombra.. Mercedes expiró a las doce y cuarto.

En pleno día, el vecindario de Madrid llenaba las calles; se oían más las pisadas que las voces.. A punto de las tres de la tarde, el insigne Ayala, desde su sitial de la presidencia del Congreso, pronunciaba una corta oración fúnebre, de la cual entresaco lo que a mi parecer expresa con más delicadeza y ternura el duelo de España en aquel luctuoso día:

«Ya lo oís, señores Diputados: nuestra bondadosa Reina, nuestra cándida y malograda Reina Mercedes, ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte. Tan general es el dolor como inesperado ha sido el infortunio; a todos alcanza; todos lo manifiestan; parece que cada uno se encuentra desposeído de algo que ya le era propio, de algo que ya amaba, de algo que ya aumentaba el dulce tesoro de los afectos íntimos; y al verlo arrebatado por tan súbita muerte, todos nos sentimos como maltratados por lo violento del despojo, por lo brusco del engaño.

»Joven, honesta, candorosa, coronada de virtudes antes que de la Real diadema, estímulo de halagüeñas esperanzas, dulce y consoladora aparición.. ¡quién no siente lo poco que ha durado!.. No sé, señores Diputados, si la profunda emoción que embarga mi espíritu en este momento me consentirá decir las pocas palabras con que pienso, con que debo cumplir la obligación que este puesto me impone. No es porque yo crea sentir más vivamente el funesto suceso que ninguno de los que me escuchan; porque son tan variadas, tan acerbas las circunstancias que contribuyen a hacer por todo extremo lamentable la desgracia presente, que no hay alma tan empedernida que le cierre sus puertas. Pero concurre una tristísima circunstancia, que nunca olvidaré, a que yo la sienta con más intensidad en este momento.

»Testigo presencial de los últimos instantes de nuestra Reina sin ventura, aún tengo delante de (p.9075) mis ojos el lúgubre cuadro de su agonía; aún está fresca en mi mente la imagen de la pena, de la horrible y silenciosa pena que, con varios semblantes y diversas formas, rodeaba el lecho mortuorio: he visto el dolor en todas sus esferas. Allí, nuestro amado Rey, hoy más digno de ser amado que nunca, apelaba a sus deberes, a sus obligaciones de Príncipe, a todo el valor de su magnánimo pecho, para permanecer al lado de la que fue la elegida de su corazón, y para reprimir, aunque a duras penas, el alma conturbada y viuda que pugnaba por salir a sus ojos. Allí, los aterrados padres de la ilustre moribunda, viva estatua del dolor, inclinaban su frente ante el Eterno, que a tan dura prueba les sometía, y con cristiana resignación le ofrecían en holocausto la más honda amargura que puede experimentarse en la vida. Incansables en su amor, la Princesa de Asturias y sus tiernas hermanas seguían con atónita mirada todos losmovimientos de la doliente Reina, como ansiosas de acompañarla en la última partida. Allí, la presencia del Gobierno de Su Majestad representaba el duelo del Estado; los Presidentes de los Cuerpos Colegisladores el luto del país..».

A estas expresiones elevadas, patéticas, que revelaban al orador elocuente y al poeta eximio, añadió Ayala otras que podríamos llamar de literatura oficial, proponiendo que enmudeciera la tribuna parlamentaria hasta que el cuerpo de la infortunada Reina recibiese cristiana sepultura.

El suceso del día siguiente fue la exposición pública del cadáver de Mercedes en el - - Salón de Columnas. No exagero al decir que medio Madrid desfiló por la capilla ardiente. Las apreturas fueron horribles; se entraba por la Plaza de la Armería y se salía por la puerta del Príncipe. El sentimiento, derivando a la curiosidad, convertíase en fuerza irresistible que todo lo arrollaba: hubo desmayos, síntomas de asfixia, magulladuras y estrujones tan violentos que muchas personas hubieron de ser auxiliadas en la Casa de Socorro o en las farmacias próximas.

Casiana y yo llegamos a la Plaza de Oriente, y viendo el tumulto (p.9076) no nos atrevimos a meternos en tan terribles angosturas. Minutos después nos encontramos a Celestina Tirado que salía de Palacio, desgreñada, sudorosa, jadeante. Antes que yo le hablara, llegose a nosotros con esta retahíla:

«La he visto, la he visto. ¡Qué dolor de niña! Está ya medio descompuesta, vestidita con el hábito de la Merced, en una caja de tisú de oro. Por cierto, Tito salado, que cuando en la Plaza de Toros solté la profecía, sacada de los signos y céteras que nunca fallan, me equivoqué en el santo, nada más que en el santo.. Quise decir San Pedro y dije San Juan.. Desde que ando en este oficio se me trabucan los santirulicos»

 

Ep-46-XVII -

Una tarde de Julio, paseando por el Prado, oímos estas coplas, cantadas por las tiernas niñas que jugaban al corro: ¿Dónde vas, Alfonso XII? -¿Dónde vas, triste de ti? -Voy en busca de Mercedes, -que ayer tarde no la vi. -Si Mercedes ya se ha muerto; -muerta está, que yo la vi: -cuatro Duques la llevaban -por las calles de Madrid. La simplicidad candorosa de estos versos, en boca de inocentes criaturas, se me metía en el corazón avivando la doliente memoria de la Reina sin ventura, muerta en la flor de la edad.

Otro día, en Recoletos, oí las mismas coplas, continuadas de este modo: Su carita era de Virgen, -sus manitas de marfil, -y el velo que la cubría -era un rico carmesí. -Los zapatos que llevaba -eran de rico charol, -regalados por Alfonso -el día que se casó.

Recreándonos con tan ingenua cantata dimos la vuelta al corro, y pudimos enriquecer el poema infantil con esta otra cuarteta: El manto que la cubría -era rico terciopelo, -y en letras de oro decía: -Ha muerto cara de cielo.

«Fíjate -dije a Casiana-, y convendrás conmigo en que esos lindos cantares contienen más inspiración y mayor encanto que las odas hinchadas y las elegías lacrimosas con que los poetas de oficio lamentaron el prematuro fin de Merceditas, apedreándonos - - con ripios duros y aburriéndonos con el desfile monótono de imágenes sobadas y terminachos rimbombantes».

Opinó como yo Casianilla y me dejó (p.9077) estupefacto al preguntarme: «Dime, Tito: ¿tú conoces a los poetas que hacen esos cantares? ¿Quiénes son, dónde están?

-No lo sé, hija mía -contesté-. Sólo te digo que el pueblo hace las guerras y la paz, la política y la Historia, y también hace la poesía».

Si no referí antes mi primera visita a Vicentito Halconero, fue porque en ella nada hubo digno de mención. Redújose a cortesías de ritual y a remembranzas de sucesos que se desvanecieron en el tiempo. Las posteriores entrevistas tuvieron más interés. Vivía mi amigo en la calle de San Quintín, Plaza de Oriente, y cuando le visitaba por la tarde,como a esas horas salía yo siempre con Casiana, quedábase mi compañera sentadita en un banco de los jardinillos entrando yo solo en la casa.

Requería Vicente mi persona un día y otro para convencerme de la necesidad de que yo me lanzase de lleno a la política activa, afiliándome con él al partido de Sagasta.

Apuró Halconero sus razones sin persuadirme, y entre otras cosas me dijo que el propio don Práxedes le manifestó deseos de tenerme a su lado, porque ansiaba fortalecer el Partido Constitucional con gente moza, atraer a todos los jóvenes de mentalidad a la moderna, aunque hubiesen sido revolucionarios y alborotadores en días no lejanos. El relleno de sus adeptos, consistente en progresistas acartonados, necesitaba renovación.

Después de hablar por boca de Sagasta, habló Vicente por la suya diciéndome que si me determinaba podía contar desde luego con un distrito seguro para salir diputado, bien cediéndome el suyo, La Guardia, bien Villarcayo, el de su suegro, pues este ansiaba retirarse de la vida pública. «Como ve usted -añadió-, tengo dos distritos.

Escoja el que quiera».

Contestele que yo agradecía mucho su generoso interés, pero que me repugnaba el cunerismo y nunca pasó por mi mente pertenecer a esos rebaños parlamentarios que forma el Ministro de la Gobernación como Dios hizo el mundo, de la nada. Sostuve que en España no existe la representación nacional, y que los diputados (p.9078) no expresan más opinión que la de unos cuantos señores; que en las Cortes no reside ninguna parte de la soberanía, y que la ley fundamental del Estado no es más que una edición bonita y esmerada de las coplas de Calaínos. Todos los poderes residen en el Rey y en las camarillas, a las que están subordinados los jefes de las ganaderías políticas.

De estas afirmaciones surgió una discusión entre cómica y seria, y Halconero acabó por arrancarme la promesa de que iría yo con él a ver a Sagasta. Al salir de casa de mi amigo y entrar en los jardinillos para reunirme con Casiana, vi un ruedo infantil que cantaba con dulces vocecitas las coplas que en otra página he transcrito, y estas que ahora copio: Los faroles de Palacio -ya no quieren alumbrar, -porque Mercedes se ha muerto -y luto quieren guardar. -Junto a las gradas del trono -una sombra negra vi, - cuanto más me retiraba -más se aproximaba a mí. -No te retires, Alfonso; -no te retires de mí, -que soy tu esposa querida -y no me aparto de ti.

Cumplí a Vicente Halconero mi promesa de visitar a Sagasta, y una mañana fui con él a casa del jefe de los Constitucionales, Alcalá, 52. Había yo tratado superficialmente a don Práxedes en años anteriores. Antes que Vicentito me presentase, Sagasta me reconoció, saludándome como si nuestro trato hubiera sido frecuente y nunca interrumpido. Ya sabéis que la característica de aquel hombre realmente extraordinario era el don de simpatía, el don de gentes, la flexibilidad del ingenio y de la palabra, sin que por ello dejase traslucir su pensamiento en la conversación. Entendía yo que en su afable sonrisa no debíamos ver un accidente, sino un estado constitutivo de la personalidad, y además la máscara impenetrable de su genial astucia.

Don Práxedes rompió la conversación sacando a relucir diabluras y extravagancias de mi temprana juventud, y no fue poco mi asombro al ver que tales simplezas conocía y recordaba. Pronto comprendí que trataba de ganar mi voluntad y atraerme a su esfera por la afinidad de los caracteres y la semejanza de (p.9079) nuestros respectivos modos de expresión. De frase en frase nos metimos en la política, y Sagasta hizo el panegírico de la Monarquía constitucional, prometiendo a España días muy felices. La buena crianza obligome a una delicada conformidad con las opiniones del riojano, y al observar yo que recogía la sonrisa en su larga boca para departir con grave estilo, pensaba que seguía riéndose por dentro.Una observación del amigo Halconero llevó a don Práxedes a tocar el tema de mi incorporación a su partido. Yo me excusé declarándome inepto para la vida pública, tal como aquí se practicaba entonces; y él, entre severo y festivo, me habló de este modo:

«Ya sé, ya sé que a usted las cavilaciones le han hecho algo metafísico y que los desengaños han matado su optimismo. Déjese de tonterías, amigo, que por ese camino no se va a ninguna parte. Usted sostiene que vivimos en un mundo de ficciones; que la representación nacional, base del régimen, será una farsa mientras hagamos los diputados por un sistema de moldes y cubiletes. Algo hay de verdad en todo lo que usted dice, lo reconozco; pero también afirmo que semejantes males sólo puede remediarlos el Partido Constitucional, maridaje perfecto entre el poder real y la soberanía del pueblo.. No lo dude usted, amigo Liviano, pues mi partido, en la oposición, está haciendo ya una gran obra política. El porvenir es nuestro. Si usted no lo reconoce todavía, lo reconocerá bien pronto. Yo he de intentar la regenaración de este país. ¿Fracasaré? Allá veremos. Lo que aseguro es que si mis esfuerzos resultan fallidos y sucumbo en la demanda, caeré siempre del lado de la libertad».

Con esto y poco más, terminó mi primera visita a don Práxedes. El rápido avance del verano interrumpió mis relaciones con Halconero porque este se fue a La Guardia, Vitoria y San Sebastián.. Casiana y yo, no queriendo infringir la moda de la emigración estival, partimos para nuestras posesiones de La Sagra, radicantes en el término de un desconocido pueblo llamado Borox. Reducíase el patrimonio mísero de (p.9080) los Conejos a unas tierrucas de pan llevar y a una casucha propiedad de la tía Simona. Encantadas entraron Simonica y Casiana en su pueblo natal; pero a mí me pareció muy desagradable. En Borox no se conocía el árbol; había una sola fuente, y el agua de esta no servía para cocer los garbanzos: utilizábase en tales usos la que brotaba de un manantial distante cinco kilómetros del pueblo, y era transportada por arrieros- aguadores que surtían a todo Borox y sus aledaños.

Aunque la pobreza y sequedad de aquel suelo eran lo más apropiado a nuestra ingénita cursilería, yo no me conformé con tan ruin villeggiatura, y nos fuimos a Esquivias, lugar próximo donde Simona tenía parentela. Por mediación de esta alquilamos una hermosa casa, con huerta, rodeada de viñedos y frutales. Ya sabéis que Esquivias es la patria de doña Catalina de Salazar, esposa de Cervantes, y que allí vivió algún tiempo el Príncipe de nuestros ingenios. Gozábamos el alto honor de veranear en una villa famosa en los anales de las Letras patrias. El pueblo era cómodo y alegre, y en su vecindario encontramos muchas personas de buena crianza, y algún señorío. Había no pocos veraneantes de Madrid, gente de medio pelo, pero campechana y cortés.

Tan bien nos fue en Esquivias que nos quedamos hasta la vendimia, muy entretenidos y gozosos. En aquella temporada placentera no teníamos más relación con el resto del mundo que las cartas que de vez en cuando nos escribía nuestro amigo Segis, desde San Sebastián primero, después desde Zaragoza y Barcelona. Al llegar a Madrid me enteré de acaecimientos que surgían y pasaban sin dejar tras sí más que el comentario fugaz de las lenguas ociosas: que Martos, después de entenderse con Ruiz Zorrilla, logró catequizar al Duque de la Torre y llevarlo a las trincheras revolucionarias; que los tres celebraron una conferencia en Biarritz, de la cual, según los ojalateros de Madrid, resultaría muy pronto el triunfo de la República. Estas ilusiones y otras de rosados matices se desvanecieron en la normalidad (p.9081) perezosa de la vida política en aquellos tiempos de glacial positivismo.

La intentona revolucionaria de Navalmoral de la Mata fue otro caso de la vacuidad histórica que caracterizó aquellas décadas. El 25 de Octubre regresó el Rey Alfonso de un viaje que hizo a las provincias del Centro, y al pasar en coche por la calle Mayor, cerca ya de los Consejos, un jovenzuelo disparó contra él dos pistoletazos, sincausarle daño alguno. El agresor, detenido al instante, se llamaba Juan Oliva Moncasi, era natural de Cabra (Zaragoza) , y según dijo, estaba afiliado a la Internacional. La emoción de este suceso no duró mucho. El tal Oliva era indudablemente un fanático; pero con menos visos de locura que de tontería. Según mi leal entender, en aquella época de una insipidez mal azucarada, hasta el regicidio era tonto, desaborido y sin picante. Del desdichado Oliva se habló un poco en aquellos días, y otro poco cuando le dieron garrote en Enero del año próximo.

El mundo marchaba, dejando atrás a personalidades ilustres que habían cumplido ya su misión en la vida. En Agosto del 78 falleció la que fue Reina Gobernadora, doña María Cristina; en Diciembre perdió la democracia al famoso tribuno don Nicolás María Rivero; y a principios del año siguiente, 1879, acabó sus días Espartero, Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara, que durante un cuarto de siglo llenó con su nombre la Historia de España.

Mientras llega ocasión de traer a estas páginas las cosas de Cuba, os diré que la llamada paz del Zanjón (más bien tregua o convenio, al estilo del de Vergara) pactada entre Martínez Campos y los jefes de la insurrección, no era del gusto del Partido Peninsular Español de la Gran Antilla. Sonaron con mayor estridencia que antes las declamaciones patrióticas; Martínez Campos, viendo que el Gobierno de Madrid se mostraba esquivo para realizar lo pactado con los insurrectos, se atufó, dio de lado al Capitán General Jovellar y a los españoles incondicionales, y se vino a Madrid decidido a plantear la grave cuestión ante (p.9082) el Rey, el Gobierno y las Cortes.

Cánovas del Castillo, estimando con razón o sin ella que el horno político de España no estaba para bollos autonómicos ni otras zarandajas ofrecidas a los cubanos, mostró su repugnancia a convertir en leyes las estipulaciones del convenio del Zanjón, y para salir de aquel convenio puso en práctica la consabida artimaña del medio mutis, que había empleado con éxito en los comienzos de la Restauración.

El 27 de Febrero planteó don Antonio la crisis total, aconsejando al Rey que encargase de formar Gobierno a Martínez Campos. ¡Lástima grande que un hombre como Cánovas desestimara el alto ideal que Martínez Campos defendía; error funesto que don Antonio, por falta de valor para imponerse a los patrioteros, entregase el Poder a un hombre que si en lo militar era eminente, en lo político carecía de trastienda y travesura para luchar con las pasiones humanas! ¡Fatalidad inexorable! Cánovas, no atreviéndose a resolver el gran problema antillano, cedía los trastos de gobernar a quien, sobrado de valor para todo, no podía consumar la magna empresa por falta de aptitudes políticas. De este modo, entre un sabio que no quiere y un valiente que no puede, decretaron para un tiempo no lejano la pérdida de las Antillas.

Llevó Martínez Campos al Ministerio de la Gobernación a Paco Silvela, el más joven de los tres hermanos de este ilustre apellido, todos muy notables en la jurisprudencia, la literatura y la política. Fuera de disolver las Cortes y convocar otras nuevas, el Gabinete Campos-Silvela poco o nada hizo, a no ser que se tenga en cuenta su obra negativa. Las reformas políticas de Cuba, que se había comprometido a realizar don Arsenio, pasaron suavemente al panteón del olvido, y ni aun se trató de sacar adelante el proyecto de ley de abolición de la esclavitud que parecía lo de más urgencia.

En cambio, los Ministros pusieron toda su atención en el proyecto que daba por quebrada a la Compañía constructora de las líneas férreas del Noroeste, facultando al Gobierno para otorgar por concurso lo que restaba (p.9083) por construir. De ello resultó que adjudicaron el bonito negocio a un afortunado francés llamado Monsieur Donon, a quien, según se dijo, protegían altísimas personalidades.

Pasando de lo colectivo a lo personal, os contaré que Halconerito insistió en sus deseos de sacarme diputado, aprovechando aquellas elecciones. Yo me negué enabsoluto, y nunca me pesó este apego a la dorada obscuridad: así lo digo, porque en mi salvaje independencia llevo dentro una luz espiritual que me hace amable y placentera la vida.

A los que se hayan sorprendido de no ver en mi compañía hace algún tiempo la figura de García Fajardo, les diré que poco después de irme yo al veraneo de Esquivias mi grande amigo se reconcilió con su madre, Segismunda Rodríguez, señora de circunstancias, dotada de no comunes talentos para traer dineritos de los bolsillos ajenos al suyo propio, y para decorar su vanidad con fáciles blasones. De esta dama os hablé hace algún tiempo, y aquellas referencias las completo ahora diciendo que doña Segismunda había realizado su dorado sueño de poseer un título nobiliario, aunque fuera pontificio: desde el verano anterior titulábase Condesa de Casa Pampliega.

Satisfecho este anhelo, y viéndose ya en la madurez de la vida, sin más afecto que el de su hijo, requirió la compañía de Segis con el ansia de completar su corrección teniéndole siempre consigo. Sacó al rebelde del poder de doña Leche, y firme en la idea de apartarle de las malas compañías de Madrid, emprendió con él largos viajes que fueron a un tiempo de recreo y de vanidad. Pasaron sus temporaditas en los balnearios y playas del Norte, visitaron después Barcelona, Zaragoza y otras capitales, y llegado el invierno se fueron a Andalucía, terminando su agradable excursión con la temporada de Semana Santa y Ferias en Sevilla.

En cuanto supe el regreso de Segismundo a Madrid me fui a verle a su casa, y lo encontré más reformado de indumento que de lenguaje. La madre de García Fajardo, en el descenso de la vida, (p.9084) conservaba la siniestra hermosura de su rostro ceñudo y desapacible. En otro tiempo compararon su cabeza con la de Medusa, y aún podía sostenerse la comparación; sólo que su cabellera de serpientes había blanqueado. Al visitar por primera vez a mi amigo hablamos de sus recientes viajes, y la señora Condesa de Casa Pampliega se despachó a su gusto, contando con prolijidad enfadosa las preciosidades que había visto en el Norte y Sur de las Españas.

A la tarde siguiente volví a casa de Segismundo, y puedo aseguraros que esta segunda visita fue memorable, digna ciertamente de ser marcada con piedra blanca en mis historias. Al entrar yo se despedía una dama elegantísima, guapetona, de grandes ojos negros fulgurantes, carnosa, espléndida en hechuras, bien plantada.. Quedé absorto ante tan seductora belleza, y dije para mí: «Sin saber quién es esta mujer, sé que la he visto en alguna parte. ¿Dónde, Señor, dónde?.. No me acuerdo».

Cuando Segis volvió de despedir a la linda señora, notando mi asombro y perplejidad, me dijo: «¿Pero no la conoces? Parece que estás tonto. Es Elena Sanz.

 

Ep-46-XVIII -

-¿Elena Sanz?.. ¡Ah!.. sí.. sí -exclamé yo golpeándome la frente-, la hermosa cantante española.. Nunca la vi fuera de la escena; por eso la desconocía.

-En el teatro, querido Tito -me dijo Segis-, su belleza entra en el orden de lo monumental, y al pasar del escenario a la vida es un conjunto de gracias y seducciones que quitan el sentido. Recordarás que la aplaudimos en el Real por primera vez, interpretando el carácter de Leonor de Guzmán, favorita del Rey don Alfonso XI y madre del bastardo Trastamara y de sus hermanos, que tanta guerra dieron en estos Reinos.-Ya, ya me acuerdo -contesté-. Luego la vimos en la Azucena de El Trovador, tipo musical a que da extraordinario relieve su potente voz de contralto».

Queriendo mostrar sus conocimientos en el arte del bel canto aplicado a la ópera, doña Segismunda intervino en la conversación con estas sensatas razones: «Entiendo yo que eso de contralto es lo (p.9085) mismo que barítona, o como quien dice, el barítono de las mujeres. Recuerden lo bien que estaba Elenita, vestida de muchacho, en esa ópera tan preciosa.. no me acuerdo.. ¿Cómo se llama?

-Lucrecia Borgia -contestó Segis-. El papel de Maffeo Orsini le va que ni pintado.

¡Qué elegante mozo, qué frescura, qué gracia!.. Como dice Asmodeo en sus formas críticas, Elena Sanz rayó a gran altura en el racconto del primer acto y en el brindis del tercero.

-Pero donde está incomparable, ideal, es en Aida -afirmé yo-. ¡Qué Amneris! Diríase que es la auténtica hija del Rey de Egipto.. Cuando entra en escena parece que viene de dar un paseíto por el Nilo y de echar un vistazo a las Pirámides.

-Todas esas óperas y otras le hemos oído en Sevilla -me dijo Segismundo-. Cada vez está mejor.

-Además -añadió la Condesa de Casa Pampliega-, como vivíamos en el Hotel de París, donde ella moraba, nos hicimos muy amigas. Elenita es una mujer simpatiquísima, buena como el pan, toda pasión, generosidad, ternura».

Hijo y madre siguieron bosquejando con cariñosa benevolencia el retrato de la diva guapetona y adorable, y yo me retiré porque tenía que hacer en mi casa. Al bajar la escalera pareciome sentir leves pasos al compás de los míos; volví el rostro y nada vi. Cuando llegué a la calle, además de los pasos oí una voz tenue que deslizó en mi oreja estas dulces palabras: «Soy la Efémera a quien nuestra Madre augusta confía las comunicaciones de índole más delicada. ¿No me ves?

-Vagamente, como un espectro engendrado por la luz solar, veo tu perfil de mármol y tu ropaje azul.

-No es azul; es verde con grecas de plata, fíjate bien. Y la región espiritual que cruzamos con fugaz vuelo mis hermanas y yo es aquella inmensa esfera encendida por el fuego de amor, que crea o destruye las familias humanas.. Cuando hablabas con tu amigo y su madre estaba yo presente, pero no pudiste verme. Cuando salías te seguí para comunicarte el pensamiento de la divina Clío: ella movió la voluntad de tus amigos a fin de que te dieran a conocer a la gentil artista (p.9086) que, con su gallarda persona y sus acendrados sentimientos ha de ocupar grande espacio de la Historia.. pero entiéndase bien, en los anales del ser interno de la Nación. Demasiado sabes tú que la vida externa y superficial no merece ser perpetuada en letras de molde. Lo que aquí llaman política es corteza deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones humanas.

Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas».

Aplicando toda mi atención a las palabras de aquella fémina incorpórea, pude hacerme cargo de las excelsas órdenes que me transmitía. «Bueno -le dije-. Ya sé que la hermosa diva de los ojos de fuego trae, además de sus papeles de teatro, otro muy importante en la Historia. Dispuesto estoy a escribir lo que, tocante a esa señora, sea digno de pasar a la posteridad; pero ¿de dónde voy a sacar los pormenores y noticias de una vida que desconozco? ¿Ha de relatarme ella misma su propia biografía? Los amigos suyos que también lo sean míos, ¿podrán contarme el pasado de esa mujer seductora, algo de su presente, y revelarme los pensamientos y propósitos con que intenta elaborar su porvenir?».Ibamos por la Plaza de Santa Ana, y al atravesar el jardincillo donde años después se colocó la estatua de Calderón, la infantil y grácil Efémera brincaba, separándose por momentos de mí para pisotear el césped y volver luego a mi lado con paso de cabritilla juguetona. De pronto me cogió de la mano, y como yo le manifestase de nuevo mi perplejidad ante la falta de datos para escribir la Vida y Hechos de la bella cantatriz, obligome a sentarme en un banco y me dijo: «No te apures, Titín, que aquí tengo yo, y voy a dártelo, el remedio de tu ignorancia».

Acto seguido sacó del seno un cartuchito de papel, y de este una pluma que me entregó, acompañando la acción con las siguientes diabólicas palabras: «Tu Madre te envía la péñola que ella usó algunas veces (p.9087) para apuntar los nombres de los Reyes enamorados que por sus liviandades perdieron el trono, y los de otros que por las mismas o parecidas flaquezas lo ganaron. Todo lo que con ella se escribe es verdad, aunque otra cosa quiera el que la coge en su mano para llenar de letras un blanco papel.

¿Te vas enterando? Si te propusieras escribir con esta pluma una mentira, ella no te obedecería y pondría la verdad».

Pronunciando la última palabra, introdujo la pluma en el bolsillo interior de mi levita y desapareció de mi vista.. Apenas percibí un rumor, un viso verde rasgando el aire.

Sin detenerme a reconocer la dirección que por el alto espacio seguía la mensajerita de mi Madre, emprendí presuroso el camino de mi casa, espoleado por la inquietud y confusión que la presencia de la linda Efémera me causara, y con la esperanza de que cesarían mis dudas en cuanto pudiese probar la maravillosa virtud de la pluma que a despecho del escritor escribía siempre la verdad. Pocos minutos me bastaron para llegar a mi vivienda, y segundos tan sólo tardé en sentarme junto a mi mesa, requiriendo con ágil mano tintero y papel.

Púseme inmediatamente al trabajo, entregándome al arbitrio de la mágica péñola, la cual empezó a traducir mi pensamiento, o más bien a sugerirme el suyo en esta forma:

«Elena Sanz nació en Castellón de la Plana por los años de 1852 ó 53, y no doy más referencias de su progenie, ni puntualizo la fecha de su nacimiento, porque ello ni quita ni pone un ardite en el valor documental de esta verídica historia. Os diré tan sólo que a mediados del 63 ingresó con su hermanita Dolores en el Colegio de las Niñas de Leganés, sito, como saben hasta los más indoctos, en la calle de la Reina, a mano derecha bajando de la calle del Clavel a la de San Jorge.

»Acreditados autores dan a entender que la gentil Elenita y su hermana entraron a recibir educación en aquel benéfico instituto por los auspicios o voluntad expresa del representante del Patronato señor Marqués de Leganés, más conocido por los ilustres títulos de Duque de Sexto y (p.9088) Marqués de Alcañices. Cuestión es esa que dejo al libre criterio de los lectores, limitándome a consignar que la nueva colegiala se distinguió por su belleza, por su aplicación al estudio, y singularmente por su magnífica voz y extraordinarias aptitudes para la música y el canto. El maestro don Baltasar Sardoni, profesor del Colegio en las clases de solfa, vaticinó a Elenita un porvenir brillante y provechoso si consagraba su florida juventud y su admirable órgano vocal a la ópera italiana.

»Todo Madrid sabe que en algunas tardes y noches de Semana Santa, acude gran gentío al Colegio de Niñas de Leganés para oír cantar a las educandas motetes, misereres, y otras piezas religiosas propias de tales solemnidades. A fuer de historiador de indiscutible veracidad, aseguro que la voz angélica de Elena Sanz, sobreponiéndose a la de sus compañeras, subyugó al público, y que este llevó de la iglesia a la calle y de la calle a diferentes Círculos y salones el nombre de la precoz niña de Leganés, que anunciaba la extraordinaria mujer de teatro en un porvenir próximo. También sostengo,sin temor de ser desmentido, que el año 66, cuando salió Elena del Colegio, era una moza espléndida, admirablemente dotada por la Naturaleza en todo lo que atañe al recreo de los ojos, completando así lo que Dios le había dado para goce y encanto de los oídos. Muchas familias aristocráticas se la disputaban para gozar de su canto en reuniones y tertulias. Por fin, en alas de su incipiente nombradía, fue llamada a Palacio por la Reina Isabel, que la oyó, la celebró, ofreciéndole su protección gallardamente, como siempre lo hizo, para que pudiera llegar pronto a las cumbres más excelsas del arte.

»Por conveniencia o por capricho, averígüelo Vargas, el historiador os anuncia que para seguir su relato dará un formidable salto en el tiempo, omitiendo no pocos episodios de la vida de Elena Sanz, que si para ella entrañan indudable importancia, no han de traer ningún hilo nuevo al sutil tejido de la historia presente. No tengo por qué decir, ni ello hace al caso, cómo fue (p.9089) Elena Sanz a Italia para perfeccionarse en el arte del canto; cómo se dio a conocer en los teatros de aquellos Reinos, obteniendo ruidosos éxitos por su belleza y su arte; cómo recorrió triunfalmente varias capitales de Europa y América; y cómo, en fin, volvió a París el año 73, en la plenitud de su hermosura y de su talento musical. En uso del sagrado derecho de preterición me callo lo que importa poco a mis fines, y me apresuro a consignar que uno de los primeros cuidados de Elenita en la capital de Francia fue visitar a su protectora y amiga la Reina Isabel en el Palacio Basileusky..».

Cuando a este punto llegaba, acercóseme Casianilla muy quedito, y mirando por encima de mis hombros lo que yo escribía, me dijo: «Pero ¿qué haces, Titín? No has levantado mano del papel desde que entraste en casa. Eso que escribes, ¿es Historia o qué demonios es?

-Novela, chiquilla, novela -repliqué un tanto confuso-. Ahora me da por ahí. Pero esta invención supera en verdad a la misma Historia.

-¡Bonita cosa será! -exclamó Casiana pasando sus ojos por las cuartillas-. Ya veo que sacas una heroína y que esta se llama Elena.

-Nombre supuesto, convencional. Mi heroína es Doña Leonor de Guzmán, señora muy bella y frescachona, que cantaba como los ángeles y que tuvo amores con el Rey don Alfonso.

-¿Con este Rey de ahora, con el viudo de Mercedes?

-No, mujer, no digas desatinos. Fue con otro Rey, a quien llamaban Alfonso onceno allá en los tiempos de Maricastaña, siglo XIV.

-¿Y esa Doña Leonor era cantante?.. ¿De malagueñas, de jotas, o de..?

-De ópera, hija mía. Uno de sus mayores triunfos era La Favorita. ¡Qué arias se cantaba ella sola, qué dúos con el Rey!

-Explícame, explícame eso. ¿Dices que el Alfonso cantaba también?

-No, Casiana, no es eso. Déjame ahora. Temo que se me vaya el santo al cielo si me entretengo en hablar contigo.. Vete a tus quehaceres.. Esta noche te contaré todo el argumento».

Seguí mi trabajo con febril actividad, y la mágica pluma, que ya iba concordando sus verdades con la inspiración mía, trazó estas (p.9090) interesantes cláusulas: «Que doña Isabel II recibió a su amiga Elenita con la efusión más cariñosa, no hay para qué decirlo. La convidó a comer; llevola en su coche a los paseos por el Bois; y para que la oyeran cantar invitó en repetidas soirées a sus amigas, entre las cuales estaba la famosa soprano Ana de Lagrange, tan querida del público de Madrid. Aplaudida y celebrada pomposamente fue la Sanz en aquella linajuda sociedad. Todo esto es corriente yvulgarísimo. Lo que sigue, no sólo es interesante, sino que pertenece al orden de las cosas de indudable trascendencia en la vida de los pueblos.. No reírse, caballeros..

»Ello fue que al ir Elenita a despedirse de Su Majestad, pues tenía que partir para Viena, donde se había contratado por no sé qué número de funciones, Isabel II, con aquella bondad efusiva y un tanto candorosa que fue siempre faceta principal de su carácter, le dijo: «¡Ay, hija, qué gusto me das! ¿Conque vas a Viena? Cuánto me alegro. Pues mira, has de hacer una visita a mi hijo Alfonso, que está, como sabes, en el Colegio Teresiano. ¿Lo harás, hija mía?». La contestación de la gentil artista fácilmente se comprende: con mil amores visitaría a Su Alteza; no, no, a Su Majestad, que desde la abdicación de doña Isabel se tributaban al joven Alfonso honores de Rey.

»Como testigo de la pintoresca escena, aseguró que la presencia de Elena Sanz en el Colegio Teresiano fue para ella un éxito infinitamente superior a cuantos había logrado en el teatro. Salió la diva de la sala de visitas para retirarse en el momento en que los escolares se solazaban en el patio, por ser la hora de recreo. Vestida con suprema elegancia, la belleza meridional de la insigne española produjo en la turbamulta de muchachos una impresión de estupor: quedáronse algunos admirándola en actitud de éxtasis; otros prorrumpieron en exclamaciones de asombro, de entusiasmo. La etiqueta no podía contenerles. ¿Qué mujer era aquella? ¿De dónde había salido tal divinidad?

¡Qué ojos de fuego, qué boca rebosante de gracias, qué tez, qué cuerpo, qué (p.9091) lozanas curvas, qué ademán señoril, qué voz melodiosa!..

»En tanto, el joven Alfonso, pálido y confuso, no podía ocultar la profunda emoción que sentía frente a su hechicera compatriota.. Partió la diva.. Las bromas picantes y las felicitaciones ardorosas de los Teresianos a su regio compañero quedaron en la mente del hijo de Isabel II como sensación dulcísima que jamás había de borrarse.. Una de las primeras óperas que Elenita cantó en Viena fue La Favorita».

Escrito lo que antecede, suelto la mágica pluma y me permito obsequiar a los conspicuos lectores con este monólogo de mi propia cosecha:

«¡Bien haya, oh tierna Isabel, Majestad bondadosa y desdichada, aquel filósofo- político que añadió a tu nombre el lastimero mote de La de los tristes destinos!.. Digo esto porque en tu larga vida de Soberana pusiste siempre tu corazón blando sobre tu inteligencia, y abusaste irreflexivamente del poder afectivo y lo extendiste fuera de tu órbita personal, llevándolo a trastornar y corromper la vida del Régimen.. ¿Quién te inspiró la diabólica idea de enviar a la linda histrionisa al Colegio Teresiano, donde tu hijo educábase para Rey constitucional, grave, reflexivo, guardador de las leyes, primer ciudadano de un país ávido de acomodar su vida a la virtud y a las buenas costumbres?

¿No pensaste que Alfonso se hallaba en la edad crítica de la formación del carácter, expuesto a llevar a la existencia del hombre los arrebatos de la edad juvenil? Sin darte cuenta de ello, ¡oh Reina!, movida de tu ardorosa ternura, cumpliste tu sino, en el cual hemos de ver siempre una modalidad incendiaria. Con la tea del buen querer pegaste fuego al templo del Estado».

Esto pensé, y por lo que valiera aquí lo digo, entre dos parrafadas de la divina péñola forjada por los geniecillos que a su servicio tiene la Verdad.

 

Ep-46-XIX -

Puestos los puntos de la pluma sobre el papel, rápidamente fue tomando estado caligráfico la vida de Elena Sanz. De las notas que aparté, creyéndolas de escaso valorpara mi objeto, se me antoja sacar alguna en (p.9092) estas páginas para que los lectores se hagan cargo de la grandeza de alma de mi heroína. «Hallándose de paso en París durante la tremenda explosión revolucionaria de la Commune, apareció en los sitios de mayor peligro recogiendo y curando a los heridos, y cuando las tropas de Thiers acometieron y destrozaron a los valientes comunistas, la intrepidez de la diva tocó los linderos de lo sublime. Más tarde le concedió la villa de París distinciones y diplomas por su ejemplar conducta, y de permitirlo la ley se la hubiera condecorado con la Legión de honor.

Añadiré a esto que en todo tiempo distinguió a Elena Sanz una generosidad inaudita; no se presentaba a sus ojos ningún infortunio que no fuese al momento espléndidamente socorrido; el pueblo la titulaba, con sobrada razón, la madre de los pobres.

»De un brinco me planto en el año 79 para deciros..». Al llegar este punto advertí que no necesitaba de la milagrosa pluma para continuar historiando, pues los hechos que ahora relataré fueron apreciados fácilmente por mi propio conocimiento, o por fidedignas referencias de los amigos. Guardé en lugar seguro el cálamo de la verdad, y con el mío, vulgarísimo y comprado en la tienda, seguí pergeñando los anales de la vida hispana, sin distinguir lo interno de lo externo.

Según los verídicos informes de Segis y de su madre, en Sevilla dejaron de ser platónicas las relaciones de Alfonso XI con Doña Leonor de Guzmán. Durante algún tiempo permaneció esquiva la hechicera cantatriz, encendiendo más con sus desdenes la exaltada pasión del Monarca. Pero al fin, de tal modo extremó Alfonso sus delicadas artes de seducción, artes realmente soberanas, que la pobre Elenita, quebrantada en su tesón de mujer y de artista, cayó del lado de la libertad.

Declaro que al saber esto tuve lástima de la hermosa y popular artista. A mi modo de ver, fue gran necedad preferir el título de favorita del Rey al de favorita del público.

Pronto habría de serle imprescindible el abandono de su brillante carrera teatral. Ved aquí el triste balance: (p.9093) pérdida de doscientos o trescientos mil francos anuales con que le pagaba el público sus gorgoritos; ganancia de una obvención de amor relativamente miserable. A este desnivel lastimoso habría de añadir la obscuridad, la social anulación a que fatalmente la condenaba el implacable principio de la Razón de Estado.

¡Oh, la Razón de Estado! Esta pícara norma del vivir de los Reyes, no siempre compatible con los sentimientos humanos, vino a truncar la dicha de la bella del Rey 3. Cánovas, y todos los hombres importantes que con él dirigían la política de la Restauración, creyeron indispensable para la felicidad de España que Alfonso XII contrajera segundas nupcias, y que estas fuesen con Princesa católica de la más alta estirpe reinante. Busca buscando, encontraron en la familia de Hapsburgo 4 una joven Archiduquesa de la empingorotada parentela del Emperador de Austria Francisco José. Nuestros palaciegos se hacían lenguas de la distinción, talento y virtudes de la que habían elegido para compartir con Alfonso el solio de España.

Entabladas las negociaciones, pronto se llegó a un felicísimo acuerdo. Decidiose celebrar las acostumbradas vistas que preceden a los desposorios regios, y este trámite tuvo efecto en Arcachón, a donde acudió la novia con su madre la Archiduquesa Isabel, y don Alfonso con el séquito correspondiente a su alta jerarquía. Resultaron las vistas conforme a lo previsto en el Protocolo, es decir, que fuéronse gratos el uno al otro. ¡Ya teníamos Reina!

Un detalle que no debe preterirse es que el Rey fue a la entrevista de Arcachón con el brazo derecho en cabestrillo. En la temporada estival de La Granja sufrió Alfonso aquel año un accidente de caza, que le estropeó la mano, imposibilitándole para escribir durante muchos días. Por cierto que Su Majestad, hombre poco sufrido y algo voluntarioso, no quería someterse al sistema de quietud y recogimiento que leimpusieran los médicos para curarle. Ninguna de las personas que le rodeaban conseguía que el Rey refrenase su impaciencia por lanzarse a (p.9094) la vida ordinaria.

Sólo el criado de confianza de Alfonso, llamado Prudencio Menéndez, discreto mediador en las relaciones del Monarca con Doña Leonor de Guzmán, logró someter a su Señor a las prescripciones facultativas, gracias a este arbitrio de mágico efecto.

Escribió a La Favorita una sentida carta. Entre otras cosas, le decía: «Cumpliendo mi primer deber os comunico, doña Elena, la verdad sobre la importancia que tiene el accidente sufrido por el Señor, para vuestra tranquilidad y para que no creáis tantas mentiras como os contarán. Le ruego, señora mía, que cuando le escriba le encargue por Dios no haga ningún esfuerzo hasta que la cura esté echa, pues de hacer ensayos podría quedar mal, digáselo usted por Dios, que a usted le hará caso». Para mayor exactitud no he querido alterar la ortografía arbitraria del documento.

Pertenece esta incidencia al ser interno de España. Ved de qué manera tan chusca el cabestrillo de Alfonso entrelaza la protocolaria etiqueta del ser externo, en las vistas de Arcachón, con el influjo decisivo de Elena Sanz. Después de lo que relatado queda, el Duque de Bailén partió para Viena al frente de una lucida Embajada, con objeto de pedir al emperador Francisco José la mano de la Archiduquesa María Cristina.

Mientras tanto, se preparaban en Madrid los imprescindibles y tan acreditados festejos reales, con iluminaciones, fuegos de artificio, corridas de toros con caballeros en plaza y demás requilorios que los esponsales de la Majestad requieren.

Enorme angustia produjo a toda España la inundación de Murcia, en la noche del 14 al 15 de Octubre de 1879. Desde que reventó el pantano de Lorca en el siglo XVIII, no se había visto en aquella comarca catástrofe tan terrible. Innumerables familias perecieron arrastradas por las aguas. Fue una especie de parodia del Diluvio Universal, sin arca de Noé, pero con aluvión de suscripciones, rifas, espectáculos, y sinfín de arbitrios que se idearon en toda Europa y en América, para socorrer a los infelices huertanos supervivientes de aquel (p.9095) espantoso cataclismo. Aún duraban las tómbolas y las cuestaciones cuando la Razón de Estado, y su inseparable compañera la Iglesia, unieron con lazos indisolubles al Rey don Alfonso de Borbón y a la archiduquesa doña María Cristina de Hapsburgo-Lorena.

Suprimo la cansada letanía de los festejos: el coruscante cortejo nupcial, las áureas carrozas, los pintorescos palafrenes, el derroche de percalinas, arcos de embadurnadas lonas, farolillos pitañosos y demás garambainas para recreo de transeúntes aburridos. Apenas efectuadas las nupcias mayestáticas 5, Martínez Campos y Silvela, que no habían hecho cosa de fundamento en la esfera gubernamental, se retiraron por el foro, volviendo Cánovas a ocupar el Poder con su inseparable acólito Romero Robledo. Reanudadas las tareas parlamentarias, empeñáronse vivas discusiones políticas por si fuiste o no fuiste, y por si hicimos o dejamos de hacer. En una de aquellas sesiones ocurrió el famoso incidente llamado el sombrerazo. Hallábase no sé qué diputado contendiendo con don Antonio Cánovas, cuando este, dejándose arrebatar de su altanería, agarro el sombrero, y con mirada despectiva y ademán impropio de aquel lugar que algunos llamaban augusto, salió del Salón seguido de los demás Ministros, dejando al orador con la palabra en la boca. Gran escándalo, desenfreno de vocablos no muy parlamentarios, y retirada de todas las minorías.

Quedaron los ánimos un tanto agriados.. La muerte no quiso que terminara el año sin arrebatarnos algunas personalidades ilustres. El 29 de Diciembre murió el General Zabala, una de las glorias más puras de nuestro Ejército, y el 30, Adelardo López de Ayala, Presidente del Congreso y figura culminante en el Parnaso español. Más le lloró la Patria como poeta que como político. El mismo día 30 quiso hacer de las suyas el fanatismo sectario: al entrar en coche por la Puerta del Príncipe del Palacio RealAlfonso XII con su esposa María Cristina, les disparó dos tiros un vesánico, Francisco Otero González, natural de (p.9096) Santiago de Nantín, aldea de la provincia de Lugo. Las alevosas balas no tocaron a los Reyes. El criminal fue detenido en el acto.

Revelose como un inconsciente, incurso cual su precursor Oliva en el pecado de estupidez. Repito que los regicidas de aquellos tiempos, en que hasta la exaltación política era rutinaria y pedestre, más bien parecían engendros del Limbo que del Infierno.

En los comienzos del año 1880, hízose más patente la invasión del positivismo en las almas de los afortunados políticos que entonces estaban en candelero. El sabio consejo de un estadista francés que dijo a sus contemporáneos enriqueceos, que ningún hombre público agobiado por la pobreza puede hacer la felicidad de su Patria, fue tomado al pie de la letra por los que aquí pastoreaban el rebaño nacional. El bendito Monsieur Donon, a quien se adjudicó en concurso la terminación de las líneas férreas del Noroeste, dio pruebas de ser hombre sagaz, y al propio tiempo muy agradecido. Al constituir su Consejo de Administración repartió las plazas de Consejeros, dotadas espléndidamente, entre lo más granado de la Situación conservadora, dando también su poquito de turrón a los liberales, y mucho más a la gente palatina.

Recuerdo ya las caras risueñas y complacidas que tenían en aquel tiempo todos los agraciados con los premios gordos de la lotería Dononiana. Recuerdo también que un conspicuo gacetillero hizo un chiste que ha quedado de repertorio. Disputaban varios - - amigos en el Salón de Conferencias del Congreso para determinar cuáles eran los segundos apellidos de las dos ramas borbónicas. Alguien dijo que todos llamábanse Borbón y Este, y nuestro gacetillero contestó en el acto que el Rey de España se llamaba don Alfonso de Borbón y del Noroeste.

Platicando yo un día de tales cosas con mi amigo Segis, recordamos el caso de doña Baldomera. La sagaz arbitrista, cuya fuga relaté a su tiempo, había vivido tranquila en Ginebra, comiendo el fruto de sus ardides financieros. Libre, feliz e independiente permaneció en Suiza (p.9097) amparada por las leyes de aquel país, donde no había extradición. Alguien le hizo creer que en España ya no se acordaban de ella, y que podía recorrer a su antojo toda Europa si así le venía en gana. Alucinada por esta idea marchó a París. En mal hora lo hizo. Cuentan que por denuncia de su hermana Adela, la dama de las patillas, fue doña Baldomera Larra detenida y puesta a buen recaudo. Tramitada la extradición, trajeron a la pobre señora a Madrid entre gendarmes y guardias civiles.

Díjome Segismundo que solía visitar a la cautiva en la Cárcel de Mujeres, por agradecimiento a las bondades que tuvo con él en los días felices del Banco Popular. Últimamente habíala encontrado sosegada, risueña, expresándose con el donaire y afabilidad que usar solía tiempos atrás en su conversación. Creyó entender Segismundo por el tono y actitud de la sutil financiera, que esta, repartiendo con arte y discreción los dineritos que aún poseía, esperaba ser absuelta libremente. «Pues nada más justo -dije yo-. ¿Qué razón hay para condenar a esa señora? La cárcel debe ser para todos o para ninguno. Sí; que la absuelvan, y en cuanto esté libre que restablezca su Banco, y otra vez se le llenará la casa de dinero».

Los progresos del positivismo en nuestra sociedad conocíanse, no sólo en las caras sonrosaditas y alegres de los que se procuraban enormes sueldos para dulcificar la vida, sino en las incorporaciones de diversos grupos al Partido Constitucional, de que resultó el inmenso conglomerado llamado Fusionismo. Antes de esto, Martínez Campos, procediendo con gallardo desinterés y harto de las arrogancias de don Antonio Cánovas del Castillo, se agregó a la hueste sagastina.Tales movimientos del ánimo pertenecen al ser interno de la Nación, preferente objeto de mis investigaciones en la tarea histórica. Cultivando gozoso el huerto de la vida intrínseca seguiré el cuento de Elenita, que en este año de 1880 me ofrece particularidades de incitante interés. Ya sabía yo que la simpática y bondadosísima doña Isabel II no veía (p.9098) con malos ojos los deslices de su hijo Alfonso con Elena Sanz, y que no había retirado a esta el cariño que le profesaba desde que fue lucida colegiala en las Niñas de Leganés. Nacido el primer hijo de aquel idilio morganático, doña Isabel hizo manifestaciones muy sinceras y expresivas, aunque reservadas, en favor de Elena Sanz. A este primer vástago le pusieron el nombre de Alfonso.

Robustecí mi conocimiento de tales cosas requiriendo la maravillosa péñola, que un día me escribió este trozo de palpitante verdad: «La Reina Madre Isabel II comisionó a un venerable sacerdote que había sido su confesor, don Bonifacio Marín, para que visitase a don Alfonso XII, interesándole por la que ella llamaba su nuera ante Dios. El dichoso cura expresó a Elena Sanz sus impresiones de la visita en una carta fechada en 4 de Abril, de la que transcribo este sustancioso parrafito: 'He sido recibido y oído con gratitud y amabilidad inexplicables, cuyo júbilo particular le comunico por orden expresa, a la par que con toda mi espontaneidad'».

La pluma me ha suministrado referencias de otra carta del criado y confidente del Rey, Prudencio Menéndez, en la que este, después de notificar a Elenita que el Señor se proponía escribirle con extensión, terminaba así, haciendo referencia al bastardo Alfonso: «Celebro mucho que esté tan bueno el Señorito, y que la distraiga a usted, que bien lo necesita..». La péñola me dio asimismo noticia de otra epístola del Marqués de Alta Villa, fechada en el Palais de Castille de París, en la que se lee un membrete que dice: Grand Maître de la Real Casa de doña Isabel II. En esta epístola, el Grand Maître pide a Elena Sanz que recomiende con eficacia al Rey una porción de cosas de mucho interés para él, para el señor Marqués, naturalmente. Luego hace referencia a una cestilla de dulces que Elenita le envió para doña Isabel, y concluye con estas cariñosas admoniciones: «Adiós, Elena. Tengan ustedes juicio. Acuérdese usted y tenga él presente que puede usted perder su voz y su carrera.. y esto tiene consecuencias (p.9099) bien desagradables».

La Razón de Estado, sorda y ciega ante los casos idílicos tocantes al augusto fuero de la pasión humana, continuaba elaborando tranquilamente la vida externa de España, ora con hechos de carácter político, ora con otros de un orden familiar. Entre estos debo señalar el parte que publicó en la Gaceta la Facultad de Medicina de la Real Cámara, notificando al país con tonos jubilosos que Su Majestad la Reina doña María Cristina se hallaba en estado interesante.

 

Ep-46-XX -

En los mismos días en que la pregonera del vivir oficial comunicaba al pueblo español albricias y congratulaciones, por la probable felicidad de que nuestros Reyes tuvieran pronta y quizá masculina sucesión, empezó a correr por Madrid rumor muy denso de los amores de Alfonso con doña Leonor de Guzmán, y hasta llegó a decirse que había nacido el primer bastardo, el primer Trastamara. ¡Bonito porvenir te esperaba, oh Nación española!

Revolviendo en mi mente tan inauditos casos, y pensando en las complejidades que podían ocasionar en tiempos próximos o lejanos, despertose en mí cierta conmiseración simpática por la Reina doña María Cristina. ¿Tendría conocimiento la augusta señora delos hechos que delataba el obstinado mosconeo popular? Sospechaba yo que sí. La sospecha se trocó en certidumbre un día que me encontré con mi antiguo amigo Quintín González, esposo de la sensible planchadora Nieves, con la que yo tuve algo que ver en los tiempos para mí venturosos de don Amadeo I. Quintín ya no era portero de Palacio, sino ujier de antecámara, cargo cuyas funciones le aproximaban a las reales personas.

Díjome que la Señora lo sabía. Pero que se encastillaba dentro de su dignidad como Reina de cuerpo entero, no dejando traslucir agravios de cierta índole, que rebajan más al que los manifiesta que a quien los infiere.

Deseaba yo ver de cerca a la Reina María Cristina. Una tarde, mi buena suerte me deparó la ocasión de satisfacer esta curiosidad en el Real Sitio de Aranjuez. Fuimos (p.9100) Casiana y yo a pasar el día en aquellos amenos lugares, y un amigo residente en el pueblo nos proporcionó papeletas, con las cuales podíamos ver los jardines y la casita de abajo, no el Palacio, por estar allí los Reyes. Paseamos tranquilamente por la Isla, y el señor que nos acompañaba nos dijo que no veríamos a Sus Majestades, pues desde por la mañana hallábanse en La Flamenca, con los Duques de Fernán Núñez y unos Príncipes austriacos.

Admirábamos Casianilla y yo los gigantescos álamos que parecían tocar las nubes, las copiosas y murmurantes aguas que por una y otra parte embelesaban la vista, cuando divisamos a los Reyes con lucido acompañamiento, que en dirección contraria a la nuestra venían. Al llegar las regias personas cerca de nosotros, nos detuvimos para dejarles paso y saludar con todas las ceremonias que nuestra buena educación, a falta de monarquismo, nos exigía.

La Reina pasó muy cerca de mí, y en su elegante persona se saciaron mis ojos. Agradome en extremo su porte señoril y su aire de dignidad y nobleza. A nuestro saludo contestó la Soberana con una reverencia graciosa y afable. Casianilla, con la boca abierta y los ojos espantados, veía alejarse a María Cristina, admirando tanto su persona como su ropaje. Luego me dijo: «Bien se le conoce el nacimiento, la estirpe que es, como tú dices, la más encumbrada del mundo».

De regreso del paseo di a mi compañera una compendiosa lección histórica de la Casa de Austria. Rebañando en mis vagos recuerdos hablé del Rey de Romanos, del entronque de la Casa de Borgoña con la de Castilla, de doña Juana la Loca, del Emperador Carlos V, de su hermano don Fernando, heredero de la Corona imperial, y luego de toda la serie de Hapsburgos y Hapsburgos-Lorenas hasta la familia reinante a la sazón en Austria.

Aquel verano nos arrastró a San Sebastián y a sus baños de ola la Condesa de Casa Pampliega. No me pesó ir con Segis y su madre, porque así nos dimos el pisto de veranear en el sitio de moda y de refrescar nuestra sangre con las aguas (p.9101) cantábricas. Fueron muy de mi gusto la frescura del ambiente, la belleza del país, la cultura de la ciudad, la buena educación de sus habitantes. En cambio, no me hizo maldita gracia la sociedad que allí se congregaba, que era la misma gente frívola de Madrid, con sus cargantes etiqueteos, sus rutinas y su cursilería.

Al volver a la Villa y Corte me encontré sorprendido por el fausto suceso del alumbramiento de la Reina María Cristina, en 11 de Septiembre. El parto fue muy feliz, según los luminosos dictámenes de la Facultad de Medicina de la Real Cámara y los concienzudos informes de la Prensa. Mas como vino al mundo una niña, quedaron chasqueados y cariacontecidos los que esperaban anhelantes sucesión masculina para la Corona de España. Apenas nacida la tierna criatura, descendiente de tantos Reyes y Emperadores, su dorada cuna se meció en un campo de Agramante, por el recio altercado que sostuvieron políticos y palatinos sobre si correspondía o no a la nueva Infanta el título de Princesa de Asturias. Contra el sentir general, Cánovas sostuvola negativa, robusteciéndola con los grandes elementos de su vasta erudición. El heráldico litigio encendió los ánimos de toda la gente ociosa y formulista, y nunca hubiera terminado a no cortar la cuestión Alfonso XII con fallo inapelable.

Mayores disturbios y disputas más agrias produjeron las ridículas cuestiones de etiqueta suscitadas en las solemnidades de la presentación y bautizo de la Infanta, a quien dieron el nombre de María de las Mercedes. Los Cardenales Moreno, Primado de las Españas, y Benavides, Patriarca de las Indias, se tiraron las mitras a la cabeza -valga la figura- por si correspondía al uno o al otro el honor de administrar el Sacramento.

Ambos Prelados y sus parciales se lanzaron a enfadosas polémicas en lo restante del año 80, sosteniendo cada cual sus pretendidos derechos.

Contienda tan ridícula no había yo visto en mi vida. Me divirtió de lo lindo. Pero aún me regocijó más el enojo de los Capitanes Generales (p.9102) porque, habiendo tomado asiento en no sé qué banco preferente de la Real Capilla, un palatino obligoles a cambiar de sitio diciendo que aquel era el puesto de los mitrados. ¡Jesús, la que se armó! Los Príncipes de la Milicia, así como los de la Iglesia, que en este pobre Estado español no tenían nada que hacer, pues sus funciones eran puramente decorativas y pintureras, mantuviéronse alborotados y de puntas hasta el año siguiente, sin que les aplacaran las gracias y mercedes que el Gobierno derramó sobre ellos a manos llenas.

¡Delicioso país este rincón occidental de Europa! Da grima leer la Prensa en aquellos meses. Todos los periódicos llenaron columnas y columnas con los piques de este General y de aquel Obispo, con las conferencias y cabildeos entre los agraviados y el Jefe Superior de Palacio o el Presidente del Consejo de Ministros, para domesticar a las fieras de la vanidad. Por si fuera poco esto, los Consejeros de Estado elevaron una imponente protesta a Su Majestad el Rey por habérseles dado un puesto poco decoroso en le Real Capilla, y, si no estoy equivocado, también los claros varones de la Sociedad Económica de Amigos del País solicitaron mayores preeminencias en los actos de fanfarronería oficial. Yo dije a Casiana: «Un país sin ideales, que no siente el estímulo de las grandes cuestiones tocantes al bienestar y a la gloria de la Nación, es un país muerto. La Prensa, consagrada a glosar y a comentar los incidentes de estas chabacanas querellas, exhala de sus columnas un olor cadavérico. Prensa, Gobierno, Partidos, altos y bajos Poderes, todo ello anuncia su irremediable descomposición».

Para mayor ignominia, las mercedes concedidas por el Rey en celebración del natalicio de la Infantita, ofrecen nuevo ejemplo de la degradante frivolidad a que habían llegado las clases superiores del Estado. El reparto de dos Toisones, de no sé cuántos collares de Carlos III, de grandes cruces, encomiendas, bandas de María Luisa, Grandezas de España y títulos de Castilla, dio margen a una rebatiña vergonzosa. Tal espectáculo era (p.9103) el signo más característico de unos tiempos en que las turbas que se llamaban directoras no tenían otros móviles que el egoísmo, la farsa y el delirio de las distinciones farandulescas.

Con la feria de fatuidades coincidió aquel año la era de las expansiones gastronómicas. Todos los españoles grandes o mediocres que tenían algo que manifestar a sus amigos o al pueblo, derramaban su elocuencia sobre los blancos manteles, ante unos comistrajes indigestos y mal servidos. Balaguer en Valencia, Barcelona y Lérida, Vega de Armijo en Córdoba, Romero Robledo en Sevilla, Castelar en Alcira, y Carvajal en Málaga, lanzaron sus trenos patéticos o jocosos tras el solemne momento de descorchar el champagne. Luego gemían las prensas reproduciendo en largas columnas toda esta caudalosa palabrería que, con excepción del verbo soberano de Castelar, era como remolinos de hojarasca que se lleva el viento.

Mis relaciones con Segis y con su madre se estrecharon más en aquel Otoño. La Condesa de Casa Pampliega, a pesar de su finchación nobiliaria, no repudiaba el tratocon mi pobre Casianilla. Cierto que no la presentó en sus salones heteróclitos, a donde - - concurrían familias de nobles tronados y de tenderos enriquecidos. Pero cuando yo iba con mi compañera por las tardes a la mansión condal, recibía su visita la señora con mucho agrado, gustosa de la llaneza, buen apaño y suave condición de la señorita de Conejo. Indudablemente, doña Segismunda, mujer desprovista de toda cultura, simpatizaba con Casiana al verla tan instruidita y al oírla expresarse con un claro sentido, que para ella era el colmo de la sapiencia. Excuso decir que la improvisada Condesa se había hecho conservadora furibunda, y que sentía por don Antonio Cánovas un entusiasmo delirante.

«¡Qué hombre, qué talento, qué elocuencia! -solía exclamar-. ¿Y dicen que es bizco? No, señor. ¡Qué bizco ni qué niño muerto! Es un caballero que ve largo y mira muy por derecho».

Desde que volvió de San Sebastián, la Condesa de Casa Pampliega (p.9104) frecuentaba el santuario y colegio de las Hermanas del Corazón de Jesús, en le calle del Caballero de Gracia. A esto la movía, más que su propio misticismo, el afán de codearse con damas de la más alcurniada sociedad de Madrid. Por hacer el papelón apencaba con los enfadosos ejercicios espirituales, y asiduamente se dejaba ver en las diarias solemnidades de Novenas, Triduos, Cuarenta Horas, etcétera. En este trajín hizo amistades con varias señoras beatas y con algunos de los jesuitas predicadores, que constantemente estaban metidos en aquella santa casa. Por cierto que, según oí, un Padre de los más sagaces puso los puntos a doña Segismunda para sacarle dinero; pero a tanto no llegaba la piedad fashionable de la flamante Condesa. La discreta y astuta dama paró el golpe.. Mas ya se lo dirían de misas cuando se hallase in articulo mortis..

Entonces sí que no se escapaba.. ¡Pobre Segis! Como se descuidara le dejarían en cueros vivos.

A propósito de Segis diré que su indómita rebeldía se iba modificando por las flexibilidades de aquella época positivista. Evolucionó con suavidad hacia el arte o ciencia del buen vivir, y acabó por entregarse a un filosofismo atrozmente cínico. Dejábase llevar por la Condesa a las beaterías del Caballero de Gracia, y de otras iglesias de moda, afectando cierta contrición y propósito de enmienda que a muchos engañaba, y a mí, que tan bien le conocía, causábame el efecto más cómico que puede imaginarse. El principal objeto de esta farsa era vigilar constantemente a su madre, para estar al quite de los ataques con que los sagaces caballeros de la faja negra amenazaban al saneado caudal de Casa Pampliega.

En las francas expansiones que conmigo tenía Segismundo, se quitaba la máscara hipócrita para revelarme con esta leal llaneza los móviles de su conducta: «Ni tú ni yo, querido Tito, podemos esperar nada del estado social y político que nos ha traído la dichosa Restauración. Los dos partidos, que se han concordado para turnar pacíficamente en el Poder, son dos manadas de hombres que no (p.9105) aspiran más que a pastar en el Presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejoraran en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos.. Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria. ¿Crees tú, Titillo, en la revolución?

-Yo no -contesté resueltamente-. No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos, esos que ya chiflaban en los años anteriores al 68. La España queaspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, lustros tal vez, quizá medio siglo largo, antes que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.

-De acuerdo, querido -dijo Segis-. Por eso yo he cambiado mi rebeldía por un epicureísmo que me asegure el regalo y el reposo del presente y el porvenir. Quiero vivir bien y sin fatigas; quiero asegurar la posesión venidera del caudal que afanó mi madre.. como Dios le dio a entender; quiero construirme, en fin, un bello refugio contra la miseria. ¿Qué me importa doblegar la frente ante un curángano vestido de ropones negros o colorados, ni prestarme a prácticas de puro formulismo y exterioridad, si esto que yo llamo etiqueta litúrgica, no exenta de belleza en algunos casos, jamás penetra en mi libre espíritu? Al principio me violenté no poco para lograr acomodarme a las beaterías de mi señora madre. Pero luego fui entrando por grados, insensiblemente.. Todo se reduce a una farándula más entre las múltiples que regulan la conducta social del (p.9106) hombre civilizado, como por ejemplo, la buena educación, el respeto a las personas que ostentan alguna dignidad aunque sean unos gaznápiros, el someterse a las modas del comer, del beber, del vestir y del calzar, y otras tonterías que hacemos de continuo, sin parar mientes en nuestra imbecilidad».

No iba descaminado el amigo García Fajardo en su apreciación de las cosas de España; pero las ideas que expresó para justificar su proceder, me parecieron más ingeniosas que razonables. Pocos días después de lo que acabo de contaros, supe que la infatuada 6Condesa de Casa Pampliega había concebido el plan de casar a su hijo con una señorita honesta y de buen ver, hija única de opulento matrimonio, muy notado por su catolicismo a macha martillo y por sus conexiones con toda la gente de la Iglesia. Nació este proyecto de las amistades que doña Segismunda contrajo en el Sagrado Corazón con damas ilustres y con algunos Reverendos de la Compañía.

La candidata a la mano de Segis llamábase Ritita, y en sus padres se habían reunido los linajes de Erro, Sureda, Socobio y Landázuri, todos ellos, como sabéis, rabiosamente absolutistas. Parentesco tenía también Rita con los Emparanes, Trapinedos y Pipaones, y llamábase sobrina de los Marqueses de Beramendi y de la Marquesa de Villares de Tajo. Andando días me aseguraron que la boda de Segis era un hecho. Directamente acudí a mi amigo para que me sacase de dudas diciéndome la verdad, y con gran estupor mío habló de esta manera:

«No es todavía un hecho, querido Tito; pero podrá serlo pronto, muy pronto. He consagrado largas cavilaciones a madurar el asunto, y al fin, tanto se ha obstinado mi madre y tales razones me han expuesto mi tío Beramendi y mi tía María Ignacia, que he acordado rendirme a discreción. La muchacha es buena, muy rezadora y amiga de comerse los santos. En su vida leyó más libro que El Año Cristiano. Pero a mí ¿qué me importa? Parece que le he caído en gracia, y que me quiere un poquitín».

Contagiado del fantástico catolicismo de Segis, me (p.9107) persigné, diciéndome con picante ironía: «¡Alabado sea Dios! Ya veo bien clara la lenta pero continua evolución de nuestra bendita sociedad hacia las ollas del ultramontanismo».

 

Ep-46-XXI -

Tratábamos una mañana Segis y yo de esta interesante y hasta cierto punto divertida mudanza, cuando se llegó a nosotros la Condesa de Casa Pampliega cargada con un rimero de polvorientos librotes, que puso sobre un velador, diciendo: «Mi marido, queen gloria esté, heredó de su hermano Ramón la mar de libros viejos que yo he conservado largo tiempo en la bohardilla, entre los montones de trastos inservibles. Ayer mandé a Micaela que los bajase para dárselos al trapero con unos miriñaques míos, y los bragueros y otras prendas de mi difunto. Pero cuando la chica y yo quitábamos la mugre a los librachos, pensé que estos mamotretos son muy del gusto de don Antonio Cánovas, el cual tiene en su casa gran acopio de ellos y los cuida como a las niñas de sus ojos. Se me ha ocurrido que debo, no vendérselos, sino regalárselos, pues seguramente estimará mucho el obsequio. Si te parece bien, Segismundo, llévaselos tú mismo y ofréceselos en mi nombre, poniendo en cada uno tarjetas de las nuevas que ayer me trajiste con mi nombre, título y corona condal».

A esto dijo García Fajardo con agria displicencia, que aunque él se dejaba llevar del - curso evolutivo de las aguas sociales, no tenía maldita gana de presentarse a don Antonio, ni a ningún otro fantasmón de la ganadería conservadora. En tanto, yo levantaba las tapas de pergamino para ver los títulos de aquellos vetustos infolios, y leí los rótulos que siguen: Diversas fazañas y Tractado de los rieptos y desafíos, por Mosén Diego de Varela, cronista de la Reina Católica.-Memorial en detestación de los grandes abusos en los trajes y adornos nuevamente introducidos en España, por Alfonso Carraza (Madrid 1640) .-Clavellinas de recreación, por Ambrosio de Salazar (Ruan 1614) .- Geometría y trazas pertenecientes al oficio de sastre, por Martín de Andújar (Madrid (p.9108) 1640) .-Diálogo de la verdadera honra militar, por don Hierónimo de Urrea (Venecia 1566) , y otros rarísimos títulos, entre los cuales distinguí el de la obra del Reverendo Padre Hernando de Talavera, primer Arzobispo de Granada, Tractados de la mesa, del vestir e calçar e de la mormuración.

Examinados los libros, dije a doña Segismunda que no tenía yo inconveniente en ofrecer a don Antonio las obras con que la señora Condesa le obsequiaba. Dos veces había visitado yo a Cánovas y sin duda me acogería con agrado, pues, a pesar de su fama de mal genio, era hombre cortés y de cortesana educación. Conformes hijo y madre en darme credenciales de embajador de los Casa Pampliega cerca del Presidente del Consejo, me personé en el número 2 de la calle de Fuencarral el segundo domingo de Adviento, 5 de Diciembre, porque me constaba que las mañanas de los días festivos pasábalas el gran don Antonio en el recreo de su magnífica biblioteca.

Recibiome con gran displicencia el famoso criado Ramón, dándome a entender que era notoria osadía intentar acercarse al Presidente sin traer etiqueta o marchamo de personaje muy calificado de la Situación. Con risita guasona levanté el papel que era envoltura de los librotes, para que Ramón viese el título con que yo pretendía ser llevado a la presencia del grande hombre. En cuanto el fámulo vio los arrugados pergaminos, desarrugó el entrecejo y me dijo:

«¿Viene usted a vender al señor sus libros?

-No, no. Vengo a regalárselos de parte de la Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega. Son obras muy raras, y pienso que algunos de estos incunables no figuran en la biblioteca del Presidente».

Suplicándome que esperase un momento se internó Ramón en la casa, para anunciar a su amo la visita de un bibliófilo. Instantes después me encontraba en la presencia del insigne político y erudito historiógrafo. Había yo entrado con cierto temor en la morada del estadista, pensando que mis anteriores visitas al monstruo fueron fantásticas, obra de mi desbordada (p.9109) imaginación o artífice dispuesto por las Efémeras obedientes a misteriosos dictados de mi divina Madre. Contra lo que yo esperaba, don Antonio me reconoció al instante, y con llaneza y afecto me dijo:

«Hola, señor Liviano.. Mucho gusto en verle.. ¡Ah! ¿libritos viejos? ¿También padece usted mi chifladura? Veamos, veamos qué es eso».

Con ágil mano alzó Cánovas las tapas de los volúmenes para examinarlos, y al llegar al de Fray Hernando de Talavera, exclamó lleno de júbilo: «¡Ay.. esto no lo tengo, no lo tengo! Conocía la obra por citas que de ella hacen otros autores.. Tractados de la mesa, del vestir e calçar e de la mormuración. Es un libro interesantísimo. ¡Cuánto se lo agradezco!.. Los demás que me trae usted creo que los tengo todos, menos este: Carro de las dona, por Fray Francisco Ximénez, Obispo (Valladolid 1542) .. ¡Ah! Tampoco poseía este otro: De las cosas que traen de las Indias que sirven al uso de la Medicina, por Monardes (Sevilla 1569) .. En cambio poseo una edición lindísima del Libro del arte de las comadres, por Damián Carbón, y dos ejemplares, uno de Venecia y otro de Amberes, del Diálogo de la verdadera honra militar, de Hierónimo de Urrea..

Difícilmente podrá usted traerme una obra de arte militar que yo no tenga.. Deme usted ahora las señas de la señora Condesa de Casa Pampliega, que quiero ofrecerle personalmente mis respetos y darle las gracias por su valioso regalo».

Pensaba yo en el loco entusiasmo de la vanidosa doña Segismunda al saber que sería visitada por el Presidente del Consejo, cuando este, reteniéndome con bizarra cortesía, se dignó mostrarme los primores de su rica biblioteca. Vi preciosos incunables, manuscritos de inmenso valor, y los cuadernos de las Cortes de Castilla, Aragón, Valencia y Navarra, con las pragmáticas y cédulas reales emanadas de sus acuerdos.

Convencido regalista, Cánovas puso ante mis ojos un verdadero tesoro diplomático y bibliográfico de las cuestiones habidas entre España y Roma desde los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II, (p.9110) hasta Felipe V y Carlos III.

A propósito de esto, entablamos una conversación, iniciada por él gallardamente. Sentados junto a la gran mesa central del salón de la biblioteca, don Antonio me honró más de lo que yo merecía, oyendo mis opiniones sobre la independencia del poder civil. Orgulloso de la gentileza con que me hablaba, considerándome equivocadamente como historiador de la actualidad palpitante, me atreví a expresar esta idea:

«¿Y qué me dice usted, señor don Antonio, de la irrupción de los frailes expulsados de Francia por las leyes y edictos del pasado Noviembre?

-Reconozco la gravedad del problema que se nos presenta -me contestó Cánovas, mordiéndose el bigote y afirmándose los lentes sobre el caballete de su nariz-. Pero ha de reconocer usted, como historiador imparcial, atento a la circunstancialidad de las cosas públicas y a la estructura interior de cada partido, que yo no soy el llamado a cerrar el paso a la caterva de regulares despedidos de Francia. Por ahí se dice que los constitucionales, llamados ahora fusionistas, verán calmada muy pronto su impaciencia por gobernar a la Nación. Créame usted: no encontrarán en mí esos señores la menor resistencia para sustituirme en el puesto que ocupo. Dos cosas deseo: el descanso mío, y ver el estreno del nuevo partido en las funciones del Gobierno. Si Sagasta no reniega de su historia, su primer cuidado al llegar al poder será poner diques a la inundación frailesca, ateniéndose estrictamente a la letra del Concordato. Cada cual debe permanecer en su terreno propio, gobernando conforme a sus ideales y a sus compromisos. La realidad histórica, el carácter y sentido de las fracciones políticas que me han dado su apoyo para consolidar la Restauración, me impiden realizar con acento vigoroso la política regalista. Sagasta es el llamado.. ¿no lo cree usted así?».

Con expresivas cabezadas asentí a las observaciones del Presidente, el cual siguió mostrándome curiosos ejemplares de su soberbia librería. Cual padre amoroso (p.9111) encariñado con sus tiernas criaturas, me presentó el precioso incunable Coronación de

D. Íñigo López de Mendoza y coplas de Juan de Mena, editado en 1489. Después admiré el Doctrinal de Caballeros, del Obispo de Burgos don Alonso de Cártagena,impreso en 1487, fijándome en las anotaciones que el propio don Antonio puso en las guardas de tan interesante y arcaico libro. Vi también la Invención liberal y arte del juego de axedrez, por Ruy López de Segovia, clérigo, vecino de la Villa de Çafra, dado a la imprenta en Alcalá de Henares el año 1561, y otras joyas preciadísimas del arte de imprimir en los siglos XV y XVI.

En este punto hirió mi olfato un fuerte aroma de tomillos. ¿Eran los tomillos del monte Hymeto?.. Creí entrar en la esfera de las alucinaciones: al olfato se agregaron los ojos haciéndome ver una figura de mujer, arrogante, de luengos paños negros vestida, que de las estanterías sacaba los libros para ponerlos en las manos del poseedor de tanta riqueza tipográfica. Entregado de lleno al trastorno de mis sentidos o a la percepción del vidente que explora el mundo ultraterreno, reconocí a mi excelsa Madre que hacía el servicio de auxiliar de bibliotecaria. Mariclío clavó en mí una mirada de fuego, transmitiéndome los pensamientos que literalmente traslado:

«Toda esta ciencia arcaica y este fárrago que tuvieron su porqué y sazón en siglos remotos, ¿le sirven al buen don Antonio para consumar y sutilizar sus artes de estadista y gobernador de los Reinos hispanos, o sería el mismo sujeto, que descuella hoy al frente de los negocios públicos, si estuviera privado del continuo trato con los treinta mil volúmenes que adornan las paredes de esta noble vivienda? Las venerables antiguallas de arte de guerra, y de las armas e ingenios militares de tiempos remotos,

¿ayudan al conocimiento y régimen de los Ejércitos de nuestros días? Voy creyendo que esto no es más que un bello delirio de coleccionista, ávido de gozar tesoros raros no poseídos por otro alguno, monomanía que satisface los (p.9112) amores de la erudición platónica, con poca o ninguna eficacia en el arte de aplicar las sabidurías trasnochadas al vivir contemporáneo».

Llegó el momento de despedirme del patriarca de la Restauración, el cual me reiteró su afecto, invitándome a repetir mis visitas en su casa o en la Presidencia, donde esperaba recibir poco tiempo más.

Al salir yo de la biblioteca repitiéronse los fenómenos peri-espirituales, pues si no me engañaron mis ojos, la divina Clío, gallarda y bien oliente, despidiendo de su ropaje el aroma de las hierbas del monte Hymeto, me condujo de la mano hasta el vestíbulo, entregándome al celoso guardián de su Excelencia, conocido en el mundo político por su nombre de pila.

Ramón, más complaciente a mi salida que a mi entrada, me abrió la puerta, y tranquilamente descendí la escalera, satisfecho de haber aumentado el tesoro bibliográfico de don Antonio Cánovas del Castillo.

 

Ep-46-XXII -

En la calle me esperaba Casiana, algo inquieta por mi tardanza.

«Ya sabes -me dijo- que doña Segismunda está en ascuas por saber cómo ha recibido - - este buen señor los librotes del tiempo de Maricastaña. ¿Nos volvemos allá?

-No -repliqué-. Vámonos calle arriba para que se me despeje la cabeza. Estoy un poco mareado de ver infolios y legajos, que a mi parecer no sirven más que para llenar de telarañas el entendimiento.. Nos llegamos hasta la Era del Mico o el Campo del Tío Mereje, y confortaremos nuestros cuerpos ateridos con la benéfica luz del sol. No nos faltará espacio para pasear a gusto y charlar sabrosamente cuanto nos dé la gana.

-Por esos lugares no me lleves, Tito -indicó mi Casiana un tanto medrosa-. Allí se reúnen las brujas, según me has dicho, y yo no quiero trato con esa caterva.-No temas nada, chiquilla -le repondí riendo-. Una mujer ilustrada como tú no debe asustarse ante las viejas carroñas que, ya cabalgando en sus escobas, ya montadas una sobre otra, acuden a la cita del Gran Cabrón. Fíjate además en que los aquelarres son funciones esencialmente nocturnas, y a estas horas, en pleno (p.9113) mediodía, no hay que temer las visitas de las almas del otro mundo ni de las vejanconas puercas que hociquean con el diablo.

-Pues vamos allá, que aunque no tengo la debida ilustración, donde tú estés yo no me asusto de nada.

-Muy bien. Pero no me niegues la verdad de tu cultura, Casiana mía, que anoche bien te luciste en la tertulia íntima de la señora Condesa, cuando contendías discretamente - - con aquellas dos damas de las aristocracia que acaba de salir ahora, una de las cuales soltó el disparate de que los Reyes Católicos eran los padres de Felipe II y de Fernando VII.

-Fue la que llaman Marquesa de San Epifanio la que echó de su bonita boca ese garrafal desatino. Yo no me atreví a corregirla más que con una frase por tabla, y tú remataste la suerte. La otra, señora muy entonada, que se enriqueció con el comercio de petróleo, lleva el apellido de Cucúrbitas, es muy redicha y punto fuerte en las modas del vestir, y no se le escapa ninguno de los requilorios y perendengues que ahora se llevan. Sus lindas niñas se educan en el Sagrado Corazón.

-Donde aprenden Catecismo a todo pasto, nociones incompletas de Aritmética y Geografía, mascullar el francés, un machaqueo de piano para romper los oídos de toda la familia, y etiquetas y saluditos a estilo de París de Francia.. Al cuidado de los buenos Padres, estos aguardan a que las educandas sean señoras para meter las narices en sus hogares, adueñándose del marido y de los hijos, y por fin, esperan cachazudos y tenaces a que se hagan viejas idiotas para quitarles todo lo que tienen.

-Así es y así será. Y ahora te digo que la de San Epifanio anda muy a la cola en ortografía. Ayer vi casualmente una tarjeta que escribió a doña Segismunda, en la cual noté que pone hombre sin hache y ayer con hache y elle. La de Cucúrbitas dice ivierno, ferroscarriles y Espirituisanto.

-Ya lo ves, Casianilla: con lo poquito que tú sabes eres muy superior a esas señoronas hartas de dinero, que nos miran a nosotros por encima del hombro. Compárate, y verás bien claro tu superioridad. Vuelve la vista al (p.9114) pasado, y te harás cargo del inmenso adelanto que has conseguido desde que te saqué de la abyección y la miseria para elevarte hasta donde ahora te encuentras. Ido te enseñó a leer y escribir, y entre ese buen hombre y yo te dimos las nociones elementales con que apareces superior a todo este señorío hecho de pronto que sólo brilla por el oro ganado sabe Dios cómo».

Andando, andando, y cuando íbamos frente al Hospicio, pasó junto a nosotros rapidísima una figura de mujer, que me tocó en el codo y siguió su camino con la velocidad del viento. De lejos me miró sonriente: era una Efémera. No bien rebasamos el terreno antaño llamado los Pozos de Nieve, donde a la sazón se construían hermosas casas, pasaron con loca presteza y travesura, no una, sino dos o tres Efémeras, rozándome con dedos ligerísimos como para hacerme cosquillas. Desparecieron delante de nosotros, perdiéndose entre los grupos de transeúntes, y dejando tras sí ecos de risas livianas y de interjecciones burlescas.

En estos prodigios del orden quimérico no se fijó Casiana, y sí lo hizo con atención discreta en que era la hora de comer y debíamos volvernos a casa. Aferrado a una idea tenazmente alojada en mi cerebro, propuse hacer rabona en nuestra hospedería, y retrocediendo algunos pasos nos metimos en el bodegón llamado La Criolla. Pedimos para sustentamos dos raciones de batallón, un besugo, vino y café.O yo me había vuelto tarumba, o en una mesa no distante de la nuestra estaban dos Efémeras vestidas de negra túnica, manducando tortilla con jamón, a la que siguieron sendas raciones de pepitoria. En lo restante del local almorzaban tranquilamente hombres y mujeres, sin reparar en las fantásticas hembras que eran tal vez proyección de mis alborotados pensamientos.

Mientras comíamos con buen apetito, di a Casiana una lección de Historia, enlazando, como es uso y costumbre de todo buen narrador de las cosas públicas, lo presente palpitante con lo pretérito fosilizado ya en las capas geológicas del Tiempo.

He aquí fielmente copiados mis pinitos históricos: (p.9115) «Nuestra respetable amiga doña Segismunda, la Marquesa de San Epifanio, la de Cucúrbitas y otras tales, están locas de contento con la venida de los frailes que, lanzados de las Galias a puntapiés, pasan la frontera esperando encontrar aquí comederos bien provistos por la piedad española.

Esas y otras damas de la misma flaca mentalidad, se aprestan a rascarse el bolsillo para favorecer a los inmigrantes consagrados al servicio de Dios Nuestro Señor. Doña Segismunda entiendo que no se correrá mucho, porque es larga en el prometer y muy encogida en el dar. Otras señoras, las antes citadas así como las Emparanes, Zuredas y Landazuris, serán algo más pródigas en el socorro de la frailería galicana.

Pero todas ellas juntas no llegarán a la inaudita magnanimidad de la eximia Duquesa de Pastrana, que ha legado íntegramente los cuantiosos bienes raíces, urbanos y suntuarios de su ilustre Casa, opulenta rama del árbol del Infantazgo, a los caballeros de Loyola.

Esta sacra y militar Orden ha venido a ser casi tan poderosa como el Estado mismo.

»Constituyen el cuantioso donativo el soberbio palacio donde moró Napoleón I cuando vino a poner sitio a Madrid en Diciembre de 1808, inmensos terrenos de labor y de monte en el término de Chamartín de la Rosa, donde ya se trata de formar una población suburbana, otro palacio en la Plaza de Leganitos esquina a la calle de los Reyes, las casas de la calle de Isabel la Católica y de la Flor Baja, fincas rústicas en la provincia de Guadalajara, una millonaria riqueza mobiliaria y muchos cuadros de mérito, entre los cuales había uno de Rubens, muy famoso, que los felices herederos vendieron a Rostchild en tres millones de reales.

-¿Pero esa señora -dijo Casianilla espantada- no tenía parientes a quien legar su riqueza?

-Sí que los tenía. A unos sobrinos, no sé si en segundo o tercer grado, les favoreció la

Duquesa con piadosas mandas para que no les faltase un cocido. No hizo más la señora por la prisa que tenía en subir al cielo para recoger el galardón de su (p.9116) extremada santidad. Los ignacianos, caballeros y caritativos en este caso, determinaron educar gratuitamente a los hijos de la olvidada parentela, y a una sobrina de la santa testadora quieren casarla con un caballero chileno muy rico, para que todos queden contentos».

Despachado el batallón, y antes de emprenderla con el besugo, proseguí mi leccioncita con el siguiente paralelo histórico, que a mi parecer no carece de enjundia: «Recordarás, Casianilla de mis entretelas, que cuando comencé tu educación hice que te fijaras en las correrías de diferentes pueblos por el territorio de esta península. Bien enterada quedaste de la entrada de los fenicios, de los romanos, de los cartagineses, de los visigodos, y por fin, de los árabes. Luchó la primitiva raza española con tales pueblos, sin lograr impedir que ocuparan y explotaran una parte o el todo de nuestro suelo durante años, lustros o siglos. Determinan dichas ocupaciones las diferentes etapas o períodos históricos de España. Pues bien, el regalo que ha hecho la Duquesa de Pastrana a los caballeros de San Ignacio, marca el dominio de estos en el solar hesperio por un lapso de tiempo que nadie puede precisar. En la santísima dama linajuda y generosa tienes otro Midácrito, otro Asdrúbal, otro Sertorio, otro Ataúlfo, otro Tárik, y ella nostrae una nueva intrusión de gente, a la cual habrá que vencer y despedir como fueron vencidos y mandados a paseo los anteriores bárbaros.

»Presumo yo que los guerreros de la faja negra, traídos ahora por una dama, cuando se aseguren en el territorio recientemente adquirido, extenderán su dominio a todas las esferas y serán nuestros amos. Fortalecerán su poder educando a las generaciones nuevas, interviniendo la vida doméstica, y organizando sus ejércitos de damas necias y santurronas, paulatinamente dotadas con el armamento piadoso que les llevará a una fácil conquista. Preparémonos, ¡oh Casiana de mis pecados!, y pues sufrimos esclavitud, seamos cautos y comedidos con nuestros dominadores, hasta que llegue, si es que llega en vida nuestra, (p.9117) el momento de darles la zancadilla. Cuando salgamos de paseo y nos encontremos con un ignaciano, yo me quitaré el sombrero y tú darás una discreta cabezada en señal de aparente sumisión, rezongando para nuestro sayo: Adiós, Reverendo, vive y triunfa, que ya te llegará tu hora».

 

Ep-46-XXIII -

Mientras tomábamos café salieron presurosas las dos Efémeras, y una de ellas, en quien creí reconocer a la que me dio la pluma milagrosa en la plazuela de Santa Ana, dijo, tocándome en el codo: «Aprisita, que es tarde».. Al pasar las dos rapazuelas del bodegón a la calle, advertí que sus flotantes túnicas se trocaron de negras en verdes.

Reparadas las fuerzas con el sabroso condumio, Casiana y yo seguimos paseando. Nuestra lenta y maquinal andadura nos llevó por los Pozos de Nieve y la antigua Ronda de Santa Bárbara hasta encontrarnos, sin saber cómo ni por qué, en el Campo del Tío Mereje, lugar asoleado y polvoriento que en verano suele ser invadido por los jayanes que apalean alfombras, y en todo tiempo es academia donde maestros de tambor enseñan a los quintos el paso redoblado, el paso lento, y demás fililíes del sonoro parche guerrero.

Al llegar nosotros al ejido, que antaño debió de ser Eras de Madrid, vimos tan sólo unos hombres que machacaban cañas para tejer cañizos de cielo raso. Nos entreteníamos en contemplar aquella ruda faena cuando Casianilla, mirando al cielo, exclamó asustada: «¡Cristo bendito! ¿No ves el sin fin de aves que giran en el aire trazando círculos con aleteo y greguería infernal? Parece que bajan hacia nosotros.

¿Serán estas las brujas, que de día vienen a reconocer el lugar donde han de reunirse por la noche en juntas y concilios demoníacos?».

Alcé yo mis ojos al cielo y dije a mi amiga: «No son brujas, Casiana. Son las Efémeras, espíritus mensajeros de lo que en el mundo llamamos la Actualidad. Traen y llevan el suceso del día. Aquí se congregan sin duda para distribuirse el trabajo y ver a dónde transmiten sus raudas informaciones. No tengas miedo, que aunque algunas veces son portadoras de (p.9118) mentirijillas o falsedades inocentes, no hacen daño a los mortales, sino antes bien los entretienen y halagan. ¿Ves cómo abaten el vuelo, acercándose cada vez más a nosotros? Parece que quieren conversación. Has de saber, hija mía, que son muy traviesas y habladoras».

Gradualmente descendían las sílfides en su giro vertiginoso, y nos aturdían con aquel rumor, que no sé si era cháchara o graznido, bullanga de risas o estridentes exclamaciones de alegría burlesca. Con rápida inspiración pedí a los tejedores de cañizo que nos prestasen dos cañas, y pertrechados Casiana y yo con estas inocentes armas acometimos a cañazo limpio a las Efémeras, cuando ya pasaban rozando nuestras cabezas.Por fin logré atrapar a una, cogiéndola por la túnica, y la traje al suelo. Era lindísima, sus mejillas coloradas echaban fuego, sus ojos luz, sus cabellos negros y rizados delataban las manos del viento juguetón.

«¿De dónde vienes tú? -le dije-. ¿Has visto entrar en España muchos frailes?

-Sí, señor don Tito -respondió ella con amable donosura-. Yo pertenezco al grupo Céfiro, y trabajo en la parte de los aires que ustedes llaman Noroeste. En Coruña vi entrar una partida de hombrachos vestidos de estameña y con unas correas llenas de nudos. Eran franciscanos. Llegaron en un vapor. Salieron a recibirles muchos señores beatos, y las damas pías les enviaron a su alojamiento jamones y tortas de dulce. Al día siguiente desembarcó otra caterva de frailes, con diferentes vestiduras, y marcharon a Santiago llamados por el Arzobispo, que les tenía dispuesto un hermosísimo convento. Mi hermana, que estaba en Vigo viéndoles venir, presenció el desembarco de un porción de gandules que dijeron ser de los de Santo Domingo. Al instante partieron para Pontevedra, donde ya les tenían apercibida casa cómoda y mesa bien provista de cuanto Dios crió».

Casiana logró atrapar otra ninfa, rubia como las espigas, de ojos azules, la cual, antes que la interrogaran, se arrancó con esta graciosa respuesta: «Yo soy del grupo Boreas, que (p.9119) vosotros decís Norte, y en la frontera de Irún he visto entrar una patulea sin fin de frailucos. Unos traían baberos blancos, melenitas que les tapaban las orejas y sombreros tricornios que parecían cosa de máscara. Dijeron que venían a España para poner escuelas y enseñar a los niños. ¡Bonitas cosas les enseñarán!.. Luego entraron otros, vestidos de blanco y canelo, lucios y fornidos como mozos de cuerda. Parece que estos son carmelitas. Salieron a recibirles la mar de señoras aristocráticas y ricachonas, que les besaban los rosarios, popándoles y haciéndoles fiesta como si les hubieran conocido toda la vida. A ellos se les saltaban las lágrimas de contento, y miraban a todos lados en busca de alguna mesa donde pudieran matar el hambre atrasada que de Francia traían.. ¡Pobre España: buena nube de langosta te ha caído!».

Sin necesidad de esgrimir nuestras cañas, otras Efémeras fueron bajando, alegres y decidoras. Una de ellas, de cabello castaño y ojos verdes, ondulante y saltarina, vestida de túnica roja, nos dijo: «Mi puesto de vigilancia está entre las regiones de Coecias y Apellotes, que es como decir Nordeste y Este. Vi entrar por el golfo de Rosas una barcada de dominicos, y otra de trinitarios, que fueron bien acogidos en la playa y marcharon a ponerse bajo la custodia de los obispos de Gerona y de Vich. Mis hermanas y yo presenciamos en Barcelona la llegada de una banda de capuchinos procerosos, bien cebados y con unas barbas hasta la cintura. Al pasar por la Rambla les arrearon una silba espantosa. Los frailes barbudos, azuzados por mujeres y chiquillos, tuvieron que buscar refugio en le iglesia del Pino, a donde acudió el Gobernador con policía para sacarlos de aquel trance y llevarles con mucho mimo al Palacio episcopal. El señor Prelado, después de tenerlos varios días en su casa a mesa y mantel, les alojó solícito en varios conventos de Cataluña».

Otra de las mensajeritas aéreas nos contó que en Tortosa dieron fondo unos benedictinos jacarandosos que, según se dijo, venían a montar en Tarragona fábricas de licores tan (p.9120) ricos y celebrados como los que en Francia elaboraban.. Compadeció seguidamente una nueva Efémera de túnico negro recamado de oro, quien, después de declarar que venía de la región del Eurus (Sudoeste) , nos informó de que en Cartagena habían penetrado mesnadas de agustinos-recoletos, los cuales tomaron al punto el caminito de Orihuela, donde el Obispo les tenía prevenido un holgado monasterio. Allí se instalaron todos los que en él cabían. Los demás recibieron albergue en el Seminario, hasta que se les habilitara definitiva vivienda en un convento de Alicante. Añadió la informadora que, tras de los agustinos-recoletos, llegó un nutrido cargamento de losfrailecitos de babero y tricornio. Parte de estos quedaron en Cartagena, bajo la tutela y amparo de una junta de damas sumamente pías y rezadoras, y los otros tomaron el tren para irse a Murcia, pues allí les esperaban con los brazos abiertos individuos del Comité conservador y el Prelado de la diócesis.

Recorriendo el cuadrante hacia la región Notus, entiéndase Sur, otra ninfa de los aires, no menos graciosa que sus hermanas y muy bachillera, nos contó que por Almería había penetrado un buen golpe de monjas, llamadas descalzas aunque todas llevaban medias y zapatos. Venían afligidas del mareo y de la inanición. Pero al punto se las socorrió con cuanto pudieran necesitar. Con ellas desembarcaron unos frailucos mal trajeados, desnudos de pie y pierna, si que también muertos de hambre. Las esposas del Señor - - encontraron su nido y agasajo en la propia ciudad de Almería, y los frailachos se metieron tierra adentro a la querencia del Obispo de Guadix.

Con todo lo referido no es completa la información efemerídea. Yo la resumo y sintetizo, agregando otras noticias y datos que nos dieron las vagarosas hijas del viento. Por Sevilla hubo también inundación de religiosas clarisas; a Valencia llegaron trapenses y paúles; la frontera de Francia, por Navarra y la Seo de Urgel, dio paso a espesas caravanas de salesianos, premonstratenses, terciarios, redentoristas, adoratrices, (p.9121) trinitarias, capuchinas, ursulinas y otras muchas castas y familias del inmenso mundo monástico.

Cuando ya las aladas mensajeras comenzaban a remontarse de nuevo en los aires, apareció la Efémera mía, la de Tafalla, que en aquella ocasión me pareció capitana de todas ellas, la que al pisar el suelo tomaba apariencias marmóreas y formas del más puro helenismo.

«¿A dónde vais ahora? -le pregunté tembloroso.

Ella me contestó con suprema tranquilidad: «Vamos a llevar por todo el mundo las nuevas de esta plaga de insectos voraces que devastará tu tierra».

Y quitándole a Casianilla la caña que esta conservaba en sus manos, la figura estatuaria azuzó a las Efémeras rezagadas. Todas remontaron el vuelo en alegre remolino bullicioso.

 

Ep-46-XXIV -

Las vimos subir rápidamente hasta una región muy alta del espacio, donde se fraccionó la bandada en grupos que partieron hacia distintos puntos del horizonte.

Emprendimos Casiana y yo nuestro regreso al centro de Madrid, buscando la vuelta de Recoletos por la Ronda de este nombre y las inmediaciones de lo que fue huerta de las Salesas. Por aquella parte, la Villa trataba de embellecerse, y abría en los solares polvorosos la cimentación para nuevas y elegantes casas de vecindad. Charlando de las peregrinas cosas que habíamos visto y oído, caminábamos a la ventura, guiados, más que por la intención, por el instintivo movimiento de nuestros propios pasos.

Sin darnos cuenta de ello, costeamos la maciza fundación de doña Bárbara de Braganza, y por calles a medio construir llegamos a internarnos en el Parque de Buenavista. Hicimos alto para descansar en un banco de las rampas que dan a la calle de Alcalá, frente al palacio de Alcañices. Aunque el sol picaba templando el ambiente invernal, yo sentía un frío que no pude mitigar embozándome en mi capa hasta las narices, porque aquella tiritona era síntoma febril de mi estado anímico al considerar lainvasión monástica, principio de un período histórico desastroso para nuestra pobre España.

A mis quejas lastimosas (p.9122) contestó Casianilla: «Como nosotros no podemos impedir que España se convierta en un gran monasterio, nuestro papel es ver y esperar. Si llega el caso de que no haya más remedio que ser yo monja y tú fraile, no te apures, Tito, que ya encontraremos conventos donde convivan ambos sexos.

-Así tendrá que ser, nenita -dije yo, y como estaba helado propuse que siguiéramos andando hasta la calle de Sevilla, y que allí tomásemos la dirección de nuestra casa, con escala en algún café para matar las horas de la tarde.

Por ambas aceras de la calle de Alcalá bajaba un tropel de paseantes que iban a tomar el sol en el Prado y el Retiro. Eran a mi parecer funcionarios que abandonaban la ociosa oficina para espaciarse con la señora y los niños, pensionistas de poco pelo, tenderos desocupados, rentistas de mediano pasar, provincianos con dinerito fresco, que practicaban la deambulación como un obligado empleo de la actividad en los días serenos.

Por el centro de la calle rodaban los mismos carruajes que habíamos visto el día anterior y todos los días, conduciendo a las damas de siempre, bien emperifolladas, y a los señores del margen que acompañaban a sus esposas en el asiento zaguero de las carretelas. Acrecían el tumulto los gallardos jinetes y los caballos que guiaban faetones o tílburis con la pericia de consumados aurigas. En las caras de toda esta gente, así la de a pie como la de coche, así la de alto como la de rastrero pelaje, observé una tranquilidad paradisíaca. Sus cabezas no alojaban otra idea que la del momento presente, el goce del paseo al sol, la vanidad de exhibirse con galas y arreos de distinción fantasiosa.

¡Pobres majaderos! Desconocían en absoluto la gravísima situación de nuestro país, el momento histórico, semejante a la entrada de los cartagineses ávidos de riqueza, de los bárbaros visigodos o de los insaciables y feroces agarenos. Nada sabían, nada sospechaban: se enterarían de la nueva esclavitud cuando esta ya no tuviese remedio.

Me costó trabajo contener este grito de alarma: «¡Bobalicones, despertad de (p.9123) vuestra modorra estúpida! ¡No tenéis gobernantes que sepan contener, ya que no extirpar, la horrible plaga que se os viene encima!».

Al pasar por la calle de Sevilla entramos en la tienda de mi amigo Matías Luengo, sobrino del famoso comerciante, parlanchín y entrometido don Plácido Estupiñá, de quien tanto hablé en diferentes ocasiones. Traficaba Matías en objetos de escritorio. Comprámosle un paquete de sobres, charlamos, le pregunté si estaba contento de su negocio, y me contestó que de sus ventas no sacaba más que lo preciso para mal vivir. El Cielo le había dado cuatro hijos, y su mujer, que era una coneja, le traería el quinto retoño para Febrero próximo. En vista de este crecimiento del familiaje, pensaba añadir a su tráfico el de devocionarios, florilegios, novenas, cilicios, recordatorios de difuntos, estampitas de todos los santos del cielo, escapularios y demás chirimbolos pertinentes a la santa Religión.

Yo le felicité, palmoteándole en los hombros, y le dije: «Eres un genio, Matías. Has previsto el fetichismo farandulero a que nos llevará la maldita Restauración. Ahora empieza, fíjate bien, ahora empieza el reinado de la Muerte y de las santurronerías bobaliconas. Tú serás rico. Haz todos los hijos que puedas, que el negocio místico te dará pan para ellos, y para tus nietos y biznietos, hasta la cuarta generación. Adiós, chico. El Espíritu Santo ha entrado en tu casa. Adiós».

A lo largo de la calle íbamos tropezando con cómicos y toreros, y en ellos vi caras satisfechas aunque perecían de hambre por la falta de contratas. A mi paso por diferentes tiendas vi también sastres, joyeros y perfumistas, que parecían muy contentosviviendo al día con menguadas transacciones. Junto a nosotros pasaron dos curas, ante los cuales me quité el sombrero haciendo acto de sumisión y reverencia. Era muy cuerdo y saludable vivir en santa paz con nuestros opresores.

En la esquina del callejón de Gitanos encontramos a Delfina Gil. Después de saludarme con rígida frialdad, me dijo que iba a poner una (p.9124) nueva Funeraria de gran lujo en la propia Carrera de San Jerónimo, y que introduciría en España las últimas novedades en féretros de cinc sobredorados y en carrozas-estufas a la gran Daumont.

Pensaba adornar su escaparate con espléndido surtido de coronas fúnebres de hilo de cristal, elegantísimas, y con unos angelitos, arrodillados, que daban el opio. La colmé de parabienes, vaticinándole un éxito formidable. Merecía enterrar la vida española con todo el boato y chic de las artes mortuorias.

Seguimos, y al embocar la Carrera de San Jerónimo, tropecé de manos a boca con Vicente Halconero, que salía del Casino. Cortés y afable como siempre estrechó mis manos, no escatimando un gentil saludo ceremonioso a mi compañera humilde.

«Ya sabrá usted -me dijo- que está próximo el advenimiento de los Constitucionales al Poder. El turno se impone, y la tocata liberal ha de sustituir a la tocata conservadora.

Espero yo que entre ambas músicas haya bastante diferencia, así en lo fundamental como en lo externo.. Entiendo que tendremos elecciones generales en Febrero o Marzo, y usted no me negará entonces lo que tantas veces le pedí. Aceptará usted un acta de diputado, y en los escaños de la mayoría lucharemos juntos por el progreso, con su poquito de morrión y sus toques democráticos, todo ello dentro del orden más perfecto.

-Sí, sí, Vicentito -le contesté, con la socarronería que en aquella hora dominaba en mi ánimo-. Puede usted hacer de mí lo que quiera. Y si tocan a repartir algunos destinillos denme a mí el de Inspector de Monjas, quiero decir, de los monasterios que han de ser creados para reunir los dos sexos en la vida contemplativa.

-¿Pero qué dice el amigo Tito? ¿Se ha vuelto loco?.. ¡Ah! Es que a usted le solivianta lo que se cuenta por ahí de si vienen o no vienen los religiosos regulares expulsados de Francia. No haga usted caso. Ataremos corto a los que vengan no más que a darse buena vida, y recibiremos con estimación a los que traigan la idea de establecer en España buenos Colegios, donde podamos dar decorosa (p.9125) educación a nuestros hijos».

No quise hablar más y me despedí de Halconero con breves razones amistosas, lamentando que un caballerete tan espiritual no apreciara el feo cariz del nublado cartaginés y agareno que entenebrecía el cielo español, ni viera claramente que se iniciaba un período de larga y pavorosa esclavitud. ¡Pobre Vicentito, tan joven, tan simpático, y ya contagiado del negro y pestilente virus!

 

Ep-46-XXV -

Casiana y yo nos colamos en el café de La Iberia, dirigiéndonos a las mesas donde habitualmente concurrían mis amigos. En efecto, allí estaban Campo y Navas, Llano y Persi, Casalduero, y Carratalá. En una piña inmediata vi a Díaz Quintero, republicano, que alternaba con Fernández Bremón y Mariano Zacarías Cazurro, conservadores, y con Pablo Cruz, León y Llerena, Zoilo Pérez y Cándido Martínez, sagastinos.

Apenas cambié con ellos los primeros saludos, algunas palabras referentes a sucesos de actualidad, comprendí que ninguno de aquellos esclarecidos ciudadanos paraba mientes en el capital suceso histórico que a mí me volvía tarumba. O lo ignoraban, o las menudencias y chismorreos políticos les impedían fijarse en los hechos que, afectandointensamente al porvenir de la Patria, se nos presentan revestidos de una insignificancia traicionera. Los afectos a la Situación imperante aseguraban que había Gobierno de Cánovas para rato. Al proclamarlo así, reforzaban su opinión con apuestas humorísticas de cinco duros contra dos reales. Los otros, entonando con diferentes inflexiones el esto se va, vaticinaron rotundamente que antes de dos meses cogería Sagasta las riendas y la tralla del Poder.

De pronto llegaron a nuestras mesas otros dos individuos, cuyos nombres no son del caso. Con frase tajante y enfática sostuvieron la tesis de que don Antonio se había hecho imposible por su soberbia, y porque no supo desprenderse a tiempo de los pulpos del moderantismo. Un tercer sujeto, que presuroso vino de las mesas interiores, nos dijo en tonillo parlamentario: «¡Ah, señores! Mi teoría (p.9126) es que política nueva pide hombres nuevos. Las cosas caen del lado a que se inclinan. O la regia prerrogativa no sabe lo que se pesca, o ha de poner en seguida en manos de don Práxedes el timón de la nave del Estado».

Reunidos todos, enzarzaron sus ágiles lenguas en el discreto político sin tocar ningún punto de interés público, picoteando tan sólo en las cuestiones de orden burocrático, que eran para los Fusionistas o Constitucionales el único imán de sus pueriles ambiciones.

Diferentes nombres sonaron de mesa en mesa para distribuir entre ellos los cargos políticos de la nueva Situación, Direcciones generales y Gobiernos de provincia. Entre aquellos ociosos charlatanes no faltaron algunos vivos que graciosamente se adjudicaron las mejores prebendas. A la entrada de los agarenos, o si se quiere cartagineses, no consagró ninguno de los allí reunidos, hombres de diferente cartel político, una sola palabra.

Asqueado de la frivolidad de tales majaderos, que con raras excepciones sólo apreciaban la vida pública por los apremios de su vanidad o de su flaco peculio, pretexté para retirarme un repentino dolor de estómago con ganas de vomitar, y cogiendo del brazo a Casianilla nos plantamos en la calle. ¿A dónde iríamos? A casita, a mi caverna solitaria, o a darle albricias a nuestra coruscante amiga la Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega.

Ibamos por la calle del Lobo, y en los extremos de ella vimos lujosa berlina parada junto a una puerta humilde. De esta salió una dama en quien al punto reconocí a la Marquesa de Villares de Tajo, mujer talentuda y de historia, vistosa todavía y de buen talle aunque había rebasado con creces las fronteras del medio siglo. En su coche partió hacia la Carrera de San Jerónimo. ¡Pobrecilla! Venía de parlotear con los Caballeros de la Tenaza, albergados a espaldas de la iglesia de San Ignacio. Pensé que ya le estaban ajustando las cuentas para mandarla al otro mundo bien limpia de pecados, y aliviada del peso de sus cuantiosos intereses.

Permanecíamos Casiana y yo junto a la puerta (p.9127) mísera, contemplando la lobreguez del hondo zaguán, cuando vimos que de aquellas tinieblas salían un cura joven, gallardo, desenvuelto, y una señora hermosísima. ¡Oh asombro de los asombros! La señora era Lucila Ansúrez, más conocida en estas historias por el lindo mote de La Celtíbera.

 

Ep-46-XXVI -

La nieve que blanqueaba el cabello de la viuda de Halconero no era estorbo de su belleza, que se defendía bravamente contra la edad, frisante ya en los cincuenta años si no fallan mis cómputos cronológicos. Apenas me vio en la calle, honrome Lucila conexpresivo saludo, presentándome incontinenti al clérigo, mocetón elegante, limpio, y cumplido galán por su melosa cortesía.

«El Padre Garrido -dijo La Celtíbera en la ceremonia de la presentación-. Don Proteo Liviano..».

Al pronunciar Lucila mi nombre se arrancó el jesuita con estas hiperbólicas alabanzas:

«¡Ah, el señor Liviano! Mucho gusto en verle. Ya le conocía y le admiraba como historiógrafo eminente. Yo también soy aficionado a la Historia, y en el nuevo Colegio de Chamartín tendré a mi cargo esa importante asignatura. Mi ciencia es corta; pero supliré la escasez de conocimientos con mi firmeza de voluntad, imitando en lo posible al maestro que me escucha..».

Intervino Lucila con esta donosa corrección: «No se achique, Padre Garrido.. Y usted, amigo Tito, no le haga caso, que la más alta virtud de este santo varón es la modestia, una modestia verdaderamente angelical».

Al protestar el clérigo de los elogios de La Celtíbera, llegó hasta ruborizarse, y yo, penetrando en la médula de aquel carácter más fino que el coral y con más conchas que un galápago, le devolví sus lisonjas con este golpe de incensario:

«Bien sé con quién hablo, reverendo Padre. He leído en el Iris de Paz la respuesta que da usted a las diatribas con que La Ciudad de Dios, el periódico de los agustinos, trata de mermar las glorias de La Compañía. Es usted escritor de primer orden y dialéctico - formidable. Así como suena.. En esfera humilde, hago yo lo que (p.9128) puedo por la ilustración del pueblo español, tan católico como desgraciado.. Esta señora que a mi lado está es mi esposa, doña Casiana Coelho, insigne pedagoga, maestra en todas las artes y ciencias, de quien tomo ejemplo, apropiándome su saber al mismo tiempo que imito sus virtudes.. virtudes excelsas, noble señora y caballero tonsurado, pues en mi dulce cónyuge se confunden y amalgaman la prudencia, la castidad, la paciencia, la caridad, las artes caseras, el filosofismo más espiritual y el don de escudriñar las obscuridades del porvenir..».

Colorada y balbuciente, Casianilla quiso desmentir los embustes que en honor suyo desembuché, y en el rostro del clérigo advertí un ligero mohín de desconfianza: sin duda interpretaba en sentido burlesco mi lenguaje hiperbólico. Lucila, también un poquito recelosa, inició la marcha hacia la calle del Prado. Detrás fuimos los tres, y yo, arrimándome al Padre Garrido, de quien no quería separarme sin soltarle alguna barbaridad, acaricié su tímpano con esta blanda ironía:

«Dios me ha deparado el placer de ofrecer a usted hoy mis respetos, Padre Garrido.. Ya sé, ya sé que ayer llegó usted de un corto viaje a París, a donde fue con el mandato de organizar la nueva traída de jesuitas para el Colegio de Chamartín de la Rosa, institución educatriz que será el coronamiento de la sublime longanimidad de la señora Duquesa de Pastrana.

-El objeto de mi viaje a Francia no está bien que yo lo diga -replicó el clérigo un tanto amoscado-. Sólo indicaré a usted que hace tres días estaba ya de regreso en la Villa y Corte, donde seguiré hasta que lo disponga quien puede hacerlo, consagrado al servicio del Señor y a la salvación de las almas españolas.

-A lo mismo nos dedicamos nosotros -dije, poniéndome la mano, no precisamente en el corazón, pero muy cerca de él-. Mi esposa y yo también servimos a Dios y salvamos almas cuando se tercia.. En la persona de usted, Padre Garrido, reverenciamos a la milicia cristiana, a quien el Altísimo otorga el mandato de gobernar (p.9129) a los pueblos y conducirlos a la eterna gloria. Ya nuestra España es de ustedes. Aquí no reina Alfonso XII sino el bendito San Ignacio, que a mi parecer está en el cielo, sentadito a la izquierda de Dios Padre.. Los españoles somos católicos borregos, y sólo aspiramos a ser conducidos por el cayado jesuítico hacia los feraces campos de la ignorancia, de lasanta ignorancia, que ha venido a ser virtud en quien se cifra la paz y la felicidad de las naciones.. Nos prosternamos, pues, ante el negro cíngulo, y rendimos acatamiento al dulcísimo yugo con que se nos oprime ad majorem Dei gloriam».

No se le escapó al ladino y sutil clérigo el saborete irónico que ponía yo en mis palabras. Con forzada sonrisa y frunciendo el ceño, doble y equívoca expresión facial de su índole solapada, el joven Padre me alargó la mano buscando la fórmula de despedida. También Lucila mostraba deseo de cortar nuestra conversación, poniendo tierra entre los dos grupos, y así me dijo:

«Sigan ustedes paseando, Tito; el Padre y yo tenemos que ir a la Nunciatura para un asunto..

-La Virgen les acompañe, reverendo caballero y señora ilustre -dije yo destapando mi cabeza-. Y si se acuerdan de estos pobres pecadores, tengan la bondad de implorar para nosotros la bendición apostólica, por mediación del santísimo Nuncio.. Adiós, adiós».

 

Ep-46-XXVII -

Viéndoles partir hacia la Plaza del Ángel, Casianilla, súbitamente alterada y colérica, me dijo: «Si estuviéramos en descampado les apedrearíamos. ¿No te parece?

-No, hija mía, no -repliqué yo, cogiéndole el brazo con que imitaba el manejo de la honda-. Modera tu arrebato bélico, que los tiempos son más de paciencia solapada que de fiereza impulsiva. Si apedreáramos, podría suceder que nuestros tiros no dieran en la cabeza del Reverendo, que bajo la capa de su finura exquisita esconde las intenciones de un grandísimo bellaco, y fuesen a descalabrar a la hermosa Celtíbera, persona ciertamente estimable y digna de respeto.. Esta buena señora fue en sus días juveniles la corza ligera y elegante que a (p.9130) todos cautivaba; ahora es la oveja tarda y simplísima que no puede con el peso de sus lanas.. No hemos de ver en las beaterías de Lucila un movimiento espontáneo de su ánimo, el cual, digan lo que quieran, aún conserva la independencia celtíbera. Sus concomitancias con lo que podríamos llamar el elemento jesuítico, son puro artilugio para ponerse a tono con la caterva elegante y santurrona que hoy rige los destinos de España. A tal comedia la mueve el amor de su hijo Vicente, y el anhelo de empujar al chico en su carrera política. Ya verás, ya verás cómo, auxiliada por los padres, las madres y las tías, consigue hacer Ministro a Vicentito, con Sagasta o con el demonio coronado.. ¿Entiendes, Fabia, lo que voy diciendo?.. No debemos acometer a nuestros enemigos con palo ni piedra. Esperemos a que tomen posiciones y nos manifiesten el poder de sus armas, y la eficacia de sus ingenios de guerra.

-Está muy bien, Tito mío -dijo Casiana agarrándose de mi brazo-. Y ahora decidamos si nos metemos en casa o nos vamos a visitar a la señora Condesa. Quiero ver la cara que pone doña Segismunda cuando se le diga que el grande hombre del siglo, don Antonio Cánovas, irá pronto a ofrecerle sus respetos y a darle las gracias por los librachos del tiempo de la Nanita.

-Yo también deseo contemplar el cariz de nuestra Medusa y su cabellera de serpientes

-contesté-. Pero antes, si te parece, debemos personarnos en la Academia de la Historia, que está muy cerca como sabes. ¿Te olvidas de que hace unos días tengo allí mi asignación, y aún no he ido a cobrarla? Lo primero es lo primero, Casianilla. Vamos allá, vamos».

Minutos después estábamos en el ancho zaguán de la Academia. Mas no hallándose presente la señora portera, que según nos dijeron había subido al segundo piso llamadapor el Bibliotecario para que le prestase servicios de cocina y despensa, aguardamos sentaditos en la modesta estancia conserjeril, donde pasamos el rato en vagos comentarios sobre nuestra situación económica, que no era en aquellos días muy (p.9131) despejada.

Llegó en esto el anciano portero, a quien yo con caprichosa travesura imaginativa daba el nombre de Tucídides, por su puesto en aquella Casa y por el trazo helénico de su rostro visto de perfil. Lamentose el buen hombre de la ausencia de su esposa, secuestrada por las impertinencias del señor Bibliotecario, hombre excelente, pero un tanto enfadoso. Diciéndolo, puso en mis manos el pliego de mi Madre.. ¡Ay! Fue cual onda luminosa que súbitamente disipó las tinieblas de mi espíritu.

Retirose Tucídides, que tenía precisión de arreglar la Sala de Juntas para la tenida de aquella noche, y nos dejó en la portería indicándonos que estábamos en nuestra casa y podríamos permanecer allí todo el tiempo que quisiéramos. Solitos Casiana y yo, abrimos el pliego y.. ¡Oh inefable sorpresa y alegría! La Musa excelsa me mandaba doble suma de la presupuesta para cada mensualidad.

 

Ep-46-XXVIII -

Después de justificar este doble socorro, enumerándome las privaciones y agobios que había yo de sufrir si me conservaba incorruptible y puro en medio del general positivismo, la Madre exponía su pensamiento acerca del porvenir de España en la forma elocuente y profética que traslado a mis buenos lectores:

«Hijo mío: cuando a fines del 74 te anuncié en una breve carta el suceso de Sagunto, anticipé la idea de que la Restauración inauguraba los tiempos bobos, los tiempos de mi ociosidad y de vuestra laxitud enfermiza. La sentencia de mi buen amigo Montesquieu, dichoso el pueblo cuya Historia es fastidiosa, resulta profunda sabiduría o necedad de marca mayor, según el pueblo y ocasión a que se aplique. Reconozco que en los países definivamente constituidos, la presencia mía es casi un estorbo, y yo me entrego muy tranquila al descanso que me imponen mis fatigas seculares. Pero en esta tierra tuya, donde hasta el respirar es todavía un escabroso problema, en este solar desgraciado en que aún no habéis podido llevar a las Leyes ni siquiera la libertad del pensar y del creer, no me resigno al tristísimo papel de una (p.9132) sombra vana, sin otra realidad que la de estar pintada en los techos del Ateneo y de las Academias.

»La paz, hijo mío, es don del cielo, como han dicho muy bien poetas y oradores, cuando significa el reposo de un pueblo que supo robustecer y afianzar su existencia fisiológica y moral, completándola con todos los vínculos y relaciones del vivir colectivo. Pero la paz es un mal si representa la pereza de una raza, y su incapacidad para dar práctica solución a los fundamentales empeños del comer y del pensar. Los tiempos bobos que te anuncié has de verlos desarrollarse en años y lustros de atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte.

»Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás si vives que acabarán por ponerla enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa Madre Iglesia.

»Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento.. Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío..Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro.. me duermo..».

 

FIN DE CÁNOVAS

Madrid-Santander.- Marzo-Agosto de 1912.

 

 

FINAL SERIE SEXTA DE (EPISODIOS) NACIONALES

 

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