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(nº pgs.79) (p.1) Los piratas del Pacífico Kenneth Robeson ------------------
ÍNDICE I - LOS ASESINOS DE COLOR II -EL BUQUE FANTASMA III - EL PELIGRO MOGOL IV- LA ESPADA GOTEANTE V- EL RASTRO DEL DRAGÓN VI -EL CRISTAL ROBADO VII - LA EMBOSCADA VIII -UN PIRATA MODERNO IX -EL BRAZO DESPRENDIDO X -HACIA LA ISLA DE LUZÓN XI -EN PELIGRO XI - EN PELIGRO XIII LA FUGA POR EL MAR XIV - PERSECUCIÓN XV - HACIA UN RESCATE XVI - EL MOTÍN DE LOS BUCANEROS XVII -EL HUNDIMIENTO DEL YACHT XVIII - EL SUICIDIO XIX - EL CUBIL DE TOM TOO XX -SE CIERRA LA RED XXI -LA CAZA POR EL MAR XXII - LA HOJA HOMICIDA ------
CAPÍTULO I LOS ASESINOS DE COLOR
Cierta noche de luna se detuvieron cerca del aeropuerto comercial de Nueva York tres camiones de transporte. Los tres habían marchado sin hacer apenas ruido. Los tres ostentaban la marca de un conocido taller de lavado y planchado de Nueva York. Sus conductores dirigieron furtivas miradas a uno y otro lado de la carretera y, tranquilizados, sin duda, al no divisar alma viviente, se apearon y miraron en todas direcciones con el oído alerta y los ojos bien abiertos. Pertenecían a la raza amarilla, si no totalmente, por lo menos en parte, a juzgar por sus cuerpos rechonchos, sus ojos oblicuos y el color de su piel. Además, tenían los pómulos salientes, la nariz aplastada y el cabello negro y lacio. Satisfechos, cambiaron una mirada de inteligencia y luego uno de ellos alzó la diestra. El ademán debía ser una señal convenida de antemano, pues, sin despegar los labios, cada mogol se acercó, rápidamente, al pescante de su coche y, a rastras, sacó de él un cuerpo inerte. Los tres habían recibido certera puñalada en mitad del corazón y llevaban el blanco uniforme de los conductores del taller que ostentaba el camión en sus lados. La cuneta del camino recibió los cadáveres. Casi instantáneamente se abrió la puerta trasera de los camiones y salió por ellas como una docena de mogoles de pura raza, y de mestizos. Sin que se moviera un solo músculo de su semblante, con la mirada fija y como perdida en lontananza, se agruparon en mitad de la carretera, semejantes a amarillas estatuas de plácida expresión. Sus blusas se hinchaban de un modo sospechoso a la altura de la cadera, mas, al parecer, no llevaban armas. A una segunda señal del conductor del camión, que parecía ser su jefe, bajaron, en silencio, por la carretera que finalizaba en el aeropuerto. Delante de ellos se extendía, ordenadamente, una hilera de gibas parduscas. Eran los hangares. De uno de ellos salían las notas musicales de un aparato de (p.2) radio. Una alta valla de alambre los separaba del camino. En su puerta se había colocado un vigilante, cuya única misión en aquellos momentos consistía, por lo visto, en espantar los mosquitos que le asediaban. -¡Malditos insectos! -murmuraba, uniendo la acción a la palabra-. ¡Son tan grandes como burros! De seguro proceden de los pantanos de Jersey. De pronto, escudriñó las tinieblas, dando al olvido los importunos mosquitos. Acababa de divisar a un desconocido que se aproximaba. Distinguió sus facciones cuando le faltaban unos pasos para llegar junto a él. -¡Toma, si es un amarillo! -exclamó, sonriendo-. Esto es una propiedad particular, mocito; Y está prohibido el paso. Vuélvete por donde has venido. El mogol replicó, en un lenguaje incomprensible para el vigilante. -No te entiendo: háblame en inglés -dijo éste. El oriental se le acercó un poco más, gesticulando gravemente. Distraído, el importunado guardián de la puerta no se dio cuenta del peligro que corría, ni oyó las pisadas de otra persona que se le acercaba por detrás. La luz de la luna arrancó súbito destello al objeto que llevaba en la mano y que se abatió, de través, sobre el vigilante. ¡Zump! Hizo al penetrar violentamente en su carne. El hombre cayó al suelo, encogido. Todo esto había sucedido en menos tiempo del que se emplea en narrarlo. Los mogoles se unieron a sus dos compañeros, pasaron con indiferencia ante el cuerpo tendido junto a la puerta de la calle y se dirigieron a los hangares. Ninguno de ellos había obedecido a una orden. Actuaban maquinalmente, como siguiendo un plan preconcebido. Entretanto, los músicos atacaban un tiempo más vivo desde la emisora: tendían a alcanzar uno de esos finales efectistas y estrepitosos, propios de muchas piezas de «jazz». El aparato de radio era un «Midget Set» poco mayor que una caja de zapatos. Lo tenía conectado a un portalámparas y colocado sobre una mesa de trabajo situada en un rincón del hangar, otro empleado del aeropuerto. Él escuchaba la música radiada apoyado tranquilamente (p.3) en el puesto de observación del piloto de un avión. -Vamos, ¡aprisa, más aprisa! -exhortaba a la orquestina, golpeando a compás el duro fuselaje del aparato. Él y el guardián de la puerta eran los únicos empleados que se quedaban, por las noches, en el aeropuerto, cuya vigilancia estaba algo descuidada. La música cesó y el locutor anunció que había llegado la hora de radiar las noticias más salientes del día. El empleado varió de postura, frunciendo el ceño. No le entusiasmaba aquella parte del programa, pues el locutor asumía un tonillo especial muy enfático y pesado cada vez que leía la emisión de noticias y era, además, muy calmoso. -Buenas noches, señores radioyentes -dijo-. El submarino «Helldiver» se aproxima. A estas horas debe hallarse muy cerca del estuario de Long Island. Poco antes de anochecer ha sido visto por el piloto de un aeroplano y según él, la embarcación llevaba enfilada la proa en dirección a Nueva York. »La llegada del "Helldiver" a la metrópoli pone un digno remate a una de las aventuras más fantásticas y escalofriantes de nuestra época. Hace varias semanas que abandonó los Estados Unidos y se perdió en el Ártico. Aproximadamente unas cuarenta personas emprendieron en él el viaje. Pues bien: esta noche llega trayendo únicamente seis a bordo. Las demás han perecido en las desoladas regiones polares.» El empleado del aeropuerto aguzó el oído. La noticia se salía de la rutina diaria de comentarios políticos nacionales y extranjeros. Otro hecho acrecentó su interés: el oír hablar por vez primera del submarino «Helldiver» y de su expedición a las regiones árticas. ¡Cuarenta hombres habíanla emprendido para perecer, en su mayoría! ¡Valía la pena escuchar aquella noche al locutor! Lo que le extrañaba era que los periódicos no hubieran hablado de la expedición a la salida del «Helldiver» de Nueva York, pues, por lo general, a los exploradores les agrada verse retratados en la primera plana de un diario. Aclararon el misterio las siguientes palabras del locutor: -Esta expedición polar submarina se ha mantenido secreta desde sus comienzos. Ni un solo diario habló a sus lectores de que hubiera zarpado el <<Helldiver>>, ni de los incidentes de la travesía. Es más: A estas horas, el mundo ignoraría todavía hecho tan sorprendente, de no haber declarado a los periodistas varios operadores de radio que se enviaban y recibían mensajes del «Helldiver» de los cuales se deducía que el submarino se hallaba muy cerca del Polo Norte. Esa noticia causó sensación entre «los chicos de la prensa», pues significaba que estaban perdiendo uno de los acontecimientos más extraordinarios del año y que ni siquiera sabían una palabra respecto a la expedición secreta. »En estos días pasados, todos han trabajado desaforadamente para poder hablar de la expedición en sus diarios respectivos. Mas, al parecer, les detuvo un muro infranqueable. Los pasajeros del submarino les suplicaron, valiéndose de la radio, que no dieran publicidad a sus aventuras ni a la historia de su expedición. »De ella sólo se conocen dos hechos principales. Primero: que de cuarenta regresan únicamente seis hombres a su país de origen; segundo: que dirige la expedición uno de los hombres más extraordinarios y al propio tiempo más impenetrables del siglo. »¡Este hombre es Doc Savage! El locutor hizo una pausa, como para dar cierto énfasis al nombre que acababa de pronunciar y su oyente se recostó sobre el borde del aeroplano, lleno de interés. No distinguió encuadrada en el marco de la abierta puertecilla lateral del hangar, la máscara amarilla de un rostro asesino ni percibió unas manos sarmentosas que empuñaban un arma mortífera singular. -¡Doc Savage! -murmuró-. No conozco a ese caballero... La voz del locutor continuó diciendo desde la emisora: -El nombre de Doc Savage es casi desconocido de nuestro público. Sin embargo, en los centros científicos goza de una fama envidiable... y muy merecida por cierto. En cualquiera de ellos se pronuncia su nombre como un conjuro. »Uno de dichos centros dio, anoche, un banquete al que tuve ocasión de asistir y durante él oí hablar, varias veces, de los importantes descubrimientos llevados a cabo por Doc Savage en los amplios y diferentes campos de la electricidad, de la química y la cirugía y últimamente en el de la botánica con el de una especie rara de árbol maderable que fructifica y se desarrolla rápidamente. »Con asombro creciente escuché, anoche, señores radioyentes, las calurosas palabras de encomio que le dedicaban nuestros sabios más eminentes. Parece imposible que pueda hablarse en tales términos de un simple ser humano, sin incurrir en exageración y, no obstante, así fue. Para que se hagan cargo de quién es el misterioso Doc Savage, casi desconocido en su propia patria, voy a describírselo a ustedes en pocas palabras: »No obstante su labor sorprendente, es joven todavía: un gigante de bronce que atrae todas las miradas por donde quiera que pasa. Su fuerza física corre parejas, según dicen, con su agilidad mental y es una maravilla de desarrollo muscular. Un compañero de mesa me aseguraba, anoche, gravemente, que si Savage entrara en competición atlética, su nombre encabezaría todos los periódicos. »Desde la cuna ha venido recibiendo una educación especial iniciada por su difunto padre que le eleva sobre el nivel de los demás hombres y le capacita para un objeto definido en la vida: el de viajar incesantemente de una punta a otra del globo en respuesta a una llamada angustiosa, el de prestar ayuda al necesitado y aplicar un castigo al que se lo merezca. »Por los dobles lazos de la amistad y de la abnegación, se hallan unidos a él cinco hombres amantes de la aventura y de las emociones que se dedican, en cuerpo y alma, a la noble misión de hacer el bien. »Extraño y misterioso grupo es el que componen los cinco hombres, y tan poco común, que los hechos verídicos, escuetos, que os estoy relatando, deben pareceros rebuscados e irreales. Mas no lo son. Yo os aseguro que he recurrido a fuentes de información dignas de crédito... El radioyente del hangar guiñó un ojo. -He dicho: ese Doc Savage es un caballero -observó, en voz alta. El amarillo se hallaba cerca de él en aquellos momentos y el radioyente, sorprendido de improviso, como su compañero, el (p.4) guardián de la puerta, cayó muerto... o desvanecido, su atacante no se cuidó de averiguarlo, bajo el golpe de una mano homicida. Una avalancha de seres de ojos oblicuos se desparramó seguidamente por el hangar. En él no sonó orden alguna imperativa. Los chinos continuaban actuando conforme a un plan elaborado de antemano. Su eficiencia era terrible, fatal. El grupo entero procedía como un solo hombre, como una máquina formidable y destructora. Dos individuos se destacaron de él y fueron a abrir las puertas del hangar. El resto se ocupó en empujar y poner en marcha los aviones. Estos pertenecían al tipo más moderno de aparatos voladores; sin embargo, los siniestros orientales parecían hallarse familiarizados con su manejo. Tres amarillos <<raider>> se encaramaron a los aparatos, llevando en los brazos granadas y ametralladoras. Estas fueron rápidamente colocadas en la debida posición y las granadas fueron guardadas junto con los tambores de municiones. Más hombres se posesionaron de cuatro paracaídas encerrados bajo llave en una habitación. No se perdió tiempo en buscar los objetos necesarios por el aeropuerto. Los amarillos sabían, exactamente, dónde se encontraba cada uno de ellos. Después se condujo a los aviones fuera de los hangares. Cuatro orientales sacaron cascos y gafas de sus ropas. Se ciñeron los paracaídas y se instalaron en los asientos delanteros de los aparatos. Sus cascos escarlata les hacían parecer un cuarteto de picamaderos de roja cabeza. Un ruido semejante al de un trueno que se extingue galopó a través del aeropuerto al comenzar a funcionar los motores. Los flotadores de ala de los aviones levantaron una nube de polvo de debajo de los aparatos y la impulsaron hacia delante en masas ondulantes. Los aviones se deslizaron por el aeropuerto, despegaron con un ligero salto y ascendieron, en inclinado plano, por el espacio iluminado. Los orientales que habían quedado en tierra no perdieron tiempo en abandonar el aeropuerto. Corrieron junto a los camiones, (p.5) se subieron a ellos y partieron velozmente. Tres o cuatro minutos después de haber despegado los aeroplanos, no quedaba alma viviente en el aeropuerto. Sus dos guardianes yacían, todavía inconscientes, en el sitio mismo en que habían caído. En la cuneta del camino continuaban tendidos con los miembros inmóviles, los tres conductores de los camiones de transporte. A su alrededor dormían plácidamente los habitantes de la isla. El zumbido de los cuatro aeroplanos que pasaban sobre ella no llamó la atención, ya que no era inusitado que despegaran de noche del aeropuerto. Al cabo de diez minutos se extendía bajo su barquilla el <<Sound de Long Island>>. Su superficie cabrilleaba a la luz de la luna como inmensa bandeja de plata. Los aviones se separaron unos de otros y descendieron sobre el «Sound». Cada piloto oriental miraba hacia abajo con unos potentes gemelos de campaña. Los tres escudriñaban las aguas del golfo con la misma atención maquinal con que habían actuado, de modo tan sanguinario, en el aeropuerto. No transcurrió mucho tiempo sin que encontraran lo que buscaban: una estrecha embarcación que atravesaba el estrecho levantando un gran oleaje de espuma. Los aviones se dirigieron deliberadamente a su encuentro.
CAPÍTULO II EL BUQUE FANTASMA
Su presa se acercaba rápidamente. Ya se distinguían más detalles de la embarcación. Los pilotos de color continuaban enfocándola con sus prismáticos. Ladearon sus aparatos y descendieron, en zambullidas rápidas, sobre el buque. Era éste un submarino semejante a una escuálida ballena de agudo espinazo, que midiera varios centenares de pies de longitud. De popa a proa se extendían sobre él grandes correderas de acero y en su centro se alzaba una torre telescópica reversible.
«HELLDIVER»
Era el submarino de que había hablado el locutor de la emisora a sus radioyentes. Con matemática precisión, los cuatro aviones se lanzaron, zumbando, sobre el sumergible. Los pilotos habían abandonado los prismáticos y sus ojos escudriñaban la abertura por donde iban a lanzar las granadas. Manos amarillas las sostenían con los músculos en tensión. Un perito naval hubiera jurado, dados los hechos, que el submarino no tenía la menor probabilidad de escapar al desastre que le amenazaba: Inevitablemente debía ser destrozado en el agua por las granadas de mano. Los pilotos mogoles habían perdido la impasibilidad. Sus rostros asumían una mueca burlona, sus ojos se inyectaban de sangre. Por fin iban a llevar a cabo sus funestos designios: ocasionar la muerte de cada uno de los pasajeros del submarino. Pero recibieron una sorpresa desagradable. Desde una docena de puntos diversos e invisibles, el casco del submarino despidió un humo denso, negro como la pez, que se esparció rápidamente en todas direcciones, cubriendo la superficie del <<Sound>> en varios kilómetros a la redonda y borrando el sumergible del campo visual de los pilotos amarillos. Con medrosa precipitación lanzaron granada tras granada en el centro de la nube de humo. Estas explosiones hicieron ascender a los espacios columnas altas como árboles del negro cuerpo de la masa nubosa. Mas era difícil de calcular si habían alcanzado al sumergible. Mientras, vigilantes, giraban los aviones en torno a la columna de humo, hubiera podido tomárseles, fácilmente, por furiosas abejas metálicas que zumbaran por encima de una extraña flor gigante. Sus pilotos no desperdiciaron más municiones. La nube había cubierto más de media legua en todas direcciones y buscar el submarino en su centro era tan insensato como buscar una aguja en un pajar. Transcurrieron varios minutos. Súbitamente, como un solo aparato, los aviones se dejaron caer, planeando, sobre el borde occidental de la espesa pantalla de humo. Los ojos penetrantes de los mogoles habían descubierto una masa alargada, fina, que avanzaba por debajo de la superficie del agua, dejando en pos de sí una estela espumosa. En rápida sucesión, los aviones de caza descendieron, vertiginosamente, sobre la masa. Cayeron cuatro granadas. Las cuatro dieron en el blanco. Los mestizos mogoles sabían lo que se hacían. El agua del mar se levantó en líquidas columnas verdosas y roció con su espuma los aeroplanos. Describieron éstos un amplio círculo y después volvieron al lugar donde estaba el submarino. La conmoción de las aguas había pasado. Los pilotos dejaron escapar de sus labios sibilantes exclamaciones de alborozo. La masa alargada ya no se veía. Aceite en cantidad cubría la superficie del agua. Tal como si hubiera manado de las abiertas entrañas del sumergible. Los aparatos de caza describieron perezosas espirales. Convencido de que había terminado, con éxito, su destructora tarea, el jefe del cuarteto se dirigió a la playa, distante tres o cuatro leguas. Una vez sobre tierra firme se lanzó al espacio y abrió el paracaídas. El aparato se perdió dando vueltas sobre sí mismo en opuesta dirección. Probablemente caería destrozado no lejos de allí. Dos pilotos siguieron el ejemplo de su jefe. El cuarto permaneció unos segundos más en el lugar en que había desaparecido el sumergible. Examinaba el reguero de aceite que manchaba la superficie del «Sound». Por casualidad reparó en un pequeño objeto que se hallaba muy cerca de la nube de humo. Era una caja, nada más, que se balanceaba sobre las olas. EL piloto la despreció. Parecía inofensiva, sin precio. Momentos después volaba en dirección a la playa y se lanzaba al espacio con el paracaídas, como sus compañeros. De haberse tomado tiempo para examinar el pecio flotante, se hubiera ahorrado futuras molestias y trabajos. Hubiera reparado en que la caja tenía en su parte superior y en los costados unas lentes semejantes a las de una cámara fotográfica. En su interior había otras y también unos discos perforados con agujeros diminutos, células sensibles fotoeléctricas... Era un aparato transmisor de televisión. De él salían y se hundían en el agua alambres eléctricos impermeabilizados. El «Sound» no era muy profundo en aquel paraje. En su fondo descansaba el «Helldiver. En él penetraban los hilos eléctricos del aparato de televisión. Ante el disco registrador del receptor estaban, (p.6) de pie, seis hombres, seis seres extraordinarios como jamás se han visto reunidos. Cada uno de ellos, gozaba de una bien cimentada fama en la profesión que ejercía. Allí estaba Renny, alto y pesado. En sus grandes puños se ocultaba casi todo el secreto de su fuerza. Renny tenía un semblante puritano, grave y sereno. El único entretenimiento que se permitía era derribar los paños de las puertas con sus puños colosales, en el momento oportuno. Como coronel John Renwick, el ingeniero Renny era conocido en varias naciones y cuando trabajaba percibía un sueldo fabuloso. Allí estaban también Long Tom o Mayor Roberts, paliducho, de aspecto poco sano, que había engañado a muchos... a su costa. En calidad de sabio había cooperado en sus trabajos sobre electricidad con los hombres más eminentes de la nación... Johnny (William Harper Littlejohn), era alto, flaco y llevaba lentes. Parecía estar siempre medio muerto de hambre y por sus hombros escuálidos se asemejaba a una percha. En otro tiempo había dirigido la sección de Historia Natural de una Universidad famosa. Sus conocimientos de geología y arqueología eran muy profundos; los libros que llevaba escritos sobre ambas materias se hallaban en todas las buenas librerías. A ambos extremos del grupo se mantenían engallados dos individuos que se miraban como gato y perro. Eran Monk y Ham. Aparentemente, siempre estaban dispuestos a llegar a las manos A la menor ocasión se maltrataban de palabra. Sin embargo, Ham había arriesgado su vida varias veces para salvar a Monk y Monk había hecho lo mismo por Ham. Eran completamente distintos uno de otro. Monk era un monstruo velludo, de gran corpulencia, cuyos brazos, no tan largos como sus cortas piernas, le hacían parecerse a un gorila. No obstante su aspecto vulgar, era uno de los químicos más notables del mundo, en el que se le conocía como teniente coronel Andrew Blodgett Mayfair. Pero parecía un oso. Ham era esbelto, de talle elegante. Sus vestidos eran siempre una perfección. Más de un sastre le había (p.7) seguido por la calle por el solo placer de verle llevar un traje como es debido. Sus tarjetas de visita rezaban: «Brigadier General Theodore Marley Brooks» y era posiblemente el abogado más astuto que había salido de las aulas de Harvard. Ham llevaba a todas partes un bastón negro, inofensivo en apariencia, que era, en realidad, un estoque. Jamás se le veía sin él. En cuanto al sexto miembro del grupo, era un gigante de bronce: Doc Savage. De hombre misterioso le había calificado el locutor de la radio emisora; de mago de la ciencia; de maravilla muscular. Y no había exagerado. Doc Savage era todo esto. Su fuerza, sus dotes intelectuales, eran casi fantásticas, sobrenaturales. Era el producto de una educación científica intensa comenzada desde el mismo instante en que nació. Cada día de su vida había dedicado dos horas a un ejercicio físico mental poco corriente. Su capacidad podía parecer increíble, pero no tenía nada de mágica. Una rígida observación de dichos ejercicios cotidianos unidos a un estudio constante, habían producido en él sorprendentes resultados. Doc era hombre corpulento, pero su tamaño se olvidaba contemplando la perfecta simetría de su cuerpo increíblemente vigoroso. El bronceado color de sus cabellos era poco más oscuro que el de sus facciones y semejaba un casco de metal que le ciñera estrechamente la cabeza. Pero de su rostro, lo más sorprendente era, sin duda alguna, las pupilas, que chispeaban con dorado fulgor cuando las herían las lucecitas que se escapaban del disco registrador del aparato de televisión. Ellas parecían ejercer una influencia hipnótica sobre el hombre que las observaba. Los contornos de sus rasgos varoniles, la elevada frente, la boca, móvil, de labios no muy gruesos, las flacas mejillas, denotaban una fuerza de carácter poco común. -¡Ahí va el último avión! -dijo a sus compañeros. Aunque opaca, su voz tenía un poder singular de sonoridad vibrante. Era una voz educada. Todos los días la ejercitaba Doc Savage como los miembros de su cuerpo. -Nuestros enemigos han creído, sin duda, que nos han echado a pique -dijo sonriendo, Johnny, el huesudo arqueólogo. Y se caló las gafas. Uno de sus cristales, el izquierdo, era una lente de aumento potentísima. En realidad, Johnny había perdido el uso del ojo izquierdo durante la guerra mundial y así llevaba la lente en la montura de sus gafas con objeto de tenerla más a mano. -Sí, les ha engañado nuestro ardid -admitió Doc-. Quizá no hubiera producido el mismo efecto en pleno día. Entonces hubieran visto que el supuesto sumergible era una tira de lienzo pintada de gris y sostenida casi a flor de agua por unas barricas de aceite que impulsaba el mecanismo de un torpedo. Monk dejó de mirar a Ham con el ceño fruncido para preguntar, sin moverse de su puesto: -Hace dos días que fabricaste el artefacto. ¿Sabías entonces lo que iba a suceder? Doc sonrió imperceptiblemente. -No -dijo-, pero suponía que podíamos embarcarnos en una aventura inesperada; por consiguiente, tomé mis precauciones en contra. -Las aventuras nos salen al paso, en efecto -observó sonriendo Monk-. A propósito: ¿quiénes eran esos caballeros que trataban de apedrearnos? Por toda respuesta, Doc extrajo del bolsillo de su chaqueta dos radiogramas. -Todos habéis leído, cuando llegó, el primero de estos dos mensajes, ¿no es eso? Los cinco hombres asintieron con un gesto. Se hallaban en el corazón de las regiones polares, cuando les había alcanzado el primer radiograma. Era muy breve y decía así: «Necesito desesperadamente de vuestra ayuda. »JUAN MINDORO.» Después de leerlo, Doc Savage había enfilado la proa del submarino hacia el Sur. De todos modos no había ya nada que hacer en el Ártico; así, urgía salir de él cuanto antes. Él y sus cinco compañeros habían desempeñado ya la misión que les había llevado a las regiones polares, o sea la búsqueda intrépida, desesperada, del tesoro, por valor de cincuenta millones de dólares que se hallaba a bordo de un abandonado vapor de línea. El tesoro reposaba en aquellos momentos a bordo del submarino. Riqueza amontonada que amenazaba con hacer verter tanta sangre como peso tenía. Doc no había explicado a sus hombres el significado del radiograma misterioso ni ellos le habían dirigido pregunta alguna, sabiendo que a su hora se enterarían de lo que se trataba. A veces era Doc tan misterioso con sus amigos como con el resto del mundo. Sin embargo, los cinco hombres presentían un peligro próximo. Pocos días antes había hecho Doc detener un buque que se cruzó en su camino con el submarino y embarcó en él a los tres pasajeros que quedaban a bordo. Dichos pasajeros (un violinista famoso, su esposa y su hija) eran, con Doc y los cinco ayudantes, los únicos supervivientes de las terribles aventuras porque acababan de atravesar en el Ártico. EL locutor no los había mencionado porque ignoraba su existencia y continuaría ignorándola, ahora que se había dado fin al episodio polar como a las páginas de un libro. El hecho de que Savage hubiera trasladado los tres pasajeros a un transatlántico demostraba que deseaba sacarlos de un peligro y daba a comprender a sus camaradas que les preparaba algo grande. No les importaba. Vivían para satisfacer su sed de aventuras. Y por hallarlas estaban dispuestos a visitar los confines del globo. En cambio, ignoraban que Doc hubiera recibido un segundo radiograma y que éste tuviera el mismo origen que el primero. Doc extendió la misiva sobre la mesa. -La copié yo mismo hace días. Leedla -ordenó. Los cinco hombres se agruparon alrededor de la mesa, y leyeron: «Me veo obligado a ocultarme en casa de la persona que me acompañaba cuando le vi a usted por última vez. Venga a verme a ella y prepárese a defenderse, pues se atentará contra su vida. »JUAN MINDORO.» -¡Hum! -exclamó Monk arrugando la aplastada nariz de mono-. Esto no nos explica gran cosa. -Tienes razón -replicó Doc-. Ahora comprenderéis por qué no os he explicado, muchachos, lo que nos aguarda. Yo mismo lo ignoro. Sólo sé que tiene algo que ver con Oriente. »Juan Mindoro es un político influyente, natural del grupo de islas del Pacífico conocido bajo el nombre de Cazón. (p.8) Todos debéis conocer lo que ha sucedido allí últimamente. -Sí. Se les ha dado la independencia -dijo Ham-. Ahora recuerdo que después de obtenerla se hablaba de Juan Mindoro como el futuro presidente de la República; pero, ¿qué tenemos que ver con todo esto? Doc se encogió de hombros. -Es pronto aún para poderlo decir -replicó-. Los asesinos han dejado libre el campo -agregó, después de lanzar una ojeada al disco registrador del aparato de televisión-. Salgamos a flote. El submarino ascendió a la superficie. Una capa ligera de humo flotaba todavía sobre las aguas del <<Sound>>. Doc recogió el aparato transmisor de televisión que flotaba detrás del <<Helldiver» y después el submarino aceleró la marcha. Corría a ras del agua para no llamar la atención de las embarcaciones que se cruzaban en su camino. Una vez se zambulló para pasar sin ser visto por delante de un cargamento de periodistas que iban en una lancha.
CAPÍTULO III EL PELIGRO MOGOL
Todos los muelles de Nueva York estaban vigilados aquella noche por una nube de reporteros. El regreso de un submarino que se había aventurado a recorrer los helados mares del Polo, constituía una noticia sensacional, cuyo interés acentuaba el hecho de que no desearan dar publicidad a la aventura las seis personas que venían a bordo. Por ello cada periodista hubiera deseado ser el primero que pudiera comunicar a su periódico una historia emocionante y verídica de la expedición. Sólo seis regresaban a Nueva York de los cuarenta hombres que habían salido en el <<Helldiver>> con rumbo a las regiones del Ártico. ¡Señores, qué barbaridad! Desde las redacciones se transmitían órdenes sin descanso a los periodistas. Una nube de fotógrafos se había lanzado a la calle, corría de aquí para allá en respuesta a un aviso dado por personas oficiosas que tomaban por el submarino a chalanas fangosas o viejos botes abandonados. Todo el mundo perdía, gustoso, unas horas de sueño por aguardar al <<Helldiver>>. En un remoto rincón de la bahía se (p.9) balanceaba, sujeto a su ancla, un vapor extraño, viejo y mohoso. Su capitán, que era al propio tiempo el propietario, era casualmente amigo de Doc Savage. Poco después de medianoche este capitán hizo saltar de sus hamacas a la marinería, y mandó amarrar al costado del buque el submarino <<Helldiver>>. Nadie reparó en ello. Una lancha se dirigió después, vertiginosamente, a la orilla, llevando en su fondo una pequeña fortuna en oro y diamantes, parte del tesoro que Doc había traído del Ártico. Recibieron y se apoderaron del precioso cargamento un carro blindado y doce hombres con las armas amartilladas. También pasó inadvertido este detalle a los ojos de los periodistas. Doc y sus cinco hombres desembarcaron con la última carga. Al día siguiente los reporteros descubrirían al submarino amarrado al costado del vapor, pero el capitán de este último procuraría mixtificar su labor informativa. La expedición submarina al Ártico estaba destinada a ser un misterio que jamás solucionarían los extraños. Un <<taxicab>> condujo a Doc y sus cinco ayudantes a la parte alta de la ciudad. Doc iba de pie en el estribo, con la cabeza descubierta. Tal era su costumbre siempre que les amenazaba algún peligro, pues para sus ojos penetrantes no pasaba inadvertido el menor detalle y ni aun el ser más insignificante podía atacarle sin ser visto. El <<cab>> se detuvo ante un edificio, el más impresionante de la ciudad. Era un rascacielos fino y rígido como una aguja, una mole de ladrillo y acero de casi cien pisos. A aquellas horas de la noche transitaba poquísima gente por la calle, pero aun siendo tan escasa, se detenía a contemplar a Doc con una cómica expresión de asombro en el semblante. Adonde quiera que fuese Doc producía siempre idéntica sensación. En un ascensor expreso ascendió, con sus cinco ayudantes, al piso ochenta y seis del rascacielos. En él había instalado su cuartel general, consistente en un despacho amueblado lujosamente, en una biblioteca de las más completas del mundo en materia técnica y científica y en un laboratorio dotado de todos los adelantos modernos químico-eléctricos. Poseía, además, un segundo departamento (en el que había también un laboratorio y una biblioteca inmejorables), pero éste estaba situado en un lugar denominado por Doc su Fortaleza de la Soledad. Nadie había estado en él ni nadie sabía en qué punto del globo se encontraba. Mas a este retiro iba Doc con frecuentes intervalos, siempre que deseaba entregarse al estudio intenso de una materia o problema. Entonces desaparecía misteriosamente y en silencio, como si se lo hubiera tragado la tierra, y ninguno de sus hombres podía comunicarse con él. A estas periódicas desapariciones debía, sobre todo, la fama de ser misterioso que gozaba. Monk instaló su voluminosa persona, enfundada, en aquel instante, en un abrigo de pieles, sobre la mesa del despacho y lió un cigarrillo. -¿Hiciste por radio la distribución del tesoro? -interrogó a Doc Savage-. ¿Saben allí qué les está destinado? -Sí, todo está arreglado, tranquilízate -replicó Doc. Todos sabían lo que quería decir Monk. El dinero hallado en las regiones polares estaba destinado a continuar la mejora y sostenimiento de una institución singular fundada por Doc en el Norte del Estado de Nueva York, lugar a donde eran enviados los criminales que capturaba. Allí los infractores de la ley eran sometidos a un tratamiento especial por el cual, y tras de una delicadísima operación del cerebro, se borraba de sus mentes el recuerdo del pasado. Una instrucción adecuada convertía después a todos ellos en dignísimos y útiles ciudadanos. Institución poco común, se debía al saber e iniciativa extraordinarios de Doc Savage. El jamás enviaba a presidio a un semejante. Este iba directamente a la institución benéfica y allí era operado por especialistas bajo la dirección de Doc Savage. De ella salían totalmente reformados y sin recordar sus pasadas fechorías. -¡Uf, qué calor hace aquí! ¡Se asfixia uno! -exclamó de pronto Ham. Atravesó el despacho y abrió la ventana. El impresionante panorama de Nueva York, extendido a sus pies, le sedujo y permaneció contemplándolo un instante. Después volvió la espalda bruscamente. Una paloma de color pizarroso ascendió por el aire y se posó en el alféizar. Ni Doc ni sus hombres le prestaron atención. En torno a los rascacielos abundan estas aves, de modo que el hecho no tenía, en sí, nada de extraordinario. -¿Qué hay que hacer ahora? -quiso saber Ham. -De momento, nada -dijo Doc-. Hemos estado ausentes varias semanas, ignoramos lo que nos aguarda y si tardará en estallar la tormenta. Conque, dispersaos y atended a vuestros negocios, que debéis necesitarlo. -Mi secretaria se cuida de mis negocios -sonrió Monk-. Permite, Doc, que permanezca a tu lado. -No es necesario -replicó su jefe-. Para interviuar a Juan Mindoro me basto yo solo. La paloma no se había movido del alféizar de la ventana. -¿Sabrás dar con él? -inquirió Monk. -Su telegrama decía que estaba escondido en casa del hombre que le acompañaba la última vez que hablé con él -dijo Doc-. Esto fue en Manila, capital de la Unión, y el hombre que le acompañaba en aquellos momentos era Scott Osborne, hacendado e importador de azúcar de los más acaudalados de Luzón. Osborne posee una finca aquí, en el Norte de la ciudad, y a ella pienso dirigirme. Johnny había estado mirando de soslayo, como las aves de rapiña, a través de sus gafas: estudiaba a la paloma. -¡Vaya un ave singular! -exclamó, quitándoselas de pronto, pues sin ellas veía muy bien-. Se diría que duerme... Doc miró a su vez al ave y se quedó extático. De pronto, un sonido fantástico penetró las paredes del despacho, semejante a la suave y melodiosa canción de un ave exótica de la selva, o al rumor del viento cuando pasa a través de árboles sin hojas... Una tensión nerviosa se apoderó instantáneamente de los cinco camaradas de Doc. Sabían lo que significaba aquel sonido. ¡Un peligro invisible les acechaba! Pues era Doc quien producía aquel sonido: era un grito inconsciente que emitía en los momentos de emoción, cuando hacía un descubrimiento sensacional o les amenazaba una muerte imprevista. La paloma abandonó bruscamente el alféizar de la ventana. Doc se llegó junto a ella con la (p.10) velocidad del relámpago. El ave distaba entonces unos metros de la ventana y volaba pesadamente. Doc la contempló hasta que se perdió de vista en la irradiación lunar. -Ha estado situada en un punto -observó secamente- hasta el cual llegaba cuanto se ha dicho. -¡Hombre! -exclamó Monk, burlonamente-. ¿Y transmitirá nuestras palabras? -Sí, por cierto. -¿Eh? -No te extrañe; atado a las plumas de la cola llevaba un diminuto micrófono. Monk miró en dirección de la ventana y abrió un palmo de boca. -¡Demonio! -exclamó-. ¡Pero si ha volado como si no llevara pendientes de su cuerpo los alambres del aparato! -Sin duda son muy finos, como hilos de seda -explicó Doc-. Por fuerza han de ser muy delgados o, de lo contrario, los hubiéramos visto. Un tirón los ha roto y ha dejado en libertad a la paloma. Asomando la cabeza por la ventana y empinándose sobre la punta de los pies, recorrió Doc con la mirada la fachada del rascacielos. Su vista tropezó sólo con ventanas cerradas, silenciosas y oscuras. Entonces examinó el alféizar, reparando en las partículas de polvo gris que le salpicaban. En una hendidura descubrió la cáscara de un cañamón. -¡Han dado de comer en este alféizar al ave! -declaró-. De la cual deduzco que, o bien se ha forzado la puerta del departamento, o el grano ha sido bajado desde un piso superior. De este modo ha aprendido el animalito a volar hasta aquí. De un salto se apartó de la ventana y cruzó la habitación. Era sorprendente la celeridad con que se movía su cuerpo bronceado. Penetró en el pasillo y, como deslizándose, llegó al ascensor. Una vez junto al camarín pulsó un botón escondido y se descorrieron las puertas. Tan deprisa había actuado, que los cinco hombres permanecían aún en el despacho; Mas se le reunieron al punto, con Renny a la cabeza. El ascensor les llevó a la planta baja. Había sido instalado especialmente para Doc Savage, y sólo le usaba y manejaba a una velocidad espantosa. Tal fue la marcha a que descendieron los ochenta y cinco pisos que les (p.11) separaban de la calle, que Monk, Johnny y Long Tom cayeron de rodillas por la sacudida de la parada. -Ya os lo he dicho: su grandeza nos humilla -sonrió Monk poniéndose de pie. Entusiasmado como un niño, Monk había estado a punto de estropear el mecanismo del ascensor a fuerza de usarlo, después que se le instaló en el rascacielos. Un guardia paseaba por delante del edificio haciendo girar el bastón de mando que llevaba en la mano. -¿Ha visto si alguien ha abandonado precipitadamente esta casa hace poco? -le preguntó Doc. -No, señor -repuso el guardia-. Las únicas personas que he visto salir de ahí dentro han sido dos individuos de ojos oblicuos, pero no llevaban prisa, al parecer. -¿Adónde se han dirigido? -Tomaron un taxi. Doc se volvió a mirar a sus ayudantes. -Ellos son los que nos han enviado la paloma -manifestó-. Comprendieron que les habíamos descubierto y huyeron. Intentar perseguirles sería perder lastimosamente el tiempo. Giró sobre sus talones y tornó a penetrar, como una tromba, en el edificio. Sus cinco hombres permanecieron indecisos un momento y después corrieron en pos de él; pero el ascensor exprés había partido ya hacia lo alto. Entonces penetraron en el ascensor, más lento, de la casa..., para descubrir al llegar al nido de Doc que éste había salido de él por la puerta del laboratorio. El hogar de Scott S. Osborne, el importador de azúcar, era un edificio de piedra con aires de castillo feudal, enclavado en una colina frondosa de Pelhaur, uno de los barrios señoriales de las afueras, que se encuentran al Norte de la ciudad de Nueva York. La construcción había sido erigida en el centro de un foso lleno de agua, que rodeaba sus muros. Réplica adecuada del castillo medieval, era un puente levadizo, echado sobre el foso, cuya anchura era más que suficiente para que por él penetraran al interior de la casa automóviles más o menos pesados. Doc Savage arribó solo, guiando un «Roadster» despojado, en aquellos momentos, de su capota. Discreto en apariencia, de color gris, era, no obstante, un lujoso coche de dieciséis cilindros. Puesto en una carretera, cubría, en línea recta, doscientos treinta y cinco kilómetros por hora. Doc echó pie a tierra, atravesó el puente y llamó al timbre. No obtuvo respuesta. Un reflector fijo sobre la puerta, inundaba el puente levadizo de una luz pálida. Doc tornó a pulsar el botón del timbre. Silencio. El vasto castillo semejaba una tumba. Su puerta estaba cerrada con llave. Doc tornó junto al «Roadster», extrajo de su interior un estuche negro poco mayor que un neceser de viaje y lo llevó al puente. Junto a éste había un matorral y lo ocultó en él. El estuche tenia una lente parecida a la de una cámara fotográfica. Doc la dejó enfocada en dirección de la puerta de entrada del castillo y en silencio cubrió de ramas el estuche. Las sombras proyectadas por el matorral se engulleron su bronceada figura. Desapareció sin hacer el menor ruido, sin que se moviera una sola hoja del matorral. Reapareció cerca de una de las paredes del castillo. Sus ladrillos ofrecían salientes desiguales, por los que se encaramó con la misma facilidad con que otro hombre cualquiera recorrerla una superficie lisa, a pesar de que los salientes eran tan estrechos que apenas le dejaban espacio a donde asirse. Al llegar a lo alto de la cerca, se detuvo a reconocer el terreno. El mismo silencio de muerte envolvía la mansión. A ambos lados de la cerca había dos cuerpos de edificio, prolongados, de dos pisos, cuyos muros formaban uno solo con el exterior del castillo. En su centro había un lindo patio, una fuente, matorrales, flores. Ninguna de las ventanas estaba iluminada. Entre los pies de Doc y el suelo del patio mediaba una distancia de varios metros. Pero saltó y tan poderosos eran los músculos de sus piernas que el gran salto apenas le conmocionó. Avanzó ligeramente y empujó la puerta de entrada. Esta no cedió. Empujó otra y luego otra en rápida sucesión. Todas las que daban al patio estaban cerradas a piedra y lodo. Entonces, se dirigió, sin hacer el menor ruido, hacia la fuente y a su sombra tocaron sus dedos una caja que llevaba pendiente del costado. En ella y a su contacto sonó un ¡clic!. Doc se arremangó entonces el brazo izquierdo y puso al descubierto lo que parecía un enorme reloj de pulsera. Un examen detenido hubiera revelado un hecho sorprendente respecto al cristal de este reloj: que reflejaba un cuadro animado. La escena se desarrollaba en el puente levadizo o sea en el exterior de la morada del señor Osborne, amigo de Juan Mindoro. En el centro se veía, de pie, una figura tenebrosa cuyos brazos se agitaban. Esa figura daba órdenes a otras vagas formas. ¡El castillo iba a ser rodeado! El aparato semejante a un reloj de pulsera y la caja que llevaba Doc guardada debajo de la americana, constituían un aparato receptor de televisión, sumamente reducido, y adaptado a la longitud de onda del transmisor, escondido en el matorral, junto al puente. Doc continuó mirando en el cristal del aparato que llevaba ceñido a la muñeca. Unos hombres de ojos oblicuos se habían reunido a la figura tenebrosa, cargados con revólveres, espadas y cuchillos. Dos de ellos llevaban también dos ametralladoras. Una de las sombras introdujo una llave en el ojo de la cerradura y a los oídos suprasensibles de Doc llegó el rechinar de la puerta de entrada. Los asaltantes sabían, pues, que él estaba dentro del castillo. Proba -blemente le habrían divisado cuando se encaramaba al muro. El caso era que entraba en el castillo la horda asesina, invadiendo el silencioso recinto donde él se hallaba.
CAPÍTULO IV LA ESPADA GOTEANTE
Doc Savage abandonó la lóbrega vecindad de la fuente y corrió unos pasos. Su forma bronceada ascendió por el aire en un salto prodigioso y sus dedos se aferraron en el alféizar de una ventana que se hallaba entreabierta. Alzóse su bastidor y Doc se deslizó dentro de la habitación. Había llevado a cabo tales operaciones en menos tiempo del que se emplea para contarlo. Entretanto habíase abierto la puerta que daba sobre el puente levadizo y por ella, espada y puñal en mano, pronto a entrar en acción, penetró en el patio un grupo de mogoles. Registró la maleza con sus armas y cuando se hubo convencido de que Doc (p.12) no se hallaba oculto entre ellas empujó todas las puertas de la casa. Pero todas seguían cerradas. -¡El demonio de bronce se ha escapado! -cantó uno de los mogoles en su lengua nativa. -Eso es imposible -repuso su jefe, moviendo la cabeza-. Nuestros ojos miserables acaban de verle gatear por el muro y saltar al patio. Lo que me extraña -agregó, contemplando la alta cerca con el ceño fruncido- es que no se haya desnucado. -Pues si no está en el patio, OH poderoso Liang-Sun-Chi, debe hallarse en el interior de la finca. El aludido contempló con mirada biliosa los dos cuerpos del edificio. -¿El homble de blonce es un mago podeloso que penetla a través de pueltas y ventanas siendo así que las dejé, esta talde, helméticamente celadas? -observó. -Recuerda, señor, que esto se hizo con las de la planta baja, solamente -replicó el otro mogol-. ¡Ah! ¡Mira! Hay abierta una ventana del segundo piso. La abertura que el mogol señalaba era la misma ventana por la que había entrado Savage. Y éste estaba, en aquellos momentos, a oscuras, dentro de la habitación que había detrás de ella, escuchando la conversación entablada en el patio. Comprendía el idioma mogol y lo hablaba con tanta soltura como el inglés. -Ni un canguro podlía llegal hasta ella; muchísimo menos un homble -replicó desdeñosamente Liang-Sun-Chi-, pelo legistialemos la finca. Se dice que los mayoles mistelios se explican del modo más sencillo. Quizá dejamos abielta una puelta esta talde. Sacó un manojo de llaves del bolsillo, abrió una de las puertas del primer cuerpo de edificio e hizo seña a sus hombres. Entonces penetraron sigilosamente en la planta baja y encendieron las lámparas del bolsillo. Doc se retiró de la ventana y, sin hacer ruido, salió al corredor por la única puerta de la habitación. Allí quiso dar un paso y su pie tropezó con un obstáculo pesado. Una linterna salió entonces de su bolsillo y esparció en torno un rayo de luz poco más grueso que un hilo. El cuerpo de un hombre yacía en el suelo del (p.13) pasillo. Tenía un puñal clavado en el corazón. El rayo luminoso que emanaba de la linterna descubrió otros detalles. El asesinado era un hombre de unos sesenta años, que llevaba calzón corto, color ciruela, media blanca, casaca de largos faldones y peluca blanca. Su atavío lujoso le denunciaba. Sin duda había sido el mayordomo de la casa. Doc le sometió a un segundo examen más detenido, del cual dedujo que llevaba muerto varias horas. Abajo, los orientales hacían un ruido terrible, rasgando cortinajes y tirando los muebles al suelo encerado. -Hijos míos: no desespeléis y legistlad el sótano -ordenó Liang-Sun Chi, que tenía sus ribetes de filósofo. Pronta y ligeramente buscó Doc el piso alto y descubrió que contenía las habitaciones de la servidumbre, el gimnasio, una piscina, la sala de billar y unas cuantas habitaciones para los huéspedes. Por una ventana de la parte trasera de la casa miró el patio. Debajo de ella había quedado un hombre de guardia. Doc regresó entonces al pasillo del segundo piso, a cuyo extremo había una armadura, según había reparado en un principio. Sus piezas metálicas eran soportadas por un pie de hierro y, bajo la visera, se había colocado un rostro de papel <<máché>>, cuyo color se asemejaba casualmente al de las tostadas facciones de Doc. No se produjo el menor ruido al quitar Savage la armadura de su pedestal y elevarla junto a la abierta ventana. Pesaba lo menos cien libras. La tiró sobre el mogol que vigilaba el patio. El hombre cayó al suelo. La armadura chocó estrepitosamente con las losas. En el patio penetró una nube de mogoles. Lanzando gritos de excitación se lanzó sobre la armadura (creían que Doc estaba dentro), pero ninguno de ellos oyó levantarse una ventana al extremo opuesto del cuerpo de edificio ni vio flotar en silencio, como un gran murciélago, una figura bronceada que atravesó el patio de un salto y penetró en el segundo cuerpo de edificio del castillo. Únicamente ocupaba su atención la armadura a través de cuyos resquicios insertaron las hojas de sus espadas y puñales. Tantos y tan furiosos golpes dieron al propio tiempo sobre ella, que un mestizo hendió el yelmo. Entonces vieron que habían sido engañados. -Somos pelos sin olfato -observó Liang-Sun-Chi con sarcasmo-. ¡Cómo deben avelgonzalse de nosotlos nuestlos antepasados...! ¡EA, seguid buscando! Mientras los mogoles proseguían su pesquisa, Doc examinaba la otra parte de la mansión. En ella no halló huellas de Juan Mindoro ni de Scott Osborne. Sin embargo, en la biblioteca, descubrió los cordones de las cortinas rotos y tirados por el suelo que habían servido para atar a los prisioneros. Doc estaba seguro de que los orientales habían visitado el castillo unas horas antes, de que habían dado muerte al mayordomo y de que, probablemente, tenían secuestrados a Juan Mindoro y Scott Osborne. Terminado el registro del primer cuerpo de edificio, los mogoles pasaron al que ocupaba Doc a la sazón. -Se dice que es difícil atlapal desplevenida a una mosca a causa de sus múltiples ojos, que milan en todas dilecciones -cantó Liang-Sun Chi-. Imitadla, hijos míos, pues, si se nos escapa el homble de blonce, es posible que alguno de nosotlos pielda la cabeza. La florida fraseología de Liang Sun aclaró un punto importante para Doc. Aquellos mogoles y mestizos de mogol, servían, por lo visto, a un amo que tenía sobre ellos derecho de vida o muerte. Y este amo podía ser muy bien uno de los dos individuos de ojos oblicuos que habían soltado la paloma posada sobre el alféizar de la ventana de su despacho y oído, mediante el micrófono, la conversación sostenida por él, Doc, y sus hombres... o, por lo menos, se la habían contado. De todos modos, ella había atraído allí a los mogoles. Dos de éstos subían por la escalera. Doc reparó en la luz encendida y la apagó. La habitación en que estaba quedó a oscuras. La pareja venía cuchicheando. -Fríos gusanos de terror se arrastran a lo largo del espinazo de tu esclavo -decía en son de queja uno de los mestizos-. Desde que tuvimos la suerte de saber que Juan Mindoro le había cursado un telegrama pidiéndole socorro, hemos tomado informes de Doc Savage y sabemos que es un luchador formidable, «¡Ale!», Pero nadie nos dijo que fuera un duende. Por fuerza debe andar escondido por aquí y ya lo ves ni se oye ruido alguno, ni se divisa al viviente. -¡Majadero! ¡Ten la lengua! -gruñó el segundo mestizo-. ¡Sólo el cobarde habla de su miedo! -Te engañas. Sólo el idiota se olvida del peligro... Los orientales habían llegado a lo alto de la escalera. Uno de ellos se inclinó lentamente, como para mirarse los pies y, sin proferir una palabra, cayó al suelo, de bruces. El otro se le quedó mirando, embobado. Sus labios se entreabrieron, mostrando los dientes manchados de negro, como si fuera a lanzar un grito; mas también él cayó al suelo, hecho un ovillo. Una figura gigantesca y broncínea se irguió entonces junto a los dos cuerpos exánimes. Sus dedos les registraron las ropas, mas no hallaron nada en ellas que indicara quién podía ser su jefe. Ambos hombres roncaban, como si estuvieran profundamente dormidos. Doc se retiró en silencio, corredor abajo. Liang-Sun continuaba dando órdenes abajo, en el primer piso y, después, llamó a la pareja, mas en vista de que no respondía, ascendió la escalera, protegido por cuatro de sus hombres, los cuales llevaban la espada desenvainada y uno una ametralladora pequeña. Los gritos que exhalaron al descubrir a la pareja en tierra, sonaron como los cacareos con que saluda la aparición de un halcón una manada de pintadas. Sucedió a las exclamaciones un breve conciliábulo sostenido en voz baja, y después los orientales se retiraron al piso bajo con objeto, sin duda, de deliberar. -¿Que selá lo que ha dolmido asi a nuestlos helmanos? -repitió Liang-Sun una y otra vez. De pronto sonaron terribles alaridos en el extremo opuesto de la casa. Los muebles caían al suelo con estrépito; los hombres gritaban. -¡Aquí está el hombre de bronce! -se oyó gritar a distancia. Y los mogoles, con Liang-Sun a la cabeza, corrieron hacia la voz. Doc se quedó perplejo. Mas se le ofrecía una buena ocasión de escapar y no había que desperdiciarla. Pensando en abandonar cuanto antes el castillo, bajó veloz por la escalera de servicio y ésta le dejó (p.14) ante la biblioteca de la planta baja atestada de libros y alfombrada ricamente. Mas en cuanto puso el pie en ella comprendió que acababa de cometer una tontería, porque al momento se le echó encima como una docena de hombres de rostro amarillo. El ruido producido al otro extremo del cuerpo de edificio había sido una añagaza para hacerle bajar la escalera. El primer mogol que saltó sobre él tropezó, a medio camino, con una barrera infranqueable. Rechazado por ella cayó sobre la punta de la espada que empuñaba uno de sus compañeros y fue ensartado por ella. Un segundo amarillo recibió una bofetada asestada de plano y tan recia que dio media vuelta en el aire como un volatinero. Otro se halló asido por la blusa, a la altura del pecho. Lanzó un chillido y la penetrante cualidad chillona de su voz fue puntuada con el sordo ¡crac! De costillas que se rompen. Los mogoles no esperaban que la lucha fuera un juego de niños, mas tampoco la habían soñado así. El hombre de bronce se movía con una celeridad desconcertante y sus espadas herían el vacío con frecuencia. Si por casualidad le ponían las manos encima parecía que tocaran un acero viviente. -¡Este hombre no es un ser humano! -gimió el hombre de las costillas hundidas. Más orientales acudieron entonces a tomar parte en la pelea. Se bloquearon las puertas. Salieron a relucir lámparas de bolsillo. De vez en cuando herían sus rayos la persona del hombre de bronce, pero era sólo un instante. En seguida desaparecía. Una ametralladora comenzó a vomitar fuego por el cañón produciendo un estruendo ensordecedor a causa de lo reducido de la estancia. -¡Idiota! -gritó Liang-Sun-Chi-. ¿Quieles matalnos a todos? ¡Alto el fuego! El mismo fue quien dio fin a la pelea, pues momentáneamente vislumbró a Doc. El hombre de bronce se hallaba de pie en el centro de una gran alfombra. Agachándose, rápido como el pensamiento, asió Liang-Sun-Chi la alfombra y tiró de ella. Doc cayó al suelo. Liang-Sun-Chi le echó encima el resto de la alfombra. -¡Plonto! ¡Ayudadme a (p.15) sujetalo! -dijo a sus hombres-. ¿Sois calacoles, pol ventula? En veinte segundos de animación liaron a Doc en la alfombra como a una momia, sacaron del garaje tiras de goma y lo ataron fuertemente. Liang-Sun estaba orgulloso de sí mismo y se golpeó el pecho con el puño cerrado. -¡Yo solo he hecho, pelos, más que todos vosotlos! -exclamó. Abrió un extremo de la alfombra y le dirigió los rayos de su lámpara. La cara de Doc era perfectamente visible. Sus facciones tostadas carecían por completo de expresión, pero la fría energía de sus pupilas doradas movió a Liang-Sun a dejar precipitadamente la alfombra y a enderezar el busto. -Que la mitad de vosotlos salga fuela, hijos míos -ordenó-. Si alguien se acelca a la casa, atraído pol el luido de la contienda, matadlo. Esta casa está aislada y plobablemente no se ha oído nada; mas si alguien viene demosttladle que la culiosidad es mala consejela... Una parte del grupo formado por los mogoles se apresuró a salir al patio iluminado por los rayos de la luna. -¡Vosotlos vigilad estlechamente al plisionelo! -ordénó Liang-Sun al resto de sus hombres-. Si se escapa seléis empalados, os lo plometo. Yo voy a llamal al amo, pues deseo sabel lo que se ha de hacel con el homble de blonce. Cruzó una serie de habitaciones, que registró a la luz de su lámpara de bolsillo, y por fin descubrió, en una de ellas, un aparato telefónico. Con una reverencia descolgó el auricular y en buen inglés si se exceptúa las erres que convertía en eles, como todos los chinos, pidió a la telefonista: -Señolita, haga el favol: deseo comunicación con el númelo 0117 Océano. Pasado un minuto sonó una voz cantarina al otro extremo del hilo telefónico. Sin perder un instante dijo rápidamente Liang-Sun: -Glan señol: obla en nuestlo podel la melcancía que nos enviaste a buscal. Está liada dentlo de una alfombla y tu humilde selvidol desea sabel cómo quieles que se te entlegue. -¡En dos mitades, torpe! -dijo la voz cantarina, en un tono estridente-. Corta la mercancía por la mitad y déjala donde se halle. Después he de encomendarte otro trabajo. -Me atendlé a tus deseos. ¿Qué más quieles que haga? -Escucha: el importador de azúcar Scott Osborne, tiene un hermano que habita en Park Avenue. Ve a verle. Tenemos unos géneros que quizá le interese adquirir. -Complendo, glan señol, y no dudo de que quiela complal nuestlos génelos el helmano del señol Osbolne. Los dos orientales se expresaban de un modo vago por vía de precaución, pero se entendían perfectamente. Tenían en su poder a Scott Osborne y esperaban que su hermano le rescatara. -La venta de dichos géneros carece de importancia -prosiguió diciendo la voz desde el otro lado de la línea-, pero puesto que están en venta, saquemos de ellos el mayor provecho posible. -Complendo pelfectamente, glan señol. ¿Dónde vive exactamente el señol Osbolne? -¡En el listín de teléfonos hallarás su dirección, cerebro obtuso! -Bueno, bueno... -Volviendo a nuestra mercancía, la que tienes envuelta en alfombra, tengo entendido que existen cinco más con idéntico dibujo, aunque menos finas, pero me convendría que las buscaras. En fin: ya hablaremos de eso. Corta en dos trozos la mercancía que posees y no pierdas tiempo. Liang-Sun colgó el auricular, sacó su espada y entró en la biblioteca donde se había capturado a Doc Savage. La enrollada alfombra no se había movido. Sus guardianes de los ojos oblicuos estaban diseminados por la habitación, perdidos en la oscuridad, pero sus antorchas eléctricas continuaban iluminando la alfombra. Liang-Sun se plantó junto a ella de un salto. -¡Milad, pelos! -exclamó, con la espada levantada-. ¡Voy a mostlalos cómo maneja un maestlo la espada! El arma bajó silbando y la enrollada alfombra con el cuerpo que encerraba, fue limpiamente dividida en dos mitades. Un río carmesí brotó de la alfombra y se extendió instantáneamente por el suelo. Liang-Sun limpió, sin inmutarse, la hoja de su espada. -Jamás, hijos míos, veléis coltal a un homble en dos mitades de modo tan limpio -observó, dirigiéndose a sus hombres. No obtuvo respuesta. Entonces miró en torno. De pronto pareció perder unos centímetros de estatura y se le desorbitaron los ojos y bajó los entornados párpados. -¿Pol qué no lespondéis? -balbuceó-. ¿Acaso os han comido la lengua? Se colocó de un salto junto a uno de los mogoles y le sacudió. El hombre se cayó de la silla que ocupaba. Liang-Sun corrió junto a otro y otro. ¡Todos estaban sumidos en un estado singular de inconsciencia! Con una prisa loca sacudió Liang-Sun uno de los trozos de la alfombra, el que contenía la cabeza y hombros del hombre que había cortada en dos, y lanzó un chillido semejante al de un gato cuando le pisan la cola. ¡Los restos pertenecían a uno de sus hombres! Un terror indescriptible, sin nombre, como nunca había experimentado, se apoderó de Liang-Sun, y se lanzó ciegamente al patio. -¡El homble de blonce es el mismísimo demonio! -exclamó-. ¡Hijos míos, huyamos! Los orientales que habían estado de vigilancia en el exterior, no aguardaron a que se lo dijeran dos veces. Cada uno de ellos procuró ser el primero en llegar al puente levadizo y en meterse en los coches que les aguardaban. Estaban ya hartos de luchar con el gigante de bronce. Partieron sin saber a qué se debía el estado letárgico en que estaban sumidos sus compañeros. Un registro minucioso de la habitación en que aquellos estaban dormidos, les hubiera hecho descubrir los restos de varias redomas diminutas de cristal. Quizás hubieran adivinado que en principio contuvieron un anestésico gaseoso que sumía en la inconsciencia a aquellos que lo aspiraban y, sin embargo, que se tornaba inofensivo tras de permanecer en el aire dos o tres minutos. Estos glóbulos llenos de anestésico eran obra de Doc, quien llevaba siempre consigo una pequeña provisión. Los coches que se llevaban a los amedrentados mogoles rodaban todavía cerca del castillo cuando salió Doc Savage de detrás de un diván situado muy cerca del teléfono empleado por Liang-Sun-Chi para hablar con su jefe. Doc había oído la conversación. Su evasión del interior de la alfombra, que tan incomprensible era a los ojos de Liang-Sun-Chi, no había sido difícil, realmente, Doc se había valido de un ardid (p.16) usado por muchos artistas de circo. Cuando le ataban dentro de la alfombra, había puesto en tensión todos sus músculos, de modo que, al recobrar, más tarde, su posición natural, las ligaduras le venían algo flojas, permitiéndole salirse de la alfombra una vez que hubo dormido a sus guardianes. Se había librado de los efectos del anestésico aguantando la respiración un par de minutos, tiempo que tardaba, como ya hemos dicho, en volatilizarse. Así, en cuanto partieron Liang-Sun y sus hombres, salió del castillo con idea de lanzarse en su seguimiento, pero descubrió que le habían robado el <<Roadster>>. Corrió entonces al boulevard más próximo, que distaba un cuarto de legua del castillo. De haber medido el tiempo que invirtió en recorrer tal distancia los árbitros de una carrera pedestre, le habrían concedido el premio de velocidad, seguramente. Mas allí no había otro observador de su avance que un perro vagabundo que intentó darle alcance. Ya en el boulevard, Savage alquiló un taxi.
CAPÍTULO V EL RASTRO DEL DRAGÓN
El «cab» dejó a Doc ante un puesto de policía de la parte alta de la ciudad, en el que penetró. La marcada deferencia de los agentes, la celeridad con que se prestaron a concederle lo que deseaba, demostraba que le consideraban persona prestigiosa e influyente. EL propio inspector de policía no hubiera sido objeto de tanta deferencia. Se sacó y puso delante de Doc un listín de teléfonos poco corriente, en el que antes de los nombres de los abonados figuraban los números de sus teléfonos, y en él buscó Doc Savage el número pedido en el castillo por Liang-Sun. Era éste el 0117 Océano y junto a él se leía: «Géneros orientales del Dragón, S. en C.» Esta Sociedad estaba situada en el Broadway, bastante más al sur de la parte dedicada a espectáculos que se llama la Great White Way. Doc tomó otro taxi y ordenó al chofer que le condujera a la parte baja de la metrópoli. El hombre estuvo cavilando todo el trayecto, ¿por qué razón iría el excéntrico pasajero en pie sobre el guardabarros, (p.17) en lugar de tomar asiento en el interior del coche? ¡Jamás había visto cosa igual! El edificio que cobijaba la Sociedad en Comandita para la venta de géneros orientales, era un rascacielos de diez pisos, de aspecto modesto, decorado conforme al gusto de la generación anterior a la guerra del 14. La ciudad china distaba de él unas manzanas, solamente. Enfrente, al otro lado de la calle, había una casa en construcción, un rascacielos de cuarenta pisos, cuya armazón de acero estaba casi acabada. Una cuadrilla nocturna de obreros hormigueaba en él. El ruido producido por las máquinas remachadoras sonaba a hueco contra los edificios vecinos y palpitaba en la calle. Un capataz polvoriento explicó a Doc que la Sociedad del Dragón ocupaba el décimo piso del rascacielos que ambos tenían enfrente. Un ascensor puesto en movimiento por un hombre que llevaba unos zahones grasientos, subía y bajaba dentro del zaguán. La cara de luna llena del hombre y sus ojos, ligeramente levantados hacia las sienes, denotaban que sino él en persona, sus antepasados por lo menos, descendían del Lejano Oriente. El hombre en cuestión no vio entrar a Doc en el zaguán, pues no convenía que diera la voz de alarma y pusiera a su jefe sobre aviso. Así, Doc subió a pie la escalera. Las oficinas de la Sociedad del Dragón se hallaban instaladas en la parte delantera del rascacielos. La cerradura de su puerta cedió sin esfuerzo a un gancho delgado de acero que extrajo Savage de uno de sus bolsillos. Entonces penetró en las oficinas. Estaban desiertas. Como único mobiliario poseían un par de mesas-escritorio, sillas raídas y estanterías. Lo mismo éstas que los cajones de las dos mesas, estaban vacíos. Por ninguna parte se divisaba una hoja de papel ni sobre el teléfono, mesa, persianas o pomo de la puerta, había ninguna huella digital. La ventana estaba sucia de polvo. Al otro lado de la calle las vigas del edificio en construcción componían una pira semejante a un haz de leña menuda. El «drum-drum» de las remachadoras se elevaba en incesante zumbido, que producía somnolencia. El empleado del ascensor no oyó salir a Savage. Media hora después penetraba éste en el rascacielos donde tenía instalado su despacho. Con sorpresa comprobó que no estaba en él ninguno de sus hombres y consultó con uno de los empleados del ascensor. -Hace cinco minutos que salieron, creo que en busca de algo que comer -explicó el muchacho. -Cuando vuelvan, dígales que he estado aquí --encargó Doc. Sin embargo, no partió en el acto. Antes se entregó a una mímica poco usual. De un bolsillo sacó un objeto incoloro que tenía la forma de un lápiz y con él escribió rápidamente sobre el cristal de la ventana de su despacho, un largo mensaje. Con todo, al acabar, no quedaba en él huella de lo escrito. Ni con una lente de aumento hubieran podido leerse las palabras trazadas. El ascensor le bajó a la portería y se alejó rápidamente del rascacielos. Diez minutos más tarde, sobre poco más o menos, volvieron sus cinco ayudantes. Sus rostros reflejaban la satisfacción del hombre que acaba de darse un banquete en tierra tras de varias semanas de comer en el interior empapado de grasa de un submarino. -¿Queréis creer que he echado de menos nuestras mal olientes comidas en el fondo del «Helldiver»? -venía diciendo Monk a sus compañeros. Miró a Ham y añadió maliciosamente-: Eso que estaban riquísimas las patas de cerdo y el «sauerkraut». El distinguido Ham miró con el ceño fruncido a su camarada. Cualquier alusión que hiciera éste respecto a la carne, jamones, etc., de cerdo, le hería en lo más vivo. El origen de tal antipatía se remontaba a la estancia de ambos en las trincheras. Ham había enseñado a Monk unos vocablos franceses insultantes diciéndole que sonaban a música celestial en los oídos de los oficiales nativos. Cándidamente Monk los usó y, naturalmente, fue arrestado. Apenas se le puso en libertad acaeció uno de los incidentes más embarazosos de la carrera de Ham. ¡Se le acusó nada menos que de robar jamones! La acusación provenía de Monk; sin embargo, no pudo probarse el hecho y a Ham le dolía, ¡vaya si le dolía la cosa! Sobre todo en vista de que del incidente narrado le quedó un apodo insultante: el de Ham. -En vista de cómo te has atracado, albergo una esperanza -profirió vivamente Ham. -¿Cuál? -quiso saber Monk. -¡La de que revientes de una indigestión! -repuso Ham. El empleado del ascensor reparó entonces en ellos y les dijo: -El señor Savage ha estado aquí, pero ha vuelto a marcharse. Los cinco hombres cambiaron una mirada de inteligencia y sin pérdida de tiempo subieron al piso ochenta y seis. Long Tom, el mago de la electricidad, se dirigió, ya en el departamento al laboratorio y salió de él llevando en la mano un aparato que se hubiera confundido fácilmente con una linterna mágica. Se apagaron las luces del despacho, Long Tom abrió una llave en la linterna y la enfocó en dirección a la ventana. En el cristal surgió entonces el mensaje de Doc, deslumbrante de luz azulada, que le daba un aspecto fantástico. La linterna era, sencillamente, una lámpara proyectora de rayos ultravioleta y bajo su acción poderosa brillaba con fulgor sobrenatural la sustancia de que se servía Doc para escribir sus mensajes. Aquél fue leído por los cinco hombres. Era letra de Doc, perfecta, como trazada por una máquina, era tan clara a la vista como los caracteres impresos de un periódico. «Atiende, Ham: Los mogoles retienen en su poder a Scott Osborne y a su amigo Juan Mindoro. El primero puede ser rescatado. Su hermano recibirá la visita de un mensajero. »Tu profesión de abogado te habrá puesto, quizás, en relación con el procurador de los Osborne. Por su mediación procura convencer al hermano del que está secuestrado de que debe pagar por él un rescate,- esta es tu misión. Después seguiremos al hombre que reciba el dinero, pero no, entiéndelo bien, al que vaya a pedirlo.» -Cumpliré tus instrucciones al pie de la letra -prometió Ham haciendo girar el estoque como un molino-. Casualmente conozco al procurador en cuestión y por él me pondré al habla con el señor Osborne. -¡Calla -le ordenó Monk, rudamente-, y déjanos leer lo que falta! En silencio los hombres de Doc descifraron el final del mensaje. «Monk, Renny, (p.18) Long Tom y Johnny se dirigirán a la finca de Scott Osborne, enclavada en el distrito de Pelham. La conocerán por su aspecto de castillo medieval. En su interior hallarán una docena de mogoles y mestizos. Que les metan en un coche y les lleven a la Institución fundada por mí. Después volverán aquí y aguardarán.» -¡Por el toro sagrado! -exclamó Renny-. ¡Qué misión tan poco excitante! Una sonrisa distendió los labios de Monk de oreja a oreja. -Pues yo aún albergo esperanzas -observó cloqueando-. Si al comienzo de la partida ha capturado Doc a tantos hombres, al final serán abundantísimas nuestras ganancias. ¡Preveo que acabaremos mojándonos los pies! ¡Pobre Monk! Era un mal profeta. Mojarse los pies, sí. Antes de que hubiera transcurrido mucho tiempo se hallaría hundido hasta el cuello en el agua, pero, desde luego, no podía sospecharlo siquiera. Ham presenció la partida de sus compañeros que iban a expedir a los orientales a la Institución benéfica, enclavada en el Norte del Estado, donde se les sometería a un tratamiento poco común, más eficaz, que debía convertirles en hombres honrados. Una llamada telefónica púsole después en contacto con el procurador de los Osborne y en pocas palabras le explicó lo que deseaba de él. -La familia vacilará antes de ceder a los deseos de un extraño -dijo para terminar-, por lo cual necesito de su apoyo. Usted sabe que me mueve el interés por sus clientes, ¿verdad?. -Haré más que esto -declaró el procurador-. Estaré en casa de Osborne cuando usted vaya a visitarle. Hablaré con él y puedo asegurarle que seguirá sus consejos. -¡Magnífico! -exclamó Ham. Corrió al estudio que tenía alquilado en uno de los clubs más elegantes y menos conocidos de la ciudad, pues sus socios aspiraban a una vida reposada y tranquila, y en él se cambió de traje. Una vez ataviado más seriamente, eligió un estoque de la colección y, en un taxi, se dirigió al domicilio de los Osborne. La morada era extensa. Ham la tomó, de momento, por un edificio dedicado a despachos (p.19) exclusivamente. Despidió el taxi y subió unos peldaños. Estaba a punto de llamar cuando se le paralizó la mano. Un arroyo sanguinolento salía, lentamente, por debajo de la puerta. Ham escuchó. No se oía nada. Probó de abrir el pomo de la puerta. Giraba. La empujó y se abrió cosa de dos centímetros, nada más. Ham adivinó lo que sucedía. Detrás de ella había un obstáculo, seguramente un cuerpo tendido en el suelo. Esforzándose, consiguió dejar un hueco bastante ancho entre la hoja de la puerta y su batiente y asomó por él la cabeza, adoptando antes ciertas precauciones. El vestíbulo estaba iluminado «a giorno», pero desierto. Sólo el cuerpo del anciano procurador con quien sostuvo la conversación telefónica yacía en él, bloqueando su entrada. Había recibido lo menos quince puñaladas. Ham empuñó el estoque y penetró en el vestíbulo. El peso del muerto cerró la puerta con estrépito. Como si el ruido fuera una señal, atrajo a un desconocido, que surgió inesperadamente por una puerta contigua a la de la calle. Era un individuo de tez amarillenta, cuyo rostro denotaba malas intenciones. Además, blandía una espada. Era Liang-Sun, a quien Ham desconocía, naturalmente. Liang-Sun, el jefe de la banda que atacara el castillo de Scott Osborne. ¡No fue floja la sorpresa que recibió cuando vio desenvainar a Ham la hoja delgada y flexible de su estoque y cargar con furia sobre él! Rápidamente paró el ataque con la espada que llevaba en la diestra. Estaba sorprendido, pero aún no desesperaba. Gozaba fama de maestro, aun entre los luchadores de la Mongolia y de la China. Diez segundos después se desvanecía, empero, su confianza, como nieve fundida por los rayos del sol. Ante su rostro silbaba una lanza de acero, atormentándole con sus insistentes ataques. Un pedazo de ala de su sombrero fue separado, de un tajo, de la copa y cayó, revoloteando, al suelo. Liang-Sun experimentaba la sensación angustiosa del hombre que trata de defenderse de los aguijonazos de un enjambre de avispas, con un palo. Mientras paraba con la diestra los ataques de Ham, con la siniestra trataba de sacar un revólver del bolsillo de su americana. Hasta entonces no había querido usarlo por el ruido que producirían los disparos. En aquellos momentos se alegraba de poder utilizarlo, sin embargo. Un tajo maravilloso y ofuscante de la espada de Ham cortó el bolsillo de su americana, así como un trozo de camisa, y el revólver saltó a varios pasos de distancia. Los aceros chocaron con estrépito, despidieron chispas, sonidos metálicos... Ambos enemigos luchaban por la posesión del revólver. Ni uno ni otro consiguieron apoderarse de él. Luego Liang-Sun sintió una sensación singular en el estómago, como si le hicieran cosquillas. Bajó la vista y vio que tenía la ropa desgarrada. De haber profundizado más, el tajo hubiera acabado con él. Entonces retrocedió vivamente, entrando por la puerta que le había abierto paso en un principio. Ham le siguió, sin dejar de atacarle. Un hombre estaba tendido de bruces sobre una mesa situada en el centro de la habitación. Tenía el cabello blanco y encendido el semblante. También él había muerto bajo los golpes de un arma blanca. Ham le había visto ya, hacía precisamente un año. Era el hermano de Scott Osborne. Una caja de caudales aparecía abierta en un rincón de la estancia. Sobre la mesa, junto al cadáver, había un montón de billetes, dinero y alhajas. Este detalle explicó la situación a Ham. El mensajero mogol había venido a exigirle un rescate, había visto el dinero y decidido que vale más pájaro en mano que ciento volando. En consecuencia, había asesinado y robado al hermano de Osborne, sin preocuparse del rescate. El pobre procurador debió hallar la muerte al entrar en el vestíbulo. Pálido de furor, Ham redobló sus ataques. Liang-Sun continuó retrocediendo. De un salto inesperado consiguió franquear los umbrales de una segunda puerta, que cerró de golpe. Ham se abalanzó sobre ella, pero resistió la embestida. Se apoderó de una silla y la derribó. Atravesó corriendo un comedor, luego una cocina. En ésta se abría una puerta que daba al patio. Tenía éste una sola salida abierta, a su derecha, entre los edificios. Al mirarla, divisó Ham, en el acto de escurrirse por ella, una figura humana. Era su presa. La persiguió. Franqueó ciegamente la salida, se encontró en la calle, y allí, a la luz de un farol, distinguió a Liang-Sun que doblaba en aquel momento la esquina. Echó tras él, para detenerse en seco. De un portal inmediato acababa de salir una voz imperiosa, que decía: -¡Yo le seguiré, Ham! Pertenecía la voz a Doc Savage. Ham comprendió entonces por qué le había prohibido que siguiera al mensajero que iba a pedir el rescate de Scott Osborne. Doc pretendía seguir su pista esperando que ella le condujera junto al ser inhumano y duro que ordenaba un derramamiento de sangre tan continuado. Con objeto de no excitar las sospechas del mogol, Ham continuó detrás de él, pero a la primera esquina tomó, deliberadamente, una falsa dirección. Al volver junto al portal no halló rastro de Doc ni del mogol.
CAPÍTULO VI EL CRISTAL ROBADO
En el preciso momento en que pensaba en ellos, Doc Savage y el mogol se hallaban unas cinco manzanas más arriba de la calle. Liang-Sun ascendía los peldaños de una estación aérea de la Tercera Avenida. Como había llevado una vida aventurera, sabía vigilar. Mas no vio nada sospechoso. Permaneció con la mirada clavada en la escalera hasta que penetró un tren en la estación. Este venía casi vacío y desde él escudriñó el andén que acababa de abandonar, así como el del otro lado de la vía. Allí no había nadie; ni siquiera subió al tren otro pasajero. Debió vigilar la plataforma posterior del vagón y en ella hubiera visto a Doc Savage. Para llegar a ella había trepado por un pilar de la vía aérea, a corta distancia de la estación y desde allí había corrido vía abajo. El tren partió en dirección al Sur, dejando varios pasajeros en cada estación por las que pasaba. Liang-Sun se apeó en Chatham Square, muy cerca de la ciudad china, y para asegurarse de que no se había apeado detrás de él nadie que le pareciera sospechoso, aguardó un instante en el andén (p.20) hasta que desaparecieron los vagones en pos de la locomotora.
Después salió de la estación más tranquilo. Doc Savage le aguardaba sentado en un coche estacionado junto a la acera. Como la primera vez, se había valido de uno de los soportes de acero de la vía para descender a la calle. Liang-Sun marchaba a buen paso hacia el barrio amarillo, pasando, en su camino, por delante de dos vendedores chinos, que, incluso a una hora tan avanzada, ofrecían a los transeúntes pepitas de melón y otras golosinas de la tierra, en sucias bandejas. Andando despacio pasó Doc Savage, un momento después, por su lado. Los dos vendedores tiraron las bandejas en el cesto más próximo para desperdicios y siguieron a Doc. Sus manos cruzadas sobre los estómagos empuñaban largos puñales escondidos en las amplias mangas. Sus semblantes amarillo-limón habían adoptado una expresión decidida. Doc no volvió la cabeza. Varias veces se miró la palma de las manos. En cada una de ellas ocultaba un espejito y éste le mostraba a los dos hombres que seguían sus pasos. Las facciones de Doc no se alteraron siquiera. ¡Qué hábil era el jefe de los mogoles! Sus hombres seguían a Liang-Sun para ver si se vigilaban sus movimientos... En su pecho murió la esperanza de localizar al jefe de Liang-Sun por mediación de este último..., a menos que pudiera hacerle hablar por la fuerza. Su mano izquierda buscó en uno de sus bolsillos como por casualidad y de él extrajo cuatro bolitas de cristal llenas de anestésico, que dejó caer al suelo, conteniendo el aliento. AL chocar con las losas de la calle se rompieron, dejando escapar el vapor que contenían. Doc siguió andando. Detrás de él los dos vendedores ambulantes pisaron las bolitas rotas del anestésico. Casi a un tiempo cayeron de bruces en la acera. Liang-Sun se volvió casualmente en aquel momento; vio a Doc, comprendió lo que había sucedido y su aullido de terror sonó como el chillido de un ratón en la oscura calle del barrio chino. Después huyó. Doc se lanzó tras él a toda velocidad. Liang-Sun (p.21) introdujo la mano en el cinturón que le sujetaba los calzones y sacó la espada. Evidentemente la llevaba envainada debajo de la blusa. Doc le alcanzaba rápidamente. El mogol distaba de él cien pasos... setenta y cinco... cincuenta... Entonces dobló la esquina próxima un agente, atraído por el grito de terror exhalado poco antes por Liang-Sun y le dio el alto, revólver en mano. El mogol estaba desesperado. Tiró un tajo al policía con su espada y el policía le disparó un tiro a quemarropa, matándole en el acto. El policía había actuado instintivamente en defensa de su vida, y esperó a que se le reuniera Doc. -Éste es el primer hombre que mato en mi vida -aseguró-. Espero que lo habrá merecido. Y miró al recién llegado con recelosa expresión. No le conocía. -¿Es usted el que corría detrás de este pájaro? -inquirió. -En efecto -admitió Savage-. Le ha matado, pero no se preocupe. Es un asesino. La noche pasada mató a un hombre en la finca del señor Scott Osborne y me parece que en la de su hermano ha debido cometer otros crímenes hace unos minutos. Doc ignoraba lo sucedido en casa del hermano del secuestrado, pero el hecho de salir Ham corriendo detrás de Liang-Sun demostraba que había pasado algo malo. Sin embargo, el agente sospechaba de él. -¡Aproxímese! -le ordenó-. Deseo hacerle unas preguntas. Doc se encogió de hombros. El agente le palpó las ropas para ver si llevaba encima algún arma. El acto le trajo desgracia, pues rompió una de las bolitas de anestésico y un minuto después estaba tendido de espaldas sobre la acera, roncando estrepitosamente. Doc le dejó donde estaba. Pasado algún tiempo despertaría y así no le vendría mal un ratito de descanso. Desde un teléfono público dio la voz de alarma al cuartelillo más próximo. No dio su nombre y después corrió al lugar donde había dejado a los dos vendedores ambulantes. Éstos debían continuar dormidos, según él, en mitad de la calle. ¡Pero no estaban allí! ¿Les habrían recogido los habitantes del barrio? Doc sospechaba de los afiliados a la banda mogol, pues a pesar de todo lo que se ha escrito sobre ella, la ciudad china es, hoy día, uno de los distritos más pacíficos de Nueva York y ninguno de sus amarillos vecinos se hubiera arriesgado a comparecer ante un tribunal de justicia por haber socorrido a la dormida pareja de supuestos vendedores ambulantes. Una breve, pero intensa búsqueda por parte de Doc, resultó infructuosa. La pareja había desaparecido misteriosamente. Media hora más tarde el hombre de bronce se encontraba en su despacho de la parte alta de la ciudad. A él no había regresado todavía ninguno de sus hombres. Mediante una mixtura preparada en el laboratorio, borró los caracteres invisibles trazados, poco antes, sobre el cristal de la ventana y escribió en él un nuevo comunicado. Hecho esto salió, balanceándose, al pasillo, oprimió un timbre y aguardó a que subiera el ascensor. Las puertas de su camarín se abrieron en silencio. Doc las franqueó y se cerraron automáticamente tras él. AL descender el ascensor, el aire produjo un sonido sibilante. Al lado del departamento de Doc había una serie de habitaciones que se hallaban desalquiladas hacía meses. Los tiempos eran malos y los alquileres estaban por las nubes, con lo cual muchos de los departamentos más costosos del rascacielos estaban desocupados. Pues bien: hubiera tenido que someterse a un examen minucioso la puerta del departamento en cuestión para reparar en que había sido forzada. Al otro lado de ella se enderezó un hombre que había estado mirando por un agujero abierto limpiamente en la pared del despacho de Doc. Dicho agujero era poco mayor que la cabeza de un alfiler, pero pegando un ojo a él se obtenía, así y todo, una excelente perspectiva. El curioso era un individuo de ojos oblicuos y tez amarillo-limón. Corrió fuera y trató de forzar la puerta del departamento de Doc. Pero la cerradura resistió a sus esfuerzos. La puerta era, además, de acero. Doc la había hecho construir de tan sólido material para contrarrestar el hábito contraído por Renny de hacer saltar los entrepaños de las puertas con sus puños vigorosos. Volviendo al departamento desalquilado el mogol se decidió a ensanchar el agujero abierto en la pared medianera. Para ello se valió de un pico ordinario y en diez minutos había hecho una abertura, por la cual cabía perfectamente su escuálida figura. Deslizóse por ella. Ante todo se aseguró de que podía cerrarse por dentro la puerta de la escalera y la dejó entornada. La ventana del despacho atrajo después su atención. Él había visto a Doc escribir algo en el cristal y lo examinó atentamente, mas no pudo distinguir ni la menor huella de una inscripción. Con gran cuidado quitó entonces el cristal de su marco y lo sacó al pasillo, pensando en llevárselo a un lugar donde pudiera examinarlo un perito en tintas invisibles. Hecho esto pulsó el timbre de uno de los ascensores. Mientras descendían, el empleado del ascensor le dirigió una mirada de desconfianza. -¿Trabajas aquí? -inquirió. -Tlabajalé de hoy en adelante -replicó el mogol con su tonillo cantarín. Y agregó, enjugándose el sudor de la frente y sonriendo-: Quielo tlabajal mucho pala ganal dinelo. El empleado sintió disiparse sus recelos. Hasta aquel día no había visto en la casa al mogol, pero, ¿por qué iba a tomarse la molestia de robar un cristal? EL camarín del ascensor se detuvo en la planta baja y el mogol se inclinaba ya para coger el cristal, cuando, súbitamente, le ciñó el cuello una argolla de hierro. Luchó desesperadamente por desasirse de ella y entonces reparó en que eran unas manazas descomunales (las manos de Renny) las que le tenían asido por el pescuezo. Monk, Long Tom y Johnny danzaban, excitados, en torno al ascensor. Todos acababan de llegar de la calle. -¡Eh! -exclamó Monk-. ¿Cómo sabes que este hombre pertenece a la banda? Lo mismo él que sus compañeros estaban tan sorprendidos como el mogol del súbito ataque de Renny. -¡Cabra doméstica! -observó entonces Ham-. Repara en que ese cristal pertenece a la ventana del despacho de Doc. -¿Sí? -inquirió Monk vivamente-. ¿En qué lo conoces? -En que resiste a los golpes -replicó Ham- y que yo sepa, sólo Doc posee en la casa cristales parecidos. Monk guardó silencio. Ham estaba en lo cierto. Renny y el oriental seguían luchando. El oriental descargaba frenéticos (p.22) golpes sobre su adversario; mas, a juzgar por el efecto que producían, lo mismo le hubiera dado contender con un elefante. Desesperado, sacó entonces de su vaina un cuchillo que llevaba escondido. -¡Cuidado, Renny! -gritó Monk. Pero Renny se había dado ya cuenta del peligro que corría. De un empujón tiró al mogol sobre las losas del portal y el hombre rodó por el suelo empuñando todavía el cuchillo. Cuando dejó de rodar se puso en pie de un salto y balanceó el brazo para arrojar el arma. ¡Bum! Como por arte de magia había aparecido un revólver en la pálida diestra de Long Tom, que disparaba. La bala penetró entre los dos ojos del mogol y le derribó al suelo. Su cuchillo salió, de punta, por los aires y se clavó en el techo del portal. Atraído por el ruido de la detonación, entró un policía en el edificio y se llevó a los labios el silbato de alarma. Con todo, la muerte del amarillo ocasionó pocas molestias a nuestros cinco hombres, pues todos ellos poseían altos cargos honoríficos en el cuerpo de policía neoyorquino. Un cuarto de hora después se hallaban, los cinco, en el piso ochenta y seis del rascacielos y examinaban el cristal mediante la lámpara productora de rayos ultravioleta. El mensaje, escrito por Doc, flameó sobre él con fantásticas y azuladas rectas y curvas. Decía así: «Para Renny. El jefe de la banda mogol visita, de vez en cuando, unas oficinas registradas bajo el título de «Mercaderías Orientales El Dragón, Sociedad en Comandita», situadas en el piso décimo de un rascacielos del Broadway, junto al barrio chino. Le reconocerás fácilmente si reparas en que frente a él hay una casa en construcción. »En tu calidad de ingeniero supongo que no te será difícil obtener trabajo en esa armazón de acero, Renny. Si lo consigues vigila las oficinas de El Dragón y sigue los pasos de todo aquel que entre en ellas.» Con el líquido borra tintas limpió Monk cuidadosamente el cristal de la ventana, no fuera a apoderarse de él otro afiliado a la banda mogol, pues semejante hecho podía acarrear el desastroso fin de (p.23) Renny. Dirigiéndole una sonrisa, observó: -De vez en cuando iremos a echar un vistazo al edificio en construcción, Renny. Quiero ver cómo trabajas.
CAPÍTULO VII LA EMBOSCADA
Renny había trabajado medio día en la casa en construcción y manejaba el pistolete de remachar sentado sobre la armazón de acero, sobre la cual se colocaría, más adelante, el piso décimo del nuevo edificio. En sus manos monstruosas era un juguete el martillo neumático. Ni sus compañeros, ni siquiera el capataz de la cuadrilla, sabía por qué estaba allí. Renny había llegado con tan inmejorables referencias que se le había dado trabajo al instante y en cuatro horas había llamado la atención la extraordinaria calidad de su labor. EL capataz estaba orgulloso de su nueva adquisición. -Permanece a nuestro lado, muchacho -dijo confidencialmente a Renny- y procuraré que te den mejor puesto a fin de semana. Me agradan los hombres fuertes y laboriosos como tú. -Ya veremos -contestó Renny. Ni un músculo de su rostro sereno se contrajo durante el breve diálogo. En cuanto al capataz, se hubiera caído del andamio en que estaba en aquel momento, de haber sabido que Renny era un ingeniero de fama, por cuyos trabajos se pagaban sumas tan crecidas que, una vez concluido, hubiera podido adquirir el edificio que se estaba construyendo. A las doce la cuadrilla fue a comer a un bar vecino. Renny se quedó donde estaba. Un «sándwich» fue suficiente para satisfacer su apetito. Aun por poco tiempo, Renny no quería perder de vista las oficinas de la compañía El Dragón. Y fue precisamente a la hora de comer cuando tuvo buen resultado su vigilancia. En dicha hora penetró en las oficinas un individuo de tez amarillenta, sacó un trapo del bolsillo y limpió minuciosamente, arrancándole un brillo deslumbrador, todos los objetos manejables del despacho. -¡Ah, bribón! Eso lo haces para estar seguro de que no han quedado sobre ellos huellas dactilares. Yo te seguiré los pasos -se dijo Renny. Arrojando lejos de sí el pedazo de papel que envolvía el <<sándwich>>, dijo a un compañero que fumaba cerca de él: -Voy a beber un sorbo de café caliente. Y descendió a la calle. Transcurrieron diez minutos, pasados los cuales salió del portal el individuo que acababa de limpiar el despacho de El Dragón. Visto de cerca comprobó Renny que era mestizo de mogol y otra raza cualquiera, no sabia cuál. Una vez en la calle, el individuo en cuestión tomó un tranvía, una jardinera de las que transitan en verano por el Broadway y a las cuales es facilísimo subir o bajar en marcha. Renny le siguió en un taxi, agazapándose en su interior para que el otro no le viera, aun cuando sus ropas manchadas y su gorra mugrienta no podían llamar la atención. Por cierto que antes de acudir al trabajo había limpiado con ellas el motor de su automóvil, consiguiendo de este modo que aparecieran cubiertas de una capa muy conveniente de mugre. Su presa descendió de la jardinera en el barrio chino y pasó por delante de un hombre-«sándwich» que anunciaba un restaurante económico. Ni el hombre ni la presa de Renny cambiaron una sola mirada. Sin embargo, el primero miró fijamente a Renny sin que nuestro hombre lo advirtiera. El mestizo bajó por una calle lateral y Renny le siguió sin haberse dado cuenta del incidente. El mestizo penetró en un comercio de humilde apariencia, en el que había a la venta toda clase de objetos, desde raíces de bambú hasta búcaros esmaltados. Compró en él algo contenido en un cucurucho que Renny no vio y salió comiendo a la calle. Quizá transmitió un mensaje al propietario del establecimiento, o, acaso, se lo dieron. Renny lo ignoraba, pero continuó detrás de él. De allí a poco, el mogol se metió en un establecimiento dedicado a la venta de útiles de radio. Renny pasó varias veces por delante de la puerta sin divisar dentro a nadie: ni siquiera al propietario. Dudó un momento, decidióse al cabo a correr el albur y penetró en la tienda. En su fondo se hallaba la puerta de la trastienda. Renny aplicó el oído. No se oía nada. Permaneció un momento sin saber qué hacer, y finalmente sacó de debajo de una de sus axilas una pistola poco usual. Era sólo poco mayor que una automática ordinaria, pero, al propio tiempo, el arma más eficaz que se ha inventado hasta el día. Doc la había perfeccionado. Disparaba sesenta tiros a una velocidad tal que sonaban lo mismo que las notas de un contrabajo, y podía cargarse rápidamente. Renny abrió la puerta de la trastienda. Más allá se abría un corredor sombrío. El ingeniero penetró por él, resueltamente. El pomo se le escurrió de la mano y la puerta se cerró de golpe, impulsada por unos muelles poderosos. Por dentro estaba forrada de una hoja de acero. Veloz como el pensamiento, Renny apuntó al paño con la boca de su pistola-ametralladora y la hizo describir un círculo. El arma produjo un estruendo ensordecedor; los cartuchos vacíos caían al suelo por docenas. Sus balas no traspasaban el forro de la puerta. Entonces giró vivamente sobre sus talones y se internó en el corredor. Ante él se extendían espesas tinieblas. Oprimió el gatillo de su arma y disparó repetidas veces. No había que dejar nada al azar. Súbitamente tropezó con otra puerta que también estaba revestida de acero. Aun cuando no fumaba, Renny llevaba siempre consigo un encendedor impermeabilizado. Un encendedor es siempre más fácilmente manejable que una caja de fósforos. Lo encendió con ayuda del pulgar y lo mantuvo a la altura de su cabeza. Las paredes y el suelo de su encierro eran de sólida plancha de madera. El techo estaba lleno de resquicios de dos centímetros de longitud que corrían a lo largo del corredor. A través de uno de aquellos resquicios le descargó un golpe terrible una varilla flexible, de hierro. Renny la esquivó por el ancho de un cabello, saltando de través. Se acurrucó en un rincón, oyó descargar uno y otro golpe a la varilla y varió de postura, pensando rápidamente un plan. Entretanto, descargó su revólver en los intersticios del techo. A través de éstos llegó a sus oídos una risa burlona. -Poi más que dispales, no te liblalás de los azotes -cantó una voz oriental. Con velocidad sin igual, se despojó Renny de la americana, se la lió a la muñeca derecha de modo que formara una (p.24) almohadilla protectora y adivinando que la varilla de hierro volvería a azotar el vacío, extendió el puño cerrado para recibir en él el golpe. Le falló el hecho por tres veces consecutivas y después, ¡Zas! EL choque fue formidable, tan terrible que su cuerpo fue lanzado a un extremo del corredor. Al propio tiempo, la almohadilla hecha con su chaqueta evitó que se le rompieran los huesos de la mano. Una vez caído en el suelo, Renny permaneció totalmente inmóvil. Una luz rojiza penetró por las rendijas del techo e iluminó el corredor. -El tigle duelme -observó una voz cantarina-, apodelaos de él, hijos míos. Se abrió, sin hacer más que un ligero ruido, la puerta del pasillo y por ella entró y se lanzó sobre Renny un grupo de mogoles. El ingeniero se puso en pie rugiendo y la boca de su ametralladora trazó un circulo perfecto en torno de su persona. De su puño brotaban rojas llamaradas. Gritos entrecortados, gemidos, alaridos, sonaban por doquier. Cuerpos amarillos yacían, diseminados, en el corredor. Hombres heridos caían de cabeza, como si les hubieran cortado las alas... Renny quiso salir del corredor y recibió un golpe en la cabeza, asestado por una de las varillas de hierro. Vaciló, como hombre sorprendido por un súbito desvanecimiento, y se le cayó el arma de la mano. Entonces quedó materialmente enterrado bajo una avalancha de hombres de ojos oblicuos. Sus tobillos y muñecas recibieron las innumerables vueltas de una cuerda de seda, dura como el hierro; una esponja inmensa fue introducida entre sus mandíbulas y sujeta con una mordaza de hilo. -¡El maldito tigle ha asesinado a tles de nuestlos helmanos! -exclamó un mogol, dándole un puntapié en las costillas-. Pol esto solo melece la muelte... pelo, una muelte lenta y dololosa. Quizás el tolmento de los mil tajos... -¿Has olvidado, señor, que el jefe desea ver vivo a este hombre? -inquirió otro. -No lo he olvidado. Pludente es nuestlo jefe -replicó el primer mogol-. -Sabe que este individuo es amigo del homble de blonce, nuestlo glan enemigo y, pala que no le (p.25) quitemos de en medio, tal vez acceda a no molestalnos más. Estas palabras las cambiaron en su idioma, que Renny comprendía y sabía hablar... hasta cierto punto. Júzguese si experimentaría alivio, pues había creído que iban a asesinarle en el acto, probablemente en medio de torturas atroces. Una gran caja de embalaje fue llevada entonces al corredor. Ostentaba la dirección de una emisora de radio e iba destinada, aparentemente, a una muy conocida. Los amarillos metieron a Renny dentro de la caja rodeándole de virutas, de tal modo que apenas podía moverse. Luego clavaron la tapa. Pequeñas hendiduras permitían una ligera circulación de aire dentro de la caja. En aquel momento preciso, hubo una conmoción en la calle, delante de la tienda. Un vecino había oído los tiros y gritos de los moribundos y había llamado a un agente de policía. -¡Cuánto lamento el incidente! -manifestó uno de los mogoles mestizos-.La ladio hace luidos a veces. -Conque la radio, ¿eh? -gruñó el agente, a quien no satisfizo la explicación-. Permíteme que eche un vistazo por la tienda. Los orientales trabajaban entretanto en la parte posterior de la trastienda. Rápidamente recogieron a sus muertos y heridos, echaron alfombras sobre el suelo de madera del corredor y colgaron sendos cortinajes en las puertas revestidas de acero, que ostentaban la señal de las balas. -Esa ladio hace luido -repetía el oriental-. De todos modos, entle a echal un vistazo. Se condujo al agente a la trastienda. No notó nada de particular en el pasillo (las hendiduras del techo estaban cerradas). Sólo vio sacar una gran caja de embalaje destinada a una emisora de radio, que dos hombres carillenos, blandos de aspecto, sacaban de la tienda y metían en un camión estacionado en la parte de atrás. Dentro del camión había ya otras cajas de embalaje. -Mí te enseñalá cómo ladio hace luido -dijo el mestizo al agente. Y abrió varios aparatos de radio de la tienda. Evidentemente estaban algo estropeados, pues de ellos surgieron, en revuelto pandemónium, rugidos y detonaciones. La voz de una mujer que leía recetas de cocina equivalía a una serie ensordecedora de estampidos. El policía sintió que se disipaban sus recelos. -Estoy seguro de que esto fue lo que oyó la persona que reclamó mi presencia en esta tienda -dijo-. De todos modos le aconsejo que no suba tanto la voz de sus aparatos, porque no estoy dispuesto a perder al tiempo acallando falsas alarmas. Y partió. Tras de asegurarse de que se había marchado en realidad, el dueño de la tienda volvió junto al camión. -Llevad nuestlo plisionelo al jefe, hijos míos -ordenó. El camión se puso en movimiento, mezclándose al tráfico que invadía las estrechas calles del barrio chino. Los dos orientales ocupaban el pescante, impasibles. Ni por casualidad se volvieron a mirar atrás una sola vez. Pasado algún tiempo, el camión se detuvo ante un almacén. Entonces se descargaron las cajas embaladas y se colocaron sobre un montacargas que se elevó a la altura de varios pisos. Renny respiraba dificultosamente, pues las virutas habían ido ascendiendo hasta ponerse al nivel de su nariz y rozarle los párpados. Después sintió que le depositaban en el suelo, que hacían rodar la caja en que iba metido y oyó hablar confusamente a sus apresadores. -Ve y dile al amo que estamos aquí -dijo uno de ellos, expresándose en su idioma nativo. Partió el oriental, para regresar al cabo de unos minutos. Entonces se levantó la tapa de la caja que contenía a Renny, se le sacó fuera de ella y se le desembarazó de las virutas. Se hallaba en un soberbio almacén. Unas cuantas cajas de embalaje aparecían diseminadas aquí y allá. Por sus rótulos se veía que procedían de Oriente. Además del ascensor y de la puerta de la escalera abríase un hueco a la derecha. Un hombre a quien el peso de Renny hizo gruñir de vez en cuando, se lo echó a cuestas, otro le cogió por los pies, y así, franquearon el umbral de la puerta. Ascendieron un tramo de escalera cuyos peldaños crujían y rechinaban bajo el peso de los mogoles y por una trampa llegaron a una azotea. Un muro de elevación poco usual la ocultaba a las miradas indiscretas de los vecinos. Renny fue transportado, siempre a hombros, de una a otra parte de dicha azotea; pasó por una hendidura de la pared a un tejado vecino y se le depositó junto a una gran chimenea. Un oriental se empinó sobre el cañón y extrajo de él una cuerda que pasó bajo los brazos de Renny, a quien bajó por la chimenea. El interior de ésta se hallaba muy limpio y Renny reparó en una escala de acero que corría a lo largo de una de sus paredes. La chimenea tendría unos diez metros de longitud. Cuando Renny llegó a su extremo inferior, se apoderaron de él una docena de manos o mejor de garras afiladas y tiraron de él. Salió de la chimenea por su campana y miró, sorprendido, a su alrededor. Le rodeaba un ambiente de lujo. De las paredes pendían costosas tapicerías, y alfombras de un grueso desusado cubrían el suelo de la habitación. Un taburete situado en un rincón sostenía un juego completo de té, una humeante tetera, recipientes llenos de pepitas de melón y otras golosinas orientales. Mogoles y mestizos de mogol ocupaban, en pie, la estancia. Todos iban vestidos, y muy bien vestidos, por cierto, a la europea, de modo que sin reparar en sus rostros impasibles y en las llamaradas de odio que lanzaban sus pupilas, hubiera podido tomárseles fácilmente por hombres de negocios americanos. Renny contó siete. De súbito apareció otro individuo. -¡El amo ha lecibido impoltantes noticias! -anunció, con el tonillo cantarín propio de la raza-. Y ya no hay que abstenelse de alancal la vida a ese demonio de las manos cuatlo veces mayoles que las de cualquiela de nosotlos. Debe pagal calo el climen cometido en las pelsonas de nuestlos helmanos. Renny experimentó una sensación singular, como si le hubieran metido, de pronto, en una nevera, pues la declaración del oriental equivalía a una sentencia de muerte. Y, todavía más. Se decía que había debido suceder algo terrible. Los mogoles habían pensado, de momento, en retenerle en su poder para obligar a Doc Savage a que renunciara a su persecución. Mas ya no le necesitaban. ¿Habrían asesinado a Doc? -Este hombre se halla condenado a muerte -continuó diciendo el octavo individuo de los (p.26) ojos oblicuos-. Pues bien: que muera. ¡Traed a los prisioneros! Cuatro hombres salieron de la pieza y regresaron casi al instante trayendo a dos hombres atados y amordazados. ¡Eran Juan Mindoro y Scott S. Osborne! Juan Mindoro poseía una esbeltez y un dinamismo que saltaban a la vista. Su frente despejada y sus claras pupilas le daban un aire de suma distinción. Sus cabellos oscuros aparecían salpicados de hebras de plata lo mismo que el bigote, que la mordaza dejaba al descubierto. Scott Osborne, el importador de azúcar, era grueso y ordinario. Habitualmente, llevaba el pelo planchado y aceitoso; en aquellos momentos le caía desordenado, en mechones, por su semblante. Tenía lo que vulgarmente se denomina unos «ojos tiernos», que lagrimeaban constantemente. El amarillo que llevaba la voz cantante dijo en buen inglés, cogiéndole por un brazo: -¡Este también lecibila la muelte de los múltiples tajos! El grueso cuerpo de Osborne se estremeció convulsivamente. De sus ojillos ribeteados se escapó un diluvio de lágrimas que no se esforzó en retener. Sus labios exhalaron un grito de terror semejante al mugido de un toro. EL mogol giró sobre sus talones y se encaró con Mindoro. -Tú lo contemplalás -sentenció-. Y mientlas le contemplas, ¡medita plofundamente! Mindoro asaeteó a su enemigo con una mirada de desprecio. -Has lehusado dalnos los nombles de los hombles que integlan la sociedad política secleta de la Unión de que eles tú el plesidente -continuó diciendo el mogol, sin salpicar apenas de eles los vocablos ingleses en erre- y queremos saber esos nombres. Arrodillándose quitóle la mordaza de la boca y concluyó: -Quizá desees hablal ahora. En tal caso te prometo lespetal la vida de estos dos hombres. -¡Sólo un tonto se fiaría de ti! -dijo enérgicamente Juan Mindoro, hablando en un rígido inglés americanizado-. ¿Para qué deseas saber los nombres de mis amigos sino para quitarles de en medio, asesinándolos? -¡Oh, no! -protestó el mogol-. Sólo pala quitales de en (p.27) medio. Quizá pala secuestlales. -¡Para matarles, repito! -exclamó vivamente Mindoro-. Pero no os diré sus nombres. Ésta es mi última palabra. -Luego, mirando a Renny, añadió, como para explicar su conducta-. La información que desean arrancarme estos hombres acarrearía la muerte de muchos inocentes; por ello mi decisión es horrible, ya que ella provocará su muerte y la mía. ¿Me perdona? Renny se encogió de hombros, única respuesta que podía dar. El mogol dijo entonces, señalándole con un gesto a sus hombres: -Pues bien: ¡comenzad por él! ¡Coltadle las pupilas! Un amarillo, blandiendo un cuchillo fino como una aguja, cayó sobre Renny, le derribó en tierra, apoyó sobre su pecho una rodilla y le asió por los cabellos. Después alzó el cuchillo. Todas las miradas convergían en él. Uno de los mogoles que se hallaba en pie, junto a la chimenea, exhaló un chillido y rodó como bala de cañón por el aposento, yendo a chocar con tal fuerza con el hombre que tenía el cuchillo levantado, que ambos perdieron el sentido. Todas las miradas se clavaron entonces en el centro de la chimenea. ¡De ella había surgido un hombre de bronce!
CAPÍTULO VIII UN PIRATA MODERNO
Por aquella vez al menos se alteró la plácida expresión que animaba los semblantes de los mogoles y todos ellos abrieron extremadamente los ojos, como niños que ven por vez primera un león. -¡Imbéciles! ¡Matad a ese demonio de bronce! -clamó su jefe. Un amarillo echó mano a una de sus mangas y, veloz como un rayo, sacó de ella un « kris» cuya hoja delgada y flexible semejaba una serpentina. Imprimiendo a su brazo un movimiento de rotación, lanzó el arma en dirección a Doc. Lo que sucedió después fue como por arte de encantamiento. El «kris» sobresalió súbitamente del pecho del hombre que lo había lanzado. Era como si le hubiera atravesado... Ninguno de los presentes osaba creer que el hombre de bronce hubiera cogido el «kris» al vuelo y lo hubiese lanzado, a su vez, tan acertadamente y con tan desconcertante celeridad. Nadie había visto realizar a Doc (p.28) tal hazaña, si se exceptúa a Renny. Sin embargo, era así. Mientras el muerto caía de espaldas, al suelo, semejante a un árbol que se troncha, se apoderó de otro mogol. El hombre pareció perder súbitamente de peso y convertirse en una muñeca de trapo. Su cuerpo se abatió como una maza sobre un quinto oriental. Sólo tres quedaban indemnes. Uno de ellos sacó un revólver y lo descargó rápidamente... sobre uno de sus compañeros, que se le venía encima y quedó aplastado, perdiendo el conocimiento al dar de cabeza contra la pared. El oriental restante huyó dando saltos grotescos, chillando desaforadamente a cada brinco. Pasó una puerta y, por desgracia, tuvo presencia de ánimo suficiente para cerrarla con llave. Doc la golpeó, vio que estaba forrada de acero y no perdió tiempo. Retrocediendo, sacó un cuchillo y cortó las ligaduras de los prisioneros. Renny se había puesto en pie apenas vio entrar a Doc por la chimenea. En menos de lo que se cuenta ascendió Savage por la escala de acero y atravesó corriendo el tejado. Abajo, en la calle, vio a los orientales que quedaban amontonarse en un sedán. EL coche subió por la calle, dobló la esquina más próxima y desapareció en un santiamén. Doc no trató de seguirlos. Comprendió que sería inútil. Descendió, pues, del tejado y se reunió a sus compañeros. -¿Cómo has dado con nosotros? -quiso saber Renny. -Por medio de la policía -replicó-. Me telefoneó su jefe para relatarme un incidente sospechoso acaecido por estos barrios. Por él me he enterado de los gemidos y disparos de revólver que se habían oído en la tienda de objetos de radio y vine a investigar lo ocurrido. Oí que se daban órdenes a los conductores de los camiones para que le llevaran al jefe los prisioneros, los seguí... y no me ha sido difícil llegar hasta aquí. Así diciendo, Doc cambió un apretón de manos con Juan Mindoro. En cierta ocasión había visitado las islas del Pacífico, con objeto de estudiar las fiebres tropicales y su curación y en uno de esos viajes conoció a Juan Mindoro, en un dispensario mantenido a sus expensas. Mindoro era riquísimo y gastaba sumas fabulosas en proyectos para el bien general de la humanidad. El dispensario médico donde se prestaba gratuitamente a los pobres asistencia facultativa, era una de las muchas obras benéficas que patrocinaba. A Doc le produjo su persona excelente impresión y ofreció espontáneamente sus servicios para cuanto fuera necesario. -No sé cómo darle las gracias por su ayuda -le dijo Mindoro, con voz velada por la emoción-. Sin usted me hubieran asesinado esos infames mogoles. Doc se volvió a Scott Osborne. Éste retrocedió como si le hubiera amenazado con un golpe. -¡No lograréis hacerme daño! -gritó histéricamente-. ¡Tengo dinero y lucharé contra vosotros ante todos los tribunales de justicia del Estado! Doc se volvió, sorprendido, a Juan Mindoro. -¿Qué dice este hombre? -inquirió. Mindoro dirigió a Osborne una mirada de desprecio. -Me dirigí a este hombre -explicó- pensando que era un amigo. Él se ofreció a ocultarme y me llevó a su casa. Después me vendió a mis enemigos. Ellos le dieron dinero en cantidad. -Pero le capturaron al mismo tiempo que a usted -observó Doc-. Y hace un instante iban a matarle también. Juan Mindoro rió con una risa estridente. -¡Bah! Fue un imbécil. Le engañaron. Él creía que podía confiar en ellos. Osborne se enjugó los húmedos ojos. Sus labios temblorosos esbozaron una mueca burlona. -¡Pero no puedes nada contra mí! -dijo estridentemente-. Tengo en mi poder cincuenta mil dólares, Mindoro, o sea el precio de mi traición, y gastaré hasta el último céntimo de esa suma en mi defensa. Mindoro tomó arrebatadamente uno de los revólveres dejados por los mogoles en el suelo y encañonó con él a Osborne. Apretó el gatillo mirándole fijamente y dijo con acento glacial: -Si fuera menos civilizado mataría a este perro... Doc alargó la mano y le arrancó el arma. Mindoro no ofreció resistencia. -Osborne ha sido ya castigado -observó Doc, sombríamente-. Su codicia le llevó a entrar en tratos con los mogoles y ellos asesinaron, anoche, a su hermano. Jamás se hubiera cometido el crimen de no haberse dirigido a esos amarillos. El rostro grasiento de Osborne se tornó blanco como el papel. -¿Qué... dice usted de... mi hermano? -interrogó a Doc. -Que fue asesinado anoche -replicó el hombre de bronce. Aquélla era, evidentemente, la primera noticia que tenía Osborne de la muerte de su hermano, y le hizo tal impresión, le dolió tanto, que se tornó blanco. Su cabeza semejó un mármol descolorido. Las lágrimas se derramaron de sus ojos pequeños, se persiguieron a través de sus mofletudos carrillos, mancharon la pechera de su camisa y la corbata. -¡Mi hermano... es como si yo mismo le hubiera matado! -dijo, ahogándose, en voz tan baja, que apenas se oyó. Sin prestarle atención, Doc señaló a sus compañeros la entrada de la chimenea. -Propongo que salgamos por ahí -dijo. Él y Mindoro volvieron la espalda a la habitación. Un grito de Renny les hizo detenerse en seco. Renny había acudido de un salto al lado de Osborne. Mas, ya era tarde. Medio loco de dolor, el importador de azúcar se había lanzado ciegamente sobre la hoja de un «kris» que empuñaba todavía, con la punta hacia arriba, uno de los muertos. El cuerpo grasiento del hombrecillo sufrió violentos estremecimientos antes de quedar exánime en el suelo, como esponjoso montón de trapos. Mindoro le dirigió una mirada de respeto y dijo con acento solemne: -Perdonadme, Señor, por haberle hablado con tanta dureza. Ignoraba que hubieran asesinado a su hermano. -Él tocaba también a su fin -gruñó Renny. Doc no hizo comentario alguno. Subieron por la chimenea al tejado y de éste pasaron a la azotea, descendiendo a la calle por el mismo camino que había recorrido Renny en brazos de los orientales. Seguidamente, Doc comunicó a la policía lo sucedido. Tras una breve explicación, acabó rogando: -Sobre todo quisiera que se guardara silencio respecto a mi intervención en el caso. -¡Naturalmente, señor Savage! -dijo el jefe de policía con quien comunicaba-. ¿Podría usted darnos la descripción detallada del jefe de esa banda de mogoles y mestizos? Doc se volvió a Juan Mindoro. -¿Quién es? ¿Lo sabe usted? - (p.29) interrogó. -Es un individuo a quien llaman Tom Too -replicó Mindoro. -¿Podría describírmelo? Mindoro hizo un gesto negativo. -Jamás le he visto -manifestó-. Ni aun cuando era su prisionero se me puso delante una sola vez. -Pues no puedo dársela -declaró Doc al jefe de policía. En taxi se encaminó, con sus acompañantes, a la parte alta de la ciudad. Hasta llegar a ella fue de pie sobre el guardabarros del vehículo, como de costumbre. Luego, como el tráfico hiciera detener al taxi, se apeó de un salto. Renny y Mindoro se preparaban a dirigirle excitadas preguntas pero desapareció, perdiéndose entre la multitud que inundaba las aceras del Broadway. Mindoro se enjugó la espaciosa frente perlada de sudor, murmurando, aturdido: -¡Dios, qué hombre más extraordinario! -¿Sí? Pues aún es decir poco -replicó Renny, sonriendo. De pronto, recobró la seriedad. -¡Por el toro sagrado! -exclamó-. Me he olvidado de contar a Doc un detalle muy importante; ahora lo recuerdo. -¿Qué es ello? -Cuando los mogoles se apoderaron de mí -continuó diciendo Renny-, dijeron que respetarían mi vida. Pensaban que con ello convencerían a Doc de que no se metiera con ellos. Luego, decidieron matarme súbitamente. Por lo visto había ocurrido algo extraordinario y ya no era necesario conservarme la vida. Entonces creí que se habían apoderado de Doc. Mas ya hemos visto que no era así. -¿Y bien? Renny respondió retorciéndose las manos: -¡Quisiera saber qué fue lo que les obligó a variar de opinión! Hasta pasada media hora no regresó Doc al piso ochenta y seis del rascacielos donde tenía instalada su base de operaciones. Ham, Renny y Mindoro estaban ya aguardándole. Los tres parecían excitados y el sudor inundaba sus frentes. Ham gritó al verle entrar, blandiendo su estoque: -¡Doc! ¡Los mogoles se han apoderado de Monk, Johnny y Long Tom! Doc no experimentó emoción alguna al recibir la noticia. Por lo menos así lo hubiera creído la persona que le hubiese observado en aquellos momentos, pues su rostro bronceado (p.30) permaneció tan desprovisto de expresión como si verdaderamente fuera de metal. Tampoco experimentaron cambio alguno sus pupilas, límpidos lagos de oro fundido. -¿Cuándo ha sido eso? -preguntó. Su voz singular resonó como una campana, llenando los ámbitos de la habitación, no obstante no haberla elevado un ápice. -Verás: los cinco debíamos reunirnos aquí al mediodía -explicó Ham-. A mí se me hizo tarde (había estado en la peluquería) y cuando llegué abajo me contaron que varios mogoles, con las armas en la mano, habían hecho salir delante de ellos a nuestros tres amigos y que todos habían partido en automóviles preparados al efecto. A nadie se le ocurrió mirar el número de cualquiera de ellos. Renny juntó los puños con fuerza y produjo un sonido metálico. -¡Soy un animal, Doc! -exclamó sentidamente-. Comprendí que algo malo pasaba cuando los mogoles decidieron súbitamente quitarme la vida y me olvidé de contártelo. -No te apures: yo les oí también hablar de su cambio de parecer -repuso Doc. A Renny se le quitó un gran peso de encima, pues había creído que su olvido había originado el retraso de una hora en las pesquisas que iba a iniciar Doc para dar con la pista de sus camaradas. -¿Así, adivinaste que habían capturado a nuestros compañeros? -preguntó a su jefe. -Lo sospeché, en efecto -admitió Doc-. Al apearme del taxi para hablar con el dueño de esta casa me cercioré del hecho. -¿Así, has seguido su rastro? -interrogó Renny, sonriendo-. Y, ¿qué has averiguado? -Nada. El sereno semblante de Renny expresó amargo desconsuelo y con los otros siguió a Doc al despacho. De un cajón sacó Savage una caja de cigarros tan caros y cuidados que cada uno era en sí un recipiente vacuo de nicotina. Se la ofreció a sus compañeros y luego encendió un fósforo. Él no fumaba. Había una tranquilidad tal en su actitud, una calma tan asombrosa, que tuvo la virtud de acallar los temores de Ham y de Renny e incluso Mindoro se serenó visiblemente. En éste fueron a posarse las doradas pupilas de Doc. El jefe de la banda mogol es un individuo llamado Tom Too y su propósito es disolver la sociedad política secreta que usted preside y que aspira a una Unión de la Isla de Luzón con sus hermanas -dijo-. Esto es todo lo que sé, en substancia, del asunto. ¿Podría usted proporcionarme más detalles? -¡Pues ya lo creo! -dijo Juan Mindoro-. Ese Tom Too es un pirata... -¿Un pirata? -¡Exactamente! ¡Es un corsario junto al cual resultarían pequeños el capitán Kidd, Barbanegra y <<Sir» Enrique Morgan>>! Doc, Renny y Ham se quedaron pensativos, como digiriendo las palabras de Mindoro. Aun cuando fumaba en raras ocasiones, Renny había tomado un cigarrillo perdido en la inmensidad de su mano como un simple mondadientes. En actitud reveladora de una intensa concentración, inclinaba Ham el cuerpo hacia delante. Tenía los codos apoyados sobre la mesa y el mentón sobre ambas manos y miraba fijamente a Mindoro. -Tom Too comenzó su carrera por los mares de China -continuó diciendo Juan Mindoro-, en cuyas costas, como es sabido, florece todavía hasta cierto punto la piratería. -Eso es mucha verdad -observó Renny, interrumpiéndole-. Por ello los barcos costeros y los que transitan por sus vías fluviales llevan a bordo soldados y cañones; pero así y todo, se calcula en unas doscientas o trescientas el número de embarcaciones que son saqueadas anualmente por los piratas. -Pronto Tom Too llegó a ser persona influyente entre éstos -prosiguió Mindoro, reanudando su relato-, y después de dos años de saqueo y pillaje se retiró al interior del país. Su idea era fundar un Imperio en el interior de China. De momento se estableció en ella como el dios de la guerra, pero le echó de la comarca donde había fijado su residencia el ejército de la República. Entonces pasó a Manchuria y trató de conquistar ciudades y territorio. Los japoneses le salieron al paso y no pudo competir con ellos. Abstraídamente, Renny daba vueltas al cigarro que tenía en la mano. -La historia me parece un poco... fantástica -murmuró. -No lo es. Ten presente que se trata de un país oriental -dijo Doc-. Allí hay muchos señores feudales que nada tienen que envidiarle a un pirata. -¡Y Tom Too es el peor de todos ellos! -exclamó enfáticamente Juan Mindoro-. Aún en el Oriente, donde la vida de un hombre tiene ínfimo valor, se le considera un demonio encarnado en figura humana. -Dijo usted que jamás le había visto. ¿Cómo sabe tantos detalles de su vida? -interrogó Doc. -Es muy sencillo: lo que le cuento es la comidilla de todas las tertulias de café -repuso Mindoro-. Pertenece al dominio público. Él se mantiene a la sombra, pero sus secuaces se cuentan por miles. -¿De veras? -inquirió, asombrado, Renny. -Cómo ustedes lo oyen -dijo Mindoro-. ¡Ya les he advertido que los antiguos piratas de la América española eran niños de escuela comparados con Tom Too! Ahora pretende apoderarse de la Unión del Luzón. -¿Ha hecho ya algo en este sentido?- inquirió vivamente Doc. -Muchísimo. Miles de sus hombres se han introducido en la isla, de algún tiempo a esta parte. -¡Pues los periódicos no han mencionado tal invasión! -observó Renny, con un gruñido de cólera. -Porque no ha sido una invasión armada -repuso Mindoro, sombríamente-. Tom Too es muy listo y sabe que, de hacerlo así, hubiera colocado frente a él a las potencias extranjeras y éstas hubieran bloqueado la isla con sus buques de guerra. »Su plan es más sutil. Consiste en ir introduciendo a una parte de sus hombres en el ejército y la armada, en el cuerpo de policía, etc. El resto trabaja en el campo o se dedica al comercio, aparentemente. Cuando sea el momento oportuno se apoderarán súbitamente del poder. Harán una revolución sin derramamiento de sangre, como dicen los periódicos. »Tom Too establecerá entonces un gobierno legítimo... o por lo menos se lo parecerá así al resto del mundo. Pero sus hombres ocuparán todos los puestos elevados. Le sucederá un reparto sistemático de los bienes de la República, de sus bancos, de sus plantaciones de azúcar, etc. -¿Y usted qué papel representa en todo eso? -quiso saber Renny. Mindoro hizo un gesto salvaje. -¡Oponerme con todas mis fuerzas al avance de Tom Too! -respondió-. ¡El único obstáculo que hasta ahora ha surgido en su camino es, (p.31) precisamente, la sociedad política secreta que presido!
CAPÍTULO IX EL BRAZO DESPRENDIDO
Ham no había abierto la boca durante la discusión. Su actitud continuaba siendo la de una intensa concentración. En ocasiones como aquélla era un buen oyente. Su mente ágil y despierta poseía una capacidad notable para acumular detalles y formular posibles reglas de conducta. -¿Ha hablado usted del caso con las naciones extranjeras más importantes? -preguntó a Mindoro. Éste afirmó con un gesto. -Fue lo primero que hice -respondió. -Y, ¿qué consiguió? -De momento, nada. Charlar inútilmente. Se me dijo sobre poca más o menos que exageraba la situación. -Lo cual quiere decir que ninguna nación intervendrá en la política interior de Luzón aun cuando Tom Too lleve a cabo la revolución pacífica que pretende -observó Doc Savage. Se recostó en la silla y puso al descubierto su muñeca izquierda. Mindoro contempló con curiosa expresión el aparato, semejante a un reloj de pulsera, que llevaba en ella. Ignoraba que era la lente del compacto receptor de televisión que poseía Doc y estuvo tentado de preguntarle qué era aquello, mas la gravedad de la situación en que voluntariamente se hallaba le disuadió de hacerlo, por entonces. -Voy a hacerles una somera descripción de mi organización política secreta y de la lucha entablada contra Tom Too -manifestó a sus compañeros-. Componen el grupo secreto los hombres más eminentes de la Unión de Luzón, incluyendo a su presidente, el Gabinete de Ministros y otros altos funcionarios. Poseemos dinero y poder, gozamos de la confianza del pueblo y tenemos una intervención ilimitada sobre la prensa y otros medios de comunicación. »Pero lo más importante no es esto: es nuestro número suficiente para levantarnos en armas contra Tom Too. Hace poco adquirimos ametralladoras y aparatos de aviación de los más modernos y estamos dispuestos a librar una batalla contra Tom Too en cuanto éste dé la señal. »Él lo sabe. Esto sólo es lo que le obliga a demorar el (p.32) golpe preparado; por ello busca el identificarnos. Fue él quien me capturó aquí, en Nueva York, y quien trató de obligarme a revelar los nombres de los compañeros que integran nuestra sociedad secreta. Pero, una vez en posesión de dichos nombres, se deshará de las personas que los llevan y se apoderará del poder. Doc se llevó la mano a uno de los bolsillos de la americana, lugar donde guardaba el aparato receptor de televisión, sonó un ¡clic! apagado y se miró entonces la muñeca. Un fulgor de enternecimiento, un singular, cálido brillo, se desprendió de sus pupilas doradas. -¿Podría hacer usted algo para rescatar a sus compañeros? -interrogó Mindoro. -Ya lo estoy haciendo -replicó Savage. Mindoro le miró, perplejo. -No comprendo... -dijo. -Acérquese y contemple esta esfera -le propuso Doc, señalándole el reloj que llevaba en la muñeca. Los otros se pusieron en pie al instante. -¡Por el toro sagrado! -exclamó Renny-. ¡Veo a Monk, a Long Tom y Johnny! En efecto: en el cristal de la lente parpadeaba la vaga imagen del interior de una oficina oscura, donde había un par de mesas de despacho, sillas de asiento gastado y varias estanterías. Sentados, o mejor amordazados y atados sobre tres de las sillas del aposento, hallabanse Long Tom, Monk y Johnny. -¡Yo conozco esa habitación! -exclamó Renny-. Es la oficina de la compañía «El Dragón», que se halla instalada en el Broadway, frente al rascacielos en construcción. -Nuestros amigos han sido introducidos hace un instante en esa oficina -replicó Doc. Mindoro hizo un gesto de sorpresa. -Así, ¿es ése un aparato de televisión? -interrogó a Doc-. No creí que los hubiera tan pequeños. -En efecto: de este tamaño no se construyen de ordinario, pero, aun siendo tan reducido exteriormente, por dentro es exactamente igual a los que se venden en las tiendas. Claro está que tiene menos alcance. -Y ¿dónde está su transmisor? ¿En la oficina de «El Dragón», tal vez? -En la inmediata -replicó Doc-. Yo mismo lo instalé allí al dejar a usted y Renny en el taxi. Otros transmisores de onda corta se hallan instalados en la tienda de objetos de radio y en el lugar donde Tom Too estuvo a punto de acabar con usted. Pero el de la oficina ha funcionado antes que los otros dos. Ham corrió al laboratorio, para salir al poco rato llevando varias ametralladoras del tipo perfeccionado por Doc, así como granadas llenas de gases asfixiantes, máscaras contra los gases y cotas protectoras. Mientras descendían en el ascensor exprés, Ham, Renny y Mindoro se pusieron las cotas, al cinto se ciñeron los revólveres-ametralladora y se llenaron los bolsillos de granadas. Mindoro estaba tan poco familiarizado con los métodos de combate de Doc Savage que, sorprendido, quiso saber por qué no seguía su ejemplo. -¿No va usted a llevar ni siquiera un revólver? -le preguntó. Doc movió la cabeza. -Apenas uso armas -replicó. -Pero, ¿por qué razón? Doc tardó en contestar. No le agradaba hablar de sí mismo ni de su manera de proceder. -Las razones que me mueven a no hacer uso constante de las armas -explicó al cabo-, son puramente psicológicas. Ponga usted un revólver en la mano de un hombre y hará uso de él. Permitidle que lo lleve encima y llegará a depender de él para defenderse. Quitádselo y estará perdido, pues se apoderará de él el sentimiento de su impotencia. Este sentimiento es precisamente el que procuro evitar no llevando armas. -Pero, piense que es muy peligroso para usted ir sin ellas -objetó Mindoro. Por toda respuesta, Doc se encogió de hombros y se apresuró a variar de conversación. Ham y Renny se miraron sonriendo. ¿Doc indefenso? ¡Vamos, vamos! jamás le habían visto así ante el peligro. Siempre había sabido salir por sí mismo de apuros. Doc hizo el trayecto que les separaba del Broadway sobre el guardabarros del taxi que les llevaba a las oficinas de «El Dragón», sin cesar de lanzar todo el tiempo furtivas ojeadas a la lente del aparato de televisión. Varios mogoles habían penetrado entonces en ellas y se paseaban conversando. La imagen ofrecida por la lente era un poco confusa para permitirle adivinar lo que decían por el movimiento de sus labios, ni tampoco distinguía sus rostros claramente. Únicamente veía su tez amarilla y la forma de sus ojos. Considerando la pequeñez del aparato, sin embargo, era bastante clara la imagen transmitida. Un ingeniero electricista se hubiera extasiado ante el mecanismo del aparato construido con la precisión de un costoso reloj de pulsera. Además le hubiera interesado doblemente a causa del drama interesante que se desarrollaba en aquellos momentos delante de la lente. A fuerza de revolverse en la silla que ocupaba, Monk había conseguido ponerse en pie, no obstante sus ligaduras y, a saltos, como grotesco muñeco de carne, se acercó a la sucia ventana y se dejó caer a fondo sobre sus cristales. Uno de ellos se rompió en mil pedazos, de los cuales unos cayeron a la calle y otros dentro de la habitación. Un amarillo corrió junto a él y le descargó un golpe formidable. Monk cayó con silla y todo al suelo y precisamente sobre los fragmentos de cristal de la ventana. Doc observó atentamente las manos de Monk después de su caída. Los mogoles miraron con ansiosa expresión por la ventana. Satisfechos, empero, al ver que no había alarmado a nadie la rotura del cristal, se retiraron en seguida. Entonces fue cuando se oscureció el campo de visión de Doc. Un hombre de ojos oblicuos se colocó delante de la lente del oculto transmisor de la televisión y lo único visible a los ojos del hombre de bronce fue una parte de su espalda. Doc aguardó sin que ni sus pupilas doradas ni su semblante traicionaran el menor indicio de impaciencia. Transcurrieron tres minutos... cuatro... Sólo al cabo de éstos se quitó el amarillo de delante del aparato transmisor. La situación continuaba siendo la misma, aparentemente, que poco antes. Los tres cuerpos, atados en las sillas, permanecían inmóviles. Doc meneó la cabeza, lentamente. -No me agrada esto -dijo a sus compañeros-. Algo extraño sucede en la oficina. Continuó observando la lente. Los tres hombres seguían inmóviles, como muertos, en las sillas. Doc no distinguía sus semblantes. -Ya llegamos -le dijo Renny, desde el interior del «cab». Doc ordenó al (p.33) chofer que se detuviera y los cuatro hombres saltaron a la acera. -¡Ea, ataquémosles! -sugirió Renny. Su voz resonó como el trueno en una barrica. -Probablemente es lo que se espera que hagamos -repuso Doc, en un tono seco. Renny dio un brinco. -¿Sería esto una trampa? -dijo. -Creo que Tom Too es hombre listo -repuso Doc Savage-, y que sabe que diste con la pista del mestizo en la oficina. Por consiguiente, nos supone enterados de su existencia y si se ha arriesgado a traer aquí a nuestros camaradas, debe ser por una razón poderosa. -Pero... -¡Aguardadme un momento! -Doc bajó por una calle lateral dejando plantados en la acera a sus compañeros. Dos o tres peatones se volvieron a mirarle, sorprendidos por su aspecto poco común y jamás visto hasta entonces. A mitad de la calle por la cual avanzaba Doc había detenido un carrito de dos ruedas, lleno de fruta, manzanas y naranjas, sobre todo, en ostentosa pirámide y a su lado se mantenía, de pie, el vendedor. Este hombre acababa de llegar de su país, en el Sur de Europa, y apenas hablaba inglés. Por ello le sorprendió verse interpelado en su idioma. Verdaderamente impresionado quedó por el aspecto del hombre de bronce y de las pupilas doradas que se le aproximara. Los dos hombres sostuvieron un breve diálogo, pasaron unas monedas de una mano a otra mano y luego el vendedor empujó el carretón y le llevó a un lugar apartado. Poco tiempo después reapareció empujando su vehículo hacia el Broadway y no tardó mucho en llegar frente al edificio en cuyo piso décimo se hallaban instaladas las oficinas de <<El Dragón>>. La puerta del edificio estaba abierta. Audazmente se introdujo por ella el vendedor, empujando su carricoche. El empleado que manejaba el montacargas se lanzó furioso contra él. Otro hombre trabajaba en el vestíbulo. Su rostro de anchos pómulos y su carencia de barba le denunciaba a los ojos del observador. Por sus venas corría sangre mongólica. Se unió al empleado y ambos procedieron a arrojar del vestíbulo, a viva fuerza, al atrevido (p.34) vendedor de fruta. Entre los dos le sacaron, no sin trabajo, a la acera y le plantaron en mitad del arroyo, volviendo seguidamente por el carretón. Ni uno ni otro repararon en que el montón de fruta había bajado. El vendedor partió chillando desaforadamente en su idioma y se perdió de vista. Escondido bajo la fruta había estado Doc Savage. Nadie más que el vendedor sabía que en aquellos momentos estaba dentro del edificio, ni siquiera el mogol que trajinaba por el vestíbulo y que era, evidentemente, un pirata de la horda de Tom Too. -¡Vaya un caso extlaño que acaba de sucedemos! -dijo al empleado del ascensor. -Sí, tiene glacia -afirmó éste-. Mí clee conveniente seguil al hombre de la fluta. -Es lo mejol; quizá tlabaje pala el homble de blonce. -Pues voy a coltale el pescuezo -dijo, cloqueando, el mogol. Sacó de su manga un cuchillo y se dirigió a la puerta del edificio. ¡Paff! EL sonido fue blando, suave. Procedía de junto a una de las hojas de la puerta. Diminutos fragmentos de vidrio se esparcieron por el umbral. El mogol se quedó dormido de pie... y se desplomó sin ruido. Doc había tirado una de sus botellitas de anestésico desde la escalera. No pretendía revelar su presencia en el edificio, pero era necesario que protegiera al inocente vendedor de fruta que le había ayudado. El empleado del ascensor giró vivamente sobre sus talones, vio a Doc y sus labios dejaron escapar un alarido de terror. Después corrió ciegamente a la puerta de la calle. La nube del invisible, inodoro anestésico, no había perdido aún su eficacia. El hombre se metió en ella sin saberlo. De pronto se le dobló el cuerpo y cayó en esta posición sobre la acera. Doc se aproximó a la puerta. Desde dos puntos diferentes situados uno arriba, otro abajo de la calle, invisibles ametralladoras vomitaron ruidosas descargas. Doc esperaba que sucedería algo por el estilo. Aquello era una trampa y los hombres de Tom Too no eran tan bobos que fueran a aguardarle en los pisos superiores del edificio, donde pudiera cortarles la retirada. Retrocedió velozmente. Ya era tiempo. De la entrada de la portería se desprendió una nube de piedras que la llenó de polvo, al propio tiempo que caían en ella las balas como granizo. Ruidosamente cayeron después trozos de cristal. Doc ascendió la escalera y al llegar al segundo piso probó a abrir la puerta de un despacho, pero estaba cerrada con llave. La empujó... no muy fuerte, a lo que parecía, pero la cerradura saltó de su marco como si éste fuera de manteca. Entrando en el despacho, Doc miró a la calle por una ventanilla. En ella reinaba profundo silencio. Un sedán gris se acercaba velozmente. Al llegar frente al edificio moderó la marcha el tiempo suficiente para que lo ocuparan los mogoles y después reanudó su carrera hacia el Norte, alcanzando la esquina más próxima. Como notas discordantes de un contrabajo sonaron súbitamente una serie de sonidos espaciados. Doc adivinó al instante de donde procedían. De las ametralladoras en miniatura que llevaban sus compañeros. Renny, Ham y Mindoro atacaban. EL sedán gris patinó hacia la izquierda y penetró en la acera. El ruido de vidrios rotos y de madera astillada sucedió a su colisión con un escaparate por el cual pasó el coche. Sus ruedas se partieron, sus guardabarros se encogieron y patinó en el suelo de la tienda con la capota destrozada. Doc vio ascender sobre sus restos a los atacantes y hacer fuego sobre ellos varias veces con las mortíferas ametralladoras. Después corrieron al edificio. Doc les salió al encuentro. -En el coche iban tres de esos demonios-le notificó Renny,con una sonrisa-.Todos han quedado en disposición de que los lleven al depósito de cadáveres. -¿Y nuestros camaradas? -inquirió Ham. Se apoderó de la muñeca de Doc y miró la lente-. ¡Bueno!- ¡Continúan sentados en las sillas! Doc nada dijo. Sus pupilas doradas no demostraron alegría. Ascendió, en el ascensor, al décimo piso, en unión de sus camaradas. Renny se lanzó a la carrera por el corredor, llegó ante la puerta de la oficina y sin pararse a reflexionar si estaría o no cerrada con llave, asestó a la cerradura un puñetazo formidable. El pestillo saltó, desprendiéndose blandamente de su marco. Renny penetró impetuosamente por la abertura, arrancando el marco de sus goznes. Ham le siguió. De un salto se colocó junto a los tres hombres atados en la silla y asió a uno de ellos por un brazo. ¡Horror! El miembro se desprendió instantáneamente de su sitio y Ham se quedó con él en la mano. -Son muñecos, ¿no lo ves? -dijo Doc, con acento consolador-. Con papel de envolver se han rellenado los trajes de Monk, Johnny y Long Tom y se les ha colocado encima las cabezas de tres maniquíes. Ham se estremeció visiblemente. -¡Pero, yo les he visto en este mismo despacho! -observó-. Se movían y luchaban por desasirse de sus ligaduras. -Así es, en efecto -admitió Doc-. Se les sacó de aquí y fueron reemplazados por estos muñecos mientras se colocaba y permanecía unos minutos ante el aparato de televisión, uno de los mogoles. El sereno rostro de Renny se nubló. -Entonces, ¿sabían que estaba aquí el aparato? -inquirió. -Debieron hallarle -replicó su jefe-. Por ello trajeron a este despacho a los prisioneros. Confiaban en que les veríamos y en que vendríamos a rescatarles. A la salida pensaban acabar con nosotros, creían que sucumbiríamos bajo el fuego de sus ametralladoras. Por fortuna, no hemos caído del todo en el lazo que nos tendían. -¡Vaya por Dios! -exclamó Ham, blandiendo el estoque-. Poco hemos conseguido. Doc se inclinó sin replicar sobre los fragmentos de cristal diseminados por el suelo. Uno de ellos tendría un pie cuadrado de diámetro; los otros eran más pequeños. Los recogió cuidadosamente. -¿Tienen algún valor esos trozos de vidrio? -interrogó curiosamente Mindoro. Todavía temblaba un poco a causa de la excitación que en él había originado la pasada refriega. -Después de romper el cristal de la ventana -explicó-, y mientras los mogoles miraban hacia la calle para ver si el estrépito producido por su rotura había llamado la atención, permaneció Monk unos segundos tendido en el suelo. Nadie le observaba. Claramente vi cómo sacaba un lápiz-clarión del bolsillo de su americana y escribía sobre un fragmento de la oficina. Renny corrió a la puerta de la oficina. -¡En (p.35) ese caso volvamos a casa! -ordenó-. Tráete los cristales, Doc, y los examinaremos a la luz de los rayos ultravioleta. Así se hizo. Los cuatro hombres abandonaron el rascacielos saliendo a la calle por una puerta trasera con objeto de evitar el inevitable retraso que traería consigo un interrogatorio policiaco y ya en el despacho de Doc Savage, expusieron los fragmentos de cristal a la luz de la lámpara. El mensaje de Monk era breve, pero tenía suma importancia. Textualmente he aquí lo que decía: «Tom Too tiene miedo. De aquí piensa dirigirse en avión a San Francisco de California, donde embarcará en el "Malay Queen" para la isla de Luzón. Nosotros le acompañamos. Necesita tenernos a su lado como garantía de que no le cortarás la cabeza. ¡Duro con él, Doc! -¡El bueno de Monk! -observó Ham, sonriendo-. De vez en cuando demuestra cierta inteligencia. Sin duda habrá oído hablar de nosotros a la banda. ¿Cómo iba ésta a sospechar que comprendía su idioma? Mindoro había palidecido visiblemente. Sus dedos temblorosos mesaron maquinalmente sus cabellos. -¡Esa acción de Tom Too originará un derramamiento de sangre! -balbuceó entre dientes-. Se ve que ha renunciado a la idea de apoderarse de mis compañeros. Dará el golpe proyectado y ellos lucharán contra él. Muchos morirán. Doc Savage tomó el auricular telefónico y pidió un número: el del aeropuerto de Long Island. -¡Mi avión! -ordenó con voz dura-. Deseo que esté listo dentro de una hora. -¿Piensas alcanzarle por vía aérea? -inquirió Ham. -No. Sería peligroso para nuestros tres camaradas -respondió Doc. -¿Entonces...? -¡Estaremos a bordo del «Malay Queen» cuando éste salga de San Francisco!-respondió Doc.
CAPÍTULO X HACIA LA ISLA DE LUZÓN
La salida del «Malay Queen» del puerto de San Francisco constituyó un espectáculo impresionante. Muchas personas se detuvieron a admirar desde los muelles su porte majestuoso. El buque medía setecientos pies de longitud de proa a popa y para hablar (p.36) con propiedad desplazaba treinta mil toneladas. Su casco era negro con una lista roja situada sobre la línea de flotación; su forro de un blanco deslumbrador. Habíase construido cuando todavía no escaseaba el dinero, por consiguiente era muy lujoso. Poseía una piscina, tres comedores, dos salones, dos «smoking-rooms», una biblioteca y dos bares. Incluso llevaba un pequeño Banco. AL abandonar la ciudad de San Francisco, casi todos sus pasajeros se hallaban sobre cubierta despidiéndose mentalmente de la Golden Gate. Entre Fort Point y Fort Baker, las dos puntas de tierra firme más próximas al buque, distinguíase el nuevo puente en construcción de la Golden Gate, obra que cuando estuviera concluida alcanzaría casi seis mil pies y medio de longitud. Entre los pasajeros había algunos extraños personajes. De aspecto exótico, misterioso como su país de origen, era el hindú que se mantenía de pie sobre el puente. Un voluminoso ropaje blanco le cubría de pies a cabeza. De vez en cuando la brisa le hacia revolotear, poniendo de manifiesto las sandalias que llevaba. Una joya flameaba en su amplio turbante. Los pocos cabellos que surgían debajo del turbante eran negros como la endrina. Su faz morena y carillena demostraba que estaba bien alimentado. Una espantosa cicatriz la cruzaba, sin embargo, de oreja a oreja, pasando por la barbilla y produciendo la sensación de que se había intentado rebanarle el cuello. Unas gafas negras protegían sus ojos de la luz solar. Todavía más notable que él por su aspecto era el criado negro que le acompañaba. Este individuo gigantesco llevaba unos pantalones anchos y largos, vistosa faja de seda y sandalias de puntas retorcidas. Cada una de éstas puntas estaba rematada por una diminuta campanilla de plata. De cintura para arriba iba enteramente desnudo. En la cabeza llevaba un turbante descomunal. Tenía labios llenos y sensuales y se le dilataban las ventanillas de la nariz como si fuese un fogoso caballo de carreras. Los pasajeros del transatlántico habían reparado ya en que eran inseparables. -¡Vaya un par de esperpentos! -observó, señalando con el dedo a la pareja, un «cockney» vestido elegantemente que se expresaba en un mal inglés-. ¡Si me los encontrase en un sitio oscuro me darían miedo! ¡Querida, le aconsejo que no los mire con esos cristalitos que lleva pendientes de la cadena! El «cockney» se dirigía de modo tan familiar a una soltera muy seca y muy tiesa, por cierto, que le obstruía el paso. En realidad, le era perfectamente desconocida. -!Caballero! La solterona le dirigió una mirada fulminante capaz de hacer estremecer a un lapón y prosiguió su camino. El «cockney» la miró alejarse sonriendo. Iba vestido con evidente mal gusto. Su traje era de cuadros grandes; su camisa y corbata de colores chillones. Calzaba zapatos bajos de cuero rojo, su sombrero era verde oscuro. Además, fumaba tabaco malo y no se cuidaba de dónde dejaba caer la ceniza. Su rostro tenía una palidez singular, como si hubiera salido recientemente de la cárcel. Después del incidente con la solterona, no volvió a mirar en dirección del hindú y de su criado. EL primero era Doc Savage; Renny, el negro gigantesco. En cuanto a Ham había asumido, él, tan elegante y atildado, el papel del «cockney» del traje de cuadros y los modales desenvueltos. Tan perfectos disfraces hacían honor a Doc. No en vano se había dedicado a un estudio intensivo del arte del maquillaje. Abajo, en la «promenade», un camarero se encaraba, en aquel instante, con un pasajero de tercera que, paseando, había penetrado en el trozo de cubierta reservado a los pasajeros de primera clase. -¡Vuélvase a tercera! -gruñó demostrando muy poca cortesía- y no torne a salirse del lugar que le pertenece! Pero, ¿qué cortesía cabía dedicar a un tipo como el pasajero en cuestión? Era un desarrapado, andrajoso, que aparentaba tener menos de treinta años. Por su aspecto parecía un vagabundo espoleado por la fiebre de aventuras. Su piel tenía un tono claro, sus cabellos desgreñados eran de un rubio encendido. Un observador hubiera advertido que tenía los ojos extraordinariamente negros para ser tan pálido de color. Este hombre era Juan Mindoro. Poco después probó nuevamente a subir a la cubierta superior y lo consiguió esta vez. Furtivamente se dirigió a la serie mejor de camarotes que había a bordo, serie verdaderamente principesca, ocupada por Doc y Renny. Es decir: por el hindú y el servidor. Mindoro abrió la puerta del camarote, mediante una llave que le había proporcionado su jefe, penetró en su interior y, sobre el espejo del cuarto de baño, escribió, brevemente, con un pedazo de lápiz clarión que extrajo de uno de los bolsillos de la chaqueta. El mensaje escrito quedaba en la parte alta del espejo. Al regresar a su puesto en la parte de cubierta reservada para los pasajeros de tercera no tropezó con ningún camarero. Quince minutos después de este incidente, penetró Ham en la regia serie de aposentos y dejó también un mensaje escrito en el espejo del cuarto de baño... solo que en su parte inferior. El «Malay Queen» llevaba algún tiempo navegando cuando el hindú y su criado negro penetraron majestuosamente en su camarote y se encerraron en él. Seguidamente Doc enfocó la lámpara de los rayos ultravioleta sobre el espejo. El mensaje de Mindoro decía: «En tercera viajan chinos, japoneses, malayos, mogoles y mestizos, en cantidad, pero no he visto nada que demuestre que se halla Tom Too a bordo.» El comunicado de Ham era más breve. Rezaba: «No veo en parte alguna a Monk ni a Long Tom o Johnny... y ¡ya estoy harto del traje que llevo!» Renny hizo una mueca burlona a la negra faz que aparecía reflejada en el espejo. -Realmente debe estar hecho una visión -observó-. ¡Apostaría cualquier cosa a que para no verse acaba de romper el espejo de su cuarto! Doc se había despojado del turbante. Sus cabellos estaban teñidos de un negro intenso. -Y tú, Renny: ¿has visto a Tom Too o sus prisioneros? -interrogó. -No he visto ni a su sombra -repuso el interrogado expeliendo por la nariz dos tubitos cilíndricos. -Como sabes, se trasladaron de Nueva York a San Francisco en avión. -Descubrimos los aviones en cuestión y sus pilotos nos dijeron que, (p.37) en efecto, habían llevado a bordo tres prisioneros. -Ya, pero lo importante es saber si se han embarcado o no en este vapor -observó Renny. -No poseemos pruebas de que hayan embarcado, pero el mensaje de Monk indicaba que pensaban hacerlo. Doc frunció el ceño a su imagen, que continuaba reflejada en el espejo, para ver qué aire le daba aquel gesto fiero. El resultado no podía ser más satisfactorio, sobre todo al introducir nuevamente en la nariz los tubitos que se había quitado poco antes. -¡Por el toro sagrado! -gruñó-. No me reconozco. Tampoco Tom Too nos reconocerá, ¿eh, Doc? Y por ellos trabajaremos sosegadamente unos días, lo cual no es poca fortuna. -Días que necesitamos realmente para lograr algún reposo -observó Doc-, pues este Tom Too es el tunante más listo con que he tropezado hasta hoy. Ni él ni Doc tardaron mucho en comprobar la verdad de estas palabras. Ham fue el primero en enterar a Doc de una novedad sensacional y ello ocurrió al día siguiente. Por cierto que Ham se valió de un recurso original para contarle lo que ocurría. En aquel momento fumaba un cigarro, cómodamente sentado en un extremo del salón. En el otro, Doc leía ostensiblemente un libro. Ham dejaba escapar de sus labios bocanadas de humo. Las más cortas eran puntos. Rayas las más largas. Pues bien; valiéndose de ellas dibujó Ham en el aire un mensaje: «Se dice que en un camarote situado en la cubierta D, se hallan confinados tres maníacos. ¿Has oído hablar de ello?» Aun cuando Tom Too o alguno de sus orientales se hubiera hallado en el salón en aquellos momentos, jamás hubiera podido sospechar que el «cockney» transmitía un mensaje al hindú. Y Tom Too podía estar presente, pues entre los pasajeros de primera se contaban algunos orientales. Doc meneó la cabeza, como si estuviera en desacuerdo con algún pasaje del libro que leía. «Los tres locos están encerrados en la habitación 6 -siguió diciendo Ham-. Dos mogoles están siempre de guardia delante de la puerta. Esto es todo lo que sé acerca del (p.38) hecho.» -Y es más que suficiente -murmuró Renny, que también había deletreado el comunicado gaseoso de Ham. Poco tiempo después el hindú y su criado se retiraron a su regio departamento. -¡Esto significa que tienen encerrados a nuestros camaradas en el camarote número seis -manifestó Renny- y se ha hecho correr la voz de que están locos para justificar su continua ausencia de la cubierta! Doc afirmó, con un gesto sombrío. -Precisamente, Renny -replicó-. Quédate en el cuarto mientras voy a explorar el terreno. Los pasajeros del transatlántico vieron, por vez primera durante la travesía pasear solo al exótico hindú y las miradas de unos cuantos le siguieron hasta que penetró en el ascensor. -Déjeme en la cubierta D -ordenó en inglés al empleado, hablando lo más preciso, como todo aquel que no domina una lengua. En la cubierta D, que era la más baja del buque, se abrían los camarotes más baratos y menos ventilados. Sin embargo, sus ventanillas tenían que estar herméticamente cerradas casi todo el día, pues las olas penetraban, a veces, por ellas y lo estropeaban todo. El aire allí era más pesado. El camarote número seis se hallaba casi a la entrada de la cubierta. Lo vigilaban, como había dicho Ham, dos individuos de ojos oblicuos. Mas no eran mestizos. Eran mogoles de pura sangre y ambos parecían seres inteligentes. Impasibles, vieron cómo se les aproximaba el hindú, cuyas ricas sandalias surgían, a cada paso, de debajo del blanco ropaje; observaron cómo se detenía a dos pasos de ellos y lo que sucedió después constituyó siempre un misterio para ambos. De pronto sonaron dos ¡cracs! simultáneos y los mogoles cayeron al suelo. Doc les había asestado dos puñetazos tan bien aplicados y, sobre todo, tan rápidos, que ambos se hallaron en el suelo antes de comprender lo que intentaba hacer. Pero lo más chocante fue que ni uno ni otro vieron moverse sus brazos. La puerta del camarote estaba cerrada con llave. Doc hizo presión sobre ella y luego penetró cautelosamente por el hueco abierto. ¡El camarote estaba vacío! A Doc no le dieron mucho tiempo para digerir su desilusionante descubrimiento, pues de súbito sonaron dos tiros en el pasillo que se extendía a uno y otro lado del camarote. Los dos fueron disparados casi a un tiempo, ensordeciéndole. Doc se aproximó rápidamente a la litera, tiró de su almohada y la lanzó sobre cubierta. Entonces sonaron más tiros. Las balas levantaron una nube de plumas de la almohada. Con un ademán tan rápido que se escapaba a la vista, lanzó el hombre de bronce al pasillo una de sus bolitas de anestésico. Luego contuvo la respiración unos minutos, tal vez cuatro, tarea sencillísima para quien, como él, venía practicándola todos los días desde el instante en que tuvo uso de razón. En el ínterin, oyó lanzar gritos de excitación, ruido de pasos precipitados, luego nada. Los gritos cesaron al caer las personas, al suelo, víctimas del gas. Cuando comprendió que habían pasado ya sus efectos, Doc salió al pasillo. En él yacían sin sentido camareros y oficiales del buque. Del hombre que había hecho los disparos no quedaba ni rastro. En cambio, los mogoles tenían alojada una bala en el cerebro. Doc se apresuró a pasar por entre los dormidos marinos (no había nadie a la vista) y regresó a su camarote. Renny se desilusionó ostensiblemente al verle aparecer con las manos vacías. -Y bien: ¿qué has descubierto? -le preguntó. -Que Tom Too es más escurridizo que una anguila -replicó Doc, malhumorado. -Pues, ¿qué ha pasado? -tornó a interrogar Renny. -Tom Too ha hecho circular por el buque la historia falsa de que tres maníacos estaban encerrados en el camarote. Sin duda presumió que, de estar yo a bordo, iría a investigar el terreno. Cometí esa tontería, en efecto, y ahora sabe quién soy. -Sí, ha sido un error lamentable -murmuró Renny. -Además, ha asesinado a sangre fría a dos de sus hombres para que no cayeran en mis manos, probablemente. Sin duda temía que le traicionaran. Renny escupió un molde de composición dental al cual debía la forma saliente de sus labios, diciendo al propio tiempo: -Ya no hay necesidad de llevar por más tiempo nuestros disfraces. -No -convino Doc-. Ellos harían que se diera con nosotros más fácilmente. -Sin embargo, Ham y Mindoro estarán más seguros si continúan llevando los suyos. Los dos hombres se ocuparon, pues, en borrar de su rostro y miembros la señal del «maquillaje» llevado hasta entonces, para lo cual emplearon los mismos ingredientes que usan los actores de teatro y Doc se arrancó del cuello la cicatriz pintada sobre una tira muy semejante al esparadrapo. -Bueno, estamos lucidos -dijo Renny una vez que recobraron su aspecto normal-. Nuestros enemigos harán todo lo que puedan por quitarnos, ahora, de en medio y ¡sólo Dios sabe los que debe haber a bordo! Era una pareja totalmente cambiada la que salió a poco del regio camarote del hindú y por ello no les reconoció el camarero que iba a llamar a su puerta. -¿Está el señor indio? -interrogó a Doc-. Le traía esta misiva. Doc se la arrancó de la mano y leyó: «Una paja rompió en cierta ocasión el lomo de un camello, si no miente un antiguo proverbio. Su actuación en lo futuro puede ser la paja que acabe con mi paciencia. »Entretanto, sus amigos están bien... y viven. »TOM TOO.» -¡Demonio de hombre! -exclamó Renny. -¿De dónde ha sacado usted esta misiva? -preguntó Doc al camarero-. -¿Quién se la ha dado? -No lo sé, caballero -replicó el hombre-. Cayó hace un instante a mis pies envuelta en un billete de cinco dólares. La acompañaba una nota en la que me suplicaban que la hiciera llegar a manos del señor indio. Las pupilas doradas de Doc se clavaron en los ojos del camarero. Sí, el hombre decía la verdad. Convencido de ello, interrogó: -¿Dónde sucedió eso? -En esta misma cubierta, caballero -replicó el otro.
CAPÍTULO XI EN PELIGRO
Nuevas preguntas y respuestas revelaron que no había nadie junto al camarero cuando éste miró a su alrededor, tras de recoger la nota del suelo, y, una vez concluido el interrogatorio, el hombre partió, enjugándose la frente. Aquella noche apenas pudo conciliar el sueño y cuando se adormecía soñaba instantáneamente con unas magníficas pupilas doradas que (p.39) parecían leer hasta el fondo de su alma. Entretanto, Renny hacía bélicos preparativos en sus regias habitaciones. Primero se puso una cota protectora y luego pasó por debajo de sus brazos una correa de la que pendían dos revólveres, procurando que no hicieran demasiado bulto. -Tom Too no estará inactivo aguardando que le ataquemos -dijo a Savage-. De modo que será conveniente que tomemos nuestras precauciones. -No es mala idea -dijo Doc-. De hora en adelante dejaremos de bajar al comedor. -Supongo que no me obligarás a ayunar, ¿eh? -observó Renny, que era algo tragón. -No. En nuestro equipaje llevo toda clase de alimentos en conserva. -Oye: ¿podrían envenenarse? -No, tranquilízate. Es poco menos que imposible sin romper los recipientes que los contienen. Renny guardó silencio. Después de concluir sus preparativos se estiró la chaqueta y se miró al espejo. Sus trajes estaban confeccionados de modo que bajo ellos pudiera llevar cómodamente armas ocultas en fundas bajo las axilas. El chaleco protector iba debajo como si fuera una camiseta cualquiera. En realidad, Renny no parecía una fortaleza ambulante ni mucho menos. -Bueno, ¿qué piensas hacer? -interrogó a su jefe. -De momento, proceder con cautela -replicó Doc-. No quiero excitar a ese amarillo, no vaya a ser que asesine a nuestros camaradas... Ven, vamos a hablar con el capitán. Le hallaron en el puente de mando. Sus cortas piernas y su cuerpo rechoncho y pequeño le daban la apariencia de un huevo que anduviera. Los vientos ardientes de los trópicos, las galernas y tempestades, habían enrojecido su semblante, de tal modo, que parecía estar constantemente, empapado de remolacha. Su uniforme resplandecía de galones y botones y charreteras doradas. Cuatro guardias marinas, admirablemente vestidos, vigilaban la marcha del buque. El primer piloto paseaba por el puente, vigilando con un ojo a los guardias marinas, con el otro las evoluciones del transatlántico. El primer piloto parecía un figurín, tan impecable (p.40) aparecía en su uniforme. Además, era alto, esbelto, ancho de hombros, de rostro delgado que no carecía de atractivos. Su tez tenía un color tostado oscuro. Sus ojos presentaban un ángulo ligeramente inclinado, como si algún antepasado hubiera procedido del Oriente, lo cual no tenía nada de extraño, puesto que el «Malay Queen» tocaba en los puertos de las Indias Orientales. Doc se presentó al capitán Hickman. -Savage... Savage... ¡Ejem! -murmuró aquél frotándose la barbilla-. Su nombre me suena... El piloto le sacó de dudas, diciendo: -Sin duda leyó usted el nombre de este caballero en los periódicos, mi capitán. Doc Savage fue el iniciador de una misteriosa expedición submarina al Ártico. -En efecto. ¡Ahora lo recuerdo! -exclamó el capitán Hickman. A continuación presentó a Doc el piloto. -Éste es míster Young, mi primer oficial. El piloto saludó. Su sonrisa cortés acentuó extraordinariamente su aspecto oriental. Después, Doc Savage y Renny tuvieron una consulta con el capitán en las habitaciones particulares de este último. -Tengo razones para creer que a bordo de este buque se tiene secuestrados a tres amigos míos -explicó Doc sin rodeos-. Mas el «Malay Queen» es inmenso y, naturalmente, es casi imposible que dos hombres solos, o tres, o cuatro, lo registren con completo éxito. Además, es muy posible que mientras les buscamos por un lado sean rápidamente trasladados a otro. – -¿Podría usted prestarnos su ayuda? EL capitán Hickman se rascó la frente. Se veía que estaba sorprendido hasta el extremo de no saber qué decir. -Desde luego -continuó diciendo Doc- es importantísimo que la búsqueda sea llevada a cabo con el mayor sigilo posible, pues cualquier imprudencia acarrearía la muerte de mis amigos. -¡Pero lo que me pide es un imposible y no está previsto en las ordenanzas! -objetó, al cabo, el capitán. -Lo comprendo. -¿Tiene usted autoridad alguna para ordenar esa búsqueda? Las doradas pupilas de Doc comenzaron a tomar un aspecto de oro líquido, señal indudable de cólera. -Esperaba que cooperaría libremente en ella -repuso con acento glacial. En aquel mismo instante penetró un radiotelegrafista en el camarote, saludó airosamente y presentó al capitán un parte. El capitán lo leyó. Su fisonomía sufrió un cambio repentino. Apretó los labios y se le endureció la mirada. -¡No se hará registro alguno en este buque! -exclamó vivamente-. ¡Quedan ustedes detenidos! Renny saltó en pie, rugiendo: -¿Qué enredo es éste? -Calma, calma -le recomendó Savage con voz suave. Y a continuación preguntó al capitán Hickman-: ¿Puedo ver ese radiograma? El capitán del «Malay Queen» titubeó un momento antes de entregarle el comunicado, que decía así: «Capitán Hickman. A bordo del "Malay Queen". Busque en su buque a un tal Clark Savage, "júnior" (conocido más familiarmente bajo el apelativo de "Doc", y deténgale en el acto. Punto. Detenga asimismo al coronel John Renwick (Renny). Punto. Ambos están acusados de asesinato perpetrado en Nueva York y en la persona de unos chinos y mogoles. Punto. Vigile estrechamente a los dos. Jefatura de Policía de San Francisco.» -¡Por el toro sagrado! -Renny soltó como un trueno esta exclamación favorita-. ¿Cómo saben esos señores que estamos a bordo? -Esto es obra de ese tunante de Tom Too -dijo sordamente Doc-. Haga venir aquí al radiotelegrafista, capitán. Deseo saber si realmente ha recibido tal mensaje. -No estoy a sus órdenes -replicó altivamente el capitán-. Queda usted detenido. Y uniendo la acción a la palabra abrió un cajón de su mesa y sacó un revólver. La mano bronceada de Doc había surcado el aire y vino a posarse sobre el codo derecho del capitán. Afianzando su presión, los férreos dedos del hombre de bronce parecieron enterrarse en el brazo carnoso de Hickman. Los dedos de este último se abrieron involuntariamente y el arma cayó al suelo. AL propio tiempo exhaló un grito de dolor. Renny recogió el revólver del suelo. Atraído por el grito de su superior, Young, el piloto, penetró en el camarote. Renny le apuntó con el revólver, advirtiéndole: -Ojo con lo que se hace, pollito. Entretanto, Doc había soltado el brazo de Hickman. El infortunado capitán se dobló, gimiendo de dolor y estrechó contra su pecho el miembro lastimado. Con los ojos dilatados por la sorpresa, miró la mano broncínea de Doc como si no pudiera creer que unos dedos humanos produjeran tanto daño. Young permanecía inmóvil y silencioso, con las manos en alto. -Vamos a interrogar al radiotelegrafista -propuso Savage. La instalación de radiotelegrafía del «Malay Queen» consistía en un gran «hall» y de dos habitaciones anejas. -El parte ha sido librado, en efecto, desde San Francisco -replicó el radiotelegrafista a una pregunta de Doc. Y le dio la dirección de la estación emisora que había despachado el parte. Sentándose ante el semiautomático «Cug» llamó a Doc a la estación mencionada y pudo comprobar por sí mismo la verdad de la explicación del operador. -Veamos ahora la lista de mensajes radiotelegráficos que ha recibido -le dijo. Una breve requisa de esta lista, llamó su atención sobre un parte cifrado despachado no hacia veinte minutos. -¿Quién le ha enviado? -inquirió al radiotelegrafista. -No lo sé -replicó el hombre-. Cuando reparé en él se hallaba encima del mostrador del «hall», junto con el precio de coste y una buena propina. Por lo visto, el que lo dejó, no deseaba darse a conocer. -!Este Tom Too es un poco duende! -observó Renny entre dientes. Todavía sostenía en la mano el revólver, aunque ni el capitán ni el piloto del buque ofrecían ya resistencia. Doc estudió el cablegrama, concebido en estos términos: «A Juan Duck, Hotel Kwang, San Francisco de California. Dootc ssear vraag uesao biodr adrorpo.» No decía más ni llevaba firma. Pero este hecho no tenia en sí nada de extraordinario. -¡Uy! -hizo Renny-. ¿Sacas algo en claro de este baturrillo de letras? Un escrito cifrado se presta a muchas combinaciones. Aquí parecen agruparse las palabras en grupos de a cinco letras... -Repara en que el último tiene siete -observó Doc-. Veamos si puedo sacar algo en limpio del mensaje. Tomó asiento delante de una hoja de papel en blanco y lápiz en mano puso manos a la obra. El lápiz volaba sobre el papel a medida que se le (p.41) ocurrían distintas combinaciones. Se levantó de la silla al cabo de cinco minutos. -La cosa no es tan complicada como me figuré en un principio -dijo sonriendo. -¿De veras? -inquirió Renny en tono de duda. -Sí, fíjate: la cifra primera es la primera letra del parte -le explicó rápidamente su jefe-. La segunda es la última cifra; la tercera cifra es la segunda del mensaje, la cuarta corresponde a la penúltima y así sucesivamente. Las letras están escritas sistemáticamente, ¿comprendes? -No mucho -replicó Renny-. Estoy aturdido. -Parece muy complicado, pero no lo es. Voy a demostrártelo. Doc transcribió textualmente sobre el papel el mensaje cifrado: «Dootc ssear vraag uesao biodr adrorpo.» Y debajo escribió la traducción: «DocSavageabordoporradiosuarresto.» Renny la examinó con el ceño fruncido. Después vio claramente su significado. Las palabras se hallaban sin espaciar: nada más. -Doc Savage a bordo -leyó en voz alta-. Por radio su arresto. -Son las instrucciones enviadas por Tom Too a un subordinado de San Francisco -explicó Doc-. De antemano tenían acordado lo que debía hacerse en el caso de que apareciéramos por aquí. De la instalación radiotelegráfica del «Malay Queen» formaba parte un excelente equipo radiotelefónico, mediante el cual podían los pasajeros sostener con tierra firme una conversación telefónica lo mismo que si les enlazara una línea. Valiéndose de ella realizó Doc una pequeña labor detectivesca. Llamó al hotel Kwang de San Francisco e inquirió al gerente: -¿Tienen ustedes algún huésped inscrito en el registro del hotel bajo el nombre de Juan Duck? -Juan Duck se ha despedido de nosotros hace un instante -replicó el gerente. La segunda llamada de Doc fue para la jefatura de policía. Por cierto que insertó un altavoz en el aparato con objeto de que se oyera en la habitación lo que tuvieran que comunicarle desde allí. -¿Ha firmado o le ha sido pedida una orden de arresto contra Doc Savage? -preguntó al agente encargado del teléfono que resultó ser (p.42) un oficial. -No, señor. Por el contrario, se nos ha intimado desde Nueva York para que ofrezcamos a dicho señor nuestra cooperación -replicó el hombre. Las pupilas de Doc se clavaron en la persona del capitán Hickman. -¿Está satisfecho? -interrogó. El rostro rubicundo del capitán se había cubierto de sudor. -Yo..., sí,, claro..., naturalmente -replicó. Doc interrumpió la comunicación con San Francisco. -Pues bien: solicito su ayuda. Resuelva inmediatamente si puede o no concedérmela. ¡Ah! Le advierto lealmente que si se niega a ayudarme, dentro de treinta minutos habrá dejado el mando de este buque. El capitán Hickman se enjugó la frente. Estaba furioso, indeciso y un tanto amedrentado. Doc reparó en su irresolución. -Consulte si quiere con sus superiores -concedió. El capitán del «Malay Queen» se apresuró a obedecer. Se aseguró una línea radiotelefónica con tierra firme y una vez obtenida la comunicación con sus armadores de San Francisco, les explicó en resumen la situación. -Bueno, ¿qué debo hacer? -preguntó al final. Llevaba auriculares, por lo que sus acompañantes no oyeron la respuesta que se obtenía, pero sí vieron que se le cambiaba el color. Al colocar el aparato sobre la mesa le temblaban visiblemente las manos y miró a Doc como si intentara adivinar qué clase de hombre era. -Se me ha ordenado que me ponga incondicionalmente a sus órdenes -dijo- e incluso que resigne en usted el mando del buque, si fuera necesario. Doc se había quedado estupefacto como si no pudiera dar crédito a lo que oía. Finalmente dijo: -Voy a ordenar que se lleve a cabo un minucioso registro del buque. Pero tranquilícese. Procuraré llevarlo tan callado que nadie se dé cuenta. Y salió apresuradamente del camarote. Doc y Renny regresaron a su regio departamento. Renny miró a su jefe con expresión de curiosidad. -¿Querrás decirme qué clase de influencia tienes tú con la casa armadora de este barco? -preguntóle. -La del agradecimiento -repuso Doc lentamente-. Hace unos meses estuvo a punto de declararse en quiebra. Lo supe y temí que se quedaran en la calle muchos miles de hombres. Entonces la puso a flote un préstamo mío. Renny se dejó caer pesadamente sobre una silla. A veces le inspiraba terror el hombre de bronce. Y una de estas veces era la presente. No le quitaba el aliento el hecho de que fuera Doc suficientemente acaudalado para echar una mano y sostener una empresa naviera tan importante como la que había construido y fletado el <<Malay Queen», sino el giro singular que iban tomando las cosas: la influencia que Doc ejercía en las cinco partes del mundo. Sabía que poseía una fortuna fabulosa, un tesoro, junto al cual parecía insignificante la fortuna proverbial de un rey. Un capital más que suficiente para adquirir un imperio. Renny lo había visto. Su vista le había deslumbrado, le había tenido obsesionado varias semanas después. Se encontraba en el Valle de los Desaparecidos, abismo abierto en la impenetrable región montañosa de la América Central llamada la República de Hidalgo. Este lugar extraño estaba poblado por unas gentes de piel cobriza, que descendían directamente de los antiguos mayas. Ellos guardaban el tesoro y ellos lo enviaban a lomos de un tren de caballerías hasta el mismo confín de la Tierra si Doc se lo ordenaba. Aquel dinero era suyo mediante una condición: la de que lo empleara en bien, exclusivamente, de la humanidad. Los mayas habían insistido mucho sobre este punto. El tesoro debía ser empleado en la causa del derecho. Mas, su insistencia apenas tenia razón de ser, tratándose de Doc, ya que con cláusula o sin ella, hubiera empleado su fortuna del mismo modo. El se había consagrado en cuerpo y alma a beneficiar a sus semejantes y constantemente deambulaba de un extremo a otro del Globo, para defender a los buenos y castigar a los malos. Tal era el credo que motivaba todos sus actos. El mismo le unía a sus cinco hombres... así como una extremada sed de aventuras que jamás se veía saciada.
CAPÍTULO XII TRAICIÓN
La requisa en busca de Long Tom, Monk y Johnny resultó infructuosa. -Le aseguro que hemos registrado todos los camarotes que hay a bordo y asimismo las balas y cajas del cargamento -declaró el piloto de los ojos oblicuos. -¡Yo no creo que estén aquí esos señores! -añadió el capitán Hickman. En presencia de Doc se expresaba en voz baja. El hombre de bronce le aterrorizaba y así lo expresaba su actitud. -¡Pues yo estoy convencido de que sí están! -gruñó Renny-. A menos que... Se interrumpió para humedecerse los labios y sus puños colosales parecieron convertirse en dos bloques de granito. Acababa de ocurrírsele que quizás estuviera alarmado Tom Too hasta el punto de haber asesinado a los cautivos. Mas, ¿cómo se habría deshecho de sus cadáveres? Arrojándolos por la borda al mar, quizá. Sus temores se disiparon al día siguiente, pues halló una tarjeta en el suelo, junto a la puerta de su camarote. Decía lo siguiente: «La paja no ha quebrado el lomo del camello, supongo que os alegrará de saberlo; pero ha estado a punto. Tom Too.» -La serpiente se nos está volviendo gallina -observó con sorna Renny-. ¿Cómo habrá podido resultar infructuosa la búsqueda de nuestros compañeros... suponiendo que estén a bordo? -Es muy sencillo: sobornando a más de cuatro -insinuó Doc. El «Malay Queen» se detuvo unas horas en Honolulu. Doc había dado instrucciones al «cockney» y al aventurero vagabundo, que eran Ham y Mindoro, como ya sabemos, y los dos sometieron a una estrecha vigilancia a los pasajeros que desembarcaron en dicho puerto. Su labor no dio resultado, sin embargo. Inmediatamente después de hacerse, otra vez, a la mar el transatlántico, Doc Savage emprendió, por su cuenta, la búsqueda de sus tres amigos, mas, debido al tamaño del <<Malay Queen>>, la tarea era poco menos que imposible. A bordo tenia que haber forzosamente un ciento de corsarios de Tom Too, sin que pudiese él, Doc, identificarlos. Cada mogol, cada chino o japonés excitaba sus sospechas. Comenzó sus pesquisas por la bodega, abriendo allí barricas, balas y cajones de embalaje. A continuación examinó los tanques del agua e incluso las máquinas, prosiguiendo por la cubierta designada con la letra D. Sus propósitos eran (p.43) ascender de ésta a los puentes, mas, de momento, no pudo ser porque en la cubierta D fue, precisamente, donde sus pesquisas dieron resultado. En ella descubrió un camarote ocupado poco antes y del cual faltaba un espejo. En el suelo descubrió un objeto pizarroso que, visto de cerca, resultó ser un pedazo de clarión de los que él usaba para escribir sus mensajes. Tales descubrimientos le llevaron a deducir lo siguiente: sus camaradas estaban a bordo. Habían permanecido encerrados, unos días, en aquel camarote, y en cierta ocasión Monk debió ser sorprendido tratando de comunicarse con Doc mediante el espejo que fue quitado y arrojado al mar inmediatamente. El propio Monk o si no él, Long Tom o Johnny, destruirían el clarión pisoteándole. No fueran a estudiar su composición los hombres de Tom Too. Una vez revisado el camarote, prosiguió Doc su tarea interminable, pues había más de cuatrocientos a bordo. No era imposible que mientras él buscaba por un lado se llevaran los prisioneros al otro y viceversa. Desde luego, aquel día no pudo acabar su tarea y dos noches después de abandonar Honolulu, atentó Tom Too contra su vida. Todos los días, él y Renny se hacían servir la comida en su cuarto, a fin de no inspirar sospechas a Tom Too, pero en realidad la lanzaban entera al mar. O mejor, la lanzaba Renny mientras Doc vigilaba. Bandadas de gaviotas seguían al <<Malay Queen>> y se dejaban caer a plomo sobre cualquier comestible que fuera lanzado por la borda, antes de que cayera al agua. Aquella noche, las aves se disputaban la ración ordinaria que depositaba Renny sobre la misma borda. Dos de ellas, sin embargo, apenas volaron unos metros cuando se les inmovilizaron las alas y cayeron, sin vida, al mar. -¡Envenenadas! -gruñó Renny. El cocinero que había hecho la cena y el camarero que la había servido pasaron una desagradable media hora en presencia de Doc, sometidos a un interrogatorio riguroso. Mas, al cabo, consiguieron convencerle de que no habían intervenido en el (p.44) conato de asesinato. La noticia alarmó al capitán Hickman, quien se condujo como si se hubiera atentado contra su propia vida. El piloto demostró una solicitud extremadamente cortés. -¿Desean que efectúe un nuevo registro del buque? -interrogó. -Gracias. Sería inútil -replicó Doc Savage. Young adoptó perceptiblemente una actitud rígida. -¿Supongo -dijo-, que no sospechará usted del personal? -Necesariamente, no -repuso Doc. Él y Renny redoblaron su vigilancia desde aquella noche. AL otro día hallaron agujas envenenadas ocultas en la almohada. Pocos minutos después, cuando Doc abrió el grifo del baño salió de la cañería del agua caliente una alimaña asquerosa, provista de muchas patas. A Renny se le erizaron los cabellos, pues tenía el hábito de colocar sus grandes manos debajo del grifo cuando se bañaba. -La conozco -dijo, señalando con un dedo tembloroso la alimaña-. Es una araña de la selva. Su mordedura es mortal. -Sí, Tom Too ha debido de desembarcar en Honolulu y se ha traído estos instrumentos mortíferos -dijo secamente Doc-. Me parece que la cosa va adquiriendo mal cariz... Poco después de medianoche, una bomba separó del resto del buque las regias habitaciones de Doc Savage. Las paredes fueron reducidas a polvo; demolidos los lechos; las ropas, rasgadas. Dos pasajeros que ocupaban las habitaciones anejas resultaron con heridas leves. La mente previsora de Doc les salvó de un desastre, pues en aquellos momentos él y Renny dormían en el camarote del «cockney», es decir: de Ham. Renny quiso volar al lugar donde había sonado la explosión. Doc le cogió por un brazo. -Aguarda -dijo-. Ham irá a ver lo que ha sucedido. Y fue, en efecto. Al poco rato estaba de regreso. -Ha sido una explosión espantosa -les comunicó-. AL mar han caído las paredes y techo de vuestro camarote. -Pues bien: invernaremos aquí. Así creerán que hemos sucumbido -dijo Doc-. Entretanto, Ham, abre bien los ojos. Él y Mindoro los mantenían bien abiertos, mas así y todo, no descubrieron nada nuevo. Entretanto, el «Malay Queen» se iba aproximando a Manila, capital de la Unión. Su arribada se había señalado para bien entrada la noche. Doc abandonó el camarote de Ham, descendió a la cubierta inferior y allí buscó a Mindoro. El acaudalado político de Luzón parecía más harapiento que nunca bajo su disfraz. -¿Tiene usted influencia con el presidente y el Jefe de policía de la isla? -le preguntó. -¡Ambos son hechura mía! -replicó orgullosamente Mindoro-; así como hombres honrados y excelentes amigos. Creo que sin vacilar darían la vida por mí. -Entonces les enviaremos un mensaje por el radiotelégrafo -manifestó Doc. -¿Desea usted que se registre el buque a su arribada a la isla de Luzón? -preguntóle Mindoro. -Deseo mucho más. Quiero que se someta a todos los pasajeros a un interrogatorio minucioso y que se meta en la cárcel a todos aquellos que no puedan probar que se hallan ocupados en legítimas empresas. ¿Puede conseguir que se adopten medidas tan radicales? -Puedo. Tanto más cuanto que ellas harán caer en la trampa a Tom Too. -O por lo menos le harán tropezar -observó, sonriendo Doc. Juntos se presentaron al capitán Hickman, cuyo asombro fue enorme al divisar a Doc Savage. El piloto demostró una cómica sorpresa. -Deseamos utilizar el aparato radiotelegráfico -explicó Doc-, y desearíamos que nos acompañase usted, capitán, a la cabina, no sea que el radiotelegrafista vaya a poner objeciones. Espero que colaborará con nosotros sin mayores problemas. El capitán había roto a sudar súbitamente. La sola vista de Doc bastaba para originar en él tal fenómeno. -Desde luego, desde luego -balbuceó. El piloto abandonó el puente bruscamente. -¡Un momento! -dijo el capitán-. Tengo que dar una orden y después ir a la oficina radiotelegráfica con ustedes. Aproximóse a uno de los guardias marinas que estaban constantemente en el puente y cambió con él unas palabras en voz baja. Pasado un minuto, se reunió a Doc, murmurando unas frases de disculpa. Y con ellos se dirigió a la oficina, cuya puerta estaba abierta de par en par. Renny se sobresaltó visiblemente, pues de pronto había oído aquel sonido melodioso, de trino, que recorría toda la gama musical de aquel modo tan inarmónico. Sonó sólo un breve instante, pero Renny comprendió. Era el sonido que se escapaba inconscientemente de labios de su jefe en sus momentos de intensa concentración, ya cuando acababa de hacer un descubrimiento sensacional, ya cuando les amenazaba algún peligro. Instintivamente miró en torno, buscando la razón de aquel grito de alarma, e instantáneamente dio con ella. Una columna de humo espeso, amarillento, salía de la central radiotelegráfica. Doc voló en dirección a la puerta y penetró en la estación. A aquella hora del día solía haber dos radiotelegrafistas en ella. Sí, allí, estaban, tendidos en tierra, en medio de un gran charco de sangre. Los habían asesinados. La instalación telefónica y telegráfica había sido destruida. Quien quiera que fuese la persona autora de hecho tan punible, había desaparecido ya. Renny penetró como una tromba en la central. -¡Vaya un enredo! -exclamó, con voz ronca. El capitán Hickman se había quedado fuera. Doc se asomó a la puerta y le encañonaron con un revólver. Rápidamente, más rápidamente que en otras ocasiones, esquivó el tiro. De haber pretendido saltar hacia atrás, ni con toda su agilidad y ligereza hubiera evitado que le diera en la cabeza. Pero la volvió ligeramente, y la bala sólo le chamuscó los cabellos. Y antes de que el traidor capitán disparase otra vez, volvió a entrar en la central. Renny había girado sobre sus talones al sonar el disparo. -¿Qué ha sido eso, Doc? -preguntó. -¡Una gracia del capitán Hickman! -replicó el gigante de bronce, ardiendo en ira, que se reflejaba en su voz-. ¡Debe estar a sueldo de Tom Too! Renny se colocó de un salto en el umbral de la puerta. De cada una de sus manos sonó el tableteo de una ametralladora en miniatura. Apuntó una de las dos en dirección al pasillo y la dejó que vomitara fuego. Alguien exhaló un alarido; luego una maldición... su acento sonaba a kuantungués. -¡Pues esta voz no es la del capitán! -rugió (p.45) Renny. Aplicó el oído. De ambas direcciones llegaba hasta él, procedente del corredor, el rumor de unos pasos precipitados que se acercaban. Sonaron más tiros. -¡Los bandidos cargan contra nosotros, Doc! Doc extrajo de uno de sus bolsillos un glóbulo de vidrio, pero no lo utilizó, recordando que Renny no sabía contener la respiración todo el tiempo que duraba el efecto del anestésico. -¡Emplea las armas, Renny! -le aconsejó-. Hay que evitar que nos acorralen. Renny se colocó de un salto junto a la pared del pasillo. Más allá se extendía la cubierta. Alargó el brazo armado y apretó el gatillo al propio tiempo que imprimía al revólver un movimiento circular. La terrible velocidad de los disparos originaba un gemido continuado y ensordecedor. Las balas llovían sobre la pared, trabajándola como sierra gigante. De ella se desprendió un segmento tan voluminoso como la parte superior de una barrica. Renny le asestó un puñetazo y voló en todas direcciones. ÉL y Doc corrieron entonces hacia la cubierta. Unos cuantos pasajeros asomaban por ella en aquellos momentos. Doc apretó el paso para alcanzar cuanto antes una escalerilla y de un salto prodigioso alcanzó la cubierta inferior. Renny le siguió, haciendo equilibrios con los brazos. Tres brincos y una caída de cabeza necesitó para recorrer la distancia cubierta por Doc de uno solo. Los pasajeros corrieron a esconderse en cuanto vieron las armas. Por la gran escalera central ascendían hombro con hombro, revólver en mano, Ham y Mindoro. Ham llevaba además un estoque. Una bala disparada desde el puente superior pasó silbando por encima de ellos. En el comedor se rompió algún objeto, quizá parte de la vajilla. Después sonaron nuevos disparos. -¡Cuidado, Doc! -chilló Ham-. ¡De abajo sube toda una banda de asesinos! Apenas acababa de salir de sus labios la advertencia, cuando asomaron detrás de ellos burlones rostros amarillos. El revólver de Ham entonó su canción de muerte y los rostros desaparecieron. Algunos de ellos manchados de (p.46) sangre. -Comienzan a faltarme las municiones -comunicó Renny a Savage, con voz tonante-. Se van como la arena por un embudo, por el cañón de estos revólveres. -Mi equipaje se halla en la bodega -dijo vivamente Doc-. En él hay dos cajas llenas de cartuchos. Vamos a buscarlas. Corrieron por un pasillo. Doc iba delante mas, de pronto, les interceptaron el paso más hombres de color. Eran ocho o diez y obstruían el pasillo. Algo silbó en el aire. Un amarillo atacaba a Doc con una espada corta. Doc ladeó el cuerpo y el arma hirió el vacío. La fuerza del golpe asestado hizo rodar por el suelo al amarillo y su espada se clavó en el suelo de la cubierta. Doc le asió por el cuello y por una pierna y sirviéndose de él como de un martinete, le lanzó sobre el grupo. Este se desordenó, lanzando agudos gritos y empujándose. Llamearon las pistolas: automáticas pequeñas que tenían una milla de alcance. Ham, Renny y Mindoro se sumaron entonces a la refriega. Sus armas potentísimas produjeron estragos. Los hombres caían como moscas ante aquel fuego mortífero. Aquello era demasiado para los corsarios y los que pudieron hacerlo, huyeron. Doc y sus hombres continuaron avanzando y por una escalerilla descendieron a la cubierta. Allí Doc procedió primero a abrir violentamente una escotilla y por ella bajó a la bodega. Los orientales les divisaron en el acto del descenso y les saludaron con una descarga. Saltaron astillas de la cubierta. Las portas golpeaban levemente la escotilla de hierro. Una bala rozó con el bastón de Ham y le lanzó rodando al otro extremo de la cubierta. Con una exclamación de enojo lanzóse Ham detrás de él, sin cuidarse del riesgo que corría y bajó con él en la mano a la bodega. Puede decirse que salió ileso por un milagro. -¡Hombre afortunado! -observó Renny, al verle. -He aquí los resultados de una vida pura -replicó Ham, sonriendo. Se encontraba, precisamente, en la parte de la bodega destinada a los equipajes, de modo que les rodeaban baúles y maletas a montones. Doc se internó entre ellos y buscó su equipaje, que había sido trasladado a bordo en San Francisco. Al propio tiempo vigilaba la escotilla. Ham se despojó de su traje, haciendo gestos de repugnancia (ya había perdido el sombrero verde), se quitó los zapatos colorados y los arrojó por la escotilla. -Prefiero ir descalzo a volver a ponérmelos -observó. Renny sufrió un ataque de risa, poco después, cuando, lanzados sin duda por algún oriental llegaron los zapatos volando por el aire y cayeron en la bodega.
CAPÍTULO XIII LA FUGA POR EL MAR
Un súbito silencio sucedió al fuego graneado sobre cubierta y al cabo sonaron voces cantarinas. Ham y Renny aplicaron, interesados, el oído. Los jefes del grupo amarillo daban órdenes a sus hombres en los dialectos hablados en Mongolia, Indostán, Kuang-Tung, China y también en un inglés chapurrado. -¡Caramba! ¡No parece sino que se ha volcado sobre nosotros el Asia entera! -Lo que me sorprende es la variedad de gentes que hay aquí -repuso Ham-. -En Nueva York tuvimos que contender solamente con mogoles o con mestizos de mogol. -Los mogoles son los hombres de confianza de Tom Too -explicó Mindoro-, y por ello les llevó a Nueva York. Mientras conversaban había hallado Doc sus baúles y abría uno de ellos. Sobre la bandeja aparecieron instantáneamente dos cajas llenas de pequeños cartuchos de gran fuerza explosiva. Con una mano asió Doc una por el borde y con la otra tiró de él. La madera cedió a la presión de sus dedos vigorosos, como sí fuera de cartón. Mindoro, que le estaba observando, contuvo una exclamación de sorpresa. La fuerza increíble que poseía Doc en las manos le dejaba mudo de estupor siempre que tenía ocasión de comprobarla. -¡Ojo, Renny! -advirtió Savage-. Arriba están hablando de arrojar por la escotilla una granada de mano. Esta vez tocóle a Renny el turno de quedar sorprendido, pues no podía comprender cómo se las había compuesto el jefe para oír aquella orden dado el barullo que tornaba a imperar sobre cubierta. Miró a lo alto, esforzando la vista hasta que le dolieron los ojos y en efecto: por el aire avanzó una granada en dirección de la escotilla. Tronó el revólver ametralladora de Renny. Su bala tropezó con la granada antes de que cayera y la hizo estallar. Renny era, probablemente, uno de los más expertos fusileros que hayan manejado el gatillo. En sus manos permanecían inmóviles incluso los revólveres ametralladoras inventados por Doc. La granada estalló, conmoviendo las capas inferiores del aire, pero no causó daño alguno. Sólo un fragmento golpeó con tal fuerza en la cota de Renny, que le hizo toser. Doc, Ham y Mindoro habían buscado protección entre los baúles y maletas del equipaje. -También podemos tomar parte en ese juego -dijo Doc, secamente. Abrió el segundo baúl, sacó de su interior granadas de mano del tamaño de un huevo de pava, aproximadamente, y con un movimiento rápido lanzó dos sobre cubierta. Los dos estallidos simultáneos originaron un grito angustioso, un grito de agonía que escapó de los labios de los orientales. Se retiraron entonces a corta distancia y derramaron sobre la abierta escotilla una nube de balas. La cosa continuó por espacio de unos minutos, al cabo de los cuales se cerró súbitamente la escotilla, con ruido de cadenas, empleadas, sin duda para asegurar su cubierta. Una lámpara de bolsillo apareció en la diestra de Doc Savage y ella disipó en parte la oscuridad que reinaba en aquellos momentos en la bodega. Rápidamente examinó todas sus escotillas. -¡Nos han encerrado! Mindoro lanzó una interjección. En su cólera alternaba palabras españolas con inglesas. -¡Esto es increíble! -exclamaba-. ¡Es absurdo que suceda una cosa semejante en uno de los más suntuosos transatlánticos que recorren el Pacífico! -Absurdo desde nuestro punto de vista -gruñó Renny-. Pero apostaría cualquier cosa a que los piratas lo encuentran muy natural. De igual modo proceden en las costas de China. Allí toman pasaje en un buque o se mezclan a su tripulación y lo toman por asalto en el momento oportuno. Sobre el <<Malay Queen>> había descendido una calma relativa. Sus fuegos no se habían apagado; su maquinaria (p.47) moderna y potente continuaba sus latidos. Arriba, sobre cubierta o en el interior de los camarotes apenas se oía. En la bodega sonaba más claramente. -¿Qué vamos a hacer, Doc? -deseó saber Ham. -Aguardar. -¡Qué remedio! Como nos han encerrado... -Afortunadamente para nosotros -concluyó Doc-. Repara en que solos los cuatro no podemos apoderarnos del buque, ni aun cuando consiguiéramos darle una tunda a la banda de Tom Too. Son demasiados, conque... aguardemos. Tal vez suceda algo imprevisto. -Pero, ¿qué será de Monk... y de Long Tom y Johnny? Transcurrió más de un minuto antes de que respondiera Doc Savage. -Confío en que no les matarán mientras yo viva... si es que no lo han hecho ya. -Yo no lo creo -dijo, optimista, Ham-. Tom Too es inteligente. Sabe que los tres prisioneros serán el precio de su vida caso de que caiga en nuestras manos y no cometerá un disparate. -Pienso lo mismo -admitió Doc. El diálogo entablado movió a Mindoro a dirigir a Doc una pregunta delicada, que en otra ocasión hubiera disfrazado bajo palabras floridas, o no hubiera hecho. -¿Pondría en libertad a Tom Too para salvar a sus amigos? Doc replicó con inusitada viveza: -¡Por ello iría al infierno de cabeza! -guardó silencio el tiempo que emplea en latir doce veces un corazón y después agregó-: Y esté seguro de que una vez en él vendrían a rescatarme. Sus compañeros guardaban silencio. Mindoro hubiera dado cualquier cosa por no haber hablado. Había algo terrible en la profunda ansiedad que inspiraba a Doc la seguridad de sus tres amigos: ansiedad que no demostraba su actitud, pero que era visible allí, en la oscuridad de la bodega, donde no se le podía ver, sólo oír su voz vibrante. Transcurrieron los minutos primero muy aprisa, lentamente después y se convirtieron en horas. Finalmente se detuvo la máquina del vapor y se oyó un ruido sordo y prolongado. -¡Echan el ancla! -exclamó Doc. -¿Te das idea del lugar donde estamos? -interrogó Ham. -A estas horas teníamos que haber llegado ya al puerto de (p.48) Manila -replicó Doc. Los cuatro hombres se pusieron a escuchar. Un murmullo apenas perceptible había invadido la cubierta. Ni Ham, Renny o Mindoro eran capaces de identificar aquellos vagos rumores. Pero, el oído adiestrado de Doc, sus grandes poderes de concentración, le llevaron a deducir su significado. -Están echando los botes al agua -explicó. -Pero este buque debe estar amarrado al muelle de Manila -objetó Mindoro. Profundo silencio sucedió a estas palabras y los cuatro hombres tornaron a aguzar el oído hasta que protestó zumbando. Así transcurrió una media hora. -El buque ha anclado con setenta pies de fondo -manifestó Doc, de pronto. -¿Cómo lo sabes? -inquirió estupefacto Ham. -Por el número de eslabones que ha dejado caer la cadena del áncora. Si hubieses escuchado con atención hubieras notado que cada eslabón producía un chirrido al pasar por el escobén. Ham se sonrió. Él no había pensado en esto. Después procedió a arreglar su lámpara de bolsillo. Esta luz no necesitaba pila; se cargaba mediante una dinamo que le suministraba la corriente eléctrica tras de oprimir un botón que tenía en el mango. -Parece que se ha aquietado algo la cosa -murmuró Renny, que estaba sentado con el oído pegado a un mamparo. Ascendió por la escalera de metal hasta la escotilla y golpeó su cubierta con el puño. Al instante llovieron sobre ella balas sin cuento, a juzgar por el ruido que hacían. Unas pocas disparadas con rifle cayeron en la bodega. Renny descendió precipitadamente. -¡Pues no se han marchado! -exclamó con rabia. -¿Qué deben planear contra nosotros, se te ocurre a ti? -le preguntó Ham. -Estoy seguro de que no será nada bueno -observó Mindoro. Se mantenía muy sereno, sin demostrar la nerviosidad rayana en histerismo que origina el terror. Ni siquiera su voz parecía forzada. Sonidos apagados procedentes de la primera cubierta llegaron hasta ellos. Pero ninguno comprendía, por más que aguzaban el oído, qué era lo que los originaba. -¡Esos hombres hacen algo por fuerza! -exclamó Renny. Nada más cerca de la verdad que esta declaración. -¿No podríamos también hacer algo para contrarrestar lo que ellos traman? -la ansiedad de Mindoro le movió a hablar así. -Que sean ellos los que den el primer paso -dijo Doc-. Aquí abajo estamos en posición de contender con cualquiera emergencia. Mindoro tenía sus dudas; le parecía haber caído en una trampa. Pero Ham y Renny comprendieron el significado de las palabras de Doc. En su equipaje había probablemente lo necesario para hacer frente a cualquier acto hostil de los piratas. -¡Esta espera tan prolongada acaba con mi paciencia! -tronó Renny-. Ojalá ocurriera algo. ¡Ojalá...! ¡Booom! El casco del transatlántico saltó súbitamente, impelido por una monstruosa cortina de llamas y de gases dilatados. ¡Los orientales habían bajado dinamita por la borda y la habían hecho estallar a la altura de la línea de flotación! Baúles y maletas fueron despedidos al lado opuesto de la bodega por la explosión. Por fortuna, el casco del transatlántico absorbió mucha de su fuerza. En cuanto a Doc y sus tres compañeros salieron indemnes del montón de maletas, baúles, balas, cajas, etc., que llenaban la bodega. Un chorro de agua penetraba por la brecha abierta en el casco del «Malay Queen», invadió el suelo de la bodega rápidamente y se elevó convertida en un remolino espumoso y amenazador. El instinto llevó a Ham, Renny y Mindoro, junto a la escalerilla que conducía a la escotilla abierta sobre cubierta y la ascendieron. -Probemos a abrir la escotilla con una granada de mano -propuso Ham. -¡Eh! ¡No vayas tan de prisa! -chilló Doc, desde abajo-. Piensa que los piratas estarán al otro lado con las armas preparadas. Una segunda explosión sucedió a sus palabras, procedente, esta vez, de popa. Ella sacudió el buque entero. -¡Nos echan a pique! -exclamó Mindoro-. Y estamos encerrados. Era tal su turbación, que echó en olvido la advertencia de Doc y prosiguió subiendo por la escalerilla. Rápido como el pensamiento extendió Renny el brazo y le detuvo. -Doc tiene un plan; conque... no perdamos la calma -observó. Abajo, en la bodega, donde el agua le llegaba ya a la cintura, Doc vaciaba el contenido de otro baúl. A continuación les iluminó con la luz de su lámpara y les arrojó un objeto... y otro... y otro. Renny cogió el primero y se lo pasó a Mindoro, ordenando: -¡Póngaselo! Los objetos eran unas capuchas de la forma de un casco que se adaptaban al cuello mediante unas tiras de cuero sin curtir. Los tres estaban provistas de dos ventanillas de cristal, parecidas a un par de anteojos. El aire para la respiración era suministrado por unos pulmones artificiales encerrados en unas cajas que iban pendientes de la espalda del buzo y de las cuales partía un tubo de goma flexible que moría en la boca del buzo, bajo el casco. Completaba el equipo un par de ajorcas de plomo que los cuatro hombres sujetaron a sus tobillos y cuyo objeto era procurar que se mantuvieran en una posición vertical. Renny ayudó a Mindoro a ponerse el casco y se colocó luego el suyo. El delgado semblante de Ham, que le daba tan asombroso parecido con un halcón, desapareció dentro de otro casco; apoderóse del estoque y aguardó. Con la bronceada cabeza resguardada por el cuarto casco, removía Doc el contenido del baúl y hacía paquetes con unos objetos que no podían distinguir sus camaradas. La dínamo de las lámparas de bolsillo estaba dentro de un recipiente impermeable, por lo cual continuó iluminando con una luz pálida el caudal de agua mugidora, oleosa, espumeante, que continuaba manando en la bodega. El buque se hundía... Sus calderas estallaban con sordas explosiones. El agua originó un <<maeltrom>> en la bodega, derribando hombres y bultos. Su presión aumentaba a medida que descendía el <<Malay Queen>> hasta el fondo del océano. Mas, una vez rebasados los siete pies de profundidad, ya no es peligrosa. Al cabo se detuvo en el fondo del agua el <<Malay Queen>>, con ligera sacudida realmente sorprendente. Los cuatro hombres se reunieron, localizándose mediante las luces de sus lámparas. Doc tenía preparados cuatro paquetes: uno para cada uno de sus hombres. Gracias a las capuchas impermeables que llevaban, no era necesario mantener constantemente entre (p.49) los labios el trozo de goma que les proveía de aire y uniendo sus cabezas podían, asimismo, conversar. -Que cada uno de vosotros cargue con un paquete -les recomendó Doc-. -Dejaremos el buque por el agujero que abrió la dinamita... siempre que el buque no descanse de modo que le haya cerrado la arena. EL agujero estaba abierto y los cuatro amigos lo atravesaron, cuidando de que no desgarraran sus capuchas los bordes desiguales del desgarrado casco del buque. Las aguas aparecían teñidas de color chocolate a causa del fango levantado por la inmersión del <<Malay Queen», y los cuatro hombres se cogieron de la mano para no extraviarse. Con Doc a la cabeza se alejaron del predestinado transatlántico, agitando el fango blandamente. Para avanzar se veían obligados a doblar la cintura como para resistir los embates del huracán. De color chocolate transformóse el agua, poco a poco, en un tono rojizo y finalmente adquirió el verde natural. Cuando estuvo limpia de fango, detuvo Doc la procesión y uniendo estrechamente las cabezas, se celebró un conciliábulo. -Aguardad aquí -les ordenó Doc-. Si al cabo de quince minutos no estuviera de vuelta, dirigios a la playa. -¿Y cómo sabremos dónde se halla? -preguntó Ham. Doc sacó del bolsillo un pequeño compás impermeable que entregó al abogado. -Suponiendo que los piratas hundieran el buque en la bahía de Manila, esta ciudad debe hallarse en dirección Este. Nadad en dicha dirección. Doc abrió una pequeña válvula del aparato que llevaba a la espalda y éste hinchó de aire la parte baja de la capucha, de modo que le prestara ligereza para contrarrestar el peso de las ajorcas de plomo. Entonces se elevó lentamente en el agua, dejando al fondo el ansioso grupo compuesto por sus tres compañeros. Al aproximarse a la superficie, abrió una segunda válvula en la capucha, hasta que su peso igualó el del agua que desplazaba. Entonces nadó cautelosamente hacia la superficie del agua. Si no le engañaban sus conjeturas, los piratas debían estar revólver en mano, en los (p.50) botes. Doc deseaba que supieran que estaba vivo. Esto era de una importancia vital, pues mientras Tom Too conociera que él le amenazaba, no se atrevería a matar a los tres camaradas de su enemigo, que retenía en su poder. ¿O quizá no vivían ya? Sí, vivían. Doc vio a Monk, a Long Tom y Johnny en cuanto sacó la cabeza fuera del agua.
CAPÍTULO XIV PERSECUCIÓN
Monk estaba agachado en el interior de un bote de salvamento imponente, cubierto aún de pieles desgarradas. Pesadas cadenas le ligaban de pies y manos. Long Tom, pálido mago de la electricidad y el huesudo arqueólogo Johnny estaban sentados a popa, frente a Monk. Iban esposados a la manera corriente. Otros botes de salvamento y algunas lanchas aparecían en enjambre sobre las olas, próximos a Doc unos y otros. Iban abarrotadas de hombres de color; sus bordas aparecían erizadas de armas. Todas las miradas estaban fijas en el lugar donde se había ido a pique el transatlántico. El mar hervía aún en dicho punto. En revuelta confusión aparecían allí sobre las olas trozos de madera, hierro, algunas sillas de sobre cubierta, muebles del salón, una o dos escotillas y otros objetos menudos como pelotas del juego de ping-pong, piezas de ajedrez, etc. Una nube de humo procedente de las calderas que habían estallado se cernía sobre la bahía de la isla. Doc se sumergió y nadó entre dos aguas en dirección al barquichuelo que sustentaba a sus tres camaradas. Mas apenas desapareció su cabeza de la superficie, sonó una espantosa explosión en el agua que le rodeaba. Las olas chocaron con su cuerpo con una fuerza formidable. Rápidamente dejó escapar aire de su capucha y se hundió en las profundidades del océano. Sabía lo que había ocurrido. Había sido visto por algún corsario y éste le había arrojado una granada de mano. Doc nadó con velocidad mecánica y pavorosa. Bajo el agua no podían alcanzarle las balas de rifle, pero las granadas estallaban como bombas y constituían una seria amenaza. Otra vez se veía obligado a abandonar a sus tres amigos pues no sabía cómo llevarles a tierra firme. ¡Chung! Le habían arrojado otra granada. No podía estar muy distante, pues los cristales de la capucha se le rompieron y unos puños gigantes le aporrearon sin compasión. Por fortuna salió ileso de este segundo percance. A sacudidas se desembarazó de los lentes rotos. Ahora tendría que molestarse en tener continuamente entre los labios la espita procedente del pulmón artificial hasta subir de nuevo a la superficie del mar. Su notable habilidad para conservar el sentido de la orientación, le sirvió de mucho en aquellas circunstancias y gracias a él pudo hallar a los hombres que habían quedado en el fondo. Bajo el agua continuaban estallando granadas, mas, tan distantes sonaban las explosiones, que ya no podían ocasionarle daño alguno. Doblándose como en un principio, continuaron su camino los cuatro hombres. Doc hizo alto en un lugar despejado y agachándose escribió con el dedo sobre la arena: -¡Tiburones! Acababa de ver un pez piloto y como es sabido, éstos acompañan o preceden a tan terribles monstruos de los mares. Tras de la advertencia, los cuatro hombres vigilaron con los sentidos aguzados mas, por suerte no fueron molestados. El fondo ascendía gradualmente en declive; las aguas se tornaban transparentes. Se aproximaban a la playa. Por encima de sus cabezas hubo una conmoción... Evidentemente era una canoa automóvil que pasaba. De súbito surgieron del agua columnas de madera cargadas de moluscos, tan espesas como los árboles de un bosque: eran los pilares de un muelle. Doc les condujo directamente a su encuentro y ascendieron con cautela. Nadie reparó en ellos mientras se deslizaban por la sombría espesura de los pilares. Sobre las aguas de la bahía pasaban y repasaban embarcaciones; unas impulsadas por un motor; otras movidas por remeros amarillos. Doc se quitó el casco de la cabeza y sus compañeros le imitaron. -Conozco un punto en tierra firme donde estaremos seguros -dijo Mindoro-. Es uno de los «rendez vous» utilizados por mi sociedad política secreta. -Pues vayamos a él -ordenó Doc. Pasando de uno a otro pilar, nuestros hombres llegaron a un extremo del muelle que estaba semi-derruido. Tirando de él, halló Doc que continuaba sólida su parte superior y se encaramó con simiesca velocidad hasta lo alto del muelle. Este estaba allí atestado de balas de cáñamo. Próxima a él se abría una calle estrecha. Sus camaradas le imitaron y los cuatro se dirigieron a la entrada de la calle... para detenerse en seco al llegar junto a ella. La guardaba un destacamento de policía con las armas en la mano. -¡Bueno! -exclamó Mindoro, en español. ¡Ya estamos seguros! Ham y Renny fruncieron el ceño dubitativamente. La policía no parecía estar allí por motivo pacíficos. Y realmente no lo estaba. -¡Fuego! -ordenó el oficial que lo mandaba-. ¡Matad a esos perros! El pelotón aprestó las armas y apuntó con ellas al corazón de Doc Savage y sus acompañantes. Ham, Renny y Mindoro, se sintieron asidos y echados súbitamente a un lado por el vigoroso brazo diestro de su jefe y simultáneamente un pequeño cilindro que tenía en la mano izquierda vomitó un monstruoso pelote de humo negro. El cilindro, de metal, había salido del paquete que llevaba Doc a la espalda. La nube de humo se esparció por el aire con velocidad asombrosa. Los revólveres de la policía atronaron el espacio. Sus balas arrancaron esquirlas de los cobertizos del muelle. Los traidores oficiales se lanzaron a la carrera sobre la nube negra, buscando desesperadamente a los extranjeros. Algunos conservaron la suficiente presencia de ánimo para recorrer la calle de arriba abajo, hasta que se disiparon los sombríos vapores que la envolvían. Suponían que aparecerían allí el gigante de bronce y sus compañeros. Pero no aparecieron. Hasta que no se hubo disipado el humo impulsado por una fresca brisa que se levantó diez minutos después, no repararon en la puerta abierta de uno de los edificios que componían la calle y por entonces les separaban varias manzanas de Doc, Ham, Renny y Mindoro. Mindoro estaba pálido de rabia. De vez en cuando sacudía los puños a la expresiva manera latina. -¡Ese grupo de agentes estaba compuesto por hombres de Tom (p.51) Too! -decía entre dientes-. Ello explica su proceder. Ese demonio debe tener en el cuerpo de policía a muchos de sus hombres o quizás ha sobornado a éstos para disponer así de él, cuando quiera atacar. Doc no replicó. Ham y Renny cambiaron una mirada recelosa. Por lo visto habían salido de una celada para caer en otra. El complot de Tom Too tenía un gran alcance y si la policía se hallaba a su servicio, ya podía Doc prepararse a luchar denodadamente. En aquellos momentos penetraban los cuatro en las calles más concurridas de la población. Lo sucedido en la bahía parecía atraer a todos los habitantes de Manila. Los más curiosos corrían hacia el puerto. Uniéndose en compacto grupo, afrontaron Doc y sus camaradas la humana corriente, evitando encontrarse con los agentes de orden público. Mindoro les condujo a una tienda pequeña, cuyo propietario, un chino de benévolo semblante, le acogió con una sonrisa. Después ambos cambiaron unas palabras en chino. -Volverte a ver -murmuró el celestial- es como presenciar la salida del sol después de una larga noche sin luna. Tu esclavo supone que deseas utilizar el pasadizo secreto, ¿no es eso? -Justamente -replicó Mindoro. En la trastienda había un gran batintín de latón, semejante por su forma a un platillo colosal. Apartóle el chino, se abrió un trozo de pared y Doc y sus compañeros bajaron por una escalera secreta. Después de dar vueltas y revueltas, fueron a parar a un pasadizo tortuoso, que finalizó en otra escalera y de ella pasaron a una habitación sin ventanas. Allí el aire estaba perfumado. Olía vagamente a incienso. Ricas tapicerías pendían de las paredes; gruesas alfombras cubrían el suelo; muebles confortables la adornaban. Aneja vieron una despensa llena de alimentos curados y en conserva. Adosada a la pared había una estantería repleta de libros. Un moderno aparato de radio, equipado para la recepción de onda larga y corta, completaba la instalación. -Este lugar es uno de los más retirados que posee nuestra asociación - (p.52) explicó Mindoro a sus acompañantes. Ham no había dejado de la mano ni un momento su estoque. Utilizólo en aquellos momentos para palpar el mullido de una butaca, como deseando apreciar su blandura y preguntó a Mindoro: -¿Cómo se les ocurrió a ustedes organizar una sociedad secreta? No puede imaginarse lo que me preocupa el hecho. ¿Esperaban algo por el estilo de lo que está sucediendo? -No, por cierto -replicó el interrogado-. Es una costumbre del Oriente. Nosotros no hacemos las cosas como ustedes los americanos, por las calles y a son de bombo y platillos, aunque desde luego se guardó secreto respecto de nuestra asociación para mayor seguridad. Lo primero que hace todo aquel que sube al poder es, naturalmente, barrer a sus enemigos o contrincantes políticos. De todos modos, en el Oriente no se consideran las asociaciones secretas con la prevención que os inspiran a los «yankees». -Yo desearía saber cómo marchan aquí las cosas actualmente -manifestó Doc Savage. -Pronto lo sabrá, pues voy a salir ahora mismo -repuso Mindoro, -¿No correrá peligro? -No, tranquilícese. No iré muy lejos... sólo a despachar mensajeros a mis asociados. Antes de partir Juan Mindoro, mostró a Doc tres salidas secretas que poseía la habitación, además de la que ya conocían, para que las usaran en caso necesario. -Las paredes están acolchadas -advirtió por último-, de modo que pueden abrir la radio si gustan. Tenemos más de una emisora en Manila. Uno de los ocultos pasadizos se lo engulló. Doc enchufó la radio. Era un potente aparato que captaba el extranjero: China, Japón y Australia, inclusive. Doc buscó una de las estaciones locales. En inglés hablaba precisamente en aquellos momentos el radiolocutor. -Interrumpimos nuestro programa musical -decía- para leer el boletín impreso por orden del jefe de policía. En él se relata el hundimiento del «Malay Queen», ocurrido en la bahía hace unos minutos. Parece ser que un grupo de cuatro desesperados criminales, fue sorprendido a bordo del buque. Se trató de (p.53) arrestarles, pero hicieron resistencia y a pesar de que muchos pasajeros se sumaron a la tarea de capturarlos, consiguieron refugiarse en la bodega. Allí hicieron estallar una bomba que hundió el buque. -¡Por el toro sagrado! -exclamó Renny, sin poder contenerse-. ¡Vaya una sarta de mentiras con que explican esos bandidos lo ocurrido! -¡Tom Too es un tío muy listo! -observó Ham, con la admiración sin reservas que siente un ágil pensador por otro que no lo es menos. -Debido a la previsión del prudente capitán Hickman, los pasajeros fueron llevados a tierra antes de que los cuatro criminales hundieran el <<Malay Queen>> -siguió diciendo la voz desde la emisora-. Por desgracia, han hallado la muerte varios valerosos mogoles que prestaron generosamente su ayuda a la oficialidad del buque. -!Pues señor: ahora resulta que la banda de Tom Too está compuesta de héroes! -gimió Renny. -¡Atención! -exclamó de pronto el locutor-. Se nos comunica que los cuatro criminales han tocado tierra sanos y salvos en un punto de la bahía, de modo que se hallan en Manila a estas horas. Se desconocen sus nombres, pero he aquí sus señas personales. Y a continuación, el radiolocutor hizo una descripción detallada de Doc, Ham, Renny y Mindoro. -Estos hombres son criminales empedernidos -dijo para terminar el locutor- y la policía tiene orden de hacer fuego sobre ellos apenas les eche la vista encima. Además, el capitán del <<Malay Queen» ofrece diez mil dólares de recompensa por la captura de cada uno, sea vivo o muerto... Preferiblemente muerto. La emisora tornó a radiar el programa musical y Doc buscó otra estación de las de onda corta: la particular de la jefatura de Policía. Por lo visto, el servicio se hacía en Manila al estilo moderno, pues en la mencionada estación se repetía la descripción de Doc y de sus acompañantes, así como la orden de hacer fuego sobre ellos a simple vista. -Son amabilísimos estos señores -observó Renny, secamente. -Y muy duros -manifestó Ham, con un resoplido-. ¡Jamás me he visto metido en tan peligroso enredo! Mindoro trajo una cara muy larga a su regreso. -La situación es grave -dijo-. Mis asociados han conseguido apoderarse y hacer hablar con amenazas a uno de los mogoles de Tom Too y parece ser que éste está dispuesto a apoderarse del poder. -¿De qué manera? -interrogó Doc. -Los médicos que atienden al presidente de la República están sobornados -explicó Mindoro-, de modo que, cuando sea envenenado, certificarán que ha muerto de un ataque al corazón. En cuanto la noticia se difunda por la población, estallará el motín cuyos instigadores serán los hombres de Tom Too, en cumplimiento de sus órdenes. »Éste asumirá el mando de la policía, pues muchos agentes están sobornados ya y el resto se hallan a su servicio desde antes de ingresar en el cuerpo, y con mano férrea dominará el motín provocado por él mismo. Los periódicos y la radio se encargarán de difundir sus alabanzas por todo el país. Se hablará de él como de un hombre de firme voluntad, que se encarga de solucionar la crisis, y la buena fe del público le ayudará a escalar la cima del poder. -¿Será posible que hoy en día se puedan llevar tales planes a cabo? -exclamó, indignado, Ham. -¡Hum! Pues son los métodos de un pirata -observó Renny. -Tom Too es su moderna edición -observó Doc, con acento seco-. Si penetrara en la bahía con sus buques de guerra, como hacían los antiguos corsarios, no alcanzaría la primera base. La barrerían probablemente el ejército y la armada de la Unión y, si ellos no lo hicieran, aniquilaría su escuadra una flota extranjera de buques de guerra. Tal sería su fin. Un mensajero, vigilante del cuerpo de policía local en quien confiaba Mindoro, llegó en aquellos momentos, con un surtido completo de prendas de ropa para los cuatro refugiados. Doc le estudió con interés. El uniforme de oficial consistía en unos pantalones caqui, que terminaban sobre sus rodillas, camisa y chaqueta del mismo tono y un salacof blanco. Iba desnudo de pie y pierna. -¿Ha procurado sobornarle Tom Too? -le preguntó Doc. -Más de una vez -replicó el oficial, en inglés chapurreado-. A mí no gustar y decírselo así. -¿Para el caso de que variara de opinión, le dijeron a quién debía dirigirse? -siguió preguntando Savage. -Me dijeron vendría un hombre a verme si quería tomar Tom Too dólares -replicó el oficial. -Comprendo -murmuró Doc. Sus pupilas doradas descansaron en sus compañeros. -¡Tengo una idea, amigos! -les manifestó dulcemente.
CAPÍTULO XV HACIA UN RESCATE
Treinta minutos después, un oficial de policía vestido de caqui abandonaba la vecindad de la tienda donde Mindoro había conducido a Ham, Renny y Doc Savage. Balanceaba su bastón con aire indolente, como si no tuviera preocupaciones; sin embargo, ganaba terreno rápidamente hasta llegar a un sector de la población destinado enteramente a la implantación de comercios y moradas chinas. Una vez en él se aproximó a un vehículo pequeño, conocido en el país con el nombre de «calesa». El cochero se hallaba recostado indolentemente en el lomo del caballo. El policía le habló en voz baja al oído. -¿Sabes? He cambiado de idea -le dijo. -No comprendo -replicó el calesero. -A mí gustar mucho los pesos -continuó diciendo con impaciencia el oficial de policía-. Tom Too los tiene. Yo los quiero. Yo venir a verte. Tú decidirás. El rostro inexpresivo del calesero no varió de expresión. -Siéntate, señor, en mi humilde carricoche -le dijo. EL oficial se subió con presteza al vehículo, cruzó sus piernas desnudas y se recostó en el respaldo del asiento. La calesa pasó rodando ruidosamente por varias calles que no pasarían por decentes «alleys» americanos, donde hormigueaba numeroso público procedente en parte de la bahía, en parte dirigiéndose a ella. Manila se asemeja a un caldero en el cual haya mezclada sangre de todas las razas; sus habitantes son de inconcebibles nacionalidades y no pocos de ellos un conglomerado de los otros. Varias veces, agentes de policía u otros ciudadanos lanzaban burlonas miradas al oficial sentado en la calesa. Evidentemente el calesero había corrompido a más de un hombre y el mero hecho de que fuera un oficial en la calesa, indicaba que se hallaba dispuesto a (p.54) recibir dinero de Tom Too. La calesa hizo alto ante un viejo edificio de piedra. -¿Accederás a bajar, poderoso señor? -le dijo en chino el calesero. El desdén que expresaban sus ojillos oblicuos desmentía la lisonja que contenían sus palabras. El oficial se apeó y fue conducido a una sucia habitación, en cuyo suelo vio sentada una vieja que con un martillo partía nueces sobre un taco de madera. Sólo un agudo observador hubiera reconocido una señal en los tres golpes espaciados con irregularidad que dio la vieja sobre una nuez. Se abrió una puerta en el fondo de la habitación y el calesero precedió al agente por un pasillo que olía a ratones, incienso y opio. Ambos llegaron a un aposento bajo de techo y lleno de humo, donde se hallaban tumbados perezosamente hasta una docena de orientales. Amontonados en el suelo y esposados unos a otros por las muñecas y los tobillos, estaban Monk, Long Tom y Johnny. El calesero se apartó para dejar paso al oficial. -Entra, esplendente señor -le dijo con ligero acento de ironía-. Tom Too no está aquí, pero verás a sus lugartenientes. Instantáneamente fue empujado contra la pared. Antes de chocar con ella había perdido el sentido. Una fuerza invisible, extraordinaria, le había golpeado la mandíbula. Por suerte, aunque rota, no fue pulverizada. Los orientales cloquearon como gallinas en el gallinero y el cloqueo se transformó gradualmente en aullidos de furor. Dominando el escándalo producido por la acción del oficial de policía, sonó en la habitación el canto más extraño oído hasta entonces. Era un sonido que desafiaba toda interpretación y al propio tiempo que parecía venir de todas partes como el canto de un ave de la selva. Era musical, pero no armonioso; inspirador, pero no terrorífico. ¡Era el grito de Doc! El montón de carne formado por los tres prisioneros se enderezó. -¡Doc! -exclamó Monk-. ¡Por fin ha dado con nosotros! El cuerpo del oficial de policía creció de volumen, se dilató y extendió como si dijéramos hasta asumir las formas (p.55) proporcionadas del gigante de bronce. En seguida escupió trozos de goma que había utilizado para desfigurarse el semblante. Se lanzó hacia adelante, moviéndose con tal rapidez que parecía una sombra proyectada a través del oscuro cubil. El primer oriental con que tropezó en su camino se le escabulló rápidamente. Aparentemente había salido bien librado, pues Doc le había tocado apenas con la punta de sus dedos acerados, teñidos ahora de marrón. Sin embargo cayó al suelo como si le hubieran dado una puñalada en mitad del corazón. Un mogol tiró del revólver que llevaba al cinto. Se le enredó con la camisa que llevaba por fuera de los calzones. Mientras peleaba por desembarazarse de ella, sonó un ruido sordo, parecido al que hace el leñador con el hacha en el acto de desgajar un árbol, y cayó en tierra. El pesado mango de madera del bastón llevado por el oficial le había dejado sin sentido. Otro amarillo fue tocado por Doc con la punta de los dedos, luego dos más. Apenas el trío había sido acariciado por él, cuando se convirtió en inerte montón de trapos. ¡Su contacto produce la muerte! -chilló un mogol. Esta suposición era un poco exagerada. Doc llevaba únicamente dedales de metal en la punta de los dedos, dentro de los cuales iba una aguja hipodérmica, conteniendo una droga que adormecía al instante a un hombre y le tenia durmiendo por espacio de unas horas. Ahora bien; tan admirablemente hechos estaban dichos dedales, que sólo un examen minucioso podía descubrir su presencia. Otro oriental cayó al suelo al mágico contacto de la mano de Doc. Llamearon los cañones de los revólveres y sus cargas de plomo hicieron añicos la lámpara de aceite, único medio de iluminación de que disponían los luchadores. Apagar la luz en aquellos momentos era un gran error. Con la oscuridad nació el terror. Los amarillos imaginaban percibir las caricias de los terribles dedos metálicos y se volvieron locos. Luchaban con furia y más de una vez se hirieron unos a otros. Por separado se luchaba en tres grupos distintos. El estruendo de las armas transformó la habitación en un pandemónium. El pánico aumentaba por momentos. -¡El aire del exterior es más puro, hermanos! -chilló una voz en chino. No se necesitó más para mover a los mogoles, que corrieron a la puerta como cohetes. AL llegar a la calle compitieron unos con otros en velocidad para alcanzar la primera esquina. La vieja que se hallaba de centinela en el primer aposento fue derribada, de momento, por los que huían, pero se rehizo y corrió tras ellos. Tal era la excitación de Monk, Long Tom y Johnny, que andaban a la rebatiña. Las férreas manos de Doc se cerraron sobre las esposas de Johnny, las oprimieron, tiraron de ellas, forcejearon... y saltaron rotos sus eslabones. A Johnny no le sorprendió el hecho. En otras ocasiones había vista hacer a Doc cosas parecidas. Los brazaletes de Long Tom cedieron también a los esfuerzos hercúleos del hombre de bronce. Mas los de Monk eran cosa distinta. Como poseía una fuerza poco común, la suficiente para romper sus ligaduras sin ayuda ajena (sus secuestradores descubrieron esto cuando las rompió para escribir un mensaje en el espejo), le habían cargado con unas esposas y grilletes muy pesados, cuyas cadenas eran gruesas como leños. -¿Verdad que os trasladaron a diferentes camarotes para que yo no pudiera encontraros? -le preguntó Doc. -Nos trasladaron, en efecto, una docena de veces -explicó Monk-. Doc, me sorprende que no te hayan matado durante la travesía, pues la tripulación entera figuraba en la nómina de Tom Too, por no decir nada del enjambre de piratas que había entre los pasajeros. Doc procedió a forzar los candados que cerraban las esposas y grilletes de Monk. La tarea no era difícil. En el plazo de unos treinta segundos caían abiertas diestramente con una ganzúa. -El lugar no es sano para nosotros -advirtió a sus camaradas-. Dentro de unos minutos estarán aquí los hombres de Tom Too, conque, ¡andando! Buscando, hallaron una salida en la parte posterior de la casa. -Esas dos habitaciones son como si dijéramos el cuartel general de la organización de Tom Too en Manila -dijo Johnny a su jefe. Su cautiverio no le había afectado mucho, al parecer. Sólo había perdido los lentes de aumento, lo que no era en realidad muy sensible, puesto que veía perfectamente con el ojo derecho. Un ojo morado y el labio hundido eran los recuerdos que guardaba de la refriega el mago de la electricidad. El abrigado Monk tenía la ropa destrozada, hecha jirones. Su piel rubicunda ostentaba arañazos, moraduras, golpes; pegotes de sangre ya seca salpicaban los restos del abrigo de pieles. -Para cogernos -explicó a Doc- se valieron de un ardid. Uno de los piratas penetró tambaleándose en el despacho, fingiendo que le habían dado de puñaladas. Iba todo cubierto de tinta roja. Bajamos a la calle para atrapar a su asesino y allí nos detuvieron sus compañeros. Los transeúntes miraban con curiosa expresión a los cuatro hombres. Algunos les siguieron, creyendo que el oficial de policía acababa de arrestar a los otros tres, pero pronto se quedaron atrás cuando Doc apretó el paso. Él y sus camaradas regresaron al escondite de Mindoro, describiendo un circuito. Con alegría indescriptible se reunieron los seis hombres en la secreta y almohadillada habitación. Renny abrazó con deleite a Long Tom y Johnny, murmurando: -¡Ya os enseñaré yo, caballeritos, a dejaros coger tontamente, causándonos tanta desazón! Monk se frotó las peludas manos y miró con una sonrisa burlona a su camarada Ham, antes de lanzarse a su encuentro. Ham blandió en son de amenaza el estoque. -¡Cómo me pongas las zarpas encima, oso encadenado -le advirtió, muy serio-, te rompo las muelas! Mindoro permanecía discretamente apartado del grupo. Sonreía un poco, siendo aquélla la primera vez en varios días que su faz registraba algo más que melancolía. Le confortaba volver a ver reunidos a los seis hombres. -He tenido mucha suerte -Doc contó a Mindoro-, pues estaban encerrados en el lugar a donde fui en busca de Tom Too o de sus lugartenientes para venderme, aparentemente. Yo esperaba tener que luchar más de lo que he luchado para libertarlos. El oficial de policía con quien Doc había cambiado de indumentaria estaba (p.56) aún presente y Savage le devolvió el uniforme. El entusiasmo suscitado por su llegada había ido cediendo y Doc interrogó a los tres ex prisioneros: -¿Habéis oído algo respecto a los planes de Tom Too? Fue Johnny, el huesudo arqueólogo, quien replicó: -Un poco. Por ejemplo, sabemos de qué manera piensa asumir el gobierno de la Unión. Y su explicación coincidió exactamente con los informes obtenidos por Mindoro respecto al mismo hecho. -Los secuaces peores y más ignorantes que posee Tom Too -dijo para concluir- serán los iniciadores del movimiento. Deben ser realmente de cuidado, porque no se ha atrevido a dejarles entrar en Manila. Están acampados en una pequeña isla situada al norte de ésta, aguardando la orden que les permita entrar aquí. -No les permite el acceso a la población -observó Long Tom-, porque teme que comiencen la revolución antes de tiempo. Su influencia sobre los piratas acampados en la isla no me parece muy poderosa. -¡No lo es! -dijo Monk-. Yo sorprendí una conversación de la cual deduzco que los piratas de la isla están hartos de aguardar y se hallan a punto de sublevarse. Se dice que piensan hacer una incursión por su cuenta sobre Manila a la antigua usanza pirata. -¡Sí que son ignorantes! -exclamó Ham-. De otro modo se darían cuenta de que un plan así no puede resultar bien en esta época. -Claro que lo son -replicó Renny, sonriendo-. Tom Too pensaba dirigirse a su isla apenas pisara tierra firme. Sabe que hay que calmarlos o de lo contrario echarán por tierra sus planes de conquista. Mindoro inquirió con viveza: -¿Cómo es ese Tom Too? -No le conocemos -respondió con tristeza Monk-. De modo que no podemos ilustrarle sobre este punto. -¿Cómo irá a la isla? -interrogó Doc, con presteza. -En una embarcación. -¿Estás seguro? -Segurísimo. -¡Magnífico! -¿Eh? -gruñó Monk, asombradísimo. -Digo que, si consiguiéramos un avión, podríamos presentarle allí la batalla -repuso Doc, sombríamente-. ¿Sabéis el nombre de la isla?
CAPÍTULO XVI EL MOTÍN DE LOS BUCANEROS (p.57)
Aquella noche se cernió sobre la tierra un velo denso de negros nubarrones que navegaban por el espacio a una altura considerable. Cálida, tenebrosa, como el aliento de un monstruoso carnívoro, acechaba debajo de ellos la oscuridad. Era temprano todavía. Brillaban luces a través de los resquicios abiertos en las paredes de las chozas y aquí y allá flameaba, en ocasiones, una antorcha llevada por un isleño a quien precisaba salir de noche. Sobre la isla, debajo de los nubarrones, volaba un avión. Esa embarcación aérea era anfibia: el tren de aterrizaje se plegaba bajo el fuselaje cuando se deseaba amarar. De una sola vez podía transportar dieciséis pasajeros. Seis llevaba en aquellos momentos: Doc y sus amigos. Mindoro se había quedado en Manila. De momento había hecho alguna oposición, pero Doc le había convencido de que debía quedarse, pues era muy importante que reuniera sus fuerzas leales y se preparara al resistir el «coup d'état» de Tom Too. Ante todo debía colocar una guardia de fieles servidores en torno al presidente de la Unión para que no fuera envenenado. Después apartaría de su lado a los doctores sobornados por Tom Too, para que en caso de muerte proclamaran que había sido producida por un ataque al corazón. Doc no había decidido aún el castigo que debería imponérseles, pero sería duro. En cuanto al avión, no había sido difícil proporcionarse uno. De ello se había encargado Mindoro. Renny llevaba el volante y por cierto que no era fácil tarea, ya que dado el estado de la atmósfera era imposible divisar el cielo ni tampoco la configuración del terreno que tenían debajo. Doc se encargaba de los mandos. Había cursado la carrera de piloto tan intensivamente como estudiaba todo. Su experiencia era muy grande en materia de aviación y todo el mundo reconocía su habilidad asombrosa en el manejo de los mandos. -La embarcación de Toro Too no da señales de vida -observó Long Tom. Había esperado hallar su posición mediante el compás, pero no podía conseguirlo. -¡Qué lástima! -exclamó, decepcionado-. ¡Tan bien como nos hubiera ido! Mas, debido a la oscuridad de la noche, no cabía esperar que se pudiese divisar el buque que llevaba al capitán pirata al lado de sus hombres acampados en la isla Cabeza de Tiburón. -¡Ya llegamos! -anunció Renny, tras de estudiar los números que acababa de trazar sobre un papel. -¿Les inspirará recelos la presencia del avión? -quiso saber Ham. -No. Probablemente estarán acostumbrados a oírlos -replicó Doc-. Muy cerca de aquí se halla la vía aérea de Manila a Hong-Kong. Transcurrieron varios minutos, el aparato devoraba las millas: dos por minuto y después: -¡Hemos llegado!- exclamó la voz potente de Renny. Bajo la nave aérea habían surgido, súbitamente, las hogueras de un campamento. Se contaban a docenas y a causa de la distancia semejaban chispas luminosas. Monk utilizaba los anteojos. -Sí, ahí están los piratas. Diviso a algunos de ellos -dijo. -Toma los mandos -ordenó Doc a Renny. Renny obedeció. Era un piloto excelente, como todos los camaradas de Doc. -Bueno, ¿habéis entendido bien lo que tenéis que hacer? –les dijo Doc-. Por si acaso os lo repetiré. Volad muy alto, hundios en las nubes hasta estar seguros de que ya no se oye desde tierra el zumbido del motor. Amortiguadlo luego y descended en silencio sobre la pequeña bahía que hay al septentrión de la isla. -Así lo haré -dijo Renny-. Los piratas se hallan acampados al Sur, junto a una segunda bahía mayor que la primera. -¿De veras deseas que nos apartemos de ellos? -refunfuñó Monk. -Hasta que tengáis noticias mías, por lo menos -repuso Doc Savage. Llevaba pasadas por los hombros las correas de un paracaídas y así se dejó caer del avión con la misma indiferencia con que atravesaba el portal de su casa, en Nueva York, para salir a la calle. Ya en el espacio tiró del cordón y con un sonido semejante al que produce el batir de unas grandes alas, se desplegaron los pliegues sedosos del paracaídas. El ligero vaivén que la acompañó no afectó lo más mínimo a Doc. Asiendo los tirantes del paracaídas, tiró de ellos de un lado, situando así el paraguas en la dirección requerida. Las cartas de navegar en que aparecían particularmente los miles de islas, pequeñas y grandes, que componen la Unión de Luzón, traían una descripción detallada de la isla Cabeza de Tiburón. Esta era baja, fangosa, y de una milla de longitud, por media de anchura. Su nombre se originaba de la bahía que se hallaba al extremo de su parte más baja, cuya forma se aproximaba un tanto a la cabeza de un escualo. Doc cayó en las orillas de esta bahía, distante unas trescientas yardas quizá del campamento pirata. Los corsarios estaban haciendo un ruido considerable. Tam-tams e instrumentos jadeantes de viento componían una mezcla salvaje de sonidos. Es ésta una faceta del carácter chino. Doc se desprendió de los hombros los tirantes del paracaídas, lió éste y se lo puso bajo el brazo. Atravesando la espesa maleza del bosque en dirección al campamento de los bucaneros, distinguieron sus pupilas doradas unas siluetas que iban de un lado para otro, con los movimientos comunes a la acción en un teatro chino. De vez en cuando se hacían mutuos y complicados ademanes con las espadas. Por lo visto se entretenían con un juego parecido a la esgrima. Doc se acercó a la parte arenosa de la costa, echó dentro del paracaídas varias libras de arena y lo ató como un saco. Después entró en el agua, llevando el paracaídas y su peso. Su piel bronceada continuaba teñida todavía con el tinte castaño que se había aplicado para disfrazarse de policía, pues no se marchaba fácilmente. Se adentró en la bahía y allí, donde el agua era más honda, dejó caer el paracaídas. No era de creer que lo fueran a buscar a tal lugar. Su cuerpo vigoroso se lanzó después hacia delante a tal velocidad que dejó tras de sí una estela de espuma y, una vez cerca de la orilla, avanzó directamente al campamento, que, señalado por numerosas hogueras, se hallaba próximo a la playa. Cuando distaba de él unos metros, lanzó un grito poderoso. Su voz había sufrido una transformación. Tenía un timbre agudo, chirriante: era la voz que iba a usar en su nuevo papel. -¡Eh, muchachos! -gritó-. (p.58) ¡Me hundo! ¡Auxiliadme! Se le prestó una atención instantánea. Los que contendían dejaron de luchar; el resto corrió a apoderarse de sus armas. Simulando un extraordinario agotamiento, nadó hacia la playa. En grupo pintoresco y erizado de armas se dirigieron los piratas a su encuentro. Doc se arrastró sobre la arena. Una veintena de hombres se arrojó sobre él con espantosos alaridos. Ellos blandían cuchillos, uno o dos curvos «krisses», espadas, pistolas, rifles y toda clase de armas modernas. Jamás como en aquel instante patentizó Doc el dominio extraordinario que tenía de sus nervios. Se había dejado caer en tierra como si estuviera tan extenuado que le incapacitara de hacer el menor movimiento, aun cuando se cerniera la muerte sobre él, como parecía. -Os traigo noticias -dijo en un inglés chapurreado-. Dadme de beber. Estoy rendido, muchachos. Los piratas tiraron de él rudamente y le llevaron junto a una de las hogueras, rodeándole allí todos. Los que ocupaban la primera fila se sentaron en cuclillas en el suelo, para que pudieran ver los demás. Allí había malayos, chinos, mogoles, japoneses, blancos, negros... una conglomerada colección de razas como no es posible imaginar. A ellos se mezclaban indios tocados con blancos turbantes. Una sola cosa poseían en común: la expresión de sus rostros, donde se leía codicia y sensualidad, dureza de corazón, avaricia, crueldad, impureza y miseria. Separaron una de otra las mandíbulas de Doc y le introdujeron en la boca una mezcla desastrosa de «Kaoliang» y arroz. Doc hizo un visible esfuerzo para tragar la mezcla. La siguió un vino con especies, y mientras iban a buscar más, decidió que había llegado el momento de revivir. -Mí salir de la bahía en una lancha «chu-chú» -explicó en su media lengua, con lo cual no mentía del todo, pues se había dirigido, en efecto, en una gasolinera al anclado hidroavión-. El «chú-chú» ha parado. Yo nadar. Llegar despacito a este lugar. Mí muy fatigadito. -¿Hablas el chino, OH amigo, que has venido por mar? -le preguntó (p.59) un corsario en la misma lengua. -Sí, poderoso señor -replicó Doc, en el idioma de los mandarines. -¿Cómo has pasado por delante de los tigres que vigilan la boca de la bahía, de nuestros hermanos que están alerta? -No he visto tigre alguno, ilustrísimo señor -replicó Doc. Y tampoco mentía esta vez. -¡A los tigres guardianes se les retorcerá el pescuezo! -rugió el pirata. Giró sobre sus talones y dio orden a algunos de sus compañeros para que se dieran prisa en relevar a los hombres que se hallaban de guardia. -¿Qué te trae por aquí? -interrogó inmediatamente a Doc Savage. -Se dice que el hombre difiere de la oveja porque sabe cuándo va a ser asesinado -dijo Doc, vagamente. -¿Eres, por ventura, uno de los hijos de Tom Too? -Lo he sido. Pero ahora ya no deseo ser nada de un perro que se cortaría el propio rabo, con tal de poder andar sobre sus patas traseras como una persona. El pirata se quedó perplejo. -¿Qué significan tus palabras, hombre enigmático -dijo-. ¿Por qué me hablas de ovejas asesinadas y de perros que desearían convertirse en hombres? Doc se puso de pie. No levantó la voz, porque hubiera sido impropio de un ser a quien se suponía al cabo de sus fuerzas, de un ser que había recorrido a nado una larga distancia para comunicar una noticia a los piratas. Mas el timbre sonoro y potente de su voz salvó la distancia que le separaba del muro compuesto por los hombres de rostro amarillo, negro o blanco que le rodeaban, llegó a oídos del último de la fila. -Me refiero a Tom Too, hermanos -confesó-. Vuestro jefe os ha asignado el papel de revoltosos para asumir él el de héroe. Esto es lo que os han dicho. »Mas la verdad es que seréis cazados como patos silvestres en el coto de un rico propietario en las calles de Manila. Vosotros sois tan bobos que le habéis creído, suponiendo que no todos moriréis. Sin embargo, Tom Too no vacilará en sacrificaros. Os tiene en muy poco. He aquí cómo sois vosotros la cola del perro de quien se desprenderá para alcanzar el poderío de un rey. »¿Carecéis de sentido común, para no ver que no piensa repartir con vosotros sus tesoros? »Todo el dinero que saque de la Unión se lo chupará, poco a poco. No se repartirán grandes sumas de una vez. ¿Creéis que os hará ricos, hermanos? ¡Si estáis convencidos de ello, sois como avestruces que entierran la cabeza en la arena! -¿Habéis oído? ¿Os dais cuenta de lo que quiere hacer Tom Too con nosotros? -dijo, furioso, el pirata a sus compañeros-. ¿Es que pretende asesinarnos, para convertirse en héroe? -¿Por qué te figuras que estoy aquí? -La verdad, no lo sé. -Porque no deseo ver morir a cientos de mis hermanos -repuso Doc, gravemente-. Ahora ya estáis advertidos. Doc se había expresado con toda firmeza, obteniendo de este modo el resultado que esperaba. Los piratas creían virtualmente que Tom Too pretendía engañarles y no cabe dudar de que ya habían sospechado de él, puesto que su discusión iba a llevar allí a Tom Too aquella misma noche. -Vuestro jefe viene para deciros al oído melosas palabras -continuó diciendo Doc en voz alta-. Si sois mariposas, os sentiréis atraídos por ellas: si sois hombres, atravesaréis la cabeza de Tom Too en el palo más alto del campamento, para que puedan observarle de cerca los buharros a quienes se asemeja. Aquél era un discurso atrevido, pues una de dos: o separaría a los piratas de su jefe o les lanzaría contra él. -Ya hemos pensado en empalarle -dijo el jefe de la banda rebelde-. Y no creas, la idea tiene sus adeptos. Doc comprendió entonces el buen efecto que había producido su discurso. -Tom Too llegará por mar -dijo-. En cuanto desembarque, será ocasión de poner manos a la obra. -Prudentes palabras, OH, hermano -se le respondió. La excitación subía de punto en el campamento de los corsarios. Doc se había expresado en lengua mandarina, la más refinada de la China, que todos o casi todos entendían. Los que la desconocían fueron ilustrados respecto al discurso de Doc. Éste escuchaba y sus claras pupilas rientes demostraban lo que le divertía la explicación según la cual era Tom Too el peor de los malvados, como realmente sucedía. -¿Cuándo llegará Toro Too a la isla, portador de las importantes noticias? -le preguntó un amarillo. -A la hora en que sonríe el sol sobre el horizonte oriental -fue la réplica de Doc. Fácilmente se comprendía que ya nadie dormiría aquella noche en el campamento. De una veintena de tiendas de estera y de chozas barbadas, salía el acerado sonido estridente sobre la piedra de afilar, de espadas y cuchillos. Era asombrosa la variedad de armas que poseían los bucaneros. Lanzas consistentes en palos de aguzada punta, eran asimismo preparadas y endurecidas sus puntas a fuego. Un amarillo, a quien le habían despellejado el semblante en alguna refriega pasada, se ocupaba en restaurar con todo cuidado un fusil consistente en un tubo de bambú, montado sobre una caja rudimentaria. El arma se cargaba de la pólvora negra menos refinada y de un puñado de piedrecillas redondas de la playa, y se disparaba aplicando al oído del fusil un pedazo de yesca encendida. Así ha sido el fusil usado en China hace miles de años. Contrastando fuertemente con armas tan primitivas, había en el campamento doce o más «Maxims» de último modelo, que disparaban quinientas balas por minuto. A medida que aumentaba su furia, gruñían entre sí los piratas como verdaderos perros. Por una bagatela uno de ellos derribó a otro con su espada. Su cadáver fue abandonado en un rincón. Incluso Doc estaba aterrorizado de la sanguinaria ferocidad de aquellos orientales. Se prepararon siete lanchas veloces para hacerse a la mar. Doc dedujo, por lo que oía, que eran las únicas de su especie que quedaban en la flotilla pirata. El resto componíase de juncos y sampans, unas cuantas goletas y algunas deterioradas balandras. La flota corsaria se hallaba anclada en la bahía. Debido a la oscuridad, Doc no había visto aún los buques. Probablemente constituirían un espectáculo digno de ser recordado. Las horas pasaban lentamente. Doc se mezcló a la banda de asesinos dejando caer aquí y allá alguna palabra juiciosa. Se podía conseguir que aquellos deshechos humanos barrieran a su jefe, lo demás sería muy (p.60) sencillo. Mindoro conseguiría reunir una fuerza capaz de contender con ellos aun hallándose sometido a la influencia nefasta de Tom Too una gran parte del ejército y la armada isleñas. Doc pensó un momento en sus cinco hombres. No se había oído aterrizar al avión y el hecho era buena señal. En realidad, los piratas habían armado tal alboroto que bastaba por sí solo a disimular la silenciosa llegada del avión a la bahía diminuta situada en el otro extremo de Cabeza del Tiburón. El alba se anunció por medio de una claridad rojiza que invadió el Oriente. Los negros nubarrones se empaparon de la súbita claridad. Las aves revolotearon, cantaron o silbaron en el bosque. La voz de un vigía sonó limpia, distinta, en la quietud del amanecer. -¡Tom Too! ¡Ahí viene su embarcación!
CAPÍTULO XVII EL HUNDIMIENTO DEL YACHT
La horda amarilla corrió como un solo hombre a las lanchas. Los primeros en alcanzarlas tomaron asiento con el consiguiente disgusto, ruidosamente expresado, de los que se habían quedado rezagados, y entonces se inició un proceso de selección natural en que los más fuertes llenaron las embarcaciones y los más débiles fueron separados de ellas por otros piratas de ínfima categoría. Cada uno de aquellos demonios de ojos oblicuos estaba deseoso de llegar cuanto antes junto a Tom Too, el pirata más famoso que ha infestado los mares de China. Haber tomado parte en su asesinato era un honor, algo digno de jactarse junto a los nietos cuando se fuera un viejo inútil, bueno únicamente para sentarse a la sombra del mercado del pueblo a mascar betel o sus frutos. Un desdentado gigantón, cuyos grandes aretes de latón se balanceaban junto a los poderosos músculos de su cuello, agarró a Doc por la cintura y trató de desalojarle de la lancha mayor y más ligera de las siete que componían la flotilla. Pero no contaba con la huéspeda. Sin saber cómo, retrocedió tambaleándose y llevándose ambas manos a la mandíbula, que le dolía como si hubiera tratado de masticar un puñado de dinamita, (p.61) estallando ésta durante el proceso. Doc no tenía intención de quedarse atrás. Quería ver a Tom Too, asegurarse de que no destruiría con sus palabras el efecto producido por su propio discurso sobre los corsarios. -¡Adelante, hijos míos! -dijo uno de los piratas. Y las lanchas volaron sobre las aguas de la bahía, manteniendo un estrecho contacto. Ahora se le ofrecía ocasión a Doc de observar el resto de la flota pirata. Los buques anclados en la bahía sumarían en total una veintena y la luz rojiza del alba les bañaba de un tono encendido y siniestro que parecía sangre. Muchos de ellos eran juncos chinos, de líneas perfiladas, altas popas y rodas salientes. Estaban hechos para parecer más pesados por arriba que por abajo, debido a sus altos masteleros y sus velas al tercio. Sus timones, que a veces no eran más que un simple remo gigante, se hun- dían descuidados en el agua. Muchos sampanes se mezclaban a los juncos, tan pequeños, que se podían confundir fácilmente con un esquife. Unos eran impelidos por medio de velas; otros por medio de remos y todos tenían su cámara de techo de estera en la popa. El resto de la flota se componía de goletas y de balandras de más prosaica forma. -¡Tom Too embarcación! -cantó en un inglés infantil uno de los piratas-. -Atravesará bahía en «chop-chop». Las doradas pupilas de Doc la valoraron de una ojeada. Era linda como un juguete y más propia de un millonario que de un pirata. Tenía cincuenta pies de cámara. Su casco brillaba como marfil pulido, la caoba de su arboladura despedía cálido lustre. Por doquier brillaba el latón de sus dorados. Varios amarillos se hallaban de pie en la cámara acristalada. -¡No perdamos tiempo en charlar! -gritó furiosamente un pirata-. -¡Acabemos pronto nuestra tarea! El grupo de lanchas se extendió en forma de media luna. Nadie disparó hasta llegar a menos de doscientos pies de distancia del lindo «yacht». Sólo entonces iniciaron el fuego los »Maxim», con estruendo atronador. Todos ellos se estremecían y humeaban, se engullían las municiones, escupían cartuchos vacíos. Media docena de amarillos les asían desesperadamente para impedir que la sacudida de su retroceso les hiciera salirse de la línea de blanco. Semejantes a taponazos secos eran los disparos de las pistolas automáticas; los rifles causaban destrozos sin cuento cada vez que hablaban. Doc presenció cómo disparaba sobre el «yacht» una lluvia de chinas el antiguo fusil de bambú. La tormenta de plomo hizo añicos los cristales de la cámara. Los amarillos que la ocupaban, cogidos de sorpresa, yacían en ella revueltos en sanguinolento montón. -¡Hundid balquito! -aulló un corsario-. ¡Ablidle un agujelo en el casco! Todas las armas apuntaron en dirección de la línea de flotación del «yacht». Su forro se hizo astillas, se desintegró. Por el agujero abierto penetró el agua a chorros. El buque se inclinó de banda. De súbito, sonó una espantosa explosión en sus entrañas y se astilló todo el casco. Una bala había caído sobre un explosivo, dinamita probablemente, guardada en la pequeña bodega. El «yacht» se hundió con pavorosa rapidez. Sólo apareció sobre el agua un rostro amarillo, pero el nadador fue asesinado a sangre fría. -¡Tom Too ha ido a reunirse con sus antepasados! -gritaron alborozados los piratas. Doc hubiera querido preguntar cuál de los amarillos reunidos en la cámara del «yacht» era Tom Too, mas no podía hacerlo, pues los piratas suponían que le conocía ya. Las lanchas surcaron en todas direcciones el lugar de la catástrofe, pues deseaban recoger el cadáver de su jefe. Más de un perillán de ojos oblicuos expresó el profano deseo de poseer sus orejas como recuerdo. Bromeando alegremente a su costa, convinieron, caso de hallar su cuerpo, en ahumar la cabeza y empalarla para que la viera todo el mundo. También se discutió acaloradamente sobre quién había sido el matador de Tom Too. Muchos sostenían que no estaba en el puente, sino que había permanecido abajo, escondido como un cobarde y por consiguiente le había matado la explosión. Fuera como fuese, la verdad es que no se halló su cadáver, y, un tanto disgustados, regresaron los piratas a su campamento para festejar los acontecimientos. Allí se consumió mucho vino de la China, se prepararon muchos platos de «kaoliang» guisado con arroz y los que poseían opio lo compartían con los que no tenían. Constituyó un festín memorable. Doc se apartó de la mesa a la primera ocasión. Su obra estaba consumada. Se reuniría a sus camaradas, volarían todos juntos a Manila y allí ayudaría a Mindoro en su tarea de detener la avalancha que iba a caerle encima con los desmandados piratas. Con sordos gruñidos y siseos apagados se lanzaron sobre él hombres de ojos oblicuos, apenas se hubo alejado cincuenta metros del campamento. Le atacaron en silencio, a pesar de llevar revólver y los bolsillos repletos de bombas de mano. Sin embargo, utilizaron espadas cortas y curvos «kriss». Era evidente que pretendían acabar con él sin llamar la atención del campamento pirata. Doc saltó hacia atrás. A sus pies había casualmente una caña de bambú tan gruesa como la muñeca de un hombre. La cogió y con ella descargó un palo tal sobre su primer asaltante, que le hizo rodar por tierra. Y como a los hombres aquellos no les convenía el ruido, decidió hacerlo él. -¡Auxilio! -gritó con su simulada voz chillona-. ¡Auxilio! Instantáneamente salieron del campamento los piratas. Los asaltantes de Doc renunciaron a proceder calladamente y echaron mano de las armas de fuego. De un salto púsose Doc fuera de su alcance y se ocultó tras del tronco de un árbol gigante. En él se incrustó la descarga, pero ninguna bala le tocó, pues el tronco le ocultaba enteramente. Éstos se lanzaron al asalto, rodeando el árbol desde todos sus puntos. Mas apenas llegaron junto a él se detuvieron, restregándose los ojos. Su presa se había desvanecido como por encanto. Las ramas del árbol crecían a unos cuarenta pies del suelo, por lo cual, a no ser una ardilla, ningún ser humano hubiera podido trepar por aquel tallo tan liso. Y cuando se les ocurrió levantar la vista, el follaje espeso de la copa se había tragado a Doc. Uno de ellos lanzó una granada a los pies de los piratas que llegaban corriendo. La explosión mató a dos hombres. (p.62) Sucedió una lucha sangrienta, pero breve, en la que ni se dio ni se esperó cuartel. Cuatro minutos más tarde no quedaba con vida ninguno de los hombres que habían atacado a Doc Savage. Doc se dejó escurrir tronco abajo. -Tlataban de matalme -explicó a los piratas-. ¿Quiénes elan? ¿Cómo han llegado hasta aquí? Se había expresado en inglés chapurreado, por lo que le respondieron del mismo modo. -¡Peltenecían a la gualdia palticulal de Tom Too! Una luz acerada brilló en las ambarinas pupilas de Doc. -Mas, ¿cómo han llegado a la isla? -Lo ignolamos. Entonces se registró la parte de bosque aneja al campamento sin hallar a nadie al acecho. Los piratas regresaron al campamento y allí reanudaron el festín, aunque no tan alegremente como comenzaron. Pensaban cómo era que se encontraban en la isla los hombres encargados personalmente de la custodia de Tom Too. También a Doc le traía preocupado el hecho. Sin saber por qué albergaba una duda terrible: ¿habría muerto Tom Too realmente? Una hora después supo la verdad. Hallábase separado de los piratas cuando se le aproximó un amarillo arrugado. -Para ti -dijo sonriente. Y le presentó un cilindro de bambú. Dentro había, arrollada, una gruesa hoja de papel cubierta de caracteres de escritura. «Hombre de bronce: no se atrapa al zorro tan fácilmente como crees -leyó Doc-. Desconfiando de tus manejos envié mi «yacht» con su tripulación a la bahía. Yo no iba en él. »Al aterrizar con mi avión junto a la punta septentrional de la isla, me favorecieron los dioses poniéndome delante a los cinco hombres que vagaban por allí. »Total: que además de los tres prisioneros que retuve por tanto tiempo en mi poder, poseo ahora otros dos. »Tu vida será el precio de la suya. Mas, no quiero que te rindas. Eres demasiado peligroso... »Tú mismo te quitarás la existencia ante todos los piratas del campamento. Yo haré que te observen y cuando me digan que has muerto, pondré en libertad a tus camaradas. »Adivino que desconfiarás (p.63) de mi palabra. Te aseguro que sabré hacerle honor por esta vez. Tom Too.» Doc concluyó la misiva sin que su semblante variara de expresión y el mensajero se alejó. Doc le dejó marchar sin haberle mirado aparentemente una sola vez. El oriental se mezcló al grupo formado por los piratas del campamento y fue escabulléndose. Era evidente que deseaba perderse de vista. En varias ocasiones miró furtivamente en dirección al gigante tostado a quieto acababa de entregar un mensaje. Doc no le prestaba atención. Entonces se metió por entre dos tiendas de estera y salió del campamento. Penetró en el bosque por su parte más poblada, adoptando toda suerte de precauciones. Cada vez que cruzaba un claro se detenía en el lado opuesto un momento para mirar atrás. Ni una sola vez descubrió nada alarmante. Y sin embargo, era seguido. Doc Savage viajaba por los caminos aéreos del bosque, valiéndose del sostén que le prestaban ramas y lianas entrelazadas. Su fuerza poderosa, su agilidad sorprendente le facilitaban el paso por un camino peligroso y traicionero. Entretanto el arrugado mensajero había apretado el paso. Por la entrega del mensaje se le había ofrecido una buena recompensa. EL propio Tom Too le había dicho dónde la hallaría: en el tronco hueco de un árbol del que ya no distaba mucho. Llegado que hubo junto a él, introdujo la mano en la cavidad abierta y extrajo de ella un paquete pesado y voluminoso. -¡Abulta como si tuviera muchos pesos dentro! -exclamó gozoso. Y codiciosamente rasgó su envoltura. De ella surgió un cárdeno relámpago, un Leviatán de fuego que pareció devorar el cuerpo del oriental y después una columna de humo negro, de la cual salieron disparados, como arrojados por el monstruo, los restos esqueléticos del infortunado amarillo. El paquete contenía una bomba. Tom Too había dispuesto las cosas de modo que su mensajero no pudiera guiar a la persona que fuera en su seguimiento al lugar donde estaba escondido.
CAPÍTULO XVIII EL SUICIDIO
Doc Savage rodeó el lugar donde acababa de morir el mensajero y buscó el rastro dejado por la persona que había colocado la bomba en el tronco hueco del árbol. Sus ojos penetrantes no perdían detalle, pues durante años se habían ejercitado en tal arte. Una enredadera que pendiera de modo poco natural, una mata que hubiera sido cuidadosamente encorvada y vuelta a enderezar, pero que conservara una hoja mal puesta, mostraban a Doc (y se lo indicaron en aquella ocasión), el curso tomado por la persona a quien seguía. El portador de la bomba había ido y venido por el mismo camino. Pero, ¡OH, decepción! Terminaba en la playa, donde un bote había dejado y recogido al hombre de la bomba. Aproximándose a la linde del bosque con objeto de avanzar más deprisa, Doc se encaminó a la parte septentrional de la isla. Allí, a unos metros de distancia, se hallaba anclado en la bahía el hidroavión. En torno no se descubrían señales de vida. Sólo entre el follaje revoloteaban gorjeando o trinando las aves cantoras de la selva. Doc se inmovilizó junto a un arroyuelo que vertía sus aguas en la bahía, cerca del avión, decidido a averiguar una cosa. Bajó un poco más por el bosque y de pronto corrió a la angosta playa de la bahía, la atravesó en toda su longitud y se lanzó, raudo como una flecha, al agua. Había aparecido con desconcertante rapidez y, en un abrir y cerrar de ojos se encontró en el mar. De aquí que un fusilero que estaba al acecho entrara en acción demasiado tarde. Una lluvia de balas transformó el líquido elemento donde había desaparecido Doc en espumeante hervidero. El sonido de la descarga galopó sobre la superficie de la bahía cual carcajada infernal y murió de pronto. El hombre que había manejado el fusil corrió a un lugar despejado para ver desaparecer a su presa. Era corpulento, ancho de hombros y tenía la cabeza como un queso de bola. Con el arma en la mano se plantó muy cerca del lugar donde el hombre de bronce se había lanzado al agua. Aguardó minuto tras minuto. Una sonrisa maligna distendió, poco a poco, su semblante. ¡Había matado al demonio bronceado! No se dio cuenta de que el follaje se separaba sigilosamente detrás de él, ni oyó los pasos de un gigante que se deslizaba a su espalda. Un dolor lacerante paralizó súbitamente sus brazos. Dejó caer en tierra el fusil y forcejeó, pateó, luchó desesperadamente. Entonces le tumbaron sobre la arena y allí continuó batiéndose. Pero fue lo mismo que si tratara de salir de debajo del Empire State Building. ¡Apenas pudo dar crédito a sus ojos cuando vio que el gigante que le tenía sujeto era el mismo a quien creía haber matado! Lo sucedido era muy sencillo: Doc había nadado entre dos aguas hasta el arroyo del bosque. Una vez en él había subido a la superficie del agua, había salido del agua y ocultándose entre la maleza había caído sobre el hombre, por detrás. Sin pronunciar una palabra, continuó sujetando unos minutos a su víctima indefensa. Conocía a fondo la psicología del terror. Cuanto más tiempo sintiera el presunto asesino la presión de sus manos férreas, más terror experimentaría. Y cuanto más aterrado se sintiera, más pronto hablaría, comunicándole lo que ardientemente deseaba saber. -¿Dónde está Tom Too? -le interrogó al cabo, expresándose en su lengua corriente y con el usual tono de voz. -¡Yo no sabe! -repuso el hombre, en mal inglés. Doc le transportó al bosque, buscó en él un pequeño claro y dejó caer de espaldas a su prisionero. Este chilló, pensando que iba a asesinarle, pero Doc se contentó con mirarle fijamente a los ojos. El fusilero comenzó a retorcerse. Las doradas pupilas de Doc poseían un don singular: parecían arder dentro del alma del cautivo, reducir su cerebro a un mecanismo gastado y sin energías. El hombre trató de cerrar los ojos para escapar a la poderosa influencia de aquellas pupilas doradas. Pero Doc no se lo consintió. El hipnotismo era otro arte que había estudiado extensamente. Había agotado las fuentes de América, pasando a estudiar la materia en París, con un cirujano tan entendido en ella, que la usaba como anestésico cuando operaba a algún paciente. Una prolongada estancia en la mística India le había dado la práctica que le (p.64) faltaba. Sus conocimientos eran pues muy sólidos. El hombre ya no luchaba. Había caído en una especie de sueño lúcido. -¿Dónde está Tom Too? -repitió Doc. -Yo no saber. -¿Por qué razón? -Yo quedar en este sitio para vigilar tren del cielo. Tom Too no contar a mí dónde ir. Doc comprendió que el hombre decía la verdad. -¿Sabes lo que ha sido de los cinco hombres que iban en el avión? -tornó a preguntarle. Él le contestó con tres palabras que helaron el cuerpo gigante de Savage. – -Todos estar muertos. Doc no habló ni se movió ni pareció respirar en minuto y medio. El prisionero no mentía, no podía mentir, y la noticia, constituía para él un golpe terrible. -¿Cómo ha sido eso? -inquirió al cabo; y su voz era tan débil, que el hombre apenas la percibió. -Tom Too empleó sus gases asfixiantes -replicó-. Cinco hombres blancos sentados en tren del cielo. Gas venir. Cinco hombres blancos caer como leños. -¿Lo viste tú? -Muy oscuro para ver: yo oír. Hombres, chillar, hacer ruido al caer. Doc no quiso saber más. Introdujo la mano en uno de sus bolsillos y la sacó con los dedos metidos en los dedales que contenían las agujas hipodérmicas. Una vez que hubo tocado con ellas al del fusil, éste quedó profundamente dormido. Entonces penetró en el mar y nadó hacia el hidroavión. Le faltaban unos metros para llegar a él cuando sin motivo aparente nadó con toda celeridad. Su brazo musculoso emergió del agua, se agarró a un ala del hidroavión y pasó a bordo. Un instante más y le habría asido con sus abiertas fauces armadas de una doble hilera de dientes un monstruo color pizarra. ¡Un tiburón! Otras aletas triangulares surcaban la superficie del agua. A Doc no le impresionó mucho el peligro que acababa de correr. Pero sí sintió náuseas. No necesitaba buscar los cuerpos de sus amigos en el fondo de la bahía, pues que estaba infestada de escualos asquerosos. Doc examinó los tanques del combustible y los halló casi llenos. Próximos a éstos, se hallaban los tubos de alimentación. Nadie los había tocado. Doc eligió (p.65) determinados objetos que pensaba utilizar y con ellos hizo un gran paquete. Alcanzó la playa mediante el simple expediente de levantar el ancla y dejar que la brisa llevara el aparato junto a ella. Al abandonarla reparó en que junto a la linde del bosque yacían muertos varios pajarillos. Indudablemente les había quitado la vida el gas de Tom Too, ya que no presentaban señal alguna de violencia. Doc no trató de efectuar un registro de aquella parte de la isla que le hubiera llevado muchas horas y emprendió el camino del campamento. Andaba a buen paso, sin descuidar por ello el paquete. La horda de los piratas continuaba celebrando la muerte de Tom Too. Todavía no sabían que estaba vivo. La fiesta consistía casi exclusivamente en beber, atracarse de comida y fumar opio, por no mencionar las continuas disputas que se originaban cada vez que se trataba de determinar quién había matado al jefe. Doc llamó aparte a un mestizo que demostraba la codicia que le dominaba por su modo de engullir vino y alimentos. Varias veces este individuo se llevó a su tienda una jarra del líquido especiado. En una de estas ocasiones se encontró con Doc que le aguardaba y en la reclusión del recinto esterado sostuvieron una prolongada conversación. Una vez que el oriental se enteró, por lo visto, de cosas desagradables, estuvo a punto de entablar una disputa con Savage. Pero un fajo respetable de billetes de Banco que deslizaron en su mano, le transformó radicalmente. Se deshizo en sonrisas y cortesías a partir de aquel momento. Ciñóse al cinto un espadón y salió a reunirse con sus compañeros. Aproximadamente una hora trabajó Doc entretanto en el interior de la tienda. Una vez concluida la faena salió al exterior y tomó un barril de gasolina de la que se empleaba para las lanchas motoras y lo colocó cerca de la tienda. Su voz sonora vibró con tal fuerza, que se oyó en todo el campamento. -¡Muchachos: atención! Venid todos acá. Doc contempló un momento en silencio la asamblea que se había congregado delante de la tienda. -¡Os he engañado! Vine aquí con la intención deliberada de convenceros de que debíais sublevaros... Y les explicó exactamente lo sucedido, informándoles de que Tom Too estaba vivo. A continuación les tiró la misiva que había recibido, pero cuidadosamente evitó toda alusión a su excursión a la parte septentrional de la isla o sus tristes descubrimientos en ella. -A cambio de mi vida me ofrece, Tom Too, poner en libertad a mis cinco camaradas -continuó diciendo-, por consiguiente, voy a pagar por ellos el rescate que me exige. Un cambio notable se había operado en el grupo pirata. Cada uno de ellos clavaba en Doc una mirada centelleante, murmurando o echando mano al cuchillo. El hecho de que fuera a sacrificarse para salvar a sus amigos, no hizo mella en ellos. Estaban enfurecidos. -¡Ahora me suicidaré! -gritó Doc-. Vosotros presenciaréis cómo me quito la vida y se lo comunicaréis a Tom Too. La situación pareció ridícula a alguno de los corsarios y realmente lo era. El gigante que les había engañado estaba loco. ¿Creería firmemente que una vez muerto él, pondría Tom Too en libertad a sus amigos? Tom Too nunca hacía honor a su palabra, a menos que le conviniera mucho. ¿Por qué iba a hacer una excepción? Súbitamente, un mestizo de mogol se adelantó, blandiendo su espada. Era el mismo con quien había conversado Doc extensamente. Sus bolsillos estaban llenos de dinero del hombre de bronce. -¡Perro! ¡Serpiente! -gritó-. ¡Manchas con tu presencia el suelo de mi tienda! ¡Por ello sólo voy a matarte! Y se lanzó sobre él, hecho una fiera. Doc se volvió y se metió precipitadamente en la tienda como para huir de él más, tropezó y cayó junto a la misma entrada. Cincuenta piratas vieron alzarse la espada del mestizo, asestar un golpe y retirarla goteando sangre. -¡Mi tienda está contaminada! -gritó, saliendo al exterior-. ¡Las llamas la purificarán! Con el pie derribó el barril de la gasolina, ésta se esparció en todas direcciones y el mestizo echó sobre ella un fósforo encendido. Grandes llamas envolvieron instantáneamente la tienda. El mestizo se agitó a su alrededor como poseído todavía por una rabia loca. De haber habido en el campamento una persona observadora, hubiérale llamado la atención tres mogoles mezclados al grupo pirata, que se colocaron rápidamente en lugar adecuado para ver arder la tienda desde tres ángulos distintos. Cuando los restos de la tienda quedaron reducidos a carbones resplan- decientes, se aproximó a ellos el trío y con largos bastones hurgaron las cenizas. La vista de éstas y su color gris blancuzco, les llenó de satisfacción. No cabía equivocarse: eran huesos calcinados. Uno de ellos separó un trozo medio consumido y se lo guardó en el bolsillo. Entonces arrojaron los palos lejos de sí y se alejaron rápidamente. Poco después, los tres mogoles penetraron en un pequeño «sampán» y se dirigieron, a remo, junto al mayor de los juncos anclados en la bahía. Su interior estaba lujosamente equipado de tapices sin cuento, sedas pintadas, dragones bordados, alfombras e incrustados muebles de laca. Los mogoles se encaminaban a popa y allí penetraron en un camarote que contenía una instalación moderna de radio. Uno de ellos abrió la llave que ponía en movimiento los generadores de onda, y se sentó ante la emisora. Inesperadamente brilló un relámpago azulado y se oyó distintamente el siseo de la llama en la parte alta del aparato. El operador se puso en pie de un salto y la examinó. Halló un pequeño trozo de alambre caído entre dos importantes conmutadores. Era él el que había originado un corto circuito. El mogol lanzó una maldición. -¡El aparato se ha estropeado! -exclamó después-. Es extraño que el alambre haya caído sobre los aisladores. ¿De dónde sale? -Eso es: ¿de dónde? -murmuró otro mogol-. Parece más bien un pedazo de cable que de alambre eléctrico. Discutieron unos minutos el misterio y después: -Ahora ya no podemos radiar la buena nueva a Tom Too -dijo uno de ellos, lamentándolo-. Vamos a comunicársela personalmente... Y abandonaron el junco pirata.
CAPÍTULO XIX EL CUBIL DE TOM TOO
El trío mogol adoptó precauciones más minuciosas que la primera vez para asegurarse de que (p.66) no les seguía ningún pirata del campamento, e internándose en el bosque se dirigió hacia el Norte. Al nordeste de la isla había una ensenada diminuta, de doce pies de ancho por unos cincuenta de profundidad. En ella estaba oculto un «sampán». Tenía éste treinta pies de eslora y era ancho de manga. El trío mogol estaba a punto de subir a bordo cuando se lo impidió un hecho inesperado. De la selva partió silbando un «kris» curvo, de larga y afilada hoja, pasó rozando a uno de los mogoles y fue a incrustarse en el tronco de un árbol. -Algún perro nos habrá seguido -dijo ásperamente uno de los mogoles. Sacando sus cuchillos y un revólver, cargaron contra el lugar de donde había salido el «kris». Sus cuerpos rechonchos chocaron ruidosamente con la maleza enmarañada del bosque. Espantadas huyeron las aves de allí. Sus gritos eran capaces de despertar a un muerto. Mas el lugar estaba desierto. Ni allí había hombre alguno ni rastro siquiera de su paso por el bosque. -Hermanos: no malgastemos cl tiempo -dijo un mogol, a los otros dos. Penetraron en el «sampan» y pusieron en marcha el motor. Vistos así, surcando las aguas de la ensenada en tan singular embarcación, semejaban inofensivos pescadores de los que tanto abundan junto a la isla de Luzón. A la distancia de tres o cuatro millas de Cabeza de Tiburón, había otra isla más pequeña, circundada por elevadas palmeras. El «sampan» describió una vuelta en torno de ella. Puso su proa en dirección a una parte de la costa semejante a un muro infranqueable de verdor, lo atravesó raudo como una flecha y se halló en una ensenada pequeña como un estanque. Tras una o dos detonaciones, murió el ronquido del motor y la embarcación se aproximó suavemente a tierra y de ella saltaron los tres mogoles. Estos alcanzaron un terreno más elevado. En él había una casa construida de madera de hierro, cuyas paredes laterales se cerraban con grandes postigos desmontables. Quitados éstos, circulaba libremente el aire por sus habitaciones. En la (p.67) principal de la casa se encontraban, en aquel momento, una media docena de amarillos. Su actitud llamaba la atención, por lo envarada. Apenas movían un músculo y cuando se rebullían, lo hacían lenta y cuidadosamente, como si tuvieran miedo de romper algo. Sugería la idea de algo que les inspirara un terror mortal. Los mogoles se incorporaron a tan solemne asamblea con gritos atronadores de júbilo. -¿Dónde está Tom Too, hermanos? -interrogaron-. ¡Le traemos noticias frescas, buenas, excelentes noticias! Tal era su entusiasmo, que no repararon en el aire aterrorizado de los presentes. -Tom Too no está aquí -dijo uno de ellos con voz chillona. -¿Adónde ha ido? -No lo dijo. Se fue. Los tres mogoles no pudieron callar por más tiempo. -¡El hombre de bronce ha muerto! -exclamaron. Y uno de ellos explicó-: No era tan inteligente como pensábamos, sino un bobo. Creyó a pie juntillas que iba a salvar a sus amigos, pues no sabía que hubieran muerto a causa de los gases asfixiantes y se encaró con los perros que se han levantado contra Tom Too y les echó un discurso para explicarles quién era y cómo iba a darse muerte. Pero uno de los perros le cortó la cabeza con su espada y quemó su cuerpo en una tienda. Nosotros presenciamos cómo le abrasaban las llamas y en el bolsillo llevo un pedazo de hueso medio consumido, que quizá desee guardar Tom Too como recuerdo. ¿Dónde está el amo? -¡Se marchó! -insistió uno de los oyentes, chillonamente. Los tres mogoles advirtieron de pronto la tensión que reinaba en el aposento y que les sorprendió no poco. -¿Qué os sucede, hermanos, que tembláis como la hoja en el árbol? -¡Temen recibir en su cuerpo una lluvia de plomo! -replicó en <<slang>> una voz neoyorquina. Súbitamente se descorrió una cortina en el fondo de la sala y surgieron de detrás de ella cinco hombres. Cada uno de ellos empuñaba un arma mortífera: una ametralladora en miniatura, poco mayor que un revólver. Eran Monk, Renny, Long Tom, Ham y Johnny: los amigos de Doc Savage. Los tres mogoles habían visto la luz en un ambiente de violencia y muerte. Conocían a aquellos cinco hombres, sabían que eran enemigos mortales de hombres como ellos y decidieron vender caras sus vidas. Sus manos amarillas buscaron apresuradamente un arma: cuchillos y revólveres. La otra media docena que permaneciera sentada y temblando por hallarse amenazada por las ametralladoras de los hombres de Doc, decidió ayudar a los mogoles. Habían sido desarmados, pero miraron en torno y se apoderaron los unos de sillas, los otros de las patas de una mesa arrancadas en un abrir y cerrar de ojos, quien de una botella de vino. Por cierto que antes la rompió y se sirvió de su parte cortante como de una daga. La habitación se convirtió en un campo de Agramante. Relucían los cuchillos; los puños subían y bajaban; vomitaban fuego los fusiles; los bastones hendían las cabezas. Los hombres blancos concentraron toda su atención en los tres armados mogoles. Dos de ellos sucumbieron al fuego, por ráfagas de las ametralladoras. Monk se las hubo con el tercero. Un revés de su velluda diestra le arrancó el revólver de la mano y lo envió al otro extremo de la habitación. El mogol le asestó un tajo con el cuchillo. Monk evadió el golpe con una ligereza asombrosa y le largó un soberbio puñetazo. Tan terrible fue éste, que el mogol dejó caer el arma, vaciló un instante, como si estuviera borracho y cayó. Ham arremetió contra un hombre de ojos oblicuos que blandía la pata de una mesa. Esgrimía vivamente la espada, deteniendo los terribles golpes que le descargaba su contrario con hábiles paradas. Poco después saltó atrás el amarillo. Tenía rotos los ligamentos de la mano. Pidiendo a gritos clemencia, se refugió en un rincón. Renny hizo papilla una nariz con sus puños formidables. Long Tom y Johnny cargaban contra sus respectivos contrarios. Todavía no habían empleado sus armas, aún así eran dignos oponentes de los piratas. La lucha concluyó súbitamente como había comenzado. Los corsarios, faltos de estímulo, alzaron los brazos y se unieron al contrincante de Ham, en sus gritos de ¡clemencia! -¡Vaya unos tíos chillones! -comentó Monk-. ¡Ni siquiera saben luchar hasta que se le calienta a uno la sangre! Levantó del suelo el único mogol que quedaba con vida y gruñó: -Conque creísteis que habíamos aspirado el gas, ¿eh? Pues no, señor: le soltasteis en el bosque, confiando que el viento le llevaría hacia nosotros, mas oímos caer muertos a los pájaros y esto nos advirtió del peligro que corríamos. Nadamos hasta el avión (tan oscura estaba la noche, que no valía la pena de esconderse) y nos estuvimos calladitos, escuchando vuestra conversación. Las pupilas del mogol giraron en sus órbitas por toda respuesta. -Por ella nos enteramos -prosiguió diciendo Monk-, de que Tom Too poseía aquí una guarida. Entonces construimos con dos troncos una almadía y llegamos a remo hasta aquí. Confiábamos en que vendría Tom Too y por ello hemos detenido a estos caballeros. Ham se encaró con él y dijo, blandiendo el estoque;: -¿Conque éste es el pájaro que se ha jactado de poseer un pedazo de hueso del esqueleto de Doc? ¡A ver, que lo muestre! Monk registró al prisionero y extrajo el hueso mencionado de uno de sus bolsillos. Johnny, el arqueólogo, le examinó con atención... y soltó una carcajada formidable. -¡Es un hueso de los que sirven ordinariamente para hacer el caldo: un hueso de vaca! -exclamó, una vez pasado el acceso de hilaridad. -Conque, así, Doc no ha muerto, ¿eh? -interrogó Monk, sonriendo. -Ya lo podíais suponer -repuso el propio Savage, desde la puerta de la sala. Grandes exclamaciones de placer acogieron su presencia. -¿Cómo te las has compuesto para hacerte pasar por muerto? -quiso saber Monk. -Valiéndome de la treta tan conocida de los espejos -replicó Doc-, para hacer creer que me habían cortado la cabeza. Uno de los piratas estaba en el secreto (le pagué bien) y dejó caer su espada sobre un saco lleno de lana empapada de tinta roja -¡Eh!-exclamó, interrumpiéndole Monk-. ¿Y cómo saliste de la tienda? -Pues al prenderse fuego, la espolvoreé con unos productos químicos que producen mucho humo. Sobre ella pendía una larga rama. Previamente había yo pasado por ella un cordel de seda muy (p.68) fino, de modo que era invisible a simple vista por el humo, llevándome los espejos. -¿Habéis dado ocasión a Tom Too de que se escabullera? -interrogó Doc. Ham dio, distraídamente, un golpecito sobre el estoque. -Es posible -replicó-. En la playa nos encontramos con dos piratas, luchamos con ellos y los demás vinieron a ver qué pasaba. Quizá fuera Tom Too detrás de ellos, viera que nos desembarazábamos de su banda y huyera. -¡Pero, no es posible que haya salido de la isla! -rezongó Monk-. Hemos requisado toda la costa y no hemos visto ninguna embarcación. Y un solo hombre no puede manejar la almadía de troncos que hemos construido. La increíble habilidad de Doc para observar cualquier movimiento que se originaba a su alrededor, había dado ya inmejorables resultados. En aquellos momentos tornó a manifestarse con éxito. Su vigoroso cuerpo se ladeó de pronto, se agachó. El espacio que había dejado vacío, fue atravesado por una bala. El estampido de un fusil sonó entonces en el bosque, despertando dormidos ecos. -¡Tom Too! -rugió Renny.
CAPÍTULO XX SE CIERRA LA RED
Los ecos de la descarga resonaban todavía en la isla cuando los cinco hombres de Doc dispararon sus ametralladoras. Las armas derramaban balas a torrentes, que eran como ríos de vivo metal. Cada posta segaba hojas, tallos y ramas de las plantas tan gruesas como la muñeca de Monk Después de una descarga hecha en común, los hombres de Doc cesaron el fuego. Por encima de la algarabía armada por los pájaros en el bosque, sus oídos percibieron potentes estallidos. -¡Ya tocan a retirada! -gritó Renny. Él y sus compañeros abandonaron a escape la habitación, dejando que los prisioneros se las arreglaran como quisieran. Después de todo, su captura no tenía trascendencia alguna. -¿Viste la faz de Tom Too, Doc? -inquirió Ham. -No. Sólo el cañón de su escopeta asomando entre hojas. -¡Se dirige al <<sampan>>! -gritó Doc. Un momento después oyeron el ruido del motor puesto en marcha. Doc llegó a la (p.69) diminuta ensenada a tiempo de vislumbrar la popa de la embarcación, que desaparecía tras la cortina de enredaderas que ocultaban la ensenada vista desde el mar. Sus hombres se le aproximaron y dispararon unos cuantos tiros en dirección de la cortina de verdor. Luego salieron a la bahía, dando un rodeo, lo que les hizo perder un tiempo precioso. Al desembocar en la playa, el «sampan» se hallaba ya a unas millas de distancia y corría como pato asustado. -¿Dónde se halla la almadía en que llegasteis a la isla? -preguntó Doc. -Más arriba -replicó Ham, vivamente y les condujo a donde estaba. El velludo Monk se colocó a su lado. Ambos llegaron a un terreno fangoso y mal oliente, en cuya mitad cayó súbitamente Ham. Se levantó de un salto, pero manchado de barro de pies a cabeza. Blandiendo el estoque en son de amenaza, dijo a Monk: -¡Maldito! Tú me has hecho caer, no lo niegues! -¿Yo? -dijo riendo Monk-. Te has caído tú solo. Eres muy torpe. Con todo, evitó ponerse al alcance de Ham por espacio de unos minutos. Nadie le había visto echar la zancadilla a su camarada, mas no cabía duda de su culpa. Peores cosas había hecho. Mas podía estar seguro de que Ham le devolvería la jugada a la primera ocasión. Los acontecimientos jamás llegaban a ser considerados tan seriamente por ellos, que se olvidaran de sus disidencias cómicas. Andando, llegaron junto a la almadía. -Me extraña que navegando en este chisme no os hayan devorado los tiburones -dijo Doc, examinándola. Monk soltó un bufido. Le había puesto de un humor excelente la jugarreta de que había hecho víctima a Ham. Este abogaducho de tres al cuarto -observó, mirándole de reojo-, quería alimentarles a costa mía, so pretexto de que así morirían de una indigestión. ¡Por su mala intención ha caído en el fango! Ham le miró ceñudo. Todavía tenía la cara manchada. La almadía consistía en una especie de «catamarán», que constaba de dos troncos longitudinales y carcomidos, unidos por medio de piezas transversales, esmaltadas de flexibles enredaderas. Doc inspeccionó los palos que habían servido de remos. Eran insuficientes a no poder más. -¡Echadla al agua! -ordenó a sus hombres; y penetró en el bosque. La almadía flotaba en las aguas del mar cuando regresó trayendo un brazado de tablas arrancadas a la vivienda de Tom Too. -¿Qué hacen los prisioneros? -interrogó Renny. -Siguen en la casa... donde permanecerán todavía un ratito -dijo Doc, mostrándole uno de los dedales de metal que llevaba dentro la aguja hipodérmica. Embarcó y sus compañeros le imitaron, acomodándose en la almadía en el orden de una bien adiestrada tripulación. En un instante, manejaron los remos a compás, impulsando la almadía a una velocidad bastante aceptable. Sus ojos buscaron el <<sampan>> que se llevaba a Tom Too. Doc había supuesto que se dirigiría al extremo sur de la isla Cabeza de Tiburón, donde tenían instalado su campamento los piratas. Mas por el contrario: llevaba enfilada la proa en dirección a la bahía situada al Norte. -¡Estamos de suerte! -dijo en voz baja-. Tom Too no conoce a los piratas. Podría dominarles fácilmente y conseguir que acabaran con nosotros, pero les teme. -¡Adivino que va en busca de nuestro aeroplano! -gruñó Monk-. Y a bordo tenemos granadas de mano. -No las hay -replicó Ham-, pues la otra noche, después de oír cómo caían muertas las aves en el bosque y suponer que venía hacia nosotros una nube de gases asfixiantes, me demoré un poco en seguiros y eché las granadas por la borda. El «sampan» describió una curva en torno a la punta norte de la isla Cabeza de Tiburón, penetró en la pequeña bahía y se perdió de vista. Johnny masculló media docena de interjecciones que hubieran asombrado a los estudiantes de Ciencias Naturales, a quienes solía enseñar y con el remo golpeó la cabeza de un tiburón. Después de este incidente cuidaron todos de no llevar los pies metidos en el agua. -¿Saltarán fuera del líquido elemento para atraparnos? -inquirió, receloso, Monk. -Probablemente no -repuso Johnny. Todos tenían los ojos fijos en la bahía septentrional de la isla. Súbitamente se alzó en el aire, en torno a ella, una nube de chispas resplandecientes, al parecer. En realidad las chispas eran pájaros de colores. Un momento después se extendió sobre el mar, en alas del viento, el zumbido de los motores de hidroavión. Ellos eran los que habían asustado a las aves, al ponerse en movimiento. -¿Por qué no pensaste también en inutilizarlos, sabihondo? -preguntó Monk a Ham. Ham no dijo nada, pero sus ojos le dirigieron una mirada fulminante por debajo de los sucios párpados. No se había lavado aún el rostro por temor a los tiburones. Pronto patinó el hidroavión a plena luz. Se bamboleaba. Luego se elevó en el aire, cabeceando como pato herido por una posta de perdigones. -¡Uf! ¡Qué mal vuela! -exclamó Johnny. -¡Es un «kiwi»! -convino Monk. El hidro fue hacia ellos. Monk se puso de pie, preservando con la mano su vista de la cegadora luz del sol. -¡Demonio! No me agrada esto -observó-. El hidro volará muy mal, pero va a caer sobre nosotros, de fijo. -En el aeroplano dejamos las ametralladoras -murmuró Renny-. ¿Se volverán ahora contra nosotros? Johnny golpeó a otro tiburón con la culata de su revólver. Doc Savage no daba señal alguna de inquietud. Iba sentado con el busto levemente inclinado hacia delante y manejaba el remo con tal vigor, que crujía y se inclinaba la madera. Para que sus golpes de remo no desviaran de su curso a la embarcación, los distribuía ora a un lado, ora al otro, con una precisión automática. Renny se quitó del cinto el revólver-ametralladora y lo cargó con presteza. -No te molestes, Renny -le dijo Doc. -¿No? -Renny se detuvo, asombrado. -¡Observa al hidro! El anfibio se acercaba, roncando. Tom Too no trataba de elevarse; deseaba pasar bastante cerca de la almadía para usar con éxito las ametralladoras que sin duda había encontrado en la nave aérea. En aquellos momentos se hallaría a unos quinientos pies de elevación sobre la almadía. -¡Ya es hora de que ocurra algo! -dijo sombríamente Doc. De pronto pararon en seco los motores del hidro. Tom Too maniobró prestamente. Obligó a virar al (p.70) aparato y le hizo tomar la dirección de la isla, pero se inclinaba de banda como si se hallara engrasado el aire. -¡Apenas puede sostenerse! -observó sonriendo Monk-. ¿Qué es lo que ha inmovilizado los motores, Doc? -La falta de combustible -replicó su jefe-. Yo he obturado las líneas del combustible. El carburador y los tubos contenían bencina en cantidad para que se elevara el aparato, pero nada más. El gigante de bronce se olvidó de añadir que hubiera sido más fácil cortar los gases en el carburador, pero que ello no hubiera dejado provisión suficiente de combustible para poner en marcha el hidroavión de haberles obligado las circunstancias a embarcarse en él con tal precipitación, que no hubieran tenido tiempo de desobturar la línea. Tom Too obligaba a deslizarse el aparato en ángulo muy abierto y la máxima altura posible. Probablemente más por casualidad que por pericia en el manejo de la nave. -¡Por el toro sagrado! -gimió Renny-. ¿Es que vuelve a la isla? -Descenderá a unos cien metros escasos de la playa -dijo Doc, tras de apreciar de una experta ojeada su posición y avance. No se engañaba. De súbito ¡plaf! El anfibio cayó al mar. Su propio peso le empujó de momento hacia delante, mas en seguida se detuvo. Entonces comenzó a retroceder, impulsado por la brisa. -¡Va a caer en nuestras manos! -exclamó Ham. -O descubrirá que se hallan obturados los tubos -observó Monk. Sin embargo, Tom Too no perdió el tiempo en averiguar qué era lo que había reducido al silencio a los motores. Probablemente no entendía de mecánica. Apareció sobre la cabina. Por desgracia se hallaba muy lejos para que se distinguiera su fisonomía. Ni la vista, penetrante de Doc consiguió vislumbrar sus facciones. En una cosa repararon: en que llevaba una caja o estuche. El jefe pirata se estiró sobre la punta de los pies y golpeó un ala del aeroplano con un cuchillo. -¡Eh! ¡Deja salir la gasolina de los tanques! -chilló Monk. Peor que esto. Tom Too encendió un fósforo y lo tiró dentro del combustible (p.71) contenido en los destrozados tanques. Surgió una gran llamarada. Ella envolvió al anfibio como rojo papel de seda envuelve a un juguete. La brisa jugueteó con la columna de humo amarillento que acompañó a la conflagración. Tom Too se arrojó al mar y nadó desesperadamente hacia la playa. Johnny contempló los tiburones que se congregaban en torno de la almadía y después a las distantes salpicaduras que señalaban el avance de Tom Too. -¡Ese hombre es un valiente! -gruñó. -¡Diantre! En caso de apuro hasta una rata lucharía con un león -observó Monk. Sin cesar de remar, Doc se había puesto de pie para vigilar el avance de Tom Too. También Renny le observaba. Su vista era la más penetrante, excluyendo la de Doc. -¡Allá va un tiburón! -exclamó de pronto. -Nada hay que me desagrade tanto como uno de esos monstruos -observó Renny-, pero no le disputaré su presa. Tom Too había reparado en el peligro que corría y nadaba desesperadamente, sin perder por ello la cabeza. Mantenía fijos los ojos en la enhiesta aleta del monstruo que se acercaba. Cuando desapareció se detuvo en seco. Doc percibió el brillo apagado del cuchillo que empuñaba. -¡Va a matarle a la manera indígena! -murmuró Renny. La distancia les privó de ver lo que sucedió después, pero conocían bastante lo que es un tiburón para adivinarlo. En la profundidad de las aguas no necesitan volverse para morder un objeto, pero comúnmente lo hacen para apoderarse del hombre que nada en la superficie. Su pálida panza constituye, pues, una advertencia. Tom Too desapareció, momentáneamente, bajo el agua, ésta se agitó tumultuosamente y el cuchillo del pirata fue blandido repetidas veces. Entonces reapareció y nadó hacia la playa con renovado vigor. -¡Se ha librado del tiburón! -dijo, lamentándolo, Monk. Tom Too alcanzó la playa sin más incidentes y se internó en cuatro saltos en la espesura. Los adiestrados ojos de Doc repararon en un detalle que pasó inadvertido para sus camaradas; Tom Too no llevaba ya la caja. Evidentemente la había dejado caer durante su breve lucha con el monstruo. Se hundió en el momento en que desaparecía Tom Too en el bosque. Doc y sus hombres continuaron manejando los remos. A poco llegaron al lugar donde se había hundido el hidro. A veinte metros de distancia flotaba el escualo que había matado el pirata cerca de la superficie. En torno a su cadáver hervía y se agitaba el agua: medía docena de tiburones lo estaban devorando. -¡Para! -exclamó Doc. Monk llevaba al cinto un arma blanca, pescada sabe Dios dónde. Era un <<kris» de hoja ondulante. Doc se lo quitó, pásaselo entre los dientes y se lanzó al mar, haciendo tambalear la almadía. Sus amigos le vieron perderse en el abismo. -¡Di ...antre! -balbuceó Monk-. Va a perecer. ¡A su lado se queda pequeñito Daniel en el foso de los leones! Aguardaron ansiosamente. Burbujas de aire procedente del sumergido avión ascendían ala superficie. Transcurrió un minuto. A sesenta pies de distancia chapoteaban luchando entre sí los feroces tiburones. Otro minuto cayó en la eternidad. Doc no aparecía. En la playa gritaban como arpías las aves tropicales de voz destemplada. Tres disparos las redujeron al silencio. Monk agachó vivamente la cerviz. El aire producido por una bala le había acariciado el cuello. Tan rápida fue su acción, que estuvo a punto de perder el equilibrio, mas lo recobró al momento. Tom Too había hecho fuego sobre ellos; el agua no humedece la pólvora de los cartuchos de las armas modernas. Los cinco hombres de Doc rociaron de plomo la linde del bosque que tenían delante. Nada demostró que hubieran hecho blanco, pero sí evitaron con su descarga que el pirata tornara a disparar. Renny consultó la hora en su reloj de pulsera y lanzó una exclamación muy semejante a un gemido. Doc llevaba cuatro minutos bajo la superficie del agua... Diez segundos después su cabeza surgía junto a la embarcación. Sus cabellos bronceados y su tostada piel tenían la virtud de despedir el agua como el lomo de un pato. Ya podía sumergirse en ella una y cien veces, pues cuando salía no estaba mojado. La pechera de su camisa presentaba un bulto. AL verle aparecer, sus cinco camaradas se enjugaron el sudor que les bañaba la frente. El hecho de que hubiera permanecido tanto tiempo bajo el agua no tenía en sí nada de alarmante. Ya le habían visto permanecer largo rato en otras ocasiones. Pero los tiburones eran el gran peligro de aquellos parajes. -¿Te ha sucedido algo? -inquirió Monk. Doc se encogió de hombros. -¡Bah! No tiene importancia -dijo. En aquel momento apareció junto al destrozado cadáver del tiburón, otro tiburón muerto. El monstruo había sucumbido a una sola y certera cuchillada. Monk y sus camaradas reconocieron en ello la obra de Doc. Se había batido con el monstruo bajo el agua, mas, por lo visto, no le daba importancia. -¿Qué has hecho tanto tiempo debajo del agua? -le preguntó Monk. -Buscar desde aquí la caja que Tom Too llevaba en la mano para que no advirtiese que andaba tras ella -replicó Doc. -¿Y la has encontrado? Doc señaló en silencio la abultada pechera de su camisa. La embarcación atracó junto a la costa. Con muy buen acuerdo, Tom Too no había vuelto a disparar. -¡Al «sampan»! -ordenó Doc. Y todos corrieron por la playa hacia el Norte. Monk volvió una vez la cabeza. -¡Eh! ¡Mirad! -exclamó. Girando en el acto sobre sus talones los cinco hombres restantes divisaron a Tom Too. El pirata había salido a la playa por el lado Sur y corría en dirección al campamento pirata. -¡Propongo que vayamos detrás de él! -dijo Renny, con su voz atronadora. Por lo visto no se le ocurrió que quizá no pudiera dar una tanda a cientos de piratas habituados a la lucha desde la cuna. -¡Al «sampan»! -repitió Doc con impaciencia-. Apoderémonos de él y salgamos cuanto antes de aquí. Reanudaron la marcha por la playa, internándose momentáneamente en el bosque para salvar un pequeño promontorio y volviendo a salir en buen orden a aquélla. -¡Bueno! -saltó Ham, al divisar la embarcación abandonada por el pirata-. ¡Ya me estaba temiendo que la hubiera desfondado Tom Too! Renny le señaló el motor instalado a popa. -¡Mira! -rugió-. ¡Ha dejado salir la gasolina! La válvula del tanque de combustible estaba (p.72) colocada de modo que, en efecto, por ella se derramaba en la arena todo aquél. -Pues sí que estamos lucidos -gimió Monk. Cuatro remos de palo de hierro reposaban en el fondo entarimado del «sampan». Doc dijo señalándolos a sus compañeros: -¡Cogedlos! -No podremos escapar sólo a remo -observó Monk-. Los piratas poseen veloces embarcaciones y Tom Too les enviará en pos de nosotros. De un vigoroso empujón, Doc echó al agua el «sampan». -Volvamos a la otra isla -dijo. No cabía discutir. El «sampan» abandonó la playa impulsado por brazos vigorosos. Sin dejar de remar, concentró Ham la atención en la abultada pechera de su jefe, que ocultaba la caja abandonada por el pirata. -¿Crees que contendrá algo de valor, algo útil? -interrogó. -Más tarde lo veremos. Mirad: Tom Too no pierde el tiempo -replicó Doc, señalando un punto con el dedo. Todos siguieron su dirección con la mirada. Por la otra punta de la isla aparecieron un par de juncos y varias lanchas motoras. Les siguieron más embarcaciones: juncos, «sampans», botes, más lanchas... Los remos crujieron y se inclinaron al aumentar la velocidad del <<sampan>> tripulado por los hombres de Doc. El agua se dividía a uno y otro lado de la proa con sonido apagado y plañidero. A toda velocidad regresó la embarcación a la isla de las palmeras. -¡Llegaremos a la isla antes que ellos! -afirmó Ham, como en respuesta a una idea. -¿Sí? ¿Y luego qué? -dijo Monk, con desdén. Los cinco hombres cambiaron una sombría mirada. Se daban perfecta cuenta de que jamás habían corrido un peligro tan serio. Como expertos que eran en la lucha, comprendían lo que sería una batalla librada frente a los cientos de piratas de que disponía Tom Too. La ametralladora de un corsario vomitó una serie de balas. Mas no dio en el blanco. Le faltaban unos metros para alcanzar a la embarcación. Balas aisladas continuaron cayendo en el agua, más próximas cada vez. Por fortuna sólo unos pasos separaban ya a los hombres de Doc de la pequeña isla. Fue (p.73) un alivio para ellos oír el roce de la quilla «sampan» sobre la arena.
CAPÍTULO XXI LA CAZA POR EL MAR
Doc y sus hombres saltaron a tierra en pelotón. Entre la enmarañada vegetación del bosque, sonaron ruidos de ramas desgajadas. Sobre ella caían más balas, de rifle esta vez. Doc examinó de una ojeada los cintos y abultados bolsillos de sus hombres. -¿Tenéis municiones en cantidad? -preguntó. Monk esbozó una sonrisa forzada. -No tantas como sería conveniente -respondió-. Poseemos doscientos o trescientos cartuchos, que entre todos sacamos del avión anoche. -En ese caso, utilizad una sola bala a cada disparo -les aconsejó Doc Savage. Cada uno de sus hombres bajó una palanquita en la ametralladora correspondiente y así las armas dejaban escapar por la boca un solo proyectil a cada precisión del gatillo. Valiéndose del remo como de una pala, Doc abrió en el suelo una excavación poco profunda donde guarecerse y la situó de modo que quedara sombreada, en parte, por la vegetación del bosque, a fin de poder salir de ella sin ser visto. Sus compañeros le imitaron sin chistar. Los piratas avanzaban en sus embarcaciones en línea recta a la playa. Las primeras en llegar, por ser las más ligeras, fueron las lanchas motoras. Todas ellas estaban protegidas por una coraza de metal, precaución que solían tomar, por lo visto, los piratas, cuando daban una batalla. Sus tajantes proas se aproximaban levantando montañas de espuma. Distaban trescientos metros de la playa... doscientos metros... Su velocidad no menguaba. Desde la proa de una de ellas un rifle comenzó a escupir proyectiles por la ranura de un escudo. Una lluvia de plomo pasó como una nube cargada de piedra, destrozándolo. Las balas caían, silbando, en torno de Doc y de sus hombres. -!Dejad que atraque la primera motora! -dispuso Doc. Un instante después encallaba en la arena la lancha más veloz de la flotilla, que llegaba dando saltos y con la proa casi en el aire. Los amarillos que la tripulaban llevaban cascos y escudos de metal. -¡Ahora! -ordenó Doc, con voz vibrante-. ¡Disparad a los brazos y piernas de los piratas! Su ametralladora habló. Las armas de sus hombres le hicieron eco. Eran tiradores que disparaban sin prisa, mas allí donde ponían el ojo ponían la bala. Dos amarillos heridos en las piernas cayeron casi a un tiempo sobre la arena, junto a la motora. El dolor les obligó a lanzar grandes alaridos. Otros gimieron sin consuelo cuando balas disparadas con extraordinaria precisión les hirieron manos o brazos. En la orden de no matar dada por Doc se ocultaba un gran conocimiento del ser humano en general y del amarillo en particular. Sabía que uno de éstos, herido, consigue más y mejor que cunda el miedo entre sus compañeros que tres o cuatro muertos instantáneamente. Un gran azoramiento invadió a los tripulantes de la motora. Ellos no veían a Doc ni a sus hombres. Pues bien: cargarían en grupo contra ellos. Los que iban delante cayeron con las piernas agujereadas. Aullando desesperadamente corrieron los demás junto a la lancha y trataron de empujarla para botarla al agua, mas no contaban con un número suficiente de hombres y así se estrellaron sus esfuerzos contra su resistencia. En despiadada sucesión, fueron también heridos. -Ahora ¡disparad sobre las otras lanchas! -mandó Savage. La salva atronadora con que él y sus hombres las acogieron hirió a más piratas. Se acercaban en número de cuatro, mas, así y todo, no pudieron sostener un fuego tan intenso. Una se acostó de banda. Uno de sus hombres gemía con la mano puesta en el hombro. De poco estuvo que por su descuido chocara su embarcación con otra que llegaba. Luego las cuatro pusieron sus proas en dirección a alta mar. Sus ocupantes expresaron con frases balbucientes la opinión que les merecían Doc y sus hombres. Pensaban salir al encuentro de los buques más pesados de la flotilla, para reanudar con ellos el ataque. Monk, echado cuan largo era en su excavación, preguntó a Doc: -Y ahora, ¿qué se hace?.- La excavación del jefe se hallaba como ya se ha dicho, dentro del bosque, a la derecha de Monk. De ella no salió respuesta alguna. Intrigado, Monk se alzó y miró. Doc se había ido, habíase desvanecido como una sombra apenas cesó el fuego. Volvía a estar allí sin embargo, antes de que hubiera transcurrido un minuto. Consigo traía un objeto voluminoso: el aparato portátil de radio abandonado por Tom Too en su casa de la isla. A una orden silenciosa de Doc saltaron sus hombres de las trincheras y corrieron junto a la encallada motora. Uno de los piratas que quedaban en la playa hizo fuego sobre ellos, mas no dio en el blanco, a causa de su brazo herido. Doc correspondió al ataque con un solo disparo y el corsario chilló. La bala le había despedazado una mano. Sus compañeros huyeron corriendo o arrastrándose, según la naturaleza de sus heridas. Doc y sus hombres tiraron entonces de la embarcación, la enderezaron y la hicieron correr sobre la arena. Desde alta mar los piratas comprendieron súbitamente la estrategia de Doc y por qué había permitido que abordara la playa la motora. ¡Quería apoderarse de la embarcación más veloz de la flotilla! Entonces volvieron atrás. Desde las lanchas que tripulaban dispararon los rifles, despertando ecos atronadores en la playa. Mientras saltaban a bordo sus hombres, Doc hizo virar la proa de la motora en la dirección requerida, y Renny puso en marcha el motor. Por fortuna las hélices no habían sufrido deterioro con la encalladura. Las balas arrancaban sonidos metálicos a la coraza, mordiendo las bordas y astillándolas, levantando espuma al caer en el agua y rociando con ella a los hombres. Ellos replicaron al ataque con lenta precisión, mientras Renny se las había con el motor. Este comenzó a palpitar y de pronto impulsó delante a la ligera embarcación. Sus hélices levantaron montañas de espuma que corrían desde popa. Doc asumió su dirección. Mantuvo la lancha paralela a la costa y en un santiamén presentaba su popa al enemigo. Doc arrancó de la proa la coraza protectora metálica y ordenó: -Ponedla en la popa. Monk se encargó de la tarea. Un rugido de furor se escapó súbitamente de sus labios. Una bala había tocado la metálica coraza, lastimándole de rechazo una (p.74) mano. Renny corrió en su ayuda, mas también gruñó, a tiempo que se llevaba la mano a la parte superior de su brazo izquierdo. Le habían herido. De un tirón se arrancó la manga de la camisa. -¡Hum! Por medio centímetro no ha tocado el hueso -dijo, haciendo alusión a la bala, naturalmente. Ham se ocupaba en meter un pañuelo valiéndose de la punta del estoque, en el agujero abierto por una bala en el casco de la motora. Doc se apoyó sobre el timón. Viró la lancha hacia la derecha y se halló resguardada por una velocidad tan espantosa, que se estremecía con violencia cada vez que entraba en contacto con las olas. La embarcación pirata rodeó la punta de la isla. Una vez más cayó una lluvia de plomo alrededor de los hombres de Doc, pero éstos se hallaban, en aquellos momentos, a una distancia considerable y, por consiguiente, no se molestaron en disparar sus armas. (p.75) Quince minutos de carrera les colocaron fuera del alcance de los rifles enemigos. Doc hizo seña de que se moderara la marcha. -¿Eh? -gruñó Monk-. ¿Tenemos poca gasolina o qué? Ten en cuenta que esos pájaros no han renunciado aún a perseguirnos. -Bueno, pues, ¡a todo gas!- concedió Doc; y se dedicó a observar a los piratas. Seguía a las lanchas motoras una flotilla pintoresca en extremo. Inmediatamente después de las primeras venían los «sampans», luego los juncos, movidos, muchos de ellos, a vapor. En conjunto, unos y otros, componían una línea que debía tener varias millas de extensión, ya que el más lento de los veleros salía de la bahía meridional de la isla. Una motora comenzó a adelantarse a sus compañeras. Doc abrió la válvula de escape del motor, hizo virar la embarcación y se lanzó a la carrera contra la motora corsaria, que iba a la cabeza de las otras. Pero no cambió con ella ni un solo disparo. Su presa retrocedió hasta colocarse en línea con sus compañeras. Prosiguiendo su fuga, Doc entregó la dirección de la motora a Monk. Rápidamente se sacó del pecho, paquete tras (p.76) paquete, papeles arrugados, notas y cartas, material que había contenido la caja de Toro Too, y los examinó con interés. -¿Hay algo entre esos papelotes que valga la pena? -inquirió Ham. Una luz gozosa brilló en las doradas pupilas de Doc Savage. -La organización de Tom Too abarca un extenso radio de acción -dijo- y por ello no puede subsistir sin llevar una especie de registro de sus hechos, gastos, proyectos y demás. Helos aquí. -Hemos tenido suerte al apoderarnos de ellos -observó sonriendo Monk. Sin responder, Doc se inclinó sobre el aparato de radio, ciñóse a la cabeza el casco que sujetaba los auriculares, e inició una transmisión. EL ruido del motor impidió oír a sus compañeros lo que decía, pero se lo figuraron al verle consultar los apuntes y notas hallados en la caja de Tom Too. -Sin duda comunica con una estación emisora de Manila -explicó Ham- y debe darle los nombres de los lugartenientes de Tom Too que habitan en la ciudad. Ello hará que Juan Mindoro pueda limpiarla de piratas si se pone al frente de un puñado de leales servidores o agentes de la policía. Pasado algún tiempo, Doc dejó de consultar los papeles continuando, no obstante, la transmisión y recepción de partes. Finalmente abandonó su tarea y estudió los semblantes de sus hombres. -Para destruir la flotilla pirata tendremos que correr un gran riesgo -dijo luego-. ¿Estáis dispuestos? -¡Pues ya lo creo! -replicó Monk prontamente. -Un fallo del motor nos acarrearía la muerte, tenedlo entendido -siguió diciendo Savage. Monk acarició el motor palpitante. -Bueno -replicó con indiferencia. Sus compañeros le dejaban llevar la voz cantante. Pensaban lo mismo. Doc continuó entonces la transmisión y manipuló en el aparato por espacio de varios minutos. Transcurridos éstos cortó la comunicación y volvió a asumir la dirección de la motora. Ahora ésta avanzaba perezosamente, ya fuera de los disparos de rifle. En las dos horas subsiguientes e impulsada por la mano de Doc, volvió por dos veces atrás, como para atacar a las lanchas que iban a la cabeza de la flotilla y por dos veces se retiraron cautelosamente. De súbito, surgió delante de ella el bulto prominente de la mayor de las islas de la Unión. Doc se puso al aparato de radio y a juzgar por la satisfacción que expresó su semblante captó del espacio nuevas excelentes. Describiendo un amplio círculo volvió entonces a la isla Cabeza de Tiburón. La flota pirata le siguió semejante a la cola de un cometa. La embarcación de Doc corría por lo menos una docena de millas por hora más deprisa que la más rápida de sus perseguidoras. Las balas danzaban sobre el agua, a su lado, en varias ocasiones, pero los amarillos no consiguieron colocarse tan cerca de ella que pudieran hacer blanco sus disparos. El sol, que durante todo el día les había asado materialmente con sus rayos ardorosos, comenzaba a descender sobre la línea del horizonte. Declinaba la tarde. La bahía corsaria de la isla Cabeza de Tiburón, se abrió, al fin, ante la proa de la motora. La flota quedaba detrás. Renny, que se hallaba de pie para divisar el primero la tierra firme, exclamó, con voz lastimera: -¡Ay! ¡Vamos a ser achicharrados! De pie en la playa había un número regular de corsarios. Eran los heridos y enfermos a quienes se había dejado en el campamento. -No nos darán mucho que hacer -dijo, convencido, Savage. Y así fue. Doc condujo la motora a unos metros de distancia de los amarillos. Una vez en tierra firme, les envió una descarga de advertencia y en unión de sus hombres se hundió en el bosque. Los bajeles corsarios penetraban ya en la bahía con las velas desplegadas y los motores en marcha. Aullando y blandiendo las armas, desesperadamente se metieron los amarillos en el bosque. Saltaban de entusiasmo. No podían comprender la razón que impulsaba a Doc y sus hombres a caer deliberadamente en sus manos, mas tampoco se calentaban la cabeza para averiguarla. No todos los corsarios fueron, sin embargo, tan atolondrados. Una expresión de la regla la constituyeron los bucaneros que ocupaban el mayor de los juncos, el mismo amueblado, alfombrado y alhajado, como se recordará, con desusado lujo. En sus entrañas llevaba una potente maquinaria. Era la nave capitana y conducía a bordo al propio Tom Too. Este no desembarcó, y en lugar de ordenar a sus hombres que se lanzaran en pos de Doc Savage, ordenó que retrocediera el junco a alta mar. Saliendo estaba por la boca de la bahía cuando un par de veloces aviones surcaron el espacio y, sin la menor vacilación, dispararon sus ametralladoras sobre el junco. Las velas de éste se rasgaron violentamente; volaron hechas astillas parte de la cubierta y del casco. Uno que otro pirata cayó herido; los demás respondieron con sus disparos al fuego iniciado por las naves aéreas. Al cabo, una bomba lanzada desde lo alto lo hizo bandearse de un modo alarmante. Por un poco no cayó en mitad de la cubierta El junco retrocedió al abrigo de la bahía. De la bruma crepuscular que se extendía como un manto sobre las aguas del océano, surgieron varios buques de guerra, esbeltos y amenazadores. Eran destructores, poco mayores que cazasubmarinos, del tipo común a la armada de la Unión. Tras ellos aparecieron más aviones potentes de combate, provistos de tres motores y con ellos aviones ligeros de un solo motor. La verdad alboreó en la mente de los corsarios. ¡En lugar del hombre de bronce eran ellos los cazados! ¡Doc había pedido auxilio por radio!
CAPÍTULO XXII LA HOJA HOMICIDA
Desde el bosque donde estaban escondidos presenciaron los acontecimientos Doc y sus cinco camaradas. -Juan Mindoro se halla a bordo de uno de esos aviones -les explicó el primero-. O por lo menos<<debe>> estar si he de dar crédito a sus palabras. -¿Serán de confianza los pilotos que guían los aviones de combate y los comandantes que mandan los buques de guerra? -inquirió, desahogado, Ham-No olvidemos que muchos de ellos están de parte de Tom Too. -Así es -admitió Doc-. Pero en los papeles que me habéis visto examinar se hallaban los nombres de todos y se los transmití a Mindoro. A estas horas deben de estar detenidos. Monk dijo, frotándose las velludas manos: -Y, ¿cuál es nuestro papel en el drama? Apoderarnos de ese junco -manifestó Doc- en el que, probablemente, se (p.77) encuentra Tom Too. EL junco en cuestión se había aproximado a la playa y sus tripulantes echaban un bote al agua, evidentemente para ser utilizado por Tom Too para desembarcar. En la bahía estalló una bomba y el agua que desplazó levantó el bote con violencia y lo estrelló contra el casco del junco. Doc y sus hombres corrieron a apoderarse de un «sampan» varada en la playa, cerca del lugar donde se habían refugiado. Se hizo fuego sobre ellos y respondieron al ataque. Un aeroplano voló entonces por encima de sus cabezas. Como no podía distinguir amigos de enemigos a causa de la creciente oscuridad, Doc guió otra vez al bosque a sus camaradas para escapar a las descargas procedentes de lo alto. Allí tropezaron con un grupo de doce piratas dispuestos a defender desesperadamente sus vidas. Acechándose mutuamente, lucharon entre sí los dos grupos, guiándose, para disparar sus armas, por los fogonazos de las balas enemigas. Los motores de los aviones de combate zumbaban por encima de sus cabezas. Volaban tan bajo, que sus flotadores azotaban la fronda de palmeras. Al estallar las bombas originaban una conmoción tal, que toda la isla se estremecía. Los hombres chillaban o maldecían en una veintena de dialectos distintos. Las ametralladoras, los rifles, los revólveres, disparaban sin cesar. -¡Volvemos a los antiguos buenos tiempos! -comentó Renny en las tinieblas. Él y sus compañeros arremetieron contra el grupo amarillo, cansados ya de sostener con ellos una escaramuza. Doc se valía exclusivamente de sus manos, moviéndose de aquí para allá como oscuro fantasma. Hombre tras hombre sucumbió ala fuerza de sus puños o fue inutilizado por la rotura de sus miembros. Al cabo se deshizo el grupo pirata y puso pies en polvorosa. -¡AL «sampan»! -ordenó la sonora voz de Doc-. Trataremos de apoderarnos del junco. Corriendo llegaron a la playa, botaron al agua la embarcación y se alejaron a remo. Un avión dejó caer de su carlinga un paracaídas provisto de una luz (p.78) de calcio y luego otro y otro, iluminándose la isla entera. Entonces se vio que el junco de Tom Too trataba nuevamente de abandonar la bahía. Pero los destroyers le cerraron el paso y volvió a dar marcha atrás. Las luces llamearon y se extinguieron al entrar en contacto con las olas. Encorvándose sobre los remos del «sampan» se aproximó al junco el grupo compuesto por Doc y los cinco aventureros. -Supongo que no esperarán ser abordados por una embarcación tan pequeña como ésta -murmuró Renny. Doc guió con mano experta el «sampan» y llegaron, en medio de una profunda oscuridad, junto a un costado del junco. Un pirata les dio el alto. Doc respondió con acento fingido y, expresándose en el dialecto hablado por el hombre de guardia, mandó a los corsarios que cesaran el fuego. La borda del «sampan» rozó con el casco del junco y los seis hombres ganaron de un salto la cubierta de la nave capitana. Otra bomba que estalló sin causar daño alguno en la costa, llameó con pálido resplandor, descubriendo la identidad de Doc. Uno de los amarillos se lanzó, aullando, sobre él. Doc se retorció bajo la hoja de una espada que descendía sobre su cabeza, descargando un puñetazo simultáneo al amarillo. Éste cayó hacia atrás con la mandíbula desencajada. La lucha se extendió rápidamente de extremo a extremo de la nave al diseminarse sobre cubierta los hombres de Doc, que luchaban mejor separados en la oscuridad. Doc en persona se dirigió a la toldilla en busca de Tom Too. Excitados, los orientales que se hallaban en el cuarto de máquinas elevaron su presión, mas como no iba nadie al timón, el junco navegó sin rumbo determinado de aquí para allá. Doc Savage halló un largo palo de bambú improvisado para jugar al béisbol seguramente, y lo convirtió en un arma ofensiva. Lo manejaba con tanta destreza y agilidad que ante él saltó como bola de billar uno de los corsarios y fue a tropezar con uno de sus compañeros, derribándole. Las ametralladoras en miniatura tornaban a funcionar. Una vez más dispararon tan rápida serie de balas que, (p.79) confundidas las detonaciones de unas y otras, producían la impresión de tela que se rasgaba con estrépito. -¡Uno! -contó Doc. -¡Dos! -exclamó como un eco la potente voz de Renny. -¡Tres! -dijo Long Tom. Los demás gritaron, en rápida sucesión-: ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! Era ésta una costumbre establecida para cuando luchaban a oscuras, pues no sólo demostraban con sus exclamaciones que el grupo vivía y actuaba, sino que, además, ellas les servían para localizarse unos a otros, evitando pudieran agredirse entre ellos mismos. Doc descendió por una escalerilla de hierro colado. Deseaba llegar cuanto antes al cuarto de las máquinas para detener el junco y evitar que chocase con otra embarcación. Hallóle sin gran trabajo. Sólo dos orientales le ocupaban en aquel instante, temblando como azogados bajo la pálida luz de una lámpara eléctrica. No sólo no combatieron, sino que a una orden de Doc arrojaron al suelo sus armas. Doc detuvo los motores. -¿Dónde está Tom Too? -inquirió luego. Los amarillos se retorcieron. Estaban amedrentados. Ellos le habían visto morir decapitado y arder su cuerpo gigante con la tienda. ¿Era, acaso, un demonio para haber recobrado la vida? Uno le indicó la parte de popa. -Quizás haya ido en aquella dilección -dijo con voz cantarina. Doc se encaminó al lugar indicado, el mismo alhajado tan suntuosamente que realmente tenía que ser el departamento particular de Tom Too. Dos orientales le impidieron el paso. Tan oscuro estaba el interior del junco que se dieron cuenta de su presencia cuando ya casi les tocaba. Doc les dio un violento empujón y, mientras se tambaleaban y daban tajos en el aire, pasó por delante de ellos. Ante él vio moverse una sombra y distinguió el resplandor de una lámpara de bolsillo. Después sonó un apagado crujido. ¡Alguien abría un ventanillo en el junco! Debía ser Tom Too, sorprendido en el acto de ir a lanzarse a las aguas de la bahía. Doc se lanzó junto al ventanillo y estuvo en un trís que no recibiera la muerte. Jamás había corrido en toda su vida un peligro mayor, pues Tom Too se había sentado en el ventanillo, con los pies colgando hacia fuera y al divisarle a la luz de la lámpara le arrojó su cuchillo. Doc distinguió la hoja sólo al atravesar los rayos luminosos, de modo que no se desvió a tiempo y la hoja del cuchillo se le clavó, como aguda espina acerada, en el costado, junto a las costillas. Tom Too se arrojó al mar. Con poderosas brazadas trató de ganar la costa. Súbitamente redobló sus esfuerzos y después desgarró el aire un terrible alarido. Doc se asomó al ventanillo. Por encima de su cabeza un avión arrojaba nuevo paracaídas luminoso. No podía ser más oportuno, pues a la cegadora luz de calcio se distinguió claramente la figura de Tom Too. De él se había apoderado un pequeño tiburón..., y esta vez no tenía con qué defenderse, puesto que había arrojado su cuchillo. Chilló y golpeó al monstruo pizarroso que le tenía asido por una pierna. El tiburón era poco más largo que él y por un momento pareció que conse- guiría escapar. Pero inmediatamente le atacó otro monstruo mayor, atraído por aquel bocado humano que se le ofrecía. Antes de hundirse para siempre en el abismo, mostró el capitán pirata su rostro convulso. Sus facciones eran las mismas de Young, el esbelto y gallardo piloto del mala-venturado «Malay Queen». Alboreaba y el sol despedía fulgores triunfales desde Oriente. La lucha había concluido. En asustado rebaño, los piratas supervivientes habían sido conducidos a la playa y, bien custodiados, aguardaban en ella a que se les transportase a una colonia penitenciaria. Los aviones consiguieron aterrizar en la parte más nivelada de la playa y en seguida Juan Mindoro fue a expresar su gratitud a Doc Savage y sus cinco camaradas, que tanto habían hecho por su país. -Precisamente acabo de recibir de Manila su mensaje por radio -dijo dirigiéndose a Doc-. Gracias a los informes contenidos en los papeles de Tom Too que nos ha dado usted, ha sido preso hasta el último pirata de la isla de Manila, incluyendo al capitán Hickman. Sólo una cosa me preocupa: ¿está seguro de que Young era Tom Too? -Segurísimo -replicó Doc-. Lo dicen sus mismos documentos. Young o Tom Too sobornó, indudablemente, al capitán Hickman para que le hiciera figurar en la nómina de a bordo como primer piloto. Mindoro se pasó un dedo por el cuello planchado y balbuceó: -No sabría expresarle con palabras mi gratitud. Pediré al Gobierno de la Unión que le conceda una recompensa... -¡No, por Dios! -exclamó Doc interrumpiéndole. Sonriendo terminó Mindoro de esta suerte: -...una recompensa que le sea posible aceptar. Mindoro decía bien. La recompensa fue recibida por Doc con entera satisfacción. Consistía en una sencilla placa de bronce en la que iban inscritas estas palabras: «Hospital Doc Savage». El hospital fundado con un capital de varios millones, prestaba asistencia médica y quirúrgica completamente gratis y debía durar largos años. La colocación de la placa tuvo lugar con toda ceremonia antes de que Doc y sus hombres abandonaran la capital del Luzón. Monk, desconocido bajo el sombrero de copa y luciendo grave levita, sudó copiosamente durante la ceremonia a causa de las burlonas miradas de Ham, por lo cual se alegró sobremanera cuando hubo concluido y pudo desembarazarse de la admirada multitud que les rodeaba. -¡Uf! -dijo Monk con un resoplido-. ¡Necesito luchar con alguien para volver a recobrar mi personalidad! E hizo el presente de su sombrero de copa a un pilluelo de la calle, desarrapado y morenucho. Monk estaba predestinado a no aguardar mucho tiempo la lucha porque suspiraba, pues la fama de Doc Savage crecía como la espuma y era ella precisamente la que debía meterle en otro laberinto de muerte, violencia y superchería. Era un infierno lo que le reservaba el futuro: un infierno escondido en los desiertos desolados, en los abruptos «cañones» del Oeste de los Estados Unidos. Allí trabajaban seres humanos en la construcción de un soberbio dique y allí eran sobrecogidos, en ocasiones, por misterioso terror. Sí. Monk iba a luchar de firme aun cuando no lo supiera todavía. FIN
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