LIBRO

 

 

EL CRIMINAL PERFECTO

EDGAR WALLACE

 

EL señor Felix O'Hara Golbeater sabía algo de investigación criminal, pues, habiendo ejercido como solicitor durante dieciocho años, había mantenido asiduo contacto con las clases delincuentes, y su ingenio y agudas facultades de observación le habían permitido obtener sentencias condenatorias en casos en los que los métodos ordinarios de la policía habían fracasado.

Hombre escaso de carnes, avecinado en la cincuentena, se distinguía por una barba cerrada y mocha y unas cejas cargadas, siendo objeto una y otra de desvelados y pacientes cuidados.

No es habitual, ni siquiera entre las gentes de toga, tan dadas a costumbres singulares, extremarse en el cuidado de las cejas, pero O'Hara Golbeater era hombre precavido y preveía el día en que la gente interesada en ello buscaría sus cejas cuando su retrato figurase en los tablones de anuncios de las delegaciones de policía; pues el señor Felix O'Hara Golbeater, que no pecaba de iluso, se daba perfecta cuenta del hecho primordial de que no se puede engañar a todo el mundo indefinidamente. En consecuencia, vivía eternamente alerta a causa de la misteriosa persona que, tarde o temprano, acabaría por entrar en escena y sabría ver a través de la máscara de Golbeater el abogado, de Golbeater el fideicomisario, de Golbeater el mecenas deportivo y de (última y mayor de sus distinciones) Golbeater el aviador, cuyos vuelos habían causado cierta sensación en el pueblecito de Buckingham donde tenía su «sede campesina».

Una noche de abril estaba sentado en su despacho. Sus amanuenses se habían ido a casa hacía ya mucho tiempo, y la encargada de la limpieza también se había marchado.

No era costumbre de Felix O'Hara Golbeater quedarse en la oficina hasta las once de la noche, pero las circunstancias eran excepcionales y justificaban la desusada conducta.

A sus espaldas había una serie de cajas de acero laqueadas. Estaban dispuestas en estantes y ocupaban media pared.

En cada caja, pintado con pulcros caracteres blancos, figuraba  (p.2) el nombre de la persona o entidad para cuyos documentos estaba reservado el receptáculo. Había una caja dedicada al «Sindicato Alfarero Anglochino» (en liquidación), otra destinada a «La testamentaría Erly» y otra a nombre de «El difunto Sir George Gallinger», para no citar más que unas cuantas.

Golbeater estaba principalmente interesado en la caja que llevaba la inscripción «Bienes de la difunta Louisa Harringay», que permanecía abierta sobre su impoluto escritorio y con el contenido dispuesto en ordenados montones.

De cuando en cuando tomaba notas en un libro pequeño, pero grueso, colocado a su lado; notas destinadas, al parecer, a su uso confidencial, pues el libro estaba provisto de cierre.

Cuando estaba más absorto en su inspección sonó un golpe seco en la puerta.

Alzó la vista y escuchó con el cigarro apretado entre sus dientes blancos y regulares.

La llamada se repitió. Se levantó, cruzó la alfombrada habitación con suavidad e inclinó la cabeza, como si de esa forma pudiera intensificar sus facultades auditivas.

El visitante volvió a golpear los paneles de la puerta, esta vez con impaciencia, y trató luego de abrirla.

-¿Quién es? -preguntó Golbeater suavemente.

-Fearn -fue la respuesta.

-Un momento.

Golbeater volvió rápidamente hasta el escritorio y amontonó todos los documentos en la caja abierta. Colocó ésta nuevamente en su estante y, regresando junto a la puerta, la abrió.

Un joven esperaba en el umbral. Su largo raglán estaba salpicado de lluvia. En su rostro, amable y franco, luchaban el embarazo de quien tiene que cumplir una misión desagradable y el fastidio peculiar del inglés a quien se hace esperar sobre el felpudo de la puerta.

-Adelante -dijo Golbeater, y abrió del todo la puerta.

El joven entró en la habitación, y se quitó el abrigo.

-Está bastante mojado -se disculpó con voz ronca.

El otro asintió con un gesto.

Cerró la puerta cuidadosamente y echó la llave.

-Siéntese -dijo, y atrajo una silla. Sus firmes ojos grises no se apartaban del rostro del otro. Estaba completamente alerta, en tensión, obedeciendo al atávico instinto de la defensa. Hasta la inclinación de su cigarro revelaba cautela y desafío.

-Vi encendida la luz del despacho... y se me ocurrió hacer una visita -dijo desmayadamente.

Siguió una pausa.

-¿Ha volado usted últimamente?

Golbeater se quitó el habano de la boca y lo examinó atentamente.

-Sí -respondió como si hablase confidencialmente con su cigarro.

-Es curioso que una persona como usted se dedique a eso -dijo el otro, con un destello de admiración reprimida en los ojos-. Supongo que el estudio de los criminales y el contacto con ellos... le fortalece los nervios... y demás.

Fearn estaba marcando el tiempo. Casi podía oírse la marcha acompasada de los pasos de su mente.

Comenzó de nuevo.

-¿Cree de veras, Golbeater, que alguien podría… podría escapar de la justicia si realmente lo intentase?

Un extravagante pensamiento que tenía la mitad de esperanza relampagueó en la mente del letrado. ¿Habría hecho aquel joven necio alguna incursión fuera de la ley? ¿Habría también él sobrepasado la línea divisoria? Los jóvenes son dados a las locuras.

Y si así fuese, ello significaría la salvación para Felix O'Hara Golbeater, pues Fearn era el prometido de la joven heredera de la fortuna de la difunta Miss Harringay... y era también el tipo de hombre a quien el abogado más temía. Lo temía porque era un necio, un necio terco e inquisitivo.

-Lo creo, y muy de veras -respondió-; mi tesis, basada en la experiencia, es que en cierto tipo de crímenes el culpable no tiene por qué ser necesariamente descubierto, y que, en otras variedades, incluso si resulta identificado, puede muy bien, contando con un día de ventaja, escapar al arresto.

Se arrellanó en su sillón para proseguir con su teoría favorita, que ya había sido tema de debate la última vez que él y Fearn se habían encontrado en el club.

-Tómeme a mí como ejemplo -dijo-. Suponga que yo fuese un criminal (uno de los de envergadura); nada me sería más fácil que montar en mi aparato, salir volando alegremente para Francia, descender allí donde supiera que me esperaban suministros de repuesto y continuar mi viaje hasta algún lugar insospechable. Conozco una docena de sitios en España donde el avión podría ocultarse.

El joven le contemplaba con expresión sombría y dubitativa.

-Admito -siguió Golbeater, haciendo un gesto con la mano que sostenía el cigarro- que me encuentro en circunstancias excepcionalmente favorables para ello; pero, en realidad, en cualquier caso la cuestión no consiste sino en arreglarlo todo de antemano; en una cuidadosa y detallada preparación, al alcance de cualquier criminal. El camino, en realidad, está abierto para todos. Pero ¿qué nos encontramos en la práctica? Un individuo roba sistemáticamente a su patrón y se engaña a sí mismo todo el tiempo con la creencia de que sucederá un milagro que le permitirá salir con bien de sus desfalcos. En vez de reconocer lo inevitable, sueña con la suerte; en lugar de planear metódicamente su fuga, emplea todas sus facultades organizadoras en ocultar hoy el  (p.3) delito de ayer.

Se detuvo, a la espera de la confesión que había estado alentando. Sabía que Fearn hacía alguna que otra especulación de bolsa; que frecuentaba las carreras de caballos.

-Hum -gruñó Fearn. Su rostro, magro y moreno, se contrajo en una momentánea mueca-. Es maravilloso el no encontrarse fuera de la ley, ¿verdad? ¿Usted no lo estará, supongo?

Felix O'Hara Golbeater era sumamente perspicaz en lo referente a las sutilezas de la naturaleza humana y muy avisado en la lectura de presagios. Sabía captar la verdad que se esconde tras una sonrisa y lo mismo puede ser interpretada como una muestra de humorismo que como una fatal acusación, y así, en la pregunta que se le formulaba a modo de burlona humorada, reconoció su ruina.

El joven le observaba ávidamente, con la mente asaltada por vagos temores, tan vagos e indefinidos que había pasado cuatro horas paseando arriba y abajo por la calle donde estaban situadas las oficinas de Golbeater antes de decidirse a visitarlo.

El abogado se echo a reír.

-Sería bastante enojoso para usted el que yo me encontrase en tal situación -repuso-, pues en este momento tengo en mi poder algo así como sesenta mil libras de su prometida.

-Creía que estaban en el banco -dijo el otro prestamente.

El letrado se encogió de hombros.

-Así es -repuso-, pero no por eso dejan de estar a mi disposición. Las palabras mágicas «Felix O'Hara Golbeater», inscritas en la esquina inferior izquierda de un cheque, pondrían el dinero en mis manos.

-¡Oh! -exclamó Fearn.

No hizo intento alguno de disimular su alivio.

Se levantó con ese gesto un tanto desmañado característico de los jóvenes de honestidad transparente, y expresó con palabras el pensamiento que con mayor insistencia le rondaba la mente.

-Me importa un bledo el dinero de Hilda -dijo bruscamente-. Tengo suficiente para vivir, pero comprendo que hay que andarse con cuidado... por interés de ella, claro está.

-Hace usted muy bien en ser cuidadoso -dijo Golbeater. Las comisuras de sus labios se crisparon, pero la barba ocultó el hecho a su visitante-; sería conveniente que pusiera usted un detective en el banco para cuidar de que yo no saque el dinero y desaparezca.

-Lo he hecho -reveló el joven, presa de cierta confusión-; al menos... bueno, la gente dice cosas, ¿sabe?... Se habló mucho de aquel caso del legado Meredith... A decir verdad, usted no salió muy airoso de aquello, Golbeater.

-Pagué el dinero -replicó Golbeater de buen temple-, si es a eso a lo que se refiere.

Fue hasta la puerta y la abrió.

-Espero que no se moje -dijo cortésmente.

Fearn no acertó más que a murmurar un incoherente tópico, y bajó a traspiés y a tientas las oscuras escaleras que descendían hasta la calle.

Golbeater entró en la habitación contigua, cerrando la puerta tras de sí. No había allí ninguna luz, y desde la ventana pudo observar los movimientos del otro. Medio esperaba que a Fearn se le uniese algún acompañante, pero la vacilación que el joven exteriorizó al salir a la calle indicaba que no tenía ninguna cita ni esperaba a nadie.

Golbeater regresó al despacho interior. No malgastó el tiempo en especulaciones. Sabía que el juego había terminado. De un cajón abierto en el fondo de la caja fuerte sacó un memorándum y lo repasó.

Un año antes, un francés excéntrico que ocupaba una pequeña pero señorial vivienda campestre en el condado de Wilt había muerto, y la propiedad había sido puesta en venta. Lo curioso del caso era que no se ofreció en el mercado inglés. Su difunto propietario era el último descendiente de un linaje de exiliados franceses que tenían establecido su hogar en Inglaterra desde los tiempos de la Revolución. Los herederos, que no albergaban el menor deseo de residir en una tierra que nada significaba para ellos, habían confiado la venta de la propiedad a una firma de notarios franceses.

Golbeater, perfecto conocedor de la lengua francesa y serio estudioso de la prensa parisiense, tuvo noticia de la oferta y adquirió la propiedad por mediación de una serie de agentes. Fue reamueblada desde París. Los dos criados que cuidaban de la pequeña mansión habían sido contratados asimismo desde París, de donde recibían su paga, y ninguno de ambos, que recibían giros y cartas con el matasellos parisiense, asociaban a M. Alphonse Didet, el empleador a quien jamás habían visto, con el abogado de Londres.

Tampoco las buenas gentes de Letherhampton, la aldea próxima a la casa, se quebraban demasiado los cascos acerca del cambio de propietario. Un «franchute» era, al fin y al cabo, muy parecido a otro «franchute»; habían crecido acostumbrados a las excentricidades de los aristócratas exiliados, y los veían con la misma indiferencia con que miraban los accidentes del paisaje, y con el desdén que la mente aldeana reserva para los ignorantes que no hablan su lengua.

También disponía Golbeater, en las cercanías de Whitstable, de un pequeño bungalow amueblado con sencillez, al que acostumbraba ir los fines de semana. Lo más importante y valioso que contenía era una motocicleta; y en el depósito de equipajes de una estación terminal de Londres había  (p.4) dos baúles, viejos y deteriorados, cubiertos de etiquetas con nombres extranjeros y de pintorescos anuncios de hoteles de ultramar. Felix O'Hara Golbeater era muy meticuloso en sus métodos. Además, se beneficiaba de la experiencia ajena; conocía el tipo del criminal ocasional y se aprovechaba de la lección proporcionada por el prematuro fin que es la recompensa de la negligencia en la fuga.

Fue hasta la chimenea, encendió una cerilla y quemó el cuaderno de notas hasta dejarlo reducido a ceniza. No había nada más que quemar, pues tenía por costumbre deshacerse en el acto de cuanto pudiera llegar a ser comprometedor. De la caja fuerte sacó un grueso paquete, lo abrió y expuso a la vista un apretado fajo de billetes ingleses y franceses. Representaban la mayor parte de las sesenta mil libras que, si cada cual tuviera lo suyo, deberían estar en poder de los banqueros de Miss Hilda Harringay.

Las sesenta mil no estaban completas, porque había tenido que tapar algunas trampas de más urgente y apremiante pago.

Se puso rápidamente un impermeable, apagó la luz, dejó artísticamente una carta a medio terminar en un cajón abierto de su escritorio y salió del despacho. Cuando el tren correspondiente a la hora de salida de los teatros dejaba la estación de Charing Cross, Golbeater iba pensando en las ventajas de ser soltero. Carecía de ataduras que pudieran turbar su conciencia: era el delincuente ideal.

Desde la estación de Sevenoaks recorrió a pie el camino de tres kilómetros largos que conducían al hangar. Pasó la noche en el cobertizo, leyendo a la luz de una linterna. Mucho antes de la aurora se cambió de indumentaria, vistiendo su conjunto de mecánico y guardando su ropa de calle, cuidadosamente plegada, en un armario.

Hacía un día perfecto para volar, y a las cinco de la mañana, con la ayuda de dos labradores que se dirigían a su trabajo, puso en marcha el avión y se elevó con facilidad sobre la aldea. Para su buena fortuna, no hacía viento, y, lo que era aún mejor, el mar estaba cubierto de neblina. Había tomado la  (p.5) dirección de Whitstable, y cuando percibió bajo él, en la oscuridad, el rumor de las aguas, descendió hasta distinguir la orilla; reconoció un puesto de guardacostas y prosiguió el vuelo por espacio de una milla, a lo largo de la playa.

Los periódicos que publicaron el relato de la tragedia del avión describieron cómo fue descubierto el aparato, flotando invertido a tres kilómetros de la costa, y la afanosa exploración efectuada por los guardacostas y la policía en busca del cuerpo del infortunado Felix O'Hara Golbeater, que evidentemente se había extraviado y había perecido ahogado cuando trataba de llegar a su bungalow. Insinuaban en lenguaje velado que lo que se proponía era en realidad ganar la costa francesa, para lo que tenía muy buenas razones.

Lo que ninguno de ellos descubrió fue cómo Felix O'Hara Golbeater había orientado su aparato en ángulo escala-cielo cuando apenas distaba unos metros de la superficie del agua (y otro tanto de la orilla) y se había dejado caer en el mar con cerca de sesenta mil libras en el bolsillo impermeable de su mono de faena.

Ni cómo, con sorprendente rapidez, había alcanzado el pequeño y aislado bungalow de la playa, retorcido sus empapados vestidos en la galería, entrado luego en la casita para mudarse de ropa, y vuelto a salir para hacer un hato con el mojado conjunto de mecánico; ni cómo había metido éste en un saco convenientemente lastrado y lo había dejado caer en el pozo situado detrás de la casa. Ni cómo, con pasmosa celeridad, se había rapado la barba y las cejas, poniendo tal cuidado en eliminar los rastros de la operación que ni un simple pelo sería jamás encontrado por la policía.

Ninguna de esas cosas fue descrita, por la sencilla razón de que no eran conocidas, y de que no hubo ningún reportero lo suficientemente imaginativo para figurárselas.

A primeras horas de la mañana, un motociclista limpiamente afeitado, de aspecto juvenil, provisto de gafas de motorista y envuelto en un amplio impermeable, se dirigió velozmente a Londres, deteniéndose únicamente en las poblaciones y fondas frecuentadas por los motociclistas. Llegó a Londres después del anochecer. Dejó la moto en un garaje, juntamente con el mojado impermeable. Había tomado en cuenta un plan más elaborado para deshacerse de ambas cosas, pero no lo consideró necesario ni lo era en realidad.

Felix O'Hara Golbeater había dejado de existir: estaba tan muerto como si verdaderamente su cadáver yaciera, juguete de las ondas, en el seno del océano.

M. Alphonse Didet pidió al mozo de la consigna, en buen francés entreverado de un inglés no tan bueno, la devolución de sus dos baúles.

Para los aldeanos de Letherhampton, el esperado francés había llegado o regresado (se mostraban un tanto vagos en cuanto a si había estado ya o no en la casita con anterioridad) y su presencia servía de relleno a las conversaciones.

Londres entretanto discutía con afanoso interés la historia de Felix O'Hara Golbeater. Scotland Yard sometió a un rápido examen las oficinas del señor Golbeater en Bloomsbury, el piso del señor Golbeater en Kensington y la cuenta corriente del señor Golbeater; pero, pese a que descubrieron muchas cosas interesantes, no encontraron dinero alguno.

Una muchacha de rostro pálido, acompañada por un joven delgado y de aire sencillo, interrogaba al detective encargado del caso.

-Nuestra hipótesis -dijo el policía con acento impresionante- es que, al intentar huir a la costa francesa, sufrió un accidente mortal. Estoy convencido de que ha muerto.

-Yo, no -repuso el joven.

El detective pensó que era tonto, pero consideró inoportuno decirlo.

-Estoy seguro de que vive -dijo Fearn enérgicamente-. Le digo a usted que es listo como un demonio. Si quería abandonar Inglaterra, ¿por qué no hacerlo tomando el buque-correo de la noche pasada? Nada se lo impedía.

-Tenía entendido que usted había contratado detectives privados para que vigilasen los barcos, ¿no es así?

El joven se sonrojó.

-Sí -confesó-; lo había olvidado.

-Enviaremos una circular a todas las delegaciones, pero debo confesar que no espero que se le encuentre.

En honor de la policía ha de afirmarse que no se anduvo con displicencias a la hora de realizar su tarea. El bungalow de Whitstable fue registrado de punta a punta, sin resultado; no había el menor rastro de Golbeater; incluso el espejo ante el que se había afeitado estaba cubierto de una espesa capa de polvo; éste había sido uno de los primeros artículos del mobiliario examinados por el detective.

El terreno circundante fue escudriñado con la misma escrupulosidad, pero el día de la partida del fugitivo había llovido, y además éste se había tomado la trabajosa molestia de llevar a cuestas la moto hasta la carretera.

Su piso no ofrecía tampoco indicio alguno de su paradero. La carta inacabada apoyaba fuertemente la teoría de la policía de que no había tenido la intención de huir tan precipitadamente.

Afortunadamente, el caso mereció para los periódicos franceses el interés suficiente como para permitir a Felix O'Hara Golbeater adquirir un  (p.6) conocimiento básico de la marcha de las investigaciones. Cada mañana llegaban puntualmente a su chateau los periódicos Le Petit Parisién y Le Matin. No se había suscrito a ningún periódico inglés; era demasiado prudente para hacerlo. En las audaces columnas de Le Matin descubrió algo sobre sí mismo: todo cuanto deseaba saber, y ese todo era altamente satisfactorio.

Se entregó a la relajante vida de su casa de campo. Había planeado el futuro con todo detalle. Se autocondenó a seis meses de prisión en su bella vivienda, al término de los cuales podría establecer ya, merced a una asidua correspondencia llevada con el tacto y la estrategia debidos, su personalidad como M. Alphonse Didet sin el más leve temor de ser identificado. Pasados los seis meses haría una excursión ordinaria, quizá a Francia, o, siguiendo un plan más elaborado, saldría embarcado en un yate.

Por el momento se dedicó al cultivo de sus rosas, al estudio de la astronomía, al que le invitaba el diminuto observatorio del difunto propietario, y a mantener una voluminosa correspondencia con varias doctas sociedades situadas en Francia.

Había por entonces en Letherhampton un superintendente de policía amante del estudio. Lenguas ingratas expresaban la opinión de que sus estudios adolecían de una laguna imperdonable para los de su profesión: la criminología.

El superintendente Grayson era un hombre hecho a sí mismo y un autodidacta. Era el típico suscriptor de los centros de enseñanza por correspondencia, y, mediante un módico desembolso y una enorme capacidad para aprender al modo de los loros ciertos hechos oscuros para el hombre medio, había llegado a convertirse, sucesivamente, en técnico publicitario, ingeniero civil de pasadero mérito, periodista y docto en francés y español. Su francés pertenecía a la variedad que se entiende mejor en Inglaterra, sobre todo por los profesores de centros de enseñanza por correo, pero el superintendente vivía en beatífica ignorancia de este hecho, y suspiraba por una oportunidad de experimentar con un auténtico francés.

Con anterioridad a la llegada de M. Alphonse Didet había visitado repetidas veces el chateau y hablado, en su lengua materna, con los dos sirvientes allí instalados. Como no eran más que unos pobres e ignorantes siervos, no comprendieron, por supuesto, el elevado lenguaje que él hablaba, en vista de lo cual desechó a sus obtusas víctimas por estimarlas demasiado provincianas, aunque de hecho ambas eran parisienses de pura cepa.

Una vez entrado en escena M. Alphonse, el superintendente Grayson trató de dar con una excusa para hacerle una visita, con el mismo y desamparado afán con que el que desea colgar un cuadro busca un martillo en el momento crítico. Las fuentes ordinarias de inspiración estaban descartadas. M. Didet, al ser súbdito francés, no podía ser llamado a formar parte de un jurado; pagaba religiosamente sus impuestos; nunca había atropellado a nadie con su automóvil, entre otras razones porque no poseía automóvil.

El superintendente desesperaba ya de encontrar la ocasión propicia, cuando un desventurado policía resultó gravemente herido durante el cumplimiento de su deber, y se abrió una suscripción en todo el condado para acudir en su socorro, con autorización del jefe de policía. Se encomendó al superintendente Grayson la misión de recoger las dádivas locales.

Fue así como llegó al Chateau Blanche.

M. Alphonse Didet observó a la fornida figura que se aproximaba, calzada con botas de montar y espuelas, el pecho florido de caireles y de cintas, como correspondía a un superintendente con un pasado en el ejército, y se dio golpecitos en los dientes con la pluma, pensativo. Abrió un cajón de su escritorio y sacó su revólver. Estaba cargado. Extrajo los cartuchos y los arrojó en un puñado a la papelera. Porque, si aquello significaba arresto, no estaba completamente seguro de lo que haría, pero tenía la absoluta certeza de que no lo ahorcarían.

Paul, el anciano mayordomo, anunció al visitante.

-Hágale pasar -dijo M. Alphonse, y adoptó una postura negligente en la butaca, con un libro de ciencia sobre la rodilla y las grandes gafas artísticamente encaramadas de medio lado sobre la nariz. Alzó la mirada por debajo de las enarcadas cejas conforme el policía entraba, se levantó y, con una cortesía muy francesa, le ofreció un asiento.

Tras aclararse la garganta, el superintendente comenzó a hablar en francés.

Dio los buenos días a monsieur; se sentía desolado por tener que interrumpir los estudios del doctor profesor, pero, helas, un terrible accidente había ocurrido a un bravo gendarme del cuerpo municipal (ésta fue la denominación más aproximada a «fuerza de policía del condado» que el esforzado hablante logró encontrar, y sirvió para el caso).

Su interlocutor escuchó y comprendió, emitiendo firmemente a través de la nariz largos, muy largos suspiros de alivio, y sintiendo un extraordinario temblor de rodillas, sensación que nunca hubiera pensado experimentar.

También él se sentía desolado. ¿Podía hacer algo?

El superintendente sacó del bolsillo una hoja manuscrita,  (p.7) plegada. Explicó, en su francés, el significado de su encabezamiento, exponiendo el abolengo y la posición social de los ilustres nombres de quienes contribuían con su ayuda. Nombres colosalmente rasgueados y barrocamente confusos. Los únicos caracteres sencillos eran los correspondientes a la columna del dinero, donde la prudencia y el instinto de conservación habían aconsejado que las cifras de los donativos fuesen inconfundibles.

¡Qué alivio! Alphonse Didet cuadró los hombros y llenó los pulmones con el aire de la libertad y la respetabilidad.

Interiormente alborozado, aunque relajado y sereno por fuera, el profesor francés de las gafas ladeadas caminó hasta su escritorio. ¿Cuánto debería dar?

-¿A cuánto equivalen cien francos? -preguntó por encima del hombro.

-A cuatro libras -respondió el superintendente con orgullo.

Y el señor Alphonse Didet estampó su firma, anotó cuidadosamente la cantidad de cuatro libras en la columna destinada al propósito, sacó de un cajón un billete de cien francos y se lo tendió al superintendente junto con la lista de donantes.

Siguieron una serie de reverencias y cumplidos murmurados por ambas partes; el superintendente efectuó su partida, y M. Alphonse Didet, embargado de satisfacción y de placer, le observó descender por el sendero.

Aquella noche, mientras dormía el sueño de los justos, dos hombres de Scotland Yard entraron en su dormitorio y lo detuvieron en la cama.

Sí, arrestaron al más sagaz de los criminales, porque en la lista de donativos había firmado, con letra clara y exuberante, «Felix O'Hara Golbeater».

FIN