LIBRO

 

 

EL VELO DESCUBIERTO

GEORGE ELIOT

 

I

 La hora de mi fin se acerca. Últimamente he sufrido ataques de angina pectoris. Si todo sigue su curso normal el doctor dice que apenas puedo esperar que mi vida se prolongue durante varios meses. A no ser que tenga la desgracia de tener una constitución física poco corriente, como la tengo al poseer un carácter mental excepcional, no gemiré mucho más tiempo bajo el peso agotador de esta existencia terrenal. Si las cosas fueran de otra manera si llegara a vivir hasta la edad que la mayoría de los hombres estipulan y desean habría sabido, de una vez, si los sufrimientos en torno a la ilusoria esperanza pueden pesar más que los sufrimientos de la previsión verdadera, ya que puedo prever cuándo moriré y saber todo lo que ocurrirá en mis últimos momentos.

 Exactamente dentro de un mes a partir de hoy, el 20 de septiembre de 1850, estaré sentado en esta silla, en este gabinete, a las diez en punto de la noche, deseando morirme, hastiado de este incesante intuir y prever, sin ilusiones y sin esperanza. Así como estoy ahora, contemplando una llama azul elevándose chispeando en el fuego, mientras mi quinqué arda débilmente, una horrible contracción empezará en mi pecho. Sólo tendré tiempo de alcanzar la campanilla y tirar de ella con fuerza antes de sentir la sensación de ahogo. Nadie responderá: ya sé por qué. Mis dos sirvientes son amantes y se habrán peleado. El ama de llaves habrá salido dos horas antes corriendo, enfurecida, esperando que Perry crea que ha decidido ahogarse. Perry se asustará al fin, y saldrá tras ella. La joven fregona está sentada en un banco: nunca acude cuando suena la campanilla; no se despierta. La sensación de ahogo va aumentando, el quinqué se apaga desprendiendo un horrible hedor, hago un gran esfuerzo y me agarro de nuevo a la campanilla. Ansío vivir y nadie me ayuda. Anhelaba lo desconocido y el anhelo se ha apagado. Dios mío, déjame permanecer entre lo conocido y seguir hastiándome de ello. Estoy satisfecho. Agonía de dolor y ahogo; (p.2) mientras tanto, la tierra, los campos, el arroyo con guijarros en lo hondo del barranco, la fresca fragancia después de la lluvia, la luz de la mañana a través de la ventana de mi alcoba, el calor que la chimenea trae al aire helado. ¿Se cernirá la oscuridad sobre todo esto para siempre?

 Oscuridad, oscuridad sin dolor, sólo oscuridad y, sin embargo, dentro de ella me muevo de un lugar a otro; mi pensamiento permanece en la oscuridad pero siempre con la sensación de ir hacia adelante.

 Antes de que llegue este momento, me gustaría aprovechar mis últimas horas de tranquilidad y de fuerza para contar la extraña historia de mi experiencia. Nunca me he desahogado del todo con ningún ser humano, nunca se me ha estimulado a confiar excesivamente en la afinidad del prójimo. Sin embargo, todos tenemos la oportunidad de suscitar un poco de lástima, ternura y caridad una vez muertos: Son sólo los vivos los que no pueden ser perdonados, los vivos de los que se aleja la indulgencia y el respeto de los hombres como la lluvia por el brusco viento del Este. Mientras el corazón lata, golpeadlo, es vuestra única oportunidad; mientras el ojo pueda todavía volverse hacia vosotros con húmeda y temerosa súplica, dejadlo fríamente con una mirada carente de respuesta; mientras el oído, ese delicado mensajero que se dirige al recóndito santuario del alma, pueda recibir aún los sonidos de la amabilidad, apartadlo con ardua cortesía, con burlona galantería o con una envidiosa afectación de indiferencia. Mientras el cerebro creativo pueda palpitar ante el sentido de la injusticia, ante el deseo del reconocimiento fraternal, apresuraos, oprimidlo con vuestros juicios desconsiderados, con vuestras comparaciones triviales o con vuestras negligentes falsedades. El corazón pronto será acallado, Ubi saeva indignatio ulterius cor lacerare nequit El ojo dejará de suplicar, el oído ensordecerá, el cerebro habrá cesado de anhelar y también de trabajar. Quizás, entonces, vuestros discursos caritativos puedan encontrar respiro; quizás, entonces, recordéis y compadezcáis el afán, la lucha y (p.3) el fracaso. Puede que, entonces, concedáis el debido honor al trabajo acabado y quizás encontréis mitigación para los errores y consintáis enterrarlos.

 Este es un texto insignificante de colegial, ¿por qué me regocijo en él? Guarda poca referencia conmigo ya que tras de mí no dejaré texto alguno que pueda honrar a los hombres. No tengo parientes cercanos que finjan, llorando sobre mi tumba, arrepentirse de las heridas que me causaron cuando estaba entre ellos. Sólo es la historia de mi vida, que quizás despierte un poco la compasión de los desconocidos cuando haya muerto, más que la que obtuve de mis amigos cuando viví.

 Tal vez mi niñez me parezca más feliz de lo que fue en realidad, debido al contraste de los años que la siguieron. Además, la cortina del futuro era entonces tan impenetrable para mí como lo fue también para los otros niños. Gocé de todos los encantos de esa época, de sus dulces e inciertas esperanzas del mañana y de una madre cariñosa; incluso, ahora, después del lúgubre lapso de largos años, un ligero rastro de alegría me acompaña al recordar sus caricias mientras me sostenía sobre su rodilla, sus brazos rodeando mi pequeño cuerpo, su mejilla apretujada contra la mía. Yo tenía una enfermedad en los ojos que me cegaba durante un rato, por lo que ella me tenía sobre su rodilla desde la mañana hasta el anochecer. Pero ese incomparable amor pronto desapareció de mi vida, e incluso para mi conciencia de niño fue como si la vida se hubiera vuelto más fría. Yo seguía montando a mi pequeño pony blanco con el mozo a mi lado, pero esos ojos cariñosos ya no me miraban cuando montaba, ni encontraba esos alegres brazos abiertos hacia mí cuando regresaba. Puede ser que echara en falta el cariño de mi madre más de lo que lo hubiera sentido la mayoría de niños de siete u ocho años, para quienes los otros placeres de la vida seguían siendo los mismos, puesto que yo era, verdaderamente, un niño muy sensible. Todavía recuerdo la mezcla de temor y de deliciosa excitación que me invadía al oír el eco de los (p.4) cascos de los caballos sobre el adoquinado de los establos, la resonancia de las voces de los mozos de la cuadra, el ruidoso ladrido de los perros mientras el carruaje de mi padre atravesaba estrepitosamente la arcada del patio, así como el sonido del gong anunciando la hora de comer y de cenar. Los pasos de los soldados que a veces oía cuando desfilaban, ya que la casa de mi padre estaba cerca de un pueblo donde había grandes cuarteles, me hacían sollozar y temblar pero, de hecho, cuando estos ya se habían marchado, deseaba que volvieran de nuevo.

 Creo que mi padre me consideraba un niño extraño y se sentía poco orgulloso de mí, a pesar de que yo era muy escrupuloso a la hora de cumplir con lo que él consideraba que eran las obligaciones paternas. Sin embargo, él ya había sobrepasado la mitad de la vida y no era su único hijo. Mi madre había sido su segunda esposa, él tenía cuarenta y cinco años cuando se casó. Era un hombre rígido, estricto, intensamente ordenado, un banquero de los pies a la cabeza, aunque con una próspera inclinación a ser terrateniente activo, aspirante a tener influencia en el condado: uno de esos hombres que no varían de un día para otro, a los que no les afecta el tiempo y que desconocen la melancolía o la alegría. Le temía y ante su presencia me comportaba como si fuera más tímido y sensible que en otras ocasiones. Este hecho, probablemente, le ayudó a tomar la determinación de educarme bajo un criterio distinto del convencional que había empleado en el caso de mi hermano mayor, el cual era ya un esbelto joven de Eton. Mi hermano era el predestinado a ser su delegado y sucesor: Tuvo que ir a Eton y Oxford, con la finalidad de relacionarse. Por supuesto, mi padre no era un hombre que despreciara la importancia de los escritores satíricos de la antigua Roma o de los dramaturgos griegos, ya que el conocimiento de estos le proporcionaba a uno una actitud distinguida. Sin embargo, en su interior, mostraba escasa consideración hacia «esos espíritus muertos pero imperiales». Se había (p.5) preparado a sí mismo para tener su propia opinión acerca de las lecturas del Aeschylus de Potter y del Horacio de Francis. A este negativo punto de vista añadíale otro positivo, derivado de un contacto reciente con las especulaciones mineras; principalmente consistía en que una educación científica era la preparación realmente útil para su hijo más joven. Por otro lado, estaba claro que un chico sensible y tímido como yo, no iba a encajar el choque que supone la dura experiencia de ir a una escuela pública: El señor Letherall así lo había afirmado con decisión.

 El señor Letherall era un hombre alto, con lentes, que un día cogió mi pequeña cabeza entre sus grandes manos y la estrujó repetidas veces de manera sospechosamente exploratoria; puso, entonces, cada uno de sus enormes pulgares sobre mis sienes, me inclinó un poco hacia atrás y se quedó mirándome a través de sus resplandecientes lentes. La contemplación pareció desagradarle, ya que frunció el entrecejo severamente y le dijo a mi padre, poniendo sus pulgares en medio de mis cejas: «La deficiencia está aquí, señor. Ahí y aquí», añadió, palpando la parte superior de mi cabeza. «Aquí esta el exceso. Esto tiene que trabajarse, señor, y esto tiene que adormecerse».

 Yo temblaba, en parte porque tenía la vaga sensación de que estaba siendo objeto de desaprobaciones, y en parte por la perturbación que me causaba mi primer impulso de odio hacia ese hombre grande y gafudo que iba zarandeando mi cabeza como si quisiera regatear por ella y comprarla.

 Ignoro cuanto tuvo que ver el señor Letherall con el sistema que luego fue adoptado conmigo, pero estaba muy claro que los tutores privados, la historia natural, la ciencia y las lenguas modernas, fueron los instrumentos con los que iban a remediarse los defectos de mi organismo. Era muy torpe con las máquinas, por lo que se me iba a tener muy ocupado con ellas; no tenía memoria para clasificar, por lo tanto fue particularmente necesario que estudiase zoología sistemática y botánica; estaba deseoso (p.6) por experimentar proezas y emociones humanas por lo que se me iba a atiborrar con el estudio de las fuerzas mecánicas, los cuerpos elementales y los fenómenos de la electricidad y el magnetismo. Ciertamente, un chico mejor constituido hubiera mejorado con mis inteligentes tutores, con sus aparatos científicos y hubiera encontrado, sin duda alguna, los fenómenos de la electricidad y el magnetismo tan fascinantes como ellos me lo aseguraban cada jueves. Por consiguiente podía, debido a la ignorancia o a lo que se me enseñaba, estar en iguales condiciones que el peor alumno de latín que nunca hubiera estudiado en una universidad de humanidades. Leí a Plutarco, Shakespeare y el Don Quijote a hurtadillas y, en esa faceta, me bastaba a mí mismo con divagaciones mentales mientras mi tutor me aseguraba que «Un hombre perfeccionado se distinguía del ignorante en que era un hombre que conocía la razón por la que el agua fluía hacia abajo».

 Yo no deseaba ser ese hombre perfeccionado, me contentaba con el agua corriente; la podía observar y escuchar como gorgoteaba entre los guijarros, mojando las verdes, relucientes plantas de forma indefinida. No quería saber por qué fluía. Era completamente consciente de que existían buenas razones para que algo fuera tan hermoso.

 No hay necesidad de que me extienda en esta parte de mi vida. Ya he dicho bastante para aclarar que mi naturaleza era de orden sensible y, en absoluto, práctica, y que se desenvolvió dentro de un medio incompatible, incapaz de nutrirla a través de un desarrollo sano y feliz. Cuando cumplí dieciséis años fui enviado a Ginebra para completar el curso de mi educación. Para mí, fue un cambio muy satisfactorio. La imagen del sol poniéndose sobre los Alpes, mientras descendíamos del Jura, me pareció como una entrada en el cielo, y los tres años de mi vida que allí pasé transcurrieron bajo un perpetuo sentimiento de exaltación, como un incesante y delicioso trago de vino en presencia de la naturaleza con toda su desbordante belleza. Tal vez penséis que debí ser (p.7) poeta a causa de esta temprana sensibilidad ante la naturaleza. Sin embargo, mi destino no fue tan afortunado. Un poeta emite hacia fuera su canción y cree en el oído que escucha y en el alma que responde, hacia el que su canción fluctuará antes o después. Pero la sensibilidad del poeta sin su voz, la sensibilidad del poeta que solamente encuentra desahogo en aquellas lágrimas vertidas en la soleada orilla, cuando la luz del mediodía resplandece en el agua, o en un profundo estremecimiento producido por los toscos sonidos humanos, o por la visión de una helada mirada, esta callada pasión, trae consigo la soledad del alma, funesta para la sociedad de nuestros días.

 Mis momentos menos solitarios eran aquellos en los que me alejaba en mi bote, al atardecer, hacia el centro del lago. Me parecía que el cielo, las encendidas cimas de las montañas y la extensa agua azul, me rodeaban con un amor alentador: Como ningún rostro humano lo había expresado antes, desde que el cariño de mi madre desapareció de mi vida.

 Solía hacer lo mismo que Jean Jacques, me tendía en mi bote y dejaba que me llevara a donde quisiera, mientras yo observaba cómo se desvanecía la puesta de sol, dejando de iluminar una cima tras otra. Como si los carruajes de fuego de los profetas estuvieran pasando por encima de ellas en su camino hacia la morada de la luz. Entonces, cuando las blancas cumbres estaban ya todas ellas tristes, con aspecto de cadáveres, tenía que volver a casa, pues estaba bajo cuidadosa vigilancia y no se me permitía pasear hasta demasiado tarde.

 Esta actitud mía no era demasiado favorable para entablar amistades íntimas entre los numerosos jóvenes de mi misma edad que siempre se encuentran estudiando en Ginebra. Sin embargo, hice una amistad. Y cosa bastante rara, fue con un joven cuyas tendencias intelectuales eran completamente diferentes a las mías. Le llamare Charles Meunier; su verdadero apellido inglés puesto que era de origen inglés ha llegado a ser célebre. Era un huérfano que vivía de una mísera ayuda económica (p.8) mientras estudiaba medicina, para la que poseía un talento extraordinario. Fue sorprendente el hecho de que con mi dispersa inteligencia, susceptible y distraído, yo, que detestaba la investigación y que me había entregado a la contemplación, me abriera a un joven para quien la ciencia era la pasión más profunda. Sin embargo, el vínculo no era de índole intelectual, sino que se debía al principio de que se puede combinar felizmente al estúpido con el brillante, al soñador con el práctico: nació de una afinidad de sentimientos. Charles era pobre y feo, ridiculizado por los gamines de Ginebra y rechazado en los salones. Me di cuenta de que estaba aislado como yo, aunque fuera debido a un motivo diferente, y animado por un resentimiento compasivo, poco a poco, fui, con timidez, acercándome a él. Se puede decir que entre nosotros nació toda la camaradería que nuestras distintas inclinaciones permitían. En las escasas ocasiones en que Charles tenía vacaciones, subíamos juntos al Saleve o cogíamos la embarcación que iba a Vevey, mientras yo escuchaba como en sueños los monólogos en los que exponía sus ardientes ideas acerca de la experimentación y los descubrimientos del futuro. Los mezclaba confusamente en mi cabeza con destellos de agua azul y con nubes fluctuantes, con el canto de los pájaros y el lejano resplandor del glaciar.

 El sabía muy bien que mi mente estaba medio ausente, sin embargo, le gustaba hablar así. ¿Acaso no hablamos de nuestras esperanzas y proyectos incluso con los pájaros y los perros, cuando estos nos quieren? He mencionado esta amistad por lo que tiene que ver con un extraño y terrible episodio que narraré más adelante.

 Esta vida tan feliz en Ginebra se vio truncada por una grave enfermedad que, en parte, representa para mí un vacío. En cierto modo fue un periodo de sufrimiento que recuerdo débilmente, asociado a la presencia de mi padre quien, de vez en cuando, estaba junto a mi lecho. Luego, sufrí la lánguida monotonía de la convalecencia. Poco a poco, los días revelaban variación y claridad en la medida en (p.9) que mis fuerzas me permitían alargar mis paseos. En uno de esos días, que recuerdo con más precisión, mi padre, sentado junto al sofá, me dijo: «Cuando ya estés lo bastante bien como para viajar, Latimer, te llevaré a casa conmigo. El viaje te distraerá y te hará bien, atravesaremos el Tirol y Austria, así veras muchos lugares que desconoces. Vendrán nuestros vecinos, los Filmore; Alfred se reunirá con nosotros en Basilea y todos juntos iremos a Viena y, de regreso, pasaremos por Praga...».

 Llamaron a mi padre antes de que pudiera acabar la frase, y la palabra Praga quedó retenida en mi cabeza, con la extraña sensación de que una perspectiva nueva y asombrosa se abría ante mí: Una ciudad bajo la claridad del sol, que me parecía la luz veraniega de un siglo ya pasado, detenido en su curso; no refrescada desde hacía mucho tiempo por el rocío de la noche o el apresurado nubarrón, abrasando la polvorienta y melancólica grandeza erosionada de unas gentes sentenciadas a seguir viviendo con la rancia repetición de los recuerdos, como reyes destronados e inválidos, envueltos en sus regios andrajos dorados. La ciudad parecía tan sedienta, que el ancho río me parecía una hoja de metal. Las ennegrecidas estatuas, mientras paseaba bajo sus vacías miradas a lo largo del puente infinito, con sus viejas prendas y santas coronas, me parecían los auténticos dueños y habitantes del lugar. Los hombres y mujeres, triviales y ocupados, apresurándose de aquí para allá no eran más que un enjambre de visitantes efímeros que infestaban la ciudad durante el día. Son seres inflexibles y duros como estos, pensé, los que fueron los padres de niños que ya hace mucho que desaparecieron en esas moradas envejecidas, gestadas por el tiempo, que pueblan esa pendiente que tengo frente a mí; quienes galantean la raída y desmigajada pompa del palacio que extiende su monótona amplitud hacia las alturas; quienes rezan con cansancio en el embotado aire de las iglesias, a los que no les motiva ni el miedo ni la esperanza con que son apremiados por su condena (p.10) para que siempre sean viejos e imperecederos, para que sigan viviendo en la rigidez de la monotonía mientras viven un mediodía perpetuo sin el reposo de la noche o el renacer de la mañana.

 Un brusco sonido metálico hizo que me estremeciera de repente, y de nuevo tomé conciencia de los objetos de mi habitación; uno de los atizadores de la chimenea había caído al abrir Pierre la puerta para traerme mi tablero. Mi corazón se puso a palpitar con fuerza y pedí a Pierre que dejara el tablero a mi lado, yo mismo lo cogería.

 En cuanto estuve solo de nuevo, empecé a preguntarme si había estado durmiendo. ¿Se trataba de un sueño esta visión maravillosamente precisa sintetizado en todo su detallismo en un fragmento de luz de arco iris sobre el suelo, transmitido por una lámpara de colores en forma de estrella, de una ciudad extraña bastante desconocida para mi imaginación? No había visto ningún cuadro de Praga, para mí no significaba más que un nombre con asociaciones históricas vagamente recordadas, reminiscencias mal definidas de grandiosidad imperial y guerras religiosas.

 Nada parecido me había sucedido en mis anteriores experiencias con los sueños, además se me había castigado a menudo, ya que mis sueños sólo se salvaban de ser completamente vulgares e inconexos gracias a los frecuentes terrores que me causaban mis pesadillas. Pero no podía creer que había estado durmiendo, pues recordaba con claridad el gradual acoso de la visión como nuevas imágenes en un paisaje borroso, o la progresiva nitidez de un paisaje al levantar el sol el velo de la neblina de la mañana. Al mismo tiempo que era consciente de esta incipiente visión, también lo era de que Pierre vino a decir a mi padre que el señor Filmore le estaba esperando, así como de que mi padre salía corriendo de la habitación. No, no era un sueño. ¿Era la idea me llenaba de temeroso regocijo- mi naturaleza de poeta, hasta entonces sólo una sensibilidad anhelante, manifestándose ahora, de repente, como creación espontánea?. Con toda seguridad, debió de ser así (p.11) como Homero vio el campo de batalla troyano; como Dante vio las moradas de los muertos, como Milton vio el vuelo hacia la tierra del diablo...

 ¿Podía ser que mi enfermedad hubiese logrado un cambio positivo en mi organismo que hubiese provisto a mis nervios de una tensión más firme que se hubiera llevado consigo algún torpe estorbo? A menudo había leído acerca de tales efectos en libros de ficción, pero nunca en biografías genuinas que mencionaran la influencia exacerbante o disminutiva de los poderes mentales a causa de algunas enfermedades... ¿Acaso no sintió Novalis cómo se intensificaba su inspiración debido al aumento de su destrucción?

 Cuando mi mente se hubo recreado ya durante un tiempo en esta bienaventurada idea, me pareció que tal vez podía esclarecer la duda esforzando mi voluntad. La visión había comenzado cuando mi padre estaba hablando de nuestro viaje a Praga. Ni por un instante pensé que realmente se tratara de una representación de esa ciudad. Creía, esperaba, que se trataba de una imagen pintada con ardiente presteza por mi recién liberada genialidad, con colores sustraídos de mi ociosa memoria. Supuse que podía fijar mi mente en algún otro lugar, Venecia, por ejemplo, que además era más familiar a mi imaginación que Praga; aunque, quizás, daría el mismo resultado. Concentré mis pensamientos en Venecia, estimulé mi imaginación con recuerdos poéticos e hice lo posible por sentirme allí como lo había hecho en Praga. Pero fue en vano. Sólo alcanzaba a colorear los grabados de Canaletto que estaban en mi vieja habitación, en casa de mi padre; la imagen variaba, mi mente vagaba con incertidumbre buscando imágenes más intensas. A juzgar por las inevitables circunstancias, no podía ver ninguna forma ni sombra sin una labor consciente. Era un vano esfuerzo, no sentía la pasividad extasiada que me había poseído media hora antes. Me sentí desanimado, pero recordé que la inspiración era caprichosa.

 Durante varios días estuve en un estado de ansiedad, esperando una reaparición de mi nuevo don. (p.12) Intentaba, a través de mi mente, ordenar mi mundo de conocimientos con la esperanza de encontrar alguna cosa, capaz de enviar una vibración que despertara de nuevo mi genio adormecido. Pero no; mi mundo permanecía tan opaco como siempre y ese resplandor de extraña luz rehusaba volver a brillar, a pesar de que lo esperaba con ansiosa avidez.

 Mi padre me acompañaba cada día en mis paseos, cada vez de más largo recorrido a medida que mis fuerzas se iban restableciendo. Una tarde, había convenido en que vendría a buscarme a las doce en punto del día siguiente para ir juntos a escoger una caja de música y otras compras que un rico inglés, que visitaba Ginebra, le había pedido. Mi padre era el banquero más puntual que uno pueda imaginar, por lo que yo estaba nervioso e impaciente por estar listo a la hora convenida. Pero cuál fue mi asombro cuando a las doce y cuarto todavía no había aparecido. Sentí toda la ansiedad del convaleciente que no tiene nada más que hacer, pero que acaba de tomar un tónico con la expectativa de hacer un esfuerzo físico que disipara el estímulo al poco rato.

 Incapaz de permanecer sentado para ahorrar fuerzas, caminé por la habitación de arriba abajo, mirando hacia la corriente del Ródano, en el lugar preciso donde abandona el lago de color azul oscuro; pero durante todo el tiempo, pensaba en los posibles motivos que podían retener a mi padre.

 De repente, fui consciente de que mi padre estaba en la habitación y que no estaba solo; había dos personas con él. ¡Qué extraño!. No había oído pasos, no había visto la puerta abrirse; pero veía a mi padre y a su derecha, a nuestra vecina, la señora Filmore, a quien recordaba muy bien a pesar de no haberla visto en cinco años. Era una mujer de mediana edad, normal y corriente, vestida en seda y casimir. Sin embargo, la mujer que estaba a la izquierda de mi padre no tendría más de veinte años. Era alta y delgada, con un exuberante cabello rubio, peinado con graciosas trenzas, incluso demasiado voluminoso para una figura tan delicada, así como

 (p.13) para ese rostro de pequeñas facciones y finos labios que coronaba, aunque la cara no tenía una expresión infantil; sus rasgos eran angulosos y sus ojos grises, sarcásticos e inquietos, penetraban al instante. Estaban fijos en mí con una curiosidad medio burlona. Sentí una sensación de dolor como si un viento helado me cortara. El vestido verde pálido y las hojas del mismo color, que parecían formar una cenefa rodeando su rubia cabellera, me hacían pensar en una Nixie , pues mi mente estaba llena de poesía alemana y esta pálida mujer, de ojos fatales, adornada con verdes algas, parecía surgir de un frío y vigoroso raudal, como la hija de un viejo río.

 «Y bien Latimer, has estado pensando en mí un buen rato» dijo mi padre... Pero mientras la última palabra llegaba a mis oídos, desaparecieron y quedó un vacío entre el biombo chino, que estaba frente a la puerta, y yo. Temblaba y tenía frío, apenas pude inclinarme hacia delante y tenderme en el sofá. Este nuevo y extraño poder se había manifestado de nuevo... pero, ¿era un poder?, ¿no podía tratarse sólo de una enfermedad, una especie de delirio intermitente que concentrase mi energía en el cerebro en momentos de enfermiza actividad y que dejara estériles mis horas de cordura? Experimenté un vertiginoso sentido de irrealidad al intentar fijar la vista en algo; agarré la campanilla convulsivamente, como alguien que intenta librarse de una pesadilla, y llamé dos veces. Pierre acudió con una expresión de asombro en su rostro.

 «Monsieur ne se trouve pas bien?» preguntó ansioso. «Estoy cansado de esperar, Pierre» dije con toda la claridad y fuerza que me fue posible, como un hombre que decide aparentar estar sobrio, a pesar del vino. «Temo que algo le haya sucedido a mi padre, pues normalmente es muy puntual. Ve al Hotel des Bergues y comprueba si está allí».

 Pierre se marchó enseguida, exclamando «Bien, Monsieur». Tras esta simple expresión, me sentí mucho mejor. Con el propósito de calmarme todavía más, entré en mi habitación, contigua a la sala, y abrí una caja de agua de (p.14) colonia, cogí una botella, fui muy cuidadoso al sacar el corcho, y luego me froté las manos, la frente y por debajo de la nariz con el alcohol tonificante, disfrutando con su olor de un nuevo placer, obtenido con lento esfuerzo, y sin estrafalarias locuras repentinas. Ya había empezado a comprobar un cierto horror, propio del destino de un ser humano cuya naturaleza no encaja con las ordinarias condiciones humanas.

 Todavía disfrutando del olor a colonia, volví al salón, pero éste ya no estaba vacío como antes de salir de él. Frente al biombo chino estaba mi padre con la señora Filmore a su derecha, y a su izquierda una joven delgada y rubia, de ojos penetrantes y anguloso rostro, que me miraba con curiosidad burlona.

 «Y bien, Latimer, has estado pensando en mí un buen rato», dijo mi padre...

 No pude oír más, no sentí nada más hasta que me di cuenta de que estaba echado en el sofá con Pierre y mi padre a mi lado.

 En cuanto me repuse, mi padre salió de la habitación y volvió al poco rato, diciéndome: «He explicado a las señora cómo te encuentras. Estaban esperando en la habitación de al lado. Por hoy, pospondremos nuestros recados».

 Después añadió: «Esa joven es Bertha Grant, la sobrina huérfana de la señora Filmore. Filmore la ha adoptado y vive con ellos, de modo que va a ser tu vecina cuando volvamos a casa. Tal vez tengáis algo de parentesco, pues sospecho que existe un cierto afecto entre ella y Alfred. Este noviazgo me complacería, pues Filmore piensa otorgárselo todo, como si de una hija se tratara. No creía que tú supieras que ella vive con los Filmore».

 No se hizo ninguna alusión al hecho de que me desmayara al verla, y por nada del mundo le hubiera yo explicado el motivo: La mera idea de explicar a alguien lo que podía ser considerado como una rareza digna de ser compadecida, me sobrecogía. Sobre todo el revelárselo a mi padre, quien hubiera dudado de mi cordura para siempre jamás.

 No pretendo extenderme en la particularidad de los detalles de mi experiencia. Me he alargado describiendo estos (p.15) dos sucesos, porque tuvieron claras consecuencias relacionadas con mi destino.

 Poco después de este último incidente, creo que al día siguiente del mismo, comencé a ser consciente de una nueva fase de mi sensibilidad poco corriente de la que no me había percatado con anterioridad, debido al trato breve y superficial que había mantenido con los demás desde que había caído enfermo.

 Era la intrusión en mi mente del proceso mental que se adelantaba en un principio a una persona, pero luego, a otra que también me resultaría familiar. Las ideas y emociones pasajeras y anodinas de algún conocido de escaso interés la señora Filmore, por ejemplo se abrían camino hacia mi conocimiento como un instrumento machacón y desafinado o como el sonoro forcejeo de un insecto atrapado. Pero esta desagradable sensación era incierta y me permitía momentos de reposo, cuando las almas de mis compañeros se alejaban, de nuevo, de mí. Entonces sentía un alivio parecido al que proporciona el silencio a los nervios agotados.

 Podía haber creído que esta percepción inoportuna no fuera más que un ejercicio malsano de la imaginación; sin embargo, el hecho de prever cosas y palabras impredecibles demostraba una relación permanente con el proceso mental de otros espíritus.

 Este conocimiento adicional, muy abrumador y molesto, me acosaba con las experiencias triviales de gente que me era indiferente. Se convertía en congoja e intenso dolor cuando parecía mostrarme las almas de aquellos que estaban estrechamente relacionados conmigo. Y cuando las conversaciones, los cumplidos, las frases ingeniosas y las muestras de cariño, que constituían la esencia de sus caracteres, eran vistas como si fueran observadas separadamente, bajo una mirada microscópica que se percatara de todas las frivolidades, del egoísmo contenido, del aguado caos de las puerilidades, de las bajezas, de los recuerdos caprichosos e inciertos y de los pensamientos indolentes y transgiversados, de los que emergen de las palabras y los (p.16) hechos humanos como hojas cubriendo un montón de tierra fermentado.

 En Basilea, mi hermano Alfred se reunió con nosotros. Alfred era ahora un hombre de veintiséis años, bien parecido y seguro de sí mismo. Un notable contraste con mi personalidad, frágil, nerviosa e ineficaz. Creo que yo tenía un tipo de belleza en parte femenina, en parte fantasmagórica, puesto que los retratistas, que en Ginebra abundan como la cizaña, a menudo me habían pedido que posara para ellos, y así lo hice en una ocasión, como trovador agonizante para un caprichoso cuadro. Sin embargo, mi propio físico me desagradaba por completo y nada, excepto la convicción de que era una condición de la genialidad poética, me hacía conformarme con él. Esa escueta esperanza era bastante efímera y en mi rostro, por aquel entonces, no veía más que la estampa de una mórbida mente, enmarcada para soportar la fuerza sublime de la producción poética.

 Alfred, del que había estado casi siempre separado, debido al actual desarrollo de su carácter y apariencia, era para mí un verdadero extraño. Era muy benévolo conmigo y se comportaba como un hermano. Tenía la amabilidad superficial propia de una naturaleza satisfecha y alegre que no teme la rivalidad y que desconoce las contrariedades. No estoy seguro de que mi disposición fuese lo bastante buena como para estar libre de envidiarle; incluso si nuestros anhelos no hubieran chocado nunca o si yo hubiera estado en la sana condición humana que admite la confianza y la ayuda siempre habría habido, a pesar de todo, un antagonismo entre nuestras personalidades. Por consiguiente, en pocas semanas se convirtió en objeto de un odio intenso; y cuando entraba en mi habitación, todavía más. Cuando hablaba me producía la sensación de un metal rechinante y me producía escalofríos. Mi enfermiza mente, estaba continuamente ocupada, con más intensidad, en sus pensamientos y sentimientos que en los de cualquier otra persona que pudiera encontrar. Me exasperaban continuamente las (p.17) despreciables causas de su arrogancia; su amor lleno de protección, el benevolente convencimiento de la pasión que Bertha Grant sentía por él, y el compasivo menosprecio que sentía por mí. Todo ello observado, no en los indicios usuales de las entonaciones y de las frases o en los hechos fútiles que una mente aguda y recelosa podría percibir, sino en toda su vertebrada complicación.

 En consecuencia, éramos rivales, nuestros anhelos chocaban, a pesar de que él no fuese consciente de ello.

 Todavía no he dicho nada acerca del efecto que Bertha Grant me causó cuando la conocí mejor. Ese efecto estuvo en gran parte condicionado por el hecho de que resultaba ser la única excepción, en este desafortunado don mío de la percepción, de entre las demás personas que me rodeaban.

 Ante Bertha siempre me hallaba en un estado de indecisión; podía observar la expresión de su cara y especular sobre su significado; podía pedir su opinión con el sincero interés de la ignorancia; podía escuchar sus palabras y admirar su sonrisa con esperanza y temor. Para mí, ella era la fascinación de un destino no revelado. Fue, pues, este hecho el que mayormente determinó el fuerte efecto que ella me produjo ya que ningún temperamento femenino podía, aparentemente, guardar menos afinidad con una juventud apasionada, romántica y huidiza que el de Bertha.

 Era perspicaz, sarcástica, carente de imaginación, prematuramente cínica, y crítica impasible ante los paisajes más impresionantes. Solía criticar todos mis poemas predilectos y sentía un desprecio especial hacia la poesía alemana, que era mi lectura preferida en aquella época. Incluso ahora me resulta imposible definir lo que sentía por ella; no era una admiración infantil corriente, ya que ella era todo lo contrario al color de su cabello, a aquel ideal de mujer que para mí todavía suponía el símbolo de la belleza. Carecía de ese entusiasmo que se siente por lo que es bueno y magnánimo, algo que yo habría definido como el rasgo primordial de su (p.18) carácter, incluso en el momento en que ejerció mayor dominio sobre mí.

 Pero no existe una tiranía más completa que la que ejerce una naturaleza negativa sobre otra morbosamente sensible que pide compasión y apoyo. Las personas que son más independientes, sienten que el silencio de alguien hace que el valor de sus opiniones sea sublimado. Sienten un triunfo adicional al conseguir el respeto de un crítico que habitualmente sea satírico y falaz. Por tanto, no cabe duda de que un joven entusiasmado y receloso adoptaría una actitud contemplativa y expectante ante el enigmático secreto que supone el rostro sarcástico de una mujer, como si se tratase de la urna de una diosa inciertamente benigna que dominase su destino. Al fin y al cabo, un joven entusiasmado es incapaz de imaginar el rechazo absoluto en otro espíritu de las emociones que agitan el suyo; podrá creer que son endebles, ocultas, inertes pero que, sin embargo, existen. Tal vez esas emociones pueden sonsacarse; a veces, en momentos felices de alucinación, creerá que quizás existan en toda su potencia, pues no puede vislumbrar ninguna señal externa de ellos.

 Este efecto, como ya he revelado, me impactó con la mayor intensidad, pues Bertha era el único ser humano que, para mí, permanecía en una misteriosa reclusión de alma, hecho que desencadenó la jovial ilusión que yo sentía por ella. Sin duda alguna había también otro tipo de fascinación: esa sutil atracción física que se deleita engañando nuestras predicciones psicológicas y forzando a los hombres, que pintan sílfides, a enamorarse de alguna bonne et brave femme, pecosa y de gruesos tobillos.

 La manera que tenía Bertha de comportarse conmigo, pretendía aparentemente reforzar todas mis ilusiones, ensalzar mi pasión de adolescente y hacerme depender cada vez más de sus sonrisas.

 Considerándolo bajo mi desventurada destreza actual, creo que su vanidad y su ansia de poder se veían intensamente gratificadas por la creencia de que yo me había desmayado al verla por (p.19) primera vez, simplemente, a causa de la fuerte impresión que su persona me había producido. A la mujer más prosaica le gusta creer que es la causa de una pasión poética y violenta; y sin un ápice de romance por su parte, Bertha tenía esa capacidad de atraer, a lo que se añadía el hecho de que el hermano del hombre con el que iba a casarse estaba muriendo de amor y de celos por su culpa. Sin embargo, en esa época, nunca creí que ella pensara en casarse con mi hermano, pues a pesar de que él tenía constantes atenciones con ella y de que yo sabía muy bien que ambos mi padre y él habían decidido llegar a ese desenlace, todavía no existía un compromiso oficial. No había habido ninguna declaración explícita y Bertha, normalmente, al tiempo que coqueteaba con mi hermano y aceptaba su acatamiento, dándole a entender que correspondía a sus intenciones, me hacía creer a base de miradas y frases sutiles naderías femeninas que jamás podrían echársele en cara que él no era más que el objeto de un oculto ridículo. Ella, como yo, pensaba que él era un mequetrefe, alguien a quien le complacería defraudar. A menudo me acariciaba sin reparo en presencia de mi hermano, como si yo fuera demasiado joven y enfermizo como para considerarme un amante, y esa era la impresión que él tenía de mí. Pero creo que en su interior ella debió disfrutar con los estremecimientos que me causaba, al engatusarme, acariciando mis rizos mientras se burlaba de mis textos.

 Tales descuidos siempre ocurrían en presencia de nuestras amistades, puesto que cuando estábamos los dos solos, ella fingía un distanciamiento aunque de vez en cuando encontrara la oportunidad, por medio de hechos o palabras, de estimular la ilusoria y tímida esperanza de que me prefería a mí. ¿Por qué no se dejaba llevar por su inclinación? Yo no me hallaba en una posición tan ventajosa como la de mi hermano, pero tenía algunos bienes, ni siquiera era un año más joven que ella y Bertha era una heredera que pronto entraría en edad de decidir por sí sola.

 Las (p.20) fluctuaciones de temor y de esperanza, confinadas en este canal, hacían que, ante su presencia, cada día fuese un delicioso tormento. Hubo, por su parte, un acto deliberado que ayudó en especial a embriagarme. Cuando estábamos en Viena cumplió veinte años. Como le gustaban mucho las alhajas, todos aprovechamos las espléndidas joyerías de ese París Teutónico para comprarle un regalo de cumpleaños. Naturalmente, la mía era la menos costosa, un anillo con un ópalo. El ópalo era mi piedra favorita porque parece palidecer y encenderse como si tuviera alma, así se lo dije a Bertha cuando se lo entregué y añadí que era un poético emblema que podía cambiar con la luz del cielo o con la mirada de una mujer.

 Al atardecer, apareció elegantemente vestida, luciendo ostentosamente todos los regalos menos el mío. Miré sus dedos, lleno de ansiedad, pero no vi el ópalo. No tuve la ocasión de hacerle reparar en ello durante la noche, pero al día siguiente, cuando la encontré a solas, sentada cerca de la ventana, después de desayunar, le dije: «Desprecias el llevar mi insignificante ópalo. Debí de recordar que desprecias los temperamentos poéticos. Mejor hubiera sido regalarte un coral o una turquesa o cualquier otra piedra opaca y muda». «¿La desprecio?» respondió, agarrando una delicada cadena de oro que siempre llevaba en el cuello y sacándola de su pecho con mi anillo colgando de ella. Luego, con su sonrisa indecisa habitual, dijo: «Me duele un poco, te lo puedo asegurar, por llevarlo en este lugar secreto, pero ya que tu temperamento poético es tan estúpido como para preferir un lugar mas público, no pienso aguantar más este dolor».

 Todavía sonriendo, sacó el anillo de la cadena y se lo puso en el dedo, mientras mis mejillas se sonrojaban. Me fue imposible suplicarle que guardara el anillo donde estaba antes.

 Después de lo sucedido me sentí completamente ridículo y, durante dos días, me encerré en mi habitación cada vez que Bertha se ausentaba, para embriagarme de nuevo con el recuerdo de dicha escena y todo lo que

 (p.21) ésta significaba.

 Debo añadir que durante esos dos meses, que fueron como una larga vida debido a la novedad y a la intensidad de los placeres y sufrimientos que experimente, mi enfermizo conocimiento acerca de las mentes de otra gente seguía atormentándome. Podía tratarse de mi padre o de mi hermano, o de la señora Filmore o su marido, o también de nuestro guía alemán, cuyo caudal de pensamientos asediaba como un sonido en los oídos, imposible de eludir, a pesar de que permitía que mis propios impulsos e ideas siguieran su curso normal. Mi extraordinaria capacidad auditiva me hacía escuchar un sonido estridente cuando los demás estaban descansando. La preocupación y el disgusto causados por esta intrusión involuntaria en otras almas, sólo era contrarrestada por el desconocimiento que tenía Bertha y por la pasión que sentía por ella, la cual iba en aumento, provocada por ese desconocimiento. Ella era mi oasis de misterio en ese funesto desierto de conocimiento.

 Nunca permití que mi condición enfermiza se traicionara a sí misma, que me empujara a cometer alguna acción o alguna conversación extraña, excepto en una ocasión en que sentí especial rencor hacia mi hermano y anticipé algunas palabras que sabía que él iba a decir, un comentario habilidoso que se había preparado de antemano. A veces, al hablar, utilizaba cierta indecisión algo afectada. De pronto, se detuvo un instante tras haber dicho la segunda palabra, y mi impaciencia y mis celos me empujaron a acabar la frase en su lugar, como si se tratara de algo que ambos hubiéramos aprendido de memoria.

 Se sonrojó y pareció quedarse tan atónito como contrariado. Tan pronto como las palabras fluyeron de mis labios, sentí un sobresalto, temiendo que tal anticipación lejos de ser meras palabras presagiadas, por supuesto me hubiera descubierto como un ser extraño, una especie de aplacado energúmeno a quien todos, Bertha más que nadie, temerían y evitarían. Pero, como de costumbre, exageré la impresión que cualquier palabra o (p.22) acción mía podía producir en los demás, ya que nadie pareció dar más importancia a mi interrupción, considerándola una falta de educación digna de ser perdonada, dado el estado de mi débil constitución nerviosa.

 Mientras que este conocimiento adicional del presente era algo casi constante en mí, todavía no había experimentado otra reaparición de esa previsión distinta, que ya he descrito, relacionada con mi primer encuentro con Bertha. Por lo tanto, esperaba con ávida curiosidad comprobar si mi visión de Praga demostraría ser un ejemplo del mismo tipo. Pocos días después del incidente de la sortija, estábamos disfrutando de una de nuestras frecuentes visitas al palacio de Lichtenberg. Yo nunca podía ver muchos cuadros seguidos, puesto que éstos, cuando son verdaderamente intensos, me impresionan con tal fuerza que, uno o dos, agotan mi capacidad de contemplación. Aquella mañana había estado admirando un retrato de Giorgione que representaba a una mujer de ojos crueles. Se decía que había un cierto parecido entre ella y Lucrezia Borgia. Me quedé bastante rato solo ante el cuadro, fascinado por el terrible realismo de ese rostro sagaz e implacable, hasta que sentí una extraña sensación de envenenamiento, como si durante un largo tiempo, hubiera aspirado un perfume mortífero y empezara a ser consciente de su efecto. Si el resto del grupo no hubiera regresado a esa sala para decidir que iban a visitar la Galería Belvedere, con el fin de aclarar una apuesta que habían hecho mi hermano y el señor Filmore acerca de un retrato, tal vez no me hubiera movido de allí. Les seguí como en sueños y a duras penas me di cuenta de lo que me había sucedido hasta que no subieron a la Galería y me dejaron abajo. Pues yo había decidido no contemplar ningún cuadro más en el resto del día. Me dirigí a la Grande Terrace, pues habíamos acordado que daríamos un paseo por los jardines cuando el debate hubiera acabado. Llevaba sentado ahí poco rato, ligeramente consciente de los podados jardines y de la visión de una (p.23) ciudad y unas colinas verdes a lo lejos cuando, con la intención de evitar que se me acercara el vigilante, me levanté y descendí por los amplios escalones de piedra para sentarme en un lugar más apartado. En el instante en que llegué al camino de grava, sentí un brazo rozando el mío y una mano ingrávida apretando mi muñeca. En ese mismo instante un extraño sopor que me intoxicaba, me envolvió como si fuera una continuidad de la sensación que había sentido al contemplar la mirada de Lucrezia Borgia.

 Los jardines, el cielo veraniego, la sensación del brazo de Bertha junto al mío, todo se desvaneció. De repente, me sentí inmerso en una oscuridad, de la que gradualmente surgía una tenue luz de fuego.

 Me hallaba sentado en la butaca de cuero de mi padre, en la biblioteca de casa. Conocía esa chimenea, sus morillos con forma de perro, su delantero de mármol negro con un medallón blanco en el centro que representaba a Cleopatra agonizando. Una intensa y desesperanzada tristeza pesaba sobre mi alma. La luz aumentó al entrar Bertha con una vela en la mano Bertha, mi mujer con ojos crueles, con joyas verdes y hojas del mismo color sobre su vestido blanco de soirée, todos sus pensamientos llenos de odio resumidos en su sugerencia... «¡Loco, idiota! ¿Por qué no te suicidas?». Fue un momento infernal. Podía ver dentro de su alma despiadada, su estéril capacidad mundana, el odio que la abrasaba, y sentí que algo parecido a un aire que forzosamente tenía que respirar, me envolvía. Se acercó con su vela y se quedó ante mí con una amarga sonrisa de satisfacción. Me percaté del enorme broche de esmeraldas que llevaba en el pecho, una serpiente con ojos de diamantes. Me estremecí, detestaba a esta mujer de alma estéril y de oscuros pensamientos. Sin embargo, me sentía indefenso frente a ella, como si estrujase mi sangriento corazón y lo hiciera hasta conseguir exprimir la última gota de sangre viva. Ella era mi esposa y nos odiábamos mutuamente. Poco a poco, la chimenea, la oscura (p.24) biblioteca, la luz de la vela, desaparecieron, como si se derritieran en un fondo de luz, la serpiente verde con ojos de diamantes permanecía como una imagen oscura en la retina. Entonces, sentí que mis párpados temblaban y que la luz del día se abría ante mí; vi jardines y oí voces. Estaba sentado en las escaleras de Belvedere Terrace y mis amigos me rodeaban.

 La conmoción mental en la que caí a causa de esta monstruosa visión me hizo enfermar durante varios días, y prolongó nuestra estancia en Viena. Temblaba de espanto cada vez que la escena se repetía de nuevo y se repetía constantemente con todo detalle, como si estuviera candente en mi memoria. Sin embargo, tal es la locura del corazón humano bajo la influencia de sus deseos inmediatos, que sentía una peligrosa alegría, desafiante, infernal, al pensar que Bertha iba a ser mía, pues el cumplimiento de mi previsión anterior la primera vez que apareció ante mí me daba escasas esperanzas de que este último, terrible y fugaz resplandor del futuro, no fuera más que un juego enfermizo de mi propia mente desconectado de la realidad externa. Sólo había un hecho que podía considerarse una duda ante mi terrible convicción, el descubrimiento de que mi visión de Praga había sido falsa, y Praga era la próxima ciudad que había en nuestra ruta.

 Mientras tanto, cada vez que estaba con Bertha, me sentía de nuevo bajo su influencia. ¿Que podía ocurrir si alcanzara a observar en su corazón a la mujer madura, a Bertha mi esposa? Bertha vista como niña, era todavía un secreto fascinante. Temblaba cuando me tocaba, sentía el embrujo de su presencia, deseaba cerciorarme de que me quería. El miedo al veneno es débil ante la sensación de sed. Sentía tantos celos de mi hermano como antes, me seguía irritando su conducta protectora. Al fin y al cabo mi orgullo y mi sensibilidad estaban ahí como siempre habían estado, retrocediendo ante cada ofensa, al igual que lo hacían mis ojos ante una mota de polvo intrusa.

 El futuro, aunque me llegara por medio de un ámbito de sentimientos que hacían que me (p.25) estremeciera al contemplar una visión, todavía no tenía más fuerza que la de una mera idea, comparada con la intensidad de la emoción que sentía ante el amor por Bertha o la repugnancia y celos que mi hermano me causaba.

 Es una vieja historia la de los hombres que se venden al diablo firmando una hipoteca con su propia sangre, pues el pacto acaba cumpliéndose algún día lejano, y se apresuran a arrebatar, sedientos, la copa que sus almas anhelan, con un impulso poco menos que salvaje, puesto que una oscura sombra permanecerá junto a ellos para el resto de sus días. No existe algún atajo, ni ninguna vía exclusiva para la sabiduría; tras siglos de descubrimientos, el sendero del alma sigue extendiéndose a través del espinoso páramo que debe ser recorrido en soledad, con los pies sangrando, con sollozos que piden ayuda, de la misma manera que otros hombres lo recorrieron en otros tiempos.

 Mi mente especulaba ansiosamente con los medios mediante los cuales podía llegar a ser el rival vencedor de mi hermano, pues, al desconocer los actuales sentimientos de Bertha, todavía era demasiado arriesgado el aventurar ningún paso que la empujara a confesármelos. Pensé, incluso, que ganaría confianza en este asunto si mi visión de Praga resultaba haber sido real. ¡Sin embargo, sentía pánico ante la posible certeza! Tras esa Bertha delicada, cuyas palabras y miradas yo buscaba, cuyo roce asociaba a la felicidad, siempre estaba esa Bertha más fuerte, de ojos más duros, de boca más rígida, que mostraba su alma estéril y egoísta. Alguien que ya no era un secreto fascinante, sino un hecho mesurado que se estimulaba con mi indeseada presencia.

 ¿No eres capaz de sentir un poco de compasión, tu que estás leyendo esto? ¿No puedes imaginar esta doble consciencia funcionando dentro de mí, fluyendo como dos corrientes paralelas que nunca mezclaran sus aguas para que se unieran en un mismo clamor? De hecho, en alguna ocasión, debes de haber experimentado esos presentimientos que brotan de una intuición que lucha contra la (p.26) pasión. Mis visiones eran como presentimientos intensificados con horror. Habrás conocido la debilidad de las ideas ante los impulsos; y mis visiones, una vez almacenadas en mi memoria, no eran más que ideas, pálidas sombras que en vano me hacían señas, mientras mi mano era asida por los vivos, a quienes amaba.

 Después de algún tiempo pensé con amargo resentimiento que, si hubiera previsto algo más o algo diferente, en vez de esa repugnante visión que envenenaba una pasión que no podía destruir, o si al menos hubiera podido tener una prefiguración del instante en que ví por última vez la cara de mi hermano, habría habido alguna influencia enternecedora en los sentimientos que su persona me provocaba. El orgullo y el odio seguramente habrían sido dominados por la compasión, y el número de esos pecados ocultos, hubiera sido menor. Pero no era más que uno de esos vanos pensamientos con los que los hombres nos engañamos. Intentamos creer que el egoísmo, que forma parte de nosotros, podría fácilmente haberse desvanecido y que sólo fue la estrechez de nuestro conocimiento lo que acotaba nuestra generosidad, nuestro temor, nuestra piedad y que les impedía anular nuestra dura indiferencia ante los sentimientos y las sensaciones de los demás. Nuestra ternura y el renunciar a nosotros mismos, parecen fortalecerse cuando nuestro egoísmo ya ha tenido su día, cuando tras la vil disputa para conseguir el triunfo que supone la derrota de otro el triunfo llega de repente y nos estremecemos porque lo entrega la fría mano de la muerte.

 Llegamos a Praga de noche, hecho que me alegró; parecía como si el momento terriblemente decisivo hubiera sido aplazado por estar varias horas en esa ciudad sin verla. Puesto que no íbamos a quedarnos mucho tiempo en Praga continuábamos rápidamente hasta Dresde se decidió que saldríamos a la mañana siguiente, tras una visita general a la ciudad y algunos de sus lugares especialmente interesantes antes de que el calor fuera excesivo. Estábamos en agosto y el tiempo era (p.27) seco y caluroso. Sin embargo, sucedió que las señoras se retrasaron a la hora de arreglarse, y a pesar del mal humor educadamente disimulado pero perceptible de mi padre, no estuvimos todos en el coche hasta bien entrada la mañana. Mientras nos adentrábamos en el barrio judío para visitar la vieja Sinagoga, pensé con cierto alivio, que nos quedaríamos en esta parte aislada y llana de la ciudad, hasta sentirnos demasiado cansados y acalorados como para proseguir y que, en consecuencia, regresaríamos sin ver otras calles más que aquellas por las que ya habíamos pasado. Eso me proporcionaría otro día de incertidumbre. Incertidumbre, la única manera que tiene el espíritu temeroso de conocer el consuelo de la esperanza.

 Pero mientras me hallaba bajo los arcos ennegrecidos y aristados de la Sinagoga, iluminada tenuemente con los siete cirios escuálidos del candelabro sagrado, mientras el guía judío tomaba el Libro de la Ley y nos lo leía en su antigua lengua, sentí la estremecedora impresión de que aquel extraño edificio, con sus velas contraídas, aquel mutuo residuo, superviviente del judaísmo medieval, encajaba con mi visión. Aquellos santos oscuros y polvorientos en sus elevadas bóvedas, iluminados con cirios más altos, merecían el consolador desprecio que podían infundir a alguien más enterrado en vida que ellos mismos.

 Tal como suponía, cuando dejamos el barrio judío, los mayores del grupo desearon volver al hotel. Pero ahora, en vez de alegrarme de ello como antes, sentí un impulso repentino de llegar hasta el puente de una vez y acabar con el misterio que había deseado prolongar. Dije con una decisión poco habitual que bajaría del coche para continuar el camino, andando solo, que podían regresar sin mí. Mi padre, tomándolo como una simple muestra de mi normal «absurdo poético», dijo que sólo conseguiría sentirme mal a causa del calor; pero cuando insistí, añadió de mala gana que podía seguir mis propios y absurdos caprichos pero que Schmidt, nuestro guía, tenía que ir conmigo. Asentí y me (p.28) dispuse a ir con Schmidt hacia el puente. Acababa de pasar bajo el arco de la vieja entrada que conducía al puente, cuando un temblor se apoderó de mí y sentí que me enfriaba bajo aquel sol de mediodía. Sin embargo, continué; estaba buscando algo, un pequeño detalle que recordaba con especial intensidad como parte de mi visión. Allí estaba; el fragmento de arco iris sobre el suelo, que llegaba a través de una lámpara con forma de estrella.

II

 Antes de que acabara el otoño, mientras las hayas de nuestro jardín todavía conservaban sus hojas marrones, mi hermano y Bertha se comprometieron en matrimonio. Se suponía que la boda iba a celebrarse a principios de la siguiente primavera. A pesar de la certeza que sentí en aquel momento, en el puente de Praga, de que Bertha sería mi esposa algún día, mi timidez y desconfianza habían seguido entumeciéndome, y las palabras con las que a veces había premeditado una confesión de mi amor, se habían desvanecido sin ser pronunciadas. EI mismo conflicto seguía estando en mí, el deseo de una muestra de amor proveniente de los labios de Bertha, el terror a que una palabra de desprecio o de negación cayera sobre mí como un ácido corrosivo. ¿Cuál era para mí la convicción de una necesidad distante? Temblaba bajo una mirada corriente, deseaba con ansia la dicha diaria, me sentía torpe y desalentado debido a un miedo cotidiano. Sin embargo, los días transcurrían. Observaba el noviazgo de Bertha y oía conversaciones acerca de la boda, todo ello como si sufriera una pesadilla consciente, sabiendo que era un sueño que se desvanecería, ahogándome por sentirme agarrado por dedos que me apresaban.

 Cuando no estaba ante la presencia de Bertha a pesar de que estaba con ella muy a menudo ya que seguía tratándome de manera juguetona, cosa que ya provocaba celos a mi hermano pasaba la mayor parte del tiempo vagando, paseando o montando a caballo mientras era de día, y luego me encerraba en mis libros, sin leerlos, puesto que estos habían perdido para mí su (p.29) capacidad de asombro. El mundo real estaba sublimado en ese grado de elevación en el que nuestras emociones se consolidan en un drama que imperativamente se estimula en nuestra propia contemplación; entonces nos echamos a llorar, no tanto por la causa de nuestro sufrimiento, sino más bien por pensar en él. Sentía cierta angustia, llena de lástima por la compasión que me producía mi destino; el destino de un ser sutilmente constituido para sufrir y dotado de pocas fibras que respondieran al placer. Alguien a quien la idea de un perverso futuro robaba el disfrutar de la felicidad y para quien la idea de un futuro positivo no apaciguaba la incomodidad de un anhelo o de un temor persistentes. Superé silenciosamente esa fase del sufrimiento de un poeta, en la que siente el delicioso tormento de la expresión, en la que hace de sus aflicciones una imagen.

 Se me dejaba hacer, sin ninguna amonestación respecto a esta vida descarriada y hecha de ilusiones, sabía lo que mi padre pensaba de mí: «Este muchacho nunca valdrá para nada en esta vida, pasará sus años de manera insignificante con la renta que le toca, no me molestaré en darle una carrera».

 Una apacible mañana de principios de noviembre, me encontraba en el porche acariciando al perezoso y viejo Cosar, un terranova casi ciego a causa de su vejez, el único perro que de vez en cuando me hacía caso los otros me rehuían, se acercaban a la gente que me rodeaba y que era más feliz que yo cuando el mozo de cuadra trajo el caballo que mi hermano tenía que montar para ir a cazar. Mi hermano apareció en la puerta, deslumbrante, fornido y satisfecho, sintiéndose benevolente al no mostrarse insolente con nosotros, a pesar de su superioridad.

 «Latimer, hermanito», me dijo con un tono de cordialidad compasiva, «¡Qué lástima que no vengas a cazar de vez en cuando! ¡Es lo mejor que existe en el mundo para la melancolía!».

 «¡Melancolía!», pensé con amargura mientras se alejaba. «Ese es el tipo de frases con las que las naturalezas vulgares y limitadas como la tuya (p.30) pretenden describir lo espiritual; algo de lo que sabes poco más que tu caballo. Es sobre los que son como tú sobre los que cae lo bueno de este mundo: embotamiento, egoísmo saludable, arrogante buen humor, estas son las claves de la felicidad».

 Me asaltó enseguida la idea de que mi egoísmo era todavía más acentuado que el suyo, tan solo que era un egoísmo que hacía sufrir, en vez de un egoísmo que hiciera disfrutar. Pero en seguida, de nuevo mi exasperante percepción del alma satisfecha de Alfred, su indiferencia ante todas las dudas y temores, ante los deseos insatisfechos, ante las exquisitas torturas de la sensibilidad que habían formado la esencia de mi vida, parecía absolverme de todo lo que pudiera unirme a él. Este hombre no necesitaba amor, ni compasión; esas refinadas influencias las hubiera tan solo sentido vagamente, como una blanca y deliciosa llovizna que le acaricia a uno. No había ninguna depravación aguardándole; si no llegara a casarse con Bertha, sería a causa de haber encontrado un destino más complaciente para sí mismo.

 La finca del señor Filmore se extendía a una media milla al otro lado de nuestros muros. Cada vez que se sabía que mi hermano iba hacia otra dirección, me acercaba para ver si podía encontrar a Bertha en su casa. Ese día me dirigí hacia allá, y debido a una rara coincidencia estaba sola; paseamos juntos por los jardines, pues Bertha raras veces se alejaba de los geométricos caminos de grava. Recuerdo que me pareció una hermosa sílfide, con el plácido sol de noviembre resplandeciendo en su rubia cabellera, paseando, atormentándome con su conocido sarcasmo. Yo la escuchaba con una cierta tristeza y gravedad; ese era el único indicio del interior de su espíritu que yo podía vislumbrar. Aquel día quizá predominaba más la tristeza, pues todavía no me había librado del acceso de celos y de odio provocado por el tono de superioridad de la despedida de mi hermano. De repente, la asusté al interrumpirla casi con furia, diciendo, «Bertha, ¿cómo puedes querer a Alfred?».

 Me (p.31) miró sorprendida durante unos segundos, pero en seguida volvió a sonreír y, llena de mordacidad, respondió: «¿Que te hace creer que le quiero?».

 «Bertha, ¿cómo puedes preguntar eso?».

 «¡Cómo! ¿Tu sentido común te hace creer que tengo que amar al hombre con quien he de casarme? Sería lo más desagradable del mundo. Tendría que discutir con él, sentir celos, nuestro hogar sería un lugar desorganizado. Un poco de desprecio sosegado contribuye enormemente a una vida elegante».

 «Bertha, eso no es lo que realmente sientes. ¿Por qué te regocijas al intentar engañarme, inventando unos discursos tan cínicos?».

 «Nunca me tomaría la molestia de inventar para engañarte, mi pequeño Tasso» (así era su manera burlona de llamarme). «La manera más fácil de engañar a un poeta es diciéndole la verdad».

 Estaba comprobando osadamente el efecto de su frase y, por un instante, la sombra de mi visión aquella Bertha cuya alma ya no me resultaba un enigma se interpuso entre mí y esa joven radiante, la sílfide juguetona cuyos sentimientos eran un fascinante misterio. Supongo que debí estremecerme o revelar de alguna manera el escalofrío que sentí, horrorizado.

 «¡Tasso!» dijo ella cogiéndome por la muñeca y mirándome a la cara «¿acaso estás empezando a descubrir lo despiadado que soy? Por lo visto no eres ni la mitad del poeta que yo creía, puesto que eres capaz de creer la verdad sobre mí».

 La sombra se alejó de nosotros para dejar de interponerse entre mi persona y la muchacha que me cogía con sus finos dedos, que me miraba con su rostro hechizado y fascinante quien, así creía yo, mostraba un interés por mis sentimientos, hecho que no había manifestado directamente . Esta presencia cálida y alentadora dominaba de nuevo mis sentidos y mi imaginación como el eco de una melodía de sirena que hubiera sido apagado durante un instante por el rugir de amenazantes olas. Fue para mí un momento tan delicioso como puede serlo el de despertarse y darse cuenta de que uno es joven, tras un sueño en el que (p.32) nos hallábamos en la mitad de la vida. Olvidé todo menos mi pasión y, con ojos ingrávidos, dije:

 «Bertha, ¿me querrás cuando estemos recién casados? Aunque sólo me amaras por poco tiempo no me importaría».

 Su atónita mirada mientras soltaba mi mano y se apartaba de mí, hizo que me diera cuenta de mi extraña y criminal imprudencia.

 «Perdóname» dije apresuradamente, tan pronto como pude hablar . «No sabía lo que estaba diciendo».

 «Ah, ha sido un acceso de locura, Tasso... ya veo respondió quedamente, puesto que se había recuperado de la impresión antes que yo . «Dejaremos que te vayas a casa para que tu cabeza se despeje. Tengo que regresar, está oscureciendo».

 La dejé indignado conmigo mismo. Se me habían escapado unas palabras en las que ella se podía reflejar y, por consiguiente, podrían despertarle la sospecha de mi anormal estado mental, una sospecha que temía más que ninguna otra cosa. Además, estaba avergonzado de la evidente infamia que había cometido al hablar de este modo a la prometida de mi hermano. Me dirigí hacia mi casa, lentamente, adentrándome en el parque por una entrada oculta para no pasar por delante de la casa del guarda. Mientras me acercaba a ella, ví a un hombre salir corriendo del establo, cruzando el parque. ¿Había ocurrido algún accidente en casa? No, tal vez sólo fuera uno de los recados perentorios concernientes a algún asunto de mi padre que requería esta precipitada urgencia. No obstante, proseguí mi camino sin alterarme y al poco rato llegué a la casa. No me extenderé en describir la escena que presencié. Mi hermano estaba muerto, se había caído del caballo y había fallecido a causa de una conmoción cerebral.

 Subí a la habitación donde yacía; allí estaba mi padre con una mirada rígida, llena de desesperación. Desde que habíamos regresado a casa, le había rehuido más que a nadie, puesto que la radical antipatía que había entre nosotros dos hacía que para mí fuera una aflicción constante el adentrarme en su alma. Pero ahora, mientras me (p.33) acercaba a él, triste y en silencio, sentía la presencia de un nuevo elemento que nos unía como nunca nada lo había hecho anteriormente. Mi padre había sido uno de los hombres con más éxito en el mundo de los negocios, no había sufrido ninguna enfermedad ni tampoco fracasos sentimentales. La peor desgracia que le había ocurrido fue la muerte de su primera esposa. Pero se casó con mi madre poco después, y recuerdo que él, ante mis infantiles y penetrantes ojos, volvió a ser exactamente el mismo de antes, una semana después de su muerte. Pero ahora, al fin, había experimentado una pena, la pena de la vejez que ataca al quebrantamiento del orgullo y las esperanzas, ya que el orgullo y la esperanza son prosaicos y limitados. Su hijo se iba a casar pronto, quizás se hubiera presentado a candidato para la representación municipal en el Parlamento en las próximas elecciones. La vida de ese hijo era el mejor motivo que podía alegarse para adquirir nuevas tierras cada año y ampliar así el patrimonio. Es algo monótono el continuar viviendo y haciendo siempre las mismas cosas, año tras año, sin saber por qué las hacemos. Quizá la tragedia que supone la frustración de una pasión y de la juventud, sea menos digna de lástima que la tragedia de la frustración de la vejez y de lo mundano.

 Al ver el desconsuelo que había en el corazón de mi padre, sentí un acercamiento hacia él, lleno de lástima, que fue el principio de un nuevo afecto que aumentaba y se fortalecía a pesar de la extraña amargura con la que él me observaba durante los primeros dos meses, tras la muerte de mi hermano. Si no hubiera sido por la suave compasión que experimentaba por él la primera compasión profunda que jamás había sentido me habría sentido molesto por la idea de que mi padre me cedía a mí la herencia de un hijo mayor, con el sentimiento mortificado de que el destino le había obligado a aceptar la desagradable tarea de tratarme y considerarme como un ser importante. Sólo muy a pesar suyo, empezó a pensar en mí con ansiosa atención. (p.34) Difícilmente pueda existir un niño rechazado, para quien la muerte haya dispuesto un lugar vacante tan favorecido, que no entienda lo que quiero expresar.

 Sin embargo, poco a poco, mi nueva deferencia ante sus deseos, el efecto de esa paciencia que nació de la lástima que sentía por él, ganaron su afecto y empezó a complacerse a si mismo con el empeño de hacerme llenar el vacío de mi hermano tan enteramente como mi débil personalidad me lo permitiera. Me di cuenta de que el proyecto, que se evidenciaba cada vez más, de llegarme a casar con Bertha, era bien recibido por él y que incluso esperaba de mí lo que no hubiera esperado de mi hermano, que su hijo y su nuera formaran un hogar conjuntamente con él. Mi cariño hacia mi padre, hizo que esta fuera la época más feliz que yo había vivido desde que era un niño. Esos últimos meses en los que retenía la deliciosa ilusión de amar a Bertha, de desear, dudar y esperar que me amara. Ella se comportaba diferente tras la muerte de mi hermano, y yo, al mismo tiempo, me hallaba bajo una doble coacción; por un lado delicadeza, en memoria de mi hermano, y por otro, ansiedad a causa de la impresión que mis abruptas palabras habían dejado en su mente. Pero el muro que nuestros mutuos reparos habían erigido entre los dos, no hizo más que subyugarse completamente bajo su poder; no importa cuán vacío este el adytum para que la cortina sea lo bastante tupida. Tan imperante es la necesidad del alma hacia lo oculto e incierto, para mantener una duda, una esperanza o un esfuerzo que constituyen el aliento de su existencia, que si todo el futuro nos fuera mostrado más allá del presente, el interés de la humanidad se dirigiría a las horas que quedan en medio, y anhelaríamos la incertidumbre de nuestra última mañana, nos apresuraríamos fieramente a cambiar nuestra última posibilidad de especulación, éxito, fraude, tendríamos una plétora de político profetas anticipando una crisis o una no crisis que acontecería en las últimas veinticuatro horas abiertas a la profecía. Imaginad la (p.35) condición de la mente humana si todas las cuestiones, cualesquiera que fuesen, fueran evidentes, excepto una, que lo sería al acabar un día de verano, pero que mientras tanto sería un objeto de interrogación, de hipótesis, de debate. El arte y la filosofía, la literatura y la ciencia se agruparían como abejas en esa cuestión que tendría en sí la miel de la probabilidad, y sería al mismo tiempo, la más árida porque su goce acabaría con la puesta de sol. Nuestros impulsos, nuestras actividades espirituales, no se ajustan más a la idea de su futura nulidad que el latir de nuestro corazón o la irritabilidad de nuestros músculos.

 Bertha, la joven delgada de rubios cabellos cuyos pensamientos eran un enigma para mí, en medio de la extenuante evidencia de las otras mentes que me rodeaban, era tan absorbente como un único y desconocido presente, como una cuestión singular e hipotética que permaneciera incierta hasta la puesta del sol. Toda la certeza y la duda que me corroían y me limitaban, la confianza y la desconfianza que habían en mí, fluían por este estrecho cauce.

 Y ella me hizo creer que me quería. Sin siquiera dejar de lado su tono de badinage y de superioridad desconcertante, me intoxicó manifestándome que me necesitaba, que nunca estaba tranquila si yo no estaba cerca de ella, sometiéndome a su caprichosa tiranía. ¡Le cuesta tan poco esfuerzo a una mujer embelesarnos de esta manera! Una palabra medio contenida, un inesperado momento de silencio, incluso un fácil acceso de petulancia a cuenta nuestra, nos sirve como una dosis de hashish para un buen rato. Con el entramado más sutil de gestos apenas perceptibles, me hizo ensoñar la fantasía de que inconscientemente siempre me había amado más que a Alfred, pero que, debido a la sensibilidad agitada de una jovencita, la había dominado el encanto que para ella suponía la distinción de ser admirada y escogida por un hombre que tenía en el mundo una figura tan brillante como la de mi hermano. Era satírica consigo misma de una manera grácil, debido a su vanidad y (p.36) ambición. ¿Qué me podía importar a mí si yo tenía la certeza de mi desventurada previsión, en el hecho de que ahora era yo quien tenía todas las ventajas, excepto la personalidad de mi hermano? La mitad de nuestras ilusiones son conscientes, como efectos de colores que sabemos que están hechos de oropeles, vidrios rotos y andrajos.

 Nos casamos dieciocho meses después de la muerte de Alfred, una clara y fría mañana de abril, bajo aquel sol y aquel granizo que resplandecían al mismo tiempo y Bertha, con su vestido de seda blanco con hojas verdes y los pálidos reflejos de su cabello y su rostro, parecía el espíritu de la mañana. Mi padre estaba tan feliz como nunca creyó que volvería a estarlo, pues pensaba que mi matrimonio completaría el deseado cambio de mi carácter y me haría lo bastante práctico y mundano como para ocupar mi lugar en la sociedad entre hombres cuerdos y sanos. Se regocijaba en el tacto y la sutileza de Bertha y estaba convencido de que ella sería mi dueña y señora y que haría de mí lo que quisiera; yo tan solo tenía veintiún años y estaba locamente enamorado de ella. ¡Pobre padre!, todavía conservó esa ilusión algún tiempo después de nuestro primer año de matrimonio. No tardó mucho en apagarse cuando le sobrevino una parálisis que le ahorró una perentoria decepción.

 Me apresuraré en acabar de explicar el resto de mi historia, sin recrearme tanto como lo he hecho hasta ahora en mi experiencia interna. Cuando las personas se conocen bien, hablan más de lo que les acontece exteriormente, dejando que sus emociones y sentimientos sean deducidos.

 Después de regresar a casa, vivimos una intensa vida social, dando espléndidas cenas y causando sensación en el vecindario con el nuevo esplendor de nuestras dotes, pues mi padre había reservado este derroche de su engrandecida fortuna para la boda de su hijo; dábamos a nuestros conocidos la suficiente confianza para que advirtieran que era una lástima que yo hiciera un papel tan pobre como heredero y como novio. La fatiga nerviosa de este tipo (p.37) de vida, las falsedades y trivialidades por las que tuve que pasar por duplicado a través de mi percepción de lo interno y lo externo me habrían vuelto loco de no haber tenido esa especie de frialdad que me causaba las delicias de una primeriza pasión. Una novia y un novio rodeados de todos los instrumentos que ofrece la riqueza, acuciados durante el día por el remolino de la vida social, llenando sus momentos de soledad con caricias apresuradas que arrebatan el tiempo, se preparan para su futura vida en común como la novicia se prepara para el claustro al experimentar el contraste más extremado.

 En todos estos meses llenos de animación social, el interior de Bertha permanecía oculto ante mí. Seguía leyendo sus pensamientos solamente a través del lenguaje de sus labios y de su conducta; aún tenía el interés humano de preguntarme si lo que hacía o lo que decía le agradaba, anhelaba una palabra de cariño, concedía un exagerado significado a su sonrisa. Pero era consciente de un cambio de actitud hacia mí; a veces lo bastante fuerte como para poder llamarlo frialdad altanera, algo que me enfriaba y me hería como el granizo que cayó con la luz del sol, la mañana de nuestra boda. A veces esta intuición sólo era perceptible en la destreza con que esquivaba un paseo tête a tête o una cena que me hiciera ilusión. Esto me hacía sufrir profundamente, incluso había sentido el quebrantamiento de mi corazón, al intuir que mis breves días de felicidad estaban llegando a su fin; pero a pesar de esto seguía dependiendo de Bertha, ansioso de percibir los últimos rayos de una dicha que en breve se alejaría para siempre, estando alerta y esperando el resplandor postrero de esa noche amenazante.

 Recuerdo ¿cómo podría no recordarlo? cuando esa dependencia y la esperanza me abandonaron del todo, cuando la tristeza que había sentido en el creciente enajenamiento de Bertha se convirtió en una alegría que yo contemplaba con ansia, como el hombre que contempla los últimos dolores que sufre en un miembro paralizado. Ocurrió justamente tras el desenlace de la (p.38) última enfermedad de mi padre, la cual nos había alejado imperiosamente de la vida social y nos había lanzado más el uno sobre el otro. Sucedió la noche en que murió mi padre. Esa noche, el velo que había ocultado el alma de Bertha ante mí que me había hecho encontrar solamente en ella, diferenciándola de los que me rodeaban, la bendita posibilidad del misterio, la duda y la expectación fue por primera vez rasgado. Fue tal vez el primer día, desde el comienzo de la pasión que sentía por ella, en que esa pasión se vio completamente neutralizada por la presencia de un absorbente sentimiento de otro tipo. Había permanecido en vela junto al lecho de muerte de mi padre: había presenciado la última espasmódica y anhelante mirada que su alma había dirigido hacia la consumida herencia de la vida, la última débil muestra de amor que recibió al apretarle la mano. ¿Que importancia tienen todos nuestros amoríos personales cuando hemos estado compartiendo una suprema agonía? Tras los primeros instantes de habernos alejado de la presencia de la muerte, cualquier otra relación con los vivos se ve mezclada en nuestros sentimientos con la eminente relación que existe entre una naturaleza y un destino común.

 Bajo ese estado de ánimo, me reuní con Bertha en la sala de estar. Estaba echada, en una postura ladeada sobre un canapé dando la espalda a la puerta, los grandes y abundantes tirabuzones de su cabellera rubia caían sobre su pequeña nuca y asomaban por encima del respaldo del canapé. Recuerdo, mientras cerré la puerta tras de mí, que un escalofrío me recorrió el cuerpo y sentí una leve sensación de ser odiado y de sentirme solo, leve y fuerte como un presentimiento. Sé que aspecto tenía en ese instante, pues me vi a mi mismo en el pensamiento de Bertha cuando ésta alzó sus hirientes ojos grises y me miró; un espectro despreciable, rodeado por fantasmas al mediodía, temblando con la brisa a pesar de que ésta no moviera las hojas, sin interés hacia las cosas comunes, objeto del deseo humano, pero deseando con (p.39) vehemencia los rayos de la luna. Estábamos cara a cara, el uno frente al otro, juzgándonos mutuamente. Me había llegado la hora, el terrible momento de completa iluminación. Comprobé que la oscuridad no me había ocultado ningún paisaje, solamente un muro prosaico y anodino: a partir de esa noche, a través de los años enfermizos que transcurrieron, vi todo lo que había en el reducido ámbito de esa alma. Vi mezquina artificiosidad y mera nulidad en lugar del ingenio en pugna con los sentimientos ocultos y de aquella exquisitez embaucadora que había creído sincera y con la que me había deleitado, vi cómo las ligeras y fluctuantes vanidades de aquella joven se definían en una coquetería sistemática, en el esquema de egoísmo de aquella mujer. Vi cómo la repulsión y la antipatía se endurecían cruelmente con odio, causándome dolor con la única finalidad de tomar venganza.

 Ya que también Bertha, tras su benevolencia, sentía la amargura que produce una decepción. Ella había creído que la desesperada pasión de poeta que yo sentía por ella me convertiría en su esclavo y que al serlo cumpliría su voluntad en todos sus designios. Debido a la vanidad, propia de una naturaleza negativa y carente de imaginación, fue incapaz de comprender el hecho de que la sensibilidad puede ser cualquier cosa excepto flaqueza. Creyó que mi debilidad se sometería a su poder, pero se encontró con una fuerza que era ingobernable. Nuestras posiciones se invirtieron. Antes de casarnos ella había dominado por completo, puesto que me resultaba un enigma y me creaba una idea desconocida ante la cual temblaba como si fuera suya. Pero ahora que su alma estaba enteramente abierta ante mí, ahora que me veía forzado a compartir la intimidad de sus motivaciones, a seguir los despreciables propósitos que precedían a sus palabras y a sus actos, ahora ella se sentía sin fuerzas ante mí, sólo podía producirme un frío estremecimiento de repulsión, sin fuerzas, puesto que yo no podía ser accionado por ninguna palanca que estuviera a su (p.40) alcance. Permanecía inerte ante las ambiciones mundanas, las frivolidades sociales, ante todas las motivaciones que poblaban su limitada imaginación. Vivía sujeto a influencias que resultaban ser invisibles para ella.

 Bertha era muy desgraciada al tener semejante marido y así lo creía todo el mundo. Una mujer brillante y llena de gracia como lo era Bertha, que sonreía a las visitas que acudían por la mañana, y era todo un personaje en los salones de baile. Alguien que podía resplandecer con esa aureola que, viniendo de una mujer así, es aceptada como el ingenio, resuelta a ganarse toda la simpatía de un marido enfermizo, abstraído, y tal como algunos sospechaban, un poco chiflado. Incluso todo el servicio de nuestra casa se ponía de su lado compadeciéndola. Entre nosotros no había peleas que se pudieran escuchar, nuestra desunión, la repulsión que sentíamos el uno por el otro, yacía en el silencio de nuestros propios corazones; y si la señora salía mucho y parecía que le desagradase la compañía del señor, ¿no era eso algo normal?, pobrecilla. El señor era raro. Yo era justo y atento con mis sirvientes, pero les provocaba una compasión más bien desdeñosa que les distanciaba, pues esta clase de hombres y mujeres determinan su estima hacia los demás siguiendo las opiniones generales o incluso dejándose influenciar por la experiencia o el carácter juzgan a las personas como a las monedas y valoran aquellas que están aún en alza.

 Después de un tiempo, me entrometía tan poco en los asuntos de Bertha, que parece asombroso cómo el odio que ella sentía hacia mí pudiera aumentar de manera tan activa e intensa. Mas había empezado a sospechar, a causa de algunas revelaciones involuntarias mías, que existía en mí algún poder anormal de discernimiento ya que exceptuando algunos intervalos yo sabía de manera extraña cuales eran sus pensamientos e intenciones, por lo que empezó a sentirse acorralada, manifestando un temor hacia mí que, de vez en cuando, alternaba con desafío. Continuamente meditaba cómo podía deshacerse de (p.41) semejante pesadilla, cómo podía librarse de ese vínculo odioso que la unía a un ser a quien despreciaba como a un imbécil y a la vez temía como a un inquisidor. Durante una temporada vivió con la esperanza de que mi evidente desdicha me conduciría al suicidio, pero el suicidio no era algo propio de mí. También yo me hallaba excesivamente dominado por la sensación de estar atrapado por fuerzas desconocidas, como para creer en mi propia capacidad de eximirme. Me había quedado absolutamente indiferente ante mi propio destino, ya que mi único y ardiente deseo se había consumido en sí mismo y el impulso ya no predominaba sobre el conocimiento. Fue a causa de esto por lo que nunca me decidí por una separación completa, la cual habría hecho nuestra desunión evidente para todo el mundo. ¿Por qué debía apresurarme a encontrar ayuda en una nueva dirección cuando no estaba sufriendo más que las consecuencias de un hecho que había sido el acto de mi más férrea voluntad? Eso hubiera sido lo lógico en alguien que tuviera deseos de complacer; y yo no los tenía. Pero Bertha y yo vivíamos cada vez más apartados el uno del otro. Para los ricos resulta fácil el vivir casados, aunque separadamente.

 El curso de nuestras vidas, que acabo de explicar en pocas líneas, llenó el espacio de años. ¡Parece mentira que tanto misterio, un aumento tan lento y espantoso de odio y del pecado, pueda ser resumido en una frase! Sin embargo, los hombres juzgan la vida de los demás con este breve instrumento. Comprendían la experiencia de sus semejantes y emitían juicios con nítida sintaxis, sintiéndose sabios y virtuosos, conquistadores por encima de las tentaciones que definen en predicados cuidadosamente elegidos. Siete años de desdicha resbalan volublemente por los labios de aquel que nunca los haya contado en momentos de fría decepción, de palpitación de la mente o del corazón o de temidas y vanas disputas, de remordimientos y de desesperación. Aprendemos las palabras de memoria pero no por su significado; y eso tiene que ser (p.42) pagado con nuestra sangre e impreso en las delicadas fibras de nuestros nervios.

 Pero me apresuraré en acabar mi historia. La brevedad es justificada de inmediato por aquellos que en seguida comprenden y por los que nunca comprenderán.

 Algunos anos después de la muerte de mi padre, me hallaba sentado frente al débil fuego de la chimenea de mi biblioteca en una noche de enero, sentado en la butaca de cuero que había sido de mi padre, cuando Bertha apareció en la puerta con una vela en la mano y avanzó hacia mí. Conocía el vestido de soirée que llevaba, el vestido blanco de hojas verdes y las alhajas que resplandecían a la luz de la vela que iluminaba el medallón de Cleopatra agonizante de la chimenea. ¿Por qué me venía a ver antes de salir? No la había visto en la biblioteca, que era mi lugar habitual, durante meses. ¿Por qué estaba de pie ante mí con la vela en la mano, con sus ojos crueles y despreciativos fijos en mí y la serpiente que destellaba como un conocido demonio prendido de su pecho? Por un momento creí que este cumplimiento de la visión que tuve en Viena marcaría una crisis terrible en mi destino, pero no podía ver nada en la mente de Bertha mientras ella estaba en pie ante mí, tan solo desprecio hacia la mirada de abrumadora desgracia que descubría en quien estaba sentado ante ella... «¡Loco, idiota! ¿Por qué no te suicidas?». Ese era su pensamiento pero con la distancia sus pensamientos retrocedían a su emisor y hablaba en voz alta. El carácter aparentemente indiferente del emisor parecía crear un ridículo preámbulo para mi previsión y perturbación.

 «He tenido que emplear una nueva sirvienta. Fletcher se va a casar y quiere que te pida que dejes que su marido lleve la fonda y la finca de Molton. Quisiera que así fuera. Tienes que prometérmelo ahora porque Fletcher se va mañana por la mañana, sé breve porque tengo prisa».

 «Muy bien se lo puedes prometer» dije indiferente, y Bertha salió de la biblioteca.

 Siempre me estremecía al ver a una persona nueva, y todavía más cuando se trataba de una persona (p.43) cuya vida mental pudiera fatigar mi maldispuesta percepción con trivialidades mundanas e ignorantes. Pero me estremecí particularmente ante la perspectiva de esta nueva sirvienta, puesto que su llegada me había sido anunciada en un momento al que no podía dejar de atribuir alguna fatalidad; tenía un vago temor de que me la encontraría embarullada en el funesto drama de mi vida, de que una nueva visión nauseabunda me la revelaría como una fuerza del mal. Cuando al fin, inevitablemente, la conocí, aquel vago temor se convirtió en una definitiva aversión. La tal señora Archer era una mujer de ojos oscuros, alta y tiesa, con un rostro lo suficientemente hermoso como para conferir a su carácter tosco y duro el odioso remate de una intrépida y autosuficiente categoría. Eso era ya bastante para hacer que la evitara, aparte del sentimiento desdeñoso con el que me contemplaba. La veía pocas veces, pero percibí que rápidamente llegó a ser una protegida de su señora y, tras el lapso de ocho o nueve meses, empecé a darme cuenta de que en la mente de Bertha había surgido un sentimiento hacia esa mujer que era una mezcla de temor y dependencia, y que iba asociado a imágenes poco precisas de escenas a la luz de una vela en su trasalcoba y al cerrar algo bajo llave en el sécrétaire de Bertha. Las conversaciones con mi mujer se habían vuelto tan breves y tan pocas veces estábamos solos, que no tuve oportunidad de percibir estas imágenes en su mente con más precisión. Los recuerdos del pasado se encogen en el pensamiento hasta que, a veces, apenas guardan un parecido mayor con la realidad externa que las formas de un alfabeto oriental con los objetos que sugieren.

 Además, durante el último año, un cambio se había producido en mi mente y aumentaba cada vez con más evidencia. Mi capacidad de introspección en la mente de aquellos que me rodeaban se estaba volviendo más confusa y espasmódica y las ideas que se amontonaban en mi doble conocimiento parecían depender cada vez menos de contactos (p.44) personales. Todo lo que era personal en mí parecía sufrir una muerte gradual, como si estuviera perdiendo el órgano a través del cual los proyectos y las perturbaciones de los demás me podían afectar. Pero además el alivio que me causaba el prescindir de la tediosa introspección, se había producido un nuevo desarrollo, del que he podido deducir así me ha parecido siempre desde entonces , que se trataba de una previsión de escenas externas. Fue como si la relación que había entre mis semejantes y yo se extinguiera cada vez más y, en contrapartida, mi relación con aquello que llamamos inanimado resucitara en una nueva vida. Cuanto más vivía apartado de la sociedad, consecuencia de mi desdicha tras el violento latido de la pasión agonizante en el embotamiento del dolor habitual, más frecuentes e intensas se volvían las visiones, como la que había tenido en Praga, de ciudades extrañas, de llanuras arenosas, de ruinas gigantescas, de cielos de medianoche con raras y resplandecientes constelaciones, de puertos de montaña, de recovecos verdes moteados con el sol del mediodía a través de las ramas; me hallaba en medio de estas escenas y en todas ellas una presencia parecía pesar sobre mí, en todas esas formas vigorosas. Se evidenciaba la presencia de algo desconocido y despiadado. El continuo sufrimiento había aniquilado la fe religiosa que había en mí; para aquellos que son enteramente desgraciados, los que no aman y que no son amados, no hay ninguna religión posible, ningún culto, excepto el de los diablos. Además, más allá de todo esto, se me aparecía continuamente la visión de mi muerte, los dolores, el ahogo, el último forcejeo, cuando la vida aún puede atraparse, aunque ya en vano.

 Así era como estaban las cosas cuando faltaba poco para finalizar el séptimo año. Me había librado por completo de la introspección, de mi conocimiento anormal de cualquier otra consciencia que no fuera la mía, y en vez de entrometerme de modo involuntario en el mundo de otras mentes, me hallaba viviendo continuamente en mi (p.45) propio futuro solitario. Bertha sabía que yo había cambiado mucho. Ante mi asombro, últimamente parecía buscar oportunidades para estar junto a mí, y a la vez había cultivado ese tipo de conversación distante y familiar que es corriente entre un esposo y una esposa que viven en educada e irrevocable desunión. Soportaba la situación con una lánguida sumisión y sin tener el suficiente interés por sus asuntos como para prestarles excesiva importancia; de hecho no podía evitar el percibir cierta expresión de triunfo en su aspecto y en su rostro, algo demasiado sutil como para revelarse en las palabras o en el tono, pero que, sin embargo, me evidenciaba que ella vivía en un estado de expectación o de esperanzadora intriga. La sensación predominante era la satisfacción de que su estado interior estaba de nuevo cerrado ante mí, y casi me regocijaba cuando tenía que abandonar mi melancolía, la cual me ausentaba y me hacía contestar en su contra y revelar además una completa ignorancia de lo que ella había estado diciendo. Recuerdo muy bien la mirada y la sonrisa con las que un día, tras un descuido de esta índole por mi parte, dijo: «Creía que eras un visionario y que esa era la razón por la que te sentías tan amargado ante otros visionarios, al querer mantener tu monopolio, pero ahora veo que tan sólo te has vuelto un poco más insípido que el resto del mundo».

 No respondí. Pensé que su reciente entrometimiento conmigo podía haber sido impulsado por el deseo de poner a prueba mi poder de detectar algunos de sus secretos, pero deseché tal idea; sus actos y sus motivaciones no me interesaban y cualesquiera que fueran los placeres que ella buscaba, no deseaba contrariárselos. Todavía quedaba en mi alma compasión para cualquier ser viviente y Bertha estaba viva, rodeada de posibilidades de desgracia.

 Concretamente en esa época, acaeció un hecho que me impulsó de mi inercia y me proporcionó un interés en un momento en que tal cosa parecía imposible. Fue la visita de Charles Meunier, quien me había comunicado por (p.46) carta que iba a venir a Inglaterra para descansar de su trabajo demasiado extenuante y que le gustaría verme. Meunier gozaba ahora de una buena reputación en Europa, pero su carta expresaba ese aguzado recuerdo de un primer aprecio, una primera deuda de simpatía, lo cual está íntimamente relacionado a nobleza de carácter; yo también sentí como si su presencia fuera para mí una resurrección transitoria hacia una pre existencia más feliz.

 Llegó y, en la medida que pude, renové nuestro viejo placer de hacer excursiones tête a tête, aunque en lugar de montañas y glaciares y el amplio lago azul, nos teníamos que contentar con meros declives, albercas y arboladas artificiales. Los años nos habían cambiado a los dos, ¡pero con qué resultado tan distinto! Meunier era ahora una figura brillante en la sociedad, a quien las mujeres elegantes simulaban escuchar y de cuya amistad hacían alarde los aristócratas ávidos de cerebros. Dominó con la máxima delicadeza la emoción que, estoy convencido, sintió al encontrarnos de nuevo o el deseo de penetrar en mi condición y mis circunstancias, procurando mediante el esfuerzo de sus encantadoras aptitudes sociales hacer nuestro encuentro lo más agradable posible. Bertha estaba muy sorprendida por los inesperados encantos de un invitado al que ella sólo habría encontrado presentable por la consideración de su celebridad, y empleó todas sus coqueterías y cumplidos para llamar la atención. Aparentemente se salía con la suya atrayendo su admiración, pues sus modales para con ella eran acentos halagüeños. Para mí, el efecto de su presencia fue muy beneficioso, particularmente durante esos reanudados paseos juntos, cuando él dejaba fluir prodigiosas narraciones de su experiencia profesional; más de una vez, cuando su charla derivaba hacia relaciones existentes entre los estados psicológicos y las enfermedades, me venía a la mente la idea de que si su estancia junto a mí fuera lo bastante larga, quizás podría atreverme a contar a ese hombre los secretos de mi destino. ¿No podría (p.47) haber algún remedio también para mí en su ciencia? ¿No podría, al menos, hallar comprensión y simpatía dispuestas para mí en su mente amplia y sensible? Pero esta idea tan sólo destellaba tenuemente de vez en cuando y se apagaba antes de que pudiera ser un deseo. El terror que sentía al irrumpir de nuevo en la intimidad de otra alma, me obligaba, debido a un instinto irracional, a correr la cortina del misterio a mi alrededor, tal como automáticamente ejecutamos el ademán que sentimos que sabemos que es deseado por otro.

 Cuando la visita de Meunier estaba llegando a su fin, ocurrió algo que causó un poco de agitación en nuestra casa, debido al sorprendente y fuerte efecto que aparentemente produjo en Bertha, en aquella Bertha dueña de sí misma, la que normalmente parecía no afectarse por las perturbaciones femeninas y que incluso despachaba su odio de manera contenida e higiénica. Este hecho fue la repentina enfermedad de su sirvienta, la señora Archer. He reservado hasta este momento la mención de un acontecimiento que se había evidenciado en mi conocimiento poco antes de la llegada de Meunier; en concreto, había habido una pelea entre Bertha y esa sirvienta, por lo visto en el trayecto de una visita a unos familiares lejanos en el que ella había acompañado a su señora. Oí cómo la señora Archer hablaba con un tono de amarga insolencia, hecho que yo hubiera considerado una razón suficiente para un despido inmediato. No hubo ningún despido, al contrario. Bertha pareció resignarse en silencio con molestias personales ante las muestras del genio de esta mujer. Me quedé de una pieza al observar que su enfermedad parecía un motivo para requerir los cuidados de Bertha, que ella permanecía al lado de su cama noche y día y no permitía a nadie más que hiciera de enfermera. Ocurrió que nuestro médico de cabecera se había ido de vacaciones, un imprevisto que hizo que la presencia de Meunier en la casa fuera bienvenida. Aparentemente él mostró un interés por el caso que parecía ir más allá que (p.48) el tacto profesional y ordinario, por lo que, un día, cuando él llevaba bastante rato ya en silencio después de visitarla, le dije:

 «¿Es este un caso de enfermedad muy peculiar, Meunier?».

 «No respondió es un ataque de peritonitis irreversible, pero que físicamente no difiere de muchos otros casos que he examinado. Sin embargo, te diré lo que tengo en mente. Quiero hacer un experimento con esta mujer si me das tu consentimiento. No le puedo hacer ningún daño, ni le causaré dolor alguno, ya que no lo llevaré a cabo hasta que su vida se haya extinguido y no pueda sentir nada. Quiero comprobar el resultado de transfundir sangre en sus arterias unos minutos después de que su corazón haya dejado de latir. He probado este experimento una y otra vez con animales que han muerto de esta enfermedad, obteniendo resultados sorprendentes, y quiero probarlo con un ser humano. Tengo los pequeños tubos que se necesitan en un estuche que llevo conmigo y el resto del aparato podría prepararlo rápidamente. Usaré mi propia sangre, la extraeré de mi brazo. Esta mujer no pasará de esta noche, estoy convencido. Quiero que me prometas que asistirás al experimento. No puedo hacerlo si alguien no me ayuda, y quizá no sería apropiado llamar a un asistente médico de esos doctores provincianos. Se podría propagar una versión desagradablemente disparatada».

 «¿Has hablado de esto con mi mujer? dije yo porque ella parece sentirse peculiarmente sensible con esta mujer; ha sido su sirvienta predilecta».

 «Si te he de ser sincero dijo Meunier no quiero que ella lo sepa. En estos casos siempre surgen dificultades inevitables con las mujeres y el efecto en el cuerpo supuestamente muerto puede ser sobrecogedor. Tú y yo nos turnaremos para velarla y lo prepararemos todo. Cuando se manifiesten ciertos síntomas, entrarás en la estancia y nos las arreglaremos para sacar a quien sea de la habitación».

 Después de esto, él permaneció en silencio, mirando el fuego con un aire absorto, hasta que, de nuevo, subió al piso de arriba. (p.49) Estuvo ausente más tiempo de lo normal y, al regresar, me dijo en voz baja: «Ven, ahora».

 Le seguí a la habitación por donde la muerte estaba rondando. Los oscuros cortinajes de la espaciosa cama formaban un fondo que confería un marcado relieve a la pálida cara de Bertha. Esta, cuando me vio entrar, miró a Meunier con una expresión de airada indignación, pero él levantó su mano como para imponer silencio mientras fijaba su mirada en la moribunda y le tomaba el pulso. Tenía el rostro contraído y cadavérico, se deslizaba un sudor frío por la frente y los párpados estaban caídos, casi para ocultar los grandes ojos oscuros. Después de uno o dos minutos, Meunier se trasladó al otro lado de la cama donde estaba Bertha, y con el aire usual de apacible educación que mostraba hacia ella, le suplicó que dejara a la paciente bajo nuestros cuidados se haría todo lo posible , pues ella ya no podía ser consciente de una compañía cariñosa. Bertha dudaba aparentemente, deseaba creer lo que él había dicho y obedecer. Miró el rostro cadavérico y agonizante como para leer en él la confirmación de lo que le había dicho, pero por un instante, los caídos parpados volvieron a alzarse y pareció como si los ojos mirasen hacia Bertha, aunque estaban en blanco. Un temblor recorrió la figura de Bertha, lo que le hizo regresar a su lugar, cerca de la almohada, implicando tácitamente que no abandonaría la habitación.

 Los párpados ya no se levantaron más. En una ocasión, miré a Bertha mientras ella contemplaba la cara de la moribunda. Llevaba un rico peignoir y su cabello rubio estaba parcialmente cubierto por un tocado de encaje; en su atavío era, como siempre, una mujer elegante, apta para figurar en un cuadro de la vida aristocrática moderna; pero yo me preguntaba a mí mismo, ¿cómo esa cara suya me podía alguna vez haber parecido el rostro de una mujer nacida de otra, con recuerdos de su niñez, capaz de sentir dolor, ávida de caricias? Los rasgos en este momento parecían tan extraordinariamente aguzados, los ojos tan duros y anhelantes, que parecía un cruel (p.50) inmortal que hallara su festín espiritual en las agonías de una estirpe moribunda. De un extremo a otro de esos afilados rasgos surgió un extraño esplendor cuando el último suspiro fue jadeado, observado, entonces, todos nosotros observamos cómo el velo oscuro había caído por completo. ¿Qué secreto había entre Bertha y esa mujer? Aparté mis ojos de ella, con un temor horrible a que mi percepción volviera a manifestarse y fuera testigo visionario de lo que habían estado engendrando dos corazones de mujeres incapaces de amar. Observé que Bertha había estado pendiente del momento de la muerte para sellar su secreto: di gracias al cielo de que siguiera permaneciendo sellado para mí.

 Meunier dijo en voz baja: «Ha muerto». Entonces ofreció su brazo a Bertha y ella aceptó ser conducida fuera de la estancia.

 Supongo que fue por orden suya por lo que dos ayudantes femeninas entraron en la habitación y despidieron a la más joven que había estado allí antes. Cuando entraron, Meunier ya había abierto la arteria del largo y delgado cuello que yacía rígido sobre la almohada, y yo las despedí ordenándoles que permanecieran alejadas de allí hasta que les avisáramos. El doctor, dije, tenía que llevar a cabo una operación, no estaba seguro de la causa de la muerte. Durante los veinte minutos que siguieron me olvidé de todo, excepto de Meunier y del experimento, con el que estaba tan absorbido, y cuyos pensamientos estaban encerrados en sí mismos contra todos los ruidos e imágenes que no estuvieran relacionados con ello.

 Al principio, mi tarea era la de mantener la respiración artificial en el cuerpo, después de haber sido efectuada la transfusión, pero luego Meunier me relevó y pude ver el lento y asombroso retorno de la vida; el pecho empezó a henchirse, las inspiraciones se hicieron cada vez más fuertes, los párpados palpitaron y parecía que tras ellos el alma había regresado. Se dejó de hacer la respiración artificial; continuaba la aspiración y se produjo un movimiento en los labios.

 Concretamente entonces, sentí cómo se movía la manecilla (p.51) de la puerta: supongo que Bertha se había enterado por las mujeres que habíamos despedido; probablemente se había despertado un vago temor en su mente, pues entró en la habitación con una mirada de espanto. Se acercó al pie de la cama y emitió un grito sofocado.

 Los ojos de la muerta estaban abiertos y coincidieron con los suyos, reconociéndola; el reconocimiento del odio. Con un esfuerzo repentinamente fuerte, la mano que Bertha había creído que estaba inerte para siempre, la señalaba y la cara macilenta se movió. La voz entrecortada e impaciente dijo:

 «Querías envenenar a tu marido... el veneno esta en el sécrétaire negro... lo tengo para ti... te reíste de mí y contaste mentiras acerca de mí a mis espaldas, para perjudicarme... porque sentías celos... ¿te arrepientes... ahora?».

 Los labios seguían murmurando, pero los sonidos ya no eran inteligibles. Al poco rato ya no hubo más sonidos, sólo un débil movimiento: la llama se había encendido y se estaba extinguiendo con rapidez. Las fibras del corazón de la desdichada mujer habían sido accionadas para el odio y la venganza; el espíritu de la vida había recorrido los acordes durante un instante y de nuevo se había alejado para siempre. ¡Dios mío! ¿Es eso lo que es el vivir de nuevo... despertar con sed insaciable por encima de nosotros, con nuestras calladas maldiciones saliendo de nuestros labios, con nuestros músculos dispuestos a acabar sus pecados medio cometidos?

 Bertha estaba en pie, ante la cama, temblando y desvalida, falta de recursos, como un animal sagaz cuyos escondites se ven rodeados por una llama que avanza con rapidez. Incluso Meunier parecía haberse quedado paralizado; en ese momento la vida había dejado de ser un problema científico para él. Respecto a mí, esta escena parecía algo tejido al resto de mi existencia; el horror me resultaba de sobra conocido y esta nueva revelación no era más que un viejo dolor que de nuevo volvía a presentarse en circunstancias diferentes.

 Desde entonces, Bertha y yo hemos vivido separados, ella en su propia (p.52) vecindad, dueña de la mitad de nuestros bienes y yo como un vagabundo en países extranjeros, hasta que llegué a este nido de Devonshire para morir. Bertha vive despertando admiración y lástima. ¿Qué podría tener yo en contra de esa mujer encantadora con quien todos, excepto yo, podían haber sido felices? No hubo testigos en la escena de la habitación mortuoria excepto Meunier, y mientras Meunier vivió, sus labios permanecieron sellados por la promesa que me hizo.

 En una o dos ocasiones, cansado ya de vagabundear, descansaba en un lugar favorito y mi corazón contemplaba a los hombres y mujeres, y a los niños cuyos rostros me iban resultando familiares; pero de nuevo me alejaba aterrorizado al pensar que mi vieja introspección podía volver, alejado para vivir continuamente con la Presencia Desconocida, revelada y, sin embargo, oculta por la ondulante cortina del cielo y de la tierra. Hasta que al fin la enfermedad me anuló y obligó a descansar aquí, sometido a vivir dependiendo de mis sirvientes. A partir de entonces, el curso de mi introspección, de mi doble conciencia, vino de nuevo y ya no me ha vuelto a abandonar jamás. Conozco todos sus estrechos pensamientos, su endeble respeto, su compasión medio fastidiosa.

 Es el 20 de septiembre de 1850. Conozco estas imágenes que acabo de describir como si fueran una inscripción larga y conocida. Las he visto en esta página, sobre mi mesa, innumerables veces, cuando la (p.53) escena de mi forcejeo con la muerte se ha abierto ante mí..

FIN