LIBRO

 

 

Armadale

WILKIE COLLINS

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(p.1)

 

LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO I

LOS VIAJEROS

 En el balneario de Wildbad, se abría la temporada de mil ochocientos treinta y dos.

 Las sombras de la noche empezaban a acumularse sobre la pequeña y tranquila ciudad alemana; la diligencia iba a llegar de un momento a otro. Delante de la puerta del edificio principal, hallábanse reunidos, esperando la llegada de los primeros visitantes del año, los tres personajes más importantes de Wildbad en compañía de sus esposas: el alcalde, que representaba a la población; el médico, como portavoz del balneario, y el propietario, en representación de su propio establecimiento. Apartados de este círculo selecto y formando alegres grupos en la bien cuidada plazuela de delante de la posada, los habitantes de la población se mezclaban aquí y allá con los campesinos, ataviados con sus pintorescos trajes alemanes y que esperaban plácidamente la llegada de la diligencia: los hombres, con chaqueta corta y negra, calzón negro ajustado y sombrero de castor de tres picos; las mujeres, con los rubios cabellos colgando en una gruesa trenza sobre la espalda y el talle de los cortos vestidos de lana púdicamente subido hasta debajo de los omóplatos. Alrededor de este grupo correteaban en perpetuo movimiento bandadas de chiquillos rollizos y de pelo albino; al mismo tiempo, misteriosamente apartados del resto de los moradores, los músicos del balneario permanecían tranquilos en un rincón olvidado, mientras esperaban la aparición de los primeros visitantes para tocar la serenata que abriría la temporada. La luz de aquel atardecer de mayo brillaba todavía en las cimas de los altos y frondosos montes que custodiaban la ciudad a derecha e izquierda, y la fresca brisa que sopla antes de ponerse el sol traía el penetrante perfume balsámico de los abetos de la Selva Negra.

 -Señor posadero -dijo la esposa del alcalde, dando al propietario el tratamiento adecuado-, ¿llegará algún huésped extranjero este primer día de la temporada?

 -Señora alcaldesa -respondió el posadero, devolviéndole el cumplido-, van a llegar dos. Me escribieron, el uno por medio de su criado y el otro creo que de su puño y letra, para reservar sus habitaciones. A juzgar por sus apellidos, creo  (p.2) que ambos vienen de Inglaterra. No pronunciaré sus nombres, porque se me trabaría la lengua; pero si quiere que los deletree, ahí van, letra por letra, por el orden en que llegaron las cartas. El primero, un extranjero de alto linaje (tiene el título de mister), lleva un apellido de ocho letras: A, r, m, a, d, a, l, e, y viene enfermo en su propio carruaje. El segundo, un extranjero de alta cuna (también con título de mister), tiene un apellido de cuatro letras: N, e, a, l, y viaja enfermo en la diligencia. Su excelencia de ocho letras me escribió (por medio de su criado) en francés; su excelencia de cuatro letras lo hizo en alemán. Las habitaciones de ambos están preparadas. No sé nada más.

 -Quizá -sugirió la esposa del alcalde- el señor doctor tendrá más noticias de uno o de los dos ilustres extranjeros, ¿no?

 -Sólo de uno de ellos, señora alcaldesa; pero para ser precisos, no las he recibido directamente de él. Me han enviado un informe médico sobre su excelencia de ocho letras, y su estado parece grave. ¡Que Dios le ayude!

 -¡La diligencia! -gritó un chiquillo, apartado de la multitud.

 Los músicos prepararon sus instrumentos y se hizo el silencio en la comunidad. Desde el lejano y serpenteante camino de la boscosa garganta, llegó, débil pero inconfundible, el campanilleo de los cascabeles en la quietud del anochecer. ¿Cuál sería el carruaje que se aproximaba? ¿El coche particular que traía a Mr. Armadale, o la diligencia donde viajaba Mr. Neal?

 -¡Tocad, amigos míos! -indicó el alcalde a los músicos-. Sea la diligencia o el coche particular, nos trae a los primeros enfermos de la temporada. ¡Que nos encuentren alegres!

 La banda empezó a tocar una animada pieza bailable y los chiquillos que estaban en la plaza patalearon alegremente al compás de la música. En el mismo momento, los mayores que estaban cerca de la puerta de la posada se apartaron a un lado y se proyectó la primera sombra de tristeza sobre la alegría y la belleza de la escena. Por la abertura que se había formado avanzó una pequeña procesión de robustas mozas campesinas, tirando cada cual de una silla de ruedas vacía; todas se quedaron esperando (y haciendo calceta) a los infelices tullidos que en aquella época llegaban a cientos -al igual que ahora-, en busca de alivio para sus males en las aguas de Wildbad.

 Mientras tocaba la banda, mientras bailaban los chiquillos, mientras crecía el zumbido de los muchos que hablaban, mientras las jóvenes y vigorosas enfermeras de los pacientes que iban a llegar hacían calceta, imperturbables, la insaciable curiosidad femenina sobre otras mujeres se manifestó en la esposa del alcalde. Se llevó aparte a la posadera y acto seguido le susurró una pregunta.

 -Una palabra más, señora, sobre los dos extranjeros que vienen de Inglaterra. ¿Se muestran explícitos en sus cartas? ¿Les acompaña alguna mujer?

 -Al de la diligencia, no -respondió la posadera-. Pero sí al del coche particular. Éste trae un chiquillo, una enfermera y -concluyó la posadera, reservándose taimadamente la noticia más interesante para el final- a su esposa.

 La alcaldesa se animó, la mujer del médico (que asistía a la conferencia) se animó también y la posadera asintió de modo significativo. En la mente de las tres surgió simultáneamente el mismo pensamiento: «¡Veremos la moda!» Un instante más tarde la multitud se agitó y un coro de voces anunció que los viajeros estaban a punto de llegar.

 Ahora se veía ya el vehículo que se aproximaba y se desvanecieron todas las dudas. Era la diligencia, que se acercaba por la larga calle que conducía a la plaza; la diligencia, que con su nueva y brillante capa de pintura amarilla, dejaría en la posada a los primeros visitantes de la temporada. De los diez viajeros que ocupaban los compartimientos central y posterior (procedentes todos ellos de diversas regiones de Alemania), tres inválidos fueron sacados del carruaje y sentados en las sillas de ruedas, para ser conducidos enseguida a sus alojamientos en la ciudad. En el compartimiento de delante, sólo había dos pasajeros: Mr. Neal y su criado. Apoyándose con los brazos a ambos lados de la portezuela, el extranjero (cuya dolencia parecía limitada a flojedad en un pie) consiguió bajar con bastante facilidad los escalones del carruaje. Mientras recobraba el equilibrio con ayuda del bastón y miraba sin demasiada complacencia a los músicos que le obsequiaban con el vals de Der Freischutz, su aspecto personal enfrió bastante el entusiasmo del pequeño y amistoso círculo que se había formado para darle la bienvenida. Era un hombre enjuto, alto, grave, entrado en años, de fríos ojos verdes y alargado labio superior, de cejas hirsutas y pómulos prominentes; un hombre que parecía lo que era: un escocés de los pies a la cabeza.

 -¿Dónde está el dueño de este hotel? -preguntó en alemán, hablando fluida y rápidamente, y con gélidos modales-. Vaya en busca del médico -continuó, cuando se hubo presentado el posadero-. Quiero verlo de inmediato.

 -Aquí estoy, señor -se anunció el médico, separándose del círculo de amigos-. A su entera disposición.

 -Gracias -dijo Mr. Neal, observando al médico como habría mirado cualquiera de nosotros a un perro que hubiese acudido a su silbido-. Mañana acudiré con mucho gusto a su consulta, a las diez, para hablarle de mi caso. Ahora sólo le molestaré con un mensaje que me he comprometido a transmitirle. Por el camino alcanzamos un carruaje en el que viajaba un caballero, creo que inglés, que parecía gravemente enfermo. La dama que le acompañaba me suplicó que, a mi llegada, le viese inmediatamente a usted y le pidiese ayuda profesional para bajar al paciente del coche. Su guía sufrió un accidente y tuvo que quedarse en  (p.3) la carretera y ellos tienen que viajar con mucha lentitud. Si aguarda usted aquí durante una hora, podrá recibirlos. Este es el mensaje. Pero ¿quién es este caballero que parece interesado en hablar conmigo? ¿El alcalde? Si desea usted ver mi pasaporte, señor, mi criado se lo mostrará. ¿No? ¿Quiere darme la bienvenida y ofrecerme sus servicios? Esto me halaga muchísimo. Pues bien, si goza de alguna autoridad para abreviar la actuación de la banda municipal, me haría un gran favor. Mis nervios se irritan fácilmente y me molesta la música. ¿Dónde está el posadero? No, quiero ver mis habitaciones. No necesito su brazo, puedo subir la escalera sin más ayuda que la de mi bastón. Señor alcalde y señor doctor, no es preciso que nos entretengamos más. Les deseo buenas noches.

 Tanto el alcalde como el médico se quedaron mirando al escocés, que subía cojeando la escalera, y ambos sacudieron la cabeza en un gesto de muda desaprobación. Las damas, como de costumbre, fueron un poco más lejos y expresaron lisa y llanamente su opinión. A su entender se trataba de la escandalosa conducta de un hombre que había hecho caso omiso de su presencia. La señora alcaldesa sólo podía atribuir este ultraje a la ferocidad innata de un salvaje. La esposa del médico sostenía un criterio todavía más duro y lo consideraba fruto de la innata brutalidad de un cerdo.

 La hora de espera del coche iba transcurriendo y la noche trepaba sigilosamente por las laderas de los montes. Una a una fueron apareciendo las estrellas, y las primeras luces centellearon en las ventanas de la posada. Cuando reinó la oscuridad, los últimos ociosos abandonaron la plaza, el imponente silencio del bosque descendió al valle y, súbita y extrañamente, hizo callar a la pequeña ciudad solitaria.

 La hora de espera tocó a su fin y el médico, que paseaba inquieto arriba y abajo, era el único ser viviente que permanecía todavía en la plaza. Pasaron cinco, diez, veinte minutos, según el reloj del doctor, antes de que el primer ruido rompiese el silencio de la noche anunciando la llegada del coche. Éste entró despacio en la plaza, con los caballos al paso, y se detuvo, como habría podido hacerlo un coche fúnebre, ante la puerta de la posada.

 -¿Está aquí el médico? -preguntó en francés una voz de mujer desde la oscuridad del carruaje.

 -Aquí estoy, señora -respondió el doctor, quien tomó una linterna de manos del posadero y abrió la portezuela del coche.

 El primer rostro que iluminó la linterna fue el de la dama que acababa de hablar, una joven de belleza misteriosa, en cuyos ojos negros y angustiados brillaban lágrimas espesas. La segunda cara que apareció fue la de una vieja y apergaminada negra, sentada frente a la dama en el asiento posterior. Después vio a un niño que dormía en la falda de la negra. Con rápido e impaciente ademán, la dama ordenó a la niñera que se apease del coche con el pequeño.

 -Le ruego que se los lleve de aquí -pidió a la posadera- y los conduzca a su habitación.

 Cuando se hubo cumplido la orden, bajó a su vez del coche. Entonces, por primera vez, la linterna alumbró de lleno el fondo del carruaje y descubrieron al cuarto viajero.

 Éste yacía inerte en un colchón colocado sobre una camilla; un gorro negro sujetaba sus cabellos largos y revueltos, los ojos desorbitados y angustiados miraban constantemente a un lado y otro; el resto de la cara, desprovista de toda expresión que pudiese revelar su carácter o sus pensamientos, parecía la de un muerto. Mirándole en aquel estado, nadie habría podido adivinar lo que había sido antaño. El rostro plomizo e inexpresivo respondía con un silencio impenetrable a preguntas que en otro tiempo habría contestado sobre su edad, su categoría, su temperamento y su aspecto. No había nada que hablase ahora por él, salvo el ataque que le había sumido en la muerte en vida de la parálisis. El médico interrogó con la mirada a los miembros inferiores, y la Muerte en Vida le respondió: «Aquí estoy.» La mirada del médico continuó por las manos y los brazos, y subió, subió, interrogadora, hasta los músculos de la boca, y la Muerte en Vida le contestó: «Ya vengo.»

 Frente a una calamidad tan despiadada y tan terrible, no había nada que decir. La mujer que lloraba junto a la portezuela del coche no podía recibir más que una ayuda silenciosa y compasiva.

 Mientras lo transportaban en camilla a través del vestíbulo del balneario, la mirada errante del enfermo tropezó con el rostro de la esposa. Lo observó fijamente durante un momento y entonces el hombre habló.

 -¿Y el niño? -preguntó en inglés, con lengua estropajosa, articulando lenta y fatigosamente las palabras.

 -Está a salvo en el piso de arriba -respondió débilmente ella.

 -¿Y mi portafolios?

 -Lo tengo yo. ¡Mira! No se lo voy a confiar a nadie. Yo me encargo de él.

 Al oír esta respuesta, el hombre cerró los ojos por primera vez y ya no dijo más. Cariñosa y hábilmente, lo condujeron arriba, con su esposa a un lado y el médico, que guardaba un siniestro silencio, al otro. El posadero y los criados que le seguían vieron abrirse y cerrarse detrás de él la puerta de la habitación; oyeron que, al quedarse a solas con el médico y el enfermo, la dama prorrumpía en histéricos sollozos; media hora después, vieron salir al doctor, con su cara rubicunda un poco más pálida que de costumbre; le apremiaron impacientes, para que les diese información, pero sólo les contestó:

 -Esperen a que le examine mañana. Esta noche, no me pregunten nada.

 Todos conocían el carácter del médico y consideraron de mal agüero que se marchase apresuradamente después de aquella respuesta.

 Así llegaron al balneario de Wildbad los dos primeros visitantes ingleses de aquella temporada  (p.4) de mil ochocientos treinta y dos.

CAPÍTULO II

LA SOLIDEZ DEL CARÁCTER ESCOCÉS

 A las diez de la mañana siguiente, Mr. Neal, que esperaba la visita del médico a esta hora fijada por él mismo, consultó el reloj y descubrió, para su asombro, que estaba esperando en vano. Eran casi las once cuando al fin se abrió la puerta y el médico entró en la habitación.

 -Había fijado su visita para las diez -comentó Mr. Neal-. En mi país, los médicos son puntuales.

 -Pues en el mío -replicó el doctor sin enfadarse en absoluto- los médicos somos exactamente como los demás: estamos a merced de las circunstancias. Le ruego que me disculpe, señor, por haberme retrasado tanto; me ha entretenido un caso muy doloroso, el de Mr. Armadale, cuyo carruaje adelantaron ustedes ayer en la carretera.

 Mr. Neal miró al médico que le atendía con agria sorpresa. Había en los ojos del doctor una ansiedad y una preocupación latente en sus modales que no acertaba a explicarse. Por un instante, las dos caras se enfrentaron en silencio y ofrecieron un marcado contraste nacional: la del escocés, larga y escuálida, dura y regular; la del alemán, rolliza y colorada, blanda e indefinida. La primera parecíano haber sido nunca joven; la segunda se diría que nunca iba a envejecer.

 -¿Me permite recordarle -dijo Mr. Neal- que el caso que ahora nos ocupa es el mío y no el de Mr. Armadale?

 -Desde luego -respondió el doctor, vacilando todavía entre el paciente que venía a ver y el que acababa de dejar-. Parece que sufre usted de cojera. Déjeme examinarle el pie.

 La dolencia de Mr. Neal, por muy grave que pudiese ser según su propio criterio, revestía poca importancia desde el punto de vista médico. El hombre padecía una afección reumática en el tobillo. Se formularon y respondieron las preguntas necesarias, y se prescribieron los baños adecuados. La consulta terminó en diez minutos y el paciente esperó, en elocuente silencio, que el médico se marchase.

 -Comprendo -dijo el médico, que se levantó y vaciló un poco- que le estoy incomodando. Pero me veo obligado a rogarle que me disculpe si vuelvo al tema de Mr. Armadale.

 -¿Puedo preguntarle qué le obliga a hacerlo?

 -Mi deber de cristiano para con un moribundo -respondió el doctor.

 Mr. Neal cambió de actitud.  (p.5) El sentimiento del deber religioso era el más arraigado en su naturaleza.

 -Lo que acaba de decirme merece mi atención -dijo gravemente-. Disponga de mi tiempo.

 -No abusaré de su gentileza -dijo el médico, sentándose de nuevo-. Seré lo más breve posible. Resumiendo, el caso de Mr. Armadale es el siguiente: ha pasado la mayor parte de su vida en las Indias Occidentales; una vida desenfrenada y viciosa, según su propia confesión. Poco después de casarse, hará de ello unos tres años, empezaron a manifestarse los primeros síntomas de una inminente parálisis, y sus médicos le aconsejaron que se fuese de allí y probase el clima de Europa. Desde que abandonó las Indias Occidentales, ha vivido principalmente en Italia, sin ningún beneficio para su salud. Antes de sufrir el último ataque, se trasladó de Italia a Suiza, y de Suiza lo enviaron aquí. Es todo lo que sé por el informe de su médico; el resto procede de mi experiencia personal. Mr. Armadale ha venido a Wildbad demasiado tarde: virtualmente, es hombre muerto. La parálisis progresa rápidamente y afecta ya la parte inferior de la columna vertebral. Todavía puede mover un poco las manos, pero no es capaz de sostener nada en ellas. Puede articular palabras, pero el día menos pensado se despertará sin habla. Creo sinceramente que no tiene más de una semana de vida. A instancias del enfermo le he revelado, lo más delicadamente posible, lo mismo que acabo de decirle a usted. El resultado ha sido desolador; la agitación del paciente ha sido tan violenta que no podría describírsela. Me tomé la libertad de preguntarle si había descuidado las cuestiones de su herencia. En absoluto. Su testamento está en poder de su albacea en Londres y deja a su mujer y a su hijo en muy buena situación. Mi pregunta siguiente fue más afortunada; dio en el clavo: «¿Hay algo que desee hacer antes de morir y que no haya hecho aún?» Lanzó un profundo suspiro de alivio que me dijo «sí» mejor que con palabras. «¿Puedo ayudarlo?» «Sí. Hay algo que debo escribir. ¿Puede ayudarme a sujetar la pluma?» Igual habría podido pedirme que hiciese un milagro. Tuve que decirle que no. «Y si le dictase el texto -siguió diciendo-, ¿podría usted escribirlo?» Nuevamente tuve que decirle «No». Comprendo un poco el inglés, pero no sé hablarlo y menos escribirlo. Mr. Armadale entiende el francés cuando se habla despacio, como le hablaba yo, pero no puede expresarse en este idioma e ignora por completo el alemán. Ante esta dificultad, le formulé la pregunta más obvia dada la situación: «¿Por qué me lo pide a mí? Mistress Armadale está a su disposición, en la habitación de al lado.» Pero antes de que pudiese levantarme de la silla para ir a buscarla, me detuvo, no con palabras, sino con una mirada de horror que me dejó clavado en mi sitio, lleno de asombro. «Seguro que su esposa es la más indicada para escribir por usted, ¿no cree?», le dije. «¡Por nada del mundo!», me respondió. «¡Cómo! -le dije-. ¿Me pide a mí, a un extranjero desconocido, que escriba a su dictado unas palabras que mantiene secretas para su esposa?» Comprenda cuál fue mi asombro cuando me respondió, sin vacilar un instante: «Sí.» Yo estaba perplejo y guardé silencio. «Si usted no sabe escribir en inglés, busque alguien que pueda hacerlo.» Traté de protestar, pero él lanzó un gemido espantoso; una súplica sin palabras, como el aullido de un perro. «¡Silencio! ¡Silencio! -le rogué-. ¡Ya encontraré a alguien!» «¡Tiene que ser hoy! -gritó-. Antes de que me falle la lengua como me falla la mano.» «Está bien, hoy, dentro de una hora.» Cerró los ojos y se tranquilizó inmediatamente. «Mientras espero -dijo-, déjeme ver a mi hijo.» No había mostrado la menor ternura al hablar de su esposa, pero vi lágrimas en sus ojos al pedir la presencia de su hijo. Mi profesión, señor, no me ha endurecido tanto como podría usted suponer y mi corazón de médico estaba tan apenado cuando fui en busca del chiquillo que parecía el de un lego en medicina. Temo que piense usted que soy demasiado débil.

 El médico miró a Mr. Neal con aire de súplica. Igual habría podido mirar una roca de la Selva Negra. Mr. Neal se negaba rotundamente a dejarse llevar por cualquier médico de la cristiandad fuera de la región de los hechos concretos.

 -Prosiga -dijo-. Presumo que todavía no me lo ha dicho todo.

 -Supongo que ahora comprende el objeto de mi visita, ¿no? -apuntó el médico.

 -Su objeto ha quedado, al fin, bastante claro. Me invita a intervenir a ciegas en un asunto que parece de lo más sospechoso. Me niego a darle una respuesta hasta saber más datos. ¿Consideró usted necesario informar a la esposa de ese hombre de lo que había pasado entre ustedes? ¿Le pidió una explicación?

 -¡Claro que lo creí necesario! -replicó el médico, indignado por la crítica a su ética que parecía implicar la pregunta-. Si alguna vez he visto una mujer enamorada de su marido y que sufra por él, es la infeliz Mrs. Armadale. En cuanto nos dejaron solos, me senté a su lado y le cogí la mano. ¿Por qué no había de hacerlo? Soy viejo y feo, puedo tomarme estas libertades.

 -Discúlpeme -dijo el imperturbable escocés-. Pero permítame indicarle que está perdiendo el hilo de su narración.

 -No es de extrañar -contestó el médico, recobrando su buen humor-. Perder constantemente el hilo es una costumbre de mi nación, como encontrarlo siempre es, evidentemente, típico de la suya. ¡He aquí un ejemplo del orden del universo y de la eterna armonía de las cosas!

 -¿Quiere hacerme el favor de ceñirse a los hechos de una vez? -insistió Mr. Neal, frunciendo impaciente el ceño-. ¿Puedo preguntarle, para mi debida información, si Mrs. Armadale le ha dicho qué quiere  (p.6) redactar su marido y por qué se niega éste a permitir que lo escriba ella?

 -Aquí está el hilo que había perdido, ¡gracias por encontrarlo! Mrs. Armadale me dijo textualmente: «Creo firmemente que no me concede su confianza por la misma razón que me ha cerrado siempre las puertas de su corazón. Soy su legítima esposa, pero no la mujer a quien ama. Cuando me casé con él, sabía que otro hombre le había quitado a su amada. Creí que podría hacer que la olvidase. Lo esperé cuando me casé con él, volví a esperarlo cuando le di un hijo. ¿Es necesario que le diga que he perdido toda esperanza, después de lo que ha visto usted con sus propios ojos?» Espere usted, señor, se lo suplico. No he vuelto a perder el hilo, lo estoy siguiendo palmo a palmo. «¿No sabe usted nada más?», le pregunté. Ella me respondió: «Es todo lo que sabía hasta hace muy poco tiempo. Cuando estábamos en Suiza, después de haberse agravado considerablemente su dolencia, se enteró por casualidad de que la otra mujer, la que ha sido sombra y veneno de mi vida, le había dado también un hijo. En el momento en que hizo este descubrimiento (insignificante, si algo podía serlo aún), un miedo mortal se apoderó de él; no por mí, ni por él mismo, sino por su hijo. El mismo día (sin decirme una palabra) envió a buscar al médico. Fui ruin, mala, lo que usted quiera, pero escuché detrás de la puerta. Oí que decía: "Tengo algo que decirle a mi hijo, cuando sea lo bastante mayor para comprenderme. ¿Viviré para contárselo?" El médico no quiso asegurarle nada. Aquella misma noche (todavía sin haberme dicho una palabra) se encerró en su habitación. ¿Qué habría hecho otra mujer en mi lugar, si la hubiesen tratado como a mí? Lo mismo que yo hice: escuchar una vez más. Y oí que decía para sí: "No viviré para contarlo. Debo escribirlo antes de morir." Oí que su pluma rascaba durante mucho rato el papel, le oí gemir y sollozar mientras escribía, le supliqué por Dios que me dejase entrar. La pluma cruel siguió arañando interminablemente, la pluma cruel era toda su respuesta. Esperé junto a la puerta, durante horas, no sé cuántas. De pronto, la pluma se detuvo, ya no se oía. Susurré por el ojo de la cerradura, sin levantar la voz; dije que tenía frío, que estaba cansada de tanto esperar; dije: " ¡Oh, amor mío, déjame entrar!" Esta vez, ni siquiera la pluma cruel me respondió: sólo el silencio. Con toda la fuerza de mis pobres manos, golpeé la puerta. Entonces subieron los criados y la forzaron. Demasiado tarde; el mal estaba hecho. Mientras escribía la carta fatal, había sufrido el ataque..., y le encontramos sobre aquella carta, paralizado como está ahora. Las palabras que quiere dictarle son las que habría escrito él si el ataque no se lo hubiese impedido. Desde entonces, hay un vacío en la carta, y es este vacío el que él le ha pedido que llenase.» Esto es lo que me ha dicho Mistress Armadale, y estas palabras son el resumen y el núcleo de toda la información que puedo darle. Dígame, señor, se lo suplico, si al fin he seguido el hilo de mi narración. ¿He conseguido demostrarle por qué he considerado necesario venir aquí desde el lecho de muerte de su compatriota?

 -Hasta ahora -dijo Mr. Neal- sólo me ha demostrado que se ha puesto nervioso. Éste es un asunto demasiado serio para tratarlo como usted lo hace ahora. Me ha implicado en esta cuestión e insisto en averiguar claramente cuál es mi posición. No levante las manos, que nada tienen que ver con esto. Si tengo que terminar esta misteriosa carta, ¿no considera prudente que pregunte de qué trata la misiva? Por lo visto, Mrs. Armadale le ha brindado un sinfín de detalles de su vida doméstica..., a cambio, supongo, de su cortés atención al cogerle la mano. ¿Puedo preguntarle qué le reveló sobre la carta de su marido, o al menos sobre el fragmento que éste escribió?

 -Mrs. Armadale no ha podido decirme nada -respondió el médico, con una súbita formalidad en sus modales que demostraba su impaciencia-. Antes de reponerse lo bastante para pensar en la carta, su marido le ordenó que la guardase bajo llave en su escritorio. Sabe que, desde entonces, ha intentado varias veces terminarla y que, otras tantas, la pluma le ha resbalado de los dedos. Sabe que, cuando allí no había nada que esperar, los médicos que le atendían le aconsejaron que probase las aguas de este lugar. Por último, comprende que toda esperanza es inútil..., porque sabe lo que le he dicho a su marido esta mañana.

 El enfado que se había pintado últimamente en el semblante de Mr. Neal se hizo más sombrío y acusado. Miró al médico como si éste le hubiese ofendido personalmente.

 -Cuanto más pienso en el favor que me pide usted, menos me gusta. ¿Puede asegurar, sin género de duda, que Mr. Armadale está en su sano juicio?

 -Sí; con toda la certeza que puede expresarse con palabras.

 -¿Aprueba su esposa que venga usted a pedir mi intervención?

 -Ha sido ella quien me ha enviado a usted, el único inglés que se aloja en Wildbad, a pedirle que escriba para su compatriota moribundo lo que no puede redactar él, ni podría escribir por él ninguno de los que estamos en este lugar.

 Esta respuesta puso a Mr. Neal entre la espada y la pared; pero incluso en aquel pequeño espacio, resistió todavía el escocés.

 -¡Espere un momento! -dijo-. Se ha expresado usted con energía, asegurémonos de que lo ha hecho también correctamente. Quiero tener la absoluta seguridad de que nadie, salvo yo, puede asumir esta responsabilidad. En primer lugar, Wildbad tiene un alcalde; un hombre que desempeña un cargo oficial que justificaría su intervención.

 -Un hombre entre mil -admitió el médico-. Pero tiene un defecto: sólo conoce su  (p.7) propio idioma.

 -Hay una legación inglesa en Stuttgart -insistió Mr. Neal.

 -Pero muchos kilómetros de bosque separan esta ciudad de Stuttgart -replicó el médico-. Si les enviásemos recado ahora mismo, no recibiríamos ayuda de la legación hasta mañana; y lo más probable, dado el estado del moribundo, es que mañana no pueda articular palabra. No sé si su última voluntad puede ser inocua o perjudicial para su hijo y para otros, pero sé que debe cumplirse ahora o nunca, y usted es el único que puede ayudarle.

 Esta tajante declaración puso fin a la discusión. Colocó a Mr. Neal ante la alternativa de aceptar y cometer una imprudencia, o negarse y cometer una acción inhumana. Durante unos minutos, reinó el silencio. El escocés reflexionaba gravemente y el alemán le observaba con igual seriedad.

 La responsabilidad de la última palabra correspondía a Mr. Neal y, al cabo de un rato, éste la asumió. Se levantó del sillón; el mal humor se reflejaba en el fruncimiento de sus cejas hirsutas y en las arrugas que se habían formado junto a las comisuras de los labios.

 -Me encuentro en una posición forzada -espetó-. No tengo más remedio que aceptar.

 El carácter impulsivo del médico se rebeló contra la despiadada brevedad y la brusquedad de la respuesta.

 -¡Por Dios que quisiera saber suficiente inglés para acudir junto al lecho de Mr. Armadale en lugar de usted! -exclamó airadamente.

 -No tome el nombre del Todopoderoso en vano -contestó el escocés-. Pero estoy de acuerdo con usted. ¡Ojála lo conociese!

 Sin añadir palabra, ambos salieron de la habitación, el médico en primer lugar.

CAPÍTULO III

EL NAUFRAGIO DEL BARCO MADERERO

 Nadie respondió a la llamada del médico cuando éste y su acompañante llegaron a la antecámara de los aposentos de Mr. Armadale. Entraron sin que los invitaran y vieron que el cuarto de estar estaba vacío.

 -Debo ver a Mrs. Armadale -dijo Mr. Neal-. Me niego a actuar en este asunto si Mrs. Armadale no me da personalmente su autorización.

 -Lo más probable es que Mrs. Armadale esté con su marido -respondió el médico. Mientras hablaba, se acercó a la puerta del fondo del cuarto de estar; vaciló... dio media vuelta y miró con inquietud a su hosco acompañante-.  (p.8) Lamento, señor, haberle hablado con cierta aspereza cuando salimos de su habitación. Le pido perdón por ello, de todo corazón. Pero, antes de que veamos a esa pobre y afligida dama, ¿me... me disculpará si le pido que la trate con la máxima amabilidad y consideración?

 -No, señor -repuso secamente el otro-. No le disculpo. ¿Qué derecho tiene a pensar que carezco de cortesía y de amabilidad hacia quien sea?

 El médico comprendió que era inútil.

 -Le pido perdón de nuevo -suspiró con resignación y dejó solo al intratable extranjero.

 Mr. Neal se acercó a la ventana y se quedó plantado allí, contemplando mecánicamente el paisaje y preparando su mente para la entrevista que iba a celebrar.

 Era mediodía; resplandecía el sol, brillante y cálido, y todo el pequeño mundo de Wildbad bullía alegre y animado en el reconfortante ambiente de la primavera. Una y otra vez, pesados carros conducidos por carreteros de rostro renegrido pasaban por delante de la ventana, transportando su preciosa carga de carbón desde la Selva. Una y otra vez, arrastrados por la impetuosa corriente del río que cruzaba la ciudad, grandes troncos de árboles, flojamente sujetos entre sí con cuerdas y en series interminables -con los almadieros calzados con botas y armados de pértigas, plantados, alertas, en ambos extremos-, se deslizaban veloces y serpenteando ante las casas, en dirección al lejano Rin. Altas y escarpadas, dominando los tejados en arista de las casas de madera de la orilla del río, las grandes laderas de los montes, empenachados de negro por los abetos, resplandecían bajo el brillante cielo con el lustroso esplendor de su verdor. Aquí y allá, donde los senderos del bosque dejaban el herbazal para introducirse entre los árboles y volver luego, los llamativos vestidos primaverales de mujeres y niños que buscaban flores silvestres se movían en la majestuosa lejanía como destellos móviles de luz. Allá abajo, en el paseo junto al río, los tenderetes del pequeño almacén, que había entrado puntualmente en actividad al iniciarse la temporada, exhibían sus brillantes chucherías y hacían ondear en el aire embalsamado sus gallardetes multicolores. Los niños observaban anhelantes aquel espectáculo; las muchachas, pacientemente, hacían calceta mientras deambulaban por el paseo; los transeúntes de la ciudad, en grupos de cuatro o cinco, y los forasteros, solos o emparejados, se saludaban cortésmente, sombrero en mano; y lentamente, muy lentamente, los tullidos y los inválidos, salían en las sillas de ruedas al apogeo del mediodía, como todos los demás, y compartían con ellos la bendita luz que alegra, el bendito sol que brilla para todos.

 El escocés contemplaba esta escena sin advertir su belleza, cerrada la mente a las lecciones que ésta le brindaba. Meditaba, una a una, las palabras que diría cuando entrase la esposa. Sopesaba, una a una, las condiciones que pondría antes de tomar la pluma junto al lecho del marido.

 -Mrs. Armadale está aquí -anunció la voz del médico, interrumpiendo súbitamente las reflexiones del hombre.

 Mr. Neal se volvió al instante y vio ante sí, iluminada por la pura luz del mediodía, a una mujer que llevaba sangre europea y africana en las venas, de delicadas facciones nórdicas y con un semblante que mostraba el rico color del sur; una mujer en todo el esplendor de su belleza, que se movía con gracia innata y tenía una fascinación también innata en la mirada. Sus grandes y lánguidos ojos se posaban en él, agradecidos, mientras le tendía una mano pequeña y morena, en muda expresión de gratitud, como si diera la bienvenida a un amigo. Por primera vez en su vida, el escocés fue pillado por sorpresa. Todas las frases preventivas que había rumiado hacía sólo un instante desaparecieron de su mente. Su triple coraza habitual de recelo, disciplina y reserva, que nunca lo había abandonado en presencia de una mujer, se desprendió delante de ésta y le dejó postrado y rendido a sus pies. Tomó la mano que ella le ofrecía y se inclinó en silencio, en el primer homenaje sincero que rendía al bello sexo.

 Ella vaciló. La rápida perspicacia femenina que, en otras circunstancias más felices, le habría hecho descubrir en un instante el secreto de la turbación del hombre, le falló en esta ocasión. Atribuyó a altivez la extraña manera en que él la había recibido; a repugnancia, a cualquier causa, menos a la inesperada revelación de su belleza.

 -No tengo palabras para agradecerle -dijo con voz débil, tratando de congraciarse con él-. Si tratase de hablar, sólo le causaría aflicción.

 Le temblaron los labios, se apartó un poco y volvió la cabeza en silencio.

 El médico, que se había mantenido apartado observando desde un rincón, se adelantó y, anticipándose a Mr. Neal, condujo a Mrs. Armadale a un sillón.

 -No le tenga miedo -murmuró el buen hombre, dándole unas afectuosas palmadas en el hombro-. Conmigo se ha mostrado duro como el hierro; pero su actitud me induce a pensar que, con usted, será blando como la cera. Dígale lo que le he indicado y conduzcámosle a la habitación de su marido antes de que pueda recobrar su vivo genio.

 Ella se armó de valor y fue al encuentro de Mr. Neal, acercándose a la ventana.

 -Mi amable amigo, el doctor me ha dicho, señor, que si usted ha dudado en venir ha sido por mi causa -dijo, bajando un poco la cabeza y palideciendo mientras hablaba-. Se lo agradezco infinito, pero le ruego que no piense en mí. Lo que mi esposo desea... -Le flaqueó la voz; hizo una pausa deliberada para recobrar el ánimo-. Lo que mi esposo desea en sus últimos momentos es también mi deseo.

 Ahora, Mr. Neal se había calmado lo bastante para responder. En voz baja y grave, le suplicó que  (p.9) no dijera más.

 -Sólo quise mostrarle toda mi consideración, y ahora sólo deseo evitarle cuanto pueda serle motivo de aflicción.

 Mientras hablaba, su rostro cetrino se coloreó ligera y lentamente. Ella le estaba mirando con sumisa atención y Mr. Neal recordó, con un sentimiento de culpa, lo que había estado pensando junto a la ventana antes de que ella entrase.

 El médico captó la oportunidad. Abrió la puerta que comunicaba con la habitación de Mr. Armadale y permaneció de pie junto a ella, esperando en silencio. Mrs. Armadale entró la primera. Un instante más tarde, la puerta volvió a cerrarse y Mr. Neal asumió, irremisiblemente, la responsabilidad que le había sido impuesta.

 La habitación estaba decorada según el llamativo estilo continental y el sol brillaba alegremente en el interior. Había cupidos y flores pintados en el techo, las cortinas de la ventana estaban sujetas con cintas brillantes, un elegante reloj dorado emitía su tictac sobre la repisa de la chimenea, cubierta de terciopelo; varios espejos resplandecían en las paredes y flores de todos los colores del arco iris daban brillo a la alfombra. En medio de aquellas galas, de aquel esplendor y de aquella luz, yacía el paralítico, de mirada extraviada y rostro inanimado. La cabeza descansaba sobre un montón de almohadas y las manos, ya inútiles, reposaban sobre la colcha como las de un cadáver. Junto a la cabecera de la cama, la apergaminada niñera negra permanecía de pie, triste, vieja, silenciosa. Sobre la colcha, entre las manos extendidas de su padre, el niño, con su vestidito blanco, se divertía, absorto, con un nuevo juguete. Cuando se abrió la puerta y entró Mrs. Armadale, el niño hacía pasar el juguete -un soldado a caballo- sobre las manos inmóviles tendidas junto a él, y los ojos errantes del padre seguían los movimientos con atención cautelosa y continua: la atención de un animal salvaje al acecho, amenazador.

 Cuando Mr. Neal apareció en el umbral de la puerta, aquellos ojos inquietos se detuvieron, miraron hacia arriba y se fijaron en el desconocido con expresión ansiosa e interrogadora. Poco a poco, los labios inmóviles iniciaron un movimiento forzado. Con articulación confusa y vacilante, tradujo en palabras la pregunta que sus ojos formulaban en silencio.

 -¿Es usted el hombre que he enviado a buscar?

 Mr. Neal se acercó a la cama; Mrs. Armadale se retiró cuando el extraño se aproximó y esperó con el médico al fondo de la habitación. El niño, sin soltar el juguete, levantó la cabeza al acercarse el desconocido, abrió los brillantes ojos castaños con momentáneo asombro y después continuó jugando.

 -Me han informado de la triste situación en que se encuentra, señor -empezó Mr. Neal-. He venido a ofrecerle mis servicios, unos servicios que, según me ha dicho su médico, sólo yo estoy en condición de prestarle en este extraño lugar. Me llamo Neal. Soy escribano en Edimburgo y creo poder asegurarle que, si deposita en mí su confianza, no se arrepentirá de ello.

 Ahora no le turbaban los ojos de la bella esposa. Hablaba al marido inválido con voz suave y grave, sin su aspereza habitual y en una actitud sería y compasiva que le presentaba en su mejor aspecto. La visión de aquel lecho de muerte lo había serenado.

 -¿Desea que escriba algo para usted? -continuó, después de esperar en vano una respuesta.

 -¡Sí! -replicó el moribundo, con toda la apremiante impaciencia que su lengua no podía expresar, pero que brillaba furiosamente en los ojos-. La mano ya no me responde, me estoy quedando sin habla. ¡Escriba!

 Antes de tener tiempo de replicar, Mr. Neal oyó el susurro de un vestido de mujer y el rápido chirrido de unas ruedecillas sobre la alfombra. Mrs. Armadale estaba trasladando la mesa escritorio a los pies de la cama. Si quería poner en práctica las medidas de protección que había previsto para salir con bien de aquello, fuera cual fuese el resultado, tenía que hacerlo entonces o nunca. De espaldas a Mrs. Armadale, formuló enseguida, sin darle más vueltas, su pregunta preventiva.

 -¿Puedo preguntar, señor, antes de tomar la pluma, qué desea usted que escriba?

 Los ojos irritados del paralítico brillaban con creciente intensidad. El hombre abrió los labios y los cerró de nuevo. No respondió.

 Mr. Neal ensayó otra pregunta preventiva, en una nueva dirección.

 -Cuando haya escrito lo que usted me dicte, ¿qué quiere que haga con ello?

 Esta vez hubo respuesta:

 -Que lo selle ante mí y lo envíe por correo a mi al...

 Su tartajeo se interrumpió de repente y el enfermo se quedó mirando lastimosamente a su interlocutor, buscando la palabra.

 -¿Quiere decir su albacea?

 -Sí.

 -Supongo que es una carta que habré de echar al correo, ¿no? -No obtuvo respuesta-. ¿Puedo preguntarle si modifica con ella su testamento?

 -En absoluto.

 Mr. Neal reflexionó un poco. El misterio se complicaba cada vez más. Hasta aquel momento, la única pista era la que se traslucía débilmente de la extraña historia de la carta inacabada que el médico le había referido repitiendo las palabras de Mrs. Armadale. Cuanto más se acercaba a su ignorada responsabilidad, más siniestro parecía lo que vendría después. ¿Debía arriesgarse a formular otra pregunta antes de comprometerse de manera irrevocable? Mientras se debatía en estas dudas, sintió el roce del vestido de seda de Mrs. Armadale en el costado. La delicada mano morena se le apoyó suavemente en el brazo, y los negros ojos africanos lo miraron suplicantes.

 -Mi marido está muy angustiado -murmuró la dama-. ¿Quiere usted tranquilizarlo, señor, tomando asiento detrás del escritorio?

 Era ella quien se lo pedía, la persona que tenía más motivos para vacilar,  (p.10) ¡la esposa a quien se negaba el conocimiento del secreto! Cualquier hombre que se hubiese hallado en la posición de Mr. Neal habría depuesto en el acto todas sus armas defensivas. El escocés las depuso todas, salvo una.

 -Escribiré lo que usted me dicte -claudicó, dirigiéndose a Mr. Armadale-. Lo sellaré ante usted y lo enviaré yo mismo a su albacea. Pero, al comprometerme a hacer esto, debo pedirle que recuerde que estoy actuando totalmente a ciegas, y le ruego que me disculpe si me reservo entera libertad de acción, una vez cumplido su deseo de redactar la carta y enviarla por correo.

 -¿Me da usted su palabra?

 -Se la daré, señor, con la condición que acabo de expresar.

 -Acepto su condición y mantenga usted su promesa. Mi portafolios -pidió después, mirando por primera vez a su esposa.

 Ella cruzó rápidamente la habitación en busca del portafolios, que estaba sobre una silla en un rincón del dormitorio. Al volver con la cartera de mano, hizo una seña a la negra, que permanecía en pie, ceñuda y callada, en el lugar donde había estado desde el principio. La mujer avanzó, obediente a la señal, para llevarse al niño de la cama. En el mismo instante en que lo tocó, los ojos del padre, que miraban fijamente el portafolios, se volvieron hacia ella con la cautelosa rapidez de un gato.

 -¡No! -dijo el hombre.

 -¡No! -repitió la fresca voz del niño, todavía entusiasmado con el juguete que manipulaba cómodamente sobre la cama.

 La negra salió de la habitación y el niño, con aire de triunfo, continuó haciendo trotar el jinete encima de la colcha arrugada sobre el pecho de su padre.

 La madre lo miró y su rostro adorable se contrajo al sentir la punzada de los celos.

 -¿Quieres que abra la cartera? -preguntó, apartando al mismo tiempo el juguete del niño, con brusco ademán.

 Su marido le respondió con una mirada que guió su mano al lugar donde se ocultaba la llave, bajo la almohada. Ella abrió el portafolios, en cuyo interior había varias hojas manuscritas prendidas con un alfiler.

 -¿Esto? -preguntó mientras las sacaba. -Sí-dijo él-. Ahora puedes marcharte. El escocés, sentado a la mesa, y el médico, que agitaba una mezcla estimulante en un rincón, se miraron con una inquietud que sus semblantes no lograron  (p.11) disimular. Se habían pronunciado las palabras que expulsaban a la esposa de la habitación. Había llegado el momento. -Puedes marcharte -repitió Mr. Armadale. Ella miró al niño, cómodamente instalado en la cama, y una palidez cenicienta se apoderó poco a poco de su semblante. Contempló la carta fatal, que constituía un secreto sellado para ella, y la tortura de los celos, la sospecha de aquella otra mujer que había sido sombra y veneno de su vida, le atenazó el corazón. Después de apartarse unos pasos de la cama, se detuvo y retrocedió. Armada con el doble coraje del amor y la desesperación, apretó los labios sobre la mejilla del marido moribundo y le suplicó por última vez. Sus lágrimas ardientes cayeron sobre el rostro del moribundo, mientras le susurraba al oído:

 -¡Oh, Allan! ¡Piensa en lo mucho que te he amado! ¡Piensa en que siempre he intentado hacerte feliz! ¡Piensa en que pronto voy a perderte! ¡Oh, amor mío! ¡No me apartes de tu lado!

 Las palabras suplicantes, el beso humilde, el recuerdo del amor que ella le había brindado y que nunca había sido correspondido, conmovieron el corazón del moribundo como nada lo había conmovido desde el día de su boda. Lanzó un profundo suspiro. La miró y vaciló.

 -Deja que me quede -murmuró ella, acercando más el rostro a su marido.

 -Sólo serviría para afligirte más -musitó él a su vez. -¡Lo único que me apena es que me apartes de ti! Él hizo una pausa. La mujer comprendió lo que estaba pensando y esperó.

 -Si dejo que te quedes un rato...

 -¡Oh, sí!

 -¿Te marcharás cuando te lo pida?

 -Lo haré.

 -¿Lo juras?

 Las trabas que sujetaban su lengua parecían haberse aflojado momentáneamente en aquel estallido de angustia que había forzado a sus labios a formular la pregunta.

 -Lo juro -repitió ella, que se arrodilló junto a la cama y besó la mano del enfermo apasionadamente.

 Los dos extraños que estaban en la habitación volvieron la cabeza, como de mutuo acuerdo. En el silencio que siguió, no se oía más sonido que el del niño al deslizar el juguete de un lado a otro.

 Por fin, el médico interrumpió aquel silencio que parecía haber hechizado a todos los presentes. Se acercó al enfermo y le examinó con ansiedad. Mrs. Armadale, que estaba de rodillas, se levantó y, una vez obtenido el permiso de su marido, llevó las hojas manuscritas que había sacado de la cartera a la mesa donde esperaba Mr. Neal. Sofocada y anhelante, más hermosa que nunca en la vehemente agitación que se había apoderado de ella, se inclinó sobre el escocés para depositar la carta en sus manos. Resuelta a conseguir sus propósitos y abandonándose, como mujer que era, a sus impulsos, le susurró:

 -Léala desde el principio. ¡Debo saber lo que dice!

 Él sintió en sus ojos el fuego de aquella mirada, percibió el aliento de ella en la mejilla. Antes de poder responder, antes de poder pensar, la mujer volvió al lado de su marido. Sólo le había hablado un momento, pero, en aquel instante, su belleza había doblegado la voluntad del escocés. Frunciendo el ceño, como si reconociera de mala gana su incapacidad de resistirse a la mujer, Mr. Neal volvió las hojas de la carta, contempló el espacio en blanco que había dejado la pluma al resbalar de la mano del hombre que escribía y la mancha de tinta; volvió al principio y pronunció, en interés de la esposa, las palabras que ésta había puesto en sus labios.

 -Tal vez, señor, desea usted hacer alguna corrección -dijo, mientras fijaba aparentemente toda su atención en la carta y con todas las evidencias de dejarse dominar de nuevo por el mal humor-. ¿Quiere que le lea lo que escribió?

 Mrs. Armadale, sentada a un lado de la cama junto a la cabecera, y el médico, sentado al otro lado mientras tomaba el pulso al paciente, esperaron la respuesta a la pregunta de Mr. Neal, cada cual con su propia y muy distinta inquietud.

 Los ojos de Mr. Armadale se volvieron del hijo a la esposa, con mirada escrutadora.

 -¿Quieres oírlo? -dijo.

 Ella respiraba con agitación, deslizó una mano y asió la del marido. Asintió con la cabeza. El enfermo hizo una pausa mientras consultaba en secreto sus propios pensamientos y mantenía fija la mirada en su esposa. Al fin se decidió y contestó:

 -Léalo. Pero deténgase cuando yo se lo indique.

 Era cerca de la una y sonaba la campana que llamaba a los visitantes para el almuerzo en el balneario. Sonaron rápidas pisadas y un murmullo de voces en el exterior, que penetraron alegremente en la habitación, mientras Mr. Neal extendía el manuscrito sobre la mesa y leía las primeras frases, que decían así:

 «Dirijo esta carta a mi hijo, para cuando éste tenga edad suficiente para comprenderla. Como he perdido toda esperanza de vivir para verle convertido en un hombre, no tengo más remedio que escribir aquí lo que había deseado contarle de viva voz en el futuro.

 Esta carta tiene tres objetos. Primero: revelar las circunstancias en que se celebró el matrimonio de una dama inglesa amiga mía, en la isla de Madeira. Segundo: que se haga la luz sobre la muerte de su esposo, poco tiempo después, a bordo del barco maderero francés La Grâce de Dieu. Tercero: poner a mi hijo sobre aviso de un peligro que se cierne sobre él y que surgirá de la tumba de su padre cuando la tierra se haya cerrado sobre sus cenizas.

 La historia de la boda de la dama inglesa empieza cuando yo heredé el importante patrimonio de los Armadale y adquirí este fatal apellido.

 Soy el único hijo superviviente del difunto Mathew Wrentmore, de Barbados. Nací en la finca que poseía mi familia en aquella isla y perdí a mi padre cuando era todavía un niño. Mi madre me quería con locura: no me negaba nada, me dejaba vivir a mi aire.  (p.12) Mi infancia y adolescencia transcurrieron en el ocio y en la complacencia, entre personas (esclavos y mestizos en su mayoría) para quienes mi voluntad era la ley. Dudo de que exista en toda Inglaterra un caballero de mi clase y posición tan ignorante como yo en este mundo. Dudo también de que haya existido un joven cuyas pasiones pudiesen desfogarse sin el menor control, como las mías en aquella edad temprana.

 Mi madre sentía una romántica aversión de mujer hacia el nombre vulgar de mi padre. Por consiguiente, me pusieron Allan, por el nombre de un acaudalado primo de aquél (el difundo Allan Armadale), que poseía, en la vecindad, las fincas más extensas y productivas de la isla, y que consintió en ser mi padrino por poderes. Mr. Armadale no había visitado nunca sus propiedades en las Indias Occidentales. Vivía en Inglaterra y, después de enviarme el acostumbrado regalo del padrino, dejó transcurrir muchos años sin comunicarse de nuevo con mis padres. Yo acababa de cumplir veintiún años cuando volvimos a tener noticias de Mr. Armadale. En aquella ocasión, mi madre recibió una carta donde le preguntaba si yo seguía con vida y le ofrecía (en caso de que fuese así) nada menos que nombrarme heredero de sus propiedades en las Indias Occidentales.

 Debí enteramente esta suerte a la mala conducta del único hijo de Mr. Armadale. El joven se había deshonrado de modo irremediable, había abandonado su casa para huir de la ley, y había sido repudiado por su padre de forma definitiva. Como no tenía otro pariente varón que pudiese sucederlo, Mr. Armadale recordó al hijo de su primo, que era a su vez ahijado suyo, y me ofreció (y después de mí a mis herederos) su hacienda de las Indias Occidentales, con una condición: que yo y mis herederos tomásemos su apellido. Aceptamos la proposición con agradecimiento y realizamos las gestiones legales pertinentes para cambiar mi apellido en la colonia y en la madre patria. El siguiente correo llevó a Mr. Armadale la noticia de que la condición impuesta por él se había cumplido. El correo de vuelta trao una información de los abogados. El testamento se había modificado en mi favor y, una semana después, la muerte de mi bienhechor me había convertido en el mayor propietario y en el hombre más rico de Barbados.

 Éste fue el primero de una serie de acontecimientos. El segundo se produjo seis semanas después.

 Aquellos días se produjo una vacante en la administración de la hacienda y vino a ocuparla un joven de aproximadamente mi misma edad, que había llegado hacía poco a la isla. Se presentó con el nombre de Fergus Ingleby. Yo me dejaba llevar en todo por mis impulsos, no conocía más ley que mis propios caprichos y simpaticé con el desconocido desde el primer momento en que le vi. Tenía modales de caballero y lo adornaban las cualidades sociales más atractivas que mi breve experiencia me había dado a conocer. Cuando me enteré de que las referencias que había traído consigo no se consideraban satisfactorias, intervine e insistí en que se le concediese la plaza. Mis deseos eran órdenes y así se hizo.

 Mi madre desconfió de Ingleby desde el primer instante. Cuando vio que la amistad crecía rápidamente entre nosotros, cuando descubrió que yo aceptaba a aquel ser inferior como amigo íntimo y le otorgaba mi confianza (yo había vivido siempre con personas inferiores a mí, y esto me gustaba), realizó toda clase de esfuerzos para separarnos, pero fue en vano. Como recurso final, resolvió aprovechar la única oportunidad que le quedaba: persuadirme de hacer un viaje en el que a menudo había yo pensado, un viaje a Inglaterra.

 Antes de hablarme del asunto, decidió interesarme en la idea de visitar Inglaterra más de lo que me había atraído hasta entonces. Escribió a un viejo amigo y antiguo admirador, el hoy difunto Stephen Blanchard, de Thorpe-Ambrose, en Norfolk, caballero hacendado, viudo y padre de hijos mayores. Más tarde supe que debió aludir a sus pasados amoríos (que, según creo, fueron desbaratados por los padres de ambos interesados), y que, al rogarle a Mr. Blanchard que acogiese a su hijo cuando fuese a Inglaterra, tuvo que preguntarle también por su hija, insinuando con ello la posibilidad de un matrimonio que uniese las dos familias, si la damisela y yo nos conocíamos y nos gustábamos. Parecíamos hechos el uno para el otro en todos los aspectos, y el recuerdo que mi madre conservaba de su afecto juvenil por Mr. Blanchard hacía que la perspectiva de mi boda con la hija de su antiguo admirador fuese la más brillante y feliz que se ofrecía a sus ojos. Yo no supe nada de todo esto hasta que llegó a Barbados la respuesta de Mr. Blanchard. Entonces mi madre me mostró la carta y puso abiertamente en mi camino la tentación que había de separarme de Fergus Ingleby.

 La carta de Mr. Blanchard estaba fechada en la isla de Madeira. El hombre estaba delicado de salud y los médicos le habían aconsejado que probase aquel clima. Su hija estaba con él.

 Después de corresponder calurosamente a todas las esperanzas y deseos de mi madre, proponía que (si yo pensaba salir en breve de Barbados) pasase por Madeira en mi viaje hacia Inglaterra y le visitase en su residencia temporal en la isla. Si esto no era posible, mencionaba la fecha en que pensaba regresar a Inglaterra, donde me recibiría gustoso con los brazos abiertos en su casa de Thorpe-Ambrose. Para terminar, se disculpaba por no escribir más extensamente, explicando que tenía delicada la vista y que había desobedecido las órdenes del médico al ceder a la tentación de escribir a una vieja amiga de su  (p.13) puño y letra.

 A pesar de la gentileza de sus términos, es posible que aquella carta hubiese influido poco en mí. Pero había otra cuestión además de la carta: su autor había incluido un retrato en miniatura de Miss Blanchard. En el dorso del retrato, el padre había escrito, medio en broma, medio con afecto: "No puedo pedir a mi hija que escriba por mí como de costumbre, sin enterarla de tus preguntas y sin que su timidez de doncella encienda sus mejillas. Por consiguiente, te la envío en efigie (sin que ella lo sepa) para que te responda por sí misma. Es un buen retrato de una buena chica. Si le gusta tu hijo (y si él me gusta a mí, cosa que doy por descontada), aún podremos ver, mi buena amiga, realizado en nuestros hijos lo que nosotros habríamos podido ser: marido y mujer." Mi madre me entregó la miniatura con la carta.

 El retrato me impresionó al instante (ni siquiera ahora sabría decir por qué) más de lo que nada me había impresionado en mi vida.

 Inteligencias más claras que la mía atribuirían quizás aquella extraordinaria impresión a la confusión que me dominaba en aquella época; al tedio que, desde hacía unos meses, me producían mis bajos placeres; al indefinido afán, quizá producto de aquel tedio, de encontrar nuevos intereses y esperanzas más puras que las que hasta entonces había albergado. Pero yo no pretendí hacer un examen de conciencia tan sensato, entonces creía en el destino, como creo en él ahora. Me bastaba saber, como sabía, que la cara de aquella joven que me miraba desde el retrato como ninguna cara de mujer me había mirado jamás, había despertado en mí el convencimiento de que en mi naturaleza había algo mejor que el instinto animal. Vi mi destino escrito en aquellos ojos tiernos..., si lograba que aquella amable criatura fuera mi esposa. El retrato que había llegado a mis manos tan extraña e inesperadamente era el mudo mensajero de la felicidad puesta a mi alcance, enviado para alentarme, para animarme, para despertarme antes de que fuese demasiado tarde. Aquella noche guardé la miniatura debajo de la almohada y volví a contemplarla a la mañana siguiente. Mi resolución del día anterior permaneció firme, mi superstición (si queréis llamarla así) me señalaba irresistiblemente el  (p.14) camino que debía seguir. Había en el puerto un barco que zarparía hacia Inglaterra al cabo de quince días y haría escala en Madeira. Compré un billete para aquel barco.»

 Hasta aquí, Mr. Neal había leído sin detenerse una sola vez. Pero, al pronunciar las últimas palabras, otra voz, grave y entrecortada, lo interrumpió.

 -¿Era rubia? -preguntó la voz-. ¿O morena, como yo?

 Mr. Neal hizo una pausa y levantó la cabeza. El médico estaba todavía junto a la cabecera de la cama, tomando mecánicamente el pulso al paciente. El niño, que echaba de menos la siesta, empezaba a jugar lánguidamente con su nuevo juguete. Los ojos del padre lo observaban absortos y con fija atención. Pero se había producido un gran cambio en los oyentes desde que se iniciara la narración. Mrs. Armadale había soltado la mano de su marido y vuelto la cara en otra dirección. La ardiente sangre africana ruborizó las mejillas morenas cuando repitió obstinadamente la pregunta:

 -¿Era rubia, o morena como yo?

 -Rubia -respondió su marido, sin mirarla.

 Ella se retorció las manos que tenía cruzadas sobre la falda y no dijo más. Mr. Neal frunció siniestramente las cejas y reanudó la lectura. Estaba enojado consigo mismo: se había sorprendido apiadándose en secreto de aquella mujer.

 «Ya he dicho -proseguía la carta- que había depositado en Ingleby toda mi confianza. Lamentaba separarme de él y me afligió su visible sorpresa y su contrariedad al enterarse de que iba a marcharme. Para justificarme, le mostré la carta y el retrato, y le confesé la verdad. Su interés por el retrato apenas si pareció inferior al mío. Me preguntó por la familia de Miss Blanchard y por la fortuna de ésta, con la simpatía de un verdadero amigo, y reforzó mi consideración y mi creencia en él cuando se puso al margen del asunto y me animó generosamente a persistir en mi propósito. Cuando nos separamos, yo estaba muy animado y gozaba de excelente salud. Pero antes de que volviésemos a encontrarnos al día siguiente, me atacó de pronto una enfermedad que amenazó tanto mi razón como mi vida.

 No tengo ninguna prueba contra Ingleby. Había en la isla más de una mujer con la que me había comportado de modo imperdonable y que tal vez quería vengarse de mí en aquella época. No puedo acusar a nadie. Sólo sé que mi antigua niñera negra me salvó la vida y que la mujer reconoció después haber empleado el antídoto que usan los negros contra un veneno conocido por los que habitan en aquellos parajes. Cuando inicié mi convalecencia, el barco para el que había tomado pasaje había zarpado hacía ya tiempo. Pregunté por Ingleby y me dijeron que se había marchado. Me presentaron pruebas de su imperdonable conducta en el desempeño de su cargo, que, a pesar de mi parcialidad para con él, no pude rebatir. Le habían despedido durante los primeros días de mi enfermedad y no se supo nada más de él, salvo que abandonó la isla.

 Mientras estuve enfermo, el retrato permaneció debajo de mi almohada. Durante toda mi convalecencia, me sirvió de único consuelo cuando recordaba el pasado y de único aliento cuando pensaba en el futuro. No puedo expresar con palabras el dominio que aquella quimera ejercía sobre mí, ayudada por el tiempo, la soledad y el sufrimiento. Mi madre, que había puesto todo su interés en la boda, estaba asombrada ante el éxito inesperado de su plan. Había escrito a Mr. Blanchard para informarle de mi enfermedad, pero no había recibido contestación. Entonces me prometió que volvería a escribirle, si yo le aseguraba que no me marcharía hasta que estuviese completamente restablecido. Pero yo era incapaz de dominar mi impaciencia. Otro barco atracado en el puerto me brindaba una nueva oportunidad para viajar a Madeira. Después de leer una vez más la carta de Mr. Blanchard tuve la seguridad de que aún lo encontraría en la isla si no desaprovechaba esta ocasión. Haciendo caso omiso de los ruegos de mi madre, insistí en sacar billete para este segundo barco, y esta vez, cuando zarpó la embarcación, yo estaba a bordo.

 El cambio me sentó bien, el aire del mar me convirtió de nuevo en un hombre completo. Después de un viaje desacostumbradamente rápido, llegué al destino de mi peregrinación. Una noche hermosa y tranquila que nunca olvidaré, me planté solo en la playa, con el retrato sobre el pecho y contemplé las blancas paredes de la casa donde vivía ella.

 Di un paseo alrededor de los linderos de la finca para serenarme antes de entrar. Después, crucé una verja, pasé entre unos arbustos, observé el jardín y vi en él a una dama que paseaba ociosa por el césped. Volvió el rostro hacia mí y reconocí el original de mi retrato, ¡mi sueño hecho realidad! Resulta inútil, peor que inútil, escribir ahora acerca de esto. Diré solamente que en el instante en que vi por primera vez a la mujer real pensé captar con los ojos todas las esperanzas que el retrato había despertado en mi fantasía. Digo esto, y nada más.

 Me sentía demasiado agitado para confiar en mí mismo ante su presencia. Me aparté antes de que ella me descubriera y, después de dirigirme a la puerta principal, llamé y pregunté en primer lugar por el padre. Mr. Blanchard se había retirado a su habitación y no podía recibir a nadie. Entonces me armé de valor y pregunté por Miss Blanchard. El criado sonrió. "Mi joven señora ya no es Miss Blanchard. Está casada." Aquellas palabras habrían dejado sin sentido a cualquiera que se hubiese hallado en mi lugar. A mí me encendieron la sangre y agarré al criado por el cuello, en un ataque de ira. "¡Es mentira!", le grité, tratándole como a un esclavo de mi propia hacienda. "Es verdad -replicó el hombre, debatiéndose-. Su  (p.15) marido seencuentra precisamente en casa en este instante." "¿Y quién es, canalla?" El criado respondió, pronunciando mi nombre ante mi propia cara: "Allan Armadale."

 Ya debes de imaginar la verdad. Fergus Ingleby era el hijo rechazado de cuyo nombre y de cuya herencia me había apoderado yo. Se había vengado de mí, por privarle de los derechos que por su cuna le correspondían.

 Aquí es preciso referir la manera en que se había realizado el engaño, para explicar (no digo para justificar) la parte que tomé en los sucesos que siguieron a mi llegada a Madeira.

 Según propia confesión de Ingleby, se había trasladado a Barbados (conocedor de la muerte de su padre y de mi sucesión en sus bienes) con el decidido propósito de robarme y de perjudicarme. Mi absurda confianza había puesto en sus manos una oportunidad mejor de lo que nunca habría podido esperar. Se había apoderado de la carta que mi madre había dirigido a Mr. Blanchard al caer yo enfermo, había ocasionado él mismo un motivo para que le despidiesen y había zarpado con rumbo a Madeira en el mismo barco que yo hubiese debido tomar. Ya en la isla, había esperado a que el barco continuase su ruta y se había presentado en casa de Mr. Blanchard, no con el nombre supuesto que yo sigo dándole aquí, sino con el que tanto le pertenecía a él como a mí: Allan Armadale. De momento, el engaño tropezó con pocas dificultades. Tenía que habérselas solamente con un viejo achacoso (que no había visto a mi madre desde hacía muchísimos años) y con una joven ingenua y confiada (que no la había visto nunca), y había averiguado lo suficiente, estando a mi servicio, para responder a las pocas preguntas que le formularon con la misma naturalidad con que yo lo habría hecho. Su buena presencia y sus modales, su talante de conquistador, su ingenio y astucia, hicieron el resto. Mientras yo seguía en mi lecho de enfermo, se había ganado el afecto de Miss Blanchard. Mientras yo soñaba contemplando el retrato, durante los primeros días de mi convalecencia, él había obtenido el consentimiento de Mr. Blanchard para que se celebrase la boda antes de que éste y su hija abandonasen la isla.

 Hasta aquí, la debilidad de la vista de Mr. Blanchard había facilitado el engaño. El hombre estaba satisfecho, enviaba mensajes a mi madre y recibía contestaciones simuladas. Pero cuando aceptó al pretendiente y se fijó el día de la boda, se creyó en el deber de escribir a su vieja amiga para pedirle su consentimiento formal e invitarla a la ceremonia, pero no pudo terminar él mismo la carta, cuyo final fue escrito, bajo su dictado, por Miss Blanchard. Esta vez no había manera de interceptar la misiva, e Ingleby, seguro del puesto que ocupaba en el corazón de su víctima, permaneció al acecho hasta que ella salió de la habitación de su padre y en secreto le reveló la verdad. Ella era todavía menor de edad, de manera que la situación era grave. Si se enviaba la carta, no habría más remedio que esperar y separarse para siempre, o fugarse en circunstancias que harían casi inevitable su descubrimiento. El destino de cualquier barco que tomasen se conocería de antemano, y el yate veloz en que había llegado Mr. Blanchard a Madeira estaba esperando en el puerto para llevarle de regreso a Inglaterra. No quedaba más remedio que destruir la carta y confesar la verdad cuando estuviesen casados. Ignoro qué artes de persuasión empleó Ingleby y cómo consiguió explotar el amor y la confianza de Miss Blanchard para degradarla hasta colocarla a su nivel. Lo cierto es que lo consiguió. La carta no llegó a su destino y, con el consentimiento y el silencio de la hija, se abusó hasta este extremo de la confianza del padre.

 La única precaución que debían tomar entonces era elaborar la respuesta de mi madre a Mr. Blanchard, que llegaría a su debido tiempo, antes del día señalado para la boda. Ingleby tenía en su poder la carta que había hurtado a mi madre, pero carecía de suficiente habilidad para imitar su caligrafía. Miss Blanchard, que había consentido pasivamente el engaño, se negó a toda intervención activa en la superchería de que era víctima su padre. Ante esta dificultad, Ingleby encontró un instrumento adecuado en la persona de una huerfanita de apenas doce años, maravilla de precoz habilidad, a quien Miss Blanchard, llevada de un impulso romántico, se había empeñado en proteger, trayéndola con ella desde Inglaterra para adiestrarla como su doncella. La perversa destreza de la niña eliminó el único obstáculo serio para el éxito del engaño. Vi la imitación de la caligrafía de mi madre que la niña realizó siguiendo las instrucciones de Ingleby y (en honor a la triste verdad) con el conocimiento de su joven señora, y creo que incluso yo me habría dejado engañar por ella. Más tarde conocí a la muchacha y se me heló la sangre con sólo mirarla. Si continúa viva, ¡ay de aquellos que confíen en ella! Jamás vi criatura más falsa y más cruel andando por los senderos de este mundo.

 La carta falsificada allanó el camino para la boda y cuando yo llegué a la casa, eran ya (como me había dicho el criado) marido y mujer. Mi llegada al escenario no hizo más que precipitar la confesión que ambos habían convenido en hacer. Ingleby reveló descaradamente la verdad. Nada tenía que perder con ello: estaba casado y la fortuna de su esposa no estaba ya en manos del padre de ésta. Omitiré todo lo que siguió (mi entrevista con la hija y con el padre) e iré directamente al resultado. Durante dos días, los esfuerzos de la esposa y del sacerdote que había celebrado la boda consiguieron mantenerme apartado de Ingleby. Pero el tercer día fui más  (p.16) afortunado al disponer mi trampa y me encontré a solas, cara a cara, con el hombre que me había herido de muerte.

 Recuerda cómo había abusado de mi confianza, recuerda cómo había visto frustrado el único proyecto cabal de mi vida, recuerda las violentas pasiones que habían arraigado en mi naturaleza, sin que nadie las dominara nunca... y podrás imaginarte lo que pasó entre nosotros. Sólo te contaré el final. Él era más alto y fuerte que yo, y aprovechó su ventaja física con ferocidad brutal. Me golpeó.

 Piensa en las ofensas que aquel hombre me había inferido, ¡y piensa que me dejó en la cara la marca de su mano!

 Fui a ver a un oficial inglés que había sido compañero mío de viaje desde Barbados. Le conté la verdad y estuvo de acuerdo conmigo en que el duelo era inevitable. El duelo tenía en aquellos tiempos formalidades tradicionales y leyes establecidas. El oficial empezó a hablarme de ellas. Yo le interrumpí. "Empuñaré una pistola con la mano derecha -le dije- y él hará lo mismo. Sostendré la punta de un pañuelo con la mano izquierda, y él asirá la otra punta con la suya y ambos dispararemos a través del pañuelo." El oficial se levantó y me miró como si lo hubiese ofendido. "Me está pidiendo que sea testigo de un asesinato y un suicidio. Me niego a servirle." Acto seguido salió de la estancia. En cuanto se hubo marchado, escribí lo mismo que le había dicho al oficial y lo envié por un mensajero a Ingleby. Mientras esperaba la respuesta, me senté ante el espejo y contemplé la marca que me había dejado en la cara. ¡Muchos hombres se han manchado de sangre las manos y la conciencia por mucho menos que esto!, pensé.

 Volvió el mensajero con la respuesta de Ingleby. En ella se fijaba el encuentro para las tres de la tarde del día siguiente, en un lugar solitario del interior de la isla. Yo ya había decidido lo que haría si él se negaba, pero su carta me libraba del horror de mi propia resolución. Le agradecí que la hubiese escrito; sí, se lo agradecí de corazón.

 Al día siguiente acudí al lugar convenido. Él no estaba allí. Esperé dos horas en vano. Al fin comprendí la verdad. El que ha sido cobarde una vez, lo será toda la vida, pensé. Volví a la casa de Mr. Blanchard. Pero antes de llegar a ella, me asaltó un súbito  (p.17) presentimiento y me dirigí al puerto. No me había equivocado, él había ido al puerto. Un barco que había zarpado hacia Lisboa aquella tarde le había ofrecido la oportunidad de embarcar en él con su esposa y escapar a mis iras. Su respuesta a mi desafío le había servido para librarse de mí y llevarme al interior de la isla. Una vez más yo había confiado en Fergus Ingleby, de nuevo su agudo ingenio me había burlado.

 Pregunté a mi informador si Mr. Blanchard se había enterado ya de la partida de su hija. Lo había descubierto, sí, pero no antes de que zarpase el barco. Esta vez aproveché la lección de astucia que me había dado Ingleby. En vez de presentarme en la casa de Mr. Blanchard, fui primero a echar un vistazo al yate de éste.

 La embarcación me reveló lo que su dueño tal vez me habría ocultado: la verdad. Reinaba allí la confusión deunos súbitos preparativos para hacerse a la mar. Todos los tripulantes estaban a bordo, a excepción de unos pocos a quienes se había permitido desembarcar y que estaban en el interior de la isla, nadie sabía dónde. Cuando descubrí que el patrón estaba tratando de sustituirlos por los mejores hombres que pudiese encontrar con tanta premura, tomé inmediatamente mi decisión. Conocía bastante bien las funciones que se desempeñan a bordo de un yate, ya que había tenido uno de mi propiedad y había navegado en él. Corrí a la ciudad, cambié mi traje por una chaqueta y una gorra de marinero, regresé al muelle y me ofrecí para ocupar una de las plazas vacantes en la tripulación. No sé lo que vería el patrón en mi semblante. Mis respuestas a sus preguntas fueron satisfactorias, sin embargo me miraba y vacilaba. Pero los marineros escaseaban y acabó aceptándome. Una hora más tarde, llegó Mr. Blanchard y lo condujeron a su camarote en un estado lamentable, tanto física como moralmente. Una hora después, estábamos en alta mar, bajo un cielo nocturno sin estrellas e impulsados por una fresca brisa.

 Como había supuesto, perseguíamos el barco en el que Ingleby y su esposa habían abandonado la isla por la tarde. Aquel barco era francés y se dedicaba al transporte de madera: su nombre era La Grâce de Dieu. Sólo se sabía de él que se dirigía a Lisboa, que se había desviado de su ruta y que había hecho escala en Madeira para abastecerse de hombres y de provisiones. Habían conseguido estas últimas, pero no empleados. Los marineros desconfiaban de que el barco estuviese en buenas condiciones para navegar y no les gustó el aspecto de la tripulación de vagabundos. Al enterarse Mr. Blanchard de estas dos graves circunstancias, las duras palabras que había dirigido a su hija, irritado al descubrir que ésta había participado en el engaño, fueron como una espina clavada en su corazón. Inmediatamente resolvió dar refugio a su hija en su propia embarcación y tranquilizarla diciéndole que el villano de su esposo estaría fuera del alcance de mis manos. El yate era bastante más veloz que el barco. No había duda de que alcanzaríamos al La Grâce de Dieu; el único peligro radicaba en que le adelantásemos sin verlo en la oscuridad. Después de algún tiempo de navegación, el viento amainó súbitamente y reinó una calma bochornosa. Cuando se dio la orden de bajar los masteleros a cubierta y arriar las grandes velas, todos supimos lo que nos esperaba. Algo más de una hora más tarde estalló la tormenta, retumbó el trueno sobre nuestras cabezas y el yate empezó a capear el temporal. Era una sólida embarcación de trescientas toneladas y velas cangrejas, todo lo resistente que permitía su construcción de madera y hierro, la gobernaba un capitán que conocía su oficio y resistió con bravura. Antes de amanecer menguó un poco la fuerza del viento que soplaba del sudoeste y el oleaje perdió fuerza. Momentos antes de que despuntase el día, oímos débilmente, entre los rugidos de la galerna, el disparo de un cañón. Los hombres, ansiosamente agrupados sobre la cubierta, se miraron y dijeron: "¡Ahí está!"

 Al hacerse la luz vimos el barco, y era efectivamente el que buscábamos. Se balanceaba sobre las olas, el trinquete y el palo mayor habían desaparecido, estaba inundado y amenazaba con hundirse. El yate llevaba tres botes, uno en medio de la embarcación y dos sujetos a pescantes en los costados. El patrón comprendió que la tormenta no tardaría en desatarse de nuevo con toda su furia y decidió bajar los botes de los costados mientras durase la tregua. Aunque eran pocos los que iban en el barco a la deriva, excedían la capacidad de un solo bote, de manera que el riesgo de emplear dos botes a la vez se consideró menor, dado el estado crítico del tiempo, que el de hacer dos viajes separados desde el yate hasta el barco. Podía haber tiempo para hacer un viaje sin peligro, pero nadie que observase el cielo podía decir que lo habría para dos.

 Los botes serían manejados por voluntarios de la tripulación y yo me ofrecí para el segundo. Cuando el primer bote llegó junto al costado del barco maderero (una maniobra difícil y peligrosa que no puede describirse con palabras), todos los hombres que estaban a bordo corrieron para abandonar juntos el barco. Si el bote no se hubiese alejado de nuevo antes de que todos ellos saltasen a él, todos habrían perdido la vida. Cuando se acercó nuestro bote, dispusimos que cuatro de nosotros subiríamos a bordo: dos (entre los que me contaba) para cuidar de la seguridad de la hija de Mr. Blanchard, y los otros dos para contener al resto de los cobardes tripulantes, si trataban de embarcarse en primer lugar. Los otros tres, el  (p.18) timonel y dos remeros, se quedaron en el bote para impedir que se estrellase contra el barco. No sé lo que verían los primeros que subieron a La Grâce de Dieu; pero yo vi a la mujer que había perdido, a la mujer que me habían robado a traición, quien yacía desmayada sobre la cubierta. La trasladamos al bote sin que recobrase el sentido. El resto de los tripulantes, cinco en total, recibieron órdenes de seguirla ordenadamente, uno por uno y con intervalos de un minuto, sometidos al fin por la oportunidad que se les ofrecía de salvar la vida. Yo fui el último en abandonar el barco y, al ladearse éste de nuevo hacia nosotros, vacía la cubierta, sin un alma viviente desde la proa hasta la popa, dije a los tripulantes del bote que habían cumplido su misión. Avisados por el creciente rugido de la tempestad, que recuperaba rápidamente su furia, remaron a vida o muerte en dirección al yate.

 Una serie de fuertes ráfagas habían alterado el curso de la nueva tormenta, que ahora venía del norte. El patrón, aprovechando el momento oportuno, había virado el yate, para capearla. Antes de que el último de nuestros hombres hubiese subido de nuevo a bordo, el temporal estalló sobre nosotros con la furia de un huracán. Nuestro bote se hundió, pero nadie perdió la vida. Una vez más, navegamos bajo la tormenta, con rumbo sur, a merced del viento. Yo estaba en cubierta con los demás, observando la única vela rasgada que podíamos arriesgarnos a emplear y preparados para sustituirla por otra si se desprendía de las relingas, cuando el piloto se me acercó y me gritó al oído, entre el estruendo de la tempestad: "Ella ha recuperado el sentido en el camarote y ha preguntado por su marido. ¿Dónde está?" Nadie lo sabía. Registraron el yate de punta a punta, pero fue en vano. Se hizo formar a los hombres, desafiando al temporal, pero no estaba entre ellos. Se interrogó a los tripulantes de los dos botes. Los del primero sólo sabían que se habían apartado del barco cuando los náufragos empezaron a luchar por embarcar en su bote, ignoraban a quiénes habían permitido subir y a quiénes habían rechazado. Los del segundo afirmaban que habían recogido a todos los que quedaban en la cubierta del barco maderero. No se podía culpar a nadie; sin embargo, no se podía negar el hecho de que aquel hombre había desaparecido.

 Durante todo el día el rigor de la tormenta nos impidió volver al barco para registrarlo. Lo único que podía hacer el yate era dejarse llevar por el viento. Al atardecer, después de empujarnos hacia el sur de Madeira, la galerna empezó por fin a amainar; el viento cambió de nuevo y nos permitió poner rumbo a la isla. A la mañana siguiente, temprano, estábamos de nuevo en el puerto. Mr. Blanchard y su hija desembarcaron, el capitán los acompañó no sin antes advertirnos que, cuando volviese, tendría que comunicarnos una cosa que afectaba a toda la tripulación.

 Efectivamente, cuando regresó nos hizo formar a todos sobre la cubierta y nos dijo que tenía órdenes de Mr. Blanchard de volver inmediatamente al barco maderero y buscar al hombre desaparecido. Teníamos que hacerlo por su bien y por el de su esposa, ya que, según los médicos, su razón corría serio peligro si no se hacía algo por tranquilizarla. Podíamos estar casi seguros de encontrar el barco todavía a flote, ya que su carga de madera impediría que se hundiese mientras aguantase el casco. Si el hombre estaba a bordo, vivo o muerto, teníamos que encontrarlo y llevarlo a la isla. Además, si el tiempo no empeoraba, los hombres, con la ayuda adecuada, podrían traer también el barco y participar (con el beneplácito de su capitán) en los derechos de salvamento.

 Después de estas noticias la tripulación lanzó tres hurras y puso manos a la obra para hacerse de nuevo a la mar con el yate. Yo fui el único que renunció a la empresa. Les dije que la tormenta me había mareado, que estaba enfermo y necesitaba descansar. Todos me miraron a la cara cuando pasé entre ellos para bajar del yate, pero nadie me dijo una palabra.

 Esperé durante todo el día en una taberna del puerto para saber las primeras noticias que llegasen del buque abandonado. Las trajo al anochecer uno de los barcos del práctico que habían participado en la empresa de salvamento. La Grâce de Dieu había sido descubierto aún a flote y habían encontrado el cuerpo de Ingleby a bordo, ahogado en el camarote. Al día siguiente, al amanecer, trajeron el cadáver en el yate, y aquel mismo día se realizó el entierro en el cementerio protestante.»

 -¡Alto! -gritó una voz desde la cama, antes de que el lector pudiese volver la página y empezar un nuevo párrafo.

 Se había producido un cambio en la habitación y también había habido novedades en el auditorio desde la última vez en que Mr. Neal había levantado los ojos de la narración.

 Un rayo de sol caía sobre el lecho del moribundo, y el niño, vencido por el sueño, dormía plácidamente bajo aquella luz dorada. El semblante del padre se había alterado ostensiblemente. Forzados a la acción por la mente torturada, los músculos de la mandíbula inferior, paralizados hasta entonces, se movían ahora de un modo convulsivo. Alertado por las gotas de sudor que cubrían la frente del enfermo, el médico se había levantado para reanimarlo. Al otro lado de la cama, la silla de la esposa estaba vacía. Cuando su marido había interrumpido la lectura, se había retirado detrás de la cabecera del lecho, fuera del alcance de su vista. Apoyándose en la pared, permanecía oculta allí, fija la ansiosa mirada en el manuscrito que tenía Mr. Neal entre las manos.

 Al cabo de un instante, Mr. Armadale rompió el silencio.

 -¿Dónde está ella? -preguntó, mirando con irritación  (p.19) la silla vacía de su esposa.

 El médico se lo indicó con un ademán y la mujer no tuvo más remedio que avanzar. Caminó despacio y se detuvo ante su marido.

 -Prometiste que te marcharías cuando yo te lo pidiese -dijo éste-. Vete ahora.

 Mr. Neal realizó un gran esfuerzo por dominar su mano oculta entre las hojas del manuscrito, pero ésta siguió temblando a su pesar. Una sospecha que se había ido forjando poco a poco en su mente mientras leía se convirtió en certeza cuando oyó aquellas palabras. Las revelaciones de la carta se habían sucedido unas a otras, hasta llegar al punto de la confesión final. Entonces, el moribundo impuso silencio al lector, para que su esposa no oyese el resto de la narración. Allí estaba el secreto que el hijo debía saber al cabo de bastantes años y que la madre ignoraría para siempre. Todas las tiernas súplicas de la esposa habían sido incapaces de apartarlo un ápice de su resolución..., y ahora lo sabía ella de sus propios labios.

 No le respondió. Permaneció quieta allí, mirándolo, dirigiéndole el último ruego silencioso..., quizá la última despedida. Él no correspondió a su mirada, desvió implacablemente la suya para fijarla en el niño que dormía. Ella se apartó de la cama sin pronunciar palabra. Sin mirar al niño, sin despedirse de los dos extraños que la observaban conteniendo el aliento, cumplió su promesa y salió de la habitación en absoluto silencio.

 Algo en su actitud hizo que los dos testigos de la escena perdiesen parte de su aplomo. Cuando la puerta se hubo cerrado detrás de ella, ambos se resistieron instintivamente a seguir avanzando en la oscuridad. El desagrado del médico fue el primero en manifestarse. Pidió permiso al enfermo para retirarse hasta que la carta quedase terminada. El paciente se lo negó.

 Después habló Mr. Neal, más extensamente y en términos más graves:

 -En el ejercicio de nuestras profesiones, tanto el doctor como yo estamos acostumbrados a guardar los secretos que nos confían. Pero, antes de seguir adelante, debo preguntarle si comprende realmente la extraordinaria posición en que nos encontramos. Ante nuestros propios ojos, acaba de negarle su confianza a Mrs. Armadale y en cambio se la ofrece a dos hombres que le son totalmente desconocidos.

 -Sí -admitió Mr. Armadale-, precisamente porque me son desconocidos.

 Aunque la frase había sido breve, lo que se deducía de ella no servía precisamente para alejar la desconfianza; Mr. Neal lo dio a entender claramente con sus palabras.

 -Usted necesita urgentemente mi ayuda y la del doctor. ¿Debo entender que sólo le interesa que le prestemos esta ayuda y le es indiferente la impresión que puedan causarnos los últimos párrafos de la carta?

 -Sí. No me importa herir sus sentimientos. Ni los míos. Pero sí los de mi esposa.

 -Me obliga a tomar una decisión muy grave, señor -declaró Mr. Neal-. Si quiere que termine esta carta bajo su dictado, y ya que he leído en voz alta la niayori parte de la misma, debo pedir su autorización para leer el resto también en alta voz, para que lo oiga, como testigo, este caballero.

 -Léalo.

 Vacilando seriamente, el médico volvió a sentarse. Mr. Neal volvió la hoja y prosiguió la lectura:

 «He de añadir algo más, antes de abandonar el muerto a su eterno descanso. He descrito el hallazgo de su cadáver. Ahora tengo que explicar las circunstancias en las que encontró la muerte.

 Se sabía que había estado en cubierta cuando vieron que los botes del yate se acercaban al barco, después desapareció en la confusión que se creó por el pánico de los tripulantes. Por entonces, el agua había alcanzado un metro y medio en el camarote, y seguía subiendo. Nadie dudó de que se había metido en el agua por su propia voluntad.

 El descubrimiento del joyero de su esposa debajo del cuerpo, en el suelo, explicaba su presencia en el camarote. Se sabía que había visto que se acercaban los botes y era muy probable que hubiese bajado allí para tratar de salvar las joyas. Era menos probable, aunque cabía dentro de lo posible, que su muerte hubiese sido el resultado de un accidente que le hubiese dejado sin sentido al sumergirse. Pero un descubrimiento realizado por la tripulación del yate apuntaba directamente a una conclusión que les llenó a todos de espanto. Cuando, en el curso de la búsqueda, llegaron al camarote, se encontraron con que la escotilla y la puerta estaban cerradas por fuera. ¿Había cerrado alguien el camarote, ignorando que él estaba allí? Prescindiendo del pánico que había reinado entre la tripulación, no había ningún motivo para cerrar el camarote antes de abandonar el barco. Pero cabía otra explicación. ¿Acaso una mano asesina había encerrado deliberadamente a aquel hombre para que se ahogase al subir el agua?

 Sí. Una mano asesina lo había encerrado allí a fin de que se ahogase. Aquella mano era la mía.»

 El escocés se levantó de un salto de la mesa, el médico se apartó de la cama. Los dos miraron fijamente al moribundo, experimentando la misma repugnancia, presas del mismo espanto. El hombre yacía allí, con la cabeza del hijo reclinada sobre el pecho; repudiado por los hombres, acusado ante la justicia de Dios; yacía allí..., en la soledad de Caín, mirándolos.

 En el mismo momento en que los dos hombres se ponían en pie, la puerta que daba a la habitación contigua recibió un fuerte golpe desde el exterior y oyeron un ruido sordo, como de un cuerpo al caer. Guardaron silencio. El médico, que estaba más cerca de aquella puerta, la abrió, cruzó el umbral y la cerró al instante. Mr. Neal se volvió de espaldas a la cama y esperó en silencio. El ruido, que no había despertado al niño, tampoco había llamado la  (p.20) atención del padre.

 Sus propias palabras le habían llevado muy lejos de lo que pasaba alrededor de su lecho de muerte. Su cuerpo exánime estaba de nuevo en la cubierta de aquel barco y el fantasma de su mano, ahora inerte, hacía girar la llave de la puerta del camarote.

 Sonó una campanilla en la habitación contigua y se oyeron voces excitadas, también sonaron pasos apresurados y, después de un intervalo, regresó el médico.

 -¿Estaba ella escuchando? -murmuró Mr. Neal, en alemán.

 -Las mujeres la están reanimando -susurró el médico-. Lo ha oído todo. Por el amor de Dios, ¿qué vamos a hacer ahora?

 Antes de que el otro pudiese responder, Mr. Armadale habló. El regreso del médico lo había traído de nuevo a la realidad.

 -Prosiga -indicó, como si nada hubiese sucedido.

 -No quiero tener nada más que ver con ese infame secreto -replicó Mr. Neal-. Es usted un asesino confeso. Si hay que terminar esta carta, no me pida que yo lo haga por usted.

 -Me lo ha prometido -replicó con inquebrantable aplomo-. Debe escribir para mí, si no quiere faltar a su palabra.

 De momento, Mr. Neal guardó silencio. Allí yacía el hombre, protegido de la abominación del prójimo, bajo la sombra de la muerte..., fuera del alcance de cualquier condena humana, sin tener que temer las leyes de este mundo; insensible a todo, salvo a su última voluntad de terminar la carta dirigida a su hijo.

 Mr. Neal se llevó al médico aparte.

 -Permítame unas palabras -le dijo, en alemán-. ¿Está usted seguro de que este hombre perderá el habla antes de que podamos enviar recado a Stuttgart?

 -Mírele los labios -indicó el médico- y juzgue por usted mismo.

 Aquellos labios le dieron la respuesta: la lectura de la narración había dejado ya su marca en ellos. La deformación en las comisuras, casi imperceptible cuando Mr. Neal había entrado en la habitación, era ahora claramente visible. Su lenta articulación se hacía más y más trabajosa a cada palabra que pronunciaba. La situación no podía ser más espantosa. Después de otro instante de vacilación, Mr. Neal hizo un último intento por apartarse del asunto.

 -Ahora sé de qué se trata -dijo, severamente-. ¿Se atreve a exigirme que cumpla un compromiso que usted me obligó a contraer a ciegas?

 -No -respondió Mr.  (p.21) Armadale-. Le autorizo a que falte a su palabra.

 La mirada que acompañó a esta respuesta hirió en lo vivo el orgullo del escocés. Cuando habló, lo hizo sentado de nuevo detrás de la mesa.

 -Nadie ha podido decir nunca que he faltado a mi palabra -replicó, airadamente- y ni siquiera usted podrá decirlo ahora. ¡Pero recuérdelo bien! Si mantengo mi promesa, mantengo también mi condición. Me reservé la libertad de acción y le advierto que la utilizaré, a mi discreción, en cuanto le haya perdido de vista.

 -No olvide que se está muriendo -le suplicó el médico, a media voz.

 -Ocupe su sitio, señor -señaló Mr. Neal, indicando la silla vacía-. Sólo leeré el resto de la carta si usted lo escucha. Sólo escribiré el dictado del enfermo si usted está presente. Usted me ha traído aquí. Tengo derecho a insistir, e insisto, en que se quede como testigo hasta el final.

 El médico aceptó su posición sin protestar.

 Mr. Neal volvió al manuscrito y leyó de un tirón las páginas finales:

 «Sin una palabra en mi propia defensa, he confesado mi culpa. Sin una palabra en mi propia defensa, revelaré ahora cómo cometí el crimen.

 No pensé en absoluto en aquel hombre cuando vi a su esposa desmayada sobre la cubierta del barco maderero. Colaboré en ponerla a salvo en el bote. Entonces y sólo entonces, el recuerdo de él acudió de nuevo a mi memoria. En la confusión que reinó mientras los hombres del yate obligaban a los tripulantes del barco a esperar su turno, tuve ocasión de buscarlo sin que nadie lo advirtiese. Al apartarme de la borda, no sabía si se había marchado en el primer bote o si estaba aún a bordo, pero cuando me volví vi que subía del camarote con las manos vacías y chorreando agua. Después de mirar ansiosamente el bote (sin verme a mí), comprendió que aún disponía de algún tiempo antes de que evacuasen al resto de la tripulación. "¡Lo intentaré de nuevo!", murmuró para sí y desapareció en un último esfuerzo por recuperar el cofrecito de las joyas. El diablo me susurró al oído: "No lo mates de un tiro como a un hombre. ¡Deja que se ahogue como un perro!" Él estaba sumergido cuando cerré la escotilla. Pero sacó la cabeza del agua antes de que yo pudiese cerrar la puerta del camarote. Nos miramos y le cerré la puerta ante la cara. Un momento después, me encontraba entre los últimos hombres que quedaban en cubierta. Era demasiado tarde para arrepentirme. La tormenta amenazaba con destruirnos y la tripulación del bote remaba desesperadamente para salvar la vida.

 ¡Hijo mío! Vengo a afligirte desde mi tumba con una confesión que mi amor habría querido ocultarte. Sigue leyendo y sabrás por qué.

 No diré nada de mis sufrimientos, no suplico piedad para mi memoria. Mientras escribo estas líneas, un encogimiento extraño de mi corazón y un extraño temblor de la mano me advierten que debo darme prisa para relatar el fin. Abandoné la isla sin atreverme a mirar por última vez a la mujer que había perdido lastimosamente y a la que vilmente había causado tanto dolor. Cuando me marché, todas las sospechas que las circunstancias de la muerte de Ingleby habían despertado, recaían sobre la tripulación del barco francés. Ninguno de sus componentes tenía un móvil para el presunto asesinato; pero era sabido que, en su mayoría, eran forajidos y rufianes capaces de cualquier crimen y por esto se sospechó de ellos y fueron interrogados. Sólo más tarde me enteré casualmente de que por fin la sospecha había recaído sobre mí. Solamente la viuda identificó, por la vaga descripción que se hizo de él, al hombre desconocido que había formado parte de la tripulación del yate y que había desaparecido al día siguiente. Sólo la viuda supo, desde entonces, por qué habían asesinado a su marido y quién había cometido el crimen. Pero cuando hizo aquel descubrimiento, había circulado por la isla la falsa noticia de mi muerte. Tal vez debí a esta información el haberme librado de todo proceso judicial, quizá no había pruebas suficientes para inculparme (solamente Ingleby me había visto cerrar la puerta del camarote) y acaso la viuda quiso evitar las revelaciones que habrían seguido a una causa criminal contra mí, fundada en su propia sospecha de la verdad. En cualquier caso, el crimen que cometí sin ser visto ha permanecido impune hasta la fecha.

 Salí disfrazado de Madeira, con rumbo a las Indias Occidentales. Lo primero que supe cuando el barco atracó en Barbados fue que mi madre había muerto. No tuve valor para volver a mi antigua residencia. La perspectiva de vivir allí solo, con el tormento de mi culpa hostigándome día y noche, era más de lo que habría podido soportar. Sin desembarcar ni dejarme ver por nadie que estuviese en tierra, continué mi viaje hasta el último destino adonde podía conducirme el barco, hasta la isla de Trinidad.

 En aquel lugar conocí a tu madre. Tenía el deber de contarle la verdad, pero guardé traidoramente mi secreto. Tenía que ahorrarle el sacrificio inútil de su libertad y su felicidad a una existencia como la mía, pero cometí la canallada de casarme con ella. Si vive todavía cuando leas esto, hazle la merced de ocultarle la verdad. Lo único que puedo hacer por ella es que ignore hasta el fin la clase de hombre con quien se casó. Apiádate de ella, como me he apiadado yo. Que esta carta sea un secreto sagrado entre padre e hijo.

 Cuando tú naciste, mi salud había sufrido un grave quebranto. Unos meses más tarde, durante los primeros días de mi convalecencia, te trajeron para que te conociese y me dijeron que habías sido bautizado durante mi enfermedad. Tu madre había hecho lo que suelen hacer las madres enamoradas: había puesto a su primogénito el nombre de su  (p.22) padre. Te llamas también, Allan Armadale. Ya en aquel primer momento, aunque por suerte ignoraba lo que descubrí más tarde, tuve un mal augurio cuando te miré y pensé en aquel nombre fatal.

 En cuanto pude moverme, tuve que acudir a mis posesiones en Barbados. Aunque pueda parecerte una locura, se me ocurrió la idea de renunciar a la condición que obligaba a mi hijo, lo mismo que a mí, a llevar el nombre de Armadale, so pena de perder la herencia. Pero ya en aquellos días, cundía rápidamente por la colonia el rumor de la emancipación de los esclavos, emancipación que ahora parece inminente. Si se producía aquel cambio, nadie podía saber en qué grado se vería afectado el valor de las fincas en las Indias Occidentales. Si te devolvía el apellido que por nacimiento me correspondía y te dejaba sin más bienes para el futuro que mi propia herencia paterna, nadie podía imaginar la falta que podría hacerte un día la extensa finca Armadale y las penalidades a que el futuro podría condenarnos ciegamente a tu madre y a ti. ¡Observa cómo se acumularon las fatalidades! ¡Observa cómo recibiste tu nombre y cómo mantuviste tu apellido, a pesar mío!

 Mi salud mejoró en mi antiguo hogar, pero sólo por poco tiempo. Recaí de nuevo y los médicos me prescribieron el clima de Europa. Como no quería ir a Inglaterra (ya puedes imaginarte por qué), embarqué con tu madre y contigo hacia Francia. Desde Francia viajamos a Italia. Allí vivimos en varios sitios. Pero todo fue inútil. La muerte me había atrapado y me seguía a todas partes. Yo lo soportaba porque hallaba en ti un consuelo que no merecía. Tal vez retrocederás ahora, horrorizado con el solo recuerdo. Pero aquellos días, tú me consolabas. El único calor que aún sentía en mi corazón era el que tú me ofrecías. Mis últimos destellos de felicidad en este mundo eran los que me proporcionaba mi hijito.

 Salimos de Italia y pasamos a Lausana, el lugar desde el que te escribo ahora. El correo de esta mañana me ha traído noticias recientes y más completas que todas las anteriores acerca de la viuda del hombre asesinado. Tengo la carta ante mí mientras te escribo. Procede de un amigo de juventud, que la ha visto y ha hablado con ella. El ha sido el primero en comunicarle que la noticia de mi muerte en Madeira era falsa.

 Me escribe que no tiene palabras para explicar la violenta agitación que se apoderó de ella al enterarse de que yo seguía con vida, me había casado y tenía un hijo varonil Me pregunta si yo puedo explicarle la razón. Al hablar del ella, se expresa en términos compasivos: una joven hermosa, enterrada en el retiro de un pueblo de pescadores del la costa de Devonshire; su padre murió y se ve repudiada por la familia, que no le perdona su matrimonio. Me escribe palabras que se habrían clavado muy hondo en mi corazón de no ser por uno de los últimos párrafos de su carta, que acaparó toda mi atención en cuanto llegué a él y qUe me ha obligado a escribir estas páginas.

 Ahora sé una cosa que nunca había imaginado hasta recibir la carta. Ahora sé que la viuda del hombre cuya muerte me atosiga sin cesar dio a luz un hijo varón, que tiene un año más que el mío. Convencida de que yo había muerto, su madre hizo lo mismo que la madre de mi hijo: poner al suyo el nombre de su padre. Una vez más, en la segunda generación, hay dos Allan Armadale, como los hubo en la primera. Después de su maléfico influjo sobre los padres la fatal igualdad de nombres amenaza con una influencia igualmente maléfica a los hijos.

 Las mentes inocentes podrían ver en ello el simple resultado de una serie de acontecimientos que no podían desarrollarse de otra manera.

 Yo, que he de responder de la vida de aquel hombre, que muero con mi crimen impune y no expiado, veo lo que ninguna de aquellas mentes podría discernir. Intuyo, en el futuro, un peligro engendrado por el peligro del pasado, una traición que es fruto de su traición y un crimen que es hijo de mi crimen. El miedo que sacude ahora mi alma, ¿es un fantasma creado por la superstición de un moribundo? Consulto el Libro que venera toda la cristiandad y el Libro me dice que los pecados de los padres recaen sobre los hijos. Observo el mundo que me rodea y descubro testigos vivientes de aquella terrible verdad. Veo que los vicios que han contaminado al padre caen sobre el hijo y lo contaminan; veo que la vergüenza que ha deshonrado el apellido del padre se cierne sobre el hijo y lo deshonra. Me contemplo a mí mismo... y veo mi crimen germinando para el futuro, en las mismas circunstancias en que se sembró la semilla en el pasado, para transmitirse de mí a mi hijo en una heredada contaminación del mal.»

 Con estas líneas terminaba el escrito. En este punto había sufrido el ataque y se le había resbalado la pluma de la mano.

 El conocía el fragmento y recordaba las palabras. Cuando el lector calló, el moribundo miró ansiosamente al médico.

 -Sé lo que debo decir a continuación -dijo, articulando cada vez más despacio las palabras-. Ayúdeme a expresarlo.

 El médico le administró un estimulante e hizo una seña a Mr. Neal para que esperase.

 Después de una breve espera, la llama moribunda del espíritu volvió a brillar en los ojos del hombre. Luchando resueltamente contra la mengua de su facultad de hablar, pidió al escocés que tomase la pluma y pronunció las frases finales de su narración, a medida que se las dictaba, la memoria:

 «Desprecia, si quieres, mi convicción de moribundo, pero atiende, solemnemente te lo ruego, mi última petición. Hijo mío, la única esperanza que me queda para ti depende de una tremenda duda: la duda de si somos dueños de nuestro propio  (p.23) destino. Es posible que el libre albedrío pueda triunfar sobre el hado del mortal, y que yendo, como vamos todos, inevitablemente hacia la muerte, no nos dirijamos inevitablemente hacia lo que nos espera antes de morir. Si esto es así, respeta (aunque sólo sea eso) el consejo que te doy desde la tumba. Nunca, hasta el día de tu muerte, permitas que se acerque a ti una persona que, directa o indirectamente, esté relacionada con el crimen que cometió tu padre. Si todavía vive, evita a la viuda del hombre a quien maté. Evita a la doncella cuya perniciosa mano allanó el camino de aquel matrimonio, si es que aún está a su servicio. Pero, sobre todo, evita al hombre que lleva el mismo nombre que tú. Riñe con tu bienhechor, si la influencia de éste tiene que relacionaros a los dos. Rechaza a la mujer amada, si ha de ser un eslabón entre vosotros. Ocúltate de él bajo un nombre supuesto. Pon montañas y mares entre vosotros, vuélvete ingrato, muéstrate implacable, sé todo lo que tu buen carácter considere más repelente, antes que vivir bajo el mismo techo y respirar el mismo aire que aquel hombre. No permitas jamás que se encuentren los dos Allan Armadale en este mundo. Nunca, nunca, ¡nunca!

 Éste es el camino por donde puedes escapar, si es que existe algún camino. Sigúelo durante toda la vida, si en algo aprecias tu inocencia y tu felicidad.

 Con esto termino. Si hubiese podido confiar en que cualquier influencia menos dolorosa que la de esta confesión podía conminarte a cumplir mi voluntad, te habría ahorrado conocer el secreto contenido en estas páginas.

 Ahora estás reclinado sobre mi pecho, durmiendo el sueño inocente de los niños, mientras la mano de un extraño escribe para ti las palabras que brotan de mis labios. Piensa en lo firme que ha tenido que ser mi convicción para tener el valor, en mi lecho de muerte, de proyectar sobre tu juventud la sombra del crimen de tu padre. Piénsalo y sigue mi consejo. Piénsalo..., y perdóname si puedes.»

 Así terminó la carta. Éstas fueron las últimas palabras que el padre dirigía a su hijo. Inexorablemente fiel a la palabra dada a su pesar, Mr. Neal dejó la pluma a un lado y leyó en voz alta las líneas que acababa de escribir.

 -¿Hay que añadir algo más? -preguntó, con voz implacable y fría.

 No  (p.24) había más que añadir.

 Mr. Neal dobló el manuscrito, lo introdujo en un sobre y lo selló con el sello de Mr. Armadale.

 -¿La dirección? -preguntó con la formalidad del hombre práctico.

 Escribió las palabras que le dictaban desde la cama: «A la atención de Allan Armadale, Jr. Suplicada a Godfrey Hammick, Esq., Oficinas de Hammick y Ridge, Lincoln's Inn Fields, Londres.» Después de escribir la dirección, esperó y reflexionó un momento.

 -¿Tiene que abrirlo su albacea? -preguntó.

 -¡No! Tiene que darlo a mi hijo, cuando éste llegue a la edad en que pueda comprenderlo.

 -En tal caso -prosiguió Mr. Neal, con su fría inteligencia de hombre práctico-, añadiré una nota en el sobre, repitiendo las palabras que acaba usted de pronunciar y explicando las circunstancias bajo las cuales he intervenido en la redacción del documento.

 Escribió la nota en los términos más claros y breves que le fue posible; la leyó en voz alta, como había leído lo que había escrito antes; firmó con su nombre y su dirección al pie, e hizo que el médico firmase a continuación, como testigo y como profesional en lo referente al estado en que se hallaba Mr. Armadale. Hecho esto, lo introdujo todo en un segundo sobre, lo selló como había hecho antes y escribió la dirección de Mr. Hammick, con la indicación de «Particular» sobre aquélla.

 -¿Insiste en que envíe esto por correo? -preguntó mientras se levantaba con la carta en la mano.

 -Dele tiempo para pensar -dijo el médico-. Por el amor del niño, ¡dele tiempo para pensar! En un minuto puede cambiar de idea.

 -Le daré cinco minutos -le respondió Mr. Neal al tiempo que colocaba su reloj sobre la mesa, inexorablemente exacto hasta el fin.

 Esperaron, mirando ambos atentamente a Mr. Armadale. Los síntomas de cambio que habían aparecido ya en él se multiplicaban rápidamente. El movimiento que la: continua agitación mental le había imprimido a los músculos de la cara empezaba a extenderse hacia abajo, debido a la misma influencia perniciosa. Las manos, hasta entonces inmóviles, ya no se estaban quietas; arañaban lastimosamente la ropa de la cama. Al ver aquel síntoma, el médico se volvió, alarmado, e hizo una seña a Mr. Neal para que se acercase.

 -Pregúnteselo enseguida -dijo-. Si espera los cinco minutos, puede que sea demasiado tarde.

 Mr. Neal se acercó a la cama. También él advirtió movimiento de las manos.

 -¿Es una mala señal?

 El médico asintió gravemente con la cabeza.

 -Pregúntele enseguida -repitió- o será demasiado tarde.

 Mr. Neal sostuvo la carta delante de los ojos del moribundo.

 -¿Sabe lo que es esto?

 -Es mi carta.

 -¿Insiste en que la envíe por correo?

 El hombre venció por última vez su dificultad de hablar y respondió:

 -Sí.

 Mr. Neal se dirigió a la puerta, con la carta en la mano. El alemán lo siguió unos pasos, abrió la boca para pedirle que esperase un poco más, pero tropezó con la mirada inexorable del escocés y retrocedió en silencio. La puerta se cerró, interponiéndose entre los dos, sin que intercambiaran más palabras.

 El médico volvió junto a la cama y susurró al moribundo:

 -Deje que lo llame. ¡Todavía estamos a tiempo de detenerlo!

 Fue inútil. No hubo respuesta: ningún movimiento indicó que el hombre le hubiese prestado atención, ni siquiera que le hubiese oído. Los ojos de Mr. Armadale se apartaron del niño, se posaron un momento en la mano que se movía sin cesar y miraron suplicantes la cara compasiva que se inclinaba sobre él. El médico levantó aquella mano, se detuvo, siguió la ansiosa mirada del padre que se fijaba de nuevo en el pequeño, e interpretando su último deseo, se la acercó a la cabeza del niño. Al tocarla, la mano tembló con violencia. Un instante después, el temblor agitó el brazo y se extendió a toda la parte superior del cuerpo. La pálida cara enrojeció, se amorató y palideció de nuevo. Entonces, las manos inquietas se quedaron inmóviles y el color del semblante no volvió a mudar.

 La ventana de la habitación contigua estaba abierta cuando entró el médico con el niño en brazos. Miró hacia el exterior al pasar junto a ella y en la calle vio a Mr. Neal, que volvía despacio a la posada.

 -¿Dónde está la carta? -preguntó.

 La respuesta del escocés se limitó a tres palabras:

 -En el correo.

LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO I

EL MISTERIO DE OZIAS MIDWINTER

 Una tibia noche de mayo de mil ochocientos cincuenta y uno, el reverendo Decimus Brock, a la sazón de visita en la isla de Man, se retiró a su dormitorio, en Castletown, acosado por una grave responsabilidad personal y sin tener una idea clara de cómo se libraría de las presiones que las circunstancias ejercían sobre él.

 El clérigo había llegado a esa madurez en que el hombre sensato aprende a eludir (en la medida en que se lo permite su carácter) todo conflicto inútil con la tiranía de sus propios problemas. Abandonando cualquier esfuerzo ulterior para llegar a una decisión de la crisis en que se encontraba, Mr. Brock, en mangas de camisa, se sentó plácidamente en el borde de la cama y empezó a considerar si el problema era tan grave como hasta entonces le había parecido. Siguiendo este nuevo camino para salir de su perplejidad, se encontró inesperadamente con que se acercaba a su objetivo en el menos alentador de los viajes del hombre: un viaje a lo largo del pasado.

 Uno a uno, los sucesos de aquellos años -relacionados con el mismo grupito de personajes y más o menos responsables de la ansiedad que se interponía ahora entre el clérigo y su descanso nocturno- surgieron en episodios sucesivos en la memoria de Mr. Brock. El primero lo llevó, catorce años atrás, a su propia rectoría de la costa de Somersetshire, en el Canal  (p.25) de Bristol, y a una entrevista privada con una dama que le había visitado y que le resultaba por completo desconocida.

 La dama era rubia y se había cuidado; aunque todavía era joven, aún aparentaba menos años de los que tenía en realidad. Se ocultaba una sombra de melancolía en su expresión y un matiz doloroso en su voz; ambas cosas bastaban para indicar que había conocido el sufrimiento, pero no lo bastante para imponerlo a los demás. Viajaba con un guapo y rubio chico de ocho años, al que presentó como hijo suyo y a quien, al empezar la entrevista, envió a jugar en el jardín de la rectoría. La dama se había hecho anunciar con una tarjeta donde figuraba el nombre de «Mrs. Armadale». Mr. Brock empezó a sentir interés antes de que ella abriese los labios y, cuando hubieron despedido al niño, esperó, con cierta inquietud, a oír lo que la madre tenía que decirle.

 Mrs. Armadale empezó declarando que era viuda. Su marido había perecido en un naufragio, poco después de su matrimonio, en un viaje desde Madeira a Lisboa. Después de aquella desgracia, había viajado a Inglaterra bajo la protección de su padre, y su hijo, postumo, había nacido en la mansión familiar de Norfolk. La muerte de su padre, acaecida poco después, la había privado de su único antecesor superviviente y la había dejado expuesta al abandono y la mala voluntad de los parientes que le quedaban (dos hermanos) y que, tal como había esperado, la repudiaron de forma irrevocable. Durante algún tiempo, había vivido en el vecino condado de Devonshire, dedicada a la crianza de su hijo, que había alcanzado una edad en la que precisaba una educación mejor que la que podía ofrecerle su madre. Aparte de su rechazo a separarse de él, dada la soledad en que se hallaba, la inquietaba sobre todo la idea de que su hijo se encontrara entre extraños si lo enviaba a un colegio. Su mayor deseo era que se educase en casa y mantenerle alejado de las tentaciones y de los peligros del mundo mientras crecía. Si quería realizar este proyecto, debía abandonar su propia localidad, donde resultaba imposible conseguir los servicios del clérigo como preceptor del niño. Había hecho averiguaciones y se había enterado de que había una casa que le convenía en la vecindad de Mr. Brock y también le habían dicho que el propio Mr. Brock había dado, tiempo atrás, clases particulares. Al tener esta información se había atrevido a visitarlo, con referencias que acreditaban su honorabilidad pero sin una presentación formal; ahora tenía que preguntar si (en el caso de que estableciera su residencia en el lugar) las condiciones que podía ofrecer inducirían a Mr. Brock a abrir las puertas de su casa a un discípulo, que en este caso sería su hijo.

 Si Mrs. Armadale hubiese sido una mujer sin atractivos personales o si Mr. Brock hubiese dispuesto de un escudo para resguardarse en la persona de una esposa, probablemente el viaje de la viuda habría sido en vano. Pero, dada la situación, el párroco examinó las referencias que le presentaban y pidió tiempo para pensarlo. Expirado el plazo, hizo lo que deseaba Mrs. Armadale: ofrecer la espalda y dejar que la madre cargase sobre ella la responsabilidad del hijo.

 Éste fue el primer suceso de la serie; su fecha, el año de gracia de mil ochocientos treinta y siete. La memoria de Mr. Brock, partiendo de aquel punto en dirección al presente, evocó el segundo acontecimiento y se detuvo en el año de mil ochocientos cuarenta y cinco.

 Su escenario fue también el pueblo de pescadores de Somersetshire, y los personajes, una vez más Mrs. Armadale y su hijo. Durante los ocho años transcurridos, la responsabilidad había pesado poco sobre los hombros de Mr. Brock. El muchacho había dado a su madre y a su preceptor pocos motivos de preocupación. Ciertamente, era lento con los libros, pero más por una incapacidad natural de fijar la atención en una tarea que por falta de aptitud para comprender los textos. No podía negarse que por temperamento era altamente descuidado: actuaba con imprudencia, cedía al primer impulso y sacaba a ciegas todas las conclusiones. En cambio, había que decir en su favor que tenía un carácter por demás abierto, habría resultado difícil encontrar un muchacho más generoso, cariñoso y dulce. Cierta extraña originalidad en aquel carácter y una saludable naturalidad en todos sus gustos le libraban de la mayoría de los peligros al que le exponía inevitablemente el sistema educativo de su madre. Como buen inglés, amaba el mar y todo lo relacionado con él y, al hacerse mayor, no hubo señuelo capaz de alejarlo de la costa ni de mantenerle apartado del astillero. Llegó un día en que su madre, para su sorpresa y enorme disgusto, descubrió que trabajaba allí como voluntario. Él reconoció que su mayor ambición para el futuro era tener un astillero propio y que su actual objetivo consistía en aprender a construir una embarcación. Previendo acertadamente que este empleo que daba el muchacho a sus ratos libres era exactamente lo que el muchacho necesitaba para aceptar su posición de aislamiento de compañeros de su propio rango y edad, Mr. Brock consiguió, con no pocas dificultades, que Mrs. Armadale permitiese que su hijo se saliese con la suya. Cuando se produjo en la vida del clérigo el segundo suceso que vamos a referir en relación con su discípulo, el joven Armadale había practicado lo suficiente en el astillero como para alcanzar la cima de sus deseos, al construir con sus propias manos quilla de una barca.

 En la tarde de un día de verano, poco después de que cumpliese Allan los dieciséis años, Mr. Brock dejó a sí alumno trabajando en el taller y fue a pasar la velada con Mrs. Armadale, llevando  (p.26) consigo el periódico The Times.

 Los años transcurridos desde el día en que se habían conocido habían regulado las vidas del pastor y de su vecina. Las primeras insinuaciones que su creciente admiración por la viuda había suscitado en Mr. Brock al principio de su relación, fueron contestadas con un llamamiento a su templanza que le había cerrado la boca en lo sucesivo. Le había dado a entender, de una vez para siempre, que su corazón sólo podía ofrecerle amistad. Él la quería lo bastante para aceptar lo que ella quisiera darle: así nació su amistad, y continuaron siendo amigos desde entonces. Ningún celoso temor de que otro hombre triunfase donde él había fracasado amargó las plácidas relaciones del clérigo con la mujer a la que amaba. Mrs. Armadale no aceptó a ninguno de los pocos caballeros residentes en la vecindad, como no fuese como un simple conocido. Tranquilamente encerrada en su retiro pueblerino, permanecía indiferente a todos los atractivos sociales que habrían tentado a otras mujeres de su posición y de su edad. Mr. Brock y su periódico, que aparecían con monótona regularidad ante su mesa de té, tres veces a la semana, le decían todo lo que sabía, o deseaba saber, del gran mundo exterior que giraba alrededor de los estrechos e invariables límites de su vida cotidiana.

 La tarde en cuestión, Mr. Brock se retrepó en el sillón donde siempre se sentaba, aceptó la única taza de té que tomaba siempre y abrió el periódico que siempre leía en voz alta a Mrs. Armadale, quien le escuchaba invariablemente reclinada en el sofá, con la misma y eterna labor entre las manos.

 -¡Bendito sea Dios! -exclamó el párroco, subiendo en una octava el tono de la voz y mirando asombrado la primera página del periódico.

 Nunca se había producido una introducción como ésta a las lecturas de la tarde en toda la experiencia de Mrs. Armadale como oyente. Levantó la mirada, con curiosidad, y pidió a su reverendo amigo que le diese una explicación.

 -Apenas doy crédito a mis ojos -dijo Mr. Brock-. Aquí hay un anuncio, Mrs. Armadale, dirigido a su hijo.

 Sin más preámbulos, leyó el anuncio, que rezaba como sigue:

 Si ALLAN ARMADALE lee este anuncio, se le ruega que se ponga en contacto, personalmente o por carta, con Messrs. Hammick  (p.27) y Ridge (Lincoln's Inn Fields, Londres), para un importante asunto que le concierne. También se ruega que lo haga cualquier persona que pueda informar sobre el paradero del interesado. Para evitar errores, se advierte que el desaparecido Allan Armadale es un joven de quince años y que este anuncio se inserta a petición de su familia y amigos.

 -Otra familia y otros amigos -dijo Mrs. Armadale-. La persona cuyo nombre aparece en este anuncio nd es mi hijo.

 El tono en que dijo esto sorprendió a Mr. Brock. El cambio que se produjo en el semblante de ella, cuando alzó los ojos, le impresionó. Su delicada tez había adquirido un tono blanquecino y opaco; había desviado la mirada de su visitante con una extraña mezcla de confusión y alarma, parecía haber envejecido al menos diez años.

 -El nombre es muy poco corriente -objetó Mr. Brock, imaginándose que la había molestado y tratando de excusarse-. Realmente, parecía imposible que hubiese dos personas...

 -Hay dos personas -le interrumpió Mrs. Armadale-. Allan, como sabe usted, tiene dieciséis años. Si repasa el anuncio, verá que la persona desaparecida tiene sólo quince. Aunque lleva el mismo nombre y el mismo apellido no guarda, a Dios gracias, ningún parentesco con mi hijo. Mientras yo viva esperaré y rezaré para que Allan no le vea nunca ni sepa nunca nada de él. Veo que esto le sorprende, mi buen amigo; pero ¿me disculpará si no le explico estas extrañas circunstancias? En mi pasado hay un hecho tan desgraciado y doloroso que no puedo hablar de ello, ni siquiera a usted. ¿Me ayudará a soportar este recuerdo, absteniéndose de referirse a él en el futuro? Más aún, ¿me promete no hablar de esto a Allan e impedir que este periódico caiga en sus manos?

 Mr. Brock lo prometió y, con mucho tacto, dejó a la dama sola.

 El afecto que sentía el clérigo por Mrs. Armadale era demasiado antiguo y sincero para que pudiese desconfiar de ella. Pero sería inútil negar que se sintió contrariado por su falta de confianza y que volvió a mirar inquisitivamente y más de una vez el anuncio mientras volvía a su casa. Ahora parecía bastante claro que el motivo de Mrs. Armadale para enterrarse con su hijo en un pueblo remoto era, más que no perderlo de vista, impedir que su homónimo lo descubriera. ¿Por qué temía tanto que se encontrasen? ¿Sentía miedo por ella misma o por su hijo? La fiel confianza de Mr. Brock en su amiga rechazaba cualquier solución del enigma que implicase una mala conducta de Mrs. Armadale en el pasado, conducta que habría podido explicar los malos recuerdos a los que había aludido y el alejamiento de sus hermanos, que la mantenían apartada desde hacía años de sus parientes y de su hogar. Aquella noche destruyó el anuncio con sus propias manos, y resolvió no volver a pensar en ello.

 Había otro Allan Armadale en el mundo, un extraño que nada tenía que ver con su discípulo, un vagabundo al que se llamaba públicamente a través de los periódicos. Esto era cuanto le había revelado el incidente. Por el bien de Mrs. Armadale, no deseaba saber nada más, no trataría nunca de averiguar nada más. Éste fue el segundo acontecimiento desde que el pastor había conocido a Mrs. Armadale y a su hijo. La memoria de Mr. Brock, al acercarse progresivamente al presente, alcanzó la tercera etapa de su viaje por el pasado y se detuvo en el año de mil ochocientos cincuenta.

 Los cinco años transcurridos habían cambiado poco, o nada, el carácter de Allan. Había pasado simplemente (para emplear las palabras de su preceptor) de ser un chico de dieciséis años a ser un joven de veintiuno. Era tan sencillo y franco como siempre, tan singular y empedernidamente alegre como siempre, tan despreocupado y aficionado como siempre a seguir sus propios impulsos, a pesar de las consecuencias. Su pasión por el mar se había fortalecido con el paso de los años. De construir un bote, había pasado ahora a construir -con dos jornaleros a sus órdenes- una embarcación de treinta y cinco toneladas. Mr. Brock había tratado deliberadamente de infundirle aspiraciones más elevadas, lo había llevado a Oxford para que viese cómo era la vida universitaria, lo había llevado a Londres para que viese el espectáculo de la gran metrópoli. Aquel cambio había divertido a Allan, pero no lo había alterado en absoluto. Era tan superior a todas las ambiciones mundanas como el propio Diógenes. «¿Qué es mejor? -preguntaba el inconsciente filósofo-, ¿encontrar tú mismo el camino para ser feliz o dejar que otros traten de encontrarlo por ti?» Desde aquel momento, Mr. Brock permitió que el carácter de su alumno se desarrollase libremente y Allan prosiguió sin cesar el trabajo con su yate.

 Pero si el tiempo había producido tan pocos cambios en el hijo, no había sido inofensivo para la madre. La salud de Mrs. Armadale declinaba rápidamente; le fallaban las fuerzas, su temperamento iba de mal en peor, estaba cada día más inquieta, más sometida a sus morbosos temores y antojos, más reacia a salir de su habitación. Desde la publicación del anuncio, hacía de ello cinco años, nada había sucedido que obligase a su memoria a volver a los dolorosos recuerdos de su vida anterior. Ninguna palabra acerca del tema prohibido se había cruzado entre ella y el párroco, ninguna sospecha sobre la existencia de su homónimo había pasado por la mente de Allan. Sin embargo, sin la sombra de un motivo para sentirse angustiada, Mrs. Armadale había experimentado, en los últimos años, una continua y nerviosa inquietud por su hijo. En ocasiones, se felicitaba por la afición a los yates y a la navegación a vela que lo mantenía ocupado y feliz sin que ella lo  (p.28) perdiese de vista. Pero otras veces, hablaba con horror de que su hijo se confiase normalmente al traidor océano donde su esposo había hallado la muerte. De un modo u otro, ponía a prueba la paciencia de Allan como nunca lo había hecho en sus días más felices, cuando gozaba de mejor salud. Más de una vez temió Mr. Brock una grave desavenencia entre ellos, pero la dulzura de carácter, natural en Allan, reforzada por el amor hacia su madre, hacía que triunfase por encima de todas las cosas. Nunca se le escapó una mala palabra o una mirada dura en su presencia, siempre se mostró cariñoso y paciente con ella hasta el fin.

 Tales eran las posiciones del hijo, de la madre y del amigo cuando se produjo el tercer acontecimiento importante en la vida de los tres. Una triste tarde de primeros de noviembre, la visita del posadero del pueblo interrumpió a Mr. Brock en la redacción de su sermón.

 Después de pedir disculpas, el posadero expuso con bastante claridad el urgente asunto que lo traía a la rectoría. Hacía pocas horas que un joven había sido llevado a la posada por unos labradores de la vecindad, que le habían encontrado rondando en uno de los campos de su dueño en un estado de trastorno mental que ellos consideraban franca locura. El posadero había dado cobijo a la pobre criatura y envió a buscar al médico; éste, después de reconocerlo, había dictaminado que padecía de fiebre cerebral y que si lo trasladaban a la ciudad más próxima donde pudiese haber un hospital o un dispensario donde ingresarle sufriría consecuencias fatales para toda esperanza de recuperación. Dada esta opinión y habiendo observado que el único equipaje del desconocido era una pequeña bolsa de viaje que habían encontrado en el campo cerca de él, el posadero resolvió en el acto consultar al párroco y preguntarle qué medidas había que tomar en unas circunstancias tan apremiantes.

 Mr. Brock, además de pastor, era juez del distrito, y desde el primer momento vio claramente lo que debía hacerse. Se caló el sombrero y, en compañía del posadero, se dirigió al hostal.

 En la puerta de la posada se reunió con ellos Allan, que se había enterado de la noticia por otro canal y estaba esperando la llegada de Mr. Brock para entrar con él y ver cómo era el desconocido. El médico del pueblo se unió a ellos en el mismo instante, y los cuatro entraron juntos en el hostal.

 Encontraron al hijo del posadero y al mozo de cuadra, sujetando desde ambos lados al hombre en una silla. Joven, delgado y de baja estatura, mostraba en aquel momento una fuerza suficiente para dificultar la acción de los dos que trataban de dominarlo. Su tez morena, los grandes ojos castaños y brillantes, los negros bigote y barba, le daban cierto aspecto de extranjero. El traje estaba un poco raído, pero la camisa aparecía limpia. Las manos aceitunadas eran enjutas y nerviosas y, en más de un punto, mostraban la lividez de antiguas cicatrices. Los dedos de ud pie, descalzo al haber el hombre lanzado el zapato, se aferraban al barrote de la silla a través del calcetín con una habilidad muscular que sólo muestran los que están acostumbrados a andar descalzos. En el frenesí que ahora le poseía, resultaba imposible atribuir algún propósito útil a aquella acción. Después de consultar en voz baja con Mr. Brock, el médico supervisó personalmente el traslado del paciente a una habitación tranquila de la parte posterior de la casa. Poco después, enviaron su ropa y su bolsa de viaje al piso inferior y las registraron en presencia del juez, por si se encontraba algún dato que permitiese establecer comunicación con sus conocidos.

 La bolsa sólo contenía una muda de ropa interior y dos libros: las tragedias de Sófocles, en griego, y el Fausto de Goethe, en alemán. Ambos volúmenes estaban muy gastados y en la portada de cada uno de ellos, aparecían manuscritas las iniciales O.M. Esto fue cuanto reveló la bolsa de viaje.

 Después se registró la ropa que llevaba el hombre cuando lo encontraron en el campo. Sucesivamente aparecieron una bolsa (que contenía un soberano y unos pocos chelines), una pipa, una petaca, un pañuelo y un vasito de asta. El siguiente y último objeto se encontró, muy arrugado, en el bolsillo del pecho de la chaqueta. Era un informe, fechado y firmado, pero en el que no constaba ninguna dirección. Por lo que se desprendía de este documento, la historia del desconocido era ciertamente triste. Por lo visto, había trabajado durante poco tiempo como portero en un colegio y lo habían despedido al manifestarse su dolencia, por miedo de que la fiebre pudiese ser contagiosa, con el consiguiente perjuicio para la buena marcha del establecimiento. No se le imputaba ninguna mala acción en el desempeño de su cargo. Antes al contrario, el director del colegio se complacía en manifestar su capacidad y sü buen carácter y expresaba su ferviente esperanza de que (con la ayuda de la Providencia) consiguiese recuperar la salud en otro lugar.

 Aquel testimonio escrito, que permitía echar una ojeada a la historia del hombre, servía también para otra cosa: lo relacionaba con las iniciales manuscritas en los libros y lo identificaba, ante el juez y el posadero, como poseedor del extraño nombre de Ozias Midwinter.

 Mr. Brock dejó a un lado el informe, sospechando que el director del colegio había omitido deliberadamente en él su dirección con el propósito de librarse de toda responsabilidad en el caso de producirse la muerte del portero. De todos modos, dadas las circunstancias, resultaba claramente inútil tratar de encontrar a los conocidos de aquel pobre infeliz, si es que tenía alguno. Lo habían llevado a la posada y, por razones de simple  (p.29) humanidad, en ella permanecería de momento. Los problemas relativos a los gastos podrían solucionarse, en el peor de los casos, con las caritativas aportaciones de los vecinos o con una colecta en la iglesia, después del sermón. Habiendo asegurado al posadero que consideraría este aspecto de la cuestión y le daría a conocer el resultado, Mr. Brock salió del hostal, sin darse cuenta, de momento, de que Allan se había quedado atrás.

 Pero, antes de que hubiese caminado cincuenta metros, su alumno le alcanzó. Contrariamente a su costumbre, había permanecido serio y silencioso durante todas las pesquisas realizadas en la posada, pero ahora había recuperado su habitual vitalidad. Alguien que no le conociese lo habría atribuido a falta de sentido común.

 -Este asunto es muy lamentable -comentó el párroco-. Realmente, no sé qué hacer para ayudar a ese desgraciado.

 -Tranquilícese, señor -dijo el joven Armadale, con su acostumbrada despreocupación-. Acabo de arreglarlo todo con el posadero.

 -¿Tú? -exclamó, asombrado, Mr. Brock.

 -Sólo le he dado unas cuantas instrucciones -continuó Allan-. Nuestro amigo, el portero, debe tener cuanto necesite y hay que tratarle como a un príncipe. Cuando el médico y el posadero quieran cobrar sus cuentas, sólo tienen que acudir a mí.

 -Mi querido Allan -le reprendió amablemente Mr. Brock-, ¿cuándo aprenderás a pensar un poco antes de ceder a tus generosos impulsos? Estás gastando más dinero del que puedes en la construcción del yate...

 -¡Imagínese! Anteayer fijamos las primeras tablas de la cubierta -apuntó Allan, saltando al nuevo tema con su volubilidad habitual-. Ya se puede pasar por ellas, si no se tiene vértigo. Le ayudaré a subir la escalerilla, Mr. Brock, si quiere venir a verlo.

 -Escucha -insistió el párroco-. No estoy hablando del yate. Mejor dicho, sólo me referí a él como un ejemplo de...

 -Y un magnífico ejemplo -le interrumpió el incorregible Allan-. Si encuentra en toda Inglaterra una embarcación pequeña de su calado más bonita que la mía, renunciaré mañana mismo a la construcción de yates. Pero ¿de qué estábamos hablando, señor? Me parece que nos hemos perdido...

 -Y yo temo que uno de nosotros tiene la costumbre de perderse en cuanto abre la boca -replicó Mr.  (p.30) Brock-. Vamos, vamos, Allan; esto es grave. Te has hecho responsable de unos gastos a los que no podrás hacer frente. Entiéndeme, no quiero censurar en absoluto tu amable comportamiento para con ese infeliz...

 -No se preocupe por él, señor. Se repondrá, estará bien dentro de una semana. Un tipo estupendo, ¡estoy seguro de ello! -prosiguió Allan, que tenía por costumbre creer en todo el mundo y no desconfiar de nada-. ¿Y si le invitase a comer cuando se ponga bien, mister Brock? Me gustaría averiguar (cuando estemos los tres en buena compañía, después de unas copas de vino, ya sabe...) cómo adquirió un nombre tan estrafalario. ¡Ozias Midwinter! Por vida mía que su padre debería estar avergonzado.

 -¿Quieres contestarme a una pregunta antes de que entre en mi casa? -dijo el clérigo, quien se detuvo, desesperado, ante la verja-. La cuenta del alojamiento y la atenciones médicas de ese hombre pueden ascender a veinte o treinta libras, antes de que se recupere, si es que llega a reponerse. ¿Cómo las vas a pagar?

 -¿Qué dice el ministro de Hacienda cuando descubre que se ha armado un lío con las cuentas y no sabe cómo salir de él? -preguntó Allan-. Siempre dice a su honorable amigo que está dispuesto a dejar no sé qué...

 -¿Una reserva? -sugirió Mr. Brock.

 -Esto es -dijo Allan-. Yo soy como el ministro de Hacienda. Estoy dispuesto a dejar una reserva. El yate (¡bendito sea!) no se lo comerá todo. Pero si me faltan un par de libras, no se preocupe, señor. No soy orgulloso; iré sombrero en mano por la calle y recogeré lo que falte de manos de los vecinos. ¡Al diablo con las libras, los chelines y los peniques! Ojalá desapareciesen como los Hermanos Beduinos en el teatro. ¿Se acuerda usted de los Hermanos Beduinos, Mr. Brock? «Alí tomará una antorcha encendida y la introducirá en la garganta de su hermano Mulí; Mulí tomará una antorcha encendida y la introducirá en la garganta de su hermano Hassán, y Hassán tomará una tercera antorcha encendida y pondrá fin al espectáculo al introducirla en su propia garganta, con lo cual dejará a los espectadores en una oscuridad total.» Algo maravilloso, una muestra de lo que yo llamo verdadero ingenio, con cierto toque emocional. ¡Pero espere un momento! ¿Dónde estábamos? Nos hemos perdido otra vez. Oh, ya lo recuerdo... El dinero. Lo que no acabo de comprender -concluyó Allan, sin darse cuenta de que estaba predicando la doctrina socialista a un clérigo- es que armen tanto jaleo con la cuestión de repartir el dinero. ¿Por qué la gente que tiene dinero de sobra no puede darlo a los que no lo tienen y hacer, de este modo, que la vida resulte más cómoda y agradable para todos? Usted siempre me está diciendo que cultive las ideas, Mr. Brock. He aquí una que, desde luego, no me parece nada mal.

 Mr. Brock empujó cordialmente a su alumno con la contera de su bastón.

 -Vuelve a tu yate. La poca discreción que quedaba en tu ligera cabeza la dejaste a bordo, en tu caja de herramientas. -Cuando se quedó solo, siguió diciendo para sí-: Nadie puede saber cómo terminará este muchacho. Ojalá no hubiese tomado sobre mis hombros la responsabilidad de educarle.

 Pasaron tres semanas antes de que el desconocido de nombre estrafalario iniciase al fin su recuperación. Durante este período, Allan se interesó continuamente por él en la hospedería y cuando se autorizó al enfermo a recibir visitas, fue el primero en plantarse junto a su cama. Hasta entonces, el discípulo de Mr. Brock no había hecho más que mostrar un interés natural por uno de los pocos incidentes románticos que habían interrumpido la monotonía de la vida en aquel pueblo: no había cometido imprudencia alguna, ni dado motivo para que lo criticasen. Pero con el paso de los días, las visitas del joven Armadale a la posada empezaron a alargarse considerablemente, y el médico, que era un viejo prudente, insinuó al párroco la conveniencia de que tomase cartas en el asunto. Mr. Brock captó enseguida la insinuación, actuó en consecuencia y descubrió que Allan había cedido una vez más a sus impulsos habituales. Le había tomado gran aprecio al portero vagabundo y había invitado a Ozias Midwinter a residir definitivamente en el pueblo, en su nueva e interesante calidad de amigo íntimo de Allan.

 Antes de que Mr. Brock pudiese tomar una decisión acerca de lo que debía hacer en este caso, recibió una nota de la madre de Allan donde le pedía que, como viejo amigo que era, la visitase en sus habitaciones. Allí encontró a Mrs. Armadale presa de una violenta agitación nerviosa, causada sobre todo por una reciente conversación con su hijo. Allan había estado sentado con ella toda la mañana y sólo había hablado de su nuevo amigo. El individuo del horrible nombre (como le llamaba la pobre Mrs. Armadale) había interrogado a Allan, en términos singularmente inquisitivos, sobre él mismo y su familia, pero se había reservado su propia historia personal. Desgraciadamente, Allan sólo se había enterado de que, en un período anterior de su vida, aquel hombre se había familiarizado con el mar y con la navegación a vela e inmediatamente se había formado un lazo de amistad entre los dos. Mostrando contra el desconocido (por el solo hecho de ser desconocido) una desconfianza que a Mr. Brock le pareció bastante irracional, Mrs. Armadale suplicó al párroco que acudiese a la posada sin perder un instante y no parase hasta conseguir que el hombre le diese debida cuenta de quién era.

 -¡Averigüe todo lo que pueda sobre sus padres! -le pidió con vehemencia-. Asegúrese antes de irse de que no es un vagabundo que ronda por el país bajo un nombre falso.

  (p.31) -Mi querida señora -replicó el clérigo, tomando sumisamente su sombrero-, aunque podamos dudar de otras cosas, supongo que podemos estar seguros de que el nombre de ese individuo es verdadero. Es tan feo que debe ser auténtico. Ningún ser humano escogería un nombre como Ozias Midwinter.

 -Puede que tenga usted razón y tal vez estoy completamente equivocada; pero, por favor, vaya a verlo -insistió Mrs. Armadale-. Vaya y no se ande con consideraciones, Mr. Brock. ¿Cómo podemos saber que su enfermedad no es fingida?

 Era inútil discutir con ella. Si todo el Colegio de Médicos hubiese certificado la enfermedad del hombre, Mrs. Armadale, en el estado mental en que se hallaba, habría desconfiado del Colegio en pleno, desde el decano hasta el último de sus miembros. Mr. Brock hizo lo único que podía para salir del mal paso: sin añadir palabra, partió inmediatamente hacia la posada.

 Ozias Midwinter, que se estaba recuperando de su fiebre cerebral, presentaba un aspecto impresionante a primera vista. La cabeza afeita (p.32) apasionada de aquel hombre, se extinguió en la oscuridad. Sus ojos errantes, volviendo a su costumbre, se desviaron inquietos de Mr. Brock y su voz adquirió de nuevo aquel aplomo y monotonía que nada tenían de naturales.

 -Le pido disculpas, señor. Estoy acostumbrado que me persigan, a que me estafen y a que me priven de todo. Lo que no sea esto me resulta extraño.

 Con sentimientos contradictorios hacia aquel hombre, Mr. Brock le tendió impulsivamente la mano cuando se levantó para marcharse y después, con súbito recelo, retiró confuso.

 -Su intención fue buena, señor -comentó Ozias Midwinter, con las manos cruzadas a la espalda-. No le critico por haber cambiado de idea. Un hombre que no puede dar debida cuenta de sí mismo, no merece que un caballero de su condición le dé la mano.

 Mr. Brock salió de la hospedería profundamente intrigado. Antes de volver junto a Mrs. Armadale, envió a buscar al hijo de ésta. Lo más probable era que el desconocido hubiese bajado la guardia al hablar con Allan y, dada la franqueza de éste, no debía temer que le ocultase nada de lo que había pasado entre los dos.

 Pero tampoco aquí obtuvo resultado la diplomacia de Mr. Brock. Una vez iniciado el tema sobre Ozias Midwinter, Allan habló por los codos de su nuevo amigo, a su manera jovial acostumbrada. Pero en realidad no tenía nada importante que decir, pues nada importante le había revelado. Habían hablado durante horas de construcción de barcos y de navegación a vela y Allan había recibido algunos consejos valiosos al respecto. Habían discutido (con la ayuda de diagramas y con más consejos valiosos para Allan) la seria e inminente cuestión de la botadura del yate. En otras ocasiones habían tratado diferentes temas, aunque la mayoría de ellos obedecía al impulso del momento. ¿Había dicho algo Midwinter acerca de sus parientes en el curso de su amistosa charla? Nada, salvo que no se habían portado bien con él. ¡Al diablo con los parientes!

 ¿Se mostraba contrariado por llevar un nombre tan extraño? En absoluto, había dado ejemplo de sensatez al burlarse él mismo de su nombre: a fin de cuentas, sonaba bien cuando uno se acostumbraba a él. ¿Qué había visto Allan en él que tanto le había atraído? Allan había visto... lo que no veía en las personas en general. No era como los demás hombres de la vecindad. Todos éstos estaban cortados por el mismo patrón. Todos eran igualmente sanos, robustos, charlatanes, tercos, de piel blanca, rudos; todos bebían la misma cantidad de cerveza, fumaban durante todo el día en sus pipas cortas, cabalgaban en los mejores caballos, cazaban con los mejores perros y, por la noche, ponían sobre su mesa una botella del mejor vino de Inglaterra; todos se lavaban cada mañana en la misma clase de bañera con agua fría y se jactaban de ello con las mismas palabras en los fríos días de invierno; a todos les gustaban las bromas y consideraban que apostar en las carreras de caballos era una de las acciones más meritorias que podía realizar un ser humano. Eran, a su manera, tipos excelentes, pero con el grave inconveniente de que eran todos iguales. Encontrar a un hombre como Midwinter, un hombre que estaba cortado por otro patrón y que tenía el mérito (en aquellos lugares) de seguir su propio camino, podía considerarse realmente como un don de Dios.

 Dejando toda amonestación para un momento más oportuno, el párroco volvió junto a Mrs. Armadale. Consideraba que la madre de Allan era la verdadera responsable de la actual conducta imprudente de su hijo. Si el muchacho hubiese tenido menos trato con la gente modesta del lugar y conocido el gran mundo, tanto en el país como en el extranjero, la satisfacción de cultivar la amistad con Ozias Midwinter habría mostrado menos atractivos para él.

 Consciente del insatisfactorio resultado de su visita a la posada, Mr. Brock sintió cierta inquietud acerca de cómo recibiría Mrs. Armadale su información.

 Sus malos augurios quedaron pronto confirmados. A pesar de todos sus esfuerzos, Mrs. Armadale aprovechó la sospechosa circunstancia del silencio del portero acerca de su propia persona para justificar las severas medidas que habrían de tomarse para separarle de su hijo. Si el párroco se negaba a intervenir, declaró que estaba dispuesta a escribir a Ozias Midwinter de su puño y letra. Tan irritada estaba que sorprendió a Mr. Brock al volver al tema prohibido para recordarle la conversación que habían sostenido cinco años atrás, cuando se enteraron del anuncio publicado en el periódico. Declaró apasionadamente que el vagabundo Armadale a quien iba dirigido el anuncio y el vagabundo Midwinter de la posada podían ser, mientras no se demostrase lo contrario, la misma y única persona. El pastor reiteró en vano su convicción de que aquel nombre sería el último que escogería un hombre (y en particular un joven) para ocultar su identidad. Pero nada podía calmar a Mrs. Armadale, salvo una absoluta sumisión a su voluntad. Temeroso de las consecuencias de toda resistencia, dado el delicado estado de salud de la dama, y previendo una grave disputa entre madre e hijo si intervenía ella directamente en el asunto, Mr. Brock se avino a visitar de nuevo a Midwinter y decirle sin ambages que debía dar una clara explicación sobre su persona o poner fin a su relación con Allan. A cambio de ello, obtuvo de Mrs. Armadale dos concesiones: que esperaría con paciencia a que el médico dictaminase que el hombre se hallaba en condiciones de viajar y que, mientras tanto, se abstendría de mencionar el asunto a su hijo.

 Una semana más tarde, Midwinter pudo dar un paseo en el tílburi de la posada (con Allan como  (p.33) cochero) y, a los diez días, el médico informó en privado de que se hallaba en condiciones de viajar. Cuando declinaba aquel décimo día, Mr. Brock vio a Allan y a su nuevo amigo disfrutando de los últimos rayos del sol invernal por un camino alejado de la costa. Esperó a que los dos se separasen y siguió al portero mientras éste regresaba a la posada.

 La resolución del párroco de hablar sin rodeos de la cuestión amenazaba con debilitarse a medida que se acercaba a aquel hombre sin amigos y veía la inseguridad de su paso y cómo pendía holgado de sus hombros el raído gabán, con qué pesadez se apoyaba en el tosco y barato bastón. Humanamente reacio a pronunciar precipitadamente las palabras decisivas, Mr. Brock trató primero de halagarlo un poco refiriéndose a sus dotes de lector, puestas de manifiesto por los libros de Sófocles y de Goethe que habían encontrado en su bolsa de viaje, y le preguntó cuánto tiempo hacía que conocía el griego y el alemán. Pero el agudo oído de Midwinter detectó algo raro en el tono de la voz de Mr. Brock. Se volvió, bajo la luz menguante del crepúsculo, y miró rápidamente y con recelo la cara del pastor.

 -Usted tiene algo que decirme -puntualizó- y no es precisamente lo que me está preguntando ahora.

 No había más remedio que aceptar el desafío. Con toda delicadeza, y después de un largo preámbulo que el otro escuchó en silencio, Mr. Brock fue poco a poco al grano. Pero, mucho antes de que llegase a él, mucho antes de lo que cualquier hombre de sensibilidad ordinaria habría podido prever lo que vendría después, Ozias Midwinter se detuvo en el camino y advirtió al párroco que era inútil que siguiese hablando.

 -Le comprendo, señor. Mr. Armadale goza de una sólida posición en el mundo; Mr. Armadale no tiene nada que ocultar, nada de que avergonzarse. Estoy de acuerdo con usted en que no soy una buena compañía para él. La mejor manera de corresponder a su gentileza es no seguir abusando de tanta amabilidad. Tenga por seguro que mañana por la mañana me marcharé de este lugar.

 No añadió nada más ni quiso oír una palabra más. Con un aplomo que, dada su edad y su temperamento, no dejaba de parecer maravilloso, se descubrió cortésmente, hizo una breve  (p.34) reverencia y volvió solo a la posada.

 Mr. Brock durmió mal aquella noche. El resultado de la entrevista celebrada en el camino dificultaba aún más la solución del problema de Ozias Midwinter.

 A la mañana siguiente, muy temprano, el párroco recibió una carta desde la posada y el mensajero le anunció que el extraño forastero acababa de partir. La carta incluía una nota abierta dirigida a Allan, donde se pedía al preceptor de éste que (después de leerla) decidiese si debía llegar a su destinatario. La nota era sorprendentemente breve: lo decía todo en doce palabras: «No culpes a Mr. Brock, pues tiene razón. Gracias y adiós. O.M.»

 El párroco envió la nota a su destinatario, como era natural que hiciese y, al mismo tiempo, dirigió unas líneas a Mrs. Armadale para calmar su ansiedad con la noticia de la partida del portero. Hecho esto, aguardó la visita de alumno, que sin duda no se haría esperar después de recibir la nota; lo cierto es que no se sentía muy tranquilo. La conducta de Midwinter podía obedecer a algún motivo oscuro, pero hasta el momento no se podía negar que su comportamiento no justificaba en absoluto la desconfianza del pastor y sí la buena opinión que Allan se había formado de él.

 Transcurrió la mañana y el joven Armadale no compareció. Después de buscarlo en vano en el astillero donde construía el yate, Mr. Brock se dirigió a la casa de Mrs. Armadale. La información que le dio el criado hizo que diese media vuelta y se encaminase a la hospedería. El posadero le reveló inmediatamente la verdad: el joven Mr. Armadale había estado allí, con una carta abierta en la mano, y había insistido en saber qué camino había tomado su amigo. Por primera vez desde que le conocía el posadero, el joven caballero parecía furioso, y la doncella que atendía a los huéspedes había mencionado estúpidamente una circunstancia que había añadido leña al fuego. Había declarado que Mr. Midwinter se había encerrado por la noche en su habitación y prorrumpido en violentos sollozos. Este detalle sin importancia había encendido el semblante de Mr. Armadale, quien había estallado en gritos y juramentos; después había corrido al establo y obligó al mozo de mulas a ensillarle un caballo. Poco después partió al galope por el mismo camino tomado por Ozias Midwinter antes que él.

 Después de encarecer al posadero que mantuviera en secreto la conducta de Allan, si algún sirviente de Mrs. Armadale iba a la posada aquella mañana, Mr. Brock volvió a su casa y esperó con ansiedad lo que le depararía el día.

 Para su infinito alivio, su discípulo se presentó en la rectoría a avanzada hora de la tarde. Allan se comportó y habló con una terca decisión completamente nueva en él, por lo que recordaba su viejo amigo. Sin esperar a que éste lo interrogase, contó lo sucedido como solía, sin andarse por las ramas. Había alcanzado a Midwinter en la carretera y después de tratar en vano de hacerle regresar y de averiguar adonde iba, le había amenazado con acompañarle Jurante el resto del día, y así le había sonsacado que iba a nrobar suerte en Londres. Sabido esto, Allan había preguntado la dirección de su amigo en Londres.

 El otro le había rogado que no insistiese en esto, pero él había porfiado enérgicamente y al fin consiguió la dirección al apelar a la gratitud de Midwinter (cosa que le hizo avergonzarse de sí mismo), aunque después le pidió perdón por ello.

 -Aprecio a ese pobre muchacho y no quiero renunciar a su amistad -concluyó Allan, descargando un puñetazo sobre la mesa de la rectoría-. No tema que vaya a causarle disgustos a mi madre; dejo a su discreción hablar con ella, Mr. Brock, a su manera y cuando lo crea oportuno. Sólo le diré una cosa más, para dejar zanjada la cuestión. Aquí, en mi libreta, está la dirección, y aquí estoy yo, firme y resuelto por una vez a hacer mi voluntad. Les doy, a usted y a mi madre, tiempo para reflexionar; pero, transcurrido éste, si mi amigo Midwinter no viene a mí, yo iré a su encuentro.

 Así quedó el asunto de momento y tal fue el resultado de haber lanzado de nuevo al infeliz portero por los caminos del mundo.

 Transcurrió un mes y amaneció el nuevo año de mil ochocientos cincuenta y uno. Pasando por alto este breve período, Mr. Brock consideró con angustiados sentimientos el siguiente suceso, para él, el más triste, el más digno de recuerdo de toda la serie de acontecimientos: la muerte de Mrs. Armadale. El primer aviso de la inminente calamidad siguió de cerca a la partida del portero, en diciembre, y se produjo en unas circunstancias que quedaron dolorosamente grabadas para siempre en la memoria del clérigo.

 Tres días después de que Midwinter hubiese partido hacia Londres, una mujer elegantemente vestida, que llevaba un traje y un sombrero de seda negros y un chal rojo, y que le era totalmente desconocida, se acercó a Mr. Brock en una calle del pueblo para preguntarle la dirección de Mrs. Armadale. Hizo la pregunta sin levantar el grueso velo que le ocultaba el rostro. Mientras le daba las instrucciones necesarias, Mr. Brock observó que era una mujer sumamente elegante y graciosa. Se quedó mirándola después de que ella le diese las gracias con una inclinación de cabeza y se apartase, mientras el clérigo se preguntaba quién podía ser aquella visitante de Mrs. Armadale.

 Un cuarto de hora más tarde, la dama, todavía cubierta con el velo, se cruzó de nuevo con Mr. Brock cerca de la hospedería. Entró en el edificio y habló con la posadera. Al ver que el hostelero salía poco después y se dirigía apresuradamente al establo, Mr. Brock se preguntó si la dama se disponía a marcharse. Sí, había venido de la estación del ferrocarril en el  (p.35) ómnibus, pero volvía allí más dignamente, en un carruaje alquilado y proporcionado por la posada.

 El párroco continuó su paseo, bastante sorprendido al comprobar que sus pensamientos giraban curiosamente en torno a una mujer desconocida. Cuando llegó a su casa, se encontró con que el médico del pueblo estaba esperando su regreso, con un mensaje urgente de la madre de Allan. Hacía más o menos una hora que habían avisado al médico para que fuese a visitar inmediatamente a Mrs. Armadale. La había encontrado presa de un alarmante ataque de nervios, provocado (según sospechaban los criados) por una visitante inesperada y posiblemente no deseada, que se había presentado aquella mañana. El médico había recetado lo necesario y no temía que el ataque tuviese consecuencias peligrosas. Pero cuando la paciente se recobró, le había dicho que debía ver inmediatamente a Mr. Brock, de manera que había considerado conveniente complacerla y decidió pasar por la rectoría para transmitir el mensaje.

 Al observar a Mrs. Armadale con un interés mucho más profundo que el del médico, cuando Mr. Brock entró en la habitación vio en su semblante señales suficientes para justificar su inmediata y seria alarma. Pero ella no le dio oportunidad de apaciguarla, hizo caso omiso de todas sus preguntas. Lo único que quería eran respuestas y estaba resuelta a obtenerlas. ¿Había visto Mr. Brock a la mujer que la había visitado? Sí. ¿La había visto Allan? No, Allan había estado trabajando desde después del desayuno en el astillero y allí estaba todavía. Esta última respuesta pareció tranquilizar de momento a Mrs. Armadale, que formuló la siguiente pregunta (la más sorprendente de las tres) con mayor serenidad. ¿Pensaba el párroco que Allan pondría reparos a suspender el trabajo en el yate y acompañar a su madre en un viaje para buscar una nueva casa en algún otro lugar de Inglaterra? Sumamente asombrado, Mr. Brock preguntó qué razón podía haber que la indujese a abandonar su residencia. La razón que le expuso Mrs. Armadale sólo sirvió para aumentar su sorpresa. La primera visita de la mujer podía ir seguida de una segunda antes que verla de nuevo, antes que correr el riesgo de que Allan la viese y hablase con ella, Mrs. Armadale estaba dispuesta a abandonar Inglaterra si fuese necesario y terminar sus días en un país extranjero. Fundándose en su experiencia de juez, Mr. Brock preguntó si la mujer le había pedido dinero. Sí: a pesar de su elegante atuendo, había dicho que estaba «muy apurada», había pedido dinero y lo había obtenido. Pero el dinero carecía de importancia; lo principal era marcharse antes de que volviese la mujer. Cada vez más sorprendido, Mr. Brock se atrevió a formular otra pregunta. ¿Hacía mucho tiempo que Mrs. Armadale no veía a su visitante? Sí, veintiún años, los mismos que tenía Allan. Al oír esta respuesta, el párroco cambió de táctica y utilizó su experiencia como amigo.

 -¿Guarda esta persona alguna relación con los dolorosos recuerdos de su juventud?

 -Sí, con los dolorosos recuerdos de los días en que estuve casada -respondió Mrs Armadale-. Tuvo que ver, cuando sólo era una niña, con una circunstancia que recordaré con vergüenza y dolor hasta el día de mi muerte.

 Mr. Brock advirtió el tono alterado en que se había expresado su amiga y la renuencia con que había dado su respuesta.

 -¿Puede decirme algo más de ella, sin referirse a usted misma? -prosiguió el clérigo-. Estoy seguro de que podré protegerla, si usted me ayuda un poco. Por ejemplo su nombre. ¿Puede decirme su nombre?

 Mrs. Armadale sacudió la cabeza.

 -El nombre por el que yo la conocía -replicó- le sería de ninguna utilidad. Más tarde se casó, según ha dicho ella misma.

 -¿Y no le ha dado su apellido de casada?

 -Se ha negado a decírmelo.

 -¿Sabe algo de sus conocidos?

 -Sólo de sus conocidos de la infancia. Su tío y su tía, según decían ellos. Eran gente de baja estofa y la abandonaron en la escuela de la hacienda de mi padre. Nunca volvimos a saber de ellos.

 -¿Permaneció ella bajo el cuidado del padre de usted?

 -Permaneció bajo mi cuidado, quiero decir que viajó con nosotros. Precisamente entonces estábamos a punto de salir de Inglaterra con rumbo a Madeira. Mi padre me autorizó para que la llevase conmigo y la enseñase para convertirla en mi doncella...

 Después de pronunciar estas palabras, Mrs. Armadale se interrumpió, confusa. Mr. Brock trató amablemente de que prosiguiera. Pero fue inútil; ella se levantó, presa de violenta agitación y empezó a pasear nerviosamente por la estancia.

 -¡No me pregunte más! -gritó, en tono fuerte e irritado-. Me separé de ella cuando la niña tenía doce años. Nunca volví a verla, nunca volví a saber de ella, hasta hoy. No sé cómo ha podido encontrarme después del tiempo transcurrido; sólo sé que me ha encontrado. La próxima vez encontrará a Allan y envenenará la mente de mi hijo contra mí. ¡Ayúdeme a alejarme de ella! ¡Ayúdeme a llevarme a Allan de aquí antes de que ella vuelva!

 El párroco no hizo más preguntas, habría sido una crueldad seguir interrogándola. Lo más urgente era tranquilizarla con la promesa de cumplir todos sus deseos. Después, había que inducirla a ver a otro médico. Para alcanzar este último objetivo, Mr. Brock le recordó que necesitaba recuperar fuerzas para viajar y que su médico de cabecera la restablecería con más rapidez si contaba con la ayuda de un eminente profesional. Vencida así la habitual resistencia de la dama a ver a desconocidos, el párroco fue enseguida al entro de Allan y, ocultando delicadamente lo que Mrs. Armadale le había confiado  (p.36) durante la entrevista, le comunicó que su madre estaba gravemente enferma. Allan se negó a enviar mensajeros en busca de ayuda: se dirigió en el acto a la estación del ferrocarril y telegrafió personalmente a Bristol para pedir asistencia médica.

 A la mañana siguiente llegó el facultativo, quien confirmó los peores temores de Mr. Brock. El médico del pueblo había errado fatalmente en su diagnóstico desde el principio y ahora no estaban ya a tiempo de remediar los errores de su tratamiento. La impresión que había recibido la mañana anterior había agravado el mal. Mrs. Armadale tenía los días contados.

 El hijo que la adoraba y el viejo amigo para quien su vida era preciosa esperaron en vano hasta el final. Al cabo de un mes de la visita del médico se acabó toda esperanza y Allan derramó las primeras lágrimas amargas de su vida sobre la tumba de su madre.

 Ésta había muerto más apaciblemente de lo que Mr. Brock se había atrevido a esperar, dejó su pequeña fortuna a su hijo y lo encomendó solemnemente al cuidado del único amigo que ella tenía en el mundo. El párroco le había suplicado que le permitiese escribir a sus hermanos para tratar de reconciliarlos con ella antes de que fuese demasiado tarde. Ella le había respondido, tristemente, que era ya demasiado tarde. Durante su última enfermedad sólo se le había escapado una referencia a los remotos pesares que habían gravitado sobre toda su vida y que se habían levantado ya tres veces, como sombras del mal, entre el párroco y ella, pero ni siquiera en su lecho de muerte había permitido que se hiciese la luz sobre la historia de su pasado. Había mirado a Allan, arrodillado al lado de la cama, y había murmurado al oído de Mr. Brock: «¡No permita jamás que su homónimo se acerque a él! ¡No permita jamás que esa mujer lo encuentre!» Ninguna otra palabra que hiciese referencia a sus desdichas del pasado o a los peligros que temía para el futuro brotó de sus labios, se llevó a la tumba su secreto, el secreto que se había negado a revelar a su hijo y a su amigo.

 Terminadas las últimas ceremonias de afecto y de respeto, Mr. Brock, como albacea de la difunta, se creyó en el deber de escribir a los hermanos de ésta para informarle de su muerte. Pensando que debía enfrentarse a dos hombres  (p.37) que tal vez interpretarían mal sus motivos si no explicaba la posición de Allan, les comunicó que el hijo de Mrs. Armadale había quedado en buena situación económica y añadió que el objeto de su carta era, simplemente, comunicarles la noticia del fallecimiento de su hermana. Las dos cartas fueron enviadas a mediados de enero y el pastor recibió las respuestas a vuelta de correo. La primera que abrió no había sido escrita por el hermano mayor, sino por el hijo único de éste. El joven había heredado la hacienda de Norfolk a la muerte de su padre, acaecida hacía poco tiempo. Escribía en términos francos y amistosos, y aseguraba a Mr. Brock que, por muy fuerte que hubiese sido los prejuicios de su padre contra Mrs. Armadale, el hijo no había compartido nunca esta hostilidad. En cuanto a él, sólo debía añadir que se sentiría sinceramente dichoso de dar la bienvenida a su primo en Thorpe-Ambrose, si éste pasaba por allí.

 La segunda carta contenía una respuesta mucho menos agradable que la primera. El hermano menor vivía todavía y continuaba resuelto a no olvidar ni perdonar. Informaba a Mr. Brock que el marido elegido por su hermana y la conducta de ella para con su padre en ocasión del su matrimonio habían hecho imposible toda relación del afecto o estima por su parte, desde aquellos días en adelante. Dadas las circunstancias, sería tan penoso para sus sobrino como para él sostener cualquier relación personal. Había consignado, en los términos más generales que le había sido posible, la naturaleza de las diferencias que le habían mantenido apartado de su difunta hermana, con el fin de que Mr. Brock comprendiese que todo contacto personal con el joven Armadale habría estado, por delicadeza, fuera de lugar. Acto seguido, rogaba que cesara tal correspondencia.

 Mr. Brock destruyó prudentemente y en el acto la segunda carta, y, después de mostrar a Allan la invitación de su primo, le sugirió que viajase a Thorpe-Ambrose en cuanto se creyese en condiciones de presentarse a unos desconocidos. Allan escuchó pacientemente el consejo, pero rehusó seguirlo.

 -Estrecharé de buen grado la mano de mi primo, si algún día nos encontramos, pero no visitaré a esa familia ni me alojaré en una casa donde mi madre recibió tan desconsiderado trato.

 Mr. Brock lo reprendió amablemente y trató de hacerle ver las circunstancias bajo un punto de vista adecuado. Incluso en aquellos tiempos, incluso ignorando todavía los acontecimientos que a la sazón se cernían sobre ellos, la extraña posición de aislamiento de Allan en el mundo era objeto de grave preocupación por parte de su viejo amigo y preceptor. La invitación a visitar Thorpe-Ambrose brindaba a Allan la oportunidad de contraer amistades y relaciones propias de su rango y su edad, que era lo que Mr. Brock más deseaba; pero Allan no se dejó convencer, se mostró obstinado y terco, y el párroco no tuvo más remedio que abandonar el tema.

 Una tras otra, las semanas fueron transcurriendo con monotonía y Allan, contrariamente a lo que demandaba su edad y su carácter, mostró muy poca flexibilidad en soportar la desgracia que le había privado de su madre. Terminó su yate y lo botó, pero sus propios empleados observaron que parecía haber perdido todo interés en el trabajo. No era natural que el joven se entregase a la soledad y al dolor de aquella forma. Al avanzar la primavera, Mr. Brock empezó a inquietarse por el futuro si Allan no recobraba al punto su ánimo mediante un cambio de aires. Después de hondas reflexiones, el párroco decidió proponer un viaje a París y prolongarlo hacia el sur si su companero mostraba algún interés por conocer el continente. Allan acogió la proposición de una manera que contrastaba con su obstinación en negarse a cultivar el trato con su prójimo: estaba dispuesto a acompañar a Mr. Brock adonde éste desease. El párroco le tomó la palabra y a mediados de marzo aquellos dos compañeros tan dispares salieron hacia Londres, para continuar después hacia París.

 Pero, al llegar a Londres, Mr. Brock se encontró inesperadamente con otro motivo de preocupación. El desagradable tema de Ozias Midwinter, que había permanecido felizmente enterrado desde principios de diciembre, volvió a la superficie y colocó al párroco, desde el inicio mismo del viaje, en una situación más conflictiva que nunca.

 La posición de Mr. Brock, en lo tocante a este complicado asunto, había sido bastante difícil de mantener cuando había intervenido por primera vez en él. Ahora se encontraba en desventaja para conservarla. Los acontecimientos se habían desarrollado de tal suerte que la diferencia de opinión entre Allan y su madre con respecto al portero no había tenido nada que ver con la agitación que había precipitado la muerte de Mrs. Armadale. La decisión de Allan de no pronunciar palabras irritantes y la renuencia de Mr. Brock a tocar un tema tan conflictivo habían hecho que ambos guardasen silencio sobre Midwinter en presencia de Mrs. Armadale, durante los tres días que mediaron entre la partida de aquella persona y la aparición de la forastera en el pueblo. Durante el período de intranquilidad y sufrimiento que había sucedido, fue imposible suscitar de nuevo el tema del portero. Pero, libre de toda inquietud mental a este respecto, Allan había conservado tenazmente su perverso interés en su nuevo amigo. Había escrito a Midwinter para comunicar su desgracia y ahora se proponía (a menos que el párroco se opusiese a ello formalmente) visitar a su amigo antes de salir para París a la mañana siguiente. ¿Qué debía hacer Mr. Brock? No se podía negar que la conducta de Midwinter había dado un mentís irrebatible a la infundada  (p.38) desconfianza de Mrs. Armadale. Si el párroco, sin ninguna razón convincente y sin más derecho a intervenir que el que le confería la cortesía de Allan, se negaba a aprobar la visita propuesta, ya podía renunciar a que la antigua buena relación y confianza entre preceptor y discípulo continuase durante el viaje proyectado. Envuelto en unas dudas que un hombre menos justo y sensible habría desdeñado, Mr. Brock pronunció unas frases precautorias y (confiando en la discreción y la abnegación de Midwinter, que de buen grado reconocía, que en él mismo) dejó a Allan en libertad de hacer lo que quisiera.

 Después de esperar una hora durante la ausencia de su discípulo, durante la cual paseó por las calles, el párroco regresó al hotel y, al encontrar un periódico en el salón de café, se sentó para echarle un vistazo. Miró distraídamente la primera página e inmediatamente un anuncio inserto en lugar destacado le llamó la atención. En él aparecía de nuevo el misterioso homónimo de Allan, en letras mayúsculas y relacionado esta vez (en carácter de difunto) con el ofrecimiento de una recompensa pecuniaria. Decía así:

 DADO POR MUERTO. -A los escribanos parroquiales, sepultureros y otros: Se ofrecen veinte libras de recompensa a cualquier persona que pueda aportar pruebas de la muerte de ALLAN ARMADALE, hijo único del difunto Allan Armadale, de Barbados, y nacido en aquella isla en el año 1830. Para más detalles, pueden dirigirse a Hammick y Ridge, Lincoln's Inn Fields, Londres.

 Incluso la mente esencialmente poco imaginativa de Mr. Brock empezó a tambalearse a impulsos de la superstición, cuando dejó el periódico.

 Poco a poco se apoderó de él la vaga sospecha de que todos los acontecimientos que habían seguido a la primera aparición del homónimo de Allan en los periódicos, seis años atrás, estaban relacionados por alguna conexión misteriosa y tendían a algún objetivo imposible de imaginar. Sin saber por qué, empezó a inquietarse por la ausencia de Allan. Estaba impacientándose y deseaba sacar a su alumno de Inglaterra antes de que ocurriese algo más de la noche a la mañana.

 Una hora después, el regreso de Allan al hotel libró al Párroco de cualquier angustia inmediata. El joven se mostró contrariado y desanimado. Había encontrado la residencia de Midwinter, pero éste no estaba en casa. Lo único que pudo decirle la patrona fue que había salido a la hora habitual para almorzar en el restaurante más cercano y que no había regresado a la hora de costumbre, según sus hábitos regulares. En vista de ello, Allan había ido a preguntar por él en el restaurante y al describir a su amigo comprendió que allí lo conocían muy bien. Solía consumir una comida frugal y permanecer después media hora leyendo el periódico. Pero, en esta ocasión, había tomado el periódico como de costumbre, después de almorzar, y lo había arrojado súbitamente a un lado para salir a toda prisa, nadie sabía en qué dirección. Como no había podido conseguir más información, Allan había dejado una nota en la casa de huéspedes, donde detallaba la dirección de su hotel y suplicaba a Midwinter que acudiese a despedirse de él antes de su partida hacia París.

 Transcurrió la noche y el invisible amigo de Allan no compareció. Llegó la mañana sin que se presentase ningún obstáculo y Mr. Brock junto con su discípulo salieron de Londres. Hasta entonces la suerte se había puesto al fin de parte del pastor. Ozias Midwinter, después de salir intempestivamente a la superficie, se había perdido otra vez de vista. ¿Qué pasaría ahora?

 Avanzando una vez más, sólo por tres semanas, desde el pasado hacia el presente, la memoria de Mr. Brock saltó al siguiente suceso, acaecido el siete de abril. Por fin parecía haberse roto la cadena. El nuevo acontecimiento no guardaba, al parecer, ninguna relación (a su modo de ver, como al de Allan) con ninguna de las personas o de las circunstancias que había representado un papel en el pasado.

 Ahora, los viajeros estaban en París. El ánimo de Allan había mejorado con el cambio y una carta que había recibido de Midwinter con noticias que el propio Mr. Brock consideró esperanzadoras para el futuro, le predispuso aún más a disfrutar de la novedad del escenario en que se hallaba. El exportero había tenido que ausentarse por cuestiones de negocios cuando Allan había ido a visitarlo a su pensión; una circunstancia accidental lo había puesto aquel día en franca comunicación con sus parientes. El resultado había sido para él una sorpresa: inesperadamente consiguió una pequeña renta para el resto de sus días. A pesar de que se veía favorecido por la suerte, todavía no trazaba planes para el futuro, pero si Allan quería saber lo que iba a hacer su amigo, el agente de éste en Londres (cuya dirección incluía) recibiría su correspondencia e informaría de su paradero a Mr. Armadale. Al recibir esta carta, Allan tomó la pluma con su precipitación habitual e invitó a Midwinter a reunirse inmediatamente con él y con Mr. Brock para continuar juntos el viaje. Transcurrieron los últimos días de marzo sin que llegase ninguna respuesta a su invitación. Llegó el mes de abril y el día siete Allan encontró al fin una carta sobre la mesa del desayuno. La tomó rápidamente, miró la dirección y la soltó de nuevo, con impaciente ademán. La letra no era de Midwinter. Terminó el desayuno antes de molestarse en leer el contenido de la misiva.

 Después, el joven Armadale abrió perezosamente la carta. Empezó a leerla con expresión de suprema indiferencia. Pero, cuando terminó la lectura, se levantó de un salto de la silla y lanzó un grito de asombro. Preguntándose, con motivo, a qué  (p.39) se debería aquella extraordinaria reacción, Mr. Brock tomó la carta que su discípulo le había arrojado desde el otro lado de la mesa. Antes de llegar al final, dejó caer las manos sobre las rodillas y la expresión de perplejidad que se había pintado en el semblante del alumno se reflejó ahora en la suya.

 Si dos hombres habían tenido alguna vez buenas razones para perder el aplomo, éstos eran Allan y el pastor. La carta que les había dejado perplejos a los dos contenía, indudablemente, un anuncio que a primera vista parecía sencillamente increíble. La noticia procedía de Norfolk y era la siguiente. En poco más de una semana, la muerte había segado nada menos que tres vidas en la familia de Thorpe-Ambrose... ¡Allan Armadale era heredero de una hacienda que rendía ocho mil libras al año!

 Una segunda lectura de la carta permitió al párroco y a su compañero precisar detalles que se les habían escapado al principio. El abogado de la familia Thorpe-Ambrose había escrito la carta. Después de comunicar a Allan la muerte de su primo Arthur, a la edad de veinticinco años; de su tío Henry, a los cuarenta y ocho; y de su primo John, a los veintiuno, el abogado hacía un breve resumen del testamento del viejo Mr. Blanchard. Los derechos de los varones tenían preferencia, como sucede en estos casos, sobre los de las mujeres. Si moría Arthur sin descendientes varones, la herencia pasaba a Henry y sus descendientes varones y, a falta de éstos, al pariente varón más próximo. Dadas las circunstancias, los dos jóvenes, Arthur y John, habían muerto solteros, y Henry Blanchard había fallecido dejando sólo una hija. De esta manera, Allan era el heredero sustituto designado en el testamento y, por tanto, sucesor legal en la herencia de Thorpe-Ambrose. Después de hacer este extraordinario anuncio, el abogado solicitaba instrucciones de Mr. Armadale y añadía, para terminar, que gustosamente le facilitaría cualquier otro detalle que desease conocer.

 Era inútil perder tiempo dándole vueltas a un suceso que ni Allan ni su madre habían considerado ni remotamente posible. Lo único que debían hacer era volver inmediatamente a Inglaterra. Al día siguiente, los viajeros se instalaron de nuevo en su hotel de Londres y un día más tarde pusieron  (p.40) el asunto en manos de un profesional. Siguieron los inevitables trámites y consultas y, uno a uno, fueron llegando todos los detalles importantes, hasta que se consideró que la información ya era completa.

 He aquí la extraña historia de las tres muertes:

 Cuando Mr. Brock había escrito a los parientes de Mrs. Armadale para darles la noticia del fallecimiento de la dama (es decir, a mediados de enero), la familia de Thorpe-Ambrose se componía de cinco personas: Arthur Blanchard (amo de la hacienda) y su madre, que vivían en la casa solariega; su tío Henry Blanchard, viudo, y un hijo y una hija de éste, que vivían en la vecindad. Para estrechar aún más los lazos familiares, Arthur Blanchard y su prima estaban prometidos en matrimonio. La boda debía celebrarse con grandes festejos el siguiente verano, cuando la novia cumpliera veinte años.

 El mes de febrero había llevado cambios a la situación de la familia. Observando síntomas de debilidad en la salud de su hijo, por consejo del médico Mr. Henry Blanchard había abandonado Norfolk en compañía del muchacho con la esperanza de que el clima de Italia le sentaría mejor. A primeros del siguiente mes de marzo, Arthur Blanchard salió también de Thorpe-Ambrose por unos días, con motivo de un negocio que requería su presencia en Londres. Aquel negocio lo llevó a la City. Cansado de los continuos atascos de las calles, decidió regresar al oeste en uno de los vapores fluviales y halló la muerte en este viaje de regreso.

 Cuando el vapor se alejo del muelle, se fijó en una mujer que estaba cerca de él y que había mostrado una extraña vacilación al embarcar y había sido el último pasajero en subir a bordo. Vestía un pulcro traje de seda negro, llevaba un chal rojo sobre los hombros y ocultaba el rostro detrás de un grueso velo. A Arthur Blanchard le chocó la gracia y la elegancia de su figura, y sintió la curiosidad propia de un joven por verle el rostro. Ella no levantó el velo ni volvió la cabeza en su dirección. Después de dar unos pasos vacilantes sobre la cubierta, se dirigió de pronto hacia la popa del barco. Un instante después, el timonel lanzó un grito de alarma y se pararon las máquinas. La mujer se había arrojado por la borda.

 Todos los pasajeros corrieron a las barandillas para mirar. Sólo Arthur Blanchard, sin dudarlo un instante, se lanzó al río. Era un experto nadador y alcanzó a la mujer cuando ésta emergía a la superficie después de la primera zambullida. No tardaron en socorrerlos y llevarlos sanos y salvos a la orilla. Condujeron a la mujer al cuartelillo de policía más próximo y pronto recobró el sentido; su salvador dio su nombre y dirección, como es de rigor en tales casos, al inspector de guardia, quien le aconsejó prudentemente que tomase un baño caliente y enviase a buscar ropa seca a su residencia. Arthur Blanchard, que nunca había estado enfermo desde su infancia, se burló del consejo y regresó en un coche de alquiler. Al día siguiente, estaba demasiado enfermo para acudir a declarar ante el juez. Una semana después, estaba muerto.

 Henry Blanchard y su hijo recibieron en Milán la noticia de aquella desgracia y una hora después emprendieron el viaje de regreso a Inglaterra. Aquel año, el deshielo había empezado en los Alpes antes de lo acostumbrado el paso por los puertos resultaba sumamente peligroso. Padre e hijo, que viajaban en su propio carruaje, se cruzaron en la montaña con el coche del correo que volvía después de entregar las cartas a sus destinatarios. Dirigieron a los ingleses vanos consejos que en circunstancias normales habrían sido atendidos. Su impaciencia por hallarse de nuevo en casa después de la tragedia acaecida en su familias no admitía dilaciones. Los postillones se vieron tentados a seguir adelante por medio de propinas que los ingleses ofrecieron con largueza. El carruaje siguió su camino y se perdió de vista entre la niebla. Sólo volvieron a verlo cuando lo desenterraron en el fondo de un precipicio: hombres, caballos y vehículo, aplastados bajo los escombros de un alud.

 Así se vieron segadas tres vidas por la muerte. Así, en una clara secuencia de desgracias, el intento de suicidio de una mujer en el río había abierto, para Allan Armadale, la sucesión en la herencia de Thorpe-Ambrose.

 ¿Quién era aquella mujer? El hombre que le había salvado la vida no lo supo jamás. El juez que la amonestó, el capellán que la exhortó y el periodista que habló de ella en letra impresa... no llegaron a averiguarlo. Se había dicho de ella con sorpresa que, a pesar de su elegante atuendo, había manifestado estar «desesperada». Había expresado la más profunda contrición, pero insistió en dar un nombre que era a todas luces falso, en contar una historia vulgar, sin duda inventada, y en negarse hasta el final a dar alguna indicación de quiénes eran sus parientes. Una dama miembro de una institución caritativa («impresionada por su extraordinaria belleza y elegancia») había ofrecido tomarla a su cargo y hacer todo lo posible por mejorar su estado de ánimo. La experiencia del primer día con la penitente había estado lejos de resultar satisfactoria y la del segundo día había sido concluyente. La mujer se había escapado de la institución y aunque el clérigo visitador, que se había tomado por ella un interés especial, consiguió que se realizaran gestiones extraordinarias para encontrarla, todos los esfuerzos resultaron inútiles.

 Mientras se procedía a esta vana investigación (emprendida por deseo expreso de Allan), los abogados habían realizado las formalidades preliminares para la transmisión de la herencia. Lo único que faltaba era que el uevo dueño de Thorpe-Ambrose  (p.41) decidiese cuándo iba a tomar personalmente posesión de la finca de la que ahora era propietario legal.

 Como el asunto dependía necesariamente sólo de él, Allan lo resolvió a su manera, de forma impulsiva y generosa. Rehusó de plano tomar posesión de la finca hasta que Mrs. Blanchard y su sobrina (a quienes se había permitido, por cortesía, permanecer hasta entonces en su antiguo hogar) se hubiesen recuperado de la tragedia que las abrumaba y estuviesen en condiciones de decidir, por ellas mismas, lo que iban a hacer en el futuro. A esta resolución siguió una correspondencia privada con ofrecimientos, por parte de Allan, de cuanto pudiera ofrecerles (en una casa que no había visto todavía), y una buena disposición (aunque discretamente disimulada), por parte de las damas, a aceptar la generosidad del joven caballero en la cuestión del tiempo. Para asombro de sus asesores jurídicos, Allan entró en su despacho una mañana en compañía de Mr. Brock y anunció con perfecta compostura que las damas habían tenido la bondad de resolver por él la cuestión y que, atendiendo a su conveniencia, pensaba retrasar su traslado a Thorpe-Ambrose hasta que se cumpliesen dos meses a partir de aquel día. Los abogados lo miraron fijamente y Allan, en respuesta, observó a los abogados.

 -¿Por qué diablos se extrañan, caballeros? -pregunto, con un asombro infantil en sus alegres ojos azules-. ¿Por qué no había de conceder dos meses a las damas, si los necesitan? Dejemos que las pobrecillas se tomen su tiempo, así estará mejor. ¿Mis derechos? ¿Mi posición? ¡Bah! ¡Bah! No tengo ninguna prisa en ocupar el lugar, no va con mi estilo. ¿Que qué pienso hacer durante estos dos meses? Lo que habría hecho en cualquier caso, aunque las damas no se hubiesen quedado: navegar un poco. ¡Es lo que de verdad me gusta! Tengo un nuevo yate en Somersetshire, un yate que he construido con mis propias manos. Le diré una cosa, señor -siguió diciendo Allan, agarrando del brazo al jefe del bufete, con el entusiasmo de sus buenas intenciones-, parece que necesita unas vacaciones al aire libre, le invito a acompañarme en la excursión de prueba de mi embarcación. Y también a sus socios, si lo desean. Y a su secretario, que es el tipo más simpático que he conocido en mi vida. Hay sitio de sobra. Dormiremos juntos en el suelo y pondremos una manta sobre la mesa del camarote para Mr. Brock. ¡Que se vaya al diablo Thorpe-Ambrose! ¿Me dirá usted que, si hubiera construido un yate (como he hecho yo), se trasladaría a cualquier finca de los tres reinos para que su hermosa obra se meciese como un pato sobre el agua en espera de que fuese usted a probarla? Ustedes, los abogados, dominan los argumentos. ¿Qué les parece el mío? Considero que es irrebatible... y pienso salir mañana hacia Somerset.

 Dichas estas palabras, el nuevo propietario de una renta de ocho mil libras anuales corrió al despacho del secretario y le invitó a un crucero en alta mar, mientras le daba una palmada en la espalda que sus superiores oyeron con toda claridad en la habitación contigua. Los abogados miraron con interrogador asombro a Mr. Brock. Un cliente a quien esperaba una importante posición entre los hacendados de Inglaterra y que no tenía prisa por ocuparla lo antes posible era algo sin precedentes en su experiencia profesional.

 -Debieron de educarlo de un modo muy extraño -dijeron los abogados al pastor.

 -Muy extraño -admitió el pastor.

 Un último salto en el tiempo, esta vez de un mes, trajo a Mr. Brock al presente, al dormitorio de Castletown, donde estaba sentado reflexionando, y a la angustia que se interponía obstinadamente entre él y su descanso nocturno. Aquella angustia no era un enemigo desconocido de la serenidad interna del párroco. La había experimentado seis meses antes, en Somersetshire, y lo había seguido ahora hasta la isla de Man, bajo la forma siempre importuna de Ozias Midwinter.

 El cambio en las futuras perspectivas de Allan no había causado ninguna alteración en su tenaz capricho por el vagabundo de la posada del pueblo. A pesar de las consultas con los abogados había encontrado tiempo para visitar Midwinter y, en el viaje de regreso con el párroco, el amigo de Allan los acompañó en el carruaje, de manera que volvió con ellos a Somersetshire por expresa invitación de aquél. Los cabellos del exportero habían crecido de nuevo sobre su cráneo afeitado y su vestido revelaba la influencia renovadora de sus actuales recursos monetarios, pero en todos los demás aspectos el hombre seguía igual. Correspondió a la desconfianza de Mr. Brock con la misma resignación de siempre, mantuvo su sospechoso silencio sobre el tema de sus parientes y de su vida anterior y habló de la generosidad de Allan para con él con el mismo fervor indisciplinado de gratitud y de sorpresa.

 -He hecho lo que he podido, señor -dijo a Mr. Brock, mientras Allan dormía en el vagón-. Me he apartado del camino de Mr. Armadale y ni siquiera contesté la última carta que me dirigió. No puedo hacer más. No le pido que considere mis sentimientos hacia la única criatura humana que nunca ha sospechado de mí ni me ha tratado mal. Puedo sobrellevar mis propios sentimientos, pero no puedo oponer resistencia al joven caballero. No hay nadie como él. Si tenemos que separarnos de nuevo, será porque él o usted así lo querrán, no porque yo lo desee. Cuando el amo silba al perro -continuó aquel hombre extraño en una momentánea explosión de la pasión que ocultaba dentro, mientras unas lágrimas de ira brillaban súbitamente en sus fieros ojos castaños- difícilmente puede culpar al perro, señor, si acude a la llamada.

 Una vez más, los  (p.42) sentimientos humanitarios de Mr. Brock triunfaron por encima de su recelo. Resolvió esperar y ver lo que traerían consigo los días venideros.

 Así transcurrieron los días, el yate estaba aparejado y listo para hacerse a la mar, se organizó un crucero por la costa de Gales y Midwinter, el misterioso, siguió siendo el de siempre. El confinamiento a bordo de una pequeña embarcación de treinta y cinco toneladas no ofrecía muchos atractivos para un hombre de la edad de Mr. Brock, pero se avino a participar en la excursión de prueba del yate para no dejar a Allan solo con su nuevo amigo.

 El hecho de estar los tres juntos durante el crucero, ¿tentaría a aquel hombre a hablar de sus asuntos? No, estaba dispuesto a hablar de cualquier otro tema, sobre todo si era Allan quien lo suscitaba. Pero no se le escapó una sola palabra acerca de sí mismo. Mr. Brock intentó sondearlo con preguntas acerca de su reciente herencia, pero recibió la misma respuesta que había obtenido ya en la posada de Somersetshire. Midwinter admitió que era una curiosa coincidencia que las perspectivas de Mr. Armadale y las suyas propias hubiesen cambiado inesperadamente para bien casi al mismo tiempo. Pero aquí terminaba la similitud. No había heredado una gran fortuna, aunque sí lo suficiente para cubrir sus necesidades. No se había reconciliado con sus parientes, pues el dinero no había llegado a su poder por buena voluntad, sino porque tenía derecho a ello. En cuanto a las circunstancias que le habían llevado a ponerse en contacto con su familia, no valía la pena mencionarlas, ya que la temporal reanudación de aquella relación no había dado buenos resultados. Lo único que había sacado de ello era el dinero y, con éste, una angustia que le turbaba a veces cuando se despertaba a primeras horas de la mañana.

 Dichas estas últimas palabras, de pronto guardó silencio como si, por una vez, su prudente lengua lo hubiese traicionado. Mr. Brock aprovechó la oportunidad y le preguntó sin rodeos cuál era la naturaleza de su angustia. ¿Tenía que ver con el dinero? No: estaba relacionada con una carta que le había estado esperando muchos años. ¿Había recibido esa carta? Todavía no, estaba bajo la custodia de uno de los miembros del bufete de abogados que había  (p.43) tramitado el asunto de su herencia; el hombre estaba ausente de Inglaterra, y la carta, guardada entre sus documentos particulares, no podría serle entregada hasta que volviese. Esperaban su regreso a finales del corriente mes de mayo y, si Midwinter podía estar seguro del lugar donde atracaría el yate a finales del mes, escribiría a los abogados para que le enviasen allí la carta. ¿Tenía razones familiares para estar inquieto por esta cuestión? Ninguna, sentía curiosidad por saber qué le había estado esperando durante tantos años; eso era todo. Así respondió a las preguntas del párroco, vuelto el cetrino rostro hacia la lejanía, por encima de la borda del yate, mientras dejaba que el sedal con que estaba pescando se deslizase entre sus morenos y ágiles dedos.

 Favorecida por el viento y el buen tiempo, la pequeña embarcación había hecho maravillas durante el viaje de prueba. Antes de que expirase el tiempo fijado para la mitad del crucero, el yate había llegado a la altura de Holyhead, en la costa de Gales, y Allan, ansioso de aventuras en parajes desconocidos, había propuesto audazmente prolongar el viaje hacia el norte, hasta la isla de Man. Después de asegurarse por persona competente de que el pronóstico del tiempo era bueno para un crucero en aquella región y de que, en el caso de una imprevista necesidad de regresar, podrían ir a Liverpool en el vapor de Douglas y tomar allí el tren, Mr. Brock accedió a lo que proponía su discípulo. Aquella misma noche escribió a los abogados de Allan y a su propia rectoría indicando la población de Douglas, en la isla de Man, como la próxima dirección a donde podían enviarles la correspondencia. En la oficina de correos encontró a Midwinter, que acababa de echar una carta al buzón. Recordando lo que había dicho en el yate, Mr. Brock dedujo que ambos habían tomado la misma precaución y ordenado que su correspondencia les fuese enviada al mismo lugar.

 El día siguiente, a hora avanzada, zarparon hacia la isla de Man. Durante unas horas todo marchó bien, pero el ocaso trajo consigo señales de un cambio del tiempo, con la oscuridad, arreció el viento, que se convirtió en vendaval, y la resistencia de la embarcación a un mar embravecido por primera vez se puso seriamente a prueba. Durante toda la noche, después de tratar en vano de pone rumbo a Holyhead, el yate capeó el temporal y salió airoso de la prueba. A la mañana siguiente avistaron la isla de Man y llegaron sanos y salvos a Castletown. Una revisión del casco y del aparejo puso de manifiesto que todos los daños podían repararse en una semana. Por consiguiente, los navegantes permanecieron en Castletown. Allan estuvo ocupado en supervisar la reparación; Mr. Brock, en explorar los alrededores y Midwinter, en hacer diarias peregrinaciones a pie hasta Douglas para preguntar si había llegado alguna carta.

 El primero del grupo en recibir correo fue Allan.

 -Más preocupaciones para esos dichosos abogados -se limitó a decir cuando hubo leído la carta y se la hubo guardado en el bolsillo.

 Después le tocó el turno al párroco, antes de que terminase la semana de estancia en Castletown. El quinto día encontró una carta de Somersetshire que le esperaba en el hotel. La había traído Midwinter y contenía una noticia que trastornó completamente su plan de vacaciones. El clérigo que había ocupado su puesto durante su ausencia había tenido que volver inesperadamente a su lugar de residencia y Mr. Brock no tendría más remedio (ya que estaban en viernes) que embarcar a la mañana siguiente en Douglas para ir a Liverpool y tomar allí el tren del sábado por la noche, si quería llegar a tiempo para el oficio del domingo.

 Después de leer la carta y de resignarse con la mayor paciencia de que era capaz al cambio impuesto por las circunstancias, el párroco consideró otra cuestión que requería serias reflexiones. Conocedor de su gran responsabilidad para con Allan y consciente de su propia y persistente desconfianza hacia el amigo de éste, ¿cómo debía actuar, en la situación que lo atosigaba ahora, respecto a los dos jóvenes que habían sido sus compañeros de crucero?

 Mr. Brock se había hecho por primera vez esta difícil pregunta durante la tarde del viernes, y a la una de la madrugada del sábado, mientras yacía solo en su habitación, trataba todavía en vano de contestarla. Estaban aún a finales de mayo y la estancia de las damas en Thorpe-Ambrose (a menos que prefiriesen abreviarla por su propia iniciativa) no terminaría hasta mediados de junio. Aunque hubiera terminado la reparación del yate (y no era el caso), aquello no podía servir de excusa para incitar a Allan a adelantar el regreso a Somersetshire. Pero la única alternativa que le quedaba era dejarlo donde estaba. Dicho en otras palabras, dejarlo, en aquel momento crucial de su vida, bajo la única influencia del hombre a quien había conocido como un vagabundo en la posada del pueblo y que, prácticamente, seguía siendo un desconocido para él.

 Desesperando de encontrar la manera de orientar su decisión bajo una luz mejor, Mr. Brock se afirmó en la impresión que Midwinter le había producido en el familiar ambiente del crucero.

 A pesar de su juventud, saltaba a la vista que el exportero había seguido una vida errante y variada. Había visto y observado más cosas que la mayoría de los hombres que le doblaban en edad; su lenguaje revelaba una extraña mezcla de sentido común y de imprudencia, de grave seriedad un instante y de fantástico humor al siguiente. Podía hablar de libros como un hombre que ha disfrutado realmente con ellos, podía desempeñar su turno en el timón como un experto marinero, sabía  (p.44) cantar, contar cuentos, cocinar, trepar a los palos, preparar la mesa para la comida, todo ello con una extraña e irónica satisfacción por la exhibición de su propia destreza. La muestra de éstas y otras cualidades, a medida que mejoraba su estado de ánimo con el crucero, había revelado con bastante claridad el secreto del atractivo que ejercía sobre Allan. Pero ¿había habido más revelaciones? ¿Había manifestado algo sobre su carácter en presencia del pastor? Muy poco; y este poco no parecía favorecerle gran cosa en el aspecto moral. Su andadura por el mundo lo había llevado sin duda a lugares poco recomendables: de vez en cuando dejaba traslucir su familiaridad con las pequeñas villanías de los vagabundos, ocasionalmente de sus labios escapaban palabras que no sonaban bien al oído y, más significativo aún, solía tener el sueño ligero y desconfiado del hombre acostumbrado a cerrar los ojos dudando de los que duermen bajo el mismo techo que él. Hasta el último momento, según la experiencia del párroco, hasta la noche del viernes su conducta había sido siempre reservada y extraña. Después de llevar la carta de Mr. Brock al hotel, había desaparecido misteriosamente sin dejar ningún mensaje para sus compañeros y sin comentar a nadie si había recibido él alguna carta. Al anochecer, regresó como a hurtadillas en la oscuridad. Allan lo había sorprendido en la escalera, ansioso de comunicarle el cambio de planes del párroco. El joven había escuchado la noticia sin el menor comentario y por fin se había encerrado enfurruñado en su propia habitación. ¿Qué podía decirse en su favor que compensara su carácter, los ojos huidizos, la obstinada reserva con el pastor, el siniestro silencio acerca del tema de su familia y sus amigos? Nada, o muy poco: la suma de todos sus méritos empezaba y terminaba con la gratitud que sentía para con Allan.

 Mr. Brock se levantó de la cama, despabiló la luz y, perdido todavía en sus propios pensamientos, contempló la noche con mirada ausente. El cambio de posición no le dio nuevas ideas. La visión retrospectiva de su vida pasada le había convencido plenamente de que su actual sentido de la responsabilidad tenía un fundamento que distaba mucho de ser imaginario y, llegado a este punto, se había quedado atascado, plantado detrás de la ventana y sin ver más que la oscuridad total de su propia mente, fielmente reflejada por la impenetrable oscuridad de la noche.

 «¡Si al menos tuviese un amigo a quien acudir! -pensó el párroco-. ¡Si pudiese encontrar a alguien que me ayudase en este trance!»

 En el momento en que este deseo cruzaba por su mente, de pronto le respondió una débil llamada a la puerta y una voz apagada dijo desde el pasillo:

 -Déjeme entrar.

 Después de una breve pausa para calmar sus nervios, Mr. Brock abrió la puerta y se encontró, a la una de la madrugada frente a Ozias Midwinter, en el umbral de su habotación.

 -¿Está enfermo? -preguntó el párroco, cuando su asombro le permitió hablar.

 -He venido a hacerle una confesión -fue la extraña respuesta-. ¿Quiere dejarme entrar?

 Dichas estas palabras, Midwinter penetró en la habitación, mirando al suelo, con una palidez cenicienta en los labios y algo oculto a su espalda.

 -Vi luz debajo de su puerta -continuó, sin levantar los ojos ni mover la mano- y sé lo que turba su mente y le impide dormir. Usted se marchará por la mañana y le disgusta dejar a Mr. Armadale a solas con un desconocido como yo.

 A pesar de su sorpresa, Mr. Brock comprendió la necesidad de mostrarse franco con el hombre que había llamado a su puerta de madrugada y había pronunciado aquellas palabras.

 -Lo ha adivinado. Ahora soy como un padre para Allan Armadale y, naturalmente, no me gusta dejarlo, a su edad, con un hombre a quien no conozco.

 Ozias Midwinter se acercó a la mesa. Sus ojos errantes se detuvieron en el Nuevo Testamento, que era uno de los objetos que sobre ella había.

 -Durante su larga vida, habrá leído ese libro a muchos feligreses. ¿Le ha enseñado a ser misericordioso con su prójimo afligido?

 Sin esperar respuesta, miró por primera vez a la cara a Mr. Brock y alargó despacio la mano que había mantenido oculta.

 -Lea esto -lo invitó- y, por el amor de Dios, compadézcase de mí cuando se entere de quién soy.

 Dejó una carta de muchas páginas sobre la mesa. Era la que Mr. Neal había echado al correo en Wildbad, diecinueve años atrás.

CAPÍTULO II

LA REVELACIÓN

 El primer aliento fresco de la paciente aurora penetró por la ventana abierta cuando Mr. Brock leía las últimas líneas de la confesión. Dejó la carta en silencio, sin levantar la mirada. La primera impresión que le causó el descubrimiento había sacudido su mente y se había extinguido después.

 A su edad y con sus hábitos de pensamiento, la capacidad de comprensión no bastaba para captar de golpe todo lo que le había sido revelado. Cuando cerró el manuscrito, su corazón estaba invadido por el recuerdo de la mujer que había sido la amada amiga de sus años más felices, todos sus pensamientos giraban alrededor del ruin secreto de la traición de aquella mujer a su propio padre que la carta acababa de revelarle.

 La vibración de la mesa a la que estaba sentado, bajo la presión de una mano que se apoyó pesadamente en ella, lo sacó del ensimismamiento de su propia y pequeña aflicción. Su instinto de reticencia estaba muy arraigado, pero se dominó y levantó la mirada. Allí, silenciosamente plantado ante él, bajo la confusa luz de la llama amarilla de la vela y del débil y gris resplandor del amanecer, se hallaba el vagabundo de la posada del pueblo, el heredero del fatídico apellido Armadale.

 Mr. Brock se  (p.45) estremeció al ver la cara de aquel hombre, ya que percibió el terror de la presente situación y tal vez algo peor para el futuro. El hombre lo advirtió y rompió el silencio.

 -¿Ve en mis ojos el crimen de mi padre? -preguntó-. ¿Me ha seguido hasta aquí el fantasma del ahogado?

 El sufrimiento y la pasión que pretendía contener sal cudieron la mano que seguía apoyada en la mesa y ahogaron su voz hasta convertirla en un susurro.

 -Sólo deseo tratarlo con amabilidad y justicia -respondió Mr. Brock-. Devuélvame la gracia y créame si le] digo que soy incapaz de considerarlo responsable del delito de su padre.

 Esta respuesta pareció tranquilizarlo. Inclinó en silencio la cabeza y tomó la confesión de encima de la mesa.

 -¿Lo ha leído todo? -preguntó, en voz baja.

 -Todo, desde el principio hasta el fin.

 -¿He sido sincero con usted? ¿Ha hecho Ozias Midwinter...

 -¿Por qué sigue empleando ese nombre -le interrumpió Mr. Brock-, ahora que conozco el verdadero?

 -Desde que he leído la confesión de mi padre -respondió el otro-, mi feo apodo me gusta más que nunca. Permita que repita la pregunta que iba a formularle hace un momento. ¿Ha hecho Ozias Midwinter lo que debía para darse a conocer a Mr. Brock?

 El párroco eludió una respuesta directa.

 -Pocos hombres en su situación habrían tenido valor suficiente para mostrarme esa carta.

 -No esté tan seguro, señor, del vagabundo que conoció en la posada, hasta que sepa algo más de él. Hasta ahora ha descubierto el secreto de mi nacimiento, pero todavía ignora la historia de mi vida. Debería saberla y la sabrá antes de que me deje solo con Mr. Armadale. ¿Quiere esperar y descansar un poco, o prefiere que se la cuente ahora?

 -Ahora -pidió Mr. Brock, todavía muy lejos de conocer el carácter del hombre que tenía delante.

 Todo lo que decía Ozias Midwinter, todo lo que hacía Ozias Midwinter, estaba contra él. Había hablado con una indiferencia sarcástica, en un tono casi insolente, capaces de predisponer a cualquiera que le hubiese escuchado contra él. Y ahora, en vez de acercarse a la mesa y dirigir directamente su relato al párroco, se retiró, callada y bruscamente, hacia la ventana para sentarse en el antepecho, volviendo la cara y hojeando mecánicamente la carta de su padre hasta llegar a  (p.46) la última hoja. Fijos los ojos en el párrafo final del manuscrito y con una extraña mezcla de desfachatez y de tristeza en la voz, empezó con estas palabras la prometida narración:

 -Lo primero que sabe usted de mí es lo que acaba de informarle la confesión de mi padre. Aquí dice que yo era muy pequeño y estaba durmiendo sobre su pecho cuando pronunció sus últimas palabras, que un desconocido escribía junto a su lecho de muerte. El nombre del extranjero, como habrá advertido usted, es el de la firma que aparece en el sobre: «Alexander Neal, escribano, Edimburgo.» Lo primero que recuerdo de Alexander son unos azotes (supongo que merecidos) que me propinó con un látigo, en su calidad de padrastro.

 -¿Conserva algún recuerdo de su madre en aquella época? -preguntó Mr. Brock.

 -Sí, recuerdo que hacía que remendasen ropa vieja para adaptarla a mi medida y que compraba vestidos nuevos para los dos hijos que tuvo de su segundo marido. Recuerdo que los criados se burlaban de mí y de mi ropa vieja, y que el látigo volvió a caer sobre mi espalda porque me enfadé y rasgué mi harapiento vestido. Mi siguiente recuerdo corresponde a un par de años más tarde. Estaba encerrado en la leñera, con un trozo de pan y un vaso de agua, preguntándome por qué mi madre y mi padrastro me odiaban de tal modo. Fue una pregunta que hasta ayer no logré contestar, cuando tuve entre mis manos la carta de mi padre. Mi madre y mi padrastro sabían lo que había ocurrido realmente a bordo del barco maderero francés y ambos eran conscientes de que el vergonzoso secreto que de buen grado habrían ocultado a todo el mundo me sería revelado un día.

 »No había manera de evitarlo: la confesión estaba en manos del albacea y allí estaba yo, un mocoso arisco con la sangre negra de mi madre en el semblante y las pasiones asesinas de mi padre en el corazón, ¡y heredero, a su pesar del secreto! Ahora ya me explico lo del látigo, los vestidos harapientos y el régimen de pan y agua en la leñera. Todas eran penas naturales, señor, que el hijo empezaba a pagar por el pecado del padre.

 Mr. Brock observó aquel rostro moreno y reservado, todavía vuelto obstinadamente en otra dirección. «¿Es esto la simple insensibilidad del vagabundo -se preguntó- o la desesperación disfrazada de un hombre desgraciado?»

 -Mi siguiente recuerdo me lleva al colegio -siguió diciendo el otro-, una institución barata en un rincón perdido de Escocia. Me dejaron allí, sin más ayuda que la de mi mal carácter. Le ahorraré la historia de la palmeta del maestro en clase y de las patadas de los chicos en el patio de recreo. Quizá la ingratitud estaba fuertemente arraigada en mi naturaleza; en cualquier caso, me escapé de allí. La primera persona con quien me encontré me pregunto cómo me llamaba. Yo era demasiado joven y demasiado tonto para saber la importancia de ocultar mi nombre y, naturalmente, me devolvieron al colegio aquella misma tarde. Este resultado me dio una lección que no he olvidado jamás. Un par de días después, como vagabundo que era, me escapé por segunda vez. Supongo que el perro guardián del colegio habría recibido instrucciones, pues me salió al paso antes de que pudiera cruzar la verja. Aquí, en el dorso de la mano, conservo la señal. No puedo mostrarle las que me dejó su amo, pues éstas las llevo en la espalda. ¿Se imagina mi perversidad? Llevaba un diablo en mi interior que ningún perro podía dominar, me escapé de nuevo en cuanto me levanté de la cama y esta vez lo conseguí. Al anochecer, me encontré con el bolsillo lleno de harina de avena del colegio y perdido en un páramo. Me tumbé sobre los finos y blandos brezos, al socaire de una enorme peña gris. ¿Piensa que me sentí solo? ¡En absoluto! Me había librado de la palmeta del maestro, de las patadas de mis condiscípulos, de mi madre, de mi padrastro y, tumbado aquella noche al amparo de mi amiga la roca, ¡fui el chico más feliz de toda Escocia!

 A través de la infeliz infancia que revelaba aquella significativa circunstancia, Mr. Brock empezó a ver vagamente que en realidad había muy poco de extraño, muy poco de realmente inexplicable en el carácter del hombre que le estaba hablando.

 -Dormí profundamente -prosiguió Midwinter- al pie de la roca amiga. Cuando me desperté por la mañana, vi a un viejo robusto con un violín sentado a mi lado y dos perros bailarines, con chaquetas coloradas, a mi otro costado. Cuando me dirigió las primeras preguntas, ya sabía por experiencia que debía guardarme la verdad. Él no insistió, me invitó a compartir el sabroso desayuno que llevaba en la mochila y dejó que jugase con sus perros. «Voy a decirte una cosa -anunció cuando se hubo ganado mi confianza de aquella suerte-. Tú tienes tres deseos, hombrecito: quieres un nuevo padre, una nueva familia y otro nombre. Yo seré tu padre, dejaré que tengas a los perros como hermanos y, si prometes que lo respetarás, te daré además mi propio nombre. Has tenido un buen desayuno, joven Ozias Midwinter; si quieres una buena comida, ¡vente conmigo!» Se levantó, los perros trotaron detrás de él y yo caminé detrás de los perros. ¿Quién era mi nuevo padre?, se preguntará usted. Un gitano mestizo, señor; un borrachín, un rufián, un ladrón... ¡y el mejor amigo que he tenido en toda mi vida! ¿No es un amigo el hombre que te alimenta, que te da cobijo y que te instruye? Ozias Midwinter me enseñó a bailar el fling de las tierras altas de Escocia, a dar saltos mortales, a caminar con zancos y a canter canciones al son de su violín. A veces recorríamos el país y actuábamos en las ferias. Otras, íbamos a las grandes ciudades y divertíamos a los bebedores. Yo  (p.47) era un niño vivaracho de once años y la gente de mal vivir, en particular las mujeres, se encaprichaban de mí y de mis ágiles pies. Era lo bastante vagabundo para que me gustase aquella vida. Los perros y yo vivíamos juntos; comíamos, bebíamos y dormíamos juntos. Incluso ahora se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en aquellos hermanitos de cuatro patas. Muchos palos recibimos los tres y muchas noches dormimos y temblamos juntos, en la fría ladera de un monte. No pretendo afligirle, señor; sólo le estoy contando la verdad. Aquella vida, con todas sus penalidades, se me daba bien, y el gitano mestizo que me había dado su nombre, aunque era un rufián, era un malandrín a quien apreciaba.

 -¿Un hombre que le pegaba? -exclamó, asombrado, Mr. Brock.

 -¿No acabo de decirle, señor, que yo vivía con los perros? ¿Acaso ha oído decir alguna vez que un perro quiera menos a su amo si éste le pega? Cientos de miles de hombres, mujeres y niños indigentes habrían querido a aquel hombre (como yo lo amaba) si les hubiese dado lo que siempre me daba a mí: mucha comida. En su mayor parte era comida hurtada y mi nuevo padre gitano se mostraba generoso con ella. Raras veces nos pegaba cuando estaba sereno, pero le divertía oírnos gemir cuando estaba borracho. Murió borracho y entregado a su diversión predilecta hasta lanzar su último aliento. Un día, cuando llevaba yo dos años a su servicio, después de ofrecernos una buena comida en el páramo, se sentó con la espalda apoyada en una roca y nos llamó para divertirse con el palo. Primero hizo aullar a los perros y después me llamó a mí. Yo me acerqué de mala gana, pues él había bebido más que de costumbre y, cuanto más bebía, más disfrutaba con su diversión después de la comida. Aquel día estaba de excelente humor y me pegó tan fuerte que, borracho como estaba, el impulso del golpe lo hizo caer. Se derrumbó de bruces en un charco y permaneció allí inmóvil. Yo y los perros nos quedamos mirando desde lejos: pensábamos que estaba fingiendo para que nos acercásemos y darnos otro palo. Pero aquello duró tanto que al fin me atreví a acercarme a él. Tardé algún tiempo en sacarlo de allí, pues pesaba mucho. Cuando al fin logré tenderlo sobre la espalda, estaba muerto. Gritamos con todas nuestras fuerzas, pero los perros eran tan pequeños como yo y el lugar solitario; nadie acudió en nuestra ayuda. Tomé pues el violín y el bastón y dije a mis dos hermanos: «Vamos, ahora tenemos que ganarnos nosotros la vida.» Nos alejamos de allí con el corazón en un puño y dejamos al muerto en el páramo. Aunque le parezca extraño, sentó mucho su muerte. Conservé su feo nombre a lo largo de todas mis andanzas y los viejos recuerdos hacen que todavía hoy me guste su sonido. Midwinter o Armadale, ¿qué más da? Después hablaremos de ello, pero primero tiene que saber lo peor de mí.

 -¿Por qué no lo mejor? -preguntó amablemente Mr. Brock.

 -Gracias, señor; pero he venido aquí para contarle la verdad. Si no le importa, pasaremos al siguiente capítulo de mi historia. Después de la muerte de nuestro dueño, los perros y yo lo pasamos mal, la suerte nos daba la espalda. Perdí a uno de mis hermanitos, el mejor de los dos; alguien me lo robó y nunca logré recuperarlo. Después, un vagabundo más corpulento que yo me quitó el violín y los zancos a viva fuerza. Estas desgracias hicieron que Tommy y yo (discúlpeme señor, pero me refiero al perro) estuviésemos más unidos que nunca. Ni él ni yo éramos ladrones (nuestro amo se había contentado con enseñarnos a bailar), pero, a pesar de ello, ambos allanamos una propiedad ajena. Jóvenes como éramos, aunque medio muertos de hambre, no podíamos resistir la tentación de echar una carrera por el campo cuando el tiempo era bueno. Así fue como Tommy y yo irrumpimos en la plantación de un caballero. Éste preservaba su coto de caza y el guarda conocía bien su oficio. Oí un disparo... y ya puede usted imaginarse lo siguiente. Quiera Dios que nunca vuelva a sentir un dolor tan grande como el que sentí cuando me incliné sobre Tommy y lo cogí, muerto y ensangrentado, en mis brazos. El guarda trató de separarnos, pero yo lo mordí, como el animal salvaje que era. Entonces me atizó con el bastón, pero con tan poco resultado como si hubiese golpeado un árbol. El ruido llegó a oídos de dos jóvenes damas que cabalgaban cerca de allí, hijas del caballero en cuya finca había entrado ilegalmente yo. Eran demasiado educadas para levantar la voz contra el sagrado derecho de preservar la caza, pero eran tiernas de corazón y se apiadaron de mí y me llevaron con ellas a su casa. Recuerdo que los hombres que allí se encontraban (caballeros todos ellos) se mondaron de risa cuando pasé por delante de las ventanas, llorando y con mi perrito muerto en brazos. No crea usted que lamento aquella risa, pues redundó en mi beneficio: despertó la indignación de las dos damas. Una de ellas me llevó a su jardín y me mostró un lugar donde podría enterrar al perro entre las flores con la seguridad de que ninguna mano iría a turbar su sueño. La otra fue a hablar con su padre y le convenció de que diese una oportunidad en la casa al pequeño y solitario vagabundo, a las órdenes de uno de sus criados de confianza. ¡Sí!, ha viajado usted en compañía de un hombre que en el pasado fue criado. Vi cómo me observaba usted cuando, para diversión de Mr. Armadale, preparaba la mesa a bordo del yate. Ahora ya sabe por qué lo hacía tan bien, sin olvidarme de nada. Tuve la suerte de ver algo de la sociedad, contribuí a llenar su estómago y a lustrar sus botas. Pero mi experiencia en las dependencias de los criados no fue larga. Antes de  (p.48) que gastase mi primera librea, hubo un escándalo en la casa. Fue la historia de siempre, inútil referirla por milésima vez. Habían dejado unas monedas sobre una mesa y desaparecieron de allí; todos los criados estaban amparados por su buena reputación salvo el más joven, que fue juzgado sin contemplaciones. Bueno, afín de cuentas tuve suerte en aquella casa; no me llevaron ante los tribunales por apoderarme de lo que no sólo no había tocado sino que no había visto nunca, sólo me despidieron. Una mañana, envuelto en mi vieja ropa, me dirigí al lugar donde había enterrado a Tommy. Besé la tierra, me despedí de mi perrito muerto y me lancé de nuevo al mundo, ¡a la madura edad de trece años!

 -En una situación tan desgraciada y en una edad tan tierna -dijo Mr. Brock-, ¿no se le ocurrió volver a casa?

 -Volví a casa, señor, aquella misma noche; dormí en la ladera del monte. ¿Acaso tenía otro hogar? Al cabo de un par de días, volví a las grandes poblaciones y a las malas compañías; ahora que había perdido a mis perros, el campo abierto resultaba demasiado solitario para mí. Entonces me recogieron dos marineros, yo era un chico mañoso y me emplearon como grumete a bordo de un barco costero. Ser grumete significa suciedad, comer despojos, llevar la carga de un hombre sobre la espalda de un adolescente y recibir azotes a intervalos regulares. El barco hizo escala en un puerto de las Hébridas. Como de costumbre, me mostré ingrato con mis bienhechores: me escapé de nuevo. Unas mujeres me encontraron, medio muerto de hambre, en las regiones salvajes del norte de la isla de Skye. Estaba cerca de la costa y en esta ocasión probé fortuna con los pescadores. Mis nuevos amos eran menos crueles, pero me hallaba expuesto al viento y al mal tiempo y a un trabajo duro que habría matado a cualquier muchacho que no hubiese sido un curtido vagabundo como yo. Peché con todo hasta que llegó el invierno y entonces los pescadores me dejaron abandonado una vez más. No los censuro por ello: la comida escaseaba y los meses eran largos. Cuando el hambre amenazaba a toda la comunidad, ¿cómo podían alimentar a un muchacho forastero? Una gran ciudad era mi único recurso para el invierno, de manera que me dirigí a Glasgow. En cuanto  (p.49) llegué, estuve a punto de caer en las fauces del león. Estaba vigilando un carro vacío en Broomielaw cuando oí la voz de mi padrastro en la calzada, al otro lado del caballo junto al que me encontraba. Se había tropezado con un conocido y, para mi espanto y sorpresa, estaban hablando de mí. Oculto detrás del caballo, oí lo suficiente para enterarme de que me había librado por los pelos de que me descubriesen antes de subir a bordo del barco costero. Yo había conocido en aquella época a otro vagabundo de mi misma edad, habíamos discutido y nos habíamos separado. El día siguiente, mi padrastro investigó en aquel distrito y, como nadie pudo darle una buena descripción de nuestras personas, se enfrentó con el problema de a cuál de los dos chicos debía seguir. Le informaron de que uno de ellos se hacía llamar Brown y el otro Midwinter. Brown parecía un apellido muy corriente y adecuado para que lo adoptase un muchacho fugitivo, mientras Midwinter era un nombre raro que a nadie se le habría ocurrido adoptar. Por consiguiente, habían perseguido a Brown y esto me había permitido escapar. Ahora comprenderá usted mi firme decisión de conservar el nombre de mi amo gitano. Pero mi resolución fue aún más lejos. Decidí abandonar para siempre aquellos lugares. Después de un par de días de observar los barcos que se preparaban para salir del puerto, averigüé cuál zarparía primero y me escondí a bordo. El hambre trató de hacerme salir de mi escondite antes de que el práctico abandonase el barco, pero el hambre no era nueva para mí y me mantuve firme. El práctico se había alejado ya del buque cuando hice mi aparición sobre cubierta y nada podían hacer ya, salvo quedarse conmigo o echarme por la borda. El capitán dijo (creo que sinceramente) que habría preferido echarme por la borda, pero la ley se muestra a veces complaciente incluso con los vagabundos como yo. De esta manera volví a la vida marinera y aprendí lo suficiente para ser útil (como usted pudar advertir) a bordo del yate de Mr. Armadale. Hice más de un viaje, en más de un barco, a más de un país del mundo y quizás habría seguido en el mar toda mi vida si hubiese podido dominar mi genio ante las provocaciones de que era objeto. Había aprendido muchas cosas, salvo esta y por ello hice encadenado el final de mi último viaje con rumbo al puerto de Bristol. Por primera vez en mi vida, conocí una cárcel por dentro, acusado de motín por uno de mis superiores. Me ha escuchado con extraordinaria paciencia, señor, y por esto me alegra decirle que ya no estamos lejos del final de mi relato. Si no recuerdo mal, encontraron ustedes unos libros cuando registraron nu equipaje en la posada de Somersetshire.

 Mr. Brock asintió con la cabeza.

 -Aquellos libros marcan el siguiente y último cambio en mi vida, antes de ocupar aquel puesto de portero el el colegio. Mi condena de prisión no fue muy larga. Quizá mi juventud me favoreció, tal vez los magistrados de Bristol tomaron en consideración el tiempo que había permanecido con grilletes a bordo del barco. En cualquier caso, acababa de cumplir diecisiete años cuando me encontré de nuevo en libertad. No tenía amigos a quienes dirigirme, ni un sitio a donde ir. Además, después de lo ocurrido, no me atraía reanudar mi vida de marinero. Permanecí plantado entre la multitud, en el puente de Bristol, preguntándome cómo usaría de mi libertad ahora que la había recobrado. No sé si fue porque había madurado en la cárcel o porque experimentaba el cambio de carácter que se produce al terminar la adolescencia, pero lo cierto es que en mí se había extinguido por completo la antigua y desaforada afición a la vida errante. Una terrible impresión de soledad me impulsó a rondar por Bristol hasta después del anochecer, porque me daba miedo el silencio del campo. Contemplaba las luces que brillaban en las ventanas de los salones con pesarosa envidia de la gente feliz que vivía tras ellas. En aquellos momentos me habría convenido recibir algún consejo. Pues bien, lo recibí: un guardia me aconsejó que circulase. Tenía toda la razón: ¿qué otra cosa podía hacer? Miré al cielo y allí estaba mi vieja amiga de muchas noches de guardia en el mar: la estrella del Norte. «Todos los puntos de la brújula son iguales para mí -pensé-. Seguiré tu camino.» Pero ni siquiera la estrella quiso hacerme compañía aquella noche. Se ocultó detrás de una nube y me dejó solo en la oscuridad y bajo la lluvia. Fui a tientas hasta un cobertizo, me quedé dormido y soñé con los viejos tiempos, cuando servía a mi amo gitano y vivía en compañía de los perros. ¡Dios mío! ¡Qué no habría dado yo para sentir, al despertar, el morro frío de Tommy sobre la mano! Pero ¿por qué me entretengo en estas cosas? ¿Por qué no acabo de una vez? No debería animarme usted, señor, con su paciente escucha. Después de otra semana de caminar errante, sin esperanzas de recibir ayuda ni perspectivas para el futuro, me encontré en una calle de Shrewsbury, contemplando los escaparates de una librería. Un viejo se asomó a la puerta de la tienda, miró a alrededor y me vio. «¿Buscas trabajo? -me preguntó-. ¿No te importa cobrar poco?» La perspectiva de tener algo que hacer y alguna criatura humana con quien hablar me tentó y, por un chelín, trabajé durante todo el día limpiando el almacén del librero. Sucedieron a éste otros trabajos parecidos. Al cabo de una semana me ascendió y pasé a barrer la tienda y a levantar las contraventanas. Poco tiempo después me confiaron el reparto de libros y, un  (p.50) trimestre más tarde, con la marcha del dependiente de la tienda, ocupé su puesto. Maravillosa suerte, dirá usted; al fin había encontrado un amigo. Pero lo que había encontrado era el tacaño más despiadado de Inglaterra y, si había ascendido en el pequeño mundo de Shrewsbury, había sido simplemente gracias a la operación comercial de venderme a precio más bajo que todos mis competidores. El trabajo en el almacén había sido rehusado, con tal salario, por todos los hombres en paro de la ciudad, pero yo lo había aceptado. El repartidor recibía con protestas su sueldo semanal, yo acepté cobrar dos chelines menos sin una queja. El dependiente se despidió porque consideró que estaba mal alimentado y mal pagado. Yo me avine a cobrar la mitad de su salario y viví contento con las sobras que él despreció. ¡Jamás hubo dos hombres que se completasen tan bien como el librero y yo! Su único objeto en la vida era encontrar a alguien que trabajase para él por un sueldo mísero. Mi único propósito en la vida era encontrar a alguien que me diese cobijo. Sin una sola afición común, sin un vestigio de sentimiento hostil o amistoso entre ambos, sin darnos las buenas noches cuando nos separábamos en la escalera de la casa ni los buenos días cuando nos encontrábamos detrás del mostrador de la tienda, vivimos en aquella casa como dos desconocidos, desde el principio hasta el fin, durante dos años enteros. Una existencia horrible para un muchacho de mi edad, ¿no cree? Pero usted es sacerdote y erudito, y sin duda habrá adivinado lo que hizo soportable mi vida.

 Mr. Brock recordó los gastados volúmenes que había encontrado en la bolsa de viaje del exportero.

 -Los libros lo ayudaron-apuntó.

 Los ojos del paria se iluminaron con una nueva luz.

 -¡Sí! -exclamó-. Los generosos amigos que me recibieron sin recelo, ¡los compasivos maestros que nunca me trataron mal! Los únicos años de mi vida que recuerdo con cierto orgullo son los que pasé en la casa de aquel avaro. La única satisfacción pura que he experimentado en mi vida la encontré en las estanterías de aquel hombre mezquino. A todas horas, en las largas noches del invierno y durante los días tranquilos del verano, bebí en la fuente conocimiento sin cansarme jamás de aquella bebida. Había pocos parroquianos que atender, pues casi todos los libros eran áridos y para gente erudita. Yo no tenía ninguna responsabilidad, pues mi amo llevaba las cuentas y yo sólo manejaba pequeñas cantidades de dinero. Él no tardó en conocerme lo suficiente para comprender que mi honradez estaba fuera de toda duda y que podía confiar en mi paciencia, por mal que me tratara. Por mi parte, lo único que pude descubrir de su carácter aumentó hasta el máximo la distancia que nos separaba. Él era un consumado fumador de opio en secreto y abusaba del láudano, por muy tacaño que pudiese ser en todo lo demás. Nunca me confesó su punto flaco y yo nunca le dije que lo había descubierto. El gozaba a mis espaldas, y yo disfrutaba a espaldas de él. Semana tras semana, un mes tras otro, allí estábamos los dos sin intercambiar una palabra de amistad: yo, a solas con mi libro en el mostrador; él, a solas con sus cuentas en el salón, casi invisible para mí a través del sucio cristal de la puerta, enfrascado a veces en sus números y a veces atónito e inmóvil en el éxtasis del opio. Transcurrió el tiempo sin marcarnos con su huella, pasaron las estaciones de dos años y permanecimos inmutables. Hasta que una mañana, a principios del tercer año, mi amo no se presentó como de costumbre para darme permiso para desayunar. Subí al piso de arriba y lo encontré en la cama, incapaz de moverse. Se negó a confiarme las llaves del armario y no permitió que llamase al médico. Compré un pedazo de pan y volví a mis libros, sintiendo por mi amo (lo confieso francamente) lo mismo que él habría sentido por mí en similares circunstancias. Al cabo de un par de horas, interrumpió mi lectura un cliente ocasional que era médico retirado. Subió a ver a mi amo y yo me alegré de librarme de él y poder volver a mis libros. Bajó el cabo de un rato y me interrumpió una vez más. «No me gustas, muchacho -me dijo-, pero creo que es mi deber decirte que pronto tendrás que irte de aquí. No gozas de simpatías en la ciudad y te costará encontrar un nuevo empleo. Haz que tu dueño te extienda un certificado de buena conducta, antes de que sea demasiado tarde.» Me lo dijo fríamente y de la misma manera le di las gracias. Aquel mismo día obtuve mi certificado. Pero no crea que mi amo me lo dio de balde. ¡Qué va! Regateó conmigo en su lecho de muerte. Me debía el salario de un mes y se negó a darme el certificado si no le perdonaba la deuda. Murió tres días después, con la satisfacción de haber estafado a su dependiente. «¡Aja! -murmuró, cuando el médico me llamó ceremoniosamente para que me despidiese de él-. ¡Me has costado muy barato!» ¿Había sido tan cruel el bastón de Ozias Midwinter? Yo creo que no. Bueno, me hallé de nuevo en la calle, pero desde luego esta vez con mejores perspectivas. Había aprendido solo a leer latín, griego y alemán, y tenía un certificado de buena conducta. ¡Todo inútil! El médico tenía razón: no me querían en la ciudad. La clase baja me despreciaba por haber servido a aquel avaro a tan bajo precio. En cuanto a las clases más acomodadas, les desagradé desde el principio (Dios sabrá por qué) como he repugnado siempre a todos, salvo a Mr. Armadale; no tenía alternativa, nada tenía que hacer en los barrios distinguidos. Es muy probable que hubiese gastado todos mis ahorros, el pequeño fruto dorado de dos años de miseria, de no haber sido por un anuncio que un colegio  (p.51) publicó en el periódico local. Las mezquinas condiciones que se ofrecían me animaron a solicitar la plaza y me la dieron. No es necesario que le diga cómo me desenvolví allí y lo que pasó después. He devanado todo el hilo de mi historia, mi vida errante nada tiene ya de misteriosa y por fin conoce usted todo lo que de malo hay en mí.

 Un momento de silencio siguió a las últimas palabras. Midwinter se apartó del antepecho de la ventana y volvió a la mesa, sosteniendo en la mano la carta de Wildbad.

 -La confesión de mi padre le ha revelado quién soy -dijo, dirigiéndose a Mr. Brock y sin aceptar la silla que éste le indicaba- y mi propia confesión le ha dicho lo que ha sido de mi vida. Prometí contarlo todo cuando le pedí permiso para entrar en esta habitación. ¿He cumplido mi palabra?

 -Sin duda alguna -respondió Mr. Brock-. Se ha ganado mi confianza y mi simpatía. Desde luego, tendría que ser muy insensible si, sabiendo lo que ahora sé sobre su infancia y su primera juventud, no compartiese, en cierta medida, el afecto de Allan por su amigo.

 -Gracias, señor -dijo simple y gravemente Midwinter.

 Por primera vez, se sentó a la mesa delante de Mr. Brock.

 -Dentro de unas horas habrá salido usted de este lugar -siguió-. Si puedo hacer algo para que se marche tranquilo, dígalo. Todavía queda mucho por hablar entre nosotros. Mis futuras relaciones con Mr. Armadale están por decidir y todavía no nos hemos enfrentado, ninguno de los dos, con la grave cuestión que suscita la carta de mi padre.

 Hizo una pausa y observó, con momentánea impaciencia, la vela que seguía ardiendo sobre la mesa a la luz de la mañana. Saltaba a la vista que cada vez le resultaba más difícil hablar con aplomo y reservarse sus propios sentimientos.

 -Tal vez pueda ayudarlo a tomar una decisión -prosiguió- si le cuento cómo resolví actuar en lo referente a Mr. Armadale, en la cuestión de la identidad de nuestros nombres, cuando leí esta carta y cuando me hube serenado lo bastante para pensar un poco. -Se interrumpió y lanzó una segunda mirada de impaciencia a la vela encendida-. ¿Perdonará el capricho de un hombre un poco raro ? -preguntó, sonriendo débilmente-. Quisiera apagar esa vela, quisiera hablar del nuevo tema bajo una nueva luz.

 Apagó la vela mientras hablaba, para que la suave luminosidad de la aurora inundase la estancia sin estorbos.

 -Una vez más tengo que pedirle paciencia -dijo- si vuelvo por un momento a mi persona y a mis circunstancias. Ya le he dicho que mi padrastro intento encontrarme unos años después de que me hubiese escapado del colegio escocés. No lo hizo porque estuviese intranquilo por mí, sino, simplemente, como agente de los albaceas designados por mi padre. Estos, en el ejercicio de las facultades que les habían sido conferidas, habían vendido las fincas de Barbados (en la época de la emancipación de los esclavos y de la ruina de las propiedades de las Indias Occidentales) al mejor postor. Después de invertir la suma obtenida, tenían la obligación de reservar una cantidad anual para mi educación. Esta responsabilidad los obligó a tratar de encontrarme, intento inútil, como usted ya sabe. Un poco más tarde (según averigüé después), publicaron en el periódico un anuncio, que yo no vi. Más tarde aún, cuando contaba yo veintiún años, publicaron un segundo anuncio (esta vez lo vi) donde ofrecían una recompensa a quien pudiese presentar pruebas de mi muerte. Si seguía con vida, tenía derecho, al alcanzar la mayoría de edad, a la mitad del producto de la venta de las fincas; si había muerto, el dinero pasaba a mi madre. Visité a los abogados y éstos me dijeron lo que acabo de contarle. Después de vencer algunas dificultades para probar mi identidad (y después de una entrevista con mi padrastro y de un mensaje de mi madre, circunstancia que ahondó inexorablemente el abismo abierto entre los dos), atendieron mi reclamación, de manera que mi dinero está ahora invertido a mi nombre, es decir, a mi nombre verdadero.

 Mr. Brock se acercó un poco más a la mesa, con visible interés. Ahora empezaba a ver lo que se proponía el hombre que le estaba hablando.

 -Dos veces al año -siguió diciendo Midwinter- debo estampar mi firma para cobrar la renta. En cualquier otro momento y circunstancias, puedo ocultar mi identidad bajo el nombre que me plazca. Mr. Armadale me conoció como Ozias Midwinter y como tal me conocerá hasta el fin de mis días. Sea cual fuere el resultado de esta entrevista, tanto si me gano su confianza como si la pierdo, puede estar seguro de una cosa: su discípulo nunca sabrá el terrible secreto que acabo de confesarle. No es ninguna resolución extraordinaria, pues, como usted ya sabe, no me cuesta ningún sacrificio conservar mi seudónimo. Mi conducta no tiene nada de encomiable: es fruto natural del sentimiento de un hombre agradecido. Considere usted mismo las circunstancias, señor, y comprenderá que mi repugnancia a revelarlas a Mr. Armadale es algo que no admite discusión. Si llegase a conocerse la historia de los nombres, esta circunstancia no llevaría únicamente a la revelación del crimen de mi padre, sino también a la del matrimonio de Mrs. Armadale. Yo he oído cómo habla Allan de su madre, sé que adora su memoria. ¡Dios es testigo de nue nunca la adorará menos por mi culpa!

 Aunque estas palabras fueron pronunciadas con toda sencillez, tocaron las fibras más sensibles del alma del pastor, que evocó el lecho de muerte de Mrs. Armadale. Ante él tenía al hombre contra el cual ella, en su ignorancia, lo había prevenido en interés de su hijo; un hombre que, por propia voluntad, se obligaba a mantener el  (p.52) secreto por el bien de aquel hijo. El recuerdo de sus propios esfuerzos pasados para destruir la amistad de la que había nacido esta resolución, surgió para acusar a Mr. Brock. Por primera vez, éste tendió la mano a Midwinter.

 -Le doy las gracias en su nombre y en el de su hijo -dijo calurosamente.

 Midwinter no contestó y extendió la declaración sobre la mesa.

 Creo que he dicho cuanto debía decir antes de tomar en consideración esta carta. Supongo que cuanto pudo parecer extraño en mi conducta para con usted y para con Mr. Armadale queda ahora explicado. Puede fácilmente imaginarse la curiosidad y sorpresa que sentí (en mi ignorancia de la verdad) cuando oí por primera vez el nombre de Mr. Armadale como un eco del mío propio. También comprenderá que, si vacilé en revelarle que yo era su homónimo, fue porque temí perjudicar mi posición (en la estimación de usted, no en la de él) al confesar que me había presentado bajo un nombre falso. Después de todo lo que acaba usted de oír sobre mi vida errante y mis turbias relajones, difícilmente le extrañará el obstinado silencio que mantuve acerca de mi persona, en unas circunstancias en que no sentía la responsabilidad que la carta de mi padre ha cargado ahora sobre mí. Si usted lo desea, podremos volver en otra ocasión a estas pequeñas explicaciones personales ahora no deben apartarnos de las cuestiones mucho más importantes que debemos resolver antes de que usted se marche. Pasemos... -La voz le flaqueó y volvió súbitamente la cara hacia la ventana, como para ocultarla a la mirada del párroco-. Pasemos -repitió y su mano tembló visiblemente al levantar la página- al asesinato a bordo del barco maderero y a las advertencias que me hace mi padre desde la tumba.

 A media voz, como si temiese que las oyera Allan, que dormía en la habitación contigua, leyó las terribles y últimas palabras que había escrito el escocés en Wildbad, a medida que fluían de los labios de su padre.

 -«Si todavía vive, evita a la viuda del hombre a quien maté. Evita a la doncella cuya perniciosa mano allanó el camino de aquel matrimonio, si es que aún está a su servicio. Pero, sobre todo, evita al hombre que lleva el mismo nombre que tú. Riñe con tu bienhechor, si la influencia de éste tiene que  (p.53) relacionaros a los dos. Rechaza a la mujer, si ha de ser un eslabón entre vosotros. Ocúltate de él, bajo un nombre supuesto. Pon montañas y mares entre vosotros; vuélvete ingrato, muéstrate implacable, sé todo lo que tu buen carácter considere más repelente, antes que vivir bajo el mismo techo y respirar el mismo aire que aquel hombre. No permitas jamás que se encuentren los dos Allan Armadale en este mundo. Nunca, nunca, ¡nunca!»

 Después de leer estas frases, empujó a un lado el manuscrito sin levantar la cabeza. De nuevo se había apoderado de él aquella reserva fatal que, unos momentos antes, había parecido a punto de desvanecerse. Volvía a tener aquella mirada errante y había bajado el tono de voz. Cualquier desconocido que hubiese escuchado su relato y lo estuviese viendo ahora, habría dicho: «Esconde la mirada, su gesto es amenazador. Es el vivo retrato de su padre.»

 -Tengo que preguntarle una cosa -intervino Mr. Brock, rompiendo el silencio que se había hecho entre los dos-. ¿Por qué ha leído este pasaje de la carta de su padre?

 -Para obligarme a decirle la verdad -respondió-. Antes de que me permita ser amigo de Mr. Armadale, tiene que saber todo lo que he heredado de mi padre. Recibí esta carta ayer por la mañana. Un aviso interior me inquietaba y me dirigí a la orilla del mar antes de romper el sello. ¿Cree usted que los muertos pueden volver al mundo en que vivieron? Yo creo que mi padre volvió con la brillante luz de la mañana, con el resplandor del sol y el alegre rugido del mar y me estuvo observando mientras yo leía. Cuando llegué a las palabras que acaba usted de oír y comprendí que había ocurrido lo que él, antes de morir, temía tanto que ocurriese, sentí que me invadía el mismo horror que le había atenazado en sus últimos momentos. Luché contra mí mismo como él habría querido que hiciese. Traté de ser todo lo que repugnaba más a mi buen qarácter, traté de pensar implacablemente en poner las montañas y el mar entre mi persona y el hombre que llevaba mi nombre. Transcurrieron horas antes de que me decidiese a volver y correr el riesgo de encontrar a Allan Armadale en esta casa. Cuando volví y me tropecé con él en la escalera, pensé que lo estaba mirando a la cara de la misma manera que mi padre había mirado al suyo antes de cerrar la puerta del camarote entre los dos. Ahora saque sus propias conclusiones, señor. Dígame, si quiere, que mi padre me legó su creencia pagana en el Destino. No lo discutiré, no negaré que, durante todo el día de ayer, su superstición fue la mía. Llegó la noche antes de que pudiese encontrar el camino que me condujese a pensamientos mas tranquilos y serenos. Pero al fin lo encontré. Puede usted considerar en mi favor que al menos superé la influencia de esta horrible carta. ¿Sabe qué me ayudó a conseguirlo?

 -¿Razonó consigo mismo?

 -No puedo razonar acerca de mis sentimientos.

 -¿Tranquilizó su mente con la oración?

 -No estaba en condiciones de rezar.

 -Sin embargo, algo lo guió hacia un sentimiento mejor y una manera más cabal de ver las cosas.

 -Así fue.

 -¿Qué sucedió?

 -Mi amor por Allan Armadale.

 Al dar esta respuesta, dirigió una mirada vacilante, casi tímida, a Mr. Brock. De repente se levantó de la mesa y volvió al antepecho de la ventana.

 -¿Acaso no tengo derecho a hablar de él en estos términos? -preguntó mientras ocultaba la cara a la mirada del párroco-. ¿Acaso no lo conozco lo suficiente y no he hecho todavía lo bastante por él? Recuerde cuál había sido mi experiencia de otros hombres cuando él me tendió la mano por primera vez, cuando por primera vez oí su voz que me hablaba en mi habitación de enfermo. ¿Qué habían sido para mí las manos extrañas durante toda la infancia? Sólo las había visto levantarse para amenazarme o pegarme. En cambio, la mano de Allan arregló mi almohada, se apoyó en mi hombro y me dio de comer y de beber. ¿Qué sabía yo de las voces extrañas cuando llegué a la edad adulta? Sólo había conocido voces que se burlaban, que maldecían, que murmuraban con ruin desconfianza por los rincones. Pero su voz me dijo: «¡Ánimo, Midwinter! Pronto te recuperarás. Dentro de una semana estarás lo bastante fuerte para recorrer conmigo los caminos de Somersetshire.» Piense en el palo del gitano, recuerde aquellos demonios que se mofaron de mí cuando pasé por delante de la ventana con el perro muerto en brazos, piense en el amo que me estafó un mes de salario en su lecho de muerte y pregúntese con el corazón en la mano si el desgraciado a quien Allan Armadale ha tratado como a un igual y como a un amigo se ha propasado al decir que le quiere. ¡Le quiero! Tengo que manifestarlo, es algo que no puedo reprimir. ¡Adoro la tierra que él pisa! Daría mi vida..., sí, la vida que ahora me es tan preciosa, porque su bondad la ha convertido en una vida feliz... le aseguro que daría mi vida.

 Las últimas palabras se extinguieron en sus labios, había surgido en él una pasión histérica que lo dominaba. Alargó una mano en un desesperado ademán de súplica a Mr. Brock, apoyó la cabeza en el antepecho de la ventana y estalló en sollozos. Pero incluso entonces se impuso la férrea autodisciplina de aquel hombre. No esperaba compasión, no confiaba en el piadoso respeto de los hombres hacia las flaquezas humanas. Mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas, mentalmente percibía la cruel necesidad de reprimirse.

 -Concédame un instante -dijo débilmente-. Dentro de un momento habré superado esto y no permitiré que vuelva a ocurrir.

 Fiel a su palabra dominó su emoción en poco tiempo y momentos después pudo seguir hablando con tranquilidad.

 -Volvamos, señor, a esos  (p.54) pensamientos mejores que anoche me trajeron a su habitación -continuó-. Sólo puedo repetir que nunca habría podido librarme de la influencia que esta carta ejercía sobre mí si no hubiese querido a Allan Armadale con todo lo que resta en mí de amor fraterno. Me dije: «Si la idea de separarme de él me rompe el corazón, ¡es que esta idea es mala!» Esto sucedió hace unas horas y sigo pensando lo mismo. No puedo creer, no quiero creer, que una amistad nacida de la bondad, por una parte, y de la gratitud, por otra, esté destinada a acabar mal. No menosprecio las extrañas circunstancias que nos dieron el mismo nombre, las extrañas circunstancias que nos reunieron y nos ligaron el uno al otro, las extrañas circunstancias que nos han afectado por separado después. Por fuerza han de estar presentes en mi pensamiento, pero no me dejaré intimidar por ello. No quiero creer que todos estos sucesos se hayan producido por mandato de un maléfico Destino, quiero creer que han ocurrido por voluntad de Dios, para un buen fin. Juzgue usted, como sacerdote, entre el padre muerto, que había en estas páginas, y el hijo vivo, que le está hablando aquí presente. Ahora que los dos Allan Armadale se han encontrado de nuevo en la segunda generación, ¿soy un instrumento en manos del Destino o un instrumento en manos de la Providencia? ¿Qué debo hacer, ahora que respiro el mismo aire y vivo bajo el mismo techo que el hijo del hombre a quien mató mi padre? ¿Perpetuar el crimen de mi padre, hiriéndolo de muerte, o expiar aquel crimen, consagrándole toda mi vida? Creo que debo inclinarme por esto último y seguiré en este convencimiento, pase lo que pase. Impulsado por la fuerza de esta decisión, he venido a confiarle el secreto de mi padre y a confesarle la desdichada historia de mi propia vida. Impulsado por la fuerza de esta convicción, puedo formularle resueltamente la única pregunta lisa y llana que marcará el final de todo cuanto he venido a decirle. Su discípulo se encuentra en el punto de partida de una nueva carrera, en una situación singular en la que carece de amistades; necesita un compañero de su misma edad en quien confiar. Ha llegado el momento, señor, de decidir si tengo que ser yo este compañero. Después de todo lo que ha oído sobre Ozias Midwinter, dígame francamente si confiaría en él como amigo de Allan Armadale.

 Mr. Brock respondió a la franca pregunta con igual sinceridad.

 -Sé que quiere usted a Allan y creo que me ha dicho la verdad. Por fuerza tengo que confiar en un hombre que me ha causado esta impresión. Confío en usted.

 Midwinter se puso en pie ruborizado, sus ojos se fijaron, serenos al fin, en la cara del párroco.

 -¡Déme fuego! -exclamó, mientras rasgaba una a una las hojas de la carta de su padre-. ¡Destruyamos el último eslabón que nos ata al horrible pasado! ¡Convirtamos en cenizas esta confesión, antes de separarnos!

 -¡Espere! -dijo Mr. Brock-.Antes de quemarla, tenemos que mirarla una vez más.

 Las hojas rasgadas del manuscrito cayeron de las manos de Midwinter. Mr. Brock las recogió y las apartó cuidadosamente hasta encontrar la última página.

 -Considero igual que usted la superstición de su padre -dijo-. Pero aquí hay una advertencia que, por el bien de Allan y por el suyo propio, no debería desdeñar. El último eslabón con el pasado no quedará destruido cuando haya quemado estas páginas. Uno de los personajes de esta historia de traición y asesinato no ha muerto todavía. Lea esto.

 Empujó las páginas sobre la mesa y señaló una frase con un dedo. Midwinter estaba tan agitado que confundió la indicación y leyó: «Si todavía vive, evita a la viuda del hombre a quien maté.»

 -No esta frase -objeto el párroco-. La siguiente.

 Midwinter leyó: «Evita a la doncella cuya perniciosa mano allanó el camino de aquel matrimonio, si es que aún está a su servicio»

 La doncella y su ama se separaron -explico Mr. Brock-; cuando ésta contrajo matrimonio. Pero volvieron a encontrarse el año pasado en la residencia de Mrs. Armadale en Somersetshire. Yo mismo vi a aquella mujer en el pueblo y sé que su visita precipitó la muerte de Mrs. Armadale. Espere un momento y tranquilícese, veo que le he sobresaltado.

 El joven esperó, según le había pedido el párroco, y palideció intensamente al tiempo que se apagaba poco a poco el brillo de sus claros ojos castaños. Lo que acababa de decirle Mr. Brock no le había causado una impresión fugaz. Cuando se sentó, perdido en sus propios pensamientos, su semblante reflejaba alarma más que duda. ¿Se renovaba en él la lucha de la noche anterior? ¿Lo asaltaba de nuevo el horror de su superstición hereditaria?

 -¿Puede usted prevenirme contra ella? -preguntó, después de una larga pausa-. ¿Puede decirme su nombre?

 -Sólo sé lo que me contó Mrs. Armadale -respondió Mr. Brock-. La mujer reconoció que se había casado en el largo intervalo transcurrido desde que vio a su ama por última vez. Pero no añadió una palabra más sobre su vida pasada. Había acudido a Mrs. Armadale para pedirle dinero, alegando que se hallaba en la miseria. Consiguió el dinero y salió de la casa, negándose rotundamente a mencionar su nombre de casada cuando aquélla se lo preguntó.

 -Usted la vio en el pueblo. ¿Qué aspecto tenía?

 Se cubría la cara con un velo. No puedo decírselo.

 -¿Podría referirme lo que vio?

 -Desde luego. Cuando se acercó a mí, vi que caminaba con gracia, que tenía una elegante figura y que su estatura era ligeramente superior a la media. Cuando me preguntó el camino para ir a la casa de Mrs. Armadale, advertí que tenía los modales de una dama y que su tono de voz resultaba sumamente suave y seductor. Por último,  (p.55) más tarde recordé que llevaba un espeso velo negro, un sombrerito y un vestido de seda, también negros, y un chal rojo. Comprendo la importancia que tiene para usted estar en conocimiento de unos medios de identificación mejores de los que puedo ofrecerle. Pero, desgraciadamente...

 Se interrumpió. Midwinter se había inclinado ansiosamente sobre la mesa y de pronto le apoyó una mano en el brazo.

 -¿Es posible que conozca usted a esa mujer? -preguntó Mr. Brock, sorprendido por el súbito cambio de actitud del otro.

 -No.

 -Entonces, ¿qué le ha sobresaltado tanto?

 -¿Recuerda usted la mujer que se arrojó al agua desde el vapor fluvial? -preguntó el joven-. ¿La mujer que causó las muertes sucesivas que abrieron el camino a Allan Armadale para convertirse en dueño de la hacienda de Thorpe-Ambrose?

 -Recuerdo su descripción en el atestado de la policía -respondió el párroco.

 -Aquella mujer -prosiguió Midwinter- caminaba con gracia y tenía una elegante figura. Aquella mujer llevaba un velo negro, un sombrero negro, un vestido de seda negro y un chal rojo... -Hizo una pausa, soltó el brazo de Mr. Brock y volvió a sentarse bruscamente-. ¿Podría ser la misma? -murmuró para sí-. ¿Existe alguna fuerza fatal que persigue a los hombres en la oscuridad? ¿Nos estará siguiendo a nosotros con las pisadas de esa mujer?

 Si su conjetura era acertada, el único acontecimiento del pasado que había parecido totalmente desligado de los sucesos que le habían precedido debía ser, por el contrario, el único eslabón que faltaba para que el círculo se cerrase. El apacible sentido común de Mr. Brock rechazó instintivamente la sorprendente conclusión. Miró a Midwinter, con una sonrisa compasiva.

 -Mi joven amigo -dijo amablemente-, ¿cree que ha borrado de su mente toda superstición, como se imaginaba? Lo que acaba de decir, ¿vale más que la sensata resolución que tomó la noche pasada?

 Midwinter inclinó la cabeza sobre el pecho, el rubor oloreó de nuevo su semblante y suspiró amargamente.

 -Empieza usted a dudar de mi sinceridad. No puedo reprochárselo.

 -Creo en su sinceridad tan firmemente como antes -respondió Mr. Brock-. Solamente dudo de que haya fortalecido los puntos débiles de su carácter tanto como se imagina.  (p.56) Muchos hombres han perdido las batallas contra sí mismos mucho más a menudo de lo que ha perdido usted la suya, y a pesar de todo triunfaron al final. No lo censuro ni desconfío de usted. Sólo le hago observar lo que ha ocurrido para ponerlo en guardia contra usted mismo. ¡Vamos, vamos! Déjese guiar por su sentido común y convendrá conmigo en que ninguna prueba confirma la sospecha de que la mujer con quien me tropecé en Somersetshire y la que intentó suicidarse en Londres son la misma persona. ¿Es preciso que un viejo como yo recuerde a un joven como usted que en Inglaterra hay miles de mujeres de hermosa figura, miles de mujeres que llevan discretos trajes negros de seda y chales rojos?

 Midwinter se agarró con ansia a la sugerencia, con demasiada presteza, como si la hubiese formulado un crítico más duro que Mr. Brock sobre la humanidad.

 -Tiene toda la razón, señor -admitió-, yo estaba equivocado. Como usted dice, hay miles de mujeres a quienes podríamos aplicar esta descripción. He estado perdiendo el tiempo con mis tontas fantasías, cuando hubiese tenido que ocuparme en examinar cuidadosamente los hechos. Si esa mujer trata alguna vez de encontrar a Allan, tengo que estar atento para impedírselo. -Empezó a buscar nerviosamente entre las hojas manuscritas desparramadas sobre la mesa, se detuvo en una de las páginas y la examinó atentamente-. Aquí hay un dato positivo que me permite conocer su edad. Cuando se casó Mrs. Armadale, tenía doce años; sumemos uno, y nos dará trece. Si sumamos la edad de Allan, veintidós años, tendremos la edad actual de la mujer: treinta y cinco. Conozco su edad y sé que tiene razones para guardar silencio acerca de su vida de casada. Ya es algo para empezar, con el tiempo estos datos pueden llevarme a descubrir algo más. -Miró satisfecho a Mr. Brock-. ¿Voy ahora por buen camino, señor? ¿Piensa que sigo las amables instrucciones que me ha dado?

 -Con ello justifica su propio sentido común -respondió el párroco, animándolo a refrenar su imaginación, con la típica desconfianza inglesa en la más noble facultad humana-. Está allanando el camino para una vida más feliz.

 -¿De verdad? -dijo reflexivamente el otro.

 Buscó una vez más entre los papeles y se detuvo en otra página.

 -¡El barco! -exclamó de pronto y cambió de nuevo de color y mudó inmediatamente de actitud.

 -¿Qué barco? -preguntó el clérigo.

 -El barco en el que sucedió aquello -respondió Midwinter, quien por primera vez daba señales de impaciencia-. El barco donde la mano asesina de mi padre cerró la puerta del camarote.

 -¿Qué sucede? -dijo Mr. Brock.

 El joven pareció no haber oído la pregunta, su mirada permaneció fija en la página que estaba leyendo.

 -Un barco francés que se dedicaba al transporte de madera -continuó, hablando consigo mismo-, un barco francés llamado La Grâce de Dieu. Si mi padre hubiese estado en lo cierto, si la Fatalidad hubiese seguido mis pasos desde la tumba de mi padre, me habría tropezado coa aquel barco en alguno de mis viajes. -Miró de nuevo a Mr. Brock-. Ahora estoy completamente seguro -coocluyó-. Aquellas mujeres son dos, no una sola.

 Mr. Brock meneó la cabeza.

 -Me alegro de que haya llegado a esta conclusión, preferiría que lo hubiese hecho por otro camino.

 Midwinter miró fijamente sus pies y, después de agarrar con ambas manos las hojas manuscritas, las arrojó a la vacía chimenea.

 -¡Por el amor de Dios, deje que queme esto! -exclamó. Mientras se conserve una sola de estas páginas, tendré que leerla. Y mientras la lea, mi padre podrá más que yo, a pesar de todos mis esfuerzos.

 Mr. Brock señaló la caja de cerillas. Un momento después, la confesión ardía. Cuando el fuego hubo consumido el último pedazo de papel, Midwinter lanzó un profundo suspiro de alivio.

 -Podría decir, como Macbeth: «Bueno, ahora que esto ha desaparecido, ¡vuelvo a ser un hombre!» -exclamó con febril animación-. Usted parece fatigado, señor, no es de extrañar -añadió, bajando el tono de voz-. Le he privado de demasiadas horas de descanso, no quiero entretenerlo más. Tenga la seguridad de que recordaré lo que me ha dicho y de que detendré a cualquier enemigo de Allan, hombre o mujer, que trate de acercarse a él. Gracias, Mr. Brock, ¡mil gracias! Cuando entré en esta habitación, era el hombre más desdichado del mundo, ahora salgo de ella feliz como los pájaros que cantan ahí fuera.

 Al volverse hacia la puerta, los rayos del sol naciente penetraron a raudales a través de la ventana y alumbraron las negras cenizas amontonadas en la oscura chimenea. La sensible imaginación de Midwinter se encendió al instante cuando vio aquello.

 -¡Mire! -dijo alegremente-. ¡La promesa del futuro brilla sobre las cenizas del pasado!

 Cuando la puerta se hubo cerrado y quedó de nuevo a solas, el párroco sintió una compasión inexplicable por aquel hombre, precisamente en el instante en que su vida Parecía estar menos necesitada de piedad.

 -¡Pobre muchacho! -murmuró con inquieta sorpresa al advertir su propio impulso compasivo-. ¡Pobre muchacho!

CAPÍTULO III

EL DÍA Y LA NOCHE

 Había transcurrido la mañana, llegó y pasó el mediodía y Mr. Brock inició la primera etapa de su viaje de regreso.

 Después de despedirse del párroco en el puerto de Douglas, los dos jóvenes volvieron a Castletown y se separaron en la puerta del hotel. Allan fue al muelle a echar un vistazo a su yate, Midwinter entró en el edificio en busca del descanso que tanto necesitaba después de una noche en vela.

 Puso la habitación a oscuras y cerró los ojos, pero no logró conciliar el sueño. En este primer día de  (p.57) ausencia del párroco, su carácter sensible exageraba la responsabilidad que Mr. Brock le había confiado. Un miedo nervioso a dejar a Allan solo, aunque fuese solamente por unas pocas ñoras, lo mantuvo despierto y vacilante hasta que, más que un sacrificio, representó un alivio para él levantarse de la cama y seguir los pasos de Allan para encaminarse al lugar donde se encontraba el yate. La reparación de la pequeña embarcación estaba casi terminada. El día brillaba alegre y soplaba la brisa, la tierra resplandecía, el agua era azul, brincaban las olas bajo los rayos del sol y los hombres cantaban mientras trabajaban. Midwinter bajó al camarote y encontró a su amigo muy atareado, tratando de poner las cosas en su sitio. Desordenado por naturaleza, Allan percibía a veces intensamente las ventajas del orden y, en tales ocasiones, el frenesí de la pulcritud se apoderaba de él. Cuando Midwinter lo vio, estaba arrodillado, trabajando furiosa y acaloradamente mientras devolvía a toda prisa el pequeño mundo del camarote a su caos original, con una actividad mal dirigida digna de ver.

 -¡Menudo lío! -exclamó, asomando tranquilamente la cabeza por el borde de la colmada litera-. ¿Sabes amigo mío, que empiezo a lamentar no haberlo dejado todo como estaba?

 Midwinter sonrió y acudió en ayuda de su amigo con la prontitud propia de los marineros.

 El primer objeto con que tropezó fue el neceser de Allan, volcado boca abajo, con la mitad de su contenido desparramado por el suelo. Descubrió un plumero y una escobita de chimenea entre las otras cosas. Cuando guardaba uno a uno los diferentes utensilios del neceser, encontró inesperadamente un retrato en miniatura ovalado, a la antigua usanza, y encuadrado en un delicado marco con pequeños diamantes incrustados.

 -No pareces dar mucho valor a esto -comentó-. ¿Qué es?

 Allan se inclinó sobre él y miró la miniatura.

 -Perteneció a mi madre -respondió- y guarda para mí un gran valor. Es un retrato de mi padre.

 Bruscamente Midwinter dejó la miniatura en manos de Allan y se retiró al lado opuesto del camarote.

 -Tú sabes mejor que yo cómo hay que guardar las cosas en tu neceser -dijo, vuelto de espaldas a Allan-.Yo arreglaré este lado del camarote mientras tú ordenas el otro.

 Empezó a colocar en su lugar los trastos desparramados a su alrededor, sobre la mesa y en el suelo. Pero hubiérase dicho que el destino se empeñaba en que objetos personales de su amigo cayesen en sus manos aquella mañana, sin poder evitarlo. Entre las primeras cosas que recogió estaba la tabaquera de Allan, a la que faltaba la tapa. En su interior había una carta arrugada que, por el bulto, debía contener algún anexo.

 -¿Sabías que habías puesto esto aquí? -preguntó-. ¿Es importante esta carta?

 Allan la reconoció al instante. Era la primera de una breve serie de cartas que los excursionistas habían recibido en la isla de Man, aquélla de la que el joven Armadale había dicho secamente que le traía «más preocupaciones de esos dichosos abogados» y que había olvidado después con su despreocupación acostumbrada.

 -Esto es lo que pasa cuando se es demasiado ordenado -protestó-, aquí tienes un ejemplo de mi extraordinaria diligencia. Tal vez no te lo creas, pero guardé esa carta ahí a propósito. Así estaba seguro de que la vería cada vez que cogiese la tabaquera, así recordaría que debía contestarla. No te rías, era una cosa perfectamente lógica..., si hubiese podido recordar dónde había dejado la tabaquera. ¿Crees que sería mejor que hiciese un nudo en el pañuelo? Tú tienes una memoria formidable, amigo mío. Podrías recordarme este asunto más tarde, por si me olvido del nudo.

 Midwinter vio la primera oportunidad de sustituir eficazmente a Mr. Brock, desde la partida de éste.

 -Ahora ya recuerdas que debes escribir -dijo-. ¿Por qué no contestas la carta enseguida? Si lo dejas para más tarde, se te olvidará de nuevo.

 -Tienes razón -admitió Allan-. Pero lo malo es que aún no he decidido qué debo contestar. Necesito un consejo. Ven, siéntate aquí y te lo contaré todo.

 Riendo a carcajadas como un niño y contagiando a Midwinter de su regocijo, barrió de un manotazo diversos trastos amontonados sobre el sofá del camarote, para dejar un espacio libre donde pudiesen sentarse él y su amigo.

 En plena exaltación de su ánimo juvenil, dispusiéronse los dos a celebrar una pequeña conferencia sobre la carta olvidada en la tabaquera.

 Fue un momento trascendente para ambos, a pesar de que en aquel momento lo tomaron a la ligera. Antes de levantarse de allí, dieron juntos el primer paso irrevocable en el oscuro y tortuoso camino de sus vidas futuras.

 Reducida a los hechos escuetos, la cuestión sobre la que Allan pedía consejo a su amigo puede resumirse en estos términos:

 Mientras se realizaban las gestiones inherentes a la sucesión en los derechos de Thorpe-Ambrose y mientras el nuevo propietario de la finca estaba todavía en Londres, había surgido necesariamente la cuestión de la persona que debía encargarse de la administración de la propiedad. El que había sido administrador de la familia Blanchard había escrito, sin pérdida de tiempo, ofreciendo sus servicios. Pero aunque era un hombre competente y digno de confianza, no le había caído bien al nuevo propietario. Cediendo como de costumbre a su primer impulso y resuelto a toda costa a instalar a Midwinter de modo permanente en Thorpe-Ambrose, Allan había decidido que el cargo de administrador era perfectamente adecuado para su amigo, por la sencilla razón de que le obligaría a vivir en la finca. Por consiguiente, había escrito rechazando el ofrecimiento sin consultar a Mr. Brock, pues  (p.58) tenía buenas razones para temer su desaprobación. Tampoco se lo dijo a Midwinter, que probablemente (si hubiese tenido oportunidad de escoger) habría rechazado un cargo para el que no le capacitaban sus anteriores experiencias. Después de esta decisión, había seguido más correspondencia, que provocó dos nuevas dificultades un poco embarazosas a primera vista, pero que Allan resolvió fácilmente, con la ayuda de sus abogados. La primera dificultad, o sea, revisar los libros del administrador cesante, se solventó enviando un contable profesional a Thorpe-Ambrose. La segunda, o sea, sacar algún provecho de la casita que el administrador había dejado vacía (ya que los planes de Allan con respecto a su amigo incluían la residencia de éste bajo su propio techo), se resolvió con la inclusión de la propiedad en la lista de un activo agente inmobiliario de la población vecina. En este estado se hallaban las cosas cuando Allan abandonó Londres. No volvió a pensar en el asunto hasta que, hallándose en la isla de Man, recibió una carta de los abogados donde le adjuntaban dos proposiciones de alquiler de la casita.

 De nuevo se hallaba en la necesidad de tomar una decisión y, después de haberse olvidado tranquilamente del nto durante unos días, Allan puso las dos proposiciones en manos de su amigo, le ofreció una confusa explicación de las circunstancias del caso y le pidió consejo. Pero Midwinter, en vez de hacerlo, dejó a un lado los documentos y formuló dos preguntas que eran naturales aunque muy engorrosas: ¿quién sería el nuevo administrador, por qué tenía que vivir en la casa de Allan?

 -Cuando vayamos a Thorpe-Ambrose te diré quién será y por qué ha de vivir conmigo -dijo Allan-. Mientras tanto, llamaremos X.Y.Z. al administrador y diremos que va a vivir bajo mi techo porque soy terriblemente desconfiado y no quiero perderlo de vista. No pongas esa cara de sorpresa. Conozco bien a ese hombre y tengo que andarme con cuidado. Si le ofreciese el cargo precipitadamente, su modestia le cerraría el camino y lo obligaría a negarse. Si lo meto en ello de cabeza, sin previo aviso y sin nadie que pueda salvarlo de la situación, no tendrá más remedio que mirar por mis intereses y aceptar. Puedo asegurarte que X.Y.Z. no es mala persona. Ya lo  (p.59) conocerás cuando vayamos a Thorpe-Ambrose, me parece que os llevaréis a la perfección.

 El humor que brillaba en los ojos de Allan y el taimado y significativo tono de su voz habrían revelado su secreto a un hombre más avisado. Midwinter estuvo tan lejos de sospecharlo como los carpinteros que trabajaban encima de ellos, sobre la cubierta del yate.

 -¿No hay ahora ningún administrador en la finca? -preguntó, mostrando claramente que la respuesta de Allan no lo satisfacía en absoluto-. ¿Tan abandonada la habéis tenido durante todo este tiempo?

 -¡Nada de eso! -le replicó Allan-. El negocio va “viento en popa, a toda vela». No es broma, sólo es una metáfora. Un contable se ha encargado de los libros y un escribiente de los abogados despacha los asuntos una vez a la semana. No parece que las cosas estén abandonadas, ¿verdad? Pero dejemos por ahora al nuevo administrador y dime cuál de estos dos inquilinos aceptarías, si estuvieses en mi lugar.

 Midwinter desplegó las proposiciones y las leyó atentamente.

 La primera era nada menos que del abogado de Thorpe-Ambrose, que había informado a Allan, en París, de la gran fortuna que había caído en sus manos. Este caballero había escrito personalmente y confesaba que desde hacía tiempo admiraba aquella casita de campo, magníficamente situada dentro de los límites de la finca de Thorpe-Ambrose. Era soltero, aficionado al estudio y deseaba poder retirarse a descansar en el campo después de las fatigosas y duras horas de trabajo. Se atrevía a decir que, si Mr. Armadale lo aceptaba como inquilino, podía estar seguro de que tendría un vecino discreto y de que la casa estaría en manos de una persona responsable y cuidadosa.

 La segunda propuesta la había enviado el agente y procedía de un desconocido. El aspirante a inquilino era, en este caso, un oficial retirado, un tal comandante Milroy. Su familia se componía solamente de su esposa inválida y una hija. Sus referencias eran magníficas y también él estaba particularmente ansioso de ocupar la casa, cuyo emplazamiento en un lugar tan tranquilo era exactamente lo que convenía a Mrs. Milroy, dado su delicado estado de salud.

 -Bueno, ¿por qué profesión debo inclinarme? -preguntó Allan-. ¿Por el ejército o por la abogacía?

 -A mí me parece que la cosa no ofrece duda -respondió Midwinter-. El abogado ya ha mantenido correspondencia contigo; por consiguiente, creo que su solicitud debería tener prioridad.

 -Sabía que dirías esto. Siempre que pido consejo, me dan el que no quiero. Aquí tienes un ejemplo. Yo estoy a favor del otro solicitante. Me inclino por el comandante.

 -¿Por qué?

 El joven Armadale señaló con el dedo el párrafo de la carta del agente donde se aludía a la familia del comandante Milroy y que contenía estas dos palabras: «una jovencita».

 -Un soltero aficionado al estudio, rondando por mi finca -explicó- es mucho menos interesante que una damita. No tengo la menor duda de que Miss Milroy será una muchacha encantadora. Ozias Midwinter, hombre de grave semblante, piensa en su lindo vestido de muselina revoloteando entre los árboles e invadiendo la finca de tu propiedad, piensa en sus pies adorables trotando en tu huerto y en sus deliciosos y frescos labios besando los melocotones maduros, piensa en sus manos gordezuelas agitándose entre las violetas tempranas, y en su naricita sonrosada oliendo los capullos de las rosas. ¿Qué me ofrece el estudioso solterón, a cambio de todo esto? Un ser pardo y reumático, con polainas y peluca. ¡No, no! La justicia es buena cosa, querido amigo, pero sin duda Miss Milroy es mejor.

 -¿Podrás portarte seriamente alguna vez, Allan?

 -Trataré de hacerlo, si tú quieres. Sé que debería aceptar al abogado; pero ¿qué he de hacer, si no puedo quitarme de la cabeza a la hija del comandante?

 Midwinter insistió resueltamente en su opinión justa y sensata sobre el tema y ejerció sobre su amigo todas sus dotes de persuasión. Después de escucharlo hasta el fin con paciencia ejemplar, Allan quitó unos cuantos trastos más de la mesa del camarote y sacó del bolsillo una moneda de media corona.

 -Se me ha ocurrido una idea original. Echémoslo a suertes.

 No podía imaginarse una proposición más absurda, viniendo de un propietario. Midwinter perdió su gravedad.

 -Yo echaré la moneda -continuó Allan- y tú elegirás. Naturalmente, debemos dar preferencia al ejército, por consiguiente será cara para el comandante y cruz para el abogado. Una sola tirada decidirá la cuestión. Ahora, ¡fíjate bien!

 Hizo girar la media corona sobre la mesa del camarote.

 -¡Cruz! -gritó Midwinter, siguiendo lo que consideraba una de las bromas infantiles de Allan.

 La moneda cayó sobre la mesa con la cara hacia arriba.

 -¡No vas a decirme que tienes tanta prisa! -exclamó Midwinter, al ver que el otro abría la carpeta y mojaba la pluma en el tintero.

 -¡Es que la tengo! -replicó Allan-. La suerte y Miss Milroy están de mi parte y tú has perdido por dos votos contra uno. Es inútil discutir. El comandante ha ganado y la casa será para él. No confiaré este asunto a los abogados, que no harían más que molestarme con sus cartas. Escribiré yo mismo.

 Redactó las respuestas a las dos proposiciones en dos minutos exactos. Una, al agente: «Muy señor mío, acepto la oferta del comandante Milroy, quien puede ocupar la casa cuando considere oportuno. Le saluda atentamente, Allan Armadale.» La otra, al abogado: «Muy señor mío, lamento que las circunstancias me impidan aceptar su ofrecimiento. Atentamente suyo...»

 -La gente se preocupa mucho cuando tiene que escribir cartas -observó Allan, cuando hubo terminado-, A mí me resulta  (p.60) de lo más fácil.

 Escribió la dirección en los dos sobres y los cerró, mientras silbaba alegremente. Al escribir, no había advertido lo que estaba haciendo su amigo. Cuando hubo terminado, le llamó la atención el súbito silencio que reinaba en el camarote y al levantar la mirada observó que Midwinter había concentrado toda su atención en la media corona que yacía de cara sobre la mesa. Allan, sorprendido, dejó de silbar.

 -¿Qué diablos estás haciendo? -preguntó.

 -Sólo me estaba preguntando una cosa -respondió Midwinter.

 -¿Qué? -insistió Allan.

 -Me estaba preguntando -explicó el otro al tiempo que le devolvía la media corona- si existe eso que llaman suerte.

 Media hora más tarde echaron al correo las dos cartas, y Allan, cuya continua vigilancia de la reparación del yate le había dejado hasta entonces muy pocos ratos libres, había propuesto emplear unas horas de ocio dando un paseo por Castletown. Ni siquiera el nervioso empeño de Midwinter en justificar la confianza que Mr. Brock había depositado en él pudo objetar nada contra aquella inofensiva proposición y los dos jóvenes partieron juntos para ver lo que podía ofrecerles la metrópoli de la isla de Man.

 Es muy dudoso que haya en todo el mundo habitado lugar que, considerado desde el punto de vista turístico ofrezca a la atención de los forasteros tan pocos centros de interés como Castletown. Empezando por el sector marítimo, había un puerto interior con un puente levadizo para que pudiesen pasar las embarcaciones, un puerto exterior, que terminaba en un faro enano, una vista de costa llana a la derecha y una vista de costa llana a la izquierda. En el solitario centro de la ciudad había un bajo y macizo edificio gris conocido como «el castillo», había también una columna conmemorativa dedicada a un tal Gobernador Smelt, de cima plana para la estatua, pero sin ninguna imagen, y también un cuartel, donde se alojaba media compañía destacada en la isla y ante cuya única puerta montaba guardia un aburrido centinela. El gris pálido era el color que predominaba en la ciudad. Las pocas tiendas abiertas estaban separadas a frecuentes intervalos por otras cerradas y tristemente abandonadas. La aburrida ociosidad de los barqueros en tierra era en aquella ciudad tres veces más monótona; los jóvenes del barrio fumaban juntos en mudo abatimiento al socaire de un muro desnudo, chiquillos harapientos pedían limosna mecánicamente y, antes de que la mano caritativa pudiese introducirse en el piadoso bolsillo, se alejaban de nuevo, dudando, como buenos misántropos, de la bondad de los humanos a quienes suplicaban. El silencio de las tumbas se extendía desde el cementerio de la iglesia a toda la mísera ciudad. Pero un edificio de lujoso aspecto se elevaba, consolador, sobre la desolación de aquellas calles tristes. Frecuentado por los estudiantes del vecino Colegio del Rey Guillermo, aquel edificio hacía las funciones de repostería. Allí había al menos algo que un forastero podía observar a través del escaparate pues, sentados en altos taburetes, los alumnos del colegio balanceaban las piernas, movían lentamente las mandíbulas y, acallados por la horrible quietud de Castletown, engullían con gravedad los pasteles en un ambiente de lúgubre silencio.

 -¡Que me aspen si puedo seguir mirando a esos chicos y esas tartas! -exclamó Allan, apartando a su amigo de la pastelería-. Veamos si podemos encontrar algo más divertido en la próxima calle.

 La primera cosa divertida que les ofreció el paseo fue un taller de tallista y dorador, que expiraba poco a poco en la última fase de decadencia comercial. En el mostrador del interior de la tienda sólo se veía la cabeza recostada de un muchacho, que dormía tranquilamente en la soledad ininterrumpida del lugar. En el escaparate se exhibían tres pequeños marcos manchados por las moscas; un rótulo, polvoriento y descuidado, que anunciaba que el local estaba en alquiler, y una estampa en colores, última de una serie que ilustraba los horrores del alcoholismo, según los más severos principios de la abstinencia. La composición (que representaba una botella de ginebra vacía, una buhardilla muy espaciosa, un lector vertical de la Sagrada Escritura y una familia horizontal expirante) pretendía atraerla atención del público con el título, totalmente incuestionable, de La Mano de la Muerte. La resolución de Allan de divertirse por la fuerza en Castletown había aguantado mucho, pero le falló al fin en esta fase de sus investigaciones. Sugirió hacer una excursión a algún otro lugar. Midwinter estuvo de acuerdo y ambos volvieron al hotel para hacer averiguaciones. Gracias a la campechanía de Allan y a su total falta de método al formular las preguntas, lo dos forasteros recibieron un alud de información referente a todos los temas, menos al que les había llevado al hotel. Descubrieron varios detalles interesantes relacionados con las leyes y la constitución de la isla de Man y con los usos y costumbres de los nativos. Para diversión de Allan, los ciudadanos de Man hablaban de Inglaterra como si se tratara de una isla contigua muy conocida, situada a cierta distancia del imperio central de la isla de Man. Los dos ingleses se enteraron también de que la feliz y pequeña nación se regía por leyes autóctonas, públicamente promulgadas una vez al año por el gobernador y dos jueces reunidos en la cima de un antiguo montículo, ocasión en la que lucían los trajes típicos. Provista de esta envidiable institución la isla gozaba además de la inestimable ventaja de un parlamento local, llamado Cámara de las Llaves, y que era una asamblea mucho más avanzada que el Parlamento de la isla vecina, en el sentido de que sus miembros prescindían  (p.61) del pueblo y se elegían solemnemente los unos a los otros. Con esto y otras muchas particularidades locales, explicadas por hombres de toda clase y condición, dentro y fuera del hotel, Allan fue pasando el aburrido tiempo a su propia y descuidada manera, hasta que el parloteo se fue extinguiendo por sí solo y Midwinter (que había estado hablando aparte con el dueño del hotel) le recordó en voz baja lo que les había llevado allí. Según decían, los lugares más hermosos de la isla se hallaban al oeste y al sur. En aquella zona había un pueblo de pescadores llamado Port St. Mary, con un hotel donde los viajeros podrían pernoctar. Si Allan seguía firme en la impresión que había sacado de Castletown y deseaba probar una excursión a otro lugar, sólo tenía que decirlo e inmediatamente pondrían un carruaje a su disposición. Allan aceptó el ofrecimiento sin pérdida de tiempo y, diez minutos más tarde, él y Midwinter se pusieron en camino por los desérticos parajes occidentales de la isla.

 Hasta aquel momento, el día de la partida de Mr. Brock había transcurrido sin ningún suceso relevante, con incidentes en los cuales ni siquiera la nerviosa vigilancia de Midwinter advirtió nada inquietante hasta que llegó la noche; una noche que al menos uno de los dos compañeros recordaría durante toda su vida.

 Antes de que los viajeros hubiesen recorrido dos millas de su camino, se produjo un accidente. El caballo se cayó y el cochero dijo que el animal se había lesionado gravemente. No había más alternativas que enviar a buscar otro carruaje a Castletown o seguir a pie hasta Port St. Mary. Midwinter y Allan decidieron caminar, pero no habían recorrido mucho camino cuando los alcanzó un caballero que iba solo en un tílburi. Se presentó cortesmente, diciendo que era médico y vivía cerca de Port St. Mary, y les invitó a subir a su coche. Siempre dispuesto a trabar nuevas amistades, Allan aceptó al punto el ofrecimiento. Él y el médico (que dijo llamarse Hawbury) charlaban ya como dos viejos amigos a los cinco minutos. Midwinter, sentado detrás de ellos, permaneció reservado y silencioso. Se separaron justo antes de llegar a Port St. Mary, delante de la casa de Mr. Hawbury, donde Allan admiró con grandes aspavientos las cristaleras  (p.62) de la mansión, el lindo jardín y el verde césped, y estrechó calurosamente la mano del médico al despedirse, como si se conocieran desde la infancia. Cuando llegaron a Port St. Mary, los dos amigos se encontraron en un segundo Castletown a escala reducida. Pero el paisaje de los alrededores, despejado, selvático y agreste, era digno de su fama. Dieron un paseo al declinar el día -que seguía siendo tranquilo y apacible- para ver el paraje. Después de esperar un poco para admirar la majestuosa puesta del sol tras un monte y observar el brezal y el despeñadero mientras hablaban de Mr. Brock y de su largo viaje para volver a casa, regresaron al hotel para encargar la cena. La noche fue cayendo poco a poco sobre los dos amigos y con ella la aventura que traería consigo; pero los únicos incidentes que acaecieron parecían cosa de risa cuando los recordaron más tarde. La cena fue francamente mala; la doncella parecía de lo más estúpida, el cordón de la campanilla del salón de café se quedó en las manos de Allan cuando tiró de él y, al caer, se enredó con una pastora de porcelana pintada que descansaba sobre la repisa de la chimenea y se hizo añicos en el suelo. Sucesos tan insignificantes como éstos fueron los únicos que ocurrieron antes de que se apagasen las últimas luces del crepúsculo y encendieran las velas en el salón.

 Viendo que Midwinter tenía pocas ganas de conversación, después de la doble fatiga de una noche sin dormir y un día agitado, Allan lo dejó descansar en el sofá y se dirigió al pasillo del hotel, por si encontraba a alguien con quien hablar. Allí, otro incidente trivial reunió de nuevo a Allan y Mr. Hawbury y contribuyó (para bien o para mal, esto habría que verlo) a fortalecer la relación que se había iniciado entre ambos.

 El bar del hotel estaba al final del pasillo y la dueña, que era quien lo atendía, estaba sirviendo una copa de licor para el médico, que acababa de entrar para charlar un poco. Después de pedir permiso, Allan se unió a la pareja para beber y charlar, y Mr. Hawbury le ofreció delicadamente la copa que la hotelera acababa de servirle. Contenía coñac con agua. El ojo clínico del médico captó el cambio que experimentó el semblante de Allan cuando éste se apartó súbitamente y pidió whisky en vez de aquello.

 -Un caso de rechazo nervioso -comentó Mr. Hawbury, retirando suavemente el vaso.

 La observación obligó a Allan a confesar que el olor y el sabor del coñac le producían un asco insuperable (lo cual, aunque fuese una tontería por su parte, lo avergonzaba un poco). Fuera cual fuese el líquido en que se hubiese diluido el licor, la simple presencia de éste, que detectaba inmediatamente por el gusto y el aroma, bastaba para que se marease e incluso se desmayase, si la bebida tocaba sus labios. Partiendo de esta confesión personal, la charla giró alrededor de las fobias en general y el médico reconoció, por su parte, que se tomaba un vivo interés profesional por el tema y que en su casa tenía una serie de casos curiosos que tal vez interesarían a su nuevo amigo, si Allan no tenía nada más que hacer aquella noche y se dignaba visitarlo al cabo de una hora, momento en que habría terminado su trabajo médico del día.

 Después de aceptar cordialmente la invitación, que se extendió a Midwinter, si éste quería aprovecharla, Allan regresó al salón de café en busca de su amigo. Midwinter, adormilado, todavía estaba tendido en el sofá con el periódico local resbalando de una mano lánguida.

 -He oído tu voz en el pasillo -dijo, soñoliento-. ¿Con quién estabas hablando?

 -Con el doctor -respondió Allan-. Iré a fumar un puro con él dentro de una hora. ¿Quieres venir?

 Midwinter asintió con un cansado suspiro. Siempre tímidamente reacio a contraer nuevas amistades, la fatiga aumentaba la resistencia que sentía a convertirse en huésped de Mr. Hawbury. Sin embargo, dadas las circunstancias, no tenía más remedio que ir, pues no se podía confiar en dejar solo al imprudente Allan en cualquier parte y menos en la casa de un desconocido. Desde luego, Mr. Brock no habría permitido que su discípulo visitase solo al doctor y Midwinter tenía todavía el nervioso convencimiento de que ocupaba el lugar de Mr. Brock.

 -¿Qué vamos a hacer para pasar esta hora? -preguntó Allan, mirando alrededor-. ¿Hay algo de particular ahí? -añadió, observando él periódico caído y recogiéndolo del suelo.

 -Estoy demasiado cansado para leer. Si encuentras algo interesante, léelo en voz alta -dijo Midwinter, pensando que la lectura lo ayudaría a mantenerse despierto.

 Una parte considerable del periódico contenía resúmenes de libros publicados recientemente en Londres. Una de las obras descritas más extensamente era del género que interesaba a Allan: una narración muy sabrosa de aventuras y viajes en las tierras salvajes de Australia. Eligiendo un pasaje que describía los sufrimientos de un grupo de viajeros perdidos en una selva sin caminos y en peligro de morir de sed, Allan anunció que había encontrado una cosa que pondría la piel de gallina a su amigo y empezó seriamente a leer el extracto. Resuelto a no dormir, Midwinter siguió el relato de la aventura frase por frase, sin perderse una palabra. La discusión entre los viajeros perdidos, que se enfrentaban a la muerte por deshidratación, la resolución de seguir adelante mientras tuviesen fuerzas, la caída de un fuerte chaparrón, los vanos esfuerzos por recoger el agua de lluvia, el fugaz alivio que experimentaron al chupar la ropa mojada, los renovados sufrimientos posteriores, el avance nocturno de los más fuertes del grupo, que dejaron atrás a los más débiles, el seguimiento del rumbo marcado por una bandada de aves al amanecer, el descubrimiento del  (p.63) gran estanque que salvó la vida de los hombres perdidos... Todo esto iba captando trabajosamente la menguante atención de Midwinter, al tiempo que se debilitaba la voz de Allan en su oído a cada frase que leía éste. Pronto parecieron extinguirse suavemente las palabras, hasta que sólo quedó el cada vez más débil sonido de la voz. Entonces, la luz del salón fue cagándose gradualmente y los sonidos se fundieron en un silencio delicioso. Las últimas impresiones conscientes del fatigado Midwinter se desvanecieron apaciblemente.

 El siguiente suceso del que tuvo conciencia fue una fuerte llamada a la puerta cerrada del hotel. Se puso en pie con la prontitud propia del hombre acostumbrado a despertarse al primer aviso. Miró rápidamente alrededor y vio que la estancia estaba vacía, y una mirada a su reloj le dijo que era casi medianoche. El ruido producido por el soñoliento criado al abrir la puerta y unas rápidas pisadas en el pasillo le infundieron el súbito presentimiento de que algo andaba mal. Cuando se disponía a salir apresuradamente para ver qué ocurría, se abrió la puerta del salón de café y el médico se plantó ante él.

 -Siento molestarlo -dijo Mr. Hawbury-. No se alarme, no ocurre nada malo.

 -¿Dónde está mi amigo? -preguntó Midwinter.

 -En el malecón -le respondió el médico-. Hasta cierto punto, me considero responsable de lo que está haciendo ahora y opino que una persona prudente, como usted, debería estar con él.

 Midwinter no necesitó oír nada más. Salió de inmediato con el médico en dirección al muelle y, durante el trayecto, Mr. Hawbury le explicó las circunstancias que lo habían inducido a ir a buscarlo al hotel.

 Allan se había presentado puntualmente en la casa del médico y explicó que había dejado a su fatigado amigo tan profundamente dormido en el sofá que no había tenido valor para despertarlo. La velada había transcurrido agradablemente y la conversación había girado en torno a muchos temas, hasta que, en mala hora, se le había ocurrido insinuar que era aficionado a la navegación a vela y que tenía en el muelle una embarcación de recreo de su propiedad. Entusiasmado al instante por su tema predilecto, Allan no había dejado a su amable anfitrión más alternativa que llevarlo al muelle para enseñarle la barca. La belleza de la noche y la suavidad de la brisa habían hecho el resto, infundiendo en Allan un deseo irresistible de navegar a la luz de la luna. Imposibilitado de acompañar a su invitado por exigencias profesionales que lo obligaban a permanecer en tierra, el médico, sin saber qué hacer, había decidido molestar a Midwinter, antes que asumir la responsabilidad de permitir a Mr. Armadale (por muy avezado que estuviese al mar) emprender una excursión a vela, en plena noche y completamente solo.

 Cuando terminó la explicación, Midwinter y el médico habían llegado al muelle. Allí, naturalmente, encontraron al joven Armadale en la barca, izando la vela y cantando alegremente el You-heave-ho! de los marineros, a voz en grito.

 -¡Adelante, viejo amigo! -gritó Allan-. ¡Llegas justo a tiempo para divertirte a la luz de la luna!

 Midwinter sugirió que era mejor dejar la diversión para el día a fin de tomar unas horas de reposo en la cama.

 -¡La cama! -exclamó Allan. Por lo visto, la hospitalidad del médico no había calmado la atolondrada animación del joven Armadale-. ¿Lo ha oído, doctor? ¡Cualquiera diría que tiene noventa años! ¿Quieres irte a la cama, vieja marmota? Mira esto... ¡y piensa en la cama,si puedes!

 Señaló el mar. La luna brillaba en un cielo sin nubes, la brisa nocturna soplaba suave y continuamente desde tierra, las aguas tranquilas ondeaban alegremente en el silencio y la gloria de la noche. Midwinter se volvió al médico con cara de circunstancias: había visto lo suficiente para saber que toda palabra de amonestación sería en vano.

 -¿Cómo está la marea? -preguntó.

 Mr. Hawbury le informó.

 -¿Están los remos a bordo?

 -Sí.

 -Yo estoy muy acostumbrado al mar -explicó Midwinter mientras bajaba los escalones del muelle-. Puede usted confiar en mí para que cuide de mi amigo y también de la barca.

 -¡Buenas noches, doctor! -gritó Allan-. Su whisky es delicioso; su barca estupenda y usted, el mejor compañero que he tenido en mi vida.

 El médico se echó a reír y agitó la mano, y la barca se deslizó al exterior del puerto, con Midwinter al timón.

 Como soplaba la brisa, se encontraron muy pronto frente a la punta de tierra del oeste que limita la bahía de Poolvash y se planteó la cuestión de si saldrían a alta mar o bordearían la costa. Lo más prudente, por si amainaba el viento, era no alejarse de tierra. Midwinter cambió el rumbo de la barca y navegaron suavemente en dirección sudoeste, sin separarse de la costa.

 Poco a poco aumentó la altura de los acantilados y las rocas, agrupadas desordenadamente y melladas, mostraban negras aberturas como fauces en el lado que daba al mar. Frente al escarpado promontorio llamado Spanish Head, Midwinter miró inquieto el reloj. Pero Allan le suplicó media hora más para echar un vistazo al famoso canal del Sound, adonde se acercaban ahora rápidamente y del que había oído algunos relatos sorprendentes por parte de los hombres que trabajaban en el yate. El cambio de rumbo que Midwinter tuvo que imprimir a la barca, para complacer a su amigo, la dejó más a merced del viento y les permitió ver, a un lado, el espléndido panorama de la costa meridional de la isla de Man, y al otro, los negros precipicios del islote llamado Calf, separado de tierra firme por el oscuro y peligroso canal del Sound.

 Una vez más Midwinter consultó el reloj.

 -Ya hemos ido bastante lejos - (p.64) anunció-. ¡Cuida de la escota!

 -¡Espera! -le gritó Allan desde la proa-. ¡Santo Dios¡ ¡Hay un barco naufragado delante de nosotros!

 Midwinter dejó que la barca avanzase un poco más y miró nacia el punto que señalaba su compañero.

 Allí, encallado a medio camino entre ambas márgenes rocosas del Sound para no volver a levantarse de su sumergido lecho de roca, abandonado y solitario en la noche tranquila, negro y fantasmal bajo la amarillenta luz de la luna, yacía el barco naufragado.

 -Conozco esa nave -dijo Allan, con gran excitación-. Ayer oí hablar de ella a mis trabajadores. Se metió aquí, durante una noche oscura, cuando ninguna luz podía orientarla. Es un viejo y gastado mercante, Midwinter, y los agentes marítimos lo han comprado para desguazarlo. Acerquémonos y echémosle un vistazo.

 Midwinter vaciló. Sus viejas aficiones de marinero le inclinaban fuertemente a seguir la sugerencia de Allan, pero el viento amainaba deprisa y temía las corrientes y los remolinos del canal.

 -Es un lugar peligroso para una barca cuando se desconoce el paraje -dijo.

 -¡Tonterías! -replicó Allan-. Esta barca es muy ligera y flotaría sobre medio metro de agua.

 Antes de que Midwinter pudiese responder, la corriente arrastró la barca hacia el canal en dirección al barco encallado.

 -Arría la vela -ordenó Midwinter- y monta los remos. Queramos o no, nos estamos echando sobre el barco.

 Acostumbrados ambos a manejar los remos, dominaron lo suficiente el curso de la barca para mantenerla en el lado menos turbulento del canal, el lado más cercano al islote de Calf. Al acercarse rápidamente al barco, Midwinter cedió su remo a Allan y, en el momento oportuno, agarró con el bichero la cadena de proa de la nave. Un instante después, la barca estaba a salvo a sotavento del buque encallado.

 La escala que empleaban los trabajadores pendía de la borda. Midwinter trepó por ella con la cuerda de la barca entre los dientes, ató un cabo y arrojó el otro a Allan, que seguía en la barca.

 -Sujétala fuerte y espera a que me asegure de que todo anda bien a bordo.

 Dichas estas palabras, desapareció detrás de la borda.

 -¿Esperar? -dijo Allan, asombrado ante la excesiva precaución de su amigo-. ¿Qué diablos significa esto? ¡Que me aspen si me quedo aquí! ¡Donde vaya uno de nosotros, puede ir también el otro!

 Ató el extremo de la cuerda a la bancada de proa de la barca, trepó por la escala y se plantó en un instante sobre la cubierta.

 -¿Qué es eso tan terrible que ocurre a bordo? -preguntó sarcásticamente cuando se reunió con su amigo.

 Midwinter sonrió.

 -Nada en absoluto -respondió-. Pero no podía estar seguro de que teníamos todo el barco para nosotros hasta haber echado un vistazo alrededor.

 Allan dio una vuelta por cubierta y observó atentamente la nave desde la proa hasta la popa.

 -No vale gran cosa -comentó-. Los franceses suelen construir barcos mejores.

 Midwinter cruzó la cubierta y miró a Allan en silencio.

 -¿Los franceses? -repitió, después de una pausa-. ¿Es francés este barco?

 -Sí.

 -¿Cómo lo sabes?

 -Me lo dijeron los hombres que trabajan en el yate. Lo saben todo acerca de él.

 Midwinter se acercó un poco más. Miró a Allan a los ojos. Su cara morena aparecía inexplicablemente pálida a la luz de la luna.

 -¿Dijeron a qué clase de transporte se dedicaba?

 -Sí. Al transporte de madera.

 Cuando Allan dio esta respuesta, la mano morena del otro se cerró con fuerza sobre su hombro y los dientes de Midwinter castañetearon como a impulso de un repentino escalofrío.

 -¿Mencionaron su nombre? -preguntó, con una voz que se extinguió de pronto en un murmullo.

 -Creo que sí. Pero lo he olvidado. Pero cálmate, amigo mío; me estás haciendo daño en el hombro con tu garra.

 -Ese nombre... -Se interrumpió, apartó la mano y se enjugó las grandes gotas de sudor que le perlaban frente-. Ese nombre, ¿era La Grâce de Dieu?

 -¿Cómo diablos lo has sabido? Efectivamente, así se llama. La Grâce de Dieu.

 Midwinter subió de un salto a la borda del barco encallado.

 -¡La barca! -exclamó con un grito de horror que rompió el silencio de la noche e hizo que Allan se pusiera al instante a su lado.

 El extremo inferior de la cuerda mal atada pendía sobre el agua y allá al frente, por el sendero marcado por la luz de la luna, se alejaba, flotando, un pequeño bulto negro. La corriente arrastraba la barca.

CAPÍTULO IV

LA SOMBRA DEL PASADO

 Sobre la cubierta del barco maderero, uno al oscuro abrigo de la borda, y el otro plantado audazmente bajo la luz amarilla de la luna, los dos amigos se volvieron cara a cara y se miraron en silencio. Un momento después, la inveterada despreocupación de Allan captó el lado grotesco de la situación. Se sentó a horcajadas sobre la borda y estalló en una fuerte y jactanciosa carcajada.

 -Todo ha sido por mi culpa -admitió-, pero no podemos hacer nada. Henos aquí, presos en una trampa tramada por nosotros mismos, ¡y allá que se va la barca del doctor! Sal de la sombra, Midwinter, apenas te veo y me gustaría saber qué vamos a hacer ahora.

 Midwinter no respondió ni se movió. Allan bajó de la borda y, después de subir al castillo de proa, contempló atentamente las aguas del Sound.

 - Una cosa es segura. Con la corriente en aquel lado y las rocas sumergidas en éste, es imposible que salgamos nadando de este apuro. Esto es cuanto puedo observar desde este lado del barco. Veamos cómo se presentan las cosas vistas desde el otro extremo. ¡Animo, compañero! -gritó alegremente al pasar junto a Midwinter-. Ven conmigo y veamos qué nos muestra esta vieja bañera desde la popa.

 Se alejó saltando, con las manos en los bolsillos y  (p.65) tarareando el estribillo de una humorística canción.

 Su voz no había producido efecto visible en su amigo, pero al ligero contacto de su mano al pasar, Midwinter se sobresaltó y salió lentamente de la sombra de la borda.

 -¡Vamos! -gritó Allan, quien interrumpió un momento su canción y miró hacia atrás.

 El otro lo siguió, todavía sin pronunciar palabra. Se detuvo tres veces antes de llegar a la popa del barco: la primera, para levantarse el sombrero y echar atrás los cabellos de la frente y de las sienes; la segunda, para agarrarse un instante a un cáncamo, cuando los pies le vacilaron, y la tercera (aunque Allan era claramente visible a pocas yardas delante de él), para mirar cautelosamente hacia atrás, con la furtiva atención de quien parece oír pisadas tras él en la oscuridad.

 -¡Todavía no! -murmuró para sí, escrutando con la mirada el aire vacío-. Lo veré a popa, con la mano en la cerradura de la puerta del camarote.

 La popa del barco encallado aparecía despejada, ya que habían amontonado la carga de madera en otras partes de la nave. Allí, lo único visible sobre la lisa superficie de la cubierta era la baja estructura de madera donde se hallaba la puerta del camarote y que ocultaba la escalera de éste. Se habían llevado la caseta del timón y la bitácora, pero la entrada del camarote y todo lo que pertenecía a éste permanecían intactos. La escotilla y la puerta estaban cerradas.

 Al llegar a la parte posterior de la nave, Allan se dirigió inmediatamente a la popa y observó el mar por encima del pasamano de la borda.

 No se veía ninguna barca en parte alguna de las aguas silenciosas iluminadas por la luna. Sabiendo que la vista Midwinter era mejor que la suya, gritó:

 -Ven aquí y mira si hay algún pescador que pueda oírnos.

 No recibió respuesta y miró hacia atrás. Midwinter lo había seguido hasta el camarote y se había detenido allí. Lo llamó de nuevo, esta vez más fuerte y le dirigió un ademán al paciente para que se acercase. Midwinter lo había oído, ya que levantó la cabeza, pero no se movió del sitio. Permaneció donde estaba, como si hubiese llegado al límite del barco y no pudiese seguir avanzando.

 Allan retrocedió y se reunió con él. No resultaba fácil descubrir lo que estaba mirando, pues tenía vuelta la cabeza a la luz de la luna, pero al parecer tenía la mirada  (p.66) fija en la puerta del camarote con una extraña expresión interrogadora.

 -¿Hay algo que ver ahí? -preguntó Allan-. Veamos si está cerrada.

 Cuando avanzo un paso para abrir la puerta, la mano de Midwinter lo agarró de pronto por el cuello de la chaqueta y lo obligó a retroceder. Un momento después, la mano aflojó la presión, sin soltar su presa, y tembló violentamente, como la de un hombre a quien le fallasen las fuerzas.

 -¿Tengo que considerarme bajo arresto? -preguntó Allan, medio asombrado y medio divertido-. ¿Por qué, válgame Dios, no dejas de mirar la puerta del camarote? ¿Has oído algún ruido sospechoso? No debemos molestar a las ratas, si es lo que te inquieta, porque no llevamos ningún perro con nosotros. ¿Hombres? En todo caso, no pueden estar vivos, porque nos habrían oído y habrían subido a cubierta. ¿Muertos? ¡Imposible! Ningún marinero del barco habría podido ahogarse en un sitio como ése, a menos que se hubiese roto la quilla, y como puedes ver la nave está entera y sólida como una catedral. ¡Pero cómo te tiembla la mano! ¿Qué hay en ese viejo y maldito camarote que te asusta tanto? ¿Por qué tiemblas y te estremeces de este modo? ¿Hay algún ser sobrenatural a bordo? ¡Que Dios nos ampare!, como dicen las viejas. ¿Has visto un fantasma?

 -¡Veo dos! -respondió el otro, impulsado por una loca tentación de revelar la verdad-. ¡Dos! -repitió, jadeando, mientras trataba en vano de reprimir las horribles palabras-. El fantasma de un hombre como tú, ¡que se ahoga en el camarote! Y el fantasma de un hombre como yo, ¡que cierra la puerta!

 Una vez más, las francas carcajadas del joven Armadale sonaron fuertes y prolongadas en el silencio de la noche.

 -¿Está cerrada la puerta del camarote? -preguntó Allan, en cuanto su risa le permitió hablar-. Una vil y diabólica acción por parte de tu fantasma, señor Midwinter. Después de esto, lo menos que puedo hacer es dejar salir al mío del camarote y encargarle el gobierno del barco.

 Aprovechando por un breve instante su superioridad física, se zafó fácilmente de la mano de Midwinter.

 -¡Eh, tú! -gritó alegremente, al tiempo que asía el tirador de la puerta del camarote y la abría de golpe-. Fantasma de Allan Armadale, ¡sube a cubierta! -En su terrible ignorancia de la verdad, asomó la cabeza sobre el umbral y miró hacia abajo, riendo, precisamente al sitio donde su padre había muerto asesinado-. ¡Puah! -exclamó, echándose repentinamente atrás, con un estremecimiento de asco-. El aire apesta y el camarote está inundado.

 Era verdad. Las rocas sumergidas donde había encallado la nave habían perforado las tablas inferiores de popa y el agua se había filtrado a través de la madera agrietada. Allí, en el lugar donde se había cometido el crimen, la semejanza entre el pasado y el presente era total. Tal como había sido el camarote en tiempos de los padres, así era ahora el camarote en tiempos de los hijos.

 Allan cerró la puerta con el pie, un poco sorprendido del súbito silencio que había guardado su amigo desde el momento en que él había asido el tirador. Cuando se volvió a mirar, inmediatamente descubrió la causa de aquel silencio. Midwinter estaba tendido sobre la cubierta. Yacía inconsciente delante de la puerta, vuelta hacia arriba la cara blanca e inmóvil, iluminada por la luna, como la de un muerto.

 Allan corrió a su lado. Se apoyó la cabeza de Midwinter sobre la rodilla y miró inútilmente alrededor, como buscando ayuda en un lugar donde no había posibilidad de encontrarla.

 ¿Qué voy a hacer? -dijo para sí, por primera vez alarmado. Aquí no hay una gota de agua, salvo la corrompida del camarote. -Sin embargo, un súbito recuerdo acudió a su memoria, su pálido semblante recobró el color el joven sacó del bolsillo un frasco envuelto en una red de mimbre-. ¡Que Dios bendiga al doctor por haberme dado esto antes de que nos hiciésemos a la mar! -exclamó fervientemente, mientras vertía en la boca de Midwinter unas gotas del fuerte whisky que contenía el frasco.

 El estimulante actuó en el acto sobre el sistema nervioso del hombre desmayado. Suspiró débilmente y abrió los ojos muy despacio.

 -¿He estado soñando? -preguntó mientras fijaba en Allan una mirada perdida.

 Después alzó los ojos y vio los mástiles desmantelados de la nave, que se recortaban, fantasmales y negros, sobre el cielo nocturno. Se estremeció y ocultó la cara sobre la rodilla de Allan.

 -¡No ha sido un sueño! -murmuró tristemente para sí-. ¡Ay de mí, no ha sido un sueño!

 -Te has cansado demasiado durante todo el día -dijo Allan- y esta fatal aventura te ha trastornado. Bebe un poco más de whisky, seguro que te sentará bien. ¿Podrás quedarte sentado a solas, si te apoyo contra la borda?

 -¿Por qué a solas? ¿Acaso quieres marcharte? -preguntó Midwinter.

 Allan señaló los obenques del palo de mesana, que todavía estaban en su sitio.

 -No estás en condiciones de esperar a que lleguen los trabajadores por la mañana -señaló-. Debemos buscar la manera de ir a tierra enseguida. Voy a subir allí para echar un vistazo alrededor y ver si hay alguna casa desde donde puedan oírnos.

 Mientras Allan pronunciaba estas palabras, Midwinter volvió a mirar con desconfianza la puerta del camarote fatal.

 -¡No te acerques a ella! -susurró-. Por el amor de Dios, ¡no trates de abrirla!

 -No, no -le aseguró Allan para seguirle la corriente-. Cuando baje del palo, volveré contigo. -Estas palabras surgieron un poco forzadas de sus labios cuando advirtió por primera vez mientras hablaba una angustia en el semblante de Midwinter que lo afligió y lo dejó perplejo-. ¿Te has enfadado conmigo? -dijo, tan sencilla y amablemente como siempre-. Sé que todo ha sido por mi culpa,  (p.67) me he comportado como un bruto y un imbécil al reírme de ti, cuando hubiese debido ver que estabas enfermo. Lo siento, Midwinter. ¡No te enfades!

 Midwinter levantó despacio la cabeza. Sus ojos se fijaron, larga y cariñosamente, con triste interés, en el semblante afligido de Allan.

 -¿Enfadarme? -repitió, en el tono más grave y afectuoso de que fue capaz-. ¿Enfadarme contigo? Oh, mi pobre amigo, ¿podría culparte de ser bueno conmigo cuando estuve enfermo en aquella vieja posada del oeste? ¿Y quién podría acusarme de sentirme agradecido a tu bondad? ¿Fue culpa nuestra que nunca dudásemos el uno del otro y que no supiésemos que viajábamos a ciegas cuando emprendimos el camino que nos ha traído aquí? Se acerca el tiempo cruel, Allan, en que lamentaremos el día en que nos conocimos. Démonos la mano, hermano, al borde del precipicio..., ¡démonos la mano mientras aún somos hermanos!

 Allan se volvió rápidamente, convencido de que Midwinter no se había recuperado todavía de la impresión de su desmayo.

 -¡No te olvides del whisky! -le dijo alegremente, mientras empezaba a trepar hacia la cofa del palo de mesana.

 Eran más de las dos, la luna palidecía y la oscuridad que precede a la aurora empezaba a envolver al barco encallado. Detrás de Allan, que observaba desde lo alto del palo de mesana, se extendía el ancho y solitario mar. Delante de él se alzaban las negras, bajas y traidoras rocas, las rotas olas del canal, que rebotaban, blancas y furiosas, sobre el océano en calma del oeste. A la derecha erguíanse majestuosos los acantilados y despeñaderos, con sus mesetas herbosas intercaladas, las onduladas dunas y los brezales solitarios de la isla de Man. A la izquierda se alzaban las escarpadas riberas del islote de Calf, desgarradas aquí por profundas y negras oquedades, y allanándose allí en largas cuestas pobladas de hierbas y de brezos. En ningún lado se oía el menor ruido ni brillaba una sola luz. La negra silueta de los mástiles del barco parecía vaga y débil contra el cielo oscuro y misterioso, la brisa de tierra había cesado, las olitas rompían en la costa sin ruido, ni de cerca de lejos llegaba el menor sonido, salvo el del agua que bullía al frente, turbando el espantoso silencio con que la tierra y el océano esperaban el nuevo día.

 Incluso el carácter despreocupado de Allan sintió la solemne influencia del momento. Le sobresaltó el sonido de su propia voz cuando miró hacia abajo y gritó al amigo que estaba sobre la cubierta.

 Me parece ver una casa -anunció-. Por allí, en tierra firme, a la derecha. -Miró de nuevo para asegurarse; una pálida manchita blanca con unas débiles rayas también blancas detrás de ella, acurrucada en una hondonada herbosa de la isla principal-. Parece una casa de piedra y un cercado -prosiguió-. Llamaré, por si me oyen. -Pasó un brazo alrededor de una cuerda, para mayor seguridad, hizo bocina con las manos y, de pronto, las bajó de nuevo sin emitir ningún sonido-. Este silencio resulta tan imponente -murmuró para sí- que me da miedo gritar. -Miró de nuevo hacia la cubierta-. No te asustaré, ¿verdad, Midwinter? -dijo, riendo sin mucha convicción. Miró una vez más aquella débil cosa blanca en la oquedad herbosa. «No habré subido aquí para nada», pensó, y volvió a hacer bocina con las manos. Esta vez, gritó con toda la fuerza de sus pulmones-. ¡Ah de la costa! -vociferó, vuelto de cara a la isla-. ¡Eh, eh, eh...!

 Los últimos ecos de su voz se extinguieron, perdiéndose en la lejanía. Sólo le respondió el monótono rumor del mar delante de él.

 Miró de nuevo a su amigo y vio que la oscura silueta de Midwinter se había levantado y paseaba de un lado a otro, pero sin perder nunca de vista el camarote cuando andaba hacia la proa ni pasar más allá de él cuando volvía hacia la popa. «Está impaciente por salir de aquí -pensó Allan-. Probaré una vez más.» Gritó de nuevo hacia tierra y, como había sacado provecho de su anterior experimento, dio a su voz el tono más agudo.

 Esta vez le respondía un sonido distinto del burbujeo del agua. Mugidos de ganado asustado brotaron de la casa de la oquedad herbosa y vibraron, larga y tristemente, en el aire callado de la madrugada. Allan esperó, atento. Si aquel edificio era una granja, el alboroto de los animales despertaría a los habitantes. Si no era más que un corral, no sucedería nada. Los mugidos de los asustados animales subían y bajaban con lúgubre acento; transcurrieron los minutos... y no sucedió nada.

 -¡Otra vez! -dijo Allan, mirando la figura inquieta que paseaba de un lado a otro debajo de él.

 Gritó por tercera vez y también en esa ocasión escuchó y esperó.

 En una pausa de los mugidos del ganado, oyó detrás de él, en el lado opuesto del canal, débil y lejano en la soledad del islote de Calf, un sonido agudo y breve, como el distante chirrido del pesado cerrojo de una puerta. Se volvió al punto en la nueva dirección y aguzó la mirada en busca de una casa. Los últimos y pálidos rayos de la menguante luz de la luna temblaban aquí y allá sobre los peñascos más altos y los escarpados picos, pero grandes franjas de sombra yacían negras y densas sobre la tierra intermedia. En aquella oscuridad, resultaba imposible ve la casa, si es que había alguna.

 -Al fin he despertado a alguien -gritó animosamente Allan a Midwinter, que seguía paseando sobre a cubierta, extrañamente indiferente a lo que ocurría pof encima de él y a su alrededor-. ¡Espera a ver si alguien contesta!

 De cara hacia el islote, lanzó un grito de auxilio.

 El grito no obtuvo respuesta, sino que unos estridentes aullidos burlones lo imitaron, con gritos cada vez más fuertes que surgían de la lejana oscuridad y mezclaban, de modo  (p.68) espantoso, la expresión de una voz humana con el bramido de un bruto. Una súbita sospecha pasó por la ente de Allan, quien volvió la cabeza a un lado y otro. La mano con que asía la cuerda se le enfriaba. En silencio conteniendo el aliento, miró en dirección al lugar de donde había procedido la primera imitación de su grito de auxilio. Después de una pausa momentánea, se renovaron los gritos y sonaron más cerca. De pronto, una figura, que parecía de un hombre, saltó sobre un montículo rocoso y empezó a hacer cabriolas y a chillar bajo el pálido resplandor de la luna. Los gritos de una mujer aterrorizada se mezclaron con los de la criatura que brincaba sobre la roca. El destello rojo de una luz encendida en una ventana invisible brilló en la oscuridad. Una ronca y furiosa voz de hombre se dejó oír entre el ruido. Una segunda figura negra saltó sobre la roca, luchó con la primera y desapareció con ella en la noche. Los gritos se fueron debilitando, los de la mujer cesaron del todo y la ronca voz del hombre sonó de nuevo durante un momento. Gritaba al barco palabras que la distancia hacía ininteligibles, pero en un tono que expresaba claramente una mezcla de ira y de miedo. Un momento más tarde, se oyó de nuevo el chirrido de un cerrojo, se apagó la luz y todo el islote quedó en silencio y envuelto en sombras. Cesaron los mugidos del ganado en la isla principal, volvieron a oírse y callaron de nuevo. Entonces, frío y triste como siempre, el eterno borboteo del agua revuelta llenó el gran abismo de silencio y fue el único sonido que persistió al caer la misteriosa quietud del cielo, como un manto que envolviese el barco encallado.

 Allan descendió del palo de mesana y se reunió con su amigo sobre la cubierta.

 -Tendremos que esperar a que vuelvan los que desguazan el barco -dijo cuando estuvo con Midwinter en mitad de su incansable paseo-. Después de lo ocurrido, no me importa confesar que no me han quedado ganas de gritar a tierra. ¡Pensar que sólo he conseguido despertar a un loco que vive en una casa del islote! Ha sido horrible, ¿no?

 Midwinter se detuvo y miró a Allan con el aire perplejo de quien oye mencionar, en tono casual, circunstancias que le son totalmente desconocidas. Aunque era imposible, parecía que todo lo  (p.69) que acababa de ocurrir en el islote de Calf le había pasado totalmente inadvertido.

 -No hay nada horrible excepto este barco -dijo-. Aquí todo es horrible.

 Dichas estas extrañas palabras, se volvió y continuó su paseo.

 Allan recogió el frasco de whisky que yacía en la cubierta cerca de él y fortaleció su ánimo con un trago.

 -Aquí hay una cosa que no es tan horrible -replicó vivamente, mientras enroscaba el tapón del frasco-. Y aquí tengo otra -añadió, al tiempo que sacaba un puro de su petaca y lo encendía-. ¡Las tres! -siguió diciendo, mirando el reloj y acomodándose sobre la cubierta, apoyada la espalda en la borda-. No tardará en despuntar el día; pronto tendremos el gorjeo de los pájaros para alegrarnos. Veo, Midwinter, que te has repuesto del todo de tu desmayo. ¡No paras de andar! Ven aquí, ponte cómodo y fuma un puro. ¿De qué te sirve andar continuamente de un lado a otro?

 -Estoy esperando -dijo Midwinter.

 -¿Esperando qué?

 -Lo que va a ocurrimos a ti o a mí, o a los dos, antes de que salgamos de este barco.

 -Con el debido respeto a tu superior juicio, mi querido amigo, yo pienso que ya nos han ocurrido bastantes cosas. La aventura no habrá estado mal si no pasa de aquí; si pasara, sería demasiado. -Echó otro trago de whisky y, entre bocanadas de humo del cigarro, continuó charlando con su acostumbrada locuacidad-. Yo no tengo tu fértil imaginación, muchacho, y espero que lo próximo que nos suceda sea la aparición de la barca de los trabajadores. Sospecho que tu extraña fantasía se ha desbordado al quedarte solo aquí. ¡Vamos! ¿Qué estabas pensando mientras yo me dedicaba a espantar a las vacas desde el palo de mesana?

 Midwinter se detuvo de pronto.

 -Supongamos que te lo dijese -respondió.

 -¿Por qué no lo haces?

 La angustiosa tentación de revelar la verdad, provocada ya una vez por la animación de su compañero, volvió a apoderarse de Midwinter. Se apoyó en la oscuridad contra la borda del barco y contempló en silencio la figura de Allan cómodamente sentado sobre la cubierta. «Sácalo de su ignorante aplomo y su egoísta reposo. Muéstrale el lugar donde se cometió el crimen; que lo sepa, como lo sabes tú, y que lo tema, como tú lo temes. Háblale de la carta que quemaste y de las palabras que el fuego no puede destruir y que viven ahora en tu memoria. Muéstrale tu mente como era ayer, cuando reavivó tu fe vacilante en tus propias convicciones y te recordó la vida en el mar, cuando acariciaste el consolador recuerdo de que en todos tus viajes no te habías tropezado nunca con este barco. Muéstrale tu mente como es ahora, cuando el barco te ha alcanzado en un punto crucial de tu nueva vida, en el comienzo de tu amistad con el único hombre del mundo que tu padre quería que evitases. Piensa en aquellas palabras que dictó desde el lecho de muerte y murmúraselas al oído, para que él pueda pensar también en ellas: "Ocúltate de él bajo un nombre supuesto. Pon montañas y mares entre vosotros; vuélvete ingrato, muéstrate implacable, sé todo lo que tu buen carácter considere más repelente, antes que vivir bajo el mismo techo y respirar el mismo aire que aquel hombre."» Así le aconsejaba el tentador. Así, la influencia del padre envenenaba la mente del hijo, como una fétida exhalación que surgiera de la tumba.

 El súbito silencio sorprendió a Allan, que miró soñoliento por encima del hombro.

 -¡Ya estás pensando otra vez! -exclamó, con un bostezo de fatiga.

 Midwinter salió de la sombra y se acercó a Allan.

 -Sí-admitió-, pensaba en el pasado y en el futuro.

 -¿En el pasado y en el futuro? -repitió Allan, cambiando de posición para estar más cómodo-. Yo no quiero pensar en el pasado. Me resulta doloroso: el pasado significa la pérdida de la barca del doctor. Hablemos del futuro. ¿Has pensado en algo práctico, como diría el querido y viejo Brock? ¿Has considerado la cuestión más seria que tendremos que resolver cuando volvamos al hotel, la cuestión del desayuno?

 Después de vacilar un instante, Midwinter se acercó más.

 -He estado pensando en tu futuro y en el mío -dijo-. He estado pensando en el tiempo en que tu camino y mi camino en la vida serán dos en vez de uno.

 -¡Ya está amaneciendo! -gritó Allan-. Mira los mástiles; ya empiezan a verse más claros. Perdona, ¿qué estabas diciendo?

 Midwinter no respondió. La lucha entre la superstición hereditaria que lo empujaba y el afecto inquebrantable por Allan que lo retenía atajó las palabras en sus labios. Volvió el rostro en mudo sufrimiento. «¡Oh, padre mío! -pensó-, habría sido mejor que me matases aquel día, cuando reposaba sobre tu pecho, que dejarme vivir para llegar a esto.»

 -¿Qué decías acerca del futuro? -insistió Allan-. Estaba buscando la luz del día, no te he oído.

 Midwinter se contuvo y respondió:

 -Me has tratado con tu acostumbrada amabilidad al proponerme que vaya contigo a Thorpe-Ambrose. Pero, pensándolo bien, creo que será mejor que no me presente en un sitio donde no me conocen ni me esperan.

 Vaciló y se interrumpió de nuevo. Cuanto más trataba de apartarla, más clara se hacía en su mente la perspectiva de la vida feliz que estaba rechazando.

 El pensamiento de Allan volvió al instante a la historia acerca del nuevo administrador que le había explicado a su amigo cuando conversaban en el camarote del yate. «¿Le habrá estado dando vueltas y al fin empieza a sospechar la verdad? -se preguntó-. Tengo que averiguarlo.»

 -Puedes decir todas las tonterías que quieras, amigo, pero no olvides que prometiste acompañarme cuando tome posesión de Thorpe-Ambrose para darme tu opinión sobre el nuevo administrador.

 Midwinter avanzó de pronto un paso, acercándose a Allan.

 No  (p.70) estoy hablando de tu administrador ni de tu hacienda -replicó, apasionadamente-. Estoy hablando de mí. ¿Lo oyes? ¡De mí! No soy un compañero adecuado para ti. Tú no sabes quien soy.

 Retrocedió y se sumió en la sombra de la borda con la misma rapidez con que había emergido de ella. «¡Dios mío! No puedo decírselo», murmuró para sus adentros.

 Durante un momento, pero sólo un momento, Allan calló, sorprendido.

 -¿Que no se quien eres? -exclamo, y mientras repetía estas palabras, su buen humor triunfó de nuevo. Levantó el frasco de whisky y lo agitó significativamente-. Me gustaría saber -prosiguió- qué dosis del medicamento del doctor has tomado mientras yo estaba en lo alto del palo de mesana.

 El tono ligero que se empeñaba en adoptar aumentó la desesperación de Midwinter. Éste salió de nuevo a la luz y golpeó, irritado, la cubierta del barco con el pie.

 -¡Escúchame! -gritó-. No sabes ni la mitad de las cosas que he hecho en mi vida. He sido esclavo de un comerciante, he barrido la tienda y levantado las contraventanas, he llevado paquetes por las calles y he esperado ante la puerta de los clientes a que me entregasen el dinero de mi amo.

 -Yo nunca he hecho nada tan útil -replicó Allan con seriedad-. ¡Qué buen trabajador fuiste en tus buenos tiempos, viejo amigo!

 -En mis buenos tiempos, fui un vagabundo y un canalla -le replicó enérgicamente el otro-. Fui acróbata callejero y estuve al servicio de un gitano. Canté por medio penique e hice bailar los perros en la carretera. Llevé librea de criado y serví la mesa. Cociné para los marineros Y fui el sirviente de un pescador muerto de hambre. ¿Qué tiene en común un caballero de tu posición con un hombre como yo? ¿Podrías introducirme en la sociedad de Thorpe-Ambrose? Mi nombre ya bastaría para desprestigiarte. Imagínate la cara que pondrían tus nuevos vecinos cuando sus criados anunciasen a Ozias Midwinter y a Allan Armadale juntos. -Estalló en una ronca carcajada y repitió los dos nombres con un énfasis amargo y burlón que recalcó el marcado contraste entre ambos.

 Algo en el tono de aquella risa conmovió dolorosamente a Allan, a pesar de su despreocupado carácter. Se levantó y habló en serio por primera vez.

 -Las bromas están bien, Midwinter, si no se llevan demasiado lejos. Recuerdo que un día me advertiste algo por el estilo, cuando te estaba cuidando en Somersetshire. Me obligaste a preguntarte si merecía que tú, precisamente tú, me mantuvieses a distancia. No me obligues a repetirlo. Búrlate de mí cuanto quieras, pero de otra manera, viejo amigo. Esta manera me resulta dolorosa.

 A pesar de la sencillez de estas palabras y de la espontaneidad con que habían sido pronunciadas, parecieron provocar una revolución instantánea en la mente de Midwinter. Su naturaleza impresionable se replegó como por efecto de un súbito golpe. El hombre, sin responder, se alejó hacia la parte de proa del barco. Se sentó sobre unas tablas apiladas entre los mástiles y se pasó una mano por la cabeza, en ademán distraído y asombrado. Aunque la fe de su padre en la fatalidad se le había contagiado una vez más, aunque su mente no albergaba ya la menor duda de que la mujer con quien se había encontrado Mr. Brock en Somersetshire y la que había tratado de suicidarse en Londres eran la misma persona, aunque se había apoderado de él todo el horror que había experimentado al leer por primera vez la carta de Wildbad, la apelación de Allan a su pasada y mutua experiencia le había llegado al corazón con una fuerza más irresistible que la de la superstición misma. Por la fuerza de esta superstición, buscaba ahora un pretexto que pudiese animarlo a sacrificar todo sentimiento menos generoso al temor de herir a su amigo.

 -¿Por qué afligirlo? -murmuró para sí-. Todavía no hemos llegado al fin, está la mujer que nos acecha en la oscuridad. ¿Por qué contrariarlo, si el daño está ya hecho y la precaución llega demasiado tarde? Lo que tenga que ser, será. ¿Puedo yo cambiar el futuro? ¿Puede cambiarlo a él?

 Volvió junto a Allan, se sentó a su lado y le asió una mano.

 -Perdóname -dijo amablemente-. Te he herido por última vez. -Antes de que el otro pudiese replicar, agarró el frasco de whisky-. ¡Vamos! -exclamó, esforzándose en emular la animación de su amigo-. Tú has probado el medicamento del médico, ¿por qué no he de hacerlo yo?

 Allan se entusiasmó.

 -He aquí un cambio afortunado. Midwinter vuelve a ser el de siempre. ¡Mira! ¡Ahí están los pájaros! ¡Sé bienvenida, mañana sonriente! ¡Mañana sonriente! -cantó las palabras de la popular canción con la antigua y animada tonadilla y dio unas palmadas en el hombro de Midwinter a su vieja y calurosa manera-. ¿Cómo has conseguido arrojar de tu cabeza los confusos y tristes pensamientos? ¿Sabes que me alarmaste cuando dijiste que algo nos ocurriría a uno de los dos antes de salir de este barco?

 -¡Simples tonterías! -replicó Midwinter, con aire desdeñoso-. Creo que la cabeza aún no se ha repuesto del todo desde que tuve aquellas fiebres, tengo una abeja en el gorro, como dicen en el norte. Hablemos de otra cosa. Por ejemplo, de esa gente a quien has alquilado la casita. Me pregunto si los informes que da el agente de la familia del comandante Milroy serán de fiar. Podría haber otra dama en la casa, además de su esposa y de su hija.

 -¡Oh! -exclamó Allan-. ¿Ahora empiezas tú a pensar en ninfas entre los árboles y en flirteos en el huerto? Otra dama, ¿eh? Pero supongamos que en el círculo familiar del comandante sólo haya aquellas dos mujeres. Tendremos que hacer girar de nuevo la media corona para echar a suertes cuál de los dos tendrá  (p.71) la primera oportunidad con Miss Milroy.

 Por una vez, Midwinter habló tan ligera y despreocupadamente como el propio Allan.

 -No, no -exclamó-. El propietario de la casa del comandante tiene prioridad sobre la hija de éste. Yo me retiraré y esperaré a que aparezca otra dama en Thorpe-Ambrose.

 -Muy bien. Haré colocar un anuncio en el parque dirigido a las mujeres de Norfolk a tal efecto -rió Allan-. ¿Tienes alguna preferencia de constitución o de color del pelo? ¿Cuál es tu edad predilecta?

 Midwinter jugó con su propia superstición, como quien juega con la pistola cargada que puede matarlo o con la bestia salvaje que puede mutilarlo para toda la vida. Mencionó la edad que, según su propio cálculo, atribuía a la mujer del vestido negro y el chal rojo.

 -Treinta y cinco -dijo.

 En cuanto hubo pronunciado estas palabras, su ficticia animación lo abandonó. Se levantó, sordo a todos los esfuerzos de Allan por burlarse de su extraordinaria respuesta y reanudó su inquieto paseo por cubierta, en completo silencio. Una vez más, la acuciante idea que le había atormentado durante la noche lo hostigaba ahora al despuntar el día. De nuevo lo asaltó el convencimiento de que algo les iba a ocurrir, a Allan o a él mismo, antes de abandonar el buque encallado.

 A cada minuto que pasaba, se hacía más fuerte la luminosidad en el cielo del este y las zonas en sombra de la cubierta del barco maderero revelaban su árida desnudez bajo los ojos del día. Al levantarse de nuevo la brisa, el mar empezó a murmurar, despertando a la luz de la mañana. Incluso el frío gorgoteo del agua al moverse cambió su acento triste y fue más suave al oído bajo el torrente luminoso que sobre ella vertía el naciente sol. Midwinter se detuvo cerca de la proa y centró errante su atención en el paso del tiempo. Dondequiera que mirase, veía la alegre influencia de la hora. La feliz sonrisa mañanera del cielo estival, brillando compasiva sobre la vieja y cansada tierra, hacía que incluso el barco encallado pareciese hermoso. El mismo rocío que centelleaba en los campos se posaba centelleante en la cubierta, y el gastado y mohoso aparejo lucía joyas tan hermosas como las tiernas hojas verdes de la costa. Al mirar a su alrededor, los pensamientos de Midwinter se  (p.72) devolvieron insensiblemente al camarada que había compartido con él la aventura de la noche. Regresó hacia la popa del buque y habló a Allan mientras avanzaba. Al no recibir respuesta, se acercó a la figura yacente y la miró de cerca. Abandonado a sus propios recursos, Allan se había dejado dominar por la fatiga de la noche. La cabeza había caído hacia atrás y el sombrero había resbalado; yacía estirado sobre la cubierta del barco maderero, durmiendo tranquila y profundamente.

 Midwinter continuó su paseo, perdida su mente en la duda. De pronto sus propios pensamientos pasados le parecieron extraños. Los negros presentimientos le habían hecho desconfiar de la hora venidera, ésta había llegado... ¡y era inofensiva! El sol ascendía en el cielo y se acercaba el momento de la liberación, mientras de los dos Armadale aprisionados en el barco fatal, uno dormía para pasar las horas de tedio y el otro observaba en silencio el amanecer del nuevo día.

 El sol siguió ascendiendo y transcurrió la hora. Con la desconfianza latente que había hecho presa en él, Midwinter miró la costa de ambos lados, buscando señales del despertar de los humanos. La tierra seguía solitaria. Las volutas de humo que pronto surgirían de las chimeneas de las casas de campo seguían brillando por su ausencia.

 Después de pensarlo un momento, volvió a la parte de popa de la nave, por si había detrás de ellos alguna barca de pesca desde donde pudiesen oír su llamada. Absorto por un instante en esta nueva idea, pasó deprisa por delante de Allan sin apenas darse cuenta de que seguía durmiendo. Un paso más y habría llegado a la borda, pero no llegó a darlo, detenido por un ruido a su espalda, un sonido que parecía un débil gemido. Se volvió y contempló a su amigo dormido sobre la cubierta. Se arrodilló en silencio a su lado y lo miró más de cerca.

 -¡Ya ha venido! -murmuró para sí-. No en mi busca, sino a la de él.

 Había acudido, en la frescura brillante de la mañana; había acudido, con el misterio y el terror de un sueño. El rostro que Midwinter había visto últimamente en perfecto reposo aparecía ahora contraído por el sufrimiento. El sudor penaba la frente de Allan y empapaba los rizados cabellos. Los párpados entreabiertos sólo mostraban el blanco de los ojos, que brillaban ciegamente. Las manos estiradas arañaban las tablas de la cubierta. De vez en cuando, gemía y murmuraba desesperadamente, pero las palabras se perdían en el rechinar de sus dientes. Yacía allí, físicamente cerca del amigo que se inclinaba sobre él, pero tan lejos en espíritu como si se hallasen en dos mundos diferentes; yacía allí, iluminado el rostro por el sol de la mañana, pero sumido en el tormento de una pesadilla.

 Una pregunta, sólo una, tomó forma en la mente del hombre que lo estaba mirando. ¿Qué le mostraba la fatalidad que lo había aprisionado en el barco encallado?

 ¿Había abierto el sueño traidor las puertas de la tumba a aquel de los dos Armadale a quien el otro había ocultado la verdad? El asesinato del padre, ¿se estaba revelando al hijo -aquí, en el mismo lugar donde se había cometido- en la visión de un sueño?

 Con esta pregunta borrando cualquier otro pensamiento de su mente, el hijo del homicida se arrodilló en la cubierta y miró al hijo del hombre a quien su padre había asesinado.

 El conflicto entre el cuerpo dormido y la mente despierta se acentuaba por momentos. Aumentaron de volumen los gemidos del hombre que soñaba, como si rogara que lo librasen de la pesadilla; sus manos se alzaron y arañaron el aire. Luchando contra el miedo que lo atenazaba, Midwinter apoyó suavemente la mano en la frente de Allan. A pesar de la ligereza del contacto, una misteriosa simpatía hizo que el hombre dormido respondiese a él. Cesaron los gemidos y las manos descendieron lentamente. Todo quedó en suspenso durante un instante y Midwinter miró mi de cerca a su amigo. Su aliento rozó apenas la cara del dormido. Pero, antes de que un nuevo aliento subiese a sus labios, Allan saltó de pronto sobre sus rodillas como si un toque de trompeta junto a su oído lo hubiese despertado.

 -Estabas soñando -dijo Midwinter cuando el otro lo miró con ojos desorbitados, pasmado al despertar.

 Los ojos de Allan recorrieron el barco; primero, con la mirada perdida; después, con una expresión de irritada sorpresa.

 -¿Todavía estamos aquí? -exclamó, mientras Midwinter lo ayudaba a ponerse en pie-. Haga lo que haga a bordo de este barco infernal, ¡no volveré a dormirme!

 Mientras pronunciaba estas palabras, los ojos de su amigo escrutaron su rostro en muda interrogación. Después, ambos dieron una vuelta por cubierta.

 -Cuéntame tu sueño -espetó Midwinter en un tono extraño y receloso y con una desacostumbrada brusquedad en los modales.

 -Todavía soy incapaz -respondió Allan-. Espera a que recobre mi estado normal.

 Dieron otra vuelta por cubierta. Midwinter se detuvo y habló de nuevo.

 -Mírame un momento, Allan -pidió.

 Cuando Allan se volvió a él, en su semblante había restos de la turbación que el sueño había impreso y cierta sorpresa natural por la extraña interpelación del otro; pero ni una sombra de mala voluntad, ni el menor atisbo de desconfianza. Midwinter se volvió rápidamente y disimuló lo mejor que pudo un incontenible suspiro de alivio.

 -¿Te parezco un poco trastornado? -preguntó Allan, que le asió del brazo y continuó su paseo-. En este caso, no te inquietes por mí. La cabeza me da vueltas, pero pronto se me habrá pasado.

 Por unos instantes, siguieron paseando arriba y abajo en silencio; el uno, esforzándose en borrar el terror del sueño de su pensamiento; el otro, empeñado en descubrir la pesadilla que  (p.73) había provocado aquel terror. Aliviado del miedo que lo había oprimido, el carácter supersticioso de Midwinter había pasado de un salto a una nueva conclusión. ¿Y si el durmiente no hubiese recibido una revelación del pasado? ¿Y si el sueño hubiese vuelto para él las paginas ignotas del libro del futuro, que contaban la historia de su vida venidera? La simple sospecha de que pudiese ser así multiplicaba el afán de Midwinter por descubrir el misterio que se ocultaba tras el silencio de Allan.

 -¿Te has serenado ya? -preguntó-. ¿Puedes contarme ahora lo que soñabas?

 Mientras formulaba esta pregunta, se acercaba el último momento digno de mención de la aventura del barco encallado.

 Habían llegado a la popa y empezaban a dar la vuelta cuando habló Midwinter. Cuando Allan abrió los labios para contestar, miró mecánicamente hacia el mar. Entonces, en vez de responder, corrió hacia la borda y agitó el sombrero por encima de la cabeza, gritando entusiasmado.

 Midwinter se reunió con él y vio una barca grande de seis remos que avanzaba hacia el canal del Sound. Una figura que les resultó familiar a ambos se irguió en el banco de popa y correspondió al saludo de Allan. La barca se acercó, el timonel les llamó alegremente y ahora reconocieron sin lugar a dudas la voz del médico.

 -¡Gracias a Dios que están los dos a salvo! -exclamó Mr. Hawbury, al reunirse con ellos en la cubierta del barco maderero-. ¿Qué viento los trajo hasta aquí?

 Miró a Midwinter mientras hacía esta pregunta, pero fue Allan quien le contó la historia de aquella noche y quien le pidió, a su vez, información. En cuanto a Midwinter, el único interés que embargaba su mente (el interés en descubrir el misterio del sueño) hizo que permaneciese en un completo silencio. Sin importarle lo que se dijese o hiciese a su respecto, observó a Allan y lo siguió como un perro, hasta que llegó el momento de bajar a la barca. La mirada profesional de Mr. Hawbury no se apartaba de él, observando con curiosidad la variable coloración de su semblante y los continuos e inquietos movimientos de las manos. «Ni por todo el dinero del mundo cambiaría mi sistema nervioso por el de este hombre», pensó el médico mientras empuñaba el timón de la barca y ordenaba a los remeros que la alejasen del buque.

 Habiendo reservado toda explicación hasta haber emprendido el regreso a Port St. Mary, Mr. Hawbury satisfizo ahora la curiosidad de Allan. Las circunstancias que lo había llevado a rescatar a sus dos invitados de la noche anterior eran bastante sencillas. Unos pescadores de Port Erin, al oeste de la isla, habían encontrado la barca perdida en el mar y, habiéndola reconocido como de propiedad del médico, enviaron al punto un mensajero para preguntar en la casa del doctor. Naturalmente, la declaración del hombre había alarmado a Mr. Hawbury y le hizo temer por la suerte de Allan y su amigo. Había buscado inmediatamente ayuda y, siguiendo el consejo de los barqueros, se habían dirigido en primer lugar al punto más peligroso de la costa, el único donde, incluso con buen tiempo, podía haber ocurrido un accidente a una barca gobernada por hombres expertos: el canal del Sound. Después de explicar su afortunada aparición en escena, el médico insistió amablemente en que sus invitados de la noche lo fuesen también aquella mañana. Cuando regresasen, sería demasiado temprano para que los atendiesen en el hotel; en cambio, encontrarían cama y desayuno en casa de Mr. Hawbury.

 En el primer intervalo de la conversación entre Allan y el médico, Midwinter, que no había participado en ella, ni escuchado lo que se decía, tocó a su amigo en el brazo.

 -¿Te encuentras mejor? -preguntó en voz baja-. ¿Te habrás repuesto pronto lo suficiente para contarme lo que quiero saber?

 Allan frunció el ceño con impaciencia, el tema de la pesadilla y el empeño de Midwinter en volver a él le parecían de lo más desagradables. Ahora no le respondió con su buen humor acostumbrado.

 -Supongo que no me dejarás en paz hasta que te lo cuente -protestó-, por tanto, será mejor que desembuche de una vez.

 -¡No! -exclamó Midwinter, mirando al médico y a los remeros-. No donde otros puedan oírlo, no hasta que estemos los dos a solas.

 -Si desean echar una última mirada al lugar donde han pasado la noche -anunció el médico-, deben hacerlo ahora. Dentro de un instante, la costa les ocultará el barco.

 Los dos Armadale miraron en silencio, por última vez, el barco fatal. Solo y abandonado habían encontrado al barco encallado, en el misterio de la noche de verano. Solo y abandonado lo dejaron en la radiante belleza de la manana estival.

 Una hora más tarde, el médico condujo a sus invitados a sus habitaciones para que descansasen hasta la hora del desayuno.

 Apenas había hecho más que volver la espalda, cuando las puertas de ambas habitaciones se abrieron sin ruido y Allan y Midwinter se encontraron en el pasillo.

 -¿Podrás dormir después de lo ocurrido? -preguntó Allan.

 Midwinter sacudió la cabeza.

 -Venías a mi habitación, ¿verdad? -le preguntó-, ¿Para qué?

 -Para pedirte que me hicieses compañía. ¿Y para qué venías tú a la mía?

 -Para pedirte que me contases tu sueño.

 -¡Al diablo con mi sueño! Lo único que quiero es olvidarlo.

 -Pero yo quiero saberlo todo acerca de él.

 Ambos hicieron una pausa, ambos se resistían instintivamente a seguir hablando. Por primera vez desde el comienzo de su amistad, estaban al borde de una disputa y todo por aquel dichoso sueño. El buen carácter de Allan se impuso antes de que se produjese una discusión.

 -Eres el hombre más terco que he conocido -suspiró-, pero supongo que si quieres saberlo, tus razones  (p.74) tendrás. Entra en mi habitación y te lo contaré.

 Volvió a su dormitorio y Midwinter lo siguió. La puerta se cerró tras ellos.

CAPÍTULO V

LA SOMBRA DEL FUTURO

 Cuando Mr. Hawbury se reunió con sus invitados para desayunar, el extraño contraste entre sus caracteres que había advertido con anterioridad le pareció incluso más acentuado. Uno de los jóvenes estaba sentado a la bien surtida mesa, hambriento y feliz, probando todos los platos y declarando que era el mejor desayuno que había tomado en su vida. El otro estaba sentado junto a la ventana, con la taza aún medio llena y sin tocar la comida. El saludo que el médico dirigió a los dos reveló claramente las diferentes impresiones que habían causado en su mente. Dio unas palmadas en el hombro de Allan y le dedicó una broma. Dirigió una forzada inclinación de cabeza a Midwinter y comentó:

 -Temo que no se ha recuperado de las fatigas de la noche.

 -No ha sido la noche, doctor, lo que lo ha desanimado -comentó Allan-. Es una cosa que le he contado. Pero la culpa no ha sido mía. Si hubiese sabido que cree en los sueños, no habría abierto la boca.

 -¿En los sueños? -repitió el médico, mirando directamente a Midwinter y dirigiéndose a él, al interpretar equivocadamente las palabras de Allan-. Con su constitución, me parece que ya debería estar acostumbrado a ellos.

 -Míreme a mí, doctor, pues ha errado la dirección -exclamó Allan-. Yo tuve el sueño, no él. No se extrañe; no ha sido en esta cómoda mansión, sino a bordo de aquel maldito barco maderero. Lo cierto es que me quedé dormido antes de que viniese usted a rescatarnos y no puedo negar que sufrí una horrible pesadilla. Bueno, cuando volvimos aquí...

 -¿Por qué molestas a Mr. Hawbury con un asunto que no puede interesarle? -preguntó Midwinter, hablando por primera vez y con marcada impaciencia.

 -Discúlpeme -replicó vivamente el médico-, pero por lo que he oído, el asunto me interesa.

 -¡Muy bien, doctor! -exclamó Allan-. Yo le ruego que se tome interés en esto, quiero que se libre de la tontería que se le ha metido en la cabeza. ¡Imagínese! Se ha empeñado en que mi sueño es una advertencia para que evite a ciertas personas, e insiste en que una de estas personas es... ¡él mismo! ¿Alguna vez  (p.75) ha oído semejante disparate? Yo me he esforzado en explicárselo todo. Le he dicho que mandase al diablo los avisos..., ¡que todo era fruto de una indigestión! Que no sabía lo que había comido y bebido en la mesa del doctor. ¿Piensa que me hizo caso? En absoluto. Ahora le toca el turno a usted, usted es un profesional y no tendrá más remedio que escucharlo. Sea bueno, doctor, y extiéndame un certificado de que padecí una indigestión. Con mucho gusto le mostraré la lengua.

 -Me basta con ver su cara -dijo Mr. Hawbury-. Certifico que no ha sufrido una indigestión en su vida. Oigamos su sueño y veamos lo que podemos sacar de él..., es decir, si no tiene usted inconveniente.

 Allan señaló a Midwinter con el tenedor.

 -Entonces, pídaselo a mi amigo, él podrá relatárselo mucho mejor que yo. Aunque le cueste creerlo, lo anotó todo a medida que se lo iba contando e insistió en que lo firmase al pie, como si se tratase de mi «última confesión” antes de subir al patíbulo. Sácalo, viejo, he visto que lo dabas en la cartera. ¡Sácalo!

 -¿En serio le interesa tanto? -preguntó Midwinter, al tiempo que sacaba la cartera con una mala gana que resultaba casi ofensiva, dadas las circunstancias, pues implicaba desconfianza hacia el médico en la propia casa de éste.

 Mr. Hawbury se ruborizó.

 -Por favor, no me lo muestre si no lo desea -dijo, con la forzada cortesía de un hombre ofendido.

 -¡Tonterías! -gritó Allan-. ¡Trae eso de una vez!

 En vez de atender la característica petición, Midwinter sacó el papel de la cartera, se levantó y se acercó a Mr. Hawbury.

 -Discúlpeme -dijo, ofreciendo el manuscrito al médico.

 Mientras pronunciaba aquella palabra, bajó la mirada al suelo y se ensombreció su semblante. «Un tipo hosco y reservado -pensó el médico mientras le daba las gracias con rígida cortesía-. Su amigo vale mil veces más que él.»

 Midwinter volvió junto a la ventana y se sentó en silencio, con la antigua e impenetrable resignación que en el pasado había sorprendido a Mr. Brock.

 -Léalo, doctor -incitó Allan cuando Mr. Hawbury desplegó la hoja manuscrita-. No está redactado con mis acostumbrados circunloquios, pero no se ha añadido ni suprimido nada. Es exactamente lo que soñé y exactamente como lo habría escrito yo, si hubiese pensado que valía la pena y tuviese facilidad para escribir, facultad de la que carezco, salvo para las cartas, que despacho a toda prisa -concluyó Allan, mientras removía tranquilamente el café.

 Mr. Hawbury extendió el manuscrito sobre la mesa del desayuno y leyó estas líneas:

 EL SUEÑO DE ALLAN ARMADALE

 En la madrugada del primero de junio de mil ochocientos cincuenta y uno, me encontré (por circunstancias que no vienen al caso) a solas con un amigo mío, joven aproximadamente de mi edad, a bordo del barco maderero francés La Grâce de Dieu, el cual había encallado en el canal del Sound, entre la costa de la isla de Man y el islote llamado Calf. Como aquella noche no había dormido y estaba rendido de cansancio, me dormí sobre la cubierta de la embarcación. Mi salud era buena como de costumbre y el sol había salido ya. En tales circunstancias y en aquella hora del día, empecé a soñar. Tal como lo recuerdo, después de haber transcurrido unas cuantas horas, he aquí cómo se sucedieron los acontecimientos en mi sueño:

 1. Lo primero que vi fue a mi padre. Me tomó en silencio de la mano y nos encontramos los dos en el camarote del barco.

 2. El agua que inundaba el camarote fue subiendo lentamente, y mi padre y yo nos hundimos juntos en ella.

 3. Siguió un intervalo de olvido y después tuve la impresión de haberme quedado solo en la oscuridad.

 4. Esperé.

 5. La oscuridad se disipó y tuve la visión, como en un cuadro, de un estanque grande y solitario, rodeado de un campo despejado. Encima de la orilla más alejada del estanque, vi el cielo sin nubes del oeste, enrojecido por los rayos del sol poniente.

 6. En la margen más próxima se alzaba la sombra de una mujer.

 7. Sólo era una sombra. No había ningún indicio que me permitiese identificarla o compararla con cualquier criatura viviente. La larga túnica me indicaba que era la sombra de una mujer, nada más.

 8. Se hizo de nuevo la oscuridad, que me envolvió durante un rato y se disipó por segunda vez.

 9. Me encontré en una habitación, de pie delante de una alta ventana. El único mueble u objeto de adorno que vi (o que recuerdo haber visto) fue una pequeña estatua colocada cerca de mí. La estatua estaba a mi izquierda y la ventana, a mi derecha. La ventana daba a un prado de césped y un jardín. La lluvia repicaba con fuerza sobre el cristal.

 10. Más tarde ya no estaba solo en la habitación. En pie delante de mí, junto a Ia ventana, se alzaba la sombra de un hombre.

 11. No veía ni sabía más acerca de ella de lo que había visto y sabido de la sombra de la mujer. Pero esta segunda sombra se movió. Alargó los brazos hacia la estatua, que cayó en pedazos al suelo.

 12. Con una contusa sensación compuesta de ira y de aflicción, me incliné para mirar los fragmentos. Cuando me incorporé de nuevo, la sombra se había desvanecido y ya no vi más.

 13. La oscuridad se abrió por tercera vez, y me mostró la sombra de la mujer y la sombra del hombre, juntas.

 14. No veía ningún escenario a mi alrededor (o al menos no lo recuerdo).

 15. La sombra del hombre estaba más cercana, y detrás de ella estaba la de la mujer. Desde el lugar donde se encontraba, llegó a mis oídos el sonido de un líquido al ser vertido suavemente. Vi que ella tocaba la sombra del hombre con una mano y le tendía un vaso con la otra. Él tomó el vaso y me lo alargó. En el mismo instante en que me lo llevé a los labios, me  (p.76) invadió una debilidad mortal y me desmayé. Cuando recobré el sentido, la sombra se había desvanecido y terminaba la tercera visión.

 16. La oscuridad me envolvió de nuevo y siguió otro intervalo de olvido.

 17. No tuve conciencia de nada más, hasta que sentí los rayos del sol matutino sobre el rostro y oí la voz de mi amigo diciéndome que acababa de despertar de un sueño.

 Después de leer atentamente la narración hasta la última línea, debajo de la cual aparecía la firma de Allan, el médico miró a Midwinter por encima de la mesa del desayuno y tamborileó con los dedos sobre el manuscrito, sonriendo irónicamente.

 -Tantos hombres, tantas opiniones -dijo-. No estoy de acuerdo con ninguno de los dos en lo que respecta a este sueño. Su teoría -prosiguió, mirando a Allan y sonriendo -la hemos descartado ya: la cena que usted no pudo digerir no pudo causarle ninguna indigestión. En seguida pasaremos a mi teoría, pero primero debemos con siderar la de su amigo. -Se volvió de nuevo a Midwinter, gozando anticipadamente de su triunfo sobre un hombre que, a juzgar por la expresión de su semblante y sus modales, le era profundamente antipático-. Si no he entendido mal -prosiguió-, usted cree que este sueño es un aviso sobrenatural, dirigido a Mr. Armadale, de algún peligro que le amenaza y de personas peligrosas a las que, por prudencia, debería evitar. ¿Puedo preguntarle si ha llegado a esta conclusión sólo porque cree en los sueños, o porque tiene alguna razón concreta para dar una importancia especial a este sueño?

 -Ha expuesto usted muy claramente cuál es mi convicción -respondió Midwinter, irritado ante la expresión y el tono del médico-. Discúlpeme si le ruego que se dé por satisfecho con esta confesión y permita que me reserve mis razones.

 -Es exactamente lo mismo que me dijo a mí -terció Allan-. Yo no creo que tenga ninguna razón.

 -¡Calma, calma! -exclamó Mr. Hawbury-. Podemos discutir el tema sin inmiscuirnos en los secretos de nadie. Pasemos ahora a mi propio método de interpretar el sueño. Probablemente, Mr. Midwinter no se sorprenderá si digo que considero este asunto desde un punto de vista esencialmente práctico.

 -No me sorprenderé en absoluto -replicó Midwinter-. La visión de un médico cuando tiene que resolver un problema humano raras veces va más allá de la punta de su bisturí.

 El médico se amoscó también un poco.

 -Nuestros límites no son tan estrechos, pero de buen grado le diré que hay algunos artículos de su credo que para los médicos son falsos. Por ejemplo, no creemos que un hombre razonable deba dar una interpretación sobrenatural a cualquier fenómeno que se ponga al alcance de sus sentidos, hasta que haya comprobado con absoluta certeza que no puede encontrarse ninguna explicación natural.

 -Bueno, esto me parece justo -exclamó Allan-. Él le zahirió con el «bisturí», doctor, y usted le corresponde ahora con su «explicación natural». Oigámosla.

 -Con mucho gusto. Ahí va. No hay nada extraordinario en mi teoría de los sueños: es la aceptada por la gran mayoría de los de mi profesión. Un sueño es la reproducción, cuando el cerebro está dormido, de imágenes e impresiones que se produjeron en él en estado de vigilia. Esta reproducción es más o menos complicada, imperfecta o contradictoria, según la mayor o menor influencia que ejerza el sueño en el ejercicio de ciertas facultades por parte del individuo. Sin llevar más lejos esta última parte, por cierto muy curiosa e interesante, consideremos la teoría en un sentido general, tal como acabo de exponerla, y apliquémosla directamente al sueño en cuestión. -Tomó la hoja manuscrita de encima de la mesa y abandonó el tono formal (como de un conferenciante al dirigirse a un auditorio) que insensiblemente había adoptado-. Observo ya en este sueño -prosiguió- un acontecimiento que reproduce una impresión que Mr. Armadale experimentó en estado de vigilia ante mi propia presencia. Si quiere ayudarme ejercitando su memoria, no desespero de poder relacionar toda la serie de escenas que aquí se detallan con algo que él haya dicho, pensado, visto u oído, en las veinticuatro horas, o menos, que precedieron al momento en que se quedó dormido sobre la cubierta del barco maderero.

 -Con mucho gusto pondré a prueba mi memoria -se ofreció Allan-. ¿Por dónde empezamos?

 -Empiece contándome lo que hizo ayer, antes de que me encontraran en la carretera que conduce a este lugar -respondió Mr. Hawbury-. Digamos que se levantaron de la cama y desayunaron. ¿Qué hicieron después?

 -Tomamos un coche -explicó Allan- y fuimos desde Castletown hasta Douglas para despedir a mi viejo amigo, Mr. Brock, que embarcaba hacia Liverpool. Volvimos a Castletown y nos separamos en la puerta del hotel. Midwinter entró en la casa y yo me dirigí al muelle para ver mi yate. A propósito, doctor, ¿recuerda que nos prometió venir de crucero con nosotros antes de que abandinemos la isla de Man?

 -Muchas gracias, pero ciñámonos al asunto que nos ocupa ahora. ¿Qué pasó después?

 Allan vaciló. Estaba en la luna, en el sentido figurado de la expresión.

 -¿Qué hizo usted a bordo del yate?

 -¡Oh, ya sé! Ordené todo el camarote. Palabra de honor que lo puse todo patas arriba. Mi amigo llegó en un bote para ayudarme. Hablando de embarcaciones, todavía no le he preguntado si la suya sufrió algún daño la noche pasada. En caso afirmativo, insisto en que me permita indemnizarle los perjuicios sufridos.

 El médico renunció a todo intento de que Allan se concentrase en sus recuerdos.

 -Si seguimos así, nunca alcanzaremos nuestro objetivo -protestó-.  (p.77) Será mejor que consideremos los episodios del sueño por orden y formulemos las preguntas que nos vayan sugiriendo. Empecemos por los dos primeros. Usted sueña que se le aparece su padre, que se encuentran los dos en el camarote de un barco, que el agua sube y que se hunden juntos en ella. ¿Puedo preguntarle si bajó al camarote del barco encallado?

 -No pude bajar allí -respondió Allan-, porque el camarote estaba lleno de agua. Cuando lo vi, cerré de nuevo la puerta.

 -Muy bien -dijo Mr. Hawbury-. Hasta aquí, las impresiones están bastante claras. Había estado pensando en el camarote y en el agua, y el sonido de la corriente é canal, puedo afirmarlo sin necesidad de preguntárselo, fue lo último que percibió usted antes de dormirse. La idea de ahogarse es una consecuencia demasiado natural de aquellas impresiones para que tengamos que insistir en ella. ¿Algo más, antes de que sigamos adelante? Sí; hay otra circunstancia que requiere explicación.

 -La circunstancia más importante -observó Midwinter, terciando en la conversación, sin moverse de su sitio junto a la ventana.

 -¿Se refiere a la aparición del padre de Mr. Armadale? A esto iba -apuntó Mr. Hawbury-. ¿Está vivo su padre? -preguntó, dirigiéndose de nuevo a Allan.

 -Mi padre murió antes de que yo naciese.

 El médico dio un respingo.

 -Esto complica un poco las cosas. ¿Cómo sabe que la figura que se le apareció en sueños era la de su padre?

 Allan vaciló de nuevo.

 Midwinter apartó un poco su silla de la ventana y, por primera vez, observó con atención al médico.

 ¿Había pensado en su padre antes de dormirse? -prosiguió Mr. Hawbury-. ¿En alguna descripción de él, en algún retrato que hubiese en su casa...?

 -¡Claro! -exclamó Allan, quien de pronto captó un recuerdo olvidado-. ¡Midwinter! ¿Te acuerdas de la miniatura que encontraste en el suelo del camarote cuando arreglábamos el yate? Tú dijiste que yo no parecía darle ningún valor y yo negué tu suposición, porque era un retrato de mi padre...

 -¿Se parecía la cara del sueño a la cara de la miniatura? -preguntó Mr. Hawbury.

 -¡Era exactamente igual! ¡Le aseguro, doctor, que esto empieza a ponerse interesante!

 -¿Qué me dice ahora? -preguntó Mr. Hawbury, volviéndose de nuevo a la ventana.

 Midwinter se levantó  (p.78) apresuradamente de la silla y fue a reunirse con Allan en la mesa. De la misma manera que había buscado refugio contra la tiranía de sus supersticiones en el confortable sentido común de Mr. Brock, así lo buscaba ahora, con la misma ansiedad, con la misma sinceridad, en la teoría del médico sobre los sueños.

 -Estoy de acuerdo con mi amigo -respondió, ruborizado el semblante por un súbito entusiasmo- en que esto empieza a ponerse interesante. Continúe, por favor.

 El médico miró a su extraño invitado con más benevolencia de la que antes había mostrado hacia él.

 -Usted es el único místico que he conocido -admitió-, dispuesto a jugar limpio con las pruebas. No desespero de convertirlo antes de que termine nuestra investigación. Pasemos al siguiente episodio -continuó después de observar un momento el manuscrito-. Podernos prescindir del intervalo de olvido que sigue a las primeras imágenes del sueño. Significa simplemente la momentánea interrupción de la actividad intelectual del cerebro cuando lo invadió a usted una ola de sueño más profundo, de la misma manera que la sensación de encontrarse solo en la oscuridad, que aparece a continuación, indica la reanudación de aquella actividad, previa a la reproducción de otra serie de impresiones. Veamos a qué corresponden. Un estanque solitario rodeado de un campo despejado, una puesta de sol sobre la orilla más lejana del estanque y la sombra de una mujer junto al lado más próximo. Muy bien; examinemos esto, Mr. Armadale. ¿Cómo se metió el estanque en su cabeza? El campo despejado lo vio usted en el trayecto desde Castletown a este lugar. Pero no tenemos estanques ni lagos por estos andurriales y es imposible que los haya visto recientemente en otras partes, ya que ha venido por mar. ¿Debemos recurrir a algún cuadro o a algún libro, o a alguna conversación que sostuvo con su amigo?

 Allan miró a Midwinter.

 -Yo no recuerdo que hablásemos de estanques o de lagos -comentó-. ¿Y tú?

 En vez de responder a la pregunta, Midwinter se dirigió de pronto al médico.

 -¿Tiene usted el último número del periódico de Manx?

 El médico lo sacó de la alacena. Midwinter buscó las páginas que contenían extractos de los Viajes por Australia, de reciente publicación, que habían despertado el interés de Allan la noche anterior y cuya lectura había terminado cuando su amigo cayó dormido. Allí, en el pasaje que describía los sufrimientos de los sedientos viajeros y el posterior descubrimiento que les salvó la vida, aparecía, en el punto culminante de la narración, ¡el gran estanque que había surgido en el sueño de Allan!

 -Guarde ese periódico -le dijo el médico, cuando Midwinter se lo hubo mostrado y dado la debida explicación-. Es muy probable que lo necesitemos de nuevo antes de terminar nuestra investigación. Hemos llegado al estanque. ¿Qué me dice de la puesta de sol? Los extractos del periódico no refieren nada parecido. Escudriñe de nuevo en su memoria, Mr. Armadale, a ver si encuentra el recuerdo de una puesta de sol en estado de vigilia, por favor.

 Una vez más, Allan no logró encontrar una respuesta y, de nuevo, la despierta memoria de Midwinter lo ayudó a vencer la dificultad.

 --Creo que puedo descubrir esta impresión, como descubrí la otra -anunció en dirección al médico-. Cuando llegamos ayer por la tarde, mi amigo y yo dimos un largo paseo por las colinas...

 -¡Ya esta! -lo interrumpió Allan-. Ahora lo recuerdo. El sol se estaba poniendo cuando volvimos al hotel para cenar y aquel cielo rojo era tan espléndido que ambos nos detuvimos para contemplarlo. Entonces hablamos de Mr. Brock y nos preguntamos si estaría ya muy lejos en su viaje de regreso a casa. Mi memoria puede ser lenta en arrancar, doctor, pero en cuanto se pone en marcha, ¡no hay quien la detenga! Ahora lo verá.

 -Espere un momento, en consideración a la memoria de Mr. Midwinter y a la mía -rogó el médico-. Hemos descubierto sus impresiones del campo despejado, del estanque y de la puesta de sol. Pero nada explica aún la sombra de la mujer. ¿Puede recordar el original de este misterioso personaje del sueño?

 Allan se sumió una vez más en su anterior perplejidad y Midwinter esperó, fijos los ojos con intenso interés en la cara del médico. Por primera vez, se hizo un largo silencio en la estancia. Mr. Hawbury miraba interrogadoramente a Allan y al amigo de éste. Ninguno de los dos le respondió. Entre la sombra y el referente de ella se abría un abismo de Misterio, igualmente impenetrable para los tres.

 -Paciencia -dijo tranquilamente el médico-. Dejemos de momento a la figura de la orilla del estanque, más adelante trataremos de encontrarla. Permítame observar, Mr. Midwinter, que no resulta fácil identificar a una sombra, pero no desesperemos. La dama impalpable del lago tal vez tenga alguna consistencia cuando volvamos a encontrarla.

 Midwinter no replicó. Desde aquel momento, empezó a perder interés en la encuesta.

 -¿Cuál es la siguiente escena del sueño? -siguió Mr. Hawbury, al tiempo que consultaba el manuscrito-. Mr. Armadale se encuentra en una habitación. Está de pie junto a una alta ventana que da a un prado de césped y a un jardín, mientras la lluvia repica en el cristal. En la habitación sólo ve una pequeña estatua y su única compañía es la sombra de un hombre plantada ante él. La sombra alarga los brazos y la estatua cae hecha añicos al suelo. El hombre que está soñando, irritado y afligido por aquella catástrofe (observen, caballeros, que la facultad de raciocinio del durmiente se despierta un poco y que el sueño pasa racionalmente, por un instante, de la causa al efecto), se  (p.79) inclina para observar los fragmentos. Cuando levanta la mirada, el escenario ha desaparecido. Esto significa que, en el flujo y reflujo del sueño, ha llegado el momento bajo y el cerebro descansa un poco. ¿Qué le pasa, Mr. Armadale? ¿Acaso se ha disparado de nuevo su holgazana memoria?

 -Sí. Ahora va a galope tendido. Me refiero a la estatuilla rota; no es más que una pastorcilla de porcelana que se cayó de la repisa de la chimenea en el salón del hotel, cuando tiré del cordón de la campanilla la noche pasada. Vamos progresando, ¿no? Es como resolver un acertijo. Ahora te toca a ti, Midwinter.

 -¡No! -exclamó el médico-. Por favor, me toca a mí. Reivindico la ventana, el jardín y el prado de césped, como de mi propiedad. La ventana alta la encontrará, Mr. Armadale, en la habitación contigua. Si se asoma a ella, verá el prado y el jardín, y si pone en marcha su portentosa memoria, recordará que tuvo la gentileza de felicitarme por mi elegante cristalera y el cuidado jardín cuando ayer les llevé, a su amigo y a usted, a Port St. Mary.

 -Es verdad -convino Allan-. Sí que lo hice. Pero ¿qué me dice de la lluvia que vi en sueños? No he visto caer una gota desde la semana pasada.

 Mr. Hawbury vaciló. Entonces se fijó en el periódico de Manx, que había quedado sobre la mesa.

 -Si no se nos ocurre nada más, veamos si podemos encontrar la idea de la lluvia donde encontramos también la idea del estanque. -Releyó atentamente el resumen-. ¡Ya lo tengo! Aquí se narra cómo llovió sobre los sedientos viajeros austrAllanos antes de que descubriesen el estanque. Considere, Mr. Armadale, que el chaparrón se introdujo en su mente cuando leyó esto a su amigo la noche pasada. Y fíjese en que el sueño, Mr. Midwinter, mezcla como de costumbre impresiones separadas.

 -¿Puede encontrar una impresión que explique aquella figura humana junto a la ventana? -preguntó Midwinter-. ¿O tenemos que pasar por alto la sombra del hombre, al igual que la sombra de la mujer?

 Formuló la pregunta con escrupulosa cortesía, pero con un matiz sarcástico que no pasó inadvertido al oído del médico, quien aceptó al instante la controversia.

 -Cuando se recogen conchas en la playa, Mr. Midwinter, se suele empezar por las que están más cerca. Nosotros estamos recogiendo ahora los hechos y tomamos primero los más fáciles de identificar. Dejemos de momento la sombra del hombre y la sombra de la mujer, aunque le prometo que no las perderemos de vista. Cada cosa a su tiempo, mi querido señor; cada cosa a su tiempo.

 También él se mostraba al mismo tiempo cortés e irónico. Había terminado la breve tregua entre los adversarios. Midwinter regresó significativamente a su sitio junto a la ventana. El doctor se volvió inmediatamente de espaldas a aquélla, de un modo aún más significativo. Allan, que nunca discutía la opinión de nadie y que nunca escudriñaba bajo la superficie de la conducta de las personas, tamborileó alegremente sobre la mesa con el mango del cuchillo.

 -¡Adelante, doctor! -exclamó-. Mi maravillosa memoria está tan fresca como siempre.

 ¿De verdad? -dijo Mr. Hawbury y volvió a referirse a la narración del sueño-. ¿Recuerda lo que ocurrió cuando usted y yo estábamos charlando la noche pasada con la dueña, en el bar del hotel?

 -¡Claro que me acuerdo! Usted tuvo la amabilidad de ofrecerme un vaso de coñac con agua que la dueña acababa de prepararle. Y yo me vi obligado a rechazarlo, porque, como le expliqué, el sabor del coñac me marea, por suave que sea la mezcla.

 -Exacto -dijo el médico-. Aquel incidente se reproduce en el sueño. Ahora ve usted juntas la sombra del hombre y la de la mujer. Oye el ruido de un líquido al ser vertido en un vaso (coñac de la botella y agua de la jarra), la sombra-mujer (la dueña del hotel) ofrece el vaso a la sombra-hombre (yo); la sombra-hombre se lo ofrece a usted (como yo hice), y el desmayo que usted me había descrito previamente se produce como era de esperar. Me molesta, Mr. Midwinter, tener que identificar aquellas misteriosas apariciones con unos originales tan poco románticos como una mujer que regenta un hotel y un hombre que trabaja como médico rural. Pero su amigo le confirmará que la dueña preparó el vaso de coñac con agua y que yo se lo ofrecí después. Hemos identificado las sombras, tal como yo había previsto, y ahora sólo tenemos que explicar, cosa que puede hacerse en dos palabras, la manera en que aparece en el sueño. Después de haber tratado de introducir separadamente la impresión del doctor y de la dueña en relación con una serie de circunstancias poco idóneas, la mente del durmiente hace un tercer intento e introduce juntas las imágenes de las dos personas en relación con una serie de circunstancias adecuadas. ¡Todo se reduce a esto! Permita que le devuelva el manuscrito, con mi agradecimiento por la total confirmación de la teoría racional de los sueños.

 Con estas palabras, Mr. Hawbury devolvió la hoja de papel a Midwinter, mostrando la implacable cortesía del vencedor.

 -¡Magnífico! ¡Ni el menor fallo desde el principio hasta el fin! ¡Por Júpiter! -exclamó Allan, con el respeto de la ignorancia-. ¡Qué maravillosa es la ciencia!

 -Ni el menor fallo, ya lo ve -observó, satisfecho, el médico-. Sin embargo, dudo de que hayamos logrado convencer a su amigo.

 -No me ha convencido -admitió Midwinter-. Pero no me atrevería a decir que está usted equivocado.

 Dijo estas palabras a media voz, casi tristemente. La terrible convicción del origen sobrenatural del sueño, de la que había tratado de librarse, se había apoderado otra vez de él. Todo su interés por la argumentación se había  (p.80) desvanecido, toda su sensibilidad a su irritante influencia había desaparecido. De haberse tratado de cualquier otro hombre, Mr. Hawbury se habría ablandado ante la concesión que acababa de hacerle su adversario; pero Midwinter le disgustaba tanto que no dejó que alimentase tranquilamente su propia opinión.

 -¿Confiesa usted -pregunto el medico, mas belicoso que nunca- que he relacionado todos los episodios del sueño con una impresión producida durante la vigilia en la mente de Mr. Armadale?

 -No negaré que lo ha hecho -convino Midwinter, resignado.

 -¿He identificado las sombras con sus originales vivos?

 -Las ha identificado a su propia satisfacción y a la de mi amigo. No a la mía.

 -¿No a la suya? ¿Puede usted identificarlas?

 -No. Sólo puedo esperar a que los originales vivos se manifiesten en el futuro.

 -¡Habla usted como un oráculo, Mr. Midwinter! ¿Tiene alguna idea de quiénes pueden ser estos originales vivos?

 -En efecto. Creo que futuros acontecimientos identificarán la sombra de la mujer con una persona a quien mi amigo no conoce todavía, y la sombra del hombre conmigo mismo.

 Allan trató de hablar. El médico lo interrumpió.

 -Pongamos las cosas en claro -dijo a Midwinter-. Dejando de momento su propio caso aparte, ¿puedo preguntarle cómo una sombra, que carece de marcas distintivas, puede identificarse con una mujer viva a la que su amigo todavía no conoce?

 Midwinter se ruborizó aún más. Empezaba a sentir los efectos de la lógica del médico.

 -El paisaje del sueño sí tiene marcas distintivas -replicó-. La mujer viva aparecerá en el paisaje donde mi amigo la vio en el sueño.

 -Supongo -prosiguió el médico- que lo propio ocurrirá con la sombra-hombre que insiste en identificar con usted mismo. En el futuro, estará asociado a una estatua rota en presencia de su amigo, a una ventana alta que dará a un jardín y a un chaparrón que repicará sobre el cristal. ¿Está afirmando esto?

 -Así es.

 -Presumo que tendrá una explicación parecida para la siguiente visión. Usted y la mujer misteriosa se encontrarán en algún lugar todavía desconocido y ofrecerán a Mr. Armadale algún líquido que aún ignoramos qué será, pero que le hará desvanecerse. ¿De verdad cree todo esto?

 -Le aseguro que lo creo.

 - (p.81) Además usted opina que esta realización del sueño marcará el rumbo de ciertos acontecimientos futuros en los que la felicidad o incluso la seguridad de Mr. Armadale se verán peligrosamente comprometidas, ¿no es eso?

 -Ésa es mi firme convicción.

 El médico se levantó, dejó a un lado su bisturí moral, reflexionó un momento y lo tomó de nuevo.

 -Una última pregunta. ¿Tiene usted alguna razón para adoptar una visión tan mística, a pesar de haber una explicación racional e irrebatible del sueño como la que acabo de darle?

 -Ninguna razón que pueda dar a usted o a mi amigo -respondió Midwinter.

 El médico consultó su reloj con el aire del hombre que de pronto comprende que está perdiendo el tiempo.

 -No tenemos nada en común donde apoyarnos y aunque discutiéramos hasta el día del juicio, no nos pondríamos de acuerdo. Discúlpenme si ahora tengo que dejarlos. Es más tarde de lo que pensaba y mis enfermos de la mañana me estarán esperando en el consultorio. En todo caso, lo he convencido a usted, Mr. Armadale; por consiguiente, el tiempo que hemos dedicado a esta discusión no ha sido en vano. Por favor, quédese aquí, fumando su puro. Volveré a estar a su disposición antes de una hora.

 Saludó cordialmente a Allan con la cabeza, hizo una cortés reverencia a Midwinter y salió de la habitación.

 En cuanto el médico volvió la espalda, Allan se levantó de la mesa y se dirigió a su amigo, con aquella cordialidad irresistible que le había ganado la simpatía de Midwinter desde el día en que se conocieron en la posada de Somersetshire.

 -Ahora que ha terminado el pugilato entre el doctor y tú -dijo- tengo que decir unas palabras por mi cuenta. ¿Me harías un favor que no harías por ti mismo?

 El semblante de Midwinter se iluminó en el acto.

 -Todo lo que quieras.

 -Muy bien. ¿Me harás el favor de no volver a comentar este sueño en nuestras conversaciones?

 -Sí, si tú lo deseas.

 -Otra cosa. ¿Dejarás de pensar en el sueño?

 -Resulta difícil dejar de pensar en esto, Allan; pero lo intentaré.

 -¡Buen chico! Ahora dame ese papelucho, lo romperemos y acabaremos con esto de una vez.

 Trató de arrancar el manuscrito de la mano de su amigo, pero Midwinter fue más rápido que él y lo puso fuera de su alcance.

 -¡Vamos, vamos! -suplicó Allan-. Tengo el capricho de encender mi puro con él.

 Midwinter vaciló dolorosamente. Le resultaba difícil resistirse a Allan, pero lo hizo.

 -Tendrás que esperar un poco antes de hacerlo.

 -¿Cuánto? ¿Hasta mañana?

 -Más.

 -¿Hasta que salgamos de la isla de Man?

 -Más.

 -¡Maldita sea! Dame una respuesta clara a una pregunta clara. ¿Cuánto tiempo me harás esperar?

 Midwinter volvió a guardar con todo cuidado el papel en la cartera.

 -Hasta que lleguemos a Thorpe-Ambrose -dijo.

LIBRO TERCERO

CAPÍTULO I

EL MAL AL ACECHO

 1. DE OZIAS MIDWINTER A MR. BROCK

 «Thorpe-Ambrose, 15 de junio de 1851.

 Querido Mr. Brock:

 Hace sólo una hora que llegamos a esta casa, precisamente cuando los criados estaban cerrando las puertas para la noche. Allan se ha ido a la cama, agotado por nuestro largo viaje, y me ha dejado en la habitación que llaman biblioteca para que le cuente cómo transcurrió nuestro viaje a Norfolk. Como estoy más curtido que él para soportar fatigas de toda clase, estoy lo bastante despierto para escribirle esta carta, aunque el reloj que hay sobre la repisa de la chimenea marca la medianoche y hemos estado viajando desde las diez de la mañana.

 Las últimas noticias que recibió de nosotros las envió Allan desde la isla de Man. Si no me equivoco, le escribió para contarle la noche que pasamos a bordo del barco encallado. Discúlpeme, querido Mr. Brock, si guardo silencio sobre este tema hasta que el tiempo me permita reflexionar acerca de él con la mente más tranquila. Tendré que emprender de nuevo la dura lucha contra mí mismo, pero con la ayuda de Dios triunfaré; sí, triunfaré.

 No voy a molestarlo relatándole nuestras excursiones a las regiones del norte y el oeste de la isla, ni los breves cruceros que hicimos cuando terminó la reparación del yate. Será mejor que pase directamente a la mañana de ayer, día catorce. Llegamos al puerto de Douglas con la marea nocturna y, en cuanto abrieron la oficina de correos, a instancias mías Allan envió a buscar la correspondencia a tierra. El mensajero volvió con una única carta y la remitente resultó ser la antigua dueña de Thorpe-Ambrose, Mrs. Blanchard.

 Considero que debo informarle del contenido de esa carta, pues ha influido seriamente en los planes de Allan. Como usted ya sabe, él lo pierde todo, tarde o temprano y ya ha perdido la carta. Por consiguiente, sólo puedo referirle lo esencial de cuanto Mrs. Blanchard le escribió con la mayor claridad que me sea posible.

 La primera página anunciaba la partida de las damas de Thorpe-Ambrose. Efectivamente, se marcharon anteayer, día trece, después de haber decidido, tras muchas vacilaciones, viajar al extranjero para visitar a unos viejos amigos residentes en Italia, en los alrededores de Florencia. Es muy posible que Mrs. Blanchard y su sobrina se establezcan también allí, si pueden encontrar una casa conveniente para alquilar. A ambas les encanta Italia y los itAllanos, y con su situación económica pueden permitirse este lujo. La señora mayor tiene su pensión de viudedad y la más joven está en posesión de toda la fortuna de su padre.

 La siguiente página de la carta era, en opinión de Allan, bastante desagradable. Después de referirse en los más agradecidos términos a  (p.82) la gentileza con que había permitido que su sobrina y ella abandonasen su antiguo hogar en la fecha que más les conviniese, Mrs. Blanchard añadía que la considerada conducta de Allan había producido una impresión tan favorable entre los amigos de la familia y las personas que dependían de ésta, que deseaban ofrecerle una recepción pública a su llegada. Se había celebrado ya una reunión preliminar de los arrendatarios de la finca y de los vecinos más importantes de la población aledaña para discutir las medidas a tomar, y Allan no tardaría en recibir una carta del pastor donde le preguntaría la fecha en que Mr. Armadale desearía tomar posesión, personal y públicamente, de su hacienda de Norfolk.

 Ahora comprenderá usted la causa de nuestra súbita partida de la isla de Man. La primera y principal idea de su antiguo discípulo, en cuanto hubo leído el relato de Mrs. Blanchard sobre los actos que se preparaban, fue evitar aquella recepción pública. La única manera segura que se le ocurrió para eludir la celebración fue partir hacia Thorpe-Ambrose antes de que la carta del clérigo llegara a sus manos. Yo traté de hacerlo reflexionar un poco antes de ceder a su primer impulso en este asunto, pero él siguió haciendo la maleta con el buen humor acostumbrado. Su equipaje quedó preparado en diez minutos y le bastaron otros cinco para dar instrucciones a la tripulación a fin de que llevase el yate a Somersetshire. El vapor de Liverpool estaba atracado junto a nosotros en el muelle y no tuve más remedio que embarcar con Allan, si no quería que se marchase solo. Le ahorraré el relato de nuestro agitado viaje, de nuestra detención en Liverpool y de los trenes que perdimos durante el viaje a través del país. Sepa que llegamos aquí sanos y salvos, gracias a Dios. No importa lo que pensaron los criados al ver aparecer súbitamente y sin previo aviso a su señor. Pero lo que pensará de ello el comité organizador de la recepción pública, cuando mañana reciban la noticia, temo que sea una cuestión más grave.

 Como ya he mencionado a los criados, le diré que la última parte de la carta de Mrs. Blanchard no daba la menor instrucción a Allan acerca del servicio doméstico que había dejado al marcharse. Parece que todos los criados, tanto los de dentro como los de fuera de la casa (con tres excepciones), esperan saber si Allan los conservará en sus puestos. Dos de las excepciones se explican con toda facilidad: la doncella de Mrs. Blanchard y la de Miss Blanchard salieron para el extranjero con ellas. El tercer caso excepcional es el de la primera doncella de la casa, y aquí sí que hay algo sospechoso. En pocas palabras, esta doncella fue despedida en el acto por lo que Mrs. Blanchard describe un tanto misteriosamente como "conducta ligera con un extraño".

 Temo que se burlará usted de mí, pero debo confesarle la verdad. Desconfío tanto, después de lo que nos ocurrió en la isla de Man, de los más insignificantes contratiempos relacionados de algún modo con la iniciación de Allan en su nueva vida y perspectiva, que he interrogado ya a uno de los criados acerca del aparentemente trivial asunto del despido de la doncella. Lo único que he podido averiguar es que habían visto a un desconocido rondando por el lugar de manera sospechosa, que la doncella era tan fea que podía tenerse casi por seguro que aquel hombre ocultaba algún propósito al tratar de congraciarse con ella y que no se lo ha vuelto a ver por la vecindad desde el día en que aquélla fue despedida. Esto es cuanto sé de la única sirvienta que ha sido excluida de Thorpe-Ambrose. Espero que Allan no se inquiete rumiando sobre esto. En cuanto a los otros servidores, Mrs. Blanchard decía que todos ellos, hombres y mujeres, eran absolutamente dignos de confianza y no dudo de que todos seguirán ocupando sus actuales puestos.

 Sin más que decir sobre la carta de Mrs. Blanchard, debo ahora suplicarle, en nombre de Allan y por amor a él, que venga aquí y se quede con él en cuanto pueda abandonar Somersetshire. Aunque no me atrevo a pensar que mis deseos sean lo bastante influyentes para decidirlo a aceptar esta invitación, debo confesarle, sin embargo, que tengo una razón especial para desear de todo corazón su presencia aquí. Allan me ha causado, en su inocencia, una nueva inquietud acerca de mis futuras relaciones con él y necesito con urgencia su consejo para encontrar la manera de calmar esta ansiedad.

 La dificultad que me preocupa ahora guarda relación con el cargo de administrador de Thorpe-Ambrose. Hasta ayer, sólo sabía que Allan había concebido algún plan para resolver esta cuestión. Este plan implicaba, entre otras cosas, el alquiler de la casa donde vivía el antiguo administrador, ya que Allan opinaba que el nuevo tendría que residir en la mansión. Una palabra casual, mientras conversábamos durante el viaje, le indujo a hablar más claramente que hasta entonces.

 Así me enteré, para mi indecible asombro, de que la persona que estaba en el fondo de todos sus proyectos referentes a la administración ¡era nada menos que yo mismo!

 Inútil decirle cuánto aprecio esta nueva prueba de la bondad de Allan. Pero la primera satisfacción que experimenté al oír de sus propios labios que me consideraba merecedor de toda la confianza que depositaba en mí, se vio pronto enturbiada por el dolor que siempre acompaña a las satisfacciones..., al menos a las que yo he conocido. El recuerdo de mi vida pasada nunca me ha parecido tan triste como ahora, cuando siento que me ha inhabilitado para ocupar, precisamente, los puestos que me habría gustado desempeñar al servicio de mi amigo. Hice acopio de valor para decirle que carecía por completo  (p.83) de los conocimientos y de la experiencia que debía poseer su administrador. Él rebatió generosamente la objeción, alegando que podía aprender, y me prometió llamar de Londres a la persona que había desempeñado provisionalmente las funciones de administrador y que, por consiguiente, sería la más adecuada para enseñarme. ¿Comparte usted la idea de que podré aprender? En ese caso, trabajaré día y noche para instruirme. Pero si (como temo) la función de administrador es demasiado seria para que un hombre tan joven e inexperto como yo la aprenda de la noche a la mañana, entonces, por favor, apresure su viaje a Thorpe-Ambrose y ejerza personalmente su influencia sobre Allan. Sólo usted podrá convencerlo de que prescinda de mí y contrate a un administrador adecuado para el cargo.

 Se lo ruego, actúe en este asunto como mejor considere para los intereses de Allan. En cualquier caso, por muy grande que pueda ser mi decepción, él no debe enterarse.

 Gracias, querido Mr. Brock.

 Sinceramente suyo,

 Ozias Midwinter.

 Posdata. - Abro el sobre para añadir unas palabras. Si desde su regreso a Somersetshire ha oído o sabido algo de la mujer del traje negro y el chal rojo, espero que, cuando me escriba, no se olvide de mencionarlo.

 O. M.”

 2. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Salón de Belleza, Diana Street, Pimlico. Miércoles

 Mi querida Lydia:

 Para ahorrarme los gastos de correo, te escribo en el papel comercial de la empresa donde trabajo, después de una larga y fatigosa jornada, porque desde la última vez que nos vimos he tenido noticias que considero conveniente comunicarte cuanto antes.

 Empecemos por el principio. Después de reflexionar atentamente sobre la cuestión, estoy segura de que lo más prudente es que no le digas nada al joven Armadale acerca de la isla de Madeira y lo que sucedió allí. Indudablemente, tu posición era muy fuerte ante su madre. La ayudaste en secreto a engañar al abuelo, pero la muy ingrata te despidió, a pesar de tu tierna edad, en cuanto consiguió su propósito. Cuando te presentaste de improviso ante ella, después de una separación de más de veinte años, te encontraste con que estaba delicada de salud y tenía un hijo mayor, a quien había mantenido en completa ignorancia de la verdadera historia de su matrimonio. ¿Tendrías las mismas ventajas con el joven caballero que la ha sobrevivido? Si no es idiota de nacimiento, se negará a creer en tus revelaciones, que son insultantes para la memoria de su madre. Teniendo en cuenta que careces de pruebas y dado el tiempo transcurrido, esto significaría para ti el final de la explotación de la mina de oro de los Armadale. ¡Piénsalo! No discuto que la importante deuda de la dama, después de lo que hiciste por ella en Madeira, está todavía sin saldar y que, ahora que ha desaparecido la madre, el hijo es la persona que debe pagarla. Pero tienes que exprimirlo de la manera adecuada, querida. Esto es lo que atrevo a aconsejarte: exprímelo de la manera adecuada.

 ¿Cómo podrías hacerlo? Esto me lleva a las noticias que quería darte. ¿Has vuelto a pensar en aquella otra idea tuya de probar fortuna con el joven y acaudalado caballero, sin más ayuda que tu belleza y tu ingenio? Esta idea persistió de tal modo en mi cabeza desde que te marchaste, que me indujo a escribir a mi abogado para pedirle que investigase el testamento gracias al cual el joven Armadale ha obtenido su fortuna. El resultado ha sido infinitamente más alentador de lo que tú o yo hubiésemos sospechado. Partiendo del informe del abogado, no cabe ya la menor duda sobre cómo debes actuar. En pocas palabras, Lydia, coge el toro por los cuernos... ¡y cásate con él!

 Hablo completamente en serio. La empresa vale la pena, mucho más de lo que imaginas. Sólo tienes que persuadirlo de que te convierta en Mrs. Armadale y ya puedes reírte de lo que descubra después. Mientras viva, podrás imponerle condiciones, y si muere, el testamento te da derecho, con hijos o sin ellos y a pesar de cuanto diga o haga él, a una renta vitalicia de mil doscientas libras al año, de la que responderá la herencia. Sobre esto no cabe discusión, el abogado ha visto con sus propios ojos el testamento.

 Desde luego, Mr. Blanchard tenía un hijo y, pensando en la esposa de éste, redactó aquella cláusula. Pero, como el testamento no está limitado a un heredero determinado ni prevé ninguna condición resolutoria, ahora se aplica al joven Armadale como se habría aplicado, en otras circunstancias, al hijo de Mr. Blanchard. ¡Qué suerte para ti, después de tantas calamidades y peligros! Si él vive, serás la dueña de Thorpe-Ambrose; si muere, tendrás una substanciosa renta vitalicia. Atrápalo, querida; atrápalo a cualquier precio.

 Sé que cuando leas esto plantearás la misma objeción que formulaste el otro día, cuando hablamos del asunto: me refiero a tu edad. Pero hazme caso, querida. No se trata de que tengas treinta y cinco años, como es la triste verdad, sino de que aparentes la edad que tienes. Mi opinión a este respecto es la más autorizada de Londres. Tengo veinte años de experiencia en el oficio y he conseguido que caras viejas y arrugadas y figuras avejentadas por la edad parezcan como nuevas. Te aseguro que nadie te pondría más de treinta años, tirando largo. Si quieres seguir mis consejos sobre la manera de vestir y emplear en secreto un par de mis fórmulas, te garantizo que te quitarás otros tres años de encima. Me juego todo el dinero que tendré que adelantarte para este negocio, si cuando hayas pasado por mi mágico salón aparentas más de veintisiete años a los ojos de cualquier hombre..., salvo, naturalmente, cuando  (p.84) te despiertes inquieta a primeras horas de la mañana; pero entonces querida, aunque parezcas vieja y fea en el retiro de tu habitación, ya carecerá de importancia.

 Claro, tú dirás: en el mejor de los casos, parecerá que tengo seis años más que él y esto es mala cosa para empezar. ¿En serio lo crees así? Piénsalo mejor. Seguramente tu propia experiencia te habrá demostrado que una de la flaquezas más corrientes de los jóvenes de la edad de este Armadale es enamorarse de mujeres mayores que ellos. ¿Quiénes son los hombres que nos aprecian realmente en la flor de nuestra juventud (estoy segura de que puedo hablar bien de la flor de la juventud, ya que gano cincuenta guineas diarias poniéndola sobre los manchados hombros de una mujer que podría ser tu madre...), quiénes son los hombres, repito, que están dispuestos a adorarnos cuando no somos más que unas chiquillas de diecisiete años? ¿Los alegres caballeros que nos convienen por edad? ¡No! Sólo los viejos marrulleros y malvados que han pasado de los cuarenta.

 ¿Cuál es la moraleja de esto, según dicen los libros? Pues que, con una inteligencia como la tuya, todas las probabilidades están a nuestro favor. Si lamentas tu actual situación como creo que la lamentas, si sabes lo atractiva que todavía puedes ser (a los ojos de los hombres) cuando te lo propones y si has recobrado de veras tu antiguo carácter decidido, después de aquel ataque de desesperación que sufriste en el vapor (bastante natural, lo sé, bajo la terrible provocación de que habías sido objeto), no será preciso que me esfuerce más en persuadirte de que intentes este experimento. ¡Piensa solamente en cómo se han presentado las cosas! Si aquel otro imbécil no se hubiese arrojado al río detrás de ti, este joven estúpido no habría heredo nunca su hacienda. Realmente, parece que el destino ha resuelto que debes convertirte en Mrs. Armadale, de Thorpe-Ambrose... Como dice el poeta, ¿quién puede dominar al destino?

 Escríbeme una linea cuciendome si o no, y haz caso de tu vieja y fiel amiga,

 María Oldershaw.»

 3. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

 «Richmond, jueves.

 Querida y vieja bruja:

 No diré sí o no hasta que me haya mirado largamente, muy largamente, al espejo.

 Si tuvieses alguna consideración por algo  (p.85) que no fuese tu propia y picara persona, sabrías que la mera idea de volver a casarme (después de lo que tuve que pasar) me pone la piel de gallina.

 Pero no se perderá nada si me envías un poco más de información mientras reflexiono sobre el caso. Todavía te quedan veinte libras de las cosas que vendiste por mi cuenta: mándame diez para gastos a la lista de correos y emplea las otras diez en hacer discretas investigaciones en Thorpe-Ambrose. Quiero saber cuándo se marcharán las dos Blanchard y cuándo piensa empezar el joven Armadale a revolver las cenizas de los muertos en la chimenea familiar. ¿Estás segura de que será tan fácil de manejar como te imaginas? Si se parece a la hipócrita de su madre, te diré una cosa: Judas Iscariote habrá resucitado.

 Estoy muy cómoda en esta pensión. Hay flores encantadoras en el jardín y los pájaros me despiertan con sus gorjeos por la mañana. He alquilado un piano bastante bueno. El único hombre que me interesa un poco (no te alarmes: lo sepultaron hace muchos años, con el nombre de Beethoven) me acompaña en mis horas solitarias. La patrona también me haría compañía, si la dejase. Pero me fastidian las mujeres. Ayer el nuevo cura visitó al otro huésped y se cruzó conmigo en el jardín, al salir.

 En cualquier caso, mis ojos no han perdido su atractivo aunque tengo treinta y cinco años: cuando lo miré, ¡el pobre hombre se ruborizó! ¿De qué color piensas que se habría puesto su semblante si uno de los pajaritos del jardín le hubiese murmurado al oído la verdadera historia de la encantadora Miss Gwilt?

 Adiós, mamá Oldershaw. Dudo bastante de ser afectuosamente tuya o de cualquier otra persona, pero todos decimos mentiras cuando terminamos una carta, ¿no crees? En fin, si tú eres mi vieja y fiel amiga, yo debo quedar

 Afectuosamente tuya,

 Lydia Gwilt.

 Posdata. -Guarda tus odiosos polvos, pinturas y lociones para los manchados hombros de tus clientas; nada de eso tocará mi piel, te lo advierto. Si realmente quieres serme útil, trata de encontrar algún calmante para evitar que rechine los dientes cuando duermo. La noche menos pensada me los romperé y entonces, ¿qué será de mi belleza?»

 4. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Salón de Belleza, martes.

 Mi querida Lydia:

 Es una lástima que no dirigieras tu carta a Mr. Armadale, tu graciosa audacia lo habría encantado. A mí no me impresiona, sabes que ya estoy acostumbrada a ella. ¿Por qué gastas tu chispeante ingenio, querida mía, en tu invulnerable Oldershaw? Sólo chisporrotea y se apaga. ¿Procurarás ser más seria la próxima vez? Tengo noticias de Thorpe-Ambrose, no son cosa de broma y no se debe jugar con ellas.

 Una hora después de recibir tu carta, inicié mis pesquisas. Como no sabía qué consecuencias podían tener, consideré que era más prudente mantenerme en la sombra. En vez de emplear a alguna de las personas que tengo a mi disposición (que nos conocen a las dos), me dirigí a la agencia de detectives privados de Shadyside Place, y puse el asunto en manos del inspector, que no me conocía en absoluto, sin mencionar tu nombre. Ya sé que no era ésta la manera más barata de resolver el asunto; pero sí la más segura, que es lo importante.

 El inspector y yo nos comprendimos en diez minutos y enseguida encontró a la persona más adecuada, el joven de aspecto más inofensivo que hayas visto en tu vida. Salió hacia Thorpe-Ambrose al cabo de una hora de nuestra entrevista. Convine en pasar por la oficina el sábado, el lunes y hoy, siempre por la tarde, por si había noticias. No las ha habido hasta hoy, en que he encontrado allí a nuestro agente secreto, que acababa de llegar a la ciudad y me estaba esperando para ofrecerme un relato cabal de su viaje a Norfolk.

 Primero de todo y para tu tranquilidad, voy a contestar las dos preguntas que me hiciste. Las Blanchard se marcharon a algún lugar del extranjero el día trece y el joven Armadale está realizando un crucero en su yate. En Thorpe-Ambrose se dice que le están preparando una recepción pública y que se ha convocado una reunión de las fuerzas vivas del lugar a tal efecto. Las peroratas y ceremonias suelen requerir bastante tiempo y no es probable que la recepción se celebre mucho antes de finales de este mes.

 Aunque nuestro agente no hubiese hecho más que esto, pienso que se habría ganado su dinero. Pero el inofensivo joven se comporta como un jesuíta en la investigación privada, con la gran ventaja, sobre todos los curas papistas que he visto, de que no lleva la astucia escrita en el semblante. Después de obtener su información de las criadas de forma acostumbrada, se dirigió, con admirable discreción, a la mujer más fea de la casa. Cuando son guapas y pueden elegir -me dijo claramente-, pierden mucho tiempo decidiendo a qué pretendiente van a aceptar. Cuando son feas y no tienen dónde elegir, saltan sobre el primer novio que se les pone a tiro, como los perros hambrientos sobre un hueso. Fundándose en estos excelentes principios, nuestro agente secreto consiguió después de ciertas inevitables dilaciones, establecer contacto con la primera doncella de Thorpe-Ambrose y ganarse toda su confianza en la primera entrevista. Sin olvidar un instante sus instrucciones, incitó a la mujer a charlar y, naturalmente, se vio favorecido con todos los chismes de rigor entre la servidumbre. La mayoría de ellos carecían de importancia, por lo que vi cuando él los repitió. Pero escuché con paciencia y al fin me vi recompensada por un valioso descubrimiento. Helo aquí.

 Parece que hay una linda casita auxiliar en los terrenos de Thorpe-Armadale. Por alguna razón desconocida, el joven  (p.86) Armadale ha decidido alquilarla y ya tiene un inquilino. Es un pobre comandante del ejército, retirado cor media paga, cuyo apellido es Milroy: un hombre apacible, aficionado a los trabajos manuales y con el engorro doméstico de una esposa enferma a quien nadie a visto. Bueno, ¿y qué?, dirás, con esa viva impaciencia que tan bien te sienta. ¡No te alborotes, mi querida Lydia! Los asuntos familiares de ese hombre nos incumben a las dos, pues la mala fortuna ha querido... ¡que tenga una hija!

 Puedes imaginarte cómo interrogué a nuestro agente y cómo hurgó éste en su memoria, cuando me reveló tal descubrimiento. Si fue el Cielo quien dio una lengua parlanchína a las mujeres, ¡bendito sea por ello! De Miss Blanchard a su doncella, de la doncella de Miss Blanchard a la doncella de su tía, de la doncella de la tía de Miss Blanchard a la fea primera doncella de la casa, y de ésta al joven de inofensivo aspecto..., así fluyó el torrente del chismorreo hasta acabar al fin en el depósito adecuado, donde la sedienta madre Oldershaw lo bebió hasta la última gota. En resumen, así está la cosa. La hija del comandante es una muchacha que acaba de cumplir dieciséis años, vivaracha y muy bonita (¡maldita sea!), nada elegante en el vestir (¡gracias a Dios!) y de modales deficientes (¡gracias a Dios de nuevo!). Se ha criado en casa. La institutriz que se había encargado últimamente de ella se despidió antes de que el comandante se trasladase a Thorpe-Ambrose. Su educación ha quedado, pues, inacabada y el padre no ha decidido todavía qué va a hacer a este respecto. Ninguno de sus amigos ha podido recomendarle una nueva institutriz y le desagrada la idea de enviar a su hija a un colegio.

 Así está el asunto, según el propio comandante, quien lo manifestó a las damas de la mansión cuando las visitó una mañana con su hija.

 Éstas son las noticias que te prometí y pienso que estarás de acuerdo conmigo en que el asunto Armadale tiene que resolverse inmediatamente, en uno u otro sentido. Si, a pesar de tus malas perspectivas y lo que yo llamaría tus derechos sobre la familia de ese joven, decides renunciar a él, te remitiré con mucho gusto el saldo de tu cuenta conmigo (veintisiete chelines) y podré dedicarme por entero a mi propio negocio. Si, por el contrario, decides probar suerte en Thorpe-Ambrose, me gustaría saber (pues no me cabe duda de que la rapaza del comandante querrá conquistar al joven caballero) cómo te las apañarás para vencer la doble dificultad de inflamar a Mr. Armadale y apagar los ardores de Miss Milroy. Afectuosamente tuya, María Oldershaw.»

 5. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

 (PRIMERA RESPUESTA)

 «Richmond, miércoles, mañana.

 Mrs. Oldershaw:

 Mándame mis veintisiete chelines y cuida de tu propio negocio.

 Tuya, L.G.»

 6. DE MISS GWILTA MRS. OLDERSHAW

 (SEGUNDA RESPUESTA)

 «Richmond, miércoles, noche.

 Querida:

 Guarda los veintisiete chelines y quema mi carta anterior. He cambiado de idea.

 Aquélla la escribí después de pasar una noche espantosa. Ahora te escribo después de dar un paseo a caballo, beber un vaso de clarete y comer una pechuga de pollo. ¿Te basta con esta explicación? Por favor, di que sí, pues debo volver a mi piano.

 No; no puedo volver aún, pues antes debo contestara a tu pregunta. Pero ¿serás tan simple para suponer que no puedo ver a través de ti y de tu carta? Sabes tan bien como yo que la mayor dificultad es nuestra oportunidad, pero quieres que yo asuma la responsabilidad de plantear la primera proposición, ¿no es cierto? Mas supongamos que prefiero andarme con rodeos, tal como haces tú. Supongamos que digo: "Por favor, no me preguntes cómo pretendo inflamar a Mr. Armadale y extinguir los ardores de Miss Milroy, la pregunta es tan brusca y de mal gusto que no puedo contestarla. Pregúntame, en vez de esto, si la modesta ambición de mi vida es convertirme en institutriz de Miss Milroy." Sí, podría intentarlo, si te parece bien y me provees de un informe de buena conducta.

 ¡Lo hago por ti! Así, si ocurre algo grave, lo cuales muy posible, podrás consolarte pensando que todo ha sido por mi culpa.

 Y ahora que he hecho esto por ti, ¿querrás devolverme el favor? Quiero pasarlo bien, a mi manera, durante el poco tiempo que probablemente permaneceré aquí. Sé una buena madre Oldershaw y ahórrame las preocupaciones de pensar en los pros y los contras y de calcular las probabilidades de éxito y de fracaso de la nueva aventura que voy a emprender. En una palabra, piensa por mí, hasta que me vea obligada a hacerlo yo misma.

 Ahora será mejor que no siga escribiendo, o diría alguna barbaridad que no te gustaría. Esta noche estoy de mal humor. Quisiera tener un marido a quien fastidiar, un hijo a quien pegar o algo por este estilo. ¿Te ha gustado, alguna vez, ver cómo se queman los insectos cuando se acercan a una vela encendida? A mí me gusta en ocasiones. Buenas noches, Mrs. Jezabel. Cuanto más tiempo puedas dejarme aquí, tanto mejor será. El aire me sienta bien y estoy encantadora.

 L.G.»

 7. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Jueves.

 Mi querida Lydia:

 Algunas personas, en mi situación, se sentirían un poco ofendidas por el tono de tu última carta. ¡Pero yo te aprecio tanto! Y cuando quiero a una persona, ¡es muy difícil, querida, que ésta me ofenda! La próxima vez no galopes tanto y bebe solamente medio vaso de clarete. No puedo decirte nada más.

 Bueno, ¿podemos dejar de zaherirnos y pasar a cosas importantes?

 Es curioso lo difícil que nos resulta siempre a las mujeres comprendernos, especialmente cuando tenemos una pluma en la mano.  (p.87) Pero vamos a intentarlo.

 Bien, para empezar, por tu carta deduzco que sabiamente has resuelto intentar el experimento de Thorpe-Ambrose y conseguir, si puedes, una excelente posición, colocándote al servicio del comandante Milroy. Si las circunstancias se vuelven contra ti y otra mujer consigue la plaza de institutriz (de la cual tendré algo más que decirte), no tendrás más remedio que buscar otra manera de relacionarte con Mr. Armadale. En cualquier caso, necesitarás mi ayuda y lo primero que tenemos que aclarar es lo que estoy dispuesta a hacer y lo que puedo hacer para ayudarte.

 Mi querida Lydia, una mujer con tu belleza, tus modales, tus dotes y tu educación, puede hacer casi todo lo que quiera en sociedad, con tal de que tenga dinero en el bolsillo y buenas referencias a las que recurrir en caso de emergencia. Hablemos ante todo del dinero. Me comprometo a encontrarlo, a condición de que correspondas a mi ayuda con la adecuada recompensa monetaria, si ganas el premio Armadale. Tu promesa de gratificarme deberá constar en un documento donde conste la cifra y que ambas firmaremos cuando nos veamos en Londres. Mi abogado lo redactará.

 Pasemos ahora a las referencias. También en esto me pongo a tu servicio, con otra condición: que te presentes en Thorpe-Ambrose con el nombre que has llevado desde el estrepitoso fracaso de tu matrimonio, es decir, tu apellido de soltera, Gwilt. Tengo un motivo para insistir en esto, no quiero correr riesgos innecesarios. Mi experiencia como confidente de mis clientes en varios casos románticos comprometidos me ha demostrado que el empleo de un nombre supuesto es, nueve veces de cada diez, una forma de engaño no sólo innecesaria, sino sumamente peligrosa. Nada podría justificar que empleases un nombre supuesto por miedo a que el joven Armadale te descubriese, ya que todo temor a este respecto quedó afortunadamente descartado por la conducta de su madre, quien mantuvo en secreto, para su hijo y para todo el mundo, vuestra antigua relación.

 El último punto a considerar, querida, es el de las probabilidades que tienes a favor y en contra de entrar como institutriz en la casa del comandante Milroy. Pues estoy segura de que, una vez que estés  (p.88) dentro, con tus conocimientos de música y de idiomas, y si logras dominar tu genio, conservarás el puesto con toda seguridad. La única duda, dada la situación, es si conseguirás el empleo.

 Creo que, considerando las dificultades con que tropieza actualmente el comandante para la educación de su hija, lo más probable es que publique un anuncio pidiendo una institutriz. Pero, en ese caso, ¿qué dirección dará para que le escriban las aspirantes? Si da una dirección de Londres no tendrás probabilidad alguna en tu favor, por la sencilla razón de que no podremos distinguir su anuncio de los del resto de personas que buscan una institutriz y dan su dirección en Londres. En cambio, si tenemos suerte y publica la dirección de una tienda, una oficina de correos o cualquier otro sitio de Thorpe-Ambrose, sabremos exactamente quién es el anunciante. En este caso, no me cabe duda de que, con mis informes, entrarás fácilmente en el círculo familiar del comandante. Contamos con una enorme ventaja sobre las demás mujeres que contestarán al anuncio. Gracias a mis investigaciones sobre el terreno, sé que el comandante Milroy es hombre de pocos recursos económicos: pediremos un salario que forzosamente habrá de tentarle. En cuanto al estilo de la carta, si tú y yo juntas no somos capaces de escribir una solicitud modesta e interesante para la plaza vacante, me gustaría saber quién podrá hacerlo.

 Sin embargo, todo esto corresponde al futuro. De momento, te aconsejo que sigas donde estás y hagas lo que te dé la gana hasta que recibas nuevas noticias mías. Yo compro siempre The Times y puedes confiar en que mis avispados ojos no pasarán por alto el anuncio, si aparece. Por fortuna, podemos dar tiempo al comandante sin perjudicar nuestros propios intereses, pues, por ahora, no hay que temer que la chica se te adelante. Por lo que sabemos, la recepción pública no estará preparada hasta finales de este mes y podemos confiar en que la vanidad del joven Armadale le impedirá acudir a su nueva mansión antes de que se reúnan todos los aduladores para darle la bienvenida. Esperemos al menos otros diez días antes de renunciar a la idea de la institutriz y urdir juntas otro plan.

 Es curioso pensar lo mucho que depende todo el asunto de ese oficial retirado. Por mi parte, me despertaré cada mañana haciéndome la misma pregunta: si hoy aparece el anuncio del comandante, ¿publicará Thorpe-Ambrose o Londres como dirección?

 Quedo como siempre, mi querida Lydia,

 Afectuosamente tuya,

 María Oldershaw.»

CAPÍTULO II

ALLAN, EL HACENDADO

 Allan se levantó temprano, después de su primera noche de descanso en Thorpe-Ambrose, y observó el paisaje desde la ventana de su dormitorio, perdido en la densa turbación de sentirse extraño en su propia casa.

 La habitación daba sobre la gran puerta principal, con su pórtico, su terraza y su escalinata y más allá el arbolado parque como telón de fondo. La niebla matinal envolvía ligeramente los árboles lejanos y las vacas pacían tranquilamente cerca de la verja de hierro que separaba el parque del paseo ante la casa. «¡Todo mío! -pensó Allan, quien contemplaba con asombro el panorama de sus posesiones-. ¡Que me aspen si doy crédito a mis ojos! ¡Todo mío!»

 Se vistió, salió de su habitación y recorrió el pasillo que conducía a la escalera y al vestíbulo, abriendo todas las puertas a medida que pasaba por delante de ellas. Las habitaciones de aquella parte de la casa eran dormitorios y vestidores, y todas ellas estaban vacías, salvo la contigua a la de Allan, que había sido destinada a Midwinter. Éste dormía todavía cuando se asomó su amigo, pues había permanecido levantado hasta muy tarde escribiendo la carta a Mr. Brock. Allan siguió hasta el final del primer pasillo, torció en ángulo recto, pasó por un segundo corredor y llegó a la gran escalinata principal. «Nada novelesco aquí -dijo para sus adentros, mientras contemplaba los peldaños de piedra cubiertos con una mullida alfombra y que conducían al moderno y luminoso vestíbulo-. Nada que pueda excitar los sensibles nervios de Midwinter.» Así era, en efecto; por una vez, no había fallado la observación superficial de Allan. La mansión de Thorpe-Ambrose, edificada sobre las ruinas de la antigua casa solariega, tenía apenas cincuenta años. Nada pintoresco, nada que pudiese dar la menor impresión de misterio o de aventura, aparecía en parte alguna. Era una casa de campo de lo más convencional, producto de la clásica idea juiciosamente filtrada a través de la mente comercial inglesa. Vista desde el exterior, tenía el aspecto de una fábrica moderna que pretendiese parecerse a un templo antiguo. En el interior era una maravilla de comodidad y de lujo desde el tejado hasta el sótano. «Todo es perfecto -pensó Allan, descendiendo satisfecho la amplia escalera de bajos peldaños-. ¡Al diablo con el misterio y la aventura! Prefiero que todo sea ordenado y cómodo.»

 Cuando llegó al vestíbulo, el nuevo señor de Thorpe-Ambrose vaciló y miró alrededor, sin saber adonde dirigirse. Las cuatro grandes estancias de la planta baja daban al vestíbulo, dos a cada lado. Allan abrió al azar la puerta más cercana y se encontró en el salón. Allí encontró la primera señal de vida en una forma que no podía ser más atractiva. Una joven se había adueñado, ella sola, del salón. El plumero que esgrimía parecía relacionarla con las labores domésticas de la casa; pero, en aquel preciso instante, lo único que hacía era afirmar los derechos de la naturaleza por encima de los deberes del servicio. Dicho en otras palabras, se estaba contemplando atentamente la cara en el espejo  (p.89) que había sobre la repisa de la chimenea.

 -¡Vaya, vaya! No te asustes -dijo Allan, cuando la chica se apartó del espejo y se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, sumida en terrible confusión-. Estoy completamente de acuerdo contigo, querida: tu cara es digna de ser admirada, ¿Quién eres? Ah, la doncella de la casa. ¿Cómo te llamas? Susan, ¿eh? ¡Vamos! También me gusta tu nombre. ¿Sabes quién soy yo, Susan? Soy tu señor, aunque no lo parezca. ¿Tus informes? ¡Oh, sí! Mrs. Blanchard te dio sobresaliente. Seguirás aquí, no temas. Sé buena chica, Susan, ponte una cofia y un delantal con cintas de colores y estarás muy linda. Y quita el polvo de los muebles, ¿eh?

 Después de dar estas breves instrucciones a la doncella, Allan volvió al vestíbulo y encontró más señales de vida. En esta ocasión apareció un criado, quien hizo una reverencia como correspondía a un vasallo de chaqueta blanca ante su señor feudal.

 -¿Quién puedes ser tú? -preguntó Allan-. No eres quien nos abrió la puerta la noche pasada, ¿eh? Ya decía yo. El segundo criado, ¿eh? ¿Tus referencias? ¡Oh, sí! Sobresaliente. Desde luego, continuarás en tu puesto. ¿Dices que puedes servirme de ayuda de cámara? ¡Para lo que necesito yo un ayuda de cámara! Me gusta vestirme solo y cepillarme la ropa después de ponérmela. Si supiese lustrarme los zapatos, también me gustaría hacerlo. ¿Qué habitación es ésta? El cuarto de estar, ¿eh? Éste será el comedor, naturalmente. ¡Qué mesa, cielo santo! Al menos es tan larga como mi yate. A propósito, ¿cómo te llamas? ¿Richard? Bien, Richard, la embarcación en la que navego la he construido yo mismo. ¿Qué te parece? Creo que eres el hombre apropiado para ser mi despensero a bordo. Si no te mareas... ¿Dices que te mareas en el mar? En tal caso, no hablemos más de ello. ¿Qué habitación es ésta? ¡Ah, sí, la biblioteca, claro! Más del gusto de Mr. Midwinter que del mío. Mr. Midwinter es el caballero que llegó conmigo ayer noche; y recuerda esto, Richard: tienes que atenderlo tan bien como a mí. ¿Dónde estamos ahora? ¿A dónde conduce esa puerta del fondo? ¿Al salón de billar y de fumar? Magnífico. ¡Otra puerta! ¡Y más escaleras! ¿Adonde llevan? ¿Quién está subiendo? No se dé prisa, señora. Ya no es tan joven como tiempo atrás, no se dé prisa.

 El objeto de la atención humanitaria de Allan era una mujer corpulenta y entrada en años, del tipo que suele llamarse «maternal». Catorce escalones eran todo lo que la separaba del dueño de la casa: los subió deteniéndose catorce veces y suspirando otras tantas. La naturaleza, diversa en todas las cosas, lo es infinitamente más en el sexo femenino. Hay algunas mujeres cuyas cualidades personales evocan los Amorcillos y las Gracias, y otras cuyas características sugieren la Gratificación y la Jarra de Manteca. Ésta era una de las últimas.

 -Me alegro de que siga usted tan bien, señora -saludó Allan, cuando la cocinera se plantó ante él con toda la majestad de su oficio-. Se llama usted Gripper, ¿verdad? A mi entender, Mrs. Gripper, es usted la persona más valiosa de la casa por la sencilla razón de que no creo que nadie me aventaje aquí en apetito. ¿Instrucciones? ¡Oh, no! No tengo que darle ninguna. Lo dejo a su discreción. Sopas bien sazonadas y carne asada con mucha salsa: éste es mi concepto de una buena alimentación. ¡Alto! Aquí llega alguien más. ¡Oh, claro, el mayordomo! Otra persona de suma importancia. Examinaremos todo el vino de la bodega, señor mayordomo, y si no puedo darle una buena opinión después de ello, lo revisaremos otra vez. Hablando de vino... ¡Caramba! Sube más gente por la escalera. Bueno, bueno, no se preocupen. Todos tienen magníficos informes y seguirán aquí conmigo. ¿Qué estaba diciendo? Algo acerca del vino... ¡Ah, sí! Le diré una cosa, señor mayordomo: no todos los días llega un dueño nuevo a Thorpe-Ambrose y deseo que empecemos nuestra relación de la mejor manera posible. Que los criados se diviertan en grande en sus dependencias para celebrar mi llegada, deje que beban cuanto quieran a mi salud. Desgraciado aquel que nunca se regocija, ¿no es cierto, Mrs. Gripper? No, ahora no me apetece bajar a la bodega: quiero salir a respirar un poco de aire fresco antes del desayuno. ¿Dónde está Richard? Supongo que habrá un jardín en la finca. ¿En qué lado de la casa está? Por ahí, ¿eh? No hace falta que me acompañes. Iré solo, Richard, y me perderé, si puedo, en mi propiedad.

 Dichas estas palabras, Allan descendió la escalinata de delante de la casa, silbando alegremente. Había resuelto a su entera satisfacción el delicado asunto del servicio doméstico. «La gente dice que resulta difícil manejar a los criados -pensó-. ¿Qué diablos querrán decir? Yo no veo en ello la menor dificultad.» Abrió una ornamentada puerta que se abría en el paseo, al lado de la casa y siguiendo las indicaciones del criado pasó entre los arbustos que cercaban los jardines de Thorpe-Ambrose. «Un agradable y acogedor lugar para fumar un puro -se dijo mientras caminaba con las manos en los bolsillos-. Ojalá pudiese meterme en la cabeza que esto me pertenece realmente.»

 Los arbustos se abrían al extenso jardín, que resplandecía en su gloria estival bajo la luz del sol de la mañana. A un lado, un arco abierto en un muro conducía al huerto de árboles frutales. Al otro lado, un terraplén cubierto de césped, a un jardín itAllano. Allan dejó atrás las fuentes y las estatuas, y llegó a otro camino flanqueado de arbustos que, al parecer, conducía a algún lugar apartado de la finca. Hasta entonces, no había visto ni oído a una criatura humana en parte alguna; pero, cuando se acercó al final del camino, lo sorprendió oír  (p.90) ruidos al otro lado de los arbustos. Se detuvo y escuchó. Dos personas estaban hablando con voces muy distintas: una voz vieja, que sonaba muy obstinada, y una voz joven, al parecer muy enojada.

 -Es inútil, señorita -decía la voz vieja-. No puedo permitirlo y no lo permitiré. ¿Qué diría Mr. Armadale?

 -Si Mr. Armadale es el caballero que imagino, viejo estúpido -respondió la voz joven-, diría: «Entre en mi jardín siempre que quiera, Miss Milroy, y corte todas las flores que le plazca.»

 Los ojos azules de Allan centellearon maliciosamente. Impulsado por una súbita idea, se deslizó sin hacer ruido hasta el final del camino, dobló la esquina del seto y, saltando la valla baja, se encontró en un pequeño y pulido prado de césped cruzado por un sendero enarenado. A poca distancia había una joven de espaldas a él, que trataba de abrirse paso contra la obstinación de un viejo incomovible que, plantado delante de ella, sacudía la cabeza.

 -Entre en mi jardín siempre que quiera, Miss Milroy, y corte todas las flores que le plazca -exclamó Allan, repitiendo descaradamente las palabras de la joven.

 Ésta se volvió en redondo y lanzó un grito; el vestido de muselina, que llevaba cogido por delante, le resbaló de la mano y una prodigiosa cantidad de flores rodó sobre el enarenado sendero.

 Antes de que se pronunciase otra palabra, el obstinado viejo avanzó un paso y, con la mayor compostura, abordó el tema de sus propios intereses personales, como si nada hubiese ocurrido y sólo estuviesen presentes su nuevo amo y él.

 -Le doy humildemente la bienvenida a Thorpe-Ambrose, señor -le saludó el viejo jardinero-. Me llamo Abraham Sage, para servirlo. Llevo más de cuarenta años trabajando en esta finca y confío en que tendrá usted la bondad de conservarme en mi puesto.

 Así habló el jardinero, con una visión inexorablemente limitada a sus propias perspectivas, con tan poco resultado como si hablara a la pared. Allan se había arrodillado en el sendero para recoger las flores caídas y se estaba formando una primera impresión de Miss Milroy, partiendo de los pies y siguiendo hacia arriba. Era bonita; pero no: era encantadora, turbadora y encantadora de nuevo. Por los cánones vigentes, resultaba demasiado bajita y desarrollada para su edad. Sin embargo,  (p.91) pocos hombres habrían deseado que su figura fuese distinta de lo que era. Sus manos gordezuelas eran tan lindas que resultaba difícil advertir su rubicundez por la bendita exuberancia de la juventud y la salud. Sus pies compensaban sobradamente los viejos y deformados zapatos, y sus hombros disculpaban los defectos de la muselina que los cubría en forma de vestido. Los ojos de un gris oscuro resultaban adorables por la suavidad de su color, por la viveza, la ternura y el buen humor que reflejaban, y los cabellos (en lo que permitía ver la lastimosa pamela que los cubría) eran precisamente de un tono castaño claro que, por contraste, hacía resaltar la oscura belleza de los ojos. Pero, después de estos atractivos, empezaban de nuevo los defectos e imperfecciones de la contradictoria criatura. La nariz era demasiado corta; la boca demasiado grande; la cara demasiado redonda y sonrosada. La terrible justicia de la fotografía no se habría apiadado de ella y los escultores de la Grecia clásica la habrían despedido, aunque lamentándolo, de sus talleres. Admitiendo todo esto, y aún más, el cinturón que abrazaba la cintura de Miss Milroy era el ceñidor de Venus, y la joven poseía más que cualquier otra la llave que abre los corazones. Antes de recoger el segundo puñado de flores, Allan se había enamorado de ella.

 -¡No! Por favor, no haga esto, Mr. Armadale -exclamó Miss Milroy, quien recibía las flores que Allan devolvía enérgicamente a la falda de su vestido-. ¡Estoy avergonzada! No pretendía invitarme yo misma con tanto atrevimiento a entrar en su jardín, pero se me fue la lengua, debo reconocerlo. ¿Qué podría decir para disculparme? ¡Oh, Mr. Armadale, qué pensará usted de mí!

 Allan vio de pronto la manera de requebrarla y le ofreció el cumplido con el tercer puñado de flores.

 -Voy a decirle lo que pienso, Miss Milroy -respondió a su franca e infantil manera-. Opino que el mejor paseo que he dado en mi vida ha sido el que me ha conducido aquí esta mañana.

 Lo dijo con vehemencia, pero sin perder su apostura. No se dirigía a una mujer, rendido de admiración, sino a una niña que sólo comenzaba su vida adulta. En cualquier caso, no le perjudicaba hablar en su condición de dueño de Thorpe-Ambrose. La expresión contrita del rostro de Miss Milroy se fue extinguiendo poco a poco, bajó los ojos, gazmoña y sonriente, mirando las flores que tenía en la falda.

 -Merezco una buena reprimenda. No merezco cumplidos, Mr; Armadale... y menos de usted.

 -¡Oh, sí, desde luego que los merece! -replicó el impetuoso Allan, quien se puso rápidamente en pie-. Además, no es un cumplido; es la pura verdad. Es usted la criatura más linda... ¡Perdón, Miss Milroy! Ahora he sido yo quien se ha ido de la lengua.

 Entre las pesadas cargas que gravitan sobre la naturaleza femenina, quizá la más abrumadora sea, a los dieciséis años, la de tener que aparentar seriedad. Miss Milroy luchó por dominar la risa, sonrió disimuladamente, luchó de nuevo y, de momento, logró mantener su aplomo.

 El jardinero, que no se había movido de su sitio esperando inconmovible otra oportunidad, en ese momento la vio y aprovechó la primera pausa que se produjo desde la entrada en escena de Allan para plantear delicadamente lo que más convenía a su interés personal.

 -Le doy humildemente la bienvenida a Thorpe-Ambrose, señor -repitió Abraham Sage, iniciando obstinadamente y por segunda vez el preámbulo de su discurso-. Me llamo...

 Antes de que pudiese pronunciar su nombre, Miss Milroy miró por casualidad el obstinado rostro del jardinero y perdió al punto y sin remedio toda su gravedad. Allan, que nunca se quedaba atrás cuando alguien lo animaba, unió de buena gana su risa a la de ella. El prudente jardinero no mostró sorpresa ni pareció ofendido. Esperó que se hiciese de nuevo el silencio y planteó una vez más sus intereses personales cuando los jóvenes callaron para recobrar aliento.

 -Llevo más de cuarenta años trabajando en esta finca... -prosiguió, imperturbable, Abraham Sage.

 -Y podrá trabajar otros cuarenta, ¡con tal de que se calle y se largue de aquí! -profirió Allan en cuanto pudo hablar.

 -Le quedo profundamente agradecido, señor -dijo el jardinero con la mayor cortesía, pero sin dar señales de contener la lengua ni de marcharse de allí.

 -¿Qué sucede? -dijo Allan.

 Abraham Sage carraspeó y pasó el rastrillo de una mano a otra. Contempló su valiosa herramienta con grave interés y atención, como si en vez de ver el largo mango de un rastrillo observase una amplia perspectiva en el fondo de la cual se irguiera un interés personal complementario.

 -Cuando usted lo considere más conveniente, señor -continuó el terco individuo-, desearía hablarle respetuosamente de mi hijo. ¿Sería acaso más conveniente para usted durante el día? Siempre a sus órdenes, señor, y muy agradecido. Mi hijo es abstemio. Está acostumbrado a trabajar en las caballerizas y pertenece a la Iglesia de Inglaterra... y no tiene familia.

 Después de haber presentado a su hijo en estos términos para que su amo lo valorara debidamente, Abraham Sage cargó sobre el hombro el valioso rastrillo y, renqueando, se perdió de vista.

 -Si esto es un ejemplo de viejo servidor de confianza -comentó Allan-, tal vez sería mejor arriesgarme a que me estafe uno nuevo. En todo caso, usted no debe preocuparse más por su causa. Pongo a su disposición todas las flores del jardín y toda la fruta de los árboles, a su tiempo, si se digna usted venir aquí para comerla.

 -¡Oh, Mr. Armadale, qué amable, pero qué amable es usted! ¿Cómo podré agradecérselo?

 Allan vio la ocasión de hacerle otro cumplido; un cumplido rebuscado, esta vez  (p.92) en forma de una trampa.

 -Puede hacerme un gran favor. Puede contribuir a hacerme una impresión agradable de mi propia finca.

 -¡Dios mío! ¿Cómo? -le preguntó ingenuamente Miss Milroy.

 Allan cerró deliberadamente la trampa con estas palabras:

 -Permitiéndome que la acompañe, Miss Milroy, en su paseo matinal.

 Acto seguido, sonrió y le ofreció el brazo.

 Ella, por su parte, vio la manera de coquetear un poco. Apoyó la mano en el brazo de Allan, se ruborizó, vaciló... y de pronto lo retiró de nuevo.

 -Creo que no estaría bien, Mr. Armadale -objetó mientras prestaba a sus flores la mayor atención-. ¿No debería acompañarnos una señora mayor? ¿No sería incorrecto que aceptase su brazo sin conocernos un poco más? Me veo obligada a preguntárselo; mi instrucción ha sido muy limitada y conozco muy poco la sociedad... un amigo de papá comentó que mis modales eran demasiado atrevidos para mi edad. ¿Qué opina usted?

 -Pienso que es una suerte que el amigo de su padre no esté ahora aquí -respondió el descarado Allan-. Me batiría con él en un duelo a muerte. En cuanto a la sociedad, Miss Milroy, nadie sabe de ella menos que yo; pero debo decir que, si en efecto nos acompañara una señora mayor, me parecería inoportuna en extremo. ¿Qué le parece? -concluyó Allan, quien le ofreció el brazo por segunda vez con aire suplicante-. ¡Acéptelo!

 Miss Milroy lo miró de reojo.

 -¡Es usted tan malo como el jardinero, Mr. Armadale! -Bajó de nuevo la mirada, en una breve vacilación-. Estoy segura de que esto no es correcto -insistió, pero un instante después tomó su brazo sin la menor vacilación.

 Se alejaron juntos sobre el césped salpicado de margaritas, felices, jóvenes y resplandecientes, con el sol matutino de verano brillando en el cielo sin nubes y alumbrando su camino de rosas.

 -¿Adonde vamos ahora? -preguntó Allan-. ¿A otro jardín?

 Ella rió alegremente.

 -¡Qué raro que usted no lo sepa, Mr. Armadale, siendo el dueño de todo esto! ¿O acaso es la primera vez que ve Thorpe-Ambrose? ¡Todo debe parecerle terriblemente extraño! No, no; no me eche más piropos por ahora, o hará que me dé vueltas la cabeza. No tenemos ninguna carabina y debo cuidar de mí misma. Pero puedo serle útil si le muestro su propia finca. Saldremos por aquel portillo, cruzaremos uno de los paseos del parque, pasaremos por el puente rústico y... ¿adonde cree usted que iremos a parar? Al lugar donde yo vivo, Mr. Armadale; a la adorable casita que usted alquiló a papá. ¡Oh, si supiese lo felices que nos sentimos al conseguirla!

 Hizo una pausa, miró a su acompañante y atajó otro piropo en los labios del incorregible Allan.

 -Si lo hace, soltaré su brazo -amenazó con coquetería-. Tuvimos mucha suerte al conseguir la casita, Mr. Armadale. El día que nos instalamos, papá dijo que siempre le estaría agradecido por habérsela alquilado. Y yo dije lo mismo hace una semana.

 -¿Usted, Miss Milroy? -exclamó Allan.

 -Sí. Tal vez se sorprenderá al oírlo, pero si usted no hubiese alquilado esa casa a papá, creo que habría tenido que pasar por la vergüenza y el disgusto de que me enviasen a un colegio.

 Allan recordó la media corona que había hecho girar sobre la mesa del camarote del yate, en Castletown. «¡Si ella supiese que lo eché a suertes!», pensó con remordimiento.

 -Supongo que no comprende por qué me da tanto miedo ir a un colegio -continuó Miss Milroy, al interpretar equivocadamente el repentino silencio de su acompañante-. Si hubiese asistido antes al colegio..., quiero decir a la edad en que suelen ir otras chicas, no me habría importado ahora. Pero entonces no tuve oportunidad de hacerlo. Fue la época de la enfermedad de mamá y de unas especulaciones desafortunadas de papá, y como él sólo me tenía a mí para consolarlo, tuve que quedarme en casa. No se ría, le aseguro que le fui de utilidad. Le ayudé a superar sus disgustos, me sentaba sobre sus rodillas después de comer y le pedía que me contase historias sobre la gente importante que había conocido cuando se relacionaba con el gran mundo, tanto aquí como en el extranjero. Si no me hubiese tenido a mí para distraerlo en las veladas y no hubiese estado ocupado en su reloj durante el día...

 -¿Su reloj? -preguntó Allan.

 -¡Oh, sí! No se lo había dicho. Papá es un genio de la mecánica. También usted lo reconocerá cuando vea su reloj. Lo construyó según el modelo del famoso reloj de Estrasburgo, aunque desde luego, no es tan grande. Piense que lo empezó cuando yo tenía ocho años y que, a pesar de que ya he cumplido los dieciséis, ¡todavía no está terminado! Algunos amigos se sorprendieron mucho de que se aficionase a esto precisamente cuando empezaron sus disgustos. Pero papá se lo explicó enseguida, les recordó que Luis XVI se dedicó a hacer cerraduras cuando empezaron sus propias dificultades, y entonces quedaron todos convencidos. -Se interrumpió y se ruborizó, confusa-. ¡Oh, Mr. Armadale! -dijo, ahora sinceramente avergonzada-. ¡Mi dichosa lengua ha vuelto a dispararse! Estoy hablando con usted como si nos conociésemos desde hace años. Esto es lo que quiso decir aquel amigo de papá cuando comentó que mis modales eran demasiado atrevidos. Tenía razón, enseguida me tomo confianza con las personas... -Se interrumpió de pronto, cuando iba a terminar la frase diciendo «que me gustan».

 -No, no; continúe -le suplicó Allan-. A mí me pasa lo mismo. Además, debemos tenernos confianza siendo vecinos tan próximos. Yo soy bastante inculto y no sé cómo expresarme, pero quisiera que existiese una relación alegre y amistosa entre su casa y la mía.  (p.93) Esto es lo que quería decir, aunque lo haya expresado con torpeza. Prosiga, Miss Milroy, ¡se lo ruego! Ella sonrió y vaciló.

 -No recuerdo exactamente dónde estaba... -respondió-. Sólo recuerdo que quería decirle algo. Ha sido por culpa de haber aceptado su brazo, Mr. Armadale. Me sentiría mucho mejor si consintiese usted en que caminásemos separados... ¿Ah, no? Entonces, ¿quiere usted recordarme lo que iba yo a decir? ¿Dónde estaba cuando perdí el hilo y empecé a hablar de los disgustos y del reloj de papá?

 -¡En el colegio! -dijo Allan, haciendo un prodigioso esfuerzo de memoria.

 -Querrá decir fuera del colegio -apuntó Miss Milroy-. Gracias a usted sigo con mi familia, lo cual es un gran alivio. Hablo completamente en serio, Mr. Armadadale, cuando le digo que me habrían enviado al colegio si usted hubiese rechazado a papá como inquilino. Considere usted lo que sucedió después. Cuando empezamos a instalarnos aquí, Mrs. Blanchard nos envió un amable mensaje desde la casa grande, donde nos ofrecía los servicios de sus criados por si necesitábamos ayuda. Después de esto, lo menos que podíamos hacer papá y yo era ir a darle las gracias. Visitamos a Mrs. y Miss Blanchard. La señora se mostró encantadora y la señorita nos pareció sencillamente adorable a pesar del luto. Estoy segura de que usted la admira, ¿no? Es alta, pálida y graciosa... Éste es el concepto que tiene usted de la belleza, ¿verdad?

 -En absoluto -empezó a decir Allan-. Mi actual concepto de la belleza...

 Miss Milroy intuyó sus siguientes palabras e inmediamente retiró la mano del brazo de Allan.

 -Quiero decir que nunca he visto a Mrs. Blanchard ni a su sobrina -se corrigió precipitadamente Allan.

 Miss Milroy templó la severidad con la benevolencia volvió a apoyar la mano en el brazo del joven.

 -¡Qué raro que no las haya visto nunca! -prosiguió-. Por lo visto, es usted un completo extraño en Thorpe-Ambrose. Bueno, hacía un rato que Miss Blanchard y yo estábamos charlando cuando oí mi nombre en boca de Mrs. Blanchard, e inmediatamente contuve el aliento. Estaba preguntando a papá si había terminado mi educación. Papá contó enseguida el gran apuro en que se hallaba. Debe usted saber que mi institutriz nos dejó para  (p.94) casarse precisamente antes de que nos trasladásemos aquí, y ningún amigo nuestro pudo indicarnos otra cuyas condiciones fuesen razonables. «Personas que entienden de esto más que yo, Mrs. Blanchard, me han dicho que es peligroso recurrir a los anuncios -comentó papá-. Dado el estado de salud de mi esposa, todo recae sobre mí y supongo que no tendré más remedio que enviar a mi hijita a un colegio. ¿Sabe por casualidad de alguno que sea asequible para un hombre pobre como yo?» Mrs. Blanchard sacudió la cabeza y de buena gana la habría yo besado por haberlo hecho. «Fundándome en mi experiencia, comandante Milroy -dijo aquella mujer angelical-, yo le aconsejaría que publicase un anuncio. Así fue como descubrimos a la institutriz de mi sobrina y podrá hacerse usted una idea del valor que tuvo para nosotros si le digo que convivió con nuestra familia durante más de diez años.» En aquel momento me habría arrodillado para besarle los pies, ¡y me extraña que no lo hiciese! Me di cuenta de que papá estaba impresionado y volvió a referirse al asunto cuando regresábamos a casa. «Aunque he estado mucho tiempo apartado del mundo -me dijo-, sé apreciar a una mujer educada y sensata en cuanto la veo. La experiencia de Mrs. Blanchard arroja una nueva luz sobre los anuncios; tendré que pensar en ello.» Ha considerado el asunto y aunque no me lo ha confesado explícitamente, sé que ayer noche decidió publicar el anuncio. Así, Mr. Armadale, si papá le agradece que le alquilase la casa, yo le debo otro tanto. De no haber sido por usted, no habríamos conocido a la encantadora Mrs. Blanchard, y mi padre me hubiese enviado a un colegio.

 Antes de que Allan pudiese replicar, doblaron la esquina de la plantación y vieron la casita de campo. Inútil describirla, todo el universo civilizado conoce estas casas. Era el típico cottage de las primeras lecciones del profesor de dibujo (modelo de trazos firmes y delicado sombreado), con el tejado cubierto de paja, frondosas enredaderas, ventanitas con celosías, rústico porche y jaula de mimbre para los pájaros, sin faltar un detalle.

 -¿No es deliciosa? -apuntó Miss Milroy-. ¡Entre!

 -¿Puedo hacerlo? -preguntó Allan-. ¿No pensará el comandante que es demasiado temprano?

 -Temprano o tarde, estoy completamente segura de que estará encantado de verlo.

 Echó a andar vivamente por el sendero del jardín y abrió la puerta del saloncito. Cuando Allan entró tras ella en la pequeña estancia, vio al fondo a un caballero sentado a una vieja mesa escritorio, vuelto de espaldas al visitante.

 -¡Papá! ¡Una sorpresa para ti! -anunció Miss Milroy, distrayéndolo de su ocupación-. Mr. Armadale ha venido a Thorpe-Ambrose y yo lo he traído aquí para que te conozca.

 El comandante se levantó momentáneamente sorprendido; pero recobró de inmediato su aplomo y avanzó para dar la bienvenida al joven propietario, tendiéndole la mano hospitalaria.

 Un hombre con más experiencia del mundo y más finas dotes de observación que Allan, habría visto la historia de la vida del comandante Milroy escrita en su semblante. Las calamidades que le habían afligido se traslucían claramente en su figura encorvada y en sus mejillas pálidas y arrugadas cuando se levantó de su silla y se volvió. La marcada influencia de un trabajo rutinario y de un hábito monótono de pensamiento se reflejó después en su triste, soñadora y absorta actitud, y en su mirada, mientras su hija le hablaba. Después de levantarse, cuando avanzó para recibir a su visitante, la revelación se hizo total. Por los cansados ojos del comandante pasó el débil reflejo del espíritu de una juventud que había sido más feliz. Entonces se produjo un cambio en su actitud triste y soñadora que puso de manifiesto, de forma inconfundible, una distinción y un talento sociales aprendidos, en alguna época del pasado, una escuela social no desdeñable. Un hombre que, acosado por la desgracia, había buscado refugio, pacientemente, en una labor mecánica; un hombre que, sólo a intervalos, volvía a ser el mismo de antaño. Expuesto de esta suerte a las miradas que supiesen interpretar los signos con acierto, el comandante Milroy se plantó ante Allan, en la primera mañana de una relación que había de ser crucial en la vida de éste.

 -Me alegro infinito de conocerle, Mr. Armadale -saludó en el tono siempre contenido de los que se dedican a trabajos solitarios y monótonos-. Me hizo usted un gran favor cuando me aceptó como inquilino suyo, y ahora me hace otro al visitarme como amigo. Si todavía no ha desayunado, permítame que, prescindiendo de cumplidos, le invite a compartir nuestra humilde mesa.

 -Acepto encantado, comandante Milroy, si no he de ser un estorbo -respondió Allan, satisfecho por aquella acogida-. Miss Milroy me ha informado, y lo lamento, de la invalidez de Mrs. Milroy. Tal vez mi presencia inesperada, tal vez el encontrarse con una cara desconocida...

 -Comprendo su vacilación, Mr. Armadale, pero esto no es ningún obstáculo -lo tranquilizó el comandante-. La enfermedad de mi esposa la tiene confinada en su propia habitación. ¿Has puesto ya la mesa, querida? -prosiguió, cambiando de tema tan bruscamente que un observador más avispado que Allan habría comprendido lo penoso que le resultaba aquél-. ¿Quieres venir y preparar el té?

 Pero la atención de Miss Milroy parecía estar en otra parte: no respondió. Mientras Allan y su padre intercambiaban cumplidos, había estado arreglando la mesa escritorio y examinando los objetos desparramados sobre ella con la curiosidad de una niña mimada. Cuando el comandante se dirigió a ella, la joven había  (p.95) descubierto un escrito oculto entre unas hojas de papel secante. Lo cogió, lo miró y se volvió en redondo, con una exclamación de sorpresa.

 -¿Me engañan los ojos, papá? -preguntó-. ¿O estabas realmente escribiendo el anuncio cuando entré?

 -Había terminado de hacerlo -respondió su padre-. Pero, querida, Mr. Armadale está aquí... Estamos esperando el desayuno.

 -Mr. Armadale está al corriente de esto -dijo Miss Milroy-. Se lo he contado en el jardín.

 -¡Ah, sí! -dijo Allan-. Por favor, no me trate como a un extraño, comandante. Si es acerca de la institutriz, también yo, de una manera indirecta, tengo algo que ver con ello.

 El comandante Milroy sonrió. Antes de que pudiese responder, su hija, que había estado leyendo el anuncio, lo interpeló ansiosamente por segunda vez.

 -¡Oh, papá! Aquí hay una cosa que no me gusta en absoluto. ¿Por qué firmas con las iniciales de la abuela? ¿Por qué dices que escriban a la dirección de la abuela en Londres?

 -¡Querida! Tu madre, como sabes muy bien, no puede hacer nada en este asunto. En cuanto a mí, aunque fuese a Londres, sería incapaz de interrogar a damas desconocidas sobre sus antecedentes y aptitudes. Tu abuela está allí y es la persona más indicada para recibir las cartas y hacer las investigaciones necesarias.

 -Pero yo quiero ver las cartas -insistió la niña mimada-. Seguro que algunas de ellas serán muy divertidas...

 -No le pido disculpas por este recibimiento tan poco ceremonioso, Mister Armadale -dijo el comandante, volviéndose a Allan y sonriendo débilmente-. Puede ser una advertencia útil de que, si algún día se casa y tiene una hija, no debe permitir, como yo lo he hecho, que haga siempre lo que quiera.

 Allan se echó a reír y Miss Milroy insistió.

 Además -continuó-, me gustaría ayudarte a elegir las cartas que debamos contestar y las que no merezcan respuesta. Considero que debo tener voz y voto en la elección de mi propia institutriz. ¿Por qué no les dices, papá, que manden sus cartas aquí, a lista de correos, a la librería, o donde mejor te parezca?

 »Cuando las hayamos leído, podremos enviar a la abuela las que hayamos seleccionado, y entonces ella podrá hacer todas las averiguaciones pertinentes y escoger la mejor institutriz, tal como tenías pensado, pero sin que tengamos que permanecer completamente en la ignorancia, cosa que considero, ¿qué le parece, Mr. Armadale?, completamente inhumana. Deja que cambie la dirección, papá... ¡te lo pido por favor!

 -Me parece, Mr. Armadale, que si no accedo nos quedaremos sin desayuno -dijo jovialmente el comandante-. Haz lo que quieras, hija mía -prosiguió, dirigiéndose a su hija-. Mientras sea tu abuela quien se cuide del asunto, lo demás carece de importancia.

 Miss Milroy tomó la pluma de su padre, tachó la última línea del anuncio y escribió la nueva dirección en estos términos: «Diríjanse por carta a M., lista de correos, Thorpe-Ambrose, Norfolk.»

 -¡Ya está! -dijo, ocupando su sitio en la mesa del desayuno-. Ahora podemos enviar el anuncio a Londres, papá, ¡y verás qué institutriz saldrá de ello! ¿Té o café, Mr. Armadale? Estoy realmente avergonzada por haberle hecho esperar. Pero -añadió tranquilamente-, ¡conviene no tener quebraderos de cabeza antes del desayuno!

 Padre e hija se sentaron con el invitado a la mesita redonda, ya como buenos vecinos y amigos.

 Tres días más tarde, un repartidor de periódicos de Londres puso fin a su tarea antes de desayunar. Su sector era Diana Street, Pimlico, y dejó el último periódico de la mañana ante la puerta de Mrs. Oldershaw.

CAPÍTULO III

LAS EXIGENCIAS DE LA SOCIEDAD

 Midwinter se levantó más de una hora después de que Allan hubiese salido para explorar su propia finca y pudo contemplar a su vez, a la luz del día, la magnificencia de la nueva casa.

 Restauradas sus fuerzas por el largo descanso nocturno, bajó la enorme escalinata tan alegremente como el mismo Allan. También él examinó, una tras otra, las espaciosas habitaciones de la planta baja, asombrado ante la belleza y el lujo de cuanto lo rodeaba. «La casa donde serví de niño era muy bonita -pensó alegremente-; ¡pero no era nada comparada con ésta! Me pregunto si Allan estara tan sorprendido y encantado como yo.» La hermosura de la mañana estival lo incitó a salir por la puerta abierta del vestíbulo, como le había sucedido antes a su amigo. Bajó corriendo la escalinata, tarareando el estribillo de una vieja canción a cuyo compás había bailado hacía tiempo, durante su antigua andadura de vagabundo.

 Incluso los recuerdos de su desdichada infancia adquirían, aquella mañana feliz, el color que les transmitía el brillante ambiente desde el cual los evocaba. «Si no hubiese perdido práctica -pensó, mientras se apoyaba en la valla y contemplaba el parque-, probaría a dar alguna de mis viejas volteretas sobre ese delicioso césped.» Se volvió, observó que dos criados estaban hablando cerca de los arbustos y les pidió noticias del dueño de la casa. Los hombres sonrieron y señalaron en dirección a los jardines; Mr. Armadale había ido por allí hacía más de una hora, y (según les habían dicho) se había encontrado con Miss Milroy en el jardín. Midwinter siguió el sendero entre los arbustos, pero se detuvo al llegar al jardín, reflexionó un poco y volvió atrás. «Si Allan se ha encontrado con la señorita, no deseará mi compañía», se dijo. Rió al sacar esta inevitable conclusión y se dedicó, discretamente, a explorar las bellezas de Thorpe-Ambrose al otro lado de la casa. Dobló la esquina de la fachada de la mansión, descendió unos peldaños, recorrió un paseo pavimentado, torció en ángulo recto y se encontró con un huerto en la parte  (p.96) trasera de la casa. Detrás de él había una hilera de pequeñas habitaciones situadas al nivel de las dependencias de la servidumbre. Allí delante, al fondo del pequeño huerto, se alzaba un muro resguardado por un seto de laureles en uno de cuyos extremos había una puerta que daba a las caballerizas y, más allá, a una verja que se abría a la carretera. Advirtiendo que, hasta entonces, sólo había descubierto el camino más corto para ir a la casa, que sin duda empleaban los criados y los abastecedores, Midwinter volvió de nuevo atrás y miró por la ventana de una de las habitaciones de la planta baja. ¿Serían las dependencias de la servidumbre? No, éstas quedaban por lo visto en otra parte de la misma planta; la ventana por donde había atisbado correspondía a un cuarto trastero. Las dos habitaciones siguientes estaban vacías. La cuarta ventana a la que se acercó era un poco diferente. Servía también de puerta y, en aquel momento, estaba abierta.

 Atraído por las librerías que vio adosadas a una de las paredes, el joven penetró en la estancia. Los libros, pocos en número, no le entretuvieron mucho rato; le bastó uta mirada a los lomos, sin necesidad de tomarlos, para saber lo que eran. Las novelas de Waverley, cuentos de Miss Edgeworth y de muchos imitadores de ésta, los poemas de Mrs. Hemans y unos pocos volúmenes ilustrados de los solían regalarse en aquella época, componían la mayor parte de la pequeña biblioteca. Midwinter se volvió para salir de la estancia cuando un objeto colocado a un lado de la ventana y que antes le había pasado inadvertido llamó la atención e hizo que se detuviese. Era una estatuilla situada sobre un soporte: una copia en tamaño reducido de la famosa Niobe del Museo de Florencia. Miró de la estatuilla a la ventana con una súbita aprensión que le aceleró el pulso. Era una cristalera y la estatuilla se hallaba la izquierda de él. Miró hacia el exterior con un recelo aue antes no había sentido. Ante él se extendía un prado de césped y un jardín. Por un instante, su mente luchó ciegamente para librarse de la conclusión a la que había llegado, pero fue en vano. Allí, a su alrededor y delante de él, allí, obligándolo despiadadamente a volver del feliz presente al horrible pasado, estaba la habitación que Allan había vislumbrado en el segundo escenario de su sueño. Esperó, reflexionando y mirando alrededor mientras pensaba. Su rostro y sus modales disimulaban a la perfección la turbación que sentía; miró, uno tras otro, los pocos objetos que había en la estancia, como si aquel descubrimiento le hubiese entristecido más que sorprendido. Unas esteras que parecían extranjeras cubrían el suelo. Dos sillones de mimbre y una tosca mesa constituían todo el mobiliario. Las paredes estaban desnudas y vulgarmente empapeladas; en una de ellas se abría una puerta que conducía al interior de la casa; en otra, una pequeña estufa; en la tercera, las librerías que Midwinter había examinado ya. Volvió a los libros y en esta ocasión cogió algunos de ellos.

 El primero que abrió contenía unas líneas escritas por una mano femenina, con tinta que se había descolorido con el tiempo. Leyó la inscripción: «Jane Armadale, de su querido padre. Thorpe-Ambrose, octubre de 1828.» En el segundo, tercero y cuarto volúmenes que abrió aparecía la misma inscripción. El previo conocimiento de las fechas y de las personas le permitió sacar la deducción lógica de lo que veía. Los libros debieron pertenecer a la madre de Allan, y ésta los había marcado con su nombre en la época que medió entre su regreso de Madeira a Thorpe-Ambrose y el nacimiento de su hijo. Midwinter pasó a un volumen de otro estante donde, entre otras, se hallaban las obras de Mrs. Hemans. En este caso, la hoja en blanco del principio del libro había sido llenada, en ambos lados, con unos versos; la caligrafía correspondía también a Mrs. Armadale. El título de la poesía era «Adiós a Thorpe-Ambrose», y estaba fechada en marzo de mil ochocientos veintinueve, o sea sólo dos meses después del nacimiento de Allan.

 Carente de todo mérito literario, lo único interesante del pequeño poema era la historia doméstica que relataba. Se describía la habitación donde estaba ahora Midwinter con la vista sobre el jardín, la cristalera que se abría a éste, los estantes de libros, la Niobe y otros adornos perecederos que el tiempo había destruido. Allí, enemistada con sus hermanos, rehuyendo a sus amigos, se había recluido la viuda del hombre asesinado, esperando el nacimiento de su hijo y sin más consuelo que el amor y el perdón de su padre. La clemencia del padre y la reciente muerte de éste llenaban muchos versos, afortunadamente demasiado vagos en su vulgar expresión de arrepentimiento y de desesperación para que cualquier lector ignorante de la verdad pudiese hacerse alguna idea de las circunstancias de la boda celebrada en Madeira. Seguía una breve referencia al distanciamiento de la autora de sus parientes y a su próxima partida de Thorpe-Ambrose. Por último se afirmaba la decisión de la madre de apartarse de todas sus antiguas relaciones; de abandonar todo aquello, incluso lo más insignificante, que pudiese recordarle su desdichado pasado y de iniciar una nueva vida a partir del nacimiento del hijo que sería su único consuelo, lo único en el mundo que todavía podría hablarle de amor y de esperanza. Así se refería una vez más la antigua historia de una pasión que prefiere buscar consuelo en unas frases a renunciar a él. Así terminaba la poesía, desvaneciéndose, como se había descolorido la tinta de su escritura.

 Midwinter devolvió el libro a su sitio, suspirando profundamente, y abrió otro volumen. «Aquí,  (p.97) en la casa de campo, o allí, a bordo del barco encallado -pensó, amargamente-, vaya donde vaya, me siguen las huellas del crimen de mi padre.» Se dirigió a la ventana, se detuvo y se volvió a mirar la abandonada habitación. «¿Es esto una casualidad? -se preguntó-. El lugar donde sufrió su madre es el que vio él en su sueño, y ahora se me revela a mí, no a él, durante la primera mañana que pasamos en la nueva casa. ¡Oh, Allan! ¡Allan! ¿Cómo acabará todo esto?» Apenas había pasado esta idea por su mente cuando oyó la voz de Allan, que le llamaba desde el paseo pavimentado junto a la casa. Salió apresuradamente al jardín. En el mismo momento, llegó corriendo Allan, deshaciéndose en volubles excusas por haber olvidado, en compañía de sus nuevos vecinos, las leyes de la hospitalidad y los derechos de su amigo.

 -En realidad, no te he necesitado -lo tranquilizó Midwinter-, y me alegro mucho, muchísimo, de que tus nuevos vecinos te hayan producido una impresión tan favorable.

 Mientras hablaba, trató de apartarse del lugar donde estaba; pero la ventana abierta y la solitaria y pequeña habitación habían captado ya la voluble atención de Allan. Entró inmediatamente en la estancia. Midwinter lo siguió y lo observó con ansiedad y conteniendo el aliento, mientras su amigo miraba alrededor. Ni el más ligero recuerdo del sueño turbó la tranquila mente de Allan. Ninguna referencia a aquél brotó de los mudos labios de Midwinter.

 -¡Exactamente la clase de lugar donde debí suponer que te encontraría! -exclamó alegremente Allan-. Pequeño, recogido y sencillo. ¡Te conozco, maestro Midwinter! Te esconderás aquí cuando vengan a visitarme las familias del condado y sospecho que, en esas terribles ocasiones, no te iré mucho a la zaga. Pero ¿qué te pasa? Pareces enfermo y desalentado. ¿Tienes hambre? ¡Claro que sí! Es imperdonable que te haya hecho esperar... Supongo que esta puerta conduce a alguna parte, probemos si por aquí es más corto el camino. No temas que no te acompañe en el desayuno. No he comido mucho en la casita: mis ojos se saciaron con Miss Milroy, como dice el poeta. ¡Es un encanto! ¡Un encanto! Te trastorna en el instante en que la miras. En cuanto a su padre, ¡espera a ver su maravilloso reloj! Tiene dos  (p.98) veces el tamaño del famoso de Estrasburgo, ¡y te aseguro que nunca había oído campanadas tan sonoras! Cantando las alabanzas de sus nuevos amigos a voz en grito, Allan empujó a Midwinter por los largos pasillos embaldosados de la planta inferior, que conducían, como había certeramente adivinado, a la escalera que comunicaba con el vestíbulo. Pasaron por delante de las dependencias de la servidumbre. A la vista de la cocinera y del rugiente fuego, a través de la puerta abierta de la cocina, la mente de Allan se desvió y su entusiasmo se desbordó, como de costumbre.

 -¡Ah, Mrs. Gripper! ¡Ahí está usted con sus ollas y sus cacerolas y el horno en llamas! Habría que ser Shadrach, Meshech y el otro para aguantar esto. Prepárenos el desayuno cuanto antes. Huevos, salchichas, tocino, riñones, mermelada, berros, café, etcétera. Mi amigo y yo pertenecemos a la élite para quien resulta un privilegio cocinar. Voluptuosos, Mrs. Gripper, voluptuosos: esto es lo que somos. Ya verás -continuó Allan, mientras se dirigían los dos a la escalera- cómo hago que esa valiosa criatura recupere la juventud; soy mejor que un médico para Mrs. Gripper. Cuando ríe sacude los gordos costados y ejercita su musculatura, de manera que... ¡Ah!, aquí está Susan de nuevo. No te arrimes tanto a la barandilla, querida; si no quieres tropezar conmigo en la escalera, permite que tropiece yo contigo. Cuando se ruboriza, parece una rosa abierta, ¿no crees? ¡Detente, Susan! Tengo que darte algunas órdenes. Cuida sobre todo de la habitación de Mr. Midwinter: sacude la cama como una loca y quita el polvo de los muebles hasta que te duelan esos lindos y redondos brazos. ¡Tonterías, mi querido amigo! No los trato con demasiada confianza, sólo procuro que hagan bien su trabajo. ¡Hola, Richard! ¿Dónde desayunamos? ¡Oh, aquí! En confianza, Midwinter, estas espléndidas habitaciónes son demasiado grandes para mí; me siento como un extraño entre mis propios muebles. A mí me gusta la vida comoda y despreocupada: una silla de cocina y un techo bajo, ¿sabes? El hombre necesita poco en este mundo, o quiere que este poco dure mucho. No es una cita correcta pero expresa mis sentimientos y no la corregiremos hasta mejor ocasión.

 -Perdona -lo interrumpió Midwinter-, pero aquí hay algo que no has visto y que te está esperando.

 Mientras hablaba, señaló con cierta impaciencia una carta depositada encima de la mesa del desayuno. Podía ocultar a Allan el siniestro descubrimiento que había hecho aquella mañana, pero no podía dominar la latente desconfianza hacia las circunstancias que se habían despertado de nuevo en su naturaleza supersticiosa, el instintivo recelo de todo lo que ocurría, por muy insignificante que fuese, en el día memorable en que se iniciaba la nueva vida en la casa.

 Allan leyó rápidamente la carta y la arrojó a su amigo por encima de la mesa.

 -Esto no tiene pies ni cabeza -protestó-. A ver si tú logras entenderlo.

 Midwinter leyó la carta, despacio y en voz alta:

 -«Muy señor mío. Espero que me perdonará la libertad de enviarle estas líneas, para que las reciba al llegar a Thorpe-Ambrose. En caso de que las circunstancias no le inclinen a poner sus asuntos legales en manos de Mr. Darch...»

 Al llegar a este punto, se interrumpió y reflexionó un poco.

 -Darch es nuestro amigo el abogado -le explicó Allan, presumiendo que Midwinter había olvidado el nombre-. ¿No recuerdas que lo echamos a suertes, sobre la mesa del camarote, cuando recibí las dos solicitudes de alquiler de la casita? Cara, el comandante; cruz, el abogado. Este es el abogado.

 Midwinter no respondió y siguió leyendo la carta.

 -«En caso de que las circunstancias no le inclinen a poner sus asuntos legales en manos de Mr. Darch, permítame que le diga que me sentiría dichoso si me honrase con su confianza. Incluyo (por si lo desea) una credencial de mis agentes en Londres. Le pido de nuevo disculpa por haber molestado su atención y quedo, señor, respetuosamente suyo, A. Pedgift, hijo.»

 -¿Las circunstancias? -repitió Midwinter, quien dejó la carta sobre la mesa-. ¿Qué circunstancias pueden predisponerte contra Mr. Darch para que no le confíes tus asuntos legales?

 -Ninguna -respondió Allan-. Además de haber sido el abogado de la familia, Darch fue el primero que me escribió a París para darme noticias de mi fortuna. Por consiguiente, si tengo algún asunto legal que resolver, es lógico que se lo confíe a él.

 Midwinter siguió mirando con recelo la carta abierta sobre la mesa.

 -Temo, Allan, y lo lamento, que algo anda mal -dijo-. Ese hombre no se habría atrevido a dirigirte esta súplica si no hubiese tenido buenas razones para pensar que daría resultado. Si quieres empezar como es debido, enviarás recado a Mr. Darch esta mañana para comunicarle tu llegada y de momento harás caso omiso de la carta de Mr. Pedgift.

 Antes de que cualquiera de los dos pudiese añadir palabra, entró el criado con la bandeja del desayuno. Después de un breve intervalo, le siguió el mayordomo, hombre de aire esencialmente confidencial, voz modulada, corteses modales y nariz bulbosa. Cualquiera que no hubiese sido Allan habría comprendido de inmediato por su semblante que había entrado en la habitación para comunicar algo especial a su dueño. Allan, que sólo veía el aspecto superficial de las personas y estaba aún dándole vueltas a la carta del abogado, le preguntó sin preámbulos: -¿Quién es Mr. Pedgift?

 Las fuentes de información local del mayordomo se abrieron, confidencialmente, al instante. Mr. Pedgift era el segundo de los dos abogados de la población. No era tan antiguo, tan rico ni tan bien considerado  (p.99) como el viejo Mr. Darch. No tenía pór clientes a los más distinguidos del condado, ni frecuentaba la mejor sociedad, como el viejo Mr. Darch. Pero, a su manera, era un hombre muy capaz, conocido en toda la comarca como abogado sumamente competente y respetable. En una palabra, en lo profesional era casi tan bueno como Mr. Darch y personalmente mejor que éste (valga la expresión), en el sentido de que Darch era un hombre hosco, al contrario que Pedgift. Después de dar su información, el mayordomo pasó directamente al asunto que lo había llevado allí. Se acercaba el día en que los arrendatarios debían rendir cuentas, y estaban acostumbrados a que se les notificase, con una semana de antelación, la fecha exacta en que tendría lugar la operación y se celebraría la correspondiente cena. Como apremiaba el tiempo y no se habían dado órdenes al respecto, y al no haber un administrador en Thorpe-Ambrose, había parecido conveniente que una persona de confianza plantease la cuestión. El mayordomo era esta persona de confianza y por esto se había atrevido a llamar la atención de su señor a tal respecto.

 Llegado a este punto, Allan abrió los labios para interrumpirlo y a su vez se vio acallado antes de que pudiese pronunciar palabra.

 -¡Espera! -terció Midwinter, viendo en la cara de Allan el peligro de que anunciase públicamente que era él el designado como administrador-. ¡Espera! -repitió enérgicamente-. Antes tengo que hablar contigo.

 Los corteses modales del mayordomo no se alteraron con la súbita intromisión de Midwinter ni con su propia exclusión de la escena. Sólo el color más subido de su narizota reveló lo ofendido que se sentía al retirarse. La oportunidad de Mr. Armadale de disfrutar aquel día con su amigo del mejor vino de la bodega quedó en la balanza cuando el mayordomo se dirigió al sótano.

 Esto no es un juego, Allan -advirtió Midwinter cuando se quedaron solos-. Para tratar con los arrendatarios, necesitas a alguien que sepa desempeñar las funciones de administrador. Con toda mi buena voluntad, yo no podría prepararme en una semana. Por favor, no dejes que tu interés por mí te coloque en una posición falsa ante otras personas. Nunca me perdonaría que yo fuese la causa...

 -¡Calma, calma! -gritó Allan, sorprendido por la extraordinaria vehemencia de su amigo-. Si escribo a Londres para pedir que venga el hombre que ya estuvo aquí y envío la carta en el correo de esta noche, ¿te darás por satisfecho?

 Midwinter sacudió la cabeza.

 -El tiempo apremia y tal vez el hombre no esté disponible. ¿Por qué no pruebas primero en la vecindad? Ibas a escribir a Mr. Darch. Envía ahora a buscarlo, quizá pueda ayudarnos antes de que salga el correo de la noche.

 Allan se retiró a una mesa auxiliar, donde había lo necesario para escribir.

 -Puedes desayunar en paz, viejo impaciente -respondió.

 Escribió a Mr. Darch, con la acostumbrada brevedad espartana de su estilo epistolar:

 «Muy señor mío: lié el petate y aquí estoy. ¿Quiere usted hacerme el honor de ser mi abogado? Le pregunto esto porque necesito consultarle inmediatamente un asunto. Le ruego que pase hoy mismo por mi casa y que se quede a cenar, si le es posible. Suyo afectísimo, Allan Armadale.»

 Después de leer en voz alta la misiva, sin disimular la admiración que sentía por la rapidez de su ejercicio literario, Allan dirigió la carta a Mr. Darch y tocó la campanilla.

 -Toma, Richard, lleva esta carta enseguida y espera contestación. De pasada, si hay alguna noticia en el pueblo, la recoges y me la traes. ¿Ves cómo manejo a mis criados? -siguió diciendo Allan, quien se reunió con su amigo en la mesa del desayuno-. ¿Ves cómo me adapto a mi nueva condición? Todavía no llevo aquí ni un día y ya me intereso por lo que ocurre en la vecindad.

 Terminado el desayuno, los dos amigos salieron a holgazanear a la sombra de un árbol del parque. Llego el mediodía y Richard no había aparecido. Dio la una y todavía no se había recibido la respuesta de Mr. Darch. La paciencia de Midwinter no admitía un retraso tan largo. Dejó a Allan dormitando sobre el césped y se dirigió a la para investigar. Allí le dijeron que el pueblo estaba a poco más de tres kilómetros de distancia; pero resultaba que aquel día tocaba mercado y probablemente Richard se hubiese entretenido con alguna de las muchas amistades con quienes se tropezaría en tal ocasión. Media hora más tarde regresó el perezoso mensajero y lo enviaron a informar a su dueño al pie del árbol del parque.

 ¿Alguna respuesta de Mr. Darch? -preguntó Midwinter, al ver que Allan estaba demasiado amodorrado para formular él mismo la pregunta.

 Mr. Darch estaba ocupado, señor. Me pidieron que le dijese que ya le enviaría su contestación.

 -¿Alguna noticia en el pueblo? -preguntó perezosamente Allan, sin molestarse en abrir los ojos.

 -No, señor; nada de particular.

 Cuando el hombre dio esta respuesta, Midwinter lo observó con recelo y descubrió por su semblante que no estaba diciendo la verdad. Parecía confuso y se vio a las claras que sintió alivio cuando el silencio de su amo le permitió retirarse. Después de pensarlo un poco, Midwinter lo siguió y lo alcanzó en el paseo, delante de la casa.

 -Richard -lo llamó a media voz-, si apostase a que por el pueblo circula alguna noticia que prefieres no comunicar a tu señor, ¿crees que acertaría?

 El hombre se sobresaltó y mudó el color.

 -No sé cómo lo ha adivinado, señor, pero no puedo negar que es la verdad.

 -Entonces, si quieres darme la noticia, yo asumiré la responsabilidad de comunicarla a Mr. Armadale.

 Después de algunas vacilaciones y de observar a su vez, con cierta desconfianza, la cara de  (p.100) Midwinter, Richard resolvió al fin repetir lo que había oído en el pueblo.

 La noticia de la súbita llegada de Allan a Thorpe- Ambrose había precedido en unas horas a la llegada del criado a su destino. Dondequiera que fuese, se encontraba con que su amo era objeto de los comentarios de la gente. La opinión de las fuerzas vivas de la población, de los terratenientes de la comarca y de los principales arrendatarios de la finca, era unánimemente desfavorable. Precisamente el día anterior, el comité encargado de la recepción del nuevo hacendado había trazado el plan del desfile, había resuelto la importante cuestión de lOs arcos de triunfo y había designado una persona competente para recaudar ayudas para las banderas, las flores el banquete, los fuegos artificiales y la banda de música. En menos de una semana se habría conseguido el dinero necesario y el párroco habría escrito a Mr. Armadale para fijar el día. Pero por culpa del propio Allan, el acto público de bienvenida organizado en su honor se había ido lamentablemente al traste. Todo el mundo daba por sabido (y desgraciadamente era verdad) que había recibido información particular de la ceremonia programada. Todos declaraban que se había introducido premeditadamente en su propia casa, de noche y como un ladrón (ésta era la frase que empleaban), para no tener que aceptar las muestras de cortesía de sus vecinos. En una palabra, el sensible orgullo de la pequeña población se había visto herido en lo más vivo, y de la hasta entonces envidiable posición de Allan en la estimación de la vecindad, no quedaba nada en absoluto.

 Por un instante, Midwinter se enfrentó con el portador de malas noticias, afligido y en silencio. Pasado este momento, el conocimiento de la crítica situación en que se encontraba Allan hizo que reaccionase y, dado que el mal ya estaba hecho, buscase el remedio.

 -Richard -preguntó-, lo poco que has visto de tu amo, ¿te ha inclinado a tenerle simpatía?

 Esta vez, el hombre respondió sin vacilar. -Jamás había servido a un caballero tan simpático y amable como Mr. Armadale.

 -Si de verdad sientes esto -prosiguió Midwinter-, no te importará darme alguna información que pueda ayudar a tu señor a congraciarse con sus vecinos. Entremos en la casa.

  (p.101) Condujo al criado a la biblioteca y, después de hacerle las preguntas necesarias, redactó una lista de los nombres y direcciones de las personas más influyentes de la villa y de sus alrededores. Hecho esto, tocó la campanilla para llamar al primer criado, después de enviar a Richard a las caballerizas con instrucciones de que tuviesen preparado un carruaje descubierto al cabo de una hora.

 -Cuando Mr. Blanchard salía para visitar a algún vecino usted iba con él, ¿no es cierto? -preguntó, cuando se presentó el lacayo-. Muy bien. Tenga la bondad de estar preparado dentro de una hora, para acompañar a Mr. Armadale.

 Después de impartir esta orden, salió de nuevo de la casa para volver junto a Allan con la lista de visitas en la mano. Sonrió con cierta tristeza mientras bajaba la escalinata. «¿Quién se habría imaginado -pensó-, que tendría que recordar un día mi experiencia como criado en los usos de la gente distinguida por el bien de Allan?»

 El objeto de la inquina popular yacía sobre el césped, dormitando tranquilamente, con el sombrero de verano sobre la nariz, desabrochado el chaleco y con los pantalones arremangados hasta la mitad de las estiradas piernas. Midwinter lo despertó sin vacilar y repitió fríamente la noticia que le había transmitido el criado.

 Allan recibió esta revelación sin alarmarse en absoluto.

 -¡Que se vayan al cuerno! Fumemos otro puro.

 Midwinter le arrancó el puro de la mano e, insistiendo en que se tomase en serio el asunto, le dijo lisa y llanamente que debía congraciarse con sus ofendidos vecinos, visitándolos personalmente y presentándoles sus disculpas. Allan se sentó sobre la hierba, lleno de asombro y abrió los ojos con incredulidad. ¿En serio se proponía Midwinter obligarlo a ponerse una chistera, una levita bien planeada y un par de guantes limpios? ¿De verdad pensaba ferrarlo en un carruaje, con su lacayo en el pescante y un tarjetero en la mano, y enviarlo de casa en casa, para pedir perdón a un hatajo de imbéciles por no haber dejado que lo convirtiesen en un espectáculo público? En cualquier caso, si de verdad había que hacer algo tan absurdo, no debía realizarlo así. Además, había prometido volver junto a los simpáticos Milroy y llevar consigo a Midwinter. ¿Qué le importaba la opinión que tuviesen de él los residentes distinguidos del lugar? Los únicos amigos que le interesaban los tenía ya. Al señor de Thorpe-Ambrose le importaba un bledo que todo el vecindario le volviese la espalda. Después de dejar que se desahogara de esta suerte, hasta agotar todas sus objeciones, Midwinter trató sabiamente de ejercer su influencia personal. Tomó afectuosamente a Allan de la mano.

 -Voy a pedirte un gran favor. Si no quieres visitar a esa gente por tu propio interés, ¿querrás hacerlo para complacerme?

 Allan soltó un gruñido de irritación, contempló con muda sorpresa el preocupado semblante de su amigo y cedió de buen humor. Mientras Midwinter lo asía del brazo y lo conducía a la casa, miró a su alrededor y observó con ojos pesarosos las reses que agitaban tranquilamente la cola a la agradable sombra de los árboles.

 -No se lo digas a los vecinos, pero de buena gána me cambiaría por una de mis vacas.

 Midwinter lo dejó en su habitación para que se vistiese y le prometió ir a buscarlo cuando el coche estuviese ante la puerta. Allan no se dio mucha prisa en arreglarse. Empezó por leer sus propias tarjetas de visita, después procedió a revisar su guardarropa y a mandar al infierno a las fuerzas vivas del lugar. Antes de que pudiese encontrar un tercer medio de retrasar sus operaciones, la llegada de Richard con una nota en la mano le dio inesperadamente el pretexto deseado.

 Un mensajero acababa de llevar la respuesta de Mr. Darch. Allan cerró de golpe la puerta del guardarropa centró toda su atención a la carta del abogado. El abogado correspondía a su misiva en los siguientes términos:

 «Muy señor mío. Acuso recibo a su atenta del día hoy, en la que me honra con dos ofrecimientos, a saber: un requerimiento a actuar como su asesor jurídico y una invitación a visitarlo en su casa. Con referencia a la primera me permito rehusar, dándole las gracias por su atención. Con respecto a la segunda, tengo que informarle de que han llegado a mi conocimiento circunstancias relativas al alquiler del cottage de Thorpe-Ambrose que me impiden (para ser justo conmigo mismo) aceptar su invitación. He comprobado, señor, que mi solicitud llegó a su poder al mismo tiempo que la del comandante Milroy, y que en esta alternativa, dio preferencia a un desconocido que se había dirigido a usted por medio de un agente inmobiliario sobre un hombre que había servido fielmente a sus parientes durante dos generaciones, y que había sido el primero en informarle del más importante acontecimiento de su vida. Después de esta muestra del valor que da usted a las exigencias de la cortesía y de la justicia, no puedo jactarme de poseer ninguna de las cualidades que me permitirían figurar en la lista de sus amigos. Quedo de usted seguro servidor, James Darch.»

 -¡Detened al mensajero! -gritó Allan, quien se puso en pie de un salto, enrojecido el semblante por la indignación-. ¡Dame pluma, tinta y papel! ¡Por mil diablos! ¡Qué gentuza tenemos por aquí! ¡Toda la vecindad se ha confabulado para fastidiarme!

 Agarró la pluma en un arranque de inspiración epistolar. «Muy señor mío: Usted y su carta sólo me inspiran desprecio...» Al llegar a este punto cayó un borrón de tinta sobre el papel y el autor de la carta vaciló. «Demasiado fuerte -pensó-. Contestaré al abogado en su propio estilo frío y punzante.» Tomó otra hoja de papel. «Muy señor mío: Me recuerda usted un toro irlandés. Me refiero a  (p.102) aquel cuento de Joe Miller en el que Pat, al oír un fuerte coletazo a su lado, observó que "la reciprocidad estaba toda de un lado". Toda su reciprocidad está también de un lado. Se permite rehusar ser mi abogado y después se queja de que yo me permita rehusar ser su casero.» Hizo una pausa, satisfecho de las últimas palabras. «Muy bien -pensó-. Lógica y un buen palo al mismo tiempo. Me pregunto de dónde me vendrá esta habilidad para escribir.» Tomó de nuevo la pluma y terminó la carta con estas dos frases: «En cuanto a su rechazo de mi invitación, pláceme informarle de que no me ha causado el menor disgusto. Estoy doblemente satisfecho de no tener que relacionarme con usted, en calidad de amigo o de arrendatario. Allan Armadale.» Asintió con la cabeza, entusiasmado con su obra, puso la dirección en el sobre e hizo que entregasen la misiva mensajero.

 -Darch tendrá muy duro el pellejo si esto no le duele

 -dijo.

 Un ruido de ruedas en el exterior le recordó de pronto el asunto pendiente. El carruaje lo esperaba para llevarlo a hacer las visitas y Midwinter estaba en su puesto, moviéndose de un lado a otro en el paseo.

 -Lee esto -le gritó Allan, arrojándole la carta del abogado-. La contestación va a levantarle ronchas.

 Volvió al guardarropa para coger la levita. Había experimentado un cambio sorprendente: ahora apenas le importaba hacer aquellas visitas. El entusiasmo que había sentido al contestar a Mr. Darch le había puesto de un talante agresivo para imponerse en la vecindad. «Por más que murmuren, no podrán decir que tengo miedo de enfrentarme a ellos.» Acalorado con la idea, agarró el sombrero y los guantes, y saliendo a toda prisa de la habitación, se tropezó en el pasillo con Midwinter, que llevaba la carta del abogado en la mano.

 -¡No te desanimes! -gritó Allan al observar el rostro inquieto de su amigo e interpretando mal el motivo de su inquietud-. Si no podemos contar con que Darch nos ayude en el asunto de la administración, se lo pediremos a Pedgift.

 -Mi querido Allan, no estaba pensando en esto, si no en la carta de Mr. Darch. No defiendo a ese hombre desabrido, pero creo que debemos admitir que tiene algún motivo de queja. Por favor, no le des otra ocasión de ponerte en mal lugar. ¿Dónde está tu respuesta?

 -¡Ya está en camino! -respondió Allan-. Me gusta golpear cuando el hierro está candente... Hay que hablar y golpear, pero pegar primero: éste es mi lema. Mira, sé buen chico y no te preocupes por los libros del administrador y por el cobro de las rentas. ¡Toma! Éste es un manojo de llaves que me dieron ayer noche, una de ellas abre la habitación donde están los libros del administrador. Entra y échales un vistazo hasta que yo regrese. Te doy mi palabra de honor de que lo arreglaré todo con Pedgift antes de volver.

 -Un momento -replicó Midwinter, quien lo detuvo resueltamente cuando se dirigía al carruaje-. No diré que Mr. Pedgift no sea digno de tu confianza, pues no he sabido nada que me induzca a desconfiar de él. Pero su manera de dirigirse a ti no fue muy delicada, y no dijo (aunque para mí queda claro) que conocía la animadversión de Mr. Darch hacia ti, cuando te escribió. Espera un poco antes de acudir a este desconocido, espera a que hablemos de ello esta noche.

 ¡Esperar! -replicó Allan-. ¿No te he dicho que me gusta golpear cuando el hierro está candente? Confía en mi buen ojo cuando se trata de juzgar a la gente, amigo. Observaré concienzudamente a Pedgift y actuaré en consecuencia. No me entretengas más, por el amor de Dios. Estoy de un humor excelente para enfrentarme con los vecinos, y puedo perderlo si no voy enseguida.

 Con esta excelente razón de su prisa, Allan se alejó rápidamente. Antes de que su amigo pudiese detenerlo de nuevo, subió al coche de un salto y éste emprendió la marcha.

CAPÍTULO IV

SIGUEN SUCEDIENDO COSAS

 El semblante de Midwinter se nubló cuando el carruaje se hubo perdido de vista.

 -He hecho lo que he podido -comentó mientras se volvía para entrar tristemente en la casa-. Ni Mr. Brock habría podido hacer nada más, si hubiese estado aquí.

 Miró el manojo de llaves que Allan le había confiado y el súbito afán de poner su habilidad a prueba con los libros del administrador se apoderó de su mente sensible y atormentada. Preguntó dónde estaba la habitación en que se habían instalado provisionalmente los muebles de la oficina del administrador cuando éste abandonó la casita. Una vez dentro se sentó a la mesa, dispuesto a averiguar la posibilidad de hallar el camino sin ayuda, por el laberinto de la documentación de la hacienda de Thorpe-Ambrose. El resultado puso de manifiesto, ante sus propios ojos, su innegable ignorancia. Los libros de contabilidad lo desconcertaban. Los contratos de arrendamiento, los planos, incluso la correspondencia, parecían escritos, por lo que entntedía de ellos, en un idioma desconocido. Cuando salió de la habitación, su memoria volvió amargamente a sus dos años de solitaria instrucción en la librería de Shrewsbury. «Si al menos hubiese trabajado en un negocio -pensó-. ¡Si al menos hubiese sabido que la compañía de poetas y filósofos era demasiado elevada para un vagabundo como yo!»

 Se sentó a solas en el gran vestíbulo. El silencio del recinto pesó más y más en su ánimo decaído, su belleza lo exasperaba como el insulto de un hombre orgulloso de su caudal.

 -¡Maldito sea este lugar! -exclamó al tiempo que agarraba el sombrero y el bastón-. Antes que en esta casa, preferiría estar en la falda del monte más desolado donde dormí en mi vida.

 Bajó con impaciencia los peldaños de la entrada y se detuvo en el paseo, considerando qué  (p.103) dirección tomaría para salir del parque al campo que se extendía más allá. Si seguía el camino que había emprendido el carruaje, corría el peligro de molestar a Allan, si por casualidad se encontraba en la villa. Si salía por la verja posterior, se conocía lo suficiente para dudar de su capacidad de resistir la tentación de entrar de nuevo en la habitación del sueño. Pero quedaba otro camino: el que había seguido y abandonado después por la mañana. Allí no corría el riesgo de inquietar a Allan ni a la hija del comandante. Sin pensarlo más, cruzó los jardines para explorar el campo abierto en aquel lado de la finca.

 Desequilibrada por los sucesos del día, su mente sentía toda la furiosa resistencia a la inevitable presunción de la riqueza, tan amablemente deplorada por los ricos y los afortunados, y tan amargamente conocida por los desgraciados y los pobres. «¡Las campanillas no cuestan nada! -pensó, mirando desdeñosamente los macizos de flores exóticas y hermosas que lo rodeaban-. ¡Los ranúnculos y las margaritas son tan brillantes como las mejores de vosotras!» Resiguió los artificiales óvalos y cuadrados del jardín itAllano, con una indiferencia de vagabundo a la simetría de su construcción y a la candidez de su diseño.

 -¿Cuántas libras costáis por metro cuadrado? -exclamó, mirando atrás con ojos desdeñosos, al salir del último sendero-. ¡Encaramaos a las dehesas de las faldas de los montes, si podéis!

 Entró en el camino flanqueado de arbustos que Allan

 había seguido antes que él, cruzó el prado y el puente rústico que había más allá y llegó a la casita del comandante.

 Al verla por primera vez, su mente llegó enseguida a la conclusión adecuada y se detuvo ante la puerta del jardín para observar la pequeña y bien cuidada residencia, que nunca habría quedado vacía y nunca habría sido alquilada de no ser por la precipitada decisión de Allan de imponer a su amigo las funciones de administrador.

 La tarde de verano era calurosa, el aire estival soplaba suave y silencioso. En la planta baja y en el piso de la casita todas las ventanas estaban abiertas. De una de las de la planta superior, llegaba un sonido de voces claramente audibles en la quietud del parque y Midwinter se detuvo al otro lado de la cerca del jardín. La voz de una mujer, dura, estridente,  (p.104) quejosa e irritada -una voz que había perdido toda frescura y melodía, y conservaba únicamente su autoridad- era el sonido predominante y discordante. Con ella se mezclaba, de vez en cuando, el tono más grave y tranquilo, apaciguador y compasivo, de la voz de un hombre. Aunque la distancia era demasiada para que Midwinter pudiese distinguir las palabras, consideró indiscreto permanecer allí y se dispuso al punto a continuar su paseo. En el mismo instante, la cara de una joven (fácilmente identificable como la de Miss Milroy, por la descripción que había hecho Allan de ella) apareció en la ventana abierta de la habitación. Contra su voluntad, Midwinter se detuvo para mirarla. La expresión de aquel rostro juvenil, que había sonreído tan lindamente a Allan, era ahora de fatiga y desaliento. Después de contemplar el parque con mirada ausente, volvió súbitamente la cabeza hacia el interior de la habitación, despertada por lo visto su atención por algo que acababa de decirse allí.

 -¡Oh, mamá, mamá! -exclamó, indignada-. ¿Cómo puedes decir estas cosas?

 Estas palabras fueron pronunciadas cerca de la ventana, llegaron al oído de Midwinter y éste echó a correr para no escuchar más. Pero la revelación de la situación domestica del comandante Milroy no había terminado todavía. Cuando Midwinter dobló la esquina de la valla del jardín un mozo estaba entregando un paquete a la criada en el portillo.

 -Bueno -dijo el chico, con el descaro irreprimible de los de su clase-, ¿cómo está la señora?

 La mujer levantó la mano para tirarle de las orejas -¿Cómo está la señora? -repitió, sacudiendo furiosa la cabeza cuando el muchacho echó a correr-. ¡Ojalá quisiera Dios llevarse a la señora! Sería una suerte para todos los de esta casa.

 Era la primera sombra de mal agüero que se proyectaba sobre el luminoso cuadro doméstico de los moradores de la casita, que Allan había pintado, llevado por su entusiasmo, para que su amigo lo contemplase. Estaba claro que, hasta el momento, los inquilinos habían ocultado al dueño su secreto. Después de andar otros cinco minutos, Midwinter llegó a la puerta del parque. «Hoy quiere el destino que no vea ni oiga nada que me dé ánimo y esperanza para el futuro -pensó mientras empujaba la puerta-. Incluso las personas a quienes Allan ha alquilado la casita ven amargadas sus vidas por un sufrimiento doméstico que yo, desgraciadamente, he tenido que descubrir.»

 Tomó por el primer camino que vio delante de él y siguió andando, sin fijarse en nada, sumido en sus propios pensamientos. Transcurrió más de una hora antes de que se diese cuenta de que debía regresar. En cuanto se le ocurrió esta idea, consultó el reloj y resolvió volver sobre sus pasos, para estar en casa cuando Allan llegase. Diez minutos de marcha lo condujeron a un punto donde se cruzaban tres caminos. Al observar el lugar, comprendió al instante que no recordaba por cuál de los tres había llegado. No había ningún rótulo a la vista y el campo, a ambos lados, se extendía solitario y llano, cruzado por zanjas y anchos canales de desagüe. Aquí y allá pastaban alguna reses y un molino de viento se alzaba a lo lejos, sobre los desmochados sauces que bordeaban el bajo horizonte. Pero no se veía una casa y no se veía ninguna criatura humana en los trechos visibles de los tres caminos. Midwinter miró hacia atrás, en la única dirección que le quedaba por observar y que era la del camino por donde había venido. Allí, para su alivio, vio la figura de un hombre que se acercaba rápidamente y a quien podría preguntar el rumbo que debía seguir.

 La figura se acerco, vestida de negro de los pies a la cabeza, como una mancha móvil sobre la brillante y blanca superficie del camino iluminado por el sol. Era un hombre flaco, tirando a viejo, de aspecto tristemente respetable. Unos pantalones negros, que le quedaban cortos, se pegaban a sus delgadas piernas como viejos y fieles servidores y unos gastados botines, también negros, cubrían los nudosos y torpes pies. Un crespón negro daba un toque aún más lúgubre al raído, sucio y viejo sombrero de castor, un anticuado plastrón negro de mohair le envolvía el cuello y subía hasta la pálida mandíbula inferior. La única nota de color que se apreciaba en él era un bolsa de sarga azul tan delgada y flaccida como él mismo. Lo único atractivo de su rasurada y fatigada cara era una limpia hilera de dientes, unos dientes tan auténticos como la peluca que decían claramente a los ojos curiosos: «Pasamos la noche en un vaso y el día en la boca.»

 La poca sangre que podía haber en el cuerpo de aquel hombre enrojeció débilmente sus flacas mejillas cuando Midwinter fue a su encuentro y le preguntó el camino de Thorpe-Ambrose. Sus cansados ojos acuosos miraron a un lado y otro con un desconcierto penoso de observar. Si se hubiese tropezado con un león en vez de un hombre, y si las pocas palabras que le habían sido dirigidas hubiesen expresado una amenaza en vez de una pregunta, difícilmente habría podido parecer más confuso y alarmado de lo que parecía ahora. Por primera vez en su vida, Midwinter vio reflejada en la cara de otro hombre -un hombre que por su edad habría podido ser su padre- la tímida inquietud que experimentaba en presencia de los desconocidos, aunque con un nerviosismo diez veces mayor.

 ¿A qué se refiere usted, señor? ¿A la villa o a la casa? Discúlpeme si le pregunto esto, pero es que reciben el mismo nombre por estos andurriales.

 Hablaba en un tono tímido y amable, sonriendo como para congraciarse con su interlocutor, y con modales de afanosa cortesía; todo lo cual sugería, lamentablemente, que estaba  (p.105) acostumbrado a que las personas a quienes solía dirigirse respondiesen duramente a sus muestras de urbanidad.

 -No sabía que la casa y la villa se llamasen igual-dijo Midwinter-. Me refería a la casa.

 Instintivamente dominó su propia timidez al contestar en estos términos, pronunciando las palabras con una cordialidad que era muy rara en él cuando se dirigía a un desconocido.

 Aquel hombre humildemente respetable pareció recibir con gratitud la correspondencia del otro a su gentileza, su rostro se iluminó y adquirió un matiz más animado. El flaco dedo índice señaló resueltamente el camino de la derecha.

 -Por allí, señor -le indicó-, y cuando llegue a la próxima encrucijada, siga por el camino de la izquierda. Lamento que mis ocupaciones me lleven en la otra dirección; quiero decir, hacia la villa. Con mucho gusto lo habría acompañado, para mostrárselo. Hace un tiempo espléndido para dar un paseo, ¿verdad, señor? No puede equivocarse si tuerce después a la izquierda... ¡Oh, no hay de qué darlas! Siento haberlo entretenido, señor. Le deseo un agradable paseo y... muy buenos días.

 Cuando terminó de hablar (visiblemente bajo la impresión de que cuanto más hablase más cortés sería) había perdido de nuevo todo su valor. Se marchó apresuradamente por su propio camino, como si los intentos de Midwinter de darle las gracias involucrasen una serie de pruebas demasiado difíciles para enfrentarse a ellas. Al cabo de unos instantes, su negra figura se había alejado tanto que volvía a parecer una móvil manchita negra sobre la brillante y blanca superficie del camino iluminada por el sol.

 Aquel hombre se fijó de un modo extraño en la mente de Midwinter mientras éste regresaba a la casa. No se expliba la razón. No se le ocurrió pensar que las claras huellas de pasadas desdichas y de una agitación nerviosa actual que había percibido en el rostro de aquel infeliz le habían recordado, sin darse él cuenta, su propia persona. Su obstinado interés por aquel peatón que había encontrado por casualidad en la carretera le producía la misma ciega inquietud que le había causado el resto de sucesos de aquel día. «¿Habré hecho otro descubrimiento aciago ? -se preguntó, con impaciencia-. ¿Volveré a ver a ese hombre? ¿Quién será?

 El tiempo contestaría estas preguntas sin hacerle esperar mucho.

 Cuando Midwinter llegó a la casa, Allan no había regresado aún. No había ocurrido nada salvo la llegada de un mensaje de disculpa procedente de la casita. El comandante Milroy saludaba atentamente a Mr. Armadale y lamentaba que la enfermedad de Mrs. Milroy impidiera que lo recibiera aquel día como era su deseo. Estaba claro que los ocasionales ataques de dolor (o de mal genio) de Mrs. Milroy producían trastornos que no eran meramente transitorios en la tranquilidad del hogar. Después de sacar esta consecuencia natural, dado lo que él mismo había oído en la casita unas tres horas atrás, Midwinter se retiró a la biblioteca para esperar con paciencia, entre los libros, la llegada de su amigo.

 Eran más de las seis cuando la conocida y animada voz volvió a resonar en el vestíbulo. Allan entró en la biblioteca, en un estado de irreprimible excitación y empujó bruscamente a Midwinter cuando éste empezaba a levantarse de su sillón, sin darle tiempo a pronunciar una palabra.

 -¡He aquí un acertijo para ti, amigo! -gritó-. ¿Por qué soy como el mayoral del establo de Augias, antes de que fuese llamado Hércules para barrer el estiércol? ¡Porque tengo que conservar mi puesto y me he metido en un lío infernal! ¿Por qué no te ríes? ¡Por Baco, acaso no le es la gracia! Probemos de nuevo. ¿Por qué soy como el mayoral...?

 Por el amor de Dios, Allan, ¡habla en serio, por una vez! -le recriminó Midwinter-. No sabes con qué ansiedad espero saber si has recobrado la buena opinión

 de tus vecinos.

 -Esto es precisamente lo que intentaba decirte con mi acertijo -respondió Allan-. Pero, si quieres que te lo diga en pocas palabras, tengo la impresión de que habría sido mejor que no vinieses a molestarme cuando descansaba al pie de aquel árbol del parque. Lo he estado calculando minuciosamente y debo informarte que he descendido exactamente tres puntos en la estima de la gente distinguida del lugar desde la última vez que tuve el placer de verte.

 -Sigue con tus bromas -protestó Midwinter, con acritud-. Aunque no puedo reírme, al menos puedo esperar.

 -Mi querido amigo, no es una broma, te he hablado completamente en serio. Sabrás lo que ha ocurrido: voy a darte un informe completo de mi primera visita, y puedes estar seguro de que ha ocurrido lo mismo en todas las demás. Recuerda en primer lugar que, aunque la cosa haya ido mal, salí de aquí con las mejores intenciones. Confieso que mientras me disponía a hacer estas visitas, estaba furioso contra ese viejo bruto de abogado, y pensaba, ciertamente, comportarme con altivez. Pero aquel enojo se mitigó un tanto durante el trayecto y cuando visité a la primera familia, repito que lo hice con la mejor intención. ¡Dios mío! Tuve que esperar en el mismo flamante salón que vi una y otra vez en todas las demás casas a las que fui después, con el mismo pulcro invernadero en el fondo del jardín. Los mismos libros escogidos se ofrecieron a mi vista: un libro religioso, otro sobre el duque de Wellington, otro sobre deportes y un último sobre nada en particular, bellamente ilustrado. Bajó papá, con sus bien cuidados cabellos blancos, y mamá, con una linda cofia de blonda; bajó el joven caballero, de cara sonrosada y patillas de color de paja y la joven damisela de mejillas rollizas y amplias enaguas. No creas que no me mostré amistoso, siempre  (p.106) empecé con el mismo ritual, tendiendo a todos la mano. Esto parecía asombrarles y fue un mal comienzo. Cuando llegué al tema delicado, el de la recepción pública, te doy mi palabra de honor de que me esforcé al máximo en disculparme. Pero surtió el menor efecto, mis disculpas les entraban por un oído y les salían por el otro y seguían esperando que dijese algo más. Otros, en mi lugar, se habrían desanimado, pero yo ensayé otro procedimiento: me dirigí al dueño de la casa en términos jocosos. «La verdad es-dije-que deseaba librarme de los discursos; ya sabe, yo me levanto y le digo que es usted el mejor de los hombres y que brindo por su salud, y usted se levanta y me dice que el hombre mejor soy yo y que quiere darme las gracias; y así sucesivamente, uno tras otro, alabándonos y dándonos la lata alrededor de la mesa.» Esto dije, en el tono más natural, ligero y convincente. ¿Crees que alguno lo tomó con el mismo espíritu amistoso? ¡En absoluto! Creo que tenían los discursos preparados para la recepción, además de las banderas y las flores, y que en el fondo estaban enfadados conmigo porque yo les había cerrado la boca antes de que pudiesen pronunciarlos. En cualquier caso, cuando llegábamos al tema de los discursos, tanto si lo iniciaban ellos como si lo tocaba yo, descendía en su aprecio el primero de los tres puntos de que te he hablado hace un momento. No creas que no me esforcé en recuperarlo. Hice esfuerzos desesperados. Después vi que estaban ansiosos por saber qué clase de vida había llevado antes de venir a Thorpe-Ambrose, e hice todo lo posible por satisfacer su curiosidad. ¿Qué piensas que conseguí con ello? ¡Que me aspen si no los molesté por segunda vez! Cuando se enteraron de que no había estado en Eton, Harrow, Oxford ni Cambridge, se quedaron mudos de asombro. Me imagino que me tomaron por una especie de forajido. Lo cierto es que se enfriaron de nuevo y descendí otro peldaño en su estimación. ¡Pero no importa! No iba a darme por vencido, te había prometido hacer todo lo posible y quería cumplir mi palabra. Después traté de chismorrear un poco sobre la vecindad. Las mujeres no dijeron nada en particular, pero los hombres, para mi indecible asombro, empezaron a compadecerme. No podría  (p.107) encontrar una jauría de sabuesos, me dijeron, en treinta kilómetros a la redonda y creían su deber informarme del descuido lamentable con que se habían conservado los cotos de Thorpe-Ambrose. Dejé que se lamentasen y después, ¿sabes qué hice? Volví a meter la pata. «¡Oh, no se lo tomen tan a pecho! -dije-. La caza no me importa en absoluto. Cuando me tropiezo con un pájaro en mis paseos, por nada del mundo sería capaz de matarlo. Me gusta ver cómo revolotean y se divierten los pájaros.» ¡Tendrías que haber visto las caras que pusieron! Si antes me habían tenido por una especie de descastado, era evidente que luego me tomaron por loco. Todos guardaron silencio y bajé el tercer eslabón en la estima general. Lo mismo ocurrió en la casa siguiente, y en la otra, y en la otra. Pienso que el diablo se apoderó de todos nosotros. Dijera lo que dijese (que no sabía pronunciar discursos, que me había educado sin asistir a la universidad, que me gustaba montar a caballo sin necesidad de galopar tras un zorro apestoso o una pobre e inocente liebre), el resultado era el mismo. Por lo visto, estos tres defectos míos no tienen perdón para un caballero de provincias. Creo que, en conjunto, me fue mejor con las esposas y las hijas. Tarde o temprano, las mujeres y yo hablamos de Mrs. Blanchard y de su sobrina. Conveníamos invariablemente en que habían acertado al marcharse a Florencia y la única razón en la que podíamos apoyar nuestra opinión era que, después de tan sensibles pérdidas, sus mentes saldrían beneficiadas con la contemplación de las obras maestras del arte itAllano. Todas las damas (lo declaro solemnemente) en cada casa que visité hablaron, antes o después, de la desgracia de Mrs. y Miss Blanchard, y de la obras maestras del arte itAllano. De no haber sido por este brillante tema, no sé lo que habría pasado. Lo único agradable de todas las visitas fue cuando todos sacudimos tristemente la cabeza y declaramos que las obras de arte serían un consuelo. En cuanto al resto, sólo puedo añadir una cosa. No sé lo que sería yo en otro lugar, pero, aquí, soy el hombre peor en el peor de los lugares. Deja que me lo componga a mi manera en el futuro con los pocos amigos con que cuento, pídeme todo lo que quieras menos vuelta a visitar a mis vecinos.

 Con este ruego tan característico terminó el relato Allan acerca de su excursión a las casas distinguidas del lugar. Durante unos momentos, Midwinter guardó silencio. Había permitido que Allan refiriese su historia hasta el fin, sin pronunciar palabra. El desastroso resultado de las visitas (después de lo que había ocurrido por la mañana) y la amenaza de que Allan se viese privado de toda simpatía, precisamente al empezar su carrera local, había quebrantado el poder de resistencia de Midwinter contra la influencia deprimente de la superstición. Haciendo un esfuerzo, miró a Allan, y con otro esfuerzo, se obligó a responder:

 -Será como tú quieres -dijo-. Siento lo que ha ocurrido..., pero no por ello te agradezco menos que hayas hecho lo que te pedí.

 Hundió la cabeza en el pecho y la resignación fatalista que lo había tranquilizado una vez a bordo del barco encallado, volvió a tranquilizarlo ahora. «Lo que deba ser, será -pensó una vez más-. ¿Qué puedo yo, y qué puede él, contra el futuro?»

 -¡Anímate! -dijo Allan-. En todo caso, tus asuntos marchan viento en popa. He hecho en la villa una visita muy satisfactoria, de la que todavía no te he hablado. He visto a Pedgift y a su hijo, que lo ayuda en su bufete. Son los dos abogados más campechanos que he visto en mi vida y, lo que es más, pueden proporcionarnos el hombre que necesitas para que te enseñe el oficio de administrador.

 Midwinter levantó rápidamente la cabeza. La desconfianza en el descubrimiento de Allan aparecía escrita en su Amblante, pero no dijo nada.

 -Pensé en ti -prosiguió Allan- en cuanto los dos Pedgift y yo hubimos tomado un vaso de vino para celebrar nuestro amistoso encuentro. El mejor jerez que he bebido en mi vida, he encargado algunas botellas... Pero ahora no se trata de esto. En resumen, expliqué la dificultad en que te hallas a aquellos dos competentes caballeros y el viejo Pedgift lo comprendió todo en un instante, «Conozco al hombre que necesita -me dijo-, y lo pondré a disposición de su amigo antes del día en que deban revisarse las cuentas.»

 Después de esta última declaración, la desconfianza de Midwinter se tradujo en palabras. Interrogó a fondo a Allan. El hombre se llamaba Bashwood. Llevaba algún tiempo (Allan no recordaba cuánto) al servicio de Mr. Pedgift. Antes había sido administrador de un caballero de Norfolk (había olvidado su nombre) en el sector occidental del país. Había perdido el empleo por culpa de cierto problema doméstico relacionado con su hijo y cuya naturaleza Allan no podía concretar. Pedgift respondía de él y lo enviaría a Thorpe-Ambrose dos o tres días antes de la cena del día del pago de las rentas. Por razones de trabajo no estaría disponible antes de aquella fecha. Pero no había que preocuparse, Pedgift se había reído ante la idea de que pudiese haber alguna dificultad con los arrendatarios. Dos o tres días de trabajo en los libros del administrador, con un hombre ducho en esta clase de asuntos para ayudar a Midwinter, bastarían para revisar las cuentas. El resto de las cuestiones podían esperar hasta más tarde.

 -¿Has visto a Mr. Bashwood, Allan? -preguntó Midwinter, todavía en guardia.

 -No -respondió Allan-, había salido con sus bártulos, según dijo el joven Pedgift. Me aseguraron que es un viejo muy decente. Un poco quebrantado por la desgracia y algo propenso a ponerse nervioso y mostrarse confuso en  (p.108) presencia de los desconocidos; pero sumamente competente y digno de confianza, según palabras textuales de Pedgift.

 Midwinter guardó silencio y reflexionó un poco, ahora más interesado en el tema. El hombre extraño que Allan acababa de describir y el no menos extraño a quien había preguntado el camino en la encrucijada se parecían mucho. ¿Era éste otro eslabón en la cadena de sucesos que se alargaba sin cesar? En esta creencia, Midwinter resolvió mostrarse doblemente precavido.

 -Cuando venga Mr. Bashwood -dijo-, ¿dejaras que lo vea y hable con él antes de decidir algo definitivo-

 -¡Desde luego! -convino Allan. Hizo una pausa y consultó su reloj-. Te diré lo que voy a hacer mientras tanto en tu obsequio, viejo amigo -añadió-. ¡Te presentaré a la muchacha más linda de Norfolk! Tenemos el tiempo justo para ir a la casita antes de la cena. Ven y te presentaré a Miss Milroy.

 -Hoy no podrás presentarme a Miss Milroy -replicó Midwinter, y repitió el mensaje de disculpa que había enviado el comandante aquella tarde.

 Esto sorprendió y contrarió a Allan, pero no quería debilitar su resolución de congraciarse con los moradores de la casita. Después de pensarlo un poco, dio con una manera de sacar provecho de las circunstancias adversas.

 -Mostraré un interés adecuado por la recuperación de Mrs. Milroy -decidió gravemente-. Mañana por la mañana le enviaré una cesta de fresas con el testimonio de mi mayor consideración.

 Durante aquel primer día de su estancia en la nueva casa no ocurrió nada más.

 El único suceso digno de mención del día siguiente fue otra manifestación del mal carácter de Mrs. Milroy. Media hora después de haber entregado en la casita la cesta de fresas de Allan, ésta le fue devuelta intacta (por la enfermera de la inválida), con un breve y seco mensaje, breve y secamente transmitido: «Mrs. Milroy lo saluda y le da las gracias. Pero las fresas le sientan mal.» Si con esta petulante respuesta a un acto de cortesía pretendía irritar a Allan, fracasó rotundamente en su objetivo. En vez de ofenderse con la madre, Allan compadeció a la hija.

 -Pobrecilla -se limitó a decir-, debe ser muy duro para ella tener que vivir con semejante madre.

 Aquel mismo día, más tarde, acudió personalmente al cottage, pero no pudo ver a Miss Milroy; estaba ocupada en el piso de arriba. El comandante recibió a su visitante sin quitarse el delantal de trabajo, mucho más absorto en su maravilloso reloj y mucho menos accesible a las influencias externas que en su primera entrevista con Allan, sus modales fueron tan amables como la vez anterior, pero lo único que pudo sacarle Allan sobre la cuestión de su esposa fue que Mrs. Milroy «no había mejorado desde ayer».

 Los dos días siguientes transcurrieron tranquilos y sin novedades. Allan insistió en investigar en la casita, pero sólo una vez pudo ver de refilón a la hija del comandante en una ventana del piso alto. Nada más se supo de Mr. Pedgift, y Mr. Bashwood siguió sin aparecer. Midwinter no quiso hacer nada sobre el particular hasta tener noticias de Mr. Brock en respuesta a la carta que le había escrito la noche de su llegada a Thorpe-Ambrose. Guardaba un silencio desacostumbrado y pasaba la mayor parte del día en la biblioteca, entre los libros. Las horas transcurrían lentamente. Los residentes distinguidos correspondieron a la visita de Allan y dejaron formalmente sus tarjetas. Después, nadie volvió a acercarse a la casa. El tiempo era bueno, pero monótono. Allan empezó a ponerse un poco nervioso e inquieto. Le irritaba la enfermedad de Mrs. Milroy y empezó a recordar con añoranza su yate abandonado.

 El día siguiente -veinte- trajo alguna noticia del mundo exterior. Llegó un mensaje de Mr. Pedgift anunciando que su escribiente, Mr. Bashwood, acudiría al día siguiente a Thorpe-Ambrose. También se recibió una carta de Mr. Brock en respuesta a la de Midwinter.

 La carta estaba fechada el dieciocho y su contenido animó no sólo a Allan, sino también a Midwinter. Mr. Brock anunciaba que estaba a punto de viajar a Londres, para un asunto relacionado con los intereses de un pariente enfermo, de cuya gestión debía hacerse cargo. Una vez resuelto aquel asunto, confiaba en que algún clérigo amigo de la metrópoli podría y querría sustituirlo en sus deberes de la rectoría y en tal caso esperaba viajar de Londres a Thorpe-Ambrose en el plazo máximo de una semana. Dadas las circunstancias, consideraba que era mejor dejar para cuando se viesen la discusión de la mayoría de los temas sobre los que le había escrito Midwinter. Pero, como el tiempo podía ser importante en lo relativo a la administración de la hacienda de Thorpe-Ambrose, se apresuraba a decir que no veía ninguna razón para que Midwinter no pusiese todo su empeño en aprender las funciones de administrador, y que confiaba en que, de esta suerte, conseguiría prestar inestimables servicios a los intereses de su amigo.

 Allan dejó a Midwinter leyendo y releyendo la animadora carta del párroco como si quisiera aprender todas las frases de memoria y salió más temprano que de costumbre para hacer su visita diaria al cottage o, dicho más claramente, para hacer su cuarto intento de mejorar sus relaciones con Miss Milroy. El día había empezado bien, y pareció que iba a continuar igual. Cuando Allan dobló la esquina del segundo camino flanqueado de arbustos y entró en el pequeño prado donde había conocido a la hija del comandante, allí estaba Miss Milroy, paseando de un lado a otro sobre la hierba, como si estuviese esperando a alguien.

 Pareció sobresaltarse un poco cuando Allan apareció, pero avanzó a su encuentro sin la menor vacilación. No tenía tan  (p.109) buen aspecto como el otro día. Su tez rosada había palidecido con el encierro en la casa y una marcada expresión de inquietud nublaba su lindo semblante.

 -Casi no me atrevo a confesarlo, Mr. Armadale -dijo ansiosamente, antes de que Allan pudiese pronunciar una palabra-, pero lo cierto es que esta mañana he venido aquí con la esperanza de encontrarlo a usted. Estaba desolada... Por casualidad supe la manera en que mamá rechazó la fruta que usted tuvo la amabilidad de enviarle. ¿Podrá perdonarla? Está muy enferma desde hace años, y no siempre es dueña de sus actos. Después de lo amable que había sido usted conmigo y con papá, no he podido dejar de acudir aquí, con la esperanza de verlo y de poder decirle lo mucho que lamento lo ocurrido. Por favor, perdone y olvide, Mr. Armadale... ¡se lo ruego!

 Cuando pronunciaba las últimas palabras se le quebró la voz y, en su afán de congraciarlo con su madre, apoyó una mano en el brazo del joven.

 Allan se quedó un poco confuso. Su vehemencia lo había pillado por sorpresa y su visible convicción de que el joven propietario debía estar ofendido lo afligía sinceramente. Sin saber qué hacer, siguió su instinto y, para empezar, tomó la mano de la joven entre las suyas.

 -Mi querida Miss Milroy, si añade una palabra más, seré yo quien se sentirá desolado -la tranquilizó, mientras inconscientemente iba apretando la mano progresivamente, en la confusión del momento-. No me ofendí en lo absoluto; lo atribuí, se lo juro por mi honor, a la enfermedad de la pobre Mrs. Milroy. ¡Ofendido! -exclamó adoptando de nuevo su tono cortés-. Me gustaría que cada día me devolviesen una cesta de fruta si ello había de motivar que usted viniese a este prado por la mañana. Parte del color perdido volvió a ruborizar las mejillas de Miss Milroy.

 -¡Oh, Mr. Armadale, su amabilidad no tiene límites! -exclamó-. ¡No sabe cuánto me consuelan sus palabras! -Hizo una pausa; después recobró su ánimo con la misma rapidez con que suelen recuperarlo los niños y la innata vivacidad de su temperamento volvió a brillar en sus ojos cuando levantó la cabeza y sonrió tímidamente a Allan-. ¿No le parece -preguntó recatadamente- que ya es hora de que me suelte la mano?

 Sus miradas se encontraron, Allan  (p.110) volvió a dejarse guiar por el instinto. En vez de soltarle la mano, se la llevó a los labios y la besó. Instantáneamente, todo el color que aún no había recobrado volvió al rostro de Miss Milroy. Retiró bruscamente la mano, como si Allan la hubiese quemado.

 -Estoy segura de que no debió hacer eso, Mr. Armadale -protestó y volvió rápidamente la cabeza, pues estaba sonriendo a su pesar.

 -Lo he hecho para disculparme de... de retener su mano tanto tiempo -balbució Allan-. Una disculpa no puede ser perjudicial, ¿verdad?

 Hay ocasiones, aunque no muchas, en que la mente femenina aprecia debidamente la fuerza de la razón. Esta fue una de tales ocasiones. Le habían presentado una proposición abstracta y Miss Milroy había quedado convencida. Si él había pretendido disculparse, reconoció, la cosa era muy distinta.

 -Sólo espero -dijo la pequeña coqueta, mirandolo de reojo- que no trate de descarriarme. Aunque ahora ya no importa mucho -añadió, sacudiendo gravemente la cabeza-. Si hemos cometido alguna incorrección, Mr. Armadale, no es probable que volvamos a tener ocasión de cometer otras.

 -¡No irá a marcharse! -exclamó Allan, alarmado.

 Peor que eso, Mr. Armadale. Mi nueva institutriz está al llegar.

 -¿Al llegar? -repitió Allan-. ¿Ya?

 -Hubiese debido decir que no tardará en venir, para expresarme con exactitud. Esta mañana hemos recibido las contestaciones a los anuncios. Papá y yo abrimos las cartas y las leímos juntos hace media hora. Ambos coincidimos en elegir la misma. Yo la escogí porque estaba muy bien redactada y papá la eligió porque las condiciones eran muy razonables. Hoy mismo enviará por correo la carta a la abuelita en Londres y si sus averiguaciones dan resultado satisfactorio, la institutriz será contratada. No sabe usted lo nerviosa que estoy por este motivo, una institutriz desconocida es una terrible perspectiva. Pero no tan mala como ir al colegio; además, esa dama me inspira confianza, debido a la amabilidad de su carta. Como le he dicho a papá, casi le perdono su horrible apellido, tan exento de romanticismo.

 -¿Cómo se llama? -preguntó Allan-, ¿Brown? ¿Grubb? ¿Scraggs? ¿Algo por este estilo?

 -¡Calle, calle! No es tan feo. Se llama Gwilt. Un apellido muy prosaico, ¿verdad? Pero, a juzgar por sus referencias, debe de ser una persona respetable, pues vive en el mismo barrio de Londres que mi abuela. ¡Alto, Mr. Armadale! Vamos por mal camino. No, esta mañana no puedo entretenerme contemplando sus encantadoras flores; muchas gracias, pero no puedo aceptar su brazo. Ya he estado demasiado tiempo aquí. Papá esta esperando el desayuno y tendré que volver corriendo a casa. Gracias por haber disculpado a mamá, infinitas gracias... y adiós.

 -¿No quiere darme la mano? -preguntó Allan. Ella le tendió la mano.

 -No más disculpas, por favor, Mr. Armadale -dijo, con picardía, y una vez más se encontraron sus miradas, y una vez más la rolliza manita sintió el contacto de los labios de Allan.

 -¡Esta vez no es una disculpa! -exclamó Allan quien se apresuró a defenderse-. Es... es una señal de respeto.

 Ella retrocedió unos pasos y se echó a reír.

 -No volverá a encontrarme en su terreno, Mr. Armadale -advirtió alegremente-, ¡hasta que Miss Gwilt pueda cuidar de mí!

 Con esta despedida, se recogió la falda y echó a correr por el prado a toda velocidad.

 Allan se quedó mirándola con atónita admiración hasta que se perdió de vista. Su segunda entrevista con Miss Milroy le había producido un efecto extraordinario. Por primera vez desde que era dueño de Thorpe-Ambrose, se sumió en serias consideraciones sobre lo que debía a su nueva posición en la vida. «Me gustaría saber -se dijo- si mis vecinos me apreciarían más si me casara. Me tomaré todo el día para reflexionar acerca del asunto y si no cambio de opinión, lo consultaré a Midwinter mañana por la mañana.»

 Cuando llegó la mañana y Allan bajó a desayunar, resuelto a consultar con su amigo acerca de sus obligaciones para con sus vecinos en general y para con Miss Milroy en particular, no vio a Midwinter en ninguna parte. Preguntó por él y le dijeron que lo habían visto en el vestíbulo, que había tomado de encima de la mesa una carta que había llegado para él en el correo de la mañana y que había vuelto inmediatamente a su habitación. Allan subió al punto la escalera y llamó a la puerta de su amigo.

 -¿Puedo entrar? -preguntó.

 -Ahora no -fue la respuesta.

 -Has recibido una carta, ¿verdad? -insistió Allan-.¿Alguna mala noticia? ¿Anda algo mal?

 -Nada. Esta mañana no me encuentro muy bien. No me esperes para desayunar, bajaré en cuanto pueda.

 No dijeron más. Allan bajó a desayunar, un poco contrariado. Tenía intención de consultar inmediatamente a Midwinter y he aquí que la consulta se demoraba indefinidamente. «¡Qué raro es! -pensó Allan-. ¿Qué diablos puede estar haciendo, encerrado ahí, a solas?»

 No estaba haciendo nada. Permanecía sentado junto a ventana, con la carta que había recibido por la mañana desdoblada entre las manos. La letra era de Mr. Brock y la carta estaba concebida en estos términos:

 «Mi querido Midwinter: Tengo, literalmente, sólo dos minutos para echar al correo esta carta. Quería informarle de que acabo de ver (en Kensington Gardens) a la mujer a quien ambos sólo conocemos, hasta el momento, como la del chal rojo. Las he seguido, a ella y a su acompañante (una dama entrada en años y de aspecto respetable) hasta su residencia, después de haber oído claramente que mencionaban a Allan en su conversación. Tenga la seguridad de que no la perderé de vista hasta que me convenza de que no pretende hacer ninguna diablura en  (p.111) Thorpe-Ambrose; volveré a escribirle cuando sepa cómo termina este extraño descubrimiento. Suyo afectísimo, Decimus Brock.»

 Después de leer la carta por segunda vez, Midwinter la dobló cuidadosamente y se la guardó en la cartera, junto a la narración manuscrita del sueño de Allan.

 -Su descubrimiento no terminará con usted, Mr. Brock-dijo-. Haga lo que haga con esa mujer, ella estará aquí cuando llegue el momento.

 Se miró un instante en el espejo, vio que se había repuesto lo suficiente para enfrentarse con Allan y bajó a ocupar su puesto en la mesa del desayuno.

CAPÍTULO V

MAMÁ OLDERSHAW, EN GUARDIA

 1. DE MRS. OLDERSHAW (DIANA STREET, PIMLICO) A MISS GWILT (WEST PLACE, OLD BROMPTON)

 «Salón de Belleza, 20 de junio, ocho de la tarde.

 Mi querida Lydia. Han pasado unas tres horas, si mal no recuerdo, desde que te metí sin miramientos en mi casa de West Place y, después de decirte simplemente que me esperases, cerré la puerta de golpe y te dejé sola en el vestíbulo. Sé lo sensible que eres, querida, y temo que habrás pensado que jamás una anfitriona ha tratado tan mal a una invitada como te he tratado yo.

 Pero puedes creerme si te digo que el retraso en explicarte mi extraño comportamiento no ha sido por mi culpa. Y es que (según pude descubrir después) mientras tomábamos el aire esta tarde en Kensington Gardens, se produjo una de esas pequeñas y delicadas dificultades con que tropieza a menudo un negocio tan esencialmente confidencial como es el mío. Creo que me será imposible volver junto a ti en las próximas horas y tengo que advertirte, en privado, de una cuestión muy urgente y que puede ya llegar con demasiado retraso a tus oídos. Por consiguiente, debo aprovechar los minutos de que dispongo y escribirte sin más dilaciones.

 Ahí va la primera advertencia. Por nada del mundo debes salir a la calle esta noche, y ten mucho cuidado, mientras sea de día, en no dejarte ver en ninguna de las ventanas de la casa que dan a la calle. Tengo motivos para temer que cierta encantadora personita que en la actualidad reside conmigo pueda ser objeto de una vigilancia especial. No te alarmes y no te impacientes, te diré el porqué.

 Para explicarme, debo volver a nuestro desgraciado encuentro en los jardines con aquel reverendo que tuvo la gentileza de seguirnos a las dos hasta mi casa.

 Cuando nos acercábamos a la puerta, se me ocurrió pensar que el empeño del pastor en seguirnos podía tener un motivo menos encomiable para su gusto y mucho más peligroso para nosotras que el que tú pensaste al principio. Dicho en pocas palabras, Lydia, dudé de que hubiese tropezado con otro admirador y sospeché, en cambio, que tenías que habértelas con otro enemigo. No tenía tiempo para contarte todo esto. Sólo podía ponerte a salvo en casa y averiguar lo que se proponía el pastor (en el caso de ser ciertas mis sospechas), tratándolo como él nos había tratado a nosotras, es decir, siguiéndolo a mi vez.

 Al principio me mantuve a cierta distancia de él para reflexionar sobre el asunto y convencerme de que mis dudas no eran injustificadas. Como entre nosotras no hay secretos, te diré cuales fueron aquellas dudas. No me sorprendió que tú lo reconocieses, no es un hombre de aspecto vulgar y tú lo habías visto dos veces en Somersetshire la primera, cuando le preguntaste la dirección de la casa de Mrs. Armadale, y la segunda, cuando lo viste de nuevo al dirigirte a la estación de ferrocarril. Pero no estaba tan segura de que él te hubiese reconocido, teniendo en cuenta que en ambas ocasiones te cubrías el rostro con el velo y que también lo llevabas bajado en los jardines. Dudé de que hubiese recordado tu figura, vestida de verano, cuando sólo te había visto vestida de invierno; y, aunque estábamos hablando cuando se tropezó con nosotras, y tu voz es uno de tus muchos encantos, dudé también de que hubiese reconocido esta voz. Y sin embargo, mucho me temía que te había identificado. "¿Cómo?", me pregúntarás. Nuestra mala suerte, querida mía, quiso que en aquel momento estuviésemos hablando del joven Armadale. Creo firmemente que este nombre fue lo primero que le llamó la atención, y que, cuando lo oyó, tu voz y tu figura volvieron quizás a su memoria. "¿Y qué?", me dirás. Piénsalo bien, querida Lydia, y dime si no es lo más probable que el párroco del lugar donde vivía Mrs. Armadale fuese amigo de ésta. En ese caso, la primera persona a quien ella debió acudir en busca de consejo, después del susto que tú le diste y de tu imprudente amenaza de dirigirte a su hijo, fue sin duda el pastor de la parroquia..., que además es juez, según te informó el propio posadero.

 Ahora comprenderás por qué te dejé de un modo tan descortés y me permitirás que pase al siguiente suceso.

 Seguí al viejo caballero hasta que se metió en una calle solitaria y me acerqué a él, con todo mi respeto por la Iglesia (me enorgullezco de ello) escrito en el semblante.

 -¿Me disculpará, señor -le dije-, si me permito preguntarle si reconoció a la dama que me acompañaba cuando nos cruzamos con usted en los jardines?

 -¿Me disculpará usted, señora, si le pido que me diga por qué me hace esta pregunta? -replicó él.

 -Se lo diré, señor -le respondí-. Si mi amiga no es una desconocida para usted, desearía llamarle la atención sobre un asunto muy delicado, que atañe a una dama que murió y a su hijo que todavía vive.

 Vi que se sobresaltaba. Pero fue lo bastante listo para morderse la lengua y esperar a que yo continuase hablando.

 -Si me equivoco, al pensar que reconoció a mi amiga-proseguí-, le pido que me disculpe. Pero me pareció imposible que un  (p.112) caballero de su profesión siguiese hasta su casa a una dama que le fuese totalmente desconocida.

 Con esto lo pillé. Se puso muy colorado (¡imagínate, a su edad!) y me confesó la verdad, en defensa de su digna condición.

 -Vi a esa dama en una ocasión -me explicó- y la he reconocido en los jardines. En cuanto a si la seguí o no seguí adrede hasta su casa, permítame que eluda esta cuestión. Si desea que le asegure que su amiga no me es totalmente desconocida, puedo darle esta seguridad; si tiene algo particular que decirme, dejo a su discreción decidir si ha llegado el momento de hacerlo.

 Él esperó y miró alrededor. Yo hice lo mismo. Él dijo que la calle no era lugar adecuado para hablar de un tema tan delicado, y yo estuve de acuerdo. El no me invitó a ir a su casa, yo tampoco lo invité a ir a la mía. ¿Has visto alguna vez, querida, a dos gatos desconocidos frente a frente en un tejado? En ese caso, puedes hacerte una idea de lo que parecíamos el pastor y yo.

 -Bueno, señora -dijo él, al fin-, ¿debemos continuar nuestra conversación, a pesar de las circunstancias?

 -Sí, señor -le respondí-. Afortunadamente, tenemos los dos una edad que nos permite desafiar las circunstancias. (Había visto que el desgraciado miraba mis cabellos grises y pensaba que su prestigio quedaba a salvo si lo veían conmigo.)

 Después de esta escaramuza, fuimos por fin al grano. Yo empecé diciéndole que temía que su interés por ti no fuese precisamente el propio de un amigo. Él lo confesó..., desde luego, en defensa una vez más de su propio prestigio. Después le repetí todo lo que tú me habías referido acerca de vuestro anterior encuentro en Somersetshire cuando vimos que nos estaba siguiendo. No te asustes, querida: era cuestión de principios. Si quieres que un plato sea digerible, aderézalo con un poco de verdad. Bueno, después de haber dado esta muestra de confianza al reverendo caballero, declaré que habías cambiado mucho desde la última vez que te había visto. Evoqué a aquel desgraciado hoy difunto, tu marido (desde luego, sin mencionar nombres), lo situé al frente de un negocio en Brasil (el primer lugar que se me ocurrió) y describí una carta que había escrito donde ofrecía el perdón a su descarriada esposa si se arrepentía y volvía junto a él. Aseguré al  (p.113) párroco que la noble conduce de tu marido había doblegado tu obstinado carácter y entonces, pensando que le había producido la impresión adecuada fui directamente al grano. Le dije: "Cuando usted se cruzó con nosotras, señor, mi desdichada amiga me estaba hablando, en términos de conmovedor arrepentimiento, de su conducta con la difunta Mrs. Armadale. Me confiaba su afán de remediar, si era posible, aquel mal comportamiento, con el hijo de Mrs. Armadale. Ella me pidió (pues no se atrevía a enfrentarse con usted) que le preguntase si Mr. Armadale sigue en Somersetshire y si estaría dispuesto cobrar, en pequeños plazos, la suma de dinero que mi amiga reconoce haber percibido de Mrs. Armadale al explotar el miedo de ésta." Así se lo conté textualmente. Jamás se ha referido una historia más clara (que lo explicaba todo a la perfección), una historia capaz de derretir las piedras. Pero ese pastor de Somersetshire es más duro que las mismas rocas. Me avergüenzo por él, amiga mía, cuando te aseguro que, visiblemente, no creyó nada de cuanto le dije acerca de tu carácter reformado, de tu marido en Brasil y de tu arrepentimiento y tu deseo de devolver el dinero. Resulta realmente vergonzoso que un hombre como él pertenezca a la Iglesia; su desconfianza es indigna de un miembro de su sagrada profesión.

 -¿Se propone su amiga ir a reunirse con su marido en el próximo vapor? -fue cuanto se avino a decir cuando hube terminado Reconozco que me puse furiosa. Salté y le dije:

 -Así es.

 -¿Y cómo voy a ponerme en contacto con ella? -me preguntó.

 -Por carta... y por mi mediación -le dije.

 -¿A qué dirección he de escribir, señora?

 Aquí lo pillé otra vez.

 -Usted ha averiguado ya mi dirección -repliqué-. En la guía encontrará mi nombre, si desea también averiguarlo por sí mismo; en caso contrario, aquí tiene mi tarjeta.

 -Muchas gracias, señora. Si su amiga desea ponerse en contacto con Mr. Armadale, le daré también una tarjeta mía.

 -Gracias, señor.

 -Gracias, señora.

 -Buenas tardes, señor.

 -Buenas tardes, señora.

 Así nos despedimos. Entonces me fui a una cita en mi lugar de trabajo y él se alejó a toda prisa, lo cual es ya en sí sospechoso. No puedo perdonarle su insensibilidad. ¡(Qué Dios ayude a los que busquen consuelo en él en su lecho de muerte!

 Lo que ahora debemos considerar es: ¿qué vamos a hacer? Si no encontramos la manera adecuada de mantener a ese viejo desgraciado en la oscuridad, puede ser nuestra ruina en Thorpe-Ambrose, precisamente cuando tenemos nuestro objetivo al alcance de la mano. Espera a que me reúna contigo después de haber salvado, así lo espero, la otra dificultad que me preocupa. ¿Ha habido alguna vez suerte peor que la nuestra? ¿Por qué ha tenido ese hombre que abandonar a sus feligreses y venir a Londres precisamente cuando acabamos de contestar al anuncio y podemos esperar que se hagan investigaciones durante la próxima semana? Su conducta es imperdonable, el obispo debería intervenir.

 Afectuosamente tuya,

 María Oldershaw.»

 

 2. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

 «West Place, 20 de junio.

 Mi querida amiga: ¡Qué poco conoces mi sensibilidad, como tú la llamas! En vez de sentirme ofendida cuando me dejaste, me quedé en tu casa y me olvidé de ti hasta que llegó tu mensajero. Tu carta es irresistible: me he reído hasta quedar sin aliento. Jamás he leído una historia más absurda que la que le endilgaste al clérigo de Somersetshire. En cuanto a tu entrevista con él en la calle, es un pecado que guardemos el secreto sobre ello. El público disfrutaría de lo lindo si se la ofreciésemos en forma de farsa en uno de nuestros teatros.

 Afortunadamente para las dos (ahora hablo en serio), tu mensajero es una persona prudente. Envió a preguntarme si había respuesta. A pesar de mi regocijo fui lo bastante sensata para enviar a decirle que sí.

 Algun bruto dijo, en un libro que leí una vez, que ninguna mujer puede tener en la mente dos series de ideas distintas al mismo tiempo. Debo decir que casi has logrado convencerme de que aquel hombre tenía razón. Has podido refugiarte en tu lugar de trabajo sin despertar sospechas, crees que esta casa será vigilada ¡y te propones volver aquí y poner de nuevo al pastor sobre tu pista! ¡Qué locura! Quédate donde estás y cuando hayas resuelto tu dificultad en Pimlico (sin duda algún asunto de mujeres ¡qué pesadas son!), ten la bondad de leer lo que tengo que decirte sobre nuestro problema en Brompton.

 En primer lugar, la casa (como suponías) está sometida a vigilancia. Media hora después de que me dejases, unas fuertes voces en la calle interrumpieron mi ejercicio de piano y me asomé a la ventana. Había un coche delante de la casa de enfrente, donde alquilan habitaciones, y un viejo con aspecto de criado de confianza estaba discutiendo con el cochero sobre el precio del servicio. Un anciano caballero salió de la casa y los hizo callar. El anciano caballero entró de nuevo en la casa y se situó disimuladamente detrás de la ventana del salón. Tú lo conoces, noble criatura: hace unas horas, tuvo el mal gusto de dudar de tus palabras. No temas, no me vio. Cuando miró hacia arriba, después de pagar al cochero, yo estaba detrás de la cortina. Después he mirado otras dos veces con disimulo y he visto lo suficiente para estar segura de que él y su criado se relevan en la ventana para no perder de vista tu casa, ni de día ni de noche. Desde luego, es imposible que el párroco sospeche la verdad. Pero que cree firmemente que pretendo jugarle una mala pasada al joven Armadale. Que  (p.114) tú has reforzado esta convicción, es algo tan evidente como dos y dos son cuatro. Esto ha sucedido (como tú me has recordado) precisamente cuando hemos contestado al anuncio y podemos esperar que dentro de pocos días, el comandante hará sus comprobaciones. Una situación terrible para dos mujeres, ¿eh? ¡Y un cuerno! Tenemos una manera muy fácil de salir de ella, gracias, mamá Oldershaw, a lo que yo te obligué a hacer menos de tres horas antes de que el clérigo de Somersetshire se tropezase con nosotras.

 ¿Has olvidado ya nuestra pequeña pero agria disputa de esta mañana, después de que descubriésemos el anuncio del comandante en el periódico? ¿Has olvidado que insistí en mi opinión de que eras demasiado conocida en Londres para que pudiese citarte en mis informes o para recibir en tu propia casa (como tuviste la audacia de proponer) a la dama o al caballero que fuesen a preguntar por mí? ¿No recuerdas cómo te encolerizaste cuando puse fin a nuestra discusión al negarme a dar un paso más en el asunto, a menos que pudiese dar al comandante Milroy una dirección donde tú fueses una completa desconocida y un nombre cualquiera que no fuese el tuyo? ¡Qué cara pusiste cuando viste que no había nada que hacer, salvo renunciar a todo el asunto o dejar que yo lo manejase a mi manera! ¡Cómo te enfadaste cuando te dije que debíamos buscar una vivienda al otro lado del parque! ¡Cómo te lamentaste, después de alquilar el apartamento amueblado en el respetable Bayswater, alegando que te había obligado a hacer un gasto inútil! ¿Qué piensas ahora del apartamento amueblado, vieja obstinada? Aquí estamos, con el peligro de que nos descubran a cada instante y sin esperanza de escapar, a menos de que podamos desaparecer de la vista del párroco envueltas en la oscuridad. Y ahí está apartamento de Bayswater, hasta el que ningún curioso ha podido seguirnos la pista, a la espera de recibirnos; una vivienda donde podremos librarnos de ulteriores molestias y responder a las pesquisas del comandante. ¿Puedes ver al fin, un poco más allá de tu pobre y vieja nariz? ¿Hay algo en el mundo que pueda impedir que desaparezca esta noche de Pimlico y te establezcas sin peligro en el nuevo alojamiento media hora después, como una persona respetable que puede ofrecer informes míos?

 ¡Avergüénzate, mamá Oldershaw! ¡Dobla tus malvadas y viejas rodillas y da gracias a tu buena fortuna de que puedas contar con una diablesa como yo esta mañana!

 Pero pasemos a la única dificultad digna de mención en la que me encuentro. Dado que me vigilan en esta casa, ¿como voy a reunirme contigo sin que el pastor o su criado me sigan los pasos?

 Puesto que, prácticamente, estoy prisionera aquí, me parece que no tengo más remedio que intentar el viejo truco para escapar de la cárcel: un cambio de atuendo. He estado observando a tu doncella. Aunque las dos somos delgadas, su cara y sus cabellos no pueden ser más diferentes de los míos. Pero ella tiene casi la misma estatura y la misma complexión que yo y, si supiese vestirse y tuviese los pies un poco más pequeños, su figura sería muy superior a lo que cabe esperar de una persona de su condición. Mi idea es vestirla con la ropa que yo llevaba hoy en los jardines, hacer que salga de casa con nuestro reverendo enemigo pisándole los talones y cuando el terreno esté despejado, salir a mi vez e ir a reunirme contigo. Desde luego, la cosa sería completamente imposible si me hubiesen visto con el velo levantado, pero tal como se han desarrollado los acontecimientos, la terrible situación en que me hallé después de mi matrimonio tuvo la ventaja de que raras veces me mostré en público, y nunca en una ciudad tan poblada como Londres, sin llevar un grueso velo bajado sobre el rostro. Si la doncella se pone mi vestido, no creo que nada impida que la confunda conmigo.

 La única cuestión es si esa mujer es digna de confianza. En caso afirmativo, manda unas líneas diciéndole que se ponga enteramente a mi disposición. Yo no le diré nada hasta que haya recibido noticias tuyas.

 Contéstame esta misma noche. Mientras nos limitamos a hablar de conseguir la plaza de institutriz, no me aportaba mucho cómo terminase la cosa. Pero ahora que he contestado al anuncio del comandante Milroy, me tomo el asunto muy en serio. Pienso convertirme en Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose, ¡y ay del hombre o de la mujer que traten de impedírmelo

 Tuya,

 Lydia Gwilt.

 p.D.- Abro de nuevo mi carta para decirte que no debes

 Tener miedo de sigan a tu mensajero al regresar al regresar a Pimlico. Iré a una taberna donde lo conocen, despedirá al coche y volverá a salir por una puerta que sólo utilizan el dueño y sus amigos.

 L.G.

 3. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Diana Street, a las 10.

 Mi querida Lydia: Me has escrito una carta muy cruel. Si te hubieses hallado en mi difícil posición y tan turbada como yo estaba al escribirte, te habrías mostrado más indulgente con tu amiga al no encontrarla tan perspicaz como de costumbre. Pero el mal de estos tiempos es la falta de consideración con las personas en el ocaso de su vida. Tu mente se halla en lamentable estado, querida, y necesitas que te den un buen ejemplo. Yo te lo daré, diciéndote que te perdono. Tranquilizada mi mente por esta buena acción, suponte que te demuestro ahora (aunque protesto contra la vulgaridad de la expresión) que puedo ver un poco más allá de mi pobre y vieja nariz.

 Ante todo, contestaré tu pregunta sobre la doncella. Puedes confiar completamente en ella. Ha tenido problemas y ha aprendido a ser discreta. También aparenta tu edad, aunque debo decir,  (p.115) sobre este particular, que tiene unos cuantos años más que tú. Incluyo la necesaria orden de que se ponga enteramente a tu disposición.

 ¿Qué viene ahora? Pasemos a tu plan para reunirte conmigo en Bayswater. En teoría está muy bien, pero hay que mejorarlo un poco. Es necesario (ahora sabrás por qué) que el engaño del párroco sea más sofisticado de lo que tú te propones. Quiero que vea el rostro de la doncella en circunstancias que lo convenzan de que es la tuya. Y aún más: quiero que vea que la doncella abandona Londres y saque la impresión de que te ha visto a ti mientras iniciabas la primera etapa de tu viaje a Brasil. Él no creyó en este viaje cuando yo se lo anuncié esta tarde en la calle. Pero podrá creer en él si sigues las instrucciones que te daré.

 Mañana es sábado. Haz que la doncella salga de casa con el vestido que tú llevabas hoy, tal como habías pensado; pero tú no te muevas y no te acerques a la ventana. Dile que conserve el velo bajado, que dé un paseo de media hora (sin reparar, desde luego, en el pastor o en el criado que la seguirán) y que vuelva a casa. En cuanto lo haga, envíala enseguida a la ventana abierta y ordénale que se levante el velo y mire al exterior. Haz que se retire de allí al cabo de un par de minutos, que se quite el sombrero y el chal, y que se asome una vez más a la ventana, o mejor aún, al balcón. Tendrá que mostrarse de nuevo en otras ocasiones (pero no demasiado a menudo) durante el día. Y mañana (como tenemos que habérnoslas con un caballero religioso) envíala sobre todo a la iglesia. Si estas maniobras no convencen al pastor de que la cara de la doncella es la tuya, ni lo predisponen a creer en tu conducta reformada más de lo que creyó en ella cuando hablé con él, pensaré, querida, que han sido inútiles los sesenta años que he vivido en este valle de lágrimas.

 El día siguiente será lunes. He observado los anuncios de las compañías navieras y he descubierto que el martes saldrá un vapor de Liverpool hacia Brasil. Esto no podía ser más oportuno; haremos que emprendas tu viaje, ante los ojos del clérigo. He aquí lo que tendrás que hacer:

 A la una, envía en busca de un coche al hombre que limpia los cuchillos y los tenedores, y cuando lo haya traído hasta la puerta, pídele que vaya a buscar otro y que espere en él detrás de la esquina, en la plaza. Entonces haz que la doncella, que llevará todavía tu vestido, suba al primer coche con el equipaje necesario y salga en dirección a Estación del North-Western Railway. Cuando se haya marchado, deslízate hasta el coche que esperará detrás de la esquina y ven a reunirte conmigo en Bayswater. Ellos estarán dispuestos a seguir el coche de la doncella porque lo habrán visto parado delante de la puerta, pero no seguirán el tuyo, que habrá permanecido oculto detrás de la esquina. Cuando la doncella llegue a la estación y desaparezca, si puede, entre la muchedumbre (he elegido adrede el tren mixto de las dos y diez para darle las mayores posibilidades), tú estarás a salvo conmigo. Tanto si descubren que no ha tomado el tren para Liverpool como si les pasa inadvertido, esto ya carecerá de importancia para nosotras. Habrán perdido tu rastro y podrán seguir a la doncella a a través de medio Londres, si así les viene en gana. Ella tiene instrucciones mías (que incluyo) según las cuales dejará que las maletas vacías vayan a parar a la oficina de equipajes perdidos. Volverá junto a sus amigos de la City y se quedará con ellos hasta que yo le escriba que vuelva conmigo.

 ¿Cuál es el objeto de todo esto? El propósito, mi querida Lydia, es tu futura seguridad (y la mía). Podemos triunfar o fracasar en nuestro empeño de convencer al pastor de que te has ido realmente a Brasil. Si triunfamos, no tendremos de qué preocuparnos. Si fracasamos, pondrá sobre aviso al joven Armadale de que debe desconfiar de una mujer como mi doncella, y no de una mujer como tú. Esto último es muy importante, pues ignoramos si Mrs. Armadale le comentó alguna vez tu nombre de soltera. En este caso, la Miss Gwilt que se le habrá escapado aquí de entre las manos será tan diferente de la Miss Gwilt establecida en Thorpe-Ambrose que todo el mundo convencerá de que no es un caso de similitud de personas, sino de apellidos.

 ¿Qué dices ahora de mi mejoramiento de tu idea? ¿No está mi cerebro menos hueco de lo que pensabas cuando me escribiste? No creas que me jacto demasiado de mi propió ingenio. Los truhanes realizan trucos más ingeniosos que éste y aparecen en los periódicos todas las semanas. Sólo quiero mostrarte que mi ayuda no es ahora menos necesaría para el éxito de la operación Armadale de lo que era cuando hice mis primeros descubrimientos importantes gracias a aquel joven de aspecto inofensivo y de la oficina de investigaciones privadas de Shadyside Place.

 Que yo sepa, nada más tengo que decirte, salvo que me dispongo a ocupar mi nueva vivienda, donde habra un buzón a mi nombre. Los últimos momentos de mamá Oldershaw, del salón de belleza, están a la vuelta de la esquina y el nacimiento de Mrs. Mandeville, la respetable dama que podrá informar acerca de Miss Gwilt, nacerá en un coche dentro de cinco minutos. Me imagino que todavía debo tener joven el corazón, pues ya estoy enamorada de mi romántico nombre; parece casi tan bonito como Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose, ¿no crees? Buenas noches, querida, y que tengas bellos sueños. Si ocurre algún percance entre hoy y el lunes, escríbeme inmediatamente. Si no pasa nada, estarás conmigo a tiempo para las primeras investigaciones que pueda hacer el comandante. Mis últimas recomendaciones son: no salgas a la calle ni te acerques a la ventana  (p.116) hasta el lunes.

 Afectuosamente tuya,

 M.O.» 

CAPÍTULO VI

MIDWINTER, DISFRAZADO

 A eso de las doce del día veintiuno, Miss Milroy estaba pasando el rato en el jardín de la casita (una mejoría en la salud de su madre le había permitido abandonar la habitación de la enferma) cuando un ruido de voces en el parque le llamó la atención. Al instante reconoció una de ellas como la voz de Allan, la otra le era desconocida. Apartó las ramas de un arbusto cercano a la valla del jardín y, al atisbar por la abertura, vio que Allan se acercaba a la puerta de la casita en compañía de un hombre delgado, moreno y bajito, que, muy excitado, reía y hablaba a voz en grito. Miss Milroy entró corriendo en la casa para avisar a su padre de la llegada de Mr. Armadale y añadir que lo acompañaba un ruidoso desconocido, que probablemente era el amigo que, según se decía, moraba con el señor en la Mansión.

 ¿Había acertado la hija del comandante? El vocinglero y reidor amigo del señor, ¿era el tímido y sensible Midwinter de otros tiempos? Pues sí, era él. Aquella mañana, en presencia de Allan, se había producido un cambio extraordinario en los modales generalmente tranquilos de su amigo.

 Cuando Midwinter se había presentado a desayunar después de dejar a un lado la alarmante carta de Mr. Brock, Allan estaba demasiado ocupado para prestarle una especial atención. La dificultad todavía pendiente de elegir el día de la cena para la rendición de cuentas había apremiado una vez más y, por fin, se había fijado (por consejo del mayordomo) para el sábado veintiocho de aquel mes. Sólo cuando se volvió para enterar a Midwinter de que aquel arreglo le permitiría disponer de tiempo sobrado para estudiar los libros del administrador, fijó Allan su voluble atención en el cambio que se había producido en el semblante de su amigo. Así se lo comentó con su franqueza acostumbrada, pero una seca y casi enojada respuesta le impuso silencio. Los dos se habían sentado a desayunar sin la cordialidad habitual y habían comido enfurruñados, hasta que el propio Midwinter había roto el silencio con una extraña explosión de alegría que había revelado a Allan una nueva faceta de su carácter.

 Como solía ocurrir con los  (p.117) juicios de Allan, también aquí erró en su conclusión. Lo que se manifestaba ahora no era una nueva faceta del carácter de Midwinter, sino solamente un nuevo aspecto de las luchas recurrentes de la vida de Midwinter.

 Irritado por el hecho de que Allan hubiese descubierto el cambio producido en su amigo, cambio que no había visto reflejado en el espejo cuando lo había consultado en el cuarto de estar; sintiendo que los ojos de Allan seguían interrogando su semblante, y temiendo las subsiguientes preguntas fruto de la curiosidad, Midwinter se había empeñado en borrar por la fuerza la impresión que su aspecto alterado había producido. Fue uno de esos esfuerzos que sólo pueden realizar resueltamente los hombres de su temperamento vivo y de su sensibilidad un tanto femenina. Con la mente embargada todavía por la firme creencia de que la fatalidad se había acercado mucho a Allan y a él mismo desde el descubrimiento del párroco en Kensinsington Gardens, con el rostro delatando todavía lo que había sufrido bajo la renovada convicción de que la advertencia hecha por su padre desde el lecho de muerte reforzaba hora, al producirse cada suceso, su terrible exigencia de separarlo a toda costa de la única criatura humana a quien amaba, con el corazón agitado todavía por el miedo de que la primera visión del sueño de Allan pudiese verse realizada antes de que hubiese quedado atrás el nuevo día que ahora contemplaban juntos los dos Armadale, con este triple lazo forjado por su propia superstición, que lo sujetaba en aquel momento como nunca lo había sujetado hasta entonces, espoleó furiosamente su resolución de rivalizar en presencia de Allan con la alegría y la animación de este último. Habló, rió y llenó indistintamente su plato con todo lo que había sobre la mesa del desayuno. Hizo bromas ruidosas sin gracia y contó chistes absurdos. Primero asombró a Allan, después lo divirtió y por último se ganó fácilmente su confianza sobre el tema de Miss Milroy. Se rió a fuertes carcajadas del súbito cambio en las opiniones de Allan sobre el matrimonio, hasta el punto que los criados que le oían desde abajo empezaron a pensar que el extraño amigo de su señor se había vuelto loco. Por último, aceptó la proposición de Allan de presentarle a la hija del comandante y de que la juzgase por sí mismo, con la presteza, mejor dicho, con más presteza de lo que la habría aceptado el hombre menos desconfiado del mundo. Y hélos aquí ahora a los dos, plantados delante de la puerta del cottage, mientras la voz de Midwinter se elevaba cada vez más sobre la de Allan, con sus modales naturales disfrazados (¡sólo él sabía con qué esfuerzo!) en una tosca mascarada de audacia: la escandalosa e insoportable audacia del hombre tímido.

 La hija del comandante los recibió en el salón mientas esperaban la llegada del padre.

 Allan intentó presentar a su amigo en la forma acostumbrada. Pero, para su asombro, Midwinter le quitó las palabras de los labios y se presentó él mismo a Miss Milroy con una mirada confiada, una risa fuerte y una naturalidad forzada que lo revistió de su peor aspecto. Su artificial animación, que había ido en continuo aumento desde la mañana, alcanzaba ahora un punto histérico en el que escapaba a su propio control. Se comportaba y hablaba con esa terrible libertad que, cuando el hombre tímido prescinde de su reserva, es consecuencia necesaria del esfuerzo con que se ha librado de su propia contención. Se enredó en una confusa serie de disculpas que no venían a cuento y de cumplidos que habrían resultado incluso excesivos para satisfacer la vanidad de una salvaje. Miró de Miss Milroy a Allan, y viceversa, y declaró jocosamente que ahora comprendía por qué su amigo emprendía siempre los paseos matutinos en la misma dirección. Preguntó a la joven acerca de su madre y atajó las respuestas de ella con observaciones acerca del tiempo. Le dijo que debía sentir el calor insoportable del día y, a continuación, declaró que le envidiaba su fresco vestido de muselina.

 En aquel momento entró el comandante. Antes de que pudiese pronunciar dos palabras, Midwinter lo abrumó con su frenética familiaridad y fluidez de palabra. Se interesó por la salud de Mrs. Milroy en unos términos que habrían resultado exagerados en labios de un amigo de la familia. Se deshizo en un torrente de disculpas por haber interrumpido al comandante en sus ocupaciones mecánicas. Citó el fantástico relato que le había hecho Allan del reloj y expresó su interés por verlo en términos todavía más exagerados. Alardeó de su conocimiento superficial del gran reloj de Estrasburgo, con bromas rebuscadas acerca de los extraordinarios personajes automáticos que el reloj pone en movimiento, del desfile de los doce apostóles, que salen por debajo de la esfera al mediodía, y acerca del gallo que canta al aparecer san Pedro..., y esto en presencia de un hombre que había estudiado todas las ruedas de la complicada maquinaria y que había pasado años enteros de su vida tratando de imitarlo.

 -Tengo entendido que ha aumentado el número de los apóstoles de Estrasburgo y que ha perfeccionado reloj -exclamó, en el tono y la manera del amigo acostumbrado a prescindir de toda ceremonia-, y me estoy muriendo de ganas de ver esta maravilla, comandante. El comandante Milroy había entrado en la habitación absorto, como de costumbre, en sus propios aparatos mecánicos. Pero la súbita impresión causada por la familiaridad de Midwinter fue lo bastante fuerte para volverlo a la realidad y ponerlo en condiciones de desarrollar sus recursos sociales de hombre de mundo.

 -Discúlpeme que le  (p.118) interrumpa -dijo, atajando de momento a Midwinter con una mirada de sorpresa-, pero yo he visto el reloj de Estrasburgo y me parece casi absurdo (le pido perdón por expresarme así) comparar mi pequeño experimento con aquella obra maravillosa. ¡No hay nada parecido en el mundo! -Hizo una pausa para dominar su creciente entusiasmo; el reloj de Estrasburgo era, para el comandante Milroy lo mismo que el nombre de Miguel Ángel para Sir Joshua Reynolds-. La gentileza de Mr. Armadale lo ha inducido a exagerar un poco -prosiguió el comandante, sonriendo a Allan y haciendo caso omiso de un nuevo intento de Midwinter por hacerse con la palabra, como si tal intento no se hubiese producido-. Pero como el gran reloj extranjero y el pequeño que tengo en casa sólo se parecen en que ambos muestran lo que pueden hacer al sonar las campanas del mediodía y ahora son casi las doce, si todavía desea usted visitar mi taller, Mr. Midwinter, cuanto antes se lo muestre tanto mejor será.

 Abrió la puerta y se disculpó ceremoniosamente por ser el primero en salir de la habitación.

 -¿Qué le parece mi amigo? -murmuró Allan al oído de Miss Milroy, mientras seguían a los otros.

 -¿Quiere que le diga la verdad, Mr. Armadale?-respondió ella en voz baja. -¡Desde luego!

 ¡Entonces le diré que no me gusta en absoluto!

 -Es el mejor muchacho del mundo -replicó Allan, en su franqueza acostumbrada-. Le gustará más cuando lo conozca mejor, ¡estoy seguro de ello!

 -Miss Milroy hizo una pequeña mueca para manifestar su indiferencia total hacia Midwinter y su sorpresa por la vehemente defensa que Allan hacía de los méritos de su amigo. «¿Acaso es eso lo más interesante que tiene que decirme, después de haberme besado la mano ayer por la mañana?», se preguntó en silencio.

 Pero todos se hallaron en el taller del comandante antes de que Allan tuviese ocasión de abordar un tema más atractivo. Allí, sobre una tosca caja de madera que por lo visto contenía la maquinaria, estaba el reloj maravilloso. La esfera estaba coronada por un pedestal de cristal que reposaba sobre una pieza de ébano tallado. Sobre el pedestal se veía la inevitable figura del Tiempo, con su eterna guadaña en la mano. Debajo de la esfera había una pequeña plataforma y en cada extremo se alzaba una garita en miniatura, con la puerta cerrada. Esto era cuanto podía verse desde el exterior hasta que llegase el mágico momento en que el reloj daría las doce del mediodía.

 En aquel momento faltaban unos tres minutos para las doce y el comandante Milroy aprovechó la oportunidad para explicar en qué consistiría la exhibición antes de que ésta empezara. Al pronunciar las primeras palabras, su mente volvió a quedar absorta en la única ocupación de su vida. Se volvió a Midwinter (que no había parado de hablar desde que habían salido del salón) sin la menor huella en sus modales de la fría y cortante compostura con que había hablado unos minutos antes. El hombre ruidoso y campechano, que había parecido un intruso mal educado en el salón, se convirtió en invitado de honor en el taller, pues allí tenía la exculpatoria ventaja social de presenciar por primera vez el funcionamiento de aquel reloj maravilloso.

 -Al sonar la primera campanada de las doce, Mister Midwinter -advirtió seriamente el comandante-, fíjese en la figura del Tiempo: moverá la guadaña y señalará con ella el pedestal de cristal. Después verá aparecer, detrás del cristal, una tarjetita impresa que le dirá el día del mes y de la semana. Cuando el reloj dé la última campanada, el Tiempo levantará de nuevo la guadaña para colocarla en su anterior posición y sonará el carillón. Este repiqueteo irá seguido de una tonada, la marcha predilecta de mi antiguo regimiento y entonces tendrá lugar el espectáculo final. Las garitas que puede usted observar a ambos lados se abrirán al mismo tiempo. En una de ellas aparecerá el centinela y de la otra saldrán un cabo y dos soldados que cruzarán la plataforma para relevar la guardia y desaparecerán, dejando al nuevo centinela en su puesto. Debo pedir su amable condescencia en esta última parte de la presentación. La maquinaria es un poco complicada y tiene defectos que por desgracia no he conseguido remediar aún como quisiera. A veces las figuras funcionan mal, y otras funcionan a la perfección. Confío en que se porten bien en esta ocasión, ya que es la primera vez que usted las ve.

 Mientras el comandante, situado junto al reloj, pronunciaba las últimas palabras, su reducido público de tres personas, agrupadas en el extremo opuesto de la estancia, vieron que las dos manecillas del reloj apuntaban juntas a las doce. Sonó la primera campanada, y el Tiempo, obediente a la señal, movió la guadaña. Después aparecieron el día del mes y de la semana impresos detrás del pedestal de cristal y Midwinter saludó su aparición con exageradas exclamaciones de sorpresa que Miss Milroy interpretó, equivocadamente, como una burla cruel de la obra de su padre y que Allan (al ver que ella se ofendía) intentó moderar tocando el codo de su amigo. Mientras tanto, el reloj siguió funcionando. Cuando sonó la última campanada de las doce, el Tiempo levantó de nuevo la guadaña, sonó el carillón y después la marcha del antiguo regimiento del comandante. El espectáculo final del relevo de la guardia se anunció con un temblor preliminar de las garitas y la súbita desaparición del comandante detrás del reloj. La cosa empezó abriéndose la puerta de la garita en el lado derecho de a plataforma con toda la puntualidad que podía desearse; en cambio, la puerta del otro lado, menos obediente, permaneció  (p.119) obstinadamente cerrada. Indiferentes a este cambio en el programa, el cabo y los dos soldados aparecieron en su sitio con perfecta disciplina, cruzaron la plataforma, abaleándose los tres a cada zancada, y se arrojaron de cabeza contra la puerta del otro lado, sin causar la menor impresión al impertérrito centinela que debía estar detrás de ella. Se oyeron unos chirridos intermitentes, producidos por las llaves y herramientas del comandante en la maquinaria. El cabo y los dos soldados dieron súbitamente la vuelta, retrocedieron sobre la plataforma y se encerraron en su propia garita. Exactamente en el mismo instante se abrió la otra puerta por primera vez y el indisciplinado centinela apareció tranquilamente en su puesto, en espera del relevo. Y vaya si tuvo que esperar, pues nada ocurría en la otra garita, salvo algún golpe ocasional detrás de la puerta como si el cabo y los soldados estuviesen impacientes por salir. Volvió a oírse el ruido de las herramientas del comandante en la maquinaria; el cabo y sus acompañantes, que habían recobrado súbitamente la libertad, aparecieron presurosos y cruzaron rápidamente la plataforma. Pero si ellos fueron rápidos, el hasta entonces tranquilo centinela del otro lado mostró perversamente que aún podía serlo más. Desapareció con la velocidad del rayo en su propia garita, la puerta se cerró inmediatamente detrás de él y el cabo y los soldados chocaron de cabeza contra ella por segunda vez. El comandante salió de detrás del reloj y pidió ingenuamente a los espectadores «que tuviesen la bondad de decirle si algo había marchado mal».

 El absurdo fantástico de aquella exhibición, acentuado por la seria pregunta del comandante Milroy al terminar, fue tan irresistiblemente cómica que los visitantes estallaron en carcajadas; incluso Miss Milroy, con toda su consideración por el sensible orgullo de su padre, no pudo evitar participar en el regocijo causado por la catastrófica actuación de los muñecos. Pero incluso la risa tiene sus límites y éstos quedaron tan amplia y descaradamente rebasados por uno de los del grupo que los otros dos guardaron silencio casi inmediatamente. La fiebre de la falsa animación de Midwinter se convirtió en puro delirio cuando terminó la representación de  (p.120) los muñecos. Sus ataques de risa se sucedieron con una violencia tan convulsiva que Miss Milroy se apartó de él, alarmada, e incluso el paciente comandante le dirigió una mirada que decía a todas luces: «¡Márchese de aquí!» Allan, sabiamente impulsivo por una vez en su vida, agarró a Midwinter del brazo y lo arrastró a viva fuerza hasta el jardín y, desde allí, al parque que se extendía más allá.

 -¡Cielo santo! ¿Qué te ha pasado? -exclamó, echandose atrás al ver la cara torturada de su amigo.

 De momento, Midwinter fue incapaz de responder. Su paroxismo histérico pasó de un extremo al otro. Se apoyó en el tronco de un árbol, sollozando y jadeando, y alargó una mano en muda súplica a Allan para que esperara.

 -Habrías hecho mejor en no cuidarme cuando tuve las fiebres -dijo débilmente, en cuanto fue capaz de hablar,-. Soy un loco y un desgraciado, Allan, nunca he podido recuperarme. Vuelve allí y pídeles que me perdonen; estoy demasiado avergonzado para ir yo mismo a pedir excusas. No sé cómo ha sucedido, sólo puedo pedir que ellos y tú me perdonéis. -Volvió rápidamente la cabeza, como para ocultar el rostro-. No te quedes aquí -rogó-, no me mires, pronto se me pasará. -Allan seguía vacilando y le suplicó con vehemencia que le permitiese acompañarlo a casa. Fue inútil-. Me rompes el corazón con tu bondad -exclamó, apasionadamente-. ¡Por el amor de Dios, déjame solo!

 Allan volvió al cottage y suplicó indulgencia para Midwinter con una vehemencia y una sencillez que le hicieron crecer enormemente en el aprecio del comandante, pero no produjeron la misma impresión favorable en Miss Milroy. Aunque ella no lo sospechaba, quería ya lo bastante a Allan para sentirse celosa de su amigo.

 «¡Qué absurdo! -pensó, malhumorada-. ¡Como si papá o yo diésemos a esa persona la menor importancia!»

 -Se reservará usted su opinión acerca de él, ¿verdad, comandante Milroy? -dijo cordialmente Allan, al despedirse.

 -¡Lo haré encantado! -respondió el comandante, mientras le estrechaba la mano.

 -¿También usted, Miss Milroy? -añadió Allan.

 La joven inclinó fría y formalmente la cabeza.

 -Mi opinión, Mr. Armadale, carece de la menor importancia.

 Allan salió de la casita dolorosamente confuso por la subita frialdad de Miss Milroy hacia él. Su gran idea de reconciliarse con todo el vecindario al convertirse en un hombre casado, sufrió alguna alteración cuando cerró la puerta del jardín tras él. La virtud llamada prudencia y el señor de Thorpe-Ambrose se aliaron en esta ocasión pOr primera vez, y Allan, lanzándose como siempre de cabeza, en el camino de su perfeccionamiento moral, decidió no actuar precipitadamente.

 Si la virtud es en sí misma su propia recompensa, e] hombre que emprende su reforma debe comprometerse en un objetivo esencialmente inspirador. Pero la virtud no es siempre su propia recompensa y el camino que conduce a la reforma está muy mal iluminado a pesar de ser una vía tan respetable. Allan pareció haberse contagiado del desaliento de su amigo. También él, mientras se dirigía a su casa, empezó a dudar- a su manera, completamente distinta y por razones muy diferentes- de si la vida en Thorpe-Ambrose era tan prometedora para el futuro como había parecido al principio.

CAPÍTULO VII

LA INTRIGA SE COMPLICA

 Dos mensajes esperaban a Allan cuando regresó a la casa. Uno de ellos lo había dejado Midwinter. «Había salido a dar un largo paseo y Mr. Armadale no debía alarmarse si regresaba tarde.»

 El otro mensaje lo había dejado «una persona de la oficina de Mr. Pedgift», que había venido, según lo anunciado, mientras los dos caballeros estaban en la casa del comandante. «Mr. Bashwood le presentaba sus respetos y tendría el honor de volver por la tarde a visitar a Mr. Armadale.»

 Midwinter regresó a eso de las cinco, pálido y silencioso. Allan se apresuró a asegurarle que en la casita lo habían perdonado y después, para cambiar de tema, mencionó el mensaje de Mr. Bashwood. Midwinter estaba tan preocupado o tan lánguido que apenas si pareció recordar el nombre. Allan tuvo que explicarle que Bashwood era el viejo empleado enviado por Mr. Pedgift para instruirlo en las funciones de administrador. Midwinter lo escuchó sin hacer ninguna observación y se retiró a su habitación para descansar hasta la hora de la cena.

 Cuando se quedó solo, Allan se dirigió a la biblioteca con la intención de pasar el rato leyendo un libro. Tomó varios volúmenes de los estantes, volvió a colocarlos en su sitio y así terminó la cosa. Era Miss Milroy quien, de una manera un tanto misteriosa, se interponía entre el lector y lOs libros. Su formal reverencia y las frías palabras que había pronunciado al despedirse él, permanecían en la mente del joven por mucho que se esforzase en olvidarlas. A medida que transcurría el tiempo, experimentaba un mayor afán por recuperar la posición perdida en el favor de la joven. Era imposible volver aquel mismo día a la casita y preguntar a Miss Milroy si, para su propia desdicha, la había ofendido. Entonces pensó en formularle la pregunta por escrito y con la delicadeza necesaria, pero, cuando lo intentó, comprendió que sus dotes literarias no alcanzaban a tanto. Después de dar un par de vueltas por la estancia con la pluma en la boca, decidió seguir el procedimiento más diplomático (que en este caso era también el más fácil) de escribir cordialmente a Miss Milroy, como si nada hubiese ocurrido, y deducir de su respuesta la posición en que se hallaba en lo referente a su aprecio. Una invitación para algo, desde luego extensiva a su padre, pero dirigida a ella, era a todas luces lo más adecuado para  (p.121) obligarla a responder; pero la dificultad estribaba en decidir la naturaleza de la invitación. No había que pensar en un baile, dadas sus actuales relaciones con las personas distinguidas del lugar. Una cena, sin la indispensable señora de edad en la casa para recibir a Miss Milroy (salvo Mrs. Gripper, que sólo podría recibirla en la cocina), era igualmente imposible. ¿En qué debía consistir la invitación?

 Nunca remiso en preguntar a derecha e izquierda y en todas direcciones cuando necesitaba consejo, Allan, pensando que había agotado sus propios recursos, tocó la campanilla y sorprendió al criado que acudió a la llamada cuando le preguntó cómo solían divertirse los antiguos moradores de Thorpe-Ambrose y qué clase de invitaciones solían enviar a sus amigos.

 -La familia hacía lo mismo que todo el mundo-respondió el hombre, mirando atónito a su señor-. Celebraban banquetes y bailes. En verano, cuando hacía buen tiempo como ahora, señor, daban a veces fiestas al aire libre y picnics.-

 -¡Espléndido! -gritó Allan-. Un picnic le gustará sin duda. Eres una ayuda muy valiosa, Richard. Puedes retirarte.

 Richard se retiró, asombrado, y su señor volvió a coger la pluma.

 «Querida Miss Milroy: Después de mi visita se me ocurrió de pronto que podríamos celebrar un picnic. Un poco de distracción y de diversión (lo que yo llamaría una buena francachela, si no me dirigiese a una señorita) es precisamente lo que le conviene después de haber estado tanto tiempo encerrada en la habitación de Mrs. Milroy. Un picnic es un cambio y (cuando el vino es bueno) también una diversión. ¿Quiere preguntarle al comandante si dará su consentimiento para el picnic y si querrá asistir? Además, si tiene usted algunos buenos amigos en el vecindario a quienes les gusten las excursiones, invítelos por favor, pues yo no tengo ninguno. Será un picnic en su honor y yo cuidaré de todo y recibiré a todo el mundo. Usted elegirá el día y el lugar que prefiera. Este picnic me hace una ilusión inmensa.

 Quedo como siempre suyo,

 Allan Armadale.»

 Al releer su composición antes de enviarla, Allan reconoció francamente que no carecía de defectos. «La palabra picnic se repite demasiado -pensó-. Pero no importa: si a ella le gusta la idea, no dará importancia a esto.» Envió inmediatamente la carta y advirtió seriamente al mensajero que debía esperar respuesta.

 Al cabo de media hora, llegó la respuesta en una perfumada hoja de papel sin el menor borrón, fragante al olfato y hermosa a la vista.

 La presentación de la verdad desnuda es una de esas exhibiciones contra las que la innata delicadeza femenina parece rebelarse instintivamente. Imposible responder a Allan con más diplomacia que la empleada por su bella corresponsal. Ni el propio Maquiavelo habría sospecha do, al leer la carta de Miss Milroy, hasta qué punto se había arrepentido de su enfado contra el joven caballero en cuanto éste hubo vuelto la espalda y cuál había sido su entusiasmo al recibir su invitación. Su misiva era la propia de una señorita modelo cuyas emociones quedan guardadas bajo llave en manos de sus padres, siéndole solamente permitido manifestarlas en contadas ocasiones. En la respuesta de Miss Milroy, la palabra «papá» aparecía con tanta frecuencia como había aparecido el vocablo «picnic» en la invitación de Allan. «Papá» había sido tan considerado como Mr. Armadale al desear procurarle un poco de cambio y de diversión y había consentido en renunciar a sus tranquilos hábitos y asistir al picnic. Por consiguiente, tenía mucho gusto en aceptar, con el permiso de «papá», la invitación de Mr. Armadale y, a sugerencia de «papá», esperaba de la gentileza de Mr. Armadale que le permitiese invitar a la fiesta a dos amigos suyos recientemente establecidos en Thorpe-Ambrose: una dama viuda y su hijo sacerdote, que estaba delicado de salud. Si el próximo martes le parecía bien a Mr. Armadale, sería una fecha conveniente para «papá», ya que habría terminado las reparaciones necesarias en su reloj. Todo lo demás lo dejaba, por consejo de «papá», enteramente en manos de Mr. Armadale; y entretanto, con saludos de «papá», «quedaba atentamente suya. Eleanor Milroy». ¿Quién habría podido suponer que quien había escrito aquella carta había saltado de alegría al recibir la invitación de Allan? ¿Quién habría sospechado que, en la misma fecha, Miss Milroy había escrito en su diario lo siguiente?: «He recibido la carta más dulce y más amable de Yo-sé-quién; nunca volveré a comportarme de un modo desconsiderado con él.» En cuanto a Allan, lo entusiasmó el éxito de su maniobra. Miss Milroy había aceptado la invitación, por consiguiente no estaba enfadada con él. Cuando se reunieron para cenar, estuvo a punto de mencionar a su amigo el intercambio de correspondencia. Pero algo en el semblante y en los modales de Midwinter (lo bastante claro para Allan lo advirtiese) le aconsejó esperar un poco antes de decir

 cualquier cosa que pudiese evocar el penoso tema de visita al cottage. Por acuerdo tácito, ambos evitaron todas las cuestiones relacionadas con Thorpe-Ambrose, y ninguno de los dos hizo referencia a la visita de Mr. Bashwood, anunciada para el atardecer. Durante toda la cena volvieron a sus antiguas e interminables charlas sobre barcos y navegación a vela. Cuando el mayordomo acabó de servir la mesa, bajó al sótano con un problema náutico en la mente y preguntó al resto de la servidumbre si alguno de ellos conocía las ventajas relativas de la goleta y el bergantín con «viento de bolina» y con «viento de popa». Aquel día, los dos jóvenes permanecieron sentados a la mesa más tiempo que de costumbre.  (p.122) Cuando salieron al jardín con sus puros, el crepúsculo de verano derramaba una luz débil y grisácea sobre el césped y los macizos de flores y estrechaba gradual y lentamente a su alrededor el círculo cada vez más vago de la lejanía. Había mucha humedad y, después de pasar unos minutos en el jardín, ambos convinieron en regresar al terreno más seco del paseo de delante de la casa.

 Estaban cerca del recodo que conducía al camino entre los arbustos cuando de pronto apareció, como deslizándose entre el follaje, una figura negra y silenciosa, una sombra que se movía de forma siniestra bajo la penumbra del anochecer. Midwinter se sobresaltó e incluso los nervios menos excitables de su amigo se estremecieron durante un instante.

 -¿Quién diablos es usted? -gritó Allan.

 El personaje se quitó el sombrero y dio un lento paso hacia delante. Midwinter avanzó también otro paso y lo observó más de cerca. Era el hombre de tímidos modales y luctuoso atuendo a quien había preguntado la dirección de Thorpe-Ambrose en la intersección de los tres caminos.

 -¿Quién es usted? -repitió Allan.

 -Le pido humildemente que me disculpe, señor -farfulló el desconocido, que retrocedió confuso-. Los criados me dijeron que encontraría a Mr. Armadale en...

 -¡Cómo! ¿Es usted Mister Bashwood!

 -Sí, señor.

 -Perdone que le haya hablado tan rudamente -Se disculpó Allan-, pero lo cierto es que casi me ha asustado (cúbrase, por favor). Éste es mi amigo, Mr. Midwinter que necesita de su ayuda para instruirse en las funciones de administrador.

 -Yo diría que casi huelga la presentación -intervino Midwinter-. Conocí a Mr. Bashwood hace unos días, cuando salí a dar un paseo. Fue él quien tuvo la bondad de mostrarme el camino cuando me perdí.

 -Cúbrase -repitió Allan, al ver que Mr. Bashwood, todavía con el sombrero en la mano, seguía sin decir palabra y se inclinaba respetuosa y alternativamente ante los dos jóvenes-. Mi querido señor, póngase el sombrero y permita que le muestre el camino de la casa. Disculpe la observación -añadió al ver el nerviosismo del hombre, que dejó caer el sombrero en vez de encasquetárselo-, pero parece usted un poco indispuesto. Un vaso de buen vino le sentará bien antes de que empiece a hablar de negocios con mi amigo.  (p.123) ¿Dónde encontraste a Mr. Bashwood cuando te extraviaste, Midwinter?

 -No lo sé, puesto que no conozco estos andurriales. Será mejor que se lo preguntes a Mr. Bashwood.

 -Bueno, díganos dónde fue -pidió Allan, tratando, quizá con demasiada brusquedad, de que el hombre se sintiera a sus anchas, mientras los tres volvían a la casa.

 La voz fuerte de Allan y la brusquedad de su pregunta parecieron colmar la medida de la innata timidez de Mr. Bashwood, quien les obsequió con un chorro inconsistente de palabras parecido al que había derramado sobre Midwinter cuando se vieron por primera vez.

 -Fue en la carretera, señor -empezó diciendo, dirigiéndose alternativamente a Allan, a quien llamaba «señor», y a Midwinter, al que llamaba por su apellido-. Quiero decir, si usted me lo permite, en la carretera de Little Gill Beck. Un nombre singular, Mr. Midwinter, y un singular lugar. No me refiero al pueblo, sino a los alrededores, o mejor dicho, si usted me lo permite, a los Broads de los alrededores. ¿No ha oído usted hablar los Broads de Norfolk, señor? Lo que en otras partes de Inglaterra llaman lagos, aquí lo llaman Broads. Son muy numerosos. Creo que vale la pena visitarlos. Usted habría podido ver el primero de ellos, Mr. Midwinter, si hubiese caminado unos pocos kilómetros más desde el lugar donde tuve el honor de conocerlo. Los Broads, como le decía, son muy numerosos, señor, y se reparten entre esta zona y el mar. A unos cinco kilómetros del mar, Mr. Midwinter; sí a unos cinco kilómetros. En su mayoría son poco profundos y discurren ríos entre ellos. Es un paraje muy hermoso, solitario. Una zona muy húmeda, Mr. Midwinter, completamente distinta de todas las demás. A veces vienen grupos a visitarla, señor, en excusiones en barca. Es una pequeña red de lagos, o quizá..., sí, quizá sería más correcto decir estanques. Es un buen lugar para la caza, durante los meses fríos. Abundan allí las aves salvajes. Sí, los Broads merecen que los visite, Mr. Midwinter, la próxima vez que salga de paseo en aquella dirección. La distancia desde aquí hasta Little Gill Beck, y desde Little Gill Beck hasta Girdler Broad, que es el primero que se encuentra, sólo es de...

 Llevado de su nerviosismo, habría seguido sin duda hablando de los Broads de Norfolk durante el resto de la tarde, si uno de sus dos interlocutores no lo hubiese interrumpido sin cumplidos antes de que terminara la frase.

 -¿Es fácil ir y volver en un día de los Broads, en coche? -preguntó Allan, pensando que, en este caso, había encontrado el lugar adecuado para el picnic.

 -¡Oh, sí, señor! ¡Una excursión muy bonita, desde su hermosa mansión!

 Ahora estaban subiendo la escalinata del porche y Allan, que iba en cabeza, invitó a Midwinter y a Mr. Baswood a seguirlo a la biblioteca, donde había una lámpara encendida. En el intervalo que transcurrió hasta que les trajeron el vino, Midwinter observó al hombre que había conocido por casualidad en la carretera, con una extraña mezcla de compasión y desconfianza; compasión que aumentaba a su pesar y desconfianza que se iba reduciendo, aunque él se esforzaba en fortalecerla. Allí, incómodamente sentado en el borde de un sillón, el pobre y nervioso infeliz de raído traje negro, ojos acuosos, pechera gastada, peluca vieja, dentadura postiza que no engañaba a nadie, e inquietos y corteses modales, pestañeaba bajo la luz de la lámpara o se estremecía impresionado por el vozarrón de Allan; un hombre con las arrugas de sesenta años en el rostro y la actitud de un niño en presencia de desconocidos; ¡un hombre ciertamente digno de compasión como el que más!

 -Si hay algo que le inquieta, Mr. Bashwood -gritó Allan, mientras le servía un vaso de vino-, ¡deseche sus temores! ¡Ni un barril de este vino le produciría dolor de cabeza! Póngase cómodo. Le dejaré a solas con Mr. Midwinter para que hablen de su asunto. Lo he dejado todo en manos de Mr. Midwinter, él actúa en mi nombre y lo resuelve todo a su propia discreción.

 Dijo estas palabras eligiéndolas cuidadosamente, cosa muy rara en él y, sin más explicaciones, se dirigió a la puerta. Midwinter, que estaba sentado cerca de ésta, observó la expresión de su semblante al salir. Aunque era fácil ganarse el favor de Allan, saltaba a la vista que, por alguna razón indescifrable, Mr. Bashwood no lo había conseguido.

 Los dos extraños compañeros se quedaron solos, incapaces, a los ojos de un observador superficial, de establecer el menor lazo de simpatía entre ellos, pero atraído invisiblemente por esas magnéticas similitudes de termperamento que superan toda diferencia de edad o de posición y desafían todas las aparentes disparidades de inteligencia y de carácter. Desde el momento en que Allan salió de la estancia, la influencia oculta que trabaja en la oscuridad empezó a atraer lentamente a los dos hombres, a través del gran desierto social que había existido entre ellos hasta la fecha.

 Midwinter fue el primero en aludir al objeto de la entrevista.

 -¿Puedo preguntarle si está enterado de mi posición aquí y si sabe por qué necesito su ayuda?

 Mr. Bashwood, todavía tímido y vacilante, pero visiblemente aliviado por la partida de Allan, se acomodó un poco en el sillón y se atrevió a darse ánimo con un modesto sorbo de vino.

 Sí, señor-respondió-. Mr. Pedgift me informó..., creo que puedo decirlo así, de todas las circunstancias. Tengo que enseñarle, o quizá diría mejor aconsejarlo... -No, Mr. Bashwood, la primera palabra es la más adecuada. Soy completamente lego en las funciones que Mr. Armadale ha tenido la bondad de confiarme. Si no entendí mal, está usted plenamente capacitado para  (p.124) instruirme, ya que desempeñó un cargo de administrador. ¿Puedo preguntarle dónde?

 -En casa de Sir John Mellowship, señor, en West Norfolk. Quizá quiera usted ver su informe, pues lo traigo aquí. Sir John hubiese podido portarse más amablemente conmigo..., pero no me quejo. ¡Ahora es agua pasada!

 Sus ojos acuosos parecieron más acuosos todavía y el temblor de las manos se contagió a los labios mientras sacaba de la cartera una vieja y arrugada carta para abrirla acto seguido sobre la mesa.

 El informe estaba breve y fríamente redactado, pero era concluyente. Sir John consideraba justo declarar que no tenía ninguna queja de la capacidad ni de la integridad de su administrador. Si la posición doméstica de Mr. Bashwood hubiese sido compatible con la continuación de sus funciones en la hacienda, Sir John lo habría conservado de buen grado. Pero dificultades suscitadas por asuntos personales de Mr. Bashwood habían hecho que no fuese aconsejable su permanencia al servicio de Sir John. Éste era el único motivo de haber cesado en su empleo. Tal era el informe de Sir John sobre la conducta de Mr. Baswood. Mientras leía las últimas líneas, Midwinter pensó en otro certificado de conducta que tenía aún en su poder: el que le habían dado en el colegio cuando lo despidieron como portero por enfermedad. Su superstición (desconfiar de todo lo que sucedía y de todas las nuevas caras que veía en Thorpe-Ambrose) lo impulsaba todavía a dudar del hombre que tenía ante sí. Pero cuando trató de traducir estas dudas en palabras, su corazón lo reprendió y Midwinter dejó la carta sobre la mesa sin decir palabra.

 La súbita pausa que se había producido en la conversación pareció sobresaltar a Mr. Bashwood. Se confortó con otro traguito de vino y, sin tocar la carta, dio rienda suelta a su verborrea, como si el silencio le resultase insoportable.

 -Estoy dispuesto a contestar cualquier pregunta, señor -empezó-. Mr. Pedgift me dijo que debía hacerlo ya que solicitaba un puesto de confianza. Mr. Pedgift añadió que probablemente ni Mr. Armadale ni usted considerarían suficiente el informe. Sir John no dice..., habría podido expresarse más amablemente, pero no me quejo..., Sir John no dice cuáles fueron las dificultades que causaron la pérdida de mi empleo. Si desea usted conocerlas...

 Se interrumpió confuso, miró el informe y no añadió más.

 -Si el asunto sólo me interesase a mí -intervino Midwinter- le aseguro que consideraría completamente satisfactorio este informe. Pero como estoy aprendiendo mis nuevas funciones, la persona que me enseñe será de hecho el verdadero administrador de la hacienda de mi amigo. Me resulta desagradable pedirle que hable de un tema que puede ser doloroso para usted y, por desgracia, no tengo experiencia en formular preguntas como las que debería hacerle; pero quizás, en interés de Mr. Armadale, debería averiguar algo más de usted, ya sea de sus propíos labios o de los de Mr. Pedgift, si lo prefiere...

 Ahora fue él quien se interrumpió confuso, miró el informe y no dijo más.

 Hubo otro momento de silencio. La noche era cálida y Mr. Bashwood, entre otras desgracias, tenía el lamentable defecto de sudarle las manos. Sacó del bolsillo un pequeño pañuelo de algodón, hizo con él una bola y lo pasó delicadamente de una mano a otra con la regularidad o un péndulo. Realizada por otra persona y en otras circunstancias, esta acción hubiese podido parecer ridícula. Llevada a cabo por este hombre en el momento crítico de la entrevista, resultaba horrible.

 -El tiempo de Mr. Pedgift es demasiado valioso, señor, para que lo pierda por mi culpa -dijo-. Seré yo quien le transmita lo que debe saber, si usted me lo permite. Fui desgraciado en mi vida familiar. Ésta fue muy dura para mí, aunque no haya gran cosa que contar. Mi esposa...-Apretó con fuerza el pañuelo en una mano, se humedeció los labios resecos, hizo un esfuerzo y prosiguió-: Mi esposa, señor, fue un obstáculo en mi camino, me indispuso (lamento tener que confesarlo) con Sir John. Poco después de que yo consiguiese el cargo de administrador, ella contrajo..., adquirió..., cayó (no sé cómo decirlo) en el vicio de la bebida. Yo no podía quitárselo ni podía ocultarlo constantemente al conocimiento de Sir John. Fue de mal en peor y, un par de veces, puso a prueba la paciencia de Sir John cuando éste vino a mi oficina por cuestiones de negocios. El lo excusó; no muy amablemente, pero lo excusó. No tengo queja alguna de Sir John, y... tampoco la tengo ahora de mi esposa. -Señaló con un dedo tembloroso el crespón negro que envolvía su pobre sombrero de castor que había dejado en el suelo-. Llevo luto por ella -anunció, débilmente-. Murió hace poco menos de un año en el manicomio del condado. -Su boca inició unos movimientos convulsivos. El hombre tomó el vaso de vino y, en vez de sorber, esta vez lo apuró de un trago-. No estoy muy acostumbrado al vino, señor -dijo, por lo visto consciente del rubor que le teñía las mejillas al beber y sin olvidar las normas de la cortesía en medio de la aflicción que le producían los recuerdos que acababa de evocar.

 -Le ruego, Mr. Bashwood, que no se entristezca contándome más cosas -dijo Midwinter, rehusando insistir en unas revelaciones que habían puesto ya al desnudo las penas del desgraciado administrador.

 Se lo agradezco mucho, señor -le respondió Mr. Bashwood-. Pero si no lo entretengo demasiado, recuerde que tengo instrucciones muy particulares de Mr. Pedgift... Además, sólo mencioné a mi difunta esposa porque si ella no hubiese abusado de la paciencia de Sir John, las cosas habrían podido ser muy diferentes... -Se  (p.125) interrumpió, dejando inconcluso el incoherente párrafo en el que se había enredado, y ensayó otro derrotero-. Sólo tuve dos hijos, señor -continuó, pasando a un nuevo punto de su narración-, un chico y una chica. La niña murió cuando era aún muy pequeña. Mi hijo vivió y creció, y él fue la causa de que perdiese mi puesto. Hice cuanto pude por él, le conseguí trabajo en una oficina respetable de Londres. Pero no quisieron aceptarlo sin una garantía. Creo que cometí una imprudencia, pero no tenía amigos ricos a quienes recurrir... y yo mismo me constituí en aval. Mi hijo se descarrió, señor. Él..., espero que me comprenderá, señor, si le digo que se comportó de un modo poco honrado. Sus patronos se avinieron, a petición mía, a despedirlo sin demandarlo ante la ley. Se lo supliqué encarecidamente, pues quería mucho a mi hijo James; me lo llevé a casa e hice todo lo posible por reformarlo. Pero él no quiso quedarse conmigo, volvió de nuevo a Londres y... ¡Discúlpeme, señor! Temo que estoy confundiendo las cosas, temo que me estoy apartando de la cuestión...

 -No, no -lo tranquilizó amablemente Midwinter-. Si cree usted que debe contarme esta triste historia, hágalo a su manera. ¿Ha vuelto a ver a su hijo desde que lo abandonó para marcharse a Londres?

 -No, señor. Que yo sepa, todavía sigue allí. La última vez que tuve noticias de él, se estaba ganando el pan... no muy honradamente. Estaba empleado, a las órdenes del inspector, en la agencia de detectives privados de Shadyside Place.

 Dijo estas palabras (al parecer las más irrelevantes que había pronunciado en relación con su historia, dado el estado de las cosas, pero en realidad, según pronto demostrarían los acontecimientos, las de más vital importancia que habían brotado de sus labios) con aire distraído, mirando confuso alrededor y tratando en vano de encontrar el hilo de la narración.

 Midwinter, siempre compasivo, lo ayudó.

 -Me estaba usted diciendo que su hijo fue la causa que perdiese su puesto. ¿Cómo ocurrió?

 -Ocurrió de esta manera, señor -continuo Bashwood, volviendo muy excitado a la historia-. Sus paronos consintieron en dejarlo marchar, pero se echaron sobre su avalador, o sea, sobre mí. Supongo que no debo culparlos por ello, la fianza era para cubrir sus pérdidas. Yo  (p.126) podía pagarlo todo con mis ahorros y tuve que pedir dinero prestado; le doy mi palabra, señor, de que no tenía otra alternativa: tuve que pedir dinero prestado. Mi acreedor me apremió, parecía cruel, pero supongo que estaba en su derecho al exigir el dinero. Me embargaron cuanto tenía. Supongo que cualquier caballero habría dicho lo mismo que Sir John, supongo que la mayoría de las personas se habrían negado a tener un administrador perseguido por los alguaciles y cuyos muebles se vendían en subasta. Este fue el final, Mr. Midwinter. No lo entretendré más: aquí está la dirección de Sir John por si desea usted confirmar lo que acabo de contarle.

 Midwinter rehusó generosamente la dirección.

 Muchísimas gracias, señor -dijo Mr. Bashwood, al tiempo que se ponía temblorosamente en pie-. Creo que no tengo que decirle nada más, salvo... salvo que Mr. Pedgift responderá de mí, sí desea usted interrogarlo acerca de mi conducta a su servicio. Estoy muy agradecido a Mr. Pedgift, a veces es un poco rudo conmigo, pero si no me hubiese aceptado en su oficina, creo que habría ido a parar al asilo cuando dejé de trabajar para Sir John, tan arruinado estaba. -Cogió del suelo su viejo y raído sombrero-. No lo molestaré más, señor. Con mucho gusto volveré otro día, si desea usted tomarse tiempo para pensarlo antes de decidir.

 -No necesito reflexionar, después de lo que usted me ha dicho -respondió amablemente Midwinter, que recordó aquella ocasión en que él contó su historia a Mr. Brock y espero una palabra generosa como respuesta igual que la esperaba ahora el hombre que tenía ante él-. Hoy es sábado -prosiguió-. ¿Puede usted venir y darme su primera lección el lunes por la mañana? Perdone -añadió para atajar las profusas expresiones de agradecimiento de Mr. Baswood y detenerlo antes de que saliese de la habitación-, pero queda un detalIe por resolver, ¿no es cierto? Todavía no hemos hablado de su interés en este asunto, quiero decir de sus condiciones.

 Se había referido de un modo un tanto confuso al aspecto monetario del asunto. Mr. Bashwood (que cada vez se acercaba más a la puerta) respondió en términos más confusos.

 -Lo que usted diga, señor, lo que usted considere justo. No lo entretendré más, dejaré esta cuestión a criterio de usted y de Mr. Armadale.

 -Si usted quiere, enviaré a buscar a Mr. Armadale -dijo Midwinter, que lo siguió hasta el vestíbulo-. Pero temo que tiene tan poca experiencia como yo en esta clase de asuntos. Quizá, si no tiene usted inconveniente, podríamos seguir las indicaciones de Mr. Pedgift.

 Mr. Bashwood aceptó al instante esta sugerencia respondió, ya desde la puerta:

 -Sí, señor... ¡Oh, sí, sí! Nadie mejor que Mr. Pedgift No... no moleste a Mr. Armadale, se lo ruego. -Sus ojos acuosos parecieron nerviosamente alarmados cuando se volvió un momento, a la luz de la lámpara del vestíbulo, para hacer aquel cortés requerimiento. Si enviar a buscara Allan hubiese sido equivalente a desencadenar un feroz perro guardián, difícilmente se habría mostrado Mr. Bashwood más ansioso de impedirlo-. Le deseo muy buenas noches, señor -siguió diciendo al acercarse a la escalinata-. Le estoy muy agradecido y el lunes por la mañana seré escrupulosamente puntual. Espero..., pienso... estoy seguro de que pronto aprenderá todo lo que pueda en señarle. No es difícil..., ¡oh, no...!, no es difícil en absoluto. Le deseo buenas noches, señor. Hace una noche hermosa, sí, ciertamente muy hermosa para ir andando hasta casa.

 Después de pronunciar atropelladamente estas palabras y sin advertir la mano que le tendía Midwinter, tan aturrullado estaba al despedirse, bajó sin ruido los peldaños y se perdió en la oscuridad de la noche.

 Cuando Midwinter se volvió para entrar de nuevo en la casa, se abrió la puerta del comedor y su amigo se unió con él en el vestíbulo

 -¿Se ha marchado Mr. Bashwood? -le pregutó Allan.

 -Se ha marchado -respondió Midwinter- después de contarme una historia muy triste y de dejarme un poco avergonzado por haber dudado de él sin una causa justa. Hemos convenido en que me dará mi primera lección como administrador el lunes por la mañana.

 Muy bien -dijo Allan-. No debes temer, viejo amigo, que interrumpa tus estudios. Es posible que me equivoque, pero no me gusta Mr. Bashwood.

 Lo estás -replicó el otro con cierto mal humor.

 El domingo por la mañana, Midwinter estaba en el parque, esperando que pasara el cartero, por si traía más noticias de Mr. Brock. A la hora habitual, el hombre hizo su aparición y dejó la esperada carta en manos de Midwinter. Éste la abrió y, sin temor a que le observasen esta vez, leyó las siguientes líneas:

 «Mi querido Midwinter: Le escribo más para calmar su impaciencia que porque tenga algo definitivo que decirle. En mi última carta, escrita a vuelapluma, no tuve tiempo de decirle que la mayor de las dos mujeres con quienes me tropecé en los jardines me había seguido y me había abordado en la calle. Creo que puedo calificar lo que me dijo (sin mostrarme injusto con ella) como una sarta de falsedades desde el principio hasta el fin. En cualquier caso confirmó mi sospecha de que se está urdiendo algo en contra de Allan y de que la principal instigadora de la conspiración es aquella mujer ruin que contribuyó al matrimonio de su madre y que precipitó su muerte.

 Convencido de esto no he vacilado en hacer, en bien de Allan, lo que no habría hecho por nadie más en el mundo. He dejado mi hotel y me he instalado (con mi viejo criado Robert) en una casa que está enfrente de aquella donde localicé a las dos mujeres. Nos turnamos día y noche en la vigilancia (sin que lo adviertan, estoy seguro de ello, las vecinas  (p.127) de enfrente). Todos mis sentimientos de caballero y de clérigo se rebelan contra el papel que desempeño ahora, pero no hay alternativa. O violento de esta manera mi dignidad, o dejo que Allan, con su ingenuo carácter y en su vulnerable posición, se defienda solo contra una malvada que está dispuesta, lo creo firmemente, a aprovecharse sin el menor escrúpulo de sus flaquezas y de su juventud. El ruego de su madre moribunda no se ha apartado nunca de mi memoria y, como consecuencia, estoy dispuesto a degradarme a mis propios ojos.

 Mi sacrificio ha tenido ya alguna recompensa. Hoy (sábado) he obtenido una enorme ventaja: he visto al fin la cara de la mujer. Ésta salió de casa con el velo bajado como siempre y Robert no la perdió de vista, con instrucciones mías de que, si volvía, no la siguiese hasta la puerta. Ella volvió a la casa y mi precaución dio por resultado, como había esperado, que bajase la guardia. Le vi la cara descubierta en la ventana y después en el balcón. Si tengo ocasión de describirla con más detalle, se lo comunicaré. De momento sólo puedo decir que parece una mujer madura (de unos treinta y cinco años) tal como usted había calculado y que en modo alguno es tan hermosa como yo (sin saber por qué) había presumido.

 Esto es cuanto puedo decirle. Si no ocurre nada más el lunes o el martes próximos, no tendré más remedio que pedir ayuda a mis abogados, aunque soy reacio a confiar este delicado y peligroso asunto a otras manos que no sean las mías. Sin embargo, dejando aparte mis propios sentimientos, el asunto que me ha traído a Londres es demasiado importante para jugar mucho tiempo con él, como estoy haciendo ahora. En cualquier caso, tenga la seguridad de que lo tendré informado del curso de los acontecimientos.

 Suyo afectísimo,

 Decimus Brock.»

 Midwinter se guardó la misiva en la cartera, como había guardado la anterior, junto a la narración del sueño Allan.

 «¿Cuántos días más? -se preguntó, mientras volvía a la casa-. ¿Cuántos días más?»

 No muchos. El tiempo que esperaba estaba casi al alcance de su mano.

 Llegó el lunes, y con él Mr. Bashwood, puntualmente a la hora convenida. Allan estaba entregado a sus preparativos para el picnic. Sostuvo una serie de entrevistas, en casa y fuera de ella, durante todo el día. Negoció con Mrs. Gripper, con el mayordomo y con el cochero, en sus resectivas funciones de encargados de la comida, de la bebida y del transporte. Acudió a la población para consultar con sus asesores profesionales sobre el tema de los Broads y para invitar a los dos abogados, padre e hijo (a falta de otras personas de la vecindad dispuestas a aceptar), a participar en la excursión. Pedgift padre (en su oficina) le suministró información general, pero le pidió que lo excusase de acompañarlo, debido a compromisos de su oficio. Pedgift hijo (en su departamento) añadió todos los detalles y, haciendo caso omiso de los compromisos de su oficio, aceptó la invitación de buena gana. Cuando volvía del despacho del abogado, dirigióse Allan a la casa del comandante y obtuvo la aprobación de Miss Milroy del lugar elegido para la excursión. Conseguido este objetivo, regresó a su propia casa para vencer la última dificultad conque debía enfrentarse: persuadir a Midwinter de que participase en la expedición a los Broads.

 Al abordar el tema, Allan encontró a su amigo absolutamente resuelto a permanecer en casa. Probablemente habría podido vencer el rechazo natural de Midwinter a encontrarse con el comandante y con su hija después de lo acaecido en la casa de éstos, pero su determinación de no interrumpir las clases que debía impartirle Mr. Bashwood resistió todos los esfuerzos por disuadirlo. Después de ejercer su influencia hasta el máximo, Allan tuvo que contentarse con una transacción. Midwinter le prometió, a regañadientes, reunirse con el grupo al atardecer, en un lugar convenido, para un té al aire libre que debía poner fin a las celebraciones del día. Era todo lo que estaba dispuesto a hacer para aprovechar la oportunidad de congraciarse con los Milroy. No cedería en nada más, a pesar de las dotes de persuasión de Allan, y habría sido inútil insistir.

 Llegó el día del pícnic. La espléndida mañana y el alegre bullicio de los preparativos de la expedición no bastaron para tentar a Midwinter a alterar su resolución. Puntualmente, se levantó de la mesa del desayuno para ir a reunirse con Mr. Bashwood en el despacho del administrador. Allí, en la parte trasera de la casa, se encerraron tranquilamente los dos para examinar los libros mientras en la parte de delante se empaquetaban las cosas para la excursión. El joven Pedgift (bajo de estatura, elegante en el vestir y seguro en sus modales) llegó poco antes de la hora señalada para la partida, para revisar todos los planes y hacer las últimas sugerencias, dado su conocimiento del lugar. Allan y él estaban todavía comentando los detalles cuando surgió el primer contratiempo. Alguien informó a Allan que la criada del cottage estaba abajo y esperaba respuesta a la nota que su joven ama le enviaba.

 Por lo visto, las emociones de Miss Milroy habían ganado en esta ocasión a su sentido de la discreción. El tono de la carta era febril y la letra se torcía arriba y abajo, con deplorable olvido del debido comedimiento.

 «¡Oh, qué desgracia, Mr. Armadale! -escribía la hija del comandante-. ¿Qué vamos a hacer? Papá ha recibido esta mañana una carta de la abuelita con referencia a la nueva institutriz. Le dieron todos los informes que pidió y la persona en cuestión está dispuesta a venir inmediatamente. La abuelita pensó (¡qué fastidio!) que cuanto antes viniese, tanto mejor sería, y dice que podemos  (p.128) esperar su llegada (quiero decir de la institutriz) hoy mismo o mañana. Papá (tan absurdamente considerado con todo el mundo) dice que no podemos permitir que Miss Gwilt llegue aquí (si es que llega hoy) y no encuentre a nadie en casa para recibirla. ¿Qué podemos hacer? ¡Lloraría de rabia! Aunque la abuelita dice que es una persona encantadora, Miss Gwilt me está causando una pésima impresión. ¿Puede usted sugerir algo, querido Mr. Armadale? Estoy segura de que papá cedería, si se le ocurriese alguna idea. Contésteme enseguida. Me compré un sombre nuevo para el picnic y, ¡oh!, es terrible no saber si puedo seguir con él o tengo que quitármelo.

 Suya afectísima,

 E.M.

 -¡Que el diablo se lleve a Miss Gwilt! -exclamó Allan mientras observaba, consternado e impotente, a su asesor jurídico.

 -Le aseguro que no quisiera pecar de indiscreto, señor- intervino el joven Pedgift-, pero ¿puedo preguntarle de qué se trata?

 Allan se lo dijo. Mr. Pedgift, hijo, podía tener sus defectos, pero la falta de recursos no era uno de ellos.

 -Hay una manera de resolver el problema, Mr. Armadale -propuso-. Si la institutriz llega hoy, podría asistir también al picnic.

 Allan abrió mucho los ojos, asombrado.

 -Nuestro pequeño grupo no necesita todos los caballos y los carruajes de Thorpe-Ambrose -prosiguió el joven Pedgift-. ¡Claro que no! Muy bien. Si Miss Gwilt llega hoy, no podrá estar aquí antes de las cinco. Bien. Ordene usted que un carruaje descubierto espere a partir de aquella hora frente a la puerta de la casa del comandante y yo daré al cochero las instrucciones pertinentes acerca del lugar adonde debe ir. Cuando llegue la institutriz al cottage, debe encontrar también una notita de disculpa (junto con el pollo frío o el refrigerio que le den para reponerse del viaje), donde se le rogará que se reúna con nosotros en el picnic. Pondremos un carruaje a su disposición. Bueno, señor -terminó alegremente el joven Pedgift-, tendría que ser muy susceptible si se creyera desdeñada después de esto.

 -¡Magnífico! -exclamó Allan-. Se le tendrán todas las atenciones. Le prestaré el tílburi, el poney y las guarniciones blancas y podrá conducir ella misma, si le apetece. Escribió unas líneas para calmar las aprensiones de Miss Milroy y dio las órdenes necesarias para que preparasen el tílburi. Diez minutos más tarde, los carruajes del grupo estaban ante la puerta.

 Después de habernos tomado todas estas molestias por ella -dijo Allan, refiriéndose de nuevo a la institutriz cuando salía de la casa-, me pregunto si la veremos en el pícnic, en el caso de que llegue hoy.

 -Esto dependerá enteramente de su edad, señor -observó el joven Pedgift, quien pronunció su juicio con la confianza en sí mismo que lo distinguía-. Si es vieja, estará rendida después del viaje y se contentará con comer pollo frío en el cottage. Si es joven, o yo no conozco a las mujeres, o el poney y las guarniciones blancas la traerán al picnic. Acto seguido emprendieron la marcha hacia la casita del comandante.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO VIII

LOS BROADS DE NORFOLK

 El grupito que se hallaba reunido en el salón del comandante Milroy, esperando los carruajes de Thorpe-Ambrose, difícilmente habría causado la impresión a cualquier observador ocasional de unos invitados a un picnic. A juzgar por su aspecto exterior, su seriedad habría sido más propia de un grupo reunido con la expectativa de una boda.

 Incluso Miss Milroy, aunque consciente de su atractivo, realzado por un elegante vestido de muselina y por el sombrero nuevo adornado con plumas, parecía preocupada en aquel crítico momento. Aunque la nota de Allan le había asegurado, en términos rotundos, que el gran problema de conciliar la llegada de la institutriz con la celebración del pícnic estaba resuelto, continuaba dudando de que el plan proyectado -fuera el que fuese- mereciera la probación de su padre. En pocas palabras, Miss Milroy no estaría segura de pasar un día placentero hasta que llegase el carruaje y se la llevase de la casa. En cuanto al comandante, ataviado para la festiva ocasión con una ceñida levita azul que no había llevado desde hacía muchos años y amenazado por todo un día de separación de su viejo amigo y camarada, el reloj, estaba totalmente fuera de su elemento. En lo tocante a los amigos que habían sido invitados a petición de Allan -la dama viuda (Mrs. Pente cost) y su hijo delicado de salud (reverendo Samuel)-habría sido imposible descubrir en toda Inglaterra dos personas aparentemente menos capaces de contribuir a que el día fuese divertido. Un joven que representa su papel en sociedad contemplando el mundo a través de una gafas verdes y escuchando con una sonrisa enfermiza en los labios puede ser un prodigio de inteligencia y un tesoro de virtud, pero no parece el hombre más adecuado para un pícnic. Una anciana aquejada de sordera, que centra en su hijo todo su interés y que (en las por fortuna raras ocasiones en que abre los labios) pregunta ansiosamente a todo el mundo «¿Qué ha dicho mi hijo?», puede ser digna de compasión por sus dolencias y de admiración por su amor maternal, pero no la persona más idónea para llevar a un pícnic, en caso de poder evitarlo. Así eran el reverendo Samuel y su señora madre, quienes, a falta de otros posibles invitados, se habían comprometido a comer, beber y estar alegres durante todo el día, en la fiesta de Mr. Armadale en los Broads de Norfolk.

 La llegada de Allan con su fiel seguidor, el joven Pedgift, pisándole los talones, avivó el ánimo decaído del grupo del cottage. El plan para que la institutriz pudiese asistir al pícnic si llegaba aquel día satisfizo incluso al comandante Milroy, ansioso de prestar  (p.129) todas las debidas atenciones a la dama que habría de compartir su casa. Después de escribir la nota de disculpa y de invitación, y de dirigirla con su mejor caligrafía a la nueva institutriz, Miss Milroy subió corriendo la escalera para despedirse de su madre y regresó, con cara sonriente y una mirada de alivio dirigida a su padre, para anunciar que nada retenía ya al grupo dentro de la casa. Todos dirigieron inmediatamente sus pasos a la puerta del jardín, donde tropezarron con la segunda gran dificultad del día. ¿Cómo tenían que distribuirse las seis personas que participaban en la excursión entre los dos coches descubiertos que las estaban esperando?

 Una vez más, el joven Pedgift hizo gala de su valioso ingenío. El culto joven poseía en grado sumo un don más o menos peculiar de todos los jóvenes de la era en que vivimos: era perfectamente capaz de divertirse sin olvidar su ocio. Un cliente como el dueño de Thorpe-Ambrose raras veces estaba al alcance de su padre y prestar una atención especial pero disimulada a Allan durante todo el día era la tarea que el joven Pedgift se impondría desde el principio hasta el fin de la excursión, sin privarse por ello de la animación y la diversión del pícnic. Había detectado inmediatamente lo que ocurría entre Miss Milroy y Allan, y al instante había favorecido las inclinaciones de su cliente en aquel asunto, al ofrecerse, dado su conocimiento del lugar, para abrir la marcha en el primer carruaje después de preguntar al comandante Milroy y al cura si le harían el honor de acompañarlo.

 -Pasaremos por un lugar muy interesante para un militar, señor -anunció el joven Pedgift, dirigiéndose al comandante con su alegre y descarada confianza-. Allí están los restos de un campamento romano. Mi padre, señor -prosiguió el joven abogado, volviéndose hacia el sacerdote-, me dijo que le pidiese su opinión sobre los nuevos edificios de la escuela infantil de Little Gill Beck, a cuya construcción contribuye. ¿Tendrá usted la bondad de dármela cuando pasemos por allí?

 Abrió la portezuela del carruaje y ayudó al comandante y al cura a subir, antes de que ninguno de los dos pudiese plantear algún reparo. Consecuencia necesaria de ello fue que Allan y Miss Milroy viajaron en el mismo carruaje, en compañía de una anciana sorda,  (p.130) para que las atenciones del hacendado no rebasaran los límites de la decencia.

 Nunca había disfrutado Allan de una conversación con Miss Milroy como la que mantuvieron en el camino hacia los Broads. La buena señora, después de un par de comentarios sobre su hijo, hizo lo único que faltaba para la completa felicidad de sus dos jóvenes acompañantes: se quedó convenientemente ciega, además de sorda. Un cuarto de hora después de haber salido el carruaje de la casa del comandante, la pobre anciana, descansando sob los cómodos cojines y acariciada por una tenue brisa de verano, se quedó apaciblemente dormida. Allan galanteó -Miss Milroy y ella aprobó la forma en que él le presentaba este precioso artículo de relación humana, ambos indiferentes a la solemne música de fondo de dos notas que tocaba la confiada nariz de la madre del cura. Las únicas interrupciones del cortejo (los ronquidos, de naturaleza más grave y permanente, no se veían interrumpidos por nada) venían de vez en cuando del carruaje de delante. No satisfecho con mostrar el campamento romano al comandante y la escuela infantil al pastor, el joven Pedgift se levantaba en alguna ocasión de su asiento para dirigirse al vehículo de atrás y llamar la atención de Allan, con su aguda voz de tenor y una excelente elección de las palabras, sobre los objetos interesantes ante los que pasaban. La única manera de hacerlo callar era responderle, lo cual Allan hacía invariablemente gritándole: «Sí, muy hermoso.» Después de oír la respuesta, el joven Pedgift desaparecía de nuevo en su carruaje y continuaba con el tema de los romanos y de los niños en el punto donde lo había dejado.

 El escenario por donde discurría ahora el grupo merecía mucha más atención de la que le prestaban Allan y sus amigos.

 Al cabo de una hora de viaje, el joven Armadale y sus invitados habían llegado más allá de los límites del paseo solitario de Midwinter y estaban cada vez más cerca de uno de los más extraños y adorables espectáculos que ofrece la naturaleza, no sólo en Norfolk, sino en toda Inglaterra. Poco a poco, el aspecto del paisaje empezó a cambiar mientras los carruajes se acercaban al remoto y solitario distrito de los Broads. Los trigales y los campos de nabos se hicieron visiblemente más escasos y los verdes pastizales a ambos lados del camino se ensancharon mas y más, majestuosos y suaves. Montones de juncos secos y de cañas empezaron a aparecer a ambas orillas de la carretera, dejados allí para el cestero y el hombre que instalaba las bardas. Las viejas casas de campo de tejado en gablete de la primera parte del trayecto menguaron hasta desaparecer y chozas con paredes de adobe las sustituyeron. Junto a las antiguas torres de iglesia y los molinos de viento hidráulicos, que habían sido hasta entonces las únicas construcciones altas que se veían sobre el suelo llano y pantanoso, alzábanse en el horizonte, deslizándose lentas distantes detrás de las hileras de sauces desmochados, las velas de barcas invisibles sobre aguas invisibles. Todas las extrañas y sorprendentes anomalías propias de una región agrícola de tierra adentro, aislada de otras zonas por la intrincada red circundante de estanques y riachuelos, cuyas comunicaciones y transportes eran acuáticos en vez de terrestres, empezaron a manifestarse en sucesión creciente. Aparecieron redes sobre las estacadas de las casitas de campo; pequeños botes de quilla plana descansaban extrañamente entre las flores de los jardines de los cottages; pasaban hombres ataviados con prendas propias de la costa mezcladas con las del campo: gorros de marinero, botas de pescador y blusones de labrador. Sin embargo, el bajo laberinto acuático, encerrado en su misterio de soledad, seguía siendo un laberinto oculto. Un instante después los carruajes dejaron súbitamente la dura carretera y pasaron aun caminito herboso. Las ruedas giraron sin ruido sobre el suelo húmedo y esponjoso. Apareció una casita solitaria, rodeada de redes y de botes. Unos metros más allá, el último pedazo de tierra firme terminó de pronto en una caleta y un muelle. Un trecho más hasta el final del muelle y allí, extendiendo su gran sábana de agua brillante y lisa a brecha y a izquierda, pura en su inmaculado azul, tranquila como el cielo de verano en lo alto, estaba el primero de los Broads de Norfolk.

 Los carruajes se detuvieron, se acabó el galanteo y la venerable Mrs. Pentecost, quien recobró en el acto el uso de sus sentidos, fijó severamente la mirada en Allan en el momento de despertarse.

 Jer

 -Leo en su cara, Mr. Armadale -dijo vivamente la anciana- que usted piensa que estaba durmiendo.

 La conciencia de la propia culpa actúa de modo diferente en los dos sexos. En nueve casos de cada diez, la mujer maneja mucho mejor que el hombre esta conciencia. En esta ocasión, toda la confusión fue manifestada por el hombre. Mientras Allan enrojecía y parecía confuso, la astuta Miss Milroy abrazó inmediatamente a la anciana y, estalló en inocentes carcajadas.

 -Querida Mrs. Pentecost -dijo la pequeña hipócrita-, él es incapaz de una cosa tan ridícula como pensar que estaba usted durmiendo.

 -Sólo quiero -siguió diciendo la anciana, todavía recelosa- que Mr. Armadale sepa que, como me mareo con facilidad, tengo que cerrar los ojos cuando voy en coche. Cerrar los ojos, Mr. Armadale, es una cosa, y dormirse es otra muy distinta. ¿Dónde está mi hijo?

 El reverendo Samuel apareció silenciosamente junto a la portezuela del carruaje, con las gafas verdes y su sonrisa enfermiza en perfecto orden, y ayudó a su madre a apearse. («¿Has disfrutado del paseo, Sammy? -preguntó la dama-. Un hermoso paisaje, ¿verdad, querido?») El joven  (p.131) Pedgift, que tenía que cuidar de todos los preparativos para explorar los Broads, iba de un lado a otro, dando órdenes a los barqueros. El comandante Milroy, plácido y paciente, se había sentado aparte sobre una batea vuelta panza arriba y consultaba disimuladamente el reloj. ¿Era ya más del mediodía? Sí, más de la una. Por primera vez desde hacía un año, el famoso reloj había sonado en un taller vacío. El Tiempo había levantado su maravillosa guadaña y el cabo y sus hombres habían relevado la guardia sin que los ojos de su dueño hubiesen observado sus evoluciones y sin que la mano de éste los hubiese animado a portarse lo mejor posible. El comandante suspiró mientras se guardaba de nuevo el reloj en el bolsillo. «Me parece que soy demasiado viejo para estas cosas -pensó el buen hombre, mirando a su alrededor con aire soñador-. No encuentro que esto sea tan divertido para mí como había imaginado. Me pregunto cuándo vamos a embarcar. ¿Dónde está Neelie?»

 Neelie -más correctamente, Miss Milroy- esta detrás de uno de los carruajes, con el promotor del pícic. Estaban enfrascados en el interesante tema de sus nombres de pila y Allan estaba tan cerca de declararse como era posible para un irreflexivo y joven caballero de veintidós años.

 -Dígame la verdad -dijo Miss Milroy, con los ojos modestamente fijos en el suelo-. Cuando supo cómo me llamaba, no le gustó mi nombre, ¿verdad?

 -Me gusta todo lo suyo -respondió enérgicamente Allan-. Creo que Eleanor es un nombre hermoso; sin embargo, no sé por qué, me parece que el comandante lo mejoró al cambiarlo por Neelie.

 -Yo le diré por qué, Mr. Armadale -dijo gravemente la hija del comandante-. Hay en este mundo personas que tienen la desgracia de que sus nombres sean..., ¿cómo lo diría...?, que sus nombres sean inadecuados. El mío es inadecuado. No culpo de ello a mis padres, pues naturalmente era imposible que supiesen, cuando era pequeña, cómo sería de mayor. Pero en la actualidad, mi nombre no me sienta bien. Si usted oye hablar de una joven llamada Eleanor, se imagina una criatura alta, hermosa e interesante, ¡todo lo contrario de como soy yo! Con mi aspecto personal, Eleanor suena ridículo y Neelie, como usted mismo ha observado, es el nombre adecuado para mí. ¡No, no, no diga más! Estoy cansada de este tema. Otro nombre baila en mi cabeza, y, si hemos de hablar de nombres, es mucho mejor que hablemos de éste que del mío.

 Dirigió una mirada a su acompañante que decía con bastante claridad: «Este nombre es el suyo.» Allan se acerco un poco más a ella y bajó la voz (sin la menor necesidad, hasta convertirla en un misterioso murmullo. Miss Milroy volvió inmediatamente a investigar el suelo. Lo miro con tanto interés que un geólogo habría sospechado que estaba científicamente enamorada de aquellos estratos superficiales.

 -¿En qué nombre está pensando? -preguntó Allan.

 Miss Milroy dirigió su respuesta, en forma de observación, a los estratos superficiales, y dejó que hiciesen lo quisieran con ella, en su calidad de conductores de sonido.

 Si hubiese nacido varón -dijo-, me habría gustado mucho que me hubiesen puesto Allan.

 Sintió los ojos del joven fijos en ella mientras hablaba y, volviendo la cabeza a un lado, centró su atención en la pintura del panel trasero del carruaje.

 -¡Un buen trabajo! -exclamó, súbitamente interesada en el vasto tema del barniz-. Me pregunto quién lo haría.

 El hombre insiste y la mujer cede. Allan se negó a pasar del galanteo a la decoración de los carruajes.

 -Llámeme por mi nombre, si tanto le gusta -murmuró, en tono persuasivo-. Llámeme Allan por una vez, sólo para probar.

 Ella vaciló, ruborizada y con una encantadora sonrisa, y sacudió la cabeza.

 -Todavía no podría hacerlo -respondió, suavemente.

 -¿Puedo yo llamarla Neelie? ¿O es demasiado pronto?

 Ella lo miró de nuevo, mientras sentía una súbita inquietud en el pecho y brillaba un repentino destello de ternura en sus oscuros ojos grises.

 -Usted debe saberlo -dijo débilmente, en un murmullo.

 Allan tenía en la punta de la lengua la inevitable respuesta, pero en el mismo instante en que abría los labios, la detestable voz de tenor del joven Pedgift, que llamaba a «Mr. Armadale», resonó alegremente en el aire tranquilo. En el mismo momento, las espeluznantes gafas del reverendo Samuel aparecieron inoportunamente al otro lado del carruaje, y la voz de la madre del pastor, que con gran destreza había asociado las ideas de la presencia del agua y de un súbito movimiento entre los del grupo, preguntó distraídamente si se había ahogado alguien. El sentimiento vuela y el amor se estremece ante las demostraciones ruidosas. Allan masculló una maldición y se reunió con el joven Pedgift. Miss Milroy suspiró y buscó refugio en su padre.

 -¡Lo he conseguido, Mr. Armadale! -gritó Pedgift alegremente a su cliente-. Podremos ir todos juntos, he logrado la barca más grande de los Broads. Los pequeños esquifes -añadió, en un tono más bajo, mientras se encaminaban a la escalera del muelle-, además de ser difíciles de manejar y muy inestables, no pueden llevar a más de dos personas con el barquero y el comandante me dijo que si debíamos ocupar embarcaciones distintas, él estaba obligado a ir con su hija. Pensé que esto no le convendría, señor -prosiguió el joven Pedgift, poniendo un énfasis respetuosamente malicioso en sus palabras-. Además, si hubiésemos tenido que meter a la anciana en un esquife, con su peso (cien kilos por lo menos), se habría pasado la mitad del rato en el agua, con las consiguientes dilaciones, y nos habría  (p.132) estropeado la fiesta. Ahí está nuestra barca, Mr. Armadale. ¿Qué le parece?

 La embarcación era uno más de los objetos extrañamente anómalos que aparecían en los Broads. Era nada menos que una vieja lancha de salvamento que pasaba sus últimos y decadentes años en las tranquilas aguas dulces, después de los tormentosos días de su juventud en las corrientes saladas y furiosas del mar. En el centro de la embarcación habían construido un pequeño camarote para uso de los cazadores de patos en la estación invernal y habían montado un mástil en la proa para navegar en los lagos. Allan dio unas palmadas de aprobación en el hombro de su fiel lugarteniente e incluso Mrs. Pentecost expresó, cuando todos estuvieron cómodamente instalados a bordo, una opinión relativamente favorable sobre las perspectivas de la excursión.

 -Si ocurre algo -comentó la anciana, dirigiéndose a todos en general-, tendremos al menos un consuelo: mi hijo sabe nadar.

 La barca salió de la caleta a las plácidas aguas del Broad, donde el paisaje se puso de manifiesto en toda su belleza.

 Cuando la barca llegó al centro del lago, las playas del norte y del oeste brillaron claras y bajas a la luz del sol, oscuramente flanqueadas en ciertos puntos por hileras de árboles enanos y salpicadas aquí y allá, en los espacios abiertos, de molinos de viento y casitas de adobe con techos de cañas. Hacia el sur, la gran sábana de agua se estrena gradualmente hasta llegar a un pequeño grupo de apretados islotes que cerraban el horizonte; hacia el este, una larga y ondulada línea de cañaverales seguía las sinuosidades del Broad e impedía la visión de los yermos acuosos que se extendían detrás. Tan claro y tan ligero era el aire de aquel día estival que la única nube en el cuadrante oriental del cielo era la de humo de un vapor que navegaba a una distancia de más de cinco kilómetros en el mar invisible. Cuando callaban las voces de los excursionistas, no se oía más ruido que el chapoteo del agua en la proa cuando los hombres empujaban suavemente la embarcación con unas largas pértigas sobre el agua poco profunda. El mundo y su bullicio parecían haber quedado atrás, en tierra firme; reinaba un silencio de encantamiento..., la deliciosa comunión de la pureza del cielo y la brillante tranquilidad del  (p.133) lago.

 Instalados con toda comodidad en la barca -el comandante y su hija a un lado, el clérigo y su madre al otro, y Allan y el joven Pedgift en medio-, los navegantes avanzaban suavemente en dirección a los islotes del final del Broad. Miss Milroy estaba arrobada; Allan, entusiasmado; y el comandante, por una vez, se había olvidado de su reloj.

 -Mire hacia atrás, Mr. Armadale -murmuró el joven Pedgift-. Creo que el pastor empieza a divertirse.

 Una extraña animación -que amenazaba un inminente discurso- se manifestó en aquel momento en el talante del cura. Movió la cabeza de un lado a otro como un pájaro, carraspeó, cruzó las manos y miró con afectuoso interés a todos los presentes. En el caso de esta excelente persona, tal animación resultaba alarmante: hubiérase dicho que iba a subir al pulpito.

 -Incluso en este tranquilo escenario -comentó el reverendo Samuel, quien así contribuía por primera vez al acto social con una observación-, la mente cristiana, llevada por así decirlo de un extremo a otro, se ve obligada a recordar la naturaleza inestable de toda diversión mundana. ¿Qué pasaría, si no durase esta calma? ¿Qué pasaría si se alzase el viento y se agitasen las aguas?

 -No tiene que alarmarse por esto, señor -replicó el joven Pedgift-. Aquí, el mes de junio es espléndido... y usted sabe nadar.

 Mrs. Pentecost (sin duda hipnóticamente afectada por la proximidad de su hijo) abrió súbitamente los ojos y a preguntó, con su acostumbrada vehemencia:

 -¿Qué ha dicho mi hijo?

 El reverendo Samuel repitió sus palabras en el tono adecuado a la sordera de su madre. La anciana señora asintió con la cabeza en señal de aprobación y siguió el hilo del razonamiento de su hijo intercalando una cita.

 ¡Ah! -suspiró, con infinita satisfacción-. ¡Él rige los torbellinos, Sammy, y gobierna las tormentas!

 -¡Nobles palabras! -observó el reverendo Samuel-. ¡Nobles y consoladoras palabras!

 -Bueno -murmuró Allan-, si sigue mucho tiempo por este camino, ¿qué vamos a hacer?

 -Ya te dije, papá, que era peligroso invitarlos -añadió Miss Milroy, también en voz baja.

 -¡Querida! -la reprendió el comandante-. No conocemos a nadie más en la vecindad. Y como Mr. Armadale sugirió amablemente que trajésemos a nuestros amigos, ¿qué otra cosa podíamos hacer?

 -No podemos volcar la barca -observó el joven Pedgift con irónica gravedad-. Desgraciadamente, es una lancha de salvamento. ¿Puedo sugerir que metamos algo en la boca del reverendo caballero, Mr. Armadale? Son cerca de las tres. ¿Qué le parecería si tocásemos a rancho, señor?

 Nadie ha sido jamás más oportuno ni estuvo más en su sitio que Pedgift, hijo, durante aquella excursión. Al cabo de diez minutos, la barca se detuvo entre las cañas, desempaquetaron las provisiones que habían traído de Thorpe-Ambrose encima del techo del camarote y la elocuencia del pastor quedó atajada para el resto del día.

 ¡Qué importante en sus resultados morales -y por ende cuán estimable en sí mismo- es el acto de comer y de beber! Las virtudes sociales se centran en el estómago.

 El hombre que, después de comer, no es mejor marido, padre o hermano que antes, es, digestivamente hablando un vicioso incurable. ¡Cuántos encantos de carácter se manifiestan y cuántas amabilidades dormidas despiertan, cuando los humanos nos reunimos para segregar juntos nuestros jugos gástricos! Al abrirse las cestas de Thorpe-Ambrose, la dulce sociabilidad (fruto de la feliz unión de la civilización con Mrs. Gripper) cundió entre el grupo de navegantes y fundió en amistosa aleación los elementos discordantes que hasta entonces habían constituido el grupo en sí. Ahora, el reverendo Samuel, cuyas luces habían brillado hasta el momento por su ausencia, demostró que al menos sabía hacer algo: comer. El joven Pedgift brilló más que nunca en su humor cáustico y en su exquisita fertilidad de recursos. El hacendado y su encantadora invitada demostraron la triple conexión entre el champaña que anima, el amor que gana en atrevimiento y los ojos en cuyo vocabulario no existe la palabra «no». Los alegres viejos tiempos volvieron a la memoria del comandante y antiguos y alegres chistes que no había contado desde hacía años brotaron de sus labios. Mrs. Pentecost, despertando con toda la fuerza de su buen carácter maternal, agarró otro tenedor y movió incesantemente este útil instrumento entre los mejores pedazos de comida de todas las fuentes y el poco espacio todavía vacante en el plato del reverendo Samuel.

 -No se rían de mi hijo -gritó la anciana al observar el regocijo que su actuación despertaba en el grupo-. La culpa es mía. ¡Soy yo quien lo obliga a comer!

 Hay personas en el mundo que, al ver estas virtudes que se exhiben en la mesa como en ninguna otra parte, gozan sin embargo del glorioso privilegio de poder seguir comiendo a pesar de las pequeñas preocupaciones diurnas que la necesidad impone a la humanidad, como por ejemplo, llevar abrochado el chaleco o apretado el corsé. No confiéis a un monstruo de esta clase vuestros tiernos secretos, vuestros amores y rencores, vuestros miedos y esperanzas. Su corazón está dominado por el estómago y las virtudes sociales brillan por su ausencia en él.

 Las últimas horas plácidas del día y la primera brisa fresca del largo atardecer estival se encontraron antes de que se agotase el contenido de los platos y de que se vaciasen las botellas, como era de rigor. Alcanzado este punto de la fiesta, los componentes del grupo miraron perezosamente al joven Pedgift para saber qué iban a hacer. El inagotable artífice estuvo, como siempre, a la altura de lo que se pedía de él. Tenía preparada una nueva  (p.134) diversión antes de que el más impaciente de los reunidos pudiese preguntarle en qué consistiría.

 -¿Le gusta la música sobre el agua, Miss Milroy? -preguntó, con su aire más vivaz y amable.

 Miss Milroy adoraba la música, tanto sobre el agua como en tierra, salvo cuando ella misma practicaba el arte en su piano.

 -Primero saldremos del cañaveral -anunció el joven Pedgift. Dio instrucciones a los barqueros, se metió rápidamente en el pequeño camarote y reapareció con una concertina en la mano-. Es bonita, ¿verdad, Miss Milroy? -observó, al tiempo que señalaba sus iniciales de nácar incrustadas en el instrumento-. Yo me llamo Augustus, como mi padre, pero algunos de mis amigos suprimen la A y me llaman Gustus Júnior. Estas pequeñas bromas son frecuentes entre amigos, ¿no es cierto, Mr. Armadale? Yo canto un poco, acompañándome de mi instrumento, damas y caballeros, y si ustedes quieren, me sentiré orgulloso y feliz de hacerlo lo mejor que pueda.

 -¡Un momento! -gritó Mrs. Pentecost-. Me encanta la música.

 Después de esta enérgica declaración, la anciana abrió un enorme bolso de cuero del que no se separaba nunca y saco una anticuada trompetilla, algo intermedio entre un bugle y una trompa.

 -No suelo usar este aparato -explicó Mrs. Pentecost-! porque temo que aumente mi sordera. Pero no puedo ni quiero perderme la música. Me encanta. Si tú sostienes el otro extremo, Sammy, me lo introduciré en el oído. Neelie, querida, dile que puede empezar.

 El joven Pedgift era inmune a las vacilaciones nerviosas. Empezó inmediatamente, no con canciones ligeras y modernas, como cabía esperar de un aficionado de su edad y su carácter, sino con versos declamatorios y patrióticos adaptados a la fuerte y estridente música a que tan aficionado era el pueblo inglés a principios de siglo y que sigue entusiasmándolo siempre que lo oye. La muerte de Marmion, La batalla del Báltico, El golfo de Vizcaya, Nelson, bajo diferentes versiones vocales, como solía hacer el hoy difunto Braham: he aquí las canciones que entonaron juntos la ruidosa concertina y la estridente voz de tenor de Gustus Júnior.

 -Avísenme cuando se cansen, damas y caballeros -advirtió el abogado trovador-. No soy vanidoso. ¿Quieren, para variar, algo más sentimental? Podría continuar con El muérdago y ¡Pobre Mary Anne!

 Después de obsequiar a su público con estas dos alegres melodías, el joven Pedgift pidió respetuosamente a los demás que siguiesen su ejemplo vocal, aunque se ofreció a tocar «un acompañamiento» improvisado si el cantor tenía la bondad de darle el tono.

 -¡Que empiece alguien! -gritó ansiosamente Mrs. Pentecost-. Repito que me encanta la música. Queremos más, ¿no es verdad, Sammy?

 El reverendo Samuel no respondió. El desgraciado tenía sus razones (no exactamente en el pecho, sino un poco más abajo) para guardar silencio en medio de la hilaridad y el aplauso general. ¡Ay de los sentimientos humanitarios! Incluso el amor materno puede ser falible. Después de deber tanto a su excelente madre, el reverendo Samuel le debía en aquel momento, además, una fuerte indigestión. Sin embargo, nadie había advertido aún en el semblante del pastor los síntomas de su trastorno gástrico. Todos estaban ocupados en incitar a otros a cantar, Miss Milroy apeló al promotor de la fiesta.

 -Cante algo, Mister Armadale -lo animó-. ¡Ardo en deseos de oírlo!

 -Cuando haya empezado, señor -añadió el animoso Pedgift-, verá que cada vez le resulta más fácil. La música es una ciencia a la que hay que lanzarse de cabeza.

 -Lo haré con mucho gusto -convino Allan, con su acostumbrado buen humor-. Conozco muchas tonadas pero lo malo es que me olvido de la letra. No sé si podré recordar una de las melodías de Moore. Mi pobre madre solía enseñarme las melodías de Moore cuando era niño.

 -¿Qué melodías? -le preguntó Mrs. Pentecost-.

 ¿Las de Moore? ¡Ah! Me sé Tom Moore de memoria.

 En este caso, tal vez tendrá usted la gentileza de ayudarme, señora, si me falla la memoria -dijo Allan-. Si me lo permiten, elegiré la melodía más fácil de toda la colección. Todo el mundo la conoce: La casita de Eveleen.

 -Yo conozco, de un modo general, las melodías nacionales de Inglaterra, Escocia e Irlanda -apuntó el joven Pedgift-. Lo acompañaré, señor, con mucho gusto. Creo que es algo así. -Se sentó con las piernas cruzadas sobre el techo del camarote y atacó una complicada improvisación musical que sonaba muy bien al oído, una mezcla de florituras y gemidos instrumentales, una giga mitigada por una endecha y una endecha animada por una giga-. Es algo por este estilo -dijo el joven Pedgift, quien sonreía confiado como siempre-. ¡Empiece, señor!

 Mrs. Pentecost levantó la trompetilla y Allan levantó la voz.

 -«¡Oh, lamentad la hora en que a la casita de Eveleen...» -Se interrumpió, cesó el acompañamiento; el público esperó-. ¡Qué cosa más rara! -murmuró Allan-. Pensé que tenía el verso siguiente en la punta de la lengua y de pronto lo he olvidado. Si me lo permiten, empezaré de nuevo. «¡Oh, lamentad la hora en que a la casita de Eveleen...!»

 -«Acudió el señor del valle con falsas promesas» -apuntó Mrs. Pentecost.

 -Gracias, señora -dijo Allan-. Ahora todo irá sobre ruedas. «¡Oh, lamentad la hora en que a la casita de peleen acudió el señor del valle con falsas promesas! La luna brillaba esplendorosa...»

 ¡No! -exclamó Mrs. Pentecost.

 -Discúlpeme, señora -replicó Allan-. «La luna brillaba esplendorosa...»

 -La luna no brillaba -protestó Mrs. Pentecost.

 El joven Pedgift, previendo una discusión, prosiguió con el acompañamiento sotto voce, en interés de la armonía.

  (p.135) -Es la letra de Moore, señora -explico Allan-, según la copia de las melodías que tenía mi madre.

 -La copia de su madre estaba equivocada -proclamó Mrs. Pentecost- ¿No acabo de decirle que se me Tom moore de memoria?

 La pacificadora concertina del joven Pedgift continuó con sus fiorituras y sus gemidos, en clave menor.

 -Bueno, ¿qué hacía la luna? -pregunto, desesperado Allan.

 -Lo que tenía que hacer, señor, o Tom Moore no lo habría escrito -declaró Mrs. Pentecost-. «La luna ocultó su luz aquella noche y lloró detrás de las nubes por la vergüenza de la doncella.» Quisiera que ese joven dejase de tocar -añadió, desahogando su creciente irritación en Gustus Júnior-. Ya tengo bastante. Me cosquillea en los oídos.

 -Me halaga usted, señora -le replicó el descarado Pedgift-. Toda la ciencia de la música consiste en hacer cosquillas en los oídos.

 -Parece que nos hemos enzarzado en una discusión -observó plácidamente el comandante Milroy- ¿No sería mejor que Mr. Armadale continuase con su canción?

 -¡Continúe, M (p.136) delicado, comandante. Que alguien me sostenga la trompetilla y detengan la barca. Tome esta botella, Neelie, querida, y usted coja esta otra, Mr. Armadale, y dénmelas cuando se las pida. ¡Ah, yo sé lo que le pasa al pobrecillo! Falta de vigor aquí, comandante: frío, acidez y flojedad. Jengibre para darle calor, soda para contrarrestar el ácido y sales para reanimarlo. ¡Toma, Sammy! Bébelo antes de que se pose y después túmbate, querido, en esa perrera que llaman camarote. ¡Basta de música! -añadió Mrs. Pentecost, apuntando con un dedo al propietario de la concertina-. A menos que se trate de un himno. A esto no pondría ningún reparo.

 Como nadie parecía estar en condiciones de cantar un himno, el experto Pedgift echó mano de sus conocimientos locales y brindó una nueva idea. Bajo su dirección, la barca cambió inmediatamente de rumbo. A los pocos minutos, el grupo se encontró en la caleta de una isla en cuyo extremo se alzaba una casita solitaria y donde los tupidos cañaverales tapaban el paisaje a su alrededor.

 -¿Qué les parecería, damas y caballeros, si desembarcásemos y viésemos cómo es la casita de un cortador de cañas? -sugirió el joven Pedgift.

 -Desde luego, nos parece muy bien -respondió Allan-. Creo que nuestro ánimo ha decaído un poco con la indisposición de Mr. Pentecost... y con la bolsa de Mrs. Pentecost -añadió, al oído de Miss Milroy-. Un cambio como éste es lo que nos conviene para reanimarnos.

 Él y el joven Pedgift dieron la mano a Miss Milroy para ayudarla a bajar de la barca. La siguió el comandante. Mrs. Pentecost permaneció inmóvil como una esfinge egipcia, con la bolsa sobre las rodillas, montando la guardia para «Sammy» en el camarote.

 -Debemos continuar la fiesta, señor -explicó Allan quien ayudó al comandante a desembarcar-. Aún no estamos en la mitad de las diversiones del día.

 Su voz confirmó la entusiasta creencia en su propia predicción, pero Mrs. Pentecost lo oyó y sacudió siniestramente la cabeza.

 -¡Ah! -suspiró la madre del pastor-. Si tuviese usted tantos años como yo, mi joven caballero, ¡no estaría tan seguro de que el día fuese divertido!

 Así habló la cautela de la edad contra la imprudencia de la juventud. Sabido es que la opinión negativa tiene más probabilidades de prevalecer y, como consecuencia necesaria de ello, la filosofía de Mrs. Pentecost suele acertar. 

CAPÍTULO IX

¿DESTINO O CASUALIDAD?

 Eran casi las seis cuando Allan y sus amigos saltaron de la barca y empezaba ya a sentirse la influencia del anochecer, con su misterio y su silencio, sobre la acuosa soledad de los Broads.

 En aquellas regiones salvajes, la tierra cercana a la orilla no era como en otras zonas. Aunque parecía firme, el suelo de delante de la casita del cortador de cañas era inseguro, subía, bajaba y rezumaba, formando charcos bajo la presión de los pies. Los barqueros que guiaban a los visitantes les advirtieron que no debían apartarse del sendero y señalaron, entre los huecos de los cañaverales y los árboles desmochados, unos herbazales en los que se habrían aventurado confiadamente los forasteros y donde la corteza de tlerra no era lo bastante sólida para sostener el peso de un chiquillo sobre la insondable capa de limo y de agua que se extendía debajo. La casita solitaria, construida con tablas pintadas de negro, se alzaba sobre un terreno que había sido consolidado y reforzado con pilotes. Una torrecilla de madera se elevaba sobre un extremo del tejado y servía de atalaya durante la temporada de caza. Desde aquel puesto elevado, la vista abarcaba un amplio paisaje desolado de aguas sinuosas y marismas solitarias. Si el cortador de cañas hubiese perdido la barca, se habría encontrado tan aislado de pueblos y ciudades como si su morada hubiese sido una embarcación ligera en vez de una casa de campo. Ni él ni su familia se quejaban de la soledad, ni parecían más toscos o malhumorados por ello. La esposa recibió amablemente a los visitantes en una cómoda y pequeña habitación de techo inclinado y ventanas parecidas a las de los camarotes de los buques. Su padre contó historias de los famosos días cuando los contrabandistas llegaban de la costa por la noche, avanzando por la red fluvial con remos enfundados, y arrojaban sus barricas de licor al agua, lejos del alcance de los guardacostas. Los niños traviesos jugaron al escondite con los visitantes y éstos entraron y salieron de la casa y anduvieron por el pedazo de tierra firme sobre el que se levantaba ésta, sorprendidos y encantados por la novedad de cuanto veían. La única persona que advirtió que estaba anocheciendo -la única persona que pensó en el paso del tiempo y en los Pentecost recluidos en la barca- fue el joven Pedgift. El experimentado piloto de los Broads miró disimuladamente el reloj y, a la primera ocasión, se llevó a Allan aparte.

 -No quisiera darle prisa, Mr. Armadale -dijo-, pero se está haciendo tarde y hay que pensar en la dama.

 -¿La dama? -preguntó Allan.

 -Sí, señor -replicó el joven Pedgift-. Una dama de Londres, relacionada, si me permite usted que le refresque la memoria, con un tílburi y unas guarniciones blancas.

 -¡Dios mío, la institutriz! -exclamó Allan-. ¡Nos habíamos olvidado por completo de ella!

 -No se alarme, señor; tenemos tiempo de sobra si volvemos enseguida a la barca. Recordará usted que convinimos en tomar el té al aire libre en el siguiente Broad, en Hurle Mere.

 -Cierto -suspiró Allan-. Hurle Mere es el lugar donde mi amigo Midwinter prometió reunirse con nosotros.

 -Y la institutriz estará en Hurle Mere, señor, si su cochero sigue mis instrucciones -continuó el joven  (p.137) Pedgift-. Tendremos que navegar casi una hora por lo que aquí llaman estrechos para llegar a Hurle Mere, y según mis calculos tenemos que embarcar de nuevo dentro de cinco minutos si queremos llegar a tiempo de recibir a la institutriz y a Mr. Midwinter.

 No debemos dar un plantón a mi amigo -convino Allan ni a la institutriz, naturalmente. Se lo diré al comandante.

 En aquel momento, el comandante se disponía a subir a la torre de la casita para contemplar el paisaje. El siempre solícito Pedgift se ofreció a subir con él y darle las explicaciones necesarias en la mitad del tiempo que habría tardado el cortador de cañas en describir el lugar a un forastero.

 Allan se quedó de pie ante la casita, más silencioso y pensativo que de costumbre. Su conversación con el joven Pedgift le había recordado a su amigo por primera vez desde que había empezado la excursión.

 Le sorprendía que Midwinter, en quien tanto pensaba en cualquier ocasión, hubiese estado tanto tiempo ausente de sus pensamientos. Algo, una especie de remordimiento, lo turbaba ahora, al recordar al fiel amigo que se había quedado en casa trabajando con los libros del administrador, en su interés y por su bien. «Querido y viejo amigo -pensó-, me alegraré de verte en el Mere. ¡La fiesta no será completa hasta que nos reunamos!»

 -¿Acertaría o me equivocaría, Mr. Armadale, si apostase a que está pensando en alguien? -dijo suavemente una voz a su espalda.

 Allan se volvió y encontró a la hija del comandante a su lado. Miss Milroy (que no olvidaba cierta entrevista galante celebrada detrás de un carruaje) había advertido que su admirador estaba solo y pensativo, y había resuelto darle otra oportunidad mientras su padre y el joven Pedgift estaban en lo alto de la torre.

 -Usted lo sabe todo -sonrió Allan-. Efectivamente, estaba pensando en alguien.

 Miss Milroy le dirigió una mirada de aliento. ¡Sólo Una criatura humana podía estar en la mente de Mr. Armadale después de lo que había sucedido entre ellos por la mañana! Volver a tomar la conversación acerca de los nombres, interrumpida hacía unas pocas horas, sería una obra de caridad.

 -También yo he estado pensando en una persona -dijo, provocando y rechazando al mismo tiempo la inminente confesión-. Si le digo la primera letra del nombre de quien ocupa mis pensamientos, ¿me dirá la inicial del de usted?

 -Le diré todo lo que usted desee -respondió Allan

 entusiasmado.

 Ella, con coquetería, rehuyó un poco más el tema que deseaba abordar.

 -Primero, dígame usted su inicial -provocó, bajando la voz y desviando la mirada.

 Allan se echó a reír.

 -«M» es la inicial de la persona en quien estaba pensando.

 Ella se sorprendió un poco. Era extraño que pensase en su apellido y no en su nombre. Pero esto importaba poco, con tal de que pensase en ella.

 -¿Y cuál es su inicial? -preguntó Allan.

 Ella se ruborizó y sonrió.

 -«A», si quiere saberlo -respondió, en un tímido murmullo. Lo miró de nuevo y una vez más retrasó la satisfacción de la confesión que no tardaría en producirse-. ¿Cuántas sílabas tiene el nombre? -preguntó, al tiempo que trazaba unos dibujos en el suelo con la contera de su sombrilla.

 Ningún hombre con el mínimo conocimiento del sexo femenino habría sido lo bastante rudo, en la posición de Allan, para decirle la verdad. Pero Allan, que nada sabía del carácter de las mujeres y que era sincero incluso ei las situaciones más críticas, respondió como si hubiese estado declarando ante un tribunal.

 -Es un nombre de tres sílabas.

 Miss Milroy levantó la mirada y sus ojos centelleare»

 -¡Tres! -repitió, atónita.

 Allan era demasiado sincero para advertir, ni siquiera entonces, la señal de peligro.

 -Sé que no estoy muy fuerte en gramática -comentó riendo alegremente-, pero no creo equivocarme al afirmar que Midwinter es un nombre de tres sílabas. Estaba pensando en mi amigo..., pero lo que yo piense no tiene importancia. Dígame quién es «A», dígame en quién estaba pensando usted.

 -En la primera letra del alfabeto, Mr. Armadale, ¡y no voy a decirle nada más!

 Con esta aniquiladora respuesta, la hija del comandante levantó la sombrilla y se encaminó sola a la barca.

 Allan se quedó inmóvil de asombro. Si Miss Milroy le hubiese dado de puñetazos en las orejas (y no hay que negar que a ella le habría gustado hacerlo), difícilmente se habría sentido más pasmado que en aquel instante. «¿Qué diablos he hecho yo? -se preguntó, perplejo, mientras el comandante y el joven Pedgift se reunían con él y echaban a andar los tres juntos hacia la orilla-. Me pregunto qué me dirá ahora.»

 La joven no le dijo absolutamente nada, ni siquiera miró a Allan cuando éste se sentó en la barca. Permaneció en su sitio, con los ojos más brillantes y la tez más rubicunda que de costumbre, y se interesó vivamente en la recuperación del pastor, en el estado de ánimo de Mrs. Pentecost, en el joven Pedgift (a quien hizo ceremoniosamente sitio para que se sentase a su lado), en el paisaje y en la casa del cortador de cañas, en todo y en todos menos en Allan, con quien se habría casado encantada cinco minutos antes. «Nunca se lo perdonaré -pensaba la hija del comandante-. Estar pensando en aquel mal nacido desgraciado, mientras yo estaba pensando en él... ¡como a punto estuve de confesárselo! ¡Menos mal que está Mr. Pedgift en la barca!»

 En este estado de ánimo, a partir de aquel momento se dedicó a camelar a Pedgift y a fastidiar a Allan.

 -¡Oh, Mr. Pedgift, qué acertado ha estado usted, y que amable, al pensar en mostrarnos esa linda casita! ¿Dice que es solitaria, Mr. Armadale? Yo no lo creo en absoluto, me encantaría vivir allí. ¿Qué habría sido  (p.138) esta excursión sin usted, Mr. Pedgift? No puede imaginarse cuánto he disfrutado desde que subimos a la barca. ¿Frío, Mr. Armadale? ¿Cómo puede decir que hace frío? Es la tarde más cálida que hemos tenido este verano. ¡Y la música, Mr. Pedgift! ¡Qué buena idea tuvo al traer su concertina! Me pregunto si yo podría acompañarlo al piano. Me gustaría intentarlo. Oh, sí, Mr. Armadale, no dudo de que usted pretendió hacer también algo musical, y me atrevería a decir que canta muy bien cuando conoce la letra; pero, para ser sincera, nunca me han gustado y nunca me gustarán las melodías de Moore.

 Así, con despiadada destreza, manejó Miss Milroy el arma femenina más afilada, la lengua, y habría seguido usándola más tiempo si Allan hubiese mostrado los celos deseados o si Pedgift le hubiese dado el aliento requerido. Pero la ingrata fortuna había decretado que eligiese como víctimas a dos hombres esencialmente invulnerables en aquellas circunstancias. Allan ignoraba demasiado la sutilezas y susceptibilidades femeninas para comprender nada de todo aquello, salvo que la encantadora Neelie se había enfadado con él, tontamente y sin el menor motivo. El precavido Pedgift, como correspondía a un joven astuto de su generación, sólo aceptaba la influencia femenina cuando no perjudicaba sus propios intereses. Muchos jóvenes de otra generación anterior, sin ser tontos, lo habían sacrificado todo al amor. Pero, en la actualidad, ni uno solo entre diez mil, salvo los tontos, habría sacrificado medio penique. Las hijas de Eva siguen heredando las mismas virtudes y cometiendo los mismos pecados que sus madres. Pero los hijos de Adán, en estos últimos tiempos, son hombres que habrían rehusado la famosa manzana con una reverencia y un «No, gracias; podría meterme en un lío». Cuando Allan, sorprendido y contrariado, se dirigió hacia la proa de la embarcación para ponerse fuera del alcance de Miss Milroy, Pedgift se levantó y lo siguió. «Eres una chica muy linda -pensó el astuto y sensato joven-, pero un cliente es un cliente y lamento decirte, señorita, que esto no me conviene.» Inmediatamente se dispuso a animar a Allan y a desviar su atención hacia un nuevo tema. En otoño se celebrarían unas regatas en uno de los Broads y la opinión de  (p.139) su cliente como balandrista podría ser muy valiosa para el comité.

 -¿No sería algo nuevo para usted, señor, una regata en agua dulce? -preguntó en su tono más cortés. Allan se sintió inmediatamente interesado y respondió:

 -Completamente nuevo. ¡Hábleme de ello!

 En cuanto a los demás excursionistas, en el otro extremo de la barca, confirmaban claramente las dudas de Mrs. Pentecost de que el regocijo del pícnic fuese a durar todo el día. El sentimiento natural de irritación de la pobre Neelie, consecuencia del disgusto que le había causado la torpeza de Allan, se había convertido en silencioso y agudo resentimiento por su propia conciencia de humillación y de derrota. El comandante había vuelto a su actitud habitual, soñadora y ausente, su mente giraba con monotonía con los engranajes del reloj. El pastor seguía ocultando su indigestión al público en el refugio del camarote, y su madre, con una segunda dosis preparada para administrársela al instante, montaba guardia ante la puerta. Las mujeres de la edad y el carácter de Mrs. Pentecost suelen disfrutar con su propio mal humor. «¿Es esto lo que llaman un día divertido? -pensó la anciana, meneando la cabeza y con un suspiro de amarga satisfacción-. ¡Ay, qué tontos fuimos todos en abandonar nuestros cómodos hogares!»

 Mientras tanto, la barca se deslizaba suavemente por las sinuosidades del laberinto acuático que enlaza los dos Broads. La vista a ambos lados quedaba oculta por interminables hileras de cañas. No se oía un sonido cercano o lejano, ni podía verse en parte alguna un pedazo de tierra cultivada o habitada.

 -Un paraje un poco triste, Mr. Armadale -dijo el siempre animoso Pedgift-. Pero estamos ya saliendo de él. ¡Mire adelante, señor! Estamos en Hurle Mere.

 Los cañaverales retrocedieron a derecha e izquierda y la barca entró suavemente en el ancho círculo de un estanque. Alrededor del semicírculo más cercano, las sempiternas cañas seguían orlando la orilla. Alrededor del otro semicírculo apareció de nuevo la tierra; aquí, en onduladas y desoladas dunas; allá, elevándose en una amplia y herbosa orilla. En un lugar, el suelo estaba ocupado por una plantación, y en otro, por las dependencias de una casa solitaria de ladrillos rojos, con un camino que pasaba junto al muro del huerto y terminaba en el estanque. El sol declinaba en el claro cielo y el agua, donde no la alcanzaba el reflejo del astro, empezaba a parecer oscura y fría. La soledad apaciguadora y el silencio embrujado que había envuelto el otro Broad en la plenitud del día eran aquí una soledad triste y un silencio que daba frío en la quietud y la melancolía del ocaso.

 La barca cruzó el Mere con rumbo a una caleta de la ribera herbosa. Un par de botes de quilla plana, típicos de los Broads, yacían inmóviles allí, y los cortadores de cañas a quienes pertenecían, sorprendidos por la aparición de forasteros, salieron de detrás de un ángulo del viejo muro del huerto y los contemplaron en silencio. No se advertía ninguna otra señal de vida en parte alguna. Los cortadores de cañas no habían visto ningún tílburi, ningún otro forastero, varón o mujer, se había acercado a las orillas de Hurle Mere aquel día.

 El joven Pedgift consultó de nuevo el reloj y se dirigió a Miss Milroy.

 -Puede que vea o no vea a su institutriz cuando regrese a Thorpe-Ambrose -dijo-, pero dado lo avanzado de la hora estoy seguro de que no la verá aquí. Usted, Mr. Armadale -añadió mientras se volvía hacia Allan-, sabrá mejor que yo si puede confiar en que su amigo acuda a la cita.

 -Estoy seguro de que vendrá -respondió Allan, mirando a su alrededor y visiblemente contrariado por la ausencia de Midwinter.

 -Muy bien -continuó Pedgift, hijo-. Si encendemos el fuego para hacer el té en aquel descampado, su amigo podrá encontrarnos siguiendo el humo. Es el procedimiento que emplean los indios para orientar al hombre que se pierde en la pradera, Miss Milroy, y este terreno es tan salvaje que se parece a una pradera, ¿no es cierto?

 Hay algunas tentaciones (principalmente las pequeñas) que la capacidad defensiva de la naturaleza femenina humana no puede resistir. La tentación de emplear toda su influencia, como única dama joven del grupo, a fin de dar al traste con los preparativos de Allan para encontrarse con su amigo, fue demasiado fuerte para la hija del comandante. Se volvió al sonriente Pedgift con una mirada que hubiese debido confundirlo. Pero ¿quién puede confundir a un abogado?

 -Creo que es el lugar más solitario, triste y odioso que he visto en mi vida -murmuró Miss Neelie-. Si insiste usted en hacer el té aquí, Mr. Pedgift, yo no lo tomaré. ¡No! Me quedaré en la barca y, aunque me esté muriendo de sed, no beberé nada hasta que volvamos al otro Broad.

 El comandante abrió los labios para amonestarla. Pero, para infinito alivio de su hija, Mrs. Pentecost se levantó del asiento antes de que la joven pudiese pronunciar una palabra y, después de observar todo el paisaje y advertir que no se veía un vehículo en parte alguna, preguntó indignada si tendrían que seguir en sentido contrario todo el trayecto que habían hecho para volver al lugar donde habían dejado los carruajes en pleno día. Enterada de que esto era, en efecto lo proyectado, y de que dada la naturaleza del terreno los coches no habrían podido llegar a Hurle Mere sin tener que deshacer primero todo el camino hasta Thorpe-Ambrose, hablando en interés de su hijo, Mrs. Pentecost declaró inmediatamente que ningún poder de este mundo podría inducirla a aventurarse en el agua después de anochecido.

 -¡Que traigan una barca! -gritó la anciana, con gran indignación-. Donde hay agua, hay niebla por la noche, y donde hay niebla,  (p.140) mi hijo Samuel pilla un catarro. No me hablen de tomar té a la luz de la luna. ¡Están locos! ¡Eh! ¡Ustedes! -gritó Mrs. Pentecost a los dos silenciosos cortadores de cañas-. ¡Les daré seis peniques si nos llevan, a mí y a mi hijo, en una de sus barcas!

 Antes de que el joven Pedgift pudiese intervenir, el propio Allan resolvió la dificultad con perfecta paciencia y excelente humor.

 -Sería inconcebible, Mrs. Pentecost, que regresara usted en una barca diferente de la que la ha traído -dijo .

 No hay ninguna necesidad, ya que a usted y a Miss Milroy no les gusta el lugar, de que nadie desembarque, excepto yo. Yo debo ir a tierra. Mi amigo Midwinter nunca ha faltado a su palabra en lo que a mí respecta y no puedo marcharme de Hurle Mere mientras exista la posibilidad de que acuda a la cita. Pero esto no justificaría en modo alguno que me opusiese a sus deseos. El comandante y Mr. Pedgift cuidarán de ustedes y, si parten enseguida, podrán llegar a los carruajes antes de que haya caído la noche. Yo esperaré una hora más a mi amigo y después podré seguirlos en una de las barcas de los cortadores de cañas.

 -Es lo más sensato que ha dicho usted hoy, Mr. Armadale -observó Mrs. Pentecost, mientras se sentaba de nuevo resueltamente-. ¡Dígales que se den prisa! -gritó la anciana, señalando a los barqueros-. ¡Dígales que se den prisa!

 Allan impartió las instrucciones necesarias y saltó a tierra. El precavido Pedgift, resuelto a no soltar a su cliente, trató de seguirlo.

 -No podemos dejarlo solo aquí, señor -protestó ansiosamente en voz baja-. El comandante puede cuidar de las damas, permita que yo lo acompañe en el Mere.

 -¡No y no! -concluyó Allan, empujándolo hacia atrás-. Todos están muy desanimados a bordo. Si quiere complacerme, quédese donde está como un buen chico y procure que todo marche bien.

 Agitó la mano a modo de despedida y los hombres empujaron la barca para apartarla de la orilla. Los otros agitaron también las manos, salvo la hija del comandante, que permanecía apartada de los demás y con el rostro oculto bajo su sombrilla. Las lágrimas habían acudido copiosas a los ojos de Neelie. Su último sentimiento de enfado contra Allan se extinguió y su corazón voló hacia él, arrepentido, cuando el joven saltó de la barca. «¡Qué bueno es con todos nosotros! -pensó-. ¡Y qué mala soy yo!» Se levantó impulsada por la generosidad de su carácter, que la obligaba a disculparse. Se levantó, sin importarle las apariencias y miró con ojos ansiosos y enrojecido semblante al joven plantado solo en la orilla.

 -No tarde mucho, Mr. Armadale! -dijo, indiferente a lo que pudiese pensar de ella el resto del grupo.

 La barca se había alejado ya bastante en el lago y, a pesar de toda la resolución de Neelie, pronunció aquellas palabras con una voz tan débil que no llegaron a los oídos de Allan. El único sonido que éste oyó, cuando la barca llegó al lado opuesto del Mere y desapareció lentamente entre las cañas, fue el de la concertina. El infatigable Pedgift cumplía su cometido, evidentemente bajo los auspicios de Mrs. Pentecost, e interpretaba una melodía religiosa.

 Cuando se quedó solo, Allan encendió un puro y dio una vuelta por la playa. «¡Hubiese podido decirme una palabra de despedida! -pensó-. Lo he hecho todo con la mejor intención, le he dado a entender lo mucho que la aprecio, ¡y he aquí cómo me trata!» Se detuvo y contempló distraídamente el sol que se ponía en el horizonte y las aguas cada vez más oscuras del Mere. Alguna influencia inexcrutable del ambiente penetró a hurtadillas en su mente y desvió sus pensamientos de Miss Milroy a su amigo ausente. Se sobresaltó y miró a su alrededor.

 Los cortadores de cañas habían vuelto a su refugio detrás del ángulo del muro, no se veía criatura viviente ni se oía el menor ruido en la triste ribera. Incluso el ánimo de Allan empezó a decaer. El retraso de Midwinter era ya de una hora. El joven había resuelto ir caminando al estanque (con un mozo de Thorpe-Ambrose como guía), por senderos y veredas que abreviaban la distancia. El mozo conocía bien la zona y Midwinter solía ser puntual en sus citas. ¿Habría sucedido algo en Thorpe-Ambrose? ¿Habría ocurrido algún accidente en el camino? Resuelto a desvanecer sus dudas y a no permanecer ocioso, decidió caminar tierra adentro, alejándose del Mere, por si encontraba a su amigo. Dobló la esquina del muro y pidió a uno de los cortadores de cañas que le mostrase el camino de Thorpe-Ambrose.

 El hombre lo condujo lejos del camino principal y señalo un hueco apenas perceptible entre los árboles más lejanos de la plantación. Después de detenerse para echar otra mirada inútil a su alrededor, Allan volvió la espalda al Mere y se dirigió a los árboles.

 Durante un breve trecho, el sendero cruzaba recto la plantación. Después, viraba súbitamente y el agua y el descampado se perdieron de vista. Allan siguió resueltamem la herbosa vereda, sin ver ni oír nada hasta que llegó a otro recodo. Cuando se volvió en la nueva dirección, vio vanamente una figura humana sentada sola al pie de un árbol. Dos pasos más bastaron para que reconociese la figura.

 -¡Midwinter! -exclamó, asombrado-. ¡Éste no es el lugar donde debíamos encontrarnos! ¿Qué estás esperando aquí?

 Midwinter se levantó y no contestó. La pálida luz del crepúsculo, al filtrarse entre los árboles, no permitía distinguir su cara con claridad y hacía que su silencio fuese doblemente inquietante.

 Allan siguió interrogándolo con ansiedad.

 -¿Has venido solo hasta aquí? -le preguntó-. ¡Pensaba que te guiaría el mozo!

 Esta vez, Midwinter respondió.

 -Cuando llegamos a estos árboles le ordené  (p.141) que volviese a casa. Él me dijo que estaba ya muy cerca del lugar y que no podía perderme.

 -¿Y por qué te detuviste aquí cuando él se marchó? -insistió Allan-. ¿Por qué no seguiste andando?

 -No me desprecies -respondió el otro-, ¡pero no tuve valor!

 -¿Que no tuviste valor? -repitió Allan. Hubo una breve pausa-. ¡Oh, ya sé! -prosiguió mientras apoyaba alegremente una mano en el hombro de Midwinter-. Todavía te sientes avergonzado delante de los Milroy. Que tontería. Ya te dije que había hecho las paces en tu nombre con ellos.

 -No estaba pensando en tus amigos de la casita, Allan. La verdad es que hoy me siento muy raro. Me encuentro mal y estoy nervioso; cualquier detalle me sobresalta. -Se interrumpió y se encogió bajo el ansioso escrutinio de Allan-. Si quieres saberlo -declaró bruscamente-, he vuelto a experimentar el horror de aquella noche a bordo del barco encallado, siento una terrible opresión en la cabeza, el corazón se me encoge de un modo espantoso... Tengo miedo de que nos ocurra algo si no nos separamos antes de que acabe el día. No puedo faltar a la promesa que te hice, pero, por el amor de Dios, libérame de ella y déjame volver atrás.

 Allan conocía demasiado a Midwinter para saber que toda protesta sería inútil en aquel momento. Trató de seguirle la corriente.

 -Salgamos de este lugar oscuro y sofocante -propuso- y hablaremos de esto. El agua y el cielo despejado están a un tiro de piedra de nosotros. Odio el bosque al anochecer, incluso a mí me sobrecoge. Has trabajado demasiado con los libros del administrador. Ven y respira a pleno pulmón el aire libre.

 Midwinter hizo una pausa, reflexionó un momento y, de pronto, se rindió.

 -Tienes razón y yo estaba equivocado, como de costumbre. Estoy perdiendo el tiempo y te estoy inquietando sin motivo. ¡Qué tontería pedirte que me dejases volver atrás! ¿Qué habría pasado si hubieses aceptado?

 -¿Qué? -preguntó Allan.

 -¿Qué? -repitió Midwinter-. Algo habría hecho que me detuviese al dar el primer paso, esto es todo. Vamos.

 Caminaron juntos en silencio en dirección al Mere.

 En el último recodo del sendero, se apagó el puro de Allan. Cuando éste se detuvo para encenderlo de nuevo, Midwinter lo adelantó y fue el primero en ver el campo abierto.

 Allan  (p.142) acababa de apagar la cerilla, cuando, para su sorpresa, su amigo retrocedió y volvió a encontrarse con el en el recodo de la senda. En aquella parte de la plantación había luz suficiente para ver con más claridad. En el estante en que Midwinter se enfrentó con Allan, la cerilla cayó de la mano de éste.

 -¡Dios mío! -exclamó, echándose hacia atrás-. ¡Tienes el mismo aspecto que a bordo del barco encallado!

 Midwinter levantó una mano para pedirle silencio. Habló fijando los ojos enloquecidos en el semblante de Allan y acercando los pálidos labios al oído de éste.

 -Recuerdas el aspecto que tenía -respondió, en un murmullo-. ¿Recuerdas también lo que dije, cuando el médico y tú hablabais del sueño?

 -He olvidado el sueño -dijo Allan.

 Midwinter le asió la mano y lo condujo hasta la última revuelta del sendero.

 -¿Lo recuerdas ahora? -le preguntó, señalando el Mere.

 El sol se estaba ocultando en el cielo sin nubes de poniente. Las aguas del Mere estaban teñidas de rojo por los moribundos rayos. El campo abierto se extendía a ambos lados, tristemente oscurecido a derecha e izquierda. En la margen más próxima del estanque, donde antes todo había sido soledad, se erguía, de cara al sol poniente, la figura de una mujer.

 Los dos Armadale permanecieron juntos en silencio, observando la figura solitaria y el lúgubre panorama.

 Midwinter habló en primer lugar.

 -Lo has visto con tus propios ojos. Ahora mira tus propias palabras.

 Abrió el relato del sueño y lo sostuvo ante Allan. Señaló con un dedo las líneas que narraban la primera visión y, bajando cada vez más la voz, repitió las palabras:

 -«Tuve la impresión de haberme quedado solo en la oscuridad.

 Esperé.

 La oscuridad se disipó y tuve la visión, como en un cuadro, de un estanque grande y solitario, rodeado de un campo despejado. Encima de la orilla más alejada del estanque, vi el cielo sin nubes del oeste, enrojecido por el sol poniente. En la margen más próxima se alzaba la sombra de una mujer.»

 Calló y bajó la mano que sostenía el manuscrito la otra mano, señaló la figura solitaria, en pie, de espalda ellos y de cara al sol poniente.

 -Allí está la mujer viva, ¡en el lugar de la sombra!

 ¡Allí habla la primera advertencia que nos hizo tu sueño a los dos! Quiera Dios que el futuro nos encuentre todavía juntos... y que la segunda figura que se erguía en el lugar de sombra sea la mía.

 Incluso Allan enmudeció ante la terrible certidumbre con que hablaba su amigo.

 En la pausa que siguió, movióse la figura que estaba junto al estanque y se alejó lentamente de la orilla. Allan salió de detrás del último árbol y tuvo una vista más amplia del descampado. El primer objeto con que tropezaron sus ojos fue el tílburi de Thorpe-Ambrose.

 Volvió junto a Midwinter, riendo aliviado.

 -¿Qué tonterías has estado diciendo? -preguntó-. ¿Y qué tonterías he estado escuchando? Es la institutriz, que al fin ha llegado.

 Midwinter no respondió. Allan lo tomó del brazo y tiró de él. Midwinter se soltó bruscamente y sujetó a Allan con ambas manos, para que no se acercase a la figura del estanque, como lo había apartado en el pasado de la puerta del camarote en la cubierta del barco maderero. Una vez más, Allan se desprendió con la misma facilidad que en aquella ocasión.

 -Uno de nosotros debe hablar con ella -determino-. Si tú no quieres hacerlo, lo haré yo.

 Sólo había dado unos pasos en dirección al Mere, cuando oyó, o le pareció oír, una voz débil que pronunciaba una vez, sólo una vez, la palabra «Adiós». Se detuvo, sorprendido, y giró en redondo.

 -¿Has sido tú, Midwinter? -preguntó.

 No obtuvo respuesta. Después de vacilar un instante, Allan volvió a la plantación. Midwinter se había ido.

 Allan miró de nuevo hacia el estanque, sin saber qué hacer ante el nuevo suceso. Mientras tanto, la figura solitaria había cambiado de dirección, había dado media vuelta y se encaminaba hacia los árboles. Sin duda había visto u oído a Allan. Era imposible dejar sin ayuda a una mujer desamparada en un lugar tan solitario. Por segunda vez, Allan salió de entre los árboles para ir a su encuentro. Cuando le vio la cara, se detuvo con irreprimible asombro. La súbita revelación de su belleza, al sonreír ella y dirigirle una mirada inquisitiva, paralizó el movimiento de su miembros y detuvo las palabras que iban a brotar de sus labios. Lo asaltó la vaga duda de si sería, a fin de cuentas la institutriz.

 Sobreponiéndose a su sorpresa, avanzó unos pasos y se presentó.

 -¿Puedo preguntarle -añadió- si tengo el gusto de...?

 La dama, con gracia y naturalidad, le contestó antes de que terminase la frase.

 -Soy la institutriz que el comandante Milroy ha contratado -se presentó-. Miss Gwilt.

CAPÍTULO X

LA CARA DE LA DONCELLA

 Todo estaba tranquilo en Thorpe-Ambrose. No había nadie en el vestíbulo y las habitaciones estaban a oscuras. Los criados, que esperaban la hora de la cena en el jardín posterior de la casa, contemplaron el cielo despejado y la luna naciente y convinieron en que no era probable que los excursionistas regresasen antes de bien entrada la noche. La opinión general, inspirada por la suprema autoridad de la cocinera, fue que podían sentarse a cenar sin temor a que los molestara la campanilla de la puerta. Después de llegar a esta conclusión, los criados ocuparon sus sitios alrededor de la mesa, pero precisamente cuando se estaban sentando, sonó la campanilla.

 El joven criado, muy extrañado, subió a abrir la puerta y se encontró, para su asombro, con Midwinter, solo, y parecía, en opinión del criado, muy enfermo. Pidió una lampara y, alegando que no necesitaba nada más, se retiró enseguida a su habitación. El criado  (p.143) volvió junto a sus compañeros y les informó de que, indudablemente, algo le había sucedido al amigo de su señor.

 Midwinter entró en la habitación, cerró la puerta y llenó apresuradamente una bolsa con todo lo necesario para un viaje. Acto seguido, abrió un cajón, sacó de él algunos pequeños regalos que le había hecho Allan (una petaca, una bolsa y unos gemelos de oro) y los introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuando hubo guardado estos recuerdos, cogió la bolsa de viaje y apoyó la mano en el tirador de la puerta. Entonces, por primera vez, se detuvo. Cesó de pronto la premura que había gobernado sus acciones y empezó a suavizarse la desesperación que se pintaba en su semblante. Esperó, sin soltar el tirador. Hasta aquel momento, sólo había tenido conciencia del único motivo que lo impulsaba, del único objetivo que estaba resuelto a lograr. «¡Por el bien de Allan!», se había dicho, cuando se volvió a mirar el paisaje fatal y vio que su amigo lo dejaba para ir al encuentro de la mujer del estanque. «¡Por el bien de Allan!», se había dicho de nuevo, al cruzar el campo abierto más allá del bosque y ver a lo lejos, bajo la luz grisácea del crepúsculo, la larga línea del terraplén y el destello distante de las lámparas de la estación del ferrocarril, que lo invitaban a tomar el tren.

 Sólo cuando se detuvo ante la puerta cerrada, sólo cuando fue capaz de controlar por vez primera su impetuoso impulso, salió por sus fueros el carácter más noble del hombre, protestando contra la desesperación supersticiosa que lo apremiaba para que se alejase de todo lo que más amaba. Su convicción de la terrible necesidad de separarse de Allan para el bien de éste no había flaqueado un instante desde que vio realizada a orillas del Mere la primera visión del sueño. Pero ahora, por primera vez, su propio corazón se rebeló de un modo inapelable contra él. «¡Vete, si debes y quieres hacerlo! Pero recuerda aquella vez que estabas enfermo y él se sentó junto a tu cabecera, cuando no tenías un amigo y él te abrió el corazón... Escribe, si no te atreves a hablar; escríbele y pídele que te perdone, ¡antes de abandonarlo para siempre!»

 Había empezado a abrir la puerta, pero volvió a cerrarla sin ruido. Se sentó a la mesa escritorio y tomó la pluma. Trató repetidas veces de escribir las frases de despedida, lo intentó hasta que todo el suelo alrededor de él estuvo cubierto de hojas de papel rasgadas. A pesar de te sus esfuerzos por evitarlo, los viejos tiempos volvían a memoria y le reprochaban su conducta. El espacioso dormitorio donde se hallaba sentado se estrechaba, a su pesar hasta convertirse en su buhardilla de enfermo en la posada. La mano amable que le había palmeado en el hombro lo tocó de nuevo y la voz amistosa que lo había animado volvió a hablarle en su inmutable y cariñoso tono. Midwinter extendió los brazos sobre la mesa y hundió la cabeza entre ellos con muda desesperación. Su pluma era impotente para escribir las palabras de despedida que su lengua no podía pronunciar. Su superstición, inflexible y despiadada, le indicaba que se marchase mientras estuviese a tiempo; su amor por Allan, inflexible y despiadado, le impedía escribir la despedida y la súplica de perdón y de piedad.

 Después de tomar una súbita decisión, se levantó y llamó al criado.

 -Cuando regrese Mr. Armadale -le dijo-, pídale que me disculpe y dígale que estoy tratando de dormir un poco.

 Cerró la puerta, apagó la luz y se sentó, solo en la oscuridad. «La noche nos mantendrá apartados -pensó-, y quizás el tiempo me ayudará a escribir. Puedo marcharme por la mañana temprano, puedo marcharme mientras...» La idea se extinguió en su mente, incompleta, y la angustia lacerante de la lucha que sostenía consigo mismo hizo que el primer grito de angustia brotase de sus labios.

 Esperó en la oscuridad. Transcurrió el tiempo y sus sentidos permanecieron mecánicamente despiertos, pero su mente empezó a nublarse lentamente bajo la fuerte tensión a que estaba sometida desde hacía horas. Lo envolvió un oscuro vacío, pero no intentó encender la lámpara y ponerse de nuevo a escribir. No se sobresaltó, ni siquiera se acercó a la ventana, cuando el primer ruido de unas ruedas que se acercaban quebró el silencio de la noche. Oyó que los carruajes se detenían ante la puerta y que los caballos tascaban los frenos, percibió las voces de Allan y el joven Pedgift en la escalera de la entrada... y permaneció inmóvil en la oscuridad, sin que los ruidos que llegaban sus oídos desde el exterior despertasen su interés.

 Las voces siguieron oyéndose después de que se alejaran los carruajes, sin duda los dos jóvenes se entretenían en la escalinata antes de despedirse. Todas sus palabras llegaban hasta Midwinter a través de la ventana abierta. El único tema de la conversación era la nueva institutriz. La voz de Allan se alzaba fuerte y se deshacía en alabanzas. La hora que había pasado con Miss Gwilt en la barca, para ir desde Hurle Mere hasta el otro Broad, donde esperaban los excursionistas, había sido la más deliciosa de su vida. Por su parte, el joven Pedgift, aunque se mostraba de acuerdo con todo lo que decía su cliente acerca de la encantadora forastera, parecía enfocar el tema de un modo diferente. Los encantos de Miss Gwilt no habían absorbido su atención hasta el punto de no advertir la impresión que la nueva institutriz había causado al comandante y a su hija.

 -Hay algo que no cuadra en la familia del comandante Milroy, señor -dijo la voz del joven Pedgift-. ¿Ha advertido usted la expresión del comandante y de su hija cuando Miss Gwilt se excusó por haber llegado tarde al Mere? ¿No se acuerda? ¿No recuerda lo que dijo Miss Gwilt?

 -Algo  (p.144) acerca de Mrs. Milroy, ¿no? -dijo Allan.

 El joven Pedgift bajó misteriosamente el tono de su voz.

 -Miss Gwilt llegó esta tarde al cottage a la hora que usted había previsto que llegaría y se habría reunido con nosotros a la hora que usted calculó, de no haber sido por Mrs. Milroy. Ésta la hizo subir a su habitación en cuanto llegó y la entretuvo allí media hora o más. Ésta fue la excusa de Miss Gwilt, Mr. Armadale, por haber llegado tarde al Mere.

 -¿Qué sucede?

 -Parece olvidar, señor, lo que todo el vecindario ha oído decir acerca de Mrs. Milroy desde que el comandante vino a residir entre nosotros. Todos sabemos, ya que el médico lo ha dicho, que su dolencia es demasiado grave para que pueda entrevistarse con desconocidos. ¿No resulta un poco extraño que experimentase de pronto una mejoría tal que le permitiese ver a Miss Gwilt, en ausencia de su marido, en el mismo momento en que ésta llegó a la casa?

 -¡En absoluto! Desde luego, debía de estar ansiosa por conocer a la institutriz de su hija.

 -Probablemente tiene razón, Mr. Armadale. Pero el comandante y Miss Neelie no opinan lo mismo. Yo me fijé en los dos cuando la institutriz les dijo que Mrs. Milroy la había enviado a buscar. Si alguna vez he visto a una chica terriblemente asustada, ésta es Miss Milroy, y yo diría (si me permite que, de modo estrictamente confidencial, hable en estos términos de un bizarro militar) que incluso el comandante experimentó un sentimiento parecido. Estoy seguro, señor, de que algo extraño ocurre en aquella linda casita y de que Miss Gwilt guarda ya alguna relación con ello.

 Hubo un instante de silencio. Cuando Midwinter volvió a oír las voces, éstas sonaron lejos de la casa, probablemente Allan acompañaba un trecho al joven Pedgift. Al cabo de un rato, se oyó de nuevo en el porche la voz de Allan, que preguntaba por su amigo, y la respuesta del criado al transmitirle el mensaje de Midwinter. Después de esta breve interrupción, el silencio no volvió a romperse hasta que llegó la hora de cerrar la casa. Los pasos de los criados, el chasquido de las puertas al cerrarse y el ladrido de un perro en el patio de la caballeriza, fueron otros tantos ruidos que advirtieron a Midwinter que se estaba haciendo tarde. El joven se levantó mecánicamente  (p.145) para encender una lámpara; pero le temblaba la mano y la cabeza le daba vueltas, de manera que dejó a un lado la caja de cerillas y volvió de nuevo a su silla. Se había desinteresado de la conversación entre Allan y el joven Pedgift en el mismo instante en que había dejado de oírla, y ahora, una vez más, la impresión de que estaba malgastando un tiempo precioso perdió todo su sentido cuando se extinguieron los ruidos que la habían provocado. Midwinter había agotado por un igual sus fuerzas físicas y mentales: esperó con estoica resignación lo que habría de traerle el día siguiente.

 Después de un intervalo, unas voces volvieron a romper el silencio en el exterior; las voces, esta vez, de un hombre y una mujer. Las primeras palabras que intercambiaron indicaron con bastante claridad que se trataba de una entrevista clandestina y revelaron que el hombre era uno de los criados de Thorpe-Ambrose y la mujer, una de las sirvientas de la casita vecina.

 Una vez más, después de los saludos, el tema de la nueva institutriz absorbió toda la conversación. Los malos presagios (inspirados solamente por la belleza de Miss Gwilt) embargaban a la mujer, la cual los vertía sobre el hombre, a pesar de los esfuerzos de éste por cambiar de tema. Tarde o temprano, insistía ella, se produciría un terrible «trastorno» en la casita. Su amo, y lo decía confidencialmente, llevaba una vida espantosa con su mujer. El comandante era un hombre excelente. En su corazón, sólo había sitio para su hija y su eterno reloj. Pero había bastado con que se presentase una mujer bonita en el lugar para que Mrs. Milroy se hubiese puesto celosa, furiosamente celosa, como una mujer posesa, en su triste lecho de enferma. Si Miss Gwilt (que desde luego era atractiva, a pesar de sus horribles cabellos) no encendía la llama antes de que pasaran muchos días, el ama no sería el ama, sino otra persona. En cualquier caso, la culpa sería esta vez de la madre del comandante. La anciana y el ama habían tenido una espantosa disputa dos años atrás, y la anciana se había marchado furiosa, diciendo a su hijo, en presencia de todos los criados, que si le quedaba una pizca de energía, no debía seguir aguantando los malos humores de su esposa. Quizá sería excesivo acusar a la madre del comandante de haber elegido una institutriz hermosa para fastidiar a la esposa de aquél. Pero sí que podía decir, sin miedo a equivocarse, que la anciana dama era la última persona del mundo capaz de tener en cuenta los celos de su nuera y de rechazar por ello a una institutriz apta y respetable para su nieta, por el único motivo de que la naturaleza le hubiese otorgado tan agradable aspecto. Ninguna criatura humana podía decir cómo terminaría el asunto, aunque era indudable que acabaría mal. Ya en este momento, el panorama no podía ser más negro. Miss Neelie estaba llorando, después de la diversión del día, lo cual era mala señal; el ama no había reñido a nadie, lo cual también lo era, el amo le había dado las buenas noches a través de la puerta (tercer mal síntoma), y la institutriz se había encerrado con llave en su habitación (y ésta era la peor señal de todas, ya que daba la impresión de recelar de la servidumbre). Así discurrió el chismorreo de la mujer, que llegó a oídos de Midwinter a través de la ventana abierta, hasta que sonó el reloj del patio de las caballerizas y terminó la conversación. Cuando se extinguieron las vibraciones de la última campanada, no se volvieron a oír las voces ni volvió a interrumpirse el silencio.

 Pasó otro rato y Midwinter hizo otro esfuerzo para salir de su abatimiento. Esta vez encendió la lámpara sin vacilar y tomó la pluma.

 Hizo el primer intento con una facilidad de expresión tan imprevista que lo sorprendió al principio y acabó despertando en él cierta vaga sospecha en lo tocante a sus propias facultades. Se levantó de la mesa, se mojó la cara y la cabeza y volvió a su sitio para leer lo que había redactado. El lenguaje era apenas inteligible: frases inconexas, palabras equivocadas. Cada línea reflejaba la protesta de un cerebro cansado contra la despiadada voluntad que lo había obligado a la acción. Midwinter rompió la hoja de papel como había rasgado todas las anteriores, e incapaz al fin de continuar la lucha, reclinó la fatigada cabeza sobre la almohada. Casi al instante, sucumbió al agotamiento y, antes de que pudiese apagar la lámpara, se quedó dormido.

 Lo despertó un ruido en la puerta. La luz del sol entraba a raudales en la habitación; la vela se había consumido por completo y el criado esperaba fuera, con una carta que había llegado en el correo de la mañana.

 -Me he atrevido a molestarlo, señor -se disculpó el hombre, cuando Midwinter abrió la puerta-, porque la carta lleva la indicación de «Urgente» y pensé que podía ser importante para usted. Midwinter le dio las gracias y miró la carta. Era importante, pues reconoció la letra de Mr. Brock.

 Hizo una pausa para recobrar sus facultades. Las hojas de papel rasgadas le recordaron al instante la posición en que se hallaba. Volvió a cerrar la puerta con llave, por miedo de que Allan se levantase antes que de costumbre y entrase para ver qué le pasaba. Después, sintiendo una extraña indiferencia por cuanto pudiese escribirle ahora el párroco, abrió la carta de Mr. Brock y leyó estas líneas:

 «Martes.

 Mi querido Midwinter: A veces es mejor dar claramente las malas noticias, en pocas palabras. Deje que le comunique las mías en una sola frase. Todas mis precauciones fueron inútiles: la mujer se me ha escapado.

 Esta desgracia -pues en efecto lo es- ocurrió ayer (lunes).  (p.146) Entre las once y las doce del mediodía, el asunto que en principio me había traído a Londres me obligó a ir a Doctor's Commons y dejar que mi criado Robert vigilase la casa de enfrente hasta mi regreso. Aproximadamente una hora y media después de mi partida, observó que un coche vacío se detenía delante de la entrada de la casa. Ante todo, sacaron de ella varias cajas y maletas; luego apareció la mujer, con el mismo vestido que llevaba la primera vez que la vi. Robert, que previamente había alquilado un coche, la siguió hasta la estación del North-Western Railway, vio que pasaba por la taquilla, no la perdió de vista hasta que ella salió al andén... y allí sí que la perdió, entre la muchedumbre y la confusión causada por la partida de un largo tren mixto. Debo decir en su disculpa que, en esta emergencia, optó por lo más adecuado. En vez de perder tiempo buscándola en el andén, miró a lo largo de la hilera de vagones y declara positivamente que no la vio en ninguno de ellos. Al mismo tiempo confiesa que su búsqueda, realizada entre las dos de la tarde, que fue cuando perdió de vista a la mujer, y las dos y diez minutos, hora en que arrancó el tren, fue necesariamente imperfecta dada la confusión del momento. Pero, en mi opinión, esta última circunstancia carece de importancia. Estoy tan seguro de que la mujer no salió en aquel tren como si yo mismo hubiese registrado cada uno de los vagones. No me cabe la menor duda de que estará usted completamente de acuerdo conmigo.

 Ahora sabe cómo ocurrió el desastre. Pero no perdamos tiempo ni palabras en lamentaciones. El mal ya está hecho y usted y yo, juntos, debemos encontrar la manera de remediarlo.

 Lo que por mi parte he realizado puede contarse en dos palabras. Todas mis anteriores vacilaciones en confiar este delicado asunto a personas extrañas se desvanecieron cuando escuché el relato de Robert. Volví de inmediato a la ciudad y puse todo el asunto confidencialmente en manos de mis abogados. La conferencia fue larga y cuando salí de su despacho había pasado la hora de recogida del correo, de no haber sido así, le habría escrito ayer y no hoy. Mi entrevista con los abogados no resultó muy alentadora. Me hicieron ver claramente las dificultades de recuperar la pista perdida. Pero me prometieron hacer todo lo posible por su parte y decidimos las medidas a tomar, a excepción de una en la que discrepamos por completo. Debo decirle cuál es esta discrepancia, pues mientras mi asunto me mantenga lejos de Thorpe-Ambrose, es usted la única persona que puede comprobar mi teoría.

 Los abogados opinan que la mujer descubrió desde el primer momento que yo la estaba vigilando, y que, en consecuencia, no hay que esperar que sea lo bastante imprudente para aparecer personalmente en Thorpe-Ambrose; que, sean cuales fueren sus malas intenciones, actuará de momento por medio de otra persona. Consideran que lo mejor que pueden hacer los amigos y protectores de Allan es esperar sin hacer nada a que los sucesos los iluminen. Mi opinión es radicalmente opuesta. Después de lo ocurrido en la estación del ferrocarril, no puedo negar que la mujer debió descubrir que yo la estaba vigilando. Pero no tiene motivos para suponer que no ha logrado engañarme y creo firmemente que es lo bastante audaz para pillarnos por sorpresa y lograr ganarse la confianza de Allan antes de que podamos impedírselo. Sólo nosotros dos (mientras yo tenga que permanecer en Londres) podemos decidir si tengo razón o estoy equivocado, y usted puede hacerlo de la siguiente manera. Averigüe inmediatamente si alguna forastera ha aparecido desde el lunes en Thorpe-Ambrose. Si se ha observado la presencia de semejante persona (pues nadie pasa inadvertido en las zonas rurales), aproveche la primera oportunidad que tenga de verla y pregúntese si su cara responde afirmativa o negativamente a las sencillas preguntas que voy a hacerle a continuación. Puede usted confiar en la exactitud de mis datos. Vi a la mujer sin velo en más de una ocasión y, la última vez, a través de unos gemelos excelentes.

 1) ¿Son sus cabellos de un color castaño claro y de apariencia rala? 2) ¿Tiene la frente alta, estrecha e inclinada hacia atrás desde las cejas? 3) ¿Son las cejas poco marcadas y pequeños los ojos, más bien oscuros, aunque siempre estaba demasiado lejos para saber si son grises o castaños? 4) ¿Tiene la nariz aguileña? 5) ¿Tiene los labios finos y bastante largo el superior? 6) ¿Tiene blanca la piel, pero deteriorada hasta adquirir una palidez mate y enfermiza? 7) (y último) ¿Tiene el mentón hundido y una marca en el lado izquierdo, que no estoy seguro de si es una peca o una cicatriz?

 No diré nada acerca de su expresión, pues es posible que usted la vea en circunstancias que pueden alterarla, al menos en parte. Fíjese en sus facciones, que ninguna circunstancia puede cambiar. Si hay una forastera en la vecindad y si su semblante responde afirmativamente a mis siete preguntas, ¡habrá encontrado a la mujer! En tal caso, acuda inmediatamente al abogado más cercano y dígale que yo respondo, con mi nombre y mi solvencia, de todos los gastos que haya que hacer para mantenerla día y noche bajo vigilancia. Después, póngase en contacto conmigo de la manera más rápida posible y, aunque no haya terminado el asunto que aquí me retiene, tomaré el primer hacia Norfolk.

 En todo caso, confirme o no mis sospechas, escríbame a vuelta de correo. ¡Aunque sólo sea para decirme que ha recibido mi carta! Sólo usted puede aliviar la inquietud y la angustia que me oprimen al estar lejos de Allan. Dicho esto, conozco a usted lo bastante para saber que no hace  (p.147) falta añadir más.

 Siempre buen amigo suyo,

 Decimus Brock.»

 Endurecido por la convicción fatalista que ahora lo embargaba, Midwinter leyó la confesión del fracaso del párroco, desde la primera línea hasta la última, sin dar muestras de interés o de sorpresa. La única parte de la carta que llamó su atención fue la última. Leyó el último párrafo por segunda vez. Después esperó un momento para reflexionar. «Debo mucho a la bondad de Mr. Brock -pensó-, y nunca volveré a verlo. Es completamente inútil, pero él me pide que lo haga y cumpliré su deseo. Un vistazo a esa mujer bastará, la observaré un momento, sin olvidar lo que dice esta carta, y escribiré unas líneas a Mr. Brock para decirle que la mujer está aquí.»

 Volvió a cavilar ante la puerta entreabierta; una vez más lo detuvo, como si lo mirase a la cara, la cruel necesidad de escribir a Allan para despedirse de él.

 Miró de reojo la carta del párroco.

 -Escribiré las dos al mismo tiempo -decidió en voz alta-. Así será más fácil.

 Se ruborizó al pronunciar estas palabras. Se daba cuenta de que estaba retrasando deliberadamente la hora fatal, de que tomaba a Mr. Brock como pretexto para el último respiro, para alargar el plazo.

 El único sonido que llegaba hasta él a través de la puerta abierta era el de Allan, que se movía ruidosamente en la habitación contigua. Salió rápidamente al corredor vacío y como no se encontró con nadie en la escalera, salió de la casa. Su temor de que la resolución de alejarse de Allan pudiese flaquear si volvía a verlo era tan intenso por a mañana como lo había sido durante toda la noche. Lanzo un profundo suspiro mientras bajaba la escalinata de la casa, aliviado de haberse librado del saludo matinal del único ser humano a quien quería.

 Recorrió el sendero entre los arbustos, con la carta de Mr. Brock en la mano, y tomó el camino más corto para ir a la casa del comandante. No recordaba en absoluto la conversación que había oído durante la noche. La única razón de que quisiese ver a la mujer era la que le había suscitado la carta del pastor. El único recuerdo que le guiaba ahora hacia el lugar donde vivía ella era el de la exclamación de Allan cuando identificó a la institutriz con la figura del estanque. Se detuvo al llegar a la verja del cottage. Se le ocurrió pensar que podía fracasar en su objetivo si miraba las preguntas del párroco en presencia de la mujer. Probablemente ella sospecharía ya algo cuando preguntara por la institutriz (como había resuelto hacer, con o sin pretexto), y la aparición de la carta en su mano confirmaría la sospecha. La mujer podría frustrar sus intenciones si salía inmediatamente de la habitación. Decidido a fijar primero la descripción en su memoria y enfrentarse después con la mujer, abrió la carta y, después de volverse despacio hacia un lado de la casa, leyó las siete condiciones que según creía quedarían plenamente confirmadas por la cara de la mujer.

 En el silencio matinal del parque, los más débiles ruidos se oían desde muy lejos. Un ligero sonido distrajo a Midwinter de su lectura.

 Levantó la mirada y se encontró en el borde de una ancha y herbosa zanja, a uno de cuyos lados se extendía el parque, mientras que en el otro se alzaba un alto seto de laureles. Saltaba a la vista que aquel cercado rodeaba el jardín posterior de la casita y que la zanja tenía por objeto protegerlo de los daños que habría podido ocasionar el ganado que pacía en el campo. Al escuchar atentamente aquel ligero sonido que ahora se debilitaba aún más, lo reconoció como el susurro de un vestido femenino. A unos pasos delante de él, un puente, cerrado por un portillo y que comunicaba el jardín con el campo, cruzaba la zanja. Midwinter abrió el portillo, cruzó el puente y, después de empujar una puerta al otro lado, se encontró en una glorieta cubierta de espesas enredaderas y desde donde se dominaba todo el jardín.

 Miró y vio las figuras de dos damas que se alejaban despacio de donde él se hallaba, en dirección a la casa. De momento, no prestó atención a la más baja de las dos, ni siquiera se paró a considerar si era o no era la hija del comandante. Su mirada permanecía fija en la otra figura, que caminaba por el jardín con fácil y seductora elegancia, arrastrando su largo vestido. Allí, con el mismo aspecto de cuando la había visto por primera vez, pero vuelta de espaldas a él, ¡estaba la mujer del estanque!

 Cabía la posibilidad de que diesen otra vuelta por el jardín y se acercasen a la glorieta. Dispuesto a aprovecharla, Midwinter esperó. No había tenido conciencia de cometer un allanamiento cuando entró en la glorieta y tampoco ahora lo turbó esta idea. La cruel angustia de la noche anterior había embotado las fibras más sensibles de su naturaleza. La terca resolución de hacer lo que lo había llevado hasta allí era la única fuerza que lo impulsaba. Actuaba como lo habría hecho el hombre más impasible de hallarse en su lugar, e incluso su aspecto era el propio de éste. Tuvo el aplomo suficiente para aprovechar el intervalo, antes de que la institutriz y su discípula llegasen al final del paseo, para abrir la carta de Mr. Brock y refrescar la memoria con una última mirada al párrafo donde se describía el rostro de aquélla.

 Todavía estaba absorto en la descripción cuando oyó el débil susurro de los vestidos que se acercaban de nuevo a él. De pie a la sombra de la glorieta, esperó a que se redujese la distancia entre él y las damas. Con la descripción de la institutriz grabada en su memoria y ayudado por la clara luz de la mañana, sus ojos la interrogaron cuando ella se acercó. El semblante de la mujer ofreció las siguientes respuestas:

 Los cabellos, según la descripción del párroco, eran de color castaño claro y no muy abundantes.  (p.148) Los de la mujer, soberbiamente espesos, tenían ese tono único y especial que los prejuicios de las naciones norteñas nunca perdonan del todo: ¡eran rojos! La frente que describía el pastor era alta, estrecha e inclinada hacia atrás desde las cejas, éstas eran poco marcadas y los ojos se describían como pequeños y grises o castaños. La frente de esta mujer era baja, recta y ancha; las cejas, firme pero delicadamente marcadas, eran un poco más oscuras que los cabellos; los ojos, grandes, brillantes y abiertos, tenían ese puro color azul, sin sombra de gris o de verde, que admiramos a menudo en los cuadros y en los libros pero que raras veces encontramos en un rostro vivo. La nariz que describía el párroco era aguileña. La línea de la nariz de esta mujer no se torcía, era la nariz recta y delicadamente moldeada (sobre el breve labio superior) de las estatuas y bustos antiguos. Los labios que describía el pastor eran finos, y el superior, largo; la tez tenía una palidez opaca y enfermiza; el mentón era hundido, y tenía la marca de una peca o una cicatriz en el lado izquierdo. Los labios de esta mujer eran gordezuelos y sensuales. La tez era la que suele acompañar a unos cabellos como los suyos, delicadamente brillante donde era más rosada, cálida y suavemente blanca, con sutiles gradaciones de color, en la frente y en el cuello. La barbilla, redonda y con un hoyuelo, estaba limpia de toda mancha y era tersa como su frente. Cuanto más se acercaba, más bella parecía bajo la luz de la mañana, en la más sorprendente e inexplicable contradicción que pudiesen ver los ojos o concebir la mente, con las descripciones de la carta del párroco. La institutriz y su discípula estaban ya muy cerca de la glorieta cuando miraron hacia ésta y advirtieron la presencia de Midwinter en su interior. La institutriz fue quien lo vio primero.

 -¿Un amigo suyo, Miss Milroy? -preguntó, sin sobresaltarse ni mostrar la menor sorpresa.

 Neelie lo reconoció al instante. Predispuesta contra Midwinter por la conducta de éste cuando su amigo lo había presentado, lo detestaba ahora como primera causa de su tropiezo con Allan en la excursión. Enrojecido el semblante, se echó atrás con una expresión de airada sorpresa.

 -Es un amigo de Mr. Armadale -respondió secamente-. No sé lo  (p.149) qué quiere ni por qué está aquí.

 -¡Un amigo de Mr. Armadale!

 La cara de la institutriz se iluminó con súbito interés mientras repetía estas palabras. Correspondió a la mirada de Midwinter, todavía fija en ella, con similar firmeza por su parte.

 -Yo diría -prosiguió Neelie, resentida al ver que Midwinter no le prestaba ninguna atención- que es un abuso irrumpir en el jardín de papá como si fuese un parque público.

 La institutriz se volvió en redondo, interponiéndose delicadamente entre los dos.

 -Mi querida Miss Milroy -la reprendió-, hay que tener en cuenta las circunstancias. Ese caballero es amigo de Mr. Armadale. No habría podido usted expresarse con más brusquedad si se hubiese tratado de un desconocido.

 -He expresado mi opinión -replicó Neelie, irritada por el tono irónico e indulgente con que se había dirigido a ella la institutriz-. Es cuestión de gustos, Miss Gwilt, y hay gustos de muchas clases.

 Se volvió con petulancia y se dirigió sola a la casa.

 -Es muy joven -la excusó Miss Gwilt, apelando con una sonrisa a la indulgencia de Midwinter- y, como habrá visto usted, señor, es una niña mimada. -Hizo una pausa; mostró, sólo por un instante, su sorpresa por el extraño silencio de Midwinter y su extraña insistencia en mirarla fijamente, y procuró después, con presteza y discreción, sacarlo de la falsa posición en que se había situado-. Ya que ha llegado usted hasta aquí en su paseo -continuó-, ¿sería tan amable de transmitirle un mensaje a su amigo cuando regrese a casa? Mr. Armadale tuvo la bondad de invitarme a ver los jardines de Thorpe-Ambrose esta mañana. ¿Querrá usted decirle que el comandante Milroy permite que acepte la invitación (en compañía de Miss Milroy) entre las diez y las once de esta mañana?

 Durante un momento, sus ojos se fijaron con renovado interés en el rostro de Midwinter. Esperó, en vano una respuesta, sonrió como si su extraordinario silencio la divirtiese en vez de irritarla y siguió a su discípula hacia la casa.

 Sólo cuando la hubo perdido totalmente de vista, salió Midwinter de su ensimismamiento y trató de analizar la posición en que se hallaba. La revelación de su belleza no era en modo alguno la causa del asombro que lo había hecho enmudecer hasta ese momento. La única impresión clara que ella le había producido hasta entonces empezaba y terminaba con el descubrimiento de las asombrosas contradicciones que ofrecían todas y cada una de sus facciones respecto a la descripción realizada por Mr. Brock. Todo lo demás era vago y nebuloso: la vaporosa imagen de una mujer alta, elegante, amable, que le había hablado modesta y delicadamente, y nada más.

 Dio unos pasos en el jardín sin saber por qué, se detuvo mirando a un lado y otro como si se hubiese perdido, reconoció la glorieta haciendo un esfuerzo, como si hubiesen transcurrido años desde que había estado en ella, y por fin, salió otra vez al parque. Incluso allí, anduvo primero en una dirección y después en otra. Su mente todavía vacilaba a causa de la impresión sufrida, todas sus percepciones eran confusas. Algo lo mantenía mecánicamente en movimiento, empujándolo sin motivo, haciéndole andar sin rumbo fijo.

 Incluso un hombre mucho menos sensible que él se habría sentido abrumado, tal como le sucedía a él, por la enorme e instantánea conmoción de sentimientos que los últimos minutos habían provocado en su mente.

 En el memorable instante en que había abierto la puerta que daba a la glorieta, ninguna influencia capaz de confundirlo turbaba sus facultades. Con razón o sin ella, un proceso de pensamiento absolutamente definido lo había llevado a una conclusión tajante en lo tocante a su posición con respecto a su amigo. Toda la fuerza del motivo que lo había impulsado a tomar la resolución de separarse de Allan se apoyaba en la creencia de que había visto en Hule Mere la realización fatal de la primera visión del sueño. Esta creencia se apoyaba a su vez, necesariamente, en la convicción de que la única superviviente de la tragedia de Madeira debía ser, inevitablemente, la mujer que había visto junto al estanque, en el lugar de la sombra. Firme en este convencimiento, había comparado el objeto de su desconfianza y de la desconfianza del párroco con la descripción que éste había hecho (una descripción súmamente minuciosa, realizada por un hombre digno de toda confianza), y por sus propios ojos reconoció que la mujer vislumbrada en el Mere y la mujer a quien había identificado Mr. Brock en Londres no eran una, sino dos. La carta del párroco demostraba que, en el lugar de la sombra soñada, no se había encontrado el instrumento de la fatalidad, ¡sino una desconocida!

 El descubrimiento que acababa de hacer no despertó en su mente ninguna de las dudas que hubiese podido preocupar a un hombre menos supersticioso.

 No se le ocurrió preguntarse si una desconocida podía ser el instrumento de la fatalidad, ya que la carta le había persuadido de que una desconocida había sido revelada como la figura en el paisaje del sueño. Esta idea no entró, ni podía entrar, en su cabeza. La única mujer que su superstición temía era la que se había entrometido en las vidas de los dos Armadale de la primera generación y en la suerte de los dos Armadale de la segunda; la mujer que era marcado objeto de la advertencia de su padre en su lecho de muerte y primera causa de las calamidades familiares que habían abierto a Allan el camino de la hacienda de Thorpe-Ambrose; la mujer, en una palabra, que habría identificado instintivamente, de no haber sido por la carta de Mr. Brock, con la que ahora había visto.

 Considerando los acontecimientos  (p.150) que acababan de ocurrir, bajo la influencia del error provocada inocentemente por la carta del párroco, su mente concibió y llegó instantáneamente a una nueva conclusión, actuando exactamente como lo había hecho en el pasado, en la entrevista con Mr. Brock en la isla de Man.

 De la misma manera que en una ocasión declaró que el hecho de no haber tropezado nunca con el barco maderero en sus viajes por mar era razón más que suficiente para refutar la idea de la fatalidad, así concluyó que la atribución del sueño a un origen sobrenatural quedaba refutada por la aparición de una desconocida en el lugar de la sombra. Partiendo de este punto (que le permitía ceder a la influencia total de su afecto por Allan), su pensamiento recorrió con la velocidad del rayo toda la consiguiente cadena de ideas. Si se había demostrado que el sueño no era un aviso del otro mundo, de ello se desprendía inevitablemente que había sido la casualidad y no el destino lo que los había conducido al barco encallado. De la misma forma, todos los sucesos que habían ocurrido desde que Allan y él se habían separado de Mr. Brock eran otros tantos acontecimientos inofensivos y deformados por su superstición. En un instante, su imaginación vivaz lo había llevado a aquella mañana en Castletown, cuando había revelado al párroco el secreto de su nombre, cuando había declarado al pastor, con la carta de su padre ante sus ojos, lo que creía a pies juntillas. De nuevo sentía en su corazón la firmeza del lazo fraternal que lo unía a Allan. Ahora podía decir una vez más, con la grave sinceridad de antaño: «Si la idea de dejarlo me rompe el corazón, ¡la idea de dejarlo es errónea!» Mientras esta noble convicción se adueñaba de nuevo de su mente (acallando el tumulto, despejando la confusión que reinaba en su interior), la casa de Thorpe-Ambrose, con la figura de Allan en la escalinata, quien lo esperaba y lo buscaba con la mirada, apareció ante sus ojos a través de la arboleda. Una sensación de infinito alivio libró a su afanoso espíritu de todos los cuidados, dudas y temores que durante tanto tiempo la habían oprimido y le mostró, una vez más, el futuro mejor y más brillante de sus primeros sueños. Sus ojos se llenaron de lágrimas y estrujó la carta del párroco antes de llevársela apasionadamente a los labios, cuando miró a Allan desde el lugar donde se hallaba entre los árboles. «De no haber sido por este pedazo de papel -pensó-, mi vida habría podido ser un largo camino de amargura, ¡y el crimen de mi padre podía habernos separado para siempre!»

 Tal fue el resultado de la estratagema que había hecho que Mr. Brock tomase la cara de la doncella por la de Miss Gwilt. De esta forma (destruyendo la confianza de Midwinter en su superstición, en el único caso en que ésta apuntaba a la verdad) triunfó la astucia de Mrs. Oldershaw ante unos peligros y dificultades que ni ella misma había previsto. 

CAPÍTULO XI

MISS GWILT EN ARENAS MOVEDIZAS

 1. DEL REVERENDO DECIMUS BROCK A OZIAS MIDWINTER

 «Jueves.

 Mi querido Midwinter: No puedo expresar con palabras el alivio que he experimentado al recibir su carta esta mañana y lo feliz que, sinceramente, me siento al comprobar que estaba equivocado. Las precauciones que tomó usted por si la mujer confirmase todavía mis temores, al presentarse en Thorpe-Ambrose, creo que son cuanto podía desear. Seguro que sabrá de ella por alguien del personal del bufete del abogado a quien pidió que le informase si alguna desconocida se presenta en la ciudad.

 Me complace sobremanera saber que puedo confiar por entero en usted en este asunto, pues probablemente me veré obligado a dejar los intereses de Allan en sus manos durante más tiempo del que suponía. Lamento decirle que mi regreso a Thorpe-Ambrose se retrasará dos meses. El único de mis hermanos clérigos en Londres que sería capaz de asumir mis funciones, no puede trasladarse con su ramilia a Somersetshire antes de este tiempo. No tengo más remedio que terminar el asunto que me retiene aquí y volver a mi parroquia el sábado próximo. Desde luego, si ocurre algo, dígamelo inmediatamente, pues en este caso acudiré de inmediato a Thorpe-Ambrose, por muchos que sean los inconvenientes. En cambio, si todo marcha mejor de lo que mis obstinadas aprensiones me permiten suponer, Allan (a quien he escrito también) no debe esperarme hasta dentro de dos meses.

 Hasta este momento, han sido vanos nuestros esfuerzos por volver a encontrar la pista que perdimos en la estación del ferrocarril. Sin embargo, no cerraré esta carta hasta la hora de recogida del correo, por si las próximas horas nos trajesen alguna novedad.

 Como siempre, suyo afectísimo,

 Decimus Brock.

 p.D. - Acabo de recibir noticias de los abogados. Han descubierto el nombre de la mujer con quien me tropecé en Londres. Si este descubrimiento (temo que intrascendente) le sugiere un nuevo curso de acción, sígalo inmediatamente, por favor. El nombre es Miss Gwilt.»

 2. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

 «The Cottage, Thorpe-Ambrose.

 Sábado, 28 de junio.

 Si me prometes no asustarte, mamá Oldershaw, empezaré esta carta de una manera extraña: copiando una página de una carta escrita por otra persona. Tú tienes una memoria excelente y supongo que no habrás olvidado que, el lunes pasado, recibí una nota de la madre del comandante Milroy, después de que me hubiera contratado como institutriz. Estaba fechada y firmada, y ahí va la primera página: "23 de junio de 1851. Querida señora: Ruego que me disculpe por molestarla antes de su  (p.151) salida para Thorpe-Ambrose, con una palabra más sobre las costumbres que se observan en casa de mi hijo. Cuando he tenido el placer de verla a las dos de la tarde del día de hoy, en Kingsdown Crescent, tenía otra cita a las tres en otra parte de Londres, muy lejos de allí. En las prisas del momento, olvidé un par de detalles sobre los que pienso que debo llamar su atención." El resto de la carta carece de la menor importancia, pero las líneas que acabo de copiar son dignas de toda la atención que puedas prestarles. Me han evitado ser descubierta, amiga mía, ¡antes de llevar una semana al servicio del comandante Milroy!

 La cosa ocurrió ayer por la tarde de esta manera:

 Hay aquí un caballero, del que tendré que decir ahora algo más, que es amigo íntimo del joven Armadale y lleva el extraño apellido de Midwinter. Ayer se las arregló para hablar conmigo a solas en el parque. En cuanto abrió la boca, me enteré de que mi nombre había sido descubierto en Londres (sin duda por el clérigo de Somersetshire) y de que Mr. Midwinter había sido elegido (evidentemente por la misma persona) para cotejar a la Miss Gwilt que había desaparecido de Brompton con la Miss Gwilt que había aparecido en Thorpe-Ambrose. Recuerdo que tú previste esta eventualidad, pero difícilmente habrías podido sospechar que la amenaza se cerniese tan pronto sobre mí.

 Te ahorraré los detalles de nuestra conversación y pasaré al final de la misma. Mr. Midwinter expuso el asunto con gran delicadeza y declaró, para mi sorpresa, que estaba completamente seguro de que yo no era la Miss Gwilt que su amigo andaba buscando y que, si había actuado como lo había hecho, había sido por consideración a la preocupación de una persona cuyos deseos estaba obligado a respetar. ¿Quería yo ayudarlo a tranquilizar por completo a su amigo contestando a una sencilla pregunta que no tenía derecho a formularme, pero que esperaba de mi bondad que la quisiera contestar? La Miss Gwilt perdida había desaparecido el lunes pasado, a las dos de la tarde entre la multitud que llenaba el andén de la estación del North-Western Railway, de Euston Square. ¿Lo autorizaba yo para afirmar que, aquel día y a aquella hora, la Miss Gwilt que era institutriz de la hija del  (p.152) comandante Milroy no había estado cerca de aquel lugar?

 Comprenderás que aproveché la oportunidad que él me brindaba para desvanecer cualquier futura sospecha. Adopté inmediatamente mi tono más digno y le mostré la carta de la anciana. Él rehusó cortésmente leerla, pero yo insistí en que lo hiciese. "No quiero -le dije-, que me tomen por una mujer que puede ser indeseable, sólo porque lleva el mismo apellido que yo. Insisto en que lea usted la primera parte de esta carta, para mi satisfacción, si no por la suya propia." Se vio obligado a complacerme y así obtuvo la prueba, escrita de puño y letra de la anciana, de que a las dos de la tarde del pasado lunes estábamos las dos en Kingsdown Crescent, que según se puede comprobar en cualquier guía de la ciudad, ¡está en Bayswater! Puedes imaginarte sus disculpas y la perfecta amabilidad con que yo las recibí.

 Desde luego, si no hubiese conservado la carta, habría podido indicarle que se dirigiese a ti o a la madre del comandante para informarse y el resultado habría sido el mismo. Pero, tal como se desarrollaron las cosas, hemos conseguido nuestro objetivo sin dilaciones y sin tener que molestar a nadie. Ha quedado demostrado que yo no soy yo, y uno de los muchos peligros que me amenazaban en Thorpe-Ambrose se ha desvanecido desde este momento. La cara de tu doncella puede no ser muy atractiva, pero no se puede negar que nos ha prestado un excelente servicio.

 Esto, en cuanto al pasado; pensemos ahora en el futuro. Te contaré cómo me desenvuelvo entre las personas que me rodean y tú misma juzgarás qué probabilidades tengo de convertirme en dueña de Thorpe-Ambrose.

 Comenzaré con el joven Armadale, porque me gusta empezar con una buena noticia. Le he producido la impresión adecuada, aunque sabe Dios que no tengo motivos para jactarme de ello. Cualquier mujer moderadamente atractiva que se tomase este trabajo podría conseguir que el joven se enamorase de ella. Es un cabeza de chorlito, uno de esos jóvenes ruidosos, sonrosados, rubios y bonachones a quienes detesto en particular. El mismo día de mi llegada estuve una hora a solas con él en una barca y puedo asegurarte que, desde entonces, he aprovechado bien el tiempo. Lo único que me resulta difícil cuando estoy con él es ocultar mis verdaderos sentimientos sobre todo cuando, al recordarme a su madre, hace que mi antipatía se convierta en puro odio. Realmente, jamás he conocido a un hombre a quien fuese capaz de tratar tan mal, si tuviese oportunidad de hacerlo. Pero creo que, si no ocurre ningún percance, él mismo me dará esta oportunidad antes de lo que calculábamos. Acabo de volver de una fiesta en la gran mansión, donde se ha celebrado la cena con los arrendatarios, y las atenciones que me ha prodigado el hacendado y mi modesta resistencia a aceptarlas han despertado ya la curiosidad general.

 Hablemos ahora de Miss Milroy, mi discípula. También ella es sonrosada y estúpida; peor aún, es torpe, rechoncha y pecosa, tiene mal genio y viste mal. Nada tengo que temer por esta parte, aunque me profesa un odio envenenado, lo cual es un gran alivio, pues puedo librarme de ella fuera de las horas de la lección y del paseo. A todas luces se ve que ha aprovechado al máximo sus oportunidades con el joven Armadale (oportunidades, dicho sea de pasada, que nosotras nunca calculamos) y que ha sido lo bastante estúpida para dejar que se le escape de las manos. Si te digo que, por temor de las apariencias, se ve obligada a ir con su padre y conmigo a las pequeñas diversiones de Thorpe-Ambrose, y que no puede dejar de ver la admiración que el joven Armadale siente hacia mí, comprenderás el afecto que me profesa. Su trato me resultaría insoportable si no viese que la irrito aún más conteniendo mi mal genio, de manera que lo contengo. Si estallo algunas veces es por las lecciones, no de francés, gramática, historia o geografía, sino de música. Las palabras no pueden expresar mi disgusto por lo mal que toca el piano. La mitad de las niñas que estudian música en Inglaterra merecerían que les cortasen los dedos en interés de la sociedad y, si de mí dependiese, los de Miss Milroy serían los primeros en caer.

 En cuanto al comandante, sería difícil que me tuviese en mayor estima. Siempre me encuentra dispuesta a prepararle el desayuno, cosa que no hace su hija. Siempre encuentro las cosas que pierde, y su hija no da nunca con ellas. Jamás bostezo cuando él habla, mientras que su hija lo hace siempre. Me gusta el pobre, inofensivo y viejo caballero, por consiguiente no diré más acerca de él.

 Bueno, aquí hay una buena perspectiva para el futuro ¿no? Pero, mi buena Oldershaw, jamás hubo una perspectiva que no tuviese algún peligro. La mía tiene dos. El nombre de uno de ellos es Mrs. Milroy y el otro se llama Mr. Midwinter.

 Hablemos primero de Mrs. Milroy. ¿Qué crees que hizo el mismo día de mi llegada, cuando no llevaba ni cinco minutos en la casa? Me envió a buscar, alegando que deseaba verme. El mensaje me sorprendió un poco, pues la anciana de Londres me había advertido que su nuera estaba tan enferma que no podía ver a nadie; pero, desde luego, no tuve más remedio que subir a su habitación. La encontré en la cama, con una dolencia incurable en la columna vertebral. Tenía un aspecto horrible, pero conserva todas las facultades mentales, y, si no estoy completamente equivocada, es una mujer más falsa y con el peor genio que cualquiera de las muchas que, en tu larga experiencia, hayas podido conocer. Su excesiva cortesía y el hecho de que mantuviese el rostro oculto por la sombra que proyectaban  (p.153) las cortinas de la cama, mientras hacía que la mía quedase a plena luz, me pusieron en guardia en el mismo instante en que entré en la habitación. Estuvimos más de media hora juntas, sin que yo cayese en ninguna de las muchas, astutas y pequeñas trampas que me tendió. El único misterio en su comportamiento (que no logré desvelar entonces) fue que me estuvo pidiendo continuamente que le llevase cosas (cosas que evidentemente no necesitaba) desde diferentes partes de la habitación.

 Más tarde, pude ponerlo en claro. Los chismorreos de la servidumbre despertaron mis primeras sospechas y mi opinión quedó confirmada por la conducta de la enfermera de Mrs. Milroy. En las pocas ocasiones en que me he hallado a solas con el comandante, se ha dado el caso de que la enfermera necesitaba siempre decir algo a su señor e invariablemente se olvidaba de anunciar su llegada llamando a la puerta. ¿Comprendes ahora por qué me envió a buscar Mrs. Milroy en cuanto llegué a la casa y lo que a pretendía cuando me hizo andar de un lado a otro en busca de todas aquellas cosas? Creo que muy pocos atractivos de mi cara y de mi figura habrán pasado inadvertidos a la celosa mujer. Ya no me extraña que el padre y la hija se sobresaltasen y se mirasen cuando comparecí ante ellos, ni que la servidumbre siga observándome, expectante y maliciosa, siempre que toco la campanilla para pedir que hagan algo. Es inútil, mamá Oldershaw, que tratemos de ocultarnos la verdad. Cuando subí a la habitación de la enferma, caí inadvertidamente en las garras de una mujer celosa. Si Mrs. Milroy puede echarme de la casa, ¡lo hará! Dispone de todas las horas del día y de la noche, en su cama-prisión, para urdir la manera de lograrlo.

 En esta difícil posición, mi propia conducta cautelosa se ve admirablemente secundada por la absoluta insensibilidad del querido y viejo comandante. Los celos de su esposa son una alucinación tan monstruosa como las que se producen en los manicomios, son fruto de su propio mal genio, agravado por la enfermedad incurable. El pobre hombre no piensa más que en sus aficiones mecánicas y creo que, en este momento, no sabe todavía si soy hermosa o fea. Con esta ayuda, confío en poder hacer frente, al menos durante un tiempo, a las intromisiones de la enfermera y a las fantasías de la dueña de la casa. Pero ya sabes como son las mujeres celosas; yo creo saber cómo es Mrs. Milroy. Confieso que respiraré más aliviada el día en que el joven Armadale abra sus estúpidos labios para proponerme algo y haga que el comandante busque una nueva institutriz.

 El nombre de Armadale me recuerda a su amigo. Aquí el peligro es mayor y, lo que es aún peor, no me siento tan bien armada contra Mr. Midwinter como contra Mrs. Milroy.

 Todo lo de ese hombre es más o menos misterioso, y esto no me gusta. ¿Cómo se ganó la confianza del clérigo de Somersetshire? ¿Qué le ha contado éste? ¿Cómo estaba tan convencido, cuando me habló en el parque, de que no era la Miss Gwilt que su amigo andaba buscando? No tengo respuesta para ninguna de estas tres preguntas. Ni siquiera puedo adivinar quién es, ni cómo se conocieron el joven Armadale y él. Lo odio. No, no lo odio, sólo quiero averiguar algo acerca de él. Es muy joven, bajo y flaco, activo y moreno, y tiene unos ojos negros y brillantes que me dicen bien a las claras: "Pertenecemos a hombre inteligente y voluntarioso, un hombre que no ha vivido siempre en una casa de campo, sirviendo a un estúpido." Sí; a pesar de su juventud, estoy segura de que Mr. Midwinter ha hecho algo o padecido por algo en su vida pasada; daría cualquier cosa por saber cómo averiguarlo. No me reprendas por dedicarle tanto espacio en esta carta. Ejerce sobre el joven Armadale influencia suficiente para constituir un serio obstáculo en mi camino, a menos que pueda ganarme su aprecio desde el principio.

 Bueno, puedes preguntar, ¿qué te impide ganarte su aprecio? Temo, mamá Oldershaw, que es algo que nunca pretendí. Sospecho que el hombre se ha enamorado de mí.

 No menees la cabeza ni digas "¡Pura vanidad!" Después de los horrores a que me he visto sometida, ya no me queda vanidad y me estremezco cuando un hombre me admira. Confieso que hubo un tiempo... ¡Bah!, ¿qué estoy escribiendo? Sentimentalismo, digo. Sentimentalismo,dirás tú. Puedes reírte cuanto quieras, querida. En cuanto a mí, no río ni lloro, afilo la pluma y prosigo con mi (¿cómo lo llaman los hombres?)... con mi informe.

 Lo único que importa averiguar es si mi idea de la impresión que le he causado es acertada o errónea. Veamos: he estado cuatro veces con él. La primera fue en el jardín del comandante, donde nos encontramos inesperadamente frente a frente. Él se quedó mirándome, como petrificado, sin decir una palabra. ¿Sería por efecto de mis terribles cabellos rojos? Es muy probable. Atribuyámoslo a mis cabellos. La segunda fue cuando paseaba por la finca de Thorpe-Ambrose, entre el joven Armadale y mi enfurruñada discípula. Mr. Midwinter se reunió con nosotros aunque tenía trabajo en el despacho del administrador y nunca, que yo sepa, lo había abandonado antes de esta ocasión. ¿Fue por pereza? ¿O por afecto a Miss Milroy? No lo sé; si quieres, digamos que fue por Miss Milroy. Pero sé que continuamente me miraba a mí. La tercera vez fue cuando sostuvimos en el parque la conversación privada de que ya te he hablado. Jamás he visto a un hombre tan agitado al formular una pregunta delicada a una mujer. Pero esto puede ser manifestación de su torpeza y el hecho de que volviese insistentemente la cabeza para mirarme cuando nos hubimos despedido  (p.154) pudo deberse solamente a que quería contemplar el paisaje. ¡Digamos que lo hizo por el paisaje! La cuarta vez ha sido esta misma tarde, en una pequeña fiesta. Me hicieron tocar el piano y como éste es muy bueno, puse en ello toda mi atención. Todos los reunidos me rodearon y me llenaron de cumplidos (mi encantadora discípula me ofreció los suyos, aunque ponía la cara de un gato antes de bufar), salvo Mr. Midwinter. Éste esperó a que llegase la hora de marcharnos y entonces me pilló a solas un momento en el vestíbulo. Sólo tuvo tiempo de asirme la mano y decir dos palabras. ¿Tengo que contarte cómo me cogió la mano y cuál fue el sonido de su voz cuando me habló? ¡No hace falta! Siempre me has dicho que el hoy difunto Mr. Oldershaw te adoraba. Recuerda solamente la primera vez que te cogió la mano y te murmuró dos palabras al oído. ¿A qué atribuiste su comportamiento en aquella ocasión? No me cabe duda de que, si hubieses estado tocando el piano durante la velada, lo habrías atribuido por completo a la música.

 ¡No! Te doy mi palabra de que el mal está hecho. Este hombre no es un alocado de esos que cambian de opinión como de camisa: el fuego que enciende sus grandes ojos negros no es fácil de apagar cuando lo ha encendido una mujer. No quiero desanimarte, no digo que las probabilidades estén contra nosotras, pero con Mrs. Milroy amenazándome por una parte y Mr. Midwinter acosándome por la otra, el peor riesgo que corremos es el de perder el tiempo. El joven Armadale ha insinuado ya una entrevista en privado, en la medida en que es capaz de hacerlo un patán como él. Los ojos de Miss Milroy son muy agudos y los de la enfermera lo son todavía más, de manera que yo perderé mi empleo si una de ellas me descubre. ¡No importa! Debo aprovechar la ocasión y concederle la entrevista. Si puedo lograr que se celebre a solas, si puedo librarme de los ojos en acecho de las mujeres y si su amigo no se interpone entre nosotros, ¡yo te respondo del resultado!

 Mientras tanto, ¿tengo algo más que decirte? ¿Hay otras personas que se interpongan en nuestro camino en Thorpe-Ambrose? ¡No hay nadie más! Ninguna de las familias residentes en el lugar visitan la casa, pues por fortuna, el joven Armadale no está bien  (p.155) considerado en la vecindad. No hay mujeres guapas y distinguidas que lo visiten y nadie importante protestará contra la atención que preste a una institutriz. Los únicos invitados que logró llevar a su fiesta esta tarde fueron el abogado y su familia (la esposa, un hijo y sus hijas) y una vieja sorda y su hijo, todas ellas personas sin importancia, humildes y obedientes servidores del estúpido y joven hacendado.

 Hablando de servidores humildes y obedientes, hay una persona que se ha trasladado aquí y que trabaja en la oficina del administrador: un hombre mísero, andrajoso y desastrado, llamado Bashwood. Es un perfecto desconocido para mí y naturalmente yo soy una perfecta desconocida para él, pero ha estado preguntando a la doncella quién soy yo.

 No me favorece mucho confesarlo, pero no es menos cierto que causé una extraordinaria impresión a esa pobre y vieja criatura la primera vez que me vio. Se volvió de todos los colores y se quedó temblando y mirándome fijamente, como si viese en mi rostro algo que le produjese espanto. De momento me quedé asombrada, pues ningún hombre me había mirado hasta ahora de esta manera. ¿Has visto alguna vez a la boa comiendo en el parque zoológico? Meten un conejo vivo en su jaula y hay un momento en que los dos animales se miran. ¡Te aseguro que Mr. Bashwood me recordó al conejo!

 ¿Por qué te hablo de esto? No lo sé. Tal vez he escrito demasiado y empieza a fallarme la cabeza. Tal vez la manera que tiene Mr. Bashwood de admirarme despierta mi fantasía Por su novedad. ¡Absurdo! Me estoy excitando y te inquieto por nada. ¡Oh, qué carta más larga y aburrida te he escrito! ¡Cómo me miran las estrellas a través de la ventana y qué horrible es el silencio de la noche! Envíame algunas pastillas más para dormir y escríbeme una de tus bonitas, maliciosas y divertidas cartas. Volverás a tener noticias mías cuando sepa, mejor que hoy, cómo va a terminar todo esto. Buenas noches y reserva un rinconcito de tu duro corazón para

 L.G.»

 3. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Diana Street, Pimlico, lunes.

 Mi querida Lydia: No estoy de humor para escribirte una carta divertida. Tus noticias son muy alarmantes, y me asusta la despreocupación de tu tono. Considera el dinero que he adelantado ya y lo que nos jugamos ambas. Sobre todo, no seas imprudente, ¡por el amor de Dios!

 ¿Qué puedo hacer, me pregunto, como mujer de negocios que soy? ¿Qué puedo hacer para ayudarte? No puedo aconsejarte, pues no estoy sobre el terreno y no sé hasta qué punto pueden variar las circunstancias de un día a otro. En nuestra situación actual, sólo puedo ayudarte de una manera: puedo descubrir un nuevo obstáculo que te amenaza y creo que puedo eliminarlo.

 Dices, con razón, que nunca hay una perspectiva que no tenga un punto flaco y admites que hay dos inconvenientes en la tuya. Pero pueden ser tres, querida, si yo no me afano en impedirlo, y el nombre del tercero es Brock. ¿Es posible que, refiriéndote como te refieres al clérigo de Somersetshire, no veas que tus progresos con el joven Armadale le serán comunicados, tarde o temprano, por el amigo de aquél? Pensándolo bien, ¡estás doblemente a merced del párroco! Estás expuesta a que cualquier nueva sospecha lo lleve a ese lugar el día menos pensado y a que intervenga en el momento en que se entere de que el joven hacendado le está tirando los tejos a la institutriz de una vecina. A pesar de mi impotencia, puedo al menos soslayar esta dificultad adicional. ¡Y con qué diligencia voy actuar, querida Lydia, después de la manera en que ese viejo desgraciado me ofendió cuando le conté en la calle mi lastimosa historia!

 Confieso que esta nueva perspectiva de tomarle el pelo a Mr. Brock me llena de satisfacción.

 ¿Que cómo voy a hacerlo? Como lo hice ya otra vez. Él perdió a Miss Gwilt (es decir, a mi doncella), ¿no es cierto? Muy bien. Pues volverá a encontrarla, dondequiera que se halle, y se pondrá fácilmente a su alcance. Mientras ella permanezca en el lugar, él continuará también allí y como este lugar no será Thorpe-Ambrose, ¡te verás libre de él! Hasta el momento, las sospechas del viejo caballero nos han causado muchas molestias. Saquemos ahora algún provecho de ellas, atémoslo, gracias a ellas, al delantal de mi doncella. Resultará reconfortante. Un justo castigo moral, ¿no crees?

 La única ayuda que necesito por tu parte podrás prestármela con facilidad. Averigua, por medio de Mr. Midwinter, dónde se encuentra ahora el párroco y comunícamelo a vuelta de correo. Si está en Londres, ayudaré personalmente a mi doncella para el necesario engaño. Si está en cualquier otra parte, la enviaré donde se encuentre, acompañada de una persona cuya discreción merece toda mi confianza.

 Mañana tendrás tu somnífero. Mientras tanto, repito lo que te he dicho al principio: ¡nada de imprudencias! No fomentes tus sentimientos románticos mirando las estrellas y no me hables de la noche silenciosa. En los observatorios hay personas que cobran por mirar las estrellas deja que ellos lo hagan por ti. En cuanto a la noche, haz lo que la Providencia pretendió que hicieses cuando dotó de párpados a tus ojos: aprovéchala para dormir.

 Afectuosamente tuya,

 María Oldershaw.»

 DEL REVERENDO DECIMUS BROCK A OZIAS MIDWINTER

 «Rectoría de Boscombe, West Somerset,

 Jueves, 3 de julio.

 Mi querido Midwinter: Unas líneas antes de que salga al correo para librarlo de todo sentimiento de responsabilidad en Thorpe-Ambrose y para disculparme con la dama que vive como institutriz en la casa del comandante Milroy.

 Miss Gwilt (o quizá  (p.156) debería decir la mujer que se hace llamar por este nombre) acaba de aparecer, para mi indecible asombro, ¡en mi propia parroquia! Se aloja en la posada acompañada de un hombre de aspecto digno, que dice ser su hermano. Naturalmente, todavía no he podido averiguar lo que significa en realidad este audaz comportamiento, a menos que sea un nuevo paso en la conspiración contra Allan.

 Se me ocurre que, habiendo visto la imposibilidad de acercarse a Allan sin tropezar conmigo (o con usted) como obstáculo en su camino, hagan virtud de la necesidad y traten audazmente de iniciar a través de mí su comunicación con él. El hombre parece capaz de cualquier osadía y tanto él como la mujer tuvieron la desfachatez de saludarme cuando me crucé con ellos en el pueblo hace media hora. Han estado formulando preguntas acerca de la madre de Allan, precisamente aquí, donde su vida ejemplar puede resistir el más severo escrutinio. Si sólo intentan sacar dinero, como precio del silencio de la mujer acerca de la conducta de la pobre Mrs. Armadale en Madeira a raíz de su matrimonio, nos encontrarán alerta para enfrentarnos con ellos. He escrito a mis abogados para pedirles que envíen a un hombre competente que me ayude, y éste permanecerá en la rectoría, representando el papel que considere más seguro en las presentes circunstancias.

 Ya le comunicaré lo que suceda en los próximos días.

 Suyo afectísimo,

 Decimus Brock.» 

CAPÍTULO XII

EL CIELO SE NUBLA

 Habían pasado nueve días y el décimo tocaba a su fin, desde que Miss Gwilt y su discípula habían dado aquel paseo matinal en el jardín de la casita.

 La noche estaba nublada. Desde que se había puesto el sol, se habían producido señales en el cielo que anunciaban lluvia según la sabiduría popular. Los salones de la gran mansión estaban vacíos y a oscuras. Allan había salido y estaba pasando la velada con los Milroy, y Midwinter esperaba su regreso, no donde solía hacerlo, entre los libros de la biblioteca, sino en la pequeña habitación trasera que había ocupado la madre de Allan durante sus últimos días de residencia en Thorpe-Ambrose.

 Desde que Midwinter había visto por primera vez aquella estancia, nada se había sacado de ella y se le habían añadido muchas cosas. Los libros que dejó Mrs. Armadale al marcharse, los muebles, la vieja estera que cubría el suelo y el viejo papel de las paredes permanecían intactos. La estatuilla de Niobe se alzaba todavía sobre su soporte y la cristalera seguía abriéndose al jardín. Pero ahora, algunos bienes personales del hijo se habían añadido a las reliquias dejadas por la madre. La pared, hasta el momento desnuda, aparecía adornada por unas acuarelas: un retrato de Mrs. Armadale entre una vista de la vieja casa de So mersetshire y una pintura del yate. Además de los libros donde aparecía la inscripción «De mi padre» en caracteres descoloridos estampados antaño por Mrs. Armadale, había otros donde podía leerse «A mi hijo», en tinta más brillante y con la misma caligrafía. Colgando de la pared, alineados sobre la repisa de la chimenea y desparramados sobre la mesa, había gran cantidad de pequeños objetos algunos de ellos relacionados con la vida pasada de Allan, otros, necesarios para sus distracciones y tareas cotidianas, pero todos ellos revelaban claramente que la estancia que ocupaba habitualmente en Thorpe-Ambrose era la misma que había recordado a Midwinter la segunda visión del sueño. Aquí, extrañamente indiferente a cuanto le rodeaba, a lo que había sido objeto de su desconfianza supersticiosa, esperaba ahora el amigo de Allan el regreso de éste. Desde aquí, más extrañamente aún, observó un cambio en las disposiciones de la casa, debido sobre todo a él mismo. Sus propios labios habían revelado el descubrimiento que había hecho la primera mañana en la nueva casa y deliberadamente había inducido al hijo a instalarse en la habitación de la madre.

 ¿Qué motivos lo habían impulsado a pronunciar aquellas palabras? Ninguno que no fuese el desarrollo natural de los nuevos intereses y de las nuevas esperanzas que ahora lo animaban.

 Su propio carácter le había impedido ocultar a Allan todo el cambio que se había producido en sus convicciones gracias al memorable suceso que había hecho que se encontrase con Miss Gwilt. Había hablado francamente, tal como correspondía a su personalidad. No quiso atribuirse el mérito de haber dominado su superstición sin haber antes expuesto aquélla en sus peores y más débiles aspectos. Sólo después de haber reconocido sin reservas el impulso que lo había llevado a separarse de Allan en el Mere, se había jactado del nuevo punto de vista desde donde ahora podía observar el sueño de su amigo. Entonces y sólo entonces, había hablado del cumplimiento de la primera visión como lo habría hecho el médico de la isla y había preguntado, como habría inquirido el médico: ¿qué tenía de extraño que viese un estanque al ponerse el sol, si había toda una red de estanques que podían recorrerse en coche en pocas horas? ¿Qué tenía de extraodinario que descubriese una mujer en el Mere, si había caminos que conducían a él, pueblos en las cercanías, barcas que los cruzaban, grupos de excursionistas que lo visitaban? Una vez más, había esperado para vindicar la más firme resolución con que miraba ahora al futuro hasta haber revelado primero cuanto pensaba ahora acerca de los errores del pasado. El abandono de los intereses de su amigo, el no merecimiento de la confianza que éste había depositado en él cuando lo nombró administrador suyo y el olvido de la que le había otorgado Mr. Brock, implicado todo ello en su  (p.157) idea de abandonar a Allan, fueron otras tantas confesiones que hizo. También expuso, sin guardarse nada, la flagrante contradicción de aceptar el sueño como revelación de una fatalidad e intentar escapar a ésta con un acto de su libre albedrío, de tratar de adquirir conocimientos de administración para el futuro y querer impedir que el futuro le encontrase en casa de Allan. Confesó resueltamente todos sus errores, todas sus inconsecuencias, antes de intentar afirmar su ahora más clara y ventajosa manera de pensar, antes de formular la última y sencilla súplica que puso fin a todo: «¿Confiarás en mí en el futuro? ¿Perdonarás y olvidarás el pasado?»

 Un hombre capaz de abrir así su corazón, sin la menor reserva inspirada por su propio interés, no podía olvidar ningún pequeño pecado del que su debilidad pudiera nacerle culpable ante su amigo. Por esto le remordía fuertemente la conciencia al haber guardado en secreto un descubrimiento que hubiese interesado más que nada a Allan: el descubrimiento de la habitación de su madre.

 Pero una duda le había sellado los labios: la duda de si la conducta de Mrs. Armadale en Madeira había permanecido en secreto a su regreso a Inglaterra. Una cuidadosa investigación, primero entre los criados y después entre los arrendatarios, y una minuciosa consideración de lo que se había dicho en aquella época y le repitieron las pocas personas que lo recordaban, lo habían convencido al fin de que el secreto se había mantenido dentro de los límites de la familia. Después de asegurarse con esto de que las averiguaciones que pudiese hacer el hijo no lo llevarían a descubrir lo que habría podido quebrantar su respeto a la memoria de su madre, Midwinter no había vacilado más. Había conducido a Allan a la habitación y le había mostrado los libros y todo lo que revelaban las inscripciones de los mismos. Después le había dicho sin más: «Si no te hablé antes de esto fue únicamente por miedo a interesarte en la habitación que yo consideraba, con espanto como la segunda escena de tu sueño. Perdóname también esto y me lo habrás perdonado todo.»

 Dado el amor de Allan por la memoria de su madre, sólo una cosa podía resultar de aquella confesión. Le había gustado desde el primer  (p.158) momento la pequeña habitación, que contrastaba agradablemente con la opresiva grandeza de las otras habitaciones de Thorpe-Ambrose; ahora que conocía los recuerdos que guardaba, había resuelto inmediatamente hacerla suya de un modo especial. El mismo día, recogió todos sus objetos personales y los depositó en la habitación que había pertenecido a su madre, en presencia de Midwinter y mientras éste colaboraba en el trabajo.

 En estas circunstancias se había producido el cambio en los usos de la casa y de esta manera había triunfado Midwinter sobre su propio fatalismo, al hacer que Allan ocupase diariamente una habitación en la que difícilmentí habría entrado, con lo cual facilitó el cumplimiento de la segunda visión del sueño.

 El tiempo transcurría mansamente mientras el amigo de Allan esperaba el regreso de éste. A veces leyendo y a veces pensando plácidamente, iba pasando el rato. Ahora no lo turbaban las dudas ni las preocupaciones. El día de los arrendatarios, que él había temido al principio, había llegado y pasado sin contratiempos. Se había establecido una comprensión más amistosa entre Allan y aquéllos, Mr. Bashwood se había mostrado digno de la confianza depositada en él, los Pedgift, padre e hijo, habían justificado ampliamente la buena opinión que de ellos se había formado su cliente. Dondequiera que dirigiese Midwinter la mirada, la perspectiva era brillante, el futuro aparecía sin una sola nube.

 Despabiló la lámpara de encima de la mesa y se asomó a contemplar la noche. El reloj de la caballeriza dio las once y media cuando se acercó a la ventana. Empezaba a llover. A punto estaba de tocar la campanilla para llamar al criado para enviarlo al cottage con un paraguas, cuando se detuvo al oír las conocidas pisadas en el paseo.

 -¡Qué tarde llegas! -exclamó Midwinter, cuando Allan entró por la cristalera abierta-. ¿Se ha celebrado una fiesta en el cottage?

 -¡No! Sólo estábamos nosotros. El tiempo ha pasado volando.

 Había contestado en un tono más bajo de lo acostumbrado y suspiró al sentarse en su sillón.

 -Pareces desanimado -continuó Midwinter-. ¿Qué te sucede?

 Allan vaciló.

 -Bueno, te lo diré -respondió al cabo de un momento-. No es nada de lo que deba avergonzarme, sólo me extraña que no lo hayas advertido antes. Como suele ocurrir, se trata de una mujer... Estoy enamorado.

 Midwinter se echó a reír.

 -¿Acaso, esta noche, se ha mostrado Miss Milroy mas encantadora que nunca? -preguntó alegremente.

 -¡Miss Milroy! -exclamó Allan-. ¿En qué estás pensando? Yo no estoy enamorado de Miss Milroy.

 -Entonces, ¿quién es ella?

 -¿Que quién es ella? ¡Vaya una pregunta! ¿Quién puede ser, sino Miss Gwilt?

 Se hizo un súbito silencio. Allan permaneció sentado tranquilamente, con las manos en los bolsillos, contemplando la lluvia a través de la ventana abierta. Si se hubiese vuelto hacia su amigo al pronunciar el nombre de Miss Gwilt, posiblemente lo habría sobresaltado un poco el cambio que se había producido en su semblante.

 -Supongo que no lo apruebas, ¿verdad? -dijo, después de esperar un rato.

 No hubo respuesta.

 -Es tarde para poner reparos. Te he dicho completamente en serio que estoy enamorado de ella.

 -Hace quince días, dijiste que estabas enamorado de Miss Milroy -objetó el otro, en tono grave y comedido

 -¡Bah! Aquello fue un simple galanteo. Esta vez es diferente. Lo de Miss Gwilt va en serio.

 Miró a su alrededor mientras hablaba. Midwinter volvió el rostro al instante e inclinó la cabeza sobre un libro.

 -Veo que no lo apruebas -continuó Allan-. ¿Te parece mal porque no es más que una institutriz? Estoy seguro de que no puedes pensar eso. Si estuvieses en mi lugar, ¿sería para ti un obstáculo el hecho de que no fuese más que una institutriz?

 -No -admitió Midwinter-, no puedo decir honradamente que sería un obstáculo para mí.

 Dio esta respuesta a regañadientes y empujó el sillón para apartarlo de la luz de la lámpara.

 -Una institutriz es una dama sin fortuna -dijo Allan, en tono sentencioso-, y una duquesa es una dama que no es pobre. Ésta es toda la diferencia que reconozco entre ambas. Miss Gwilt es mayor que yo, no lo niego. ¿Qué edad le calculas tú, Midwinter? Yo diría que tiene veintisiete o veintiocho años. ¿Qué dirías tú?

 -Nada. Estoy de acuerdo contigo.

 -¿Crees que a sus veintisiete o veintiocho años es demasiado vieja para mí? Si estuvieses enamorado, ¿pensarías que veintisiete o veintiocho años son demasiados?

 -No puedo decir que lo pensara, si...

 -¿Si estuvieses realmente enamorado de ella?

 Esta vez tampoco hubo respuesta.

 -Bueno -continuó Allan-, si no es mala cosa que sea institutriz y tampoco su edad es un obstáculo, ¿que reparos puedes poner a Miss Gwilt?

 -No tengo ningún reparo que oponer.

 -No digo que lo tengas, pero no parece gustarte la idea, a pesar de todo.

 Hubo otra pausa. Esta vez fue Midwinter el primero en romper el silencio.

 -¿Estás seguro de ti, Allan? -preguntó mientras inclinaba de nuevo la cabeza sobre el libro-. ¿Quieres de verdad a esa dama? ¿Has pensado seriamente en pedirle qUe sea tu esposa?

 Lo estoy pensando seriamente en este momento -dijo Allan-. No podría ser feliz, no podría vivir sin ella. Por mi alma, que adoro el suelo que pisa.

 -¿Desde cuándo...? -Le flaqueó la voz y se detuvo-. ¿Desde cuándo -repitió- adoras el suelo que ella pisa?

 -Desde antes de lo que te imaginas. Sé que puedo confiarte todos mis secretos...

 -¡No te fíes de mí!

 -¡Tonterías! Confiaré en ti. Existe una pequeña dificultad que todavía no te he mencionado. Es una cuestión un poco delicada y quiero consultarte acerca de ella. Dicho entre nosotros, he sostenido entrevistas privadas con Miss  (p.159) Gwilt...

 Midwinter se puso rápidamente en pie y abrió la puerta.

 -Mañana hablaremos de esto -dijo-. Buenas noches.

 Allan se volvió, atónito. Se había cerrado la puerta y él se había quedado solo en la habitación.

 -¡Ni siquiera me ha dado la mano! -exclamó mirando con asombro el sillón vacío.

 En el momento en que pronunciaba estas palabras, se abrió la puerta y Midwinter apareció de nuevo.

 -No nos hemos estrechado la mano -dijo bruscamente-. ¡Que Dios te bendiga, Allan! Mañana hablaremos. Buenas noches.

 Allan se quedó solo junto a la ventana, contemplando la copiosa lluvia. Se sentía inquieto sin saber por qué. «Midwinter se está volviendo más raro cada día -pensó-. ¿Por qué se ha empeñado en esperar hasta mañana, si yo quería hablar con él esta noche?» Cogió la lampara con cierta impaciencia, la dejó de nuevo y volvió a plantarse detrás de la ventana abierta, mirando en dirección al cottage.

 -¿Estará pensando ella en mí? -se preguntó en voz baja.

 En efecto, ella estaba pensando en él. Acababa de abrir su escritorio para escribir a Mrs. Oldershaw y su pluma trazaba la primera línea de la carta: «Tranquilízate. ¡Ya es mío!»

CAPÍTULO XIII

LA PARTIDA

 Llovió toda la noche y, por la mañana, siguió lloviendo.

 Contrariamente a su costumbre, Midwinter estaba esperando cuando Allan bajó a desayunar. Parecía cansado y macilento, pero su sonrisa era más amable y sus modales más pausados que de costumbre. Para sorpresa de Allan, abordó por propia iniciativa el tema de la conversación de la noche anterior, en cuanto el criado hubo salido de la estancia.

 -Temo haberme mostrado muy impaciente y brusco contigo la noche pasada -dijo-. Trataré de remediarlo esta mañana. Escucharé todo lo que quieras decirme con referencia a Miss Gwilt.

 -No quisiera molestarte -dijo Allan-. Por tu aspecto, se diría que has descansado mal esta noche.

 -Hace algún tiempo que no duermo bien -respondió Midwinter a media voz-. Debo de estar algo indispuesto. Pero creo que he encontrado la manera de restablecerme sin necesidad de molestar a los médicos. Más tarde te diré algo acerca de esto. Pero volvamos primero a lo que tú me decías anoche. Estabas hablando de cierta dificultad... -Vaciló y terminó la frase en un tono tan bajo que Allan no pudo oír lo que decía-. Tal vez sería mejor -prosiguió- que en vez de hablar conmigo, hablases con Mister Brock.

 -Preferiría hablar contigo -insistió Allan-. Pero dime primero si estuve acertado o equivocado la noche pasada al pensar que desaprobabas que me hubiese enamorado de Miss Gwilt.

 Los flacos y nerviosos dedos de Midwinter empezaron a desmigajar el pan en su plato. Por primera vez desvió la mirada de Allan.

 -Si no te importa -insistió Allan-, quisiera que me lo dijeses.

 Midwinter levantó de nuevo la mirada; sus mejillas palidecieron y sus brillantes ojos negros se fijaron en el semblante de Allan.

 -Tú la amas -dijo-. ¿Te ama ella a ti?

 -¿Me tomas por vanidoso? -replicó Allan-. Ya te dije ayer que había tenido entrevistas privadas con ella...

 Midwinter volvió a mirar las migas de pan en su plato.

 -Comprendo -le interrumpió rápidamente-. Anoche te equivocaste. No tenía objeciones que oponer.

 -¿Y no me felicitas? -preguntó Allan, un poco inquieto-. ¡Una mujer tan hermosa! ¡Una mujer tan inteligente!

 Midwinter levantó una mano.

 -Te debo algo más que una simple felicitación -dijo-. Tratándose de tu felicidad te debo toda la ayuda que pueda prestarte. -Cogió la mano de Allan y la estrechó con fuerza-. ¿En qué puedo ayudarte? -preguntó, palideciendo cada vez más mientras hablaba.

 -¡Mi querido amigo! -exclamó Allan-. ¿Qué te pasa? Tienes la mano fría como el hielo.

 Midwinter sonrió débilmente.

 -Yo voy siempre de un extremo a otro -dijo-. Mi mano estaba caliente como el fuego la primera vez que la estrechaste en la vieja posada en tierras del Oeste. Pasemos a aquella dificultad de la que todavía no me has hablado. Eres joven, rico, dueño de tus actos... y ella te ama. ¿Qué dificultad puede haber?

 Allan vaciló.

 -Casi no sé cómo expresarlo -respondió-. Como acabas de decir, la amo y ella me ama, y sin embargo hay algo raro entre nosotros. Cuando se está enamorado, se habla mucho de uno mismo; al menos yo lo hago así. Le he contado todo acerca de mí mismo y de mi madre, y de cómo llegué a este lugar, etcétera. Pues bien, aunque no reparo en ello cuando estamos juntos, pienso alguna vez, cuando estamos separados, que ella no habla mucho de su persona. En realidad, no sé de ella más de lo que sabes tú.

 -¿Quieres decir que no sabes nada de la familia y de los amigos de Miss Gwilt?

 -Así es, exactamente.

 -¿Y no le has preguntado nunca acerca de ellos?

 -El otro día le pregunté algo -respondió Allan- y temo que, como de costumbre, lo hice con torpeza. Ella pareció... no sé cómo decirlo, no exactamente disgustada, pero... ¡Hay que ver la importancia que tienen las palabras! Daría cuanto tengo, Midwinter, por saber encontrar la palabra adecuada cuando la necesito, como lo haces tú.

 -¿Te dijo algo Miss Gwilt a modo de respuesta?

 -A eso iba. Me respondió: «Un día de estos le contaré una triste historia, Mr. Armadale, acerca de mí misma y de mi familia; pero parece usted tan feliz, y las circunstancias son tan lamentables, que no tengo valor para hablarle de esto ahora.» ¡Ah, ella sí que sabe expresarse! Y lo dijo con lágrimas en los ojos, mi querido amigo, ¡con lágrimas en los ojos! Por supuesto, cambié inmediatamente de tema. Y ahora la dificultad está en cómo volver delicadamente a él, sin hacerla llorar de nuevo. Porque debemos volver a él, ¿sabes? No por mí; yo estoy dispuesto a  (p.160) casarme primero con ella y oír después las desgracias de su familia. Pero conozco a Mister Brock. Si no puedo darle una explicación satisfactoria acerca de la familia de ella cuando le escriba para contarle esto (cosa que desde luego debo hacer), se opondrá con todas sus fuerzas. Ya sé que soy el único dueño de mis actos y que puedo hacer lo que me parezca. Pero el querido y viejo Brock fue tan buen amigo de mi pobre madre, y ha sido tan buen amigo mío que... bueno, ya sabes lo que quiero decir.

 -Ciertamente, Allan; Mister Brock ha sido tu segundo padre. Cualquier desavenencia entre vosotros en un asunto tan serio como éste sería la cosa más triste que pudiera ocurrir. Tienes que convencerle de que Miss Gwilt es (como estoy seguro de que ella podrá demostrarlo) digna en todos los aspectos...

 Se le quebró la voz a su pesar y no pudo terminar la frase.

 -¡Exactamente lo que pienso yo! -dijo vivamente Allan-. Ahora podemos pasar a lo que quería consultarte. Si tú estuvieses en mi caso, Midwinter, sabrías decirle las palabras adecuadas, plantearías delicadamente la cuestión, aunque lo hicieses completamente a oscuras. Yo no sé hacerlo. Soy muy torpe, y mucho temo que, si no tengo algún atisbo de la verdad en que apoyarme, diré algo que la afligirá.

 »Las desgracias de familia son asuntos muy delicados, especialmente para tratarlos con una mujer tan refinada y de tan tierno corazón como Miss Gwilt. Puede tratarse de alguna muerte trágica en la familia, algún pariente que haya cometido algo deshonroso, alguna circunstancia cruel e infernal que haya obligado a la pobrecilla a ganarse la vida como institutriz. Bueno, dándole vueltas en mi cabeza, se me ocurrió pensar que el comandante podría estar en condiciones de orientarme. Es muy posible que se informase de las circunstancias familiares de Miss Gwilt, antes de contratarla, ¿no crees?

 -Es muy posible, Allan.

 -¡De nuevo hemos coincidido! Pienso hablar con el comandante. Si él pudiese ponerme en antecedentes, me resultaría mucho más fácil hablar después con Miss Gwilt acerca de ello. Me aconsejas que pruebe con el comandante, ¿verdad?

 Hubo una pausa antes de que Midwinter contestase; cuando lo hizo mostró cierta renuencia.

 -En realidad, no sé qué aconsejarte, Allan -dijo-. Es un asunto muy delicado.

 Yo creo que tú preguntarías al comandante si estuvieses en mi lugar -replicó Allan, volviendo a su manera inveterada y personal de plantear las cuestiones.

 Tal vez lo hiciera -dijo Midwinter, todavía con menos entusiasmo-. Pero si hablase con el comandante, tendré mucho cuidado en no colocarme en una falsa posición: cuidaría mucho de que nadie pudiese creerme tan ruin como para querer descubrir los secretos de una mujer a espaldas de ésta.

 El rostro de Allan se puso colorado.

 -¡Cielo santo, Midwinter! -exclamó-. ¿Quién podría sospechar de mí una cosa así!

 -Nadie, Allan, nadie que te conociese de veras.

 -El comandante me conoce. El comandante es el último hombre del mundo capaz de interpretarme mal. Lo único que pretendo es que me ayude (si puede) a hablar con Miss Gwilt de un tema delicado, sin herir sus sentimientos. ¿Puede haber algo más sencillo entre dos caballeros?

 En vez de responder, Midwinter, siempre en tono comedido, formuló una pregunta por su parte.

 -¿Piensas decirle al comandante Milroy cuáles son tus intenciones con Miss Gwilt?

 La actitud de Allan cambió. Vaciló y pareció confuso.

 -He estado pensando en esto -respondió-, y pretendo tantear primero el terreno, y decírselo o no según marchen las cosas.

 Un procedimiento tan prudente como éste era demasiado impropio del carácter de Allan para no sorprender a cualquiera que lo conociese. Midwinter mostró claramente su sorpresa.

 -Olvidas aquel tonto galanteo mío con Miss Milroy -siguió diciendo Allan, cada vez más confuso-. El comandante puede haberlo advertido y pensado que yo pretendía..., bueno, lo que no pretendía. ¿No le parecería bastante extraño que le explicase mi intención de casarme con la institutriz y no con su hija?

 Esperó una respuesta, mas no la obtuvo. Midwinter abrió los labios para hablar, pero se contuvo de pronto. Allan, inquieto por su silencio y doblemente inquieto por ciertos recuerdos de la hija del comandante evocados por la conversación, se levantó de la mesa y abrevió la entrevista con cierta impaciencia.

 -¡Vamos, vamos! -dijo-. No te estés ahí sentado considerando cosas que no te atreves a decir; no te hagas de todo una montaña. Tienes la cabeza de un viejo sobre tus hombros, Midwinter. Prescindamos de los pros y de los contras. ¿Quieres decir, lisa y llanamente, que no daría resultado hablar con el comandante?

 -No puedo asumir la responsabilidad de decirte esto, Allan. Para serte completamente franco, no confío en la sensatez de los consejos que pudiese darte en... nuestra actual situación. Lo único que sé con certeza es que no puedo equivocarme si te aconsejo que hagas dos cosas.

 -¿Cuáles son?

 -Si hablas con el comandante Milroy, ¡por favor, recuerda la advertencia que te he hecho! ¡Piensa bien lo que vas a decir, antes de decirlo!

 -Lo pensaré, no temas. ¿Qué más?

 -Antes de dar un paso serio en este asunto, escribe y díselo a Mister Brock. ¿Me prometes que lo harás?

 -De todo corazón. ¿Algo más?

 -Nada más; es cuanto tenía que decir.

 Allan se dirigió a la puerta.

 -Ven a mi habitación -dijo- y te daré un cigarro. Los criados vendrán aquí enseguida, para limpiar la habitación, y yo quiero seguir hablando de Miss Gwilt.

 -Ve -dijo Midwinter-. Te seguiré dentro de un par de minutos.

 Permaneció sentado hasta que Allan hubo cerrado la puerta; después se levantó y sacó  (p.161) de un rincón de la estancia, donde la había escondido detrás de una cortina, una mochila preparada ya para viajar. Plantado detrás de ventana, pensativo y con la mochila en la mano, su semblante adquirió una expresión extraña, como de un viejo agobiado por las preocupaciones: pareció haber perdido en un instante todo lo que le quedaba de su juventud.

 Lo que la rápida intuición de la mujer había descubierto días antes, sólo había sido advertido la noche anterior por la más lenta percepción del hombre. La punzada dolorosa que había sentido al escuchar la confesión de Allan había revelado la verdad a Midwinter. La primera vez que se habían encontrado después de la memorable entrevista en el jardín del comandante Milroy, se había dado cuenta de que miraba a Miss Gwilt, física y mentalmente, de un modo distinto; a partir de entonces, había advertido su creciente interés por su compañía y la creciente admiración de su belleza; pero nunca hasta ahora había tomado el sentimiento que ella había despertado en él por lo que realmente era. Al conocerlo al fin, al sentir conscientemente que se había apoderado de él, había tenido un valor del que cualquier hombre, con una experiencia de la vida más feliz, habría carecido: el valor de recordar lo que Allan le había dicho y de considerar resueltamente el futuro a través de sus propios recuerdos agradecidos del pasado.

 Serenamente, durante las horas de aquella noche de insomnio, había contemplado su propio sacrificio, al interés más caro de su amigo, como parte de la gran deuda de gratitud que tenía para con Allan. Serenamente, había sometido su mente a la convicción de que debía dominar, por el bien de Allan, la pasión que se había apoderado de él, y de que la única manera de dominarla era... marchándose. Ninguna duda sobre el sacrificio que debía hacer le había turbado al llegar la mañana, y ninguna duda le turbaba ahora. Lo único que le hacía vacilar era la cuestión de abandonar Thorpe-Ambrose. Aunque la carta de Mr. Brock le había librado de toda necesidad de vigilar en Norfolk a una mujer que se sabía que estaba en Somersetshire; aunque los deberes inherentes a la administración podían dejarse sin peligro en las fieles y expertas manos de Mr. Bashwood; aun  (p.162) aceptando todas estas consideraciones, su mente se rebelaba contra a idea de abandonar a Allan en un momento en que iba a producirse una crisis en su vida.

 Colgó con holgura la mochila de su hombro y preguntó a su conciencia por última vez: «¿Podrías confiar en ti mismo si la vieses diariamente, como la verías; podrías confiar en ti mismo si le oyeses hablar de ella a todas horas, como le oirías..., si te quedases en su casa?» Una vez más, su conciencia le respondió como le había respondido toda la noche. Una vez más, su corazón le dijo, en interés de una amistad que tenía por sagrada, que se marchase mientras estuviese a tiempo, que se marchase antes de que la mujer que se había apoderado de su amor se apoderase también de su capacidad de sacrificio y de su sentimiento de gratitud. Miró mecánicamente a su alrededor, antes de volverse para salir. Todos los recuerdos de la conversación que acababa de sostener con Allan le llevaban a la misma conclusión, le decían que debía marcharse, como se lo había dicho ya su conciencia. ¿Había mencionado honradamente todas las obsesiones que él, o cualquier hombre, hubiese podido oponer al enamoramiento de Allan? ¿Había advertido a Allan (como le obligaba a hacer su conocimiento del carácter de su amigo) que desconfiase de sus irreflexivos impulsos, que se pusiese a prueba con el tiempo y con la ausencia, antes de poner en manos de Miss Gwilt la felicidad de toda su vida? No. La terrible duda de si, al hablar de estas cosas, podría hacerlo desinteresadamente, había cerrado sus labios y continuaría cerrándolos en el futuro, hasta que hubiese pasado el tiempo en que podía hablar. El hombre que, de haberlo tenido, habría dado todo el oro del mundo por encontrarse en el lugar de Allan, ¿podía acaso ser el adecuado para refrenar a éste? En la posición en que él se hallaba, sólo había un camino para el hombre honrado y agradecido. Privado de toda ocasión de verla, privado de toda ocasión de oírla, a solas con el fiel recuerdo de lo que debía a su amigo, podía confiar en dominar su pasión, como había dominado las lágrimas en su infancia, bajo el garrote del gitano; como había vencido la miseria de su solitaria juventud en la tienda del librero.

 -Tengo que irme -dijo, apartándose cansadamente de la ventana-, antes de que ella vuelva a venir a esta casa. Tengo que irme, antes de que pase otra hora sobre mi cabeza.

 Tomada esta resolución, abandonó la estancia, y, al hacerlo, dio el paso irrevocable del Presente al Futuro.

 Seguía lloviendo. El cielo plomizo aparecía bajo, húmedo y oscuro hasta el horizonte, cuando Midwinter, equipado para el viaje, se presentó en la habitación de Allan.

 -¡Cielo santo! -exclamó éste, señalando la mochila-. ¿Qué significa eso?

 -Nada extraordinario -dijo Midwinter-. Sólo significa... adiós.

 -¿Adiós? -repitió Allan, asombrado y poniéndose en pie.

 Midwinter le empujó delicadamente para que se sentase de nuevo en su sillón y acercó una silla y se sentó también.

 -Cuando advertiste esta mañana que parecía estar enfermo -dijo-, te dije que había estado pensando en la manera de recobrar mi salud y que más tarde te hablaría de esto. Ha llegado el momento. Desde hace algún tiempo, he estado pachucho, según suele decirse. Tú mismo lo has observado, Allan, más de una vez, y con tu amabilidad acostumbrada, has disculpado muchas cosas en mi conducta que, de otra manera, habrían sido imperdonables, aun contando con tu benevolencia.

 -Mi querido amigo -le interrumpió Allan-, ¡no vas a decirme que sales de excursión con esta lluvia!

 -La lluvia carece de importancia -replicó Midwinter-. La lluvia y yo somos buenos amigos. Tú sabes algo, Allan, de la vida que llevé antes de conocerte. Desde pequeño he estado acostumbrado a las penalidades y a los peligros. A veces, estuve meses enteros sin tener un techo bajo el que cobijarme, de día o de noche. Durante años y años, viví la vida de un animal salvaje (quizá debería decir de un hombre salvaje), mientras tú estabas felizmente en tu casa. Todavía llevo dentro de mí el germen del vagabundo; del animal vagabundo o del hombre vagabundo, ya no sé cuál de los dos. ¿Te aflige oírme hablar de esta manera? No quisiera angustiarte. Sólo te diré que la comodidad y el lujo de nuestra vida aquí me parecen a veces excesivos para un hombre que recibe el lujo y la comodidad como cosas que le son extrañas. Para reponerme, sólo necesito más aire y más ejercicio, querido amigo, menos buenos desayunos y comidas que los que me das aquí. Deja que experimente de nuevo algunas de las penalidades que no pueden entrar en esta confortable casa, ya que fue expresamente construida para impedirlo. Deja que vuelva a encontrarme con el viento y la intemperie a los que me acostumbré cuando era chico; deja que de vez en cuando vuelva a sentir cansancio, sin tener cerca de mí un coche que me lleve, y que vuelva a sentir hambre al anochecer con millas de distancia entre una cena y yo. Dame una semana o dos de vacaciones, Allan; iré a pie hacia el norte hasta los páramos de Yorkshire, y te prometo que, cuando vuelva a Thorpe-Ambrose, seré un mejor compañero para ti y tus amigos. Volveré antes de que tengas tiempo de echarme de menos. Mister Bashwood cuidará de la administración; sólo serán quince días, y es por mi bien. ¡Deja que me vaya!

 -No me gusta -dijo Allan-. No me gusta que me dejes de una manera tan inopinada. Veo en ello algo extraño y deprimente. ¿Por qué no tratas de montar a caballo, si quieres hacer más ejercicio? Las caballerizas están a tu disposición. En todo caso, no puedes marcharte hoy. ¡Mira cómo está lloviendo!

 Midwinter miró hacia la ventana y  (p.163) sacudió lentamente la cabeza.

 -A mí no me importaba la lluvia cuando era un chiquillo y me ganaba la vida con los perros bailarines -dijo-. ¿Por qué habría de importarme ahora? Que yo me moje o que tú te mojes, Allan, son dos cosas muy distintas. Cuando serví a un pescador en las Hébridas, llevé la ropa mojada durante semanas enteras.

 -Pero ahora no estás en las Hébridas -le insistió Allan-, y mañana por la tarde espero a nuestros amigos del cottage. No puedes marcharte hasta pasado mañana. Miss Gwilt nos obsequiará con un poco de música, y ya sabes cuánto te gusta la música de Miss Gwilt.

 Midwinter se volvió para abrochar las correas de su mochila.

 -Ya me darás otra oportunidad de escuchar a Miss Gwilt cuando vuelva -dijo, sin levantar la cabeza y atareado con las correas.

 Tienes un defecto, amigo mío, que empeora cada día -le reprendió Allan-. Cuando se te mete una cosa en la cabeza, eres el hombre más terco del mundo. No atiendes a razones. Si tienes que irte -añadió, levantándose de pronto, mientras Midwinter cogía en silencio su sombrero y su bastón-, ¡pienso que tal vez podría ir contigo y tratar también de hacer un poco de ejercicio!

 -¿Venir conmigo? -le preguntó Midwinter, en un tono momentáneamente amargo-. ¿Y dejar a Miss Gwilt?

 Allan se sentó de nuevo y reconoció la fuerza de la objeción guardando un silencio significativo. Sin añadir palabra, Midwinter le tendió la mano para despedirse. Los dos estaban profundamente conmovidos, aunque ambos procuraban disimular su agitación. Allan se refugió en el último pretexto que le dejaba la firmeza de su amigo y trató de alargar el momento de la despedida con una broma.

 -Te diré una cosa -dijo-. Empiezo a dudar de si estás realmente curado de tu creencia en el Sueño. A fin de cuentas, ¡sospecho que huyes de mí!

 Midwinter le miró, sin saber si hablaba en broma o en serio.

 -¿Qué quieres decir? -preguntó.

 -¿Qué me dijiste -replicó Allan- cuando me trajiste aquí el otro día y me confesaste la verdad? ¿Qué dijiste acerca de esta habitación y de la segunda visión del Sueño? ¡Por Júpiter! -exclamó, poniéndose nuevamente en pie-. Pensándolo bien, ¡aquí está la segunda visión! La lluvia repica contra la ventana; fuera, están el césped y el jardín; yo estoy donde estaba en el Sueño, y tú estás donde estaba la Sombra. La escena completa, tanto dentro como fuera. ¡Y esta vez lo he descubierto yo!

 Los restos muertos de la superstición de Midwinter vivieron un instante. Su cara cambió de color, y ansiosamente, casi con fiereza, rebatió la conclusión de Allan.

 ¡No! -dijo, señalando la figurita de mármol-. La escena no está completa; como de costumbre, has olvidado algo. Gracias a Dios, el Sueño se equivoca esta vez, ¡está completamente equivocado! En tu visión, la estatua estaba hecha pedazos en el suelo, y tú te inclinabas sobre los fragmentos, turbado e iracundo. En cambio, aquí, la estatua está entera y segura... y tú no sientes ira en absoluto, ¿verdad?

 Impulsivamente, agarró la mano de Allan. En el mismo instante, se dio cuenta de que estaba hablando y actuando como si todavía creyese en el Sueño. El color volvió de pronto a su semblante, y Midwinter se volvió, en un confuso silencio.

 -¿Qué te había dicho? -dijo Allan, riendo, pero un poco inquieto-. Aquella noche en el barco encallado sigue pesando en tu memoria como siempre.

 -Nada pesa sobre mí -replicó Midwinter, en un súbito arranque de impaciencia-, salvo la mochila que he cargado a mi espalda y el tiempo que estoy perdiendo. Saldré y veré si es probable que cese de llover.

 -¿Volverás? -preguntó Allan.

 Midwinter abrió la puerta vidriera y salió al jardín.

 -Sí -dijo, respondiendo con su amabilidad de antes-. Volveré dentro de quince días. Adiós, Allan. ¡Y que tengas suerte con Miss Gwilt!

 Cerró la puerta y se alejó por el jardín antes de que su amigo tuviese tiempo de seguirle.

 Allan se levantó y dio un paso hacia el jardín; pero se detuvo junto a la puerta y volvió a su sillón. Conocía lo bastante a Midwinter para saber que era completamente inútil tratar de seguirle o llamarle para que volviese. Se había ido, y tardaría dos semanas en volver a verle. Transcurrió una hora o más; seguía lloviendo y el cielo amenazaba más lluvia. Una impresión cada vez más fuerte de soledad y de desaliento (la impresión que su vida anterior le había enseñado menos a entender y a soportar) se apoderó de la mente de Allan. Temeroso de su propia casa, que por lo solitaria le parecía inhabitable, pidió su sombrero y su paraguas y resolvió refugiarse en el cottage del comandante «Hubiese debido acompañarle un trecho -se dijo pensando todavía en Midwinter al ponerse el sombrero-. Hubiese debido asegurarme de que mi buen amigo empezaba felizmente su viaje.»

 Tomó el paraguas. Si se hubiese fijado en la cara del criado que se lo entregó, posiblemente le habría preguntado algo y se habría enterado de alguna noticia que le intesaría en su estado de ánimo actual. Pero salió sin mirar al hombre y sin sospechar que sus criados sabían más que él mismo sobre los últimos momentos de Midwinter en Thorpe-Ambrose. No hacía diez minutos que el abacero el carnicero habían venido para cobrar sus facturas, y el abacero y el carnicero habían visto cómo empezaba Midwinter su viaje.

 El abacero le había visto el primero, no lejos de la casa, cuando se detenía bajo la copiosa lluvia para hablar con un diablillo harapiento que era la peste de la vecindad. El acostumbrado descaro del chico se había hecho aún más insoportable, al ver éste la mochila del caballero. ¿Y qué había hecho el caballero? Se había detenido, con aire afligido, y había apoyado amablemente las manos  (p.164) en los hombros del muchacho. El abacero lo había visto con sus propios ojos y había oído que decía: «¡Pobre rapazuelo! Yo sé cómo muerde el viento y cómo pasa la lluvia a través de una chaqueta rota; lo sé como no pueden saberlo la mayoría de los que tienen una buena chaqueta para cubrirse la espalda.» Dichas estas palabras, se había metido una mano en el bolsillo y había recompensado con un chelín la impertinencia del chico.

 -Está chalado -dijo el abacero, tocándose la sien-. ¡Esto es lo que opino del amigo de Mr. Armadale!

 El carnicero le había visto más lejos, en el otro extremo de la población. Midwinter se había detenido, también bajo la copiosa lluvia, y esta vez para mirar algo tan vulgar como un perro medio muerto de hambre y que estaba temblando en un portal.

 -Yo no le perdía de vista-dijo el carnicero-, ¿y sabéis lo que hizo? Cruzó la calle, entró en mi tienda y compro un trozo de carne como los que comemos los cristianos. Muy bien. Dice adiós y cruza de nuevo la calle y palabra de honor que se pone de rodillas en el mojado portal, saca su cuchillo, corta la carne y se la da al perro. Una carne, repito, digna de un cristiano. Yo no soy duro, señora -terminó el carnicero, dirigiéndose a la cocinera pero la carne es la carne, y le estaría bien empleado al amigo de su amo si se encontrase un día sin poder comerla.

 Acompañado en su camino solitario por estas viejas y no olvidadas simpatías de los viejos y no olvidados tiempos, se había alejado de la población y perdido de vista entre la niebla y la lluvia. El abacero y el carnicero habían visto sus últimas acciones, y habían juzgado a un gran carácter como son juzgados los grandes caracteres desde el punto de vista del abacero y del carnicero. 

LIBRO CUARTO

CAPÍTULO I

MRS. MILROY

 Dos días después de la partida de Midwinter de Thorpe-Ambrose, Mrs. Milroy, después de terminar su toilette de la mañana y de despedir a su enfermera, tocó la campanilla cinco minutos más tarde y, al presentarse de nuevo la mujer, preguntó con impaciencia si había llegado el correo.

 -¿El correo? -repitió la enfermera-. ¿No tiene su reloj? ¿No sabe que tardará más de media hora en llegar?

 Dijo esto con la confiada insolencia de la servidora acostumbrada a abusar de las  (p.165) flaquezas y de las necesidades de su dueña. Mrs. Milroy, por su parte, parecía estar también acostumbrada a los modales de su enfermera; sin advertirlo, daba sus órdenes sosegadamente.

 -Cuando llegue el cartero -dijo-, recíbalo usted misma. Estoy esperando una carta que hubiese debido recibir hace dos días. No lo comprendo. Empiezo a sospechar de la servidumbre.

 La enfermera sonrió desdeñosamente.

 -¿De quién sospechará la próxima vez? -preguntó?-. Bueno, no se inquiete. Yo abriré la puerta esta mañana, y ya veremos si puedo traerle una carta cuando llegue el cartero.

 Diciendo estas palabras, en el tono que emplearía una mujer para tranquilizar a un niño caprichoso, la enfermera salió de la habitación sin esperar la autorización de la señora.

 Mrs. Milroy, al quedar de nuevo sola, se volvió lenta y cansadamente en la cama y la luz que entraba por la ventana iluminó de lleno su cara.

 Era la cara de una mujer que había sido antaño hermosa y que, a juzgar por los años, se hallaba todavía en la flor de la vida. El continuo y prolongado sufrimiento físico y la continua y prolongada irritación mental la habían dejado (según la ruda y elocuente frase popular) en la piel y los huesos. La ruina total de su belleza resultaba aún más espantosa por sus desesperados esfuerzos para disimularla a sus propios ojos, a los ojos de su marido y de su hija e incluso a los del médico que la atendía y cuya función era ver las cosas como eran. La cabeza, de la que se había desprendido la mayor parte de los cabellos, habría parecido menos desagradable a la vista que la ridícula peluca juvenil con que trataba de ocultar su pérdida. Ningún deterioro de su tez, ni las muchas arrugas de su piel, habrían resultado tan horribles como la espesa capa de colorete que cubría sus mejillas y la pasta blanca que embadurnaba su frente. La delicada blonda y los brillantes adornos del camisón, las cintas del gorro y los anillos que lucía en los huesudos dedos, tendente todo ello a desviar la atención del cambio que se había producido en ella, servían para todo lo contrario, lo acentuaban, hacían que, por la fuerza del contraste, resultara más horrible y desesperado de lo que era en realidad. Un libro ilustrado de modas, en el que se veían mujeres que exhibían sus galas, gracias al libre uso de sus miembros, yacía sobre la cama de la que ella no había podido levantarse durante años sin la ayuda de su enfermera. Un espejo de mano estaba colocado junto al libro, de modo que pudiese cogerlo con facilidad. Lo tomó cuando la enfermera hubo salido de la habitación se miró la cara con un interés y una atención de los quese habría avergonzado cuando tenía dieciocho años.

 -¡Cada día más vieja y más delgada! -dijo-. El comandante será pronto un hombre libre, ¡pero antes haré que esa lagartona pelirroja salga de esta casa!

 Dejó caer el espejo sobre la colcha y apretó la mano que lo había sostenido. De pronto, fijó la mirada en un pequeño retrato a lápiz de su marido, que pendía en la pared de enfrente; sus ojos lo contemplaron con el brillo duro y cruel de un ave rapaz.

 En tu vejez prefieres el rojo, ¿eh? -dijo al retrato-. Cabellos rojos y cutis escrofuloso, y una figura rolliza y andares de bailarina y ágiles dedos de ratero. ¡Miss Gwilt Miss, ¡con esos ojos y esos andares! -Volvió súbitamente la cabeza sobre la almohada y soltó una ronca y burlona carcajada-. ¡Miss! -repitió una y otra vez, con el envenenado énfasis de la forma más despiadada del desprecio humano: el desprecio de una mujer por otra.

 La era en que vivimos considera que ninguna criatura humana es inexcusable. ¿Existe una excusa para Mrs. Milroy? Dejemos que la historia de su vida conteste esta pregunta.

 Se había casado con el comandante a una edad desacostumbradamente temprana y, al casarse con él, había tomado por marido a un hombre que era lo bastante mayor para ser su padre; un hombre que, en aquellos tiempos, tenía justa fama de haber aprovechado al máximo sus dotes sociales y las ventajas de su aspecto personal en su trato con las mujeres. Regularmente educada y de posición social inferior a la de su marido, ella había aceptado al principio su galanteo bajo la influencia de su propia vanidad halagada y había terminado sintiendo la misma fascinación que el comandante Milroy había ejercido, en años anteriores de su vida, sobre mujeres de mentalidad infinitamente superior a la de ella. A él le había conmovido su cariño y había sentido, a su vez, el atractivo de su belleza, de su frescura y de su juventud. Hasta que su pequeña y única hija cumplió los ocho años, su vida matrimonial fue desacostumbradamente feliz. Pero, en aquel período, una doble desgracia cayó sobre su hogar: la enfermedad de la esposa y la pérdida casi total de la fortuna del marido entonces terminó virtualmente la felicidad domestica de la pareja.

 Habiendo alcanzado la edad en que los hombres hallan generalmente más dispuestos a resignarse que a resistir cuando sufren una calamidad, el comandante había salvado lo poco que quedaba de sus bienes, se había retirado al campo y, pacientemente, había buscado consuelo en sus aficiones mecánicas. Una mujer más próxima a él en edad, o con mejor educación y mayor paciencia de las que poseía su esposa, habría comprendido la conducta del comandante y encontrado consuelo en la sumisión de éste. Pero Mrs. Milroy no encontró consuelo en nada. Ni su carácter ni su instrucción la ayudaron a resignarse a la cruel calamidad de que había sido víctima en el esplendor de su femineidad y en la flor de su belleza. El curso de la enfermedad incurable la destrozó en el acto y para toda la vida.

 El sufrimiento puede fomentar, y fomenta, el mal que  (p.166) existe latente en la humanidad, así como el bien latente. El bien que había en la naturaleza de Mrs. Milroy se encogió bajo la influencia sutilmente perniciosa que hacía crecer y florecer el mal. Un mes tras otro, al debilitarse físicamente, fue empeorando moralmente. Todo lo que había en ella de ruin, cruel y falso, creció en proporción inversa a la contracción de cuanto había tenido de generosa, amable y veraz. La antigua sospecha de que su marido podía recaer en su irregular conducta de soltero, sospecha que, en día de mejor salud mental y corporal le había confesado francamente (y que siempre, antes o después había comprobado que era injustificada), volvió de nuevo a su mente, ahora que la enfermedad la había divorciado de él en esa forma más baja de desconfianza conyugal que se mantiene astutamente en secreto, que agrupa átomo tras átomo sus partículas inflamables, y enciende en el cerebro esos celos furiosos que arden a fuego lento. Ninguna prueba que pudiese presentarse ahora a Mrs. Milroy de la vida intachable y paciente de su esposo, ninguna apelación al respeto que se debía a sí misma o a su hija, que se estaba convirtiendo en mujer, servían para disipar aquella terrible obseción fruto de su enfermedad incurable y que crecía al empeorar ésta. Como todas las locuras, tenía su flujo y su reflujo, sus momentos de espasmódico arrebato y sus momentos de engañosa calma; pero, activa o pasivamente, estaba siempre en ella. Había dañado a inocentes servidores, insultado a intachables forasteros. Había hecho brotar las primeras lágrimas de vergüenza y de dolor de los ojos de su hija, y había marcado las arrugas más profundas que surcaban la faz de su marido. Había causado el infortunio secreto de la reducida familia durante años, e iba ahora a traspasar los límites familiares e influir en los sucesos que habían de producirse en Thorpe-Ambrose y que afectarían de un modo vital a los futuros intereses de Allan y de su amigo.

 Para apreciar debidamente las graves consecuencias que siguieron a la aparición de Miss Gwilt en escena, es preciso observar un momento el estado de los asuntos domésticos en el cottage antes de ser contratada la nueva institutriz.

 Al casarse la institutriz que había servido muchos años en su casa (una mujer de una edad y un físico capaces de anular incluso los celos de Mrs. Milroy), el comandante había considerado la cuestión de enviar a su hija lejos de casa con mucha más seriedad de lo que su esposa suponía. Por una parte, preveía las escenas que se desarrollarían en la casa, sin la presencia de la muchacha. Por otra, sentía una invencible renuencia a aplicar el único remedio eficaz: mantener a su hija fuera de casa tanto en el período escolar como en el de vacaciones. Al poner fin a la lucha que se había desarrollado en su mente, con la resolución de publicar un anuncio solicitando una nueva institutriz, la tendencia natural del comandante Miiroy de eludir las dificultades en vez de enfrentarse a ellas se había manifestado de la manera acostumbrada. Había cerrado nuevamente los ojos a la angustia de su hogar, con la discreción habitual en él, y había vuelto, como en centenares de ocasiones, a la consoladora compañía de su viejo amigo el reloj.

 Muy distinto era el caso de la esposa del comandante La posibilidad, que su esposo no había considerado en absoluto, de que la nueva institutriz fuera más joven y más atractiva que la que se había ido, fue la primera que acudió a la mente de Mrs. Milroy. Pero no había dicho nada. Observando y alimentando en secreto su inveterada desconfianza, había animado a su esposo y a su hija a que la dejasen sola en ocasión del pícnic, con la expresa intención de buscar la oportunidad de ver a solas a la nueva institutriz. Ésta se había presentado, y el fuego latente de los celos de Mrs. Milroy había estallado en llamas en el momento en que ella y la hermosa forastera se vieron por primera vez.

 Terminada la entrevista, la desconfianza de Mrs. Milroy recayó inmediata e inevitablemente en la madre de su marido. Sabía muy bien que era la única persona en Londres a quien podía encargar el comandante que tomase los necesarios informes; sabía muy bien que Miss Gwilt había solicitado el cargo, en primera instancia, como una desconocida que contestaba a un anuncio publicado en un periódico. Pero incluso sabiendo todo esto, había cerrado obstinadamente los ojos, con el ciego frenesí de la más ciega de todas las pasiones, a los hechos que tenía delante, y, recordando la última de las muchas disputas en que las dos se habían enzarzado, y que había terminado separando definitivamente a la anciana de ella, había sacado la conclusión de que la contratación de Miss Gwilt se debía al afán vengativo de su suegra de causar daño en su hogar. La evidencia compartida acertadamente por la propia servidumbre, testigo del escándalo familiar (de que la madre del comandante al asegurar para su hijo los servicios de una institutriz capacitada, no se había creído obligada a tomar en cuenta el aspecto físico de ésta, por lo que pudiese afectar a las extravagantes fantasías de su nuera), es algo que, sencillamente, no cabía en la mente de Mrs. Milroy. La resolución que habría tomado en todo caso, impulsada por los celos, fue doblemente confirmada por la convicción que tenía ahora. Apenas hubo cerrado Miss Gwilt la puerta de la habitación de la enferma, los labios de Mrs. Milroy susurraron estas palabras:

 -Antes de que transcurra una semana, señora mía, ¡te habrás largado de aquí!

 Desde aquel momento, a lo largo de las noches en blanco y de los días de tedio, el único objeto de la enferma fue preparar el despido de la nueva  (p.167) institutriz.

 Consiguió la ayuda de la enfermera en calidad de espía (como estaba acostumbrada a conseguir que le prestase otros servicios a los que no venía obligada), mediante el regalo de otro vestido de su guardarropa. Una tras otra, buenas prendas de vestir, inútiles ahora para Mrs. Milroy, habían satisfecho de este modo la codicia de la enfermera, insaciable afán de las mujeres feas por la ropa elegante. Sobornada con el vestido más lindo que jamás hubiese tenido, la espía doméstica recibió las órdenes secretas de su señora y se aplicó, con ruin satisfacción, a su trabajo secreto.

 Transcurrieron días y continuó el trabajo, pero con resultado nulo. El ama y la servidora tenían que habérselas con una mujer que podía con las dos. Repetidas intrusiones, cuando el comandante y la institutriz se hallaban en la misma habitación, fueron inútiles para descubrir la menor incorrección, de obra o de palabra, por parte de ninguno de los dos. La continua escucha y vigilancia detrás de la puerta del dormitorio de la institutriz reveló que ésta tenía encendida la luz hasta altas horas de la noche, que gemía y chirriaba de dientes cuando dormía... y nada más. Una cuidadosa observación durante el día demostró que siempre echaba personalmente sus cartas al correo, en vez de confiarlas a la sirvienta, y que en ciertas ocasiones, en las horas libres que le quedaban después de las lecciones y el paseo, desaparecía súbitamente del jardín y volvía sola desde el parque. Una vez, sólo una vez, había tenido la enfermera oportunidad de seguirla fuera del jardín, pero había sido sorprendida inmediatamente por Miss Gwilt en el parque, y ésta le había preguntado, con desesperante cortesía, si quería acompañarla a dar un paseo. Se descubrieron abundantes circunstancias de esta clase, lo bastante sospechosas para la mente de una mujer enferma; pero ninguna que tuviese solidez suficiente para ser denunciada al comandante. Así fueron pasando los días, y Miss Gwilt siguió mostrándose absolutamente correcta en su conducta y absolutamente irreprochable en sus relaciones con su patrono y con su discípula.

 Habiendo fracasado en su intento, Mrs. Milroy trató después de encontrar algún punto vulnerable en el informe sobre los antecedentes de la institutriz.

 Después  (p.168) de conseguir que el comandante le entregase el minucioso informe que le había enviado su madre a este respecto, Mrs. Milroy lo leyó y lo releyó, sin encontrar en parte alguna de la carta el punto flaco que andaba buscando. Se habían hecho todas las preguntas de rigor y todas ellas habían sido lisa y llanamente contestadas. La única oportunidad para un ataque que pudo descubrir se manifestaba por sí sola, después de solventadas todas las cuestiones prácticas, en las últimas frases de la carta.

 «Me impresionaron tanto -se decía en aquel párrafo-, la gracia y los modales distinguidos de Miss Gwilt, que aproveché la ocasión de que saliese de la estancia para preguntar la causa de que tuviese que trabajar de institutriz. "Fue lo de siempre", se me dijo. "Una lamentable desgracia de familia, en la que ella se comportó noblemente. Miss Gwilt es una persona muy sensible y rehuye hablar de ello con extraños, renuencia natural que siempre he considerado que, por delicadeza, debía respetar." Al oír esto, compartí naturalmente aquel delicado sentimiento. Yo no debía entrometerme en los disgustos privados de la pobre infeliz; mi único deber era asegurarme, como me he asegurado, de que contrataba a una institutriz capacitada y respetable para instruir a mi nieta.»

 Después de reflexionar a fondo sobre estas líneas, Mrs. Milroy, en su afanosa búsqueda de circunstancias sospechosas, pensó que las había encontrado al fin. Decidió investigar el misterio de los infortunios familiares de Miss Gwilt, por si podía extraer de ellos algo útil para su propósito. Había dos maneras de hacerlo. Podía empezar interrogando a la propia institutriz, o haciendo averiguaciones sobre la persona que había dado los informes. Su experiencia de la rapidez y habilidad con que había respondido Miss Gwilt a las preguntas embarazosas en el curso de su primera entrevista la persuadió de que era mejor el segundo camino. «Primero pediré a la persona que dio los informes que me cuente la desgraciada historia pensó-; después interrogaré a la interesada, y veré si coinciden los dos relatos.»

 La carta de petición de información fue breve y escrupulosamente meditada. Mrs. Milroy la empezó informando a la destinataria de que su estado de salud la obligaba a dejar enteramente a su hija bajo el control y la influencia de su institutriz.

 Por esta razón necesitaba, más que la mayoría de las madres, poseer una información completa sobre todo lo referente a la persona a quien debía confiar todo el cuidado de su hija única, y esperaba que esta natural preocupación le sirviese de excusa si, después de los excelentes informes que había recibido de Miss Gwilt, formulaba una pregunta que podía parecer innecesaria. Después de este prefacio, Mrs. Milroy iba al grano y pedía que se la informase de las circunstancias que habían obligado a Miss Gwilt a trabajar como institutriz.

 La carta, redactada en estos términos, fue echada al correo el mismo día. La mañana en que esperaba la respuesta, ésta no llegó. La mañana siguiente, tampoco hubo contestación. La tercera mañana, Mrs. Milroy no pudo contener su impaciencia por más tiempo. Llamó a la enfermera, tal como ha sido ya relatado, y ordenó a la mujer que esperase al cartero y se hiciese personalmente cargo de la correspondencia.

 Así se hallaban ahora las cosas, y en estas circunstancias domésticas se inició la nueva serie de acontecimientos en Thorpe-Ambrose.

 Mrs. Milroy acababa de mirar su reloj y había asido ya, una vez más, el cordón de la campanilla, cuando se abrió la puerta y entró la enfermera en la habitación. -¿Ha venido el cartero? -preguntó Mrs. Milroy.

 La enfermera dejó una carta sobre la cama, sin responder, y esperó, con no disimulada curiosidad, el efecto que producía en la paciente.

 Mrs. Milroy tomó la carta y rasgó inmediatamente el sobre. Apareció un papel impreso (que dejó a un lado) envolviendo una carta (la cual miró) cuyo sobre estaba escrito de su propio puño y letra. Entonces agarró el papel impreso. Era la acostumbrada circular de Correos, informándole de que la carta había sido debidamente llevada a su dirección y de que el destinatario era desconocido.

 -¿Algo anda mal? -preguntó la enfermera, observando un cambio en el semblante de la enferma.

 La pregunta quedó sin respuesta. El escritorio de Mrs. Milroy estaba encima de la mesita de noche. Sacó de él la carta que la madre del comandante había escrito a su hijo y buscó la página en que se consignaba el nombre y la dirección de la persona que había dado informes de Miss Gwilt. «Mrs. Mandeville, 18, Kingsdown Crescent, Bayswater», leyó ansiosamente, y después miró la dirección de su propia carta devuelta. No había cometido ningún error: las dos direcciones eran idénticas.

 -¿Algo anda mal? -repitió la enfermera, acercándose a la cama.

 -Afortunadamente... ¡sí! -gritó Mrs. Milroy, con súbito entusiasmo. Arrojó la circular de Correos a la enfermera y golpeó la colcha con sus manos esqueléticas, en un éxtasis de triunfo anticipado-. ¡Miss Gwilt es una impostora! ¡Miss Gwilt es una impostora! Aunque me cueste la vida, Rachel, ¡me asomaré a la ventana para ver cómo se la lleva la policía!

 -Una cosa es decir que es una impostora a espaldas de ella y otra muy distinta demostrarlo en su presencia -observó la enfermera.

 Mientras hablaba, introdujo una mano en su bolsillo, y, dirigiendo una mirada significativa a su señora, sacó en silencio una segunda carta.

 -¿Para mí? -preguntó Mrs. Milroy.

 -No -dijo la enfermera-; para Miss Gwilt.

 Las dos mujeres se miraron y se comprendieron sin palabras.

 -¿Dónde está ella? -dijo Mrs. Milroy.

 La  (p.169) enfermera señaló en dirección al parque.

 -Ha salido una vez más, para dar un paseo antes del desayuno... a solas.

 Mrs. Milroy indicó a la enfermera que se acercase más.

 -¿Puedes abrirla, Rachel? -murmuró.

 Rachel asintió con la cabeza.

 -¿Puedes cerrarla de nuevo, para que nadie se entere?

 -¿Le hace a usted falta el pañuelo que hace juego con su vestido gris perla? -preguntó Rachel.

 -¡Tómalo! -dijo Mrs. Milroy con impaciencia.

 La enfermera abrió el armario en silencio; tomó el pañuelo en silencio; salió de la habitación en silencio. Antes de cinco minutos, volvió con el sobre de la carta de Miss Gwilt abierto en sus manos.

 -Gracias, señora, por el pañuelo -dijo Rachel, dejando el sobre abierto sobre el cubrecama.

 Mrs. Milroy miró el sobre. Había sido cerrado como de costumbre por medio de una goma adhesiva, que había cedido con la aplicación de vapor. Al sacar Mrs. Milroy la carta, su mano tembló violentamente y la capa de afeite blanco se agrietó sobre las arrugas de su frente.

 -Mis gotas -dijo-. Estoy terriblemente excitada, Rachel. ¡Mis gotas!

 Rachel le dio las gotas y después se dirigió a la ventana a observar el parque.

 -No se dé prisa -dijo-. No hay señales de ella todavía.

 Mrs. Milroy hizo una pausa, manteniendo el importantísimo papel doblado en su mano. Habría sido capaz de arrancarle la vida a Miss Gwilt, pero vacilaba en leer su carta.

 -¿Tiene usted escrúpulos? -preguntó la enfermera, con una sonrisa burlona-. Considérelo un deber para con su propia hija.

 -¡Eres mala! -dijo Mrs. Milroy.

 Y habiendo expresado así su opinión, abrió la carta.

 Saltaba a la vista que había sido escrita apresuradamente; no llevaba fecha y sólo estaba firmada con unas iniciales. Decía así:

 «Diana Street.

 Mi querida Lydia: El simón me está esperando en la puerta y sólo dispongo de un momento para decirte que me veo obligada a ausentarme de Londres, tres o cuatro días, o una semana como máximo, por cuestiones de negocios. Si me escribes, me remitirán tus cartas.

 Ayer recibí la tuya y estoy de acuerdo contigo en que es muy importante que no le hables a él de ti y de tu familia mientras puedas evitarlo. Cuanto mejor le conozcas, mejor podrás elegir la clase de historia más conveniente. Cuando se la hayas contado, tendrás que ceñirte a ella... y, si tienes que ceñirte a ella, debes cuidar muy bien de que no sea complicada y de no inventarla apresuradamente. Volveré a escribirte sobre esto y te comunicaré mis propias ideas. Mientras tanto, no te arriesgues a encontrarte con él demasiado a menudo en el parque.

 Tuya,

 M.O.»

 -¿Y bien? -preguntó la enfermera, acercándose de nuevo a la cama-. ¿Ha terminado ya?

 -Encontrarte con él en el parque -repitió Mrs. Milroy, sin apartar los ojos de la carta-. ¡Con él! Rachel, ¿dónde está el comandante?

 -En su habitación.

 -¡No lo creo!

 -Piense lo que quiera. Ahora déme la carta y el sobre.

 -¿Podrás cerrarlo de nuevo sin que ella se entere?

 -Lo que puedo abrir, puedo cerrarlo. ¿Algo más?

 -Nada.

 Mrs. Milroy se quedó de nuevo sola, para revisar su plan de ataque bajo la nueva luz en que veía ahora a Miss Gwilt.

 La información que acababa de obtener, al leer la carta dirigida a la institutriz, llevaba claramente a la conclusión de que una aventurera se había introducido en la casa por medio de unos informes falsos. Pero, como había obtenido la información mediante un acto indigno e inconfesable, no podía emplearla para poner sobre aviso al comandante ni para poner en evidencia a Miss Gwilt. La única arma de que disponía Mrs. Milroy era la carta que le había sido devuelta, y lo único que debía decidir ahora era cómo utilizarla de la manera más eficaz y más rápida.

 Cuantas más vueltas daba al asunto en su cabeza, más irreflexivo y prematuro le parecía el entusiasmo que había sentido al ver la circular de la oficina de Correos. Que la dama que había dado informes de la institutriz hubiese abandonado su domicilio sin dejar señas, era una circunstancia lo bastante sospechosa para que la mencionase al comandante. Pero Mrs. Milroy, por mucho que menospreciase a su marido en algunos aspectos, conocía lo bastante su carácter para estar segura de que, si le contaba lo sucedido, llamaría a la institutriz y le pediría una explicación. En tal caso, el ingenio y la astucia de Miss Gwilt permitirían a ésta dar una respuesta plausible e inmediata que el comandante, llevado de su parcialidad, se apresuraría a aceptar; y sin duda arreglaría las cosas valiéndose del correo, de manera que llegase la necesaria confirmación por parte de su cómplice de Londres. Estaba claro que el camino más seguro a seguir, con un hombre como el comandante y una mujer como Miss Gwilt, era guardar de momento un silencio absoluto y realizar (sin que se enterase la institutriz) las investigaciones necesarias para el descubrimiento de alguna prueba evidente. Pero, como no podía hacerlo ella misma, ¿a quién confiaría Mrs. Milroy la difícil y peligrosa tarea de la investigación? Aunque confiase en la enfermera, no podía privarse de ella de la noche a la mañana, ni podía enviarla sin correr el riesgo de llamar la atención. ¿Había en Thorpe-Ambrose o en Londres alguna otra persona competente y de fiar a quien pudiese encargar el trabajo?

 Mrs. Milroy empezó a dar vueltas en la cama, rebuscando en vano una respuesta en su mente. «¡Ay, si encontrase un hombre en quien pudiese confiar! -pensó, desesperadamente-. ¡Si supiese dónde buscar a alguien que pudiese ayudarme!»

 Mientras pensaba esto, la sobresaltó el sonido de la voz de su hija al otro lado de la puerta.

 ¿Puedo entrar? -preguntó Neelie.

 -¿Qué quieres? -replicó Mrs. Milroy, con impaciencia.

 -Te traigo el  (p.170) desayuno, mamá.

 -¿El desayuno? -repitió, sorprendida, Mrs. Milroy-. ¿Por qué no lo trae Rachel como de costumbre?-Reflexionó un momento y después dijo vivamente-: ¡Entra!

CAPÍTULO II

SE ENCUENTRA AL HOMBRE

 Neelie entró en la habitación, llevando la bandeja con el té, la tostada y la mantequilla que componían el desayuno invariable de la inválida.

 -¿Qué significa esto? -preguntó Mrs. Milroy, en el tono y con la expresión que habría empleado ante una criada que por error se hubiese metido en su dormitorio.

 Neelie dejó la bandeja sobre la mesita de noche.

 -Pensé que me apetecía subirte el desayuno, mamá, aunque sólo fuese por una vez -respondió-, y le pedí a Rachel que me lo permitiese.

 -Ven aquí -le dijo Mrs. Milroy- y dame los buenos días.

 Neelie obedeció. Al inclinarse para besar a su madre, Mrs. Milroy la asió del brazo y, bruscamente, la obligó a volverse hacia la luz. Claras señales de turbación y de aflicción se pintaban en la cara de su hija. Mrs. Milroy sintió al instante un escalofrío de terror. Sospechó que la apertura de la carta había sido descubierta por Miss Gwilt y que, en consecuencia, la enfermera se escondía.

 -Suéltame, mamá -dijo Neelie, encogiéndose bajo el apretón de su madre-. Me haces daño.

 -Dime por qué me has subido el desayuno esta mañana -insistió Mrs. Milroy.

 -Ya te lo he dicho, mamá.

 -¡No me lo has dicho! Me has dado una excusa, lo leo en tu cara. ¡Vamos! ¿Qué es?

 La resolución de Neelie pudo menos que la de su madre. La joven, inquieta, desvió la mirada hacia la bandeja -Estaba enfadada -dijo, haciendo un esfuerzo- y no quería quedarme en el comedor. Quería subir aquí y hablar contigo.

 -¿Enfadada? ¿Quién te ha hecho enfadar? ¿Qué ha sucedido? ¿Tiene Miss Gwilt algo que ver con esto?

 Neelie se volvió de nuevo hacia su madre, súbitamente curiosa y alarmada.

 -¡Mamá! -dijo-. Tú lees mis pensamientos, y esto me asusta. ¡Era Miss Gwilt!

 Antes de que Mrs. Milroy pudiese responderle, se abrió la puerta y entró la enfermera.

 -¿Tiene todo lo que necesita? -preguntó, con su calma acostumbrada-. La señorita insistió en subir su bandeja esta mañana. ¿No ha roto nada?

 -Ve a la ventana -dijo Mrs. Milroy a su hija-. Tengo que hablar con Rachel.

 En  (p.171) cuanto la joven hubo vuelto la espalda, llamó a la enfermera con un ademán apremiante.

 -¿Algún tropiezo? -preguntó en voz baja-. ¿Piensas que sospecha de nosotras?

 La enfermera se volvió, con su dura y burlona, sonrisa.

 -Le dije que lo haría -dijo- y lo he hecho. Ella no sospecha nada en absoluto. Esperé en la habitación y vi cómo tomaba la carta y la abría.

 Mrs. Milroy lanzó un profundo suspiro de alivio.

 -Gracias -dijo, lo bastante fuerte para que lo oyese su hija-. No necesito nada más.

 La enfermera se retiró y Neelie volvió de la ventana.

 Mrs. Milroy le asió una mano y miró a su hija con mayor atención y amabilidad que de costumbre. Su hija le interesaba esta mañana, pues tenía algo que decirle sobre Miss Gwilt.

 -Yo siempre había pensado que prometías ser muy linda, hija mía -dijo, reanudando cuidadosamente la conversación interrumpida, de la manera menos directa-. Pero tú no pareces cumplir tu promesa. Se diría que estás delicada de salud y desanimada. ¿Qué te sucede?

 Si hubiese habido alguna comprensión entre madre e hija, Neelie habría confesado la verdad. Habría dicho francamente: «Parezco enferma porque mi vida es muy triste. Quiero a Mr. Armadale, y hubo un tiempo en que Mister Armadale me quería. Tuvimos una pequeña riña, sólo una, y yo tuve la culpa. Quise decírselo entonces y he querido decírselo después, pero Miss Gwilt se interpone entre nosotros y me lo impide. Hace que parezcamos dos desconocidos; le ha cambiado, me lo ha quitado. Él ya no me mira como me miraba; no me habla como me hablaba; nunca está a solas conmigo como solía estar; no puedo decirle las palabras que ansio pronunciar, y no puedo escribirle, porque parecería que quiero hacerle volver. Todo ha terminado entre Mister Armadale y yo, y ha sido por culpa de esa mujer. Miss Gwilt y yo estamos de punta durante todo el día, y diga yo lo que diga, y haga lo que haga, ella se supera siempre y me deja en mal lugar. Antes de que ella viniese, todo lo que veía en Thorpe-Ambrose me gustaba y todo lo que realizaba en Thorpe-Ambrose me hacía feliz. ¡Ahora nada me gusta y nada me hace feliz!» Si Neelie hubiese estado acostumbrada a pedir consejo a su madre y a confiar en el amor de ésta, le habría dicho algo por aquel estilo. Tal como estaban las cosas, sus ojos se llenaron de lágrimas, y bajó la cabeza, en silencio.

 -¡Vamos! -dijo Mrs. Milroy, empezando a perder la paciencia-. Tienes algo que decirme acerca de Miss Gwilt. ¿Qué es ello?

 Neelie reprimió sus lágrimas e hizo un esfuerzo para responder.

 -Me irrita de un modo insoportable, mamá; no puedo aguantarla; tengo que hacer algo... -Neelie se interrumpió y dio una patada furiosa en el suelo-. Si seguimos mucho tiempo así, ¡le arrojaré algo a la cabeza! Ya lo habría hecho esta mañana, si no me hubiese marchado de la habitación. ¡Oh, habla de esto con papá! ¡Encuentra algún motivo para despedirla! ¡Iré al colegio, haré cualquier cosa con tal de librarme de Miss Gwilt!

 ¡Librarme de Miss Gwilt! Al oír estas palabras, este eco en labios de su hija del único deseo dominante mantenido en secreto en su propio corazón, Mrs. Milroy se incorporó lentamente en la cama. ¿Qué significaba esto? ¿Recibiría la ayuda que buscaba de la última persona a quien habría pensado pedírsela?

 -¿Por qué quieres librarte de Miss Gwilt? -preguntó-. ¿Qué quejas tienes de ella?

 -¡Ninguna! -dijo Neelie-. Esto es lo peor. Miss Gwilt no me da ningún motivo para quejarme. Es absolutamente detestable; me vuelve loca; pero es el colmo de la corrección en todo instante. Quizás esté mal, pero no me importa: ¡la odio!

 Los ojos de Mrs. Milroy interrogaron el semblante de su hija como no lo habían interrogado nunca. Evidentemente, había algo debajo de la superficie, algo cuyo descubrimiento podía ser de vital importancia para sus propios fines y que todavía no se había manifestado. Continuó sondeando delicadamente el pensamiento de Neelie, con un interés cada vez más pronunciado en el secreto de su hija.

 -Sírveme una taza de té -dijo- y no te excites, querida. ¿Por qué me hablas a mí de esto? ¿Por qué no se lo dices a tu padre?

 -He tratado de hablar con papá -dijo Neelie-■ Pero es inútil; él es demasiado bueno para comprender lo mala que es ella. Y ella se porta siempre magníficamente con él, se esfuerza continuamente en serle útil. Yo no puedo hacerle comprender por qué me disgusta Miss Gwilt, como no puedo hacer que lo comprendas tú; sólo puedo comprenderlo yo misma. -Trató de servir el té y volcó la taza-. ¡Me vuelvo abajo! -exclamó, rompiendo a llorar-. No sirvo para nada. ¡Ni siquiera sé servir una taza de té!

 Mrs. Milroy le agarró una mano y la detuvo. Por insignificante que fuese la referencia de Neelie a las relaciones entre el comandante y Miss Gwilt, habían despertado de nuevo los fáciles celos de su madre. El comedimiento que Mrs. Milroy se había impuesto hasta entonces se desvaneció en un instante; se desvaneció incluso en presencia de una niña de dieciséis años y a pesar de que esta niña era su hija.

 -¡Espera! -dijo, ansiosamente-. Has acudido al lugar adecuado y a la persona adecuada. Sigue insultando a Miss Gwilt. Me gusta oírte... ¡Yo también la odio!

 -¿Tú, mamá? -exclamó Neelie, mirando a su madre con asombro.

 Por un instante, Mrs. Milroy vaciló antes de seguir hablando. Algún último recuerdo de su vida de casada en tiempos más tempranos y felices le suplicaba que respetase la juventud y el sexo de su hija. Pero los celos no respetan nada en el cielo ni en la tierra, aparte de ellos mismos. El fuego lento y atormentador que ardía día y noche en el pecho  (p.172) de aquella infeliz puso destellos mortales en sus ojos, al brotar de sus labios, lentamente, las palabras llenas de veneno.

 -Si tuvieses ojos en la cara, nunca habrías acudido a tu padre -dijo-. Tu padre tiene sus razones para no oír nada de lo que tú puedas decirle, o de lo que cualquiera pueda decirle, contra Miss Gwilt.

 Muchas jovencitas de la edad de Neelie no habrían captado el significado oculto de aquellas palabras. Pero en este caso, la hija conocía por experiencia a su madre lo bastante para comprenderla. Neelie se apartó de la cama, con el rostro enrojecido.

 -¡Mamá! -dijo-. ¡Tus palabras son horribles! Papá es el hombre más bueno y más digno y más amable... ¡Oh, no quiero oírlo! ¡No quiero oírlo!

 El mal genio de Mrs. Milroy estalló inmediatamente, estalló con tanta más violencia cuanto que sentía, contra su voluntad, que podía estar equivocada.

 -¡Descarada y pequeña estúpida! -replicó furiosamente-. ¿Piensas que voy a tolerar que tú me recuerdes lo que debo a tu padre? ¿Va a enseñarme una lagartona como tú cómo tengo que hablar de tu padre, lo que he de pensar de tu padre, y cómo tengo que amar y honrar a tu padre? Te diré que tuve un gran disgusto cuando tú naciste. Yo quería un niño, ¡pequeña desvergonzada! Si alguna vez encuentras un hombre lo bastante imbécil para casarse contigo, tendrá suerte si sólo le amas la mitad, una cuarta parte, una cienmilésima parte de lo que amé yo a tu padre. ¡Ah, puedes llorar cuando es demasiado tarde, puedes arrastrarte para pedir perdón a tu madre después de haberla insultado, pequeña y torpe criatura! Cuando me casé con tu padre, era más hermosa de lo que tú serás jamás, y habría caminado sobre brasas para servirle. Si él me hubiese pedido que me cortase un brazo lo habría hecho, ¡lo habría hecho para complacerle! -Se volvió súbitamente de cara a la pared, olvidándose de su hija, olvidándose de su marido, olvidándose de todo salvo del atormentador recuerdo de su belleza perdida-. ¡Un brazo! -repitió débilmente, hablando consigo misma-. ¡Qué brazos tenía cuando era joven! -Levantó disimuladamente la manga de su camisón y se estremeció-. ¡Oh, míralo ahora! ¡Míralo ahora!

 Neelie cayó de rodillas junto a la cama y ocultó el semblante. Desesperando de encontrar consuelo y ayuda en otra parte, se había puesto impulsivamente en manos de su madre, ¡y he aquí cómo había terminado la cosa!

 -¡Oh, mamá -suplicó-, sabes que no quería ofenderte! No he podido evitarlo cuando has hablado de aquel modo de mi padre. ¡Oh, perdóname, perdóname!

 Mrs. Milroy volvió de nuevo la cabeza sobre la almohada y contempló a su hija con mirada ausente.

 -¿Perdonarte? -repitió, con la mente todavía en el pasado y volviendo a tientas al presente.

 -Te pido perdón, mamá; te pido perdón de rodillas. ¡Soy tan desgraciada! ¡Me hace tanta falta un poco de ternura! ¿No quieres perdonarme?

 -Espera un poco -dijo Mrs. Milroy-. ¡Ah! -exclamó, después de un intervalo-. ¡Ya sé! ¿Perdonarte? Sí, te perdonaré con una condición. -Levantó la cabeza de Neelie y le dirigió una mirada penetrante-. Dime por qué odias a Miss Gwilt. Tienes una razón para odiarla y todavía no me has dicho cuál es.

 Neelie bajó de nuevo la cabeza. El rubor que quería ocultar al esconder la cara se manifestó en su cuello. Su madre lo vio, y le dio tiempo.

 -Dime -repitió después Mrs. Milroy, en tono más amable- por qué la odias.

 La niña respondió de mala gana, en palabras sueltas, en fragmentos.

 -Porque está tratando...

 -Tratando ¿qué?

 -Tratando de que alguien que es demasiado...

 -Demasiado ¿qué?

 -Demasiado joven para ella...

 -¿Se case con ella?

 -Sí, mamá.

 Profundamente interesada, Mrs. Milroy se inclinó hacia delante y acarició descuidadamente los cabellos de su hija.

 -¿Quién es él, Neelie? -preguntó, en voz baja.

 -Si te lo digo, ¿no lo dirás a nadie, mamá?

 -¡Nunca! ¿Quién es él?

 -Mister Armadale.

 Mrs. Milroy descansó de nuevo la cabeza sobre la almohada, en silencio. La evidente traición al primer amor de su hija, confesado por los propios labios de ésta, que habría absorbido toda la atención de otras madres, no la preocupó un solo instante. Sus celos, que lo deformaban todo para adaptarlo a sus propias conclusiones, deformaban ahora lo que acababa de oír. «Un ardid -pensó-, que ha engañado a mi hija. Pero a mí no me engaña.»

 -¿Puede Miss Gwilt conseguir lo que pretende? -preguntó en voz alta-. ¿Muestra Mister Armadale algún interés por ella?

 Neelie levantó ahora la cabeza para mirar a su madre. La parte más difícil de su confesión había terminado: había revelado la verdad sobre Miss Gwilt y había mencionado expresamente el nombre de Allan.

 -El muestra un interés inexplicable -dijo-. Es imposible comprenderlo. Es un enamoramiento manifiesto. ¡No tengo valor para hablar de ello!

 -¿Y cómo te has enterado tú de los secretos de Mister Armadale? ¿Te ha informado él, precisamente a ti, de su interés por Miss Gwilt?

 -¡A mí! -exclamó Neelie, indignada-. Lo peor es que habló de ello a papá.

 Al aparecer el comandante en la narración, el interés de Mrs. Milroy en la conversación alcanzó su punto culminante. Se incorporó de nuevo.

 -Toma una silla -dijo-. Siéntate, pequeña, y cuéntamelo todo. Palabra por palabra, fíjate bien, ¡palabra por palabra!

 -Sólo puedo decirte lo que papá me dijo.

 -¿Cuándo?

 -El sábado. Fui a llevarle el almuerzo al taller, y él me dijo: «Acabo de recibir la visita de Mister Armadale, y quiero hacerte una advertencia, ahora que pienso en ello.» Yo no dije nada, mamá; sólo esperé. Papá continuó y me dijo que Mister Armadale le había estado hablando de Miss Gwilt y que le había hecho,  (p.173) acerca de ella, una pregunta que nadie de su posición tenía derecho a hacer. Papá dijo que se había visto obligado a decirle a Mister Armadale, con buenas palabras, que fuese un poco más delicado y precavido la próxima vez. A mí, esto me interesaba poco, mamá; no me importaba lo que dijese o hiciese Mister Armadale. ¿Por qué había de importarme?

 -No pienses en ti -le interrumpió vivamente Mrs. Milroy-. Continúa con lo que dijo tu padre. ¿Qué estaba haciendo cuando hablaba de Miss Gwilt? ¿Qué aspecto tenía?

 -Más o menos el de siempre, mamá. Andaba arriba y abajo por el taller, y yo le así del brazo y anduve arriba y abajo con él.

 -No me importa lo que hiciste tú -dijo Mrs. Milroy, cada vez más irritada-. ¿Te dijo tu padre cuál había sido la pregunta que le había hecho Mister Armadale?

 -Sí, mamá. Me dijo que Mister Armadale había empezado declarando que estaba muy interesado en Miss Gwilt y había preguntado después si papá podía informarle sobre las desgracias familiares de aquélla...

 -¡Qué! -gritó Mrs. Milroy. La palabra brotó de sus labios casi como un alarido, y el esmalte blanco de su cara se quebró en todas direcciones-. ¿Preguntó esto Mister Armadale? -siguió diciendo, inclinándose más y más sobre el borde de la cama.

 Neelie se irguió y trató de que su madre volviese a descansar sobre la almohada.

 -¡Mamá! -exclamó-, ¿te duele algo? ¿Te encuentras mal? ¡Me has asustado!

 -No es nada, no es nada -dijo Mrs. Milroy. Su agitación era demasiado violenta para que pudiese dar una excusa diferente de la más vulgar-. Mis nervios andan mal esta mañana; no te preocupes. Probaré el otro lado de la almohada. Continúa, continúa. Te escucho, aunque no te esté mirando. -Volvió la cara hacia la pared y cerró convulsivamente las temblorosas manos debajo de la sábana-. ¡Ya la tengo! -murmuró para sí-. ¡Por fin la he pillado!

 -Temo haber hablado demasiado -dijo Neelie-. Me parece que ya te he molestado bastante. ¿Quieres que me vaya, mamá, y vuelva más tarde?

 -Prosigue -repitió mecánicamente Mrs. Milroy-. ¿Qué dijo después tu padre? ¿Algo más sobre Mister Armadale?

 -Nada más, salvo su propia respuesta -le contestó Neelie-. Papá me repitió las palabras que le había dicho: «Dado que la propia dama no  (p.174) me ha hecho ninguna confidencia, Mister Armadale, lo único que sé (y discúlpeme si digo que es lo único que cualquiera necesita saber) es que Miss Gwilt me presentó unos informes plenamente satisfactorios antes de entrar en mi casa.» Fue duro, mamá, ¿no crees? Pero no compadezco en absoluto a Mister Armadale, pues lo tuvo bien merecido. Después, papá me hizo una advertencia. Me dijo que atajase la curiosidad de Mister Armadale, si éste me hacía preguntas en el mismo sentido. ¿Por qué había de hacérmelas? ¿Y por qué había yo de escucharle si me las hacía? Esto es todo, mamá. Pienso que no supondrás que te he contado todo esto porque quiero poner trabas a Mister Armadale para que no se case con Miss Gwilt. Por mí, ¡puede casarse con quien quiera! -dijo Neelie, con una voz que temblaba un poco y con una cara que armonizaba muy poco con su declaración de indiferencia-. Lo único que quiero es librarme de Miss Gwilt como institutriz. Prefiero ir al colegio. Me gustaría ir al colegio. He cambiado completamente de opinión a este respecto, aunque no me he atrevido a decírselo a papá. No sé lo que me pasa; parece que me falta valor para todo, y cuando papá me sienta sobre sus rodillas por la noche y me dice «Charlemos un poco, Neelie», me dan ganas de llorar. ¿Te importaría decirle tú, mamá, que he cambiado de idea y quiero ir al colegio?

 Las lágrimas brotaron copiosas de sus ojos, y no vio que su madre ni siquiera volvía la cabeza sobre la almohada para mirarla.

 -Sí, sí -dijo distraídamente Mrs. Milroy-. Eres una buena chica; irás al colegio.

 La cruel brevedad de la respuesta y el tono en que había sido pronunciada dijeron claramente a Neelie que la atención de su madre se había desviado de ella y que era inútil e innecesario prolongar la entrevista. Se apartó a un lado sin ruido y sin una palabra de protesta. No era nada nuevo, lo sabía por experiencia, que su madre la excluyese de su confianza. Se miró los ojos al espejo y, vertiendo un poco de agua fría en la jofaina, se remojó la cara. «Miss Gwilt no debe ver que he estado llorando», pensó, mientras volvía al lado de la cama para despedirse de su madre.

 -Te he cansado, mamá -dijo amablemente-. Deja que me vaya y que vuelva un poco más tarde, cuando hayas descansado.

 -Sí -dijo su madre, y repitió mecánicamente como siempre-: Un poco más tarde, cuando haya descansado.

 Neelie salió de la habitación. Un minuto después de cerrarse la puerta, Mrs. Milroy tocó la campanilla llamando a la enfermera. En vista del relato que acababa de escuchar, y calculando razonablemente las probabilidades, se aferró a sus celosas conclusiones con más firmeza que nunca. «Mister Armadale puede creerla, y mi hija puede reerla -pensó la enfurecida mujer-. Pero yo conozco al comandante, ¡y a mí no puede engañarme!»

 Entró la enfermera.

 Ayúdame a incorporarme -dijo Mrs. Milroy-. Y dame mi recado de escribir. Quiero escribir una carta.

 -Está usted excitada -replicó la enfermera-. No está en condiciones de escribir.

 -Dame lo que te he dicho -insistió Mrs. Milroy.

 -¿Algo más? -preguntó Rachel, repitiendo su invariable fórmula mientras colocaba sobre la cama lo que la enferma le había pedido.

 -Sí. Vuelve dentro de media hora. Tendrás que llevar una carta a la casa grande.

 La enfermera abandonó por una vez su irónica tranquilidad.

 -¡Válgame Dios! -exclamó, en un tono de auténtica sorpresa-. ¿Y ahora qué? No irá a decirme que va a escribir a...

 -Voy a escribir a Mister Armadale -la interrumpió Mrs. Milroy-, y tú le llevarás la carta y esperarás respuesta. Y, fíjate bien, nadie de esta casa, salvo nosotras dos, debe tener conocimiento de esto.

 -¿Por qué va usted a escribir a Mister Armadale? -preguntó Rachel-. ¿Y por qué no ha de saberlo nadie, aparte de nosotras?

 -Espera y lo verás -respondió Mrs. Milroy.

 Pero la curiosidad de la enfermera, por ser curiosidad de mujer, no quiso esperar.

 -La ayudaré con los ojos abiertos. Pero no la ayudaré a ciegas.

 -¡Oh, si pudiera valerme de mis piernas! -gruñó Mrs. Milroy-. ¡Si pudiese prescindir de ti, desgraciada!

 -Puede valerse de su cabeza -replicó la imperturbable enfermera-. Y no debería confiar solamente a medias en mí, a estas alturas.

 La réplica había sido brutal, pero era la verdad, sobre todo después de la apertura de la carta de Miss Gwilt. Mrs. Milroy cedió.

 -¿Qué quieres saber? -dijo-. Dímelo... y lárgate. -Quiero saber acerca de qué va a escribir a Mister Armadale.

 -Acerca de Miss Gwilt.

 -¿Qué tiene que ver Mister Armadale con usted y con Miss Gwilt?

 Mrs. Milroy levantó la carta que le había sido devuelta por la oficina de Correos.

 -Acércate -dijo-. Miss Gwilt podría estar escuchando detrás de la puerta. Te hablaré en voz baja.

 La enfermera se acercó, pero sin dejar de mirar hacia la puerta.

 -Sabes que el cartero llevó esta carta a Kingsdown Crescent -dijo Mrs. Milroy-. ¿Y sabías que se encontró con que Mistress Mandeville se había ausentado sin dejar señas?

 -Bueno -murmuró Rachel-, ¿y qué?

 -Verás. Cuando Mister Armadale reciba la carta que voy a escribirle, seguirá el mismo camino que el cartero, y ya veremos lo que ocurre cuando él llame a la puerta de Mistress Mandeville.

 -¿Cómo conseguirá usted que vaya allí?

 -Le diré que vaya a ver a la persona que dio los informes sobre Miss Gwilt.

 -¿Está enamorado de Miss Gwilt?

 -Sí.

 -¡Ah! -dijo la enfermera-. ¡Comprendo!

CAPÍTULO III

AL BORDE DEL DESCUBRIMIENTO

 La mañana de la conversación entre Mrs. Milroy y su hija en el cottage fue una mañana de grave reflexión para el hacendado en la casa grande.

 Ni siquiera el carácter templado de Allan había sido inmune a la turbadora  (p.175) influencia ejercida sobre él por los sucesos de los tres últimos días. La súbita partida de Midwinter le había afligido, y la respuesta dada por el comandante Milroy a sus preguntas relativas a Miss Gwilt persistía desagradablemente en su pensamiento. Desde su visita al cottage, se había mostrado impaciente e intranquilo, por primera vez en su vida, con todos aquellos que se acercaban a él. Impaciente con el joven Pedgift, que le había visitado la tarde anterior para anunciarle su partida para Londres al día siguiente, por cuestiones de negocios, y para poner sus servicios a disposición de su cliente; intranquilo con Miss Gwilt, en una entrevista secreta que había tenido con ella esa mañana en el parque, e intranquilo consigo mismo, mientras fumaba malhumorado en la soledad de su habitación. «No puedo seguir viviendo así por mucho tiempo -pensó-. Si nadie quiere ayudarme formulando la engorrosa pregunta a Miss Gwilt, tendré que encontrar la manera de hacérsela yo mismo.»

 Pero ¿cuál podía ser esa manera? La solución era difícil de encontrar. Allan trató de estimular su perezoso ingenio paseando de un lado a otro en la estancia, y le molestó la aparición del criado cuando se dio la vuelta.

 -Bueno, ¿qué pasa? -preguntó con impaciencia.

 -Una carta, señor, y la persona que la ha traído espera respuesta.

 Allan miró la dirección. La caligrafía le era desconocida. Abrió la carta, y una breve nota adjunta a ella cayó al suelo. La nota, redactada en la misma extraña caligrafía, iba dirigida a «Mrs. Mandeville, 18, Kingsdown Crescent, Bayswater. A entregar por Mr. Armadale.» Cada vez más sorprendido, Allan buscó información en la firma al pie de la carta. Era Anne Milroy.

 -¿Anne Milroy? -repitió-. Debe ser la mujer del comandante. ¿Qué puede querer de mí?

 Para descubrirlo, hizo lo que hubiese debido hacer desde el principio. Se sentó y leyó la carta.

 «(CONFIDENCIAL) The Cottage, lunes.

 Muy señor mío: Temo que el nombre que verá al pie de estas líneas le recordará la incorrecta respuesta que di, hace algún tiempo, a un acto de cortesía de buen vecino por su parte. Sólo puedo decirle, para excusarme, que estoy gravemente enferma y que, si mi mal humor, en un momento en que sufría fuertes dolores, me impulsó a devolverle su obsequio de frutas, lo he lamentado profundamente desde entonces. Por favor, atribuya esta carta a mi deseo de remediar aquella falta y de prestar un servicio a nuestro buen amigo y propietario de la casa en que vivimos, si es que puedo hacerlo.

 He sido informada de la pregunta que dirigió usted a mi marido anteayer, con referencia a Miss Gwilt. Por lo que he oído decir de usted, estoy completamente segura de que su interés en saber más cosas de esta encantadora persona ha sido provocado por motivos honorables. En este convencimiento, pienso que mi deber de mujer (aunque sea una inválida incurable) es ayudarle. Si desea usted conocer las circunstancias familiares de Miss Gwilt, sin apelar directamente a ella, de usted depende conseguirlo, vOy a decirle cómo.

 Se da el caso de que, hace unos días, escribí confidencialmente sobre este mismo tema a la persona que había dado informes de Miss Gwilt. Hacía tiempo que había observado que nuestra institutriz se mostraba singularmente reacia a hablar de su familia y de sus amigos y, sin atribuir este silencio a motivos que no fuesen perfectamente explicables, pensé que era mi deber, por el bien de mi hija, hacer alguna averiguación a este respecto. La respuesta que he recibido es satisfactoria hasta cierto punto. En ella se me informa de que la historia de Miss Gwilt es muy triste y de que su conducta ha sido siempre digna del mayor encomio.

 Las circunstancias (según deduzco, de naturaleza doméstica) están claramente expuestas en una colección de cartas que están ahora en poder de la informante. Esta dama está dispuesta a dejarme ver las cartas; pero, como no tiene copia de ellas y es personalmente responsable de su conservación, no quiere, si puede evitarlo, confiarlas al correo, y me pide que espere a que pueda encontrar alguna persona de confianza que se encargue de transmitir el paquete de sus manos a las mías.

 En estas circunstancias, se me ha ocurrido pensar que, dado su interés en el asunto, tal vez estaría usted dispuesto a encargarse de los documentos. Si estoy equivocada y no quiere usted, después de lo que le he dicho, tomarse la molestia y hacer el gasto de un viaje a Londres, sólo tiene que quemar mi carta y la nota adjunta, y no pensar más en ello. Si decide convertirse en mi enviado, con gusto le proveeré de la necesaria presentación a Mrs. Mandeville. Entonces solamente tendrá que recibir las cartas que le serán entregadas en un paquete sellado, mandármelas aquí a su regreso a Thorpe-Ambrose y esperar que yo le comunique a la mayor brevedad el resultado.

 Para terminar, sólo tengo que añadir que no veo incorrección alguna en que siga usted (si lo desea) el camino que acabo de indicarle. La manera en que respondió Miss Gwilt a mis alusiones a sus circunstancias familiares ha hecho que me resulte violento (y creo que a usted le resultaría imposible) tratar de obtener directamente de ella esta información.

 Mis motivos para acudir a la persona que informó sobre ella están plenamente justificados, y nadie podría culpar a usted por servir de medio para transmitir con seguridad, de una dama a otra, unos papeles bajo envoltorio sellado. Si encuentro en aquellos documentos secretos familiares que no puedan ser honrosamente revelados a una tercera persona, me veré desde luego obligada a pedirle que espere hasta que haya hablado primero con Miss Gwilt. Si  (p.176) sólo encuentro en ellos cosas que redunden en su honor, y que estoy segura de que la harían crecer en su estima, es indudable que prestaré un servicio a Miss Gwilt otorgándole a usted mi confianza. Así es como veo yo el asunto; pero, por favor, no deje que mi opinión influya en la de usted.

 En todo caso, debo poner una condición que estoy segura de que usted comprenderá que es indispensable. En este malicioso mundo, las acciones más inocentes son susceptibles de ser mal interpretadas. Por consiguiente, debo pedirle que considere esta comunicación como estrictamente confidencial. Le escribo en la confianza de que esto quedará en todo caso (y hasta que las circunstancias puedan justificar su revelación) entre los dos.

 Considéreme, señor, suya afectísima,

 Anne Milroy.»

 En esta forma tentadora había montado la trampa el ingenio nada escrupuloso de la esposa del comandante. Sin vacilar un instante, Allan siguió sus impulsos como de costumbre y se metió de cabeza en aquélla, escribiendo su respuesta y haciendo simultáneamente sus propias reflexiones, en uno de sus característicos estados de confusión mental.

 «¡Por Júpiter que mi Mistress Milroy es muy amable!» («Muy señora mía:») «¡Precisamente lo que yo quería cuando me hacía más falta!» («No sé cómo expresarle impresión que me ha causado su gentileza, salvo diciéndole que iré gustoso a Londres a buscar las cartas.») «Le mandaré una cesta de fruta todos los días, durante toda la temporada.» («Partiré enseguida, mi querida señora, y mañana estaré de regreso.») «¡Ay, sólo las mujeres pueden ayudar a un hombre enamorado! Esto es precisamente lo que habría hecho mi pobre madre de haberse hallado en el lugar de Mistress Milroy.» («Le doy mi palabra de honor de caballero de que tendré el mayor cuidado con las cartas, y de que consideraré el asunto como estrictamente confidencial, tal como usted desea.») «Habría dado quinientas libras a cualquiera que me hubiese puesto en el buen camino para poder hablar después con Miss Gwilt, y esta bendita mujer lo hace por nada.» («Quedo de usted, mi querida señora, sumamente agradecido, Allan Armadale.»)

 Después de hacer que entregasen esta respuesta a la mensajera de Mrs. Milroy, Allan se quedó  (p.177) un momento perplejo. Tenía una cita con Miss Gwilt en el parque a la mañana siguiente.

 Era absolutamente necesario hacerle saber que no podría acudir a ella; pero Miss Gwilt le había prohibido que le escribiese, y aquel día no podía tener la menor oportunidad de verla a solas. Ante esta dificultad, decidió hacer llegar hasta ella la noticia por medio de un mensaje dirigido al comandante, anunciándole su partida para Londres por asuntos de negocios y preguntándole si alguien de su familia quería hacerle algún encargo. Eliminado así el único obstáculo que se oponía a su partida, Allan consultó el horario de trenes y se encontró, para disgusto suyo, con que le sobraba más de una hora para ir a la estación. En su actual estado de ánimo, habría preferido salir para Londres a toda prisa.

 Cuando al fin llegó la hora, Allan, al pasar por delante del despacho del administrador, llamó a la puerta y gritó a través de ella a Mr. Bashwood:

 -Me marcho a la ciudad; volveré mañana.

 No recibió respuesta, y entonces un criado informó a su señor de que Mr. Bashwood, que aquel día no tenía nada que hacer, había cerrado el despacho y se había marchado unas horas antes.

 Al llegar a la estación, la primera persona con quien se tropezó Allan fue el joven Pedgift, que se dirigía a Londres para el asunto jurídico que había mencionado la noche anterior en la mansión. Después de cambiar las necesarias explicaciones, decidieron que podían viajar los dos en el mismo vagón. Allan se alegró de tener un compañero, y Pedgift, encantado como siempre de servir a su cliente, fue en busca de los billetes y a cuidar del equipaje. Mientras paseaba por el andén en espera de su fiel servidor, Allan se encontró, súbitamente, nada menos que con Mr. Bashwood, que se hallaba en un rincón con el jefe de tren y le estaba entregando una carta (acompañada, al parecer, de una propina).

 -¡Hola! -gritó Allan con su vehemencia acostumbrada-. Algo importante ahí, ¿verdad, Mister Bashwood? Si Mr. Bashwood hubiese sido sorprendido en el acto de cometer un asesinato, difícilmente se habría mostrado más alarmado que ahora, al ser descubierto por Allan. Quitándose el sucio y viejo sombrero, hizo una reverencia, temblando violentamente de la cabeza a los pies.

 -No, señor; no, señor. Sólo es una cartita, una cartita, una cartita -dijo el suplente de administrador, refugiándose en la reiteración y alejándose rápidamente, y haciendo zalemas, de su patrono.

 Allan giró tranquilamente sobre sus talones. «Quisiera tenerle simpatía a ese tipo -pensó-, pero no puedo. ¡Sus movimientos son tan furtivos! ¿Qué diablos había en esa carta para que temblase de este modo? ¿Acaso piensa que quiero descubrir sus secretos?» En este caso, el secreto de Mr. Bashwood concernía a Allan más de lo que éste se imaginaba. La carta que acababa de confiar al jefe de tren era nada menos que un aviso dirigido a Mrs. Oldershaw y escrito por Miss Gwilt. «Si puedes acelerar el asunto que te retiene ahí -escribía la institutriz-, hazlo y regresa inmediatamente a Londres. Aquí, las cosas se están poniendo mal, y la causante de ello es Miss Milroy. Esta mañana ha insistido en subir el desayuno a su madre, siendo así que siempre lo hace la enfermera. Han sostenido una larga conversación en privado y, media hora después, he visto que la enfermera salía con una carta y echaba a andar por el sendero que conduce a la casa grande. El envío de la carta ha ido seguido de la súbita partida del joven Armadale para Londres..., a pesar de que tenía una cita conmigo mañana por la mañana. Esto me parece grave. Por lo visto, la chica está dispuesta a luchar por la posición de Mr. Armadale en Thorpe-Ambrose y ha encontrado alguna manera de hacer que su madre la ayude.

 No creas que estoy nerviosa o desanimada, y no hagas nada hasta volver a tener noticias mías. Limítate a regresar a Londres, pues puedo necesitar urgentemente tu ayuda en el curso de los próximos días.

 Te envío esta carta (para anticiparme al correo) por medio del jefe del tren del mediodía. Como insistes en saber todo lo que hago en Thorpe-Ambrose, te diré que mi mensajero (pues no puedo ir personalmente a la estación) es ese curioso viejo que mencioné en mi primera carta. Desde entonces, ha estado rondando siempre por aquí para mirarme. No sé de fijo si le espanto o le fascino, o quizá son ambas cosas a la vez. Lo único que necesitas saber es que puedo confiarle pequeños recados, aunque es posible que, con el tiempo, pueda confiarle cosas más importantes.

 L.G.»

 Mientras tanto, el tren había arrancado de la estación de Thorpe-Ambrose, y el hacendado y su compañero de viaje estaban ya camino de Londres.

 Algunas personas, al hallarse en compañía de Allan en estas circunstancias, habrían sentido curiosidad por conocer la naturaleza del asunto que le llevaba a la metrópoli, pero el infalible instinto del joven Pedgift, como hombre de mundo que era, le permitió adivinar el secreto sin la menor dificultad. «La historia de siempre -pensó la vieja y astuta cabeza, balanceándose sobre los vigorosos y jóvenes hombros-. Como de costumbre, hay una mujer en todo esto. Si se hubiese tratado de cualquier otra cosa, me lo habría comunicado.» Totalmente satisfecho con esta conclusión, el joven Mr. Pedgift procedió, con vistas a su interés profesional, a hacerse agradable como de costumbre a su cliente. Se encargó de todos los menesteres inherentes al viaje a Londres, como se había encargado de todos los inherentes a la excursión a los Broads. Al llegar a su destino, Allan estaba  (p.178) dispuesto a ir a cualquier hotel recomendable. Su valioso abogado le condujo directamente a uno que había sido utilizado por la familia Pedgift durante tres generaciones.

 -¿No le importa comer verdura, señor? -dijo el animoso Pedgift, al detenerse el simón ante la puerta de un hotel en Covent Garden Market-. Muy bien, para todo lo demás puede confiar en mi abuelo, en mi padre y en mí. No sé cuál de los tres es más querido y respetado en esta casa. ¿Cómo estás, William? (Es nuestro jefe de comedor, Mister Armadale.) ¿Ha mejorado tu esposa de su reumatismo? ¿Y qué tal los estudios del pequeño en el colegio? El dueño no está, ¿verdad? No importa, basta con que estés tú. William te presento a Mister Armadale de Thorpe-Ambrose. He convencido a Mister Armadale de que pruebe nuestra casa. ¿Está preparada la habitación que reservé? Muy bien. La destinaremos a Mister Armadale (el dormitorio predilecto de mi abuelo, señor; número cinco, en el segundo piso). Acéptelo, por favor; yo puedo dormir en cualquier otra parte. ¿Quiere usted el colchón de lana encima del de plumas? Ya lo has oído, William. Dile a Matilda que ponga el colchón de lana encima. ¿Cómo está Matilda? ¿Tiene tanto dolor de muelas como de costumbre? Es la jefa de las camareras, Mister Armadale, y una mujer extraordinaria; se empeña en conservar un diente cariado en la mandíbula inferior. Mi abuelo le dice que se lo haga arrancar, mi padre le dice lo mismo y yo hago lo propio, pero Matilda hace oídos sordos a los tres. Si William, sí; si Mister Armadale lo aprueba, comeremos en este saloncito. Hablando de la cena, señor, ¿prefiere solventar primero su asunto y volver después para cenar? Si así, ¿qué le parece a las siete y media? A las siete y media, William. No hace falta que encargue nada, Mister Armadale. William saludará de mi parte al cocinero, y nos subirán la mejor cena de Londres, a la hora exacta, como consecuencia necesaria. Adviértale que se trata de Mister Pedgift Júnior, William; en otro caso, señor, podría subirnos la cena de mi abuelo o la de mi padre, y podrían resultar excesivamente pesadas y anticuadas para usted y para mí. Hablemos ahora del vino, William. Para la cena, mi champaña y ese jerez que mi padre considera malo. Para después de la cena, el clarete con la franja azul, el vino que mi ignorante abuelo dijo que no valía seis peniques. ¡Ja, ja! ¡Pobre viejo! También nos mandarás los periódicos de la tarde y la cartelera, como de costumbre, y..., creo que esto es bastante por el momento, William. Un servidor inestimable, Mister Armadale, como todos los de esta casa. Esto puede no ser muy moderno, pero ningún lugar puede igualarlo en cuanto a comodidad. ¿Un simón? ¿Necesita usted un simón? ¡No se mueva! Tocaré dos veces la campanilla, lo cual quiere decir que necesito un simón a toda prisa. ¿Puedo preguntarle, Mister Armadale, qué dirección va a seguir? ¿Hacia Bayswater? ¿Le importaría dejarme en el parque? Cuando vengo a Londres, tengo la costumbre de airearme entre la aristocracia. Éste su seguro servidor gusta de contemplar las mujeres hermosas y los buenos caballos, y cuando se halla en Hyde Park se encuentra en su elemento.

 Todo esto dijo el solícito Pedgift, y gracias a estos pequeños artificios, aumentó la buena opinión que su cliente tenía de él.

 Cuando los dos compañeros de viaje volvieron a reunirse para la cena en su saloncito del hotel, incluso un observador menos agudo que el joven Pedgift habría advertido un sensible cambio en las maneras de Allan. Parecía contrariado y confuso, y no dejaba de tamborilear con los dedos sobre la mesa, sin decir palabra.

 -Temo que le haya ocurrido algo desagradable desde que nos separamos en el parque, señor -dijo el joven Pedgift-. Discúlpeme si se lo pregunto, pero sólo lo hago por si puedo serle de utilidad.

 -Ha ocurrido algo que nunca me había imaginado -respondió Allan-. No sé qué pensar. Me gustaría que me diese su opinión -añadió, después de vacilar un poco-. Es decir, si me permite usted que no entre en detalles.

 -Desde luego -asintió Pedgift-. Limítese a esbozar la cuestión, señor. Me bastará el menor indicio; yo no nací ayer. («¡Oh, esas mujeres!», pensó el joven filósofo.)

 -Bueno -empezó diciendo Allan-, ya sabe usted lo que dije cuando llegamos a este hotel, que tenía que ir a un lugar de Bayswater -(Pedgift registró mentalmente el primer punto: un caso en los suburbios, en Bayswater)- y a una persona... quiero decir... no..., como dije antes, a preguntar por una persona. -(Pedgift tomó nota del segundo punto: una persona en el caso. ¿Hombre o mujer? ¡Mujer, sin duda alguna!)- Bueno, fui a la casa y, cuando pregunté por ella..., quiero decir por la persona..., ella..., es decir, la persona... ¡Oh, maldita sea! -exclamó Allan-. Me volveré loco, y le volveré loco a usted, si trato de contar mi historia con circunloquios. Se lo diré en dos palabras. Fui al número dieciocho de Kingsdown Crescent a ver a una dama llamada Mandeville y, cuando pregunté por ella, la criada me dijo que Mistress Mandeville se había marchado sin decir a nadie adonde iba y sin dejar siquiera una dirección a la que pudiese serle enviada su correspondencia. Bueno, ¡ya está dicho! ¿Qué piensa usted de esto? -Ante todo, señor -dijo el astuto Pedgift-, ¿quiere decirme qué investigaciones hizo cuando se encontró con que la dama había desaparecido?

 -¿Investigaciones? -repitió Allan-. Me quedé pasmado; no dije nada. ¿Qué investigaciones habría podido hacer?

 El joven Pedgift carraspeó y cruzó las piernas de una manera estrictamente profesional.

 -No deseo, Mister Armadale -empezó a decir-, inmiscuirme  (p.179) en su asunto con Mistress Mandeville...

 -No -le interrumpió bruscamente Allan-. Le ruego que no se inmiscuya en esto. Mi asunto con Mistress Mandeville debe permanecer secreto.

 -Pero -siguió diciendo Pedgift, golpeándose la palma de una mano con el dedo índice de la otra- quizá pueda preguntarle, en términos generales, si su asunto con Mistress Mandeville es de tal naturaleza que interese a usted seguir su pista desde Kingsdown Crescent hasta su actual paradero.

 -¡Ciertamente! -le dijo Allan-. Tengo una razón muy particular para querer entrevistarme con ella.

 -En este caso, señor -dijo el joven Pedgift-, es evidente que hubiese tenido que hacer dos preguntas para empezar, a saber: qué día se marchó Mistress Mandeville y cómo se marchó. Averiguado esto, hubiese debido enterarse después de las circunstancias domésticas que hubiesen podido provocar su marcha; por ejemplo, si había reñido con alguien o si tenía dificultades de dinero. Además, si se marchó sola o en compañía de alguien. Además, si la casa era suya o sólo la tenía en alquiler. Además, en este último caso...

 -¡Basta! ¡Basta! Hace usted que me dé vueltas la cabeza -exclamó Allan-. No comprendo todos estos pormenores, no estoy acostumbrado a estas cosas.

 -Yo estoy acostumbrado a ellas desde mi infancia, señor -observó Pedgift-. Y si puedo prestarle alguna ayuda, no tiene más que decirlo.

 -Es usted muy amable -respondió Allan-. Si pudiese ayudarme a encontrar a Mistress Mandeville y dejar después todo el asunto en mis manos...

 -Lo dejaré en sus manos, señor, con mucho gusto dijo el joven Pedgift, y añadió mentalmente: «Y apuesto cinco contra uno a que cuando llegue el momento lo dejara en las mías»-. Iremos juntos a Bayswater, Mister Armadale, mañana por la mañana. Mientras tanto, aquí está la sopa. El pleito que debe fallar el tribunal es: Placer contra Negocio. Yo no sé lo que dirá usted, señor, pero yo dictaría, sin vacilar un instante, sentencia a favor del demandante. Disfrutemos mientras podamos. Disculpe mi ánimo, Mister Armadale. Aunque vivo enterrado en el campo, yo fui hecho para la vida londinense; el aire de la metrópoli me embriaga. -Hecha esta confesión, el irresistible Pedgift acercó una silla para su cliente e instruyó alegremente a su virrey, el jefe de comedor-: Ponche helado para después de la sopa, William. Este ponche, Mister Armadale, se confecciona según una fórmula de un tío abuelo mío. Tenía una taberna y echó los cimientos de la fortuna de la familia. No me importa decirle que los Pedgift tuvieron un publicano entre ellos; yo no tengo falso orgullo. «La riqueza hace al hombre (como dice el Papa) y la falta de ella al individuo; todo lo demás son bagatelas.» Yo cultivo la poesía y también la música, señor, en mis horas de ocio; en realidad, estoy en relaciones más o menos familiares con las nueve Musas. ¡Ah, aquí está el ponche! ¡Bebamos en solemne silencio, Mister Armadale, por la memoria de mi tío abuelo el publicano!

 Allan se esforzó en emular la alegría y el buen humor de su compañero, pero con un éxito muy distinto. Su visita a Kingsdown Crescent volvió una y otra vez, ominosamente, a su memoria durante toda la cena y durante todo el espectáculo al que acudieron más tarde él y su asesor jurídico. Cuando el joven Pedgift apagó su vela aquella noche, sacudió la astuta cabeza y apostrofó pesarosamente a «las mujeres» por segunda vez.

 A las diez de la mañana siguiente, el infatigable Pedgift estaba en el lugar de la acción. Para gran alivio de Allan, había propuesto a éste hacer por su cuenta las necesarias pesquisas en Kingsdown Crescent, mientras su cliente esperaba cerca de allí, en el simón que les había llevado desde el hotel. Con un retraso de poco más de cinco minutos, reapareció, en plena posesión de todos los detalles alcanzables. Lo primero que hizo fue pedir a Allan que bajase del simón y pagase al cochero. Después, ofreció cortésmente su brazo al cliente y, marcando él el rumbo, doblaron ambos la esquina de la calle, cruzaron una plaza y entraron en una calle lateral excepcionalmente animada, porque en ella se encontraba la parada de los coches de alquiler del distrito. Allí se detuvo Pedgift y preguntó jocosamente si Armadale veía ahora a dónde iban o si tendría que abusar de su paciencia dándole una explicación.

 -¿Si veo adonde vamos? -repitió Allan, asombrado-. No veo más que una parada de coches de alquiler.

 El joven Pedgift sonrió compasivamente y empezó su explicación. Debía decir, en primer lugar, que la casa de Kingsdown Crescent era una pensión. Había insistido en ver a la patrona. Una persona muy simpática, con todas las señales de haber sido una guapa chica cincuenta años atrás; precisamente de las que eran del gusto de Pedgift... si éste hubiese vivido a principios del siglo actual. Pero quizá prefería Mr. Armadale que le hablase de Mrs. Mandeville. Desgraciadamente, no había nada que contar. No había habido ninguna disputa, y la mujer había pagado hasta el último penique. Sencillamente, la huésped se había ido, y no había motivo alguno al que agarrarse. O era la manera que tenía Mrs. Mandeville de trasladarse de un sitio a otro, o había algo más que de momento no se había podido descubrir. Pedgift había averiguado la fecha y la hora en que se había marchado, y el medio de que se había valido para ello. Este medio podía ayudarles a encontrar su pista. Se había ido en un simón que la criada había ido a buscar en la parada más próxima. La parada estaba ahora ante sus ojos, y el hombre que abrevaba a los caballos era la persona a quien había que preguntar primero, pues (si Mr. Armadale le disculpaba  (p.180) por el chiste) buscar información en el agua era como buscarla en la fuente de origen. Expuesta la situación en estos alegres términos, y diciendo a Allan que volvería al cabo de un momento, el joven Pedgift echó a andar calle abajo y, confidencialmente, se llevó al hombre del agua a la taberna más próxima.

 Al poco rato reaparecieron los dos, y el hombre llevó sucesivamente a Pedgift a hablar con el primero, el tercero, el cuarto y el sexto de los cocheros cuyos vehículos estaban en la parada. La conferencia más larga fue la sostenida con el sexto, y terminó con la súbita aproximación del sexto coche al lugar de la calle donde Allan estaba esperando.

 -Suba usted, señor -dijo Pedgift, abriendo la portezuela-. He encontrado al hombre. Se acuerda de la dama y, aunque ha olvidado el nombre de la calle, cree que podrá encontrar el sitio al que la llevó, cuando se encuentre de nuevo en el barrio. Celebro poder decirle, Mister Armadale, que, hasta ahora, la suerte nos sonríe. Pedí al hombre del agua que me indicase cuáles eran los que solían estar de ordinario en la parada, y ha resultado que uno de ellos era el que había llevado a Mistress Mandeville. Y aquel hombre responde de él; aunque sea una excepción, es un cochero respetable; conduce su propio caballo y nunca se ha metido en ningún lío. Es uno de esos hombres, señor, que hacen que uno siga creyendo en la naturaleza humana. Eché una mirada a nuestro amigo, y estoy de acuerdo con el hombre del agua: creo que podemos fiarnos de él.

 La investigación exigió bastante paciencia al principio. Sólo cuando el simón hubo recorrido la distancia entre Bayswater y Pimlico, empezó el cochero a aflojar la marcha y mirar a su alrededor. Después de volver atrás un par de veces, el vehículo entró en una tranquila calle lateral que terminaba en una pared, en la que había una puerta, y se detuvo ante la última casa de la izquierda, o sea, la más próxima a la pared.

 -Es aquí, caballeros -dijo el hombre, abriendo la portezuela.

 Allan y su consejero se apearon y contemplaron la casa, con idéntico sentimiento de instintiva desconfianza. Los edificios tienen su fisonomía (en especial los de las grandes ciudades) y la de esta casa tenía una expresión esencialmente furtiva. Todas las ventanas de la  (p.181) fachada estaban cerradas, y las persianas estaban bajadas. Vista por delante, no parecía más grande que las otras casas de la calle; pero una profundidad engañosa le daba mayores dimensiones. Parecía haber una tienda en la planta baja, pero nada se veía en el espacio que mediaba entre la ventana y unas cortinas rojas que ocultaban por entero el interior. A un lado estaba la puerta de la tienda, con mas cortinas rojas tras los cristales, y con un rótulo metálico clavado en la madera y en el que se leía el nombre de «oldershaw». Al otro lado estaba la puerta privada y una campanilla con la indicación de «Profesional». Otra placa de metal anunciaba un ocupante médico en este lado de la casa, pues el nombre grabado en ella era «Doctor Downward». Si los ladrillos y el mortero hubiesen podido hablar, habrían dicho claramente: «Tenemos nuestros secretos en el interior, y pensamos guardarlos.»

 -Éste no puede ser el lugar -dijo Allan-. Tiene que haber algún error.

 -Usted puede saberlo mejor que yo, señor -observó el joven Pedgift, con su irónica gravedad-. Usted conoce las costumbres de Mistress Mandeville.

 -¿Yo? -exclamó Allan-. Tal vez le sorprenderá saberlo, pero Mistress Mandeville es una total desconocida para mí.

 -No me sorprende en absoluto, señor. La patrona de Kingsdown Crescent me dijo que Mistress Mandeville era vieja. ¿Qué le parece si preguntamos? -añadió el imperturbable Pedgift, mirando las cortinas rojas de la ventana de la tienda, con la fuerte sospecha de que la nieta de Mistress Mandeville podía hallarse detrás de ellas.

 Empujaron primero la puerta de la tienda. Estaba cerrada. Llamaron. La abrió una joven delgada y de tez amarillenta, con una gastada novela francesa en la mano -Buenos días, señorita -dijo Pedgift-. ¿Está Mistress Mandeville en casa?

 La joven le miró fijamente con asombro.

 -Aquí no vive nadie que se llame así -respondió secamente, con acento extranjero.

 -Tal vez la conozcan en la puerta privada -sugirió el joven Pedgift.

 -Tal vez sí -dijo la amarillenta joven, y le dio con la puerta en las narices.

 -Una irascible jovencita, señor -dijo Pedgift-. Felicito a Mistress Mandeville por no tener tratos con ella.

 Mientras hablaba, se dirigió al lado correspondiente al doctor Downward y tocó la campanilla.

 Esta vez abrió la puerta un hombre que llevaba una raída librea. También él se quedó mirando inexpresivamente al oír el nombre de Mistress Mandeville y dijo que no conocía a nadie que se llamase así en la casa.

 -Muy extraño -dijo Pedgift, dirigiéndose a Allan.

 -¿Qué es extraño? -preguntó un caballero de negro, en tono suave, al aparecer sin ruido en el umbral de la puerta del consultorio.

 El joven Pedgift le explicó cortésmente las circunstancias y le preguntó si tenía el honor de hablar con el doctor Downward.

 El médico hizo una reverencia en señal de asentimiento. Si se me perdona la expresión, era uno de esos médicos cuidadosamente elaborados, en los que el público (y en especial el público femenino) confía implícitamente. Tenía la indispensable calva, las indispensables gafas, el indispensable traje negro y la indispensable afabilidad; no le faltaba nada. Su voz era apaciguadora; sus modales, deliberados; su sonrisa, confidencial. La placa no indicaba la especialidad del doctor Downward, pero había errado por completo su vocación si no se dedicaba a cosas de mujeres.

 -¿Está usted completamente seguro de no equivocar el nombre? -preguntó el doctor, con un fuerte interés subyacente en su actitud-. A veces surgen graves inconvenientes por equivocar los nombres. ¿No? ¿Que no hay ningún error? En este caso, caballeros, sólo puedo repetirles lo que ya les ha dicho mi criado. No se disculpen, por favor. Buenos días.

 El médico se retiró tan silenciosamente como había aparecido; el hombre de la librea raída abrió la puerta sin hacer ruido, y Allan y su compañero se encontraron de nuevo en la calle.

 -Mister Armadale -dijo Pedgift-, no sé lo que pensará usted, pero yo estoy perplejo.

 -Esto sí que es mala cosa -replicó Allan-. Precisamente iba a preguntarle qué vamos a hacer ahora.

 -No me gusta el aspecto de la casa, no me gusta el aspecto de la tendera, ni me gusta el aspecto del doctor -siguió diciendo el otro-. Y sin embargo, no creo que nos hayan engañado, no creo que conozcan realmente el nombre de Mistress Mandeville.

 Raras veces le había fallado su intuición al joven Pedgift, y tampoco le había fallado en este caso. La cautela que había impulsado a Mrs. Oldershaw a marcharse de Bayswater sin dejar señas era de esas que a menudo se pasan de la raya. Le había inducido a no confiar a nadie de Pimlico el nombre que había adoptado para dar informes de Miss Gwilt, pero no le había servido para prepararse contra lo que había sucedido en realidad. En una palabra, Mrs. Oldershaw lo había previsto todo, salvo la inimaginable contingencia de una ulterior investigación sobre la persona de Miss Gwilt.

 -Tenemos que hacer algo -dijo Allan-. Creo que es inútil que nos detengamos aquí.

 Nadie había pillado todavía al joven Pedgift sin recursos, y tampoco los había acabado ahora delante de Allan.

 -Estoy totalmente de acuerdo con usted, señor -dijo-. Tenemos que hacer algo. Volveremos a interrogar al cochero.

 El cochero se mantuvo en sus trece. Acusado de haber equivocado el lugar, señaló el escaparate vacío de la tienda.

 -No sé lo que habrán visto ustedes, caballeros -observó-, pero es el único escaparate que he visto en mi vida donde no se expone nada. Esto hizo entonces que el lugar se grabase en mi mente, y que no pueda confundirlo al  (p.182) verlo de nuevo.

 Acusado de haber equivocado la persona o la fecha o la casa donde había recogido a la persona, se mostró igualmente irrebatible. La criada que había ido a buscarle era una muchacha muy conocida en la parada. El día lo recordaba perfectamente, porque había sido el peor que había tenido desde el principio del año. Y se había fijado especialmente en la señora, porque había tenido el dinero dispuesto en el momento adecuado (cosa que no solía hacer una anciana entre ciento) y le había pagado sin regatear (cosa que no habría hecho una anciana entre ciento).

 -Tomen mi número, caballeros -concluyó el cochero-, y páguenme el tiempo que he estado a su servicio. Lo que acabo de decirles lo mantendré ante cualquiera.

 Pedgift anotó en su libreta el número del hombre. Después anotó también el nombre de la calle y los que figuraban en las dos placas de metal, y abrió la portezuela del simón.

 -Hasta ahora, estamos completamente a oscuras -dijo-. ¿Qué le parece si volvemos al hotel?

 Hablaba y parecía más serio que de costumbre. El hecho de que Mrs. Mandeville hubiese cambiado de alojamiento sin decir a nadie adonde iba y sin dejar una dirección a la que pudiesen enviarle su correspondencia (cosa que la celosa malicia de Mrs. Milroy había interpretado como innegablemente sospechoso) no había producido gran impresión en el juicio más imparcial del abogado de Allan. Era frecuente que una persona cambiase de residencia sin anunciarlo, con motivos perfectamente plausibles para hacerlo así. Pero el aspecto de la casa a la que insistía el cochero en afirmar que había llevado a Mrs. Mandeville, hizo que el joven Pedgift considerase bajo una nueva luz el carácter y los procedimientos de aquella misteriosa dama. Su interés personal en la investigación aumentó de pronto, y empezó a sentir, por la verdadera naturaleza del asunto de Allan, una curiosidad que hasta entonces no había sentido.

 -Nuestra próxima maniobra, Mister Armadale, no es fácil de imaginar -dijo, mientras volvían al hotel-. ¿Cree usted que podría darme algún otro dato?

 Allan vaciló y Pedgift Júnior vio que quizás había ido demasiado lejos. «No debo forzar la cosa -pensó-. Debo dar tiempo al tiempo, y dejar que venga por si sola.»

 -A falta de más información, señor -siguió diciendo-, ¿qué le parecería si investigase algo sobre aquella extraña tienda y sobre los dos nombres de las placas? El asunto que tengo que atender en Londres, cuando nos separemos, es de carácter profesional, y tengo que ir al sitio adecuado para obtener información si es que tal información existe.

 -Supongo que no hay ningún mal en investigar un poco -dijo Allan.

 También él habló más seriamente que de costumbre también él empezaba a sentir una enorme curiosidad por saber más cosas. Alguna vaga relación, imposible de definir con claridad, entre la dificultad de conocer las circunstancias familiares de Miss Gwilt y la dificultad de encontrar a quien había dado sus informes, empezó a tomar forma en la mente de Allan.

 -Me apearé y andaré un poco, y dejaré que vaya usted a sus asuntos -dijo-. Quiero reflexionar sobre esto, y un paseo y un cigarro me ayudarán a hacerlo.

 -Terminaré mi trabajo, señor, entre la una y las dos -dijo Pedgift, al detenerse el coche y apearse Allan-. ¿Le parece bien que nos reunamos a las dos en el hotel?

 Allan asintió con la cabeza y el simón arrancó.

CAPÍTULO IV

ALLAN, ACORRALADO

 Dieron las dos y Pedgift llegó puntual como siempre. Su vivacidad de la mañana se había extinguido por completo, saludó a Allan con su acostumbrada cortesía, pero sin su acostumbrada sonrisa; y cuando el jefe de comedor se acercó para recibir su encargo, le despidió en unos términos que nunca habían brotado de sus labios en aquel hotel:

 -De momento, nada.

 -Parece estar desanimado -dijo Allan-. ¿No ha podido obtener información? ¿Nadie ha podido decirle nada sobre la casa de Pimlico?

 -Tres personas diferentes me han hablado de ella, Mister Armadale, y las tres me han dicho lo mismo.

 Allan acercó ansiosamente su silla al lugar ocupado por su compañero de viaje. Sus reflexiones en el tiempo transcurrido desde que se habían separado no habían logrado tranquilizarle. La extraña conexión, tan fácil de sentir y tan difícil de identificar, entre la dificultad de conocer las circunstancias familiares de Miss Gwilt y la dificultad de localizar a la persona que había dado informes de ella, conexión ya establecida en su pensamiento, se afirmaba ahora más y más en su mente. Le turbaban unas dudas que no podía comprender ni expresar. Ansiaba y temía al mismo tiempo satisfacer la curiosidad que se había apoderado de él.

 -Lamento tener que molestarle con un par de preguntas, señor, antes de entrar en materia -dijo el joven Pedgift-. No pretendo forzar sus confidencias; sólo quiero ver por dónde voy, en lo que me parece un asunto muy extraño. ¿Le importa decirme si, además de usted, hay otras personas interesadas en nuestra investigación?

 -Hay otras personas interesadas -le respondió Allan-. No tengo inconveniente en decírselo.

 -¿Hay alguna otra persona que sea objeto de la investigación, además de la propia Mistress Mandeville? -prosiguió Pedgift, ahondando un poco más en el secreto.

 -Sí, hay otra persona -dijo Allan, respondiendo con cierta renuencia.

 -¿Se trata de una joven, Mister Armadale? Allan se sobresaltó.

 -¿Cómo lo ha adivinado? -empezó a decir, y se interrumpió cuando era demasiado tarde-. No me haga más preguntas -dijo-. Soy muy torpe para defenderme contra un hombre tan astuto como usted, y di mi palabra de honor de guardar en secreto estos  (p.183) particulares.

 Pero por lo visto, el joven Pedgift había oído ya lo suficiente. Ahora fue él quien acercó su silla a la de Allan. Evidentemente, estaba ansioso y confuso, pero sus modales profesionales empezaron a manifestarse de nuevo por la pura fuerza de la costumbre.

 -He terminado con mis preguntas, señor -dijo-, ahora soy yo quien tiene algo que decirle. En ausencia de mi padre, espero que tenga la bondad de considerarme como su asesor jurídico. Si quiere seguir mi consejo, no dará un paso más en esta investigación.

 -¿Qué quiere usted decir? -preguntó Allan.

 -Cabe en lo posible, Mister Armadale, que el cochero, a pesar de su insistencia, esté equivocado. Le recomiendo encarecidamente que dé por seguro que está equivocado... y deje correr este asunto.

 Esta recomendación había sido hecha con las mejores intenciones, pero llegaba demasiado tarde.

 Allan hizo lo mismo que habrían hecho noventa y nueve hombres entre cien, de haberse hallado en su posición: se negó a seguir el consejo de su abogado.

 -Muy bien, señor -dijo el joven Pedgift-; ya que quiere saberlo, se lo diré.

 Se inclinó hacia delante, acercó la boca al oído de Allan y murmuró lo que le habían dicho sobre la casa de Pimlico y las personas que la ocupaban.

 -No me culpe a mí, Mister Armadale -añadió, una vez pronunciadas las irrevocables palabras-. Traté de ahorrarle este disgusto.

 Allan recibió el golpe en silencio, como suelen recibirse los golpes más terribles. Su primer impulso le habría llevado a refugiarse de cabeza en el rechazo del aserto del cochero, tal como Pedgift acababa de recomendarle, de no haber sido por una circunstancia condenatoria que se interponía inexorablemente en su camino. La marcada renuencia de Miss Gwilt a contar la historia de su vida pasada surgió inevitablemente en su memoria, en indirecta pero horrible confirmación de la prueba que relacionaba a la persona que había dado informes de Miss Gwilt con la casa de Pimlico. Una conclusión, y sólo una (la conclusión que cualquier hombre habría sacado, después de oír lo que él había oído y sin saber más de lo que él sabía) se impuso en su mente. Una mujer desgraciada y caída, que, debido a su penuria extrema, había aceptado la ayuda de gente malvada y experta en  (p.184) maquinaciones delictivas; que había escapado sigilosamente y vuelto a la sociedad honrada y a un respetable empleo, gracias a atribuirse una falsa personalidad, y cuya posición actual le imponía la triste necesidad de mantener para siempre el secreto y el engaño en relación con su vida pasada: ¡tal era el aspecto con que se presentaba ahora la bella institutriz de Thorpe-Ambrose a los ojos de Allan!

 ¿Era falso o verdadero este aspecto? ¿Había forzado ella su retorno a una sociedad honrada y a un empleo respetable, gracias a una falsa identidad? Sí. ¿Le imponía su posición la triste necesidad de mantener el secreto y el engaño en relación con su vida pasada? Sí. Era la desdichada víctima de la traición de un hombre desconocido, tal como había presumido Allan? No era una víctima de esta clase. La conclusión a que había llegado Allan (literalmente impuesta a su mente por los hechos que le habían sido presentados) era, sin embargo, la que menos se acercaba a la verdad entre todas las posibles. La verdadera historia de la relación de Miss Gwilt con la casa de Pimlico y con las personas que la habitaban (una casa acertadamente descrita como llena de secretos infames y de gente en perpetuo peligro de caer en manos de la justicia) sólo podrían revelarla los acontecimientos venideros: una historia infinitamente menos repugnante, pero infinitamente más terrible, de lo que Allan o su compañero había podido suponer.

 -Traté de ahorrarle este disgusto, Mister Armadale -repitió Pedgift-. Estaba ansioso de no afligirle, si podía evitarlo.

 Allan levantó la cabeza e hizo un esfuerzo por dominarse.

 -Me ha afligido terriblemente -dijo-. Me ha destrozado. Pero la culpa no ha sido suya. Debo reconocer que me ha prestado usted un servicio..., y haré lo que deba hacer, cuando me haya recobrado. Pero hay una cosa -añadió, después de un momento de dolorosa reflexión- que debemos poner inmediatamente en claro entre los dos. Usted me aconsejó con la mejor intención, su consejo fue el mejor que podía darme. Por ello le quedo agradecido. Pero, por favor, no volvamos a hablar jamás de esto, y le suplico encarecidamente que tampoco hable de ello con ninguna otra persona. ¿Quiere prometérmelo?

 Pedgift se lo prometió con evidente sinceridad, pero sin su aplomo profesional acostumbrado. La aflicción que se pintaba en el semblante de Allan parecía intimidarle. Después de un momento de vacilación impropio de él, salió consideradamente de la habitación. Cuando se quedo solo, Allan pidió recado de escribir y sacó de su libreta la carta fatal de presentación a Mrs. Mandeville que había recibido de la esposa del comandante.

 En las circunstancias de Allan, un hombre acostumbrado a considerar las consecuencias y a prepararse reflexivamente para la acción habría tropezado con ciertas dificultades para elegir el camino menos embarazoso y menos peligroso. Pero Allan, acostumbrado a dejarse llevar de sus impulsos en todas las ocasiones, actuó impulsivamente en la grave emergencia con que se enfrentaba ahora. Aunque su amor por Miss Gwilt no se parecía en nada al sentimiento profundamente arraigado que él habría creído honradamente que era, ella ocupaba un lugar destacado en su admiración, y el mero hecho de pensar en ella llenaba ahora a Allan de intenso pesar. Su único deseo dominante en este crítico momento de su vida era el propio del hombre que quiere proteger de la deshonra y la ruina a la infeliz mujer que ha perdido su sitio en su estimación, sin perder su derecho a la indulgencia y a la compasión tras las cuales podría escudarse. «No puedo volver a Thorpe-Ambrose; no me siento capaz de hablar con ella, ni de verla de nuevo. Pero puedo guardar su triste secreto... ¡y lo guardaré!» Con esta idea, sinceramente sentida, se dispuso Allan a cumplir el primer y principal deber a que se creía obligado: el deber de comunicar con Mrs. Milroy. Si hubiese poseído una mayor capacidad mental y una visión mental más clara, se habría dado cuenta de que no era una carta fácil de escribir. Pero, siendo como era, no calculó las consecuencias y no encontró dificultades. Su instinto le aconsejaba que se retirase al punto de la posición en que se hallaba frente a la esposa del comandante, y escribió lo que este instinto le aconsejaba en las actuales circunstancias, con toda la rapidez que le permitía su pluma al deslizarse sobre el papel:

 «Duns's Hotel, Covent Garden, martes.

 Muy señora mía: Le ruego que me disculpe por no regresar hoy a Thorpe-Ambrose, como le dije que haría, circunstancias imprevistas me obligan a permanecer en Londres. Lamento decirle que no he conseguido ver a Mr, Mandeville, por lo cual no he podido cumplir su encargo, y por consiguiente me permito devolverle la carta de presentación, con mis excusas. Permítame concluir diciendo que quedo muy agradecido a su amabilidad y que no volveré a abusar de ella.

 Me reitero, señora, suyo afectísimo,

 Allan Armadale.»

 Con estas ingenuas palabras, y sin sospechar en absoluto el verdadero carácter de la mujer con quien tenía que habérselas, Allan puso en manos de Mrs. Milroy el arma que ésta deseaba.

 Escrita la carta y sellado y dirigido el sobre, quedó en libertad de pensar en sí mismo y en su futuro. Mientras permanecía ociosamente sentado, trazando líneas con la pluma sobre el papel secante, las lágrimas acudieron por primera vez a sus ojos: lágrimas en las que nada tenía que ver la mujer que le había engañado. Su corazón había vuelto a su madre muerta. «Si ella viviese -pensó- podría confiarme a ella, y ella me consolaría.» Pero era inútil seguir pensando en esto. Enjugó  (p.185) sus lágrimas y dirigió su pensamiento, con la doliente resignación que todos conocemos, a las cosas vivas y actuales.

 Escribió unas líneas a Mr. Bashwood, informando brevemente al administrador delegado de que su ausencia de Thorpe-Ambrose se prolongaría probablemente algún tiempo y que, si debía darle nuevas instrucciones, las recibiría por medio del viejo Mr. Pedgift. Hecho esto y enviadas las cartas por correo, volvió a pensar una vez más en si mismo. Una vez más, veía ante sí un futuro vacío que había que llenar, y una vez más, su corazón buscó refugio en el pasado.

 Esta vez, imágenes distintas de la de su madre ocuparon su mente. El absorbente interés de un tiempo atrás revivió con fuerza en su interior. Pensó en el mar; pensó en su yate amarrado y ocioso en el puerto de pescadores de su región del oeste. Se apoderó de él el antiguo afán de oír el ruido de las olas, de ver las velas hinchadas por el viento, de sentir saltar debajo de él la embarcación que había contribuido a construir con sus propias manos. Se levantaba ya, impetuosamente como siempre, para pedir el horario de trenes y salir para Somersetshire en el primero de ellos, cuando el temor a las preguntas que podría hacerle Mr. Brock y al cambio que éste podría advertir en él, hizo que se sentase de nuevo en su sillón. «Escribiré -pensó- para que preparen y abastezcan el yate, y esperaré, para ir a Somersetshire, a que Midwinter pueda acompañarme.» Suspiró al volver su amigo ausente a su memoria. Nunca había sentido el vacío dejado en su vida por la partida de Midwinter tanto como ahora, en la más triste de todas las soledades sociales: la soledad de un forastero en Londres, aislado en un hotel.

 Al poco rato, volvió el joven Pedgift, disculpándose por su intrusión. Allan se sentía demasiado solo y abandonado para no recibir de buen grado la reaparición de su acompañante.

 -No voy a volver a Thorpe-Ambrose -dijo-. Voy a quedarme un poco más en Londres. ¿No podría usted quedarse también?

 Hay que decir en su honor que Pedgift se sintió conmovido por lo solo que parecía hallarse el dueño de la gran hacienda de Thorpe-Ambrose. Durante su relación con Allan, nunca había olvidado tanto como ahora sus propios intereses.

 -Hace usted muy bien, señor, en detenerse aquí: Londres es el lugar más adecuado para distraer la mente -dijo animosamente Pedgift-. Todos los asuntos son de naturaleza más o menos elástica, Mister Armadale; yo suspenderé los míos y con mucho gusto le acompañaré. Ambos somos jóvenes, señor, y podemos divertirnos. ¿Qué le parecería si cenásemos temprano y fuésemos al teatro, y visitásemos la Gran Exposición de Hyde Park mañana por la mañana, después del desayuno? Si vivimos como gallos de pelea y aprovechamos en todo momento las diversiones públicas, conseguiremos sin darnos cuenta la mens sana in corpore sano de los antiguos. No se alarme por esta cita, señor. Estudio un poco el latín después de mis horas de trabajo y, en ocasiones, amplío mis conocimientos leyendo escritores paganos, con la ayuda de un vocabulario escolar. Comeremos a las cinco, William, y como esto es hoy particularmente importante, hablaré yo mismo con el cocinero.

 Pasó la noche, pasó el día siguiente, llegó la mañana del jueves y, con ella, una carta para Allan. El sobre estaba escrito de puño y letra de Mrs. Milroy, y la forma adoptada por ella para dirigirse a él bastó para advertir a Allan que algo andaba mal, en cuanto abrió la carta.

 «The Cottage, Thorpe-Ambrose, miércoles.

 (Particular)

 Señor: Acabo de recibir su misteriosa carta. No sólo me ha sorprendido, sino que me ha alarmado de veras. Después de haberle brindado mi amistad, me encuentro con que de pronto me niega su confianza, en los más ininteligibles y, debo añadir, descorteses términos. Me es absolutamente imposible permitir que el asunto quede como usted lo ha dejado. La única conclusión que puedo sacar de su carta es que mi confianza ha sido defraudada de algún modo y que sabe usted mucho más de lo que está dispuesto a decirme. En interés del bienestar de mi hija, le requiero para que me informe de las circunstancias que le han impedido ver a Mrs. Mandeville y le han inducido a negarme la ayuda que incondicionalmente me había prometido en su carta del lunes pasado.

 Dado mi estado de salud, no puedo enzarzarme en una correspondencia prolongada. Por esto procuraré anticiparme a las objeciones que usted pudiese alegar y le diré en esta carta todo lo que tengo que decirle. Para el caso (que me resisto a considerar posible) de que se niegue usted a atender el requerimiento que acabo de hacerle, permítame decirle que me consideraré en el deber, por el bien de mi hija, de aclarar este desagradable asunto. Si no recibo una contestación satisfactoria a vuelta de correo, me veré obligada a decir a mi esposo que se han dado circunstancias que justifican una inmediata comprobación de respetabilidad de la persona que dio informes de Miss Gwilt. Y cuando me pregunte las razones, le diré que se dirija a usted.

 Su segura servidora,

 Anne Milroy.»

 En estos términos se quitó la máscara la esposa del comandante y dejó que su víctima considerase como mejor le pareciese la trampa en que había caído. La creencia de Allan en la buena fe de Mrs. Milroy era tan sincera que aquella carta le dejó simplemente pasmado. Ahora veía vagamente que había sido engañado de algún modo y que el interés de Mrs. Milroy por él no era lo que había parecido a primera vista; pero no vio nada más. La amenaza de apelar al comandante (que Mrs. Milroy, con ignorancia femenina de la naturaleza de los hombres, había  (p.186) pensado que produciría un gran efecto) fue la única parte de la carta que releyó Allan con cierta satisfacción; más que alarmarle, le aliviaba. «Si tiene que haber una pelea -pensó-, será mejor tenerla con un hombre.»

 Firme en su resolución de amparar a la infeliz mujer cuyo secreto creía equivocadamente haber descubierto, Allan se sentó para escribir una carta de disculpa a la mujer del comandante. Después de tres corteses declaraciones, formuladas en su debido orden, dio por terminada la misiva. Lamentaba extraordinariamente haber ofendido a Mrs. Milroy. Era inocente de toda intención de haber ofendido a Mrs. Milroy. Y suplicaba a Mrs. Milroy que le considerase siempre su afectísimo servidor.

 La habitual brevedad epistolar de Allan nunca le había sido tan beneficiosa como esta vez. Si se hubiese recreado un poco más en el uso de su pluma, habría podido dar a su enemiga un dominio sobre él más fuerte del que ya tenía.

 Pasó el día de intervalo, y, en el correo de la mañana siguiente, la amenaza de Mrs. Milroy se materializó en forma de una carta de su marido. El comandante escribía menos formalmente de como lo había hecho su esposa, pero sus preguntas iban directamente al grano.

 «The Cottage, Thorpe-Ambrose

 Viernes, 11 de julio de 1851

 (Particular)

 Muy señor mío: Cuando me hizo usted el honor de visitarme hace unos días, me formuló una pregunta sobre la institutriz, Miss Gwilt, que entonces me pareció bastante extraña y causó, como recordará usted, que se produjese momentáneamente una situación embarazosa entre nosotros.

 Esta mañana, el tema de Miss Gwilt ha vuelto a suscitarse de una manera que me ha causado enorme asombro. Dicho lisa y llanamente, Mrs. Milroy me ha informado de que Miss Gwilt se ha hecho sospechosa de habernos engañado por medio de unos informes falsos. Al expresarle la sorpresa que me causaba tan extraordinaria declaración y pedirle que la concretase al instante, mi asombro fue aún mayor cuando ella me dijo que me dirigiese, para todo lo referente a esto, nada menos que a una persona como Mr. Armadale. En vano he pedido más explicaciones a Mrs. Milroy; ésta insiste en guardar silencio y remitirme a usted.

 En estas extraordinarias circunstancias, me veo obligado,  (p.187) para ser justo con todas las partes implicadas, a hacer a usted ciertas preguntas que procuraré formular con la mayor claridad posible y que estoy seguro (porque creo conocerle) de que usted contestará también con toda franqueza.

 En primer lugar, le pido que me diga si admite o niega el aserto de Mrs. Milroy de que ha tenido conocimiento de ciertos particulares relativos a Miss Gwilt o a la persona que dio informes de ésta, que yo desconozco enteramente. En segundo lugar, si admite usted la verdad de la declaración de Mrs. Milroy, me permito preguntarle cómo llegó a conocer tales particulares. Y en tercer y último lugar, me permito preguntarle cuáles son estos particulares.

 Si considera necesaria una justificación especial para hacerle estas preguntas (cosa que sólo estoy dispuesto a admitir como una cortesía hacia usted) le pido que recuerde que la función más importante de mi casa, la función de instruir a mi hija, está confiada a Miss Gwilt, y que la declaración de Mrs. Milroy le sitúa a usted, según parece, en condiciones de poder decirme si aquella acusación es o no merecida.

 Sólo tengo que añadir que, dado que hasta ahora no ha ocurrido nada que justifique la menor sospecha contra nuestra institutriz o la persona que dio informes de ella, no diré nada a Miss Gwilt hasta que haya recibido su respuesta, la cual espero a vuelta de correo.

 Considéreme, señor, suyo afectísimo,

 David Milroy.»

 Esta carta, evidentemente franca, disipó al punto la confusión que había existido hasta entonces en la mente de Allan: éste vio ahora con claridad la trampa en que había caído. Mrs. Milroy le había colocado ante dos alternativas: quedar en mal lugar, si se negaba a contestar las preguntas de su marido, o declinar su responsabilidad haciéndola recaer en una mujer, reconociendo ante el propio comandante que la esposa de éste le había engañado. Ante esta dificultad, Allan actuó, como de costumbre, sin vacilación. Su compromiso de considerar confidencial su correspondencia con Mrs. Milroy seguía obligándole, aunque ella hubiese abusado de ello. Y continuaba firme en su decisión de no traicionar a Miss Gwilt en ninguna circunstancia. «Puedo haberme portado como un tonto -pensó-, pero no faltaré a mi palabra, y no permitiré que esa infeliz vuelva a andar a la deriva por el mundo.»

 Escribió al comandante con la misma sencillez y brevedad con que había escrito a su mujer. Declaró que no quería causar el menor disgusto a un amigo y vecino, si podía evitarlo. Pero, en esta ocasión, no tenía alternativa. No podía contestar las preguntas que le hacía el comandante. No era muy hábil en dar explicaciones, y confiaba en que el comandante le excusara por expresarse en estos terminos y no añadiese más.

 El correo del lunes trajo la réplica del comandante Milroy que puso fin a la correspondencia.

 «The Cottage, Thorpe-Ambrose, domingo.

 Señor: Su negativa a contestar mis preguntas, sin la sombra de una excusa por tal comportamiento, sólo puede ser interpretada de una manera. Además de ser un reconocimiento implícito de la veracidad de la declaración de Mrs. Milroy, es también una crítica implícita a la personalidad de nuestra institutriz. Para mostrarme justo con una dama que vive bajo la protección de mi techo y que no me ha dado motivos para desconfiar de ella, mostraré nuestra correspondencia a Miss Gwilt, y en presencia de Mrs. Milroy, le repetiré la conversación que tuve con ésta sobre este asunto.

 Una palabra más con respecto a las futuras relaciones entre nosotros, y con ello habré terminado. Mis ideas sobre ciertos asuntos son, permítame que le diga, las de un hombre de la antigua escuela. En mis tiempos, teníamos un código del honor que regía nuestros actos. Según este código, si un hombre hacía investigaciones privadas sobre una dama, sin ser su marido, su padre o su hermano, asumía la responsabilidad de justificar su conducta ante los demás, y si eludía esta responsabilidad, abdicaba de su calidad de caballero. Es muy posible que esta anticuada manera de pensar haya dejado de existir pero, para mí, es demasiado tarde para adoptar opiniones más modernas. Deseo fervientemente, ya que vivimos en un país y una época en que no hay más tribunal de honor que los de la policía, expresarme cor la mayor moderación de lenguaje en esta última ocasión que tengo de comunicar con usted. Por consiguiente, permítame que me limite a observar que nuestras ideas sobre la conducta propia de un caballero difieren en grado sumo, y pedirle, en consecuencia, que se considere en el futuro como un extraño para mi familia y para mí.

 Su seguro servidor,

 David Milroy.»

 La mañana del lunes en que su cliente recibió la carta del comandante fue la más negra que jamás había registrado Pedgift en su calendario. Cuando se calmó la irritación producida en Allan por el tono despectivo con que su amigo y vecino se había pronunciado contra él, aquél se sumió en un estado de depresión del que no pudieron sacarle todos los esfuerzos de su compañero de viaje durante el resto del día. Ahora que había sido dictada la sentencia de extrañamiento, sus recuerdos volvieron naturalmente a Neelie, con más pesar y más remordimiento de lo que habían vuelto hasta ahora. «Si ella me hubiese cerrado la puerta, en vez de hacerlo su padre -fue la amarga reflexión que se hizo ahora Allan sobre el pasado-, no habría protestado en absoluto; lo habría tenido bien merecido.»

 El día siguiente llegó otra carta, esta vez bien recibida, porque venía de Mr. Brock. Hacía algunos días que Allan había escrito a Somersetshire sobre el tema de equipar el yate. Su carta había sido recibida por el párroco  (p.188) cuando éste seguía ocupado en proteger (según creía inocentemente) a su antiguo discípulo contra la mujer a quien había vigilado en Londres y que creía ahora que le había seguido a su propio lugar de residencia. Siguiendo las instrucciones recibidas, la doncella de Mrs. Oldershaw había completado el engaño urdido contra Mr. Brock. Había tranquilizado definitivamente al párroco, entregándole un compromiso escrito (haciéndose pasar por Miss Gwilt) por el que se obligaba a no dirigirse a Mr. Armadale personalmente ni por carta. Firmemente persuadido de que al fin había logrado la victoria, el pobre Mr. Brock respondía a la nota de Allan en los términos más optimistas, expresando la natural sorpresa de que hubiese abandonado Thorpe-Ambrose, pero prometiéndole de buen grado que el yate sería equipado y ofreciéndole cordialmente hospitalidad en la rectoría.

 Esta carta hizo maravillas para levantar el ánimo de Allan. Le daba algo nuevo en que interesarse, algo que aun tenía que ver con su vida pasada en Norfolk. Y empezo a contar los días que faltaban para el regreso de su amigo ausente. Era martes. Si Midwinter volvía de su excursión a los quince días, tal como había prometido, el sábado estaría en Thorpe-Ambrose. Una nota dirigida al viajero haría que éste fuese a Londres aquella misma noche, y, si todo marchaba bien, ambos podrían estar juntos en el yate antes de que pasara otra semana.

 El día siguiente transcurrió, para alivio de Allan, sin que llegase ninguna carta. La animación de su cliente se contagió a Pedgift. A la hora de cenar, volvió a la mens sana in corpore sano de los antiguos y encargó al jefe de comedor un ágape más espléndido que nunca.

 Llegó el jueves y, con él, el fatal cartero portador de más noticias de Norfolk. Ahora entró en escena un nuevo corresponsal, que aparecía en ella por primera vez, e inmediatamente se vinieron al suelo todos los planes de Allan para visitar Somersetshire.

 Aquella mañana, el joven Pedgift fue el primero en acudir a la mesa del desayuno. Cuando llegó Allan, adoptó una vez más su actitud profesional y tendió una carta a su cliente, con una inclinación de cabeza en lúgubre silencio.

 -¿Para mí? -preguntó Allan, retrocediendo instintivamente ante un nuevo corresponsal.

 -Para usted, señor -respondió Pedgift-. Es de mi padre, que la incluyó en otra dirigida a mí. Tal vez me permitirá que le sugiera, para prepararle... para algo un poco desagradable, que nos sirvan hoy una cena especialmente buena, y que (si no hay esta noche ningún concierto de música moderna alemana) terminemos melodiosamente la velada en la Ópera.

 -¿Anda algo mal en Thorpe-Ambrose? -dijo Allan-

 -Sí, Mister Armadale; algo anda mal en Thorpe-Ambrose. -Allan se sentó resignadamente y abrió la carta-

 «Hygh Street, Thorpe-Ambrose.

 17 de julio de 1851-

 (Particular y confidencial)

 Muy señor mío: Faltaría a mi deber para con sus intereses si dejase que siguiese ignorando noticias que circulan por esta villa y sus alrededores y que, lamento decirle, le afectan a usted.

 La primera indicación de algo desagradable llegó a mi conocimiento el pasado lunes. Circuló ampliamente en la villa que habían surgido contratiempos entre el comandante Milroy y la nueva institutriz, y que Mr. Armadale tenía que ver con ello. No le presté mayor atención, creyendo que era uno de los muchos chismes que siempre circulan por aquí, necesarios como el aire que respiran para los habitantes de este tan respetable lugar.

 Sin embargo, el jueves arrojó una nueva luz sobre el asunto. Detalles sumamente interesantes fueron refrendados por las personas más autorizadas.

 El miércoles, los terratenientes de los alrededores sancionaron unánimemente la posición adoptada por la villa. Hoy, el sentimiento público ha alcanzado su climax y no tengo más remedio que poner a usted al corriente de lo sucedido.

 Empecemos por el principio. Se afirma que el comandante Milroy y usted sostuvieron una correspondencia en la que usted expuso gravísimas sospechas sobre la honorabilidad de Miss Gwilt, sin concretar su acusación y sin presentar pruebas cuando le fueron pedidas. En vista de esto, parece que el comandante se creyó en el deber de informar a la institutriz de lo ocurrido (aunque asegurándole su propia y firme creencia en su honorabilidad), para que no pudiese culparle de haberle ocultado algo en un asunto que afectaba a su persona. Una actitud muy magnánima por parte del comandante; pero, como verá usted, Miss Gwilt Se mostró todavía más magnánima. Después de darle las gracias, en los términos más adecuados, pidió permiso para retirarse del servicio del comandante Milroy.

 Circulan varias teorías sobre las razones de la institutriz para adoptar esta posición.

 La versión más autorizada (sancionada por las personas distinguidas del lugar) es que Miss Gwilt dijo que no podía rebajarse (por su propia estimación y la de la sumamente respetable dama que había dado sus informes) a defender su reputación contra las vagas imputaciones de una persona relativamente extraña. Al mismo tiempo, le era imposible perseguir una conducta semejante, a menos que poseyese una libertad de acción que sería incompatible con su posición de institutriz dependiente de una de las partes implicadas. Por esta razón creía necesario renunciar a su empleo. Pero estaba igualmente resuelta a no permitir que, si se marchaba del lugar, se interpretasen equivocadamente sus motivos. Por muy inconveniente que le resultase, permanecería en Thorpe-Ambrose el tiempo necesario para esperar las acusaciones más  (p.189) definidas que pudiesen hacerse contra su persona y rebatirlas públicamente en el instante en que adquiriesen una forma tangible.

 Tal es la posición adoptada por esta digna dama, con un excelente efecto sobre la mentalidad del público en estos andurriales. Está claro que por alguna razón, le interesa dejar su empleo sin marcharse del lugar. El lunes pasado se instaló en una vivienda barata de las afueras de la población. Y el mismo día escribió probablemente a la persona que había dado referencias de ella, pues ayer recibió el comandante Milroy una carta de la persona en cuestión, rebosante de virtuosa indignación y solicitando una investigación a fondo. Esta carta fue mostrada públicamente y ha fortalecido en gran manera la posición de Miss Gwilt. Ésta es ahora considerada como una heroína. El Thorpe-Ambrose Mercury ha publicado un artículo de fondo sobre ella, comparándola con Juana de Arco. Y se considera probable que se haga alusión a ella en el sermón del próximo domingo. En este vecindario tenemos cinco damas solteras muy resueltas, y las cinco han ido a visitarla. Se sugirió un acto de desagravio, pero se desistió de él a petición de la propia Miss Gwilt, y existe un movimiento general encaminado a conseguirle un empleo como maestra de música. Últimamente, he tenido el honor de recibir una visita de la propia dama, en su calidad de mártir, para decirme, en los términos más corteses, que no culpa a Mr. Armadale y que le considera instrumento inocente en manos de otras personas más intrigantes. Yo me mantuve prudentemente en guardia, pues no creo en absoluto en Miss Gwilt y, como abogado que soy, tengo mis sospechas sobre el motivo que yace en el fondo de su manera de proceder.

 Hasta aquí, mi querido señor, le he escrito sin grandes vacilaciones. Pero, desgraciadamente, este asunto tiene una faceta grave y al mismo tiempo ridicula, y, aunque me pese, debo referirme a ella antes de terminar mi carta.

 Tal como están las cosas, creo que no debe usted permitir que se hable de su persona como se está hablando ahora, sin intervenir personalmente en el asunto. Desgraciadamente, tiene aquí muchos enemigos, y el primero de ellos es mi colega Mr. Darch. Ha estado mostrando en todas partes una carta un tanto ruda que le  (p.190) escribió usted al respecto de haber alquilado el cottage al comandante Milroy en vez de alquilárselo a él, y esto ha contribuido a irritar los ánimos contra usted.

 Todo el mundo dice que ha estado usted investigando los asuntos familiares de Miss Gwilt con las más deshonestas intenciones; que ha tratado, con aquel libertino propósito, de manchar su reputación y privarla de la protección del techo del comandante Milroy, y que, al pedírsele que presentase pruebas de la sospecha que ha hecho caer sobre la reputación de una mujer indefensa, ha guardado un silencio que le condena ante los ojos de todas las personas honorables.

 Inútil decirle que yo no doy el menor crédito a estos infames rumores. Pero están demasiado difundidos y son demasiado creídos para que los tratemos con desdén. Le aconsejo encarecidamente que regrese inmediatamente este lugar y tome las medidas necesarias para defender, de acuerdo conmigo, como su asesor jurídico, su propio prestigio.

 Desde mi entrevista con Miss Gwilt, me he formado una opinión muy dura acerca de esa dama, que no es necesario que exprese por escrito. Básteme decir aquí que encontraré manera de acallar las lenguas calumniadoras de sus vecinos, y que empeño en ello mi reputación profesional si usted me respalda con su presencia y su autoridad. Tal vez le ayude a comprender la necesidad de su receso, si menciono otro comentario acerca de usted que está en boca de todo el mundo. Aunque me cueste decirlo su ausencia se atribuye al más ruin de los motivos. Se dice que permanece usted en Londres porque tiene miedo de dar la cara en Thorpe-Ambrose.

 Me reitero su seguro servidor,

 A. Pedgift, Sénior.»

 Allan estaba en una edad en la que no podía dejar de sentir la punzada contenida en la última frase de la carta de su abogado.

 Se puso en pie de un salto, en un paroxismo de indignación que hizo que el joven Pedgift considerase su carácter bajo una nueva luz.

 -¿Dónde está el horario de trenes? -gritó-. ¡Debo ir a Thorpe-Ambrose en el primero que salga! Si no hay ninguno que parta enseguida, contrataré un tren especial. Debo volver inmediatamente allí, ¡y me importan un bledo los gastos!

 -¿Y si telegrafiásemos a mi padre, señor? -sugirió el sensato Pedgift-. Es la manera más rápida y más barata de expresar sus sentimientos.

 -Es verdad -dijo Allan-. Gracias por recordármelo. ¡Telegrafiaremos! Dígale a su padre que tache de embusteros, de mi parte, a todos los hombres de Thorpe-Ambrose. Y póngalo en letras mayúsculas, Pedgift, ¡póngalo en letras mayúsculas!

 Pedgift sonrió y meneó la cabeza. Quizá no conocía otras variedades de la naturaleza humana, pero sí, y perfectamente, la que impera en las ciudades provincianas.

 -No les produciría el menor efecto, Mister Armadale -observó tranquilamente-. Sólo haría que mintiesen más que nunca. Si quiere usted sobresaltar a toda la población, bastará con una línea. Con cinco chelines de trabajo humano y energía eléctrica, señor (me dedico un poco a la ciencia después de las horas de trabajo), ¡haremos explotar una bomba en Thorpe-Ambrose! -Mientras hablaba, presentó la bomba sobre un trozo de papel-: «De A-Pedgift, Jr., a A. Pedgift, Sr.: Haga saber a todos que Mr. Armadale llegará en el próximo tren.»

 Más palabras -sugirió Allan, mirando por encima del hombro-, tiene que ser más fuerte.

 Deje que mi padre lo haga más fuerte, señor -replicó el juicioso Pedgift-. Mi padre está en el lugar, y su dominio del lenguaje es algo extraordinario.

 Tocó la campanilla y envió el telegrama.

 Ahora que se había hecho algo, Allan empezó a calmarse gradualmente. Miró de nuevo la carta de Mr. Pedgift y después la tendió al hijo de éste.

 -¿Puede usted presumir cuál es el plan de su padre para congraciarme con el vecindario? -preguntó.

 El joven Pedgift sacudió la prudente cabeza.

 -Su plan, señor, parece estar relacionado de algún modo con su concepto de Miss Gwilt.

 -Me pregunto qué piensa de ella -dijo Allan.

 -No me extrañaría, Mister Armadale -repuso el joven Pedgift-, que su opinión le sorprenda un poco cuando la conozca. Mi padre tiene una larga experiencia jurídica sobre el lado turbio del bello sexo... y aprendió su profesión en Old Bailey.

 Allan no preguntó más. Pareció renunciar a proseguir el tema después de haberlo iniciado él mismo.

 -Hagamos algo para matar el tiempo -dijo-. Hagamos las maletas y paguemos la cuenta.

 Hicieron las maletas y pagaron la cuenta. Llegó la hora, y el tren partió al fin para Norfolk.

 Mientras regresaban los viajeros, un mensaje telegráfico bastante más largo que el de Allan se cruzó con ellos en dirección contraria, de Thorpe-Ambrose a Londres. El mensaje era cifrado, y una vez interpretado, decía así:

 «De Lydia Gwilt a María Oldershaw. ¡Buenas noticias! El va a volver. Pienso celebrar una entrevista con él. Todo parece marchar bien. He abandonado el cottage; así no tendré que temer que me espíen ojos femeninos; puedo ir y venir como mejor me plazca. Afortunadamente, Mr. Midwinter no está aquí. Todavía no desespero de convertirme en Mrs. Armadale. Pase lo que pase, ten la seguridad de que me mantendré alejada de Londres hasta que esté segura de que ningún espía me sigue hasta tu casa. No tengo prisa en marcharme de Thorpe-Ambrose. Primero pienso desquitarme con Miss Milroy.»

 Poco después de recibirse este mensaje en Londres Allan estaba de vuelta en su propia casa. Caía la tarde; Pedgift Júnior acababa de dejarle, y Allan esperaba la visita de Pedgift Senior para dentro de media hora. 

CAPÍTULO V

EL REMEDIO DE PEDGIFT

 Después de un cambio de impresiones  (p.191) preliminares con su hijo, el viejo Mr. Pedgift se dirigió solo a la mansión para entrevistarse con Allan.

 Dejando aparte la diferencia de edad, el hijo era, en este caso, tan parecido a su padre que podía decirse que conociendo a uno de los dos Pedgift se conocía a ambos. Añadid un poco de estatura y de peso a la figura de Pedgift Junior; dad un poco más de amplitud y de descaro a su humor y un poco más de solidez y de compostura a su confianza en sí mismo, y tendréis ante vosotros, en términos generales, la persona y el carácter de Pedgift Senior.

 El abogado se trasladó a Thorpe-Ambrose en su propia y elegante calesa, tirada por su famosa y veloz yegua. Tenía por costumbre conducirla él mismo, y una de las insignificantes peculiaridades externas en las que difería de su hijo era que daba a su atuendo un aspecto un tanto deportivo. El pantalón pardo del viejo Pedgift se ceñía a sus piernas; sus botas, que llevaba indistintamente con tiempo seco o en días lluviosos, eran siempre de suela gruesa; los bolsillos de su chaqueta traslapaban sus caderas, y su corbata predilecta de verano era de fina muselina con topos y sujeta en un lazo pequeño y perfecto. Consumía tabaco como su hijo, pero de modo diferente. Mientras que el joven fumaba, el viejo tomaba rapé copiosamente, y era bien sabido por sus amistades que siempre sostenía su pulgarada en suspensión entre la cajita y la nariz cuando iba a cerrar un buen trato o pronunciar una buena frase. El arte de la diplomacia representa un papel importante en el ejercicio de la profesión por parte de los hombres que triunfan en este campo del Derecho. La forma de diplomacia empleada por Mr. Pedgift había sido la misma durante toda su vida, siempre que eran requeridas sus dotes de persuasión en una entrevista con otro hombre. Invariablemente guardaba para el final su argumento más sólido o su proposición más audaz, e invariablemente los citaba cuando se hallaba ya en la puerta (después de despedirse), como si no fuese más que una consideración accidental que se le acababa de ocurrir. Sus amigos bromistas, que conocían por experiencia esta manera de proceder, le habían dado el nombre de «la posdata de Pedgift.» Había pocas personas en Thorpe-Ambrose que no supiesen lo que significaba cuando el abogado se detenía de pronto ante la puerta abierta, volvía a su sillón con la pulgarada de rapé suspendida entre la cajita y la nariz, y decía: «A propósito, se me acaba de ocurrir una cosa» y resolvía de modo imprevisto la cuestión, después de haberla dado por insoluble menos de un minuto antes.

 Éste era el hombre a quien la marcha de los sucesos en Thorpe-Ambrose había colocado ahora, caprichosamente, en primer plano. Éste era el único amigo disponible a quien Allan, en su aislamiento social, podía acudir en busca de consejo cuando más lo necesitaba.

 -Buenas tardes, Mister Armadale. Muchas gracias por su prontitud en corresponder a mi desagradable carta -dijo el viejo Pedgift, iniciando alegremente la conversación en el momento de entrar en la casa de su cliente. Espero que comprenda, señor, que dadas las circunstancias no tenía más remedio que escribirle en los términos en que lo hice.

 -Tengo muy pocos amigos, Mister Pedgift pondió sencillamente Allan-. Y estoy seguro de que usted es uno de estos pocos.

 -Le quedo muy reconocido, Mister Armadale. Siempre he tratado de merecer su consideración, y haré todo lo posible por hacerme ahora acreedor a ella. ¿Se encontró usted a gusto en el hotel de Londres, señor? Nosotros lo llamamos nuestro hotel. En la bodega tienen algunos vinos añejos muy raros que me habría gustado darle a probar si hubiese tenido el honor de estar con usted. Desgraciadamente, mi hijo no entiende nada de vinos.

 Allan sentía con demasiada agudeza la falsa posición en que se hallaba en la vecindad para ser capaz de hablar de algo que no fuese el objeto principal de la entrevista. El cortés circunloquio de su abogado antes de abordar el penoso tema que habían de discutir le irritaba en vez de calmar su impaciencia. Fue inmediatamente al grano, a su manera directa y sin rodeos.

 -El hotel es muy cómodo, Mister Pedgift, y su hijo fue muy amable conmigo. Pero ahora no estamos en Londres, y quiero que hablemos de cómo debo enfrentarme a las mentiras que se cuentan sobre mí en el lugar. Indíqueme solamente cualquier hombre -dijo Allan, elevando la voz y arreboladas las mejillas-, cualquier hombre que haya dicho que tengo miedo de dar la cara en la vecindad, ¡y le daré de latigazos en público antes de que pase un día más!

 El viejo Pedgift tomó una pulgarada de rapé y la mantuvo tranquilamente en suspenso a mitad de camino entre la cajita y la nariz.

 -Se puede dar de latigazos a un hombre, señor, pero no a todo un vecindario -dijo el abogado, a su manera cortésmente epigramática-. Combatiremos, si me permite decirlo así, sin pedir prestadas nuestras armas al cochero; al menos, de momento.

 -¿Pero cómo vamos a empezar? -preguntó Allan con impaciencia-. ¿Cómo voy a rebatir las infamias que cuentan de mí?

 --Hay dos maneras de salir de su actual y desagradable posición, señor: una manera corta y una manera larga -respondió el viejo Pedgift-. El procedimiento corto (que siempre es el mejor) se me ocurrió cuando mi hijo me refirió los pasos que había dado usted en Londres. Tengo entendido que, después de recibir mi carta, le autorizó para que me pusiese en antecedentes. De lo que él me dijo, he sacado varias conclusiones con las que me veo obligado a molestar ahora su atención. Pero ante todo quisiera saber bajo qué circunstancias se dirigió usted a Londres para hacer aquellas desafortunadas  (p.192) pesquisas sobre Miss Gwilt. ¿Fue a visitar a Mistress Mandeville por su propia iniciativa o fue inducido a ello por otra persona? Allan vaciló.

 -No puedo decirle honradamente que fuese por mi propia iniciativa -respondió, y no dijo más.

 -¡Me lo había imaginado! -declaró el viejo Pedgift, con aire triunfal-. El camino corto para salir de la difícil situación actual, Mister Armadale, pasa a través de esa otra persona bajo cuya influencia actuó usted. Esa otra persona debe ser presentada a los ojos del público y ocupar el lugar que le corresponde. Para empezar, le ruego que me dé su nombre, señor; después pasaremos enseguida a las circunstancias.

 -Lamento decirle, Mister Pedgift, que deberemos seguir el camino más largo, si no tiene usted nada que objetar -respondió pausadamente Allan-. En esta ocasión me es imposible seguir el camino corto.

 Los hombres que triunfan en el campo de la ley se niegan a aceptar el «no» como respuesta. Mr. Pedgift conocía bien aquel campo y se negó también ahora a aceptar el «no». Pero toda pertinacia (incluso la profesional) encuentra antes o después un límite, y el abogado, aunque fortalecido doblemente por su larga experiencia y por las copiosas pulgaradas de rapé, encontró este límite apenas empezada la entrevista. Era imposible que Allan tuviese en cuenta la confianza que Mrs. Milroy había fingido traidoramente depositar en él. Pero, como hombre honrado que era, debía ser fiel a la palabra empeñada (con esa fidelidad que sólo tiene en cuenta el hecho de la promesa, sin considerar las circunstancias), y toda la insistencia de Pedgift Senior fue inútil para apartarle un ápice de la posición en que se nabía colocado. «No» es la palabra más rotunda de la lengua inglesa en boca del hombre que tenga el valor de repetirla lo bastante a menudo, como tuvo Allan el valor de hacerlo en esta ocasión.

 -Está bien, señor -le dijo el abogado, aceptando su derrota sin la menor señal de mal humor-. Es usted quien debe elegir, y ha elegido. Seguiremos el camino largo. Comienza (permita que se lo diga) en mi propio despacho, y conduce (según sospecho) a Miss Gwilt..., a través de una ruta muy fangosa.

 Allan miró a su asesor jurídico con mudo asombro.

 -Si no quiere usted denunciar a la persona en primera instancia responsable de la investigación que por desgracia emprendió usted, señor -prosiguió el viejo Mr. Pedgift-, la única alternativa, en su actual situación, es justificar las propias pesquisas.

 -¿Y cómo puedo hacerlo? -preguntó Allan.

 -Demostrando a todo el vecindario, Mister Armadale, algo que yo tengo firmemente por cierto: que la persona objeto de la protección pública es una aventurera de la peor ralea; una mujer innegablemente falsa y peligrosa. Dicho lisa y llanamente, señor, empleando el tiempo y el dinero suficientes para descubrir la verdad acerca de Miss Gwilt.

 Antes de que Allan pudiese pronunciar una palabra a modo de respuesta, se produjo una interrupción. Después de la llamada preliminar a la puerta que era de rigor, entró uno de los criados.

 -Les dije que no quería que me interrumpiesen -dijo Allan, con irritación-. ¡Dios mío! ¿Es que no acabaremos nunca? ¡Otra carta!

 -Sí, señor -dijo el hombre, tendiendo la misiva-. Y la persona que la ha traído espera respuesta -añadió, y sus palabras sonaron como un mal augurio.

 Allan miró el sobre, esperando naturalmente descubrir la caligrafía de la esposa del comandante. Pero la realidad no correspondió a lo que esperaba. Saltaba a la vista que la remitente era una mujer, pero ésta no era Mrs. Milroy.

 -¿Quién puede ser? -dijo, mirando mecánicamente al viejo Pedgift mientras abría el sobre.

 El viejo Pedgift dio unos golpecitos en la caja del rapé y dijo, sin vacilar un instante:

 -Miss Gwilt.

 Allan desdobló la carta. Las dos primeras palabras eran un eco de las que acababa de pronunciar el abogado. ¡La carta era de Miss Gwilt!

 Una vez más, Allan miró a su consejero con mudo asombro.

 -Conocí muchas de su clase en mis tiempos, señor -explicó Pedgift Senior, con una modestia tan rara como adecuada en un hombre de su edad-. No tan bellas como Miss Gwilt, lo confieso, pero me atrevo a decir que tan malas como ella. Lea su carta, Mister Armadale, lea su carta.

 Allan leyó estas líneas:

 «Miss Gwilt saluda a Mr. Armadale y le ruega que le diga si está dispuesto a concederle una entrevista, esta noche o mañana por la mañana.

 Miss Gwilt no se disculpa por hacerle esta petición. Cree que Mr. Armadale la atenderá como acto de justicia para con una mujer desamparada a la que ha contribuido inocentemente a injuriar y que desea ardientemente recobrar su estimación.»

 Allan tendió la carta a su abogado en silencio, perplejo y turbado.

 La cara del viejo Mr. Pedgift sólo expresó un sentimiento cuando hubo leído y devuelto la carta a Allan: un sentimiento de profunda admiración.

 -¡Qué gran abogado habría podido ser -exclamó fervientemente- si hubiese nacido varón!

 -Yo no puedo considerar esto tan ligeramente como usted, Mister Pedgift -dijo Allan-. Resulta muy triste para mí. La apreciaba mucho -añadió, bajando la voz-. la apreciaba mucho.

 Mr. Pedgift se puso de pronto serio.

 ¿Quiere usted decir, señor, que piensa realmente entrevistarse con Miss Gwilt? -preguntó, con expresión de genuino desaliento.

 -Sería cruel no hacerlo -le respondió Allan-. Ha sido injuriada a través de mí, ¡sabe Dios que sin yo pretenderlo!, y no puedo tratarla con crueldad.

 -Mister Armadale -dijo el abogado-, hace un momento me hizo usted el honor de decir que me consideraba su amigo. En esta condición, ¿puedo hacerle un par de preguntas, antes de que corra usted a su propia ruina?

 - (p.193) Todas las preguntas que quiera -dijo Allan, mirando de nuevo la carta..., la única carta que había recibido de Miss Gwilt.

 -Una vez le tendieron una trampa, señor, y cayó usted en ella. ¿Quiere caer ahora en otra?

 -Conoce usted la respuesta a esta pregunta tan bien como yo, Mister Pedgift.

 -Probaré de nuevo, Mister Armadale; los abogados no nos desanimamos tan fácilmente. Si decidiese usted verla, ¿cree que podría confiar en las explicaciones que le diese Miss Gwilt, después de lo que usted mismo y mi hijo descubrieron en Londres?

 -Quizás ella podría explicar lo que descubrimos en Londres -dijo Allan, sin dejar de mirar la carta y de pensar en la mano que la había escrito.

 -¿Si podría explicarlo? Mi querido señor, puede estar seguro de que lo explicaría. Debo ser justo con ella. La creo capaz de dar una explicación sin el menor error desde el principio hasta el fin.

 Esta última respuesta hizo que Allan desviase su atención de la carta. El implacable sentido común del abogado no perdonaba nada.

 -Si vuelve usted a ver a esa mujer, señor -siguió diciendo el viejo Pedgift-, cometerá la locura más desaforada que haya visto jamás en toda mi experiencia. Sólo puede venir aquí con un objeto: aprovecharse de su debilidad para con ella. Nadie puede saber qué paso en falso le induciría a dar, si usted le concediese esta oportunidad. Usted mismo confiesa que la apreciaba mucho (sus atenciones para con ella son de conocimiento público), y si no le pidió expresamente que se convirtiese en Mistress Armadale, le faltó poco para hacerlo; y sabiendo todo esto, ¿se propone verla y dejar que haga uso de su diabólica belleza y de su diabólica astucia, en el papel ficticio de su víctima? ¡Usted, que es uno de los mejores partidos de Inglaterra! ¡Usted, que es la presa natural de todas las solteras hambrientas de nuestra comunidad! Jamás había oído cosa igual; jamás, en toda mi experiencia profesional, había oído algo parecido. Si está usted resuelto a colocarse en una situación peligrosa, Mister Armadale -concluyó el viejo Pedgift, con la eterna pulgarada de rapé en suspensión entre la cajita y la nariz-, la próxima semana llegará a nuestra villa un espectáculo de animales salvajes. Deje entrar en su casa a la leona, señor..., ¡antes que a Miss Gwilt!

 Por  (p.194) tercera vez, Allan miró a su abogado. Y por tercera vez, el abogado le miró imperturbable.

 -Parece tener muy mala opinión de Miss Gwilt -dijo Allan.

 -Una pésima opinión, Mister Armadale -replicó fríamente Pedgift Senior-. Volveremos a hablar de esto cuando hayamos despedido al mensajero de la dama. ¿Seguirá usted mi consejo? ¿Se negará a recibirla?

 -Lo haría de buen grado, pues la entrevista será muy dolorosa para los dos -dijo Allan-. Lo haría de buen grado, si supiese cómo hacerlo.

 -Por el amor de Dios, Mister Armadale, ¡esto es muy fácil! No se comprometa escribiendo. Despida al mensajero y dígale que no hay respuesta.

 Esta medida radical no podía ser aceptada por Allan.

 -Sería tratarla de un modo brutal -dijo-. No puedo hacerlo.

 Una vez más, la pertinacia del viejo Pedgift encontró un límite, y una vez más, el hombre prudente se avino delicadamente a una transacción. Al prometerle su cliente que no vería a Miss Gwilt, consintió en que Allan escribiese... bajo el dictado de su abogado. La carta fruto de este acuerdo fue redactada según el estilo de Allan: empezaba y terminaba en una sola frase.

 «Mr. Armadale saluda a Miss Gwilt y lamenta no poder tener el gusto de recibirla en Thorpe-Ambrose.»

 Allan había insistido enérgicamente en añadir otra frase, explicando que, si rehusaba la petición de Miss Gwilt, era solamente porque estaba convencido de que una entrevista sería innecesariamente desagradable para ambos. Pero su asesor jurídico se opuso firmemente al añadido propuesto.

 -Cuando diga «no» a una mujer, señor -observó el viejo Pedgift-, dígalo siempre en una palabra. Si le explica sus motivos, ella creerá invariablemente que quiso decirle «sí».

 Después de extraer esta rica gema de sabiduría de la rica mina de su experiencia profesional, Mr. Pedgift Senior envió la respuesta al mensajero de Miss Gwilt, recomendando al criado que, «fuera quien fuese aquel tipo, le echase pronto de la casa».

 -Ahora, señor -dijo el abogado-, volveremos, si le place, a mi opinión sobre Miss Gwilt. Temo que ésta difiera mucho de la suya. Usted la considera digna de compasión, cosa muy natural a su edad. Yo pienso que debería estar en la cárcel, cosa también muy natural a mis años. Verá usted enseguida las razones en que fundo mi opinión. Pero permita que le diga que estoy ansioso, antes que nada, de poner a prueba mi teoría. ¿Cree que es probable que Miss Gwilt insista en visitarle, Mister Armadale, después de la respuesta que acaba usted de enviarle?

 -¡Absolutamente imposible! -exclamó calurosamente Allan-. Miss Gwilt es una dama y, después de la carta que le he enviado, no querrá volver a verme nunca. -Discrepo en absoluto, señor -declaró el viejo Pedgift-. Apuesto a que chascará los dedos cuando reciba su carta (y ésta es una de las razones por las que me oponía a que la escribiese). Digo que, en este momento, está esperando el regreso de su mensajero dentro o cerca de la finca de usted. Digo que buscará la manera de entrar aquí, antes de que transcurran veinticuatro horas. Mire usted, señor -exclamó Mr. Pedgift, consultando su reloj-, ahora son las siete. Es lo bastante audaz y astuta para pillarle desprevenido esta misma tarde. Permítame que llame a su criado, señor; permítame pedirle que le ordene que, si ella viene, le diga que no está usted en casa. ¡No vacile, Mister Armadale! Si está usted en lo cierto en lo tocante a Miss Gwilt, será una simple formalidad. Si yo tengo razón, será una precaución prudente. Mantenga su opinión, señor, si le parece -dijo Mr. Pedgift, tocando la campanilla-, ¡que yo mantengo la mía!

 Allan estaba lo bastante irritado, cuando el otro tocó la campanilla, para sentirse dispuesto a dar la orden. Pero, cuando entró el criado, los recuerdos pudieron más que él y las palabras se le atragantaron.

 -Dé usted la orden -dijo a Mr. Pedgift, y se dirigió rápidamente a la ventana.

 «¡Eres un buen chico! -pensó el viejo abogado, mirándole y comprendiendo al instante sus motivos-. ¡Las garras de esa diablesa no se clavarán en ti, si yo puedo impedirlo!»

 El criado esperaba, impertérrito, sus órdenes.

 -Si viene Miss Gwilt, esta noche o en cualquier otro momento -dijo Pedgift Senior-, Mister Armadale no está en casa. ¡Espere! Si pregunta cuándo volverá Mister Armadale, dígale que no lo sabe. ¡Espere! Si pretende entrar y esperarle, dígale que nadie puede hacerlo, salvo que esté citado con Mister Armadale. ¡Venga usted aquí! -gritó alegremente el viejo Pedgift, frotándose las manos, cuando el criado hubo salido de la estancia-. En todo caso, le he cerrado la puerta. He dado la orden, Mister Armadale. Ahora podemos continuar nuestra conversación.

 Allan volvió desde la ventana.

 -Una conversación que no es muy agradable -dijo-. Con el debido respeto, quisiera haberla terminado.

 -La terminaremos lo antes posible -dijo Pedgift Senior, insistiendo, como sólo pueden hacerlo los abogados y las mujeres, en acercarse poco a poco a su propio objetivo-. Volvamos, si le parece, a lo que le estaba sugiriendo cuando entró el criado con la carta de Miss Gwilt. En su actual y desagradable posición, repito, sólo le queda un camino, Mister Armadale. Debe llevar hasta el fin sus pesquisas sobre esa mujer, en la esperanza (que considero casi cierta) de que su resultado le valdrá recobrar la estimación de sus vecinos.

 -¡Ojalá no hubiese empezado ninguna pesquisa! .-dijo Allan-. Nada podrá inducirme, Mister Pedgift, a continuarlas.

 -¿Por qué? -preguntó el abogado. -¿Puede preguntarme por qué -le replicó acaloradamente Allan- después de lo que le ha dicho su hijo que descubrimos en Londres? Aunque tuviese menos motivos de los que tengo  (p.195) para... para compadecerme de Miss Gwilt, aunque se tratase de cualquier otra mujer, ¿cree usted que seguiría investigando el secreto de una pobre criatura engañada... y, sobre todo, que lo revelaría al vecindario? Si hiciese algo parecido, me consideraría tan vil como el canalla que la dejó tirada en la calle. No sé cómo puede usted preguntarme esto. Por mi alma, ¡que no sé cómo puede preguntármelo!

 -¡Déme usted la mano, Mister Armadale! -exclamó calurosamente Pedgift Senior-. Su irritación le honra. Sus vecinos pueden decir lo que quieran, pero es usted un caballero, señor, en el mejor sentido de la palabra. Ahora -prosiguió el abogado, soltando la mano de Allan y volviendo al asunto-, escuche lo que tengo que decir en mi defensa. Supongamos que la verdadera posición de Miss Gwilt no se parece en nada a la que usted, generosamente, quiere creer que es.

 -No tenemos ninguna razón para creer tal cosa -le dijo resueltamente Allan.

 -Ésta es su opinión, señor -insistió Pedgift-. La mía, fundada en lo que se sabe públicamente aquí de los procedimientos de Miss Gwilt y en lo que yo he visto personalmente en ella, es que está muy lejos de ser la víctima inocente que se siente usted inclinado a pensar que es. ¡Un momento, Mister Armadale! Recuerde que he sometido mi opinión a una prueba práctica, y no la rechace hasta que los acontecimientos justifiquen la de usted. Permítame que le exponga mi punto de vista, señor; tenga en cuenta que soy abogado, y permítame que se lo exponga. Usted y mi hijo son jóvenes, y no niego que las circunstancias parecen, superficialmente, justificar la interpretación que ustedes, como jóvenes que son, han hecho de ellas. Yo soy viejo, y sé que las circunstancias no deben valorarse siempre por su apariencia superficial, y tengo la gran ventaja, en el presente caso, de haber tenido años de experiencia profesional entre las mujeres más malvadas que pisaron la faz de este mundo.

 Allan abrió los labios para protestar, pero se contuvo, desesperando de producir el menor efecto. El viejo Pedgift agradeció con una reverencia la moderación de su cliente y aprovechó inmediatamente su ventaja para proseguir.

 -Todos los procedimientos de Miss Gwilt -siguió diciendo-, desde su desafortunada correspondencia con el comandante, me demuestran que es ducha en el engaño. En el momento en que presiente la amenaza de verse comprometida (en algo, esto es indudable, después de lo que descubrió usted en Londres), saca el mayor provecho del digno silencio de usted y abandona el servicio del comandante haciéndose la mártir. ¿Y qué hace cuando ha salido de la casa? Se queda audazmente en la población, con tres excelentes fines. En primer lugar, muestra a todo el mundo que no teme enfrentarse a otro ataque a su reputación. En segundo lugar, se mantiene cerca para manejarle a su antojo y convertirse en Mistress Armadale a pesar de las circunstancias, si usted (y yo) le damos oportunidad de hacerlo. En tercer lugar, si usted (y yo) somos lo bastante inteligentes para desconfiar de ella, ella es igualmente astuta por su parte y no nos da la gran ocasión de seguirla a Londres y relacionarla con sus cómplices. ¿Es ésta la conducta de una desgraciada que perdió su honra en un momento de debilidad y que ha tenido que ampararse a su pesar en un engaño para recobrarla?

 -Plantea usted muy hábilmente la cuestión -dijo Allan, con visible renuencia-, no puedo negarlo.

 -Su propio sentido común, Mister Armadale, empieza a decirle que estoy en lo cierto -insistió el viejo Pedgift-. Todavía no puedo decir que sé la relación que puede haber entre ella y la gente de Pimlico, pero afirmo que no es la relación que usted supone. Establecidos los hechos, sólo tengo que añadir mi impresión personal sobre Miss Gwilt. No quisiera afligirle más, señor, si puedo evitarlo; trataré de plantear delicadamente la cuestión. Ella vino a mi despacho (como le dije a usted en mi carta) con la indudable intención de hacerse amiga de su abogado, si podía... Vino a decirme, haciendo gala de caridad cristiana, que no le culpaba a usted.

 -¿Ha creído usted alguna vez en alguien, Mister Pedgift? -le interrumpió Allan.

 -Algunas veces, Mister Armadale -respondió el viejo Pedgift, imperturbable como siempre-. Tan a menudo como le es permitido a un abogado. Pero sigamos, señor. Cuando yo me dedicaba a la rama penal de mi profesión, tenía que preparar la defensa de las mujeres sometidas a juicio, fundándome en lo que ellas me decían. Por muy grandes que fuesen las diferencias entre ellas, llegué a advertir, con el tiempo, que todas las que eran particularmente malvadas e indiscutiblemente culpables tenían una característica común. Altas o bajas, viejas o jóvenes, guapas o feas, tenían todas ellas un inconmovible dominio de sí mismas. Algunas se indignaban; algunas se deshacían en llanto; algunas se mostraban piadosamente confiadas, y algunas decían estar resueltas a suicidarse aquella misma noche. Pero bastaba con hurgar súbitamente en el punto débil de la respectiva historia y se acababa la ira o las lágrimas o la confianza o la desesperación, y aparecía la mujer auténtica, en plena posesión de todos sus recursos, con una limpia mentirijilla que se adaptaba exactamente a las circunstancias del caso. Miss Gwilt derramó lágrimas, señor, unas lágrimas muy oportunas, pero que no hicieron que enrojeciese su nariz y yo puse de pronto el dedo en el punto débil de su historia. Su patético pañuelo se apartó de los hermosos ojos azules y apareció la mujer auténtica con la mentirijilla que más convenía a las circunstancias. Inmediatamente me sentí veinte años  (p.196) más joven, Mister Armadale. Confieso que pensé que estaba de nuevo en Newgate, con mi libreta de notas en la mano, recibiendo datos para la defensa.

 -¡Sólo falta, Mister Pedgift, que me diga que Miss Gwilt ha estado en la cárcel! -exclamó, furioso, Allan.

 Pedgift Senior dio unos golpecitos sobre su caja de rapé y respondió al instante:

 -Posiblemente hizo méritos suficientes para conocer la cárcel por dentro, Mister Armadale; pero, en la época en que vivimos, hay una razón excelente para que no haya estado nunca en ella. ¿La cárcel, sintiendo lo que siente el público en la actualidad, para una mujer tan encantadora como Miss Gwilt? Mi querido señor, si hubiese intentado asesinarle a usted o asesinarme a mí, y si un juez y un jurado inhumanos hubiesen decidido encarcelarla, el primer objetivo de la sociedad moderna habría sido impedirlo, y, de no haberlo logrado, el segundo objetivo habría sido liberarla lo antes posible. Lea los periódicos, Mister Armadale, y descubrirá que los tiempos no pueden ser mejores para las ovejas negras de la comunidad... si es que son lo bastante negras. Insisto en afirmar, señor, que en este caso tenemos que habérnoslas con una de las más negras. Insisto en afirmar que ha tenido usted la rara fortuna, en esta desafortunada investigación, de tropezar con una mujer que merece ser investigada, en interés de la protección del público. Discrepe de mí cuanto le plazca, pero no piense nada definitivo sobre Miss Gwilt hasta que los acontecimientos decidan entre nuestras dos encontradas opiniones, mediante la prueba que le he propuesto. La prueba no puede ser más justa. Estoy de acuerdo con usted en que ninguna dama merecedora de este nombre intentaría entrar en esta casa después de recibir su carta. Pero yo niego que Miss Gwilt sea merecedora de aquel nombre, y digo que tratará de forzar su entrada aquí, a pesar de usted.

 -¡Y yo digo que no lo hará! -replicó Allan, con firmeza.

 El viejo Pedgift se retrepó en su sillón y sonrió. Hu bo unos momentos de silencio y, en este silencio, sonó campanilla de la puerta.

 Tanto el abogado como su cliente miraron, con expectación, en dirección al vestíbulo.

 -¡No! -gritó Allan, más irritado que nunca.

 -¡Sí! -dijo Pedgift Senior, contradiciéndole con la mayor  (p.197) cortesía.

 Esperaron a ver qué pasaba. Oyeron que se abría la puerta de la casa, pero la habitación en que se hallaban estaba demasiado lejos de aquélla para que pudiesen distinguir las voces. Después de un largo intervalo de expectación, oyeron por fin que se cerraba la puerta. Allan se levantó impetuosamente y tocó la campanilla. El viejo Mr. Pedgift permaneció sublimemente tranquilo y aspiró, con delicada satisfacción, la mayor pulgarada de rapé que había tomado hasta entonces.

 -¿Ha preguntado alguien por mí? -preguntó Allan en cuanto entró el criado.

 El hombre miró a Pedgift Senior con una expresión de indecible respeto y respondió:

 -Miss Gwilt.

 -No quisiera pavonearme ante usted, señor -dijo el viejo Mr. Pedgift, cuando el criado se hubo retirado-. Pero ¿qué piensa usted ahora de Miss Gwilt?

 Allan sacudió la cabeza en silencio, desanimado y afligido.

 -El tiempo apremia, Mister Armadale. Después de lo que acaba de ocurrir, ¿tiene todavía algo que objetar a la acción que he tenido el honor de proponerle?

 -No puedo desacreditarla ante el vecindario, Mister Pedgift -dijo Allan-. Prefiero quedar yo mismo desacreditado... como ya lo estoy.

 -Permita que plantee la cuestión de otra manera, señor. Disculpe mi insistencia. Usted ha sido muy amable conmigo y con mi hijo, y siento por usted un interés personal, además de profesional. Si no puede revelar personalmente el verdadero carácter de esa mujer, ¿tomará las precauciones adecuadas para evitar que cause más daño? ¿Consentirá que la vigilemos en secreto mientras permanezca en este lugar?

 Allan sacudió la cabeza por segunda vez. -¿Es ésta su resolución final, señor?

 -Lo es, Mister Pedgift; pero, de todos modos, quedo muy agradecido a sus consejos.

 Pedgift Senior se levantó con aire de amable resignación y cogió su sombrero.

 -Buenas tardes, señor -dijo, y se encaminó apesadumbrado hacia la puerta.

 Allan se levantó a su vez, presumiendo inocentemente que la entrevista había terminado. Las personas que conocían mejor que él los hábitos diplomáticos de su asesor jurídico le habrían aconsejado que no se levantase. Había llegado el momento de la «posdata de Pedgift»; la delatora cajita de rapé del abogado estaba en aquel momento en una de sus manos, mientras el hombre abría la puerta con la otra.

 -Buenas tardes -dijo Allan.

 Pedgift Senior abrió la puerta, se detuvo, reflexionó, cerró de nuevo la puerta, retrocedió misteriosamente con la pulgarada de rapé en suspenso entre la cajita y la nariz, y repitiendo su invariable fórmula de «A propósito, se me acaba de ocurrir una cosa», volvió a sentarse tranquilamente en el sillón vacío.

 Allan, intrigado, se sentó a su vez en el sillón del que acababa de levantarse. Abogado y cliente se miraron una vez más, y empezó de nuevo la larga entrevista.

CAPÍTULO VI

LA POSDATA DE PEDGIFT

 -He dicho que se me acaba de ocurrir una cosa, señor -observó el viejo Pedgift.

 -En efecto -dijo Allan.

 -¿Le gustaría saber qué es, Mister Armadale?

 -Por favor -dijo Allan.

 -Con mucho gusto, señor. Ésta es la cuestión. Si no puede hacerse nada más, considero sumamente importante someter a Miss Gwilt a una secreta vigilancia mientras permanezca en Thorpe-Ambrose. Y cuando iba a salir, se me ha ocurrido pensar que, si no está usted dispuesto a hacerlo por su propia seguridad, tal vez lo estará por la seguridad de otra persona.

 -¿Qué otra persona? -preguntó Allan.

 -Una joven que es vecina de usted, señor. Le diré su nombre, en confianza. Miss Milroy

 Allan se sobresaltó y cambió de color.

 -¿Miss Milroy? -repitió-. ¿Puede estar ella implicada en este desgraciado asunto? Confío en que no sea así, Mister Pedgift; sinceramente lo deseo.

 -Esta mañana he realizado una visita al cottage, en su interés, señor -siguió diciendo el viejo Pedgift-. Voy a decirle lo que pasó allí, y usted juzgará. El comandante Milroy había estado expresando su opinión acerca de usted con bastante libertad, y consideré sumamente conveniente hacerle una advertencia. Es lo que hay que hacer con esos hombres de cabeza hueca, pues los razonamientos no sirven para vencer su obstinación, ni para calmar su violencia. Como le decía, señor, esta mañana e ido a su casa. El comandante y Miss Neelie estaban ambos en el salón; la señorita no parecía tan linda como de costumbre; pensé que estaba pálida, cansada y angustiada. El comandante de cabeza hueca (yo no daría ni así por el cerebro de un hombre que puede pasar la mitad de su vida construyendo un reloj) se levantó de un salto y, con aire altivo, trató de mirarme por encima del hombro. ¡Ja, ja! ¡Como si alguien pudiese mirarme por encima del hombro a mi edad! Me comporté como un cristiano: saludé amablemente al viejo relojero. «Buenos días, comandante», le dije. «¿Tiene algún asunto pendiente conmigo?», preguntó él. «Sólo deseo decirle unas palabras», dije yo. Miss Neelie, como joven educada que es, se levantó para salir de la estancia, ¿y qué hizo su ridículo padre? La detuvo. «No hace falta que te vayas, querida, no tengo nada que hablar con Mister Pedgift», dijo el viejo idiota del militar y, volviéndose a mí, trató de nuevo de mirarme por encima del hombro. «Usted es el abogado de Mister Armadale -dijo-, si viene por algún asunto relativo a Mister Armadale, tendrá que hablar con mi propio abogado.» (Su abogado es Darch, y puedo asegurarle que a Darch no le han quedado ganas de enfrentarse conmigo.) «Ciertamente, comandante, mi visita tiene que ver con Mister Armadale -le dije-, pero no concierne a su abogado..., al menos por ahora. Deseo advertirle que suspenda su opinión sobre  (p.198) mi cliente, y que, si no está dispuesto a hacerlo, que tenga mucho cuidado en cómo la expresa en público. Le advierto que llegará nuestro turno, ¡y que aún no se ha dicho la última palabra en el escándalo sobre Miss Gwilt!» Me pareció probable que el hombre perdería los estribos cuando se viese acosado de esta manera, y él justificó ampliamente mis previsiones. El pobre infeliz empleó un lenguaje violento, realmente violento... ¡conmigo! Yo volví a comportarme como un buen cristiano: le saludé amablemente con la cabeza y le deseé muy buenos días. Cuando miré a mi alrededor para saludar también a Miss Neelie, ésta se había marchado. Parece usted inquieto, Mister Armadale -observó Pedgift Senior, al ver que Allan, sintiendo la punzada de viejos recuerdos, se levantaba de pronto de su sillón y empezaba a pasear de un lado a otro-. No abusaré mucho más de su paciencia, señor; iré al grano.

 -Le pido disculpas, Mister Pedgift -dijo Allan, sentándose de nuevo y tratando de mantener su compostura después de haber evocado el abogado la imagen de Neelie.

 -El caso es, señor, que salí de la casa -siguió hablando el viejo Pedgift- y, precisamente cuando iba a pasar del jardín al parque, ¿con quién diría que me tropecé? Pues con la propia Miss Neelie, que por lo visto me estaba esperando. «¡Quiero hablar un momento con usted, Mister Pedgift! -me dijo-. ¿Cree Mister Armadale que yo estoy mezclada en este asunto?» Estaba terriblemente agitada, señor; tenía lágrimas en los ojos, lágrimas de una clase que no estoy acostumbrado a ver en mi experiencia profesional. Me propasé; le ofrecí el brazo y la conduje galantemente entre los árboles. (¡Bonita posición por mi parte, si alguno de los chismosos del pueblo hubiese andado en aquella dirección y me hubiese sorprendido!) «Querida Miss Milroy -le dije-, ¿por qué habría de pensar Mister Armadale que está usted mezclada en esto?»

 -¡Hubiese debido usted decirle en el acto que yo no pensaba nada de eso! -exclamó Allan, con indignación-. ¿Por qué permitió que ella lo dudase un solo instante?

 -Porque soy abogado, Mister Armadale -respondo secamente Pedgift Senior-. Ni siquiera en momentos sentimentales, al amparo de los árboles y con una linda joven del brazo, puedo prescindir enteramente de mi cautela profesional. ¡No se aflija, señor, se lo ruego! Puse la cosa en claro a su debido tiempo. Antes de separarme de Miss Milroy, le dije lisa y llanamente que jamás había pasado tal idea por su cabeza.

 -¿Pareció ella aliviada? -preguntó Allan.

 -Pudo prescindir del apoyo de mi brazo, señor-respondió el viejo Pedgift, con la misma sequedad que antes- y conminarme para que guardase en secreto el tema de nuestra conversación. Estaba particularmente deseosa de que usted no supiese nada de ello. Y si usted desea por su parte saber por qué estoy ahora traicionando su confianza, permita que le diga que sus confidencias se referían nada menos que a la dama que hace un momento le ha hecho a usted el honor de llamar a su puerta: Miss Gwilt.

 Allan, que había vuelto a su impaciente paseo por la estancia, se detuvo y volvió a su sillón.

 -¿Es algo grave? -preguntó.

 -Gravísimo, señor -respondió Pedgift-. Si estoy traicionando el secreto de Miss Neelie, es precisamente en interés de ésta. Volvamos a la cautelosa pregunta que le hice. Le resultó un poco difícil contestarla, pues la respuesta exigía una narración de la conversación de despedida entre ella misma y su institutriz. En substancia, discurrió así. Las dos estaban solas cuando Miss Gwilt se despidió de su discípula, y las palabras que empleó (según me las repitió Miss Neelie) fueron las siguientes: «Su madre no ha querido permitir que me despidiese de ella. ¿Se opone usted también?» La respuesta de Miss Neelie fue notablemente sensata para una joven de su edad. «No hemos sido buenas amigas -dijo-, y creo que las dos nos alegramos por igual de separarnos. Pero esto no impide que quiera despedirme de usted.» Dicho lo cual, le tendió la mano. Miss Gwilt la miró fijamente, sin tomar la mano que la joven le ofrecía, le dijo estas palabras: «Todavía no es usted Mistress Armadale.» ¡Calma, señor! Tómelo con calma. No es de extrañar que una mujer, consciente de sus propios designios mercenarios en lo que a usted respecta, atribuya los mismos propósitos a una damita que, además, es su vecina más próxima. Permítame proseguir. Miss Neelie, según su propia confesión (y creo que era natural), se indignó sobremanera. Respondió: «¿Cómo se atreve a hablarme así, desvergonzada criatura?» La réplica de Miss Gwilt fue bastante singular; por lo visto, su indignación era fría y venenosa. «Todavía nadie me ha injuriado, Miss Milroy, sin tener que arrepentirse de ello más pronto o más tarde -dijo-. Y usted se arrepentirá amargamente.» Se quedó un momento mirando a su discípula en terrible silencio, y salió de la habitación. Parece que la imputación hecha a Miss Neelie en relación con usted la afectó mucho más que la amenaza. Sabía ya, como lo sabían todos los de la casa, que ciertas gestiones realizadas por usted en secreto en Londres habían provocado la renuncia voluntaria de Miss Gwilt a su empleo. Y ahora infería, por las palabras que le habían sido dirigidas, que Miss Gwilt pensaba que era ella quien había montado aquella operación para perjudicar a su institutriz y granjearse la estimación de usted. ¡Calma, calma, señor! Todavía no he terminado. En cuanto Miss Neelie se hubo recobrado, subió a hablar con Mrs. Milroy. La abominable acusación de Miss Gwilt la había pillado por sorpresa, y acudió ante todo a su madre, en busca de ilustración y de consejo. No  (p.199) obtuvo ninguna de ambas cosas. Mrs. Milroy declaró que había estado demasiado enferma para enterarse del asunto y que seguía estando demasiado enferma para intervenir ahora en él. Miss Neelie acudió entonces a su padre. El comandante la interrumpió en el momento en que pronunció el nombre de usted; declaró que no permitiría que fuese mencionado por ningún miembro de su familia. Desde entonces hasta ahora, permaneció a oscuras, sin saber si había sido desvirtuada por Miss Gwilt, ni qué clase de falsedades había sido usted inducido a creer acerca de ella. A mi edad, y dada mi profesión, no alardeo de tener un corazón demasiado blando. Pero creo, Mister Armadale, que la posición de Miss Neelie merece toda nuestra compasión.

 -¡Haré lo que sea para ayudarla! -exclamó impulsivamente Allan-. Usted ignora, Mister Pedgift, las razones que tengo... -Se interrumpió y repitió confusa y ansiosamente sus primeras palabras-: Haré lo que sea..., ¡haré cuanto sea preciso para ayudarla!

 -¿Lo dice en serio, Mister Armadale? Perdone que se lo pregunte..., pero es que, realmente, ¡puede usted ayudar a Miss Neelie, si decide hacerlo!

 -¿Cómo? -preguntó Allan-. ¡Dígame solamente cómo!

 -Autorizándome, señor, para protegerla de Miss Gwilt.

 Después de este disparo a quemarropa sobre su cliente, el astuto abogado esperó un poco, para dejar que surtiese efecto antes de añadir palabra.

 El rostro de Allan se ensombreció, y el joven rebulló inquieto en su sillón.

 -Su hijo es duro de pelar, Mister Pedgift -dijo-. Pero usted lo es todavía más.

 -Gracias, señor -repuso inmediatamente Pedgift-, gracias en nombre de mi hijo y en el mío, por este generoso cumplido. Si quiere realmente ser útil a Miss Neelie -prosiguió, más seriamente-, le he mostrado el camino. Nada podría usted hacer para tranquilizarla que yo no haya hecho ya. En cuanto le hube asegurado que usted no se había formado ningún concepto erróneo de su conducta, se marchó muy satisfecha. La amenaza de su institutriz al despedirse parece que se borró de su memoria. ¡Pero puedo asegurarle, Mister Armadale, que no se ha borrado de la mía! Ya conoce mi opinión sobre Miss Gwilt, y sabe lo que ha hecho Miss Gwilt esta misma tarde para confirmar esta opinión. Después de todo lo  (p.200) sucedido, ¿puedo preguntarle si cree usted que es capaz de contentarse con vanas amenazas?

 La pregunta puso a Allan en un brete. Obligado a retirarse paso a paso de la posición que había ocupado al principio de la entrevista, por la fuerza irresistible de los hechos, Allan mostró por primera vez síntomas de que empezaba a ceder en el asunto de Miss Gwilt.

 -El camino que ha mencionado usted, ¿es el único que existe para proteger a Miss Milroy? -preguntó, con inquietud.

 -¿Cree usted que el comandante le escucharía, señor, si hablase con él? -preguntó sarcásticamente Pedgift Senior-. En cuanto a mí, mucho me temo que no me honraría prestándome atención. ¿O tal vez preferiría asustar a Miss Neelie, diciéndole por las claras que los dos pensamos que está en peligro? ¿O enviarme a Miss Gwilt para decirle que ha cometido una cruel injusticia con su discípula? Proverbialmente, las mujeres no atienden a razones, y difícilmente están dispuestas a cambiar de opinión sobre otra mujer, sobre todo si piensan que ésta ha destruido sus planes de hacer una buena boda. Y no lo digo por mí, Mister Armadale: yo no soy más que un abogado y, como tal, impermeable a otra lluvia de lágrimas que pudiese verter Miss Gwilt sobre mí.

 -¡Maldita sea, Mister Pedgift! -gritó Allan, perdiendo al fin su compostura-. ¿Quiere decirme claramente lo que piensa hacer?

 -Hablando claro, Mister Armadale, quiero vigilar en secreto los movimientos de Miss Gwilt, mientras permanezca en esta vecindad. Encontraré la persona que la observe con delicadeza y discreción. Y me comprometo a interrumpir esta inofensiva vigilancia de sus acciones si, dentro de una semana, no existen buenas razones, a su satisfacción, para continuarla. Hago esta moderada proposición, señor, en el convencimiento de que es en interés de Miss Milroy, y ahora espero su respuesta: sí o no.

 -¿No puedo tomarme algún tiempo para pensarlo? -preguntó Allan, apelando al último y desesperado recurso de buscar amparo en la demora.

 -Desde luego, Mister Armadale. Pero, mientras lo piensa, no olvide que Miss Milroy tiene la costumbre de pasear sola por el parque, sin sospechar que puede estar en peligro, y que Miss Gwilt puede aprovecharse de esta circunstancia cuando mejor le parezca.

 -¡Haga lo que quiera! -exclamó, desesperado, Allan-. Y por el amor de Dios, ¡no me atormente más!

 El prejuicio popular puede negarlo, pero la profesión de abogado es prácticamente una profesión cristiana, al menos en un aspecto. De todas las copiosísimas respuestas que recibe la humanidad de labios de los abogados, ninguna más eficaz que «la respuesta suave que aplaca la ira». Pedgift Senior se puso en pie con la agilidad de la juventud en sus piernas y la prudente moderación de los años en la lengua.

 -Muchas gracias, señor -dijo-, por la atención que me ha prestado. Le felicito por su decisión y le deseo muy buenas noches.

 Esta vez, la cajita delatora del rapé no estaba en su mano cuando abrió la puerta, y el hombre se marchó definitivamente, sin volver atrás para una segunda posdata.

 Cuando se quedó solo, Allan hundió la cabeza sobre el pecho.

 «¡Si al menos estuviésemos al final de la semana! -pensó, tristemente-. ¡Si al menos hubiese vuelto Midwinter!»

 Mientras su cliente expresaba estos deseos, el abogado subió alegremente a su calesa.

 -¡Arre, vieja! -gritó Pedgift Senior, golpeando a la trotona yegua con la punta del látigo-. Jamás hice esperar a una dama... ¡y esta noche tengo que habérmelas con una de tu propio sexo!

CAPÍTULO VII

EL MARTIRIO DE MISS GWILT

 Las afueras de la pequeña población de Thorpe-Ambrose, en el lado más próximo a «la casa grande», se ha ganado cierta fama local por poder exhibir el barrio más bonito, entre los de su clase, que puede encontrarse en el este de Norfolk. Aquí, las villas y los jardines están en su mayoría constituidos y dispuestos con un gusto excelente; los árboles están en la flor de la vida, y el campo comunal, más allá de las casas, se eleva y desciende en una pintoresca y deliciosa variedad de niveles. La élite y las bellas de la villa suelen elegir este lugar para el paseo de la tarde, y si el forastero que quiere dar unas vueltas por el lugar deja la iniciativa al cochero, éste le lleva ante todo al campo comunal, como si fuese de rigor.

 En el lado opuesto de la población, es decir, el más dejado de «la casa grande», los suburbios (en el año mil ochocientos cincuenta y uno) eran indefectiblemente considerados como un tema desagradable por todas las personas celosas de la reputación de la villa.

 Aquí, la naturaleza era inhóspita; la gente era pobre, y el progreso social, reflejado en la forma de las construcciones, se hallaba trágicamente interrumpido. Las calles más y más mezquinas al alejarse del centro de la población, con sus casas cada vez menores, se perdían en descampados salpicados de casitas aisladas y esqueléticas. Por estos andurriales, hubiérase dicho que todos los constructores habían abandonado sus obras en la primera fase de su realización. Los dueños plantaban estacas en sus pobres parcelas y, mientras anunciaban tristemente que estaban en venta para la construcción, cultivaban mieses enfermizas, desesperando de encontrar quien las comprase. Todos los papeles viejos de la población parecían volar hacia este sitio olvidado, y todos los niños quejumbrosos iban allí a llorar bajo el cuidado de unas niñeras tan desaseadas que por sí solas habrían desprestigiado el lugar. Si alguien de Thorpe-Ambrose tenía intención de enviar un caballo viejo a los matarifes, seguro que el jamelgo esperaría su triste destino en un campo de este lado de la  (p.201) población. Ninguna planta florecía en estas regiones desérticas, donde sólo crecían los montones de desperdicios, y ningún ser se regocijaba aquí, salvo las criaturas de la noche, salvo las chinches en las camas y los gatos en los tejados. Se había puesto el sol, y la luz del crepúsculo estival iba menguando. Los niños quejumbrosos lloraban en sus cunas; el caballo destinado al matadero dormitaba abandonado en el campo de su encierro; los gatos acechaban en los rincones, en espera de la noche. Pero una figura humana apareció en el suburbio solitario: la figura de Mr. Bashwood. Sólo un débil sonido turbó el lúgubre silencio: el sonido de las blandas pisadas de Mr. Bashwood.

 Avanzando lentamente entre los montones de ladrillos que se alzaban a intervalos a lo largo de la calle, evitando con cuidado la chatarra y las tejas rotas desparramadas en su camino, Mr. Bashwood caminó desde la dirección del campo hacia una de las calles sin terminar del suburbio. Su apariencia personal había sido visiblemente objeto de atención especial. Sus dientes postizos eran blancos y brillantes; su peluca había sido minuciosamente cepillada; su fúnebre atuendo, totalmente renovado, tenía el feo lustre de la tela negra barata. Se movía con nerviosa desenvoltura y miraba a su alrededor sonriendo tontamente. Al llegar a las primeras casitas esqueléticas, sus ojos acuosos se fijaron por primera vez en la calle que tenía delante. Un momento después, pareció sobresaltarse, respiró más de prisa y se apoyó, temblando y poniéndose colorado, en la pared sin terminar que tenía al lado. Una dama, todavía a cierta distancia, avanzaba en su dirección a lo largo de la calle.

 -¡Ahí viene! -murmuró, con una extraña mezcla de arrobamiento y de miedo, palideciendo y coloreándose alternativamente su macilento rostro-. ¡Quisiera ser el suelo que pisa! ¡Quisiera ser el guante que cubre su mano!

 Pronunció estas palabras estrafalarias con tanto entusiasmo, con una intensidad tan concentrada, que su escuálida figura se estremeció desde la cabeza hasta los pies.

 La dama se fue acercando, delicada y graciosamente, hasta que reveló a los ojos de Mr. Bashwood lo que el instinto de éste había reconocido desde el primer momento: la cara de Miss Gwilt.

 Ésta vestía con exquisita y expresiva modestia. Cubría su cabeza con el sombrero de paja más sencillo que había podido encontrar, ribeteado con la cinta blanca más barata. Una pobreza humilde y digna se manifestaba en la pulcritud inmaculada de la discreta falda de su ligero vestido estampado y en la pequeña pañoleta de seda negra y barata que llevaba sobre aquél, con un sencillo fleco del mismo material. Los brillantes cabellos rojos estaban trenzados en forma de corona sobre la frente, con un mechón perfectamente rizado cayendo sobre el hombro izquierdo. Los guantes, ajustados a sus manos como una segunda piel, eran de ese serio color marrón que tarda más en dar señales de desgaste. Con una mano, recogía delicadamente la falda sobre la suciedad de la calle, y en la otra llevaba un ramillete de las más corrientes flores de jardín. Avanzaba silenciosa y suavemente, haciendo ondular rítmicamente el vestido estampado; con el rizado mechón oscilando al soplo de la brisa del atardecer, y un poco baja la cabeza, mirando al suelo: así, su andar, su aspecto y sus modales, reflejados en cada uno de sus movimientos, expresaban esa mezcla sutil de voluptuosidad y de modestia que, entre los muchos atractivos femeninos, es el más irresistible a los ojos de los hombres.

 -¡Mister Bashwood! -exclamó con voz fuerte y clara, indicadora del mayor asombro-. ¡Qué sorpresa encontrarle a usted aquí! Pensaba que sólo los moradores desgraciados se aventuraban en esta parte de la población. ¡Cuidado! -añadió rápidamente, en voz baja-. No se equivocó cuando oyó decir que Mister Armadale me haría seguir y vigilar. Hay un hombre detrás de una de las casas. Debemos hablar en voz alta de cosas indiferentes y como si nos hubiésemos encontrado por casualidad. Pregúnteme lo que estoy haciendo. ¡Fuerte! ¡Sin ambages! Si no deja de temblar y no hace lo que le digo, no volverá a verme nunca más.

 Hablaba con implacable despotismo, ejerciendo despiadadamente su poder sobre la débil criatura a quien se dirigía. Mr. Bashwood la obedeció, en tono tembloroso por la agitación, y con unos ojos que devoraban su belleza con la extraña fascinación del terror y del placer.

 -Estoy tratando de ganar un poco de dinero dando lecciones de música -dijo ella, en voz lo bastante alta para que lo oyese el espía-. Si puede usted recomendarme a algún discípulo, Mister Bashwood, le quedaré muy agradecida. ¿Ha estado hoy en la casa? -siguió diciendo, bajando de nuevo la voz-. ¿Ha estado Mister Armadale cerca del cottage? ¿Ha salido Miss Milroy al jardín? ¿No? ¿Está usted seguro? Obsérveles mañana y pasado mañana y el día siguiente. Seguro que volverán a encontrarse, y quiero y debo saberlo. Pregúnteme lo que cobro por mis lecciones de música. ¿Por qué está asustado? Ese hombre me persigue a mí, no a usted. Hable más alto que cuando me ha preguntado lo que estaba haciendo; hable fuerte, o no volveré a confiar en usted y acudiré a otra persona.

 Mr. Bashwood obedeció una vez más.

 -No se enfade conmigo -murmuró débilmente, después de haber preguntado lo que ella le había ordenado-. Mi corazón late con demasiada fuerza... ¡Usted me está matando!

 -¡Mi pobre y querido viejo! -murmuró ella, cambiando súbitamente de actitud, con natural y satírica ternura-. ¿De qué le sirve el corazón a su edad? Esté aquí mañana, a la misma hora, y dígame lo que ha  (p.202) visto en la finca. Cobro solamente cinco chelines por lección -prosiguió, hablando fuerte-. Estoy segura de que no es mucho, Mister Bashwood; mis lecciones son muy largas, por lo que resultan a mitad de precio. -Bajó de nuevo el tono de la voz y le miró de una manera que le sometió al instante a su voluntad-. ¡No pierda de vista mañana a Mister Armadale! Si aquella niña consigue hablar con él y yo no me entero, ¡pobre de usted! Pero si me lo dice, ¡le daré un beso! Ahora déme las buenas noches y vaya hacia la villa; yo iré por otro camino. No lo necesito: no me da miedo el hombre que se oculta detrás de las casas, puedo apañármelas sola. Déme las buenas noches y dejaré que estreche mi mano. Dígalo más fuerte y le daré una de mis flores, si me promete no enamorarse de ella. -Levantó de nuevo la voz-. ¡Buenas noches, Mister Bashwood! No olvide mis condiciones. Cinco chelines por lección de una hora, con lo que a mis discípulos les resulta a mitad de precio. Una gran ventaja, ¿no?

 Puso una flor en su mano; frunció el ceño para imponerle obediencia y sonrió para recompensarle; se recogió de nuevo la falda para librarla de la suciedad del suelo, y siguió su camino con exquisita e indolente deliberación, como sigue un gato su camino cuando se ha cansado de divertirse espantando a un ratón.

 Cuando se quedó solo, Mr. Bashwood se acercó a la pared más próxima y, apoyándose cansadamente en ella, miró la flor que llevaba en la mano. Su existencia pasada le había enseñado a soportar las desgracias y los insultos como pocos hombres más afortunados hubiesen podido soportar; pero no le había preparado para sentir por primera vez la pasión dominante de la humanidad, precisamente cuando su vida tocaba tristemente a su fin, cuando experimentaba la inevitable decadencia de una virilidad que se había marchitado bajo la doble aflicción de las desinencias conyugales y las penas causadas por los hijos.

 -¡Oh, si pudiese volver a ser joven! -murmuró el pobre infeliz, apoyando los codos en la pared y tocando la flor con los secos y febriles labios, en un furtivo arranque de ternura-. ¡Yo le habría gustado cuando tenía veinte años! -Se irguió de pronto y miró a su alrededor, vagamente desconcertado y aterrorizado-. Ella me dijo que me fuese a casa - (p.203) farfulló-. ¿Por qué me detengo aquí? Se volvió y echó a andar a toda prisa, con tanto miedo de que ella se enfadase si volvía la cabeza y le veía, que no se aventuró a mirar atrás y no vio al espía que seguía a la mujer amparándose en las casas vacías y en los montones de ladrillos de los lados de la calle.

 Pausada y delicadamente, cuidando de preservar la inmaculada integridad de su vestido, sin apresurar nunca su paso ni mirar a la derecha o a la izquierda, Miss Gwilt siguió su camino hacia el campo despejado. La calle suburbana se bifurcaba al final en dos direcciones. A la izquierda, un camino serpenteaba a través de un soto descuidado, hacia los pastos de una finca vecina. A la derecha, otro camino conducía a la carretera principal, cruzando un yermo altozano. Después de detenerse un momento para reflexionar, pero evitando mirar hacia atrás para no revelar al espía que se había percatado de su presencia, Miss Gwilt eligió el camino del altozano. «Allí le pillaré», dijo para sus adentros, mirando tranquilamente la línea recta del camino desierto que se extendía ante ella. Una vez en el terreno que había elegido para sus fines, se enfrentó a las dificultades de su posición con un tacto y un aplomo perfectos. Después de caminar unas treinta yardas, dejó caer el ramillete, se volvió a medias, se agachó para recogerlo, vio que el hombre se detenía en el mismo instante detrás de ella, e inmediatamente reemprendió la marcha, acelerando poco a poco el paso, hasta caminar le más de prisa que podía. El espía cayó en la trampa. Viendo que se acercaba la noche y temiendo perder de vista a Ia mujer en la oscuridad, redujo rápidamente la distancia entre ellos. Miss Gwilt siguió andando con rapidez, hasta que oyó claramente las pisadas del hombre detrás de ella. Entonces se detuvo, se volvió y al cabo de un moment' los dos se encontraron cara a cara.

 -Salude de mi parte a Mister Armadale -dijo ella-- y dígale que le he sorprendido espiándome.

 -Yo no la estoy espiando, señorita -replicó el hombre, pillado desprevenido por la desenvoltura y la claridad con que ella se le había encarado.

 Miss Gwilt le miró desdeñosamente de arriba abajo. Era un hombre enclenque y bajito. Ella era la más alta y /probablemente) la más vigorosa de los dos.

 -Quítese el sombrero, patán, cuando hable con una dama -dijo, y de un manotazo le arrojó el sombrero a un charco de agua que había al otro lado de la cuneta.

 Esta vez el espía estaba en guardia. Sabía tan bien como Miss Gwilt el uso que ésta podía hacer de los preciosos minutos si él le volvía la espalda y cruzaba la cuneta para recobrar su sombrero.

 -Tiene suerte de ser una mujer -dijo, frunciendo el entrecejo y mirándola fijamente bajo la escasa luz crepuscular.

 Miss Gwilt miró de reojo el camino y vio, en la creciente oscuridad, la figura de un hombre solitario que avanzaba rápidamente en su dirección. Algunas mujeres habrían observado con cierta ansiedad la llegada de un desconocido a tales horas y en un lugar tan desierto. Miss Gwilt confiaba demasiado en sus propias dotes de persuasión para no dar por descontada de antemano la ayuda de un hombre, porque, fuese quien fuere, era un hombre. Se volvió al espía con redoblada confianza en sí misma y, por segunda vez, le miró desdeñosamente de los pies a la cabeza.

 -Me pregunto si soy lo bastante vigorosa para lanzarle detrás de su sombrero. Lo pensaré.

 Dio unos pasos en dirección a la figura que se acercaba por el camino. El espía la siguió de cerca.

 -Inténtelo -dijo brutalmente él-. Es usted muy guapa y será para mí un placer que me rodee con sus brazos si así lo desea.

 Mientras pronunciaba estas palabras, vio también al desconocido. Retrocedió un paso y esperó. Miss Gwilt, por su parte, dio un paso adelante y esperó también.

 El desconocido se acercó, con el paso ligero del andarín consumado, balanceando un bastón en la mano y llevando una mochila sobre la espalda. Unos pasos más, y su cara se hizo visible. Era un hombre moreno, de cabellos negros sucios de polvo, y sus ojos también negros miraban fijamente el camino que se extendía ante él.

 Miss Gwilt avanzó, con las primeras señales de agitación que había dado hasta entonces.

 -¿Será posible? -dijo con voz suave-. ¿Puede ser realmente usted?

 Era Midwinter, que volvía a Thorpe-Ambrose después de dos semanas por los páramos de Yorkshire.

 Se detuvo y la miró, sorprendido y pasmado. La imagen de aquella mujer estaba precisamente en su pensamiento cuando ella le había hablado.

 -¡Miss Gwilt! -exclamó, tendiendo mecánicamente la mano.

 Ella la tomó y la estrechó suavemente.

 -Me habría alegrado de verle en cualquier momento -dijo-. Pero no sabe cuánto me alegro de verle ahora. Me gustaría que le dijese unas palabras a ese hombre. Me ha estado siguiendo y molestando desde que he salido de la villa.

 Midwinter avanzó sin decir nada. Aunque la luz era muy débil, el espía vio lo que se le venía encima, y, volviéndose al instante, saltó al otro lado de la cuneta. Antes de que Midwinter pudiese seguirle, Miss Gwilt apoyó una mano en el hombro de éste.

 -No -dijo-. Usted no sabe para quien trabaja.

 Midwinter se detuvo y la miró.

 -Desde que se marchó, han ocurrido cosas raras -siguió diciendo ella-. Me he visto obligada a dejar mi empleo y soy seguida y vigilada por un espía a sueldo. No me pregunte quién me obligó a renunciar a mi posición y quién paga al espía..., al menos por ahora. No puedo resolverme a decírselo hasta que me haya serenado un poco. Deje que se marche ese desgraciado. ¿Le importan acompañarme hasta el lugar donde resido? Le viene de camino. ¿Puedo... puedo pedirle el apoyo de su brazo?  (p.204) EI poco valor que tengo está a punto de agotarse. -Le asió del brazo, arrimándose a él. La mujer que acababa de tiranizar a Mr. Bashwood había dejado de existir, lo mismo que la que había lanzado al charco el sombrero del espía. Una criatura tímida, encogida, interesante, se escondía debajo ¿e la blanca piel y temblaba sobre las piernas simétricas de Miss Gwilt. Se llevó el pañuelo a los ojos-. Dicen que la necesidad no tiene leyes -murmuró débilmente-. Le estoy tratando como a un viejo amigo. ¡Sabe Dios cuánto lo necesito!

 Echaron a andar hacia la población. Ella se recobró con conmovedora entereza; guardó el pañuelo en el bolsillo y desvió la conversación hacia el viaje de Midwinter.

 -Ya hace usted bastante soportando mi peso -dijo, apretándole delicadamente el brazo-. No debo afligirle además. Dígame lo que ha estado haciendo y las cosas que ha visto. Hábleme de su viaje y así podré dejar de pensar en mí misma.

 Llegaron a su modesta y pequeña vivienda, en el triste y pequeño suburbio. Miss Gwilt suspiró y se quitó el guante antes de dar la mano a Midwinter.

 -Me he refugiado aquí -le dijo simplemente-. Es una casita limpia y tranquila... Soy demasiado pobre para esperar o querer algo más. Ahora supongo que debemos despedirnos, a menos... -Vaciló modestamente y miró rápidamente a su alrededor para asegurarse de que no eran observados-. A menos que quiera usted entrar y descansar un poco. ¡Le estoy tan agradecida, Mister Midwinter! ¿Cree que hay algo malo en que le ofrezca una taza de té?

 La influencia magnética de su contacto pasó como una corriente por el cuerpo del hombre. El cambio y la ausencia, que había esperado que debilitarían la pasión que ella había despertado en él, la habían fortalecido traidoramente. Hombre excepcionalmente sensible, excepcionalmente puro en su vida pasada, se hallaba ahora, en la tentadora reserva de la noche, frente a la primera mujer que había ejercido sobre él la influencia totalmente absorbente de su sexo. A su edad y en su posición, ¿quién hubiese podido rehusar? Ningún hombre (con temperamento de hombre) habría podido hacerlo. Midwinter entró.

 Un muchacho de aspecto estúpido y soñoliento abrió la puerta de la casa. Incluso él, por ser varón, se animó bajo la influencia de Miss Gwilt.

 -La tetera, John -dijo amablemente ella-, y otra taza con su platito. Tomaré prestada tu vela para alumbrar la escalera, y esta noche no volveré a molestarte.

 John se mostró al instante activo y despierto.

 -No es molestia, señorita -dijo, con torpe urbanidad.

 Miss Gwilt tomó la vela y sonrió.

 -¡Qué buena es la gente conmigo! -murmuró candidamente a Midwinter, mientras subía la escalera en dirección al pequeño cuarto de estar del primer piso.

 Encendió las velas y, volviéndose rápidamente a su invitado, le detuvo al intentar él desprender la mochila de sus hombros.

 -No -dijo amablemente-. En los viejos tiempos, había ocasiones en que las damas desarmaban a sus caballeros. Pido el privilegio de desarmar a mi caballero.

 Sus hábiles dedos interceptaron los de él sobre las correas y las hebillas y desprendieron la polvorienta mochila antes de que él pudiese impedir que la tocase.

 Se sentaron a la única mesita de la habitación. Ésta estaba pobremente amueblada, pero, en la disposición de los pocos y sencillos objetos de adorno sobre la repisa de la chimenea, en el par de volúmenes bellamente encuadernados de la pequeña estantería, en las flores que había sobre la mesa y en la modesta cestita de labores sobre el antepecho de la ventana, se percibía la delicada pulcritud de la mujer que allí moraba.

 -No todas las mujeres somos coquetas -dijo Miss Gwilt, mientras se quitaba el sombrero y la pañoleta y los dejaba cuidadosamente sobre una silla-. No voy a entrar en mi habitación para mirarme al espejo y acicalarme... Tiene usted que aceptarme como soy.

 Sus manos se movieron ágilmente y sin ruido al preparar el té. Sus magníficos cabellos lanzaban destellos rojos a la luz de las velas, al volver ella la cabeza a un lado y otro, buscando las cosas que debía poner en la bandeja. El ejercicio había acentuado el brillo de su tez y acelerado los rápidos cambios de expresión de sus ojos: deliciosa languidez cuando escuchaba o pensaba; despierta inteligencia cuando hablaba. En la palabra más insignificante que salía de sus labios, en la menor cosa que hacía, había algo que conmovía el corazón del hombre sentado ante ella. Perfectamente modesta en sus modales, poseedora del gracioso comedimiento y del refinamiento propios de una dama, tenía todas las cualidades que embelesan los ojos, todos los atractivos de sirena que seducen los sentidos..., una sutil invitación en su silencio y un hechizo sexual en su sonrisa.

 -¿Me equivoco -preguntó, interrumpiendo súbitamente la conversación que ella misma se había empeñado en iniciar sobre el tema de la excursión de Midwinter- si pienso que tiene usted algo entre ceja y ceja, algo que ni mi té ni mi charla pueden borrar de su cabeza? ¿Son los hombres tan curiosos como las mujeres? Ese algo... ¿se refiere a mí?

 Midwinter luchó contra la fascinación que sentía al mirarla y escucharla.

 -Estoy ansioso por saber lo que ha pasado durante mi ausencia -dijo-. Pero lo estoy aún más por no afligirla, Miss Gwilt, hablando de un tema doloroso. Ella le miró, con agradecimiento. -Precisamente por usted he eludido el tema doloroso -dijo, removiendo con la cucharilla el poso de la taza vacía-. Pero lo oirá de otros, si no lo oye de mí, y conviene que sepa por qué me ha encontrado en esta extraña situación y por qué estoy aquí. Para empezar, le diré una cosa. No  (p.205) culpo a su amigo Mister Armadale, sino a las personas que se sirven de él. Midwinter se sobresaltó.

 -¿Es posible -empezó a decir- que Allan sea de algún modo responsable...?

 Se interrumpió y miró a Miss Gwilt con asombro. Ella le tocó ligeramente una mano.

 -No se enfade conmigo por decir la verdad -dijo-. Su amigo es el responsable de todo lo que me ha ocurrido Mister Midwinter, aunque estoy convencida de su inocencia. Ambos somos víctimas. Él es víctima de su posición de soltero más rico del lugar; yo soy víctima del empeño de Miss Milroy en casarse con él.

 -¿Miss Milroy? -repitió Midwinter, cada vez más asombrado-. Bueno, el propio Allan me dijo...

 Se interrumpió de nuevo.

 -¿Le dijo que era yo el objeto de su admiración? ¡Pobre muchacho! Él admira a todo el mundo..., su cabeza está casi tan vacía como esto -dijo Miss Gwilt, mirando su taza y sonriendo. Después dejó caer la cucharilla, suspiró y se puso nuevamente seria-. Soy culpable de dejar, por vanidad, que me admirase -prosiguió, con aire contrito-, sin la excusa de poder corresponder al fugaz interés que él sintió por mí. No menosprecio sus muchas y admirables cualidades, ni la excelente posición que puede ofrecer a su esposa. Pero nadie puede mandar en el corazón de una mujer, Mister Midwinter; ni siquiera el dueño de Thorpe-Ambrose, que manda en todo lo demás.

 Le miró fijamente a la cara mientras expresaba este magnánimo sentimiento. Él bajó los ojos y su piel morena se oscureció aún más. Le había dado un salto el corazón al escuchar su declaración de indiferencia por Allan. Por primera vez desde que se conocían, consideró ahora su interés como radicalmente opuesto al de su amigo.

 -Pequé de vanidad al dejar que Mister Armadale me admirase, y lo he pagado -siguió diciendo Miss Gwilt-. Si hubiese existido un poco de confianza entre mi discípu-la y yo, habría podido tranquilizarla fácilmente, dicién-dole que no hallaría ninguna rivalidad por mi parte para convertirse en Mistress Armadale..., si podía. Pero Miss Milroy me tuvo antipatía y desconfió de mí desde el principio. Sin duda tuvo celos de las irreflexivas atenciones de que me hacía objeto Mister Armadale. Le interesaba destruir el concepto, fuese cual fuera, que él tenía de mí, y e!  (p.206) muy probable que recibiese ayuda de su madre. Mistress Milroy tenía también sus motivos (que por vergüenza no puedo mencionar) para echarme de la casa. En todo caso, la intriga dio resultado. Me he visto obligada (con la ayuda de Mister Armadale) a dejar de servir al comandante. ¡No se enfade, Mister Midwinter! ¡No se forme una opinión apresurada! Me atrevo a decir que Miss Milroy tiene algunas buenas cualidades, aunque yo no haya sabido descubrirlas, y le aseguro una vez más que no culpo a Mister Armadale; solamente culpo a las personas que se han servido de él.

 -¿Cómo puede ser él su instrumento? ¿Cómo puede ser instrumento de sus enemigos? -preguntó Midwinter-. Disculpe mi ansiedad, Miss Gwilt, ¡pero el buen nombre de Allan me es tan querido como el mío!

 Miss Gwilt volvió a mirarle a la cara y dejó que su corazón se abandonase inocentemente a un arrebato de entusiasmo.

 -¡Cómo admiro su ansiedad! -dijo-. ¡Cómo admiro la angustia que siente por su amigo! ¡Oh, si las mujeres pudiésemos contraer esta clase de amistad! ¡Oh, qué felices, qué dichosos son los hombres! -Se le quebró la voz, y la útil taza del té absorbió su atención por tercera vez-. Daría toda la poca belleza que poseo -declaró- por tener una amistad como la que Mister Armadale ha encontrado en usted. Pero nunca la tendré, Mister Midwinter, nunca la tendré. Volvamos a lo que estábamos hablando. Sólo puedo decirle cómo se ha visto implicado Mister Armadale en mis desdichas, contándole primero algo acerca de mí misma. Como otras muchas institutrices, he sido víctima de tristes circunstancias domésticas. Puede ser un signo de flaqueza, pero me horroriza exponerlas a personas extrañas. Y mi silencio acerca de mi familia y de mis amigos me expone a ser mal interpretada por las personas de quienes dependo. Mister Midwinter, ¿hace esto que decaiga en su estimación?

 -¡De ninguna manera! -dijo fervientemente Midwinter-. Nadie -prosiguió, pensando en su propia historia familiar- tiene mejores razones que yo para comprender y respetar su silencio.

 Miss Gwilt le asió impulsivamente la mano.

 -¡Oh! -dijo-. ¡Lo supe desde el primer momento que le vi! ¡Supe que también usted había sufrido, que tenía penas que mantenía en secreto! ¡Extraña, extraña coincidencia! Yo creo en el mesmerismo... ¿Y usted? -Se contuvo de pronto, y se estremeció-. Oh, ¿qué acabo de decir? ¿Qué pensará usted de mí? -exclamó, mientras él cedía a la fascinación magnética de su tacto y, olvidándose de todo menos de la mano cálida que tenía en la suya, se inclinaba para besarla-. ¡Tenga piedad de mí! -dijo débilmente ella, sintiendo el ardiente contacto de sus labios-. ¡Estoy tan sola que me tiene completamente a su merced!

 Él se volvió y ocultó la cabeza entre las manos; estaba temblando, y ella lo vio. Le miró, ahora que él no podía verla, con furtivo interés y con sorpresa. «¡Cuánto me ama ese hombre! -pensó-. Me pregunto si, en otros tiempos, hubiese también yo podido amarle.»

 El silencio se prolongó varios minutos. Midwinter había sentido el llamamiento con una intensidad que ella no había esperado ni pretendido hacerle sentir: no se atrevía a mirarla ni a hablarle de nuevo.

 -¿Quiere que continúe con mi historia? -preguntó-. Olvidemos y perdonemos, ¿eh? -La inveterada indulgencia femenina por toda expresión de admiración de un hombre que se mantenga dentro de los límites del respeto a la persona, hizo que sus labios se torciesen en una delicada sonrisa. Contempló reflexivamente su vestido y sacudió una miga de la falda, suspirando levemente-. Le estaba diciendo -prosiguió- que me repugna hablar con personas extrañas de mi triste historia familiar. Por esta razón, según descubrí más tarde, quedé expuesta a las sospechas y a la malicia de Miss Milroy. Por sugerencia de ésta (estoy segura de ello), se iniciaron investigaciones privadas sobre la mujer que dio informes míos. Pero siento decir que no fue esto lo peor. Por algún medio nada limpio, que ignoro en absoluto, se abusó de la necedad de Mister Armadale, y fue a través de éste, Mister Midwinter, como se realizó en secreto la investigación en Londres.

 Midwinter se levantó de pronto de su silla y miró a la mujer. Por muy grande que fuese la fascinación que ella ejercía sobre él, quedó en suspenso cuando aquella decla-ración brotó al fin, lisa y llanamente, de sus labios. La ¡niró y se sentó de nuevo, pasmado y sin pronunciar palabra.

 -Recuerde lo débil que es -suplicó benignamente Miss Gwilt- y excúsele como yo le excuso. El pequeño accidente de que no encontrase a la persona que respondió de mí en la dirección que le habían dado parece que despertó, no sé por qué, las sospechas de Mister Armadale. Sea como fuere, permaneció en Londres. Ignoro en absoluto lo que hizo allí. Yo estaba completamente a oscuras; no sabía nada; no desconfiaba de nadie; cumpliendo mis deberes, estaba todo lo contenta que podía estar en compañía de una discípula cuyo afecto no había podido granjearme..., cuando una mañana, para mi indecible asombro, el comandante Milroy me mostró unas cartas cruzadas entre Mister Armadale y él mismo. Habló conmigo en presencia de su esposa. ¡Pobre criatura! No le reprocho nada, pues el mal que sufre lo excusa todo. ¡Ojalá pudiese darle a usted una idea del contenido de aquellas cartas! Pero mi cabeza de mujer no da para más..., ¡y estaba tan confusa y afligida en aquellos momentos...! Sólo puedo decirle que Mister Armadale decidió guardar silencio sobre sus gestiones en Londres, en circunstancias que hacían que aquel silencio redundase en mengua de  (p.207) mi prestigio. El comandante se mostró muy amable; su confianza en mí permaneció inconmovible..., pero ¿cómo podía prevalecer su confianza contra los prejuicios de su esposa y la mala voluntad de su hija? ¡Oh, qué duras son las mujeres para sus congéneres! ¡Oh, qué humilladas nos sentiríamos si los hombres supiesen cómo somos realmente! ¿Qué podía hacer yo? No podía defenderme contra simples imputaciones, y no podía permanecer en mi puesto después de la mancha arrojada sobre mí. Mi orgullo (que Dios me perdone, pero fui criada como una dama y sigo siendo susceptible a pesar de todo), mi orgullo me dictó lo que debía hacer, y renuncié a mi empleo. ¡Pero no se aflija por mí, Mister Midwinter! Las señoras de la villa me abruman con su amabilidad; tengo buenas perspectivas para conseguir alumnos, y no tengo que pasar por la humillación de volver a ser una carga para mis amigos. ¡Sólo tengo una queja! Hace algunos días que Mister Armadale regresó a Thorpe-Ambrose. Le pedí, por carta, que me concediese una entrevista; que me dijese qué cosas horribles sospecha de mí, y que me permitiese justificarme para recobrar su estima. ¿Quiere usted creer que se negó a recibirme, estoy segura que no por su propia voluntad, sino bajo la influencia de otros? Es muy cruel ¿verdad? Pero esto no es lo peor. Insiste en sospechar de mí... y es él quien me hace vigilar. ¡Oh, Mister Midwinter no me odie por decirle lo que tiene que saber! El hombre a quien ha visto usted persiguiéndome y asustándome esta noche, ¡es un espía a sueldo de Mister Armadale!

 Midwinter se puso nuevamente en pie, y esta vez pudo traducir en palabras lo que pensaba.

 -¡No puedo creerlo! ¡No lo creeré! -exclamó, indignado-. Si el hombre le dijo esto, mintió. Discúlpeme, Miss Gwilt; se lo pido de todo corazón. Por favor, no piense que dudo de usted; sólo digo que tiene que haber un lamentable error. No estoy seguro de haber comprendido bien todo lo que me ha dicho. Pero sí he comprendido esta última infamia de la que cree usted culpable a Allan. ¡Le juro que él es incapaz de una cosa así! Algún canalla ha abusado de él; algún canalla ha estado usando su nombre. Se lo demostraré, si me da usted un poco de tiempo. Permita que me vaya y aclare esto enseguida. No puedo perder ni un momento; sólo pensar en ello me resulta insoportable; ni siquiera puedo gozar del placer de estar aquí. ¡Oh! -gritó, desesperadamente-. Después de lo que ha dicho, estoy seguro de que lo siente por mí... ¡Como yo lo siento por usted!

 Calló, lleno de confusión. Los ojos de Miss Gwilt le estaban mirando de nuevo, y la mano de Miss Gwilt se había apoyado una vez más en la de él.

 -Es usted el hombre más generoso del mundo -dijo suavemente ella-. Creeré lo que usted me diga que he de creer. Váyase -añadió en voz baja, soltando súbitamente su mano y apartándose de él-. Por el bien de los dos, ¡vaya allí!

 Midwinter sintió que su corazón latía más de prisa; la miró, mientras ella se dejaba caer en una silla y se llevaba el pañuelo a los ojos. Vaciló un momento... Después agarró la mochila del suelo y salió precipitadamente, sin mirar atrás y sin una palabra de despedida.

 Ella se levantó en cuanto se hubo cerrado la puerta. En el instante en que se quedó a solas, se produjo un cambio en ella. Sus mejillas palidecieron; sus ojos perdieron su belleza; su cara se endureció terriblemente, en muda desesperación.

 -Engañar a ése -dijo- es una bajeza peor de lo que había pretendido. -Después de pasear por la habitación durante unos minutos, se detuvo cansadamente delante del espejo de encima de la repisa de la chimenea-. ¡Extraña criatura! -murmuró, apoyando los codos en la repisa y dirigiéndose a su propia imagen en el espejo-. ¿Te quedaba un poco de conciencia? ¿La ha despertado ese hombre?

 El reflejo de su cara cambió poco a poco. El color volvió de nuevo a sus mejillas, la deliciosa languidez empezó a pintarse de nuevo en sus ojos. Sus labios se entreabrieron ligeramente y su aliento, acelerado, comenzó a empañar la superficie del cristal. Después de un momento de absorción en sus propios pensamientos, se echó atrás sobresaltada.

 -¿Qué me pasa? -se preguntó, con un asombro rayando en el pánico-. ¿Me habré vuelto loca, para pensar en él de esta manera?

 Soltó una burlona carcajada y abrió de golpe el escritorio de encima de la mesa.

 -Ya es hora de que le diga algo a mamá Jezabel -dijo, y se sentó para escribir a Mrs. Oldershaw.

 «Me he encontrado con Mr. Midwinter en las más afortunadas circunstancias, y he aprovechado al máximo la oportunidad. Acaba de dejarme para ir junto a su amigo Armadale, y mañana ocurrirá una de dos cosas: si no riñen, se me abrirán de nuevo las puertas de Thorpe-Ambrose por intercesión de Mr. Midwinter. Si riñen, yo seré la involuntaria causa de ello, y encontraré la manera de introducirme allí, con el fin puramente cristiano de reconciliarles.»

 Vaciló antes de continuar; escribió las primeras palabras de la frase siguiente, las tachó, rasgó furiosamente la carta y arrojó la pluma al otro lado de la habitación. Volviéndose rápidamente sobre su silla, miró la que había ocupado Midwinter golpeando nerviosamente el suelo con los pies y mordiendo su pañuelo como si fuese una mordaza. «Aunque eres muy joven -pensó, evocando su imagen en la silla vacía-; ha habido en tu vida algo fuera de lo común, ¡y debo y quiero saber lo que es!»

 El reloj de la casa dio la hora, interrumpiendo sus reflexiones. Miss Gwilt suspiró y, colocándose de nuevo delante del espejo, se desabrochó cansadamente el vestido; soltó cansadamente los gemelos de la camisa que  (p.208) llevaba debajo de aquél y los dejó sobre la repisa de la chimenea. Contempló indolentemente la belleza reflejada de su cuello y de su pecho, mientras destrenzaba los cabellos y dejaba caer la abundante melena sobre los hombros. «¡Si me viese él ahora!», pensó. Volvió a la mesa y suspiró de nuevo al apagar una de las velas y asir la otra con la mano. «¿Midwinter? -dijo para sí, mientras cruzaba la puerta de su dormitorio-. Para empezar, ¡no creo que sea su verdadero nombre!»

 Transcurrió más de una hora antes de que Midwinter llegase a la casa grande.

 Aunque conocía bien el camino, se extravió dos veces. Los sucesos de la tarde (la entrevista con Miss Gwilt, después de dos semanas de pensar en ella; el extraordinario cambio que se había producido en la posición de aquella mujer desde que la había visto por última vez, y el sorprendente aserto de la complicidad de Allan) se habían aunado para sembrar la confusión en su mente. La oscuridad de la noche nublada aumentaba su desconcierto. Incluso las puertas familiares de Thorpe-Ambrose le resultaron extrañas. Cuando más tarde pensó en ello, no comprendió cómo había podido llegar hasta la casa. La fachada de ésta aparecía oscura y la puerta estaba cerrada. Midwinter se dirigió a la parte de atrás. Un sonido de voces masculinas llegó a sus oídos. Pronto las reconoció como las voces del primer y el segundo criados, y el tema de la conversación era su dueño.

 -Te apuesto media corona a que tendrá que abandonar el lugar antes de que transcurra otra semana -dijo el primer criado.

 -Acepto la apuesta -dijo el segundo-. No se dejará echar de aquí tan fácilmente como te imaginas.

 -¿Que no? -replicó el otro-. ¡No le dejarán en paz si se queda aquí! Te digo una vez más que no tienen bastante con el lío en que se ha metido. Sé de cierto que hace vigilar a la institutriz.

 Al oír estas palabras, Midwinter se detuvo mecánicamente antes de doblar la esquina de la casa. La primera duda sobre el resultado de su proyectado llamamiento a Allan hizo que todo su cuerpo se estremeciese con un súbito escalofrío. La influencia ejercida por la voz del escándalo público es una fuerza que actúa contrariamente a la ley de la mecánica ordinaria. Crece con la distribución y no con la  (p.209) concentración. Podemos cerrar los oídos al primer sonido, pero cuando el eco lo reproduce una y otra vez, es irresistible. Durante todo el camino de vuelta a la casa, el único deseo de Midwinter había sido encontrar a Allan levantado y hablar con él inmediatamente. Ahora, su única esperanza era ganar tiempo para enfrentarse con las nuevas dudas y acallar los nuevos malos presagios, y su único deseo, que le dijesen que Allan se había ido a la cama. Dio la vuelta a la esquina de la casa y se presentó ante los hombres que fumaban sus pipas en el jardín de atrás. En cuanto el asombro de éstos les permitió hablar, ofrecieron ir a despertar a su señor. Allan había pensado que su amigo ya no llegaría esta noche y se había acostado hacía media hora.

 -Mi señor me ordenó con insistencia -dijo el primer criado- que le avisase si llegaba usted, señor.

 -Y yo insisto -replicó Midwinter- en que no le moleste.

 Los dos criados se miraron, extrañados, mientras él tomaba su vela y les dejaba solos.

CAPÍTULO VIII

ELLA SE INTERPONE ENTRE ELLOS

 El horario fijo para las diversas actividades domésticas del día era algo desconocido en Thorpe-Ambrose. Irregular en todos sus hábitos, Allan no se sometía (con la única excepción de la hora de cenar) a normas exactas para cualquier momento del día o de la noche. Se retiraba a descansar temprano o tarde, y se levantaba tarde o temprano, según le apetecía. Los criados tenían prohibido despertarle, y Mrs. Gripper se había acostumbrado a improvisar el desayuno lo mejor que podía, desde la hora en que se encendía la cocina hasta el momento en que el reloj daba las doce del mediodía.

 A eso de las nueve de la mañana después de su llegada, Midwinter llamó a la puerta de Allan y, al entrar en la habitación, la encontró vacía. Al preguntar a los criados, se enteró de que Allan se había levantado aquella mañana antes de que lo hiciese el hombre que solía atenderle, y de que el agua caliente había sido llevada a su puerta por una de las doncellas, que ignoraba todavía el regreso de Midwinter. Nadie había visto al dueño de la casa en la escalera o en el vestíbulo; nadie le había oído tocar la campanilla para el desayuno como acostumbraba hacer. En una palabra, nadie sabía nada de él, salvo lo que resultaba evidentemente claro para todos: que no estaba en la casa.

 Midwinter salió al gran pórtico. Se quedó plantado e lo alto de la escalinata, considerando la dirección que fe bía tomar para ir en busca de su amigo. La inesperad ausencia de Allan contribuía a aumentar la inquieta per plejidad en que se hallaba sumida su mente. Estaba de ese humor en que cualquier nimiedad irrita a un hombre y en que las fantasías exaltan o deprimen irremediablemente el ánimo.

 El cielo estaba nublado y el viento soplaba en ráfagas desde el sur; cualquier entendido en cuestiones atmosféricas habría pronosticado una lluvia inminente. Mientras Midwinter vacilaba todavía, uno de los mozos de cuadra acertó a pasar por delante de él. Al ser interrogado, mostró estar más informado que los criados de los movimientos de su amo. Hacía más de una hora que había visto pasar a Allan por delante de la caballeriza y salir por el camino de atrás hacia el parque, con un ramillete en la mano.

 ¿Un ramillete en la mano? Una idea incomprensible que persistió en la mente de Midwinter mientras daba la vuelta hacia la parte de atrás de la casa, por si encontraba a Allan en aquella dirección. «¿Qué significa el ramillete?», se preguntó, con un sentimiento ininteligible de irritación y dando una fuerte patada a una piedra que encontró a su paso.

 Significaba que Allan había seguido sus impulsos como de costumbre. La única impresión agradable que había quedado en su mente después de su entrevista con el viejo Pedgift era la que le había producido el relato del abogado de su conversación con Neelie en el parque. El interés de la joven en que él no la juzgase mal, tan seriamente expresada por la hija del comandante, le daba a los ojos de Allan un atractivo irresistible, el atractivo de la única persona entre todos sus vecinos que todavía respetaba la opinión que pudiese tener él de ella. Sintiendo vivamente su aislamiento social, ahora que no estaba Midwinter para hacerle compañía en la casa vacía; ansiando, en su soledad, una palabra amable y una mirada amistosa, empezaba a pensar con creciente remordimiento y creciente añoranza en aquella linda cara juvenil, tan agradablemente asociada a sus primeros días felices en Thorpe-Ambrose. Tener conciencia de un sentimiento como éste implicaba, dado el carácter de Allan, lanzarse de cabeza y dejarse llevar adonde tal sentimiento quisiera conducirle. La mañana anterior Jiabía salido en busca de Neelie para ofrecerle unas flores como signo de paz, pero sin una idea clara de lo que le diría si se encontraban, y al no hallarla en el lugar de su habitual paseo, había insistido la mañana siguiente, con su terquedad característica, en hacer un segundo intento con otro signo de paz a mayor escala. Ignorando todavía el regreso de su amigo, estaba ahora a cierta distancia de la casa, registrando el parque en una nueva dirección.

 Después de caminar unos cientos de yardas más allá de las caballerizas, sin descubrir señales de Allan, Midwinter volvió sobre sus pasos y esperó el regreso de su amigo, paseando lentamente por el pequeño jardín de la parte de atrás de la casa.

 De vez en cuando, al pasar por delante de ella, miraba distraídamente la habitación que había sido antaño de Mrs. Armadale y que (gracias a su intervención) era habi-tualmente  (p.210) ocupada por su hijo: la habitación con su estatuilla sobre el pedestal y sus puertas cristaleras abriéndose al jardín, que una vez le había recordado la segunda visión del Sueño. La Sombra del Hombre que Allan había visto plantada frente a él en la larga ventana; la vista sobre un prado de césped y un jardín florido; el repiqueteo de la lluvia sobre el cristal; el alargamiento del brazo de la Sombra, y la estatuilla haciéndose añicos en el suelo: todos estos objetos y sucesos de la escena soñada, tan vividamente presentes un día en su memoria, eran reemplazados ahora por recuerdos ulteriores y se desvanecían en el nebuloso trasfondo del tiempo. Podía pasar una y otra vez, solo y por delante de la habitación, sin pensar siquiera en la barca a la deriva bajo la luz de la luna y en el encierro nocturno en el barco encallado.

 A eso de las diez, el conocido sonido de la voz de Allan se hizo súbitamente audible en la dirección de las caballerizas. Un momento después, su figura fue visible desde el jardín. Por lo visto su segunda búsqueda de Neelie había terminado con un segundo fracaso. Allan llevaba todavía el ramillete en la mano y lo ofrecía resignadamente a uno de los chiquillos del cochero.

 Midwinter dio impulsivamente un paso en dirección a las caballerizas, pero se detuvo bruscamente. Consciente de que su posición con respecto a su amigo se había alterado ya en relación con Miss Gwilt, la primera visión de Allan llenó su mente de una súbita desconfianza en la influencia de la institutriz sobre él, que era casi una desconfianza en sí mismo. Sabía que había salido de los páramos para regresar a Thorpe-Ambrose, con la resolución de confesar la pasión que le había dominado e insistir, en caso necesario, en una segunda y más larga ausencia en interés del sacrificio que estaba obligado a hacer por la felicidad de su amigo. ¿Dónde había quedado ahora esta resolución? El descubrimiento del cambio producido en la situación de Miss Gwilt y la declaración que ésta le había hecho voluntariamente de su indiferencia para con Allan, habían disipado aquel propósito. Las primeras palabras que habría dicho a su amigo al encontrarse con él, si nada hubiese ocurrido en el camino de regreso, habían sido ya borradas de sus labios. Se echó atrás al darse cuenta de esto y, llevado de su instintiva lealtad para con Allan, luchó por librarse en el último momento de la influencia de Miss Gwilt.

 Después de regalar el inútil ramillete, Allan pasó al jardín y, nada más entrar en él, reconoció a Midwinter y lanzó un grito de sorpresa y de júbilo.

 -¿Estoy despierto o soñando? -exclamó, asiendo fuertemente las dos manos de su amigo-. Mi querido y viejo Midwinter, ¿has surgido del suelo o has caído de las nubes?

 Hasta que Midwinter hubo explicado con todo detalle el misterio de su inesperada aparición, no accedió Allan a decir algo de sí mismo. Cuando empezó a hablar, sacudió tristemente la cabeza y bajó el fuerte tono de su voz, después de mirar a su alrededor para asegurarse de que ningún criado estaba escuchando.

 -Desde que te marchaste y me dejaste solo, he aprendido a ser prudente -dijo-. Mi querido amigo, ¡no tienes idea de las cosas que han pasado y del terrible lío en que me encuentro en este instante!

 -Te equivocas, Allan. He oído más de lo que supones sobre lo ocurrido.

 -¿Qué? ¿Te has enterado del follón con Miss Gwilt? ¿De mi disputa con el comandante? ¿Del infernal escándalo en el vecindario? No vas a decirme que...

 -Sí -le interrumpió Midwinter-, me he enterado de todo esto.

 -¡Cielo santo! ¿Cómo? ¿Te detuviste en Thorpe-Ambrose en tu camino de regreso? ¿Has estado en el café del hotel? ¿Te has encontrado con Pedgift? ¿Has pasado por algún salón de lectura y visto lo que llaman libertad de prensa en los periódicos de la villa? Midwinter no respondió enseguida y miró al cielo. Las nubes se habían ido acumulando sobre sus cabezas sin que ellos se diesen cuenta, y empezaban a caer las primeras gotas.

 -Entremos -dijo Allan-. Subiremos a desayunar pasando por aquí.

 Condujo a Midwinter a su salón particular, pasando por la puerta cristalera abierta. El viento soplaba contra este lado de la casa y una ráfaga de lluvia entró tras ellos. Midwinter, que fue el último en entrar, cerró la puerta.

 Allan estaba demasiado ansioso por oír la respuesta que el mal tiempo había interrumpido, para esperar al desayuno. Se detuvo junto a la ventana y añadió otras dos preguntas a la serie.

 -¿Cómo puedes haberte enterado de lo de Miss Gwilt y yo? ¿Quién te lo ha dicho?

 -La propia Miss Gwilt -le respondió gravemente Midwinter.

 La actitud de Allan cambió en el mismo instante en que el nombre de la institutriz brotó de los labios de su amigo.

 -Ojalá hubieses oído primero mi relato -dijo-. ¿Dónde te encontraste con Miss Gwilt?

 Hubo una breve pausa. Ambos estaban de pie junto la ventana, absortos en el interés del momento. Ambos olvidaron que el lugar previsto para cobijarse de la lluvia había sido el cuarto del desayuno, en el piso de arriba.

 -Antes de contestar a tu pregunta-dijo Midwinter un poco violento-, quisiera preguntarte algo por mi parte, Allan. ¿Es verdad que tienes algo que ver con el hecho de que Miss Gwilt no esté ya al servicio del comandante? Hubo otra pausa. La turbación que había empezado a aparecer en los modales de Allan aumentó visiblemente. -Es una historia bastante larga -empezó diciendo-. Me dieron gato por liebre, Midwinter. Fui engañado por una persona (tengo que confesarlo) que, con sus ardides, me indujo a prometer algo que nunca hubiese debido prometer, y a hacer algo que nunca hubiese debido hacer. No quebrantaré mi promesa si te lo  (p.211) digo a ti. Puedo confiar en tu discreción, ¿no es cierto? Nunca dirás de ello una palabra, ¿verdad?

 -¡Alto! -dijo Midwinter-. No me confíes ningún secreto que no puedas revelar. Si has dado tu palabra, no juegues con ella, ni siquiera con un íntimo amigo como yo. -Apoyó suave y amablemente una mano en el hombro de Allan-. No puedo dejar de ver que te he colocado en una posición un poco incómoda -prosiguió-. No puedo dejar de ver que mi pregunta no es tan fácil de contestar como había supuesto y esperado. ¿Quieres que esperemos un poco? ¿Quieres que subamos primero a desayunar?

 Allan estaba demasiado empeñado en exponer su conducta a su amigo bajo la verdadera luz, para aceptar la sugerencia de Midwinter. Respondió afanosamente al instante, sin apartarse de la ventana.

 -Mi querido amigo, es una pregunta sumamente fácil de contestar. Sólo que... -Vaciló-. Sólo que requiere algo en lo que soy muy torpe: requiere una explicación.

 -¿Quieres decir -preguntó Midwinter más seriamente, pero no menos amablemente que antes- que debes justificarte primero y responder después a mi pregunta?

 -¡Exacto! -dijo Allan, con aire aliviado-. Como de costumbre, has dado en el clavo.

 El rostro de Midwinter se nubló por primera vez.

 -Lamento oír esto -dijo, bajando la voz y mirando el suelo.

 La lluvia empezaba a arreciar. Barría el jardín, y empujada por el viento contra las ventanas repicaba en los cristales.

 -¡Lo lamentas! -repitió Allan-. Mi querido amigo, todavía no conoces los detalles. Espera primero a que me explique.

 -Has dicho que eres torpe en dar explicaciones -dijo Midwinter, repitiendo los términos de Allan-. No te coloques en desventaja. No lo expliques.

 Allan le miró en silencio, perplejo y sorprendido.

 -Tú eres mi amigo, mi mejor y más querido amigo -siguió diciendo Midwinter-. No puedo consentir que te justifiques ante mí como si fuese tu juez o como si dudase de ti. -Miró de nuevo a Allan, franca y amablemente, mientras decía estas palabras-. Además, creo que si rebusco en mi memoria podré anticiparme a tu explicación. Antes de marcharme, hablamos un momento de unas preguntas muy delicadas que te proponías formular al comandante Milroy. Recuerdo que te avisé; recuerdo que tuve un mal presentimiento. ¿Acertaría si dijese que aquellas preguntas te han llevado, de algún modo, a una falsa posición? Si es verdad que te has visto implicado en la renuncia de Miss Gwilt a su empleo, ¿no lo es también (y creo hacerte justicia al creerlo así) que cualquier daño que hayas podido causar lo has causado inocentemente?

 -Sí-dijo Allan, hablando por primera vez con cierta dificultad-. Me haces justicia al decir esto. -Se interrumpió y empezó a trazar distraídamente rayas con el dedo en la empañada superficie del cristal-. Pero tú no eres como los demás, Midwinter -prosiguió de pronto, haciendo un esfuerzo-, y me habría gustado que escuchases de todos modos los detalles.

 -Los escucharé si lo deseas -replicó Midwinter-, pero me doy por satisfecho, sin necesidad de añadir una palabra, sabiendo que no has contribuido voluntariamente a privar a Miss Gwilt de su empleo. Si esto queda bien entendido entre nosotros, creo que no hace falta que digamos más. Además, tengo que hacerte otra pregunta mucho más importante: una pregunta que me veo obligado a hacer después de lo que vi con mis ojos y oí con mis oídos la noche pasada.

 Se interrumpió, echándose atrás a pesar suyo.

 -¿Vamos primero arriba? -preguntó bruscamente, echando a andar hacia la puerta y tratando de ganar tiempo.

 Fue inútil. Una vez más, la habitación de la que eran libres de salir los dos, la habitación de la que uno de ellos había intentado ya salir dos veces, les retuvo como si estuviesen presos en ella.

 Sin responder, sin parecer haber oído siquiera la proposición de Midwinter, Allan le siguió mecánicamente hasta la pared opuesta a la ventana y se detuvo.

 -¡Midwinter! -exclamó, presa de asombro y de alarma-. ¡Parece haber algo extraño entre nosotros! No eres el mismo. ¿Qué ocurre?

 Con la mano en el tirador de la puerta, Midwinter se volvió y miró hacia atrás. Había llegado el momento. Su acuciante miedo de cometer una injusticia con su amigo se había revelado en una reserva en sus palabras, sus miradas y sus acciones, lo bastante marcada para que Allan la advirtiese. Lo único que podía hacer ahora, en interés de la amistad que les unía, era hablar de una vez, y hacerlo sin ambages.

 -Hay algo extraño entre nosotros -repitió Allan-. Por el amor de Dios, ¿qué es?

 Midwinter apartó la mano de la puerta y volvió a la ventana, colocándose delante de Allan. Por pura necesidad, ocupaba el sitio que Allan acababa de dejar. Era el lado de la ventana donde se hallaba la estatuilla. La pequeña figura, colocada sobre su soporte saliente, estaba muy cerca de él, detrás y a la derecha. Ninguna señal de cambio aparecía en el cielo tormentoso. La lluvia seguía cayendo obIicuamente sobre el jardín y repicaba con fuerza en el cristal.

 -Dame la mano, Allan.

 Allan se la dio, y Midwinter la estrechó con fuerza mientras hablaba.

 -Hay algo extraño entre nosotros -dijo-. Algo que hay que poner en claro y que te afecta directamente. Hace un momento, me preguntaste dónde había encontrado a Miss Gwilt. Me tropecé con ella cuando volvía hacia acá, en la carretera del otro lado de la villa. Ella me pidió que la protegiese de un hombre que la estaba siguiendo y que le daba miedo. Vi al canalla con mis propios ojos y le habría puesto las manos encima si Miss Gwilt no me lo hubiese impedido. Me dio una razón muy extraña para detenerme. Me dijo que yo no sabía quién era la  (p.212) persona que pagaba a aquel hombre.

 Las mejillas coloradas de Allan enrojecieron súbitamente aún más; desvió rápidamente la mirada y contempló el chaparrón a través de la ventana. En el mismo instante, se separaron las manos y se hizo el silencio entre los dos. Midwinter fue el primero en romperlo.

 -Más tarde -siguió diciendo-, Miss Gwilt se explicó. Me dijo dos cosas. Declaró que el hombre a quien había visto siguiéndola era un espía a sueldo. Esto me sorprendió, pero no podía discutirlo. Después me dijo, Allan..., y creo de todo corazón y con toda mi alma que es una calumnia que alguien le inculcó como verdad, ¡me dijo que el espía trabajaba para ti!

 Allan se volvió al instante y miró de nuevo a Midwinter a la cara.

 -Esta vez tengo que explicarme yo -dijo resueltamente.

 La palidez cenicienta que le era peculiar en momentos de fuerte emoción empezó a mostrarse en las mejillas de Midwinter.

 -¡Más explicaciones! -dijo, y retrocedió un paso, mirando interrogadoramente a Allan con súbito terror.

 -Tú no sabes lo que yo sé, Midwinter. No sabes que he tenido buenas razones para hacer lo que he hecho. Y lo que es más, no he confiado en mí mismo y he seguido un buen consejo.

 -¿Oíste bien lo que te dije? -preguntó Midwinter con incredulidad-. Sin duda no me estabas escuchando, ¿verdad?

 -No me he perdido una palabra -le respondió Allan-. Repito que tú no sabes lo que yo sé de Miss Gwilt. Amenazó a Miss Milroy. Miss Milroy estará en peligro mientras su institutriz continúe en el lugar.

 Midwinter hizo un ademán desdeñoso con la mano para apartar a la hija del comandante de la conversación.

 -No quiero saber nada de Miss Milroy -dijo-. No mezcles a Miss Milroy con esto... ¡Dios mío, Allan!, ¿debo entender que el espía que vigilaba a Miss Gwilt hacía su sucio trabajo con tu aprobación?

 -Por última vez, mi querido amigo, ¿quieres o no quieres dejar que me explique?

 -¡Explicarte! -le gritó Midwinter, echando chispas por los ojos y con su ardiente sangre criolla enrojeciendo su semblante-. ¿Explicar el empleo de un espía? ¿Cómo es posible que, después de haber hecho que Miss Gwilt perdiese su empleo, al entremeterte en sus asuntos privados, te entremetas de nuevo, empleando el medio más vil..., los servicios de un espía a  (p.213) sueldo? Has hecho vigilar a la mujer a quien, hace sólo quince días, me dijiste que amabas. ¡A la mujer que pensabas convertir en tu esposa! No lo creo; no quiero creerlo. ¿Me está fallando la cabeza? ¿Estoy hablando realmente con Allan Armadale? ¿Es la cara de Allan Armadale la que me mira? ¡Calla! Estás actuando así por algún escrúpulo infundado. Algún ser ruin se ha ganado tu confianza y ha hecho esto en tu nombre sin avisarte primero.

 Allan se dominó con admirable paciencia y con admirable consideración a la indignación de su amigo.

 -Si sigues negándote a escucharme -dijo-, esperaré hasta que me llegue el turno de hablar.

 -Dime que no tienes nada que ver con el trabajo de aquel hombre, y te escucharé de buen grado.

 -¿Y si el hecho de emplearle hubiese sido una necesidad de Ia que tu no sabes nada?

 -No hay necesidad que pueda justificar la cobarde persecución de una mujer indefensa.

 Una momentánea expresión de enojo (sólo momentáneo) pasó por el semblante de Allan.

 -No pensarías que está tan indefensa -dijo- si supieses la verdad.

 -¿Y eres tú quien va a decirme la verdad? -replicó el otro-. ¿Tú, que te negaste a escucharla en su propia defensa? ¿Tú, que le cerraste las puertas de esta casa?

 Allan seguía dominándose, pero empezaba a verse el esfuerzo que esto le costaba.

 -Sé que tienes un temperamento acalorado -dijo-. Pero tu violencia me ha pillado por sorpresa. No puedo explicarla, a menos que... -vaciló un momento y después terminó la frase a su manera franca y desenvuelta- a menos que tú mismo estés enamorado de Miss Gwilt.

 Estas últimas palabras echaron más leña al fuego. Despojándola de todo disfraz y de todo disimulo, revelaron la verdad desnuda. El instinto de Allan había adivinado la influencia que explicaba el interés de Midwinter por Miss Gwilt.

 -¿Qué derecho tienes a decir esto ? -preguntó éste, elevando la voz y con ojos amenazadores.

 -Cuando yo pensé que estaba enamorado de ella, te lo dije -respondió sencillamente Allan-. ¡Vamos, vamos! Creo que, aunque estés enamorado de ella, es un poco difícil que creas todo lo que te dice y a mí no me permitas decir una palabra. ¿Es ésta tu manera de decidir entre nosotros?

 -¡Sí, lo es! -gritó el otro, enfurecido por la segunda alusión de Allan a Miss Gwilt-. Si tengo que elegir entre la persona que emplea a un espía y la víctima del espía, ¡me pongo de parte de la víctima!

 -No pongas demasiado a prueba mi paciencia, Midwinter; también yo puedo perder los estribos.

 Hizo una pausa, luchando consigo mismo. La pasión torturadora que se reflejaba en la cara de Midwinter, y que habría hecho retroceder horrorizada a una persona menos sencilla y menos generosa, conmovió súbitamente a Allan, produciéndole una sincera congoja que, en aquel momento, era poco menos que sublime. Dio un paso adelante, humedecidos los ojos y tendiendo una mano.

 -Hace un momento, pediste que te diese la mano -dijo-, y te la di. ¿Quieres recordar los viejos tiempos y darme la tuya antes de que sea demasiado tarde?

 -¡No! -respondió furiosamente Midwinter-. Puede que vuelva a encontrarme con Miss Gwilt, ¡y quiero tener la mano libre para ajustarle las cuentas a tu espía!

 Se había retirado a lo largo de la pared al avanzar Allan, hasta que el soporte de la estatuilla se encontró delante de él y no detrás. Enloquecido por su pasión, sólo veía la cara de Allan frente a la suya. Enloquecido por su pasión, alargó la mano derecha al responder y la sacudió amenazadoramente en el aire. Entonces, la mano chocó con el soporte saliente y, un instante después, la estatuilla quedó hecha añicos en el suelo.

 La lluvia caía sesgada sobre el macizo de flores y sobre el césped, y repicaba con fuerza en el cristal; y los dos Armadale estaban plantados junto a la ventana, como lo habían estado las dos Sombras en la segunda visión del Sueño, con la figura rota entre los dos.

 Allan se inclinó sobre los fragmentos de la estatuilla y los recogió del suelo, uno a uno.

 -Déjame solo -dijo, sin levantar la cabeza- o los dos tendremos de qué arrepentimos.

 Sin decir palabra, Midwinter retrocedió despacio. Se detuvo por segunda vez ante la puerta, con la mano apoyada en el tirador, y contempló la estancia. El horror de aquella noche en el barco encallado se apoderó de él una vez más, y la llama de su pasión se apagó al instante.

 -¡El Sueño! -murmuró, en voz muy baja-. ¡Otra vez el Sueño!

 La puerta fue abierta desde fuera y apareció un criado portador de un mensaje trivial sobre el desayuno.

 Midwinter miró al hombre con una terrible expresión de impotencia en su semblante.

 -Muéstreme la salida -dijo-. Esto está muy oscuro y la habitación da vueltas a mi alrededor.

 El criado le asió del brazo y le sacó de allí en silencio.

 Al cerrarse la puerta, Allan recogió el último fragmento de Ia fígura rota. Se sentó a la mesa y ocultó la cara entre las manos. El dominio de sí mismo que había conservado valientemente a pesar de su creciente exasperación le abandonó ahora en la soledad hostil de la estancia, y al sentir amargamente por primera vez que Midwinter se había vuelto contra él como todos los demás, rompió a llorar.

 El tiempo transcurría lentamente, desgranando los momentos. Poco a poco, las señales de una nueva perturbación de los elementos empezaron a manifestarse en la tormenta de verano. La oscuridad del cielo aumentó rápidamente. El golpeteo de la lluvia se hizo más débil al amainar el viento. Hubo una tregua momentánea de silencio. Después, de pronto, la lluvia cayó de nuevo como una catarata y el grave fragor del trueno resonó solemnemente en el aire moribundo.

CAPÍTULO IX

ELLA SABE LA VERDAD

 1. DE MR. BASHWOOD A  (p.214) MISS GWILT

 «Thorpe-Ambrose, 20 de julio de 1851.

 Muy señora mía: Ayer recibí, por mensajero privado, su amable nota, en la que me indica que me comunique con usted solamente por correo, mientras haya motivos para creer que todo visitante que acuda a usted puede ser observado. ¿Me permite decirle que espero con respetuosa ansiedad el día en que podré gozar de nuevo de la única dicha verdadera que jamás he experimentado, la dicha de hablar personalmente con usted?

 De acuerdo con su deseo de que no dejase pasar este día (domingo) sin observar disimuladamente lo que pasara en la casa grande, tomé las llaves y fui esta mañana al despacho del administrador. Expliqué mi presencia a los criados, diciéndoles que tenía que terminar lo antes posible un importante trabajo. Habría dado la misma excusa a Mr. Armadale si nos hubiésemos encontrado, pero no fue así. Aunque pensé que había llegado temprano a Thorpe-Ambrose, fue demasiado tarde para ver u oír con mis ojos y oídos una grave disputa que, según parece, se entabló entre Mr. Armadale y Mr. Midwinter poco antes de mi llegada.

 La poca información que puedo darle a este respecto la he obtenido de uno de los criados. El hombre me ha dicho que oyó las fuertes voces de los dos caballeros en el salón de Mr. Armadale. Poco después entró allí para anunciar el desayuno y encontró a Mr. Midwinter en un estado tal de agitación que tuvo que ayudarle a salir de la estancia. El criado trató de llevarle al piso de arriba para que se acostase y se repusiese. Pero él rehusó, diciendo que primero esperaría un poco en una de las habitaciones de la planta baja y suplicándole que le dejase solo. El hombre no había llegado aún al sótano cuando oyó que se abría y cerraba la puerta de la casa. Volvió corriendo atrás y se encontró con que Mr. Midwinter se había marchado. Llovía entonces copiosamente, y poco después llegaron los truenos y los relámpagos. Un tiempo horrible, desde luego, para salir de casa. El criado cree que Mr. Midwinter sufría un trastorno mental. Espero sinceramente que no sea así. Mr. Midwinter es una de las pocas personas que me ha tratado amablemente en el curso de toda mi vida.

 Al enterarme de que Mr. Armadale permanecía aún en el salón, entré en el despacho del administrador (que, como recordará usted, está en el mismo lado de la casa), dejé la puerta entreabierta y abrí la ventana, esperando y escuchando por si sucedía algo. Hubo un tiempo, querida señora, en que no habría considerado muy digna esta posición en la casa de mi patrono. Pero permita que me apresure a decirle que ahora pienso de un modo muy distinto. Me enorgullezco de cualquier posición en la que pueda servir a usted.

 El estado del tiempo parecía irremediablemente adverso a la renovación de las relaciones entre Mr. Armadale y Miss Milroy que usted previo con tanta seguridad y que tiene tanto afán de conocer. Sin embargo, y aunque parezca extraño, gracias al tiempo estoy ahora en condiciones de darle la información que usted esperaba. Mr. Armadale y Miss Milroy se encontraron hace cosa de una hora. Las circunstancias fueron las siguientes:

 Precisamente cuando empezaba a tronar, vi que uno de los mozos de cuadra venía de las caballerizas y oí que llamaba a la ventana de su amo. Mr. Armadale la abrió y le preguntó qué pasaba. El mozo le dijo que traía un mensaje de la esposa del cochero. Esta había visto desde su habitación de encima de la caballeriza (una habitación que da al parque) a Miss Milroy completamente sola, refugiada debajo de un árbol. Como aquella parte del parque está a cierta distancia de la casa del comandante, había pensado que su señor podría desear enviarla a buscar e invitarla a entrar en la mansión, sobre todo habida cuenta de que con la tormenta que se avecinaba, podía hallarse en una situación muy peligrosa. En cuanto comprendió Mr. Armadale el mensaje del hombre, pidió impermeables y paraguas y salió corriendo, en vez de confiar la tarea a los criados. Poco después, volvieron él y el mozo con Miss Milroy entre los dos, protegida lo mejor posible de la lluvia.

 Una de las criadas, que había llevado a la joven a un dormitorio y la había provisto de las prendas secas necesarias, me dijo que Miss Milroy había sido conducida después al salón y que Mr. Armadale estaba allí con ella. La única manera de seguir las instrucciones de usted y descubrir lo que pasaba entre ellos era dar la vuelta a la casa bajo la fuerte lluvia y entrar en el invernadero (que se comunica con el salón) por la otra puerta. Yo no vacilo ante nada, mi querida señora, con tal de servirla; con gusto me mojaría todos los días para complacerla. Además, aunque a primera vista puedo parecer un viejo, la humedad no tiene para mí graves consecuencias. Le aseguro que no soy tan viejo como parezco y que soy más vigoroso de lo que aparento. No podía acercarme lo bastante para ver lo que pasaba en el salón, sin correr el riesgo de que me descubriesen. Pero pude oír la mayor parte de la conversación, salvo cuando bajaban la voz. Esto es, en sustancia, lo que oí.

 Colegí que Miss Milroy había accedido a regañadientes a refugiarse de la tormenta en la casa de Mr. Armadale. Al menos así lo dijo ella, y dio dos razones de su renuencia. La primera fue que su padre había prohibido toda relación entre el cottage y la casa grande. Mr. Armadale rebatió esta objeción declarando que el comandante había dictado sus órdenes desconociendo totalmente la verdad, y encareciendo a Miss Milroy que no le tratase tan cruelmente como le había tratado su padre. Supongo que dio alguna explicación a este respecto, pero, como bajó la voz, no puedo decir cuál  (p.215) fue. Su lenguaje, cuando yo podía oírlo, era confuso y estaba reñido con la gramática. Sin embargo, pareció ser lo bastante inteligible para persuadir a Miss Milroy de que su padre había actuado bajo una estimación equivocada de las circunstancias. Al menos, asilo infiero, pues, cuando volví a oír la conversación, la joven se refería a su segunda objeción a encontrarse en la casa, y esta objeción era que Mr. Armadale se había comportado malamente con ella y que se merecía que no volviese a dirigirle la palabra. En este último caso, Mr. Armadale no intentó defenderse. Convino con ella en que se había portado mal y en que se merecía que no volviese a dirigirle la palabra. Pero le suplicó, al mismo tiempo, que recordase que había sufrido ya su castigo. Estaba desprestigiado en el vecindario, y su más querido amigo, su único amigo íntimo, se había vuelto esta misma mañana contra él como todos los demás. No había una criatura viviente que le apreciase, que le consolase o que le dijese una palabra amistosa. Estaba solo y afligido y su corazón ansiaba un poco de amabilidad, y ésta era su única excusa para pedir a Miss Milroy que perdonase y olvidase el pasado.

 Temo que tendré que dejar que juzgue usted por sí misma el efecto de esto sobre la joven; pues, aunque puse en ello toda mi atención, no pude captar lo que decía. Estoy casi seguro de que la oí llorar y de que Mr. Armadale le suplicó que no le rompiese el corazón. Hablaron mucho en voz baja, cosa que me contrarió. Más tarde, me alarmé al ver que Mr. Armadale entraba en el invernadero para cortar algunas flores. Afortunadamente, no llegó hasta el lugar donde me había escondido; volvió al salón y siguieron hablando (sospecho que muy cerca el uno del otro), y una vez más lamento confesar que no pude escuchar lo que decían. Por favor, discúlpeme por tener tan pocas cosas que contarle. Sólo puedo añadir que, cuando cesó la tormenta, Miss Milroy salió con las flores en la mano y acompañada de Mr. Armadale. Mi propia y humilde opinión es que le sirvió de mucho, durante toda la entrevista, la simpatía que le profesa la damita.

 Esto es cuanto tengo que decirle de momento, a excepción de otra cosa que oí y que me repugna mencionar, pero su palabra es ley, y usted me  (p.216) ordenó que no le ocultase nada.

 En una ocasión, mi querida señora, la conversación giró sobre usted. Creo que oí la palabra "criatura" en labios de Miss Milroy, y estoy seguro de que Mr. Armadale, aún reconociendo que hubo un tiempo en que la había admirado, añadió que las circunstancias le habían convencido después de su propia "locura". Cito textualmente la palabra, que me hizo temblar de indignación. Si puedo expresarme así, el hombre que admira a Miss Gwilt vive en la gloria. El respeto, si no otra cosa, habría debido cerrar los labios de Mr. Armadale. Sé que él es mi patrono, pero, después de oírle decir que el hecho de admirarla a usted fue una locura (y aunque soy su administrador suplente), le desprecio profundamente.

 Confiando haber tenido la dicha de servirla a su satisfacción hasta ahora, y deseando ardientemente merecer el honor de seguir contando con su confianza, quedo de usted, mi querida señora.

 Suyo agradecido y devoto servidor,

 Félix Bashwood.»

 2. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Diana Street, lunes, 21 de julio.

 Mi querida Lydia: Te molestaré con unas pocas líneas. Las escribo bajo un sentimiento de lo que me debo a mí misma, en nuestra actual y recíproca posición.

 No me satisface en absoluto el tono de tus dos últimas cartas, y me complace aún menos no haber recibido esta mañana ninguna noticia tuya, siendo así que habíamos convenido, en el dudoso estado de nuestras perspectivas, que me escribirías todos los días. Sólo puedo interpretar de una manera tu conducta. Sólo puedo inferir que el asunto de Thorpe-Ambrose, por haber sido mal llevado, va de mal en peor.

 No pretendo hacerte reproches, pues ¿por qué iba a perder tiempo, palabras y papel? Sólo quiero recordarte ciertas consideraciones que pareces resuelta a pasar por alto. ¿Quieres que te hable lisa y llanamente? Sí; pues, a pesar de todos mis defectos, soy la franqueza personificada.

 En primer lugar, estoy tan interesada como tú en que te conviertas en Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose. En segundo lugar, te he dado (por no hablar de mis buenos consejos) todo el dinero necesario para lograr nuestro objetivo. En tercer lugar, tengo tus pagarés, a breve plazo, que cubren hasta el último penique que te he adelantado. Y en cuarto y último lugar, aunque peco por exceso de indulgencia como amiga, no me dejo engañar, querida, como mujer de negocios. Esto es todo, Lydia, al menos por ahora.

 Por favor, no supongas que estoy enojada; sólo estoy triste y desanimada. Mi estado de ánimo se parece al de David. Si tuviese alas de paloma, saldría volando y quedaría tranquila.

 Afectuosamente tuya,

 María Oldershaw.»

 3. DE MR. BASHWOOD A MISS GWILT

 «Thorpe-Ambrose, 21 de julio.

 Muy señora mía: Probablemente recibirá estas líneas pocas horas después de haber recibido mi carta de ayer Eché la primera al correo la noche pasada, y remitiré ésta antes del mediodía de hoy.

 Su objeto es darle unas cuantas noticias más de esta casa. Tengo la indecible satisfacción de anunciarle que la vergonzosa intrusión de Mr. Armadale en su vida privada ha terminado.

 Hoy mismo cesará la vigilancia a que se han visto sometidas sus acciones. Le escribo, mi querida señora, con lágrimas en los ojos; lágrimas de alegría, causadas por el sentimiento que me atreví a expresarle en mi carta anterior (Vea el final del primer párrafo). Disculpe esta referencia personal. Puedo hablarle (no sé por qué) mucho más fácilmente con la pluma que con mi lengua.

 Trataré de serenarme y de continuar mi narración.

 Acababa de entrar esta mañana en el despacho del administrador cuando el viejo Mr. Pedgift llegó a la casa grande para hablar con Mr. Armadale, que le había citado previamente. Inútil decir que suspendí inmediatamente el pequeño trabajo que tenía que hacer, pensando que aquello podía afectar los intereses de usted. Y me satisface decir que, esta vez, las circunstancias me favorecieron. Pude situarme debajo de la ventana abierta y oír toda la conversación.

 Mr. Armadale se explicó al punto en los términos más claros. Ordenó que la persona que había sido contratada para observarla a usted fuese inmediatamente despedida. Al pedirle el otro que explicase este súbito cambio de actitud, no ocultó que se debía al efecto que había producido en su mente lo sucedido entre él y Mr. Midwinter el día anterior. Las palabras de Mr. Midwinter, por muy crueles e injustas que fuesen, le habían sin embargo convencido de que ninguna necesidad podía excusar un procedimiento tan esencialmente bajo como valerse de un espía, y ahora estaba resuelto a actuar de acuerdo con este convencimiento.

 Pero, de no ser por la concreta orden de usted de que no le oculte nada de lo que aquí suceda en relación con Su nombre, no me atrevería a informarla de lo que dijo Mr. Pedgift por su parte. Sé que Mr. Pedgift se ha portado bien conmigo. Pero, aunque fuese mi propio hermano, nunca le perdonaría el tono en que habló de usted,ni la terquedad con que trató de hacer que Mr. Armadale cambiase de idea.

 Empezó atacando a Mr. Midwinter. Declaró que la opinión de Mr. Midwinter era la que menos podía aceptarse, porque estaba claro, mi querida señora, que usted le manejaba a su antojo. Al no producir efecto esta burda sugerencia (que nadie que la conozca a usted podría tomar por un momento en serio), Mr. Pedgift se refirió a Miss Milroy y preguntó a Mr. Armadale si había renunciado a su propósito de protegerla. No puedo imaginarme lo que quiso decir con esto. Sólo la informo de ello para su propia consideración. Mr. Armadale respondió brevemente  (p.217) que tenía sus propios planes para proteger a Miss Milroy y que las circunstancias habían cambiado a este respecto, o algo parecido. Pero Mr. Pedgift insistió. Siguió hablando (vergüenza me da decirlo) cada vez en peores términos. Trató de convencer a Mr. Armadale de que se querellase contra alguna de las personas que había condenado más enérgicamente su conducta, con el fin (realmente no sé cómo escribirlo) de hacerla comparecer a usted como testigo.

 Y peor aún: cuando Mr. Armadale siguió negándose, Mr. Pedgift, que estaba a punto de salir de la estancia (según me dio a entender el sonido de su voz), volvió taimadamente atrás y le propuso llamar a un oficial detective de Londres para que la investigase a usted. "Todo el misterio sobre el verdadero carácter de Miss Gwilt -dijo-, puede ser una cuestión de identidad. No costará mucho hacer venir un hombre de Londres, y vale la pena saber si su cara es o no conocida en la Jefatura de Policía." Le aseguro una vez más, queridísima señora, que sólo repito estas abominables palabras por deber hacia usted. La verdad es que me estremecí de los pies a la cabeza cuando las oí.

 Continuo, pues tengo más cosas que decirle.

 Mr. Armadale (debo decirlo en su honor, aunque no le tengo ninguna simpatía) se negó una vez más. Pareció irritarse ante la insistencia de Mr. Pedgift y habló con cierta precipitación. "La última vez que hablamos de esto -dijo-, me convenció usted de que hiciese algo de lo que desde entonces me he avergonzado. No conseguirá persuadirme por segunda vez, Mr. Pedgift." Éstas fueron sus palabras. Mr. Pedgift perdió la paciencia y pareció a su vez muy irritado.

 "Si es así cómo atiende mis consejos, señor -dijo-, cuantos menos le dé en el futuro tanto mejor será. Su carácter y su posición están públicamente comprometidos por este asunto entre usted y Miss Gwilt y usted insiste, en el momento más crítico, en seguir un camino que creo que terminará mal. Después de todo lo que ya he dicho y hecho en este grave caso, no puedo continuar actuando en él con las manos atadas, ni puedo abandonarlo dignamente mientras aparezca en público como su abogado. No me deja usted más alternativa, señor, que renunciar al honor de actuar como su asesor jurídico." "Lamento oír esto -dijo Mr. Armadale-, pero ya he sufrido bastante entrometiéndome en los asuntos de Miss Gwilt. No quiero y no puedo remover más esta cuestión." "Usted no quiere intervenir más en esto, señor -dijo Mr. Pedgift-, y yo no intervendré más, ya que ha dejado de ser para mí una cuestión de interés profesional. Pero mire lo que le digo, Mr. Armadale: todavía no ha llegado al final de este asunto. Alguna otra persona puede sentir curiosidad y continuar lo que nosotros abandonamos, y hacer que se haga la luz sobre la persona de Miss Gwilt."

 Creo haber reproducido casi palabra por palabra su conversación, querida señora. Me produjo una impresión indescriptible; me llenó, aunque difícilmente podría explicarle la razón, de una alarma y un miedo profundos. No comprendí nada en absoluto y todavía comprendí menos lo que ocurrió inmediatamente después.

 Cuando pronunció aquellas últimas palabras, Mr. Pedgift parecía estar muy cerca de mí. Debía estar junto a la ventana abierta y debió verme al pie de ésta. Antes de que él saliese de la casa, tuve tiempo de deslizarme sin ruido entre los laureles, pero no de llegar al despacho. Por consiguiente, eché a andar por el paseo en dirección al pabellón, como para realizar alguna gestión relativa a mis funciones de administrador. Al poco rato, Mr. Pedgift me alcanzó con su calesa y se detuvo.

 "Siente usted cierta curiosidad en lo tocante a Miss Gwilt, ¿verdad? -dijo-. Satisfágala a su antojo, pues yo no tengo nada que objetar." Naturalmente, me puse nervioso, pero conseguí preguntarle qué quería decir. No me respondió; se limitó a mirarme desde la calesa de una manera muy extraña y se echó a reír. "He visto muchas cosas raras antes que ésta", dijo, como hablando consigo mismo, y se alejó.

 Me he atrevido a molestar su atención con este último incidente, que puede no tener importancia para usted, en la esperanza de que su superior criterio pueda explicarlo. Confieso que mis propias y pocas facultades son incapaces de comprender lo que quiso decir Mr. Pedgift. Lo único que sé es que no tiene derecho a acusarme de un sentimiento tan mezquino como la curiosidad en relación con una dama a la que ardientemente estimo y admiro. No me atrevo a emplear palabras más cariñosas.

 Sólo tengo que añadir que me hallo en condiciones de continuar sirviéndola aquí, si así lo desea. Mr. Armadale acaba de estar en el despacho y me ha dicho brevemente que, dada la continuada ausencia de Mr. Midwinter, puedo seguir actuando como suplente del administrador hasta nueva orden.

 Considéreme, mi querida señora, su afectísimo y devoto servidor,

 Félix Bashwood.»

 4. DE ALLAN ARMADALE AL REV. DECIMUS BROCK

 «Thorpe-Ambrose, martes.

 Mi querido Mr. Brock: Estoy en un gran apuro. Midwinter ha reñido conmigo y se ha marchado, y mi abogado ha reñido conmigó y me ha dejado también, y (a excepción de la pequeña Miss Milroy, que me ha perdonado) todos los vecinos me han vuelto la espalda. Me achacan muchas cosas, pero nada puedo hacer. Me siento muy desgraciado solo en mi propia casa. Por favor, ¡venga a verme! Usted es el único amigo que me queda, y estoy ansioso de contárselo todo. Nota bene: Le doy mi palabra de honor de caballero de que no soy culpable. Afectuosamente suyo,

 Allan Armadale.

 p.D. - Iría yo a visitarle a usted (pues este lugar me resulta odioso), pero tengo  (p.218) razones para no alejarme demasiado de Miss Milroy en este momento.»

 5. DE ROBERT STAPLETON A ALLAN ARMADALE, ESQ.

 «Rectoría de Boscombe, jueves mañana.

 Distinguido señor: Veo sobre la mesa una carta remitida por usted, entre las otras recibidas, y lamento decirle que el estado de salud de mi señor no le permite abrirla. Está en cama con unas fiebres. El médico dice que han sido causadas por unas preocupaciones y angustias que mi señor no estaba en condiciones de soportar. Esto parece probable, pues yo estaba con él cuando fue a Londres el mes pasado, y sé lo preocupado y ansioso que estaba a causa de su propio asunto y de la tarea de vigilar a aquella persona que después nos dio esquinazo, y ya que hablo de esto, le diré que yo lo estaba también.

 Mi señor estuvo hablando de usted hace un par de días. No quería que se enterase de su enfermedad, a menos que ésta se agravase. Pero yo creo que debe usted saberlo, aunque no está peor, sino quizás un poquitín mejor. El médico dice que debe estar muy tranquilo y no inquietarse por nada. Por consiguiente, tenga la bondad de no darse por enterado; quiero decir que no venga a la rectoría. El doctor me ha ordenado que diga que no es necesario y que sólo trastornaría a mi señor en el estado en que se encuentra ahora. Si lo desea, volveré a escribirle. Quedo, señor, como siempre, su humilde servidor,

 Robert Stapleton

 p.D. -El yate ha sido equipado y pintado, esperando sus órdenes. Ha quedado muy bien.»

 6. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Diana Street, 24 de julio.

 Miss Gwilt: Ha pasado el cartero tres mañanas seguidas y no me ha traído respuesta a mi carta. ¿Te has propuesto insultarme? ¿O te has marchado de Thorpe-Ambrose? En todo caso, no voy a seguir tolerando tu conducta. Si yo no puedo hacerlo, será la justicia quien te meta entre rejas. Tu primer pagaré (por treinta libras) vence el próximo martes veintinueve. Si hubieses mostrado la debida consideración para conmigo, te lo habría renovado con mucho gusto. Tal como están las cosas, presentaré el pagaré al cobro y, si no es pagado, daré instrucciones a mi abogado para que actúe en consecuencia. Tuya,

 María Oldershaw.»

 7. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

  (p.219) «5, Paradise Place, Thorpe-Ambrose, 25 de julio.

 Mrs. Oldershaw: Como sin duda el tiempo de tu abogado es muy valioso, le escribiré unas líneas para ayudarle cuando actúe en consecuencia. Me encontrará esperando a que me detengan en el apartamento del primer piso de la dirección consignada arriba. En mi actual situación y dada mi actual manera de pensar, el mejor servicio que puedes prestarme es hacer que me encierren.

 L.G.»

 8. DE MRS. OLDERSHAW A MISS GWILT

 «Diana Street, 26 de julio.

 Mi querida Lydia: Cuanto más vivo en este desgraciado mundo, más claramente comprendo que el propio genio es el peor enemigo con quien tenemos que luchar las mujeres. ¡En qué estilo tan lamentable ha caído nuestra correspondencia! ¡Qué triste falta de dominio, querida, por tu parte y por la mía!

 Como soy la mayor en años, seré la primera en excusarme y en avergonzarme de mi propia falta de control. Tu cruel negligencia, Lydia, me indujo a escribir como lo hice.

 Soy muy susceptible a los malos tratos, cuando me los inflige una persona a la que estimo y admiro, y, aunque he cumplido los sesenta, todavía tengo (afortunadamente) joven el corazón. Discúlpame por haber hecho uso de la pluma, cuando hubiera debido contentarme con buscar refugio en mi pañuelo. ¡Perdona a tu amiga María y a su corazón aún joven!

 Pero, querida, aunque es cierto que te amenacé, ¿cómo pudiste tomar mis palabras al pie de la letra? Fuiste cruel al creerme capaz (dijera yo lo que dijese) del acto odioso e inhumano de hacer encerrar a mi amiga del alma, aunque tu deuda hubiese sido diez veces mayor de lo que es. ¡Cielo santo! ¿Merezco que tomes al pie de la letra lo que digo, con tan despiadada exactitud, después de los años de cariñosa amistad que nos han unido? Pero no me quejo, sólo lamento la fragilidad de nuestra vulgar naturaleza humana. No debemos esperar demasiado la una de la otra, querida; ambas somos mujeres, y no podemos remediarlo. Cuando pienso en el origen de nuestro desgraciado sexo, cuando recuerdo que en principio fuimos hechas de un material tan pobre como la costilla de un hombre (costilla tan poco importante para su poseedor que parece que nunca la ha echado en falta) me asombran grandemente nuestras virtudes y no me sorprenden lo más mínimo nuestras faltas.

 Estoy divagando un poco; me estoy perdiendo en pensamientos serios, como aquel dulce personaje de Shakespeare que estaba "libre de fantasías". Una última palabra, querida, para decirte que mi deseo de recibir respuesta a esta carta se debe enteramente a mi afán de saber de nuevo de ti, en tu antiguo tono amistoso, y que nada tiene que ver con la curiosidad por saber lo que estás haciendo en Thorpe-Ambrose, salvo en la medida en que puedas aprobarlo. ¿Necesito añadir que te pido por favor que reanudemos nuestra correspondencia en los términos acostumbrados? Con referencia al pequeño pagaré que vence el martes próximo, me atrevo a sugerir un aplazamiento de seis semanas.

 Con mis sinceros sentimientos maternales,

 María Oldershaw.»

 9. DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

 «Paradise Place, 27 de julio.

 Acabo de recibir tu última carta. Su impudicia me ha indignado. ¿Debo ser tratada como una chiquilla? ¿Amenazarme primero y, si la amenaza no surte efecto, camelarme después? Tendrás que camelarme; tendrás que saber, mi maternal amiga, con qué clase de hija tienes que habértelas.

 Tenía una razón, Mrs. Oldershaw, para guardar el silencio que tan gravemente te ofendió. Temía (sí, temía de veras) comunicarte el secreto de mis pensamientos. Ahora ya no me turba este temor. Lo único que deseo esta mañana es expresarte mi reconocimiento por los términos en que me has escrito. Después de considerarlo cuidadosamente, creo que lo peor que puedo hacer es decirte lo que estás tan ansiosa por saber. Por consiguiente, me he sentado a mi mesa para contártelo. Sabrás lo que ha pasado en Thorpe-Ambrose; verás mis pensamientos con la misma claridad con que los veo yo. Si cuando hayas llegado al final de esta carta no te arrepientes amargamente de no haber seguido tu primer impulso y haberme encerrado mientras estabas a tiempo, no me llamo Lydia Gwilt.

 ¿Dónde terminé mi última carta? No lo recuerdo, ni me importa. Arréglatelas como puedas; sólo me remontaré a una semana atrás, es decir, al domingo último.

 Por la mañana descargó una tormenta. Empezó a aclarar a eso del mediodía. No salí de casa; esperaba ver a Midwinter o saber algo de él. (¿Te sorprende que no escriba Mr. antes de su nombre? Nuestra relación se hizo tan familiar que el Mr. estaría fuera de lugar.) La noche anterior, se separó de mí en circunstancias muy interesantes. Yo le había dicho que su amigo Armadale me perseguía por medio de un espía a sueldo. El se había negado a creerlo y se había dirigido en derechura a Thorpe-Ambrose para poner en claro la cuestión. Dejé que besara mi mano antes de marcharse. Me prometió volver al día siguiente (domingo). Tenía la impresión de que había asegurado mi influencia sobre él, y creía que cumpliría su palabra.

 Bueno, pasó la tormenta tal como te he dicho. El tiempo aclaró; la gente salió a la calle con sus mejores ropas; trajeron la comida de la panadería; yo estaba sentada, con aire soñador, ante mi pobre piano alquilado, elegantemente vestida y acicalada... y Midwinter no aparecía. Avanzada ya la tarde, empezaba a sentirme ofendida cuando me trajeron una carta. La había dejado un mensajero extraño que se había marchado inmediatamente. Miré la carta. Al fin Midwinter... aunque por escrito y no en persona.  (p.220) Empecé a sentirme aún más ofendida, pues, como te he dicho, pensaba haber ejercido sobre él una influencia mayor. La carta, cuando la leí, lanzó mi mente en otra dirección. Me sorprendió, me intrigó, me interesó. Pensé y pensé y seguí pensando en él durante el resto del día.

 Empezaba pidiéndome perdón por haber dudado de lo que le había dicho. Los propios labios de Mr. Armadale lo habían confirmado. Habían disputado (como yo había previsto) y el hombre que había sido su mejor amigo en el mundo se había separado para siempre de él. Hasta aquí, no me sorprendí. Me divirtió que me contase, a su extravagante manera, que él y su amigo se habían separado para siempre, y me pregunté qué pensaría cuando yo llevase adelante mi plan y encontrase la manera de introducirme en la casa grande con el pretexto de reconciliarles.

 Pero la segunda parte de la carta me dio que pensar. La transcribo en sus propios términos.

 "Sólo después de luchar conmigo mismo (y ninguna palabra puede expresar lo dura que ha sido esta lucha) he decidido escribirle, en vez de hablar con usted. Una necesidad implacable rige mi vida futura. Debo salir de Thorpe-Ambrose, debo salir de Inglaterra, sin vacilar y sin detenerme para mirar atrás. Existen razones (terribles razones que locamente había desdeñado) para que Mr. Armadale no vuelva a verme ni saber nada de mí, después de lo que ha pasado entre nosotros. Debo marcharme; no volver a vivir bajo el mismo techo que él, ni respirar el mismo aire que él respira. Debo ocultarme de él, bajo un nombre supuesto; debo poner montañas y mares entre nosotros. He sido avisado como jamás lo fuera una criatura humana. Creo (no me atrevo a decirle por qué) que, si la fascinación que ejerce sobre mí me atrajese de nuevo hacia usted, fatales consecuencias caerían sobre el hombre cuya vida ha estado tan extrañamente mezclada con la suya y con la mía, el hombre que fue, en otros días, su admirador y mi amigo. Y sin embargo, aun sintiendo esto, viéndolo en mi mente con tanta claridad como el cielo que me cubre, hay en mí una flaqueza que todavía hace que me resista al imperativo sacrificio de no volver a verla jamás. Lucho contra esto con toda la fuerza de la desesperación. Todavía no hace una hora, he estado lo bastante cerca para ver la casa en que usted vive y, con gran esfuerzo, me he apartado para no verla. ¿Puedo obligarme a alejarme aún más, ahora que he escrito mi carta..., ahora que se me escapa la inútil confesión, al decirle que la amo con el primer amor que jamás sentí y con el último amor que sentiré jamás? Dejemos que el tiempo conteste esta pregunta; no me atrevo a escribir ni a pensar más en ello." Éstas fueron las últimas palabras; de esta extraña manera terminaba la carta.

 Sentí una curiosidad febril por saber lo que él quería decir. Desde luego, su amor por mí era fácil de comprender. Pero ¿qué significaba aquello de que había sido avisado? ¿Por qué no podía volver a vivir bajo el mismo techo, ni respirar el mismo aire que Mr. Armadale? ¿Qué clase de riña obliga a un hombre a ocultarse de otro bajo un nombre supuesto, y a poner montañas y mares entre los dos? Y sobre todo, si volviese y dejase que yo le fascinara, ¿por qué habría de ser esto fatal para el odioso patán que posee una espléndida fortuna y vive en la casa grande?

 Jamás había tenido un deseo tan intenso como el que tenía ahora de volver a verle y de hacerle estas preguntas. A medida que transcurría el día, me fui volviendo supersticiosa. Para cenar, me dieron mollejas y un budín adornado con cerezas. ¡Y traté de adivinar si volvería con los huesos que quedaron en el plato! Vendrá, no vendrá, vendrá, no vendrá, y así sucesivamente. La cosa acabó con "no vendrá". Toqué la campanilla e hice que se llevasen todo aquello. Me opuse fieramente al destino. Dije "¡Vendrá! " y me quedé esperándole. No sabes cuánto me satisface darte todos estos pequeños detalles. Cuenta, mi amiga del alma, mi segunda madre, cuenta el dinero que has adelantado con el objeto de que me convierta en Mrs. Armadale, y piensa después en este enorme interés que siento por otro hombre. ¡Oh, Mrs. Oldershaw, qué gozo tan intenso me produce esta oportunidad de irritarte!

 Transcurrió el día y empezó a anochecer. Llamé de nuevo y envié a buscar un horario de trenes. ¿Qué trenes podía tomar en domingo? El respeto nacional por el descanso bíblico continúa, amiga mía. Sólo había un tren, que había partido horas antes de que él me escribiese. Consulté a mi espejo, y éste me hizo la merced de contradecir a los huesos de cereza. El espejo me dijo: "Colócate detrás de los visillos de la ventana; él no pasará la larga velada en solitario sin volver aquí para contemplar tu casa." Me puse detrás de los visillos y esperé, con su carta en la mano.

 La triste luz del domingo palideció y el triste silencio del domingo en las calles se hizo aún más profundo. Llegó el crepúsculo y, con él, unas pisadas que resonaron en aquel silencio. El corazón me dio un salto..., ¿te extraña que aún tenga corazón? "Midwinter", me dije. Y era Midwinter. Cuando pude verle, caminaba lentamente, deteniéndose y vacilando casi a cada paso. La ventana de mi feo y pequeño salón parecía atraerle a pesar suyo. Esperé hasta que se detuvo definitivamente, un poco apartado de la casa pero viendo todavía la irresistible ventana, y entonces me cubrí y salí al jardín por la puerta de atrás. El dueño de la casa y su familia estaban cenando, y nadie me vio. Abrí la puerta del jardín y seguí el callejón hasta la calle. En aquel crítico momento recordé de pronto algo que había olvidado: el espía que me había estado vigilando y que sin duda acechaba  (p.221) en alguna parte no lejos de la casa.

 Necesitaba tiempo para pensar y (en mi estado de ánimo) no podía dejar que Midwinter se marchase sin hablarle. Decidí concertar una cita con él para la tarde siguiente y buscar entretanto la manera de entrevistarnos sin ser observados. Esto, pensé, haría que la curiosidad me atormentase durante veinticuatro horas mortales, pero ¿tenía alguna alternativa? Llegar a un acuerdo con Midwinter, viéndolo y posiblemente oyéndolo el espía de Armadale, sería tanto como renunciar a convertirme un día en la señora de Thorpe-Ambrose. Al encontrar una de tus cartas en mi bolsillo, retrocedí en el callejón y escribí en la hoja en blanco con el pequeño lápiz que pende de la cadena de mi reloj: "Quiero y debo hablar con usted. Esta noche es imposible, pero esté mañana en la calle a esta misma hora, y después déjeme para siempre si así lo desea. Cuando haya leído esto, alcánceme y, al pasar sin detenerse y sin mirar a su alrededor, diga 'Sí, lo prometo'."

 Doblé el papel y me acerqué rápidamente a Midwinter por la espalda. Se volvió sobresaltado y puse la nota en su mano, estreché ésta y seguí adelante. No había dado aún diez pasos cuando le oí detrás de mí. No puedo decir que no se volviese a mirar, pues vi que sus grandes ojos negros, brillantes y centelleantes en la penumbra, me devoraban de la cabeza a los pies; pero aparte de esto, hizo lo que yo le había dicho. "No puedo negarle nada -murmuró-; se lo prometo." Siguió andando y se perdió de vista. No pude dejar de pensar que, si se hubiese hallado en esta situación, el bruto y bobo Armadale lo hubiese echado todo a perder.

 Durante toda la noche, me esforcé en encontrar la manera de que pudiésemos entrevistarnos la tarde siguiente sin ser observados, pero mis esfuerzos fueron vanos. Desde el primer momento tuve la impresión de que la carta de Midwinter me había atontado, aunque no podía explicarme la razón.

 La mañana del lunes, las cosas empeoraron todavía más. Mi fiel aliado Mr. Bashwood me hizo saber que Miss Milroy y Armadale se habían visto y hecho las paces. ¡Puedes imaginarte cómo me sentí! Una hora o dos más tarde volvía a tener noticias de Mr. Bashwood, y esta vez fueron buenas. El lioso idiota de Thorpe-Ambrose había tenido al fin cordura suficiente  (p.222) para avergonzarse de sí mismo. Había decidido retirar al espía aquel mismo día, y él y su abogado habían reñido por ello.

 ¡Ya ves cómo desapareció el obstáculo que yo no sabía cómo evitar! Ya no tenía que inquietarme por mi próxima entrevista con Midwinter, y me sobraba tiempo para considerar lo que tenía que hacer ahora que Miss Milroy y su precioso galán volvían a ser amigos. Pero aunque parezca increíble, la carta o su autor (no sé cuál de los dos) habían influido en mí de tal manera que, por mucho que me esforzase, no podía pensar en nada más, y esto en un momento en que tenía sobrados motivos para temer que Miss Milroy estaba en camino de cambiar su apellido por el de Armadale, y en que sabía que ella no había pagado aún la fuerte deuda que tenía conmigo. ¿Hubo alguna vez algo más absurdo? Yo no puedo explicármelo. ¿Y tú?

 Por fin llegó el crepúsculo. Miré por la ventana ¡y allí estaba él!

 Fui inmediatamente a su encuentro; los de la casa estaban, como siempre, demasiado absortos en comer y beber para darse cuenta de todo lo demás. "No deben vernos juntos aquí -murmuré-. Yo pasaré delante y usted me seguirá."

 Él no respondió. Ignoro lo que pasaría por su mente, pero, después de acudir a la cita, parecía que quería echarse atrás y estar medio dispuesto a marcharse de nuevo.

 "Cualquiera diría que me tiene usted miedo", le dije.

 "Le tengo miedo -respondió-. Tengo miedo de usted y de mí mismo."

 No era nada alentador, ni siquiera cortés. Pero mi curiosidad era tal que, aunque se hubiese mostrado aún más rudo, creo que no lo habría advertido. Anduve unos pasos en dirección a los nuevos edificios y entonces me detuve y me volví a mirarle.

 "¿Debo pedírselo como un favor -le dije-, después de haberme dado usted su palabra, y después de lo que me decía en la carta que me escribió?" Algo cambió de pronto en él; se plantó al instante a mi lado. "Le pido perdón, Miss Gwilt; la seguiré a donde usted quiera." Se quedó un poco atrás después de esta respuesta, y oí que decía, hablando consigo mismo: "Lo que tenga que ser, será. ¿Qué puedo hacer yo, y qué puede hacer ella?"

 No debieron ser las palabras, pues no las entendí; debió ser más bien el tono en que las pronunció, lo que me hizo sentir un momentáneo escalofrío. Tentada estuve, aunque sin la menor razón, de darle las buenas noches y meterme en mi casa. Algo impropio de mí, dirás. ¡Y es verdad! Pero sólo duró un momento. Tu querida Lydia recobró muy pronto el sentido común.

 Caminé en dirección a las casitas sin acabar y al campo que se extiende detrás de ellas. Me habría gustado mucho más tenerle en casa y hablar con él a la luz de las velas. Pero ya me había arriesgado una vez y, en este lugar tan proclive al escándalo y en mi crítica posición, temí arriesgarme de nuevo. Tampoco cabía pensar en el jardín, pues el dueño suele fumar allí su pipa después de la cena. No había más alternativa que llevarle fuera de la villa.

 De vez en cuando, me volvía a mirar. Y allí estaba él, siempre a la misma distancia, siguiéndome sin ruido en la penumbra, como un fantasma.

 Debo interrumpir mi escritura durante un rato. Las campanas de la iglesia han empezado a sonar, y su repique me vuelve loca. En estos tiempos en que todos tenemos relojes, ¿por qué han de tocar las campanas para recordarnos la hora en que empieza el oficio? Los teatros no necesitan repicar campanas para anunciar el principio de la función. El hecho de que haya que hacerlo para llevarnos a la iglesia es muy humillante para el clero.

 Por fin habrán entrado los feligreses en la iglesia, y puedo tomar de nuevo la pluma y proseguir.

 Dudé un poco sobre el sitio al que debía llevarle. Por un lado, estaba la carretera; pero, aunque parecía desierta, alguien podía pasar por ella en el momento menos pensado. Otro camino llevaba a través del soto. Me decidí por el soto.

 Al otro lado, un poco más allá de la arboleda, había una depresión del suelo, con algunos troncos talados yaciendo en ella, y a poca distancia, un pequeño estanque, tranquilo, blanco y brillante a la luz del crepúsculo. Largos pastizales se alzaban sobre la orilla opuesta, con la niebla espesándose sobre ellos, y veíase a lo lejos una raya negra formada por el ganado que volvía lentamente a casa. No se veía alma viviente, ni se oía el menor ruido. Me senté en uno de los troncos y miré hacia atrás. "Venga -dije a media voz-. Venga y siéntese a mi lado."

 ¿Por qué detallo tanto todo esto? Casi no lo sé. El lugar me causó una impresión inexplicablemente viva, y no puedo dejar de escribir acerca de ello. Si termino mal, digamos en el patíbulo, creo que lo último que veré, antes de que el verdugo abra la trampa, será este pequeño y brillante estanque, y los largos pastizales nebulosos, y el ganado volviendo lentamente a casa en la oscuridad creciente. No te alarmes, sabia criatura. A veces la fantasía me juega extrañas pasadas, y me atrevo a decir que el láudano que tomé en la noche pasada tiene también un poco que ver con esta parte de mi carta.

 Él se acercó, a su extraña y silenciosa manera, como un hombre que caminase en sueños, y se sentó a mi lado. Fuese porque la noche estaba ya muy cerca, fuese porque yo estaba literalmente febril, no podía soportar el sombrero que llevaba puesto, ni podía soportar los guantes. El afán de mirarle y de ver lo que significaba su singular silencio, y la imposibilidad de hacerlo bajo la poca luz que había irritó mis nervios hasta el punto de que pensé que iba a gritar. Así su mano para ver si esto me ayudaba. Estaba ardiendo y se cerró al instante sobre la mía..., ya sabes cómo. Después de esto, no había que pensar en el silencio. El único camino seguro era empezar a hablar  (p.223) inmediatamente.

 "No lo tome usted a mal -le dije-. Me he visto obligada a traerle a este lugar solitario; perdería mi prestigio si nos viesen juntos."

 Esperé un poco. Su mano me advirtió una vez más que tenía que interrumpir el silencio. Decidí hacer que él me hablase esta vez.

 "Usted me interesa y me asusta -seguí diciendo-. Me escribió una carta muy extraña. Debo saber lo que significa."

 "Es demasiado tarde para preguntar. Usted ha tomado un camino, y yo he tomado un camino, del que no se puede volver atrás." Dio esta extraña respuesta en un tono que era completamente nuevo para mí, un tono que me inquietó incluso más de lo que me había inquietado su silencio un momento antes. "Demasiado tarde -repitió-, ¡demasiado tarde! Ahora sólo puede preguntarme una cosa."

 "¿Cuáles?"

 En cuanto hube dicho estas palabras, un súbito temblor pasó de su mano a la mía, que me dijo inmediatamente que hubiese hecho mejor conteniendo mi lengua. Antes de que pudiese moverme, antes de que pudiese pensar, él me tenía ya en sus brazos.

 "Pregúnteme si la amo", murmuró.

 En el mismo instante, reclinó su cabeza sobre mi pecho, y alguna indecible tortura que debía llevar en su interior le hizo estallar, como nos ocurre a nosotras, en un torrente de lágrimas y sollozos.

 Mi primer impulso fue el propio de una tonta. A punto estuve de hacer la acostumbrada protesta y de defenderme de la manera acostumbrada. Afortunada o desgraciadamente, no lo sé, he perdido la fina sensibilidad de la juventud, y dominé el primer movimiento de mis manos y la primera palabra que subió hasta mis labios. ¡Oh, querida, qué extraño sentimiento el mío, mientras él sollozaba con toda el alma sobre mi pecho! ¡Cómo pensé en un tiempo pasado en que él habría podido apoderarse de mi amor! Lo único de que se había apoderado ahora era... mi cintura.

 Me pregunto si me apiadé de él. Pero esto no importa. Sea como fuere, mi mano se alzó de algún modo y mis dedos acariciaron suavemente sus cabellos. Al tocarle, volvieron a mi memoria horribles recuerdos de otros tiempos, y me estremecí. Sin embargo, lo hice. ¡Qué tontas somos las mujeres!

 "No le haré reproches -dije amablemente-; no le diré que es cruel aprovecharse de la situación en que me encuentro. Está usted terriblemente agitado; espere un poco y vuelva en sí."

 Habiendo llegado tan lejos, me detuve a considerar cómo podía formularle las preguntas que estaba ansiosa por hacerle. Pero supongo que estaba demasiado confusa, o quizá demasiado impaciente, para reflexionar. Dije lo que estaba por encima de todo en mi mente, en los términos que primero acudieron a mis labios.

 "No creo que usted me ame -dije-. Me escribe usted cosas extrañas; me asusta con sus misterios. ¿Qué quiso decir al escribir que, si volvía junto a mí, sería fatal para Mr. Armadale? ¿Qué peligro puede haber para Mr. Armadale...?"

 Antes de que pudiese terminar la pregunta, levantó de pronto la cabeza y desprendió sus brazos. Por lo visto había tocado yo un tema doloroso que hizo que él volviera en sí. En vez de apartarme yo de él, era él quien se apartaba de mí. Me sentí ofendida; no sé por qué, pero me sentí ofendida, y le di las gracias con mi más amargo énfasis por recordarme, al fin, cómo debía comportarme.

 "¿Cree usted en los sueños? -dijo extraña y bruscamente, sin reparar en absoluto en lo que le había dicho- Dígame -prosiguió, sin darme tiempo a responder-, si usted o algún pariente suyo tuvieron alguna relación con el padre o la madre de Allan Armadale. ¿Estuvo usted o alguien de su familia alguna vez en la isla de Madeira?"

 Imagínate, si puedes, cuál no sería mi asombro. Me quedé helada. Me quedé toda helada en un instante. Estaba claro que conocía el secreto de lo ocurrido cuando estuve al servicio de Mrs. Armadale en Madeira..., ¡probablemente antes de que él naciese! Esto era ya de por sí bastante sorprendente. Y evidentemente tenía alguna razón para tratar de relacionarme con aquellos sucesos..., cosa más sorprendente aún.

 "No -dije, en cuanto me sentí capaz de hablar-. No sé nada de su padre o de su madre."

 "¿Y tampoco de la isla de Madeira?"

 "No sé nada de la isla de Madeira."

 Volvió la cabeza y empezó a hablar consigo mismo.

 "¡Qué raro! -dijo-. Tan cierto como yo estaba en el lugar de la Sombra en la ventana, ¡ella estaba en el lugar de la Sombra en el estanque!"

 En otras circunstancias, su extraño comportamiento me habría alarmado. Pero después de su pregunta sobre Madeira, sentí un miedo mucho más grande que mantuvo a distancia toda alarma corriente. Creo que jamás tomé en mi vida una decisión tan firme como la que tomé ahora de descubrir cómo había obtenido su información, y quién era en realidad. Veía claramente que había despertado en él, algún sentimiento oculto con mi pregunta sobre Armadale, un sentimiento tan fuerte, a su manera, como lo que sentía por mí. ¿Qué había sido de mi influencia sobre él?

 No podía imaginármelo; pero sí podía hacer que la sintiese de nuevo, y puse manos a la obra.

 "No me trate con crueldad -dije-; yo no lo he tratado ahora cruelmente a usted. ¡Oh Mr. Midwinter, aquí hay tanta soledad, tanta oscuridad...! ¡No me asuste!"

 "¡Asustarla!" Volvió a acercarse inmediatamente a mí.

 "¡Asustarla!" Repitió la palabra con tanto asombro como si le hubiese despertado de un sueño, y lo atribuí a algo que había dicho en su sueño.

 Al ver cómo le había sorprendido, y estando ahora desapercibido, tuve en la punta de la lengua preguntarle por qué mi interrogación acerca de Armadale había producido semejante cambio en su actitud a mi respecto. Pero después de lo que  (p.224) había pasado, tuve miedo de arriesgarme a insistir tan pronto sobre el tema. Algo (me atrevo a decir que eso que llaman instinto) me advirtió que dejase de momento en paz a Armadale y que le hablase primero de él mismo. Como te dije en una de mis primeras cartas, había advertido señales y pruebas, en sus modales y en su aspecto, que me convencieron de que, a pesar de su juventud, había hecho o sufrido algo fuera de lo común en su vida pasada. Cada vez que le veía, me preguntaba con creciente recelo si era realmente lo que parecía ser; y primera y principal, entre todas mis dudas, era la de si empleaba entre nosotros su verdadero nombre. Como tengo secretos que guardar acerca de mi propia vida pasada y usé en otros tiempos más de un nombre supuesto, presumo que esto me induce más a sospechar de otras personas cuando encuentro algo misterioso en ellas. Así pues, teniendo aquella sospecha en mi mente, decidí sorprenderle, como él me había sorprendido, con una pregunta inesperada por mi parte, una pregunta acerca de su nombre.

 Mientras yo estaba pensando, él pensaba, como se manifestó muy pronto, en lo que yo acababa de decirle. "Me aflige mucho haberla asustado -murmuró con esa gentileza y humildad que tanto y tan de corazón despreciamos todas en un hombre cuando habla a otras mujeres, y que nos encantan cuando habla con nosotras-. Apenas sé lo que decía -prosiguió-, tan terriblemente turbada está mi mente. Le ruego que me perdone, si puede hacerlo; hoy no estoy en mis cabales."

 "No estoy enojada -le dije-; no tengo nada que perdonarle. Ambos somos imprudentes..., ambos somos desgraciados." Apoyé mi cabeza en su hombro. "¿Me ama realmente?", le pregunté yo suavemente, en un murmullo Su brazo me rodeó de nuevo, y sentí que los rápidos latidos de su corazón se aceleraban más y más. "¡Si lo supiese! -murmuró a su vez-. ¡Si pudiese saberlo...!" No pudo decir más. Sentí que su cara se acercaba a la mía, bajé más la cabeza y le detuve en el mismo instante en que iba a besarme. "No -dije- no soy más que una mujer de la que se ha encaprichado. Me está tratando como si fuese su prometida."

 "¡Sea mi prometida!", murmuró ansiosamente, y trató de hacerme levantar la cabeza. Yo la mantuve baja. El horror de aquellos viejos recuerdos que tú sabes volvió a hacer presa en mí y me hizo temblar un poco cuando él me pidió que fuese su esposa. No creo que fuese en realidad a desmayarme; pero algo parecido a un desmayo me hizo cerrar los ojos. En el mismo instante, la oscuridad pareció abrirse como rasgada por un rayo: y los fantasmas de aquellos otros hombres surgieron del horrible abismo y me miraron. "¡Hábleme! -murmuró, amorosamente-. Querida mía, ángel mío, ¡hábleme!"

 Su voz me ayudó a recobrarme. Me quedaba el juicio necesario para recordar que estaba pasando el tiempo y que todavía no le había preguntado acerca de su nombre.

 "Supongamos que siento por usted lo mismo que siente usted por mí -dije-. Supongamos que le amase lo bastante para confiarle la dicha de toda mi vida futura..."

 Hice una pausa momentánea para recobrar aliento. Reinaba una quietud insoportable; el aire parecía haber muerto al llegar la noche.

 "¿Se casaría usted honorablemente conmigo -proseguí- si lo hiciese con su nombre actual?"

 Su brazo se apartó de mi cintura, y sentí que se sobresaltaba. Después se sentó a mi lado, y se quedó inmóvil, frío, silencioso, como si mi pregunta le hubiese dejado atónito. Rodeé su cuello con mi brazo y apoyé de nuevo la cabeza sobre su hombro.

 Fuera cual fuese el hechizo que le había producido, el hecho de acercarme más a él de aquella manera pareció romperlo.

 "¿Quién le ha dicho... ?" Se interrumpió. "No -siguió

 diciendo-, nadie puede habérselo dicho. ¿Qué le hizo sospechar...?" Se interrumpió nuevamente.

 "Nadie me lo dijo -respondí-, y no sé qué me hizo sospechar. Las mujeres tenemos a veces extrañas intuiciones. ¿Se apellida realmente Midwinter?"

 "No puedo engañarla -respondió, después de otro intervalo de silencio-, Midwinter no es realmente mi apellido."

 Me acerqué un poco más a él.

 "¿Cuál es el verdadero?", le pregunté.

 Él vaciló.

 Levanté la cara hasta casi tocarle la mejilla con la mía. Insistí, con los labios muy cerca de su oído:

 "¡Oh, todavía no confía en mí! No confía en la mujer que casi ha confesado que le ama..., que casi ha consentido en ser su esposa!"

 Volvió su cara hacia la mía. Por segunda vez trató de besarme y, por segunda vez, se lo impedí.

 "Si le digo mi nombre -dijo-, tendré que decirle más cosas."

 Dejé que mi mejilla tocase otra vez la suya.

 "¿Y por qué no? -pregunté-. ¿Cómo puedo amar a un hombre... y mucho menos casarme con él... si sigue siendo un extraño para mí?"

 Esto no admitía réplica, como pensé. Pero él respondió:

 "Es una terrible historia. Si la conociese, podría nublar toda su vida, como ha nublado la mía."

 Le rodeé con mi otro brazo e insistí. "¡Cuéntemela; no tengo miedo; cuéntemela!"

 Empezó a ceder a mi otro brazo.

 "¿Lo mantendrá como un secreto sagrado? -dijo-. ¿No lo revelará nunca? ¿Quedará solamente entre los dos?" Le prometí que sería un secreto. Esperé, en un frenesí total de expectación. Dos veces trató de comenzar, y dos veces le faltó valor. "¡No puedo! -exclamó, desesperado-. ¡No puedo decirlo!"

 Mi curiosidad, o más probablemente mi mal genio, me hicieron perder todo control. Me había irritado hasta el punto de no saber lo que decía ni lo que hacía. Súbitamente le estreché y apreté mis labios contra los suyos. "¡Le amo! -murmuré, mientras le besaba-. ¿Me lo contará ahora?"

 De momento se quedó  (p.225) sin habla. No sé si hice aquello adrede para enfurecerle. No sé si lo hice involuntariamente o en un acceso de furor. No sé nada de cierto, salvo que interpreté mal su silencio. Le empujé furiosa, inmediatamente después de haberle besado. "¡Le odio! -dije-. Ha hecho que perdiese el dominio de mí misma. ¡Déjeme! No me da miedo la oscuridad. ¡Déjeme inmediatamente y no pretenda volver a verme!"

 Me agarró de la mano y me detuvo. Habló en un tono distinto, súbitamente autoritario, como sólo pueden hacerlo los hombres.

 "Siéntese -dijo-. Me ha devuelto mi valor: sabrá quién soy."

 En el silencio y la oscuridad que nos envolvían, le obedecí y me senté.

 En el silencio y la oscuridad que nos envolvía, me abrazó de nuevo y me dijo quién era.

 ¿Debo confiarte esta historia? ¿Debo decirte su verdadero nombre? ¿Debo revelarte, como te amenacé, las ideas que brotaron de mi entrevista con él y de todo lo que me ha sucedido desde entonces?

 ¿O debo guardar su secreto, según le prometí? ¡Y guardar también mi propio secreto, poniendo punto final a esta larguísima carta, en el instante en que te pereces por saber más!

 La cosa es seria, Mrs. Oldershaw; más seria de lo que te imaginas. He tenido tiempo para tranquilizarme, y empiezo a ver lo que no vi cuando tomé la pluma para escribirte: la prudencia de prever las consecuencias. ¿Me he asustado yo misma al tratar de asustarte? Es posible... Aunque parezca extraño, es muy posible.

 He estado un par de minutos en la ventana, pensando. Tengo tiempo sobrado para pensar antes de que salga el correo. La gente empieza a salir de la iglesia.

 He decidido dejar mi carta a un lado y echar un vistazo a mi diario. Dicho más sencillamente, debo ver a qué me arriesgo si decido confiar en ti, y mi diario me mostrará aquello que mi cabeza está demasiado cansada para calcular sin ayuda. Durante la última semana, he escrito la historia de mis días (y a veces la historia de mis noches) con mucha más regularidad que de costumbre, pues tengo mis razones para ser particularmente cuidadosa a este respecto, en las actuales circunstancias. Si acabo haciendo lo que ahora pienso hacer, sería una locura confiar en mi memoria. El más pequeño olvido del menor suceso acaecido desde la noche de mi entrevista con  (p.226) Midwinter hasta el momento actual, podría significar la total ruina para mí.

 "¿Su ruina total? -te dirás-. ¿A qué clase de ruina se refiere?"

 Espera un poco, hasta que haya preguntado a mi diario si puedo contártelo sin peligro.»

CAPÍTULO X

DEL DIARIO DE MISS GWILT

 Julio, 21, lunes, once de la noche. - Acaba de dejarme. Nos separamos, porque fue mi deseo, al salir del soto; él, de camino hacia el hotel, y yo, hacia el lugar donde vivo.

 He conseguido evitar otra cita con él, prometiendo escribirle mañana por la mañana. Esto me da el intervalo de esta noche para sosegarme y concentrar de nuevo mi mente (si puedo) en los asuntos que me conciernen. Digo si puedo, pues tengo la impresión de que su historia se ha apoderado de mí y nunca me abandonará. ¿Transcurrirá la noche y, cuando amanezca, estaré todavía pensando en la carta que recibió él, escrita por su padre en su lecho de muerte; en la noche que pasó en el Barco Encallado, y sobre todo, en el intenso momento en que me dijo su verdadero nombre?

 ¿Me ayudaría a sacudirme de encima estas impresiones, me pregunto, si hiciese el esfuerzo de escribirlas? Si lo hiciese, no correría el peligro de olvidar algo importante. Y tal vez, a fin de cuentas, puede ser el miedo a olvidar algo que debería recordar lo que hace que la historia de Midwinter pese tanto en mi mente. Sea como fuere, vale la pena hacer el experimento. En mi actual situación, debo estar libre para pensar en otras cosas, o nunca encontraré mi camino entre todas las dificultades que han de presentarse en Thorpe-Ambrose.

 Déjame pensar. Para empezar, ¿qué es lo que me obsesiona?

 Me obsesionan los nombres. No paro de decirme: ¡son iguales! El nombre de pila y el apellido, ¡los dos iguales! Un Allan Armadale de cabellos rubios, al que conozco desde hace mucho tiempo y que es hijo de mi antigua señora. Un Allan Armadale de cabellos negros a quien he conocido solamente ahora y que sólo es conocido por los demás por el nombre de Ozias Midwinter. Más extraño aún: no han sido el parentesco ni la casualidad lo que ha hecho que lleven el mismo nombre. El padre del Armadale rubio fue el hombre que nació con el apellido familiar y que perdió la herencia de la familia. El padre del Armadale moreno fue el hombre que tomó el nombre, a condición de obtener la herencia... y que la obtuvo.

 Y ahí están los dos (no puedo dejar de pensar en ello), sin haberse casado. El Armadale de cabellos rubios, que ofrece a la mujer que pueda conquistarle ocho mil libras al año mientras él viva; que le deja mil doscientas al año cuando muera; que debe casarse y se casará conmigo por estas dos buenas razones, y al que odio y desprecio como nunca había odiado y despreciado a un hombre. Y el Armadale de cabellos negros, que tiene una mezquina renta que tal vez le permitiría pagar a la sombrerera de su esposa, si ésta no se pasara de la raya; que acaba de separarse de mí persuadido de que quiero casarme con él, y a quien..., bueno, a quien tal vez habría amado antaño, antes de ser la mujer que soy ahora.

 Y Allan el Rubio no sabe que tiene un homónimo. Y Allan el Moreno ha guardado su secreto con todo el mundo, salvo el clérigo de Somersetshire (en cuya discreción puede confiar) y yo misma.

 Conque hay dos Allan Armadale, dos Allan Armadale, dos Allan Armadale. ¡Vaya! Tres es un número afortunado. Después de esto, obsesionadme de nuevo, ¡si podéis! ¿Qué más? ¿El asesinato en el barco maderero? No; el asesinato es una buena razón para que el Armadale moreno, cuyo padre lo cometió, no revele su secreto al Armadale rubio, cuyo padre fue la víctima; pero esto no me concierne.

 Recuerdo que, en aquella época, se sospechó en Madeira que había ocurrido algo tenebroso. Pero ¿lo fue? El hombre a quien habían quitado la esposa con engaño, ¿podía ser declarado culpable de haber cerrado la puerta del camarote y dejado que se ahogase el autor de aquel engaño? Sí, aquella mujer no valía la pena.

 ¿Qué es en realidad lo que realmente me concierne? Estoy segura de una cosa muy importante. Estoy segura de que Midwinter (debo llamarle por su feo nombre falso o podría confundir a los Armadale antes de haber acabado) ignora completamente que yo y la pequeña picara de doce años que servía como criada a Mrs. Armadale en Madeira y escribía las cartas que se presumía que llegaban de las Indias Occidentales, somos la misma persona. No hay muchas niñas de doce años capaces de imitar la escritura de un hombre y mantener después cerrado el pico como hice yo: pero esto ya no importa ahora. Lo que importa es que la creencia de Midwinter en el Sueño es su única razón de tratar de conectarme con Allan Armadale, asociándome con el padre y la madre de éste. Yo le pregunté si realmente me creía lo bastante vieja para haberles conocido. Y el pobre muchacho me dijo que no, con aire de asombrada inocencia. ¿Diría que no, si me viese ahora? ¿Debo volverme hacia el espejo y ver si aparento mis treinta y cinco años, o debo seguir escribiendo? Seguiré escribiendo.

 Hay otra cosa que me obsesiona casi tanto como los nombres.

 Me pregunto si hago bien en confiar en la superstición de Midwinter (como confío) para que me ayude a mantenerle a distancia.

 Después de haber dejado que la excitación del momento me obligase a decir más de lo que hubiese debido, es seguro que me apremiará; es seguro que volverá, con los odiosos egoísmo e impaciencia de los hombres en estas cosas, a la cuestión de casarse conmigo. ¿Me ayudará el Sueño a mantenerle a raya? Después de haber alternativamente creído y dejado de creer en él, ha vuelto, según su propia confesión, a creer en  (p.227) el Sueño. ¿Puedo decir que también yo creo en él? Tengo mejores razones para ello de lo que él se imagina. No soy solamente la persona que ayudó a Mrs. Armadale en su matrimonio al ayudarla a imponerse a su propio padre, sino que soy también la mujer que trató de ahogarse, la mujer que provocó la serie de accidentes que pusieron al joven Armadale en posesión de su fortuna, la mujer que ha venido a Thorpe-Ambrose para casarse con él por su fortuna, ahora que la tiene, y más extraordinario aún, la mujer que estuvo en el lugar de la Sombra en el estanque. Pueden ser coincidencias, pero son coincidencias muy extrañas. ¡Confieso que empiezo a imaginarme que también yo creo en el Sueño!

 Supongamos que le digo: «Pienso como piensas tú. Digo lo que me dijiste en tu carta: Separémonos antes de que ocurra una desgracia. Déjame antes de que la tercera visión del Sueño se haga realidad. Déjame, y pon las montañas y los mares entre tú y el hombre que lleva tu nombre.»

 Pero supongamos, por otra parte, que su amor por mí haga que desdeñe temerariamente todo lo demás. Supongamos que diga otra vez aquellas palabras que ahora comprendo: «Lo que tenga que ser, será. ¿Qué puedo hacer yo y qué puede hacer ella?» Supongamos... supongamos...

 No escribiré más. ¡Aborrezco escribir! No me alivia; hace que me sienta peor. Estoy tan lejos ahora de pensar en todo aquello que debo pensar como cuando me senté para escribir. Es más de medianoche. Mañana ha llegado ya, y aquí estoy, ¡tan incapaz como la mujer más estúpida del mundo! La cama es el único sitio adecuado para mí.

 ¿La cama? Si fuese diez años atrás, en vez de hoy, y si me hubiese casado con Midwinter por amor, podría ahora ir a acostarme sin pensar más que en una rápida visita al cuarto de los niños, para echarles una última mirada y ver si están durmiendo tranquilos en sus cunas. Me pregunto si, de haberlos tenido, habría amado a mis hijos. Tal vez sí..., talvez no. Esto ya no importa.

 Martes, diez de la mañana. - ¿Quién fue el hombre que inventó el láudano? Fuese quien fuere, le doy las gracias de todo corazón. Si todas las desgraciadas que sufren en su cuerpo y en su mente, y a quienes él ha consolado, pudiesen reunirse para cantar sus alabanzas, ¡qué coro formarían! Yo he pasado seis deliciosas horas de olvido; me he despertado con la mente sosegada; he escrito una cartita perfecta a Midwinter; he bebido, con verdadero deleite, mi taza de té, me he entretenido en mi aseo matinal con una exquisita sensación de alivio..., y todo gracias al modesto frasquito de gotas que veo ahora sobre la repisa de la chimenea de mi dormitorio. Gotas, ¡sois encantadoras! Si algo amo, sois vosotras.

 Mi carta a Midwinter ha sido enviada por correo, y en ella le digo que me conteste de la misma manera.

 No me inquieta su respuesta: sólo puede responder de una manera. Le he pedido un poco de tiempo para pensarlo, porque mis circunstancias familiares requieren alguna consideración, tanto en su interés como en el mío. Le he prometido decirle cuáles son estas circunstancias (me pregunto qué le diré) la próxima vez que nos encontremos, y le he pedido que mientras tanto, guarde el secreto sobre todo lo que ha pasado entre nosotros. En cuanto a lo que va a hacer él en el intervalo, mientras se presume que estoy considerando su proposición, lo he dejado a su propia discreción, recordándole solamente que, en nuestra actual situación, su permanencia en Thorpe-Ambrose podría despertar curiosidad sobre sus motivos, y que si intentase verme de nuevo (mientras nuestra recíproca posición no pueda declararse francamente) podría perjudicar mi reputación. Le he ofrecido escribirle si lo desea, y he terminado prometiéndole hacer que el intervalo de nuestra necesaria separación sea lo más breve posible.

 Sé que esta clase de carta sencilla y sin afectación, que podría haber escrito la noche pasada si su historia no me hubiese llenado tanto la cabeza, tiene un defecto. Ciertamente le aparta de mi camino mientras tiendo mi red para pescar por segunda vez a mi pez de oro de la casa grande, pero también me hace prever un día embarazoso de explicaciones a Midwinter, si lo consigo. ¿Cómo voy a trastearle? ¿Qué voy a hacer? Debería enfrentarme a estas dos cuestiones con mi audacia acostumbrada, pero por alguna razón, mi valor parece flaquear, y no acabo de ver la manera de resolver esta dificultad antes de que llegue el momento en que deba resolverla. ¿Confesaré a mi diario que lo siento por Midwinter y que me encojo un poco al pensar en el día en que se entere de que voy a ser dueña de la casa grande? Pero todavía no soy su dueña, y no puedo dar un paso en su dirección hasta que haya tenido respuesta a mi carta y sepa que Midwinter se ha apartado de mi camino. ¡Paciencia! ¡Paciencia! Debo sentarme al piano y olvidarme de mí misma. Allí está la Sonata Claro de Luna, abierta y tentándome en el atril. ¿Tendré ánimo bastante para tocarla? ¿O me echaré a temblar como el otro día, a causa del misterio y del terror?

 Las cinco. - He recibido su respuesta. Mi más ligera indicación es una orden para él. Se ha ido, y me envía su dirección en Londres. «Hay dos consideraciones (dice) que me ayudan a resignarme a dejarla. La primera es que usted lo desea y que será por poco tiempo. La segunda es que creo que podré arreglar algo en Londres para aumentar mi renta con mi trabajo. Nunca me había preocupado el dinero, pero no sabe cuánto empiezo ya a valorar el lujo y el refinamiento que puede brindar el dinero, por el bien de mi esposa.» ¡Pobre muchacho! Casi lamento haberle escrito como le escribí; casi lamento no haberle desengañado. ¡Imagínate si  (p.228) mamá Oldershaw viese esta página de mi diario! Recibí una carta de ella esta mañana, para recordarme mis obligaciones y decirme que sospecha que las cosas van por mal camino. ¡Que sospeche! No me tomare la molestia de contestarle; no puedo preocuparme por esa vieja bruja en el estado en que me encuentro. La tarde es magnífica; quiero dar un paseo; no debo pensar en Midwinter. ¿Y si me pusiese el sombrero y probase enseguida mi experimento en la casa grande? Todo está a mi favor. Esta vez no habrá un espía que me siga, ni un abogado que no me deje entrar. ¿Estoy lo bastante hermosa hoy? Pues sí, lo bastante hermosa para hacer pareja con una pequeña, desaliñada, torpe y pecosa criatura, que debería ser colocada sobre un banco de la escuela y sujetada a una pizarra para enderezar sus encorvados hombros.

 Balbuceo infantil en todo cuanto dicen; además, huelen siempre a pan con mantequilla.

 ¡Qué admirablemente describió Byron a las muchachas en su adolescencia!

 Las ocho. - Acabo de volver de la casa de Armadale. Le he visto y he hablado con él, y el resultado puede expresarse en dos palabras. He fracasado. No tengo más probabilidades de ser Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose que de convertirme en reina de Inglaterra. ¿Debo escribir a Oldershaw? ¿Debo volver a Londres? No, hasta que haya tenido tiempo de pensar un poco. Todavía no.

 Déjame pensar; he fracasado completamente, he fracasado cuando todas las circunstancias estaban a mi favor. Le sorprendí cuando estaba solo en el paseo de delante de la casa. Se quedó sumamente desconcertado, pero, al mismo tiempo, dispuesto a escucharme. Le hablé primero serenamente; después, con lágrimas en los ojos y todos mis demás recursos. Representé el papel de la pobre mujer inocente que había sido perjudicada a causa de él. Le confundí, le interesé, le convencí. Pasé a la parte puramente cristiana de mi misión y hablé con tanto sentimiento de su separación de su amigo, de la cual era yo inocentemente responsable, que su odiosa cara sonrosada palideció intensamente, y me suplicó al fin que no le afligiese más. Pero, fuesen cuales fueren los otros sentimientos que desperté en él, no desperté una sola vez lo que un día había sentido él por mí. Lo vi en sus ojos  (p.229) cuando me miró; lo sentí en sus dedos cuando nos dimos la mano. Nos despedimos como amigos, y nada más.

 ¿Fue para esto, Miss Milroy, que resistí la tentación una mañana tras otra, cuando sabía que estabais solos en el parque? ¿Te di tiempo para deslizarte y ocupar mi sitio en el favor de Armadale? Sin embargo, ¡nunca había resistido una tentación sin sufrir por ello de alguna manera parecida a ésta! Si hubiese seguido mi primera intención el día en que me despedí de ti, mi joven damita... bueno, bueno, esto ya no importa. Tengo el futuro por delante, ¡y tú no eres todavía Mrs. Armadale! Y puedo decirte otra cosa: si él se casa con alguien, nunca será contigo. Aunque no pueda desquitarme de ti de otra manera, puedes estar segura de que, pase lo que pase, ¡me desquitaré de ésta!

 Para mi propia sorpresa, no estoy en uno de mis arranques de furor. La última vez que me hallé en este estado perfectamente frío ante una grave provocación, algo salió de ello que no me atrevo a escribir ahora, ni siquiera en mi diario secreto. No me sorprendería que ahora ocurriese lo mismo.

 A mi regreso, pasé por la vivienda de Mr. Bashwood en el pueblo. No estaba en casa y le dejé un mensaje diciéndole que venga aquí esta noche para hablar conmigo. Pienso relevarle al momento del deber de vigilar a Armadale y a Miss Milroy. Todavía no veo cómo voy a arruinar sus perspectivas en Thorpe-Ambrose tan completamente como ha arruinado ella las mías. Pero cuando llegue el día, y lo vea, no sé hasta dónde me llevará mi sentimiento de venganza, y podría ser inconveniente, y posiblemente peligroso, confiar en un gallina como Mr. Bashwood.

 Sospecho que todo esto me trastorna más de lo que me imaginaba. La historia de Midwinter empieza a obsesionarme de nuevo, sin pausa ni razón.

 ¡Una llamada suave, rápida, temblorosa, a la puerta de la calle! Sé quien es. Sólo la mano del viejo Bashwood podría llamar de esta manera.

 Las nueve. - Acabo de librarme de él. Me ha sorprendido ver en él un nuevo carácter. Parece (aunque yo no lo advertí) que estaba en la casa grande mientras yo estaba con Armadale. Nos vio hablar en el paseo, y después, oyó lo que decían los criados, que también nos vieron. La sabia opinión de la servidumbre es que hemos hecho las paces y que es probable que su señor se case a fin de cuentas conmigo. «Está chalado por sus cabellos rojos», fue la elegante expresión que usaron en la cocina. «La pequeña Missie no puede igualarla en esto, y la pequeña Missie saldrá malparada.» ¡Cómo aborrezco los modales de la clase baja!

 Mientras el viejo Bashwood me contaba esto, pensé que parecía aún más confuso y nervioso que de costumbre. Pero no vi cuál era realmente la razón hasta que le hube dicho que debía dejar a mi cuidado toda ulterior vigilancia de Mr. Armadale y Miss Milroy. Hasta la última gota de la poca sangre que hay en el cuerpo de la débil y vieja criatura pareció subir a su semblante. Hizo un esfuerzo sobrehumano; pareció que iba a caerse muerto de espanto por su propia audacia; pero en todo caso, tartamudeando y balbuciendo y agarrando desesperadamente con ambas manos el ala de su horrible y gran sombrero, formuló su pregunta: «¡Discúlpeme, Miss Gwi-Gwi-Gwilt! No va realmente a casarse con Mr. Armadale, ¿verdad?» A su edad, está celoso, realmente celoso de Armadale; si he visto alguna vez los celos en la cara de un hombre, ha sido en la suya. Si hubiese estado de humor para ello, me habría echado a reír en sus narices. Pero lo cierto es que estaba irritada y perdí la paciencia con él. Le dije que era un viejo estúpido y le ordené que continuase su trabajo acostumbrado hasta que le hiciese saber que le necesitaba de nuevo. Se sometió como de costumbre; pero, cuando se despidió de mí, había en sus viejos ojos lacrimosos un algo indescriptible que nunca había observado en ellos hasta entonces. El amor tiene fama de provocar toda clase de extrañas transformaciones. ¿Es realmente posible que el amor haya hecho que Mr. Bashwood sea lo bastante hombre para enfadarse conmigo?

 Miércoles. - Mi experiencia de los hábitos de Miss Milroy me hizo concebir la noche pasada una sospecha que pensé que era conveniente aclarar esta mañana.

 Tenía por costumbre, cuando yo estaba en el cottage, dar un paseo por la mañana temprano, antes del desayuno. Considerando que yo solía elegir a menudo aquella misma hora para mis encuentros privados con Armadale me pareció probable que mi exdiscípula me imitase y pensé que podría hacer algún descubrimiento interesante si encaminaba mis pasos en la dirección del jardín del comandante, a la hora adecuada. Para estar segura de despertarme, me abstuve de las gotas y en consecuencia he pasado una noche horrible y he estado en condiciones, a las seis de la mañana de levantarme y recorrer el trayecto desde mi pensión hasta el cottage bajo el fresco aire mañanero.

 No llevaba cinco minutos en el lado de la cerca del jardín que da al parque, cuando la vi salir. También ella parecía haber pasado una mala noche; tenía los ojos cargados y enrojecidos, y sus labios y mejillas parecían hinchados como si hubiese estado llorando. Evidentemente, llevaba algo entre ceja y ceja; algo, según se puso pronto de manifiesto, que la hizo salir del jardín al parque. Caminó (¡si se puede llamar caminar, con unas piernas como las suyas!) en derechura a la glorieta, abrió la puerta, cruzó el puente y aceleró el paso al dirigirse a la parte baja del parque, donde la arboleda es más espesa. La seguí en el espacio descubierto con toda impunidad, tal era su preocupación, y cuando empezó a aflojar el paso entre los árboles, yo  (p.230) estaba ya también entre ellos, sin temor de que me viese.

 Al poco rato se oyeron crujidos de fuertes pisadas que venían hacia nosotras a través de los matorrales de una profunda depresión del suelo. Yo conocía tan bien como ella aquellos pasos. «Estoy aquí», dijo ella, con una débil vocecilla. Me oculté detrás de los árboles a pocas yardas de distancia, sin saber de fijo de qué lado saldría Armadale del monte bajo para reunirse con ella. Apareció en el lado del pequeño valle opuesto al árbol detrás del cual yo me encontraba. Se sentaron juntos en la orilla. Yo me senté detrás del árbol, les observé entre las matas, y oí sin la menor dificultad todas las palabras que dijeron.

 Él inició la conversación diciendo que parecía desanimada y preguntándole si había pasado algo malo en el cottage. La taimada y pequeña lagarta no perdió tiempo en causarle la impresión necesaria; se echó a llorar. Naturalmente, él le asió la mano y trató, a su torpe y franca manera, de consolarla. No: ella no estaba para consuelos. Se le ofrecía una triste perspectiva; no había dormido en toda la noche pensando en ello. Su padre la había llamado a su habitación la tarde anterior, había hablado del estado de su educación y le había dicho, en pocas palabras, que iría al colegio. Había encontrado el lugar y aceptado las condiciones, y en cuanto su vestuario estuviese listo, la señorita tendría que partir. «Cuando estaba la odiosa Miss Gwilt en casa -dijo aquella jovencita modelo-, habría ido de buena gana al colegio, quería ir. Pero ahora todo es diferente, no pienso de la misma manera; creo que soy demasiado mayor para ir al colegio. Estoy desolada, Mister Armadale.» Entonces se interrumpió, como si hubiese querido decir algo más y le dirigió una mirada que completó claramente la frase: «Estoy desolada, Mister Armadale; ahora que volvemos a ser amigos, ¡tengo que alejarme de usted!» Para un franco y audaz descaro, que una mujer mayor se avergonzaría de mostrar, ¡dadme a esas jóvenes cuya modestia es tan tercamente encomiada por los nauseabundos sentimentalistas domésticos de nuestros días!

 Incluso Armadale, con lo bobo que es, la comprendió. Después de perderse en un laberinto de palabras que no llevaban a ninguna parte, rodeó con un brazo, difícilmente puedo decir su cintura, pues no la tiene..., rodeó con un brazo los últimos botones y ojales de su vestido y, como para ofrecerle la manera de librarse de la ofensa de que la enviasen al colegio a su edad, le hizo, en pocas palabras, una proposición de matrimonio.

 Si hubiese podido matarles a los dos en aquel momento levantando el dedo meñique, no tengo la menor duda de que lo habría levantado. Tal como estaban las cosas, solamente esperé a ver lo que hacía Miss Milroy. Pareció que creía necesario (supongo que pensando que se había reunido con él a escondidas de su padre y sin olvidar que yo había sido antes que ella objeto favorito de la buena opinión de Mr. Armadale) hacerse valer con una explosión de indignación virtuosa. Preguntó cómo podía pensar él en semejante cosa, después de su conducta con Miss Gwilt y de que su padre le hubiese prohibido entrar en su casa. ¿Quería hacerle sentir que había olvidado inexcusablemente el respeto que se debía a sí misma? ¿Era digno de un caballero proponer lo que sabía, tan bien como ella, que era imposible? Etcétera, etcétera. Cualquier hombre con un poco de cerebro habría sabido lo que significaba realmente esta fanfarronada. Armadale lo tomó tan en serio que trató de justificarse. Declaró, a su torpe y precipitada manera, que estaba resuelto a todo; ella y su padre podían hacer las paces con él, y ser amigos de nuevo; y si el comandante persistía en tratarle como a un desconocido, señoritas y jóvenes que se hallaban en la misma situación se habían fugado para casarse, antes de ahora, y los padres y madres que no habían querido perdonarles antes les habían perdonado después. Naturalmente, una proposición tan descaradamente franca como ésta dejaba solamente dos alternativas a Miss Milroy: confesar que había estado diciendo no cuando había querido decir sí, o refugiarse una vez más en la indignación. Y fue lo bastante hipócrita para preferir la indignación. «¿Cómo se atreve usted, Mr. Armadale? ¡Márchese de aquí inmediatamente! ¡Es una desconsideración, una crueldad, una verdadera ignominia, decirme estas cosas!» Etcétera, etcétera. Parece increíble, pero es verdad, que fuese él lo bastante tonto para tomarlo al pie de la letra. Se disculpó y se alejó como un niño castigado a estar de pie en un rincón. ¡Jamás había visto una cosa en forma de hombre tan desdeñable!

 Cuando él se hubo marchado, ella esperó, tratando de serenarse, y yo esperé detrás de los árboles para ver si lo conseguía. Se volvió a mirar furtivamente el sendero por el que se había alejado él. Sonrió (diría mejor que hizo una mueca, con esa boca que tiene); dio unos pasos de puntillas por si le veía, se volvió de nuevo y, de pronto, prorrumpió en un llanto violento. Pero yo no me dejo engañar tan fácilmente como Armadale, y vi claramente lo que significaba todo aquello.

 «Mañana -dije para mis adentros-, volverás a estar en el parque, señorita, por pura casualidad. El día siguiente, le inducirás a declararse por segunda vez. El día siguiente, él se atreverá a suscitar de nuevo el tema de los que se fugan para casarse, y tú sólo te mostrarás confusa. Y al otro día, si él ha urdido un plan para proponértelo y tú has empaquetado ya tu ropa para ir a colegio, le escucharás.» Sí, sí; el tiempo juega siempre a favor del hombre que se enfrenta a una mujer, si el hombre es lo bastante paciente para esperar a que el tiempo le ayude.

 Dejé que se marchase de allí y volviese  (p.231) a la casita, ignorando en absoluto que yo la había estado observando. Esperé, reflexionando, entre los árboles. La verdad es que estaba impresionada, por lo que había visto y oído, de una manera que no es fácil describir. Vi todo el asunto bajo una nueva luz. Y me convencí de que ella le ama realmente, cosa que hasta esta mañana no había sospechado nunca.

 Es mucho lo que tiene que pagarme, pero ahora sé que le haré pagar hasta el último penique. Para mí no habría sido un triunfo baladí interponerme entre Miss Milroy y su ambición de convertirse en una de las damas más distinguidas del condado. Pero será mucho más grande, tratándose de su primer amor, interponerme entre Miss Milroy y los deseos de su corazón. ¿La perdonaré, recordando mi propia juventud? ¡No! Ella me ha quitado la única oportunidad que tenía de romper la cadena que me ata a una vida pasada demasiado horrible para recordarla. Vuelvo a hallarme en una posición comparada con la cual es soportable y envidiable la del paria que vaga por las calles. No, Miss Milroy; no, Mr. Armadale; no perdonaré a ninguno de los dos.

 Volví hace unas horas. He estado pensando, y nada he sacado de ello. Desde que recibí, el domingo pasado, aquella extraña carta de Midwinter, he perdido mi agudeza para hacer frente a las emergencias. Cuando no estoy pensando en él o en su historia, mi mente está completamente embotada. Yo, que siempre había sabido lo que tenía que hacer en cualquier ocasión, ahora no lo sé. Desde luego, sería bastante fácil informar al comandante Milroy de los tejemanejes de su hija. Pero el comandante la quiere; Armadale está ansioso de reconciliarse con él; Armadale es rico y próspero, y está dispuesto a someterse al viejo, y antes o después volverán a ser amigos y se celebrará la boda. Poner sobre aviso al comandante Milroy es solamente una manera de crearle dificultades para el presente; no es la manera de separarles de una vez para siempre.

 ¿Cuál es la manera? No la veo. ¡Sería capaz de arrancarme los cabellos! ¡Sería capaz de incendiar la casa! Si hubiese un tren cargado de pólvora debajo del mundo, sería capaz de prenderle fuego y volar todo el mundo y destruirlo... ¡Tal es mi frenesí y tal mi rabia contra mí misma por no verla!

  (p.232) ¡Pobre querido Midwinter! Sí, querido. No me importa decirlo. Estoy sola y desvalida. Necesito alguien que sea amable y amoroso, que me aprecie; deseo sentir de nuevo su cabeza sobre mi pecho; me gustaría ir a Londres y casarme con él. ¿Estoy loca? Sí; toda la gente desdichada como yo está loca. Debo ir a la ventana y respirar un poco de aire fresco. ¿Me arrojaré por ella? No; esto desfigura demasiado, y las diligencias del forense hacen que muchas personas lo vean.

 El aire me ha reanimado. Empiezo a recordar que, a fin de cuentas, tengo el tiempo de mi parte. Nadie, salvo yo, sabe que encontrarse en el parque es lo primero que hacen por la mañana. Si el celoso y viejo Bashwood, que es lo bastante sigiloso y taimado para hacer cualquier cosa, trata de espiar a Armadale por su cuenta y su propio interés, lo intentará a la hora acostumbrada, cuando se dirija al despacho del administrador. No sabe nada de los hábitos tempraneros de Miss Milroy, y no llegará a la casa hasta después de que Armadale haya vuelto a ella. Esperaré y observaré durante la próxima semana, y elegiré mi tiempo y la manera de intervenir en el momento en que vea que él se está imponiendo a las vacilaciones de ella y le hace decir: sí.

 Y aquí estoy, esperando, sin saber cómo terminarán las cosas; con Midwinter en Londres, con mi bolsa cada día más vacía y sin esperanzas de que vengan nuevos discípulos a llenaría, con mamá Oldershaw que insistirá en que le devuelva su dinero en cuanto sepa que he fracasado; sin perspectivas, sin amigos, sin esperanza alguna... Una mujer perdida, si es que la hubo jamás. Pues bien, digo una y otra y otra vez: ¡me importa un bledo! Aquí me quedaré, aunque tenga que vender la ropa con que cubro mi espalda, aunque tenga que alquilarme en la taberna para tocar para los brutos que beben allí cerveza; ¡aquí me quedaré, hasta que llegue el momento y vea la manera de separar a Armadale y Miss Milroy para siempre!

 Las siete. - ¿Alguna señal de que está llegando el momento? Es difícil saberlo; en todo caso, hay indicios de un cambio en mi posición en el vecindario.

 Dos de las más viejas y feas de las muchas señoras viejas y feas que se ocuparon de mi caso cuando abandoné el servicio del comandante Milroy, acaban de visitarme, presentándose, con el insoportable descaro de las inglesas caritativas, como una delegación de mis patrocinadoras. Parece que la noticia de mi reconciliación con Armadale se ha difundido desde las dependencias de la servidumbre en la casa grande y ha llegado a la población, con este resultado. La opinión unánime de mis patrocinadoras (y también la del comandante Milroy, que ha sido consultado) es que actué con desvergüenza inexcusable al ir a la casa de Armadale y hablar allí, en términos amistosos, con un hombre cuya conducta a mi respecto hizo que mi nombre fuese la comidilla del vecindario. Mi falta total de dignidad en este asunto ha dado origen al rumor de que me estoy valiendo, con la astucia de siempre, de mi belleza, y de que, en definitiva, es probable que consiga que Armadale se case conmigo. Desde luego, mis patrocinadoras son demasiado caritativas para creerlo. Simplemente creen necesario amonestarme con un espíritu cristiano y advertirme que un segundo y similar descaro por mi parte obligaría a todos mis mejores amigos del lugar a retirarme la consideración y la protección de que ahora disfruto.

 Después de hablarme en estos términos (evidentemente ensayados de antemano), y de dar vueltas sobre ellos, mis dos Gorgonas visitantes se irguieron en sus sillones y me miraron como diciendo: «Es posible que oyese hablar a menudo de la virtud, Miss Gwilt, pero creemos que nunca la haya visto en toda su plenitud hasta que hemos venido a visitarla.» Viendo que tenían ganas de provocarme, dominé mi mal genio y les respondí con mi manera más suave, dulce y distinguida. He advertido que el cristianismo de cierta clase de personas respetables empieza cuando abren sus devocionarios a las once de la mañana del domingo y termina cuando los cierran a la una de la tarde del mismo día. Nada asombra y ofende tanto a los cristianos de esta clase como que se les recuerde su cristianismo en un día laborable. Y hablé partiendo de esta idea, como suele decirse en las comedias.

 «¿Qué he hecho de malo? -pregunté inocentemente-. Mr. Armadale me ofendió, y fui a su casa para perdonarle la ofensa. Seguramente tiene que haber algún error, señoras. No pueden haber venido aquí para amonestarme, según el espíritu cristiano, por realizar una acción cristiana, ¿verdad?»

 Las dos Gorgonas se levantaron. Creo que algunas mujeres tienen cola de gato además de cara de gato. Creo firmemente que las colas de aquellos dos gatos particulares se menearon lentamente debajo de las enaguas y se hincharon hasta cuatro veces su tamaño normal.

 «Estábamos dispuestas a aguantar su mal genio, Miss Gwilt -dijeron-, pero no su irreverencia. Buenos días.»

 Dicho lo cual se marcharon, con lo que Miss Gwilt se ve privada de la atención protectora del vecindario.

 Me pregunto qué saldrá de esta tonta y pequeña disputa. Una cosa puedo ver ahora claramente. La noticia llegará a oídos de Miss Milroy. Ésta insistirá en que Armadale se justifique, y Armadale acabará convenciéndola de su inocencia al hacerle otra proposición de matrimonio. Lo más probable es que esto acelere el asunto entre los dos; al menos, así habría sido si se hubiese tratado de mí. Si yo estuviese en su lugar, me diría: «Asegúrate de él ahora que puedes.» Suponiendo que mañana no llueva, creo que daré otro paseo mañanero en dirección al parque.

  (p.233) Medianoche. - Como no puedo tomar mis gotas, si quiero salir temprano, será mejor que renuncie a toda esperanza de dormir y prosiga mi diario. Incluso si las tomara, dudo de que mi cabeza reposara tranquila sobre la almohada esta noche. Desde que se desvaneció la pequeña excitación producida por la escena con mis «damas protectoras», me han inquietado unos presentimientos que, bajo cualquier circunstancia, me habrían impedido un buen descanso.

 No sé por qué, pero las últimas palabras que aquel viejo bruto de abogado dijo a Armadale han vuelto a mi memoria. Aquí están, tal como las transcribió Mr. Bashwood en su carta: «Alguna otra persona puede sentir curiosidad y continuar lo que nosotros abandonamos, y hacer que se haga la luz sobre la persona de Miss Gwilt.»

 ¿Qué quiso decir con esto? ¿Y qué quiso decir más tarde, cuando alcanzó al viejo Bashwood en el paseo, al indicarle que podía seguir satisfaciendo su curiosidad? ¿Supone realmente ese odioso Pedgift que hay alguna posibilidad...? ¡Ridículo! Bueno, me basta con mirar a esa enclenque y vieja criatura, para que no se atreva a levantar el dedo meñique sin que yo se lo diga. Pero ¡que trate él de investigar mi vida pasada! Personas diez veces más inteligentes y cien veces más valerosas lo han intentado... y han acabado sabiendo tanto como antes de empezar.

 Pero no sé..., tal vez habría sido mejor que me hubiese guardado mi mal genio cuando Bashwood estuvo aquí la otra noche. Y tal vez sería aún mejor si le viese mañana y le brindase de nuevo mi favor haciéndole algún encargo. Supongamos que le diga que observe a los dos Pedgift y descubra si hay alguna probabilidad de que intente reanudar su relación con Armadale. No es que esto sea probable pero, si encargo al viejo Bashwood esta misión, halagaré su impresión de que es importante para mí y, al propio tiempo, esto servirá para el excelente fin de mantenerle fuera de mi camino.

 Jueves, nueve de la mañana. - Acabo de volver del parque. Por una vez, he resultado ser una buena profetisa. Allí estaban los dos, a la misma hora temprana, de nuevo encubiertos por los árboles; y allí estaba la Miss, conocedora de la noticia de mi visita a la casa grande y adoptando el tono pertinente.

 Después de decir un par de cosas sobre mí, que prometo no olvidar, Armadale siguió, para convencerla de su constancia, el camino que yo había previsto que tomaría. Repitió su proposición de matrimonio, esta vez con excelente efecto. Siguieron lágrimas y besos y protestas, y mi exdiscípula abrió al fin su corazón, de la manera más inocente. Su hogar, confesó, se estaba haciendo ahora tan triste para ella, que casi lo era tanto como tener que ir al colegio. El genio de su madre era cada día más violento y difícil. La enfermera, que era la única persona con alguna influencia sobre ella, se había marchado asqueada. Su padre se entregaba más y más a su reloj y estaba más y más resuelto a enviarla lejos de casa, impulsado por las lamentables escenas que ahora provocaba su madre casi todos los días. Escuché todas estas revelaciones domésticas con la esperanza de oírles discutir algún plan que pudiesen tener para el futuro, y mi paciencia, puesta a prueba durante un buen rato, se vio al fin recompensada.

 La primera sugerencia (como era natural, siendo Armadale tan tonto) fue de la muchacha. Planteó una idea que ni yo había previsto. Propuso que Armadale escribiese a su padre y, más astuta aún, evitó todo temor de que él metiese la pata, diciéndole lo que tenía que escribir. Tenía que expresar su profunda aflicción por verse privado de la amistad del comandante y pedirle permiso para visitarle en el cottage y decirle unas palabras para justificarse. Esto era todo. No debía enviar la carta aquel mismo día, pues las aspirantes a cubrir la plaza vacante de enfermera de Mrs. Milroy estaban citadas para hoy, y verlas e interrogarlas pondría a su padre, que aborrecía estas cosas, de muy mal humor para recibir con indulgencia la petición de Armadale. Debía enviar la carta el viernes y, si la respuesta no era, desgraciadamente, favorable, podrían encontrarse de nuevo el sábado por la mañana. «No me gusta engañar a mi padre; siempre ha sido muy bueno conmigo. Y no habrá necesidad de engañarle, Allan, si podemos conseguir que seáis de nuevo amigos.» Éstas fueron las últimas palabras de la pequeña hipócrita, cuando me alejé de ellos. ¿Qué hará el comandante? El sábado por la mañana lo sabremos. No quiero pensar en esto hasta que haya llegado y pasado la mañana del sábado. Ellos no son todavía marido y mujer, y una y otra vez me digo que no lo serán nunca, a pesar de que mi cerebro está todavía tan a oscuras como siempre.

 En mi camino de vuelta a casa, sorprendí a Bashwood con su pobre y vieja tetera negra, su panecillo de un penique, su pedazo de mantequilla aceitosa barata y su maldito y sucio mantel. Siento náuseas sólo de pensarlo.

 Engatusé y consolé a la triste y vieja criatura hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos y se ruborizó de satisfacción. Se ha comprometido a observar a los Pedgift con la mayor diligencia. Según dice, el viejo Pedgift es, cuando se enfada, el hombre más obstinado del mundo; nada le hará ceder, a menos que Armadale ceda también por su parte. El joven Pedgift es, con mucho, el más propenso a intentar la reconciliación. Al menos, ésta es la opinión de Bashwood. Ahora importa poco lo que ocurra a este respecto. Lo único importante es tener de nuevo a mi anciano admirador atado con el cinturón de mi delantal. Y esto es cosa hecha. El cartero se ha retrasado esta mañana. Acaba de llegar y me ha traído una carta de Midwinter.

 Es  (p.234) una carta encantadora; me halaga como si fuese de nuevo una jovencita. Ningún reproche por no haberle escrito nunca; ningún engorroso apremio para que, dicho en pocas palabras, me case con él. Sólo me escribe para darme una noticia. Ha conseguido, por medio de sus abogados, un ofrecimiento de empleo como corresponsal eventual de un periódico que está a punto de aparecer en Londres. Este empleo exigirá que salga de Inglaterra y vaya al Continente, que es lo que desea para el futuro, pero no puede considerar en serio el ofrecimiento sin asegurarse primero de que satisface también mis deseos. Como no conoce más voluntad que la mía, deja la decisión en mi mano, después de mencionar el tiempo que le han concedido para dar su respuesta. Es naturalmente el tiempo (si accedo a su ida al extranjero) en que debo casarme con él. Pero no dice una palabra de esto en su carta. Sólo me pide unas líneas para ayudarle a soportar el intervalo, mientras estamos separados. Ésta es la carta; no muy larga, pero bellamente redactada.

 Creo que puedo adivinar el secreto de su antojo de ir al extranjero. La frenética idea de poner las montañas y los mares entre Armadale y él sigue ocupando su mente. Como si él o yo pudiésemos librarnos de hacer aquello a lo que estamos destinados (presumiendo que el destino rija realmente nuestras vidas) poniendo unos pocos cientos, o unos pocos miles de millas, entre Armadale y nosotros. ¡Qué falta de lógica, qué absurdo! Y sin embargo, ¡cuánto me gusta que sea inconsecuente y absurdo! Pues ¿no veo claramente que yo estoy en el fondo de todo esto? ¿Quién descarría a ese hombre inteligente, a pesar de sí mismo? ¿Quién le ciega hasta el punto de no ver en su propia conducta la contradicción que vería claramente en la conducta de otro? ¡Cuánto interés siento por él! ¡Cuan peligrosamente cerca estoy de cerrar los ojos al pasado y permitirme amarle! ¿Quiso Eva más que nunca a Adán, después de haberle engatusado para que comiese la manzana?, me pregunto. Yo me hubiese vuelto loca por él. (Recordatorio: Escribir una cartita bien amable a Midwinter, con un beso en ella, y como le han concedido un tiempo para enviar su respuesta, pedirle tiempo a él para decirle si quiero o no ir al extranjero.)

  (p.235) Las cinco. - Una aburrida visita de mi patrona, ansiosa de chismorreos, y llena de noticias que cree que me interesarán.

 Ahora me entero de que conoce a la antigua enfermera de Mrs. Milroy y de que esta tarde se ha visto con su amiga en la estación.

 Desde luego, hablaron de cosas del cottage y mi nombre sonó en el curso de la conversación. Parece que, si hay que confiar en el saber de la enfermera, estoy completamente equivocada al creer que Miss Milroy fue la responsable de enviar a Mr. Armadale a visitar en Londres a la persona que había dado informes sobre mí. En realidad, Miss Milroy no sabía nada de esto y la causa de todo fueron los estúpidos celos de su madre. El desgraciado estado actual de las cosas en el cottage se debe enteramente a la misma causa. Mrs. Milroy está firmemente persuadida de que, si me he quedado en Thorpe-Ambrose, ha sido para tener alguna manera secreta de comunicar con el comandante que ella no puede descubrir. Con esta convicción en su cerebro, se ha vuelto tan insoportable que ninguna persona en su sano juicio sería capaz de permanecer cerca de ella para cuidarla, y antes o después el comandante, por mucho que le pese, se verá obligado a colocarla bajo un cuidado médico adecuado.

 Éste es el resumen y las sustancias de lo que la fastidiosa patrona tenía que contarme. Inútil decir que aquello no me interesaba en absoluto. Aunque la afirmación de la enfermera sea digna de confianza (cosa que sigo dudando), ahora carece de importancia. Sé que Miss Milroy, y sólo Miss Milroy, ha arruinado mi perspectiva de convertirme en Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose, y no quiero saber nada más. Si su madre fue realmente la única que intentó descubrir mis falsas referencias, parece, a fin de cuentas, que lo está pagando. Así pues, digo adiós a Mrs. Milroy, y que el cielo me proteja de echar nuevas últimas miradas al cottage, ¡visto a través de las gafas de mi patrona!

 Las nueve. - Bashwood acaba de dejarme, después de traer noticias de la casa grande. El joven Pedgift ha hecho hoy mismo su intento de reconciliación, y ha fracasado. Yo soy la única causa de su fracaso. Armadale está perfectamente dispuesto a reconciliarse si el viejo Pedgift evita toda ocasión futura de desacuerdo entre ellos, absteniéndose de suscitar el tema de Miss Gwilt. Sin embargo, resulta que ésta es precisamente la condición que Pedgift padre (con su opinión sobre mí y mis andanzas) no puede aceptar, en consideración a su deber para con Armadale. Por consiguiente, el abogado y su cliente siguen más apartados que nunca y el obstáculo de los Pedgift ha sido eliminado de mi camino.

 Podría haber sido un obstáculo muy enojoso, en lo concerniente al viejo Pedgift, si una de sus sugerencias se hubiese puesto en práctica; quiero decir, si un agente de policía de Londres hubiese sido traído aquí para echarme una mirada. Pero incluso ahora me pregunto si no haría mejor en ponerme de nuevo el tupido velo que llevo siempre en Londres y en otras poblaciones importantes.

 La única dificultad está en que, si me pusiese por primera vez un tupido velo en verano, llamaría la atención en este pequeño y curioso pueblo.

 Son casi las diez; me he entretenido en mi diario más tiempo de lo que suponía.

 No hay palabras para describir lo cansada y lánguida que me siento. ¿Por qué no tomo mis gotas y me voy a la cama? Mañana por la mañana no habrá ningún encuentro entre Armadale y Miss Milroy que me obligue a levantarme temprano. ¿Estoy tratando, por centésima vez, de ver claro mi camino hacia el futuro; tratando, en mi actual estado de fatiga, de ser la mujer ingeniosa que era antaño, antes de que todas estas inquietudes se juntasen para abrumarme? ¿O tengo miedo de mi cama cuando más la necesito? No lo sé; estoy cansada y afligida; parezco desesperadamente macilenta y vieja. Si algo me incitase un poco, podría ser lo bastante tonta para echarme a llorar. Afortunadamente, no hay nadie que me incite. ¿Qué clase de noche es ésta?, me pregunto.

 Una noche nublada, con la luna asomando a intervalos y soplando el viento. Puedo oírle gemir entre las casitas sin terminar del final de la calle. Supongo que mis nervios deben de estar un poco agitados. Precisamente ahora me sobresaltó una sombra en la pared. Sólo un momento después tuve la sensatez suficiente para advertir el sitio donde estaba la vela y ver que aquella sombra era la mía.

 Las sombras me recuerdan a Midwinter... o, si no son las sombras, será otra cosa. Debo echar otro vistazo a su carta, y después, me iré a dormir.

 Acabaré tomándole cariño. Si sigo mucho tiempo en este estado de solitaria incertidumbre, tan vacilante, tan distinta de como soy generalmente, acabaré tomándole cariño. ¡Qué locura! ¡Como si pudiese yo enamorarme de veras, de nuevo, de un hombre! Supongamos que tomase una de mis súbitas resoluciones y me casara con él.

 Aunque es pobre, si fuese su esposa me daría un nombre y una posición. Veamos cómo suena el nombre, su nombre, si realmente aceptase tomarlo.

 Mrs. Armadale. Muy bonito.

 ¡Mrs. Allan Armadale! Todavía más bonito.

 Mis nervios tienen que estar trastornados. ¡Ahora me sorprende mi propia escritura! Esto es tan extraño... que sorprendería a cualquiera. La identidad de ambos nombres es más chocante si la considero desde esta nueva perspectiva. Si me casara con uno cualquiera de los dos, mi nombre sería el mismo. Sería Mrs. Armadale, si me hubiese casado con el rubio Allan de la casa grande. Y también sería Mrs. Armadale si me casara con el Allan de cabellos negros de Londres. Casi es para volverme loca escribir esto..., sentir que algo podría sacar de  (p.236) ello... y encontrarme con que no se me ocurre nada.

 ¿Cómo puedo sacar algo de ello? Si fuese a Londres y me casara con él bajo su verdadero nombre (como forzosamente tendría que ser), ¿permitiría él después que lo emplease? Con las razones que tiene para ocultar su nombre verdadero, me exigiría..., no, me quiere demasiado para exigirlo..., me suplicaría que adoptase su nombre supuesto. Mrs. Midwinter. ¡Horrible! Como también Ozias, cuando me dirigiese familiarmente a él como corresponde a una esposa. ¡Peor que horrible!

 Y sin embargo, podría haber alguna razón para complacerle, si me lo pidiese. Supongamos que el bruto de la casa grande saliese de la vecindad siendo soltero, y supongamos que, en su ausencia, algunas de las personas que le conocen oyesen hablar de una tal Mrs. Allan Armadale: inmediatamente considerarían que es su esposa. Y aunque me viesen, si me presentaba ante ellos con aquel nombre y él no estaba presente para contradecirme, sus propios criados serían los primeros en decir: «¡Sabíamos que a fin de cuentas se casaría con él!» Y mi patrona, que estará dispuesta a creerlo todo de mí, ahora que nos hemos peleado, se uniría al coro a sotto voce: «Imagínate, querida; el rumor que tanto nos impresionó... ¡ahora resulta que es verdad!» No. Si me casara con Midwinter, o tendría que estar con mi marido en una falsa posición, o tendría que abandonar su verdadero nombre, su bonito y romántico nombre, detrás de la puerta de la iglesia. ¡Mi marido! ¡Como si fuera a casarme con él! No voy a casarme con él, y asunto terminado.

 Las diez y media. - ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cómo me laten las sienes y qué ardor siento en los cansados ojos! La luna me está mirando a través de la ventana. ¡Con qué rapidez vuelan las nubécillas dispersas, empujadas por el viento! Ahora dejan que asome la luna, y ahora la cubren. ¡Qué extrañas formas toman y pierden, en un momento, sus manchas amarillas! No hay paz ni calma para mí, dondequiera que mire. La vela no para de temblar, y el mismo cielo está inquieto esta noche.

 «¡A la cama! ¡A la cama!», como dice Lady Macbeth. A propósito, me pregunto qué habría hecho Lady Macbeth en mi posición. Habría matado a alguien al empezar sus dificultades. Probablemente a Armadale.

 Viernes por la mañana. - Una noche de descanso, de nuevo gracias a mis gotas. He ido a desayunar más animaba, y la mañana me ha dado la bienvenida en forma de una carta de Mrs. Oldershaw.

 Mi silencio ha producido efecto en mamá Jezabel. Lo atribuye a su verdadera causa, y por fin saca las uñas. Si no puedo hacer efectivo el pagaré de treinta libras, que vence el próximo martes, su abogado tiene instrucciones de actuar en consecuencia. ¡Si no puedo hacerlo efectivo! Bueno, cuando haya pagado hoy a la patrona, ¡apenas me quedarán cinco libras! Ni tengo la menor perspectiva de ganar algún dinero antes del martes, ni una amiga que me preste seis peniques. Sólo faltaba una dificultad para colmar la medida de todas las que me abruman y es la que acaba de llegar.

 Desde luego, Midwinter me ayudaría, si me atreviese a pedírselo. Pero esto significaría casarme con él. ¿Tan desesperada estoy y tan inútil soy, para acabar de esta manera? No; todavía no. Tengo pesada la cabeza; debo salir a tomar el aire y pensar acerca de esto.

 Las dos. Creo que Midwinter me ha contagiado su superstición. Empiezo a pensar que los acontecimientos me están empujando más y más hacia algún fin que todavía no veo, pero que estoy firmemente persuadida de que no está lejos. He sido insultada, deliberadamente insultada ante testigos, por Miss Milroy.

 Después de pasear como de costumbre por el lugar menos frecuentado que se me ocurrió, y después de tratar inútilmente de tomar una decisión acertada sobre lo que haría a continuación, recordé que necesitaba papel de escribir y plumillas, y volví atrás hacia la tienda de objetos de escritorio. Habría sido más prudente enviar a buscar lo que me hacía falta. Pero estaba cansada de mí misma, y cansada de mis solitarias habitaciones, e hice mi propio recado, sin más razón que la de hacer algo.

 Acababa de entrar en la tienda y estaba pidiendo lo que quería, cuando entró otra cliente. Ambas nos miramos y nos reconocimos al instante: Miss Milroy. Una mujer y un muchacho estaban detrás del mostrador, además del hombre que me atendía. «¡En qué podemos servirla, señorita?» Y ella, mirándome fijamente, para recalcar sus palabras, respondió: «Nada, de momento, gracias. Volveré cuando la tienda esté vacía.»

 Salió. Las tres personas de la tienda me miraron en silencio. También en silencio, pagué mi compra y salí a la calle. No sé lo que habría sentido si me hubiese hallado en mi estado de ánimo normal. Pero ansiosa y turbada como me encuentro ahora, debo confesar que la niña me hirió en lo más vivo.

 En un momento de flaqueza (pues no era otra cosa), tentada estuve de corresponder a su malevolencia con otra igualmente mezquina por mi parte. En realidad, recorrí toda la calle, en dirección a la casita del comandante, dispuesta a contarle el secreto de los paseos mañaneros de su hija, pero entonces recobré mi buen criterio. Me calmé, giré sobre mis talones y me dirigí a mi casa. No, no, Miss Milroy; una simple travesura en el cottage terminaría con tu padre perdonándote y Armadale aprovechándose de su indulgencia, y no serviría para hacerte pagar lo que me debes. No olvido que tienes puesto el corazón en Armadale, y que el comandante, por mucho que diga, siempre acabó, hasta ahora, dejándote hacer tu voluntad. Mi cerebro puede enturbiarse más y más, pero todavía no me ha  (p.237) fallado del todo.

 Mientras tanto, aquí está la carta de mamá Oldershaw, esperando obstinadamente que la conteste, y aquí estoy yo, sin saber todavía lo que he de hacer. ¿La contestaré, o no? Esto importa poco de momento; todavía puedo perder algunas horas antes de que salga el correo.

 ¿Y si le pidiese a Armadale que me prestase el dinero? Me encantaría sacar algo de él, y creo que, en su actual situación con Miss Milroy, haría cualquier cosa para librarse de mí. Sería una ruindad por mi parte. ¡Bah! Cuando se odia y desprecia a un hombre como odio y desprecio yo a Armadale, ¿a quién le importa parecer ruin a sus ojos?

 Y sin embargo, mi orgullo, o alguna otra cosa, no sé cuál, hace que me eche atrás.

 Las dos y media..., sólo las dos y media. ¡Ay, el horrible tedio de estos largos días de verano! No puedo seguir pensando y pensando por más tiempo; debo hacer algo para aliviar mi mente. ¿Tocar el piano? No; no estoy de humor para esto. ¿Trabajar? No; si tomase mi aguja, volvería a pensar de nuevo. Un hombre, en mi lugar, buscaría refugio en la bebida. Como no soy hombre, no puedo beber. Me entretendré con mis vestidos y arreglaré mis cosas.

 ¿Ha pasado una hora? Más de una hora. Y parece un minuto.

 No puedo releer todas estas páginas, pero sé que lo escribí en alguna parte. Sé que sentí que me acercaba más y más a alguna meta que todavía permanecía oculta a mis ojos. Ahora ya no lo está. La nube se ha apartado de mi mente, mis ojos han dejado de estar ciegos. ¡Veo! ¡Veo!

 Ha venido a mí..., yo no lo busqué. Si estuviese yaciendo en mi lecho de muerte, podría jurar, con la conciencia tranquila, que yo no lo busqué.

 Sólo estaba echando una ojeada a mis cosas, frivola y ociosamente, como hubiese podido hacerlo la mujer más ociosa y frivola del mundo. Revolví mis vestidos y mi ropa interior. ¿Podía haber un pasatiempo más inocente? Los niños pequeños suelen hacerlo.

 ¡El día de verano era tan largo, y yo estaba tan cansada! Revisé mis arcas. Primero eché un vistazo a la grande, que suelo dejar abierta, y después pasé a la pequeña, que tengo siempre cerrada.

 Pasando de una cosa a otra, llegué al fin al fajo de cartas que guardo en el fondo; las cartas del hombre por quien, un día, lo sacrifiqué y lo sufrí todo, el  (p.238) hombre que hizo de mí lo que soy.

 Cien veces he resuelto quemar estas cartas; pero no las he quemado. Esta vez, lo único que dije fue: «¡No leeré sus cartas!» Y las leí.

 El villano, el falso y cobarde y despiadado villano... (Qué me importan ahora sus cartas? ¡Oh, qué desgracia, ser mujer! ¡Oh, cómo puede tentarnos el recuerdo de un hombre a ser ruines, aunque nuestro amor por él esté muerto y enterrado! Leí las cartas... Me sentía tan sola y afligida que leí las cartas.

 Llegué a la última..., la carta que me escribió para animarme, cuando yo vacilaba al acercarse más y más al terrible momento; la carta que me dio nuevo impulso cuando fallaba mi resolución a última hora. Seguí leyendo, línea tras línea, hasta que llegué a estas palabras:

 «... Realmente, no tengo paciencia para soportar absurdos tales como los que me has escrito. Dices que te impulso a hacer lo que no puede alcanzar el valor de una mujer.

 ¿De veras? Podría remitirte a cualquier colección de juicios, en Inglaterra o en el extranjero, para demostrarte que estás completamente equivocada. Pero tales colecciones pueden estar fuera de tu alcance, y me referiré solamente a un caso que publicaron los periódicos de ayer. Las circunstancias son totalmente diferentes de las nuestras; pero el ejemplo de resolución, en una mujer, es digno de que lo adviertas.

 Encontrarás, entre los reportajes judiciales, el caso de una mujer casada, acusada de asumir falsamente la personalidad de la viuda de un marino mercante desaparecido y que se presumía que se había ahogado. Resulta que el nombre del marido (viviente) de la acusada (tanto el nombre como el apellido son muy corrientes) y el del marino son idénticos. Habrían podido ganar mucho dinero (del que tenía gran necesidad el marido de la acusada, a quien ésta amaba profundamente), si el fraude hubiese dado resultado. La mujer asumió toda la responsabilidad. Su marido estaba desesperado y enfermo, y los alguaciles no le dejaban en paz. Como observarás, todas las circunstancias estaban a favor de ella, y las esgrimió tan bien que sus propios abogados reconocieron que se habría salido con la suya si el presunto ahogado no hubiese aparecido, vivo y coleando, en el momento oportuno para enfrentarse con ella. La escena se desarrolló en el despacho de los abogados y salió a la luz durante el juicio. La mujer era muy bella, y el marino era bondadoso. Al principio, había querido perdonarla, pero los abogados no se lo permitieron. Entre otras cosas, le dijo: "No contaba usted con que el ahogado volviese, vivo y gozando de buena salud, ¿verdad, señora?" "Fue una suerte para usted -dijo la mujer- que no contase con ello. Se libró del mar, pero no se habría librado de mí." "; Ah, sí? ¿Qué habría hecho, si hubiese sabido que yo iba a volver?", preguntó el marino. Ella le miró fijamente a la cara y respondió. "Le habría matado." ¿Lo ves? ¿Crees que una mujer así me habría escrito para decirme que yo estaba apretando a su padre más de lo que ella habría tenido valor para hacer? Y era una mujer hermosa, ¡como tú! Cualquier hombre en mi posición habría deseado tenerla ahora en tu lugar.»

 No leí más. Cuando hube llegado a estas palabras, fue como si un relámpago iluminase mi mente. En un instante, lo vi tan claramente como lo veo ahora. Es horrible, es inaudito, es insuperablemente audaz; pero, si no me falta valor ante esta terrible necesidad, tendré que hacerlo. Asumiré la personalidad de la rica viuda de Allan Armadale de Thorpe-Ambrose, si puedo contar con la muerte de Allan Armadale en un momento dado.

 Ésta es, dicho lisa y llanamente, la espantosa tentación que me acosa ahora. Espantosa en más de un sentido, pues procede directamente de aquella otra tentación en la que caí en tiempos pasados.

 Sí; la carta me estaba esperando en el arca, para servir a un objetivo en el que jamás había pensado el villano que la escribió.

 Aquí está el caso, como lo llama él (citado sólo para provocarme; un caso completamente distinto del mío en aquella época), que ha estado esperándome y acechándome durante todos los cambios de mi vida hasta que al fin se ha convertido en mi propio caso.

 Cualquier mujer se sobresaltaría al leer esto, y sin embargo, no es esto lo peor... Todo ello ha estado en mi Diario durante días, ¡sin que yo me diese cuenta! Todas las fútiles fantasías que no llegaba a comprender... ¡tendían en secreto en esta dirección! Y no lo veía, no lo sospechaba, hasta que la lectura de esta carta me hizo ver mis propios pensamientos bajo una nueva luz..., ¡hasta que vi la sombra de mis propias circunstancias reflejada en una circunstancia especial del caso de aquella otra mujer!

 Hay que hacerlo, si puedo mirar cara a cara la necesidad. Hay que hacerlo, si puedo contar con la muerte de Allan Armadale en un momento dado.

 Todo, salvo su muerte, es fácil. Toda la serie de acontecimientos bajo los que me he estado debatiendo desde hace más de una semana (aunque era demasiado estúpida para verlo) está a mi favor; unos acontecimientos que allanan progresivamente mi camino hacia la meta.

 En tres audaces pasos, ¡solamente tres!, puedo alcanzar aquella meta. Primer paso: que Midwinter se case en secreto conmigo, bajo su verdadero nombre. Segundo paso: que Armadale se marche de Thorpe-Ambrose, siendo soltero, y muera en algún lugar lejano entre personas extrañas.

 ¿Por qué vacilo? ¿Por qué no dar el tercer y último paso?

 Lo daré. El tercer y último paso es mi aparición, una vez conocida la noticia de la muerte de Armadale en el vecindario, en calidad de viuda suya, provista del certificado de matrimonio para demostrar mi condición. Tan  (p.239) claro como la luz del sol al mediodía. Gracias a la identidad de los dos nombres, y gracias al cuidado con que se ha guardado el secreto de esta identidad, puedo ser la esposa del moreno Allan Armadale, sólo conocido como tal por él mismo y por mí, y, amparándome en aquella misma condición, presentarme como viuda del rubio Allan Armadale, con una prueba a mi favor (el certificado de matrimonio), irrebatible a los ojos de la persona más incrédula.

 ¡Y pensar que he puesto todo esto en mi diario! ¡Pensar que he contemplado realmente esta situación, sin ver en ella más razón que la de aparecer ante el mundo (si me casara con Midwinter) bajo el nombre supuesto de mi marido!

 Pero ¿qué es lo que me inquieta? ¿El miedo a los obstáculos? ¿El miedo a ser descubierta?

 ¿Dónde están los obstáculos? ¿Dónde está el miedo a un descubrimiento?

 En realidad, todo el vecindario sospecha que estoy intrigando para convertirme en la señora de Thorpe-Ambrose. Soy la única persona que sabe el verdadero rumbo que han tomado los sentimientos de Armadale. Nadie, salvo yo, sabe todavía nada de sus encuentros mañaneros con Miss Milroy. Si es necesario separarles, puedo hacerlo en cualquier momento, mediante una carta anónima al comandante. Si es necesario echar a Armadale de Thorpe-Ambrose, puedo conseguirlo en un plazo de tres días. Sus propios labios me informaron, la última vez que hablé con él, de que iría hasta el fin del mundo para volver a ser amigo de Midwinter, si éste se lo permitía. Me bastaría con decir a Midwinter que escribiese desde Londres, pidiendo la reconciliación; y Midwinter me obedecería y Armadale marcharía a Londres. De momento no tendría ninguna dificultad; las que pudiesen surgir después, podría resolverlas. En toda la empresa (por inverosímil que parezca hacerme pasar por viuda de un hombre siendo todavía esposa de otro) no hay nada que tenga que considerarse dos veces; salvo la necesidad terrible de la muerte de Armadale.

 ¡Su muerte! Podría ser una necesidad terrible para cualquier otra mujer, pero, tal como están las cosas, ¿por qué ha de ser terrible para mí?

 Le odio a causa de su madre. Le odio a causa de él mismo. Le odio por haberse ido a Londres a escondidas de mí y hecho investigaciones a mi respecto. Le odio por obligarme a renunciar a mi situación antes de que yo quisiera hacerlo. Le odio por quitarme toda esperanza de casarme con él y arrojarme de nuevo, impotente, a mi vida miserable. Pero, ¡ay!, después de todo lo que he hecho en «pasado, ¿cómo puedo..., cómo puedo...?

 También odio a la muchacha, a la muchacha que se interpuso entre nosotros, que me lo quitó, que me ha insultado hoy mismo en presencia de otros... ¡Si él muriese, cuanto lo lamentaría esa niña que ha puesto en él su corazón! ¡Qué grande sería mi venganza contra ella! Y cuando fuese yo recibida como viuda de Armadale, ¡qué triunfo sería para mí! ¡Triunfo! Sería más que un triunfo; sería mi salvación. Un apellido invulnerable, un refugio invulnerable donde ocultarme de mi vida pasada. ¡Comodidades, lujo, riqueza! Una renta de mil doscientas libras al año garantizada para mí, garantizada por un testamento examinado por un abogado, asegurada con independencia de lo que él deba decir o hacer. Yo nunca he tenido mil doscientas libras al año. En mi época más feliz, no tuve ni siquiera la mitad. ¿Y qué tengo ahora? Solamente cinco libras en el bolsillo... y la perspectiva de ir a la prisión por deudas la próxima semana.

 Pero ¡ay!, después de lo que he hecho ya en el pasado, ¿cómo puedo..., cómo puedo...?

 Algunas mujeres, de hallarse en mi lugar y considerando mis recuerdos, sentirían de un modo diferente. Algunas dirían: «Es más fácil la segunda vez que la primera. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué no puedo?»

 Oh, diablo tentador, ¿no hay ningún ángel cerca de aquí que levante un obstáculo oportuno entre esto y lo del día de mañana, algo que me ayude a desistir?

 Sucumbiré a la tentación, ¡sucumbiré si sigo escribiendo o pensando en ello! Pondré fin a estas páginas y saldré de nuevo a la calle. Encontraré alguna persona vulgar que me acompañe y hablaremos de cosas vulgares. Me llevaré a la patrona y a sus hijos pequeños. Iremos a ver alguna cosa. Hay algún espectáculo en el pueblo, y les invitaré. No soy tan mala, cuando me lo propongo, y la patrona ha sido realmente amable conmigo. Sin duda podré distraer mi mente un poco, viendo como ella y sus hijos se divierten.

 Hace un minuto que cerré estas páginas, como dije que haría, y ahora las he abierto de nuevo, no sé por qué. Creo que el cerebro me da vueltas. Tengo la impresión de que he olvidado algo; tengo la impresión de que debería encontrarlo aquí.

 ¡Lo he encontrado! ¡Midwinter!

 ¿Es posible que haya estado pensando en los pros y los contras durante una hora, escribiendo una y otra vez el nombre de Midwinter, especulando seriamente en casarme con él, y no haber recordado en absoluto que, incluso después de eliminados todos los demás impedimentos, será él, y sólo él, cuando llegue el momento, un obstáculo insuperable en mi camino? ¿Hasta tal punto me ha absorbido el esfuerzo de considerar la muerte de Armadale? Supongo que sí. De otra manera, no podría explicar este extraordinario olvido por mi parte.

 ¿Me pararé a pensar en esto como he pensado en todo lo demás? ¿Me preguntaré si el obstáculo de Midwinter será, a fin de cuentas, cuando llegue el momento, tan insuperable como me parece ahora? ¡No! ¿Qué necesidad tengo de pensar en ello? He resuelto resistir la tentación. He resuelto invitar a mi patrona y a sus pequeños; he resuelto  (p.240) cerrar mi diario. Y lo cerraré.

 Las seis. - El parloteo de mi patrona es insoportable; los hijos de mi patrona me aturden. Les he dejado para volver corriendo y escribir unas líneas a Mrs. Oldershaw antes de la hora de recogida del correo. Mi miedo a sucumbir a la tentación ha sido cada vez más fuerte. He resuelto hacer algo que me impida seguir mi camino y hacer mi voluntad. Por primera vez desde que la conozco, mamá Oldershaw será mi salvación. Me amenaza con meterme en la cárcel si no hago efectivo el pagaré. Pues bien, que lo haga. En mi estado actual, lo mejor que puede ocurrirme es que me lleven lejos de Thorpe-Ambrose tanto si me gusta como si no. Le escribiré diciendo que aquí me encontrarán. Le escribiré diciéndole, textualmente, ¡que el mejor servicio que puede prestarme es encerrarme!

 Las siete. - La carta está ya en el correo. Empezaba a sentirme un poco mejor cuando han venido los niños a darme las gracias por llevarles al espectáculo. Uno de ellos es una niña, y me ha afectado lo que me ha dicho. Es una chiquilla descarada y sus cabellos son de un color muy parecido al de los míos. «Cuando sea mayor seré como tú, ¿verdad?» Y la idiota de su madre ha dicho: «Discúlpela, señorita, por favor», y la ha sacado riendo de la habitación. ¡Como yo! No creo que le tenga cariño a esa pequeña, ¡pero imagínate que fuese como yo!

 Sábado, por la mañana. - Por una vez, hice bien en actuar impulsivamente y escribir como lo hice a Mrs. Oldershaw. ¡Ahora se ha producido otra circunstancia y ésta ha sido en mi favor!

 El comandante Milroy contestó a la carta en que Armadale le pedía permiso para ir a verle y justificarse. Su hija leyó en silencio la respuesta cuando Armadale se la tendió esta mañana en el parque. Pero después hablaron de ella lo bastante fuerte para que yo lo oyese. El comandante insiste en el camino que ha tomado. Dice que tiene formada su opinión sobre la conducta de Armadale, no por los rumores del pueblo, sino por las propias cartas de aquél y que no ve motivo para alterar la conclusión a que llegó cuando terminó la correspondencia entre ellos.

 Confieso que este asuntillo había escapado de mi memoria. Habría podido terminar malamente para mí. Si el comandante Milroy hubiese sido  (p.241) menos obstinado en su opinión, Armadale habría podido justificarse; el compromiso de matrimonio habría sido aprobado, y todo mi poder para influir en el asunto se habría acabado. En cambio, tal como están las cosas, deben continuar manteniendo el noviazgo en absoluto secreto, y Miss Milroy, que nunca se ha aventurado a aproximarse a la casa grande desde que la tormenta la obligó a buscar refugio en ella, probablemente se aventurará ahora todavía menos. Puedo separarles cuando me plazca; con unas líneas anónimas al comandante, ¡puedo separarles cuando me plazca!

 Después de discutir sobre la carta, la conversación entre los dos giró sobre lo que tendrían que hacer ahora. Pronto se vio que la severidad del comandante Milroy daba el resultado acostumbrado. Armadale volvió al tema de la fuga y, esta vez, ella le escuchó. Todo la inclina en esta dirección. Su equipaje está casi preparado, y las vacaciones de verano terminan al final de la próxima semana en el colegio que ha sido elegido para ella. Cuando me alejé, habían decidido encontrarse de nuevo y acordar algo el lunes.

 Las últimas palabras que oí que le dirigía él antes de marcharme me impresionaron un poco. Dijo: «En todo caso, Neelie, hay una dificultad que no debe preocuparme. Tengo mucho dinero.» Y entonces la besó. La manera de introducirme en su vida empezó a parecerme más fácil cuando él habló de su dinero y besó a su novia.

 Han pasado algunas horas y, cuanto más pienso en ello, más temo el intervalo vacío entre este momento y aquel en que Mrs. Oldershaw apele a la ley y me proteja contra mí misma. Tal vez habría hecho mejor quedándome en casa esta mañana. Pero ¿cómo podía hacerlo? Después del insulto que Miss Milroy me infirió ayer, estaba ansiosa de ir a mirarla.

 Hoy; domingo; lunes; martes. No pueden detenerme por mi deuda antes del miércoles. ¡Y mis míseras cinco libras pronto no serán más que cuatro! ¡Y él dijo que tenía mucho dinero! ¡Y ella se ruborizó y tembló al besarla él! Podría haber sido mejor para él, mejor para ella y mejor para mí, que mi deuda hubiese vencido ayer y los alguaciles me hubiesen echado mano en este momento.

 Supongamos que encontrase la manera de salir de Thorpe-Ambrose en el próximo tren e ir a algún lugar del extranjero y lanzarme a alguna nueva empresa entre personas nuevas. ¿Podría hacerlo, en vez de considerar de nuevo aquel camino fácil que allanaría todos los demás?

 Tal vez podría. Pero ¿de dónde sacaría el dinero? Creo que hace un par de días se me ocurrió una manera de conseguirlo. Sí; ¡la ruin idea de pedir ayuda a Armadale! Bueno, seré ruin por una vez. Le daré la oportunidad de hacer un uso generoso de esa repleta bolsa que tanto le consuela en sus presentes circunstancias. Mi corazón se ablandaría para cualquier hombre que me prestase dinero en mi actual y apurada situación, y si Armadale me lo prestase podría ablandar mi corazón a su respecto. ¿Cuándo iré? ¡Inmediatamente! No quiero tener tiempo para sentir la degradación de este acto y cambiar de idea.

 Las tres. - Marco la hora. Él ha sellado su propio destino. Me ha insultado.

 ¡Sí! Fui insultada una vez por Miss Milroy. Y ahora he sufrido un segundo insulto, del propio Armadale. ¡Un insulto claro, despiadado, deliberado, en pleno día!

 Había yo cruzado la población y caminado unos cientos de yardas por la carretera que conduce a la casa grande, cuando vi a Armadale, a poca distancia, viniendo en mi dirección. Caminaba de prisa, evidentemente con algún propósito que le llevaba al pueblo. En el instante en que me vio, se detuvo, se puso colorado, se quitó el sombrero, vaciló, dio media vuelta y echó a andar por un camino que se abría detrás de él y que yo sabía que le llevaría exactamente en dirección contraria a la que seguía cuando me vio. Su conducta me dijo, sin palabras: «¡Miss Milroy podría enterarse de esto; no me atrevo a correr el riesgo de que me vean hablando con usted!» Los hombres me han tratado despiadadamente; los hombres me han hablado y tratado con dureza, pero ninguno se había comportado aún como si fuese una apestada, ¡como si el aire que me rodea estuviese infectado con mi presencia!

 ¡No digo más! Cuando se alejó de mí por aquel camino, marchó hacia su muerte. He escrito a Midwinter, diciéndole que me espere en Londres la semana próxima y que se prepare para nuestra boda poco después.

 Las cuatro. - Hace media hora me puse el sombrero para salir y echar personalmente al correo la carta para Midwinter. Y aquí estoy, todavía en mi habitación, con la mente agitada por las dudas y con la carta sobre la mesa.

 Armadale no cuenta para nada en la perplejidad que ahora me tortura. Es Midwinter quien me hace vacilar. ¿Puedo dar el primero de los tres pasos que me conducen a la meta, sin tomar la elemental precaución de considerar las consecuencias? ¿Puedo casarme con Midwinter sin saber de antemano cómo resolveré el obstáculo de mi marido, cuando llegue el momento de transformarme de esposa del Armadale vivo en viuda del Armadale muerto?

 ¿Por qué no puedo pensar en esto, si sé que debo pensar en ello? ¿Por qué no puedo mirarlo con la misma serenidad con que he mirado todo lo demás? Siento sus besos en mis labios; siento sus lágrimas sobre mi pecho; siento de nuevo sus brazos estrechándome. Él está lejos, en Londres, y sin embargo, ¡está aquí y no me deja pensar en esto!

 ¿Por qué no puedo esperar un poco? ¿Por qué no puedo dejar que me ayude el tiempo? ¿El tiempo? ¡Hoy es sábado! ¿Qué necesidad tengo de pensar en ello, a  (p.242) menos que quiera hacerlo? Hoy no hay correo para Londres. Debo esperar. Si echase la carta, no saldría. Además, mañana puedo tener noticias de Mrs. Oldershaw. Debería esperar a saber algo de Mrs. Oldershaw. No puedo considerarme una mujer libre hasta que sepa lo que Mrs. Oldershaw se propone hacer. Es necesario que espere hasta mañana. Me quitaré el sombrero y guardaré la carta en mi escritorio.

 Domingo, por la mañana. - ¡No hay resistencia posible! Una tras otra, las circunstancias se confabulan contra mí. Cada vez son más numerosas, y todas me empujan en la misma dirección.

 He recibido la respuesta de mamá Oldershaw. La muy picara me adula y se humilla. Puedo ver, con la misma claridad que si ella lo dijese, que sospecha que busco mi propio camino para triunfar en Thorpe-Ambrose sin su ayuda. Al ver que las amenazas eran inútiles, trata ahora de engatusarme con halagos. ¡Vuelvo a ser su querida Lydia! Se muestra impresionada de que yo haya podido imaginar que pretendería realmente meter en la cárcel a su amiga del alma... y solamente me pide, como un favor, ¡que renueve el pagaré! ¡Digo una vez más que ninguna criatura mortal podría resistirlo! Una y otra vez he tratado de no caer en la tentación, y una y otra vez me empujan a ella las circunstancias. No puedo seguir luchando. El cartero que recoja el correo esta noche se llevará mi carta a Midwinter junto con todas las demás.

 ¡Esta noche! Si espero hasta esta noche, algo más puede ocurrir. Si espero hasta esta noche, puedo vacilar de nuevo. Estoy cansada de la tortura de la vacilación. Tengo que buscar y buscaré alivio en el presente, sea cual fuere el coste en el futuro. Mi carta a Midwinter me volverá loca si sigo viéndola como si me estuviese mirando y mirando desde mi escritorio. Puedo echarla al correo en diez minutos, ¡y lo haré!

 Ya está hecho. Ha sido dado el primero de los tres pasos que han de conducirme a la meta. Mi mente está más tranquila: la carta ha sido echada al correo.

 Mañana la recibirá Midwinter. Antes de que termine la semana, Armadale debe ser visto abandonando Thorpe-Ambrose, y yo debo ser vista por el público marchándome al mismo tiempo.

 ¿He considerado las consecuencias de mi boda con Midwinter? ¡No! ¿Sé cómo salvaré el obstáculo de mi marido, cuando llegue el tiempo de transformarme de esposa del Armadale vivo en viuda del Armadale muerto?

 ¡No! Cuando llegue el momento, salvaré el obstáculo lo mejor que pueda. Entonces, ¿voy a correr a ciegas, en lo tocante a Midwinter, este terrible riesgo? Sí, a ciegas. ¿He perdido el juicio? Probablemente, sí. ¿O le aprecio demasiado para mirar las cosas cara a cara? Es posible. Pero ¿qué importa? ¡No quiero, no quiero, no quiero pensar en ello! ¿Acaso no tengo voluntad propia? ¿Y no puedo pensar, si así me place, en alguna otra cosa?

 Aquí está la humilde carta de mamá Jezabel. Es otra cosa en la que pensar. La contestaré. Estoy de buen humor para escribir a mamá Jezabel.

 CONCLUSIÓN DE LA CARTA DE MISS GWILT A MRS. OLDERSHAW

 «... Te dije, cuando interrumpí esta carta, que antes de terminarla preguntaría a mi diario si podía decirte en confianza lo que se me ha metido en la cabeza hacer. Bueno, se lo he preguntado, y mi diario dice: "¡No se lo digas!" En estas circunstancias, concluyo mi carta excusándome por dejarte a oscuras.

 Probablemente estaré en Londres dentro de poco y puede que te diga de palabra lo que creo imprudente escribir aquí. Piensa que no es una promesa. Todo dependerá de lo que sienta entonces por ti. No dudo de tu discreción, pero (bajo ciertas circunstancias) no estoy tan segura de tu valor.

 L.G.

 Posdata. - Te quedo muy agradecida por tu autorización para renovar el pagaré. Pero rehuso aprovecharme de tu ofrecimiento. Tendré el dinero cuando venza la deuda. Tengo un amigo en Londres que lo pagará si se lo pido. ¿Te preguntas quién es este amigo? Tendrás que preguntarte un par de cosas más, Mrs. Oldershaw, antes de que pasen muchas más semanas sobre tu cabeza y la mía.»

CAPÍTULO XI

AMOR Y LEY

 La mañana del lunes veintiocho de julio, Miss Gwilt, una vez más al acecho de Allan y Neelie, llegó, dando el rodeo acostumbrado, a su puesto de observación en el parque.

 Se sorprendió un poco al encontrar a Neelie sola en el lugar de las citas. Y se sorprendió más cuando el retrasado Allan hizo su aparición al cabo de diez minutos, subiendo la cuesta del pequeño valle con un gran volumen bajo el brazo, y le oyó decir, como disculpa por llegar tarde, que «se le había pasado el tiempo buscando los libros, y que, a fin de cuentas, sólo había encontrado uno que parecía que podría al menos compensarles, a Neelie o a él, del trabajo de buscarlo.» Si el sábado anterior hubiese esperado Miss Gwilt un poco más en el parque y oído las frases de despedida de los enamorados en aquella ocasión, nada le habría costado explicar el misterio del volumen que llevaba Allan bajo el brazo y habría comprendido tan pronto como la propia Neelie la disculpa que éste le ofrecía por haberse retrasado.

 Hay una ocasión excepcional en la vida, la ocasión del Matrimonio, en que incluso las adolescentes son a veces capaces (más o menos histéricamente) de considerar las consecuencias. Y el sábado, en el momento de la despedida, la mente de Neelie se había precipitado de pronto en el futuro, y había dejado confuso a Allan al preguntarle si la fuga que tenían proyectada era un delito castigado por la ley. Su memoria le decía que había leído en alguna parte, hacía tiempo, en algún libro (posiblemente una novela), algo sobre una fuga que había tenido un final espantoso, con la novia siendo arrastrada  (p.243) de nuevo a casa, en pleno ataque de histerismo, y el novio languideciendo en una cárcel, con los hermosos cabellos cortados al rape, según lo prescrito por una ley del Parlamento. Suponiendo que consintiese en fugarse, cosa que se negó rotundamente a prometer, debía saber primero si había algún peligro de que la policía se interesase en su boda, lo mismo que el párroco y el escribano. Como Allan era un hombre, debía saberlo, y a Allan acudía para que le diese información, no sin asegurarle previamente que le ayudaría a estudiar la ley y decirle que prefería morir mil veces a ser la causa inocente de que le enviasen a pudrirse en la cárcel y le cortasen los cabellos al rape, por imperio legal. «No es cuestión de risa -dijo resueltamente Neelie, en conclusión-. No quiero pensar siquiera en nuestra boda, sin estar tranquila en lo que respecta a la ley.»

 -Pero yo no sé nada de leyes; incluso menos que tú -dijo Allan-. ¡Al diablo con la ley! No me importa que me rapen la cabeza. Tenemos que arriesgarnos.

 -¿Arriesgarnos? -repitió Neelie, indignada-. ¿No sientes ninguna consideración por mí? ¡Yo no quiero arriesgarme! Querer es poder. Debemos encontrar la ley que nos favorezca.

 -Lo haré de todo corazón -dijo Allan-. ¿Dónde?

 -¡En los libros, naturalmente! Tiene que haber montones de información en tu enorme biblioteca de la casa grande. Si me amas de veras, no te importará leer los lomos de unos pocos miles de libros por mi bien.

 -¡Leeré los lomos de diez mil! -exclamó ardientemente Allan-. Y ahora, ¿quieres decirme qué tengo que buscar en ellos? -La palabra «Derecho», desde luego. Cuando veas la palabra «Derecho» en un lomo, abre el libro, busca «Matrimonio» en el índice, léelo de cabo a rabo y entonces ven y explícamelo. ¿Qué? ¿Crees que tu cabeza no es capaz de una cosa tan sencilla?

 -Estoy seguro de que no -dijo Allan-. ¿No puedes tú ayudarme?

 -¡Claro que puedo, si no puedes apañarte sin mí! El Derecho puede ser difícil, pero no más que la música, y debo, y quiero, poner mi mente a prueba. El lunes por la mañana, tráeme todos los libros que puedas encontrar, en un carretilla, si son muchos y no puedes arreglarte de otra manera.

 Resultado de esta conversación fue la aparición de Allan en el parque con un volumen de los Comentarios de Blackstone bajo el brazo, aquella fatal mañana de domingo en que la promesa de matrimonio de Miss Gwilt llegó a manos de Midwinter. Una vez más, en éste, como en todos los acontecimientos humanos, los tan discordantes elementos de lo grotesco y lo terrible se unieron a la fuerza por esa ley sutil de los contrastes que es una de las que rigen la vida de los mortales. En medio de las crecientes complicaciones que pendían ahora sobre sus cabezas (con la sombra de un asesinato premeditado deslizándose ya hacia uno de ellos desde el puesto en el que acechaba Miss Gwilt), se sentaron los dos, inconscientes del futuro, con el libro entre ellos, y se aplicaron al estudio del derecho matrimonial, con la grave determinación de comprenderlo, lo cual, en semejante pareja de estudiantes, ¡era por sí solo una parodia!

 -Busca el lugar -dijo Neelie en cuanto se hubieron sentado cómodamente-. En esto debemos guiarnos por lo que llaman división del trabajo. Tú leerás y yo tomaré notas.

 Sacó inmediatamente una linda y pequeña libreta y un lápiz, y abrió aquélla por la mitad, donde la página de la derecha y la de la izquierda estaban en blanco. Al principio de la hoja de la derecha, escribió la palabra «Bueno». Al principio de la hoja de la izquierda escribió la palabra «Malo». -«Bueno» significa aquello en que la ley está de nuestra parte -explicó-, y «Malo» significa aquello en que la ley nos es contraria. Escribiremos lo «Bueno» y lo «Malo» a lo largo de las dos páginas, contraponiendo unas hojas a las otras, y cuando lleguemos al final, sumaremos y actuaremos en consecuencia. Dicen que las chicas no tenemos cabeza para los negocios. ¿Lo crees tú? No me mires; mira el Blackstone y empecemos.

 -¿Te importaría darme primero un beso? -preguntó Allan.

 -No me importaría mucho. Pero en nuestra grave situación, cuando ambos tenemos que ejercitar nuestra inteligencia, ¡me pregunto cómo puedes pedirme esto!

 -Precisamente por esto -dijo el descarado Allan-. Tengo la impresión de que me aclararía la cabeza.

 -Oh, si ha de aclararte la cabeza, ¡la cosa es muy distinta! Desde luego, debo aclararte las ideas aunque tenga que sacrificarme por ello. Pero sólo uno -murmuró, con coquetería-, y ten cuidado con el Blackstone, o perderás el punto.

 Hubo una pausa en la conversación. Blackstone y la libreta rodaron juntos sobre el suelo.

 -Si esto vuelve a ocurrir -dijo Neelie, recogiendo la libreta y brillándole los ojos y la tez-, estaré sentada de espaldas a ti durante el resto de la mañana. ¿Quieres leer de una vez?

 Allan volvió a encontrar el punto y se lanzó de cabeza al insondable abismo del Derecho inglés.

 -Página doscientos ochenta -empezó-. Derechos del marido y la mujer. Para empezar, aquí hay un fragmento que no comprendo: «Hay que observar, en términos generales, que la ley considera el matrimonio como un contrato.» ¿Qué significa esto? Yo creía que un contrato es lo que firma un constructor cuando promete que los obreros habrán terminado el trabajo en una fecha prefijada, y cuando llega la fecha (como solía decir mi pobre madre) no lo han terminado y no se van nunca.

 -¿Dice algo acerca del amor? -preguntó Neelie-. Mira un poco más abajo. -Ni una palabra. El autor sólo habla de su maldito «Contrato».

 -¡Entonces es un bruto! Busca alguna otra cosa que nos interese más.

 -Aquí hay algo que puede  (p.244) interesarnos más: «Impedimentos. Si se unen dos personas con impedimentos legales, es un contubernio y no una unión matrimonial.» Blackstone es muy aficionado a las palabras largas, ¿no? Me pregunto qué quiere decir con lo de contubernio. «El primero de estos impedimentos legales es un matrimonio anterior, si el marido o la mujer viven todavía...»

 -¡Alto! -dijo Neelie-. Debo tomar nota de esto. -Tomó su primera nota en la página de «Bueno», en los términos siguientes: «Yo no tengo marido y tú no tienes esposa. Ambos estamos perfectamente solteros en el momento actual.»

 -Muy bien, por ahora -observó Allan, mirando por encima del hombro de ella.

 -Prosigue -dijo Neelie-. ¿Qué viene ahora?

 -«El segundo impedimento -continuó leyendo Allan- es no tener la edad necesaria. La edad mínima para prestar el consentimiento en un matrimonio es de catorce años para los varones y de doce para las hembras.» ¡Caramba! -exclamó Allan, divertido-. ¡Blackstone empieza muy temprano!

 Neelie estaba demasiado atareada para hacer observaciones por su parte, como no fuese la necesaria nota en la libreta. Escribió en la página de «Bueno»: «Yo soy lo bastante mayor para prestar consentimiento, y Allan lo es también.»

 -Continúa -dijo, mirando por encima del hombro del lector-. Toda esa prosa de Blackstone sobre el marido que no ha alcanzado el pleno uso de su razón y sobre la esposa de menos de doce años no nos interesa. Una esposa de menos de doce años, ¡qué barbaridad! Pasa al tercer impedimento, si es que lo hay.

 -El tercer impedimento -prosiguió Allan- es la incapacidad mental.

 Neelie tomó inmediatamente la tercera nota en la página de «Bueno»: «Allan y yo estamos en nuestro sano juicio.»

 -Pasa a la página siguiente.

 Allan volvió la hoja.

 -Un cuarto impedimento es el parentesco próximo.

 Una cuarta nota siguió inmediatamente en la página de la libreta para cosas favorables: «Él me ama y yo le amo, sin que haya el menor grado de parentesco entre nosotros.»

 -¿Algo más? -preguntó Neelie, golpeándose nerviosamente el mentón con la punta del lápiz.

 -Mucho más -respondió Allan-, y todo en jeroglíficos. Mira esto: «Leyes del Matrimonio, 4 Geo. iv. c. 76 y 6 y 7 Will. iv. c. 85 (q).» Aquí  (p.245) parece que Blackstone está perdiendo la chaveta. ¿Damos otro salto y vemos si se recobra en la página siguiente?

 -Espera un poco -dijo Neelie-. ¿Qué es lo que veo ahí en medio? -Leyó en silencio durante un minuto, por encima del hombro de Allan, y de pronto se estrujó las manos desesperadamente-. ¡Sabía que tenía razón! -exclamó-. ¡Dios mío, aquí está!

 -¿Dónde? -preguntó Allan-. No veo nada sobre languidecer en la cárcel ni rapar el pelo a nadie, a menos que esté en jeroglíficos. ¿Es «4 Geo. iv.» una abreviatura de «Metedlo en la cárcel» y significa «c. 85 (q)» «Enviadle al peluquero»?

 -Un poco de seriedad, por favor -le riñó Neelie-. Estamos los dos sobre un volcán. ¡Aquí! -dijo, señalando un párrafo-. ¡Léelo! Si hay algo que pueda hacerte comprender nuestra situación, esto hará que la comprendas.

 Allan carraspeó y Neelie acercó la punta del lápiz al lado deprimente de su cuenta, o sea, a la página de «Malo» de la libreta.

 -«Y como el objetivo de nuestra ley -empezó Allan- es evitar el matrimonio de personas que no hayan cumplido veintiún años sin el consentimiento de sus padres o tutores -Neelie hizo su primera anotación en el lado "Malo": "Yo cumpliré solamente diecisiete años en el próximo aniversario, y las circunstancias impiden que confíe mi noviazgo a papá"- ordena que, en el caso de que se publiquen las amonestaciones de un menor de veintiún años, que no sea viudo o viuda, ya que éstos se consideran emancipados -Neelie tomó otra nota en el lado desfavorable: "Allan no es viudo y yo no soy viuda; en consecuencia, ninguno de los dos está emancipado"-, si el padre o el tutor hacen constar su desacuerdo en el tiempo de publicarse las amonestaciones -"cosa que ciertamente haría papá"-, tal publicación será nula.» Si me lo permites, respiraré un poco -dijo Allan-. Creo que Blackstone habría hecho las frases más cortas si hubiese podido decirlo en menos palabras. ¡Anímate, Neelie! Tiene que haber otras maneras de casarse, además de esta tan complicada que termina en una Publicación y en una Nulidad. ¡Un galimatías infernal! Incluso yo podría escribir mejor en inglés.

 -Todavía no hemos llegado al final -dijo Neelie-. La Nulidad no es nada en comparación con lo que viene después.

 -Sea lo que fuere -dijo Allan-, lo consideraremos como un medicamento: lo tomaremos de golpe y acabaremos de una vez. -Siguió leyendo-: «Y no se otorgará licencia de matrimonio sin publicar amonestaciones, a menos que una de las partes preste antes juramento de que cree que no hay impedimento por parentesco o vínculo anterior...» Bueno, ¡esto puedo jurarlo sin que me remuerda la conciencia! ¿Qué más? «Y una de las dichas partes debe, por espacio de los quince días inmediatamente anteriores a la licencia, haber tenido su residencia habitual dentro de la parroquia o distrito eclesiástico donde debe solemnizarse el matrimonio.» ¡Caramba! Yo viviría quince días en una perrera con el mayor placer del mundo. Te digo, Neelie, que todo esto parece bastante sencillo. ¿Por qué sacudes la cabeza? ¿Dices que siga y lo veré? Oh, está bien; seguiré adelante, aquí está. «Y si una de las partes, sin ser viudo o viuda, tiene menos de veintiún años, deberá prestar juramento de que ha obtenido el consentimiento de la persona o personas que deben prestarlo, o que no hay persona que tenga autoridad para dar tal consentimiento. El consentimiento requerido por esta Ley es el del padre...» -Allan se detuvo en seco al leer estas últimas y terroríficas palabras-. El consentimiento del padre -repitió, con toda la debida seriedad en su expresión y sus modales-. Yo no podría jurar esto, ¿verdad?

 Neelie respondió con un expresivo silencio. Le tendió la libreta al acabar de escribir la última anotación en el lado «Malo», en estos términos: «Nuestro matrimonio es imposible, a menos que Allan cometa perjurio.»

 Los amantes se miraron por encima del obstáculo insalvable de Blackstone, en muda desolación.

 -Cierra el libro -dijo resignadamente Neelie-. Estoy segura de que encontraríamos la policía y la cárcel y el rapado de pelo, todo ello castigo para el perjurio tal como te dije, si mirásemos la página siguiente. Pero no debemos molestarnos en mirarlo; ya hemos encontrado lo bastante. Todo ha terminado para nosotros. Tendré que ir al colegio el sábado y tú tendrás que olvidarme lo antes que puedas. Tal vez podremos encontrarnos en un futuro remoto, y tal vez los dos seremos viudos, y esta ley cruel nos considerará emancipados cuando sea demasiado tarde para que pueda servirnos de algo. Pero entonces yo seré sin duda vieja y fea y tú habrás dejado naturalmente de quererme, y todo terminará en la tumba, y cuanto antes mejor. Adiós -concluyó Neelie, levantándose afligida, con lágrimas en los ojos-. Continuar aquí no sería más que prolongar nuestro dolor, a menos... a menos que tengas algo que proponer.

 -Tengo algo que proponer -exclamó el impetuoso Allan-. Es una idea completamente nueva. ¿Qué te parece si acudiésemos al herrero de Gretna Green?

 -¡Por nada del mundo -respondió Neelie con indignación- dejaría que me casara un herrero!

 -No te ofendas -suplicó Allan-; no lo he dicho con mala intención. Muchas personas en situación como la nuestra han acudido al herrero y lo han encontrado tan bueno como un clérigo y, según creo, muy amable además. ¡Pero olvídalo! Debemos buscar otra solución. -Es inútil que lo intentemos -dijo Neelie.

 -Te doy mi palabra -insistió firmemente Allan- de que tiene que haber medios y maneras de burlar a Blackstone (sin cometer perjurio); sólo nos falta saberlos. Es una cuestión jurídica y debemos consultar a un  (p.246) profesional. Ya sé que es arriesgado. Pero quien no se arriesga no pasa la mar. ¿Qué te parece el joven Pedgift? Es un buen muchacho. Estoy seguro de que podemos confiar en que guardará nuestro secreto.

 -¡Por nada del mundo! -exclamó Neelie-. Tú puedes estar dispuesto a confiar tus secretos a ese vulgar y pequeño desgraciado, pero yo no le confiaré los míos. Le odio. ¡No! -prosiguió, poniéndose colorada y dando una patada imperiosa sobre la hierba-. Te prohibo que hagas confidencias a nadie de Thorpe-Ambrose. Inmediatamente sospecharían de mí, y el rumor cundiría por todo el pueblo en un instante. Mi amor puede ser desgraciado -observó, llevándose el pañuelo a los ojos- y papá puede cortarlo de raíz, ¡pero no quiero que lo profanen los chismorreos de la población!

 -¡Calla, calla! -dijo Allan-. No diré una palabra en Thorpe-Ambrose, ¡no lo haré! -Hizo una pausa y reflexionó durante un momento-. ¡Hay otro camino! -exclamó, animándose al instante-. Tenemos toda la semana por delante. Te diré lo que voy a hacer. ¡Iré a Londres!

 Hubo un súbito rumor (que ninguno de los dos oyó) entre los árboles que ocultaban a Miss Gwilt. Otra dificultad en su camino (la dificultad de hacer que Allan marchase a Londres) parecía que iba a ser eliminada por propia voluntad de Allan.

 -¿A Londres? -le repitió Neelie, mirándole asombrada.

 -¡A Londres! -reiteró Allan-. Está bastante lejos de Thorpe-Ambrose, ¿no? Espera un momento y no olvides que ésta es una cuestión legal. Bueno, conozco a unos abogados en Londres que se encargaron de mi asunto cuando heredé esta propiedad; son las personas más adecuadas para hacerles una consulta. Y si no quieren mezclarse en esto, está su primer pasante, que es uno de los mejores muchachos que he conocido en mi vida. Recuerdo que le invité a navegar en el yate, y aunque no pudo venir, dijo que se sentía igualmente agradecido. Éste es el hombre que puede ayudarnos. Blackstone es un niño de teta comparado con él. No digas que esto es absurdo; no digas que esto es un acto propio de mí. Escúchame, por favor. No pronunciaré tu nombre ni el de tu padre. Te describiré como «una joven de la que estoy profundamente enamorado». Y si mi amigo el pasante me pregunta dónde vives, le diré que en el norte de Escocia, o en el oeste de Irlanda, o en las islas del Canal, o en cualquier otra parte que prefieras. Mi amigo el pasante es totalmente desconocido en Thorpe-Ambrose y de cuantos viven aquí (lo cual es una ventaja) y, en menos que canta un gallo, me dirá lo que he de hacer (lo cual es otra ventaja). ¡Si le conocieses! Es uno de esos hombres extraordinarios de los que sólo aparecen uno o dos en un siglo; la clase de hombre que no permite que te equivoques si estás a punto de hacerlo. Lo único que tendré que decirle (en pocas palabras) es: «Mi querido amigo, quiero casarme en secreto, sin cometer perjurio.» Y él sólo me dirá (en pocas palabras): «Tienes que hacer esto o aquello, y tienes que evitar esto y lo de más allá.» Entonces, lo único que tendré que hacer será seguir sus instrucciones, y lo único que tendrás que hacer tú es lo que siempre hace la novia cuando el novio está listo y esperando.

 Rodeó con un brazo la cintura de Neelie y sus labios recalcaron la moraleja de la última frase con esa elocuencia inarticulada que siempre consigue persuadir a una mujer contra su voluntad.

 Todas las meditadas objeciones de Neelie se desvanecieron a su pesar y quedaron reducidas a una pequeña pregunta.

 -Supongamos que te dejase ir, Allan -murmuró, jugueteando nerviosamente con el botón de la camisa de él-, ¿estarás mucho tiempo fuera?

 -Partiré hoy -dijo Allan-, en el tren de las once. Y mañana estaré de regreso, si mi amigo el pasante y yo podemos arreglarlo todo en este tiempo. Si no, volveré el miércoles a más tardar.

 -¿Me escribirás todos los días? -suplicó Neelie, acercándose un poco más a él-. Me moriré de impaciencia, si no me prometes escribirme cada día.

 Allan le prometió escribirle dos veces al día, si lo prefería; escribir cartas, una cosa que cuesta tanto a otros hombres, ¡no representaba el menor esfuerzo para él!

 -Y digan lo que digan esos señores de Londres -prosiguió Neelie-, insisto en que vengas a buscarme. Me niego absolutamente a fugarme, a menos que me prometas venir en mi busca.

 Allan prometió por segunda vez, empeñando su palabra de honor con voz rotunda. Pero Neelie no se dio aún por satisfecha. Volvió al principio e insistió en saber si Allan estaba completamente seguro de amarla.

 Allan puso al cielo por testigo de que era así, y recibió otra pregunta directa como recompensa. ¿Podía declarar solemnemente que nunca lamentaría haberse llevado a Neelie de su casa? Allan puso de nuevo al cielo por testigo, con más energía que nunca. ¡Esfuerzo inútil! El voraz apetito de la hembra por protestas de cariño exigía todavía más.

 -Sé lo que ocurrirá el día menos pensado -insistió Neelie-. Verás alguna chica más bonita que yo, ¡y lamentarás haberte casado conmigo en vez de con ella!

 Al abrir Allan los labios para hacer una última promesa, el reloj de la casa grande fue débilmente audible en la distancia al dar la hora. Neelie se sobresaltó. Era la hora del desayuno en el cottage; dicho en otras palabras, la hora de despedirse. En el último momento, su corazón le hizo pensar en su padre, y apoyó la cabeza en el pecho de Allan antes de decirle adiós.

 -Papá ha sido siempre tan bueno conmigo, Allan -murmuró, reteniéndole con manos temblorosas cuando él iba a alejarse-. Me parece muy cruel huir de él y casarme en secreto. ¡Oh! Piénsalo un poco más, antes de ir a Londres. ¿No habría  (p.247) manera de hacer que él se mostrase un poco más amable y justo contigo?

 La pregunta era inútil. La reacción resueltamente desfavorable del comandante a la carta de Allan volvió a la memoria de Neelie y respondió a su propia pregunta mientras todavía la estaba formulando. Con impulso de niña, empujó a Allan antes de que éste pudiese hablar y le hizo un ademán impaciente para que se marchase. El conflicto de emociones opuestas, que había logrado dominar hasta entonces, estalló a su pesar cuando él hubo agitado la mano en despedida y desaparecido en la profundidad del pequeño valle. Cuando ella se volvió a su vez, las lágrimas tanto tiempo contenidas brotaron libremente al fin, y regresó al cottage por el camino solitario en el estado de ánimo más triste que había experimentado Neelie en mucho tiempo.

 Mientras caminaba apresuradamente hacia su casa, las hojas se separaron detrás de ella y Miss Gwilt salió sin ruido al espacio abierto. Se irguió allí triunfal, alta, bella y resuelta. Su cara adorable se iluminó mientras observaba la figura de Neelie que se alejaba presurosamente de ella sobre la hierba.

 -¡Llora, pequeña imbécil! -dijo, en voz baja y clara, y con una fija sonrisa de desprecio-. ¡Llora como jamás lo hayas hecho! ¡Has visto a tu enamorado por última vez!

CAPÍTULO XII

ESCÁNDALO EN LA ESTACIÓN

 Una hora más tarde, la casera de Miss Gwilt se quedó pasmada y las clamorosas lenguas de los niños entraron en un estado de incontenible agitación. «Circunstancias imprevistas» habían obligado súbitamente a la inquilina del primer piso a dar por terminada la ocupación de sus habitaciones y dirigirse a Londres en el tren de las once.

 -Por favor, haga que un simón esté ante la puerta a las diez y media -dijo Miss Gwilt, mientras la asombrada casera la seguía escalera arriba-. Y discúlpeme, buena señora, si le suplico que nadie me moleste hasta que llegue el simón.

 Una vez dentro de su habitación, cerró la puerta con llave y abrió su escritorio.

 -Ahora, ¡mi carta al comandante! -dijo-. ¿Cómo la redactaré?

 Por lo visto, le bastó una reflexión momentánea para decidirlo. Buscando entre su colección de plumas, eligió cuidadosamente la peor que pudo encontrar y empezó la carta escribiendo la fecha en una sucia hoja de papel de  (p.248) cartas, en torpes y torcidos caracteres, terminados con un borrón hecho adrede con las barbas de la pluma. Deteniéndose, a veces para pensar un poco, a veces para hacer otro borrón, escribió la carta en estos términos:

 «Honorable señor: Mi conciencia me obliga a decirle algo que creo que tiene que saber. Debería saber las salidas de su señorita hija con el joven Mr. Armadale. Si quiere que vaya por el camino que usted desea, le aconsejo que la vigile cuando a su paseo por la mañana antes de desayunar, y que lo haga rápidamente. No me gusta hacer daño cuando hay verdadero amor por ambas partes. Pero no creo que el joven quiera de veras a la Miss. Quiero decir que creo que sólo se ha encaprichado de ella. Otra persona, a la que no nombraré, es la dueña del corazón de él. Ruego que me disculpe que no firme con mi nombre; soy una persona humilde y esto podría ponerme en dificultades. Esto es cuanto tiene que decirle por ahora, señor, esta que lo es,

 Una que le quiere bien.»

 -¡Ya está! -dijo Miss Gwilt, doblando la carta-. Si fuese novelista de profesión, difícilmente habría podido escribir con más naturalidad en el estilo de una criada.

 Escribió en el sobre la dirección del comandante Milroy; contempló con admiración, por última vez, el tosco y torpe escrito producido por su mano delicada y se levantó para echar personalmente la carta al buzón, antes de pasar al serio asunto de hacer su equipaje. «¡Es curioso! -pensó, después de echar la carta y volver para hacer los preparativos del viaje en su habitación-. Voy a lanzarme de cabeza a una operación terriblemente arriesgada, ¡y en mi vida había estado más animada que ahora!»

 Las maletas estaban preparadas cuando el simón se detuvo ante la puerta y Miss Gwilt se había puesto (con la gracia acostumbrada) su elegante traje de viaje. El grueso velo que solía llevar en Londres, apareció prendido por primera vez en su sombrero de paja.

 -A veces se encuentra una con hombres tan rudos en el tren... -dijo a la casera-. Y aunque visto discretamente, mis cabellos llaman siempre la atención.

 Estaba un poco más pálida que de costumbre, pero nunca se había mostrado tan amable y simpática, tan gentilmente cordial y amistosa, como ahora, al llegar el momento de la partida. La gente sencilla de la casa se conmovió al despedirse de ella, y ella quiso estrechar la mano a la patrona, dirigiéndole amables frases y sus más brillantes sonrisas.

 -¡Venga! -dijo a la patrona-. Ha sido usted tan amable, como una verdadera madre para mí, que debe darme un beso de despedida.

 Abrazó a los pequeños de una vez, con una mezcla de humor y de ternura deliciosa, y les dio un chelín para que comprasen un pastel.

 -¡Ojalá fuese lo bastante rica para poder darles un soberano! -murmuró a la madre.

 El torpe muchacho que hacía los recados estaba esperando junto a la portezuela del simón. Era desmañado, desaliñado, tenía la nariz respingona y estaba siempre boquiabierto, pero ella en su afán de mostrarse simpática le aceptó a pesar de todo, por la que sería la última vez.

 -¡Mi querido y pobre John! -dijo amablemente, acercándose a la portezuela del carruaje-. Tengo tan poco dinero que sólo puedo darte seis peniques y mis mejores deseos. Sigue mi consejo, John; sé siempre bueno y búscate una buena novia. ¡Gracias mil veces!

 Le dio un golpecito amistoso en la mejilla con dos dedos enguantados, y sonrió, saludó con la cabeza y subió al simón.

 «¡Ahora, a por Armadale!», dijo para sus adentros al arrancar el carruaje.

 La ansiedad de Allan por no perder el tren había hecho que llegase a la estación con más anticipación que de costumbre. Después de sacar su billete y dejar la maleta al cuidado de un mozo, paseaba por el andén, pensando en Neelie, cuando oyó el susurro de un vestido de mujer a su espalda y, al volverse a mirar, se encontró cara a cara con Miss Gwilt. Esta vez no había manera de escapar. La pared de la estación estaba a su derecha y la vía férrea, a su izquierda; había un túnel detrás de él, y tenía delante a Miss Gwilt, que preguntaba en su tono más dulce si Mr. Armadale iba a Londres.

 Allan se puso colorado de irritación y sorpresa. Él estaba allí, evidentemente esperando el tren, y cerca de él estaba su maleta, con su nombre en ella y la etiqueta para Londres.

 Después de esto, ¿podía responder algo que no fuese la verdad? ¿Podía dejar que el tren se marchase sin él, y perder unas horas preciosas, vitalmente importantes para Neelie y para él mismo? ¡Imposible! Allan no tuvo más remedio que confirmar la declaración estampada en su maleta, deseando, al hacerlo, encontrarse en el otro extremo del mundo.

 -¡Qué suerte la mía! -prosiguió Miss Gwilt-. Yo también voy a Londres. ¿Puedo pedirle, Mister Armadale, ya que parece estar solo, que me acompañe durante el viaje?

 Allan miró a unos cuantos viajeros y amigos de viajeros que se agrupaban en el andén cerca de la ventanilla. Todos eran de Thorpe-Ambrose. Probablemente le conocían de vista, y probablemente conocían de vista todos ellos a Miss Gwilt. Desesperado, vacilando más torpemente que nunca, sacó su petaca.

 -Me encantaría -dijo, con una precipitación que era casi un insulto dadas las circunstancias-. Pero... soy lo que los enemigos de los cigarros llaman un fumador empedernido.

 -¡A mí me encanta el tabaco! -dijo Miss Gwilt, con vivacidad y buen humor-. Es uno de los privilegios de los hombres que siempre he envidiado. Temo, Mister Armadale, que se imagine que quiero imponerle mi presencia. Ciertamente lo parece. Y la verdad es que quisiera decirle unas palabras en privado acerca de Mister Midwinter.

 El tren  (p.249) llegó en aquel momento. Dejando aparte la cuestión de Midwinter, las normas elementales de la cortesía no dejaban más alternativa a Allan que la de someterse. Después de haber sido la causa de que ella perdiese su posición en la casa del comandante Milroy, después de haberla evitado sin disimular en la carretera pocos días atrás, negarse a viajar a Londres en el mismo compartimiento que Miss Gwilt habría sido una grosería que, sencillamente, no podía cometer. «¡Maldita sea!», se dijo Allan, mientras ofrecía la mano a su compañera de viaje para que subiese a un compartimiento vacío, oficiosamente puesto a su disposición por el guarda, con preferencia sobre todos los demás que esperaban en la estación.

 -Así no les molestarán, señor -murmuró confidencialmente el hombre, sonriendo y tocándose la gorra.

 Allan le habría derribado de buena gana de un puñetazo.

 -¡Espere! -dijo, desde la ventanilla-. No quiero este compartimiento...

 Pero fue inútil; el guarda ya no podía oírle; sonó el silbato, y el tren arrancó en dirección a Londres.

 El grupo de amigos y parientes de viajeros que se habían quedado en el andén, formaron inmediatamente un círculo alrededor del jefe de la estación.

 El jefe de estación, llamado Mr. Mack, era un personaje popular en estos andurriales. Poseía dos cualidades sociales que invariablemente impresionaban al inglés corriente: era antiguo soldado y era hombre de pocas palabras.

 El cónclave del andén insistió en saber su opinión antes de formarse una propia. Como era de esperar menudearon los comentarios por parte de todos; pero cada cual terminaba su observación sobre el tema con un interrogante, con una pregunta dirigida a quemarropa al oído del jefe de estación.

 «¿Le ha pillado, eh?» «Volverá como Mistress Armadale, ¿verdad?» «Habría hecho mejor en aficionarse a Miss Milroy, ¿no?» «Miss Milroy se aficionó a él. Le visitó en la casa grande, ¿no es cierto?» «Nada de eso; es vergonzoso desprestigiar la reputación de la niña. La sorprendió una tormenta cerca de la casa, y él se vio obligado a ponerla al abrigo. Y ella no volvió allí desde entonces. En cambio, Miss Gwilt sí que ha estado, sin que ninguna tormenta la obligase, y Miss Gwilt se va ahora con él a Londres en un compartimiento para los dos, ¿eh, Mister Mack?» «¡Ah, qué tonto es ese Armadale! Con el dinero que tiene, liarse con una pelirroja ocho o nueve años mayor que él! Al menos tiene treinta. Esto es lo que yo digo, Mister Mack, ¿qué dice usted?» «Más vieja o más joven, ella será quien llevará la batuta en Thorpe-Ambrose; y yo digo, por el bien del lugar y por el bien del oficio, saquemos de ello el mejor partido; y Mister Mack, como hombre de mundo que es, lo ve igual que yo, ¿no es verdad, señor?»

 -Caballeros -dijo el jefe de estación, con su brusco acento y su impenetrable expresión militar-, es una mujer endiabladamente hermosa. Y creo que, cuando yo tenía la edad de Mister Armadale, me habría casado con ella si se le hubiese antojado.

 Y expresada de esta suerte su opinión, el jefe de estación dio media vuelta a la derecha y se atrincheró en la inexpugnable fortaleza de su oficina.

 Los ciudadanos de Thorpe-Ambrose miraron la puerta cerrada y sacudieron gravemente la cabeza. Mr. Mack les había defraudado. Cualquier opinión que reconoce francamente la fragilidad de la naturaleza humana es siempre impopular para la humanidad.

 «¡Esto es como decir que cualquiera de nosotros se habría casado con ella, si hubiese tenido la edad de Mister Armadale!» Ésta era la impresión general en las mentes del cónclave, cuando éste se disolvió y sus miembros salieron de la estación.

 El último en hacerlo fue un viejo y pausado caballero que tenía la costumbre de mirar deliberadamente a su alrededor. Deteniéndose en la puerta, esta persona observadora miró hacia el andén y descubrió, a lo lejos y plantado detrás de una esquina de la pared, a un hombre entrado en años y vestido de negro, en quien nadie se había fijado hasta entonces.

 -¿Eh? ¡Dios mío! -dijo el viejo caballero, intrigado y avanzando paso a paso-. ¡No puede ser Mister Bashwood!

 Era Mr. Bashwood; Mr. Bashwood, cuya curiosidad natural le había llevado disimuladamente a la estación, empeñado en resolver el misterio de la súbita partida de Allan hacia Londres; Mr. Bashwood, que había visto y oído, desde su esquina, lo que todos los demás habían visto y oído, y que parecía anormalmente impresionado por ello. Estaba rígido contra la pared, como petrificado, con una mano apretado sobre la calva y sosteniendo con la otra su sombrero; con un rubor mate en el semblante y una mirada turbia en los ojos, contemplando fijamente el negro agujero del túnel, más allá de la estación, como si el tren de Londres acabase de desaparecer en él.

 -¿Le duele la cabeza? -preguntó el anciano caballero-. Siga mi consejo. Vaya a casa y acuéstese.

 Mr. Bashwood escuchó mecánicamente, con su acostumbrada atención, y respondió mecánicamente, con su acostumbrada urbanidad.

 -Sí, señor -dijo, en un tono grave y vago, como despertando a medias de un sueño-. Iré a casa y me acostaré.

 -Muy bien -dijo el viejo caballero, dirigiéndose a la puerta-. Y tome una pildora, Mister Bashwood..., tome una pildora.

 Cinco minutos más tarde, el mozo encargado de cerrar la estación encontró a Mr. Bashwood, todavía descubierto y apoyado en la pared, y mirando todavía las negras profundidades del túnel, como si el tren de Londres acabase de desaparecer en él.

 -¡Vamos, señor! -dijo el mozo-. Tengo que cerrar. ¿Está pachucho? ¿Se encuentra mal? Vaya a tomar un trago de ginebra con cerveza amarga.

 -Sí -dijo  (p.250) Mr. Bashwood, respondiendo al mozo exactamente igual que como había respondido al viejo caballero-. Echaré un trago de ginebra con cerveza amarga. El mozo le asió de un brazo y le sacó de la estación.

 -Allí se la servirán -dijo, señalando confidencialmente una taberna-, y de la buena.

 -Iré allí -dijo Mr. Bashwood, siempre repitiendo mecánicamente lo que le decían-, y será de la buena.

 Parecía estar paralizado; sus acciones dependían absolutamente de lo que le decían los demás. Dio unos pocos pasos en dirección a la taberna..., vaciló, se tambaleó..., y se agarró al poste de una farola de la estación.

 El mozo le siguió y le asió una vez más del brazo.

 -Conque ya ha estado bebiendo, ¿eh? -exclamó, con repentino interés por el estado de Mr. Bashwood-. ¿Qué ha sido? ¿Cerveza?

 Mr. Bashwood repitió, en su tono más grave, la última palabra.

 Se estaba acercando la hora de la cena para el mozo de estación. Pero cuando la clase baja del pueblo inglés cree que ha descubierto un borracho, su simpatía para con él es ilimitada. El mozo retrasó su cena y ayudó solícitamente a Mr. Bashwood a llegar a la taberna.

 -La ginebra con cerveza amarga le dejará como nuevo -murmuró el samaritano enderezador de los entuertos alcohólicos de la humanidad.

 Si Mr. Bashwood hubiese estado realmente embriagado, el efecto del remedio del mozo de estación habría sido realmente maravilloso. Casi en el mismo instante de haberse vaciado el vaso, el estimulante puso manos a la obra. El debilitado sistema nervioso del administrador delegado, agotado ahora por la impresión que acababa de recibir, se reanimó como el caballo cansado aguijoneado por la espuela. La rojez mate de sus mejillas, la mirada turbia de sus ojos, desaparecieron simultáneamente. Después de un esfuerzo momentáneo, recobró la memoria lo bastante para dar las gracias al mozo de estación e invitarle a tomar algo. La noble criatura aceptó inmediatamente una dosis de su único medicamento (sólo como preventivo) y se fue a cenar a su casa, como sólo pueden hacerlo los hombres físicamente calentados por la ginebra con cerveza y moralmente elevados por haber realizado una buena acción.

 Todavía extrañamente abstraído (pero consciente ahora del camino por el que había  (p.251) venido), Mr. Bashwood salió de la taberna, unos minutos más tarde. Echó a andar mecánicamente, en su negro y lúgubre ropaje, moviéndose como una mancha sobre la blanca superficie de la carretera iluminada por el sol, como le había visto Midwinter a poco de llegar a Thorpe-Ambrose, cuando se habían encontrado por primera vez. Llegado al punto donde tenía que elegir entre el camino de la población y el de la casa grande, se detuvo, incapaz de decidir e incluso, aparentemente, de intentarlo.

 -¡Me vengaré de ella! -murmuró para sí, todavía sumido en su celoso y frenético furor contra la mujer que le había engañado-. ¡Me vengaré de ella -repitió en tono más fuerte-, aunque tenga que gastarme hasta el último penique!

 Unas mujeres de la vida, que le adelantaron dirigiéndose a la población, le oyeron.

 -¡Ay, viejo bruto! -le gritaron, con la desvergüenza ilimitada de las de su clase-. Te hiciera lo que te hiciese, ¡te estuvo bien empleado!

 Aquellas voces broncas le sobresaltaron, comprendiese o no lo que le decían. Para librarse de más interrupciones y de más insultos, se refugió en el camino más tranquilo que conducía a la casa grande.

 Se detuvo en un lugar solitario de la orilla y se sentó. Se quitó el sombrero, se levantó un poco la juvenil peluca de la calva y trató desesperadamente de borrar la firme convicción que pesaba como el plomo en su cabeza: la convicción de que Miss Gwilt le había engañado deliberadamente desde el principio. Fue inútil. Ningún esfuerzo le libraría de aquella impresión dominante y de la única idea que había suscitado: la idea de venganza. Se levantó de nuevo, se caló el sombrero y caminó rápidamente un breve trecho; después se volvió, sin saber por qué, y retrocedió despacio.

 -¡Si me hubiese vestido con un poco más de elegancia! -dijo desmayadamente el pobre infeliz-. ¡Si me hubiese mostrado un poco audaz con ella, tal vez habría pasado por alto que soy viejo! -La ira renació en él. Cerró las sudorosas y temblorosas manos y las sacudió furiosamente en el aire vacío-. Me vengaré de ella -repitió-. ¡Me vengaré de ella, aunque tenga que gastar hasta mi último medio penique!

 El hecho de que su afán de vengar la afrenta no se extendiese al hombre que creía que era su rival indicaba el dominio terriblemente obsesionante que había adquirido ella sobre él. Tanto en su cólera como en su amor, era absorbido en cuerpo y alma por Miss Gwilt.

 Un momento después, le sobresaltó el ruido de unas ruedas que se acercaban desde atrás. Se volvió a mirar. Era el viejo Mr. Pedgift que le alcanzaba rápidamente en su calesa, de la misma manera que le había alcanzado ya una vez, en aquella ocasión en que estaba escuchando debajo de la ventana de la casa grande y el abogado le había echado en cara su curiosidad por Miss Gwilt.

 En un instante, se produjo en su mente la inevitable asociación de ideas. La opinión sobre Miss Gwilt, que había oído expresar al abogado al despedirse de Allan, volvió súbitamente a su memoria, junto con la sarcástica aprobación por Mr. Pedgift de cualquier medio de averiguación que pudiese satisfacer su propia curiosidad. «Todavía puedo desquitarme de ella -pensó-, si Mr. Pedgift quiere ayudarme.»

 -¡Deténgase, señor! -gritó desesperadamente al acercarse la calesa-. Si tiene la bondad, señor, quisiera hablar con usted.

 El viejo Pedgift redujo el trote de su yegua, pero no la detuvo.

 -Venga a mi despacho dentro de media hora -dijo-. Ahora tengo prisa.

 Y sin esperar la respuesta, sin corresponder siquiera a la reverencia de Mr. Bashwood, soltó de nuevo la rienda a la yegua y se perdió de vista en un minuto.

 Mr. Bashwood se sentó una vez más en una sombra de la orilla de la carretera. Parecía incapaz de sentir cualquier ofensa que no fuese la que le había inferido Miss Gwilt. No solamente no quiso sentir resentimiento, sino que incluso se alegró del trato descortés que le había dado Mr-Pedgift.

 -Media hora -dijo, resignadamente-. Tiempo suficiente para sosegarme, que bien lo necesito. Mr. Pedgift ha sido muy amable, aunque tal vez sin proponérselo.

 La opresión que sentía en la cabeza le obligó una vez más a quitarse el sombrero. Sentado con éste sobre las rodillas, se sumió en profunda reflexión, gacha la cabeza y tamborileando distraídamente con los temblorosos dedos de una mano sobre la copa del sombrero. Si el viejo Mr. Pedgift le hubiese visto ahora y hubiese podido atisbar un poco en el futuro, aquella mano del administrador suplente, que tamborileaba con monotonía, habría tenido fuerza suficiente, con lo débil que estaba, para detener al abogado en la orilla del camino. Era la mano arrugada, cansada y triste de un viejo triste, cansado y arrugado; pero a pesar de todo esto era (para emplear el lenguaje profético de Mr. Pedgift al despedirse de Allan) la mano que estaba ahora destinada a «arrojar luz sobre Miss Gwilt».

CAPÍTULO XIII

EL CORAZÓN DE UN VIEJO

 Exactamente al expirar el intervalo de media hora, Mr. Bashwood fue anunciado en el despacho de Mr. Pedgift, al que acudió diciendo que tenía una cita especial con éste. El abogado levantó la mirada de sus papeles, visiblemente molesto: había olvidado completamente el encuentro en la carretera.

 -Pregúntale qué quiere -dijo el viejo Pedgift al joven Pedgift, que trabajaba en la misma habitación con él-. Y si no es nada importante, aplaza la visita para otro día.

 El joven Pedgift desapareció rápidamente y volvió con la misma rapidez.

 -¿Y bien? -preguntó su padre.

 -Bueno -respondió el hijo-, tiembla bastante más y se le entiende bastante menos que de costumbre. No he podido sacar nada en claro, salvo que insiste en verte. Mi  (p.252) impresión -prosiguió el joven Pedgift, con su irónica gravedad acostumbrada- es que va a darle un ataque y que desea corresponder a tu amabilidad para con él obsequiándote con una sesión privada de todo el espectáculo.

 El viejo Pedgift solía igualar a cualquiera, incluso a su hijo con sus propias armas.

 -Ten la bondad de recordar, Augustus -respondió-, que mi despacho no es un Tribunal de Justicia. Aquí, un chiste malo no va invariablemente seguido de «grandes carcajadas». Haz pasar a Mr. Bashwood.

 Mr. Bashwood fue introducido en el despacho, y Pedgift se retiró.

 -No debe usted sangrarle, señor -murmuró el incorregible bromista al pasar por detrás del sillón de su padre-. Botellas de agua caliente en la planta de sus pies, y, una cataplasma de mostaza sobre la boca del estómago;, éste es el tratamiento moderno.

 -Siéntese, Bashwood -dijo el viejo Pedgift cuando se quedaron solos-. Y no olvide que el tiempo es oro. Desembuche, sea lo que fuere, con la mayor rapidez y la menor cantidad de palabras posible.

 Esta instrucción preliminar, expresada sin rodeos pero sin la menor brusquedad, aumentó más que redujo la dolorosa agitación que sufría Mr. Bashwood. Tartamudeó más irremediablemente y tembló más continuamente que de costumbre, en su breve discurso para dar las gracias a su patrono y disculparse de molestarle en horas de trabajo.

 -Todo el mundo sabe, Mister Pedgift, señor, lo valioso que es su tiempo. ¡Oh, sí!, ¡Oh, sí!, muy valioso, ¡muy valioso! Discúlpeme, señor, voy a ir al grano. Su bondad o mejor dicho sus ocupaciones..., no, su bondad me concedió media hora de espera... y la empleé pensando en lo que tenía que decir, y preparándome para decirlo en pocas palabras.

 Llegado a este punto, se interrumpió, con una expresión afligida y de asombro. Lo había guardado todo en su memoria, y ahora, cuando llegaba el momento, estaba demasiado confuso para encontrarlo. Y allí estaba Mr. Pedgift esperando en silencio, expresando con su cara y su actitud aquel sentido silencioso del valor de su propio tiempo que conocen tan bien los pacientes que visitan a un médico famoso o los clientes que van a consultar a un abogado prestigioso.

 -¿Se ha enterado usted de la noticia, señor? -balbució Mr. Bashwood, cambiando desesperadamente de táctica, y dando salida a la idea predominante en su mente, por la simple razón de que era la única que estaba preparada para salir.

 -¿Me concierne a mí? -preguntó el viejo Pedgift, implacablemente breve e implacablemente resuelto a ir al grano.

 -Concierne a una dama, señor... No, no a una dama; diría mejor a un joven por el que sentía usted cierto interés. ¡Oh, imagínese, Mister Pedgift, señor! Mister Armadale y Miss Gwilt se han ido hoy juntos a Londres..., solos, señor..., solos en el tren, en un compartimiento reservado para los dos. ¿Cree usted que va a casarse con ella? ¿Cree usted realmente, como piensan todos, que va a casarse con ella?

 Formuló esa pregunta con un súbito rubor en su semblante y con súbita energía en sus modales. Su sentido del valor del tiempo del abogado, su convicción de la gran condescendencia del abogado, su timidez y su reserva naturales, habían cedido conjuntamente ante el único y abrumador interés por oír la respuesta de Mr. Pedgift. Por primera vez en su vida, había levantado la voz al hacer la pregunta.

 -Por la experiencia que tengo de Mister Armadale -dijo el abogado, endureciendo instantáneamente su expresión y su actitud- creo que está lo bastante enamorado para casarse con Miss Gwilt una docena de veces, si Miss Gwilt se lo pidiese. Su noticia no me sorprende en absoluto, Bashwood. Lo siento por él. Puedo decirlo honradamente, aunque él haya prescindido de mi consejo. Y todavía lo siento más -prosiguió, suavizando de nuevo sus modales al recordar su entrevista con Neelie a la sombra de los árboles del parque-, todavía lo siento más por otra persona a la que no nombraré. Pero ¿qué tengo yo que ver con todo esto? ¿Y qué diablos le importa a usted? -continuó, advirtiendo por primera vez en los modales y en el semblante de Mr. Bashwood, la terrible aflicción y la franca desesperación que le había producido su respuesta-. ¿Está usted enfermo? ¿Hay algo escondido que tiene usted miedo de revelar? No lo comprendo. ¿Ha venido aquí, a mi despacho particular y en horas de oficina, solamente para decirme que el joven Armadale ha sido lo bastante imbécil para arruinar sus perspectivas para toda la vida? Bueno, yo lo previ hace semanas y, lo que es más, se lo di a entender en la última conversación que sostuve con él en la casa grande.

 Mr. Bashwood se animó de pronto al oír las últimas palabras. La referencia casual del abogado a la casa grande le hizo recordar instantáneamente su propósito.

 -¡Esto es, señor! -dijo ansiosamente-. De esto quería hablarle; esto es lo que estuve preparando en mi mente. Mr. Pedgift, señor, la última vez que estuvo usted en la casa grande, cuando se alejó de ella en su calesa, y me... me alcanzó en el paseo...

 -Es natural -observó resignadamente Pedgift-. Se da el caso de que mi yegua es un poco más veloz con sus patas que usted con sus piernas, Bashwood. Prosiga, prosiga. Supongo que, con el tiempo, llegaremos a su objetivo.

 -Usted me detuvo y me habló, señor -prosiguió Mr. Bashwood, tendiendo más y más ansiosamente hacia su fin-. Me dijo que sospechaba que yo sentía cierta curiosidad por Miss Gwilt, y me dijo (recuerdo exactamente sus palabras, señor), me dijo que podía satisfacer mi curiosidad, pues usted nada tenía que oponer.

 El viejo Pedgift pareció, por primera vez, interesado en oír más.

 -Recuerdo algo de eso -replicó-, y también  (p.253) recuerdo que me pareció bastante extraño que se hallase usted por casualidad, por no decirlo de una manera más ofensiva, exactamente debajo de la ventana abierta de Mister Armadale cuando yo estaba hablando con él. Podía ser accidental, naturalmente, pero más bien parecía fruto de la curiosidad. Yo podía solamente juzgar por las apariencias -concluyó Pedgift, subrayando la ironía con una pulgarada de rapé-, y las apariencias, Bashwood, estaban resueltamente contra usted.

 -No lo niego, señor. Sólo mencioné la circunstancia porque deseaba reconocer que sentía y siento curiosidad por Miss Gwilt.

 -¿Por qué? -preguntó el viejo Pedgift, percibiendo algo debajo de la superficie de la cara y los modales de Mr. Bashwood, pero hasta ahora completamente a oscuras en cuanto a lo que aquel algo podía ser.

 Se hizo un silencio momentáneo. Pasado el momento, Mr. Bashwood se refugió en lo que suelen refugiarse los hombres nerviosos que, en circunstancias como las suyas, no saben qué responder. Repitió simplemente la afirmación que acababa de hacer.

 -Siento cierta curiosidad, señor -dijo, con una extraña mezcla de terquedad y timidez-, acerca de Miss Gwilt.

 Hubo otro momento de silencio. A pesar de su perspicacia y su conocimiento del mundo, el abogado estaba más confuso que nunca. El caso de Mr. Bashwood presentaba el acertijo humano que él estaba menos capacitado para resolver. Aunque los años son testigos, en miles y miles de casos, de crueles desheredaciones de los parientes más próximos y queridos, de antinaturales rupturas de los sagrados vínculos familiares, de la deplorable terminación de antiguas y firmes amistades, debido todo ello a la intensa obsesión que puede engendrar la pasión sexual cuando se introduce en el corazón de un viejo, la asociación del amor con los achaques y los cabellos grises solamente despierta, en todos los lugares del mundo, la idea de una improbabilidad extravagante o de un absurdo en la mente general. Si la entrevista que ahora tenía lugar en el bufete de Mr. Pedgift se hubiese realizado en su comedor, cuando el vino hubiese abierto su cerebro a influencias humorísticas, es posible que el abogado hubiese sospechado la verdad. Pero, en sus  (p.254) horas de trabajo, el viejo Pedgift tenía la costumbre de estudiar seriamente los motivos de los hombres desde el punto de vista jurídico, y precisamente por esto, era incapaz de concebir una improbabilidad tan sorprendente, un absurdo tan enorme, como el absurdo y la improbabilidad de que Mr. Bashwood estuviese enamorado.

 Algunos hombres, en la posición del abogado, habrían tratado de forzar el camino hacia la luz repitiendo obstinadamente la pregunta incontestada. Pero el viejo Pedgift aplazó prudentemente la cuestión hasta haber avanzado otro paso en la conversación.

 -Bueno -dijo ahora-, digamos que siente curiosidad por Miss Gwilt. ¿Qué más tiene que decirme?

 Las palmas de las manos de Mr. Bashwood empezaron a humedecerse con la influencia de su agitación, como se habían humedecido en el pasado cuando había contado a Midwinter la historia de sus pesares domésticos, en la casa grande. Una vez más hizo una bola con su pañuelo y se frotó suavemente las manos con ella.

 -¿Puedo preguntarle, señor -empezó diciendo-, si acierto al creer que tiene usted una opinión muy desfavorable de Miss Gwilt? Creo que está usted convencido de que...

 -Mi buen amigo -le interrumpió Pedgift-, ¿por qué puede dudarlo? Estuvo usted debajo de la ventana abierta de Mister Armadale mientras yo hablaba con él, y presumo que no se había tapado del todo los oídos.

 Mr. Bashwood pareció no haberse dado cuenta de la interrupción. La punzada de la ironía del abogado se perdió en el más noble dolor que le atosigaba desde que Miss Gwilt le había infligido aquella herida.

 -Creo, señor -siguió diciendo-, que está usted convencido de que hay circunstancias en el pasado de esta dama que serían para ella un gran descrédito si se descubriesen en el momento actual.

 -La ventana estaba abierta en la casa grande, Bashwood y presumo que usted no se había tapado del todo los oídos.

 Todavía insensible al aguijón, Mr. Bashwood insistió, con más obstinación que nunca.

 -A menos que esté muy equivocado, su larga experiencia en estas cosas le habrá incluso sugerido, señor, que Miss Gwilt puede ser conocida por la policía, ¿no es cierto?

 La paciencia del viejo Pedgift se agotó.

 -Lleva usted más de diez minutos en este despacho -estalló-. ¿Puede o no puede decirme, en buen inglés, lo que desea?

 En buen inglés, con la pasión que le había transformado, la pasión que (según expresión de la propia Miss Gwilt) había hecho de él un hombre, y que inflamaba sus escuálidas mejillas, Mr. Bashwood respondió al desafío y se enfrentó al abogado (como se enfrenta al perro la inquieta oveja) en su propio terreno.

 -Deseo decir, señor -respondió-, que su opinión en este asunto coincide con la mía. Creo que hay algo malo en el pasado de Miss Gwilt, que ella oculta a todo el mundo y quiero ser el hombre que lo descubra.

 El viejo Pedgift vio su oportunidad y volvió instantáneamente a la pregunta que había aplazado.

 -¿Porqué?

 Por segunda vez, vaciló Mr. Bashwood. ¿Podía reconocer que había sido lo bastante loco para enamorarse de ella y lo bastante ruin para espiar por ella? ¿Podía decir: Ella me engañó desde el principio y me ha rechazado ahora que ha conseguido su objetivo? Después de robarme mi felicidad, de robarme mi honor, de robarme la última esperanza que me quedaba en la vida, se ha ido de mí para siempre, y sólo me ha dejado mi afán de viejo, lento y astuto, y fuerte e inmutable, de venganza. Una venganza que puedo conseguir, si logro envenenar su triunfo sacando a la luz pública sus flaquezas. Una venganza que compraré (pues, ¿qué valen el oro y la vida para mí?) con el último penique del dinero que tengo ahorrado y con la última gota de mi sangre estancada. ¿Podía decir esto al hombre que esperaba sentado su respuesta? No. Sólo podía tragárselo y guardar silencio.

 La expresión del abogado volvió a endurecerse una vez más.

 -Uno de los dos tiene que hablar claro -dijo-, y como parece que usted no va a hacerlo, lo haré yo. Sólo puedo explicar de dos maneras su extraordinario interés en conocer los secretos de Miss Gwilt. Su motivo es, o excesivamente ruin (no lo tome a ofensa, Bashwood, pues no es más que una hipótesis), o excesivamente generoso. Dada mi experiencia de su carácter honrado y de su intachable conducta, tiene derecho a que le absuelva inmediatamente del motivo ruin. Creo que es tan incapaz como yo, y con esto queda dicho todo, de sacar provecho, en perjuicio de Miss Gwilt, de lo que pueda descubrir de su vida pasada. ¿Debo continuar o, después de pensarlo bien, prefiere decirme lo que hay en su mente y hablarme con franqueza por su propia decisión?

 -Preferiría no interrumpirle, señor -dijo Mr. Bashwood.

 -Como guste -siguió diciendo el viejo Pedgift-. Después de absolverle del motivo ruin, pasaré al motivo generoso. Es posible que sea usted un hombre desacostumbradamente agradecido, y es cierto que Mister Armadale ha sido muy amable con usted. Después de darle un empleo de ayudante de Mister Midwinter, en la administración de su hacienda, confió lo bastante en su honradez y su capacidad para poner en sus manos, enteramente y sin reservas, ahora que su amigo se ha marchado, todo lo referente a sus negocios. No es que yo sea experto en la naturaleza humana, pero es posible que agradezca usted tanto aquella confianza y le interese tanto el bienestar de su patrono que, en su calidad de amigo, no pueda tolerar que se lance de cabeza a su deshonra y su ruina, sin hacer un esfuerzo para salvarle de ello. Dicho en pocas palabras: ¿Cree usted que podría evitarse que Mister Armadale se casara con Miss Gwilt, si se enterase a tiempo de la verdadera personalidad de ésta?  (p.255) ¿Y desea usted ser el hombre que le abra los ojos a la verdad? Si éste es el caso...

 Se interrumpió, asombrado. Cediendo a algún impulso incontrolable, Mr. Bashwood se había levantado. Y se quedó en pie, iluminado el pálido semblante por una súbita luz interior que le hacía parecer veinte años más joven, cobrando aliento para poder hablar y gesticulando con ambas manos.

 -¡Repítalo, señor! -dijo afanosamente, recobrando el habla antes de que Pedgift se hubiese recobrado de su sorpresa-. La pregunta sobre Mister Armadale, señor. ¡Sólo una vez más, señor! Sólo una vez más, Mister Pedgift, ¡por favor!

 Observando la cara de Bashwood, con atención y desconfianza fruto de la práctica, el viejo Pedgift le hizo ademán de que volviese a sentarse y formuló la pregunta por segunda vez.

 -¿Si creo -dijo Mr. Bashwood, repitiendo el sentido, ya que no las palabras de la pregunta- que Mister Armadale se separaría de Miss Gwilt, si alguien le mostrase cómo es ella realmente? ¡Sí, señor! ¿Y si quiero ser yo el hombre que lo haga? ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Sí, señor!

 -Es bastante extraño -observó el abogado, mirándole cada vez con más desconfianza- que se muestre usted tan violentamente agitado, simplemente porque mi pregunta ha dado en el blanco por casualidad.

 Resultaba que la pregunta había dado en el blanco que menos esperaba Pedgift. Había librado a la mente de Bashwood, en un instante, de la presión mortal de la idea dominante de venganza y le había mostrado que el descubrimiento de los secretos de Miss Gwilt podía darle un objetivo que no se le había ocurrido hasta este momento. La boda, que había considerado ciegamente como inevitable podía ser impedida, no en interés de Allan, sino en el suyo propio, y tal vez podría aún ganar a la mujer a la que creía haber perdido, a pesar de las circunstancias. La cabeza le dio vueltas al pensar en ello. Su propia y resuelta decisión casi le intimidaba, por su terrible incongruencia con los hábitos familiares de su mente y con todo el rumbo rutinario de su vida.

 Viendo que su última observación no era contestada, Pedgift reflexionó un poco antes de añadir palabra.

 «Una cosa está clara -razonó el abogado para sus adentros-. Tiene miedo de confesar su verdadero motivo en esta cuestión. Evidentemente, mi pregunta le dio una ocasión de confundirme, y la aprovechó inmediatamente. Esto es bastante para mí. Si aún fuese abogado de Mr. Armadale, valdría la pena investigar este misterio. Tal como están las cosas, no me interesa descubrir una a una las mentiras de Mr. Bashwood. No tengo nada que ver con esto, y le dejaré en libertad de seguir su camino tortuoso, dando rodeos como de costumbre.» Sacada esta conclusión, el viejo Pedgift empujó su sillón hacia atrás y se levantó vivamente para poner fin a la entrevista.

 -No se alarme, Bashwood -le dijo-. El tema de nuestra conversación ha sido agotado por lo que a mí concierne. Sólo me quedan por decir las últimas palabras, como sabe usted que tengo por costumbre. Aunque sigo estando a oscuras en otras cosas, he hecho un descubrimiento. He descubierto, al fin, lo que quiere usted realmente de mí. Quiere que le ayude.

 -Si fuese usted tan, tan amable, señor... -balbució Mr. Bashwood-. Si sólo quisiera hacer el inmenso favor de darme su opinión y su consejo...

 -Espere un momento, Bashwood. Separemos estas dos cosas, si no le importa. Un abogado puede dar su opinión como otro hombre cualquiera; pero cuando un abogado da un consejo, ¡por Dios, señor, que es profesional! Le daré de buen grado mi opinión en este asunto; nunca la he negado a nadie. Creo que ha habido sucesos en la carrera de Miss Gwilt que (si pudiesen ser descubiertos) harían que Mr. Armadale, por enamorado que esté, tuviese miedo de casarse con ella..., suponiendo, desde luego, que vaya realmente a casarse con ella, pues, aunque todos los indicios parecen indicarlo, no deja de ser una presunción. En cuanto a la manera de proceder para poder o no poder sacar a la luz las manchas que perjudican la personalidad de esta mujer, con tiempo suficiente (ella puede obtener la licencia de matrimonio en quince días si quiere), éste es un aspecto de la cuestión en el que me niego rotundamente a entrar. Implicaría hablarle en mi condición de abogado y darle mi consejo profesional, cosa que no pretendo en modo alguno.

 -¡Oh, señor, no diga esto! -suplicó Mr. Bashwood-. ¡No me niegue el gran favor, el inestimable don de su consejo! ¡Soy tan poco inteligente, Mister Pedgift! Soy viejo y lento, señor, y me sobresalto y me inquieto cuando me aparto de mi camino acostumbrado. Es natural que usted se impaciente un poco conmigo por estar robándole su tiempo. Sé que el tiempo es oro, para un hombre inteligente como usted. ¿Me disculparía, me disculparía, por favor, si me atreviese a decir que he ahorrado algún dinero, unas pocas libras, señor, y que, como estoy completamente solo y nadie depende de mí, puedo gastarme mis ahorros como mejor me parezca?

 Ciego a toda consideración, salvo la de pretender que Mr. Pedgift le fuese propicio, sacó una sucia, raída y vieja cartera, y trató, con dedos temblorosos, de abrirla sobre la mesa del abogado.

 -Guarde su cartera inmediatamente -dijo el viejo Pedgift-. Hombres más ricos que usted han ensayado este argumento conmigo, y se han encontrado con que todavía existe un abogado que no se deja sobornar. No quiero tener nada que ver con este caso en las actuales circunstancias. Si quiere saber la razón, permítame que le diga que Miss Gwilt dejó de interesarme profesionalmente el día en que dejé de ser abogado de Mister Armadale. Además,  (p.256) tengo otros motivos que no creo necesario mencionar. El que le he dado es ya bastante explícito. Siga su camino y cargue sus responsabilidades sobre sus propios hombros. Puede que se ponga al alcance de las garras de Miss Gwilt y se libre sin sufrir un arañazo. El tiempo lo dirá. Y mientras tanto, le deseo buenos días... y reconozco, para vergüenza mía, que hasta hoy no había sabido que era usted un héroe.

 Esta vez, Mr. Bashwood sintió la punzada. Sin decir otra palabra de disculpa o de súplica, sin decir siquiera «Buenos días», se dirigió a la puerta, la abrió suavemente y salió del despacho.

 La última expresión que se pintó en su semblante y el súbito silencio que se había hecho en él no pasaron inadvertidos al viejo Pedgift.

 -Bashwood acabará mal -dijo el abogado, revolviendo sus papeles y volviendo, con rostro impenetrable, a su interrumpido trabajo. El cambio experimentado por Mr. Bashwood en su semblante y en sus modales, ahora obstinados y autosuficientes, era tan poco característico en él que incluso fue advertido por el joven Pedgift y los escribientes al cruzar él la oficina exterior. Acostumbrados a tomar el pelo al viejo, se tomaron ruidosamente a chunga aquella transformación. Sordo a las crueles burlas que recibía de todos lados, se detuvo delante del joven Pedgift, y mirándole fijamente a la cara, dijo, en tono bajo y ausente, como pensando en voz alta:

 -Me pregunto si usted querría ayudarme.

 -Abran inmediatamente una cuenta a nombre de Mister Bashwood -dijo el joven Pedgift a los escribientes-. Traigan una silla para Mister Bashwood y un escabel por si lo necesita. Denme una mano de papel extra satinado y una gruesa de plumas afiladas para tomar nota del asunto de Mister Bashwood, e informen inmediatamente a mi padre de que voy a dejarle y montar un bufete por mi propia cuenta, bajo el patronazgo de Mister Bashwood. Tome asiento, señor, tome asiento, por favor, y exponga francamente su problema.

 Todavía impenetrablemente sordo a las burlas de que era objeto, Mr. Bashwood esperó a que el joven Pedgift hubiese agotado la cuerda, y después se volvió y se alejó.

 -Hubiese debido preverlo -dijo, en el mismo tono ausente de antes-. Es en todo hijo de su padre; se burlaría de mí en mi lecho de muerte.

 Se detuvo un momento en la puerta, cepillando mecánicamente su sombrero con la mano, y salió a la calle.

 La brillante luz del sol le deslumbre, y los vehículos y peatones que pasaban le sobresaltaron y asombraron. Se metió en un callejón y se cubrió los ojos con la mano. «Será mejor que me vaya a casa -pensó-, y me encierre en ella y reflexione en mi propia habitación.»

 Su vivienda estaba en una casa pequeña, en el barrio pobre de la población. Abrió la puerta con su llave y subió sin ruido la escalera. La única y pequeña habitación que poseía le causó una impresión dolorosa: mirara donde mirase, veía mudos recuerdos de Miss Gwilt. Sobre la repisa de la chimenea estaban las flores que ella le había dado en varias ocasiones, todas ellas marchitas desde hacía tiempo y todas conservadas sobre un pequeño pedestal de porcelana y protegidas por una campana de cristal, pendía en la pared una horrible estampa en colores de una mujer, que él había hecho enmarcar bellamente y cubrir con un cristal, porque tenía una expresión que le recordaba la cara de ella. En su pesado y viejo escritorio de caoba estaban las pocas cartas, breves y perentorias, que ella le había escrito cuando él vigilaba y escuchaba vilmente en Thorpe-Ambrose para complacerla. Y cuando, al volver la espalda a todas estas cosas, se sentó pesadamente en el sofá-cama, allí, colgada de un extremo, estaba la chillona corbata de satén azul que se había comprado porque ella le había dicho que le gustaban los colores vivos, y que nunca había tenido todavía valor para llevar, aunque la había tomado una mañana tras otra con la resolución de ponérsela. Generalmente tranquilo en sus acciones, generalmente moderado en su lenguaje, agarró ahora la corbata como si fuese una cosa viva capaz de sentir, y la arrojó al otro lado de la estancia, lanzando un juramento.

 Transcurrió el tiempo, y todavía, aunque su resolución de interponerse entre Miss Gwilt y su matrimonio permanecía inquebrantable, estaba tan lejos como siempre de descubrir los medios que podían llevarle a su meta. Cuando más pensaba y pensaba en ello, más oscuro y oscuro le parecía el camino que había de tomar en el futuro.

 Se levantó de nuevo, tan cansado como cuando se había sentado y se dirigió a la alacena.

 -Estoy febril y sediento -dijo-. Una taza de té me sentará bien. -Abrió el bote y midió la pequeña dosis de té con menos cuidado que de costumbre. «¡Ni siquiera mis manos quieren servirme hoy!», pensó, mientras recogía las pocas pizcas de té que se habían caído y volvía a echarlas con todo cuidado en el bote.

 Con el buen tiempo del verano, el único fuego encendido en la casa era el de la cocina. Bajó en busca de agua hirviendo, con la tetera en la mano.

 Solamente la patrona estaba en la cocina. Era una de las muchas matronas inglesas cuyo paso por este mundo es un camino de espinas, y que sienten la horrible satisfacción, siempre que se les presenta una oportunidad, de inspeccionar los pies arañados y sangrantes de otras personas que están en su misma condición. Su único vicio era leve: el vicio de la curiosidad; y entre las muchas virtudes compensatorias que poseía, estaba la de respetar en gran manera a Mr. Bashwood, como inquilino que pagaba regularmente la renta y cuyos modales eran siempre tranquilos y corteses de un año a otro.

 -¿Qué desea usted, señor? -preguntó-. Agua hirviente,  (p.257) ¿verdad? Nunca se sabe cuándo va a hervir el agua, Mister Bashwood, si uno la necesita. ¿Vio usted alguna vez un fuego más rebelde que éste? Añadiré un poco de leña, si me lo permite y quiere esperar un poco. ¡Dios mío! Disculpe que se lo diga, señor, ¡pero hoy tiene usted muy mala cara!

 Empezaba a notarse la tensión mental de Mr. Bashwood. Algo parecido a la impotencia que había mostrado en la estación apareció de nuevo en su cara y sus maneras al dejar la tetera sobre la mesa de la cocina y tomar asiento.

 -Tengo dificultades, señora -dijo a media voz-, y soportarlas me cuesta más de lo que solía.

 -¡Ah, y que lo diga! -gimió la patrona-. Yo estoy lista para el enterrador, Mister Bashwood, cuando llegue mi hora, aunque no sé si a usted le pasará lo mismo. Está demasiado solo, señor. Cuando una persona está en apuros, le sirve de algo, aunque no de mucho, compartir la carga con otra. Si su buena esposa viviese, señor, encontraría en ella mucho consuelo, ¿verdad?

 Un momentáneo espasmo de dolor se reflejó en la cara de Mr. Bashwood. La patrona le había recordado, sin saberlo, las desdichas de su vida de casado. Hacía tiempo que se había visto obligado a mitigar su curiosidad acerca de sus asuntos familiares, diciéndole que era viudo y que sus circunstancias domésticas no habían sido muy felices; pero no había llevado más lejos sus confidencias. La triste historia que había relatado a Midwinter, de su esposa borracha que había terminado su desdichada vida en un manicomio, no había querido confiarla a esta mujer parlanchina, que sin duda la habría contado a todos los demás moradores de la casa.

 -Es lo que siempre digo a mi marido cuando está en baja forma, señor -prosiguió la patrona, sin perder de vista el hervidor-: «¿Qué harías ahora sin mí, Sam?» Cuando no se deja dominar por el mal humor (a lo cual es muy propenso, Mister Bashwood), dice: «No podría hacer nada, Elizabeth.» Y cuando el mal humor puede más que él, dice: «Me iría a la taberna, señora mía; y es lo que voy a hacer ahora.» ¡Ay, también yo tengo mis disgustos! ¡Un hombre con hijos e hijas mayores, emborrachándose en una taberna! No recuerdo si usted ha tenido hijos, Mister Bashwood. Pero, ahora que lo pienso bien, creo recordar  (p.258) que me dijo que los tenía. Hijas, ¿verdad? Y, ¡Dios mío! todas muertas.

 -Tuve una hija, señora -dijo Mr. Bashwood, armándose de paciencia-. Solamente una, y murió antes de cumplir un año.

 -¡Solamente una! -repitió la compasiva patrona-. El agua está a punto de hervir, señor; déme la tetera. ¡Solamente una! Ay, debe ser más triste, ¿verdad?, cuando se tiene un solo hijo. Creo que ha dicho que era hija única, ¿verdad, señor?

 Durante un momento, Mr. Bashwood miró a la mujer con ojos inexpresivos, sin responderle. Después de recordarle impensadamente a la esposa que le había deshonrado, le obligaba ahora, también sin proponérselo, a recordar al hijo que le había arruinado y abandonado. Por primera vez, desde que había contado su historia a Midwinter en su primera entrevista en la casa grande, su mente volvió a los amargos contratiempos y desastres del pasado. Una vez más, pensó en los días lejanos en que se había convertido en fiador de su hijo y en que las tropelías de éste le habían obligado a vender cuanto poseía para pagar la deuda a su vencimiento.

 -Tengo un hijo, señora -dijo, dándose cuenta de la patrona le miraba con muda y melancólica sorpresa-. Hice todo lo posible para ayudarle a abrirse camino en el mundo, y él se portó muy mal conmigo.

 -¿De veras? -dijo la patrona, con muestras de gran interés-. Se portó mal con usted, casi le rompió el corazón, ¿no es cierto? Ay, antes o después tendrá que pagarlo, ¡no tema! Honrarás a tu padre y a tu madre, no fue escrito vanamente en las tablas de Moisés, Mister Bashwood. ¿Dónde está y qué está haciendo ahora, señor?

 La pregunta era casi la misma que había formulado Midwinter cuando le había expuesto las circunstancias, y como había contestado en aquella ocasión anterior, así (y casi con las mismas palabras) respondió ahora:

 -Por lo que sé, señora, mi hijo está en Londres. La última vez que tuve noticias suyas (y no muy halagüeñas por cierto) estaba empleado en la Oficina de Investigación Privada...

 Se interrumpió súbitamente al pronunciar estas palabras. Su rostro enrojeció y le brillaron los ojos; empujó a un lado la taza que la mujer acababa de llenar y se levantó de la silla.

 La dama dio un paso atrás. Había algo en la cara de su inquilino que nunca había visto hasta entonces.

 -Espero no haberle molestado, señor -dijo la mujer, recobrando su sangre fría y pareciendo dispuesta a molestarse por su parte a la menor provocación.

 -¡Ni por pienso, señora, ni por pienso! -dijo él, apresuradamente y con extraña vehemencia-. Acabo de recordar algo, algo muy importante. Tengo que subir a mi habitación...

 »Es una carta, una carta, una carta. Volveré para tomar el té, señora. Le pido disculpas; le estoy muy agradecido, ha sido usted muy amable... Y ahora, si me lo permite, la dejaré sola.

 Para asombro de la patrona, le estrechó cordialmente la mano y se dirigió a la puerta, olvidándose del té y de la tetera.

 En cuanto llegó a su habitación, se encerró en ella bajo llave. Permaneció un ratito apoyado en la repisa de la chimenea para recobrar el aliento. En cuanto pudo moverse de nuevo, abrió su escritorio.

 -¡Esto para ustedes, Mister Pedgift e Hijo! -dijo, chascando los dedos al sentarse-. ¡También yo tengo un hijo!

 Hubo una llamada a la puerta; una llamada suave, considerada y confidencial. La ansiosa patrona quería saber si Mr. Bashwood se encontraba mal, y por segunda vez, le suplicó encarecidamente que le dijese si le había molestado.

 -¡No! ¡No! -gritó él, sin abrir la puerta-. Estoy perfectamente bien... Estoy escribiendo, señora; estoy escribiendo... Discúlpeme, por favor.

 «Es una buena mujer; una mujer excelente -pensó, cuando la patrona se hubo retirado-. Le haré un pequeño regalo. Estoy tan trastornado que no habría pensado en esto, de no ser por ella. ¡Oh, si mi chico está todavía en aquella oficina...! ¡Oh, si puedo escribirle una carta que haga que se compadezca de mí...!»

 Tomó la pluma y se sentó, pensando ansiosamente, pensando un largo rato antes de tocar el papel. Lentamente, con muchas pausas para pensar y pensar de mievo, y con mayor cuidado del habitual para que su escritura resultase legible, trazó estas líneas:

 «Mi querido James: Temo que te sorprenderá que te escriba. Por favor, no supongas que voy a pedirte dinero ni a reprocharte que me dejases sin casa y sin hogar cuando no pagaste tu deuda y tuve que pagarla yo como fiador. Estoy dispuesto y deseoso de olvidar el pasado.

 Ahora (si sigues todavía en la Oficina de Investigación Privada) puedes prestarme un gran servicio. Estoy sumamente ansioso y preocupado por una persona que me interesa. Esta persona es una dama. Por favor, no te burles de mí por confesarlo, si es que puedes abstenerte de ello. Si supieses lo que estoy sufriendo, creo que te sentirías más inclinado a la compasión que a las chanzas.

 Entraría en detalles, pero conozco tu temperamento vivo y temo agotar tu paciencia. Tal vez me bastará decir que tengo motivos para creer que la vida pasada de la dama no ha sido muy encomiable y que estoy interesado, más interesado de lo que puedo expresar con palabras, en descubrir cómo ha sido realmente su vida, y en descubrirlo en el plazo de quince días a partir de hoy.

 Aunque sé muy poco acerca de cómo se hacen las cosas en un oficio como el tuyo, creo que, sin saber la dirección actual de la dama, poco puedes hacer para ayudarme. Desgraciadamente, no conozco todavía su actual dirección. Sólo sé que marchó hoy a esa ciudad, acompañada de un caballero, a cuyo servicio estoy ahora, y que (según creo) es probable que me escriba para que le mande dinero antes de que pasen muchos días.

 ¿Puede ayudarnos esta  (p.259) circunstancia? Me atrevo a decirlo en plural, porque cuento, mi querido muchacho, con tu amable ayuda y consejo. No dejes que el dinero se interponga entre nosotros: he ahorrado algo y lo pongo libremente a tu disposición. Por favor, por favor, ¡contéstame a vuelta de correo! Si haces lo posible para remediar la terrible inquietud que ahora me aflige, compensarás todas las penas y disgustos que me causaste en tiempos pasados, y contarás con un agradecimiento que nunca olvidará

 Tu padre que te quiere,

 Félix Bashwood.»

 Después de esperar un poco para enjugarse los ojos, Mr. Bashwood añadió la fecha y sus señas, y dirigió la carta a su hijo, en «Oficina de Investigación Privada. Shady-side Place. Londres».

 Hecho esto, salió inmediatamente y echó la carta. Era lunes y, si la respuesta era a vuelta de correo, la recibiría el miércoles por la mañana.

 El día de intervalo, martes, lo pasó Mr. Bashwood en el despacho del administrador de la casa grande. Tenía un doble motivo para absorberse lo más posible en las diversas ocupaciones relacionadas con la administración de la hacienda. En primer lugar, el trabajo le ayudaba a dominar la voraz impaciencia con que esperaba la llegada del día siguiente. En segundo lugar, cuanto más adelantase su labor, más libertad tendría para reunirse con su hijo en Londres sin atraer sospechas por descuidar los intereses confiados a su cuidado.

 El martes por la tarde, vagos rumores de que ocurría algo grave en el cottage llegaron a oídos (a través de los servidores del comandante Milroy) de los criados de la casa grande, los cuales trataron inútilmente de llamar la atención de Mr. Bashwood, totalmente fijada en otras cosas. El comandante y Miss Neelie se habían encerrado juntos en una misteriosa conferencia, y el aspecto de Miss Neelie, una vez terminada la entrevista, indicaba claramente que había estado llorando. Esto había ocurrido el lunes por la tarde, y el día siguiente (hoy, martes) había sorprendido el comandante a todos los de su casa anunciando brevemente que su hija necesitaba un cambio de aires en la orilla del mar y que la llevaría, en el próximo tren, a Lowestoft. Los dos se habían marchado juntos, muy serios y silenciosos, pero aparentemente como buenos amigos, a pesar de todo. Las opiniones de la casa grande atribuían esta revolución doméstica a los rumores que circulaban sobre Allan y Miss Gwilt. Las opiniones del cottage rechazaban aquella solución de la dificultad, por razones prácticas. Miss Neelie había permanecido inaccesiblemente encerrada en su propia habitación, desde la tarde del lunes hasta la mañana del martes, en que su padre se la había llevado. Durante el mismo intervalo, el comandante no había salido de casa ni había hablado con nadie. Y Mrs. Milroy, al primer intento de su nueva asistenta de informarle del escándalo que tenía conmovida a la población, le había sellado los labios cayendo en uno de sus terribles ataques de cólera en el instante en que había sido mencionado el nombre de Miss Gwilt. Algo tenía que haber ocurrido, naturalmente, para que el comandante Milroy y su hija partiesen de la casa con tanta precipitación; pero, ciertamente, este algo no era la escandalosa fuga, en plena luz del día, de Mr. Armadale con Miss Gwilt.

 Transcurrió la tarde y transcurrió la noche, sin que ocurriese acontecimiento alguno distinto del suceso privado y personal acaecido en el cottage. Nada ocurrió (pues nada podía normalmente ocurrir) para disipar la ilusión engañosa con que había contado Miss Gwilt. La impresión, que ahora compartía todo Thorpe-Ambrose con Mr. Bashwood, de que ella se había marchado a Londres con Allan, en calidad de futura esposa de éste.

 El miércoles por la mañana, el cartero, al entrar en la calle donde vivía Mr. Bashwood, se dio de manos a boca con éste, que tan ansioso estaba de saber si había carta para él que había salido de casa sin su sombrero. Y había una carta para él, la carta que esperaba de su hijo vagabundo.

 Éstos fueron los términos en que respondió el joven Bashwood a la petición de ayuda de su padre, después de haber arruinado su vida en tiempos pasados:

 «Shadyside Place, martes, 29 de julio.

 Querido papá: En esta oficina tenemos bastante práctica en solucionar misterios; pero el de tu carta me desconcierta completamente. ¿Estás especulando en las interesantes flaquezas ocultas de alguna encantadora mujer? O, después de tu experiencia del matrimonio, piensas realmente en darme una madrastra a estas horas. Sea lo que fuere, por mi vida que tu carta me interesa.

 No bromeo, aunque la tentación de hacerlo es difícil de resistir. Por el contrario, te he dedicado ya un cuarto de hora de mi valioso tiempo. El lugar desde el que me escribiste me pareció conocido. Busqué hacia atrás en mi agenda y encontré que no hace mucho, fui enviado a Thorpe-Ambrose para hacer unas investigaciones privadas. Mi cliente era una avispada vieja, demasiado astuta para darme su verdadero nombre y dirección. Lo cierto es que pusimos inmediatamente manos a la obra y averiguamos quién era. Su nombre es Mrs. Oldershaw, y si piensas en ella para hacerla mi madrastra, te recomiendo encarecidamente que vuelvas a pensarlo antes de convertirla en Mrs. Bashwood.

 Si no se trata de Mrs. Oldershaw, lo único que puedo hacer, de momento, es decirte cómo puedes encontrar la dirección desconocida de la dama. Ven personalmente a la ciudad en cuanto recibas la carta que esperas del caballero que marchó con ella (espero, por tu bien, que no sea un hombre joven y apuesto), y pasa por aquí a visitarme. Encargaré a alguien que te ayude a vigilar su hotel o su pensión, y si él se comunica  (p.260) con la dama, o la dama se comunica con él, podrás dar por conocida su dirección desde aquel momento. En cuanto la haya yo identificado y sepa dónde está, podrás ver todos sus interesantes y pequeños secretos con la misma claridad con que ves el papel en que te escribe tu amante hijo.

 Una palabra más, acerca de las condiciones. Deseo tanto como tú que volvamos a ser amigos; pero, aunque tú te quedaste una vez sin blanca por mí, yo no puedo permitirme hacer lo mismo por ti. Debe quedar bien entendido que respondes de todos los gastos de la investigación. Es posible que tengamos que emplear algunas de las mujeres que trabajan para esta oficina, si tu dama es demasiado avispada, o demasiado bonita, para confiar el trabajo a un hombre. Habrá gastos de coches de alquiler, de correo, de entradas en espectáculos públicos, si es aficionada a ellos; de limosnas en el cepillo, si es persona seria y lleva a nuestra gente a iglesias para escuchar a predicadores famosos, etcétera. Mis propios servicios profesionales serán gratuitos, pero no puedo perder dinero por tu causa. Recuerda solamente esto, y todo se hará como deseas. El pasado, pasado está, y lo olvidaremos.

 Tu hijo que te quiere,

 James Bashwood.»

 En el éxtasis de ver por fin una ayuda a su alcance, el padre se llevó a los labios la carta atroz de su hijo.

 -¡Buen muchacho! -murmuró, cariñosamente-. ¡Mi querido y buen muchacho!

 Dejó la carta a un lado y se sumió en otros pensamientos. Lo primero a considerar ahora era la grave cuestión del tiempo. Mr. Pedgift le había dicho que Miss Gwilt podía estar casada dentro de dos semanas. Un día de los catorce había pasado ya, y estaba pasando otro. Golpeó impacientemente con la mano la mesa que tenía al lado, preguntándose cuándo obligaría la necesidad de dinero a Allan a escribirle desde Londres. «¿Mañana? -se preguntó-. ¿O pasado mañana?»

 Transcurrió el día siguiente y nada sucedió. Llegó otro día... ¡y con él la carta! Era una carta de negocios, como él había previsto; pedía dinero, como había previsto, y al final, en una posdata, consignaba la dirección y concluía con estas palabras: «Sepa que permaneceré aquí hasta que le dé nuevas noticias.»

 Lanzó un profundo suspiro de alivio, y empezó inmediatamente, aunque faltaban casi  (p.261) dos horas para la salida del tren para Londres, a hacer su maleta. Lo último que metió en ella fue su corbata de satén azul.

 -A ella le gustan los colores vivos -dijo-, ¡y aún podrá verme con ella!

CAPÍTULO XIV

DEL DIARIO DE MISS GWILT

 All Saint's Terrace, New Road, Londres, 28 de julio, lunes noche. - Apenas puedo mantener alta la cabeza, tan cansada estoy. Pero, en mi situación, no me atrevo a confiar nada a mi memoria. Antes de irme a la cama, debo escribir mi acostumbrado relato de los sucesos del día.

 Hasta ahora, el rumbo que tomó la suerte a favor mío (¡bastante tiempo le costó tomarlo!) parece que va a continuar. Pude obligar a Armadale (el muy bruto requirió que lo hiciese casi por la fuerza) a salir de Thorpe-Ambrose para Londres, solo conmigo en el mismo compartimiento del tren, a la vista de cuantos se hallaban en la estación. Había allí muchos chismosos, mirándonos fijamente y, por lo visto, tratando cada cual de sacar sus propias conclusiones. O nada sé de Thorpe-Ambrose, o todo el pueblo está ahora pendiente de Mr. Armadale y Miss Gwilt.

 Tuve algunas dificultades con él, durante la primera media hora que siguió a nuestra partida de la estación. El jefe de tren (un hombre encantador, ¡cuánto se lo agradezco!) nos había acomodado juntos, en espera de media corona al terminar el viaje. Armadale recelaba de mí, y lo mostraba claramente. Poco a poco, fui amansando a la fiera, en parte tratando de no mostrar curiosidad por su viaje a la ciudad, y en parte interesándole en el tema de su amigo Midwinter, insistiendo especialmente en la oportunidad que ahora se ofrecía para una reconciliación entre los dos. Seguí pulsando esta cuerda hasta que le desaté la lengua e hice que me entretuviese, como está obligado a hacer un caballero cuando tiene el honor de acompañar a una dama en un largo viaje en ferrocarril.

 Su pequeño cerebro estaba lleno, desde luego, de sus propias preocupaciones y las de Miss Milroy. No puede expresarse con palabras su torpeza al tratar de hablar de sí mismo sin hacerme confidencias ni mencionar el nombre de Miss Milroy. Iba a Londres, me dijo gravemente, para un asunto de sumo interés para él. De momento era un secreto, pero esperaba poder contármelo pronto. Había influido mucho en su manera de considerar los chismes que se contaban sobre él en Thorpe-Ambrose; era demasiado feliz para que le importase lo que dijesen de él ahora los chismosos, y pronto les cerraría la boca compareciendo ante ellos en una nueva condición que les sorprendería a todos. Y así siguió parloteando, con la firme convicción de que yo seguía a oscuras. Me costó contener la risa, cuando pensé en la carta anónima que estaría a punto de recibir el coronel; pero conseguí dominarme, debo reconocerlo, con alguna dificultad. Con el transcurso del tiempo, empecé a sentir una terrible excitación. Allí estaba yo, a solas con él, hablando en el tono más inocente y natural, teniendo siempre en la cabeza la idea de apartarle, a costa de su vida, de mi camino, como quitaría una mancha de mi traje. Esto hizo que la sangre me subiese a las mejillas. Advertí un par de veces que reía más fuerte de lo debido y, mucho antes de llegar a Londres, pensé que era prudente cubrirme la cara bajando mi velo.

 Nada me costó, al llegar a la terminal, hacer que tomase conmigo un simón para ir al hotel donde se aloja Midwinter. Estaba ansioso de reconciliarse con su querido amigo, principalmente, estoy segura de ello, porque quiere que su querido amigo le eche una mano para su fuga. La verdadera dificultad estaba, desde luego, en Midwinter.

 Mi repentino viaje a Londres no me había dado oportunidad de escribirle para combatir su supersticiosa convicción de que era mejor que su antiguo amigo y él se mantuviesen apartados. Pensaba que lo más prudente era hacer que Armadale esperase en el simón a la puerta del hotel y entrar yo sola en éste para allanarle el camino.

 Afortunadamente, Midwinter no había salido. Su satisfacción, al verme unos días antes de lo que esperaba, supongo que fue un poco contagiosa. ¡Bah! ¡Tengo que ser sincera con mi propio diario! Hubo un momento en que me olvidé de todo, salvo de nosotros dos, y lo mismo le ocurrió a él. Tuve la impresión de haber vuelto a mi adolescencia... hasta que me acordé del patán que estaba en el simón, ante la puerta.

 Su semblante se alteró cuando le dije quién estaba abajo y lo que yo quería de él; no pareció enfadado, sino afligido. Sin embargo, cedió al poco rato, no a mis razones, pues no le di ninguna, sino a mis ruegos. Su antiguo afecto por su amigo pudo influir en que se dejase convencer contra su voluntad, pero yo opino que actuó enteramente bajo la influencia del afecto que siente por mí.

 Esperé en el salón, mientras él bajaba a la puerta: por consiguiente, no sé lo que pasó entre ellos cuando volvieron a verse por primera vez. Pero la diferencia entre los dos era notable cuando, pasado aquel intervalo, subieron juntos la escalera y se reunieron conmigo. Ambos estaban agitados, ¡pero de manera muy distinta! El odioso Armadale, vocinglero y sofocado y torpe; el querido y encantador Midwinter, pálido y hablando bajo, en tono amable, y con ternura en sus ojos cada vez que me miraba. Armadale me hacía tanto caso como si yo no hubiese estado en el salón. En cambio, él se dirigía constantemente a mí durante la conversación; él me miraba continuamente para ver lo que pensaba, mientras yo, sentada en mi rincón, les observaba en silencio; él quería acompañarme, para dejarme sana y salva en mi residencia y ahorrarme toda molestia con el cochero y el equipaje. Cuando le di las  (p.262) gracias y rehusé, Armadale pareció fríamente aliviado, ante la perspectiva de que me largase y tener a su amigo para él solo. Cuando me despedí, se quedó de codos sobre la mesa, garrapateando una carta (sin duda a Miss Milroy) y gritando al camarero que quería una cama en el hotel. Yo había calculado que, naturalmente, se quedaría donde encontrase a su amigo. Me satisfizo comprobar que mi previsión había sido acertada y saber que esto sería como tenerle siempre ante mis ojos.

 Después de prometer a Midwinter que le haría saber dónde podríamos vernos mañana, partí en el simón, en busca de un alojamiento por mi cuenta.

 Con cierta dificultad, he podido encontrar un cuarto de estar y un dormitorio en esta casa, donde todos me son absolutamente desconocidos. Después de pagar una semana por adelantado (naturalmente, lo he preferido a dar referencias), me encuentro exactamente con tres chelines y nueve peniques en el bolso. Me es imposible pedir dinero a Midwinter, después de haber hecho efectivo el pagaré de Mrs. Oldershaw. Mañana tendré que empeñar el reloj y la cadena. Sólo necesito lo bastante para aguantar dos semanas. Al cabo de este tiempo, o tal vez menos, Midwinter se habrá casado conmigo.

 Julio, 29, las dos. - Por la mañana, temprano, envié una nota a Midwinter, diciéndole que le esperaría aquí esta tarde, a las tres. Hecho lo cual, dediqué la mañana a hacer dos diligencias. Una de ellas, que casi no vale la pena mencionar, fue ir a sacar dinero de mi reloj y mi cadena. Me dieron más de lo que esperaba; más de lo que probablemente gastaré (aún suponiendo que me compre un par de vestidos baratos de verano) antes del día de la boda.

 La otra cuestión era mucho más seria. La realicé en el bufete de un abogado.

 La noche pasada me di cuenta (aunque estaba demasiado cansada para anotarlo en mi diario) de que no podría ver a Midwinter esta mañana, dada la posición que ahora ocupa a mi respecto, sin aparentar al menos que le confío la verdad sobre mi persona y mis circunstancias. Salvo una pequeña consideración que debo tener cuidado en no olvidar, no tendré la menor dificultad en hacer uso de mi ingenio y contarle mi historia como mejor me plazca, pues hasta ahora no he contado historia alguna a nadie. Midwinter se fue a Londres antes de que pudiese yo abordar el tema. En cuanto a los Milroy (después de darles las referencias de rigor), pude afortunadamente eludir toda pregunta relativa a mi persona. Y por último, cuando me reconcilié con Armadale en el paseo de delante de la casa, fue lo bastante tonto y se mostró demasiado generoso para dejar que defendiese mi reputación. Cuando le hube expresado mi pesar por haber perdido los estribos y amenazado a Miss Milroy, y después de aceptar yo su palabra de que mi discípula jamás había pretendido injuriarme, fue demasiado magnánimo para escuchar una palabra sobre el asunto de mi vida privada. Así, ninguna previa declaración sobre mí misma me cohibe, y puedo contar la historia que me plazca, con la única limitación ya insinuada por mi reserva. Sea lo que fuere lo que invente como pura ficción, debo conservar el nombre bajo el cual me presenté en Thorpe-Ambrose; pues, con la notoriedad inherente a mi otro nombre, no tengo más remedio que casarme con Midwinter con el de soltera: Miss Gwilt. Ésta fue la consideración que me llevó al despacho del abogado. Pensé que debía informarme, antes de ver más tarde a Midwinter, de si el hecho de casarse una viuda, ocultando su nombre de tal, podía traer malas consecuencias.

 Como no conocía a ningún otro profesional en quien pudiese confiar, me atreví a acudir al abogado que había cuidado de mis intereses en aquel terrible período de mi vida pasada que ahora tenía más razones que nunca para querer olvidar. Se quedó extrañado y, por lo que pude claramente juzgar, en modo alguno complacido de volver a verme. Apenas había abierto yo los labios, cuando me dijo que esperaba que no hubiese ido a consultarle de nuevo (recalcando estas últimas palabras) sobre algún asunto mío. Capté la intención y formulé la pregunta en interés de esa persona que suele citarse en ocasiones parecidas: una amiga ausente. Evidentemente, el abogado comprendió inmediatamente la situación, pero fue lo bastante listo para poner a mi «amiga» de su parte. Dijo que contestaría la pregunta como cortesía a la dama que yo representaba, pero que debía poner la condición de que esta consulta por delegación no pasaría de allí.

 Acepté la condición, pues admiré realmente su astuta manera de mantenerme a distancia sin violar las normas de la buena educación. En dos minutos, escuché lo que tenía que decirme, lo grabé en mi mente y salí.

 Por breve que hubiese sido, la consulta me había informado de todo lo que quería saber. El matrimonio era válido, en el sentido de que sólo podía anularse si el marido descubría la impostura y pedía su nulidad mientras yo viviese. Éstas fueron las palabras con que me respondió el abogado. Y me libraron inmediatamente, al menos a este respecto, de toda aprensión acerca del futuro. La única impostura que mi marido podrá jamás descubrir (y solamente si se encuentra en el lugar) es la que me pondrá en el sitio y me dará la renta de viuda de Armadale; y entonces, yo misma habré anulado mi matrimonio para siempre.

 ¡Las dos y media! Midwinter llegará dentro de media hora. Debo consultar al espejo sobre mi aspecto. Debo aguzar la imaginación e inventar mi pequeña novela doméstica. ¿Me pone esto nerviosa? Algo palpita en el lugar donde solía estar mi corazón. ¡A mis treinta y cinco años... y después de una  (p.263) vida como la mía!

 Las seis. - Acaba de marcharse. El día de nuestra boda ha sido ya fijado. He tratado de descansar y serenarme. Pero no he podido. Tengo que volver a este diario. Tengo mucho que escribir en él, después de la visita de Midwinter, que me atañe de cerca. Empezaré con lo que más aborrezco recordar, para acabar pronto con ello; empezaré con la espantosa serie de cosas falsas que le he contado acerca de las desdichas de mi familia.

 ¿Cuál puede ser el secreto del ascendiente que tiene ese hombre sobre mí? ¿Cómo me altera tanto que apenas me conozco? Ayer, con Armadale en el compartimiento del tren, era la de siempre. Desde luego, era terrible estar hablando con el hombre vivo durante todo el largo trayecto, a sabiendas de que pretendía convertirme en su viuda; y sin embargo, sólo me sentía excitada y febril. En todas aquellas horas, no me contuve una sola vez de hablar a Armadale; en cambio, ¡me he quedado fría al decir el primer embuste a Midwinter y ver que él lo creía! He sentido un nudo histérico en la garganta cuando me ha suplicado que no le revelara mis desdichas. Y una vez (me horroriza pensarlo), cuando me ha dicho: «Si pudiese amarte más, ahora te amaría más que nunca», he estado en un tris de delatarme yo misma. Estaba a punto de gritarle: «¡Mentira! ¡Todo es mentira! ¡Soy un demonio en forma humana! ¡Cásate con la peor criatura que trota por las calles y te casarás con una mujer mejor que yo!» ¡Sí! Tanto me impresionó ver cómo se humedecían sus ojos y cómo le temblaba la voz mientras yo le estaba engañando. He conocido cientos de hombres más apuestos, cientos de hombres más inteligentes. ¿Qué puede haber despertado éste en mí? ¿Será amor? Yo creía haber amado como nunca volvería a amar. ¿No está enamorada la mujer que, ante la dureza de un hombre, pretende suicidarse ahogándose? Un hombre me condujo a este extremo de desesperación en días pasados. ¿Había sido algo distinto del amor lo que había causado mi infortunio? ¿He vivido treinta y cinco años, y sólo descubro ahora lo que es el verdadero amor? ¿Ahora, cuando es demasiado tarde? ¡Ridículo! Además, ¿de qué me sirve hacerme estas preguntas? ¿Qué sé yo acerca de esto? ¿Qué podrá saber nunca una mujer? Cuanto  (p.264) más pensamos en ello, más nos engañamos. Ojalá hubiese yo nacido animal. Entonces habría podido servirme de algo mi belleza: para tener un buen amo.

 Ya he llenado una página entera de mi diario, ¡y nada de lo que he escrito me es de la menor utilidad! Debo repetir aquí mi triste e inventada historia, cuando los incidentes están todavía frescos en mi memoria, ¿o cómo podría referirme fielmente a ella en ulteriores ocasiones en que me vea obligada a hablar de ella de nuevo?

 No había nada original en lo que le conté: fueron las estupideces propias de las bibliotecas circulantes. Un padre muerto; una fortuna perdida; unos hermanos vagabundos a los que siempre temía volver a ver; una madre postrada enferma en la cama y dependiente de mi trabajo agotador... ¡No! ¡No puedo escribirlo! Me odio, me desprecio, cuando recuerdo que él lo creyó porque yo se lo decía, que le afligió ¡porque era mi historia! Correré el riesgo de contradecirme, el riesgo de ser descubierta y arruinarme, cualquier cosa, antes que extenderme un momento más en este despreciable engaño.

 Por fin acabé el repertorio de mis mentiras. Y entonces me habló él de sí mismo y de sus perspectivas. ¡Oh, qué alivio fue pasar entonces a esto! ¡Y qué alivio es recordarlo ahora!

 Ha aceptado la oferta sobre la que me escribió a Thorpe-Ambrose, y ha sido contratado como corresponsal temporal del nuevo periódico en el extranjero. Su primer destino será Napóles.

 Yo hubiese preferido que fuese otro lugar, pues tengo ciertos recuerdos de Napóles que en modo alguno quisiera actualizar. Se ha convenido en que él partirá de Inglaterra el día once del mes próximo. Yo le acompañaré, pero entonces será ya en calidad de esposa.

 No hay la menor dificultad para la boda. Toda esta cuestión se presenta tan fácil que empiezo a temer un accidente. La propuesta de celebrarla con absoluta reserva, que a mí me habría resultado difícil formular, ha venido de él. Como va a casarse bajo su verdadero nombre, el nombre que ha ocultado a todo el mundo salvo a Mr. Brock y a mí, le interesa que ningún conocido suyo asista a la ceremonia, y menos su amigo Armadale. Lleva ya una semana en Londres. Cuando haya transcurrido otra, pedirá la licencia y nos casaremos en la iglesia de la parroquia en que está situado su hotel. Éstas son las únicas formalidades necesarias. Yo sólo tenía que decir «Sí» (me dijo) y no preocuparme más por el futuro. Y dije «Sí», con tan devoradora ansiedad sobre el futuro que temía que él lo advirtiese. ¡Qué minutos, los minutos que siguieron, mientras él me murmuraba palabras deliciosas al oído y yo ocultaba la cara en su pecho! Después de serenarme, le conduje de nuevo al asunto de Armadale; tenía mis propias razones para querer saber lo que se habían dicho después de separarme ayer de ellos. La manera de responderme Midwinter me mostró que lo hacía con la reserva obligada de una confidencia que le había hecho su amigo. Mucho antes de que hubiese terminado, descubrí cuál había sido esta confidencia. Armadale le había consultado, como yo había previsto, sobre el tema de la fuga. Aunque por lo visto le reprochó Midwinter la idea de llevarse a la chica en secreto de su casa, parece que no se atrevió a emplear palabras fuertes, recordando (aunque las circunstancias son muy diferentes) que él proyectaba, para sí, un matrimonio secreto. En todo caso, deduje que lo que había dicho había producido muy poco efecto, y que Armadale había ya llevado a la práctica su absurda intención de consultar al primer pasante del bufete de sus abogados de Londres.

 Llegado a este punto, Midwinter formuló la pregunta que yo sabía que haría antes o después. Me preguntó si me oponía a que mencionase nuestra boda a su amigo, bajo promesa de la más estricta reserva.

 «Respondo -me dijo- de que Allan respetará la confianza que ponga en él. Y cuando llegue el momento, emplearé toda la influencia que tengo sobre él para evitar que esté presente en la boda y descubra (esto no debe saberlo nunca) que mi nombre es igual que el suyo.» «Me ayudaría -siguió diciendo- a hablarle más enérgicamente sobre el asunto que le ha traído a Londres, si correspondiese a su franqueza al hablarme de sus asuntos privados con la misma franqueza por mi parte.»

 Yo no tenía más remedio que darle el necesario permiso, y se lo di. Es para mí de máxima importancia saber la actitud que adoptará el comandante Milroy con respecto a su hija y Armadale, cuando reciba mi carta anónima; y a menos que me granjee de algún modo la confianza de Armadale, estoy casi segura de que me quedaré a oscuras, dejemos que sepa que voy a ser la esposa de Midwinter, y lo que él diga a éste sobre su aventura amorosa, éste me lo dirá a mí.

 Cuando hubimos convenido en hacer depositario a Armadale de nuestra confianza, empezamos a hablar de nuevo de nosotros mismos. ¡Cómo voló el tiempo! ¡Qué dulce encanto el de olvidarme de todo en sus brazos! ¡Y cuánto me ama! ¡Ay, pobre muchacho, cuanto me ama!

 Le he prometido encontrarme con él mañana por la mañana en Regent's Park. Cuanto menos le vea aquí, tanto mejor será. Ciertamente, todos los de esta casa me son desconocidos; pero es más prudente guardar las apariencias, como si estuviese todavía en Thorpe-Ambrose, y no dar siquiera a ellos la impresión de que Midwinter y yo estamos prometidos. Si se hace alguna investigación, después de haber corrido mi gran riesgo, el testimonio de mi patrona en Londres puede ser muy valioso.

 ¡El maldito viejo Bashwood! Al escribir sobre Thorpe-Ambrose, me he acordado de él. ¿Qué dirá cuando se entere, por las habladurías del pueblo, de que Armadale me  (p.265) ha llevado a Londres en un compartimiento reservado para los dos? Realmente, es demasiado absurdo que un hombre de la edad y el aspecto de Bashwood pueda presumir de estar enamorado...

 Julio, 30. - ¡Por fin tengo noticias! Armadale las ha tenido de Miss Milroy. Mi carta anónima produjo efecto. La muchacha ha sido ya llevada lejos de Thorpe-Ambrose, y el proyecto de fuga ha fracasado de una vez para siempre. Esto era lo principal que tenía que decirme Midwinter cuando nos encontramos en el parque. Fingí un exagerado asombro y sentí el ineludible afán femenino de conocer todos los detalles. «No es que espere que mi curiosidad se vea satisfecha -añadí-, pues, a fin de cuentas, Mr. Armadale y yo somos poco más que simples conocidos.»

 «Tú eres mucho más que una simple conocida a los ojos de Allan -dijo Midwinter-. Como me habías dado permiso para confiarme a él, le he dicho ya lo mucho que te quiero.»

 Oyendo esto, pensé que lo más conveniente era, antes de hacer preguntas sobre Miss Milroy, atender a mis propios intereses y descubrir qué efecto había producido en Armadale mi próxima boda.

 Era posible que todavía sospechase de mí y que las investigaciones que había hecho en Londres, a instigación de Mrs. Milroy, estuviesen aún presentes en su mente.

 «¿Pareció sorprendido Mister Armadale -pregunté- cuando le comunicaste nuestra boda y le dijiste que debía mantenerse en secreto para todo el mundo?»

 «Pareció muy sorprendido -dijo Midwinter- al oír que íbamos a casarnos. Pero lo único que dijo, cuando le advertí que debía guardar secreto sobre la boda, fue que suponía que debías tener razones familiares para esta reserva.»

 «¿Y tú que le dijiste cuando te hizo esta observación?»

 «Le dije que las razones familiares eran cosa mía -respondió Midwinter-. Y consideré conveniente añadir, dado que Allan, por ignorancia, había desconfiado de ti en Thorpe-Ambrose, que me habías contado toda la triste historia de tu familia y que habías justificado sobradamente tu renuencia a hablar, en circunstancias ordinarias, de tus asuntos privados.» Respiré. Había dicho exactamente lo que yo quería, y de la manera mejor.

 «Gracias -le dije- por haberme hecho recobrar la consideración de tu amigo. ¿Desea él verme?», añadí, para volver al tema de Miss Milroy y de la fuga.

 «Lo está deseando -respondió Midwinter-. El pobre muchacho está desesperado; he hecho cuanto he podido para mitigar su aflicción, pero creo que la compasión de una mujer será más eficaz que la mía.»

 «¿Dónde está ahora?», pregunté.

 Estaba en el hotel, y propuse al instante que fuésemos allá. Es un lugar donde hay mucha gente y mucho bullicio, y donde (con el velo bajado) tengo menos miedo de comprometerme que en mi tranquilo alojamiento. Además tiene una importancia vital lo que haga ahora Armadale, bajo estas circunstancias totalmente nuevas. Pues debo comprobar sus acciones para conseguir, si puedo, alejarle de Inglaterra. Tomamos un simón; mi ansiedad de expresar mi condolencia al desesperado amante era tal ¡que tomamos un simón!

 En toda mi experiencia, nunca había visto algo tan ridículo como el comportamiento de Armadale bajo la doble impresión de descubrir que le habían arrebatado a su novia y de saber que voy a casarme con Midwinter. Decir que se portó como un chiquillo sería un insulto contra todos los chiquillos que no han nacido idiotas. Me felicitó por mi próxima boda y maldijo al desconocido malvado que había escrito la carta anónima, sin saber que estaba hablando de la misma persona. Reconoció sumisamente que el comandante Milroy tenía sus derechos como padre y, un instante después, le insultó diciendo que solamente tenía cariño a su mecánica y a su reloj. En un momento dado, se levantó, con lágrimas en los ojos, y declaró que su «querida Neelie» era un ángel sobre la tierra. Y después volvió a sentarse, enfurruñado, y dijo que una muchacha tan animosa hubiese debido escapar en el acto y reunirse con él en Londres. Después de más de media hora de esta absurda exhibición, conseguí calmarle, y después, unas pocas palabras amables e interrogadoras dieron por resultado que mostrase lo que era la verdadera causa de mi visita al hotel: la carta de Miss Milroy.

 Esta era terriblemente larga, desordenada y confusa; en una palabra, la carta de una chica tonta. Tuve que sortear muchas lamentaciones y expresiones de un sentimentalismo vulgar, y perder tiempo y paciencia con lloronas explosiones de afecto y asquerosos besos encerrados en círculos de tinta. Sin embargo, pude obtener al fin la información que buscaba. Es ésta:

 Parece que el comandante, al recibir mi anónima denuncia, llamó al punto a su hija y le mostró la carta. «Sabes lo dura que es mi vida con tu madre; no la hagas más dura aún, Neelie, engañándome.» Esto fue cuanto dijo el pobre y viejo caballero. Siempre me gustó el comandante, y aunque él tenía miedo de demostrarlo, sé que siempre le gusté. La súplica a su hija (si hay que dar crédito al relato de ésta) traspasó el corazón de Neelie. Rompió a llorar (¡se pinta sola para llorar en el momento adecuado!) y lo confesó todo. Después de darle tiempo para serenarse (¡si le hubiese dado un buen tirón de orejas habría sido más eficaz!), parece que el comandante le hizo algunas preguntas y se convenció (yo estaba convencida de lo mismo) de que el corazón de su hija, o su ilusión, o como quiera llamarlo ella, está real y sinceramente puesto en Armadale. Naturalmente, este descubrimiento le afligió tanto como le sorprendió. Al parecer, vaciló y mantuvo su desfavorable opinión sobre el pretendiente de Miss Neelie durante algún  (p.266) tiempo. Pero las lágrimas y las súplicas de su hija (como era de esperar, dada la debilidad del buen y viejo caballero) le conmovieron al fin. Aunque se negó rotundamente a autorizar un compromiso de matrimonio en el momento actual, consintió en perdonar los encuentros clandestinos en el parque, y en poner a prueba los méritos de Armadale para convertirse en su yerno, bajo ciertas condiciones.

 Estas condiciones son: que durante los próximos seis meses, se interrumpa toda comunicación, personal o por escrito, entre Armadale y Miss Milroy, y que este lapso de tiempo sea dedicado por el joven caballero a lo que crea mejor, y por la joven dama a completar su educación en el colegio. Si, transcurridos los seis meses, mantienen ambos el mismo propósito, y si la conducta de Armadale en el intervalo ha hecho mejorar la opinión del comandante a su respecto, podrá asumir el papel de pretendiente de Miss Milroy, y si todo sigue por buen camino durante otros seis meses, podría celebrarse la boda.

 ¡Confieso que habría besado al buen y viejo comandante, si lo hubiese tenido a mi alcance! Si hubiese estado a su lado y dictado yo misma las condiciones, no lo habría hecho mejor que él. ¡Seis meses de separación entre Armadale y Miss Milroy! En la mitad de este tiempo, con toda comunicación cortada entre los dos, muy mal tienen que irme las cosas para que no pueda vestirme de luto y ser públicamente reconocida como viuda de Armadale.

 Pero me estoy olvidando de la carta de la niña. En ella expresa textualmente las razones de su padre para poner aquellas condiciones. Parece que el comandante habló con tanta sensatez y sentimiento que no dejó a su hija, ni a Armadale, más alternativa decorosa que someterse. Por lo que puedo recordar, parece que habló a Miss Neelie en estos o parecidos términos:

 «No creas que me comporto cruelmente contigo, querida; sólo te pido que pongas a prueba a Mister Armadale. No es solamente justo, sino absolutamente necesario, que interrumpas toda comunicación con él durante algún tiempo, y te diré por qué. En primer lugar, si vas al colegio, las normas obligatorias en tales lugares (obligatorias por mor de las otras muchachas) no te permitirán ver a Mister Armadale ni recibir  (p.267) cartas de él; y, si tienes que convertirte en señora de Thorpe-Ambrose, debes ir al colegio, pues te avergonzarías, y yo me avergonzaría, si ocupases la posición de una dama distinguida sin tener todas las dotes que se espera que posean las damas distinguidas. En segundo lugar, quiero ver si Mister Armadale sigue sintiendo por ti lo que siente ahora, cuando no tenga el aliciente de verte, ni sepa nada de ti que se lo recuerde. Si me equivoco al pensar que es veleidoso y poco digno de confianza, y si tu opinión de él es la acertada, el joven no se verá sometido a una prueba injusta, pues el verdadero amor sobrevive a separaciones mucho más largas que la de seis meses. Y cuando haya pasado este tiempo y yo le haya tenido bajo observación durante otros seis meses, y piense tan bien de él como piensas tú ahora, incluso entonces, querida, después de esta terrible dilación, serás una mujer casada antes de cumplir los dieciocho años. Piensa en esto, Neelie, y demuestra que me quieres y confías en mí aceptando mi proposición. Yo no estableceré comunicación con Mister Armadale. Dejaré que tú le escribas para decirle lo que hemos decidido. El podrá responderte con una carta, solamente una, para comunicarte su decisión. Después de esto, por mor de tu reputación, no se dirá ni se hará nada más, y el asunto quedará estrictamente reservado hasta que termine el intervalo de seis meses.» En este sentido habló el comandante. Su comportamiento para con la pequeña zorra me ha producido más impresión que todo lo demás de la carta. Me ha hecho pensar (¡precisamente a mí!) en lo que llaman «una dificultad moral». Nos dicen continuamente que no puede existir relación entre virtud y vicio. ¿No? Aquí tenemos al comandante Milroy haciendo exactamente lo que un padre excelente, a un tiempo amable y prudente, afectuoso y firme, haría en estas circunstancias, y con esta conducta me ha allanado el camino, tan completamente como si hubiese sido el cómplice elegido por esta abominable criatura que es Miss Gwilt. ¡Imaginaos, razonar yo de esta manera! pero hoy estoy tan animada que soy capaz de todo. ¡Hace meses que no había parecido tan radiante y joven como ahora! Volviendo a la carta, por última vez..., pues es tan insulsa y estúpida que no puedo dejar de apartarme de ella para hacer mis propias reflexiones, como simple alivio.

 Después de anunciar solemnemente su resolución de sacrificarse en cumplimiento de los deseos de su querido padre (¡el descarado aplomo con que se erige en mártir después de lo ocurrido, sobrepasa cuanto yo había oído o leído jamás!), Miss Neelie decía que el comandante se proponía llevarla cerca del mar para un cambio de aires, durante los pocos días que faltaban para ir al colegio. Armadale tenía que enviar su respuesta a vuelta de correo a Lowestoft, con el sobre dirigido a su padre. Con esto y con una última explosión de tiernas protestas, comprimidas torcidamente en un rincón de la página, terminaba la carta. (N.B. El objeto del comandante al llevarla a la orilla del mar está bastante claro. Todavía desconfía en secreto de Armadale y está prudentemente resuelto a impedir cualquier otro encuentro clandestino en el parque, antes de que la muchacha esté encerrada segura en el colegio.)

 Cuando hube terminado con la carta (¡había pedido permiso para leer por segunda y tercera vez fragmentos que particularmente admiraba!), discutimos juntos, amistosamente, lo que Armadale tenía que hacer.

 Al principio, éste fue lo bastante tonto para negarse a aceptar las condiciones del comandante Milroy. Declaró, con su odiosa cara roja reflejando una salud de bruto, que no sobreviviría a seis meses de separación de su amada Neelie. Midwinter, como puede fácilmente imaginarse, pareció un poco avergonzado de él y unió su esfuerzo al mío para hacerle recobrar la sensatez. Le mostramos lo que habría sido claro para cualquiera que no fuese un bobo: que no tenía más alternativa noble, e incluso decente, que seguir el ejemplo de sumisión que había dado la joven. «Espere, y la tendrá por esposa», le dije. «Espera y obligarás al comandante a cambiar la injusta opinión que tiene de ti», fue lo que añadió Midwinter. Con dos personas inteligentes infundiendo a la vez sentido común en su cabeza, inútil decir que ésta cedió al fin y que él se sometió.

 Habiéndole decidido a aceptar las condiciones del comandante (tuve buen cuidado de advertirle, antes de que escribiese a Miss Milroy, que mi compromiso con Midwinter tenía que mantenerse tan estrictamente secreto para ella como para todos los demás), la próxima cuestión que había que resolver era lo referente a su actuación futura. Yo tenía preparados los necesarios argumentos para disuadirle, si se hubiese propuesto volver a Thorpe-Ambrose. Pero no lo hizo. Antes al contrario, declaró, por su propia iniciativa que nada le induciría a volver allí. El lugar y la gente estaban relacionados con todo lo que le era odioso. Ahora no habría una Miss Milroy con la que encontrarse en el parque, ni un Midwinter que le hiciese compañía en la casa solitaria. «Preferiría picar piedra en la carretera -fue su sensata y delicada manera de expresarse- a volver a Thorpe-Ambrose.»

 Después de esto, Midwinter hizo la primera sugerencia. El taimado y viejo clérigo que tanto nos había preocupado a Mrs. Oldershaw y a mí parece que ha estado enfermo; pero recientemente han dicho que se encuentra mejor. «¿Por qué no vas a Somersetshire -dijo Midwinter- a ver a nuestro buen amigo Mister Brock?»

 Armadale aceptó rápidamente la propuesta. En primer lugar deseaba ver al «querido y viejo Brock», y además, tenía ganas de ver su yate. Después de permanecer unos días  (p.268) más en Londres con Midwinter, marcharía de buen grado a Somersetshire. Pero ¿qué haría después?

 Viendo mi oportunidad, fui yo quien fue esta vez en su ayuda. «Tiene usted un yate, Mister Armadale -le dije-, y sabe que Midwinter va a ir a Italia. Cuando se canse de Somersetshire, ¿por qué no hace un viaje al Mediterráneo y va a visitar a su amigo, y a la esposa de su amigo, en Napóles?»

 Aludí a la «esposa de su amigo» con las apropiadas modestia y confusión. Armadale se mostró encantado. Yo había dado con la mejor manera de ocupar un tiempo tedioso. Se levantó y estrujó mi mano en un arrebato de gratitud. ¡Cómo aborrezco a las personas que sólo pueden expresar sus sentimientos lastimando las manos de otros!

 Mi proposición satisfizo a Midwinter tanto como a Armadale; pero veía dificultades en la manera de ponerla en práctica. Consideraba que el yate era demasiado pequeño para un crucero por el Mediterráneo y pensaba que era mejor alquilar una embarcación más grande. Su amigo pensaba de otra manera. Dejé que discutiesen la cuestión. A mí me bastaba con haberme asegurado, en primer lugar, de que Armadale no volvería a Thorpe-Ambrose, y en segundo lugar, de que estaba decidido a ir al extranjero. Puede ir de la manera que quiera. Yo preferiría el pequeño yate, pues parece que sería más probable que el pequeño yate me prestase el valioso servicio de naufragar, haciendo que él se ahogase...

 Las cinco. - La excitación de sentir que tenía los futuros movimientos de Armadale enteramente bajo mi control me tenía tan agitada, cuando volví a mi alojamiento, que tuve que salir de nuevo y hacer algo. Necesitando ocuparme en otra cosa, fui a Pimlico a poner las cosas en claro con mamá Oldershaw.

 Eché a andar y resolví, por el camino, que empezaría peleándome con ella. Uno de mis pagarés ha sido ya satisfecho, y como Midwinter está dispuesto a pagar los otros dos a su vencimiento, mi actual posición ante la vieja bruja es todo lo independiente que podría desear. Siempre tengo las de ganar cuando se entabla una franca batalla entre nosotras, y ella se muestra maravillosamente amable y complaciente en el momento en que le he hecho sentir que mi voluntad es la más fuerte. En mi actual situación, ella podría serme útil de varias maneras, si pudiese conseguir su ayuda sin confiarle secretos que ahora estoy más resuelta que nunca a guardar para mí. Ésta era mi idea mientras me dirigía andando a Pimlico. Trastornar los nervios de mamá Oldershaw en primer lugar, y después hacerla bailar al son que yo le toque, prometía ser, pensaba, una interesante ocupación para el resto de la tarde.

 Pero cuando llegué a Pimlico, me esperaba una sorpresa. La casa estaba cerrada, no solamente en el lado correspondiente a Mrs. Oldershaw, sino también en el del doctor Downward. La puerta de la tienda estaba también cerrada, con candado, y un hombre vigilaba y rondaba por la calle; ciertamente podía ser un tipo ocioso cualquiera, pero a mí me pareció un policía disfrazado.

 Conociendo los riesgos que corre un médico en su especialidad, sospeché al momento que algo grave había ocurrido y que incluso la astuta Mrs. Oldershaw estaba esta vez comprometida. Por consiguiente, no me detuve a preguntar, paré el primer simón que se cruzó conmigo y me dirigí a la oficina de Correos, a la que dije que remitiesen mis cartas si llegaba alguna para mí después de dejar mi alojamiento en Thorpe-Ambrose.

 Pregunté y me entregaron una carta dirigida a Miss Gwilt. Era de puño y letra de mamá Oldershaw, y me decía (como yo había presumido) que el doctor se hallaba en graves dificultades; que, desgraciadamente, también ella estaba mezclada en el asunto, y que ambos estaban escondidos por ahora. La carta terminaba con unas frases bastante venenosas sobre mi conducta en Thorpe-Ambrose y con la advertencia de que mamá Oldershaw no había dicho todavía la última palabra. Me tranquilizó ver que escribía de esta guisa, pues si hubiese sabido lo que yo llevaba realmente entre manos, se habría mostrado cortés y llorona. Quemé la carta a la primera ocasión. Y aquí termina, de momento, mi relación con mamá Jezabel. Ahora tendré que hacer yo todo el trabajo sucio, y tal vez sera mejor que confíe en mis propias manos.

 Julio, 31. - Más información útil para mí. Me he encontrado de nuevo con Midwinter en el Park (con el pretexto de que podía ser perjudicial para mi reputación que me visitase con demasiada frecuencia en la casa donde me alojo) y me he enterado de las últimas noticias sobre Armadale, posteriores a mi salida del hotel.

 Cuando Armadale hubo escrito a Miss Milroy, Midwinter aprovechó la oportunidad para hablarle de las disposiciones que necesariamente debía tomar para el tiempo que estuviese ausente de la casa grande. Se decidió que la servidumbre continuaría, con el salario suficiente para su manutención y que Mr. Bashwood se encargaría de la administración. (Lo cierto es que no me gusta la reaparición de Mr. Bashwood en relación con mis intereses actuales, pero nada puedo hacer a este respecto.) Otra cuestión, la del dinero, fue inmediatamente resuelta por el propio Armadale. Todo su dinero disponible (una cantidad importante) será depositado por Mr. Bashwood en el Coutts's Bank, a nombre de Armadale. Esto, dijo, le ahorraría la preocupación de tener que escribir más cartas a su administrador, y le permitiría recibir sin dilaciones el dinero que necesitase cuando estuviese en el extranjero. Como este plan era el más simple y más seguro, lo adoptó con la plena aprobación de Midwinter; y aquí habría terminado la discusión sobre  (p.269) negocios, si el eterno Mr. Bashwood no hubiese vuelto a aparecer en la conversación y prolongado y dado un nuevo rumbo a ésta.

 Parece que, pensándolo bien, creyó Midwinter que no había que cargar toda la responsabilidad de Thorpe-Ambrose sobre la espalda de Mr. Bashwood. Sin desconfiar en absoluto de él, pensó que convenía designar a otra persona que estuviese por encima de él y a la que acudir en caso de emergencia. Armadale no opuso reparo a esto; solamente preguntó, pues es incapaz de resolver nada por su cuenta, quién podía ser esta persona.

 La respuesta no era fácil. Cualquiera de los dos abogados de Thorpe-Ambrose habría servido para esto; pero Armadale estaba en malas relaciones con ambos. Cualquier reconciliación con un enemigo tan acérrimo como el viejo Mr. Darch era imposible, y restablecer a Mr. Pedgift en su antigua posición habría implicado una aprobación tácita por parte de Armadale de la abominable conducta del abogado en lo tocante a mí, cosa difícilmente conciliable con el respeto y la consideración que le merecía la dama que pronto sería esposa de su amigo. Después de discutir un poco más, Midwinter dio con una nueva sugerencia que parecía resolver la dificultad. Propuso que Armadale escribiese a un respetable abogado de Norwich, exponiéndole la situación en términos generales y pidiéndole que se encargase de sus asuntos, como asesor y supervisor de Mr. Bashwood si la ocasión lo requería. Como Norwich estaba a poca distancia en tren de Thorpe-Ambrose, Armadale no vio inconveniente en ello y prometió escribir al abogado de Norwich. Midwinter, temiendo que cometiese algún error si escribía sin ayuda, redactó un borrador de la carta, y Armadale lo estaba ahora copiando y escribiendo, además, a Mr. Bashwood para que ingresase inmediatamente el dinero en el Coutts's Bank.

 Estos detalles son tan áridos y tan poco interesantes por sí solos que, al principio, vacilé en anotarlos en mi diario. Pero una breve reflexión me convenció de que son demasiado importantes para pasarlos por alto. Considerados desde mi punto de vista, quieren decir que Armadale, por su propia voluntad, está ahora cortando toda comunicación con Thorpe-Ambrose, incluso por carta.  (p.270) Para todos los que deja detrás de él, es como si ya estuviese muerto. Las causas que han llevado a este resultado, merecen ciertamente el lugar más destacado que pueda destinarles en estas páginas.

 Primero de agosto. - Nada que anotar, salvo que he pasado un largo día, tranquilo y feliz, con Midwinter. Alquiló un carruaje, nos dirigimos a Richmond y comimos allí. Después de la experiencia de hoy, no puedo seguir engañándome. Salga lo que salga de ello, la verdad es que le amo.

 Desde que nos separamos, ha decaído mi ánimo. Se ha apoderado de mi mente la persuasión de que el suave y afortunado rumbo que han tomado los sucesos desde que llegué a Londres es demasiado afortunado y suave para que dure. Esta noche hay algo que me oprime, más que la opresión del aire pesado de Londres.

 Agosto, 2, las tres. - Mis presentimientos, como los de otras personas, me han engañado a menudo; pero casi temo que, por una vez, el que tuve la noche pasada fuese realmente profetice Después de desayunar, fui a una tienda de sombreros del barrio a encargar algunas cositas baratas para el verano, y desde allí, al hotel de Midwinter, para concertar con él otro día en el campo. Fui en coche a la sombrerería y al hotel, y parte del camino de regreso. Entonces, no pudiendo sufrir el terrible olor del simón (supongo que alguien había estado fumando en él), me apeé para continuar andando el resto del camino. Pero no habían pasado dos minutos cuando descubrí que me seguía un hombre extraño.

 Puede que esto sólo signifique que mi figura y mi aspecto general llamaron la atención a un hombre desocupado. Mi cara no pudo impresionarle, porque la escondía como de costumbre bajo el velo. En cuanto a si me siguió (en coche, desde luego) desde la sombrerería o desde el hotel, no sabría decirlo. Tampoco estoy del todo segura de que me siguiese hasta la puerta. Sólo sé que le perdí de vista antes de llegar. No tengo más remedio que esperar a que los acontecimientos me iluminen. Si lo ocurrido significa algo grave, pronto lo descubriré.

 Las cinco. - Es algo grave. Hace diez minutos, estaba yo en mi dormitorio, que comunica con el cuarto de estar. Iba a salir cuando oír una voz desconocida en el rellano: una voz de mujer. Un instante después, se abrió de pronto la puerta; la voz de la mujer dijo: «¿Son éstos los apartamentos que tiene por alquilar?», y aunque la patrona respondió, detrás de ella, «¡No! Están en el piso de arriba, señora», la mujer avanzó directamente hacia mi dormitorio, como si no lo hubiese oído. Tuve el tiempo justo para cerrar la puerta en sus narices antes de que me viese. Siguieron las necesarias explicaciones y disculpas entre la patrona y la desconocida, en el cuarto de estar... y después me dejaron nuevamente sola.

 No tengo tiempo de escribir más. Está claro que alguien tiene interés en tratar de identificarme y que, de no haber sido por mi rapidez, aquella desconocida lo habría conseguido, pillándome por sorpresa. Sospecho que ella y el hombre que me siguió en la calle están coaligados, y probablemente hay alguien tras cortina y actúan en su interés. ¿Estará mamá Óldershaw atacándome desde la sombra? ¿O quién más podría ser? Sea quien fuere, mi actual situación es demasiado crítica para tomarla a la ligera. Debo abandonar esta noche la casa, sin dejar el menor rastro por el que puedan seguirme a otro lugar.

 Agosto, 3, Gary Street, Tottenham Court Road. - Me marché la noche pasada (después de escribir una excusa para Midwinter, en la que mi «madre inválida» figuraba como causa suficiente de mi desaparición), y me refugié aquí. Me costó algún dinero, ¡pero conseguí lo que me proponía! Nadie puede haberme seguido desde All Saint's Terrace hasta esta dirección.

 Después de pagar a mi patrona la obligada indemnización por marcharme sin previo aviso, convine con su hijo que llevaría mis maletas en un coche hasta la consigna de la estación de ferrocarril más próxima y me enviaría el número a la lista de correos, donde yo iría a recogerla. Mientras él se marchaba en una dirección en un simón, yo tomé la mía en otro, llevando unas pocas cosas en un maletín, para la noche. Fui en derechura a la tienda de sombreros, pues, cuando había estado en ella el día anterior, había observado que tenía una puerta trasera por la que entraban y salían las aprendizas. Entré sin perder instante, dicíéndole al cochero que esperase. «Un hombre me está siguiendo -dije a la sombrerera- y quiero librarme de él. Aquí tiene esto para pagar el simón; espere diez minutos y pague al cochero, y déjeme salir enseguida por la puerta de atrás.» Al cabo de un momento, salí a un callejón; un instante después, pasé a la calle más próxima, donde tomé un ómnibus que pasaba, y volví a ser una mujer libre.

 Habiendo cortado toda comunicación con mi última residencia, debía tomar la precaución (por si Midwinter o Armadale eran vigilados) de cortarla entre el hotel y mi persona, al menos durante los próximos días. He escrito a Midwinter, tomando una vez más a mi presunta madre por excusa y diciendo que tengo que cuidarla continuamente, por lo que, de momento, sólo podremos comunicarnos por escrito. Dudando todavía de quién es realmente mi enemigo oculto, esto era cuanto podía hacer para defenderme.

 Agosto, 4. - Los dos amigos me han escrito desde su hotel. Midwinter expresa su pesar por nuestra separación, en los términos más afectuosos. Armadale me pide ayuda, para salir de unas circunstancias muy extrañas. Desde la casa grande, le ha sido reexpedida una carta del comandante Milroy, que adjunta a su misiva.

 Parece que, después de haber dejado sana y salva  (p.271) a su hija en el colegio previamente elegido para ella (en las cercanías de Ely), el comandante volvió de la costa a Thorpe-Ambrose a finales de la semana pasada; que entonces oyó, por primera vez, los rumores acerca de Armadale y yo, y que escribió inmediatamente a Armadale para decírselo. La carta es severa y breve. El comandante Milroy rechaza el rumor como indigno de crédito, pues no puede creer en un acto de tan «fría traición» como el que implicaría este escándalo, si fuese cierto. Sólo escribe para advertir a Armadale que, si no tiene más cuidado con sus acciones en el futuro, tendrá que renunciar a toda pretensión a la mano de Miss Milroy.

 «No espero, ni deseo, que conteste a la presente -termina la carta-, pues no quiero recibir más protestas de palabra. Por su conducta, y sólo por su conducta, le juzgaré a su debido tiempo. Permítame añadir, también, que no debe tomar esta carta como excusa para incumplir las condiciones establecidas entre nosotros, escribiendo de nuevo a mi hija. No tiene necesidad de justificarse a sus ojos, pues, afortunadamente, me la llevé de Thorpe-Ambrose antes de que este abominable rumor pudiese llegar a sus oídos, y tendré buen cuidado, por su bien, de que no se inquiete y trastorne por enterarse de ello en el lugar donde está ahora.»

 En estas circunstancias (y por ser yo la causa inocente del nuevo ataque contra su prestigio), me suplica encarecidamente que escriba al comandante absolviéndole de toda indiscreción en este asunto y declarando que, por un sentido elemental de cortesía, no había podido dejar de acompañarme a Londres. Le perdono la insolencia de esta petición, teniendo en cuenta la noticia que me ha comunicado. Ciertamente, el hecho de que el escándalo de Thorpe-Ambrose no haya llegado a oídos de Miss Milroy es otra circunstancia a mi favor. Con el genio que tiene (y si se hubiese enterado), habría sido capaz de hacer algo desesperado para reunirse con su novio, poniéndome en grave aprieto. En cuanto a lo que voy a hacer con Armadale, es bastante sencillo. Le tranquilizaré prometiéndole escribir al comandante Milroy, y me tomaré la libertad, en mi propio interés, de faltar a mi palabra.

 Hoy no ha ocurrido nada sospechoso. Sean quienes fueren mis enemigos, me han perdido y, entre hoy y el día en que salga de Inglaterra, no volverán a encontrarme. He estado en la oficina de Correos y recogido el resguardo de mi equipaje, incluido en un sobre enviado desde All Saint's Terrace, según mis instrucciones. En cuanto al equipaje, lo dejaré en la consigna hasta que vea más claramente que ahora lo que tengo que hacer.

 Agosto, 5. - Otras dos cartas remitidas desde el hotel. Midwinter me escribe para recordarme, con las mas bellas palabras, que mañana habrá residido en la parroquia el tiempo necesario para poder solicitar nuestra licencia de matrimonio, y que se propone pedirla de la manera acostumbrada, en Doctor's Commons. Ahora es el momento, si es que tengo que decirlo alguna vez, de decirle «No». Pero no puedo decírselo. Ésta es la pura verdad, ¡y se acabó!

 La carta de Armadale es de despedida. Me da las gracias por mi bondad al acceder a escribir al comandante, y se despide hasta que podamos volver a vernos en Napóles. Se ha enterado por su amigo de que éste tiene razones particulares para privarle del placer de asistir a nuestra boda. En tales circunstancias, nada le retiene en Londres. Arreglados sus asuntos, saldrá para Somersetshire en el tren de esta noche y, después de pasar algún tiempo con Mr. Brock, zarpará con rumbo al Mediterráneo desde el canal de Bristol (a pesar de las objeciones de Midwinter), en su propio yate. Incluye un estuche de joyería, con un anillo en él; el regalo de boda de Armadale. Es un rubí, pero bastante pequeño y con una montura del peor gusto. Si el regalo hubiese sido para Miss Milroy, habría sido diez veces más costoso. En mi opinión, no hay criatura más odiosa que un joven tacaño. ¡Ojalá se ahogue en su yate de baratillo!

 Estoy tan excitada y agitada que apenas sé lo que escribo. Y no es que rehuya lo que se viene encima; sólo siento como si me empujasen a ir más de prisa de lo que quisiera. Con esta rapidez, y si nada lo impide, Midwinter se habrá casado conmigo antes de que termine la semana. Y entonces...

 Agosto, 6. - Si algo pudiese aún sobresaltarme, me habría sobresaltado la noticia que he recibido hoy.

 Al regresar esta mañana a su hotel, después de obtenida la licencia de matrimonio, Midwinter se encontró con que le estaba esperando un telegrama. Era un mensaje urgente de Armadale, anunciándole que Mr. Brock había sufrido una recaída y que los médicos habían perdido toda esperanza de salvarle. El moribundo deseaba que Midwinter fuese a despedirse de él, y Armadale le suplicaba que no perdiese instante y fuese a la rectoría en el primer tren.

 La carta urgente en la que me entera de esto, dice también que, cuando la reciba, Midwinter estará ya en camino hacia el oeste. Me promete enviarme una carta más larga, después de haber visto a Mr. Brock, por el correo de esta noche.

 Esta noticia tiene para mí un interés que Midwinter no sospecha. Sólo hay una criatura humana, salvo yo misma, que conoce el secreto de su nacimiento y de su nombre, y es el viejo que le está esperando en las puertas de la muerte. ¿Qué se dirán en el último momento? ¿Les llevará alguna palabra casual a los tiempos en que estaba yo en Madeira, al servicio de Mrs. Armadale? ¿Hablarán de mí?

 Agosto, 7. - La carta prometida acaba de llegar. No ha habido despedida entre ellos: todo había terminado antes de que Midwinter llegase a Somersetshire. Armadale le recibió en la puerta de la  (p.272) rectoría con la noticia de que Mr. Brock había muerto.

 Trato de luchar contra ello, pero, después de la extraña combinación de circunstancias que se ha estado formando a mi alrededor desde hace semanas, hay algo en el último suceso que me pone nerviosa. Una última posibilidad de ser descubierta se interponía en mi camino cuando abrí ayer mi diario. Cuando lo abro hoy, esta posibilidad ha sido eliminada por la muerte de Mr. Brock. Esto significa algo; ojalá supiera qué.

 Las exequias se celebrarán el sábado por la mañana. Midwinter asistirá a ellas, y también Armadale. Pero aquél se propone volver primero a Londres, y me escribe que pasará esta noche por mi casa, con la esperanza de verme cuando se dirija de la estación al hotel. Aunque hubiese algún riesgo en ello, le vería, tal como están ahora las cosas. Pero no hay ningún peligro si viene aquí desde la estación, en vez de hacerlo desde el hotel.

 Las cinco. - No me equivocaba al creer que mis nervios estaban trastornados. Pequeñeces a las que no habría prestado atención en otro tiempo pesan ahora con fuerza sobre mi mente.

 Hace dos horas, desesperada por no saber cómo pasar el día, me acordé de la modista que está haciendo mi vestido de verano. Pensaba pasar ayer para probármelo, pero lo olvidé, preocupada por saber de Mr. Brock. Por consiguiente, he ido esta tarde, ansiosa de hacer algo que me librase de mí misma. Y he vuelto de allí, sintiéndome más inquieta y deprimida que cuando salí, pues temo que podría tener motivos para arrepentirme de no haber dejado mi vestido sin terminar en manos de la modista.

 Esta vez no me ha ocurrido nada en la calle. Fue solamente en el probador donde empecé a sospechar; ciertamente, fue allí donde concebí la idea de que no habían cesado aún los intentos de descubrirme que ya había hecho fracasar en All Saint's Terrace, y que alguna dependienta, si no la propia dueña, había sido sobornada.

 ¿Tiene algún fundamento esta impresión? Pensemos un poco.

 Ciertamente, advertí dos cosas que, dadas las circunstancias, se salían de la rutina corriente. En primer lugar, había el doble de mujeres necesarias en el probador. Esto parecía sospechoso, y sin embargo podía obedecer a más de una razón. ¿No era la hora de menos actividad? ¿Y no sé por experiencia que  (p.273) soy una de esas mujeres que siempre despiertan una malévola curiosidad en las demás? En segundo lugar, una de las ayudantas insistió, de modo bastante extraño, en mantenerme vuelta en una dirección particular, de cara a la puerta de cristal mate y con cortina que da al taller. Pero lo cierto es que me dio una razón cuando le pregunté por qué lo hacía. Dijo que la luz me daba mejor de esta manera, y cuando miré a mi alrededor, vi una ventana que le daba la razón. Sin embargo, estas pequeneces me produjeron tal efecto que adrede encontré defectos en el vestido, para tener una excusa para probármelo de nuevo antes de darles mi dirección para que me lo enviasen. Pura imaginación, me atrevo a decir. Pura fantasía, tal vez, en el momento actual. Pero no importa; me dejaré llevar por mi instinto (como suele decirse) y renunciaré al vestido. Dicho aún más llanamente: no volveré allí.

 Medianoche. - Midwinter ha venido a verme como había prometido. Ha transcurrido una hora desde que nos dimos las buenas noches, y aquí estoy todavía, con la pluma en la mano, pensando en él. No tengo palabras para describir lo que ha pasado entre nosotros. La conclusión es todo lo que puedo escribir en estas páginas, y la conclusión es que él me ha hecho vacilar en mi resolución. Por primera vez, desde que vi un camino fácil para introducirme en la vida de Armadale en Thorpe-Ambrose, siento como si el hombre a quien mentalmente condené tuviese una probabilidad de escapárseme. ¿Es mi amor por Midwinter lo que me ha alterado? ¿O es su amor por mí lo que determina, no solamente todo lo que deseo darle, sino también todo aquello de lo que deseo privarle? Siento como si me hubiese perdido, quiero decir perdido yo misma en él, durante toda la velada. Él estaba muy agitado por lo sucedido en Somersetshire, e hizo que me sintiese tan descorazonada y afligida al respecto como él, aunque no lo confesó con palabras, sé que la muerte de Mr. Brock le ha sobresaltado como de mal augurio para nuestro matrimonio; lo sé, porque también a mí me lo parece.

 La superstición (su superstición) ejerció tal influencia sobre mí que, cuando nos calmamos un poco y hablo él del futuro, cuando me dijo que, o debía romper su compromiso con sus nuevos patronos o marchar al extranjero el lunes próximo, como había prometido, me atemorizó la idea de que nuestra boda siguiese tan de cerca al entierro de Mr. Brock; y así bajo el impulso del momento, le dije: «¡Ve, y empieza tú solo una vida nueva! Ve, y déjame aquí en espera de tiempos más felices.»

 Me tomó en sus brazos. Suspiró y me besó con ternura angelical. Y dijo (¡oh, con qué suavidad y con qué tristeza!): «¡Ahora ya no podría vivir sin ti!» Al brotar estas palabras de sus labios, pareció que la idea surgía en mi mente como un eco: ¿por qué no vivir todos los días que me quedan, feliz e inofensiva, en un amor como éste? No puedo explicarlo, no puedo comprenderlo. Esta idea ha estado siempre dentro de mí, y sigue estando todavía. Veo que mi mano escribe estas palabras, ¡y me pregunto si es realmente la mano de Lydia Gwilt!

 Armadale...

 ¡No! Nunca volveré a escribir, nunca volveré a pensar en Armadale.

 ¡Sí! Volveré a escribir acerca de él, pensaré una vez más en él, porque me tranquiliza saber que se marcha lejos y que el mar nos habrá separado antes de que yo me case. Su hogar ya no es su hogar, ahora que la pérdida de su madre ha ido seguida de la pérdida de su mejor y más antiguo amigo. Decidió que, después del entierro, zarpará el mismo día con rumbo a mares extranjeros. Puede que nos encontremos en Napóles, y puede que no. ¿Seré yo una mujer diferente, si nos encontramos? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe!

 Agosto, 8. - Unas líneas de Midwinter. Ha regresado a Somersetshire para asistir mañana al entierro, y volverá aquí (después de despedir a Armadale) mañana por la noche.

 Se han cumplido ya los requisitos y las ceremonias preliminares de nuestra boda. El lunes próximo seré su esposa. No debemos casarnos más tarde de las diez y media, para tener, una vez terminado el servicio, el tiempo justo para ir de la puerta de la iglesia a la estación del ferrocarril y emprender el mismo día nuestro viaje a Napóles.

 ¡Hoy, el sábado y el domingo! No me espanta el tiempo; el tiempo pasará. No me espanto de mí misma, si puedo alejar de mi cabeza todos los pensamientos menos uno. ¡Le amo! Hasta que llegue el lunes, sólo pensaré en esto, noche y día. ¡Le amo!

 Las cuatro. - Otros pensamientos ocupan mi mente a pesar mío. Mis sospechas de ayer no eran mera fantasía; la modista ha sido sobornada. La locura de volver a su casa ha hecho que me siguiesen la pista hasta aquí. Estoy absolutamente segura de que no di mi dirección a aquella mujer, y sin embargo, mi nuevo vestido me ha sido enviado aquí a las dos de esta tarde.

 Lo trajo un hombre, junto con la factura y una nota muy cortés diciendo que, como no había ido a probarlo de nuevo según lo convenido, el vestido había sido terminado y me lo mandaban. El hombre me alcanzó en el pasillo; no tuve más remedio que pagar la factura y despedirle. Cualquier otra actuación, en vista del giro tomado por los sucesos, habría sido puro desatino. El mensajero (no el hombre que me había seguido en la calle, sino otro espía enviado para vigilarme sin duda alguna) habría declarado que no sabía nada, si yo le hubiese hablado. Y si iba a ver a la modista, ésta me diría tranquilamente que yo le había dado mi dirección. Lo único útil que puedo hacer ahora es aguzar mi ingenio en interés de mi propia seguridad, y salir  (p.274) de la falsa posición en que mi propia imprudencia me ha colocado..., si es que puedo.

 Las siete. - Vuelvo a estar más animada. Creo que estoy en camino de salir de mi apuro. Acabo de volver de un largo recorrido en simón. Primero he ido a la consigna del Great Western a recoger el equipaje que envié desde All Saint's Terrace. Después, a la consigna de South Eastern, a dejar mi equipaje (a nombre de Midwinter) hasta que tomemos el tren el lunes. Después, a la Oficina Principal de Correos, a echar una carta para Midwinter, que éste recibirá en la rectoría mañana por la mañana. Por último, he vuelto a esta casa, de la que no saldré hasta el lunes.

 No me cabe duda de que mi carta a Midwinter hará que éste refuerce (sin saberlo) las precauciones que estoy tomando para mi propia seguridad. La brevedad del tiempo de que dispondremos el lunes le obligará a pagar la factura del hotel y llevarse el equipaje antes de que se celebre la ceremonia nupcial. Lo único que le pido es que lleve él mismo el equipaje a South Eastern (para hacer inútiles las preguntas que pudiesen dirigirse a los sirvientes del hotel) y que, una vez realizado esto, se encuentre conmigo en la puerta de la iglesia, en vez de venir a buscarme aquí. Lo demás, dependerá de mí. Cuando llegue la noche del domingo o la mañana del lunes, libre como estoy ahora de todo estorbo, difícil será que no pueda dar esquinazo por segunda vez a los que me vigilan.

 Parece bastante inútil haber escrito hoy a Midwinter, siendo así que estará de regreso mañana por la noche. Pero era imposible pedirle lo que tenía que pedirle sin tener que recurrir una vez más como excusa a mis falsas circunstancias familiares, y ya que tenía que hacerlo, lo hice por escrito (en honor a la verdad) porque, después de lo que sufrí en la última ocasión, jamás podré volver a engañarle cara a cara.

 Agosto, 9, las dos. - Esta mañana me he levantado temprano, con el ánimo más deprimido que de costumbre. Comenzar una nueva vida, comenzar cada nuevo día, fue siempre para mí algo tedioso y desesperante en los pasados años. También he soñado durante toda la noche. No en Midwinter y en mi vida de casada, como había esperado soñar, sino en la vil conspiración para descubrirme, que me había obligado a ir de un lugar a otro, como un animal acosado. Nada en forma de una nueva revelación me iluminó en mi sueño. Lo único que pude presumir, soñando, fue lo que había presumido ya en estado de vigilia: que mamá Oldershaw es el enemigo que me ataca envuelto en sombra. Aparte del viejo Bashwood (que sería ridículo pensar que se hubiese metido en un asunto tan grave como éste), ¿quién, sino mamá Oldershaw, podía tener motivo para interferir en mis maniobras en el momento actual?

 Sin embargo, mi noche intranquila ha producido un resultado satisfactorio. Me ha servido para ganarme el aprecio de la criada y asegurarme de que me ayudará lo máximo posible cuando llegue la hora de hacer mi escapada.

 La muchacha advirtió esta mañana que yo parecía pálida y ansiosa. Le hablé confidencialmente, hasta el punto de decirle que iba a casarme en secreto y que tenía enemigos que trataban de separarme de mi novio. Esto despertó instantáneamente su simpatía, y una propina de diez chelines por sus buenos servicios hizo lo demás. Aprovechando los intervalos de su trabajo en la casa, ha estado conmigo casi toda la mañana, y he descubierto, entre otras cosas, que su novio es soldado raso de la Guardia y que ella espera verle mañana. Aunque es muy poco, me queda dinero suficiente para hacer que le dé vueltas la cabeza a cualquier soldado raso del Ejército británico, y si la persona encargada mañana de mi vigilancia es un hombre, creo que es muy posible que su atención sea desagradablemente distraída de Miss Gwilt en el curso de la noche.

 Cuando Midwinter vino aquí la última vez desde la estación, eran las ocho y media. ¿Cómo voy a pasar las tediosas, las tan tediosas horas hasta la noche? Creo que pondré a oscuras mi dormitorio y buscaré un bendito olvido en mi frasco de gotas.

 Las once. - Nos hemos despedido por última vez antes del día en que seremos marido y mujer.

 Él me ha dejado, como otras veces, con un absorbente asunto en que pensar durante su ausencia. En el momento en que entró en esta habitación, advertí que se había producido un cambio en él. Cuando me refirió el entierro y su despedida de Armadale a bordo del yate, aunque lo hizo en un tono profundamente conmovido, habló con un aplomo que nunca había visto en él. Lo propio ocurrió cuando la conversación giró después sobre nuestras esperanzas y perspectivas. Se mostró claramente contrariado por el hecho de que mis dificultades familiares impidiesen que nos viésemos mañana, y claramente inquieto ante la idea de que fuese sola el lunes a la iglesia. Pero todo ello con una confianza y una serenidad subyacentes que me produjeron una impresión tan fuerte que no tuve más remedio que advertirlas. «Sabes que a veces se apoderan de mí extrañas fantasías -dije-. ¿Quieres que te diga la que se me ha ocurrido ahora? No puedo dejar de pensar que, desde la última vez que nos vimos ha sucedido algo que todavía no me has contado.»

 «Algo ha sucedido -respondió-. Y es algo que debes saber.»

 Dichas estas palabras, sacó su cartera y extrajo de ella dos papeles escritos. Miró uno de ellos y lo guardó de nuevo. El otro lo dejó sobre la mesa, delante de mí. Tapándolo un momento con una mano, prosiguió:

 «Antes de que te diga lo que es esto y cómo llegó a mi poder, debes saber algo que te había ocultado. No es más grave que la confesión de una flaqueza mía.»

 Entonces me explicó que la renovación de su  (p.275) amistad con Armadale se había visto nublada, durante todo el período de su relación en Londres, por sus propios presentimientos supersticiosos. Cada vez que estaban juntos los dos, las terribles palabras de su padre en el lecho de muerte y la terrible confirmación de ellas en los avisos del Sueño estaban presentes en su mente. Día tras día, la convicción de que fatales consecuencias para Armadale se derivarían de la reanudación de su amistad, y de mi participación en ella, había influido más y más en él. Había obedecido la orden que le llamaba junto al lecho del rector, con la firme intención de confiar a Mr. Brock sus previsiones de desgracias venideras, y su superstición había sido doblemente confirmada al encontrarse con que la muerte había entrado en la casa antes que él y les había separado en este mundo para siempre. Había viajado de nuevo hasta allí para estar presente en las exequias, con un secreto sentimiento de alivio, ante la perspectiva de separarse de Armadale, y con la secreta resolución de hacer que la ulterior reunión en Napóles que habían concertado no se celebrase nunca. Con este propósito en su corazón, había subido solo a la habitación que tenía preparada, nada más llegar a la rectoría, y había abierto una carta que había encontrado sobre la mesa. La carta había sido hallada debajo de la cama en que había muerto Mr. Brock. Era de puño y letra del rector, e iba dirigida al propio Midwinter.

 Dicho esto, casi textualmente como lo he escrito, levantó la mano del papel escrito que estaba sobre la mesa entre nosotros.

 «Léela -dijo- y no hará falta que te diga que mi mente quedó de nuevo en paz y que estreché la mano de Allan al despedirnos con una efusión que me hacía más digno de su aprecio.»

 Leí la carta. No había superstición alguna que vencer en mi mente; no había viejos sentimientos de gratitud a Armadale que resucitar en mi corazón, y sin embargo, el efecto que la carta había producido en Midwinter fue (lo creo firmemente) más que igualado por el que produjo en mí.

 Era inútil pedirle que me la dejase, para poder releerla (como yo deseaba), cuando estuviese sola. Está resuelto a no desprenderse de ella; está resuelto a conservarla con aquel otro papel que le vi sacar de la cartera y que contiene la narración por escrito del sueño de Armadale. Lo único que pude hacer fue pedirle que me dejase copiarla, y él accedió de buen grado. Escribí la copia en su presencia y ahora la incluyo en mi diario, para marcar uno de los días más memorables de mi vida.

 «Rectoría de Boscombe, 2 de agosto.

 Mi querido Midwinter: Por primera vez desde que empecé a sentirme enfermo, tuve ayer fuerza suficiente para leer mis cartas. Una de ellas es de Allan y ha estado diez días sin abrir sobre mi mesa. Escribe, con la mayor tristeza, que ha habido una discusión entre vosotros y que tú te has apartado de él. Si todavía recuerdas lo que pasó entre nosotros, cuando me abriste por primera vez tu corazón en la isla de Man, no te extrañará que haya pasado toda la noche pensando en esta desagradable noticia, y no te sorprenderá saber que me he levantado esta mañana para hacer el esfuerzo de escribirte. Aunque estoy muy lejos de desesperarme, no me atrevo, a mi edad, a confiar demasiado en mis perspectivas de recuperación. Mientras me quede tiempo, debo emplearlo en bien de Allan y de ti.

 No quiero que me expliques las circunstancias que te han separado de tu amigo. Si mi valoración de tu carácter no se funda en algo completamente ilusorio, la única influencia que puede haberte llevado a tu alejamiento de Allan es la del espíritu maligno de la superstición, que una vez expulsé ya de tu corazón y que, quiéralo Dios, volveré a vencer si tengo fuerza suficiente para hacer que mi pluma te exprese en esta carta lo que pienso.

 Lejos de mi intención combatir la creencia, que sé que tienes, de que las criaturas mortales pueden ser objeto de intervenciones sobrenaturales en su peregrinación por este mundo. Hablando como hombre razonable, confieso que no puedo demostrar que estés equivocado. Hablando como creyente en la Biblia, debo ir más lejos y reconocer que tienes una justificación más que humana de la fe que alimentas. El único objetivo que me he empeñado en alcanzar es librarte del fatalismo paralizador de los paganos y de los salvajes, y que observes los misterios que te tienen perplejo, los portentos que te obsesionan, desde un punto de vista cristiano. Si puedo lograrlo, borraré de tu mente las fantásticas dudas que ahora la oprimen y volveré a reunirte con tu amigo, para que nunca más vuelvas a separarte de él.

 No tengo manera de verte e interrogarte. Lo único que puedo hacer es enviar esta carta a Allan para que te la reexpida, si sabe o puede averiguar tu actual dirección. Colocado en esta posición a tu respecto, tengo que presumir todo lo que puede presumirse en tu favor. Daré por sabido que algo os ha sucedido, a ti o a Allan, que a tu manera de ver, no solamente ha confirmado la convicción fatalista en que murió tu padre, sino que ha añadido un nuevo y terrible significado a la advertencia que te hizo por carta en su lecho de muerte.

 En este asunto de mutuo interés, me uno a ti. En este asunto de mutuo interés, apelo a tu naturaleza superior y a tu mejor sentido. Conserva tu actual convicción de que los sucesos que han ocurrido (sean cuales fueren) no pueden conciliarse con coincidencias mortales ordinarias ni con leyes mortales ordinarias, y considera tu propia posición bajo la luz más fuerte y más clara que tu superstición puede arrojar sobre ellos. ¿Y qué eres? Un instrumento impotente en manos del Destino. Estás condenado, sin posibilidad de resistencia  (p.276) humana, a llevar ciegamente la desgracia y la ruina a un hombre al que te has unido, inocente y delicadamente, con los lazos de un amor fraternal. Todo lo que hay de más moralmente firme en tu voluntad y de más moralmente puro en tus aspiraciones no sirve de nada contra tu impulso hereditario hacia el mal, causado por un delito que cometió tu padre antes de que nacieses. ¿En qué termina aquella creencia? Termina en la oscuridad en que estás perdido ahora, en las contradicciones en que ahora te debates..., en la terca desesperación con que profana el hombre su propia alma, rebajándose al nivel de los brutos que perecen.

 Levanta la cabeza, mi pobre y doliente amigo; levanta la cabeza, mi apesadumbrado y queridísimo amigo, ¡y mira más arriba! Enfréntate a las dudas que ahora te acometen desde la bendita posición ventajosa del valor cristiano y de la esperanza cristiana, y tu corazón volverá de nuevo a Allan, y tu mente encontrará la paz. Pase lo que pase, Dios es misericordioso, Dios es omnisciente: sea natural o sobrenatural, todo ocurre a través de Él. El misterio del Mal que turba nuestras débiles mentes, el dolor y el sufrimiento que nos tortura en esta vida breve, dejan inconmovible la gran verdad de que el destino del hombre está en manos de un Creador, y de que el Hijo divino de Dios murió para hacernos merecedores de ella. Nada que se haga en sumisión incondicional a la sabiduría del Todopoderoso puede ser malo. No existe ningún mal del que no pueda salir el Bien, si obedecemos Sus leyes. Se fiel a lo que te dice Cristo que es verdad. Fomenta dentro de ti mismo, sean cuales fueren las circunstancias todo lo que sea amor, todo lo que sea agradecimiento, todo lo que sea paciencia, todo lo que sea perdón hacia tu prójimo. Y deja humildemente y con confianza el resto en manos del píos que te creó y del Salvador que te amó más que a su propia vida.

 Ésta es la fe en la que he vivido, con la ayuda y la misericordia divina, desde mi juventud. Te pido encarecidamente, te pido confiadamente que hagas que ésta sea también tu fe. Ella es el manantial de cuanto he hecho de bueno, de toda la felicidad que he conocido; alumbra mi oscuridad, sostiene mi esperanza; me conforta y me tranquiliza, ahora que yazgo aquí, para vivir  (p.277) o para morir, no lo sé. Que ella te sostenga, te consuele y te ilumine. Te ayudará cuando más lo necesites, como me ha ayudado a mí. Te mostrará que los sucesos que te unieron a Allan tenían una finalidad distinta de la que previo tu padre en su culpa.

 No niego que te han sucedido cosas extrañas. Y puede que te sucedan otras todavía más extrañas antes de que pase mucho tiempo, cosas que tal vez yo no veré. Recuerda, si llega este momento, que yo habré muerto en la firme creencia de que tu influencia sobre Allan no era más que para el bien. El gran sacrificio de la Expiación, lo digo con toda reverencia, tiene sus reflejos mortales, incluso en este mundo. Si el peligro amenaza alguna vez a Allan, tú, el hijo del hombre que quitó la vida a su padre, tú y nadie más que tú, puedes ser el designado por la providencia de Dios para salvarle.

 Ven a verme, si vivo. Vuelve junto al amigo que te quiere, tanto si vivo como si he muerto. Afectuosamente tuyo hasta el fin,

 Decimus Brock.»

 «Tú, y nadie más que tú, puedes ser el designado por la providencia de Dios para salvarle.»

 Éstas son las palabras que me han sacudido hasta el alma. Éstas son las palabras que me hacen sentir como si el muerto hubiese salido de su tumba y hubiese puesto la mano en el sitio de mi corazón donde yace, oculto a toda criatura viva salvo a mí misma, mi terrible secreto. Una parte de la carta ha resultado ya acertada. El peligro que se prevé en ella amenaza a Armadale en este momento... ¡y la amenaza procede de mí!

 Si las circunstancias favorables que me han llevado hasta tan lejos siguen impulsándome hasta el fin, y si resulta profética la última predicción del viejo en esta tierra, Armadale se salvará de mí, haga yo lo que haga. Y Midwinter será la víctima propiciatoria que le salvará la vida.

 ¡Es horrible! ¡Es imposible! ¡Nunca debe ocurrir! Sólo de pensarlo, me tiembla la mano y se me encoge el corazón. ¡Pero bendigo el temblor que me enerva! ¡Bendigo el encogimiento que me debilita! ¡Bendigo las palabras de la carta que han hecho revivir las ideas apaciguadoras que acudieron a mi mente hace dos días! ¿Es difícil, ahora que los sucesos me acercan más y más al fin, llanamente y sin peligro..., es difícil vencer la tentación de seguir adelante? ¡No! Aunque sólo exista una probabilidad de que le ocurra a Midwinter algún mal, el miedo de esta probabilidad es bastante para decidirme, para darme fuerzas de vencer la tentación, por mor de él. ¡Nunca le había amado aún, nunca, nunca, como le amo ahora!

 Domingo, 10 de agosto. - ¡La víspera del día de mi boda! Cierro y guardo este libro para no volver a escribir jamás en él, para no abrirlo jamás.

 He alcanzado una gran victoria; he pisoteado mi propia maldad. Soy inocente; vuelvo a ser feliz. ¡Amor mío! ¡Ángel mío!, cuando mañana me entregue a ti, ¡todos mis pensamientos, más que míos, serán tuyos!

CAPÍTULO XV

EL DÍA DE LA BODA

 Eran las nueve de la mañana. El lugar, una habitación privada de una de las antiguas posadas que todavía se conservan en el lado de Borough del Támesis. La fecha, lunes once de agosto. Y la persona, Mr. Bashwood, que había viajado a Londres llamado por su hijo, y se había alojado en la posada el día anterior.

 Nunca había parecido tan lastimosamente viejo y desvalido como ahora. La fiebre y los escalofríos en los altibajos de esperanza y desesperación le habían dejado seco y mustio y agotado. Las aristas de su figura se habían agudizado. El perfil de su cara se había encogido. Su indumentaria reflejaba el cambio melancólico que se había producido en él, con un énfasis implacable y chocante. Nunca, ni siquiera en su juventud, se había vestido como ahora. Con la desesperada resolución de no perdonar recurso para producir impresión en Miss Gwilt, había dejado a un lado sus tristes prendas negras; incluso se había armado de valor para ponerse la corbata de satén azul. Llevaba una chaqueta de montar de color gris claro. La había encargado con intención sutilmente vengativa, tomando por modelo una que había visto llevar a Allan. El chaleco era blanco; los pantalones, a grandes cuadros y más alegre estilo veraniego. La peluca había sido abrillantada y perfumada y peinada con ondas a ambos lados, para ocultar las arrugas de las sienes. Daba ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Sus enemigos, si una criatura tan desgraciada hubiese podido tener enemigos, le habrían perdonado al verle con su atuendo nuevo. Sus amigos, si le hubiese quedado alguno, se habrían afligido menos de haberlo visto en su ataúd que observándolo en su actual aspecto. Incesantemente inquieto, caminaba de un lado a otro en la habitación. Ora consultaba su reloj, ora miraba por la ventana, ora contemplaba la bien abastecida mesa del desayuno..., siempre con la misma triste e inquieta interrogación en los ojos. Cuando entró el camarero, con la tetera llena de agua hirviente, la infeliz criatura se dirigió a él por quincuagésima vez con las únicas palabras que parecía capaz de pronunciar aquella mañana:

 -Mi hijo vendrá a desayunar. Mi hijo es muy especial. Quiero lo mejor de lo mejor..., cosas calientes y cosas frías... y té y café... y todo lo demás, camarero; todo lo demás.

 Por quincuagésima vez repitió estas ansiosas palabras. Por quincuagésima vez, el impertérrito camarero le respondió, tranquilizador:

 -Muy bien, señor; déjelo en mis manos.

 Y entonces se oyó el ruido de unas pisadas pausadas en la escalera; se abrió la puerta, y el tan esperado hijo entró indolentemente en la habitación, con una limpia y pequeña cartera de cuero negro en la mano.

 -¡Bravo, viejo caballero! -dijo el joven Bashwood, observando la vestimenta  (p.278) de su padre con una sonrisa irónicamente alentadora-. ¡Listo para casarte con Miss Gwilt al primer aviso!

 El padre estrechó la mano de su hijo y trató de corresponder a su risa.

 -Siempre tan divertido, Jemmy -dijo, empleando la forma familiar del nombre, como solía hacer en tiempos más felices-. Siempre fuiste divertido, querido hijo; desde que eras pequeño. Ven y siéntate; he encargado un buen desayuno para ti. ¡Lo mejor de lo mejor! ¡Lo mejor de lo mejor! ¡Cuánto me alegro de verte! Dios mío, Dios ¡mío, ¡cuánto me alegro! -Se interrumpió, y se sentó a la mesa, enrojecido el semblante por el esfuerzo de controlar la impaciencia que le consumía-. ¡Hablame de ella! -estalló, renunciando a aquel esfuerzo con súbito abandono-. Me moriré, Jemmy, si tengo que esperar un momento más. Dime, ¡dime!

 -Cada cosa a su tiempo -dijo el joven Bashwood, totalmente impasible ante la impaciencia de su padre-. ¿Desayunamos primero y hablamos después de la dama? Hay que ir despacio, viejo caballero, ¡hay que ir despacio!

 Dejó la cartera de cuero sobre una silla y se sentó delante de su padre, tranquilo, sonriendo y tarareando una tonadilla.

 Ningún observador ordinario, aplicando las reglas corrientes de análisis, habría detectado el carácter del joven Bashwood en su semblante. Su aire juvenil, ayudado por los cabellos rubios y las mejillas rollizas y afeitadas; sus modales afables y su eterna sonrisa; los ojos, que se fijaban sin pestañear en los de la persona a quien se dirigía; todo se combinaba para causar una impresión favorable a cualquiera. Ningún aficionado a descubrir los caracteres, salvo, tal vez, uno entre diez mil, habría podido penetrar debajo de la suavemente engañosa superficie de aquel hombre y verle como era en realidad: la criatura vil a quien las todavía más viles necesidades de la sociedad han fabricado para su propio uso. Allí estaba sentado, el espía confidencial de los tiempos modernos, cuyo negocio se amplía continuamente, cuyas Oficinas de Investigación Privada están en continuo crecimiento. Allí estaba sentado, el detective necesario para atender al progreso de nuestra civilización nacional; un hombre que era, al menos en este caso, legítimo e inteligible producto del oficio al que se dedicaba; un hombre profesionalmente dispuesto, a la menor sospecha (si la menor sospecha se le pagaba), a meterse debajo de las camas y a mirar a través de agujeros practicados en las puertas; un hombre que habría sido inútil para sus clientes si hubiese podido sentir una pizca de compasión humana en presencia de su padre, y que habría perdido su posición si, bajo cualquier circunstancia, hubiese sido capaz de sentir piedad o vergüenza.

 -Hay que ir despacio, viejo caballero -repitió, levantando las tapaderas de las fuentes y mirando debajo de ellas, una tras otra, alrededor de la mesa-. ¡Hay que ir despacio!

 -No te enfades conmigo, Jemmy -suplicó su padre-. Trata, si puedes, de imaginarte lo ansioso que debo estar. Recibí tu carta ayer por la mañana. He tenido que viajar desde Thorpe-Ambrose; he tenido que pasar la terriblemente larga tarde y la terriblemente larga noche, con tu carta diciéndome que habías descubierto quién es ella, pero sin decirme nada más. La incertidumbre es difícil de soportar, Jemmy, cuando se llega a mi edad. ¿Qué te impidió, querido, venir a verme cuando llegué aquí ayer por la tarde?

 -Una pequeña cena en Richmond -dijo el joven Bashwood-. Sírveme un poco de té.

 Mr. Bashwood trató de complacerle, pero la mano con que levantó la tetera temblaba con tal fuerza que no acertó con la taza y el té se vertió sobre el mantel.

 -Lo siento; no puedo dejar de temblar cuando estoy ansioso -dijo el viejo, mientras su hijo le quitaba la tetera de la mano-. Temo, Jemmy, que me guardes rencor por lo que ocurrió cuando estuve por última vez en la ciudad. Confieso que fui obstinado y poco razonable sobre lo de volver a Thorpe-Ambrose. Ahora soy más sensato. Tuviste toda la razón al querer encargarte tú de todo, cuando te mostré la dama del velo al salir ésta del hotel; y tuviste toda la razón para enviarme el mismo día a mis tareas en el despacho del administrador de la casa grande. -Observó el efecto que producían en su hijo estos elogios, y vacilando, le dirigió otra súplica-. Si todavía no quieres decirme nada más -dijo débilmente-, ¿querrás contarme cómo la encontraste? Hazlo, Jemmy, ¡hazlo!

 El joven Bashwood levantó la mirada de su plato.

 -Te lo diré -dijo-. La investigación sobre Miss Gwilt ha costado más dinero y ha requerido más tiempo de lo que esperaba, y cuanto antes arreglemos esto, antes pasaremos a lo que quieres saber.

 Sin una palabra de protesta, el padre dejó su sucia y vieja cartera y su bolsa sobre la mesa, delante del hijo. El joven Bashwood miró en la bolsa, observó, arqueando desdeñosamente las cejas, que solamente contenía un soberano y algunas monedas de plata, y la devolvió intacta.

 Al abrir después la cartera, resultó que ésta contenía cuatro billetes de cinco libras. El joven Bashwood se quedó con tres de ellos y devolvió la cartera a su padre, con una inclinación de cabeza expresiva de burlona gratitud y de irónico respeto.

 -Mil gracias -dijo-. Parte de esto es para la gente de nuestra oficina, y el resto me lo quedaré. Una de las pocas estupideces que he hecho en mi vida, querido padre, fue la de escribirte, cuando me consultaste por primera vez, que podías contar de balde con mis servicios. Como puedes ver, me apresuro a reparar el error. Estaba dispuesto a dedicarte una hora o dos a ratos perdidos. Pero este asunto ha requerido días y ha entorpecido otros trabajos. Te dije que no podía quedarme sin blanca por tu  (p.279) causa; así lo escribí en mi carta con toda claridad.

 -Sí, sí, Jemmy. No me quejo, querido, no me quejo. El dinero no tiene importancia; dime cómo la encontraste.

 -Además -prosiguió el joven Bashwood, continuando, impasible, con su justificación-, he puesto mi experiencia a tu servicio, y el precio ha sido barato. Si otra persona se hubiese encargado de esto, te habría costado el doble. Otro hombre habría vigilado a Mr. Armadale tanto como a Miss Gwilt. Yo te he ahorrado este gasto. Estás seguro de que Mr. Armadale quiere casarse con ella. Muy bien. En tal caso, si no la perdemos a ella de vista, prácticamente, tampoco le perderemos de vista a él. Si sabes donde está la dama, sabes que el caballero no puede estar muy lejos.

 -Es verdad, Jemmy. Pero ¿cómo te dio Miss Gwilt tanto trabajo?

 -Es una mujer endiabladamente astuta -dijo el joven Bashwood-; te diré lo que pasó. Nos dio esquinazo en la tienda de una modista. Hablamos con ésta y especulamos con la probabilidad de que volviera para probarse un vestido que había encargado. Las mujeres más astutas pierden el juicio nueve veces de cada diez cuando hay un vestido nuevo en juego, e incluso Miss Gwilt fue lo bastante imprudente para volver. Era todo lo que queríamos. Una de las mujeres de nuestra oficina la ayudó a probarse el traje nuevo y la colocó en posición adecuada para que fuese vista por uno de nuestros hombres desde detrás de la puerta. Éste sospechó inmediatamente quién era ella, fundándose en lo que de ella sabía, pues es una mujer famosa a su manera. Desde luego, consideramos que esto no era bastante. La seguimos hasta su nueva dirección y acudimos a un agente de Scotland Yard que estaba seguro de conocerla, para que comprobase si la idea de nuestro hombre era acertada. El de Scotland Yard se convirtió en mozo de recados de la modista para la ocasión y llevó el traje a su casa. La vio en el pasillo y la identificó al instante. Te digo que estás de suerte, pues Miss Gwilt es un personaje público. Si hubiésemos tenido que habérnoslas con una mujer menos notoria, nos habría costado semanas de investigación y tal vez habrías tenido que pagar cientos de libras. En cambio, bastó un día en el caso de Miss Gwilt, y otro día para que tuviese su vida por escrito en  (p.280) mis manos. En este momento, viejo caballero, está en mi cartera negra.

 Bashwood, padre, miró la cartera con ojos ansiosos y estiró la mano. Bashwood, hijo, sacó una llavecita del bolsillo del chaleco, hizo un guiño, sacudió la cabeza y volvió a guardar la llave.

 -Todavía no he desayunado -dijo-. No hay que darse prisa, mi querido señor, no hay que darse prisa.

 -¡No puedo esperar! -gritó el viejo, esforzándose en vano por conservar su aplomo-. ¡Son más de las nueve! ¡Hoy hace quince días que ella vino a Londres con Mister Armadale! En quince días, ¡puede haberse casado con él! ¡Puede haberse casado con él esta mañana! ¡No puedo esperar! ¡No puedo esperar!

 -Uno no sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta -replicó el joven Bashwood-. Inténtalo, y comprobarás que puedes esperar. ¿Qué ha sido de tu curiosidad? -prosiguió, atizando ingeniosamente el fuego, poco a poco-. ¿Por qué no me preguntas qué quise decir cuando llamé a Miss Gwilt un personaje público? ¿Por qué no te preguntas cómo pude hacerme con la historia de su vida, por escrito? Si te sientas de nuevo, te lo diré. Si no lo haces, sólo prestaré atención al desayuno.

 Mr. Bashwood suspiró con fuerza y volvió a su silla.

 -Quisiera que no te gustasen tanto las bromas, Jemmy -dijo-. Me gustaría, querido, que no te gustasen tanto las bromas.

 -¿Bromas? -repitió su hijo-. Serían bastante serias a los ojos de algunas personas. Miss Gwilt fue juzgada por algo en que le iba la vida, y los papeles que tengo en la cartera son las instrucciones del abogado para la defensa. ¿Llamas broma a esto?

 El padre se puso en pie de un salto y miró a su hijo por encima de la mesa, con una sonrisa exultante que era terrible de ver.

 -¡Juzgada en una causa en que le iba la vida! -gritó, con un profundo suspiro de satisfacción-. ¡En que le iba la vida! -Lanzó una grave y prolongada carcajada y chascó los dedos, entusiasmado. ¡Ah, ja, ja! ¡Algo capaz de asustar a Mister Armadale!

 Por muy canalla que fuese, el hijo se sintió impresionado por la explosión de pasión contenida que revelaban sus palabras.

 -No te excites -dijo, prescindiendo de pronto del tono burlón con que se había expresado hasta entonces.

 Mr. Bashwood se sentó de nuevo y se enjugó la frente con el pañuelo.

 -No -dijo, moviendo la cabeza y sonriendo a su hijo-. No, no, no me excito... Ahora puedo esperar, Jemmy, ahora puedo esperar.

 Y esperó pacientemente. A intervalos, asentía con la cabeza y sonreía y murmuraba para sí: «¡Algo capaz de asustar a Mister Armadale!» Pero no volvió a intentar, de palabra o de obra, dar prisa a su hijo.

 Bashwood, el joven, terminó despacio de desayunar, por pura jactancia; encendió deliberadamente un cigarro; miró a su padre y, al ver que permanecía tan inconmoviblemente paciente como antes, abrió al fin la cartera negra y extendió los papeles sobre la mesa.

 -¿Cómo quieres que lo haga? -preguntó-. ¿Largo o corto? Tengo aquí toda su vida. El abogado que la defendió en el juicio tenía instrucciones de buscar por todos los medios la compasión del jurado: recalcó las miserias de su vida pasada e impresionó a todos los que estaban en la sala con su magnífica actuación. ¡Quieres que siga el mismo camino? ¿Quieres saberlo todo acerca de ella, desde los días en que llevaba traje corto y pantalones con volantes? ¿O prefieres que vaya directamente a su primera aparición como acusada ante el tribunal?

 -Quiero saberlo todo acerca de ella -dijo ansiosamente su padre-. Lo peor y lo mejor..., sobre todo lo peor. Prescinde de mis sentimientos, Jemmy; hagas lo que hagas, ¡prescinde de mis sentimientos! ¿Puedo ver yo mismo los papeles?

 -No, no puedes. Para ti, sería como si estuviesen escritos en griego o en hebreo. Gracias a tu buena estrella, tienes un hijo listo que puede sacar el cogollo de estos papeles y darle el sabor adecuado al servirlo. No hay diez hombres en Inglaterra que pudiesen contarte como yo la historia de esa mujer. Es un don, viejo caballero, que tienen pocas personas... y que se aloja aquí.

 Se dio unos golpecitos en la frente y volvió la primera hoja del manuscrito que tenía delante, con no disimulada expresión de triunfo ante la perspectiva de exhibir su propia habilidad, y que fue la primera expresión de sentimiento auténtico que se había permitido hasta entonces.

 -La historia de Miss Gwiít empieza -dijo el joven Bashwood- en la plaza del mercado de Thorpe-Ambrose. Un día, hace aproximadamente un cuarto de siglo, un curandero ambulante, que traficaba en perfumería tanto como en medicina, llegó a la población con su carro y exhibió, como vivo ejemplo de la excelencia de sus cremas y lociones y demás, a una linda niñita de bella tez y cabellos maravillosos. Él se llamaba Oldershaw. Tenía una esposa que le ayudaba en la sección de perfumería de su negocio y que lo continuó por su cuenta al morir él. En definitiva prosperó y es idéntica a la astuta y vieja dama que me encargó un trabajo profesional hace poco tiempo. En cuanto a la linda niña, sabes quién es tan bien como yo. Mientras el curandero engatusaba a los patanes, mostrándoles el cabello de la niña, una joven dama que pasaba por la plaza del mercado detuvo su carruaje para oír a qué venía todo aquello; vio a la niña, y se prendó inmediatamente de ella. Aquella damita era hija de Mister Blanchard, de Thorpe-Ambrose. Se fue a casa y habló a su padre del triste destino de la inocente víctima del curandero. Aquella misma tarde, los Oldershaw fueron enviados a buscar e interrogados. Declararon que eran tíos de la niña (un embuste, naturalmente) y se mostraron encantados de que ésta pudiese asistir a la escuela del  (p.281) pueblo mientras estuviesen en Thorpe-Ambrose, en cuanto se les hizo esta proposición. Todo quedó arreglado el día siguiente. Y al otro día, los Oldershaw habían desaparecido, dejando a la niña al cuidado del hacendado. Evidentemente, no había respondido a lo que esperaban de ella como reclamo, y ésta fue la manera en que la dejaron bien apañada para toda la vida. ¡Éste es el primer acto de la comedia que te dedico! Hasta ahora, bastante claro, ¿no?

 -Bastante claro, Jemmy, para las personas inteligentes. Pero yo soy viejo y torpe. Y hay una cosa que no comprendo. ¿De quién era la niña?

 -Una pregunta muy sensata. Pero lamento tener que decirte que nadie puede contestarla, ni siquiera la propia Miss Gwilt. Estas instrucciones a las que me refiero se fundan, desde luego, en sus propias declaraciones, tal como las obtuvo su abogado. Lo único que pudo recordar, al ser interrogada, fue que había estado en el campo, en casa de una mujer que aceptaba niños para cuidarlos, pero que la maltrataba y mataba de hambre. Aquella mujer tenía un documento de identidad en el que constaba que su nombre era Lydia Gwilt, y recibió (por medio de un abogado) una pensión mensual para la manutención de la pequena, hasta que ésta tuvo ocho años. Entonces cesó la pensión; el abogado no pudo dar ninguna explicación; nadie fue a buscar a la niña, y nadie escribió. Los Oldershaw la vieron y pensaron que podía servirles para exhibirla, y la mujer se la cedió barata, y después los Oldershaw la dejaron en manos de los Blanchard. ¡Ésta es la historia de su nacimiento, de su parentela y de su educación! Puede ser hija de un duque o de un vendedor ambulante. Las circunstancias pueden ser sumamente románticas o completamente vulgares. Imagina lo que quieras, pues no hay nada que te lo impida. Y cuando lo hayas imaginado, dilo y proseguiré mi relato.

 -Prosigue, Jemmy, por favor.

 -Lo siguiente que sabemos de Miss Gwilt -siguió diciendo el joven Bashwood, dando vuelta a sus papeles- tiene que ver con un misterio de familia. La suerte había sonreído al fin a la niña abandonada. Había conquistado el afecto de una amable señorita, hija de un padre rico, y era apreciada y mimada en la mansión, en calidad de último juguete de Miss Blanchard. Al poco tiempo, Mister Blanchard y su hija marcharon al extranjero y se llevaron a la niña, como joven doncella de Miss Blanchard. Cuando volvieron, la hija se había casado y enviudado, y la linda doncellita, en vez de volver con ellos a Thorpe-Ambrose, aparece de pronto, ella sola, como alumna de un colegio en Francia. Allí estaba, en un establecimiento de primera categoría, con la manutención y la educación aseguradas hasta que se casara y tuviese una situación en la vida, con una única condición: que no volviese jamás a Inglaterra. Éstos fueron los únicos particulares que se avino a dar al abogado que redactó estas instrucciones. Se negó a decir lo que había ocurrido en el extranjero; se negó incluso, después de todos los años transcurridos, a mencionar el nombre de casada de su señora. Desde luego, está claro que poseía algún secreto familiar y que los Blanchard pagaban su educación en el Continente para que no se interpusiese en su camino. Y está igualmente claro que no habría guardado tanto su secreto si no hubiese creído que podría sacar provecho de él en el futuro. ¡Una mujer astuta, como te he dicho antes! Una mujer endiabladamente astuta, que no ha sufrido por nada tantos golpes en el mundo y visto tantos altibajos en su vida, en casa y en el extranjero.

 -Sí, sí, Jemmy; es verdad. Pero dime por favor, ¿cuánto tiempo estuvo en el colegio de Francia?

 El joven Bashwood consultó sus papeles.

 -Estuvo en el colegio francés -respondió- hasta que cumplió diecisiete años. En aquella época, algo ocurrió en el colegio que estos papeles califican delicadamente de «desagradable». Lo cierto es que el maestro de música del establecimiento se enamoró de Miss Gwilt. Era un hombre respetable y de edad mediana, casado y con hijos, y considerando que las circunstancias eran absolutamente desesperadas, y presumiendo tontamente que tenía un cerebro en la cabeza, tomó una pistola y trató de saltarse la tapa de los sesos. Los médicos le salvaron la vida, pero no la razón, y terminó donde hubiese debido empezar: en un manicomio. Como la belleza de Miss Gwilt estaba en el fondo de aquel escándalo, era desde luego imposible que continuase en el colegio después de lo ocurrido, aunque se demostró su inocencia en el suceso. Sus «amigos» (los Blanchard) recibieron la noticia y la trasladaron a otro colegio, esta vez en Bruselas... ¿Por qué suspiras? ¿Qué te ocurre ahora?

 -No puedo dejar de compadecer un poco al pobre maestro de música, Jemmy. Prosigue.

 -Según su propio relato, papá, parece que Miss Gwilt también sintió algo por él. Dio un cambio serio, y fue «convertida» (así lo llaman) por la dama que cuidó de ella en el intervalo de su marcha a Bruselas. Parece que el sacerdote del colegio belga era un hombre bastante discreto, que vio que la sensibilidad de la muchacha se estaba convirtiendo en un estado de peligrosa excitación. Pero antes de que pudiese calmarla, cayó enfermo y fue sucedido por otro sacerdote, que era un fanático. Comprenderás el interés que se tomó por la muchacha y la manera en que influyó en sus sentimientos cuando te diga que, después de estar casi dos años en el colegio, ¡anunció su decisión de terminar sus días en un convento! ¡Bien está que abras los ojos! Miss Gwilt, en el papel de monja, es un fenómeno femenino de los que no se ven a menudo. Las mujeres son criaturas muy extrañas.

 -¿Ingresó en el convento? -preguntó Mr.  (p.282) Bashwood-. ¿La dejaron entrar, tan sola y tan joven, sin nadie que pudiese aconsejarla para su bien?

 -Los Blanchard fueron consultados, para guardar las formas -prosiguió el joven Bashwood-. Como puedes imaginarte, ellos no se opusieron a que ingresase en un convento. Estoy seguro de que la carta más agradable que recibieron jamás de ella fue aquella en que les anunció solemnemente que se despedía de ellos para siempre en este mundo. La gente del convento tuvo tanto cuidado como de costumbre en no comprometerse. Su regla no permitía que tomase el velo antes de haber probado durante un año la vida conventual, y después, si tenía alguna duda, durante otro año. Ella hizo el primer año de prueba... y duró. Después del segundo año, fue lo bastante prudente para renunciar sin más vacilación. Su posición fue bastante difícil cuando se halló de nuevo en libertad. Las hermanas del convento habían perdido su interés por ella, la directora del colegio no quiso aceptarla como maestra, fundándose en que era demasiado bonita para desempeñar aquella función; el sacerdote consideró que estaba poseída por el demonio. Lo único que podía hacer era escribir de nuevo a los Blanchard y pedirles que la ayudasen a empezar una nueva vida como profesora de música por su propia cuenta. Escribió en este sentido a su antigua señora. Su antigua señora había dudado de la autenticidad de la vocación de monja de la muchacha, aprovechando la oportunidad ofrecida por la carta de despedida de tres años antes para cortar toda ulterior comunicación entre su ex doncella y ella. La carta de Miss Gwilt fue devuelta por la oficina de Correos. Encargó una investigación y se enteró de que Mr. Blanchard había muerto y de que su hija había abandonado la mansión y se había retirado a algún lugar desconocido. En vista de ello, escribió al heredero en posesión de la finca. La carta fue contestada por sus abogados, los cuales tenían instrucciones de actuar judicialmente al primer intento que hiciese de sacar dinero a cualquier miembro de la familia de Thorpe-Ambrose. Su última oportunidad era conseguir la dirección del lugar de retiro de su antigua señora. Los banqueros de la familia, a quienes escribió, le contestaron diciendo que  (p.283) tenían órdenes de no dar la dirección de la dama a nadie que la pidiese, sin recibir previa autorización de la propia dama. Esta última carta resolvió la cuestión: Miss Gwilt no podía hacer nada más. Si hubiese tenido dinero, habría podido ir a Inglaterra y hacer que los Blanchard lo pensaran dos veces antes de tomar medidas demasiado enérgicas. Como no tenía medio penique, nada podía hacer. Sin dinero y sin amigos, te preguntarás cómo había subsistido mientras sostenía aquella correspondencia. Se había ganado la vida tocando el piano en un café-cantante de Bruselas. Desde luego, los hombres la asediaron, pero la encontraron insensible como una piedra. Uno de los caballeros rechazados era ruso, y gracias a él conoció a una compatriota suya cuyo nombre es imposible de ser pronunciado por labios ingleses. Nombrémosla por su título y llamémosla la Baronesa. Las dos mujeres simpatizaron desde el primer momento, y una nueva perspectiva se abrió en la vida de Miss Gwilt. Se convirtió en lectora y compañera de la Baronesa. Por fuera, todo era bueno y amable. Por dentro, todo era malo y estaba podrido.

 -¿En qué sentido, Jemmy? Por favor, espera un poco y dime en qué sentido.

 -Te lo diré. La Baronesa era muy aficionada a viajar y siempre estaba rodeada de un grupo selecto de amigos que pensaban igual que ella. Iban de una ciudad del Continente a otra, y eran tan encantadores que hacían amistades en todas partes. Las amistades eran invitadas a las recepciones de la Baronesa y las mesas de juego eran invariablemente parte del mobiliario de ésta. ¿Lo comprendes ahora, o tengo que decirte, en estricta confianza, que las cartas no eran consideradas pecaminosas en aquellas festivas ocasiones, y que la suerte, al terminar las veladas, se inclinaba casi invariablemente del lado de la Baronesa y sus amigos? Todos eran unos truhanes, y no tengo la menor duda, pienses tú lo que pienses, de que los modales y el aspecto de Miss Gwilt hacían de ella un miembro valioso de aquella sociedad, en calidad de señuelo. Ella declaró después que ignoraba lo que realmente sucedía; que no sabía jugar a las cartas; que no tenía un amigo respetable a quien volverse en el mundo, y que apreciaba sinceramente a la Baronesa, por la sencilla razón de que ésta fue una buena amiga para ella desde el principio hasta el fin. Créelo o no, como quieras. Durante cinco años, viajó por todo el Continente con aquellos fulleros, dándose la gran vida, y nada me induce a creer que no seguiría con ellos en este momento si la Baronesa no hubiese encontrado la horma de su zapato en Napóles, en forma de un rico viajero inglés llamado Waldron. ¡Ah!, este nombre te sorprende, ¿verdad? Porque habrás leído sobre el juicio de la famosa Mrs. Waldron, como el resto del mundo. Y sabrás ahora quién es Miss Gwilt sin necesidad de que te lo diga.

 Hizo una pausa y miró a su padre con súbita perplejidad. Lejos de estar abrumado por el descubrimiento que acababa de hacer, Mr. Bashwood, después del primer movimiento natural de sorpresa, miró a su hijo con un aplomo que, dadas las circunstancias, resultaba extraordinario. Había un nuevo brillo en sus ojos y un nuevo color en sus mejillas. Si hubiese sido posible concebir algo semejante en un hombre en su posición, parecía sumamente animado, en vez de deprimido, por lo que acababa de oír.

 -Prosigue, Jemmy -dijo tranquilamente-; soy una de las pocas personas que no leyeron el juicio; sólo oí hablar de él.

 Todavía desorientado interiormente, el joven Bashwood se recobró y siguió diciendo:

 -Siempre anduviste y siempre andarás atrasado -dijo-. Cuando lleguemos al juicio, podré decirte sobre él cuanto quieras saber. Mientras tanto debemos volver a la Baronesa y a Mr. Waldron. Durante varias noches, el inglés dejó que los fulleros se saliesen con la suya; dicho en otras palabras, pagó por el privilegio de hacerse agradable a Miss Gwilt. Cuando pensó que le había producido la impresión necesaria, denunció sin compasión toda la maniobra. Intervino la policía; la Baronesa fue metida en la cárcel, y Miss Gwilt se encontró ante el dilema de aceptar la protección de Mr. Waldron o verse de nuevo en la calle. Ella era sorprendentemente virtuosa, o sorprendentemente astuta, como prefieras. Para asombro de Mr. Waldron, le dijo que podía hacer frente a la perspectiva de venir a menos, y que debía dirigirse a ella honorablemente o dejarla para siempre. La cosa terminó como termina siempre que el hombre está enamorado y la mujer está resuelta. Para disgusto de su familia y de sus amigos, Mr. Waldron hizo virtud de la necesidad, y se casó con ella.

 -¿Qué edad tenía él? -preguntó ansiosamente el viejo Bashwood.

 El joven Bashwood se echó a reír.

 -Era lo bastante mayor, papá, para ser tu hijo, y lo bastante rico para haber reventado tu preciosa cartera con billetes de mil libras. No agaches la cabeza. El matrimonio no fue feliz, por mucho que él fuera tan joven y tan rico. Vivieron en el extranjero, y al principio se llevaron bastante bien. Desde luego, él cambió su testamento inmediatamente después de casarse y se mostró pródigo con su esposa, bajo la tierna presión de la luna de miel. Pero, como todas las cosas, las mujeres se gastan con el tiempo, y una linda mañana se despertó Mr. Waldron con la duda de si no se habría portado como un tonto. Era un hombre de genio vivo, estaba descontento de sí mismo y, naturalmente, lo hizo pagar a su mujer. Habiendo empezado a disputar con ella, comenzó después a sospechar y se volvió furiosamente celoso de todos los varones que entraban en la casa. No tenían estorbos en forma de hijos, y fueron de un lugar a  (p.284) otro según los impulsos de los celos de él, hasta que por fin volvieron a Inglaterra, cuando llevaban cerca de cuatro años casados. Él tenía una vieja casa solitaria en los páramos de Yorkshire, y allí se encerró con su esposa, aislándose de toda criatura viviente, salvo sus criados y sus perros. Naturalmente, sólo una cosa podía resultar de tratar de tal manera a una mujer joven y animosa. Puede ser el destino o puede ser el azar, pero, cuando una mujer está desesperada, seguro que aparecerá un hombre para aprovecharse de ello. En esta ocasión el hombre fue un «caballo negro», como suelen decir en los hipódromos. Era un cierto capitán Manuel, natural de Cuba y, según decía, ex-oficial de la Marina española. Había conocido a la bella esposa de Mr. Waldron durante el viaje de regreso a Inglaterra; había conseguido hablar con ella a pesar de los celos del marido, y la había seguido hasta su lugar de encierro en la casa de Mr. Waldron en los páramos. El capitán es descrito como un tipo inteligente y resuelto, como una especie de pirata audaz, y envuelto en esa capa de misterio que tanto gusta a las mujeres...

 -¡Ella no es como las otras! -dijo Mr. Bashwood, interrumpiendo súbitamente a su hijo-. ¿Y ella...? -Se le quebró la voz y dejó la pregunta por terminada.

 -¿Si le gustó el capitán? -sugirió el joven Bashwood, riendo de nuevo-. Según su propio relato, le adoraba. Al mismo tiempo, su conducta (tal como la expone ella misma) era perfectamente inocente. Considerando la estrecha vigilancia a que la tenía sometida su marido, la declaración (por increíble que parezca) es probablemente cierta. Durante unas seis semanas, se limitaron a sostener una correspondencia privada; el capitán cubano (que hablaba y escribía perfectamente el inglés), había conseguido que una de las criadas de la casa de Yorkshire actuase de mensajera. No hace falta que nos tomemos el trabajo de pensar en cómo habría podido terminar aquello; el propio Mr. Waldron provocó una crisis. No se sabe si se olió o no aquella correspondencia clandestina. Pero lo cierto es que un día volvió a casa de un paseo a caballo, más furioso que de costumbre; que su esposa dio muestras de aquel ánimo que él nunca había logrado quebrantar, y que el incidente terminó dándole él un latigazo en la cara. Una conducta indigna de un caballero, debo confesarlo; pero, por lo que parece, el latigazo produjo los más sorprendentes resultados. Desde aquel momento, la dama se sometió como nunca se había sometido. Durante los quince días que siguieron, él hizo cuanto se le antojaba; ella no le contradecía nunca, dijera lo que dijese, y nunca pronunció una palabra de protesta. Algunos hombres habrían podido sospechar que este súbito cambio ocultaba algo peligroso bajo su superficie. No sé si Mr. Waldron lo consideró de esta manera. Lo único que sé es que, antes de que desapareciese la señal del látigo de la cara de su esposa, cayó enfermo, y que dos días más tarde estaba muerto. ¿Qué dices a esto ?

 -¡Digo que lo tuvo bien merecido! -respondió Mr. Bashwood, dando un puñetazo sobre la mesa, mientras su hijo hacía una pausa y le miraba.

 -El médico que atendió al moribundo no era de tu opinión -observó secamente el joven Bashwood-. Llamó a otros dos médicos y los tres se negaron a certificar la defunción. Siguió la acostumbrada investigación legal. La prueba de los médicos y las declaraciones de los criados apuntaban irresistiblemente en la misma dirección, y Mrs. Waldron fue sometida a juicio, acusada de haber envenenado a su marido. Un distinguido abogado criminalista de Londres fue a defender a la acusada, y tomaron forma estas «Instrucciones». ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres saber ahora?

 Levantándose súbitamente de su silla, Mr. Bashwood alargó una mano sobre la mesa y trató de agarrar los papeles de su hijo.

 -Quiero verlos -dijo ansiosamente-. Quiero ver lo que dicen acerca del capitán cubano. Él estuvo en el fondo de todo esto, Jemmy. ¡Juraría que estuvo en el fondo de todo esto!

 -Nadie dudó en aquella época de quién estaba en el secreto del caso -convino su hijo-. Pero nadie podía demostrarlo. Vuelve a sentarte, papá y serénate. Aquí no hay nada acerca del capitán Manuel, salvo las sospechas privadas del abogado, para que el defensor las sacase a relucir o no, según su criterio. Desde el principio hasta el fin, ella persistió en encubrir al capitán. Al principio, hizo dos declaraciones al abogado, las cuales sospechó éste que eran falsas. En primer lugar, declaró que era inocente del crimen. Esto no le sorprendió; sus clientes, por norma general, solían querer engañarle de esta manera. Después, aún reconociendo su correspondencia privada con el capitán cubano, declaró que las cartas habían tratado solamente de una fuga que él le había propuesto y que ella había aceptado, inducida por el bárbaro trato que le daba su marido. Naturalmente, el abogado le pidió que le mostrase las cartas. «Él quemó todas mis cartas, y yo he quemado todas las suyas», fue la única respuesta que obtuvo. Era muy posible que el capitán Manuel hubiese quemado las cartas de ella, al enterarse de que se estaba celebrando una investigación en la casa. Pero el abogado sabía por experiencia (como lo sé yo también) que, cuando una mujer está enamorada de un hombre, en el noventa y nueve por ciento de los casos guarda sus cartas, tanto si hay peligro como si no lo hay. Despertadas de esta manera sus sospechas, el abogado hizo algunas averiguaciones privadas sobre el capitán extranjero, y descubrió que andaba tan escaso de dinero como podía andar un capitán extranjero. Al mismo tiempo, hizo algunas preguntas a su cliente sobre lo que esperaba  (p.285) de su difunto esposo. Ella le respondió, indignada, que había encontrado entre los papeles de su marido un testamento otorgado pocos días antes de su muerte y en el que solamente le dejaba cinco mil libras, de toda su inmensa fortuna. «Entonces, ¿había un testamento anterior que fue revocado por el nuevo?», preguntó el abogado. Sí, lo había; un testamento que él le había dado para que lo guardase y que había otorgado poco después de casarse. «¿Dejando a su viuda en buena posición?» Dejándole exactamente diez veces más de lo dispuesto en el segundo testamento. «¿Había mencionado aquel primer testamento, ahora revocado, al capitán Manuel?» Ella vio la trampa y dijo: «¡No, nunca!», sin vacilar un instante. La respuesta confirmó las sospechas del abogado. Trató de asustarla, declarando que su vida podía ser el precio de engañarle en esta cuestión. Con la obstinación propia de las mujeres, ella permaneció en sus trece. El capitán, por su parte, se comportó de manera ejemplar. Confesó que había proyectado la fuga; declaró que había quemado todas las cartas de la dama a medida que las había recibido, para no perjudicar su reputación; había permanecido en el lugar, y se ofreció para declarar ante los magistrados. Nada se descubrió que pudiese relacionarle jurídicamente con el delito, o hacerle comparecer el día de la vista de la causa, como no fuese en condición de testigo. Yo no creo que exista duda moral (según lo llaman) de que Manuel conocía la existencia del testamento que dejaba cincuenta mil libras a su amante, y de que estaba dispuesto, en vista de aquella circunstancia, a casarse con ella cuando muriese Mr. Waldron. Si alguien la tentó a librarse de su marido convirtiéndose en su viuda, ese alguien tuvo que ser el capitán. Y a menos de que ella, guardada y vigilada como estaba, hubiese conseguido obtener el veneno por sus propios medios, éste tenía que haber llegado a su poder en una de las cartas del capitán.

 -¡No creo que lo usase, si es que llegó a tenerlo! -exclamó Mr. Bashwood-. ¡Creo que fue el propio capitán el que envenenó al marido!

 El joven Bashwood, haciendo caso omiso de la interrupción, plegó las Instrucciones para la Defensa, que habían servido ya para su fin, volvió a meterlas en la cartera y  (p.286) sacó un folleto en su lugar.

 -Aquí está uno de los Informes del Juicio que fueron publicados -dijo-, y que puedes leer con calma, si quieres. Ahora no necesitamos perder tiempo con detalles. Ya te he dicho con qué habilidad preparó su abogado el camino para presentar la acusación de asesinato como la última calamidad de las muchas que habían caído ya sobre una mujer inocente. Los dos argumentos jurídicos de la defensa (después de este florido exordio) fueron: primero, que no había pruebas de que hubiese poseído el veneno, y segundo, que los peritos médicos, aunque declaraban rotundamente que el marido había muerto envenenado, discrepaban en sus conclusiones sobre la droga particular que le había matado. Dos argumentos sólidos y bien expuestos, pero las pruebas en contra eran irrebatibles. Se demostró que la acusada tenía nada menos que tres excelentes motivos para matar a su marido. Éste la había tratado con una barbarie casi inaudita; la dejaba en su testamento (ella no sabía aún que había sido revocado) como dueña de una fortuna a su muerte, y según había confesado, tenía proyectada la fuga con otro hombre. Después de sentar estos tres móviles, la acusación demostró, con pruebas totalmente irrefutables, que la única persona de la casa que había tenido posibilidad de administrar el veneno era la que se sentaba en el banquillo. ¿Qué podían hacer el juez y el jurado delante de una prueba como ésta? El veredicto fue, naturalmente, de culpabilidad, y el juez declaró que estaba de acuerdo con él. Las mujeres del público se pusieron histéricas, y el talante de los varones no fue mucho mejor. El juez lloró y el tribunal se estremeció. Fue condenada a muerte en un ambiente que nunca se había presenciado en un tribunal de justicia inglés. Y actualmente está viva y tan campante; libre para hacer cualquier mal que se le antoje y para envenenar, a su conveniencia, a cualquier hombre, mujer o niño que se interponga en su camino. ¡Una mujer muy interesante! Mantente en buena relación con ella, mi querido padre, hagas lo que hagas, pues la ley le dijo en llano inglés: «Mi encantadora amiga, ¡a ti no puedo asustarte!»

 -¿Cómo la indultaron? -preguntó, jadeando, Mr. Bashwood-. Entonces me lo dijeron..., pero lo he olvidado. ¿Fue cosa del ministro del Interior? Si fue él, ¡merece todos mis respetos! Digo que el ministro del Interior se mostró digno de su cargo.

 -Tienes razón, viejo caballero -dijo el joven Bashwood-. El ministro del Interior fue el obediente y humilde servidor de una Prensa Libre ilustrada... y era digno de su cargo. ¿Es posible que no veas cómo se burló ella del patíbulo? Si no lo ves, te lo diré. La tarde en que terminó el juicio, dos o tres de los jóvenes Bucaneros de la Literatura fueron a dos o tres redacciones de periódicos y escribieron dos o tres artículos desgarradores en primera página, sobre el asunto del procedimiento judicial. La mañana siguiente, el público se inflamó como la yesca, y la acusada fue juzgada de nuevo, ante un tribunal de aficionados, en las columnas de los periódicos. Todos los que no tenían ninguna experiencia personal sobre el tema agarraron sus plumas y (con amable permiso del director) imprimieron sus escritos. Médicos que no habían atendido al enfermo y que no habían estado presentes en la autopsia declararon, a docenas, que había muerto de muerte natural. Abogados sin clientes, que no habían oído las pruebas, atacaron al jurado que las había escuchado y juzgaron al juez, que estaba ya ejerciendo su magistratura antes de que naciesen algunos de ellos. El público en general siguió el ejemplo de los abogados y los médicos y los jóvenes Bucaneros que habían puesto aquello en marcha. ¡Aquí estaba la Ley que ellos pagaban para que les protegiese, cumpliendo su función con espantosa diligencia! ¡Terrible! ¡Terrible! El público británico se alzó para protestar como un solo hombre contra el funcionamiento de su propia maquinaria, y el ministro de Interior, en un estado de confusión, acudió al juez. El juez se mantuvo firme. Había dicho que el veredicto era acertado, y ahora decía lo mismo. «Pero supongamos -dijo el ministro del Interior- que la acusación hubiese intentado otra manera de demostrar su culpa en el juicio, diferente de la que siguió. ¿Qué habrían hecho entonces usted y el jurado?» Desde luego, al juez le fue absolutamente imposible decirlo. Esto animó al ministro del Interior en primer lugar, y después, cuando el juez consintió en que se sometiese a un famoso doctor el conflicto de los dictámenes médicos, y cuando el famoso doctor se inclinó por la benevolencia, después de declarar expresamente que nada sabía prácticamente de los detalles del caso, el ministro del Interior quedó satisfecho. La sentencia de muerte de la acusada fue a parar al cesto de los papeles; el veredicto de la ley fue revocado por aclamación general, y el veredicto de los periódicos salió triunfante. Pero ahora viene lo mejor. ¿Sabes lo que sucedió cuando el pueblo se encontró con el objeto de su compasión puesto de pronto en sus manos? Prevaleció la impresión general de que, a fin de cuentas, la mujer no era tan inocente como para sacarla en el acto de la cárcel. Castíguela un poco, señor ministro del Interior, por razones morales, era la opinión general. Un pequeño curso benévolo de medicina legal, por favor, y entonces nos sentiremos completamente tranquilos a este respecto hasta el fin de nuestros días.

 -¡No lo tomes a broma! -gritó su padre-. ¡No, no, no, Jemmy! ¿La juzgaron de nuevo? ¡No podían hacerlo! ¡No debían hacerlo! Nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito.

 -¡Bah, bah! Podían juzgarla por segunda vez  (p.287) por un segundo delito -replicó el joven Bashwood- y así lo hicieron. Afortunadamente para la pacificación de la opinión pública, ella había querido tomarse la justicia por su mano (como suelen hacer las mujeres) cuando descubrió que su marido había reducido de un plumazo a cinco mil el legado de cincuenta mil libras. El día antes de la investigación se descubrió que un cajón cerrado del tocador de Mr. Waldron, que contenía algunas joyas valiosas, había sido abierto y vaciado, y cuando la acusada fue citada por los magistrados, las piedras preciosas fueron encontradas, arrancadas de sus monturas y cosidas en el corsé de la dama. Ésta dijo que era una compensación justificada. La Ley declaró que era un robo cometido contra los albaceas del difunto. Este delito menos grave, que había sido pasado por alto al ser ella acusada nada menos que de asesinato, era lo más adecuado para salvar las apariencias a los ojos del público. Éste había cerrado el camino a la justicia en el caso de la acusada, en un juicio, y ahora lo único que quería era que la justicia reemprendiese su marcha, en el caso de la acusada, ¡en otro juicio! Fue acusada de robo, después de haber sido perdonada por el asesinato. Y lo que es más, si su belleza y sus desdichas no hubiesen causado fuerte impresión en su abogado, no sólo habría tenido que soportar otro juicio, sino que se habría visto privada de las cinco mil libras a que tenía derecho por el segundo testamento, en beneficio de la Corona.

 -¡Respeto a su abogado! ¡Admiro a su abogado! -exclamó Mr. Bashwood-. Me gustaría estrecharle la mano y decírselo.

 -Si lo hicieses, él no te daría las gracias -observó el joven Bashwood-. Está bajo la cómoda impresión de que solamente él sabe cómo salvó el legado a favor de Mrs. Waldron.

 -Disculpa, Jemmy -repuso su padre-. Pero no la llames Mrs. Waldron. Por favor, llámala por su nombre de cuando era joven e inocente y estudiaba en el colegio. ¿Te importaría, en mi obsequio, llamarla Miss Gwilt!

 -¡No! A mí me da lo mismo el nombre. Pero déjate de sentimentalismos y volvamos a los hechos. Esto es lo que hizo el abogado antes de que se celebrase el segundo juicio. Le dijo que, con toda certeza, sería declarada de nuevo culpable. «Y esta vez -le dijo- el público dejará que la ley siga su curso. ¿Tiene algún viejo amigo en quien pueda confiar?» Ella no tenía ningún viejo amigo en el mundo. «Entonces -dijo el abogado- debe confiar en mí. Firme este papel y habrá realizado una venta simulada de todos sus bienes a mi favor. Cuando llegue el momento, arreglaré cuidadosamente el asunto con los albaceas de su marido; después devolveré a usted el dinero, asegurándolo adecuadamente en su poder (para el caso de que volviese a casarse). La Corona, en las transacciones de esta clase suele renunciar a su derecho a impugnar la validez de la venta, y si la Corona no se muestra más dura con usted que con los otros, cuando salga de la cárcel se encontrará con sus cinco mil libras para empezar de nuevo su camino.» Bravo por el abogado que, cuando iba ella a ser juzgada por robar a los albaceas, le dio la manera de robar a la Corona. ¡Ja, ja! ¡Qué mundo éste!

 El último sarcasmo del hijo pasó inadvertido al padre.

 -¡En la cárcel! -se dijo-. ¡Dios mío, después de tantas calamidades, de nuevo en la cárcel!

 -Sí -dijo el joven Bashwood, levantándose y estirándose-, así es como terminó la cosa. El veredicto fue de culpabilidad, y la pena, dos años de prisión. Ella cumplió la condena y calculo que debió salir de la cárcel hace unos tres años. Si quieres saber lo que hizo cuando recobró la libertad y cómo le fueron después las cosas, podré contarte algo acerca de ello, digamos en otra ocasión, cuando tengas otros dos o tres billetes en tu cartera. De momento, sabes todo lo que necesitabas saber. No cabe la menor duda de que esta fascinadora dama tiene el doble baldón de haber sido considerada culpable de asesinato y de haber cumplido una pena de prisión por robo. Esto es más de lo que podías esperar por tu dinero, mientras que yo he vendido por una nadería mi maravillosa habilidad para aclarar el caso. Si tienes algún sentimiento de gratitud, deberías hacer un buen regalo a tu hijo un día de éstos. De no haber sido por mí, te diré lo que habrías hecho, viejo caballero. Habrías cedido a tus impulsos y te habrías casado con Miss Gwilt. -Mr. Bashwood se puso en pie y miró fijamente a su hijo.

 -Si pudiese -dijo-, me casaría con ella ahora.

 El joven Bashwood retrocedió un paso -¿Después de todo lo que te he dicho? -preguntó, perplejo.

 -Después de todo lo que me has dicho.

 -¿Con el riesgo de que te envenenase a la menor ofensa?

 -Con el riesgo de que me envenenase -respondió Mr. Bashwood-. Me casaría en veinticuatro horas.

 El espía de la Oficina de Investigación Privada se dejó caer de nuevo en su silla, asustado por las palabras y por el aspecto de su padre.

 -¡Está loco! -dijo para sí-. ¡Loco como una cabra!

 Mr. Bashwood miró su reloj y tomó apresuradamente su sombrero de la mesita donde lo había dejado.

 -Me gustaría oír el resto. Me gustaría oír hasta la última palabra de cuanto pudieras decirme acerca de ella. Pero el tiempo, el tiempo terrible y veloz, apremia. Por lo que sé, pueden ir a casarse en este mismo instante.

 -¿Qué vas a hacer? -preguntó el joven Bashwood, interponiéndose entre su padre y la puerta.

 -Voy a ir al hotel -dijo el viejo, tratando de abrirse paso-. Iré a ver a Mister Armadale.

 -¿Para qué?

 -Para contarle todo lo que me has dicho. -Hizo una pausa después de dar esta respuesta. La terrible sonrisa de triunfo que se había pintado ya una vez en su semblante volvió a reflejarse en él-. Mister Armadale es joven; Mister  (p.288) Armadale tiene toda la vida por delante -murmuró astutamente, agarrando con dedos temblorosos el brazo de su hijo-. ¡Lo que no me espanta a mí le espantará a él! -Espera un momento -dijo el joven Bashwood-. ¿Estás seguro de que Mister Armadale es el hombre?

 -¿Qué hombre ?

 -El hombre que va a casarse con ella.

 -¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Déjame pasar, Jemmy, déjame pasar.

 El espía se apoyó de espaldas en la puerta y reflexionó un momento. Mr. Armadale era rico. Mr. Armadale (si no estaba también loco de remate) podía pagar por lo que valía la información que le salvase de la deshonra de casarse con Miss Gwilt.

 «Si llevo yo este asunto, puedo hacerme con cien libras -pensó el joven Bashwood-. Y mi padre no sacaría ni medio penique.» Tomó su sombrero y su cartera de cuero.

 -¿Puedes tú realizar esto, con tu vieja y hueca cabeza, papá? -preguntó con el mayor descaro-. ¡No! Iré contigo y te ayudaré. ¿Qué te parece?

 El padre, extasiado, echó los brazos al cuello de su hijo.

 -Perdóname, Jemmy -dijo con voz entrecortada-. ¡Eres tan bueno conmigo! Toma el otro billete, querido; yo ya me apañaré, toma el otro billete.

 El hijo abrió la puerta con ostentoso ademán y, magnánimamente, volvió la espalda a la cartera que le ofrecía su padre.

 -Guárdalo, viejo caballero, ¡no soy tan interesado! -dijo, aparentando el más profundo sentimiento. «Guarda tu cartera y salgamos. Si tomase el último billete de cinco libras de mi respetado padre -pensó mientras bajaba la escalera-, ¿cómo puedo saber que no me pediría la mitad cuando viese el color del dinero de Mr. Armadale?»

 -¡Vamos, papá! -prosiguió-. Tomaremos un simón y alcanzaremos al novio feliz antes de que salga para la iglesia.

 Tomaron su simón en la calle y se dirigieron al hotel que había sido residencia de Midwinter y Allan durante su estancia en Londres. En cuanto se hubo cerrado la portezuela del vehículo, Mr. Bashwood retomó el asunto de Miss Gwilt.

 -Cuéntame lo demás -dijo, tomando la mano de su hijo y dándole unas cariñosas palmadas-. Sigamos hablando de ella durante todo el trayecto hasta el hotel. Ayúdame a pasar el tiempo, Jemmy; ayúdame a pasar el tiempo.

 El joven Bashwood estaba muy animado ante la perspectiva de ver el color del dinero de Mr. Armadale. Jugó con la ansiedad de su padre hasta el fin.

 -Veamos si te acuerdas de lo que ya te he dicho -empezó-. Hay un personaje en la historia del que no se ha vuelto a hablar. Vamos, ¿puedes decirme quién es?

 Había pensado que su padre no podría responder a la pregunta. Pero la memoria de Mr. Bashwood, en todo lo tocante a Miss Gwilt, era tan clara y despierta como la de su hijo.

 -El extranjero canalla que la tentó y dejó después que ella le encubriese aún a riesgo de su propia vida -dijo, sin vacilar un instante-. No hables de él, Jemmy, ¡no vuelvas a hablar de él!

 -Debo hablar de él -repuso el otro-. Quieres saber lo que fue de Miss Gwilt cuando salió de la cárcel, ¿verdad? Muy bien, puedo decírtelo. Se convirtió en Mistress Manuel. No pongas esa cara, viejo caballero. Lo sé oficialmente.

 »A finales del año pasado, una dama extranjera vino a nuestra oficina, con pruebas que demostraban que estaba legalmente casada con el capitán Manuel en un período anterior de la carrera de éste, cuando él había visitado Inglaterra por primera vez. Sólo más tarde había descubierto que había estado de nuevo en este país, y tenía razones para creer que se había casado con otra mujer en Escocia. Nuestra gente hizo las investigaciones necesarias, el cotejo de fechas demostró que el matrimonio en Escocia, si fue realmente un matrimonio y no una simulación, se había celebrado en la época en que Miss Gwilt volvía a ser una mujer libre. Y otra pequeña investigación nos reveló que la segunda Mistress Manuel no era otra que la heroína del famoso juicio por asesinato, la cual (según ignorábamos entonces, pero sabemos ahora) es tu misma fascinante amiga, Miss Gwilt.

 Mr. Bashwood hundió la cabeza en el pecho. Se estrujó las temblorosas manos y esperó en silencio a oír el resto.

 -¡Anímate! -prosiguió su hijo-. Era tan esposa del capitán como puedes serlo tú, y lo que es más, el propio capitán está ahora apartado de tu camino. Un día brumoso de diciembre pasado, nos dio esquinazo y se largó al Continente, nadie supo adonde. Se había gastado todas las cinco mil libras de la segunda Mistress Manuel, en el tiempo transcurrido (dos o tres años) desde que ella saliera de la cárcel, y lo más extraño era de dónde había sacado el dinero para los gastos del viaje. Resultó que lo había obtenido de la propia segunda Mistress Manuel. Ésta había llenado sus bolsillos vacíos, y allí estaba, esperando confiadamente en una mísera pensión de Londres, a saber de él y reunirse con él en cuanto estuviese instalado a salvo en algún lugar del extranjero.

 »¿De dónde había sacado ella el dinero?, preguntarás, naturalmente. Entonces nadie lo sabía. Pero ahora opino que su antigua señora debía estar todavía con vida y que ella aprovechó en beneficio propio su conocimiento del secreto de la familia Blanchard. Desde luego, esto no es más que una suposición, pero existen circunstancias que hacen que me parezca acertada. En aquella época tenía una amiga mayor a la que acudir y que fue precisamente la que la ayudó a descubrir la dirección de su antigua señora. ¿Puedes adivinar el nombre de esta amiga mayor? ¿No? Mistress Oldershaw, ¡naturalmente!

 Mr. Bashwood levantó súbitamente la cabeza.

 -¿Por qué había de volver -preguntó- a la mujer que la había abandonado cuando ella era pequeña?

 -No lo sé -respondió su hijo-, a menos que  (p.289) volviese a ella en interés de su propia y magnífica cabellera. Huelga decirte que las tijeras de la cárcel habían dado buena cuenta de los rizos de Miss Gwilt, y debo añadir que Mistress Oldershaw es la más famosa restauradora, en Inglaterra, de cabezas y caras deterioradas del sexo femenino. Suma dos más dos y tal vez estarás de acuerdo conmigo en que, en este caso, hacen cuatro.

 -Sí, sí; dos y dos son cuatro -repitió su padre, con impaciencia-, pero quiero saber algo más. ¿Volvió ella a saber de él? ¿La envió él a buscar después de marcharse al extranjero?

 -¿El capitán? ¿En qué diablos estás pensando? ¿No se había gastado él todo su dinero y no estaba fuera de su alcance en el Continente? Me atrevería a decir que ella esperó noticias suyas, pues seguía creyendo en él. Pero te apuesto lo que quieras a que nunca vio una muestra de su caligrafía. Nosotros hicimos todo lo posible por abrirle los ojos; le dijimos lisa y llanamente que él tenía una primera esposa viva y que no tenía el menor derecho sobre él. No quiso creernos, aunque le mostramos pruebas. Es obstinada, terriblemente obstinada. Yo diría que esperó meses antes de renunciar a la última esperanza de volver a verle.

 Mr. Bashwood desvió rápidamente la mirada hacia la ventanilla del simón.

 -En nombre del cielo, ¿qué podía hacer? -dijo, no a su hijo, sino a sí mismo.

 -A juzgar por mi experiencia de las mujeres -observó el joven Bashwood, que le había oído-, yo diría que probablemente trató de ahogarse. Pero también esto es una suposición; en esta parte de su historia, todo son suposiciones. Aquí termina mi relato, papá, y entonces entras tú en las actuaciones de Miss Gwilt durante la primavera y el verano del año actual. Pudo o no pudo estar lo bastante desesperada para intentar suicidarse, y pudo o no pudo estar en el fondo de las investigaciones que hice para Mistress Oldershaw. Me atrevo a decir que la verás esta mañana, y tal vez, si empleas tu influencia, podrás hacer que termine de contarte ella misma su propia historia.

 Mr. Bashwood, todavía mirando la ventanilla del coche, apoyó súbitamente una mano en el brazo de su hijo.

 -¡Calla, calla! -exclamó, sumamente agitado-. Al fin hemos llegado. ¡Oh, Jemmy, mira cómo late mi corazón! Ahí está el hotel.

 -Cuida de tu  (p.290) corazón -dijo el joven Bashwood-. Espera aquí mientras hago yo las investigaciones.

 -¡Iré contigo! -gritó el padre-. ¡No puedo esperar! ¡Te digo que no puedo esperar!

 Entraron juntos en el hotel y preguntaron por Mr. Armadale.

 La respuesta, después de algunas vacilaciones y demoras, fue que Mr. Armadale se había marchado hacía seis días. Un segundo camarero añadió que el amigo de Mr. Armadale, Mr. Midwinter, había abandonado el hotel aquella mañana. ¿Adonde había ido Mr. Armadale? A algún lugar del campo. ¿Adonde había ido Mr. Midwinter? Nadie lo sabía.

 Mr. Bashwood miró a su hijo con muda y desesperada congoja.

 -¡Tonterías! -dijo el joven Bashwood, empujando rudamente a su padre dentro del simón-. Seguro que le encontraremos en casa de Miss Gwilt.

 El viejo tomó la mano de su hijo y la besó.

 -Gracias, querido -dijo, agradecido-. Gracias por darme ánimos.

 Dieron al cochero la dirección del segundo alojamiento de Miss Gwilt, en las cercanías de Tottenham Court Road.

 -Quédate aquí-dijo el espía, apeándose y dejando a su padre encerrado en el coche-. Quiero llevar yo solo esta parte del asunto.

 Llamó a la puerta de la casa.

 -Traigo una nota para Miss Gwilt -dijo, entrando en el pasillo en cuanto se abrió la puerta.

 -Se ha ido -respondió la criada-. Se fue la noche pasada.

 El joven Bashwood no dijo más a la criada. Insistió en ver a la dueña. La dueña confirmó la noticia de la partida de Miss Gwilt la noche pasada. ¿Adonde había ido? La mujer no lo sabía. ¿Cómo se había marchado? A pie. ¿A qué hora? Entre las nueve y las diez. ¿Qué había hecho con su equipaje? No tenía equipaje. ¿Había ido a verla un caballero el día anterior? No había venido un alma a ver a Miss Gwilt.

 La cara del padre, pálida y enloquecida, estaba mirando por la ventanilla del simón al bajar el hijo la escalera de la casa.

 -¿No está allí, Jemmy? -preguntó débilmente-. ¿No está allí?

 -Cierra el pico -gritó el espía, con su rudeza natural saliendo al fin a la superficie-. Todavía no he terminado mi investigación.

 Cruzó la calle y entró en un café situado exactamente delante de la casa de la que acababa de salir.

 En la mesa más próxima a la ventana, había dos hombres hablando ansiosamente.

 -¿Cuál de los dos estaba ayer noche de guardia, entre las nueve y las diez? -preguntó el joven Bashwood, reuniéndose con ellos y haciendo su pregunta en un murmullo perentorio.

 -Yo, señor -dijo, de mala gana, uno de ellos.

 -¿Perdió de vista la casa? ¡Sí! Ya veo que sí.

 -Sólo un momento, señor. Un maldito soldado sinvergüenza entró y...

 -Basta -dijo el joven Bashwood-. Sé lo que hizo el soldado y quién le envió. Ella nos ha dado esquinazo de nuevo. Es usted el asno más grande del mundo. Queda despedido.

 Con estas palabras y un juramento para remarcarlas, salió del café y volvió al coche.

 -¡Se ha ido! -gritó su padre-. ¡Oh, Jemmy, Jemmy, lo veo en tu cara! -Se acurrucó en su rincón del simón, gimiendo débilmente-. Se han casado -murmuró para sí, dejando caer las manos sobre las rodillas en ademán de impotencia y sin recuperar el sombrero que se le había caído de la cabeza-. ¡Tienes que detenerles! -exclamó, irguiéndose de pronto y agarrando frenéticamente a su hijo por el cuello de la chaqueta.

 -Vuelva al hotel -gritó el joven Bashwood al cochero-. ¡No metas ruido! -añadió, volviéndose furiosamente a su padre-. Tengo que pensar.

 Toda su suavidad había desaparecido. Estaba fuera de sí. Su orgullo -¡incluso los hombres como él tienen su orgullo!- había sido herido en lo más vivo. Dos veces había entablado una lucha de ingenio con una mujer, y la mujer le había burlado dos veces.

 Se apeó al llegar por segunda vez al hotel, y puso a prueba a los criados ofreciéndoles dinero. El experimento le convenció sin lugar a dudas de que, en este caso, no tenían ninguna información que vender. Después de reflexionar un momento, preguntó la dirección de la iglesia parroquial. «Vale la pena probarlo», pensó, y dio la dirección al cochero.

 -¡Más de prisa! -gritó, mirando primero su reloj y después a su padre-. Los minutos son preciosos esta mañana, y el viejo está perdiendo facultades.

 Era verdad. Todavía capaz de oír y de comprender, Bashwood había perdido el uso de la palabra. Se agarraba con ambas manos al brazo remiso de su hijo y dejó que su cabeza se apoyase impotente en el hombro renuente de aquél.

 La iglesia parroquial estaba algo apartada de la calle, protegida por una verja y por barandas, y rodeada de un espacio despejado. Desprendiéndose de las manos de su padre, el joven Bashwood se encaminó directamente a la sacristía. El sacerdote, que estaba guardando los libros, y el acólito, que estaba colgando un sobrepelliz, eran las únicas personas que había en la estancia al entrar él y pedir que le dejasen echar un vistazo al registro de matrimonios en la parte correspondiente a aquel mismo día.

 El sacerdote abrió gravemente el libro y se apartó de la mesa en que se hallaba éste.

 Según el registro, se habían celebrado tres matrimonios aquella mañana, y las dos primeras firmas en aquella página... ¡eran «Allan Armadale» y «Lydia Gwilt»!

 Incluso el espía, que ignoraba la verdad y no sospechaba las terribles futuras consecuencias que podía tener el acto de aquella mañana, se sobresaltó al mirar la página. ¡Era cosa hecha! Saliera lo que saliese de ella, era cosa hecha. Allí, en blanco y negro, estaba la prueba fehaciente del matrimonio, que era, al mismo tiempo, una verdad en sí mismo y una mentira en la conclusión a la que inducía. Allí, gracias a la fatal identidad de los nombres, la firma de Midwinter era la prueba que persuadiría a todo el mundo de que, no él, sino Allan, ¡era  (p.291) el marido de Miss Gwilt!

 El joven Bashwood cerró el libro y lo devolvió al clérigo. Descendió los peldaños de la sacristía llevando las manos introducidas furiosamente en los bolsillos, seriamente impresionado por la ofensa infligida a su amor propio profesional.

 Se tropezó con el sacristán al salir de la iglesia. Consideró durante un instante si valía la pena gastarse un chelín para interrogar al hombre, y decidió que sí. Si podían seguir la pista y alcanzar a la pareja, tal vez tendría aún posibilidad de ver el color del dinero de Mr. Armadale.

 -¿Cuánto tiempo hace -preguntó- que salieron de la iglesia los primeros novios que se casaron aquí esta mañana.

 -Hará cosa de una hora -dijo el sacristán.

 -¿Cómo se fueron?

 El sacristán no respondió a la segunda pregunta hasta que se hubo embolsado la propina.

 -No podrá seguirles la pista desde aquí, señor -dijo, cuando tuvo su chelín-. Se marcharon a pie.

 -¿Y es esto todo lo que sabe?

 -Así es, señor; es cuanto sé.

 Al no recibir más ayuda, el detective de la Oficina de Investigación Privada se detuvo un momento antes de volver junto a su padre. Entonces le sacó de su ensimismamiento la súbita aparición del conductor del coche en el recinto de la iglesia.

 -Temo que el viejo caballero se ha puesto enfermo, señor -dijo el hombre.

 El joven Bashwood frunció el ceño con irritación y volvió al coche. Al abrir la portezuela y mirar en su interior, el viejo se inclinó hacia delante y le miró, mientras sus labios se movían en silencio y palidecía el resto de su semblante.

 -Nos la ha jugado -dijo el espía-. Se casaron aquí esta mañana.

 El cuerpo del viejo se tambaleó de un lado a otro durante un momento. Un instante después, cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia el asiento delantero del simón.

 -¡Llévenos al hospital! -gritó su hijo-. Le ha dado un ataque. Esto me sucede por salirme de mi camino para complacer a mi padre -murmuró, levantando malhumorado la cabeza de éste y aflojándole la corbata-. ¡Menuda mañana de trabajo! ¡Por mi alma, que ha sido buena!

 El hospital estaba cerca, y el médico de guardia estaba en su casa.

 -¿Saldrá de ésta? -le preguntó rudamente el joven Bashwood.

 -¿Quién es usted? -preguntó a su vez, secamente, el médico.

 -Soy su hijo.

 -No me lo había parecido -dijo el doctor, tomando los medicamentos que le tendía la enfermera y volviéndose del hijo al padre con una expresión de alivio que no trataba de disimular-. Sí -añadió, al cabo de unos minutos-. Su padre se recuperará, por esta vez.

 -¿Cuándo podrá salir de aquí?

 -Podrá ser trasladado dentro de un par de horas.

 El espía dejó una tarjeta sobre la mesa.

 -Volveré yo mismo o enviaré a alguien a buscarle -dijo-. Supongo que puedo marcharme, si les dejo mi nombre y mi dirección.

 Dicho lo cual, se caló el sombrero y salió.

 -¡Es un bruto! -dijo la enfermera.

 -No -dijo a media voz el médico-. Es un hombre.

 Entre las nueve y las diez de aquella noche, se despertó Mr. Bashwood en la cama de su posada. Había dormido algunas horas, desde que lo recogieran en el hospital, y su mente y su cuerpo se estaban ahora recobrando lentamente.

 Había una luz encendida sobre la mesita de noche y, junto a ella, una carta que había estado esperando a que se despertase. Era de puño y letra de su hijo y decía así: «Querido papá: Habiéndote sacado sano y salvo del hospital y llevado a tu hotel, creo haber cumplido fielmente mi deber para contigo y que puedo considerarme en libertad para cuidar de mis propios asuntos. El trabajo me impedirá verte esta noche, y me parece improbable que pueda ir a tu barrio mañana por la mañana. Te aconsejo que vuelvas a Thorpe-Ambrose y sigas desempeñando tu empleo de administrador. Dondequiera que esté Mr. Armadale, tendrá que escribirte, antes o después, sobre los negocios. Piensa que, por lo que a mí atañe, me lavo las manos en este asunto. Pero, si tú quieres seguir adelante, mi opinión profesional es que (aunque no pudiste impedir su boda) puedes hacer que él se aparte de su esposa.

 Cuídate mucho. Tu hijo que te quiere,

 James Bashwood.»

 La carta cayó de las manos débiles del viejo. «Ojalá hubiese podido venir a verme Jemmy esta noche -pensó-. Pero ha sido muy amable al aconsejarme.»

 Volvió cansadamente la cabeza sobre la almohada y leyó la carta por segunda vez.

 -Sí-dijo-, nada puedo hacer, salvo volver allí. Soy demasiado pobre y demasiado viejo para ir tras ellos. -Cerró los ojos; unas lágrimas se deslizaron lentamente por sus arrugadas mejillas-. He sido una molestia para Jemmy -murmuró débilmente-, ¡temo que he fastidiado al pobre Jemmy!

 Al cabo de un minuto, le dominó la debilidad y se durmió de nuevo.

 Sonó el reloj de la iglesia vecina. Eran las diez. Al dar la hora la campana, el tren, con Midwinter y su esposa entre los pasajeros, se estaba acercando a gran velocidad a París. Al dar la hora la campana, el vigía a bordo del yate de Allan había avistado el faro del Land's End y fijado el rumbo de la nave hacia Ushant y Finisterre. 

LIBRO QUINTO

CAPÍTULO I

DEL DIARIO DE MISS GWILT

 Napóles, 10 de octubre. - Hoy hace dos meses que declaré que había terminado mi diario, para no volver a abrirlo.

 ¿Por qué he quebrantado mi promesa? ¿Por qué he vuelto a este secreto amigo de mis días más tristes y más perversos? Porque tengo menos amigos que nunca; porque estoy más sola que nunca, aunque mi marido está sentado, escribiendo, en la habitación contigua. Mi aflicción es propia de una mujer, y quiero hablar, aquí, más que en cualquier otra parte, a mi segundo yo, en este libro, si nadie más me escucha.

 ¡Qué feliz fui en los primeros días que siguieron a nuestra boda, y qué feliz le hice a él! Sólo han  (p.292) pasado dos meses, ¡y aquel tiempo es ya lejano! Trato de pensar en algo que hubiese podido decir o hacer mal, en algo que pudiese haber dicho o hecho él mal, y no puedo encontrar nada censurable en mi marido, ni en mí misma. Ni siquiera puedo señalar el día en que surgió la primera nube entre nosotros.

 Podría soportarlo, si le amase menos de lo que le amo. Podría superar el dolor de nuestro distanciamiento, si él mostrase su cambio con tanta brutalidad como la mostrarían otros hombres.

 Pero esto no ha sucedido, ni nunca sucederá. No es propio de su carácter causar sufrimientos a los demás. No se le escapa una palabra ni una mirada duras. Sólo por la noche, cuando le oigo suspirar en sueños y, a veces, cuando sueña de madrugada sé que estoy perdiendo irremediablemente el amor que un día sintió por mí. Lo disimula, o trata de disimularlo, durante el día, por mi bien. Es todo gentileza, todo amabilidad..., pero su corazón no está en sus labios cuando me besa ahora; sus manos no me dicen nada cuando tocan las mías. Día tras día, se hacen más y más largas las horas que dedica a su odiosa escritura; día tras día, se vuelve más silencioso en las horas que me dedica a mí.

 Y a pesar de todo, no hay nada de lo que pueda quejarme, nada lo bastante ostensible para justificar que yo lo advierta. Su desengaño rehuye toda franca confesión; su resignación se produce de un modo tan delicado y gradual que no puedo verla crecer a pesar de que le observo atentamente. Cincuenta veces al día siento el afán de echarle los brazos al cuello y decirle: «Por el amor de Dios, hazme algo, ¡pero no me trates de esta manera!», y cincuenta veces al día tengo que tragarme estas palabras, porque su conducta cruelmente considerada no me da un pretexto para pronunciarlas. Creí que había sufrido el dolor más agudo que podía sentir cuando mi primer marido me dio un latigazo en la cara. Creí saber lo peor que podía hacer la desesperación el día en que supe que el otro villano, el villano más ruin, me había rechazado. Vive y aprende. Hay un dolor más vivo que el que sentí bajo el látigo de Waldron; hay una desesperación más amarga que la que conocí cuando me abandonó Manuel.

 ¿Soy demasiado vieja para él? Seguramente, ¡todavía no! ¿He perdido mi  (p.293) belleza? Ningún hombre se me insinúa en la calle, pero sus ojos me dicen que soy tan hermosa como siempre.

 ¡Ah, no! ¡No! ¡El secreto es más profundo! Lo he pensado muchas veces, hasta que una horrible fantasía se ha apoderado de mí.

 Él ha sido noble y bueno en su vida pasada, y yo he sido malvada y ruin. ¿Quién puede saber el abismo que esta diferencia, desconocida para él y para mí, puede haber abierto entre nosotros? Es una tontería, es una locura; pero cuando yazgo despierta a su lado en la oscuridad, me pregunto si se me escapa alguna revelación inconsciente de la verdad en la intimidad que nos une ahora. ¿Hay un algo indecible, dejado en mí por el horror de mi vida pasada, que se aferra todavía invisiblemente a mí? ¿Y siente él la influencia de ello, sensible pero incomprensiblemente? ¡Ay de mí!, ¿no hay una fuerza purificadora en un amor como el mío? ¿Hay en mi corazón manchas de la maldad de antaño que no pueden borrarse con el arrepentimiento?

 ¡Quién sabe! Hay algo que anda mal en nuestra vida de casados; sólo puedo decir esto. Hay alguna influencia adversa que ni él ni yo podemos descubrir, pero que nos separa más y más, día tras día. ¡Bueno! Supongo que, con el tiempo, me endureceré y aprenderé a soportarlo.

 Un carruaje descubierto acaba de pasar por delante de mi ventana, llevando a una dama muy elegante. Su marido estaba a su lado, y sus hijos en el asiento de enfrente. En el momento en que la he visto, estaba riendo y charlando animadamente: una mujer brillante, despreocupada, feliz. ¡Ay, señora mía, si cuando era unos años más joven la hubiesen abandonado y arrojado al mundo como a mí...!

 Octubre, 11. - El día once fue aquel en que nos casamos hace dos meses. No me ha dicho nada acerca de esto cuando nos hemos despertado, y yo tampoco a él. Pero pensé que podría aprovechar la ocasión, durante el desayuno, para tratar de conquistarle de nuevo.

 Creo que nunca me había tomado tanto trabajo en mi aseo; creo que nunca había tenido mejor aspecto que cuando bajé esta mañana. Él había desayunado ya y encontré una nota de disculpa sobre la mesa. Decía en ella que el correo para Inglaterra iba a salir aquel día, y debía terminar su carta al periódico. Yo, en su lugar, habría dejado que saliesen cincuenta correos, antes que renunciar a desayunar con él. Fui a su habitación. Y allí estaba, ¡inmerso en cuerpo y alma en su odiosa escritura! «¿No puedes otorgarme un poco de tiempo esta mañana?», le pregunté. Se levantó, sobresaltado. «Desde luego, si lo deseas.» Ni siquiera me miró al decir esto. El mero sonido de su voz me dijo que todo su interés estaba centrado en la pluma que acababa de dejar. «Veo que estás ocupado -dije-. No lo deseo.» Antes de que yo hubiese cerrado la puerta, se había sentado de nuevo. Tengo oído que las esposas de los escritores han sido, en su mayoría, desgraciadas. Y ahora sé por qué.

 Supongo que, como dije ayer, aprenderé a soportarlo. (A propósito, ¡qué estupideces parece que escribí ayer! ¡Cómo me avergonzaría si alguien las viese!) Espero que el periodicucho para el que escribe él no tenga éxito. ¡Espero que su carta llena de tonterías sea hecha pedazos por algún otro periódico en cuanto aparezca!

 ¿En qué voy a pasar toda la mañana? No puedo salir, está lloviendo. Si abro el piano, molestaré al laborioso periodista que está escribiendo en la habitación contigua. ¡Señor! Estaba bastante sola en mi pensión de Thorpe-Ambrose, pero esto es aún más solitario. ¿Leeré? No; los libros no me interesan; odio a toda la tribu de autores.

 Creo que volveré atrás en estas páginas, y viviré de nuevo mi vida anterior, cuando intrigaba y hacia proyectos, y encontraba una nueva excitación en cada nueva hora del día.

 Hubiese podido mirarme, por muy ocupado que estuviera con su escrito. Habría podido decir: «¡Qué elegante estás esta mañana!» Habría podido recordar... ¡eso ya no importa! Lo único que recuerda es el periódico.

 Las doce. - He estado leyendo y pensando, y gracias a mi diario, he pasado una hora.

 ¡Qué tiempo, el de mi vida en Thorpe-Ambrose! Me extraña que no perdiese el juicio. Con sólo leerlo ahora, me palpita el corazón y enrojece mi semblante. Sigue lloviendo, y el periodista sigue garrapateando. No quiero recordar de nuevo los pensamientos de aquel tiempo pasado. Y sin embargo, ¿qué otra cosa puedo hacer?

 Suponiendo -sólo digo suponiendo- que sintiese ahora lo mismo que sentí cuando viajé a Londres con Armadale, y cuando vi mi camino en su vida con tanta claridad como le vi a él durante todo el viaje...

 Iré a mirar por la ventana. Contaré las personas a medida que vayan pasando.

 Ha pasado un entierro, con los penitentes cubiertos con sus capuchas negras y los cirios chisporroteando en el húmedo ambiente, y la campanilla tocando, y los sacerdotes salmodiando su canto monótono. ¡Una vista muy agradable para ser contemplada desde la ventana! Volveré a mi diario.

 Suponiendo que no fuese la mujer alterada que soy -sólo digo suponiendo-, ¿qué me parecería ahora el Gran Riesgo que pensé correr antaño? Me he casado con Midwinter, con su verdadero nombre. Y al hacer esto, he dado el primero de los tres pasos que tenían que llevarme, a través de la vida de Armadale, a la fortuna y a la condición de viuda de Armadale. No importa lo inocentes que pudiesen ser mis intenciones el día de la boda -y lo eran-; éste es uno de los resultados inalterables del matrimonio. Bueno, habiendo dado el primer paso -y suponiendo que quisiera dar el segundo, cosa que no haré-, ¿cómo me afectarían las circunstancias actuales? Me pregunto si me obligarían a echarme atrás o si me animarían a seguir  (p.294) adelante.

 Será interesante calcular las probabilidades. Puedo rasgar fácilmente la hoja y destruirla, si la perspectiva parece demasiado alentadora.

 Vivimos aquí (por razón de economía), lejos del caro barrio inglés, en un suburbio de la ciudad, en la parte de Portici. No hicimos amistades de viaje con paisanos nuestros. La pobreza está contra nosotros; la timidez de Midwinter está contra nosotros, y mi aspecto personal (en lo que atañe a las mujeres) está contra nosotros. Los hombres que dan a mi marido información para el periódico, se encuentran con él en el café y nunca vienen aquí. Yo le disuado de que traiga desconocidos a verme, pues, aunque han pasado muchos años desde que estuve por última vez en Napóles, no puedo estar segura de que no sobreviva alguna de las muchas personas a quienes conocí en esta ciudad. La moraleja de todo esto (como se dice en los libros de cuentos infantiles) es que no ha venido a esta casa ningún testigo que pudiese declarar que Midwinter y yo hemos vivido aquí como marido y mujer, si se realizase alguna investigación ulterior en Inglaterra. Esto en cuanto a las circunstancias actuales que me afectan.

 Pasemos a Armadale. ¿Le ha impulsado algún accidente imprevisto a comunicar con Thorpe-Ambrose? ¿Ha incumplido las condiciones que le impuso el comandante y se ha afirmado en el carácter de prometido de Miss Milroy, desde que le vi por última vez?

 Nada de esto ha sucedido. Ningún accidente imprevisto ha alterado su posición -su tentadora posición- respecto a mí. Sé todo lo que le ha sucedido desde que salió de Inglaterra, a través de las cartas que escribe a Midwinter y que Midwinter me muestra.

 Para empezar, naufragó. Su pequeño yate traidor trató en realidad de hacer que se ahogase, pero, a fin de cuentas, ¡fracasó! La cosa ocurrió (tal como Midwinter le había advertido que podía suceder con una embarcación tan pequeña) al estallar una súbita tormenta. Fueron lanzados contra la costa de Portugal. El yate quedó hecho trizas, pero las vidas y los documentos, etcétera, se salvaron. Los hombres han sido enviados a Bristol, con recomendaciones de su señor y tienen ya empleo a bordo de un barco con destino al extranjero. Y el propio dueño viene hacia aquí, después de detenerse primero en Lisboa y luego en Gibraltar y tratar inútilmente en ambos lugares de hacerse con otra embarcación. Su tercer intento lo realizará en Napóles, donde hay, según lo llaman, un «amarradero» de yates ingleses, para ser vendidos o alquilados. No tuvo ocasión de escribir a casa después del naufragio, ya que se había llevado de Coutts's, en billetes, toda la gran cantidad de dinero que tenía allí depositada. Y no se ha sentido inclinado a volver a Inglaterra, pues, con Mr. Brock muerto, Miss Milroy en el colegio y Midwinter aquí, no hay criatura viviente por la que esté interesado que le diese la bienvenida a su regreso. Vernos a nosotros y ver el nuevo yate son los dos únicos objetivos que se propone en la actualidad. Midwinter le ha estado esperando durante toda la semana pasada, y nada tendría de extraño que se presentase en este mismo momento en la habitación donde estoy escribiendo.

 Tentadoras circunstancias éstas, cuando recuerdo todavía vivamente lo que he tenido que sufrir en manos de su madre y en las suyas; con Miss Milroy esperando confiadamente en asumir el papel de ama de casa; con mi sueño de vivir feliz e inocente en el amor de Midwinter, desvanecido para siempre, y con nada en su lugar que me ayude contra mí misma. Ojalá no estuviese lloviendo; ojalá pudiese salir.

 Tal vez ocurra algo que impida que Armadale venga a Nápoles. La última vez que escribió, estaba esperando en Gibraltar un vapor inglés que presta servicio en el Mediterráneo, para que le trajese aquí. Es posible que se haya cansado de esperar el vapor o que haya sabido de un yate en algún lugar distinto de éste. Un pajarillo me murmura al oído que, si rompe su compromiso de reunirse con nosotros en Nápoles, será quizá la cosa más prudente que haya hecho en su vida.

 ¿Debo rasgar la hoja en que he escrito todas estas cosas tan espantosas? No. Mi diario está tan bien encuadernado que sería una barbaridad rasgar una de sus hojas. Tengo que ocuparme inofensivamente de alguna otra cosa. ¿Cuál será? Mi neceser. Arreglaré mi neceser y las pocas cosas que conservo en él después de todas mis desgracias.

 He cerrado de nuevo el neceser. Lo primero que encontré en él fue el mezquino regalo de boda de Armadale: un anillo con un pequeño rubí. Esto me irritó desde el primer momento. La segunda cosa que apareció fue mi frasco de gotas. Me sorprendí midiendo las dosis con la vista y calculando cuántas gotas serían suficientes para hacer cruzar a una criatura viviente la frontera entre el sueño y la muerte.

 No sé por qué tenía que cerrar asustada el neceser, antes de haber terminado el cálculo; pero lo cerré. Y ahora vuelvo a mi diario sin nada, absolutamente nada, sobre lo que escribí. ¡Oh, qué día tan aburrido, tan aburrido! ¿No ocurrirá nada que me interese un poco en este horrible lugar?

 Octubre, 12. - La importantísima carta de Midwinter al periódico fue enviada por correo la noche pasada. Fui lo bastante estúpida para suponer que hoy me honraría prestándome un poco de atención. ¡Nada de eso! Pasó una noche inquieta, después de tanto escribir, y se ha levantado con jaqueca y terriblemente deprimido. Cuando se encuentra en este estado, su remedio predilecto es volver a sus viejos hábitos de vagabundo y largarse nadie sabe adonde.

 Esta mañana (sabiendo que yo no acostumbro montar a caballo) tuvo la amabilidad de ofrecerme alquilar un poney

 (p.295) desastrado, para el caso de que quisiera acompañarle. He preferido quedarme en casa. He de tener un buen caballo y un elegante traje de amazona, o no montaré jamás. El se ha marchado, sin intentar persuadirme de cambiar de idea. Desde luego, no habría cambiado; pero él hubiese debido tratar de persuadirme a pesar de todo.

 Puedo abrir el piano en su ausencia, y esto es un consuelo. Que tenga ganas de tocar, es otro. Hay una sonata de Beethoven (he olvidado el número) que siempre me sugiere la angustia de espíritus perdidos en un lugar de tormento.

 Vamos, deditos, ¡llevadme esta mañana entre los espíritus perdidos!

 Octubre, 13 - Nuestras ventanas dan al mar. Este mediodía vimos llegar un vapor con pabellón inglés. Midwinter ha ido al puerto por si fuese éste el barco procedente de Gibraltar, con Armadale a bordo.

 Las dos de la tarde. - Es el barco de Gibraltar. Armadale ha añadido uno más a la larga lista de sus errores: ha cumplido su promesa de reunirse con nosotros en Nápoles.

 ¿Cómo terminará esto ahora?

 ¡Quién sabe!

CAPÍTULO I (continuación)

DEL DIARIO DE MISS GWILT

 Octubre, 16. - ¡Dos días sin escribir en mi diario! No sabría decir por qué, a menos que sea porque Armadale me irrita de un modo insoportable. El mero hecho de verle me lleva de nuevo a Thorpe-Ambrose. Supongo que debía de tener miedo de escribir acerca de él en el curso de los dos últimos días, si me permitía el peligroso lujo de abrir estas páginas. Esta mañana no tengo miedo a nada y, por consiguiente, vuelvo a tomar la pluma.

 ¿Hay algún límite, me pregunto, a la estupidez de algunos hombres? Yo creía haber descubierto el límite de la de Armadale cuando fui su vecina en Norfolk, pero mi actual experiencia en Nápoles demuestra que estaba equivocada. Está entrando y saliendo continuamente de esta casa (viniendo a nosotros en barca desde el hotel de Santa Lucia donde duerme), y tiene exactamente dos temas de conversación: el yate que está en venta en el muelle y Miss Milroy. ¡Sí, me elige como confidente de su devoción por la hija del comandante! «¡Es tan delicioso hablar de esto a una mujer!» Ésta es la única disculpa que ha considerado necesaria para apelar a mi compasión (¡mi compasión!) respecto de «su querida  (p.296) Neelie», cincuenta veces al día. Evidentemente, está persuadido (si es que piensa en ello) de que he olvidado, tan completamente como él, lo que pasó entre nosotros cuando estuve por primera vez en Thorpe-Ambrose. Semejante falta de la más elemental delicadeza y del tacto más elemental, en una criatura que, por lo que puede verse, tiene piel y no pellejo, y que habla y no brama, si no me engañan los oídos, es realmente increíble si me paro a pensar en ello. Pero es verdad. Me preguntó (sí, me lo preguntó la noche pasada) cuántos cientos de libras puede gastar al año en vestidos la mujer de un hombre rico. «No calcules demasiado bajo -añadió el muy idiota, con su intolerable sonrisa-; Neelie tendrá que ser una de las mujeres más elegantes de Inglaterra cuando me haya casado con ella.» Y esto me lo dijo a mí, después de haberle tenido a mis pies y perdido más tarde por culpa de Miss Milroy. Esto me lo dijo a mí, ¡que llevo un vestido de alpaca y tengo un marido que ha de escribir en un periódico porque su renta es insuficiente!

 Será mejor que no me entretenga más en esto. Será mejor que piense y escriba sobre otra cosa.

 El yate. Como alivio después de oírle hablar de Miss Milroy, ¡declaro que el yate que está en el muelle es un tema muy interesante para mí! Es un modelo magnífico, y la «obra muerta» (sea esto lo que fuere) se distingue especialmente por ser de caoba. Pero, aparte de todos estos méritos, tiene el defecto de ser viejo, lo cual es un grave inconveniente, y por si esto fuera poco, la tripulación y el patrón fueron «despedidos» y enviados a Inglaterra. Sin embargo, si se puede encontrar aquí una nueva tripulación y un nuevo patrón, no habrá que despreciar a una criatura tan hermosa (con todos sus inconvenientes). La solución podría ser alquilarla para un crucero y ver cómo se porta. (Si piensa como yo, ¡su comportamiento asombrará a su nuevo dueño!) El crucero determinará los defectos que tiene y las reparaciones que necesite realmente, dada la desgraciada circunstancia de su edad. Y entonces será el momento de decidir si lo compra o no. Éste es el tema de las conversaciones de Armadale, cuando no está hablando de su querida Neelie. Y Midwinter, que no puede hurtar tiempo a su periódico para dedicarlo a su esposa, puede robarle horas para su amigo y brindarlas sin reservas a mi irresistible rival: el nuevo yate.

 Hoy no escribiré más. Si una persona tan distinguida como yo pudiese sentir un fuerte hormigueo en todo el cuerpo y hasta las puntas de los dedos, sospecharía que me encuentro en este estado en el momento actual. Pero, con mis modales y mi talento, esto sería un absurdo. Todos sabemos que una dama no tiene pasiones.

 Octubre, 17. - Una carta de los negreros (me refiero a la prensa de Londres) ha hecho que Midwinter haya vuelto a su trabajo con más empeño que nunca. Una visita de Armadale a la hora del almuerzo, y otra a la hora de la cena. En el almuerzo, conversación sobre el yate. Durante la cena, conversación sobre Miss Milroy. Con referencia a esta joven, Armadale me ha honrado invitándome a acompañarle mañana al Toledo y ayudarle a elegir algunos regalos para su amada. No arremetí contra él; me limité a excusarme. ¿Puede expresarse con palabras lo asombrada que estoy de mi paciencia? Ninguna palabra puede expresarlo.

 Octubre, 18. - Armadale ha venido a desayunar esta mañana, para pillar a Midwinter antes de que éste se recluyese en su trabajo.

 La conversación ha sido la misma que ayer en el almuerzo. Armadale ha hecho un trato con el agente para alquilar el yate. El agente (compadeciéndose de él por su total ignorancia del idioma) le ha encontrado un intérprete, pero éste no puede ayudarle a buscar la tripulación. El intérprete es cortés y servicial, pero no entiende nada en cuestiones de mar. La ayuda de Midwinter le es indispensable, y Midwinter tiene que trabajar más que nunca (¡y lo acepta!) para que le sobre tiempo para ayudar a su amigo. Cuando se encuentre la tripulación, se pondrán a prueba las ventajas y los defectos del yate, realizando un crucero a Sicilia, con Midwinter a bordo para que dé su opinión. Por último (y para el caso de que se sintiese sola), se pone el camarote de señoras a disposición de la esposa de Midwinter. Todo esto fue acordado mientras desayunábamos y terminó con uno de los agradables cumplidos de Armadale, dirigido a mí: «Pretendo llevar a Neelie a viajar conmigo en el yate cuando estemos casados. Y tú tienes tan buen gusto que podrás decirme todo lo que falta en el camarote de señoras.» Si algunas mujeres traen hombres como ése al mundo, ¿deben las otras permitirles que vivan? Es cuestión de opiniones. Yo creo que no.

 Lo que me enloquece es ver, como veo claramente, que Midwinter encuentra en la compañía de Armadale, y en el nuevo yate de Armadale, un refugio contra mí. Siempre está de mejor humor cuando Armadale se encuentra aquí. Cuando está con Armadale se olvida de mí, casi tan enteramente como cuando está trabajando. ¡Y lo soporto! ¡Qué mujer modelo, qué excelente cristiana soy!

 Octubre, 19. - Nada nuevo. Todo igual que ayer.

 Octubre, 20. - Una noticia. Midwinter padece un dolor nervioso de cabeza, y sigue trabajando a pesar de ello, para tener tiempo para su amigo.

 Octubre, 21. - Midwinter está peor. Irritado, malhumorado e inaccesible, después de dos malas noches y dos días ininterrumpidos en su mesa de trabajo. En otras circunstancias, aceptaría la advertencia y lo suspendería. Pero no ahora. Sigue trabajando más duro que nunca, por mor de Armadale. ¿Cuánto tiempo más podrá aguantar mi paciencia?

  (p.297) Octubre, 22. - Señales, la noche pasada, de que Midwinter está explotando a su cerebro más de lo que éste puede soportar. Cuando se quedó dormido, estuvo terriblemente inquieto; gimiendo y hablando y chirriando los dientes. Por algunas palabras que oí, pareció que una vez estaba soñando en su vida de muchacho, cuando rondaba por el país con los perros bailarines. Otra vez, estaba de nuevo con Armadale, encerrados toda la noche en el barco naufragado. De madrugada, se tranquilizó un poco. Me dormí y, al despertarme después de un breve intervalo, me encontré con que estaba sola. Miré a mi alrededor y vi luz encendida en el cuarto de vestir de Midwinter. Me levanté sin hacer ruido y fui a mirar lo que hacía.

 Estaba sentado en el grande y feo y anticuado sillón que yo había ordenado que trasladasen allí para quitármelo de delante, al instalarnos aquí por primera vez. Tenía la cabeza echada atrás y una de las manos colgando lacia sobre el brazo del sillón. La otra mano estaba sobre las rodillas. Me acerqué un poco más y vi que la fatiga se había apoderado de él mientras estaba leyendo o escribiendo, pues había libros, pluma, tinta y papel sobre la mesa que tenía delante. ¿Qué era lo que había querido hacer en secreto, a aquella hora de la madrugada? Miré más de cerca los papeles que había sobre la mesa. Todos estaban cuidadosamente plegados (como suele guardarlos), con una excepción, y esta excepción, un papel desdoblado encima de los demás, era la carta de Mr. Brock.

 Le miré de nuevo, después de hacer este descubrimiento, y entonces advertí por primera vez otro papel escrito, sujeto por la mano apoyada en las rodillas. No había manera de extraerlo de allí sin correr el peligro de despertar a Midwinter. Sin embargo, una parte del manuscrito no estaba cubierta por la mano. Lo miré para ver qué era lo que había querido leer él en secreto, además de la carta de Mr. Brock y pude leer lo suficiente para saber que era el relato del sueño de Armadale.

 Este segundo descubrimiento hizo que volviese inmediatamente a mi cama, con algo más serio en que pensar. Al viajar a través de Francia, camino de este lugar, la timidez de Midwinter había sido vencida, por una vez, por un hombre muy agradable: un doctor irlandés al que conocimos en nuestro compartimiento del vagón y que se había empeñado en mostrarse amistoso y amable con nosotros durante todo el día. Al enterarse de que Midwinter se dedicaba a trabajos literarios, nuestro compañero de viaje le aconsejó que no pasara demasiadas horas seguidas escribiendo. «Su cara me dice más de lo que usted cree -dijo el médico-. Si cae alguna vez en la tentación de hacer trabajar excesivamente a su cerebro, sufrirá las consecuencias más pronto que la mayoría de los hombres. Cuando vea que sus nervios le hacen jugarretas extrañas, no olvide mi consejo. Suelte la pluma.»

 Después de lo que descubrí la noche pasada en el cuarto de vestir, me parece que los nervios de Midwinter empiezan a justificar los temores del doctor. Si una de las jugarretas que le están haciendo es atormentarle de nuevo con sus antiguos terrores supersticiosos, se producirá antes de mucho un cambio en nuestras vidas. Esperaré con curiosidad a ver si la convicción de que los dos estamos destinados a atraer un peligro fatal sobre Armadale se apodera una vez más de la mente de Midwinter. Si es así, ya sé lo que ocurrirá. No dará un paso para ayudar a su amigo a encontrar una tripulación para el yate y, ciertamente, se negará a navegar con Armadale o a dejar que yo vaya con él, en el crucero de prueba.

 Octubre, 23. - Por lo visto, la carta de Mr. Brock no ha perdido todavía su influencia. Midwinter ha vuelto hoy a su trabajo y espera, con más ansiedad que nunca, las vacaciones que va a pasar con su amigo.

 Las dos. - Armadale está aquí, como de costumbre, ansioso de saber cuándo estará Midwinter a su disposición. Todavía no se ha podido responder definitivamente a esta pregunta, pues todo depende de la capacidad de Midwinter para continuar en su trabajo. Armadale se sentó, contrariado; bostezó y se metió las torpes manazas en los bolsillos. Yo tomé un libro. El muy bruto no se dio cuenta de que quería estar sola; inició una vez más el insoportable tema de Miss Milroy y de todas las cosas buenas que ésta tendrá cuando se case con él. Su propio caballo, su propio carruaje tirado por un poney, su propia salita en el piso alto de la casa grande, etcétera. Todo lo que yo hubiese podido tener lo tendrá ahora Miss Milroy... si yo lo permito.

 Las seis. - ¡Más sobre el eterno Armadale! Hace media hora que Midwinter dejó de escribir, mareado y agotado. Yo había estado suspirando todo el día por un poco de música, y sabía que representaban Norma en el teatro de aquí. Pensé que un par de horas en la ópera, esta noche, podría sentarnos bien, tanto a Midwinter como a mí, y dije: «¿Por qué no tomamos esta noche un palco en el San Carlo?» El respondió, en un tono apagado e indiferente, que no era lo bastante rico para tomar un palco. Armadale estaba presente e hizo sonar su bolsa repleta, a su acostumbrada e insufrible manera. «Yo soy lo bastante rico, amigo, lo que viene a ser lo mismo.» Dicho lo cual, tomó su sombrero y salió, con sus patazas de elefante, en busca del palco. Yo lo miré desde la ventana, mientras se alejaba calle abajo. «Tu viuda, con sus mil doscientas libras al año -pensé-, podrá tomar un palco en San Carlo siempre que le plazca, sin debérselo a nadie.» El muy idiota se dirigió silbando hacia el teatro, echando monedas sueltas a los pordioseros que corrían ansiosos detrás de él.

 Medianoche. - Por fin estoy de nuevo sola. ¿Tendré valor para  (p.298) escribir la historia de esta terrible noche, tal como ha ocurrido? En todo caso, lo tendré para volver una página e intentarlo.

CAPÍTULO II

CONTINUACIÓN DEL DIARIO

 Fuimos al San Carlo. La estupidez de Armadale se puso de manifiesto incluso en una cosa tan sencilla como tomar un palco. Había confundido una ópera con una comedia y elegido un palco cerca del escenario, con la idea de que lo principal, en un espectáculo musical, es ver las caras de los cantantes lo más claramente posible. Afortunadamente para nuestros oídos, las adorables melodías de Bellini están, en su mayoría, tierna y delicadamente acompañadas; de no ser así, la orquesta nos habría ensordecido.

 Al principio, me senté hacia atrás en el palco, donde no pudiese ser vista; pues no podía estar segura de que no se hallase en el teatro alguno de los viejos amigos de mi anterior estancia en Nápoles. Pero la dulce música me tentó gradualmente a salir de mi aislamiento. Estaba tan encantada e interesada que me incliné hacia delante sin darme cuenta y miré el escenario.

 Comprendí la imprudencia que había cometido al descubrir algo que, por un instante, heló la sangre en mis venas. Uno de los cantores del coro de druidas me estaba mirando mientras cantaba con los demás. Su cabeza estaba disfrazada por unos largos cabellos blancos, y la parte inferior de su cara estaba totalmente cubierta por la espesa barba, también blanca, propia del personaje. Pero los ojos que me miraban eran los del único hombre en el mundo a quien debía temer por muchas razones: ¡Manuel!

 De no haber sido por el frasco de sales, creo que me habría desmayado. Pero me eché de nuevo atrás, recluyéndome en la sombra. Incluso Armadale se dio cuenta del súbito cambio que había experimentado; tanto él como Midwinter me preguntaron si me encontraba mal. Les dije que sentía el calor, pero esperaba que se me pasara pronto, y entonces me eché todavía más atrás y traté de hacer acopio de valor. Conseguí recobrar mi aplomo lo bastante para poder mirar de nuevo al escenario (sin dejarme ver) la siguiente vez que salió el coro. ¡Y allí estaba! Pero, para mi infinito alivio, no volvió a mirar hacia nuestro palco. Esta afortunada indiferencia por parte de él contribuyó a convencerme  (p.299) de que había visto un parecido casual extraordinario, y nada más. Todavía me mantengo en esta conclusión, después de haber tenido tiempo sobrado de pensar; pero estaría más tranquila si hubiese podido ver el resto de la cara del hombre sin la caracterización que impedía observarla bien.

 Cuando cayó el telón después del primer acto, tenía que ejecutarse un aburrido ballet (según la absurda costumbre itAllana) antes de que continuase la ópera. Aunque había superado mis primeros temores, éstos habían sido demasiado fuertes para que me sintiese cómoda en el teatro. Temía toda clase de accidentes posibles y, cuando Midwinter y Armadale me preguntaron, les dije que no me encontraba lo bastante bien para aguantar el resto de la función.

 Al salir del teatro, Armadale propuso que nos despidiésemos. Pero Midwinter (temiendo por lo visto pasar la velada a solas conmigo) le invitó a cenar, si no tenía yo inconveniente. Dije las palabras de rigor y volvimos los tres juntos a esta casa.

 Diez minutos de tranquilidad en mi habitación (con la ayuda de una pequeña dosis de Eau-de-Cologne y agua) hicieron que me sintiese de nuevo dueña de mí misma. Fui a reunirme con los hombres en la mesa de la cena. Correspondieron a mis disculpas por haberles privado del resto de la ópera con la cortés afirmación de que no había representado el menor sacrificio para ellos. Midwinter declaró que estaba demasiado cansado para que le importase nada que no fuesen las dos grandes ventajas que no pueden alcanzarse en el teatro: tranquilidad y aire fresco. Armadale dijo (con ese desesperante orgullo inglés de la propia estupidez, siempre que se trata de arte) que aquella obra no tenía pies ni cabeza para él. Sólo lo sentía por mí, tuvo la amabilidad de añadir, pues era evidente que comprendía y me gustaba la música extranjera. A las damas solía gustarles. Su querida Neelie...

 Yo no estaba de humor para que me persiguiese con su «querida Neelie» después de lo que había sufrido en el teatro. Tal vez se debió a la irritación de mis nervios, o tal vez a que el Eau-de-Cologne se me subió a la cabeza, pero la simple mención de aquella chica pareció sacarme de mis casillas. Traté de dirigir la atención de Armadale hacia la cena. Me lo agradeció muchísimo, pero dijo que no tenía más apetito. Entonces le ofrecí vino; vino del país, que es todo lo que nuestra pobreza nos permite poner sobre la mesa. De nuevo me dio las gracias. El vino extranjero tenía para él pocos atractivos más que la música extranjera, pero tomaría un poco, ya que yo se lo ofrecía, y lo bebería a mi salud, a la antigua usanza, con sus mejores deseos por la feliz ocasión en que volviésemos a reunimos en Thorpe-Ambrose, donde habría entonces un ama de casa para darme la bienvenida en la mansión.

 ¿Estaba loco para insistir de esta manera? No, me respondió su semblante. Tenía la impresión de comportarse de la manera más agradable conmigo.

 Miré a Midwinter. Si me hubiese mirado a su vez, tal vez habría encontrado algún motivo para cambiar de conversación. Pero permaneció sentado en silencio en su silla, irritable y fatigado por el exceso de trabajo, mirando al suelo y pensando.

 Me levanté y me dirigí a la ventana. Todavía incapaz de percatarse de su propia torpeza, Armadale me siguió. Si hubiese tenido fuerza suficiente para arrojarle por la ventana al mar, sin duda lo habría hecho en aquel momento. Pero como no la tenía, miré fijamente la bahía y le insinué de la manera más ruda que pude imaginar, la conveniencia de que se marchase.

 «Una noche magnífica para dar un paseo -le dije-, si piensas volver andando al hotel.»

 Dudo de que me oyese. En todo caso, mis palabras no le produjeron el menor efecto. Siguió contemplando, sentimentalmente, la luz de la luna y (no hay palabra mejor para expresarlo) resopló un suspiro.

 Tuve un presentimiento de lo que vendría después, a menos de que le cerrase yo la boca hablando primero.

 «Aunque queramos tanto a Inglaterra -le dije-, hay que confesar que, allí, la luz de la luna no es como aquí.»

 Me miró distraídamente y resopló una vez más.

 «Me pregunto si hará una noche tan buena en Inglaterra como aquí -dijo-. Me pregunto si mi amada jovencita estará también mirando la luna, y pensando en mí.»

 No pude soportarlo más. Al fin estallé.

 «¡Cielo santo, Mr. Armadale -exclamé-. ¿Acaso hay un solo tema digno de mención en el estrecho mundo donde vives? Estoy harta de Miss Milroy. ¡Por favor, habla de otra cosa!»

 Su ancha y estúpida cara enrojeció hasta la raíz de sus horribles cabellos amarillos. «Perdón -balbució, con una especie de malhumorada sorpresa-. No suponía...», y se interrumpió confuso, mirando a Midwinter. Comprendí lo que significaba aquella mirada. «No suponía que pudiese estar celosa de Miss Milroy después de casarse contigo.» Esto es lo que habría dicho a Midwinter, si les hubiese dejado solos en la habitación. Lo cierto es que Midwinter nos había oído. Antes de que pudiese yo hablar de nuevo, antes de que Armadale pudiese añadir otra palabra, terminó la frase incompleta de su amigo, en un tono y con una mirada que eran la primera vez que yo oía y veía.

 «No suponías, Allan -dijo-, que se pudiese provocar tan fácilmente la cólera de una dama.»

 Eran las primeras palabras de amarga ironía y la pnmera mirada despectiva que él me había dedicado. ¡Y Armadale había sido la causa! La ira me abandonó de pronto. Algo ocupó su lugar, algo que me calmó en un instante y me hizo salir en silencio de la estancia.

 Me senté a solas en el dormitorio. Pensé durante unos minutos, algo que prefiero no traducir en palabras, ni siquiera en estas páginas secretas. Me  (p.300) levanté y abrí... ni importa qué. Fui al lado de la cama correspondiente a Midwinter y tomé... no importa qué. Lo último que hice, antes de salir de la habitación, fue mirar mi reloj. Eran las diez y media, la hora en que solía marcharse Armadale. Volví inmediatamente a reunirme con los dos hombres.

 Me acerqué alegremente a Armadale y le dije...

 ¡No! Pensándolo bien, no pondré aquí lo que le dije, ni lo que hice después. ¡Estoy harta de Armadale! Cuando escribo, se presenta a cada instante. Pasaré por alto lo que ocurrió durante la hora siguiente, entre las diez y media y las once y media, y reanudaré mi relato desde que Armadale se hubo marchado. ¿Puedo contar lo que ocurrió entre Midwinter y yo, en nuestra habitación, cuando nuestro visitante hubo partido? ¿Por qué no saltarme esto, como me salté lo otro? ¿Por qué inquietarme escribiéndolo? ¡No lo sé! ¿Y por qué llevo un diario? ¿Por qué (según dijeron los periódicos ingleses) un astuto ladrón conservó la prueba que le condenaba, en forma de una lista de todo lo que había robado? ¿Por qué no somos perfectamente razonables en todo lo que hacemos? ¿Por qué no estoy siempre en guardia y nunca inconsecuente conmigo misma, como el villano de una novela? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡No importa el porqué! He de escribir lo que ocurrió esta noche entre Midwinter y yo, porque debo hacerlo. Hay una razón que nadie, ni siquiera yo, puede explicar.

 Eran las once y media. Armadale se había ido. Yo me había puesto la bata y acababa de sentarme para arreglarme los cabellos antes de acostarme, cuando me sorprendió una llamada a la puerta y entró Midwinter.

 Estaba terriblemente pálido. Me miró con ojos desesperados. No me respondió cuando le expresé mi sorpresa de que viniese mucho más pronto que de costumbre; ni siquiera me contestó cuando le pregunté si se sentía enfermo. Señalando autoritariamente la silla de la que me había levantado al entrar él en el dormitorio, me dijo que me sentara de nuevo y, al cabo de un momento, añadió estas palabras: «Tengo algo importante que decirte.»

 Pensé en lo que yo había hecho..., no, en lo que había tratado de hacer... en aquel intervalo desde las diez y media hasta las once y media, y que no he consignado en mi diario, y sentí ahora todo el pánico que no había sentido entonces.

 Me senté de nuevo, tal como me había dicho él que hiciese, sin hablarle y sin mirarle.

 Él dio una vuelta por la habitación y, después, se acercó a mí y se detuvo.

 «Si Allan viene mañana -empezó diciendo-, y si le ves...»

 Le flaqueó la voz y calló. Sin duda sentía en su corazón un dolor terrible que estaba tratando de dominarle. Pero a veces tiene una voluntad de hierro. Dio otra vuelta por la habitación y lo superó. Volvió a plantarse a mi lado.

 «Cuando venga Allan, mañana -prosiguió-, hazle pasar a mi habitación, si quiere verme. Le diré que me es imposible terminar el trabajo que estoy haciendo tan rápidamente como había esperado, y que, por tanto, deberá buscar la tripulación para su yate, sin ayuda de mi parte. Si acude a ti, contrariado, no le des esperanzas de que yo pueda quedar libre a tiempo de ayudarle, si quiere esperar. Anímale a que busque ayuda de desconocidos y se prepare para zarpar sin más dilaciones. Cuantas más ocupaciones tenga que le impidan venir a esta casa, y cuanto menos le invites tú a quedarse si es que viene, tanto mejor será para mí. No lo olvides, ni olvides tampoco la última instrucción que voy a darte. Cuando el yate esté listo para hacerse a la mar y Allan nos invite a navegar con él, deseo que rehuses definitivamente. Tratará de hacerte cambiar de idea, pues yo, por mi parte, me negaré a dejarte sola en esta casa extraña y en un país extranjero. Diga lo que diga, no te dejes persuadir. ¡Niégate rotundamente! ¡Niégate a poner los pies en su nuevo yate!»

 Terminó serenamente y con firmeza, sin que volviese a flaquearle la voz y sin dar señales de vacilación en su semblante.

 La impresión de sorpresa que en otra ocasión me habrían producido sus extrañas palabras, se perdió en la sensación de alivio que produjeron en mi mente. El miedo a aquellas otras palabras que había esperado oír de él me abandonó con la misma rapidez con que me había acometido. Pude mirarle y pude hablarle una vez más.

 «Puedes estar seguro -le respondí yo- de que haré exactamente lo que me ordenas. Pero ¿debo obedecerte a ciegas? ¿O puedo conocer la razón de las extraordinarias instrucciones que acabas de darme?»

 Su cara se ensombreció, y se sentó al otro lado de mi tocador, lanzando un fuerte y triste suspiro.

 «Puedes saber la razón, si lo deseas.» Esperó un poco, reflexionando. «Tienes derecho a saber la razón -prosiguió-, pues es algo que te afecta.» Esperó de nuevo un momento, y siguió diciendo: «Sólo puedo explicarte de una manera la extraña petición que acabo de hacerte. Debo pedirte que recuerdes lo que ha ocurrido en la habitación contigua, antes de que Allan se marchase esta noche.»

 Me miró con una extraña mezcla de expresiones en su cara. Hubo un momento en que creí que me compadecía. Un instante después, pareció más bien que le causaba horror. Empecé de nuevo a tener miedo; esperé en silencio que continuase.

 «Sé que he trabajado demasiado últimamente -me dijo- y que tengo los nervios destrozados. Es posible que, en el estado en que me encuentro, haya interpretado mal, inconscientemente, las circunstancias de lo que realmente ocurrió. Me harás un favor si pones a prueba mi recuerdo de lo sucedido. Si mi fantasía ha exagerado algo o si me falla la memoria, te ruego que me interrumpas y me corrijas.»

 Me recuperé lo suficiente para preguntarle a qué circunstancias se refería y en qué me  (p.301) afectaban personalmente.

 «Te afectan personalmente, en lo que voy a decirte -respondió-. Las circunstancias a que me refiero empezaron cuando hablaste a Allan de Miss Milroy en unos términos que creí muy desconsiderados e impertinentes. Temo que yo también hablé con acritud, y te pido perdón por lo que te dije en la irritación del momento. Saliste de la habitación. Al poco rato, volviste y te disculpaste perfectamente con Allan, el cual recibió tus excusas con su amabilidad y su buen humor acostumbrados. Mientras tanto, tú y yo estábamos de pie junto a la mesa y Allan reanudó la conversación que habíais tenido sobre el vino napolitano. Él dijo que creía que llegaría a gustarle con el tiempo y pidió permiso para tomar otro vaso del que teníamos sobre la mesa. ¿Estoy en lo cierto, hasta ahora?» Las palabras casi se extinguieron en mis labios, pero me obligué a pronunciarlas y le respondí que era exacto lo que había dicho hasta entonces.

 «Tú tomaste la botella de su mano -prosiguió-. Le dijiste alegremente: "Sé que en realidad no te gusta el vino, Mister Armadale. Deja que te prepare algo que sea más de tu gusto. Tengo una receta propia para la limonada. ¿Me harás el honor de probarla?" Se lo propusiste con estas palabras y él aceptó. También te pidió permiso para ver cómo lo hacías y tú le respondiste que te distraería, si lo hacía, y que, si quería, le darías la receta por escrito.»

 Esta vez se me atragantaron realmente las palabras. Sólo pude asentir con la cabeza. Midwinter prosiguió:

 «Allan se echó a reír y se dirigió a la ventana, para contemplar la bahía, y yo fui allí con él. Al cabo de un rato, Allan observó, bromeando, que el mero sonido de los líquidos que estabas mezclando le daba sed. Cuando dijo esto, yo me volví de espaldas a la ventana. Me acerqué a ti y dije que tardabas mucho en preparar la limonada. Tú me tocaste, al apartarme yo de nuevo, y me tendiste el vaso lleno hasta el borde. En el mismo momento, Allan se volvió de la ventana y yo le tendí a mi vez el vaso. ¿Hay hasta ahora algún error?» Los rápidos latidos de mi corazón estuvieron a punto de ahogarme. Sólo pude sacudir la cabeza; nada más.

 «Vi que Allan se llevaba el vaso a los labios. ¿Lo viste tú? Vi que su cara palidecía al instante. ¿Lo viste tú? Vi  (p.302) que el vaso caía de su mano al suelo. Vi que se tambaleaba, y le sostuve para que no se cayese. ¿Es todo esto verdad? Por el amor de Dios, busca en tu memoria y dime: ¿Es todo esto verdad?»

 Por un instante, parecieron cesar las palpitaciones de mi corazón. Un momento después, algo terrible, algo enloquecedor, pasó por mi mente. Me puse de pie de un salto, enfurecida, sin pensar en las consecuencias, lo bastante desesperada para decir cualquier cosa.

 «¡Tus preguntas son un insulto! ¡Tus miradas son un insulto! -estallé-. ¿Crees que traté de envenenarle?»

 Las palabras brotaron de mis labios a pesar mío. Eran las palabras de una mujer, que en una situación como la mía no hubiese debido nunca pronunciar. Y sin embargo, ¡las pronuncié!

 Él se levantó, alarmado, y me dio el frasco de sales. «¡Calla! ¡Calla! -dijo-. También tú estás agotada, también tú estás sobreexcitada por todo lo que ha ocurrido esta noche. Lo que dices es espantoso, no tiene sentido. ¡Dios mío! ¿Cómo puedes haberme interpretado tan mal? Serénate..., por favor, serénate.»

 Igual hubiese podido decir a un animal salvaje que se serenase. Después de haber estado lo bastante loca para decir aquello, seguí estándolo para volver al asunto de la limonada, a pesar de que él me decía que callase.

 «Te dije lo que había puesto en el vaso, en el momento en que Armadale se desvaneció -seguí diciendo, empeñándome furiosamente en defenderme cuando nadie me atacaba-. Te dije que había tomado el frasco de coñac que guardas junto a tu cama y eché un poco en la limonada. ¿Cómo podía saber que él tiene fobia al olor y el sabor del coñac? ¿No dijo él mismo, cuando recobró el conocimiento, que había sido culpa suya, que hubiese debido advertirme que no pusiese coñac en aquella bebida? ¿No te recordó, más tarde, aquella vez en que estuvisteis los dos en la isla de Man y cometió el médico, sin saberlo, el mismo error que he cometido yo esta noche?»

 (Insistí enérgicamente en mi inocencia, y desde luego, con razón. Por muchos que puedan ser mis defectos, no soy hipócrita. Era inocente... en lo referente al coñac. Lo había añadido a la limonada, ignorando enteramente aquella peculiaridad nerviosa de Armadale, para disimular el sabor de... ¡no importa qué! Otra de las cosas de que me enorgullezco es que nunca me aparto de mi tema. Lo que hubiese debido escribir aquí es lo que dijo Midwinter a continuación.)

 Él me miró un momento, como si pensase que me había vuelto loca. Después volvió a mi lado de la mesa y se quedó de nuevo plantado junto a mí.

 «Si nada más puede convencerte de que erraste por completo al interpretar mis motivos -dijo él- y que nunca pretendí culparte de aquello, lee esto.»

 Sacó un papel del bolsillo del pecho de su chaqueta y lo desplegó ante mis ojos. Era la narración del sueño de Armadale.

 En un instante me sentí libre del peso que gravitaba sobre mi mente. Me sentí de nuevo dueña de mí misma, y al fin le comprendí.

 «¿Sabes lo que es esto? -me preguntó-. ¿Recuerdas lo que te dije en Thorpe-Ambrose, acerca del sueño de Allan? Te dije que dos de las tres visiones habían resultado verdaderas. Ahora te digo que la tercera se ha cumplido esta noche en esta casa.»

 Volvió las hojas del manuscrito y señaló las líneas que quería que yo leyese.

 Leí este fragmento, casi literal, de la narración del sueño, tomada por Midwinter de labios de Armadale:

 «La oscuridad se abrió por tercera vez y me mostró la Sombra del Hombre y la Sombra de la Mujer, juntas. La Sombra-Hombre era la más próxima; la Sombra-Mujer estaba en segundo término. Desde donde ella se hallaba, oí un sonido como de un líquido vertiéndose despacio. Vi que ella tocaba la Sombra del Hombre con una mano y le ofrecía un vaso con la otra. Él tomó el vaso y me lo tendió. En aquel momento, cuando me lo llevé a los labios, me desmayé. Cuando recobré el conocimiento, las Sombras se habían desvanecido y la Visión había terminado.»

 De momento, la extraordinaria coincidencia me impresionó tanto como al propio Midwinter.

 Él puso una mano sobre la narración abierta y apoyó pesadamente la otra en mi brazo.

 «¿Comprendes ahora mi motivo para venir aquí? -me preguntó-; ¿Ves ahora que la última esperanza a que podía asirme era la de que tu recuerdo de los sucesos de la noche demostrase que mi memoria estaba equivocada? ¿Sabes ahora por qué no quiero ayudar a Allan? ¿Por qué no quiero navegar con él? ¿Por qué estoy intrigando y mintiendo, y haciendo que tú intrigues y mientas también, para mantener a mi mejor y más querido amigo lejos de la casa?»

 «¿Has olvidado la carta de Mister Brock?», le pregunté. Él descargó un puñetazo sobre el manuscrito abierto. «Si Mister Brock hubiese vivido para ver lo que hemos visto nosotros esta noche, habría sentido lo mismo que yo y dicho lo mismo que yo.» Bajó misteriosamente la voz y sus grandes ojos negros centellearon al darme aquella respuesta. «Tres veces avisaron las Sombras de la Visión a Allan durante su sueño -siguió diciendo-, y tres veces han sido encarnadas después aquellas Sombras por ti y por mí. Tú, y sólo tú, estuviste en el lugar de la Mujer junto al estanque. Yo, y sólo yo, estuve en el lugar del Hombre junto a la ventana. Y tú y yo juntos estamos en el lugar del Hombre y de la Mujer, tal como mostró a las Sombras la última Visión. Por esto fue fatal el día en que tú y yo nos conocimos. Por esto, tu influencia me atrajo hacia ti, cuando mi ángel bueno me avisaba de que no te mirase a la cara. ¡Hay una maldición en nuestras vidas! ¡Hay una fatalidad en nuestros pasos! El futuro de Allan depende de que se  (p.303) separe de nosotros inmediatamente y para siempre. Hay que apartarle del lugar donde vivimos y del aire que respiramos. Obligarle a vivir entre extraños, ¡pues los peores y más malvados de ellos serán más inofensivos que nosotros para él! Dejemos que su yate se haga a la mar sin ti y sin mí, aunque nos suplique de rodillas, y que sepa que le quise en un mundo diferente de éste, ¡un mundo donde los malvados dejan de inquietar y los cansados descansan!»

 Le abrumó el dolor y se le quebró la voz en un sollozo al pronunciar las últimas palabras. Tomó la narración del sueño de encima de la mesa y se marchó tan de repente como había entrado.

 Cuando oí que se cerraba su puerta entre nosotros, mi mente volvió a lo que me había dicho sobre mí. Recordando «el día fatal» en que nos conocimos y «el ángel bueno» que le había avisado «de que no me mirase a la cara», me olvidé de todo lo demás. No importa lo que sentí. No lo confesaría, aunque tuviese una amiga a la que hablar. ¿A quién le importa la aflicción de una mujer como yo? ¿Quién creería en ella? Además, él hablaba bajo la influencia de la loca superstición que se ha apoderado nuevamente de él. Él tiene toda clase de excusas y yo no tengo ninguna. Si no puedo dejar de quererle, a pesar de todo, debo aceptar las consecuencias y sufrir. Merezco sufrir; no merezco que nadie me quiera o se apiade de mí. ¡Cielo santo, qué tonta soy! ¡Y qué antinatural parecería todo esto si se escribiese en un libro!

 Ha dado la una. Todavía puedo oír a Midwinter, paseando arriba y abajo en su habitación.

 Supongo que estará pensando. ¡Bueno! También yo puedo pensar. ¿ Qué voy a hacer ahora? Esperaré a ver qué pasa. Los sucesos toman a veces rumbos extraños, y tal vez justifiquen el fatalismo del hombre amable de la habitación contigua, que maldice el día en que vio mi cara. Quizá vivirá para maldecirlo por otras razones que las que tiene ahora. Si yo soy la Mujer aludida en el Sueño, sufriré otra tentación dentro de poco, y no será la de echar coñac en la limonada de Armadale si le preparo un refresco por segunda vez.

 Octubre, 24. - Han transcurrido apenas doce horas desde que escribí ayer en este diario, y aquella otra tentación se ha producido, me ha puesto a prueba, ¡y se ha adueñado ya de mí!

 Esta vez no había alternativa. Ante un peligro inminente de ruina, por fuerza tuve que ceder en defensa propia. Dicho más claramente, no fue un parecido accidental lo que me sobresaltó anoche en el teatro. ¡El que cantaba en el coro de la ópera era Manuel!

 No hacía diez minutos que Midwinter había salido del cuarto de estar para dirigirse a su estudio, cuando entró la casera con una nota sucia y doblada en la mano. Me bastó con una mirada a la dirección. El me había reconocido en el palco, y el entreacto le había dado tiempo para seguirme hasta casa. Saqué esta sencilla conclusión antes de abrir la carta. Me informaba, en dos líneas, de que me esperaba en una callejuela que conducía a la playa y, si no acudía al cabo de diez minutos, lo interpretaría como una invitación para visitarme en la casa.

 Supongo que lo que pasé ayer debió de endurecerme. En todo caso, después de leer la carta, me sentí más como la mujer que era antaño que como la que he creído ser durante los últimos meses. Me puse el sombrero, bajé la escalera y salí de la casa como si nada hubiese ocurrido.

 Él me estaba esperando en la entrada de la calle.

 En el momento en que estuvimos frente a frente, recordé toda la vida amarga que había pasado con él. Pensé en cómo había traicionado mi confianza; pensé en la burla cruel de una boda preparada por él a sabiendas de que tenía una esposa; pensé en la desesperación que había sentido por su abandono y que me había inducido a tratar de suicidarme. Cuando recordé todo esto y comparé a Midwinter con el villano ruin y miserable en quien había creído un día, supe por primera vez lo que siente una mujer cuando pierde hasta la última pizca de respeto por sí misma. Creo que si él me hubiese insultado de palabra en aquel momento, lo habría aceptado sin chistar.

 Pero él no tenía la menor intención de insultarme, en el significado más brutal de la palabra. Me tenía a su merced y su manera de expresarlo era comportarse con una estudiada comedia de arrepentimiento y de respeto. Le dejé hablar a su antojo, sin interrumpirle, sin volver a mirarle, sin permitir que mi vestido le tocara mientras caminábamos juntos hacia el lugar más tranquilo de la playa. Había advertido, en el momento de verle, la raída ropa que llevaba y el brillo codicioso de sus ojos. Y comprendí que aquello terminaría (si terminaba alguna vez) en una petición de dinero.

 ¡Sí! Después de haberme quitado antaño la última moneda que tenía y la última que había podido sacar para él a mi vieja señora, se volvió ahora a mí, en la orilla del mar, y me preguntó si podía permitir mi conciencia que llevase un traje tan horrible y que se ganase mezquinamente la vida como corista en la ópera.

 Mi repugnancia, más que mi indignación, me movió a hablarle al fin.

 «Quieres dinero -le dije-. ¿Y si soy tan pobre que no puedo dártelo?»

 «Si es así -replicó-, me veré obligado a recordarte que eres en ti misma un tesoro. Y me hallaré en la penosa necesidad de exponer el derecho que tengo sobre ti a uno de los dos caballeros con quienes te vi en la ópera; al caballero, naturalmente, a quien honras con tu preferencia y que vive, provisionalmente, a la luz de tus sonrisas.»

 No le respondí, pues no tenía respuesta alguna que darle. Discutir su derecho a reclamarme habría sido una pérdida de tiempo. El sabía, tan bien como yo, que no tenía ni la  (p.304) sombra de un derecho sobre mí. Pero también sabía que el menor intento de suscitar esta cuestión conduciría necesariamente a la revelación de toda mi vida pasada.

 Guardando todavía silencio, miré hacia el mar. No sé por qué lo hice, salvo que fuese, instintivamente, para no mirarle a él.

 Un pequeño velero se acercaba a la costa. La vela me ocultaba al timonel, pero la embarcación estaba tan cerca que creí reconocer el gallardete en el mástil. Miré mi reloj ¡Sí! Era Armadale que venía de Santa Lucia, a la hora acostumbrada, para visitarnos como solía hacer.

 Antes de que guardase mi reloj en el cinto, el medio de librarme de aquella espantosa situación se me ocurrió con la misma claridad con que lo veo ahora.

 Me volví y eché a andar hacia la parte alta de la playa donde había varias barcas de pesca varadas que nos ocultarían enteramente a la vista de quienes desembarcasen más abajo. Comprendiendo probablemente que yo tenía un objetivo, Manuel me siguió sin pronunciar palabra. En cuanto estuvimos resguardados por las barcas, me obligué, en defensa propia, a mirarle de nuevo.

 «¿Qué dirías -le pregunté- si fuese rica, en vez de pobre? ¿Qué dirías si pudiese darte cien libras?»

 Dio un salto. Vi claramente que no había esperado ni la mitad de la suma que yo había mencionado. Inútil añadir que su lengua mintió, mientras su cara decía la verdad; y cuando me respondió, dijo:

 «Nada de lo que dijese sería bastante.»

 «Supon -seguí diciendo, haciendo caso omiso de lo que había dicho él- que pudiese mostrarte la manera de conseguir el doble, el triple, el quíntuplo de quinientas libras, ¿serías lo bastante audaz para tender la mano y tomarlo?»

 El brillo de la codicia volvió a pintarse en sus ojos. Bajó la voz, en espera de lo que diría yo después.

 «¿Quién es la persona? -preguntó-. ¿Y cuál es el riesgo?»

 Le contesté al punto, en los términos más claros. Le arrojé Armadale, como habría podido arrojar un pedazo de carne a una fiera que me estuviera persiguiendo.

 «La persona es un rico joven inglés -le dije-. Acaba de alquilar el yate llamado Dorothea, en este puerto, y necesita un patrón y tripulantes. Tú fuiste oficial de la Marina española, hablas inglés e itAllano a la perfección, y conoces perfectamente Nápoles y todo lo  (p.305) propio de esta ciudad. El rico joven inglés no sabe itAllano, y el intérprete que le asiste no sabe nada del mar. Él no sabe qué hacer para conseguir una ayuda útil en este extraño lugar; no tiene más conocimiento del mundo que aquel chiquillo que está allí, haciendo agujeros en la arena con un palo, y lleva todo su dinero encima en billetes. Esto en cuanto a la persona. En cuanto al riesgo, calcúlalo tú mismo.»

 El brillo codicioso de sus ojos se hacía más intenso a cada palabra que decía yo. Estaba claramente dispuesto a asumir el riesgo antes de que yo hubiese acabado de hablar.

 «¿Cuándo podré ver al inglés?», preguntó ansiosamente.

 Me deslicé hacia el extremo de la barca de pesca más próximo al mar y vi que Armadale desembarcaba en aquel momento.

 «Puedes verle ahora», respondí señalando hacia el lugar.

 Después de mirar durante un buen rato a Armadale, que subía descuidadamente por la playa, Manuel se refugió de nuevo detrás de la barca. Esperó un instante, considerando cuidadosamente algo, y me hizo otra pregunta, esta vez en un murmullo.

 «Cuando la embarcación esté tripulada -dijo- y el inglés zarpe de Nápoles, ¿cuántos amigos irán con él?»

 «Aquí sólo tiene dos amigos, el otro caballero con quien me viste en la ópera, y yo misma. Nos invitará a navegar con él, cuando llegue la hora, ¡pero los dos rehusaremos!»

 «¿Respondes de esto?»

 «Respondo absolutamente.»

 Se alejó unos pasos y volvió la cara, reflexionando de nuevo. Lo único que pude ver fue que se quitaba el sombrero y se enjugaba la frente con un pañuelo. Lo único que pude oír fue que hablaba excitadamente consigo mismo y en su propia lengua.

 Había experimentado un cambio cuando volvió. Su cara estaba ahora lívida y sus ojos me miraron con terrible desconfianza.

 «Una última pregunta -dijo, y de pronto se acercó más a mí y habló poniendo un marcado énfasis en sus palabras-. ¿Qué interés tienes tú en esto?» Me eché atrás. La pregunta me recordó que tenía un interés en el asunto, enteramente distinto del de mantener separados a Manuel y Midwinter. Hasta ahora sólo había recordado que el fatalismo de Midwinter me había allanado el camino, abandonando de antemano a Armadale en manos de cualquier desconocido que pudiese acudir en su ayuda. Hasta ahora, el único objetivo que había considerado era protegerme, por el sacrificio de Armadale, de ser descubierta. Yo no miento a mi diario. No pretendo haber considerado un solo instante mi interés en la bolsa de Armadale o en la salvación de su vida. Le aborrecía demasiado para preocuparme de las trampas que mi lengua pudiese abrir bajo sus pies. Pero, ciertamente, no había visto, hasta que él me hizo la última pregunta, que, al servir a sus propios designios, podía Manuel, si se atrevía a ir hasta el final por el dinero, servir también a mis intereses. El único abrumador afán de protegerme de ser descubierta ante Midwinter había (supongo) llenado mi mente, con exclusión de todo lo demás.

 Al ver que no le respondía enseguida, Manuel repitió su pregunta, dándole una nueva forma.

 «Me has arrojado tu joven inglés -dijo- como un regalo al Cancerbero. ¿Habrías estado tan dispuesta a hacerlo, si no hubieses tenido un motivo propio? Repito la pregunta. Tienes interés en esto. ¿Cuál es?»

 «Tengo dos intereses -le respondí-. El interés de obligarte a respetar mi posición aquí, y el interés de que te apartes de mi vista, ¡de una vez para siempre!»

 Lo dije con una audacia que era desconocida para él. La impresión de que estaba haciendo de aquel villano un instrumento en mis manos y le obligaba a ayudarme a ciegas en mi objetivo, mientras perseguía el suyo, levantó mi ánimo e hizo que volviese a sentirme como había sido antes.

 Él se echó a reír. «El lenguaje rudo, en ciertas ocasiones, es privilegio de las damas -dijo-. Puede que me aparte o no me aparte de tu vista de una vez para siempre. Dejaremos esta cuestión para arreglarla en el futuro. Pero me intriga tu otro interés en este asunto. Me has dicho todo lo que necesitaba saber sobre el inglés y su yate, y no has puesto condiciones antes de abrir los labios. Dime, por favor, cómo vas a obligarme a respetar tu posición aquí.»

 «Te lo diré. Primero oirás mis condiciones. Insisto en que te alejes de mí dentro de cinco minutos. Insisto en que nunca vuelvas a acercarte a la casa donde vivo. Y te prohibo que intentes comunicarte de alguna manera conmigo o con aquel otro caballero con quien me viste en el teatro.»

 «¿Y si te digo que no? En este caso, ¿que harás?»

 «En este caso, diré dos palabras en privado al rico joven inglés, y te encontrarás de nuevo en el coro de la ópera.»

 «Eres muy atrevida al dar por supuesto que he trazado ya mis planes contra el inglés y que estoy seguro de mi triunfo. ¿Cómo sabes...?»

 «¡Te conozco! Esto me basta.»

 Hubo unos momentos de silencio entre nosotros. Él me miró, y yo le miré. Nos comprendimos. El fue el primero en hablar. La sonrisa ruin se extinguió en su semblante, y bajó de nuevo la voz, con desconfianza.

 «Acepto tus condiciones -dijo-. Mientras mantengas los labios cerrados, tendré también cerrados los míos..., salvo si descubro que me has engañado; en tal caso habrá terminado nuestro trato y volverás a verme. Mañana me presentaré al inglés, con las credenciales necesarias para ganarme su confianza. Dime su nombre.» Se lo dije.

 «Dame su dirección.»

 Se la di, y me volví para marcharme. Antes de haber salido del refugio de las barcas, le oí de nuevo detrás de mí.

 «Una última palabra -dijo él-. A veces ocurren accidentes en el mar. Si se produce uno en este caso, ¿te  (p.306) interesa lo bastante el inglés para que quieras saber lo que ha sido de él?»

 Me detuve y reflexioné a mi vez. Estaba claro que había fracasado en persuadirle de que no tenía ningún interés secreto al poner a su merced el dinero de Armadale y (como probable consecuencia) la vida de éste. Y ahora estaba igualmente claro que él trataba astutamente de contribuir a mis objetivos privados (fuesen éstos los que fueren), abriendo así un medio de comunicación entre nosotros para el futuro. En las actuales circunstancias, mi respuesta no admitía la menor vacilación. Si le ocurría realmente a Armadale el «accidente» que había insinuado, no tenía necesidad de que Manuel me informase de ello. Un fácil examen de las columnas necrológicas de los periódicos ingleses me enteraría de la noticia, con la gran ventaja adicional de que podía confiar en que, tratándose de un asunto como éste, los periódicos dirían la verdad. Di formalmente las gracias a Manuel y rehusé su ofrecimiento. «Como no tengo interés en el inglés -dije- no deseo saber lo que sea de él.»

 Me miró fijamente durante un instante, con una curiosidad que nunca me había demostrado.

 «Sea cual fuere tu juego -replicó, hablando despacio e intencionadamente-, no pretendo saberlo. Pero te haré una profecía: ¡Ganarás! Si un día volvemos a encontrarnos, recuerda ío que te he dicho.» Se quitó el sombrero y se inclinó gravemente. «Sigue tu camino, señora, ¡que yo seguiré el mío!»

 Dicho lo cual, se apartó de mi vista. Esperé un minuto a solas, para cobrar aliento, y después volví a casa.

 Lo primero que vi al entrar en la sala de estar fue... ¡el propio Armadale!

 Estaba esperando para verme y pedirme que ejerciese mi influencia con su amigo. Le hice la inevitable pregunta sobre lo que quería decir con ello y me enteré de que Midwinter había hablado ya con él tal como me había dicho que haría la siguiente ocasión en que le viese. Había declarado que no podía terminar su trabajo para el periódico con la rapidez esperada, y había aconsejado a Armadale que buscase una tripulación para el yate sin esperar ayuda de su parte.

 Lo único que tenía yo que hacer, al oír esto, era cumplir la promesa que había hecho a Midwinter tras oír sus instrucciones sobre mi manera de actuar en el asunto. El disgusto de Armadale ante mi resolución de no intervenir se manifestó en la forma que resultaba más ofensiva para mi persona. Se negó a creer mis reiteradas protestas de que carecía de toda influencia para ejercitarla en su favor. «Si estuviese casado con Neelie -dijo- ella haría de mí lo que quisiera, y estoy seguro de que, cuando te lo propones, puedes hacer lo que quieras de Midwinter.» Si el enamorado imbécil hubiese tratado de borrar los últimos vestigios de remordimiento y de piedad que quedaban en mi corazón, ¡no habría podido decir nada mejor para aquel objeto! Le eché una mirada que le impuso silencio. Salió de la habitación gruñendo y murmurando para sí. «No sé cómo queréis que busque tripulantes para el yate. No hablo una palabra de su jerga y el intérprete no sabe distinguir entre un pescador y un marinero. ¡Que me aspen si sé lo que haré con la embarcación, ahora que la tengo!»

 Probablemente lo sabrá mañana. Y si viene aquí como de costumbre, ¡yo lo sabré también!

 Octubre, 25, diez de la noche. - ¡Manuel le ha pillado!

 Armadale acaba de marcharse, después de haber estado aquí más de una hora, hablando todo el tiempo de su maravillosa suerte al encontrar la ayuda que quería en el momento en que más la necesitaba.

 Este mediodía, parece que estaba en el muelle con su intérprete, tratando en vano de hacerse comprender por la población de vagabundos que allí había. Precisamente cuando iba a desistir desesperado de su esfuerzo, un desconocido que se hallaba cerca de él (supongo que Manuel le había seguido hasta el muelle desde el hotel) se ofreció amablemente para aclarar las cosas. «Hablo su idioma -dijo- y también el de ellos, señor. Conozco bien Nápoles y he estado profesionalmente relacionado con el mar. ¿Puedo ayudarle?» Siguió el inevitable resultado. Armadale descargó todas sus dificultades sobre los hombros del cortés desconocido, lanzándose como siempre de cabeza. Su nuevo amigo insistió sin embargo, honradamente, en cumplir las formalidades acostumbradas antes de consentir en encargarse personalmente del asunto. Pidió permiso para visitar a Mr. Armadale con sus certificados de buena conducta y de capacidad. Aquella misma tarde se había presentado, previa cita, en el hotel, con todos sus documentos y con «la historia más triste» de sufrimientos y privaciones como «refugiado político» que Armadale había oído jamás. La entrevista fue decisiva. Manuel salió del hotel con el encargo de buscar una tripulación para el yate y de ocupar el puesto de patrón en el viaje de prueba. Yo observaba ansiosamente a Midwinter, mientras Armadale le contaba estos particulares, y lo propio hice más tarde, cuando sacó los certificados del nuevo patrón, que había traído consigo para que los viese su amigo.

 De momento, las aprensiones supersticiosas de Midwinter parecieron renacer con su natural interés por su amigo. Examinó los documentos del desconocido (después de haberme dicho que cuanto antes estuviese Armadale en manos de desconocidos tanto mejor sería) con la mayor atención y la mayor desconfianza, propia de un hombre de negocios. Inútil decir que las credenciales lo más normales y satisfactorias que podían eran lo más normales y satisfactorias que podían ser. Cuando Midwinter las devolvió, se puso colorado; pareció sentir la inconsecuencia de su conducta y observar por primera vez que yo  (p.307) estaba presente y me daba cuenta de todo. «No hay nada que objetar a los certificados, Allan, y me alegro de que hayas encontrado la ayuda que necesitabas.» Esto fue todo lo que dijo al despedirse de Armadale; pero en cuanto éste hubo salido, ya no volví a verle. Se ha encerrado una vez más, para pasar la noche en su habitación.

 Así están las cosas, por lo que a mí atañe; pero algo me inquieta. Cuando el yate esté a punto de hacerse a la mar y rehuse yo ocupar el camarote de las damas, ¿mantendrá Midwinter su resolución, negándose a viajar sin mí?

 Octubre, 26. - Ya he recibido un aviso de la próxima ordalía. Una carta de Armadale a Midwinter, que éste acaba de enviarme. Dice así:

 «Querido Mid: Estoy demasiado ocupado para ir hoy a vuestra casa. Termina tu tarea, ¡por el amor de Dios! El nuevo patrón es un hombre de todas prendas. Ha traído a un inglés a quien conoce y que está ya trabajando como su ayudante a bordo, y está seguro de reunir toda la tripulación en tres o cuatro días. Me estoy muriendo por respirar aire de mar, y supongo que te pasará lo mismo a ti, o no eres marinero. El aparejo está preparado, las provisiones están siendo traídas a bordo y envergaremos mañana o el día siguiente. Nunca estuve tan animado en mi vida. Da mis recuerdos a tu esposa y dile que me hará un favor si viene inmediatamente y ordena todo lo que necesite en el camarote de señoras. Afectuosamente tuyo,

 A.A.»

 Debajo de esto, había escrito Midwinter:

 «Recuerda lo que te dije. Escríbele (de este modo será menos violenta la negativa) pidiéndole que acepte tus disculpas y excusándote de participar en el viaje de prueba.»

 Y he escrito sin perder momento. Cuanto antes sepa Manuel (como es seguro que lo sabrá por Armadale) que he cumplido ya mi promesa de no viajar en el yate, tanto más segura me sentiré, por lo que a mí concierne.

 Octubre, 27. - Una carta de Armadale, en contestación a la mía. Expresa ceremoniosamente su disgusto por verse privado de mi compañía en el crucero, y espera que Midwinter pueda persuadirme a cambiar de idea. ¡Esperen a que descubra que Midwinter tampoco viajará con él...!

 Octubre, 30. - Nada nuevo que registrar, hasta hoy.

 ¡Hoy se ha producido al fin el cambio en nuestras vidas!

 Armadale se ha presentado esta mañana, más animado que nunca, para anunciar que el yate estaba listo para hacerse a la mar y preguntar cuándo podrá embarcar Midwinter. Le dije que fuese a preguntárselo en su habitación. Me dejó, después de pedirme por última vez que reconsiderase mi negativa a viajar con él. Le respondí con una última disculpa por persistir en mi resolución, y entonces me senté junto a la ventana, a esperar el resultado de la entrevista en la habitación contigua.

 Todo mi futuro dependía, ahora, de lo que pasara entre Midwinter y su amigo. Todo se había desarrollado bien hasta este momento. Lo único que podía temer era que la resolución, o mejor dicho, el fatalismo de Midwinter, fallara en el último momento. Si Armadale le persuadía de que le acompañara en el crucero, la indignación de Manuel contra mí no vacilaría ante nada: recordaría que mi promesa de que Armadale viajaría solo desde Nápoles, y sería capaz de descubrir toda mi vida pasada a Midwinter antes de que el yate saliera del puerto. Al pensar en esto y desgranarse lentamente los minutos, y no llegar nada a mis oídos, salvo el murmullo de voces en la habitación contigua, mi inquietud se hizo casi insoportable. En vano trataba de centrar mi atención en lo que ocurría en la calle. Permanecía sentada mecánicamente detrás de la ventana, sin ver nada.

 De pronto (no sabría decir si había pasado mucho o poco tiempo) cesó el rumor de voces; se abrió la puerta y Armadale apareció solo en el umbral.

 «Adiós -dijo bruscamente-. Y espero que, cuando me case, mi esposa no dé nunca a Midwinter el disgusto que la de éste me ha causado a mí.»

 Me dirigió una mirada colérica, inclinó con enojo la cabeza y, dando media vuelta, salió de la estancia.

 Vi de nuevo que pasaba gente por la calle. Vi el mar tranquilo y los mástiles de las embarcaciones en el muelle donde estaba amarrado el yate. ¡Pude pensar y respirar libremente una vez más! Se habían pronunciado las palabras que me salvaban de Manuel..., las palabras que podían ser la sentencia de muerte de Armadale. ¡El yate zarparía sin Midwinter y sin mí! Mi primera impresión de alivio fue casi enloquecedora. Pero fue solamente una impresión momentánea. Mi corazón se encogió de nuevo al pensar en Midwinter, que estaba solo en la habitación contigua.

 Salí al pasillo a escuchar y no oí nada. Llamé suavemente a su puerta y no obtuve respuesta. Abrí y miré al interior. Él estaba sentado a la mesa, con la cara oculta entre las manos. Le miré en silencio y vi el brillo de las lágrimas que goteaban entre sus dedos.

 «Déjame -dijo, sin mover las manos-. Debo superar esto yo solo.»

 Volví a la sala de estar. ¿Quién puede comprender a las mujeres, si no nos comprendemos nosotras mismas? El hecho de que me despidiese de aquella manera se me clavó en el corazón. No creo que la mujer más inofensiva y más amable del mundo pudiese sentir aquello tan agudamente como yo. ¡Y esto después de lo que había estado haciendo! ¡Después de lo que había estado pensando un momento antes de entrar en su habitación! ¿Quién puede explicarlo? Nadie, ¡y yo menos que nadie!

 Media hora más tarde, oí que él abría su puerta y bajaba corriendo la escalera. Salí corriendo a mi vez, sin pararme a pensar, y le pregunté si podía ir con él. No se detuvo ni me respondió. Volví a la ventana y le vi  (p.308) pasar, alejándose rápidamente, vuelta la espalda a Nápoles y al mar.

 Ahora puedo comprender que tal vez no me oyó. Entonces creí que se había mostrado brutal e inexcusablemente descortés conmigo. Me puse el sombrero, en un acceso de cólera; envié a buscar un carruaje y dije al cochero que me llevase adonde quisiera. Me llevó, como hacía con otros extranjeros, al Museo, a ver las estatuas y los cuadros. Fui de una sala a otra, con el semblante sofocado y toda la gente mirándome. No sé cómo, me repuse, volví al carruaje y dije al cochero, sin saber por qué, que me llevase de nuevo a casa con toda la rapidez posible. Me quité el abrigo y el sombrero y me senté una vez más junto a la ventana. La vista del mar me serenó. Me olvidé de Midwinter y pensé en Armadale y en su yate. No había un soplo de brisa; no había una nube en el cielo; el agua de la amplia bahía estaba lisa como un espejo.

 El sol se hundió en el ocaso; el breve crepúsculo llegó y se fue. Preparé un poco de té y me senté a la mesa, pensando y soñando en todo aquello.

 Cuando me levanté y volví a la ventana, había salido la luna, pero el mar estaba tan tranquilo como antes.

 Todavía estaba mirando cuando vi a Midwinter en la calle, de vuelta a casa. Ahora estaba yo lo bastante serena para recordar sus hábitos y presumir que había estado tratando de aliviar el agobio de su mente con uno de sus largos paseos solitarios. Cuando oí que entraba en su habitación, tuve la precaución de no molestarle de nuevo. Esperé donde estaba a que se dignase hablar conmigo.

 Poco después, vi, desde mi ventana, que abría y salía al balcón y, después de mirar hacia el mar, levantaba una mano en el aire. De momento, fui lo bastante estúpida para no recordar que había sido marinero y lo que significaba aquel movimiento. Esperé, preguntándome lo que ocurriría ahora.

 Entró en su habitación y, después de un intervalo, volvió a salir y a levantar la mano como antes. Esta vez esperó, apoyado en la baranda del balcón y mirando fijamente, con toda su atención absorbida por el mar.

 Durante un largo, largo rato, permaneció inmóvil. Después, vi de pronto que se sobresaltaba. Inmediatamente, cayó de rodillas y cruzó las manos sobre la baranda del balcón. «¡Que Dios Todopoderoso te guarde y  (p.309) te bendiga, Allan! -dijo fervientemente-. ¡Adiós para siempre!»

 Miré hacia el mar. Ahora soplaba una suave y continua brisa, y la rizada superficie del agua centelleaba bajo la apacible luz de la luna. Miré de nuevo y vi pasar lentamente, ocultando el resplandor de la luna, una larga y negra embarcación de altas velas como fantasmas, deslizándose suavemente y sin ruido sobre el agua, como una serpiente.

 Con la noche, se había alzado el viento favorable, y el yate de Armadale había zarpado en su viaje de prueba.

CAPÍTULO III

TERMINA EL DIARIO

 Londres, 19 de noviembre. - Estoy sola de nuevo en la gran ciudad; sola, por primera vez, desde nuestra boda. Hace casi una semana que inicié mi viaje de regreso a casa, dejando a Midwinter en Turín.

 Los días han estado tan llenos de sucesos desde que empezó el mes, y yo tan agobiada, mental y físicamente, durante la mayor parte del tiempo, que descuidé lastimosamente mi diario.

 Unas pocas notas, escritas tan de prisa y tan confusas que apenas yo misma puedo entenderlas, son todo lo que poseo para recordar lo que ocurrió desde la noche en que el yate de Armadale zarpó de Nápoles. Intentaré poner orden en ellas, sin más pérdida de tiempo, y veré si puedo recordar las circunstancias tal como sucedieron, desde el comienzo del mes.

 El tres de noviembre, estando nosotros todavía en Nápoles, Midwinter recibió una carta escrita a vuelapluma por Armadale y fechada en Mesina. «El tiempo -decía- ha sido magnífico, y el yate ha hecho una de las más veloces travesías que se han registrado. La tripulación tenía un aspecto bastante rudo, pero el capitán Manuel y su piloto inglés (el último calificado como "un tipo estupendo") los manejaron admirablemente.» Después de este afortunado comienzo, Armadale había decidido, naturalmente, prolongar el crucero y, a sugerencia del capitán, visitar algunos puertos del Adriático que aquél había descrito como llenos de atractivos y dignos de verse.

 Seguía una posdata, explicando que Armadale había escrito apresuradamente para alcanzar el vapor de Nápoles, y que había abierto de nuevo la carta antes de enviarla, para añadir algo que había olvidado. El día antes de zarpar el yate, había estado en el banco para hacerse con «unos cientos en oro» y creía que se había dejado olvidada allí su petaca. Era una vieja amiga suya y pedía a Midwinter que le hiciese el favor de recobrarla y guardarla hasta que se viesen de nuevo.

 Ésta era la substancia de la carta. Reflexioné profundamente sobre ella cuando Midwinter me dejó sola, después de leerla. Entonces pensé (y sigo pensando) que Manuel no había persuadido a Armadale a viajar por un mar como el Adriático, menos frecuentado por los barcos que el Mediterráneo, sin más intención que la que había expuesto. Los términos en que mencionaba la insignificante pérdida de la petaca, me chocaron también como indicadores de lo que iba a suceder. Saqué la conclusión de que los pagarés de Armadale no habían sido convertidos en «unos cientos en oro» por su propia previsión o práctica mercantil. Sospeché que Manuel había influido también en esto, y una vez más, por sus propias razones. A intervalos, durante toda la noche de insomnio, estas consideraciones acudieron repetidamente a mi mente, y una y otra vez apuntaron obstinadamente (en lo tocante a mis próximos movimientos) en una sola dirección: la vuelta a Inglaterra.

 Cómo llegar hasta allí y, sobre todo, cómo llegar sin ser acompañada por Midwinter, era más de lo que mi ingenio podía descubrir aquella noche. Traté y traté de resolver la dificultad, y me quedé dormida, agotada, después de amanecer, sin haberla resuelto.

 Unas horas más tarde, en cuanto me hube vestido, entró Midwinter con noticias recibidas aquella mañana de sus patronos de Londres. Los propietarios del periódico habían recibido del director un informe tan favorable sobre su corresponsal en Nápoles que habían decidido ascenderle a un puesto de mayor responsabilidad y mejor pagado, en Turín. Se le daban instrucciones en la carta y se le pedía que se trasladase de Nápoles a su nuevo puesto sin pérdida de tiempo.

 Al oír esto, y antes de que pudiese preguntármelo, le tranquilicé asegurándole que me complacía el traslado. Turín tenía, a mis ojos, el gran atractivo de estar en el camino de Inglaterra. Le dije, inmediatamente, que estaba lista para emprender el viaje en cuanto dispusiera.

 Me dio las gracias por adaptarme a sus planes, con aquellas antiguas gentilezas que no había en él desde hacía algún tiempo. Las buenas noticias de Armadale, del día anterior, parecían haberle reanimado un poco del abatimiento en que se había sumido al zarpar el yate. Y ahora, la perspectiva de un ascenso en su profesión, y más aún, la de abandonar el lugar fatal donde se había convertido en realidad la tercera Visión del Sueño, le habían animado y aliviado todavía más (según confesó él mismo). Me preguntó, antes de salir para preparar el viaje, si esperaba saber de mi «familia» de Inglaterra, y si debía dar instrucciones para que mi correspondencia fuese remitida, junto con la suya, al apartado de correos de Turín. Le di las gracias y acepté inmediatamente su ofrecimiento. Su proposición me había sugerido, al instante, que las circunstancias de mi fingida «familia» podían servirme una vez más como razón de que fuese inesperadamente llamada a Inglaterra.

 El día nueve de aquel mes, nos instalamos en Turín.

 El trece, Midwinter (que estaba entonces muy ocupado) me preguntó si podía ahorrarle una pérdida de tiempo yendo a buscar las cartas que hubiesen podido llegar para nosotros desde  (p.310) Nápoles. Yo había esperado la oportunidad que ahora me ofrecía él, y decidí aprovecharla, sin vacilar. No había ninguna carta para nosotros en el apartado de correos, pero, cuando él me preguntó a mi regreso, le dije que había una carta para mí, con noticias alarmantes de casa. Mi madre estaba gravemente enferma, y me suplicaban que fuese a toda prisa a Inglaterra para verla.

 Parece totalmente inconcebible (ahora que estoy lejos de él), pero es verdad, que ni siquiera entonces pudiese decirle una mentira premeditada sin un sentimiento de aprensión y de vergüenza que otras personas considerarían, y yo misma considero, como totalmente incongruentes con un carácter como el mío. Incongruentes o no, las sentí. Y aunque parezca todavía más extraño (tal vez debería decir más absurdo), si él hubiese insistido en su primera resolución de acompañarme a Inglaterra, en vez de permitir que viajase sola, creo firmemente que habría vuelto por segunda vez la espalda a la tentación y me habría dejado llevar por el antiguo sueño de vivir una vida feliz e inofensiva en el amor de mi marido.

 ¿Me estoy engañando en esto? No importa; me atrevo a decir que sí. Me tiene sin cuidado lo que podría haber ocurrido. Lo que ocurrió es lo único que tiene ahora importancia.

 La cosa terminó con Midwinter dejándose convencer de que yo era lo bastante mayor para cuidar de mí misma en el viaje a Inglaterra y de que él se debía a la gente del periódico, que había puesto sus intereses en sus manos, y no podía abandonar Turín cuando acababa de establecerse allí. Cuando se despidió de mí, no sufrió tanto como cuando se había despedido de su amigo. Lo comprendí y valoré como era debido el interés que manifestó en que no dejase de escribirle. Por fin he superado mi debilidad en lo tocante a él. Ningún hombre que realmente me amase habría puesto lo que debía a la gente del periódico por encima de lo que debía a su mujer. ¡Le odio por dejarme que le convenciese! Creo que se alegró de librarse de mí. Creo que ha visto alguna mujer que le gusta en Turín. Bueno, dejemos que siga su nuevo capricho, si así le place. Yo seré muy pronto la viuda de Mr. Armadale de Thorpe-Ambrose, ¿y qué me importará entonces lo que le guste o disguste a Midwinter? Los acontecimientos del viaje no fueron dignos de mención y mi llegada a Londres la he registrado ya al principio de la nueva página.

 En cuanto a hoy, lo único que he hecho de alguna importancia, desde que llegué al hotel barato y tranquilo donde me alojo ahora, ha sido enviar a buscar al patrón y pedirle que me ayude a encontrar los números atrasados de The Times. Se ha ofrecido amablemente a acompañarme mañana por la mañana a un lugar de la ciudad donde están todos los periódicos, según él dice, archivados. Así pues, tengo que dominar hasta mañana mi impaciencia por ver si hay noticias de Armadale. ¡Y buenas noches a la bonita imagen de mí misma que aparece en estas páginas!

 Noviembre, 20. - Ninguna noticia todavía, en la columna necrológica ni en cualquier otra parte del periódico. Examiné cuidadosamente cada uno de los números partiendo del día en que nos escribió Armadale desde Mesina, hasta el actual veinte de noviembre, y estoy segura de que, si ha ocurrido algo, nada se sabe aún en Inglaterra. ¡Paciencia! Hemos convenido en que tendré el periódico sobre la mesa del desayuno, cada mañana hasta nuevo aviso, y cualquier día puedo enterarme de lo que más deseo saber.

 Noviembre, 21. - Ninguna noticia todavía. He escrito a Midwinter para guardar las apariencias. Cuando hube terminado la carta, me sentí (no sé por qué) terriblemente desanimada y tan ansiosa de un poco de compañía que, sin saber a qué otro sitio ir, me dirigí a Pimlico, por si Mamá Oldershaw hubiese vuelto a su antigua residencia.

 El lugar ha cambiado desde mi anterior estancia en Londres. El lado de la casa correspondiente al doctor Downward estaba aún vacío. Pero la tienda tenía un aspecto más alegre y estaba ocupada por una modista de trajes y sombreros. Cuando entré para preguntar, sólo encontré desconocidos. Sin embargo no vacilaron en darme la nueva dirección de Mrs. Oldershaw, de lo cual infiero que la pequeña «dificultad» que la obligó a esconderse el pasado agosto se habrá resuelto al fin en lo tocante a ella. En cuanto al médico, los de la tienda no sabían o pretendieron no saber qué había sido de él.

 No sé si fue la vista de la casa de Pimlico lo que me asqueó, o si fue mi propia perversidad o alguna otra cosa. Pero lo cierto es que cuando conseguí la dirección de Mrs. Oldershaw, tuve la impresión de que era la persona que menos deseaba ver en el mundo.

 Tomé un simón y dije al cochero que me llevase a la calle donde vivía ella, pero después le ordené que volviese al hotel. No sé lo que me pasa, a menos que pueda atribuirlo a mi creciente impaciencia por tener información sobre Armadale. ¿Cuándo parecerá el futuro un poco menos sombrío? Mañana es sábado. ¿Levantará el velo el periódico de mañana?

 Noviembre, 22. - ¡El periódico del sábado ha levantado el velo! Las palabras no pueden expresar el pánico y el asombro con que escribo. Nunca había previsto una cosa así, y no puedo creerlo ahora que ha ocurrido. ¡El viento y las olas se convirtieron en mis cómplices! El yate se hundió en el mar, ¡y perecieron todos los que iban en él!

 He aquí el relato que figura en el periódico de esta mañana:

 DESASTRE EN EL MAR. - El Royal Yacht Squadron y los aseguradores han recibido noticias, lamentamos decir que fidedignas, de la pérdida total, el día cinco de este mes, del yate Dorothea, con todas las personas  (p.311) que iban a bordo. He aquí los particulares: Al amanecer del día seis, el bergantín itAllano Speranza, procedente de Venecia, y con rumbo a Marsala, descubrió algunos objetos flotantes delante del cabo de Spartivento (en el extremo meridional de Italia) que llamaron la atención a los tripulantes del barco. El día anterior se había caracterizado por una de las más graves, súbitas y violentas tormentas, peculiares de estos mares del sur, que se recordaban desde hacía muchos años. Como el Speranza había estado en peligro durante el vendaval, el capitán y los tripulantes llegaron a la conclusión de que aquellos objetos eran huellas de un naufragio, y arriaron un bote para examinarlo. Un gallinero, algunos palos rotos y fragmentos de tablas fueron las primeras pruebas que se descubrieron de la terrible catástrofe que se había producido. Después se encontraron piezas ligeras del mobiliario de los camarotes, arrancadas y destrozadas. Y por último, apareció una triste clave del suceso, en forma de un salvavidas con una botella tapada sujeta a él. Estos últimos objetos, junto con los restos de los muebles, fueron subidos a bordo del Speranza. En el salvavidas figuraba el nombre de la embarcación: Dorothea, R.Y.S. (que significa Royal Yacht Squadron). Al ser descorchada la botella, se vio que contenía una hoja de papel, con las siguientes líneas escritas precipitadamente en lápiz: «Frente al cabo de Spartivento, a dos días de Mesina. Nov., 5, 4 tarde (la hora en que, según el cuaderno de bitácora del bergantín itAllano, había sido más fuerte el temporal). Nuestros dos botes han sido tragados por el mar. El timón ha desaparecido, y tenemos una vía de agua a popa que no podemos cerrar. Que el Señor nos valga, nos estamos hundiendo. (Firmado) John Mitchenden, piloto.» Al llegar a Marsala, el capitán del bergantín informó al cónsul británico y le entregó los objetos encontrados. Gestiones realizadas en Mesina dieron por resultado saber que la infortunada embarcación había llegado allí desde Nápoles. En este puerto, se averiguó que el Dorothea había sido alquilado al agente del propietario por un caballero inglés, Mr. Armadale, de Thorpe-Ambrose, Norfolk. No ha podido saberse con certeza si había a bordo algún amigo de Mr.  (p.312) Armadale. Pero, desgraciadamente, es indudable que el infortunado caballero navegó en el yate desde Nápoles y estaba también a bordo cuando la embarcación zarpó de Mesina.

 Ésa es la historia del naufragio, tal como la refiere el periódico en pocas y claras palabras. Me da vueltas la cabeza; mi confusión es tan grande que pienso en cincuenta cosas diferentes, tratando de pensar en una sola. Tengo que esperar... (un día más o menos no tiene ahora importancia), debo esperar hasta que pueda enfrentarme con mi nueva posición, sin sentirme perpleja.

 23 de noviembre, ocho de la mañana. - Me he levantado hace una hora, y veo claramente el primer paso que he de dar, en las actuales circunstancias.

 Es de máxima importancia para mí saber lo que pasa en Thorpe-Ambrose, y sería una terrible imprudencia aventurarme a ir allí en persona, estando completamente a oscuras en esta cuestión.

 La única alternativa es escribir a alguien del lugar, pidiéndole noticias, y la única persona a quien puedo escribir es... Bashwood.

 He terminado la carta. He consignado que es «particular y confidencial» y la he firmado «Lydia Armadale». No hay nada en ella que pueda comprometerme, si el viejo imbécil está terriblemente ofendido por el trato que le di y muestra maliciosamente mi carta a otras personas. Pero no creo que lo haga. Un hombre de su edad lo perdona todo a una mujer, si ésta se lo propone. Le he pedido, como favor personal, que mantenga por ahora en secreto nuestra correspondencia. Le he insinuado que mi vida de casada con mi difunto esposo no había sido feliz, y que comprendo que es una imprudencia casarse con un hombre joven. En una posdata he ido todavía más lejos y he añadido descaradamente estas consoladoras palabras: «Podré explicarle, querido Mr. Bashwood, lo que pudo parecer falso y engañoso en mi conducta para con usted, si me da la oportunidad de hacerlo.» Si tuviese menos de sesenta años, dudaría del resultado. Pero tiene más y creo que me concederá esa oportunidad.

 Las diez. - He estado mirando la copia de mi certificado de matrimonio que tuve la precaución de procurarme el día de la boda, y he descubierto, para mi indecible espanto, un posible obstáculo a mi presunta condición de viuda de Armadale, que he advertido ahora por primera vez.

 La descripción de Midwinter (bajo su verdadero nombre) que consta en el certificado, responde, en todos los datos importantes, a la que habría correspondido al Armadale de Thorpe-Ambrose, si me hubiese casado realmente con él. Nombre y apellido: Allan Armadale. Edad: veintiún años, en vez de veintidós, pero esto puede atribuirse fácilmente a un error. Estado: Soltero. Rango o profesión: Caballero. Residencia el día de la boda: Frant's Hotel, Darley Street. Nombre y apellido del padre: Allan Armadale. Rango o profesión del padre: Caballero: Todos los datos (salvo la diferencia de un año en la edad) que eran aplicables a uno, lo eran también al otro. Pero supongamos que, al mostrar mi copia del certificado, algún abogado entremetido se empeñase en ver el original. La escritura de Midwinter no puede ser más diferente de la de su amigo muerto. La firma estampada en el libro registro no podría pasar en modo alguno por la de Armadale de Thorpe-Ambrose.

 ¿Puedo actuar con seguridad en este asunto, con una sima como la que veo abierta aquí ante mis pies? ¿Cómo saberlo? ¿Dónde puedo encontrar una persona de experiencia que me informe? Debo cerrar mi diario y pensar.

 Las siete. - Mis perspectivas han cambiado de nuevo desde que escribí los párrafos anteriores. He recibido un aviso de que tenga cuidado en el futuro, que no debo desdeñar, y he logrado (al menos así lo creo), el consejo y la ayuda que tanto necesito.

 Después de tratar en vano de pensar en alguna persona mejor a quien confiar la dificultad que me inquieta, he hecho virtud de la necesidad y he querido sorprender a M. Oldershaw con una visita de su querida Lydia. Casi inútil añadir que resolví sondearla cuidadosamente y no confiarle ningún secreto de importancia.

 Una adusta, solemne y vieja doncella me abrió la puerta. Al preguntarle por su señora, me recordó enérgicamente que había cometido una impertinencia al pretender visitarla en domingo. Si Mrs. Oldershaw estaba en casa, era solamente porque su delicado estado de salud le impedía ir a la iglesia. La criada consideraba muy improbable que su señora me recibiese. Yo, por el contrario, consideré muy probable que me honrase concediéndome una entrevista en su propio interés, si me hacía anunciar como Miss Gwilt, y los hechos demostraron que no me había equivocado. Después de hacerme esperar unos minutos, fui conducida al salón.

 Allí estaba mamá Jezabel, con el aire de la mujer que se toma un descanso en el camino hacia el cielo, llevando una bata de color pizarra con mitones grises en las manos, una cofia sencilla y seria en la cabeza y un libro de sermones sobre la falda. Puso devotamente los ojos en blanco al verme, y éstas fueron sus primeras palabras: «¡Oh, Lydia! ¡Lydia! ¿Por qué no estás en la iglesia?»

 Si hubiese estado yo menos inquieta, la súbita representación de un personaje completamente nuevo por parte de Mrs. Oldershaw me habría divertido. Pero no estaba de humor para reír y (habiendo satisfecho todos mis pagarés) no tenía ninguna obligación de restringir mi natural libertad de palabra. «¡Déjate de tonterías! -le dije-. Guárdate en el bolsillo tu máscara de los domingos. Tengo que enterarte de algunas novedades, acaecidas después de la última vez que te escribí desde Thorpe-Ambrose.»

 En cuanto mencioné  (p.313) Thorpe-Ambrose, la vieja hipócrita puso de nuevo los ojos en blanco y se negó rotundamente a oír una palabra más sobre el tema de mis actuaciones en Norfolk. Insistí, pero fue completamente inútil. Mamá Oldershaw sacudió la cabeza y gruñó, y me informó de que su relación con las pompas y vanidades del mundo había terminado para siempre. «¡He vuelto a nacer, Lydia! -dijo la vieja sinvergüenza, enjugándose los ojos-. Nada me inducirá a volver a hablar del tema de tus malignos propósitos fundados en la estupidez de un joven rico.»

 Después de oír esto, hubiese debido marcharme en el acto, y lo habría hecho de no haber sido por una consideración que me entretuvo un momento más.

 Ahora era fácil ver que las circunstancias (fuesen cuales fueren) que habían obligado a mamá Oldershaw a esconderse, en ocasión de mi anterior visita a Londres, habían sido lo bastante graves para obligarla a renunciar, o parecer renunciar, a su antiguo negocio. Y era igualmente claro que le había resultado ventajoso (como lo es, en cierto modo, para todo el mundo en Inglaterra) encubrir cuidadosamente lo más visible de su carácter con un barniz de gazmoñería. Pero esto no era de mi incumbencia, y habría hecho estas reflexiones en la calle, y no dentro de la casa, si mis intereses no me hubiesen inducido a poner a prueba la sinceridad de la reforma de mamá Oldershaw, en lo que podía afectar a sus pasadas relaciones conmigo. Recordé que, cuando me había equipado para nuestra empresa, había yo firmado cierto documento que le daba un importante interés pecuniario en mi triunfo, si llegaba a ser Mrs. Armadale de Thorpe-Ambrose. La oportunidad de convertir aquel infame trozo de papel en piedra de toque era demasiado tentadora para desdeñarla. Pedí permiso a mi devota amiga para decir una última palabra antes de marcharme.

 «Como ya no tienes interés en mis malignos propósitos con referencia a Thorpe-Ambrose -le dije-, tal vez me devolverás el documento que firmé cuando no eras una persona tan ejemplar como ahora.»

 La vieja y desvergonzada hipócrita cerró inmediatamente los ojos y se estremeció.

 «¿Significa esto sí, o no?», le pregunté.

 «Por motivos morales y religiosos, Lydia -dijo Mrs. Oldershaw-, significa no.»

 «Por razones malignas y mundanas -le repliqué- quiero darte las gracias por mostrarme tus cartas.»

 Ciertamente, ahora ya no cabía duda sobre lo que realmente se proponía. No correría más riesgos, ni mi prestaría más dinero; dejaría que ganase o perdiese sin su ayuda. Si perdía, no se vería comprometida. Si ganaba, sacaría el documento que yo había firmado y se aprovecharía de él sin el menor remordimiento. En mi actual situación, habría sido una pérdida de tiempo y de palabras prolongar la conversación con inútiles recriminaciones por mi parte. Guardé el aviso en mi memoria para su ulterior empleo y me levanté para marcharme.

 En el momento en que abandoné mi silla, se oyeron dos fuertes golpes en la puerta de la calle. Evidentemente, Mrs. Oldershaw los reconoció. Se levantó apresuradamente y tocó la campanilla. «Me encuentro demasiado mal para recibir a nadie -dijo, cuando apareció la criada-. Espera un momento, por favor», añadió, volviéndose rápidamente a mí cuando la mujer se hubo marchado para abrir la puerta.

 Sé que fue una pequeña, muy pequeña, trastada por mi parte; pero la tentación de contrariar a mamá Jezabel, incluso en una cosa baladí, fue demasiado fuerte para que pudiese resistirla. «No puedo esperar -le dije-. Acabas de recordarme que debería estar en la iglesia.» Y antes de que pudiese responder, salí de la habitación.

 Cuando ponía el pie en el primer peldaño de la escalera, se abrió la puerta de la calle y una voz de hombre preguntó si Mrs. Oldershaw estaba en casa.

 Inmediatamente reconocí aquella voz. ¡Era la del doctor Downward! 

CAPÍTULO III (continuación)

TERMINA EL DIARIO

 El médico repitió el mensaje de la doncella en un tono que traslucía una inconfundible irritación al encontrarse con que no se le permitía pasar.

 «Tu señora no se encuentra bien y no puede recibir visitas, ¿eh? Dale esta tarjeta y dile que espero que la próxima vez que venga a visitarla se haya repuesto lo bastante para recibirme.»

 Si su voz no me hubiese dado a entender claramente que no estaba en buenos términos con Mrs. Oldershaw, supongo que habría dejado que se marchase sin decirle nada. Pero, tal como estaban las cosas, sentí el deseo de hablarle, como habría hablado con cualquiera que estuviese resentido con mamá Jezabel. Bajé, pues, la escalera, seguí disimuladamente al doctor y le alcancé en la calle.

 Había reconocido su voz y reconocí su espalda al caminar detrás de él. Pero, cuando le llamé por su nombre y él se volvió en redondo y sobresaltado para enfrentarse conmigo, seguí su ejemplo y me sobresalté también. ¡La cara del médico se había transformado en la de un desconocido! Ocultaba su calva bajo una peluca gris hábilmente confeccionada. Se había dejado crecer las patillas y se las había tenido para que no desentonasen con sus nuevos cabellos. Unas horribles gafas redondas se asentaban sobre su nariz en vez de los elegantes lentes que antes solía llevar en la mano, y un pañuelo negro, debajo del enorme cuello de la camisa, parecía ser indigno sucesor de la corbata blanca clerical de otros tiempos. Nada quedaba del hombre a quien había conocido yo antaño, salvo su rolliza figura y la cortesía y suavidad confidenciales de sus modales y de su voz.

 «Encantado de verla de nuevo -dijo el médico, mirando con cierta ansiedad a su alrededor y sacando precipitadamente un tarjetero-.  (p.314) Pero, mi querida Miss Gwilt, permítame que rectifique un pequeño error por su parte. El doctor Downward, de Pimlico, está muerto y enterrado, y le estaré sumamente agradecido si nunca y bajo ninguna consideración vuelve a mencionarlo.»

 Tomé la tarjeta que me ofrecía y descubrí que estaba hablando con el «Doctor Le Doux, del Sanatorio de Fairweather, Hampstead.»

 «Parece que ha considerado necesario -dije- cambiar muchas cosas desde que le vi por última vez. Su nombre, su residencia, su aspecto personal...»

 «Y mi especialidad en la profesión -me interrumpió el médico-. He comprado a su poseedor original (una persona poco emprendedora y sin recursos) un nombre, un diploma y un sanatorio terminado sólo en parte para la atención de enfermos nerviosos. Estamos ya preparados para reconocer a unos pocos amigos privilegiados, que vienen a vernos. ¿Va usted en la misma dirección que yo? Por favor, apóyese en mi brazo y dígame a qué feliz casualidad debo el placer de verla de nuevo.»

 Le conté exactamente lo que había ocurrido y añadí (con vistas a asegurarme de cuáles eran sus relaciones con su antigua aliada de Pimlico) que me había sorprendido en gran manera que Mrs. Oldershaw cerrase la puerta a un viejo amigo como él. Por muy cauto que fuese el médico, su actitud al escuchar mi observación me convenció al momento de que mi sospecha de una desavenencia entre ellos era acertada. Su sonrisa se desvaneció y se apretó con irritación las feas gafas sobre el puente de la nariz. «Discúlpeme si dejo que saque usted sus propias conclusiones -dijo-. El asunto de Mrs. Oldershaw es, lamento decirlo, muy desagradable para mí en las actuales circunstancias. Se trata de una dificultad relacionada con nuestra antigua asociación en Pimlico, y que carece totalmente de interés para una mujer joven y brillante como usted. ¡Pero déme noticias suyas! ¿Ha dejado su empleo en Thorpe-Ambrose? ¿Reside ahora en Londres? ¿Puedo servirla en algo, dentro o fuera de mi profesión?»

 Esta última pregunta era más importante de lo que él presumía. Antes de responderla, creí necesario separarme de él y tener un poco de tiempo para reflexionar.

 «Considero su ofrecimiento como una amable invitación a visitarle, doctor -le dije-. Tal vez en  (p.315) su tranquila casa de Hampstead podría decirle algo que no puedo expresar en esta calle ruidosa. ¿Cuándo está usted en el sanatorio? ¿Le encontraría allí hoy a una hora más avanzada?» El médico me aseguró que precisamente se dirigía allí y me pidió que yo misma fijase la hora. «Por la tarde, temprano» le dije, y alegando que tenía una cita, detuve el primer ómnibus que pasó. «No olvide la dirección», dijo el doctor, ayudándome a subir. «Tengo su tarjeta», le respondí, y nos separamos.

 Volví al hotel, subí a mi habitación y reflexioné ansiosamente.

 El grave obstáculo de la firma en el acta del matrimonio seguía levantándose en mi camino tan infranqueable como siempre. Había perdido toda esperanza de conseguir ayuda de Mrs. Oldershaw. De ahora en adelante sólo podría considerarla como una enemiga acechando en la oscuridad; la enemiga, ahora sin duda alguna, que me había hecho seguir y vigilar la última vez que había estado en Londres. ¿A qué otro consejero podía acudir para que supliese con su experiencia mi ignorancia de las leyes y de los negocios?

 ¿Podía visitar al abogado a quien consulté cuando estaba a punto de casarme con Midwinter bajo mi nombre de soltera? ¡Imposible! Por no hablar de lo fríamente que me había recibido la última vez que le había visitado y de que el consejo que necesitaba esta vez se refería (por mucho que pudiese disfrazar los hechos) a la comisión de un fraude, un fraude en el que no querría intervenir ningún abogado que tuviese un prestigio que conservar. ¿Podía pensar en alguna otra persona competente? Había una y sólo una: el médico que había muerto en Pimlico y resucitado en Hampstead.

 Sabía que carecía enteramente de escrúpulos; que tenía la experiencia de que yo carecía y que era tan astuto, inteligente y precavido como el que más en Londres. Además, había hecho dos importantes descubrimientos sobre él esta mañana. En primer lugar, estaba en mala relación con Mrs. Oldershaw, lo cual me protegía del peligro de que los dos se coaligasen contra mí, si confiaba en él. En segundo lugar, las circunstancias le obligaban todavía a ocultar cuidadosamente su identidad, lo cual me daba un poder superior en todos los aspectos al que pudiese yo darle sobre mí. Era, a fin de cuentas, el hombre adecuado, el único hombre adecuado para mis fines. Y sin embargo, vacilaba en acudir a él; vacilé durante más de una hora, ¡sin saber por qué!

 Eran las dos cuando decidí al fin visitar al doctor. Después de pasar casi otra hora determinando minuciosamente hasta dónde podía llegar en mis confidencias, envié a buscar un simón y partí a las tres de la tarde en dirección a Hampstead.

 Encontré el sanatorio con cierta dificultad.

 Fairweather Vale resultó ser un barrio nuevo situado al pie de las tierras altas de Hampstead, en el lado sur. El cielo estaba nublado y el lugar parecía muy triste. Nos acercamos a él por una calle nueva flanqueada de árboles, que podía haber sido la avenida de una casa de campo. Al final nos encontramos en un terreno abierto, salpicado de villas a medio terminar y con montones de tablas, carretillas y materiales de construcción desparramados en todas direcciones. En un rincón de este desolado escenario, se alzaba un caserón enorme y horrible, estucado de color pardo y rodeado de un jardín desnudo e inacabado, sin un arbusto ni una flor en él; algo espantoso. En la puerta de hierro de la verja, ahora abierta, había una placa nueva de metal, con la palabra «sanatorio» inscrita en ella con grandes letras negras. La campana, al ser tocada por el cochero, resonó en la casa vacía como tocando a muerto, y el viejo criado, pálido, arrugado y vestido de negro, que abrió la puerta, parecía haber salido de la tumba para prestar este servicio. Me asaltó un olor a yeso húmedo y barniz reciente, y el hombre me hizo pasar al mismo tiempo que una fría ráfaga de aire húmedo de noviembre. Entonces no lo advertí, pero ahora, al escribirlo, recuerdo que me estremecí al cruzar el umbral.

 Di el nombre de Mrs. Armadale al criado, que me condujo a la sala de espera. Incluso el fuego parecía agonizante y húmedo en la chimenea. Los únicos libros de encima de la mesa eran las obras del doctor, con serios forros de color pardo, y el único objeto que adornaba las paredes era el diploma extranjero (bellamente enmarcado y protegido con un cristal) que sin duda había comprado el doctor, junto con su nombre extranjero.

 Al cabo de unos momentos, entró el dueño del sanatorio y levantó las manos con alegre asombro al verme.

 «¡No tenía la menor idea de quien era Mrs. Armadale! -dijo-. Mi querida señora, ¿ha cambiado usted también de nombre? ¡Qué picara ha sido al no decírmelo cuando nos encontramos esta mañana! Pase a mi salita privada; sería absurdo retener a una antigua y buena amiga como usted en la sala de espera de los pacientes.»

 La salita privada del doctor estaba en la parte de atrás de la casa, con vistas a campos y arboledas condenados a muerte pero todavía no destruidos por el constructor. Horribles objetos de latón, cuero y vidrio, combados y retorcidos, como si fuesen cosas sensibles presas de angustia y dolor, llenaban un extremo de la habitación. Una gran biblioteca con puertas cristaleras ocupaba toda la pared opuesta y exhibía en sus estantes largas hileras de botes de vidrio, donde amorfas criaturas muertas, de color blanquecino mate, flotaban en un líquido amarillo. Sobre la chimenea, colgaban fotografías de hombres y mujeres, encerradas en dos grandes marcos que pendían uno al lado del otro, con un espacio entre ellos. Las imágenes de la izquierda ilustraban los efectos  (p.316) producidos en las caras por las dolencias nerviosas; las de la derecha mostraban los estragos de la locura desde el mismo punto de vista; mientras que el espacio intermedio estaba ocupado por un pergamino elegantemente iluminado en el que se había escrito esta máxima acreditada por el tiempo: «Es mejor prevenir que curar.»

 «Aquí estoy, con mi aparato galvánico y mis muestras conservadas y todo lo demás -dijo el médico, indicándome un sillón junto al fuego-. Y allí está mi Sistema, hablándole sin palabras desde arriba, bajo una forma de exposición que me atrevo a describir como prototipo de la franqueza. Esto no es un manicomio, mi querida señora. Dejemos que otros traten la locura si quieren... ¡Yo la prevengo! Todavía no hay pacientes en la casa. Pero vivimos en una época en que los trastornos nerviosos (parientes de la locura) van continuamente en aumento, y a su debido tiempo vendrán los que sufren de ellos. Puedo esperar, como esperó Harvey y como esperó Jenner. Y ahora, apoye los pies delante de la chimenea y hábleme de usted. Desde luego, está casada, ¿no? ¡Y qué bonito nombre! Acepte mi más cordial felicitación. Tiene los dos dones más grandes que puede poseer una mujer. Yo los llamo, con mayúsculas, Marido y Hogar.»

 Interrumpí la avalancha genial de felicitaciones del médico a la primera oportunidad.

 «Estoy casada; pero las circunstancias no son en modo alguno corrientes -dije gravemente-. Mi actual posición no incluye ninguno de los dones que generalmente se presume que recibe la mujer. Estoy ya en una situación de serias dificultades... y que pronto pueden convertirse en grave peligro.»

 El doctor acercó un poco más su sillón al mío y adoptó su antiguo tono profesional y confidencial. «Si desea consultarme -dijo a media voz-, sabe que guardé algunos secretos peligrosos en mis viejos tiempos y sabe también que poseo dos cualidades valiosas como consejero. No me impresiono fácilmente, y se puede confiar implícitamente en mí.»

 Incluso entonces vacilé en el último momento, sentada a solas con él en su salita. ¡Era tan nuevo para mí confiar en alguien que no fuese yo misma! Y sin embargo, ¿cómo podía dejar de confiar en otra persona, en una dificultad que podía convertirse en asunto judicial?

 «Pero es usted quien debe decidir, ¿sabe? -añadió el doctor-. Yo no invito nunca a las confidencias. Solamente las recibo.»

 Ya no había remedio; había ido allí no para vacilar, sino para hablar. Me arriesgué, y hablé.

 «El asunto que quiero consultarle no cae (como parece usted pensar) dentro de su experiencia profesional. Pero creo que puede ayudarme, si confío en su experiencia más amplia como hombre de mundo. Le advierto de antemano que ciertamente le sorprenderé y posiblemente le alarmaré antes de que haya terminado.»

 Después de este prólogo, entré en materia y le conté lo que había resuelto contarle... y no más.

 No mantuve en secreto, desde el principio, mi intención de hacerme pasar por viuda de Armadale, y mencioné sin reservas (sabiendo que el médico podía acudir a la oficina correspondiente y ver el testamento) la espléndida renta que percibiría en caso de tener éxito. En cambio, creí preferible alterar u ocultar algunas de las circunstancias subsiguientes. Le mostré el relato periodístico de la pérdida del yate, pero no dije nada sobre lo ocurrido en Nápoles. Le informé sobre la exacta similitud de los dos nombres, dejando que imaginase que era accidental. Le dije, como elemento importante del asunto, que mi marido había mantenido su verdadero nombre en secreto para todo el mundo, salvo para mí; pero (para evitar cualquier comunicación entre ellos) oculté al médico el nombre supuesto que había empleado Midwinter durante toda su vida. Reconocí que había dejado a mi esposo en el Continente; pero, cuando me lo preguntó el doctor, dejé que sacase la conclusión (yo no podía decírselo claramente, a pesar de toda mi resolución) de que Midwinter estaba enterado del proyectado fraude y que se mantenía deliberadamente alejado para no comprometerme con su presencia. Allanada esta dificultad (o, como lo veo ahora, cometida esta bajeza) me referí de nuevo a mí misma y continué con la verdad. Mencioné, una tras otra, todas las circunstancias relacionadas con mi matrimonio secreto y con los movimientos de Armadale y de Midwinter, que hacían prácticamente imposible el descubrimiento de mi falsa personalidad (a través de pruebas que pudiesen presentar otras personas). «Esto -dije, en conclusión- en lo tocante a mi objetivo. Ahora debo exponerle claramente un grave obstáculo que se interpone en mi camino.»

 El doctor, que había escuchado hasta ahora sin interrumpirme, me pidió permiso para intercalar unas pocas palabras antes de que yo continuase.

 Las «pocas palabras» resultaron ser preguntas (preguntas inteligentes, minuciosas, recelosas) que, sin embargo, pude contestar francamente, o casi francamente, pues eran relativas, en su inmensa mayoría, a las circunstancias en que me había casado y a las posibilidades que tendría contra mi marido legal si éste decidiese reclamar sus derechos sobre mí en cualquier momento del futuro.

 Mis respuestas informaron al doctor, en primer lugar, de que había llevado las cosas en Thorpe-Ambrose de manera que produjesen una impresión general de que Armadale pretendía casarse conmigo, en segundo lugar, de que la vida anterior de mi marido no había sido como para presentarle favorablemente a los ojos del mundo, y en tercer lugar, de que nos habíamos casado sin la presencia de testigos que nos conociesen, en una gran iglesia parroquial en la que se habían casado otras dos parejas la  (p.317) misma mañana, por no hablar de las docenas y docenas de otras parejas que se habían casado después (confundiendo los recuerdos en la mente de los oficiantes). Cuando hube puesto estos hechos en conocimiento del doctor, y cuando él se hubo asegurado de que Midwinter y yo nos habíamos ido al extranjero entre desconocidos, inmediatamente después de salir de la iglesia, y de que los hombres empleados a bordo del yate en que había navegado Armadale desde Somersetshire (antes de mi boda) estaban ahora en barcos que viajaban al otro lado del mundo, su confianza en mi empresa se mostró claramente en su semblante. «Por lo que puedo ver -dijo-, cualquier reclamación de su marido contra usted (después de asumir el papel de viuda del difunto Mr. Armadale) sólo se apoyaría en su palabra. Y ésta creo que podría usted desmentirla con toda seguridad. Disculpe mi visible desconfianza de caballero. Pero podría haber alguna desavenencia entre ustedes en el futuro, y es muy conveniente que nos aseguremos exactamente de antemano de lo que él podría o no podría hacer en estas circunstancias. Y ahora que hemos hablado del principal obstáculo que veo yo en el camino de su éxito, pasemos al obstáculo que ve usted.»

 Estaba deseosa de llegar a esto. El tono en que hablaba él de Midwinter, aunque fuese yo misma responsable de ello, me hería terriblemente y despertó por un instante parte del tonto sentimiento que me imaginaba haber adormecido para siempre. Aproveché inmediatamente la oportunidad de cambiar de tema y mencioné la discrepancia en el registro, entre la caligrafía de Midwinter, al firmar con el nombre de Allan Armadale, y aquélla con que solía estampar su nombre Armadale de Thorpe-Ambrose, y lo hice con un afán que divirtió al doctor.

 «¿Es esto todo?», preguntó y cuando le hube contestado, prosiguió para mi sorpresa y alivio: «Mi querida señora, ¡puede estar tranquila! Si los abogados del difunto Mr. Armadale quieren una prueba de su matrimonio, no irán a buscarla en el registro de la iglesia, ¡puede estar segura de ello!»

 «¿Qué? -exclamé, pasmada-. ¿Quiere usted decir que el asiento en el registro no es una prueba de mi matrimonio?»

 «Es una prueba de que se casó usted con alguien. Pero no lo es de que se hubiese  (p.318) casado con Mr. Armadale de Thorpe-Ambrose. Jack Nokes o Tom Styles (disculpe la vulgaridad del ejemplo) podían haber obtenido la licencia e ido a la iglesia a casarse con usted bajo el nombre de Mr. Armadale, y el registro (¿cómo habría podido evitarlo?) habría contribuido inocentemente, en este caso, al engaño. Veo que la sorprendo. Mi querida señora, cuando me planteó este interesante asunto fue usted quien me sorprendió a mí (lo reconozco) al hacer tanto hincapié en la curiosa similitud entre los dos hombres. Hubiese podido lanzarse a la atrevida y romántica empresa en que está enzarzada ahora sin necesidad de casarse con su actual marido. Cualquier otro hombre le habría servido siempre que hubiese estado dispuesto a asumir el nombre de Mr. Armadale para tal objeto.»

 Me irrité al oír esto. «Cualquier otro hombre no me habría servido -repliqué instantáneamente-. De no haber sido por la igualdad de los nombres, nunca se me habría ocurrido una empresa semejante.»

 El doctor reconoció que se había precipitado al hablar. «Confieso que se me había escapado esta visión personal del asunto -dijo-. Pero volvamos a la cuestión que nos ocupa. En el curso de la que puedo llamar una aventurera vida médica, entré más de una vez en contacto con hombres de leyes y tuve oportunidad de observar sus actuaciones en casos de, digamos, jurisprudencia doméstica. Estoy seguro de no equivocarme si le digo que la prueba que exigirían los representantes de Mr. Armadale sería la declaración de un testigo presente en el acto de la boda, que pudiese responder de la identidad de la esposa y del esposo por conocimiento propio.»

 «Pero ya le he dicho -repliqué- que no había ningún testigo presente.»

 «Precisamente -prosiguió el doctor-. En este caso, lo que usted necesita, antes de dar un paso sin peligro en el asunto, es (disculpe la expresión) un testigo a la medida, dotado de raras dotes morales y personales, en quien pueda confiar que asumirá la personalidad necesaria y prestará la necesaria declaración ante un juez. ¿Conoce alguna persona de estas condiciones?», preguntó el médico, retrepándose en su sillón y mirándome con expresión de la máxima inocencia.

 «Sólo le conozco a usted», le dije. El doctor rió en voz baja. «¡Así son las mujeres! -observó, con desesperante buen humor-. En cuanto ven su objeto, se lanzan de cabeza hacia él por el camino más corto. ¡Oh, el sexo, el sexo!»

 «¡Deje en paz el sexo! -le interrumpí, con impaciencia-. Quiero una respuesta en serio. ¿Sí o no?»

 El doctor se levantó y señaló gravemente la habitación con un amplio ademán. «Si se ha fijado en este gran establecimiento -empezó diciendo-, tal vez pueda calcular hasta cierto punto lo muchísimo que me juego en su prosperidad y su éxito. Su excelente sentido común le dirá que el director de este sanatorio debe ser un hombre de un carácter inmaculado...»

 «¿Por qué gastar tantas palabras -le dije- si basta con una sola? ¿Quiere decir no?»

 El director del sanatorio volvió súbitamente a su papel de amigo confidencial.

 «Mi querida señora no puedo decir que sí o que no precipitadamente. Déme hasta mañana por la tarde. Le prometo que estaré entonces dispuesto a una de dos cosas: retirarme en el acto de este asunto o meterme en él con tanto empeño como usted. ¿Está de acuerdo? Muy bien, dejemos la cuestión para mañana. ¿Dónde podré verla cuando haya decidido lo que voy a hacer?»

 No vi inconveniente en confiarle mi dirección en el hotel. Había tenido buen cuidado en presentarme allí como Mrs. Armadale, y había dado a Midwinter una dirección en la oficina de correos más próxima para cuando contestase mis cartas. Fijamos la hora en que me visitaría el doctor y, solucionada esta cuestión, me levanté para marcharme, rehusando todos los ofrecimientos de un refresco y todas las proposiciones de mostrarme la casa. Su delicado empeño en conservar las apariencias después de habernos comprendido perfectamente, me disgustó. Me despedí de él lo antes posible y volví a mi habitación y a rni diario. Mañana veremos en qué acaba esto. Tengo la impresión de que mi amigo confidencial dirá que sí.

 Noviembre, 24. - Como había presumido, el doctor dijo que sí, pero con unas condiciones que no había previsto. El precio de sus servicios, cuando ocupe yo la posición de viuda de Armadale, es la mitad de mi primera anualidad de renta; dicho en otras palabras, ¡seiscientas libras!

 Protesté contra la abusiva condición con todos los argumentos que pude imaginar. Todo fue inútil. El médico me respondió con absoluta franqueza. Nada, me dijo, que no fuese la accidental dificultad de su situación actual le habría inducido a mezclarse en el asunto. Confesó honradamente que había agotado sus propios recursos y los de otras personas a las que describió como sus «fiadores», en la compra e instalación del sanatorio. En tales circunstancias, la perspectiva de seiscientas libras era importante para él. Por esta suma correría el grave riesgo de aconsejarme y ayudarme. Ni un penique menos le tentaría, y con esto, y con sus mejores y más amistosos deseos, ¡dejó en mis manos la cuestión!

 Que terminó de la única manera en que podía terminar. Yo no tenía más remedio que aceptar las condiciones y dejar que el doctor enfocase el asunto en el acto y a su manera. Una vez cerrado el trato, debo hacerle justicia y decir que no se mostró en modo alguno inclinado a dejar crecer la hierba debajo de sus pies. Pidió enseguida pluma, tinta y papel, y sugirió que iniciemos la campaña en Thorpe-Ambrose con el correo de esta noche.

 Convinimos en los términos de una carta que yo escribí y  (p.319) él copió. Para empezar, no entraba en detalles. Afirmaba simplemente que era la viuda del difunto Mr. Armadale; que me había casado en secreto con él, que había regresado a Inglaterra, al zarpar él de Nápoles en su yate, e incluía una copia del certificado de matrimonio, formalidad que presumía que era habitual en estos casos. La carta iba dirigida a «Representantes del difunto Allan Armadale, Esq., Thorpe-Ambrose, Norfolk». Y el propio doctor se la llevó para echarla al correo.

 Ahora que he dado el primer paso, no estoy tan excitada ni tan impaciente por saber el resultado como esperaba estar. El recuerdo de Midwinter me atosiga como un fantasma. He vuelto a escribirle, como antes, para mantener las apariencias. Creo que será mi última carta. Mi valor vacila y mi ánimo se deprime cuando pienso en Turín. Ya no soy capaz de enfrentarme en este momento con lo que dirá Midwinter, como lo era en días pasados. El momento de explicarme con él, antes lejano y dudoso, puede llegar ahora en cualquier instante, no sé cuándo. Y aquí estoy yo, ¡confiando todavía ciegamente en la sección de Sucesos!

 Noviembre, 25. - El doctor ha vuelto a visitarme hoy, a las dos, tal como habíamos convenido. Ha ido a ver a sus abogados (desde luego, sin confiárselo todo) para plantearles sencillamente el caso de la prueba de mi matrimonio. Le han confirmado lo que él me había dicho. Todo el asunto dependerá de la cuestión de identidad si alguien se opone a mi reclamación; y será necesario que el testigo preste declaración en presencia del juez antes de que transcurra una semana.

 En esta situación, el doctor cree importante que podamos ponernos rápidamente en contacto y propone que busquemos un alojamiento discreto para mí en su barrio. Yo estoy dispuesta a ir a cualquier parte, pues, entre las otras extrañas fantasías que se han apoderado de mí, tengo la idea de que me sentiré más separada de Midwinter si me traslado del barrio al que me dirigirá sus cartas. La noche pasada estuve despierta y pensando de nuevo en él. Por fin, esta mañana he decidido no escribirle más.

 El doctor se marchó, después de estar media hora conmigo y de preguntarme si quería acompañarle a Hampstead para buscar un alojamiento. Le respondí que tenía que resolver algunos asuntos y que esto me retendría en Londres. Me preguntó de qué asuntos se trataba. «Ya lo verá -le dije- mañana o pasado mañana.»

 Cuando me quedé de nuevo sola, temblé nerviosamente unos instantes. Mi asunto de Londres, además de ser muy serio para mí, como mujer, hizo que volviese a pensar en Midwinter, sin querer. La perspectiva de trasladarme a mi nueva residencia me había recordado la necesidad de vestirme como correspondía al nuevo personaje que iba a representar. Había llegado el momento de vestirme de luto. Mi primera operación, después de ponerme el sombrero, fue conseguir dinero. Obtuve el que necesitaba para ataviarme como viuda de Armadale nada menos que vendiendo el regalo de boda que me había hecho el propio Armadale: ¡el anillo con un rubí! Resultó ser una joya más valiosa de lo que había presumido. Probablemente estaré algún tiempo sin pasar apuros de dinero.

 Al salir de la casa del joyero, me dirigí a la gran tienda de prendas de luto de Regent's Street. Se comprometieron a vestirme de viuda de la cabeza a los pies en veinticuatro horas (si no podía darles más tiempo). Tuve otro momento febril cuando salí de la tienda, y por si habían sido pocas las emociones de aquel agitado día, me encontré con que me aguardaba una sorpresa al regresar al hotel. Me dijeron que me estaba esperando un anciano caballero. Abrí la puerta del cuarto de estar... ¡y era el viejo Bashwood!

 Había recibido mi carta aquella mañana y había tomado el primer tren para Londres para contestarla personalmente. Yo había esperado mucho de él, pero no tanto. Y me halagó. De momento, ¡debo declarar que me halagó!

 Pasaré por alto el embeleso y los reproches de aquel viejo desgraciado, sus gemidos y sus lágrimas y su tedioso y largo discurso sobre los meses de soledad que había pasado en Thorpe-Ambrose, rumiando sobre el abandono en que le había dejado. A ratos era muy elocuente, pero aquí huelga su elocuencia. Inútil decir que me congracié con él y comprobé sus sentimientos antes de pedirle noticias. ¡Qué buena cualidad es a veces la vanidad en la mujer! Casi olvidé mis peligros y responsabilidades, en mi afán de mostrarme encantadora. Durante un par de minutos, sentí un ligero calor de triunfo, y fue un triunfo, ¡aunque se tratase de un viejo! Al cabo de un cuarto de hora, le tenía sonriendo afectadamente, pendiente de mis palabras más insignificantes y respondiendo a todas las preguntas que le hacía, como un buen niño pequeño. He aquí su relato de los sucesos de Thorpe-Ambrose, que le fui extrayendo delicadamente, y poco a poco:

 En primer lugar, la noticia de la muerte de Armadale llegó hasta Miss Milroy. Ésta se impresionó tanto que su padre se vio obligado a retirarla del colegio. Ahora está de nuevo en casa y el médico la visita diariamente. ¿La compadezco? ¡Sí! ¡La compadezco exactamente tanto como se compadeció un día ella de mí!

 En segundo lugar, el estado de los asuntos en la casa grande, que temía que me costaría comprender, resulta ser completamente inteligible y, ciertamente, no desalentador hasta ahora. Precisamente ayer, los abogados de ambas partes llegaron a un acuerdo. Mr. Darch (abogado de los Blanchard y acérrimo enemigo de Armadale en tiempos pasados) defiende los intereses de Miss Blanchard, que es la heredera sustituta del caudal y que, según parece, ha  (p.320) estado algún tiempo en Londres por sus propios asuntos. Mr. Smart, de Norwich (empleado en principio para supervisar el trabajo de administrador de Bashwood) representa al difunto Armadale. Y esto es lo que han acordado los dos abogados.

 Mr. Darch, actuando en nombre de Miss Blanchard, ha reclamado la posesión de la finca y el derecho a percibir las rentas que pagan los arrendatarios en Navidad. Mr. Smart, por su parte, ha reconocido el peso de los argumentos del abogado de la familia. Tal como están las cosas, no ve manera de poner en duda la muerte de Armadale y no se opondrá a la solicitud de Mr. Darch si éste asume la responsabilidad de tomar posesión de la herencia en nombre de Miss Blanchard.

 Consecuencia de ello será (cree Bashwood) poner a Mr. Darch en situación de la persona que realmente decidirá sobre mi reclamación del lugar y el dinero que me corresponde como viuda de Armadale. Como la renta es a cargo de la herencia, deberá salir del bolsillo de Miss Blanchard, y, parece, por consiguiente, que el pago deberá hacerlo el abogado de Miss Blanchard. Mañana se decidirá probablemente si esta opinión es justa, pues mi carta a los representantes de Armadale habrá sido entregada esta mañana en la casa grande. Esto es cuanto tenía que contarme el viejo Bashwood. Habiendo recobrado mi influencia sobre él y recibido toda la información que podía darme hasta ahora, tengo que considerar cómo puedo utilizarle mejor en el futuro. Dijo que estaba enteramente a mi disposición, pues su puesto de administrador ha sido ya ocupado por el agente de Miss Blanchard, y me suplicó que le permitiese quedarse y cuidar de mis intereses en Londres. No habría sido en modo alguno peligroso dejar que se quedase, pues, naturalmente, no hice vacilar su convicción de que soy realmente viuda de Armadale de Thorpe-Ambrose. Pero, con los recursos del doctor a mi disposición, no necesitaba más ayuda en Londres y se me ocurrió pensar que Bashwood podía serme más útil enviándole de nuevo a Norfolk, para que esté al tanto de los sucesos que puedan interesarme.

 Pareció muy contrariado (¡pues sin duda pretendía cortejarme en mi condición de viuda!) cuando le dije la conclusión a que había llegado. Pero unas pocas palabras persuasivas y una ligera insinuación de que podía alimentar esperanzas para el futuro si me servía sumisamente en la actualidad, hicieron maravillas para que aceptase la necesidad de cumplir mis deseos. Y me pidió resignadamente «instrucciones» cuando llegó el momento de despedirse para ir a tomar el tren de la tarde. No pude darle ninguna, pues no tenía idea de lo que podían hacer o no hacer los abogados. «Pero supongamos -insistió- que ocurre algo que yo no comprenda. ¿Qué voy a hacer, estando tan lejos de usted?» Sólo podía darle una respuesta. «No haga nada -le dije-. Ocurra lo que ocurra, mantenga cerrada la boca y escríbame, o venga inmediatamente a Londres para consultarme.» Dicho lo cual, y en el buen entendimiento de que sostendríamos una correspondencia regular, dejé que me besara la mano y le envié a tomar el tren.

 Ahora que estoy de nuevo sola y puedo pensar con tranquilidad en la entrevista con mi viejo admirador, recuerdo que advertí cierto cambio que me intrigó, y me intriga todavía, en los modales de Bashwood.

 Incluso en sus primeros momentos de agitación al verme, pensé que sus ojos se fijaban en mi semblante con una nueva clase de interés mientras yo le estaba hablando. Además de esto, dejó caer algunas palabras, al hablarme de su vida solitaria en Thorpe-Ambrose, que parecían implicar que había sido sostenido en su soledad por un sentimiento de confianza en sus futuras relaciones conmigo, cuando nos viésemos de nuevo. Si hubiese sido un hombre más joven y más audaz (y si el descubrimiento hubiese sido posible), casi habría sospechado que había descubierto algo sobre mi vida pasada que le había hecho confiar en secreto en poder dominarme si me mostraba dispuesta a engañarle y dejarle nuevamente plantado. Pero esta idea, y más tratándose del viejo Bashwood, es sencillamente absurda. ¿Acaso estoy sobreexcitada por la incertidumbre y la ansiedad de mi posición actual? ¿Acaso me están extraviando la fantasía y los recelos? Sea como fuere, tengo cosas más serias en que ocuparme que todo lo referente al viejo Bashwood. El correo de mañana me dirá tal vez lo que piensan los representantes de Armadale de mi reclamación como viuda de éste.

 26 de noviembre. - La respuesta ha llegado esta mañana, en forma (como suponía Bashwood) de una carta de Mr. Darch. El viejo truhán contesta a la mía en tres líneas. Dice que, antes de dar paso alguno, o de expresar su opinión sobre el asunto, necesita pruebas de mi identidad, así como del certificado, y sugiere que podría ser conveniente, antes de seguir adelante, que le pusiese en contacto con mis asesores jurídicos.

 Las dos. - El doctor ha venido a verme poco después de las doce, para decirme que había encontrado un alojamiento para mí a menos de veinte minutos, a pie, del sanatorio. A cambio de su noticia, le he mostrado la carta de Mr. Darch. La ha llevado enseguida a sus abogados y ha vuelto con la información necesaria para orientarme. He respondido a Mr. Darch enviándole la dirección de mis asesores jurídicos (es decir, los abogados del doctor) sin hacer comentario alguno sobre su deseo de pruebas adicionales del matrimonio.

 Esto es cuanto podía hacer hoy. Mañana traerá sucesos más interesantes, pues el doctor va a prestar declaración ante el juez y mañana me trasladaré a mi nueva residencia en traje de luto.

 27 de noviembre, Fairweather  (p.321) Vale Villas. - Se ha prestado la declaración, con todos los requisitos legales. Y he tomado posesión, en mi traje de luto, de mi nueva residencia.

 Debería estar excitada por el comienzo de este nuevo acto del drama y por el papel arriesgado que voy a representar en él. Pero, aunque parezca extraño, estoy deprimida. El recuerdo de Midwinter me ha seguido hasta mi nueva morada y gravita pesadamente sobre mí en este momento. No tengo miedo de que ocurra algún accidente, en el intervalo que debe transcurrir antes de que me presente en público en mi carácter de viuda de Armadale. Pero cuando llegue el momento y cuando descubra Midwinter (como más pronto o más tarde tendrá que descubrir) que estoy representando un falso personaje y ocupando una posición usurpada, ¿qué sucederá entonces? La respuesta acude todavía a mi mente, como acudió por primera vez a ella esta mañana, al ponerme mi traje de viuda. Ahora, como entonces, tengo el presentimiento, la idea fija de que me matará. Si no fuese demasiado tarde para echarme atrás... ¡Absurdo! Debo poner fin a mi diario.

 28 de noviembre. - Los abogados han tenido noticias de Mr. Darch y le han enviado la declaración a vuelta de correo.

 Cuando el doctor me trajo esta noticia, le pregunté si sus abogados estaban enterados de mi dirección actual, y al saber que él no se la había dado todavía, le pedí que continuase manteniéndola en secreto en el futuro. El doctor se echó a reír. «¿Tiene miedo de que Mr. Darch marche contra nosotros y venga personalmente a atacarla?», preguntó. Acepté su imputación como la manera más sencilla de que accediese a mi petición. «Sí-le dije-, tengo miedo de Mr. Darch.»

 Después de marcharse el doctor, me sentí más animada. El hecho de que ningún desconocido conozca mi dirección me produce una agradable sensación de seguridad. Estoy lo bastante tranquila para advertir lo bien que me sienta el traje de luto y para hacerme simpática a la gente de la casa.

 Midwinter me inquietó de nuevo un poco la noche pasada, pero he superado el terrible miedo que ayer se apoderó de mí. Ahora sé que no debo temer ninguna violencia por su parte cuando descubra lo que he hecho. Y aún debo temer menos que se pare a afirmar sus derechos sobre una mujer que  (p.322) le ha hecho víctima de semejante engaño. La única prueba seria a que me veré sometida cuando llegue el día será la de mantener mi falsa personalidad en su presencia. Después, estaré a salvo en su aversión y su desprecio. Después de negarle cara a cara, no volveré a verle nunca más.

 Pero ¿podré negarle cuando estemos cara a cara? ¿Podré mirarle y hablarle como si nunca hubiese sido algo más que un amigo para mí? ¿Cómo puedo saberlo antes de que llegue el momento? ¿Hubo alguna vez una mujer enamorada tan estúpida como yo, que escribo sobre él cuando esto sólo me sirve para pensar más en él? Tomaré una nueva decisión. De ahora en adelante, su nombre no volverá a aparecer en estas páginas.

 Lunes, 1 de diciembre. - El último mes del viejo año de mil ochocientos cincuenta y uno. Si mirase atrás, ¡qué año tan triste tendría que añadir a todos los otros tristes años transcurridos! Pero he resuelto mirar solamente hacia adelante, y así voy a hacerlo.

 Nada tengo que registrar con referencia a los dos últimos días, salvo que, el veintinueve, me acordé de Bashwood y le escribí para darle mi nueva dirección. Esta mañana, los abogados han vuelto a tener noticias de Mr. Darch. Les acusa recibo de la declaración, pero aplaza su decisión hasta que haya hablado con los albaceas del testamento del difunto Mr. Blanchard y recibido instrucciones definitivas de su cliente, Miss Blanchard. Los abogados del doctor dicen que esta última carta no es más que un simple truco para ganar tiempo, aunque ignoran con qué objeto. En cuanto al propio doctor, dice irónicamente que es el procedimiento que suelen emplear los abogados para aumentar sus minutas de honorarios. Yo creo que Mr. Darch sospecha que algo está mal, y que su deseo de ganar tiempo...

 Diez de la noche. - Había escrito hasta aquella frase sin terminar (eran aproximadamente las cuatro de la tarde) cuando me sorprendió oír que se detenía un coche delante de la puerta. Me acerqué a la ventana con el tiempo justo de ver al viejo Bashwood apeándose con una ligereza de la que nunca le habría creído capaz. Tan poco preveía el terrible descubrimiento que iba a hacer dentro de un minuto que me volví al espejo y me pregunté qué diría el susceptible y viejo caballero sobre mi aspecto en traje de luto.

 Pero, en cuanto entró en la habitación, comprendí que había ocurrido algún desastre. Tenía los ojos enloquecidos y llevaba torcida la peluca. Se acercó a mí con una extraña mezcla de ansiedad y desaliento. «He hecho lo que usted me dijo -jadeó-. He mantenido la boca cerrada y he venido directamente a verla.» Me asió la mano antes de que yo pudiese hablar, con una audacia que desconocía en él.

 «¡Oh, no sé cómo decírselo! -gimió-. ¡Me pongo fuera de mí cuando pienso en ello!»

 «Cuando pueda hablar -le dije, invitándole a sentarse-, hable. Veo en su cara que me trae noticias inesperadas de Thorpe-Ambrose.»

 Introdujo una mano en el bolsillo del pecho de su chaqueta y sacó una carta. La miró y después me miro a mí. «Noticias que usted no espera -balbució-, ¡pero no de Thorpe-Ambrose!»

 «¿No de Thorpe-Ambrose?»

 «No. ¡Del mar!»

 Comprendí la verdad al oír estas palabras. No pude decir nada; sólo alargar una mano para tomar la carta.

 Él se resistió todavía a dármela. «¡No me atrevo! ¡No me atrevo! -dijo, hablando consigo mismo-. La impresión podría significar la muerte para ella.»

 Le arranqué la carta de la mano. Una mirada a la caligrafía de la dirección fue suficiente. Dejé caer las manos sobre la falda, sujetando con fuerza la carta. Me quedé petrificada, inmóvil, muda, sin oír una palabra de lo que me decía Bashwood, al comprender poco a poco la terrible verdad. El hombre del que yo había dicho ser viuda, ¡estaba vivo! En vano había mezclado yo aquella bebida en Nápoles, en vano le había traicionado y puesto en manos de Manuel. Dos veces le había tendido una trampa mortal, ¡y dos veces se había librado Armadale de ellas!

 Recobré el sentido de lo que me rodeaba y vi a Bashwood de rodillas a mis pies, llorando.

 «Parece irritada -murmuró, afligido-. ¿Está enojada conmigo? ¡Oh, si supiese las esperanzas que había concebido cuando nos vimos la última vez, y con qué crueldad las ha destrozado esta carta!»

 Aparté de mí a la infeliz y vieja criatura, pero lo hice con suavidad. «¡Silencio! -le dije-. No me aflija ahora. Tengo que serenarme; quiero leer la carta.»

 Se dirigió sumisamente al otro extremo de la estancia. En cuanto dejé de mirarle, oí que decía para sí, con rabia impotente: «Si el mar hubiese pensado igual que yo, ¡le habría ahogado!»

 Uno a uno, abrí lentamente los pliegues de la carta, sintiendo mientras lo hacía la extraña incapacidad de prestar atención a las propias líneas que ardía en deseos de leer. Pero ¿por qué comentar sensaciones que no puedo describir? Será más adecuado que transcriba la carta, para futuras referencias, en esta página de mi diario.

 «Fiume, Iliria, 21 noviembre 1851.

 Mr. Bashwood:

 El lugar desde el que le escribo le sorprenderá, y se sorprenderá todavía más cuando sepa por qué lo hago desde un puerto del mar Adriático.

 He sido víctima de una vil tentativa de robo y asesinato. El robo tuvo éxito, y sólo gracias a la protección de Dios no lo tuvo también el asesinato.

 Hace más de un mes, alquilé un yate en Nápoles y zarpé para Mesina sin que (¡cuánto me alegro ahora!) me acompañase ningún amigo. Desde Mesina, emprendí un crucero por el Adriático. Dos días después, nos sorprendió una tormenta. Las tormentas se desencadenan y amainan con la misma rapidez en estos parajes. La embarcación se comportó magníficamente. ¡Confieso que mis ojos  (p.323) se llenan ahora de lágrimas al pensar que yace en el fondo del mar! Al ponerse el sol, empezó a calmarse la tempestad, y a medianoche, el mar estaba tranquilo, salvo por algunas olas largas y suaves. Bajé ál camarote, un poco cansado (pues había ayudado a manejar el yate mientras duró la tormenta), y a los cinco minutos estaba durmiendo. Un par de horas más tarde, me despertó algo que caía dentro de mi camarote, a través de una abertura de ventilación en la parte superior de la puerta. Me levanté de un salto y encontré un trozo de papel con una llave envuelta en él y una escritura en su cara interna que no era fácil de leer.

 Hasta entonces, no había tenido la menor sospecha de que estaba solo en el mar con una pandilla de vagabundos asesinos (a excepción de uno) dispuestos a todo. Yo había sostenido una buena relación con el capitán (el peor de toda la banda) y todavía mejor con su ayudante inglés. Como todos los marineros eran extranjeros, poco tenía que decir de ellos. Hacían su trabajo y no se habían producido disputas ni otras cosas desagradables. Si alguien me hubiese dicho, antes de irme a la cama la noche después de la tormenta, que el capitán y la tripulación y el piloto (que no había sido mejor que todos los demás al empezar) se habían confabulado para robarme el dinero que tenía a bordo y ahogarme después en mi propio yate, me habría echado a reír en su cara. Recuerde esto y entonces imagínese (pues yo no podría contárselo) lo que debí sentir cuando desplegué el papel que envolvía la llave y leí lo que transcribo ahora (escrito de puño y letra del piloto) en los términos siguientes:

 "Señor: Quédese en la cama hasta que oiga que un bote se aleja del lado de estribor, o será hombre muerto. Le han robado su dinero y, dentro de cinco minutos, se dará barreno al yate y la escotilla del camarote será cerrada con clavos. Los muertos no hablan, y el capitán piensa dejar pruebas de que la embarcación se hundió con todos los de a bordo. La idea fue suya, pero todos estamos comprometidos. Yo no tengo valor para privarle de toda posibilidad de salvación. Las probabilidades son pocas, pero no puedo hacer más. Me asesinarían si creyesen que no estoy con ellos. Incluyo la llave de la puerta de su camarote. No se alarme cuando oiga martillazos en la escotilla. Seré yo y tendré clavos cortos y largos en la mano, pero sólo emplearé los cortos. Espere hasta que oiga que se aleja el bote con todos nosotros y, entonces, haga presión con la espalda sobre la escotilla. El yate seguirá a flote durante un cuarto de hora, después de barrenado. Deslícese en el mar por el lado de babor, de manera que el yate esté entre usted y el bote. Encontrará muchos maderos sueltos, arrojados deliberadamente al agua y podrá agarrarse a uno de ellos. La noche es buena y el mar está en calma, y es posible que un barco le recoja mientras esté aún vivo. No puedo hacer más. Su seguro servidor, J.M."

 Al llegar a las últimas palabras, oí los golpes de martillo en la escotilla, sobre mi cabeza. Supongo que no soy más cobarde que la mayoría de la gente, pero hubo un momento en que sudé copiosamente. Conseguí recobrar mi aplomo, antes de que terminasen los martillazos, y pensé en una persona que me era muy querida en Inglaterra. Y me dije: "Tengo que luchar por mi vida, por mor de ella, aunque todas las circunstancias me son desfavorables."

 Puse una carta de la persona a quien he mencionado dentro de un frasco de mi neceser, junto con la nota del piloto, por si salvaba la vida y le veía de nuevo. Colgué el frasco y una botella de whisky de un cordón alrededor de mi cuello, y tan confuso estaba que me vestí, aunque enseguida lo pensé mejor y me quedé en camisa y calzoncillos para poder nadar. Cuando hube hecho esto terminó el martilleo y fue tal el silencio que pude oír borbotear el agua en los agujeros del casco. Después oí el ruido del bote y de los villanos (a excepción de mi amigo el piloto) que iban en él, alejándose del lado de estribor. Esperé a que sonasen los chasquidos de los remos sobre el agua, y entonces apoyé la espalda en la escotilla. El hombre había cumplido su promesa. La levanté fácilmente, crucé la cubierta, al amparo de la borda y andando a cuatro patas, y me deslicé hasta el agua por el lado de babor. Muchas cosas flotaban allí. Me agarré a la primera que encontré (un gallinero) y nadé unas doscientas yardas, manteniendo siempre el yate entre el bote y yo. Al llegar a aquella distancia, me acometió un temblor y me detuve (temiendo sufrir un calambre) para echar un trago de la botella. Tras taparla de nuevo, me volví un momento para mirar atrás y vi que el yate se estaba hundiendo. Un minuto después, no había nada entre el bote y yo, salvo los pecios que habían sido arrojados adrede. Brillaba la luna, y si hubiesen tenido un espejo en el bote, creo que me habrían visto la cabeza., aunque tenía buen cuidado de esconderla detrás del gallinero.

 Lo cierto es que seguían remando, y oí que discutían a gritos entre ellos. Después de lo que me pareció un siglo, descubrí cuál era el asunto de la discusión. La proa del bote se volvió de pronto en mi dirección. Algún canalla (me atrevería a decir, el capitán) más listo que los demás les había persuadido por lo visto de que volviesen remando al sitio donde se había hundido el yate, para estar completamente seguros de que yo me había hundido con él.

 Habían cubierto más de la mitad de la distancia que me separaba de ellos, y me daba ya por perdido, cuando oí que uno gritaba y que el bote se detenía de pronto. Al cabo de unos momentos, viró de nuevo y remaron en dirección contraria, como si sus vidas estuviesen en juego. Miré hacia un lado, hacia tierra, y  (p.324) no vi nada. Después miré mar adentro y descubrí lo que los ocupantes del bote habían visto antes que yo: una vela a lo lejos, que se hacía cada vez más grande a la luz de la luna mientras yo la miraba. Un cuarto de hora más tarde la embarcación se puso al alcance de mi voz y sus tripulantes me subieron a bordo. Todos eran extranjeros y me ensordecieron con su parloteo. Traté de hacerme comprender con señas, pero antes de que lo consiguiese me acometió otro acceso de temblor y me llevaron abajo. Estoy seguro de que el bajel siguió su rumbo, pero no estaba en condiciones de saber cuál era éste. Antes del amanecer, me hallé en estado febril y, a partir de entonces, no recuerdo nada claramente hasta que recobré el conocimiento en este lugar y me encontré bajo los cuidados de un mercader húngaro, consignatario (según lo llaman) del barco costero que me había recogido. Habla inglés tan bien como yo o mejor, y me ha tratado con una amabilidad que no tengo palabras para encomiar. Estuvo en Inglaterra cuando era joven, aprendiendo comercio, y dice que tiene recuerdos de nuestro país que hacen que se alegre de poder ayudar a un inglés. Me ha proporcionado ropa y prestado dinero para el viaje, en cuanto me permita el médico volver a casa. Suponiendo que no sufra una recaída, estaré en condiciones de viajar dentro de una semana. Si puedo tomar el correo en Trieste, y soportar la fatiga, estaré de nuevo en Thorpe-Ambrose una semana o como máximo diez días después de que reciba usted esta carta. Estará de acuerdo conmigo en que es terriblemente larga, pero nada puedo hacerle. Parece que he perdido mi antigua capacidad de escribir corto y terminar en la primera página. Sin embargo, ahora estoy cerca del fin, pues nada más tengo que mencionar, salvo la razón de que le haya escrito lo que me ha sucedido, en vez de esperar a llegar a casa y contarlo todo de palabra.

 Me imagino que tengo todavía confusa la cabeza a causa de mi enfermedad. De todos modos, se me ha ocurrido pensar, esta mañana, que existe la posibilidad de que algún barco haya pasado por el lugar donde se hundió el yate y recogido los muebles y otras cosas que fueron arrojadas al agua. En tal caso, puede haber llegado a Inglaterra la falsa noticia de que morí  (p.325) ahogado. Si es así (y pido a Dios que sea un temor infundado por mi parte), vaya directamente a ver al comandante Milroy en su casita. Muéstrele esta carta (la he escrito tanto para él como para usted), entregúele la nota adjunta y pregúntele si no cree que las circunstancias justifican mi esperanza de que la hará llegar a manos de Miss Milroy. No puedo explicar por qué no escribo directamente al comandante o a Miss Milroy, en vez de a usted. Sólo puedo decir que hay circunstancias que debo respetar por mi honor y que me obligan a actuar de esta manera indirecta. No le pido que conteste esta tarde, pues espero estar en camino de mi país mucho antes de que su carta pudiese alcanzarme en este apartado lugar. En todo caso, no pierda un instante en visitar al comandante Milroy. Pensándolo bien, vaya a verle tanto si la pérdida del yate es conocida en Inglaterra como si no lo es.

 Suyo afectísimo,

 Allan Armadale.»

 Levanté la mirada al acabar de leer la carta y vi, por primera vez, que Bashwood había abandonado su sillón y se había plantado delante de mí. Estaba estudiando atentamente mi cara, con la expresión inquisidora de un hombre que trataba de leer mis pensamientos. Bajó la mirada al encontrarse con la mía y se retiró hacia su sillón. Creyendo, como creía, que yo estaba realmente casada con Armadale, ¿trataba de descubrir si la noticia de la salvación de éste era buena o mala para mí? No era momento de darle explicaciones. Lo primero que tenía que hacer era ponerme inmediatamente en comunicación con el doctor. Dije a Bashwood que se acercase y le tendí la mano.

 «Me ha prestado un servicio -le dije- que hace que seamos más amigos que nunca. Hoy mismo, pero más tarde, le diré más acerca de esto y de otras cosas de mutuo interés. Ahora quiero que me dé la carta de Mr. Armadale (que prometo devolverle) y espere aquí hasta que regrese. ¿Hará esto por mí, Mr. Bashwood?» Él dijo que haría cuanto yo le pidiese. Me dirigí al dormitorio y me puse el sombrero y el chal.

 «Deje que me asegure de algo antes de marcharme -añadí, cuando estuve a punto de salir-. ¿No ha mostrado esta carta a nadie más?»

 «Sólo nosotros dos la hemos visto.»

 «¿Qué ha hecho de la nota incluida para Miss Milroy?» La sacó del bolsillo. La leí rápidamente, vi que no contenía nada de importancia y la arrojé al fuego. Hecho lo cual, dejé a Bashwood en la sala de estar y me dirigí al sanatorio, con la carta de Armadale en la mano.

 El doctor había salido, y el criado no sabía de cierto a qué hora volvería. Entré en su despacho y escribí unas líneas preparándole para la noticia que le había traído, metí esta nota y la carta de Armadale en un sobre, lo cerré y lo dejé para que lo encontrase a su regreso. Después dije al criado que volvería al cabo de una hora y salí de la casa.

 Era inútil volver a mi residencia y hablar con Bashwood, mientras no supiese lo que propondría hacer el doctor. Caminé por el barrio, recorriendo nuevas calles y plazas, en una especie de aturdimiento que me impedía, no sólo todo ejercicio voluntario de la mente, sino también toda sensación de fatiga corporal. Recordé que me había abrumado el mismo sentimiento años atrás, en la mañana en que los carceleros me llevaron ante el tribunal para ser sometida a un juicio en que me iba la vida. Toda aquella espantosa escena acudió de nuevo a mi memoria, pero de una manera muy extraña, como si se tratase de un episodio en el que había figurado otra persona. Y me pregunté un par de veces, de una manera insensata, ¡por qué no me habían ahorcado!

 Cuando volví al sanatorio, me informaron de que el doctor había regresado media hora antes y estaba esperándome en su habitación.

 Entré en el estudio y le encontré sentado delante del fuego, con la cabeza gacha y las manos sobre las rodillas. Encima de la mesa próxima a él y bajo el círculo de luz proyectado por la lámpara, vi, además de mi nota y la carta de Armadale, una guía abierta de ferrocarriles. ¿Estaba pensando en huir? Imposible saber por su semblante lo que pensaba cuando me miró, ni la impresión que había sentido al enterarse de que Armadale estaba vivo.

 «Siéntese cerca del fuego -me dijo-. Hoy hace mucho frío.»

 Me senté y guardé silencio. El doctor también permaneció callado, frotándose las rodillas delante del fuego. «¿No tiene nada que decirme?», le pregunté. Él se levantó y, de pronto, quitó la pantalla a la lámpara de encima de la mesa, de manera que iluminó de lleno mi cara.

 «No tiene buen aspecto -dijo-. ¿Qué le pasa?» «Tengo torpe la cabeza y pesados e irritados los ojos -le respondí-. Supongo que será por el tiempo.»

 Era extraño cómo nos alejábamos los dos cada vez más del único tema de importancia vital que habíamos de discutir.

 «Creo que una taza de té le sentaría bien», observó el doctor. Acepté su ofrecimiento y él pidió el té. Mientras esperábamos que lo trajesen, paseó arriba y abajo por la estancia y yo permanecí sentada junto al fuego, sin que se cruzase una palabra entre nosotros.

 El té me reanimó, y el médico observó un cambio para bien en mi semblante. Se sentó a la mesa, delante de mí, y dijo al fin:

 «Si tuviese diez mil libras en este momento, las daría todas de buen grado por no haberme comprometido en su especulación sobre la muerte de Mr. Armadale.»

 Dijo estas palabras con una brusquedad, casi con una violencia impropia de sus modales ordinarios. ¿Estaba asustado o trataba de asustarme? Resolví hacer que se explicase enseguida en lo concerniente a mí. «Espere un momento, doctor -le dije-. ¿Cree que soy responsable de lo ocurrido?»

 «Desde luego, no -respondió, secamente-. Ni usted ni nadie  (p.326) podía prever lo que ha ocurrido. Cuando digo que daría diez mil libras por no estar metido en este asunto, sólo me culpo yo mismo. Y si le digo ahora que luchare para que la resurrección de Mr. Armadale no me arruine, le diré, mi querida señora, una de las más grandes verdades que jamás dije a un hombre o a una mujer en todo el curso de mi vida. No crea que estoy separando odiosamente mis intereses de los suyos, en el común peligro que nos amenaza a los dos. Indico simplemente la diferencia en el riesgo que ha corrido cada uno de nosotros. Usted no ha invertido todos sus recursos en la instalación de un sanatorio, y usted no ha prestado ninguna falsa declaración ante un juez, que es penada como perjurio por la ley.»

 Le interrumpí de nuevo. Su egoísmo me hizo más bien que el té: despertó inmediatamente mi genio. «Dejemos su riesgo y el mío, y vayamos a lo que interesa -dije-. ¿Qué ha querido decir cuando ha afirmado que luchará? Veo una guía de ferrocarriles sobre su mesa. ¿Significa su lucha que va... a escapar?»

 «¿Escapar? -repitió el doctor-. Parece usted olvidar que he invertido hasta mi último penique en este establecimiento.»

 «Entonces, ¿se queda aquí?»

 «¡Sin duda alguna!»

 «¿Y qué piensa hacer cuando Mr. Armadale venga a Inglaterra?»

 Una mosca solitaria, última de su raza respetada por el invierno, estaba zumbando débilmente delante de la cara del doctor. Éste la pilló antes de responderme y la retuvo en su puño cerrado sobre la mesa.

 «Si esta mosca fuese Armadale -dijo- y le tuviese usted como la tengo yo ahora, ¿qué haría usted?»

 Su mirada, fija hasta ahora en mi cara, se posó significativamente en mi traje de viuda, al terminar la pregunta. Yo lo miré también. Un escalofrío del viejo odio a muerte y de la vieja resolución letal agitó de nuevo mi cuerpo.

 «Le mataría», dije.

 El doctor se puso en pie (todavía con la mosca en la mano) y me miró, con expresión, demasiado teatral, de un inmenso horror.

 «¡Le mataría! -repitió, en un paroxismo de virtuosa alarma-. ¡Violencia, violencia asesina, en mi sanatorio! ¡Me deja usted sin aliento!»

 Le miré a los ojos, mientras se expresaba con esta estudiada indignación, escrutándome con una curiosidad que era, como mínimo, una pequeña variación de la vehemencia de su lenguaje y del calor de su tono. Rió inquieto, cuando nuestras miradas se encontraron, y recobró su actitud delicadamente confidencial en el instante que transcurrió antes de hablar él de nuevo.

 «Le pido mil perdones -dijo-. No hubiese debido interpretar literalmente las palabras de una dama. Pero permita que le recuerde que las circunstancias son demasiado graves para, digamos, las exageraciones o las bromas. Voy a decirle, sin más preámbulos lo que yo propongo.» Hizo una pausa y continuó con el símil de la mosca encerrada en su mano. «Aquí está Mr. Armadale. Puedo soltarle o mantenerle encerrado, según me plazca..., y él lo sabe. Yo le digo -prosiguió el doctor, dirigiéndose cómicamente a la mosca-: Déme una garantía sólida, Mr. Armadale, de que no emprenderá ninguna acción contra esta dama o contra mí, y le dejaré escapar de la palma de mi mano. Niegúese a hacerlo y, sea cual fuere el riesgo, le mantendré encerrado. ¿Puede usted dudar, mi querida señora, de cuál será, más pronto o más tarde, la respuesta de Mr. Armadale? ¿Puede usted dudar -dijo siguiendo la acción a la palabra, y soltando la mosca- de que la cosa terminará de esta manera, a satisfacción de todos los interesados?»

 «De momento -le respondí-, no puedo decirle si lo dudo o no. Primero tengo que estar segura de que le entiendo. Si no me equivoco, propone usted encerrar a Mr. Armadale dentro de esta casa y no dejarle salir hasta que acepte las condiciones que nos interesa imponerle. Si es así, ¿puedo preguntarle cómo piensa hacerle caer en la trampa que ha montado aquí para él?»

 «Ante todo -dijo el doctor, apoyando una mano sobre la guía de ferrocarriles-, pretendo asegurarme de las horas en que llegarán a la terminal de London Bridge los trenes procedentes de Dover y de Folkestone, durante cada noche de este mes. Después pienso enviar una persona a quien conozca Mr. Armadale, y en quien usted y yo podamos confiar, a esperar la llegada de los trenes y recibir a nuestro hombre en el momento en que se apee del vagón.»

 «¿Ha pensado usted -le pregunté- en alguna persona en particular?»

 «He pensado -dijo el médico, tomando la carta de Armadale- en la persona a quien va dirigida esta carta.»

 La respuesta me sorprendió. ¿Era posible que Bashwood y él se conociesen? Se lo pregunté inmediatamente.

 «Hasta hoy, no conocía ni de nombre a este caballero -respondió el doctor-. He seguido simplemente el proceso inductivo de razonamiento que debemos al inmortal Bacon. ¿Cómo ha llegado a su poder esta carta tan importante? No puedo injuriarla suponiendo que la ha robado. En consecuencia, ha llegado hasta usted con permiso de la persona a quien va dirigida. En consecuencia, esta persona es de su confianza. En consecuencia, es la primera persona en quien he pensado. ¿Comprende el proceso? Muy bien. Ahora permítame unas preguntas sobre Mr. Bashwood, antes de que sigamos adelante.»

 Las preguntas del doctor fueron como de costumbre, directamente al grano. Mis respuestas le informaron de que Mr. Bashwood actuaba como administrador de Armadale; de que había recibido la carta en Thorpe-Ambrose esta mañana y había tomado el primer tren para traérmela; de que no la había mostrado ni hablado de ella al comandante Milroy ni a nadie; de que no había yo obtenido este servicio de sus manos confiándole mi secreto; de que había  (p.327) hablado con él en mi presunta condición de viuda de Armadale; de que él se había guardado la carta, en las actuales circunstancias, únicamente siguiendo las instrucciones que yo le había dado de no tomar ninguna decisión sin primero consultarme, en el caso de que ocurriese algo raro en Thorpe-Ambrose, y por último, de que la razón de que hubiese hecho él lo que yo le había ordenado en este asunto era que, en éste y en todos los demás, Mr. Bashwood actuaba ciegamente en mi interés.

 Llegado a este punto del interrogatorio, los ojos del doctor empezaron a mirarme con desconfianza, desde detrás de sus gafas.

 «¿Cuál es el secreto de esta ciega dedicación de Mr. Bashwood a sus intereses?», me preguntó.

 Vacilé un momento en consideración a Bashwood, no a mí misma. «Si he de serle sincera -le respondí-, Mr. Bashwood está enamorado de mí.»

 «¡Ah! ¡Ah! -exclamó él, con aire de alivio-. Ahora empiezo a comprenderlo. ¿Es joven?»

 «Es viejo.»

 El doctor se retrepó en su sillón y rió entre dientes. «¡Tanto mejor! -dijo-. Es el hombre que nos conviene. ¿Quién más adecuado que su administrador para ir a recibir a Mr. Armadale en su regreso a Londres? ¿Y quién puede influir mejor en Mr. Bashwood que el encantador objeto de su admiración?»

 No cabía duda de que Bashwood era el hombre ideal para los fines del doctor, y de que podía confiar en mi influencia para hacer que los sirviese. La dificultad no estaba aquí; la dificultad estaba en la pregunta sin respuesta que había hecho yo al doctor hacía un minuto. Se la repetí.

 «Supongamos que el administrador de Mr. Armadale va a recibir a su patrono en la terminal. ¿Puedo preguntar una vez más cómo le persuadirá a venir aquí?»

 «No me tache de descortés -respondió el doctor en su tono más amable- si le pregunto, a mi vez, cómo se persuade a los hombres para hacer el noventa por ciento de las tonterías que cometen en su vida. Son persuadidos por el bello sexo. El punto flaco de cada hombre es la mujer que le interesa. Sólo tenemos que descubrir la mujer que interesa a Mr. Armadale, ponerla delicadamente como cebo y atraerle hacia aquí con un sedal de seda. Observo aquí -prosiguió el doctor, abriendo la carta de Armadale- una referencia a cierta  (p.328) joven que parece prometedora. ¿Dónde está la nota dirigida por Mr. Armadale a Miss Milroy ?»

 En vez de responderle, me puse en pie de un salto, súbitamente excitada. En el instante en que mencionó el nombre de Miss Milroy, todo lo que me había contado Bashwood sobre su enfermedad, y sobre la causa de ella, acudió de nuevo a mi memoria. Vi la manera de atraer a Armadale al sanatorio con la misma claridad con que vio el doctor, desde el otro lado de la mesa, el extraordinario cambio que se había producido en mí. ¡Qué estupendo sería hacer que Miss Milroy sirviese al fin a mis intereses! «No se preocupe por la nota -le dije-. La quemé, por miedo a algún accidente. Pero puedo decirle todo lo que le habría dicho aquélla. ¡Miss Milroy será la solución! Miss Milroy resolverá el problema. Está prometida en secreto a él. Se enteró de la falsa noticia de su muerte y, desde entonces, ha estado gravemente enferma en Thorpe-Ambrose. Cuando Bashwood le reciba en la estación, lo primero que le preguntará será...»

 «¡Comprendo! -exclamó el doctor, sin dejarme terminar-. Lo único que tiene que hacer Mr. Bashwood es adornar la verdad con un poco de ficción. Cuando diga a su señor que Miss Milroy se enteró de la falsa noticia, sólo tendrá que añadir que la impresión afectó su cabeza, y que está aquí sometida a tratamiento médico. ¡Perfecto! ¡Perfecto! Le tendremos en el sanatorio lo antes que pueda traerle el simón más veloz de Londres. Y fíjese bien, sin ningún riesgo, sin necesidad de confiar en otras personas. Esto no es un manicomio; esto no es un establecimiento oficial; ¡aquí no se necesitan certificados médicos! Mi querida señora, la felicito, y me felicito. Permita que le entregue la guía de ferrocarriles, con mis mejores saludos para Mr. Bashwood y con la página doblada en el sitio adecuado, para facilitarle la labor.

 Recordando el tiempo que había hecho esperar a Bashwood, tomé enseguida el libro y me despedí del doctor sin más cumplidos. Al abrir cortésmente la puerta, volvió, sin necesidad de hacerlo y sin que yo le incitase a ello, a la expresión de virtuosa alarma que se le había escapado durante la primera parte de nuestra entrevista.

 «Espero -dijo- que tenga la bondad de perdonar y olvidar mi extraordinaria falta de tacto y de comprensión cuando..., dicho en pocas palabras, cuando agarré la mosca. Me avergüenzo realmente de mi estupidez al interpretar literalmente la broma de una dama. ¡Violencia en mi sanatorio! -exclamó el doctor, mirándome de nuevo fijamente a la cara-. ¡Violencia en este ilustrado siglo diecinueve! ¡Puede haber algo más ridículo! Abróchese el abrigo antes de salir, pues hace mucho frío. ¿Quiere que la acompañe? ¿Quiere que ponga mi criado a su disposición? ¡Ah, usted ha sido siempre muy independiente! ¡Siempre ha sabido desenvolverse sola! ¿Puedo visitarla mañana por la mañana, para saber lo que han acordado con Mr. Bashwood?»

 Le dije que sí y me marché al fin. Al cabo de un cuarto de hora estaba de nuevo en mi residencia y la sirvienta me informó de que «el viejo caballero» estaba todavía esperando.

 No tengo ganas, o paciencia (apenas sé lo que es), para gastar muchas palabras explicando lo que pasó entre Bashwood y yo. ¡Fue tan fácil, tan vergonzosamente fácil, tirar de los cordeles de la pobre y vieja marioneta para manejarla a mi antojo! No tropecé con ninguna de las dificultades que sin duda habría tenido que vencer de haberse tratado de un hombre más joven o que me quisiese y admirase menos. Dejé para más adelante explicarle las alusiones a Miss Milroy que se hacían en la carta de Armadale y que, naturalmente, le habían intrigado. Ni siquiera me molesté en inventar una razón plausible de mi deseo de que fuese a recibir a Armadale en la terminal y le hiciese caer en la trampa del sanatorio del doctor. Sólo consideré necesario referirme a lo que había escrito a Mr. Bashwood, a mi llegada a Londres, y a lo que había dicho después, cuando él vino al hotel para contestar personalmente mi carta.

 «Ya sabe -le dije- que no he sido feliz en mi matrimonio. Saque de esto sus propias conclusiones y no me pida que le diga si la noticia de la salvación de Mr. Armadale fue o no tan bien recibida como hubiera debido serlo por su esposa.» Esto fue bastante para que se iluminase su marchito semblante y renaciesen sus marchitas esperanzas. Sólo tuve que añadir: «Si hace lo que le pido, por muy incomprensible y misterioso que le parezca, y si acepta las seguridades que le doy de que no correrá ningún peligro y recibirá las explicaciones adecuadas en el momento oportuno, se habrá hecho acreedor a mi gratitud y a mi consideración más de lo que nadie lo fue jamás.» Sólo tuve que decir estas palabras y confirmarlas con una mirada y una presión más fuerte de la mano, y le tuve de rodillas a mis pies, ciegamente ansioso de obedecerme. Si hubiese podido ver lo que yo pensaba... Pero esto no importa: no veía nada.

 Han pasado horas desde que le envié (después de haberme jurado guardar el secreto, comprendido bien mis instrucciones y recibido el horario de trenes) al hotel más próximo a la terminal, donde se alojará, hasta que aparezca Armadale en el andén de la estación. La excitación de las primeras horas de la noche se ha desvanecido, y vuelvo a sentirme entumecida y torpe. Me pregunto si estaré agotando mi energía, precisamente cuando más la necesito. ¿O será fruto de algún presagio de desastre que todavía no comprendo?

 Podría estar dispuesta a continuar sentada aquí durante un poco más de tiempo, pensando ideas como éstas y dejando que se tradujesen en palabras a su propia voluntad y satisfacción..., si mi  (p.329) diario me lo permitiese. Pero mi perezosa pluma ha estado lo bastante atareada para llegar hasta el final del libro. He llegado al último espacio que queda en la última página, y quiéralo o no, tendré que cerrar mi diario de una vez para siempre, cuando lo cierre esta noche.

 ¡Adiós, viejo amigo y compañero de muchos días desdichados! No teniendo nada más que apreciar, sospecho que he sentido por ti un aprecio irracional.

 ¡Qué tonta soy!

LIBRO ÚLTIMO

CAPÍTULO I

EN LA TERMINAL

 En la noche del dos de diciembre, Mr. Bashwood ocupó por primera vez su puesto de observación en la terminal de South Eastern Railway. Era muy pronto, seis días antes de la fecha que se había fijado Allan para el regreso. Pero el doctor, fundándose en su experiencia médica, había considerado probable que «Mr. Armadale pudiese ser lo bastante perverso, a su envidiable edad, para recobrarse antes de lo que podían haber previsto sus médicos». Por consiguiente, y como precaución, se había ordenado a Mr. Bashwood que empezase a vigilar la llegada de los trenes el día después de haber recibido la carta de su patrono.

 Desde el dos al siete de diciembre, el administrador esperó puntualmente en el andén, vio llegar los trenes y se convenció, noche tras noche, de que todos los viajeros eran desconocidos para él. Desde el dos al siete de diciembre, Miss Gwilt (para volver al nombre por el que es más conocida en estas páginas) recibió su información cotidiana, a veces personalmente y a veces por carta. El doctor, a quien se comunicaban los informes, los recibía a su vez con constante confianza en las precauciones que se habían tornado. Esto, hasta la mañana del día ocho. En aquella fecha, la irritación causada por la continua incertidumbre había producido un cambio, para mal, en el temperamento variable de Miss Gwilt, perceptible para todos los que la rodeaban y que, aunque parezca extraño, se reflejó en un cambio igualmente marcado en la actitud del doctor cuando le hizo éste la visita acostumbrada. Por una coincidencia tan extraordinaria que sus enemigos hubiesen podido sospechar que no era en absoluto una coincidencia, la mañana en que Miss Gwilt perdió la paciencia resultó ser la misma en que el doctor perdió por primera vez su confianza.

 -Sin noticias, desde luego -dijo, sentándose y lanzando un profundo suspiro-. ¡Bien, bien!

 Miss Gwilt le miró irritada, interrumpiendo su labor. -Parece extrañamente deprimido esta mañana -dijo-. ¿De qué tiene miedo ahora?

 -La acusación de tener miedo, señora -respondió solemnemente el doctor-, no debe hacerse a la ligera a ningún hombre, aunque pertenezca a una profesión tan esencialmente pacífica como la mía. No tengo miedo. Estoy (como dijo usted más correctamente en primera instancia) extrañamente deprimido. Mi temperamento, como sabe usted, es naturalmente sanguíneo, y hasta hoy no he visto lo que, de no haber sido por mi habitual optimismo, hubiese debido ver, y habría visto, hace una semana. Miss Gwilt arrojó impaciente su labor.

 -Si las palabras costasen dinero -dijo-, el lujo de hablar sería bastante caro para usted.

 -Hubiese debido verlo -repitió el doctor, haciendo caso omiso de la interrupción- hace una semana. Si he de serle franco, no me siento en modo alguno tan seguro de que Mr. Armadale acepte, sin luchar, las condiciones que me interesa (y que en menor grado interesa a usted) imponerle. ¡Observe! -exclamó-. No dudo de que conseguiremos atraparle en el sanatorio; solamente dudo de que sea tan manejable como había previsto, cuando le tengamos allí. Digamos -prosiguió el doctor, levantando los ojos por primera vez y fijándolos, interrogadores, en Miss Gwilt-, digamos que es intrépido, obstinado, lo que usted quiera, y que aguanta, que aguanta durante semanas seguidas, durante meses seguidos, como han aguantado antes que él personas en situaciones parecidas. ¿Qué se desprende de esto? El riesgo de mantenerle recluido por la fuerza, secuestrado si puedo expresarme así, aumenta en progresión geométrica y se hace enorme. En este momento, mi casa está virtualmente preparada para recibir pacientes. Éstos pueden presentarse dentro de una semana. Los pacientes podrían comunicar con Mr. Armadale, o Mr. Armadale podría comunicar con los pacientes. Una nota podría salir a escondidas de allí y llegar a conocimiento de los inspectores de casas de salud. Aun en el caso de un establecimiento particular como el mío, esos caballeros..., ¡no!, esos déspotas autorizados en un país de libertad sólo tienen que pedir una orden al Lord Canciller para entrar (¡cielo santo, para entrar en mi sanatorio!) y registrar la casa desde el tejado hasta los cimientos, sin previo aviso. No quiero desanimarla; no quiero alarmarla. No pretendo decir que las medidas que estamos tomando para ponernos a salvo no sean las mejores de que podemos disponer. Lo único que le pido es que se imagine a los inspectores en la casa... y piense después en las consecuencias. ¡Las consecuencias! -repitió el doctor, levantándose, ceñudo, y tomando su sombrero como si fuese a marcharse.

 -¿Tiene algo más que decir? -preguntó Miss Gwilt. -¿Tiene usted -replicó el doctor- alguna observación que hacer?

 Se quedó plantado con el sombrero en la mano, esperando. Durante un minuto, se miraron ambos en silencio.

 Miss Gwilt fue la primera en romperlo.

 -Creo que le comprendo -le dijo, recobrando de pronto su aplomo.

 -Discúlpeme -dijo el doctor, llevándose una mano al oído-. ¿Qué ha dicho?

 -Nada.

 -¿Nada?

 -Si hubiese agarrado otra mosca esta mañana -dijo Miss Gwilt, con un amargo y sarcástico énfasis  (p.330) en sus palabras-, sería capaz de impresionarle con otra «bromita».

 El doctor levantó ambas manos, con cortés desaprobación y pareció que empezaba a recobrar su buen humor.

 -Lamento -murmuró amablemente- que todavía no me haya perdonado aquella patochada.

 -¿Qué más tiene que decir? Estoy esperando -dijo Miss Gwilt.

 Volvió su sillón hacia la ventana, frunciendo el ceño, y tomó de nuevo su labor mientras hablaba.

 El doctor se puso detrás de ella y apoyó la mano en el respaldo del sillón.

 -En primer lugar, tengo que hacerle una pregunta -dijo-, y después, sugerirle una medida necesaria de precaución. Si me honra prestándome atención, empezaré por la pregunta.

 -Le estoy escuchando.

 -Usted sabe que Mr. Armadale está vivo -prosiguió el doctor-, y sabe que regresa a Inglaterra. ¿Por qué sigue llevando su traje de viuda?

 Ella le respondió sin vacilar un instante y volviendo a su labor.

 -Porque soy de temperamento sanguíneo como usted. Quiero confiar hasta el fin en la sección de sucesos. Mr. Armadale puede morir aún, en camino hacia este país.

 -Pero suponga que llega vivo. ¿Qué pasará entonces?

 -Entonces quedará todavía otra posibilidad.

 -Por favor, ¿cuál?

 -Puede morir en su sanatorio.

 -¡Señora! -la reprendió el doctor, en la voz de bajo profundo que reservaba para sus estallidos de virtuosa indignación-. ¡Espere! Se ha referido a la sección de sucesos -prosiguió, volviendo a su tono más suave de conversación-. Sí, sí, desde luego. Esta vez la he comprendido. Incluso el arte de la curación está a merced de los accidentes; incluso un sanatorio como el mío puede ser sorprendido por la muerte. ¡Así es, así es! -dijo juzgando la cuestión con toda imparcialidad-. Existe la sección de sucesos, lo confieso, si quiere usted confiar en esto. ¡Pero fíjese bien! Digo enfáticamente si quiere usted confiar en eso.

 Hubo otro momento de silencio, un silencio tan absoluto que nada fue audible en la habitación salvo el rápido clic de la aguja de Miss Gwilt en su labor.

 -Prosiga -dijo ella-; todavía no ha acabado.

 -¡Cierto! -dijo el doctor-. Después de hacer mi pregunta, tengo que convencerla de mis medidas de precaución. Comprenderá, mi querida señora, que yo no estoy dispuesto a confiar, por mi parte, en el capítulo de sucesos. La  (p.331) reflexión me ha convencido de que usted y yo no estamos (localmente hablando) situados tan convenientemente como deberíamos estar, para el caso de una emergencia. Los coches todavía son raros en este barrio de rápido crecimiento. Yo estoy a veinte minutos a pie de donde está usted; usted está a veinte minutos a pie de donde estoy yo. Yo no sé nada sobre el carácter de Mr. Armadale; usted lo conoce muy bien. Podría ser necesario (vitalmente necesario) que yo apelase a su superior conocimiento en un momento dado. ¿Y cómo podría hacerlo, a menos que estuviésemos bajo el mismo techo, para poder ponernos inmediatamente en contacto? En interés de ambos, me permito invitarla, querida señora, a residir en mi sanatorio durante un período limitado.

 La rápida aguja de Miss Gwilt se detuvo de pronto.

 -Le comprendo -dijo ella, a media voz.

 -¿Perdón? -dijo el médico, acometido por otro ataque de sordera y llevándose de nuevo una mano al oído.

 Ella se echó a reír, con una risa grave y espantosa, que sobresaltó al doctor, incitándole a retirar la mano del respaldo de su sillón.

 -¿Residir en su sanatorio? -repitió-. Usted cuida de las apariencias en todo lo demás. ¿Quiere cuidar también de ellas al recibirme en su casa?

 -¡Naturalmente! -respondió el doctor, con entusiasmo-. ¡Me sorprende que me haga esta pregunta! ¿Ha conocido a algún nombre de cierta fama en mi profesión que desafíe las apariencias? Si me honra aceptando mi invitación, ingresará en mi sanatorio en el carácter más irreprochable: en carácter de paciente.

 -¿Cuándo quiere mi respuesta?

 -¿Puede dármela hoy?

 -No.

 -¿Mañana?

 -Sí. ¿Tiene algo más que decirme?

 -Nada más.

 -Entonces, vayase. Yo no cuido de las apariencias. Deseo estar sola, y se lo digo. Buenos días.

 -¡Oh, el sexo, el sexo! -dijo el médico, recobrando su excelente humor-. ¡Tan deliciosamente impulsivas, tan simpáticamente descaradas en lo que dicen y en la manera de decirlo! «¡Oh, mujer, en nuestras horas de tranquilidad, voluble, remilgada, difícil de complacer!» ¡Vaya, vaya, vaya! ¡Buenos días!

 Miss Gwilt se levantó y le miró desdeñosamente desde la ventana al cerrar él la puerta de la calle y alejarse de la casa.

 -El propio Armadale me impulsó a ello la primera vez -dijo-. Manuel lo hizo por segunda vez. ¿Dejaré que tú, cobarde sinvergüenza, me impulses a ello por tercera y última vez?

 Se apartó de la ventana y miró reflexivamente su traje de viuda en el espejo.

 Transcurrieron las horas del día... y no decidió nada. Llegó la noche... y siguió vacilando. Amaneció el nuevo día... y la pregunta estaba todavía sin respuesta.

 El correo de la mañana le trajo una carta. Era el informe acostumbrado de Mr. Bashwood. De nuevo había esperado en vano la llegada de Allan.

 -¡Tendré más tiempo! -dijo, apasionadamente-. ¡Ningún hombre vivo hará que me apresure contra mi voluntad!

 Aquella mañana (la mañana del día nueve), a la hora del desayuno, el doctor fue sorprendido en su estudio por una visita de Miss Gwilt.

 -Necesito otro día -dijo ella, en cuanto el criado hubo cerrado la puerta.

 El doctor la miró antes de contestar y vio el peligro de llevarla a extremos que se insinuaban claramente en su semblante.

 -El tiempo apremia -la amonestó, en su tono más persuasivo-. Por lo que sabemos, Mr. Armadale puede estar aquí esta noche.

 -¡Necesito otro día! -repitió ella, con fuerza y pasión.

 -¡De acuerdo! -dijo el doctor, mirando nerviosamente hacia la puerta-. No levante la voz; la servidumbre podría oírla. Pero -prosiguió- confío en su honor para que no me pida más dilaciones.

 -Será mejor que confíe en mi desesperación -dijo ella, y se marchó.

 El médico rompió la cascara del huevo y rió en voz baja.

 «Muy bien, querida -pensó-. Recuerdo adonde te llevó la desesperación en tiempos pasados, y creo que puedo confiar en que te llevará ahora por el mismo camino.» A las ocho menos cuarto de aquella noche, Mr. Bashwood ocupó su acostumbrado puesto de observación en el andén de la terminal de London Bridge.

 Estaba sumamente animado; sonreía y reía entre dientes con incontenible entusiasmo. La impresión de que disponía de un medio de influir en Miss Gwilt, por el conocimiento que tenía de su pasado, no había contribuido en absoluto a la transformación que se manifestaba ahora en él. Había sostenido su valor durante su triste vida en Thorpe-Ambrose, y le había dado aquel aire de confianza advertido por la propia Miss Gwilt; pero, desde el momento en que había recobrado el favor de ella, se había desvanecido como fuerza motivadora, aniquilada por la descarga eléctrica de su contacto y su mirada. La vanidad, la vanidad que en hombres de su edad no es más que desesperación disfrazada, le había elevado una vez más al séptimo cielo de la necia felicidad. Volvía a creer en ella como creía en el elegante y nuevo gabán que llevaba, como creía en el fino bastón (más propio de un dandy adolescente) que blandía en la mano. ¡Tarareaba! La vieja y mísera criatura que no había cantado desde su infancia, tarareaba, al pasear en el andén, los pocos fragmentos que podía recordar de una vieja y trillada canción. El tren tenía fijada su llegada a las ocho de aquella noche. Cinco minutos después de la hora, sonó el silbato. Menos de cinco minutos más tarde, los pasajeros bajaron al andén.

 Siguiendo las instrucciones que le habían dado, Mr. Bashwood se abrió paso lo mejor que pudo entre la multitud a lo largo de la serie de vagones y, al no descubrir ningún rostro conocido en aquella primera investigación, fue a reunirse con los pasajeros, para observarles por segunda vez, en la sala de espera de la  (p.332) Aduana.

 Había mirado a su alrededor y se había convencido de que todas las personas que estaban allí eran desconocidas, cuando oyó detrás de él una voz que exclamaba:

 -Pero ¿es Mr. Bashwood?

 Éste se volvió expectante, y se encontró cara a cara con el hombre a quien menos esperaba ver.

 Aquel hombre era Midwinter.

CAPÍTULO II

EN LA CASA

 Advirtiendo la confusión de Mr. Bashwood (después de observar un instante el cambio en su aspecto personal), Midwinter fue el primero en hablar.

 -Veo que le he sorprendido -dijo-. Supongo que estaba esperando a otra persona, ¿no? ¿Ha sabido algo de Allan? ¿Está ya en camino de vuelta a casa?

 Las preguntas acerca de Armadale, aunque naturales en cualquier persona que se hallase entonces en la situación de Midwinter, aumentaron la confusión de Mr. Bashwood. Sin saber cómo librarse de la crítica posición en que estaba colocado, se refugió en la simple negativa.

 -No sé nada de Mr. Armadale; no, señor, no sé nada de Mr. Armadale -le respondió con una ansiedad y un apresuramiento innecesarios-. Bienvenido de nuevo a Inglaterra, señor -prosiguió, cambiando nerviosamente de tema-. No sabía que estuviese en el extranjero. Hace tanto tiempo desde que tuvimos el placer..., desde que tuve el placer... ¿Se ha divertido, señor, en aquellas tierras extrañas? Sus costumbres son..., sí, sí, ¡tan diferentes de las nuestras! ¿Piensa estar mucho tiempo en Inglaterra, ahora que ha vuelto?

 -No lo sé -dijo Midwinter-. He tenido que cambiar mis planes y venir inesperadamente a Inglaterra. -Vaciló un poco; después cambió de actitud, al añadir en voz más baja-: Una grave inquietud me ha hecho volver. No puedo decir cuáles serán mis planes hasta que la haya calmado.

 La luz de una lámpara iluminó su cara mientras hablaba, y Mr. Bashwood observó, por primera vez, que parecía desmejorado y cambiado.

 -Lo siento, señor... Lo siento mucho. Si puedo ayudarle en algo... -sugirió Mr. Bashwood, hablando bajo la influencia de su nerviosa cortesía y también de su recuerdo de lo que Midwinter había hecho por él en Thorpe-Ambrose en tiempos pasados.

 Midwinter le dio las gracias y volvió tristemente la cabeza.

 -Temo que no puede ayudarme, Mr. Bashwood, pero se lo agradezco de todos modos. -Se interrumpió y reflexionó un poco-. Supongamos que no estuviese enfermo. Supongamos que hubiese ocurrido alguna desgracia -prosiguió, hablando consigo mismo y volviéndose de nuevo hacia el administrador-. Si se ha separado de su madre, tal vez podría encontrar su rastro preguntando en Thorpe-Ambrose.

 Mr. Bashwood sintió que se despertaba de pronto su curiosidad. Todo el sexo femenino le interesaba ahora, por mor de Miss Gwilt.

 -¿Una dama, señor? -preguntó-. ¿Está buscando a una dama?

 -Estoy buscando a mi esposa -dijo simplemente Midwinter.

 -¿Está casado, señor? -exclamó Mr. Bashwood-. ¿Se casó después de la última vez que tuve el placer de verle? ¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle...?

 Midwinter bajó nerviosamente la mirada.

 -Usted conoció a la dama -dijo-. Me casé con Miss Gwilt.

 El administrador se echó atrás de un salto, como lo habría hecho delante de una pistola cargada que le apuntase a la cabeza. Sus ojos brillaron como si hubiese enloquecido de pronto, y el temblor nervioso que sentía le sacudió desde la cabeza hasta los pies.

 -¿Qué le pasa? -le preguntó Midwinter. No obtuvo respuesta-. ¿Tan extraordinario es -prosiguió, con cierta impaciencia- que Miss Gwilt sea mi esposa?

 -¿Su esposa? -repitió desesperadamente Mr. Bashwood-. ¡Mrs. Armadale...!

 Se contuvo, haciendo un esfuerzo sobrehumano, y no dijo más.

 El estupor y el asombro que sentía el administrador se reflejaron instantáneamente en la cara de Midwinter. ¡El nombre con que se había casado en secreto con su esposa había sido pronunciado por el último hombre del mundo en quien hubiese soñado poner su confianza! Asió a Mr. Bashwood del brazo y le condujo a una parte más tranquila de la estación terminal que aquélla donde habían estado hablando hasta ahora.

 -Acaba de referirse a mi esposa -dijo- y enseguida ha pronunciado el nombre de Mrs. Armadale. ¿Qué ha querido decir con eso?

 Tampoco ahora obtuvo respuesta. Totalmente incapaz de comprender algo, salvo que se había metido en algún grave enredo que era un misterio absoluto para él, Mr. Bashwood luchaba en vano por desenredarse. Midwinter repitió enérgicamente la pregunta. -Le preguntaré de nuevo -dijo-. ¿Qué ha querido decir con eso?

 -¡Nada, señor! ¡Le doy mi palabra de honor de que no he querido decir nada!

 Sintió que la mano le apretaba con más fuerza el brazo; vio, incluso en la oscuridad del rincón apartado en que se hallaban, que el ardiente temperamento de Midwinter se estaba excitando, y pensó que no debía jugar con esto. El peligro en que se hallaba le incitó a emplear el único recurso que posee el hombre tímido cuando una fuerza mayor le obliga a hacer frente a una emergencia, el recurso de mentir.

 -Sólo quise decir, señor -exclamó, con un desesperado esfuerzo de hablar serenamente-, que Mr. Armadale se sorprendería...

 -¡Ha dicho Mrs. Armadale!

 -No, señor; palabra de honor, palabra de honor que está equivocado. Dije Mr. Armadale. ¿Cómo podía decir otra cosa? Suélteme, por favor; tengo prisa. ¡Le aseguro que tengo mucha prisa!

 Midwinter mantuvo un momento más su presa, y en aquel instante decidió lo que tenía que hacer.

 Había expresado exactamente su razón de volver a Inglaterra, como producto de su inquietud acerca de su esposa, inquietud naturalmente causada (después de que ella le escribiese regularmente cada  (p.333) dos o tres días) por el hecho de que hubiese cesado de pronto toda correspondencia por parte de ella, desde hacía una semana. La primera sospecha, vagamente terrible, de que pudiese haber otra razón de su silencio que no fuese un accidente o una enfermedad, a los que lo había atribuido hasta ahora, le había acometido, produciéndole un súbito estremecimiento, en el instante en que el administrador había asociado el nombre de «Mrs. Armadale» con la idea de su esposa. Pequeñas anomalías en sus cartas, que antes sólo le habían parecido extrañas, acudieron a su mente y también le resultaron sospechosas. Hasta ahora, había creído en los motivos que le había expresado ella para no darle más dirección adonde contestar sus cartas que la lista de correos. Ahora temió por primera vez que aquellas razones fuesen excusas. Hasta ahora, había resuelto que al llegar a Londres iría a preguntar en el único sitio donde sabía que podía obtener noticias de ella: la dirección que le había dado de «su madre». Ahora (con un motivo que temía confesarse a sí mismo, pero que era lo bastante fuerte para imponerse a cualquier otra consideración) decidió resolver, antes que nada, el misterio de que Mr. Bashwood conociese un secreto, el de su boda bajo el nombre de Armadale, que sólo hubiesen debido saber su esposa y él. Cualquier apelación directa a un hombre del carácter del administrador, y en el actual estado mental de éste, habría sido evidentemente inútil. El arma del engaño era, en este caso, de empleo literalmente obligatorio por parte de Midwinter. Soltó el brazo de Mr. Bashwood y aceptó la explicación de éste.

 -Le ruego que me disculpe -dijo-. Sin duda tiene usted razón. Atribuya mi descortesía a la inquietud y a la fatiga. Le deseo buenas noches.

 La estación estaba ahora casi desierta, pues los pasajeros se habían reunido en la sala de la Aduana para someterse al examen de los equipajes. No era tarea fácil despedirse ostensiblemente de Mr. Bashwood y no perderle de vista. Pero el tiempo que había pasado Midwinter en su infancia con su maestro gitano le había enseñado estratagemas como la que se veía ahora obligado a emplear. Se dirigió hacia la sala de espera pasando junto a los vagones vacíos, abrió la puerta de uno de ellos, como  (p.334) buscando algo que hubiese olvidado, y observó que Mr. Bashwood se dirigía hacia la hilera de coches que esperaban en el otro lado del andén. En un instante, cruzó aquél y pasó a lo largo de la fila de vehículos, por la parte más alejada del andén. Subió al segundo coche por la portezuela de la izquierda, un momento después de que Mr. Bashwood subiese al primero por la de la derecha.

 -Le pagaré el doble de la tarifa, sea ésta cual fuere -dijo al cochero-, si no pierde de vista a aquel simón y le sigue dondequiera que vaya.

 Un minuto después, ambos vehículos salieron de la estación.

 Había un empleado sentado en una cabina junto a la puerta de la verja, anotando el destino de los coches al pasar éstos. Midwinter oyó que su cochero gritaba «¡Hampstead!» al pasar por delante de la ventanilla.

 -¿Por qué ha dicho «Hampstead»? -preguntó cuando hubieron dejado la estación atrás.

 -Porque el hombre que iba delante de mí dijo «Hampstead», señor -respondió el cochero.

 Una y otra vez, durante el tedioso trayecto hacia el suburbio noroccidental, Midwinter preguntó si el coche al que seguían permanecía a la vista. Y una y otra vez le respondió el hombre:

 -Va delante de nosotros.

 Entre las nueve y las diez, el cochero detuvo sus caballos. Midwinter se apeó y vio que el otro coche estaba esperando ante la puerta de una casa. En cuanto se hubo convencido de que el cochero era el mismo que había servido a Mr. Bashwood, pagó la recompensa prometida y despidió su propio coche.

 Pasó un par de veces por delante de aquella puerta. La vaga pero terrible sospecha que había surgido en su mente en la estación tomaba ahora una forma definida, detestable para él. Sin la sombra de una sólida razón, advirtió que estaba desconfiando ciegamente de la fidelidad de su esposa y sospechando ciegamente que Mr. Bashwood actuaba como su alcahuete. Horrorizado de su propia imaginación morbosa, resolvió anotar el número de la casa y el nombre de la calle, y después, para ser justo con su esposa, encaminarse rápidamente a la dirección que le había dado ella como la de su madre. Había sacado la libreta y se dirigía a la esquina de la calle, cuando observó que el hombre que había llevado a Mr. Bashwood le estaba mirando con una expresión de curiosa sorpresa. Inmediatamente se le ocurrió la idea de interrogar al cochero mientras tenía oportunidad de hacerlo. Sacó media corona del bolsillo y la puso en la mano ávida del hombre.

 -¿Ha entrado en esta casa el caballero que ha traído usted de la estación? -le preguntó.

 -Sí, señor.

 -¿Ha oído si ha preguntado por alguien cuando le han abierto la puerta?

 -Ha preguntado por una dama, señor. Mrs... -El hombre vaciló-. No era un nombre corriente, señor; lo recordaría si lo oyese otra vez.

 -¿Fue Midwinter?

 -No, señor.

 -¿Armadale?

 -Sí, señor. Mrs. Armadale.

 -¿Está seguro de que fue Mrs. y no Mr.?

 -Estoy todo lo seguro que puede estar un hombre que no ha prestado una atención particular.

 La duda implícita en esta respuesta decidió a Midwinter a investigar personalmente el asunto. Subió la escalinata de la entrada. Al levantar la mano para tocar la campanilla del lado de la puerta, la violencia de su agitación le dominó físicamente durante un momento. Una extraña sensación, como de algo que saltase de su corazón a su cerebro, hizo que le diese curiosamente vueltas la cabeza. Se apoyó en la baranda de la casa, levantó la cara para que le diese el aire y esperó resueltamente a serenarse de nuevo. Entonces tocó la campanilla.

 -¿Está...? -Había querido preguntar por Mrs. Armadale, cuando la doncella le abrió la puerta. Pero, a pesar de su resolución, no pudo pronunciar aquel nombre-. ¿Está su señora en casa? -preguntó.

 -Sí, señor.

 La joven le introdujo en un salón y le presentó a una ancianita de corteses modales y brillantes ojos.

 -Habré cometido un error -dijo Midwinter-. Deseaba ver...

 Una vez más trató de pronunciar el nombre, y una vez más se negó éste a brotar de sus labios.

 -¿A Mrs. Armadale? -sugirió la ancianita, con una sonrisa.

 -Sí.

 -Conduce al caballero arriba, Jenny.

 La muchacha le condujo al salón del piso alto.

 -¿Su nombre, señor?

 -No importa.

 Mr. Bashwood apenas había terminado de referir lo ocurrido en la estación terminal, y la imperiosa dueña de Mr. Bashwood estaba todavía bajo los erectos del descubrimiento que éste acababa de comunicarle, cuando se abrió la puerta de la estancia y Midwinter apareció sin previo aviso en el umbral. Entró en el salón y cerró mecánicamente la puerta a su espalda. Se quedó plantado en total silencio y se enfrentó a su esposa, observándola con una sangre fría antinatural y con una mirada que la envolvió de la cabeza a los pies.

 

 

 También en silencio, se levantó ella de su sillón, y en total silencio permaneció erguida sobre la alfombra frente a la chimenea, enfrentándose a su marido en su traje de viuda.

 Él dio otro paso adelante y se detuvo de nuevo. Levantó la mano y señaló el vestido con un dedo delgado y moreno.

 -¿Qué significa esto? -preguntó, sin perder su terrible sangre fría y sin mover su mano extendida.

 Al oír su voz, el rápido jadeo de su pecho, único signo externo de la angustia que la torturaba, cesó de pronto. Permaneció impenetrablemente silenciosa, absolutamente inmóvil, como si la pregunta la hubiese fulminado, y el dedo acusador, petrificado.

 Él avanzó otro paso y repitió la frase, en una voz incluso más baja y tranquila que antes.

 Un momento más de silencio, un momento más de inactividad, hubiese podido ser la salvación para ella. Pero la fuerza fatal de su carácter triunfó en la crisis de los destinos de ambos. Pálida e inmóvil y macilenta y  (p.335) envejecida, respondió a la espantosa emergencia con un terrible valor y pronunció las palabras irrevocables de rechazo.

 -Mr. Midwinter -dijo, en un tono extraordinariamente duro y extraordinariamente claro-, nuestra amistad no le autoriza a hablarme de esta manera.

 Éstas fueron sus palabras. No levantó la mirada del suelo mientras las pronunciaba. Cuando hubo terminado, se desvaneció el último débil vestigio de color en sus mejillas.

 Hubo una pausa. Sin dejar de mirarla fijamente, grabó él en su mente los términos que ella había pronunciado.

 -Me llama «Mr. Midwinter» -dijo despacio y en voz baja-. Habla de «nuestra amistad».

 Esperó un poco y miró a su alrededor. Su mirada errante se fijó en Mr. Bashwood por primera vez. Vio que el administrador estaba en pie cerca de la chimenea, temblando y observándole.

 -Una vez le hice un favor -le dijo- y usted me dijo que no era desagradecido. ¿Será lo bastante agradecido para responderme, si le pregunto algo?

 Esperó de nuevo un poco. Mr. Bashwood siguió temblando junto a la chimenea, observándole en silencio.

 -Veo que me está mirando -prosiguió-. ¿Hay en mí algún cambio que ni yo mismo advierto? ¿Estoy viendo cosas que usted no ve? ¿Estoy oyendo palabras que usted no oye? ¿Parezco, por mi actitud o mis palabras, haber perdido la razón?

 Esperó una vez más, y una vez más continuó el silencio. Sus ojos empezaron a centellear, y la sangre caliente que había heredado de su madre coloreó despacio sus pálidas mejillas.

 -¿Es esa mujer -preguntó- la que conoció usted un día con el nombre de Miss Gwilt?

 Una vez más hizo su esposa acopio de su valor fatal. Y una vez más pronunció las palabras fatales.

 -Me obliga usted a repetir -dijo- que abusa de nuestra amistad y olvida el respeto que merezco.

 Él se volvió hacia ella con una furia que provocó un grito de alarma en los labios de Mr. Bashwood.

 -¿Eres o no eres mi esposa? -preguntó, entre los dientes apretados.

 Ella levantó los ojos por primera vez. Su espíritu perdido le miró, desafiante, brotando del infierno de su propia desesperación.

 -No soy su esposa -dijo.

 Él se tambaleó, buscando a tientas algo a lo que agarrarse, como si estuviese a oscuras. Se apoyó pesadamente en la pared de la habitación y miró a la mujer que había dormido reclinada en su pecho y que ahora le negaba cara a cara.

 Mr. Bashwood se acercó a ella, presa de pánico.

 -¡Entre allí! -murmuró, tratando de empujarla hacia la puerta que conducía a la habitación contigua-. ¡Deprisa, por el amor de Dios! ¡La matará!

 Ella rechazó al viejo con la mano. Le miró con una súbita irradiación en su inexpresivo semblante. Le respondió torciendo lentamente los labios en una espantosa sonrisa.

 -Deje que me mate -dijo.

 Al decir ella estas palabras, Midwinter se apartó de un salto de la pared, lanzando un grito que resonó en toda la casa. Sus ojos vidriosos centellearon con el frenesí de un loco, y tendió hacia ella las manos amenazadoras. Se acercó hasta que la tuvo a su alcance y se detuvo de pronto. La expresión iracunda se extinguió en su semblante en el momento en que se detuvo. Cerró los ojos, temblaron sus manos tendidas, se encogió impotente. Y cayó al suelo, como si estuviese muerto. Yació como yacen los muertos en brazos de la esposa que le había negado.

 Ella se arrodilló y apoyó la cabeza de él sobre sus rodillas. Agarró el brazo que le tendía el administrador para ayudarla, con una mano que se cerró como un torno a su alrededor.

 -Envíe a buscar un médico -dijo- y que no se acerque la gente de la casa hasta que llegue.

 Había algo en su mirada y en su voz que habría obligado a cualquiera a obedecerla en silencio. Y en silencio la obedeció Mr. Bashwood, que salió corriendo de la habitación.

 En cuanto estuvo sola, incorporó a Midwinter y, rodeándole con ambos brazos, la infeliz le levantó la cara hacia la suya y le meció sobre su pecho con una ternura y una angustia que no podía desfogar con lágrimas, y con una pasión y un remordimiento que no podía expresar con palabras. En silencio le estrechó contra su pecho, en silencio cubrió de besos su frente, sus mejillas y sus labios. Ningún sonido brotó de su garganta hasta que oyó pisadas presurosas en la escalera. Entonces un grave gemido brotó de sus labios, al mirar a Midwinter y apoyar de nuevo la cabeza de éste en sus rodillas, antes de que entrase la gente.

 La patrona y el administrador fueron las primeras personas a quienes vio cuando se abrió la puerta. El médico (un cirujano que vivía en la misma calle) les siguió. El horror y la belleza del semblante de ella al levantarlo para mirarle, absorbieron momentáneamente la atención del doctor, con exclusión de todo lo demás. Ella tuvo que llamarle y señalar al hombre inconsciente para que atendiese al paciente y dejase de fijarse en ella.

 -¿Está muerto? -preguntó. El médico llevó a Midwinter al sofá y ordenó que abriesen las ventanas.

 -Se ha desmayado -dijo-, esto es todo.

 Al oír esta respuesta, sintió ella por primera vez que le fallaban las fuerzas. Lanzó un profundo suspiro de alivio y se apoyó en la chimenea para sostenerse. Mr. Bashwood fue el único de los presentes que advirtió su estado. La condujo al otro extremo de la habitación, donde había una poltrona, y dejó que la patrona alcanzase los reconfortantes que le pedía el doctor.

 -¿Va usted a esperar aquí hasta que se restablezca? -murmuró el administrador, mirando hacia el sofá y temblando.

 La pregunta hizo que considerase ella su posición, que comprendiese las necesidades ineludibles a las que debía enfrentarse. Con un fuerte suspiro, miró hacia el sofá, reflexionó un momento y respondió a Mr.  (p.336) Bashwood preguntándole a su vez:

 -¿Está aún ante la puerta el coche que le trajo de la estación?

 -Sí.

 -Diríjase enseguida a la verja del sanatorio y espéreme allí.

 Mr. Bashwood vaciló. Ella levantó los ojos y, con una mirada, le hizo salir de la habitación.

 -El caballero está volviendo en sí, señora -dijo la patrona, al cerrar la puerta el administrador-. Ha recobrado el aliento.

 Ella inclinó la cabeza en muda respuesta, se levantó, consideró de nuevo su situación, miró hacia el sofá por segunda vez y cruzó la puerta de su dormitorio.

 Al poco rato, el médico se apartó del sofá e hizo ademán a la patrona de que se quedase a su lado. La recuperación corporal del paciente estaba asegurada. Nada más había que hacer, salvo esperar, y dejó que su mente recordase poco a poco todo lo que había sucedido.

 -¿Dónde está ella? -fueron las primeras palabras que dijo Midwinter al doctor y a la patrona, que le observaba inquieta. rado

 La patrona llamó a la puerta de la otra habitación y no obtuvo respuesta. Entró y vio que estaba vacía. Sobre el tocador, había una hoja de papel y, encima de ella, los honorarios del médico. El papel contenía una nota, escrita evidentemente con gran agitación y mucha prisa: «No puedo quedarme aquí esta noche, después de lo ocurrido. Volveré mañana para llevarme el equipaje y pagarle lo que le debo.»

 -¿Dónde está ella? -volvió a preguntar Midwinter, cuando volvió sola la patrona al salón.

 -Se ha ido, señor.

 -¡No lo creo!

 La anciana se puso colorada.

 -Si conoce usted su escritura, señor -repuso ella, tendiéndole la hoja de papel-, tal vez dará crédito a esto.

 El miró el papel.

 -Le pido disculpas, señora -dijo, al devolvérselo-. Le pido disculpas, de todo corazón.

 Había algo en su semblante, mientras pronunciaba estas palabras, que hizo que se desvaneciese por completo la irritación de la anciana, que de pronto se compadeció del hombre que la había ofendido.

 -Temo que haya algo terrible, señor, en el fondo de todo esto -dijo simplemente ella-. ¿Desea que dé algún mensaje de su parte a la dama, cuando regrese?

 Midwinter se levantó y se apoyó un momento en el sofá.

 -Mañana le daré personalmente mi mensaje -dijo-. Debo verla antes de que se vaya de su casa.

 El doctor acompañó a su paciente  (p.337) hasta la calle.

 -¿Quiere que le lleve a su casa? -preguntó amablemente-. Si está lejos, será mejor que no vaya andando. No debe esforzarse demasiado, y podría acatarrarse en una noche tan fría como ésta.

 Midwinter le estrechó la mano y le dio las gracias.

 -Estoy acostumbrado a andar en noches frías, señor -dijo-, y no me doy fácilmente por vencido, ni siquiera cuando parezco tan aturdido como ahora. Si quiere usted decirme el camino más rápido para salir de estas calles, creo que la paz del campo y de la noche me serán de gran ayuda. Tengo algo importante que hacer mañana -añadió, bajando la voz- y no podré descansar ni dormir hasta que no haya reflexionado sobre ello esta noche.

 El médico comprendió que no se las había con un hombre corriente. Dio las instrucciones necesarias sin más preámbulos y se despidió del paciente en la puerta de su casa.

 Al quedarse solo, Midwinter se detuvo y miró en silencio el cielo. Éste se había despejado y habían salido las estrellas, las estrellas que había aprendido a conocer de labios de su amo gitano, en las faldas de los montes. Por primera vez, recordó con añoranza sus días de muchacho. «¡Oh, mi antigua vida! -pensó, ansiosamente-. ¡Hasta ahora no he sabido lo feliz que fue aquella vida!»

 Se animo y se dirigió hacia el campo abierto. Su rostro se ensombreció al dejar atrás la calle y adentrarse en la soledad y la oscuridad que reinaban más allá.

 -Esta noche ha negado a su marido -dijo-. Mañana conocerá a su dueño.

CAPÍTULO III

EL FRASCO PÚRPURA

 El coche estaba esperando ante la verja al llegar Miss Gwilt al sanatorio. Mr. Bashwood se apeó de aquél y salió a su encuentro. Ella le asió del brazo y dio unos pasos con él, para que no pudiese oírles el cochero.

 -Piense lo que quiera de mí -dijo, conservando el grueso velo negro sobre la cara-, pero no me hable esta noche. Vuelva en el coche a su hotel, como si nada hubiese ocurrido. Vaya a esperar mañana el tren de la costa, como de costumbre, y venga a verme después al sanatorio. Vayase sin decir una palabra, y creeré que es el único hombre del mundo que realmente me quiere. Quédese y haga preguntas, y le diré adiós para siempre.

 Señaló el coche. Un minuto después, el vehículo se alejaba del sanatorio, llevando a Mr. Bashwood a su hotel.

 Ella abrió la verja de hierro y se encaminó despacio a la puerta de la casa. Al tocar la campanilla, un súbito estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Rió amargamente. «¡Temblando de nuevo! -se dijo-. ¿Quién habría pensado que me quedaban tantos sentimientos?»

 Por un vez en su vida, la verdad asomó a la cara del doctor cuando se abrió la puerta de su estudio, entre las diez y las once de la noche, y entró Miss Gwilt en la estancia.

 -¡Dios me valga! -exclamó, con expresión de indecible asombro-. ¿Qué significa esto?

 -Significa -respondió ella- que he decidido esta noche, en vez de decidir mañana. Usted, que conoce tan bien a las mujeres, debería saber que actuamos impulsivamente. He venido, cediendo a un impulso. Recíbame o écheme, como usted quiera.

 -¿Que la reciba o la eche? -repitió el doctor, recobrando su aplomo-. Mi querida señora, ¡qué manera más terrible de plantear la cuestión! ¡Su habitación estará preparada enseguida! ¿Dónde está su equipaje? ¿Quiere que envíe a buscarlo? ¿No? ¿Puede pasarse sin su equipaje esta noche? ¡Qué admirable fortaleza! ¿Irá a buscarlo usted misma mañana? ¡Qué extraordinaria independencia! Quítese el sombrero. ¡Acérquese al fuego! ¿Qué puedo ofrecerle?

 -Ofrézcame la poción somnífera más fuerte que haya confeccionado en su vida -respondió ella-. Y déjeme sola hasta que llegue el momento de tomarla. Seré su paciente, ¡en serio! -añadió enérgicamente, al tratar el doctor de reprenderla-. Pero, si me irrita esta noche, ¡seré la más loca de las locas!

 El director del sanatorio volvió a adoptar al instante su aire grave y profesional.

 -Siéntese en aquel rincón oscuro -dijo-. Nadie la molestará. Dentro de media hora, tendrá preparada su habitación y la poción somnífera sobre la mesa.

 «Ha sido, para ella, una lucha más dura de lo que había previsto -pensó, saliendo de la habitación y dirigiéndose a su dispensario, en el otro lado del vestíbulo-. Cielo santo, ¡mira que tener conciencia, después de una vida como la suya!»

 El dispensario estaba provisto de los últimos adelantos en mobiliario médico. Pero en una de las cuatro paredes de la habitación no había estantes y el espacio vacante estaba ocupado por un bello armario antiguo de madera tallada, curiosamente discordante, como objeto, con el sencillo aspecto utilitario del lugar en general. A ambos lados del armario, había sendos tubos acústicos instalados en la pared, que comunicaban con las dependencias superiores de la casa y tenían, respectivamente, estos rótulos: «Farmacéutico Residente» y «Enfermera Jefe». El doctor habló por el segundo de estos tubos al entrar en la habitación. Apareció una mujer de edad avanzada, recibió la orden de preparar el dormitorio de Mrs. Armadale, saludó y se retiró.

 Al quedar de nuevo solo en el dispensario, el doctor abrió el compartimiento central del armario, donde había una serie de botellas que contenían los diversos venenos usados en medicina. Después de sacar el láudano que necesitaba para la poción somnífera, y de colocarlo sobre la mesa, volvió al armario, miró en su interior durante un rato, sacudió la cabeza, como dudando, y se dirigió a los estantes descubiertos del otro lado de la habitación. Aquí, después de pensarlo un poco, tomó, de una hilera de botellas de  (p.338) productos químicos, una que estaba llena de un líquido amarillo; la colocó sobre la mesa, volvió al armario y abrió un compartimiento lateral, donde había varios objetos de cristal de Bohemia. Después de un concienzudo examen, tomó un precioso frasco púrpura, alto y estrecho, cerrado con un tapón también de cristal. Lo llenó con el líquido amarillo, dejando una pequeña cantidad en el fondo de la botella y volvió a encerrar el frasco en el lugar del que lo había tomado. A continuación, puso la botella en su sitio, después de llenarla de agua de la cisterna del dispensario y mezclar ciertos líquidos químicos en pequeñas cantidades, que le devolvieron (al menos en apariencia) el aspecto que había tenido antes de bajarla del estante. Terminadas estas misteriosas operaciones, el doctor rió en voz baja y volvió hacia sus tubos acústicos para llamar al farmacéutico residente.

 El farmacéutico residente apareció envuelto en el indefectible delantal blanco desde la cintura hasta los pies. El doctor escribió solemnemente la receta de una pócima y la tendió a su ayudante.

 -La necesito inmediatamente, Benjamin -dijo, en tono suave y melancólico-. Para una paciente, Mrs. Armadale, de la habitación número uno de la segunda planta. ¡Ay, Dios mío! -gimió distraídamente-. Un caso de ansiedad, Benjamin, un caso de ansiedad. -Abrió el libro de registro del establecimiento completamente en blanco y anotó detalladamente el caso, con un breve extracto de la receta-. ¿Ha terminado con el láudano? Póngalo en su sitio, cierre el armario y déme la llave. ¿Está preparada la pócima? Póngale la etiqueta de «Tómese al acostarse» y désela a la enfermera, Benjamin.

 Mientras los labios del doctor daban estas instrucciones, sus manos abrían un cajón de debajo de la mesa sobre la que estaba colocado el libro de registro. Sacó varias tarjetas de admisión elegantemente impresas, «para visitar el Sanatorio entre las dos y las cuatro de la tarde», y puso en ellas la fecha del día siguiente, «10 de diciembre». Cuando hubo adjuntado una docena de tarjetas a una docena de cartas impresas de invitación y cerrado los doce sobres correspondientes, consultó una lista de las familias residentes en el barrio y escribió las direcciones en los sobres. Tocando ahora la campanilla en vez de utilizar un tubo acústico, llamó al criado y le dio las cartas para que fuese a entregarlas temprano por la mañana.

 -Creo que dará resultado -dijo el doctor, dando una vuelta por el dispensario cuando el criado hubo salido-; creo que dará resultado.

 Mientras estaba todavía absorto en sus reflexiones, reapareció la enfermera, para anunciar que la habitación de la dama estaba preparada, oído lo cual, volvió el doctor al estudio para informar a Miss Gwilt.

 Ésta no se había movido desde que él saliera. Se levantó de su oscuro rincón cuando él hizo su anuncio, y sin hablar ni levantarse el velo, se deslizó fuera de la habitación como un fantasma.

 Después de un breve intervalo, la enfermera bajó de nuevo para decirle en privado a su jefe:

 -La dama me ha ordenado que la llame mañana a las siete, señor. Dice que irá a buscar su equipaje y que quiere que haya un coche en la puerta cuando termine de vestirse. ¿Qué tengo que hacer?

 -Haga lo que le ha dicho la dama -respondió el doctor-. Podemos estar seguros de que volverá al sanatorio.

 Las ocho y media era la hora del desayuno en el sanatorio. Y a las ocho y media Miss Gwilt lo había solucionado todo en su residencia y regresado con el equipaje. El doctor se sorprendió muchísimo al comprobar la diligencia de su paciente.

 -¿Por qué gastar tanta energía? -preguntó, cuando se encontraron en la mesa del desayuno-. ¿Por qué tanta prisa, mí querida señora, si tenía toda la mañana por delante?

 -¡Simple impaciencia! -le dijo brevemente ella-. Cuanto mayor me hago, más impaciente estoy.

 El doctor, que antes de que ella hablase había advertido que su cara parecía extrañamente pálida y envejecida esa mañana, observó, al responderle ella, que su expresión, generalmente cambiante en grado sumo, permanecía totalmente inalterada por el esfuerzo de hablar. No había la acostumbrada animación en sus labios, ni el genio acostumbrado en sus ojos. Nunca la había visto tan impenetrable y fría como la veía ahora. «Por fin ha tomado su decisión -pensó-. Esta mañana le diré lo que no pude decirle la noche pasada.»

 Preparó las observaciones que se disponía a hacer con una mirada de advertencia al traje de viuda.

 -Ahora que ya tiene su equipaje -empezó gravemente-, permita que le sugiera que se quite este velo y se ponga otro traje.

 -¿Porqué?

 -¿Recuerda lo que me dijo hace un par de días? -preguntó el doctor-. ¿Dijo que había una posibilidad de que Mr. Armadale muriese en mi sanatorio, no?

 -Y lo diré de nuevo, si usted quiere.

 -Es casi imposible imaginar una posibilidad más improbable -siguió diciendo el doctor, sordo como siempre a toda interrupción inoportuna-. Pero mientras exista la menor posibilidad, vale la pena considerarla. Digamos que él muere, que muere inesperada y repentinamente, haciendo necesario una investigación por parte del forense. ¿Qué deberíamos hacer en este caso? Deberíamos seguir representando los papeles que nos impusimos, usted como su viuda y yo como testigo de su matrimonio, y en tales papeles, asistir a toda la investigación. En el caso sumamente improbable de que él muriese precisamente cuando nosotros queremos que muera, mi idea, podría incluso decir mi decisión, es confesar que nos enteramos de su salvación del mar y reconocer que dimos instrucciones a Mr. Bashwood para que lo atrajese a esta casa, por medio de una falsa  (p.339) declaración sobre Miss Milroy. Cuando surjan las inevitables preguntas, propongo que afirmemos que presentó síntomas de enajenación mental poco después de su boda; que su alucinación consistía en negar que era usted su esposa y en declarar que estaba prometido a Miss Milroy; que usted tuvo tanto miedo al enterarse de que estaba vivo y volvía aquí, que sufrió un estado de agitación nerviosa que requirió mis cuidados; que, a petición de usted y para calmar aquella agitación nerviosa, visité a Armadale en mi calidad de médico y le atraje a esta casa aprovechando su alucinación, cosa perfectamente justificable en este caso, y por último, que puedo certificar que su cerebro ha sido afectado por una de esas misteriosas dolencias, incurables y fatales, sobre las que la ciencia médica está aún a oscuras. Este curso de acción (en el casi imposible caso que estamos suponiendo) sería indiscutiblemente el que deberíamos tomar, en su interés y en el mío; y un traje como ése, en las actuales circunstancias, es ciertamente el que menos debería usted llevar.

 -¿Debo quitármelo enseguida? -preguntó ella, levantándose de la mesa sin hacer la menor observación a lo que él acababa de decirle.

 -En cualquier momento, pero antes de las dos de esta tarde -dijo el doctor.

 Ella le miró con lánguida curiosidad, y nada más.

 -¿Por qué antes de las dos? -preguntó.

 -Porque hoy es uno de mis «Días de Visitantes». Y la hora de visita es de dos a cuatro.

 -¿Qué tengo yo que ver con sus visitantes?

 -Simplemente esto. Creo que es importante que unos testigos perfectamente respetables y desinteresados la vean, en mi casa, en el papel de una dama que ha venido a consultarme.

 -Su motivo parece bastante rebuscado. ¿Es el único que tiene para esto ?

 -¡Mi querida señora! -la reprendió el doctor-. ¿Le he ocultado algo alguna vez? Creo que debería conocerme mejor.

 -Sí -dijo ella, con aire cansado y desdeñoso-. Soy lo bastante torpe para no conocerle aún. Envíe a buscarme cuando me necesite.

 Se apartó de él y volvió a su habitación.

 Dieron las dos y, un cuarto de hora más tarde, habían llegado todos los visitantes. A pesar de haberse cursado las invitaciones tan a última hora, y de ser el sanatorio tan poco atractivo visto desde fuera, aquéllas habían sido aceptadas en su mayoría por los miembros femeninos de las familias a quienes habían sido dirigidas. En la triste monotonía de la vida llevada por un gran sector de las clases medias de Inglaterra, las mujeres reciben de buen grado todo lo que les ofrezca alguna clase de refugio inofensivo contra la tiranía del principio de que toda felicidad humana empieza y termina en el hogar. Si las imperiosas necesidades de un país comercial limitaron la representación masculina entre los visitantes del doctor a un viejo achacoso y un niño adormilado, las pobrecillas mujeres, nada menos que dieciséis, viejas y jóvenes, casadas y solteras, habían aprovechado la feliz oportunidad de una incursión en la vida pública. Armónicamente unidas por los dos objetivos comunes que se les ofrecía (en primer lugar, mirarse las unas a las otras, y en segundo lugar, mirar el sanatorio), cruzaron en elegante procesión la triste verja de hierro del doctor disimulando con una fina capa de superioridad un interés que creían poco digno de las damas y que resultaba muy significativo y lamentable.

 El propietario del sanatorio recibió a sus visitantes en el vestíbulo, llevando a Miss Gwilt del brazo. Los ojos hambrientos de todas las mujeres del grupo hicieron caso omiso del doctor, como si no hubiese existido, y fijándose en la dama desconocida, la devoraron de la cabeza a los pies en un instante.

 -Mi primera paciente -dijo el doctor, presentando a Miss Gwilt-. Esta dama ingresó la pasada noche y aprovecha esta oportunidad (la única que me han permitido darle mis compromisos de esta mañana) para visitar todo el sanatorio. Permítame, señora -prosiguió, soltando a Miss Gwilt y ofreciendo el brazo a la más anciana de sus visitantes-. Nervios destrozados..., ansiedad doméstica -murmuró, confidencialmente-. ¡Una mujer encantadora! ¡Un caso muy triste!

 Suspiró delicadamente y condujo a la anciana a través del vestíbulo.

 Les siguió el rebaño de visitantes; Miss Gwilt acompañándoles en silencio, caminando sola (con ellas, pero no como una de ellas) en último lugar.

 -El jardín, damas y caballeros -dijo el doctor, volviéndose en redondo y dirigiéndose a su público desde el pie de la escalera-, está en parte sin terminar, como habrán visto ustedes. Pero, en las actuales circunstancias, presto poca atención al jardín, ya que Hampstead Heath está muy cerca y el ejercicio en coche y a caballo son parte de mi sistema. Aunque en menor grado, debo también suplicar vuestra indulgencia en lo tocante a la planta baja, donde nos hallamos ahora. La sala de espera y el estudio, en aquel lado, y el dispensario, en el otro (y al que les pediré que presten atención), están terminados. Pero el gran salón está todavía en manos del decorador. En aquella estancia (cuando se hayan secado las paredes, ni un momento antes) se reunirán mis pacientes para estar en animada compañía. No se ahorrará nada que pueda mejorar, elevar y adornar la vida, en estas pequeñas y felices reuniones. Así por ejemplo, habrá música todas las noches para los aficionados a ella.

 Llegados a este punto, se produjo una ligera excitación entre los visitantes. Una madre de familia interrumpió al doctor. Quería saber si la «música de todas las noches» incluía también la del domingo y, si era así, qué música se interpretaría.

 -Música sagrada, señora, desde luego -dijo el doctor-. Haendel, el domingo por la noche y ocasionalmente  (p.340) Haydn, cuando haya menos animación. Pero como iba a decirles, la música no es el único entretenimiento que ofrezco a mis pacientes nerviosos. Proporcionaremos lecturas distraídas a aquellos que prefieran los libros.

 Hubo otra ligera agitación entre los visitantes. Otra madre de familia quiso saber si lectura distraída significaba novelas.

 -Solamente novelas que yo haya seleccionado y examinado personalmente -dijo el doctor-. ¡Nada triste, señora! Puede haber muchas cosas tristes en la vida real, pero por esta misma razón, no las queremos en los libros. El novelista inglés que entre en mi casa (ningún novelista extranjero será admitido) debe comprender su arte como lo comprende en nuestros días el lector inglés de mente sana. Debe saber que nuestro gusto moderno más puro, nuestra moral moderna más elevada, le obligan a hacer exactamente dos cosas para nosotros, cuando escribe un libro. Lo único que le pedimos es que ocasionalmente nos haga reír e invariablemente haga que nos sintamos complacidos.

 Hubo una tercera agitación entre los visitantes, claramente causada esta vez por la aprobación de los sentimientos que acababan de escuchar. El doctor, no queriendo perjudicar la favorable impresión que había producido, abandonó el tema del salón y los condujo escalera arriba. Como antes, los visitantes le siguieron y, como antes Miss Gwilt anduvo en silencio detrás de ellos, la última de todos. Una tras otra, las señoras la miraron con intención de hablarle, pero vieron algo en su semblante, totalmente ininteligible para ellas, que atajó las bien intencionadas palabras en sus labios. La impresión dominante era que el director del sanatorio había ocultado delicadamente la verdad, y que su primera paciente estaba loca.

 El doctor iba en cabeza, deteniéndose a intervalos para que la anciana que llevaba del brazo recobrase el aliento, y los condujo a la parte más alta de la casa. Habiendo reunido a sus visitantes en el pasillo y señalado con una mano las puertas numeradas que se abrían a ambos lados les invitó a examinar cualquiera de las habitaciones a su antojo.

 -Los números del uno al cuatro, damas y caballeros -dijo-, corresponden a los dormitorios de los ayudantes. Los números del cinco al ocho son  (p.341) habitaciones destinadas a los pacientes más pobres y a los que admito en condiciones que sólo cubren mis gastos. En el caso de estas personas más pobres entre mis enfermos, son indispensables para su admisión, la compasión personal y la recomendación de dos clérigos. Son las únicas condiciones que impongo, pero insisto en ellas. Ruego que observen que todas las habitaciones están bien ventiladas y que las camas son de hierro, y tengan la bondad de fijarse, ahora que descendemos a la segunda planta, en que hay una puerta que cierra toda comunicación entre aquélla y la superior, en caso necesario. Las habitaciones de la segunda planta, en la que ahora nos encontramos, están (a excepción de mi propia habitación) enteramente dedicadas a la recepción de pacientes femeninas, ya que la experiencia me ha convencido de que la mayor sensibilidad de su constitución requiere que sus dormitorios estén a un nivel elevado, con vistas a la mayor pureza y más libre circulación del aire. Aquí se ponen inmediatamente las damas bajo mi cuidado, mientras que mi médico ayudante, el cual espero que llegue dentro de una semana, atiende a los caballeros en la planta inferior. Observen de nuevo, al descender al primer piso, una segunda puerta, que cierra por la noche toda comunicación entre las dos plantas, para todo el mundo, salvo para mí y el médico ayudante. Y ahora que hemos llegado a la parte de la casa destinada a los caballeros, y que han observado ustedes con sus ojos la disposición del establecimiento, permítanme que les ofrezca una muestra de mi sistema de curación. La mejor manera de hacerlo es enseñándoles una habitación preparada, bajo mis instrucciones, para el tratamiento de los casos más complicados de dolencias nerviosas y de alucinaciones que me son confiados.

 Abrió la puerta de una habitación situada en un extremo del pasillo y señalada con el número cuatro.

 -Observen el interior, damas y caballeros -dijo-, y si ven algo notable, les pido que lo mencionen.

 La habitación no era muy grande, pero estaba bien iluminada por una ancha ventana. Cómodamente amueblada como dormitorio, se distinguía en una cosa de otras habitaciones de la misma clase. No tenía chimenea. Habiéndolo observado los visitantes, les informó el doctor que la habitación era caldeada en invierno por medio de agua caliente, y les invitó a volver al pasillo, a hacer, bajo su dirección, descubrimientos que, de otra manera, no podrían hacer nunca.

 -Ante todo, señoras y caballeros -dijo-, una palabra, literalmente una palabra, sobre los trastornos nerviosos. ¿Cuál es el sistema de tratamiento cuando, digamos, la ansiedad mental aflige a alguien, y este alguien acude a su médico? Él le examina, le escucha y le prescribe dos cosas. Una de ellas la escribe sobre un papel y es enviada al farmacéutico. La otra se administra verbalmente, en el momento adecuado, y consiste en una recomendación general de mantener tranquila la mente. Después de este excelente consejo, el médico deja que se libre de todas las inquietudes terrenas por su propio esfuerzo, hasta que vuelve a visitarle. ¡Y aquí entra mi Sistema, y le ayuda! Cuando yo veo la necesidad de mantener su mente en paz, agarro el toro por los cuernos, ¡y lo hago por su cuenta! Le coloco en una esfera de acción en la que las diez mil pequeñeces capaces de irritar, y que irritan, el sistema nervioso en casa, son expresamente consideradas y evitadas. Levanto una inexpugnable barricada moral entre la inquietud y ustedes. ¡Encuentren, si pueden, una puerta que dé golpes en esta casa! ¡Sorprendan, en esta casa, a un criado que haga ruido con el servicio del té cuando se lleve la bandeja! ¡Descubran aquí perros que ladren, gallos que canten, obreros que den martillazos, niños que chillen y les prometo que mañana cerraré mi sanatorio! ¿Son estas molestias cosas baladíes para las personas nerviosas? ¡Pregúntenselo a ellas! ¿Pueden librarse de estas molestias en casa? ¡Pregúntenselo a ellas! Diez minutos de irritación producida por un perro que ladra y un niño que chilla ¿pueden deshacer todo el bien causado en un paciente nervioso por un mes de tratamiento médico? ¡Ni un solo médico competente de Inglaterra se atrevería a negarlo! En estas sencillas bases se funda mi Sistema. Afirmo que el tratamiento médico de las dolencias nerviosas es secundario, en relación con el tratamiento moral. Y este tratamiento moral es lo que encontrarán aquí. Este tratamiento moral, aplicado con diligencia durante todo el día, continúa para el paciente en su habitación, por la noche; le apacigua, le ayuda y le cura, sin que se dé cuenta, verán ustedes cómo.

 El doctor hizo una pausa para cobrar aliento, y miró por primera vez a Miss Gwilt desde que habían entrado los visitantes en la casa. Y por primera vez se adelantó ella entre el público y miró al médico. Este tosió y prosiguió:

 -Digamos, damas y caballeros, que mi paciente acaba de ingresar. Su mente está hecha un lío de fantasías y caprichos nerviosos, que sus amigos (con la mejor intención) han irritado, por ignorancia, en casa. Por ejemplo, le han infundido miedo, por la noche. Le han obligado a tener a otra persona durmiendo en su habitación, o le han prohibido, en prevención de accidentes, que cerrase la puerta. Él acude a mí la primera noche y dice: «¡Oiga, yo no quiero tener a nadie en mi habitación!» «¡Claro que no!» «Insisto en cerrar la puerta.» «¡Desde luego!» Entra y cierra la puerta, y allí se queda, tranquilo y en paz, predispuesto a la confianza, predispuesto al sueño, por haberse salido con la suya. «Todo esto está muy bien», dirán ustedes, «pero supongamos que ocurre algo, que le da un ataque por la  (p.342) noche. ¿Qué pasa entonces?» ¡Ahora lo verán! ¡Hola, amiguito! -exclamó de pronto, dirigiéndose al niño adormilado-. Vamos a jugar a un juego. Tú seras el pobre enfermo y yo seré el buen doctor. Entra en esta habitación y cierra la puerta por dentro. ¡Eres un chico valiente! ¿La has cerrado? Muy bien. ¿Crees que no puedo entrar si quiero hacerlo? Espero a que se haya dormido. Entonces aprieto este botoncito blanco disimulado en el dibujo de la pared exterior, el cerrojo se descorre en silencio y entro en la habitación siempre que quiero. Lo mismo ocurre con la ventana. Mi caprichoso paciente no quiere abrirla por la noche, cuando debiera hacerlo. Yo le sigo de nuevo la corriente. «Ciérrela, mi querido señor, ¡no faltaría más!» En cuanto se ha dormido, tiro de esta palanca negra oculta aquí, en el rincón de la pared. Como pueden ustedes ver, la ventana de la habitación se abre sin ruido. Digamos que al paciente se le antoja lo contrario, que insiste en abrir la ventana cuando debiera estar cerrada. Dejemos que lo haga, ¡que lo haga! Tiro de una segunda palanca cuando está abrigado en la cama, y la ventana se cierra silenciosamente al instante. Nada que le irrite, damas y caballeros, ¡absolutamente nada que le irrite! Pero todavía no he terminado con él. A pesar de todas mis precauciones, puede penetrar una enfermedad epidémica en este sanatorio, que haga necesario purificar la habitación del paciente. O la dolencia de éste puede verse agravada por una enfermedad no nerviosa, digamos, por ejemplo, una dificultad asmática para respirar. En el primer caso, es necesaria la fumigación; en el segundo, se obtendrá alivio añadiendo oxígeno al aire. El paciente nervioso epidémico dice: «¡No quiero que me ahumen!» El paciente nervioso asmático jadea de terror, ante la idea de un explosión química en su habitación. Yo fumigo sin ruido al primero y oxígeno sin ruido al segundo, por medio de un sencillo aparato instalado fuera de la habitación, en este rincón de aquí. Está protegido por esa caja de madera, de la que sólo yo tengo la llave, y comunica por medio de un tubo con el interior de la habitación. ¡Obsérvenlo!

 Mirando primero a Miss Gwilt, el doctor abrió la tapa de la caja de madera y mostró que el interior sólo contenía una vasija grande de piedra, con un embudo de cristal y un tubo que se introducía en la pared por el otro extremo. Con otra mirada a Miss Gwilt, el doctor cerró la tapa y preguntó en su tono más suave, si su Sistema era ahora inteligible.

 -Podría mostrar toda clase de artefactos parecidos -siguió diciendo, mientras les conducía escalera abajo-, pero todos se reducen a lo mismo. El paciente nervioso al que se deja hacer siempre lo que quiera no se inquieta, y el paciente nervioso que no se inquieta se cura. Esto, dicho en pocas palabras. Ahora vengan a ver el dispensario, señoras, y después, la cocina.

 Una vez más, se quedó Miss Gwilt detrás de los visitantes y esperó sola, mirando fijamente la habitación que había abierto el doctor y el aparato que había mostrado. Y una vez más, comprendió, sin que se cruzase una palabra entre ellos. Sabía, sin que él lo confesara, que estaba poniendo astutamente la necesaria tentación ante ella, delante de testigos que pudiesen hablar de las cosas superficialmente inocentes que habían visto, sí ocurría algo grave. El aparato, construido en principio para servir los fines de los artilugios médicos del doctor, sería por lo visto empleado para otro uso, en el que probablemente no había soñado hasta ahora. Y lo más probable era que, antes de que terminase el día, aquel otro uso le fuese revelado en privado, en el momento oportuno y en presencia del testigo adecuado. «Armadale morirá esta vez -dijo para sí mientras bajaba despacio la escalera-. El doctor le matará, por mis manos.»

 Los visitantes estaban en el dispensario cuando se reunió con ellos. Todas las damas admiraban la belleza del armario antiguo y, como consecuencia necesaria, ardían en deseos de ver lo que había en su interior. El doctor, después de echar una mirada de advertencia a Miss Gwilt, sacudió jovialmente la cabeza.

 -No hay nada en su interior que pueda interesarles -dijo-. Sólo hileras de frasquitos que contienen los venenos usados en medicina y que tengo cerrados bajo llave. Vengan a la cocina, señoras, y háganme el honor de aconsejarme en estas cuestiones domésticas.

 Miró de nuevo a Miss Gwilt, al cruzar los visitantes el vestíbulo, y su mirada le dijo claramente: «Quédese ahí.»

 Un cuarto de hora más tarde, el doctor había expuesto sus opiniones sobre cocina y dieta, y los visitantes (debidamente provistos de prospectos) se estaban despidiendo de él en la puerta. «¡Un gran regalo intelectual!», se decían los unos a los otros, mientras cruzaban la verja de hierro en perfecta formación. «¡Y qué hombre superior!»

 El doctor volvió al dispensario, tarareando distraídamente, sin observar el rincón del vestíbulo donde se había retirado Miss Gwilt. Después de vacilar un momento, ella le siguió. Cuando entró, el ayudante estaba ya en la habitación, llamado un instante antes por su patrono.

 -Doctor -dijo ella, fría y mecánicamente, como si estuviese repitiendo una lección-, siento tanta curiosidad como las otras damas sobre su lindo armario. Ahora que se han ido todas, ¿no querrá mostrármelo a mí?

 El doctor se echó a reír, a su simpática manera.

 -La vieja historia -dijo-. El cuarto cerrado de Barba Azul, ¡y la curiosidad femenina! No se vaya, Benjamín. Mi querida señora, ¿qué interés puede tener usted en mirar un frasco de un medicamento, sólo porque al mismo tiempo es veneno?

 Ella volvió por segunda vez a su lección.

 -Me interesa verlo -dijo-,  (p.343) porque pienso en las cosas terribles que podrían hacerse con él, si cayese en malas manos.

 El doctor miró a su ayudante y sonrió compasivamente.

 -Es curioso, Benjamín -dijo-, la romántica opinión que tienen de nuestras drogas las mentes no científicas. Mi querida señora -prosiguió, volviéndose de nuevo a Miss Gwilt-, si es por esto que le interesa ver los venenos, no hace falta que me pida que abra mi armario; basta con que mire los medicamentos que hay en los estantes de esta habitación. Hay muchos líquidos y sustancias en esos frascos, inocuos y muy beneficiosos en sí mismos, que, en combinación con otros líquidos y sustancias, se convierten en venenos tan terribles y mortíferos como cualquiera de los que tengo cerrados bajo llave en mi armario.

 Ella le miró un momento y pasó al otro lado de la estancia.

 -Muéstreme uno -dijo.

 Sonriente y jovial como siempre, el doctor le siguió el humor a su paciente. Señaló el frasco del que había extraído en privado un líquido amarillo el día anterior y que había vuelto a llenar con una mezcla realizada por él, que imitaba exactamente el color de aquél.

 -¿Ve usted aquella botella -le preguntó-, aquella botella achaparrada, redonda y de aspecto inofensivo? Prescindamos del nombre de su contenido; fijémonos solamente en la botella y, para distinguirla, pongámosle un nombre. ¿La llamaremos nuestro «Vigoroso Amigo»? Muy bien. Nuestro Vigoroso Amigo es, por sí solo, un medicamento inofensivo y muy eficaz. Se administra todos los días a cientos de miles de pacientes en todo el mundo civilizado. No ha tenido que presentarse ante los tribunales de justicia; no ha despertado intenso interés en las novelas; no ha representado ningún papel terrible en los escenarios. Aquí está, una inocente e inofensiva criatura, que no molesta a nadie que tenga la precaución de mantenerlo encerrado. Pero póngale en contacto con otra cosa, preséntelo a cierta sustancia mineral común, de fácil acceso en todo el mundo, y rompa ésta en fragmentos; procúrese (digamos) seis porciones de nuestro Vigoroso Amigo y viértalas consecutivamente sobre los fragmentos que he mencionado, a intervalos de no menos de cinco minutos. Cada vez surgirán cantidades de pequeñas burbujas; recoja el gas de  (p.344) estas burbujas, introdúzcalo en una cámara cerrada y, si está el propio Sansón en esta cámara, ¡nuestro Vigoroso Amigo le matará en media hora! Le matará lentamente, sin que él vea nada, sin que huela nada, sin que sienta nada, salvo somnolencia. Le matará y no dirá nada a todo el Colegio de Médicos, ¡que afirmarán que la víctima ha fallecido de apoplejía o de congestión pulmonar! ¿Qué le parece esto, mi querida señora, en el mundo del misterio y de la fantasía? ¿No es nuestro Vigoroso Amigo inofensivo tan interesante ahora como si adquiriese la terrible fama popular del arsénico y de la estricnina que tengo encerrados ahí dentro? ¡No suponga que exagero! No suponga que invento un cuento de miedo, como dicen los niños. Pregúntele a Benjamín -dijo el doctor, apelando a su ayudante, pero mirando fijamente a Miss Gwilt-. Pregúntele a Benjamin -repitió, recalcando las palabras- si seis dosis de aquella botella, a intervalos de cinco minutos, no producirían, en las condiciones que he indicado, los resultados que he descrito.

 El farmacéutico residente, que admiraba discretamente y desde lejos a Miss Gwilt, se sobresaltó y se puso colorado. La pequeña atención de incluirle en la conversación le había satisfecho visiblemente.

 -El doctor tiene toda la razón, señora -dijo, dirigiéndose a Miss Gwilt, con una profunda reverencia-. La producción del gas, durante media hora, sería muy gradual. Y -añadió el farmacéutico, pidiendo en silencio a su patrono que le permitiese exhibir algunos conocimientos de química por su parte- el volumen del gas sería suficiente, al terminar aquel tiempo (si no me equivoco, señor), para causar la muerte en menos de cinco minutos a cualquier persona que entrase en la habitación.

 -Indiscutiblemente, Benjamin -asintió el doctor-. Pero creo que, de momento, ya hemos hablado bastante de química -añadió, volviéndose a Miss Gwilt-. Siempre dispuesto, mi querida señora, a satisfacer sus deseos, propongo que hablemos de algún tema más alegre. ¿Y si salimos del dispensario, antes de que le sugiera otras cuestiones para activar su mente? ¿No? ¿Quiere presenciar un experimento? ¿Quiere ver cómo se forman las pequeñas burbujas? Bueno, bueno, nada hay de malo en esto. Dejaremos que Mrs. Armadale vea las burbujas -siguió diciendo el doctor, en el tono de un padre siguiéndole la corriente a una hijita mimada-. Vea si puede encontrar algunos fragmentos que nos sirvan, Benjamin. Supongo que los obreros (¡qué despacio trabajan!) habrán dejado algo de esta clase en la casa o en el jardín.

 El farmacéutico residente salió de la habitación.

 En cuanto hubo vuelto la espalda, el doctor empezó a abrir y cerrar cajones en varias partes del dispensario, con el aire del hombre que necesita algo urgentemente y no sabe dónde encontrarlo. -¡Bendita sea mi alma! -exclamó, deteniéndose de pronto delante del cajón del que había sacado las tarjetas de invitación el día anterior-. ¿Qué es esto? ¿Una llave? ¡Que me aspen si no es un duplicado de la de mi aparato de fumigación! ¡Dios mío, Dios mío, qué descuidado me he vuelto! -dijo, volviéndose vivamente hacia Miss Gwilt-. No tenía la menor idea de que existía esta segunda llave. Nunca la habría echado en falta. ¡Le aseguro que nunca la habría echado en falta, si alguien la hubiese tomado de este cajón!

 Se dirigió apresuradamente al otro extremo de la habitación, sin cerrar el cajón y sin llevarse la llave duplicada.

 Miss Gwilt le había escuchado en silencio. En silencio se acercó al cajón. En silencio tomó la llave y la guardó en el bolsillo de su delantal.

 El farmacéutico volvió, con los fragmentos que el doctor le había pedido, y los depositó en un cuenco.

 -Gracias, Benjamín -le dijo el doctor-. Tenga la bondad de cubrirlos con agua, mientras tomo la botella.

 Así como a veces ocurren accidentes en las familias más perfectamente ordenadas, así se vuelven a veces torpes las manos más perfectamente disciplinadas. Al bajarla el doctor del estante, la botella se escapó de su mano y se hizo añicos en el suelo.

 -¡Oh, malditos dedos! -exclamó el médico, con aire de cómica irritación-. ¿Qué diablos pretendéis con una jugarreta como ésta? Bueno, bueno, bueno, ¡qué le vamos a hacer! ¿Tenemos más de esto, Benjamín?

 -Ni una gota, señor.

 -¡Ni una gota! -repitió el doctor-. Mi querida señora, ¿qué excusas puedo ofrecerle? Mi torpeza ha hecho hoy imposible mi pequeño experimento. Recuérdeme que pida más líquido de éste mañana, Benjamín, y no se moleste en limpiar toda esta porquería. Enviaré al criado para que lo haga. Nuestro Vigoroso Amigo es ahora bastante inofensivo, mi querida señora, en combinación con un suelo entarimado y con la bayeta que vendrá a enjugarlo. Lo siento, siento de veras no haber podido complacerla.

 Dichas estas palabras de disculpa, le ofreció el brazo y condujo a Miss Gwilt fuera del dispensario.

 -¿Ha terminado conmigo por ahora? -preguntó ella, cuando estuvieron en el vestíbulo.

 -¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Qué manera de decirlo! -exclamó el doctor-. La cena, a las seis -añadió, con un énfasis cortés, al volverse ella con desdeñoso silencio y subir despacio la escalera para ir a su habitación.

 Un reloj que no hacía el menor ruido (para no molestar a los nervios irritables) estaba colgado en la pared, encima del rellano del primer piso del sanatorio. En el momento en que las saetas señalaban las seis menos cuarto, se rompió suavemente el silencio de las solitarias regiones superiores, por el susurro del vestido de Miss Gwilt. Ésta avanzó a lo largo del pasillo del primer piso; se detuvo ante el aparato tapado y sujeto en el exterior de la habitación número cuatro; escuchó un momento, y después, abrió la  (p.345) tapa con la llave duplicada.

 La tapa levantada proyectó una sombra en el interior de la caja. Lo único que vio ella, al principio, fue lo que había visto ya anteriormente: la vasija, el tubo y el embudo de cristal inserto en el tapón. Extrajo el embudo y, mirando a su alrededor, observó, en el antepecho de una ventana próxima, una varita con la punta de cera, que se empleaba para encender las luces de gas. Tomó la varita, la introdujo en la abertura dejada por el embudo, y la agitó dentro de la vasija. El débil ruido de un líquido y el más áspero de ciertas sustancias sólidas que estaba agitando fueron los dos sonidos que percibieron sus oídos. Sacó la varita y tocó cautelosamente, con la punta de la lengua, el extremo mojado. La precaución había sido completamente inútil en este caso. El líquido era... agua.

 Al volver a colocar el embudo en su sitio, advirtió algo que brillaba débilmente en el espacio poco iluminado del lado de la vasija. Lo sacó y vio que era un frasco púrpura. El líquido que lo llenaba era oscuro y podía verse a través del cristal coloreado y transparente; sujetas a un lado del frasco, a intervalos regulares, había tres tiras delgadas de papel, que dividían el contenido en seis partes iguales.

 Ahora no cabía duda de que el aparato había sido preparado en secreto para ella; el aparato del que sólo ella (además del doctor) poseía la llave.

 Volvió a poner el frasco en su sitio y cerró la tapa de la caja. Se quedó mirándola un momento, con la llave en la mano. De pronto, volvió el color a su pálido semblante. Giró sobre sus talones, subió corriendo la escalera y entró en su habitación del segundo piso. Con manos ansiosas, tomó su abrigo del armario y sacó el sombrero de la caja.

 -¡No estoy en una cárcel! -exclamó, impetuosamente-. ¡Puedo ejercitar los miembros! Puedo ir... a cualquier parte, ¡con tal de salir de esta casa!

 Con el abrigo sobre los hombros y el sombrero en la mano, cruzó la habitación y se dirigió a la puerta. Un momento más... y habría salido al pasillo. Pero, en aquel instante, recordó al marido a quien había negado. Se detuvo y arrojó el abrigo y el sombrero sobre la cama.

 -¡No! -dijo-. Se ha abierto un abismo entre nosotros..., ¡lo peor ya es cosa hecha!

 Hubo una llamada a la puerta. La voz del doctor le recordó cortésmente, desde fuera, que eran las seis.

 Ella abrió la puerta y le detuvo al bajar él la escalera.

 -¿A qué hora llega el tren esta noche? -preguntó, en voz baja.

 -A las diez -respondió el doctor, en voz tan alta que podía oírla todo el mundo.

 -¿Qué habitación darán a Mr. Armadale, cuando llegue?

 -¿Cuál le parece a usted mejor?

 -La número cuatro.

 El doctor mantuvo las apariencias hasta el final.

 -Le daremos la número cuatro -dijo, amablemente-. Siempre, naturalmente, que no esté ocupada cuando él llegue.

 Transcurrió la tarde y llegó la noche.

 Pocos minutos antes de las diez, Mr. Bashwood volvía a estar en su puesto, esperando la llegada del tren.

 El inspector de guardia, que le conocía de vista y había comprobado personalmente que su regular presencia en la estación terminal no tenía por móvil las bolsas o las maletas de los pasajeros, advirtió aquella noche dos nuevas circunstancias en relación con Mr. Bashwood.

 En primer lugar, en vez de mostrarse animado como de costumbre, parecía inquieto y deprimido. En segundo lugar, mientras esperaba el tren, diríase que estaba siendo observado a su vez por un hombre delgado, moreno y bajito, que había dejado su equipaje (marcado con el nombre de Midwinter) en la consigna, la tarde anterior, y había vuelto hacía media hora para que fuese examinado por los aduaneros.

 ¿Qué había traído a Midwinter a la terminal? ¿Y por qué estaba también esperando aquel tren?

 Después de haberse desviado hasta Hendon, durante su paseo solitario de la noche anterior, se había refugiado en la posada y se había quedado dormido (de puro agotamiento) hasta hora tardía de la mañana, que era la que la previsión de su esposa había calculado. Y así, cuando volvió a la pensión, la patrona sólo pudo informarle de que su huéspeda había liquidado la cuenta y se había marchado (ni ella ni la sirvienta sabían hacia dónde) más de dos horas antes.

 Después de unas breves investigaciones, cuyo resultado le convenció de que había perdido aquella pista, Midwinter había salido de la casa y continuado mecánicamente su camino hacia los sectores más concurridos y centrales de la metrópoli. Conociendo ahora el carácter de su esposa, ir a la dirección que le había dado ella como la de su madre habría sido indudablemente inútil. Caminó por las calles, resuelto a descubrirla y tratando en vano de ver la manera de conseguirlo, hasta que la fatiga se le impuso una vez más. Se detuvo para descansar y recuperar fuerzas en el primer hotel que encontró, y una discusión oída por casualidad entre un camarero y un desconocido, sobre una maleta perdida, le recordó su propio equipaje, que había dejado en la terminal, y esto le hizo evocar inmediatamente las circunstancias en que Mr. Bashwood y él se habían encontrado. Un momento más, y vio claramente que había estado perdiendo el tiempo buscando por las calles. Un momento más y decidió tratar de encontrar de nuevo al administrador, esperando a la persona a quien había estado evidentemente aguardando la noche anterior a la llegada del tren.

 Ignorando la noticia de la muerte de Allan en el mar, sin haber podido averiguar, en la violenta entrevista con su esposa, qué se proponía ésta vistiéndose de viuda, las al principio vagas sospechas de Midwinter sobre su fidelidad se habían convertido inevitablemente en convicción de que ella le engañaba. Sólo podía dar una interpretación a su  (p.346) rechazo y al hecho de que usase el nombre bajo el que se había casado él en secreto con ella. Su conducta llevaba forzosamente a la conclusión de que se había comprometido en alguna intriga infame, y de que se había asegurado de antemano la posición en la que sabía que sería más odioso y repelente para él tratar de reclamar su autoridad sobre ella. Con esta convicción, estaba ahora observando a Mr. Bashwood, firmemente persuadido de que el lugar donde se escondía su esposa era conocido por el vil servidor de los vicios de ésta, y sospechando tristemente, a medida que pasaba el tiempo, que el desconocido que le había agraviado y el viajero desconocido cuya llegada estaba esperando el administrador eran la misma persona.

 El tren llegó con retraso aquella noche y los vagones iban más llenos que de costumbre. Midwinter se vio envuelto en la confusión del andén y, al tratar de librarse, perdió por primera vez de vista a Mr. Bashwood.

 Transcurrieron varios minutos antes de que descubriese de nuevo al administrador, que estaba ahora hablando afanosamente a un hombre de abrigo holgado y que estaba de espaldas a Midwinter. El cual, olvidando todas las precauciones que había tomado antes de aparecer el tren, avanzó inmediatamente en su dirección: Mr. Bashwood vio su cara amenazadora al acercarse él, y retrocedió en silencio. El hombre del abrigo holgado se volvió a mirar en la dirección que lo hacía el administrador, y Midwinter vio, a la fuerte luz de un farol de la estación, ¡el rostro de Allan!

 De momento, ambos permanecieron mudos, estrechándose la mano, mirándose. Allan fue el primero en recobrarse.

 -¡Loado sea Dios! -dijo, fervientemente-. No te pregunto cómo has venido aquí; me basta con que hayas venido. He recibido tristes noticias, Midwinter. Nadie salvo tú puede consolarme y ayudarme a soportarlas.

 Le flaqueó la voz al pronunciar las últimas palabras, y no dijo más.

 El tono en que había hablado animó a Midwinter a aceptar las circunstancias tal como se presentaban, apelando al viejo interés agradecido por su amigo, que había sido antaño el interés principal de su vida. Dominó su aflicción personal por primera vez desde que había caído sobre él y, llevándose amablemente a Allan a un lado, le preguntó qué  (p.347) había sucedido.

 Después de informarle de la noticia de su presunta muerte en el mar, le respondió Allan que, según le había dicho Mr. Bashwood, aquella noticia había llegado a conocimiento de Miss Milroy y que las lamentables consecuencias de la impresión causada habían obligado al comandante a poner a su hija bajo tratamiento médico en una institución de las afueras de Londres.

 Antes de decir algo por su parte, Midwinter miró hacia atrás con desconfianza. Mr. Bashwood les había seguido. Mr. Bashwood les estaba observando, para ver lo que hacían.

 -¿Estaba él esperando tu llegada para contarte esto acerca de Miss Milroy? -preguntó Midwinter, mirando de nuevo a Allan.

 -Sí -dijo éste-. Ha tenido la bondad de esperar aquí, noche tras noche, para darme la noticia.

 Midwinter hizo una nueva pausa, el intento de conciliar la conclusión que había sacado de la conducta de su esposa con el descubrimiento de que Allan era el hombre cuya llegada había estado esperando Mr. Bashwood, era desde luego vano. La única posibilidad que se le ofrecía ahora de descubrir la verdadera solución del misterio era presionar al administrador, aprovechando un punto flaco por el que podía atacarle. La noche anterior había negado rotundamente saber algo de los movimientos de Allan o tener interés alguno en el regreso de éste a Inglaterra. Habiendo sorprendido a Mr. Bashwood en esta mentira, Midwinter sospechó inmediatamente que le había contado otra a Allan, y aprovechó la oportunidad de estudiar en el acto su declaración acerca de Miss Milroy.

 -¿Cómo se ha enterado usted de esta triste noticia? -preguntó, volviéndose de pronto a Mr. Bashwood.

 -Por medio del comandante, desde luego -le dijo Allan, antes de que el administrador pudiese responder.

 -¿Quién es el médico que trata a Miss Milroy? -insistió Midwinter, dirigiéndose todavía a Mr. Bashwood.

 Por segunda vez, el administrador no respondió. Por segunda vez, Allan respondió por él.

 -Es un hombre que tiene un apellido extranjero -dijo Allan-. Tiene un sanatorio cerca de Hampstead. ¿Cómo dijo que se llama aquel lugar, Mr. Bashwood?

 -Fairweather Vale, señor -dijo el administrador, respondiendo por necesidad, pero de mala gana, a su patrono.

 La dirección del sanatorio recordó inmediatamente a Midwinter que había seguido a su esposa hasta Fairweather Vale Villas la noche anterior. Por primera vez, empezó a ver un poco de luz en la oscuridad. El instinto que actúa urgentemente, antes de que pueda afirmarse el lento proceso del razonamiento, le llevó de un salto a la conclusión de que Mr. Bashwood, que ciertamente había actuado bajo la influencia de su esposa el día anterior, podía estar actuando ahora bajo la misma influencia. Insistió en escudriñar a fondo la declaración del administrador, en la cada vez más firme convicción de que era una mentira y de que su esposa estaba complicada en esto.

 -¿Está el comandante en Norfolk? -preguntó--¿O está junto a su hija en Londres?

 -En Norfolk -dijo Mr. Bashwood. Habiendo contestado con estas palabras a una mirada interrogadora de Allan, más que a la pregunta expresa de Midwinter, vaciló, miró a la cara a Midwinter por primera vez, y añadió de pronto-: Con perdón, señor, me niego a ser interrogado por usted. Sé lo que he dicho a Mr. Armadale, y nada más. Las palabras y el tono en que habían sido pronunciadas eran diferentes del lenguaje y el tono que solía emplear Mr. Bashwood. Había una expresión hosca y abatida en su semblante, y una furtiva desconfianza y aversión en sus ojos, al mirar a Midwinter, que éste no había advertido hasta ahora. Antes de que pudiese replicar al extraordinario arrebato del administrador, intervino Allan.

 -No me culpes de impaciente -dijo-. Pero se está haciendo tarde y hay un largo camino hasta Hampstead. Temo encontrar cerrado el sanatorio. Midwinter se sobresaltó.

 -¡Esta noche no vas a ir al sanatorio! -exclamó. Allan tomó la mano de su amigo y la estrechó con fuerza.

 -Si la apreciases tanto como yo -murmuró-, no descansarías, no podrías dormir, hasta haber hablado con el médico y oído de sus labios lo mejor y lo peor que tuviese que decir. ¡Pobrecilla! Tal vez si me viese ahora vivo y sano...

 Sus ojos se llenaron de lágrimas, y volvió la cabeza, en silencio.

 Midwinter miró al administrador.

 -Retírese -dijo-. Tengo que hablar con Mr. Armadale.

 Había algo amenazador en su mirada. Mr. Bashwood se retiró donde no podía oírles, pero sin perderles de vista. Midwinter apoyó afectuosamente una mano en el hombro de su amigo.

 -Allan -dijo-, tengo razones... -Se interrumpió. ¿Podía dar estas razones antes de haberlas comprobado, en este momento y bajo estas circunstancias? ¡Imposible! Tengo razones -prosiguió-para aconsejarte que no creas a ciegas lo que pueda decirte Mr. Bashwood. No se lo digas, pero debes estar sobre aviso.

 Allan miró asombrado a su amigo.

 -¡Tú simpatizaste siempre con Mr. Bashwood! -exclamó-. ¡Fuiste tú quien confiaste en él, cuando vino por primera vez a la casa grande!

 -Tal vez estaba equivocado, Allan, y tú tenías razón. ¿Quieres solamente esperar a que telegrafíe al comandante Milroy y reciba su respuesta? ¡Sólo será esta noche!

 -Me volveré loco si tengo que esperar toda la noche -dijo Allan-. Has hecho que esté aún más inquieto que antes. Si no hablo de ello con Bashwood, tengo que ir al sanatorio, y será el propio médico quien me diga si está o no allí.

 Midwinter vio que su esfuerzo era inútil. En interés de Allan, sólo podía proponerle otra cosa.

 -¿Dejarás que te acompañe? -preguntó.

 La cara de Allan se iluminó por primera vez.

 -¡Mi querido y buen amigo! -exclamó-.  (p.348) Precisamente era esto lo que iba a pedirte.

 Midwinter llamó al administrador.

 -Mr. Armadale va a ir al sanatorio -dijo- y yo le acompañaré. Busque un simón y venga con nosotros.

 Esperó a ver si Mr. Bashwood le obedecía. Como éste tenía instrucciones concretas de no perder de vista a Allan cuando llegase, y teniendo, en su propio interés, que explicar a Miss Gwilt la inesperada aparición de Midwinter, el administrador no tenía alternativa. Con hosca resignación, hizo lo que se le ordenaba. Allan dio las llaves de su equipaje al servidor extranjero que había traído con él y le indicó que esperase sus órdenes en el hotel de la terminal. Un minuto más tarde, el coche salía de la estación, con Midwinter y Allan en su interior, y Mr. Bashwood en el pescante con el cochero.

 Entre las once y las doce de aquella noche, Miss Gwilt, sola y de pie junto a la ventana del pasillo del segundo piso del sanatorio, oyó un ruido de ruedas que se acercaban. Aquel sonido, que había aumentado rápidamente de volumen en el silencio del barrio solitario, ceso ante la verja de hierro. Un minuto después, vio que el simón se detenía ante la puerta de la casa.

 La noche había sido nubosa, pero el cielo se estaba ahora despejando y había salido la luna. Miss Gwilt abrió la ventana para ver y oír con más claridad. A la luz de la luna, vio que Allan se apeaba del coche y se volvía para hablar con alguien que estaba en el interior. La voz que respondió le dijo, antes de que apareciese el hombre, que el compañero de Armadale era su marido.

 Volvió a experimentar el mismo efecto petrificante que le había producido la entrevista con él del día anterior. Permaneció junto a la ventana, pálida e inmóvil, macilenta y envejecida, como cuando se había enfrentado con él en traje de viuda.

 Mr. Bashwood, que subió a hurtadillas al segundo piso para dar su informe, supo, en cuanto vio a la mujer, que aquello era inútil.

 -No ha sido culpa mía -fue todo lo que dijo, al volver ella lentamente la cabeza y mirarle-. Se encontraron y no hubo manera de separarles.

 Ella respiró hondo y le indicó que se callase.

 -Espere un poco -dijo-; lo sé todo acerca de esto.

 Dichas estas palabras, se apartó y caminó despacio hasta el final del pasillo; dio media vuelta y volvió lentamente hacia él, con el ceño fruncido y gacha la cabeza, perdidas su gracia y su belleza, salvo la gracia y la belleza innatas del movimiento de los miembros.

 -¿Desea hablar conmigo? -preguntó, sin pensar en él y mirándole con ojos inexpresivos al hacerle la pregunta.

 El hizo acopio de un valor que nunca había mostrado aún en su presencia.

 -¡No me desespere! -gritó, con sorprendente brusquedad-. ¡No me mire de esta manera, ahora que lo he descubierto!

 -¿Qué es lo que ha descubierto? -preguntó ella, con una momentánea sorpresa en el semblante, que se desvaneció antes de que él recobrase el aliento para continuar.

 -Mr. Armadale no es el hombre que me la quitó -respondió-. Es Mr. Midwinter. Ayer lo descubrí en su cara. Y ahora lo veo en su cara. ¿Por qué firmó con el nombre de Armadale cuando me escribió? ¿Por qué se hace llamar todavía Mrs. Armadale?

 Pronunció estas atrevidas palabras a largos intervalos, esforzándose en resistir la influencia que ejercía ella sobre él, y su aspecto era lastimoso y terrible.

 Ella le miró por primera vez con ojos suaves.

 -Ojalá le hubiese compadecido cuando nos conocimos -dijo amablemente- como le compadezco ahora.

 Él se esforzó desesperadamente en proseguir, en decirle las palabras que había pensado durante el viaje desde la terminal. Palabras que insinuaban amenazadoramente su conocimiento de la vida pasada de ella, palabras que le advertían que (hiciera lo que hiciese, cometiera los crímenes que cometiese) debía pensarlo dos veces antes de engañarle y abandonarle de nuevo. Se había jurado que le hablaría en estos términos. Había elegido las frases adecuadas y las había clasificado y ordenado en su mente; lo único que le faltaba era hacer el esfuerzo final de pronunciarlas, e incluso ahora, después de todo lo que se había atrevido a decir, aquel esfuerzo era más de lo que podía realizar. Con impotente gratitud, incluso por algo tan nimio como su compasión, se la quedó mirando, y silenciosas lágrimas de mujer brotaron de sus viejos ojos de hombre.

 Ella le asió la mano y le habló, con marcada indulgencia, pero sin la menor señal de emoción por su parte.

 -Ha esperado ya a petición mía -dijo-. Espere hasta mañana, y lo sabrá todo. Si no confía en nada de todo lo demás que le he dicho, puede confiar en lo que le digo ahora. Todo terminará esta noche.

 Mientras decía estas palabras, se oyeron las pisadas del doctor en la escalera. Mr. Bashwood se apartó de la mujer, latiéndole el corazón con indecible esperanza. «¡Todo terminará esta noche!», repitió para sus adentros, retirándose hacia el extremo del pasillo.

 -No le molestaré, señor -dijo animadamente el médico, cuando se encontraron-. No tengo nada que decir a Mrs. Armadale que no pueda oírlo todo el mundo.

 Mr. Bashwood no le respondió, sino que siguió alejándose hacia el extremo del pasillo y repitiéndose: «¡Todo terminará esta noche!» El doctor se cruzó con él y se reunió con Miss Gwilt.

 -Sin duda se habrá enterado de la llegada de Mr. Armadale -empezó diciendo en su tono más suave y franco-. Permítame añadir, mi querida señora, que no hay el menor motivo de agitación nerviosa por parte de usted. Hemos tenido buen cuidado de seguirle la corriente y está todo lo tranquilo y sociable que podrían desear sus mejores amigos. Le he informado de que es imposible que se entreviste con la joven esta noche, pero que puede estar seguro de verla (con las debidas  (p.349) precauciones) lo antes posible, en cuanto se despierte ella mañana por la mañana. Como no hay ningún hotel cerca de aquí, y tiene que ser avisado en el momento adecuado, era natural, dadas las peculiares circunstancias, que yo le ofreciese la hospitalidad del sanatorio. El la ha aceptado, sumamente agradecido, y me ha dado cortés y conmovedoramente las gracias por el trabajo que me he tomado para tranquilizar su mente. Todo satisfactorio, perfectamente satisfactorio, hasta aquí. Pero hubo una pequeña dificultad, ahora felizmente superada, que creo que debo comunicarle antes de que nos retiremos a descansar.

 Habiendo allanado el camino con estas palabras (y oyéndolas Mr. Bashwood) para la declaración que había anunciado previamente que pensaba hacer, para el caso de que Allan muriese en el sanatorio, iba el doctor a proseguir cuando le llamó la atención un ruido, abajo, como de alguien que tratase de abrir una puerta.

 Bajó inmediatamente la escalera y abrió la puerta de comunicación entre el primer y el segundo pisos, que había cerrado con llave al subir. Pero la persona que la había estado empujando (suponiendo que existiese en realidad) había sido más rápida que él. Miró a lo largo del pasillo y, por encima de la escalera, hacia el vestíbulo, pero no descubrió nada y volvió junto a Miss Gwilt, después de cerrar de nuevo la puerta de comunicación.

 -Discúlpeme -dijo-; creí oír algo abajo. En cuanto a la pequeña dificultad que acabo de solucionar, permítame que le informe de que Mr. Armadale ha traído con él un amigo que lleva el extraño apellido de Midwinter. ¿Conoce usted a ese caballero? -preguntó el doctor, con ojos recelosos que contradecían la estudiada indiferencia de su tono.

 -Sé que es un viejo amigo de Mr. Armadale -dijo ella-. ¿Acaso...? -Le falló la voz y bajó los ojos ante la mirada escrutadora del médico. Superó la momentánea flaqueza y terminó la pregunta-: ¿Acaso se quedará también aquí esta noche?

 -Mr. Midwinter es una persona de modales toscos y temperamento receloso -dijo el doctor, observándola fijamente-. Fue lo bastante rudo para insistir en quedarse aquí, en cuanto hubo Mr. Armadale aceptado mi invitación. Hizo una pausa, para observar el efecto que habían producido en ella sus palabras.  (p.350) Totalmente a oscuras, por la precaución con que había evitado ella mencionar el nombre supuesto de su marido en su primera entrevista, la desconfianza del doctor era necesariamente muy vaga. Había advertido que le flaqueaba la voz y que cambiaba de color. Sospechó una reserva mental por parte de ella al respecto de Midwinter... y nada más.

 -¿Y ha permitido usted que se saliese con la suya? -preguntó ella-. De haberme hallado en su lugar, yo le habría mostrado la puerta.

 La calma inconmovible de su tono advirtió al doctor que no debía seguir poniendo a prueba su aplomo aquella noche. Volvió a asumir el carácter de arbitro médico de Mrs. Armadale con referencia al tema de la salud mental de Mr. Armadale.

 -Si sólo hubiese tenido que consultar mis propios sentimientos -dijo-, no le negaré que hubiese (según dice usted) mostrado la puerta a Mr. Midwinter. Pero, al apelar a Mr. Armadale, descubrí que también él estaba ansioso de no separarse de su amigo. En estas circunstancias, no tenía más alternativa que volver a seguirle la corriente. La responsabilidad de contrariarle, por no hablar -añadió el doctor, acercándose por un instante a la verdad- de mi temor a un escándalo en la casa, dado el temperamento de su amigo, me impedía actuar de otra manera. Por consiguiente, Mr. Midwinter se quedará aquí esta noche y ocupará (debería decir, insiste en ocupar) la habitación contigua a la de Mr. Armadale. Aconséjeme, señora, en esta emergencia -concluyó el doctor, recalcando las palabras-. ¿En qué habitaciones del primer piso debo instalarles?

 -Ponga a Mr. Armadale en la número cuatro.

 -¿Y a su amigo en la número tres? -dijo el doctor-. Bien, bien, bien, tal vez son las más cómodas. Daré inmediatamente las órdenes pertinentes. No tenga prisa en marcharse, Mr. Bashwood -dijo alegremente, al llegar a la escalera-. He dejado la llave de mi ayudante en el antepecho de aquella ventana y Mrs. Armadale podrá abrirle la puerta de la escalera cuando le plazca. ¡No esté levantada hasta muy tarde, Mrs. Armadale! Su sistema nervioso requiere mucho sueño. «Un sueño tranquilo es el mejor reconstituyente de la naturaleza cansada.» Una máxima magnífica. Que Dios la bendiga... Buenas noches.

 Mr. Bashwood volvió del extremo del pasillo, preguntándose aún, con indecible expectación, lo que traería consigo aquella noche.

 -¿Tengo que marcharme ahora? -preguntó.

 -No. Tiene que quedarse. Le dije que lo sabría todo si esperaba hasta la mañana. Espere aquí. El vaciló y miró a su alrededor.

 -El doctor -balbució-, creo que dijo...

 -El doctor no intervendrá en nada de lo que haga yo esta noche en esta casa. Y yo le digo a usted que se quede. Hay habitaciones vacías en el piso de arriba. Tome una de ellas.

 Mr. Bashwood sintió que volvía a acometerle el temblor al mirarla.

 -¿Puedo preguntarle...? -empezó a decir.

 -No pregunte nada. Le necesito aquí.

 -Dígame, por favor...

 -No le diré nada hasta que haya pasado la noche y llegado la mañana.

 La curiosidad pudo más que el miedo en él. Insistió.

 -¿Es algo espantoso? ¿Demasiado espantoso para decírmelo ?

 Ella golpeó el suelo con el pie, en un súbito ataque de impaciencia.

 -¡Vayase! -dijo, agarrando la llave de la puerta de la escalera, de encima del antepecho de la ventana-. Hace bien en desconfiar de mí, hace bien en no seguirme más lejos a oscuras. Vayase antes de que cierren la casa. Puedo apañarme sin usted.

 Le condujo a la escalera, con la llave en una mano y la vela en la otra.

 Mr. Bashwood la siguió en silencio. Nadie, sabiendo lo que él sabía de su vida pasada, habría dejado de advertir que era una mujer llevada al último extremo y que se mantenía conscientemente al borde del crimen. Aterrorizado por el descubrimiento, se soltó de la mano de ella, pensó y actuó como un hombre que hubiese recobrado su propia voluntad.

 Ella puso la llave en la cerradura y se volvió a él antes de abrir la puerta, iluminado su semblante por la vela.

 -Olvídeme y perdóneme -dijo-. No volveremos a vernos.

 Abrió la puerta y, cuando hubo pasado él, le tendió la mano. Él había resistido su mirada, había resistido sus palabras, pero la fascinación magnética de su contacto le dominó en el momento final.

 -¡No puedo dejarla! -dijo, sujetando frenéticamente la mano que ella le había dado-. ¿Qué debo hacer?

 -Venga y lo verá -respondió ella, sin permitirle un instante de reflexión.

 Cerrando firmemente la mano sobre la de él le condujo por el pasillo del primer piso hasta la habitación número cuatro.

 -Fíjese en esta habitación -murmuró.

 Después de mirar hacia la escalera, para asegurarse de que estaban solos, volvió con él al otro extremo del corredor. Allí, frente a la ventana que iluminaba el lugar en aquel extremo, había una pequeña habitación, con una estrecha rejilla en la parte alta de la puerta, y que había sido proyectada como dormitorio del ayudante del doctor. Dada la situación de esta estancia, la rejilla permitía ver los dormitorios a ambos lados del pasillo para que el médico ayudante pudiese enterarse de cualquier irregularidad por parte de los pacientes que tenía a su cuidado, con muy pocas probabilidades de que ellos advirtiesen que eran observados. Miss Gwilt abrió la puerta y entró en la habitación vacía.

 -Espere aquí -dijo-, mientras yo vuelvo arriba, y cierre la puerta por dentro, si lo prefiere. Estará a oscuras, pero la luz de gas estará encendida en el pasillo. Manténgase junto a la rejilla y asegúrese de que Mr. Armadale entre en la habitación que acabo de mostrarle, y de que no salga después de ella. Si pierde de vista un solo instante ese dormitorio antes de que yo regrese, se arrepentirá hasta el último día de su vida. Si  (p.351) hace lo que yo le digo, me verá mañana y podrá reclamar su recompensa. ¡Respóndame enseguida! ¿Sí o no?

 El no pudo contestarle con palabras. Se llevó la mano de ella a los labios y la besó embelesado. Ella salió de la habitación. Desde detrás de la reja, vio él que se deslizaba por el pasillo hacia la puerta de la escalera. La cruzó y la cerró. Después, reinó el silencio.

 Lo primero que oyó fue el sonido de las voces de unas criadas. Eran dos y se aprestaban a preparar las camas de las habitaciones número tres y número cuatro. Parecían estar de muy buen humor, riendo y charlando a través de las puerta abiertas de las habitaciones. Por fin empezaban a llegar clientes del jefe, decían, con entusiasmo; la casa parecería pronto alegre, si las cosas continuaban de esta manera.

 Al cabo de un rato, las camas estuvieron preparadas y las mujeres volvieron a la planta donde estaba la cocina y se hallaban también los dormitorios de la servidumbre. Después, se hizo de nuevo el silencio El siguiente sonido fue el de la voz del doctor. Éste apareció en el extremo del corredor, para mostrar a Allan y a Midwinter el camino de sus habitaciones. Entraron juntos en la número cuatro. Un instante después, el doctor fue el primero en salir. Esperó a que Midwinter se reuniese con él y señaló con un cortés movimiento de cabeza la puerta de la número tres. Midwinter entró en la habitación sin decir palabra y cerró la puerta por dentro. El doctor, al quedarse solo, se retiró hacia la puerta de la escalera y la abrió; entonces esperó en el pasillo, silbando para sí en voz baja.

 Un minuto después, se oyeron unas voces mantenidas deliberadamente bajas en el vestíbulo, y aparecieron el farmacéutico residente y la enfermera jefe, camino de los dormitorios del personal auxiliar, situados en lo más alta de la casa. El hombre inclinó en silencio la cabeza al pasar junto al doctor; la mujer hizo una silenciosa reverencia y siguió al hombre. El doctor correspondió a sus saludos agitando amablemente la mano y, al quedar de nueve solo, hizo una breve pausa, silbando todavía suavemente, y después se dirigió a la puerta de la número cuatro abrió la caja del aparato de fumigación instalado en el rincón de la pared. Al levantar la tapa y mirar al interior, deje de silbar. Sacó un frasco largo y purpúreo, lo examinó a la luz de gas, volvió a dejarlo en su sitio y cerró la caja. Hecho esto, se dirigió de puntillas a la puerta abierta de la escalera, la cruzó y la cerró desde el otro lado, como de costumbre.

 Mr. Bashwood le había visto junto al aparato; Mr. Bashwood había advertido la manera en que se había retirado por la puerta de la escalera. Una vez más, la sensación de una indecible expectativa hizo palpitar su corazón. Un terror lento y frío y terrible se apoderó de sus manos y las condujo en la oscuridad hacia la llave que había sido dejada para él en el lado interior de la puerta. La hizo girar, desconfiando vagamente de lo que podía ocurrir ahora, y esperó.

 Transcurrieron lentamente los minutos, sin que ocurriese nada: El silencio era horrible; la soledad del corredor desierto, una soledad de traiciones invisibles. Empezó a contar, para tener ocupada la mente, para mitigar su creciente temor. Los números, murmurados por él, se sucedieron despacio hasta cien, y tampoco ocurrió nada. Había empezado la segunda centena y había llegado hasta veinte, cuando, sin ningún sonido que indicase que se había movido en su habitación, Midwinter apareció de pronto en el corredor.

 Se quedó un momento allí, escuchando; se dirigió a la escalera y miró hacia el vestíbulo inferior. Entonces, por segunda vez aquella noche, empujó la puerta de la escalera y, por segunda vez, la encontró cerrada. Después de reflexionar un momento, probó las puertas de los dormitorios de la derecha, miró en el interior de éstos y vio que estaban todos vacíos; entonces llegó a la puerta de la última habitación, en la que estaba escondido el administrador. Ésta se le resistió. Escuchó y miró hacia la rejilla. No oyó nada, ni vio luz en el interior. «¿Debo forzar la puerta -se dijo- para estar seguro? No; daría una excusa al doctor para echarme de la casa.» Se apartó y miró en las dos habitaciones vacías del lado en que se hallaban la de Allan y la suya, y después se dirigió a la ventana del extremo del pasillo. Aquí le llamó la atención la caja del aparato de fumigación. Después de tratar en vano de abrirla, pareció agudizarse su recelo. Miró a lo largo del pasillo y observó que ningún otro objeto parecido se hallaba en el exterior de ninguno de los otros dormitorios. De nuevo junto a la ventana, volvió a fijarse en el aparato y se apartó de él con un ademán que indicaba claramente que había tratado de imaginar lo que podía ser y fracasado en su intento.

 Sin embargo, no dio señales de retirarse a su dormitorio. Siguió plantado junto a la ventana, fijos los ojos en la puerta de la habitación de Allan, y pensando. Si Mr. Bashwood, que le observaba disimuladamente a través de la rejilla, hubiese podido ver en aquel momento su mente como veía su cuerpo, el corazón le habría palpitado todavía más de prisa, esperando el próximo suceso que traería consigo la decisión de Midwinter un instante después.

 ¿En qué ocupaba su mente mientras permanecía allí, solo, en plena noche, en aquella casa extraña?

 Estaba tratando de concentrar, poco a poco, en un punto, todas sus impresiones inconexas. Convencido, desde el principio, de que algún peligro oculto amenazaba a Allan en el sanatorio, su desconfianza -vagamente asociada hasta ahora con la casa misma, con su esposa (que ahora creía firmemente que estaba bajo el mismo techo que él), con el doctor, en quien ella tenía  (p.352) claramente tanta confianza como en el propio Mr. Bashwood- había reducido su campo y se centraba obstinadamente en la habitación de Allan. Renunciando a todo ulterior esfuerzo de relacionar su sospecha de una conspiración contra su amigo con la ofensa que le había sido infligida a él mismo el día anterior -esfuerzo que, si lo hubiese mantenido, le habría conducido al descubrimiento del fraude realmente contemplado por su esposa-, su mente, nublada y confusa por turbadoras influencias, se refugió instintivamente en sus impresiones de los hechos, tal como se habían sucedido desde que entrara en la casa. Todo lo que había advertido en la planta baja sugería que había un propósito secreto en el empeño de hacer que Allan durmiese en el sanatorio. Y todo lo que había observado en el piso relacionaba el lugar desde el que acechaba el peligro oculto con la habitación de Allan. Llegar a esta conclusión y decidir frustrar la intriga, fuese ésta lo que fuere, poniéndose en el lugar de Allan, fue para Midwinter cosa de un instante. Enfrentado a un peligro real, el carácter magnífico del hombre se liberó intuitivamente de las flaquezas que le habían acosado en tiempos más felices y seguros. Ni siquiera la sombra de la antigua superstición permanecía ahora en su mente; ningún recelo fatalista hacía vacilar su firme resolución. La única duda que le inquietaba, mientras pensaba junto a la ventana, era la de si podría persuadir a Allan de cambiar de habitación, sin darle una explicación que pudiese conducirlo a sospechar la verdad.

 Pero bastó un minuto, mientras observaba la habitación, para resolver la duda: había encontrado la excusa trivial, pero suficiente, que estaba buscando. Mr. Bashwood oyó que llamaba suavemente a la puerta y murmuraba:

 -Allan, ¿estás en la cama?

 -No -respondió la voz del interior-. Entra.

 Pareció que Midwinter iba a entrar en la habitación, pero se detuvo como si de pronto hubiese recordado algo.

 -Espera un momento -dijo, a través de la puerta, y dando media vuelta, se dirigió a la habitación del fondo-. Si hay alguien observándonos desde ahí -dijo en voz alta-, ¡que lo haga a través de esto!

 Sacó su pañuelo del bolsillo y lo introdujo entre los alambres de la rejilla, cerrando completamente la abertura. Habiendo obligado así al espía (si existía) a delatarse moviendo el pañuelo o a permanecer ciego a cuanto pudiese ocurrir, se presentó Midwinter en la habitación de Allan.

 -Sabes lo mal que estoy de los nervios -dijo- y lo que me cuesta dormir en las mejores circunstancias. Esta noche me es imposible. La ventana de mi habitación repica cada vez que sopla el viento. Ojalá fuese tan firme como la tuya.

 -¡Mi querido amigo! -exclamó Allan-. A mí no me importa que repique la ventana. Cambiemos de habitación. ¡Tonterías! ¿Por qué tienes que excusarte conmigo? ¿Acaso no sé con qué facilidad se excitan tus nervios? Ahora que el doctor me ha tranquilizado sobre la pobrecilla Neelie, empiezo a sentir el cansancio del viaje y dormiré en cualquier parte hasta mañana. -Tomó su bolsa de viaje-. Pero debemos darnos prisa -añadió, señalando su vela-. No me han dejado una vela muy larga para acostarme.

 -Habla en voz baja, Allan -dijo Midwinter, abriéndole la puerta-. No debemos molestar a los de la casa a esta hora de la noche.

 -Sí, sí -respondió Allan, en un murmullo-. Buenas noches; espero que duermas tan bien como dormiré yo.

 Midwinter le acompañó a la número tres y advirtió que su propia vela (que había dejado allí) era tan corta como la de Allan.

 -Buenas noches -dijo, y salió de nuevo al pasillo.

 Se dirigió a la rejilla y miró y escuchó una vez más. El pañuelo estaba exactamente como lo había dejado, y no se oía el menor sonido en el interior. Observó despacio a lo largo del pasillo y pensó por última vez en las precauciones que había tomado. ¿No había más camino que el que estaba siguiendo ahora? No lo había. Cualquier posición defensiva manifiesta, cuando eran desconocidas la naturaleza y la procedencia del peligro, sería inútil en sí misma, y peor que inútil en las consecuencias que podría tener al poner en guardia a la gente de la casa. Sin un hecho que justificase ante otras mentes su temor de lo que podía ocurrir aquella noche, incapaz de quebrantar la fe de Allan en la bella perspectiva que le había ofrecido el doctor, la única medida de seguridad que había podido imaginar Midwinter, en bien de su amigo, era el cambio de habitaciones, y la única política que podía seguir, pasara lo que pasase, era la de esperar los acontecimientos. «Puedo confiar en una cosa -se dijo, mirando por última vez arriba y abajo del pasillo-. Puedo confiar en que me mantendré despierto.»

 Después de una mirada al reloj de la pared de enfrente, entró en la habitación número cuatro. Se oyó el ruido de la puerta al cerrarse y el del cerrojo al ser corrido. Después, volvió a reinar en la casa un silencio total.

 Poco a poco, el miedo del administrador al silencio y a la oscuridad pudo más que su temor de tocar el pañuelo. Levantó cautelosamente una punta, esperó, miró y se atrevió al fin a hacer pasar todo el pañuelo a través de la rejilla. Después de guardarlo en un bolsillo, pensó en las consecuencias que se podrían derivar si lo encontraban en su poder, y lo arrojó a un rincón de la habitación. Tembló cuando se hubo librado de él, miró su reloj y se situó de nuevo detrás de la rejilla para esperar a Miss Gwilt.

 Era la una menos cuarto, la luna iluminaba ahora la fachada del sanatorio. De vez en cuando, su luz resplandecía en la ventana del pasillo, al filtrarse entre las nubes movedizas. Se había levantado el viento y cantaba débilmente su lúgubre canción, al soplar a intervalos sobre el  (p.353) terreno desierto de delante de la casa.

 El minutero del reloj recorrió la mitad de la esfera. A la una y cuarto, Miss Gwilt apareció en el corredor sin hacer ruido.

 -Salga -murmuró a través de la rejilla- y sígame. Volvió a la escalera por la que acababa de bajar, empujó suavemente la puerta, cuando Mr. Bashwood la hubo seguido, y condujo a éste al rellano del segundo piso. Allí le hizo la pregunta que no se había atrevido a formular cuando estaban abajo.

 -¿Ocupó Mr. Armadale la habitación número cuatro? Él inclinó la cabeza, sin hablar.

 -Respóndame con palabras. ¿Salió alguna vez Mr. Armadale de allí?

 -No -respondió él.

 -¿No ha perdido nunca de vista la número cuatro desde que yo le dejé?

 -Nunca -respondió él.

 Algo extraño en su actitud, algo diferente en su voz al dar la última respuesta, llamó la atención a Miss Gwilt. Tomó la vela de encima de una mesa próxima, donde la había dejado, y proyectó su luz sobre él.

 Tenía los ojos muy abiertos y le castañeteaban los dientes. Todo le delataba como un hombre aterrorizado, pero nada revelaba que su terror era causado por el conocimiento de que, por primera vez en su vida, estaba engañando a Miss Gwilt. Si ella no le hubiese amenazado tan abiertamente al ponerlo allí de vigilante, si le hubiese hablado con menos reserva de la entrevista con que le recompensaría por la mañana, tal vez le habría, dicho la verdad. Pero en la actual situación, sus peores temores y sus mayores esperanzas le habían impulsado a decirle aquella mentira fatal, que reiteró cuando ella le hizo la pregunta por segunda vez.

 Miss Gwilt le miró, engañada por el último hombre del mundo a quien habría creído capaz de engañarla, el hombre a quien ella misma había engañado.

 -Parece muy excitado -dijo, en voz baja-. Esta noche ha sido excesiva para usted. Vaya arriba y descanse. Encontrará abierta la puerta de una de las habitaciones. Es la que tiene que ocupar. Buenas noches.

 Dejó la vela (que había conservado encendida para él) encima de la mesa, y le tendió la mano. Él la retuvo desesperadamente, al volverse ella para dejarle. Su horror por lo que podía ocurrir cuando ella se quedase sola, le obligó a decir unas palabras que no se habría atrevido a pronunciar en cualquier otra ocasión.

 -No -suplicó, en un murmullo-, ¡oh, no, no, no  (p.354) baje allí esta noche!

 Ella soltó la mano y le hizo seña de que tomase la vela.

 -Nos veremos mañana -dijo-. Ahora, ¡ni una palabra más!

 Su firme voluntad dominó la de él en aquel último momento, como la había dominado siempre. Él tomó la vela y esperó, siguiendo a la mujer con la mirada al bajar ésta la escalera. El frío de la noche de diciembre parecía haberla afectado, a pesar del calor que reinaba en la casa. Se había puesto un largo y grueso chal negro, ciñiéndolo sobre su pecho. La corona de cabellos trenzados parecía pesar demasiado sobre su cabeza. La había destrenzado y los cabellos caían ahora sobre sus hombros. El viejo los miró, rojos sobre el negro chal, y miró también la mano fina y de largos dedos, que se deslizaban sobre la barandilla, y la suave y seductora gracia de todos sus movimientos al alejarse más y más de él. «La noche pasará de prisa -se dijo, al perderse ella de vista-; soñaré con ella hasta que llegue la mañana.»

 Ella cerró la puerta de la escalera, después de haberla cruzado; escuchó y, al no oír absolutamente nada, caminó despacio por el pasillo hasta la ventana. Apoyándose en el antepecho; contempló la noche. Las nubes cubrían la luna en aquel momento; nada podía verse en la oscuridad, salvo los desparramados faroles de gas del barrio. Se apartó de la ventana y miró el reloj. Era la una y veinte minutos.

 Por última vez, la resolución que había tomado a hora más temprana de la noche, al saber que su marido estaba en la casa, se impuso con fuerza en su mente. Por última vez, la voz interior le dijo: «¡Piensa si hay otra manera!»

 Reflexionó sobre esto hasta que el minutero del reloj señaló la media hora. «¡No! -se dijo, pensando todavía en su marido-. La única posibilidad que tengo es llegar hasta el final. Él no hará lo que ha venido a hacer aquí; no pronunciará las palabras que ha venido a decir..., cuando sepa que tal acción puede convertirme en un escándalo público, ¡y que esas palabras pueden enviarme al patíbulo!» Se puso colorada y sonrió con terrible ironía al mirar por primera vez la puerta de la habitación. «Seré tu viuda -se dijo- ¡dentro de media hora!»

 Abrió la caja del aparato y tomó el frasco púrpura. Después de determinar el tiempo mirando el reloj, vertió en el embudo de cristal la primera de las seis porciones marcadas por las tiras de papel.

 Cuando hubo dejado el frasco, escuchó en la boca del embudo. Ningún sonido llegó a su oído: el proceso letal se desarrollaba en el silencio propio de la muerte. Cuando se incorporó y miró hacia arriba, la luna estaba brillando en la ventana y el viento gemebundo se había callado.

 ¡Oh, el tiempo, el tiempo! ¡Si pudiese empezar y terminar con esta primera operación!

 Bajó al vestíbulo, anduvo de un lado a otro y escuchó en la puerta abierta de la escalera de la cocina. Subió de nuevo y bajó de nuevo. El primer intervalo de cinco minutos se hacía interminable. Se había detenido el tiempo. La tensión era enloquecedora.

 Transcurrió el intervalo. Al tomar ella el frasco por segunda vez y verter la segunda dosis, las nubes cubrieron la luna y se oscureció lentamente el paisaje nocturno a través de la ventana.

 La inquietud que le había hecho subir y bajar la escalera y pasear de un lado a otro en el vestíbulo, se calmó con la misma rapidez con que se había producido. Esperó durante el segundo intervalo, apoyada en el antepecho de la ventana y mirando fijamente, sin ninguna idea consciente en la cabeza, la negrura de la noche. El viento traía a intervalos, desde algún lugar lejano del suburbio, los aullidos de un perro trasnochador. Miss Gwilt siguió con vaga atención aquel débil sonido al extinguirse en el silencio y escuchó, con una esperanza todavía más vaga, su repetición. Sus brazos pesaban como el plomo sobre el antepecho de la ventana, y su frente se apoyaba en el cristal sin sentir el frío. Sólo cuando volvió a aparecer la luna, se sobresaltó, recordando de pronto. Se volvió rápidamente y miró el reloj; habían pasado siete minutos.

 Al levantar el frasco y llenar el embudo por tercera vez, volvió a darse plena cuenta de su posición. El calor febril hizo latir su sangre y encendió sus mejillas. Rápida, suavemente y sin ruido, anduvo arriba y abajo por el pasillo, cruzados los brazos debajo del chal y mirando el reloj a cada momento. Transcurrieron tres de los cinco minutos siguientes y de nuevo empezó a enloquecerla la tensión. El espacio del pasillo era demasiado limitado para la inquietud ilimitada que se había apoderado de sus miembros. Bajó de nuevo al vestíbulo y dio vueltas por él como una fiera enjaulada. En la tercera vuelta, sintió que algo rozaba su vestido. El gato de la casa había llegado, cruzando la puerta abierta de la cocina: un gato grande, leonado, sociable, que ronroneaba satisfecho y la seguía para tener compañía. Ella tomó el animal en brazos, y éste frotó la lisa cabeza, contra su barbilla al inclinar ella la cara.

 -Armadale odia a los gatos -murmuró al oído del animal-. ¡Sube y verás a Armadale muerto!

 Un momento después, la aterrorizó su propia y terrible fantasía. Dejó caer el gato con un estremecimiento; lo empujó de nuevo hacia abajo, con manos amenazadoras. Permaneció un momento inmóvil y, entonces, volvió a subir a toda prisa la escalera. Su marido se había adueñado una vez más de su pensamiento; su marido la amenazaba con un peligro en el que no había pensado ella hasta ahora. ¿Y si no estuviese durmiendo? ¿Y si saliese de su habitación y la encontrase con el frasco púrpura en la mano ?

 Se acercó a la puerta de la habitación número tres y escuchó. Percibió a duras penas la respiración lenta y regular de un hombre que dormía. Después de esperar un  (p.355) momento para dejar que la impresión de alivio la tranquilizase, dio un paso hacia la número cuatro y se detuvo. Era inútil escuchar en aquella puerta. El doctor le había dicho que primero se producía el sueño, tan infaliblemente como la muerte después, a causa del aire envenenado. Miró de soslayo el reloj. Había llegado el momento de la cuarta porción. Su mano empezó a temblar violentamente al llenar el embudo por cuarta vez. El miedo a su marido agitó de nuevo su corazón. ¿Y si algún ruido le molestaba antes de la sexta operación? ¿Y si se despertaba de pronto (como ella le había visto hacer a menudo) sin el menor ruido?

 Miró arriba y abajo en el pasillo. La habitación del extremo, en la que había estado escondido Mr. Bashwood, le ofrecía un lugar donde refugiarse. «¡Podría entrar ahí! -pensó-. ¿Habrá dejado él la llave?» Abrió la puerta para mirar y vio el pañuelo tirado en el suelo. ¿Era de Mr. Bashwood, que lo había dejado allí por accidente? Examinó las puntas. ¡Encontró el nombre de su marido en la segunda! Su primer impulso fue correr hacia la puerta de la escalera, para despertar al administrador y pedirle una explicación. Pero recordó inmediatamente el frasco púrpura y el peligro de abandonar el corredor. Se volvió y miró la puerta de la número tres. El pañuelo demostraba indefectiblemente que su marido había salido de su habitación y que Mr. Bashwood no se lo había dicho. ¿Estaba él ahora en aquella habitación? Fue tal su agitación, al pasar esta pregunta por su mente, que olvidó el descubrimiento que había hecho hacía menos de un minuto. De nuevo escuchó junto a la puerta; de nuevo oyó la respiración pausada y regular del nombre que dormía. La primera vez había bastado, para tranquilizarse, la prueba que le daban sus oídos. Ahora al multiplicarse sus recelos y su alarma, decidió tener también la prueba de sus propios ojos. «Todas las puertas se abren sin ruido en esta casa -se dijo-; No debo tener miedo de despertarle.» Cautelosamente, pulgada a pulgada, abrió la puerta, que no estaba cerrada por dentro, y miró hacia el interior en el momento en que la rendija fue lo bastante ancha. A la débil luz que se filtraba en la habitación, la cabeza del durmiente era apenas visible sobre la almohada. ¿Era tan oscura, en contraste con la blanca almohada, como parecía la de su marido cuando estaba en la cama? ¿Era la respiración tan suave como la de su marido cuando estaba durmiendo?

 Abrió más la puerta y volvió a mirar, ahora con más luz. Allí yacía el hombre contra cuya vida había atentado por tercera vez, durmiendo tranquilamente en la habitación que había sido destinada a su marido, ¡y respirando un aire que no podía perjudicar a nadie!

 Inmediatamente sacó ella la inevitable conclusión. Levantando frenéticamente las manos, salió tambaleándose al pasillo. La puerta se cerró de nuevo, pero no con el ruido suficiente para despertar a Allan.

 Ella se volvió y se la quedó mirando durante un momento, como pasmada. Pero, un instante después, su instinto la impulsó a la acción, antes de recobrar el pleno uso de su razón. En dos zancadas, se plantó ante la habitación número cuatro.

 La puerta estaba cerrada.

 Tocó la pared con ambas manos, frenética y torpemente, buscando el botón que había visto que apretaba el doctor cuando mostraba la habitación a los visitantes. Falló dos veces. La tercera, los ojos ayudaron a las manos, encontró el botón y lo apretó. Se descorrió el cerrojo y, al empujarla, se abrió la puerta.

 Sin vacilar un instante, entró en la habitación. Aunque la puerta estaba ahora abierta, aunque había pasado tan poco tiempo desde que vertiera la cuarta porción y sólo se había producido poco más de la mitad del gas proyectado, el aire envenenado hizo presa en ella, como si una mano le atenazase la garganta y le apretasen un alambre alrededor de la cabeza. Lo encontró tendido a los pies de la cama, con la cabeza y un brazo en dirección a la puerta, como si se hubiese levantado a la primera sensación de modorra, pero se hubiese derrumbado bajo el esfuerzo por salir de la habitación. Con la desesperada concentración de fuerza de que son capaces las mujeres en situaciones críticas, le levantó y le arrastró hasta el pasillo. Le dio vueltas la cabeza al tenderle en el suelo y volver a gatas hacia la habitación, para cerrar la puerta e impedir que el aire envenenado les siguiese hasta el corredor. Después, sin atreverse a mirarle, esperó a recobrar la fuerza suficiente para levantarse e ir hacia la ventana de encima de la escalera. Cuando la hubo abierto y entró el aire puro de la mañana temprana, volvió junto a él, le levantó la cabeza y le miró por primera vez de cerca a la cara.

 ¿Era la muerte quien extendía aquella lívida palidez sobre su frente y aquel tono plomizo en los labios y en los párpados?

 Le aflojó la corbata y le desabrochó el chaleco, para que le diese el aire en el cuello y en el pecho. Y apoyando la mano sobre su corazón y sosteniendo sobre el pecho la cabeza de él, de modo que estuviese de cara a la ventana, esperó. Pasó tiempo: un tiempo lo bastante corto para ser contado por minutos del reloj, y sin embargo, lo bastante largo para que pudiese recordar toda su vida de casada con él, lo bastante largo para madurar la resolución que surgía en su mente, como único resultado posible de la retrospección. Al posar la mirada en él, una extraña serenidad se impuso lentamente en su semblante. Tenía el aire de una mujer igualmente dispuesta a celebrar la posibilidad de su recuperación que a aceptar la certidumbre de su muerte.

 No había lanzado todavía un grito ni vertido una lágrima. No había lanzado un grito ni vertido una lágrima cuando, al poco rato, sintió  (p.356) los primeros débiles latidos del corazón de él y oyó el débil susurro del aliento en sus labios. Se inclinó en silencio y le besó en la frente. Cuando levantó de nuevo la mirada, la expresión terriblemente desesperada se había borrado de su semblante. Había algo suavemente radiante en sus ojos que iluminaba todo su rostro con una luz interior y hacía que fuese, una vez más, femenina y adorable.

 Le tendió en el suelo y, quitándose el chal, hizo con él una almohada para que reclinase la cabeza.

 -Podía haber sido muy duro, amor -dijo, sintiendo que se fortalecían los latidos del corazón de él-. Pero tú has hecho que ahora sea fácil.

 Se levantó y, al volverse, vio el frasco púrpura en el sitio donde lo había dejado después de verter la cuarta porción. «¡Ay! -pensó-. Me había olvidado de mi mejor amigo; había olvidado que tenía aún que verter más.»

 Con mano firme y tranquila expresión, llenó el embudo por quinta vez.

 -Cinco minutos más -dijo, cuando hubo dejado el frasco y mirado el reloj.

 Se sumió en honda reflexión, una reflexión que acentuó la grave y delicada expresión de su semblante.

 -¿Le escribiré unas palabras de despedida? -se preguntó-. ¿Le diré la verdad, antes de dejarle para siempre?

 El pequeño lápiz de oro pendía con otras chucherías de la cadena de su reloj.

 Después de mirar un momento a su alrededor, se arrodilló junto a su marido y metió la mano en el bolsillo del pecho de su chaqueta.

 La cartera estaba allí. Algunos papeles cayeron de ella al abrirla.

 Uno de ellos era la carta que le había escrito Mr. Brock en su lecho de muerte. Volvió las dos hojas de papel en que había escrito el rector las palabras que ahora habían resultado ciertas, y vio que el dorso de la segunda hoja estaba en blanco.

 Y en aquella página escribió sus frases de despedida, arrodillada al lado de su marido.

 «Soy peor que lo peor que puedas imaginarte. Has salvado a Armadale al cambiar de habitación con él esta noche, y le has salvado de mí. Ahora puedes adivinar de quién habría pretendido ser la viuda, si tú no le hubieses salvado la vida, y sabrás lo miserable que era la mujer con quien te casaste, la mujer que escribe estas líneas. Sin embargo, tuve momentos de inocencia, y en ellos te amé de todo corazón. Olvídame, querido, en el amor de una mujer que  (p.357) será mejor que yo.

 Tal vez habría podido ser yo misma esta mujer mejor, si no hubiese tenido una vida tan miserable antes de conocerte. Pero ahora, esto importa poco. La única expiación que puedo hacer de todo el mal que te he causado es la de mi muerte. No me costará morir, ahora que sé que vivirás. Incluso mi maldad tiene un mérito: no ha prosperado. Nunca he sido una mujer feliz.»

 Dobló de nuevo la carta y la puso en la mano de él, para que le llamase la atención cuando volviese en sí. Al apretarle delicadamente los dedos sobre el papel y levantar la mirada, vio que el reloj marcaba el último minuto del último intervalo.

 Se inclinó sobre Midwinter y le dio el beso de despedida.

 -¡Vive, ángel mío, vive! -murmuró cariñosamente, rozándole los labios con los suyos-. Tienes ante ti toda una vida, una vida feliz, una vida honrada, ¡cuando te hayas librado de mí!

 Con un último ademán de ternura, le apartó los cabellos de la frente.

 -No es ningún mérito haberte amado -dijo-. Eres uno de esos hombres que gustan a todas las mujeres.

 Suspiró y se apartó de él. Fue su última flaqueza. Movió afirmativamente la cabeza hacia el reloj, como si hubiese sido éste una criatura viviente que le hablase, y llenó el tubo por última vez, hasta la última gota que había en el frasco.

 La luna menguante brillaba débilmente en la ventana. Con la mano en la puerta de la habitación, se volvió y miró la luz que se desvanecía lentamente en el lóbrego cielo.

 -¡Dios mío, perdóname! -dijo-. ¡Oh, Cristo, da testimonio de lo mucho que he sufrido!

 Se entretuvo un momento más en el umbral; se entretuvo para echar su última mirada en este mundo... y se volvió para mirarle a él.

 -¡Adiós! -dijo, suavemente.

 Se abrió la puerta de la habitación... y se cerró detrás de ella.

 Hubo un intervalo de silencio.

 Después, se oyó un ruido sordo, como de algo que cayese.

 Después, se hizo de nuevo el silencio.

 Las saetas del reloj, siguiendo su curso constante, marcaban uno a uno los minutos de la mañana, a medida que iban transcurriendo.

 Habían pasado diez, desde que se había abierto y cerrado la puerta de la habitación, cuando Midwinter se movio sobre la almohada y, al esforzarse en levantarse, notó la carta que tenía en la mano.

 En el mismo instante, giró una llave en la cerradura de la puerta de la escalera. Y el doctor, al mirar, expectante, hacia la habitación fatal, vio el frasco púrpura sobre el antepecho de la ventana y el hombre postrado, que trataba de levantarse del suelo.

EPÍLOGO

CAPÍTULO I

NOTICIAS DE NORFOLK

 DE MR. PEDGIFT SÉNIOR (THORPE-AMBROSE) A MR. PEDGIFT JÚNIOR (PARÍS)

 «High Street, diciembre, 20.

 Mi querido Augustus:

 Ayer recibí tu carta. Pareces sacar el mayor partido (como tú lo llamas) de tu juventud. Bueno, diviértete en tus vacaciones. Yo también aproveché hasta el máximo mi juventud, cuando tenía tu edad, y aunque parezca un milagro ¡todavía no lo he olvidado!

 Me pides muchas noticias y, en especial, más información sobre el misterioso caso del sanatorio.

 La curiosidad, mi querido hijo, es una cualidad que (especialmente en nuestra profesión) conduce a veces a grandes resultados. Sin embargo, dudo de que sirva de gran cosa en esta ocasión. Lo único que conozco del misterio del sanatorio lo sé por Mr. Armadale, y éste está completamente a oscuras en más de un punto importante. Ya te dije cómo quedaron atrapados en la casa y cómo pasaron la noche allí. A esto puedo añadir ahora que algo le ocurrió ciertamente a Mr. Midwinter que le privó del conocimiento, y que el doctor, que parece haber estado mezclado en el asunto, actuó despóticamente e insistió en llevar las cosas a su manera en su sanatorio. Es indudable que la mujer (fuese cual fuere la causa de su muerte) fue encontrada muerta; que en la investigación del forense se investigaron las circunstancias; que las pruebas demostraron que había ingresado en la casa como paciente, y que el dictamen médico fue que había muerto de apoplejía. Yo pienso que Mr. Midwinter tenía un motivo para no presentar las pruebas que habría podido dar. También tengo razones para sospechar que Mr. Armadale, en consideración a su amigo, siguió su misma tónica, y que el veredicto pronunciado en la encuesta (y que no culpa a nadie) se fundó, como otros muchos de la misma clase, en una investigación sumamente superficial de las circunstancias. Creo firmemente que la clave de todo el misterio se encuentra en el intento de aquella desgraciada de representar el papel de viuda de Mr. Armadale, cuando apareció la noticia de su muerte en los periódicos. Pero qué la impulsó a ello, y con qué inconcebible sistema de engaño pudo inducir a Mr. Midwinter a casarse con ella bajo el nombre de Mr. Armadale (según resulta del certificado de matrimonio), no lo sabe ni el propio Mr. Armadale. Este punto no fue tocado en la encuesta, por la sencilla razón de que, en ella, sólo se ocuparon de las circunstancias de la muerte de la mujer. Mr. Armadale, a petición de su amigo, vio a Miss Blanchard y la indujo a imponer silencio al viejo Darch sobre el asunto de la reclamación de la pensión de viudedad. Como la reclamación no había sido admitida, nuestro engreído colega consintió, por una vez, en hacer lo que se le pedía. Por consiguiente, la declaración del doctor de que su paciente era viuda de un caballero llamado Armadale no fue impugnada por nadie, y se echó tierra sobre el asunto. Ella fue enterrada en el gran cementerio próximo al lugar donde murió. Nadie, salvo Mr. Midwinter y Mr. Armadale (que insistió en ir con él), la acompañó hasta la tumba, y nada se  (p.358) inscribió en la lápida, salvo la inicial de su nombre de pila y la fecha de su muerte. Así descansa al fin, después de todo el mal que hizo, perdonada por los dos hombres a quienes causó tanto daño.

 ¿Queda algo que decir sobre este tema, antes de que lo abandonemos? Al repasar tu carta, veo que suscitas otro punto al que vale la pena que prestemos un momento de atención.

 Preguntas si hay motivos para suponer que el doctor saldrá de esto con las manos tan limpias como parece. Mi querido Augustus, creo que el doctor ha intervenido en este desgraciado asunto más de lo que nunca podremos descubrir, y que se ha aprovechado del silencio que se han impuesto Mr. Midwinter y Mr. Armadale, como se aprovechan siempre los granujas de las desgracias y las necesidades de los hombres honrados. Es un hecho cierto que contribuyó a la falsa declaración acerca, de Miss Milroy, que atrajo a los dos caballeros a su casa, y esta sola circunstancia (después de mi experiencia en Old Bailey) es suficiente para mí. En cuanto a pruebas contra él, no hay ninguna, y en cuanto a su justo castigo, sólo puedo decir que espero ardientemente que le alcance a la larga. No hay muchas perspectivas de que lo haga en la actualidad. Tengo entendido que los amigos y admiradores del doctor van a ofrecerle un testimonio "expresándole su simpatía ante el triste suceso que ha oscurecido la inauguración de su Sanatorio, y su absoluta confianza en su integridad y su capacidad como médico". Vivimos, Augustus, en una era sumamente favorable a todos los granujas que cuiden de guardar las apariencias. En este ilustrado siglo diecinueve, considero a este doctor como uno de nuestros hombres en auge.

 Pasando a temas más agradables que el de los sanatorios, puedo decirte que Miss Neelie está completamente restablecida y, en mi humilde opinión, más bonita que nunca. Vive en Londres, al cuidado de una parienta, y Mr. Armadale le da fe diariamente de su existencia (para el caso de que ella lo olvidase). Se van a casar en primavera, salvo que la muerte de Mrs. Milroy obligue a retrasar la ceremonia. Los médicos opinan de que la pobre señora se está consumiendo al fin. Acaso sea cuestión de semanas o de meses; no pueden decir más. Ella está muy cambiada; tranquila y amable, y se muestra muy afectuosa con su marido y con su hija. Pero este afortunado cambio es, según el punto de vista médico, señal de que se acerca el fin. Es difícil hacer comprender esto al pobre y viejo comandante. Sólo ve que vuelve a parecerse a la que fue cuando se casó con ella, y se pasa horas sentado junto a su cama, hablándole de su maravilloso reloj.

 Mr. Midwinter, de quien esperarás ahora que te cuente algo, está mejorando rápidamente. Después de causar al principio cierta inquietud a los médicos (que declararon que padecía una grave conmoción nerviosa, producida por circunstancias sobre las que el obstinado silencio de su paciente les mantenía absolutamente a oscuras), se ha recuperado, como sólo pueden hacerlo hombres de su sensible temperamento (cito de nuevo a los doctores). Se aloja con Mr. Armadale en una pensión tranquila. Le vi la semana pasada, cuando estuve en Londres. Su cara daba señales de fatiga y de pesar, algo muy triste en un hombre tan joven. Pero habló de sí mismo y de su futuro con unos ánimos y una esperanza que un hombre que le doblase en edad (si había sufrido lo que sospecho que ha sufrido él) podría envidiar. Si conozco un poco a los humanos, éste no es un hombre corriente y un día tendremos noticias de él que tampoco lo serán.

 Te preguntarás por qué estuve en Londres. Fui allí, con billete de ida y vuelta (desde el sábado hasta el lunes), para aquel asunto que discutíamos con nuestros agentes. La lucha fue encarnizada, pero, aunque te parezca extraño, se me ocurrió una cosa cuando me levantaba para marcharme, y volví a sentarme en mi sillón y resolví la cuestión en un santiamén. Desde luego, me alojé en Nuestro Hotel de Covent Garden. William, el camarero, preguntó por ti con el afecto de un padre, y Matilda, la camarera, dijo que casi la habías persuadido, la última vez, de que se arrancase aquella muela cariada de la mandíbula inferior. Invité al segundo hijo del agente (el joven a quien tú apodaste Mustapha, cuando armó aquel terrible follón sobre las Obligaciones Turcas) a cenar conmigo el domingo. Por la noche ocurrió un pequeño incidente que tal vez valga la pena mencionar, ya que se refiere a cierta señora mayor que no estaba «en casa» cuando Mr. Armadale y tú metisteis la pata en Pimlico, en el pasado.

 Mustapha hizo lo mismo que todos los jóvenes de nuestros días: se puso inquieto después de cenar. "Vayamos a algún espectáculo público, Mr. Pedgift", me dijo. "¿Un espectáculo público? ¡Ésta es una noche de domingo!", le dije. "Muy bien, señor -dijo Mustapha-. Ya sé que los domingos por la noche no actúan en los escenarios, pero no dejan de actuar en público. Vayamos a ver al último actor dominguero de nuestro tiempo." Y como no quería beber más vino, no tuve más remedio que ir.

 Fuimos a una calle del West End y la encontramos llena de carruajes. Si no hubiese sido domingo por la noche, habría pensado que íbamos a la ópera. "¿Qué le había dicho?", exclamó Mustapha, conduciéndome hacia una puerta abierta, delante de la cual había un farol de gas y un cartel del acto. Tuve tiempo justo de advertir que asistiría a uno de los "Discursos de la noche del domingo sobre las pompas y vanidades del mundo, por una pecadora que fue esclava de ellas", cuando Mustapha me tocó el codo y murmuró: "Media corona es la propina adecuada." Me  (p.359) encontré entre dos remilgados y silenciosos caballeros, que sostenían unas bandejas ya bien repletas de propinas adecuadas. Mustapha favoreció a una bandeja, y yo, a la otra. Cruzamos dos puertas y entramos en una larga habitación llena de gente. Y allí estaba, sobre un estrado del fondo y dando la cara al público, no un hombre como yo había presumido, sino una mujer, y aquella mujer ¡era Mamá Oldershaw! Nunca has oído a una persona más elocuente en tu vida. Mientras la estuve escuchando, no titubeó en una sola palabra.

 Desde aquella noche de domingo, y durante el resto de mis días, apreciaré menos la oratoria como realización humana. En cuanto a la materia del sermón, puedo describirla como una narración de la experiencia de Mrs. Oldershaw entre mujeres de mal vivir, profusamente ilustrada en el estilo piadoso y penitencial. Preguntarás qué clase de público había allí. Principalmente mujeres, Augustus, y como espero salvarme, todas las viejas arpías del mundo de la moda, a quienes había dado lustre Mamá Oldershaw en su tiempo, sentadas atrevidamente en las primeras filas, con las mejillas pintarrajeadas y en un estado de devoto entusiasmo digno de verse. Dejé que Mustapha oyese el final, y al salir, pensé en algo que dice Shakespeare en alguna parte: "¡Señor, qué tontos somos los mortales!"

 ¿Tengo algo más que decirte, antes de terminar? Solamente una cosa que pueda recordar.

 Aquel desgraciado y viejo Bashwood ha confirmado los temores sobre él de que te hablé, cuando volvió aquí desde Londres. Es indudable que ha perdido totalmente la poca razón que había tenido jamás. Es perfectamente inofensivo y perfectamente feliz. Y lo pasaría muy bien, si pudiésemos evitar que saliese a la calle en su último traje nuevo, sonriendo e invitando a todo el mundo a su próxima boda con la mujer más hermosa de Inglaterra. Naturalmente, todo termina con los muchachos arrojándole pellas de barro y él acudiendo a mí, llorando y cubierto de lodo. Pero, en cuanto le han limpiado la ropa, vuelve a su manía predilecta y pasea por delante de la puerta de la iglesia, en el papel de novio, esperando a Miss Gwilt. Tendremos que buscar algún lugar donde cuiden de ese pobre infeliz durante el poco tiempo que le queda de vida.

  (p.360) ¿Quién habría pensado que un hombre de su edad se enamorase? ¿Y quién habría creído que los daños que causó la belleza de aquella mujer podían alcanzar a nuestro viejo amanuense retirado?

 Adiós por hoy, querido hijo. Si ves alguna caja de rapé particularmente bella en París, recuerda que, aunque tu padre se burla de los cumplidos, no le importa recibir un presente de su hijo.

 Afectuosamente,

A. Pedgift Sénior.

B.

 Posdata. - Creo probable que lo que dices haber leído en los periódicos franceses, sobre una reyerta fatal entre algunos marineros extranjeros en una de las Islas Lipari, y la muerte de su capitán, entre otros, puede haber sido realmente una pelea entre los bandidos que robaron a Mr. Armadale y hundieron su yate. Esos tipos, afortunadamente para la sociedad, no pueden mantener siempre las apariencias, y en su caso, los delincuentes tropiezan en ocasiones con la expiación.»

CAPÍTULO II

MIDWINTER

 La primavera estaba en el último día de abril. Era la víspera de la boda de Allan. Midwinter y él habían estado hablando en la casa grande hasta altas horas de la noche, mucho después de las doce y bien entrado ya el día de la boda.

 La conversación había girado, en su mayor parte, sobre los planes y proyectos del novio. Sólo cuando los dos amigos se levantaron para retirarse a descansar, insistió Allan en que Midwinter hablase de sí mismo.

 -Ya hemos hablado bastante, y más que bastante, de mi futuro -empezó diciendo, a su manera franca y sin andarse con rodeos-. Digamos ahora algo, Midwinter, sobre el tuyo. Sé que me has prometido que, si te dedicas a la literatura, esto no nos separará, y que, si emprendes un viaje por mar, te acordarás, a tu regreso, de que mi casa es la tuya. Pero ésta es la última oportunidad que tenemos de estar juntos a la antigua manera, y te confieso que me gustaría saber...

 Le flaqueó la voz y sus ojos se humedecieron un poco. Dejó la frase sin terminar.

 Midwinter le asió la mano y le ayudó, como había hecho a menudo en tiempos pasados, a encontrar las palabras que le hacían falta.

 -Te gustaría saber, Allan -dijo-, que no asistiré a tu boda con el corazón doliente. Si dejas que vuelva por un momento al pasado, creo que podré complacerte.

 Se sentaron de nuevo. Allan vio que Midwinter estaba conmovido.

 -¿Por qué angustiarte? -preguntó amablemente-. ¿Por qué volver al pasado.

 -Por dos razones, Allan. Hace tiempo que debí darte las gracias por el silencio que observaste, por mi bien, en un asunto que debió de parecerte muy extraño. Sabes con qué nombre figuro en el acta de mi matrimonio y, sin embargo, no has querido hablar de ello, por miedo a disgustarme. Antes de que entres en tu nueva vida, pongámonos de acuerdo, de una vez para siempre, sobre esto. Te pido, como un favor más, que aceptes mi palabra (por extraño que esto pueda parecerte) de que soy inocente en esta cuestión, y te suplico que creas que las razones que tengo para dejarla inexplicada, serían aprobadas por Mr. Brock, si aún viviese.

 Con estas palabras, guardó el secreto de los dos nombres... y dejó que, después de lo que había descubierto, la memoria de la madre de Allan siguiese siendo sagrada en el corazón del hijo.

 -Una palabra más -siguió diciendo-, que nos llevará, esta vez, del pasado al futuro. Se ha dicho, y con razón, que del Mal puede salir el Bien. Del horror y la aflicción de aquella noche que tú sabes ha surgido la eliminación de una duda que antaño amargó mi vida con una ansiedad creciente sobre ti y sobre mí mismo. Ninguna nube, creada por mi superstición, volverá a levantarse entre nosotros. Puedo decirte sinceramente que estoy más dispuesto de lo que estaba en la isla de Man a considerar tu sueño desde lo que llaman punto de vista racional. Aunque sé que siempre se producen extraordinarias coincidencias en la experiencia de todos nosotros, todavía no puedo aceptar que las coincidencias expliquen la realización de las visiones que percibimos con nuestros propios ojos. Lo único que puedo decir en lo que a mí concierne, y creo que te alegrará saberlo, es que he aprendido a considerar el objetivo de aquel sueño con una nueva mentalidad. Yo había creído que te había sido enviado para que desconfiases del hombre sin amigos al que habías aceptado como un hermano en tu corazón. Ahora sé que fue para ti una oportuna advertencia de que le apreciases todavía más. ¿Contribuirá esto a convencerte de que también yo espero empezar una nueva vida, y de que, mientras vivamos, hermano, nuestra amistad no se romperá jamás?

 Se estrecharon la mano en silencio. Allan fue el primero en recobrar su aplomo.

 Respondió con las breves pero más firmes y amables palabras que podía dirigir a su amigo.

 -He oído todo lo que quería oír sobre el pasado -dijo- y sé lo que más quería saber sobre el futuro. Todo el mundo dice, Midwinter, que harás carrera; yo creo que todo el mundo tiene razón. ¿Quién sabe qué grandes sucesos pueden ocurrir antes de que tú y yo seamos viejos?

 -¿Quién necesita saberlo? -dijo serenamente Midwinter-. Ocurra lo que ocurra, Dios es misericordioso, Dios es omnisciente. Una vez me escribió estas palabras tu querido y viejo amigo. Con esta fe, puedo mirar atrás sin murmurar los años que pasaron, y puedo mirar sin dudar hacia los años venideros.

 Se levantó y se acercó a la ventana. Mientras hablaban había cesado la oscuridad. Las primeras luces del nuevo día le saludaron al mirar hacia fuera y le acariciaron el semblante. 

 APÉNDICE

 NOTA. Mis lectores habrán advertido que les he dejado adrede, con referencia al Sueño de este relato, en la posición que ocuparían en el caso de  (p.361) un sueño en la vida real: son libres de interpretarlo según la teoría natural o sobrenatural, según sea la tendencia de sus mentes. Las personas predispuestas a adoptar el punto de vista racional pueden encontrar interesante, en estas circunstancias, conocer una coincidencia relacionada con esta novela, que ocurrió en realidad y que, como «improbabilidad extravagante» desafía a toda situación de la misma clase que pueda imaginar un novelista.

 En noviembre de 1865, es decir, cuando se habían publicado trece entregas mensuales de Armadale y, puedo añadir, cuando había pasado más de un año y medio desde la terminación del manuscrito de la novela, en su forma actual, había un navío amarrado en el muelle Huskisson, de Liverpool, vigilado por un hombre que dormía a bordo en calidad de guardián. Cierto día de la semana, aquel hombre fue encontrado muerto en la camareta alta. El día siguiente, un segundo hombre, que había ocupado su puesto, fue llevado, agonizante, al Northern Hospital. El tercer día, fue designado un tercer guardián, y fue encontrado muerto en la camareta alta que había resultado ya fatal para los otros dos. El nombre de aquel barco era The Armadale, y la encuesta demostró que los tres hombres habían muerto por ¡respirar aire envenenado durante el sueño!

 Debo estos datos a la gentileza de los reporteros de Liverpool, que me enviaron su relación de los hechos. El caso fue publicado en la mayoría de los periódicos. Se dio cuenta de él (para citar dos casos cuyas fechas puedo señalar) en The Times del treinta de noviembre de mil ochocientos sesenta y cinco, y fue descrito  (p.362) más ampliamente en el Daily News del veintiocho de noviembre del mismo año.

 Antes de despedirme de Armadale, tal vez me sea permitido mencionar, en beneficio de los lectores que puedan sentir curiosidad sobre estas cosas, que los Norfolk Broads se describen aquí después de haberlos yo investigado personalmente. En éste, como en otros casos, no he escatimado esfuerzo en instruirme sobre cuestiones de hecho. Siempre que el relato ha tocado cuestiones relacionadas con el Derecho, la Medicina o la Química, ha sido sometido, antes de su publicación, al asesoramiento de profesionales. La amabilidad de un amigo me brindó el plan del aparato del doctor, y vi funcionar los ingredientes químicos antes de atreverme a describir su acción en las últimas escenas de este libro.

FIN