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(nº pgs.152)

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 FIN DE VIAJE

VIRGINIA WOOLF

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Capítulos: 27

 

I

Son tan estrechas las calles que van del Strand al Embankment que no es conveniente que las parejas paseen por ellas cogidas del brazo. Haciéndolo, exponen a los empleadillos de tres al cuarto a meterse en los charcos, en su afán por adelantarles, o a recibir ellos un empujón u oír alguna frase, no siempre muy gramatical, de boca de las oficinistas en su apresurado camino.

En las calles de Londres, la belleza pasa desapercibida, pero la excentricidad paga un elevado tributo. Es preferible que la estatura, porte y físico sean normales, con tendencia a lo vulgar; y en cuanto a la indumentaria, conviene que no llame la atención bajo ningún concepto.

Una tarde otoñal, a la hora en que el tráfico empezaba a intensificarse, un hombre, que llamaba la atención por su elevada estatura, paseaba con una mujer prendida a su brazo. A su alrededor, y asaltándoles con airadas miradas, rebullían, como hormigas en su marcha incesante, una multitud de seres que parecían diminutos en comparación con la esbelta pareja.

Esos seres insignificantes, cargados con papeles, carpetas de documentos y preocupaciones, correteaban pendientes de la obsesión de que su salario semanal dependía única y exclusivamente de su eficacia. Eso explica que miraran con poca benevolencia la excepcional estatura del señor Ambrose y la capa de su esposa, que se interponían en su febril actividad.

La pareja, en su abstracción, no reparaba en la poca simpatía que despertaba a su paso.

Un movimiento casi imperceptible en los labios de él, dejaba entender profundos y abstraídos pensamientos. La mujer, con la vista fija inconscientemente ante sí, parecía contemplar- solamente su honda pena. Sólo un gran esfuerzo de voluntad conseguía mantener en él la impasibilidad y evitar en ella el llanto. Hasta el roce de la gente les resultaba doloroso.

Cruzaron la calle sorteando el peligroso tráfico de la calzada. Al llegar a la otra acera, la mujer abandonó suavemente el brazo en que se apoyaba y acercándose a la  (p.2) baranda del puente ocultó con sus manos a toda mirada indiscreta el rostro, por el que empezaban a correr las lágrimas. El señor Ambrose intentó consolarla con afectuosas palmaditas en la espalda, de las que ella pareció no apercibirse. Ante un dolor mayor que el suyo, el hombre cruzó los brazos a la espalda y dio varios paseos a lo largo del puente.

El Embankment tiene varias prominencias semejantes a otros tantos púlpitos. Pero en lugar de predicadores, estos salientes están a todas horas llenos de chiquillos ocupados en tirar piedras al río, o hacer navegar sus barquillos de papel. Siempre alerta por lo que pudiera ser motivo de distracción, la chiquillería vio en el hombre un ser terrible, y el más atrevido gritó: «¡Barba-Azul!». Temiendo que la burla se extendiese a su mujer, el señor Ambrose les amenazó con su bastón, lo que dio como resultado inmediato que varios rapaces unieran sus fuerzas vocales para repetir a coro el grito de «Barba-Azul».

La inmovilidad de la mujer no llamó la atención de los muchachos. Son muchas las personas que pasan largos ratos apoyadas en el puente de Waterloo contemplando el río. A veces parejas de enamorados, a quienes el paso de la corriente sugiere mil símiles de amor, que a ellos se les antojan nuevos y son eternos. Otras veces, son solitarios paseantes que durante unos momentos recuerdan instantes de su vida que pasaron como el agua indiferente transita bajo el puente. Algunos atardeceres la niebla difumina las siluetas de los edificios de Westminster y les da una extraña semejanza a una Constantinopla entrevista en sueños. Siempre es curioso mirar el río. Unas veces es de un color morado plomizo, otras de barro ceniciento y algunas, pocas, de un color azul intenso que recuerda un mar meridional.

Pero la señora Ambrose no veía nada de aquello, el río se había alejado de su vista hasta convertirse en un punto circular, iridiscente, del que no podía apartar la mirada. Su llanto manaba copioso uniéndose a la corriente.

Una voz misteriosa pareció murmurar a sus oídos: «Loor, Forsena de Closium; juro por los nueve dioses que la gran casa de Targuin no sufrirá más daño...» Estas palabras pasaron por sus oídos deslizándose como un susurro. Sentía que debía, que tenía que volver a todo aquello, pero por el momento necesitaba llorar y se sabía incapaz de ejecutar ninguna otra cosa. Escondió su rostro aún más y dio amplio curso a su pena. Así la vio su compañero al llegar junto a la pulimentada Esfinge y volverse después de comprar algo a un vendedor de postales. Retornó sobre sus pasos y apoyó suavemente una mano sobre su hombro diciendo: «¡Querida!». Su voz era suplicante, pero ella le rehuyó como significándole que poco podía entender de una pena cual la suya. Como él no cejara, hubo de secarse los ojos y levantarlos hasta el nivel de las chimeneas que se alzaban sobre la otra orilla. Miró los arcos del puente de Waterloo y el incesante paso de vehículos, semejante a una hilera de animales en una galería de descarga. Pero no veía nada. Sólo llamaron su atención los gestos que su esposo hacía a un coche de alquiler que no iba ocupado. No, prefería andar, el ejercicio parecía borrar algo la fijeza de sus ideas. El ruido de los enormes camiones, semejantes a monstruos fantasmales, los coches de alquiler, los carros y la gente, la volvieron lentamente a la realidad. Pero con esta vuelta al mundo en que vivía, comprendió también claramente cuán tierno era el afecto que sentía por Londres. Su pensamiento voló lejos, hacia una columna de humo que se elevaba entre los montes. Allí estarían llamándola sus hijos, consolados por gentes extrañas. Un laberinto de plazas, calles y edificios los separaba. Pensó que de los cuarenta años de su vida, treinta los había pasado en Londres. ¡Y qué poco afecto había sabido despertar en ella la ciudad!

Era extremadamente observadora y gustaba de penetrar, con una sola mirada, en el interior de las personas que cruzaban junto a ella. Había gente rica que se dirigía a reunirse con sus amistades, empleados que calculaban mentalmente el tiempo que faltaba para librarse del odiado y necesario trabajo cotidiano, pobres a quienes el descontento que producía la riqueza ajena hacía más desgraciados. Algunos viejos y mujeres se disponían a ocupar los bancos en los que pasarían la noche. El esqueleto de la sociedad se mostraba, impúdicamente, envuelto en una lluvia menuda, incesante y deprimente. Los vehículos, con su marcha rápida y aparentemente inútil, no le interesaban; las parejas de enamorados que buscaban las sombras, la asqueaban; las vendedoras de flores y baratijas, gente alegre que tantas otras veces la divirtieron, se le antojaban ahora seres degradados y degradantes, hasta las flores con sus vivos colores le parecían falsas e insípidas. El paso firme y gallardo de su esposo, su gesto al saludar a un conocido, le parecían cosas irreales.

Detuvo un coche de alquiler y tuvo que alzar la voz para advertir a su esposo que se alejaba distraído. El trote cansino y regular les alejó pronto de West-End en dirección a los muelles. Parecían dirigirse al corazón de la gran fábrica. Los brillantes focos, los luminosos escaparates,  (p.3) las lujosas casas, los pequeños seres vivientes que se trasladaban hacinados en insuficientes autobuses o individualmente en enormes automóviles, eran la mercancía manufacturada.

En el estado de ánimo de la señora Ambrose, la mercancía parecía mezquina comparada con la inmensidad de la fábrica. Viendo los hacinamientos de los vehículos públicos, la gran cantidad de seres que iban a pie y los infinitos camiones y carros que rodeaban, seguían y precedían a su vehículo, sentía la sensación de que Londres albergaba solamente miles, millones de seres pobres y desgraciados.

Abrumada por aquellas observaciones, recordaba por contraste su vida en los alrededores de Picadilly Circus. Fue un sedante que la pobreza de las casas que se alineaban en forma interminable, se viera rota por un edificio que el municipio destinaba a Escuela de clases nocturnas.

-¡Qué sobrio y triste es! -exclamó su marido-. ¡Pobres criaturas!

Aquel cuadro de miseria y la lluvia tenaz y monótona le trajeron a la memoria a sus hijos. Sintió la sensación de que una herida había expuesto su cerebro al contacto del aire frío.

El amplio espacio del Embankment se había ido achicando hasta convertirse en una calleja estrecha y mal empedrada, oliendo a carburantes requemados, embotellada y atascada de camiones y carros. El coche se detuvo.

El señor Ambrose leía en unos enormes cartelones los detalles de la salida de buques rumbo a Escocia. Ella intentó también informarse. Pero los trabajadores ocupados en sus tareas, sumergidos en una neblina fina y gris, no constituían una fuente de información muy digna de tenerse en cuenta. La presencia de un anciano que adivinó sus deseos y se ofreció a llevarles en su barquilla, resultó providencial.

Tras una ligera indecisión, se acomodaron en los asientos del bote, no tardando en ser mecidos por la corriente. Londres se adivinaba tras la línea de edificios de la ribera, que con la distancia adquirían proporciones de casas de muñecas. Los faroles se reflejaban en la móvil superficie del río, produciendo en su corriente la apariencia de una marcha superior a la real. Voluminosas barcazas descendían o remontaban la corriente escoltadas por largas cuerdas de embarcaciones menores. Las lanchas de la policía pasaban con marcha endiablada y su estela imprimía un movimiento de vaivén a la barquilla.

El viejo, sintiéndose comunicativo, recordó sus años mozos, cuando en su bote transportaba delicadas jóvenes bajo los arbustos de la verde orilla de Kotherhithe. Entonces el trabajo era incesante, pero ahora...

Su mirada, preñada de tristezas, recorrió el río; cuna y bienestar de sus mayores, recuerdos de su existencia y amenaza de miseria para sus hijos. Los ojos se posaron en el perfil, monstruoso en la semioscuridad, del puente de la Torre de Londres. La mole de un buque, anclado en el centro de la corriente, parecía acercarse a ellos. Confusamente se leía un nombre sobre el casco: «Euphrosyne». Los mástiles, las chimeneas y la bandera desplegada al viento, más que verse se adivinaban.

Al sacar los remos del agua, el barquero explicó que todos los buques del mundo izaban la bandera el día de su partida. A los señores Ambrose un extraño presentimiento les hizo ver en aquello un signo de mal agüero, pero sobreponiéndose subieron a bordo.

En el salón del buque, propiedad de su padre, la señorita Rachel Vinrace, de veinticuatro años de edad, esperaba nerviosamente la llegada de sus tíos. Les recordaba vagamente, pero estaba dispuesta a hacerles la estancia lo más grata posible. Sentía un cierto malestar indefinible, deseaba que hubiera transcurrido el momento de darles la bienvenida y se entretenía corrigiendo la posición de los cubiertos sobre la mesa. Una voz de hombre se oyó sobre la cubierta:

-¡Con esta oscuridad se puede uno caer fácilmente de cabeza...

-...y matarse! -concluyó una voz de mujer.

Una figura femenina se recortó en el marco de la puerta. Era alta y se cubría la cabeza con un chal morado. La señora Ambrose era bella y distinguida. Lo único que impedía una franca y espontánea simpatía hacia ella eran sus ojos, que se posaban penetrantes y soberbios en cuanto había a su alrededor. Su rostro reflejaba más vida que las bellezas clásicas, pero su expresión era más dura que la de la mayoría de las mujeres inglesas bonitas.

-¡Oh, Rachel!, ¿cómo estás? -dijo, tendiéndole la mano.

-¡Hola, querida! -dijo el señor Ambrose, acercándose a besar a su sobrina.

Ésta se sintió atraída por el porte elegante, las facciones pronunciadas y los ojos expresivos de su tío.

-Avisa al señor Pepper -ordenó Rachel a uno de los marineros.

El matrimonio se sentó a la mesa frente a su sobrina. -Mi padre me indicó que no le esperásemos. Tiene mucho trabajo. ¿Conocen al señor Pepper?

Un señor pequeñito, doblado, que recordaba los árboles curvados por el viento, acababa de entrar silenciosamente. Saludó al señor Ambrose y a su esposa.

-¡Hay corriente de aire! -dijo, levantándose el cuello del abrigo.

-¿Se resiente todavía del reuma? -preguntó Helen Ambrose con voz suave y armoniosa, a pesar de que  (p.4) su pensamiento estaba bien distante de cuanto la rodeaba.

-¡Es cosa del clima! -se acongojó el señor Pepper.-Pero de eso no muere nadie -contestó Helen. -Por regla general, no -contestó el señor Pepper.

-¿Sopa, tío Ridley? -preguntó Rachel.

-Gracias, querida -dijo él, entregándole el plato, luego suspiró suavemente-. No te pareces a tu madre.

Helen hizo ruido con sus cubiertos, procurando evitar que se oyese el comentario. Al comprender la inutilidad de su esfuerzo, se sonrojó.

-¡Hay que ver lo mal que colocan las sirvientas las flores! -dijo Helen apresuradamente, colocando con más gracia un puñado de pequeños crisantemos enterrados en un búcaro.

Hubo un largo silencio.

-¿Conocías a Jenkinson de Peterhouse, Ambrose? -preguntó el señor Pepper desde el otro lado de la mesa.

-Sí, hace muchos años.

-Pues murió. ¿Recuerdas que fue el héroe de un suceso muy extraño..., de un accidente de pesca? Se casó con una joven propietaria de un estanco, marchándose a vivir a Feus; no volví a verle... Creo que bebía y acabó aficionándose a las drogas. Un caso perdido -acabó Pepper como conciso epitafio.

-Era un individuo muy hábil -dijo Ambrose, sacudiendo la cabeza.

-Sí, sustentaba muchas teorías extrañas.

-Creo que tenía una sobre los planetas...

-Sí, algo inverosímil -dijo Pepper, moviendo la cabeza.

La mesa tembló ligeramente, la lámpara se apagó y un timbre apagado repiqueteó sin interrupción.

-¡Zarpamos! -indicó el señor Pepper.

Un ligero balanceo movió la nave, haciéndose cada vez más perceptible. Las luces se sucedían a través de las cortinas de las ventanas.

-Ya marchamos -volvió a comunicar el señor Pepper al tiempo que el buque se estremecía y emitía un quejido melancólico. Se oía claramente el chasquido del agua contra el tajamar y la embarcación empezó a cabecear acusadamente, obligando al camarero a cuidar del equilibrio.

-Y Jenkinson de Cats -preguntó Ridley-, ¿le ves todavía?

-Una o dos veces al año. Hace poco que perdió a su esposa. Es doloroso.

 -Mucho -comentó Ridley.

-Tiene una hija  (p.5) soltera que le cuida, pero a su edad no es lo mismo que si lo hiciera su esposa.

Ambos asintieron, procediendo a mondar las manzanas.

 -Escribió un libro, ¿no? -preguntó Ridley.

-Sí, pero es como si no existiera -contestó Pepper tan vehemente que las dos señoras lo miraron extrañadas y sorprendidas.

La voz del señor Pepper era agria al añadir:

-Es muy cómodo eso de adornarse con plumas ajenas. El libro no lo escribió él.

-Estoy de acuerdo, pero es una debilidad de los que no saben abrirse camino por sus propios medios.

-Su vida fue completamente inútil. Otro caso semejante es el de nuestro amigo Miles -continuó Pepper con una sonrisa irónica-. He hecho un cálculo aproximado y sin contar el tiempo que estuvo en la cuna, ha escrito un promedio de dos volúmenes y medio anuales. No se puede negar que es una industria próspera. ¿Conoces la impresentable colección Bruce?

-¡Por supuesto! -contestó con énfasis el señor Ambrose-. Un poquito libre, ¿no?

 -¿Conoces el «Fussip en Hedivilles Row»? -Precisamente me refería a él.

Las señoras, según es costumbre inveterada en su sexo, intervenían de vez en cuando en la conversación, pero sin poner una excesiva atención en ella. A Helen la inquietaba la actitud de Rachel, demasiado silenciosa y tranquila, impropia de su edad. Los caballeros acabaron por olvidarse de la presencia de las damas.

-¡Ah! ¡Cuántas cosas podrían contarse de aquellos tiempos! -oyeron decir a Ridley al acomodarse en un butacón.

A través de la puerta del fumador percibieron al señor Pepper derrumbado en otro butacón. Parecía haberse aflojado la ropa y semejaba un mono malicioso. Helen y Rachel cubrieron sus cabezas con sendos chales y subieron a pasear a cubierta. Seguían deslizándose mansamente río abajo, cruzándose con las moles ingentes y oscuras de otros buques anclados. Londres, anegado en un mar de luz amarillenta, semejaba la flor monstruosa de una mitológica planta. Las luces de los vestíbulos de los teatros, de las tiendas, a lo largo de las calles interminables, anuncios que dibujaban su estela de luz en el vacío.

Resultaba doloroso, para personas que se alejaban de allí a la ventura sobre el mar, que la ciudad siguiera brillando, siempre en el mismo sitio, como un faro inalcanzable, cuyo halo de luz amarillenta se elevaba hasta las nubes prolongado por la neblina.

Helen volvió el rostro hacia la muchacha que se apoyaba en la baranda, a su lado.

-¿Tienes frío, Rachel?

-No... -balbuceó ésta con voz queda, para añadir a continuación-. ¡Qué hermosura!

En realidad, no era gran cosa lo que la noche permitía ver. Una hilera de mástiles distanciados, una masa oscura en donde se adivinaba la ribera y sobre ella una serie de pequeños rectángulos luminosos. Eran las ventanas. Más allá, una masa de neblina luminosa emplazaba la ciudad.

La marcha era contra el viento y se veían precisadas a sujetarse las faldas y la cabellera. Al poco rato el viento se apaciguó algo, pero volvióse más frío.

Por las entornadas ventanas del fumador vieron a los caballeros apurando sendos cigarros puros. Repentinamente el señor Ambrose se echó hacia atrás violentamente, mientras que un esfuerzo contenido destacaba más las arrugas del rostro del señor Pepper, que parecían talladas con cincel. Una sonora carcajada vino a mezclarse con los crujidos que el viento arrancaba a la nave. Los dos hombres, ajenos a todo, se habían sumergido en sus recuerdos de Cambridge, allá por el 1875.

-¡Son viejos amigos! -observó Helen, sonriente-. ¿Dónde encontraremos nosotras un lugar para sentarnos?

Rachel abrió una puerta.

-Es más un corredor que una habitación -dijo, mostrando una original y exótica sala de estar.

Tenía en el centro una mesa empotrada en el suelo y a su alrededor amplios y cómodos divanes a lo largo de los tabiques.

El sol tropical había hecho palidecer la tapicería hasta un verde azulado. Un espejo, con marco de conchas,, colgaba de la pared; era el trabajo de un enamorado del mar y daba un extraño aspecto al conjunto. Retorcidas conchas de rojos bordes, que recordaban cuernos de unicornio, adornaban la repisa de la chimenea. A cada lado de las puertas pendían unas cortinas de seda morada, con varios borlones. Por las dos ventanas, que daban a cubierta, el sol tropical había encontrado camino para decolorar los cuadros que pendían de la pared. Uno de los grabados representaba, casi indistinguiblemente, a la reina Alejandra jugando con sus perritos. Frente al hogar, dos mecedoras de mimbre se ofrecían acogedoras. Sobre la mesa pendía una gran lámpara, era el signo de civilización menos irreal de cuantos adornaban la habitación.

-Es raro que todos resulten ser viejos amigos del señor Pepper -comentó Rachel con cierto nerviosismo.

El silencio en que había vuelto a caer Helen la ponía en una situación violenta.

-¿Le haces mucho caso? -preguntó por fin su tía. -Es algo así como esto -dijo Rachel, manoseando un extraño pez disecado.

-Creo que le juzgas con excesiva severidad.

Rachel intentó justificar sus palabras, acudiendo para ello a los hechos, por parecerle más significativos. Así fue contando lo que sabía de William Pepper. Cuando

 (p.6) estaban en su casa, siempre la visitaba los domingos. Era persona culta, dominaba las matemáticas, historia y griego, zoología, economía y las Sagas de Islandia. Había traducido al inglés y en prosa poesías persas, y prosa inglesa en versos griegos. Era una notabilidad en numismática y un experto en cuestiones de tráfico. Estaba allí para documentarse y escribir sobre el mar, probablemente un estudio sobre el viaje de Ulises, pues el griego era su mayor pasión. Había regalado a Rachel ejemplares de todos sus trabajos, la mayor parte obras pequeñas, y Helen pensó que probablemente Rachel no - las había leído.

-¿Sabes si ha estado enamorado alguna vez? -preguntó a la muchacha.

-No lo creo, su corazón es un trozo de cuero viejo y reseco; pero, francamente, es una cosa que no he averiguado.

-Será cuestión de preguntárselo. ¿Recuerdas la última vez que te vi? Estabas comprando un piano.

-Sí, lo pusimos en la habitación del ático, que estaba ocupada por grandes plantas exóticas. Mis tías decían que un día piano, plantas y yo pasaríamos al piso bajo a través del techo. A su edad no tenía que haberles asustado tanto la muerte.

-Hace poco tuve noticias de tía Bessie -replicó Helen-. Teme que se te estropeen las manos si estudias tanto.

-¿O acaso que me ponga musculosa y eso me impida casarme?

-No es eso precisamente -corrigió Helen.

-Claro, ella no lo diría así, pero es lo que piensa -dijo Rachel, soltando un suspiro.

Helen clavó sus ojos en el rostro de la muchacha: reflejaba más debilidad que decisión y sólo sus ojos, grandes e interesantes, la salvaban de la insipidez. El óvalo de su cara era indefinido y faltaba color a su cutis. Su indecisión al hablar y el tartamudeo para hallar las palabras adecuadas, ponían de relieve su insignificancia. He-len se dijo que no la atraía la intimidad en que se verían forzadas a vivir las tres o cuatro semanas que duraría el viaje. Las mujeres de su misma edad la aburrían y suponía que con una jovencita sería peor aún. Volvió a mirar a su sobrina. Hablar con ella de cosas profundas sería como escribirlas sobre la superficie del río. En la mayoría de las muchachas no había nada estable, ni vicios ni virtudes.

En aquel momento se abrió la puerta bruscamente y entró un hombre alto y fornido. Se acercó a Helen y le cogió las manos emocionado. Era Willoughby, el padre de Rachel y hermano del señor Ridley Ambrose.

Era corpulento sin llegar a grueso, de cara ancha pero con facciones algo pequeñas y un hoyuelo en cada carrillo. Se le comprendía más apto para capear temporales que para disimular sus emociones.

-¡Es un placer que hayáis venido! ¿Verdad, hija? -dijo, mirando a la muchacha.

Rachel asintió a la mirada de su padre.

-Haremos cuanto esté a nuestro alcance para que os encontréis bien aquí. ¿Y Ridley? Bueno, Pepper ya se encargará de llevarle la contra, cosa a la que yo no me atrevería. ¿Qué te parece Rachel? Está hecha una mujer, ¿verdad?

Sin soltar la mano de Helen, pasó un brazo por los hombros de Rachel.

-¿Crees tú que Rachel hace honor a sus padres?

-¡Oh, sí! -contestó Helen violenta y sin mirarlos.

-Espero grandes cosas de ella -continuó él, oprimiendo fuerte a la muchacha-. ¡Bien! -saltó de pronto-, ahora hablemos de ti. -Se sentaron los tres en el sofá y prosiguió-: ¿Y los chicos? ¿Dispuestos ya para ir al colegio? Me figuro que sí... ¿Se parecen a ti o a Ambrose? De lo que estoy seguro es que ninguno de los dos es tonto.

Al oír esto, Helen fue animándose gradualmente y empezó a explicar que su hijo, de seis años, era su vivo retrato, según la opinión general. En cuanto a la chica, que tenía ya diez años de edad, era muy parecida a su padre. Con toda sencillez contó que su pequeño había metido los deditos en la mantequilla, arrojando una buena porción de ella al fuego de la chimenea y contemplando satisfecho las llamaradas que levantó su hazaña y de la vista de las cuales, gozaron tanto el hijo como la madre, lo cual probaba una afinidad de gustos.

-Es un pícaro, pero tendrás que corregirle para que no juegue con fuego, puede traer -malas consecuencias -advirtió Willoughby.

-Pero si no tiene importancia... ¡es tan chico! -disculpó la madre, como si fuese ella la autora de la fechoría.

-¡Por lo visto soy un padre chapado a la antigua! -suspiró Willoughby.

-¡No digas eso! Apuesto a que Rachel no opina así.

Claramente se reflejaba en el rostro del padre la ilusión que le hubiese producido el que Rachel le abrazase y mimase, negando su afirmación. Pero ésta continuaba abstraída, mirando ante sí y con la más absoluta indiferencia hacia lo que su padre decía. Su imaginación estaba muy lejos de allí.

Cambiaron impresiones sobre la forma más conveniente y disimulada de lograr que Ridley gozase durante todo el viaje de unas completas vacaciones. Si no lo lograban ahora que sus baúles repletos de libros descansaban en la sentina del buque, Helen sabía que ya no lo conseguirían, pues en Santa Marina pasaría el día trabajando.

-¡No te preocupes y déjalo por mi cuenta! -dijo Willoughby con su mejor voluntad.

Se oyeron unos pasos. Se abrió la puerta y entraron Ridley y Pepper.

-¡Hola, Vinrace! ¿Cómo estás? -dijo Ridley extendiendo la mano con  (p.7) algo de embarazo.

Willoughby respondió efusivamente, pero con un cierto respeto.

-Os hemos oído reír bastante -dijo Helen-. Sin duda os habréis contado cosas muy graciosas.

-No creas, nada que valiera la pena.

-¿Sigues siendo todavía tan exigente en tus juicios? -preguntó su hermano.

-Por lo visto os aburrís mucho en nuestra compañía, a juzgar por lo pronto que nos dejasteis -dijo Ridley a su esposa.

-¿Pero no lo pasasteis mejor después de salir nosotras?

Ridley se encogió de hombros, la situación era algo violenta, aunque todos intentaban demostrar jovialidad. Fue el señor Pepper quien rompió el silencio y desvió la atención. Súbitamente dio un salto sobre su asiento, elevó las piernas y se sentó en cuclillas, como si huyera de una corriente de aire en los tobillos. Con los brazos cruzados en torno a las rodillas y chupando su puro con fruición, ofrecía un aspecto estrambótico, como un pequeño dios oriental. Sin enmendar su extraña postura, les endilgó un discurso sobre los monstruos de las profundidades marítimas. Se mostró muy sorprendido de que ninguno de los diez barcos que poseía Vinrace y que efectuaban la travesía entre Londres y Buenos Aires, hubiese visto nunca tales monstruos y de que tampoco hubiesen -intentado nunca llevar a cabo ninguna investigación.

-No, Pepper, no -rió Vinrace-; tengo de sobra con los monstruos de la tierra.

Rachel susurró con un suspiro:

-¡Pobres animales!

-Si no fuera por ellos, no habría música, querida -dijo su padre algo bruscamente.

Entretanto proseguía la perorata de Pepper, explicando los blancos, pelados y ciegos monstruos que habitaban las profundidades abismales del Océano, contando que al sacar estos animales a la superficie y librarlos de la enorme presión de las aguas, explotaban esparciendo sus entrañas a todos los vientos. Era tan prolija y descarnada su explicación, que producía náuseas, y Ridley hubo de rogarle que se callase.

Helen iba observándolo todo y formando su composición de lugar. No, decididamente no se sentía muy optimista:  (p.8) Pepper resultaba un pesado; Rachel una niña mimada y poco dada a las confidencias, estaba segura que sus primeras palabras serían: «Yo no me avengo con mi padre, no me comprende»; Willoughby, por su parte, y pese a su buena voluntad, vivía en un mundo aparte, un mundo que él se había forjado. Entre todos ellos, Helen se encontraba descentrada y no se las prometía muy felices, pero como era una mujer de acción y decisiones rápidas, se alzó y dijo que quería ir a descansar. Al llegar a la puerta se detuvo volviendo la cabeza; supuso que habiendo a bordo sólo dos mujeres, Rachel la acompañaría. La muchacha se levantó, y con un ligero tartamudeo, dijo:

-Me voy afuera... a... luchar con el viento.

La peor suposición de Helen se confirmaba. Se deslizó por el pasillo dando tumbos con el vaivén y agarrándose con ambas manos. A cada bandazo exclamaba:

-¡Caramba! ¡Bien empezamos!

II

La noche fue poco confortable, movimientos incesantes del buque, olor salobre, escasez de ropa en las camas. El señor Pepper pasó verdadero frío. El amanecer trajo un cambio en la situación. El cielo radiante y el mar tranquilo como pocas veces. El desayuno transcurrió en un ambiente más cordial. El viaje había comenzado bajo los mejores auspicios, con un cielo azul y un mar en calma. Todo era prometedor, pudiera o no expresarse, y esto sería lo que, cuando pasasen los años, conferiría un sentido especial a este momento, como el griterío de las sirenas durante la noche anterior aparecería representado por un gran aturdimiento.

La mesa estaba servida con atractivo. La fruta colocada con buen gusto y los huevos y la mantequilla despertaban el apetito al más desganado. Helen atendía a Willoughby, observándole disimuladamente. Recordaba múltiples incidentes familiares y como siempre, terminaba por hacerse la misma pregunta: «¿Por qué se casaría Teresa con Willoughby? Claro que de aspecto no está mal -seguía pensando-, fuerte, grandón, voz recia, puños potentes y voluntad firme»... Pero para He-len el carácter de Willoughby se escondía tras una sola palabra: «Sentimental». Y ella entendía que una persona sentimental no era nunca franca, espontánea, ni sencilla en la expresión de sus pensamientos, emociones o sentimientos. Por ejemplo, raras veces hablaba Willoughby de los muertos, exceptuando los aniversarios de mayor solemnidad. Helen sospechaba incontables atrocidades en la educación de Rachel y estaba segura de que la pobre Teresa no había sido muy feliz.

Inconscientemente pasó a comparar su vida con la de su cuñada, a quien quiso sinceramente y que fue la única mujer a quien llamó amiga. Estas comparaciones habían sido muchas veces el tema de sus conversaciones. Ridley era literato; Willoughby hombre de negocios. Terminaba Ridley su tercer volumen sobre Píndaro cuando Willoughby fletaba su primer buque. Y el mismo año que el comentario sobre Aristóteles fue leído en la Universidad, su cuñado montaba una nueva fábrica. ¿Y Rachel? No, decididamente no resistía una comparación con sus dos hijos, Rachel parecía tener sólo seis años, derramaba la leche en la taza poniendo todo su cuidado en observar las gotas que salían desparramadas. Si en lugar de aquellas tonterías de niña boba, riera y se expresara con espontaneidad, resultaría una muchacha francamente bonita y agradable. Se parecía a su madre, o mejor dicho, era como la imagen que se reflejaba en un lago en calma, de un rostro arrebolado y lleno de vida que se inclina sobre su tranquila superficie. Helen, absorta en sus pensamientos, no caía en la cuenta de que ella era también observada, aunque no por los que tan crudamente juzgaba.

El señor Pepper, mientras llenaba concienzudamente de mantequilla sus rebanadas de pan, iba realizando el retrato de Helen. Empezó reafirmándose en su primitiva afirmación: Helen era verdaderamente hermosa. Con naturalidad le acercó la mermelada para que se sirviese. No cesaba de decir sandeces, aunque no mayores ni menores que las que se dicen siempre durante el desayuno. Sabía, por propia experiencia, que antes del desayuno la circulación cerebral parece atascada, y que si él no hablaba nadie lo haría probablemente. Así es que, sin mucha seguridad en lo que decía, seguía hablando y contradiciéndose a sí mismo, pero encontrándose superior a los que le rodeaban. En aquel momento, Pepper, después de convenir en que Helen era hermosa, bajó los ojos hacia el plato e hizo un rápido repaso de su vida. No se había casado, sencillamente, por no haber encontrado nunca a la mujer que supiera inspirarle respeto. Había pasado los años de su juventud en una estación de ferrocarril de Bombay, sin ver más que mujeres de raza y color distinto, mujeres militarizadas, mujeres que ocupaban puestos oficiales y que iban perpetuamente uniformadas. Su ideal era una mujer que supiera leer, si no el persa, por lo menos el griego, blanca, rubia y sensible, capaz de comprenderle... En su soledad había acabado por contraer extraños hábitos, de los que no se avergonzaba. Dedicaba varios minutos del día a aprender cosas de  (p.9) memoria, nunca tomaba un billete sin anotar antes el número, dedicaba el mes de enero a Petronio, el de febrero a Cátulo, marzo a los jarros etruscos..., y así sucesivamente. En la India había trabajado infatigablemente, y de nada tenía que arrepentirse, exceptuando esos pequeños defectos que todos los hombres listos se reconocen... Aunque no los corrijan. Absorto en estos pensamientos levantó la vista y sonrió al observar que Rachel le miraba.

«Habrá masticado algo un número determinado de veces», pensó Rachel, y añadió en voz alta:

-¿Cómo van esas piernas, señor Pepper?

-Pobrecitas -dijo éste moviéndolas con expresión de dolor-. Me temo que la belleza no cure el ácido úrico... y es una lástima...

A continuación observó el mar y el cielo de brillante azul a través del ventanal, sacó un libro y lo colocó sobre la mesa. Respondiendo a la muda invitación, Helen le preguntó cómo se titulaba. Junto con la mención del título inició Pepper una documentada disertación sobre... la forma más conveniente de construir carreteras. Se remontó a los griegos, pasó después a los romanos, para acabar con los ingleses, que según su parecer eran unos inmejorables constructores, pero a renglón seguido empezó a criticar y denunciar directamente a todos los contratistas en general, y se acaloró hasta el punto de que las cucharillas tintinearon al chocar con platos y vasos, y más de un trozo de bollo se descompuso en el platito.

-¡Guijarros! -dijo con despectivo énfasis-. ¡Las calles de la gran Inglaterra están construídas con guijarros! Les he repetido hasta la saciedad: «Con las próximas lluvias, vuestras calles se convertirán en pantanos». Una y otra vez mis palabras se han convertido en realidad. ¿Pero creen ustedes que por eso se me ha hecho caso? Ni entonces, ni cuando he intentado hacerles comprender que el único perjudicado era el bolsillo del contribuyente... ¡Ni cuando les he dicho que leyeran a Corifeo! Pero son otros los asuntos que acaparan la atención de las gentes. ¡Señora Ambrose, puede estar usted completamente segura de que sólo podrá formarse una opinión aproximada de la estupidez humana cuando haya tomado asiento en unos de los municipios de los suburbios! -terminó mirándoles a todos con energía feroz.

-Mis pequeños tienen una niñera que es una buena mujer, vamos, para como está hoy el servicio no puedo quejarme, pero está empeñada en que los pequeños han de rezar. Yo no les hablo casi nunca de Dios. ¿Qué vamos a hacer, Ridley, si al volver los encontramos otra vez rezando el Padrenuestro?

Ridley dejó escapar una ligera exclamación que a nada comprometía, pero Willoughby, que al oír las palabras de su cuñada no había podido reprimir un estremecimiento, exclamó:

-Vamos, Helen, no creo que un poco de religión perjudique a nadie.

-Preferiría que mintiesen -contestó Helen, sincera y rápidamente.

Willoughby estaba reflexionando en que la vida le había deparado una cuñada excesivamente excéntrica, cuando ésta echó hacia atrás la silla, se levantó y salió sobre cubierta. Casi al instante la oyeron exclamar:

-¡Mirad, estamos ya en alta mar! ¡Venid!

Todos la siguieron. El humo de las ciudades había desaparecido y el buque se balanceaba en un claro amanecer. Había dejado Londres sumido en su fango, y la fina sombra de tierra que adivinaba a su izquierda parecía incapaz de sostener el peso de una ciudad como París y, sin embargo, se trataba de la costa de Francia. Se encontraban liberados de carreteras, de cuanto recordara humanidad y en esta exaltación de su libertad hallaban el mayor goce.

Unas pequeñas olas, que rompían blancas y acariciantes a cada lado de la inmensa mole, indicaban la marcha del buque. El cielo de octubre, ligeramente nuboso en el horizonte, con una nube que se elevaba lenta como una columna de humo, hacía más perceptible la pura brisa, fresca y salobre. Hacía demasiado fresco para permanecer quieto, y Helen se agarró al brazo de su esposo dispuesta a dar un paseo. Al elevar su rostro hacia él parecía reflejar la necesidad de comunicarle algo íntimo y dulce.

Se separaron unos pasos de Rachel y ésta pudo observar que se besaban. Se asomó sobre las profundidades del mar. La superficie se veía ligeramente ensombrecida por el paso del «Euphrosyne». Más abajo era de un verde algo turbio que se iba esfumando, desvaneciéndose hasta acabar en una imprecisa mancha oscura. Tras él se adivinaban restos de naufragios cuyos mástiles parecían a veces asomar sobre la superficie, en la cresta de una ola besada súbitamente por un rayo de sol.

-Rachel, si me necesitáis, estaré ocupado hasta la una -dijo Willoughby al pasar junto a su hija, dándole un toquecito en el hombro, como acostumbraba a hacer siempre que se dirigía a ella-. ¡Hasta la una! -repitió-. A ti no te faltará tampoco qué hacer, supongo. Arpegios, francés, un poco de alemán, ¿eh? Aquí tienes al señor Pepper; es el hombre que conoce más verbos regulares e irregulares en Europa.

Y se alejó sonriente.

Rachel quedó riendo como siempre hacía, como siempre había hecho, sin  (p.10) pensar en si verdaderamente había motivo y sólo porque admiraba intensamente a su padre. Se disponía a «ocuparse en algo» cuando fue interceptada por una mujer cuya enorme humanidad era imposible evitar. Su ropa denunciaba que pertenecía a la servidumbre; cerciorándose de que nadie la oía, empezó a hablar con extremada gravedad. Se trataba de sábanas y demás ropa de cama.

-Señorita, no sé cómo vamos a solucionarlo en este viaje... no quiero ni pensarlo -empezó moviendo la cabeza de un lado a otro como un muñeco-. No tenemos más sábanas que las precisas y una de las del señor tiene un boquete por el que pasaría un gato. ¿Y las colchas? Un pobre se avergonzaría de ellas. La que le puse al señor Pepper no está en condiciones ni para tapar un perro... No, señorita, no pueden repararse... ni para trapos del polvo servirían. Las cose una hasta hartarse, y al volver a lavarlas quedan peor que antes.

En su indignación parecía que iba a echarse a llorar.

Rachel no tuvo más remedio que bajar y repasar el montón de sábanas que había sobre una mesa. La señora Chailey manejaba las sábanas una a una, como si las conociese. Algunas tenían manchas amarillentas; otras, peligrosos claros, y las demás, rotos de todas las medidas. Eso sí, todas estaban irreprochablemente limpias.

Súbitamente, la señora Chailey cambió de tono, abandonando el tema de las sábanas. Cerró los puños, apoyándolos fuertemente sobre el montón de ropa blanca, y con tono melodramático declamó:

-¡Nadie, nadie, pasaría el día donde lo paso yo!

La cabina en que realizaba su trabajo no era precisamente pequeña; pero se hallaba situada tan cerca de la sala de máquinas, que a los cinco minutos de permanecer allí la pobre mujer sentía que su corazón iba a estallar.

-Su madre, la señora Vinrace, que en santa gloria esté, no me hubiera permitido nunca hacer lo que hago. Ella conocía al dedillo la situación de todas las ropas y enseres de la casa y no exigía nada que no fuera justo.

Fue cosa sencillísima trasladarla de cabina, y en  (p.11) cuanto a las sábanas, podían zurcirse y durar todavía algún tiempo. Eran otras cosas las que indignaban a la señorita Rachel.

-¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras! -clamaba mientras subía hacia la cubierta-. ¿Qué- saca con contarme cuentos?

La descomponía ver a la señora Chailey, a sus cincuenta años, portándose como una criatura. La música le hizo olvidar pronto las sábanas y las protestas de la señora Chailey. Entretanto, ésta doblaba sábanas y más sábanas con gesto adusto. Nadie se preocupaba de ella, y en fin de cuentas, no podía decirse que un buque fuera un verdadero hogar. La noche anterior, al oír a los marineros izar el ancla, había llorado. Aquella noche volvería a llorar y mañana también, y cada noche. Así seguía pensando mientras ordenaba sus cachivaches en la nueva cabina que Rachel le había designado. Sus enseres no eran los más indicados para un viaje marítimo: perritos de porcelana, juegos de té en miniatura, tazas con las armas de la ciudad de Bristol floridamente ornamentadas; cajas para horquillas, recargadas de conchas; un sinfín de adornos y pequeñas fotografías con trabajadores endomingados y mujeres con bebés de almidonados pañales. Una de las fotografías tenía un marco dorado y la señora Chailey precisaba de un clavo para colgarla. Se colocó los lentes, y antes de buscar el clavo, leyó la dedicatoria del retrato. Estaba ofrecido por Willoughby Vinrace a la señora Susana Chailey como agradecimiento a sus treinta años de fieles servicios.

Gruesos lagrimones se interpusieron entre sus ojos y la dedicatoria.

-Y estos servicios continuarán mientras yo aliente -murmuraba la pobre mujer mientras clavaba el clavo.

-¡Señora Chailey! ¡Señora Chailey! -clamó una voz melodiosa desde el exterior.

Se arregló un poco el traje maquinalmente y abrió la puerta.

-Estoy en un apuro -dijo la señora Ambrose, que venía arrebolada y casi sin respiración a causa de la carrera-. Ya sabe usted cuán especiales son los hombres, señora Chailey. Las sillas son demasiado altas para la mesa, y a la puerta le faltan seis centímetros para llegar al suelo. Necesitaría un martillo y una colcha, a ser posible vieja, y también, si no fuera mucho pedir, una mesa de cocina. Fíjese usted en esto.

Y con un gesto cómico abrió la puerta que daba a la cabina destinada a su esposo.

El señor Ambrose, con el entrecejo fruncido, el cuello de la chaqueta levantado y paseando de un lado a otro de la pequeña estancia con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada, era la verdadera estampa de la más viva desolación.

-Parece que se complacen en atormentarme -dijo deteniéndose repentinamente ante su esposa-. ¿Vinimos acaso para que yo cogiera un reuma o una pulmonía? Creí que mi hermano tenía más sentido común.

-Pero, querido, no te pongas así -contestó Helen ya de rodillas bajo la mesa, atareada en sus arreglos-. No solucionarás nada y te pones nervioso. ¿Hemos de pasar aquí unas seis semanas? Pues es preciso pasarlas lo mejor posible.

-Ha sido una solemne tontería venir; pero ya que estamos aquí, ¿qué otro remedio nos toca sino tener paciencia? Hoy me encuentro peor, bastante peor que ayer; claro que la culpa no es de nadie, es mía -monologueaba Ridley sin interrumpir sus paseos-. Menos mal que los niños...

Al oír esto, Helen se enderezó como un resorte y empezó a acorralar a su esposo por la cabina como si se tratase de una gallina.

-¡Vete! ¡Vete, Ridley! ¡Vete! ¡Anda, fuera de aquí! ¡Vuelve dentro de media hora y lo encontrarás todo listo!

Al salir Ridley de la habitación aún le oyeron alejarse rezongando pasillo adelante.

-No parece estar muy fuerte -dijo compasiva la señora Chailey mientras ayudaba a disponer las cosas.

-Eso que le pasa es el griego. Griego desde que se levanta hasta que se acuesta -le respondió Helen luchando para colocar un montón de libros sobre un estante-. Si alguna vez la señorita Rachel se casa, señora Chailey, que sea con un hombre que no sepa leer ni escribir.

Los primeros días a bordo, que siempre resultan incómodos, monótonos y sin aliciente, fueron pasando, y sucediéronles otros, que fueron haciéndose gradualmente más amenos y agradables al compenetrarse más los pasajeros con la vida del buque.

A pesar de que octubre estaba bastante adelantado, el tiempo parecía ser cada vez más veraniego. Las costas inglesas, de los desiertos pantanos a las rocas de Cornualles, se avivaban bajo el sol otoñal, divisándose grandes manchas verdes, amarillentas y amoratadas e incluso brillaban los tejados de las lejanas ciudades. En miles de jardincillos, brillaban millones de florecillas granate oscuro, que esperaban el momento en que las ancianas, que tan amorosamente las cuidaban, descendieran por los senderillos y cortaran sus tallos para ofrendarlas en la iglesia. Alegres grupos de excursionistas volvían a la puesta del sol exclamando: «¿Habéis visto un día tan hermoso como éste?» «¡Así como este día eres tú!», murmuraban los muchachos al oído de la amada.

Viejos e inválidos eran sacados de sus casas para que pudieran gozar de tan espléndidos días y ellos, en su agradecimiento, auguraban paz y bienestar para todo el mundo. Las conversaciones entre enamorados  (p.12) tenían muy poca variación, aunque ellos creyesen lo contrario. Unos ponían la pureza del cielo como símbolo de sus vidas. Para otros, el mismo cielo era el emblema que campearía sobre sus existencias.

Pocas eran las personas, en tierra, que se acordaban de los que viajaban por los mares. Cuando el mar no tenía la absoluta calma de aquellos días, cuando se enfurecía y el viento sacudía las puertas y ventanas de los dormitorios, las parejas se decían antes de besarse: «¡Cuánto celebro no ser marino!» o bien: «Vida mía, qué felicidad que no seas farero». Los buques, al desaparecer en la línea del horizonte, parecían disolverse sobre el mar, como la nieve en el agua. El criterio de las personas mayores sobre el mar, no varía gran cosa del que sustentan los pequeños, que con sus bañadores de vivos colores y los cubos y palas relucientes, juegan con las olas en todas las playas de Inglaterra. Lo que a ellos les llamaba la atención eran las velas blancas y las nubes de humo que se elevaban en espirales hasta confundirse con las nubes. Si les hubieran dicho que se trataba de grandes flores blancas o de adornos de vapor, igualmente lo hubieran aceptado. Pero también las personas, desde el mar, se formaban una idea singular de Inglaterra. Se les antojaba pequeña, muy pequeña, como si paulatinamente fuera encogiéndose y aprisionando a sus habitantes.

A unos les parecía verlos rebullir como atareadas hormigas, apelotonándose unas sobre otras y derramándose al mar por sus bordas en un vano intento de alcanzar el barco que se alejaba. A otros les parecía oír un clamor que se elevaba inmenso y ensordecedor de millones de gargantas, hasta enmudecer al perderse de vista el barco tras el horizonte. Pero esa extraña impresión de que la tierra se encogía, no se limitaba a la isla, parecía como si el fenómeno afectara a todas las tierras del planeta, y llegaba a dudarse que el buque volviera a encontrar jamás un puerto en su camino.

Al propio tiempo, una nueva y vasta dignidad parecía invadir todos los ámbitos. El buque era el único habitante de un nuevo universo, y en su incesante caminar iba descorriendo velos que volvían a cerrarse a su espalda. Estaba más solitario que la caravana que cruza el interminable y calcinado desierto. Su marcha era más misteriosa, adelantándose y manteniéndose por sus propios recursos. El mar podía jugar con él a su antojo proporcionándole un goce repentino e inmenso, o sumiéndole en una muerte oscura e ignorada. La embarcación se entregaba al mar como una novia se da a su esposo, como una virgen desconocida de los hombres que confía en que el vigor y la fuerza de su dueño, se cambien en un arrullo amoroso.

La temperatura era una verdadera bendición. Los días se sucedían en calma, suaves, con el cielo y el mar como brillantes turquesas. Esta visión magnífica consolaba algo a Helen. Hizo que le subieran a cubierta su bastidor, junto al que colocó un volumen de filosofía encuadernado en negro tafilete. Escogiendo cuidadosamente las hebras, de un montón de madejas que tenía sobre la falda, matizaba y bordaba en pardo y granate un tronco de árbol, y en distintas gamas de amarillo, el curso de un río. El diseño representaba una tumultuosa corriente a su paso por la selva tropical, con frutos de variadas especies y una legión de nativos desnudos que disparaban sus flechas. Entre punto y punto leía una frase sobre la realidad de la Materia, la Naturaleza o el Bien. A su alrededor los marinos, con sus jerseys azules, baldeaban la cubierta o descansaban acodados en las barandillas.

No lejos de ella el señor Pepper cortaba raíces con su navaja. Los restantes pasajeros se hallaban diseminados por la cubierta. Ridley, con sus volúmenes de griego, estaba bien en cualquier lugar. Willoughby se encerraba con sus documentos. Y aprovechaba los viajes para tramitar los asuntos de sus muchos negocios. ¿Y Rachel? Entre frase y frase de la más profunda filosofía, Helen se repetía la misma pregunta: «¿Dónde se mete Rachel?» Y se prometió averiguarlo. -

Desde la primera noche habían cruzado sólo escasas palabras, aunque siempre muy amables, pero sin que entre ambas mediara la menor confidencia. La muchacha se portaba bien con su padre. «Quizá mejor de lo que debiera», decíase Helen, y parecía dispuesta a dejar a su tía completamente tranquila, tanto como ésta deseaba que la dejasen.

En aquel momento Rachel se encontraba en su habitación sin hacer absolutamente nada. Cuando había mucho pasaje, aquel lugar lo cedía a las señoras que se mareaban. Contenía, además del piano, una gran cantidad de libros. Rachel se consideraba la dueña de aquel recinto donde pasaba largas horas tocando. Otras veces leía en inglés o en alemán, según su estado de espíritu, y otras, como en aquel momento, no hacía absolutamente nada. La educación que recibiera, unida a su natural indolencia, la hacía encontrar goce en aquel vacío moral y material en que a veces se sumía. Había sido educada como la mayoría de las muchachas ricas de su generación. Amables doctores y tímidos y cultos profesores, le habían enseñado los fundamentos de las Ciencias, pero sin forzarla a adentrarse en  (p.13) ellas, ni hacerla trabajar de firme. Esto hubiera parecido un ultraje. Una o dos horas de clase, que transcurrían siempre agradablemente con las restantes condiscípulas, o contemplando la animada calle desde las ventanas.

Ningún tema fundamental le era conocido a fondo. Su inteligencia no estaba mucho más desarrollada que la de cualquier habitante de los tiempos de la Reina Isabel. Creía todo cuanto se le decía e inventaba razones para apoyar sus afirmaciones.

De la concepción del Universo, de la Historia del Mundo, de cómo o por qué funcionaban los trenes, en qué se invertía el dinero, qué leyes gobernaban a su país, cuáles eran los deseos y ambiciones de la Humanidad, eran cosas sobre las que sus profesores no le habían dado ni la más pequeña indicación.

Esta forma de enseñanza tenía, sin embargo, una gran ventaja. No enseñaba nada, pero tampoco ponía obstáculos a la inteligencia del alumno, si es que éste verdaderamente la poseía. A Rachel le permitieron desarrollar toda su afición por la música. Llegó a convertirse en una virtuosa de la materia. Todas sus energías las enderezó única y exclusivamente hacia este arte. Su enseñanza había sido casi exclusivamente autodidáctica. Sabía a los veinte años más música que la mayoría en toda una vida de práctica activa, y como ejecutante era un verdadero prodigio. Esta afición la había sumido en un mundo de sueños románticos y fantásticos que la mantenía aislada de cuanto giraba a su alrededor. Era hija única y desconocía las burlas y picardías propias de la convivencia entre hermanos. Muerta su madre cuando sólo contaba ella once años, su vida se desarrolló junto a dos hermanas de su padre en el ambiente saludable de una casa de Richmond. Durante la niñez y la adolescencia, creció entre mimos y preocupaciones por su salud. Después, ya mujer, estos mimos se dirigieron por otros derroteros de índole moral. Hasta hacía poco había ignorado la mayoría de las cosas referentes a la vida íntima. Estos conocimientos los adquirió en viejos libros y folletos  (p.14) repulsivos. Como nunca fue muy aficionada a los libros, no la preocupó mucho la censura ejercida sobre sus lecturas, primero por sus tías y ahora por su propio padre. Amigas, por las que hubiese podido enterarse de muchas cosas, tenía pocas y menos aún de su edad.

Richmond estaba algo apartado y la única amiga que frecuentaba la casa era muy piadosa y en sus charlas íntimas intentó comunicarle sus fervores, hablándole de Dios, su gran amor, y de que todos debían llevar su cruz con resignación. Pero como su inteligencia no estaba educada en los principios de la religión, los fervores de su gran amiga le resultaban incomprensibles.

Recostada en una butaca, con un brazo doblado tras la cabeza y el otro indolentemente caído sobre la falda, estaba ensimismada en sus pensamientos. Su falta de conocimiento le dejaba tiempo para pensar con tranquilidad y sin obstáculos. Tenía la vista fija en una bola de madera de la baranda y si alguien se hubiera interpuesto en su visión se hubiera impacientado.

La traducción de un verso del «Tristán» le hizo estallar en una sonora carcajada:

«Con temerosa precipitación,

Su vergüenza procura esconder,

Y ante el rey presenta con respeto

A su cadavérica mujer.»

-¿Pero qué sentido tiene esto? -se dijo, arrojando el libro a un rincón. Cogió después las «Cartas de Cowper, libro clásico que su padre le había aconsejado y que ella encontraba pesadísimo. Uno de los párrafos del libro se refería a un jardín, y esto le trajo a la memoria, cosa que ya había sucedido en otras ocasiones, el pequeño vestíbulo de Richmond, repleto de flores el día de los funerales de su madre. Bastaba la visión y hasta el solo nombre de las flores, para que volviera a sentir aquella penosa sensación. Un recuerdo traía otro. Veía a su tía Suey arreglando las flores de la sala y recordaba haberle dicho: «No me gusta el olor de ciertas flores; me recuerda los entierros». A lo que su tía contestó: «Eso son tonterías que no debes decir, Rachel, las flores tienen un aroma muy agradable».

Su imprecisa imaginación se detuvo en sus tías, en su carácter y forma de vivir. Este mismo pensamiento le había distraído ya cientos de veces durante sus paseos por el parque de Richmond. Le parecía oír a tía Suey dirigiéndose a tía Leonor y hablando sobre una nueva criada: «Lo más natural es que la casa esté ya barrida y fregada a las diez y media de la mañana. Francamente, no comprendo a esta muchacha». No recordaba lacontestación de tía Leonor porque repentinamente aquello le pareció absurdo en lugar de familiar. Sus tías se le antojaron seres inanimados e impersonales, sin ninguna razón de ser ni existir.

En cierta ocasión preguntó a tía Leonor con su habitual tartamudeo:

-Tía Leonor, ¿quieres mucho a tía Suey?

A lo que su tía contestó, esforzándose por contener una risa nerviosa:

-¿Pero qué preguntas haces, hija mía?

-Quiero saber si la quieres mucho -insistió ella.

-No se me ha ocurrido nunca averiguar la cantidad exacta de cariño. Se quiere o no se quiere, pero nada más, Rachel.

Esta respuesta era, además, un reproche hacia la muchacha que nunca se había franqueado a sus tías con la cordialidad e intimidad que ellas deseaban.

-Tú ya sabes -continuó tía Leonor- como te quiero. Por ti, por ser hija de mi hermano y por otras muchas razones.

Al hablar así se había inclinado sobre ella, besándola emocionada. Pero a Rachel este argumento no la satisfizo, lo encontró inconsistente.

Entre tales incomprensiones, Rachel había alcanzado la plenitud de su razón, si es que puede llamarse así al mundo irreal y fantástico en que vivía. Sus esfuerzos para compenetrarse con sus tías, sólo habían logrado herir los sentimientos de éstas. Su última conclusión fue que era mejor abandonar las pruebas y refugiarse en su propio mundo. Así fue creando un abismo, cada vez más ancho y hondo, entre ella y los que la rodeaban. Se entregaba con pasión a su afición musical, olvidándose casi por completo de todo y de todos. Sus tías, su padre, los Hunts, Ridley, Helen, Pepper y todos los que se movían a su alrededor, pasaron a convertirse para ella en símbolos sin personalidad reconocida. Según los recuerdos que le traían a la imaginación, representaban el símbolo de la edad, de la juventud, de la enfermedad, del saber o la belleza. Los observaba como si ninguno se expresase de acuerdo con la realidad de sus pensamientos. Lo único real que para ella existía era la música. Lo único verdadero, lo que uno vivía, veía y sentía en su vida interna, pero sin exteriorizarlo. Absorbida por la música, su vida transcurría tranquilamente, salvo algunos raros intentos de librarse de «su mundo» que pronto se esfumaban. Entonces se hallaba en uno de tales momentos.

Interiormente Rachel era deliciosamente expansiva, y se compenetraba con todo y con todos. Con el espíritu del buque, con el alma del mar, con el Opus 112 de Beethoven y hasta con el desgraciado William Cowper. Su fantasía parecía hecha de una materia esponjosa que se inclinase a besar el mar, se elevase, volviese a besarlo... Este subir y bajar continuado era debido a que Rachel había acabado por dormirse y su cabecita se inclinaba hacia atrás todo  (p.15) cuanto le permitía el respaldo del sillón.

Pocos momentos después, la señora Ambrose abría la puerta de la salita. No le sorprendió en absoluto el modo como Rachel pasaba las mañanas. Paseó su mirada por la habitación, el piano, los libros, el desorden general... Volvió a fijarla en Rachel, recostada en el sillón, sin protección, y se le antojó una víctima momentáneamente abandonada por sus guardianes. La contempló durante un par de minutos, y luego, lentamente y sonriendo, dio media vuelta y se alejó. Si la muchacha se despertaba podía resultarle violento ver que la contemplaban mientras dormía.

III

El siguiente amanecer se vio amenizado por los ruidos propios de las operaciones de atraque. El monótono trepidar del corazón del «Euphrosyne» cesó súbitamente en el preciso momento que Helen pisaba la cubierta. Lo primero que divisó fue un majestuoso y altivo castillo enclavado en la cumbre de un monte.

Habían anclado en la desembocadura del Tajo, cuya corriente besaba amorosa los lados del buque. En cuanto terminó el desayuno, Willoughby descendió a tierra con una cartera de piel bajo el brazo, avisándoles que no volvería hasta media tarde, pues tenía algunos asuntos que resolver en Lisboa.

Hacia las cinco reapareció malhumorado y con aspecto de cansancio. Tenía hambre y sed y pidió inmediatamente té. Frotándose las manos fue refiriéndoles sus trabajos. Había encontrado al viejo Jackson peinándose el bigotillo en el espejo que tenía en su oficina. Sin esperarlo, el pobre viejo se encontró con una mañana de trabajo abrumador. Habían almorzado juntos mariscos y champaña. Visitó a la señora Jackson, que estaba más gruesa que nunca y había preguntado por Rachel, enviándole muchos saludos, Jackson había hecho una de las suyas. Tenía aviso de Willoughby de que para aquel viaje no aceptara pasajeros, pero se le había presentado un tal Richard Dalloway y su esposa. Este señor había sido elegido una vez miembro del Parlamento, y en cuanto a su esposa, era hija de un Par y portales motivos creían tener derecho exclusivo a cuanto pedían o solicitaban. Entre ambos cogieron al pobre Jackson, pasaron por alto todas sus objeciones, no le hicieron el menor caso, y le mostraron una carta de Lord Glenaway en la que le rogaba, como un favor personal, que los admitiera a bordo.

-Total -terminó Willoughby-, que mucho me temo que vamos a llevar la compañía de esa pareja.

Saltaba a la vista que todo aquello no le contrariaba en absoluto, aunque él intentara demostrar todo lo contrario.

La verdad era que los esposos Dalloway estaban estancados en Lisboa, donde habían llegado después de varias semanas de viaje por Europa. Los azares de la política imposibilitaban al señor Dalloway sentarse en el Parlamento durante una larga temporada. Pero no por estar fuera de su patria había dejado de servirla. Los países latinos del Oeste del Continente le habían servido para ello a maravilla, si bien él opinaba que el Este hubiera sido más propicio.

-Recibiréis espléndidas noticias mías desde Petersburgo o Teherán -había dicho a sus amigos al subir al buque... Pero en Rusia había cólera, en Oriente una epidemia... y sus pasos habían tenido que encaminarse hacia Lisboa, desde donde sus noticias habían sido mucho menos románticas y espléndidas de lo que él esperaba. Atravesaron Francia, deteniéndose él en centros fabriles, para los que poseía cartas de recomendación, y en los que le fueron mostrados minuciosamente los trabajos, acerca de los cuales tomó numerosos apuntes en su libro de notas. En España habían vivido en el campo y viajado sobre mulas «para formarse -según decían- una exacta idea de la vida de los campesinos». Al propio tiempo no habían desaprovechado la ocasión de estudiar el grado de madurez en que se hallaba el ambiente con vistas a alguna revolución. Luego pasaron unos días en Madrid, por indicación de la señora Dalloway, visitando los museos y acudiendo a los espectáculos. Después encaminaron sus pasos a Lisboa, pasando allí seis días, durante los cuales el señor Dalloway visitó grandes industrias, tomando nota detallada de cuanto le decían o veía, y visitando ministros y personas de la alta política, a los que se suponía sucesores del Gobierno, amenazado de crisis inminente. Entre tanto, Clarissa, su esposa, visitaba los lugares regios y los de deportación, tomando fotos de las caballerizas reales y de los expatriados. Entre las fotografías había una de la tumba de Fielding. Junto a ésta vio debatirse en un cepo a un infeliz pajarillo, e inmediatamente le dio suelta. «No pude sufrir la vista del pobre pajarillo cautivo en un lugar donde reposan restos ingleses. ¡Resultaba odioso!», escribió la señora Clarissa Dalloway en su diario.

El viaje se efectuaba completamente al azar, sin ningún plan previo. Un artículo del corresponsal extranjero del «Times» o cualquier incidente imprevisto, decidían su ruta. El señor Dalloway opinaba que la Costa Africana era mucho más insegura de lo que la gente creía. Ésta era la razón que les hacía desear un buque de andar lento, que parase un día o dos en cada puerto de mediana  (p.16) importancia y en el que hubiese mucho movimiento de carga y descarga. Claro que les interesaba que hubiese a bordo la mayor comodidad posible, pues ambos eran malos marineros y deseaban también que hubiese poco pasaje. Si llegaban a conseguir tal buque, podrían fisgonear tranquilamente en cada puerto todo lo que les llamase la atención. La espera de una embarcación que reuniera todas estas ventajas era lo que les tenía estancados en Lisboa.

Habían oído hablar del «Euphrosyne», pero sabían también que difícilmente y sólo en circunstancias extraordinarias admitía pasaje. Su servicio era de carga general en su viaje a los puertos del Amazonas y caucho al retorno. Precisamente lo que ellos necesitaban. El señor Dalloway se limitó a escribirle a Lord Glenaway... lo demás vino por sus propios pasos y el señor Jackson no representó un obstáculo digno de tenerse en cuenta.

Una semana después un bote cruzaba las aguas del Tajo, acercándose al «Euphrosyne» y llevando a bordo a los esposos Dalloway. Su llegada causó algo de revuelo, y varios pares de ojos pudieron comprobar que la señora Dalloway era alta, esbelta e iba elegantemente vestida, y su esposo de estatura corriente, pero de buena complexión y con indumentaria deportiva. Él llevaba una cartera de papeles de negocios y ella un magnífico maletín neceser, pero estaban completamente rodeados de maletas, baúles y maletines, todos ellos de excelente calidad.

-¡Cómo se parece esto a Whistler! -dijo la señora Dalloway, señalando hacia la playa. Dirigió una sonrisa a Rachel y se volvió hacia Willoughby, que en aquel momento presentaba a la señora Chailey, para que les indicase su camarote.

Aquella interrupción en la vida de a bordo resultó desconcertante y molesta para todos, desde Grice, el mayordomo, al indiferente Ridley.

Minutos después pasó Rachel por el fumador, encontrando a Helen ocupada en corregir la posición de los sillones. Al ver a su sobrina, dijo confidencialmente:

-Los hombres, cuanto más a gusto se encuentran, menos molestan,  (p.17) y para esto los butacones son instrumentos esenciales. ¿Qué te parece? A mí sigue recordándome una cantina de estación.

Quitó un tapetillo de encima de la mesita, corrigió de nuevo la posición de las butacas, arregló los almohadones y se detuvo a contemplar el resultado. El aspecto general del saloncito había mejorado notablemente.

El gong anunciando la hora de la cena sorprendió a Rachel sentada al borde de su litera, mirándose en el espejito colgado del tabique sobre el lavabo. El espejo le mostraba una expresión de profunda melancolía. Pensaba que su cara no tenía facciones bonitas, cosa que ya nunca podría conseguir y esto la apenaba profundamente. Era amante de la puntualidad y se dijo que no tenía más remedio que acudir al comedor con su cara, por mucho que le desagradase.

Entretanto Willoughby iba reseñando a los Dalloway las personas que viajaban en el buque.

-Están mi hermano Ambrose, el literato, quizás hayan oído hablar de él; su esposa; el señor Pepper, un antiguo amigo mío y hombre que sabe de todo, y mi hija Rachel. Como pueden ver, un pequeño grupo. Les enseñaré a ustedes toda la costa, es muy interesante.

El señor Dalloway hizo un gesto de aparente indiferencia, mientras su esposa intentaba recordar el apellido Ambrose. No acababa de convencerle la compañía, tenía la convicción de que los literatos se casan con cualquier moza de granja que conocen en un atardecer campestre o con cualquier insignificante muchachita de los suburbios que les da tema para alguna de sus creaciones y que os dirán inoportunamente: «Claro, ya sé que es mi marido el que le interesa, no yo».

En aquel preciso momento entró Helen, y la señora Dalloway viose precisada a corregir su opinión. Aunque a primera vista era algo excéntrica, Helen demostraba con su voz y su porte que era una señora.

El señor Pepper no se había tomado la molestia de cambiarse de traje, pero a pesar de ello no desentonaba, pues vestía siempre de negro.

Al seguir a Willoughby al comedor, Clarissa iba pensando: «He de reconocer que la compañía no promete ser desagradable». Esta opinión sufrió un rudo golpe al presentarse Ridley en el comedor. Llegó tarde, desarreglado y con un gesto de malhumor. Cambió una fugaz y cariñosa mirada con su esposa, y sin más preámbulos, atacó la sopa.

La señora Dalloway rompió el silencio.

-Lo que más encuentro a faltar en un viaje por mar son las flores -dijo, dirigiéndose a Willoughby-. Imagínese campos enteros de madreselvas y violetas en pleno Océano... ¡Sería maravilloso!

-Y también muy peligroso para navegar. ¿Verdad, señor Vinrace? -añadió su esposo, cuya voz de bajo resonaba agradablemente junto a la de contralto de Clarissa-. Recuerdo que a bordo del «Mauritania» le pregunté al capitán: «¿Cuál es el peligro que más teme usted navegando?» Yo esperaba que me dijese: Icebergs... nieblas... pero, no señor, jamás olvidaré su respuesta. Me miró muy serio y contestó: «Sedgius aquatici, un alga de la que puede decirse con razón que es una mala hierba».

El señor Pepper levantó la cabeza vivamente, dispuesto a decir algo, pero ya Willoughby se le había adelantado.

-Me estremezco cuando pienso en esos pobres capitanes con tres mil almas a bordo. Dicen que el trabajo agota y desgasta, pero yo creo que es la responsabilidad.

-Quizá por eso pagamos mayor sueldo a la cocinera que al resto de la servidumbre -dijo Helen-, aunque entonces las niñeras deberían cobrar el doble y no es así.

-No, pero tienen una compensación, la de gozar de la compañía de las criaturas en lugar de trajinar con salchichas y sartenes -añadió Clarissa, mirando a He-len con interés, como si adivinara en ella una futura madre.

-Yo preferiría ser cocinera a niñera -replicó Helen-, nada ni nadie me induciría a cuidar hijos ajenos.

-¡Oh, las madres! -terció Ridley-. Siempre exageran, un niño bien educado no causa responsabilidad. Yo he viajado por toda Europa con el mío, todo se reduce a abrigarlo bien y colocarlo cómodamente en la rejilla. Helen rió la ocurrencia de su esposo. Clarissa miró a Ridley, sorprendida.

-Por lo visto, esa forma de pensar es privilegio de los padres, habla usted exactamente igual que mi esposo. Sin duda hubiera obrado igual que él en el Parlamento. Mejor dicho, en los escalones del Parlamento.

-¿A qué se refiere? -se creyó obligado a preguntar Ridley.

-Se trataba de una mujer muy irritada que me esperaba a la puerta del Parlamento después de cada sesión, impidiéndome el paso con no sé qué reclamaciones -explicó el señor Dalloway-. Un día no pude contenerme y le dije: «Señora, con su proceder no hace usted más que molestar y entorpecer el paso y no creo que así consiga nada». Por lo visto, ella opinó igual, pues me cogió del abrigo y quieras que no hube de escucharla.

-Se salió con la suya; pero, pobre mujer, esperar sentada en los escalones del Parlamento debe ser muy incómodo -se compadeció Helen.

-Le estuvo bien empleado -intervino Willoughby-. Hay métodos legales para pedir las cosas.  (p.18) Obrando de otro modo, sólo se causa perturbaciones. ¡Preferiría verme enterrado antes de que una mujer tuviese derecho a votar en Inglaterra!

-Es inconcebible -apoyó Clarissa-. No será usted sufragista, ¿verdad? -preguntó a Ridley.

-El sufragio me tiene sin cuidado -dijo éste-. Si hay alguien que pueda creer que votando a éste o a aquél las cosas van a mejorar, allá él.

-Se ve que no es usted amante de la política. -¡En absoluto, señora! -contestó Ridley en tono convencido.

-Temo que su esposo me desapruebe -dijo el señor Dalloway a Helen en voz baja.

Ésta recordó que Richard había pertenecido al Parlamento, y preguntó, intentando disipar la coladura de su esposo:

-¿Y no se aburren ustedes a veces?

Richard extendió la mano ante él como si prestase juramento.

-Francamente, he de confesar que sí, pero a pesar de ello, si cien veces hubiera de elegir carrera, cien veces escogería sin titubear la de la política.

-Estoy de acuerdo con usted -dijo Willoughby-. El bufete o la Política.

-Quizá pise un terreno peligroso -prosiguió Richard-, pero lo que yo pienso de las ocupaciones artísticas, es que no redundan en un provecho material de la sociedad, la prueba es que hasta que los artistas acaban por amanerarse y hacer concesiones, no pueden imponer sus puntos de vista a la sociedad.

-En eso no estoy de acuerdo -interrumpió la señora Dalloway-, acuérdate de Shelley. Creo que en su «Adonais» se encuentra casi todo lo que puede desearse.

-Lee «Adonais» cuanto quieras -concedió Richard-, pero siempre que oigo hablar de Shelley, me acuerdo de las palabras de Matthew Arnold: «Qué camarilla».

-¿Matthew Arnold? -saltó Ridley-. ¡Bah! Un detestable engreído.

-Le concedo que sea un engreído -dijo Richard-, pero no me negará que es un hombre de mundo. A ustedes, los artistas, los políticos, les parecemos gente burda, grosera, que sólo ve el lado material de las cosas, y, sin embargo, ustedes, cuando se enfrentan con la realidad y la encuentran completamente enmarañada y fuera de sus cauces, en lugar de intentar arreglarla, que es lo que nosotros procuramos hacer, se encogen de hombros y vuelven a aislarse en sus ensueños, que no negaré que sean muy bonitos, pero que no pasan de ser eso: Sueños. Esto es evadir las responsabilidades que todos tenemos para con nuestros semejantes, además que no todos nacemos con facultades artísticas.

-Cuando me encuentro entre artistas -dijo Clarissa- siento intensamente los goces que reporta el crearse un mundo propio y vivir encastillado en él... pero en cuanto salgo a la calle y tropiezo con una criatura con cara de hambre y miseria, reacciono y comprendo que no es humano vivir ausente de la realidad. En tales momentos quisiera detener la marcha de todas las manifestaciones artísticas, por lo menos hasta que las condiciones de la existencia variasen. ¿No cree usted que la vida es un continuo conflicto que necesita del esfuerzo de todos? -preguntó a Helen.

-No -dijo ésta, después de una corta duda-. No lo creo así.

La señora Dalloway sintió un escalofrío y pidió su abrigo. Después cambió de tema.

-En cuanto a mí -dijo-- nunca olvidaré Antígona. La vi representar en Cambridge hace unos años, y constantemente acude a mi imaginación desde entonces. ¿No le parece a usted lo más moderno que haya visto nunca? -preguntó, dirigiéndose a Ridley-. Creo que he conocido lo menos a veinte Clitemnestras. Una de ellas, por ejemplo, la vieja lady Ditchling. No conozco una sola palabra de griego, pero me pasaría todo el tiempo escuchando esta obra.

Aquí el señor Pepper creyó indicado colocar una larga estrofa en griego, que Clarissa escuchó atentamente. Cuando Pepper terminó, ella dijo:

-Daría diez años de mi vida por saber el griego.

-Yo puedo enseñarle el abecedario en menos de media hora -dijo Ridley-, y en menos de un mes puede leer a Homero. Para mí sería un honor.

Helen comentaba con el señor Dalloway la moda de citar autores griegos en el Parlamento, y a pesar de su conversación con él, no dejó de observar que los hombres, incluso su esposo, preferían las mujeres modernas. Al oír a Clarissa aceptar con entusiasmo la proposición de Ridley, Helen se indignó. Recordó su casa de Howne Street, se vio a sí misma en la salita con un libro de Platón en el regazo y comprendió que una alumna con verdadera afición podía aprender el griego aun en el corto espacio de tiempo que había señalado su esposo. La primera clase quedó concertada para el día siguiente.

-Lo único que necesitamos es que su barco nos trate bien -exclamó Clarissa dirigiéndose a Willoughby y haciendo que éste tomara parte en la conversación.

Willoughby estaba dispuesto, por el bienestar de sus invitados, no sólo a responder de la estancia de los pasajeros a bordo de su buque, sino incluso de las olas que lo rodeaban.

-Yo me pongo malísima... y a mi esposo no le va mucho mejor -suspiró Clarissa-. Y paso muy malos ratos porque no puedo devolver.

-Yo no me he mareado nunca... bueno, exceptuando en una ocasión. Fue cruzando el Canal de la Mancha. Lo que me pone francamente malo es el mar de fondo... ¡y lo que siento perderme una  (p.19) comida a bordo! El buen tiempo me despierta el apetito de un modo atroz. Pero eso de ver la comida, tomar un bocadito, que se traga uno como Dios le da a entender, mientras el sentido común nos dice «No comas... no comas...» De todos modos, soy de los que creen que el mareo no pasa de ser una sugestión que puede vencerse con un esfuerzo de voluntad. Mi esposa es cobarde hasta la exageración.

Se habían levantado de la mesa, y Helen se acercó a la señora Dalloway.

-Venga, le enseñaré el camino.

Salieron seguidas de Rachel, que no había abierto los labios durante la comida. Bien es verdad que tampoco nadie le había dirigido la palabra. Sin embargo, había estado atenta a cuanto se hablaba. Su atención estuvo fija en los esposos Dalloway. Clarissa, especialmente, la fascinaba. Iba vestida completamente de blanco, sin más adorno que un refulgente collar. El óvalo perfecto de su rostro aparecía aureolado por la cabellera que empezaba a volverse grisácea. Semejaba por su belleza un cuadro de finales de siglo, una obra maestra de Reynolds o de Romney. Junto a ella los restantes pasajeros, incluso la propia Helen, resultaban groseros y descuidados. Emanaba de Clarissa un encanto especial que lo dominaba todo. El esposo tenía una forma de hablar y un timbre de voz que se imponían. Sus ademanes, gestos y palabras iban completamente al unísono, como una máquina perfecta. Junto a él los demás parecían meros autómatas sin gracia alguna. Un delicioso perfume de violetas emanaba de la señora Dalloway, mezclándose al frufrú de sus sedas y al tintineo de sus pulseras. Mientras la seguía por el pasillo, Rachel se sentía humillada. Ante su vista transcurría vertiginosamente su vida y la de sus amigos. Clarissa había dicho: «Vivimos en un mundo hecho a nuestro gusto y medida», y Rachel pensaba que tenía razón y que tal cosa era completamente absurda.

-Sentémonos aquí -dijo Helen, abriendo la puerta del saloncito.

-¿Toca usted? -preguntó Clarissa, levantando la partitura de «Tristán», que estaba en el musiquero.

-No -dijo Helen, apoyando una mano en el hombro de Rachel-. Es mi sobrina quien toca.

-Créame que la envidio -dijo Clarissa, dirigiéndose a Rachel por vez primera-. ¿Recuerda esto?- añadió, tecleando con sus ensortijados dedos unos compases de «Tristán»-. ¿Ha estado usted en Bayreuth?

-No, no he ido -contestó Rachel.

-Nunca olvidaré la primera vez que oí allí «Parsifal». Era un día sofocante de agosto, con el teatro a oscuras y completamente lleno de corpulentos alemanes y alemanas gruesas y sonrosadas, con ajustados trajes de un mal gusto tremendo. La música atacó la obertura, y yo sentí una opresión en la garganta que me hizo estallar en sollozos. Un caballero que había junto a mí me trajo agua. Lo recuerdo perfectamente, porque seguí llorando sobre su hombro. ¡Fue tan majestuoso...! ¿Pero dónde está el piano?

-Está en otra habitación -replicó Rachel.

-Pero no por eso dejaremos de oírla... No puedo imaginar nada semejante a sentarme a la luz de la luna y oír buena música... claro que esto pueden parecer niñerías. ¿No cree usted que la música no es buena para todos? -dijo, dirigiéndose a Helen.

-¿Por qué? ¿Acaso porque requiere un esfuerzo demasiado grande para comprenderla?

-Sí, es demasiado emocional. No debería permitirse a los jóvenes aprender música como una profesión. El que sepa interpretarla, no quiere decir que la aprecie, casi estoy por creer lo contrario. Los que sienten verdaderamente el arte son los que menos lo demuestran. ¿Conoce usted a Henry Philips, el pintor?

-Sí, le conozco -dijo Helen.

-A primera vista podría tomársele por un negociante o industrial, nadie diría que es el mejor pintor de su época. Eso es lo que a mí me gusta.

-Es verdad -dijo Helen-. Cuando se ve a un músico con enormes melenas y chambergo, es casi probable que su música deje mucho que desear.

-Watts y Joachim pueden parecer cualquier cosa menos lo que son: unos grandes músicos.

-Sin embargo, no me negará usted que hubiesen estado mejor con algo de pelo -dijo Helen-. Creo que lo principal es la limpieza. Quiero decir con eso que prefiero menos arte y más ropas con buen corte.

 -A la gente bien se la conoce por algo que no se sabe qué es, pero que existe -añadió Clarissa.

 -En efecto, mire usted a mi esposo. ¿Se le puede tomar por un caballero? -preguntó Helen.

A Clarissa esta pregunta le pareció de muy mal gusto. Ella, por lo menos, no la hubiera hecho nunca. La mejor respuesta que encontró fue echarse a reír, volviéndose a Rachel.

-Insisto en que mañana toque usted.

Rachel no opuso ninguna objeción. Había algo en Clarissa que la atraía y dominaba. La señora Dalloway disimuló un bostezo, que no pasó de una pequeña dilatación de la nariz.

-Me está entrando bastante sueño, a lo mejor es el' aire de mar. Mucho me temo que vaya a abandonarlas.

La voz del señor Pepper, en acalorada discusión, se oyó avanzar por el pasillo. Esto acabó de convencer a Clarissa.

-¡Buenas noches, buenas noches! No se molesten que ya conozco el camino.

Entró en su camarote, que se había convertido, como por arte de magia, en el tocador de una gran  (p.20) señora, repleto de frascos y bandejitas. No había ningún centímetro de su cuerpo que careciese del apropiado instrumento de belleza. El perfume a violetas, que tanto gustó a Rachel, llenaba el ambiente. Clarissa cambió su ropa por un precioso camisón, calzóse unas coquetonas zapatillas y se acomodó en la litera con un bloc y pluma. Su mano, al deslizarse sobre el papel, parecía acariciarlo. Lentamente fue llenando carillas.

«Imagínate, querida mía, que nos hallamos a bordo del buque más especial que puedas imaginarte y no lo es tanto la embarcación como las personas que en ella se encuentran. ¡Con cuántos seres raros se tropieza viajando! Pero he de decirte que resulta muy distraído. El dueño del buque, un tal Vinrace, es un inglés enorme, grandón y agradable, pero hombre de pocas palabras. Cualquiera de los restantes pasajeros hubiera constituido un éxito en un número del «Punch». Parece como si llevaran ya en el buque años y años, formando un mundo aparte. Se diría al verlos, que no han pisado jamás la tierra firme, ni realizado las cosas que a todos se nos antojan corrientes. Siempre he sostenido que los literatos son gente incomprensible, y no me he equivocado. Y lo peor es que hay a bordo tres personas -dos mujeres y un hombre- que podrían parecer normales si no estuvieran absorbidos por los recuerdos de Oxford, Cambridge y otros lugares por el estilo, lo que los convierte en unos seres ñoños e inaguantables. El hombre resultaría delicioso si se cortase las uñas. La mujer, que tiene un cutis precioso, se viste como un saco de patatas y se peina como una pobre dependienta. Hablan de arte y nos toman por unos bichos estrafalarios por el solo motivo de que nos vestimos para la cena. Yo preferiría morirme de hambre que sentarme a la mesa con el mismo vestido que he llevado toda la tarde. ¿No te sucede a ti lo mismo? Parece increíble como pequeñeces así llegan a dominarnos. Hay una muchacha muy mona, pero muy tímida. Me da pena. Quisiera avivarla antes de que sea  (p.21) demasiado tarde. Tiene los ojos y el pelo muy bonitos, pero presiento que se volverá una excéntrica, como todos los que la rodean. Deberíamos crear una sociedad con la misión, mucho más difícil y sutil que las de los misioneros, dedicada a ensanchar el entendimiento de las jóvenes, Hester. ¡Ah; se me olvidaba! También hay a bordo un desagradable muñeco llamado Pepper. Se asemeja en todo a su nombre. Convivir con él es algo así como sentarse a cenar con un mono mal educado. Es indescriptiblemente insignificante y de un genio muy especial. ¡Pobrecillo! Lo malo es que no puede una peinarlo y ponerle polvos como se haría con un animalito propio. Es una lástima. Como estamos sin periódico, este viaje resultará unas verdaderas vacaciones. Cosa que no fue la estancia en España, ni en Portugal...»

-¡Me has traicionado! -exclamó Richard, llenando con su corpulenta humanidad toda la cabina.

-¿No cumplí con mi deber durante la cena? -preguntó Clarissa.

-¡En buena te has metido con el griego! ¿Sabes quién es ese Ambrose?

-Un don Cambridge, supongo... Vive en Londres y se dedica a editar los clásicos.

-¡Un individuo que edita los clásicos!

-¿Habráse visto nunca gente más rara? La esposa me preguntó si su marido me parecía un caballero...

-No ha sido cosa fácil mantener la conversación durante la cena -dijo Richard-. ¿Por qué será que las mujeres de esta categoría social son mucho más excéntricas que los hombres?

-Evidentemente. No son feas, pero sí raras. Ambos se echaron a reír.

-Veo que tendré mucho que hablar con Vinrace -dijo Richard-. Conoce a Setton y a toda su camarilla... También puede informarme ampliamente sobre los astilleros del Norte.

-Me alegro, los hombres son siempre mucho más positivos que nosotras.

-Por supuesto, con un hombre siempre puede hablarse de algo. Supongo que os habréis pasado el rato conversando de los niños, ¿no?

-¿Tienen hijos? No me lo pareció.

-Dos. Un niño y una niña.

Una ráfaga de angustiosa envidia cruzó por los ojos de la señora Dalloway.

-Nosotros deberíamos tener un hijo, Dick. ¡Con las oportunidades que hay ahora para la gente joven! No creo que hayan sido mejores desde los tiempos de Pitt.

 -¡Ser un director de hombres...! -musitó Richard-. Es una buena carrera... -El pecho se le dilataba bajo el chaleco.

-No puedo dejar de pensar en Inglaterra, Dick -dijo Clarissa, meditativa, apoyándose en el pecho de su esposo-. Esta soledad aviva el recuerdo y sobre el mar pienso en lo mucho que significa ser inglés. En nuestra marina, en la gente de India y Africa, en nuestra marcha ascendente siglo tras siglo, gracias a hombres como tú, Dick. Me siento orgullosa de ser inglesa, no concibo que pudiera ser de otra nacionalidad. ¡Piensa en la llama que ilumina nuestra casa, Dick! Hace un rato me parecía volver a verla.

-Ese recuerdo es la continuidad de nuestra patria -dijo sentenciosamente Richard.

Una visión de la historia patria cruzaba por su mente. Los reyes y los ministros se sucedían y por encima de todos, la Ley. Se dejaba llevar por la ruta de la política conservadora, que iba desde Lord Salisbury a Alfred, encerrando entre sus mallas los mejores florones de los cinco continentes.

-Son muchos siglos de trabajo ininterrumpido, pero la labor toca ya a su fin. Sólo queda consolidarla.

 -Y esta gente no lo ve -dijo Clarissa.

 -Ha de haber gentes de todas clases -dijo Richard-. No existiría nunca un gobierno si no hubiera una oposición.

-Dick, vales más que yo -dijo Clarissa.

-Es mi negocio, mi carrera, eso es lo que intenté hacer comprender durante la cena.

-Lo que más me gusta de ti, Dick, es que siempre eres el mismo. En cambio, yo varío según el humor del momento.

-Sea como sea, eres muy bonita -dijo su esposo, mirándola a los ojos.

-¿Te lo parezco a ti? ¡Entonces bésame!

Él la besó apasionadamente, tanto que la carta cayó al suelo. Richard la recogió y la leyó sin pedir permiso. -¿Dónde tienes la pluma? -solicitó.

Con escritura firme y varonil escribió:

«Ahora habla Richard Dalloway: Clarissa ha omitido contaros que estaba muy guapa durante la cena, tanto que ha hecho una conquista por la cual se ha comprometido a aprender el griego. Sólo aprovecho esta ocasión para añadir que disfrutamos en grande por estos lugares tan extraviados y lejanos, sólo desearíamos gozar de vuestra presencia, así la gira, además de tan instructiva como promete ser, sería más alegre.»

Al final del corredor se oían voces. El tono agrio de Pepper contrastaba con la voz de la señora Ambrose.

-Es un tipo de señora con la que nunca llegaría a simpatizar -decía Helen-. Es muy...

Ni Richard ni Clarissa pudieron enterarse de la opinión de Helen, pues en el preciso momento crujió uno de los papeles que Dick tenía en la mano.

Poco después Clarissa, tendida en su litera, cerró su inseparable volumen de Pascal y musitó, ya en el umbral del reino de los sueños:

-¿Es conveniente para una mujer como yo vivir siempre con un hombre moralmente superior? Estamos siempre pendientes de él. Lo que yo siento por Dick es algo así como lo que mi madre y demás antepasados femeninos debieron sentir por Cristo. Sí, debe ser  (p.22) un sentimiento muy semejante.

El sueño impidió a Clarissa proseguir sus divagaciones. Fue un sueño profundo, reparador, interrumpido solamente por enormes letras griegas que revoloteaban por la habitación. Despertó riéndose de su propio sueño al pensar que las fantásticas letras griegas dormían a pocos metros de ella. En el exterior reinaba la más completa oscuridad, sólo una ancha raya de plata sobre el mar dibujaba el beso en las aguas de la luz de la luna. Clarissa tiritó y pensó en su esposo como en un compañero más de viaje.

Aquella noche el sueño se divirtió saltando de una litera a otra, para llevar a sus ocupantes recuerdos de los restantes pasajeros reunidos por el azar en medio del océano para una convivencia de varias semanas.

IV

La primera en levantarse al día siguiente fue Clarissa. Salió a cubierta a respirar el aire puro de la mañana en calma. Recorrió el buque y por último sufrió un encontronazo con el mayordomo señor Grice. Clarissa se disculpó y le pidió que le sirviera de cicerone. Empezó por preguntarle qué utilidad tenían los instrumentos de a bordo. Cuando Grice se lo hubo explicado, exclamó, entusiasmada:

-¡La carrera de marino es, sin duda alguna, la más bonita!

-¿Está usted segura, señora? -preguntó Grice con extraña entonación-. Permítame una pregunta: ¿Qué conocen la inmensa mayoría de los ingleses de las cosas del mar? Creen conocerlas... ¡pero cuán poco saben!

Era tal la amargura de sus palabras, que Clarissa adivinó lo que se avecinaba. Fueron al camarote del mayordomo, y la señora Dalloway tomó asiento contemplando al extraño sujeto. Su rostro era anguloso como el de una gaviota y el blanco y holgado traje aumentaba la semejanza. Se apoyó en una mesa adornada con cantos de reluciente cobre... y Clarissa escuchó la relación de un fanático:

-¿Ha comparado usted nunca la extensión de las tierras con la de los mares? ¡Qué distinta! ¡Cuán pequeña y menguada la tierra!, y por contraste, ¡qué hermoso e inmenso el mar! Si una extraña epidemia acabase con

todos los animales terrestres, el mar se bastaría para alimentar a la humanidad.

Grice recordó la gran miseria de las ciudades, las enormes colas de gentes esperando un cazo de mala sopa.

-Entonces pienso en el alimento sano y abundante que hay bajo nuestros pies. No soy protestante, ni católico, pero quisiera que todas las religiones prescribieran un ayuno perpetuo.

Conforme hablaba, miraba el tablero de la mesa y no cesaba de cambiar de lugar los objetos que sobre ella había. La mayoría tarros de cristal con los tesoros que el Océano había ido entregándole. Pálidos pececillos en aguas verdosas, trozos de materia gelatinosa con hebras flotantes, peces con lucecillas, como luciérnagas marinas.

-Han nadado entre los huesos -suspiró Clarissa.

-¿Piensa usted en Shakespeare? -dijo el mayordomo-, fue un poeta genial.

A Clarissa le agradó aquel criterio.

-¿Cuál es su obra favorita? A ver si coincidimos.

-¡«Enrique V»! -dijo Grice con énfasis.

-¡Eureka! La que a mí me entusiasma -exclamó Clarissa.

Grice encontraba los versos del «Hamlet» demasiado pasionales y el drama en sí excesivamente intenso. «Enrique V», por el contrario, era la personificación de un caballero inglés. Sus lecturas favoritas eran Huxley, Herbert Spencer y Henry George, mientras que a Emerson y a Thomas Hardy los leía por puro pasatiempo. Se hallaba enfrascado en explicarle a la señora Dalloway cuál era su opinión sobre el momento literario inglés, cuando sonó el gong llamando para el desayuno con tanta fuerza, que Clarissa saltó de su asiento y salió apresuradamente en dirección al comedor, no sin haber asegurado antes al mayordomo que volvería para visitar su herbario acuático.

Los pasajeros que la noche anterior se le antojaron tan extraños ocupaban ya sus lugares para el desayuno, algunos todavía bajo la influencia del sueño. Éste era el motivo de que permanecieran silenciosos. La entrada de

Clarissa pareció una ráfaga de aire puro que los animase a todos.

-He tenido una de las conversaciones más interesantes de mi vida -dijo, tomando asiento junto a Willoughby, al que dirigió la siguiente pregunta-: ¿sabe que entre sus hombres hay uno que es filósofo y poeta?

-Mi opinión ha sido siempre que el señor Grice es un tipo muy interesante... aunque Rachel opine que es un latoso -aseguró Willoughby.

-Y no me negarás que a veces lo es, papá -contestó Rachel.

-Francamente, aún no he tropezado con nadie que me pareciese un latoso -confesó llanamente Clarissa.

-Pues yo los encuentro a montones -dijo Helen.

Su belleza, radiante a primera hora de la mañana, disimuló el mal efecto que pudieran causar sus palabras.

-De lo peor que puede calificarse a una persona creo que es, precisamente, de pesado -dijo Clarissa-. ¡Cuánto mejor sería ser tomado por asesino que por estúpido! -añadió con su tono habitual al decir algo que consideraba profundo-. Puede darse el caso de que un asesino resulte agradable. Lo mismo sucede con los perros: algunos son terriblemente estúpidos, ¡pobrecillos!

Richard estaba sentado junto a Rachel. Ésta admiraba su apariencia gentil,  (p.23) su traje bien confeccionado, la inmaculada pechera y los puños albeando con gemelos de un gusto exquisito. Las uñas pulidas y cuidadas y un anillo con un rubí en el índice de su mano izquierda.

-Nosotros tuvimos un perro que lo era -exclamó, dirigiéndose a Rachel en tono superficial-. Era un Syke. terrier peludo y alargado, parecía una oruga, y al propio tiempo teníamos un Schipperke negro muy inquieto. No se puede usted imaginar el contraste que ofrecían. El Skye, lento y mal intencionado, con ojos tristes e interrogantes, tenía todo el aspecto de un sesentón aburrido en un club. El Schipperke, por el contrario, era una verdadera ardilla. Yo prefería al Skye, su aire melancólico me atraía.

La descripción no parecía interesar a nadie.

-¿Pero cómo terminó la historia? -atrevióse a preguntar Rachel, al ver que Richard se interrumpía.

-¡Oh! Fue una historia muy triste -dijo Richard en tono grave, mientras mondaba una manzana-. Mi esposa iba en coche y él la seguía por la carretera... hasta que fue a meterse debajo de las ruedas de un ciclista torpe.

-¿Lo mató? -preguntó Rachel, interesada.

Clarissa terció desde el extremo opuesto de la mesa: -Por favor, no hablen de eso, sólo el recordarlo me entristece.

Y en efecto, tenía los ojos humedecidos.

-Es el inconveniente de tener favoritos -dijo Richard, consolador-. La primera víctima fue una ratita de indias... La aplasté al sentarme sobre ella. Fue muy lamentable. Luego tuvimos canarios -continuó-, un par de «ring-doves», un pájaro carpintero y un ruiseñor...

-¿Vivían ustedes en el campo? -interrumpió Rachel.

-Sí, vivíamos en el campo durante seis meses al año, con cuatro hermanas mías y un hermano. No hay nada comparable a pertenecer a una familia numerosa. Encuentro sobre todo que tener hermanas es delicioso.

-Dice eso porque era el niño mimado de la familia -intervino Clarissa.

-No, eso no, te concedo solamente que era el apreciado, pero no mimado -protestó el señor Dalloway.

Rachel tenía muchos deseos de hacer preguntas, pero no sabía cómo empezar. Hubiera querido  (p.24) decir: «¡Cuéntemelo todo!» Era como si levantaran ante ella el borde de una cortina y entreviera tesoros sin cuento. Le parecía imposible que un caballero como Richard Dalloway hablase con ella. Tenía hermanos, animalitos y había vivido mucho en el campo. Al hacer girar la cucharita en la taza del té, le parecía ver en las burbujas que se formaban como una unión de sus inteligencias. La conversación proseguía sin que Rachel se percatase de ello. La sacó de su abstracción la pregunta que hizo Richard en tono humorístico:

-Estoy seguro de que la señorita Vinrace siente ciertas inclinaciones hacia el catolicismo. ¿No es así?

Fue tan súbita e inesperada la pregunta, que Rachel soltó un respingo sin saber qué contestar, lo que a su tía le produjo un acceso de risa incontenible.

Había terminado el desayuno, y Clarissa intervino, levantándose:

-La religión es algo así como... el tener afición coleccionista. Unos sienten pasión por una cosa y otros por otra -dijo a Helen mientras subían las escaleras-. ¿Para qué discutir sobre ello? ¿Cuál es su mayor afición?

-Mis hijos -respondió Helen con convicción.

-Tiene que ser muy triste dejarlos, ¿verdad? -suspiró Clarissa.

-Sí, parece como si un velo cayera entre nosotros. -Sus ojos resplandecieron bellos y su voz era más cordial.

Rachel detestaba a las satisfechas señoras que se paseaban ausentes de todo. Se sentía muy alejada de ellas, de su mundo y se agitaba la angustiosa crudeza de su or

fandad materna. Se oyó un portazo y Rachel se recluyó en su santuario buscando febrilmente en un musiquero. Bach, Beethoven, Mozart... páginas amarillentas plagadas de dificultades de interpretación. Se enfrascó en la ejecución de una «Fuga» de Bach. Su rostro ausente carecía de expresión, su espíritu era absorbido por la melodía que interpretaba. Una magia invisible parecía unir las notas formando una visión inconcreta. En su abstracción no oyó que llamaban a la puerta. Esta se abrió impulsivamente y Clarissa apareció en el umbral, a su espalda se veía la cubierta batida por el sol y un trozo de azul purísimo de mar. La visión que habían formado las notas, cayó en pedazos.

-No se interrumpa, por favor -suplicó Clarissa-. Adoro a Bach. La oí tocar y no pude contenerme.

Rachel, sonrojada, se retorcía nerviosamente las manos.

 -Es... es muy... difícil -tartamudeó levantándose con torpeza.

 -¡Pero si toca usted admirablemente... debía haberme quedado fuera...!

 -No, eso no, de ningún modo -protestó Rachel. Quitó de una butaca las «Cartas de Cowper y «Cumbres borrascosas», invitando a Clarissa a sentarse.

 -¡Qué habitación más bonita! -dijo ésta, paseando la mirada a su alrededor-. ¡Ah! «Cartas de Cowper»... no las he leído. ¿Qué tal son?

 -Un poco sosas -dijo Rachel.

-Por lo menos estarán bien escritas, ¿no?

-Para quien le guste ese estilo sí, no lo niego. Yo lo encuentro demasiado artificioso... poco espontáneo.

-«Cumbres borrascosas» -leyó Clarissa-. ¡Ah! Esto ya es otra cosa, yo no podría vivir sin las Bronté. Aunque siempre suprimiría a éstas antes que a Jane Austen.

Todo aquello era dicho superficialmente, pero reflejaba un innegable deseo de agradar y simpatizar.

-¿Jane Austen? -dijo sencillamente Rachel-. No me gusta.

--¿Cómo? ¿Pero es posible? Me resisto a creerlo. ¿Qué es lo que no le gusta de ella?

-Es que... es... tan... ¿Cómo lo diría? Tan personal... -tartamudeó Rachel.

-Sí, ya comprendo lo que quiere decir. Sobre ese punto yo no estoy tampoco muy conforme. A su edad sólome gustaba Shelley --suspiró Clarissa-. ¡Cuántas veces he llorado leyéndolo en el jardín...:

«La sombra en nuestra vida de nuevo se ha hecho »envidia, calumnia, odio y sufrimiento, ¿Recuerda?:

»imperan en el mundo más que otro sentimiento.

»¿Recuerdos? En la marcha el contagio está al acecho.»

¡Qué divino!... Pero también ¡cuánta tontería! Vale más pensar que lo interesante es vivir, no morir. Yo respeto al pobre oficinista que pasa el día sumando largas columnas de guarismos y regresa después a su casita de Brixton, donde le esperan el perrito que mima y una mujercita sosa y aburrida que cada año le abandona durante quince días para pasarlos en Margate o cualquier lugar semejante... Conozco mucha gente así, y créame, me parecen mucho más humanos y dignos de alabanza que los poetas que todo el mundo adula sólo porque son genios y mueren jóvenes. ¡Por supuesto que no espero que comparta mis puntos de vista! -y continuó acariciando los hombros de Rachel-. Verá cómo cuando tenga mi edad descubre que la vida encierra muchas bellezas. Las jóvenes tienen una idea muy equivocada. No la conozco a fondo, pero aseguraría que tiene una propensión a considerarlo todo inferior. Soy muy curiosa y me gusta mucho hacer preguntas, si molesto con ellas me lo dice sencillamente.

-También a mí me gusta mucho preguntar -dijo Rachel, con tal acento de seriedad, que Clarissa tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar la risa.

-¿Quieres que paseemos un poco? -preguntó tuteándola-. ¡Es tan delicioso el aire! Clarissa hizo un par de profundas aspiraciones al tiempo que salían sobre cubierta.

-¿Verdad que es delicioso vivir? -preguntó atrayendo  (p.25) hacia sí el brazo de Rachel-. ¡Mira, mira qué hermosura!

Las playas portuguesas empezaban a desvanecerse en la lejanía, pero se distinguían todavía pequeños pueblecitos diseminados a lo largo de la costa, entre montes que parecían protegerlos. Parecía una escenografía de teatro para chiquillos. - .

Clarissa estuvo un rato contemplando aquel fondo.

-Parece mentira -dijo impulsivamente-, ayer a estas horas no nos conocíamos. Yo estaba haciendo mi equipaje en el cuarto diminuto de un hotel. Cada una de nosotras ignoraba que pudiera existir la otra.

-¿Tiene usted hijos?

Clarissa denegó suavemente con la cabeza, preguntando a su vez:

-¿Dónde vives?

-Con mis tías en Richmond. A ellas les encanta el campo, la soledad.

-Y a ti no, ¿verdad? Lo comprendo -rió Clarissa. -Me gusta pasearme por el campo sola... pero no con perros.

-Y algunas personas son como perros, ¿no es así? -dijo Clarissa como si adivinase algún secreto.

-Sí, pero no todas. No, todas no -se franqueó Rachel.

-No puedo imaginarte paseando sola -siguió Clarissa-. Pensando en tu mundo... en el mundo que gozarás algún día...

-¿Quiere usted decir que disfrutaré paseando con un hombre? -preguntó Rachel con sus grandes e interrogadores ojos fijos en Clarissa.

-No, yo no pensaba en un hombre concretamente... pero tú sí.

-No -denegó Rachel-. Nunca me casaré.

-Yo no lo diría con tanta seguridad -contestó Clarissa.

Su mirada indicaba que la muchacha, además de encontrarla atractiva e interesante, la divertía enormemente.

-¿Por qué se casan las personas? -inquirió Rachel.

-Eso es lo que tú vas a averiguar -rió Clarissa.

Rachel siguió su mirada y vió que se posaba en la robusta silueta del señor Dalloway, que en aquel preciso momento encendía una cerilla en la suela de su zapato, mientras Willoughby se explayaba en explicaciones que parecían interesar mucho a ambos.

-No hay nada como eso -suspiró Clarissa volviéndose hacia Rachel-. ¡Cuéntame algo del matrimonio Ambrose! Si no son demasiadas preguntas.

El relato de Rachel era bastante convencional. No tenía más base que la que el señor Ambrose era su tío. Clarissa la observaba atentamente.

-¿Te pareces a tu madre? -preguntó.

--No, Ella era distinta -dijo Rachel.

Sintió un imperativo de contarle a la señora Dalloway aquellas cosas que nunca había dicho a nadie... las cosas que hasta aquel preciso momento no había comprendido.

-Me encuentro sola, muy sola -empezó-. Quisiera... -pero sus deseos eran hasta tal punto confusos que ella misma no podía especificarlos y calló mientras sus labios temblaban ligeramente.

La señora Dalloway comprendía perfectamente lo que Rachel no alcanzaba a expresar y la atrajo hacia sí, rodeándole la cintura con el brazo.

-A tu edad me sucedía lo mismo. Nadie sabía entenderme... hasta que encontré a Richard. Él me dio cuanto deseaba. Es un hombre, pero sus sentimientos son tan delicados como los de una mujer -sus ojos estaban fijos en su esposo, que apoyado en la baranda seguía hablando-. No creas que digo esto porque soy su esposa, al contrario, veo sus defectos con más claridad que los de otros. El mayor mérito, el más apreciable de la persona con quien convivimos, es que sepa mantenerse en el pedestal en que le coloca nuestro amor. A veces pienso, ¿qué has hecho tú, qué méritos tienes para ser tan feliz? -y al decir esto una lágrima resbalaba serena por su rostro. Se la secó y exclamó oprimiendo la mano de Rachel-: ¡Qué buena es la vida! ¡Qué bella!

El aire en calma, el sol besando las suaves olas y la mano de Clarissa sobre su brazo, producían en Rachel la sensación de que, efectivamente, la vida era hermosa y hasta demasiado buena para que aquella impresión fuera reflejo de la realidad.

En aquel momento se acercó Helen, que al ver a Rachel del brazo de una desconocida y con el rostro excitado, sintió una extraña irritación. Inmediatamente se unió a ellas Richard, que había disfrutado lo suyo en la conversación sostenida con Willoughby. Su humor era francamente bueno.

-Observen ustedes mi «jipi» -dijo tocándose el ala de su sombrero-. ¿Se da usted cuenta, señorita Vinrace, de cuánto influye en que haga buen tiempo? Estaba decidido a que fuese éste un día caluroso, y por eso me lo puse. Nadie podrá convencerme de que no me asiste la razón. Voy a sentarme y les aconsejo que me imiten.

Tres butacas de mimbre dispuestas en hilera les convidaban a hacerlo. Richard reclinóse satisfecho hacia atrás y contempló el mar.

-Es de un azul precioso -dijo-; pero hay demasiada agua, resulta monótono. La variedad es algo esencial en todos los órdenes de la vida. Si hay cuestas y montañas... falta un río. Si hay un río... su cauce debe deslizarse entre los montes...

Clarissa reapareció con unas mantas y algunos libros. -¡Hombre, una manta! -dijo Richard gozoso-. Gracias, querida.

-¿Quieres hablar o te leo algo?

-«Persuasión» -leyó Richard en el lomo de uno de los volúmenes.

-Es para la señorita Vinrace -aclaró Clarissa-. No puede con nuestra querida Jane.

-Eso es que no la ha leído, no me cabe duda -aseguró Richard-. Es indiscutiblemente nuestra mejor escritora... por eso no  (p.26) escribe como un hombre, que es lo que acostumbran a hacer las demás. Exponga usted su tesis, señorita Vinrace -dijo juntando los dedos de ambas manos por sus yemas-. Estoy dispuesto a ser convertido.

Su espera fue vana. Rachel intentó inútilmente dominar su turbación y vengar aquel pequeño ultraje a sus aficiones literarias.

-No haga usted caso, porque acabaría teniendo razón él como siempre. Es un granuja. Traje «Persuasión» -prosiguió- porque me pareció menos rudo que los otros. Y además, Dick, no está bien que intentes defender tanto a Jane... al fin y al cabo siempre que me oyes leerla te duermes beatíficamente.

-Después de legislar, necesito reposar.

-Bien, pero ahora nada de pensar en cañones, ni en marinos, ni en Imperios... ni en nada -atajó Clarissa al ver que la mirada de su esposo se perdía meditativa más allá del horizonte. Inmediatamente abrió uno de los libros e inició la lectura-: «Sir Walter Elliott, de Kellynch Hall, en Somersetshire, jamás cogía un libro como no tratase de linajes. Allí encontraba tema para pasar varias horas desocupadas y una consolación para su desgracia.» ¿No le gusta el estilo?

Clarissa estaba decidida a que su esposo abandonara todo pensamiento político y se adentrara en el diminuto mundo en que habían caído. Las figuras, que el sol esplendente recortaba con crudeza, parecieron suavizarse como un adelantado ocaso.

Rachel levantó la cabeza para indagar la causa de aquel fenómeno. El señor Richard abría y cerraba los ojos, o mejor dicho, los ojos se le abrían y cerraban. Un largo y profundo ronquido les dio a entender que se había quedado profundamente dormido.

-¡Triunfé! -susurró Clarissa al final de una frase.

Súbitamente levantó la mano imponiendo silencio. Ante ella un marinero parecía vacilar. Dio su libro a Rachel y se levantó.

-El señor Grice quisiera saber...

Clarissa siguió al marinero. Ridley, que había estado rondando sin ser apercibido, hizo un gesto de contrariedad y se dirigió nuevamente al estudio.

El durmiente quedó al cuidado de Rachel. Ésta leía una frase y  (p.27) se volvía a mirarlo. «Parece un abrigo tirado sobre una silla», pensó. La ropa conservaba toda su forma, pero parecía como si hubieran desaparecido los brazos y piernas que debían rellenarla. «Así se puede apreciar mejor la edad del abrigo», se dijo. Le miraba y remiraba tanto que llegó a temer que él, dormido y todo, protestase. Representaba unos 40 años. Alrededor de los ojos y en la frente, unos surcos indicaban su propensión a estudiar y meditar. Su piel curtida reflejaba el vigor que todavía poseía. «Tiene hermanas y le gustan los animalitos», susurró Rachel sin apartar de él la mirada, con la mano bajo la barbilla y embebida en sus pensamientos. Una campana sonó sobre cubierta, y Richard levantó vivamente la cabeza. Abrió los ojos con la inexpresividad de los cortos de vista, que repentinamente encuentran a faltar sus lentes. En unos segundos se rehizo sintiendo la sensación, nada grata por cierto, de haber estado roncando ante una señorita. Resultaba desconcertante y violento despertarse y verse observado por una mujer joven y casi desconocida. .

-Vaya, veo que me he dormido. ¿Dónde están los otros? ¿Y Clarissa?

-Su esposa ha ido a ver los pececillos del señor Grice.

-Podía haberlo supuesto conociendo su afición a las cosas raras. Y usted, ¿ha adelantado mucho en este rato? ¿Se convenció por fin?

 -No he leído ni una sola línea.

 -Hace usted igual que yo, hay a nuestro alrededor demasiadas cosas que reclaman nuestra atención. Observar la Naturaleza es un estimulante. Mis mejores ideas han nacido siempre en contacto con la Naturaleza.

-¿Paseando?

-Paseando, montando a caballo, haciendo excursiones en algún yate, «campings»... La variedad me ha seducido siempre. Las conversaciones más varias e interesantes recuerdo haberlas tenido siempre dando grandes zancadas por el patio de Trinity. Estuve en las dos Universidades. Una monomanía de mi padre, creía que esto aumentaba la cultura y no le faltaba razón. ¡Qué lejos está todo! Planeábamos entonces, con el que es hoy Secretario de la India, los cimientos de un nuevo Estado. Nos creíamos dos sabios inmensos, y quién sabe si no lo éramos en realidad. Lo que sí puedo asegurarle es que éramos muy felices, señorita Vinrace, y teníamos juventud, un don precioso que salva todos los obstáculos.

-¿Ha conseguido usted todo lo que se propuso? -preguntó Rachel.

 -No es cosa fácil contestar a su pregunta. Sí y no. Por un lado no he conseguido todo lo que me proponía. ¿Quién puede vanagloriarse de haberlo conseguido? En cambio, no he rebajado mi ideal.

Seguía con la vista las evoluciones de una gaviota, como si en las alas del pájaro se remontaran al cielo todos sus ideales.

-¿Pero cuál es, concretamente, su ideal?

-Pregunta usted demasiado, señorita Vinrace -rió divertido Richard-. Pero voy a decírselo en una sola palabra: ¡Unidad! Unidad en dominio y en progreso. Que los mayores beneficios de la civilización se extiendan sobre los hombres. Especialmente sobre los ingleses. Yo concibo al inglés, en conjunto, como uno de los pueblos más puros... Pero no vaya usted a creer que pienso que mis ideales puedan conseguirse fácilmente. Preveo luchas y horrores. No me hago muchas ilusiones. ¿Ha visitado usted alguna vez una fábrica, señorita Vinrace? Supongo que no... y es mejor. No vaya nunca.

En realidad, las pocas veces que Rachel había salido lo había hecho acompañada de su padre, sus tías o una sirvienta.

-Quiero decir que si pudiera y supiera ver cuánto ocurre a su alrededor, comprendería mejor por qué abrazamos la carrera política. Me ha preguntado usted si he conseguido algo de lo que me propuse. He podido conseguir que miles de muchachas de Lancashire y las que tras ellas vendrán, puedan gozar de algunas horas de expansión al aire libre. No hace muchos años que las madres de estas mismas muchachas tenían que pasar esas horas ante los telares. Esto me enorgullece más, mucho más que si pudiera escribir como Keats o Shelley.

A Rachel le pareció que quien escribía como Keats o Shelley, era ella. Le gustaba oír hablar al señor Dalloway, la entusiasmaba. Parecía que todo cuanto decía no eran proyectos, sino realidades.

-Yo no sé nada -suspiró.

-Es mucho mejor así, créame -dijo él paternalmente-. Me han dicho que toca usted muy bien y que lee mucho.

Este giro tuvo la virtud de retornar su confianza a la cohibida Rachel.

-Ha hablado usted de «Unidad», debería explicármelo...

-Nunca permito a mi esposa que hable de política -dijo Richard seriamente-. A los hombres les es imposible efectuar dos cosas: luchar y tener ideales. Si yo he podido conservar los míos ha sido porque al llegar a mi casa he hallado siempre a mi esposa ocupada en sus quehaceres, con sus amigas, con la música... Sus ilusiones han seguido en pie y eso ha hecho que yo no perdiera las mías. La labor política es agotadora, el esfuerzo grande.

Al hablar así, parecía cansado, como si el servicio diario que realizaba en pro de la humanidad, requiriera un esfuerzo heroico.

Su voz era sincera, y reflejaba tal afán por hacerse comprender, que Rachel se lanzó a hablar, venciendo su natural timidez ante una persona que conceptuaba muy superior a ella.  (p.28) Dominando su emoción expuso una de sus opiniones, cosa que nunca había hecho.

-Supongamos que en un barrio de Leeds hay una viuda que habita en un mísero cuartucho -Richard se inclinó hacia ella prestando toda su atención-. Usted sigue su vida en Londres, habla, escribe, impone leyes... perdiendo en fin mucho de lo que la vida ofrece. El resultado es que esa viuda encuentra en su despensa un poco más de té y azúcar, o menos té y el periódico... Bien, esa persona que pongo por ejemplo, ha logrado una pequeña mejora sin dar nada. Su inteligencia sigue igual, sus aficiones, sus gustos... Usted, en cambio, ha malgastado su inteligencia, ha tenido que prescindir de sus gustos y aficiones para realizar los de la viuda... ¿Vale la pena tanto esfuerzo para un resultado tan pequeño?

-Su filosofía, señorita Vinrace, tiene su pro y su contra. Un ser humano no es un conjunto de gustos y necesidades, es una parte integrante de la sociedad. El caso que usted presenta es muy distinto si la viuda, en lugar de encontrar algo en su despensa, la encuentra o completamente vacía o con lo necesario para colmar sus más apremiantes necesidades. Tiene usted imaginación, señorita Vinrace, en eso se parece a los liberales..., pero aprenda a usarla o se irá a pique, como ellos. Conciba el mundo, no por partículas sueltas, sino como algo completo, entero. Laborar para conseguir un mínimo bienestar a los humildes, no significa malgastar las posibilidades. No concibo otro ideal más alto que el de poner mi vida al servicio del Imperio. Imagínese usted el Estado como una máquina inmensa y complicada. Nosotros somos unas piezas de esta maquinaria. Algunas piezas son imprescindibles y cumplen misiones de vital importancia para la marcha del conjunto. Otras piezas (entre las que probablemente me encuentro yo) sirven sólo de conexión entre las partes importantes. A veces un diminuto tornillo o un grano de arena, detienen o ponen en peligro la regularidad de la marcha de una máquina, que cuanto más perfecta, más precisa de que todas las piezas de la misma, hasta las que en apariencia son más superfluas, cumplan regularmente su cometido.

La incompatibilidad de los dos temas era manifiesta. El de Rachel: La pobre viuda en espera de un auxilio más material que moral. El de Richard, de una envergadura que escapaba a la comprensión de la muchacha.

-Temo que no lleguemos a comprendernos -dijo Rachel.

-¿Quiere que le diga algo... que probablemente la irritará? -preguntó Richard irónico.

-Diga usted.

-No hay ninguna mujer con espíritu político. Tienen todas las virtudes, soy el primero en reconocerlo; pero no hay ninguna mujer que sepa apreciar el verdadero significado de la palabra «estadista»... y si he de serle franco, espero y confío no encontrar nunca a esa mujer. Dígame ahora si quedamos amigos o enemigos.

Vanidad, despecho y un imperioso deseo de hacerse comprender por el señor Dalloway, volvieron a impelir a Rachel a la carga.

-Veamos. Debajo del nivel de la calle palpita la vida. ¿No es así? En los hilos eléctricos, conducciones de agua, teléfono, en los hombres que limpian las cloacas y en los que conducen carros de basura. ¿No siente usted palpitar esa vida cuando abre un grifo y mana de él un chorro de agua?

-Evidentemente -dijo Richard que había escuchado con interés-. Las bases de la sociedad moderna se asientan en la cooperación de muchas voluntades. Si fueran muchas las personas que supieran entenderlo así, habría menos pobres de verdad, o sea, pobres morales.

-¿Es usted liberal o conservador? -preguntó Rachel.

-Verá usted, yo soy conservador de conveniencia -sonrió Richard-; pero la distancia que separa a ambos partidos es menor, mucho menor de lo que todos creen.

Siguió una larga pausa motivada precisamente por falta de cosas que decir y preguntar. Rachel tenía muchas ideas, pero eran confusas, enrevesadas. Pensó que quizá cogiendo la cuestión desde un punto anterior, más remoto, le sería más fácil.

-Usted vivía antes en el campo, ¿no es así?

A pesar de que el tono con que fue hecha la pregunta fue algo seco, Richard se sintió halagado.

-Sí, así es.

--¿Y qué pasó?... Pero quizá pregunto demasiado.

-De ningún modo, señorita Vinrace. ¿Qué es lo que quiere saber? En mi infancia hubo estudios, riñas entre hermanos, picardías, después aprendí a montar a caballo... en fin, ni más ni menos que las cosas propias de la juventud. Es un error creer que de pequeños éramos felices, casi aseguraría que se sufre más de pequeño que de hombre. ¿Por qué? Yo, particularmente, no me llevaba muy bien con mi padre -dijo con tristeza-. Tenía un carácter muy recto y sin duda por eso resultaba a veces duro. A los chiquillos se les quedan generalmente grabadas las injusticias. No dan importancia a cosas que para los mayores tienen mucha, y esto resulta imperdonable. Yo no dudo que era una criatura difícil de manejar. ¡Pero cuando pienso en lo que estaba dispuesto a dar! No hubo menos incomprensión en los mayores que faltas en mí. En el colegio de primera enseñanza me porté bastante bien. Después mi padre me envió a dos Universidades...  (p.29) ¿Comprende usted los recuerdos que han reverdecido con su pregunta, señorita Vinrace?... ¡Cuán pocas cosas positivas hay que contar en la vida! Estamos repletos de cosas interesantes, experiencias, ideas, emociones... pero, ¿cómo comunicárnoslas? Lo que yo le he contado es, poco más o menos, lo que hubiera dicho el 99 por ciento.

 -No lo crea, el interés de las cuestiones no reside tanto en ellas como en el modo de decirlas.

 -Es ésa una gran verdad -dijo Richard después de una pausa-. Cuando repaso los 42 años de mi vida, me pregunto cuáles son los hechos que verdaderamente cuentan. La miseria y... -vaciló, y echándose hacia adelante susurró-: El Amor.

La forma de pronunciar esta palabra pareció abrir ante Rachel nuevos horizontes.

 -Quizá le parezca extraño que le hable así, pero no tiene usted ni la más remota idea de lo que he querido decirle. No me refiero al sentido convencional que comúnmente se le da a la palabra. Lo digo porque conozco su verdadero sentido. Generalmente las muchachas ignoran todo esto, ¿no será mejor así? ¿Quién sabe? -parecía hablar consigo mismo.

-No, yo no sé su verdadero significado -dijo Rachel casi con un susurro, con un soplo de voz.

 -¡Dick, mira! ¡Barcos de guerra! ¡Por allí! -gritó Clarissa acercándose rápidamente.

Dos buques de guerra, con su color grisáceo característico, se divisaban a gran distancia. Richard se transformó al momento y se adelantó mirando fijamente a los buques.

-¿Son nuestros, Dick? -preguntó Clarissa ansiosamente.

 -Sí, pertenecen sin duda a la flota mediterránea -contestó él.

El pabellón del «Euphrosyne» ondeaba pausadamente. Richard se quitó el sombrero. Clarissa, emocionada, apretó la mano de Rachel.

Los buques, uno en pos de otro, pasaron de largo hasta perderse de vista, produciendo un curioso efecto de disciplina y tristeza al propio tiempo. Nadie habló hasta que hubieron desaparecido.

Durante la comida, toda la conversación giró en derredor a la vida heroica de los almirantes ingleses. Clarissa recitó a un poeta y Willoughby a otro. Todos  (p.30) estaban de acuerdo en que la vida, a bordo de un buque de guerra, debía ser algo espléndido. Los marinos eran gentes amables y sencillas. En este ambiente cayó como una bomba la afirmación de Helen de que mantener a un marino venía a ser tan útil como cuidar fieras en el «Zoo», aunque esto último era mucho más bonito y distraído. Por si esta afirmación no bastase, añadió que ya iba siendo hora de que dejara de ensalzarse tanto el heroísmo y la belleza de morir en un campo de batalla. El señor Pepper se unió a ella para decir, bastante groseramente por cierto, que estaba cansado de leer poesía cursi sobre aquel tema. Al propio tiempo Helen se extrañaba de ver a Rachel callada, pero con una expresión radiante que la cambiaba por completo.

V

Helen no pudo sacar una conclusión completa del efecto producido por su extemporánea interrupción. Uno de esos incidentes, que acostumbran a abundar en los viajes marítimos, vino a trastornar la tranquilidad del viaje. A la hora del té pudo notarse que el balanceo había empezado a hacer causa común con el oleaje, y a la hora de la cena el movimiento era ya francamente provocador para la integridad física de los navegantes. El barco gemía y parecía retorcerse ante el esfuerzo que realizaba para avanzar contra la tempestad que se avecinaba. Hasta aquel momento el buque se había comportado como un corcel gallardo que admira por la armonía y majestad de su paso. Pero de repente se convirtió en un potro salvaje con rienda suelta.

Todos los utensilios colocados sobre la mesa cambiaban constantemente de lugar. Clarissa, que palidecía rápidamente, se esforzaba en comer, aunque el esfuerzo le costaba angustias inimaginables. Willoughby aprovechaba la ocasión para ponderar las virtudes marineras de su buque, relataba hazañas que había llevado a cabo en otras ocasiones; los plácemes que su comportamiento había merecido en distintos pasajeros, expertos navegantes. La comida transcurrió bastante inquieta y en cuanto las señoras quedaron solas Clarissa capituló, dijo que se sentiría mejor en la cama y se retiró sonriendo valientemente. El amanecer siguiente les sorprendió en plena tempestad. El vaivén iba en crescendo y ya nadie anduvo con disimulos. Clarissa permaneció en su camarote, Richard concurrió al comedor, pero a la hora del té tuvo que retirarse tambaleándose y recluirse en su camarote.

-Esto es demasiado para mí -dijo en el momento que se retiraba.

-Ya estamos otra vez como antes de llegar a Lisboa -dijo el señor Pepper.

Nadie tenía humor para conversaciones y terminaron la comida en silencio.

Al día siguiente, después de una noche de continuo bamboleo, parecían hojas arrastradas por el vendaval. No estaban mareados, pero sí aturdidos por tantos bandazos que les impedían subir a cubierta y les hacían chocar contra las paredes. Iban muy abrigados, especialmente Helen de la que sólo era visible el óvalo del rostro, desapareciendo el resto entre un mar de pieles. Pasaban el tiempo en sus camarotes, más por comodidad que por otro motivo, resistiendo los bandazos lo mejor posible. Para ellos, el mundo se había convertido en una maraña de montañas grises que tan pronto les elevaban sobre su cima, como les sumergían en un valle amenazador. Fueron dos días interminables. A Rachel le pareció que se había convertido en un pequeño ser indefenso en medio de una llanura y bajo una tormenta de granizo; después se imaginó como un árbol sacudido continuamente por la salobre galerna del Atlántico.

Helen, que resistía bastante bien, fue dando bandazos por el pasillo hasta el camarote de Clarissa, pero era tal el estruendo de gemidos y crujidos de la nave que no recibió respuesta y optó por entrar. La encontró tendida en su litera, sin atreverse a abrir los ojos y la oyó murmurar.

-¿Eres tú, Dick?

Helen tuvo que gritar para hacerse entender. -¿Cómo se encuentra?

Clarissa abrió un ojo, que volvió a cerrar inmediatamente y suspiró:

-Mal, terriblemente mal.

Tenía los labios exangües. Helen, haciendo esfuerzos para guardar el equilibrio, fue a buscar champaña para reanimarla.

-¡Champaña! -pudo articular Clarissa-. Es usted muy amable.

Y se incorporó para poder tragar mejor.

-¿Quiere más? -gritó Helen.

Pero ya el mareo había vencido de nuevo a Clarissa y ésta, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, había perdido la noción de cuanto la rodeaba. Sólo pudo susurrar:

-¡Es usted muy buena! Es horrible -dijo refiriéndose al desorden de las ropas y al provocado por el lamentable estado en que se hallaba-. Discúlpeme.

Helen le arregló las almohadas, estiró las sábanas y puso un poco de orden en lo que halló a su mano. Clarissa abrió un momento los ojos y agradeció con una sonrisa todos los cuidados.

Al alejarse del camarote, Helen sintió una extemporánea simpatía por la señora Dalloway. Admiraba a Clarissa que, entre las angustias del mareo, había sabido agradecerle sus cuidados.

Casi repentinamente amainó la tormenta. A la hora del té los movimientos fueron decreciendo en violencia hasta reanudarse la marcha tranquila de  (p.31) los primeros días.

Lentamente fueron reaccionando. Les parecía incomprensible no sentir los bandazos y gemidos del buque, ni oír bramar el huracán sobre sus cabezas. Cesó el esfuerzo que les había mantenido en tensión y los nervios se relajaron. Al final de un cielo cuajado de nubes oscuras, el horizonte se presentaba claro y hermoso.

-Ven a dar una vuelta, pequeña -dijo Ridley a su sobrina.

Helen no pudo por menos que reír al verlos alejarse, aún tambaleantes, y ascender a la cubierta. Aspiraban el aire con ansia. Estaban sedientos de aquel mar azul y el cielo purísimo. No eran ya átomos a merced del furioso huracán, sino héroes triunfadores de la furia del Océano. Su inteligencia y sus sentidos que habían quedado en suspenso durante la tormenta, renacían ahora pujantes y avasalladores, presentándoles un mundo nuevo lleno de ricas promesas.

Tío y sobrina dieron dos vueltas por la cubierta y se acodaron sobre la baranda hasta ver disolverse el disco solar en las aguas, en un apoteosis de rojos y amarillos.

El nuevo día amaneció sereno y purísimo. Aunque las olas seguían siendo grandes, habían vuelto a recobrar su color verde azulado. El mundo de pesadilla en que durante dos días se habían debatido, había vuelto a sumergirse en las profundidades. Los pasajeros atacaron el pan y la mantequilla con insospechados bríos y excelente humor. Los esposos Dalloway se reponían más lentamente. Clarissa no se prodigaba todavía y Richard se enderezaba con visible esfuerzo, pasando en su litera el mayor tiempo posible. Sentía la extraña sensación de que no había cesado todavía el oleaje. Estando en su litera vinieron a herirle los rayos del sol en su ocaso. La visión de aquel tranquilo anochecer le rehizo, y a la hora de la cena volvió a presentarse en el comedor como un verdadero «gentleman» inglés.

Entró en el camarote de su esposa, ella le atrajo por la solapa y le retuvo abrazado largo rato.

-Tienes muy mala cara, deberías salir a cubierta y tomar un poco el aire. ¿Sabes que hueles muy bien?

-Puedo dar gracias a la señora Ambrose, fue una hermana de la caridad cuando me moría de angustia.

Volvió a recostarse, vencida por el esfuerzo.

Richard encontró a Helen con su cuñado y entre ambos una mesita con el servicio de té, bizcochos, pan y mantequilla.

-Qué mala cara tiene usted, señor Dalloway, venga a tomar una taza de té.

Richard observó que las manos que le servían el té eran largas y bonitas.

-Sé que ha sido usted muy amable con mi esposa. Gracias a haberle llevado usted champaña, se mejoró algo. ¿Tuvo usted la suerte de no marearse?

-Hace veinte años que no me he mareado. Quiero decir que no me he mareado en el mar.

-Hay tres clases de mareos -terció Willoughby con su voz fuerte y sonora-. Son las épocas de tomar leche, «roast-beef» o pan con mantequilla -dijo al tiempo que presentaba la mantequilla a Richard-. Ahora tómese una buena taza de té y dé un paseo ligero por la cubierta -terminó, retirándose.

-Es muy agradable -observó Richard-. Siempre tiene algo interesante que contar.

-Sí -añadió Helen-, siempre fue así.

-El asunto que maneja es formidable y seguirá adelante... Acabaremos por verlo en el Parlamento. Hombres de su temple son los que se necesitan.

A Helen le importaban muy poco los comentarios de Richard, como todo lo que se refiriese a su cuñado.

-Supongo que le dolerá la cabeza -dijo, sirviéndole otra taza de té.

-Sí, un poco -contestó-. Es humillante ver lo esclavos que somos de nuestro organismo. Yo no puedo trabajar a gusto sin tener una tetera cerca para poder beber todo lo que me venga en gana... a pesar de no beber nada la mayoría de las veces.

-Pero tanto té no puede serle bueno.

-De otra forma, no puedo trabajar... así que he de arriesgarme. Además, los políticos acabamos siempre por vencer...

-Como ahora -rió Helen, sirviéndole de nuevo. -Nunca me toma usted en serio, señora Ambrose. ¿Me permite preguntarle en qué invierte usted el tiempo?

-Leyendo.

-¿Filosofía? -preguntó, dirigiendo la mirada al libro de negras cubiertas.

-Metafísica... ¡Ah, también pesco! Si volviera a nacer me dedicaría única y exclusivamente a una de ambas cosas. -Se entretenía abriendo y cerrando el volumen-. «El bien es indefinible» -leyó en voz alta.

-Creo que el profesor Henry Sidwick ha sido el único que ha sabido profundizar en ese tema -dijo Richard-. Recuerdo una discusión que tuve con Duffy, hoy secretario en la India. Duró hasta las cinco de la madrugada paseando por los claustros. Como era demasiado tarde para acostarnos, optamos por dar un paseo a caballo. No creo que en ninguna de mis disputas haya llegado nunca a una conclusión, pero el discutir es la sal de la vida. Por eso son los filósofos y los literatos los que mantienen encendida la antorcha de la controversia y la transmiten de generación en generación. Aunque político, no crea que estoy ciego para lo demás, señora Ambrose.

-No lo imaginé nunca, pero dígame. ¿Le gusta a su esposa el té con azúcar?

Preparó una bandejita y fue a llevársela a Clarissa. Richard se lió una bufanda al cuello y subió a cubierta. La palidez  (p.32) iba desapareciendo de su rostro y al choque del viento se sintió rejuvenecer tonificado. Se sentía satisfecho de resistir el fuerte viento sin más apoyo que sus piernas. Inició un paseo rápido sobre cubierta, y en una de las revueltas sufrió un encontronazo.

-Perdone -dijo Rachel, que fue la primera en reponerse.

Ambos se echaron a reír, pues la violencia del viento les impedía hablar. Rachel abrió la puerta del gabinete, y con el pretexto de excusarse, Richard la siguió. El viento pareció precederles, armando un revuelo de papeles de música. La puerta se cerró con estruendo y ambos se dejaron caer, riendo, en distintos silloncitos. Richard se sentó encima de Bach.

-¡Qué borrasca! -exclamó.

-Es hermoso, ¿verdad? -Rachel estaba transfigurada'.. Había en todo su ser una decisión desconocida hasta entonces. Sus ojos brillaban, tenía la carita arrebolada y la boca, de rojos labios, entreabierta y sonriente. El cabello, suelto y ondulado, aureolaba su rostro expresivo. Por vez primera estaba resplandeciente de juventud-. ¡Huy! ¡Qué divertido! -rió.

-¿Pero sobre qué diablos me he sentado? -exclamó Richard, sacando libros del silloncito-. ¿Es éste su retiro? ¡Es encantador! Me alegro que hayamos vuelto a encontrarnos. Parece que haya transcurrido un siglo desde nuestra última conversación. Vamos a ver qué es lo que tiene por aquí... Bach... «Cumbres borrascosas»... ¿es aquí donde nacen sus problemas íntimos para confundir a los pobres políticos inocentes e indefensos? -rió alegremente-. Mientras me reponía del mareo reflexioné mucho sobre nuestra última conversación, me dio mucho que pensar...

-¿Le dio que pensar? ¿Y por qué?

-¡Qué pobre resulta nuestro sistema de expresión, señorita Vinrace! Son tantas las cosas sobre las que me gustaría contarle y conocer su opinión...! ¿Ha leído a Burke alguna vez?

-No. ¿Quién es Burke? -preguntó Rachel.

-Entonces tomaré nota y le enviaré algo de él. El «Discurso sobre la Revolución Francesa» o «La Rebelión Americana», ya veremos. -Tomó nota en una libretita y se la guardó en el bolsillo-. Ya me dirá usted qué le parece. Este enclaustramiento voluntario es lo malo de la vida moderna. Y ahora, cuénteme algo de usted. ¿Qué hace? ¿En qué pasa el tiempo? Debería suponer que es usted una persona de grandes inquietudes. ¡Y claro que lo es! ¡Bien, bien! Cuando pienso en la época en que nos ha tocado vivir, con sus ocasiones, sus posibilidades, y tantas y tantas cosas como podríamos hacer y disfrutar de ellas, me pregunto por qué no tendremos diez vidas en lugar de una... Pero, hábleme de usted.

-Verá... -dijo Rachel-. Yo soy una mujer...

-Lo sé, lo sé -interrumpió Richard, recostándose en el sillón y tapándose los ojos con la mano-. Una mujer joven y hermosa -dijo sentenciosamente-. Tiene el mundo a sus pies. Tiene usted un poder inmenso para el bien o para el mal... ¡Qué no podría usted hacer!

-¿Cómo? -preguntó, sorprendida, Rachel.

-Con su belleza -continuó Richard.

En aquel momento un fuerte balanceo del buque lo empujó hacia adelante. Al propio tiempo se enderezó y cogiendo a Rachel entre sus brazos la besó. Primero suavemente y luego con tal pasión que llegó a hacerle daño con los huesos del rostro. Al soltarla, Rachel cayó de nuevo en su butaquita. El corazón le latía fuertemente. Todo giraba a su alrededor y su cuerpo vibraba de indignación y coraje. Richard, con la cara oculta entre las manos y una voz que infundía pavor, decía entrecortadamente:

-Me tentaste.., me tentaste... -hubiérase dicho que sostenía una violenta lucha interna.

Rachel se levantó y salió airadamente. Sus rodillas temblaban de tal modo que sólo haciendo un violento esfuerzo de voluntad logró llegar hasta la borda. Un frío intenso fue invadiéndola lentamente. A lo lejos, rozando las crestas de las olas en raudo vuelo, unos pájaros enormes parecían ocultar la luz del día moribundo.

Poco a poco fueron cediendo los latidos desacompasados de su corazón y tranquilizándose. Una gran calma descendió a su alrededor y sobre su espíritu. Ya completamente serena, descubrió que algo maravilloso se abría ante ella.

Durante la cena, Rachel no sintió excitación alguna. La presencia de Richard le resultaba molesta. Ambos evitaban mirarse. Sólo una vez sus ojos se enfrentaron... pero nada más.

Willoughby llevaba el peso de la conversación. -Historietas salpicadas de chistes políticos, Bright, Disraeli, la coalición gubernamental... tanto se habló que los comensales resultaban ridículamente pequeños en comparación con los hechos y vidas mencionados. Después de la cena, y ya a solas, Helen se fijó en la palidez de su sobrina. Encontró algo raro en su actitud.

-¿Estás cansada, pequeña? -le preguntó.

-Sí, estoy algo cansada.

Helen le aconsejó que se acostara, lo que Rachel le agradeció intensamente, y obedeció sin volver a ver a Richard. Muy cansada debió estar, pues apenas se tendió en su litera quedó profundamente dormida. Su sueño fue una espantosa pesadilla. Sé veía encerrada en un oscuro túnel cuyas paredes iban acercándose lentamente, amenazando aplastarla e impidiéndole respirar. Cada vez que intentaba huir se le aparecía un enanillo, de largas y  (p.33) negras uñas que mordía incesantemente, impidiéndole pasar y sacando la lengua burlonamente. Sentíase oprimida por esta angustia, cuando despertó sobresaltada. Al ver que todo había sido un sueño se tranquilizó. Encendió la luz y vio las ropas de la litera en el suelo. La idea de que la perseguían seguía atormentándola, a pesar de estar despierta. Cerró la puerta con llave. Le parecía oír una voz que gemía cerca de ella y cientos de ojos que le asaltaban anhelantes. Hombres salvajes rondaban por los pasillos y las cercanías de su camarote... hasta parecía que se detenían ante su puerta para escuchar y atisbar. El resto de la noche lo pasó en vela.

VI

-Es la vida de los que viajan. Se crean amistades buenas y hay que abandonarlas para seguir el camino -dijo Willoughby.

 -Así será si ustedes quieren -contestó Clarissa.

Era una mañana radiante, y el buque reposaba en el luminoso espejo de las aguas de un puerto. Los Dalloway se encontraban nuevamente sobre la cubierta del buque, junto a la pasarela, rodeados de maletas y baúles. Igual que el día en que por vez primera llegaron al buque.

-¿Creen ustedes que volveremos a vernos en Londres? -preguntó Ridley con ironía-. En cuanto vuelvan a pisar la tierra firme, ya no se acordarán de nosotros.

-Su tío es tremendo -rió Clarissa, oprimiendo el brazo de Rachel-. Ya sabe, señorita Vinrace, que en cuanto desembarque ha de venir a visitarme. Tome, así no habrá pretexto que valga -al hablar así, sacaba un lapicito de plata, escribió unas palabras en las primeras páginas del tomo de «Persuasión» y se lo entregó a la joven.

Los marinos recogían el equipaje y el grupo se estrechó más en derredor de los que iban a desembarcar.

 -Bueno, adiós a todos -dijo Clarissa, y añadió al oído de Rachel al despedirse de la muchacha-: Espero que vendrá a visitarme, me ha sido usted muy agradable.

Las rápidas despedidas de los últimos instantes evitaron que Rachel tuviera que despedirse del señor Dalloway. Sólo cruzaron, durante un segundo, una profunda mirada. Después descendió detrás de su esposa. El  (p.34) bote fue separándose lentamente en dirección a tierra. Helen, Rachel y Ridley, apoyados en la baranda, les contemplaban. Clarissa se volvió una vez y levantó el brazo en señal de despedida. Siguió alejándose el bote hasta percibirse sólo dos puntos en lontananza.

-¡Bien... ya se fueron!

Era la voz de Ridley tras un largo silencio.

-No volveremos a verlos nunca más -añadió antes de volverse a sus libros.

Cayó sobre el buque una vaga melancolía, como si se hubiese efectuado el. vacío. Tenían todos la completa seguridad de que jamás volverían a ver a los Dalloway y esto les deprimía. Su corta estancia a bordo no justificaba la tristeza que ocasionaba su partida. Otras personas e intereses venían a ocupar el lugar de los que partían, era una sensación desagradable y procuraron desecharla. El corazón humano es así; también los que partían serían olvidados por los que quedaban.

Mientras los camarotes que ocuparon los Dalloway eran limpiados, Helen se entretenía en arreglar el salón al tiempo que observaba a Rachel. Notó su laxitud y la actitud de retraimiento de la muchacha. Se propuso conocerla más a fondo y atraérsela para averiguar qué le sucedía y cuál era el motivo de su depresión.

-Ven, hablaremos un rato -dijo Helen.

Rachel la siguió indiferente hacia un rincón de la cubierta de cara al sol y se sentaron en dos butacas extensibles. Rachel tenía la cabeza embotada por un cúmulo de sensaciones nuevas y emociones desconocidas hasta entonces. La escena con el señor Dalloway la había sumido en un mar de confusiones. Prestaba escasa atención a lo que decía Helen. Mientras ésta preparaba el bastidor y enhebraba la aguja, ella se reclinó en su asiento, dejando vagar su vista por la inmensidad del mar.

-¿Qué te han parecido los Dalloway? -preguntó He-len con natural indiferencia-. ¿Te han sido simpáticos? -Sí -contestó Rachel sencillamente.

-¿Hablaste con él?

Rachel permaneció un momento en silencio, y sin la menor alteración en el tono de su voz, dijo:

 Me besó.

-Sí... -articuló Helen, que por un momento quedó sin saber qué decir-, ya me pareció que pertenecía a esa clase de individuos...

-¿Qué clase?

-Pomposos... con ribetes de sentimental...

 -Me gustaba -confesó Rachel.

-¿Así no te importó? -preguntó Helen, volviéndose hacia su sobrina. Por vez primera vio su rostro encendido y los ojos brillantes.

 -¡Claro que me importó! -dijo con desusada vehemencia-. No he podido dormir en toda la noche. -¿Cómo sucedió?

Rachel lo fue contando todo algo bruscamente, pero con serenidad.

 -Hablamos de política y me contó lo que había hecho por los pobres. Me interesó su conversación y le hice muchas preguntas. Me contó su vida. Después de la tormenta vino a verme, y entonces, cuando menos lo esperaba... me besó. No sé por qué lo hizo... Me excitó bastante. De momento no me importó, pero... -acudió a su memoria el burlón enanillo de la pesadilla y se estremeció -después me entró un verdadero terror. -La expresión de sus ojos era verdaderamente de terror.

Helen no sabía qué decir, siempre le habían intimidado, sin que pudiera explicarse el por qué, aquella clase de conversaciones con las mujeres, cosa que no le sucedía con los hombres. Pensó que era mejor quitarle importancia.

-Bah, era bastante tonto, no vale la pena que pienses en ello.

-¡Al contrario! -saltó Rachel, excitada-. Si pienso es porque quiero saber qué significa.

-¿No lees? -le preguntó Helen.

-Sí... las «Cartas de Cowper» y otros libros que me proporcionan mi padre y mis tías.

Helen sintió deseos de clamar contra aquel hombre que de tal modo educaba a su hija de veinticuatro años. Rachel se aterraba por un beso, parecía ignorar que los hombres desean a las mujeres. La pobre muchacha, en su inocencia, podía resultar ridícula.

-¿Conoces a pocos hombres, verdad?

Rachel sonrió con ironía.

-Al señor Pepper.

-¿No ha habido nadie que quisiera casarse contigo?

-No, nadie -respondió ingenuamente.

Helen adivinó en la franqueza de la muchacha su trastorno psíquico, y creyó que sería conveniente ayudarla.

-No temas, es lógico que los hombres intenten besarte o casarse contigo. Eres bonita. Lo triste es sacar las cosas de su cauce normal.

Rachel parecía no prestar la menor atención a su tía; de pronto saltó:

 -¿Qué son esas mujeres de Picadilly?

-¿De Picadilly?... Son prostitutas.

-Es una ignominia, una vergüenza -dijo, indignada, Rachel.

-Evidentemente, pero...

-¡Con lo que me gustaba! -musitó como hablando consigo misma-. ¡Deseaba tanto hablar con él... saber sus cosas...! ¡Y de qué forma tan lamentable ha terminado todo! ¡Las mujeres de Lancashire!...

Sus pensamientos no escaparon a Helen, que la observaba atentamente.

 -Mira, a las cosas no hay que darles más importancia de la que en realidad tienen; si quieres tener amistad con los hombres, hay que correr el riesgo. Y si he de decirte la verdad -sonrió maliciosamente-, vale la pena correrlo. No hay que darle tanta importancia a un beso... quizás esté celosa de que te haya besado a ti y no a mí... a pesar de que me aburría soberanamente -bromeó con malicia.

Rachel no tenía el  (p.35) espíritu para bromas, ni contestó sonriente demostrando quitarle importancia a todo, como Helen hubiese deseado.

Continuaba embebida en sus pensamientos nada agradables, inconsistentes y hasta dolorosos. Las palabras de su tía no habían hecho más que levantar algo más el velo que tantos misterios ocultaba. Después de un largo rato de ensimismamiento exclamó:

 -¡Por eso no puedo pasear sola!

Se veía a sí misma como un ser guardado entre altísimas paredes, perpetuamente vigilada y a oscuras, con una vida monótona, sombría, rodeada de palabras y acciones incomprensibles.

-¿Por qué son tan brutos los hombres? ¡Los aborrezco! -clamó, indignada.

-¿Creí haberte oído decir que te gustaban? -bromeó Helen.

-Sí... me gustaban... y el beso también –contestó insegura al darse cuenta que el problema adquiría magnitud insospechada.

Helen se extrañaba del efecto que aquel beso había producido en Rachel. Veía su ingenuidad debatirse entre las mallas de su conflicto interior intentando resolverlo, y creyó que lograría tranquilizarla haciéndola hablar y quitándole importancia al asunto que tanto parecía haberla angustiado. ¿Cómo era posible que aquel político ñoño y soso hubiese impresionado tanto a una muchacha de 24 años? Claro que había que reconocer que era amable y educado. Una persona atenta:

-La señora Dalloway también te ha gustado, ¿no es así?

Rachel se sonrojó recordando las tonterías que había dicho. Además, ¿no le comunicó la señora Dalloway que adoraba a su esposo?

-Era bastante simpática, pero tenía la cabeza de chorlito -continuó Helen-; nunca oí tantas tonterías como mientras estuvo ella a bordo. Que si los peces, que si la marina, o el abecedario griego, o las mil y una maneras de educar a los hijos, que no tenía... En fin, que prefiero tener una conversación con él, por muy soso que sea. Él era engreido -continuó-, pero por lo menos atendía a lo que se hablaba.

Al oír aquellas manifestaciones de su tía, «una persona mayor», el encanto, que a los ojos de Rachel había envuelto a los pasajeros, desaparecía como niebla al soplo del viento. ¿Sería verdad que no eran tan maravillosos como ella se había figurado?

-Es tan difícil saber cómo son las personas en realidad -dijo como hablando consigo misma.

Helen vio con satisfacción que la muchacha reaccionaba.

-Quizás estuve algo ofuscada.

Helen estaba segura de ello, pero se limitó a decir: -Han vivido y tienen experiencia.

-Eran agradables y sobre todo muy interesantes.

Recordaba la imagen del mundo que Richard le había pintado, con sus engranajes como nervios. Recordaba sus palabras básicas. «Unidad, Imaginación», y le pareció ver de nuevo las burbujas del té que se bebía, oyendo sus divagaciones sobre el campo, las hormigas, los canarios y todas las cosas que daban vida a su pequeño mundo.

-Pero, ¿a qué se debe que todas las personas no te resulten igualmente interesantes? -preguntó Helen.

Rachel le explicó que cuando le hablaban, él especialmente, adquirían la personalidad de símbolos.

-Estaría escuchándole eternamente -dijo con vehemencia.

Saltó de la hamaca para regresar al momento con un grueso libro de rojo lomo. Indicó el título al tiempo que se lo entregaba a Helen. Se titulaba «¿Quién es quién?» Y era una serie de biografías de distintos personajes. Abrió el libro al azar, leyendo: «Sir Roland Beal, nació en 1852 en el seno de la familia Moffatt, casado..., etcétera.» Sentada a los pies de Helen, se enfrascó en la lectura devorando páginas incansablemente: banqueros, sacerdotes, marinos, filósofos, artistas, etc...

Mientras Helen efectuaba un repaso mental de cuanto había dicho, Rachel seguía embebida en la lectura. Helen se interesaba por su sobrina, le gustaría guiarla y aconsejarla, enseñarle a vivir, a ser razonable. La muchacha había formado un concepto erróneo del político y su acción, opinión de la que sólo podría sacarla una persona que tuviese ascendiente sobre ella.

Rachel miraba a su tía como esperando la respuesta a su muda pregunta.

-Estoy de acuerdo en que «hay muchas personas interesantes». Pero la dificultad estriba en saber comprender donde radica tal interés. De otra forma, podemos llegar a intimar con personas algo inconscientes. Esto te ha sucedido a ti con los Dalloway y sólo te has dado cuenta después.

-¿Pero, qué forma hay de conocerlo antes? -preguntó Rachel.

 -No puedo explicártelo, eso es cosa que has de lograr por ti misma. Prueba y verás como lo consigues. ¿Por qué no me llamas Helen? El nombre de tía me es muy poco agradable... quizá debido a que quise muy poco a las mías.

-Sí, me gustaría llamarte Helen.

 -¿Me encuentras poco comprensiva, verdad? -preguntó Helen, aunque sabía que la diferencia de sus puntos de vista se basaba únicamente en los veinte años de edad que mediaban entre ambas.

Rachel no contestó.

 -Algunas veces no entenderás mi forma de pensar, claro, es muy natural. Lo que hay que procurar ahora es que te entiendas a ti misma -añadió cariñosamente.

Esta visión que de su personalidad le había proporcionado Helen pasó ante Rachel como una exhalación, como si un rayo de  (p.36) luz bañase su inteligencia. La impresionó profundamente el pensamiento de vivir por sí misma, como el mar o el viento.

-¿Puedo ser yo mi... mi... misma -tartamudeó-, a pesar de ti, de los Dalloway, del señor Pepper, de mi padre, de mis tíos... y de todos? -preguntó, pasando la mano por el grueso tomo de biografías.

-No sólo puedes serlo, sino que ya lo eres. Hasta ahora has guardado oculta tu verdadera personalidad -contestó Helen seriamente.

Dejó el bastidor y le expuso a Rachel un plan que había discurrido mientras la muchacha leía. En lugar de continuar hacia el trópico, donde tendría que pasar la mayor parte del tiempo aburriéndose en casa, abanicándose y defendiéndose del calor y los mosquitos, era mucho más razonable que Rachel fuese con ella a su villa, cerca de la playa. Allí podrían estar juntas.

-Piensa, Rachel, que una diferencia de veinte años no es obstáculo- para que podamos entendernos y comprendernos perfectamente.

-Verdaderamente no es obstáculo y además simpatizamos -contestó Rachel.

-Perfectamente -asintió su tía.

Helen no podía quejarse del resultado de su primera charla con su sobrina. Al día siguiente fue en busca de su cuñado. Lo encontró sentado ante su mesa, rodeado por todas partes de papeles y tomando apuntes. De la pared pendía una fotografía de mujer. Sus ojos reían, y en sus labios había un gesto de burla, como si estuviese al corriente de todo y se burlarse benévolamente. Era un rostro atractivo e interesante que parecía a punto de echarse a reír ante la cara de su esposo que, al mirarla, suspiraba profundamente. Tenía la mente constantemente ocupada por sus grandes fábricas de Hull, que por la noche semejaban moles ingentes; por sus buques, que surcaban todos los océanos. Aquel trabajo continuo para seguir levantando el sólido edificio de su industria, lo ponía a los pies de la que fue su esposa, pensando siempre en cómo criaría a su hija para satisfacción de «ella». Era un hombre muy ambicioso y Helen pensaba que aunque probablemente mientras vivió  (p.37) no se portó con ella como se merecía, parecía que ahora la muerta, desde el cielo, inspiraba cuanto en él había de bueno. Helen se disculpó por interrumpirle en su trabajo y le expuso su idea con toda sencillez. Cuando ella y su esposo desembarcaran, Rachel podía quedarse con ellos, en lugar de seguir hacia los trópicos.

-La cuidaremos como si se tratase de nuestra hija. Lo haremos con verdadero gusto y cariño.

Willoughby se puso serio. Dejó a un lado los papeles y dijo:

-Es una buena muchacha -suspiró, levantando la vista hacia el retrato-. ¿Verdad que tienen un parecido?

A Helen seguía pareciéndole que la imagen de la fotografía se burlaba de ellos, del buque y de todos los que lo ocupaban.

-Rachel es lo único que me queda -murmuró suspirando de nuevo-. Vivimos juntos año tras año, sin hablar de estas cosas... quizá sea mejor así... La vida es muy dura.

A Helen le inspiró compasión oír a su cuñado expresarse tan francamente y apoyó una mano en su hombro sin saber qué decirle. Para distraer la tristeza- de Willoughby, volvió a llevar la conversación hacia Rachel, exponiendo el motivo por el que creía que a la muchacha le sería beneficioso aquel cambio.

-Es cierto -asintió Willoughby cuando Helen terminó de hablar-. En los trópicos las condiciones sociales son muy primitivas. Yo tendré mucho trabajo y quedará sola muchos ratos. Accedí a traerla porque ella me lo pidió. Ni que decir que tengo en vosotros la máxima confianza. Me gustaría educarla como lo hubiera hecho su madre si hubiese vivido. No estoy conforme con las ideas modernas, y tú creo que tampoco, ¿verdad?

-Tiene demasiada afición a la música -dijo Helen al tiempo que asentía con la cabeza-. Quizá se dedica a ella en exceso.

-Quizá, pero como eso parecía hacerla feliz y nuestra vida en Richmond era tan tranquila... Me gustaría que frecuentara más el trato con las gentes, que me acompañara al regreso de mis viajes. Pensaba alquilar casa en Londres y relacionarla con personas que sé que la tratarían como se merece. Estoy viendo que todo esto me encamina al Parlamento, Helen. Y es el único modo de hacer las cosas a nuestro gusto. Estuve hablando de esto a Dalloway. Si ese caso se presentase me gustaría que Rachel estuviera bien situada. Sería necesario alternar más, dar algunas comidas, asistir a fiestas nocturnas. Hay que atender a los que nos ayudan. Rachel podría ayudarme mucho en todo esto. Quisiera que llegásemos a un acuerdo... que procurases educarla un poco en ese aspecto... Es muy tímida... ¡Si lograras hacer de ella una verdadera mujer! La clase de mujer que a su madre le hubiese gustado que fuese -terminó, mirando de nuevo la fotografía.

A través del cariño hacia su hija, el egoísmo de Willoughby era patente. Esto aumentaba el empeño de Helen de llevarse a su sobrina, aunque para ello tuviese que prometer al padre instruirla en todas las gracias mundanas. Se retiró maravillada de la ceguera de aquel padre. Cuando habló a la muchacha del éxito de su gestión, ésta pareció menos entusiasmada de lo que Helen hubiera deseado. Tan pronto se la veía ansiosa como sumida en un mar de dudas. Le apenaba dejar a su padre, pero pudo más la constancia de Helen a pesar de que también tuvo sus dudas y llegó a arrepentirse del impulso que la ligaba al desenvolvimiento moral y espiritual de otro ser humano.

VII

A distancia, el «Euphrosyne» parecía muy pequeño. Desde los grandes buques de lujo, el pasaje les observaba como si los Vinrace y los Ambrose fuesen bultos de carga en lugar de seres de carne y hueso. Los bailarines, al salir sobre las cubiertas para refrescar, aprovechaban la suave marcha sobre las olas para observar el paso de aquel solitario del océano. Y aprovechaban la tranquila ocasión para confidencias o iniciación de amores.

El «Euphrosyne» seguía su camino día y noche, hasta que una mañana clara y luminosa se mostró ante ellos una faja de tierra. Poco a poco fueron perfilándose montes y montañas que pasaron de un azul grisáceo a su natural color pardo y entre ellos puntos blancos que fueron espaciándose y agrandándose conforme se acercaban a la costa. Las manchas blancas fueron perfilándose en calles y edificios.

A las 9 de la mañana el «Euphrosyne» se situó en el centro de una gran bahía, viéndose rodeado inmediatamente de una gran cantidad de botes. Un enorme griterío llenó el ambiente y empezaron a llenarse las cubiertas de gente nueva. Después de una semana de soledad la islita se agitaba, cobrando nueva vida .a la llegada del buque. Sólo la señora Ambrose parecía ajena a tanto bullicio. Estaba pálida de emoción y absorta en la lectura de las cartas que allí le esperaban. No se apercibió de la marcha del «Euphrosyne» ni le causaron pena los tres toques de sirena con que se despidió. Sus pequeños estaban bien, y así lo hizo saber en voz alta. El señor Pepper, sentado ante ella y rodeado por los equipajes, dijo:

-Me alegro infinito.

Rachel, que veía cómo se aproximaban a tierra, en la lancha del correo, se daba cuenta del cambio radical que en pocos momentos se había operado a su alrededor. Estaba tan desconcertada que no  (p.38) comprendió la frase del señor Pepper. Helen continuaba la lectura. La lancha se acercaba a una playa de fina arena. Tras ella se perfilaba un valle verde, salpicado de blancas casitas y rojos tejados. Las montañas que bordeaban el valle mostraban el verdor de sus laderas y sus peladas cumbres que se prolongaban como una cordillera. A hora tan temprana todo parecía grácil, liviano, ligero. El azul del cielo y el verde de los árboles era intenso pero suave, sin dureza. Los detalles hacíanse cada vez más visibles. El aspecto, tan vario y alegre, abrumaba después de cuatro semanas de mar y les tenía a todos suspensos y silenciosos.

-Hace trescientos años escasos -exclamó, meditativo, Pepper.

Como nadie le respondiera, sacó un tubito de cristal, de éste una pildorita y se la tragó. Había querido decir con su enigmática frase que hacía 300 años que cinco buqués de la reina Isabel habían anclado en las aguas que en aquel momento cruzaban ellos.

En la bahía había por aquel entonces tres buques españoles. Se entabló una sangrienta batalla, venciendo los españoles, que saquearon todas las riquezas y tesoros de aquel hermoso país, llevándose lingotes de plata, lino, maderas preciosas, crucifijos tallados y guarnecidos de esmeraldas. Llegaron a un acuerdo con los nativos, importaron mujeres y se mezcló la raza. Todo aquello pertenecía al Imperio Británico. Si en el tiempo de Carlos I hubiese habido hombres con visión política tan clara como Richard Dalloway, en el mapa habría muchas manchas rojas en lugar de las odiosas manchas verdosas. La política de aquellos años careció de imaginación, y por falta de unos miles de libras y unos miles de hombres la llamarada se apagó en lugar de prender en una gran conflagración. De tierras adentro surgieron unos indios sutiles y malignos, cargados con siglos de supersticiones y con ídolos monstruosos y pintarrajeados. Por el mar llegaron unos barcos de aventureros españoles y portugueses. A pesar del clima privilegiado, la abundancia de sus frutos y la riqueza de sus tierras, los ingleses tuvieron que darse por vencidos.

Una noche, a mediados del siglo XVII, unos pocos hombres, mujeres y niños mestizos, lo que quedaba de la colonia inglesa, abandonaron definitivamente aquel delicioso vergel. La Historia Inglesa parece ignorar que exista tal lugar. La civilización fijó su centro en un lugar denominado Santa Marina, no mucho mayor que hacía 300 años. Sus habitantes viven paradisíacamente. Los portugueses se casan con las indias y las hijas de éstas lo hacen con españoles. Sus arados son importados de Manchester y también sus telares, pero sus tejidos los confeccionan con lanas de sus propios rebaños. Poseen industrias de ricas sedas y muebles de cedro. ¿Por qué causa se fundó allí una colonia inglesa? Eso lo calla la historia. Se les concedía a los emigrantes facilidad en el pasaje, paz y un buen comercio, pero hubo siempre desacuerdo con los nativos a causa del continuo éxodo de sus riquezas. Unos cuantos maestros que realizaban un viaje de estudios por Sudamérica hicieron, a su regreso, una gran propaganda con los artículos de aquella localidad, describieron las maravillas de sus amaneceres, los esplendores de su vegetación, ponderando que constituía una delicia para el forastero. Con descripciones vívidas y bellas contaban que era mayor que Europa y mejor que Grecia. Recalcaban que los nativos tenían bondadosos sentimientos, y en cuanto a las nativas, que eran altas, de grandes ojos negros, muy apasionadas. Mostraban los ricos pañuelos que las nativas usaban como tocado para su cabeza y primitivas tallas con brillantes colores azules y verdes. Cundió una moda de todos aquellos objetos, gustos y costumbres. Un antiguo monasterio fue convertido en hotel y una famosa línea de buques alteró su itinerario para complacer a los numerosos turistas.

El hermano de Helen, un empedernido calavera, fue enviado a aquel paraíso para rehacer su fortuna y frenar al propio tiempo sus aficiones a las carreras de caballos. Muchas veces, apoyado en la baranda de su villa, veía entrar en la bahía barcos de su patria.

Habiendo ganado lo suficiente para unas vacaciones y harto de su estancia en aquellos parajes, puso su villa, situada en la ladera de la montaña, a la disposición de su hermana, que estaba ansiosa por conocer aquel pequeño y elogiado mundo de hermoso sol, donde la niebla era algo insólito... Aprovechó aquella ocasión que se le presentaba y aceptó el ofrecimiento de su hermano. Willoughby se ofreció a llevarlos en su buque y dejando los niños al cuidado de los abuelos, decidieron el viaje.

Después de dejar el bote tomaron un coche. El día iba tornándose caluroso por momentos. Pasaron por una larga calle del centro de la ciudad, donde todo era alboroto, gritos y tumulto. Los hombres pregonaban «agua» a grandes voces, las mujeres iban y venían descalzas y con grandes cestos en equilibrio sobre las cabezas. Tullidos, cojos y mancos ponían al descubierto su miseria para inspirar compasión, pidiendo limosna con grandes aspavientos. Grandes hileras de mulos entorpecían el paso, que se aclaraba a fuerza de juramentos y latigazos.  (p.39) Desembocaron en una carretera entre verdes prados, bordeada de grandes árboles y un riachuelo alegre y saltarín que alegraba la vista. El coche subía por una cuesta interminable. Rachel y Ridley prefirieron subir andando el último tramo del camino. La casa era espaciosa, aunque un poco destartalada.

Acostumbrados a los hogares ingleses, sólidos y confortables, aquello les pareció más bien una glorieta propia de un merendero que una casa donde comer y dormir. El jardín estaba huérfano de todo cuidado y cada mata nacía donde creía más conveniente, amontonándose en unos lugares y dejando otros completamente pelados. Ante la subida a la galería se abría una pequeña plazoleta, con dos tiestos rajados, que contenían grandes flores rojas, y en el centro una fuente de piedra calcinada por el sol.

Este pequeño jardín desembocaba en otro grande y alargado, que más bien parecía una amplia avenida sombreada por unos cuantos árboles y bordeada por enormes macizos de flores. Todo parecía plantado a la buena de Dios, siendo su colocación fruto más de la naturaleza que de la mano del hombre. No había tapias que dificultasen la visión, y la casa, en lo alto de una empinada cuesta, dominaba una explanada salpicada de olivos hasta perderse en el mar.

Ante aquel abandono, la señora Chailey sintióse desfavorablemente impresionada. No había persianas que resguardasen los muebles del sol, aunque a decir verdad tampoco había muebles para resguardar. En el centro de un gran vestíbulo y ante una enorme escalera de piedra, rajada de arriba abajo, la señora Chailey pensó que allí debía haber ratas como terriers y la asaltaba el temor de que la escalera se hundiese bajo su peso. «Cualquiera busca aquí agua caliente», pensaba la buena mujer.

-¡Pobre muchacha! -murmuró con conmiseración, al ver una muchachita morenucha que salió de un corral para recibirlos.

La señora Chailey opinaba que hubiera sido mucho más conveniente quedarse a bordo, a pesar de las incomodidades. Pero nadie sabía su obligación mejor  (p.40) que ella, y ésta le indicaba que debía quedarse donde estuviese su señorita.

El señor Pepper, sin previa consulta, había decidido agregarse a los Ambrose. Helen le ensalzaba las bellezas de los trópicos, pero en un momento en que creyó que nadie la escuchaba, murmuró:

-¡De buena gana proseguiría el viaje contigo, Willoughby!

-Piensa en las puestas de sol -respondió su esposo, irónico-, dicen que son maravillosas.

-¿Hay patos silvestres? -preguntó ingenuamente Rachel.

Pero Helen siguió con sus meditaciones.

-¿Será verdad que se prepara una revolución? Ridley miró a Pepper, que estaba esperando que alguien reparase en él, y murmuró:

-Pobre hombre, que poco amables son las mujeres.

Pero el señor Pepper, sin aparentar ninguna contrariedad, se aposentó en una de las destartaladas habitaciones y se dedicó a observar hierbecitas a través de su microscopio y a tomar notas. Así estuvo durante seis días. Al final de éstos pareció más inquieto que de costumbre.

La mesa para las comidas se situó entre dos ventanas sin cortinas, por disposición expresa de Helen.

En aquellas latitudes los crepúsculos eran rapidísimos, y desde la casa, en la altura, se dominaba la ciudad y el mar con sus líneas y tonalidades, formando una visión de ensueño.

Edificios que durante el día no se veían, aparecían dibujados por sus luces; los buques que surcaban la bahía parecían extrañas luminarias surgidas del seno de la noche.

La bahía contemplada desde la altura parecía adelantarse hacia la tierra firme con un aspecto irreal y fantástico. Desde la miranda que las ventanas, situadas junto a la mesa, ofrecían a los comensales, aquella vista hacía el mismo efecto que la orquesta de un restaurante londinense de lujo. William Pepper se colocaba los lentes para observarlo mejor y todos lo contemplaban en silencio. Pepper señaló con el tenedor un macizo rectangular cuajado de luces.

-¡El hotel, un antiguo monasterio!

Al día siguiente regresó pensativo de su paseo del mediodía y se detuvo silencioso ante Helen, que leía en la veranda.

-He tomado una habitación.

La señora Ambrose levantó la cabeza, sorprendida.

 -¿Cómo? ¿Se va usted? ¿Al hotel?

 -Sí, no hay cocinera de casa particular que sepa cocinar bien las legumbres.

Conociendo su apatía para contestar a las preguntas, Helen se abstuvo de hacerlas. Pensó que acaso escondiese, bajo su aspecto frívolo, algún resentimiento. Se sonrojó al pensar que ella, su esposo o Rachel pudieran haberle molestado. Por su gusto le hubiera pedido que se explicase, pero sabía de antemano que era inútil.

A la hora de la comida, Pepper fue levantando con su tenedor las hojas de lechuga e inspeccionándolas concienzudamente.

 -Si todos mueren del tifus, no seré yo responsable -comentó.

«Y si tú mueres de aburrimiento, tampoco lo seré yo», pensó Helen. Volvió a reflexionar sobre algo que varias veces le pasó por la imaginación. «¿Se habrá enamorado nunca?»

No era .posible hablar confidencialmente con aquel hombre extraño, con toda su amabilidad, sus libros, sus notas y su buen sentido, pero con una sequedad de alma que repelía involuntariamente. Helen lamentaba perder aquella amistad, pero se alegraba de no tener a un huésped tan poco sociable.

VIII

Pasaron unos meses, como podían haber sido años, sin que ningún incidente alterara la monotonía, pero con el sello propio de haberse desarrollado en aquel ambiente exótico.

Corría el mes de marzo y la temperatura mantenía su promesa de benignidad al pasar sin alteraciones sensibles del invierno a la primavera.

Helen se sentaba a escribir cerca de un hogar con crepitantes leños, pero manteniendo al propio tiempo las ventanas abiertas por completo.

Oscurecía rápidamente y la habitación parecía mayor y más vacía. Los reflejos del fuego caían sobre Helen, inclinada sobre la escritura, y sobre las paredes desnudas, en .donde ramas de flores sustituían los cuadros. Las ramas dibujaban largas sombras danzantes sobre la pared. La carta de Helen empezaba:

«Querido Bernard»; y a continuación describía los he- chos más destacados de los tres meses de vida en la «Villa San Gervasio». Como, por ejemplo, la comida con que habían invitado al Cónsul británico; la visita realizada a un buque de guerra español; las procesiones religiosas que habían presenciado y las Santas Misas que habían escuchado en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y como les había impresionado la grandeza y majestad de la Santa Misa. No concebía cómo, de pertenecer a una Religión, no abrazaban todos aquélla. Habían hecho algunas excursiones por las cercanías. Valía la pena visitar aquellos lugares sólo por la satisfacción de ver florecer los árboles a su antojo en cualquier época del año y contemplar el maravilloso colorido de la tierra y el mar. La tierra en lugar de ser marrón era rojiza, amoratada o verdosa. «No hay color en Inglaterra que pueda comparársele. ¡Créame!» Sentía conmiseración hacia la pobre isla que- sufriría aún de un crudo invierno y sólo podría lucir algunas violetas cuidadas con apuros maternales en los invernaderos por viejos y coloradotes jardineros envueltos en bufandas y gruesas  (p.41) chaquetillas. Tomaba a broma, con fina ironía, la seriedad de sus compatriotas. Desde aquellos lugares le parecía imposible que pudieran tomarse tan a pecho las «Elecciones Generales». ¿Qué importaba que pudieran salir elegidos Asquith o Chamberlain? Mientras enronquecían gritando, otros que eran valores positivos morían de hambre o se convertían en el hazmerreír de las gentes. «¿Se ha alentado alguna vez a un artista mientras vivió o, sencillamente, habéis adquirido alguna de sus obras? ¿Cuál es la causa de que seáis tan prosaicos y materialistas? Aquí hasta los criados los consideramos corno a seres humanos y como a iguales nos hablan y les hablamos. Aquí no hay castas». Al llegar a este punto, pasaron por su imaginación Richard Dalloway y Rachel. Cambió de tema, dedicándose a describir a su sobrina.

»Por uno de esos impulsos de mi carácter, me he hecho cargo de una muchacha -escribió-. A pesar de que nunca congenié con las mujeres, ni frecuenté mucho su trato. Pero comprendo que, en parte, tengo que retractarme de haber obrado así. Si a las muchachas se las educase adecuadamente, no habría tanta diferencia entre hombres y mujeres. Quiero decir que su trato resultaría tan agradable como el de éstos. Pero el problema es éste. ¿Cómo se las educa? Al estilo moderno, lo encuentro verdaderamente abominable. Esta muchacha, con sus 24 años, no se había dado cuenta aún de que los hombres desean a las mujeres, hasta que tuve que explicárselo. ¡No sabía ni cómo nacían los niños! Y en todos los órdenes de la vida posee una ignorancia semejante. Criar así a una persona se me antoja contraproducente... Me he impuesto la tarea de guiarla, y ahora, aunque expuesta a exageraciones, parece más razonable y va enterándose de cosas que no debería ignorar. El punto difícil estriba en que, al abrir los ojos a la realidad, ésta les produce una impresión excesiva. Mi cuñado merecería que se le diera un chasco, aunque por mi parte no será porque redundaría en perjuicio de la muchacha. Ahora deseo solamente hallar la colaboración de un hombre joven, con quien poder hablar formalmente, para que me ayude a hacerle ver la insensatez de muchas de sus absurdas ideas sobre la vida. Por desgracia, hombres así escasean tanto... tanto como las mujeres. Por supuesto que en la colonia inglesa no hay ninguno. Artistas, comerciantes, gente culta... pero estúpidos, convencionales y con ganas de "flirtear"...»

Detuvo la pluma y contempló los juegos de luz y sombra que dibujaba el fuego. Había anochecido y ya no veía lo suficiente para continuar escribiendo. Se acercaba el momento de la cena, indicado por los preparativos que revelaba el sonar de los platos y cubiertos en el comedor. Se oía la voz de mando de la señora Chailey dando órdenes a la criadita española. Sonó el timbre. Helen levantóse y uniéndose a Ridley y Rachel, entraron en el comedor.

Los tres meses de estancia en la isla habían producido pocos cambios en Ridley y Rachel, aunque observando a esta última con detención se notaban en ella una mayor seguridad y aplomo en su forma de conducirse. Estaba mucho más morena, sus ojos tenían mayor brillo y se atrevía a tomar parte en las conversaciones. La convivencia entre todos era perfecta.

Ridley, asomándose a la ventana, contempló la noche, comentando su hermosura.

-Sí -asintió Helen-, y parece que la temporada se inicia -continuó señalando la multitud de luces que brillaban en la lejanía.

Preguntaron en español a María, la sirvienta, si se notaba afluencia de turistas en el hotel. Ésta, muy ufana, contestó que era difícil encontrar víveres, especialmente huevos, y que los tenderos se aprovechaban cuanto podían. La única forma razonable de adquirirlos era recurrir a los ingleses.

-En la bahía hay un buque inglés que llegó esta mañana -observó Rachel-, probablemente llevará correo y podremos mandar nuestras cartas.

Este incidente era siempre motivo para iniciar una pequeña discusión entre el matrimonio Ambrose. Ridley ponía gesto de mártir y suspiraba, mientras Helen le reprochaba su apatía por comunicarse con el mundo civilizado.

-Piensa en el tiempo que hace que no has escrito,

Ridley. Mereces unos azotes. Se te piden conferencias, se te ofrecen honores, y tienes una mujer tonta que no sólo alaba tus libros, sino hasta tu belleza. Te he comparado con Shelley, si éste hubiese llegado a vivir hasta los 55 años y se hubiese dejado crecer la barba -amonestaba Helen-. Eres el más vanidoso de todos los hombres que conozco -terminó, levantándose de la mesa- y no es poco decir.

Fue en busca de su carta, a la que añadió unos renglones, y dijo que iba a echarla al correo.

-¿Has escrito a tus tías, Rachel? Vaya, menos mal, ya era hora.

Se arreglaron para salir y Ridley se negó a acompañarlas, diciendo entre bromas que suponía a Rachel lo suficientemente tonta como para prestarse a acompañar a su tía, aunque nunca hubiese creído que Helen tuviera tan poco sentido. Todo esto lo decía sin cesar de mirarse al espejo, haciendo muecas y visajes como si se tratara de un general en jefe en lugar de un retraído escritor.

-Soy una tonta -decía  (p.42) Helen, acariciándole la barbilla-, una infeliz.

-Eres un diablillo -repetía él, besándola con ternura.

-Te dejamos con tus vanidades -dijo Helen al salir.

Era una noche de ensueño. En el horizonte se dibujaba todavía una tenue claridad, que permitía distinguir bien el camino.

El buzón quedaba cerca y al salir de depositar la correspondencia, Helen quería regresar.

-No, no -protestó Rachel-, me prometiste que da-, ríamos una vuelta. Recuérdalo -dijo, oprimiendo la mano de su tía.

«Ver la vida». Así habían bautizado los paseos que daban al obscurecer. Aquélla era la hora en que empezaba a rebullir la vida social de los habitantes de Santa Marina. La frescura de la noche, aromatizada por múltiples flores, era muy agradable. Las jovencitas, con magníficas trenzas recogidas en grandes moños adornados con flores rojas, se sentaban en los umbrales de las puertas o asomábanse a los balcones, formando alegres grupos con los muchachos que las rodeaban. A través de las ventanas iluminadas y abiertas se veía a los comerciantes efectuando su arqueo, o a las amas de casa trajinando con suscacharros, o sus flores. Las calles se llenaban dé gente, especialmente hombres que se sentaban en las terrazas de los cafés a beber vino y comentar los acontecimientos mundiales... Un pobre cojo tañía su guitarra y una gitanilla cantaba la canción en boga.

El paso de las dos inglesas llamaba la atención, pero se las miraba con simpatía, sin que nadie las molestase. He-len iba estudiando tantos tipos pobremente vestidos y, sin embargo, tan satisfechos de la vida.

-Hoy es 15 de marzo, piensa en el espectáculo del «Malí» esta noche. Quizás haya recepción en la Corte -dijo Helen.

Pensaba en la gran aglomeración de gente que, aguantando el frío y probablemente la lluvia, se estacionaría ante el Palacio Real para contemplar la llegada de los carruajes y carrozas.

Habría allí gentes de todas clases. Los que tuvieran más posibilidades llenarían los edificios altos que dominaban mejor la visión del conjunto. Allí, en Santa Marina, a tanta distancia, todo  (p.43) aquello parecía irreal, como si se tratara de un cuento fantástico. Tuvieron que separarse para pasar por un grupo que se había formado en medio de la calle.

-Creen en Dios -dijo Rachel al reunirse con su tía, refiriéndose a los nativos.

Recordó las cruces que, mostrando al Señor «con sus llagas», se alzaban en los cruces de los caminos y en el Santo Sacrificio de la Misa que se celebraba en la iglesia católica.

-Nunca alcanzaremos a comprenderlo -suspiró.

Empujaron una entreabierta verja de hierro y se ofreció ante su vista una avenida bordeada de árboles. Al final, en un recodo, se veía un edificio grande y cuadrado Era el hotel. Había una larga hilera de grandes ventanas casi al nivel del suelo, estaban sin cortinas y profusamente iluminadas, mostrando en su interior las dependencias del hotel. Se situaron en la sombra para poder observar mejor. Estaban barriendo el comedor y uno de los camareros comía un racimo de uvas con los pies apoyados en una mesita. La otra ventana daba a la cocina, y unos cocineros, de punta en blanco, trajinaban entre enormes marmitas, en tanto los criados comían vorazmente. Algo más lejos, ocultas por unos arbustos, vieron una sala grande, donde señoras y caballeros, hundidos en enormes butacones, hojeaban plácidamente unas revistas después de la cena. Una señora muy delgada tocaba el piano con mucha afectación. Cuando terminó de tocar, el tono de las conversaciones subió de nivel.

-Vámonos -dijo Rachel en voz baja-, aquí todos son viejos.

Siguieron hasta otra ventana donde dos jóvenes, en mangas de camisa, jugaban al billar con dos jovencitas.

-No vale, me ha dado un pellizco -dijo una al perder la jugada.

 -¡A ver si somos formales!

-¡Ca! ¡Eso nunca! -respondió un joven de rojas facciones que apuntaba las jugadas.

 -¡Ten cuidado, Rachel, nos van a ver! -advirtió He-len a su sobrina cogiéndola por un brazo, pues se había colocado en medio de la ventana para ver mejor.

Dieron la vuelta a una de las esquinas del edificio y se situaron ante una ventana que daba a una gran sala llamada «El Lounge», aunque no pasaba de ser un vestíbulo. Estaba amueblada con mucho gusto. De las paredes colgaban panoplias y ricas telas bordadas. Había grandes divanes y butacas y varios biombos que hacían más íntimos algunos rincones. Era el lugar más acogedor y, por lo tanto, el más favorecido por la juventud.

El señor Rodríguez, al que conocían por ser el gerente del hotel, estaba situado cerca de la puerta observándolo todo. En los divanes, caballeros medio enterrados en las mullidas tapicerías; en los rincones más íntimos, parejas amarteladas tomando café; en el centro, un grupo jugando a los naipes y una gran profusión de luces. Aquel lugar, antes refectorio frío y destartalado, habíase convertido en cómodo y acogedor. Tenía razón el señor Rodríguez al decir que sin un «Lounge» confortable, un hotel no podía prosperar. El edificio estaba completamente lleno de turistas. El ambiente era extremadamente cordial, corno si fuesen todos antiguos amigos. Fuera del recinto se percibían las voces de los pastores que volvían con sus rebaños. Del grupo que jugaba en el centro del salón se veían claramente sus ademanes, pero no se percibían sus voces. Uno de aquellos jugadores atrajo la atención de Helen.

Era alto y delgado, de aspecto cadavérico, tendría aproximadamente la edad de Helen y jugaba de pareja con una joven de cutis sonrosado. De pronto este hombrehabló y sus palabras, por encima del murmullo de las conversaciones, llegaron claramente a oídos de Helen.

-Lo que le falta a usted, señorita Warrington, es coraje y práctica, ambas cosas son inútiles si no van juntas.

 -¡Hughling Elliot! ¡Claro! -exclamó Helen ocultándose precipitadamente, pues al oír pronunciar su nombre, éste levantó la cabeza sorprendido.

El juego continuó unos minutos hasta que hizo su entrada en la sala una silla de ruedas conteniendo a una señora gruesa de bastante edad. La silla se detuvo junto al grupo de jugadores.

-¿Cómo va esa suerte, Susan? -preguntó la anciana.

-Toda la suerte está esta noche de nuestra parte -dijo un joven que jugaba de espaldas a la ventana.

Parecía bastante grueso y lucía un espesa cabellera.

-¿Usted cree, señor Hewet? -respondió su compañera, una señora de mediana edad con gafas-. Le aseguro, señora Paley, que no es suerte, sino destreza.

 -Si no me acuesto temprano no puedo dormir -dijo la señora Paley, probablemente para justificar que Susan se hubiera levantado dispuesta a empujar la silla de ruedas.

-Ya avisaré a alguien para que ocupe mi lugar -dijo alegremente.

Pero no fue necesario, su marcha dio fin a la partida. Los tres que quedaban se entretuvieron unos momentos en formar un castillo con los naipes, pero como éste se derrumbaba en seguida, se aburrieron pronto y cada cual hizo mutis por un lado.

El señor Hewet volvióse hacia la ventana, y Helen pudo observar que tenía unos ojos grandes, obscurecidos por los lentes. Era rubio y sonrosado y llevaba el rostro completamente rasurado. Era un tipo interesante. Se dirigió directamente a la ventana y preguntó:

-¿Dormido?

Helen y  (p.44) Rachel comprendieron que alguien había estado sentado muy cerca de ellas, tal vez observándolas. De esto tuvieron la certeza al oír una voz que decía:

-Estaba observando a dos mujeres que hay ahí fuera.

Helen y Rachel empezaron a correr hasta que el hotel fue sólo una mancha oscura tachonada de lucecitas.

IX

Una hora después, todas las luces de la planta baja del hotel se habían apagado, pero se habían encendido todas las de los pisos superiores. Unas cuarenta personas se disponían a acostarse. El ruido de los jarros de agua al chocar contra el suelo se oía perfectamente de una habitación a otra. Unos sencillos tabiques formaban las habitaciones en el lugar que ocupaban antes las grandes salas del monasterio.

La señora Allan, la que jugaba de pareja con el señor Hewet, colocó su ropa cuidadosamente sobre una silla y se dispuso a leer después de liarse el cabello en una apretada trenza. Estaba escribiendo un tomo de literatura inglesa. En aquel instante disponíase a leer el «Preludio», cosa que hacía siempre cuando viajaba. Oyó claramente el ruido producido por las ropas de otra mujer al desnudarse en la habitación contigua. ¿Sería Susan Warrington? No podía concentrar su atención en la lectura, puso una señal entre las hojas, suspiró satisfecha y apagó la luz.

¡Qué distinta la escena que tenía lugar en la habitación contigua! Susan Warrington se cepillaba los cabellos. Aquel momento de peinarse, antes de meterse en la cama era la hora más propicia para las confidencias entre hermanas. Era un rato delicioso. Pero como entonces Susan no tenía con quien comunicar sus pensamientos, se contemplaba el rostro en el espejo. Lo hacía con gran atención, volviendo la cabeza a uno y otro lado y colocándose los grandes mechones de pelo en distintas formas. Se alejaba un poco del espejo y se consideraba seriamente. «No estoy mal», se dijo. «No soy precisamenteguapa, pero...» Se enderezó un poco. «Sí, la mayoría opinarán que soy esbelta.» Claro que al hablar así pensaba exclusivamente en Arthur Venning. Lo que sentía hacía él era algo raro, una sensación extraña, no es que se considerara enamorada ni que estuviera dispuesta a casarse con él, pero todos los minutos de meditación de que disponía, los invertía en pensar qué opinión tendría de ella y comparando los ratos que habían pasado juntos, con los de otros días. «No me ha dicho que soy guapa, pero tengo la seguridad de que me ha seguido hasta el vestíbulo.» Aquella noche la hora de las confidencias fue triste. ¡Cuántas veces se había cepillado el pelo a la carrera y se había acostado sintiéndose incomprendida por todos! Era alta y gruesa, pero tenía un encanto particular no desprovisto de belleza. Era, además, seria y amable. Ya estaba acostada cuando se levantó con presteza y escribió su diario, a pesar de que nunca volvía a releerlo.

«A. M. - Hablé a la señora Elliot sobre los vecinos del campo. ¡Qué pequeño es el mundo! Leí un capítulo de las «Aventuras de la señorita Appleby» a tía E. - p. M. Jugué al tenis con el señor Perrot y Evelyn. No me gusta el señor p., es inteligente pero tiene un algo extraño. Les gané. Tiempo espléndido, vistas maravillosas. Al principio se encuentra esto un poco pelado, pero la vista se acostumbra pronto. Escribí varias cartas. Tía E. animada, pero algo chinche, se queja de la humedad de las sábanas.»

Se arrodilló, rezó sus oraciones y luego quedó dormida profundamente.

En las otras habitaciones se veían cosas muy curiosas. En una sólo sobresalía de las sábanas un mechón de pelos. En otra podía verse, a través de la abierta ventana, sobre la cama... algo tan delgado que parecía un cadáver; era el cuerpo de William Pepper. Venían después tres habitaciones ocupadas por portugueses, cuyos profundos ronquidos se oían desde el pasillo. Sólo al final del corredor, en la habitación número 39, una línea de luz se filtraba por debajo de la puerta. Era la habitación ocupada por los señores Elliot. En aquel momento Hughling se limpiaba los dientes.

-Qué tarde vienes, Hugh -refunfuñó la esposa desde la cama.

-Podías haberte dormido; estuve con Thornbury -dijo el esposo al terminar su aseo.

-Ya sabes que no puedo dormir hasta que tú vienes. -Bueno, ya estoy aquí; voy a apagar la luz -dijo Hugh acostándose tranquilamente.

En otra de las habitaciones sonó un timbre estridente y la señora Faley se despertó, llamando a la doncella para que le llevase la caja de galletas.

En una de las habitaciones del piso superior estaba el hombre que había espiado a Helen y Rachel. Estaba leyendo, cómodamente sentado en un sillón «La historia de la decadencia y fin del imperio romano» de Gibbon, y fumaba plácidamente conforme iba formándose una clara noción de lo leído. Así hubiera seguido largo rato de no penetrar en la habitación, descalzo, el joven propenso a la obesidad.

 -¡Oh, Hirst!, se me olvidó decirte...

El lector levantó la mano y el recién llegado calló. Dos minutos después, Hirst dijo cerrando el libro y mirando a su amigo:

 -¡Ahora! ¿Qué quieres?, ¿qué era lo que se te olvidó?

-¡Tienes mucha tranquilidad! -contestó Hewet, a quien se le había olvidado lo que quería decir-.  (p.45) Prescindes de los sentimientos ajenos.

Hirst sonrió y su amigo prosiguió:

-Francamente, creí que tu inteligencia era más despejada. ¡Sentimientos! Ponemos el amor en la cúspide y lo demás, de cualquier manera, pero debajo de él.

-Bueno, ¿y para decirme eso saltas de la cama? -dijo con falsa severidad.

-No; salí de la cama para hablar -dijo vagamente Hewet.

-Bueno; mientras hablas, me desnudaré.

Ver a Hirst desnudo infundía compasión; tal era la delgadez de su cuello y la estrechez de sus hombres.

 -Las mujeres me interesan -dijo Hewet sentado a los pies de la cama de su amigo.

-Lo creo; son tan estúpidas. ¡Eh!, que te sientas encima de mi pijama.

-Sí, sí que lo son -murmuró Hewet.

-No hay variación de opiniones sobre eso. ¿Estás enamorado de Susan? -preguntó Hirst.

-Pero es gruesa... y yo también...

 -Las que espiaban esta noche no eran gruesas –dijo Hirst, que aprovechaba la charla para cortarse las uñas de los pies.

-Descríbemelas -pidió Hewet interesado.

-Ya sabes que me cuesta describir y más a las mujeres; todas me parecen iguales.

-Eso mismo creía yo antes, pero no es así. También tienen personalidad. Parece como si ocuparan círculos distintos. Por ejemplo, en este hotel, un círculo lo ocuparían los señores Elliot, la señorita Allan y los Thornbury; otro, la señorita Warington, el señor Arthur Venning, el señor Perrott y Evelin M.; luego, nosotros...

-¿Tan solitos? -preguntó Hirst con ironía.

-Completamente solos y nuestros esfuerzos para salir del círculo no hacen más que empeorar la situación. Damos vueltas en nuestro círculo como si fuésemos gallinas, y yo, francamente, preferiría ser un pichón. ¡El mundo es una delicia!

Hirst le miró perplejo.

-No acabo de comprenderte, sobre todo tu falta de continuidad en las ideas. Tienes veintisiete años y sigues fluctuando. Las mujeres mayores te siguen atrayendo como si fueras un adolescente. Sólo admiro en ti una cualidad: tu enorme capacidad... para no pensar en nada. Y otra cosa que no entiendo. Tú, a la gente y especialmente a las mujeres, les  (p.46) gustas más que yo.

-Sí, a todas; pero no encuentro ninguna que me satisfaga a mi.

-¿.No hay ninguna en tu círculo?

-Ni rastros.

A pesar de conocerse desde hacía tres años, Hirst desconocía por completo la vida amorosa de Hewet. Alardeaba siempre mucho, pero en cuanto estaban solos, dejaba el asunto en puntos suspensivos. El muchacho podía permitirse el lujo de vivir sin trabajar. Después de dos cursos en Cambridge, abandonó la Universidad por incompatibilidad con los directores, y desde entonces se dedicaba a viajar.

-No acabo de comprender tu circulo, Hewet; dar vueltas incesantemente... pero no conduce a ninguna parte. ¿Te seduciría estarte solo en este hotel durante tres semanas?

Hewet meditó un momento:

-Hombre, en un sitio así, nunca se está completamente solo ni tampoco en compañía. Es como si cada

uno de nosotros fuese una burbuja, ¿comprendes? Mu- tuamente no nos vemos, sólo percibimos. la llama que va con nosotros siempre; es una sensación de nuestra pro- pia existencia y ello nos hace sentir que el mundo es pequeño y la gente insignificante.

-¡Valiente burbuja estás hecho! -dijo Hirst-. Vamos a suponer que mi burbuja sufriese un encontronazo con otra y que las dos estallan.

-Pues entonces...

Y Hewet siguió hablando mucho... pero sin decir gran cosa, como le sucedía siempre que hablaba con Hirst.

 -No eres tan tonto como me figuraba, Hewet; no sabes lo que quieres decir, pero, por lo menos, lo intentas. -¿Y eso no te divierte?

-Hombre, podría decirte que me gusta estudiar a las personas, ver cosas. Este país es maravillosamente bello. ¿Te fijaste en la cúspide de las montañas al anochecer? Parecen de oro. Habrá que hacer una excursión hasta allí; llevaremos la comida. Tú te estás poniendo demasiado grueso, Hewet.

-Sí, haremos una excursión -dijo Hewet con viveza-. Invitaremos a todos los del hotel, alquilaremos borriquillos. ¡Santo Dios la que se armará! Ya veo a las señoras molidas y encantadas. Convidaremos a todos. Venning, Perrott, la señorita Murgatroyd y hasta al diminuto señor Pepper.

 -Pepper no creo que acepte, a Dios gracias. Pero, ¿dónde vas a encontrar los borriquillos? -preguntó Hirst.

 -No sé, ya veré. Tú irás de escolta de la señorita Warrington; Pepper, en un borriquillo blanco; repartiremos las provisiones o alquilaremos unas mulas. Sí, eso será lo mejor. La señora Paley tendrá que ir en coche. Se necesita mucha organización -añadió Hewet, paseando lentamente por la habitación. Se detuvo a resolver los libros amontonados encima de la mesa-. También llevaremos algunos poetas -añadió-. No, a Gibbon, no. ¿Tienes «John Doune» o «El amor, hoy»? Verás; cuando la gente se canse de contemplar el paisaje resultará magnífico que les leamos algo en voz alta.

-La señora Paley no creo que esté muy conforme.

 -Sí, ciertamente -dijo Hewet-. No he visto nada tan deplorable como el que las señoras de edad dejen de leer poesía. Y sin embargo, hay versos muy oportunos:

«Hablo como alguien que ha caído en los profundos abismos de la vida; alguien que, al cabo, ha descubierto, la certeza inexcusable de las cosas.

¿qué es lo que queda cuando el amor pasó? Huyeron los instantes de la dicha, vino el vacío de unas horas después, y, por último, cae el telón.»

me atrevo a decir que la señora Paley es la única que podrá comprender el sentido de estos versos.

-Se lo podremos preguntar -dijo Hirst-. Pero, por favor, Hewet, debes irte a la cama. Córreme la cortina; nada me desvela tanto como la luz de la luna.

Hewet se retiró, con los poemas de Thomas Hardy bajo el brazo, y, poco después, los dos dormían.

Desde que Hewet apagó la luz de su cuarto hasta que se levantó, con el alba, un muchachito español, de rostro moreno, que fue el primero en dar señales de vida, se deslizaron varias horas de silencio en el hotel. Casi se hubiera podido escuchar la profunda respiración de un centenar de personas y, por muy desvelado o inquieto que se estuviera, hubiese sido imposible no dormir en medio de tanto sueño. A través de las ventanas sólo podía verse la profunda oscuridad de la noche. La mitad del planeta se hallaba en sombras, con sus habitantes durmiendo, y sólo algunas luces temblorosas en las calles vacías, señalaban los sitios en que se habían edificado las ciudades. Los autobuses rojos y amarillos se entrecruzarían en Piccadilly, con gruesas mujeres tambaleándose agarradas a los estribos; pero aquí, en la obscuriridad, algún búho se deslizaba de árbol en árbol y cuando la brisa sacudía el ramaje de éstos a la luz de la luna parecían convertirse en grandes antorchas. Hasta que la gente despertara, transcurrirían las horas de libertad para los habitantes de la selva. Leones, tigres y elefantes acuden a los riachuelos a mitigar su sed. El viento, al pasar por montes y valles, es más puro que durante el día y la tierra, a la luz de la luna, es más misteriosa e impresionante. Durante seis horas perdura esta profunda belleza, después el cielo va aclarándose por el este, se levantan las nieblas evaporándose como humo y todo va tomando un tinte sonrosado, los caminos empiezan a perfilarse, se oye el  (p.47) chirrido de los cerrojos y empiezan a abrirse puertas y balcones. Los madrugadores van a sus quehaceres. Luce ya el sol en todo su esplendor cuando se inicia la vida en el hotel de Santa Marina. Poco después un gong estridente convoca a todos los huéspedes en el comedor. Al terminar el desayuno, las señoras se reúnen en grupos con sus labores o periódicos.

-¿Qué va a hacer usted hoy, señorita Warrington? -pregunta la señora Elliot.

La esposa de Hughling Elliot, el Dom de Oxford, era bajita, tenía expresión plañidera y estaba perpetuamente descontenta.

-Voy a ver si convenzo a mi tía para que vayamos a la ciudad -dijo Susan-. Aún no he visto nada.

-Se necesita energía para arrancarse del hogar y de todas las comodidades para irse a ver mundo a su edad.

-Siempre decimos que morirá a bordo de algún buque -dijo Susan-; pero nos contesta que ya nació a bordo de uno.

-Hace años ese caso se daba bastante a menudo -asintió la señora Elliot-. Siempre he compadecido a esas pobres mujeres... -y movía la cabeza melancólicamente-. ¡La pobre reina de Holanda dio a luz y los periodistas estaban en la antecámara!

-¿Hablan de la reina de Holanda? -preguntó la voz agradable de la señorita Allan que estaba buscando el «Times» entre un montón de periódicos-. Siempre he envidiado a los holandeses. ¡Poder vivir en un país tan llano!

-Pues a mí un país así me deprime -dijo la señora Elliot.

-Entonces aquí no estará usted muy a gusto, señorita Allan -intervino Susan.

-Al contrario, las montañas me gustan también mucho.

Y viendo el periódico que buscaba sobre otra mesita, fue a cogerlo.

-Yo voy en busca de mi esposo -dijo la señora Elliot. -Y yo de mi tía -dijo Susan.

Los ingleses acostumbran a ser tan conservadores de lo suyo que rara vez suele vérseles con periódicos o revistas extranjeros. No pasan de leer algún título que llame la atención y hojearlos rápidamente.

-Ya debía estar aquí el «Debate» del día 15 -decía la señora Thornbury a su esposo.

Éste, recién afeitado y muy atildado, esperaba tranquilamente sentado en un sillón, a que la señorita Allan terminase con la lectura del «Times».

-Ahí viene el señor Hewet -observó la señora Thornbury-. ¡Señor Hewet! Venga a sentarse con nosotros. Precisamente comentaba con mi esposo que me recuerda usted a una buena amiga, Mary Umpleby. ¡Le aseguro que era encantadora! Sentía predilección por las rosas y tenía ejemplares preciosos. Hemos pasado .juntas muchas temporadas.

 -Pero mujer -intervino su esposo-, a ningún hombre joven le gusta verse comparado con una solterona ajamonada.

-Al contrario, siempre le halaga a uno saber que recuerda a una persona simpática. ¿Tenía algún origen esta afición de la señorita Umpleby por las rosas?

-¡Oh! Es una historia larga -dijo la señora Thornbury-. Sufrió mucho durante su vida y el jardín era su único consuelo y distraccción. Las flores fueron una bendición para ella. Los cuidados que les prodigaba creo que impidieron que llegara a perder la razón. Pudo sobreponerse a todas sus desdichas, que fueron muchas. Fue muy valiente -suspiró al terminar con gesto resignado.

La señorita Allan se acercó a ellos.

-No me había dado cuenta que monopolizaba el periódico.

-Tenía interés en saber cómo terminó el debate -dijo la señora Thornbury acudiendo en auxilio de su esposo-. Nos interesa mucho, tenemos un hijo en la marina. Quizás el señor Hirst le conozca. Parece un joven muy interesante. ¿Dice algo, William?

 -Hay un gran revuelo -contestó su esposo-. Los miembros de Irlanda llevan ya tres semanas discutiendo en Westminster sobre una cuestión de eficiencia naval. ¿Lo ha leído usted, señorita Allan?

 -No; leí sólo los descubrimientos de Creta --contestó ésta algo avergonzada.

-¡Qué no daría yo por comprender todas esas cosas del mundo antiguo! -volvió a suspirar la señora Thornbury-. En confianza le diré que nosotros pertenecemos también al pasado. Estamos en nuestra segunda luna de miel. Mi hijo, el marino, dice que hay mucho que aprender de Aníbal, pero como en casa somos tantos, siempre que me dispongo a leer algo del mundo antiguo entra alguien y me interrumpe.

-Yo cuando leo algo de los griegos me los figuro negros y con la piel curtida, aunque veo que ésta no es la versión exacta -dijo la señorita Allan correspondiendo al interés que mostraba su compañera.

Al acercarse a Hirst, le preguntó:

-¿Qué opina usted de los griegos, señor Hirst? Porque estoy segura de que usted lee de todo.

-Yo me atengo al «criquet» y a las novelas policíacas.

Los periódicos cayeron de las manos del señor Thornbury y los lentes también. Todos miraron las hojas esparcidas por el suelo.

-¿Pasa algo malo? -preguntó su esposa solícita.

Hewet recogió una hoja y leyó en voz alta: «Ayer, yendo por la acera de Westminster, una señora percibió un gato en la ventana de una casa deshabitada».

-Se olvidan de los gatos -suspiró la señorita Allan.

«El animal, famélico, fue salvado por unos trabajadores, pero la emprendió a mordiscos con la mano de uno de ellos.»

-Debió volverse salvaje a causa del hambre -comentó la señora Thornbury.

-Olvidan ustedes la  (p.48) principal ventaja de vivir en el extranjero -dijo el señor Elliot uniéndose al grupo-. Podrían leer las noticias en francés... ¡y no se enterarían de nada!

El señor Elliot dominaba varios idiomas, pero ocultaba sus conocimientos. Era un entusiasta admirador de Francia y hablaba el idioma tan exquisitamente, que costaba creer que no se trataba de su lengua nativa.

-¿Vienen ustedes? -invitó a Hirst y Hewet-. Debemos salir antes de que apriete el calor.

-No andes mucho, Hugh -aconsejó la señora Thornbury entregándole a su esposo un paquete con pollo y pasas.

-No te apures, el señor Hewet nos servirá de termómetro, él empezará a derretirse antes que yo.

Cuando hubieron partido, la señorita Allan miró su reloj.

-Las once menos diez.

-¿A trabajar? -preguntó la señora Thornbury.

-A lo de siempre -contestó la señorita Allan, levantándose.

-Es muy buena y lleva una vida dura. Soltera y ganándose el pan. Admiro especialmente su constante alegría -dijo la señora Elliot.

 -Sí, es muy interesante y tiene una vasta cultura -contestó la señora Thornbury.

-Pero no es eso lo que las mujeres desean, aunque muchas aspiren a conseguirlo.

-El señor. Haley Lethbridge me contaba el otro día lo difícil que resulta encontrar chicos para la Armada, y en parte debido a la dentadura. Y he oído a varias muchachas jóvenes hablar tranquilamente de...

-¡Terrible! ¡Terrible! -exclamó la señora Elliot-. La cruz de la vida de una mujer es la mía, no tener hijos. Suspiró y calló.

-Hemos de ser condescendientes -dijo la señora Thornbury-. ¡Ha cambiado todo tanto desde nuestra juventud!

-Sí, pero la maternidad no cambia -porfió la señora Elliot.

 -De todos modos tenemos que aprender mucho de las jóvenes -dijo la señora Thornbury-. Por lo menos así me pasa con mis hijas.

-A mi esposo no le importa gran cosa la falta de hijos, tiene su trabajo.

 -Pero las mujeres sin hijos, pueden hacer mucho por los hijos de otras mujeres -observó con cierta ternura la señora Thornbury.

-Yo dibujo bastante -dijo la señora Elliot-, pero eso no es una ocupación, me desconcierta  (p.49) ver a muchas jóvenes que empiezan ahora la vida y sirven más que yo.

-Pero, ¿no hay instituciones en que pudiera usted ayudar? -sugirió la señora Thornbury.

 -Es que son tan pesadas... Yo parezco fuerte debido a mi color sano, pero no lo soy; la menor de once hijos no suele serlo nunca.

-Si la madre goza de buena salud, no hay motivo para que los hijos no sean fuertes por muchos que tenga. Y no hay mejor entrenamiento que la convivencia de hermanos y hermanas. Lo veo en mis propios hijos, por ejemplo en Ralph, mi hijo...

Pero la señora Elliot no prestaba atención a sus palabras.

 -Mi madre sufrió dos percances estando en estado -dijo, mientras sus ojos vagaban por el vestíbulo-. Uno fue el sobresalto que se llevó al ver unos osos bailando.

El otro fue más serio. Un día que en casa se celebraba un banquete, la cocinera dio a luz. A eso atribuyo yo mi dispepsia.

-Verdaderamente son motivos como para haber abortado -dijo distraídamente la señora Thornbury, poniéndose los lentes y cogiendo el «Times».

La señora Elliot se alejó. La señora Thornbury, después de leer las noticias más interesantes subió a su departamento a despachar correspondencia.

El señor Perrot atravesó el vestíbulo, el señor Venning entró y se sentó en el filo de uno de los veladores, dejando paso a la señora Paley con su silla de ruedas. Al cabo de un momento pasó Susan y el señor Vanning la siguió con paso lento. Varias familias portuguesas, con niños descuidados, salieron después atendidos por niñeras y en medio de un gran alboroto.

Conforme avanzaba el día, el sol aumentaba la temperatura; las moscas zumbaban en grandes nubes; a la sombra de las palmeras eran servidos helados y refrescos. Se bajaron las persianas y el vestíbulo quedó en una agradable penumbra. El tictac del reloj parecía el corazón del hotel, por el que discurrían escasos huéspedes.

Pasaban lentamente las horas hasta que de nuevo sonó el gong en crescendo. Primero casi temeroso, para acabar con un golpeteo frenético.

Por todos lados fueron acudiendo los huéspedes. Entraban niñas muy limpitas acompañadas de sus niñeras. Los caballeros entraban abrochándose el chaleco, y los que estaban en la terraza a la sombra de las palmeras se levantaban lentamente. ¡Se estaba allí tan a gusto! El calor excesivo hacía que la comida transcurriera silenciosa, como si la pereza lo invadiera todo y la única preocupación de los comensales consistiera en observar a los huéspedes recién llegados. La señora Paley, a pesar de la inmovilidad de sus piernas y de sus 70 años, hacía los honores a la comida y tomaba parte en todas las distracciones. Se sentaba con Susan junto a una pequeña mesita.

-No me gusta tener que decir la opinión que me merece esa mujer -dijo al pasar junto a una mesa donde una mujer alta y llamativa, completamente vestida de blanco, comía escoltada por una mujer pobremente vestida.

Susan se sonrojó ante la ocurrencia de su tía.

Terminada la comida los huéspedes fueron desapareciendo solos o en pequeños grupos, buscando un lugar donde poder echar una siestecita. A tales horas podía decirse que el hotel estaba ocupado por almas y no por cuerpos. Estos desaparecían en los lugares más inverosímiles, siempre y cuando encontraran en ellos la frescura y el reposo ansiados.

Susan soñaba asomada a la ventana de su cuarto. Había acompañado un rato en el jardín a su tía y la había escuchado mientras leía.

Hacia las cuatro los cuerpos volvían a reclamar sus derechos. Las damas se miraban al espejo, retocaban su maquillaje -y bajaban a reunirse sin rastros de sueño ni digestión, dispuestas para el té.

La señora Paley dijo a la señora Elliot, cuyo esposo no había regresado todavía:

-Venga a tomar el té con nosotras, tenemos reservada una mesita a la sombra de las palmeras. Una propina obra milagros en este país -añadió riendo socarronamente.

Mandó a Susan por otra taza.

 -Tienen unas galletas saladas muy buenas. ¿Ha dibujado usted mucho?

 -¡Oh, no! -dijo la señora Elliot-. He hecho solamente unos cuantos borrones. Pero me ha costado bastante, acostumbrada a Oxford donde hay tantos árboles, además aquí la luz es muy fuerte. Algunos la admiran, pero a mí me cansa.

-Por supuesto que no necesito asarme, Susan -dijo la señora Paley a su sobrina cuando regresó-. Haz el favor de moverme para que me dé más la sombra.

Hubo que mover incluso la mesita. Cuando su tía estuvo bien instalada, Susan se dedicó a servirles el té. Al poco rato se acercó el señor Venning y solicitó formar parte del grupo.

-Es tan agradable y raro hallar un hombre joven que no abomine del té... -dijo la señora Paley recobrando su buen humor-. Uno de mis sobrinos tuvo la osadía de presentarse a las cinco de la tarde y pedirme un vaso de jerez. ¡Le contesté que en mi casa no se servía eso, que fuese a una taberna!

-Pues yo prefiero pasar sin comer que prescindir del té -dijo Venning-. Bueno... vamos a ser sinceros, me gustan las dos cosas.

Venning era un hombre joven, moreno, de unos 32 años, muy  (p.50) redicho y confiado en sus modales y atractivo personal, pero en aquellos momentos estaba un poco excitado.

Con el abogado señor Perrot había ido a Santa Marina a consecuencia de una discusión. Como eran amigos, Perrot no le abandonaba nunca. Venning también era abogado, pero detestaba aquella profesión que le mantenía atado a una mesa durante horas con la cabeza hundida entre enormes libracos. Le había comunicado confidencialmente a Susan que cuando su madre, que era viuda, hubiese muerto iba a dedicarse a lo que constituía su máxima ilusión: volar. Pensaba asociarse a una importante compañía constructora de aeroplanos. La conversación versó sobre la belleza del país y las costumbres de sus habitantes y sobre todo sobre la gran cantidad de perros amarillentos que andaban sueltos, sin dueño.

-¿No le parece cruel el modo de tratar a los perros en este país? -preguntó la señora Paley.

-Yo les pegaría un tiro a cada uno -dijo Venning. -¡Oh! ¿Y los pequeñitos? -intervino Susan, añadiendo-. ¿No come usted?

Y le alargó un trozo de bizcocho con mano temblorosa que fue recibido de la misma manera.

-Yo tengo un perro monísimo -dijo la señora Elliot.

-Mi loro no puede con los perros -le comunicó confidencialmente la señora Paley-. Supongo que le jugarían una mala partida durante alguno de mis viajes.

-No pasearon mucho esta mañana, señorita Warrington -dijo Venning.

-Hacía demasiado calor -contestó ésta.

Entablaron una conversación en voz baja, mientras las señoras se contaban trágicas historias de perros y gatos.

-¿No podríamos ir a la ciudad esta noche? -propuso Venning.

-Mi tía... -empezó Susan.

-Pero usted se merece una distracción, está siempre pendiente de los demás.

-Esa es mi vida -contestó ella bajito.

-Eso no es vida para nadie y menos para una persona joven. ¿Vendrá?

-Me gustaría muchó...

En aquel momento la señora Elliot, levantando la cabeza, exclamó:

-¡Oh, Hugh!

-Venimos muertos de sed, bendito sea el té -dijo Hughling-. ¿Conoces al señor Ambrose, Hilda?

-Nos encontramos en la cuesta y me trajo casi a remolque -dijo Ridley-. Me avergüenza presentarme en este estado, sucio, lleno de polvo...

Ridley iba desarreglado, con los zapatos llenos 'de polvo y una flor ajada en el ojal de la solapa. Iba completamente desaliñado. Fue presentado a todos. Hirst y Hewet trajeron unas sillas y volvió a servirse té. Susan lo hizo muy a gusto y demostrando una larga práctica.

-Mi cuñado -dijo Ridley- tiene aquí una casa y nos la ha ofrecido por una temporada. Estaba sentado en un peñasco, sin pensar en nada que valiera la pena, cuando súbitamente veo brotar ante mí a Elliot, como si estuviera haciendo una pantomima. Les hemos echado a ustedes alguna que otra maldición -dijo a la señora Elliot que le preguntó por Helen-. Se nos comen ustedes todos los huevos.

-La comida no está a la altura del precio -comentó seriamente la señora Paley-. ¿Pero dónde vamos a ir sino a un hotel?

-Es mejor quedarse en casa -dijo Ridley-; yo por lo menos la echo mucho de menos. Todos deberían quedarse en casa, pero claro, casi nadie lo hace.

La señora Paley creyó ver en aquella frase un ataque a su monomanía de los viajes.

-A mí me atrae verlo todo -protestó- cuando ya se conoce bien la patria, por supuesto. Yo puedo decir que la conozco bien. No permitiría viajar a nadie sin conocer primero Kent y Doriskhire. A este último rincón de nuestra patria no hay nada que pueda comparársele.

-Pero a unos les gustan los terrenos llanos y a otros los montañosos -dijo vagamente la señora Elliot.

-De acuerdo -dijo Hirst, que había estado comiendo y bebiendo sin descanso-. La naturaleza es incómoda, horriblemente fea y terrorífica. Yo no sabría decir si de noche me inspira más miedo un árbol o una vaca. Una noche encontré una y no les engaño si les digo que encanecí. Es una vergüenza que dejen a esos animales sueltos.

-¿Y qué pensaría la vaca de él? -dijo en voz baja

Susan a Venning que había ya formado una opinión de Hirst, y no ciertamente muy favorable.

-¿No fue Wilde quien dijo que la naturaleza nos reserva muchas bromas pesadas? -preguntó Hughling, que sabía la capacidad y distinción de Hirst en los estudios.

Pero Hirst apretó los labios y no contestó, Ridley creyó llegado el momento de despedirse. Dio cortésmente las gracias por el té e invitó a todos a su casa que les mostró en la lejanía.

Se deshizo la reunión y cuando Susan, que nunca se había sentido tan feliz, se disponía a salir con Arthur a dar una vuelta por la ciudad, su tía la llamó para que le enseñara cierto juego cuyas reglas no entendía... y así pasaron el rato hasta la hora de la cena.

X

Entre las promesas que Helen había hecho a su sobrina, figuraba la de que tendría una habitación para ella, independiente del resto de la casa, un cuarto donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en cuartel y santuario a la vez. Helen sabía que a los 24 años estas cosas son necesarias y no se equivocaba. Cuando Rachel cerraba la puerta tras ella, creía pisar los umbrales de un mundo de ensueño. Unos días después de su huida de las ventanas del hotel, se  (p.51) encontraba sentada en un gran salón leyendo las obras de Enrik Ibsen. Sobre el atril del piano había papeles de música y éstos formaban montones en el suelo.

Los ojos de Rachel se concentraban con seriedad en las páginas y su respiración contenida, que la hacía vibrar, denotaba el esfuerzo de su inteligencia.

Cerró el libro con estrépito y respirando fuertemente se recostó como quien descansa a la vuelta de un viaje por un mundo imaginario.

«Lo que yo quisiera saber es una cosa» -se dijo a sí misma en voz alta-. «¿Dónde está? ¿Qué es la verdad?» Imaginábase ser la heroína de una de las comedias que acababa de leer, el paisaje del exterior se le aparecía más claro que antes, unos hombres pintaban los troncos de los olivos con un líquido blancuzco. Se veía a sí misma en el centro de la plazoleta dominándolo todo. Las comedias de Ibsen le producían siempre tal impresión.

Se las representaba durante días seguidos, cosa que divertía mucho a Helen, aunque comprendía que no todo era comedia y que un cambio se operaba en Rachel.

Ésta seguía abarcando con su vista cuanto se veía desde la ventana. Su imaginación vagaba ya fuera de las páginas del libro y volaba hacia la vida.

En los tres meses de convivencia con su tía, Rachel se había desquitado sobradamente de la monotonía de su vida anterior, a pesar de que aparentemente Helen no ejercía sobre ella ninguna influencia. Rachel estaba menos retraída y seria, sus sobresaltos eran menos frecuentes y procuraba ocultarlos a la vista de su tía.

La medicina que su tía le administró y en la cual tenía puesta toda su confianza era ésta. ¡Hablar! ¡Hablar! ¡Hablar! Que Rachel se acostumbrara a explayarse con ella y diera rienda suelta a sus preocupaciones en conversaciones al parecer impremeditadas. No le aconsejaba nunca hábitos de amabilidad forzada, como quizás otras hubieran hecho. Helen deseaba que Rachel hablara por sí sola, sin coacciones y no dependiera de nadie. Por eso le ofrecía libros sin animarla demasiado con Bach, Beethoven y Wagner. Pero cuando el señor Ambrose sugirió obras de Daniel de Foe, de Guy de Maupassant, o alguna dilatada crónica que reflejase la vida hogareña, Rachel eligió libros modernos, de cubiertas brillantes y llamativas, de los cuales sus tías hubiesen dicho pestes. Así entraron en Rachel los problemas de importancia de la vida. Helen no intervenía en sus lecturas y Rachel las saboreaba a su antojo. Cosas y palabras para ella desconocidas se infiltraban en su mente y las manejaba con la inseguridad de las cosas nuevas. Formaba conclusiones que variaban continuamente, según la marcha de la vida cotidiana, pero de todo aquello quedaba en su alma un poco de realidad. A Ibsen seguía una novela que Helen detestaba, pues el propósito del autor era echar la culpa de la caída de una mujer sobre los hombros del verdadero culpable. Conseguía su objeto al ver el interés con que la lectora absorbía su trama. Tiró el libro y siguió observando por la ventana. La mañana muy calurosa y el ejercicio de la lectura, concentrando tanto rato la atención, la cansaban. A su alrededor todo era grande, inmenso, impersonal. Tecleaba sobre el brazo de la butaca sin conciencia de sí misma. Se abismaba pensando en lo extraño de la existencia humana. Ella Rachel, sentada en la mañana... en medio del mundo... ¿Qué era la vida? Sólo una luz acariciando la superficie de las cosas y desapareciendo. Era tan completo su decaimiento quele faltaban ánimos para moverse y permanecía abismada en sus pensamientos, sin conciencia exacta de nada. Oyó un golpe en la puerta y dijo maquinalmente: ¡Entre! La puerta se abrió con lentitud y en el marco apareció una señora alta con algo en la mano que tendía hacia ella.

 ¿Qué digo a esto? -preguntó Helen, mostrando a su sobrina una hoja escrita-. No sé qué contestar, ni quién es ese Terence Hewet.

Rachel, muy sorprendida, leyó el contenido:

«Querida señora Ambrose: Quiero organizar una excursión el próximo viernes, a las once y media, al Monte Rosa. Si hace buen tiempo, la vista desde allí debe ser magnífica. Sería una satisfacción que usted y la señorita Vinrace fuesen de la partida.

»Suyo affmo.

Terence Hewet

Rachel leyó en voz alta la misiva, luego apoyó sus manos en los hombros de Helen. Ésta repetía incesantemente:

-Libros... libros... libros... más libros nuevos... no sé qué ves en ellos.

Rachel releyó la carta, unas palabras destacaban claramente: «Viernes, a las once y media». Los ojos de la muchacha brillaban de excitación.

-Debemos ir -dijo, sorprendiendo a su tía por su decisión.

-Monte Rosa debe ser esa montaña de ahí, ¿no? -preguntó a su sobrina, señalando por la ventana.

Rachel prosiguió sin escucharla.

 Hewet debe ser el joven de quien habló tío Ridley.

-Entonces acepto, ¿eh? -dijo Helen-. Probablemente será un aburrimiento... -y salió para entregar la respuesta al botones.

El plan que empezara en broma iba tomando forma, con gran satisfacción de Hewet, el organizador. Le producía una gran satisfacción ver que todas sus invitaciones eran aceptadas. Esto le enorgullecía doblemente porque Hirst suponía  (p.52) que muchos se negarían a ir alegando no conocerse.

-Claro, no podía ser de otra forma -dijo, después de leer la misiva de la señora Ambrose.

 Está visto que tengo dote de mando. En un periquete he logrado reunir a una serie de personas y entusiasmarlas con la excursión. Soy un verdadero promotor. ¿Te das cuenta? -dijo a Hirst en cuanto lo vio-. No tengo rival para estas cosas, has de reconocerlo mal que te pese.

Se hallaba sentado en el brazo de uno de los sillones. Frente a él Hirst escribía una carta.

-Aún no están vencidos todos los obstáculos -dijo, levantando la cabeza y mirando a Hewet-. Hay dos mujeres a las que, desconoces por completo. Supone que a una de ellas le da vértigo la altura y...

-¡Ah! -le interrumpió Hewet-, es que las mujeres las dejo por tu cuenta; las invité exclusivamente por ti, es lo que necesitas, la compañía de mujeres jóvenes. Tú no te preocupas por ellas y has de tener en cuenta que forman la mitad de la humanidad.

Hirst emitió un gruñido y volvió a su trabajo. Conforme se acercaba con su amigo al lugar de reunión, los ánimos de Hewet iban enfriándose. Un pensamiento le asaltaba.

«¿Para qué diablos habré reunido aquí a esta gente y qué voy a hacer con ella? La gente es como los rebaños y a mí me corresponde hacer de pastor, pero ¿por qué? Eso es lo que quisiera saber.»

Detúvose junto a un riachuelo y con el bastón removió la tierra y el agua formando lodo.

«Formando el Universo de la nada, nuestra vida es de completa incertidumbre, un ciego revolotear en el vacío en busca de un mundo mejor cuya existencia sólo suponemos.»

Dio un salto y atravesó el riachuelo. Un poco más lejos encontraron una granja junto al riachuelo y un grupo de árboles. Aquél era el punto de reunión. Era un llano soleado en el que se iniciaba la subida. Entre los árboles se veían grupos de borriquillos. Una mujer alta acariciaba a uno de los animalitos; otra, arrodillada junto al riachuelo, bebía en la palma de la mano. Al acercarse los dos amigos, Helen los vio y acercóse a saludarles. Presentóse a sí misma y luego hizo lo propio con su  (p.53) sobrina. Rachel acercóse con menos aplomo y tendió la mano, que retiró en seguida, ruborizándose.

-¡Oh, perdón! Las tengo mojadas.

Escasamente habían cruzado los saludos de ritualcuando llegó el primer coche, e inmediatamente otro. Se reunieron todos.

Los Elliot, los Thornbury, el señor Venning y Susan, la señorita Allan, Evelyn Murgatroyd y el señor Perrot. Hirst se prodigaba para reunirlos a todos. Aguantaba a los animales y ofrecía su hombro a las señoras para que subiesen.

-Hewet no se da cuenta de que hemos de llegar a la cima antes del mediodía -decía a Evelyn al ayudarla. Ésta montó con ligereza, iba completamente de blanco y en el ancho sombrero, también blanco, que le sombreaba la cara, llevaba una larga pluma. Parecía una dama galante de la corte de Carlos 1, dirigiendo una caza real.

-Venga conmigo -dijo a Hirst con voz autoritaria.

Hirst la obedeció y tras ellos partió la comitiva.

-No me llame señorita Murgatroyd. Mi nombre es Evelyn, ¿y el suyo?

-John -respondió Hirst.

-Me gusta. ¿Y el de su amigo?

-Verá, sus iniciales son R. S. T. Nosotros le apodamos «Monje» -dijo Hirst.

-¡Qué sutileza! -rió Evelyn, arrancando una rama baja-. ¡Trotemos!

Dio un latigazo al animal y éste avivó el paso. Las restantes cabalgaduras les siguieron, pero al poco rato el camino les obligó a deshacer las parejas. Era estrecho, pedregoso, y la comitiva, con sus llamativos quitasoles, emprendió la ascensión en fila india. Algo más arriba, cuando ya la subida era francamente áspera, Evelyn desmontó y entregó las riendas de su cabalgadura a uno de los nativos. Hirst, a indicación de la muchacha, hizo lo propio, y fueron varios los que siguieron el ejemplo. Después de un rato de incómodas posturas a lomos de los borriquillos, no iba mal un rato de ejercicio.

-Teniendo en cuenta lo que costó subir, no veo la ventaja que pueda reportarme el tener que bajar -dijo la señorita Allan.

-Estos animalitos conocen bien el camino, «n'est-cepas?» -preguntó la señora Elliot, asombrándose de que no le contestaran.

-Flores -dijo Helen deteniéndose a coger algunas de las florecillas silvestres de brillante colorido, que crecían aquí y allá-. Deshaciendo sus pétalos huelen muy bien.

Al decir eso depositó una de ellas en la falda de la señorita Allan.

 -¿No nos hemos visto antes? -dijo ésta, mirándola sorprendida.

-Sin duda, en la confusión de la partida se les ha olvidado presentarnos, pero yo lo doy por hecho -dijo Helen, sonriendo encantadoramente.

-¡Cuánta sensibilidad demuestra usted, señora! ¡Si siempre pudiese ser así! -terció la señora Elliot.

-Y podría serlo -dijo Helen-. Pasan tantas cosas y tan extrañas... ¡quién sabe lo que ocurrirá de aquí a la noche!... -dijo, burlándose finamente de la timidez de la señora Elliot, cuya tranquilidad dependía del desarrollo normal y perfecto de todos los acontecimientos. Lo imprevisto era para la pobre señora algo incomprensible.

Poco a poco fueron subiendo, alejándose del mundo que se veía a sus pies como aplastado y marcado en grandes rectángulos verdes y grisáceos.

-¡Qué pequeño se ve todo! -exclamó Rachel al contemplar la ciudad y los pueblecitos.

El mar que bañaba los acantilados era de un azul suave y la cresta de las olas parecía un caprichoso encaje. En la bahía había varios buques. En la lejanía el color iba volviéndose verdoso hasta que una línea brillante lo juntaba con el cielo. Sólo el canto de algún grillo y el zumbido de las abejas que pasaban volando turbaban la calma del aire limpio y transparente. Descansaron unos momentos.

-Maravillosamente claro -exclamó Hirst, expresando el sentir de todos.

Evelyn, sentada en una roca, lo miraba todo con aire de triunfo.

 -¿Se da usted cuenta de que Garibaldi pudo haber estado aquí? -le dijo a Hirst. Y al hacerlo se imaginaba que ella hubiera podido ser la prometida del caudillo; y que en lugar de una excursión campestre, aquélla fuera una expedición de patriotas. Ella se encontraría entre aquellos hombres terribles, tumbados sobre la hierba, apuntando con sus armas a las blancas torrecillas que tenían delante, taladrando con sus certeras miradas el espesor de la bruma... Pensando en estas cosas, removió los pies y exclamó:

-¿Cree usted que a esto se le puede llamar vida?

 -Pues ¿a qué le llama usted vida, Evelyn?

 -A luchar, pelear... a cualquier cosa menos a esta calma. -Le miró con fijeza-. Ya sé que a usted sólo le interesan los libros.

-Está muy equivocada.

-Pues a ver, explíquese. -Como no había lucha, cañones, ni batallas, Evelyn tenía que encontrar algún modo de distraerse.

 -Lo que más me interesa son las personas -dijo Hirst.

-Pues me extraña; le veía siempre tan serio. Aborrezco obrar con cautela, me gusta conocer con franqueza y que me conozcan, ¿a usted no?

Pero Hirst se había vuelto repentinamente prudente y no parecía dispuesto a enseñar su alma a ninguna joven.

-Mi cabalgadura se está comiendo el sombrero -dijo, echando a correr tras el borrico.

Evelyn se sonrojó y volvióse hacia el señor Perrot para que la ayudara a montar de nuevo.

El sol de mediodía caía a plomo sobre los excursionistas. Conforme iban subiendo aparecía más cielo a su alrededor, hasta que  (p.54) finalmente la montaña semejó una tienda de campaña en un desierto completamente azul. Los nativos bromeaban entre ellos y la comitiva estaba pendiente de sus cabalgaduras y confiada en los guías, pues el camino era cada vez más empinado. El esfuerzo y el calor eran superiores al placer que creían hallar en la ascensión y algún murmullo de descontento oíase de vez en cuando.

 Con tanto calor, estas excursiones no resultan muy acertadas -comentó la señora Elliot.

Pero la señorita Allan, a quien iba dirigida la observación, exclamó sinceramente entusiasmada:

-A mí me encanta llegar a la cima.

A pesar de su corpulencia y las incomodidades de la marcha, su espíritu, vivo y juvenil, anhelaba cualquier momento de esparcimiento y diversión.

-La vista será maravillosa -aseguraba Hewet, animándoles.

Rachel le miró sonriente. La ascensión siguió durante un rato en silencio interrumpido sólo por el paso de las cabalgaduras. De pronto Evelyn, que iba bastante adelantada, descabalgó y lo mismo hizo el señor Perrot, volviéndose hacia ellos con los brazos extendidos como si

fuerá a dirigirse a una multitud. Habían llegado junto a un destruido paredón.

-Yo no hubiera podido seguir ni un minuto más -confesó la señora Elliot a la señora Thornbury...

La emoción de llegar las mantenía silenciosas. Uno tras otro fueron entrando en una pequeña explanada y quedaron extasiados ante aquella maravilla. A su vista el espacio se extendía infinito.

Arenas grisáceas adentrándose en bosques inmensos y montañas bañadas por el aire puro. Por el centro del llano corría una cinta de plata que la distancia dibujaba inmóvil. Aquella inmensidad anonadaba. Se sentían tan pequeños que no se atrevían a hablar. Por último; Evelyn exclamó:

-¡Espléndido! -y oprimió la mano de la persona que tenía más cerca y que casualmente acertó a ser la señorita Allan.

-Norte, Sur, Este y Oeste -dijo ésta, señalando con la cabeza los cuatro puntos.

Hewet miró a sus invitados como justificándose de haberles llevado hasta allí. Observó que las mujeres parecían estatuas desnudas al ceñirles el viento la ropa. En aquel pedestal natural todas las señoras parecían menos familiares y más nobles, como si la altura las divinizase.

En seguida empezaron los preparativos para la comida. Hirst fue de un lado a otro repartiendo paquetes de fiambres y pan. Al entregarle a Helen un paquete, ésta le miró fijamente.

-¿No se acuerda usted de cierto espionaje nocturno? Éste la miró con viveza.

-¡Claro que sí! Ustedes son las dos señoras de la otra noche -dijo, mirando a Helen y Rachel.

-Las luces del hotel nos tentaron -dijo Helen-; estuvimos viéndoles jugar a cartas... sin caer en la cuenta de que también nosotras éramos observadas.

-Parecía una comedia -añadió Rachel.

-Hirst no supo describirlas -dijo Hewet, sin comprender que pudiera verse a Helen y no se hallara forma de describirla.

Hughling Elliot intervino en la conversación.

-No concibo nada peor -dijo, dando tirones al muslo de pollo que tenía en la mano- que ser visto y no darse cuenta de ello. Siempre parece que le han de vera uno en una situación ridícula, corno si uno se mirase la lengua yendo en un coche de punto.

Todos se habían colocado alrededor de los cestos de la comida y la conversación se generalizó sobre la dificultad de conseguir tales coches, cosa que en Oxford se convertía en un imposible.

-¿Qué les pasará a los caballos? -preguntó Susan. Venning limitóse. a contestar:

-¡Salchichón!

-Ya va siendo hora que desaparezcan todos -dijo Hirst-. Además de feos son viciosos.

Susan, que creía que el caballo era el animal más noble, protestó, y Venning lo calificó, en voz baja, de petulante engreído, pero por educación se abstuvo de llevar la contraria y se limitó a contestar:

-Ya nos vengaremos prescindiendo de ellos, cuando podamos ir volando a todos lados.

-¿Vuela usted? -preguntó el señor Thornbury, calándose los lentes para observarle mejor.

-Aspiro a volar algún día -dijo Venning.

Sobre el nuevo tema establecióse una discusión, y la señora Thornbury dio una completa conferencia. Resultaba jocoso verla erguirse para asegurar que tal medio de locomoción sería de gran utilidad para Inglaterra en caso de una nueva guerra.

-Si yo fuera joven me enrolaba en la aviación... ¡Estamos muy atrasados! -suspiró con los ojos iluminados al evocar su propio gesto.

La conversación fue languideciendo hasta que la señorita Allan, que se había sentado de espaldas a la derruida construcción, exclamó, quitándose un bicho del cuello:

-Estoy llenándome de hormigas.

Se originó un pequeño revuelo. Los bichitos descendían por la pared en largas hileras.

-¿Pican? -preguntó Helen.

-Eso no, pero infestarán la comida -y tomaron precauciones para evitar tal contingencia.

Hewet tuvo una idea. Colocaron el mantel extendido en el suelo. Era el territorio que había que defender. A su alrededor formaron una trinchera con cestos, botellas, botes de sal y en cuanto entraba una hormiga se dedicaban a balearla con migas de pan. Esto quitó un poco de rigidez entre los comensales y la reunión fue

haciéndose más cordial, y hasta el señor Perrot, previo el  (p.55) consabido «permítame», se atrevió a coger una hormiga del cuello de Evelyn.

-A mí me haría muy poca gracia que estos animalitos se introdujeran entre la piel y la ropa interior -dijo la señora Elliot.

Una serie de carcajadas acogió la invasión de las hormigas por un lado no atacado todavía. Si el éxito de la excursión se medía por las carcajadas, no se podía negar que éste era completo. Pero Hewet, sin saber por qué, se sentía deprimido y profundamente insatisfecho.

Algo alejado, contempló al grupo recogiendo los utensilios y pensó: «Sí, son amables... atentos, pero vulgares, espantosamente vulgares... ¡qué refinada crueldad usan los unos con los otros! La señora Thornbury, dulce y trivial en su materno egoísmo; la señora Elliot, en perpetuo descontento, y su esposo... ¡Bah! Uno más entre muchos. Susan, sin personalidad alguna; Venning, engreído, crudo y brutal, alardeando de infantil franqueza; Thornbury, un hombre autómata rutinario; Evelyn... bueno, a ésta cuanto menos se la conozca mejor». Ésa era, por lo menos, la opinión formada por Hewet. «Sin embargo, ésta es la gente que tiene dinero y los que manejan las riendas del Poder en el mundo. Si colocamos entre ellos alguien con inteligencia, energía y vitalidad, que ame la vida y la belleza... ¡qué agonía más triste le espera si quiere competir con ellos en lugar de coger un látigo y purificarlos a golpes!» Su revista mental se detuvo en Hirst, que, con el ceño fruncido, como era costumbre en él, pelaba un plátano: «Es más feo que el vicio y parece como si de su fealdad tuviéramos la culpa los demás». Llegó hasta él la risa argentina de He-len, que decía a la señorita Allan: «¿Y con ese calor usa usted combinación?» Helen le gustaba a Hewet una barbaridad y no sólo por su belleza, sino por su sencillez, que la hacía destacarse sobre todos; al contemplarla, su ceño se suavizó. Después su vista recayó sobre Rachel, que, algo distanciada y apoyada sobre un codo, parecía meditar como él. Miraba el grupo con algo de tristeza. Hewet se acercó a ella de rodillas, sosteniendo en la  (p.56) mano un pedazo de pan.

-¿Qué mira, señorita Rachel?

Un poco sobresaltada, pero sin vacilar, contestó: -Los seres humanos.

XI

Fueron formándose grupos; Hugh Elliot y la señora Thornbury, que habían leído los mismos libros y se hallaban interesados por idénticas cuestiones, se daban informes sobre la armada y el ejército, partidos políticos, economía, y estaban de acuerdo en que América era el país del futuro. Evelyn M. les escuchaba atentamente.

-¡Cómo desearía ser un hombre! -exclamó, sobresaltando a los conversadores.

El señor Perrot admitió que un país con un futuro brillante era una posibilidad digna de tenerse en cuenta.

-Si yo estuviera en su lugar -dijo Susan-, formaría un ejército, conquistaría un territorio americano y lo haría fructificar. Para eso necesitaría mujeres y yo podría ser una de ellas. Grandes casas con inmensos vestíbulos y sólo personas que merecieran el nombre de tales... pero a usted le interesan sólo las leyes.

-¿Y no echaría usted de menos los trajes bonitos, las chucherías y todo cuanto hace la felicidad de la gente joven? -preguntó Perrot intentando con su ironía ocultar cierto despecho.

-No soy una niña, y menos una niña tonta -exclamó vivamente Evelyn, mordiéndose el labio-. ¿Se ríe usted de mí porque me gusta lo hermoso y lo monumental? ¿Por qué no serán los hombres de hoy como Garibaldi?

-Escuche, Evelyn -dijo Perrot, conciliador.

-¿Quiere usted empezar de nuevo? Bueno, pero le advierto que lo comprendo perfectamente. Todos los territorios están ya conquistados, ¿no? No me he referido a una porción de tierra en concreto -especificó Evelyn-. Es una idea, ¿comprende? Vivimos generalmente una vida tan sosa y monótona... y ustedes, por ejemplo, llevan tanto bueno en su interior...

Hewet, que les observaba, vio el temor y la pena reflejados en el rostro de Perrot. Probablemente, en aquel momento estaba calculando si con el sueldo de 500 libras al año podía acercarse a una mujer con propósitos matrimoniales. No poseía más capital que su carrera y debía sostener a una hermana inválida. Además, Perrot tenía perfecta conciencia de que no pertenecía al grupo de sus amigos. Su origen había sido humilde. Era hijo de un tendero de Seedsy. De pequeño había llevado enormes cestos sobre su cabeza, y aunque ahora era un verdadero «señor», un observador cuidadoso hubiera notado en él cierto temor de que se pusiese de manifiesto su origen modesto. Su persona resplandecía siempre de impecable limpieza. Cierta timidez en sus modales era recuerdo de los días de estrecheces y sufrimientos.

Los grupos tomaban distintas posiciones para admirar el paisaje maravilloso. El calor había levantado una neblina sobre la ciudad que impedía distinguir desde aquella altura los tejados de las viviendas. En la cima de la montaña el calor apretaba, a pesar de soplar un ligero vientecillo. El inmenso espacio que les rodeaba, la buena comida y otras causas no bien definidas, producían un feliz estado de somnolencia que les mantenía silenciosos y satisfechos.

-¿Quiere que vayamos a contemplar el paisaje desde allí? -propuso Arthur a Susan, y la pareja se alejó en dirección contraria al resto del grupo.

-¿No le parece un poco extraña la reunión? -preguntó Arthur-. Creí que no llegaríamos hasta aquí y no me lo hubiera perdonado nunca... ¡Perderme este espectáculo!

-No me gusta el señor Hirst -dijo Susan, como si expresase un pensamiento íntimo-. No dudo que sea un gran talento... pero si todos los hombres de talento son como él... Tratándole a fondo, será, probablemente, agradable -prosiguió como queriendo desvirtuar la crudeza de su primera opinión.

-Es un intelectual -dijo Arthur, displicente-; tendría que oír sus conversaciones con Elliot, a mí me resultan incomprensibles, claro que tampoco fui nunca una lumbrera para los estudios.

Entre frases cortadas y pausas largas, llegaron al final de otra pequeña cuestecita sombreada por varios árboles.

-¿Nos sentamos? -propuso Arthur, después de girar la vista en derredor-. A la sombra se está muy a gusto y la vista es magnífica.

Se sentaron y estuvieron durante un rato contemplando el paisaje en silencio.

-A veces envidio a los intelectuales -dijo Arthur-; ellos, por lo menos... -dejó la frase sin terminar.

-No veo qué puede envidiarles -comentó Susan.

-Verá, a veces las cosas, porque sí, salen todas bien y entonces nos parece que todo lo sabemos y podemos. Pero, de pronto, comprendemos que no sabemos absolutamente nada de nada. Se encuentra uno súbitamente aturdido y todo es completamente distinto de como lo había visto hasta entonces. Hoy es uno de esos días, lo he notado mientras marchaba detrás de usted durante la ascensión. Usted ha causado un trastorno en mi existencia habitual -dijo atropelladamente-, y eso se inició en el momento de conocerla porque... porque te amo, Susan.

Antes de que Arthur llegara a pronunciar estas palabras, Susan se sintió invadida por una íntima emoción que le cortaba el aliento y parecía poner los más íntimos sentimientos de su ser al descubierto. Era una sensación grata y dolorosa al  (p.57) propio tiempo. El corazón le latía con violencia y no sabía qué decir. Estaba con las manos entrelazadas y miraba ante ella sin ver.

Así, pues, era cierto. Acababa de recibir una proposición matrimonial... Arthur la miraba y en su rostro había una mueca extraña. Susan seguía sin poder articular palabra.

-Podías figurártelo -dijo al tiempo que la estrechaba entre sus brazos, murmurando frases de cariño. Arthur se reclinó sobre el césped.

-Éste es el día más maravilloso de mi vida. -Sus ojos estaban entornados, parecía querer retener aquel sueño y transformarlo en realidad.

Hubo un largo silencio.

-Es lo más maravilloso que existe -dijo Susan con un susurro.

Se refería al hecho de que la declaración había partido de Arthur, el hombre de quien estaba enamorada.

Manteniendo la mano de él entrelazada con las suyas, suplicaba a Dios que le dispensase la gracia de ser una esposa modelo.

-¿Y qué dirá el señor Perrot? -dijo, mirando a Arthur.

Éste, que se encontraba completamente feliz, se limitó a decir:

-¡Pobre hombre! Hemos de ser buenos con él, Susan -y le contó lo dura que había sido la vida con Perrot y el afecto que le demostraba. Después le habló de su madre, una señora viuda de carácter violento.

Susan habló también de su familia, especialmente de Edith, su hermana menor, que era a quien más quería... después de Arthur.

-¿Qué fue lo que te atrajo de mí en primer lugar? -preguntó de pronto.

-Una tontería... -dijo Arthur, después de pensar unos instantes-. La hebilla del cinturón que llevabas la primera vez que te vi a bordo... y que durante la comida no probaste los guisantes. A mí tampoco me gustan.

La conversación se extendió a los respectivos gustos, mostrando Susan una extraña facilidad para adivinar los de Arthur. Luego siguieron los proyectos. Vivirían en Londres, quizás en el campo, en una casita cercana a la de la familia de Susan. La inteligencia de la muchacha, después de la primera impresión, voló hacia los cambios que la vida le prometía. Entrar en el mundo como una mujer casada y no tener que buscar la compañía de grupos de gente joven para huir de la soledad de su soltería. Su amor hacia Arthur se desbordaba en todos sus gestos y miradas. Volvieron a abrazarse, sin ver que dos personas se acercaban a los árboles que les daban sombra.

-Aquí hay sombra -exclamó Hewet.

Rachel se detuvo como paralizada, en tanto que Su-san y Arthur se separaron, sonrojados. La expresión del rostro de la muchacha, a pesar del sonrojo, parecía reflejar solamente una gran felicidad. Los recién llegados se separaron sin pronunciar una palabra. Hewet se sentía intimidado.

-No me ha gustado -dijo Rachel al cabo de unos momentos.

-Ni a mí tampoco -contestó Hewet. Y siguió en un tono algo más indiferente-. Parece que la cosa va en serio. Seguramente habrán entrado en relaciones.

-¿Cree usted que continuarán? ¿Podrá él volar... o se lo impedirá ella? -preguntó Rachel, inquieta. La escena no se apartaba de su imaginación, y prosiguió-: Es una cosa extraña el amor, ¿no le parece?

-Y por lo que se ve, muy importante -asintió Hewet-. Sus vidas cambian para siempre desde este momento.

-Los compadezco -continuó Rachel, siguiendo sus pensamientos-. No representan nada para mí, pero, no sé, el verlo me da ganas de llorar. Es tonto, ¿no?

-Están enamorados, es cierto, y eso siempre me produce emoción- asintió Hewet.

Al llegar a un recodo del senderito vieron un lugar donde poder reposar a gusto y se sentaron. Las novedades distinguen a los días unos de otros, y aquél les resultaba distinto porque acababan de presenciar un cambio de rumbo en la vida de dos semejantes.

-¿No se imagina usted ese enorme terreno lleno de tiendas de campaña? -dijo Hewet, mirando ante sí, -Semeja una acuarela.

Sus ojos se entrecerraban para contemplar mejor la visión, absorta por la magnificencia del panorama que se alzaba ante ellos.

Cuando llegaron a dolerle. los ojos de tanto mirar la lejanía, cuya amplitud forzaba su vista más allá de sus límites, se puso a contemplar el suelo a su alrededor. Le resultaba agradable examinar detenidamente estas pulgadas de la tierra de América del Sur, hacerlo con tanta minuciosidad como si quisiera conocer cada una de sus piedrecillas, convirtiéndolas en un pequeño mundo sobre el que le correspondería a ella el supremo poder. Cogió una hoja de hierba y puso un pequeño insecto encima, maravillándose de la extraña aventura que para éste debía suponer y de que hubiera sido elegida aquella hoja, precisamente, entre los millones que poblaban el campo.

-No conozco su nombre de pila, señorita Vinrace -dijo súbitamente Hewet.

-Rachel -contestó ésta.

-Rachel... Tengo una tía que se llama así, puso en verso la vida del padre Damián. Es una fanática religiosa. La criaron en North-Amptonshire, sin ver nunca a nadie... ¿Tiene usted tías?

-Vivo con ellas.

-¿Qué deben hacer ahora? -preguntó Hewet.

-Comprando lana, seguramente -dijo Rachel, pensativa-. Son chiquitas y pálidas, pero muy limpias. Vivimos en Richmond y tenemos un perro tan viejo que sólo come la carne y deja los huesos. Van siempre a la iglesia, arreglan sus cosas... -al llegar  (p.58) aquí lanzó un suspiro y dijo para sí misma-: ¡Parece imposible que todo siga igual!

Dos sombras largas se dibujaron ante ellos. -Están cómodos, ¿eh? -preguntó Helen.

-¿Hay sitio para nosotros? -solicitó Hirst. Una vez colocados, preguntó-: ¿Han felicitado a la pareja? -Ellos habían presenciado también la misma escena.

-No -respondió Hewet-, parecían muy felices.

Hirst frunció los labios.

-¡Bueno! Mientras no sea yo el novio...

 -A nosotros nos conmovió -dijo Hewet.

-¡Qué raro! -dijo Hirst, dirigiéndose a Helen-. Le advierto que hay muy pocas cosas que logren conmoverle.

A Rachel le molestaba aquel tono burlón, pero no encontraba frases para contestarle.

-A él sí que no le conmueve nada -rió Hewet-.. Tendría que ser algo así como una utopía juntándose a una realidad...

-Todo lo contrario -protestó Hirst, ofendido-: Me considero un hombre de pasiones fuertes. -Su forma de hablar era seria y parecía dirigirse a las dos señoras.

 -¡Oh, Hirst! Temo confesarte algo doloroso. Tu libro. Los versos de tu Wordsworth que cogí de tu mesa al venir y los puse en un bolsillo...

-Se han perdido -terminó Hirst.

-Aunque quizás no llegué a cogerlos.

-No -dijo Hirst-, los tengo yo.

-Menos mal, así no tendré remordimientos. -Parece como si perdiera siempre las cosas -dijo Helen.

-No es eso, precisamente, señora Ambrose... es que se me extravían. Por eso Hirst se negó a compartir conmigo el camarote cuando veníamos.

-Propongo que cada uno de nosotros haga una sinopsis de su vida -propuso Hirst-. ¿Quiere usted empezar, señorita Vinrace?

Rachel dijo que tenía 24 años, que era hija de un armador de barcos y que su educación había estado poco vigilada. Tocaba el piano, no tenía hermanos y vivía con dos tías en Richmond, desde la muerte de su madre.

-¡Segundo! -dijo Hirst, señalando a Hewet.

-Soy hijo de un caballero inglés y tengo 27 años., Mi padre fue muy amante de la caza del zorro... y en ella dejó su vida. Murió al cumplir yo los diez años. Recuerdo que le trajeron a casa en el preciso instante en que yo bajaba la escalera dispuesto a darme un  (p.59) atracón de mermelada.

 -Sintetiza, Hewet, sintetiza -intervino Hirst.

-Me eduqué en Winchester y Cambridge, pero interrumpí los estudios por motivos que no hacen al caso. He hecho muchas cosas, pero no me he dedicado a ninguna profesión determinada. ¿Gustos? Literarios. Estoy escribiendo una novela. Tengo madre y tres hermanas.

-Bien, señora Ambrose, cuando usted quiera.

Helen empezó diciendo que con sus 40 años a cuestas resultaba una vieja entre ellos. Su padre fue procurador en la City y se arruinó. Esto motivó que su educación no fuera todo lo esmerada que ella hubiera deseado; suerte que uno de sus hermanos le proporcionaba lecturas. No quiso extenderse en explicaciones, por no hacer su relato interminable. Casó a los 30 años con un literato y tenía dos hijos, niño y niña.

 -Ahora le corresponde a usted -dijo, dirigiéndose a H irst.

-¡Ha recortado usted mucho! -le reprobó éste-. Me llamo Saint Joan Alarie Hirst -empezó con estudiada tonadilla-. Tengo 24 años y soy hijo del reverendo Sidney Hirst. Vivía en Grat Wappyng, en Norfolk. Ahora estudio en King's. Mis padres, a Dios gracias, viven todavía y tengo además dos hermanos y una hermana. ¡Ah! y además soy joven y distinguido -terminó en broma.

-Sí, uno de los tres o cuatro más listos de la Gran Bretaña -comentó Hewet.

-Muy interesante, pero las cuestiones de interés han estado ausentes -dijo Helen-. Por ejemplo: ¿Somos cristianos? ¡Yo no lo soy!

-¡Ni yo! -contestaron a coro Hewet e Hirst. -Yo sí lo soy -dijo firmemente Rachel.

-¿Cree usted en Dios? -preguntó Hirst, mirándola fijamente.

-Sí creo... creo -tartamudeó Rachel-. Creo en las muchas cosas que no comprendemos, en un solo instante pueden ocurrir imprevistos que cambian el rumbo de una vida.

Helen se echó a reír, pero un ligero malestar les daba conciencia de lo poco que sabían y lo mucho que ignoraban.

-Éstas son las cuestiones que interesan -dijo Hewet-. Lo malo es que pocas veces se ponen sobre el tapete.

Rachel, que difícilmente se avenía a hablar de aquellos temas, insistió esta vez en que sabía perfectamente lo que quería decir.

-¿Han estado alguna vez enamorados?

De nuevo volvió a reír su tía, creyéndola muy tonta o algo atrevidilla.

-¡Rachel, haces como esos perritos que sacan las ropas interiores y las exponen al público!

Un nuevo grupo de sombras se interpuso ante ellos. -¡Aquí están! -dijo la señora Elliot con tono de malhumor-. Hace rato que les buscamos.

La señora Thornbury señalaba burlonamente su reloj. Hewet recordó que sobre él recaía la responsabilidad de la caravana y se dispuso a congregarlos para tomar el té antes del regreso.

Cuando llegaron al lugar de los cestos vieron a Evelyn y Perrot sujetando las piedras del derruído pabellón. El sol caía a plomo, sin producir sombra y poniendo las manos y los rostros de los excursionistas de distintos tonos de rojo.

-No hay nada comparable a una taza de té -dijo la señora Thornbury, tomando una taza.

-Nada, es verdad -asintió Helen.

Al cabo de un momento apareció Susan y casi instantáneamente y por distinto lugar, Venning. Estaba tan contento que parecía dispuesto a gastarles bromas a todos.

-¿Por qué le han puesto eso a la tumba? -preguntó, señalando la bufanda roja que ondeaba al viento.

-Para que olvide que hace 3.000 años que murió -dijo Perrot.

-Debe ser tremendo estar muerto -dijo Evelyn, estremeciéndose.

-¿Por qué? Yo no lo creo -respondió Hewet-. Es muy fácil imaginárselo, al acostarse pone las manos así -y unía la acción a la palabra-, respire lentamente, sin esfuerzo -se había tendido con las manos cruzadas sobre el pecho-, y vaya repitiendo: Nunca me , moveré ya, nunca... nunca...

Su cuerpo estaba tan completamente inmóvil que la señora Thornbury gritó:

-¡Señor Hewet, eso es horrible!

-Resucite y coma bizcocho, créame -aconsejó Arthur. Hewet, ante tales palabras, se enderezó inmediatamente.

-Les garantizo que no tiene nada de horrible -dijo, agarrando el bizcocho-. Las madres deberían obligar a sus hijos a hacer ese ejercicio todas las noches... y no es que yo mire con gusto a la muerte...

-Y a todo eso ¿con qué autoridad se ha dicho que había allí una tumba? -interrumpió la señora Thornbury-. Los montones en círculo que se encuentran en nuestros antiguos campos ingleses, también se dice que son túmulos, pero, veamos. ¿Dónde guardaban los antiguos el ganado? En aquellos tiempos los rebaños eran el capítulo corriente de todo hombre, fuese o no comerciante.

Como Hugh Elliot, que era quien rebatía sus argumentos estaba ausente, nadie le refutó sus puntos de vista. Hugh apareció súbitamente con un gran pañuelo de algodón de vivos colores, mostrándolo con satisfacción y orgullo.

-¡Una ganga! -dijo muy ufano y extendiéndolo para que todos lo vieran-. Acabo de comprárselo a ese hombre alto de los pendientes. ¿Qué te parece para la señora Raymond Parry, Hilda?

-¡La señora Raymond Parry!

Esta exclamación fue lanzada a la vez por Helen y la señora Thornbury y seguidamente se miraron como si se vieran por primera vez.

-¿Han ido ustedes a sus agradables reuniones? -preguntó la  (p.60) señora Elliot.

Por un momento pareció que aquella cima se había transformado en el salón de la señora Parry. Conocían a las diversas señoras que frecuentaban la casa y esto venía a ser como un lazo de unión que hiciera su naciente amistad más cordial y efusiva. No había tiempo para seguir celebrando aquella coincidencia. Los borricos y los guías estaban dispuestos a reanudar la marcha por temor a que obscureciese antes de llegar al hotel.

La vuelta se inició alegremente. Se cambiaban frases, reían y comentaban los incidentes del día con el mejor humor. Conforme los guías les habían avisado, la noche se echaba rápidamente encima.

El trote de las caballerías retumbaba en los huecos de las montañas. Fueron quedándose silenciosos como si el misterio de la noche cortara a flor de labio las bromas y risas. El camino, cuesta abajo, resultó más corto que a la ida y no tardaron en ver las luces de la ciudad.

Una exclamación salió de todas las gargantas. Una lluvia de fuego habíase alzado en el espacio y volvía a caer convertida en miles de coloreadas chispas.

-¡Un castillo de fuegos artificiales!

La elevación de los fuegos les recordaba la marcha ascendente del Amor que se remonta sobre todos los sentimientos humanos.

Susan y Arthur hicieron la vuelta sin hablar, absorto cada uno en sus sueños. Los cohetes cesaron y la obscuridad se hizo más intensa.

Llegaron al punto de partida, donde les esperaban los coches y separáronse con prisas, deseosos de descanso. Como era tarde, a la llegada al hotel no hubo sobremesa y fueron retirándose a sus habitaciones. Hirst fue al encuentro de Hewet, a quien encontró quitándose el cuello de la camisa.

-Supongo que estarás satisfecho, todo ha salido a pedir de boca, ahora que, ten cuidado, no te... (un bostezo intenso) ate esa jovencita... no me hacen gracia las mujeres jóvenes.

Hewet se hallaba tan cansado que ni siquiera contestó. Pocos momentos después dormían todos menos Susan. A ésta le era imposible conciliar el sueño. Se oprimía con las manos el corazón, que parecía haberle aumentado de tamaño, haberse convertido en un sol que irradiaba calor y felicidad, que iluminaba cuanto había a su alrededor. «Soy feliz -repetía--, inmensamente feliz... quiero a todos... ¡Qué feliz soy!...»

XII

Cuando los familiares de Susan aprobaron su noviazgo y éste se hizo oficial, todos convinieron en que el acontecimiento era digno de ser celebrado. Excursión habían celebrado ya una. Lo más indicado parecía ser un baile. Además, con un baile se amenizaría una de aquellas veladas, monótonas, a pesar del «bridge». El proyecto tuvo buena acogida. Evelyn dio unos pasos por el salón y proclamó que el piso era excelente. El señor Rodríguez les informó sobre los músicos. Había un español que tocaba el violín, acompañado al piano por su hija, una muchacha de grandes ojos negros. Tocaban en todas las bodas y podían amenizar la noche. Los que no quisieran bailar, podían ir a otra sala o al billar. Hewet se hizo cargo de reunir a los concurrentes para la fiesta, sin hacer caso alguno de las continuas advertencias de Hirst. Como su opinión no se tomaba en cuenta, se retiró junto a un grupo de solitarios caballeros y la señora dudosa. Se convino en que la fiesta se celebraría el viernes, una semana después de hacerse públicas las relaciones. Así lo declaró Hewet, muy satisfecho.

-¡Vendrán todos! -dijo Hirst-. ¡Señor Pepper, permítame! -gritó al verle pasar con su eterno libro bajo el brazo-. Contamos con usted para abrir el baile.

-Por supuesto que no se podrá dormir...

-A usted le corresponde el primer baile con la señorita Allan -dijo Hewet, consultando su carnet.

Pepper se disponía a largarle un discurso sobre los orígenes del baile, cuando un camarero le indicó que se sentase a su mesa, pues allí estorbaba.

El comedor ofrecía un aspecto fantástico. Las damas lucían trajes de noche, que hasta aquel día no habían aparecido. En las cabezas femeninas, toda una serie de peinados y postizos, moños, pelo ahuecado, rodetes inverosímiles... algunos cómicos y risibles.

La comida fue breve y hasta los camareros parecían contagiados por la alegría de la fiesta. Antes de empezar ésta, la «comisión de fiestas» giró una visita de inspección. Los muebles del vestíbulo habían sido retirados y éste brillaba bajo un derroche de iluminación, luciendo en todo su esplendor la abundancia de macetas y flores.

-Parece un cielo estrellado en una noche serena -susurró Hewet, recorriendo con la vista el amplio salón, antes de que entraran los invitados.

-Y con un piso perfecto -corroboró Susan, danzando a sus anchas.

Hewet fijóse en que habían corrido las cortinas ante las ventanas y preguntó el porqué, pues la noche era espléndida.

-Sí -dijo la señorita Allan-, pero adornan y son acogedoras -y miraba satisfecha los grandes cortinajes granates-. Podrían abrirse las ventanas, aunque las cortinas estén corridas -propuso-, así se evitarían corrientes de aire a las personas mayores.

Los músicos iniciaron un vals. Todos se agolparon a las puertas, indecisos. A poco fueron atreviéndose y saliendo parejas a la pista. El hielo estaba roto. Fue como si una ola inundara el salón. A un baile seguía otro. Los bailarines  (p.61) se separaban, reposaban y volvían a bailar de nuevo. Junto a las paredes se formaban grupos de personas mayores. Cuando los músicos descansaban, la juventud salía a la terraza para airearse y dar un par de vueltecitas. Se había repetido esto ya varias veces, cuando Hirst, que se apoyaba en una ventana, percibió a He-len y Rachel en una de las puertas. Había tanta gente que sólo pudo ver un hombro de Helen y la frente de la muchacha. Al verle llegar, le recibieron alegremente.

-Estarnos sufriendo la tortura de los condenados -dijo Helen.

-Sí, una cosa así es la idea que tengo formada del infierno -asintió Rachel. Estaba aturdida, pero sus ojos brillaban. Hewet y la señora Allan, que bailaban con dificultad, se acercaron para saludarlas.

-¡Qué agradable es verlas! -dijo Hewet-. Y el señor Ambrose ¿no ha venido?

Él está siempre con lo suyo y que no le distraigan. ¿Puede bailar una mujer con 40 años? No puedo seguir quieta ni un momento más.

Hewet y Helen salieron a la pista a bailar.

-Habrá que imitarles -dijo Hirst a Rachel, tomándola decidido por el brazo.

Rachel, sin ser experta en la danza, poseía un sentido del ritmo que le permitía seguir a su pareja sin tropiezos. Hirst no sabía música ni tenía la menor noción del ritmo, conocía los pasos de la danza y los aplicaba sin más complicaciones. Unos cuantos pasos les convencieron de la inutilidad de sus esfuerzos. No disfrutaban ellos y entorpecían a los demás.

-¿Lo dejamos? -propuso, algo amoscado, Hirst.

A trompicones lograron salir de la pista y situarse en uno de los rincones del salón. Bullían los colores vivos y claros, mezclados con los obscuros de la etiqueta masculina.

-Bonito espectáculo -comentó Hirst-. ¿Baila mucho en Londres?

A pesar de su aparente tranquilidad, ambos estaban nerviosos.

-Poco, casi nunca -contestó Rachel-. En casa sólo se celebra baile una vez al año, para la Pascua. Este piso es bastante bueno.

Hirst no contestó y siguió mirando a las parejas que danzaban ante ellos. Hubo una pausa que a Rachel le pareció interminable, y para  (p.62) cortarla dijo una simpleza sobre la belleza de la noche. Hirst, sin poner atención a sus palabras, le preguntó secamente:

-¿Qué quería decir el otro día con aquello de que era cristiana y que su educación era deficiente?

-Era la verdad -contestó Rachel-. También sé tocar el piano... y eso probablemente mejor que cuantos hay en el salón. Según su amigo, usted es uno de los jóvenes más inteligentes de Inglaterra.

-Sí, uno de los tres más inteligentes -corrigió él. Helen, al pasar bailando ante ellos, depositó un abanico en la falda de Rachel.

-Es muy hermosa -exclamó Hirst.

Volvieron a quedar en silencio. Rachel pensaba si a ella la encontraría también bonita. Él no sabía de qué hablar con aquella muchacha ignorante en todos los aspectos de la vida. Le bullía en la cabeza la frase burlona de Hewet, cuando dijo que él no sabía alternar con mujeres jóvenes. La miró de reojo y la vio pura e infantil, pero lejana, remotamente lejana. Dio un suspiro y volvió a intentar.

-¿Ha leído a Shakespeare?

-No, he leído pocos clásicos- contestó Rachel.

La irritaban sus maneras rebuscadas y la forma un tanto amanerada, de acuerdo con su fama de sabio. Se sentía empequeñecida.

-¿Es posible que haya llegado a los 24 años sin leer a Gibbon?

-Ya ve usted que he llegado -dijo ella, irritada.

-«Oh, mon dieu! Mon dieu!» -exclamó-. Tiene que empezar mañana sin falta. -La miró como analizándola-. ¿Quisiera saber si se puede hablar con usted como con el resto de los mortales de su sexo? Parece usted una criatura grande.

Rachel le miró, pero sin decir palabra.

-Gibbon será la prueba; veremos si sabe usted comprenderlo. ¡Cuesta tanto conocer si una mujer adolece de falta de preparación o de capacidad! Creo que usted no lo comprenderá, se ha dedicado probablemente al «dolce far niente».

La música volvía a empezar, y Hirst se dedicó a pasear la vista por el salón, buscando a Helen. Se daba cuenta de que, a pesar de sus esfuerzos, la cosa no marchaba bien.

-Me encantaría prestarle algunos libros -dijo, abrochándose los guantes y levantándose-. Ahora la dejo, ya volveremos a vernos.

Levantóse y se alejó. Rachel paseó la vista a su alrededor, como una criatura rodeada de personas desconocidas. Estaba sofocada e irritada. Empujó una de las puertas y salió a la terraza. Tenía los ojos llenos de lágrimas de coraje e indignación.

-¡Maldita sea! -dijo, usando una de las frases predilectas de Helen-. ¡Maldito insolente!

Estaba en la terraza, bañada en la luz que salía a raudales por las ventanas del salón. Las sombras macizas de los árboles se elevaban ante ella. A sus oídos llegaba claramente el sonido de la música. «¿No me compensarán estos árboles la groseria de Hirst?», díjose en voz alta. Se imaginaba ser una princesa persa huida de la civilización. A caballo sobre las montañas haría que sus damas cantasen para ella, lejos de la vista de seres humanos. Una sombra alta se interpuso ante ella. Una puntita roja rompía la negrura de su silueta.

-¿Es usted, señorita Vinrace? -preguntó Hewet, intentando ver su rostro en la contraluz-. ¿Ha terminado de bailar con Hirst?

-Me ha puesto furiosa -dijo Rachel con vehemencia-, nadie tiene derecho a ser un insolente.

-¿Insolente? -repitió Hewet, retirándose el cigarrillo de la boca, sorprendido-. ¿Hirst insolente?

 -Sí -repitió-. ¡Insolente!

Exactamente no sabía el motivo de su furia contra Hirst. Con un esfuerzo se rehizo.

-Bueno, ¡a lo mejor es que yo soy algo tonta! -e hizo ademán de volver al salón.

Hewet la retuvo.

-Por favor, explíquese -rogó-. Estoy seguro de que Hirst no quiso ofenderla.

A Rachel le costaba hacerse entender. Las palabras de «dolce far niente» le martilleaban el cerebro y la cohibían. La superioridad intelectual de Hirst resultaba una agria experiencia. Paseaba por la terraza con Hewet y prosiguió con amargura:

-Las gentes que no se comprenden, deberían vivir separadas; de lo contrario, sale a relucir todo lo que tenemos de malo.

A Hewet le habían aburrido siempre las conversaciones sobre la incompatibilidad de los sexos. Le sonaban a falso. Como conocía a Hirst, comprendió en seguida lo sucedido. Interiormente se divirtió, pero procuró borrar la mala impresión recibida por la muchacha.

-Ahora le aborrecerá usted y esto no está bien. Hirst es un buen muchacho, pero incapaz de modificar sus puntos de vista, por muy equivocados que éstos sean, y lo son- le vino un acceso de risa que no pudo contener.

Rachel le miró extrañada, y viendo lo ridículo de su enfado, se unió de buena gana a las carcajadas del muchacho.

 -Cuando vuelva a verle le diré: Es usted tan feo, físicamente, como repulsivo intelectualmente, señor Hirst.

 -Así, así -rió Hewet-; ése es el modo de tratarle.

Tiene usted que disculparle y compadecerle. Vive en un mundo imaginario, como si contemplase la vida por medio de un espejo. Su mundo está elegantemente amueblado y tapizado con lujo y mucho colorido. Ahí se pasa horas y horas hablando de filosofía, de religión, de su hígado, de su corazón y del de sus amigos. ¿Cree que un ser así ha de hallarse en su ambiente en un baile? El lugar con que sueña es más íntimo, más recogido. Para mi gusto, demasiado lúgubre, pero respeto sus  (p.63) gustos. Lo toma todo con una seriedad extrema.

Rachel, ante la descripción de Hewet, sintióse interesada, olvidó sus resentimientos y sintió cierto respeto por Hirst.

-¿Es tan inteligente como usted dijo?

-Más, sabe mucho más de lo que a primera vista parece.

Al pasar junto a una de las ventanas vieron a Pepper escribiendo en una mesita.

-Ahí está el señor Pepper escribiéndole a su tía -dijo Hewet-. Por lo visto, debe ser una persona muy extraña, a sus 85 años han de sacarla a pasear al New Forest... ¡Señor Pepper! -llamó dando unos golpecitos en los cristales.

-Probablemente lo estará esperando la señorita Allan. Al volver a pasar ante las ventanas del salón de baile, el ritmo de la música era irresistible.

-¿Qué, nos lanzamos? -preguntó Hewet.

Se dejaron llevar por el compás de la música. El hielo entre ambos se había fundido. Era medianoche y el baile estaba en todo su apogeo. El jardín aparecía animado por parejas que reposaban en el aire embalsamado de la noche. Las señoras Elliot y Thornbury se hallaban sentadas bajo una palmera, custodiando abanicos, broches y pañuelos de distintas jovencitas. De vez en cuando cambiaban un ligero comentario.

-¡Qué feliz es la señorita Warrington! -dijo una de ellas con un suspiro-. Él tiene mucha personalidad.

-Eso es lo más necesario -aprobó la señora Elliot, y añadió al ver pasar a Hirst del brazo de la señorita Allan-: Ese joven _es muy inteligente.

-Sí, pero no parece fuerte -opuso su compañera-. ¿Quiere que se la guarde? -dijo al ver pasar a Rachel mirando una cinta de su traje, que se desprendía.

-¿Se distraen ustedes? -preguntó Hewet, que acompañaba a la muchacha.

 -Esto trae otros recuerdos -suspiró la señora Thornbury-. Tengo cinco hijas y a todas les encanta bailar. A usted también le gusta, ¿verdad, señorita Vinrace? -y sonrió a Rachel con ternura maternal-. A su edad me ocurría a mí lo mismo. Siempre rogaba a mamá que esperase otro baile más...

-Parece que tienen bastante que contarse -dijo la señora Elliot, viendo alejarse a la pareja-. ¿Recuerda usted la excursión? Él fue el único que logró sacarle alguna palabra.

-Su padre es un hombre muy interesante -dijo la señora Thornbury-. Posee una de las empresas navieras más fuertes en Hull. Ya recordará usted su magnífica réplica a Mr. Asquith cuando las últimas elecciones. Es una gran cosa encontrar un hombre de su experiencia entre los más decididos proteccionistas.

A la señora Thornbury le hubiera satisfecho más hablar de política que de los asistentes a la fiesta, pero la señora Elliot contestaba a todo aquello como si le hablasen de la luna. Lo único que se le ocurrió decir, referente a política, fue:

 -Me escribe mi cuñada que en Londres hay una verdadera invasión de ratas y que el Ayuntamiento toma el asunto con una calma incomprensible. Claro, no me extraña que a ella le parezca calmosa la actitud oficial, porque mi cuñada es un nervio. Un verdadero nervio y tiene una naturaleza de hierro -al decir esto recordó su falta de fuerzas y se calló, suspirando.

 -¡Qué cara más expresiva! -dijo la señora Thornbury al observar el mohín de Evelyn, que no podía sujetarse una flor sobre el busto.

Evelyn, comprendiendo la inutilidad de sus esfuerzos, optó por colocar la flor en la solapa de su acompañante. Era éste un muchacho alto, de aspecto melancólico, que recibió la flor con agradecimiento.

 -Se cansa la vista -dijo la señora Elliot, que seguía las evoluciones de las parejas.

Saliendo de entre la multitud, Helen se acercó a ellas, sentándose a su lado, al tiempo que preguntaba sonriente y agitada:

-¿Puedo sentarme? Gracias. Debería avergonzarme de tanto bailoteo, a mi edad.

Rió, y su belleza, excitada y arrebolada, resplandecía como nunca, atrayendo la simpatía de las dos señoras.

-Me estoy divirtiendo enormemente -dijo entrecortadamente-. ¿No es hermoso tanto movimiento?

-Nada hay comparable al baile, cuando se sabe bailar bien -dijo sonriente la señora Thornbury.

-Yo bailaría eternamente, por el mero placer de la danza; hay que dejarse llevar con soltura, abandonarse en los brazos de la pareja para bailar y no hacer falsos melindres.

-¿Ha visto usted esos «ballets» rusos? -empezó la señora Elliot.

Pero ya Helen había visto acercarse a su pareja y se levantó como un hada salida de un cuento maravilloso. Las dos damas la siguieron mientras danzaba, sin poder por menos que admirarla, a pesar de encontrar algo absurdo que a su edad la hiciera disfrutar todavía la danza.

En cuanto terminó aquel baile, Hirst, que acechaba la oportunidad, se acercó a Helen.

-¿Me permite que hablemos un poco? -rogó-. Me siento incapaz de bailar -y la llevó a un ángulo aislado donde había dos butaquitas.

Estuvieron callados hasta que Helen hubo reposado algo de la agitación del baile. Ante ellos pasó una pareja. Él era alto y grueso. Apoyada en su brazo iba una señora ridículamente ataviada y muy empolvada, a la que costaba grandes esfuerzos poder andar dentro de su ajustada funda. Ambos rieron a la par.

-¿Qué deben pensar esos pobres seres? ¿Qué deben sentir? A mí me asquean, ¿no le sucede a usted también? -preguntó Hirst.

-Yo me propongo siempre no concurrir a  (p.64) esta clase de fiestas, pero sin embargo rompo siempre mi juramento -dijo Helen.

Se reclinó, riendo, sobre el respaldo de su butaca, al propio tiempo que observaba a Hirst. Éste estaba francamente contrariado y bastante excitado.

-De todos modos -resumió con engreimiento-, hay que conformarse con que no pasen de cinco las personas con las que se puede hablar.

El reposo y la tranquilidad habituales volvían a brillar en el rostro de Helen.

-¿Cinco personas solamente? -dijo-- Yo hubiera dicho que había más.

-Ha tenido usted mucha suerte... o quizás haya tenido poca. ¡Quién sabe! -dijo Hirst-. ¿Cree usted que soy difícil de comprender? -preguntó bruscamente.

 -Lo mismo que a usted, les sucede a muchos jóvenes -contestó Helen eludiendo la respuesta directa.

 -Además, dicen que tengo talento, más que Hewet... que soy una gran promesa. Pero eso no es lo mismo que ser inteligente, y son cosas que la familia no las comprende -terminó amargamente.

Helen creyó indicado preguntarle:

-¿No se lleva usted bien con su familia?

-¡En absoluto! Quieren que sea Par del reino o Consejero privado. Esa ha sido la causa de mi viaje. He venido a decidirme entre ir al foro o a Cambridge -siguió con su aire petulante-. Ambas cosas tienen su pro y su contra, pero me inclino por Cambridge. Todo eso -y señalaba la sala de baile con un amplio ademán-me repele. No tengo tanta propensión al afecto como mi amigo Hewet. Estimo verdaderamente a muy pocas personas. Comprendo que mi madre vale mucho en ciertos aspectos; en otros, por el contrario, es incomprensiva... Sé que en Cambridge llegaré a ser rápidamente una figura; pero, sin embargo, hay razones por las que no desearía verme allí -calló-. ¿Me encuentra usted pesado, verdad?

Su voz había sufrido un cambio. Había pasado de ser la de un amigo que cuenta sus confidencias, a la convencional de un hombre en una reunión.

-En absoluto -contestó Helen rápidamente-. Me gusta oírle.

 -¡No puede usted imaginar -dijo Hirst con emoción- lo que significa encontrar alguien con quien poder hablar y que sepa comprendernos! En cuanto la vi pensé que usted sería, tal vez, una de esas personas que saben comprender. Mucho quiero a Hewet, pero no sólo no me entiende, sino que no tiene ni la más remota idea de cómo soy. Es usted la única persona que he encontrado que parece tener comprensión para mi forma de pensar.

Se inició un bailable. La «Barcarola», de Hoffman, y Helen seguía el compás con el pie, pero comprendió que después del cumplido que acababa de dirigirle Hirst

no podía abandonarle. Además, le atraía el sincero engreimiento del muchacho. Su intuición femenina le decía que se sentía desgraciado, y ella se hallaba pronta a recibir sus confidencias. Suspiró:

-Soy muy vieja.

-Lo extraño es que a mí no me lo parece -con testó él-. Me siento junto a usted como si tuviéramos ambos la misma edad. Más aún -y al decir esto la miraba como buscando alientos-. Me inspira tal confianza que puedo hablarle como lo haría a un hombre. Las relaciones entre distintos sexos... -al decir esto un ligero rubor cubrió su rostro.

Ella le devolvió el aplomo al decir.

-Desearía que prescindiera de tales diferencias. La cortedad desapareció de su rostro.

-¡Gracias a Dios! Podremos hablar como dos seres civilizados.

Verdaderamente, la invisible barrera que antes parecía separarles había desaparecido. Así les fue posible tocar temas que son eludidos entre hombre y mujer y a los que sólo se hace referencia ante el médico o cuando ronda la sombra de la muerte. En cinco minutos le contó toda su vida. Aunque joven, su vida era larga, por concurrir en ella numerosos incidentes, y esto les llevó a discutir los principios sobre los que se asienta la moralidad y otros asuntos que en una sala de baile hubieran tenido que hablarse a media voz para no escandalizar a los vecinos. Cuando ya Helen no ponía tanta atención en la conversación, pues el deseo de bailar volvió a aguijonearla. Hirst se levantó, exclamando:

 -Así pues, no hay razón alguna para tanto misterio.

 -Sí, hay una... y es que somos ingleses.

Al cruzar del brazo de Hirst el salón donde las parejas bailaban con mucha dificultad, el espectáculo del conjunto había perdido mucho de su vistosidad. Muchos estaban despeinados y sudorosos y resultaban ridículos en su desaliño. Lo nuevo de su amistad y lo amplio de la conversación sostenida les abrió el apetito y fueron hacia el comedor, que aparecía bastante concurrido.

Al entrar se cruzaron con Rachel, que se dirigía a bailar con Arthur Venning. Estaba sonrosada y contenta. Helen se dijo que viéndola así resultaba mucho más atractiva que la mayoría de las muchachas de su edad. Hasta entonces no se había dado cuenta de ello.

-¿Te diviertes? -le preguntó deteniéndola.

-La señorita Vinrace acaba de confesarme -intervino Arthur- que no hubiera creído jamás que un baile fuese tan delicioso.

-¡Sí! -dijo Rachel vehemente-. ¡He cambiado por completo mi opinión sobre la vida!

-Eso no es nuevo. Cada día tiene una opinión distinta sobre la vida. Creo que usted es la persona que yo necesito -dijo dirigiéndose a Hirst-. Podría ayudarme a  (p.65) completar su educación. Se ha criado poco menos que en un convento. Su padre es un ser absurdo. Yo he hecho cuanto ha estado a mi alcance, pero no es suficiente. Soy mujer y precisaría de la ayuda de un hombre. Podría usted hablarle a ella, pero hablarle como lo hace conmigo.

-Dudo que pueda hacerlo -dijo Hirst-. Esta noche lo he intentado, pero temo no haberlo conseguido. Carece por completo de experiencia. He prometido prestarle a Gibbon.

-No es exactamente lo que necesita -opuso Helen-. Es la propia vida, ¿no comprende? Lo que se vive y se siente realmente, aunque se intente ocultarlo. Eso es siempre mejor que lo que se intenta aparentar y tiene mayor interés.

Miró hacia una mesa cercana donde dos parejas bromeaban y reían con chabacanería, hablaban excesivamente fuerte y una de las muchachas se abanicaba simulando un falso rubor ante las insinuaciones de mal gusto de sus compañeros. Era un espectáculo poco agradable.

-Parece que ahora importa poco el punto de vista de los demás -dijo señalando la mesa que había estado observando.

Pero Hirst discrepaba' de esta opinión.

-En nuestro tiempo no hay nada tan importante como la educación de la mujer. Es más, creo que el porvenir de la Humanidad depende exclusivamente de esto.

Entretanto, en el salón, las parejas se disponían a bailar un rigodón.

Arthur y Rachel, Susan y Hewet, la señorita Allan y Hugh Elliot se encontraban reunidos. La señorita Allan miró el reloj.

-¡La una y media! -exclamó- y mañana tengo que despachar a Alexander Pope.

-¡Pope! -gruñó Elliot-. ¿Y cree que hay quien se tome el trabajo de leerlo? Tendrá que convencerse usted de que se hace más en provecho de la Humanidad bailando que escribiendo.

Ésta era una de las posturas favoritas de Elliot, demostrar que no había nada tan digno como la danza, ni tan abominable como la literatura. Así intentaba hacerse amable a la juventud y demostrarles que, a pesar de estar casado «con una funeraria ambulante» y ser un poco pálido y encorvado bajo el peso de la ciencia,  (p.66) tenía tanta vitalidad como el más joven.

-Eso es cuestión del cocido diario -contestó con calma la señorita Allan.

Pero como precisaban de ella, tomó posición en el lugar que le correspondía.

-Ahora debe usted saludarme, señor Hewet -dijo demostrando ser la única que conocía las posturas del baile.

Después del rigodón sonó un vals y a continuación una polca. Al llegar aquí ocurrió algo inesperado. La música, que había sonado a intervalos regulares, cesó de pronto. La joven ejecutante envolvía el violín en un gran pañuelo de seda y el caballero lo depositaba en su estuche. Inmediatamente viéronse rodeados de parejas que en inglés, francés y español les hablaban implorantes. El músico se levantó el cuello del abrigo y sacó una bufanda de seda roja, que estropeó el conjunto festivo de toda su persona. Los músicos tenían un aspecto triste. Estaban pálidos, ojerosos, cansados, aburridos, deseando tan sólo comer algo y dormir descansados. Rachel era una de las que con más fervor rogaba que continuasen. Ellos rehusaron, y con gesto fatigado salieron del salón. Rachel ojeó las músicas que había al alcance de su mano. Todas venían a servir igual tema. «Amor perdido», «Inocencia de juventud», penas y obstáculos imposibles que separaban a los enamorados. Comprendía que llegasen a cansarse y aburrirse de repetir lo mismo. Ejecutó al piano algunos compases, aires religiosos y fragmentos de Wagner y Beethoven a un compás más ligero. Volvieron a empezar los ruegos de los bailarines, pero esta vez dirigidos a ella, que acabó por consentir. Su repertorio de danzas terminó pronto, y la emprendió con Mozart. Todos se detuvieron. Aquello no era un baile; pero Rachel, segura de la melodía, marcaba el ritmo con valentía para simplificar los pasos.

Helen adivinó su pensamiento, y cogiendo a la señorita Allan entre sus brazos, salió dando vueltas deslizándose por la sala como un hada.

El ritmo cambió a un minueto y Hirst salió con increíble ligereza. Hewet lo imitó uniéndose a la señorita Allan, que giraba graciosamente. Una vez comprendido el ritmo de la música, la danza les resultaba mucho más placentera. Todos fueron reuniéndose al alboroto general.

Al día siguiente hubo quien criticó aquella segunda parte; pero cuantos habían tomado parte en ella dijeron que había sido la más divertida.

Lentamente, las luces de la sala fueron brillando con menos intensidad. Instintivamente, todas las miradas se dirigieron hacia las ventanas. Amanecía. Sobre un fondo amarillento se perfilaban las montañas, mientras el cielo iba aclarando su azul.

-¡Qué pobres resultan las luces! -dijo Evelyn con tristeza-. Y nosotros también...

Los caballeros despeinados y las joyas llamativas, tan atractivas con las luces del salón, quedaban ahora desplazadas; los rostros femeninos, con su maquillaje de tantas horas, resistían mal el contraste, y los reunidos fueron despidiéndose apresuradamente y subiendo a sus habitaciones.

Rachel, a pesar de la falta de auditorio, siguió tocando. Algunos de los bailarines volvieron a entrar, sentándose junto al piano. Había ya la suficiente claridad y las luces fueron apagadas, la atmósfera iba purificándose y los nervios se relajaban.

Alrededor de Rachel se formó un buen grupo. Todos se mantenían silenciosos, sumergidos en sus propias vidas, ennoblecidas bajo la mágica influencia de la música. Cuando Rachel cesó de tocar, Susan se levantó emocionada.

-Adoro la música -dijo-, y ésta ha sido la noche más feliz de mi vida. Interpreta usted todo lo bello que no puede explicarse con palabras. -Giró la vista a su alrededor con algo de azaramiento-. Han sido ustedes muy amables todos. Muchas gracias.

Y se retiró. La reunión había terminado.

Helen y Rachel, en la puerta, envueltas en sus capas, esperaban encontrar un carruaje que las condujera.

-Creo que van a tener que dormir aquí -dijo Hirst, que regresaba de buscar inútilmente un coche.

-¡Oh, no! -dijo Helen-. ¡Andaremos!

-¿Nos permiten acompañarlas? -rogó Hewet-. De todos modos, a esta hora no nos acostaríamos. ¿Ustedes saben lo que significa acostarse ahora y no ver más que el lavabo cuando existen paisajes como éste?

-¿No es allí donde viven ustedes? -preguntó Hirst,

Habían recorrido casi la mayor parte del camino, y

al volver un recodo, apareció la villa ante sus ojos. -¿Hay fuego encendido? -dijo Helen estupefacta. -No, es el sol -contestó Hirst.

El sol, invisible aún para ellos, daba a la parte alta de los cristales un reflejo rojizo.

-Temía que mi esposo estuviese aún con el griego -dijo Helen.

Al iniciar la cuesta que les llevaba hasta la casa, era ya completamente de día. Aspiraban con deleite el aire fresco de la mañana. Helen quiso despedirse de los muchachos.

-Ya han andado ustedes bastante. Vayan a acostarse.

-Déjenos descansar un poco -dijo Hewet. Y extendió su abrigo en el suelo para que se sentasen, cosa que todos hicieron.

Ante ellos se extendía la bahía con el mar en calma, surcado por anchas líneas verdes y azules. Oyóse una sirena lejana que sonó con un toque extraterreno y todo volvió a quedar en silencio. Rachel se entretenía formando una pirámide con piedrecitas.

-¿De modo que  (p.67) has vuelto a cambiar de punto de vista? -preguntó Helen.

Rachel colocó con sumo cuidado otra piedrecita y bostezó.

-Francamente, no recuerdo. En este momento me encuentro como un pez en el agua.

Y bostezó de nuevo. Sentíase en el grupo como en familia y ninguno, incluso Hirst, la cohibía.

-Pues, en cambio, mi cerebro -dijo Hirst- trabaja a una velocidad vertiginosa.

Se había sentado en su postura favorita, rodeándoselas piernas con los brazos y apoyando la barbilla en las rodillas.

-La vida no guarda ya misterios para mí.

Hablaba con convicción y no parecía desear que le interrumpiesen.

-Yo pienso en todos los que duermen allá abajo -dijo Hewet soñadoramente- pensando cada uno en sus cosas o en locas fantasías... Me figuro a la señorita Warrington de rodillas; los Elliot intentando dormir de prisa y no repuestos todavía de la alteración de la danza; aquel joven melancólico que estuvo toda la noche bailando con Evelyn, estará poniendo la flor en el agua y preguntándose si lo que siente es amor. Al señor Perrot lo veo agitándose en la cama, sin poder conciliar el sueño y acabando por coger su volumen favorito de griego, y en cuanto a los demás... bueno, cualquiera sabe lo que están soñando...

Hubo un silencio. Helen se levantó diciendo: -Bueno. Ya va siendo hora de volver a casita, pero recuerden que han de venir a vernos.

Se separaron, pero los dos hombres dieron un largo paseo, en lugar de dirigirse directamente al hotel. Hicieron su camino sin decir más que alguna palabra aislada, pero sin que una sola vez mencionasen a las dos mujeres, lo cual no era obstáculo para que fuesen el punto central de sus pensamientos; pero no deseaban compartir su impresión. Llegaron al hotel poco antes del desayuno.

XIII

En la casa había muchas habitaciones, pero sólo de una de ellas podría decirse que poseía algo peculiar, aparte de las otras, pues permanecía cerrada siempre y nunca pudo escucharse, saliendo de ella, ni el rumor de una sonrisa ni el tararear de una canción. Todos se daban cuenta, aunque fuera vagamente, de que alguna importante tarea se estaba llevando a cabo detrás de la puerta, y aunque nadie supiera de qué se trataba en concreto, se hallaban sugestionados por la idea de que si al pasar delante de ella hacían algún ruido el señor Ambrose podría distraerse. Con sus posibles inconvenientes así era mejor, pues de este modo el vivir resultaba más armónico, sin el desconcierto que traería consigo el que el señor Ambrose dejase a un lado su - Píndaro y llevara una existencia nómada entrando y saliendo por todas las habitaciones de la casa.

Si los habitantes de la casa seguían ciertas reglas, tales como puntualidad, silencio, buena cocina y algunos otros pequeños deberes, podían compaginar su vida con la del literato.

Por desgracia, así como la edad pone una barrera entre los seres humanos, la cultura y el ceño ponían también otra. Cuando Ambrose trabajaba se hallaba a mil millas de distancia del ser humano más próximo, que en este caso, e inevitablemente, era siempre Helen. Se sentaba durante horas y horas ante los libros abiertos, como un ídolo de una iglesia vacía. Estaba inmóvil, exceptuando el movimiento de su mano al volver una hoja y silencioso, exceptuando algún golpe de tos que le hacía separar la pipa de la boca. Conforme iba penetrando en la esencia de su lectura, iba rodeándose de libros y hojas manuscritas que se extendían por el suelo, formando a su alrededor una barrera infranqueable para el visitante que, generalmente, tenía que dirigirle la palabra desde el lado opuesto del parapeto.

Al día siguiente del baile, Rachel tuvo necesidad de llamar a su tío dos veces antes de que éste advirtiese su presencia. Al fin la miró por encima de los lentes.

-¿Y bien? -preguntó.

-Quisiera algún libro -dijo la joven-. ¿Podría dejarme la «Historia del Imperio Romano», de Gibbon?

El gesto de su tío cambió y volvió a preguntar de nuevo, como si no hubiera entendido bien:

-Por favor, dilo otra vez.

Rachel se ruborizó al repetirlo.

-¿Y puede saberse por qué deseas leerlo?

 -Me... me lo han recomendado -tartamudeó ligeramente.

-¿Y crees que yo me dedico a esas porquerías del siglo pasado? -exclamó su tío-. Son por lo menos diez volúmenes así -prosiguió.

Rachel le rogó que perdonase la interrupción y se disponía a retirarse.

 -¡Espera! -gritó su tío.

Dejó a un lado la pipa, cerró el libro y levantándose cogió a su sobrina de un brazo. Así cogidos fueron pasando revista a los libros de la habitación.

-Platón... Jorrocks, muy ligero; Sófocles. Supongo que no te interesan los comentarios alemanes. ¿Lees francés? -Rachel hizo un gesto afirmativo-. Pues deberías leer a Balzac. Bueno, ya llegamos a Wordswort, Coleridge, Pope, Johnson, Addison, Shelley, Keats... ¿Por qué estará aquí Marlowe? Debe ser cosa de la señora Chailey. Pero ¿de qué te sirve haber aprendido a leer si no conoces el griego? Después de todo, si pudieras leer a los griegos, ya no necesitarías buscar a otros autores. Te faltaría tiempo. Te faltaría tiempo... -parecía hablar para sí mismo.

Así fueron siguiendo hasta completar la vuelta a la habitación.

 -Bien -siguió Ridley-. Tú verás cuál quieres. -Balzac  (p.68) -dijo Rachel-. ¿Pero no tendrías el «Discurso de la Revolución Americana»?

Ridley la miró atentamente.

-¿Otro bailarín?...

-No, ése fue el señor Dalloway -confesó la muchacha y súbitamente, recordando a quien había nombrado, exclamó-: ¡¡Cielos!! -y escogió un libro al azar.

Su tío miró el lomo del volumen: «La Cousine Bette», y le aconsejó que cuando empezara a encontrarlo aburrido, lo tirase. Luego le preguntó si se había divertido en el baile, y quiso saber qué es lo que hacía la gente en tales fiestas. La última a que él había asistido, hacía 35 años, le pareció algo sin sentido. Hablaban sin cesar mientras bailaban. ¿No hubiera sido más razonable hacerlo sentados y tranquilos? Lanzó un suspiro y señaló las pruebas de su labor, esparcidas por toda la habitación.

Rachel vio en la satisfacción que reflejaba el rostro de su tío, un mentís a su nostálgico suspiro. Le dio un beso y se despidió de él, prometiéndole aprender, por lo menos, el abecedario griego.

Rachel bajaba las escaleras lentamente, pensando en  (p.69) limitándose a ver en la distancia alguna pequeña granja o algún pastor tendido en el campo, guardando su rebaño. Lo más curioso del riachuelo era su cauce de rocas amarillentas y los árboles que lo bordeaban. Helen decía que sólo por verlos valía la pena de haber realizado el viaje. Abril había hecho florecer ya muchos capullos, convirtiéndolos en grandes flores que parecían de cera, y cuyos colores chillones destacaban sobre el verde follaje. Rachel andaba abstraída, sin reparar en la belleza que la rodeaba. La noche le iba ganando ya terreno al día. En los oídos de Rachel resonaba el murmullo de las piezas que había tocado al piano en la última velada. Se puso a cantar y sus canciones le llevaron más y más lejos cada vez. No veía con claridad dónde se encontraba: los árboles, el paisaje, se convirtieron en masas de color verde y azul, salpicadas de vez en cuando por pedazos de cielo que se ofrecían con todos los matices del poniente. Ante sus ojos comenzaron a desfilar las caras que había visto en la noche anterior; escuchaba de nuevo sus frases; dejó de cantar, para repetirlas otra vez, o pronunciar otras que muy bien pudieron haber dicho.

La violencia de estar entre desconocidos, con un largo traje de seda, hacía más grato el paseo solitario. Hewet, Hirst, Venning, la señorita Allan, la música, la luz, los árboles de la terraza y el amanecer. En confuso tropel todos estos recuerdos cruzaban por su mente y resultaban, en aquella libertad, más vívidos y atrayentes que la noche anterior. Hubiera seguido andando sin rumbo, a no interponerse un árbol en su camino.

Era tal su ensimismamiento, que por unos instantes miró el árbol como si fuese el único ejemplar sobre la tierra y acabase de brotar en el preciso instante de ir a pasar ella. Se sentó a su sombra y cogió unas flores que pendían de las ramas bajas. Así, suavemente, como si las acariciara, fue tomando un ramo. Las flores y aun las mismas piedrecillas tenían para Rachel vida propia, y le recordaban sus años infantiles. Ante ella, la cresta de la cordillera se destacaba crudamente sobre el fondo del cielo, produciéndole el efecto de un látigo gigantesco. Volvió a los libros y ojeó el de Gibbon, saboreando la delicia de las nuevas impresiones.

«Sus generales, durante la primera etapa de su reinado, intentaron la sumisión de Etiopía y Arabia Feliz. Marchaban a más de mil millas al sur del Trópico, pero el calor intenso les obligó a retroceder, protegiendo así a los nativos. Los países del norte de Europa escasamente valían el trabajo de su conquista. Los bosques y llanuras de Alemania estaban poblados por una raza de bárbaros hercúleos para los cuales la vida tenía poca importancia si había que darla en defensa de su libertad.»

Nunca palabras algunas parecieron más sugestivas. «Arabia Feliz»... «Etiopía...» Le parecía remontarse a los orígenes de la humanidad. A ambos lados de su camino se hallaban las gentes de todos los pueblos y de todas las épocas. Si recorría aquel camino, toda la sabiduría humana sería suya y la historia de la humanidad se le ofrecería desde su primera página. Era tal su excitación ante la posibilidad de esta ciencia, que hizo un alto en la lectura y dejó que la brisa juguetease con las hojas y acabase por cerrar el libro.

Volvió a reemprender su paseo lentamente. La confusión de su cerebro fue aclarándose. Buscaba el motivo de su exaltación. En realidad, los motivos eran dos... El señor Hirst y el señor Hewet. El análisis sobre cualquiera de los dos se le resistía. No podía verlos como seres corrientes que pensasen y sintiesen. Su mente los retenía con cierto placer físico, como el que causa la contemplación de un objeto que brilla a la luz del sol. Parecía que de ellos irradiaban las mismas palabras del libro. Una duda, con la que no se atrevía a enfrentarse, habíase apoderado de su mente. Quiso andar más aprisa para despejar aquel pensamiento y tropezó con la hierba. Llegó a la cima de un pequeño altozano que se elevaba junto al río y desde donde pudo divisar todo el valle. Intentó distraerse inútilmente. Una tristeza vino a empañar su existencia anterior. Se dejó caer sobre el césped y rodeó sus rodillas con los brazos. Vio revolotear lentamente una gran mariposa amarilla que se posó dulcemente sobre una piedra.

-¿Qué será enamorarse? -preguntóse.

Después de una larga pausa le pareció que cada una de sus palabras se dirigía hacia el mar y desaparecía en el horizonte. Hipnotizada por la mariposa y sobrecogida por su propio pensamiento quedó largo rato en aquella postura. Al volar la mariposa se levantó y regresó perezosamente con los volúmenes bajo el brazo. Iba meditabunda, como el soldado que se prepara a resistir un asalto.

XIV

La noche siguiente al baile, en la sobremesa, hasta la hora de acostarse -las horas más difíciles de entretener-parecía reinar en el hotel una nube de malhumor e inquietud, debidas probablemente al poco descanso. En opinión de Hirst y Hewet, rendidos en cómodos butacones en el centro del vestíbulo y tomando café, aquella noche era mucho más aburrida que las anteriores y los hombres parecían más fatuos que de costumbre.  (p.70) Cuando media hora antes había sido repartido el correo, ninguno de los dos había recibido carta. Como sea que casi todos los huéspedes recibían dos o tres cartas de Londres, a ellos les pareció muy duro el que nadie les escribiese. Hirst exclamó con su mayor causticidad: «Ya se habrán alimentado los animalitos.» Su silencio le recordaba el de las bestias del «Zoo» cuando se les da la carne.

Siguió largo rato sacando ejemplos por el estilo. Los ruidos propios de un lugar donde hay gente en silencio, una tos, un estornudo, un carraspeo, un murmullo de conversación o el crujido de un papel se le antojaban a Hirst el ruido de los huesos y tendones de la carne al ser desgarrada por las fieras. Estas frases no hicieron mella en Hewet, cuya atención estaba fija en un grupo de armas colocadas de tal forma que desde cualquier lugar parecían amenazar al observador. Hirst, al darse cuenta de la distracción de Hewet, profundizó más con la mirada a la gente que había a su alrededor. Estaba muy alejado para percibir sus conversaciones, pero le gustaba reconstruirlas valiéndose de sus gestos.

La señora Thornbury recibió muchas cartas y estaba completamente embebida en su lectura. Al terminar una hoja la pasaba a su marido o le daba un pequeño resumen del contenido.

«Evie escribe que George se ha ido a Glasgow, encuentra muy agradable al señor Chadbourne y desean pasar las Pascuas reunidos. No quisiera alejarse mucho de Betty y Alfred. Eleanor y Roger fueron con nuestro cochecito. Eleanor está ya bastante repuesta. A la niña le da ahora tres biberones, lo que es mucho mejor, pues pasa las noches de un tirón. Dice que aún se le cae el pelo, que lo ve por las almohadas. Me alegra saber de Tottie Hall Green... Muriel está en Turquía divirtiéndose de lo lindo al parecer... ¡Ah! Dice Margaret que la pobre señora Fairbank murió repentinamente el día 8. Sólo había una muchacha dando clase, pero ésta se azoró tanto que ni siquiera tuvo ánimos para levantarla, cuando esto quizás hubiera podido salvarla. Dijo el doctor que en cualquier momento podía haberle ocurrido... En fin de cuentas, es una suerte que le haya ocurrido en su casa y no en la calle... Los conejos y los pichones aumentan enormemente...»

Mientras le informaba, su esposo asentía con la cabeza. No lejos leía sus cartas la señorita Allan y por su rostro rígido podía adivinarse que las noticias no eran muy agradables. Al terminar doblaba cuidadosamente las cartas y volvía a meterlas en los sobres. Las arrugas de preocupación de su rostro le daban más apariencia de hombre que de mujer. Las noticias que recibía de Nueva Irlanda le comunicaban la pérdida de la cosecha y ello era muy delicado para Hubert, su único hermano. Si fracasaba de nuevo tendría que volver a Londres. ¿Qué harían con él? Su viaje era el resultado de todo un curso de ahorro y en aquel momento se le antojaba una extravagancia y no el maravilloso y merecido descanso después de quince años de puntuales conferencias y correcciones de ensayos de literatura inglesa.

Su hermana Emily, maestra como ella, le escribía: «Debemos estar prevenidas, aunque no dudo que esta vez Hubert sería más razonable.» Seguía contándole que en los Lagos lo pasaba estupendamente. «En este tiempo están preciosos. Nunca he visto tanta flor como este año. La vieja Alice... tan joven como siempre y preguntando por todos con el afecto acostumbrado. Los días pasan volando y el curso se renueva. La cuestión política no tan buena como fuera de desear; ahora que esto sólo lo digoen privado, no quiero enfriar los entusiasmos de Helen. Lloyd George ganó, así es que seguiremos como estábamos. ¡Ojalá me equivoque! Por lo menos tenemos nuestra tarea que cumplir. No creas a Meredith, le falta sensibilidad como a W. W.» A continuación discutía una cuestión de literatura inglesa que su hermana le había expuesto en una carta anterior.

A poca distancia de la señorita Allan y algo ocultos por unos arbustos, Arthur y Susan se cambiaban sus cartas. La letra grande y clara de una jugadora de «hockey» de Wiltshire, se hallaba en aquel momento sobre las rodillas de Arthur, mientras Susan descifraba una letra pequeñísima y apretada y que transparentaba una alegre y ligera despreocupación unida a unos buenos propósitos.

-Cuánto deseo gustarle al señor Hutchinson, Arthur -dijo Susan preocupada.

-¿Quién es esta Flo? -preguntó Arthur.

-¿Flo Graves? La muchacha que está en relaciones con ese tremendo señor Vincent -contestó Susan-. ¿Está casado el señor Hutchinson? -preguntó a su vez.

En su cabeza bullían un sin fin de planes, todos debían casarse en seguida en cuanto ellos llegasen. Esa era la solución ideal y la curación de todos los males que padece una persona soltera: inquietud, falta de salud, melancolía, excentricidad..., etc. Si tales síntomas persistían después de la boda, eran ya leyes naturales que demostraban que sólo había un Arthur Venning y sólo una Susan para casarse con él. Esta teoría contaba como único sostén su propia experiencia. Los últimos dos o tres años se había sentido extrañamente  (p.71) inquieta, y aquel viaje con una tía vieja y egoísta, que la trataba como una compañera y criada al propio tiempo, le dio la exacta medida de lo que la gente esperaba ya de ella. Desde el momento en que se puso en relaciones, su tía la trató con más consideración. Protestaba enérgicamente cuando Susan se empeñaba en calzarla como siempre, agradecía su compañía y no era como antes que la exigía como la cosa más natural del mundo. Preveía más consideraciones y comodidad de la que de otro modo hubiera disfrutado y este cambio aumentaba su afecto por los seres conocidos.

Hacía unos veinte años que la señora Paley era viuda. Desde entonces empezó a engordar hasta serle imposible calzarse por sí misma. Poseía una inmensa fortuna y era egoísta e independiente. Vivía en una casa enorme con siete criadas en Lancaster Gate, y sostenía, además, otra casa con jardín, coches y caballos en Surrey. Las relaciones de Susan le quitaban de encima un gran peso, y era éste que su hijo Cristóbal pudiese enamorarse de su prima.

Al alejarse aquel peligro, Susan ganaba a sus ojos y se sentía humillada por su anterior concepto. Pensó hacerle un buen regalo de boda, un cheque de 200 ó 250 libras... Si no le subían mucho los gastos del arreglo del salón y jardín que tenía proyectados, quizás aumentase el cheque a 300 libras.

Tenía ante sí una mesita y un juego de cartas. Estaba haciendo un solitario, pero preocupada con sus pensamientos se armó un embrollo. Como vio a Susan hablando con Arthur, no quiso llamarla para que se lo aclarase.

«Tiene motivos para esperar de mí un buen regalo», se dijo, mirando fijamente una enorme piel de leopardo que había en el suelo ante ella. «Y estoy segura que lo espera. El dinero siempre viene bien y los jóvenes son muy egoístas, si me muriera nadie me echaría de menos, salvo Dakyus. A todos les vendría de perlas la herencia... De todos modos no puedo quejarme, aún puedo disfrutar y no soy una carga para nadie... a pesar de mis piernas.» Siguió pensando y pasando revista a todos los  (p.72) seres queridos que no le parecían egoístas, y por tal razón se ennoblecían a sus ojos. Estos seres se limitaban a dos: uno fue su propio hermano que pereció ahogado ante su vista y la otra su más íntima amiga que murió al dar a luz su primer hijo. «No debieron haberse muerto -pensó-. ¡Con tantos egoístas corno hay por el mundo!» Sus ojos se arrasaron de lágrimas y sintió un hondo pesar por ellos, un respeto por la belleza y juventud desaparecidas con aquellos seres queridos y al propio tiempo algo como una humillación de sí misma. Contuvo sus lágrimas y abrió una novela. Después de leerla haría su acostumbrado comentario. «No sé cómo a la gente se le ocurren estas cosas.» Y a continuación limpiaría sus lentes.

En un velador y algo más alejado, el señor Elliot y el señor Pepper jugaban una partida de naipes. El primero perdía con naturalidad. Pepper jugaba con la máxima atención. El señor Elliot se echaba hacia atrás sobre el respaldo de su silla y dirigía la palabra a un desconocido con aspecto de intelectual. A los primeros cambios defrases descubrieron que tenían una serie de amistades comunes, cosa que por intuición habían supuesto.

-Sí -dijo Elliot-. El viejo Trufit tiene un hijo en Oxford. He estado varias veces con ellos. Tienen una hermosa casa estilo Jacobino, buenos cuadros y grabados. Pero todo muy sucio, mucho. Era muy avaro. Su hijo casó con la heredera de Lord Pinwells, también los conozco. La manía de coleccionar es endémica en todos ellos. Uno colecciona hebillas de calzado masculino de los años 1580 a 1660, creo. No sé si son exactamente esas fechas.

»Los coleccionistas tienen siempre manías parecidas. Fuera de eso son seres bastante normales. Estos Pinwells, como ya sabrá usted, tienen varias excentricidades. Por ejemplo, Lady Maud -se interrumpió para atender al juego- tiene ojeriza a los gatos y a los eclesiásticos... ¡Ah! Y a los que tienen los dientes grandes. En cierta ocasión le oí gritar desde el extremo de una mesa muy concurrida: «¡Cierre la boca, señorita Smith, sus dientes son amarillos como zanahorias.» Sin embargo, conmigo se ha comportado siempre con extrema cortesía, tiene aficiones literarias y le gustaría reunirnos en su salón, pero prohibiendo mencionar ningún pastor o arzobispo, porque se descompone. Es una manía familiar que data, creo, de los tiempos de Carlos I. -Volvió a jugar-. Siempre me ha gustado conocer los gustos de los abuelos de nuestros prohombres. Creo que sus descendientes heredan estos caprichos aumentados y además son más limpios. Y que conste que al decir que ahora son más limpios no quiero insultar a Lady Barborugh -rió y llamó a su esposa-: ¡Hilda! ¿Crees tú que Su Señoría se bañaba?

-No me atrevería a asegurarlo, Hugh -repuso, irónica, la señora Elliot-, pero usando ropa de terciopelo en el mes de agosto... casi no se da uno cuenta.

Prefería por lo visto hablar a jugar, porque dirigiéndose a Pepper dijo:

-¡Usted gana! Mi juego es peor de lo que imaginaba. Se acercó más al señor Wilfred Flushing, el recién llegado.

-¿Le gusta esto? -y señaló una vitrina con cruces de metal, joyas, trozos de bordados y diversas muestras de la artesanía de los indígenas, expuestas para tentación de los turistas.

-Falsas imitaciones -dijo el señor Hughling sin vacilar-. Lo que está bastante bien es esta alfombra -dijo, levantando la punta de una que estaba a sus pies-; no es que sea muy antigua, pero... Alice, préstame tu broche, por favor. -Una señora que leía junto a él se desprendió un broche y lo alargó al señor Hughling, sin levantar la vista de la lectura, teniendo el señor Elliot que suspender la reverencia que esperaba hacerle-. Vea la diferencia entre el trabajo antiguo y el de ahora.

Probablemente, si la señora Hughling no hubiera estado tan absorta en la lectura, hubiese reído al oír la definición de Lady Barborugh, tía-abuela suya. Pero estaba tan absorta que no oyó nada.

El monótono tic-tac del reloj pareció detenerse a toser al dar unas campanadas. Eran las nueve. Esto despertó a algunos huéspedes adormilados en las cómodas butacas y distrajo la atención de otros que hablaban en grupos. Eran comerciantes, funcionarios del Estado, oficiales, etc., sin preocupación aparente alguna. Un abejorro distrajo la placidez del vestíbulo revoloteando con su familiar zumbido por encima de los altos peinados de las señoras que nerviosamente levantaban las manos protestando de aquella intromisión. Hirst y Hewet hacía largo rato que permanecían en silencio. Al sonar las campanadas del reloj dijo Hirst:

-Parece que el género humano da señales de vida... Como me desagradan las mujeres gruesas, las encuentro absurdas, groseras, intolerables.

Al no conseguir respuesta alguna de Hewet, varió de tema, y se redujo a pensar en sí mismo,- en la ciencia, en Cambridge, en Helen. ¿Qué opinaría de él? Y con este pensamiento fue adormilándose.

Hewet se colocó cuidadosamente el monóculo y dio una sacudida a su amigo. Éste le miró pensativo. -¿Cómo te encuentras, Hirst?

La respuesta de éste no pudo ser más desconcertante.

-¿Estás enamorado, Hewet?

-No seas tonto -fue la  (p.73) primera respuesta que se le ocurrió; pero después fue poniéndose serio, diciendo casi con un murmullo-: No sé... será cuestión de pensarlo.

-Si todos pensaran -y al decir esto, Hirst paseó la mirada a su alrededor-, la vida y el mundo serían más dignos y atrayentes.

Hewet no encontró a Hirst en el punto conveniente para la confidencia, y dijo:

-Voy a dar una vuelta.

-Acuérdate de que la noche anterior no hemos dormido -le recordó Hirst con un bostezo inverosímil.

-Sí, pero tengo ganas de respirar un poco el fresco.

Había pasado la tarde preso de una inexplicable inquietud sin poder concentrar el pensamiento. Sentía la misma sensación que si le hubiesen interrumpido en el momento álgido de una conversación interesante. Tenía precisión ineludible de continuar un diálogo, no sabía cuál ni con quién. Repasó en su memoria. La única persona. con quien habría tenido conversación que pudiera interesarle sería con Rachel. ¿Por qué sentía la necesidad apremiante de seguir - hablando con ella? Hirst calificaría sin duda aquel estado de amor y sin embargo no lo era. Él no amaba a Rachel. ¿Se iniciaba el amor por el deseo de hablar con una muchacha? No, Hewet había sentido siempre el amor como una sensación física bien definida y sin embargo ahora esa sensación estaba completamente ausente de él. Ni siquiera encontraba a Rachel atractiva. Comprendía que tenía una personalidad fuera de lo corriente, era joven, carecía de experiencia y tenía ansia de saber.

Entre ambos habían hablado con más franqueza y confianza de lo que era corriente. Siempre le había gustado hablar con las muchachas, y aquél era probablemente el motivo que lo impulsaba hacia ella.

El bullicio y la animación del baile les habían permitido iniciar sólo la conversación. ¿Qué haría en aquellos momentos? Tal vez reclinada en una hamaca contaría las estrellas. A Helen la veía en una butaca contemplando sus finas manos... No; probablemente estarían contándose sus impresiones acerca del baile. ¿Y si el padre de Rachel había llegado en uno de los buques anclados en la bahía, y terminaban las vacaciones de la joven...? ¡No! Era intolerable que se marchase conociéndole tan poco.

-¿Cómo puedes tú saber la realidad de tus pensamientos, Hirst?

Pero su amigo no estaba en condiciones de darle una respuesta satisfactoria y en cuanto a las demás personas que había a su alrededor, antes le fastidiaban que otra cosa. Dio un profundo suspiro y salió a la terraza. Lo primero que hizo cuando quedaron a su espalda las puertas del vestíbulo fue orientarse en dirección a la villa de los Ambrose. Por fin creyó ver la orientación que buscaba en una luz más alejada, como si estuviera situada en lo alto de una cuesta y al encontrarla quedó más tranquilo. Parecía que toda la incoherencia de sus pensamientos se había estabilizado. Cruzó la ciudad hasta llegar al muro que separaba los dos caminos. Desde allí se oía perfectamente el ruido de la resaca. La mole oscura de las montañas se destacaba del azul cielo; no había luna pero sí estrellas a millares. Pensó regresar, pero la luz de los Ambrose, que se había triplicado, le impulsó a seguir adelante. Ahora estaba seguro de que Rachel no se había acostado todavía. Sin darse cuenta de lo veloz de su marcha, pronto se encontró ante la puerta de hierro del jardín. La abrió y siguió adelante. A su vista apareció la silueta de la casa y la oscura veranda sobre la terraza. Se detuvo indeciso. Oyó a su espalda un ruido de latas. Siguió hacia adelante guiado por las luces que supuso darían al comedor. Escondióse cerca de la esquina de la casa junto a una enredadera. A los pocos segundos percibió una voz que por su continuidad le pareció la de alguien que leía en voz alta. Apartando las hojas que le molestaban, acercóse algo más. Parecía la voz de Rachel. Entró en el cuadro de luz que la abierta ventana proyectaba sobre la veranda y pudo oír claramente:

«Y allí, desde los años 1860 a 1895 transcurrieron los días más hermosos de la vida de nuestros padres. Allí nació el 1862 mi hermano Mauricio, que fue la alegría de los suyos, como parecía destinado a serlo de cuantos le tratasen.» El tono de las palabras denotaba el final de un capítulo. Hewet volvió a la sombra. Hubo una larga pausa. Oyó un ruido de sillas. Estaba decidido a regresar, cuando dos sombras se recortaron en la ventana y oyó la voz de Helen:

-Era Mauricio Fielding, con quien estuvo prometida tu madre.

Parecía que estuviese pensando en voz alta.

-¿Mi madre? -preguntó Rachel entre sorprendida e incrédula.

-¿No lo sabías?-No, jamás supe que aparte de mi padre, hubiese habido otro.

Su tono era de extrañeza.

Sus voces sonaban inexpresivas como si en lugar de hablarse mutuamente lo dijeran a la noche fresca y serena.

-Fue la persona más querida de cuantas he conocido. Sin ser hermosa, tenía su encanto especial, gozaba con todos, anoche en el baile la recordé. Se avenía con todos y a todo sacaba alegría, diversión, simpatía... Parecía como si Helen hubiera vuelto al pasado, escogiendo deliberadamente sus palabras y comparando a Teresa con las personas que había conocido desde que ésta  (p.74) murió.

 -Eso me recuerda a las tías Lucy y Katia -dijo

Rachel después de una pausa-. Parecen insinuar siempre que mamá era muy buena y que estuvo siempre triste y melancólica.

 -Entonces, ¿por qué cuando estaba viva criticaban

-¿Tanto hacía? -dijo Helen.

Sus voces llegaban hasta Hewet muy suaves, como si cayesen en las olas del mar.

 -Si yo muriese mañana... -dijo Rachel, dejando la frase en suspenso.

Al quedar así adquirió una belleza y relieve extraordinarios a los oídos de Hewet, algo misterioso también, como si hubiera sido pronunciada por una sonámbula.

-No, Rachel -dijo de pronto Helen-; no me seduce pasear por el jardín a estas horas, estará húmedo y además juraría que veo desde aquí una docena de sapos por lo menos.

-¿Sapos? -rió Rachel-. ¡Pero si son piedras, Helen!

-Bueno, no lo niego. Ve tú, yo estoy muy bien aquí.

-¡Huelen tan bien las flores! -contestó la muchacha. Hewet se retiró algo más, sintiendo latir apresuradamente su corazón.

Se oyeron carreras, risas, Rachel trataba de sacar a

Helen al jardín por la fuerza. Entonces surgió la voz de un hombre, pero Hewet no pudo entender lo que decía.

Se oyó el rechinar de unos cerrojos, se apagaron las luces y reinó un profundo silencio. Hewet estrujó las hojas que había arrancado. Se sintió inundado por una extraña sensación de bienestar. Estaba seguro de no amar a Rachel, y sin embargo le alegraba haberla oído. Se dirigió hacia la puerta. La tensión y el romanticismo del momento despejaron la sensación de todo el día. Recitaba fragmentos de poesías sin saber exactamente lo que decía, absorto sólo por la belleza de las palabras. Traspuso la puerta y bajó la cuesta al son de una tonada que acudió a sus labios. Corría como una criatura que necesita exteriorizar sus alegrías con saltos y cabriolas, de la oscuridad que le envolvía parecían adelantarse hacia él rostros inmateriales de mujeres. Rostros siempre iguales: Rachel... Rachel... Rachel...

Se detuvo y respiró profundamente. La noche inmensa y hospitalaria, a pesar de la oscuridad,  (p.75) dibujaba formas y movimientos en dirección al mar. Sintióse enternecido y continuó su marcha diciendo: «Debería estar ya en cama, roncando y soñando... soñando... Sueño o realidad... ¿Dónde empiezan? ¿Dónde acaban?» Repitiéndose estas palabras, llegó a las puertas del hotel. Hizo una pausa para reponerse y entró. Quedó deslumbrado, tenía las manos frías, la cabeza excitada y se caía de sueño. El vestíbulo estaba igual que cuando lo dejó. Sólo había una diferencia, que ahora estaba vacío. Los sillones formaban corros como mirándose sin ver. Los veladores conservaban platos y tazas medio vacios, y los periódicos, mal doblados, reposaban sobre los almohadones. Al cerrar la puerta sintió la extraña sensación de que acababa de encerrarse en una caja e instintivamente se encogió. Intentó leer un periódico pero no pudo concentrar su atención. Vio de reojo descender por la escalera una silueta que adivinó femenina por el fru-fru de las faldas. Antes de que pudiera levantar la cabeza, Evelyn se hallaba ante él.

-Precisamente es usted la persona con quien deseaba hablar.

Su voz sonaba un tanto desagradable y estridente y sus ojos brillaban al posarse en él, que se repetía mentalmente: «A buena hora, estoy medio dormido.»

-Parece usted más comprensivo que los demás -dijo, sentándose en una sillita colocada al lado de un gran sillón de cuero, de suerte que Hewet no tuvo más remedio que sentarse junto a ella.

Hewet bostezó sin recatarse y encendió un cigarrillo, como si la cosa no fuera con él.

-Bien, ¿de qué se trata?

-¿Usted es amable realmente, o se trata de una «pose»? -le preguntó Evelyn.

-Eso no soy yo quien debe decirlo -contestó-. Soy parte interesada, creo.

Estaba entumecido aún y como disgustado de que Evelyn hubiese venido a molestarle.

-¡Cualquiera puede serlo! -exclamó ella impaciente-. Su amigo Hirst, por ejemplo. Sin embargo, quiero creer en usted. Tiene aspecto de tener una hermana agradable, ¿me comprende?

Hubo una corta pausa, y como si con ella se hubiese armado de valor, continuó:

-Voy a pedirle un consejo. Estoy ante un dilema. Anoche, durante el baile salí a la terraza con Raymond Oliver, ese joven alto que parece hindú, y me contó su vida, lo desgraciado que es en su casa y lo que le desagrada este ambiente. Se ha metido en un asunto de minas, que tampoco le gusta. Me inspiró tanta compasión que cuando me pidió que le dejara besarme le dejé. No creo que haya nada malo en ello, ¿verdad? Seguimos hablando... hablando... Quizás le pareceré tonta, pero no puedo evitar que me gusten las personas que me inspiran compasión. Así es que medio le prometí... pero ahí viene el dilema: Alfred Perrot.

-¡Oh, Perrot! -exclamó Hewet.

-Nos conocimos el otro día durante la excursión. Parecía estar tan solo cuando Arthur se fue con Susan que no pude por menos que compadecerme de él. Al irse ustedes a ver las ruinas tuvimos una conversación y me contó su vida, sus luchas y la dureza de su destino. ¿Sabe usted que de pequeño era mandadero? Llevaba paquetes en un cesto de un lado para otro. Me interesó porque la cuna de las personas no me ha preocupado nunca si sus cualidades son buenas. Me dijo que vivía con una hermana paralítica y eso es una buena prueba de bondad. Anoche estuve también con él en el jardín y no pude evitar lo que quería decirme. Le consolé y le dije que sí, que le quería, y sin embargo le había dicho lo mismo a Raymond. Yo quisiera saber: ¿se puede estar enamorada de dos personas al mismo tiempo o es imposible?

Se calló, con la barbilla apoyada sobre sus manos y la mirada fija, como si estuviera tratando de resolver un problema que debiera ser decidido entre ellos dos.

-Creo que eso... Eso depende de su carácter y temperamento -dijo Hewet.

La miró. Era menuda y bonita, de unos 28 ó 29 años, muy vivaracha y rebosando salud por todos sus poros.

-¿Quién es usted? ¿Cómo es usted? Yo no la conozco más que superficialmente -continuó él.

-A eso iba -atajó Evelyn, siempre con la mirada fija en Hewet-. Soy hija de una madre y... nada más, ¿me comprende? Como supondrá, eso no es muy agradable, pero en el campo sucede muy a menudo. Ella era hija de un granjero y él... ya puede usted figurarse la clase de hombre que era. Pertenecía a una familia acomodada y nunca enmendó su falta, su familia se lo impidió y él era débil de carácter. A pesar de todo le quiero. ¡Pobre papá! Dinero no faltó, pero mamá no tuvo fuerza moral para imponerse. Lo mataron en la guerra. Era oficial y sus hombres le adoraban; cuando cayó lloraron sobre su cuerpo. ¡Ojalá le hubiera conocido usted! Con su muerte, mi madre perdió toda ilusión por la vida. La gente es siempre dura para una mujer que se encuentra en el caso de mi madre. ¿Quiere saber algo más de mí?

-¿Qué ha hecho usted? ¿En qué se ha ocupado?

-Yo me he cuidado solita -y sonrió por primera vez-. He tenido amigas muy buenas, me gusta la compañía de la gente, y en eso radica mi problema. ¿Qué haría usted si le gustasen tanto dos personas que no supiera por cual debería decidirse?

-Vería, analizaría y esperaría -respondió Hewet.

-Pero es el caso que  (p.76) no tengo tiempo, he de decidirme... ¿O es que no cree usted en el matrimonio? Usted no juega limpio, yo se lo cuento todo y usted no me dice nada. Acaso sea igual que su amigo -añadió, mirándole con desconfianza-. ¿O es que le soy antipática?

-Es que no la conozco lo suficiente para aconsejarla de acuerdo con su carácter.

-Yo sé si me gusta una persona en cuanto la miro por vez primera. Usted me fue agradable la primera noche que le conocí cenando -continuó con impaciencia-. Si todos expresasen libremente sus pensamientos, ¡cuánto mejor sería! Yo soy así, no puedo remediarlo.

-¿Pero no ve usted que así sólo logra crearse dificultades?

-De eso tienen la culpa los hombres. Siempre ponen el amor por en medio.

-Y así ha ido usted cosechando declaraciones. -No creo haber tenido más que otras -dijo Evelyn sin convicción.

-¿Cinco, seis, diez?...

Evelyn dejó entrever que la última cifra era quizás la más aproximada, pero que en fin de cuentas, no era ninguna exageración.

-Temo que me crea una coqueta sin corazón -protestó-. Pero me importa poco lo que puedan pensar de. mí. Sólo porque a una le guste tener amistad con los hombres y hablarles como a una amiga ya es suficiente para que la tachen de coqueta.

-Pero señorita Murgatroyd...

-Prefiero que me llame Evelyn -interrumpió ella.

-...después de 10 proposiciones, ya habrá usted comprendido que entre hombres y mujeres hay poca diferencia.

-Comprendido... comprensión... comprender... ¡Cómo odio esas palabras... y hasta a los que las usan! Hombres y mujeres deberían ser iguales y eso es lo que más me desalienta. Cada vez que se presenta un caso creo que va a ser distinto y siempre resulta igual.

-«Persiguiendo una amistad» -dijo Hewet-; buen título para una comedia.

-¡A usted le importa todo un bledo! -se sulfuró Evelyn-. No puede negar que es amigo del señor Hirst.

-Bien -dijo Hewet serenamente-. Vamos por partes.

Le interesaba mucho más la muchacha que sus problemas. Oyéndola, su entumecimiento había desaparecido y tenía la clara conciencia de sentir hacia ella una extraña mezcla de simpatía, lástima y desconfianza.

-¿Ha prometido a los dos casarse?

-Tanto como eso, no. No puedo todavía decidirme claramente por ninguno de los dos. El otro día, en la montaña, pensaba que me hubiera gustado colonizar tierras, cortar árboles, hacer leyes... y no ser una tonta entrometida que pasa el tiempo con personas que sólo piensan en «filtrear». ¡Y yo no soy así! Sirvo para algo más que eso. -Reflexionó un momento y prosiguió-: Temo que en el fondo de mi corazón se encierra la seguridad de que Perrot no puede ser el elegido, no parece muy fuerte, ¿verdad? Quizás no tuviese fuerzas para talar un árbol.

-¿No ha sentido nunca verdadero cariño por nadie?

-Me han interesado muchas personas... pero no tanto como para casarme con ellas. Toda mi vida he buscado alguien superior a mí, alguien grande y espléndido espiritualmente y en quien pudiera confiarme. ¡Son tan poca cosa los hombres!

-¿Qué entiende usted por «espléndido espiritualmente»?

 -Pues, francamente, no podría explicarlo; es más bien una sensación física.

 -Pero no se toma afecto a las personas sólo por sus cualidades físicas o morales.

 -De acuerdo, se quiere porque sí, sin otro motivo o razón -aceptó Evelyn-; pero yo no estoy conforme. Ignoro por qué me interesan las personas, pero me equivoco muy raras veces. Adivino en seguida de qué son capaces. Usted, por ejemplo, llena casi por completo mi ideal de esplendidez espiritual, y en cambio, el señor Hirst no es ni la mitad de comprensivo, espléndido ni simpático que usted. Yo creo que ni siquiera es egoísta.

Hewet fumaba en silencio.

-A mí me molesta talar árboles -dijo.

-Conste que no estoy coqueteando con usted, aunque así lo crea -apuntó Evelyn-. Nunca me hubiese atrevido 'a hablarle sospechando que podía pensar mal de mí -y al decir eso, sus ojos se llenaban de lágrimas.

-Entonces, ¿no coquetea usted nunca?

 -¡Claro que no! -protestó Evelyn-. ¿No se lo he dicho? Quiero una amistad sincera, querer a alguien mejor y más noble que yo misma. ¿Qué culpa tengo yo si se enamoran? No sólo no me gusta que lo hagan, sino que me irrita profundamente.

Hewet comprendió que poco provecho se derivaría ya de aquella conversación. La muchacha, por alguna razón que ocultaba, había querido darle una imagen de sí misma; quizás por considerarse desgraciada o en situación insegura. Estaba cansado, y un camarero no cesaba de pasar y repasar ante ellos, mirándoles insistentemente.

-Parece ser que quieren apagar, señorita Evelyn, y mi único consejo es que mañana hable con ellos y les diga que no está dispuesta a casarse con ninguno de los dos. Aunque estoy seguro que no lo hará. Si cambiase(le idea sobre alguno de los dos, siempre le queda la oportunidad de hacérselo saber. Ambos tienen sentido común y lo comprenderán. Verá usted cómo su perplejidad desaparecerá.

Hewet se levantó, pero Evelyn continuó sentada. Le miraba con ojos brillantes, en el fondo de los cuales,, percibió cierta contrariedad.

-Buenas noches -dijo  (p.77) Hewet.

-Hay otras muchas cosas que quiero decirle, pero se las contaré en otra ocasión -dijo ella-. Veo que ahora tiene usted muchas ganas de irse a acostar.

-Sí -aceptó Hewet-, estoy medio dormido. -Y se retiró, dejando a Evelyn a solas en el vestíbulo.

«¿Por qué no serán sinceras? -se preguntaba subiendo las escaleras-. ¿Por qué eran las relaciones entre hombres y mujeres tan faltas de sinceridad y franqueza y el instinto que impelía siempre a simpatizar con otro ser humano había que analizarlo con sumo cuidado? ¿Cuáles eran los deseos de Evelyn? ¿Qué pensaría en' aquellos momentos sola en el gran vestíbulo?» El misterio de la vida y la falsedad de las sensaciones le dominaba y vencía cuando por el pasillo se dirigía a su dormitorio. El corredor estaba poco iluminado pero sí lo suficiente para ver que una figura femenina, envuelta en un brillante salto de cama, cruzaba corriendo de una habitación a otra.

XV

Los lazos que unen a los huéspedes en un hotel podrán parecer casuales y sin consistencia, pero tienen sobre los que crea la convivencia la ventaja de ser más vivos y espontáneos, por el sólo objeto de estar en nuestra mano el terminarlos en cualquier momento. Una pareja con varios años de vida matrimonial llega un momento en que deja de percibirse corporalmente; piensan y hablan en voz alta y parece que disfrutan de todas las ventajas que reporta una vida solitaria. Las vidas en común de Ridley y Helen habían llegado a tal punto de convivencia que era necesario recordar si tal o cual cosa había sido dicha o solamente pensada en voz alta o solamente pensada en privado.

A las cuatro de la tarde, dos o tres días después de la fiesta, Helen se cepillaba el cabello. En la habitación contigua su esposo, en el baño, daba rienda suelta a sus exclamaciones mientras se duchaba.

Helen no prestaba gran atención a sus palabras, tenía otra preocupación.

-¿Es blanco o castaño? -murmuraba al cepillarse el cabello. Se arrancó uno y lo observó detenidamente; lo observaba con semblante crítico, alejando o acercando el rostro al  (p.78) espejo con un gesto de melancolía y orgullo al propio tiempo. Ridley asomó por la puerta en mangas de camisa y con la cabeza envuelta en una toalla, y dijo:

-Siempre me dices que no me doy cuenta de nada. -Dime entonces si este pelo es blanco -rogó Helen, poniéndoselo en las manos.

-¡Pero si no hay una sola cana en tu cabeza! -exclamó Ridley.

-¡Oh, Ridley! Ya empiezo a dudar -suspiró ella, bajando la cabeza para que su esposo pudiese examinarla con detenimiento.

Ridley depositó un beso en la misma coronilla y siguieron arreglándose y cambiando frases.

-¿Qué decías? -preguntó Helen.

-Que vigiles a Rachel..., debes vigilar a Rachel -dijo Ridley.

Helen le miró a través de sus cabellos. Generalmente, las observaciones de su esposo tenían justificación.

-Los jóvenes no se interesan por la educación de las muchachas sin su cuenta y razón.

-¿Lo dices por Hirst?

-Y por Hewet, para mí están cortados todos con el mismo patrón. ¿Ya sabes que le aconseja que lea a Gibbon?

Helen lo ignoraba, pero no quería demostrar menores dotes de observación que su esposo.

-Nada me sorprende, ni del terrible aviador que conocimos en el baile, ni del señor Dalloway, ni...

-Cuidado, Helen, que está ahí Willoughby -señalaba una carta de éste.

Helen suspiró y echó una ojeada a la carta depositada sobre su tocador.

En efecto. Allí estaba Willoughby con su perpetua ironía, inquiriendo con algo de misterio cuál era la vida de su hija, sus costumbres y su moral y advirtiéndoles que en caso de resultarles molesta se la «remitiesen» en el primer buque. Seguía a esto un párrafo en tono de afectuoso agradecimiento y que intentaba ocultar su emoción de padre. En una página rebosante de humor les contaba sus triunfos sobre los indígenas que se declaraban en huelga. Contaba que se ponía a chillarles en inglés y terminaban por reemprender la tarea. Sólo con verle asomar por la escotilla, ya cundía el terror entre ellos.

-Si Teresa se casó con Willoughby... -empezó He-len, levantando los ojos de la carta hacia su esposo.

Pero ya Ridley la había emprendido con sus lamentaciones diarias. Que si el lavado de la camisa era detestable y Hugh Elliot un pelmazo irresistible que no entendía de indirectas para marcharse con viento fresco...

y así saltaba de una queja a otra para acabar diciendo que recibían demasiadas visitas y no había forma de poder trabajar. Esto duraba hasta que Helen se decidía a convencerle de lo contrario, lo que conseguía fácil, rápida y mimosamente.

Lo primero que llamó la atención de Helen cuando bajaba la escalera para ir a tomar el té fue ver un coche detenido ante la puerta de la casa y dentro de él, faldas, sombreros, plumas y cabezas muy inquietas. En aquel momento apareció la muchachita española y como Dios le dio a entender pronunció dos nombres que en nada se parecían a los de la señora Thornbury ni la señora Flushing, que fueron las damas que descendieron del coche y entraron.

-La señora Wilf red Flushing -presentó la señora Thornbury-, amiga de la señora Raymond Parry. -Y a continuación presentó a Helen, que saludó a ambas efusivamente.

'La señora Flushing representaba unos cuarenta años, tenía buen porte y saludable aspecto. Su esbeltez la hacía parecer más alta.

Su rostro, de marcadas facciones, mostraba unos ojos claros que miraban sin pestañear. Sus formas y modales eran dominantes, sin grosería, pero se la notaba algo nerviosa. La señora Thornbury, con tacto exquisito, iba limando las asperezas de los primeros momentos.

-He asumido la responsabilidad, señora Ambrose, de decirle a nuestra amiga que usted, que tanta experiencia tiene, la orientará. Nadie de la colonia inglesa conoce tan bien el país; nadie lleva a cabo tan prolongadas excursiones, ni posee tan enciclopédicas noticias acerca de cualquier tema. El señor Flushing es coleccionista, y ha descubierto ya verdaderas preciosidades. Nunca creí que los indígenas poseyeran cualidades artísticas tan elevadas. Claro que eso fue en otro tiempo.

Helen recordaba sin poder situarlo con precisión haber oído en Londres el nombre de Flushing. Mientras la señora Thornbury hablaba, ella fue precisando sus recuerdos.

El señor Flushing era un tipo bastante excéntrico, que poseía una tienda de antigüedades y sustentaba raras teorías. Una de éstas es la de que jamás contraería matrimonio, pues la mayoría de las mujeres tenían las mejillas demasiado rojizas. No quería comprar casas

porque todas tenían las escaleras demasiado estrechas, ni comía carne porque los animales sangraban al morir. A pesar de todo, casó con una señora excéntrica y aristocrática con unos colores en las mejillas que demos

„ traban que la carne no le era indiferente y además le obligaba a hacer todas las cosas que él abominaba. Al llegar a este punto de sus recuerdos, Helen miró interesada a la visitante. Salieron al jardín y se instalaron en una mesita a la sombra de un árbol, disponiéndose a tomar el té. La señora Flushing tenía unos movimientos nerviosos que hacían balancear una pluma amarilla que llevaba en el sombrero. La regularidad de sus facciones junto con su buen color natural denotaban  (p.79) una ascendencia de generaciones bien nutridas.

 -No me interesa nada que tenga menos de veinte años -dijo-, y menos aún los libros o cuadros, ésos son sólo buenos para los museos y bibliotecas públicas... o para el fuego.

 -Estoy completamente de acuerdo con usted -rió Helen-; pero, sin embargo, mi esposo se pasa el tiempo descifrando manuscritos antiguos que a nadie interesan. -Interiormente se divertía con la expresión de extrañeza de Ridley.

-Hay un hombre en Londres, llamado John, que pinta mejor que muchos maestros antiguos -continuó la señora Thornbury-; sus cuadros me entusiasman, lo que no me sucede con los pintores antiguos. -Y siguió explicando que la señora Flushing vivía en una de las más antiguas y hermosas casas de Inglaterra, en Chillingley.

-A usted le parecerá muy hermosa y antigua, lo último no se lo niego, pero si yo pudiese la quemaba mañana -rió la señora Flushing.

Su risa era estridente y poco agradable.

-¿Qué cree usted que una persona normal puede hacer en una casa tan grande? -interrogó-. Si baja por una escalera después de obscurecido se llena una de hormigas, la luz no acaba nunca de funcionar satisfactoriamente. ¿Qué haría usted si al abrir un grifo salieran arañas? -dijo, mirando fijamente a Helen.

Ésta, sonriente, se encogió de hombros.

 -Esto sí que me gusta -continuó la señora Flushing, moviendo la cabeza a todos lados-, una casa pequeña con un jardín. Una vez tuve una casa en Irlanda. Desde

cama por las mañanas podía tocar con los dedos de

los pies las rosas que crecían junto a la ventana.

-¿Y qué les parecía tal ejercicio a los jardineros? -preguntó ingenuamente la señora Thornbury.

-¡Pero si allí no había jardineros! No estábamos más que yo y una pobre vieja sin dientes -rió estruendosamente la señora Flushing-. En Irlanda no hay ninguna persona pobre y anciana que conserve los dientes. Y eso no hay ningún político que sepa entenderlo, ni siquiera Arthur Balfour.

-No ha pasado que nunca ningún político entendiera nada -suspiró Ridley. Y con mirada melancólica siguió esparciendo mermelada por encima del pan. La señora Flushing le resultaba bastante antipática.

-Yo siempre le llevo la contraria a mi marido -dijo con suavidad la señora Thornbury-. ¡Ah, los hombres! ¿Qué sería de ellos sin nosotras?

-Lea usted el «Symposium»- dijo Ridley con sequedad.

 -¿Symposium? -preguntó la señora Flushing-. ¿Qué es eso, latín o griego? ¿Hay alguna buena traducción? -No, señora; tendrá que aprender el griego.

 -¡Antes partiría piedras! -dijo la señora Flushing . Siempre he envidiado a esos hombres que pasan el día sentados en montoncitos de piedras con los lentes puestos. Créame, prefiero cien veces hacer lo que ellos o limpiar corrales que aprender griego.

En aquel momento se presentó Rachel con un libro en la mano. Una vez terminadas las presentaciones, Ridley preguntó:

-¿Qué libro es ése?

-Es Gibbon -dijo Rachel, sentándose.

-¿El «Ocaso y caída del Imperio Romano»? -preguntó la señora Thornbury-. Lo conozco, es un libro maravilloso. Mi padre lo ponía siempre como ejemplo... y quizás fue ése el motivo de que no leyéramos nunca una línea de él.

-Yo enlazo con este libro algunas de las horas más felices de mi vida -dijo la señora Flushing-. Por la noche, cuando todos creían que dormíamos, leíamos las matanzas de los cristianos. Y no crean ustedes que es una tontería leer un volumen semejante con una luz débil y siempre pendientes de ser descubiertas. Además, mi hermana Luisa se empeñaba en tener abierta

la ventana cada noche, aquella ventana provocaba peleas, pues daba entrada a toda clase de insectos nocturnos. ¿Han visto ustedes morir nunca una polilla enorme, grande como una mariposa, quemándose a la luz de una vela?

La señora Flushing vióse interrumpida. Hirst y Hewet se dirigían hacia la mesa de té. Rachel notó que su corazón apresuraba los latidos. Pareció como si la presencia de los recién llegados barriera la trivialidad de la reunión. El saludo fue puramente formulario.

-Excúsenme -rogó Hirst, y levantándose inmediatamente, entró en la sala, volviendo con un cojín que colocó cuidadosamente sobre el asiento-. Reuma -dijo lacónicamente, volviendo a sentarse..

-¿Resultado del baile, acaso? -preguntó Helen.

-No, cuando me siento deprimido, tengo tendencia al reumatismo, parece como si las articulaciones estuvieran llenas de arena.

Rachel le miró, le divertía y al propio tiempo apenaba. Mientras la boca aparecía con una mueca de condolencia, sus ojos reían francamente. Hewet recogió el libro depositado sobre el césped.

-¿Le gusta? -preguntó en voz baja.

-En absoluto -contestó Rachel.

Había pasado la tarde intentando leerlo, pero la primera ilusión fue disipándose y por más que se esforzaba no acababa de comprender el sentido.

-Parece un rollo brillante que girase sin cesar, no puede penetrarse en su interior porque al dejar de girar pierde su brillo.

Creyó que sólo Hewet había oído sus palabras, por eso se sorprendió al oír preguntar a Hirst:

-¿Qué quiere decir usted con ese símil?

Rachel se avergonzó y no halló otra forma para expresar sus  (p.80) pensamientos que decir la verdad.

-Gibbon posee el estilo más perfecto de cuantos se han inventado -continuó Hirst-, y cada una de sus frases es literariamente perfecta.

«Es feo de cuerpo y de espíritu», pensaba Rachel, sin importarle gran cosa las opiniones de él sobre Gibbon y su estilo.

-Es un estilo fuerte, taladrante, inflexible -continuaba Hirst.

Rachel seguía mirando su gran cabeza y la enorme

prominencia de la frente, su s ojos severos de mirada intensa.

-Me doy por vencido -dijo Hirst, abatido.

Rachel creyó ver un deje de desprecio hacia ella por no saber apreciar el estilo de Gibbon. Los demás, en un grupo aparte, conversaban ahora acerca de los lugares indígenas que el señor Flushing habría visitado.

-Es inadmisible -protestó Rachel-. ¿Cómo puede usted juzgar a las personas sólo por sus rasgos literarios?

-Veo que sostiene usted la misma tesis que mi tía soltera -dijo Hirst en su constante tono de irritante superioridad-. Yo creí que sólo ella la sustentaba.

-Una persona puede ser muy agradable aunque nunca haya leído un libro -pronunció estas palabras con 1 tal fuego que todos empezaron a reír.

-¿Lo niego acaso? -preguntó Hirst, enarcando las cejas.

La señora Thornbury, bien fuera para suavizar la si- ' tuación o porque quisiera enfrentarse con Hirst, pues se sentía un poco madre de todos los jóvenes, intervino:

-Durante toda mi vida he vivido con personas como su tía, señor Hirst -y al hablar, se inclinó hacia ade-¡ lante y sus ojos brillaron en demasía-. Nunca oyeron hablar de Gibbon. Sólo se interesaron por los rebaños, los granjeros y las cosechas. Hombres altos de hermosa planta, que al verlos a caballo dan sensación de poderío como los guerreros de las Cruzadas. No niego que podía considerárseles como animalitos, no leen ni desean que los otros lo hagan, pero son las personas más bondadosas que existen sobre la faz de la tierra. Se asombraría de algunas de las historias que podría contarle. Yo creo que si volviera a nacer otro Shakespeare sería entre aquella gente. En aquellas casonas enormes de los Downs.-.

-Mi tía pasa su  (p.81) vida en East Lamberá, entre los po- bres degenerados. Yo sólo la mencioné porque se dedica siempre a perseguir a los que ella llama intelectuales, que es el mismo comportamiento que creo observar en la señorita Vinrace. Quizás sea moda ahora. A quien tiene talento se le mira con poca simpatía. Yo soy el primero en conceder grandes méritos a los señores del campo, pero mi padre, que es pastor en Norfolk, dice que no hay un gran señor en el campo que no...

-Bueno, pero a Gibbon... -interrumpió Hewet.

La tensión nerviosa que venía creciendo pareció decrecer con la interrupción de Hewet.

-...probablemente tú también lo encontrarás monótono -abrió el libro y buscó un pasaje a propósito para ser leído en voz alta.

Lo que más aburría a Ridley era oír leer en voz alta. Además tenía ideas muy especiales sobre las modas y se sentía predispuesto contra la señora Flushing a causa de la pluma anaranjada que lucía y que no le favorecía en absoluto, encontraba además que hablaba demasiado alto, que cruzaba las piernas y finalmente cuando la vió aceptar un cigarrillo de Hewet dio un salto y mascullando una excusa ininteligible se alejó del grupo. La señora Flushing pareció encontrarse más a sus anchas. Fumaba con más soltura y estiró las piernas más cómodamente. Siguió hablando con Helen sobre la reputación y carácter de la señora Raymond Parry. Valiéndose de sutiles estratagemas, hizo que Helen definiera a la señora Parry y el resultado fue una señora de edad, fea y pintarrajeada, un poco insolente e impertinente. Sus reuniones eran siempre divertidas por la diversidad de personas que en ellas se reunían. Helen compadecía al señor Parry, pues se decía que estaba encerrado con estuches de gemas, mientras su esposa atendía la excéntrica concurrencia de sus invitados.

-No es que yo crea todo lo que de ella se dice... -¡Siga, siga -rió la señora Flushing-, la señorita Parry es prima mía!

Cuando la señora Flushing se levantó para irse, notábase perfectamente que estaba encantada con sus nuevas amistades. Incluso empezó a fraguar tres o cuatro planes para reunirse con ellas en lo sucesivo, realizar alguna excursión, mostrarle a Helen sus compras... E incluyó a todos en una vaga pero espléndida invitación.

Al regresar Helen al jardín, recordó las advertencias de Ridley sobre su sobrina. Rachel estaba sentada entre Hirst y Hewet. Este último leía en voz alta y la muchacha, por su depresión, recordaba una flor aromática besada por la suave y fresca corriente. Gozaba del encanto del momento, pero sin que éste dejara huella en su espíritu. La voz del lector era sumamente agradable y al terminar el párrafo no se oyó comentario alguno.

-¡Adoro la aristocracia! -exclamó Hirst-. ¡Son tan francos! Ninguno de nosotros se hubiera comportado con la llaneza de la señora Flushing.

-Lo que me atrae más de ella es la armonía de su cuerpo, no la de su ropa. La pobre se viste de una manera absurda -aclaró Helen.

-Sí, su cuerpo es sumamente armónico; por el contrario, fíjense en mí -continuó Hirst-. No he pesado nunca más de 50 kilos, y es un poco ridículo para mi estatura. Probablemente ahora ni siquiera los peso, desde que vine aquí he adelgazado. Será el reuma -y al decir esto se retorció una muñeca para que pudieran oír el ruido de las articulaciones.

Helen no pudo por menos que reír.

-No es cosa de risa, se lo aseguro -protestó él-. Mi madre padece la misma enfermedad crónica y yo estoy esperando que me digan que padezco del corazón como ella.

-Pero Hirst -rió Hewet-, cualquiera que te oiga creerá que eres un viejo de ochenta años. Si tanto vamos a analizar, yo tuve una tía que murió de un cáncer y, sin embargo, no me apuro. -Se levantó proponiendo-: ¿Hay alguien que tenga ganas de pasear? Por detrás de la casa he descubierto un camino magnífico que conduce a la cima de la montaña, debe haber una vista preciosa sobre el acantilado. Por cierto que el otro día vi algo que me dejó absorto. Una veintena de peces gelatinosos semitransparentes con extrañas colas sonrosadas que flotaban sobre las olas.

-¿Estás seguro que no eran sirenas? -preguntó Hirst, irónico-: Francamente, Hewet, creo que para subir la cuesta hace demasiado calor todavía -dijo, mirando a Helen, que no parecía muy predispuesta a caminar.

-Sí, hace demasiado calor -aceptó ésta.

Hubo un pequeño silencio.

--Pues a mí me gustaría ir -dijo Rachel.

Ella y Hewet se alejaron juntos mientras Hirst veía con satisfacción que Helen no parecía dispuesta a acompañarles. A pesar de ello la indecisión que le asaltaba siempre sobre el tema que elegiría para hablar, le tuvo en silencio durante un rato. Miraba fijamente una cerilla que había en el suelo y la expresión de Helen decía claramente que su pensamiento estaba lejos de allí. Finalmente Hirst exclamó:

-¡Porra, porra y reporra! En Cambridge hay gente con la que uno puede hablar...

-...con la que uno puede hablar -murmuró inconscientemente Helen, y seguidamente pareció salir de su abstracción y preguntó-: ¿Ha decidido ya lo que va a hacer cuando vuelva a  (p.82) Inglaterra? ¿Cambridge o la abogacía?

Hirst observó que a pesar de la pregunta estaba distraída. Helen tenía el pensamiento fijo en Rachel y hacía conjeturas sobre cuál de los dos muchachos' tenía más posibilidades de enamorarla. Miró a Hirst y se dijo: «Es feo. ¡Qué lástima que sea tan feo!» Pasaba revista a todos los hombres inteligentes que conocía y a todos los encontraba feos. ¿Acaso el estudio que enaltecía sus espíritus maltrataba sus cuerpos? Preveía para el futuro una raza compuesta de hombres como Hirst y de mujeres como Rachel. «¡Oh no! -pensó-. Nunca se casaría con Hirst.» Sus pensamientos siguieron teorizando. El futuro de la raza humana estaba en manos de parejas como Susan y Arráur, pero si así era, veía a todos los ingleses labrando los campos y ¡eso no! Bien estaba tal cosa para rusos o chinos, pero para hijos de la Gran Bretaña... Luchando con tales pensamientos, que no acababan de convencerla. Hirst volvió a interrumpirla:

-Me gustaría que conociese usted a Bennet. Es uno de los hombres más grandes que existen.

-¿Bennet? -preguntó Helen.

Él asintió, ya más dispuesto, al ver la posibilidad de encauzar un tema. Explicó que el tal Bennet era un individuo que vivía en un molino viejo y destartalado a más de seis millas de Cambridge. Según Hirst, la vida que llevaba ese hombre era perfecta, solitaria y sencilla, sólo le importaba la verdad y sobre ella estaba siempre dispuesto a hablar, aunque con mucha modestia. Era una de las inteligencias más grandes que conocía.

-Sin embargo, el decir siempre la verdad me ha procurado muchas antipatías y enemistades. Por ejemplo, esta tarde, cuando Hewet ha cortado la conversación, muy oportunamente, por cierto, ¿había dicho yo alguna inconveniencia? Si Bennet hubiese estado aquí habría dicho exactamente lo mismo que yo... o se habría marchado. Claro que no es ése un carácter como para frecuentar la sociedad... además conduce a la misantropía. ¿Le parezco yo amargado? -Como Helen siguiese guardando silencio, continuó-: Pues lo soy. ¡Vaya que lo soy! Y atrozmente amargado, pero no es eso lo peor, envidio a los demás. Envidio que otros sepan cumplir en sociedad mejor que yo, y eso hasta un punto que resulta absurdo, lo reconozco. Por ejemplo, envidio el equilibrio de un camarero al sostener una pila de platos o una bandeja cargada, envidio a Arráur porque Su-san le ama. ¡Si supiera usted cómo me agradaría serles simpático a los demás! Pero no es así. Quizás sea debido a mi aspecto. No es cierto lo que dicen de que tengo sangre judía en las venas, precisamente todos mis antepasados son de Norfolk, los Hirst de Hirstboune Hall, y mi genealogía se remonta a más de tres siglos. Mi ideal sería parecerme a usted, serles a todos simpático en seguida.

-Está usted muy equivocado -rió Helen.

-Estoy completamente seguro de lo que digo -contestó Hirst con convicción-. En primer lugar es usted hermosa, la mujer más hermosa que jamás he visto, y además tiene un carácter tan espontáneo que despierta en seguida la simpatía.

Si Hirst, en lugar de tener la vista obstinadamente fija en una taza de té la hubiese fijado en Helen, la hubiera visto ruborizarse de placer y gratitud hacia el muchacho, que a pesar de todo le seguía pareciendo feo. Sentía lástima hacia él al verlo sufrir y le interesaban las cosas que le explicaba, en las que adivinaba una amarga verdad. Sintió la ineludible necesidad de hacer algo, pues le resultaba violento estar contemplando fijamente al muchacho como un juez. Se dirigió hacia la casa y regresó al momento con el bastidor. Hirst no levantó la vista de la taza vacía.

-Referente a la señorita Vinrace -se interrumpió, y volviéndose a Helen suplicó con vehemencia-: Permítame que seamos John y Helen, Rachel y Terence. -Y prosiguió, volviendo a fijar la vista en la taza-: ¿Cómo es Rachel? ¿Razona, tiene sentimientos o es sencillamente una especie de figurita de adorno?

-¡Oh no! -contestó Helen con vehemencia.

Por las observaciones de Hirst durante la merienda, dudaba de que fuese la persona más indicada para la educación de Rachel. Había llegado a interesarse profundamente por su sobrina y la quería, aunque algunas de sus cosas la disgustasen. Otras, sin embargo, la divertían enormemente. Sabía que espiritualmente estaba sin formar, deseosa de adquirir experiencia, tenía atractivos y mucho sentimiento.

-Parece indecisa, pero es muy individualista -dijo como concretando en aquella frase todas las cualidades y defectos de Rachel.

Lo complicado del bordado y la elección de los colores requerían toda la atención de Helen y motivó algunas pausas en el diálogo cuando se enfrascaba en los contrastes del colorido. Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos entornados observaba el efecto de su obra y contestaba a Hirst con monosílabos.

-Propondré a Rachel que salga a pasear conmigo -dijo, algo resentido por la falta de atención de Helen.

Hubo una larga pausa.

 -¿Es usted feliz?

-Sí, completamente -dijo Helen continuando su labor.

 -Con su esposo, supongo.

 -Sí.

-¿Tiene hijos?

 -Sí, y si quiere que le diga la verdad, no sé por qué soy tan feliz -prosiguió  (p.83) ella, continuando su tarea sin interrupción.

De pronto soltó una carcajada y miró fijamente al muchacho.

-Entre nosotros hay un abismo -dijo John con voz profunda-. Usted es mucho menos complicada que yo. Las mujeres son siempre así y no hay forma de saber por qué.

-¡Pero qué tétrico es usted! -exclamó Helen, deteniéndose con la aguja en la mano.

Su rostro destacaba sobre el tronco de una magnolia. Tenía uno de los pies apoyado en el barrote de una sillita y en sus manos las hebras de seda. Parecía estar tejiendo el destino. Era una mujer que sabía adaptarse a cualquier momento y situación. John la miraba fijamente.

 -Me parece que usted no acostumbra a hacer muchos cumplidos.

-Ya estropeé con ellos bastante a Ridley -dijo He-len, meditativamente.

-¿Le soy agradable a usted? -preguntó Hirst a boca de jarro.

Helen lo miró un instante.

-Sí.

-¡Gracias a Dios! -y continuó, emocionado-: Prefiero serle agradable a usted antes que a ninguna otra persona de la tierra.

-¿Y qué me dice usted de los cinco filósofos? -rió Helen, echándolo todo a broma y bordando rápidamente-. Desearía que me los describiese.

Hirst no tenía el menor deseo de hablar de ellos, pero al traerlos a su imaginación, se encontró consolado y fortalecido.

Se encontraba en aquellos momentos al otro lado del mundo en habitaciones llenas de humo o en patios de grisáceas losas. Se le aparecían como figuras destacadas que hablaban con soltura y con quienes se sentía compenetrado. Los sabía incomparablemente más sutiles en sus emociones que la gente que le rodeaba. Ellos le daban lo que ninguna mujer, ni siquiera Helen podía darle. Confortado con estos pensamientos, siguió explicando su caso a Helen. ¿Debería quedarse en Cambridge o dedicarse a la abogacía? Tan pronto pensaba en una cosa como en otra. Helen le escuchaba ahora atentamente. Con decisión y sin preámbulos, le dijo:

-Deje Cambridge y dedíquese al foro.

Hirst insistía en que le diera las razones que la impulsaban a aconsejarle así.

-En Londres disfrutará usted más.

No parecía ésta una razón de peso, aunque ella la conceptuase suficiente. Le miró con curiosidad, su rostro anguloso se destacaba sobre el verdor de los arbustos. Se había quitado el sombrero y tenía la cabellera encrespada. Sostenía los lentes en la mano y una señal encarnada aparecía a cada lado de su nariz. Estaba preocupado. Mientras hablaba, Helen estudiaba la colocación de las ramas que se ofrecían como fondo, la sombra de las hojas y la suavidad de las flores. Sin darse cuenta, todo aquello había llenado su conversación. Dejó a un lado la costura y dio unos pasos por el jardín. Hirst la imitó inquieto y preocupado. Ninguno de los dos rompió el silencio. El sol iniciaba su declive y un cambio se operaba en las montañas, como si fueran envolviéndose en una neblina azulada. Sonrosadas nubes, largas y afiladas, con nacarados reflejos, se esparcían por el cielo. Los tejados de las casas parecían más bajos que otras veces y. por contraste los cipreses se dibujaban más al. tos y afilados.

Llegaron claramente hasta ellos las campanadas del Angelus. Hirst se detuvo súbitamente.

-Bien, suya será la responsabilidad. Voy a dedicarme a la abogacía.

Sus palabras eran solemnes, casi emocionadas. Helen, después de una corta vacilación, volvióse hacia él y le estrechó con calor la mano que él le tendía, al , propio tiempo que le dijo, también emocionada a su pesar:

-Estoy segura de que la elección es acertada y de que llegará usted lejos, muy lejos.

Entonces, como para hacerle comprender la escena, extendió su mano señalando al panorama que en torno a ellos se ofrecía, recorriéndolo con ella desde el mar a los tejados de las casas, de las alturas de los montes hasta la «villa», el jardín, el magnolio y las mismas figuras de Hirst y de ella de pie, uno junto a otro.

XVI

Hacía rato que Hewet y Rachel contemplaban desde el borde de los acantilados y en la profundidad de las aguas los peces gelatinosos. Volviendo la vista tierra adentro, contemplaban una vasta extensión de tierra muy distinta de la que habían podido ver siempre en Inglaterra. Allí, ante un lejano horizonte de suaves montes, tímidos pueblecitos y cuestas que casi no merecían el nombre de tales y un mar grisáceo con alguna débil columnita de humo. Aquí, el paisaje era de una grandiosidad arrolladora, tierras de un verdor exuberante o resecas por un sol implacable. Picachos por doquier que se esparcían hasta lo infinito como un encrespado oleaje de tierras. Tierra sin crepúsculos, dividida sencillamente en día y noche. Crisol de razas desde el blanco al negro de ébano. Volvieron a posar sus miradas en el mar. Éste aparecía con una transparencia y calma tales que parecía incapaz de enfurecerse. Como para dar un mentís a los que así opinan, el mar fue cobrando un extraño tono plomizo y súbitamente, sin que nada permitiera suponerlo, olas enormes vinieron a romper contra las rocas, deshaciéndose en cascadas de espuma. Aquél era el mismo mar en que desembocaba el Támesis, y el Támesis era el río que cruzaba la ciudad de Londres. Éstos eran sin duda los pensamientos de Hewet, pues  (p.84) exclamó tras un largo silencio:

-¡Desearía estar ya en Inglaterra!

Rachel se tendió sobre el césped, separando las briznas altas de las hierbas para poder contemplar mejor el mar. Las aguas, al pie de las rocas, eran tan transparentes que podían observarse perfectamente las piedras rojizas del fondo. Pensó que así era desde la creación del mundo y así seguiría por los siglos de los siglos; ningún ser humano turbaba la tranquilidad de las aguas en aquel remanso. ' Obedeciendo a un inexplicable impulso, agarró el pedrusco más grande que encontró a su alcance y lo precipitó en las tranquilas aguas. El agua se pobló de ilimitados círculos que se ensanchaban hasta lo infinito. Ambos los contemplaban, y cuando el agua volvió a quedar en reposo, Rachel murmuró:

-¡Es maravilloso! -luego, sin separar la vista de las aguas, siguió-: ¿Qué le falta de Inglaterra?

-Mis amigos y cuanto allí nos rodea -dijo, contemplando a Rachel, sin que la muchacha se apercibiese.

Rachel seguía abstraída por la profundidad de las aguas y las cascadas de espuma, que formando riachuelos entre las rocas volvían al mar.

Hewet observó que el traje de hilo de Rachel, de un azul fuerte, moldeaba suavemente su cuerpo. Era un cuerpo joven, en plena formación. Se había quitado la pamela y apoyaba la cabeza en una mano. La emoción que le producía la visión de las aguas le mantenía los labios entreabiertos. Todo su rostro tenía una dulce expresión infantil como si esperase que alguno de aquellos peces fuese a subir por las rocas para verla. Su mano, tendida sobre el césped, revelaba nerviosidad, tenía los dedos afilados. Era mano de artista. Con una extraña angustia, Hewet se dio cuenta de que la muchacha le atraía poderosamente. Rachel levantó la cabeza y sus ojos se fijaron en él.

-¿Escribe usted novelas?

Hewet sentía un incontenible deseo de estrecharla entre sus brazos, pero se contentó en saber lo que decía.

-¡Ah sí!... bueno, pienso escribirlas -rectificó.

-¿Y por qué escribe usted novelas? Debería escribir música.

Algo inmaterial había cambiado en  (p.85) el rostro de Rachel. Al trabajar su cerebro disminuía su atractivo innato.

-La música puede expresar todos sus sentimientos mejor que la literatura. En ésta hay mucho... -calló como si no encontrara la palabra deseada-. Esta tarde, leyendo a Gibbon, sentí un aburrimiento insoportable. -Soltó una carcajada limpia, cristalina, que Hewet coreó.

-¡Jamás le prestaré ningún libro!

-¿Por qué será que con usted me río del señor Hirst y no puedo hacer lo contrario? Durante el té me ha abrumado, no con su fealdad, que es mucha, sino con su inteligencia --y para mejor comprensión, movió el brazo en un ancho círculo como si quisiese expresar las dimensiones del cerebro de Hirst,

Le encantaba la facilidad con que podía hablar con Hewet. Entre ellos no habían esas incomprensiones que rompen la unidad de muchas amistades.

-Ya lo he notado -dijo Hewet, divertido, al ver a la muchacha hablar con tanta naturalidad. Recobró su aplomo y sintió un gran alivio-. El respeto que las mujeres, incluso las mujeres cultas, sienten hacia el hombre -continuó-, creo que obedece a una especie de dominio que nosotros poseemos sobre ellas semejante al que decimos poseer sobre los caballos. Se imaginan que somos tres veces más importantes de lo que somos realmente. Por este motivo siento mucho que con voto o sin él las mujeres consigan nada.

-El voto... el voto... -murmuró la muchacha.

A su mente acudió el recuerdo de una papeleta que se echaba en una urna. Se miraron sonrientes ante lo absurdo de la cuestión.

-No, expuesto así, no creo que el voto representara ninguna solución, pero si he de serle franca, sólo me interesa mi música. ¿Son los hombres verdaderamente así? -y sin esperar respuesta volvió sobre el tema que le interesaba-. Usted no me inspira temor -y lo miró tranquilamente.

-¡Oh! Es que yo soy distinto -respondió Hewet con cómica petulancia-, yo tengo de seiscientas a setecientas libras al año para mí solo y además a un novelista no se le toma nunca en serio... a Dios gracias. Si a uno le toman muy en serio, viene obligado a repartir su tiempo en citas, oficinas, títulos, cartas a montones, medallas, nombramientos honoríficos... No lo envidio; sólo al pensar en ello me siento abrumado. Piense que todo eso que le digo ha dado lugar al complicado concepto que de la vida tiene el sexo masculino, jueces, criados, armada, marina, Parlamento, Alcaldías. ¡Qué lío, Señor, qué lío! Fíjese en Hirst, no pasa día sin que discuta sobre la conveniencia de quedarse en Cambridge o dedicarse al foro. «Es mi carrera, mi sagrada carrera.» Esto me lo ha dicho ya cientos de veces, y tengo por seguro que su madre y hermana lo habrán escuchado miles de veces. Encuentra muy natural que la hermana se vaya a dar la comida a los conejitos para que él disfrute de la sala de estudios sin interrupciones molestas. Estas atenciones y el constante: «¡Cuidado, John está estudiando!» han sido la causa de que crea que todo lo suyo tiene una importancia excepcional.

-Pero... ¿y su hermana?

-A ella nadie la torna en serio, pobrecita... Ella a dar de comer a los conejitos.

-Yo he dado de comer a los conejitos durante veinticuatro años; ahora me parece imposible.

Había quedado abstraída por sus pensamientos, y Hewet comprendió que hablaría de ella, de su vida. Esto le complacía, pues podría comprenderla mejor. Para decidirla, preguntó:

-¿Qué hacía durante el día?

A Rachel le parecía que hasta entonces todo se había dividido en cuatro partes intercaladas entre las comidas y todos los acontecimientos se habían doblegado a aquellos cuatro intervalos inadmisibles.

-Desayunar a las nueve, comer a la una, tomar el té a las cinco y la cena a las ocho...

-Bien -volvió a preguntar Hewet-; pero por las mañanas, ¿qué hacía?

-Tocar el piano...

-¿Y después de comer?

-Salir a comprar con alguna de mis tías o bien hacer alguna visita..., siempre había algo sin importancia que hacer. Mis tías realizaban muchas visitas a personas enfermas y que deseaban ingresar en los hospitales. También paseaba sola por el parque. Algunas veces venían visitas a la hora del té. En verano lo tomábamos en el jardín y jugábamos al criquet. En invierno yo leía en voz alta y ellas hacían labores. Después de cenar tocaba cl piano mientras ellas escribían alguna carta. Cuando papá estaba en casa siempre invitaba a cenar a sus amigos y una vez al mes íbamos al teatro. Contadísimas son las veces que he comido fuera de casa y poquísimas las que he podido asistir a algún baile en Londres. Nuestro círculo de amistades es limitadísimo. Lo forman viejos amigos y algún pariente. Un pastor, el señor Pepper, los Hunts... A papá le gustaba encontrar tranquilidad en casa. Cuando venía a Hull era para trabajar muchísimo.

Además mis tías no están para muchos trotes, y una casa, si se la quiere llevar bien, proporciona mucho trabajo. Nuestro servicio ha sido siempre deficiente. Tía Lucy se pasa muchas horas en la cocina y tía Clara invierte casi toda la mañana en arreglar la sala, ordenar la ropa blanca y limpiar la plata. Tenemos también perros, a los que hay que asear y atender, sacarlos a pasear, bañarlos, etc. Además, tía Clara posee un viejo loro que le  (p.86) trajeron de la India. Todas nuestras cosas vienen de algún lugar exótico. La casa está atestada de muebles viejos, no precisamente antiguos. Son victorianos, de la época de mis abuelos. Pero aunque en realidad estorban, no hay forma de que se desprendan de ellos -continuó con un suspiro-; pero a pesar de todo, es una casa bastante agradable y su único defecto, la vejez... ¡encierra tantos recuerdos!

Por su imaginación volvía a desfilar el conocido aspecto de la salita con las sillas tapizadas de damasco verde alineadas a lo largo de las paredes. Las macizas cristaleras de la biblioteca, los cortinajes verdes y los cestos de costura enseñando sus interioridades de lana. Fotografías de maestros italianos en las paredes. Vistas de Venecia y de los lagos suizos, recuerdos de un viaje realizado por sus tías hacía ya muchos años. Un par de retratos de los abuelos y una copia de un grabado de John Stuart Mill. Era una habitación sin personalidad definida, ni bonita ni fea, como tampoco conseguía ser ni confortable. Para Rachel aquella habitación tenía una sola virtud. Era familiar.

 -Pero a usted poco puede interesarle todo esto -dijo al terminar su larga charla.

 -Se equivoca, jamás escuché a nadie con tanto interés.

Rachel cayó entonces en la cuenta de que mientras ella paseaba imaginariamente por Richmond, los ojos de Hewet no habían dejado de observarla. Esto la halagó.

-¡Por favor, siga usted hablando! -suplicó él-. Imaginemos que es un día cualquiera durante la comida. Usted se sienta ahí, aquí su tía Lucy y allí tía Clara -y colocó tres piedrecitas sobre el césped.

Rachel continuó lo que había empezado.

-Tía Clara corta la carne. Junto a la mesa hay un cacharro de porcelana al que llaman «criado mudo» y que contiene además de una esparraguera, tres bandejas, unapara las galletas, otra para la mantequilla y la tercera para el queso. Blanca, la muchacha que siempre tropieza, va sirviendo. Comemos deprisa porque se trata de uno de los días en que tía Lucy va a Walworrá. Se marcha con su bolso morado y el inseparable cuaderno negro de apuntes. Tía Clara tiene en la sala una reunión de Junta y yo saco a pasear a los perros. Allí están ahora en plena primavera. Siga usted imaginando que cruzo la calle, todavía húmeda, y ya en pleno campo paseo a los perros y canto, como suelo hacer cuando estoy sola. Llegamos a un lugar despejado, y si el día es claro puedo contemplar Londres a mis pies. Generalmente una neblina cubre parte de la ciudad, y cuando sobre el parque cae un velo ligeramente azulado, entonces la circulación en Londres es completamente imposible. Es el lugar donde se elevan los globos de Hurlingham. Son de un amarillo pálido y si en la caseta del guarda hay fuego encendido un aroma delicioso llena aquel espacio. Podría explicarle aquellos lugares palmo a palmo. Desde pequeña ha sido mi lugar favorito de juego y de paseo. En otoño es aún más bonito, al oscurecer atravieso la calle cruzándome con gentes a las que casi no distingo, eso es lo que más me atrae. El misterio que nos envuelve a todos en un atardecer otoñal.

-Bien; pero tendrá que regresar para tomar el té, supongo -interrumpió Hewet.

-¿Cómo? ¡Ah, sí! El té. Las cinco en punto. Vuelvo a casa, cuento lo que he hecho y mis tías también. Viene alguna visita, supongamos que es la señora Hunt. Es ésta una señora coja que tiene ocho hijos. Le preguntamos por cada uno de ellos, pues están diseminados por toda la tierra. Uno de ellos murió no hace mucho en brazos de un oso. -Miró a Hewet para ver si verdaderamente se divertía o era sólo mero cumplido. Le pareció que llevaba mucho tiempo hablando.

-No puede usted imaginarse lo que me interesan sus divagaciones. -Efectivamente debía ser así, porque se le había apagado el cigarro sin que se diera cuenta.

 -Pero ¿cómo puede ser que le interese lo que le cuento? ¿Qué aliciente puede tener para usted?

 -Quizás porque en ese ambiente está usted.

Al oír aquello, Rachel, que había estado hablando con infantil ingenuidad, perdió algo de su espontaneidad y soltura. Se dio cuenta de que había sido observada atentamente, como cuando hablaba con Hirst. Quiso buscar nuevo argumento de conversación y no lo encontró. Felizmente Hewet tomó la palabra:

-Cuando paso a lo largo de la acera, junto a una hilera de casas, pienso siempre en lo que estarán haciendo allí dentro las mujeres. Estamos a comienzos del siglo XX y hasta hace pocos años ninguna mujer se atrevía a salir sola y así ha sido durante miles de años. Una vida silenciosa, retraída, sin representación social. Hay mucho escrito sobre las mujeres, burlándose o adorándolas... pero rara vez estos escritos emanan de ellas. Creo que los hombres no las conocemos en lo más mínimo. Ignoramos cómo viven, qué sienten y cuáles son sus ocupaciones. La única confidencia que de ellas conseguimos los hombres son amores. Pero de las vidas íntimas de las solteras, de la mujer que trabaja o educa y cuida a la infancia, como por ejemplo sus tías, la señora Thornbury... la señorita Allan, de ésas no conocemos absolutamente nada. Guardan sus sentimientos íntimos cuando tratan con nosotros. Piense en un tren compuesto de  (p.87) quince vagones con varios compartimientos reservados especialmente para los fumadores. ¿No le exalta a usted esa prioridad del hombre? ¿No se ríen ustedes de nuestra supuesta superioridad y petulancia? ¡Todo es una farsa!... ¿Qué opina usted?

Su insistencia por saber concretamente cuál era su pensamiento la azaraba. Hizo una larga pausa antes de contestar y repasó mentalmente sus 24 años. Intentó describir más cuidadosamente a sus tías. Éstas tenían. cierto respeto hacia su padre, que ejercía en la casa una indudable autoridad. Pero la verdadera realidad de la vida en la casa era muy distinta de lo que parecía a simple vista. Ésta se realizaba independientemente de la voluntad y presencia del señor Vinrace. Es más, se realizaba a espaldas suyas. Él las trataba siempre en broma pero con cierto desdén. Para Rachel todo lo que hacía su padre era perfecto. Partía de la idea que la vida del ser querido es de mucha más importancia que la de los demás y por lo tanto carecía por completo de sentido compararla con la suya. Pero las palabras de Hewet conmovían el edificio de sus pensamientos. Ella se había sometido siempre a la voluntad de su padre, quizás por influencia del comportamiento de sus tías, y tal influencia es la que regía su vida. Sus tías eran más ostentosas, pero también más naturales que su padre. Toda su furia se estrellaba contra ellas, eran su mundo compuesto de cuatro comidas, la puntualidad, las criadas fregando por las mañanas, el estudio atento. Sintió deseos de romper todo aquello en añicos. Levantó de nuevo los ojos hacia él.

-Hay mucha verdad en lo que usted dice. Pero en esa vida, aunque equivocada, hay mucha belleza. Todo se realiza humildemente sin vistosidades, y sienten, sienten... Las solteronas son muy sensibles y están siempre en actividad. No podría expresarse concretamente cuál es su ocupación. Yo misma no podría decírselo; pero sé que es así y en casa me daba perfecta cuenta. Allí todo es real y sincero.

Fue recordando las idas de sus tías a Walworth para ver a los  (p.88) enfermos, las obligaciones que llevaban aparejadas su pertenencia a diversas asociaciones, sus infinitos actos de caridad y sacrificios que no escatimaban nunca, pues para ellas constituían un deber. Lo veía todo, sus aficiones, sus amistades, sus costumbres. Eran como distintos granitos de arena que caían, llegando a formar una masa sólida y tangible.

-¿Es usted feliz? -preguntó Hewet inopinadamente. -Es algo difícil de explicar. Soy feliz y desgraciada al propio tiempo. No tiene usted idea de lo que representa ser una mujer joven. Hay terrores y agonías -dijo Rachel sin apartar los ojos de su rostro como buscando una mueca de burla o de risa-. Entre estos dos polos se debaten las vidas... Esas mujeres que pasean por las calles esperando poder vender sus favores... Esos hombre casados que besan... ¿qué hay de verdadero en todo ello? ¿Dónde acaba el bien y empieza el mal?

 -¿Nunca le dijeron nada?

Rachel denegó con la cabeza.

 -Pues entonces... -empezó él, pero calló.

Tenía ante él una vida que era una página en blanco. Todo lo que la muchacha había contado de los suyos y de su vida, hora por hora, era superficial. Hewet la observaba, ¿por qué aquella observación incesante? ¿Por qué no la besaba sencillamente? Tenía deseos de que la besasen.

 -Una mujer se encuentra sola más a menudo que el hombre, a nadie le importa lo que ella hace. Nada se espera de ella. Salvo si es muy bonita, entonces se interesan por ella porque alegra la vista. Y precisamente eso es lo que me gusta -añadió con energía como si recordara algo muy agradable-. Me gusta pasear por Richmond Park, cantar a solas sabiendo que a nadie le importo. Me encanta observar a la gente de lejos, como les observamos aquella noche en el hotel. Me gusta la libertad como la tienen el viento y el mar.

Con gesto rápido volvióse casi de espaldas a Hewet y contempló el mar, que empezaba a teñirse de tonalidades amarillentas y reflejar las nubes con reflejos rojizos. Al oír estas últimas palabras, una intensa depresión se apoderó de Hewet. Parecía que se habían acercado mucho y un solo gesto los separaba enormemente. Estaba claro que él no significaba nada para la muchacha y que ésta no sentiría jamás distintos afectos por una persona que por otra.

-Qué tontería -dijo bruscamente-. Lo que a usted le gusta es que la gente la admire. Su verdadero rencor hacia Hirst proviene de que él no la admira.

Hubo un largo silencio, que rompió ella:

-Quizás esté usted en lo cierto. Me gusta la gente si me son agradables.

Volvióse y contempló fijamente a Hewet. Era guapo y respiraba optimismo. La cabeza era bien proporciona- da, ojos grandes y soñadores a la par que dominantes. Su boca denotaba ternura y sentimiento. En él respiraba todo energía. Se le adivinaba capaz de fuertes pasiones, dejándose llevar por impulsos y actos poco razonados. Su frente revelaba talento. El mismo interés que se advertía en los ojos a Rachel al mirarle, se traslucía también en su voz.

-¿Qué clase de novelas le gustaría escribir? -preguntó lentamente.

-Quisiera escribir algo sobre los sentimientos íntimos que no se expresan, sobre lo que la gente siente y no dice. Pero las dificultades son inmensas -suspiró-. De todos modos, eso no tiene para usted importancia alguna -dijo, mirándola severamente-. A nadie le importa, los libros se leen para adivinar a través de ellos cómo es el autor. Y si se le conoce, para ver a qué amistades ha retratado en sus personajes. Lo que el libro contiene, lo que en él se ha querido explicar y lo que con él se pretende exponer... eso no le interesa a nadie. A veces pienso si habrá en el mundo algún tema más interesante que ése, pero no lo encuentro. Todos los que hay allí -y señalaba el hotel- desean algo que no pueden alcanzar.

Ahora era Rachel la que se encontraba deprimida, al volver a girar la conversación sobre literatura sentíase cíe nuevo completamente impersonal. El deseo que notó en él de profundizar en su alma se esfumaba, y al verlo desaparecer sintió una dolorosa opresión.

-¿Es usted buen escritor?

-Eso creo, aunque no todavía de primera línea. Tan bueno como Thackeray, pongo por ejemplo.

Rachel se maravilló de ver poner a Thackeray en segundo término. En su opinión, éste era el mejor escritor contemporáneo e ignoraba que hubiera otro que pudiera sobrepasarlo, ni siquiera igualarlo. El aplomo y la confianza con que él había hablado la confundían y notaba que se alejaba cada vez más.

-Mi otra novela -continuó- es la de un hombre joven obsesionado por la idea de convertirse en magnate. Se las compone de forma que puede vivir en Cambridge con 100 libras al año. Posee un abrigo que en sus tiempos fue bueno. De los pantalones no puede decir lo mismo. Va a Londres, se introduce en la buena sociedad. Tiene que mentir, pues la idea temática de la obra es exponer la degradación progresiva del alma al hacerse pasar por hijo de un gran terrateniente de Devonshire. El abrigo va haciéndose cada vez más viejo y los pantalones están impresentables. Imagínese usted al desgraciado colocando cuidadosamente por las noches las prendas al pie de la cama y pensando quién vivirá más, si ellas o él. Le acosan pensamientos de  (p.89) suicidio. Tiene un amigo que atiende a sus necesidades vendiendo pajaritos que coge con cepo en Ilxbridge. Ambos tienen afanes literarios. Conozco a dos pobretones como estos que le cito que recitan a Aristóteles y cenan un arenque y un mendrugo de pan. Quiero sacar a relucir el fondo de la sociedad, sus inmoralidades, mostrar a mi héroe en distintos centros y circunstancias. Lady Theo Bungham Bungley, cuyo caballo desbocado detiene mi héroe, es la hija de un viejo noble y Par del Reino. Voy a describir una de las reuniones a que asistí una vez. A los intelectuales modernos les gusta que se vean sobre sus mesas las últimas y más discutidas novedades editoriales. Dan reuniones en las que el principal elemento de diversión es el juego. En literatura la dificultad no consiste en concebir incidentes sino en darles forma. Termino mi obra de una forma desastrosa para Lady Theo. Desheredada por su padre, se casa con mi héroe, y viven en una casita pequeña en las afueras de Croydon, donde a él se le considera como corredor de fincas. Nunca consigue ser admitido como un verdadero señor. Esto es lo más interesante del libro. ¿Le parece a usted que un libro así lograría interesarla? Quizás le gustaría más este otro -prosiguió sin esperar su respuesta-. Yo sostengo la tesis de que en el pasado hay ciertas bellezas que los historiadores y novelistas corrientes arruinan con sus convencionalismos absurdos. Convierten a la luna en la reina pálida de los cielos. La gente vive de fantasías. Yo voy a pintar a los personajes tal y cual son las personas. Como usted y como yo. La ventaja de la idea reside en que, despojados de falsos convencionalismos, uno puede presentarlos tal y cual son en las condiciones de vida habituales.

Rachel le escuchaba con atención y desconcierto al propio tiempo. Ambos se abismaron en sus respectivos pensamientos.

-Yo no me parezco en absoluto a Hirst -dijo Hewet después de una larga pausa y como si expresara pensamientos íntimos-. No creo a la gente rodeada por círculos de cal, aunque algunas veces desearía verlos así. ¡La gente es tan confusa y complicada! Cuanto más se profundiza en ella más difícil se hace el juzgarla. ¿No lo cree así? Difícilmente se acierta con el sentir de otras personas, nos debatimos a obscuras. ¿Hay nada más lastimoso y equivocado que juzgar a una persona por la opinión de un tercero? Siempre creemos conocer a los demás y vamos de error en error.

Conforme iba hablando, alineaba las piedrecitas. Hablaba tanto para Rachel como para sí mismo. Volvía a invadirle el deseo incontenible de tomarla entre sus brazos, de acabar con las indirectas, de explicar lisa y llanamente lo que sentía. Estaba diciendo lo contrario de su sentir. Todo era contrario a lo que creía. Todo lo que de ella le interesaba lo conocía ya, pero siguió alineando las piedrecitas.

-Me gusta usted, Hewet, y yo, ¿le gusto a usted? --preguntó Rachel inesperadamente.

-Sí; me gusta extraordinariamente -contestó Hewet con la prontitud y satisfacción de quien encuentra, de pronto, la oportunidad de decir lo que tanto había deseado.

Dejó de mover las piedrecitas.

-¿No podríamos llamarnos sencillamente Rachel y Terence? -propuso.

-¡Terence! -repitió Rachel-. ¡Terence! Es como el canto de un pájaro.

Miró hacia arriba con un impulso de viva alegría y volvió a mirarle con ojos expresivos, alegres y parlanchines. Se dio cuenta del cambio que entretanto se había operado en el firmamento. El azul vivo había ido palideciendo y poniéndose nebuloso, las nubes rosadas se amontonaban, la paz y frescura del atardecer suplía el agobiador calor del día.

-Debe ser muy tarde.

-Son las ocho, pero ¿qué valor tienen aquí las horas? -preguntó Terence mientras se levantaba para regresar.

Con paso rápido iniciaron el camino cuesta abajo. Un lazó de intimidad parecía envolverlos. Ambos sabían lo que las ocho de la tarde representaban en Richmond. Terence iba adelantado, separando las ramas al paso de Rachel

-Me parece que lo que yo quiero hacer al escribir novelas es algo parecido a lo que hace usted al tocar el piano, ¿no es así? Ambos intentamos descubrir lo que se oculta bajo las apariencias. Mire esas luces de ahí abajo -continuó-, están repartidas sin orden ni concierto, al azar. Así se me presentan a mí las imágenes. Mi afán es combinarlas, darles vida. ¿Es ése también su deseo?

Llegaron a un camino más ancho y pudieron marchar uno junto al otro.

-Ahora comprendo lo que quiso usted decir. No, la música es diferente.

Probaron de inventar teorías y hacer que éstas concordasen. Hewet carecía de conocimientos musicales. Rachel, con una ramita, dibujó en el polvo del camino las rayas de un pentagrama y fue explicando cómo componía Bach sus fugas.

-Mi afición por la música quedó arruinada por el método de enseñanza del organista de nuestra iglesia. Llegó a convertirlo en algo tan monótono que no alcancé a tocar nunca ni una pequeña canción -dijo Hewet después de una explicación de Rachel-. Mi madre creía que la música no era apropiada para los hombres, prefería verme cazar ratas y pájaros... ¡Inconvenientes de vivir en el campo! Vivimos en  (p.90) Devonshire, el lugar más bonito del mundo. Me gustaría que conociese a una de mis hermanas... ¡Bueno! ¡Ya hemos llegado!

Abrió la puerta de un empujón y se detuvieron unos instantes. Ella no dijo que pasase ni que deseaba que volvieran a verse. Atravesó la puerta y se perdió en la obscuridad. Al verla alejarse, Hewet notó que su malestar anterior volvía a dominarle con más fuerza. La conversación se había interrumpido en el punto más interesante, cuando iniciaba lo que estaba rabiando por decir. En resumidas cuentas ¿qué era lo que le había confesado? Al pensar en cuanto se habían dicho le pareció que todo fueron divagaciones inútiles, que si les habían acercado en algunos momentos, en la mayoría les mantuvieron profundamente separados. Por eso ahora se sentía insatisfecho, sin saber a ciencia cierta cuáles eran los sentimientos de Rachel. ¿Para qué servía hablar? «Para eso» tan sólo: para hablar.

XVII

La estación estival estaba en todo su apogeo. Los barcos procedentes de Inglaterra dejaban siempre algunos turistas en Santa Marina, los cuales, invariablemente, iban al Hotel. El hogar de los Ambrose resultaba un remanso de paz, lejos de la monotonía del Hotel, no sólo para Hirst y Hewet, sino también para los Elliot, Thornbury, Flushing, la señorita Allan, Evelyn y algunas otras con las cuales el conocimiento de los Ambrose era tan superficial que ni sus nombres retenían. Fueron generalizándose dos palabras: la Villa y el Hotel, que dividían la estancia en Santa Marina en dos formas de vida completamente distintas. Algunas veces una simple presentación conducía a una verdadera amistad. Una noche en que la luna bordaba sobre el suelo el encaje de las ramas. Evelyn contó a Helen toda su historia, ganándose con este rasgo su amis- tad sincera y perdurable. En otra ocasión un suspiro involuntario, una pausa o tal vez una palabra dicha sin intención ofensiva, fueron causa de que la pobre señora Elliot dejase la villa con los ojos arrasados de lágrimas, prometiéndose no volver a frecuentar la casa donde tan fríamente se la  (p.91) había insultado y, efectivamente, así murió aquella amistad. Hewet hubiese encontrado en la villa tema suficiente para componer varios capítulos de su obra «Lo que se calla», y quienes más callaban eran Helen y Rachel. Helen advirtió en su sobrina cierta reserva, aunque no intencionada, y no quiso profundizar el secreto. Esto enfrió algo la ciega confianza que antes se demostraban. En lugar de confiarse sus impresiones y saltar de una idea a otra en franca y animada charla, limitábanse a comentar ligeramente sobre los visitantes.

Helen, siempre serena, fría y sin acalorarse nunca en sus juicios, iba volviéndose cada vez más pesimista. No juzgaba con severidad a las personas y sí al destino cuando deparaba a alguien una suerte que Helen creía injusta. Sostenía la teoría de que el destino de los seres estaba presidido por el caos más profundo, las cosas sucedían sin motivos ni causas justificados. Esta teoría era su favorita en las conversaciones con Rachel. Recibía, por ejemplo, una carta de sus hijos que rebosaba optimismo; pues bien, ella sostenía que en aquel mismo instante sus hijos podían estar aplastados bajo las ruedas de un camión. ¿No sucedía a otros tal desgracia? También podía sucederle a ella y su rostro tomaba una expresión de pena ante tamaña posibilidad. Estas opiniones, más o menos sinceras, eran alimentadas por las fluctuaciones del pensamiento de su sobrina. Ésta pasaba de un estado pletórico de gozo a una depresión de honda desesperanza. Naturalmente que este último estado debía conjugar mejor con el pesimismo de Helen. Quizás era sólo una maniobra de Helen para descubrir el estado verdadero de la muchacha. Era difícil juzgarlo, porque unas veces ésta asentía a lo más trágico y fúnebre que dijese su tía, y otras, por el contrario, se negaba en absoluto a escucharla, acogía con carcajadas todos sus pesimismos y ridiculizaba con las más absurdas comparaciones todo lo que afirmaba su tía. Otras veces protestaba, diciendo:

-Estas teorías son el graznido de un cuervo en el cieno...; ya es bastante dura sin eso.

-¿El qué es dura? -indagaba Helen.

-La vida -y ambas permanecían silenciosas.

Helen podía sacar la conclusión de que la vida era dura, pero una hora más tarde esta misma vida se convertía en algo tan maravilloso que los ojos de Rachel pregonaban a gritos la alegría de vivir. De haber sido Helen menos escrupulosa, en los momentos de depresión de su sobrina, que no eran pocos, hubiera averiguado fácilmente la verdad para bien de Rachel. Quizá la muchacha, inconscientemente, reprochase también a su tía tanta delicadeza. Helen advertía, en el proceder de la muchacha, la marcha de un río que corre y corre sin cesar hasta despeñarse en una cascada. Su instinto le advertía que debía detener aquella marcha, pero ¿serviría de algo? El destino continuaría su camino imperturbable y el reo seguiría su marcha por el curso señalado. Rachel no parecía sospechar la observación de que era objeto, ni que en su manera de comportarse pudiese haber algo que llamase la atención. No advertía el cambio operado en su vida. Su único deseo era ver a Terence. No verle era una agonía y su vida se colmaba de sufrimientos y ansias. Nunca indagaba qué fuerza era aquella que se había apoderado de su ser y la atormentaba. Durante las dos o tres semanas transcurridas desde su paseo había recibido media docena de cartas que guardaba en un cajón. Las leía y pasaba la mañana entera envuelta en felicidad. La tierra calcinada por el sol que se extendía ante su ventana, no estaba más capacitada para analizar el color y calor que ella para analizar los sentimientos que la embargaban. En tal estado le era imposible leer ni tocar el piano. El tiempo pasaba sin advertirlo. Cuando obscurecía sentíase atraída por las luces del hotel. Allí estaba, iluminada, la habitación de Terence. Entonces su pensamiento le veía ir y venir por la habitación, leer y hasta a veces intentaba imaginarse sus pensamientos. Atribuía sabiduría a la señora Elliot, belleza a Susan y vitalidad a Evelyn, sólo porque Terence les hablaba. A tal punto llegaba su estado de depresión, que su entendimiento semejaba un campo obscuro rodeado de alta valla, azotado incesantemente por granizadas y vendavales. Se sentaba en un sillón dominada por el sufrimiento. Las palabras tétricas de Helen se clavaban entonces como puñales en su corazón hasta arrancarle sollozos y clamores contra la dureza de la vida. Sin motivo alguno esta tensión iba aflojándose y la vida volvía a tomar su aspecto normal, pero revestida de un colorido nunca visto ni sospechado. Las noches eran anchos fosos obscuros que separaban los días. Rachel hubiera deseado vivir una serie ininterrumpida de días sin foso alguno. Sin embargo, Rachel nunca confesó ni a sí misma que estuviese enamorada de Terence. Ni se le ocurrió pensar adónde podía conducirle aquel abuso de sensaciones. La imagen del río que Helen se había formado con respecto a su sobrina, tenía mucho de real, y la alarma que sentía estaba plenamente justificada. En aquella inercia por analizar sus sentimientos, era incapaz de trazar un  (p.92) plan que hubiese calmado y aclarado su entendimiento, se abandonaba a los acontecimientos echando de menos a Terence un día, viéndole otros y recibiendo siempre sus cartas con un salto de sorpresa. Otra mujer con más experiencia amorosa hubiera trazado una línea de conducta, pero aquél era el primer contacto de Rachel con el amor. Ninguno de los libros que leyera, desde «Cumbres borrascosas» hasta «Hombre y superhombre», ni los dramas de Ibsen, le sugirieron que aquello que las heroínas sentían era precisamente lo que ella experimentaba. Le pareció que aquellas nuevas sensaciones eran personales y desconocidas por completo para los demás.

Con Terence se veían con bastante frecuencia, y cuando no era así, él le enviaba alguna nota o algún libro con un comentario, como si no pudiese apartar del todo aquel sentimiento de intimidad que tanto le atraía. Otras veces pasaban varios días sin saber nada uno de otro. Cuando volvían a encontrarse, después de una amarga desesperanza, experimentaban una alegría delirante. Las despedidas eran amargas y ambos quedaban intranquilos, pero ignorando cada uno el estado del otro.

Si Rachel estaba ciega para sus sentimientos, lo estaba aún más para los de él. Al principio le veía como a un semidiós. Conforme iba estrechándose su conocimiento, esta aureola iba reduciéndose y notaba nacer en ella cierta confianza atrevida que colmaba su seguridad en sí misma. Se adentraba en un mundo cuya existencia no había sospechado. Cuando pensaba en Terence, le veía siempre junto a ella. Era esta impresión tan real que le causaba una rara sensación física que no podía explicar.

Así transcurría el tiempo. Unas cartas venían de Inglaterra y otras de Willoughby. Los días transcurrían con sus pequeños y triviales incidentes. Ridley corrigió tres odas de Píndaro, Helen adelantó algo su bordado. Hirst concluyó los dos primeros actos de una comedia. Él y Rachel habían llegado a ser buenos amigos, le leía sus trabajos y ella se maravillaba tanto de su destreza en la prosa como de la variedad de adjetivos y también del hecho de que fuera amigo de Terence. Ante tal admiración, Hirst empezó a pensar serenamente si su verdadero camino no estaría en la literatura. Fue un tiempo de profundas meditaciones y revelaciones. Amaneció un domingo que nadie, a excepción de Rachel y la criadila española diferenciaron de los demás días. Rachel iba a la iglesia, según Helen, porque no se tomaba nunca la molestia de pensar en ello. Desde que en el Hotel se celebraba un servicio protestante, asistía a él por cl placer (le cruzar la ciudad, el jardín y el vestíbulo del Hotel. No era fácil que pudiese ver a Terence. Como la mayoría de los huéspedes del Hotel eran ingleses, los domingos resultaban allí menos bulliciosos que el resto, de la semana. Los ingleses eran impotentes para ensombrecer el sol, pero tenían un raro don para alargar las horas, disminuir el diapasón de los acontecimientos, prolongar las comidas y conseguir que hasta los botones y criados adoptasen cierto aire de aburrimiento y aspecto de seriedad. A este aspecto general contribuían en gran parte los trajes nuevos que todos se ponían el domingo, parecía oírse crujir la ropa interior almidonada, las pecheras de las camisas lucían impecables de nitidez y blancura.

Aquel domingo, hacia las once, varias personas esparcidas por el vestíbulo se reunieron llevando devocionarios. Faltaban pocos minutos para empezar el oficio cuando una figura vestida de negro, gruesa y maciza, con expresión preocupada y que evitaba los saludos, atravesó el vestíbulo y desapareció por uno de los corredores.

 -El señor Bax -cuchicheó la señora Thornbury.

El pequeño grupo empezó a ponerse en movimiento, tomando la misma dirección que aquél. La señora Flushing bajó corriendo las escaleras y se unió al grupo, preguntando:

 -¿Dónde?

 -Allá vamos todos -le contestó la señora Thornbury. Y prosiguieron su camino.

Rachel estaba entre las primeras personas que descendían las escaleras y no se apercibió que en último lugar iban Hirst y Terence sin devocionario. Sólo Hirst llevaba bajo el brazo un libro de cubiertas azules. La capilla era la antigua del Monasterio, situada en un sótano profundo y fresco donde durante cientos de años se había celebrado el Santo Sacrificio de la Misa. Allí y a la claridad de la luna, rezaban y hacían penitencia los monjes, rogando por los pecadores. En las paredes, cuadros obscuros y santos de afiladas manos en actitud de bendecir. La transición del culto católico al protestante se debió a estar deshabitado el convento desde hacía muchos años. La capilla sirvió primero de almacén del Hotel. Algunas sugerencias de los huéspedes fueron tenidas en cuenta, y por aquel entonces la capilla aparecía resplandeciente de blancura con largos bancos de madera y algunos reclinatorios tapizados de rojo obscuro. Tenía un pequeño púlpito y un águila de bronce sobredorado sostenía sobre sus espaldas una Biblia. La piedad de distintos fieles proporcionó algunas alfombras de dudoso gusto y largas tiras de pesados bordados con iniciales litúrgicas en  (p.93) oro. Al entrar los fieles sonó una música dulzona, ejecutada en el armónium por la señorita Willett. Oculta tras una cortina de madrás color crema, la organista atacaba los acordes con mucha inseguridad. El sonido se esparcía por la capilla como una cascada de poca altura. Las veinte o veinticinco personas que asistían, hicieron al entrar una inclinación con la cabeza y ocuparon los asientos mirando en derredor. Reinaba un profundo silencio y la luz era pálida y esfumada. Se leyó el Padrenuestro y pareció que la oración los unía a todos. Corno el fuego de una antorcha, se elevaba la oración unida a la de tantos otros seres queridos a muchas millas de distancia. Susan sentía esta fraternidad más vivamente que las demás, se cubría la cara con las manos y la emoción la invadía suavemente. Sentíase en paz consigo misma y con los demás. Todo respiraba paz y quietud. En aquel ambiente, el señor Bax volvióse y leyó un salmo. Ante su entonación la sensación de paz huyó por completo. En su salmo anatematizaba a los hombres. Susan se dijo que en apariencia no veía motivo para tanto y dejó de prestar atención a las frases del oficiante, pero las siguió rutinariamente mientras seguía alabando a Dios, a la naturaleza entera y a sí misma.

Sin embargo, los hombres que asistieron a la ceremonia se resintieron de la repentina intrusión de aquel salmo, pronunciado con salvaje agresividad. Siguió el ruido peculiar de varias páginas al ser vueltas. Ruido de aula académica. Se leyó un trozo del Antiguo Testamento. Parecían un grupo de estudiantes aplicados. Volvieron al Nuevo Testamento, a la triste y hermosísima imagen de Jesús. Intentaban analizar su vida comparándola con la propia. Les resultaba difícil, unos eran excesivamente prácticos, otros ambiciosos, estúpidos, locos, ávidos de sensaciones, enamorados o ajenos a todo sentimiento que no fuera el de su propia comodidad. Cada cual acoplaba a su sentir las palabras de Cristo. La mayor parte aceptaban sencillamente las ideas que las palabras les sugerían, creyendo sus  (p.94) pensamientos fiel reflejo de la bondad y belleza de alma, igual que la trabajadora encuentra bellísimo el ramplón dibujo que ejecuta, sólo porque es ella quien lo hace. Por primera vez en su vida Rachel, en lugar de encerrarse en sus pensamientos, escuchó con atención lo que decía el pastor. Saltaba del salmo a la oración y de ésta a la poesía. Estaba desasosegada, como si escuchase una partitura pésimamente ejecutada. Irritada y enfurecida ante el poco tacto, la falta de sensibilidad del párroco que acentuaba y puntualizaba tan erróneamente, su enojo se extendía hasta el auditorio que aceptaba en silencio sus palabras. La atmósfera de solemnidad aumentó su malhumor. Estaba rodeada de gente, que pretendía sentir sin hacer ningún esfuerzo para ello. Sobre ellos campeaba una idea inaprensible para la mayoría. Aquella capilla y todas las iglesias del Universo se le antojaron duras y frías. Enormes edificios llenos de hombres y mujeres ciegos de espíritu que se acogían a la cómoda postura de alabar y aceptar con los ojos medio entornados y los labios fruncidos. Estos pensamientos, le producían un malestar físico semejante al que le ocasionaba la niebla que se forma a veces ante los ojos al intentar descifrar un escrito en males condiciones de luz. Hacía lo posible para apartar aquella niebla y concebir algo elevado, pero se sentía impotente. Acababa de imposibilitarla de lograr su deseo, la voz del pastor diciendo cosas confusas, conceptos falsos. Resultaba pesado, cansado, deprimente. Cesó de escuchar y fijó su atención en la cara de una mujer próxima a ella. Era una enfermera cuya expresión atenta y devota reflejaba su satisfacción interna. Fijándose más detenidamente vino a caer en la conclusión de que su postura era de inconsciente sumisión. Su mirada satisfecha no estaba ligada por vínculo alguno a la imagen de Dios. ¿Cómo podía aquella pobre mujer de cara rojiza y redondeada y ojos de azul obscuro comprender algo que estaba tan por encima de sus triviales deberes? Forzosamente lo vería todo mezquino y rutinario. ¿Dónde hallaría la fe en su virtud y las virtudes de su religión? Era como si su sensibilidad hubiese muerto al empuje de algo grandioso, elevado, inconcebible para su pequeñez. La cara de aquella pobre mujer quedó grabada como una máscara horrorosa en la retina de Rachel. En ella veía revelado lo que tan crudamente expresaban Hirst y Helen, al proclamar que aborrecían el cristianismo. En el fondo Rachel estaba persuadida de que la opinión de ambos, en aquel punto, no pasaba de ser una postura más o menos superficial y elegante. Con la violencia que la caracterizaba repudió todo lo que hasta entonces había creído. En el fondo de la capilla se hallaban Hirst y Hewet junto con la señora Flushing. El humor del grupo era muy distinto. Hewet miraba al techo y mantenía las piernas lo más estiradas posible. Como nunca había intentado comprender la ceremonia, se atenía a la belleza del lenguaje, sin que otra preocupación turbara su espíritu. Cualquier cosa le servía de motivo de distracción. El peinado de la señora situada ante él o los juegos de luz y sombra en los rostros. Las palabras le sonaban como un mosconeo monótono. Intentó descifrar algo del carácter de los seres que había a su alrededor. Al descubrir a Rachel todos estos pensamientos se esfumaron como por encanto, y ya sólo pudo pensar en ella. Los salmos, las oraciones, la letanía, perdieron casi la categoría de mosconeo monótono. La mirada iba de Rachel al techo, pero su expresión era completamente absorta. Estaba tan dolorosamente absorto con sus pensamientos como Rachel con los suyos. Al comenzar el Oficio notó que la señora Flushing llevaba una Biblia en lugar del devocionario corriente. Como se situó junto a Hirst, la observó de soslayo. Éste leía atentamente su librito de tapas azules. Se inclinó para verlo mejor y entonces Hirst le entregó el librito señalándole los primeros renglones de un poema griego, y junto a él la traducción.

-¿Qué es? -preguntó la señora Flushing con curiosidad.

-Safo -replicó él-. Lo mejor que se ha escrito.

La señora Flushing no pudo resistir la oportunidad de leerlo. Durante la letanía se tragó la Oda de Afrodita. A duras penas contenía su deseo de preguntar en qué época había vivido Safo y si los otros poemas merecían la pena de ser leídos. Llegó al final coincidiendo con el Credo.

Entretanto, al dorso de un sobre, Hirst efectuó algunas anotaciones. Al subir el pastor al púlpito, cerró el libro intercalando el sobre entre sus hojas. Colocóse bien las gafas y fijó su vista en el orador.

Su obesidad y estatura sobresalían sobre el púlpito. La luz que se filtraba por una de las ventanas verdosas daba a su rostro el aspecto de un huevo enorme. Miró al auditorio que le contemplaba a su vez atentamente y entre el cual había hombres y mujeres que fácilmente podrían haber sido sus abuelos. Resumió su texto con latosa parsimonia. La idea sobre la que se asentaba el sermón, erala de que los extranjeros que visitaban aquel hermoso país tenían un deber que cumplir para con los indígenas, aunque fuera olvidando que disfrutaban de unas vacaciones. En realidad el  (p.95) sermón se diferenciaba poco de los artículos repletos de tópicos que encabezaban cualquier período semanal. Saltaba de un tema a otro con verbosidad amable. Mantenía la tesis de que todos los seres humanos eran iguales en el fondo, poniendo como ejemplo los juegos de los niños españoles y los de los ingleses, y haciendo observar que pequeñas acciones pueden tener gran influencia sobre las gentes y especialmente en los nativos. Continuó explicando que uno de sus amigos aseguraba que el éxito del gobierno inglés en la India se debía en gran parte al reglamento de cortesía establecido para el trato con los indígenas y que las pequeñas cortesías contribuían a captarse la simpatía de los nativos, cosa muy necesaria teniendo en cuenta que vivían en una época de constante inseguridad. La aviación y la radio eran problemas desconocidos por la generación anterior y, sin embargo, para la actual presentaban dilemas de difícil solución. Adoptó, si aquello era posible, un tono más clerical. Hablaba con estudiada inocencia. Según él, todos los cristianos se limitaban a decir: «¡Oh, sí... es un pastor!» Cuando lo que deberían decir es: «¡Es un buen amigo!» O bien: «¡Es un verdadero hermano!»

Exhortaba a sus oyentes a que se llevaran bien con los hombres representativos de nuestro tiempo, que simpatizaran con sus múltiples intereses, pero sin olvidar que había un aspecto que sobrepasaba a todos y era necesario tanto al más poderoso como al más humilde. Los más humildes pueden ser indispensables, y las cosas más insignificantes, de una influencia decisiva. Aquí dirigióse especialmente a las mujeres. Su perorata fue extendiéndose. Respiró hondo, irguió su enorme humanidad y fue desgranando sus frases:

-Una gota de agua sola separada de las demás, cae desde una nube al inmenso Océano y según dicen los químicos cambia el caudal de su contenido. Todos los millones de gotas que juntas componen la gran universalidad de las aguas, alteran la configuración del globo y la vida de millones de seres habitantes de los mares, y las vidas de millones de seres humanos que habitan en las costas. Todo esto está contenido en potencia en una sola gota de agua. Un diluvio puede producir la muerte de millones de seres, pero sin él no florecerían los frutos de la tierra. Esta misma maravilla se cumple en cada uno de nosotros, pues con la acción o la palabra logramos un efecto favorable o contraproducente, no para un momento solo. Si el pensamiento o la acción son profundos, su efecto se prolonga por generaciones y aun para la eternidad.

Volvióse bruscamente como si intentara evitar un aplauso y continuó con distinto tono de voz la bendición de los fieles reunidos. Sonó nuevamente el armónium tras las cortinas y los oyentes recogieron sus devocionarios y se dirigieron a la salida. A media escalera, cuando ya vislumbraba la luz del exterior, Rachel sintió una mano que se apoyaba sobre su hombro y la voz autoritaria de la señora Flushing.

-Señorita Vinrace, quédese a comer. ¡Es tan tristón un domingo! Ni siquiera nos ponen carne. ¡Quédese por favor!

Llegaron al vestíbulo donde fueron recibidos con miradas curiosas por los que faltaban a sus deberes religiosos, aunque su ropa dejaba adivinar que en lo restante celebraban enteramente el domingo. Rachel, que se sentía incapaz de resistir aquel ambiente ni un solo momento más, iba a presentar sus excusas cuando Terence pasó junto a ella hablando animadamente con Evelyn.

-¡Gente inglesa, fuera! -dijo la señora Flushing con un mohín malicioso-. Son terriblemente aburridos. Pero no nos quedemos aquí.

Y cogiendo a Rachel por un brazo la guió:

-Venga arriba a mi cuarto.

Pasaron ante Hewet, Evelyn, los Elliot y los Thornbury. Hewet se adelantó.

-La señorita Vinrace ha prometido comer conmigo -dijo enérgicamente la señora Flushing. Y lo dejó con la palabra en la boca.

Subió rápidamente las escaleras como si la persiguiese toda la clase media inglesa.

-¿Qué le ha parecido? -preguntó al llegar a lo alto casi sin respiración.

Todo el enojo contenido se desató en palabras que salían a borbotones.

-¡Detestable! -exclamó Rachel-. En mi vida oí nada semejante. ¿Cómo se ha atrevido? ¿Qué quería dar a entender Míster Bax con sus palabras?

Todos los puntos del sermón fueron saliendo atropelladamente. Estaba demasiado indignada para poder analizar sus sentimientos y la señora Flushing la escuchaba encantada y divertida.

-Siga, siga -reía dando palmadas-. Es delicioso oírla.

-Pero... ¿por qué asiste usted -preguntó Rachel.

-Si la memoria no me es infiel, he asistido todos los domingos de mi vida -contestó riendo la señora Flushing, como si aquello fuera suficiente justificación.

Rachel se volvió bruscamente hacia la ventana. No acertaba a comprender cuál era el motivo de aquella furia interna que la dominaba. La vista de Terence en el vestíbulo la había calmado algo y ahora era sólo indignación lo que sentía. Dirigió la vista hacia su Villa y al verla se tranquilizó, recobrando la calma. Recordó que estaba con una señora a la que sólo conocía superficialmente. Volvió-se hacia ella y la miró. La  (p.96) señora Flushing estaba sentada a los pies de la cama y la miraba con los labios entreabiertos mostrando una doble hilera de dientes blanquísimos.

-Dígame -preguntó sin cesar de mirarla-, ¿a cuál de los dos prefiere? ¿Al señor Hewet o al señor Hirst?

-Al señor Hewet -dijo Rachel sencillamente, pero su voz no sonó muy natural.

-¿Cuál? ¿El que lee los poemas griegos en la iglesia? -inquirió la señora Flushing.

Y mientras le describía la escena de la capilla, Rachel buscó una silla. Era una de las habitaciones más lujosas del Hotel. Había butacas y divanes, pero casi todo estaba ocupado -por lienzos con manchones de pintura al óleo.

-No los mire, por favor -suplicó la señora Flushing al observar a Rachel, y empezó a volverlos rápidamente.

Rachel se apoderó de uno de ellos y la señora Flushing con vanidad de artista preguntó:

-¿Qué le parece?

Rachel, silenciosa, fue ojeándolos. Todos revelaban claramente la personalidad de la ejecutante. Estaban inacabados, luciendo vigorosas pinceladas. No pasaban de ser grandes bocetos.

-Yo veo todas las cosas con vida -dijo la señora Flushing, cogiendo uno de los cuadros y empezó a trabajar en él con un carboncillo.

Rachel miró inquieta a su alrededor.

-Abra el armario -dijo la señora Flushing con varios pinceles en la boca -y distráigase viendo lo que hay dentro.

Como Rachel titubease, se levantó y abriendo las puertas de par en par, arrojó sobre la cama una gran cantidad de mantones, telas bordadas, encajes. Rachel los contemplaba y la señora Flushing volvió a arrojar otra cantidad no menor que la primera, y además broches, pendientes, pulseras, borlones y peinecillos, todo cayó sobre la cama hecho un revoltijo. Entonces volvió a su taburete y siguió trabajando en silencio. Todas las piezas eran de colores vivos y estridentes, formando un conjunto abigarrado y de líneas alucinantes. Plumas, peinetas de concha de cien tonalidades en abigarrado montón.

-Las indígenas los usan desde hace cientos de años -comentó la señora Flushing-. Mi marido, montando a caballo, se mete por todos los rincones y los encuentra, no se dan cuenta de su valor y los conseguimos baratos. Luego los vendemos a las elegantes de Londres.

Rió como si la absurda apariencia de las elegantes la divirtiese.

Después de pintar durante unos minutos, fijó la vista en Rachel y dijo:

-Le diré lo que me gustaría hacer. Subir allá arriba y explorar por mi cuenta. Es tonto quedarse aquí rodeados de gente ñoña, como si estuviésemos en una playa de moda de Inglaterra. Quisiera subir por las riberas del río y visitar a los nativos en sus campamentos. Mi marido ya lo ha hecho. Es cuestión de pasar unos días bajo tiendas de campaña. Por las noches nos acostaríamos bajo los árboles y por el día nos embarcaríamos y remaríamos río arriba. Si viésemos algo que nos llamase la atención, gritaríamos para que se detuviesen.

Se levantó y con una larga aguja dorada empezó a apuñalar la cama. Miró a Rachel observando el efecto que en ésta producían sus palabras.

-Debemos formar un grupo -prosiguió--. Unas diez personas podrían alquilar una lancha. Usted y su tía, el señor Hirst y el señor Hewet. ¿Dónde tiene un lápiz?

Conforme maduraba su plan iba entusiasmándose. Sentada al borde de la cama escribió una lista de apellidos, todos invariablemente mal escritos. Rachel se contagió de su entusiasmo. La idea resultaba deliciosa. Había tenido siempre grandes deseos de ver el río, y la perspectiva de estar con Terence le pareció demasiado bella para convertirse en realidad.

Hizo lo posible para ayudar a la señora Flushing sugiriéndole nombres y contando los días de la semana con los dedos. La señora Flushing quería saber todo lo concerniente a las personas que le nombraba. A qué familia pertenecían, a qué se dedicaban. A su vez contaba historias extravagantes, pero lógicas, con su temperamento de artista. Historias de personas con igual nombre, que ella conocía aunque no pertenecían a aquellas familias, pero que recordaba por concluir en Chulingley. Al final, la señora Flushing buscó la ayuda de un diario. El método de concertar fechas con los dedos no daba buen resultado. Abrió y cerró todos los cajones de su escritorio y gritó a pleno pulmón:

-¡Yarmouth, Yarmourá! ¡Porra de mujer! Cuando se necesita, nunca se la encuentra.

En aquel momento sonó el gong frenéticamente. La señora Flushing tiró de la campanilla con violencia. Se abrió la puerta y dio paso a una camarera guapa y casi de tan buena presencia como su señora.

-¡Ah, Yarmourá! -dijo la señora Flushing-. Búsqueme un diario y averigüe qué fecha será dentro de diez días. Pregúntele al portero cuántos hombres se necesitarían para mover una lancha en que fuésemos ocho personas. Es para ir por el río durante una semana. Entérese de cuánto costaría todo. Anótelo en una hoja y déjelo sobre el tocador. ¡Vamos! -observó, señalando la puerta con tono autoritario para que Rachel saliese y guiase el camino-. ¡Oh, Yarmourá! -dijo antes de salir-. Guarde todo eso y cuelgue cada cosa en su sitio como una chica buena. Sabe cómo molesta al señor Flushing encontrarlo todo revuelto.

Yarmourá contestaba a  (p.97) todo: «Sí, señora».

Al entrar en- el espacioso comedor se notaba en todo el aspecto dominguero. La mesa de los Flushing, situada cerca de una ventana, les permitía ver a cuantos entraban. La curiosidad de la señora Flushing era concienzuda.

-La señora Paley -cuchicheó al verla pasar en su silla de ruedas que empujaba Arthur-. Los Thornbury vienen después. Es tan agradable -dijo tocando a Rachel para que viese-. ¿Cómo se llama?

La señora excesivamente maquillada y compuesta que siempre llegaba tarde con su taconeo característico y una sonrisita forzada como quien se presenta en un escenario, tembló bajo la mirada descarada y despreciativa de la señora Flushing. Su mirada expresaba a las claras toda su hostilidad por aquella tribu de señoras como ella decía. Seguidamente llegaron los dos jóvenes que la señora Flushing bautizó llamándoles los Hirst. El señor Flushing trataba a su esposa con una mezcla de admiración e indulgencia, allanando con su suavidad y fluidez de palabra la brusquedad de su esposa. Mientras ella exclamaba inquieta, él describía un esquema de la historia sudamericana. Atendía con paciencia a cualquier interrupción de su esposa y después reanudaba su tema con la misma calma que antes. Sabía hacer amena una comida, no era aburrido ni trataba con demasiada familiaridad. Tenía la intuición, así se lo dijo a Rachel, de que en las profundidades de aquella tierra se ocultaban maravillosos tesoros. Lo que vio Rachel eran trivialidades recogidas en el curso de un corto viaje. Creía que podían encontrarse dioses tallados en piedra, escondidos en las laderas de la montaña. Figuras colosales erigidas en vastos y verdes prados, donde solamente vivían tribus indias. Creía que antes de alborear el arte europeo, los cazadores primitivos y los sacerdotes edificaron templos de piedras macizas, labraron en los troncos de cedro majestuosas figuras de dioses, animales y símbolos de las grandes fuerzas, como el agua, el aire y el bosque en donde vivían. Podrían existir ciudades prehistóricas construidas en  (p.98) grandes claros entre los árboles, llenas del arte de aquella raza joven y poderosa. Nadie había estado allí; eran lugares inexplorados. Hablando sobre sus pintorescas teorías, fijaba la atención de Rachel sobre todo lo que decía. Ésta no se dio cuenta de que Hewet no cesaba de mirarla desde su mesa, a través de los camareros que pasaban rápidos cargados de platos. No prestaba atención a nada, y Hirst lo encontró malhumorado y hasta desagradable. Habían tocado todos los tópicos corrientes de la política y la literatura. Se pelearon. Hewet consideró el paganismo de Hirst como mera ostentación. Le preguntó por qué iba a la iglesia, y Hirst dijo que había escuchado el sermón como podía probarlo si quería que se lo repitiese y que iba a la iglesia para conocer más la naturaleza del Creador. Las palabras del Pastor le habían inspirado las tres mejores estrofas de la literatura inglesa. Eran una invocación a la divinidad.

-Las escribí en el dorso del sobre de la última carta de mi tía -dijo, sacándolo.

-Bien, oigámoslas -dijo Hewet, dispuesto ante la perspectiva de una discusión literaria.

-Querido Hewet, ¿quieres dar lugar a que nos arrojen fuera a puntapiés unos enfurecidos Thornbury o Elliot? -inquirió Hirst-. El menor cuchicheo sería suficiente para recriminarnos. ¡Dios mío! -exclamó-. ¿De qué sirve intentar escribir cuando el mundo está poblado de tanto imbécil? En serio, Hewet, te lo aconsejo, no te dediques a la literatura. ¿De qué te serviría? Ahí tienes a tu auditorio.

Movía la cabeza indicando las distintas mesitas donde los huéspedes se ocupaban en comer y cortar los trozos de carne que tenían en sus platos. Hewet echó una ojeada y aumentó su malhumor. Hirst miró también. Vio a Rachel y se saludaron con una inclinación de cabeza.

-Empiezo a creer que Rachel está enamorada de mí -observó-. Ése es el escollo de la amistad con mujeres jóvenes, casi siempre se enamoran. -Hewet siguió guardando silencio.

Lo que a Hirst no pareció importarle gran cosa, pues reanudó el tema del señor Bax y la peroración de la gota de agua. Como Hewet escasamente contestaba a sus frases, eligió un higo y se abismó en sus pensamientos. Al terminar la comida, se separaron y tomaron el café en distintos lugares del vestíbulo. Desde el lugar que ocupaba Hewet, bajo una palmera, vio salir a Rachel del comedor con los Flushing. Buscaron unas sillas y eligieron un rincón apartado, prosiguiendo su charla en la intimidad. El señor Flushing había monopolizado el uso de la palabra. Sacó una hoja de papel donde demostraba gráficamente sus exploraciones. Hewet vio a Rachel inclinarse sobre la hoja y señalar distintos puntos con el dedo. Era tal la ira de Hewet, que comparaba al señor Flushing, extremadamente bien vestido para un clima cálido y con sus modales afectados, a un tendero empeñado en vender su mercancía. Mientras miraba al pequeño grupo, los Thornbury y la señorita Allan, buscando y rebuscando, se colocaron formando corro con él, disponiéndose a tomar café.

Querían saber si conocía al señor Bax. El señor Thornbury, como siempre, no hablaba casi, mirando vagamente ante él. Repetía con frecuencia el gesto de ponerse las gafas; luego, pensándolo mejor, las dejaba caer de nuevo. Después de una discusión, las señoras decidieron, sin ninguna duda, que aquel Bax no era hijo de William Bax. Hubo una pausa. La señora Thornbury comentó que tenía la costumbre de decir «Reina» en lugar de rey al entonar el himno nacional. Nueva pausa. La señorita Allan comentó que, yendo a la iglesia en el extranjero, tenía siempre la sensación de que asistía al funeral de un marino. Siguió una pausa larguísima, que prometía prolongarse indefinidamente. Afortunadamente, un pájaro del tamaño de una urraca, pero de un colorido azul metálico, fue a posarse en la terraza. La señora Thornbury divagó sobre el efecto que harían las montañas todas azuladas.

 -¿Qué te parecerían a ti, William? -le dijo, tocándole la rodilla.

 -Si todas nuestras rocas fueran azules -dijo él, colocándose definitivamente las gafas sobre la nariz-, no podrían subsistir en Wiltshire -concluyó, quitándose nuevamente las gafas.

Las tres personas fijaron su atención meditativamente en el pájaro. Hewet empezaba a pensar si no debía dirigirse al rincón de los Flushing, cuando surgió Hirst, colocándose en un sillón junto a Rachel. Ambos empezaron a hablar familiarmente. Aquello era excesivo para Hewet. Se levantó, cogió su sombrero y marchóse enfurecido.

XVIII

Todo cuanto veía le disgustaba, aborrecía el blanco y el azul, lo definido, la intensidad, los zumbidos, todo el calor del Sur. El paisaje se le aparecía tan duro y poco romántico como el fondo de cartón de un escenario. Las montañas, como grandes biombos de madera recortados contra el cielo. Caminaba rápido a pesar del calor y del sol. Dos caminos conducían a la salida de la población; por el lado Este, uno se dirigía a la villa de los Ambrose. El otro al campo, llegando hasta un pequeño pueblo en el fondo del valle. Las pisadas, impresas en el barro, llevaban a vastos campos secos y villas de ricos indígenas. Hewet, para evitar el calor, dejó la  (p.99) carretera principal y encaminó sus pasos por uno de aquellos caminos, evitando así el polvo de las carretas y el cruce con la gente del campo que retornaba de ferias y fiestas. El ejercicio alejaba algo la irritación superficial que sintió toda la mañana, pero en su interior persistía aún la pena. No había duda de que le era indiferente a Rachel. Escasamente le había mirado y al hablar con el señor Flushing mostraba el mismo interés que cuando le hablaba a él. Finalmente sintió las odiosas palabras de Hirst como un latigazo y recordaba que los había dejado hablando juntos. Bien pudiera ser que estuviese enamorada de Hirst, como éste había insinuado. Repasó tal suposición para ver si encontraba algo que la corroborase. Su repentino interés por lo que Hirst escribiera, su modo de comentar sus actos, el mismo apodo que le había aplicado, «el gran hombre», podían tener otra significación más íntima. Y si se entendieran, ¿qué sería de él?

-¡Qué fastidio! -exclamó-. ¿Estoy acaso enamorado de ella? -A esto sólo podía contestar de una forma-: «Sí, estás enamorado de ella».

Desde el primer momento que la vio le había interesado y atraído y seguía atrayéndole más y más hasta ser incapaz de pensar en otra cosa que no fuese Rachel. Se paró preguntándose si deseaba casarse con ella. Aquél era el problema real. Tales agonías no se podían resistir, era necesario decidirse de una vez. Se dijo que no deseaba casarse con nadie. Como estaba irritado con Rachel, la idea del matrimonio le molestaba. Vio ante él el cuadro de dos personas solas sentadas, ante un hogar. El hombre leía, la mujer cosía. Había otro cuadro. Veía a un hombre levantarse con ligereza, dar las buenas noches y dejar a su compañera con el recelo de que iba en busca de la felicidad. Ambos cuadros le resultaban poco agradables, y aún más el tercero, compuesto de marido, esposa y amigo. Los primeros mirábanse como si nada les importase y estuvieran en posesión de otra verdad más honda. En su irritación aceleraba el paso, y sin esfuerzo alguno otros cuadros acudían a su imaginación. Aquí estaba el matrimonio sentado, muy paciente, tolerante y sabio, rodeado de los hijos. Esto tampoco le hacía mucha gracia. Probó toda clase de cuadros, los tomaba a lo vivo de muchos de sus amigos casados. Siempre los veía en una confortable habitación y ante un buen hogar. Cuando repasaba a sus amigos solteros, los veía activos en un ambiente sin límites, pisando tierra firme como los demás. Sin amparo ni ventajas. Los más originales y humanos de sus amigos seguían solteros. Se sorprendió al comprobar que las mujeres que más admiraba y mejor conocía eran también solteras. El matrimonio parecía sentarles peor a las mujeres que a los hombres.

Dejó a un lado los cuadros y consideró a los huéspedes del Hotel. Sus teorías temblaron al recordar a Susan y Arthur, a los señores Thornbury y a los Elliot. Observó cómo la felicidad tímida de la pareja recién prometida fue tomando otro aspecto más tolerante y cómodo, como si ya terminase la aventura y cada cual adoptara su postura.

A veces Susan perseguía a Arthur para probarle un chaleco de punto y todo por haber dicho éste un día que uno de sus hermanos había muerto de pulmonía. Esto, observándolo en otros, le divertía, pero substituyéndolos por Terence y Rachel, le sublevaba. Arthur no sentía ya el entusiasmo de antes por abordar a uno en cualquier rincón y hablarle de aviones. Repasó a los que ya llevaban varios años de casados. Era verdad que la señora Thornbury tenía un marido y que conseguía interesarle siempre en todas sus actividades y conversaciones. Pero a solas, ¿qué se dirían? En los Elliot se notaban pequeñas disensiones. Ella, con su habilidad de mujer temerosa ante la opinión pública, las disimulaba con pequeñas insinceridades y se esforzaba en retenerle. No cabía duda que huhubiera sido mejor para ellos una separación. Los Ambrose, a quienes admiraba y respetaba profundamente, a pesar de su gran amor se temían, ¿no eran también un matrimonio de compromiso? Ella cedía siempre, le mimaba y consentía. Helen, que era la verdad innata, no obraba así con él, ni con sus amistades, si éstas provocaban un conflicto con su esposo. Quizá tuviese razón Rachel al decirle aquella noche en el jardín: «Sacamos lo peor que tenemos dentro, debiéramos vivir separados». ¡No, Rachel estaba completamente equivocada! Todos sus argumentos parecían ir en contra del matrimonio, hasta que se enfrentó con el de Rachel... encontrándolo completamente absurdo. De ser el perseguidor, se encontró convertido en perseguido. Dejando el caso del matrimonio a un lado, empezó a considerar las peculiaridades del carácter que habían motivado todas aquellas ideas. ¿Qué menos podía pedir que conocer el carácter de la persona con quien tenía que pasarse uno todo el resto de la vida? Siendo novelista, debía descubrir qué clase de persona era su futura compañera. Cuando estaba con ella era incapaz de analizar sus cualidades, parecía conocerlas por intuición; pero cuando se alejaba, le parecía que le era totalmente desconocida. Era joven y vieja a la  (p.100) vez. Tenía poca confianza en sí misma, y por el contrario, tenía buen sentido para juzgar a los demás. Era feliz; pero ¿qué era lo que le daba la felicidad? Si estuvieran solos y la novedad se hubiera ya borrado, si tuvieran que enfrentarse con los hechos corrientes de cada día, ¿qué sucedería? Echando una ojeada sobre sí mismo, comprobó dos cosas: que era muy poco puntual y que le disgustaba contestar cartas.

Por lo que había observado, a Rachel le atraía la puntualidad, pero con una pluma en la mano no recordaba haberla visto nunca. Se imaginó a continuación una reunión para cenar en casa de los Crooms. Wilson la acompañaría hablándole de política, de los liberales. Ella diría que en política era completamente ignorante. No obstante era inteligente y sincera. Tenía un genio inseguro -en eso sí que se había fijado- y no era casera. No era bella, exceptuando con ciertos trajes y luces. Su mejor virtud era la comprensión para todo cuanto se le decía. Nunca había encontrado a nadie con quien poder hablar más a su gusto. Le pareció que conocía menos de ella que de cualquier otra persona. Todos esos pensamientos se le ocurrieron millares de veces antes. En muchas ocasiones probó de discutir y razonar y siempre volvía al mismo estado de duda. No la conocía ni sabía cómo sentía ni si podrían vivir o no reunidos. Ignoraba si deseaba casarse con ella; pero, por el contrario, estaba convencido de su enamoramiento. Supongamos que se dirigiese a ella (aquí aflojó el paso y empezó a hablar en voz alta como si estuviera dirigiéndose a Rachel):

«Te adoro, pero me repele el matrimonio. Su presunción, su seguridad, su compromiso, el pensamiento de que te entrometieras en mi trabajo y me lo impidieras.» Se detuvo apoyándose contra el tronco de un árbol. Miraba fijamente, sin verlas, unas piedras que había en el cauce del río seco. Veía claramente el rostro de Rachel, sus ojos grises, su pelo, su boca, su cara que sabía plasmar tantas cosas. Ingenua, sin expresión, casi insignificante o loca, apasionada, casi bellísima. A sus ojos resultaba siempre así. La  (p.101) extraordinaria libertad con que le miraba eran su pensamiento y su sentir. ¿Qué le contestaría ella? ¿Qué sentiría? ¿Le amaría o no sentiría absolutamente nada por él, ni por ningún otro hombre? Había dicho, aquella tarde, que era libre como el viento o la luna. «¡Oh sí, eres libre! -exclamó con exaltación al pensar en ella-. ¡Y yo te mantendría libre! ¡Seríamos libres juntos! ¡Lo compartiríamos todo juntos! ¡Ninguna felicidad igualaría a la nuestra! ¡Ninguna vida tendría comparación con la nuestra!». Abrió los brazos en cruz, como si fuere a retenerla en ellos y al mundo entero, en un solo abrazo. No pudo extenderse en más consideraciones sobre el matrimonio. Ni pensar fríamente en cómo sería ella. Ni que les aguardaba una vida unidos. Se sentó sobre el suelo, se abismó en su pensamiento y pronto surgió el tormento de desear encontrarse nuevamente a su lado.

XIX

Hewet pudo evitarse el disgusto de imaginar a Hirst de palique con Rachel. La reunión se deshizo pronto: los Flushing marcharon en una dirección, Hirst en otra y Rachel siguió en el vestíbulo revolviendo las revistas ilustradas y reflejando en todos sus movimientos la inquietud que sentía y el estado de deseo e intranquilidad que la dominaba. No sabía si marchar o quedarse. La señora Flushing, en tono de mando, le dijo que no faltase al té. El vestíbulo estaba vacío, salvo la señorita Willett, que tocaba unas escalas en el piano y los Carter, una pareja opulenta que miraban a aquélla con poca simpatía. No la encontraban bastante atildada, era melancólica y por sentimiento recíproco adivinaban que tampoco ellos le eran agradables. Rachel no se hubiera entendido con ellos por una sencilla razón. El señor Carter se engomaba el bigote y su esposa se recargaba de pulseras. Pertenecían evidentemente a la clase de personas con las que no podía simpatizar. Pero estaba demasiado embebida en su propia inquietud y ni siquiera pensó en ellos.

Se entretenía con la lectura de una revista americana, cuando se abrieron las puertas del vestíbulo dejando entrar un chorro de luz solar que brilló en el suelo un instante y sobre una figurita pequeña vestida de blanco que derechamente se dirigía a Rachel.

-¿Usted aquí? -exclamó Evelyn-. La vi mientras comíamos, pero ni siquiera se dignó mirarme.

Así era el carácter de Evelyn. A pesar de las frialdades o desaires que recibía o se imaginaba recibir, no abandonaba nunca su esfuerzo para conocer a las personas que deseaba tratar, cosa que a la larga conseguía hasta el punto de resultar simpática. Miró a su alrededor diciendo:

-Aborrezco este sitio. Aborrezco esta gente. ¿No quiere venir arriba a mi cuarto? ¡Deseo tanto hablar con usted!

Como Rachel no mostró deseos de subir ni de quedarse, Evelyn la cogió de una muñeca y a tirones la sacó del vestíbulo. Subieron la escalera juntas. Saltaron los peldaños de dos en dos. Evelyn, que aún retenía por la muñeca a Rachel, insistía una y otra vez en «que le importaba un bledo lo que otros pensasen». Estaba en un estado de excitación grande, y retorcióse nerviosamente las manos. Era evidente que esperaba sólo cerrar la puerta para volcarse y contarlo todo a Rachel. En cuanto estuvieron dentro de la habitación se sentó en el borde de la cama y fijando sus ojos en aquélla dijo:

-Supongo que creerá que estoy completamente loca.

Rachel no estaba de humor para pensar con claridad sobre el estado de la mente de otro ser. Sin embargo, estaba dispuesta a decir cuanto sentía por disparatado que esto fuera, sin temor a las consecuencias.

-Alguien se le ha declarado -afirmó.

-¿Cómo demonio lo ha adivinado? -exclamó Evelyn con sorpresa-. ¿Se nota?

-Se la ve como si recibiese declaraciones cada día -replicó Rachel.

-No creo haber recibido más que usted -contestó Evelyn, riendo, sin sentir lo que decía.

-Yo nunca tuve ninguna.

-Pues las tendrá a montones... es lo más fácil del mundo. Pero eso no es exactamente lo que ha pasado esta tarde. ¡Hay un lío, un detestable y fastidioso lío!

Se dirigió al lavabo y con la esponja se refrescó, restregándose con agua fría las ardientes mejillas. Sentía un calor sofocante. Se volvió ligeramente temblorosa, explicando con voz excitada y algo chillona:

-Alfred Perrot dice que prometí casarme con él, yo lo niego. Sinclair dice que se pegará un tiro si no me caso con él. Le he contestado: «Bien, pues, pégatelo». Claro que no lo hará. Nunca lo hacen. Esta tarde me abordó Sinclair dándome la lata, diciéndome que tenía que darle una contestación y acusándome de coquetear con Alfred Perrot. Me ha dicho que no tenía corazón, que era sencillamente una sirena y un sinfín de cosas más,todas tan agradables como éstas. Hasta que me harté y le dije: «¡Bien, Sinclair! ¡Ya está bien! Puedes dejarme o me voy yo». Entonces, el muy fresco, me cogió y me besó, ¿qué le parece? El muy bruto, aun siento su cara peluda aquí. ¿Con qué derecho? El muy... después de todo lo que me dijo -y se frotaba con energía la mejilla izquierda-. ¡Nunca me tropecé con un hombre que pudiera compararse a una mujer! -exclamó con viveza-. ¡No tienen dignidad, ni entereza, ni contención! No tienen más que  (p.102) sus pasiones bestiales y su fuerza bruta. ¿Hay alguna mujer que se porte así si un hombre le dice que no la quiere? Tenemos más respeto hacia nosotras mismas. Somos muy superiores a ellos en todo.

Se paseaba muy agitada por la habitación secándose la cara con la toalla de esponja. Las lágrimas le corrían por el rostro, uniéndose al agua fresca con que se había lavado.

-Me pongo furiosa -exclamó, secándose los ojos.

Rachel, sentada, la miraba. No pensaba precisamente en Evelyn; reflexionaba que el mundo estaba lleno de gente atormentada.

-Aquí sólo hay un hombre que me gusta de verdad -continuó Evelyn-. Es Terence Hewet. Junto a él se siente una protegida.

Al oír estas palabras, Rachel sintió un frío indescifrable. Le pareció que le apretaban el corazón unas manos heladas.

-¿Por qué? -preguntó-. ¿Por qué siente esa confianza en él?

-No lo sé -respondió Evelyn-. ¿No le ocurre lo mismo con algunas personas? Es como una intuición que se sabe cierta. La otra noche hablé largamente con Terence. Al separarme de él comprendí que éramos buenos amigos. Hay en él una cualidad femenina.

Calló como si recordase cosas muy íntimas de Terence, por lo menos así lo interpretó Rachel por la expresión de sus ojos. Procurando disimular su involuntaria inquietud, intentó preguntar:

-¿Se le ha declarado?

Pero le pareció tan expuesta la pregunta, que se abstuvo de formularla. Evelyn continuaba diciendo que los hombres más agradables se parecían en algo a las mujeres y que éstas eran siempre más nobles que ellos. Estaba más calmada y con las mejillas ya completamente secas. Sus ojos recobraron la viveza y alegría habituales y parecía haber olvidado a Rachel, a Sinclair y su anterior emoción.

-¿Se imagina usted a Lillah Harrison, cometiendo una bajeza? Lillah dirige y sostiene un hogar para mujeres alcoholizadas en la calle Deptford -continuó-. Ella lo fundó, lo organizó y dirigió todo con su esfuerzo personal. No puede imaginarse cómo son esas mujeres y sus hogares. Pero ella pasa todas sus horas en la fundación. He ido muchas veces allí... Eso es lo malo que tenemos nosotras... Que no hacernos nada. ¿Qué hace usted? -preguntó, mirando a Rachel con cierta sonrisa irónica.

Rachel casi no la escuchaba; su expresión era vacía y melancólica.

Sentía cierta repulsión, lo mismo por Lillah Harrison y su trabajo en la calle Deptford, que por Evelyn y sus profusos amoríos.

-Yo toco buena música -dijo, afectando gran serenidad.

-Ahí está la cosa -rió Evelyn-. No hacemos más que distraernos. Y por eso mujeres como Lillah Harrison, que valen veinte veces más que usted y que yo, trabajan hasta agotarse. Pero yo estoy ya cansada y harta de jugar -siguió tendiéndose del todo en la cama y sujetándose la cabeza con los brazos.

Así estirada, se la veía más diminuta que nunca.

-Voy a hacer algo. Tengo una idea espléndida. Mire, tiene que tomar parte en ella. Estoy segura que posee usted muchas virtudes, a pesar de que parece criada en un invernadero.

Se levantó, sentándose junto a Rachel, y empezó a explicar con animación.

-Yo pertenezco a un Club de Londres. Cada sábado nos reunirnos. Le llaman el Club de los Sábados. Allí hablamos sobre arte, pero ya estoy harta de hablar de arte, ¿qué sacamos en limpio? ¡Con tantas penas como pasan a nuestro alrededor! Y no crea que tenemos gran cosa que decirnos sobre arte. Voy a proponer que, ya que hablamos, podríamos hacerlo sobre la vida. Cosas que afecten verdaderamente a la vida de las gentes, la trata de blancas, el sufragio de la mujer, los seguros y cosas así. Cuando nos orientemos sobre lo que queremos hacer, podemos formar una sociedad y emprender algo. Estoysegura que si personas como nosotras nos hiciéramos cargo de todos estos asuntos en lugar de dejarlos en manos de la policía y los magistrados, podríamos terminar con muchas cosas. Mi idea es que tanto los hombres como las mujeres deberían unirse para asuntos así. Tendríamos que ir a Piccadilly, acercarnos a una de aquellas desgraciadas y decirle: «Oiga, yo no soy mejor ni peor que usted, pero su vida es indigna. No puedo permitir que viva como una bestia. Todos somos iguales, y si usted comete actos malos, yo quiero evitarlo». Esto es lo que el señor Bax nos explicó esta mañana, y es la verdad, aunque los que presumen de talento no lo crean. Usted también posee talento, ¿no es verdad?

Cuando Evelyn hablaba, las ideas le acudían tan aprisa que no le quedaba tiempo para escuchar las razones de los demás. Continuó sin descansar más que el tiempo preciso para tomar resuello.

-No sé por qué las socias del «Club de los Sábados» no pueden llevar a cabo un buen trabajo. Claro que se necesitaría organización, alguien que se dedicase a ello con la vida entera. ¡Yo estoy dispuesta a hacerlo! Mi plan es pensar primero en el ser humano y dejar que las ideas abstractas se desenvuelvan por sí solas. Lo que encuentro mal en Lillah es que piensa en primer término en la templanza y en segundo lugar en las mujeres. Yo tengo una sola cosa a mi favor -prosiguió-. No soy intelectual ni nada parecido, pero soy muy humana. -Se escurrió de la cama, y sentada  (p.103) en el suelo, miró hacia Rachel.

Buscó su cara y la escudriñó como si quisiera averiguar qué clase de carácter se ocultaba tras ella. Puso su mano sobre la rodilla de Rachel.

-Ser humana es lo único que cuenta, ¿no es así? Y a pesar de la opinión del señor Hirst, ¿no lo es usted realmente?

A Rachel le molestaba la proximidad de Evelyn, tanto como a Terence aquella noche. Pudo ahorrarse la respuesta porque ésta, sin aguardarla, prosiguió:

-¿Cree usted en algo?

Para terminar de una vez con aquel enojoso escrutinio, Rachel empujó hacia atrás su silla y exclamó: -¡Creo en todo!

Empezó a juguetear con distintos objetos, los libros de la mesa, las fotografías, una maceta de cacto que había en la ventana.

-Creo en la cama, en las fotografías, en la maceta, en el balcón, en el sol, en la señora Flushing -continuó con cierta desenvoltura como si dijese algo de lo que rara vez se expresa a pesar de sentirlo-. Pero no creo en el señor Bax, ni en la enfermera del hospital. No creo... -levantó una fotografía y la frase quedó sin terminar.

-Ésa es mi madre -observó Evelyn, que seguía sen- tada en el suelo, agarrándose las rodillas con los brazos y mirando con extrañeza y curiosidad a Rachel.

Rachel examinó el retrato.

-Bien, no creo mucho en ella tampoco -dijo al cabo de un rato en voz baja.

La señorita Murgatroyd tenía el aspecto de un ser a quien la vida aplasta y quita la energía. Estaba tras una silla, abrazada a un perro que mantenía junto a su rostro, donde miraban unos ojos de profunda pena. Todo en ella inspiraba un ansia de protección.

-Y ése es mi padre -dijo Evelyn, pues el marco contenía dos fotografías.

Representaba un bizarro soldado de facciones bien definidas y poblado bigote. Su mano descansaba sobre el puño del sable. Había un parecido grande entre él y Evelyn.

-Y es por ella -dijo Evelyn- por la que ha nacido mi propósito de ayudar a otras mujeres. Supongo que sabrá algo de mí. Ellos no se casaron, ¿comprende? Yo no soy nadie pero no siento ni chispa de vergüenza. De todos modos se amaron, y esto es más de lo que muchos pueden decir de  (p.104) sus padres.

Rachel, sentada en la cama, sosteniendo las dos fotografías, comparaba al hombre y a la mujer, que según Evelyn se habían querido. Aquel hecho le interesó más que la campaña en favor de mujeres desgraciadas. Su vista iba de un retrato a otro.

-¿Qué opina usted del amor? -preguntó a Evelyn.

-¿No lo ha sentido usted nunca? -preguntó ésta a su vez-. ¡Oh, no, no tiene una más que verla para hacerse cargo de que no sabe lo que es! -añadió. Meditó-: Realmente, sólo he estado enamorada una vez. -Cayó en honda reflexión. Sus ojos perdieron su gran vitalidad y cierta ternura los empañó.

-Fue la gloria... mientras duró. Lo peor del caso es que no dura, por lo menos conmigo. Ése es el mal.

Siguió considerando su dilema entre Alfred y Sinclair, sobre los cuales pidió su opinión y consejo a Rachel. Pero no buscaba consejo, quería intimidad. Cuando miró a Rachel, que aun contemplaba las fotografías sobre la cama, no pudo por menos que darse cuenta de que no pensaba en nada de lo que ella decía. ¿En qué pensaba entonces? Evelyn se atormentaba interrogando la llama de vida que interiormente sentía arder y que intentaba demostrar a los demás que invariablemente la rechazaban. Miró a su amiga con atención, sus zapatos, sus medias, las peinecillas del pelo, en suma, todos los detalles de su persona. Su modo de vestir como si por tales detalles pudiese llegar a conocer mejor su vida interior. Rachel dejó las fotografías, dio unos pasos hacia la ventana y observó:

-Es extraño, la gente habla tanto sobre el amor como sobre la religión.

-Desearía que- se sentara y pudiésemos hablar -exclamó con impaciencia Evelyn.

En lugar de hacerle caso, Rachel abrió la ventana, que Consistía de dos hojas de cristal alargadas, y miró el jardín.

-Ahí es donde nos escondimos la primera noche -dijo-. Tuvo que ser entre estos arbustos. .

-Ahí matan a las gallinas -replicó Evelyn-, les cortan la cabeza con un cuchillo. ¡Algo horrible! Pero dígame...

-Me gustaría explorar el hotel -interrumpió Rachel. Retiró la cabeza de la ventana y miró a Evelyn, que seguía sentada en el suelo.

-Es lo mismo que otros hoteles -dijo ésta.

Así debía ser, pero cada habitación, pasillo y silla del edificio tenía un sello especial a los ojos de Rachel. No podía resistir más tiempo el encierro en un sitio fijo. Lentamente se fue acercando hacia la puerta.

-¿Qué es lo que piensa? -dijo Evelyn-. Me produce usted la sensación de estar siempre pensando en algo que nunca llega a decir. Por Dios, ¡dígalo!

Pero Rachel no respondió. Se detuvo con la mano sobre el pomo de la puerta como si de pronto recordara algo.

-Supongo que con alguno de ellos se casará -dijo, y abriendo la puerta salió, cerrándola a su espalda.

Andaba despacio por el pasillo, pasando la mano por la pared. No pensó hacia dónde iba y siguió bajando por un corredor que la llevó a una ventana. Miró hacia abajo donde estaban las cocinas. Era el reverso del hotel, oculto por un macizo de pequeños arbustos. El suelo se veía despejado, varias latas viejas en un rincón y sobre los arbustos había trapos y toallas puestas a secar. De vez en cuando salía un camarero con mandil blanco y tiraba unos desperdicios sobre un montón de basura. Dos mujeres gruesas con trajes claros de algodón y sentadas en unos banquillos pelaban aves, y ante ellas se veían las vasijas con salpicaduras de sangre. De pronto apareció una gallina corriendo, y detrás, persiguiéndola, una vieja que no tendría menos de ochenta años. Aunque vieja y poco firme de piernas, mantuvo la caza acuciada por la risa burlona de las otras. Su cara demostraba una rabia furiosa y conforme corría juraba en español. El animal, asustado por los gritos y las palmadas, corría lo mismo hacia un lado que hacia el otro, y por fin, atolondrado, fue a meterse entre las piernas de su perseguidora, que cayó hecha un lío sobre el pobre animal. La vieja, de un solo tajo, le cortó la cabeza. La sangre y el temblor del pobre animal habían fascinado a Rachel. Aunque oyó llegar a alguien no se volvió hasta ver a la vieja sentada al lado de las otras dos mujeres. Entonces levantó bruscamente la cabeza. Era la señorita Allan la persona que se hallaba de pie junto a ella.

-No es un espectáculo bonito -dijo ésta-, a pesar de ser quizá más humano que nuestro método... No creo que haya estado nunca en mi habitación, ¿verdad? -y se volvió como para indicar a Rachel que la siguiera. Rachel lo hizo, esperando que alguna de aquellas personas con quienes trataba pudiese aclararle aquel misterio que la abrumaba. Todas las habitaciones del Hotel tenían la misma forma, pero unas más pequeñas que otras. Tenían el suelo de losa roja obscura, una cama alta con mosquitero y además una mesa-escritorio, un armario, un tocador y un par de butacas. Pero cuando el equipaje se deshacía, las habitaciones tomaban otro aspecto. La alcoba de la señorita Allan era completamente distinta a la de Evelyn.

No había chucherías de bisutería ni botellitas de perfume sobre el tocador. Ni tijeras pequeñas curvadas, ni gran variedad de calzado, ni ropa de fina lencería sobre las sillas. Todo estaba extremadamente ordenado  (p.105) y pulcro. Se veían dos pares de cada cosa. La mesa-escritorio, por el contrario, aparecía atestada de librotes y manuscritos, y una mesita auxiliar junto a uno de los butaco. nes sustentaba dos pirámides de gruesos libros. La señorita Allan, con su innata bondad, dijo a Rachel que la acompañara a su habitación por si tal cosa la distraía. Además sentía simpatía por las muchachas jóvenes. ¡Había educado a tantas! Además, los Ambrose habían sido siempre muy atentos y se alegraba si con aquella pequeñez podía mostrar algo de su gratitud. Miró a su alrededor buscando algo para poder enseñarle. La habitación no ofrecía mucho entretenimiento. Halló su manuscrito.

 -«Epoca de Chaucer», «Epoca de Isabel», «Epoca de Dryden» -reflexionó-. Me alegro que no haya muchas más épocas. Estoy aún a mediados del siglo XVIII. ¿No se quiere sentar, señorita Vinrace? La silla, aunque pequeña, es firme... Euphues, «El germen de la novela inglesa» -continuó echando una ojeada a otra página-. ¿Le interesa algo? -Miraba a Rachel casi con cariño, como si con toda su alma quisiera encontrar algo que la distrajera.

Aquella expresión daba un encanto especial a una cara más bien cansada y preocupada.

 -¡Ah, no! A usted le gusta la música, ¿no es así? Y generalmente la literatura no hace buenas migas con la música.

Repasando tropezó su vista con un jarrito que había sobre una repisa. Lo alcanzó, dándoselo a Rachel.

-Si mete el dedo dentro podrá extraer un poco de jengibre en conserva.

Pero aquél estaba muy hondo y Rachel no pudo sacarlo.

-No se moleste -dijo Rachel al verla buscar otro medio de .sacarlo-. A lo mejor no me gusta.

-¿Nunca lo ha probado? -inquirió la señorita Allan-. Pues considero un deber que ahora lo pruebe. Puede que ello sea un nuevo goce que la vida le proporciona y como aun es joven... Probaré con una regla -bromeó-. ¿No sería triste que muriéndose lo probara y averiguara que nada le había gustado tanto? A mí me entraría tal rabia que creo que sólo eso me induciría a sanar de nuevo.

Como consiguiera lo que se proponía, salió un montoncito de dulce en la punta de la regla. Mientras la limpiaba, Rachel se metió en la boca el trocito y en seguida exclamó:

-¡Tengo que escupirlo!

-¿Está segura que ya lo ha probado? -preguntó la señorita Allan.

Por toda contestación Rachel lo tiró por la ventana.

-De todas formas, ha sido una experiencia -dijo la señorita Allan con calma-. Déjeme ver... no tengo otra cosa que ofrecerle, a no ser que quiera probar esto.

Un pequeño armario colgaba en lo alto de la cama y sacó de él una fina y vistosa botella llena de un líquido verde claro.

-Crema de menta -dijo-. Es licor, ¿sabe? No vaya a creer que bebo. ¡He tenido esta botella durante 26 años! -añadió, y mirándola con cierto orgullo, la movió para comprobar que estaba intacta.

-¡Veintiséis años! -exclamó Rachel.

La señorita Allan sonreía muy satisfecha de haber sorprendido a la muchacha.

-Es el tiempo transcurrido desde que fui a Dresden. Cierta amiga mía quiso obsequiarme con un recuerdo. Pensó que en cualquier accidente un estimulante no estaría de más. Pero como, a Dios gracias, no tuve ocasión de empezarla, a mi regreso se la devolví. En la víspera de todo viaje mío al extranjero, la misma botella vuelve a aparecer con idéntica notita. A mi regreso vuelve intacta a su origen. La considero como un talismán que me libra de accidentes. A pesar de llegar una vez con retraso por un accidente del tren que salió antes que el mío, nunca me ocurrió nada anormal. Sí -continuó, dirigiéndose a la botella-, juntas presenciamos distintos armarios y climas, ¿no es así? Pienso uno de estos días ponerle una etiqueta de plata con esta inscripción: «Es un caballero como pueden observar y se llama Oliver»... No creo pudiera perdonarla si rompiera a mi Oliver» -dijo con firmeza al ver que Rachel la cogía por el cuello descuidadamente y escuchaba, interesada, la charla de la señorita Allan.

Así diciendo, puso la botella otra vez en su sitio dentro del armario.

-Bien -exclamó Rachel-. Qué extraño encuentro todo eso de tener una amiga desde 26 años y una botella y haber hecho juntas tantos viajes.

-Nada de eso, yo creo que es muy natural -dijo la señorita Allan-; me considero la persona más corriente del mundo. Como no sea extraño ser tan corriente corno lo soy yo. -Sonrió con toda amabilidad a Rachel.

Sus palabras calmosas y su voz simpática eran un calmante para cuantos acudieran a ella. Pero la señorita Allan se ocupaba en cerrar con llave el armario. Una sensación de rara incertidumbre hacia Rachel la obligaba a guardar silencio.

Rachel, por un lado, deseaba confiarse a aquella alma tan bondadosa y que tan cerca tenía. Por otro, comprendía que a nada conduciría y que era mejor pasar de largo en silencio.

-Encuentro suma dificultad en mostrarme tal como soy -observó Rachel al cabo de un rato.

-Es cosa de temperamento -le ayudó la señorita Allan-. Hay ciertas personas que nunca encuentran dificultad. Yo encuentro que hay una gran cantidad de cosas que no puedo decir. Pero yo me considero muy torpe. Una de mis compañeras en seguida sabe si le gusta o no  (p.106) cualquier persona. Déjeme recordar cómo lo hace. Dice que por el modo de dar los buenos días o las buenas noches. A mí, en cambio, pasan a veces años antes de darme cuenta y decidirme. Pero a la mayoría de las jóvenes esto les es fácil.

-¡Oh, no! -contestó Rachel-. Cuesta mucho.

La señorita Allan la miró con simpatía y calló; sospechó que algo la turbaba. Llevóse las manos al moño, comprobando que se le deshacía.

-Le ruego que me perdone si estando usted aquí me arreglo el peinado. Aún no encontré una clase de horquillas que me convenza. He de cambiarme de traje y le agradeceré mucho que me eche una mano; tiene una hilera de fastidiosos botones y me cuesta mucho abrocharlos sola.

Dejó caer su falda y se quitó la chaqueta y la blusa. En combinación ante el espejo, se la veía rechoncha y maciza sobre sus gruesas piernas enfundadas en medias grises.

-La gente dice que la juventud es lo mejor; yo encuentro la edad madura mucho más agradable –comentó al arreglarse el pelo, cepillárselo y volverlo a recoger-. Cuando era joven -continuó- las cosas podían parecer más alegres si una las sentía así...; y ahora mi vestido.

En un momento se peinó como acostumbraba, se vistió y con la ayuda de Rachel, que le abrochó la falda, pronto estuvo lista.

-Nuestra señorita Johnson encontraba la vida muy complicada -y se volvió dando la espalda a la luz-. Se dedicó a la cría de cerdos en La Guinea y se entusiasmó con ellos. Acabo de saber que su cerdo amarillo ha tenido un cerdito negro. Aposté seis peniques en esta cuestión. Me figuro que se sentirá muy orgullosa. -Se miró al espejo, adoptando cierta altivez al hacerlo.

-¿Estoy visible para codearme con mis conciudadanos? -le preguntó-. No comprendo cómo los animales claros puedan tener hijos negros. Me lo explicaron muchas veces y soy una tonta al no recordarlo. Recogiendo pequeños objetos y colocándolos concienzudamente, un reloj con una cadena, una pulsera de oro maciza. Por fin, ya del todo lista, se detuvo ante Rachel, con sonrisa bondadosa. No era una mujer impulsiva y  (p.107) la vida le había enseñado a contenerse. Al mismo tiempo estaba dotada de una gran dosis de buena voluntad hacia los demás y en particular con las jóvenes, las cuales muchas veces le hicieron lamentar que le resultara tan difícil expresarse.

-¿Bajamos? -preguntó-. Puso una mano sobre los hombros de Rachel, y agachándose, cogió con la otra un par de zapatos y lo dejó afuera en el pasillo. Conforme avanzaban por el corredor, pasaron ante muchos pares de zapatos. Unos negros, otros castaños, todos igualmente puestos y en cambio tan distintos entre sí.

-Siempre pienso que la gente se parece a su calzado -dijo la señorita Allan-. Éste es de la señora Paley.

Al hablar, se abrió la puerta y ésta salió en su silla compuesta ya para tornar el té. Saludó a la señorita Allan y a Rachel.

-Acababa de decir que las personas tienen cierto parecido con sus zapatos -dijo la señorita Allan.

La señora Paley no la oía y tuvo que repetirlo por tercera vez. Cuando lo oyó, no lo comprendió. Iba a repetírselo por cuarta vez, cuando Rachel dijo de pronto algo inarticulado y desapareció corredor abajo. Aquello era demasiado para sus nervios. Iba a paso ligero, casi corriendo, en dirección contraria, y se encontró con un recodo donde había una mesa y una silla cerca de una ventana. En la mesa había un tintero viejo, un cenicero y un periódico francés. Rachel se sentó como si estudiara el diario francés, las lágrimas cayeron y formaron un pequeño borrón sobre éste. Levantó la cabeza con viveza y exclamó en alta voz: «¡Es intolerable!» Miraba por la ventana con los ojos bañados en lágrimas. Dio rienda suelta a la amargura que llevaba dentro durante todo el día. Todo había sido pésimo desde el principio al fin. Primero el servicio en la capilla, luego la comida, Evelyn seguidamente, la señorita Allan y por último la señora Paley interrumpiendo el corredor. Todo el día entero estuvo violenta y como si huyese de algo. Había llegado al punto culminante de la crisis nerviosa desde el cual el mundo se ve en sus propias proporciones. Todo le disgustaba inmensamente. Iglesias, políticos, incomprensiones y grandes impostores -hombres como el señor Dalloway, otros como el señor Bax, Evelyn y su charla, la señora Paley interceptando el corredor. Entre tanto el latido de su pulso daba prueba de todo lo que interiormente sentía. El zumbido, el esfuerzo, el disgusto. Se sentía el centro de toda la vida, el mundo parecía estallar en su interior, y era reprimido por el señor Bax luego por Evelyn y ahora por una imposición estúpida. El peso de todo el mundo gravitaba sobre ella. Así atormentada, se retorcía las manos nerviosamente. La abrumaban todas las conveniencias sociales, todo le resultaba insípido y estúpido. A través de sus lágrimas veía por la ventana un grupo de gente reunida en el jardín, los veía como masas inertes que se dejasen llevar de un lado a otro sin más objeto que el de interponerse a ella. ¿En qué se ocupaban todos aquellos seres? «Nadie lo sabía», se dijo a sí misma. La impetuosidad que sintió se iba aplacando y la visión del mundo antes tan viva se le aparecía ahora como velada. «Es un sueño», murmuró. Reparó en el viejo tintero, la pluma, el cenicero y el periódico francés. Estos pequeños objetos sin valor alguno le recordaron las vidas humanas. «Estamos dormidos y soñamos», se repetía. Pero la eventualidad de que alguno de los del grupo de abajo pudiera ser Terence la sacó de la apatía en que se había sumido. Se sintió tan inquieta como antes de sentarse. Era incapaz de ver al mundo como una ciudad expuesta a sus pies. Lo veía todo a través de una niebla empobrecida y rojiza. Tornaba la depresión que sintió todo el día, sin poder evitarla. El movimiento físico era su único alivio. Buscando, ni ella misma sabía qué, se levantó, empujó hacia atrás la mesa y se dirigió a las escaleras. Salió por la puerta del vestíbulo y volviendo la esquina del Hotel- se encontró entre la rente que viera desde arriba. Debido a la intensa claridad del sol, en contraste con la semioscuridad de los pasillos, el grupo se le apareció con sorprendente intensidad. Como si el polvo superficial hubiese sido borrado y queda descubierto tan sólo la realidad del instante. Lo miraba como una visión que se destacase en una noche muy obscura. Figuras en blanco, gris y morado se esparcían por cl césped sentadas en silloncitos de mimbre ante los (pequeños veladores cargados con todos los utensilios del té. Todo se veía alegre y trivial, sirviéndoles de fondo un macizo y grandioso árbol que parecía envolverles y protegerles con sus numerosas ramas. Conforme se acercaba, oyó a Evelyn repitiendo monótonamente a un perrillo: «Eh, aquí, aquí, ven para acá, sé bueno». Todo estaba paralizado y advirtió que una de las personas era Helen Ambrose. El polvo volvía a tomar posesión de todo. El grupo se reunía del modo más natural. Una mesita de té se aproximaba a la otra y las sillas servían para enlazar los dos grupos. Aun a distancia podía verse que la señora Flushing, erguida e imperiosa, dominaba la reunión. Hablaba con vehemencia a Helen a través de la mesita.

 -Diez días bajo tiendas de campaña -le estaba diciendo-. Ninguna comodidad. Si quiere confort no venga. Pero  (p.108) le puedo anticipar que se arrepentirá. ¿Accede usted?

En aquel instante vio a Rachel:

-¡Ah! Ahí tiene usted a su sobrina. Ella ya lo ha prometido. ¿Verdad que quiere venir?

Habiendo formulado su plan, se afanaba en llevarlo a cabo con la energía e ilusión de una criatura. Rachel se unió a ella con idéntico afán.

 -Claro que iré, y tú, Helen, también, y el señor Pepper.

Al sentarse se dio cuenta de que todos eran conocidos, pero entre ellos faltaba Terence. Los reunidos empezaron a comentar la propuesta expedición. Unos decían que sería muy calurosa y las noches frías. Otros que lo difícil sería conseguir una lancha o barca y entenderse en el idioma de los nativos. La señora Flushing allanaba todos los inconvenientes tanto en relación al hombre como a la naturaleza, y anunció que su marido se ocuparía de todo. Entre tanto el señor Flushing explicaba a Helen que la expedición era en realidad cosa sencilla. Duraría como máximo cinco días, y el lugar, un pueblecito indígena, merecía la pena de verse antes de regresar a Inglaterra. Helen murmuraba evasivamente sin comprometerse a nada. La reunión incluía a muy distintas clases de personas para mantener una conversación con facilidad. Desde el punto de vista de Rachel, poseía la gran ventaja de que le resultaba innecesario hablar. Al lado opuesto, Susan y Arthur explicaban a la señora Paley el plan de la expedición hasta lograr que lo comprendiese, lo que les costó bastante. La señora Paley daba los consejos propios de quien ha viajado mucho. Que llevasen conservas, abrigos de pieles e insecticidas. Se inclinó al oído de la señora Flushing y cuchicheó algo con cierto aspecto malicioso. Helen recitaba en voz alta un poema a John Hirst para ganarle una apuesta de seis peniques que estaban sobre la mesa. El señor Elliot imponía silencio contando anécdotas más o menos graciosas de Lord Curzon. La señora Thornbury intentaba recordar el nombre del que pudo haber sido otro Garibaldi. El señor Thornbury informaba que poseía unos prismáticos que ponía a la disposición de quien los quisiera. La señorita Allan, con su amabilidad peculiar para el trato con los perros, que tan frecuente es en algunas solteras, consiguió acercarse a Evelyn. Pétalos de flores y fino polvillo caían de las ramas al moverlas la brisa sobre los platitos. Rachel parecía darse cuenta de todo como un río siente las ramas que caen en su corriente y el cielo que lo cubre; pero la expresión soñadora de sus ojos intranquilizó algo a Evelyn.

-¿En qué piensa ahora? -preguntó de repente.

-En la señora Warrington -contestó Rachel.

Se veía a Susan cuchichear con la señora Elliot, mientras Arthur la contemplaba con la seguridad absoluta en su propio amor. Tanto Rachel como Evelyn la escuchaban.

-Hay que hacer los encargos, cuidar los perros y el jardín, enseñar a los niños -su voz en tono rítmico era como la de quien confecciona una lista de asuntos distintos-. El tenis y el pueblo, cartas que le escribo a mi padre y mil pequeñeces que ahora no recuerdo. Raras veces encuentro un momento para mí sola, y cuando caigo en la cama estoy ya tan cansada que me eclipso antes de tocar la almohada. Además me encanta estar con mis tías, aunque resulte pesada, ¿verdad tía Emma?

Sonrió a la vieja señora que, con la cabeza inclinada, comía un bizcocho y la miraba con cierto afecto.

-Papá tiene que resguardarse del frío en invierno. Hay que cuidar de él, como ocurre contigo, Arthur. ¡Todo se amontona!

Su voz subía de diapasón. Sin saber a qué atribuirlo sintió Rachel cierto desvío hacia Susan, pasando por alto todas sus cualidades de bondad y modestia. Se le aparecía hipócrita y cruel; la veía ya gruesa y prolífica. Sus bonitos ojos acuosos y sin brillo y su tez nacarada llena de surcos y más mate. Helen le preguntó:

-¿Fuiste a la iglesia?

Había ganado la apuesta y parecía dispuesta a levantarse para despedirse.

-Sí -le respondió Rachel -y añadió- por última vez.

Al ir a levantarse se le cayó a Helen un guante y recogiéndoselo Evelyn, dijo medio en broma:

-¿Pero se marcha ya?

-Va siendo hora. ¿No ve qué callados están todos?

Un silencio más acentuado reinó en la reunión quizá por mirar todos a alguien que se aproximaba. Helen no podía distinguir quién era; pero al elevar la vista, en Rachel observó algo que le hizo decidirse interiormente: «Es Hewet.» Se calzó los guantes como quien se da cuenta de la significación del momento. Se decidió, y por fin se levantó. Vio a la señora Flushing dirigirse a Hewet y pedirle informes sobre los ríos, los barcos, etc. Esto dióle a entender que volvería a suscitarse el tema del `viaje. Rachel la siguió, iban las dos en silencio por la avenida. A pesar de lo que Helen vio y comprendió, lo que sobresalía en sus sentimientos era algo curiosamente trivial. Si se decidía a ir en aquella expedición no podría tomar su baño diario. Esto le parecía de gran importancia y sumamente enojoso.

-Es desagradable vivir tan unidos con gentes a las que casi ni se conocen.

-¿No piensas ir? -interrogó Rachel

La ansiedad de la pregunta irritó a la señora Ambrose. -No pienso ir ni tampoco dejar de hacerlo -replicó intentando aparecer indiferente-. Después  (p.109) de todo me parece que ya hemos visto todo lo que hay que ver; además es un jaleo el viaje, y por más que digan lo contrario, tiene que ser terriblemente incómodo.

Durante un rato Rachel no habló, pero cada frase que Helen pronunciaba aumentaba su amargura. Por fin, sin poder contenerse, exclamó:

-Gracias a Dios que no soy como tú. Algunas veces me parece que ni piensas, ni sientes ni te importa nada más que existir, eres como el señor Hirst. Ves que están las cosas mal y parece que te gozas en demostrarlo. Tú le llamas a eso honradez, pero es pereza, sosería. ¡No estimulas, no ayudas, a todo le pones el punto final!

Helen contestó con una sonrisita irónica como si esperase el ataque:

-¿Bien? -inquirió.

-¡Qué te parece mal lo del viaje, eso es todo! -replicó Rachel.

-Muy probable -dijo Helen.

En cualquier otra ocasión Rachel hubiese guardado silencio ante la ingenuidad de su tía, pero aquella tarde su malhumor no la dejaba en paz y hasta veía con gusto una pelea en toda regla.

-Parece que sólo vives a medias -continuó.

-¿Dices eso porque no acepto la invitación del señor Flushing? -preguntó Helen-. ¿O siempre te resulto lo mismo?

En aquel momento se le ocurrió a Rachel, que siempre había encontrado los mismos defectos en su tía, desde la primera noche que la conoció a bordo del «Euphrosyne» , a pesar de su belleza, a pesar de su magnanimidad y de todo su cariño.

-¡Ay, no sé qué le pasa a todo el mundo! -exclamó-. ¡Nadie tiene sensibilidad, no hacen más que herir! Te lo digo sinceramente, Helen, el mundo es malo. Es una agonía, vivir... desear...

Cogió al pasar un puñado de hojas de un arbusto y las aplastó nerviosa entre las manos como si así se desahogase.

-La vida de esas personas -probó a explicarse-, su inutilidad, su modo de vivir. Vas de uno a otro y todos son iguales. Nunca encuentras lo que deseas en ninguno de ellos.

Su estado de ánimo y lo confuso de sus ideas convertíanla en víctima fácil para Helen de querer ésta sonsacarla y ganarse su confianza. Pero en lugar de hablar, ambas cayeron en un

 (p.110) profundo silencio mientras seguían caminando. A Helen le parecía imposible creer lo que adivinó en el té. Los pequeños chistes, la charla, las tonterías de la tarde se evaporaban ante su vista.

Su sentido de la propia seguridad se resentía como si bajo las ramas y hojas secas hubiese presentido el movimiento de una serpiente. Le parecía que se les concedía un momento de reposo, un momento para seguir con la comedia, y de nuevo la irrazonada y profunda ley entraría en la lucha con todo su vigor. Lo moldearía todo a su placer creando y destruyendo. Miró a Rachel que caminaba a su lado aplastando aún las hojas entre sus dedos y absorta en sus pensamientos. La sabía enamorada y esto le inspiró una profunda compasión. Se sobrepuso a todas aquellas cavilaciones y se excusó diciendo:

-Siento mucho ser sosa y aburrida, no lo puedo remediar.

Si era un defecto natural encontró pronto un fácil remedio. Siguió diciendo que el plan del señor Flushing era bastante bueno. Sólo necesitaba meditarlo un poco, y por lo visto lo fue haciendo así hasta llegar a su casa, pues no volvió a hablar. Al llegar decidieron que si se volvía a hablar del asunto, aceptarían la invitación.

XX

El señor Flushing y la señora Ambrose ultimaron los detalles de la expedición, y ésta no les parecía peligrosa ni difícil. Encontraron que ni siquiera salía de lo corriente. Cada año por aquella época los ingleses formaban caravanas que se embarcaban remontando el curso del río, después descendían, daban un vistazo al pueblo indígena, compraban cierta cantidad de cosas a los indios y tornaban tan ufanos sin daño espiritual ni corporal. Cuando descubrieron que eran seis las personas que realmente deseaban formar parte, pronto se llevaron los trámites a feliz término. Desde el tiempo de la Reina Isabel muy poca gente había recorrido el río y nada había sucedido desde entonces que cambiase su apariencia. Desde aquella época el tiempo y los años cambiaron, no el curso del río que siguió como siempre, sino sus alrededores. Los pequeños arbustos se tornaron frondosos y grandes. Los árboles finos y endebles se hicieron grandes y corpulentos, con enormes troncos que encogían el alma en aquella soledad que imponía. Cambiando sólo el giro del sol y la interposición de las nubes, los grandes campos de mullido verdor seguían allí siglo tras siglo. El agua del río había corrido invariablemente entre esta frondosidad, arrastrando consigo tierras y ramas. Entretanto en otros lugares del mundo una ciudad se elevaba sobre las ruinas de otra ciudad, y los hombres que la habitaban avanzaban en el camino de la civilización desconociéndose más cada día entre sí. Unos cuantos kilómetros de río les fueron visibles desde la altura de la montaña donde unas semanas antes hicieron su excursión. Susan y Arthur lo vieron al besarse. Terence y Rachel al sentarse hablando

de Raymond. Evelyn y Perrot al pasearse con la quimera de figurarse ser grandes capitanes enviados a colonizar el mundo. Habían visto la lista azulada y ancha que atravesaba las arenas para desembocar en el mar. Las grandes masas de árboles cubrían su curso más arriba hasta esconderlo a la vista de todos en una frondosidad. A intervalos, en los primeros veinte kilómetros, se divisaban en sus orillas algunas casas. Gradualmente éstas desaparecían, siendo reemplazadas por algunas chozas. Más lejos ya no se divisaban casas ni chozas; sólo árboles enormes y grandes hierbas. Aquellos lugares eran el «paraíso» de cazadores, exploradores, comerciantes que a pie o embarcados los cruzaban sin acampar.

Por la mañana dejaron Santa Marina muy temprano, yendo en coche unos veinte kilómetros y en caballerías unos ocho. La excursión se componía de seis personas y llegó al margen del río al obscurecer el día. A buen trote, por entre los árboles, llegaron el señor y la señora Flushing, Helen Ambrose, Rachel, Terence y John Hirst. Las caballerías, cansadas, se detuvieron como de común acuerdo y los expedicionarios desmontaron. La señora Flushing, entusiasmada, dio unos pasos acercándose a la orilla del río. El día había sido caluroso, pero ella disfrutó yendo montada y respirando el aire libre. Dejó el hotel, que no le gustaba, y se encontraba a su gusto con los que le acompañaban en la expedición. El río mugía con ímpetu al correr en la obscuridad. Escasamente se distinguía la oscilante superficie. En el aire sonaba el ruido de las aguas. Se detuvieron en un espacio despejado que había entre unos grandes troncos. Sobre el río, una luz verde que subía y bajaba en suave movimiento les indicaba el lugar donde les aguardaba la lancha. Ya en ella y sobre la cubierta vieron que se trataba de una pequeña embarcación cuyo motor vibraba suavemente a sus pies y que arrancó pausadamente. Parecía que andaban por el corazón de la noche. Los árboles semejaban entrelazados ante ellos, se oía por todos lados el crujir de las hojas. La gran obscuridad ahuyentaba todo deseo de comunicarse. Sus palabras sonaban huecas e insignificantes. Después de recorrer la cubierta tres o cuatro veces formaron un grupo bostezando hondamente y mirando el paisaje sombrío  (p.111) que dejaban a su espalda.

La señora Flushing intentaba ver dónde podría echarse a dormir. Abajo era inútil intentarlo. Cerca del motor, confuerte olor a combustible, tampoco. Sobre cubierta no se podía dormir por los insectos. Era lo que Helen había previsto. La imposibilidad de desnudarse y descansar surgía con todos sus inconvenientes a pesar de estar todos medio dormidos y ser casi invisibles unos a otros. Con la ayuda de Hirst armaron una tienda de campaña en un extremo de la cubierta, y éste convenció a las señoras de que allí resguardadas podrían desnudarse y descansar. Salieron a relucir colchones y mantas y las tres ' se tendieron una junto a otra al aire puro de la noche.

Los caballeros fumaron varios cigarrillos, echaron las colillas encendidas al río, miraron un rato el balanceo de las aguas, se desnudaron y al otro extremo de donde estaban las señoras se acondicionaron para dormir. Estaban tan rendidos que pronto estuvieron ajenos a todo, sirviéndoles de cortina la misma obscuridad que les cubría.

El primero en dormirse fue Wilfred Flushing, después Hirst. Hewet despierto, miraba en dirección al cielo. El suave balanceo y las formas negras que constantemente pasaban ante su vista le impedían pensar con claridad. La proximidad de Rachel le llenaba de tranquilo bienestar, si bien le impedía discurrir. El saberla tan cerca le imposibilitaba pensar serenamente en ella tanto como le resultaba imposible verla en esta densa y obscura noche. De manera extraña se identificó con el barco. Si hubiera sido inútil levantarse y empuñar el timón, igualmente lo era luchar por más tiempo con la potencia irresistible de sus sentimientos. Una fuerza superior le impelía hacia adelante, lejos de todo lo que conociera, franqueando barreras, dejando atrás todas las señales, irrumpiendo en mares desconocidos con la misma serenidad que ahora surcaban la superficie del río. Una profunda paz le envolvía sumiéndole en honda inconsciencia. Miraba las altas copas de los árboles cambiar ligeramente su postura al pasar la embarcación. Veía los árboles sobre el fondo estrellado del firmamento encorvarse y estirarse, bajar y subir altísimos hasta que, contemplándolos, se sumió en sueños. Soñó que yacía bajo la sombra de otras grandes copas de árboles contemplando el cielo. Al despertarse a la mañana siguiente vieron a la derecha un terraplén de arena poblado de árboles. En la ribera izquierda había un pantano donde temblaban altas hierbas y bambúes, sobre cuyos tallos se balanceaban numerosos pájaros de un alegre colorido verde y amarillo. La mañana era calurosa y estaba en silencio. Al terminar el desayuno se sentaron formando semicírculo en la proa de la cubierta. Un toldo les protegía del intenso calor del sol y la brisa de la marcha les refrescaba ligeramente. La señora Flushing adornaba con pinceladas y rayas la tienda de campaña. Sus movimientos, bruscos y expresivos, se parecían a los de un pájaro nervioso que picoteara los granitos del suelo. Los otros expedicionarios tenían libros, trozos de papel o bordados, con los cuales se ocupaban aparte de mirar el paisaje. En una ocasión Hewet leyó en alta voz un poema. Seguían avanzando bajo la sombra de los árboles. Tan pronto veían una nidada de pájaros color grana comiendo en uno de los pequeños islotes como una cotorra azulada y verdosa volaba gritando de un árbol a otro. Conforme avanzaban todo el paisaje crecía en intensidad indómita. Los árboles y la naturaleza parecía que se alegraban por la fuerza de su entrelazamiento. Aquí y allá se elevaba algún árbol gigantesco por encima de los excursionista, balanceando ágilmente en la altura su verde quitasol.

Hewet volvía de nuevo a sus libros. La mañana transcurría tan plácida como lo fue la noche. Sólo variaba la intensidad del paisaje en la claridad del día. Hewet, al ver a Rachel y oír su voz tan cercana, sentía la proximidad de algún acontecimiento que estuviese estacionado junto a ellos. Sabía que un impulso desconocido lo guiaba. Volvió otra vez a su libro leyendo: «Quienquiera que seas, ahora estoy en tus manos. Sólo una cosa importa; lo demás es inútil».

Un pájaro soltó una carcajada salvaje; un mono chilló una pregunta maliciosa; y como el fuego se renueva al calor del sol, así los ruidos de la selva se sucedían. Gradualmente el río fue estrechándose y las orillas iban bajando a un mismo nivel, cuajadas de árboles y malezas. La selva devolvía ecos lejanos. Chillidos repentinos y estridentes, seguidos de un absoluto silencio. Como en las catedrales, cuando la voz del predicador enmudece y su eco resuena todavía, saltando de un rincón a otro por la bóveda.

El señor Flushing se levantó, hablando con uno de los marineros y anunciando que después de comer, la embarcación se detendría para que pudieran visitar el bosque.

-Por aquí encontraremos todavía senderos. No nos hemos alejado mucho de la civilización. -Echó un vistazo a la pintura de su esposa. Demasiado cortés para alabarla públicamente, se contentó con tapar la mitad con una mano, y con la otra hacer un gesto de ponderación-. ¿No lo encuentran maravilloso?

Helen siguió su  (p.112) mirada y no halló palabras para juzgar lo que veía.

-De ahí tomarían su estilo los del reinado de Isabel -susurró Hewet, mirando la profusión de hojas y capullos y demás prodigiosos frutos-. Si Shakespeare lo hubiera visto...

 -¡Aborrezco a Shakespeare! -exclamó la señora Flushing, y Wilfred replicó, admirándola:

 -Creo que eres la única persona que se atreve a decir semejante cosa, Alice.

Pero la señora Flushing siguió imperturbable pintando, sin dar mucha importancia al cumplido de su marido. Pintaba sin interrupción. A veces, murmurando a medias una palabra o un gemido.

La mañana era ya muy calurosa.

-¡Miren a Hirst! -cuchicheó el señor Flushing.

La hoja de papel en que escribía había caído al suelo y con la cabeza echada hacia atrás roncaba sonoramente. Hewet recogió la hoja del suelo y la estiró bien, para que Rachel pudiera verla. Era una continuación del poema que iniciara en la capilla, pero de una inmoralidad tal, que la mitad le resultó incomprensible. Hewet empezó a poner palabras en los claros que Hirst había dejado, pero cesó de pronto. Su lápiz rodó sobre la cubierta. Gradualmente se acercaban a la ribera derecha. La claridad que les iluminaba tenía un matiz verdoso.

La señora Flushing dejó sus pinceles y miró hacia adelante en silencio. Hirst se despertó. Sonó la llamada para comer, y mientras lo hacían se detuvo la barca a muy poca distancia de la ribera. La lancha que llevaban a remolque fue acercada y a ella subieron las señoras. Para librarse del aburrimiento, Helen llevaba un libro de memorias y la señora Flushing su caja de pinturas. Así equipadas, se acercaron a la orilla, saltando a tierra muy cerca de la entrada del bosque. No anduvieron mucho por el camino paralelo al río antes de que Helen dijese que hacía un calor sofocante. La brisa del río cesó y una atmósfera calurosa y pegajosa impregnada de fuertes olores venía del interior del bosque.

 -Me sentaré aquí -dijo Helen, apuntando un tronco de árbol caído casi cubierto de enredaderas.

Se sentó, abrió su quitasol y miró al río que  (p.113) atravesaban grandes troncos de árbol.

-Estoy de acuerdo -dijo la señora Flushing, y procedió a abrir su caja de pinturas.

Su marido se paseó por si percibía alguna bonita perspectiva para que ella la pintase. Hirst sentóse junto a He-len, en plan de entablar conversación. Terence y Rachel quedaban en pie solos. Él vio llegada su hora, tal como el destino la deparaba; y a pesar de comprenderlo, sintióse completamente tranquilo y dueño de sí mismo. Habló a Helen, animándola a que fuese con ellos a dar un paseo. Rachel se unió también en el ruego.

-De todas las personas que he conocido -dijo él-, es usted la menos atrevida. Parece estar sentada en unas sillas verdes de Hyde Park. ¿Va a pasarse ahí la tarde entera? ¿No paseará?

-¡Oh, no! Aquí sólo debe emplearse la vista -contestó con una voz medio adormilada.

-¿Qué sacaréis de andar? Sudar y estar cansados para la hora del té, y nosotros frescos y contentos -añadió Hirst.

En sus ojos vieron los reflejos dorados y verdosos del cielo y de las ramas. Aceptaban como un hecho que Rachel y Terence se propusieran pasear por el bosque.

 -¡Adiós! -dijo Rachel.

 -¡Adiós! y cuidado con las serpientes -gritó Hirst. Se acomodó más confortablemente a la sombra de un árbol caído muy cerca de donde se sentaba Helen.

Al alejarse, el señor Flushing les llamó:

 Saldremos dentro de una hora. Hewet, por favor, acuérdese, una hora.

Obra de los hombres o dispuesto así por la naturaleza, había un camino ancho que se adentraba en el bosque. Semejaba una avenida en un bosque inglés, salvo que los arbustos tropicales, con sus hojas largas como sables, crecían por todos lados. El suelo se cubría de un musgo húmedo, salpicado de florecillas amarillas y no del fino césped de los parques ingleses. Conforme se adentraban en la profundidad de los árboles, la luz se tamizaba más y los ruidos del mundo se cambiaban por los crujidos y

sonidos especiales de la selva, que les producían la sensación del mar. El camino se estrechaba y torcía, bordeado por densas enredaderas que enlazaban un árbol con otro y estallaban aquí y allá en grupos de flores en forma de estrellas, de ricas y variadas tonalidades granate. Los crujidos eran a veces interrumpidos por el grito estridente de algún animal asustado. Con el aire les llegaban lánguidas oleadas de perfumados olores. De vez en cuando, entre la claridad verdosa había un espacio libre que dejaba entrar con toda su hermosura chorros de sol en los que revoloteaban enormes mariposas rojas y negras.

Terence, y Rachel avanzaban en silencio, pero sentían la necesidad de hablarse. ¿Cuál de los dos iniciaría la conversación?

Hewet cogió una fruta encarnada y la tiró a lo alto con toda su fuerza. Cuando llegase al suelo, entonces él hablaría. Oyeron el ruido especial de unas alas abriéndose para volar; el de la fruta al tropezar entre las hojas y su sonido sordo al llegar al suelo. El silencio era cada vez más profundo.

-¿Te asusta esto? -preguntó Terence cuando se apagó el ruido de la fruta al caer.

-¡Oh! -contestó ella-. Me gusta -y repitió-, me gusta.

Andaba ligero, e iba más enderezado que de costumbre. Hubo otra pausa.

 -¿Te gusta estar conmigo? -preguntó Terence.

 -Sí -replicó ella.

Calló por un momento. El silencio parecía envolverlo todo.

-Es lo mismo que yo siento desde que te conocí -replicó él-. Nosotros somos felices juntos. -Hablaba como si lo hiciera consigo mismo y Rachel parecía no escucharlo, andando en silencio.

-Muy felices -contestó Rachel tras una pausa. Siguieron un rato en silencio. Inconscientemente sus pasos se aligeraban.

-Nos querernos -dijo Terence.

-Sí, nos queremos -repitió Rachel.

El silencio se rompía por el sonido de sus voces que adquirían un tono extraño y poco familiar, distinto a sus palabras. Paráronse, uniéndose en estrecho abrazo y después sentáronse sobre el mullido suelo, uno junto a otro. Oyeron el crujir de los árboles y el aullido de una fiera, pero todo les pareció remoto.

-Nos amamos los dos -repetía Terence.

Ambos estaban muy pálidos y callados. Él no se atrevía a volver a besarla. Ella se acercó poco a poco y apoyó la cara contra su hombro. Así permanecieron un rato. Una vez dijo ella «Terence» y él le contestó «Rachel».

-¡Es espantoso! -murmuró ella, después de otra pausa, y al hacerlo pensaba tanto en el sombrío eco de las aguas agitándose distantes en sus propios pensamientos. Observó que por el rostro de Terence se deslizaban unas lágrimas. Parecía que había transcurrido mucho tiempo cuando él sacó el reloj.

-Flushing dijo una hora y hemos estado ya más de hora y media.

-Y tardaremos otro tanto en volver -dijo Rachel.

Se levantó muy despacio, estiró los brazos y dio un hondo suspiro, mitad gemido, mitad bostezo. Parecía muy cansada y estaba pálida.

 -¿Por dónde? -preguntó.

Volvieron por el camino cubierto de verdor. Los crujidos continuaban en lo alto, mezclados a los gritos de distintos animales. Las mariposas seguían circulando en los claros de luz.

AI principio Terence parecía seguro del camino que seguían, pero conforme andaban, empezó a dudar. Tuvieron que  (p.114) detenerse, orientarse y seguir de nuevo. Sabían la dirección del río, pero no estaban seguros de dar con el punto en que dejaron a los otros. Rachel le seguía, deteniéndose cuando él se paraba.

 -No quiero llegar tarde -dijo él -porque... -Puso una flor en manos de ella, y sus dedos la oprimieron.

-Llegaremos tarde, tarde, horriblemente tarde -repetía él como si hablara en un sueño-. Ahora ya está. Recuerdo esta vuelta.

De nuevo se encontraron en el camino ancho, como una avenida inglesa, por donde empezaron a andar al separarse de los otros. Andaban callados como sonámbulos, que sólo a medias tuvieran conciencia de su ser.

Rachel exclamó de repente:

-¡Helen!

Al sol, en el espacio al borde del bosque, vieron a Helen sentada todavía en el tronco del árbol. Su traje blanco deslumbraba mucho a la luz del sol. Hirst, inclinado sobre el codo, estaba a su lado. Instintivamente se detuvieron. La presencia de los demás parecía clavarlos en la tierra. Oprimiéronse la mano en silencio por unos momentos.

 -Debemos seguir -insistió por fin Rachel en voz baja.

Hicieron un esfuerzo y acortaron la distancia que los separaba de la pareja sentada sobre el tronco caído. Al aproximarse, Helen se volvió, los miró un rato sin pronunciar palabra, y al llegar junto a ella, dijo en voz baja:

-¿Vieron al señor Flushing? Ha ido a buscarles. Pensó que se podían perder, aunque ya le dije que no era probable.

Hirst se volvió, mirando a las ramas cruzarse en el aire sobre él.

-¿Vale la pena el paseo? -preguntó con voz adormilada.

Hewet se sentó a su lado en la hierba y empezó a abanicarse.

-Calor -dijo.

Rachel se balanceaba al otro lado de Helen en el filo del tronco.

 -Mucho calor -repitió ella.

-Se os ve cansadísimos -observó Hirst.

-Debe ser agobiante pasear bajo esos árboles -exclamó Helen, recogiendo su libro y sacudiéndole los trocitos de hierba que quedaron entre las páginas.

Todos guardaron silencio, mirando la corriente del río hincharse al tropezar con los árboles caídos. Así les interrumpió el señor Flushing. Salió de los árboles a cien metros de ellos y exclamó con voz fuerte:

-¡Ah! ¿Con que dieron con el camino? Pero es tarde, mucho más tarde de lo que quedamos, Hewet.

Se le notaba ligeramente contrariado, y su misión de director de la expedición le hacía adoptar un tono algo autoritario. Hablaba aprisa, usando palabras fuertes, que carecían de sentido.

-Llegar tarde no importa gran cosa, claro -dijo-; pero corno es cuestión de tener los hombres a punto.

Llegaron junto a la orilla, donde les esperaba el bote. El intenso calor iba disminuyendo, y tornando el té, los Flushing se sintieron más comunicativos. Terence, oyéndoles hablar, sentía que la existencia tomaba dos distintos caminos. Allí estaban los Flushing hablando incansablemente, como si se remontasen a las alturas, mientras él y Rachel caían en el centro del mundo unidos.

La señora Flushing, con su fino instinto, intentó sacar en claro algo que suponía oculto. Se fijó en Terence con sus ojos de vivo azul y se dirigió a él.

Quería saber qué haría él si el barco se estrellara contra una roca y se iba a pique. ¿Le importaría algo fuera de salvar la vida?

-Hay sólo dos criaturas que la mujer normal quiere verdaderamente -continuó ella-. Su hijo y su perro; y no creo que los hombres lleguen a tanto. Se lee tanto de amor -por eso la poesía es tan aburrida-. ¿Pero qué pasa en la vida real, eh? No es el amor lo que cuenta.

Terence dijo algo entre dientes.

El señor Flushing, que fumaba un cigarrillo, contestó a su esposa:

-Debes recordar, Alice, que tu crianza fue poco natural, nada corriente. No tenía madre -explicó, perdiendo algo de la formalidad de su tono- y su padre era un hombre delicioso, no lo dudo, pero que sólo se ocupaba en caballos de carreras y estatuas griegas. Cuéntales lo del baño, Alice.

-En las cuadras posteriores -dijo la señora Flushing-, cubiertas de hielo en invierno, teníamos que guarecernos, de lo contrario, nos azotaban. Los más fuertes vivimos, los otros murieron. Lo que se dice el sobrevivir de los más fuertes. Era un plan excelente, no lo dudo, ¡sobre todo si usted tiene trece criaturas!

-¡Y todo esto ha pasado en el corazón de Inglaterra, en pleno siglo XIX! -exclamó el señor Flushing, volviéndose hacia Helen.

-Yo trataría a mis hijos del mismo modo, si los tuviera -dijo la señora Flushing.

Cada palabra sonó con claridad a los oídos de Terence. Pero ¿qué decían? ¿de quién hablaban? ¿quiénes eran aquellos seres fantásticos hablando allá en lo alto?

Cuando terminaron de beber el té se levantaron, acodándose en la barandilla de cubierta. El sol se ponía, el agua se tornaba obscura y rojiza. El río se ensanchó de nuevo y pasaron junto a un islote que semejaba un pegote obscuro en el centro de la corriente. Dos grandes pajarracos les miraron con curiosidad. La playa no presentaba más señales que las huellas de sus patas. Las ramas de los árboles en la ribera eran más retorcidos y angulosos. El verde de las hojas más vivo y salpicado de oro. Hirst, inclinado a proa, empezó a hablar.

-Se siente uno muy extraño, ¿no les parece? Estos árboles se apoderan de los nervios. ¡Es todo tan absurdo! Dios todopoderoso, ¿qué persona normal hubiera concebido un paraje tan salvaje como  (p.115) éste para llenarlo de monos y demás reptiles? Si viviese aquí, acabaría loco, loco de remate.

Terence intentó contestarle, pero la señora Ambrose se adelantó. Le dijo que mirase el conjunto de aquellas masas, que contemplase el colorido maravilloso y la forma de los árboles. Parecía como si quisiese proteger a Terence de la proximidad de los demás.

-Sí -dijo el señor Flushing-; a mi juicio, la ausencia de la gente es lo que produce esta impresión. Debe admitir, Hirst, que aun una pequeña ciudad italiana vulgarizaría la escena entera. Gusta precisamente su inmensidad, el sentido elemental de su grandeza.

Hizo un gesto con la mano hacia los árboles y una ligera pausa, mirando la gran masa verde que se envolvía en silencio.

-Reconozco que nos hace sentir insignificantes.

Viendo como Flushing, con sus palabras, razonaba y procuraba convencer a Hirst, Terence atrajo a Rachel a su lado, apuntando ostensiblemente a un enorme y retorcido tronco caído y medio hundido en el agua. Deseaba, a toda costa, estar cerca de ella, pero vio que no podía decirle nada. Oyeron a Flushing que seguía disertando sobre su esposa, después de arte, y también del futuro del país. Palabras sin sentido que flotaron en el aire. Como empezaba a refrescar, el señor Flushing se paseó por la cubierta con Hirst. Llegaron a sus oídos fragmentos de la conversación: arte, emoción, verdad, realidad.

-¿Es esto verdad, o es sólo un sueño? -murmuró Rachel cuando hubieron pasado.

-Es verdad, realidad -replicó él.

El aire refrescó y hubo un deseo general de movimiento. Al descender la obscuridad, las palabras de los demás parecían encogerse y evaporarse, como se desvanecen las cenizas de un papel quemado. Rachel y Terence quedaron completamente silenciosos. Fuertes sacudidas de intenso goce les estremecieron en su interior. La calma renacía de nuevo.

XXI

Gracias a la disciplina del señor Flushing llegaron a su debido tiempo a los sitios estratégicos fijados de antemano, y cuando, a la mañana siguiente, después del desayuno, sacaron las sillas para formar el corro acostumbrado, se hallaban a muy pocas millas de distancia del campamento nativo, meta de su viaje.

El señor Flushing, al sentarse, les aconsejó que fijaran la vista en la ribera izquierda. Pronto pasarían por un claro en el que había una choza donde Mackenzie, el famoso explorador, había muerto de las fiebres, haría unos diez años.

-Mackenzie -continuó- fue el hombre que exploró más tierra adentro.

Todos los ojos se volvieron hacia ella, obedeciéndole. Rachel no vio nada. Aquellas advertencias de que mirase aquí o allá la irritaban, como las interrupciones molestan a las personas abstraídas en sus pensamientos. Le incomodaba todo lo que se decía, le molestaba el movimiento de los demás por evitar que pudiese hablar con Terence. Helen la observó mirando malhumorada un gran rollo de cuerda, y sin parar atención en lo que decían. El señor Flushing y Hirst se entretenían en conversar sobre el futuro del país bajo el aspecto político y en deducir hasta qué grado había sido explorado. Los demás, en distintas posturas, más o menos cómodas, observaban en silencio. La señora Ambrose sentía interiormente cierto presentimiento, aunque no sabía a qué atribuirlo. Mirando a las riberas, como le aconsejó el señor Flushing, pensó que era bello, pero el tiempo resultaba bochornoso. No le gustaba ser víctima de emociones que no sabía definir y conforme avanzaba la calurosa mañana se sintió irrazonablemente conmovida. Si aquella sensación debía atribuirla a lo desconocido del bosque o a otra causa menos definida, no podía averiguarlo. Su entendimiento se alejaba de allí, ocupándose en su angustia de Ridley y sus hijos. Pensaba en cosas lejanas, tales como la vejez, la pobreza y la muerte. Hirst parecía igualmente deprimido. Se había forjado ilusiones con aquella expedición, tomándola como una vacación, en la que podían ocurrir cosas maravillosas. En cambio, nada nuevo se había presentado allí. Estaban incómodos, ¡como siempre! Esto era lo que ocurría por formarse ilusiones de antemano; siempre salía uno defraudado. Echó la culpa a Wilfred Flushing, siempre tan bien vestido y tan formal. También alcanzó su enojo a Hewet y Rachel. ¿Por qué no hablaban? Los observó, sentados en silencio y como abstraídos. Sólo el verlos le incomodaba. Supuso que estarían en relaciones, o a punto de estarlo. Pero en lugar de resultar de ello algo romántico y excitante, allí se les veía tan sosos como todos los demás. También le molestaba el suponerlos enamorados. Se acercó a Helen, diciéndole lo mal que había pasado la noche. Resultaba incómodo estar tendido sobre cubierta, sintiendo a veces un calor sofocante y otras frío. Además, con el brillo de las estrellas no había podido conciliar el sueño. Estuvo toda la noche despierto y cuando hubo bastante claridad, escribió veinte renglones de su poema. Le pidió su opinión sobre el mismo. Aunque hablaba casi como siempre, Helen hubiese podido comprobar que estaba impaciente y conmovido. Cuando iba a contestar oyó exclamar al señor Flushing: «¡Ahí!»

Vieron una  (p.116) choza en la orilla, en un sitio desolado y tristón, con una rendija en el techo. La tierra que la rodeaba era amarillenta, con señales de varias fogatas y varias latas viejas.

-¿Encontraron su cuerpo ahí? -exclamó vivamente la señora Flushing, inclinándose hacia adelante sobre la barandilla, en su afán de ver el lugar.

-Encontraron su cuerpo y un libro de apuntes -contestó su marido.

Pero la barca les llevó pronto lejos.

Hacía tanto calor que no se movían, excepto para cambiar algo de postura. Sus ojos se concentraban en las riberas, donde se repetían los verdes reflejos. Sus labios se oprimían como si esto les sugiriera pensamientos varios. Los de Hirst se movían intermitentemente, buscando rimas incansable. Todos permanecieron en silencio un buen rato.

-Casi le recuerda uno el espectáculo de un parque inglés -dijo el señor Flushing.

El cambio no pudo ser más radical. A amibos lados del río se veían grandes espacios bien cuidados de fina hierba, con árboles frutales. Todo denotaba ya la labor y el trabajo del hombre. Tan lejos como alcanzaba la vista, aquel espacio subía y bajaba en ondulaciones que hacían más vivo el recuerdo de un parque cuidado. El cambio de escenario sugirió un cambio de ambiente, que sentó bien a todos. Se levantaron y fueron a apoyarse en la baranda.

 -Podía ser Arundel o Windsor -dijo el señor Flushing-, si se cortara ese arbusto de flores amarillas, ¡miren!

Hileras de espaldas obscuras se detuvieron por un momento y luego saltaron en abierta carrera fuera de la visión del hombre, por los ondulados campos. Por un instante nadie podía creer que habían visto animales vivos en pleno día. Era una manada de gacelas salvajes. El espectáculo les reanimó como si fueran criaturas.

 -¡En mi vida he visto nada más grande que una liebre! -exclamó Hirst con sincero entusiasmo-. ¡Qué tonto fui al no traerme el «Kodak»!

Poco después se detuvo la embarcación. El capitán fue a explicar al señor Flushing que quizás a los pasajeros les gustaría bajar y pasearse un poco. Si en el término de una hora regresaban, él les llevaría al pueblecito, pero si  (p.117) preferían ir andando, éste sólo estaba a una milla, y él les esperaría en el lugar de embarque.

Bajaron a tierra, los marineros sacaron pasas y tabaco. Se apoyaron en la barandilla y vieron alejarse .a los seis ingleses que tan extraños resultaban en aquellos parajes con sus vestidos y abrigos. Un chiste, nada correcto, les hizo soltar la carcajada a todos; después se tendieron a sus anchas sobre la cubierta. Al desembarcar, Terence y Rachel se reunieron, adelantándose a los demás.

-Gracias a Dios -exclamó Terence, respirando a sus anchas-. Por fin estamos solos.

-Y si seguimos caminando adelantados podremos hablar -dijo Rachel. Pero a pesar de las palabras de la muchacha estuvieron callados.

-¿Me quieres? -dijo por fin Terence, rompiendo el silencio doloroso.

Hablar o callar representaba igualmente un esfuerzo. En presencia del ser querido, las palabras resultaban demasiado triviales o aparatosas. Ella murmuró algo ininteligible, finalizando:

-¿Y... tú?

-Sí, sí -replicó él.

Tenían muchas cosas que decirse, y a pesar de estar solos, parecía necesario que se acercasen más todavía. Había que saltar la barrera que parecía haberse interpuesto entre ellos desde la última vez que hablaron. Era difícil y embarazoso.

-Voy a empezar desde el principio -dijo él con resolución-. En primer lugar no me he enamorado nunca de nadie, pero en mi vida ha habido otras mujeres. Tengo grandes defectos. Soy muy perezoso. Tengo días de inmotivado malhumor. Tienes que saber todo lo peor de mí. Soy codicioso. Me abruma un sentimiento de inutilidad, de incompetencia. No debiera nunca haberte pedido que te casaras conmigo. Soy un poco afectado, ambicioso.

-¡Oh, nuestras faltas! ¿Qué más da? -exclamó ella, y a renglón seguido-: ¿Estoy enamorada? ¿Es esto querer? ¿Tenemos que casarnos?

Vencido por el encanto de su voz y su presencia, exclamó él:

-¡Oh! Eres libre, Rachel. Así, el tiempo no te cambiará, ni el matrimonio ni los hijos.

Las voces de los que les seguían llegaban en oleadas. La risa de la señora Flushing les llegó clara por encima de todos los ruidos.

-Matrimonio -repitió Rachel.

Los gritos se renovaron, advirtiéndoles que iban demasiado hacia la izquierda. Cambiando de rumbo, continuó él:

-¡Sí, matrimonio! -y volvió a emprenderla con su autobiografía.

Ella murmuró que no podía describir su vida, aunque siempre le pareció que no tenía nada de particular.

Una visión de cómo andaría con ella por las calles de Londres vino a la vista de Hewet.

-Nos iremos a pasear reunidos -dijo él.

La simplicidad de la conversación les alivió, y por primera vez rieron. Hubiesen deseado cogerse de la mano, pero la conciencia de que les miraban no les abandonaba. -Libros, gentes, espectáculos, la señora Hutt, Greely, Hutchinson -murmuró Hewet.

Con cada palabra la nube que les había envuelto, haciéndoles parecer irreales la tarde anterior se evaporaba y alejaba, y su contacto se hacía más natural. Vieron el mundo que conocían más claro y risueño que nunca se les apareciera antes. Como en aquella ocasión en el hotel, cuando se sentó en la ventana, el mundo se presentaba ante la mirada de Rachel, muy real y en sus verdaderas proporciones. Se fijaba en Terence con curiosidad de vez en cuando, observó su traje gris y su corbata morada, analizando al hombre con quien iba a compartir el resto de su vida. Después de una de aquellas miradas, murmuró:

-Sí, te quiero. No hay duda, estoy enamorada de ti.

No obstante, se encontraban extrañamente apartados unas veces y otras tan juntos que entre ellos desaparecía la visión. Sintiendo esto dolorosamente exclamó:

-Será una lucha. -Pero al mirarle de nuevo, percibió la forma de sus ojos, las líneas de su boca y otras particularidades que le agradaban, y añadió-: Donde yo quisiera luchar, tú tendrás compasión. Tú eres más delicado que yo, eres mucho más sensible.

Él la miró, sonriendo y percibió mucho las pequeñeces particulares que la hacían tan deliciosa. Era suya para siempre. Pasando aquella barrera, goces innumerables se presentaban ante ellos.

-No es que sea mejor -contestó él-. Sólo es que soy mayor, más perezoso y un hombre en lugar de una mujer.

-Un hombre -repetía ella.

Un curioso sentido de posesión la embargó, se le ocurrió que ya podía tocarle y con suavidad le pasó la mano por la cara. Los dedos de él se posaron donde puso ella la mano, y el roce le sumergió de nuevo en un estado en el que todo le parecía irreal. Este cuerpo suyo, el mundo entero, perdieron consistencia.

-¿Qué ha pasado? -empezó él-. ¿Por qué te dije que te casaras conmigo? ¿Cómo ocurrió todo?

-¿Me pediste que me casara contigo? -dudó ella. Parecían alejarse de nuevo.

-Nos sentamos en el césped -recordó él.

-Sí, así fue -confirmó Rachel.

Este recuerdo sirvió nuevamente de lazo de unión. Andaban en silencio, pero sin cesar de coordinar ideas. Sus ojos sólo percibían lo que les rodeaba a ambos.

Otra vez intentaría él enumerarle todos sus defectos, y explicarle por qué la amaba. Ella le describía qué sintió en tal ocasión o en tal otra; y juntos descifrarían todos sus sentimientos. Tan bello les parecía el sonido de sus  (p.118) palabras que hablaban por el mero placer de oírse. Intercalaban silencios largos entre su conversación. Pero no eran ya silencios de lucha y confusión, sino pausas que les reanimaban y tras las cuales el pensamiento fluía fácil. Siguieron hablando con naturalidad de cosas vulgares. De las flores, de por qué eran tan rojas y los árboles por qué crecían tan rectos en los jardines y allí encorvados y torcidos como el brazo de un anciano. Lentamente, como si fuera la sangre que cantase en sus venas o el agua de un arroyo que corriese entre las piedras, Rachel se dio cuenta de que un nuevo sentimiento nacía en ella.

-¡Esto es la felicidad! -dijo con convencimiento y en voz alta a Terence-. Esto tiene que ser la felicidad.

Hewet contestó inmediatamente.

-No hay duda, esto es ser feliz.

Aquella sensación les había invadido a ambos.

Se extendieron en consideraciones sobre el nacimiento de aquel sentimiento y cómo lo sentían cada uno de ellos. A pesar de ser muchas las voces que los de atrás les daban, no las oyeron. Sumidos en sus sutilezas, la repetición del nombre de Hewet sonaba como el crujir de una rama seca, o el trino de un pájaro.

El sonido de la brisa murmurando al mover la hierba fue acrecentándose sin que ellos lo advirtieran, como tampoco el sonido de unas pisadas que se acercaban. Una mano fuerte como el hierro cayó sobre el hombro de Rachel, produciéndole la sensación de que descendía del cielo. Cayó al suelo y sintió la hierba cruzar por sus ojos y oídos, y metérsele hasta en la boca. A través de unos troncos altos que se movían vio una figura grande y sin forma entre ella y el cielo. Se quedó sin habla y casi sin sentido. Al fin se vio tendida boca arriba. Todas las hierbas se movían a su alrededor, temblando como por efecto de su fuerte respiración. Sobre ella, dos figuras altas. Terence y Helen. Los dos estaban muy acalorados, reían y hablaban a un mismo tiempo. Frases entrecortadas llegaban a Rachel, tendida en el suelo. Creyó oír hablar pri

mero de amor, y después de matrimonio. Se incorporó, quedando medio sentada, y sintió el abrazo tierno que Helen le daba. Comprendió que compartía su felicidad y se lo agradeció devolviéndole el abrazo con toda su alma.

Cuando Rachel se serenó, el césped volvió a ser liso y pegajoso, el cielo horizontal y la tierra con suaves ondulaciones. Fue la primera a percibir que a cierta distancia unas cuantas personas esperaban con paciencia su regreso.

-¿Quiénes son? -preguntó.

El señor Flushing se acercó, guiándoles por un prado verde al borde del río hasta llegar a un camino bordeado de árboles. Pronto advirtieron indicios de que se aproximaban a lugares habitados. Al poco rato de marchar llegaron al pueblo, objeto de su viaje.

Avanzando con cautela, observaron a las mujeres que en cuclillas y formando grupos triangulares movían sus manos amasando algo en unos grandes tazones. Inmediatamente advirtieron que eran observadas. Entonces el señor Flushing avanzó hacia un hombre alto y delgado de aspecto majestuoso. A su lado el hombre blanco parecía pequeño, feo y afectado. Las mujeres no parecieron hacer gran caso de los extranjeros, exceptuando sus manos, que se detuvieron por un momento. Sus ojos almendrados les miraban con gesto inexpresivo. Era la mirada a quien se hallaba tan lejos de ellas que ni con palabras podían comprenderse. Sus manos se afanaban de nuevo, pero la mirada continuaba fija en ellos. Les seguía mientras andaban y ojeaban las chozas, donde se distinguían las escopetas apoyadas en los rincones y en el suelo tazones y montones de leña. En la obscuridad interior unos ojos infantiles llenos de extrañeza se clavaban en ellos junto con otros semividriosos de alguna anciana. Conforme iban de un lado a otro, estas miradas les seguían recorriendo sus piernas, sus cuerpos, sus cabezas con hostil curiosidad. Parecía que un enjambre de silenciosos insectos rodeara a los visitantes.

Al retirarse el mantoncillo y sacar el pecho para dar alimento a su niño, los ojos de aquella mujer no se apartaron de sus rostros. Esto les molestaba tanto que tuvieron que alejarse de allí, incapaces de soportar por más tiempo aquella mirada fija.

Cuando les ofrecían caramelos o dulces, estiraban unas manos grandes y coloradas para tomarlos, sintiéndose cohibidos ante aquellos seres suaves y de instintos sensibles.

Al poco rato el pueblo ya no los tomaba en cuenta,

seguían normalmente sus quehaceres. Las mujeres trabajaban incansablemente. Su habla era como un grito estridente e ininteligible, y a veces elevaban un canto melancólico y tristón.

Terence y Rachel se reunieron bajo un árbol.

-La indiferencia de esta gente nos hace sentirnos in-° significantes, ¿no te parece? -dijo Hewet.

Rachel asintió.

Se volvieron, pasearon por entre los árboles cogidos del brazo y sin temor a que los viesen. No habrían ido muy lejos, antes de que mutuamente se jurasen amor eterno, felicidad y alegría, pero... ¿por qué era tan doloroso quererse?, ¿por qué había tanto dolor en la felicidad? La vista del pueblo había causado en ellos distintos efectos. Hirst siguió abstraído en sus pensamientos, que eran amargos y poco  (p.119) felices. Sentíase muy solo, y Helen, de pie en medio de los nativos, se sentía abrumada por negros presentimientos. Se culpaba por aventurarse en aquella expedición, por avanzar tan adentro y exponerse tanto. Vio como en una visión, el hundimiento de un barco en un río inglés. Sabía que era morboso imaginarse tales cosas, no obstante buscó a la pareja entre los árboles, creyendo así librarles del peligro. Cuando el sol empezó a declinar y el barco dio la vuelta, disponiéndose para el regreso hacia la civilización, sus temores se calmaron.

En la semiobscuridad de la cubierta veíase sólo la punta de los cigarrillos. Las palabras surcaban la obscuridad sin energía ni objeto. El día había sido largo y muy caluroso, y el aire fresco de la noche caía como unos dedos suaves sobre los párpados, invitando al descanso. Una forma blanca se movió y desapareció. Después de dar unos pasos, el señor Flushing y Hirst la siguieron. Quedaron tres sillas ocupadas por silenciosos cuerpos. La luz en lo alto del mástil junto a la de las estrellas les señalaba formas sin perfil definido. En aquella obscuridad, el alejamiento y la soledad hízoles sentirse más unidos. Durante un rato nadie habló. Por fin Helen suspiró:

-Conque los dos sois muy felices, ¿eh?

Como si el aire la purificase, su voz sonó más espiritual y dulce que otras veces.

A poca distancia dos voces contestaron:

 -Sí.

A través de la obscuridad intentó distinguirlos, ¿qué podía decirles? Rachel pasaba ya a otra tutela. Comprendió que debía decirles algo, pero se sentía vieja y deprimida.

-¿Os dais cuenta de lo que habéis empezado? -preguntóles-. Ella es joven, los dos sois jóvenes, y el matrimonio... -se calló.

Le rogaron que continuase, y tan sinceras eran sus voces, que añadió:

-¡Matrimonio! No es tan sencillo como parece.

 -Esto es lo que queremos saber -contestaron ellos. Helen adivinó que se miraban.

 -Depende de los dos -afirmó ella.

Terence dijo en tono jovial y ligero, como para ahuyentar su depresión:

-Tengo veintiséis años y cuento con unas 700 libras al año. Mi carácter en general es bueno,  (p.120) salud excelente a pesar de notar Hirst en mí cierta tendencia a la gota. Además me creo inteligente. -Calló como esperando su confirmación.

Helen asintió.

 -Aunque, desgraciadamente, algo perezoso. Pienso dejar a Rachel que haga siempre lo que desee... Bajo otro aspecto, ¿me encuentra usted satisfactorio? -preguntó con cierta timidez.

-Sí, todo lo que conozco de usted me gusta -replicó Helen-. Pero es que le conozco tan poco... -Viviremos en Londres -continuó él.

Ambos a una le preguntaron si no les creía las personas más felices de la tierra.

-¡Psch! -chistó Helen-. Tenemos detrás a la señora Flushing.

Guardaron silencio. Terence y Rachel intuían que su felicidad le causaba tristeza y esto les afligía.

-Hemos hablado demasiado de nosotros mismos -dijo Terence-. Díganos algo de usted.

-Sí, dinos algo -repitió Rachel.

Los dos parecían creer que todo el mundo podía decir algo lleno de profundidad.

-¿Qué puedo decirles? -reflexionó Helen, hablando como si más bien lo hiciera consigo misma, de un modo tan vago como la profetisa que transmite un mensaje-.

Después de todo, aunque reprenda a veces a Rachel, tampoco soy muy sensata. Más vieja, sí, claro es; he recorrido ya la mitad del camino y ella no ha hecho más que empezar. Es un embrollo; a veces, creo yo, una desilusión. Los grandes acontecimientos no son tan grandes tal vez, como uno espera. Pero son interesantes. ¡Oh, sí! estáis seguros de encontrarlo de este modo. Además, existen alegrías inesperadas. Sí, seréis muy felices, estoy convencida de ello.

Helen les miró pensativa unos momentos.

-Debes escribirle a tu padre. No dudo que seréis muy felices, y ahora, si tenéis algo de sentido común, os iréis a dormir, que es lo que voy a hacer yo. ¡Buenas noches! -y traspuso las cortinas de la tienda.

La pareja apoyóse en la baranda. A sus pies las aguas obscuras se escurrían rápida y silenciosamente. El cigarrillo se apagó al caer entre ellas.

Rachel, mirando al cielo, preguntó:

-¿Estamos sobre la cubierta de un barco en un río de Sudamérica? ¿Soy yo Rachel y tú Terence?

El mundo inmenso se extendía a su alrededor. Se adivinaban árboles de redondeadas copas. Levantaron la vista sobre las más altas ramas de los árboles, fijándose en las estrellas y el cielo que les cubría; se elevaban como si corrieran distancias enormes... hasta darse cuenta que estaban uno junto a otro, cogidos a la baranda de la embarcación.

-Te olvidaste de mí por completo -la reconvino Terence, cogiéndola del brazo. Pasearon por la cubierta-, y yo nunca te olvido.

-¡Oh, no! -dijo ella-, no te olvidaba, sólo que las estrellas... la noche... la obscuridad...

-Eres como un pájaro medio dormido en su nido, Rachel. Estás dormida y hablas en sueños.

Todo lo que les rodeaba era tranquilidad, dulzura y obscuridad. Gozaban de la delicia de estar reunidos en aquella inmensidad.

XXII

Igual que aquel día en el bosque, se vieron obligados a revelar lo que ambos sentían. Ahora el mismo deseo se esparció entre los conocidos. El mundo que para ellos consistía ahora en el hotel y la villa, se mostró satisfecho de aquella boda en perspectiva. Les excusó de formar parte en la vida activa y les permitió ausentarse por algún tiempo. Se les dejaba apartar de los formulismos sociales.

Salían a pasear solos, se sentaban aparte, o recorrían lugares escondidos donde las flores no habían sido cortadas nunca por nadie y los árboles y las plantas crecían solitarios. En esa soledad podían expresarse aquellos vagos y hermosos deseos que ningún interés tenían para el resto de las gentes. Deseos de un mundo, como éste en el que habitaban ahora, que les pertenecería enteramente, donde reinarían la comprensión y la bondad, y donde nunca se producirían querellas, porque sería malgastar el tiempo.

Hablarían de todas estas cosas entre los libros, a pleno sol, o sentados a la sombra de un árbol silencioso. Nada habría que les inquietase o tuviera perplejos por no poder ser expresado. Podría acaecer algo inesperado, pero incluso las cosas más vulgares resultarían hermosas y, en cierto modo, preferibles a cualquier trance o misterio porque serían más sólidas, reclamarían una voluntad y cualquier esfuerzo en tales condiciones resultaría un placer y no una tarea enojosa.

Mientras Rachel tocaba el piano, Terence se sentó junto a ella anotando sus impresiones acerca de cómo veía el mundo ahora, cuando estaban próximos a casarse. Era muy distinto, ciertamente. El libro que se titularía «Silencio» ya no podía ser el mismo. ¡Cómo había cambiado ese mundo!: era más sólido, más coherente, más importante, más profundo. La tierra misma le pareció que había ganado en profundidad, pero no en sus accidentes, colinas, campos y ciudades, sino en sus grandes masas. Estuvo asomado durante diez minutos a la ventana no fijándose más que en los seres humanos que podían observarse a través de ella; sospechó que los comprendía mejor que Rachel. Ella estaba sumergida en su música olvidando todo lo demás. Pero también le gustaba así, con esa especie de despersonalización que se producía en ella en tales momentos. Después, escritas unas  (p.121) cuantas frases entre signos de interrogación, observó en voz alta: «Bajo la palabra "Mujer" he escrito: "Realmente, no son tan vanidosas como los hombres. La ausencia de una confianza recíproca trae como consecuencia los más graves errores. ¿Se trata de una equivocación atávica de nuestro sexo o, simplemente, de la realidad misma?..." ¿Qué opinas acerca de esto, Rachel?»

Hizo una pausa con el lápiz en la mano y un pliego de papel sobre las rodillas. Rachel no contestó; había ido ascendiendo por una lenta sonata de Beethoven, como quien sube por una escalera ruinosa, decididamente al principio, pero avanzando con dificultad y penosamente a cada nuevo peldaño, hasta llegar a un punto en el que le era forzoso volverse atrás.

-«Se acostumbra a decir -prosiguió leyendo Terence- que las mujeres son más prácticas, menos idealistas que los hombres, e incluso que poseen una gran destreza en su modo de conducirse, pero que carecen totalmente del sentido del honor». Y ahora pregunto: ¿qué significa la expresión masculina «el honor»? ¿A qué corresponde en vuestro sexo?

Volviendo a subir una vez más los peldaños de su escalera, Rachel desaprovechó esta oportunidad de descubrir los secretos de su sexo. Sin embargo, había progresado tanto en el camino de la prudencia que pudo haberlos confesado sin inconvenientes para ella.

Poniendo punto final a un acorde, exclamó al fin:

-No, Terence, no puede ser: ni aunque estuviera aquí el mejor músico de Sudamérica, por no decir de Europa y de Asia juntas, podría ejecutar bien una sola nota interrumpiéndole a cada momento como haces tú conmigo.

-No tengo ninguna objeción que hacer a tus acordes -observó él-. En realidad, me resultan muy útiles mientras escribo; pero todas esas cosas, a las que no pareces haber prestado atención, son como viejos perros gruñones que nos salen al paso.

Observó las pequeñas tarjetas de felicitación enviadas por sus amigos y extendidas sobre la mesa: «...con nuestros mejores deseos para vuestra felicidad», leyó en ellas Terence.

-Son correctas -observó-, pero ¿responden realmente a algo sentido?

-¡Completamente absurdas! -exclamó Rachel-. ¡Piensa en las palabras comparadas con los sonidos! Novelas, comedias, narraciones... -añadió revolviendo los libros de amarillas y rojas cubiertas apilados a un extremo de la mesa.

-Bien, Rachel, pero es que tú has leído lo que no tiene ya ningún valor. Nadie sueña ahora con volver a esta clase de libros, que se han quedado anticuados con sus temas y descripciones. Lo que debes leer es poesía, mucha poesía.

Hewet cogió uno de los libros y empezó a leer en él en voz alta y con intención irónica; pero ella apenas le prestaba atención, permaneciendo pensativa unos momentos y, exclamando después:

-Para ti, Terence, el mundo no está compuesto sino de grandes masas de materia, sobre las que nosotros no somos más que pequeños retazos de luz -y observando los suaves reflejos del sol deslizándose sobre la alfombra y las paredes, añadió-: así, como éstos.

-No -respondió Hewet-, creo en la solidez de mis sentimientos, como si estuvieran firmemente arraigados en las entrañas de la tierra. Cuando te vi por primera vez me pareciste una criatura que hubiese vivido siempre entre perlas. Tus manos estaban húmedas aún, acuérdate...

-Y tú, en cambio, me pareciste un poco pedante. Sin embargo, al hablar contigo, me empezaste a gustar.

-Te enamoraste -corrigió él-. Estuviste siempre enamorada de mí, aunque ni tú misma lo supieras.

-No, no estaba enamorada entonces, si enamorarse es lo que la gente dice; pero se engaña. ¡Cuántas, cuántas falsedades!

Cogió un puñado de felicitaciones. Allí estaban las deEvelyn, el señor Pepper, la señora Thornbury, la señorita Allan y Susan Warrington. Resultaba sorprendente cómo todas estas personas, tan distintas, habían empleado casi las mismas palabras para congratularse de que se hubieran prometido. Ninguna de ellas había sentido, podía sentir o creerse con derecho a que así fuera, ni tan sólo por un instante, todo lo que ella era capaz de sentir. La simplicidad, la arrogancia y el ardimiento de su juventud, concentrados ahora sobre un punto determinado, como era el de su amor hacia él, impresionaron a Terence. Pero él veía las cosas de otro modo. El mundo era distinto, sí, había cambiado, mas no en aquel sentido. Él continuaba defendiendo las cosas que alabó siempre, y sobre todo -ahora, tal vez, más que nunca- la solidaridad con el resto de las gentes. Le arrebató las cartas que tenía en la mano y dijo:

-Claro que son absurdas, Rachel; claro que escriben estas cosas sólo porque todo el mundo lo hace; pero aún así, ¿verdad que es muy agradable la señorita Allan? No puedes negarlo. Y la señora Thornbury también lo es; ha tenido muchos hijos, te lo concedo, ¿pero no existe en ello también una cierta belleza, una «primaria simplicidad», como diría Flushing? Ella parece más bien un gran árbol centenario moviendo suavemente sus ramas a la luz de la luna, o un río cuyas aguas se van deslizando sin cesar.

Pero Rachel era incapaz de concebir en estos instantes que nada de cuanto  (p.122) sucediera en el mundo pudiese tener relación alguna con su propio destino y cl de Terence.

-Yo no deseo tener hijos -contestó-. No quiero que mis ojos se vuelvan como los de estas señoras respetables que te contemplan de pies a cabeza y de cabeza a pies como si se tratara de un caballo.

-Nosotros podremos tener un hijo y una hija -dijo Terence, dejando las cartas encima de la mesa-, por-. que ellos poseerán la inestimable ventaja de ser sólo nuestros.

Entonces se pusieron a trazar un bosquejo de la educación que darían a esos hijos si llegaban a tenerlos. A la niña se le haría que contemplase grandes cuadros pintados de azul que le sugirieran el pensamiento del infinito, pues las mujeres propenden al lado práctico de las cosas. El niño debería aprender a reírse de los grandes hombres... «No debe llegar a parecerse tampoco -añadió Rachel- a St. John Hirst». Pero Terence confesó su gran admiración hacia él; estaba seriamente convencido de sus grandes cualidades.

 -Su cabeza -dijo- es un proyectil lanzado contra cualquier falsedad. ¿Qué sería de nosotros sin hombres como él? Pero no lo comprenderéis nunca vosotras porque, a pesar de todas vuestras virtudes, no os obstinaréis nunca con todas vuestras fuerzas, con todas las fibras de vuestro ser, en perseguir la verdad. Sois esencialmente femeninas, no vais al fondo de los hechos.

Ella no se tomó el trabajo de contradecirle ni de buscar algún argumento incontestable contra los méritos de aquel a quien Terence admiraba tanto.

El reloj dio las doce en lugar de las once.

 -Hemos malgastado toda la mañana. Yo debí haber escrito en mi libro, y tú contestado a todas esas cartas.

-Hemos pasado solos muy pocas horas -dijo Rachel-. Y mi padre llegará dentro de uno o dos días.

Sin embargo, cogió pluma y papel y se puso a escribir: «Mi querida Evelyn...»

Terence, entretanto, se dedicó a leer cosas escritas por otros autores, como un medio que consideraba esencial para la composición de sus libros. Durante largo rato no se escuchó más que el tictac del reloj y el sincopado garraspeo de la pluma  (p.123) de Rachel escribiendo frases muy parecidas a las que ella acababa de condenar. De pronto, interrumpió su tarea y se puso a mirar a Terence hundido en su sillón; después, dirigió su mirada a las paredes, a la cama que estaba en un rincón, y a los cristales de la ventana en los que aparecían reflejados los árboles recortándose sobre el cielo; escuchó el tictac del reloj, y se puso a pensar en el abismo sorprendente que existía entre todo aquello y las cuartillas que tenía delante de sí. ¿No llegaría un tiempo en el que todo fuera indivisible en el mundo? Hasta por lo que al mismo Terence se refería, ¡cuántas cosas permanecían ignoradas entre ellos! ¡cuán poco sabía ella, por ejemplo, de lo que estaría pensando él en estos instantes!

Acabó la frase que había dejado interrumpida en su carta -una frase torpe y estúpida-, y añadió que los dos se sentían muy dichosos y se casarían, probablemente, en el otoño; se proponían vivir en Londres «donde esperamos encontrarnos y volver a ver a nuestro regreso». Tras unos momentos de duda entre las expresiones «afectuosamente» y «sinceramente» eligió aquélla y firmó la carta. Se disponía a empezar otra cuando Terence la interrumpió para citarle algunos trozos del libro que estaba leyendo. Se trataba de una novela en la que el protagonista, Hugh, hombre de letras también, no había comprendido exactamente la índole de las relaciones entre hombre y mujer hasta que llega al matrimonio. Al principio, fue feliz con su esposa; pero después de darle ésta un hijo, empieza a distanciarse, a hastiarse de ella, 'hasta olvidarla por completo. «Eran distintos entre sí. Tal vez en un lejano futuro, cuando generaciones de hombres se hayan combatido y engañado como nos engañamos y combatirnos nosotros, las mujeres lleguen a ser, en lugar de lo que ahora parece constituir la razón de su existencia, no la enemiga y el parásito del hombre, sino su verdadera amiga y compañera.»

-Al final, Hugh vuelve de nuevo a su mujer. Era su obligación como hombre casado. ¡Señor! -concluyó Terence-, ¿tú crees que podrá sucedemos algo semejante a nosotros?

Ella, en lugar de responder, preguntó:

 -¿Por qué no se escriben las cosas que se sienten? ésa es la dificultad -contestó Terence dejando el. libro.

 -Bien; entonces, ¿qué crees tú que será de nosotros cuando nos casemos?...

 -Ven, siéntate en el suelo -le dijo él- y déjame que te miré.

Rachel apoyó el mentón sobre las rodillas y se quedó mirándole fijamente. Él la contempló con detenimiento.

-No eres hermosa, pero me gustas como eres. Adoro tus cabellos, tus ojos... Tu boca es demasiado grande, y a tus mejillas les falta color. Pero me subyugas de tal modo, que al mirarte es como si me arrebataras el aliento.

Se acercó tanto a ella, contemplándola fijamente, que ella retrocedió un poco sus espaldas.

-Hay momentos -continuó Terence- en los que, si estuviéramos juntos sobre un acantilado, harías que me arrojase al mar.

Hipnotizada por aquel mirarse entrambos fijamente a los ojos, ella repitió: «Si estuviéramos juntos sobre un acantilado...»

Ser arrojado al mar, ser llevado de aquí para allá. La idea le sonó extrañamente sugestiva. Se puso en pie de un salto. Movióse por la habitación apartando sillas y mesitas, como si en realidad nadase. Él la miró gozoso. Parecía abrirse camino, saliendo triunfante de los obstáculos que se interponían en su vida.

-Seguiré enamorado de ti toda mi vida. Nuestra boda será el logro de mi mayor ilusión. No tendremos un momento de paz. -La cogió en sus brazos al pasar junto a él y lucharon por dominarse, imaginándose estar en una roca, con el mar embravecido a sus pies. Al final cayó al suelo jadeante-. ¡Soy una sirena!, puedo nadar -clamó. Así terminaron de jugar. Se había rajado el traje, y restablecida ya la paz, fue en busca de una aguja e hilo y se cosió el roto.

-Ahora -dijo ella-, estate quieto y háblame del mundo. Cuéntame todo lo que alguna vez haya ocurrido, y yo te diré... déjame pensar qué puedo decirte. Te referiré algo de la señorita Montgomerie y la reunión del río. La dejamos con un pie en el bote y otro en la playa.

Así pasaban grandes ratos, rememorando sus vidas y el carácter de los amigos y familiares. Terence, ya no sólo sabía lo que pudieran decir las tías de Rachel en distintas ocasiones, sino hasta la forma en que tenían amuebladas sus habitaciones y los sombreros que se ponían. Podía sostener un diálogo como si imitara a la señora Hunt hablando con Rachel y estar presente a un té, incluyendo al Reverendo William Johnson y las señoritas Macquoid de la Ciencia Cristiana. Las experiencias de Rachel eran en su mayor parte ingenuas y algo humorísticas. Él le contaba no sólo lo que había pasado, sino lo que pensaba y sentía y le dibujaba semblanzas que la fascinaban de lo que otros hombres y mujeres pudieran estar pensando o sintiendo. Rachel deseaba volver a Inglaterra para ver realmente aquellos seres que él le pintaba. Terence tenía la virtud, con sus relatos, de saber hacerlo todo altamente interesante. Así podía ella comprender el porqué de muchas cosas que ignoraba. No era la gente tan solitaria ni tan poco comunicativa como ella suponía.  (p.124) Tenía que descubrir dónde existía la vanidad, primero en sus propios actos; además en He-len, en Ridley, en John Hirst, todos poseían una pequeña dosis de vanidad. La encontraría en diez personas de cada doce que tratase. Una vez unidos entre sí por tanextraño lazo, los vería no aislados y temerosos, sino casi indistinguibles, llegando a profesarles afecto por la semejanza con ella que encontraría en todos. Ella debía defender su creencia de que los seres humanos eran tan variados como las fieras del parque zoológico; que tenían rayas, listas, pelambres y jorobas.

Así discutían sobre la lista de sus conocidos, divagando en anécdota, teoría y especulación. Y así también fueron conociéndose mutuamente. Las horas se les iban volando y rebosando felicidad. Después de una noche solitaria, estaban siempre dispuestos a empezar de nuevo. Las virtudes que la señora Ambrose encontraba en la posibilidad de hablar libremente entre hombre y mujer, las saboreaban ahora Rachel y Terence, aunque en una medida lógica. Mucho más que en la naturaleza del sexo, se enfrascaban en su poesía. El hablar sin restricción, ahondaba y ensanchaba la pequeña visión de la muchacha. A cambio de lo que él le enseñaba, ella mostró tal curiosidad y sensibilidad de percepción, que hasta le hizo dudar de que todo don adquirido por la lectura de la vida pudiera no igualar a aquel sentir del placer y el dolor. ¿Qué más podía darle la experiencia después de aquello, sino una especie de equilibrio interno? ¿Acaso había alguna forma exterior que cubriese tanta delicadeza? Miraba su rostro y creía verlo a través del tiempo cuando los ojos fuesen algo menos brillantes y en la frente se -iniciasen pequeñas arrugas, signo de edad madura que se enfrenta con algo duro y fuerte, con lo que en la adolescencia ni siquiera sueña. Su imaginación volaba a la vida de los dos en Londres. El pensamiento de Inglaterra era delicioso, porque juntos verían de nuevo cosas queridas. Veía el país en junio. Habría noches de verano en el campo; los ruiseñores cantarían en los caminos y allí escaparían ellos cuando la habitación estuviese demasiado caldeada; habría prados relucientes y salpicados de fuertes y sanas vacas, nubes que bajarían a perderse entre las cuestas verdes y lejanas. Al estar sentado junto a ella, deseaba con frecuencia haber llegado ya al fin de la vida, habiendo cumplido su misión con Rachel.

Fue a la ventana y exclamó:

-¡Señor, qué bien sienta pensar en caminos llenos de barro, con zarzas y espinas! Tú ya los conoces. Prados y granjas repletas de cerdos y vacas; hombres marchando al lado de sus carretas cargados con los azadones. Nada hay aquí que pueda compararse con esto. La tierra colorada y pedregosa, el cielo brillante y azul, las casas tan blancas que dañan la vista, ¡cuánto cansa todo esto! El aire sin una nube ni una ráfaga. Daría cualquier cosa por ver niebla.

Rachel meditaba también sobre el campo inglés. Las tierras llanas que desembocaban al mar, los bosques y las grandes y rectas carreteras. En las torres de las iglesias, en los pájaros y la obscuridad, en las casas agrupadas en los valles y el ruido de la lluvia sobre los cristales de las ventanas.

-Sí, Londres, Londres es el sitio ideal -continuó Terence.

Miraban la alfombra, como si Londres se les apareciese en el suelo, con todas sus torres, espirales y edificios destacándose en su denso humo.

-Lo que con más gusto haría en este momento -dijo Terence- sería verme paseando por Kingsway. Pasar por delante de aquellos grandes cartelones y volver hacia el Strand. Quizá me llegaría hasta Waterloo Bridge. Iría por el Strand, pasando ante las tiendas de libros y por el pequeño Arco del Temple. Siempre me gusta la quietud después del bullicio. El Temple es muy agradable. Oye uno sus pisadas si pisa fuerte. Iría a buscar al querido Hodgkin. El hombre que escribe libros de Van Eyck. Cuando dejé Londres estaba muy apenado a causa de la muerte de su urraca. Sospechó que alguien la había envenenado. También Russell vive en la misma escalera. Me parece que éste te gustaría. Siente pasión por Haendel. Bien, Rachel -concluyó, desechando la visión de Londres-, haremos todo eso reunidos dentro de seis semanas. Para entonces estaremos a mediados de junio. ¡Junio en Londres, Dios mío!

-Y estamos seguros de que será así -dijo ella-. No es como si esperásemos algo muy difícil, sólo pasear unidos y observarlo todo.

-¿Cuántos seres en Londres crees tú que poseen lo que nosotros?

-Así lo estropeas todo. Mira el mar y el cielo de este país. Siempre azul. Es como si fuera una cortina: todo lo que una desea se encuentra a un lado de ella. Quisiera saber qué pasa al otro lado. Aborrezco estas divisiones. ¿No te pasa a ti igual, Terence? Sólo por ir a bordo de un barco nos quedamos al borde del resto del mundo. Quiero ver Inglaterra ahí, Londres allí, ¿por qué no puedo?, ¿qué me lo impide?, ¿por qué tiene una que estar encerrada?

Mientras ella hablaba así no observó que Terence fruncía el ceño. No miraba ante él satisfecho, sino que la miraba a ella intensamente con gesto descontento. Veía que era capaz de dejarse llevar sola, sin él, a regiones de la fantasía,  (p.125) donde para nada le necesitaba. Esta idea le sublevaba celosamente.

-Algunas veces creo que no me quieres y que nunca me querrás -dijo con energía.

Ella se sobresaltó, volviéndose hacia él:

-Yo no significo para ti lo que tú para mí. Hay algo en ti de lo que no alcanzo a apoderarme. Siempre deseas algo más.

Empezó a pasearse por la habitación.

-Quizá pida yo demasiado -siguió diciendo-. Quizá no sea posible el alcanzar lo que deseo. ¡Los hombres y las mujeres son tan distintos! Tú no puedes comprenderlo, no es posible que te des cuenta. -Se acercó a ella, que le miraba en silencio.

Le parecía a Rachel que lo que él estaba diciendo era cierto. Ella aspiraba a mucho más que el amor de un solo ser humano.

-Casémonos aquí, antes de regresar -propuso él-. ¿Estamos ciertos de que ambos deseamos casarnos?

Se paseaban nerviosamente por la habitación. Se sentían impotentes; no se querían lo suficientemente para saltar todos aquellos obstáculos. Comprendiéndolo así, Rachel sé detuvo ante él y exclamó:

-¡Dejemos esto y terminemos!

Estas palabras les unieron más que el más sensato argumento. Sabían que no podían separarse, preveían dolorosos obstáculos, pero se sabían unidos para siempre. Quedaron en silencio un rato y reanudaron los paseos por la habitación uno junto al otro. El mundo volvía otra vez a ser sólido y redondo. Miráronse en el espejo y viéronse nuevamente pequeños, insignificantes y separados. Se miraron a los ojos de nuevo y volvieron a verse fuertes y potentes. Únicos dominadores de cuanto se opusiese a su felicidad.

XXIII

Ningún retoque es capaz de borrar por completo la expresión de felicidad. La señora Ambrose no pudo por tanto tratarlos como seres corrientes. También ella se unía a la conspiración general de considerarlos incapacitados para convivir con alguien que no fueran ellos. Reflexionó que había hecho todo lo necesario en el sentido práctico. Había escrito gran cantidad de cartas y obtenido el consentimiento de Willoughby.

Había descrito tan a conciencia el porvenir de Hewet,  (p.126) su profesión, nacimiento, temperamento y apariencia, que de tan sabidos se le olvidaban. Cuando se acordaba, volvía a mirarle, suponiéndose otra vez cómo sería realmente y concluyendo por comprobar que por lo menos eran felices. Después procuraba desecharlos de su cabeza.

Consideraba lo que hubiera sido de Rachel sin aquella temporada alejada de su padre y sus tías. Ella no se cegaba y veía los defectos de Terence. Se inclinaba a creerle débil y tolerante. Él, por su parte, se inclinaba a creerla a ella un poco dura. No era que no temiera ni respetara nada. Helen encontraba preferible a John, pero comprendía que no era a propósito para gustarle a Rachel. Su amistad con John era sincera, a pesar de fluctuar entre la irritación y el interés de un modo que acreditaba el candor de su temperamento. Le era agradable y pasaba buenos ratos en su compañía. Él la sacaba fuera de su pequeño mundo de amor y emoción. Sabía apoderarse de los hechos. Suponiendo por un instante que Inglaterra hiciese un repentino avance hacia algún puerto desconocido en las costas de Marruecos,

Hirst se hacía cargo de lo que significaba, y el oírle hablar y discutir con su marido de las finanzas o el equilibrio del poder le daba un cierto sentido de estabilidad. Ella respetaba sus argumentos, aunque no siempre los escuchaba. De igual modo respetaba una pared sólida, o un edificio oficial, aunque ellos componían la mayor parle de las ciudades y habían sido hechos con el esfuerzo continuado de cientos de manos desconocidas.

Le gustaba escucharles y aun se sentía conmovida cuando los novios, después de mostrar su completo desinterés por lo que hablaban, se escurrían fuera de la habitación y se les veía en el jardín despedazando flores y en animada charla. No era que estuviese celosa, si bien, sin duda, les envidiaba el gran futuro desconocido que se abría ante ellos.

Divagando de un pensamiento a otro arreglaba la fruta, entraba y salía de la sala al comedor. Algunas veces se entretenía en enderezar las velas que el calor doblaba o arreglaba el orden demasiado rígido de las sillas junto a la pared.

Volviendo del comedor por tercera vez, se apercibió de que una de las butacas estaba ocupada por John Hirst. Se recostaba en ella con los ojos medio entornados, muy empaquetado como de costumbre en un traje gris, planchado y pulcro, defendiéndose de la exuberancia del clima que pudiese en algún momento dado tomarse libertades con él. Sus ojos se posaron en él tranquilamente y luego pasaron por encima de su cabeza. Finalmente ocupó la silla que había frente a él.

-No pensaba venir -dijo por fin-, pero materialmente me obligaron a ello...

-Evelyn -suspiró profundamente.

Y empezó a explicar en tono solemne y zumbón cómo la detestable muchacha estaba empeñada en casarse con él.

-Me persigue por todos lados. Esta mañana apareció en el gabinetito de fumar. Todo lo que fui capaz de hacer fue coger el sombrero y volar... No quería venir, pero era superior a mí quedarme y enfrentarme con ella durante otra comida.

-Hay que poner buena cara al mal tiempo -replicó con filosofía Helen.

Hacía tanto calor que les era indiferente el silencio. Recostándose en las butacas, esperaron los acontecimientos. Sonó el gong, llamando a todos a comer. Hubo algún movimiento perceptible. Helen preguntó si había alguna novedad. Hirst movió negativamente la cabeza. ¡Ah! sí, había tenido carta de su casa, de su madre, describiendo el suicidio de la camarera. Se trataba de Susan Jane. Una tarde entró en la cocina diciéndole a la cocinera que quería que le guardase sus ahorros, 20 libras en oro. Salió a comprarse un sombrero. Regresó a casa a las cinco y media y dijo que había ingerido un veneno. Sólo les dio tiempo a meterla en la cama y llamar al médico antes de que falleciese.

-¿Y qué? -inquirió Helen.

 -Investigarán -dijo John.

 -¿Por qué haría una cosa así?

t1 se encogió de hombros. ¿Por qué se matan las personas? ¿Por qué hacen las clases inferiores todo lo que hacen? Nadie podía contestar. Siguieron en silencio. Hacía quince minutos que había sonado el gong para comer y nadie acudía. Cuando, por fin, aparecieron, John explicó el porqué de su presencia. Imitó el tonillo de entusiasmo que adoptó Evelyn al encontrarlo en el saloncito de fumar.

 -Piensa que no puede haber nada tan intrigante como las matemáticas, así que le he prestado -dos volúmenes grandes. Será interesante ver qué saca de allí.

Rachel se reía de él. Le recordó a Gibbon. Aún tenía, no sabía dónde, el primer tomo. Si la educación de Evelyn hubiera corrido de su cargo, ése sería el libro d texto que le impusiera, o acaso el de Burke sobre la insurrección de América. Evelyn debía leer las dos obras simultáneamente. Cuando Hirst acabó de discutir su argumento y satisfecho su buen apetito, procedió a contarles que el hotel rebosaba de escándalos, que ocurrieron en su ausencia.

-¡Qué disparate! -intervino Terence-. ¿Has oído lo del pobre Sinclair? Se ha retirado a su mina con un revólver. Escribe diariamente a Evelyn, diciéndole que piensa suicidarse. Yo le he asegurado que quizá nunca en su vida haya  (p.127) sido tan feliz ¡y ella casi me cree!

-Pero también tiene el compromiso con Perrot -continuó John-, y por algo que pesqué en el pasillo, tengo mis motivos para suponer que no marcha todo muy bien entre Susan y Arthur. Hay una mujer joven que acaba de llegar de Manchester. En mi- opinión creo sería un bien que se deshiciera el compromiso. ¡Ah! Oí claramente a la señora Paley jurando como un carretero al pasar por la puerta de su habitación. Suponen que martiriza a la muchacha y yo casi lo creo. No hay más que mirarle los ojos.

-Cuando tengas ochenta y la gota haga de las suyas, jurarás como un carretero -le espetó Terence.

-Ha habido además un gran escándalo con la señora Mendoza -continuó Hirst-. La han arrojado del hotel. Yo propongo que firmemos una petición y vayamos a Rodríguez para que nos diga lo que ha pasado. ¿No creen que debe hacerse algo?

Hewet observó que no cabía duda de lo que era la buena señora, y añadió:

-Claro que da lástima, pero no veo qué pueda hacerse.

-Estoy de acuerdo con usted, John -saltó Helen-; es monstruoso. La hipocresía solapada de algunas personas hace hervir la sangre. Un hombre que hace una fortuna negociando como el señor Thornbury, tiene forzosamente que ser mucho peor que cualquier mujerzuela.

Ella respetaba la moralidad de John; tomándole más en serio que los demás. Se enfrascó en una discusión con él, para ver cómo encauzar lo que ellos creían justo. A su entender, ¿quiénes eran ellos, después de todo, qué autoridad o qué poder tenían contra las supersticiones y la ignorancia? Allí estaba Inglaterra; alguna culpa debía circular por su sangre. Tan pronto como se encuentra usted con un inglés de la clase media percibe una indefinible sensación de repugnancia. Tan pronto como se asoma a la masa obscura de las casas de Dover, le sucede lo mismo. Pero desgraciadamente, no se puede confiar en estos indígenas.

Fueron interrumpidos por la discusión que se promovía en el otro extremo de la mesa. Rachel apeló a su tía.

-Tonterías, Rachel -replicó Terence-. ¿Quién va a querer mirarte? Estás llena de vanidad y engreimiento. No veo a qué viene esa resistencia. Pero, si no quieres venir, quédate en casa. Yo sí voy.

Buscó de nuevo apoyo en su tía. No era sólo que la mirasen, explicó, eran las cosas que naturalmente le dirían. Las mujeres en particular.

-Helen, Hewet quiere que vayamos a visitar a la seflora Thornbury; dice que yo no " lo creo necesario. Es más, no tengo ningún deseo de ir. ¡Imagínate ser el blanco de todas esas señoras!

En cuanto se trata de algo concerniente a la vida íntima son como las moscas sobre un terrón de azúcar. Estaba segura de que la acosarían a preguntas. Evelyn, por ejemplo, diría: «¿Conque está usted enamorada?; y qué, ¿resulta agradable?» Luego, la señora Thornbury la miraría de arriba abajo y de abajo arriba; con sólo pensarlo se echaba a temblar. Realmente, el apartamiento en que había vivido hasta que se prometió la había dotado de tal sensibilidad, que se daba cuenta perfectamente de su situación.

Rachel encontró un aliado en Helen, la cual empezó a exponer sus puntos de vista sobre la condición humana, mirando con la mayor complacencia a la pirámide de toda clase de frutas que había en el centro de la mesa. No es que fuera cruel, mordaz o, simplemente, severa. No, exactamente no era eso, sino que las personas corrientes poseían tan poca emoción en sus vidas íntimas, que el rastro de ellas en las de los demás las atraía como el rastro de la sangre a los sabuesos. Acalorándose con el tema, prosiguió:

-En seguida que ocurre cualquier cosa, bien sea una boda, un nacimiento o una muerte, todos se empeñan en ver al protagonista. Insisten en verte. No tienen nada que decirte; no les importas un comino, pero tienes que aceptar sus invitaciones a comer, al té o a cenar. Es, como antes dije, el olor a la sangre -continuó-, no los culpo, pero con la mía, que no cuenten.

Miraba a su alrededor, como si con su arenga infinitos seres invisibles se levantaran en su contra. Seres hostiles y desagradables, que circundaban la mesa con sus bocas abiertas y ansiosas. Sus palabras hicieron protestar a su marido, no podía sufrir ni aun la semblanza del cinismo en las mujeres. Contestó con brusquedad:

-¡Cuánta tontería! ¡qué va a ser eso!

Terence y Rachel se miraron a través de la mesa. Querían decirse con la mirada que cuando ellos estuvieran casados no procederían así. La participación de Ridley en la conversación daba a ésta otro giro. Cuando él intervenía era imposible hablar con la facilidad y espontaneidad que les caracterizaba. Se fijaban más en lo que hablaban y las palabras que usaban. Se habló de política y literatura, y Ridley contó distintas anécdotas. Sospechaba que la señora Ambrose probaría de disuadir a Rachel de que fuese a tomar el té al hotel. Le molestaba aquella obstinación y ver a Hirst medio echado hojeando una revista.

-Yo me voy -repitió-. Rachel no tiene necesidad de venir si no quiere.

-Si vas, a ver si te enteras de algo de esa pobre mujer -dijo Hirst-. Mirad -añadió-, os acompañaré hasta la mitad del camino.

Muy  (p.128) sorprendidos, le vieron incorporarse, mirar el reloj y observar que como había pasado media hora desde que comió, había digerido ya los jugos gástricos. Estaba probando un nuevo sistema. Les explicó que efectuaba cierto ejercicio intercalando intervalos de descanso.

-Regresaré a las cuatro -dijo a Helen-; entonces me echaré en el sofá y descansaré en completo reposo.

-¿Así es que te vas, Rachel? -preguntó Helen-. ¿No quieres quedarte conmigo? -Helen sonreía, pero podía también creerse en una mueca de pena.

Rachel no pudo averiguarlo, y por un momento se sintió muy incómoda entre Helen y Terence. Dijo meramente que iría con Terence, a condición que toda la conversación corriese de su cuenta.

Una ligera sombra bordeaba el camino, apto para dos personas, pero no para tres. John se quedó un poco atrás y poco a poco fue aumentando la distancia entre la pareja y él. Andaba pendiente de su digestión. De vez en cuando apartaba la mirada del reloj y la fijaba en la pareja que le precedía. De vez en cuando los enamorados se volvían ligeramente y se decían algo. Probaba a explicarse por qué le exasperaba tanto su actitud. Creía que se decían cosas que no deseaban que él oyese. Esto hacía resaltar más su soledad. Eran los dos muy felices y le inspiraban cierto menosprecio al comprobar con qué sencillez sentían su felicidad. En otros aspectos los envidiaba. Él era de mucha más valía que ellos y, sin embargo, no era feliz. Él no les caía bien a las gentes, y aun a veces dudaba de que Helen le tuviese simpatía. ¡El ser capaz de decir sencillamente lo que se siente, sin el esfuerzo abrumador que da una sensibilidad excesiva como la que a él le dominaba! Pero aquella misma sensibilidad debía contribuir a hacerle feliz. ¡Felicidad! ¿Qué magia contenía aquella sola palabra? Él nunca había sido' feliz. Veía con demasiada claridad los pequeños vicios, engaños y demás taras de la vida y percibiéndolas, le parecía lo lógico tomarlas en cuenta. Quizá por eso los demás le tenían cierta antipatía, se quejaban de su dureza de corazón y de su carácter amargado. A él ¡nunca nadie le había hablado diciéndole que era agradable y amable, ni, sobre todo, indagado lo que a él le gustaba! No era verdad que la mitad de las palabras amargas e irónicas que pronunciaba fueran por sentirse desgraciado. También admitió que muy raras veces había dicho a nadie que sentía afectos y cada vez que lo hizo tuvo que arrepentirse. Sus sentimientos hacia Terence y Rachel eran tan complicados, que no sabía si alegrarse o no de su compromiso. Veía sus defectos con toda claridad y la naturaleza inferior de su sensibilidad hacía temer que su amor no fuese duradero. Los miró de nuevo y, cosa extraña, por vez primera, al verles, sintió una emoción afectuosa y sencilla, en la cual había sus rastros de lástima y compasión. Después de todo, ¿qué importaban los defectos de las personas, cuando los comparaba con lo que de bueno había en ellas? Se resolvió a decirles lo que sentía. Apresuró el paso y se acercó al llegar al recodo donde el camino se unía a la carretera. Se detuvieron en seco, y riéndose, le preguntaron sobre sus jugos gástricos. Él les hizo callar y empezó a hablar un poco ligero y con cierto empaque.

-¿Os acordáis de aquella mañana después del baile? -les preguntó-. Aquí fue donde nos sentamos, y tú decías tonterías mientras Rachel cogía unas piedrecitas y las colocaba en montoncitos. Yo, por otro lado, sentí que como un rayo se me revelaba todo el sentido de la vida. -Hizo una ligera pausa y continuó apretando los labios en un gesto singular. -¡Amor! -dijo-. Esto me parece que lo explica todo. Siento una alegría sincera de que os queráis.

Se volvió bruscamente, sin mirarles, y regresó a la villa. Estaba exaltado y como avergonzado de haber dicho tan llanamente lo que en realidad sentía. Probablemente se estarían riendo de él, quizá le tomarían por tonto. ¿Había dicho realmente lo que sentía? Era cierto que al irse Hirst se quedarían riendo. La disputa sobre Helen, que se iba agriando por momentos, cesó, y de nuevo les invadió una sensación de paz.

XXIV

Llegaron al hotel tan temprano que la mayoría de las personas estaban aún amodorradas en sus habitaciones. A la señora Thornbury, a pesar de haberlos convidado al té, no se la veía por ninguna parte. Se sentaron en el casi vacío vestíbulo. Aquél era el mismo butacón en que Rachel estuvo sentada la tarde de su conversación con Evelyn. Allí estaba la misma revista que hojeara. Nada había cambiado. Gradualmente, cierto número de personas fueron pasando por el vestíbulo, y en la tenue claridad, sus figuras adquirían, aun tratándose de gente desconocida, cierta belleza y un encanto especial. De cuando en cuando entraban y salían del jardín, se detenían unos momentos junto a las mesas y se ponían a mirar los periódicos. Terence y Rachel los iban viendo pasar con los ojos entornados. Algunos vestían traje de franela blanca y llevaban las palas de tenis bajo el brazo; unos eran de pequeña estatura, altos otros; también había niños y, seguramente, algunas de aquellas personas eran, simplemente, criados; pero todos poseían un carácter determinado, sus motivos para  (p.129) deslizarse unos tras otros a través del vestíbulo, su dinero y su posición quienesquiera que fuesen. Terence se cansó en seguida de mirarlos y, cerrando los ojos se quedó medio dormido en su sillón. Rachel permaneció atisbando, fascinada por la Seguridad y la gracia de sus movimientos, por la dirección inevitable que tomaban sus pasos siguiéndose los unos a los otros, deteniéndose unos instantes, saliendo y desapareciendo después. Pero al cabo de unos momentos, sus pensamientos tomaron otra dirección y empezó a recordar el baile que se había llevado a cabo allí mismo; sólo entonces el salón se le apareció completamente distinto. Mirando en torno, apenas si podía reconocerlo. ¡Se le había aparecido tan desnudo, tan resplandeciente y ceremonioso aquella noche viniendo de la obscuridad! Estuvo lleno de rostros ligeramente encendidos, gesticulando siempre, de personas vestidas con trajes claros y tan animadas que acabaron por no parecerle reales. Ahora, el salón estaba sosegado y en penumbra, deslizándose a través de él gentes amables y silenciosas, a las que podría dirigirse y preguntar lo que quisiera. Le re, sultaba sorprendente cómo había llegado a su situación actual. ¡Qué extraño es el vivir! No se sabe nunca hacia dónde se va ni qué es lo que realmente se desea; caminamos con los ojos vendados, sufriendo en secreto, mal preparados siempre, de sorpresa en sorpresa y sin saber nada nunca. Pasamos de unas cosas a otras, y a este proceso que nos ha ido sacando de la nada hasta alcanzar el descanso y la certidumbre últimas es a lo que la gente llama vivir.

El respirar fuerte de Terence, dormido cerca de ella, la aseguraba en su paz. No sentía sueño a pesar de distinguirlo todo a través de una neblina y de ver a las personas pasar confusamente. Creyó que todos sabían perfectamente hacia donde caminaban, y el sentido de esta certeza la colmaba de consuelo. Se sentía tan apartada y desinteresada como si ya no tuviese misión alguna en la forma en que se presentase. ¿Qué había para asustar y perturbar en el aspecto de la  (p.130) vida? ¿Por qué tenía que abandonarla nunca aquella visión interior? El mundo era tan grande, tan hospitalario, y en fin de cuentas tan sencillo. ¡Amor! John había dicho «que la palabra lo explicaba todo». Sí, pero no era el amor del hombre por la mujer, de Terence por Rachel. A pesar de estar sentados tan unidos, cesaron de luchar y desearse mutuamente. Parecía ser amor, pero ya no era sólo el sentimiento del hombre por la compañera. Fijó sus ojos medio entornados en Terence, recostado en una butaca. Sonreía al notar lo grande que tenía la boca, y pequeña la barbilla, la nariz ligeramente curvada y más gruesa la punta. Mirándolo en aquella forma se le veía perezoso, ambicioso y lleno de defectos. Recordaba sus pequeñas riñas y discusiones, en particular cómo se pelearon por Helen aquella misma tarde, y pensó cuantas veces más reñirían en los treinta, cuarenta o cincuenta años, durante los cuales vivirían en la misma casa unidos. Pero todo aquello era superficial y no tenía nada que ver con la vida que era más honda, que estaba oculta a los ojos, por ser la vida del alma.

A pesar de casarse con él y de vivir con él treinta, cuarenta o cincuenta años, de gozar y padecer con él íntimamente, sería independiente de él. Se sentía ya independiente de los demás. No obstante, como dijera Hirst, ¿era quizás el cariño lo que la transformara de aquel modo? Nunca hasta que le amó a él se había sentido tan libre, con tanta calma y seguridad. No apetecía nada más.

La señorita Allan había estado a cierta distancia mirando a la pareja medio dormida en sus butacones. No se decidía a despertarlos. Como si súbitamente recordase algo, atravesó el vestíbulo. El ruido que hizo al aproximarse despertó a Terence, que se enderezó restregándose los ojos. La oyó hablar con Rachel.

-Bien, esto es muy agradable. Es de lo mejor que conozco. No puede ser muy corriente, que dos parejas, que nunca se conocieron, se encuentren en un mismo hotel y decidan casarse.

Se calló muy sonriente, sin saber qué más decirles. Terence se levantó y acercándose a ella, le preguntó si era cierto que había acabado ya su libro. Alguien le había dicho que ya lo había terminado. Su rostro se iluminó volviéndose hacia él con expresión animada.

-Sí, gracias a Dios, puedo decir que lo he terminado -dijo.

Se sentía orgullosa de haber terminado su libro. Nadie supo el esfuerzo que le había costado. Creía que era un buen trabajo.

-Tengo que confesar -continuó-, que si llego a saber cuántos clásicos contiene la literatura inglesa, y lo engorrosos que resultan, nunca me hubiera comprometido en esta tarea. Sólo nos permiten 70.000 palabras, ¿comprenden? y tiene una que decir algo de todos. Eso es lo que encuentro más difícil, decir algo distinto de cada uno.

Creyó haber hablado lo suficiente de sí misma, y les preguntó si habían ido para asistir a los partidos de tenis.

-Los jóvenes están entusiasmados con ellos. Dentro de media hora comienzan de nuevo.

Miró con simpatía a los dos, y después de una pausa, exclamó, fijándose más en Rachel, como recordando algo que le sirviera para distinguirla de otras personas:

-Usted es la extraordinaria personita a quien no gusta el dulce de jengibre.

La amabilidad de su sonrisa, en su cara cansada y valiente, les hizo comprender que aunque escasamente les recordara como a individuos, cargaba sobre ellos el peso de la nueva generación.

-En eso, estoy de acuerdo -dijo una voz detrás de ellos.

La señora Thornbury había oído las últimas palabras referentes al jengibre.

-Lo tengo asociado en mi mente, al recuerdo de una tía mía muy chinche. La pobrecilla sufrió mucho, así que no es justo llamarla chinche, que os obsequiaba con dulce de jengibre cuando éramos pequeños, y nunca nos atrevimos a decirle que no nos gustaba. Lo escupíamos entre los matorrales.

Iban despacio atravesando el vestíbulo, cuando como una tromba se les unió Evelyn. Chocó con ellos como si al correr las piernas se le fueran más allá de su dominio.

-¿Y bien? -dijo, agarrándose a un brazo de Rachel con su entusiasmo corriente-. Desde el primer día adiviné lo que iba a pasar. Vi que los dos estabais hechos el uno para el otro. Ahora, tienes que contármelo todo. ¿Cuándo va a ser? ¿Dónde iréis a vivir? ¿Sois los dos muy felices?

Pero la atención del grupo fue distraída por el paso de la señora Elliot, quien iba con movimiento inseguro y cara de expresión alerta. Llevaba en sus manos un plato vacío y una botella igualmente vacía. Ella hubiera pasado de largo, pero la señora Thornbury la detuvo.

-Gracias. Está mejor -contestó a la pregunta de su amiga-; pero no es un enfermo fácil; Quiere saber qué temperatura tiene, si se la digo se apura, y si no se la digo, sospecha. Ya sabe cómo se ponen los hombres cuando están malos. Y como no hay la debida asistencia -bajó la voz con misterio-, una no puede tener la misma confianza en el doctor Rodríguez que en un médico de verdad. Si usted pasara a verle, señor Hewet -añadió-, sé que le animaría y le distraería. Todo eldía en cama, con tanta mosca. Ahora voy en busca de Angelo. La comida, para una persona delicada, debe ser  (p.131) especial. -Y siguió aprisa adelantándose en busca del primer camarero.

El disgusto de tener a su esposo enfermo, le puso un gesto más quejumbroso en la frente. Estaba pálida y se la veía más infeliz e incapaz que nunca. Sus ojos iban con menos fijeza de una parte a otra.

-j Pobrecilla! -exclamó la señora Thornbury.

Les explicó que Hugh Elliot llevaba ya varios días enfermo y que el único médico asequible era el hermano del propietario, y según decían, su título de doctor era un poco sospechoso.

-Yo ya sé lo incómodo que es encontrarse enfermo en un hotel -dijo la señora Thornbury, dirigiéndose con Rachel al jardín-. Me pasé seis semanas con fiebres tifoideas en Venecia, durante mi luna de miel -continuó-. Así y todo, las recuerdo como algunos de los días más felices de mi vida. -Cogió por el brazo a Rachel-. Ahora se creerá feliz, pero esto no es nada comparado con la felicidad que viene después. Les aseguro que les envidio un poco. Han alcanzado otros tiempos a los nuestros. ¡Cómo pueden disfrutar! Cuando yo me puse en relaciones, no me permitían salir a pasear sola con William, alguien tenía siempre que acompañarnos. ¡Creo que hasta leyeron mis padres todas sus cartas! A pesar de quererle mucho y mirarle como a un hijo, me divierte pensar lo severos que eran con nosotros, y cómo echan a perder ahora a sus nietos.

La mesa estaba colocada bajo el mismo árbol. La señora Thornbury llamó a su grupito especial: Susan, Arthur y el señor Pepper, que se paseaban esperando empezase el juego de tenis.

«Un árbol que susurra suavemente, o un río que se embellece a la luz de luna». Bebiendo el té, aquellas palabras de Terence sonaban en los oídos de Rachel, al oír todas las palabras de bondad y amabilidad de la señora que les obsequiaba. Su ya larga vida, con tanta criatura, la formaron muy suave y serena. Toda individualidad desapareció dejando intacto el instinto maternal con todo su amor.

-Cuando veo el mundo cambiar de este modo -siguió la señora Thornbury-, no veo límite a lo que pueda pasar en los próximos cincuenta años. ¡Ah! no, señor Pepper, no estoy de acuerdo con usted en lo más mínimo. -Rió interrumpiendo una frase poco alentadora referente a que las cosas iban de mal en peor-. Ya sé que quizá debiera sentir así, pero no lo siento. Van a ser mucho mejores de lo que fuimos nosotros.

El señor Pepper la creía sentimental e irracional, como toda mujer ya mayor, pero sus modales al tratarle como si fuera un bebé enfurruñado le apabullaban y encantaban. Él sólo contestaba con un curioso gesto que no era más que una sonrisa.

-Y siguen siendo mujeres -añadía la señora Thornbury-. Dan mucho a sus hijos. -Al decir esto, sonreía ligeramente en dirección de Susan y Rachel.

Las dos sonrieron un poco azaradas. Arthur y Terence también se miraron. Era inexplicable cómo alguno deseara casarse con Rachel, e increíble que otro estuviera dispuesto a compartir la vida con Susan. Pero por singular que les pareciera el gusto del contrario, no sentían ninguna mutua antipatía. Por el contrario, se tenían más simpatía por la excentricidad de su elección.

-Les felicito cordialmente -dijo Susan, al inclinarse sobre la mesa para recoger un dulce.

No parecía haber fundamento para el chisme que les habían contado sobre Arthur y Susan. Tostados por el sol y vigorosos, se sentaron con las raquetas sobre las rodillas. No hablaban mucho pero estuvieron sonrientes durante todo el rato. A través de la ropa fina que llevaban, era posible ver la línea de sus cuerpos. Era natural, al verlos, pensar en hijos saludables y hermosos. Ambos tenían la mirada más brillante que lo corriente, con la expresión peculiar de placer y confianza en sí mismo que se ve en los ojos de los atletas. Ambos eran ases en aquel juego. Evelyn no hablaba, pero su mirada iba de Susan a Rachel. Las dos se habían decidido con suma facilidad, habían hecho en muy pocas semanas lo que a ella le parecía que sería incapaz de hacer nunca. A pesar de ser tan distintas, creyó ver en ambas la misma mirada de satisfacción. La misma serenidad en sus modales y la misma lentitud de movimientos. Era esa lentitud, esa confianza, ese contento, lo que más la disgustaba. Se movían tan despacio por no ser ya individuales, sino dobles: Susan con Arthur y Rachel con Terence, y por un hombre solo renunciaban a todo otro hombre, a su individualismo y a las cosas reales de la vida. Amar estaba muy bien, y las casitas con su cocina abajo y arriba su dormitorio, resguardadas e independientes, como pequeñas islas en el torrente del bullicio del mundo. Pero las cosas ciertas, no eran precisamente las grandes cosas. Las guerras, los ideales que dominaban en el mundo, seguían una marcha independiente a la de aquellas mujeres, que tan silenciosamente se entregaban. Las miró con intensa fijeza. Eran felices y estaban contentas, pero tenía que haber cosas mejores que esto. Seguramente una podía acercarse más a la vida, sacarle" más jugo, y sentir más de lo que ellas nunca pudieran sentir.

Sobre todo, Rachel tan joven, ¿qué podía saber de la vida? Con estos pensamientos, se levantó para ir a sentarse al lado de Rachel y recordarle que le había  (p.132) prometido ir a buscarla a su club.

-Lo malo es -añadió- que no me será posible emprender seriamente el trabajo hasta octubre. Precisamente acabo de recibir una carta de una amiga cuyo hermano se encuentra en viaje de negocios en Moscú; quieren que vaya a reunirme con ellos. Y como se encuentran precisamente en medio de conspiraciones anarquistas, creo que tardaré en regresar a casa. Los rumores que corren son horribles.

Para que Rachel se diera cuenta de hasta qué extremo habían llegado las cosas, añadió:

-Mi amiga conoce a una muchacha de quince años que ha sido desterrada a Siberia tan sólo por haberla sorprendido enviando una carta a un anarquista. ¡Y eso que dicha carta no la había escrito ella! Daría todo cuanto tengo por ayudar a una revolución contra el Gobierno ruso...

Miró a Rachel y a Terence. Éste le preguntó cuáles eran sus proyectos, y entonces se puso a explicar que quería fundar un club; pero para poner manos a la obra lo que realmente se dice hacer algo. Se fue animando más y más cada vez, dando rienda suelta a sus palabras; decía estar segura que con tan sólo unas veinte personas, menos aún, con diez que fueran decididas, que se pusieran a trabajar seriamente, en vez de estar hablando todo el tiempo, bastaría para hacer que desapareciesen las maldades que se producen en el mundo. No hacía falta más que tener cabeza. Con sólo que la gente supiera pensar... Claro que también necesitaban un local, un buen local, a ser posible en Bloomsbury, donde pudieran reunirse una vez a la semana.

A medida que hablaba, Terence pudo observar las huellas de la juventud marchita en su rostro, las pequeñas arrugas que se le iban formando alrededor de los ojos y de la boca mientras peroraba con entusiasmo. Pero no se compadeció de ella. Fijándose en sus ojos, duros y arrogantes, comprendió que ella tampoco tenía compasión alguna para sí misma; posiblemente, tampoco desearía cambiarse por gente más refinada y apacible, como el mismo Hewet, por ejemplo, aunque, con el paso de los  (p.133) años, el combate se hiciera más duro cada vez. Sin embargo, acaso pudiera apaciguarse, tal vez se casara con Perrot, después de todo.

Atendiendo a medias a cuanto decía, Terence reflexionaba acerca de su destino probable, ayudado por las volutas de humo de los cigarrillos que se interponían entre su mirada y el rostro de ella. Tanto Arthur, como Evelyn y Terence estaban fumando, haciendo que quedara invadida la atmósfera por la fragancia de un tabaco de calidad excelente. En los intervalos, cuando nadie hablaba, se oía el lejano murmullo del mar, con sus olas quebrándose sobre la playa y retrocediendo de nuevo para volver otra vez a morir en la arena. Una fría luz verde se filtraba a través de las hojas de los árboles, enviando destellos que refulgían como pequeños diamantes sobre los manteles y las tazas. La señora Thornbury, después de haberlos estado contemplando en silencio, empezó a hacer preguntas a Rachel en tono afectuoso. ¿Cuándo pensaban regresar? ¡Oh!, ya suponía que esperaban a su padre. Ella también deseaba verle; estaba segura de que se sentiría muy satisfecho -aquí, dirigió una mirada llena de simpatía a Terence-. Hacía años, prosiguió, diez o veinte tal vez, recordaba haberse encontrado con el señor Vinrace en una reunión; incitada por la curiosidad, pues su rostro le llamó la atención -no era de los que se acostumbraban a ver en tales reuniones-, preguntó quién era, y entonces le dijeron su nombre, Vinrace, un apellido nada corriente y que por este motivo se quedó bien grabado en su memoria. Iba una señora con él, muy bien parecida, pero se trataba de uno de esos horribles amontonamientos de gente que se producen en Londres, y aunque fueron presentados, no creía que se hubieran cambiado muchas palabras entre ellos... Al recordar el pasado, entornó los ojos y su mirada se perdió en una suave melancolía. Después, se volvió al señor Pepper, quien se había sentado junto a ella y estuvo escuchando cuanto dijo, aunque sin hacer observación alguna:

-Señor Pepper -dijo la señora Thornbury-. Díganos cómo eran aquellas maravillosas mujeres francesas, cuyos salones se hicieron famosos por sus reuniones. ¿Ha habido algo parecido en Inglaterra, o cree usted que hay alguna razón para que esto no pueda suceder en nuestra patria?

El señor Pepper explicó con gran lujo de detalles por qué no había habido un salón inglés.

La señora Thornbury dijo que en cuanto regresara a su casa, iba a invitar a todos a un «party» en regla. Pondría a amigos suyos que vigilasen al señor Pepper, y como le sorprendieran intentando huir, podía prepararse. Se le aplicaría un castigo ejemplar, algo tremendo.

Arthur sugirió que deberían tenerlo ya preparado. Poner, por ejemplo, tras un retrato de cierta señora antigua, una ducha de agua fría, y que a una señal cayese sobre la cabeza de Pepper; o una silla con muelles especiales, que al sentarse le hiciese saltar a veinte pies de altura. Susan reía. Ella había preparado el té y se sentía satisfecha, en parte por haber jugado con destreza y encontrado a todos tan amables. Estaba más segura de sí misma, tenía más soltura al hablar y no la intimidaban los intelectuales, como anteriormente. Hirst, que al principio no le gustaba, ya no le era tan desagradable. Ahora lo encontraba un pobre hombre paliducho, que parecía estar enfermo. Quizás estaría enamorado de Rachel. No le extrañaría, o quizá de Evelyn. Era tan atractiva a los hombres. Intervino en la conversación diciendo que si generalmente las reuniones resultaban tan sosas, era principalmente por resistirse a ponerse de etiqueta los caballeros. En Londres le llamó la atención que éstos no creyeran necesario mudarse para la cena .y era natural que si en Londres se suprimía la costumbre que se hiciese también en el campo. Era un placer cuando por Pascua celebraban los bailes de las cacerías. Los caballeros se ponían sus chaquetones grana, pero a Arthur no le atraía el baile, así que suponían que no asistirían al que se celebrase en su pueblecito. No creía que la gente aficionada a un deporte pudiese hallar placer en otro. Su padre era una excepción. Pero era una excepción en todo. Aficionado a su jardín, conocía todo lo referente a pájaros y demás animales domésticos. Todas las viejecitas del pueblo sentían por él adoración. Su afición predilecta eran los libros. Invariablemente pasaba su tiempo en el despacho con algún libro viejo y antiguo, que a nadie se le ocurría leer.

-Una familia numerosa y seis hijos que mantener -añadió confiada en la simpatía general- no dejan a uno mucho tiempo para dedicarse a los libros. -Hablando de su padre, de quien estaba muy orgullosa, se levantó a una señal de Arthur, después de mirar el reloj y comprobar que debían volver al campo de tenis.

-Son muy felices -comentó la señora Thornbury al verlos marchar.

Rachel asintió. Tenían seguridad en ellos mismos; parecían conocer con exactitud lo que deseaban.

-¿Cree usted que ellos son felices? -cuchicheó en voz baja Evelyn a Terence, deseando que él dijese que no. Pero Hewet se puso en pie, diciendo que tenían que volver. Llegaban siempre con retraso a las comidas,  (p.134) y ello disgustaba a la señora Ambrose, que era muy amante del orden y de la puntualidad.

Evelyn agarróse a la falda de Rachel, protestando. ¿Por qué se tenían que ir? Aun era temprano, y tenía tantas cosas que contarles.

-No -contestó Terence-, tenemos que irnos. Vamos andando despacio. Nos pararemos observándolo todo y charlando.

-¿De qué hablan? -inquirió Evelyn.

Terence se rió, contestando que de cualquier cosa.

La señora Thornbury les acompañó hasta la puertecilla, explicándoles que, desde que su hija se había casado, ella se entretenía estudiando botánica. Era sorprendente la cantidad de flores que había y que ella desconocía, a pesar de vivir en el campo toda su vida. Era conveniente tener una ocupación independiente al llegar a vieja. Lo extraño era que no se sentía vieja. Le parecía como si siempre tuviese 25 años, Claro que no esperaba que los demás opinasen igual.

-Tiene que ser maravilloso tener 25 años y no solamente imaginárselo -dijo, envolviéndoles en una mira. da maternal-. Sería maravilloso, ideal.

Estuvo un largo rato en la puerta, hablándoles. Sentía que se marchasen e intentaba retenerlos.

XXV

La tarde era muy calurosa, tanto que el romper de las olas sobre la playa sonaba como el gemido repetido de una criatura exhausta. En la terraza, bajo el toldo, los ladrillos ardían y el aire se mecía en el césped y las hierbas cortas. Las flores granas de las fuentes de piedra caían mustias y marchitas, las flores blancas que hacía unas semanas estaban frescas y lozanas aparecían ahora con las puntas rizadas y amarillentas. Sólo las hostiles plantas del Sur, cuyas carnosas hojas parecían brotar de las espinas, se mantenían erectas, como si desafiaran los rayos del sol. Hacía demasiado calor para hablar, y no era fácil dar con un libro que combatiera el poder del sol.

Terence leía en voz alta a Milton, porque decía que las palabras de este autor tenían substancia y forma, lo cual excusaba de comprenderle, sólo con escucharle bastaba; casi se podía palpar.

«Hay una gentil ninfa no lejos de aquí» leía:

«Sobrina era su nombre, el de una virgen pura, que de Socrino hija en otro tiempo fuera quien de su padre, Bruto, el cetro había obtenido.»

Las palabras, a pesar de lo que dijera Terence, estaban cargadas de sentido, y quizá fuese por tal razón que resultaba doloroso oírlas. Sonaban extrañas, decían cosas distintas de las que generalmente se les atribuía. Rachel no podía fijar su atención. Se distraía en distintos sentidos, y le venían a la imaginación visiones poco agradables.

Terence dejó caer el libro.

-Je duele la cabeza? -preguntó, observándola unos momentos. Estuvieron mirándose en silencio, con las manos cogidas.

Terence, dándose cuenta que estaba más ojerosa que otras veces, fue a buscar a Helen para preguntarle que se podía hacer. Helen le aconsejó que se fuera a acostar. Unas horas de cama, la curarían por completo.

Rachel se acostó y estuvo echada en la obscuridad durante largo rato, despertándose de un sueño muy ligero; vio las ventanas blancas ante ella y recordó lo que Helen le dijera de que, al despertarse, se encontraría bien. Al mismo tiempo, la pared de su cuarto era tan blanca que le dañaba la vista, y en vez de lisa la vio ligeramente curvada. Volviéndose hacia la ventana, no se reanimó con lo que allí vio. El movimiento de la persiana al llenarse de aire e hincharse hacia fuera, rastreaba el cordón por el suelo, y esto le aterraba, como sí temiese la entrada de un animal dentro del dormitorio. Cerró los ojos y el pulso le sonó tan fuerte en la cabeza, que cada pulsación parecía tocar un nervio, taladrándole la frente con una punzada de dolor. Quizá no sería el mismo dolor de cabeza anterior, pero era cierto que ahora le dolía. Se volvió de un lado a otro, con el afán de que la frescura de las sábanas la aliviara y que cuando volviera a abrir los ojos la habitación estuviera como siempre.

Al cabo de un considerable número de experimentos, quiso salir de una vez de toda duda. Se tiró de la cama y quedó en pie, agarrándose a la bola dorada al pie del lecho. Ésta, fría como el hielo al principio, pronto se puso tan caliente como la palma de su mano y como las punzadas de la cabeza y el cuerpo unido a la inestabilidad del suelo, le probaron que era mucho más intolerable estar de pie y andar, que estar echada, volvió a meterse en la cama. A pesar del alivio momentáneo, la incomodidad de la cama fue pronto tan grande como lo había sido el ponerse en pie. Aceptó la idea de tener que pasarse todo el día acostada, y al echar otra vez la cabeza en la almohada, desistió de la felicidad de aquel día.

Cuando Helen entró, al cabo de unas dos horas, se cortaron de repente sus palabras animadoras. Por un segundo quedó sorprendida. No había duda de que Rachel estaba enferma. Toda la casa se enteró de ello, cuando el canto, que se oía en el jardín calló de repente, y María, al traerle el agua, pasó al lado de la cama bajando los ojos. Había que pasar toda la mañana y la tarde. A intervalos hacía un esfuerzo para volver al mundo, pero encontraba que el calor y la incomodidad habían abierto una brecha entre su mundo y el otro y que ya no era posible trasponerla.

Se abrió la puerta y Helen entró  (p.135) acompañada de un hombre pequeñito y moreno que tenía -era lo que más pronto le llamó la atención- unas manos muy velludas. Rachel estaba medio adormecida y ardiendo intolerablemente. Él parecía tímido y obsequioso; así que casi ni se tomó el trabajo de contestarle, a pesar de entender que era el médico. En otra ocasión se abrió la puerta y entró Terence muy calladamente, y demasiado sonriente -advirtió ella- para ser natural. Se sentó a su lado y le habló, acariciándole la mano. Cuando no pudo seguir más en la misma postura, levantó la vista y vio a Helen a su lado. Terence ya se había ido. No importaba, le vería otra vez mañana, cuando estuviera mejor. Durante todo el día intentó recordar las líneas que oyó leer últimamente. El esfuerzo la cansaba. Los adjetivos persistían en colocarse todos equivocadamente.

El día siguiente no difirió mucho del anterior, exceptuando que su cama se revistió de importancia y el mundo exterior aparecía cada vez más lejano. Helen estaba allí, a su lado, todo el santo día. A veces decía que era hora de comer; otras que era la hora del té. Al día siguiente, todas las señales de la tierra se veían borrosas y el mundo exterior aparecía tan lejano que los sonidos de la gente que subía por la escalera y que se movían en la estancia eran sólo destacados por un esfuerzo superior de la memoria. El recuerdo de lo que sintió o lo que había estado haciendo y pensando hacía sólo tres días, se había borrado por completo. Por otra parte, cada objeto del cuarto, la propia cama, su cuerpo con sus diversos miembros y distintas sensaciones tomaban más y más importancia de día en día. Estaba completamente incomunicada; completamente aislada del resto del mundo. Aislada y enteramente sola con su cuerpo. Horas y horas pasaban así, sin ir más allá de la mañana, luego unos cortos minutos de pleno día y saltaba a las honduras de la noche.

Un atardecer, cuando la habitación se veía en tinieblas, quizá por ser tarde .o por estar las persianas muy echadas, Helen se acercó para decirle:

 -Alguien va a estar aquí  (p.136) esta noche contigo. ¿No te importará?

Abriendo los ojos, Rachel vio no sólo a Helen, sino a una enfermera con gafas, cuya cara le recordó algo que hubiese visto vagamente. La había visto en la capilla.

-La enfermera Mc. Junis -dijo Helen, y la aludida sonrió igualmente serena, como hacían todas.

Después de esperar unos momentos, las dos desaparecieron, y Rachel se despertó para encontrarse de nuevo en medio de una de aquellas interminables noches. Ella se daba cuenta de que no había nada que le impidiese seguir aquel rumbo, si así le placía. A una distancia grande, una mujer mayor se sentaba agachando la cabeza. Rachel se empinó un poco y vio con sobresalto que se entretenía jugando a las cartas a la luz de una vela que tenía en el hueco que formaba un periódico. La visión tenía algo inexplicablemente siniestro. Aterrada, lloró sin poder explicarse por qué. La mujer dejó las cartas y atravesó la habitación, haciendo sombra a la vela con su mano. Acercábase cada vez más. Por fin se detuvo a la cabecera de Rachel y le dijo:

 -¿Aun despierta? Déjeme ponerla cómoda. -Dejó la vela y arregló la ropa de la cama.

Rachel pensó que una mujer que jugara a las cartas toda la noche en una caverna, tenía forzosamente que tener las manos muy frías, y se encogió para no sentir su contacto.

-Debe probar a estarse quietecita -seguía diciéndole-, porque así sentirá menos el calor. Aumentará al moverse y no queremos que se sienta más ardorosa aún de lo que está. -Se quedó mirando a Rachel por una eternidad.

 -Cuanto más quietecita esté, antes se pondrá buena. Rachel fijaba sus ojos en la sombra picuda del techo y concentraba toda su energía en el deseo de que aquella sombra se moviese. Pero la sombra y la mujer parecían fijadas eternamente sobre ella. Cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, habían transcurrido varias horas. La noche seguía aún implacable. La mujer seguía jugando a las cartas, sólo que ahora se sentaba en un túnel, bajo un río y la luz se veía en un arco en la pared sobre ella. Gritó: «¡Terence!», y la sombra picuda se cernía otra vez en el techo. La mujer, con sus calmosos movimientos, se levantó y acercóse de nuevo a su cabecera.

-Es tan difícil mantenerla en la cama como lo era tener al señor Forrest en la suya -dijo la mujer.

Para librarse de aquella visión estacionada, Rachel cerró otra vez los ojos, y se encontró andando por un túnel bajo el Támesis. Había allí pequeñas y deformadas mujeres sentadas en unos arcos jugando a las cartas, mientras en las paredes de ladrillos se veían manchas de humedad, que acababan formando gotas o resbalando por la pared. Pero las pequeñas y viejas mujeres se convirtieron en Helen y la enfermera Mc. Junis. Estaban en pie ante la ventana, cuchicheando incesantemente. Fuera de su dormitorio, los sonidos y movimientos y las vidas de la otra gente de la casa seguían el curso corriente del sol, pasando por la sucesión de todas sus horas. Ya en el primer día de su enfermedad, se vio claro que estaba bastante mal. La temperatura fue muy alta hasta el viernes. Aquel día, martes, Terence sentía una gran resentimiento, no contra ella, sino contra la fuerza exterior que les separaba. Él contaba los días perdidos para su amor. Se daba cuenta, con una rara mezcla de placer y fastidio, de que por primera vez en su vida dependía de otra persona y de que su felicidad estaba en su poder.

Los días transcurrían triviales y las cosas no tenían importancia. Después de tres semanas de intimidad e intensidad en sus afectos, todas las ocupaciones corrientes eran insoportablemente sosas y aburridas. La ocupación menos intolerable era hablarle a John sobre la enfermedad de Rachel. Discutir cada síntoma y su sentido y cuando este motivo se agotaba, discutían la enfermedad, sus motivos y su curación.

Dos veces al día entraba a sentarse con Rachel, y dos veces al día sucedía lo mismo. Entraba en su habitación, que no estaba muy obscura y donde la música se veía

por todos los lados, igual que antes, todos sus libros y cartas. Entonces su ánimo se levantaba instantáneamente. Al verla, se sentía completamente reanimado. Ella no parecía muy enferma. Sentado a su lado, le decía lo que había estado haciendo, en su tono de voz natural, sólo un poco más bajo. A los cinco minutos de estar sentado a su lado, se veía acometido de una tristeza profunda. Ella no parecía la misma. Siempre concluía dejando la habitación con la convicción de que era peor verla que no verla.

Conforme pasaba el día, el deseo de verla volvía y se hacía tan imperioso, que repetía la visita.

El jueves por la mañana, cuando Terence entró en el dormitorio, sintió aumentar su confianza. Rachel se volvió hacia él, haciendo el esfuerzo de recordar ciertos hechos del mundo del que estaba tantos millones de millas alejada.

-¿Has venido del hotel? -le preguntó ella.

-No, estoy parando aquí por ahora -dijo él-. Acabamos de comer y ha llegado el correo. Hay un montón de cartas para ti, cartas de Inglaterra.

En lugar de decirle, como él estaba deseando, que quería verlas, Rachel estuvo un rato en silencio.

-¿No ves? Por ahí van, rodando por el filo de la pendiente - (p.137) dijo ella de pronto.

-¿Rodando, Rachel? ¿Qué ves rodar? No hay nada que ruede.

-La vieja con el cuchillo -contestó ella. Pero al hablar, no se dirigía a Terence en particular. Miraba un jarro en la mesa de enfrente.

Él se levantó y lo bajó.

-Así no puede rodar más -dijo en tono alegre.

No obstante, ella seguía con la vista fija en el mismo sitio, y no volvió a hacerle caso, a pesar de que él probó de distraerla. Estaba tan profundamente abatido que no pudo soportar el seguir sentado a su lado. Se fue a dar vueltas, a andar por la casa, hasta encontrar a John que leía el «Times» en la veranda.

Hirst dejó el periódico a un lado y oyó con paciencia lo que Terence le contaba sobre el delirio. Le trataba con afecto, como si fuera un niño.

El viernes ya se vio que la enfermedad era cosa seria, que requería los cuidados de varias personas. Pero tampoco había motivo suficiente para alarmarse. Rodríguez dio a entender que había mucha variedad en aquella clase de enfermedades y opinó que estaban dándole a todo demasiada importancia. Sus visitas tenían siempre una apariencia de confianza y en sus entrevistas con Terence hacía caso omiso de sus apremiantes preguntas con el pretexto de que se apuraba demasiado. Se le veía reacio a sentarse.

-Una temperatura alta -dijo, mirando furtivamente a todos lados y aparentando más interés por los muebles y el bordado de Helen que por otra cosa-. En este clima hay que esperar siempre temperaturas altas. No hay por qué alarmarse. El pulso es nuestro guía (se dio unos golpecitos en la muñeca velluda), y el pulso sigue excelente.

Al decir esto, se inclinó respetuosamente y se escurrió fuera.

La entrevista era sostenida con dificultad por ambas partes en francés, y ello unido al hecho de que era optimista y de que Terence respetaba la profesión médica en todos los aspectos, hizo que fuese más tolerante que con otro médico mejor capacitado. Inconscientemente se puso del lado del médico y en contra de Helen, que parecía mirarle con cierto prejuicio.

Cuando llegó el sábado se vio bien que era preciso llevar las cosas más ordenadamente que hasta entonces. Hirst ofreció sus servicios; dijo que no tenía nada que hacer y que podía pasarse el día en la villa, si es que así podía serles útil. Como si iniciaran juntos una expedición difícil, se repartieron los quehaceres entre los dos muchachos, apuntando en una hoja grande un largo y metódico horario que clavaron en la puerta de la sala. Su alejamiento de la ciudad y la dificultad de procurarse los medicamentos, hizo necesario que lo planeasen todo cuidadosamente y de que encontraran difícil conseguir las cosas que de ellos se requerían.

John debía traer todo lo que necesitaba de la ciudad. Así que Terence podía quedarse durante las horas calurosas en la sala, cerca de la puerta abierta, presto a cualquier llamada de Helen. Siempre se le olvidaba bajar las persianas y se pasaba las horas sentado a pleno sol, abrumado y mortificado sin darse cuenta de la causa.

La habitación era poco acogedora e incómoda. Probaba a leer, pero los libros buenos eran demasiado buenos, o todo lo contrario. Lo único que podía tolerar eran los periódicos, con noticias de Londres. Aquello daba algún fondo de realidad a lo que de otra manera era una interminable pesadilla. Cuando conseguía fijar su atención en la lectura, una llamada suave de Helen o la señora Chailey reclamaba su atención.

Quitándose los zapatos, subía sin hacer ruido y dejaba lo pedido en la mesita atestada de jarros que habían puesto. Si lograba ver a Helen, le preguntaba:

-¿Cómo sigue?

-Muy inquieta... pero algo mejor; por lo menos, así me parece.

La imaginación se estancaba, la vida misma parecía haberse detenido.

El domingo fue peor que los otros días, simplemente porque había transcurrido un día más y el esfuerzo se prolongaba. A pesar de ello, nada había cambiado. Los sentimientos se sumergían en una prolongada sensación de angustia y temor unidos a una profunda importancia. Nunca se sintió Terence tan abatido. Al ver a Rachel, casi no podía creer que hubieran sido alguna vez felices, ni que estuvieran comprometidos para casarse. ¿Qué había en sus sentimientos? Una confusión grande lo cubría todo. Le parecía ver a John, a Ridley y a los demás que subían del hotel a preguntar de vez en cuando, como a través de una niebla. Las únicas personas que no se ocultaban en aquella niebla eran Helen y Rodríguez, aquéllos eran los únicos que podían decirle algo concreto de Rachel.

El día seguía su ritmo habitual. A determinadas horas se reunían en el comedor y hablaban de cosas indiferentes. Generalmente era John quien iniciaba la conversación y la mantenía a viva fuerza.

-He descubierto el modo de hacer que Sancho pase la casa blanca -dijo John el domingo durante la comida del mediodía-. Arrugas un papel junto a su oreja, y sale de estampida unos cuantos metros, luego sigue andando bien.

-Sí, pero lo que él quiere es grano de trigo. Deberías enterarte si se lo dan.

-No me fío mucho de lo que le den; y Angelo me parece un pillete sinvergüenza. -

Hubo un largo silencio. Ridley recitaba unas estrofas; entre dientes y  (p.138) avergonzado, dijo:

-Hace un calor excesivo.

-Dos grados más que ayer -dijo John-. ¿De dónde serán estas nueces? -observó a continuación, tomando del plato una y contemplándola entre sus dedos con curiosidad.

-Supongo que de Londres -dijo Terence, mirándolas a su vez.

-Un hombre que fuese competente en el negocio podría hacer aquí una fortuna en poco tiempo -continuó John-. Supongo que el calor trastorna algo la inteligencia. Hasta los ingleses se vuelven raros. Es imposible tratar con ellos. Esta mañana, sin causa que lo justificase, me tuvieron esperando tres cuartos de hora en la botica.

Hubo otra larga pausa. Ridley preguntó: -¿Rodríguez está satisfecho?

-Completamente -dijo Terence con decisión-, sólo tiene que seguir su curso.

Ridley dio un gran suspiro. Lamentaba sinceramente la enfermedad de Rachel y el trastorno que causaba a todos, pero a ratos echaba de menos a Helen. Esto le contrariaba como también la constante presencia de los dos muchachos. Éstos se fueron a la sala.

-Mira, Hirst -dijo Terence-, no hay nada que hacer por lo menos en dos horas.

Consultó la hoja de papel pegada a la puerta.

-Ve a echarte. Yo esperaré aquí. Chailey se queda con Rachel mientras Helen baja a comer.

Era mucho pedirle a Hirst, decirle que se fuera sin ver a Helen. Siquiera fuera para preguntarle algo de la enferma. Esto, servía de algún consuelo a todo el tedio y esfuerzo que suponía para él aquella incomodidad. Pero como estaban tan unidos en aquella prueba, decidió obedecer y se marchó sin rechistar. Helen tardó mucho en bajar. Tenía el aspecto de haber estado mucho rato a obscuras. Estaba muy pálida y delgada y la expresión de sus ojos era angustiosa, pero decidida. Comió con rapidez, indiferente a todo lo que la rodeaba. No hizo mucho caso a las preguntas de Hewet. Por fin le miró con el entrecejo fruncido:

-No podemos seguir así, Terence. O encuentras otro médico, o le dices a Rodríguez que deje de venir y ya me las compondré yo sola. Es inútil que diga que encuentra a Rachel mejor. No está mejor; está  (p.139) peor.

Terence sufrió tal impresión que se abstuvo de contradecirla.

-¿Cree que está en peligro? -preguntó.

-Nadie puede sostenerse tantos días en este estado -contestó Helen.

Le miraba y hablaba como si estuviera indignada con alguien.

-Muy bien; esta tarde mismo hablaré con Rodríguez -replicó él.

Helen subió arriba en seguida. Nada podía ahora atenuar la ansiedad de Terence. No podía leer ni estar quieto. Su sentido de seguridad se tambaleaba, a pesar de que probaba de asegurar que Helen exageraba y que Rachel no podía estar tan enferma. Pero necesitaba un tercero que confirmase su creencia.

Tan pronto como Rodríguez bajó de verla, le abordó: -Bueno. ¿Cómo la encuentra usted? ¿Cree que está peor?

-No hay ningún motivo para esta ansiedad -dijo Rodríguez en su infame francés, sonriendo forzadamente, y con los gestos de quien desea escapar cuanto antes. Hewet se plantó con firmeza entre él y la puerta. Estaba decidido a saber la verdad. Su confianza en el hombre se vino a tierra al mirarle fijamente y comprobar su insignificancia, su aspecto sucio y desaliñado, su inestabilidad y la falta de inteligencia de su velludo rostro. Era raro que no se hubiese dado cuenta antes de todo aquello que entonces veía.

-¿No tendrá inconveniente si le pedimos que consulte con otro médico? -continuó él.

El hombrecillo se sulfuró.

-¡Ah! -dijo-. ¿No tienen confianza en mí? ¿Están en contra de mi tratamiento? ¿Desean que abandone el caso?

-Nada de eso -replicó Terence-; pero en casos graves...

Rodríguez se encogió de hombros.

-No es tan grave, se lo aseguro. Están demasiado preocupados. La señorita joven no está grave, y yo soy un médico. La señora está asustada -dijo despreciativamente-. Me hago cargo.

-¿El nombre y dirección del médico es...? -preguntó Terence.

-No hay otro médico -replicó Rodríguez con malos modos-. Todos tienen confianza en mí. Mire. -Sacó un paquete de cartas viejas y empezó a revolverlas como si buscara una que confundiese las suspicacias de Terence. Conforme buscaba, empezó a contar una historia de un Lord inglés, que se confió a él -un gran Lord inglés, cuyo nombre, por desgracia, no recordaba,

-No hay ningún otro médico por aquí -concluyó, revolviendo las cartas.

-No importa -dijo secamente Terence-. Ya me cuidaré yo de informarme.

Rodríguez volvió a meterse las cartas en el bolsillo.

-Muy bien -dijo-. No tengo ningún inconveniente.

Se encogió de hombros, enarcando las cejas, como si quisiera repetir que tomaban la enfermedad demasiado en serio y que no había otro médico; y escurriéndose, salió, dejando en todos la impresión que se daba cuenta de que desconfiaban de él.

Terence no pudo aguantarse abajo más tiempo. Subió, llamando con los nudillos en la puerta de Rachel y preguntó a Helen si podría verla unos minutos. Ella no se negó, yendo a sentarse cerca de la ventana donde había una mesita. Terence se sentó al lado de la cama.

La cara de Rachel había cambiado. Parecía que concentraba todo su esfuerzo en vivir. Sus labios se veían secos, sus mejillas hundidas y arreboladas, pero sin color. Los grandes y bellos ojos medio entornados, como si el tenerlos cerrados le costase excesivo esfuerzo. Al besarla él, los abrió del todo. Pero sólo veía a una vieja cortándole la cabeza a un hombre con un cuchillo. Se volvió hacia Terence, preguntándole ansiosamente algo de un hombre con mulas, que él no entendió.

-¿Por qué no viene? ¿Cómo no viene? -repetía.

Él se aterraba de pensar en el hombrecillo desaliñado que estaba encargado de salvar su vida. Y se volvió instintivamente a Helen. Ésta se hallaba ocupada y no parecía darse cuenta de la impresión tan tremenda de Hewet. Éste se levantó para salir. No podía aguantar más la visión de la muchacha y su corazón le latía fuerte y dolorosamente. Estaba enfadado y angustiado. Al pasar junto a Helen, ésta le dijo con voz cansada y poco natural, pero firme, que le trajera más hielo y que llenara el jarro de leche fresca. Cuando hubo cumplido aquellos encargos, fue en busca de Hirst. Se había dejado caer tendido en una cama y estaba profundamente dormido, poro Terence lo despertó sin escrúpulos.

-Helen cree que está peor -dijo-; no hay duda que está muy mal. Rodríguez es una inutilidad.

-Debemos buscar otro módico -dijo Hirst, restregándose los ojos, medio dormido- si lo hay...

-No seas idiota -exclamó Terence-. Claro que hay otro médico, y si no lo hay, tú tienes que encontrarlo. Debimos de haberlo hecho hace ya días. Voy a ensillar el caballo.

No podía estarse quieto en ningún sitio. En menos de diez minutos John iba montado hacia la ciudad bajo un sol abrasador.

«Debimos de haberlo hecho hace ya días», se repetía Hewet, furioso.

Al regresar a la sala, encontró a la señora Flushing en pie en el centro de la habitación; habiendo llegado como todos, por la cocina o el jardín, sin anunciarse.

-¿Está mejor? -preguntó bruscamente, sin intentar siquiera darle la mano.

 -No -dijo Terence-, creen que está peor. La señora Flushing miró fijamente a Terence largo rato.

 -Sin duda ha estado usted aquí solo, pensando y preocupándose durante todo el día y cree que está  (p.140) peor -dijo-; pero alguien que la viese sin prejuicios, la encontraría mejor. El señor Elliot ha tenido fiebre, pero ya está bien -dijo de un tirón-. ¡Qué importan unos cuantos días de fiebre! Mi hermano tuvo una vez fiebre durante veintiséis días. Y en una semana o dos se levantó tan campante. No tomaba más que leche y unas hierbas.

La señora Chailey entró con un recado.

-Me llaman arriba -dijo Terence.

-Ya verá cómo está mejor -repitió la señora Flushing al salir de la habitación.

Su ansiedad por convencer a Terence era grande, y cuando él hubo salido, se sintió desasosegada e inquieta. No le gustaba quedarse y no se decidía a marcharse. Fue de un cuarto a otro, buscando a alguien con quien poder hablar. Todas las habitaciones estaban vacías. Terence tomó los encargos de Helen y miró a Rachel, pero no intentó hablarle.

Rachel conseguía darse cuenta vagamente de su presencia, pero ésta parecía perturbarla, pues se volvió hacia el otro lado, dándole la espalda. Hacía seis días que se había olvidado del mundo exterior. Necesitaba toda su atención para seguir las ardientes y rojizas visiones que pasaban incesantemente ante sus ojos. Sabía que era de enorme importancia que atendiera a tales visiones y lograse entenderlas, pero siempre llegaba un poco tarde para conocerlas' completamente. Las caras de Helen, de la enfermera, de Terence, la del médico -que algunas veces veía tan cerca-, la apuraban, porque distraían su atención y le impedían desentrañar la clave. Por eso, a partir del cuarto día, en cuanto alguien la movía, daba la vuelta por completo.

Empezaba a murmurar entonces algo ininteligible, como siempre. Las visiones que se ofrecían a su imaginación trataban de alguna intriga, aventura o evasión, que tomaban diversos giros incesantemente, aunque existía un motivo central para todo ello que Rachel se esforzaba en aprehender. La escena tan pronto se desarrollaba entre bosques y salvajes como en el mar o sobre los tejados de elevadas torres. Rachel saltaba unas veces y parecía como si volase otras. Cuando la crisis tocaba a su fin, siempre permanecía algo de todo ello en su imaginación hasta que recobraba nuevamente su intensidad.. El calor se había hecho sofocante. Los rostros de los circunstantes acabaron por desaparecer para ella; se sentía como sumergida en las aguas revueltas de un estanque. No se veía ni escuchaba nada, salvo un débil estallido, como el de las aguas al romperse por encima de su cabeza. Mientras todos sus verdugos la creían muerta, ella vivía aún, pero se encontraba escondida en el fondo del mar. Permaneció allí, no viendo más que sombras profundas unas veces y súbitas claridades otras, cuando, de tanto en tanto, alguien la sacaba del seno de las aguas.

John Hirst pasó las horas de sol discutiendo con gruñones y evasivos nativos, y pudo sacar la información de que había un médico francés que se hallaba en las montañas descansando y tomando unas vacaciones. Decían era completamente imposible dar con él. Con la experiencia que tenía del país, creyó improbable que un telegrama pudiera serle enviado y, mucho menos, recibido, pero habiendo logrado reducir la distancia del pueblecito de cien kilómetros a treinta, alquiló un coche con caballos y se decidió a ir por él.

Consiguió dar con el doctor y persuadirle para que dejase a su joven esposa y le acompañase. Llegaron a la villa el martes a mediodía. Terence salió a recibirlos, y John notó que estaba bastante más delgado, muy pálido y sus ojos tenían un aspecto de gran ansiedad. El modo de hablar seco y dominante del doctor Lesage impresionó a los dos favorablemente.

Una vez realizada la visita, dio órdenes terminantemente, pero se abstuvo de dar su opinión, quizá por la presencia de Rodríguez.

Al preguntarle Terence si estaba muy enferma, contestó con un encogimiento de hombros:

-Desde luego.

Todos sintieron cierta sensación de alivio cuando se fue, prometiendo otra visita dentro de unas horas. Los nervios les hicieron discutir. Riñeron sobre una calle, la de Portsmouth. John dijo que estaba afirmada con macadam al pasar por Flindhead, y Terence afirmó saber tan cierto, como conocía su nombre, que no lo estaba al llegar a aquel punto. En la discusión se dijeron palabras fuertes y terminó tomándose la comida en silencio, salvo alguna reflexión banal de Ridley.

Cuando se hizo de noche y encendieron las lámparas, Terence se encontraba incapaz de aguantar su irritación por más tiempo. John se acostó, completamente rendido de cansancio moral y físico, dando afectuosamente las buenas noches a Terence. Ridley se retiró con sus libros. Otra vez solo, Terence paseaba arriba y abajo por la habitación. A veces se detenía ante la ventana. Se veían relucir las luces de la ciudad a lo lejos. Se consideraba en una isla pequeñita, completamente solo. No importaba que Rachel estuviese buena o enferma; no importaba que estuviesen separados o reunidos; nada tenía consecuencias, todo era lo mismo. Las olas del mar se oían a lo lejos romper sobre la playa. El viento ligero pasaba rozando los ramajes de los árboles, acariciándole. Deseaba poder hablar con  (p.141) alguien, pero Hirst se había acostado y dormía, y Ridley dormiría igualmente; no se oía ruido en la habitación de Rachel. El único ruido de la casa era el que hacía la señora Chailey en la cocina. Por fin hubo ruido de pasos en lo alto de la escalera. Era la enfermera

McJunis que bajaba arreglándose los puños del uniforme, preparada para su vigilancia nocturna.

Terence la detuvo. Nunca habían hablado, pero quizá fuese posible que ella le confirmase en la creencia que aun persistía en su cerebro, de que Rachel no estaba tan grave como creían. Le dijo cuchicheando que eI doctor Lesage la había visto y lo que éste dijera.

-Ahora -continuó-, por favor, déme su opinión. ¿Usted cree que está gravemente enferma?

-El médico ha dicho... -empezó ella.

-Sí, pero yo quiero su opinión. Usted tiene la experiencia de muchos casos semejantes.

-Yo no puedo decirle más que el doctor Lesage, señor Hewet -replicó, temiendo que sus palabras pudieran usarse en su perjuicio-. El caso es serio, pero puede tener la certeza completa de que estamos haciendo todo lo posible por la señorita Vinrace.

Hablaba con cierto tono profesional, pero comprendió que no dejaba satisfecho al pobre muchacho, que aún se interponía en su camino. Miró por la ventana desde la que se veía la luna reflejándose en el mar. Habló en un tono curiosamente raro.

-Nunca me gusta mayo para mis pacientes. -¿Mayo? -repitió Terence.

-Puede ser fantasía, pero cuando alguien cae enfermo este mes... continuó ella-. Las cosas parecen marchar mal en mayo. Quizá sea la luna. Dicen que afecta al cerebro, ¿no es eso, señor?

Él la miró, pero sin poder contestarle. Era la sensación que invadía a todos al mirarla. Ella se escurrió como pudo y desapareció.

Aunque se retiró a su habitación, no fue capaz siquiera de quitarse las ropas. Largo rato se paseó arriba y abajo, y apoyándose en la ventana, contempló la tierra obscura en contraste con el pálido azul del cielo. Con una mezcla de temor y odio, se fijó en los altos y esbeltos cipreses. Nunca comprendió antes que bajo cada acción,  (p.142) bajo los actos sencillos de cada día yacía el dolor, listo para atacar. Pareció ser capaz de ver el sufrimiento, como si se tratase de algo material. Un gigante comiéndose a puñados las vidas de hombres y mujeres. Conoció por primera vez el sentido de las palabras que otras veces le sonaban a hueco. La lucha por la vida. La dureza de ésta. Ahora, por sí mismo, sabía que la vida era muy dura y que rebosaba dolor hasta los bordes. Veía las luces salpicadas de la ciudad abajo y pensó en Arthur y Susan, en Evelyn y Perrot, aventurándose inconscientes en su gozo y exponiéndose abiertamente a sufrimientos como el suyo. ¿Cómo se atrevían a amar de aquella manera?, se preguntaba. ¿Cómo se atrevió él mismo a vivir como lo había hecho, rápido y descuidado, pasando de una cosa a otra y amando a Rachel como la amaba? Nunca volvería a sentirse seguro. Ya no creería en la estabilidad de la vida, u olvidaría los abismos de dolor que existen bajo una aparente felicidad y cubiertos también por sentimientos de alegría y seguridad. A pesar de estar convencido de que era absurda y risible su pequeñez, no perdió el sentido de tales pensamientos que formaban parte de una vida. É1 y Rachel vivirían unidos.

Quizá, debido al cambio de médico, Rachel parecía estar bastante mejorada.

Helen, terriblemente pálida y rendida, pareció animarse algo.

-Me ha hablado -dijo, voluntariamente-. Me preguntó a qué día de la semana estábamos.

De repente, sin razón aparente, las lágrimas se formaron en sus ojos y resbalaron por sus mejillas. Lloraba. sin estremecimientos y sin probar de contenerse, como si ignorara que estaba llorando.

Terence se sobresaltó al verla así. ¿No había límites al poder de la enfermedad? ¿Se vendría todo abajo? Siempre vio a Helen fuerte y decidida, y ahora parecía una criatura. Se acercó a ella, rodeándole los hombros, ella se apoyó en él, sin poder contener sus sollozos. Se rehizo y limpió sus ojos. Era tonto portarse así, muy tonto, repetía. No había duda de que Rachel estaba mejor. Pidió a Terence que perdonase su simpleza. Se detuvo en la puerta y, volviéndose, la besó en la frente, sin decir palabra.

Aquel día Rachel tuvo conciencia de lo que la rodeaba. Había vuelto a la superficie del obscuro y pegajoso lago, y una ola parecía sostenerla. Cesó de tener voluntad propia y se dejó llevar. Sentía una gran debilidad. La ola fue substituida por la ladera de una montaña. Su cuerpo se convirtió en un montón de nieve derretida. Sus rodillas eran picos montañosos de huesos helados. Veía a He-len y el cuarto, pero todo muy pálido y transparente.

A veces la veía atravesar la pared que tenía ante ella. Otras veces, Helen se iba tan lejos que sus ojos escasamente podían verla. La habitación parecía tener un raro poder de expansión. Su cerebro, en un rincón remoto de su cuerpo, recorría como un relámpago la habitación. Todo lo que veía suponía un esfuerzo, pero el mayor de todos fue ver a Terence. Su vista la obligó a unir el entendimiento al cuerpo en su deseo de recordar algo. No deseaba recordar; le mortificaba cuando la gente probaba de perturbar su soledad. Deseaba estar sola. No deseaba otra cosa más en el mundo.

Terence se dio cuenta de la nueva esperanza que alentaba en Helen, vio esto como un triunfo. Esperó al doctor Lesage, aquella tarde, con creciente ansiedad, pero con la misma certeza en el fondo de su ser, de que todos admitían su equivocación.

El doctor Lesage estuvo malhumorado y estuvo muy escueto en sus contestaciones. A las palabras de Terence.

-Parece estar mejor -replicó, mirándole de un modo extraño--. Tiene una remota probabilidad de salvarse.

La puerta se cerró y Terence se dirigió hacia la ventana, apoyando la cabeza contra el quicio.

«Rachel -se repetía a sí mismo- tiene una remota probabilidad de vida. Rachel. ¿Cómo podían decir tales cosas de Rachel?»

Estuvieron en relaciones cuatro semanas. Hacía quince días que estaba perfectamente bien. ¿Qué podían aquellos catorce días haberle hecho para ponerla en aquel estado? Él no podía vivir sin ella. Después de aquella momentánea lucha, la cortina cayó de nuevo. No veía nada ni podía sentir claramente. Todo seguía su curso como an- tes. Salvo un dolor físico cuando le latía el corazón y el hecho de tener los dedos helados, no se daba cuenta de su creciente ansiedad. En su entendimiento él parecía no sentir nada de Rachel o de nadie en el mundo.

Aquella noche, el doctor Lesage pareció estar menos enojado. Se quedó voluntariamente unos momentos, y dirigiéndose a John y a Terence, como si no recordara cuál de los dos estuviera prometido con la pobre enferma, les dijo:

-Yo considero que está sumamente grave.

Ninguno de los dos se acostó, ni sugirió que el otro lo hiciese. Se sentaron montando guardia en la puerta abierta. John formó una especie de cama en el sofá, y cuando la tuvo lista insistió para que Terence se echara. Empezaron a reñir sobre quién se echaría allí y quién sobre un par de butacas arreglado con unas mantas. John forzó a Terence para que se echara en el sofá.

-No seas tonto,  (p.143) Terence -le dijo-. Sólo conseguirás ponerte malo si no duermes.

Al seguir Terence negándose, él calló bruscamente, temiendo ponerse sentimental. Estaba a punto de romper a llorar. Comenzó a decir lo que hacía mucho tiempo deseó decirles, que sentía como Terence, que quería a éste y también a Rachel. Estaba muy ansioso de poder decir todo aquello, pero se contuvo, pensando que era egoísta. Al fin y al cabo, ¿a qué conducía darle la murga a Terence hablándole de todo aquello? A él no le importaba lo que pasara, siempre que la sucesión de aquellos duros y tristes días se rompiera; hasta le parecía que no le importaba que se muriese. Se sentía desleal al no sentirlo, pero parecía como si su sensibilidad se hubiese agotado.

Durante la noche entera no hubo llamada ni movimiento, exceptuando el abrir y cerrar de la puerta una sola vez. Gradualmente, la luz entró en la habitación desordenada. A las seis se oyeron movimientos de las criadas arriba. A las siete bajaron a la cocina, y media hora después, el día se iniciaba de nuevo.

Sin embargo, éste no fue igual que los anteriores, aunque hubiera sido difícil de decir en qué estaba la diferencia. Tal vez, en que todos parecían estar esperando algo; y, ciertamente, había muy pocas cosas que esperar. Algunas personas paseaban por el salón. Allí estaban el señor Flushing, la señora Thornbury y su marido. Hablaban en voz alta con exaltación, permaneciendo todo el tiempo en pie, aunque la única cosa que tenían que decir era: «¿Podemos ser útiles en algo?» Pero ellos nada podían hacer.

Terence recordó lo que había dicho Helen de que al entrar en el máximo peligro la gente reaccionaba. ¿Estaba en lo cierto o se equivocaba? La niebla de irrealidad que

le envolvía se iba haciendo honda y profunda. Parecía entumecerle todos los miembros. ¿Era aquél su cuerpo?

Aquella mañana, por vez primera, a Ridley le fue imposible sentarse solo en su despacho. Se sentía incómodo y como no se daba cuenta bien de todo, entorpecía constantemente, pero no consentía en irse de la sala. Demasiado inquieto para leer, y sin nada que hacer, empezó a pasear arriba y abajo recitando versos en voz baja. Ocupados en distintas cosas, desenvolver paquetes, descorchar botellas, poner unas direcciones, el canturreo de Ridley y el ruido de sus pisadas se grababan en las cabezas de John y Terence.

--.Oh, esto es intolerable! -exclamó Hirst detenién- dose.

Los dos expresaron su interés en lo que les dijo el doctor Lesage a su llegada. Les parecía muy extraño. Aquel día a todos les pasó la hora de la comida. La misma señora Chailey estaba rara. Llevaba una bata a rayitas y tenía las mangas remangadas hasta el codo. Se daba tanta cuenta de su extraña apariencia, como si a medianoche hubiese saltado de la cama avisada por una alarma de fuego. Se le olvidó su reserva y compostura. Hablaba con familiaridad, como si desde chicos los hubiera sostenido sobre sus rodillas, asegurándoles una y otra vez que era deber suyo comer.

La tarde pasó más aprisa de lo que esperaban.

Una vez abrió la puerta la señora Flushing, pero al verlos, la cerró de nuevo aprisa. Bajó Helen a coger algo y se detuvo al dejar la habitación, fijándose en una carta dirigida a ella. Estuvo por un momento dándole vueltas; mirando el sobre; y la extraordinaria y triste belleza de su actitud, se quedó grabada en Terence del modo que quedan las cosas impresas. Escasamente hablaban. Ya el sol de la tarde se retiraba de la fachada de la casa. Ridley paseaba por la terraza, repitiendo estrofas de un largo poema en voz baja. Fragmentos del poema entraban a ráfagas por la abierta ventana al pasarla y repasarla. El sonido de estas palabras colmaba de desconsuelo el alma de los dos muchachos, pero las soportaron.

Al acercarse el atardecer y ver la luz rojiza del sol que se ponía sobre el mar, la misma sensación de desesperanza atacó a los dos. La idea de que el día se acababa y otra noche les esperaba, era una tortura. La aparición de una luz, seguida de otra allá abajo en la ciudad, produjo en Hirst una repetición del terrible y abrumador deseo de romper en sollozos.

La señora Chailey trajo unas lámparas. Explicó que María, al descorchar una botella, había sido tan tonta como para cortarse el brazo, pero ya se lo había vendado. Era una inoportunidad cuando había ahora tanta tarea que hacer. Ella cojeaba a causa de reuma en su pie.

El atardecer avanzó. El doctor Lesage llegó inesperadamente y estuvo arriba un largo rato. Bajó y bebió una taza de café.

-Está muy mal -contestó a la pregunta de Ridley.

Todo el enojo había desaparecido de sus modales. Estaba grave y formal, pero al mismo tiempo tenía una actitud llena de consideración. Subió de nuevo. Los tres hombres se sentaron en la sala. Ridley estaba completamente quieto, salvo unos pequeños e involuntarios movimientos y exclamaciones que acallaba súbitamente. Parecía que al fin daban la cara abiertamente a algo definido. Eran cerca de las once cuando otra vez apareció el doctor Lesage en la habitación.

Se aproximó a ellos muy lentamente. Miró primero a John y después a Terence, diciéndole a este último:

 -Señor  (p.144) Hewet, creo que puede subir.

Terence se puso en pie inmediatamente, dejando a los otros con el doctor Lesage.

La señora Chailey estaba en el corredor, repitiendo una y otra vez:

 -Es malo, es cruel.

Terence no paró atención en ella. Oía lo qué decía, pero sin comprender su significado. Al subir, se decía a sí mismo. «Esto no me está pasando a mí. No es posible que me esté pasando.» Miraba con curiosidad su mano sobre la baranda. Los peldaños de la escalera eran hondos y le tomó tiempo el subir. Parecía inconsciente.

Al abrir la puerta vio a Helen sentada al lado de la cama. Había luces veladas en la mesa y la habitación, y aunque se veía llena de cosas todo estaba muy ordenado. Percibíase un suave olor a desinfectante. Helen se levantó y le cedió su silla en silencio. Al cruzarse sus ojos se encontraron. Él se extrañó de la claridad extraordinaria de su mirada y al mismo tiempo de la honda calma y tristeza que había en ellos. Se sentó al lado de la cama, y un momento después oyó cerrar la puerta suavemente. Se encontró solo con Rachel y un reflejo pálido de alivio se posesionó de él. La miró. Esperaba encontrar en ella un terrible cambio, pero no lo vio. Estaba muy delgada y parecía muy cansada. Le sonrió y le dijo:

-Hola, Terence.

La cortina que tanto tiempo estuvo corrida entre los dos se evaporó completamente.

-Bien, Rachel -replicó él. Y le sonrió como antes con su gesto familiar.

La besó y tomó su mano entre las suyas.

-Ha sido tremendo sin ti -dijo él.

Ella le miró sonriendo, pero pronto un ligero gesto de fatiga y perplejidad vino a sus ojos y los cerró de nuevo.

 -Cuando estamos juntos somos completamente felices -dijo él.

Continuaba sujetándole la mano, era imposible ver ningún cambio en su cara. Un inmenso consuelo de sentirse en paz invadió a Terence, tanto, que no deseó moverse ni hablar. La terrible tortura e irrealidad de los días pasados había terminado. Encontraba de nuevo una perfecta certeza unida a una paz espiritual. Su entendimiento trabajaba de nuevo con naturalidad y facilidad.  (p.145) Cuanto más tiempo permanecía sentado allí, más profundamente se daba cuenta de que la paz invadía todos los rincones de su alma. Hubo un instante en el que le pareció sentir su aliento y se puso a escuchar ávidamente; sí, respiraba aún... Comprendió que se engañaba. Rachel había dejado de vivir. Pero era mejor así; esto era la muerte, la nada, no respirar ya más. Era la felicidad, la felicidad absoluta. Ellos tenían ahora lo que tanto habían deseado; la perfecta unión, que no les era posible conseguir mientras ella estaba en vida. Inconscientemente, en voz baja, o con el pensamiento tan sólo, se dijo: «Nunca han sido tan felices dos personas como lo fuimos nosotros. Nadie se ha amado tanto como nos amamos nosotros». Pensó las palabras y las pronunció:

 -Ningunas otras personas han tenido nunca el mismo goce que nosotros. Nadie se quiso nunca como tú y yo nos quisimos. ,

Le parecía a él que su completa unión y felicidad se desbordaba por la habitación, en círculos que se agrandaban más y más. No tenía ya en el mundo ningún deseo incumplido. Poseían lo que ya nunca se les podría quitar.

No se dio cuenta de que alguien había entrado en la habitación. Momentos u horas después sintió detrás de él un brazo. Los brazos le rodearon. Él no quería sentir aquellos brazos y las misteriosas voces que cuchicheaban le molestaban. Dejó la ya helada mano de Rachel sobre la colcha y levantándose de la silla fue hacia la ventana.

Las ventanas carecían de cortinas y mostraban la luna, y un camino largo y plateado sobre la superficie de las olas.

-¿Por qué -dijo él- hay un halo alrededor de la luna?

Los brazos, ¿eran de hombre o mujer?, le rodearon de nuevo y le empujaban con suavidad hacia la puerta. Se volvió y anduvo firmemente hacia la puerta, consciente y a la vez extrañado de la forma que la gente se comportaba sólo porque alguien había muerto. Se iría, si así lo deseaban, pero nada de lo que ellos hiciesen podía perturbar su felicidad.

Al ver el corredor fuera de la habitación y la mesita con las tazas y los platos, comprendió que nunca más volvería a ver a Rachel.

-¡Rachel! ¡Rachel!

XXVI

Durante dos o tres horas más, los reflejos de la luna iluminaron la obscura noche. Sin interceptarla las nubes, su claridad bañaba toda la tierra y el mar como un blanco y frío sudario. En aquellas horas el silencio fue completo, y el único ruido perceptible el causado por el movimiento del aire al pasar entre las ramas y hojas. Las sombras que había en la tierra se movían también. En este profundo silencio se oyó como un llanto inarticulado, que parecía de niños muy pobres, de gente débil o dolorida. Estaba ya el sol en el horizonte, el aire, tímido, se hizo a cada momento más rico y lleno de vida, y los ruidos más atrevidos, rebosando arrojo y autoridad. El humo ascendía titubeante sobre las casas. El sol brilló sobre unas ventanas obscuras.

Hacía ya muchas horas que el sol brillaba y coloreaba con sus rayos antes de que se viera movimiento alguno en el hotel. Sobre las nueve y media la señorita Allan llegó muy despacio al vestíbulo, se acercó sin ganas a una de las mesitas donde estaban los periódicos de la mañana, pero no alargó la mano hacia ellos. Se quedó parada, pensativa, con la cabeza algo inclinada sobre los hombros. Se la notaba aviejada, se podía fácilmente adivinar cómo sería dentro de unos años. Otras personas entraron pero no habló a nadie. Ni siquiera los miró. Por fin, como si comprendiera que algo tenía que hacer, se sentó muy quietecita en un butacón mirando con fijeza ante ella. Se sentía muy vieja e inútil, como si su vida hubiera sido un fracaso, como si su dureza y laboriosidad no sirviesen para nada. No tenía empeño en seguir viviendo, y sabía que así tenía que ser. Era tan fuerte que viviría hasta ser una mujer muy vieja. Probablemente viviría hasta los ochenta. Ahora contaba cincuenta. ¡Treinta años más de vida! Se miraba las manos con curiosidad; sus viejas manos que tanto trabajaron para ella. No parecía tener afán por nada. Levantó los ojos y se encontró con la señora Thornbury en pie ante ella, con el entrecejo fruncido y los labios entreabiertos. Parecía no atreverse a hacer la pregunta. La señorita Allan se anticipó:

-Sí, murió esta madrugada. Muy temprano. A eso de las tres.

La señora Thornbury lanzó una pequeña exclamación, apretó sus labios y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por encima de los demás dirigió su mirada hacia el vestíbulo, inundado ahora por raudales de luz, y hacia los grupos que, despreocupadamente, permanecieron de pie junto a los sillones y las mesas. A su vez, ellos la miraban como a un ser irreal, o como mirarían quienes no se dieran cuenta de que una gran explosión había estallado junto a ellos. Pero, en realidad, no había habido ninguna explosión, y ellos permanecían allí, junto a sus sillas y sus mesas. La señora Thornbury no los vio durante mucho tiempo, pues a través de ellos, como si sus cuerpos fueran transparentes, empezó a ver la casa, sus moradores, la habitación, el lecho que había en ésta, la figura de la muerta, inmóvil en la obscuridad, bajo la sábana que la  (p.146) cubría. Sí, le pareció ver su cuerpo, y escuchar los sollozos de las plañideras...

-¿Esperaban esto? -preguntó al fin.

La señorita Allan se limitó a mover la cabeza.

-No sé nada -dijo después-: Sólo lo que la señora Flushing me ha dicho: que murió esta mañana a primera hora.

Las dos se miraban con una mirada comprensiva y significante, sintiéndose extrañamente atontadas. Buscando no sabía qué, la señora Thornbury se fue despacio para arriba, tocando con las manos las paredes de los corredores para sostenerse. Las camareras pasaban ligeramente de cuarto en cuarto, pero las evitaba. Ni aun miró al detenerla Evelyn. Se veía que ésta había estado llorando, y cuando la vio rompió de nuevo en llanto. Juntas se fueron al hueco de la ventana y estuvieron allí en silencio. Palabras entrecortadas se formaron por fin entre los sollozos de Evelyn.

-¡Eran tan felices!

La señora Thornbury le daba unas palmaditas en el hombro.

-Es duro, muy duro.

Veía a través de la cuesta, en la altura, la villa de los Ambrose. Las ventanas brillaban al sol, y pensó alma traspasaría aquellas ventanas. Algo se había elevado del mundo dejándolo extrañamente vacío. Los sollozos de Evelyn se aquietaban.

-Tiene que haber una razón. No puede ser tan sólo un accidente.

La señora Thornbury suspiró hondamente. ojalá que -No debemos pensar en ello -añadió-, y que ellos tampoco lo piensen.

-Estas terribles enfermedades. No hay ninguna razón, no creo que haya razón alguna -estalló Evelyn, bajando la persiana con ímpetu y haciéndola subir de nuevo-. ¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué sufrirán tanto los seres? Creo yo que Rachel está en el cielo, pero

Terence...

La señora Thornbury sacudió la cabeza ligeramente sin contestar; dio un apretoncito a la mano de Evelyn y siguió corredor abajo, impelida por el deseo de tener noticias más extensas, pero se dirigió hacia la habitación de los Flushing. Al abrir la puerta, sintió que interrumpía una discusión entre marido y mujer. La señora Flushing estaba sentada de espaldas a la luz, y su marido, junto a ella, discutía tratando de convencerla acerca de algo.

-¡Ah! Aquí está la señora Thornbury -dijo él con cierto alivio en el tono de su voz-. Mi mujer cree que, en cierta manera, ella es responsable. Ella animó a la pobre criatura a que viniese a la expedición. Estoy seguro de que usted opinará que es muy poco razonable. Ni siquiera sabemos que adquiriese la enfermedad allí. Además, que ella estaba empeñada en ir. Hubiese ido, la invitaras o no, Alice.

-No sigas, Wilfrid, ¿qué se saca con hablar tanto?

-dijo su mujer sin levantar los ojos del suelo-. ¿De qué sirve hablar? ¿De qué sirve?

La señora Thornbury, dirigiéndose a Wilfrid, en vista de que con su esposa era inútil hablar, dijo:

-¿Hay algo que podamos hacer? ¿Ha llegado el padre?

¿Se podría ir a verle?

El deseo más fuerte en ella era consolar a los pobres que sufrían, verles, ayudarles. Era tremendo estar tan alejados de ellos. Pero el señor Flushing movía la cabeza. -Más tarde quizás...

Su esposa se levantó y pasó muy tiesa entre ellos hacia el tocador que estaba enfrente. Se la veía contener los sollozos por el movimiento del busto. Pero su dolor era callado. Cerró la puerta tras de sí. Al quedarse sola, daba golpes con los puños cerrados en el respaldo de una silla. Era como un animal herido. Aborrecía la muerte, estaba furiosa, encoraginada, indignada con la muerte, como si ésta fuese un ser viviente. Se negaba a entregar a la muerte a los que ésta quería. Le resultaba imposible aceptar que todo se disolviera entre las sombras y en la nada. Empezó a pasear arriba y abajo, sin preocuparse de detener las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Después se sentó, pero sin resignarse, con una mirada acerada y rebelde en sus ojos cuando dejó de llorar.

En la habitación de al lado Wilfrid se explayaba con la señora Thornbury, puesto que allí no podía ser oído por su mujer.

-Esto es lo peor de lugares como éste -decía-. Hay quien se cree está en Londres y, claro, no es lo mismo. No me cabe la menor duda de que la señorita Vinrace cogió la infección en la misma ciudad. Por lo menos doce veces al día debió correr ese riesgo. Es absurdo decir que la cogió entre nosotros.

Si no estuviera sinceramente afectado habría resultado enojoso.

-Pepper me dijo -añadió- que había abandonado la casa porque encontró mucho desaseo en ella. Según él, nunca se preocupan de lavar las legumbres cuidadosamente. ¡Pobre gente! ¡Bien caro lo pagan! En todas partes sucede igual. La gente se olvida de que estas cosas ocurren con frecuencia y luego se sorprenden si les sobreviene una desgracia.

La señora Thornbury le daba al señor Flushing la razón en todo, y después de hablar un poco de cosas indiferentes, se fue con tristeza hacia su habitación. «Tenía que haber una razón para que estas cosas ocurrieran», pensaba para sí, al cerrar la puerta. Era tan extraño, tan increíble. Sólo hacía tres semanas, sólo quince días que había visto a Rachel; al cerrar los ojos, le parecía verla de nuevo. La tímida y callada muchachita, que iba a casarse. Pensó en todo lo que había perdido, si se hubiese muerto a la edad de Rachel. Los hijos, su vida de casada.

Al mirar hacia atrás  (p.147) veía su vida día a día y año tras año. El entumecimiento que sintiera y que le hacía dificultoso hasta el pensar, iba poco a poco convirtiéndose en algo contrario. Pensaba muy aprisa y con gran claridad, repasando todas sus experiencias y probando a colocarlas en cierto orden. Había sin duda alguna mucho sufrimiento, mucha lucha, pero en conjunto había un balance favorable para la felicidad. Después de todo, lo peor no era el que muriese gente joven. Muchos se salvan, se conservan con una salud excelente. Además, la muerte -y ella pensaba entonces en los que de una manera imprevista habían muerto de corta edad- también es bella. Lo había visto así, en sueños, muchas veces.

Se acercó a su marido, echándole los brazos al cuello y besándolo con más intensidad que otras veces. Al sentarse los dos juntos, le acariciaba y daba palmaditas, preguntándole como si fuera un bebé. Un bebé grandón y quejumbroso que tenía que mimar. No le habló de la pobre muerta. ¿Qué tendría que estaba tan preocupado? ¿Política otra vez? Toda la mañana estuvo discutiendo sobre política con su marido, y llegó a interesarse en lo que hablaban. Pero de vez en cuando, lo que decía le parecía hueco, sin sentido. Al mediodía, a la hora de comer, se notó que los huéspedes iniciaban la marcha. Había menos cada día. Sólo quedaban cuarenta, cuando pocos días antes pasaban de sesenta. Así lo comprobó la señora Paley al mirar a su alrededor, antes de sentarse a su mesa. Generalmente comía con ella el señor Perrot y además de Arthur y Susan, Evelyn les acompañaba aquel día. Advirtiendo en ella señales de llanto y adivinando el motivo, procuraban mantener la conversación sobre otro asunto. Ella los dejó hablar, y de repente sin probar siquiera la sopa, apoyó los brazos en la mesa y dijo con decisión:

-Yo no sé cómo estarán ustedes, pero yo no puedo pensar más que en ella.

Los caballeros murmuraron algo entre dientes y pusieron gesto grave. Susan replicó:

-Sí, es tremendo. Cuando piensa uno lo simpática y buena que era -y miró a Arthur como pidiéndole que continuara él.

-Fue una locura aquella excursión por el río –dijo moviendo la cabeza-. Debieron suponerlo. No se puede esperar que una inglesa resista los rigores como una nativa. Quise advertirles, aquella tarde cuando en la merienda lo decidieron. Pero, ¿de qué hubiese servido?

La señora Paley, que tranquilamente tomaba su sopa, quiso saber de qué se trataba. Susan le dijo lo que era, pero siguió sin enterarse de nada. Arthur fue en su ayuda.

-La señorita Vinrace está muerta -dijo claramente. La sorda siguió sin entender.

-¿Eh?

-La señorita Vinrace está muerta -repitió, y sólo por un supremo esfuerzo pudo contenerse y no romper a reír al pronunciar por tercera vez la misma frase.

No sólo las palabras, sino los hechos en sí tardaban en penetrar en su conciencia. Parecía tener un peso en el cerebro que, sin perjudicarla, entorpecía toda su acción. Estuvo pensativa unos segundos, antes de comprender el significado de lo que Arthur había dicho.

-¿Muerta? -dijo con vaguedad-. ¿La señorita Vinrace muerta? Dios mío... es muy triste. Pero no recuerdo bien cuál era. Hemos hecho tantos conocimientos nuevos -miró a Susan para que la sacara de dudas-. ¿Una muchacha alta, morena, que casi era guapa, con subido color en las mejillas?

Susan intervino, pero tuvo que darse por vencida. ¿Para qué explicarle que la confundía con otra persona?

-No debiera de haberse muerto -continuó la señora-. Parecía saludable. Pero la gente se empeña en beber esta agua, y no me explico por qué. Es una cosa tan sencilla tener una botella de agua de Seltz en su cuarto. Es la única precaución que he tomado siempre, y he estado en todas partes y lugares del mundo. En Italia más de una docena de veces... pero los jóvenes siempre creen saber más, y pagan las consecuencias. Pobrecilla, lo siento por ella.

Y dedicó toda su atención a un plato de patatas, que tenía delante. Arthur y Susan deseaban que no se discutiera más aquel asunto. Pero Evelyn no era de la misma opinión. ¿Por qué la gente evitaba hablar de aquello?

-¡No creo que usted se preocupe de ello lo más mínimo! -dijo volviéndose intempestivamente hacia el señor Perrot, quien había estado en silencio desde el principio.

-¿Yo? ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que me preocupo! -contestó torpemente, pero con visible sinceridad. La pregunta de Evelyn le hizo sentirse a disgusto.

-Parece tan inexplicable -continuó Evelyn-, quiero decir, ¿por qué le tocó a ella y no a usted o a mí?

-Sólo hace dos semanas que se encontraba aquí, como una de tantas -dijo el señor Perrot.

-¿Qué cree usted? -preguntó luego Evelyn-. ¿Cree que todo concluye para siempre, que no es más que un puro juego y que al morir nos deshacemos en la nada, o cree que ella continúa viviendo en algún sitio? Yo estoy completamente segura de que Rachel no ha muerto.

El señor Perrot hubiera querido contestar lo que Evelyn deseaba, sin duda, que dijera, pero la afirmación de que creía en la inmortalidad del alma era superior a sus fuerzas. Guardó silencio, pues, más arrugada su frente que de ordinario y  (p.148) haciendo migajas de su trozo de pan con objeto de que Evelyn soslayara su pregunta, Arthur, después de una pausa tan prolongada que equivalía enteramente a una intercepción, se desvió hacia un tema distinto por completo.

-Supongan -dijo- que un hombre les escribe para pedirles cinco libras con el pretexto de que conoció a alguno de sus abuelos respectivos, ¿qué harían? Verán; el caso es el siguiente: mi abuelo...

-Inventó un nuevo modelo de estufa -dijo Evelyn-, estoy enterada de todo eso. Nosotros teníamos una en el invernadero para que las flores estuvieran calientes.

-¡No sabía que fuera tan famoso! -contestó Arthur, y después, decidido a llegar hasta el fin de su relato, prosiguió-: Bien. El viejo, habiendo sido uno de los mejores inventores de su tiempo y buen conocedor de las leyes además, murió, como siempre sucede con personas así, sin testar: Ahora, Fielding, su escribiente, ignoro si asistido de verdadero derecho, reclama continuamente diciendo que él quiso dejarle algo en herencia. Yo he ido a verle alguna vez en Peuge, donde vive. El asunto es si yo estoy obligado a algo o no. ¿Qué considera usted, Perrot, que exige el espíritu de la justicia? Recuerde: yo no recibo beneficio alguno de la herencia de mi tío ni poseo medio alguno para comprobar la veracidad de semejante promesa.

-Yo no sé mucho acerca de ese espíritu abstracto de la justicia -dijo Susan, dirigiendo una sonrisa complaciente a los demás-; pero de lo que estoy segura es de que él obtendrá sus cinco libras.

Como el señor Perrot se puso a formular una opinión, y Evelyn insistió en que, como todo leguleyo, era muy tacaño, pensando más en la letra que en el espíritu, y la señora Paley solicitaba a cada momento que se la informase acerca de cuanto se estaba discutiendo, la comida discurrió sin intervalos de silencio, felicitándose Arthur por su acto al haber desviado la conversación primitiva.

Al dejar el comedor se cruzaron con los Elliot. Arthur y Susan felicitaron al marido por su restablecimiento. Estaba muy pálido y abatido y salía por vez primera.

El señor Perrot  (p.149) aprovechó la ocasión para hablar en privado a Evelyn:

-¿Podría bajar esta tarde al jardín, a esto de las tres y media? Yo estaré cerca de la fuente.

Se separaron antes de que ella pudiera contestar. Pero al dejarles en el vestíbulo miró a Perrot con interés, diciéndole:

-¿A las tres y media dijo? Bueno, perfectamente.

Fue hacia su cuarto, con la exaltación que aquellas escenas de emoción le proporcionaban siempre. Que Perrot iba de nuevo a declarársele era cosa segura y se daba cuenta de que debía contestarle definitivamente, puesto que se marchaba dentro de unos días. Pero tomar una decisión le era difícil. Odiaba hacer algo decisivo y terminante, le gustaba la inquietud. Se ocupó en sacar ropa y ponerla encima de la cama. Vio que algunas prendas estaban muy usadas. Tomó la fotografía de sus padres y antes de meterla en el baúl, la retuvo unos instantes en la mano. Rachel la había mirado. De pronto, la viva personalidad de ésta la encogió. Sintió como si estuviese a su lado. Poco a poco su presencia fue desapareciendo. Pero aquella momentánea sensación la dejó deprimida y fatigada. ¿Qué había hecho ella con su vida? ¿Qué futuro había ante ella? ¿Cuál era la fantasía y cuál la realidad? Todas aquellas declaraciones, intimidades y aventuras ¿eran verdades? ¿o era el contento que vio en los rostros de Rachel y Susan más real que las sensaciones que ella percibía?

Se arregló maquinalmente, y al bajar fue animándose como otras veces; pero su inteligencia parecía no funcionar.

El señor Perrot la aguardaba paseando sin cesar, en un estado de aguda inquietud.

-Llego tarde, como siempre -exclamó ella como primer saludo, al verle-. Tiene que perdonarme... tuve que empaquetar cosas... ¡Dios mío! ¡Parece que el tiempo está tormentoso! Hay otro barco en la bahía, no es así?

Miró al lugar indicado y vio que en aquel preciso momento un barco de vapor levaba anclas, rodeado de humo todavía.

-Señorita Murgatroyd -empezó él con su formalidad característica-. Le rogué que viniese por un motivo muy egoísta. Creo que no necesita usted que le asegure una vez más mis sentimientos, pero como nos deja tan pronto, siento que no podría separarme de usted sin preguntarle si puedo esperar a que usted, alguna vez, llegue a interesarse por mí -estaba muy pálido y parecía incapaz de poder decir nada más.

La inseguridad propia de su carácter volvió a aparecer en Evelyn.

-Claro que yo le aprecio -empezó-. Sería muy insensible si no sintiese. Creo que es usted uno de los hombres mejores que he conocido y uno de los más nobles también. Pero desearía... desearía que usted no me quisiese de esta forma. ¿Está usted seguro de que es así como lo siente? -deseaba con toda su alma que él dijese que no.

-Completamente seguro -dijo el señor Perrot.

-Yo no soy tan sencilla como son otras mujeres -continuó Evelyn-. Creo siempre desear más. No sé, con exactitud, cómo siento.

Él se sentaba a su lado, mirándola y sin decir palabra.

-Algunas veces creo que soy incapaz de sentir mucho cariño por una sola persona. Me lo imagino muy feliz con otra mujer, pero conmigo...

-Si usted cree que hay una pequeña esperanza de que pueda quererme, estoy dispuesto a esperar -dijo Perrot.

-Bien, entonces no hay prisa, ¿verdad? -comentó Evelyn-. Supongamos que yo lo meditase y le escribiera para cuando volviera. Me voy a Moscú, le escribiré desde allí.

Pero Perrot insistía.

-¿No me puede dar una idea? No pido siquiera una fecha... -calló, contemplando la arena del camino, y como ella no contestase en seguida, continuó-: Sé muy bien que yo no tengo mucho que ofrecerle, ni en mi persona ni en mi posición. Hasta que la encontré seguía mi vida tranquilo, junto con mi hermana, muy pacíficos, completamente satisfechos con nuestra suerte. Mi amistad con Arthur fue lo más sobresaliente de mi vida. Ahora que la conozco, todo ha cambiado. Usted pone tanta alma en todo. La vida parece tener tantas posibilidades que yo ni siquiera soñé.

-Eso es espléndido -exclamó Evelyn cogiéndole la mano-. Ahora regresará y empezará por hacerse un nombre en el mundo, y seguiremos siendo amigos. Pase lo que pase... seremos verdaderos amigos, ¿verdad?

Evelyn sollozó. El pobre, tomándola en sus brazos, la besó. Ella no se resintió, a pesar de causarle impresión.

-No veo por qué no se puede seguir siendo amigos, a pesar de lo que digan. La amistad es una de las cosas, que más valen en la vida.

Él la contemplaba con expresión angustiosa, como si no comprendiese lo que estaba diciendo. Con gran esfuerzo se puso de pie. Rehaciéndose, dijo:

-Ahora creo que ya le he dicho lo que siento. Sólo puedo añadir que esperaré tanto como usted desee.

Ya sola, Evelyn se paseaba nerviosamente. ¿Qué era lo que tenía verdadera importancia? ¿Cuál era el significado de todo aquello?

XXVII

Todo el atardecer, las nubes se amontonaban hasta cerrarse por completo sobre el azul del cielo. Parecían estrechar el espacio entre éste y la tierra, hasta faltar sitio al aire para moverse libremente. Las olas también estaban en reposo y sin movimiento. Las hojas y arbustos se abrazaban estrechamente. Tan raras eran las luces y el silencio, que el  (p.150) murmullo incesante de las voces que llenaban el comedor en las horas de la comida sonaba extraño con largas pausas en las que se oía con más claridad el choque de los cubiertos contra los platos.

El primer trueno y las primeras gotas causaron sensación. «¡Ya viene!», dijeron simultáneamente en varias lenguas. Hubo entonces un profundo silencio.

La gente iniciaba su comida cuando una racha de viento fresco atravesó la ventana, levantando manteles y faldas. Un relámpago brilló, cegador, seguido del rugido de un trueno, encima mismo del hotel. La lluvia se oyó chasquear, e inmediatamente los ruidos propios de cerrar las ventanas y puertas con violencia. El viento parecía traer olas de obscuridad sobre toda la tierra. Nadie intentaba comer y estaban pendientes de lo que ocurría en el jardín. Los relámpagos les iluminaban, sorprendiéndoles en posturas poco naturales. El trueno seguía de cerca y cada vez con más violencia. Los camareros tenían que llamar la atención sobre los platos a los comensales y éstos a los camareros, por estar todos abstraídos en el desarrollo de la tormenta. Ésta crecía por momentos y aumentaban los relámpagos y truenos.

Un incierto malestar ocupó el lugar de la primera excitación. Acabando de comer aprisa, la gente se congregaba en el vestíbulo. Encontrábanse allí más seguros que en otro lugar. Podían apartarse de las ventanas y, a pesar de oír los truenos, no se apercibían de lo que ocurría afuera. A un pequeñín se lo tuvieron que llevar llorando en los brazos de su madre. Mientras duró la tormenta nadie pareció dispuesto a sentarse. Se reunieron en pequeños grupos bajo la claraboya del centro, donde, mirando de vez en cuando hacia la claridad amarillenta de arriba, las caras se ponían blancas a la luz de los relámpagos. Finalmente, un terrible trueno hizo vibrar los cristales de la claraboya, con el consiguiente sobresalto. La lluvia caía a cántaros y pareció extinguir los relámpagos y los truenos, dejando el vestíbulo casi completamente obscuras. Al cabo de unos minutos, cuando sólo se oía el caer del agua sobre los cristales, el ruido disminuyó algo y la atmósfera se aclaró bastante. A un toque, todas las luces eléctricas se encendieron, revelando un amontonamiento de personas en pie, mirando con gestos forzados hacia la claraboya.

Al verse unos a otros bajo la luz artificial, se disolvieron rápidamente. La lluvia siguió sonando en los cristales, y los truenos volvieron a repetirse una o dos veces. Pero era evidente que la tempestad de aire se iba alejando de allí hacia alta mar. El edificio, que parecía tan frágil en el tumulto de la tormenta, adquirió de nuevo sus proporciones reales.

Conforme la tormenta se alejaba, iba la gente acomodándose; con cierto alivio, empezaron a contarse historias de otras tormentas. La mesa de juego se montó y el señor Elliot, que llevaba una bufanda en vez de cuello, como señal de convalecencia, pero estaba poco más o menos como siempre, apostó a Pepper para una contienda final. Alrededor de ellos se agruparon varias señoras con distintas labores. Otras sacaron sus novelas y echaban ojeadas al curso del juego, como si estuvieran al cargo de dos pequeños. Miraban al tablero y daban su opinión.

La señora Paley tenía sus cartas en orden ante ella. De vez en cuando, un gran moscón grisáceo, de cuerpo brillante, zumbaba por encima de las cabezas, y se estrellaba después contra las lámparas. Una joven dejó su labor y exclamó:

-¡Pobre bicho! Sería mejor matarle.

Pero nadie se tomó la molestia de hacerlo. Veían cómo se estrellaba de lámpara en lámpara, pero nada más.

En el sofá, junto a los jugadores, la señora Elliot le enseñaba un punto de media nuevo a la señora Thornbury. Sus cabezas se unían y sólo las separaba la gorrita de encajes finos que esta última se ponía por las noches. En su punto la señora Elliot era una experta y recibía los cumplidos con evidente orgullo.

-Supongo que todos nos preciamos de algo -dijo--y yo lo estoy de mi punto. Creo que viene ya de familia. Todos hacemos el punto bien. Tuve un tío que se hacía a punto sus calcetines hasta el día de su muerte, y lo hacía mejor que sus propias hijas; ¡querido viejecito! Su voz bajó al tono suave y satisfecho de toda experta en labores. Las palabras salían claras una a una.

-En tanto que yo pueda hacer algo, creeré que no estoy malgastando mi tiempo.

La señorita Allan, a quien se dirigía la frase, cerró su novela y observó a los otros plácidamente. No se tomó eI trabajo de contradecirla. Arthur, que se paseaba, parándose unas veces ante los jugadores y otras ojeando alguna revista, miró a la señorita Allan, que daba sus cabezaditas, y dijo tomándola a broma:

-Un penique por sus pensamientos, señorita Allan.

Los demás miraron hacia él, alegrándose de que no se dirigiera a ellos. La señorita Allan replicó sin titubear:

-Pensaba en mi tío imaginario. ¿No tienen todos un tío así? -continuó-. Yo tengo uno -un delicioso viejecito-. Siempre me está regalando cosas. Algunas veces es un reloj de oro; otras es un carruaje con caballos, y... una preciosa y linda casita en el New Forest. Otras veces... un billete para visitar el lugar que más deseo ver.

Eso les dio a todos la idea de  (p.151) meditar vagamente en las cosas que más deseaban. La señora Elliot sabía exactamente cuál era su mayor deseo. Quería una criaturita; y el fruncimiento de su entrecejo se acentuó más profundamente.

-Tenemos tanta suerte nosotros -dijo mirando a su marido-, que no tenemos ningún deseo.

Era lo que solía decir, en parte para convencerse ella misma y también para convencer a los demás. Pero se evitó comprobar hasta qué punto convencía, por la aparición de los Flushing, que pasaron por el vestíbulo, deteniéndose ante la mesita de juego.

La señora Flushing estaba más agitada que nunca. Un gran mechón de pelo negro caía sobre su frente, sus mejillas estaban de un rojo subido y gotas de lluvia resbalaban por su rostro. El señor Flushing explicó que habían estado en el tejado, contemplando la tormenta.

-Era un espectáculo maravilloso -dijo-. Los relámpagos iban derechos hacia el mar, iluminando las olas y los barcos desde muy lejos. Pueden figurarse la maravilla de las montañas con las luces sobre ellas y las grandes masas de sombras. Todo terminó ya.

Se escurrió en un sillón, interesándose en la fase final del juego.

-¿Y ustedes regresan mañana? -dijo la señora Thornbury, mirando a la señora Flushing.

 -Sí -replicó ésta.

-Yo, desde luego, no lo siento -dijo la señora Elliot adoptando un aire tristón- después de tantas enfermedades.

-¿Tiene usted miedo a morirse? -preguntó desdeñosamente la señora Flushing.

-Creo que a todos nos inspira cierto temor -dijo con dignidad la señora Elliot.

 -Supongo que todos somos cobardes cuando llega el momento -observó la señora Flushing, restregándose la mejilla en el dorso de un sillón-. Estoy segura de que yo lo soy.

-Nada de eso -intervino el señor Flushing, volviéndose, pues Pepper tardaba mucho antes de realizar su jugada-. No es cobarde el deseo de vivir, Alice. Es el reverso de lo cobarde. Personalmente, me gustaría vivir hasta los cien años; por supuesto que conservando el uso completo de todas mis facultades. Piensa en todo lo que tiene  (p.152) forzosamente que suceder.

 -Eso es justamente lo que yo siento -se unió la señora Thornbury-. Los cambios, los inventos, la belleza... Siento algunas veces que debe ser insoportable morir y cesar de ver tanta belleza como nos rodea.

Sería muy soso morirse antes de descubrir si existe la vida en Marte -añadió la señorita Allan.

-¿Cree usted que en Marte existe la vida? -preguntó vivamente interesada la señora Flushing, volviéndose hacia ella por primera vez. ¿Quién le ha dicho a usted eso? Conoce usted a un hombre llamado...

La señora Thornbury dejó a un lado su labor, y con una mirada de extrema solicitud dijo quedamente: -Ahí está el señor Hirst.

John acababa de entrar por la puerta giratoria. Se le veía muy ajetreado por el viento. Sus mejillas estaban terriblemente pálidas, sin afeitar y muy hundidas. Después de quitarse el abrigo, pensó atravesar el vestíbulo para ir derechamente hacia su dormitorio; pero no le fue posible ignorar la presencia de tantas personas conocidas, especialmente la señora Thornbury, que, levantándose, se dirigía hacia él.

La habitación acogedora, caldeada e iluminada, unido a la visión de tantas personas reunidas a placer, en contraste a la caminata en la obscura y lluviosa noche, después de la tensión de los últimos días de dolor y horror, le vencieron completamente. Miraba a la señora Thornbury y no podía hablar. Todos quedaron en silencio. El señor Pepper, sin terminar la jugada. La señora Thornbury le hizo sentar en un sillón, colocándose a su lado, y con los ojos arrasados en lágrimas, le dijo:

-Ha hecho usted cuanto se puede hacer por un amigo.

Su acción pareció dar ocasión a que todo se reanudara, corno si no se hubiesen interrumpido. Siguió la conversación y prosiguió el juego.

-Todo fue inútil -dijo John, hablando muy despacio-. Parece imposible.

Se llevó las manos a los ojos, como si algún sueño se interpusiese entre él y los demás y le impidiera darse cuenta de dónde estaba.

-¿Y ese pobre chico -dijo la señora Thornbury, cayéndole nuevamente las lágrimas en el rostro.

-Parece imposible -repitió John.

-Si tuviera el consuelo de saber... -inició la señora Thornbury con el propósito de sacarle algo.

Jero John no contestó. Se recostó hacia atrás. Estaba terriblemente cansado, y la luz, el calor, el movimiento de las manos en las labores y las voces suaves y comunicativas le aliviaban como un bálsamo. Sentía un extraño bienestar. Cesó de pensar en Terence y Rachel. Los movimientos y las voces parecían unirse de distintas partes del salón y combinarse como si se desenvolviera ante él un dibujo. Lo contemplaba en silencio, observando cómo se formaba y disolvía. El juego se ponía interesante. Pepper y Elliot se empeñaban más que nunca en la lucha. La señora Thornbury, dándose cuenta de que era mejor no hacerle hablar, reanudó su punto.

-¡Relámpagos otra vez! -exclamó repentinamente la señora Flushing.

Una luz amarillenta relampagueó, atravesando la ventana azul, y por un segundo vieron los árboles verdes del jardín. Se levantó, dio unos pasos hacia la puerta, abriéndola, y se quedó de pie al aire libre. Pero la luz fue sólo el reflejo de la tormenta que había pasado. La lluvia cesó, las pesadas nubes se evaporaron y el aire era ligero y sutil, a pesar de verse algunas nubecillas pasar velando la luna. El cielo era de un intenso y limpio azul. La forma de la tierra era visible en el fondo del aire, enorme, obscura y sólida, elevándose en una cordillera ondulante por las montañas y salpicada aquí y allá en sus laderas por las centelleantes luces de las villas. El viento ligero, el susurro de las hojas de los árboles y la luz relampagueante que de vez en cuando iluminaba toda la tierra llenó a la señora Flushing de exaltación. Su pecho subía y bajaba, contemplando el espectáculo. «¡Espectáculo!», «¡Espléndido!», «¡Maravilloso!», se decía a sí misma. Se volvió, entrando de nuevo en el vestíbulo y exclamó con su tono autoritario:

-Ven y mira, Wilfrid; es una hermosura.

Algunos se levantaron, otros se fueron y algunas señoras rodaron sus ovillos de lana, bajándose a recogerlos:

-A la cama, a dormir -dijo la señorita Allan.

-Fue el avance con tu reina el que te traicionó, Pepper -exclamó triunfalmente el señor Elliot, echando las piezas sobre el tablero y poniéndose en pie. Él había ganado.

-¿Qué Pepper? ¿Vencido al fin? ¡Le felicito! -dijo Arthur Venning, que empujaba el sillón de la señora Paley en dirección a su dormitorio.

Todas aquellas voces sonaban con agrado a los oídos de John, tendido y medio dormido, vivamente consciente de todo lo que le rodeaba. Por sus ojos pasó una procesión de objetos negros e indistintos, las personas que recogían sus libros, sus cartas, sus ovillos de lana y sus cestitas de labor. Uno tras otro iban en dirección a sus habitaciones.

FIN