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La nevasca Alexander Pushkin
Velozmente galopan los corceles por el monte pisoteando la espesa nieve ... A un costado se levanta solitaria la casa del Señor. La nevasca cubre de pronto todo. La nieve cae en grandes copos. Agitando sus alas, un cuervo negro amenaza el trineo. ¡Un fragor agorero anuncia pesares! Los veloces caballos con sus crines encrespadas interrogan, precavidos, el horizonte oscuro.
(Zukovski)
En tiempos que todos recordarnos bien, a fines de 1881, Gavril Gavrilovich vivía en su casa de Nenarodova. Se lo consideraba en el lugar un hombre afable y hospitalario; sus vecinos lo visitaban a menudo para comer y beber a su mesa y para jugar con su mujer cinco kopeks al boston. Otros, en cambio, visitaban su finca para ver a su hija, María Gavrilovna, muchacha de diecisiete años, buen partido, en la cual no pocos habían puesto los ojos para sus hijos o para ellos. María Gavrilovna leyó hasta el cansancio novelas francesas y, por supuesto, estaba enamorada. Su elegido era un alférez que entonces estaba de licencia en el pueblo. Consumía al muchacho la misma pasión. Pero los padres de su amada, conociendo ese mutuo amor, prohibieron a la joven hasta pensar en él y recibían al alférez peor que a un asesor jubilado. Los enamorados se escribían y se veían en secreto todos los días en un bosquecito de pinos o en una capilla derruida. Se juraban eterno amor, lamentaban su destino y hacían planes para el futuro. Llegaron así a esta conclusión: si no podemos vivir uno sin el otro y si despiadadamente nuestros padres se oponen a nuestra felicidad ¿podríamos dejar de lado su consentimiento? Esta feliz idea se le ocurrió, por supuesto, primero al joven pero enseguida la aceptó el alma romántica de María Gavrilovna. El invierno interrumpió los encuentros de los enamorados, pero las cartas se volvieron más fogosas e insinuantes. Vladimiro Nikolaevich rogaba a la muchacha que confiara en él, insistía en casarse secretamente y ocultarse durante un tiempo para después arrojarse a los pies de los padres pidiendo perdón. Estos, seguramente, se compadecerían ante la heroica tenacidad y la desgracia de los amantes y dirían al fin "¡Queridos hijos! ¡Vengan a nuestros brazos!". María Gravilovna dudó durante largo tiempo y desechó infinitos planes de fuga, pero terminó aceptando. El día acordado debía retirarse a su cuarto con el pretexto de que le dolía la cabeza, sin cenar. Su criada también estaba implicada en el plan. Ambas saldrían al jardín por la puerta de servicio y al terminar aquél las esperaría un trineo. Durante la víspera del día señalado María Gavrilovna no pudo dormir en toda la noche. Preparó sus cosas, envolvió sus vestidos y escribió una larga carta a una amiga, muchacha muy sentimental, y otra a sus padres. Se despedía con las más tiernas palabras, justificaba su acción con el poder invencible de su amor y concluía diciendo que el día más feliz de su vida sería cuando sus queridos padres la perdonaran. Cerró las dos cartas con un sello que tenía grabados dos corazones apasionados con la correspondiente leyenda, y se fue a la cama cuando ya clareaba. Dormitó. Sueños terribles la despertaban constantemente. Se le ocurría que cuando se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la detenía y con horrible rapidez la arrojaba a un siniestro y profundo abismo en el que se hundía presa de espantosa angustia. Otra vez veía sobre el pasto a Vladimiro, que pálido y lleno de sangre, agonizante, con voz aguda le rogaba que se apurara a casarse con él ... Una tras otra desfilaban ante sus ojos las absurdas y terribles imágenes. Por fin, se levantó más pálida que nunca y con una jaqueca realmente cierta. Sus padres advirtieron su agitación. El corazón de la muchacha se quebraba ante el amoroso, desvelo y ante la constante demanda de "; Qué te sucede, Masha? ¿Te sientes mal?". Trató de parecer contenta para tranquilizarlos, pero no lo logró. Cuando llegó la noche sintió el pecho oprimido al pensar que era el último día que pasaba con su familia. Estaba más muerta que viva. En silencio se despidió de todos los seres y de los objetos que la rodeaban. Sirvieron la comida. Su corazón palpitaba aun con más fuerza. Con voz vacilante dijo que no cenaría y se despidió de su madre y de su padre, quienes la besaron y la bendijeron como de costumbre. Estaba a punto de ponerse a llorar. Cuando entró en su cuarto se echó en una silla estallando en llanto, mientras su criada la tranquilizaba con palabras de aliento. Todo estaba listo. En media hora Masha dejaría la casa de sus padres, su cuarto, su tranquila vida de soltera. Mientras, tanto, una tormenta de nieve se había desencadenado afuera. El viento rugía y golpeaba los postigos. La joven sintió esto como una premonición y un doloroso augurio. Pero pronto se acalló y todo en la casa se entregó al descanso. Masha se envolvió en su rebozo, se puso una capa de abrigo y tomando su maleta salió por la puerta de servicio. La criada la seguía carnada con dos bultos. La nevasca continuaba. El viento le golpeaba la cara como si luchara por detener a la joven en su mal camino. Dificultosamente llegaron al término del jardín. Las esperaba un trineo en la acera. Los caballos, traspasados de frío, estaban inquietos y el cochero de Vladimiro se paseaba ante los impetuosos animales para calmarlos. Ayudó a sentarse a la joven y a la criada, ubicó los bultos y la maleta, tomó luego las riendas y los caballos iniciaron la marcha al galope, Vladimiro había andado todo el día. Vio al sacerdote de Zhadrino en la mañana convenciéndolo a duras penas. Partió luego a buscar les testigos tratando de que fueran terratenientes del vecindario. Primero se dirigió al corneta retira do Dravin, hombre de cuarenta años, que aceptó complacido. Dijo que la aventura le traía a la memoria los tiempos pasados y las aventuras de los húsares. Convenció a Vladimiro para que almorzara con él, asegurándole que no tendría inconvenientes en conseguir los otros dos testigos. Así fue. Terminaban de comer cuando llegaron el agrimensor Smith, con sus grandes bigotes y sus espuelas, y el 'hijo del jefe de policía, joven de dieciséis años que hacía poco había entrado en los ufanos. No sólo accedieron al pedido de Vladimiro sino que afirmaron, que hasta darían su vida por él. Vladimiro los abrazó lleno de alegría, y regresó a su casa para preparar todo. Hacía ya tiempo que había anochecido. Mandó a su fiel criado Tereshka a Nenaradova con un trineo de tres caballos, dándole indicaciones precisas. Hizo alistar otro pequeño trineo para él y, sin cochero, partió solo para Zhadrino, donde en dos horas arribaría María Gavrilovna. Eran sólo veinte minutos de viaje, y conocía muy bien el camino. Pero apenas cruzó la cerca que separaba el campo se levantó un fuerte viento y comenzó una tormenta de nieve que le impedía ver. La nieve tapó el camino en un momento. Una niebla densa y amarilla, en la que volaban copos blancos, envolvió los alrededores. El cielo parecía unirse con la tierra. Vladimiro, en medio del campo, intentaba inútilmente encontrar el camino. Su caballo marchaba al azar y tan pronto se hundía en un hoyo como tropezaba con un cúmulo de nieve. El trineo iba a los tumbos y Vladimiro sólo se ocupaba de no perder el camino correcto. Calculaba que habla pasado más de media hora y sin embargo no habían llegado al bosquecito de Zhadrino. Seguía sin cruzarlo diez minutos más tarde. Marchaba por tierras profundamente escarpadas. La nevasca continuaba y no se despejaba el cielo. Su caballo, ya con signos de cansancio, sudaba a pesar de que a cada momento se enterraba en la nieve hasta los corvejones. Vladimiro comprendió que no seguía la dirección debida. Se detuvo a pensar y a revisar su memoria y concluyó que debía tomar a la derecha. Lo hizo. Hacia más de una hora que andaba y su caballo estaba exhausto. Zhadrino debía de estar cerca, él seguía avanzando, avanzando, pero no alcanzaba el final del campo, únicamente encontraba montículos de nieve y agujeros que volcaban el trineo a menudo. Vladimiro debla levantarlo. Pasaba el tiempo y el joven empezaba a inquietarse seriamente. Por fin una mancha oscura surgió al costado del camino. Vladimiro fue hacia allí y encontró un bosquecito. "Gracias a Dios -se dijo- ya estoy cerca". Avanzó bordeando el bosquecito. Esperaba encontrar un camino conocido o bien rodearlo, ya que Zhadrino estaba precisamente detrás de él. Poco después descubrió una senda y siguió por ella, flanqueado por la oscuridad de los árboles desnudos a causa del invierno. El viento no había podido descargar aquí toda su furia y por ello el camino aparecía liso. El caballo cobró nuevo ímpetu y Vladimiro se tranquilizó un poco. Pero caminaba, caminaba y Zhadrino no se veía, el bosquecito parecía interminable. Desesperanzado. Vladimiro comprendió que marchaba por un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él, azuzó a su caballo y el pobre animal comenzó a trotar pero no tardó en aminorar la marcha y un cuarto de hora después iba nuevamente al paso, a pesar del empeño del desdichado Vladimiro. Los árboles fueron menudeando poco a poco y salió del bosque, pero Zhadrino seguía sin aparecer aunque sería cerca de medianoche. Vladimiro, con los ojos llenos de lágrimas, marchaba al azar. La tempestad se había sosegado, se alejaron las nubes y a su vista se extendía la llanura tapizada por una blanca y ondulante alfombra. La noche, bastante clara, le permitió ver un pueblito de no más de cuatro a cinco casas. Hacia allí se encaminó, saltando del trineo al ver la primera isba. Se acercó a una ventana y llamó; Minutos después levantaron el postigo de madera y un anciano dejó ver su barba canosa. -¿Qué quiere? -le preguntó. -¿Está muy lejos Zhadrino? -¿Si queda lejos Zhadrino? -Si. -No, cerca. Unas diez verstas. Al oír la respuesta Vladimiro se estrujó los cabellos y quedó inmóvil, como un condenado a muerte. -¿De dónde vienes? -preguntó el viejo. Pero Vladimiro no estaba como para responder preguntas. -Viejo -preguntó a su vez-, ¿podrías facilitarme caballos para llegar a Zhadrino? -Si tuviera... -contestó el mujik. -¿Podría por lo menos encontrar un gula? Pagaría lo que me pidiera. -Espera -dijo el viejo bajando el postigo-, mandaré a mi hijo para que te lleve. Vladimiro aguardó, pero al momento llamó otra vez a la ventana. Esta se abrió nuevamente y reapareció la barba. -¿Qué pasa? -¿Tu hijo? -Ya va, se está vistiendo. ¿Tienes frío? Entra y caliéntate. -Gracias. Manda cuanto antes a tu hijo. Crujió la puerta dando paso a un muchacho con un palo en la mano, quien empezó a caminar señalando a veces el camino y a veces buscándolo, pues en trechos estaba cubierto por montículos de nieve. -¿Qué hora es? -preguntó Vladimiro. -Dentro de poco amanecerá -respondió el campesino. Vladimiro no volvió a hablar. Llegaron a Zhadrino cuando cantaban los gallos y empezaba a amanecer. La iglesia estaba cerrada. Vladimiro pagó al guía y entró en el patio del pope. No estaba por allí el trineo del sacerdote. ¿Qué nuevas lo esperaban? Pero regresemos a los propietarios de Nenaradova para saber qué pasa con ellos. Los ancianos, ya despiertos, fueron a la sala. Gavril Gavrilovich con su gorra de dormir y su chaqueta de muletó, Praskovia Petrovna con su bata de dormir de algodón. Trajeron al samovar. Gavril Gavrilovich mandó a una criada para que averiguara cómo estaba María Gavrilovna y cómo había pasado la noche. Volvió diciendo que la niña había pasado mala noche, pero que ya estaba mejor y que enseguida iría a la sala. Así fue. Se abrió la puerta y María Gavrilovna entró saludando a sus padres. -¿Cómo está tu cabeza, Masha? -preguntó Gavril Gavrilovich. -Está mejor, papá -respondió Masha. -Seguramente ayer te acaloraste -dijo Praskovia Petrovna. -Quizás, mamá -admitió Masha. Pasó el día felizmente pero por la noche Masha enfermó. Mandaron a buscar el médico a la ciudad, quien llegó por la tarde encontrando a la joven delirando. Se le declaró una fiebre altísima que tuvo a la pobre al borde de la muerte por dos semanas. Nadie de la casa sabía de la frustrada fuga. Quemaron las cartas escritas la víspera. Su criada no había dicho nada a nadie, porque temía el enojo de sus amos. El pope, el corneta jubilado, el agrimensor de grandes bigotes y el joven ulano fueron discretos, ya que tenían razón para ello. El cochero Tereshka nunca decía una palabra de más, ni ebrio. De modo que guardaron el secreto mejor que si hubieran sido media docena de conspiradores. Fue María Gavrilovna quien lo reveló en su continuo delirio. Sin embargo, decía cosas tan absurdas e incoherentes que su madre, que no se alejaba del lado de su cama, sólo pudo deducir que su hija estaba totalmente enamorada de Vladimiro Nikolaevich y que seguramente ese amor era el motivo de su enfermedad. Comentó el hecho con su marido y algunos vecinos y todos coincidieron en que, por lo visto, esa era la suerte de María Gavrilovna, de que el burro flaco nunca se harta, de que el ser pobre no es defecto, de que no se vive con la riqueza sino con la persona, etcétera. Sucede que los refranes moralizantes suelen venir asombrosamente bien cuando muy poco podemos decir para justificarnos. La joven recuperó la salud poco a poco. Como hacía mucho que Vladimiro no visitaba la casa de Gavril Gavrilovich, porque temía que lo recibieran como de costumbre, decidieron mandarlo buscar y comunicarle la inesperada nueva: el consentimiento para el casamiento. Pero con qué asombro recibieron los dueños de Nenaradova la absurda carta que les envió como respuesta a su intervención. Les decía que nunca volvería a pisar su casa y les pedía que olvidaran al infeliz cuyo único futuro era el morir. Pocos días después se enteraron de que Vladimiro se alistaba en el ejército. Esto ocurrió en 1812. Por largo tiempo no se atrevieron a decírselo a Masha, aún convaleciente. Esta, además, no nombraba nunca a Vladimiro. Algunos meses más tarde, al encontrar su nombre -en la nómina de heridos graves que se habían destacado en el combate de Borodino, se desmayó y temieron que cayera nuevamente con fiebre. Sin embargo, su desmayo no tuvo consecuencias, gracias a Dios. Un nuevo sufrimiento esperaba a Masha; Gavril Gavrilovich murió y la nombró heredera de sus bienes. Mas la herencia no le sirvió de consuelo y compartió el pesar de la pobre Praskovia Petrovna, jurando no separarse nunca de ella. Ambas mujeres dejaron Nenaradova, donde todo les traía recuerdos tan dolorosos y se fueron a vivir a otra finca. Allí también los pretendientes rondaban a la linda y rica muchacha. A menudo su madre le insistía en que eligiera un compañero, pero María movía la cabeza y se quedaba pensando. Vladimiro no vivía ya: había muerto poco antes de la entrada de los franceses en Moscú y su recuerdo parecía imborrable para Masha; al menos guardaba todo lo que lo recordaba; los libros que había leído él, sus dibujos y sus apuntes, las poesías que había copiado para ella. Los vecinos, que sabían lo ocurrido, admiraban su felicidad mientras esperaban al héroe que vencería la desventurada fidelidad de esa cándida Artemisa. Entretanto la guerra había concluido honorablemente y los regimientos volvieron del extranjero. El pueblo salía a recibirlos y las bandas de música tocaban marchas de triunfo: "Live Henri Quatre", valses del Tirol y arias de la La Gioconda. Los oficiales que habían partido al comienzo de la campaña siendo apenas adolescentes, regresaban convertidos en hombres por la guerra y cargados de medallas. Los soldados conversaban alegres mezclando palabras alemanas y francesas. ¡Que tiempos imborrable'! ¡Tiempos de gloria y fervor, cuando el corazón ruso palpitaba con' fuerza al oír la palabra "patria"! ¡Dulces lágrimas del encuentro, cómo se fundían nuestro orgullo nacional y el amor al soberano! ¡Qué momento inolvidable fue éste para él! Las mujeres rusas se comportaron entonces de manera impar. Su natural apatía desapareció y un fervor admirable estallaba en los gritos con que recibían a los vencedores. ¡Viva! ¿Cuál de esos soldados negará que debe a la mujer rusa la más valiosa y la mejor recompensa? En esa época brillante María Gavrilovna vivía con su madre en la zona de... No vio como las dos capitales festejaban la vuelta del ejército. Pero, si cabe, el fervor general fue casi más grande en las provincias y en los pueblos. Un amante de frac no podía competir en nada con el oficial que se presentaba en esos lugares. Dijimos que María Gavrilovna vivía rodeada, como antes y pese a su indiferencia, de admiradores. Pero todos debieron retroceder al aparecer en su retirado refugio el coronel de húsares Burmin, quien vino herido, con una orden de San Jorge en la solapa y con su atractiva palidez, según decían las niñas del lugar. Contaba alrededor de veintiséis años y había llegado a su finca, vecina a la aldea de María Gavrilovna, con un permiso especial. La joven mostraba un singular interés en él y cuando él estaba desaparecía su tristeza habitual. No se podía decir que coqueteaba con el joven, pero el poeta hubiera dicho:
Se amor non e che dungue?
al observar su manera de comportarse. Sin duda, Burmin era un joven atractivo. Tenía el modo de ser que gustaba a las mujeres: serio, correcto, despreocupado, con sentido del humor, sencillo y sin pretensiones. Trataba a María Gavrilovna de manera directa y desenvuelta, y cualquier cosa que ella dijera o hiciera, sus ojos y su alma la seguían siempre. Parecía una persona de buenas costumbres aunque corrían chismes de que antes había sido un calavera empedernido. Pero esto no cambiaba la opinión de María sobre él, ya que ella, como en general hacen las mujeres jóvenes, se inclinaba a disculpar con cierto placer las aventuras que evidenciaban apostura y un espíritu apasionado. Pero más que su finura o su agradable charla, más que su atractiva palidez o que su brazo vendado, más que todo esto, era el mutismo del húsar lo que la atraía excitando su imaginación y su curiosidad. Reconocía que había causado en el muchacho muy buena impresión y que para él no pasaba inadvertido el trato especial que le daba, siendo un hombre con su conocimiento y experiencia. ¿Cómo entonces no estaba a sus pies, ni todavía le había declarado su amor? ¿Qué lo detenía? ¿Era la timidez propia del amor verdadero o la altivez o el galanteo de un hábil conquistador? Para Masha esto era un enigma. Pero después de pensarlo mucho concluyó de que la única razón era su timidez y decidió alentarlo prestándole más atención y tratándolo con más ternura. Así se fue gestando el desenlace imprevisto, mientras esperaba impaciente el momento de la romántica declaración de amor. Cualquiera fuese el misterio, siempre molesta al alma femenina. La estrategia de la joven dio frutos: se veía a Burmin pensativo y miraba con tal pasión a María Gavrilovna que todo hacía pensar que el momento culminante estaba cerca. El vecindario hablaba del casamiento como cosa resuelta y la buena de Praskovia Petrovna estaba contenta porque su hija había hallado un novio distinguido. Un día en que la anciana jugaba a las cartas entró en la habitación Burmin preguntando por María Gavrilovna. -Está en el jardín -le contestó-. Vaya a acompañarla que yo los esperaré aquí. La anciana, persignándose, pensó, en cuanto Burmin salió: "Quizás hoy sabremos a qué atenernos". Burmin halló a María Gavrilovna sentada junto a una fuente, bajo un sauce, con un libro en la mano y vestida con un traje blanco. Parecía una heroína de novela. Intencionalmente María Gavrilovna dejó decaer la conversación luego de las primeras preguntas, para acentuar así ese malestar que sólo podía romperse con una firme y súbita declaración. Y así ocurrió. Advirtiendo la embarazosa situación, Burmin le dijo que desde hacía tiempo buscaba el momento oportuno para abrirle su corazón y pidió a la joven que lo escuchara por un momento. María Gavrilovna cerró el` libro y bajó la mirada, como consintiendo. -La quiero -dijo Burmin-, la quiero apasionadamente... -María Gavrilovna ruborizada, bajó aún más la cabeza-. No fui prudente al dejarme llevar por la costumbre de verla y oírla todos los días -la primera carta de St. Preux vino a la memoria de María Gavrilovna-; es tarde ya para torcer mi suerte; su recuerdo, su imagen querida serán de hoy en más a la vez la tortura y el bálsamo de mi vida. Pero me queda todavía el desdichado deber de confiarle el terrible secreto que levantará un muro infranqueable entre ambos... -Ese muro estuvo siempre -interrumpió María Gavrilovna-, no hubiera podido nunca ser su esposa. -Ya sé -contestó él con ternura-. Sé que estuvo enamorada, pero... murió y tres años de lamentos... ¡Querida María Gavrilovna! No trate de robarme mi último consuelo: la idea de que me hubiera dejado hacerla feliz si... Pero por Dios, ¡cállese, cállese! Me martiriza. Yo sé que usted hubiera sido mía y me siento como el ser más desdichado del mundo... ¡estoy casado! -Hace casi cuatro años que estoy casado -continuó Burmin- y no conozco a mi esposa, no sé dónde está ni si la veré algún día. -¿Cómo? -exclamó María. Gavrilovna-. ¡Qué cosa tan rara! Pero siga, luego le contaré..., siga, por favor. -A principios de mil ochocientos doce -dijo Burmin- iba e Vilma a reunirme con mi regimiento. Cuando llegué, y a con noche cerrada, a una posta, pedí que me alistaran una cabalgadura. De pronto se desató una terrible tormenta de nieve y tanto el encargado de la posta como el cochero me aconsejaron esperara hasta que pasara la tempestad. No hice caso: sentía un incomprensible desasosiego, como si alguien me impulsara a continuar. "La nevasca continuaba y sin poder resistir di orden de que me engancharan los caballos y partí en medio de la tormenta. Se le ocurrió al cochero que cruzáramos el río para ahorrarnos así tres verstas de camino. Pero la orilla desaparecía cubierta por la nieve y debimos regresar al lugar desde donde nos habíamos desviado. Así nos hallamos, de pronto, en un sitio desconocido, mientras el vendaval no amainaba. Vi a lo lejos una luz y ordené al cochero que fuera hacia ella. Arribamos a un pueblo en el cual la iglesia de madera estaba iluminada y abierta; tras las vallas había varios trineos detenidos y también varias personas en el atrio. -Acá, acá -gritaron algunas voces. Le dije al cochero que se aproximara. -¿Cómo tardó tanto? -me dijo alguien-. La novia se desvaneció, el sacerdote no sabía ya qué hacer y nosotros estábamos a punto de regresar. Vamos, entre rápido. Sin decir palabra bajé del trineo y entré en la iglesia, iluminada débilmente por la luz de dos o tres velas. Una muchacha estaba sentada en un rincón a oscuras y otra le frotaba la frente. Esta última gritó: -¡Por fin llegó, gracias a Dios! Casi mata a esta niña. El viejo pope se me acercó y me preguntó: -¿Comenzamos? -Sí, comience, padrecito -contesté sin pensar. Ayudaron a la joven, que me pareció bastante bonita, a ponerse de pie. Me puse detrás de ella ante el altar con incomprensible e imperdonable ligereza. El pope actuaba de prisa. Tres hombres y la criada sostenían a la novia, preocupados sólo por ella. Nos casaron. Cuando reclamaron que nos besáramos, mi esposa dirigió hacia mí su cara pálida y gritó, cuando estaba a punto de besarla: -¡Dios mío! ¡No es él, no es él! Se desmayó. Los testigos me miraron espantados. Me volví y saliendo de la iglesia sin ningún inconveniente me lancé en el carruaje y apuré al cochero con un "¡adelante!" -Dios -dijo María Gavrilovna-, ¿Y no sabe nada de lo que ocurrió con su desdichada esposa? -Nada -respondió Burmin-. Tampoco sé el nombre del pueblo donde me casé, ni el de la posta de la cual partí. En aquel momento le di tan poca importancia a mi impía broma que me dormí en cuanto me fui de la iglesia, despertándome a la mañana siguiente cuando ya habíamos dejado atrás tres postas. Me acompañaba entonces un criado que murió en la guerra, de modo que no me queda ninguna esperanza de encontrar a quien burlé tan inconscientemente y que ahora es vengada con tanta crueldad. -¡Dios! ¡Dios mío! -sollozaba María Gravilovna-. ¡Entonces era usted! ¿No me reconoce? Burmin, pálido se echó a sus pies. FIN
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