Selección de textos
Extracto del Tercer Manuscrito, de los
Manuscritos Económicos y
filosóficos de 1844 de Karl
Marx
(Propiedad
privada y trabajo. Economía política como producto del movimiento de la
propiedad privada)
El poder del
dinero
(XLI)
Si las sensaciones, pasiones, etc., del hombre son no sólo
determinaciones antropológicas en sentido estricto, sino verdaderamente
afirmaciones ontológicas del ser (naturaleza) y si sólo se afirman
realmente por el hecho de que su objeto es sensible para
ellas, entonces es claro:
1)
Que el modo de su afirmación no es en absoluto uno. y el mismo, sino que,
más bien, el diverso modo de la afirmación constituye la peculiaridad de
su existencia, de su vida; el modo en que el objeto es para ellas el modo
peculiar de su goce. 2) Allí en donde la afirmación sensible es
supresión directa del objeto en su forma independiente (comer, beber,
elaborar el objeto, etc.), es ésta la afirmación del objeto. 3) En cuanto
el hombre es humano, en cuanto es humana su sensación, etc.,
la afirmación del objeto por otro es igualmente su propio goce. 4) Sólo
mediante la industria desarrollada, esto es, por la mediación de la
propiedad privada, se constituye la esencia ontológica de la pasión
humana, tanto en su totalidad como en su humanidad; la misma ciencia del
hombre es, pues, un producto de la autoafirmación práctica del hombre. 5)
El sentido de la propiedad privada —desembarazada de su enajenación— es la
existencia de los objetos esenciales para el hombre, tanto
como objeto de goce cuanto como objeto de actividad.
El
dinero, en cuanto posee la propiedad de comprarlo todo, en cuanto
posee la propiedad de apropiarse todos los objetos es, pues, el objeto por
excelencia. La universalidad de su cualidad es la omnipotencia de
su esencia; vale, pues, como ser omnipotente..., el dinero es el
alcahuete entre la necesidad y el objeto, entre la vida y los medios
de vida del hombre. Pero lo que me sirve de mediador para mi vida,
me sirve de mediador también para la existencia de los otros hombres para
mí. Eso es para mí el otro hombre.
¡Qué
diablo! ¡Claro que manos y pies,
Y cabeza y trasero son tuyos!
Pero todo esto que yo tranquilamente gozo,
¿es por eso memos mío?
Si puedo pagar seis potros,
¿No son sus fuerzas mías?
Los conduzco y soy todo un señor
Como si tuviese veinticuatro patas.
(Goethe: Fausto)
Shakespeare, en el Timón de Atenas:
«¡Oro!, ¡oro
maravilloso, brillante, precioso! ¡No, oh dioses,
no soy hombre que haga plegarias inconsecuentes! (Simples raíces, oh
cielos purísimos!)
Un poco de él puede volver lo blanco, negro; lo feo, hermoso;
lo falso, verdadero; lo bajo; noble; lo viejo, joven; lo cobarde,
valiente
¡oh dioses! ¿Por qué?
Esto va arrancar de vuestro lado a vuestros sacerdotes y a vuestros
sirvientes;
va a retirar la almohada de debajo de la cabeza del hombre más
robusto;
este amarillo esclavo
va a atar y desatar lazos sagrados, bendecir a los malditos,
hacer adorable la lepra blanca, dar plaza a los ladrones
y hacerlos sentarse entre los senadores, con títulos, genuflexiones
y alabanzas;
él es el que hace que se vuelva a casar la viuda marchita
y el que perfuma y embalsama como un día de abril a aquella que
revolvería
el estómago al hospital y a las mismas úlceras.
Vamos, fango condenado, puta común de todo el género humano
que siembras la disensión entre la multitud de las naciones,
voy a hacerte ultrajar según tu naturaleza.»
Y
después:
«¡Oh, tú,
dulce regicida, amable agente de divorcio
entre el hijo y el padre! ¡Brillante corruptor
del más puro lecho de himeneo! ¡Marte valiente!
¡Galán siempre joven, fresco, amado y delicado,
cuyo esplendor funde la nieve sagrada
que descansa sobre el seno de Diana! Dios visible
que sueldas juntas las cosas de la Naturaleza absolutamente
contrarias
y las obligas a que se abracen; tú, que sabes hablar todas las
lenguas
||XLII| Para todos los designios. ¡Oh, tú, piedra de toque de los
corazones,
piensa que el hombre, tu esclavo, se rebela, y por la virtud que en
ti reside,
haz que nazcan entre ellos querellas que los destruyan,
a fin de que las bestias puedan tener el imperio del mundo...!»
Shakespeare pinta muy acertadamente la esencia del dinero. Para
entenderlo, comencemos primero con la explicación del pasaje goethiano.
Lo
que mediante el dinero es para mi, lo que puedo pagar, es decir, lo
que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero
mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las
cualidades del dinero son mis —de su poseedor— cualidades y fuerzas
esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados
en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme
la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la
fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilada por el dinero. Según mi
individualidad soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro pies,
luego no soy tullido; soy un hombre malo y sin honor, sin conciencia y sin
ingenio, pero se honra al dinero, luego también a su poseedor. El dinero
es el bien supremo, luego es bueno su poseedor; el dinero me evita,
además, la molestia de ser deshonesto, luego se presume que soy honesto;
soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu
de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? El puede,
por lo demás, comprarse gentes ingeniosas, ¿y no es quien tiene poder
sobre las personas inteligentes más talentoso que el talentoso? ¿Es que no
poseo yo, que mediante el dinero puedo todo lo que el corazón
humano ansia, todos los poderes humanos? ¿Acaso no transforma mi dinero
todas mis carencias en su contrario?
Si
el dinero es el vinculo que me liga a la vida humana, que
liga a la sociedad, que me liga con la naturaleza y con el hombre, ¿no es
el dinero el vínculo de todos los vínculos? ¿No puede él atar y desatar
todas las ataduras? ¿No es también por esto el medio general de
separación? Es la verdadera moneda divisoria, así como el verdadero
medio de unión, la fuerza galvanoquímica de la sociedad.
Shakespeare destaca especialmente dos propiedades en el dinero:
1º)
Es la divinidad visible, la transmutación de todas las propiedades humanas
y naturales en su contrario, la confusión e inversión universal de todas
las cosas; hermana las imposibilidades;
2º)
Es la puta universal, el universal alcahuete de los hombres y de los
pueblos.
La
inversión y confusión de todas las cualidades humanes y naturales, la
conjugación de las imposibilidades; la fuerza divina del dinero
radica en su esencia en tanto que esencia genérica extrañada,
enajenante y autoenajenante del hombre. Es el poder enajenado de la
humanidad.
Lo
que como hombre no puedo, lo que no pueden mis fuerzas
individuales, lo puedo mediante el dinero. El dinero convierte así
cada una de estas fuerzas esenciales en lo que en sí no son, es decir, en
su contrario. Si ansío un manjar o quiero tomar la posta porque no
soy suficientemente fuerte para hacer el camino a pie, el dinero me
procura el manjar y la posta, es decir, transustancia mis deseos, que son
meras representaciones; los traduce de su existencia pensada,
representada, querida; a su existencia sensible, real; de la
representación a la vida, del ser representado al ser real. El dinero es,
al hacer esta mediación, la verdadera fuerza creadora.
Es
cierto que la demanda existe también para aquel que no tiene dinero
alguno, pero su demanda es un puro ente de ficción que no tiene sobre mí,
sobre un tercero, sobre los otros (XLIII), ningún efecto, ninguna
existencia; que, por tanto, sigue siendo para mi mismo irreal
sin objeto. La diferencia entre la demanda efectiva basada en el
dinero y la demanda sin efecto basada en mi necesidad, mi pasión, mi
deseo, etc., es la diferencia entre el ser y el pensar,
entre la pura representación que existe en mí y la representación
tal como es para mí en tanto que objeto real fuera de mí. Si no
tengo dinero alguno para viajar, no tengo ninguna necesidad (esto es,
ninguna necesidad real y realizable) de viajar. Si tengo vocación
para estudiar, pero no dinero para ello, no tengo ninguna vocación (esto
es, ninguna vocación efectiva, verdadera) para estudiar. Por
el contrario, si realmente no tengo vocación alguna para
estudiar, pero tengo la voluntad y el dinero, tengo para ello una
efectiva vocación. El dinero en cuanto medio y poder
del universales (exteriores, no derivados del hombre en cuanto hombre ni
de la sociedad humana en cuanto sociedad) para hacer de la
representación realidad y de la realidad una pura
representación, transforma igualmente las reales; fuerzas
esenciales humanas y naturales en puras representaciones abstractas y
por ello en imperfecciones, en dolorosas quimeras, así como, por
otra parte, transforma las imperfecciones y quimeras
reales, las fuerzas esenciales realmente impotentes, que sólo existen
en la imaginación del individuo, en fuerzas esenciales reales y poder
real. Según esta determinación, es el dinero la inversión universal de
las individualidades, que transforma en su contrario, y a cuyas
propiedades agrega propiedades contradictorias.
Como
tal potencia inversora, el dinero actúa también contra el individuo
y contra los vínculos sociales, etc., que se dicen esenciales. Transforma
la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud
en vicio, el vicio en virtud, el siervo en señor, el señor en siervo, la
estupidez en entendimiento, el entendimiento en estupidez.
Como
el dinero, en cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y
cambia todas las cosas, es la confusión y el trueque
universal de todo, es decir, el mundo invertido, la confusión y el trueque
de todas las cualidades naturales y humanas.
Aunque sea. cobarde, es valiente quien puede comprar la valentía. Como el
dinero no se cambia por una cualidad determinada, ni por una cosa o una
fuerza esencial humana determinadas, sino por la totalidad del mundo
objetivo natural y humano, desde el punto de vista de su poseedor puede
cambiar cualquier propiedad por cualquier otra propiedad y cualquier otro
objeto, incluso los contradictorios. Es la fraternización de las
imposibilidades; obliga a besarse a aquello que se contradice.