Un sueño entre Remedios la Bella y Yaiza Maradentro

Un encuentro imaginario entre Remedios la Bella y Yaiza Maradentro, separado por océanos, tiempo y mito, uniendo el realismo mágico de Gabriel García Márquez en "Cien años de soledad", con el misticismo atlántico y volcánico de Yaiza, el entrañable personaje de la literatura canaria contemporánea representada en la trilogía de Alberto Vázquez-Figueroa "Océano".

Remedios La Bella

Yaiza Maradentro


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El cielo de Macondo ya no olía a sábanas limpias ni a lavanda, sino a salitre ardiente y a ceniza magnética. Remedios la Bella flotaba, como siempre, descalza y ajena a las pasiones de los hombres, envuelta en ese lienzo blanco que la elevaba por encima de los almendros y del olvido. Pero esta vez, el viento no la arrastraba hacia el vacío infinito del firmamento, sino hacia un horizonte donde el mar hervía en silencio contra rocas de lava negra.

Allí, donde el agua se confunde con la piedra, la esperaba Yaiza. Con los pies hundidos en la arena oscura, la mirada fija en el oleaje indómito del Atlántico, Yaiza no se sorprendió al ver descender a la criatura más hermosa de la tierra. Para alguien que conocía los secretos del viento y las mareas de las islas, una mujer flotando en el aire era tan natural como el vuelo de una gaviota.

Remedios descendió lentamente hasta que sus pies rozaron la espuma marina. Por primera vez en su existencia, no sintió el deseo de escapar. El mar de Yaiza no la juzgaba, no la deseaba con esa codicia trágica de los hombres de Macondo; solo la envolvía en un susurro fresco y eterno. Yaiza, con la sabiduría de la tierra en sus manos, le ofreció un puñado de arena negra y un sorbo de agua mansa.

No necesitaron palabras. En ese sueño compartido, Remedios la Bella encontró el ancla que nunca quiso en el mundo de los vivos: la libertad de pertenecer a la inmensidad del océano. Y Yaiza, la tejedora de tempestades, vio en los ojos limpios de Remedios que el viento, a veces, solo sopla para recordarnos cómo volar.

 

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