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Arthur Rimbaud
POESÍAS COMPLETAS

Índice
I. VERSOS
ESCOLARES
A.
POEMAS EN LATÍN
1. EL SUEÑO DEL
ESCOLAR
2. EL ÁNGEL Y EL NIÑO
3. COMBATE DE
HÉRCULES / Y DEL RÍO AQUELO
4. YUGURTA
5. JESÚS DE NAZARET
B:
POEMAS DE «UN CORAZÓN BAJO UNA SOTANA»
1
2
3. LA BRISA
II. POESÍAS DE 1869––1871
1. EL AGUINALDO
DE LOS HUÉRFANOS
2. PRIMERA VELADA
3. SENSACIÓN
4. EL HERRERO
5. SOL Y CARNE
6. OFELIA
7. EL BAILE DE
LOS AHORCADOS
8. EL CASTIGO DE
TARTUFO
9. VENUS
ANADIOMENA
10. LAS RESPUESTAS DE NINA
11. A LA MÚSICA
12. LOS
DESPAVORIDOS
13. AVENTURA
14. MUERTOS DEL
NOVENTA Y DOS
15. EL MAL
16. RABIAS DE
CÉSARES
17. SUEÑO PARA EL
INVIERNO
18. EL DURMIENTE
DEL VALLE
19. EN EL
CABARET––VERDE
20. LA TUNANTA
21. LA
RESPLANDECIENTE VICTORIA DE SARREBRUCK
22. EL APARADOR
23. MI BOHEMIA
24. CABEZA DE
FAUNO
25. LOS SENTADOS
26. LOS ADUANEROS
27. ORACIÓN DEL
ATARDECER
28. CANTO DE
GUERRA PARISINO
29. MIS PEQUEÑAS ENAMORADAS
30. EN CUCLILLAS
31. LOS POETAS DE
SIETE AÑOS
32. LOS POBRES EN
LA IGLESIA
33. EL CORAZÓN
ROBADO
34. LA ORGÍA
PARISINA O PARÍS VUELVE A POBLARSE
35. LAS MANOS DE
JEANNE-MARIE
36. LAS HERMANAS
DE CARIDAD
37. LAS
DESPIOJADORAS
38. LAS PRIMERAS
COMUNIONES
39. EL JUSTO SE
SENTABA
40. LO QUE SE LE
DICE AL POETA A PROPÓSITO DE LAS FLORES
41. EL BARCO
EBRIO
42. VOCALES
43. LA ESTRELLA
LLORÓ ROSA
44. LOS CUERVOS
III. ÁLBUM DE COÑA
1. LILIO
2. LOS LABIOS
CERRADOS / VISTO EN ROMA
3. FIESTA GALANTE
4. VIEJO DE LA
VIEJA
5. EL ANGELOTE
MALDITO
6. LA HUMANIDAD
calzaba al gran niño Progreso
7. GILIPOLLECES
8. REMEMBRANZAS
DE UN VEJESTORIO IDIOTA
9. LOS VIEJOS
COPPÉES
10. EXILIO
11. HIPOTIPOSIS
SATURNIANAS, EX BELMONTET
12. LOS STUPRA
IV ÚLTIMOS VERSOS
1. MEMORIA
2
3. MIGUEL Y
CRISTINA
4. LÁGRIMA
5. EL ARROYO DE
CASSIS
6. COMEDIA DE LA
SED
7. BUEN
PENSAMIENTO MATINAL
8. FIESTAS DE LA
PACIENCIA
9. LA JOVEN
PAREJA
10. BRUSELAS
11
12. LAS FIESTAS
DEL HAMBRE
13
14
15
16. DESHONRA
V APÉNDICE-RESTO
1. DOS POEMAS
2. VERSOS PARA
LOS EXCUSADOS
3. VERSOS AISLADOS
4. [LA QUEJA DEL
VIEJO MONÁRQUICO AL SEÑOR HENRI PERRIN, PERIODISTA REPUBLICANO]
5. [LA QUEJA DE
LOS TENDEROS]
6
7
8
9
10
11
12
NOTAS
I. VERSOS ESCOLARES
A. POEMAS EN LATÍN
1
EL SUEÑO DEL ESCOLAR
Era la primavera, y Orbilio languidecía
en Roma, enfermo, inmóvil:
entonces, las armas de un profesor sin
compasión iniciaron una tregua:
los golpes ya no sonaban en mis oídos
y la tralla ya no cruzaba mis miembros
con permanente dolor.
Aproveché la ocasión: olvidando, me fui
a las campiñas alegres.
Lejos de los estudios y de las
preocupaciones, una apacible alegría hizo renacer mi fatigada mente.
Con el pecho hinchado por un desconocido
y delicioso contento,
olvidé las lecciones tediosas y los
discursos tristes del maestro;
disfrutaba al mirar los campos a lo
lejos y los alegres milagros de la tierra primaveral.
Cuando era niño, sólo buscaba los paseos
ociosos por el campo:
sentimientos más amplios cabían ahora en
mi pequeño pecho;
no sé que espíritu divino le daba alas a
mis sentidos exaltados;
mudos de admiración, mis ojos
contemplaban el espectáculo;
en mi pecho nacía el amor por los
cálidos campos:
como antaño el anillo de hierro que al
amante de Magnesia atrae, con una fuerza secreta, atándolo sin ruido gracias a
invisibles ganchos.
Mientras, con los miembros rotos por mis
largos vagabundeos,
me recostaba en las verdes orillas de un
río,
adormecido por su suave susurro, llevado
por mi pereza y acunado por el concierto de los pájaros y el hálito del aura,
por el valle aéreo llegaron unas
palomas,
blanca bandada que traía en sus picos
guirnaldas de flores cogidas por Venus,
bien perfumadas, en los huertos de
Chipre.
Su enjambre, al volar despacioso, llegó
al césped donde yo descansaba, tendido,
y batiendo sus alas a mi alrededor, me
rodearon la cabeza, liándome las manos, con una corona de follaje
y, tras coronar mis sienes con ramos de
mirto aromado, me alzaron, por los aires, cual levísimo fardo...
Su bandada me llevó por las altas nubes,
adormecido bajo una fronda de rosas;
el viento acariciaba con su aliento mi
lecho acunado suavemente.
Y en cuanto las palomas llegaron a su
morada natal, al pie de una alta montaña,
y se alzaron con un vuelo rápido hasta
sus nichos suspendidos,
me dejaron allí, despierto ya,
abandonándome.
¡Oh dulce nido de pájaros!...
Una luz restallante de blancura, en tomo
a mis hombros, me viste todo el cuerpo con sus rayos purisimos:
luz en nada parecida a la penumbrosa luz
que, mezclada con sombras, oscurece nuestras miradas.
Su origen celeste nada tiene en común
con la luz de la tierra.
Y una divinidad me sopla en el pecho un
algo celeste y desconocido, que corre por mí como un río.
Y las palomas volvieron trayendo en su
pico una corona de laurel trenzada
semejante a la de Apolo cuando pulsa con
los dedos las cuerdas;
y cuando con ella me ciñeron la frente,
el cielo se abrió y, ante mis ojos
atónitos, volando sobre una nube áurea,
el mismo Febo
apareció, ofreciéndome con su mano el plectro
armonioso,
y escribió sobre mi cabeza con llama
celeste estas palabras:
«SERAS POETA»...
Al oírlo, por mis miembros resbala un
calor extraordinario, del mismo modo que, en su puro y luciente cristal, el sol
enardece con sus rayos la límpida fuente.
Entonces, también las palomas abandonan
su forma anterior:
el coro de las Musas aparece, y suenan
suaves melodías;
me levantan con sus blandos brazos,
proclamando por tres veces el presagio y
ciñéndome tres veces de laureles.
(6 de noviembre de 1868)
RIMBAUD ARTHUR
Nacido en Charleville, el 20 de octubre
de 1854
Libre externo del colegio de Charleville
2
EL ÁNGEL Y EL NIÑO
El nuevo año ha consumido ya la luz del
primer día;
luz tan agradable para los niños, tanto
tiempo esperada y tan pronto olvidada,
y, envuelto en sueño y risa, el niño
adormecido se ha callado...
Está acostado en su cuna de plumas; y el
sonajero ruidoso
calla, junto a él, en el suelo.
Lo recuerda y tiene un sueño feliz:
tras los regalos de su madre, recibe los
de los habitantes del cielo.
Su boca se entreabre, sonriente, y
parece que sus labios entornados invocan a Dios.
Junto a su cabeza, un ángel aparece
inclinado:
espía los susurros de un corazón
inocente y, como colgado de su propia imagen,
contempla esta cara celestial: admira
sus mejillas, su frente serena, los gozos de su alma,
esta flor que no ha tocado el Mediodía:
«¡Niño que a mí te pareces, vente al
cielo conmigo! Entra en la morada divina;
habita el palacio que has visto en tu
sueño;
¡eres digno! ¡Que la tierra no se quede
ya con un hijo del cielo!
Aquí abajo, no podemos fiamos de nadie;
los mortales no acarician nunca con dicha sincera;
incluso del olor de la flor brota un
algo amargo;
y los corazones agitados sólo gozan de
alegrías tristes;
nunca la alegría reconforta sin nubes y
una lágrima luce en la risa que duda.
¿Acaso tu frente pura tiene que ajarse
en esta vida amarga, las preocupaciones turbar los llantos de tus ojos color
cielo y la sombra del ciprés dispersar las rosas de tu cara?
¡No ocurrirá! te llevaré conmigo a las
tierras celestes,
para que unas tu voz al concierto de los
habitantes del cielo.
Velarás por los hombres que se han
quedado aquí abajo.
¡Vamos! Una Divinidad rompe los lazos
que te atan a la vida.
¡Y que tu madre no se vele con lúgubre
luto;
que no mire tu féretro con ojos
diferentes de los que miraban tu cuna;
que abandone el entrecejo triste y que
tus funerales no entristezcan su cara,
sino que lance azucenas a brazadas,
pues para un ser puro su último día es
el más bello!»
De pronto acerca, leve, su ala a la boca
rosada...
y lo siega, sin que se entere, acogiendo
en sus alas azul cielo el alma del niño,
llevándolo a las altas regiones, con un
blando aleteo.
Ahora, el lecho guarda sólo unos
miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,
pero ya no hay un hálito que los
alimente y les dé vida.
Murió... Mas en sus labios, que los
besos perfuman aún, se muere la risa,
y ronda el nombre de su madre;
y según se muere, se acuerda de los
regalos del año que nace.
Se diría que sus ojos se cierran,
pesados, con un sueño tranquilo.
Pero este sueño, más que nuevo honor de
un mortal,
rodea su frente de una luz celeste
desconocida,
atestiguando que ya no es hijo de la
tierra, sino criatura del Cielo.
¡Oh! con qué lágrimas la madre llora a
su muerto
¡cómo inunda el querido sepulcro con el
llanto que mana!
Mas, cada vez que cierra los ojos para
un dulce sueño,
le aparece, en el umbral rosa del cielo,
un ángel pequeñito que disfruta llamando a la dulce madre que sonríe al que
sonríe.
De pronto, resbalando en el aire, en
tomo a la madre extrañada, revolotea con sus alas de nieve
y a sus labios delicados une sus labios
divinos.
(1.º semestre de 1869)
ARTHUR RIMBAUD
Nacido el 20 de octubre de 1854 en
Charleville
3
COMBATE DE HÉRCULES
Y DEL RÍO AQUELO
Antaño, el Aquelo de aguas henchidas
salió de su vasto lecho;
tumultuoso irrumpió por los valles en
cuesta envolviendo en sus aguas los rebaños y el adorno de las mieses doradas.
Caen las casas de los hombres derruidas
y los campos que se extienden a lo ancho van siendo abandonados;
la Ninfa ha dejado su valle
los coros de los faunos se han callado:
todos contemplaban el furioso río.
Alcides,
al oír sus quejas, se compadeció de ellos:
para frenar los furores del río lanza a
las aguas crecidas su enorme cuerpo,
expulsa con sus brazos las oleadas que
espumean
y las devuelve domadas a su lecho.
La ola del río vencido se estremece con
rabia.
Al instante, el dios del río adopta la
forma de una serpiente:
silba, chirría y retuerce su torso
amoratado
y con su terrible cola golpea las
esponjosas orillas.
Entonces, Alcides se avalanza, con sus
robustos brazos, le rodea el cuello, lo aprieta, lo destroza con sus potentes
músculos,
y, volteando el tronco de un árbol lo
lanza sobre él, dejándolo moribundo sobre la negra arena
y alzándose furioso, le brama:
«¿Te atreves a
desafiar los músculos hercúleos, imprudente, no sabes que crecieron en estos
juegos ––ya, cuando aún niño, estaba en mi primera cuna––:
ignoras que he vencido a los dos
dragones?
Pero la vergüenza estimula al dios del
río y la gloria de su nombre derrumbado, en su corazón oprimido por el dolor, se
resiste;
sus fieros ojos brillan con un fuego
ardiente,
su terrible frente armada
surge desgarrando el viento;
muge, y tiemblan los aires ante su
horrendo mugido.
Mas el hijo de Alcmena se ríe de esta
lucha furiosa...
Vuela, coge y zarandea los miembros
temblorosos y los esparce por el suelo:
aplasta con la rodilla el cuello que
cruje
y aprieta con un nudo vigoroso la
garganta palpitante, hasta que exhala estertores.
Y entonces, Alcides, arrogante, mientras
aplasta al monstruo, le arranca de la frente ensangrentada un cuerno ––prueba de
su victoria.
Al verlo, los Faunos, los coros de las
Dríades
y las hermanas de las Ninfas
cuyas riquezas y refugios natales el
vencedor había vengado se acercan hasta donde estaba, recostado perezosamente a
la sombra de un roble,
evocando en su alegre espíritu los
triunfos pasados.
Su alegre tropel lo rodea y corona su
frente con múltiples flores y lo adorna con verdes guirnaldas.
Todos, entonces, cogen, como si fueran
una sola mano, el cuerno que junto a él yacía
,
llenando el despojo cruento de ubérrimas
manzanas y de perfumadas flores.
Primer semestre de 1869
RIMBAUD
(Externo en el colegio de Charleville)
4
YUGURTA
La Providencia es causa de que, algunas
veces, el mismo hombre reaparezca en siglos diferentes.
BALZAC, Cartas.
I
Ha nacido en las colinas de
Arabia
un niño enorme, y el aura leve ha dicho: «¡Éste es el
nieto de Yugurta!...»
Hacía poco tiempo que había desaparecido
por los aires aquel que pronto sería para la patria y para el pueblo árabe
Yugurta,
cuando una sombra apareció sobre el
niño, ante la mirada atónita de los padres
––la sombra de Yugurta,
narrando su vida y profiriendo este
oráculo:
«¡Oh patria mía! ¡oh tierra defendida
por mis trabajos!...»
e, interrumpida momentáneamente por el
céfiro, se calló un momento...
«Roma, impura morada antaño de numerosos
ladrones, rompió, malvada, sus muros angostos y se expandió por sus alrededores,
encadenando los contornos vecinos:
abrazó con lazos apretados el orbe y lo
hizo suyo.
Muchos pueblos no quisieron rechazar el
yugo fatal;
y los que cogieron las armas derramaban
su sangre a porfía, pero sin resultados para la libertad de su patria.
Más grande que los obstáculos, Roma
destrozaba pueblos, cuando no se aliaba con sus ciudades.
Ha nacido en las colinas de Arabia un
niño enorme, y el aura ligera ha dicho: «Éste es el nieto de Yugurta...»
«Yo mismo creí que este pueblo tenía
sentimientos generosos,
pero cuando fui mayor y pude ver esta
nación de cerca,
¡una gran herida apareció bajo su enorme
pecho!...
––¡un veneno siniestro se había diluido
por sus miembros: la sed fatal del oro!
Toda ella estaba levantada en armas...
¡Y esta ciudad meretriz reinaba sobre el
orbe entero!
Contra esta reina, contra Roma, decidí
luchar,
despreciando el pueblo al que toda la
tierra obedece!...»
Ha nacido en las colinas de Arabia un
niño enorme, y el aura ligera ha dicho: «¡Éste es el nieto de Yugurta!...»
«Pues, cuando Roma decidió inmiscuirse
en los consejos de Yugurta,
para apoderarse, de manera imperceptible
y con engaños, de mi patria,
tomé conciencia de las cadenas
amenazantes y decidí enfrentarme a Roma,
¡experimentando los profundos dolores de
un corazón angustiado!
¡Oh pueblo sublime!, ¡mis guerreros!,
¡muchedumbre santa!
Y aquélla, la reina arrogante, gloria
del orbe, aquélla, se derrumbó ––se derrumbó, embriagada por mis dones.
¡Cómo nos hemos reído, nosotros, Númidas,
con la ciudad de Roma!
El bárbaro Yugurta estaba en todas las
bocas:
¡Nadie podía oponerse a los Númidas!...
Ha nacido en las colinas de Arabia un
niño enorme, y el aura ligera ha dicho: «¡Éste es el nieto de Yugurta...!»
¡Ése soy yo, el Númida, llamado a
adentrarme, con valor, en el territorio de los Romanos, hasta la Ciudad!
Asenté un golpe en su orgullosa frente,
despreciando sus tropas mercenarias.
Y este pueblo se levantó en armas,
durante tanto tiempo olvidadas:
yo no he dejado la espada: no tenía
ninguna esperanza de triunfar... ¡pero al menos podía competir con Roma!
Opuse ríos, opuse rocas a los batallones
de Rómulo:
ora luchan por las arenas de Libia,
ora combaten por los castros altísimos
de las cumbres:
a veces tiñen con su sangre derramada
mis campiñas;
¡y se quedan desconcertados ante un
enemigo tenaz que desconocen...!»
Ha nacido en las colinas de Arabia un
niño enorme, y el aura ligera dice: «¡Éste es el nieto de Yugurta!...»
«Tal vez hubiera vencido, al fin, a los
escuadrones enemigos...
Mas, la perfidia de Bocchio...
––Para qué revolver más el asunto?
Contento, abandoné la patria y el poder
del reino,
contento, por haberle aplicado a Roma el
golpe del rebelde.
Pero he aquí que aparece un nuevo
vencedor del campeador de los Arabes,
¡Galia! ...
Tú, hijo mío,
si infringes el destino cruel, tú serás el vengador de la Patria...
¡Pueblos subyugados, tomad las armas!...
¡Que en vuestros pechos dominados
renazca el valor primitivo!
¡Blandid de nuevo las espadas y,
acordándoos de Yugurta, repeled a los vencedores!
¡Ofreced vuestra sangre derramada a la
patria!
¡Que emerjan en medio de la guerra los
leones de Arabia, desgarrando con sus dientes vengadores a las huestes enemigas!
¡Y tú, crece, niño! ¡Favorezca la
fortuna tus trabajos
y que el Galo no deshonre ya las costas
árabes!...»
––¡Y el niño jugaba con su corva
espada!...
II
¡Napoleón!...
¡Oh, Napoleón!... El nuevo Yugurta ha sido vencido...
Vencido, languidece en una indigna
cárcel.
Y he aquí que Yugurta se le aparece de
nuevo, en la sombra, al guerrero
y con su plácida boca susurra estas
palabras:
«¡Ríndete, tú, hijo mío, al nuevo Dios.
Que ya no existan más disputas!
Ahora nace una era mejor...
La Galia va a romper tus cadenas y verás
la prosperidad del Árabe, alegre, bajo el Galo vencedor.
Acepta la alianza de un pueblo
generoso...–– grande, de pronto, gracias a un país inmenso,
sacerdote y jurado de la Justicia....
Ama de corazón a tu abuelo Yugurta...
acuérdate siempre de su destino:
III
¡Pues es el genio de las orillas árabes
el que se te aparece!...»
2 de julio de 1869
RIMBAUD JEAN-NICOLAS-ARTHUR
(Externo del colegio de Charleville)
5
JESÚS DE NAZARET
En aquel tiempo Jesús vivía en Nazaret:
Crecía en virtud el niño y también
crecía en años.
Una mañana, cuando vio que los tejados
se ponían rubescentes
salió de su cama, mientras todo dormía
bajo un pesado sopor,
para que José, al levantarse, encontrara
la tarea ya acabada. Volcado sobre el trabajo y con el rostro sereno, tirando y
empujando una enorme sierra,
cortaba muchas tablas con sus brazos de
niño.
Lejos, sobre los altos montes, el claro
sol subía
y sus llamas de plata entraban por las
humildes ventanas...
Ya conducen los boyeros los rebaños a
los pastos
y admiran, al pasar, al joven artesano y
los ruidos del trabajo matutino.
«¿Quién es este niño?», preguntan.
Su cara expresa una seriedad mezclada de
belleza; y la fuerza nace en sus brazos.
El joven artífice trabaja el cedro con
arte, como un veterano;
ni los trabajos de Hiram
fueron antaño tan grandes, cuando, en presencia de Salomón,
con vigoroso y prudente brazo, cortaba
los enormes cedros y los maderos del templo.
Sin embargo, su cuerpo se arquea más
flexible que una grácil caña,
alcanzando su espalda el hacha, cuando
la levanta.»
Pero su madre, oyendo el rechinar de la
hoja de la sierra, había abandonado el lecho,
y entrando sigilosa y en
silencio,
sorprendida ve al niño que se afana y
que maneja enormes tablas...
Apretando los labios mira,
y, mientras abraza a su hijo con su
mirada serena, por sus trémulos labios se pierden vagos murmurios; Brilla la
risa en sus lágrimas...
Mas la sierra, de pronto, se rompe,
hiriendo los dedos incautos
y su cándida túnica se mancha con la
sangre purpúrea...
un leve gemido se eleva de su boca.
Pero, al ver de repente a su madre, los
dedos enrojecidos esconde bajo su vestido
y, fingiendo sonreír, la saluda.
..............................................................
La Madre,
postrada a rodillas de su hijo,
acaricia, ¡que pena!, con sus dedos los
dedos del niño
y besa repetidamente sus tiernas manos,
con largos gemidos,
bañando su cara con enormes lágrimas.
Pero el niño impertérrito dice: «¿Por
qué lloras, madre ignorante?
¿Porque el hiriente filo de la sierra
rozó mis dedos?
¡Aún no ha llegado el momento en el que
te sea preciso llorar!»
Y, entonces, reemprende el trabajo:
su madre, silenciosa, vuelve hacia el
suelo su rostro luminoso, pensando en tantas cosas
y mirando a su hijo con tristes miradas:
«Gran Dios, hágase tu voluntad santa.»
(1870)
A. RIMBAUD
B: POEMAS DE «UN CORAZÓN BAJO UNA
SOTANA»
1
¡A nuestro lado,
Virgen María
Madre querida
del Jesús manso,
oh Santo Cristo,
ven madre santa,
Virgen preñada,
a redimirnos!
2
¿Acaso no imaginas por qué de amor me
muero?
La flor me dice: ¡Hola! ¡Buenos días!,
el ave.
Llegó la primavera, la dulzura del
ángel.
¡No adivinas acaso por qué de embriaguez
hiervo!
Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi
abuelita,
¿No adivinas acaso que me transformo en
ave
que mi lira palpita y que mis alas baten
como una golondrina?
3
LA BRISA
En su retiro de algodón,
con suave aliento, duerme el aura:
en su nido de seda y lana,
el aura de alegre mentón
Cuando el aura levanta su ala,
en su retiro de algodón
y corre do la flor lo llama
su aliento es un fruto en sazón.
¡Oh, el aura quintaesenciada!
¡Oh, quinta esencia del amor!
¡Por el rocío enjugada,
qué bien me huele en el albor!
Jesús, José, Jesús, María.
Es como el ala de un halcón
que invade, duerme y apacigua
al que se duerme en oración.
II. POESÍAS DE 1869––1871
1
EL AGUINALDO DE LOS HUÉRFANOS
I
El cuarto es una umbría; levemente se
oye
el bisbiseo triste y suave de dos niños.
Sus cabezas se inclinan, llenas aún de
sueños
bajo al blanco dosel que tiembla, al ser
alzado.
En la calle, los pájaros, se apiñan,
frioleros:
bajo el gris de los cielos, sus alas se
entumecen;
y envuelto en su cortejo de bruma, el
Año Nuevo,
arrastrando los pliegues de su manto de
nieves,
sonríe entre sollozos, y canta
estremecido...
II
Mientras tanto, los niños, bajo el dosel
flotante,
hablan bajito como en las noches
oscuras.
Escuchan, a lo lejos, algo como un
murmullo...
y tiemblan al oír la voz clara y dorada
del timbre matinal que lanza y lanza aún
su estribillo metálico bajo el globo de
vidrio...
––Pero el cuarto está helado... podemos
ver, tiradas
en el suelo, las prendas de luto, en
tomo al lecho:
¡el cierzo, áspero y crudo, gimiendo en
el umbral
invade con su aliento mohino la morada!
Sentimos que algo falta, en la casa, en
los niños...
¿Ya no existe una madre para estos
pequeños,
una madre con risa fresca y mirada
airosa?
¿Se ha olvidado, de noche, sola y casi
dormida
de encender esa llama que la ceniza
esconde,
de echar sobre sus cuerpos el plumón y
la lana,
pidiéndoles perdón, antes de
abandonarlos?
¿No ha previsto que el frío hiere la
madrugada,
que el cierzo del invierno acecha en el
umbral?
––¡La esperanza materna, es la cálida
alfombra,
es el nido
mullido, en el que los chiquillos,
cual pájaros hermosos que acunan el
follaje
duermen, acurrucados, sus dulces sueños
blancos!...
––Pero éste es como un nido, sin plumas,
sin tibieza,
en el que los pequeños tienen frío y no
duermen,
miedosos, sólo un nido que el cierzo ha
congelado...
III
Ya lo habéis comprendido: es que no
tienen madre
¡Sin madre está el hogar! ––y ¡qué lejos
el padre!...
Una vieja criada se está ocupando de
ellos;
y en la casona helada, los niños están
solos.
Huérfanos de cuatro años... de pronto en
su cabeza
se despierta, riendo, un recuerdo que
asciende:
algo como un rosario desgranado al rezar.
––¡Mañana deslumbrante, mañana de
aguinaldos!
cada uno, de noche, soñaba con los
suyos,
en un extraño sueño, poblado de juguetes
dulces vestidos de oro, joyas
resplandecientes,
bailando en torbellinos una danza
sonora,
bajo el dosel ocultos, y, luego,
desvelados.
Se despertaban pronto y, alegres, se
marchaban,
con los labios golosos, frotándose los
párpados,
y el pelo alborotado en tomo a la
cabeza,
con los ojos brillantes de los días
festivos,
rozando con las plantas desnudas la
tarima,
a la alcoba paterna: llamaban
despacito...
¡entraban!... y en pijama... ¡todo eran
parabienes,
besos como en guirnaldas y libre
algarabía!
IV
¡Tenían tanto encanto las palabras ya
dichas!
––Pero cómo ha cambiado la casa de otros
tiempos:
El fuego chispeaba, claro, en la
chimenea,
alumbrando a raudales el viejo cuarto
oscuro;
y los rojos reflejos lanzados por las
llamas
jugaban en rodales por los muebles
lacados...
––¡Cerrado y sin su llave estaba el gran
armario!
Muchas veces, miraban la puerta parda y
negra...
¡sin llave!... ¿no es extraño?... y
soñaban, mirando,
en todos los misterios dormidos en su
seno,
creyendo oír, lejano, en el ojo
entreabierto,
un ruido hondo y confuso, como alegre
susurro....
––La alcoba de los padres, hoy está tan
vacía:
ningún rojo reflejo brilla bajo la
puerta;
ya no hay padres, ni fuego, ni llaves
sustraídas;
¡así pues, ya no hay besos ni agradables
sorpresas!
Qué triste les va a ser el día de Año
Nuevo.
––Y, absortos, mientras cae del azul de
sus ojos,
lentamente, en silencio, una lágrima
amarga,
murmuran: «¿Cuándo, ¡ay!, volverá
nuestra madre?»
...............................................................................
Ahora, los pequeños duermen tan
tristemente
que al verlos pensaríais que lloran
mientras duermen,
con los ojos hinchados y el soplo
jadeante.
¡Los niños pequeñitos son seres tan
sensibles!
Pero el ángel que vela junto a las cunas
llega
para secar sus ojos, y de esta pesadilla
nace un alegre sueño, un sueño tan
alegre
que sus labios cerrados piensan, al
sonreír...
––Y sueñan que, apoyados en sus brazos
llenitos,
igual que al despertarse, adelantan su
cara
mirando en derredor con mirar distraído,
creyéndose dormidos en paraísos rosas.
Canta en la chimenea alegremente el
fuego...
un cielo azul y hermoso entra por la
ventana;
el mundo se despierta y se embriaga de
luces...
y la tierra, desnuda, y alegre, al
revivir,
tiembla henchida de gozo con los besos
del sol...
y en el caserón viejo todo es tibio y
rojizo:
los vestidos oscuros ya no cubren en el
suelo,
el cierzo ya no grita, dormido en el
umbral...
¡Diríase que un hada ha invadido las
cosas!
––Los niños han gritado, alegres...
allí, mira...
unto al lecho materno, en un fulgor
rosado,
allí, sobre la alfombra, un objeto
destella...
Son unos medallones de plata, blancos,
negros,
de nácar y azabache, con luces
rutilantes:
son dos marquitos negros con un festón
de vidrio,
y en letras de oro brilla un grito: «A
NUESTRA MADRE»
............................................................................................
Diciembre de 1869
2
PRIMERA VELADA
Desnuda, casi desnuda;
y los árboles cotillas
a la ventana arrimaban,
pícaros, su fronda pícara.
Asentada en mi sillón,
desnuda, juntó las manos.
Y en el suelo, trepidaban,
de gusto, sus pies, tan parvos.
––Vi cómo, color de cera,
un rayo con luz de fronda
revolaba por su risa
y su pecho ––en la flor, mosca,
––Besé sus finos tobillos.
Y estalló en risa, tan suave,
risa hermosa de cristal.
desgranada en claros trinos...
Bajo el camisón, sus pies
––¡Basta, basta!» ––se escondieron.
––¡La risa, falso castigo
del primer atrevimiento!
Trémulos, pobres, sus ojos
mis labios besaron, suaves:
––Echó, cursi, su cabeza
hacia atrás: «Mejor, si cabe...!
Caballero, dos palabras...»»
––Se tragó lo que faltaba
con un beso que le hizo
reírse... ¡qué a gusto estaba!
––Desnuda, casi desnuda;
y los árboles cotillas
a la ventana asomaban,
pícaros, su fronda pícara.
1870
3
SENSACIÓN
Iré, cuando la tarde cante, azul, en
verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis
plantas
y dejaré que el viento me bañe la
cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los
senderos:
pero el
amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una
chica,
por los campos,
tan lejos como el gitano vaga.
Marzo de 1870
4
EL HERRERO
Palacio de las Tullerías, hacia el 10 de
agosto del 92
Con el brazo en la maza gigantesca,
terrible
de embriaguez y grandeza, frente ancha,
boca enorme
abierta, cual clarín de bronce
por la risa,
con su hosca mirada, sujetando a ese
gordo,
al pobre Luis, un día, le decía el
Herrero
que el Pueblo estaba ahí, girando en
rededor,
y arrastrando su ropa sucia por las
paredes
doradas. Y el buen rey, de pie sobre su
tripa,
palideció, cual reo que llevan a la
horca;
mas, como can sumiso, el rey no
protestaba,
pues el hampón de fragua, el de los
anchos hombros,
contaba viejos hechos y cosas tan
extrañas
que fruncía la frente, herida de dolor.
«Pues sepa usted, Mi Sire,
cantando el tralalá
llevábamos los bueyes a los surcos
ajenos:
el Canónigo, al sol, tejía padres
nuestros
por rosarios granados con claras perlas
de oro,
el Señor, a caballo, tocando el
olifante,
pasaba; con garrote, el primero, con
látigo,
el otro, nos zurraban. ––Como estúpidos
ojos
de vaca, nuestros ojos ya no lloraban;
íbamos...
y cuando como un mar de surcos, la
comarca
dejábamos, sembrando en esa tierra negra
trozos de nuestra carne... nos daban la
propina:
incendiaban de noche nuestra choza; en
las llamas
ardían nuestros hijos cual tortas bien
horneadas.
...«¡No me quejo, qué va! Te digo mis
manías,
en privado. Y admito que tú me
contradigas.
¿Acaso no es hermoso ver en el mes de
junio
cómo entran en la granja los carros
llenos de heno,
enormes, y en los huertos oler, cuando
llovizna,
todo cuanto germina por la hierba rojiza;
ver en sazón la espiga de los trigos
granados, ,
y pensar que un buen pan se anuncia en
los trigales...?
¡Aún hay más: iríamos a la fragua
encendida,
cantando alegremente al ritmo de los
yunques,
si al menos nos dejaran coger unas
migajas,
hombres, al fin y al cabo, de cuanto
Dios ofrece!
––¡Y siempre se repite la misma y vieja
historia...!
«¡Pero ahora ya sé: y no puedo admitir,
teniendo dos manazas, mi frente y mi
martillo,
que alguien pueda llegar, con el puñal
en ristre,
para decirme: Mozo, siembra mis
sembradíos,
y que en tiempo de guerra vengan para
llevarse
mi hijo de su
casa, como algo natural!
––Yo podré ser un hombre; tu podrás ser
el rey,
y decirme: ¡Lo quiero! Te das cuenta, es
estúpido.
Crees que me
entusiasma ver tu espléndida choza,
tus soldados dorados, miles de
maleantes,
tus bastardos de dios,
como pavos reales:
han vertido en tu nido el olor de las
mozas
y edictos condenándonos a vivir en
Bastillas;
gritaremos: ¡Muy bien: de rodillas, los
pobres!
¡Doraremos tu Louvre
dándote nuestros reales!
y te emborracharás, armando la gran
juerga.
––Mientras ríen los Amos pisando
nuestras frentes.
«¡Pues no; tales
guarradas son de épocas pretéritas!
El pueblo ya no es una puta. Tres pasos
dimos y hemos dejado la Bastilla en
añicos.
Esta bestia sudaba sangre por cada
piedra;
daba asco ver aún alzada la Bastilla,
con sus muros leprosos, contando lo
ocurrido
y encerrándonos siempre en su prisión de
sombra.
––¡Ciudadano!,
el pasado siniestro, entre estertores
se derrumbaba al fin, al conquistar la
torre.
Algo como el amor el corazón henchía
al tener nuestros hijos contra el pecho,
abrazados.
Y, como los caballos de ollares
turbulentos,
íbamos, bravos, fuertes, y nos latía
aquí.
Íbamos bajo el sol, así,
la frente alzada,
por París. Se paraban ante nuestros
harapos.
¡Por fin! ¡Éramos Hombres!
Pero estábamos lívidos,
Sire, aunque embriagados de esperanzas
atroces:
y, cuando al fin llegamos ante las
negras torres,
blandiendo los clarines y las ramas de
roble,
con las lanzas alzadas... ya no sentimos
odio,
––¡Nos creímos tan fuertes que quisimos
ser mansos!
.....................................................................................
¡Desde aquel día heroico, andamos como
locos!
Oleadas de obreros
han tomado la calle
y, malditos, caminan, muchedumbre que
espectros
sombríos acrecienta, hacia el hogar del
rico:
yo corro junto a ellos a matar al
chivato:
corro, por París, negro, con el martillo
al hombro,
hosco, por los rincones, liquidando
truhanes...
¡Si te ríes de mí, soy capaz de matarte!
––Puedes contar con ello, no repares en
gastos
junto a tus hombres negros, que aceptan
nuestras quejas
y se las van pasando, como sobre
raquetas,
mientras dicen, bajito, ¡los muy
golfos!: «¡Qué tontos!»,
para apañar las leyes y sacar octavillas
con hermosos decretos color rosa y
basura,
jugando a hacerse un traje
al crear otro impuesto,
antes de taponarse la nariz si pasamos.
––¡Nuestros representantes piensan que
somos mugre!
Para quien sólo teme las bayonetas,
basta...
¡Abajo sus petacas atestadas de
argucias!
¡Estamos hasta el gorro de estas seseras
planas,
y de estos gilipollas!
¡Pero, ésta es la comida
que nos sirves, burgués, cuando estamos
feroces,
ahora que rompemos los báculos, los
cetros!»
......................................................................................
Lo agarra por el brazo, arranca el
terciopelo
de las cortinas: «¡Mira!»» En los
inmensos patios
la muchedumbre hierve igual que un
hormiguero,
la muchedumbre aciaga con su fragor de
ola,
ululando cual perra, bramando como un
mar,
con sus broncos garrotes, con sus picas
de hierro,
sus tambores, sus gritos de mercado y
pocilga;
montón negro de andrajos que gorros
rojos tiñen.
¡El Hombre se lo muestra por la ventana
abierta
al rey que suda, pálido, y que se
tambalea,
enfermo, al contemplarlo!
«Es la Crápula, Sire.
Babea por los muros, crece, se agita,
inmensa:
––¡Pero, al no comer, son, Sire,
los miserables!.
Yo soy un simple herrero: mi mujer va
con ellos,
¡loca!, pues cree que hay pan en Las
Tullerías.
––Nos echa el panadero de la tienda, por
pobres.
Tengo tres hijos. Soy crápula. ––Y
conozco
viejas que van llorando bajo sus viejas
cofias
porque alguien les quitó su muchacho o
su chica:
Es la crápula.
Uno residió en la Bastilla,
otro era un presidiario: los dos son
ciudadanos
honrados. Y aunque libres los tratan
como a perros:
¡los insultan! Y sienten cómo les duele
ahí,
algo. ¡No pasa nada! Pero es triste; y
al verse
rota el alma, y al verse por siempre
condenados,
están aquí, ahora, ¡gritándote a la
cara!
¡Crápula!
También hay, dentro, chicas, sin honra
porque (vos lo sabéis, que la mujer es
débil)
Señores de la corte (y que siempre
consiente)
les habéis escupido en el alma, por
nada.
Ahora están ahí, las que amasteis.
––La crápula.
...........................................................................................
¡Todos los Desgraciados, cuyas espaldas
arden
bajó un sol inclemente, avanzando,
avanzando,
sintiendo que el trabajo les revienta la
frente;
––descubríos, burgueses––, éstos sí son
los Hombres!
¡Somos Obreros, Sire,
Obreros, preparados
para la nueva era que pretende saber:
el Hombre forjará del alba hasta la
noche,
cazador de los grandes efectos y sus
causas,
tranquilo vencedor domeñará las cosas
hasta montar al Todo cual si fuera un
corcel!
¡Espléndido fulgor de las fraguas! ¡No
existe
ya el mal! Lo que ignoramos, tal vez sea
terrible:
¡lo sabremos! Empuñando el martillo,
cribemos
todo cuanto aprendimos: luego, Hermano,
¡adelante!.
A veces tengo un sueño enorme y
conmovido:
vivo con sencillez, ardientemente,
nada
malo sale de mí, bajo la amplia sonrisa
de una mujer que amo, con noble amor
trabajo;
¡y así trabajaríamos, ufanos, todo el
día,
escuchando el deber cual clarín
clamoroso!
¡Qué felices seríamos! Y nadie, nadie
digo,
vendría a doblegarnos; no, sobre todo,
¡nadie!.
Tengo el fusil colgado sobre la
chimenea...
.....................................................................
«El aire está preñado de un aroma de
guerra.
¿Pero qué te decía? ¡Ah! Que soy chusma;
vale.
Y quedan todavía soplones y logreros.
Nosotros somos libres y sufrimos
visiones
donde nos vemos grandes; ¡grandes! Ahora
mismo,
¿no hablaba del deber tranquilo, de una
casa...?
¡Contempla, pues, el cielo! ––Lo
encontramos pequeño:
¡palmarla
de rodillas y con tanto calor!
¡Contempla, pues, el cielo! ––Yo me voy
con mi gente,
con esta chusma enorme y horrísona que
arrastra,
tus cañones decrépitos por el sucio
empedrado.
––Cuando nos maten, Sire,
los habremos lavado.
––Y si al vemos gritar, si ante nuestra
venganza,
las patas de los reyes viejos y
pavonados
lanzan sus regimientos, de gala, contra
Francia,
allí estaréis vosotros.
¡Pues, a la mierda, perros!»
....................................................................................
––Volvió a echar su martillo al hombro.
El gentío
junto a este gigante se sentía
embriagado,
y, por el patio inmenso, por los
apartamentos,
donde París jadeante ululaba feroz,
un temblor sacudió la muchedumbre
inmensa.
Entonces, con su mano, coronada de mugre,
aunque el panzudo rey sudaba, el
Herrero,
terrible, el gorro rojo, a la cara le
arroja.
5
SOL Y CARNE
I
El sol, hogar de vida radiante de
ternura,
vierte su ardiente amor sobre el mundo
extasiado;
y cuando nos tumbamos en el valle,
sentimos
que la tierra es doncella rebosante de
sangre;
que su inmenso regazo, henchido por un
alma,
es de amor, como Dios, de carne, como
una hembra
y que encierra, preñada de savias y de
luces,
el hervidero inmenso de todos los
embriones.
Todo crece, pujante.
¡Oh Venus, oh diosa!
Añoro aquellos días, cuando el mundo era
joven,
con sátiros lascivos, con silváticos
faunos,
con dioses que mordían, en amor, la
enramada,
besando entre ninfeas a la Ninfa dorada.
Añoro aquellos días, cuando la savia
cósmica,
el agua de los ríos y la sangre rosada
de los árboles verdes, en las venas de
Pan
encerraba tremante un mundo, y que la
tierra,
bajo su pie de cabra, lozana palpitaba;
cuando, al besar, suave, su labio la
siringa,
tocaba bajo el cielo el gran himno de
amor;
cuando en medio del campo, oía, en tomo
a él,
la respuesta, a su voz, de la
Naturaleza;
cuando el árbol callado que acuna el son
del ave,
y la tierra que acuna al hombre, y el
Océano
azul, inmensamente, y todo lo creado,
animales y plantas, amaba, amaba en
Dios.
Añoro aquellos días de Cibeles, la
grande,
que recorría, cuentan, enormemente
bella,
en su carro de bronce, ciudades
deslumbrantes:
sus senos derramaban, gemelos, por
doquier
el arroyo purísimo de la vida infinita;
y el hombre succionaba, dichoso, la ubre
santa,
como un niño pequeño que juega en su
regazo.
––Y el Hombre, por ser fuerte, era casto
y afable.
Por desgracia, ahora dice: ya sé todas
las cosas;
y va, avanzando a ciegas, sin oír, sin
mirar.
––¡Así pues, ya no hay dioses! ¡Ya sólo
el Hombre es Rey,
sólo él Dios! ¡Pero Amor es la única Fe
... !
¡Si el hombre aún bebiera de tus ubres,
Cibeles,
gran madre de los dioses y de todos los
hombres,
si no hubiera olvidado la inmortal
Astarté,
que antaño, al
emerger en el fulgor inmenso
del mar, cáliz de carne que la ola
perfuma,
mostró su ombligo rosa, donde la espuma
nieva,
e hizo cantar, Diosa de ojos negros
triunfales,
el roncal en el bosque y en el pecho el
amor!
II
¡Creo en ti, creo en ti! Divinidad
materna,
¡Afrodita marina! ––Pues, el camino es
áspero
desde que el otro Dios nos unció a su
cruz;
¡Came, Flor,
Mármol, Venus,
es en ti en quien creo!
––El Hombre es triste y feo, triste bajo
los cielos;
y ahora anda vestido, ahora que no es
casto,
pues ensució su busto orgulloso de dios
y se ha ido encogiendo, cual ídolo en la
hoguera,
al dar su cuerpo olímpico a sucias
servidumbres;
incluso, tras la muerte, quiere vivir,
burlando
con pálido esqueleto su belleza primera.
––Y el ídolo al que diste tanta
virginidad,
alzando a lo divino nuestra arcilla, la
Hembra,
con vistas a que el Hombre alumbrara su
alma,
subiendo lentamente, en un amor inmenso,
de la cárcel terrestre al día, en su
belleza,
la Hembra, ¡ya ni sabe ser simple
cortesana!.
––¡Qué broma tan pesada! ¡y el mundo ríe
estúpido
al oírte nombrar, dulce, sacra y gran
Venus!
III
¡Si el tiempo retomara, el tiempo que ya
fue...!
––¡El Hombre está acabado, se acabó su
teatro!
Y un día, a plena luz, harto de romper
ídolos,
libre renacerá, libre de tantos dioses,
buceando en los cielos, pues pertenece
al cielo.
¡El Ideal, eterno pensamiento
invencible,
ese dios que se agita en la camal
arcilla,
subirá, subirá, y arderá en su cabeza!
Y, cuando lo sorprendas mirando el
horizonte,
libre de viejos yugos que desprecia sin
miedos,
vendrás a concederle la santa Redención
––Espléndida, radiante, del seno de los
mares
nacerás, derramando por el vasto
Universo
el Amor infinito en su infinita risa:
el Mundo vibrará como una lira inmensa
en el temblor sin límites de un beso
repetido.
––El Mundo está sediento de Amor:
aplácalo.
..............................................................................................
[¡Libre, el hombre levanta, altiva, su
cabeza!
¡Y, raudo, el rayo prístino de la primer
belleza
da vida al dios que late en el altar de
carne!
Dichoso en su presente, pálido en su
recuerdo,
el hombre quiere ahondar, ––y saber. ¡La
Razón,
tanto tiempo oprimida en sus maquinaciones,
salta de su cerebro! ––¡Ella sabrá el Porqué!...
¡Que brinque libre y ágil: y el Hombre tendrá Fe!
¿Por qué es mudo el azur
e insondable el espacio?
¿Por qué los astros de oro que hierven como arena?
Si subiéramos más y más, allá arriba ¿qué habría?
¿Existe algún Pastor de este inmenso ganado
de mundos trashumantes por el horrible espacio?
Y estos mundos que el éter abraza inmensamente
¿vibran, acaso, al son de una llamada eterna?
––¿El Hombre puede ver? ¿y decir: creo, creo?
¿La voz del pensamiento va más allá del sueño?
Si en el nacer es raudo, si su vida es tan corta
¿de dónde viene el Hombre? ¿se abisma en el Océano
profundo de los gérmenes, los Fetos, los Embriones,
en el Crisol sin fondo del que la Madre cósmica
lo resucitará, criatura que vive,
para amar en la rosa y crecer en los trigos?....
¡No podemos saberlo! ––¡Estamos agobiados
por un oscuro manto de ignorancia y quimeras!
¡Farsas de hombre, caídos de las vulvas maternas,
nuestra razón, tan pálida, nos vela el infinito!
¡Si queremos mirar, la Duda nos castiga!
La duda, triste pájaro, nos hiere con sus alas!...
––¡Y en una huida eterna huyen los horizontes!.
.....................................................................
¡Ancho se entreabre el cielo! ¡Los
misterios han muerto
ante el Hombre, de pie, que se cruza de
brazos,
fuerte, en el esplendor de la
naturaleza!
Si canta... el bosque canta, y el río
rumorea
un cántico radiante que brota hacia la
luz!...
––¡Llegó la Redención! ¡Amor, amor,
Amor!...].
.....................................................................
IV
¡Oh esplendor de la came!
¡Ideal esplendor!
¡Renadío de amores, amanecer triunfal,
cuando, a sus pies tendidos los Dioses y
los Héroes,
Calipigia la blanca
y el Eros diminuto
rozarán, coronados por la nieve de
rosas,
la mujer y la flor que adorna su pisada!
––Grandiosa Ariadna,
que derramas tu llanto
por las playas, al ver huir en lejanía,
blanca en la luz solar, la vela de
Teseo...
oh dulce virgen niña que una noche ha
tronchado,
¡calla!... En su carro de oro orlado de
uvas negras,
por los campos de Frigia, Lisios pasa;
lo llevan,
panteras de piel roja y tigres
lujuriosos
y dora,. al recorrer ríos de aguas
azules,
el verdor de los musgos en la orilla
enfoscada.
Zeus, Toro, en su nuca, acuna como a
niña
Europa
desnuda que enlaza con su blanco
brazo el cuello nervioso del Dios
estremecido
que la mira, despacio, de soslayo, en el
agua.
Y dejando que, pálida, su cara en flor
resbale
por la frente de Zeus,
muere y cierra los ojos
en el beso del Dios; y el agua que
murmulla
con su espuma dorada florece sus
cabellos.
––Entre la adelfa rosa y el loto
charlatán
se desliza, en amor, el gran Cisne que
sueña
y su ala blanca abraza la blancura de
Leda;
Y, mientras, Cipris
pasa, enormemente hermosa,
cimbreando la curva rotunda de su grupa,
desplegando orgullosa el oro de sus
pechos
y su vientre nevoso que un negro musgo
orla;
––Heracles,
Domador, que en su gloria se cubre
el cuerpo fuerte y vasto con la piel de
un león,
a lo lejos avanza, con frente dulce y
fiera.
Rozada por la luna de estío, levemente,
de pie, desnuda, sueña en su palor
dorado
que tiñe la ola densa de un pelo azul y
largo,
en el calvero oscuro donde el musgo se
estrella,
la Driade
que mira el cielo silencioso...
––Y la blanca Selene
deja flotar su velo,
temerosa, a los pies del hermoso
Endimión,
y su beso resbala por un pálido rayo...
––La Fuente llora, sola, con prolongado
éxtasis...
Es la ninfa que sueña, apoyada en el
ánfora,
en el bello doncel blanco, en sus aguas
preso.
––Una brisa de amor transita por la
noche,
y en el bosque sagrado, en sus horribles
frondas,
de pie, majestuosos, los Mármoles
oscuros,
los Dioses coronados por nidos de
Pinzón,
escuchan a los Hombres y a todo el
Universo.
Mayo del 70
6
OFELIA
I
En las aguas profundas que acunan las
estrellas,
blanca y cándida,
Ofelia flota como un gran lilio,
flota tan lentamente, recostada en sus
velos...
cuando tocan a muerte
en el bosque lejano.
Hace ya miles de años que la pálida
Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río
negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.
El viento, cual corola, sus senos
acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus
hombros
y por su frente en sueños, la espadaña
se pliega.
Los rizados nenúfares
suspiran a su lado,
mientras ella despierta, en el dormido
aliso,
un nido del que surge un mínimo
temblor...
y un canto, en oros, cae del cielo
misterioso.
II
¡Oh tristísima
Ofelia, bella como la nieve,
muerta cuando eras niña, llevada por el
río!
Y es que los fríos vientos que caen de
Noruega
te habían susurrado la adusta libertad.
Y es que un arcano soplo, al blandir tu
melena,
en tu mente traspuesta metió voces
extrañas;
y es que tu corazón escuchaba el lamento
de la Naturaleza ––son de árboles y
noches.
Y es que la voz del mar, como inmenso
jadeo
rompió tu corazón manso y tierno de
niña;
y es que un día de abril, un bello
infante
pálido,
un loco miserioso, a tus pies se sentó.
Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh
pobre Loca!.
Te fundías en él como nieve en el fuego;
tus visiones, enormes, ahogaban tu
palabra.
––Y el terrible Infinito espantó tu ojo
azul.
III
Y el poeta nos dice que en la noche
estrellada
vienes a recoger las flores que cortaste,
y que ha visto en el agua, recostada en
sus velos,
a la cándida
Ofelia flotar, como un
gran lis.
7
EL BAILE DE LOS AHORCADOS
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
¡Monseñor Belzebú
tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo
gesticulan,
y al darles en la frente un buen
zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de
Villancico!
Sorprendidos, los títeres, juntan sus
brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos
horadados,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso
amor.
¡Hurra!, alegres danzantes que
perdisteis la panza,
trenzad vuestras cabriolas pues el
tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o
es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!
¡Rudos talones; nunca su sandalia se
gasta!
Todos se han despojado de su sayo de
piel:
lo que queda no asusta y se ve sin
escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un
blanco gorro.
El cuervo es la cimera de estas cabezas
rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca
barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías
refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals
de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de
hierro!
y responden los lobos desde bosques
morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un
infierno...
¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos
rotos,
un rosario de amor por sus pálidas
vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un
monasterio!.
Y de pronto, en el centro de esta danza
macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un
gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se
encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda
tiesa aún,
crispa sus cortos dedos contra un fémur
que cruje
con gritos que recuerdan atroces
carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su
caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la
osamenta.
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
8
EL CASTIGO DE TARTUFO
Atizando, cual fuego, un corazón amante
so capa casta y negra,
feliz, mano enguantada,
un día que se iba, atroz, manso,
amarillo,
babeando su fe por su boca sin dientes,
un día que se iba, «Oremus», un Diantre
lo agarró bruscamente de su oreja beata,
largándole espantosas palabras, y
arrancándole
la casta y negra capa a su piel lienta y
cálida.
¡Castigo!... Sus ropajes están
desabrochados,
y su largo rosario de pecados remisos
desfilan por su pecho; ¡San Tartufo está
pálido!...
¡Se confesaba, al fin, rezaba entre
estertores!
Y el hombre sólo pudo llevarse sus
chorreras ...
––Tartufo está desnudo del todo, ¡puag,
qué asco!
9
VENUS ANADIOMENA
Como de un ataúd verde, en hoja de lata,
con pelo engominado, moreno, y con
carencias
muy mal disimuladas, de una añosa bañera
emerge, lento y burdo, un rostro de
mujer.
El cuello sigue luego, craso y gris, y
los hombros
huesudos, una espalda que duda en su
salida
y, después, los riñones quieren alzar el
vuelo:
bajo la piel, el sebo, a capas, como
hojaldre.
El espinazo, rojo, y el conjunto
presentan
un regusto espantoso, y se observa ante
todo
detalles que es preciso analizar
con lupa.
El lomo luce dos palabras: CLARA VENUS.
Un cuerpo que se agita y ofrece su
montura
hermosa, con su úlcera, tenebrosa, en el
ano.
10
LAS RESPUESTAS DE NINA
.....................................................................
Él.–– Regazo contra regazo,
¿y si nos fuéramos,
por la luz fresca y radiante,
y el pecho lleno
de un alba azul que nos baña
de vino y sol?
Cuando el bosque sangra, trémulo,
mudo de amor:
verdes gotas, por las ramas,
retoños claros,
en cuanto se abren, las vemos,
carne temblando.
Hundirás, blanca, en la alfalfa,
tu bata de hilo
que tiñe en rosa la ojera
de tu ojo endrino
Amante del campo, siembras
tu risa loca
como espuma de champaña,
si te desbocas.
Risa en mí, ebrio salvaje,
¡quien te cogiera
de pronto: te bebería
la hermosa trenza!
Sabor de fresa y frambuesa
¡Carne de flor!
Risa en el viento que besa
como un ladrón.
Risa en el rosal silvestre
que amante incordia:
¡Y, risa, risa en tu amante,
cabeza loca!
[¡Dichosa!: ¡Diecisiete años!
¡Los grandes prados,
la campiña enamorada!
¡Vente, a mi lado!...].
––Tu pecho contra mi pecho,
juntos, cantando,
despacito hacia el bosque,
¡luego al barranco...!
Y, luego, muerta chiquita,
si te desmayas,
en brazos, me pedirías
que te llevara...
Iríamos, temblorosos,
por el atajo;
mientras cantara el pájaro:
Del avellano...
Boca a boca te hablaría
mientras aprieto
tu cuerpo, como el de un niño,
de sangre ebrio:
sangre azul, por tu carne
blanca y rosada;
hablándote, como tú hablas...
bien a las claras.
El bosque olería a savia
verde y bermejo,
y el sol sembraría de oro
fino su sueño.
.....................................................................
¿Cogeremos, por la tarde,
la senda blanca,
sin rumbo, como el rebaño
que en tomo pasta...?
Hierba azul,
corvos manzanos
de los vergeles
¡cómo su fuerte perfume
de lejos, huele!
Llegaremos, casi a oscuras,
hasta la aldea,
cuando el olor de la leche
la noche impregna;
olor de establo colmado
de estiércol cálido,
de lentos resuellos rítmicos
y lomos anchos
que blanquea una luz tenue...
y a nuestro lado,
pasito a paso, una vaca
ira cagando.
––Los anteojos de la abuela,
con la nariz
en su misal; la cerveza,
en bock
de cinc,
espumosa entre las pipas
que fuman, tercas:
horrendos labios hinchados
fumando, mientras
el jamón se van tragando
todos a una;
cuando el lecho y los baúles
el fuego alumbra.
El culo craso y lustroso
de un niño gordo
que mete por los tazones
blanco, su morro
rozado por un hocico
que gruñe amable
y lame la oronda cara
del tierno infante...
[Negra, altiva, en su sillita
atroz contorno,
una vieja junto al fuego
hila su coco.]
¡Cuántas cosas podrás ver
en los chamizos,
cuando la luz, clara, alumbre
los grises vidrios...!
––Luego, la ventana oculta
entre las lilas
negras y frescas, que ríe
¡tan chiquitita!...
¡Vendrás, vendrás... que te quiero!
¡Será tan bello!
¡Vendrás! ¿verdad? porque incluso...
ELLA. –– ¿Pero, y mi empleo?.
[15 de agosto de 1870]
11
A LA MÚSICA
Plaza de la Estación, en Charleville
A la plaza que un césped dibuja, ralo y
pobre,
y donde todo está correcto, flores,
árboles,
los burgueses jadeantes, que ahogan los
calores,
traen todos los jueves, de noche, su
estulticia.
––La banda militar, en medio del jardín,
con el Vals de los pífanos el
chacó balancea:
––Se exhibe el lechuguino en las
primeras filas
y el notario es tan sólo los dijes que
le cuelgan.
Rentistas con monóculo subrayan los
errores:
burócratas henchidos arrastran a sus
damas
a cuyo lado corren, fieles como comacas,
––mujeres con volantes que parecen
anuncios.
Sentados en los bancos, tenderos
retirados,
a la par que la arena con su bastón
atizan,
con mucha dignidad discuten los tratados,
aspiran rapé en plata,
y siguen: «¡Pues,
decíamos!...»
Aplastando en su banco un lomo orondo y
fofo,
un burgués con botones de plata y panza
nórdica
saborea su pipa, de la que cae una hebra
de tabaco; ––Ya saben, lo compro de
estraperlo.
Y por el césped verde se ríen los
golfantes,
mientras, enamorados por el son del
trombón,
ingenuos, los turutas, husmeando una
rosa
acarician al niño pensando en la
niñera...
Yo sigo, hecho un desastre, igual que un
estudiante,
bajo el castaño de indias, a las alegres
chicas:
lo saben y se vuelven, riéndose, hacia
mí,
con los ojos cuajados de ideas
indiscretas.
Yo no digo ni
mu, pero miro la carne
de sus cuellos bordados, blancos, por
bucles locos:
y persigo la curva, bajo el justillo
leve,
de una espalda de diosa, tras el arco
del hombro.
Pronto, como un lebrel, acecho botas,
medias ...
––Reconstruyo los cuerpos y ardo en
fiebres hermosas.
Ellas me encuentran raro y van
cuchicheando...
––Mis deseos brutales se enganchan a sus
labios...
12
LOS DESPAVORIDOS
Negros en la nieve y en la bruma,
frente al gran tragaluz que se alumbra
con su culo en corro,
de hinojos, cinco niños con hambre
miran cómo el panadero hace
una hogaza de oro...
Ven girar al brazo fuerte y blanco
en la masa gris que va horneando
en la boca clara,
y escuchan cómo el rico pan cuece;
y el panadero, de risa alegre
su tonada canta
Se apiñan frente al tragaluz rojo,
quietos, para recibir su soplo
cálido cual seno;
y cuando, al dar las doce,
el pan sale
pulido, torneado y curruscante,
de un rubio moreno,
cuando, bajo las vigas ahumadas,
las cortezas olorosas cantan,
como canta el grillo,
cuando sopla esa boca caliente
la vida... con el alma alegre
cobijada en pingos,
se dan cuenta de lo bien que viven...
¡Pobres niños que la escarcha viste!
––Todos tan juntitos,
apretando su hociquillo rosa
a las rejas; cantan
cualquier cosa
por los orificios,
quedos, quedos ––como una plegaria...
inclinados hacia la luz clara
de este nuevo cielo,
tan tensos, que estallan los calzones:
y sus blancas camisas de pobres
tiemblan en el cierzo.
20 de sept.
del 70
13
AVENTURA
I
Con diecisiete años, no puedes ser
formal.
––¡Una tarde, te asqueas de jarra y
limonada,
de los cafés ruidosos con lustros
deslumbrantes!
––Y te vas por los tilos verdes de la
alameda.
¡Qué bien huelen los tilos en las tardes
de junio!
El aire es tan suave que hay que bajar
los párpados;
Y el viento rumoroso ––la ciudad no está
lejos––
trae aromas de vides y aromas de
cerveza.
II
De pronto puede verse en el cielo un
harapo
de azul mar, que la rama de un arbolito
enmarca
y que una estrella hiere, fatal,
mientras se funde
con temblores muy dulces, pequeñita y
tan blanca...
¡Diecisiete años!, ¡Noche de junio! ––Te
emborrachas.
La savia es un champán que sube a tu
cabeza...
Divagas; y presientes en los labios un
beso
que palpita en la boca, como un
animalito.
III
Loca, Robinsonea
tu alma por las novelas,
––cuando en la claridad de un pálido
farol
pasa una señorita de encantador aspecto,
a la sombra del cuello horrible de su
padre.
Y como cree que eres inmensamente
ingenuo,
a la par que sus botas trotan por las
aceras,
se vuelve, alerta y, con un gesto
expresivo...
––Y en tus labios, entonces, muere una
cavatina...
IV
Estás enamorado. Alquilado hasta agosto.
Estás enamorado. Se ríe de tus versos
Tus amigos se van, estás insoportable.
––¡Y una tarde, tu encanto, se digna,
ya, escribirte...!
Y esa tarde... te vuelves al café
luminoso,
pides de nuevo jarras llenas de
limonadas...
––Con diecisiete años no puedes ser
formal,
cuando los tilos verdes coronan la
alameda.
23 de septiembre del 70
14
MUERTOS DEL NOVENTA Y DOS
Franceses de Mil ochocientos setenta,
bonapartistas, republicanos, acordaros de vuestros padres de Mil setecientos
noventay dos, etc...
PAUL CASSAGNAC.
––Le Pay.
Muertos del Noventa y dos y del Noventa
y tres,
que, pálidos del beso que da la
libertad,
tranquilos, destrozasteis con los zuecos
el yugo
que pesa sobre el alma y la frente del
mundo;
Hombres extasiados, grandes en la
tormenta,
vosotros, cuyo amor brincó envuelto en
harapos,
soldados que la Muerte sembró, Amante
noble,
para regenerarlos, por los antiguos
surcos;
cuya sangre lavó la grandeza ensuciada.
Muertos allá en Valmy,
en Fleurus,
en Italia,
millón de Cristos, Muertos, de ojos
dulces y oscuros;
dormid con la República, mientras
nosotros vamos
doblados bajo reyes como bajo una
tralla.
––Pues son los Cassagnac
los que ahora os recuerdan.
Hecho en Mazas, el 3 de septiembre de
1870
15
EL MAL
Mientras que los gargajos rojos de la
metralla
silban surcando el cielo azul, día tras
día,
y que, escarlata o verdes,
cerca del rey que ríe
se hunden batallones que el fuego
incendia en masa;
mientras que una locura desenfrenada
aplasta
y convierte en mantillo humeante a mil
hombres;
¡pobres muertos! sumidos en estío, en la
yerba,
en tu gozo, Natura, que santa los
creaste,
existe un Dios que ríe en los
adamascados
del altar, al incienso, a los cálices de
oro,
que acunado en Hosannas dulcemente se
duerme.
Pero se sobresalta, cuando madres
uncidas
a la angustia y que lloran bajo sus
cofias negras
le ofrecen un ochavo envuelto en su
pañuelo.
16
RABIAS DE CÉSARES
El Hombre exangüe,
por los prados florecidos,
camina, va de negro, con el puro en la
boca;
El Hombre exangüe evoca Tullerías
en flor,
––y su ojo, muerto, a veces cobra
brillos de fuego....
Ebrio, el Emperador, tras veinte años de
orgía
pensaba: «¡Soplaré sobre la Libertad
con mucho cuidadito, como sobre una
vela!».
¡La libertad renace!... ––¡y está
desriñonado!
Está preso. ––¿Qué nombre por sus labios
sin eco
palpita? ¿qué añoranza implacable lo
muerde?
No se sabrá, pues tiene, el ojo muerto,
el César.
Piensa, quizás, en su Compadre con
gafitas...
––Y mira cómo fluye de su puro
encendido,
como en Saint––Cloud, de noche, la tenue
nube azul.
17
SUEÑO PARA EL INVIERNO
A...
Ella
En invierno nos iremos, sobre cojines
azules,
en un vagoncito rosa.
Tan a gusto, cuando un nido de besos
locos se duerme
en cada blando rincón.
Cerrarás los ojos para no mirar por los
cristales
la noche y sus negras muecas,
los monstruos amenazantes, lobos negros,
negros diablos
como muchedumbre atroz.
Después sentirás en la mejilla un
arañazo...
Y un beso te correrá, como una araña
alocada,
alocado por el cuello.
Y me dirás: «¡Busca, busca!», inclinando
la cabeza.
––Pero, ¡cuánto tardaremos en encontrar
ese bicho
que viaja y viaja sin meta...!
Yendo en un vagón, el 7 de octubre del
70
18
EL DURMIENTE DEL VALLE
Un hoyo de verdor, por el que canta un
río
enganchando, a lo loco, por la yerba,
jirones
de plata; donde el sol de la montaña
altiva
brilla: una vaguada que crece en musgo y
luz.
Un soldado, sin casco y con la boca
abierta,
bañada por el berro fresco y azul su
nuca,
duerme, tendido, bajo las nubes, en la
yerba,
pálido, en su lecho, sobre el que llueve
el sol.
Con sus pies entre gladios
duerme y sonríe como
sonríe un niño enfermo; sin duda está
soñando:
Natura, acúnalo con calor: tiene frío.
Su nariz ya no late con el olor del
campo;
duerme en el sol; su mano sobre el pecho
tranquilo;
con dos boquetes rojos en el lado
derecho.
Octubre, 1870
19
EN EL
CABARET––VERDE
A las cinco de la tarde
Llevaba ya ocho días con los botines
rotos
por culpa de los guijos; y a
Charleroi llegué.
En el Cabaret-Verde, encargué
unas tostadas
de manteca
y jamón jugoso y calentito.
Estiré las dos piernas, feliz, bajo la
mesa
verde, mientras miraba los dibujos
ingenuos
del tapiz. ¡Qué alegría cuando la
criadita
la de las grandes tetas y los ojos como
ascuas
––a ésa, sí que no le asusta un simple
beso––,
con risas, me ofreció tostadas de
manteca
y jamón tibio, en plato de múltiples
colores!
Jamón blanco y rosado que perfumaba un
diente
de ajo, y me llenó la jarra inmensa:
espuma
que doraba el fulgor de un sol casi
dormido.
Octubre del 70
20
LA TUNANTA
En el comedor pardo, que perfumaba una
mezcla de olor de fruta y de barniz, a
gusto,
me hice con un plato de no sé qué
guisado
belga, y me arrellané en una enorme
silla.
Mientras comía, oí el reloj ––feliz,
quedo...
La cocina se abrió, inmensa bocanada,
––y la criada entró; y no sé bien por
qué
llevaba el chal abierto y un peinado
travieso.
Y mientras recorría con su dedo azorado
su cara, un terciopelo, durazno blanco y
rosa,
haciendo un gesto ingenuo con su labio
de niña,
colocaba los platos, junto a mí,
serenándome.
Y luego, distraída, para ganarse un
beso,
bajito: «toca, toca: me s’ha enfriao
la cara...»
Charleroi,
octubre del 70
21
LA RESPLANDECIENTE VICTORIA
DE SARREBRUCK
conseguida al grito de ¡Viva el
Emperador!
(Grabado muy coloreado; se vende
en Charleroi,
a 35 céntimos)
El Emperador en medio, en una apoteosis
azul y gualda: avanza, tieso sobre el
caballo,
deslumbrante, dichoso, pues lo ve todo
en rosa,
feroz como el dios Zeus,
manso como un papá;
abajo, los Bisoños, que se echaban la
siesta,
junto a tambores de oro y cañones de
grana
se levantan, discretos. Pitou
se va vistiendo
y, vuelto hacia su Jefe, tanto nombre lo
aturde.
A un lado, Dumanet
se apoya en la culata
del chassepot,
no tiembla su cogote a cepillo:
«¡Viva el Emperador!» Su vecino se
calla...
Un chaco surge como un sol negro...
––En el centro
Boquillón,
de azulgrana, ingenuo, tras su tripa
emerge y enseñando su culo: «¿Y
qué?...» ––pregunta.
Octubre del 70
22
EL APARADOR
Un gran aparador tallado ––el roble
oscuro
emana la bondad de los viejos, tan
viejo;
está abierto, y su fondo vierte, cual
vino añejo,
oscuras oleadas de aromas obsesivas.
Repleto, es una barullo de antiguas
antiguallas,
sábanas perfumadas y amarillas, trapitos
de mujeres y niños, arrugados encajes,
toquillas de la abuela con pintados
dragones.
En el encontraríamos medallones y mechas
de pelo blanco o rubio, retratos, flores
secas
cuyo olor al olor de los frutos se
mezcla.
¡Oh, viejo aparador, cuantas historias
sabes!
y quisieras contarlas, por eso,
incierto, crujes
cuando tus puertas negras lentamente se
abren.
Octubre del 70
23
MI BOHEMIA
(Fantasía)
Me iba, con los puños
en mis bolsillos rotos...
mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era
tan fiel!
¡cuántos grandes amores, ay ay ay,
me he soñado!
Mi único pantalón era un enorme siete.
––Pulgarcito
que sueña, desgranaba a mi paso
rimas
Y mi posada era la Osa Mayor.
––Mis estrellas temblaban con un dulce
frufrú.
Y yo las escuchaba,
al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre,
sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de
vida.
Y rimando, perdido, por las sombras
fantásticas,
tensaba los cordones, como si fueran
liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi
corazón.
24
CABEZA DE FAUNO
En el follaje, estuche verde que el oro
dora,
en el follaje, incierto y cuajado de
flores
que florecen magníficas, donde un beso
mora,
nervioso, mientras rasga los bordados
primores,
un asustado fauno arquea su entrecejo,
mordiendo con sus dientes blancos las
flores rojas.
Moreno, tinto en sangre, igual que un
vino añejo,
su labio estalla en risas perdido por
las hojas.
Y cuando, cual ardilla, por la fronda se
espanta,
prendida de las ramas su risa se
estremece;
y vemos, asustado por el pinzón que
canta,
cómo El Beso de oro del Bosque se
adormece.
1871
25
LOS SENTADOS
Costrosos, negros, flacos, con los ojos
cercados
de verde, dedos romos crispados sobre el
fémur,
con la mollera llena de rencores difusos
como las floraciones leprosas de los
muros;
han injertado gracias a un amor
epiléptico
su osamenta esperpentica al esqueleto
negro
de sus sillas; ¡sus pies siguen
entrelazados
mañana, tarde y noche, a las patas
raquíticas!
Estos viejos perduran trenzados a sus
sillas,
al sentir cómo el sol percaliza
su piel
o al ver en la ventana cómo se aja la
nieve,
temblando como tiemblan doloridos los
sapos.
Los Asientos les brindan favores, pues,
prensada,
la paja oscura cede a sus flacos riñones
y el alma de los soles pasados arde,
presa
de las trenzas de espigas donde el grano
cuajaba
Los Sentados, cual músicos, con la boca
en sus muslos,
golpean con sus dedos el asiento,
rumores
de tambor, del que sacan barcarolas tan
tristes
que sus cabezas rolan en vaivenes de
amor.
––¡Ah, que no se levanten! Llegaría el
naufragio...
Pero se alzan, gruñendo, como gatos
heridos,
desplegando despacio, rabiosos, sus
omóplatos:
y el pantalón se abomba, vacío, entorno
al lomo.
Oyes cómo golpean con sus cabezas calvas
las paredes oscuras, al andar
retorcidos,
¡y los botones son, en su traje, pupilas
de fuego
que nos hieren, al fondo del pasillo!
Mas tienen una mano invisible que mata:
al volver, su mirada filtra el veneno
negro
que llena el ojo agónico del perro
apaleado,
y sudas, prisionero de un embudo feroz.
Se sientan, con los puños ahogados en la
mugre
de sus mangas, y piensan en quien les
hizo andar;
y del alba a la noche, sus amígdalas
tiemblan
bajo el mentón, racimos a punto de
estallar.
Y cuando el sueño austero abate sus
viseras,
sueñan, sobre sus brazos, con sillas
fecundadas:
auténticos amores, mínimos, como
asientos
bordeando el orgullo de mesas de
despacho.
Flores de tinta escupen pólenes como
tildes,
acunándolos sobre cálices en cuclillas,
como a ras de unos gladios un vuelo de
libélulas
––y su miembro se excita al rozar las
espigas
26
LOS ADUANEROS
Los que dicen: ¡Rediós!,
los que dicen ¡me cagüen!
soldados, marineros, pecios de Imperio,
viejos...
nada tienen que hacer ante los Nuevos
Guardias
que desgarran la azul frontera a
hachazos.
Pipa en boca, faca en mano, hoscos,
despreocupados
se van, cuando la sombra en el bosque
babea
como hocico de vaca, con sus perros
atados,
a practicar, terribles, sus juergas, en
la noche.
Marcan con leyes nuevas a las nocturnas
faunas
agarran por el cuello a Faustos y a
Diávolos.
«¡Esto ya no es posible, viejos! ¡Soltad
los bultos!»
Si su serenidad
se aproxima a los jóvenes,
el Agente es la presa de encantos que
controla...
¡Ay de los Delincuentes que su palma ha
rozado!
27
ORACIÓN DEL ATARDECER
Como un ángel sentado en manos de un
barbero,
vivo, alzando la jarra de profundos
gallones,
combados hipogastrio y cuello, con mi
pipa,
bajo un henchido viento de leves
veladuras.
Como excrementos cálidos de viejos
palomares
mil Sueños
me producen suaves quemazones
y mi corazón, triste, se parece a la
albura
que ensangrientan los oros ocres que el
árbol llora.
Después, tras engullirme mis Sueños con
cuidado,
me vuelvo y, tras beberme treinta o
cuarenta jarras,
me concentro, soltando mis premuras
acérrimas:
manso como el Señor del cedro y del
hisopo
meo hacia el pardo
cielo, alto, alto, tan lejos...
con el consentimiento de los
heliotropos.
28
CANTO DE GUERRA PARISINO
La Primavera ya llegó:
del fondo de las Fincas verdes,
el vuelo de Tiers
y Picard,
desplegado, su esplendor teje.
¡Culos desnudos, locos! ¡Mayo!
Escuchad, pues, cómo nos siembran
Sèvres,
Meudón, Bagneux y Asnières
estas flores de primavera.
Tienen shakó, sable y tantán;
dejaron los viejos velones;
y canoas que jam...
jam...jam...
los lagos con sangre recorren.
De juerga, más que nunca, estamos
cuando por nuestras madrigueras
caen los rubios cabujones
que alumbran auroras secretas.
Thiers y Picard
son unos Eros
raptores de heliotropos
que pintan Corots
a bombazos:
ya llegan zumbando sus tropos
Tumbado entre gladiolos, Favre
parpadea cual acueducto
con gemidos a la pimienta ...
¡Son amiguetes del Gran Truco!.
La gran ciudad arde, a pesar
de vuestras duchas de petróleo:
será preciso que os vayais
para que empiece otro episodio...
¡Y los Rurales
que dormitan
agachapados, día y noche,
oirán las ramas, al romperse,
movidas por rojizos roces!.
29
MIS PEQUEÑAS ENAMORADAS
Un hidrolito
lagrimal lava
los cielos color de berza
bajo el árbol de tiernos retoños
que vuestros cauchos
babea,
blancos, con sus lunas singulares
y sus redondos pialatos:
¡entrechocad vuestras rodilleras
mis adefesios amados!
En aquellos tiempos nos queramos,
¡mi azul y triste adefesio!
comíamos huevos al minuto
y murajes
color cielo.
Una noche me ungiste poeta,
mi adefesio rubio y garzo:
ven a mi lado, quiero azotarte
cuando estés en mi regazo.
Vomité tu crasa bandolina
lustroso adefesio negro:
tú, mi bandolón
me cortarías
por lo sano, a ras del pelo.
¡Qué asco, mi saliva reseca,
adefesio pelirrojo,
emponzoña aún las trincheras
de tus dos pechos orondos!
¡Pequeñas enamoradas mías,
cuánto y cuánto puedo odiaros!
¡Parchead con tristes bofetadas
vuestras tetas, que dan asco!
¡Saltad, saltad, viejas escudillas
repletas de sentimiento;
vamos, saltad, a ser bailarinas
tan sólo por un momento!
Los omóplatos se os desencajan,
amores, amores míos:
con una estrella en el lomo, cojas,
¡a seguir con vuestros giros!
¡Y para colmo, yo he rimado
en honor de estos perniles!
¡Si os pudiera romper las caderas
y de mi amor redimirme!
Montón sin gracia de estrellas rotas
volved a vuestros rincones
––Reventaréis en Dios, bien cargados
de ingnominia los serones.
Bajo las lunas particulares
y sus redondos pialatos,
¡entrechocad vuestras rodilleras,
mis adefesios amados!
30
EN CUCLILLAS
Tarde, cuando ya siente náuseas en el
estómago,
el lego
Milotús, con su ojo en la tronera
por donde el sol naciente, calderón
deslumbrante,
le lanza una migraña que le nubla la
vista,
remueve entre las sábanas su barrigón de
cura.
Se agita cual poseso bajo la manta
parda,
se tira de la cama, y haciéndose un
ovillo
tembloroso, asustado, cual viejo que
comiera
su rapé, le es preciso, cogiendo su
orinal,
blanco, remangarse hasta la ijada la
camisa.
Agachado, aterido, con los dedos del pie
encogidos, temblando, al claro sol que
ofrece
el oro de sus panes al pobre ventanal;
y la nariz del pobre, con resplandor de
laca,
resopla al nuevo día, carnoso polipero.
.....................................................................................
Se cuece a fuego lento, con los brazos
cruzados,
con el labio en la panza: siente cómo
sus muslos
se deshacen, al fuego, y sus calzas se
tuestan;
con la pipa apagada, nota algo que se
agita,
cual pájaro en su vientre, manso montón
de tripas.
Duermen en tomo a él, los muebles en
desorden,
torpes, entre jirones de mugre y
vientres sucios;
taburetes, cual sapos extraños, se
agazapan
en los negros rincones: abre el aparador
sus fauces de sochantre con torvos
apetitos.
El calor nauseabundo hinche la estrecha
celda;
el cerebro del pobre se atiborra de
harapos.
Siente cómo los pelos crecen por su piel
húmeda,
y a veces, entre hipidos de seriedad
grotesca,
se escapa, removiendo el taburete
cojo...
...................................................................................
Y de noche, en los rayos de la luna que
trazan
entorno a su trasero flecos de
resplandor,
una mínima sombra se agacha, sobre un
fondo
de nieve rosa, igual que si una
malvarrosa
Y una nariz quimérica va persiguiendo a
Venus
por el cielo abisal.
31
LOS POETAS DE SIETE AÑOS
A. M. P. Demeny
Y la Madre, cerrando el libro del deber
se marcha, satisfecha y orgullosa; no ha
visto
en los ojos azules y en la frente
abombada,
el alma de su hijo esclava de sus ascos.
Durante todo el día sudaba de
obediencia;
muy listo; sin embargo, algunos gestos
negros
pintaban en sus rasgos agrias
hipocresías.
En el pasillo oscuro con cortinas
mohosas,
le sacaba la lengua, al pasar, con los
puños
metidos en las ingles, frunciendo el
entrecejo.
Una puerta se abría en la noche: la
lámpara
lo alumbraba en lo alto, gruñendo en la
lomera,
bajo un golfo de luz colgado del tejado.
Sobre todo en verano, estúpido y
vencido,
pertinaz, se encerraba en las frescas
letrinas;
y allí pensaba, quieto, liberando su
olfato.
Cuando el jardín, lavado del aroma del
día
tras la casa, en invierno se inundaba de
luna,
tumbado al pie de un muro, enterrado en
la marga,
y apretando los ojos para tener
visiones,
escuchaba sarnosos rumores de espaldares
¡Compasión! sólo amaba a esos niños
canijos,
que avanzan, sin sombrero, con mirar
desteñido,
hundiendo macilentos dedos, negros de
barro,
en mugrientos harapos que huelen a
cagada
y que hablan con dulzura igual que los
cretinos.
Y, si su madre al verlo, presa de
compasiones
inmundas,
se asustaba, la ternura del niño,
honda, se abalanzaba contra aquella
extrañeza.
¡Está bien! Pues tenía el ojo azul
––¡que miente!.
A los siete, ya hacía novelas sobre el
mundo
del gran desierto, donde la Libertad
robada
luce: ¡sol, bosque, orillas, sabanas! Se
ayudaba
con textos ilustrados en los que, ebrio,
veía
Españolas que
rien y también Italianas,
y de pronto llegaba, loca y vestida de
india,
––ocho años––, ojos negros, la hija de
los obreros
de al lado ––una bruta, que un día le
saltó,
desde un rincón, encima, agitando sus
trenzas...
y al verla encima de él, le mordía las
nalgas,
pues no llevaba nunca falda con pantalón
––Y como ella le hiriese con puños y
talones,
se llevó hasta su cuarto el sabor de su
piel.
Temía los tristísimos domingos de
diciembre,
cuando, bien repeinado y en mesa de
caoba,
leía en una Biblia de cantos color berza;
los sueños le oprimían cada noche en la
alcoba.
No amaba a Dios; sólo a los hombres
negros con blusa,
que veía, de noche, por el hosco
suburbio,
donde los pregoneros, tras un triple
redoble
de tambor, reunían entorno a las
proclamas
el gruñido y los gritos de aquella
muchedumbre.
Soñaba con praderas en amor, en las que
olas
luminosas, perfumes y pubescencias de
oro
se agitan lentamente hasta emprender el
vuelo.
Y al gozar, ante todo, con las cosas
umbrías,
cuando en la habitación, con la persiana
echada,
alta, azul, aunque llena de ásperas
humedades,
leía su novela mil veces meditada,
cargada de ocres cielos y bosques
sumergidos,
y de flores de carne que hacia el cielo
se abrían,
¡vértigos y derrubios, fracaso y
compasión!
––Mientras iba creciendo el rumor del
suburbio
en la calle––, acostado, solo, sobre
cretonas
crudas, y presintiendo la vela con furor
26 de mayo de 1871
32
LOS POBRES EN LA IGLESIA
Aparcados en bancos de roble, en los rincones
de la iglesia que entibia su aliento, con los ojos
clavados en el coro dorado, mientras brama
la escolanía cánticos piadosos por sus fauces,
aspirando la cera como un olor de hogaza,
dichosos, humillados, cual perros que apalean,
los pobres del Buen Dios,
el patrón y el señor,
ofrecen sus Oremus, irrisorios y obtusos.
¡Está bien ofrecerle bancos lisos a la hembra
después de los seis días en que Dios la maltrata!
pues acuna, revuelto en extrañas pellizas,
algo parejo a un niño que llora sin cesar.
Con las tetas mugrientas al aire, estas sopistas,
con la oración prendida en ojos que no rezan,
miran a las golfillas de triste pavoneo,
busconas bajo el ala del sombrero deforme.
Fuera, el frío y el hambre y el hombre con su juerga:
¡pues, vale! una hora más; después males a miles.
––Mientras, en torno a ellas, gime,
ganguea, charla
un grupito de viejas con enormes
papadas.
Y están los epilépticos y esos
despavoridos
que todo el mundo huye en las
encrucijadas;
y husmeando gozosos
en los viejos misales
esos ciegos que un perro introduce en
los patios.
Babeando una fe pordiosera y estúpida,
todos dicen su queja infinita a Jesús
que sueña en lo alto, lívido, por la luz
amarilla,
lejos de flacos malos y de malos
panzudos,
del olor de la carne y las telas
mohosas:
farsa humilde y sombría de gestos
asquerosos.
––Y la oración florece con frases
escogidas,
y el misticismo adopta matices
apremiantes,
cuando en la nave el sol muere, y
pliegues de seda
sosos y verdes risas, las damas de los
barrios
distinguidos, ––¡Jesús!–– las enfermas
de hígado,
dan a besar sus dedos, en el agua
bendita.
1871
33
EL CORAZÓN ROBADO
¡Mi triste corazón
babea a popa,
mi corazón que colma el caporal
y me vierten en él chorros de sopa,
mi triste corazón babea a popa:
con las bromas sangrientas de la tropa
que brama un carcajeo general,
mi triste corazón babea a popa,
mi corazón que colma el caporal!
Itiofálicos
y soldadinescos
sus chistes sangrientos lo han
depravado;
y de noche componen unos frescos
itiofálicos y soldadinescos.
¡Oleajes abracadabrantescos
llevadme el corazón, que sea lavado!
Itiofálicos y soldadinescos
sus chistes sangrientos lo han
depravado.
Cuando se agoten sus chimós
gargálicos
¿cómo vivir, oh corazón robado?
llegarán con sus estribillos báquicos;
cuando se agoten sus chimós gargálicos
sentiré sobresaltos estomáquicos,
yo, el del corazón despedazado.
Cuando se agoten sus chimós gargálicos
¿cómo vivir, oh corazón robado?
Mayo de 1971
34
LA ORGÍA PARISINA
O
PARÍS VUELVE A POBLARSE
¡Cobardes, aquí está! ¡La estación os
vomita!
El sol ha enjugado con su ardiente
pulmón
los paseos que un día ocuparon los
Bárbaros.
Ésta es la Ciudad santa, sentada al
occidente.
¡Vamos! se han prevenido los reflujos de
incendios.
Ved los muelles aquí, allá los
bulevares,
las casas sobre el cielo azul,
brillante, ingrávido,
antaño constelado por un rubor de
bombas.
¡Esconded los palacios muertos en
cajoneras!
El viejo día loco refresca los
recuerdos.
Ved el rebaño rojo de impúdicas
nalgueras:
locos, podréis ser raros, pues vais
despavoridos.
Perras que vais en celo comiendo
cataplasmas,
las casas de oro os llaman a gritos. ¡Id,
volad!
¡Comed! La noche alegre con sus hondos
espasmos
ha bajado a la calle. ¡Bebedores aciagos
bebed! Cuando amanece, con luz intensa y
loca
que a vuestro lado husmea los lujos
desbordados,
¿no os volvéis, frente al vaso,
impávidos babosos,
con los ojos perdidos en blancas
lejanías?
¡Tragad, para la Reina de nalgas en
cascada!.
Escuchad cómo suenan los eructos
estúpidos,
¡desgarrados! ¡Oíd, cómo en noches
ardientes
saltan con estertores, viejos, peleles,
siervos!
¡Corazones mugrientos, bocas
horripilantes,
más fuerte, ¡masticad! hediondos
gaznates!
Que les traigan más vino a estos lerdos
ignobles:
la andorga se os derrite de infamia,
¡Vencedores!
¡Desplegad vuestro olfato a las náuseas
grandiosas!
¡Emponzoñad las cuerdas que esperan
vuestros cuellos!
Posando, en vuestras nucas, sus manos
enlazadas
el Poeta os impele, «i cobardes!, a ser
locos».
Como andáis escarbando el vientre de la
Hembra
teméis que tenga aún un estremecimiento,
y grite, sofocando vuestra infame camada
contra su duro pecho, con horrible
apretón.
Peleles, sifilíticos, locos, reyes,
ventrílocuos,
¿qué le puede importar al putón de París
vuestras almas y cuerpos, harapos y
ponzoñas?
¡Os zarandeará, hurañas podredumbres!
Y cuando hayáis caído, gimiendo contra
el pecho,
derrumbados, pidiendo, locos, vuestro
dinero,
la roja cortesana, la de las tetas
bélicas
lejos de vuestros miedos, apretará los
puños.
Después de haber bailado con furia en
las tormentas,
París, tras recibir tan numerosos tajos,
cuando yaces, ahora, guardando en tus
pupilas
luminosas, la dicha de un renacer
salvaje.
¡Oh ciudad dolorida, oh ciudad casi
muerta,
con tu rostro y tus pechos de cara al
Porvenir,
ofrecida a la noche de mil puertas
vacías,
y que un Pasado horrible podría bendecir:
cuerpo magnetizado para males enormes,
que te bebes la vida, espantosa, de
nuevo,
al manar de tus venas un flujo de
gusanos
blancos, mientras helados dedos rondan
tu amor.
¡Y no está mal! Las larvas, las larvas
macilentas
no podrán estorbar tu soplo de Progreso,
igual que las Estringes
no apagaron el ojo
azul de las Cariátides
que inunda un oro astral.
Aunque sea espantoso verte cubierta así;
aunque nunca ciudad fuera cambiada en
úlcera
tan hedionda, en medio de la verde
Natura,
el Poeta te dice: «Tu Belleza es
espléndida».
La tormenta te ha hecho poesía suprema;
el inmenso bullicio de las fuerzas te
alienta;
tu obra hierve, la muerte ruge, ¡Ciudad
ungida!
Amontona estridencias en lo hondo del
clarín
El Poeta
hará suyo el llanto del Infame,
el odio del Forzado, el clamor del
Maldito;
y sus rayos de amor flagelarán las
Hembras.
Su estrofa brincará: ¡Mirad, mirad,
bandidos!
Sociedad, todo ha vuelto a su sitio: la
orgía
llora su estertor viejo en el viejo
prostíbulo;
y el gas, en su delirio, por las
murallas rojas,
arde siniestramente hacia el pálido
azul.
Mayo de 1871
35
LAS MANOS DE JEANNE-MARIE
Jeanne-Marie tiene las manos fuertes,
manos oscuras que ha curtido el sol,
pálidas manos, como manos muertas.
––¿De Juana estas manos son?.
¿Han absorbido morenas pomadas
por el mar de la voluptuosidad?
¿han ido a templarse
en la luz de luna
que llena el estanque de paz?
¿No habrán ido a beber bárbaros cielos,
serenas sobre rodillas galantes?
o ¿no habrán enrollado enormes puros
o traficado con diamantes?
¿No habrán marchitado pétalos de oro
a los pies ardientes de las Madonas?.
Pero, en su palma brota y duerme, negra,
la sangre de la belladona.
¿Manos cazadoras de negros dípteros
que se van, libando los azulones
de las mañanas hacia los nectarios,
y que mezclan negras pociones?
¿Qué Sueño loco las habrá llevado
en insólitas pendiculaciones?
Un extravagante sueño de Asias
de Kengavares
y Siones.
Estas manos no han vendido naranjas
ni se han bronceado al pie de los
dioses:
estas manos no han lavado pañales
de niños ciegos y tripones.
No son manos de prima,
ni de obreras
de frentes abombadas y que abrasa,
un sol ebrio de oscuros alquitranes,
por bosques que apestan a fábrica.
Son manos que desloman espinazos,
pero que nunca han hecho el menor daño;
fatales, con fatalidad de máquinas,
pero fuertes como un caballo.
Se agitan como si fueran hogueras,
y al sacudirse sus fríos temblores
sus carnes van cantando Marsellesas:
¡nunca canta Kirieleisones!
Os pueden romper el cuello, mujeres
indignas, y triturar vuestras manos,
nobles mujeres, sucias de carmín
y de polvos ––manos de fango.
¡Vuelve tontos de amor a los borregos
el brillo de estas manos que enamoran!
Y el sol, en su esplendor, siembra un
rubí
por su falange apetitosa.
Lunares y manchas de muchedumbre
las broncean, como pechos de antaño:
¡El dorso de estas Manos es la plaza
que todo Rebelde ha besado!
¡Se han vuelto pálidas, con encanto,
a pleno sol, cuando de amor rebosa,
por el París en rebeldía, junto
al bronce de ametralladoras,
¡Pero, a veces, oh sacrosantas manos
en tus puños, Manos en las que tiemblan
nuestros labios nunca desembriagados,
grita el fulgor de una cadena!
Y en nuestro ser un sobresalto extraño
irrumpe, cuando quieren, Manos de ángel,
arrancaros la carga que os arrastra,
hasta que brota vuestra sangre.
36
LAS HERMANAS DE CARIDAD
El joven cuyos ojos son brillantes, con
cuerpo
moreno, que debiera ir desnudo a su
edad,
con su frente ceñida de cobre, ante la
luna,
adorado por Persas, Genio desconocido,
desbocado, aunque tiene ternuras
virginales
y negras, orgulloso de su empeño
primero,
cual los mares recientes, llanto en
noches de estío
que se agitan insomnes en lechos de
diamantes;
este joven, al ver la fealdad del mundo,
tiembla en su corazón ampliamente
irritado,
y henchido por la herida profunda y
permanente
desea que su hermana de caridad venga a
él
Pero, Mujer, montón de entrañas, piedad
dulce,
nunca fuiste hermana de caridad, no,
nunca;
negra mirada, vientre en el que duerme
roja
umbría, dedos leves, pechos bien
torneados.
Ciega, que aún dormitas, con pupilas
inmensas,
nuestro abrazo no fue sino nudo de
dudas:
portadora de tetas, eres tú la que pende
de nosotros, ¡oh, duerme!, risueña honda
Pasión.
Tus odios, tus perezas permanentes, tus
faltas,
y tus brutalidades antaño padecidas,
nos las devuelves, todas, Noche, pero
sin odio,
como el raudal de sangre que cada mes
derramas
Cuando la hembra, aguantada un momento,
lo aterra,
Amor, canto a la vida y llamada a la
acción,
llegan la Musa verde y la justicia
ardiente,
y desgarran su carne con augusta
obsesión
Siempre conmocionado por calmas y
esplendores,
dejado por las dos Hermanas implacables,
gimiendo con ternura tras la ciencia
nodriza,
le ofrece al verde campo
su frente herida, en flor.
Pero la negra alquimia y los santos
estudios
repugnan al herido, sombrío sabio
altivo,
que siente alzarse en él atroces
soledades.
Entonces, siempre hermoso, sin asco del
sepulcro...
que crea en la gran meta, los Sueños o
Paseos
inmensos, por la noche negra de la
Verdad,
y que te llame, enfermo, en su alma y en
sus miembros,
¡oh Muerte, misteriosa, oh Sor de
caridad!
Junio 1871
37
LAS DESPIOJADORAS
Cuando la frente infante, con sus rojas
tormentas
convoca al blanco enjambre de los sueños
difusos,
llegan junto a su cama dos hermanas
risueñas
con sus gráciles dedos de uñas
argentinas.
Sientan al niño frente al ventanal
abierto,
donde el aire azul baña torbellinos de
flores
y por su denso pelo preñado de rocío
sus dedos se pasean, seductores,
terribles.
Él, escucha el cantar de sus hálitos
tímidos
que expanden amplias mieles vegetales y
rosas
y que interrumpe a veces un silbido
––saliva
que los labios absorben o ganas de
besar.
Escucha sus pestañas latir en el
silencio
perfumado; y sus dedos, eléctricos y
suaves,
provocan los chasquidos,
entre indolencias grises,
de los piojillos muertos, por sus uñas
de reina.
Y un vino de Pereza sube en él, un
suspiro
de armónica, capaz de llegar al delirio:
y el niño siente, al ritmo lento de las
caricias,
cómo brotan y mueren sus ansias de
llorar.
38
LAS PRIMERAS COMUNIONES
I
¡Hay algo más estúpido que una iglesia
de pueblo
en la que diez mocosos, pegados a los
muros,
oyen, cómo ganguea bisbiseos divinos
un negro
estrafalario, cuyos choclos fermentan:
mientras, el sol despierta, perforando
el follaje,
los colores añejos de las toscas
vidrieras!
La piedra huele siempre a la tierra
materna.
Podréis ver montoneras de cascotes
terrosos
en la campiña en celo que, inmensa, se
estremece,
junto al trigo preñado, por los senderos
ocres,
con arbustos canijos donde la endrina
grana,
––nudos de zarzamora, rosales cagaleros.
Cada cien años hacen que estas granjas
sean dignas
gracias a un encalado de agua azul y de
leche
y aunque podamos ver misticismos
grotescos
junto a Nuestras Señoras
o al santo disecado,
moscas que huelen bien, a taberna o a
establo,
se atiborran de cera en el suelo con
sol.
El destino del niño está en casa,
familia
de ingenuos menesteres y estúpidos
trabajos;
y se van, olvidando que su piel
hormiguea
donde el Cura de Cristo hundió sus
fuertes dedos.
Y al Cura se le paga un emparrado
umbroso
para que deje al sol estas frentes
morenas
El primer traje negro, el día de las
tartas,
bajo Napoleón y el Niño del tambor,
estampas de colores, donde
Josés y
Martas
sacan la lengua con un amor excesivo,
y más tarde, dos mapas del día de la
ciencia
éstos son los recuerdos que quedan del
Gran Día.
Las chicas llegan siempre contentas a la
iglesia:
les gusta que los chicos la traten de
putillas,
y adoptando unos aires... después de
Misa y Vísperas,
ellos, predestinados al garbo
cuartelero,
en el café, desprecian las casas
honorables,
bien vestidos, bramando espantosas
canciones.
El Cura, sin embargo, selecciona dibujos
para la infancia y, cuando, a su patio,
de noche,
llegan los soniquetes lejanos de los
bailes,
siente a pesar del cielo y de sus
prohibiciones
cómo el ritmo le arrastra las piernas y
los pies.
––La Noche negra arriba, pirata en cielo
de oro.
II
El Cura ha distinguido entre los catequistas,
venidos de Suburbios
o de Barriadas Ricas,
a esta desconocida, pequeña y de ojos tristes,
frente amarilla y padres mansos como porteros.
«Y el Gran Día, eligiéndola entre los Catequistas,
Dios hará que sobre ella nieve el agua bendita.»
III
La noche del Gran Día, la niña cae enferma.
Mejor que en la alta Iglesia de fúnebres rumores,
llega el escalofrío ––la cama es un buen sitio––,
un temblor sobrehumano persistente: «¡Me muero!»
Y robando su amor a sus necias hermanas,
va contando, abatida, las manos sobre el
pecho,
Ángeles y Jesuses, y sus brillantes
Vírgenes...
y su alma, lentamente bebe a su
vencedor.
¡Adonai!... En el eco de los nombres
latinos,
cielos de moaré verde bañan Frentes
bermejas,
y manchados con sangre de los celestes
pechos
grandes tules de nieve caen sobre los
soles.
––Y para sus purezas presentes y futuras
mordisquea
el frescor de tu eterno Perdón
pero, más que el nenúfar, más que las
mermeladas,
tu perdón está helado, ¡oh Reina de Sión!.
IV
Luego, la Virgen es sólo virgen de
libro.
Los arrebatos místicos se quiebran
tantas veces...
Y llega la pobreza de la estampa, que
dora
el tedio, el color atroz y las viejas
maderas.
Leves curiosidades, ligeramente
impúdicas,
atormentan el sueño de azules castidades
que nace al rededor de las celestes
túnicas
de tul con que Jesús vela su desnudez.
Sin embargo, se empeña, con el alma
angustiada,
con la frente en la almohada que
perforan sus gritos,
en prolongar los brillos de ternura
suprema,
y babea... Las sombras llenan casa y
corrales.
La niña ya no aguanta, y se agita
combando
la espalda: con la mano corre el dosel
azul
para que la frescura de la alcoba
penetre
la cama, hasta su pecho y su vientre que
arden.
V
De noche, se despierta; la ventana está
blanca;
en el ensueño azul del visillo inlunado,
la visión del domingo la arroba en su
candor;
su sueño ha sido rojo. Sangra por la
nariz;
y al sentirse muy casta y demasiado
débil,
para saborear un Amor que renace,
tiene sed de la noche en la que se alza
y cae
el alma, bajo el ojo de un cielo
adivinado;
tiene sed, Virgen Madre impalpable, que
baña
los jóvenes temores con sus silencios
grises;
sed de la noche ardiente en la que
corazón roto
derrama sin testigos su rebelión sin
gritos.
Su
estrella pudo verla, con la vela en la mano,
haciéndose la víctima y la joven esposa,
bajar al patio donde una blusa se orea,
despertando, cual ánima, los duendes del
tejado
VI
Pasó su noche santa metida en las
letrinas.
El aire se colaba, blanco, por la
techumbre
hasta su vela, y parras vírgenes color
púrpura
caían, en cascadas, desde el corral de
al lado.
La ventanita
era un corazón de luz
en el patio, y el cielo pintaba de oros
rojos
los cristales; el suelo, que olía a
lavadero,
cargaba
con la sombra del muro, negros sueños.
..............................................................................................
VII
¿Quién dirá estos desmayos y este fervor
inmundo,
y el odio en que se cambian más tarde,
¡sucios locos!
cuyo empeño divino deforma el mundo,
incluso,
cuando la lepra, al fin, se coma el
dulce cuerpo?.
.............................................................................................
VIII
Y, cuando hayan pasado, estos nudos
de histeria,
verá, bajo los tedios de la felicidad,
al amante que sueña en el blanco millón
de Marías, tras la noche de amor, con
dolor:
«Te has muerto en mí, ¿lo sabes? He
cogido tu boca,
tu alma, cuanto tenemos ––todo cuanto
tenéis.
Pero yo estoy enferma: ¡quiero que me
recuesten
con los Muertos saciados por las aguas
nocturnas!.
»Era joven y Cristo me ha ensuciado el
aliento.
Me colmó hasta el gaznate de amarguras y
de ascos.
Besabas mis cabellos profundos como
lanas,
yo me dejaba hacer... ¡Cómo os gusta
besarlos,
»hombres!, que no pensáis que la más
amorosa
es, bajo su conciencia de pavores
ignobles,
la más prostituida y la más angustiada,
que el impulso hacia el Hombre
es siempre torpe error.
»Mi Comunión está tan pasada, tan
lejos...
Pero tus besos, nunca he podido
acogerlos:
y mi amor, y mi carne, por tu carne
abrazada
hierve aún con el beso pútrido de
Jesús.»
IX
Y el alma corrompida y el alma desolada,
verán cómo chorrean tus negras
maldiciones.
––Y se habrán acostado sobre tu Odio
intocable,
libres, para la muerte, de las pasiones
justas
¡Cristo! ¡Cristo! ladrón eterno de
energías,
Dios, que durante siglos ungiste a tu
tristeza,
remachada a la tierra, de oprobio y
cefalalgia,
o arrastrada, la frente de la hembra del
dolor.
Julio de 1871
39
EL JUSTO SE SENTABA...
El Justo erguía, recto, sus sólidas
caderas:
un rayo le doraba los hombros; el sudor
me invadió: «¿Quieres ver bólidos que
rutilan
y, puesto en pie, escuchar cómo zumba el
fluir
de los lácteos astros y enjambres de
asteroides?
»En farsas nocturnales alguien te está
espiando.
Oh justo. Te es preciso un techo. Calla
y reza,
tapado por las sábanas, dulcemente
purgado,
y si algún errabundo llamara a tu
ostiano,
le dices: “¡Márchate, Hermano, estoy
lisiado”.»
Pero el Justo seguía de pie, en el
espanto
azulón de la hierba, debajo del sol
muerto.
«Y, ¿no pondrás en venta tus tristes
rodilleras,
oh Anciano? ¡Peregrino sacro, Bardo de
Armor,
Llorón de los Olivos, mano que el amor
calma!
»Barba de la familia,
puño de la ciudad,
creyente manso: ¡Alma que se derrama en
cálices,
majestades, virtudes, amor y ceguedad,
¡Justo!, más tonto y más inmundo que una
perra.
¡Yo soy aquel que sufre pero se ha
rebelado!.
»Me río a carcajadas, oh estúpido, me
muero
de risa en la esperanza de tu burdo
perdón.
Estoy maldito,
sabes, borracho, loco, lívido.
¡Y qué quieres! Pues vete a dormirte, oh
Justo,
¡Poco me importa a mí tu torpedo
cerebro!
»¡Tú eres el justo, ¿no?, el justo, y
eso basta!
Hay que admitir que, mansas, tu ternura
y razón
resoplan en la noche igual que los
cetáceos,
que te has hecho proscrito, y que
vomitas trenos
por espantosas flautas,
caducas y chascadas.
»¡Y eres ojo de Dios, cobarde! Pero,
incluso,
si el frío de sus pies me oprimiera la
nuca
eres cobarde. ¡Oh frente infectada de
liendres!
Sócrates y
Jesús, Santos y Justos
¡qué asco!.
¡Respetad al Maldito supremo, en noches
cruentas!»
Todo esto vomité sobre el mundo, y la
noche
blanca y tranquila henchía el cielo en
mi delirio.
Y, cuando alcé mi frente, el fantasma se
iba,
llevándose el atroz sarcasmo de mis
labios...
¡Venid, vientos nocturnos, para hablarle
al Maldito!
Mientras, silencioso, bajo enormes
pilastras
de azul,
desperezando los cometas y nudos
del universo, enorme conmoción sin
desastres,
el Orden, cual vigía, rema en el
firmamento
y de su draga en fuego brotan hileras de
astros.
¡El justo, que se vaya, atada la corbata
del oprobio a su cuello, rumiando mi
pesar,
dulce como el azúcar en el diente
podrido.
––Como la perra, tras la embestida del
perro,
lamiéndose el costado del que cuelgan
sus tripas.
¡Que invoque caridades mugrientas y
progresos... ¡.
––Yo desprecio los ojos de esos chinos
panzudos––
y luego tararee como un montón de niños
que van morir, tontos de imprevistas
canciones:
¡Justos, nos cagaremos en vuestros
vientres huecos!
Julio de 1871
40
LO QUE SE LE DICE AL POETA
A PROPÓSITO DE LAS FLORES
A Monsieur
Théodore de Banville
I
Arrastrado hacia
negros azules
donde el mar de topacios palpita,
se abrirán en tu noche los Lilios,
del éxtasis ––lavativas.
Y en nuestra época de sagú,
cuando las plantas son laboriosas,
el Lilio beberá azules tedios
en tus Prosas
religiosas.
Soneto del ochocientos treinta,
el Lilio del señor de Kerdrel,
el Lilio que se da al Menestril,
el amaranto, el clavel.
Lilios, más Lilios, ¿dónde se meten?.
Pero en tu verso, como las mangas
de Pecadoras de andares suaves,
se agitan sus flores blancas.
Y siempre, Querido, al darte un baño,
tu camisa de rubias axilas
se llena, sobre inmundos miosotis.
con las matinales brisas.
El Amor sólo abre su fielazgo
a las Lilas ––¡columpios de brisa!
y a las Violetas del Bosque, dulces
gargajos de negras Ninfas!.
II
¡Poetas, incluso si tuvierais
a las Rosas, las Rosas hinchadas,
rojas, sobre tallos de laurel
orladas con mil octavas,
o si Banville, en forma de nieve,
las lanzara, rolando, sangrientas,
hiriendo el ojo del forastero
en su lectura malévola...
en nuestros bosques, en nuestros prados,
Oh, fotógrafos de alma serena,
la Flora es tan variada como
los tapones de botella!
Qué cruz de vegetación, franceses,
colérica, ridícula y tísica
por la que el vientre de los pachones
navega, al caer el día
;
qué cruz, tras los dibujos odiosos
de azules Lotos y de Heliantos,
para las Primeras Comuniones,
de estampas rosas con santos!
La Oda al Azoka qué
bien rima
con la estrofa en ventana de putilla;
mientras, mariposas deslumbrantes
cagan en las Chirivitas.
¡Viejos follajes y viejos galones!
¡Dios, qué vegetales virguerías!
¡Flores extrañas de los Salones!
¡Echemos a las avispas
estos fofos llorones florales
que Granville
hubiera apadrinado
y que amamantaron los colores
de aciagos astros opacos!.
¡Vuestros jipidos de caramillo
dan glucosas la mar de preciosas!
––¡Cuántos huevos fritos con sombrero,
Lilio, Rosa, Lila, Azoka!...
III
Blanco Cazador que vas sin medias
por los blandos pastizales pánicos
¿no puedes, no debes, ensanchar
tu sapiencia de botánico?
Querrás sustituir, mucho me temo,
la cantárida a los grillos rojos
y las Floridas a las Noruegas:
y al Rin azul Ríos de oro.
Pero, Querido, el Arte hoy en día
no se rige por estos parámetros:
que el raro eucaliptus se retuerza
constreñido en un hexámetro
¡Basta ya!... Como si las Caobas
sirvieran, incluso en las Guyanas,
sólo a las cascadas de sajúes
con delirios de lianas.
––Veamos, ¿una Flor, el Romero
o el Lilio, vale, esté viva o muerta,
la caca de un pájaro marino?
¿o el lamento de una vela?
––¡Y he dicho lo que decir quería!.
¡Pero incluso tú, tumbado en una
choza de bambú, con la persiana
echada, de persa oscura,
limpiarías el culo a flores
dignas de Oises
extravagantes!...
––Tus razones son, ¡Poeta!, tan
risibles como arrogantes...
IV
No pintes pampas primaverales,
negras de atroces insurrecciones;
¡pinta tabacos y algodonales
que el hombre exótico coge!
Dinos, frente que Febo curtió,
de cuántos dólares es el rédito
de Pedro Velázquez ––en La Habana;
caga en el mar de Sorrento
por el que bogan miles de Cisnes;
que tus estrofas sean proclamas
por el descepe de los manglares
que hidras y olas horadan.
Sume tu estrofa en bosques sangrientos
y ofrece luego a tus Semejantes
temas nuevos, con blancos azúcares,
con gomas y expectorantes.
Dinos si el oro que cubre el Pico
nevado nace, en el dulce Trópico,
de un desove de insectos en vuelo
o de musgos microscópicos.
¡Busca, Cazador, te lo exigimos
alguna granza
aromatizada
que naciendo, ya, con pantalones
empuñe pronto las armas!
¡Busca en la linde del Bosque en sueños
flores como fauces de dragones
que babean pomadas de oro
por la testuz del Bisonte!
¡Busca en prados de Azul, donde tiembla
la plata albar de las pubescencias,
Cálices llenos de Huevos ígneos,
cociendo entre las esencias!
¡Busca Cardenchas
algodonosas
que diez burros con ojos de brasa
hilan, devanan y anudan! ¡Busca
flores que sean butacas!
¡Busca en las vetas negras y hondas
flores que son casi como piedras,
con sus ovarios blondos y duros
junto a amígdalas de gema!
¡Sírvenos, Farsante, ya que puedes,
en fuente deslumbrante de plata
ragúes de Lilios al sirope,
para cucharas de alpaca!
V
Alguien nos cantará el gran Amor,
ladrón de las negras Indulgencias:
¡pero, ni Renán,
ni Murr
han visto
la inmensa y Azul Umbela!
Artista, anima en nuestros torpores,
gracias a los perfumes, locuras;
elévanos hasta las purezas
de las Marías más puras...
¡Comerciante, aparcero, médium!
tu Rima brotará rosa o blanca
como si fuera un rayo de sodio,
cual caucho que se derrama.
¡Juglar, que de tus negros Poemas,
blancos, verdes y rojos dióptricos,
se escapen volando extrañas flores
y eléctricos lepidópteros!
¡Nuestro siglo es un Siglo de infierno!
Los postes y los hilos telegráficos
lucirán, lira de cantos férreos
por tus omóplatos mágicos.
¡Danos, ante todo, tu versión
rimada del mal de la patata!
––Y para que puedas escribir
versos que el misterio inflama,
leídos desde Paramaribo
a Tréguier,
cómprate raudamente
la Gran Obra del Señor Figuier
––icon
grabados, en Hachette!.
ALCIDE BAVA
A. R
14 de julio de 1871
41
EL BARCO EBRIO
Según iba bajando por Ríos impasibles,
me sentí abandonado por los hombres que
sirgan:
Pieles Rojas gritones les habían
flechado,
tras clavarlos desnudos a postes de
colores.
Iba, sin preocuparme de carga y de
equipaje,
con mi trigo de Flandes y mi algodón
inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el
alboroto:
los Ríos me han llevado, libre, adonde
quería.
En el vaivén ruidoso de la marea airada,
el invierno pasado, sordo, como los
niños,
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus
amarras,
no conocieron nunca zafarrancho mayor.
La galerna bendijo mi despertar marino,
más ligero que un corcho por las olas
bailé
––olas que, eternas, rolan los cuerpos
de sus víctimas––
diez noches, olvidando el faro y su ojo
estúpido.
Agua verde más dulce que las manzanas
ácidas
en la boca de un niño mi casco ha
penetrado,
y rodales azules de vino y vomitonas
me lavó, trastocando el ancla y el
timón.
Desde entonces me baño inmerso en el
Poema
del Mar, infusión de astros y vía
lactescente,
sorbiendo el cielo verde, por donde
flota a veces,
pecio arrobado y pálido, un muerto
pensativo.
Y donde, de repente, al teñir los
azules,
ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor
del día,
más fuertes que el alcohol, más amplios
que las liras,
fermentan los rubores amargos del amor.
Sé de cielos que estallan en rayos, sé
de trombas,
resacas y corrientes; sé de noches...
del Alba
exaltada como una bandada de palomas.
¡Y, a veces, yo sí he visto lo que
alguien creyó ver!.
He visto el sol poniente, tinto de
horrores místicos,
alumbrando con lentos cuajarones
violetas,
que recuerdan a actores de dramas muy
antiguos,
las olas, que a lo lejos, despliegan sus
latidos.
Soñé la noche verde de nieves
deslumbradas,
beso que asciende, lento, a los ojos del
mar,
el circular de savias inauditas, y azul
y glauco, el despertar de fósforos
canoros.
Seguí durante meses, semejante al rebaño
histérico, la ola que asalta el
farallón,
sin pensar que la luz del pie de las
Marías
pueda embridar el morro de asmáticos
Océanos.
¡He chocado, creedme, con Floridas de
fábula,
donde ojos de pantera con piel de hombre
desposan
las flores! ¡Y arcos iris, tendidos como
riendas
para glaucos rebaños, bajo el confín
marino!
¡He visto fermentar marjales imponentes,
nasas donde se pudre, en juncos,
Leviatán!.
¡Derrubios de las olas, en medio de
bonanzas,
horizontes que se hunden, como las
cataratas.
¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar,
cielos
de brasa! Hórridos pecios engolfados en
simas,
donde enormes serpientes comidas por las
chinches
caen, desde los árboles corvos de negro
aroma!
Quisiera haber mostrado a los niños
doradas
de agua azul, esos peces de oro, peces
que cantan.
––Espumas como flores mecieron mis
derivas
y vientos inefables me alaron,
al pasar.
A veces, mártir laso de polos y de
zonas,
el mar, cuyo sollozo suavizaba el
vaivén,
me ofrecía sus flores de umbría, gualdas
bocas,
y yacía, de hinojos, igual que una
mujer.
Isla que balancea en sus orillas gritos
y cagadas de pájaros chillones de ojos
rubios
bogaba, mientras por mis frágiles
amarras
bajaban, regolfando, ahogados a dormir.
Y yo, barco perdido bajo cabellos de
abras,
lanzado por la tromba en el éter sin
pájaros,
yo, a quien los guardacostas o las naves
del Hansa
no le hubieran salvado el casco ebrio de
agua,
libre, humeante, herido por brumas
violetas,
yo, que horadaba el cielo rojizo, como
un muro
del que brotan ––jalea exquisita que
gusta
al gran poeta–– líquenes de sol, mocos
de azur,
que corría estampado de lúnulas
eléctricas,
tabla loca escoltada por hipocampos
negros,
cuando julio derrumba en ardientes
embudos,
a grandes latigazos, cielos
ultramarinos,
que temblaba, al oír, gimiendo en
lejanía,
bramar los Behemots
y, los densos Malstrones,
eterno tejedor de quietudes azules,
yo, añoraba la Europa de las viejas
murallas
¡He visto archipiélagos siderales, con
islas
cuyo
cielo en delirio se abre para el que boga:
––i.Son las noches sin fondo, donde
exiliado duermes,
millón de aves de oro, ¡oh futuro
Vigor!?.
¡En fin, mucho he llorado! El Alba es
lastimosa.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
áspero, el amor me hinchó de calmas
ebrias.
¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda
en el mar!
Si deseo alguna agua de Europa, está en
la charca
negra y fría, en la
que en tardes perfumadas,
un niño, acurrucado en sus tristezas,
suelta
un barco leve cual mariposa de mayo.
Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus
molicies,
usurparle su estela al barco algodonero,
ni traspasar la gloria de banderas y
flámulas
ni nadar, ante el ojo horrible del
pontón.
42
VOCALES
A negro, E blanco, I rojo, U verde, O
azul: vocales
algún día diré vuestro nacer latente:
negro corsé velludo de moscas
deslumbrantes,
A, al zumbar en tomo a atroces
pestilencias,
calas de umbría; E, candor de pabellones
y naves, hielo altivo, reyes blancos,
ombelas
que tiemblan. I, escupida sangre, risa
de ira
en labio bello, en labio ebrio de
penitencia;
U, ciclos, vibraciones divinas, verdes
mares,
paz de pastos sembrados de animales, de
surcos
que la alquimia ha grabado en las
frentes que estudian.
O, Clarín sobrehumano preñado de
estridencias
extrañas y silencios que cruzan Mundos y
Ángeles:
O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos.
43
LA ESTRELLA LLORÓ ROSA ....
La estrella lloró rosa, prendida de tu
oído,
el infinito, blanco, roló por tus
espaldas,
el mar tornasoló pelirrojo
tus tetas
y el hombre sangró negro por tu flanco
de diosa.
44
LOS CUERVOS
Señor, cuando los prados están fríos
y cuando en las aldeas abatidas
el ángelus lentísimo acallado,
sobre el campo desnudo de sus flores
haz que caigan del cielo, tan queridos,
los cuervos deliciosos.
¡Hueste extraña de gritos justicieros
el cierzo se ha metido en vuestros
nidos!
A orilla de los ríos amarillos,
por la senda de los viejos calvarios,
y en el fondo del hoyo y de la fosa,
dispersaos, uníos.
A millares, por los campos de Francia,
donde duermen nuestros muertos de
antaño,
dad vueltas y dad vueltas, en invierno,
para que el caminante, al ir, recuerde.
¡Sed pregoneros del deber, ¡Oh nuestros
negros pájaros fúnebres!
Santos del cielo, en la cima del roble,
mástil perdido en la noche encantada,
dejad la curruca de la primavera
para aquél que en el bosque encadena,
bajo la yerba que impide la huida,
la funesta derrota.
III.
ÁLBUM DE
COÑA
1
LILIO
¡Oh columpios!
¡Oh lilios! ¡Clisobombas
de plata!
¡Que esquivais
los trabajos y despreciais
las hambres!.
¡El amor detergente de la aurora os
delata
y dulzuras de cielo os pringan los
estambres!
ARMAND SILVESTRE
A. R.
2
LOS LABIOS CERRADOS
VISTO EN ROMA
Existe en Roma, en la Sixtina
cubierta de emblemas cristianos
una vitrina escarlatina
do secan nasos muy ancianos
Nasos de ascetas tebaídicos,
nasos de prestes del Grial
do nacieron nocturnos tísicos
y el canto llano sepulcral
En sus místicas sequedades,
cada mañana se introducen
las cismáticas
suciedades
que a polvo fino se reducen.
LÉON DIERX
A. R
3
FIESTA GALANTE
Escapin, Soñador,
se frota su minina
bajo su protector.
La dulce Colombina
experta ya en el amor
––do, mi, sol, do––, anima
al ojo zapador
que, de pronto, transmina,
embriagado, su ardor.
PAUL VERLAINE
A. R
4
VIEJO DE LA VIEJA
¡A los campesinos del emperador!
¡Al gran emperador de los campesinos!
¡Al hijo de Marte o ¿de marzo?!
¡Al glorioso 18 de MARZO!
¡cuando el cielo las entrañas de Eugenia
bendijo!
5
EL ANGELOTE MALDITO
Tejados azulinos, blancos postigos;
como durante los nocturnos domingos,
en las afueras de la villa, en silencio:
la Calle está blanca, y negro está el
cielo.
La calle que tiene casonas extrañas,
con ángeles pintados en sus persianas.
Pero, mirad cómo corre, arrobado,
mirad, mirad, hacia un hito, un malvado
y negro Angelote que, al correr,
fluctúa,
porque ha comido demasiada yuyuba.
Hace caca: y después desaparece:
pero su maldita caca crece y crece,
bajo la luna santa que está vacante:
––una alígera cloaca de negra sangre.
LOUIS RATISBONNE
A. R
6
LA HUMANIDAD calzaba al gran niño
Progreso
LOUIS-XAVIER DE RICARD
A. R
7
GILIPOLLECES
UNA
El Joven Traga.
Con gorrita
de ormesí
y pichita
de marfil;
chaquetita
setuní,
Pablo avista
un buen festín:
luego lanza
lengua en danza
a una pera;
se dispone
los calzones
y espurrea.
A. R
DOS
París
Al Godillot,
Gambier,
Galopeau,
Wolf-Pleyel,
––O Robinets!.
––Menier,
––O Christs!.
––Leperdriel!
Kinck, Jacob,
Bonbonel!.
Veuillot,
Tropmann,
Augier!.
Gill,
Mendès,
Manuel,
Guido Gonín!
Panier
de Grâces!
L’Herissé!.
¡Betunes untuosos,
pan viejo, espiritosos!
¡Ciegos! ––¿y, después, qué?
policías , ¡Enguianos
en casa! ––¡A ser cristianos!.
A. R.
Y
TRES
El cochero borracho
Guarro,
bebe:
nada ve:
¡carro
cede!:
agria
ley;
dama
cae:
talle
sangra:
––¡Clame!
Brama.
A. R
8
REMEMBRANZAS
DE UN VEJESTORIO IDIOTA
¡Perdona, padre mío!
En la fiesta del pueblo
buscaba, no el disparo banal que siempre
gana,
sino el rincón con gritos, donde burros
de flancos
cansados desplegaban un gran tubo
sangriento...
pero yo no comprendo, ¡aún!...
Luego mi madre
––su camisa expandía, con su vuelo
arrugado
y amarilla cual fruto, una fragancia
amarga––
mi madre se subía con un ruido a la
cama...
––hijo pues del trabajo––, mi madre, con
sus muslos
de mujer ya madura, con sus gruesas
espaldas
donde la ropa frunce sus múltiples
arrugas,
y me ofreció calores que después uno
calla...
Sentía una vergüenza más tranquila y más
cruda
cuando mi hermanita, al volver de la
escuela,
tras haber desgastado sus zuecos en la
nieve,
meaba, contemplando su pis, al escaparse
de su labio de abajo, labio apretado y
rosa,
un hilillo de orina de caudal miserable.
¡Oh, perdona!
También pensaba yo en mi padre:
por la tarde, las cartas, las palabras
soeces,
el vecinito, y yo, que echaban, ¡cosas
vistas!...
––¡un padre turba tanto!–– ¡te asalta
cada idea!...
A veces, su rodilla mimosa; el pantalón
cuya raja mi dedo entreabría... ––¡y,
qué quieres!––
para coger la punta, gruesa y negra, del
padre
cuya mano peluda me acunaba...
Me callo
el bacín y la cuña, que has visto en el
desván,
los almanaques llenos de rojo, la
canasta
de retales, la Biblia, ciertos sitios,
la criada,
la Santísima Virgen, el cristo...
No hay humano
más turbado que yo, ni más conmocionado:
ya que el abyecto cuerpo me convirtió en
su víctima,
confieso el haber dicho mis jóvenes
pecados...
¡Y que el perdón ahora me sea concedido!
.....................................................................
¡Y después ––permitidme que pregunte,
Señor
¿por qué la pubertad tan lenta, la
desgracia
de un glande tan tenaz, tan oscultado?
¿esa sombra
tan lenta por las ingles? ¿los terrores
continuos
como una negra grava, que ciegan la
alegría?
Enterarse, ¿de qué? ¡Viví siempre
pasmado!
...........................................................................
¿Perdonado?...
Recoge los patucos azules,
padre mío...
¡Qué infancia!
...............................
¡que hay que hacerse una paja!
FRANÇOIS COPPÉE
A. R
9
LOS VIEJOS COPPÉES
1
En las tardes de estío, mirando
escaparates,
cuando tiembla la savia bajo las negras
rejas,
brotando en los pies flacos de los
castaños de indias,
lejos de peñas negras, alegres, y
hogareñas,
chupadoras de pipas, besadoras de puros,
junto al kiosco estrecho, mi refugio, de
piedra,
––mientras rutila en lo alto un anuncio
de Ibkd––
pienso en cómo el invierno congelará la
Hebra
del límpido murmurio que calma la ola
humana
––y en el bronco aquilón que no respeta
nada.
FRANÇOIS COPPÉE
A. RIMBAUD
2
A los libros de siempre, libros de arte
sereno,
Obermánn
y Genlis,
el Vert-Vert
y el
Atril,
cansado de estas modas grises y
estrafalarias,
espero, cuando llegue la senectud, por
fin,
y haya olvidado el gusto de un público
atontado,
añadir el tratado del doctor Venettí.
Gustaré el viejo encanto de dibujos
forzosos:
grabador y escritor han dorado el ruin
mundo de lo venéreo
––¿no es algo muy cordial?:
Venettí, que escribió,
Del Amor Conyugal.
F. COPPÉE
A. R.
3
Viajaba en un vagón de tercera; y un
cura
viejo sacó su pipa y ofreció a la
ventana,
hacia el aura, su frente, calma y de
pelos pálidos.
Después, este cristiano, arrostrando las
chanzas.
volviéndose hacia mí, me pidió,
tristemente
y enérgico a la vez, tabaco ––que
mascara
habiendo sido un día el capellán mayor
de un retoño real dos veces en la
trápala––
para mascar
el tedio de un túnel, negra vena,
que se ofrece al viajero, en Soissons,
cabe al Aisna.
FRANÇOIS COPPÉE
A. R.
4
Prefiero en primavera, sin duda, el
merendero
donde castaños de indias enanos brotan
vástagos
en el estrecho prado comunal, en los
días
de mayo. Chuchos jóvenes, que apartan a
golpazos,
junto a los Bebedores, destrozan los
jacintos
del jardín: y en la tarde de un rojo
anaranjado,
por la mesa en la que, en mil
setecientos veinte,
dejó, en latín, grabado su apodo algún
diácono,
flaco como una prosa en vidriera de
iglesia,
la tos, que nunca embriaga, de las
negras botellas.
FRANÇOIS COPPÉE
-
R.
5
¿ASEDIO?
El infeliz cochero, bajo el dosel de
chapa,
calentando un enorme sabañón, bajo el
guante,
tras el ómnibus lento, por la margen
izquierda,
aparta su talega de las ingles que le
arden.
Y mientras ––suave sombra poblada por
los guardias––
el honrado interior
ve en el cielo insondable
la luna que se acuna en su guata
verdosa,
a pesar del edicto y de que ya es muy
tarde,
y de que llega el ómnibus al Odeón,
impuro
el crapuloso gruñe en el crucero oscuro!
FRANÇOIS COPPÉE
A. R
6
RECORDANDO EL RECUERDO
El año en que nació el Príncipe imperial
me ha dejado el recuerdo inmensamente
tierno
de un París limpio, lleno de ENES
de oro y de nieve,
por las rejas del parque y el carrusel
eterno,
que brillan, tricolormente
enguimaldadas.
Y en la tarde agitada por ajados
sombreros,
por chalecos con flores, por vetustas
levitas
y el canto, en las cantinas, de los
viejos obreros,
negro, el Emperador, sobre chales que
alfombran
la calle, va, tan pulcro, con la Santa
Española
FRANÇOIS COPPÉE
7
EL NIÑO que cogió las balas, Niño Púber,
en cuyas venas corre la sangre del
Exilio
y de un Ilustre Padre, oye brotar su
vida
esperando alcanzar, bello además de
altivo,
cortinas que no sean de Trono
o de Pesebres.
Y así, su fino busto no aspira a los
portillos
del Porvenir!––Dejó
el antiguo juguete.
¡Su
dulce sueño! ¡Su hermoso Enguiano! Perdido,
su mirar en inmensas soledades se sume:
«¡Pobre joven, sin duda, ya tiene la
Costumbre!»
FRANÇOIS COPPÉE
8
LA ESCOBA
Es una humilde escoba, de grama muy
grosera
para una alcoba... incluso, para pintar
un muro
Emplearla es tan triste: no nos riamos
de ella.
Raíz cogida de una pradera, su peludo
mato se seca inerte; su mango ya está
blanco,
como madera de isla que el verano
iracundo
enrojece.
La cuerda parece trenza rígida.
De este objeto me gusta su aroma triste
y rudo:
¡quiero lavar con ella tu ancha playa de
leche,
oh Luna, donde nuestras Hermanas muertas
duermen!
F. C.
10
EXILIO
..................................................................................
¡Ay, cuánto nos importa, mi querido
Conneau!...
¡Más que el Tío Glorioso, el Parvo
Ramponneau!...
¡Todo instinto honorable nace en el
débil pueblo!...
¡Por su culpa sufrimos amargo
desconsuelo!...
¡Cómo nos gustaría echarle ya el cerrojo
al Viento que los niños llaman Napi-Napojo.....
...................................................................................
Fragmento de una epístola en verso de
Napoleón III. 1871
11
HIPOTIPOSIS SATURNIANAS,EX
BELMONTET
¿Cuál es ese misterio impenetrable,
oscuro?
¿Por qué, sin levantar su velamen tan
puro
se hunde la joven barca real que ya han
botado?
Invirtamos la pena de los lacrimatorios.
............................................................................................
Amor quiere vivir a expensas de su
hermana,
y la amistad a expensas de su hermano.
.........................................................................................
¡El cetro que a penas reverenciamos
sólo es la cruz de un gran calvario
sobre el volcán de las naciones!
.......................................................................................
¡Pero el honor chorrea por tu bigote
macho!
BELMONTET
arquetipo parnasiano
12
LOS STUPRA
Primero
Las bestias primitivas cubrían a galopa,
con glandes albardados en sangre y
excremento.
Nuestros padres mostraban con orgullo su
miembro,
el pliegue de la vaina y las bolsas
rugosas.
En la edad media, a la hembra, ya fuera
ángel o gocha,
le era preciso un mozo de sólido
ornamento;
hasta al mismo Kleber,
si el culote es sincero,
no han debido faltarle los recursos que
te honran.
El humano al mamífero más altivo es
igual;
el grandor de su miembro sin razón nos
extraña;
pues sonó la hora estéril: el caballo
fugaz
y el buey han embridado sus ardores; ya
nada
ni nadie osa arbolar su orgullo genital
por boscajes que puebla una grotesca
infancia.
SEGUNDO
Nuestros glúteos no son iguales a sus
glúteos
He visto a gente en cueros, detrás de
los vallados,
y a niños, cuando juegan libremente en
el baño,
los planos y las huellas que ofrecen
nuestros culos.
Más firmes, aunque a veces, con un color
blancuzco,
y distintos niveles que entolda el
emparrado
de los pelos. En ellas, sólo florece el
raso
por su raja embrujada, raso largo y
profuso.
Con una maestría que embriaga y
maravilla
que sólo vi en los ángeles de las
pinturas sacras
simulan un carrillo donde anida una risa.
¿Estar, así, desnudos, encontrar gozo y
calma,
con la frente inclinada hacia su oronda
dicha
y libres, los dos juntos, susurrar una
lágrima?
Y TERCERO
Tan oscuro y fruncido como un clavel
morado,
respira humildemente, entre el musgo, al
abrigo,
húmedo aún de amor, con dulzura
escurrido
entre las blancas nalgas hasta su centro
orlado.
Hilillos semejantes a lagrimones lácteos
han llorado en el viento cruel, que al
no admitirlos
los lanza entre los cuajos de unos lodos
rojizos
hasta perderse donde han sido
convocados.
Mi sueño se embocó, tenaz, a su ventosa;
mi espíritu, envidioso del coito
material,
hizo de él lagrimal y nido de sus
quejas.
Es la oliva convulsa, es la flauta
mimosa,
el tubo por do baja la almendra
celestial
Canaán femenino que la humedad apresa.
IV ÚLTIMOS VERSOS
1
MEMORIA
I
El agua clara, sal de lágrimas de la
infancia,
el asalto al sol de
cames de mujeres blancas
las sedas, en tropel, con el lis puro,
oriflamas
por los muros que antaño la doncella
amparara;
batir de ángeles; ––No... el río es oro
en marcha:
mueve sus brazos, negros, graves,
frescos, de yerba:
se hunde en el Cielo azul, su dosel, y
se inventa
por cortinas la sombra del alcor y del
arca.
II
La baldosa empapada tiende sus chorros
límpidos.
El agua viste de oro hondo las camas
listas.
Las prendas de las niñas, verdes,
descoloridas,
hacen de sauces llenos de pájaros y
brincos.
Más pura que una onza,
párpado de oro cálido,
la centellas
en el agua ––Tu fe nupcial, ¡qué Esposa!
envidia, a mediodía, desde su espejo
opaco,
del calinoso cielo la Esfera amada y
rosa.
III
La Señora
resiste de pie, por la pradera
donde nievan los hilos del trabajo;
sombrilla
en mano; por altiva, pisotea la ombela;
niños están leyendo en la yerba florida
libros de cuero rojo.
Él, pesadumbre enorme,
cual mil ángeles blancos que en ruta se
dispersan,
se va, tras la montaña. ¡Ella,
gélida y negra
corre y corre! después de que se ha ido
el hombre.
IV
¡Añoranza
de hierba pura de espesos brazos!
¡Oro lunar
de abril en el fondo del lecho!
¡Gozo de los cantales del río,
abandonados,
en agosto, al brotar sus podridos
desechos!
¡Que ahora llore al lamer los muros! El
aliento
de los chopos, en lo alto, pertenece a
la brisa.
Luego, se estancará, gris, sin luz, sin
venero:
un viejo, que draga, en su barca
inmóvil, se agita.
V
Juguete de este ojo de agua triste, no
atinan
a coger, bote inmóvil, mis brazos a
ninguna
de las dos flores: ni la jalde, allá,
importuna,
ni la azul, cuyo oriente
es de color ceniza.
¡Polvo de las salcedas que agita un ala
inmensa!
¡Gladio de los gladiolos
que el día ha devorado!
Mi bote, siempre quieto;
anclada su cadena
en el fondo del ojo, sin bordes,
––¿en qué barros?
2
¿Qué nos importan, di, corazón, estos
charcos
de sangre y brasa, mil crímenes y largos
gritos
de rabia, estos sollozos de un infierno
que arrasa
todo orden; y Aquilón triunfando en el
derrubio;
y la venganza? ¡Nada!... ¡Pero sí, la
queremos,
la queremos! Senados, príncipes,
industriales:
¡reventad! Poderes, justicia, historia:
¡a muerte!
Tenemos derecho. ¡La sangre! ¡La llama
de oro !
¡Conságrate a la guerra, la venganza, el
terror,
alma mía! Volvamos al mordisco: ¡pasad,
repúblicas del mundo! ¡Basta de
emperadores
de regimientos y colonos, basta de
pueblos!.
¿Quién blandirá torbellinos de fuego
furioso,
sino nosotros y los que creímos
hermanos?
Nosotros, fantasiosos amigos: os agrada.
¡Nunca trabajaremos, oleadas de fuego
!
Esfumaros, Europa, América y Asia.
¡Vengador, nuestro avance ha cercenado
todo,
ciudades y campiñas! ¡Seremos
aplastados!
¡Brincarán los volcanes! Y el Mar
conmocionado...
¡Amigos! ––Corazón, sí, son nuestros
hermanos––
y, si negros y anónimos fuéramos...
¡Vamos, vamos!
¡Ay de mí! ya me siento temblar, la
vieja tierra,
sobre mí, cada vez más vuestra, se
derrite.
¡No, no es nada! ¡Aquí sigo! Sigo,
aún
3
MIGUEL Y CRISTINA
¡Coño, si el sol, entonces, abandona su
orilla!
¡Huye, claro diluvio! Las sendas tienen
sombras.
Por los sauces, primero, y por el patio
de armas
la tormenta reparte sus anchísimas
gotas.
¡Cien corderos, de estos idilios rubios
soldados,
dejad los acueductos y los enjutos
brezos!
¡Llanuras y desiertos, horizontes y
prados
asisten al aseo rojo de la tormenta!
Negro can, pastor pardo cuya capa se
hunde,
huye de la hora de los rayos superiores;
rubio rebaño, cuando nadan sombra y
azufre
intenta descender a cobijos mejores.
En cuanto a mí, ¡Señor!, ved cómo mi
Alma vuela
tras los cielos helados de rojo bajo los
nubarrones celestes que corren y que
vuelan
sobre Soloñas
largas como ferrocarriles.
Miles de lobos, miles de silvestres
semillas
arrastra, tras amar la blanca correhuela,
esta piadosa tarde que en la tormenta
brilla,
hacia la antigua Europa donde cien
hordas velan.
Después, ¡claro de luna! sobre la
inmensa landa;
y, rojos, con su frente en la noche, los
guerreros
sus pálidos corceles encabalgan,
ronceros,
mientras las piedras suenan bajo esta
fiera banda.
––¿Veré el bosque amarillo y la clara
vaguada?
La Esposa de ojo azul, el hombre rojo, ¡oh,
Galia!
y el Cordero Pascual, blanco,
a sus pies queridos,
––Miguel, Cristina,
––¡y Cristo!––
y se acabó el Idilio.
4
LÁGRIMA
Lejos de rebaños, pájaros, zagalas,
bebía en cuclillas al lado de un brezo,
junto a los retoños de un tierno
avellano,
una tarde verde con cálida bruma.
¿Qué podía beber en el joven Oise,
olmos sin voz, hierba sin flor, cielo
nublo,
qué líquido sacarle a mi calabaza?.
Algún licor de oro,
ardiente e insulso.
Así, hubiera sido un reclamo inútil
de hostal. Luego borró el cielo la
tormenta:
y nacieron campos negros, lagos, percas,
columnas, en la noche azul, estaciones.
El agua del bosque en la límpida arena
se hundía; al estanque el viento
arrojaba
carámbanos... ¡Cómo, pescador de conchas
y de oros, iba yo a pensar en beber!
Mayo de 1872
5
EL ARROYO DE CASSIS
El arroyo de
Cassis oculto corre
por valles mágicos:
voces de cien cuervos lo acompañan,
voces
de ángeles buenos:
con el vaivén grandioso de los pinsapos
si se hunde el viento.
Todo rola con misterios inquietantes
de guerras de antes;
torres conocidas, importantes parques:
se oye en sus márgenes
pasiones muertas de caballero andante
¡Qué sano el aire!.
Que el caminante mire sus claras vías
e ira contento.
¡Soldados del bosque que el Señor envía,
amables cuervos,
echad de aquí al campesino y su avaricia
que sólo empina un cuero seco!.
Mayo de 1872
6
COMEDIA DE LA SED
1. LOS PARIENTES
Somos tus Antepasados
¡los ricachos!
Nos cubren fríos sudores
de lunas y de verdores.
¡Qué corazón, nuestros caldos!
Al sol, sin ser impostores
¿qué puede el hombre?: beber.
YO ––¡En los ríos más salvajes perecer!
Somos tus Antepasados,
los del campo
Agua en los mimbrales brota:
mira el curso de la fosa
que el castillo envuelve y moja.
Bajemos a la bodega,
y después, leche y
cerveza.
YO ––¡A la charca con las vacas a beber!
Somos tus Antepasados
que te damos
licores de la alacena;
Te y Café, cosas ajenas,
que hierven en los pucheros.
Mira qué estampas, qué flores.
Volvemos del cementerio.
YO ––¡Y agotar todas las urnas!.
2. EL ESPIRITU
Eternas ondinas
dividid el agua fina.
Venus, del azul hermana,
conmueve las puras aguas.
Judío errante en Noruega,
dime, ¿cómo nieva?
Viejos exiliados tiernos,
contadme el océano.
Yo––.
Nunca esas bebidas puras,
ni esa flores de florero,
ni leyendas, ni figuras,
saciarme pudieron.
Coplista,
tu ahijada
es mi sed que se desboca,
hidra íntima sin bocas
que roe y devasta.
3.
LOS AMIGOS
¡Ven, el vino va a la playa!
¡y las olas a millones!
¡y mira el Bitter
que arrasa
rolar desde lo alto del monte!
Hasta las verdes pilastras
de la Absenta,
peregrinos
prudentes, hay que llegar...
YO.–– Nunca volveré a esas patrias.
¿Y qué es la embriaguez, amigos?
Me gusta, prefiero,
pudrirme en el lago,
bajo el caldo espeso,
al lado del pecio
varado.
4. EL POBRE SUEÑO
Algún día ha de llegar
la Noche en la que sereno,
en una vieja ciudad,
beba... Moriré contento,
acostumbrado a esperar.
Si se aplaca mi desdicha,
con un poquito de oro,
al Norte me marcharía...
¿o hacia el País de las Viñas?
––¡Soñar no tiene decoro,
pues es un empeño vano!
Amigo, y si me volviera
aquel viajero de antaño...
Mas, ¡ay!, la verde taberna
no me estará nunca abierta.
5. CONCLUSIÓN
Las palomas que en el prado aletean,
la caza que de noche corre y vela,
las bestias de las aguas, las
domésticas,
¡la postrer mariposa!... están
sedientas.
Fundirme donde se funde, sin meta
la nube. ¡Al amparo del frescor!
Morirme en las mojadas violetas
que siembra en estos bosques el albor.
Mayo de 1872
7
BUEN PENSAMIENTO MATINAL
En verano, de madrugada
dura aún el sueño de amor
y el alba filtra por las ramas
la tarde en fiesta, con su olor.
Allá, en los inmensos talleres,
remangados los carpinteros
mirando el sol de las Hespérides,
se agitan, prestos.
En desiertos de musgo aprestan,
tranquilos, los artesonados
bajo los cuales la riqueza
reirá bajo cielos falsos.
Por estos Obreros galantes,
siervos del rey de Babilonia,
¡deja, Venus, a los Amantes
cuyas almas son cual coronas!
Reina de los Pastores
para que sus fuerzas se templen,
al forzado, dale aguardiente
en espera del baño de mar, a las doce.
Mayo de 1872
8
FIESTAS DE LA PACIENCIA
1. BANDERAS DE MAYO
En las ramas claras de los tilos
agoniza un tañido enfermizo.
Pero, coplas que son como almas
revolotean por las grosellas.
¡Que ría la sangre en nuestras venas:
pues los pámpanos ya se enmarañan
y el cielo está hermoso como un ángel!
El cielo azul y el agua se aúnan.
Me marcho. Si un resplandor me hiriera
sucumbiría por los musgales.
Que uno se aburra, siempre en espera,
es muy sencillo. ¡Fuera mis penas!
Quiero que un dramático verano
me monte en su carro improvisado.
Que del todo, en tus manos, Natura,
me muera ––¡no tan sólo y tan nulo!.
No como los Pastores,
¡que extraño!,
muriendo, casi, en manos del mundo
Quiero que las estaciones me usen.
De mi ser te hago entrega, oh Natura;
con toda mi sed y mi hambre toda:
si tu quieres, sacia y desaltera.
Ya nada de nada me ilusiona;
Reírle al sol es reírle al padre,
mas yo no quiero reírle a nada;
que quede, al fin, libre este
infortunio.
Mayo de 1872
2. CANCIÓN DE LA MÁS ALTA TORRE
Juventud ociosa siempre sometida, por
fragilidad perdí hasta mi vida. Que el tiempo no se demoreen que el alma se
enamore!
Me dije: abandona, que nadie te vea: sin
promesa ya de dichas eternas.¡Que nada pueda pararte, y del retiro apartarte!
Tanto he esperado, que ahora sólo
olvido; temores, dolores al cielo se han ido. Y una sed insana llenay me
oscurece las venas.
Así el verde prado
que el olvido engaña
crece con sus flores
de incienso y cizaña. Al son de un sucio
montón de moscas ––hosco bordón.
¡Viudez que no pasa, de alma miseriosa
que busca solazen Nuestra Señora!¡Y quién reza en su agoníaa Santa María!
Juventud ociosa siempre sometida, por
fragilidad perdí hasta mi vida.¡Que el tiempo no se demoreen que el alma se
enamore!
Mayo de 1872
3. LA ETERNIDAD
La hemos encontrado.
¿Qué? ––La Eternidad.
Sol que se ha marchado
en el pos de la mar.
Alma centinela,
desvela el desvelo
de la noche nula
y del día en fuego.
Sufragios humanos,
ímpetus comunes,
allí te liberas
y vuelas según
Ya que de vosotras,
brasas de satén,
sólo el Deber brota,
sin que digan: ¿ves?
Ya no hay esperanza,
ni ningún
oriétur.
Ciencia con paciencia,
seguro tormento.
La hemos encontrado.
¿Qué? ––La Eternidad.
Sol que se ha marchado
en pos de la mar.
Mayo de 1872
4. LA EDAD DE ORO
Una de esas voces,
angélica siempre,
––Soy yo, ¿me conoces?
se despacha, alegre:
Esas mil preguntas
que se ramifican
sólo dan al hombre
embriaguez, locura.
Reconoce el giro
tan alegre y fácil:
sólo es linfa y flora,
¡pero es tu familia!
Luego canta. O
tan fácil y alegre,
vista a simple vista...
––Y canto con ella,
Reconoce el giro
tan alegre y fácil,
sólo es linfa y flora,
¡pero es tu familia!... etc.
Y, luego una voz
––¡No es acaso angélica!––
no dudes, soy yo,
dice jaranera;
y alza su cantar,
hermana del viento,
de acento Alemán,
pero ardiente y lleno.
El mundo es perverso;
¡acaso te extraña!
Vive y echa al fuego
el negro infortunio.
¡Precioso castillo
que claro es tu sino!
¿De qué tiempos eres,
porte soberano
del mayor hermano? etc...
¡Y ahora canto yo:
múltiples hermanas,
voces, nada públicas!
Rodead mi voz
de una fama púdica... etc ...
Junio de 1872
9
LA JOVEN PAREJA
La alcoba está abierta al cielo azul
turquino
no hay ni un sitio: ¡tanto cofre, tanta
artesa!
y el muro que cubren las aristolaquias
donde las encías de los duendes
tiemblan.
¡Todo este desorden y estos gastos vanos
sin duda son obra de los genios malos!
Pues, quien suministra mora y telaraña
es, por los rincones, el hada africana.
Algunos se meten, gruñosas madrinas,
cual panes de luz, en las alacenas,
quedándose allí, pues nada se limpia
cuando, a la ligera, se va la pareja.
Un viento tenaz engaña al marido,
de modo constante, cuando se halla
ausente.
Incluso los genios del agua se meten
a vagar, malignos, por toda la alcoba.
De noche, una amiga, ¡la luna de miel!,
cogiendo sus risas los cielos recorre
con miles y miles cenefas de cobre...
¡Y luego a enfrentarse a la rata cruel!
––Si no llega un día, fatuo, un fuego
loco,
igual que un disparo, cuando el día
calla...
––¡Oh Santos Espectros blancos de Belén,
entre vuestro hechizo por su azul
ventana!
27 de junio de 1872
10
BRUSELAS
Julio
Boulevart del Regente
Arriates de amarantos hasta
el palacio encantador de Júpiter.
––Ya sé que eres Tú
quien, aquí, mezcla
tu Azul que es casi un azul Sahara.
Y, como abeto y rosa del sol
––y liana–– aquí encierran sus juegos,
¡jaula de la viudita….!
¡Qué vuelos
de pájaros, oh, la
io, la io!...
––¡Mansas mansiones, pasas pasiones!
Kiosco de la Loca de afecciones.
Tras las vergas del rosal,
balcones
umbríos y bajos de Julieta.
––La Julieta evoca la Enriqueta,
en el monte, una estación
preciosa,
como en medio de una huerta umbrosa,
do un vuelo azul de duendes se posa.
Banco en el que la blanca Irlandesa
hoscos cielos canta en su guitarra.
Después, en la sala
guayanesa
parloteo de niños y jaulas.
Ventana ducal;
con ella pienso
en venenos de boj y babosas
dormidos aquí, en el sol.
Silencio:
¡no puedo con tanta cosa hermosa!
––Bulevar sin comercio y sin pasos,
mudo, lleno de drama y comedia,
teatro de multitud de escenas,
en silencio te conozco y te amo.
11
¿Es almea?...
al nacer las horas azuladas
morirá, como mueren las flores
desfloradas...
¡Delante de la inmensa plaza donde se
siente
la ciudad que respira y crece
floreciente!
Demasiado hermoso, demasiado; y
necesario
––para la Pescadora y la canción del
Corsario––,
también, ya que las últimas máscaras
creyeron
en las nocturnales que en el puro mar se
hicieron
Julio de 1872
12
LAS FIESTAS DEL HAMBRE
Mi hambre, Ana, Ana,
en tu burro cabalga
Si algo me
gusta... sólo siento
gusto por las piedras y el suelo.
¡Din! !Din! ¡Din! comamos el viento,
las rocas, el carbón y el hierro.
¡Gira, hambre mía, gira y pasta
los prados del sonido!
veneno alegre saca
de la flor blanca del camino
¡Comed!
Los cantos del picapedrero,
las piedras viejas de algún templo,
las guijas, hijas del diluvio,
panes en el valle grasiento.
Mis hambres, briznas de aire negro,
azul que canta,
––mi estómago que se desgarra
son la desgracia.
¡Las hojas se han caído al suelo!
carne de fruta en sazón busco.
Cosecho en el fondo del surco
la violeta y el helenio.
¡Mi hambre, Ana, Ana,
en tu burro cabalga!
13
Grita el lobo en el matorral
escupiendo las bellas plumas
de su comida de corral:
¡y como él yo me consumo!.
Las ensaladas y los frutos
tan sólo esperan la colecta;
pero la araña del cercado
se alimenta de violetas.
¡Que esté dormido! ¡o que bulla
sobre el altar de Salomón,
el borbollón la yerba arrulla
y se mezcla con el Cedrón!.
14
Oye cómo brama
en abril la pértiga
verde de la arveja
junto a las acacias.
En un vapor claro,
hacia Febe,
observa
vibrar la cabeza
de los viejos santos...
Lejos de tejados,
y puros cantiles,
nuestros Viejos piden
aquel filtro aciago...
Mas, ni ferial
ni astral es la bruma
que exhala, fatal,
esta luz nocturna.
No obstante, se quedan
––Sicilia, Alemania––
en la bruma triste
y pálida, en justicia.
15
Oh castillos, oh estaciones
¿Qué alma no cae en errores?
Oh castillos, oh estaciones,
Cursé la mágica alquimia
del Gozo, que nadie evita.
Que siempre sea alabado
cuando canta el gallo galo!.
¡Hacia nada mi alma aspira,
él
se ocupa de mi vida!
¡Este embrujo! que alma y cuerpo,
liberó de todo esfuerzo.
¿Y qué dicen mis palabras?
¡Por él huyen en volandas!.
¡Oh castillos, oh estaciones!
[Y si la pena me arrastra
me aseguro su desgracia.
Preciso es que su desdén
me entregue a la,––muerte. Amén.
¡Oh palacios, oh estaciones!].
16
DESHONRA
Mientras la hoja no haya
rebanado este cerebro,
esta masa grasa y glauca,
con vapores nunca nuevos;
(Pero, Él, cortar debería
su nariz, labios y orejas,
y su vientre, ¡oh maravilla!,
abandonando sus piernas).
en verdad creo que, mientras
la hoja para su cerebro,
para su riñón la piedra
para sus tripas el fuego,
no hayan actuado, el niño,
molesto, tan tonto y burro,
debe obrar con disimulo
como un traidor aguerrido,
cual gato de las Rocosas
que emponzoña las esferas.
¡Pero en su muerte, Dios, no importa
que una plegaria florezca!
V APÉNDICE-RESTO
1
DOS POEMAS
1
¡Si las campanas son de bronce
nuestra alma llena está de pena!
En junio del setenta y uno,
linchados por la bestia negra,
nos, Jean Baudry
y Jean Balouche,
tras cumplir cuanto uno anhela,
aborreciendo a Desdouets
morimos, en torre
suspecta.
2
VERSOS PARA LOS EXCUSADOS
De este asiento,
tan mal hecho
que enmaraña nuestras tripas,
quienes el círculo hicieron
grandes canallas serían.
Cuando el famoso Tropmánn
asesinó a Enrique Kinko,
acababa de llegar
de sentarse en ese sitio;
pues los gilipollas de
Badingue y Enrique V,
se merecen, digo yo,
tan triste estado de sitio,
3
VERSOS AISLADOS
1
Al pie de negros muros, dándole a los
flacos perros,
2
Por detrás se agitaba, con hipidos
grotescos,
la rosa que la panza del portero
tragara.
3
Morena, sólo tenía dieciséis, y la
casaron.
....................................................................................
Pues ama con amor puro a su hijo de
diecisiete.
4
[LA QUEJA DEL VIEJO MONÁRQUICO AL SEÑOR
HENRI
PERRIN, PERIODISTA REPUBLICANO]
¡Usted ha
mentido, por mi fémur! ¡sí, mentido,
salvaje
apóstol! ¿Quiere usted, hacemos más
famélicos?
¿Quiere usted trasquilar nuestra cabeza
calva?
¡Pues yo tengo dos fémures torcidos y
grabados!
¡Porque suelta, a diario, tanta grasa
del cuello
que podrían hacerse con ella hasta
buñuelos,
porque es como una máscara de dentista y
caballo
depilado de feria, que babea en la tina,
cree que así me borra cuarenta años de
asedio!.
¡Tengo mi fémur! !tengo mi fémur! ¡sí,
mi fémur!
Lo retuerzo a diario, desde hace
cuarenta años
al borde de la silla amada, en nogal
duro;
La marca del madero en él dura y
perdura;
¡y si algún día avisto, yo, su órgano
impuro,
y a esos abonados, mierda, a tus
abonados
que soban ese órgano, idiota, entre sus
manos,
..............................................................................................
Volveré a retocar, hasta el fin de los
días
este fémur labrado desde hace cuarenta
años!.
5
[LA QUEJA DE LOS TENDEROS]
Que entre en ultramarinos, cuando la
luna hace aguas en la azul ventana, que empuñe ante nosotros la achicoria
enlatada
6
…………………………………………………………….¿Son,
acaso,
………………………………(toneles)?...............que alguien revienta?
……………………………………………………………………..¡No!
Es un cocinero jefe que ronca como un
trombón.
7
……………………….Entre oros, cuarzos y
porcelanas
…………………………………………..anodmo orinal,
relicario indecente de viejas
castellanas,
corva sus flancos púdicos sobre caoba
real.
8
¡Oh! ¡las viñetas perennillas!
9
Ebrio, el poeta injuria, gritando, al
Universo.
10
Llueve, dulcemente, sobre la ciudad.
11
¡Cuidado con ella, oh, mi vida ausente!.
12
La clara luna, al dar las doce el
campanario ...
NOTAS
Estos poemas (cinco,
más uno perdido) son simples ejercicios escolares ––si en Rimbaud
algo es simple
ejercicio. Esta condición los diferencia de los poemas en latín escritos por
Baudelaire,
y que éste incluye en Las
flores del mal, como textos de creación que merecen un lugar en su obra.
El que sean ejercicios de clase ha llevado a los editores de la obra de
Rimbaud
a no tenerlos en cuenta en
muchas ocasiones. Creemos que es un error. Su importancia es enorme: no sólo
hablan de la capacidad intelectual del joven poeta, son ––y esto es mucho
más importante–– textos en los que queda perfilado el imaginario del poeta,
de una manera mucho más precisa de lo que cabía esperar. Su imaginario
íntimo y su imaginario exótico: su amor y añoranza crispadas del nido
materno y su sueño de países lejanos, bajo el signo del padre. Las
traducciones francesas diluyen la sintaxis latina de
Rimbaud:
concisa y apretada en su
juego de inversiones. Hemos intentado recuperar esa concisión, aunque la
sintaxis española (en menor medida que la francesa) sea un grave obstáculo.
Poema escrito en clase
de Seconde,
con catorce años (tiempo
concedido por el profesor, tres horas). Se trataba de glosar unos versos de
Horacio (Libro III,
Oda IV).
El nacimiento a la
poesía bajo el signo de Apolo es doble: será poeta de exaltación lírica
(jamás elegíaco, circunstancialmente satírico), pero esta exaltación le
vendrá del don de la energía (el eterno vigor) que parece haber
recibido del dios Sol; la energía de la diosa Tierra será, tal como hemos
visto, revitalizada en todo momento por la energía solar: y hasta el agua
será agua dorada o de oro.
La púa para tocar los
instrumentos de cuerda.
No es el tópico
romántico lo que aquí aparece, como han comentado algunos críticos, en las
ediciones más corrientes de
Rimbaud,
sino, en la presencia escolar
del mundo clásico, elementos estéticos que ya pertenecen al mundo
parnasiano; pero, sobre todo, lo que aquí nos interesa es ver cómo, a los
catorce años, ya están configurados los componentes básicos de la estructura
psicosensorial del poeta: su naturaleza volcánica ––calor, llamarada y
erupción.
Observemos la armonía
imitativa del texto latino, sin olvidar que es trabajo de un niño de catorce
años: crepitacula garrula tersa.
Texto que es preciso
poner en relación, por su analogía y por sus oposiciones, con El
aguinaldo de los pobres, que veremos más tarde.
El viento cálido del
Sur.
Rimbaud
sigue de manera fiel la
anécdota del modelo hasta el momento de la muerte. Las relaciones de la
madre y del niño después de la muerte y de las transformaciones de éste son
invención del joven poeta. Ahora bien, la diferencia no está en el nivel
anecdótico del poema, sino en la dimensión sensorial ––a veces exacerbada––
que cobra el texto de
Rimbaud, frente a una
poesía cursimente moralizante.
Mote de Hércules,
heredado de su abuelo Alceo.
El río adopta la forma
de un toro furioso.
Ninfas del bosque cuya
vida dependía de la del árbol que habitaban.
Esta recreación del
mito del cuerno de la Fortuna no está en el texto de Délille. También es
preciso observar que en el modelo no hay una sola anotación cromática.
A través del ejercicio
escolar, el poema nos remite, de nuevo, al mundo clásico parnasiano: mundo
mítico, belleza de formas y armonía brutal del movimiento y, en este final,
a la alianza de lo salvaje, cruel y, en cierto modo, sádico con lo más
poéticamente placentero de esta naturaleza ––guirnaldas de follaje, flores,
frutos. Observemos cómo la narración mítica desemboca en la representación
plástica del cuerno de la abundancia: lecciones escolares perfectamente
aprendidas y presagios de un poeta siempre hambriento ––y sediento.
Esta
sensación de estar `leyendo' un bajorrelieve clásico la tendremos, de forma
continuada, con el poema Sol y carne.
El poema arranca, como
ejercicio escolar, de las Guerras de Yugurta, con el recuerdo de Salustio:
fuerza épica, capacidad de recreación física de los personajes, concisión;
pero el joven poeta de quince años modula la narración adoptando el ritmo de
la balada, con la repetición de un estribillo, lo que le da al poema una
dinámica circular, muy propia del futuro poeta en francés. El poema va mucho
más allá que el modelo propuesto: el joven poeta ve en las guerras de
Yugurta un presagio de las guerras entre Francia y los países del norte de
África: la historia mitificada le da la mano a la historia contemporánea;
una gran osadía que nos hace pensar en ese poeta del compromiso histórico
que fue siempre Rimbaud.
Observemos
cómo, a partir de la segunda parte, el tema antiguo cobra una actualidad
sorprendente. Llama la atención la inmersión del poema en la historia más
candente: la conquista y la colonización de Argelia por los franceses,
durante todo el siglo XIX; empresa en la que el padre de
Rimbaud
desempeñó un papel
importante, más administrativo que militar. Pero llama también la atención
la valentía con la que el poeta se enfrenta a las conquistas injustas de los
pueblos por pueblos más poderosos, aunque este último aspecto se vea
atenuado por el final del poema, apelando a la labor colonizadora de los
franceses.
Un poema
que podía ser un insignificante juego escolar se convierte así en un punto
de referencia básico de la poética de
Rimbaud:
cierta conciencia política de
la poesía que lo llevará a tratar muy a menudo temas de candente actualidad;
denuncia de la injusticia; poder fascinador que ejerce
África
sobre la imaginación del
poeta, no ajena a su destino final: comerciante y explorador francés en
África;
sin olvidar ––y ello es
sorprendente–– una secreta admiración por la labor del padre, ya ausente
para siempre de la casa familiar.
Tratándose de la
futura Argelia, sorprende ese proceso metonímico, en función de Arabia y de
las costas y pueblos árabes que invaden todo el poema. ¿Fijación imaginaria,
de origen libresco, en el país lejano que será horizonte de su destino
final, simple y cómoda sinécdoque para referirse a los países dominados por
el Islam?
Pueblos del interior
de la antigua Argelia, que los romanos sólo conquistaron en segunda
instancia.
Prefiero recuperar el
nombre del mítico fundador de Roma a emplear el adjetivo romuldino
(«batallones romuldinos») o a dejar de lado la dimensión mítica que tanto le
interesa al joven Rimbaud,
traduciendo,
simplemente, los batallones de los romanos.
Rey de Mauritania,
suegro de Yugurta (presente en el texto de Salustío).
La traducción francesa
que podemos considerar más extendida, la de la edición de La
Pléiade,
traduce Galia por
Francia. Sin dejar de reconocer que, en el siglo XIX, La Galia no
existe, preferimos respetar la intención de
Rimbaud
cuando introduce una
situación histórica contemporánea en el contexto épico ––por consiguiente
distanciado, respecto del lector–– de las antiguas guerras. Comprendemos que
los franceses quieran mitificar Francia y sus bondades colonizadoras,
pero...
Abd-el-Kader, el jefe
númida que se enfrenta a las tropas francesas.
El poeta piensa, sin
duda, en la cimitarra; el juego de la escritura en latín le obliga a
emplear una expresión que, en las lenguas romances, puede resultar torpe.
Se trata, sin lugar a
dudas, de Napoleón III,
presente en la poesía de
Rimbaud
desde los poemas latinos.
Sólo se puede hablar de conquista de Argelia por los franceses a partir de
1830, pudiéndose dar por concluida en 1847 (salvo las rebeliones de Kabilia
y las ampliaciones de la conquista hacia el sur). Estas fechas coinciden con
la presencia del padre del poeta en la nueva colonia.
En el castillo de
Amboise, del que será liberado en 1852.
Aceptación indirecta
de la misión del padre del poeta (integrado en la misión colonizadora de
Francia), y que no es sino un anuncio de la experiencia colonizadora que
Rimbaud
llevará a cabo en Arabia,
paralelamente a sus esfuerzos para hacer dinero como comerciante;
experiencia de la que se conservan proyectos y memorias remitidas a las
autoridades francesas.
Poema compuesto en
clase de Retórica; el poeta puede tener quince o dieciséis años.
Sabiendo la
importancia que tendrá en el imaginario del poeta el
color.
rojizo (la calidad de lo
pelirrojo, bajo la influencia mítica solar), nos arriesgamos a traducir de
este modo ruberent, en vez de hablar de tejados
color
rosa
(color ajeno al imaginario
rimbaldiano), como hacen los textos franceses.
Creemos que no es
tanto la brillantez, como la claridad y la pureza que connota el adjetivo
nitidus, lo que le importa ahora a
Rimbaud.
El adjetivo
clair
forma parte esencial en su
imaginario, cuando se trata de expresar su experiencia de lo positivo.
Artesano fenicio que
trabajó para el templo de Salomón, sobre todo como orfebre, fundiendo vasos
y ornamentos en metal; también se le conoce con el nombre de Xiram.
Observemos aquí el
empleo de Genitrix, con mayúscula, como expresión máxima de la
maternidad, y con una resonancia necesariamente religiosa para un niño
educado en el cristianismo, frente al empleo anterior de matero de
genitrix, pero con minúscula.
El adjetivo ––tan
significativo, en boca del hijo–– no aparece en el modelo imitado.
Un sexto poema en
latín, La Alocución de Sancho Panza a la muerte de su burro, se ha
perdido. Esta composición ganó, sin embargo, el Primer Premio de Versos
Latinos, en el Concurso Académico de 1870.
La primera alusión a
este texto en prosa aparece en una carta de Verlaine a su editor
Vannier.
Texto de 1870, probablemente,
no será publicado hasta 1924, por los surrealistas A.
Breton
y L.
Aragon,
después de muchas dudas sobre
su paternidad. Hoy no existen dudas al respecto. Se trata de un texto cuya
ingenuidad no consigue ocultar alguna de las grandes preocupaciones
religiosas de Rimbaud
durante su infancia y
su primera adolescencia, a pesar del espíritu sarcástico que lo domina.
Adopta la forma paródica del diario íntimo de un seminarista. El texto nos
indica hasta é
punto es profunda la
formación religiosa de
Rimbaud, muy en la
línea los primeros poemas de Mallarmé ––y tras la huella de Lamartine, en
este caso. El texto en prosa sirve de marco para tres poesías que escribe
––y comenta–– el seminarista. Poesías que son objeto de burla obscena por
parte de su superior.
La frase que precede a
este pequeño poema (simple oración) es la siguiente: «... Por ejemplo, ayer
ya no aguantaba más: he oído, como el ángel Gabriel, las alas de mi corazón.
¡El soplo del espíritu sagrado ha recomido mi ser! He cogido mi lira y he
cantado.»
Estos versos aparecen
tras la indicación 12 de mayo... y están seguidos de esta frase: «He
compuesto estos versos ayer, durante el recreo; he entrado en la capilla; me
he encerrado en un confesionario, y allí, mi joven poesía ha podido agitar
sus alas y emprender el vuelo, en el sueño y en el
silencio,
hacia las esferas del amor.»
Título que el poeta le
da al poema en el texto que lo introduce: «Le doy gracias al Espíritu Santo
por haberme inspirado estos versos encantadores: estos versos voy a
engastarlos en mi corazón y cuando el cielo me permita volver a ver a
Thimothina, se los daré a cambio de sus calcetines. Lo he titulado: La
brisa.» Existe una interpretación procaz de estos versos: el aura no
sería sino el pene adormecido del niño (i).
El texto en prosa
continúa de la manera siguiente: «El final es demasiado íntimo y dulce: lo
conservo en el tabernáculo de mi alma.»
Este conjunto de
poemas está considerado como la parte esencial de la poesía en verso de
Rimbaud;
desde los meses de
aprendizaje (es difícil hablar de años, cuando se trata de nuestro poeta) a
la madurez poética ––apenas dos años.
Un
trayecto fulgurante que
impresiona aún más que el salto posterior al poema en prosa. El Poeta tiene
cuando los compone dieciséis o diecisiete años. En este tránsito podemos
recorrer toda la poesía francesa del siglo XIX, desde el romanticismo social
––a lo Victor
Hugo–– al simbolismo
presurrealista. La notas que acompañan estos poemas intentan poner de
manifiesto este recorrido, a la par que se van haciendo las indicaciones
oportunas, para que
se pueda tomar conciencia de
los modelos imitados y abandonados a lo largo de dos años escasos.
Este primer poema de
Rimbaud
muestra hasta qué punto la
poesía del inventor de la alquimia del verbo arranca del romanticismo
en su dimensión menos visionaria: la poesía socializante, como manifestación
de amor y de compasión hacia los pobres, los humildes y todos los
miseriosos. Un ambiente que
Rimbaud
hereda de
Victor
Hugo, de Lamartine y de
Francois Coppée (1842-1908), autor de Los humilde , y que comparte
con
algunos miembros de su
generación, algo más viejos que él; Jean Richepin, en particular
(1849-1926), autor de La canción de los pordioseros.
Tendencia a emplear
los términos concretos, aquí las materias naturales de las que están hechas
las mantas, que Rimbaud
sentirá a lo largo de
toda su carrera poética.
El tema del nido
es recurrente en la poesía de
Rimbaud.
Refugio, ensoñación de la
vuelta la hogar, al pueblo..., como veremos en más de una ocasión.
Es aquí donde el tema
tratado descubre su claro ascendente hugoniano, más allá del tema general de
lo cotidiano y miserioso: el poema de La Leyenda de los Siglos, «Los
pobres»; estamos frente al mismo cuadro: los niños huérfanos, la madre
muerta, el padre lejos, el frío como negación simbólica del hogar.
Comparación que
pertenece al mundo religioso; una constante en el imaginario rimbaldiano.
Nos hemos permitido
conservar los guiones que emplean
Rimbaud
o las personas que copiaron
sus poemas. A veces son el simple indicativo de un cambio temático en el
poema; otras, las más, están marcando la estructura dialógica ––diálogos de
las plurales voces del yo–– que organiza la mayoría de estos poemas.
Tema doméstico
recurrente; cfr. el poema El aparador.
Iremos observando a lo
largo de la lectura de estos poemas cómo el color rojizo
(roux, vermeil)
es para el poeta una de las
expresiones máximas de lo positivo. Alianza pues, aquí, de dos componentes
básicos de la felicidad sensorial rimbaldiana: la tibieza y el color rojizo
de la materia.
El poema, romántico en
toda su extensión, acaba condensado en este gesto pamasiano: un camafeo,
blanco, negro y dorado, sintetiza con sus destellos todo el poema. Por otro
lado, la anotación final va al encuentro de un nuevo poema de V. Hugo, A
una madre: «¡Oh
el amor de una madre, amor
que nadie olvida, / pan saludable y fuerte que Dios reparte y multiplica!»
Con este poema se
inicia el conjunto enviado por
Rimbaud
a su amigo Demeny. Manuscrito
que siguen habitualmente los editores del poeta para los poemas de 1870. El
texto tuvo tres títulos sucesivamente: Comedia en tres besos, Tres besos
y, finalmente, Primera velada, según hemos traducido Pemière
soirée.
En este poema nos encontramos
a un Rimbaud
que, magnífico poeta, no es,
sin embargo, un malabarista del verso, como los parnaslanos que en estos
momentos admiraba: sus rimas son pobres, algunas nacen de diálogos forzados,
y no faltan los ripios.
Estamos frente a uno
de esos adjetivos mágicos del poeta:
«rayon buissonnier»,
un rayo, una luz
arbustiva, que pertenece al mundo de los matorrales, silvestre, pues,
pero también maliciosa. En francés, la expresión «hacer novillos
tiene su equivalente en «faire
l'école buissonnière»:
ir a la escuela de los
matorrales.
Irrupción de lo
tradicionalmente no poético en un contexto 'poético'; veremos cómo le gustan
a Rimbaud
estas alianzas imprevistas:
no es mariposa el habitante de la flor, sino mosca.
Poema que inicia el
mundo de las correrías campestres de
Rimbaud:
hierba, frescor que inunda el
cuerpo, errancia, sensación de libertad y confuso deseo amoroso son
constantes de la ensoñación benéfica que su poesía no olvidará nunca, ni
siquiera en las Iluminaciones.
Observemos el valor
que cobra aquí el artículo determinado; no se trata de un simple
amor.
El texto francés dice
«Par la Nature»,
(en medio de la Naturaleza); creemos que el poeta emplea aquí el término en
su acepción francesa menos técnica y filosófica, como sinónimo de campiña.
El ‘herrero’, sin
olvidar su morfología realista desnudez, fuerza, vida al lado del fuego y en
la oscuridad de la fragua––, sin olvidar también su ascendente mitológico
debido a la figura de Vulcano, pertenece al espacio de la rebeldía bíblica:
su cainismo fue ampliamente aprovechado por V. Hugo y G. de
Nerval.
Es, sin lugar a dudas, este
conjunto de elementos lo que le permiten a
Rimbaud
hacer de él un símbolo de la
rebelión del pueblo ––en cierto modo luciferina–– contra el poder.
El poema, de 1870, une
simbólicamente la fecha de la cuarta revolución francesa, la Comuna, con uno
de los años clave de la Gran Revolución, 1792, el año del Gran Terror. Nunca
podría hacer alusión a 1892, como aparece en algunas ediciones españolas. El
palacio de Las Tullerías ––a espaldas del
Louvre––,
que permaneció intacto
durante la primera revolución, fue destruido durante los disturbios de la
Comuna. La escena que se nos cuenta sólo puede ser situada en este palacio
de manera alegórica: mediante la fusión de fechas a la que antes aludíamos.
La metáfora del clarín
había sido empleada por V. Hugo, de manera sistemática, para referirse al
pensamiento progresista: «Sonad, sonad, perennes, clarines del espíritu.» La
volveremos a encontrar en
Rimbaud en otras
ocasiones.
Observemos cómo
aparece, en medio de un poema preñado de romanticismo social, la nota
parnasiana, con su riqueza plástica y cromática.
Calificativo
sorprendente que, si dejamos de lado las exigencias de la rima, nos prueba
hasta qué punto el color rojizo, pelirrojo
(roux),
es positivo en el imaginario
rimbaldiano. Verlaine también la califica así.
El texto del poeta
califica a los soldados reales de «palsembleu
bâtards»
(bastardos de rediez, o algo
así), siendo la expresión palsembleu, una posible deformación
eufemística de porsandios, análoga de parbleu, en vez de
par Dieu. Una posible traducción más española hubiera sido, sin lugar a
dudas, tus jodíos bastardos, pero perderíamos la resonancia blasfema
que hay en todas estas expresiones francesas.
En plural, como
símbolo de cualquier tipo de represión del débil por el poderoso. Se inicia
así esa fusión permanente en la conciencia de
Rimbaud
entre la Gran Revolución y
cualquier tipo de revolución (en especial, la que le tocó vivir, la de la
Comuna).
El entonces palacio
real del Louvre.
El poeta puede
dirigirse tanto a sus conciudadanos ––ya libres–– como al rey, reducido por
la revolución a la simple condición de ciudadano (el ciudadano Capeto).
En el pecho, junto
al corazón. El
ritmo épico recupera la función oral de a la poesía, y el gesto violento del
poeta recitador sustituye al sustantivo.
Mayúscula que es
preciso conservar pues obedece a la utopía liberal redentorista, leída en V.
Hugo y en Michelet.
Anacronismo que vuelve
a unir en el poema las dos revoluciones antes aludidas, a casi un siglo de
distancia.
Posible alusión a «la
Chambre
de
Requêtes»
(instancia judicial donde se
presentan las quejas, los suplicatorios y los recursos); de ahí la expresión
tus hombres de negro ––jueces y abogados. Pero, posible
alusión también a los «
cahiers de
doléances«
en los que estaban
consignadas las quejas y peticiones de los diputados de los Estados
Generales de 1789. De ahí, la posterior alusión a nuestros
representantes.
El poeta dice «jugando
á couper quelques
tailles», juego de
palabras de difícil traducción. La
taille
era un impuesto directo, en
vigor hasta la Revolución de 1789, pero es también la dimensión del cuerpo,
la talla. El verbo
tailler,
por su lado, significa
cortar. El tailleures el que corta los trajes. A nuestra manera,
hemos intentado recrear el juego de palabras del poeta: un nuevo impuesto
les sirve a ellos para sacar buenos beneficios, mientras se ríen de sus
representados o de los contribuyentes.
De nuevo, el
movimiento épico desemboca en el cromatismo deslumbrante parnasiano.
«Les gueux». Jean
Richepin está escribiendo en estos momentos La
Chanson
degueux;
herencias del socialismo de
los miseriosos que sacralizara V. Hugo con Los Miserables.
Observemos cómo
Rimbaud
entreteje en la misma
estructura sintáctica dos niveles temáticos complementarios, pero muy bien
diferenciados: lo que hacen los nobles con las mujeres y la condición
psicológica de las mujeres.
El ripio de la
oralidad épica.
Empleamos el
vulgarismo, sinónimo de morir, para traducir el no menos vulgar
«crever»
(reventar)
francés.
Esta alianza de
elementos antagónicos (que no llegan a ser oxímoros) es una de las
características más sorprendentes de la palabra rimbaldiana.
Esta experiencia
positiva de la naturaleza, centrada en una vivencia de lo fecundo y bañada
en un confuso pero penetrante sentimiento amoroso, será el único valor
positivo que perdure a lo largo de toda la aventura poética de
Rimbaud,
incluso en los últimos
versos, incluso cuando se invoque a la muerte.
A partir de aquí se
despliega todo el saber clásico y parnasiano que atesora el estudiante
modélico: sucesión de cuadros que la reflexión anticristiana y cierta
desconfianza irónica, respecto de la ciencia y de la filosofía moderna, irán
pespunteando de vez en cuando.
Puede sorprender este
adverbio, pero el texto francés dice literalmente «gigantescamente bella»;
adverbio, pues, necesario para poder expresar la realidad mítica de Cibeles,
diosa o encarnación de la Tierra.
Adversativa final, en
nombre del Amor (ese amor cósmico al que antes aludíamos) que pone en
entredicho la gran conquista del hombre moderno: su inmanencia
respecto de la divinidad; inmanencia que la H de Hombre sacraliza.
Diosa fenicia
asimilada a Venus, dadas las similitudes que presenta el culto de ambas; el
poema parece referirse directamente a Venus. Ahora bien, fue Venus
Anadiomena (que Rimbaud
conoce bien, como
veremos) la que salió del mar, y no Venus Astarté; error debido, tal vez, a
que se acuerda de un verso de Musset.
La dinámica de muerte
y de dolor, a la que puede quedar reducido el Cristianismo si se anula el
concepto de redención y nueva vida, situará al poeta frente a un
callejón sin salida que no puede asumir: y será contra esta negatividad
vital de cierto cristianismo contra la que
Rimbaud
se revele, a veces
dolorosamente y a veces insultando de manera obscena la figura de un Cristo
manso y refugiado en su pasión. El paganismo se presenta, entonces, con su
esencia primaria y naturalista, como el reducto del
vigor
y de una pureza no mancillada
por la mansedumbre. Oposición que Ya encontramos en la poesía de
Nerval
y que heredó el Parnaso.
Observemos cómo la
progresión del poema nos lleva, en un proceso metafórico y metonímico
perfectamente consecuente de la realidad, mujer-carne, a la
idealidad, mujer-diosa, pasando por la metáfora floral,
mujer-flor, Y por la metáfora artística, mujer-estatua; una
progresión dominada por una conciencia parnasiana.
No existe aún asalto a
la dignidad de la mujer; pero ya existe desconfianza: la realidad, que se
presiente innoble, ni recuerda ya el punto de partida mítico: el ídolo
salvador no podrá aspirar ni a ser cortesana.
Tema de La caída
del ángel, de Lamartine, tema de Eloa, de A. de Vigny, que
sintetiza para la conciencia literaria francesa un verso del primero:
«Limitado en su ser, infinito en deseos, el hombre es dios caído, que se
acuerda del cielo.»
Transferencia de un
espacio religioso a un espacio mítico: ¿la redención del amor universal
simbolizado por Venus?
«Azur» es un término que se aplica en francés al azul del cielo, a causa de
su color azul intenso y puro, y pasará a ser un sinónimo de la bóveda
celestial y, por metonimia, un significante de la divinidad que en él se
aloja. El tema del silencio de Dios podrá, en consecuencia, ser metaforizado
por el silencio azul del cielo, en toda la poesía del Tercer Romanticismo,
del Parnaso y del Simbolismo, sobre todo en Mallarmé.
Conservamos las mayúsculas que se están refiriendo a la filosofia y la
religión de la ciencia tan importantes en el siglo xix. Presencia y empacho
de lecturas del joven escolar; pero, al mismo tiempo, ¡qué capacidad para
plasmar en presencias tangibles toda una cosmogonía bastante anodina y
hueca!
El paroxismo, la experiencia del más allá de las cosas y del sentimiento,
antes de ser semánticos con el simbolismo (en la metáfora), son esencialmente
prosódicos, gestuales y adjetivos, con el romanticismo. Interrogaciones,
admiraciones y puntos suspensivos están expresando aquí la experiencia del
límite.
Rimbaud
suprimió estos últimos 36
versos en la entrega de sus primeros poemas a Demeny. Formaban parte, sin
embargo, del envío de este poema a Th. de Banville. ¿Depuración de un poema
largo en exceso? Salvo algunas pinceladas, estos versos no son sino
repeticiones o desarrollos de ideas que preceden y siguen.
Iniciamos el fragmento
más parnasiano del poema. Estamos ante la descripción de unos frisos en
bajorrelieve por los que desfilan, prisioneras del mármol pero liberadas por
un sutil movimiento de paso de danza, las figuras más granadas del Olimpo.
Debemos ser, sin embargo, sensibles al rico cromatismo de estas
representaciones plásticas; cromatismo que es una constante de la obra
rimbaldiana. Por encima de El Parnaso
(Leconte
de
Lisle,
sobre todo),
Rimbaud,
en este final del poema, va
al encuentro de la poesía plástica, defendida por Musset en su Noche de
Mayo y practicada por
André Chenier
(1762-1794), a lo largo de toda su obra, incluido el empleo de los nombres
propios, engastados en el texto no sólo por su valor semántico y mítico,
sino como joyas de sonoridad exótica; técnica muy habitual, también en
Mallarmé.
Advocación de Venus,
debida a una representación en mármol en la que la diosa se mira las nalgas
(callipygis: que tiene hermosas nalgas). Conservamos el orden de las
palabras del texto francés. En una primera versión,
Rimbaud
había dicho «La
blanche
Kallipyge»; este modo de
referirse a la diosa, además de ser más tópico, recordaba demasiado un verso
emblemático en la poesía francesa, de A. de Musset: «La
blanche
Oléosonne
et
la
blanche
Camyre.»
Hija de Minos y de
Pasifae, enamorada de Teseo lo ayuda a salir del laberinto de Creta, tras
matar al Minotauro. Teseo la abandonará, luego, al borde del mar, para irse
con la hermana, Fedra; abandono éste que recoge la escultura antigua a la
que sin duda hace alusión el calificativo grande (véase el ejemplar
conservado en el Museo del Prado).
Alusión directa al
poema de Chenier Bucólicas, cuando canta el rapto de Europa por
Zeus.
Observemos que, ni en Chenier
ni en los otros poetas recreados, la descripción tiene el valor cromático
que tiene aquí.
Observemos un pequeño
detalle: el Cisne en el que se encama
Zeus
para seducir a
Leda
recibe el calificativo de «rêveun»
(soñador); eso le basta a
Rimbaud para indicamos
que el cisne es ya un símbolo del poeta.
El tema de la
‘sinfonía en blancos’ pasará a ser un tópico de la poesía pamasiana, de Th.
Gautier
a Mallarmé.
Afrodita, venerada en
Chipre: metonimia bastante atrevida para la edad del poeta.
Nombre griego de
Hércules. Rimbaud
sigue la costumbre de sus
maestros parnasianos ––y de Chenier–– y da a los dioses sus nombres griegos
y cierta ortografía helenizante.
He querido conservar
el sabor caduco de un sustantivo que tanto gustó a los modernistas hispanos.
Ninfa de los bosques
cuya vida estaba ligada a la del árbol al que pertenecía.
La Luna, y Diana,
enamorada del pastor Endimión.
Todos estos dioses no
son, al fin y al cabo, sino escultura ––con la joya, la metáfora más
perfecta de la poesía parnasiana: objetos permanentes y rotundos capaces de
significar la perfección y la duración, en esta perfección, del arte
parnasiano. ¿Es éste el significado último del poema? Uno está tentado de
pensarlo, cuando ve cómo estos dioses, además de estatuas, no son sino
receptáculos del canto, los Pinzones. Metáforas finales del sueño humano
hecho arte y testigos mudos de la actividad del Cosmos y del Hombre, ¿no es
ésa la función última de los dioses?
La
Ofelia
de
Rimbaud
conserva los elementos
anecdóticos de la Ofelia
de
Shakespeare
y la morfología y el decorado
de la Ofelia
de Th. de Banville, en Las
Cariátides; su simbología va, sin embargo, mucho más lejos: no es su
locura lo que llama la atención del poeta, sino su capacidad visionaria y su
sentido de una extraña libertad.
El
«hallalis»
es el sonido de las trompas
de caza anunciando la muerte de la pieza cobrada. En francés,
hallalis
y lys no riman; ello
nos indica, ya cierta despreocupación de Rimbaud por las perfecciones
formales.
Iconografía
clásica de Ofelia, pero ¿podía conocer Rimbaud cuando compuso el poema, el
cuadro del prerrafaelista inglés J. E. Millais (1829-1896), como sugieren
algunos críticos?
Intentamos traducir
así «un beau cavalier
pâle».
Infante
no se refiere, pues, a la
condición de niño, sino a la condición de príncipe que tiene Hamlet.
Los sueños de
Ofelia
son los de
Rimbaud:
sus tres grandes obsesiones a
lo largo de toda su corta carrera. El valor simbólico clásico de
Ofelia
queda subvertido: como
veremos, es una hija más de la problemática muerte de Dios, que está condena
a sus visiones.
Verso hugoniano debido
a la presencia del verbo
‘effarer’ (espantar).
Pero, lo que aquí nos interesa es el juego subversivo que se establece entre
ojo e Infinito. Sin subvertir la realidad anecdótica
(Rimbaud
y se supone que
Ofelia,
tenían los ojos azules), el
gran ojo azul de Dios que siempre vigila en silencio (desde Hugo a Mallarmé)
pierde aquí lo único positivo que conservaba, su color emblemático,
transferido al ojo humano que ese Azul siempre ha espantado. (Cfr.
Caín, de V. Hugo y El
Azur,
de S. Mallarmé.)
Alusión directa al
texto de Shakespeare.
En la primera estrofa
tradujimos ‘lys’
por lilio; se
conservaba así la sonoridad francesa, al menos en parte, y se evocaba la
blancura simbólica (barroca y modernista) que tiene la palabra en español;
de paso se evitaba su traducción incorrecta por lirio o su traducción
fonéticamente molesta (pero exacta) por azucena. Ahora nos permitimos
traducirlo por lis (en alusión a la flor de lis),
introduciendo en el texto una resonancia cultural, que tiene siempre la
palabra francesa.
Poema que nos invita a
pensar, necesariamente, en la Balada de los ahorcados de F. Villon,
que Rimbaud
sabía, sin lugar a dudas, de
memoria, como cualquier estudiante francés. No es necesario pensar en V.
Hugo para justificar la presencia de los cuervos, como piensa S.
Bernard,
en su buena edición: los
cuervos están tan presentes en el texto de Villon como en El hombre que
ríe de Hugo. El poema, a pesar de las influencias, crece verso a verso,
según van llamando unas imágenes a otras, dominado por el ambiente grotesco
y desmitificador de la caseta de feria.
Sultán de Egipto y de
Siria (1137-1199); luchó durante la tercera cruzada con Ricardo Corazón de
León, Barbarroja y Felipe Augusto. Esta circunstancia justifica su
satanización irónica en el texto. Contribuye, con otras palabras medievales
(Messire
Belcebú, gentiles damiselas,
paladines, cimeras, monesterio, danza macabra, etc.) a crear un cierto
ambiente de época; lo que nos hace pensar aún más en la influencia de Villón.
El Diablo, como gran
titiritero de la muerte.
Llamativa imagen
musical que se irá ampliando a lo largo del poema.
Clara alusión al verso
de F. Villon, en el Gran Testamento:
«Car
la
danse vient
de la
panse»
(Pues la danza nace en la
panza).
Alianza del sarcasmo y
de una imagen poética deslumbrante: el don más preciado de
Rimbaud.
Empleamos la forma
antigua castellana, equivalente de la francesa, ‘moutier’,
utilizada por
Rimbaud.
Como vestido de cura,
aunque no lo sea, según la obra de Molière que sirve de base al poema
satírico, ocultamente procaz.
Tres calificativos que
unen el desprecio y el asco, respecto de una mansedumbre fingida, que oculta
bajo la capa la concupiscencia ardiente del personaje.
Intentamos traducir
con este sinónimo familiar del Diablo, la expresión, popular a su vez, que
usa Rimbaud:
Le
Méchant
(el Malvado).
Prenda de adorno
masculina muy preciada por otro personaje de Molière, el Crisale de Las
mujeres sabias; éste hace el elogio de sus chorreras en su famosa
imprecación contra las mujeres de su casa. Texto que
Rimbaud
debía saberse, también, de
memoria, pues es uno de los clásicos de la docencia francesa.
Advocación de Venus
que nace de las aguas. La profanación del mito es absoluta y tiene un
alcance muy superior al de los dos textos que
Rimbaud
imita, según los eruditos:
Los antros infectos, de Glatigny (en Viñas locas) y una
estrofa de François
Coppée aparecida en la
revista El Parnaso. Este poema justifica nuestra voluntad de matizar
la división clásica de las Poesías de
Rimbaud,
en lo que se refiere a su
actitud frente al amor y a la mujer, en dos bloques que se opondrían
radicalmente; división cuya razón estaría en la hipotética violación del
poeta en el Cuartel de Babilonia, durante la Comuna.
Hermosa Venus.
Esta inscripción
aparece grabada como si fuera un tatuaje. El tema del tatuaje viene del
texto de Glatigny, pero en él es mucho más anodino: Venus lleva grabados dos
nombres, uno de mujer y otro de hombre,
Pierre
y Lolotte. La profanación del
mito de la belleza y del amor
Es posible que el
poeta pensara en más de una; las líneas con puntos suspensivos hacen pensar
en un poema fragmentario, como tantas veces en
Rimbaud.
Los cambios de régimen
verbal, en cada parte, así parecen confirmarlo. En cualquier caso, sólo
tenemos la última de estas respuestas; la que dio título al poema en el
manuscrito de Izambard: Lo que
Nina
recuerda de cuanto se le
dice. A
todo cuanto el adolecente enamorado propone,
Nina
contesta con una pregunta
relativa a algo que no se ha mencionado ni se puede mencionar en un diálogo
amoroso: pero, ¿y qué pasa con mi buró?
El
buró, el despacho, como
significante de la integración laboral burguesa.
En cuatro versos
cortos, tres anotaciones cromáticas contrapuestas.
Esto es lo que dice el
texto, y no carne en flor, como se traduce habitualmente.
El «églantier» es el
escaramujo; para no perder la anotación cromática, traducimos por rosal
silvestre, siendo el escaramujo el pariente silvestre del rosal. Traducirlo
por otra planta le quitaría al verso su sabor rústico, propio de la campiña
francesa.
Las estrofas que
aparecen entre corchetes faltan en algunos de los manuscritos. El texto
ofrecido es, pues, una reorganización ideal del poema, según la edición de
La Pléiade.
Verso que ha sugerido
interpretaciones curiosas: «Au
noisetier»
(Al avellano) sería el título
del andante que entona el pájaro. Tendríamos, Pues, una canción popular del
tipo de Debajo de la fuente del avellano... No comprendemos
por qué algunos críticos franceses prefieren la versión del manuscrito de
Izambard: el pájaro canta, pero no se nos dice lo que canta; la estrofa, en
lugar de «Au
noisetier»...
acabaría con el verso
siguiente: «Joli portier";
el pájaro sería un
lindo portero (del bosque). Preferimos la primera versión; la del
manuscrito de Demeny; más lógica y menos cursi.
Estas estrofas son la
parte más lograda del poema: la descripción del ambiente rústico, tanto en
sus exteriores como en sus interiores; realismo en el que
Rimbaud
se siente a gusto y que sabe
matizar con pinceladas sorprendentes.
¿Anotación
impresionista, como quieren algunos, o simple observación realista del color
de las hierbas de los huertos, bajo los árboles frutales? ¿O simple
necesidad de la rima: en francés,
bleu y
lieu
(azul y legua)?
«Et mon
bureau»
puede ser traducido dándole a
la palabra bureau
su
Primer sentido: mesa (de
despacho) cubierta de una tela basta, la
bure;
también puede ser traducido
dándole los significados derivados por desplazamiento metonímico: sala donde
está el bureau:
despacho, lugar de trabajo
administrativo, tienda, etc. En nuestra traducción hemos ido, directamente,
a lo que creemos es el pensamiento de
Rimbaud:
el empleo fijo, como
significante de la conciencia burguesa establecida.
Poema que, sin olvidar
la observación directa de
Rimbaud, tiene sus
antecedentes inmediatos en un poema de Glatigny, Paseos de invierno,
y más alejados y difusos en
Baudelaire,
Las viejecitas.
Escrito en 1870, poco antes
de la guerra, pertenece al conjunto de viñetas grotescas, con clara
incidencia social, en las que
Rimbaud
introduce, de vez en cuando,
su magia verbal, sin abandonar el sarcasmo.
La anotación satírica
es mucho más fuerte en francés que en español;
Rimbaud
invierte la relación del
burgués con su reloj de bolsillo, del que cuelgan adornos («bréloques») con
las iniciales de sus dueños («chif fres»): y así, es el notario, ser
sin consistencia, el que cuelga de su reloj, y no a la inversa;
por ello, nuestra traducción, más abstracta, reduce la identidad del notario
a los dijes que cuelgan de su cadena; como los fariseos fueron
reducidos por Jesús a las ínfulas que exhibían.
Rimbaud
desliza el significado
originario de cornaca, domador de elefantes, al de servidor o
acompañante, debido, posiblemente, al contexto colonial de la palabra o
al recuerdo visual de alguna estampa en la que los cornacas, diminutos, iban
al lado de los elefantes, enormes; aquí se trata, grotescamente, del marido
y de su mujer.
En pitillera de plata;
fuerte contracción de gran valor expresivo que traducimos de la manera más
elíptica.
El texto francés dice
«panza flamenca», propia del país de Flandes.
Rimbaud
piensa seguramente en la
vecina Bélgica. La perversión española de la palabra flamenco nos
impide usarla. Al traducirla por nórdica, creemos respetar la
intencionalidad étnica del poeta, pero no la alusión despectiva a los
vecinos, que tampoco conseguiríamos traduciéndola por belga ––sin
resonancia negativa para un español.
En medio de la sátira,
surge la visión poética exacta: las hebras de los bordes de la cabellera que
bordan la superficie blanca del cuello: oro sobre lino.
Intentamos traducir,
en dos tiempos, la expresión
«j'ai déniché»;
expresión
que significa el acto de sacar a un animal de su nido o madriguera: las
botas están escondidas bajo las largas y abundantes faldas, como debajo de
un matorral. Observemos, de nuevo, la expresividad agreste de la palabra
rimbaldiana.
Preferimos, con la
edición de La Pléiade,
devolverle al poema el
final que Rimbaud
le dio, antes de que Izambard
le sugiriera un verso para corregirlo: «Y siento que los besos me brotan de
los labios.» El profesor Pensó que el poema acababa de manera poco adecuada
a la imagen que su joven discípulo pretendía dar, como estudiante un poco
tímido, a lo largo del poema.
Es el único poema que
aparece, al mismo tiempo, en el manuscrito remitido a Demeny y en el que
envía Verlaine; es el único, pues, salvado de una primera criba. ¿Quiere
ello decir que es más de
Rimbaud
que los postergados? No lo
creemos. Tiene las mismas referencias a los maestros que se Imitan, y los
poemas suprimidos apuntan ya los mismos rasgos de realismo sarcástico o
temurista, según los casos, que encontramos aquí. Los caprichos de los
poetas, en sus selecciones (como en sus correcciones), son muchas veces
gratuitos y obedecen a gustos y disgustos del momento. Hugoniano en su
arranque (ya desde el título), el poema no tiene la desmesura del poeta i
pitado cuando trata temas semejantes:
Rimbaud
empequeñece e interioriza la
escena; la hace más cotidiana, a lo
Baudelaire
y a lo Coppée (sin que
tengamos que lamentar que sea así, en lo que se refiere a este último, como
10 lamenta, llevada por un prejuicio histórico, S.
Bernard).
Hemos intentado conservar
esta dimensión cotidiana, incluso en el prosaísmo rítmico de los versos.
Sigo, sin embargo, el manuscrito de Demeny; más coherente, me parece, en su
evolución hacia el final del poema, con su gesto religioso pervertido, que
el de Verlaine. Además, las variantes son debidas, al parecer, al propio
Verlaine que quiere hacer más realista el poema de su amigo.
En la copia de
Verlaine el panadero gruñe su tonada.
En la copia de
Verlaine leemos « y cuando, para una cena de medianoche».
En la copia de
Verlaine los niños también gruñen, en vez de cantar.
«Dicen sus plegarias»,
consigna el texto de Verlaine. Parece más lógico que los cantos de los niños
(que no rezan) se asemejen a plegarias: las nuevas plegarias
dirigidas a este nuevo cielo: el homo del que sale el pan material (que
tampoco se comen los pobres). Evidentemente, la primera versión nos parece
más lógica, aunque algo más ñoña.
Me arriesgo a traducir
así «roman»,
en el sentido de aventura
desprovista de verosimilitud. En efecto, la aventura que
Rimbaud
nos cuenta empieza mintiendo
sobre la edad del protagonista: no tenía diecisiete años, sino que estaba a
punto de cumplir los dieciséis (de octubre del 54 a septiembre del 70). En
cualquier caso, las aventuras amorosas de
Rimbaud,
que se conocen por los
testimonios directos de sus amigos, son posteriores. Lo más importante no
es, sin embargo, la pequeña anécdota, sino las anotaciones poéticas sobre la
naturaleza, fruto, sin lugar a dudas de las múltiples correrías del niño
Rimbaud
por los campos que rodean
Charleville.
Neologismo de
Rimbaud
que nos confirma en el
significado de roman, como aventura.
La nota negativa del
padre no le viene de su condición de tal, sino de su falso cuello,
almidonado y rígido, signo de su pertenencia a la clase burguesa.
El texto francés dice
«de tus sonetos».
1792 y 1793, los años
cumbre de la Revolución Francesa.
Periodista patriotero
que, en julio de 1870, llamaba a los franceses a la guerra contra los
prusianos, apelando al recuerdo de las grandes guerras revolucionarias,
cuando Francia fue invadida por sus vecinos monárquicos del Este. Sólo el
último verso del soneto nos sugiere la posible indignación o ironía de
Rimbaud
frente a la explotación
patriotera de los muertos llevada a cabo por el periodista. El resto del
poema es una invocación sentida de los soldados de la República. Invocación
llena de patriotismo, republicano o francés; pero, patriotismo, a pesar de
todo.
Batalla de Valmy, 20
de septiembre de 1792: victoria contra los prusianos.
Batalla de
Fleuras,
1794: victoria sobre los
austríacos.
Campaña de Italia
(1791-1796); asienta el poder de Francia y prepara el cambio de gobierno en
Italia.
Fusión de las ideas
revolucionarias con una mítica cristiana; herencia del romanticismo de 1849.
Padre e hijo,
periodistas bonapartistas del mismo diario.
Título ambiguo. ¿Qué
es el Mal?: ¿la guerra?, ¿Dios? ¿La contraposición entre la Historia (por
oposición a la naturaleza) y la presencia de un Dios ligado únicamente a los
aspectos de una liturgia simonista? Poema ambiguo hasta en la interpretación
de la risa de Dios (¿satisfecho en medio del lujo? ¿sarcástico ante el lujo
que lo rodea, mientras sólo le interesa la ofrenda de los pobres?). Prefiero
dejar el texto en su ambigüedad bañada por un sentimiento político y social
y por un decorado litúrgico, constantes siempre ambiguas de la poética de
Rimbaud.
Escarlata, es decir,
francés; verde, es decir, prusiano. Admiremos en este fuego cruzado de
metáforas salvajes, el cromatismo singular que los cuatro versos pintan a
brochazos.
Presencia del dolor
femenino de las clases populares, siempre respetado, incluso cuando se
presta al sarcasmo religioso o social.
Poema circunstancial,
como casi todos los de esta época, pero el texto alcanza un valor general,
debido al plural del título y a su tema central: la Libertad. Napoleón
III,
vencido y prisionero en el
castillo de Wilhelmshoche, no es sino un símbolo cadavérico de la tiranía
vencida.
Tres años antes de
morirse, Napoleón estaba ya gravemente enfermo; lo que le añade palidez a su
palidez natural.
En el castillo prisión
evoca el palacio perdido.
En medio del cuadro
histórico desolador llama la atención esta capacidad para reducir a gesto
doméstico el acto más brutal de la Historia.
Según los críticos,
Emile
Olivier
(1825-1913), presidente del
Consejo de Ministros en 1870. A la vista de sus retratos nos permitimos el
diminutivo de gafitas (que el término francés
lunettes
implica, aunque ya no se
Piense en ello).
La contraposición
entre el refugio interior positivo y la exterioridad negativa se hace aún
más patente con la acumulación de los signos agresivos de esta exterioridad:
noche, oscuridad, muecas y monstruos
––lobos, diablos––,
sin olvidar la muchedumbre atroz que condensa, como síntesis, todos los
elementos negativos de los que hay que protegerse.
Poema de guerra, lo
importante en él es la perfección formal del cuadro, como ajena al paroxismo
del tema tratado: encuadre, colores, haz, todo contribuye a esta perfección.
Pero también estamos ante la construcción del nido para el último
sueño: en los brazos de la vida ––agua y verdor. Más tarde,
Rimbaud,
en sus últimos poemas, pedirá
para sí la muerte vegetal del árbol, en la fusión con naturaleza.
Término preferido para
los gladiolos de agua.
En realidad, y según
la crítica erudita, La Maison-Verte, restaurante de
Charleroi
(Bélgica), en el que todo,
paredes y muebles, estaba pintado de verde. Puede ser el restaurante que
Rimbaud
habría frecuentado en su
viaje por Bélgica... pero, es, sin lugar a dudas, el prototipo de todos los
restaurantes que el poeta-andarín-vagabundo ha conocido a lo largo de sus
años adolescentes, física y espiritualmente: hambre real, de comida y de
amor y de un más allá impreciso que se hace presencia en la jarra de cerveza
y de sol ––el agua dorada, cada vez más presente en la poesía de
Rimbaud.
Texto prosaico, propio de la
poesía de la experiencia.
El ritmo
del verso, roto por frecuentes encabalgamientos, cuyo valor expresivo es
nulo (salvo, en cualquier caso, ...bajo la mesa/ verde...) crea una
dimensión prosaica, acorde con el tema, a la que contribuye poderosamente el
verso entre guiones, comentando la actitud de la sirvienta, en una especie
de apartado teatral.
Metonimia de la marcha
permanente, que Rimbaud
comparte con
Rousseau
y
que obliga a leer el poema en
paralelo con Mi bohemia ––tres pa snas más allá.
Devolvemos a
manteca su sentido originario, como producto lácteo, antes de que fuera
desplazado por el diminutivo eufemístico mantequilla. Conseguimos así
un sabor más campesino y tradicional, el que tiene en el texto francés.
Poema de la misma hornada y de las mismas
características que el anterior.
El texto de
Rimbaud
introduce un provincianismo
arcaico, m'aiser, que, como todo provincianismo, recupera el valor
etimológico de la palabra; valor que en francés moderno sólo se conserva en
las expresiones être (ou
ne
pas
être) dans
son asiette
––encontrarse (o no
encontrase) a gusto psicológicamente–– y
mettre
à
l'aise
––procurar que alguien se
sienta a gusto. la chica quiere que el visitante se vaya encontrando a gusto
y que tome la confite necesaria para poder atender a su posterior
pretensión: que la bese.
Une
froid
(una frío) sería también un
provincianismo, que he intentado sugerir con el giro popular y relajado: «me
s’ha enfriao»...
Evocación ingenua y
sarcástica de un grabado popular que representa a Napoleón
III,
tras la victoria de
Sarrebruck
(2 de agosto de 1870).
Observemos
una vez más el cromatismo del poema, que responde al cromatismo de la
estampa, pero que vuelve a los colores emblemáticos de
Rimbaud:
rojo, amarillo, dorado y
azul. Bien pudiera ser, también, un cuadro de la primera época de
Manet.
El texto francés dice
dada, caballo, en lenguaje infantil.
Alusión, tal vez, a la
carta optimista que Napoleón III
dirigió a los
franceses después de la batalla.
Contraste brutal: uno
se pregunta quién sale peor parado, si Napoleón o los papás.
Recordemos que la
metralla era metaforizada en gargajos rojos.
Pitou
es el nombre genérico de los
soldados ingenuos, como
Jacques era el de
los campesinos.
Nombre que debe de
tener su origen en algún personaje real, pero que sirve para designar a un
soldado crédulo, un poco estúpido, apto para que le cuenten las invenciones
más inverosímiles, propias de los cuarteles.
Fusil empleado por los
franceses durante la guerra de 1870. Podíamos haberlo traducido por
mosquetón, preferimos dejar el nombre francés (es el de su inventor),
con el fin de conservar el color histórico y la voluntad de realismo
referencial de Rimbaud.
Con el pelo cortado a
cepillo. El texto francés presenta ya la misma contracción, muy expresiva.
Juegos de contracciones y de sobreentendidos que siguen en el texto hasta el
final del poema, y que intentan reproducir la realidad ––la que se ve y la
que se escucha vertiginosamente–– con los intermediarios sintácticos
imprescindibles.
El sol negro
(como el sol frío, en Hugo, en
Baudelaire,
en
Nerval
y en La
Tour du Pin)
es ya una metáfora de la
muerte de Dios y de la subsiguiente muerte del yo, en la poesía
posrromántica. Aquí queda reducido a una dimensión plástica no exenta de
ironía.
Personaje de un
periódico satírico, La
Lanterne,
de Boquillon, ilustrado con
dibujos, y que le gustaba enormemente a
Rimbaud.
Observemos, de paso, hasta
qué punto la poesía de
Rimbaud es
circunstancial, en esta época de su vida y ligada a la realidad inmediata.
Poema de octubre de
1870; se integra en la temática del realismo de lo cotidiano, tan tratado
por Rimbaud:
presencia redundante de lo
viejo, de lo oscuro y de lo insignificante.
Esta identidad entre
perfume y vino parece heredada de
Baudelaire, es
el que es una constante
temática; véase, en especial, el poema La cabelleras.
Para la comprensión y
la apreciación más profunda de este soneto remitimos a nuestra
Introducción. El poema tienen un alcance que va mucho más allá de la
anécdota exagerada de los vagabundeos de
Rimbaud;
es ya un anuncio de su
condición de poeta vidente. La broma final (tan apreciada por S.
Bernard)
no nos parece tal; es la
condición misma de la poesía rimbaldiana: llegar a la metáfora más
sorprendente desde la vulgaridad de lo insignificante y cotidiano, gracias a
la alquimia del verbo.
Conservamos la palabra
puños, pues marca la obstinación y cierta rebeldía–– que le llevan al
poeta a estos paseos errabundos y continuos por el campo.
Tenemos que tomar esta
interjección, triplemente repetida, en su matiz irónico, tal como se usa en
la conversación familiar; intentamos traducir con ella ese oh!
là
la!,
admirativo, irónico y desenfadado, tan peculiar de los franceses, y que
Rimbaud
no duda en introducir en su
poema, a pesar de su apariencia de ripio.
Recuperación del gesto
de Pulgarcito en el cuento de Perrault: si en otras ocasiones son los
objetos y gestos vulgares los que le sirven para hacer Poesía, aquí es el
recuerdo literario más sencillo: el cuento infantil (infantil a Pesar de la
perversidad que domina todos sus personajes, incluido Pulgarcito).
Observemos el valor
expresivo que tiene, como en tantas otras ocasiones, el encabalgamiento.
En francés dormir al
raso se dice dormir à la
belle étoile
(dormir bajo la bella
estrella). La expresión de
Rimbaud revitaliza el
tópico familiar y le da una dimensión cósmica deslumbrante. Este tema, el de
dormir al raso, es constante en la literatura francesa desde que
Rousseau
lo consagrara en
un
texto emblemático de las
Confesiones, convirtiéndose en uno de los indicadores más acertados de
la bohemia literaria francesa.
Rimbaud
acaba de dar el salto del
poeta visionario, capaz de escuchar a las estrellas.
Poema de 1871,
probablemente. Para apreciarlo en toda su perfección de joya parnasiana
recomendamos volver a nuestra Introducción. La traducción no puede
reproducir los juegos sutiles de la fonética, perfectamente adecuados a los
juegos de la semántica: en ese misterioso paso del beso que dormita» (le
baiser
ort)
al «beso de oro» (le
Baiser
d'or).
Poema copiado por
Verlaine en 1871, que nos cuenta el posible ori gen anecdótico del poema:
las relaciones de Rimbaud
con el bibliotecario
de su colegio, siempre sentado y reacio a levantarse para darle los libros
que el niño le pedía. Pero estos sentados son metonimia de todos los
que trabajan y se pasan la vida de manera sedentaria: oficinistas,
estudiosos, burócratas, etc. Aquí la cotidiano se vuelve fantástico gracias
al desarrollo en libertad de las excrecencias miserables de la materia y del
espíritu. Como veíamos en la Introducción, no es necesario esperar a la
Iluminaciones para encontramos con el
Rimbaud
visionario y surrealista: la
alquimia del verbo es capaz de conseguir hallazgos tan deslumbrantes como el
subconsgente.
Neologismo atrevido
que conservamos: el poeta convierte su piel en una tela resistente, en
percal.
En medio de la imagen
grotesca y espantosa, florece la poesía de lo bello, de manera inesperada:
la silla, con el asiento de paja, conserva en su recuerdo
Metáfora marina que
salva los pobres sentados
(Rimbaud
siempre salva a los míseros
de alguna manera): ellos también sueñan amores, ellos también son capaces de
emprender el viaje hacia los espacios lejanos; y el catalizador de esta
huida imaginaria es, como en
Baudelaire,
la música.
La imagen nace del
adjetivo que califica «pupilas»,
fauve
(de color Pardo rojizo y, por
extensión sinecdótica, animal salvaje con el pelo de ese color). La palabra
contiene en francés una agresividad cromática, ampliada por su aplicación al
mundo animal, que hemos traducido por «de fuego». Esa luz-pupila engancha,
hiere la mirada, al brillar en el fondo de los corredores.
En ningún momento
podemos ver en esta estrofa, ni en las siguientes, cualquier matiz de
crítica laboral («el sueño de estos ‘sentados’ habría sido robado a sus
horas de trabajo», como dice S.
Bernard); creemos que
leer así a Rimbaud
es banalizarlo. Lo que aquí
importa es la deriva fantástica, visionaria: el paso de la realidad más
anodina a la monstruosidad más deslumbrante: los hijos––sillas nacidos de
estos amores, que rodean las orgullosas mesas de los despachos; ¡qué más se
puede esperar de los sueños eróticos de un funcionario!
Uno tiene la impresión
de que, después de un verso como éste, poco le queda por inventar a la
vanguardia del siglo XX.
Tras la visión
deslumbrante, capaz de aunar surrealismo y un
art nouveau
que será propio del mundo de
la joyería, el poema recae en la sordidez de la anotación sexual.
Poema de 1871. Hace
alusión, al parecer, a las aventuras de
Rimbaud
y su amigo Delahaye, como
estraperlistas aficionados de tabaco, a lo argo de la frontera con Bélgica.
En francés, Cré Non
(apócope de Sacré
Nom
de
Dieu),
expresión con intención
blasfema muy fuerte.
Textualmente,
«Soldados de los Tratados», creados para proteger las fronteras tras la
última guerra.
Acumulación de hiatos,
con repetición de la a, que no hemos querido evitar, con el fin de
provocar en el lector español un efecto similar al del verso francés.
¿Las prostitutas? Se
iniciaría con ellas un acta de acusación contra la Policía fronteriza, en la
que quedaría patente no sólo su comportamiento ‘injusto’ contra los
contrabandistas, personificados por los personajes de
Goethe
––Fausto––, y de
Scribe
(1791-1861)
––Fra
Diávolo––, sino sus lujurias
ante los cuerpos jóvenes de estos contrabandistas de ocasión a los que
tienen que del registrar.
Cualidad del alma o
título honorífico, que
Rimbaud emplea para
designar irónicamente a los Aduaneros.
Título cuando menos
irreverente (otoño de 1870) y provocador. El poema se corresponde ya con la
época de degradación física y social que inicia
Rimbaud.
Provocar al burgués es lo
único que importa. Ahora bien, no se trata de simple guarrada adolescente;
el trasfondo religioso es más serio de lo que parece, y responde a todo el
proceso de la poesía del momento, ligado al tema de la muerte de Dios,
con la rabia y desencanto que esta muerte acarrea en algunos
poetas criados en brazos de la creencia en un Absoluto ––y esclavos aún de
esta creencia. El cielo,
«l'Azur" de
Baudelaire,
de Mallarmé, de
Gautier,
ya está vacío. Lo que no
impide que siga ahí, re memorando una ausencia. No olvidemos que los
heliotropos son grandes flores azules ––de un azul cielo––, cuyo movimiento
natural (tropía) les lleva a orientarse hacia el sol (helios). Estamos, a
pesar de todo, frente a una oración sacrílega muy seria.
La descripción
responde de manera exacta, pero grotesca, a los dibujos que representan a
Rimbaud
por aquella época
(representaciones no menos grotescas). Muy tieso, como sentado en sillón de
barbería y con su pipa. Hemos preferido conservar el término técnico,
hipogastrio; en el que se concentra, ridícula en su anotación técnica,
esa `tiesura' del cuerpo del adolescente. Ello nos ha llevado a sustituir
Gambier, la marca de la pipa de
Rimbaud,
por pipa, simplemente.
A la hora de elegir pensamos que Gambier no le dice nada a un lector
español actual, mientras que hipogastrio conserva todo su valor
pedante y ridículo.
La mayúscula nos
indica la proyección transcendente de estos Sueños; las quemaduras,
la instancia dolorosa que los produce. En este contexto, la elección del
colombier
(palomar) como referente
metafórico de los Sueños no es gratuita. La paloma es uno de los símbolos de
la pureza (y frecuenta las alturas divinas de torres y campanarios); además,
en francés, colombier
sirve para
designar la casa paterna. Tampoco podemos olvidar que la paloma, junto al
cisne, es uno de los símbolos, por blanca y por alada, de los sueños de
belleza parnasianos... que también se están derrumbando; pero que también lo
es de la lascivia, lo que ha permitido una interpretación obscena del poema.
Observemos, en medio
de la reflexión autobiográfica, la anotación cromática llena de resonancias
‘fauvistas’.
No es la única vez que
el acto de orinar está presente en la poesía de
Rimbaud;
sólo que aquí, la rabia y
fuerza de esta meada trazará un arco que adquiere una proyección metafísica.
El Señor de los judíos
––y de los cristianos. El cedro del Líbano es una de las
plantas emblemáticas del pueblo de Dios que llegará a ser numeroso y fuerte
como aquél; el hisopo, antes de ser el cacillo con el que se expande el agua
bendita sobre los fieles, es una planta labiada aromática, propia de las
regiones mediterráneas, con la que, sin lugar a dudas, se empezó a salpicar
el agua bendita. Rimbaud,
una vez más, muestra
que se sabe bien su Biblia.
Ya no es azul; hay
quien dice que debido a la mierda que el hombre, que
Rimbaud,
ha lanzado a fuerza de
blasfemias contra él: por eso es pardo.
Poema de 1871.
Plenamente comprometido con la historia que de lejos o de cerca vivió
Rimbaud.
La parodia del poema de
Coppée ––Canto deguerra circasiano––, en el caso de que haya parodia,
no invalida la voluntad de compromiso con la actualidad histórica, posterior
a la Comuna y con el restablecimiento en el poder de la burguesía odiada.
Thiers (1797-1877):
periodista, escritor, político (jefe del «partido del orden), Primer
Ministro encargado de la represión de la Comuna (conjuntamente con su
ministro de Gobernación, Ernest
Picard),
presidente de la República en
1871. Autor de Historia de la Revolución Francesa y de Historia
del Consulado y del Imperio.
Cien mil hombres,
frente a los doscientos mil insurrectos.
El 22 de mayo de 1871,
la Comuna se somete; pero durante una se mana continúan las escaramuzas
sangrientas por París, en una auténtica guerra civil callejera.
Pueblos del entorno
parisino en el que se dieron batallas, tanto durante el enfrentamiento con
Prusia como durante la Comuna.
Posible e irónica
alusión a las bombas que tiraban los ejércitos ‘gubernamentales’.
En francés,
«qui n'ont
jam... jam...»
Posible a alusión a la
canción Popular e infantil el Pequeño barco
«qui n'avait
jam... jam...
jamais navigué»
(que jam... jam...
jamás había navegado). En
medio del canto guerrero, surge, de nuevo, la alusión infantil: un mundo
demasiado cercano aún, y la mejor manera de destruir el espacio de los
mayores; al mismo tiempo, el juego antitético, frente a los lagos
ensangrentados, hace más lacerante el espectáculo de muerte.
Las bombas, antes
flores de primavera, son ahora piedras preciosas.
El verso francés
construye un triple equívoco: «des
Éros»
puede significar: 1. de
manera evidente, son unos Eros
(diosecillos del
amor), algo claramente sarcástico; 2. al hacer el enlace fonético con la s
del artículo y la É del nombre, son unos ceros (des
zéros);
3. pensando en la
fonética vulgar que hace el mismo enlace al pronunciar des
héros,
aunque, según los cánones, la
h aspirada impida hacerlo, son unos héroes (algo evidentemente
sarcástico en boca de un comunard. En español podemos pronunciar la
expresión ceceando el plural, y tendremos, al menos, un equívoco: también
son unos ceros.
El realismo
preimpresionista de Corot (1796-1875) le sirve a
Rimbaud
como punto de comparación
para sugerir el efecto cromático de los bombardeos.
¿Tropas o tropos? El
texto dice tropos; pero se piensa en tropas: ¿juego de
palabras que alude al mismo tiempo a los discursos de Thiers, buen
parlanchín parlamentario, y a las tropas que ahora conduce? Lo importante es
que, llegue lo que llegue, llega zumbando como si fuera una bandada
de abejorros; el verbo
hannetonner (de
hanneon, abejorro) no existe en francés.
Jules
Favre (1809-1880), ministro
de Asuntos Exteriores, fue el encargado de firmar el armisticio. Los gestos
enigmáticos que se le atribuyen pueden referirse tanto a particularidades de
su persona (grandes cejas arqueadas) como a su actitud compungida ante las
desgracias de la nación.
Para que estos
personajes puedan llorar, es necesario que aspiren algo que estimule sus
glándulas: la pimienta molida es muy efectiva al respecto.
Del Gran Truco
(engaño, fraude); pero
Rimbaud, con las
mayúsculas, nos obliga a leer su expresión desde la realidad histórica del
Gran Turco (nombre dado, de manera general, al sultán de los turcos).
Posible alusión indirecta (pensando en el Canto de guerra circasiano)
a que son los artífices de la represión del pueblo francés, como los turcos
lo fueron del pueblo circasiano ––vertiente septentrional del Cáucaso.
Partido de los grandes
terratenientes en la Asamblea Nacional de 1871.
Verso enigmático, en
el que sólo una cosa está clara: la amenaza que Pende sobre los Rurales,
simbolizada por el rojo de los secretos movimientos que acompañan
el desgajarse de las ramas.
Poema de mayo de 1871.
Somos de la opinión (no siempre compartida) de que la emergencia, en
Rimbaud,
de la misoginia, de la
homosexualidad y de la vulgaridad soez no se debe a un cambio súbito, sino
aún proceso de toma de conciencia de la realidad exterior y de su propia
realidad física y psíquica; no se trata de conversiones bruscas (aquí la
experiencia de un amor fallido junto a una chica «morena de ojos azules» ;
allá la experiencia en el Cuartel Babilonia de París...); que estas
experiencias existan sólo sirven para acentuar un proceso más profundo y más
general.
Producto farmacéutico
salido de la destilación de flores aromáticas en agua. Aquí se trata
simplemente de la lluvia.
Retoños del árbol...
y, tal vez, las jovencitas de buen ver y buen tocar que, en francés, son
calificadas, de manera un tanto procaz, de
tendrons
(temerillas).
Las botas de goma para
la lluvia o, más probablemente, los
impermeables.
Palabra cuyo origen y
significado nadie ha encontrado (a pesar de los muchos esfuerzos de la
crítica, según confiesa Fongaro, al principio de su artículo,
«Drôles
pialats» ––sospechosos
pialatos––, en Fraguemants rimbaldiques); la dejamos, pues, tal cual
en español. Sea lo que sea es redondo... ¿blanco, tal vez? ¿pechos,
rodillas, glúteos... que se dibujan bajo el impermeable? Pertenecen, en
cualquier caso, al espacio simbólico de la luna ––o de los lunares
(suciedades de savia vegetal o semen, según opina el mismo Fongaro). De ser
esto último (que no lo creemos, debido al adjetivo redondos), estas chicas,
además de ser unas desconsideradas con el Poeta, serían un poco guarras.
Planta primulácea, de
color rosa o azul, que se empleó en el campo contra la hidropesía, la rabia
y la mordedura de animales venenosos.
Rimbaud
muestra (y no será la única
vez) un conocimiento preciso de las costumbres campesinas.
Especie de brillantina
fijador. No es una palabra muy francesa, al parecer.
¿La cabeza, el pene?
da la impresión de que es lo primero. La expresión tocar la mandolina
sólo se refiere en francés a la masturbación femenina,
Puede parecer mentira,
pero es así:––Rimbaud pretende que sus amantes pasadas se tapen los pechos a
base de tortazos, como si éstos fueran chapas de metal que pudieran parchear
la superficie camal odiada. Hay que decir que
Rimbaud
emplea una palabra, fouffe,
que no existe en francés; es palabra propia de las Ardenas, según S.
Bernard.
La palabra crea un cierto
distanciamiento enigmático.
El sentimiento, por
sentimentalista, será negativo en el universo afectivo de
Rimbaud:
huele a pequeño burgués.
Recordemos que la
Venus
Anadiomena ya nos
ofrecía esta visión negativa del cuerpo femenino; y nada especial
le había ocurrido entonces a
Rimbaud.
Con el sentido
de
fracasadas.
Dos versos bastante
enigmáticos: devueltas a sus rincones, estas mujeres vivirán como asnos
cargados de ignominia: la ignominia del trabajo cotidiano y, sobre todo, la
ignominia de la sumisión ––a Dios... ¿O es en Dios donde podrán descansar de
sus ignominias? El contexto religioso rimbaldiano, más ambiguo de lo que
tantas veces se pretende, permite las dos interpretaciones.
A pesar de todo, estas
mujeres pasan a engrosar la galería de seres miseriosos sobre los que se
vierte tanto la ironía y el sarcasmo como la ternura de
Rimbaud.
Poema de mayo de 1871.
Grotesco y tierno. Si grotesco es el personaje, la naturaleza ––en este caso
el sol y la luna–– se encarga de crear un halo de poesía que en cierto modo
lo sacraliza.
Personaje del mundo
religioso, pues.
¿Para qué se pone en
cuclillas, en la nieve, frente a la luna?
Poema de 1871; algunos
piensan que de 1870. El poeta proyecta sobre el niño de siete años la visión
del mundo que tiene a los dieciséis. Es una obra autobiográfica, pero es
también una poética de la vida, del ensueño y de la escritura. Rebeldía del
niño, en la primera estrofa; amistades inaceptables por la familia en la
segunda; iniciación a la literatura y al amor en la tercera; atracción hacia
la miseria social en la cuarta; presentimiento del viaje exótico siempre
soñado y nunca realizado (El barco ebrio), hasta su partida hacia
África.
De los deberes y del
deber moral.
El váter como
refugio es un tema muy propio de
Rimbaud.
Más tarde encontraremos
fragmentos de poemas que llevarán ese título. Creemos que no sólo es la
soledad y el frescor lo que lo llevan allí, sino, también, una complacencia
coprófila; y así debemos interpretar las alusiones a ciertas comas
(virgules),
dibujadas en las paredes del
cuarto que habitaron juntos
Rimbaud
y Verlaine, y a las que más
tarde hará alusión este último... dibujadas ¿con qué materia? «El Cuarto,
¿no recuerdas sus formas evocadas / por mugre en sus paredes y por qué
extrañas comas?» (El poeta y la Musa).
Como el vagabundo de
Mi bohemia, el niño es capaz de escuchar el mundo minúsculo de samas
y mohos que invade las ramas de los espaldares.
Es el niño el que es
presa de compasiones, inmundas a los ojos de la madre, pues tienen como
objeto esos harapientos sucios, indignos de la compañía de un hijo.
En este caso se trata
del ojo azul del hijo; así lo creemos, contrariamente a Bouillane de Lacoste:
el niño eleva sobre la madre su ojo azul, en el que ésta cree ver
arrepentimiento, aunque sólo hay rebeldía.
En esta estrofa, la
palabra poética avanza con un ritmo desenfrenado, con una sintaxis errabunda
a la búsqueda de la anotación final: ese sabor a piel en la boca, con el que
el niño, vencido vencedor, se retira a su cuarto.
Este color es una
auténtica obsesión: campos del norte de Francia anegados en bruma helada
hasta que se recogen las berzas en invierno... pero, también, comida del
campesino pobre.
El tema de las
«pubescencias de oro» volveremos a encontrarlo en un poema del Álbum de
coña, pero en un sentido muy diferente.
Incluso en la
ensoñación del viaje exótico, no son la melancolía (como en
Baudelaire)
o el
spleen
(como en
Baudelaire
y
Mallarmé) los sentimientos
que dominan el corazón del niño o del adolescente, sino ese furor, que es la
marca inequívoca de la energía, del vigor mental, rimbaldiano.
Poema de junio de 1871, central en la galería de los miseriosos rímbaldianos.
Ahora bien, no todo es negativo en la visión de estos pobres: si su esencia,
por pasiva, es abyecta, su condición social invita a la compasión, que es
una forma de amor.
Conservamos la expresión popular francesa, muy significativa de la ironía
del poeta: El Buen Dios, al lado del patrón y señor.
Pobres y que comen sopa: comida habitual del pobre que ensopa
(empapa) el pan sobrante en caldos sospechosos (ése es el origen
etimológico, antiguo neerlandés, de la palabra).
La ironía aquí se hace
cruel.
Esta premura
sospechosa que impone el misticismo la volveremos a encontrar en Las
primeras comuniones.
Enfermas de hígado,
por exceso de comida o por exceso de malos humores. Sin embargo, lo que más
nos interesa son los desplazamientos adjetivales ––de las damas a sus
vestidos y gestos––, produciendo efectos estilísticos sorprendentes:
pliegues de seda sosa, risas verdes.
Estamos ante uno de
los poemas más misteriosos de
Rimbaud.
Enviado a su profesor
Izambard en mayo de 1871, con una carta no menos enigmática, al menos para
el profesor, en la que le anuncia su decisión de ser vidente, al
mismo tiempo que pone gran empeño en que comprenda el significado profundo
del poema. El profesor, sin embargo, no lo entiende y se enfada con lo que
cree una farsa de Rimbaud.
¿Es el poema producto
de su experiencia brutal en el cuartel Babilonia, en el que posiblemente fue
violado o, en cualquier caso, objeto de bromas de un
mal
gusto irresistible? Pudiera
ser, como ya vimos. El poema tuvo varios títulos: Le
Coeur
supplicié
(El corazón sometido al
suplicio), Le coeur du
pitre
(El corazón del payaso),
Le Coeur
volé;
hemos optado por este último
que, al concluir el poema, en el último verso, le da, a nuestro entender, su
sentido profundo: a partir de ahora ya no puede existir el espacio del
corazón ––del amor, del sentimiento.
No es preciso indicar
de qué corazón se trata. ¿Ano o pene?
Conservamos la
denominación estrictamente francesa de ese grado militar. Empleándola en
español, la palabra se bestializa un tanto; lo que no viene mal. Al mismo
tiempo nos ayuda a conservar la estructura formal del poema, tan importante
aquí, pues, tratándose de una sucesión de
triolets
perfectos, la forma frívola
acrecienta el alcance desolador de la sustancia del poema. Hay quien piensa
que la palabra se refiere a una marca de tabaco para mascar.
El itiofalo es una
amuleto en forma de falo en erección; aquí el adjetivo tiene un alcance más
amplio, relativo al falo.
Neologismo construido
a partir de soldado. Soldadesco, palabra perfectamente española, no
hubiera traducido el matiz callejero, risible, grotesco, del término
francés.
El poder purificador
del mar lo volveremos a encontrar en El barco ebrio; allí servirá
para lavar la materia vomitada. De su lado, el Abracadabra re ha sido
fórmula mágica.
La pasta de tabaco
mezclada con saliva. ¿Podemos darle otro significado más repulsivo? Juntemos
las dos impresiones.
Relativos a las
gárgaras, a la garganta; pero relativos también al
gargalismo,
como aberración
sexual.
Poema enviado a
Verlaine en agosto de 1871. El poema recrea la vuelta a París de los
burgueses, después de la Comuna. Poema pues ligado a una circunstancia
política muy precisa. Recuerdos de
Leconte
de
Lisle,
de Hugo y, en todo momento,
la imprecación rimbaldiana mezclada con imágenes deslumbrantes.
Los prusianos, que
también vienen del Este.
París, la Roma de
Occidente. Calificativo que contrasta con el que de manera habitual recibe
París: la Babilonia moderna (cfr. Fortunata y
Jacinta,
de Galdós).
Como si los incendios
fueran un mar, con flujos y reflujos.
Pensando en el verbo
nalguear, traducimos así «les
tordeuses
de hanches» (las que
retuercen sus caderas al andar).
¿París, en plena
orgía? No conocemos otra posibilidad.
¿Se refiere a los
hijos de la burguesía? La pervivencia asegurada de la especie, que la mujer
(ser negativo) destruye.
La alusión a la Roma
de Occidente, ¿era sarcasmo o se ha ido destruyendo poco a poco?
Fauve,
en el texto francés: salvaje,
pero también con el color rúbeo y llameante que siempre es positivo en el
imaginario de Rimbaud.
El adjetivo es el
indicador que orienta el poema hacia una visión dolorida de París, con
esperanza de futuro; olvidada poco a poco su condición de gran prostituta
nocturna.
Aves rapaces
nocturnas, con cierta tendencia vampiresca. En
la
mitología eran seres
femeninos monstruosos, provistos de alas y de garras, que chupaban la sangre
a los recién nacidos. Los ahuyentaba y perseguía la ninfa Cama con la rama
de espino blanco que le había dado Jano.
Figura femenina que
sirve de columna o de pilastra.
Un oro astral que
cae de las gradas azules
(del cielo), dice el texto
francés. Algún critico ve en ello una alusión al ocultismo del que
Rimbaud
conocía algunos detalles.
Creemos, más bien, que se trata de la poesía sideral, presente siempre en
los procesos de simbolización rimbaldianos: esta Poesía marca el paroxismo
de la emoción y de la atracción del límite imposible: el horizonte en
continuo alejamiento; pero es también el espacio
privilegiado de
ciertos reductos cromáticos, singulares y extremosos, que sólo lo sideral
puede sugerir––ciertos amarillos, ciertos verdes y azules... Y, como
siempre, esta poesía luminosa y veloz contrasta con el contexto realista e
innoble del conjunto del poema.
Y el poeta, buen
francés y buen republicano, recupera la dimensión sagrada de París: guía de
la humanidad moderna.
El clarín, de nuevo
––con ecos de V. Hugo–– como instrumento de la lucha de la humanidad; un
clarín cuyo sonido es aún profundo y retenido.
¿Es ésta la misión del
nuevo poeta, del poeta maldito: asumir la voz de los desheredados de todas
las herencias? No parece que el simbolismo, salvo contadas excepciones, haya
asumido esa misión. Como tampoco la ha asumido la poesía contemporánea,
sumida en sus exquisiteces de burguesía psicoanalizable y saciada.
Poema de guerra. Si se
admite que Rimbaud
canta a las manos de las
mujeres que defendieron ciertas plazas de París durante la Comuna, contra
las tropas del gobierno, el poema sería de finales de mayo de 1871. Frente
al tópico de la mano delicada, blanca y suave femenina, que hará furor
durante el decadentismo, desde
Gautier,
ya, a Villaespesa,
Rimbaud
canta la mano fuerte y
laboriosa. Hay en el poema un cierto regusto español que uno no sabe muy
bien de dónde viene, a pesar de las indicaciones de los eruditos: alusión a
don Juan
de
Gautier,
alusión al poema A
Juana,
de A. de Musset, metamorfosis
de Carmen (puesto que esta Jeanne-Marie hace puros...). Es posible que sólo
sea un hallazgo de la rima,
Juaná,
para rimar con
tanná.
Como se templa el
acero en el agua de la fragua. Resonancia arquetípica muy próxima del futuro
poema de Lorca.
En su socialismo, el
poema no se olvida de la poesía exótica de los cielos extremos.
Éste es el verso que
aprovecha la crítica para hablar de una presencia sutil de la Carmen de
Mérimé. Pienso que la imagen se integra, más bien, en la presencia de los
mundos exóticos americanos que preceden y que siguen.
No participan, pues,
del espacio blanco de la virginidad de María; contrariamente, pertenecen al
espacio negro y negativo del ‘mal’, simbolizado por el veneno de la
belladona: la atropina, jugo de un color violáceo, casi negro, sacado de sus
bayas. No por eso dejan de ser hermosas y mujeres; juego de palabras
propiciado por la rima.
La atracción que
Rimbaud
siente por los dípteros se
hará patente en el soneto Las vocales.
Neologismo que nos
inventamos para responder al neologismo de
Rimbaud,
bleuisons:
la tonalidad o la calidad
azul de la mañana. De paso, recuperamos la acepción que esta palabra tiene
en ciertos uso familiares: la flor del aciano menor.
Glándula de ciertas
flores que produce un jugo azucarado. Vemos, de nuevo, el amor de
Rimbaud
por los términos técnicos.
Algo propio del Parnaso y de algunos simbolistas.
Conservamos tal cual
el neologismo de Rimbaud.
¿Kengaver? Ciudad de
Persia.
«De prima»,
simplemente, la hija de tus tíos; seres altamente peligrosos para
los niños y adolescentes.
Uno de los himnos
revolucionarios, convertido en himno nacional francés. La violencia que
contienen sus palabras le sientan bien a las mujeres de la Comuna y al
propio Rimbaud.
Rimbaud
conoce bien sus latines y es
capaz de descomponer las dos Palabras que inician la Misa,
Kyrie
eleisón.
Nosotros, para mejor
entendimiento del lector español, conservamos la expresión completa.
¿Metonimia o
sinécdoque? Estas manos defendieron ciertas plazas de parís durante la
Comuna: estas manos son, pues, esas plazas que todo rebelde venera como
símbolo de la libertad preservada.
Poema de junio de
1871. Pertenece a la galería misógina de
Rimbaud
y es, al mismo tiempo que un
grito contra la mujer y el amor, un autorretrato narcisista, en el que el
poeta no sólo exalta su belleza física (nuevo Apolo Sauróctono), sino sus
cualidades espirituales; esa suavidad perversa de la que hablan sus amigos.
Esta contraposición,
de la que Rimbaud
toma conciencia muy
tempranamente, es, a nuestro entender, la fuente continua del paulatino
rencor autodegradante del joven poeta.
Siguiendo la estela
romántica y baudelairiana,
Rimbaud identifica
caridad y mujer, dándole a caridad su sentido más cristiano de amor para con
el otro. Veremos cómo este sentido se irá degradando a lo largo del Poema,
hasta convertirse en simple etiqueta sarcástica.
Tras la imprecación,
cierta conmiseración: a pesar de todo, la mujer es un ser herido.
La poesía y la
justicia. No creemos que el calificativo de Musa verde tenga algo que
ver con la Musa de la Naturaleza (como dice algún crítico). Se trata,
simplemente del valor positivo que tiene lo verde en el imaginario
rimbaldiano; una Musa verde es mucho más musa que otra; de
la
misma manera que la justicia,
para ser auténtica justicia, recibe un calificativo ígneo, ardiente.
A pesar de que no
hemos leído nada al respecto, nos parece que la sintaxis de esta estrofa es
un tanto errabunda: no queda claro cuál es el referente de
«l’épouvante»
(lo
aterra), en el primer verso, y de «le
déchirer»
(desgarran su
carne),
en el cuarto. Parece ser el
poeta; pero la sintaxis no nos lo dice.
¿La ciencia y la
naturaleza? ¿La poesía y la libertad? Los versos que siguen se inclinan por
la primera interpretación. Ahora bien, el primer verso de la estrofa
siguiente (con regusto baudelairiano, en la alusión a la poesía como estudio
de largas noches solitarias), nos impide continuar con el juego de
oposiciones que, aquí, opondría ciencia a poesía; a no ser que la negra
alquimia fuera también una metáfora (muy rimbaldiana) de la poesía.
Preferimos traducir
nature,
aquí con minúscula, por el
verde campo; Sin el alcance conceptual que puede tener el término
francés en otros contextos.
Más interesante que la
invocación a la muerte es la evocación metafórica de ésta; entre los grandes
tópicos ––Sueño, noche negra de la verdad –– Y la evocación familiar
––Paseos inmensos––, totalmente desmitificadora.
Poema sin fecha
precisa: no se conserva manuscrito, ni de
Rimbaud
ni de Verlaine. Si la
anécdota es verdad y
Rimbaud lo escribió
tras pasar unos días en casa de las tías de su profesor Izambard, después de
que hubiera estado en el calabozo durante una semana por viajar sin billete
en el tren de Charleroi
a París (septiembre de
1870), el poema puede pertenecer a la serie de la primavera del 71 o ser,
incluso, anterior. No se puede especular sobre su perfección, con el fin de
situarlo en fechas posteriores a la experiencia narrada; esta perfección
Rimbaud
la tiene desde hace mucho.
La cabeza del muchacho
es una tormenta de verano; lo importante es, sin embargo, el adjetivo
rojo. Y poco importa que el origen de la metáfora sea (por deslizamiento
metonímico) la frente roja del niño; roja por culpa de lo que ha tenido que
rascarse o roja metafóricamente, debido a la naturaleza ígnea de su mente.
¿Las señoritas Gindre,
tías de Izambard? «CAROUNA. La despiojadora»
escribe Izambard, en una carpeta con cartas dirigidas a sus tías.
Conocemos la hermandad
profunda que existe entre
Rimbaud, bohemio, y el
rocío.
Anotación de un
realismo que provoca el escalofrío de los que vivimos la posguerra piojosa y
chinchera, y que pone de relieve, más aún si cabía, el contraste entre la
acción higiénica de las hermanas y la
interpretación de ésta
por parte del adolescente: ¿no es, al fin y al cabo, uno de los pocos actos
de ternura que vivió
Rimbaud? Es preciso
ponerlo en relación con los azotes que recibiera
Rousseau
de niño, sobre el regazo de
madame
Lambercière ––uno de los
gérmenes de la estructura sadomasoquista del amor, en el autor ginebrino.
Poema-compendio del
conjunto de actitudes confusas, pero vividas con gran intensidad, que
Rimbaud
tiene respecto de la
religión. El pretexto es el tema de la Primera Comunión, acto emblemático
del paso de la
niñez a la adolescencia y
arquetípico a la hora de situar al niño frente al tema de la pureza,
necesaria para convertirse en morada de Dios, sobre todo si pensamos en `la
segunda primera comunión', o Primera Comunión solemne, celebrada en sectores
de la sociedad francesa tradicional, con once o doce años, tres o cuatro
años después de la Primera Comunión privada; cuando el adolescente está en
plena efervescencia corporal.
Rimbaud
trata el tema debido, tal
vez, al hecho de que su hermana
Isabelle
acababa de celebrarla el año
anterior, con diez años. Ahora bien, el texto nos obliga a imaginamos una
primera comulgante algo mayor. Como siempre en
Rimbaud,
el texto transciende la
posible anécdota y nos ofrece una extraña mezcla de seducción por el
misticismo y de rechazo respecto de ciertas situaciones anímicas a las que
el misticismo puede llevar. Y, como siempre que trata un tema religioso, una
familiaridad profunda con el espacio y los ritos del catolicismo.
La sensibilidad
impresionista de Rimbaud
se adelanta aquí al
impresionismo provenzal de
Zola y de
Cézanne,
en la captación del valor
plástico de las tierras calizas, blancas y ocres de los paisajes
mediterráneos.
La crítica rimbaldiana
no ha sabido ver, según parece, hasta qué punto la sabiduría del joven poeta
está ligada a las prácticas y al vocabulario campesino. Hemos traducido
«rosiers
f ireux» por rosales
cagaleros. Fuireux es una forma local de
foireux
(relativo a la cagalera,
foire
––sic).
Esta crítica tan minuciosa no
se ha explicado cómo puede ser cagalero un rosal, y entiende
la expresión como `manchado por los excrementos de las vacas'. La cosa es, a
nuestro entender, mucho más sencilla: en el campo, las raíces del rosal
salvaje o escaramujo ––o rosal perruno–– han sido empleadas siempre como
laxante; y en verdad lo son. Se trata, pues, de una simple metonimia de
origen curanderil.
El tema de la iglesia
blanca, encalada, alcanzará su desarrollo sinfónico en El pecado del cura
Mouret, de Zola
(1874); aquí se trata de un
simple apunte de gran valor simbólico. Los ‘zolismos’ de
Rimbaud
son mucho más abundantes y
profundos de lo que se cree.
El texto francés pone
el artículo determinado delante de la advocación de la Virgen, «la Notre-Dame»;
es éste un procedimiento popular que desacraliza con cierta ironía el
término Nuestra Señora. No podíamos adoptar el mismo procedimiento en
español. Hemos optado por ponerlo en plural. Algo queda de la intención
rimbaldiana.
Estrofa errática desde
el punto de vista temático: primero, el destino familiar del niño, no
asumido por Rimbaud;
luego, el posible castigo
fisico del cura; finalmente, la alusión al pago que recibe el cura de parte
de la comunidad... Pero, a través de este deambular un tanto torpe, va
emergiendo la contraposición entre iglesia y naturaleza: la oscuridad
y el misticismo frente al sol y el disfrute de los sentidos: calor,
visión, olores, sabores...
La crítica se sigue
preguntado a qué dos
cartes se refiere
Rimbaud.
En el caso de que sean
mapas (geográficos), como parece ser, no está muy claro cuál es el
referente de la expresión «el día de la ciencia», en los recuerdos de un
niño: ¿regalos del día en que se gradúa? ¿recuerdo oficial de su paso por la
escuela, como las clásicas fotografías españolas, con el mapa de España al
fondo?
Los adornos gráficos
de una salita de pueblo: las cumbres de lo divino y de lo humano vistos,
como siempre, desde la ironía; pero no olvidemos la importancia de la
presencia napoleónica: él y su ejército.
No podemos repetir el
juego de palabras de
Rimbaud: las chicas
están contentas de ver cómo los
garçons
las llaman
garces
(chicas y putas, al
mismo tiempo). En un contexto machista (el francés, como lengua, no es menos
machista que el español) ––el femenino de
garçon
(muchacho) ha pasado a ser
sinónimo de prostituta, como filie,
pucelle...
y muchos otros.
La importancia social
de la ceremonia religiosa de las Vísperas, el domino por la tarde, puede
resultar extraña para un lector español.
Da la impresión de que
el poema, a pesar de su aparente unidad, está confeccionado con fragmentos
cuya carpintería no está perfectamente ajustada aún. Esta sensación se
acrecienta después de la parte VI, con la presencia de los puntos
suspensivos que
Rimbaud
parece emplear cuando
presiente que existe algún hueco en su poema; lo vimos en Sol y carne
y en Las respuestas de Nina. Todos estos ‘fragmentos’ acaban con un
verso magnífico que cae como un telón, cerrando el decorado imaginario, casi
siempre en relación con una aparición nocturna. El poema es así una sucesión
de cuadros más o menos bien encadenados.
El poema dice en francés «Faubourgs» (suburbios); ahora bien, dudamos de que
Rimbaud lo emplee en su acepción etimológica y más común ––barrios
periféricos y marginales; acepción que la palabra no siempre tiene en
francés (Faubourg Sant-Germain, F. Saint-Michel, etc.). Sin esta acepción,
la palabra francesa es un sinónimo de quartier (barrio). ¿A qué
viene, pues, la repetición? Y si no hay repetición, extraña esta rara
alianza... que emborrona aún más el tema de los catequistas; ver nota
siguiente.
El único manuscrito que existe, copiado por Verlaine, repite Catequistas
(aunque con mayúscula). ¿Se trata de un descuido del copista o de un
descuido del propio Rimbaud? Un niño de Primera Comunión no puede ser un
catequista (sí, un catequizado); pero tampoco puede ser un catecúmeno, como
sugieren algunos críticos, al creer que ésa sería la palabra en la que
pensaba Rimbaud. Pero, tanto Rimbaud como Verlaine sabían demasiado bien su
lengua francesa y su religión; algo que no siempre ocurre con sus críticos,
sobre todo esto último. Este ‘descuido’ nos invita a pensar, una vez más, en
el carácter provisional del poema.
La cama es un sitio mejor que la iglesia para disfrutar de esta mística
enfermedad.
La visión de la niña
une en un mismo espacio imaginario el exotismo de los cielos verdes de
Rimbaud
y la iconografia
sentimentalista, pseudorromántica de las iglesias del XIX: el Sagrado
Corazón y el Corazón Inmaculado de María.
No sólo es
sorprendente la naturaleza ‘fresca’ atribuida al perdón, sino el modo que la
niña tiene de gozarlo: mordisqueándolo, aunque el perdón sea algo demasiado
‘frío’ como para sorberlo.
No podemos saber si
Rimbaud
pensaba en la Virgen cuando
emplea la expresión Reina de Sión, pero no creemos que cometiera el
error que le atribuye S. Bernard,
al interpretar de
manera arbitraria el texto del poeta. Menos aún se puede decir, como dice
esta autora, que dicha expresión es una apelación de la Virgen en las
Letanías. Rimbaud,
como
Zola
(en El pecado...)
sabía muy bien sus letanías y sabía que la Reina de Sión es la
Iglesia ––ampliación metonímica de Jerusalén––, la que, según palabras de
Jesús, puede perdonar o no perdonar. A la Virgen no le ha sido concedido
este poder; sólo es mediadora.
Rimbaud,
tal vez sin saberlo,
participa aquí de todo el devenir del espacio religioso que lleva a «los
hijos del ateísmo», según la expresión de Sartre, tras la «muerte de Dios»,
a una experiencia laica y artística de lo sagrado, reducido a estampa,
miniatura o tabla pintada. Pero también ha captado, como
Baudelaire
y como Mallarmé, que el tedio
existencial (l'ennui,
le
spleen)
es consecuencia directa (si
no definitiva) de esta muerte.
Es decir, empapado de
luz lunar. Conservamos el neologismo creado por
Rimbaud.
Contraste cromático
brutal que resuelve el juego de oposiciones entre el mundo de la pureza
ensoñada y el mundo de la realidad sensual que estremece su cuerpo: ¿podemos
ver en la sangre matinal de la nariz un desplazamiento metonímico de la
menstruación? Es posible, pero no necesario para comprender el poema. La
debilidad que sigue al despertar 'ensangrentado' nos sugiere esa arriesgada
interpretación.
De nuevo, un tema
obsesivo de la poesía francesa posrromántica: el ojo azul del cielo, primero
nido de dulzuras sentidas o presentidas y, más tarde, mirada irónica y
silenciosa que presagia una ausencia.
Del mismo modo que
Rimbaud
tenía «mis estrellas», en
Mi bohemia, la joven comulgante tiene su estrella ––¿duplicado simbólico
del yo en el cielo?
No creemos (en contra
de la opinión de S. Bernard,
que repite la de Gengoux) que
se trate aquí de una parodia de «la expresión oficial» (!) esposa del
Señor. Creemos que se trata, más bien, de una recreación de la parábola
de las vírgenes prudentes y de las vírgenes locas que esperan, con
las lámparas encendidas, la llegada del Señor; y aquí, el contexto doméstico
(bajar, con una vela encendida, al patio donde está la ropa tendida) hace
recaer la ironía sobre la joven esposa, siempre víctima; no sobre la
Iglesia.
«Los duendes negros
del tejado». Creemos, frente a cualquier otro tipo de interpretación, que se
trata simplemente de los gatos, de noche siempre negros.
«Vignes
folles» (parra
virgen); la expresión es demasiado análoga, desde el punto de vista fonético
y semántico, de «vierge
folle» (las vírgenes
locas del evangelio) como para no pensar en que ha habido un corrimiento
metonímico entre la estrofa anterior y la presente; lo que nos confirma en
nuestra interpretación de la nota 349.
La de la puerta del
retrete; pequeño orificio que tenía muchas veces, según los grabados que se
conservan (y según los recuerdos infantiles), forma de corazón. La realidad
le sirve al poeta para evocar, con esta pequeña presencia, todo el mundo
sensible y religioso que, de momento, el poema ha abandonado.
El manuscrito dice
eles pavés
(...)
souffraient l'ombre
des murs»
(las baldosas (...)
soportaban la sombra de los muros). Algunos ––R de René
ville––
piensan que hay que corregir
de la manera siguiente: «les
pavés
(...)
soufraient l'ombre des
murs»
(echaban azufre, matizaban de
color azufre los muros). Por nuestra parte, preferimos respetar el texto que
nos ha llegado; por un lado, no carece de sentido: el muro, lleno de negros
sueños, pesa, con su sombra espesa y negra, sobre el suelo; por otro lado,
aunque la anotación cromática, aportada por el azufre proyectado en manchas
sobre el muro, enriquece la paleta nocturna de
Rimbaud,
hasta convertir su cuadro en
un auténtico rembrandt. ¿De dónde le viene al suelo esa carga de
color azufre? ¿de los oros rojos del cielo, de noche? Es posible. No
descartamos este adorno de la crítica, pero preferimos atenemos al
manuscrito.
¿Los curas... cuya
misión consiste en transformar el mundo, llevándolo de lo natural a lo
espiritual, es decir, según la filosofía naturalista de
Rimbaud,
deformándolo?
¿Qué lepra? ¿El
misticismo, capaz de pervertir las cualidades naturales del cuerpo? Es una
posible interpretación, más verosímil que pensar que se trata de la lepra de
la muerte, frente a la cual la religión se empeña, aún, en convertir al
hombre en ser espiritual, transfigurado.
Crisis, momentos...
Respetamos la metáfora rimbaldiana (nudo,
plexus,
complejo) con regusto
psicoanalítico.
Estrofa bastante
críptica, no aclarada en los dos puntos que siguen. Parece que ha habido un
cambio temporal importante: la niña ya es mayor, ya tiene a su amante; esta
situación crea una infelicidad cuyo origen parece estar en las experiencias
místicas anteriores que han viciado su sentido del amor natural... Pero no
llegamos a comprender qué puede significar que el amante sueñe «con el
blanco millón de Marías ...» Creemos que esta estrofa y las siguientes no
han alcanzado el nivel de ajuste sintáctico necesario para evitar los
malentendidos e, incluso, la incomprensión del lector. A pesar de ciertas
anotaciones de un expresionismo sorprendente, pensamos que el poema se ha
ido desintegrando en un dialogismo cuya coherencia no siempre está
conseguida. Ello nos confirma en la idea de que estamos ante un poema
fragmentario e inacabado.
Parece lógico pensar
que habla la mujer, pero ¿a quién se dirige? ¿a Cristo, que muere en la
mujer por culpa del sexo, asumido como impureza? ¿al amante, al hombre, a
los hombres a los que les usurpa cuanto tienen en el acto de amor? En
cualquier caso, la Mujer, cansada, sólo tiene como salida la invocación a la
Muerte (al igual que el hombre, en Las dos hermanas de caridad).
Tiene razón Gengoux cuando piensa que las aguas nocturnas portan un
referente mitológico ––bíblico o griego; más bien bíblico, en este caso.
Pero estas aguas nocturnas no son aguas muertas. Es preciso poner en
relación este verso con el fragmento de Prosas evangélicas de nuestro
autor. «Beth-Saida, la piscina de cinco galerías, era un lugar de hastío.
Era, según parece, un siniestro lavadero asolado por la lluvia y por el
moho; los mendigos se amontonaban por escalones
que
bajaban hacia el agua,
empalidecidos por los fulgores de la tempestad precursora de los relámpagos
del infierno, bromeando acerca de sus ojos ciegos azules y sobre los trapos
blancos o añiles que envolvían sus muñones. El agua estaba siempre negra
(...). Es allí donde Cristo cometió su primera acción seria, con los infames
enfermos» ––al curarlos e infundirles una esperanza.
Como Cristo, por otro
lado, apurando hasta la hez la copa del dolor. H. de Montherlant se acuerda,
tal vez, de este contexto cuando pone en boca del
Maître
de Santiago: «Dios me ha dado
hasta la saciedad la virtud del asco..»
Como la cabellera de
Rimbaud
(cfr. Las despiojado ras).
Es pertinente darse cuenta de estas analogías, pues el referente
simbólico de Las primeras comuniones puede muy bien ser el propio
poeta y su experiencia precoz, aunque profunda, de una religión
mística, cuyo fracaso, vivido de manera no menos precoz, ante la realidad
del mundo y del sexo, le llevan al sarcasmo, y a buscar espiritualidad
imaginaria en cielos verdes y malvas de otras latitudes. Sin pretender hacer
de Rimbaud
un místico salvaje (P.
Claudel), que no es, su experiencia de la vida no puede ser desligada de
esta experiencia religiosa ––en el desencanto.
El dolor es siempre
salvador; es lo que salva a la mujer, como a todos los miseriosos, a pesar
de la misoginia nmbaldiana. El verso es, sin embargo, ambiguo, al referirse
a los Hombres con el pronombre
Vous
(vosotros o vos, en francés).
¿Y si no se refiriera a los Hombres, sino a Cristo? Creemos que se refiere
al Hombre, como entidad abstracta. El verso crea, entonces, una delicada
dependencia del amor humano (no sólo imposible, sino erróneo) respecto del
amor divino ––si uno ha sido tocado y ‘corrompido’ por este amor.
¿Mujer (corrompida) y
hombre (desolado), o sólo mujer (corrompida y desolada a la vez)?
A las que uno tiene
derecho por naturaleza.
Poema de julio de
1871, según un manuscrito de
Rimbaud
(que se creyó copia de
Verlaine) y al que los críticos han ido dando forma más o menos definitiva
paulatinamente, al ir descifrando, una tras otra, estrofas que sus colegas
anteriores habían sido incapaces de leer. No lleva título aunque en algunas
ediciones vaya encabezado por El hombre justo. Fragmentos. De
fragmentos se trata en verdad, como en el poema anterior: parte completa o
sucesión de fragmentos de un posible poema mayor al que hace alusión
Verlaine: Les
veilleurs (Los
vigilantes ). Diatriba contra Dios, como en toda la obra de
Rimbaud,
el texto no nos permite, sin
embargo, aplicarle al poeta el título de «el otro enemigo de Dios»,
como hace S. Bernard
(el enemigo primero sería
Lautréamont): creemos, cada vez más, que el regusto anticlerical de unos
falsifica a Rimbaud
tanto o más que el regusto
clerical de otros, al quererlo convertir en un místico.
Rimbaud
es un tocado por el ala de
Dios que conserva de Su paso un placer doloroso que no puede anular su odio,
pero también, una incapacidad para adentrarse en un mundo `moderno' que ha
perdido su sentido sin Él.
¿Quién habla: el poeta
al justo? Y ¿quién es el justo? Veremos que su figura se irá cargando con la
simbología de Cristo en el Monte de los Olivos (con lo cual el poema se
integra en la cadena de textos que nos llevan del Getsemaní, de
Lamartine, al Monte de los Olivos, de G. de
Nerval,
en una deriva histórica en la
que se va configurando simbólicamente el tema de la muerte de Dios ––en la
muerte de Cristo). Ahora bien, su figura se irá cargando también con
alusiones que nos obligan a referimos al justo como un trasunto simbólico de
todos los hombres justos de la Historia (que creen en el Ideal): figuras
irrisorias (el poeta pelele de
Baudelaire,
el poeta-gafe
de Mallarmé, el poeta-pierrot
de Verlaine) de
los que la figura de Cristo es símbolo, del mismo modo que durante el
Romanticismo triunfante lo fue del poeta-mesías (Lamartine e Hugo).
El texto se enriquece, así, con muchos matices y llega mucho más lejos que
el ridículo anticristianismo que le atribuye la crítica ‘de izquierdas’.
Existe destrucción del símbolo; Pero esta destrucción arrastra tras sí todo
tipo de esperanzas y valores.
Clérigo guardián de la
puerta de la iglesia; aquí, tal vez, simplemente, puerta.
El sol muerto
no es una simple alusión anecdótica al sol que se apagó, según los
Evangelios, cuando Cristo murió. Este sol muerto se integra en la
cadena de soles ya aludidos en nuestras notas ––sol crepuscular de
Hugo, sol ahogado en sangre y sol vacío de
Baudelaire,
sol negro
de
Nerval,
etc.–– como metáforas de la
‘muerte de Dios’.
Rimbaud
convoca bajo la figura de
Cristo agonizante todas las instancias del ideal, las que más ha amado y las
que más odia: la vejez patriarcal, la peregrinación hacia otros mundos, la
poesía personificada en Ossian (Bardo de la Bretaña mítica), el mismo Cristo
«teste hasta la muerte», la mansedumbre, etc.
Metonimia del sistema
patriarcal; pero, alusión, tal vez, en la acepción popular de la expresión «Quelle
barbe!», al
aburrimiento, al cansancio, al hastío que genera la presencia paterna.
Clara alusión a una de
las metáforas más empleadas por la poética romántica: la poesía es llanto
que se derrama de la urna o del cáliz del alma.
Verso que responde, en
eco, a la última estrofa del poema de A. Vigny, El Monte de los Olivos.
Pero, en el poema de Vigny, es el justo quien se rebela contra el
silencio de Dios: «Si el cielo nos dejó como un mundo abortado / El justo
enfrentará su desprecio a la ausencia / Contestando, tan sólo, con su frío
silencio / a este silencio eterno de la Divinidad.»
Asunción del
cainismo ––condena, destino y rebelión–– que domina casi toda la poesía
francesa posterior al romaticismo y que justifica, teológicamente (y no sólo
desde el punto de vista anecdótico o social), la expresión consagrada por
Verlaine: los poetas malditos.
Imagen sorprendente
que lanza el tema de Dios hacia los mares más extremos.
Cánticos tristes, como
los del poeta romántico.
Nos atrevemos a darle
al texto de Rimbaud
un sentido que nadie, al
parecer, ha sabido darle. Donde nosotros traducimos «espantosas flautas», el
texto francés dice
«effroyables becs-de-cane»
(con una n ––corregido
así por los críticos). Éstos, haciendo conjeturas, no saben qué sentido
darle a esta última palabra. Si la tomamos en su sentido real `picaporte',
la frase es incongruente, y de nada habría servido una corrección
ortográfica para poner en el poema una palabra que significa pico de
pata, por alusión a la forma de ciertos picaportes. Pero R mbaud
escribió (y hay que respetarlo) becs-de-canne, con dos enes
(picos de caña), que, a priori, no significa nada en francés; a no ser que
pensemos en que las flautas fueron originariamente cañas perforadas,
y que a la embocadura de las flautas se les llame
bec
(pico) de ahí que existan
flautas traveseras (en las que no se sopla por la extremidad) y
flautas de pico (en las que se sopla por una extremidad cortada de
manera sesgada, en forma de pico). Y así, el justo (poeta aquí) sopla sus
melodías tristes en picos de flautas rotas y caducas: nueva alusión a
la poesía pasada, inservible, por ser sentimental, como veremos en el poema
que sigue. La lógica poética de
Rimbaud
es aplastante, incluso cuando
se inventa palabras.
Creemos que después de
este verso (y de tantos otros) no se puede Polarizar la lectura del poema en
tomo al tema de la religión: el justo transciende la dimensión de un Cristo
puramente teológico. No verlo es ceguera sectaria.
El poeta, vidente ya,
pero profeta aún, adopta la misma retórica (grandilocuente) de V. Hugo en
Las Contemplaciones, en especial en «Lo que dice la boca de la
oscuridad».
Azul, como metonimia
del firmamento, con valor sustantivo.
La poesía cósmica, con
alguna pedantería pseudocientífica, es capaz de ir desgranando una cuantas
metáforas deslumbrantes a lo largo de la estrofa.
Nueva palabra que
impide focalizar la lectura del poema sólo en la figura de Cristo y en el
cristianismo. El poema se refiere a todo un espacio cultural específico del
XIX.
Poema de julio de
1871. El poeta se lo dedica al enorme poeta
Théodore
de Banville, como homenaje
(no olvidemos el deseo de
Rimbaud de publicar en
su revista) y como parodia, no sólo del poeta aludido, sino de toda la
poesía parnasiana y simbolista, excesiva y encantadoramente floral, dado el
valor plástico, formal y cromático que ofrecen las flores.
La expresión francesa
«Ainsi, toujours, vers...»
(Y así, siempre...
hacia), hace más patente la parodia secreta del inicio de El Lago de
Lamartine: «Y así, siempre arrastrado hacia nuevas orillas.»
Rimbaud,
con un simple calificativo,
destruye la metáfora del
azur,
como espacio de lo absoluto
––estético o metafísico. Mallarmé anda haciendo lo mismo en su silencio;
pero de diferente manera: de la bóveda del cielo, hecha añicos, sólo
quedarán fragmentos.
En la siempre difícil
traducción de lys
al español, hemos optado
por la más culta y modernista; resalta mejor la metáfora profanadora: las
azucenas como lavativas del éxtasis poético.
Fécula de una planta
tropical, de la familia de las arenáceas; el término pone de relieve el
exotismo rimbaldiano, pero es indicio, también, de su obsesión colonial; al
mismo tiempo que la metonimia vierte todo el ridículo posible sobre la época
industrial, así metonimizada.
No olvidemos la
constante parnasiana y simbolista que lleva a titular como «prosas» a los
libros de poesía: prosas religiosas, prosas profanas...
El soneto ––su
exigencia formal, la perfección clausurada de sus catorce versos–– volverá a
estar de moda con el Parnaso. No olvidemos que gran parte de la poesía de
Baudelaire,
de
Rimbaud,
de Mallarmé, y parte de la de
Verlaine, encuentran en el soneto su mejor modo de expresión.
Partidario de la
monarquía.
Clara alusión a los
juegos florales (de Toulouse,
en particular), y a las
flores concedidas a los poetas en estos juegos.
Sin dudas, en los
versos de Villaespesa.
El juego metonímico
creado por el poeta es un tanto enrevesado: el verso es vestimenta, la
poesía pecadora mujer y... del mismo modo que flotan en las telas que cubren
a éstas, los lilios flotan por los versos del poeta cual si éstos fueran
vaporosas telas; juego paródico que continúa en las estrofas siguientes.
Sorprendentes estos
dulces gargajos de negras Ninfas. El empleo de la mayúscula nos impide
pensar que Ninfas pueda tener un significado relacionado con el segundo
estadio de la metamorfosis de los insectos, como sugieren algunos exégetas.
El calificativo negras no parece justificado ––incluso si son bubas
(casi siempre de color ébano), incluso si es una licencia de poeta para
designar a las flores) llamadas ninfeas; éstas sí, totalmente parnasianas y
simbolistas…¿Pero existe mayor perversión simbolista que llamar a las
emblemáticas Ninfas (flores o presencias femeninas) negras Ninfas,
cuando la mayor expresión de la belleza era su blancura?
Todas las flores son
objeto de burla y, de soslayo, de poesía. Aquí la rosa, la flor más clásica
de la poesía. No estamos tan seguros de que estas octavas hagan
alusión, como piensa S. Bernard,
a los versos
octosílabos ––nada inflados y muy poco ‘clásicos’. Pensamos que hacen
alusión más bien (y el saber poético de
Rimbaud
nos permite pensarlo, aunque
en francés no sea de uso muy frecuente) a la estrofa así denominada; tan
propia de la poesía renacentista y barroca, y tan grandilocuente. Pero,
pensándolo bien, ¿se trata, acaso, de rosas o, más bien, de adelfas...? En
francés, la adelfa es el
laurier-rose;
así se entiende mejor que
estas rosas aparezcan sobre tallos de laurel. El poeta no hace sino jugar
con la palabra, con la poesía y con el lector.
Demasiado
garcilasistas (es decir, demasiado renacentistas); estas rosas de la
obsesión por la belleza: «Las blancas rosas, por allí, cortadas, / tornaban
con su sangre coloradas.» Se comprende mejor, al considerar estas cosas,
cómo el Parnaso es necesario para la vuelta del renacimiento y del barroco,
con vistas a la configuración de la poesía modernista.
La flora, como tema
poético, ha llegado a su fin; sobre todo si el poeta se limita a
describirlas (fotógrafo) o a repetir lo ya dicho; sobre todo si se trata de
la flora autóctona (y no de la exótica); e, incluso si se trata de la
exótica (y no de la que crea la imaginación del poeta, fuera de toda
referencia realista). Y éste es el devenir de la creación semántica
rimbaldiana.
A pesar de todo, esta
flora campestre es el mar imaginario por el que navega el barco, no menos
fantasma, del perro pachón.
Juego cacofónico
buscado por Rimbaud,
para reírse de la obsesión
parnasiana por las aliteraciones sorprendentes.
Granville había
publicado Flores animadas, libro que
Rimbaud
comenta con su profesor
Izambard, en 1870, en términos despectivos.
Por oposición a los
astros claros y a las estrellas claras del universo benéfico
rimbaldiano.
Alusión a la poesía
elegíaca e idílica postromántica; este verso va al encuentro de aquel,
enigmático, que nos hablaba de picos de caña.
Pasar de un exotismo
europeo (más o menos nórdico) a un exotismo africano, como
Leconte
de
Lisle.
Pero éste tenía derecho a
hacerlo: no había nacido en Europa, sino en una isla del índico; y su poesía
es la primera aportación auténtica del exotismo no occidental a la poesía
moderna europea.
El gran verso clásico
francés: el alejandrino de doce sílabas cuya fortuna empieza a decaer, pues
no es apto (como dirá Mallarmé) para decir los candes temas privados del
hombre moderno.
También sirven para
hacer muebles. Pero, de paso, al ritmo de la crítica, aflora la gran
ensoñación exótica de
Rimbaud: los temas que
recogerá en El
barco ebrio:
cascadas de lianas
descolgándose de los árboles, animales sorprendentes, cielos insospechados,
etc.
Este Arte Poético nace a modo de
«testamento» medieval: se dice lo que no es la poesía ––de paso, lo que
es––, y se despide uno de ella. Es preciso leerlo al mismo tiempo que se lee
el Arte Poético de Verlaine: no dicen lo mismo, pero van en la misma
dirección.
El verso acaba con un artículo: el efecto del
encabalgamiento es devastador: se rompe esa unidad soñada entre estructura
sintáctica y estructura musical, cuya base era el verso.
Tela pintada, originaria de la India; se creía
que venía de Persia, de ahí su nombre. Se trata de una cretona floreada que
nos recuerda la cretona sobre la que sueña el poeta de siete años,
cuando crea mentalmente su novela de amores y viajes fantásticos.
El Oise
es el río de la mitología doméstica rimbaldiana; cfr.
el poema Lágrimas.
Uno de los por
privilegiados de toda la poesía elegíaca occidental, de la más culta a la
más popular.
Ahora bien, la
imaginación (como años más tarde dirá Lorca) tiene siempre un asentamiento
muy seguro en la realidad: unas flores, les
mufliers
(las dragonarias) son ya
metonimia del dragón.
Rimbaud no puede
elegir más acertadamente su rima,
mufle.
Planta dipsacécea, con
flor en forma de cardo, usada tradicionalmente en el mundo de la fabricación
textil (para cardar); la flor le ofrece de nuevo la metáfora al poeta: la
alfombra que tejen los diez burros con ojos de fuego (¿los poetas?).
El poema invierte la
tópica poética: existen piedras preciosas que son como flores.
Rimbaud
dice «en una fuente de
vermeil...»;
tecnicismo que sirve para
designar «la
plata con baño de oro en la
parte interior del recipiente». Este tecnicismo ha pasado tal cual al
español.
Rimbaud
emplea el término técnico que
sirvió en Francia para designar cierto tipo de alpaca, Alfenide,
aleación inventada y empleada por Halphen, en 1853. Se confirma el gusto del
poeta por el tecnicismo científico y de época.
Según lo que sigue, el
amor místico; existe en estos dos versos una lejana resonancia de la parte
final de Las primeras comuniones.
Sorprende aquí la
presencia del autor de la desmitificadora Vida de
Jesús,
E. Rénan (1823-1892). Pero en
Rimbaud
nada es sorprendente, pues la
alusión es muy atinada.
Gato de un cuento de
Hoffmann.
Nos hemos arriesgado,
por culpa de la rima... y creemos no habernos equivocado.
Rimbaud
habla de
«Bleu
Thyrses
inmenses» (Azules Tirsos
inmensos). Si se refiere al tirso (de Baco), a la vara enramada que
suele aparecer en la mitología ––y así lo interpreta S.
Bernard––,
no comprendemos muy bien el
adjetivo Azul (con mayúscula); los tirsos son verdes; el adjetivo no
cuadraría ni desde el punto de vista botánico ni simbólicamente. La palabra
tirso tiene una segunda acepción: inflorescencia de forma aovada. Se
trata, pues,
de un conjunto de flores de
forma elíptica –– aquí, inmenso y azul. Lo hemos traducido por Umbela. ¿Qué
mejor metáfora floral
para designar el Cielo
––azul, inmenso y circular–– ya deshabitado? Ello no impide que el regusto
mítico pueda subyacer (o emerger) en esta desacralización que el cielo viene
sufriendo a lo largo de toda la poesía del siglo XIX. Esta interpretación,
acorde con el contexto histórico, justifica plenamente la presencia de Renan
(en serio) y la de Murr
(desde el punto de
vista humorístico).
La visión exótica y
colonial sigue intacta: pero en la metáfora del árbol herido
que
vierte su látex, late, con
toda su evidencia, el concepto más romántico de la poesía lírica.
Siglo de
infierno... La
expresión (más allá de Una temporada en el infierno) recuerda
demasiado la de Voltaire, «Siècle
de
fer»
(Siglo de hierro),
en el poema, El
mundano; y, en efecto, en ambos casos, se trata de una ensoñación de la
poesía y de la cultura ligadas al progreso y a la modernidad: las cuerdas de
la lira del poeta ya no serán de bronce (como en Hugo), sino de hierro; esta
misma lira no será el viento por los árboles o el agua entre las rocas, sino
los hilos de la electricidad y del telégrafo. La idea recuerda ciertos
poemas del romanticismo, ligados al progreso material (Vigny y su texto
sobre el ferrocarril) y anuncia la poesía científica de final de siglo
(Sully
Prudhomme). La expresión no
puede extrañamos en la pluma de alguien que ha sido capaz de metaforizar
esta misma lira en el zapato cansado del caminante.
¿Alusión perversa a
Las flores del mal de
Baudelaire? ¿Alusión
velada a una poesía social, ligada al hambre o al sufrimiento de los pobres
que por estas épocas tienen que emigrar a América debido ‘al mal de la
patata’? ¿Simple cachondeo poético de botánica patacientífica?
Capital de Surinam: el
sueño colonial mercantilista... y guiño a un texto de
Voltaire.
Ciudad donde nació
Renan: la Francia profunda.
Autor de Cuadros de
la naturaloza; posible punto de referencia de muchas de las alusiones
botánicas y geográficas del poema.
Rimbaud
hace aun alusión al fundador
de la gran casa editorial: «chez
Monsieur
Hachette».
El poema, de
septiembre de 1971, se ha convertido en el paradigma de la poesía en verso
rimbaldiana; hasta el punto de ser, para muchos, el único oema conocido
junto al soneto de Las vocales o El durmiente del vaIle. Haría nacido
de la alquimia de todos los recuerdos de lecturas exóti cas del poeta: Poe,
julio Veme, Chateaubriand,
Hugo... y de las
ensoñaciones del poeta niño, sentado al borde de su
Oise.
Esta síntesis compone un
Poema entre romántico ––el viaje, aquí en barco, como símbolo de la
lejanía y de la libertad respecto de las leyes y de la
civilización––y simbolista ––la capacidad visionaria del poeta que,
partiendo de los elementos más vulgares y cotidianos del viaje, llega a las
visiones más deslumbrantes. El poema da un gran paso en el proceso
analógico: el poeta no viaja en el barco; el Poeta es el barco. El
imaginario recoge múltiples elementos que ya hemos consignado en nuestras
notas. No volvemos sobre ellos, dejando, así, que la mente del lector
navegue, libre, por las comentes secretas, pero fieles a sí mismas, de este
universo imaginario.
Aquí, la videncia es
real; no como la supuesta videncia (y es mucho suponer) de los románticos.
De hecho, el poema recoge múltiples alusiones a Hugo, tanto en su poesía
marina como en sus novelas del mar.
El monstruo bíblico
tan presente en el imaginario moderno.
El neologismo
cataracter (hacer lo que hacen las cataratas ––abismar se, cayendo con
estruendo––) es de imposible traducción: ¿catarateando?
Conservamos el
neologismo de Rimbaud:
me dieron alas.
Confederación de
ciudades Alemanas para fomentar y proteger su Comercio.
La alusión irónica a
los ideales de la gran poesía del siglo XIX es evidente: el cielo azul, como
metáfora de lo absoluto, ya sólo deja caer sus mocos azules (por ello
conservamos la expresión mocos de
azur,
en vez de traducir
«Morves d'azur»
por mocos de azul); y
el sol ––luz y calor, principio de la vida–– sólo produce germinación de
obscuridad.
Nombre mítico que en
la Biblia se da a los hipopótamos, habitantes abisales monstruosos.
Plural de la corriente
marina con grandes remolinos que se origina en las costas noruegas al sur de
las islas Lofoten.
¿No es ésta una
definición del poeta, del propio
Rimbaud
y del poeta parnasiano y
simbolista tejedor de sueños de un absoluto imposible y lejano: de nuevo el
tema del azur?
En medio de tanta
huida electrizante, puede extrañar esta mirada hacia atrás; no es sino una
expresión más de la dualidad que hemos puesto de manifiesto en
Rimbaud:
el deseo de ruptura y de
partida, y la atracción del nido. La penúltima estrofa pone aún más de
manifiesto esta dualidad: final de la fuga, lo único en lo que se sueña es
en el niño que juega con su barquita al borde de la charca del pueblo.
Conservamos la
mayúscula de una palabra esencial en toda la poética rimbaldiana: el viaje
de Rimbaud
nos es símbolo de huida
perezosa (Baudelaire)
o de huida aburrida en
el desencanto (Mallarmé); es búsqueda de un más allá geográfico siempre
ampliado; explosión de vitalidad; embriaguez de Vida ––y en este sentido
participa aún del romanticismo de la energía.
No existe poema de
Rimbaud
que haya provocado más
comentarios ––ingenuos, ingeniosos, pedantes,
abracadabrantes,
alucinados, alucinantes,
grotescos, librescos, lógicos, escatológicos, pedagógicos... Se podría
publicar una bibliografía consagrada sólo a él. Es, pues, la mejor muestra
de cómo la imbecilidad o la astucia del crítico construyen universos
gratuitos cuando la poesía toca el borde chistoso de lo inefable.
Baudelaire
inventa (en el sentido
etimológico del término) la analogía sinestésica en su poema
Correspondencias. A partir de él, la poesía va a nutrirse de esa
analogía secreta que existe entre los diferentes sentidos. La crítica
temática ha demostrado que la raíz de esta analogía está en la
infraestructura psicosensorial del individuo; una raíz que, sin ser
gratuita, no se manifiesta sino a través de las redes metafóricas que el
poeta va tejiendo a lo largo de su obra: su referente es intratextual. Este
principio tan elemental es el que ha olvidado cierta crítica ante el poema
Vocales. Sólo un estudio temático estructural de su obra puede
justificar los colores que
Rimbaud adjudica a las
vocales ––y tal vez las resonancias de algunos versos de poetas presentes en
el poema (V. Hugo,
Baudelaire). Dejemos,
pues, de lado el recuerdo de alfabetos infantiles coloreados, el teclado de
colores para aprender a tocar el piano, los orígenes ocultistas de estas
analogías, las explicaciones científicas, etc., y escuchemos el esplendor
cromático que crea el poeta.
Incluso estos
Ojos
son ambiguos. Para unos, son
los ojos de Dios (de nuevo lo absoluto, como azul celeste, y el ojo
de Dios que domina, desde su fulgor, el universo); para otros se trata de
los ojos de ‘la joven de ojos violetas’ a la que amó
Rimbaud.
Pero, en este caso no
comprendemos las mayúsculas
––Rimbaud
no las pone nunca de manera
gratuita.
Poemita que pertenece,
probablemente, a la época de
Vocales.
Es un blasón moderno, tanto
por su fuerza sintética como por el alcance simbólico que va adquiriendo
verso a verso: en el último ya no es el cuerpo de la mujer lo que importa
sino la herida del hombre. Respetamos una construcción sintáctica que será
muy empleada por los simbolistas menores: la yuxtaposición de un verbo y de
un adjetivo ––este último como complemento del verbo:
llorar rosa, rolar blanco,
tornasolar pelirrojo, sangrar negro...
La enorme fuerza de
lo pelirrojo
queda una vez más patente
en Rimbaud.
Poema que es dificil
fechar. Se publica por primera vez en 1872, en la revista La
Renaissance
littéraire
et
artistique––,
algunos críticos piensan que
está escrito este mismo año, otros que el año anterior; algunos incluso, por
razones de métrica (demasiado regular para ser de 1872, como luego veremos),
piensan que podría ser de 1870. En cualquier caso el referente histórico
sería la guerra de 1870, con sus muertos. Nosotros pensamos que, a pesar de
la métrica y dadas algunas incongruencias temáticas, bien podría ser de
1872. Poco importa; se trata de un poema patriótico, irónico, desenfadado y
patético al mismo tiempo, en la confluencia de El durmiente del valle y
El baile de los ahorcados, pero sin el lirismo parnasiano del primero
y sin la riqueza en imágenes del segundo.
Traducimos así el
título que recibe ese conjunto de poemas
(Album
zutique), leídos
en las tabernas por
Rimbaud
y
sus amigos, imitando a los
autores famosos del momento, cuando estaban de coña. Su alcance burlesco,
lascivo y grosero justifican la expresión, tanto la francesa como la
espahola. En estos poemas
Rimbaud es muy
irregular en cuanto a su capacidad imitadora; imita mejor al poeta cuya
poesía es descriptiva y de alcance semántico; es el caso de
François
Coppée, y algunas imitaciones
de éste son verdaderas joyas rimbaldianas. Su imitación es más bien torpe
cuando imita
a poetas de verso ligero y
musical ––en especial a su amigo Verlaine. Nos encontraremos, finalmente,
con un poema de cuya voluntad imitativa dudamos; se trata de Recuerdos
del vejestorio idiota; pero ya volveremos sobre él.
Se trata del segundo
de los dos únicos cuartetos que
Rimbaud
escribe; la perfección
parnasiana, tanto en el ritmo como en la rima y
las
aliteraciones, así como su
riqueza léxica, son dignas del poeta parnasiano imitado, autor en 1866 de
Rimas nuevasy antiguas. La metáfora coprófila, que profana el lilio,
como ya lo profanó en el poema Lo que se le dice al poeta a propósito de
las flores, es digna del mejor y más
indignante
Rimbaud.
En el poema antes
aludido, empleó, de manera más directa, la palabra lavativa.
El lilio simboliza
tanto el poema como al autor del poema, encerrado en su torre de marfil.
Al final de cada
poema, primero aparece el nombre del poeta imitado, luego el del imitador.
El poema imita al
poeta y gran amigo de Mallarmé,
Léon
Dierx, autor en 1867 de
Labios cerrados. Poeta de verso hermético y uno de los grandes olvidados
de la época.
Dado el tono burlesco
y arqueológico del poema, nos permitimos la licencia de recuperar el
latinismo naso: estas narices conservadas como reliquias polvorientas
son, en verdad, muy antiguas. Del mismo modo, damos a «escarlatina» un valor
adjetival, como Rimbaud
hace en la palabra
francesa (que no existe).
Que provienen de los
anacoretas que vivían en los altiplanos desérticos de la Tabaida (región del
antiguo Egipto).
¡Ojo! Son los
nocturnos (de noche) los que son tísicos, y no
los
tísicos los que son
nocturnos.
El canto gregoriano;
no muy apreciado, al parecer, por
Rimbaud.
Cismáticas, pues
profanan el recinto sagrado de las reliquias.
Es evidente que no hay
cosa más sucia ––polvo, mariposas y moscas muertas, etc.–– que el interior
de un relicario.
El poema tiene el
mismo título (pero en singular) que el primer gran loro de Verlaine (1869);
el referente obsceno nada tiene que ver, sin embargo, con aquél, ni, en
particular, con el poema
Colombine,
al que directamente imita. No
estamos muy seguros de lo que hacen Escapin y Colombina; ni de a quién
tocan, ni qué tocan. En efecto, el
lapin,
en francés, designa el sexo
femenino; pero, un hombre sexualmente dotado y ‘salido’ es, también, un
lapin.
La capote, lo mismo
pude ser una capota (parte de la vestimenta femenina) que un preservativo.
La algazara final... pues bien, puede ser propia de los dos sexos. Nos queda
en el aire ese ojo del como... cuya fisión nos escapa. Hemos optado,
pero con variantes... Y el final nos ha salido juanrramoniano.
Variante que atiende a
lo femenino: «Soñador, Escapino, / bajo su cobertor / acaricia un chumino...»
y, luego, el poema sigue de manera unibnnada para los dos sexos.
Proclama paródica, con
ocasión del nacimiento del hijo de Napolón
III
y de Eugenia de Montijo. (Ya
lo conocemos por los poemas ‘senos’ de
Rimbaud).
La parodia se debe al tono
grandilocuente y al juego de palabras que se establece entre su condición de
‘hijo de marzo’ (mars)
y de ‘hijo de Marte’
(Mars,
también) ––nacido pues bajo
la advocación del dios de la guerra. Sabemos que la realidad fue muy
diferente. Se duda de la paternidad de Napoleón
III,
el Viejo; pero no de la
maternidad de Eugenia, vieja.
Traducción dedicada a
Gloria Fuertes. El poeta imita a
Louis Ratisbonne,
poeta de poesías infantiles bastante ñoñas:
Hombrecitos
(1868), Mujercitas
(1871).
El verso no sólo imita
a Louis-Xavier de Ricard; es la síntesis de toda la filosofía política del
siglo ligada al mito el progreso. Habitualmente el Progreso iba sobre el
carro de la Humanidad o la Humanidad arrastraba el
gran
carro del Progreso ––o
viceversa. Aquí sólo lo calza; a no ser que lo haga con las sandalias de
viento del dios Mercurio.
Rimbaud
presenta con este título
(Conneries
––de con, es decir,
gilipollas ) tres obritas, en las que intenta jugar con la versificación,
aunque no siempre lo consigue. La primera y la tercera son sonetos que
siguen la tradición francesa de hacer sonetos con versos de un pie o de dos
pies. Los hay mejores y más atrevidos; por ejemplo:
«Fort
/
belle,/
elle/
dort.
// Sor / frèle, /
quelle
/
mort!
//
Rose
/
close,
/ la //
brise
/
l'a
/
prise»
Q. de Reseguier), que
Rimbaud
debía conocer, pues Verlaine
lo cita en su obra. El segundo, es un poema hecho a base de títulos de
tiendas: ¿la invención del collage
en poesía?
Que no para de comer,
de tragar. Cuando el traductor era pequeño había en su pueblo un individuo
que llevaba el mote de El Traga ––apócope de El Tragapelotas.
La atracción que
siente Rimbaud
por cualquier tipo de
cagalera es ejemplar. Los psicoanalistas del texto deberían poner esta
circunstancia en relación con la infancia del niño y el uso abusivo de
lavativas que le debió de hacer su madre, obsesionada por la limpieza.
Origen grotesco (decimos nosotros) de una homosexualidad mal asumida.
Panorama del París de
1871: nombres de tiendas, de asesinos famosos del momento y algún que otro
literato de moda... El poema nace de un espíritu baudeleriano: la vivencia
de la ciudad, de sus calles, de sus letreros y de sus gritos, como esencia
del poema en prosa. El sarcasmo surge cuando se pone todo esto en verso. El
poema empieza con nombres propios y va evolucionando hacia nombres comunes,
hasta acabar con un esbozo de sintaxis en la última estrofa. Es un
procedimiento habitual en este tipo de poemas.
Fabricante de zapatos
(curiosamente, para el ejército).
Fabricante de pipas.
Recordemos que Rimbaud
tenía una de esa
marca.
Fabricante de trajes
––de fiesta––, según unos; callista, según otros.
Fabricante de los
famosos pianos.
¿Una marca de grifos?
––eso, al menos significa la palabra.
Comerciante que vendía
medias contra las varices.
Otro fabricante de
pipas. Su amigo Delahaye la usaba de esta marca.
Grotesco literato,
cazador de panteras, al que nos presenta A. Daudet en Tartarín de
Tarascón.
Louis
Veuillot (1813-1883). Famoso
literato católico del momento. Luchador y polemista comprometido. Autor de
una gran seriedad ampulosa: Los olores de París , El perfume de Roma. Su
presencia aquí es nefasta para su memoria.
Asesino que había
matado a ocho miembros de la familia Kinck Volveremos a encontrarlos en otro
poema de ocasión.
Autor de cierto
interés realista.
André Gill, dibujante,
había acogido a Rimbaud
durante una de sus estancias en París: así se lo paga el joven energúmeno.
Poeta totalmente
olvidado hoy; había publicado en 1871 Poesías populares.
Nadie sabe quién es
este pobre hombre ––o lo que sea.
Uno de esos nombres
cursis que los franceses dan a sus tiendas: Cesú1 de las gracias (!).
Marca de caramelos
hechos con las aguas medicinales de Enghien; se pretendía con ellos que las
curas se hicieran en casa. Ahora bien, es necesario pensar también en la
posible alusión a los partidarios del hijo de Napoleón
III,
el duque de Enghien.
Lo más chocante del
poema es esta invitación al cristianismo. ¿Se ha dado cuenta el poeta de que
sus sarcasmos constituyen un pecado contra la caridad cristiana, y quiere
redimirlo lanzando otro sarcasmo?
Soneto en versos
monosilábicos que, en español, tiene que ser necesariamente un soneto en
versos de dos pies. Rimbaud
––no muy hábil––
suprime los artículos y los pronombres; lo que hace un tanto críptico el
poema que nos relata el accidente de un coche, por culpa de la borrachera
del cochero, y en el que una dama resulta herida.
Serie de poemas
escritos parodiando a
François Coppée
(18421908), poeta de forma parnasiana, pero preocupado por los temas
sencillos y por las gentes humildes; partícipe, pues, en cierto modo, del
realismo socializante de A. Daudet y de E.
Zola.
Autor, en otros libros, de
Los humildes y de un libro de décimas, Paseos e interiores, que
son las que imitan tanto
Rimbaud como Verlaine,
y otros poetas contemporáneos, en décimas (también) conocidas con el título
general de Viejos Coppées
(Vieux
Coppées).
Hemos creído apropiado
añadirle a éstas el poema más largo que inicia la serie. Tanto en éste como
en las décimas, el verso de
Rimbaud
se acopla magníficamente, a
nuestro entender, al objeto poético imitado y al imaginario del autor que
imita. Se produce así la síntesis perfecta buscada por todo pastiche.
A pesar de aparecer en
el Álbum de coña, estamos, a nuestro entender, ante uno de los poemas
más serios y reveladores de los secretos íntimos de
Rimbaud.
Sin que se pueda decir (no
hay razones documentales para ello) que es un texto autobiográfico, el poema
recoge algunos de los espacios privilegiados del joven poeta (colmados,
váteres, rincones secretos), y algunos de sus temas obsesivos (Biblia,
Virgen, Crucifijo, relación problemática con la madre, actos fisiológicos
secretos, alusiones al sexo metonimizado en el vello ––pubescencias). La
presencia de un padre en el poema es tanto más significativa cuanto que es
la única que aparece en las poesías de
Rimbaud
y, además, aparece ligada
problemáticamente al problema del sexo. La parodia de Coppée puede subyacer
en el realismo cotidiano de los cuadros que el poema nos presenta; pero
nunca en la vulgaridad con que son descritos, nunca en el sarcasmo que los
envuelve (Coppée es un tierno) y, menos aún, en el desencanto desesperado
que cierra los últimos versos.
Con minúscula. ¿Quiere
ésta establecer una diferencia emocional entre la Virgen y cristo, o es sólo
un modo de designar un objeto ––un crucifijo? Claro que la imagen de la
Virgen también lo es...
¿A quién? Sin duda a
ese mismo Señor que invoca. Encontramos en estos versos, si no una
explicación, sí una sugerencia para comprender la deriva sexual de
Rimbaud.
El episodio del Cuartel de
Babilonia es la culminación de un proceso. La raíz de éste es más honda:
podemos imaginárnosla en ese desfase entre la evolución psíquica de un chico
que a los catorce años tiene conocimientos y madurez crítica de adulto y,
posiblemente, ensoñaciones sexuales de adolescente, pero que posee un cuerpo
de niño ––si no de niña hermosa: ojos azules, largo pelo rubio y ondulado,
cuerpo lampiño y ––como se sugiere aquí–– órganos sexuales bastante
retraídos. Y, además, una educación sexual basada en la ignorancia y en la
ausencia (demasiado pronta) del padre.
No creemos que haya en
toda la literatura puntos suspensivos más dolorosos.
Novela de E. Senancour
(1770-1846); novela falsamente epistolar; uno de los puntos de referencia
del Primer Romanticismo francés. En ella se consagra de manera definitiva
la poesía de los Alpes y, lo que es más novedoso, la poesía de
los desiertos.
Mlle. St. F. de Genlis
(1746-1830); escritora de abundante obra sentimental y didáctica, e
institutriz de los hijos del duque de
Orléans.
Poema narrativo de L.
Gresset (1709-1777) que cuenta las aventuras de un loro.
Poema epicoburlesco de
N. Boneau,
autor del Arte Poético
que consagra conceptualmente el clasicismo francés.
Nicolas
Venette, autor en el siglo
xvu de un libro titulado, Acerca de la generación del hombre o cuadro del
amor conyugal Respetamos la irreverencia onomástica de
Rimbaud,
y ponemos el acento a la
francesa para conseguir una asonancia facilona.
Incluso aquí, surge el
rechazo del sexo, ya profanado para siempre.
El retoño real, dos
veces en prisión, era Napoleón III.
En cuanto a que el
cura aludido sea un capellán suyo, cuando estuvo en prisión, creemos que es
llevar demasiado lejos la obsesión antinapoleónica de
Rimbaud.
Pero no podemos desechar la
interpretación de S. Bernard.
Observemos cómo el
desplazamiento metonímico (del tabaco al tedio) genera una metáfora
sorprendente.
Ciudad francesa, al
nordeste de París. Cuna de la Francia franca, tras la batalla de Clodoveo
(486) en sus parajes, contra Siagrio. Pertenece a la mitología escolar (y
otra) de los franceses.
El Aisna (pronunciar,
esna): afluente del
Oise, el río de
Rimbaud,
y
departamento de Francia. Al
ser un río, podemos utilizar una fórmula francesa muy habitual para crear
nombres de ciudades: se pone el nombre de pila de ésta (aquí Soissons) y se
añade su ubicación respecto de un río: al lado de, junto a, cabe a...
La fórmula arcaica cabe está justificada por la francesa,
«près
Soissons», sin la preposición
de ––arcaica también.
En estos
pastiches,
siempre hay un verso que
sacraliza el poema.
Con interrogación. La
expresión francesa puede significar al mismo tiempo el asedio (de una
ciudad) y el estado del que está sentado (siège: asiento). Juego de
palabras que aúna la condición del pobre cochero, condenado a no moverse de
su asiento, a pesar del tiempo
que
haga, y (posiblemente) la
indicación del verso ocho ––ese misterioso edicto, propio de situaciones
sociales delicadas.
Enigmático: ¿el
cochero en su garita? ¿las personas de bien recogidas en sus casas? En
cualquier caso, frente al mundo de la fiesta nocturna, esa mirada que sondea
los cielos rimbaldianos.
Teatro de París en la
plaza del mismo nombre, en la intersección del barrio Latino, del barrio de
Saint-Germain y del parque del Luxemburgo.
En efecto,
Rimbaud
sólo puede recordar el
recuerdo de aquellos que vivieron el acontecimiento de la llegada a este
mundo del príncipe imperial, hijo de Napoleón
III
y de Eugenia de Montijo. Por
muy precoz que fuera
Rimbaud, no le vemos
recordando sus propios recuerdos de los acontecimientos, incluso leídos (en
1857 tiene sólo cinco años, y no creemos que tal nacimiento le importase
mucho): la interpretación de S.
Bernard no es
verosímil. Creemos, más bien, que se trata del continuo juego de alusiones
antinapoleónicas (herencia de V. Hugo, tanto como sentimiento personal) que
recorre toda la adolescencia del poeta, y que encuentra aquí un pretexto
para poner de nuevo en solfa dicho acontecimiento.
N
de Napoleón, por todo París y, especial, por las rejas del parque de las
Tullerías.
El neologismo
adverbial es de la cosecha irónica de
Rimbaud.
La trampa
electoralista y demagógica de Napoleón
III
consistió en hacerse pasar
por republicano, conservando, aunque emperador, la bandera tricolor.
Eugenia de Montijo,
que amplía así la galería iconográfica española; aquí, claro está, de manera
irónica. Ahora bien, no podemos olvidar el ambiente de capillismo sectario
que rodeaba a la emperatriz ––y ella era la santa admirada y
pintada, de todas las devociones. La advocación tiene un regusto españolista
a lo V. Hugo.
Décima atribuida,
primero, a Verlaine y, luego y finalmente, a
Rimbaud.
Sigue la tradición
rimbaldiana de meterse con el
principe
imperial, y por las mismas
razones del poema La resplandeciente victoria de Sarrebrück: la
admiración causada en el emperador por el gesto de su hijo, al recoger éste
una bala que había caído a sus pies durante dicha batalla. El pretexto es lo
de menos.
¿Propias de un Dios?
De alcoba.
Alusión irónica al
grito de Napoleón I, en el poema de V. Hugo: «El Porvenir, el Porvenir es
mío. ––No mi Sir,
el Porvenir no es de
nadie...»
Su,
¿de quién? ¿del príncipe o
del emperador? Esa mirada perdida ya se la hemos visto al padre en varios
poemas: la vaguedad melancólica de unos ojos simplemente azules y miopes.
¿Traslada Rimbaud
al hijo esa característica
del padre? De no ser el padre el aludido, ¿cómo se entiende la advocación,
su hermoso Enguiano? No olvidemos que las estructuras dialógicas
subyacentes no son raras en los poemas de
Rimbaud.
Poema que alcanza la
síntesis perfecta entre Coppée y
Rimbaud:
doméstico, sideral,
antirromántico en su insignificancia, romántico en su amor por el objeto
pequeño y desvalido... despersonalizado, intimista.
El encalado de las
casas de los pueblos se hacía con escobas viejas.
Comprendemos muy bien
la voluntad mitificadora del poeta: un simple tronco de escoba comparado con
una madera exótica, caoba tal vez; no comprendemos, sin embargo, que la
comparación se base en los fenómenos fisicos que blanquean una madera
mientras enrojecen otra. ¿Esclavitud de la rima? ¿fuerza obsesiva del rojo?
¿simple broma sin sentido?
La luna, blanca, puede
tener playas de leche; creemos que el desplazamiento metonímico que opera el
poeta es más secreto y eficaz: encalar los muros se dice aquí ––y en otros
sitios–– darle una mano de leche o darle una lechada a los muros. Cfr.
Las primeras comuniones.
Rimbaud
pone en boca de Napoleón
III
exiliado un lamento y un
deseo: su preocupación es ahora su hijo; su deseo, parar el viento de la
revolución.
¿Compuesto de con
gilí; en diminutivo? Era también el nombre del médico del emperador.
Compuesto a partir del
argot, ramponneau
(golpe), ¿el pequeño que
da golpes? ¿El hijo de Napoleón III?
El Tío vencedor sería
entonces Napoleón I.
Invención del
traductor; le suena bien, como grito infantil. Ya se trate del viento
revolucionario o de las ventosidades continuas que padecía el Emperador.
Este título, tanto por
su alusión pedante a la figura de estilo como por su referencia a Saturno,
parece parodiar ciertos elementos de El Parnaso melancólico: una conciencia
satúmea que necesita los lacrimatorios clásicos para sus lágrimas. El
subtítulo no parece corresponderse con el título, en cuanto a la simbología
satúmea: Louis
Belmontet (1799-1879) fue un
poeta del ámbito romántico con conciencia dieciochesca, que también se
dedicó a la política, como diputado, durante todo el Segundo Imperio. Esta
circunstancia sí le hace merecedor de aparecer en el
Album
de coña.
Vasos romanos
destinados a poner perfumes en las sepulturas... y no lágrimas, como se
podía suponer.
Si hemos conservado
las timas, es para poner de manifiesto cómo el verso de
Rimbaud
se va destruyendo, por
voluntad propia, creemos. Aunque estemos ante un fragmento (también los
encontramos en la primera parte de sus poesías y no existen estos
descuidos), se observa ya esa despreocupación, que será esencial para
comprender la intención que tienen sus últimos versos.
Conservamos el término
latino, como en las ediciones francesas. Son de 1871, como el Álbum de
coña, y el último de los tres sonetos aparece en los manuscritos de
aquél, con el titulo, que luego desaparece, Soneto del ojo del culo.
Fueron publicados por primera vez en 1923.
Soneto que podemos
considerar como el soneto del pene.
Verlaine, posible
animador de estos sonetos, adoptará estos calificativos para una serie de su
libro Paralelamente, la que lleva por título Tías (Filies).
Célebre general de los
ejércitos de Napoleón I. No es aquí su valor lo que le importa a
Rimbaud,
sino el inmenso `paquete' que
exhibía, si son fieles los cuadros que lo representan, gracias a la
culotte
ceñida que estaba de moda.
¿Qué añoranza se
esconde bajo esta burla?
Soneto que podemos
considerar como el de la exaltación del culo masculino.
Los de las mujeres, se
supone.
Por poético que
parezca, eso es lo que dice el texto francés.
Los glúteos... como el
hoyito de los carrillos, cuando una mujer se ríe.
Soneto oficialmente
conocido como el Soneto del ojo el culo.
Estos versos (y estas
escurreduras) le permiten a Fongaro, en el artículo antes citado, pensar que
los pialatos eran esas manchas sospechosas que aparecen sobre los
impermeables de «las pequeñas enamoradas».
Se presentan bajo este
título un conjunto de poemas escritos en 1872. Son, pues, contemporáneos de
las primeras iluminaciones' y de Una temporada en el infierno. Ahora
bien, su interés radica más en aspectos formales que en los temas ligados a
las alucinaciones sensoriales del libro de poemas en prosa. Estos aspectos
están ligados a la destrucción de la forma clásica y a la emergencia de una
poeticidad formal más libre, más musical, menos uniforme que la que domina
el corpus principal de la obra rimbaldiana.
Rimbaud
llega a esta liberación a
trompicones y, a nuestro entender, de una forma más artificiosa y pesada (se
ve más el truco y la provocación) que su amigo Verlaine que lleva la
musicalidad en la sangre. Los comentarios relativos a esta liberación se
irán haciendo al presentar cada poema; nuestra traducción, por otra parte,
intenta torpemente imitarla. Claro que una literatura como la española, que
ha escrito la mitad de su producción (y no la peor) con los juegos de las
asonancias, no puede comprender muy bien lo que significó para Francia la
liberación de la métrica y de la rima clásicas.
Poema sin fecha,
publicado por primera vez en 1892.
Creemos que la
sinfonía en a ––asonancias y aliteraciones–– queda patente; no tanto
la alusión a Juana de Arco en el último verso del cuarteto ––mujer, también,
en a mayor.
A la sinfonía en
blancos ––propia del poema de Th.
Gautier,
en el que el poeta piensa––,
éste responde con un rotundo no que inicia la sinfonía en oros,
que nos devuelve al imaginario cromático rimbaldiano. A pesar de todo,
la metáfora sigue aún dominada por el arquetipo femenino del agua ––y por el
recuerdo de Ofelia.
Si el primer cuarteto
estaba construido sobre una sola rima, éste ya está construido sobre dos ––y
no muy ricas.
Si la mujer era agua
––Ninfa––, aquí aparece como vegetación
––Silvia.
De oro
––la palabra francesa (un
luis,
no deja lugar a dudas).
La
calta,
o hierba centella;
también llamada
solsequia, dado su
movimiento rotatorio para
seguir al sol.
El fenómeno botánico (además
del color
amarillo de la flor) le
permite al poeta crear una simbología nupcial que emplea con cierta soma;
pero este conocimiento pone de manifiesto el contacto directo que
Rimbaud
ha tenido con el mundo del
campo ––y no como ese ciudadano artificioso que se llamó
Baudelaire.
Esta flor nada tiene que ver
con el nenúfar, contrariamente a lo que apostilla Delahaye y consigna S.
Bernard
en su edición de
Rimbaud.
¿La madre, durante los
paseos infantiles?
El imaginario de la
mujer se completa en la pluma de
Rimbaud
con el arquetipo de la flor
––Flora;
aunque, en esta ocasión la
flor rivalice con la mujer y ésta se sienta celosa de su belleza, altiva y
blanca. Observemos, de paso, que no es una flor cualquiera: es una
ombela; la
elección le permite al poeta
jugar con ombrelle
(sombrilla),
metonimia de la mujer decimonónica y con
elle
(ella); pero también le
permite crear una relación metafórica más secreta: la ombela es blanca y, en
su condición de flor compuesta, como hecha de encaje: nueva metáfora de la
mujer finisecular.
Notemos la violencia
del contraste cromático; pero observemos bien que el
rojo
está del lado de los niños.
Él y Ella, son el sol
y la corriente del río; no podemos ni imaginarnos (como lo han hecho algunos
críticos) que sean Rimbaud
y Verlaine o la madre
y el padre de Rimbaud.
La partida del hombre
(que no acierta a explicar S. Bernard),
para nosotros está
clara: primero se va el sol, y el agua sigue corriendo sin que podamos verla
(negra) cuando llega la noche y tras la partida del sol ––y del hombre.
Rimbaud
(como dice Y. Bonnefoy) tiene
unos mecanismos mucho más sencillos de lo que se piensa.
Añoranzas que siente
el agua y añoranzas que, como vamos viendo, siente el joven poeta.
Observemos la invasión
del campo mítico de la luna (blanca, negra o roja) por el oro rimbaldiano.
Parece claro que la
flor amarilla es la
centella,
que ya conocemos; no nos
parece evidente a qué flor azul se refiere el poema; no se la ha mencionado
y lo que ahora dice de ella no nos permite ponerle un referente real; sólo
sabemos que es una flor azul y amiga del poeta, cuyo
oriente
(que es lo que quiere decir
en francés la expresión
à
l'eau),
como si fuera una perla, es
color ceniza.
La cara inversa de
El barco ebrio.
Poema sin título;
publicado en 1886. Se trata de un poema clásico en metro y en rima, pero
cuyo ritmo es muy desigual debido a los múltiples encabalgamientos, lo que
le da una rara musicalidad. No hemos intentado ponerlo en rima asonante
pues, como en los poemas de la primera época, es la dimensión temática (la
rebelión social) la que domina el poema.
El pueblo, como
expresión máxima del mito democrático, no es sino una manifestación más de
las instituciones.
Se convoca a la
destrucción ígnea de la civilización. Pero el desengaño absoluto del joven
de dieciocho años le da la mano a la premonición del niño de diez, en su
primer
trabajo escolar: rechazo y
rechazaré todo lo que sea
trabajo establecido; tema que
vuelve a tratar en Una temporada en el infierno.
Paroxismo onírico y
paroxismo emocional crean una sintaxis expresionista en la que el gesto
mental expulsa cualquier rasgo de lógica argumentativa. El poema se
desmorona así (en su dimensión clásica) advocándonos a una poética de la
imperfección.
Vuelta a la realidad,
después de la experiencia onírica, o toma de conciencia desengañada de que
nada pasa ––ni en el mundo ni en nuestra vida–– a pesar de las palabras más
hermosas.
Poema sin título,
publicado en 1886. Nos encontramos con un ritmo muy libre y con rimas pobres
o falsas que se van diluyendo en aliteraciones... pero, de vez en cuando,
para marcar un desprecio manifiesto por la forma perdida, surge una rima
perfecta, como en la estrofa tres. Se trata de una sucesión de imágenes
visuales sin lógica aparente.
La impertinencia
condensada en esta rima es absoluta.
Región boscosa y
pantanosa al sur de París ––en la curva del Loira–– sembrada por los famosos
castillos del Loira.
Y se recupera la rima;
pero, según la preceptiva francesa, una rima sólo para el oído.
prendentemente modernistas.
El cromatismo es
desbordante a lo largo de todo el poema ––rojo, azul, blanco, amarillo,
negro, pardo––: un fauvismo total en el que señorea el rojo.
La presencia de estos
nombres en el último verso ha servido para que algunos críticos (R. de
Reneville, Etiemble y S.
Bernard) lo titulen
Miguel y Cristina ––––título, también de una astracanada de
Scribe.
Vemos, sin embargo, que estos
nombres, con su prolongación en Cristo, sólo sirven para salirse de la
deriva onírica generada por el poema ––y que nada tienen que ver con su
esencia, salvo en el gesto terrorista.
De la manera más
terrorista: destrucción temática y destrucción
formal.
Poema de mayo de 1872.
Rebelde de ritmo, de rima y de metro, se hará famoso en la versión de las
Iluminaciones. La rima ya está sustituida, de manera sistemática, por
escondidas asonancias. Este texto es uno de los máximos exponentes de la
deriva sensorial rimbaldiana: partiendo de sensaciones cotidianas para un
niño campesino, la percepción lo arrastra hacia lo irracional ––pero sin
abandonar la carga sensorial de la que nace. Ésa es, para nosotros, la gran
diferencia con la metáfora surrealista, más abstracta y, aunque nuestra
opinión contradiga lo que habitualmente se piensa, más intelectualoide.
El endecasílabo es un
verso prácticamente inusitado en francés hasta que lo usan Verlaine y
Rimbaud;
para crear esa sensación
insólita, lo hemos traducido por un verso de doce sílabas.
Leamos
was,
para conservar el juego de
sonoridades.
El texto francés habla
de cantimplora de colocasia. Sabemos que las primeras cantimploras
fueron calabazas vaciadas de sus pipas, pero no conocemos cantimploras
hechas de colocasia, planta arácea, originaria de la India, cuya
inflorescencia se parece a la de la cala y cuyo fruto es una
mazorquilla dorada. ¿llegaba el conocimiento de
Rimbaud
a estos extremos o, llevado
por la sonoridad, creyó que la colacasse era una especie de calabaza
––en francés calebasse?
Recordemos los poemas
anteriores y el valor que toma el río como corriente de agua de oro; como si
se hubiera operado la síntesis ––alquimia nada imaginaria–– entre el agua y
la luz, los dos fluidos más evidentes del cosmos.
Poema de mayo de 1872.
No existe ningún arroyo con ese nombre. Dadas sus características ––agua
negra, como el fruto de la variante de la grosella llamada
cassis
en francés–– y dado su
contexto medieval, los críticos han intentado darle un referente geográfico
en las Ardenas: el arroyo Semoy, afluente del Mosa; juegos de crítico
erudito. Desde el punto de vista métrico, el poema sigue las pautas del
anterior.
Después de dejar
versos sin rima y sin asonancia en la estrofa anterior,
Rimbaud
construye esta estrofa con
una única asonante ––bastante mal sonante, por cierto.
Rimbaud
juega con las palabras:
claires––voies
puede ser entendido como
un elemento vano de la arquitectura que deja pasar la luz (y el bosque
tendría sus claraboyas), o como los caminos luminosos que traza el
río por el bosque, sus claras vías. Hemos optado por esta última
posibilidad, inclinados a ello por la presencia del caminante, en el
mismo verso.
Aunque a
Rimbaud
le gusta el campo como
espacio natural, detesta el mundo campesino como institución, y los
campesinos en particular: representan, en raquítico, los grandes vicios que
odia: trabajo diario, ahorro, parsimonia, etc. ¡No son generosos ni para
beber ni para invitar a beber!
Poema de mayo de 1872
(publicado en 1886); en una primera versión se tituló el Infierno de la
sed. Está construido por una sucesión de canciones falsamente
dialogadas: en la primera parte de éstas, los parientes del poeta (grandes
bebedores y borrachos, según ha puesto de manifiesto la crítica biográfica),
el espíritu, los amigos... le invitan a beber; el poeta les responde, a los
primeros con un solo verso que es como una invitación a la muerte por
ahogamiento, al espíritu afirmando la imposibilidad en la que se encuentra
de aplacar su sed, a los amigos expresando su deseo de morir fundido con la
naturaleza... El tema de la sed domina toda la poesía de
Rimbaud;
se tiene la impresión de
estar frente a un ser devorado por el fuego, física y espiritualmente. Ya lo
hemos observado a lo largo de los poemas anteriores; éste condensa esta
obsesión y la lleva a su grado sumo, si bien, como casi siempre en nuestro
poeta, dándole un tono entre irónico y sarcástico. Seguimos con la
destrucción del verso clásico, sin que los hallazgos sean, a nuestro
entender, muy acertados.
Clara alusión a la
familia materna, adornada con grandes borrachos cuya herencia biológica teme
la madre del poeta.
Esta serie de
ofrecimientos está perfectamente ordenada: primero el vino propio y selecto,
luego las bebidas rústicas y, finalmente, las bebidas exóticas. Es conocido
el gusto de Rimbaud
por la cerveza, ese agua de
oro que parece contener átomos de luz.
¿Por qué urnas,
final de verso que no está impuesto por ninguna rima o asonancia? La
palabra, por su condición de recipiente y por su uso funerario, aúna la
dimensión de la bebida y la de la muerte en un mismo espacio mítico: ¿agua
de vida o agua de muerte?
Si ahora es el YO el
que habla, ¿quién hablaba antes? El poema es como un monólogo a dos voces
––algo tan habitual en
Rimbaud: la primera
habla de lo conocido ––de los temas poéticos conocidos––; la segunda les
niega a éstos cualquier capacidad para aplacar una sed, estética ahora, que
devora al poeta.
Poesía de florero (o
de taller) y poesía de campo ––como la de los impresionistas y la del propio
Rimbaud.
Creemos que el
coplista
es el equivalente español
popular del
chansonier.
Los amigos de París,
Verlaine en particular, gran aficionado a la absenta (su hada verde), con el
que Rimbaud
bebía grandes cantidades de
Bitter,
cuando éste salía de su
despacho. La taberna se transforma... y el poeta nos presenta un paisaje
cósmico de oleadas, cataratas y derrubios etílicos.
Este poema, como
tantas otras anotaciones, nos pone de manifiesto hasta qué punto el
desenfreno de Rimbaud
no parte de una
naturaleza arrastrada por el amor de estos placeres `vulgares', sino de una
reacción, de un desencanto, de la persona que afirma continuamente (cfr.
Una temporada en el infierno) su sed de pureza natural con ribetes
bastante ascéticos.
La
Taberna Verde,
que ya conocemos. El
caminante está condenado a serlo ara siempre. Lo que no puede evitar es el
deseo profundo del retomo anido, aunque éste sea la taberna de la
adolescencia.
Muerte bajo el agua
espesa de los estanques, muerte junto a las violetas mojadas del bosque o al
pie de algún tronco podrido: la búsqueda tiene como objetivo encontrar un
espacio de frescura que aplaque un metabolismo ígneo ––tanto física como
espiritualmente: adolescente de fuego; más Apolo que Vulcano––, a pesar de
las apariencias y de cierta apologética de vanguardia, en busca de
antecesores que justifiquen sus rebeldías y sus miserias.
Poema de mayo de 1872.
La traducción española no puede poner de manifiesto la subversión métrica
del poema: en francés las llamadas
e mudas
ya no se pronuncian, de
manera generalizada, en la lengua cotidiana. Sin embargo, esta
e
contaba como un pie en la
versificación tradicional, lo que obligaba y obliga a pronunciarlas.
Rimbaud
compone ya sus versos como si
no existieran, lo que obliga a leer el poema de un modo coloquial, con el
fin de mantener los ocho pies que los versos `deben' tener.
Rimbaud
da, pues, un paso de gigante
hacia la musicalidad moderna del verso francés.
Las Hespérides están
al oeste. No creemos que
Rimbaud cometa la
torpeza de situarlas al este, por donde sale el sol. Creemos, más bien, que
el poeta está pensando en el sur como en los países solares por
excelencia y las Hespérides sí estaban al sur de Francia. Por ello, nos
parece verosímil (como piensa Decaudin) que donde el poeta dice «el sol de
las Hespérides»
haya que pensar en las
manzanas de oro de
las Hespérides.
Los techos de
artesonado de las grandes
mansiones ––falsos
techos, se
llaman––, ajenos
por completo al bohemio itinerante cuya fonda era la Osa Mayor (cfr.
Mi bohemia).
Ciudad paradigmática
de las riquezas de la antigüedad; pero no olvidemos que París ha sido
llamada, en más de una ocasión, la nueva Babilonia.
¿No se trata acaso de
Venus ––la estrella de la mañana y de la tarde, cuya presencia antecede y
sigue a la del sol en el cielo–– conocida popularmente como
La estrella de los pastores
(también en
Francia)? Lo decimos con interrogación, pues algunos críticos se preguntan
quién puede ser esta «Reina de los pastores, y llegan a sugerir
que
podría tratarse de la Virgen
––inventándose una nueva advocación de las
Letanías.
Grupo de cuatro poemas
de mayo y junio de 1872. La evolución del verso de
Rimbaud
llega a su fin: versos más o
menos regulares, pero con rimas consonantes, asonantes o con simples
aliteraciones consonánticas y con versos blancos aislados de aquí y de allá.
¿Del mes de mayo
o de los mayos ––esos árboles cortados (chopos habitualmente) que
se `plantaban' en las plazas públicas, con ocasión de varias celebraciones
primaverales, y que se adornaban con frutas,
flores,
guirnaldas y banderas?
Estos poemas contienen
un mea culpa secreto. Ahora bien, no es del lado de la sociedad hacia
donde el poeta dirige su añoranza de compañía y de utilidad, sino del lado
de la naturaleza. El poeta recupera su filosofía primera, si es que la
abandonó en su rebeldía: la filosofía de Sol y carne.
El referente de
Pastores,
en este poema y en el
anterior, queda flotando en el mundo de las hipótesis: ¿se trata de los
amantes, de los poetas o, simplemente de los pastores...? Creemos que la
oposición entre Rimbaud,
que quiere morir en
manos de la Natura, y los Pastores que mueren en manos del mundo, nos
permite inclinamos del lado de los poetas ––aquellos que se pierden en la
sociedad.
...y me desgasten con
el uso.
La crítica quiere
hacer de este poema una especie de planto, tras la pérdida amorosa de
Verlaine. Creemos que es limitar la inspiración del poeta a hechos aislados,
por muy importantes que sean.
Rimbaud
está liquidando en estos
momentos de su vida todo un pasado ––una vida perdida que, desde el punto de
vista colectivo, no tenía derecho a perder. Es esta visión global la que
domina todo el poema, como el poema Tristeza, de A. de Musset,
escrito en condiciones muy similares de talento y de vida desperdiciada y la
Temporada.
Los críticos se pelean
sobre el alcance de esta palabra y de este poema: desde los que encuentran
en él el clavo al que agarrarse para explicar la evolución religiosa de
Rimbaud,
hasta los que le niegan al
poema, a la palabra y a toda la obra de
Rimbaud
cualquier alcance espiritual.
Creemos que el poema es tan enigmático como la vida misma del poeta: vibra
un deseo de eternidad (cósmica, tal vez, en la fusión de todos los
elementos, como ya hemos visto); se vislumbra un rechazo de todo aquello que
es vida común compartida socialmente... Darle un sentido definitivo nos
parece imposible. Y no porque tenga un tono más o menos burlesco, sino por
la imprecisión de los términos sobre los que se construye: Eternidad
brasas de satén, ciencia...
¿Según qué? Y los
críticos responden: según tu libre voluntad. Pues, muy bien. Observemos que
el verso no lleva puntos suspensivos. Sería más bien, según las
circunstancias.
Oriétur:
despertar del día;
«et
orietur vobis timentibus
nomen meum sol justitiae, et
sanitas in ponnis ejes» [y se
alzará para los que teméis mi nombre, un sol de justicia, con la salud en
sus alas] (Malaquías
IV, 2). No
se trata pues, de una hipotética alusión religiosa; toda la estrofa comenta
el versículo de Malaquías, pero dándole la vuelta al sentido: donde todo era
signo de esperanza, ya no la hay. Un ejemplo más del conocimiento que de los
asuntos religiosos tenía
Rimbaud ––y de cómo,
en muchas ocasiones, escribe a la contra de las verdades aprendidas, lo que
implica un profundo alcance religioso de su obra.
Poema en el que las
diferentes voces que frecuentan la poesía de
Rimbaud
se manifiestan de manera
evidente. Su dimensión enigmática no nos permite darle un referente claro a
esa Edad de Oro.
Vertement
significa ‘con tono
desenfadado y descarado’. Hemos intentado dar este tono al verso
mediante el uso popular del verbo se despacha. Nuestra traducción
pierde, sin embargo, el juego de palabras:
vertement
nos remite también al
verde, al verdor de la vegetación (raíz metafórica del primer
significado) y enlaza, entonces, con la segunda estrofa, en la que las
preguntas se ramifican.
Estos puntos
suspensivos y este «etc.» marcan, a nuestro entender, un desinterés o un
tomarse a chirigota el poema: el poema podría continuar así de manera
indefinida, como un molinillo de oraciones budista. No estamos demasiado
seguros de que bajo esa
flora
y esa
linfa
se esconda una alusión a los
parnasianos (su familia poética), tan dados a las aguas y a las flores.
Más que de una posible
alusión a un amigo con acento alemán (o alsaciano), como piensa parte de la
crítica, podría tratarse de una alusión a la poesía alemana (viento y
fuego). De ser así, confirmaría la alusión a los parnasianos que encierra la
‘primera’ voz.
Poema del junio de
1872, publicado en junio de 1886, en La
Vogue.
Haría alusión a la vida en
pareja de Rimbaud
y de Verlaine ––una pareja
desastrosa desde el punto de vista doméstico––, amenazada siempre por la
vigilancia (o el recuerdo) de la esposa del segundo (duende, genio, rata...)
y poblada por misteriosos espíritus cuyo referente es de dudosa atribución.
Sólo la contribución de la luna, trayendo el olvido momentáneo y
la
invocación a los espectros
santos podría liberarlos. La rima, una vez más, se disuelve entre las rimas
más o menos consonantes y asonancias vocálicas y consonánticas. A veces,
simplemente, no existe.
Planta trepadora. Es
posible que Rimbaud
la emplee como símbolo de la
fidelidad matrimonial (como en Memoria), al ser la flor de la especie
más común de color amarillo.
Tan enigmática es la
presencia del hada africana como los ingredientes que suministra. A
no ser que la mora (blanca aquí) se refiera a la pequeña esfera
granulada que conforman los huevos de la araña, en un rincón de la telaraña
––suponiendo que las redecillas de los rincones sean las telas de
araña de la desidia doméstica... El hada africana sería, entonces, la pereza
congénita de los dos amantes... Y las vírgulas sospechosas que hay en las
paredes (según un poema de Verlaine), la marca evidente de su coprofilia.
Poema que les causa
grandes problemas a los críticos obsesionados por las fechas: si hubiera
sido escrito en julio de 1872 (como piensan algunos) no plantearía
problemas. Si hubiera sido escrito en 1873 (como piensa Goffin, llevado por
el contexto que, como veremos, alude a un después del encarcelamiento de
Verlaine), el poema plantearía un problema de primera magnitud:
Rimbaud
seguiría escribiendo poemas
de forma regular, después de haber abandonado el verso, para escribir las
Iluminaciones;
con lo que su
abandono de la versificación no sería ni tan radical ni tan testimonial,
como se pretende. Creemos que todo esto son tonterías de crítico: ¡como si
los poetas sistematizaran el devenir de sus ganas de escribir, con vistas a
una organización perfecta de la Historia Literaria!
Rimbaud
escribe en su manuscrito,
Boulevart,
con t ––pero sólo en este
momento del texto. En el centro del poema lo escribe correctamente; unos
piensan que se trata de una falta de ortografía; otros que quiere imitar la
pronunciación de un amigo. Nosotros pensamos que quiere imitar el modo local
de designar dicha calle ––pronunciando la consonante final y dándole un
matiz sordo y duro. Cuando ya habla por su boca, en el transcurso del poema,
lo escribe de manera regular. En el poema, el juego siempre está presente.
¿Palacio Real, palacio
de las Academias? En cualquier caso, simbólicamente, palacio de Júpiter
(dios de los dioses); y esta dimensión es la que da sentido ––y tono
irónico–– al poema.
¿Dios ––en sentido
abstracto–– o Júpiter? ¡Qué más da! El alcance del poema sigue siendo el
mismo: una alusión transcendente desmitificada por la ironía... Como lo es
el Azur,
que aquí se ha quedado en
simple Bleu
(azul), aunque aparezca con
mayúscula.
La expresión
«fesses
des
rosier»
es un localismo de las
Ardenas que sirve para designar las varas largas y arqueadas de los
rosales; al mismo tiempo,
fesse
nos remite directamente a
nalga, que es lo que significa, en primer lugar; no sé si en español los
rosales pueden tener nalgas; en cualquier caso, podemos imaginamos
que, con sus varas largas y pujantes, si tienen vergas.
Por la terminación
femenina eta, tan propia de los nombres de mujer franceses; pero
también por referirse a dos nombres ilustres del teatro occidental: la
Julieta de Shakespeare,
en sus balcones; la Enriqueta
de las Mujeres sabias, de Molière. Ahora bien, nada coherente se nos
dice sobre ellas en el texto. Tampoco es necesario, a la vista de la
evolución del poema.
Extrañas y burlescas
combinaciones de la rima.
El texto francés dice
«salle à manger»
(comedor); tal vez de un
colegio, piensa la crítica, pues existía por allí, en aquella época, un
internado; pero nadie explica el adjetivo guayanesa.
También estaba en esta
calle el palacio del príncipe de Aremberg. Como observaremos, la visión
rimbaldiana se convertiría así en simple capacidad de ver y de recordar ––de
manera un poco caótica.
En esta alusión al
drama y a la comedia encuentran justificada los críticos la presencia de
Julieta y Enriqueta.
Poema de julio de 1872
(lo que implica que el anterior es del mismo año, por el contexto y por el
tono). Como el anterior, nos va mostrando una mirada en continuo éxtasis, si
bien la conciencia no acompaña de manera
siempre lúcida dicha mirada.
Una almea es
una danzarina hindú. Pero, ¿quién se aparece como una danzarina hindú al
poeta por las calles de Bruselas? No olvidemos que el admirado (y
grandísimo) V. Hugo, al describir un rayo de sol que juega en
reflejos por una vidriera flamenca, lo compara con una bailarina española.
Aquí parece que lo que juega es un rayo de luna.
Las máscaras y las
fiestas nocturnas nos indican que el referente del poema podría ser un baile
de disfraces en la gran plaza
de la ciudad. La almea sería
entonces una simple flamenquita vestida de bailarina hindú.
Poema de agosto de
1872 (estaría pues
escrito en Londres). Esta
circunstancia justificaría el tema obsesivo del hambre (el que
Rimbaud
pasó en Londres) y el
contraste entre dos mundos: el mineral y el vegetal. Sin que veamos, en
ningún momento, que el primero pertenece a la Inglaterra presente y el
segundo a las Ardenas ausentes, como cree parte de la crítica.
Reminiscencias de
Perrault y de La Fontaine.
«La flor blanca del
camino» es la corehuela ––en francés, liserón.
Este «¡Comed!» sólo
figura en el manuscrito corregido por
Rimbaud;
da la impresión de que, al
releer su texto, el poeta necesita esta precisión, con el fin de dar sentido
a los versos posteriores. Algunas ediciones de las poesías de
Rimbaud
no lo incluyen... y el poema
se hace más enigmático ––mucho más moderno y mejor, pues.
Como hemos encontrado
este adjetivo en A. Machado, nos complace utilizarlo para traducir a
Rimbaud.
Poema de mayo-junio de
1872, según las indicaciones que se pueden extraer del texto de Una
temporada. A pesar de las apariencias,
Rimbaud
no respeta la métrica, como
veremos.
No hubiera sido
difícil encontrar una rima en uma; pero observemos que dos versos de
la estrofa de Rimbaud
se quedan sin
rimar––como en la estrofa siguiente, algo que no ocurre en la última; no
buscamos, pues, esa rima.
Como el poeta;
observemos la insistencia del tema floral ‘humilde’ como espacio
privilegiado en el que descansa el imaginario del poeta.
Torrente que separa
Jerusalén del Monte de los Olivos.
Poema sin fecha,
posiblemente, de la época de los anteriores. La crítica renuncia a buscarle
un sentido y se contenta con vagas alusiones a la música de lo inefable.
Esta estrofa sólo
presenta el problema de saber si en abril hay arvejas o no las hay.
Se ha intentado
llegar, partiendo de la presencia de Alemania y de Sicilia, a
interpretaciones que pondrían el poema en conexión con
las
antiguas religiones (santos,
filtros, fiestas astrales...). Todo es posible.
No sólo la última
estrofa se queda sin rimas... El último verso tiene un pie de más.
El Gozo, la felicidad,
se supone.
El gallo por
antonomasia (por pura etimología). Ahora bien, no sabemos qué relación
existe entre el Gozo y el gallo galo; como no sea el de haber pasado las
angustias de la noche y de acceder a la luz del día, con recuerdo evangélico
interesante: el del gallo de san Pedro, anunciando al alba los problemas de
la fe en Cristo.
Sí parece que existe
una relación entre el Gozo, una cierta exaltación perezosa de los sentidos y
de la mente y una palabra (la del poeta) volátil, inconsecuente y huidiza.
Todo tendría una raíz primera y mágica: el estudio mágico de la felicidad;
por ello no hemos dudado en calificarlo en nuestra traducción de mágica
alquimia.
Los últimos cinco
versos no aparecen en la edición de La
Pléiade,
que hemos seguido en todo
momento; sí aparecen en la de
Classiques
Gamier.
La razón de estas dudas se
deben al estado del manuscrito y a la edición de La
Vogue
(N° 9, 1886). En el
manuscrito están tachados (pero todo el manuscrito está muy tachado); en
La Vogue
no aparecen. Hemos pensado
que son interesantes y los traducimos entre corchetes. El poema tiene una
mayor unidad sin ellos; pero el último verso nos dice hasta qué punto
Rimbaud
está obsesionado con la
muerte por aquella época.
Nos encontramos, de
nuevo, con un problema de fechas: si el poema es de 1872 y se refiere a los
problemas de Madame
Rimbaud
con su hijo, no presentaría
inconvenientes para los defensores de la abjuración
total
y absoluta que nuestro poeta
hace en relación con el verso regular; si el poema es de 1873, y se refiere
a las disputas entre
Rimbaud y Verlaine,
echaría por tierra la dimensión absoluta de esta abjuración. ¡Como si los
poetas no pudieran escribir cuando les da la gana y como les da la gana!
Claro que, entonces, la actitud de
Rimbaud
no sería todo lo
históricamente ejemplar que algunos críticos necesitan. Poema dialógico, una
vez más: al deseo de la madre (o de la mujer de Verlaine) expresado de
manera explicita en la segunda estrofa, entre paréntesis, el poeta responde
retomando los mismos argumentos ––la destrucción del niño––, pero dándoles
un giro de ciento ochenta grados: mientras que el niño no... el niño deberá
obrar con disimulo para engañar a todos.
Verso con un pie de
más, que podía haber sido evitado con extrema facilidad, tanto en el texto
francés como en su traducción española. La rebelión es, sin embargo,
parcial: en su ironía el poeta no desprecia una última oración, tras su
muerte.
La obra de
Rimbaud
no es tan abundante como para
poder olvidar cualquier elemento que presente un mínimo de interés:
poemillas más o menos olvidados, fragmentos que nos indican las obsesiones
del poeta y la dimensión existencial de su voz, atenta siempre a las
circunstancias, por muy pequeñas que sean, que pueden despertar un eco en su
conciencia de poeta. S. Bernard
en su edición de las
Obras
de
Rimbaud
las desprecia; R de Renéville
y J. Mouquet en su edición de
Obras completas
las recogen. No tienen, a
nuestro entender, una importancia poética desmesurada. Son restos y, a
veces, de escaso valor poético, aunque siempre de gran
valor
circunstancial.
Octavilla escrita por
Rimbaud,
si creemos a su amigo
Delahaye, cuando los dos, en el transcurso de un paseo (antes de tener que
volver al colegio, tras la guerra francoprusiana) suben al campanario de la
iglesia del pueblo (junio de 1871). La desesperación de los dos escolares es
superior al encanto de la situación y el poeta no encuentra mejor elemento
de contraste para expresarla que la solidez sonora de las campanas, en una
de las cuales, al parecer,
Rimbaud escribió el
poema.
Nombres imaginarios
que Rimbaud
se da y da a su amigo;
compuestos, probablemente, a partir de
baudruche
(pellejo inflado,
cantimplora...) y de balour (golfo, bala perdida...).
Uno no sabe muy bien
cuáles podían ser los anhelos de estos dos estudiantes modélicos. Si nos
atenemos a las circunstancias, acababan de tirar desde lo alto del
campanario un orinal que habían encontrado allí, y que cayó junto a un
transeúnte. No es de extrañar que, antes, hubieran hecho en él sus
necesidades. El campanario, en estas circunstancias, es evidentemente
louche
(raro, sospechoso...).
Director del colegio
de Mézières, cerrado por la guerra; lo reabrió después de Pascua, en vez de
esperar al curso siguiente, contrariando el deseo de Delahaye.
Poema copiado por
Verlaine en una carta remitida por Delahaye que acompaña a los Stupra
de Rimbaud;
también hace alusión a él
Germain
Nouveau.
Conocemos ya la predilección
del poeta por ciertos lugares (les
lieux);
los lugares por excelencia:
los retretes, donde uno puede estar sin que le molesten, y al fresco.
Recordemos que en un
poema del Álbum de coña,
Rimbaud
juega con la palabra
siège
(asedio y asiento).
Aquí se trata de la taza del váter. El poema aúna este gusto personal
coprófilo con la alusión a un acontecimiento de época y a una alusión
política.
Asesino condenado a
muerte; también aparece en el poema París, del mismo álbum.
El conde de Chambord
(1820-1883), nieto de Carlos X; pretendiente al trono de Francia, con el
nombre de Enrique V. Observemos que, en francés,
Henri
Kink
y
Henri
V pueden leerse de idéntica
manera, si V lo leemos como se lee cuando se trata de Carlos Quinto.
Badingue es mote de Napoleón III.
La edición de la
Pléiade
presenta con este título
versos aislados conservados por los amigos del poeta, en
especial
Delahaye y Verlaine ––a veces
de memoria y otras veces incorporados a sus obras, como citas de
Rimbaud.
Y profesor en
Charleville. Rimbaud,
si creemos a Delahaye,
le habría
enviado unos poemas burlescos, género SU
e,
tras la lectura de Rabelais,
estaba trabajando en aquellos días (<julio 1871?). El periodismo de Perrin
fue considerado por la burguesía bonapartista y monárquica (de nuevo Enrique
V) como una invitación anarquista contra el orden y la propiedad privada.
Los cuarenta años que
llevan alejados del poder los legitimistas, herederos de Carlos X. Vemos la
conexión secreta de este fragmento con el poema Versos para los
excusados.
El periódico del
que
Perrin era redactor jefe, el
Nord-Est ––órgano republicano, encargado de anular la influencia del
órgano del partido conservador, el
Courrier
des
Ardennes.
¿Pero de qué órgano se
trata, en verdad?
Parece ser que el tono
grotesco y dislocado de los poemas (la ironía del fémur, como sinécdoque de
la tradición monárquica befada) no gustó nada al tal señor, con lo cual
Rimbaud
perdió una nueva oportunidad
de entrar en el periodismo, como era su deseo repetido.
A la queja del
monárquico, sigue la queja del comerciante.
Dado el tono
burlescamente parnasiano, hemos intentado recrear una rima y un ritmo de lo
más perfecto.
Perennes, pero con
perennidad chiquitita. A Ronsard, el poeta del siglo XVI, le gustaba
mucho crear adjetivos de esta guisa.
No hay que pensar en
metafísicas; se trata de un simple café de Charleville.
Verso que sirve de
epígrafe al famosísimo poema de Verlaine:
«II
pleure dans mon
coeurs /
Comme il
pleut
sur la
ville..
» (Llueve en mi corazón
/como por la ciudad...)
Verso que aparece en
el reverso del manuscrito del poema Paciencia.
Aparece autocitado en
Noche de infierno y, por Verlaine, en su libro Paralelamente.
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