POESÍA COMPLETA

Charles Baudelaire

1821-1867

 


 

ÍNDICE

AL LECTOR.

SPLEEN E IDEAL.

I. Bendición.

II. EL ALBATROS.

III. ELEVACIÓN.

IV. CORRESPONDENCIAS.

V. (YO AMO EL RECUERDO...).

VI. LOS FAROS.

VII. LA MUSA ENFERMA.

VIII. LA MUSA VENAL.

IX. EL MAL MONJE.

X. EL ENEMIGO.

XI. L DE LA MALA SUERTE.

XII. LA VIDA ANTERIOR.

XIII. CARAVANA DE GITANOS.

XIV. EL HOMBRE Y EL MAR.

XV. DON JUAN EN LOS INFIERNOS.

XVI. CASTIGO DEL ORGULLO.

XVII. LA BELLEZA.

XVIII. EL IDEAL.

XIX. LA GIGANTA.

XX. LA MASCARA.

XXI. HIMNO A LA BELLEZA.

XXII. PERFUME EXÓTICO.

XXIII. LA CABELLERA.

XXIV. (YO TE ADORO...).

XXV.(TU PONDRÍAS AL UNIVERSO ENTERO...).

XXVI. SED NON SATIATA.

XXVII. (CON SU VESTIMENTA...).

XXVIII. LA SERPIENTE QUE DANZA.

XXIX. UNA CARROÑA.

XXX. DE PROFUNDIS CLAMAVI.

XXXI. EL VAMPIRO.

XXXII. (UNA NOCHE...).

XXXIII. REMORDIMIENTO POSTUMO.

XXXIV. EL GATO.

XXXV. DUELLUM.

XXXVI. EL BALCÓN.

XXXVII. EL POSESO.

XXXVIII. UN FANTASMA.

XXXIX. (YO TE DOY ESTOS VERSOS...).

XL. SEMPER EADEM.

XLI. TODA INTEGRA.

XLII. (QUE DIRÁS ESTA NOCHE...).

XLIII. LA ANTORCHA VIVIENTE.

XLIV. REVERSIBILIDAD.

XLV. CONFESIÓN.

XLVI. EL ALBA ESPIRITUAL.

XLVII. ARMONÍA DE LA TARDE.

XLVIII. EL FRASCO.

XLIX. EL VENENO.

L. CIELO ENCAPOTADO.

LI. EL GATO.

LII. EL HERMOSO NAVIO.

LIII. LA INVITACIÓN AL VIAJE.

LIV. LO IRREPARABLE.

LV. PLATICA.

LVI. CANTO DE OTOÑO.

LVII. A UNA MADONA.

LVIII. CANCIÓN DE LA TARDE.

LIX. SISINA.

LX. FRANCISCAE MEAE LAUDES.

LXI. A UNA DAMA CRIOLLA.

LXII. MOESTA ET ERRABUNDA.

LXIII. EL ESPECTRO.

LXIV. SONETO OTOÑAL.

LXV. TRISTEZAS DE LA LUNA.

LXVI. LOS GATOS.

LXVII. LOS BUHOS.

LXVIII. LA PIPA.

LXIX. LA MÚSICA.

LXX. SEPULTURA.

LXXI. UN GRABADO FANTÁSTICO.

LXXII. EL MUERTO ALEGRE.

LXXIII. EL TONEL DEL ODIO.

LXXIV. LA CAMPANA RAJADA.

LXXV. SPLEEN.

LXXVI. SPLEEN.

LXXVII. SPLEEN.

LXXVIII. SPLEEN.

LXXIX. OBSESIÓN.

LXXX. EL GUSTO DE LA NADA.

LXXXI. ALQUIMIA DEL DOLOR.

LXXXII. HORROR SIMPÁTICO.

LXXXIII. EL HEOTONTIMORUMENOS.

LXXXIV. LO IRREMEDIABLE.

LXXXV. EL RELOJ.

CUADROS PARISIENSES.

LXXXVI. PAISAJE.

LXXXVII. EL SOL.

LXXXVIII. A UNA MENDIGA PELIRROJA.

LXXXIX. EL CISNE.

XC. LOS SIETE ANCIANOS.

XCI. LAS VIEJECITAS.

XCII. LOS CIEGOS.

XCIII. A UNA TRANSEÚNTE.

XCIV. EL ESQUELETO LABRADOR.

XCV. CREPÚSCULO VESPERTINO.

XCVI. EL JUEGO.

XCVII. DANZA MACABRA.

XCVIII. EL AMOR DE LA MENTIRA.

XCIX. (YO NO HE OLVIDADO...).

C. (A LA CRIADA...).

CI. BRUMAS Y LLUVIAS.

CII. SUEÑO PARISIENSE.

CIII. EL CREPÚSCULO MATUTINO.

EL VINO.

CIV. EL ALMA DEL VINO.

CV. EL VINO DE LOS TRAPEROS.

CVI. EL VINO DEL ASESINO.

CVII. EL VINO DEL SOLITARIO.

CVIII. EL VINO DE LOS AMANTES.

FLORES DEL MAL.

CIX. LA DESTRUCCIÓN.

CX. UN MÁRTIR

CXI. MUJERES CONDENADAS.

CXII. LAS DOS BUENAS HERMANAS.

CXIII. LA FUENTE DE SANGRE.

CXIV. ALEGORÍA.

CXV. LA BEATRIZ.

CXVI. UN VIAJE A CITEREA.

CXVII. EL CUPIDO Y EL CRÁNEO.

REBELIÓN.

CXVIII. EN RENIEGO DE SAN PEDRO.

CXIX. ABEL Y CAÍN.

CXX. LAS LETANÍAS DE SATÁN.

LA MUERTE

CXXI. LA MUERTE DE LOS AMANTES.

CXXII. LA MUERTE DE LOS POBRES.

CXXIII. LA MUERTE DE LOS ARTISTAS.

CXXIV. EL FINAL DE LA JORNADA.

CXXV. EL SUEÑO DE UN CURIOSO.

CXXVI. EL VIAJE.

LOS DESPOJOS. (1866).

I. LA PUESTA DE SOL ROMÁNTICA.

PIEZAS CONDENADAS. Extraídas de LAS FLORES DEL MAL.

II. LESBOS.

III. MUJERES CONDENADAS.

IV. EL LETEO.

V. PARA AQUELLA QUE ES MUY ALEGRE.

VI. LAS JOYAS.

VII. LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO.

GALANTERÍAS.

VIII. EL SURTIDOR.

IX. LOS OJOS DE BERTA

X. HIMNO.

XI. LAS PROMESAS DE UN ROSTRO.

XII. EL MONSTRUO.

XIII. ALABANZAS DE MI FRANCISCA.

EPÍGRAFES.

XIV. VERSOS PARA EL RETRATO. De MONSIEUR HONORÉ DAUMIER.

XV. LOLA DE VALENCIA.

XVI. SOBRE "TASSO EN LA PRISIÓN".

PIEZAS DIVERSAS.

XVII. LA VOZ.

XVIII. LO IMPREVISTO.

XIX. EL RESCATE.

XX. A UNA MALABARESA.

AGREGADOS DE LA TERCERA EDICIÓN. DE LAS FLORES DEL MAL.

I. EPÍGRAFE PARA UN LIBRO CONDENADO.

II. A THEODORE DE BANVILLE.

III. IMITACIÓN DE LONGFELLOW.

IV. LA PLEGARIA DE UN PAGANO.

V. LA TAPADERA.

VI. EL EXAMEN DE MEDIANOCHE.

VII. MADRIGAL TRISTE.

VIII. EL ANUNCIADOR.

IX. EL REBELDE.

X. MUY LEJOS DE AQUÍ.

XI. EL ABISMO.

XII. LAS LAMENTACIONES DE UN ICARO.

XIII. RECOGIMIENTO.

XIV. LA LUNA OFENDIDA.

POESÍAS DIVERSAS.

I.

II.

III. INCOMPATIBILIDAD.

IV .

V.

VI.

VII.

VIII.

IX.

X.

XI. SOBRE UN ÁLBUM DE MADAME EMILE CHEVALET.

XII.

XIII.

XIV. MONSELET PAILLARD

PROYECTO DE EPILOGO PARA LA SEGUNDA EDICIÓN DE LAS FLORES DEL MAL.

VERSIÓN ORIGINAL EN FRANCÉS


 

AL LECTOR

 

La necedad, el error, el pecado, la tacañería,

Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,

Y alimentamos nuestros amables remordimientos,

Como los mendigos nutren su miseria.

 

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;

Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,

Y entramos alegremente en el camino cenagoso,

Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

 

Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto

Que mece largamente nuestro espíritu encantado,

Y el rico metal de nuestra voluntad

Está todo vaporizado por este sabio químico.

 

¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!

A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;

Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,

Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.

 

Cual un libertino pobre que besa y muerde

el seno martirizado de una vieja ramera,

Robamos, al pasar, un placer clandestino

Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.

 

Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,

Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones

Desciende, río invisible, con sordas quejas.

 

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,

Todavía no han bordado con sus placenteros diseños

El canevás banal de nuestros tristes destinos,

Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.

 

Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,

Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,

Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes

En la jaula infame de nuestros vicios,

 

¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!

Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,

Haría complacido de la tierra un despojo

Y en un bostezo tragaríase el mundo:

 

¡Es el Tedio! - los ojos preñados de involuntario llanto,

Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,

Tú conoces, lector, este monstruo delicado,

-Hipócrita lector, -mi semejante, -¡mi hermano!

 

1855.


 

SPLEEN E IDEAL

 

I

 

Bendición

 

Cuando, por un decreto de las potencias supremas,

El Poeta aparece en este mundo hastiado,

Su madre espantada y llena de blasfemias

Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:

 

-"¡Ah! ¡no haber parido todo un nudo de víboras,

Antes que amamantar esta irrisión!

¡Maldita sea la noche de placeres efímeros

En que mi vientre concibió mi expiación!

 

Puesto que tú me has escogido entre todas las mujeres

Para ser el asco de mi triste marido,

Y como yo no puedo arrojar a las llamas,

Como una esquela de amor, este monstruo esmirriado,

 

¡Yo haré rebotar tu odio que me agobia

Sobre el instrumento maldito de tus perversidades,

Y he de retorcer tan bien este árbol miserable,

Que no podrán retoñar sus brotes apestados!"

 

Ella vuelve a tragar la espuma de su odio,

Y, no comprendiendo los designios eternos,

Ella misma prepara en el fondo de la Gehena

Las hogueras consagradas a los crímenes maternos.

 

Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,

El Niño desheredado se embriaga de sol,

Y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come,

Encuentra la ambrosía y el néctar bermejo.

 

El juega con el viento, conversa con la nube,

Y se embriaga cantando el camino de la cruz;

Y el Espíritu que le sigue en su peregrinaje

Llora al verle alegre cual pájaro de los bosques.

 

Todos aquellos que él quiere lo observan con temor,

O bien, enardeciéndose con su tranquilidad,

Buscan al que sabrá arrancarle una queja,

Y hacen sobre El ensayo de su ferocidad.

 

En el pan y el vino destinados a su boca

Mezclan la ceniza con los impuros escupitajos;

Con hipocresía arrojan lo que él toca,

Y se acusan de haber puesto sus pies sobre sus pasos.

 

Su mujer va clamando en las plazas públicas:

"Puesto que él me encuentra bastante bella para adorarme,

Yo desempeñaré el cometido de los ídolos antiguos,

Y como ellos yo quiero hacerme redorar;

 

¡Y me embriagaré de nardo, de incienso, de mirra,

De genuflexiones, de viandas y de vinos,

Para saber si yo puedo de un corazón que me admira

Usurpar riendo los homenajes divinos!

 

Y, cuando me hastíe de estas farsas impías,

Posaré sobre él mi frágil y fuerte mano;

Y mis uñas, parecidas a garras de arpías,

Sabrán hasta su corazón abrirse un camino.

 

Como un pájaro muy joven que tiembla y que palpita,

Yo arrancaré ese corazón enrojecido de su seno,

Y, para saciar mi bestia favorita,

Yo se lo arrojaré al suelo con desdén!"

 

Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,

El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,

Y los amplios destellos de su espíritu lúcido

Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:

 

-"Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento

Como divino remedio a nuestras impurezas

Y cual la mejor y la más pura esencia

Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!

 

Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta

En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,

Y que lo invitarás para la eterna fiesta

De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones.

 

Yo sé que el dolor es la nobleza única

Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,

Y que es menester para trenzar mi corona mística

Imponer todos los tiempos y todos los universos.

 

Pero las joyas perdidas de la antigua Palmira,

Los metales desconocidos, las perlas del mar,

Por vuestra mano engastados, no serían suficientes

Para esa hermosa Diadema resplandeciente y diáfana;

 

Porque no será hecho más que de pura luz,

Tomada en el hogar santo de los rayos primitivos,

Y del que los ojos mortales, en su esplendor entero,

No son sino espejos oscurecidos y dolientes!"

 

1857.


 

II

 

EL ALBATROS

 

Frecuentemente, para divertirse, los tripulantes

Capturan albatros, enormes pájaros de los mares,

Que siguen, indolentes compañeros de viaje,

Al navío deslizándose sobre los abismos amargos.

 

Apenas los han depositado sobre la cubierta,

Esos reyes del azur, torpes y temidos,

Dejan lastimosamente sus grandes alas blancas

Como remos arrastrar a sus costados.

 

Ese viajero alado, ¡cuan torpe y flojo es!

Él, no ha mucho tan bello, ¡qué cómico y feo!

¡Uno tortura su pico con una pipa,

El otro remeda, cojeando, del inválido el vuelo!

 

El Poeta se asemeja al príncipe de las nubes

Que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;

Exiliado sobre el suelo en medio de la grita,

Sus alas de gigante le impiden marchar.

 

1859.


 

III

 

ELEVACIÓN

 

Por encima de los lagos, por encima de los valles,

De las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,

Allende el sol, allende lo etéreo,

Allende los confines de las esferas estrelladas,

 

Mi espíritu, tú me mueves con agilidad,

Y, como un buen nadador que desfallece en la onda,

Tú surcas alegremente la inmensidad profunda

Con una indecible y máscula voluptuosidad.

 

¡Vuela muy lejos de esas miasmas mórbidas,

Ve a purificarte en el aire superior,

Y bebe, como un puro y divino licor,

La luminosidad que colma los espacios límpidos!

 

Detrás del tedio y los grandes pesares

Que abruman con su peso la existencia brumosa,

Dichoso aquel que puede con ala vigorosa

Arrojarse hacia los campos luminosos y serenos;

 

¡Aquel cuyos pensamientos, cual alondras,

Hacia los cielos matutinos tienden un libre vuelo!

¡Que se cierna sobre la vida, y alcance sin esfuerzo

El lenguaje de las flores y de las cosas mudas!

 

1857.


 

IV

 

CORRESPONDENCIAS

 

La Natura es un templo donde vividos pilares

Dejan, a veces, brotar confusas palabras;

El hombre pasa a través de bosques de símbolos

que lo observan con miradas familiares.

 

Como prolongados ecos que de lejos se confunden

En una tenebrosa y profunda unidad,

Vasta como la noche y como la claridad,

Los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

 

Hay perfumes frescos como carnes de niños,

Suaves cual los oboes, verdes como las praderas,

Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,

 

Que tienen la expansión de cosas infinitas,

Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,

Que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos.

 

1857.


 

V

 

(YO AMO EL RECUERDO...)

 

Yo amo el recuerdo de esas épocas desnudas,

En que Febo se complacía en dorar las estatuas,

Cuando el hombre y la mujer en su agilidad

Gozaban sin mentira y sin ansiedad,

Y, el cielo amoroso acariciándoles el lomo,

Desplegaban la salud de su noble máquina.

Cibeles, entonces, fértil en frutos generosos,

No estimaba sus redes un peso muy oneroso,

Pero, loba de corazón henchido de ternuras vulgares,

Amamantaba al universo con sus pezones morenos.

El hombre, elegante, robusto y fuerte, tenía el derecho

De mostrarse orgulloso de las beldades que le llamaban su rey;

¡Frutos puros de todo ultraje y vírgenes de grietas,

Cuya carne lisa y firme atraía las mordeduras!

 

El Poeta actualmente, cuando quiere concebir

Estas nativas grandezas, en los lugares donde se dejan ver

La desnudez del hombre y de la mujer,

Siente un frío tenebroso envolver su alma

Ante este negro cuadro lleno de espanto.

¡Oh, monstruosidades llorando su vestimenta!

¡Oh, ridículos troncos! ¡torsos dignos de máscaras!

¡Oh, pobres cuerpos retorcidos, flacos, ventrudos o fláccidos,

Que el dios Utilitario, implacable y sereno,

Niños, los fajó en sus pañales de bronce!

¡Y vosotras, mujeres, ¡ah!, pálidas cual cirios

Que roe y que nutre el libertinaje, y vosotras, vírgenes,

Del vicio materno arrastrando la herencia.

Y todas las fealdades de la fecundidad!

 

Nosotros tenemos, es verdad, naciones corrompidas,

De los pueblos antiguos, bellezas ignoradas:

Rostros corroídos por los chancros del corazón,

Y como quien diría bellezas de la languidez,

Pero estas invenciones de nuestras musas tardías

No impedirán jamás a las razas enfermizas

Rendir a la juventud un homenaje profundo,

-¡A la santa juventud, al aire simple, a la dulce frente,

A la mirada límpida y clara como un agua corriente,

Y que va derramando sobre todo, indiferente

Como el azul del cielo, los pájaros y las flores,

Sus perfumes, sus cánticos y sus dulces colores!

 

1857.


 

VI

 

LOS FAROS

 

Rubens, río de olvido, jardín de la pereza,

Almohada de carne fresca donde no se puede amar,

Pero donde la vida afluye y se agita sin cesar,

Como el aire en el cielo y la mar en el mar;

 

Leonardo da Vinci, espejo profundo y sombrío,

Donde los ángeles encantadores, con dulce sonrisa

Toda llena de misterio, aparecen en la sombra

De los ventisqueros y los pinos que cierran su paisaje;

 

Rembrandt, triste hospital lleno de murmullos,

Y por un gran crucifijo decorado solamente,

Donde la plegaria llorosa se exhala de las inmundicias,

Y de un rayo invernal atravesado bruscamente;

 

Miguel Ángel, lugar impreciso do vénse los Hércules

Mezclarse a los Cristos, y elevarse muy erguidos

Fantasmas pujantes que en los crepúsculos

Desgarran su sudario estirando sus dedos;

 

Cóleras de boxeador, impudicias de fauno,

Tú que supiste recoger la belleza de los granujas,

Gran corazón henchido de orgullo, hombre débil y amarillo,

Puget, melancólico emperador de los forzados;

 

Watteau, este carnaval en el que no pocos corazones ilustres,

Como mariposas, flotan relucientes,

Decoraciones frescas y leves iluminadas por lámparas

Que vierten la locura en este baile vertiginoso;

 

Goya, pesadilla llena de cosas desconocidas,

Fetos que se hacen cocer en medio de los sabats,

Viejas ante el espejo y niñas todas desnudas,

Para tentar los demonios ajustando bien sus medias;

 

Delacroix, lago de sangre obsedido por malvados ángeles,

Sombreado por un bosque de pinos siempre verde,

Donde, bajo un cielo triste, fanfarrias extrañas

Pasan, cual un suspiro ahogado de Weber;

 

¡Estas maldiciones, estas blasfemias, estos lamentos,

Estos éxtasis, estos gritos, estos llantos, estos Te Deum,

Son un eco repetido por mil laberintos;

Es para los corazones mortales un divino opio!

 

Es un grito repetido por mil centinelas,

¡Una orden  transmitida por mil portavoces.

Es un faro encendido sobre mil ciudadelas,

Un clamor de cazadores perdidos en los inmensos bosques!

 

¡Porque verdaderamente, Señor, el mejor testimonio

Que podencos dar de nuestra dignidad

Es este ardiente sollozo que rueda de edad en edad

Y viene a morir al borde de vuestra eternidad!

 

1857.


 

VII

 

LA MUSA ENFERMA

 

Mi pobre Musa, ¡ah! ¿Qué tienes, pues, esta mañana?

Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas,

Y veo una y otra vez reflejados sobre tu tez

La locura y el horror, fríos y taciturnos.

 

El súcubo verdoso y el rosado duende,

¿Te han vertido el miedo y el amor de sus urnas?

La pesadilla con un puño despótico y rebelde;

¿Te ha ahogado en el fondo de un fabuloso Minturno?

 

Yo quisiera que exhalando el perfume de la salud

Tu seno de pensamientos fuertes fuera siempre frecuentado,

Y que tu sangre cristiana corriera en oleadas rítmicas,

Como los sones numerosos de ]as sílabas antiguas,

Donde reinan vez a vez el padre de las canciones,

Febo, y el gran Pan, el señor de las mieses.

 

1857.


 

VIII

 

LA MUSA VENAL

 

Oh, musa de mi corazón, amante de los palacios,

¿Tendrás tú, cuando Enero suelte sus Bóreas,

Durante los negros tedios de las nevadas veladas,

Un tizón para calentar tus dos pies violáceos?

 

¿Reanimarás, pues, tus hombros marmóreos

En los nocturnos rayos que atraviesan los postigos?

Sintiendo tu bolsa tan seca como tu paladar,

¿Recogerás tú el oro de las bóvedas azúreas?

 

Necesitas, para ganar tu pan de cada día,

Como un monaguillo, manejar el incensario,

Entonar Te Deum en el que nada crees,

 

O, saltimbanqui en ayunas, desplegar tus encantos

Y tu risa humedecida de lágrimas invisibles,

Para dilatar las carcajadas de la vulgaridad.

 

1857.


 

IX

 

EL MAL MONJE

 

Los claustros antiguos sobre sus amplios muros

Despliegan en cuadros la santa Verdad,

Cuyo efecto, caldeando las piadosas entrañas.

Atempera la frialdad de su austeridad.

 

En días que de Cristo florecían las semillas,

Más de un ilustre monje, hoy poco citado,

Tomando por taller el campo santo,

Glorificaba la Muerte con simplicidad.

 

-Mi alma es una tumba que, pésimo cenobita,

Desde la eternidad recorro y habito;

Nada embellece los muros de este claustro odioso.

 

¡Oh, monje holgazán! ¿Cuándo sabré yo hacer

Del espectáculo vivido de mi triste miseria

El trabajo de mis manos y el amor de mis ojos?

 

1851.


 

X

 

EL ENEMIGO

 

Mi juventud no fue sino una tenebrosa borrasca,

Atravesada aquí y allá por brillantes soles;

El trueno y la lluvia han hecho tal desastre,

Que restan en mi jardín muy pocos frutos bermejos.

 

He aquí que he llegado al otoño de las ideas,

Y que es preciso emplear la pala y los rastrillos

Para acomodar de nuevo las tierras inundadas,

Donde el agua orada hoyos grandes como tumbas.

 

Y ¿quién sabe si las flores nuevas con que sueño

Encontrarán en este suelo lavado como una playa

El místico alimento que haría su vigor?

 

-¡Oh, dolor! ¡oh, dolor! ¡El Tiempo devora la vida,

Y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón

Con la sangre que perdemos crece y se fortifica!

 

1855.


XI

 

EL DE LA MALA SUERTE

(El artista ignorado.)

 

¡Para levantar un peso tan abrumador,

Sísifo, sería menester tu coraje!

Por más que se ponga amor en la obra,

El Arte es largo y el Tiempo es corto.

 

Lejos de las sepulturas célebres,

Hacia un cementerio aislado,

Mi corazón, cual un tambor enlutado,

Va, tocando marchas fúnebres.

 

-Más de una joya duerme amortajada

En las tinieblas y el olvido,

Muy lejos de azadones y de sondas;

 

Más de una flor despliega con pesar

Su perfume dulce como un secreto

En las soledades profundas.

 

1852.


 

XII

 

LA VIDA ANTERIOR

 

Yo he vivido largo tiempo bajo amplios pórticos

Que los soles marinos teñían con mil fuegos,

Y que sus grandes pilares, erectos y majestuosos,

Hacían que en la noche, parecieran grutas basálticas.

 

Las olas, arrollando las imágenes de los cielos,

Mezclaban de manera solemne y mística

Los omnipotentes acordes de su rica música

A los colores del poniente reflejados por mis ojos.

 

Fue allí donde viví durante las voluptuosas calmas,

En medio del azur, de las ondas, de los esplendores

Y de los esclavos desnudos, impregnados de olores,

 

Que me refrescaban la frente con las palmas,

Y cuyo único afán era profundizar

El secreto doloroso que me hacía languidecer.

 

1855.


 

XIII

 

CARAVANA DE GITANOS

 

La tribu profética, de pupilas ardientes

Ayer se ha puesto en marcha, cargando sus pequeños

Sobre sus espaldas, o entregando a sus fieros apetitos

El tesoro siempre listo de sus senos pendientes.

 

Los hombres van a pie bajo sus armas lucientes

A lo largo de los carromatos, donde los suyos se acurrucan,

Paseando por el cielo sus ojos apesadumbrados

Por el nostálgico pesar de las quimeras ausentes.

 

Desde el fondo de su reducto arenoso, el grillo,

Mirándolos pasar, redobla su canción;

Cibeles, que los ama, aumenta sus verdores,

 

Hace brotar el manantial y florecer el desierto

Ante estos viajeros, para los que está abierto

El imperio familiar de las tinieblas futuras.

 

1852.


 

XIV

 

EL HOMBRE Y EL MAR

 

¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!

El mar es tu espejo; contemplas tu alma

En el desarrollo infinito de su oleaje,

Y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

 

Te complaces hundiéndote en el seno de tu imagen;

La abarcas con ojos y brazos, y tu corazón

Se distrae algunas veces de su propio rumor

Al ruido de esta queja indomable y salvaje.

 

Ambos sois tenebrosos y discretos:

Hombre, nadie ha sondeado el fondo de tus abismos,

¡Oh, mar, nadie conoce tus tesoros íntimos,

Tan celosos sois de guardar vuestros secretos!

 

Y empero, he aquí los siglos innúmeros

En que os combatís sin piedad ni remordimiento,

Tanto amáis la carnicería y la muerte,

¡Oh, luchadores eternos, oh, hermanos implacables!

 

1852.


 

XV

 

DON JUAN EN LOS INFIERNOS

 

Cuando Don Juan descendió hacia la onda subterránea

Y hubo dado su óbolo a Caronte,

Un sombrío mendigo, la mirada fiera como Antístenes,

Con brazo vengativo y fuerte empuñó cada remo.

 

Mostrando sus senos fláccidos y sus ropas abiertas,

Las mujeres se retorcían bajo el negro firmamento,

Y, como un gran rebaño de víctimas ofrendadas,

En pos de él arrastraban un prolongado mugido.

 

Sganarelle riendo le reclama su paga,

Mientras que Don Luis, con un dedo tembloroso

Mostraba a todos los muertos, errante en las riberas,

El hijo audaz que se burló de su frente nevada.

 

Estremeciéndose bajo sus lutos, la casta y magra Elvira,

Cerca del esposo pérfido y que fue su amante,

Parecía reclamarle una suprema sonrisa

En la que brillara la dulzura de su primer juramento.

 

Erguido en su armadura, un gigante de piedra

Permanecía en la barra y cortaba la onda negra;

Pero el sereno héroe, apoyado en su espadón,

Contemplaba la estela y sin dignarse ver nada.

 

1846.


 

XVI

 

CASTIGO DEL ORGULLO

 

En los tiempos maravillosos en que la Teología

Florecía con la máxima savia y energía,

Se cuenta que un día un doctor de los más grandes,

-Luego de haber forzado los corazones indiferentes;

Y haberlos conmovido en sus profundidades negras;

Después de haber franqueado hacia las celestes glorias

Caminos singulares para él mismo ignorados,

Donde sólo los Espíritus puros quizás habían llegado-,

Cual un hombre encaramado muy alto, presa de pánico,

Exclamó, transportado por un orgullo satánico:

"¡Jesús, pequeño Jesús!  ¡te he impulsado tan alto!

Pero, si yo hubiera querido atacarte a despecho

De la armadura, tu vergüenza igualaría a tu gloria,

Y tú no serías más que un feto irrisorio!"

 

Inmediatamente su razón desapareció.

El brillo de ese sol con un crespón se cubrió;

Todo el caos rodó en esa inteligencia,

Templo en otro tiempo viviente, pleno de orden y de opulencia,

Bajo las bóvedas del cual tanta pompa había lucido.

El silencio y la noche se instalaron en él,

Como en una bodega cuya llave se ha perdido.

Desde entonces se pareció a las bestias callejeras,

Y, cuando se marchó sin ver nada, a través

De los campos, sin distinguir los estíos de los inviernos,

Sucio, inútil y feo como una cosa usada,

Fue de los niños el júbilo y la irrisión.

 

1850.


 

XVII

 

LA BELLEZA

 

Soy hermosa, ¡oh, mortales! cual un sueño de piedra,

Y mi pecho, en el que cada uno se ha magullado a su vez,

Está hecho para inspirar al poeta un amor

Eterno y mudo así como la materia.

 

Tengo mi trono en el azar cual una esfinge incomprendida;

Uno un corazón de nieve a la blancura de los cisnes;

Aborrezco el movimiento que desplaza las líneas,

Y jamás lloro y jamás río.

 

Los poetas, ante mis ampulosas actitudes,

Que parezco copiar de los más altivos monumentos,

consumirán sus días en austeros estudios;

 

Porque tengo, para fascinar a esos dóciles amantes,

Puros espejos que tornan todas las cosas más bellas:

¡Mis ojos, mis grandes ojos, los de los fulgores eternos!

 

1857.


 

XVIII

 

EL IDEAL

 

No serán jamás esas beldades de viñetas,

Productos averiados, nacidos de un siglo bribón,

Esos pies con borceguíes, esos dedos con castañuelas,

Los que logren satisfacer un corazón como el mío.

 

Le dejo a Gavarni, poeta de clorosis,

Su tropel gorjeante de beldades de hospital,

Porque no puedo hallar entre esas pálidas rosas

Una flor que se parezca a mi rojo ideal.

 

Lo que necesita este corazón profundo como un abismo,

Eres tú, Lady Macbeth, alma poderosa en el crimen,

Sueño de Esquilo abierto al clima de los austros;

 

¡Oh bien tú, Noche inmensa, hija de Miguel Ángel,

Que tuerces plácidamente en una pose extraña

Tus gracias concebidas para bocas de Titanes!

 

1851.


 

XIX

 

LA GIGANTA

 

Cuando Natura en su inspiración pujante

Concebía cada día hijos monstruosos,

Me hubiera placido vivir cerca de una joven giganta,

Como a los pies de una reina un gato voluptuoso.

 

Me hubiera agradado ver su cuerpo florecer con su alma

Y crecer libremente en sus terribles juegos;

Adivinar si su corazón cobija una sombría llama

En las húmedas brumas que flotan en sus ojos;

 

Recorrer a mi gusto sus magníficas formas;

Arrastrarme en la pendiente de sus rodillas enormes,

Y a veces, en estío, cuando los soles malsanos,

 

Laxa, la hacen tenderse a través de la campiña,

Dormir despreocupadamente a la sombra de sus senos,

Como una plácida aldea al pie de una montaña.

 

1857.


 

XX

 

LA MÁSCARA

 

Estatua alegórica según el gusto del Renacimiento

A Ernest Christophe,  Estatuario.

 

Contemplemos este tesoro de gracias florentinas;

En la ondulación de este cuerpo musculoso

La Elegancia y la Fuerza abundan, hermanas Divinas.

Esta mujer, trozo verdaderamente milagroso,

Divinamente robusta, adorablemente delgada,

Está hecha para reinar sobre lechos suntuosos,

Y encantar los ocios de un pontífice o de un príncipe.

 

-Por eso, contemplo esa sonrisa, fina y voluptuosa

En que la fatuidad pasea su éxtasis;

Esa prolongada mirada taimada, lánguida y burlona;

Ese rostro delicado, realzado por la gasa,

Del que cada rasgo nos dice con aire vencedor:

"¡La Voluptuosidad me llama y el Amor me corona!"

A este ser dotado de tanta majestad

-¡Ved que encanto excitante la gentileza le otorga!

Aproximémonos, y giremos en torno a su belleza.

 

¡Oh, blasfemia del arte! ¡Oh, sorpresa fatal!

¡La mujer de cuerpo divino, prometiendo la ventura,

Por lo alto termina en un monstruo bicéfalo!

 

-¡Pero, no!  Sólo es una máscara, un decorado engañoso,

Este rostro iluminado por una exquisita mueca,

Y, mira, aquí, crispada atrozmente,

La verdadera cabeza, y el sincero rostro

Vuelto al abrigo de la cara que miente.

¡Pobre gran belleza!   ¡El magnífico río

De tus lágrimas vuélcase en mi corazón receloso;

Tu mentira me embriaga, y mi alma se abreva

En los raudales que el Dolor hace brotar de tus ojos!

 

-Pero, ¿por qué llora ella?  Ella, beldad perfecta

Que pondría a sus plantas al género humano vencido,

¿Qué mal misterioso corroe su flanco de atleta?

 

-¡Ella llora, insensata, porque ella ha vivido!

¡Y porque vive! Pero, lo que ella deplora

Sobre todo, lo que la hace temblar hasta las rodillas,

Es que mañana, ¡ah! ¡tendrá que vivir todavía!

¡Mañana, pasado mañana y siempre! - ¡Como nosotros!

 

1859.


 

XXI

 

HIMNO A LA BELLEZA

 

¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo,

Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina,

Vuelca confusamente el beneficio y el crimen,

Y se puede, por eso, compararte con el vino.

 

Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora;

Tú esparces perfumes como una tarde tempestuosa;

Tus besos son un filtro y tu boca un ánfora

Que tornan al héroe flojo y al niño valiente.

 

¿Surges tú del abismo negro o desciendes de los astros?

El Destino encantado sigue tus faldas como un perro;

Tú siembras al azar la alegría y los desastres,

Y gobiernas todo y no respondes de nada,

 

Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;

De tus joyas el Horror no es lo menos encantador,

Y la Muerte, entre tus más caros dijes,

Sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.

 

El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela,

Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!

El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella

Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.

 

Que procedas del cielo o del infierno, ¿qué importa,

¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!

Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta

De un infinito que amo y jamás he conocido?

 

De Satán o de Dios ¿qué importa?  Ángel o Sirena,

¿Qué importa si, tornas -hada con ojos de terciopelo,

Ritmo, perfume, fulgor ¡oh, mi única reina!-

El universo menos horrible y los instantes menos pesados?

 

1860.


 

XXII

 

PERFUME EXÓTICO

 

Cuando, los dos ojos cerrados, en una cálida tarde otoñal,

Yo aspiro el aroma de tu seno ardiente,

Veo deslizarse riberas dichosas

Que deslumbran los rayos de un sol monótono;

 

Una isla perezosa en que la naturaleza da

Árboles singulares y frutos sabrosos;

Hombres cuyo cuerpo es delgado y vigoroso

Y mujeres cuya mirada por su franqueza sorprende.

 

Guiado por tu perfume hacia deleitosos climas,

Yo diviso un puerto lleno de velas y mástiles

Todavía fatigados por la onda marina,

 

Mientras el perfume de los verdes tamarindos,

Que circula en el aire y satura mi olfato,

Se mezcla en mi alma con el canto de los marineros.

 

1857.


 

XXIII

 

LA CABELLERA

 

¡Oh, vellón, rizándose hasta la nuca!

¡Oh, bucles, ¡Oh, perfume saturado de indolencia!

¡Éxtasis!  ¡Para poblar esta tarde la alcoba oscura

Con los recuerdos adormecidos en esta cabellera

Yo la quiero agitar en el aire como un pañuelo!

 

¡La lánguida Asia y la ardiente África,

Todo un mundo lejano, ausente, casi difunto,

Vive en tus profundidades, selva aromática!

Así como otros espíritus bogan sobre la música,

El mío, ¡oh, mi amor! flota sobre tu perfume.

 

Yo acudiré allá donde el árbol y el hombre, llenos de savia,

Desfallecen largamente bajo el ardor de los climas;

Fuertes trenzas, ¡Sed la ola que me arrebata!

Tú contienes, mar de ébano, un deslumbrante sueño

De velas, de remeros, de llamas y de mástiles:

 

Un puerto ruidoso en el que mi alma puede beber

A raudales el perfume, el sonido y el color;

En el que los navíos, deslizándose en el oro y en la seda,

Abren sus amplios brazos para abarcar la gloria

De un cielo puro en el que palpita el eterno calor.

 

Sumergiré mi cabeza anhelante de embriaguez,

En este negro océano donde el otro está encerrado;

Y mi espíritu sutil que el rolido acaricia

Sabrá encontrarte ¡oh fecunda pereza!

¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!

 

Cabellos azules, pabellón de tinieblas tendidas,

Me volvéis el azur del cielo inmenso y redondo;

Sobre los bordes aterciopelados de tus crenchas retorcidas

Me embriago ardientemente con los olores confundidos

Del aceite de coco, del almizcle y la brea.

 

¡Hace tiempo! ¡Siempre! ¡Mi mano en tus crines pesadas

Sembrará el rubí, la perla y el zafiro,

A fin de que a mi deseo jamás seas sorda!

¿No eres tú el oasis donde sueño, y la calabaza

De la que yo sorbo a largos tragos el vino del recuerdo?

 

1859.


 

XXIV

 

(YO TE ADORO...)

 

Yo te adoro al igual que la bóveda nocturna,

Oh, vaso de tristeza, oh gran taciturna,

Y te amo lo mismo, bella, cuando tú me huyes,

Y cuando me pareces, ornamento de mis noches,

Más irónicamente acumular las leguas

Que separan mis brazos de las inmensidades azules.

 

Me adelanto al ataque, y trepo en los asaltos,

Como alrededor de un cadáver un coro de gusanos,

Y quiero ¡oh, bestia implacable y cruel!

Hasta esta frialdad por la que me eres más bella!

 

1857.


 

XXV

 

(TU PONDRÍAS AL UNIVERSO ENTERO...)

 

Meterías al universo entero en tu calleja,

¡Mujer impura!  El hastío torna tu alma cruel.

Para ejercitar tus dientes en este juego singular,

Necesitas cada día un corazón en el pesebre.

Tus ojos, iluminados cual tiendas

Y tejos llameantes en los festejos públicos,

Utilizan insolentemente un poder prestado,

Sin conocer jamás la ley de su belleza.

 

¡Máquina ciega y sorda, en crueldades fecunda!

Salutífero instrumento, bebedor de la sangre del mundo,

¿Cómo no tienes vergüenza y cómo no has visto,

Ante todos los espejos, palidecer tus atractivos?

La grandeza de este mal en que te crees sabia

¿No te ha hecho nunca retroceder de espanto,

Cuando la natura, grande en sus designios ocultos,

De ti se sirve, ¡oh mujer! ¡oh reina de los pecados!

-De ti, vil animal-, para amasar un genio?

 

¡Oh, fangosa grandeza! ¡sublime ignominia!

 

1857.


 

XXVI

 

SED NON SATIATA

 

Extravagante deidad, oscura como las noches,

Con perfume mezclado de almizcle y de habano,

Obra de algún obi, el Fausto de la sabana,

Hechicera con ijares de ébano, engendro de negras mediasnoches,

 

Yo prefiero a la constancia, al opio, a las noches,

El elixir de tu boca donde el amor se pavonea;

Cuando hacia ti mis deseos parten en caravana,

Tus ojos son la cisterna donde beben mis hastíos.

 

Por esos dos grandes ojos negros, tragaluces de tu alma,

¡Oh, demonio sin piedad! vierte sobre mí menos fuego;

Que no soy el Estigio para abrazarte nueve veces,

 

¡Ay! y no puedo, Megera libertina,

Para quebrar tu coraje y dejarte en las últimas,

En el infierno de tu lecho volverme Proserpina.

 

1857.


XXVII

 

(CON SU VESTIMENTA...)

 

Con su vestimenta ondulante y nacarada,

Hasta cuando camina, se creería que ella danza,

Como esas largas serpientes que los juglares sagrados

En el extremo de sus bastones agitan con cadencia.

 

Como las arenas sombrías y el azur de los desiertos,

Insensibles ambos al humano sufrimiento,

Como las prolongadas redes de las olas de los mares,

Ella se desenvuelve con indiferencia.

 

Sus ojos pulidos están hechos de minerales encantos,

Y en esta naturaleza extraña y simbólica

Donde el ángel inviolado se mezcla a la esfinge antigua,

 

Donde todo no es más que oro, acero, luz y diamantes,

Resplandece eternamente, cual un astro inútil,

La fría majestad de la mujer estéril.

 

1857.


 

XXVIII

 

LA SERPIENTE QUE DANZA

 

¡Cómo me agrada ver, querida indolente,

De tu cuerpo tan bello,

Como una estofa vacilante,

Reverberar la piel!

 

Sobre tu cabellera profunda,

De acres perfumes,

Mar oloroso y vagabundo

De olas azules y sombrías,

 

Cual un navío que se despierta

Al viento matutino,

Mi alma soñadora apareja

Para un horizonte lejano.

 

Tus ojos, en los que no se revela

Nada dulce ni amargo,

Son dos joyas frías en las que se mezcla

El oro con el hierro.

 

Al verte marchar cadenciosa,

Bella en tu abandono,

Se diría una sierpre que danza

En el extremo de un bastón.

 

Bajo el fardo de tu pereza

Tu cabeza de niño

Se balancea con la molicie

de un joven elefante.

 

Y tu cuerpo se inclina y se estira

Cual un fino navío

Que rola bordeando y sumerge

Sus vergas en el agua.

 

Como un oleaje engrosado por la fusión

De los glaciares rugientes,

Cuando el agua de tu boca sube

Al borde de tus dientes,

 

Yo creo beber un vino de Bohemia

Amargo y vencedor,

¡Un cielo líquido que esparce

Estrellas en mi corazón!

 

1857.


 

XXIX

 

UNA CARROÑA

 

Recuerdas el objeto que vimos, mi alma,

Aquella hermosa mañana de estío tan apacible;

A la vuelta de un sendero, una carroña infame

Sobre un lecho sembrado de guijarros,

 

Las piernas al aire, como una hembra lúbrica,

Ardiente y exudando los venenos,

Abría de una manera despreocupada y cínica

Su vientre lleno de exhalaciones.

 

El sol dardeaba sobre aquella podredumbre,

Como si fuera a cocerla a punto,

Y restituir centuplicado a la gran Natura,

Todo cuanto ella había juntado;

 

Y el cielo contemplaba la osamenta soberbia

Como una flor expandirse.

La pestilencia era tan fuerte, que sobre la hierba

Tú creíste desvanecerte.

 

Las moscas bordoneaban sobre ese vientre podrido,

Del que salían negros batallones

De larvas, que corrían cual un espeso líquido

A lo largo de aquellos vivientes harapos.

 

Todo aquello descendía, subía como una marea,

O se volcaba centelleando;

Hubiérase dicho que el cuerpo, inflado por un soplo indefinido,

Vivía multiplicándose.

 

Y este mundo producía una extraña música,

Como el agua corriente y el viento,

O el grano que un aechador con movimiento rítmico,

Agita y revuelve en su harnero.

 

Las formas se borraron y no fueron sino un sueño,

Un esbozo lento en concretarse,

Sobre la tela olvidada, y que el artista acaba

Solamente para el recuerdo.

 

Detrás de las rocas una perra inquieta

Nos vigilaba con mirada airada,

Espiando el momento de recuperar del esqueleto

El trozo que ella había aflojado.

 

-Y sin embargo, tú serás semejante a esa basura,

A esa horrible infección,

Estrella de mis ojos, sol de mi natura,

¡Tú, mi ángel y mi pasión!

 

¡Sí! así estarás, oh reina de las gracias,

Después de los últimos sacramentos,

Cuando vayas, bajo la hierba y las floraciones crasas,

A enmollecerte entre las osamentas.

 

¡Entonces, ¡oh mi belleza!  Dile a la gusanera

Que te consumirán los besos,

Que yo he conservado la forma y la esencia divina

De mis amores descompuestos!

 

1844 (?)


 

XXX

 

DE PROFUNDIS CLAMAVI

 

Imploro tu piedad, Tú, el único que yo amo,

Desde el fondo del abismo oscuro donde mi corazón ha caído.

 

Es un universo triste de horizonte plúmbeo,

Donde flotan en la noche el horror y la blasfemia;

 

Un sol sin calor se cierne por encima seis meses,

Y los otros seis la noche cubre la tierra;

Es un lugar más desnudo que la tierra polar;

-¡Ni bestias, ni arroyos, ni verdor, ni bosques!

 

Pues bien, no hay horror en el mundo que supere

La fría crueldad de este sol de hielo

Y esta inmensa noche semejante al viejo Caos;

 

Envidio la suerte de los más viles animales

Que pueden sumergirse en un sueño estúpido,

¡A tal punto la madeja del tiempo lentamente se devana!

 

1851.


 

XXXI

 

EL VAMPIRO

 

Tú que, como una cuchillada,

En mi corazón doliente has entrado;

Tú que, fuerte como un tropel

De demonios, llegas, loca y adornada,

 

De mi espíritu humillado

Haces tu lecho y tu imperio,

-Infame a quien estoy ligado,

Como el forzado a la cadena,

 

Como al juego el jugador empedernido,

Como a la botella el borracho,

Como a los gusanos la carroña,

-¡Maldita, maldita seas!

 

He implorado a la espada rápida

La conquista de mi libertad,

Y he dicho al veneno pérfido

Que socorriera mi cobardía.

 

¡Ah! El veneno y la espada

Me han desdeñado y me han dicho:

"Tú no eres digno de que te arranquen

De tu esclavitud maldita,

 

¡Imbécil! - de su imperio

Si nuestros esfuerzos te libraran,

Tus besos resucitarían

El cadáver de tu vampiro!"

 

1855.


 

XXXII

 

(UNA NOCHE...)

 

Una noche que estaba junto a una horrible judía,

Como a la vera de un cadáver, un cadáver tendido,

Me dediqué a pensar, cerca de aquel cuerpo vendido,

En la triste belleza de la que mi deseo se priva.

 

Me representé su majestad nativa,

Su mirada de vigor y de gracias armada,

Sus cabellos que le forman un casco perfumado,

Y cuyo recuerdo para el amor me reanima.

 

Porque yo hubiera con fervor besado tu noble cuerpo,

Y desde tus pies frescos hasta tus negras trenzas

Desplegado el tesoro de las profundas caricias,

 

Si, cualquier noche, con lágrimas derramadas sin esfuerzo.,

Pudieras solamente, ¡oh reina de crueldad!

Oscurecer el esplendor de tus frías pupilas.

 

1857.


 

XXXIII

 

REMORDIMIENTO POSTUMO

 

Cuando tú duermas, mi bella tenebrosa,

En el fondo de un mausoleo construido en mármol negro,

Y cuando no tengas por alcoba y morada

Más que una bóveda lluviosa y una fosa vacía;

 

Cuando la piedra, oprimiendo tu pecho miedosa

Y tus caderas que atemperaba un deleitoso abandono,

Impida a tu corazón latir y querer,

Y a tus pies correr su carrera aventurera,

 

La tumba, confidente de mi ensueño infinito

(Porque la tumba siempre interpretará al poeta),

Durante esas interminables noches de las que el sueño está proscrito,

 

Te dirá: "¿De qué te sirve, cortesana imperfecta,

No haber conocido lo que lloran los muertos?"

-Y el gusano roerá tu piel como un remordimiento.

 

1855.


 

XXXIV

 

EL GATO

 

Ven, mi hermoso gato, cabe mi corazón amoroso;

Retén las garras de tu pata,

Y déjame sumergir en tus bellos ojos,

Mezclados de metal y de ágata.

 

Cuando mis dedos acarician complacidos

Tu cabeza y tu lomo elástico,

Y mi mano se embriaga con el placer

De palpar tu cuerpo eléctrico,

 

Veo a mi mujer en espíritu.  Su mirada,

como la tuya, amable bestia,

Profunda y fría, corta y hiende como un dardo,

 

Y, de los pies hasta la cabeza,

Un aire sutil, un peligroso perfume,

Flotan alrededor de su cuerpo moreno.

 

1857.


 

XXXV

 

DUELLUM

 

Dos guerreros se han precipitado uno sobre el otro; sus armas

Han salpicado el aire con destellos y sangre.

Estos juegos, estos tintineos del hierro son el estrépito

De una juventud víctima del amor plañidero.

 

¡Las espadas se han quebrado! como nuestra juventud,

¡Mi querida!  Pero los dientes, las uñas aceradas,

Vengan pronto la espada y la daga traidora.

-¡Oh, furor de los corazones maduros por el amor ulcerados!

 

En el barranco frecuentado por panteras y onzas

Nuestros héroes, agarrándose malamente, han rodado,

Y su piel florecerá la aridez de las zarzas.

 

-¡Este abismo, es el infierno, por nuestros amigos habitado!

¡Rodemos hacia él, sin remordimientos, amazona inhumana,

A fin de eternizar el ardor de nuestro odio!

 

1858.


 

XXXVI

 

EL BALCÓN

 

Madre de los recuerdos, amante de las amantes,

¡Oh, tú, todos mis placeres! ¡Oh tú, todos mis deberes!

Tú me recordarás la belleza de las caricias,

La dulzura del hogar y el encanto de las noches,

¡Madre de los recuerdos, amante de las amantes!

 

¡Las veladas iluminadas por el ardor del carbón,

Y las tardes en el balcón, veladas de vapores rosados.

¡Cuan dulce me era tu seno! y tu corazón ¡qué caro!

Nos hemos dicho con frecuencia imperecederas cosas

En las veladas iluminadas por el ardor del carbón.

 

¡Qué hermosos son los soles en las cálidas tardes!

¡Qué profundo el espacio! ¡Qué potente el corazón!

Inclinándome hacia ti, reina de las adoradas,

Yo creía respirar el perfume de tu sangre.

¡Qué hermosos son los soles en cálidas tardes!

 

La noche se apaciguaba como en un claustro,

Y mis ojos en la oscuridad barruntaban tus pupilas,

Y yo bebía tu aliento, ¡oh dulzura! ¡oh veneno!

Y tus pies se adormecían en mis manos fraternales.

La noche se apaciguaba como en un claustro.

 

Yo sé del arte de evocar los minutos dichosos,

Y volví a ver mi pasado agazapado en tus rodillas.

Porque ¿a qué buscar tus bellezas lánguidas

Fuera de tu querido cuerpo y de tu corazón tan dulce?

¡Yo sé del arte de evocar los minutos dichosos!

 

Esos juramentos, esos perfumes, esos besos infinitos,

¿Renacerán de un abismo vedado a nuestras sondas,

Como suben al cielo los soles rejuvenecidos

Luego de lavarse en el fondo de los mares profundos?

-¡Oh, juramentos! ¡oh, perfumes! ¡oh, besos infinitos!

 

1857.


 

XXXVII

 

EL POSESO

 

El sol se ha cubierto con un crespón. Como él,

¡Oh, Luna de mi vida! arrópate de sombra;

Duerme o fuma a tu agrado; permanece muda, sombría,

Y húndete íntegra en el abismo del Hastío;

 

¡Te amo así! Sin embargo, si hoy tú deseas,

Como un astro eclipsado que sale de la penumbra,

Pavonearte en los lugares que la Locura obstruye,

¡Está bien! Delicioso puñal, ¡surge de tu vaina!

 

¡Ilumina tu pupila a la llama de los candelabros!

¡Ilumina el deseo en las miradas de los rústicos!

Todo lo tuyo para mí es placer, morboso o petulante;

 

Sé lo que quieras, noche negra, roja aurora;

No hay una fibra en todo mi cuerpo palpitante

Que no exclame: ¡Oh mi querido Belzebú, te adoro!

 

1859.


 

XXXVIII

 

UN FANTASMA

 

(1)

Las tinieblas

 

En las cavernas de insondable tristeza

Donde el Destino ya me ha relegado;

Donde jamás penetra un rayo rosado y alegre;

Donde, sólo, con la Noche, áspera huéspeda,

 

Yo soy como un pintor que un Dios burlón

Condena a pintar, ¡ah! sobre las tinieblas;

Oh, cocinero de apetitos fúnebres,

Yo hago hervir y como mi corazón,

 

Por instantes brilla, se extiende, y se exhibe

Un espectro hecho de gracia y de esplendor.

En un soñador paso oriental,

 

Cuando alcanza su total grandeza,

Yo reconozco a mi bella visita:

¡Es Ella! Negra y, no obstante, luminosa.

 

(2)

El perfume

 

Lector, ¿alguna vez has respirado

Con embriaguez y lenta golosina

El grano de incienso que satura una iglesia,

O de un "sachet" el almizcle inveterado?

 

¡Encanto profundo, mágico, con que nos embriaga

En el presente el pasado revivido!

Así el amante sobre un cuerpo adorado

Del recuerdo recoge la flor exquisita.

 

De sus cabellos elásticos y pesados,

Viviente "sachet", incensario de la alcoba,

Un aroma subía, salvaje y fiero,

 

Y de sus ropas, muselina o terciopelo,

Todas impregnadas de su juventud pura,

Se desprendía un perfume de piel.

 

(3)

El marco

 

Así como un bello marco agrega a la pintura,

Bien que ella sea de un pincel muy alabado,

Yo no sé qué de extraño y de encantado

Al distanciarla de la inmensa natura,

 

Así, joyas, muebles, metales, dorados,

Se adaptaban precisos a su rara belleza;

Nada ofuscaba su perfecta claridad,

Y todo parecía servirle de marco.

 

Hasta se hubiera dicho a veces que ella creía

Que todo quería amarla; pues ahogaba

Su desnudez voluptuosamente

 

En los besos de la seda y de la lencería,

Y, lenta o brusca, en cada movimiento

Mostraba la gracia infantil de un simio.

 

(4)

El retrato

 

La Enfermedad y la Muerte producen cenizas

De todo el fuego que por nosotros arde.

De aquellos grandes ojos tan fervientes y tan tiernos,

De aquella boca en la que mi corazón se ahogó,

 

De aquellos besos pujantes cual un dictamen,

De aquellos transportes más vivos que los rayos,

¿Qué resta? ¡Es horrendo! ¡oh, mi alma mía!

Nada más que un diseño muy pálido, con tres trazos,

 

Que, como yo, muere en la soledad,

Y que el Tiempo, injurioso anciano,

Cada día frota con su ala ruda...

 

Negro asesino de la Vida y del Arte,

¡Tú no matarás jamás en mi memoria

Aquella que fue mi placer y mi gloria!

 

1860.


 

XXXIX

 

(YO TE DOY ESTOS VERSOS...)

 

Yo te doy estos versos a fin de que, si mi nombre

Aborda afortunadamente las épocas lejanas,

Y hace soñar una noche los cerebros humanos,

Navío favorecido por un gran aquilón,

 

Tu memoria, semejante a las fábulas inciertas,

Fatiga al lector como un tímpano,

Y por un fraternal y místico eslabón

Queda como pendiente de mis rimas altivas;

 

Ser maldito a quien, del abismo profundo

Hasta lo más alto del cielo, nada, fuera de mí, responde;

-¡Oh tú que, como una sombra de rastro efímero,

 

Hollas con un paso leve y una mirada serena

Los estúpidos mortales que te han juzgado amarga,

Estatua con ojos de jade, gran ángel con la frente de bronce!

 

1857.


 

XL

 

SEMPER EADEM

 

"¿De dónde os viene, decís, esta tristeza extraña,

Trepando como el mar sobre el peñón negro y desnudo?"

-Cuando nuestro corazón ha hecho una vez su vendimia,

¡Vivir es un mal! Es un secreto de todos conocido,

 

Un dolor muy simple y nada misterioso,

Y, como vuestra alegría, brillante para todos.

Deja de buscar, entonces, ¡Oh, bella curiosa!

Y, por más que vuestra voz sea dulce, ¡callad! ¡callaos!

 

¡Callad, ignorante! ¡Alma siempre arrebatada!

¡Boca de risa infantil! Más aún que la Vida,

La Muerte nos retiene casi siempre con lazos sutiles.

¡Dejad, dejad mi corazón embriagarse de una mentira,

Sumergirse en vuestros bellos ojos como en un hermoso sueño,

Y dormitar mucho tiempo a la sombra de vuestras pestañas!

 

1860.


 

XLI

 

TODA INTEGRA

 

El Demonio, en mi altillo,

Esta mañana vino a verme,

Y, tratando de cogerme en falta,

Me ha dicho: "Yo quisiera saber,

 

Entre todas las hermosas cosas

De que está hecho su encanto,

Entre los objetos negros o rosados

Que componen su cuerpo encantador,

 

Cuál es el más dulce." -¡Oh, mi alma!

Tú respondiste al Aborrecido:

Puesto que en Ella todo está dictaminado,

Nada puede ser preferido.

 

Cuando todo me encanta, yo ignoro

Si alguna cosa me seduce,

Ella deslumbra como la Aurora

Y consuela como la Noche;

 

Y la armonía es harto exquisita,

Que gobierna todo su bello cuerpo,

Para que la impotencia analice

Anotando los numerosos acordes.

 

¡Oh, metamorfosis mística

De todos mis sentidos fundidos en uno!

¡Su aliento produce la música,

Así como su voz hace el perfume!

 

1857.


 

XLII

 

(QUE DIRÁS ESTA NOCHE...)

 

¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria,

Qué dirás, corazón mío, corazón otrora marchito,

A la hermosísima, a la buenísima, a la carísima,

Cuya divina mirada de pronto te ha reflorecido?

 

-Emplearemos nuestro orgullo entonando sus loas,

Nada vale la dulzura de su autoridad;

Su carne espiritual tiene el perfume de los Ángeles,

Y su mirada nos reviste con un manto de claridad.

 

Que así sea la noche y en la soledad,

Que así sea en la calle y entre la multitud,

Su fantasma en el aire danza como una antorcha.

 

A veces él habla y dice: "Soy bella y ordeno

Que por el amor mío no améis más que lo Bello;

Yo soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona".

 

1854.


 

XLIII

 

LA ANTORCHA VIVIENTE

 

Marchan ante mí, estos Ojos llenos de luces,

Que un Ángel sapientísimo sin duda ha imantado;

Avanzan, esos divinos hermanos que son mis hermanos,

Sacudiendo ante mis ojos sus fuegos diamantinos.

 

Salvándome de toda trampa y de todo pecado grave,

Conducen mis pasos por la ruta de lo Bello;

Son mis servidores y yo soy su esclavo;

Todo mi ser obedece a esa viviente antorcha.

 

Encantadores ojos, brilláis con el fulgor místico

Que tienen los cirios ardiendo en pleno día; el sol

Enrojece, pero no extingue su llama fantástica;

 

Ellos celebran la Muerte, vosotros cantáis el Despertar;

¡Vosotros marcháis entonando el despertar de mi alma,

Astros de los cuales ningún sol puede marchitar la llama!

 

1854.


 

XLIV

 

REVERSIBILIDAD

 

Ángel lleno de alegría, ¿conoces la angustia,

La vergüenza, los remordimientos, los sollozos, las molestias,

Y los vagos terrores de esas horribles noches

Que oprimen el corazón como un papel estrujado?

Ángel lleno de alegría, ¿conoces la angustia?

 

Ángel lleno de bondad, ¿conoces el odio,

Los puños crispados, en la sombra y las lágrimas de hiel,

Cuando la venganza bate su infernal llamado,

Y de nuestras facultades se hace la capitana?

Ángel lleno de bondad, ¿conoces el odio?

 

Ángel lleno de salud, ¿conoces las fiebres,

Que a lo largo de los murallones pálidos del hospicio,

Como exiliados, se marchan arrastrando los pasos,

Buscando el raro sol y moviendo los labios?

Ángel pleno de salud, ¿conoces las fiebres?

 

Ángel lleno de belleza, ¿conoces las arrugas,

Y el miedo de envejecer, y este horrendo tormento

De leer el secreto horror de la abnegación

En los ojos donde largo tiempo bebieron nuestros ojos ávidos?

Ángel lleno de belleza, ¿conoces las arrugas?

 

Ángel lleno de ventura, de alegría y de luces,

David moribundo habría pedido la salvación

A las emanaciones de tu cuerpo encantado;

Pero, de ti yo no imploro, ángel, más que tus plegarias,

¡Ángel lleno de ventura, de alegría y de luces!

 

1853.


 

XLV

 

CONFESIÓN

 

Una vez, una sola, amable y dulce mujer,

En mi brazo tu brazo pulido

Se apoyó (sobre el fondo tenebroso de mi alma

Este recuerdo no ha palidecido);

 

Era tarde; cual una medalla nueva

La luna llena se mostraba,

Y la solemnidad de la noche, como un río,

Sobre París durmiente corría.

 

Y a lo largo de las casas, bajo las puertas cocheras,

Los gatos pasaban furtivamente,

El oído en acecho, o bien, como sombras queridas.

Nos acompañaban lentamente.

 

De pronto, en medio de la intimidad libre

Abierta a la pálida claridad,

De ti, rico y sonoro instrumento donde no vibra

Más que la radiante alegría,

 

De ti, clara y alegre cual una fanfarria

En la mañana chispeante,

Una nota llorosa, una nota discordante,

Se escapó vacilando

 

Como un niño endeble, horrible, sombrío, inmundo,

Del que su familia se avergonzara,

Y que, durante mucho tiempo, para ocultarlo al mundo,

En una cueva lo tuviera en secreto.

 

Pobre ángel, ella entonó, su nota chillona:

"Nada aquí abajo es cierto,

Y siempre, por más que se acicale,

Se traiciona el egoísmo humano;

 

"Es duro oficio el de ser bella mujer,

Y es el trabajo banal

De la bailarina loca y fría que se pasma

En una sonrisa maquinal;

 

"Construir sobre los corazones es una cosa necia;

Que todo vacila, amor y belleza,

Hasta que el Olvido los arroja en su capacho,

¡Para volverlos a la Eternidad!"

 

Con frecuencia he evocado esta luna encantada,

Este silencio y esta languidez,

Y esta confidencia horrible murmurada

En el confesionario del corazón.

 

1855.


 

XLVI

 

EL ALBA ESPIRITUAL

 

Cuando entre los disolutos el alba blanca y bermeja

Se asocia con el Ideal roedor,

Por obra de un misterio vengador

En el bruto adormecido un ángel se despierta.

 

De los Cielos Espirituales el inaccesible azur,

Para el hombre abatido que aún sueña y sufre,

Se abre y se hunde con la atracción del abismo.

Así, cara Diosa, Ser lúcido y puro,

 

Sobre los restos humeantes de estúpidas orgías

Tu recuerdo más claro, más rosado, más encantador,

Ante mis ojos agrandados voltigea incesante

 

El sol ha oscurecido la llama de las bujías;

¡Así, siempre vencedor, tu fantasma se parece,

Alma resplandeciente, al sol inmortal!

 

1854.


 

XLVII

 

ARMONÍA DE LA TARDE

 

He aquí que llega el tiempo en que vibrante en su tallo

Cada flor se evapora cual un incensario;

Los sonidos y los perfumes giran en el aire de la tarde,

¡Vals melancólico y lánguido vértigo!

 

Cada flor se evapora cual un incensario;

El violín vibra como un corazón afligido;

¡Vals melancólico y lánguido vértigo!

El cielo está triste y bello como un gran altar.

 

El violín vibra como un corazón afligido,

¡Un corazón tierno que odia la nada vasta y negra!

El cielo está triste y bello como un gran altar;

El sol se ha ahogado en su sangre coagulada.

 

Un corazón tierno, que odia la nada vasta y negra,

¡Del pasado luminoso recobra todo vestigio!

El sol se ha ahogado en su sangre coagulada...

¡Tu recuerdo en mí luce como una custodia!

 

1857.


 

XLVIII

 

EL FRASCO

 

Hay fuertes perfumes para los que toda materia

Es porosa.  Se diría que penetran el vaso.

Al abrir un cofrecillo llegado del Oriente

Cuya cerradura rechina y se resiste chirriando,

 

O bien en una casa desierta en algún armario

Lleno del acre olor del tiempo, polvoriento y negro,

A veces encontramos un viejo frasco que se recuerda

Del que surge vivísima un alma que resucita.

 

Mil pensamientos dormían, crisálidas fúnebres,

Temblando dulcemente en las pesadas tinieblas,

Que entreabren su ala y toman su impulso,

Teñidas de azur, salpicadas de rosa, laminadas de oro.

 

He aquí el recuerdo embriagador que revolotea

En el aire turbado; los ojos se cierran: el Vértigo

Agarra el alma vencida y la arroja a dos manos

Hacia un abismo oscurecido de miasmas humanas;

 

La derriba al borde de un abismo secular,

Donde, Lázaro oloroso desgarrando un sudario,

Se mueve en su despertar el cadáver espectral

De un viejo amor rancio, encantador y sepulcral.

 

Así, cuando yo esté perdido en la memoria

De los hombres, en el rincón de un siniestro armario

guando me hayan arrojado, viejo frasco desolado,

Decrépito, polvoriento, sucio, abyecto, viscoso, rajado,

 

¡Yo seré tu ataúd, amable pestilencia!

El testigo de tu fuerza y de tu virulencia,

¡Caro veneno preparado por los ángeles! licor

Que me corroe, ¡Oh, la vida y la muerte de mi corazón!

 

1857.


 

XLIX

 

EL VENENO

 

El vino sabe revestir el más sórdido antro

De un lujo milagroso,

Y hace surgir más de un pórtico fabuloso

En el oro de su vapor rojizo,

Como un sol poniéndose en un cielo nebuloso.

 

El opio agranda lo que no tiene límites,

Prolonga lo ilimitado,

Profundiza el tiempo, socava la voluptuosidad,

Y de placeres negros y melancólicos

Colma el alma más allá de su capacidad.

 

Todo eso no vale el veneno que destila

De tus ojos, de tus ojos verdes,

Lagos donde mi alma tiembla y se ve al revés...

Mis sueños acuden en tropel

Para refrescarse en esos abismos amargos.

 

Todo esto no vale el terrible prodigio

De tu saliva que muerde,

Que sume en el olvido mi alma sin remordimiento,

¡Y, arrastrando el vértigo,

La rueda desfalleciente en las riberas de la muerte!

 

1857.


 

L

 

CIELO ENCAPOTADO

 

Se diría tu mirar por un vapor cubierto;

Tu pupila misteriosa (¿es azul, gris o verde?)

Alternativamente tierna, soñadora, cruel,

Refleja la indolencia y la palidez del cielo.

 

Tú recuerdas esos días blancos, tibios y velados,

Que hacen fundirse en lágrimas los corazones hechizados,

Cuando, agitados por un mal desconocido que los tuerce,

Los nervios demasiado despiertos se burlan del espíritu que duerme.

 

Te asemejas a veces a esos bellos horizontes

Que iluminan los soles de las brumosas estaciones...

¡Cómo resplandeces, paisaje humedecido

Que inflaman los rayos cayendo de un cielo encapotado!

 

¡Oh, mujer peligrosa, oh seductores climas!

¿Adoraré también tu nieve y tu escarcha,

Y, lograré extraer del implacable invierno

Placeres más agudos que el hielo y el hierro?

 

1857.


LI

 

EL GATO

 

(1)

 

En mi cerebro se pasea,

Como en su morada,

Un hermoso gato, fuerte, suave y encantador.

Cuando maúlla, casi no se le escucha,

 

A tal punto su timbre es tierno y discreto;

Pero, aunque, su voz se suavice o gruña,

Ella es siempre rica y profunda:

Allí está su encanto y su secreto.

 

Esta voz, que brota y que filtra,

En mi fondo más tenebroso,

Me colma cual un verso cadencioso

Y me regocija como un filtro.

 

Ella adormece los más crueles males

Y contiene todos los éxtasis;

Para decir las más largas frases,

Ella no necesita de palabras.

 

No, no hay arco que muerda

Sobre mi corazón, perfecto instrumento,

Y haga más noblemente

Cantar su más vibrante cuerda.

 

Que tu voz, gato misterioso,

Gato seráfico, gato extraño,

En que todo es, cual en un ángel,

¡Tan sutil como armonioso!

 

(II)

 

De su piel blonda y oscura

Brota un perfume tan dulce, que una noche

Yo quedé embalsamado, por haberlo

Acariciado una vez, nada más que una.

 

Es el espíritu familiar del lugar;

El juzga, él preside, él inspira

Todas las cosas en su imperio;

¿No será un hada, Dios?

 

Cuando mis ojos, hacia este gato amado

Atraídos como por un imán,

Se vuelven dócilmente

Y me contemplo en mí mismo,

 

Veo con asombro

El fuego de sus pupilas pálidas,

Claros fanales, vividos ópalos,

Que me contemplan fijamente.

1857.


 

LII

 

EL HERMOSO NAVIO

 

Yo deseo relatarte, ¡oh, voluptuosa hechicera!

Los diversos atractivos que engalanan tu juventud;

Pintar quiero tu belleza,

Donde la infancia se alía con la madurez.

 

Cuando barres el aire con tus faldas amplias,

Produces el efecto de un hermoso navío haciéndose a la mar,

Desplegado el velamen, y que va rolando

Siguiendo un ritmo dulce, y perezoso, y lento.

 

Sobre tu cuello largo y torneado, sobre tus hombros opulentos,

Tu cabeza se pavonea con extrañas gracias;

Con un aire plácido y triunfal

Atraviesas tu camino, majestuosa criatura.

 

Yo te quiero relatar, ¡oh, voluptuosa hechicera!

Los diversos atractivos que engalanan tu juventud;

Pintarte quiero tu belleza,

Donde la infancia se alía a la madurez.

 

Tu pecho que se adelanta y que realza el muaré,

Tu seno triunfante es una bella armadura

Cuyos paneles combados y claros

Como los escudos atajan los dardos;

 

¡Escudos provocadores, armados de puntas rosadas!

Armario de dulces secretos, lleno de buenas cosas,

De vinos, perfumes, licores

¡Que harían delirar los cerebros y los corazones!

 

Cuando vas barriendo el aire con tu falda amplia,

Produces el efecto de un hermoso navío haciéndose a la mar,

Desplegado el velamen, y que va rolando

Siguiendo un ritmo dulce, y perezoso, y lento.

 

Tus nobles piernas, bajo los volados que ellas impulsan,

Atormentan los deseos oscuros, y los acucian,

Como dos hechiceros que hacen

Girar un filtro negro en un vaso profundo.

 

Tus brazos, que se burlarían de precoces hércules,

Son de las boas relucientes los sólidos émulos,

Hechos para estrechar obstinadamente,

Como para estampar en tu corazón, tu amante.

 

Sobre tu cuello largo y torneado, sobre tus hombros opulentos,

Tu cabeza se pavonea con extrañas gracias;

Con un aire plácido y triunfal

Atraviesas tu camino, majestuosa criatura.

 

1857.


 

LIII

 

LA INVITACIÓN AL VIAJE

 

Mi niña, mi hermana,

¡Piensa en la dulzura

De vivir allá juntos!

Amar libremente,

¡Amar y morir

En el país que a ti se parece!

Los soles llorosos

De esos cielos encapotados

Para mi espíritu tienen la seducción

Tan misteriosa

De tus traicioneros ojos,

Brillando a través de sus lágrimas.

 

Allá, todo es orden y belleza,

Lujo, calma y voluptuosidad.

 

Muebles relucientes,

Pulidos por los años,

Decorarían nuestra alcoba;

Las más raras flores

Mezclando sus olores

Al vago aroma del ámbar

Los ricos artesonados,

Los espejos profundos,

El esplendor oriental,

Todo allí hablaría

Al alma en secreto

Su dulce lengua natal.

 

Allá, todo es orden y belleza,

Lujo, calma y voluptuosidad.

 

Mira en esos canales

Dormir los barcos

Cuyo humor es vagabundo;

Es para saciar

Tu menor deseo

Que vienen desde el cabo del mundo.

-Los soles en el ocaso

Recubren los campos,

Los canales, la ciudad entera,

De jacinto y de oro;

El mundo se adormece

En una cálida luz

 

Allá, todo es orden y belleza,

Lujo, calma y voluptuosidad.

 

1855.


 

LIV

 

LO IRREPARABLE

 

¿Podemos ahogar el viejo, el prolongado Remordimiento,

Que vive, se agita y se retuerce,

Y se nutre de nosotros como el gusano de los muertos,

Como de la encina la oruga?

¿Podernos ahogar el implacable Remordimiento?

 

¿En qué filtro, en qué vino, en qué tisana,

Ahogaremos este viejo enemigo,

Paciente como la hormiga?

Destructor y goloso como la cortesana,

¿En qué filtro? -¿En qué vino?- ¿en qué tisana?

 

Dilo, bella hechicera, ¡oh! di, si tú lo sabes,

A este espíritu colmado de angustia

Y semejante al moribundo que aplastan los heridos,

Que el casco del caballo holla,

Dilo, bella hechicera, ¡oh! di, si tú lo sabes,

 

A este agonizante que el lobo ya olfatea

Y que atisba el cuervo,

¡A este soldado fatigado! si es preciso que desespere

De tener su cruz y su tumba;

¡Este pobre agonizante que el lobo ya olfatea!

 

¿Podemos iluminar un cielo cenagoso y negro?

¿Podemos desgarrar las tinieblas

Más densas que la paz, sin mañana y sin noche,

Sin astros, sin relámpagos fúnebres?

¿Podemos iluminar un cielo cenagoso y negro?

 

La Esperanza que brillaba en las ventanas del Albergue

Se apagó, ¡ha muerto para siempre!

Sin luna y sin destellos, ¿dónde encontrarán albergue

Los mártires de un camino malo?

¡El Diablo ha apagado todo en las ventanas del Albergue!

 

Adorable hechicera, ¿amas los condenados?

Di, ¿conoces lo irremisible?

¿Conoces el Remordimiento, el de los rasgos envenenados,

Para el que nuestro corazón sirve de blanco?

Adorable hechicera, ¿amas los condenados?

 

Lo Irreparable roe con su diente maldito

Nuestra alma, lastimoso monumento,

Y con frecuencia ataca, como el termita,

Por la base el edificio.

¡Lo Irreparable roe con su diente maldito!

 

-Yo he visto algunas veces, en el foro de un escenario trivial

Que inflamaba la orquesta sonora,

Un hada encender en un cielo infernal

Una milagrosa aurora;

Y yo he visto algunas veces, en el foro de un escenario trivial

Un ser que sólo siendo luz, oro y gasa,

Derribar al enorme Satán;

Pero mi corazón, al que jamás visita el éxtasis,

¡Es un escenario donde se aguarda

Siempre, siempre en vano, el Ser de las alas de gasa!

 

1857.


 

LV

 

PLATICA

 

¡Eres un hermoso cielo de otoño, claro y rosado!

Pero la tristeza en mí sube como el mar,

Y deja, al refluir, sobre mi labio moroso

El recuerdo penetrante de su limo amargo.

 

-Tu mano se desliza en vano sobre mi pecho que se pasma;

Lo que ella busca, amiga, es un lugar saqueado

Por la garra y el diente feroz de la mujer.

No busques más mi corazón; las bestias lo han devorado.

 

Mi corazón es un palacio mancillado por el tumulto;

¡En él se embriagan, se matan, se arrancan los cabellos!

-¡Un perfume flota alrededor de tu garganta desnuda!...

 

¡Oh, Belleza, duro flagelo de las almas, tú lo quieres!

¡Con tus ojos de fuego, brillante como orgías!,

¡Calcinas estos jirones que han desdeñado las bestias!

 

1857.


 

LVI

 

CANTO DE OTOÑO

 

I

 

Pronto nos hundiremos en las frías tinieblas;

¡Adiós, viva claridad de nuestros menguados estíos!

Escucho ya caer con resonancias fúnebres

La leña retumbante sobre el empedrado de los patios.

 

Todo el invierno va a penetrar en mi ser: cólera,

Odio, estremecimientos, horror, trabajo duro y forzado,

Y, como el sol en su infierno polar,

Mi corazón no será más que un bloque rojo y helado.

 

Escucho temblando cada leño que cae;

El patíbulo que erigen no tiene eco más sordo.

Mi espíritu se asemeja a la torre que sucumbe

Bajo la arremetida del ariete infatigable y pesado.

 

Me parece que, mecido por este chocar monótono,

Clavarán con gran prisa en alguna parte un ataúd,

¿Para quién? -Ayer era verano; ¡he aquí el otoño!

Este ruido misterioso repercute como un adiós.

 

II

 

De tu lánguida mirada amo la luz verdosa,

Dulce beldad; pero hoy todo me es amargo,

Y nada, ni tu amor, ni tu alcoba, ni el hogar,

Valen para mí lo que el sol radiante sobre el mar.

 

Y sin embargo, ámame, ¡corazón tierno! sé maternal

Hasta para un ingrato, aún para un perverso;

Amante o hermana, sé la dulzura efímera

De un glorioso otoño o de un sol poniente.

 

¡Breve tarea!  La tumba aguarda; ¡Está ávida!

¡Ah! Déjame, mi frente posada sobre tus rodillas,

gustar, añorando el estío blanco y tórrido,

Del otoño el destello amarillo y dulce!

 

1859.


 

LVII

 

A UNA MADONA

(Ex-voto a la manera española)

 

Yo quiero erigir para ti, Madona, mi amante,

Un altar subterráneo en el fondo de mi angustia,

Y cavar en el rincón más negro de mi corazón,

Lejos del deseo mundanal y de la mirada burlona,

Un nicho de azur y de oro todo esmaltado,

Donde tú te erigirás, Estatua maravillosa.

Con mis Versos pulidos, enmallados por un puro metal

Sabiamente constelado de rimas de cristal,

Yo haré para tu cabeza una enorme Corona;

Y de mis Celos, oh Mortal Madona,

Yo sabré cortarte un Manto, de manera

Bárbara, tieso y pesado, y forrado de sospechas,

Que, como una garita, encerrará tus encantos;

No de Perlas bordado, ¡sino de todas mis Lágrimas!

Tu Ropa, será mi deseo, trémulo,

Ondulante, mi Deseo que sube y que desciende,

En las cimas meciéndose, en los valles reposando,

Y reviste con un beso todo tu cuerpo blanco y rosado.

Yo te haré de mi Respeto, hermosos Escarpines

De raso, para tus pies Divinos humillados,

Que, aprisionándolos en un muelle abrazo,

Cual un molde fiel conservarán la impronta.

Si yo no puedo, malogrado todo mi arte diligente,

Por Peana tallar una Pluma de plata,

Pondré la Serpiente que me muerde las entrañas

Bajo tus talones, a fin de que tú pises y te mofes,

Reina victoriosa y fecunda en redenciones,

Este monstruo hinchado de odio y de salivazos.

Tú verás mis Pensamientos, alineados como los Cirios

Ante el altar florido de la Reina de las Vírgenes,

Estrellando el cielorraso pintado de azul,

Mirándote siempre con ojos de fuego;

Y como todo en mí te quiere y te admira,

Todo se hará Benjuí, Incienso, Olíbano, Mirra,

Y sin cesar hacia ti, cumbre blanca y nevada,

En Vapores ascenderá mi Espíritu tempestuoso.

Finalmente, para completar tu papel de María,

Y para mezclar el amor con la barbarie,

¡Negra Voluptuosidad! de los siete Pecados capitales,

Verdugo lleno de remordimientos, yo haré siete Puñales

Bien afilados, y, como un juglar insensible,

Tomando lo más profundo de tu amor por blanco,

¡Yo los plantaré a todos en tu Corazón jadeante,

En tu Corazón sollozante, en tu Corazón sangrante!

 

1860.


 

LVIII

 

CANCIÓN DE LA TARDE

 

Aunque tus cejas malas

Te infunden un aire extraño

Que no es digno de un ángel,

Hechicera de los ojos atrayentes,

 

¡Yo te adoro!, ¡oh, mi frívola,

Mi terrible pasión!

Con la devoción

del sacerdote por su ídolo.

 

El desierto y la floresta

Embalsaman tus trenzas rústicas.

Tu cabeza tiene las actitudes

Del enigma y del secreto.

 

Sobre tu carne el perfume vaga

Como alrededor del incensario;

Tú encantas como la noche,

Ninfa tenebrosa y cálida.

 

¡Ah! los filtros más fuertes

Nada valen para tu pereza,

¡Y tú conoces la caricia

Que hace revivir a los muertos!

 

Tus caderas están enamoradas

De tus hombros y de tus senos,

Y tú enardeces los cojines

Con tus actitudes lánguidas.

 

Algunas veces, para aplacar

Tu rabia misteriosa,

Tú prodigas, seria,

La mordedura y el beso;

 

Tú me desgarras, mi morena,

Con una risa burlona,

Y luego pones sobre mi corazón

Tu mirada suave como la luna.

 

Bajo tus escarpines de satín,

Bajo tus encantadores pies de seda,

Yo, yo deposito mi inmensa alegría,

Mi genio y mi destino,

 

Mi alma por ti curada,

¡Por ti, luz y color!

Explosión de calor

¡En mi negra Siberia!

 

1860.


 

LIX

 

SISINA

 

¡Imaginaos a Diana en galante cabalgata,

Recorriendo los bosques o batiendo los zarzales,

Cabellos y pecho al viento, embriagándose de ruido,

Soberbia y desafiando a los mejores jinetes!

 

¿Has visto a Turingia, amante de la carnicería,

Incitando al asalto a un pueblo descalzo,

Las mejillas y la mirada ardientes, encarnando su personaje,

Y trepando, sable en mano, las reales escaleras?

 

¡Tal la Sisina! Pero, la dulce guerrera

Tiene el alma tan caritativa como asesina;

Su coraje, enloquecido de pólvora y de tambores,

 

Ante los suplicantes sabe abatir las armas,

Y su corazón, azotado por la llama, tiene siempre,

Para el que se muestra digno, un receptáculo de lágrimas.

 

1859.


 

LX

 

FRANCISCAE MEAE LAUDES

(Versos compuestos para una modista erudita y devota)

 

Novis te cantabo chordis,

O novelletum quod ludís

In solitudine cordis.

 

Esto sertis implicata,

O femina delicata,

Per quam solvuntur peccata!

 

Sicut beneficum Lethe,

Hauriam oscula de te,

Quae imbuta es magnete.

 

Quum vitiorum tempestas

Turbabat omnes semitas,

Apparuisti, deitas,

 

Velut stella salutaris

In naufragiis amaris...

Suspendam cor tuis aris!

 

Piscina plena virtutis,

Fons aeternae juventutis,

Labris vocem redde mutis!

 

Quod erat spurcum, cremasti;

Quod rudius, exaequasti;

Quod debile, confirmasti!

 

In fame mea taberna,

In nocte mea lucerna,

Recte me semper guberna.

 

Adde nunc vires viribus,

Dulce balneum suavibus

Unguentatum odoribus!

 

Meos circa lumbos mica,

O castitatis lorica,

Aqua tincta seraphica;

 

Patera gemmis corusca,

Pañis salsus, mollis esca,

Divinum vinum, Francisca!

 

(Véase al final de GALANTERÍAS)

1857.


 

LXI

 

A UNA DAMA CRIOLLA

 

En el país perfumado que el sol acaricia,

Yo he conocido, bajo un dosel de árboles empurpurados

Y palmeras de las que llueve sobre los ojos la pereza,

A una dama criolla de encantos ignorados.

 

Su tez es pálida; la morena encantadora

Tiene en el cuello un noble amaneramiento;

Alta y esbelta, al marchar como una cazadora,

Su sonrisa es tranquila y sus ojos arrogantes.

 

Si fueras, Señora, al verdadero país de la gloria,

Sobre las riberas del Sena o del verde Loire,

Beldad digna de ornar las antiguas moradas,

 

Harías, en el recogimiento umbríos refugios,

Germinar mil sonetos en los corazones de los poetas

Que tus grandes ojos someterían más esclavos que tus negros.

 

1845.


 

LXII

 

MOESTA ET ERRABUNDA

 

Dime, ¿a veces, tu corazón no vuela, Ágata,

Lejos del negro océano de la inmunda ciudad,

Hacia otro océano donde el resplandor estalla,

Azul, claro, profundo, como la virginidad?

Dime, ¿a veces, tu corazón no vuela, Ágata?

 

¡La mar, la mar inmensa, consuela nuestros desvelos!

¿Qué demonio ha dotado a la mar, ronca cantante

Que acompaña el inmenso órgano de los vientos gruñidores,

De esta función sublime de canción de cuna?

¡La mar, la mar inmensa, consuela nuestros desvelos!

 

¡Llévame, vagón!   ¡Llévame, fragata!

¡Lejos! ¡lejos! ¡aquí el lodo formado está por nuestras lágrimas!

-¿Es verdad que, a veces, el triste corazón de Ágata

Dice: "Lejos de los remordimientos, de los crímenes, de los dolores,

Llévame, vagón; llévame, fragata"?

 

¡Cuan lejos estás, paraíso perfumado!

Donde bajo un claro azur todo no es más que amor y alegría,

Donde lo que se ama es digno de ser amado,

¡Dónde, en la voluptuosidad pura el corazón se ahoga!

¡Cuan lejos estás, paraíso perfumado!

 

Pero, el verde paraíso de los amores infantiles,

Las carreras, las canciones, los besos, los ramilletes,

Los violines vibrando detrás de las colinas,

Con los jarros de vino, de noche, entre las frondas,

-Pero, el verde paraíso de los amores infantiles,

 

El inocente paraíso, lleno de placeres furtivos,

¿Está más lejos que la India y que la China?

¿Podemos recordarlo con gritos lastimeros

Y animar aún con una voz argentina,

El inocente paraíso lleno de placeres furtivos?

 

1855.


 

LXIII

 

EL ESPECTRO

 

Como los ángeles, con ojo furtivo,

Yo volveré a tu alcoba

Y hasta ti me deslizaré sin ruido

Entre las sombras de la noche;

 

Y te daré, mi morena,

Besos fríos como la luna

Y caricias de serpiente

Alrededor de una fosa rampante.

 

Cuando llegue la mañana lívida,

Tú encontrarás mi lugar vacío,

En el que hasta en la noche hará frío.

 

Como otros para la ternura,

Sobre tu vida y sobre tu juventud,

Yo, yo quiero reinar por el terror.

 

1857.


 

LXIV

 

SONETO OTOÑAL

 

Ellos me dicen, tus ojos, claros como el cristal:

"Para ti, caprichoso amante, ¿Cuál es, pues, mi mérito?"

-¡Eres encantador, y callas!  Mi corazón, que todo irrita,

Excepto el candor del antiguo animal,

 

No quiere mostrarte su secreto infernal,

Mecedora cuya mano a largos sueños me invita,

Ni su negra leyenda con el fuego escrita.

¡Yo odio la pasión y el espíritu me hace mal!

 

Amémonos dulcemente.  El amor en su guarida,

Tenebroso, emboscado, tiende su arco fatal.

Yo conozco los artilugios de su viejo arsenal:

 

¡Crimen, horror y locura! - ¡Oh, pálida margarita!

Como yo, ¿no eres tú un sol otoñal,

Oh, mi blanquísima, oh, mi frigidísima Margarita?

 

1859.


 

LXV

 

TRISTEZAS DE LA LUNA

 

Esta noche, la luna sueña con más pereza;

Tal como una beldad, sobre numerosos cojines,

Que con mano distraída y leve acaricia

Antes de dormirse, el contorno de sus senos,

 

Sobre el dorso satinado de las muelles eminencias,

Desfalleciente, ella se entrega a largos espasmos,

Y pasea sus miradas sobre las imágenes blancas

Que trepan hasta el azur como floraciones.

 

Cuando, a veces, sobre este globo, en su languidez ociosa,

Ella deja escapar una lágrima furtiva,

Un poeta piadoso, enemigo del sueño,

 

En la cavidad de su mano coge esta lágrima pálida,

Con reflejos irisados, como un fragmento de ópalo,

Y la coloca en su corazón lejos de las miradas del sol.

 

1857.


 

LXVI

 

LOS GATOS

 

Los amantes fervorosos y los sabios austeros

Gustan por igual, en su madurez,

De los gatos fuertes y dulces, orgullo de la casa,

Que como ellos son friolentos y como ellos sedentarios.

 

Amigos de la ciencia y de la voluptuosidad,

Buscan él silencio y el horror de las tinieblas;

El Erebo se hubiera apoderado de ellos para sus correrías fúnebres,

Si hubieran podido ante la esclavitud inclinar su arrogancia.

 

Adoptan al soñar las nobles actitudes

De las grandes esfinges tendidas en el fondo de las soledades,

Que parecen dormirse en un sueño sin fin;

 

Sus grupas fecundas están llenas de chispas mágicas,

Y fragmentos de oro, cual arenas finas,

Chispean vagamente en sus místicas pupilas.

 

1847.


 

LXVII

 

LOS BUHOS

 

Bajo los techos negros que los abrigan,

Los búhos se mantienen alineados,

Como dioses extraños,

Clavando su mirada roja. Meditan.

 

Sin moverse se mantendrán

Hasta la hora melancólica

En que, empujando el sol oblicuo,

Las tinieblas se establezcan.

 

Su actitud, por sabia, enseña

Que es preciso en este mundo que tema

El tumulto y el movimiento;

 

El hombre embriagado por la sombra que pasa

Lleva siempre el castigo

De haber querido cambiar de sitio.

 

1851.


LXVIII

 

LA PIPA

 

Yo soy la pipa de un autor;

Se comprueba, al contemplar mi rostro

De abisinio o de cafre,

Que mi dueño es un gran fumador.

 

Cuando está colmado de dolor,

Yo humeo como la casucha

Donde se prepara la comida

Para el regreso del labrador.

 

Yo envuelvo y arrullo su alma

En la red móvil y azul

Que asciende de mi boca encendida,

 

Y envuelvo un poderoso dictamen

Que encanta su corazón y cura

De fatigas a su espíritu.

 

1857.


 

LXIX

 

LA MÚSICA

 

¡La música frecuentemente me coge como un mar!

Hacia mi pálida estrella,

Bajo un techado de brumas o en la vastedad etérea,

Yo me hago a la vela;

 

El pecho saliente y los pulmones hinchados

Como velamen,

Yo trepo al lomo de las olas amontonadas

Que la noche me vela;

 

Siento vibrar en mí todas las pasiones

De un navío que sufre;

El buen viento, la tempestad y sus convulsiones

 

Sobre el inmenso abismo

Me mecen.  ¡Otras veces, calma chicha, gran espejo

De mi desesperación!

 

1857.


 

LXX

 

SEPULTURA

 

Si en una noche pesada y sombría

Un buen cristiano, por caridad,

Detrás de unos viejos escombros

Entierra vuestro cuerpo alabado,

 

A la hora en que las castas estrellas

Cierran sus ojos abrumados,

La araña en ellos hará sus telas,

Y la víbora sus crías;

 

Escucharéis durante todo el año

sobre vuestra cabeza condenada

Los aullidos lamentables de los lobos

 

Y de las brujas famélicas,

El retozar de los viejos lúbricos.

Y las conspiraciones de los negros rateros.

 

1857.


 

LXXI

 

UN GRABADO FANTÁSTICO

 

Este espectro singular no tiene otro aderezo,

Grotescamente plantado sobre su frente de esqueleto,

Que una diadema horrible y carnavalesca.

Sin espuelas, sin fusta, acosa un caballo,

Fantasma como él, rocín apocalíptico,

Que babea por el belfo como un epiléptico.

A través del espacio se precipitan juntos,

Y hollan el infinito con un casco atrevido.

El jinete pasea su sable que flamea

Sobre las multitudes innúmeras que su montura tritura,

Y recorre, cual un príncipe inspeccionando su palacio,

El cementerio inmenso y frío, sin horizonte,

En el que yacen, bajo la luz de un sol blanco y opaco,

Los pueblos de la historia antigua y moderna.

 

1857.


 

LXXII

 

EL MUERTO ALEGRE

 

En una tierra crasa y llena de caracoles

Yo mismo quiero cavar una fosa profunda,

Donde pueda holgadamente tender mis viejos huesos

Y dormir en el olvido como un tiburón en la onda.

 

Yo odio los testamentos y yo odio las tumbas;

Antes que implorar una lágrima del mundo

Viviente, preferiría invitar a los cuervos

A sangrar todas las puntas de mi osamenta inmunda.

 

¡Oh, gusanos! negros compañeros sin orejas y sin ojos,

Ved cómo hasta vosotros llega un muerto libre y alegre;

Filosóficos vividores, hijos de la podredumbre,

 

A través de mi ruina pasad sin remordimientos,

Y decidme si hay aún alguna tortura

Para este viejo cuerpo sin alma ¡y muerto entre los muertos!

 

1851.


 

LXXIII

 

EL TONEL DEL ODIO

 

El Odio es el tonel de las pálidas Danaides;

La Venganza consternada con brazos rojos y fuertes

Se ha complacido en precipitar en sus tinieblas vacías

Grandes cubos colmados de sangre y de lágrimas de los muertos,

 

El Demonio hace hoyos secretos en esos abismos,

Por donde huirían mil años de sudores y esfuerzos,

Aunque ella lograra reanimar sus víctimas,

Y para oprimirlas resucitar sus cuerpos.

 

El Odio es un beodo en el fondo de una taberna,

Que siente siempre la sed nacer del licor

Y multiplicarse como la hidra de Lerna.

 

-Mas los bebedores felices conocen a su vencedor,

Y el Odio es consagrado a la suerte lamentable

De no poder jamás dormirse bajo la mesa.

 

1855.


 

LXXIV

 

LA CAMPANA RAJADA

 

Es amargo y dulce, durante las noches de invierno,

Escuchar, cabe, el fuego que palpita y humea,

Los recuerdos lejanos lentamente elevarse

Al ruido de los carrillones que cantan en la bruma.

 

Bienaventurada la campana de garganta vigorosa

Que, malgrado su vejez, alerta y saludable,

Arroja fielmente su grito religioso,

¡Tal como un veterano velando bajo la tienda!

 

Yo, tengo el alma rajada, y cuando en su tedio

Ella quiere de sus canciones poblar el frío de las noches,

Ocurre con frecuencia que su voz debilitada

 

Parece el rudo estertor de un herido olvidado

Al borde de un lago de sangre, bajo un montón de muertos,

Y que muere, sin moverse, entre inmensos esfuerzos.

 

1851.


 

LXXV

 

SPLEEN

 

(I)

 

Pluvioso, irritado contra la ciudad entera,

De su urna, en grandes oleadas vierte un frío tenebroso

Sobre los pálidos habitantes del vecino cementerio

Y la mortandad sobre los arrabales brumosos.

 

Mi gato sobre el ladrillo buscando una litera

Agita sin reposo su cuerpo flaco y sarnoso;

El alma de un viejo poeta vaga en la gotera

Con la triste voz de un fantasma friolento.

 

El bordón se lamenta, y el leño ahumado

Acompaña en falsete al péndulo acatarrado,

Mientras que en un mazo de naipes lleno de sucios olores,

 

Herencia fatal de una vieja hidrópica,

El hermoso valet de coeur y la dama de pique

Charlan siniestramente de sus amores difuntos.

 

1857.


 

LXXVI

 

SPLEEN

 

(II)

 

Yo tengo más recuerdos que si tuviera mil años.

 

Un gran mueble de cajones atiborrado de facturas,

De versos, de dulces esquelas, de procesos, de romances,

Con abundantes cabellos enredados en recibos,

Oculta menos secretos que mi triste cerebro.

Es una pirámide, una inmensa cueva,

Que contiene más muertos que la fosa común.

-Yo soy un cementerio aborrecido de la luna,

Donde, como remordimientos, se arrastran largos gusanos

Que se encarnizan siempre sobre mis muertos más queridos.

Yo soy un viejo gabinete lleno de rosas marchitas,

Donde yace toda una maraña de modas anticuadas,

Donde los pasteles plañideros y los pálidos Boucher,

Solos, exhalan el olor de un frasco destapado.

 

Nada iguala en longitud a las cojas jornadas,

Cuando bajo los pesados flecos de las nevadas épocas

El hastío, fruto de la melancólica incuria,

Adquiere las proporciones de la inmortalidad.

-Desde ya tú no eres más, ¡oh, materia viviente!

Que una peña rodeada de un vago espanto,

Adormecida en el fondo de un Sahara brumoso;

Una vieja esfinge ignorada del mundo indiferente,

Olvidada sobre el mapa, y cuyo humor huraño

No canta más que a los rayos del sol poniente.

 

1857.


 

LXXVII

 

SPLEEN

 

(III)

 

Yo soy como el rey de un país lluvioso,

Rico, pero impotente, joven y no obstante antiquísimo,

Que, de sus preceptores despreciando las reverencias,

Se hastía con sus perros como con otras bestias.

Nada puede distraerle, ni caza, ni halcón,

Ni su pueblo muriendo ante su balcón.

Del bufón favorito la grotesca balada

No distrae más la frente de este cruel enfermo;

Su lecho flordelisado se transforma en tumba,

Y las azafatas, para las que todo príncipe es bello,

No saben más encontrar el impúdico tocado

Para arrancar una sonrisa a este joven esqueleto.

El sabio que le hace el oro jamás ha podido

De su ser extirpar el elemento corrompido,

Y en esos baños de sangre que de los romanos proceden,

Y de los que de sus lejanos días los poderosos se recuerdan,

No ha sabido recalentar este cadáver alelado

Por el que corre, en lugar de sangre, el agua verde del Leteo.

 

1857.


 

LXXVIII

 

SPLEEN

 

(IV)

 

Cuando el cielo bajo y pesado como tapadera

Sobre el espíritu gemebundo presa de prolongados tedios,

Y del horizonte, abarcando todo el círculo,

Nos vierte un día negro más triste que las noches;

 

Cuando la tierra se cambia en un calabozo húmedo,

Donde la Esperanza, como un murciélago,

Se marcha batiendo los muros con su ala tímida

Y golpeándose la cabeza en los cielorrasos podridos;

 

Cuando la lluvia, desplegando sus enormes regueros

De una inmensa prisión imita los barrotes,

Y una multitud muda de infames arañas

Acude para tender sus redes en el fondo de nuestros cerebros,

 

Las campanas, de pronto, saltan enfurecidas

Y lanzan hacia el cielo su horrible aullido,

Cual espíritus errabundos y sin patria

Poniéndose a gemir porfiadamente.

 

-Y largos cortejos fúnebres, sin tambores ni música,

Desfilan lentamente por mi alma; la Esperanza

Vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica,

Sobre mi cráneo prosternado planta su bandera negra.

 

1857.


 

LXXIX

 

OBSESIÓN

 

Grandes bosques, me espantáis como catedrales;

Aulláis como el órgano; y en nuestros corazones malditos,

Estancias de eterno duelo donde vibran viejos estertores,

Responden a los ecos de vuestros De profundis.

 

¡Yo te odio, Océano! tus saltos y tus tumultos,

Mi espíritu en él los recobra. Esta risa amarga

Del hombre vencido, lleno de sollozos y de insultos,

Yo la escucho en la risa enorme del mar.

 

¡Cómo me agradarías, oh noche! ¡Sin estas estrellas

Cuya luz habla un lenguaje conocido!

¡Porque yo busco el vacío, y el negro, y el desnudo!

 

Pero, las tinieblas son ellas mismas las telas

donde viven, brotando de mis ojos por millares,

Los seres desaparecidos de las miradas familiares.

 

1860.


LXXX

 

EL GUSTO DE LA NADA

 

Melancólico espíritu, en otros tiempos enamorado de la lucha,

La Esperanza, cuya espuela acuciaba tu ardor,

¡No quiere más montarte! Acuéstate sin pudor,

Viejo caballo cuyos cascos en cada obstáculo chocan.

 

Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto.

 

Espíritu vencido, ¡despeado! Para ti, viejo merodeador,

El amor no tiene más gusto, no más que la disputa,

¡Adiós, pues, cantos del cobre y suspiros de la flauta!

¡Placeres, no tentéis más un corazón sombrío y embustero!

 

¡La Primavera adorable ha perdido su perfume!

 

Y el Tiempo me engulle minuto tras minuto,

Como la nieve inmensa un cuerpo ya tieso;

Yo contemplo desde lo alto el globo en su redondez

Y no busco más el abrigo de una choza.

 

Avalancha, ¿quieres arrastrarme en tu caída?

 

1859.


 

LXXXI

 

ALQUIMIA DEL DOLOR

 

El Uno te ilumina con su ardor,

El otro en ti te pone su duelo, ¡Natura!

El que dice a uno: ¡Sepultura!

Dice al otro: ¡Vida y esplendor!

 

Hermes desconocido que me asistes

Y que siempre me intimidas,

Tú me haces al igual de Midas,

El más triste de los alquimistas;

 

Por ti yo cambio el oro en hierro

Y el paraíso en infierno;

En el sudario de las nubes

 

Descubro un cadáver querido,

Y sobre las celestes riberas

Levanto grandes sarcófagos.

 

1860.


 

LXXXII

 

HORROR SIMPÁTICO

 

De este cielo extravagante y lívido,

Atormentado como tu destino,

¿Qué pensamientos en tu alma vacía

Descienden? Responde, libertino.

 

-Insaciablemente, ávido

De lo oscuro y lo incierto,

Yo no gemiré como Ovidio

Arrojado del paraíso latino.

 

Cielos desgarrados como arenales

En vosotros se contempla mi orgullo;

Vuestras amplias nubes enlutadas

 

Son los carros fúnebres de mis sueños,

Y vuestros fulgores son el reflejo

Del Infierno donde mi corazón se complace.

 

1860.


 

LXXXIII

 

EL HEOTONTIMORUMENOS

(Pieza de Terencio)

 

Para J.G.F.

 

Yo te golpearé sin cólera

Y sin odio, como un leñador,

¡Como Moisés la roca!

Y haré de tus párpados,

 

Para abrevar mi Sahara,

Brotar las aguas del sufrimiento.

Mi deseo preñado de esperanza

Sobre tus lágrimas saladas flotará

 

Como un navío que zarpa,

Y en mi corazón que embriagarán

¡Tus queridos sollozos resonarán

Como un tambor que bate a la carga!

 

¿No soy yo un falso acorde

En la divina sinfonía,

Gracias a la voraz Ironía

Que me sacude y me muerde?

 

¡Ella está en mi garganta, la grita!

¡Es toda mi sangre, este veneno negro!

¡Yo soy el siniestro espejo

Donde la furia se contempla!

 

¡Yo soy la herida y el cuchillo!

¡Yo soy la bofetada y la mejilla!

¡Yo soy los miembros y la rueda,

Y la víctima y el verdugo!

 

Yo soy de mí corazón el vampiro,

-Uno de esos grandes abandonados

A la risa eterna condenados,

¡Y que no pueden más sonreír!

 

1857.


 

LXXXIV

 

LO IRREMEDIABLE

 

I

 

Una Idea, una Forma, un Ser

Surgido del azur y caído

En una Estigia cenagosa y plomiza

Donde ninguna mirada del Cielo penetra;

 

Un Ángel, imprudente viajero

Que ha tentado el amor de lo informe,

En el fondo de una pesadilla enorme

Debatiéndose como un nadador,

 

Y luchando, ¡angustias fúnebres!

Contra un gigantesco remolino

Que va cantando como los locos

Y pirueteando en las tinieblas;

 

Un desdichado hechizado

En sus tanteos fútiles,

Para huir de un lugar lleno de reptiles,

Buscando la luz y la clave;

 

Un condenado descendiendo sin lámpara

Al borde de un abismo cuyo olor

Traiciona la húmeda profundidad,

De eternas escaleras sin peldaños,

 

Donde velan monstruos viscosos

Cuyos enormes ojos fosforescentes

Hacen una noche más negra todavía

Dejándoles visibles sólo a ellos;

 

Un navío apresado en el polo,

Como en una trampa de cristal,

Buscando por qué estrecho fatal

Ha caído en aquel calabozo;

 

-Emblemas nítidos, cuadro perfecto

De una fortuna irremediable,

¡Qué hace pensar que el Diablo

Realiza siempre bien cuanto él hace!

 

II

 

¡Coloquio sombrío y límpido

De un corazón convertido en su espejo!

Pozo de la Verdad, claro y negro,

Donde tiembla una estrella lívida,

 

Un faro irónico, infernal,

Antorcha de gracias satánicas,

Consuelo y gloria únicos,

-¡La conciencia en el Mal!

 

1857.


 

LXXXV

 

EL RELOJ

 

¡Reloj! ¡Divinidad siniestra, horrible, impasible,

Cuyo dedo nos amenaza y nos dice: ¡Recuerda!

Los vibrantes Dolores en tu corazón lleno de terror

Se plantarán pronto como en un blanco;

 

El Placer vaporoso huirá hacia el horizonte

Tal como una sílfide hacia el fondo del pasillo;

Cada instante te devora un trozo de la delicia

Acordada a cada hombre para toda su estancia.

 

Tres mil seiscientas veces por hora, el Segundero

Murmura: ¡Recuerda! -Rápido, con su voz

De insecto, Ahora dice: ¡Yo soy Antaño,

Y yo he bombeado tu vida con mi trompa inmunda!

 

¡Remember! ¡Recuerda! pródigo Esto memorl

(Mi garganta de metal habla todas las lenguas.)

¡Los minutos, muerte juguetona, son gangas

Que no hay que dejar sin extraer el oro!

 

¡Recuerda! que el Tiempo es un jugador ávido

Que gana sin trampear, ¡en todo golpe! es la ley.

El día declina; la noche aumenta: ¡recuerda!

El abismo tiene siempre sed; la clepsidra se vacía.

 

Luego sonará la hora en que el Divino Azar,

Donde la augusta Virtud, tu esposa todavía virgen,

Donde el Arrepentimiento mismo (¡oh, el postrer refugio!)

Donde todo te dirá: ¡Muere, viejo flojo! ¡es muy tarde!"

 

1860.


 

CUADROS PARISIENSES

 

LXXXVI

 

PAISAJE

 

Yo quiero, para componer castamente mis églogas,

Acostarme cerca del cielo, como los astrólogos,

Y vecino de los campanarios, escuchar soñando

Sus himnos solemnes arrastrados por el viento.

Las dos manos bajo el mentón, desde lo alto de la bohardilla,

 

Yo veré el taller que canta y que charla;

Las chimeneas, los campanarios, esos mástiles de la cité,

Y los amplios cielos que hacen soñar con la eternidad.

 

Es grato, a través de las brumas, ver nacer

Las estrellas en el azur, la lámpara en la ventana,

Los vahos del carbón trepar al firmamento

Y la luna volcar su pálido encantamiento.

Yo veré las primaveras, los estíos, los otoños,

Y cuando llegue el invierno de las nieves monótonas,

Cerraré por todas partes portezuelas y postigos

Para edificar en la noche mis feéricos palacios.

Entonces soñaré con horizontes azulados,

Jardines, surtidores llevando en los alabastros,

Besos, pájaros cantando noche y día,

Y todo cuanto el Idilio tiene de más infantil.

El Motín, atronando vanamente en mi ventana,

No hará levantar mi frente de mi pupitre;

Porque estaré sumergido en esta voluptuosidad

De evocar la Primavera con mi voluntad,

Extraer un sol de mi corazón, y hacer

De mis pensamientos ardientes una tibia atmósfera.

 

1857.


 

LXXXVII

 

EL SOL

 

A lo largo del viejo faubourg, donde penden en las casuchas

Las persianas, abrigo de secretas lujurias,

Cuando el sol cruel cae con trazos redoblados

Sobre la ciudad y los campos, sobre los techos y los trigales,

Yo acudo a ejercitarme solo en mi fantástica esgrima,

Husmeando en todos los rincones las sorpresas de la rima.

Tropezando sobre las palabras como sobre los adoquines.

Chocando a veces con versos hace tiempo soñados.

 

Este padre nutricio, enemigo de las clorosis,

Despierta en los campos los versos como las rosas;

Hace evaporarse las preocupaciones hacia el cielo,

Y colma los cerebros y las colmenas de miel.

Es él quien rejuvenece a los que empuñan muletas

Y los torna alegres y dulces como muchachas jóvenes,

Y ordena a los sembrados crecer y madurar

¡En el corazón inmortal que siempre quiere florecer!

 

Cuando, igual que un poeta, desciende en las ciudades,

Ennoblece el destino de las cosas más viles,

Introduciéndose cual rey, sin ruido y sin lacayos,

En todos los hospitales y en todos los palacios.

 

1861.


 

LXXXVIII

 

A UNA MENDIGA PELIRROJA

 

Blanca muchacha de los cabellos rojizos,

Cuyo vestido por los agujeros

Deja ver la pobreza

Y la belleza,

 

Para mí, poeta enclenque,

Tu joven cuerpo enfermizo,

Lleno de pecas,

Tiene su dulzura.

 

Tú llevas más galantemente

Que una reina de romance

Sus coturnos de terciopelo

Tus zuecos burdos.

 

En lugar de un harapo muy corto,

Un soberbio traje de corte

Arrastra con pliegues rumorosos y largos

Sobre tus talones;

 

En lugar de medias agujereadas,

Para los ojos taimados

Sobre tu pierna un puñal de oro

Reluce todavía;

 

Nudos mal ajustados

Desnudan para nuestros pecados

Tus dos hermosos senos, radiantes

Como dos ojos;

 

Que para desnudarte

Tus brazos se hacen rogar

Y expulsan con golpes vivaces

Los dedos traviesos,

 

Perlas del más bello oriente,

Sonetos del maestro Belleau

Por tus galantes engrillados

Sin cesar ofrecidos

 

Chusma de rimadores

Dedicándote sus primores

Y contemplando tu zapato

Bajo la escalera,

 

Más de un paje enamorado del azar,

Más que un señor y más que un Ronsard

¡Espiaban por diversión

Tu fresco escondrijo!

 

Tú contabas en tus lechos

Más besos que lises

Y ordenabas bajo tus leyes

¡Más de un Valois!

 

-Empero tú vas mendigando

Algún viejo mendrugo yaciendo

En el umbral de cualquier Véfour

De la encrucijada;

 

Tú vas curioseando por debajo

Joyas de veintinueve sueldos

Que yo no puedo, ¡oh, perdón!

Regalarte.

 

¡Ve, pues, sin otro adorno,

Perfumes, perlas, diamante,

Que tu magra desnudez!

¡Oh, mi belleza!

 

1861.


LXXXIX

 

EL CISNE

 

A Víctor Hugo.

 

I

 

¡Andrómaca, pienso en ti! Este riacho,

Pobre y triste espejo donde antaño resplandeció

La inmensa majestad de vuestros dolores de viuda,

Este Simoïs mentiroso que con vuestras lágrimas crece,

 

Ha fecundado de pronto mi memoria fértil,

Cuando yo atravesaba el nuevo Carrousel.

El viejo París terminó (la forma de una ciudad

Cambia más rápido, ¡ah!, que el corazón de un mortal);

 

Yo no veo sino con el espíritu todo este caserío,

Este montón de capiteles esbozados y los fustes,

Las hierbas, los grandes bloques verdecidos por el agua de las charcas,

Y brillando en las ventanas, el bric-a-bras confuso.

 

Allí se mostraba antaño una casa de fieras;

Allá yo vi, una mañana, en la hora en que bajo los cielos

Fríos y claros el Trabajo se despierta, en que la basura

Empuja un sombrío huracán en el aire silencioso,

 

Un cisne que se había evadido de su jaula,

Y, con sus patas palmípedas frotando el empedrado seco,

Sobre el suelo' áspero arrastraba su blanco plumaje.

Cerca de un arroyo sin agua la bestia abriendo el pico

 

Bañaba nerviosamente sus alas en el polvo,

Y decía, el corazón lleno de su bello lago natal:

"Agua, ¿Cuándo lloverás? ¿Cuándo tronarás, rayo?"

Yo veo este desdichado, mito extraño y fatal,

 

Hacia el cielo algunas veces, como el hombre de Ovidio,

Hacia el cielo irónico y cruelmente azul,

Sobre su cuello convulsivo tender su cabeza ávida,

¡Como si dirigiera reproches a Dios!

 

II

 

¡París cambia! ¡pero, nada en mi melancolía

Se ha movido! palacios nuevos, andamiajes, bloques,

Viejos arrabales, todo para mí vuélvese alegoría,

Y mis caros recuerdos son más pesados que rocas.

 

También ante este Louvre una imagen me oprime:

Y pienso en mi gran cisne, con sus gestos locos,

Como los exiliados, ridículo y sublime,

¡Y roído por un deseo sin tregua! y luego en vos,

 

Andrómaca, de los brazos de un gran esposo caída,

Vil rebaño, bajo la mano del soberbio Pirro,

Cabe una tumba vacía en éxtasis doblegado;

Viuda de Héctor, ¡ah! ¡y mujer de Heleno!

 

Yo pienso en la negra, enflaquecida y tísica,

Chapaleando en el lodo, y buscando, la mirada huraña,

Los cocoteros ausentes del África soberbia

Detrás de la muralla inmensa de neblina;

 

En cualquiera que ha perdido lo que no se encuentra

¡Jamás, jamás! ¡en los que beben lágrimas!

¡Y maman del Dolor cual de una buena loba!

¡En los flacos huérfanos secándose cual flores!

 

También en la selva donde mi espíritu se exilia

¡Un viejo Recuerdo resuena con la plenitud del cuerno!

Pienso en los marineros olvidados en una isla,

¡En los cautivos, en los vencidos!...  ¡y en muchos otros todavía!

 

1860.


 

XC

 

LOS SIETE ANCIANOS

A Víctor Hugo

 

Hormigueante ciudad, llena de sueños,

Donde el espectro en pleno Día agarra al transeúnte!

Los misterios rezuman por todas partes como las savias

En los canales estrechos del coloso poderoso.

 

Una mañana, mientras que en la triste calle

Las casas, cuya altura prolonga la bruma,

Simulaban los dos muelles de un río crecido,

Y que, decoración semejante al alma del actor,

 

Una niebla sucia y amarilla inundaba tanto el espacio,

Yo seguía, atesando mis nervios cual un héroe

Y discutiendo con mi alma ya cansada,

El "faubourg" sacudido por las pesadas carretas.

 

De pronto, un anciano cuyos guiñapos amarillos

Imitaban el color de este cielo lluvioso,

Y de los que el aspecto había hecho llover las limosnas,

Sin la maldad que lucía en sus ojos,

 

Se me apareció. Se hubiera dicho su pupila empapada

En la hiel; su mirada agudizando la escarcha,

Y su barba de largas guedejas, afilada como una espada,

Se proyectaba, parecida a la de Judas.

 

No estaba encorvado, sino quebrado, su espinazo

Hacía con su pierna imperfecto ángulo recto,

Si bien su bastón, completando su estampa,

Le imprimía el talante y el paso torpe

 

De un cuadrúpedo enfermo o de un brasero de tres patas.

En la nieve y el barro avanzaba atascándose,

Cual si aplastara muertos bajo sus chanclos,

Hostil al universo más bien que indiferente.

 

Su semejante le seguía: barbas, ojos, dorso, bastón, guiñapos,

Ningún rasgo distinguía, del mismo infierno llegado,

Este jumento centenario, y estos espectros barrocos

Marchaban con el mismo peso hacia un final desconocido.

 

¿A qué complot infame estaba yo expuesto,

O qué perverso azar así me humillaba?

¡Porque yo conté siete veces, de minuto en minuto,

Este siniestro anciano que se multiplicaba!

 

Que aquel que se burla de mi inquietud,

Y que no se ha sentido alcanzado por un estremecimiento fraternal,

Si bien que, pese a tanta decrepitud,

¡Estos siete monstruos horribles tenían el aire eterno!

 

¿Hubiera yo, sin morir, contemplado el octavo,

Sosías inexorable, irónico y fatal,

Asqueante Fénix, hijo y padre de sí-mismo?

-Mas volví las espaldas al cortejo infernal.

 

¡Exasperado como un ebrio que viera doble,

Retorné, cerré mi puerta, espantado,

Enfermo y pasmado, el espíritu afiebrado y turbado,

Herido por el misterio y por el absurdo!

 

Vanamente mi razón quería empuñar la barra;

La tempestad jugando derrotaba mis esfuerzos,

¡Y mi alma danzaba, danzaba, vieja gabarra

Sin mástiles, sobre un mar monstruoso y sin riberas!

 

1859.


 

XCI

 

LAS VIEJECITAS

A Víctor Hugo

 

En los pliegues sinuosos de las viejas capitales,

Donde todo, hasta el horror, vuelve a los sortilegios,

Espío, obediente a mis humores fatales,

Los seres singulares, decrépitos y encantadores.

 

Estos monstruos dislocados fueron antaño mujeres

¡Eponina o Lais!  Monstruos rotos, jorobados

O torcidos, ¡amémoslos! son todavía almas

Bajo faldas agujereadas y bajo fríos trapos.

 

Trepan, flagelados por el cierzo inicuo,

Estremeciéndose al rodar estrepitoso de los ómnibus,

Y apretando contra su flanco, cual si fueran reliquias,

Un saquito bordado de flores o de arabescos;

 

Trotan, muy parecidos a marionetas;

Se arrastran, como hacen las bestias heridas,

O bailan, sin querer bailar, pobres campanillas

De las que cuelga un Demonio sin piedad. Destrozados

 

Como están, tienen ojos taladrantes cual una barrena,

Brillantes como esos agujeros en los que el agua duerme en la noche;

Tienen los ojos divinos de la tierna niña

Que se maravilla y ríe a todo cuanto reluce.

 

-¿Habéis observado que muchos féretros de viejas

Son casi tan pequeños como el de un niño?

La Muerte sabia deposita en esas cajas iguales

Un símbolo de un sabor caprichoso y cautivante,

 

Y cuando entreveo un fantasma débil

Atravesando de París el hormigueante cuadro,

Me parece siempre que este ser frágil

Se marcha muy dulcemente hacia una nueva cuna;

 

A menos que, meditando sobre la geometría,

Yo no busque, en el aspecto de esos miembros discordes,

Cuántas veces es preciso que el obrero varíe

La forma de la caja donde se meten todos esos cuerpos.

 

-Esos ojos son pozos abiertos por un millón de lágrimas,

Crisoles que un metal enfriado recubre con pajuelas...

¡Esos ojos misteriosos tienen invencibles encantos

Para aquel que el austero Infortunio amamanta!

 

II

 

De Frascati difunta Vestal enamorada;

Sacerdotisa de Talía, ¡ah!, de la que el apuntador

Enterrado sabe el nombre; célebre evaporada

Que Tívole antaño sombreaba en su flor,

¡Todas me embriagan! Pero, entre esos seres débiles

Los hay que, haciendo del dolor una miel,

Han dicho al Sacrificio que les prestaba sus alas:

Hipógrifo poderoso, ¡llévame hasta el cielo!

 

La una, por su patria en la desdicha ejercitada,

La otra, que el esposo sobrecargó de dolores,

La otra, por su hijo Madona traspasada,

¡Todas habrían podido formar un río con sus lágrimas!

 

III

 

¡Ah!  ¡Cómo he seguido a esas viejecitas!

Una, entre otras, a la hora en que el sol poniente

Ensangrienta el cielo con heridas bermejas,

Pensativa, se sentaba apartada sobre un banco,

 

Para escuchar uno de esos conciertos, ricos en cobre

Con los que los soldados, a veces, inundan nuestros jardines,

Y que, en esas tardes de oro en las que nos sentimos revivir,

Vierten cierto heroísmo en el corazón de los ciudadanos.

 

Aquélla, erecta aún, altiva y oliendo a la regla,

Aspirando ávidamente ese canto vivido y guerrero;

Su mirada, a veces, se abría como el ojo de una vieja águila;

¡Su frente de mármol parecía hecha para el laurel!

 

IV

 

Tal como camináis, estoicas y sin quejas,

A través del caos de vivientes ciudades,

madres de sangrante corazón, cortesanas o santas,

De las que, antaño, los nombres por todos eran citados.

 

Vosotras que fuisteis la gracia o que fuisteis la gloria,

¡Nadie os reconoce! Un beodo incivil

Os enrostra al pasar un amor irrisorio;

Sobre vuestros talones brinca un niño flojo y vil.

 

Avergonzadas de existir, sombras encogidas,

medrosas, agobiadas, costeáis los muros;

Y nadie os saluda, ¡extraños destinos!

¡Despojos de humanidad para la eternidad maduros!

 

Pero yo, yo que de lejos tiernamente os espío,

La mirada inquieta, fija sobre vuestros pasos vacilantes,

Como si yo fuera vuestro padre, ¡oh, maravilla!

Saboreo sin que lo sepáis placeres clandestinos:

 

Veo expandirse vuestras pasiones novicias;

Sombríos o luminosos, veo vuestros días perdidos;

¡Mi corazón multiplicado disfruta de todos vuestros vicios!

¡Mi alma resplandece de todas vuestras virtudes!

 

¡Ruinas! ¡Mi familia! ¡oh, cerebros congéneres!

¡Yo cada noche os hago una solemne despedida!

¿Dónde estaréis mañana, Evas octogenarias,

Sobre las que pesa la garra horrorosa de Dios?

 

1859.


 

XCII

 

LOS CIEGOS

 

¡Contémplalos, alma mía; son realmente horrendos!

Parecidos a maniquíes; vagamente ridículos;

Terribles, singulares como los sonámbulos;

Asestando, no se sabe dónde, sus globos tenebrosos.

 

Sus ojos, de donde la divina chispa ha partido.

Como si miraran a lo lejos, permanecen elevados

Hacia el cielo; no se les ve jamás hacia los suelos

Inclinar soñadores su cabeza abrumada.

 

Atraviesan así el negror ilimitado,

Este hermano del silencio eterno. ¡Oh, ciudad!

Mientras que alrededor nuestro, tú cantas, ríes y bramas,

 

Prendada del placer hasta la atrocidad,

¡Mira! ¡Yo me arrastro también! Pero, más que ellos, ofuscado,

Pregunto: ¿Qué buscan en el Cielo, todos estos ciegos?

 

1860.


 

XCIII

 

A UNA TRANSEÚNTE

 

La calle ensordecedora alrededor mío aullaba.

Alta, delgada, enlutada, dolor majestuoso,

Una mujer pasó, con mano fastuosa

Levantando, balanceando el ruedo y el festón;

 

Ágil y noble, con su pierna de estatua.

Yo, yo bebí, crispado como un extravagante,

En su pupila, cielo lívido donde germina el huracán,

La dulzura que fascina y el placer que mata.

 

Un rayo...  ¡luego la noche! - Fugitiva beldad

Cuya mirada me ha hecho súbitamente renacer,

¿No te veré más que en la eternidad?

 

Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Jamás, quizá!

Porque ignoro dónde tú huyes, tú no sabes dónde voy,

¡Oh, tú!, a la que yo hubiera amado, ¡oh, tú que lo supiste!

 

1860.


 

XCIV

 

EL ESQUELETO LABRADOR

 

I

 

En las láminas de anatomía

Que yacen en estos muelles polvorientos,

Donde tanto libro cadavérico

Duerme como una antigua momia,

 

Dibujos a los cuales la gravedad

Y el saber de un viejo artista,

Por más que el tema sea triste,

Han comunicado la Belleza,

 

Se ven, lo que hace más completos

Esos misteriosos horrores,

Cavando como labradores,

Desollados y Esqueletos.

 

II

 

De este terreno que escarbáis,

Labriegos resignados y lúgubres,

Con todo el esfuerzo de vuestras vértebras,

O de vuestros músculos descarnados,

 

Decid, ¿qué cosecha extraña,

Forzados salidos del osario,

Arrancasteis y de qué granjero

Habéis llenado el granero?

 

¿Queréis (¡con un destino harto duro,

Espantoso y claro emblema!)

Mostrar que en la fosa misma

El sueño prometido no es seguro;

 

Que alrededor nuestro la Nada es traidora;

Que todo, hasta la Muerte, nos mientes,

Y que sempiternamente,

¡Ah! necesitaremos quizá

 

En algún país desconocido

Cavar la tierra áspera

Y hundir una pesada pala

Bajo nuestro pie sangriento y desnudo?

 

1859.


 

XCV

 

CREPÚSCULO VESPERTINO

 

He aquí la noche encantadora, amiga del criminal;

Llega como un cómplice, a paso de lobo; el cielo

Se cierra lentamente cual una gran alcoba,

Y el hombre impaciente se cambia en bestia salvaje.

 

¡Oh noche!, amable noche, deseada por aquel

Cuyos brazos, sin mentir, pueden decir: ¡Hoy

Hemos trabajado! - Es la noche la que alivia

Los espíritus que devora un dolor salvaje,

El sabio obstinado cuya frente se abruma,

Y el obrero encorvado que recobra su lecho.

 

Mientras tanto demonios malignos en la atmósfera

Se despiertan pesadamente, cual hombres de negocios,

Y golpean al volar los postigos y el altillo.

A través de las luces que atormenta el viento

La Prostitución se enciende en las calles;

Como un hormiguero ella abre sus salidas;

Por todas partes traza un oculto camino,

Cual el enemigo que intenta un asalto;

Ella se agita en el seno de la ciudad de fango

Como un gusano que roba al Hombre lo que ha comido.

 

Se escuchan aquí y allí las cocinas silbar,

Los teatros chillar, las orquestas roncar;

Las mesas redondas, en las que el juego hace las delicias,

Llénanse de rameras y de estafadores, sus cómplices,

 

Y los ladrones, que no tienen tregua ni merced,

Pronto han de comenzar su trabajo, ellos también,

Y forzar suavemente las puertas y las cajas

Para vivir unos días y vestir a sus amantes.

 

¡Recógete, alma mía, en este grave instante,

Y cierra tu oído a este rugido.

Esta es la hora en que los dolores de los enfermos se agudizan!

La Noche sombría les agarra la garganta; concluyen

Su destino y van hacia la fosa común;

El hospital se llena de sus suspiros. - Más de uno

No llegará jamás en busca de la sopa perfumada,

AI rincón del hogar, de noche, junto a un alma amada.

 

Todavía la mayoría de ellos, jamás han conocido

La Dulzura del hogar, ¡Jamás han vivido!

 

1852.


 

XCVI

 

EL JUEGO

 

En los sillones marchitos, cortesanas viejas,

Pálidas, las cejas pintadas, la mirada zalamera y fatal,

Coqueteando y haciendo de sus magras orejas

Caer un tintineo de piedra y de metal;

 

Alrededor de verdes tapetes, rostros sin labio,

Labios pálidos, mandíbulas desdentadas,

Y dedos convulsionados por una infernal fiebre,

Hurgando el bolsillo o el seno palpitante;

 

Bajo sucios cielorrasos una fila de pálidas arañas

Y enormes quinqués proyectando sus fulgores

Sobre frentes tenebrosas de poetas ilustres

Que acuden a derrochar sus sangrientos sudores;

 

He aquí el negro cuadro que en un sueño nocturno

Vi desarrollarse bajo mi mirada perspicaz.

Yo mismo, en un rincón del antro taciturno,

Me vi apoyado, frío, mudo, ansioso,

 

Envidiando de esas gentes la pasión tenaz,

De aquellas viejas rameras la fúnebre alegría,

¡Y todos gallardamente ante mí traficando,

El uno con su viejo honor, la otra con su belleza!

 

¡Y mi corazón se horrorizó contemplando a tanto infeliz

Acudiendo con fervor hacia el abismo abierto,

Y que, ebrio de sangre, preferiría en suma

El dolor a la muerte y el infierno a la nada!

 

1857.


 

XCVII

 

DANZA MACABRA

 
Para Ernesto Christophe
 

Como un viviente, arrogante de su noble estatura,

Con su gran ramillete, su pañuelo y sus guantes,

Ella tiene la indolencia y la desenvoltura

De una coqueta flaca de porte extravagante.

 

¿Se vio alguna vez en el baile un talle más delgado?

Su vestido exagerado, en su real amplitud,

Se vuelca abundantemente sobre un pie seco que oprime

Un zapato adornado, bello cual una flor.

 

El frunce que juega al borde de las clavículas,

Cual arroyo lascivo frotándose en el peñasco,

Defiende púdicamente de las chanzas ridículas

Los fúnebres encantos que ella sabe ocultar,

 

Sus ojos profundos están hechos de vacío y de tinieblas,

Y su cráneo, con flores artísticamente peinado,

Oscila lánguidamente sobre sus frágiles vértebras,

¡Oh, encanto de un fantasma locamente emperifollado!

 

Algunos te tomarán por una caricatura,

Sin comprender, amantes ebrios de carne,

La elegancia sin nombre de tu humana armadura.

¡Tú respondes, gran esqueleto, a mi gusto más caro!

 

¿Vienes a turbar, con tu imponente mueca,

La fiesta de la Vida? o ¿algún viejo deseo,

Acicateando aún tu viviente esqueleto,

Te impulsa, crédula, al aquelarre del Placer?

 

¿Con el cantar de los violines, y las llamas de las bujías,

Esperas expulsar tu pesadilla burlona,

Y vienes a implorar al torrente de las orgías

Que refresque el infierno encendido en tu corazón?

 

¡Inagotable pozo de necedad y de errores!

¡Del antiguo dolor eterno alambique!

A través del retorcido enrejado de tus costillas

Yo veo, todavía errante, el insaciable áspid.

 

A la verdad, temo que tu coquetería

No alcance un precio digno de sus esfuerzos;

¿Quién, entre esos corazones mortales, alcanza la burla?

¡Los sortilegios del horror sólo embriagan a los fuertes!

 

El abismo de tus ojos, pleno de horribles pensamientos,

Exhala el vértigo, y los bailarines prudentes

No contemplarán sin amargas náuseas

La sonrisa eterna de tus treinta y dos dientes.

 

Empero, ¿quién no ha estrechado entre sus brazos un esqueleto,

Y quién no se ha nutrido de cosas sepulcrales?

¿Qué importa el perfume, el vestido o el tocado?

El que hace ascos demuestra que se cree bello.

 

Bayadera sin nariz, irresistible trotona,

Diles, pues, a estos bailarines que se hacen los ofuscados:

"Arrogantes galanes, pese al arte de los polvos y del colorete,

¡Exhaláis todos la muerte! ¡Oh, esqueletos almizclados!

 

¡Antinoos marchitos, dandis de rostro glabre,

Cadáveres barnizados, lovelaces canosos,

El alboroto universal de la danza macabra

Os arrastra hacia lugares desconocidos!

 

Desde los muelles fríos del Sena a los bordes ardientes del Ganges,

El tropel mortal salta y se pasma, sin ver

La trompeta del Ángel en un agujero del techo

Siniestramente boquiabierto cual un negro trabuco.

 

En todo clima, bajo todo sol, la Muerte te admira

En tus contorsiones, risible Humanidad,

Y a menudo, como tú, perfumándose de mirra,

Mezcla su ironía a tu insensatez!"

 

1857.


 

XCVIII

 

EL AMOR DE LA MENTIRA

 

Cuando te veo pasar, ¡oh!, mi querida, indolente,

Al cantar de los instrumentos que se rompe en el cielo raso

Suspendiendo tu andar armonioso y lento,

Y paseando el hastío de tu mirar profundo;

 

Cuando contemplo bajo la luz del gas que la colora,

Tu frente pálida, embellecida por morbosa atracción,

Donde las antorchas nocturnas encienden una aurora,

Y tus ojos atraen cual los de un retrato,

 

Yo me digo: ¡Qué hermosa es! y ¡qué singularmente fresca!

El recuerdo macizo, real e imponente torre,

La corona, y su corazón cual un melocotón magullado,

Está maduro, como su cuerpo, para el sabio amor.

 

¿Eres el fruto otoñal de sabores soberanos?

¿Eres la urna fúnebre aguardando algunas lágrimas,

Perfume que hace soñar con oasis lejanos,

Almohada acariciante, o canastillo de flores?

 

Yo sé que hay miradas, de las más melancólicas,

Que no recelan jamás secretos preciosos;

Hermosos alhajeros sin joyas, medallones sin reliquias,

Más vacíos, más profundos que vosotros mismos, ¡oh Cielos!

 

¿Pero, no basta que tú seas la apariencia,

Para regocijar un corazón que rehuye la verdad?

¿Qué importa tu torpeza o tu indiferencia?

Máscara o adorno, ¡salud!  Yo adoro tu beldad.

 

1860.


 

XCIX

 

(YO NO HE OLVIDADO...)

 

Yo no he olvidado, vecina a la ciudad,

Nuestra blanca morada, pequeña pero tranquila;

Su Pomona de yeso y su vieja Venus

En un bosquecillo insignificante ocultando sus miembros desnudos,

 

Y el sol, en la tarde, refulgente y soberbio,

Que, detrás del cristal en que se quebraba su gavilla,

Parecía, ojo inmenso abierto en el cielo curioso,

Contemplar vuestras cenas largas y silenciosas,

Derramando generosamente sus bellos reflejos de cirio

Sobre el mantel frugal y las cortinas de sarga.

 

1857.


C

 

(A LA CRIADA...)

 

A la criada de la que con toda el alma estabais celosa

Y que duerme su sueño bajo un humilde césped,

Debiéramos, sin embargo, llevarle algunas flores.

Los muertos, los pobres muertos, tienen grandes dolores,

Y cuando Octubre sopla, talador de viejos árboles,

Su viento melancólico alrededor de sus mármoles,

En verdad, deben encontrar los vivos harto ingratos,

Durmiendo, como lo hacen, cálidamente entre sus sábanas,

Mientras que, devorados por negras ensoñaciones,

Sin compañero de lecho, sin gratas conversaciones,

Viejos esqueletos helados consumidos por el gusano,

Sienten escurrirse las nieves del invierno

Y el siglo transcurrir, sin que amigos ni familia

Reemplacen los jirones que penden de su verja.

Cuando el leño silba y canta, si en la tarde,

Tranquila, en el sillón yo la veía sentarse,

Si, en una noche azul y fría de diciembre,

Yo la encontraba acurrucada en un rincón de mi cuarto,

Grave, y viniendo del fondo de su lecho eterno

Incubar el niño crecido bajo su mirada maternal,

¿Qué podría responder yo a esta alma piadosa,

Viendo caer las lágrimas de su pupila hueca?

 

1857.


 

CI

 

BRUMAS Y LLUVIAS

 

¡Oh, finales de otoño, inviernos, primaveras cubiertas de lodo,

Adormecedoras estaciones! yo os amo y os elogio

Por envolver así mí corazón y mi cerebro

Con una mortaja vaporosa y en una tumba baldía.

 

En esta inmensa llanura donde el austro frío sopla,

Donde en las interminables noches la veleta enronquece,

Mi alma mejor que en la época del tibio reverdecer

Desplegará ampliamente sus alas de cuervo.

 

Nada es más dulce para el corazón lleno de cosas fúnebres,

Y sobre el cual desde hace tiempo desciende la escarcha,

¡Oh, blanquecinas estaciones, reinas de nuestros climas!,

 

Que el aspecto permanente de vuestras pálidas tinieblas,

-Si no es en una noche sin luna, uno junto al otro,

El dolor adormecido sobre un lecho cualquiera.

 

1857.


 

CII

 

SUEÑO PARISIENSE

 

Constantin Guys

 

I

 

De aquel terrible paisaje,

Tal que jamás un mortal vio,

Esta mañana todavía la imagen,

Vaga y lejana, me arrebataba.

 

¡El sueño estaba lleno de milagros!

Por un capricho singular

Yo había desterrado del espectáculo

El vegetal singular,

 

Y, pintor orgulloso de mi genio,

saboreaba en mi cuadro

La embriagante monotonía

Del metal, del mármol y del agua.

 

Babel de escaleras y de arcadas,

Era un palacio infinito,

Lleno de fuentes y cascadas

Volcando el oro mate o bruñido;

 

Y cataratas pesadas,

Como cortinas de cristal,

Pendían, deslumbrantes,

De las murallas de metal.

 

No de árboles, sino de columnatas,

Los dormidos estanques nos rodeaban,

Donde gigantescas náyades,

Como mujeres, se contemplaban.

 

Napas de agua derramábanse, azules

Entre malecones rosados y verdes,

A lo largo de millones de leguas,

Hacia el confín del universo;

 

¡Eran piedras inauditas

Y oleadas mágicas; eran

Inmensos espejos deslumbrantes

Por todo cuanto ellos reflejaban!

 

Indolentes y taciturnos,

Los Ganges, en el firmamento,

Volcaban el tesoro de sus urnas

En abismos de diamante.

 

Arquitecto de mis hechizos,

Yo hacía, a mi capricho,

Bajo un túnel de pedrerías

Pasar un océano domado;

Y todo, aun el color negro,

Parecía límpido, claro, irisado;

El líquido engastaba su gloria

En el destello cristalizado.

 

¡Ningún astro, desde luego, nada de vestigios

De sol, ni siquiera en lo bajo del cielo,

Para iluminar estos prodigios,

Que brillaban con su propio fuego!

 

Y sobre estas movientes maravillas

Cerníase (¡terrible novedad!

¡Todo para la vista, nada para los oídos!)

Un silencio de eternidad.

 

II

 

Al reabrir mis ojos llameantes

He visto el horror de mi rincón,

Y sentí, penetrando en mi alma,

La punta de las preocupaciones malditas;

 

El péndulo de los acentos fúnebres

Sonaba brutalmente el mediodía,

Y el cielo volcaba tinieblas

Sobre el triste mundo adormilado.

 

1860.


 

CIII

 

EL CREPÚSCULO MATUTINO

 

La diana cantaba en los patios de los cuarteles,

Y el viento de la mañana soplaba sobre las linternas.

 

Era la hora en que el enjambre de los sueños malignos

Tuerce sobre sus almohadas los atezados adolescentes;

Cuando, cual un ojo sangriento que palpita y se menea,

La lámpara en el amanecer es una mancha roja;

Cuando el alma, bajo el peso del cuerpo rudo y pesado,

Imita los combates de la lámpara y del día.

Como un rostro en llanto que las brisas enjugan,

El aire está lleno del escalofrío de las cosas que se fugan,

Y el hombre está fatigado de escribir y la mujer de amar,

 

Las casas, aquí y allá, comienzan a humear,

Las hembras de placer, el párpado lívido,

Boca abierta, dormían con su sueño estúpido;

Las pordioseras, arrastrando sus senos fláccidos y fríos,

Soplaban sobre sus tizones y soplaban sobre sus dedos.

Era la hora en que, entre el frío y la roñería

Se agravan los dolores de las mujeres yacientes;

Cual un sollozo cortado por un vómito espumoso

El canto del gallo, a lo lejos, rasgaba el aire brumoso;

Un mar de nieblas bañaba los edificios,

Y los agonizantes en el fondo de los hospicios

Exhalaban su postrer estertor en hipos desiguales.

Los libertinos regresaban, destrozados por sus esfuerzos.

 

La aurora tiritante, vestida de rosa y verde,

Avanzaba lentamente sobre el Sena desierto,

Y la sombra de París, frotándose los ojos,

Empuñaba sus herramientas, anciano laborioso.

 

1852.


 

EL VINO

 

 

CIV

 

EL ALMA DEL VINO

 

Una noche, el alma del vino cantó en las botellas:

"¡Hombre, hacia ti elevo, ¡oh! querido desheredado,

Bajo mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos,

Una canción colmada de luz y de fraternidad!

 

Sobre la colina en llamas, yo sé cuánto se requiere

De pena, de sudor y de sol abrasador

Para engendrar mi vida y para infundirme el alma;

Mas, no seré ni ingrato ni dañino,

 

Pues que experimento un regocijo inmenso cuando caigo

En el gaznate de un hombre consumido por su labor,

Y su cálido pecho es una dulce tumba

En la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.

 

¿Oyes resonar las canciones dominicales

Y la esperanza que gorjea en mi pecho palpitante?

Los codos sobre la mesa y arremangado,

Tú me glorificarás y te sentirás contento;

 

Yo iluminaré los ojos de tu mujer arrebatada;

A tu hijo le volveré su fuerza y sus colores

Y seré para ese frágil atleta de la vida

El ungüento que fortalece los músculos de los luchadores.

 

En ti yo caeré, vegetal ambrosía,

Grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,

Para que de nuestro amor nazca la poesía

Que brotará hacia Dios cual una rara flor!"

 

1844.


 

CV

 

EL VINO DE LOS TRAPEROS

 

Frecuentemente, al claro fulgor de un reverbero

Del cual bate el viento la llama y atormenta el vidrio,

En el corazón de un antiguo arrabal, laberinto fangoso

Donde la humanidad bulle en fermentos tempestuosos,

 

Se ve un trapero que llega, meneando la cabeza,

Tropezando, y arrimándose a los muros como un poeta,

Y, sin cuidarse de los polizontes, sus sombras negras

Expande todo su corazón en gloriosos proyectos.

 

Formula juramentos, dicta leyes sublimes,

Aterra los malvados, redime las víctimas,

Y bajo el firmamento cual un dosel suspendido,

Se embriaga con los esplendores de su propia virtud.

 

Sí, esta gente hostigada por miserias domésticas,

Molidos por el trabajo y atormentados por la edad,

Derrengados y doblándose bajo un montón de basuras,

Vómitos confusos del enorme París,

 

Retornan, perfumados de un olor de toneles,

Seguidos de compañeros, encanecidos en las batallas,

Cuyos mostachos penden como las viejas banderas.

Los pendones, las flores y los arcos triunfales

 

Iérguense ante ellos, ¡solemne sortilegio!

¡Y en la ensordecedora y luminosa orgía

Clarines, sol, aclamaciones y tambores,

Tráenle la gloria al pueblo ebrio de amor!

 

Es así como a través de la Humanidad frívola

El vino arrastra el oro, deslumbrante Pactolo;

Por la garganta del hombre canta sus proezas

Y reina por sus dones así como los verdaderos reyes.

 

Para ahogar el rencor y acunar la indolencia

De todos estos viejos malditos que mueren en silencio,

Dios, tocado por los remordimientos, había hecho el sueño;

¡El hombre agregó el Vino, hijo sagrado del Sol!

 

1852.


 

CVI

 

EL VINO DEL ASESINO

 

Mi mujer está muerta, ¡soy libre!

Puedo, pues, beber hasta el hartazgo.

Cuando regresaba sin un sueldo,

Sus gritos me desgarraban los nervios.

 

Tanto como un rey soy dichoso;

El aire es puro, el cielo admirable...

¡Teníamos un verano semejante

Cuando me enamoré!

 

La horrible sed que me desgarra

Tendría necesidad para saciarse

De tanto vino como puede contener

Su tumba; - lo que no es poco decir:

 

La he echado al fondo de un pozo,

Y hasta he arrojado sobre ella

todas las piedras del brocal.

-¡La olvidaré si puedo!

 

En nombre de los juramentos de ternura,

De los que nadie nos puede desligar,

Y para reconciliarnos

Como en los buenos tiempos de nuestra embriaguez,

 

Le imploré una cita,

Por la noche, en un camino oscuro.

¡Ella acudió! -¡loca criatura!

¡Somos todos más o menos locos!

 

Estaba todavía bonita,

¡Si bien muy cansada! Y yo,

¡Yo la quería mucho! He aquí porque

Le dije: ¡Deja esta existencia!

 

Nadie puede comprenderme. Uno solo

Entre estos borrachos estúpidos

¿Pensó en sus noches morbosas

Hacer del vino una mortaja?

 

Esta crápula invulnerable

Como las máquinas de hierro

Jamás, ni en verano ni en invierno,

Ha conocido el amor verdadero,

 

¡Con sus negros encantos,

Su cortejo infernal de clamores,

Sus frascos de veneno, sus lágrimas,

Su estrépito de cadena y de osamentas!

 

-¡Heme aquí, libre y solitario!

Estaré esta noche borracho perdido;

Entonces, sin miedo y sin remordimiento,

Me echaré en el suelo,

 

¡Y dormiré como un perro!

El carretón de pesadas ruedas

Cargado de piedras y de barro,

El vagón desenfrenado puede quizá

 

Aplastar mi cabeza culpable

O cortarme por la mitad,

¡Yo me río, tanto como de Dios,

Del Diablo o de la Santa Mesa!

 

1848.


 

CVII

 

EL VINO DEL SOLITARIO

 

La mirada singular de una mujer galante

Que se desliza hacia nosotros como el rayo blanco

Que la luna ondulante envía al lago tembloroso,

Cuando en él quiere bañar su belleza indolente;

 

El último escudo de la talega en los dedos de un jugador;

Un beso libertino de la flaca Adelina;

Los sones de una música enervante y mimosa,

Semejante al grito lejano del humano dolor,

 

Todo eso no vale nada, ¡oh! botella profunda,

Los bálsamos penetrantes que tu panza fecunda

Guarda, piadosa para el corazón sediento del poeta;

 

¡Tu le viertes la esperanza, la juventud y la vida,

-Y el orgullo, este tesoro de toda miseria,

Que nos vuelve triunfantes y semejantes a los dioses.

 

1857


 

CVIII

 

EL VINO DE LOS AMANTES

 

¡Hoy el espacio muestra todo su esplendor!

Sin freno, sin espuelas, sin bridas.

¡Partamos, cabalgando sobre el vino

Hacia un cielo mágico y divino!

 

Cual dos ángeles a los cuales tortura

Una implacable calentura,

En el azul diáfano de la mañana

¡Sigamos hacia el espejismo lejano!

 

Muellemente mecidos sobre las alas

Del torbellino inteligente,

En un delirio paralelo,

 

¡Hermana mía, uno al lado del otro, navegando,

Huiremos sin reposo ni treguas

Hacia el paraíso de mis sueños!

 

1857


 

FLORES DEL MAL

 

CIX

 

LA DESTRUCCIÓN

 

Incesante a mi vera se agita el Demonio;

Flota alrededor mío como un aire impalpable;

Lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones

Y los llena de un deseo eterno y culpable.

 

A veces toma, sabiendo mi gran amor al Arte,

La forma de la más seductora de las mujeres,

Y, bajo especiosos pretextos de tedio,

Habitúa mis labios a filtros infames.

 

Me conduce así, lejos de la mirada de Dios,

Jadeante y destrozado por la fatiga, en medio

De las llanuras del Hastío, profundas y desiertas,

 

Y despliega ante mis ojos llenos de confusión

Vestimentas mancilladas, heridas abiertas,

¡Y el aparejo sangriento de la Destrucción!

 

1855


 

CX

 

UN MÁRTIR

(Dibujo de un maestro desconocido)

 

En medio de los frascos, de las telas recamadas

Y de los muebles voluptuosos,

Mármoles, cuadros, ropas perfumadas

Se arrastran en pliegues suntuosos,

 

En una alcoba tibia donde, como en un invernáculo,

El aire es peligroso y fatal,

Donde los ramilletes moribundos en sus féretros de vidrio

Exhalan su suspiro final,

 

Un cadáver sin cabeza derrama, cual un río,

Sobre la almohada desalterada

Una sangre roja y vivida con la que la tela se abreva

Con la avidez de un prado.

 

Semejante a las visiones pálidas que engendran la sombra

Y que nos encadenan los ojos,

La cabeza, con el montón de sus crines oscuras

Y de sus joyas preciosas,

 

Sobre el velador, como una ranúncula,

Reposa; y, vacía de pensamientos,

Una mirada vaga y pálida como un crepúsculo

Se escapa de sus ojos revulsivos.

 

Sobre el lecho, el tronco desnudo sin escrúpulos exhibe

En el más completo abandono

El secreto esplendor y la belleza fatal

De que la natura le hizo don;

 

Una media rosada, bordada de oro, en la pierna,

Como un recuerdo ha quedado;

La liga, cual un ojo secreto que fulgura,

Clava una mirada diamantina.

 

El singular aspecto de esta soledad

Y de un gran retrato lánguido,

Con ojos provocadores como su actitud,

Revela un amor tenebroso,

 

Un júbilo culpable y festejos extraños

Llenos de besos infernales,

Con los que se regocija el enjambre de ángeles malos

Flotando en los pliegues de los cortinados;

 

Y empero, al contemplar la delgadez elegante

Del hombro de contorno anguloso,

La cadera un poco puntiaguda y la cintura airosa

Cual un reptil irritado,

 

¡Ella es aún muy joven! -Su alma exasperada

Y sus sentimientos por el hastío mordidos,

¿Estuvieron entreabiertos a la jauría alterada

Los deseos errantes y perdidos?

 

El hombre vengativo, viviente, que tú no has podido,

Malgrado tanto amor, saciar,

¿Colmó sobre tu carne inerte y complaciente

La inmensidad de su deseo?

 

¡Responde, cadáver impuro! y por tus trenzas rígidas

Levantándote con un brazo febriciente,

Dime, cabeza horrenda, sobre tus dientes fríos,

¿No estampó él su suprema despedida?

 

-Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura,

Lejos de los magistrados curiosos,

Duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura,

En tu tumba misteriosa;

 

Tu esposo corre por el mundo y tu forma inmortal

Vela cerca suyo cuando él duerme;

Tanto como tú sin duda él te será fiel

Y constante hasta la muerte.

 

1857.


 

CXI

 

MUJERES CONDENADAS

 

Como bestias meditabundas sobre la arena tumbadas,

Ellas vuelven sus miradas hacia el horizonte del mar,

Y sus pies se buscan y sus manos entrelazadas

Tienen suaves languideces y escalofríos amargos.

 

Las unas, corazones gustosos de las largas confidencias,

En el fondo de bosquecillos donde brotan los arroyos,

Van deletreando el amor de tímidas infancias

Y cincelan la corteza verde de los tiernos arbustos;

 

Otras, cual religiosas, caminan lentas y graves,

A través de las rocas llenas de apariciones,

Donde San Antonio ha visto surgir como de las lavas

Los pechos desnudos y purpúreos de sus tentaciones;

 

Las hay, a la lumbre de resinas crepitantes,

Que en la cavidad muda de los viejos antros paganos

Te apelan en auxilio de sus fiebres aullantes,

¡Oh, Baco, adormecedor de remordimientos pasados!

 

Y otras hay, cuya garganta gusta de los escapularios,

Que, barruntando una fusta bajo sus largas vestimentas,

Mezclan, en el bosque sombrío y las noches solitarias,

La espuma del placer con las lágrimas de los tormentos.

 

¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires,

De la realidad, grandes espíritus desdeñosos,

Buscadoras del infinito, devotas y sátiras,

Ora llenas de gritos, ora llenas de lágrimas,

 

Vosotras que hasta vuestro infierno mi alma ha perseguido,

Pobres hermanas mías, yo os amo tanto como os compadezco,

Por vuestros tristes dolores, vuestra sed insaciable,

¡Y las urnas de amor del que vuestros corazones desbordan!

 

1857


 

CXII

 

LAS DOS BUENAS HERMANAS

 

La Licencia y la Muerte son dos gentiles rameras,

Pródigas de besos y ricas en salud,

Cuyo vientre siempre virgen y cubierto de andrajos

En la incesante labor jamás ha procreado.

 

Al poeta siniestro, enemigo de las familias,

Favorito del infierno, cortesano mal rentado,

Tumbas y lupanares muestran bajo sus atractivos

Un lecho que el remordimiento jamás ha frecuentado

 

Y la tumba y la alcoba, en blasfemias fecundas

Nos ofrendan, vez a vez, como dos buenas hermanas,

Terribles placeres y horrendas dulzuras.

 

¿Cuándo quieres enterrarme, Licencia, la de los brazos inmundos?

¡Oh, Muerte!  ¿Cuándo vendrás, su rival en atractivos,

Para mezclar sus mirtos infectos con tus negros cipreses?

 

1842.


 

CXIII

 

LA FUENTE DE SANGRE

 

Me parece a veces que mi sangre corre a raudales,

Cual una fuente con rítmicos sollozos.

La escucho bien que corre con un prolongado murmullo,

Pero, me palpo en vano para encontrar la herida.

 

A través de la ciudad, como en un campo cercado,