A mi hermano
Paquito
POÉTICA
(De viva voz a G[erardo] D[iego].)
Pero, ¿qué
voy a decir yo de la Poesía? ¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese
cielo? Mirar, mirar, mirarlas, mirarle y nada más. Comprenderás que un
poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y
profesores. Pero ni tú ni yo ni ningún poeta sabemos lo que es la
Poesía.
Aquí está:
mira. Yo tengo el fuego en mis manos. Yo lo entiendo y trabajo con él
perfectamente, pero no puedo hablar de él sin literatura. Yo comprendo
todas las poéticas; podría hablar de ellas si no cambiara de opinión
cada cinco minutos. No sé. Puede que algún día me guste la poesía mala
muchísimo, como me gusta (nos gusta) hoy la música mala con locura.
Quemaré el Partenón por la noche para empezar a levantarlo por la mañana
y no terminarlo nunca.
En mis
conferencias he hablado a veces de la Poesía, pero de lo único que no
puedo hablar es de mi poesía. Y no porque sea un inconsciente de lo que
hago. Al contrario, si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios o
del demonio , también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del
esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema.
PALABRAS DE
JUSTIFICACIÓN
Ofrezco en
este libro, todo ardor juvenil, tortura y ambición sin medida, la imagen
exacta de mis días de adolescencia y juventud, esos días que enlazan el
instante de hoy con mi infancia reciente.
En estas
páginas desordenadas va el reflejo fiel de mi corazón y de mis ansias
teñido del matiz que le prestara, al poseerlo, lc vida palpitante en
torno, recién nacida para mi mirada.
Se hermana
el nacimiento de cada una de estas poesías que tienes en tus manos,
lector, al propio nacer de un brote nuevo del árbol músico de mi vida en
flor. Ruindad fuera el menospreciar esta obra que tan enlazada está a mi
propia vida.
Sobre su
incorrección, sobre su limitación, segura, tendrá este libro la virtud,
entre otras muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi
infancia apasionada correteando desnuda por las praderas de una vega,
sobre un fondo de serranía.
(1921)
VELETA
Julio de
1920. (Füente Vaqueros, Granada.)
Viento del
Sur,
moreno,
ardiente,
llegas
sobre mi carne,
tiayéndome
semilla
de
brillantes
miradas,
empapado
de
azahares.
Pones roja
la luna
y
sollozantes los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado
tarde!
¡ya he
enrollado la noche de mi cuento
en el
estante!
Sin ningún
viento,
¡hazme
caso!
gira,
corazón;
gira,
corazón.
Aire del
Norte,
¡oso blanco
del viento!
llegas
sobre mi carne
tembloroso
de auroras
boreales,
con tu capa
de espectros
capitanes,
y riyéndote
a gritos
del Dante,
¡oh pulidor
de estrellas!
pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario
está musgoso
y he
perdido la llave.
Sin ningún
viento,
¡hazme
caso!
gira,
corazón;
gira,
corazón.
Brisas,
gnomos y vientos
de ninguna
parte.
Mosquitos
de la rosa
de pétalos
pirámides.
Alisios
destetados
entre los
rudos árboles,
flautas en
la tormenta,
¡dejadme!
tiene
recias cadenas
mi
recuerdo,
y está
cautiva el ave
que dibuja
con trinos
la tarde.
Las cosas
que se van no vuelven nunca
todo el
mundo lo sabe,
y entre el
claro gentío de los vientos
es inútil
quejarse. ,
¿Verdad,
chopo, maestro de la brisa?
¡es inútil
quejarse!
Sin ningún
viento,
¡hazme
caso!
gira,
corazón;
gira,
corazón.
LOS
ENCUENTROS DE UN CARACOL AVENTURERO
Diciembre de 1918. (Granada.)
A Ramón
P. Roda.
Hay dulzura
infantil
en la
mañana quieta.
Los árboles
extienden
sus brazos
a la tierra.
Un vaho
tembloroso
cubre las
sementeras,
y las
arañas tienden
sus caminos
de seda
rayas al
cristal limpio
del aire.
En la
alameda
un
manantial recita
su canto
entre las hierbas.
Y el
caracol, pacífico
burgués de
la vereda,
ignorado y
humilde,
el paisáje
contempla..
La divina
quietud
de la
Naturaleza
le dio
valor y fe,
y olvidando
las penas
de su
hogar, deseó
ver el fin
de la senda.
Echó a
andar a internóse
en un
bosque de yedras
y de
ortigas. En medio
había dos
ranas viejas
que tomaban
el sol,
aburridas y
enfermas.
Esos cantos
modernos,
murmuraba
una de ellas,
son
inútiles. Todos,
amiga, le
contesta
la otra
rana, que estaba
herida y
casi ciega:
cuando
joven creía
que si al
fin Dios oyera
nuestro
canto, tendría
compasión.
Y mi ciencia,
pues ya he
vivido mucho,
hace que no
lo crea,
yo ya no
canto más...
Las dos
ranas se quejan
pidiendo
una limosna
a una
ranita nueva
que pasa
presumida
apartando
las hierbas.
Ante el
bosque sombrío
el caracol
se aterra.
Quiere
gritar. No puede.
Las ramas
se le acercan.
¿Es una
mariposa?,
dice la
casi ciega.
Tiene dos
cuernecitos,
la otra
rana contesta.
Es el
caracol. ¿Vienes,
caracol, de
otras tierras?
Vengo de mi
casa y quiero
volverme
muy pronto a ella.
Es un bicho
muy cobarde,
exclama la
rana ciega.
¿No cantas
nunca? No canto,
dice el
caracol. ¿Ni rezas?
Tampoco:
nunca aprendí.
¿Ni crees
en la vida eterna?
¿Qué es
eso?
Pues vivir
siempre
en el agua
más serena,
junto a una
tierra florida
que a un
rico manjar sustenta.
Cuando niño
a mí me dijo,
un día, mi
pobre abuela
que al
morirme yo me iría
sobre las
hojas más tiernas
de los
árboles más altos.
Una hereje
era tu abuela.
La verdad
te la decimos
nosotras.
Creerás en ella,
dicen las
ranas furiosas.
¿Por qué
quise ver la senda?
gime el
caracol. Sí creo
por siempre
en la vida eterna
que
predicáis...
Las ranas,
muy
pensativas, se alejan,
y el
caracol, asustado,
se va
perdiendo en la selva.
Las dos
ranas mendigas
como
esfinges se quedan.
Una de
ellas pregunta:
¿Crees tú
en la vida eterna?
Yo no, dice
muy triste
la rana
herida y ciega.
¿Por qué
hemos dicho, entonces,
al caracol
que crea?
Porque...
No sé por qué,
dice la
rana ciega.
Me lleno de
emoción
al sentir
la firmeza
con que
llaman mis hijos
a Dios
desde la acequia...
E1 pobre
caracol
vuelve
atrás. Ya en la senda
un silencio
ondulado
mana de la
alameda.
Con un
grupo de hormigas
encarnadas
se encuentra.
Van muy
alborotadas,
arrastrando
tras ellas
a otra
hormiga que tiene
tronchadas
las antenas.
El caracol
exclama:
hormiguitas, paciencia.
¿Por qué
así maltratáis
a vuestra
compañera?
Contadme lo
que ha hecho.
Yo juzgaré
en conciencia.
Cuéntalo
tú, hormiguita.
La hormiga
medio muerta,
dice muy
tristemente:
yo he visto
las estrellas.
¿Qué son
estrellas?, dicen
las
hormigas inquietas.
Y el
caracol pregunta
pensativo:
¿estrellas?
Sí, repite
la hormiga,
he visto
las estrellas.
Subí al
árbol más alto
que tiene
la alameda
y vi miles
de ojos
dentro de
mis tinieblas.
E1 caracol
pregunta:
¿pero qué
son estrellas?
Son luces
que llevamos
sobre
nuestra cabeza.
Nosotras no
las vemos,
las
hormigas comentan.
Y el
caracol: mi vista
sólo
alcanza a las hierbas.
Las
hormigas exclaman
moviendo
sus antenas:
te
mataremos, eres
perezosa y
perversa.
El trabajo
es tu ley.
Yo he visto
a las estrellas,
dice la
hormiga herida.
Y el
caracol sentencia:
dejadla que
se vaya,
seguid
vuestras faenas.
Es fácil
que muy pronto
ya rendida
se muera.
Por el aire
dulzón
ha cruzado
una abeja.
La hormiga
agonizando
huele la
tarde inmensa
y dice: es
la que viene
a llevarme
a una estrella.
Las demás
hormiguitas
huyen al
verla muerta.
E1 caracol
suspira
y aturdido
se aleja
lleno de
confusión
por lo
eterno. La senda
no tiene
fin, exclama.
Acaso a las
estrellas
se llegue
por aquí.
Pero mi
gran torpeza
me impedirá
llegar.
No hay que
pensar en ellas.
Todo estaba
brumoso
de sol
débil y niebla.
Campanarios
lejanos
llaman
gente a la iglesia.
Y el
caracol, pacífico
burgués de
la vereda,
aturdido a
inquieto
el paisaje
contempla.
CANCIÓN
OTOÑAL
Noviembre de 1918. (Granada.)
Hoy siento
en el corazón
un vago
temblor de estrellas,
pero mi
senda se pierde
en el alma
de la niebla.
La luz me
troncha las alas
y el dolor
de mi tristeza
va mojando
los recuerdos
en la
fuente de la idea.
Todas las
rosas son blancas,
tan blancas
como mi pena,
y no son
las rosas blancas.
que ha
nevado sobre ellas.
Antes
tuvieron el iris.
También
sobre el alma nieva.
La nieve
del alma tiene
copos de
besos y escenas
que se
hundieron en la sombra
o en la luz
del que las piensa.
La nieve
cae de las rosas
pero la del
alma queda,
y la garra
de los años
hace un
sudario con ellas.
¿Se
deshelará la nieve
cuando la
muerte nos lleva?
¿O después
habrá otra nieve
y otras
rosas más perfectas?
¿Será la
paz con nosotros
como Cristo
nos enseña?
¿O nunca
será posible
la solución
del problema?
¿Y si el
amor nos engaña?
¿Quién la
vida nos alienta
si el
crepúsculo nos hunde
en la
verdadera ciencia
del bien
que quizá no exista
y del mal
que late cerca?
¿Si la
esperanza se apaga
y la Babel
se comienza
qué
antorcha iluminará
los caminos
en la Tierra?
¿Si el azul
es un ensueño
qué será de
la inocencia?
¿Qué será
del corazón
si el amor
no tiene flechas?
¿Y si la
muerte es la muerte
qué será de
los poetas
y de las
cosas dormidas
que ya
nadie las recuerda?
¡Oh sol de
las esperanzas!
¡Agua
clara! ¡Luna nueva!
¡Corazones
de los niños!
¡Almas
rudas de las piedras!
Hoy siento
en el corazón
un vago
temblor de estrellas
y todas las
rosas son
tan blancas
como mi pena.
CANCIÓN
PRIMAVERAL
28 de
marzo de 1919. (Granada.)
I
Salen los
niños alegres
de la
escuela,
poniendo en
el aire tibio
del abril,
canciones tiernas.
¡Qué
alegría tiene el hondo
silencio de
la calleja!
Un silencio
hecho pedazos
por risas
de plata nueva.
II
Voy camino
de la tarde
entre
flores de la huerta,
dejando
sobre el camino
el agua de
mi tristeza.
En el monte
solitario,
un
cementerio de aldea
parece un
campo sembrado
con granos
de calaveras.
Y han
florecido cipreses
como
gigantes cabezas
que con
órbitas vacías
y verdosas
cabelleras,
pensativos
y dolientes
el
horizonte contemplan.
¡Abril
divino, que vienes
cargado de
sol y esencias,
llena con
nidos de oro
las
floridas calaveras!
CANCIÓN
MENOR
Diciembre de 1918. (Granada.)
Tienen
gotas de rocío
las alas
del ruiseñor,
gotas
claras de la luna
cuajadas
por su ilusión.
Tiene el
mármol de la fuente
el beso del
surtidor,
sueño de
estrellas humildes.
Las niñas
de los jardines
me dicen
todas adiós
cuando
paso. Las campanas
también me
dicen adiós.
Y los
árboles se besan
en el
crepúsculo. Yo
voy
llorando por la calle,
grotesco y
sin solución,
con
tristeza de Cyrano
y de
Quijote, redentor
de
imposibles infinitos
con el
ritmo del reloj.
Y veo
secarse los lirios
al contacto
de mi voz
manchada de
luz sangrienta,
y en mi
lírica canción
llevo galas
de payaso
empolvado.
El amor
bello y
lindo se ha escondido
bajo una
araña. El sol
como otra
araña me oculta
con sus
patas de oro. No
conseguiré
mi ventura,
pues soy
como el mismo Amor,
cuyas
flechas son de llanto,
y el carcaj
el corazón.
Daré todo a
los demás
y lloraré
mi pasión
como niño
abandonado
en cuento
que se borró.
ELEGÍA A
DOÑA JUANA LA LOCA
Diciembre de 1918. (Granada.)
A
Melchor Fernández Almagro.
Princesa
enamorada sin ser correspondida.
Clavel rojo
con un valle profundo y desolado.
La tumba
que te guarda rezuma tu tristeza
a través de
los ojos que ha abierto sobre el mármol.
Eras una
paloma con alma gigantesca
cuyo nido
fue sangre del suelo castellano,
derramaste
tu fuego sobre un cáliz de nieve
y al querer
alentarlo tus alas se troncharon.
Soñabas que
tu amor fuera como el infante
que te
sigue sumiso recogiendo tu manto.
Y en vez de
flores, versos y collares de perlas,
te dio la
Muerte rosas marchitas en un ramo.
Tenías en
el pecho la formidable aurora
de Isabel
de Segura. Melibea. Tu canto
como
alondra que mira quebrarse el horizonte
se torna de
repente monótono y amargo.
Y tu grito
estremece los cimientos de Burgos
y oprime la
salmodia del coro cartujano,
y choca con
los ecos de las lentas campanas
perdiéndose
en la sombra tembloroso y rasgado.
Tenías la
pasión que da el cielo de España,
la pasión
del puñal, de la ojera y el llanto.
¡Oh
princesa divina de crepúsculo rojo
con la
rueca de hierro y de acero lo hilado!
Nunca
tuviste el nido, ni el madrigal doliente
ni el laúd
juglaresco que solloza lejano.
Tu juglar
fue un mancebo con escamas de plata
y un eco de
trompeta su acento enamorado.
Y sin
embargo, estabas para el amor formada,
hecha para
el suspiro, el mimo y el desmayo,
para llorar
tristezas sobre el pecho querido
deshojando
una rosa de olor entre los labios.
Para mirar
la luna bordada sobre el río
y sentir la
nostalgia que en sí lleva el rebaño
y mirar los
eternos jardines de la sombra,
¡oh
princesa morena que duermes bajo el mármol!
¿Tienes los
ojos negros abiertos a la luz
o se
enredan serpientes a tus senos exhaustos...?
¿Dónde
fueron tus besos lanzados a los vientos?
¿Dónde fue
la tristeza de tu amor desgraciado?
En el cofre
de plomo, dentro de to esqueleto,
tendrás el
corazón partido en mil pedazos.
Y Granada
te guarda como santa reliquia,
¡oh
princesa morena que duermes bajo el mármol!
Eloísa y
Julieta fueron dos margaritas
pero tú
fuiste un rojo clavel ensangrentado
que vino de
la tierra dorada de Castilla,
a dormir
entre nieve y cipresales castos.
Granada era
tu lecho de muerte, Doña Juana,
los
cipreses tus cirios, la sierra tu retablo.
Un retablo
de nieve que mitigue tus ansias,
¡con el
agua que pasa junto a ti! ¡La del Dauro!
Granada era
tu lecho de muerte, Doña Juana,
la de las
torres viejas y del jardín callado,
la de la
yedra muerta sobre los muros rojos,
la de la
niebla azul y el arrayán romántico.
Princesa
enamorada y mal correspondida.
Clavel rojo
en un valle profundo y desolado.
La tumba
que te guarda rezuma to tristeza
a través de
los ojos que ha abierto sobre el mármol.
¡CIGARRA!
3 de
agosto de 1918. (Fuente Vaqueros, Granada.)
A Maria
Luisa.
¡Cigarra!
¡Dichosa
tú!,
que sobre
el lecho de tierra
mueres
borracha de luz.
Tú sabes de
las campiñas
el secreto
de la vida,
y el cuento
del hada vieja
que nacer
hierba sentía
en ti
quedóse guardado.
¡Cigarra!
¡Dichosa
tú!,
pues mueres
bajo la sangre
de un
corazón todo azul.
La luz es
Dios que desciende
y el sol
brecha por
donde se filtra.
¡Cigarra!
¡Dichosa
tú!,
pues
sientes en la agonía
todo el
peso del azul.
Todo lo
vivo que pasa
por las
puertas de la muerte
va con la
cabeza baja
y un aire
blanco durmiente.
Con habla
de pensamiento.
Sin
sonidos...
Tristemente,
cubierto
con el silencio
que es el
manto de la muerte
Mas tú,
cigarra encantada,
derramando
son te mueres
y quedas
transfigurada
en sonido y
luz celeste.
¡Cigarra!
¡Dichosa
tú!,
pues te
envuelve con su manto
el propio
Espíritu Santo,
que es la
luz.
¡Cigarra!
Estrella
sonora
sobre los
campos dormidos,
vieja amiga
de las ranas
y de los
oscuros grillos,
tienes
sepulcros de oro
en los
rayos tremolinos
del sol que
dulce te hiere
en la
fuerza del estío,
y el sol se
lleva tu alma
para
hacerla luz.
Sea mi
corazón cigarra
sobre los
campos divinos.
Que muera
cantando lento
por el
cielo azul herido
y cuando
esté ya expirando
una mujer
que adivino
lo derrame
en sus manos
por el
polvo.
Y mi sangre
sobre el campo
sea rosado
y dulce limo
donde
claven sus azadas
los
cansados campesinos.
¡Cigarra!
¡Dichosa
tú!,
pues te
hieren las espadas invisibles
del azul
BALADA
TRISTE
(PEQUEÑO
POEMA
Abril de
1918. (Granada.)
¡Mi corazón
es una mariposa,
niños
buenos del prado!.
que presa
por la araña gris del tiempo
tiene el
polen fatal del desengaño.
De niño yo
canté como vosotros,
niños
buenos del prado,
solté mi
gavilán con las temible;
cuatro uñas
de gato,
Pasé por el
jardín de Cartagena
la verbena
invocando
y perdí la
sortija de mi dicha
al pasar el
arroyo imaginario.
Fui también
caballero
una tarde
fresquita de mayo.
Ella era
entonces para mí el enigma,
Estrella
azul sobre mi pecho intacto.
Cabalgué
lentamente hacia los cielos,
era un
domingo de pipirigallo,
y vi que en
vez de rosas y claveles
ella
tronchaba lirios con sus manos.
Yo siempre
fui intranquilo,
niños
buenos del prado,
el ella del
romance me sumía
en
ensoñares claros:
¿Quién será
la que coge los claveles
y las rosas
de mayo?
¿Y por qué
la verán sólo los niños
a lomos de
Pegaso?
¿Será esa
misma la que en los rondones
con
tristeza llamamos
estrella,
suplicándole que salga
a danzar
por el campo?...
En abril de
mi infancia yo cantaba,
niños
buenos del prado,
la ella
impenetrable del romance
donde sale
Pegaso.
Yo decía en
las noches la tristeza
de mi amor
ignorado,
y la luna
lunera ¡qué sonrisa
ponía entre
sus labios!
¿Quién será
la que corta los claveles
y las rosas
de mayo?
Y de
aquella chiquita, tan bonita,
que su
madre ha casado,
¿en qué
oculto rincón de cementerio
dormirá su
fracaso?
Yo solo con
mi amor desconocido,
sin
corazón, sin llantos,
hacia el
techo imposible de los cielos
con un gran
sol por báculo.
¡Qué
tristeza tan seria me da sombra!
niños
buenos del prado,
cómo
recuerda dulce el corazón
los días ya
lejanos...
¿Quién será
la que corta los claveles
y las rosas
de mayo?
MAÑANA
7 de
agosto de 1918. (Fuente Vaqueros, Granada.)
A
Fernando Marchesi.
Y la
canción del agua
es una cosa
eterna.
Es la savia
entrañable
que madura
los campos.
Es sangre
de poetas
que dejaron
sus almas
perderse en
los senderos
de la
Naturaleza.
¡Qué
armonías derrama
al brotar
de la peña!
Se abandona
a los hombre
con sus
dulces cadencias,
La mañana
está clara.
Los hogares
humean,
y son los
humos brazos
que levanta
la niebla.
Escuchad
los romances
del agua en
las choperas.
¡Son
pájaros sin alas
perdidos
entre hierbas!
Los árboles
que cantan
se tronchan
y se secan.
Y se tornan
llanuras
las
montañas serenas.
Mas la
canción del agua
es una cosa
eterna.
Ella es luz
hecha canto
de
ilusiones románticas.
Ella es
firme y suave
llena de
cielo y mansa.
Ella es
niebla y es rosa
de la
eterna mañana.
Miel de
luna que fluye
de
estrellas enterradas.
¿Qué es el
santo bautismo,
sino Dios
hecho agua
que nos
unge las frentes
con su
sangre de gracia?
Por algo
Jesucristo
en ella
confirmóse,
por algo
las estrellas
en sus
ondas descansan.
Por algo
madre Venus
en su seno
engendróse,
que amor de
amor tomamos
cuando
bebemos agua.
Es el amor
que corre
todo manso
y divino,
es la vida
del mundo,
la historia
de su alma.
Ella lleva
secretos
de las
bocas humanas,
pues todos
la besamos
y la sed
nos apaga.
Es un arca
de besos
de bocas ya
cerradas,
es eterna
cautiva,
del corazón
hermana.
Cristo
debió decirnos:
“Confesaos
con el agua
de todos
los dolores,
de todas
las infamias.
¿A quién
mejor, hermanos,
entregar
nuestras ansias
que a ella
que sube al cielo
en
envolturas blancas?”
No hay
estado perfecto
como al
tomar el agua,
nos
volvemos más niños
y más
buenos: y pasan
nuestras
penas vestidas
con rosadas
guirnaldas.
Y los ojos
se pierden
en regiones
doradas.
¡Oh fortuna
divina
por ninguno
ignorada!
Agua dulce
en que tantos
sus
espíritus lavan,
no hay nada
comparable
con tus
orillas santas
si una
tristeza honda
nos ha dado
sus alas.
LA SOMBRA
DE MI ALMA
Diciembre de 1919. (Madrid.)
La sombra
de mi alma
huye por un
ocaso de alfabetos,
niebla de
libros
y palabras.
¡La sombra
de mi alma!
He llegado
a la línea donde cesa
la
nostalgia
y la gota
de llanto se transforma
alabastro
de espíritu.
(¡La sombra
de mi alma!)
El copo del
dolor
se acaba,
pero queda
la razón y la sustancia
de mi viejo
mediodía de labios,
de mi viejo
mediodía
de miradas.
Un turbio
laberinto
de
estrellas ahumadas
enreda mi
ilusión
casi
marchita.
¡La sombra
de mi alma!
Y una
alucinación
Me ordeña
las miradas.
Veo la
palabra amor
desmoronada.
¡Ruiseñor
mío!
¡Ruiseñor!
¿Aún
cantas?
LLUVIA
Enero de
1919. (Granada.)
La lluvia
tiene un vago secreto de ternura,
algo de
soñolencia resignada y amable.
Una música
humilde se despierta con ella
que hace
vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar
azul que recibe la Tierra,
el mito
primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto
ya frío de cielo y tierra viejos
con una
mansedumbre de atardecer constante.
Es la
aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge
de espíritu santo de los mares.
La que
derrama vida sobre las sementeras
y en el
alma tristeza de lo que no se sabe.
La
nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal
sentimiento de haber nacido tarde,
o la
ilusión inquieta de un mañana imposible
con la
inquietud cercana del dolor de la carne.
El amor se
despierta en el gris de su ritmo,
nuestro
cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero
nuestro optimismo se convierte en tristeza,
al
contemplar las gotas muertas en los cristales.
Y son las
gotas ojos de infinito que miran
al infinito
blanco que les sirvió de madre.
Cada gota
de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan
divinas heridas de diamante.
Son poetas
del agua que han visto y que meditan
lo que la
muchedumbre de los ríos no sabe.
¡Oh lluvia
silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia
mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia
buena y pacifica que eres la verdadera,
la que
amorosa y triste sobre las cosas caes!
¡Oh lluvia
franciscana que llevas a tus gotas
almas de
fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando
sobre los campos desciendes lentamente
las rosas
de mi pecho con tus sonidos abres.
El canto
primitivo que dices al silencio
y la
historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta
llorando mi corazón desierto
en un negro
y profundo pentagrama sin clave.
Mi alma
tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza
resignada de cosa irrealizable.
Tengo en el
horizonte un lucero encendido
y el
corazón me impide que corra a contemplarle.
¡Oh lluvia
silenciosa que los árboles aman
y eres
sobre el piano dulzura emocionante.
Das al alma
las mismas nieblas y resonancias
que pones
en el alma dormida del paisaje!
SI MIS
MANOS PUDIERAN DESHOJAR
10 de
noviembre de 1919. (Granada.)
Yo
pronuncio tu nombre
en las
noches oscuras,
cuando
vienen los astros
a beber en
la luna
y duermen
los ramajes
de las
frondas ocultas.
Y yo me
siento hueco
de pasión y
de música.
Loco reloj
que canta
muertas
horas antiguas.
Yo
pronuncio tu nombre,
en esta
noche oscura,
y tu nombre
me suena
más lejano
que nunca.
Más lejano
que todas las estrellas
y más
doliente que la mansa lluvia
¿Te querré
como entonces
alguna vez?
¿Qué culpa
tiene mi
corazón?
Si la
niebla se esfuma
¿qué otra
pasión me espera?
¿será
tranquila y pura?
¡¡si mis
dedos pudieran
deshojar a
la luna!!
EL CANTO DE
LA MIEL
Noviembre de 1918. (Granada.)
La miel es
la palabra de Cristo,
el oro
derretido de su amor.
El más allá
del néctar,
la momia de
la luz del paraíso.
La colmena
es una estrella casta,
pozo de
ámbar que alimenta el ritmo
de las
abejas. Seno de los campos
tembloroso
de aromas y zumbidos.
La miel es
la epopeya del amor,
la
materialidad de lo infinito.
Alma y
sangre doliente de las flores
condensada
a través de otro espíritu.
(Así la
miel del hombre es la poesía
que mana de
su pecho dolorido,
de un panal
con la cera del recuerdo
formado por
la abeja de lo íntimo.)
La miel es
la bucólica lejana
del pastor,
la dulzaina y el olivo,
hermana de
la leche y las bellotas,
reinas
supremas del dorado siglo.
La miel es
como el sol de la mañana,
tiene toda
la gracia del estío
y la
frescura vieja del otoño.
Es la hoja
marchita y es el trigo.
¡Oh divino
licor de la humildad,
sereno como
un verso primitivo!
La armonía
hecha carne tú eres
el resumen
genial de lo lírico.
En ti
duerme la melancolía,
el secreto
del beso y del grito.
Dulcísima.
Dulce. Éste es to adjetivo.
Dulce como
los vientres de las hembras.
Dulce como
los ojos de los niños.
Dulce como
la sombra de la noche.
Dulce como
una voz.
O como un
lirio.
Para el que
lleva la pena y la lira,
eres sol
que ilumina el camino.
Equivales a
todas las bellezas,
al color, a
la luz, a los sonidos.
¡Oh! Divino
licor de la esperanza,
donde la
perfección del equilibrio
llegan alma
y materia en unidad
como en la
hostia cuerpo y luz de Cristo.
Y el alma
superior es de las flores.
¡Oh licor
que esas almas has unido!
El que to
gusta no sabe que traga
un resumen
dorado del lirismo.
ELEGÍA
Diciembre de 1918. (Granada.)
Como un
incensario lleno de deseos,
pasas en la
tarde luminosa y clara
con la
carne oscura de nardo marchito
y el sexo
potente sobre tu mirada.
Llevas en
la boca to melancolía
de pureza
muerta, y en la dionisíaca
copa de tu
vientre la araña que teje
el velo
infecundo que cubre la entraña
nunca
florecida con las vivas rosas
fruto de
los besos.
En tus
manos blancas
llevas la
madeja de tus ilusiones,
muertas
para siempre, y sobre tu alma
la pasión
hambrienta de besos de fuego
y tu amor
de madre que sueña lejanas
visiones de
cunas en ambientes quietos,
hilando en
los labios lo azul de la nana.
Como Ceres
dieras tus espigas de oro
si el amor
dormido tu cuerpo tocara,
y como la
virgen María pudieras
brotar de
tus senos otra vía láctea.
Te
marchitarás como la magnolia.
Nadie
besará tus muslos de brasa.
Ni a tu
cabellera llegarán los dedos
que la
pulsen como las cuerdas de un arpa.
¡Oh mujer
potente de ébano y de nardo!
cuyo
aliento tiene blancor de biznagas.
Venus del
mantón de Manila que sabe
del vino de
Málaga y de la guitarra.
¡Oh cisne
moreno!, cuyo lago tiene
lotos de
saetas, olas de naranjas
y espumas
de rojos claveles que aroman
los nidos
marchitos que hay bajo sus alas.
Nadie te
fecunda. Mártir andaluza,
tus besos
debieron ser bajo una parra
plenos del
silencio que tiene la noche
y del ritmo
turbio del agua estancada.
Pero tus
ojeras se van agrandando
y tu pelo
negro va siendo de plata;
tus senos
resbalan escanciando aromas
y empieza a
curvarse tu espléndida espalda.
¡Oh mujer
esbelta, maternal y ardiente!
Virgen
dolorosa que tiene clavadas
todas las
estrellas del cielo profundo
en su
corazón ya sin esperanza.
Eres el
espejo de una Andalucía
que sufre
pasiones gigantes y calla,
pasiones
mecidas por los abanicos
y por las
mantillas sobre las gargantas
que tienen
temblores de sangre, de nieve
y arañazos
rojos hechos por miradas.
Te vas por
la niebla del otoño, virgen
como Inés,
Cecilia, y la dulce Clara,
siendo una
bacante que hubiera danzado
de pámpanos
verdes y vid coronada.
La tristeza
inmensa que flota en tus ojos
nos dice tu
vida rota y fracasada,
la
monotonía de tu ambiente pobre
viendo
pasar gente desde tu ventana,
oyendo la
lluvia sobre la amargura
que tiene
la vieja calle provinciana,
mientras
que a to lejos suenan los clamores
turbios y
confusos de unas campanadas.
Mas en vano
escuchaste los acentos del aire.
Nunca llegó
a tu oído la dulce serenata.
Detrás de
tus cristales aún miras anhelante:
¡Qué
tristeza tan honda tendrás dentro del alma
al sentir
en el pecho ya cansado y exhausto
la pasión
de una niña recién enamorada!
Tu cuerpo
irá a la tumba intacto de emociones.
Sobre la
oscura tierra brotará una alborada.
De tus ojos
saldrán dos claveles sangrientos
y de tus
senos rosas como la nieve blancas.
Pero tu
gran tristeza se irá con las estrellas,
como otra
estrella digna de herirlas y eclipsarlas.
SANTIAGO
(BALADA
INGENUA)
25 de
julio de 1918. (Fuente Vaqueros, Granada.)
I
Esta noche
ha pasado Santiago
su camino
de luz en el cielo.
Lo comentan
los niños jugando
con el agua
de un cauce sereno.
¿Dónde va
el peregrino celeste
por el
claro, infinito sendero?
Va a la
aurora que brilla en el fondo
en caballo
blanco como el hielo.
¡Niños
chicos, cantad en el prado
horadando
con risas el viento!
Dice un
hombre que ha visto a Santiago
en tropel
con doscientos guerreros.
Iban todos
cubiertos de luces,
con
guirnaldas de verdes luceros,
y el
caballo que monta Santiago
era un
astro de brillos intensos.
Dice el
hombre que cuenta la historia
que en la
noche dormida se oyeron
tremolar
plateado de alas
que en sus
ondas llevóse el silencio.
¿Qué sería
que el río paróse?
Eran
ángeles los caballeros.
¡Niños
chicos, cantad en el prado
horadando
con risas el viento!
Es la noche
de luna menguante.
¡Escuchad!
¿Qué se siente en el cielo,
que los
grillos refuerzan sus cuerdas
y dan voces
los perros vegueros?
Madre
abuela, ¿cuál es el camino,
madre
abuela, que yo no to veo?
Mira bien
y verás una cinta
de polvillo
harinoso y espeso,
un borrón
que parece de plata
o de nácar.
¿Lo ves?
Ya lo veo.
Madre
abuela, ¿dónde está Santiago?
Por allí
marcha, con su cortejo,
la cabeza
llena de plumajes
y de perlas
muy finas el cuerpo,
con la luna
rendida a sus plantas,
con el sol
escondido en el pecho.
Esta noche
en la vega se escuchan
los relatos
brumosos del cuento.
¡Niños
chicos, cantad en el prado,
horadando
con risas el viento!
II
Una vieja
que vive muy pobre
en la parte
más alta del pueblo,
que posee
una rueca inservible,
una virgen
y dos gatos negros,
mientras
hace la ruda calceta
con sus
secos y temblones dedos,
rodeada de
buenas comadres,
y de sucios
chiquillos traviesos,
en la paz
de la noche tranquila,
con las
sierras perdidas en negro,
va contando
con ritmos tardíos
la visión
que ella tuvo en sus tiempos.
Ella vio en
una noche lejana
como ésta,
sin ruidos ni vientos,
al apóstol
Santiago en persona,
peregrino
en la tierra del cielo.
Y comadre,
¿cómo iba vestido?-
le
preguntan dos voces a un tiempo.
Con bordón
de esmeraldas y perlas
y una
túnica de terciopelo.
Cuando hubo
pasado la puerta,
mis palomas
sus alas tendieron,
y mi perro,
que estaba dormido,
fue tras
él, sus pisadas lamiendo.
Era dulce
el Apóstol divino,
más aún que
la luna de enero.
A su paso
dejó por la senda
un olor de
azucena y de incienso.
Y comadre,
¿no le dijo nada?-
le
preguntan dos voces a un tiempo.
Al pasar
me miró sonriente
y una
estrella dejóme aquí dentro.
¿Dónde
tienes guardada esa estrella?
le pregunta
un chiquillo travieso.
¿Se ha
apagado dijéronle otros-
como cosa
de un encantamiento?
No, hijos
míos, la estrella relumbra,
que en el
alma clavada la llevo.
¿Cómo son
las estrellas aquí?
Hijo mío,
igual que en el cielo.
Siga, siga
la vieja comadre.
¿Dónde iba
el glorioso viajero?
Se perdió
por aquellas montañas
con mis
blancas palomas y el perro.
Pero llena
dejóme la casa
de rosales
y de jazmineros,
y las uvas
verdes de la parra
maduraron,
y mi troje lleno
encontré a
la siguiente mañana.
Todo obra
del Apóstol bueno.
¡Grande
suerte que tuvo, comadre!-
sermonearon
dos voces a un tiempo.
Los
chiquillos están ya dormidos
y los
campos en hondo silencio.
¡Niños
chicos, pensad en Santiago
por los
turbios caminos del sueño!
¡Noche
clara, finales de julio!
¡Ha pasado
Santiago en el cielo!
La tristeza
que tiene mi alma,
por el
blanco camino la dejo
para ver si
la encuentran los niños
y en el
agua la vayan hundiendo,
para ver si
en la noche estrellada
a muy lejos
la llevan los vientos.
EL DIAMANTE
Noviembre de 1920. (Granada.)
El diamante
de una estrella
ha rayado
el hondo cielo,
pájaro de
luz que quiere
escapar del
universo
y huye del
enorme nido
donde
estaba prisionero
sin saber
que lleva atada
una cadena
en el cuello.
Cazadores
extrahumanos
están
cazando luceros,
cisnes de
plata maciza
en el agua
del silencio.
Los chopos
niños recitan
su
cartilla; es el maestro
un chopo
antiguo que mueve
tranquilo
sus brazos muertos.
Ahora en el
monte lejano
jugarán
todos los muertos
a la
baraja. ¡Es tan triste
la vida en
el cementerio!
¡Rana,
empieza tu cantar!
¡Grillo,
sal de tu agujero!
Haced un
bosque sonoro
con
vuestras flautas. Yo vuelo
hacia mi
casa intranquilo.
Se agitan
en mi cerebro
dos palomas
campesinas
y en el
horizonte, ¡lejos!,
se hunde el
arcaduz del día.
¡Terrible
noria del tiempo!
MADRIGAL DE
VERANO
Agosto
de 1920. (Vega de Zujaira.)
Junta tu
roja boca con la mía,
¡oh
Estrella la gitana!
Bajo el oro
solar del mediodía
morderé la
manzana.
En el verde
olivar de la colina,
hay una
torre mora
del color
de tu carne campesina
que sabe a
miel y aurora.
Me ofreces
en tu cuerpo requemado,
el divino
alimento
que da
flores al cauce sosegado
y luceros
al viento.
¿Cómo a mí
te entregaste, luz morena?
¿Por qué me
diste llenos
de amor tu
sexo de azucena
y el rumor
de tus senos?
¿No fue por
mi figura entristecida?
(¡Oh mis
torpes andares!)
¿Te dio
lástima acaso de mi vida,
marchita de
cantares?
¿Cómo no
has preferido a mis lamentos
los muslos
sudorosos de un San Cristóbal campesino, lentos
en el amor
y hermosos?
Danaide del
placer eres conmigo.
Femenino
Silvano.
Huelen tus
besos como huele el trigo
reseco del
verano.
Entúrbiame
los ojos con tu canto.
Deja tu
cabellera
extendida y
solemne como un manto
de sombra
en la pradera.
Píntame con
tu boca ensangrentada
un cielo
del amor,
en un fondo
de carne la morada
Estrella de
dolor.
Mi pegaso
andaluz está cautivo
de tus ojos
abiertos,
volará
desolado y pensativo
cuando los
vea muertos.
Y aunque no
me quisieras te querría
por tu
mirar sombrío
como quiere
la alondra al nuevo día,
sólo por el
rocío.
Junta tu
roja boca con la mía,
¡oh
Estrella la gitana!
Déjame bajo
el claro mediodía
consumir la
manzana.
CANTOS
NUEVOS
Agosto
de 1920. (Vega de Zujaira.)
Dice la
tarde: “¡Tengo sed de sombra!”
Dice la
luna: “Yo, sed de luceros.”
La fuente
cristalina pide labios
y suspiros
el viento.
Yo tengo
sed de aromas y de risas,
sed de
cantares nuevos
sin lunas y
sin lirios,
y sin
amores muertos.
Un cantar
de mañana que estremezca
a los
remansos quietos
del
porvenir. Y llene de esperanza
sus ondas y
sus cienos.
Un cantar
luminoso y reposado
pleno de
pensamiento,
virginal de
tristezas y de angustias
y virginal
de ensueños.
Cantar sin
carne lírica que llene
de risas el
silencio.
(Una
bandada de palomas ciegas
lanzadas al
misterio.)
Cantar que
vaya al alma de las cosas
y al alma
de los vientos
y que
descanse al fin de la alegría
del corazón
eterno.
ALBA
Abril de
1919. (Granada.)
Mi corazón
oprimido .
siente
junto a la alborada
el dolor de
sus amores
y el sueño
de las distancias.
La luz de
la aurora lleva
semilleros
de nostalgias
y la
tristeza sin ojos
de la
médula del alma.
La gran
tumba de la noche
su negro
velo levanta
para
ocultar con el día
la inmensa
cumbre estrellada.
¡Qué haré
yo sobre estos campos
cogiendo
nidos y ramas,
rodeado de
la aurora
y llena de
noche el alma!
¡Qué haré
si tienes tus ojos
muertos a
las luces claras
y no ha de
sentir mi carne
el calor de
tus miradas!
¿Por qué te
perdí por siempre
en aquella
tarde clara?
Hoy mi
pecho está reseco
como una
estrella apagada.
EL
PRESENTIMIENTO
Agosto
de 1920. (Vega de Zujaira.)
El
presentimiento
es la sonda
del alma
en el
misterio.
Nariz del
corazón,
palo de
ciego
que explora
en la tiniebla
del tiempo.
Ayer es lo
marchito,
el
sentimiento
y el campo
funeral
del
recuerdo.
Anteayer
es lo
muerto.
Madriguera
de ideas moribundas,
de pegasos
sin freno.
Malezas de
memorias
y desiertos
perdidos en
la niebla
de los
sueños.
Nada turba
los siglos
pasados.
No podemos
arrancar un
suspiro
de lo
viejo.
El pasado
se pone
su coraza
de hierro
y tapa sus
oídos
con algodón
del viento.
Nunca podrá
arrancársele
un secreto.
Sus
músculos de siglos
y su
cerebro
de
marchitas ideas
en feto
no darán el
licor que necesita
el corazón
sediento.
Pero el
niño futuro
nos dirá
algún secreto
cuando
juegue en su cama
de luceros.
Y es fácil
engañarle;
por eso,
démosle con
dulzura
nuestro
seno.
Que el topo
silencioso
del
presentimiento
nos traerá
sus sonajas
cuando se
esté durmiendo.
CANCIÓN
PARA LA LUNA
Agosto
de 1920.
Blanca
tortuga,
luna
dormida,
¡qué
lentamente
caminas!
Cerrando un
párpado
de sombra,
miras
cual
arqueológica
pupila.
Que quizá
sea...
(Satán es
tuerto)
una
reliquia.
Viva
lección
para
anarquistas.
Jehová
acostumbra
sembrar su
finca
con ojos
muertos
y cabecitas
de sus
contrarias
milicias.
Gobierna
rígido
la Faz
divina
con su
turbante
de niebla
fría,
poniendo
dulces
astros sin
vida
al rubio
cuervo
del día.
Por eso,
luna,
¡luna
dormida!
vas
protestando
seca de
brisas,
del gran
abuso
la tiranía
de ese
Jehová
que os
encamina
por una
senda
¡siempre la
misma!
Mientras Él
goza
en compañía
de Doña
Muerte,
que es su
querida..
Blanca
tortuga,
luna
dormida,
casta
Verónica
del sol que
limpias
en el ocaso
su faz
rojiza.
Ten
esperanza,
muerta
pupila,
que el Gran
Lenin
de tu
campiña
será la Osa
Mayor, la
arisca
fiera del
cielo
que irá
tranquila
a dar su
abrazo
de
despedida,
al viejo
enorme
de los seis
días.
Y entonces,
luna
blanca,
vendría
el puro
reino
de la
ceniza.
(Ya habréis
notado
que soy
nihilista.)
ELEGÍA DEL
SILENCIO
Julio de
1920.
Silencio,
¿dónde llevas
tu cristal
empañado
de risas,
de palabras
y sollozos
del árbol?
¿Cómo
limpias, silencio,
el rocío
del canto
y las
manchas sonoras
que los
mares lejanos
dejan sobre
la albura
serena de
tu manto?
¿Quién
cierra tus heridas
cuando
sobre los campos
alguna
vieja noria
clava su
lento dardo
en tu
cristal inmenso?
¿Dónde vas
si al ocaso
te hieren
las campanas
y quiebran
tu remanso
las
bandadas de coplas
y el gran
rumor dorado
que cae
sobre los montes
azules
sollozando?
El aire del
invierno
hace su
azul pedazos,
y troncha
tus florestas
el lamentar
callado
de alguna
fuente fría.
Donde posas
tus manos,
la espina
de la risa
o el
caluroso hachazo
de la
pasión encuentras.
Si te vas a
los astros,
el zumbido
solemne
de los
azules pájaros
quiebra el
gran equilibrio
de tu
escondido cráneo.
Huyendo del
sonido
eres sonido
mismo,
espectro de
armonía,
humo de
grito y canto.
Vienes para
decirnos
en las
noches oscuras
la palabra
infinita
sin aliento
y sin labios.
Taladrado
de estrellas
y maduro de
música,
¿dónde
llevas, silencio,
tu dolor
extrahumano,
dolor de
estar cautivo
en la araña
melódica,
ciego ya
para siempre
tu
manantial sagrado?
Hoy
arrastran tus ondas
turbias de
pensamiento
la ceniza
sonora
y el dolor
del antaño.
Los ecos de
los gritos
que por
siempre se fueron.
El
estruendo remoto
del mar,
momificado.
Si Jehová
se ha dormido
sube al
trono brillante,
quiébrale
en su cabeza
un lucero
apagado,
y acaba
seriamente
con la
música eterna,
la armonía
sonora
de luz y
mientras tanto,
vuelve a tu
manantial,
donde en la
noche eterna,
antes que
Dios y el tiempo,
manabas
sosegado.
BALADA DE
UN DIA DE JULIO
Julio de
1919.
Esquilones
de plata
llevan los
bueyes.
¿Dónde
vas, niña mía,
de sol y
nieve?
Voy a las
margaritas
del prado
verde.
El prado
está muy lejos
y miedo
tienes.
Al airón y
a la sombra
mi amor no
teme.
Teme al
sol, niña mía,
de sol y
nieve.
Se fue de
mis cabellos
ya para
siempre.
¿Quién
eres, blanca niña?
¿De dónde
vienes?
Vengo de
los amores
y de las
fuentes.
Esquilones
de plata
llevan los
bueyes.
¿Qué
llevas en la boca
que se to
enciende?
La
estrella de mi amante
que vive y
muere.
¿Qué
llevas en el pecho
tan fino y
leve?
La espada
de mi amante
que vive y
muere.
¿Qué
llevas en los ojos,
negro y
solemne?
Mi
pensamiento triste
que siempre
hiere.
¿Por qué
llevas un manto
negro de
muerte?
¡Ay, yo
soy la viudita
triste y
sin bienes.
Del conde
del Laurel
de los
Laureles!
¿A quién
buscas aquí
si a nadie
quieres?
Busco el
cuerpo del conde
de los
Laureles.
¿Tú buscas
el amor,
viudita
aleve?
Tú buscas
un amor
que ojalá
encuentres.
Estrellitas del cielo
son mis
quereres,
¿dónde
hallaré a mi amante
que vive y
muere?
Está
muerto en el agua,
niña de
nieve,
cubierto de
nostalgias
y de
claveles.
¡Ay!
caballero errante
de los
cipreses,
una noche.
de luna
mi alma te
ofrece.
¡Ah! Isis
soñadora.
Niña sin
mieles,
la que en
bocas de niños
su cuento
vierte.
Mi corazón
te ofrezco,
corazón
tenue,
herido por
los ojos
de las
mujeres.
Caballero
galante,
con Dios te
quedes.
Voy a
buscar al conde
de los
Laureles.
Adiós, mi
doncellita,
rosa
durmiente,
tú vas para
el amor
y yo a la
muerte.
Esquilones
de plata
llevan los
bueyes.
Mi corazón
desangra
como una
fuente.
IN MEMORIAM
Agosto
de 1920.
Dulce
chopo,
dulce
chopo,
te has
puesto
de oro.
Ayer
estabas verde,
un verde
loco
de pájaros
gloriosos.
Hoy estás
abatido
bajo el
cielo de agosto
como yo
bajó el cielo
de mi
espíritu rojo.
La
fragancia cautiva
de tu
tronco
vendrá a mi
corazón
piadoso,
¡rudo
abuelo del prado!
Nosotros
nos hemos
puesto
de oro.
SUEÑO
Mayo de
1919.
Mi corazón
reposa junto a la fuente fría.
(Llénala
con tus hilos,
araña del
olvido.)
El agua de
la fuente su canción le decía.
(Llénala
con tus hilos,
araña del
olvido.)
Mi corazón
despierto sus amores decía.
(Araña del
silencio,
téjele tu
misterio.)
El agua de
la fuente lo escuchaba sombría.
(Araña del
silencio,
téjele to
misterio.)
Mi corazón
se vuelca sobre la fuente fría.
(Manos
blancas, lejanas,
detened a
las aguas.)
Y el agua
se lo lleva cantando de alegría.
(¡Manos
blancas, lejanas,
nada queda
en las aguas!)
PAISAJE
Junio de
1920.
Las
estrellas apagadas
llenan de
ceniza el río
verdoso y
frío.
La fuente
no tiene trenzas.
Ya se han
quemado los nidos
escondidos.
Las ranas
hacen del cauce
una siringa
encantada
desafinada.
Sale del
monte la luna,
con su cara
bonachona
de jamona.
Una
estrella le hace burla
desde su
casa de añil
infantil.
E1 débil
color rosado
hace cursi
el horizonte
del monte.
Y observo
que el laurel tiene
cansancio
de ser poético
y
profético.
Como la
hemos visto siempre
el agua se
va durmiendo,
sonriendo.
Todo llora
por costumbre.
Todo el
campo se lamenta
sin darse
cuenta.
Yo, por no
desafinar,
digo por
educación:
"¡Mi
corazón!"
Pero una
grave tristeza
tiñe mis
labios manchados
de pecados.
Yo voy
lejos del paisaje.
Hay en mi
pecho una hondura
de
sepultura.
Un
murciélago me avisa
que el sol
se esconde doliente
en el
poniente.
¡Pater
noster por mi amor!
(Llanto de
las alamedas
y
arboledas.)
En el
carbón de la tarde
miro mis
ojos lejanos,
cual
milanos.
Y despeino
mi alma muerta
con arañas
de miradas
olvidadas.
Ya es de
noche, y las estrellas
clavan
puñales al río
verdoso y
frío.
NOVIEMBRE
Noviembre de 1920.
Todos los
ojos
estaban
abiertos
frente ala
soledad
despintada
por el llanto.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
Los verdes
cipreses
guardaban
su alma
arrugada
por el viento,
y las
palabras como guadañas
segaban
almas de flores.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
El cielo
estaba marchito.
¡Oh tarde
cautiva por las nubes,
esfinge sin
ojos!
Obelisco y
chimeneas
hacían
pompas de jabón.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
Los ritmos
se curvaban
y se
curvaba el aire,
guerreros
de niebla
hacían de
los árboles
catapultas.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
¡Oh tarde,
tarde de mi
otro beso!
Tema lejano
de mi sombra,
¡sin rayo
de oro!
Cascabel
vacío.
Tarde
desmoronada
sobre piras
de silencio.
Tin
Tan,
Tin
Tan.
PREGUNTAS
Mayo de
1918.
Un pleno de
cigarras tiene el campo.
¿Qué
dices, Marco Aurelio,
de estas
viejas filósofas del llano?
¡Pobre es
tu pensamiento!
Corre el
agua del río mansamente.
¡Oh
Sócrates! ¿Qué ves
en el agua
que va a la amarga muerte?
¡Pobre y
triste es tu fe!
Se deshojan
las rosas en el lodo.
¡Oh, dulce
Juan de Dios!
¿Qué ves en
estos pétalos gloriosos?
¡Chico es
tu corazón!
LA VELETA
YACENTE
Diciembre de 1920. (Madrid.)
El duro
corazón de la veleta
entre el
libro del tiempo
(una hoja
la tierra y otra hoja el cielo) .
Aplastóse
doliente sobre letras
de tejados
viejos.
Lírica flor
de torre
y luna de
los vientos,
abandona el
estar libre de la cruz
y dispersa
sus pétalos,
para caer
sobre las losas frías
comida por
la oruga
de los
ecos.
Yaces bajo
una acacia.
¡Memento!
No podías
latir
porque eras
de hierro...
mas
poseíste la forma;
¡conténtate
con eso!
y húndete
bajo el verde
légamo,
en busca de
tu gloria
de fuego,
aunque te
llamen tristes
las torres
desde lejos
y oigas en
las veletas
chirriar
tus compañeros.
Húndete
bajo el paño
verdoso de
tu lecho,
que ni la
blanca monja,
ni el
perro,
ni la luna
menguante,
ni el
lucero,
ni el
turbio sacristán
del
convento,
recordarán
tus gritos
del
invierno.
Húndete
lentamente,
que si no,
luego,
te llevarán
los hombres
de los
trapos viejos.
Y ojalá
pudiera darte
por
compañero...
este
corazón mío
¡tan
incierto!
CORAZÓN
NUEVO
Junio de
1918. (Granada.)
Mi corazón,
como una sierpe,
se ha
desprendido de su piel,
y aquí la
miro entre mis dedos
llena de
heridas y de miel.
Los
pensamientos que anidaron
en tus
arrugas ¿dónde están?
¿dónde las
rosas que aromaron
a
Jesucristo y a Satán?
¡Pobre
envoltura que ha oprimido
a mi
fantástico lucero!
Gris
pergamino dolorido
de lo que
quise y ya no quiero.
Yo veo en
ti fetos de ciencias,
momias de
versos y esqueletos
de mis
antiguas inocencias
y mis
románticos secretos.
¿Te colgaré
sobre los muros
de mi museo
sentimental,
junto a los
gélidos y oscuros
lirios
durmientes de mi mal?
¿O te
pondré sobre los pinos
libro
doliente de mi amor-
para que
sepas de los trinos
que da a la
aurora el ruiseñor?
SE HA
PUESTO EL SOL
Agosto
de 1920.
Se ha
puesto el sol. Los árboles
meditan
como estatuas.
Ya está el
trigo segado.
¡Qué
tristeza
de las
norias paradas!
Un perro
campesino
quiere
comerse a Venus, y le ladra.
Brilla
sobre su campo de pre beso,
como una
gran manzana.
Los
mosquitos Pegasos del rocío
vuelan, el
aire en calma.
La Penélope
inmensa de la luz
teje una
noche clara.
Hijas mías,
dormid, que viene el lobo,
las
ovejitas balan.
¿Ha llegado
el otoño, compañeras?
dice una
flor ajada.
Ya vendrán
los pastores con sus nidos
por la
sierra lejana,
ya jugarán
las niñas en la puerta
de la vieja
posada,
y habrá
coplas de amor
que ya se
saben
de memoria
las casas.
PAJARITA DE
PAPEL
Julio de
1920.
¡Oh
pajarita de papel!
águila de
los niños.
Con las
plumas de letras,
sin palomo
y sin nido.
Las manos
aún mojadas de misterio
te crean en
un frío
anochecer
de otoño, cuando mueren
los pájaros
y el ruido
de la
lluvia nos hace amar la lámpara,
el corazón
y el libro.
Naces para
vivir unos minutos
en el
frágil castillo
de naipes
que se eleva tembloroso
como el
tallo de un lirio,
y meditas
allí ciega y sin alas
que pudiste
haber sido
el atleta
grotesco que sonríe
ahorcado
por un hilo,
el barco
silencioso sin remeros ni velamen,
el lírico
buque
fantasma del miedoso insecto,
o el triste
borriquito
que
escarnecen, haciéndolo Pegaso,
los soplos
de los niños.
Pero en
medio de tu meditación
van gotas
de humorismo.
Hecha con
la corteza de la ciencia
te ríes del
destino,
y gritas:
Blanca Flor no muere nunca,
ni se muere
Luisito.
La mañana
es eterna, es eterna
la fuente
del rocío.
Y aunque no
crees en nada dices esto,
no se
enteren los niños
de que hay
sombra detrás de las estrellas
y sombra en
tu castillo.
En medio de
la mesa, al derrumbarse
tu azul
mansión, has visto
que el
milano te mira ansiosamente:
Es un
recién nacido,
una pompa
de espuma sobre el agua
del
sufrimiento vivo.
Y tú vas a
sus labios luminosos
mientras
ríen los niños,
y callan
los papás, no se despierten
los dolores
vecinos.
Así pájaro
clown desapareces
para nacer
en otro sitio,
así pájaro
esfinge das tu alma
de ave
fénix al limbo.
MADRIGAL
Octubre
de 1920. (Madrid.)
Mi beso era
una granada,
profunda y
abierta;
tu boca era
rosa
de papel.
El fondo un
campo de nieve.
Mis manos
eran hierros
para los
yunques;
tu cuerpo
era el ocaso
de una
campanada.
El fondo un
campo de nieve.
En la
agujereada
calavera
azul
hicieron
estalactitas.
mis te
quiero.
El fondo un
campo de nieve.
Llenáronse
de moho
mis sueños
infantiles,
y taladró
la luna
mi dolor
salomónico.
El fondo un
campo de nieve.
Ahora
maestro grave
a la alta
escuela,
a mi amor y
a mis sueños
(caballitos
sin ojos) .
Y el fondo
es un campo de nieve.
UNA CAMPANA
Octubre
de 1920.
Una campana
serena
crucificada
en su ritmo
define a la
mañana
con peluca
de niebla
y arroyos
de lágrimas.
Mi viejo
chopo
turbio de
ruiseñores
esperaba
poner entre
las hierbas
sus ramas
mucho antes
que el otoño
lo dorara.
Pero los
puntales
de mis
miradas
lo
sostenían.
¡Viejo
chopo, aguarda!
¿No sientes
la madera
de mi amor
desgarrada?
Tiéndete en
la pradera
cuando
cruja mi alma
que un
vendaval de besos
y palabras
ha dejado
rendida,
lacerada.
CONSULTA
Agosto
de 1920.
¡Pasionaria
azul!
Yunque de
mariposas.
¿Vives bien
en el limo
de las
horas?
(¡Oh, poeta
infantil,
quiebra tu
reloj!)
Clara
estrella azul,
ombligo de
la aurora.
¿Vives bien
en la espuma
de la
sombra?
(¡Oh, poeta
infantil,
quiebra tu
reloj!)
Corazón
azulado,
lámpara de
mi alcoba.
¿Lates bien
sin mi sangre
filarmónica?
(¡Oh, poeta
infantil,
quiebra tu
reloj!)
Os
comprendo y me dejo
arrumbado
en la cómoda
al insecto
del tiempo.
Sus
metálicas gotas
no se oirán
en la calma
de mi
alcoba.
Me dormiré
tranquilo
como dormís
vosotras,
pasionarias
y estrellas,
que al fin
la mariposa
volará en
la corriente
de las
horas
mientras
nace en mi tronco
la rosa.
TARDE
Noviembre de 1919.
Tarde
lluviósa en gris cansado,
y sigue el
caminar.
Los árboles
marchitos.
Mi cuarto,
solitario.
Y los
retratos viejos
y el libro
sin cortar...
Chorrea la
tristeza por los muebles
y por mi
alma.
Quizá
no tenga
para mí Naturaleza
el pecho de
cristal.
Y me duele
la carne del corazón
y la carne
del alma.
Y al
hablar,
se quedan
mis palabras en el aire
como
corchos sobre agua.
Sólo por
tus ojos
sufro yo
este mal,
tristezas
de antaño
y las que
vendrán.
Tarde
lluviosa en gris cansado,
y sigue el
caminar.
HAY ALMAS
QUE TIENEN..
8 de
febrero de 1920.
Hay almas
que tienen
azules
luceros,
mañanas
marchitas
entre hojas
del tiempo,
y castos
rincones
que guardan
un viejo
rumor de
nostalgias
y sueños.
Otras almas
tienen
dolientes
espectros
de
pasiones. Frutas
con
gusanos. Ecos
de una voz
quemada
que viene
de lejos
como una
corriente
de sombras.
Recuerdos
vacíos de
llanto
y migajas
de besos.
Mi alma
está madura
hace mucho
tiempo,
y se
desmorona
turbia de
misterio.
Piedras
juveniles
roídas de
ensueño
caen sobre
las aguas
de mis
pensamientos.
Cada piedra
dice:
¡Dios está
muy lejos!
PRÓLOGO
24 de
julio de 1920. (Vega de Zujaira.)
Mi corazón
está aquí,
Dios mío.
Hunde tu
cetro en él, Señor.
Es un
membrillo
demasiado
otoñal
y está
podrido.
Arranca los
esqueletos
de los
gavilanes líricos
que tanto,
tanto lo hirieron,
y si acaso
tienes pico
móndale su
corteza
de hastío.
Mas si no
quieres hacerlo,
me da to
mismo,
guárdate tu
cielo azul
que es tan
aburrido.
El rigodón
de los astros.
Y lo
Infinito,
que yo
pediré prestado
el corazón
de un amigo.
Un corazón
con arroyos
y pinos,
y un
ruiseñor de hierro
que resista
el martillo
de los
siglos.
Además,
Satanás me quiere mucho.
Fue
compañero mío
en un
examen de
lujuria, y
el pícaro
buscará a
Margarita
me lo
tiene ofrecido .
Margarita
morena,
sobre un
fondo de viejos olivos,
con dos
trenzas de noche
de estío,
para que yo
desgarre
sus muslos
limpios.
Y entonces,
¡oh Señor!
seré tan
rico
o más que
tú,
porque el
vacío
no puede
compararse
al vino
con que
Satán obsequia
a sus
buenos amigos.
Licor hecho
con llanto.
¡Qué más
da!
Es lo mismo
que tu
licor compuesto
de trinos.
Dime,
Señor,
¡Dios mío!
¿Nos hundes
en la sombra
del abismo?
¿Somos
pájaros ciegos
sin nidos?
La luz se
va apagando.
¿Y el
aceite divino?
Las olas
agonizan.
¿Has
querido
jugar como
si fuéramos
soldaditos?
Dime,
Señor,
¡Dios mío!
¿No llega
el dolor nuestro
a tus
oídos?
¿No han
hecho las blasfemias
babeles sin
ladrillos
para
herirte, o te gustan
los gritos?
¿Estás
sordo? ¿Estás ciego?
¿O eres
bizco
de espíritu
y ves el
alma humana
con tonos
invertidos?
¡Oh Señor
soñoliento!
¡Mira mi
corazón
frío
como un
membrillo
demasiado
otoñal
que está
podrido!
Si tu luz
va a llegar
abre los
ojos vivos
pero si
continúas
dormido,
ven,
Satanás errante,
sangriento
peregrino,
ponme la
Margarita
morena en
los olivos
con las
trenzas de noche
de estío,
que yo
sabré encenderle
sus ojos
pensativos
con mis
besos manchados
de lirios.
Y oiré una
tarde ciega mi
¡Enrique!
¡Enrique!
lírico,
mientras
todos mis sueños
se llenan
de rocío.
Aquí,
Señor, te dejo
mi corazón
antiguo,
voy a pedir
prestado
otro nuevo
a un amigo.
Corazón con
arroyos
y pinos.
Corazón sin
culebras
ni lirios.
Robusto,
con la gracia
de un joven
campesino,
que
atraviesa de un salto
el río.
BALADA
INTERIOR
16 de
julio de 1920. (Vega de Zujaira.)
A
Gabriel.
El corazón
que tenía
en la escuela
donde
estuvo pintada
la cartilla
primera,
¿está en
ti,
noche
negra?
(Frío,
frío,
como el
agua
del río.)
El primer
beso
que supo a
beso y fue
para mis
labios niños
como la
lluvia fresca,
¿está en
ti,
noche
negra?
(Frío,
frío,
como el
agua
del río.)
Mi primer
verso,
la niña de
las trenzas
que miraba
de frente,
¿está en
ti,
noche
negra?
(Frío,
frío,
como el
agua
del río.)
Pero mi
corazón
roído de
culebras,
el que
estuvo colgado
del árbol
de la ciencia,
¿está en
ti,
noche
negra?
(Caliente,
caliente,
como el
agua
de la
fuente.)
Mi amor
errante,
castillo
sin firmeza
de sombras
enmohecidas,
¿está en
ti,
noche
negra?
(Caliente,
caliente,
como el
agua
de la
fuente.)
¡Oh, gran
dolor!
Admites en
tu cueva
nada más
que la sombra.
¿Es cierto,
noche
negra?
(Caliente,
caliente,
como el
agua
de la
fuente.)
¡Oh corazón
perdido!
¡Requiem
aeternam!
EL LAGARTO
VIEJO
26 de
julio de 1920. (Vega de Zujaira.)
En la
angosta senda
he visto al
buen lagarto
(gota de
cocodrilo)
meditando.
Con su
verde levita
de abate
del diablo,
su talante
correcto
y su cuello
planchado,
tiene un
aire muy triste
de viejo
catedrático.
¡Esos ojos
marchitos
de artista
fracasado,
cómo miran
la tarde
desmayada!
¿Es éste su
paseo
crepuscular, amigo?
Usad
bastón, ya estáis
muy viejo,
don Lagarto,
y los niños
del pueblo
pueden
daros un susto.
¿Qué
buscáis en la senda,
filósofo
cegato,
si el
fantasma indeciso
de la tarde
agosteña
ha roto el
horizonte?
¿Buscáis la
azul limosna
del cielo
moribundo?
¿Un céntimo
de estrella?
¿O acaso
estudiasteis un libro
de
Lamartine, y os gustan
los trinos
platerescos
de los
pájaros?
(Miras al
sol poniente,
y tus ojos
relucen,
¡oh, dragón
de las ranas!,
con un
fulgor humano.
Las
góndolas sin remos
de las
ideas, cruzan
el agua
tenebrosa
de tus iris
quemados.)
¿Venís
quizá en la busca
de la bella
lagarta,
verde como
los trigos
de mayo,
como las
cabelleras
de las
fuentes dormidas,
que os
despreciaba, y luego
se fue de
vuestro campo?
¡Oh, dulce
idilio roto
sobre la
fresca juncia!
¡Pero
vivid! ¡Qué diantre!
Me habéis
sido simpático.
El lema de
"me opongo
a la
serpiente" triunfa
en esa gran
papada
de
arzobispo cristiano.
Ya se ha
disuelto el sol
en la copa
del monte,
y enturbian
el camino
los
rebaños.
Es hora de
marcharse.
Dejad la
angosta senda
y no
continuéis
meditando.
Qué lugar
tendréis luego
de mirar
las estrellas
cuando os
coman sin prisa
los
gusanos.
¡Volved a
vuestra casa
bajo el
pueblo de grillos!
¡Buenas
noches, amigo
don
Lagarto!
Ya está el
campo sin gente,
los montes
apagados
y el camino
desierto;
sólo de
cuando en cuando
canta un
cuco en la umbría
de los
álamos.
PATIO
HÚMEDO
1920
Las arañas
iban por
los laureles.
La
casualidad
se va
tornando en nieve,
y los años
dormidos
ya se
atreven
a clavar
los telares
del
siempre.
La quietud
hecha esfinge
se ríe de
la muerte
que canta
melancólica
en un grupo
de lejanos
cipreses.
La yedra de
las gotas
tapiza las
paredes
empapadas
de arcaicos
misereres.
¡Oh, torre
vieja! Llora
tus
lágrimas mudéjares
sobre este
grave patio
que no
tiene fuente.
Las arañas
iban por
los laureles.
BALADA DE
LA PLACETA
1919
Cantan los
niños
en la noche
quieta:
¡Arroyo
claro,
fuente
serena!
LOS NIÑOS
¿Qué tiene
tu divino
corazón en
fiesta?
YO
Un doblar
de campanas
perdidas en
la niebla.
LOS NIÑOS
Ya nos
dejas cantando
en la
plazuela.
¡Arroyo
claro,
fuente
serena!
¿Qué tienes
en tus manos
de
primavera?
YO
Una rosa de
sangre
y una
azucena.
LOS NIÑOS
Mójalas en
el agua
de la
canción añeja.
¡Arroyo
claro,
fuente
serena!
¿Qué
sientes en tu boca
roja y
sedienta?
YO
E1 sabor de
los huesos
de mi gran
calavera.
LOS NIÑOS
Bebe el
agua tranquila
de la
canción añeja.
¡Arroyo
claro,
fuente
serena!
¿Porque te
vas tan lejos
de la
plazuela?
YO
¡Voy en
busca de magos
y de
princesas!
LOS NIÑOS
¿Quién te
enseñó el camino
de los
poetas?
YO
La fuente y
el arroyo
de la
canción añeja.
LOS NIÑOS
¿Te vas
lejos, muy lejos
del mar y
de la tierra?
YO
Se ha
llenado de luces
mi corazón
de seda,
de campanas
perdidas,
de lirios y
de abejas,
y yo me iré
muy lejos,
más allá de
esas sierras,
más allá de
los mares,
cerca de
las estrellas,
para
pedirle a Cristo
Señor que
me devuelva
mi alma
antigua de niño,
madura de
leyendas,
con el
gorro de plumas
y el sable
de madera.
LOS NIÑOS
Ya nos
dejas cantando
en la
plazuela,
¡arroyo
claro,
fuente
serena!
Las pupilas
enormes
de las
frondas resecas
heridas por
el viento
lloran las
hojas muertas.
ENCRUCIJADA
Julio de
1920.
¡Oh, qué
dolor el tener
versos en
la lejanía
de la
pasión, y el cerebro
todo
manchado de tinta!
¡Oh, qué
dolor no tener
la
fantástica camisa
del hombre
feliz: la piel
alfombra
del sol curtida.
(Alrededor
de mis ojos
bandadas de
letras giran.)
¡Oh, qué
dolor el dolor
antiguo de
la poesía,
este dolor
pegajoso
tan lejos
del agua limpia!
¡Oh, dolor
de lamentarse
por sorber
la vena lírica!
¡Oh, dolor
de fuente ciega
y molino
sin harina!
¡Oh, qué
dolor no tener
dolor y
pasar la vida,
sobre la
hierba incolora
de la
vereda indecisa!
¡Oh, el más
profundo dolor,
el dolor de
la alegría,
reja que
nos abre surcos
donde el
llanto fructifica!
(Por un
monte de papel
asoma la
luna fría.)
¡Oh dolor
de la verdad!
¡Oh dolor
de la mentira!
HORAS DE
ESTRELLAS
1920
El silencio
redondo de la noche
sobre el
pentagrama
del
infinito.
Yo me salgo
desnudo a la calle,
maduro de
versos
perdidos.
Lo negro,
acribillado
por el
canto del grillo,
tiene ese
fuego fatuo,
muerto,
del sonido.
Esa luz
musical
que percibe
el
espíritu.
Los
esqueletos de mil mariposas
duermen en
mi recinto.
Hay una
juventud da brisas locas
sobre el
río.
EL CAMINO
No
conseguirá nunca
tu lanza
herir al
horizonte.
La montaña
es un
escudo
que lo
guarda.
No sueñes
con la sangre de la luna
y descansa.
Pero deja,
camino,
que mis
plantas
exploren la
caricia
de la
rociada.
¡Quiromántico enorme!
¿Conocerás
las almas
por el
débil tatuaje
que olvidan
en tu espalda?
Si eres un
Flammarión
de las
pisadas,
¡cómo debes
amar
a los asnos
que pasan
acariciando
con ternura humilde
tu carne
desgarrada!
Ellos solos
meditan dónde puede
llegar tu
enorme lanza.
Ellos
solos, que son
los Budas
de la Fauna,
cuando
viejos y heridos deletrean
tu libro
sin palabras.
¡Cuánta
melancolía
tienes
entre las casas
del
poblado!
¡Qué clara
es tu virtud! Aguantas
cuatro
carros dormidos,
dos
acacias,
y un pozo
del antaño
que no
tiene agua.
Dando
vueltas al mundo,
no
encontrarás posada.
No tendrás
camposanto
ni mortaja,
ni el aire
del amor renovará
tu
sustancia.
Pero sal de
los campos
y en la
negra distancia
de lo
eterno, si tallas
la sombra
con to lima
blanca, ¡oh,
camino!
¡Pasarás
por el puente
de Santa
Clara!
EL
CONCIERTO INTERRUMPIDO
1920.
A Adolfo
Salazar.
Ha roto la
armonía
de la noche
profunda,
el calderón
helado y soñoliento
de la media
luna.
Las
acequias protestan sordamente
arropadas
con juncias,
y las
ranas, muecines de la sombra,
se han
quedado mudas.
En la vieja
taberna del poblado
cesó la
triste música,
y ha puesto
la sordina a su aristón
la estrella
más antigua.
E1 viento
se ha sentado en los torcales
de la
montaña oscura,
y un chopo
solitario el Pitágoras
de la casta
llanura-
quiere dar
con su mano centenaria,
un cachete
a la luna.
CANCIÓN
ORIENTAL
1920.
Es la
granada olorosa
un cielo
cristalizado.
(Cada grano
es una estrella,
cada velo
es un ocaso.)
Cielo seco
y comprimido
por la
garra de los años.
La granada
es como un seno
viejo y
apergaminado,
cuyo pezón
se hizo estrella
para
iluminar el campo.
Es colmena
diminuta
con panal
ensangrentado,
pues con
bocas de mujeres
sus abejas
la formaron.
Por eso al
estallar, ríe
con
púrpuras de mil labios...
La granada
es corazón
que late
sobre el sembrado,
un corazón
desdeñoso
donde no
pican los pájaros,
un corazón
que por fuera
es duro
como el humano,
pero da al
que lo traspasa
olor y
sangre de mayo.
La granada
es el tesoro
del viejo
gnomo del prado,
el que
habló con niña Rosa,
en el
bosque solitario,
aquel de la
blanca barba
y del traje
colorado.
Es el
tesoro que aún guardan
las verdes
hojas del árbol.
Arca de
piedras preciosas
en entraña
de oro vago.
La espiga
es el pan. Es Cristo
en vida y
muerte cuajado.
El olivo es
la firmeza
de la
fuerza y el trabajo.
La manzana
es lo carnal,
fruta
esfinge del pecado,
gota de
siglos que guarda
de Satanás
el contacto.
La naranja
es la tristeza
del azahar
profanado,
pues se
torna fuego y oro
lo que
antes fue puro y blanco.
Las vidas
son la lujuria
que se
cuaja en el verano,
de las que
la iglesia saca
con
bendición, licor santo.
Las
castañas son la paz
del hogar.
Cosas de antaño.
Crepitar de
leños viejos,
peregrinos
descarriados.
La bellota
es la serena
poesía de
lo rancio,
y el
membrillo de oro débil
la limpieza
de lo sano.
Mas la
granada es la sangre,
sangre del
cielo sagrado,
sangre de
la tierra herida
por la
aguja del regato.
Sangre del
viento que viene
del rudo
monte arañado.
Sangre de
la mar tranquila,
sangre del
dormido lago.
La granada
es la prehistoria
de la
sangre que llevamos,
la idea de
sangre, encerrada
en glóbulo
duro y agrio,
que tiene
una vaga forma d
e corazón y
de cráneo.
¡Oh granada
abierta!, que eres
una llama
sobre el árbol,
hermana en
carne de Venus,
risa del
huerto oreado.
Te cercan
las mariposas
creyéndote
sol parado.
Y por miedo
de quemarse
huyen de ti
los gusanos.
Porque eres
luz de la vida,
hembra de
las frutas. Claro
lucero de
la floresta
del arroyo
enamorado.
¡Quién
fuera como tú, fruta,
todo pasión
sobre el campo!
CHOPO
MUERTO
1920.
¡Chopo
viejo!
Has caído
en el
espejo
del remanso
dormido,
abatiendo
tu frente
ante el
poniente.
No fue el
vendaval ronco
el que
rompió tu tronco,
ni fue el
hachazo grave
del
leñador, que sabe
has de
volver
a nacer.
Fue tu
espíritu fuerte
el que
llamó a la muerte,
al hallarse
sin nidos, olvidado
de los
chopos infantes del prado.
Fue que
estabas sediento
de
pensamiento,
y tu enorme
cabeza centenaria,
solitaria
escuchaba
los lejanos
cantos de
tus hermanos.
En tu
cuerpo guardabas
las lavas
de tu
pasión,
y en tu
corazón,
el semen
sin futuro de Pegaso,
la terrible
simiente
de un amor
inocente
por el sol
de ocaso.
¡Qué
amargura tan honda
para el
paisaje,
el héroe de
la fronda
sin ramaje!
Ya no serás
la cuna
de la luna,
ni la
mágica risa
de la
brisa,
ni el
bastón de un lucero
caballero.
No tornará
la primavera
de tu vida,
ni verás la
sementera
florecida.
Serás nidal
de ranas
y de
hormigas.
Tendrás por
verdes canas
las
ortigas,
y un día la
corriente
llevará tu
corteza
con
tristeza.
¡Chopo
viejo!
Has caído
en el
espejo
del remanso
dormido.
Yo to vi
descender
en el
atardecer
y escribo
tu elegía,
que es la
mía.
CAMPO
1920.
El cielo es
de ceniza,
los árboles
son blancos,
y son
negros carbones
los
rastrojos quemados.
Tiene
sangre reseca
la herida
del ocaso,
y el papel
incoloro
del monte,
está arrugado.
El polvo
del camino
se esconde
en los barrancos,
están las
fuentes turbias
y quietos
los remansos.
Suena en un
gris rojizo
la esquila
del rebaño,
y la noria
materna
acabó su
rosario.
El cielo es
de ceniza.
Los árboles
son blancos.
LA BALADA
DEL AGUA DEL MAR
1920.
A Emilio
Prados. (Cazador de estrellas.)
El mar
sonríe a lo
lejos.
Dientes de
espuma,
labios de
cielo.
¿Qué
vendes, oh joven turbia
con los
senos al aire?
Vendo,
señor, el agua
de los
mares.
¿Qué
llevas, oh negro joven,
mezclado
con tu sangre?
Llevo,
señor, el agua
de los
mares.
¿Esas
lágrimas salobres
de dónde
vienen, madre?
Lloro,
señor, el agua
de los
mares.
Corazón; y
esta amargura
seria, ¿de
dónde nace?
¡Amarga
mucho el agua
de los
mares!
El mar
sonríe a lo
lejos.
Dientes de
espuma,
labios de
cielo.
ÁRBOLES
1919.
¡Árboles!
¿Habéis
sido flechas
caídas del
azul?
¿Qué
terribles guerreros os lanzaron?
¿Han sido
las estrellas?
Vuestras
músicas vienen del alma de los pájaros,
de los ojos
de Dios,
de la
pasión perfecta.
¡Árboles!
¿Conocerán
vuestras raíces toscas
mi corazón
en tierra?
LA LUNA Y
LA MUERTE
1919
La luna
tiene dientes de marfil.
¡Qué vieja
y triste asoma!
Están los
cauces secos,
los campos
sin verdores
y los
árboles mustios,
sin nidos y
sin hojas.
Doña
Muerte, arrugada,
pasea por
sauzales
con su
absurdo cortejo
de
ilusiones remotas.
Va
vendiendo colores
de cera y
de tormenta
como un
hada de cuento
mala y
enredadora.
La luna le
ha comprado
pinturas a
la muerte.
En esta
noche turbia
¡está la
luna loca!
Yo mientras
tanto pongo
en mi pecho
sombrío
una feria
sin músicas
con las
tiendas de sombra.
MADRIGAL
1919
Yo te miré
a los ojos
cuando era
niño y bueno.
Tus manos
me rozaron
y me distes
un beso.
(Los
relojes llevan la misma cadencia,
y las
noches tienen las mismas estrellas.)
Y se abrió
mi corazón
como una
flor bajo el cielo
los pétalos
de lujuria
y los
estambres de sueño.
(Los
relojes llevan la misma cadencia,
y las
noches tienen las mismas estrellas.)
En mi
cuarto sollozaba
como el
príncipe del cuento
por
Estrellita de oro
que se fue
de los torneos.
(Los
relojes llevan la misma cadencia,
y las
noches tienen las mismas estrellas.)
Yo me alejé
de tu lado
queriéndote
sin saberlo,
no sé cómo
son tus ojos,
tus manos
ni tus cabellos.
Sólo me
queda en la frente
la mariposa
del beso.
(Los
relojes llevan la misma cadencia,
y las
noches tienen las mismas estrellas.)
DESEO
1920
Sólo tu
corazón caliente,
y nada más.
Mi paraíso
un campo
sin
ruiseñor
ni liras,
con un río
discreto
y una
fuentecilla.
Sin la
espuela del viento
sobre la
fronda,
ni la
estrella que quiere
ser hoja.
Una enorme
luz
que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de
miradas
rotas.
Un reposo
claro
y allí
nuestros besos,
lunares
sonoros
del eco,
se abrirían
muy lejos.
Y tu
corazón caliente,
nada más.
LOS ÁLAMOS
DE PLATA
Mayo de
1919.
Los álamos
de plata
se inclinan
sobre el agua.
Ellos todo
lo saben pero nunca hablarán.
El lirio de
la fuente
no grita su
tristeza.
¡Todo es
más digno que la humanidad!
La ciencia
del silencio frente al cielo estrellado,
la posee la
flor y el insecto no más.
La ciencia
de los cantos por los cantos, la tienen
los bosques
rumorosos
y las aguas
del mar.
El silencio
profundo de la vida en la tierra,
nos lo
enseña la rosa
abierta en
el rosal.
¡Hay que
dar el perfume
que
encierran nuestras almas!
Hay que ser
todo cantos,
todo luz y
bondad.
¡Hay que
abrirse del todo
frente a la
noche negra,
para que
nos llenemos de rocío inmortal!
¡Hay que
acostar al cuerpo
dentro del
alma inquieta!
Hay que
cegar los ojos con la luz del más allá.
Tenemos que
asomarnos
a la sombra
del pecho,
y arrancar
las estrellas que nos puso Satán.
¡Hay que
ser como el árbol
que siempre
está rezando,
como el
agua del cauce
fija en la
eternidad!
¡Hay que
arañarse el alma con garras de tristeza
para que
entren las llamas
del
horizonte astral!
Brotaría en
la sombra del amor carcomido
una fuente
de aurora
tranquila y
maternal.
Desaparecerían ciudades en el viento
y a Dios en
una nube
veríamos
pasar.
ESPIGAS
Junio de
1919.
El trigal
se ha entregado a la muerte.
Ya las
hoces cortan las espigas.
Cabecean
los chopos hablando
con el alma
sutil de la brisa.
El trigal
sólo quiere silencio.
Se cuajó
con el sol, y suspira
por el
amplio elemento en que moran
los
ensueños despiertos.
El día,
ya maduro
de luz y sonido,
por los
montes azules declina.
¿Qué
misterioso pensamiento
conmueve a
las espigas?
¿Qué ritmo
de tristeza soñadora
los
trigales agita?...
¡Parecen
las espigas viejos pájaros
que no
pueden volar! Son cabecitas,
que tienen
el cerebro de oro puro
y
expresiones tranquilas.
Todas
piensan lo mismo, todas llevan
un secreto
profundo que meditan.
Arrancan a
la tierra su oro vivo
y cual
dulces abejas del sol, liban
el rayo
abrasador con que se visten
para formar
el alma de la harina.
¡Oh, qué
alegre tristeza me causáis,
dulcísimas
espigas!
Venís de
las edades más profundas,
cantasteis
en la Biblia,
y tocáis
cuando os rozan los silencios
un
concierto de liras.
Brotáis
para alimento de los hombres.
¡Pero mirad
las blancas margaritas
y los
lirios que nacen porque sí¡
¡Momias de
oro sobre las campiñas!
La flor
silvestre nace para el sueño
y vosotras
nacéis para la vida.
MEDITACIÓN
BAJO LA LLUVIA
3 de
enero de 1919.
A José
Mora.
Ha besado
la lluvia al jardín provinciano
dejando
emocionantes cadencias en las hojas.
El aroma
sereno de la tierra mojada
inunda al
corazón de tristeza remota.
Se rasgan
nubes grises en el mudo horizonte.
Sobre el
agua dormida de la fuente, las gotas
se clavan,
levantando claras perlas de espuma.
Fuegos
fatuos que apaga el temblor de las ondas.
La pena de
la tarde estremece a mi pena.
Se ha
llenado el jardín de ternura monótona.
¿Todo mi
sufrimiento se ha de perder, Dios mío,
como se
pierde el dulce sonido de las frondas?
¿Todo el
eco de estrellas que guardo sobre el alma
será luz
que me ayude a luchar con mi forma?
¿Y el alma
verdadera se despierta en la muerte?
¿Y esto que
ahora pensamos se lo traga la sombra?
¡Oh, qué
tranquilidad del jardín con la lluvia!
Todo el
paisaje casto mi corazón transforma
en un ruido
de ideas humildes y .apenadas
que pone en
mis entrañas un batir de palomas.
Sale el
sol. El jardín desangra en amarillo.
Late sobre
el ambiente una pena que ahoga.
Yo siento
la nostalgia de mi infancia intranquila,
mi ilusión
de ser grande en el amor, las horas
pasadas
como ésta contemplando
la lluvia
con tristeza nativa.
Caperucita
roja
iba por el
sendero ....
Se fueron
mis historias, hoy medito, confuso,
ante la
fuente turbia que del amor me brota.
¿Todo mi
sufrimiento se ha de perder, Dios mío,
como se
pierde el dulce sonido de las frondas?
Vuelve a
llover.
El viento
va trayendo a las sombras.
MANANTIAL
(FRAGMENTO)
1919
La sombra
se ha dormido en la pradera.
Los
manantiales cantan.
Frente al
ancho crepúsculo de invierno
mi corazón
soñaba.
¿Quién
pudiera entender los manantiales,
el secreto
del agua
recién
nacida, ese cantar oculto
a todas las
miradas
del
espíritu, dulce melodía
más allá de
las almas...?
Luchando
bajo el peso de la sombra
un
manantial cantaba.
Yo me
acerqué para escuchar su canto
pero mi
corazón no entiende nada.
Era un
brotar de estrellas invisibles
sobre la
hierba casta,
nacimiento
del Verbo de la tierra
por un sexo
sin mancha.
Mi chopo
centenario de la vega
sus hojas
meneaba
y eran las
hojas trémulas de ocaso
como
estrellas de plata.
El resumen
de un cielo de verano
era el gran
chopo.
Mansas
y turbias
de penumbra yo sentía
las
canciones del agua.
¿Qué
alfabeto de auroras ha compuesto
sus oscuras
palabras?
¿Qué labios
las pronuncian? ¿Y qué dicen
a la
estrella lejana?
¡Mi corazón
es malo, Señor! Siento en mi carne
la
implacable brasa
del pecado.
Mis mares interiores
se quedaron
sin playas.
Tu faro se
apagó. ¡Ya los alumbra
mi corazón
de llamas!
Pero el
negro secreto de la noche
y el
secreto del agua
¿son
misterios tan sólo para el ojo
de la
conciencia humana?
¿La niebla
del misterio no estremece
al árbol,
al insecto y la montaña?
¿El terror
de la sombra no lo sienten
las piedras
y las plantas?
¿Es sonido
tan sólo esta voz mía?
¿Y el casto
manantial no dice nada?
Mas yo
siento en el agua
algo que me
estremece... como un aire
que agita
los ramajes de mi alma.
¡Sé árbol!
(Dijo una
voz en la distancia.)
Y hubo un
torrente de luceros
sobre el
cielo sin mancha.
Yo me
incrusté en el chopo centenario
con
tristeza y con ansia,
cual Dafne
varonil que huye miedosa
de un Apolo
de sombra y de nostalgia.
Mi espíritu
fundióse con las hojas
y fue mi
sangre savia.
En untuosa
resina convirtióse
la fuente
de mis lágrimas.
El corazón
se fue con las raíces,
y mi pasión
humana,
haciendo
heridas en la ruda carne,
fugaz me
abandonaba.
Frente al
ancho crepúsculo de invierno
yo torcía
las ramas
gozando de
los ritmos ignorados
entre la
brisa helada.
Sentí sobre
mis brazos dulces nidos,
acariciar
de alas,
y sentí mil
abejas campesinas
que en mis
dedos zumbaban.
¡Tenía una
colmena de oro vivo
en las
viejas entrañas!
El paisaje
y la tierra se perdieron,
sólo el
cielo quedaba,
y escuché
el débil ruido de los astros
y el
respirar de las montañas.
¿No podrán
comprender mis dulces hojas
el secreto
del agua?
¿Llegarán
mis raíces a los reinos
donde nace
y se cuaja?
Incliné mis
ramaies hacia el cielo
que las
ondas copiaban,
mojé las
hojas en el cristalino
diamante
azul que canta,
y sentí
borbotar los manantiales
como de
humano yo los escuchara.
Era el
mismo fluir lleno de música
y de
ciencia ignorada.
Al levantar
mis brazos gigantescos
frente al
azul, estaba
lleno de
niebla espesa, de rocío
y de luz
marchitada.
Tuve la
gran tristeza vegetal,
el amor a
las alas
para poder
lanzarse con los vientos
a las
estrellas blancas.
Pero mi
corazón en las raíces
triste me
murmuraba:
si no
comprendes a los manantiales
¡muere y
troncha tus ramas!
¡Señor,
arráncame del suelo! ¡Dame oídos
que
entiendan a las aguas!
Dame una
voz que por amor arranque
su secreto
a las ondas encantadas;
para
encender su faro sólo pido
aceite de
palabras.
¡Sé
ruiseñor!, dice una voz perdida
en la
muerta distancia,
y un
torrente de cálidos luceros
brotó del
seno que la noche guarda.
MAR
Abril de
de 1919.
El mar es
el Lucifer
del azul.
El cielo
caído
por querer
ser la luz.
¡Pobre mar
condenado
a eterno
movimiento,
habiendo
antes estado
quieto en
el firmamento!
Pero de tu
amargura
te redimió
el amor.
Pariste a
Venus pura,
y quedóse
tu hondura
virgen y
sin dolor.
Tus
tristezas son bellas,
mar de
espasmos gloriosos.
Mas hoy en
vez de estrellas
tienes
pulpos verdosos.
Aguanta tu
sufrir,
formidable
Satán.
Cristo
anduvo por ti,
mas también
lo hizo Pan.
La estrella
Venus es
la armonía
del mundo.
¡Calle el
Eclesiastés!
Venus es lo
profundo
del alma
...
. . Y el
hombre miserable
es un ángel
caído.
La tierra
es el probable
paraíso
perdido.
SUEÑO
Mayo de
1919.
Iba yo
montado sobre
un macho
cabrío.
El abuelo
me habló y me dijo:
Ese es tu
camino.
¡Es ése!,
gritó mi sombra,
disfrazada
de mendigo.
¡Es aquel
de oro!, dijeron
mis
vestidos.
Un gran
cisne me guiñó,
diciendo:
¡Vente conmigo!
Y una
serpiente mordía
mi sayal de
peregrino.
Mirando al
cielo, pensaba:
Yo no tengo
camino.
Las rosas
del fin serán
como las
del principio.
En la
niebla se convierte
la carne y
el rocío.
Mi caballo
fantástico me lleva
por un
campo rojizo.
¡Déjame!,
clamó, llorando,
mi corazón
pensativo.
Yo lo
abandoné en la tierra,
lleno de
tristeza.
Vino
la noche
llena de arrugas
y de
sombras.
Alumbran el
camino,
los ojos
luminosos y azulados
de mi macho
cabrío.
OTRO SUEÑO
1919.
¡Una
golondrina vuela
hacia muy
lejos! . . .
Hay
floraciones de rocío
sobre mi
sueño,
y mi
corazón da vueltas,
lleno de
tedio,
como un
"tío vivo" en que la Muerte
pasea a sus
hijuelos.
¡Quisiera
en estos árboles
atar al
tiempo
con un
cable de noche negra,
y pintar
luego
con mi
sangre las riberas
pálidas de
mis recuerdos!
¿Cuántos
hijos tiene la Muerte?
¡Todos
están en mi pecho!
¡Una
golondrina viene
de muy
lejos!
ENCINA
Bajo tu
casta sombra, encina vieja,
quiero
sondar la fuente de mi vida
y sacar de
los fangos de mi sombra
las
esmeraldas líricas.
Echo mis
redes sobre el agua turbia
y las saco
vacías.
¡Más abajo
del cieno tenebroso
están mis
pedrerías!
¡Hunde en
mi pecho tus ramajes santos,
oh
solitaria encina!
Y deja en
mi sub alma
tus
secretos y tu pasión tranquila.
Esta
tristeza juvenil se pasa,
¡ya lo sé!
La alegría
otra vez
dejará sus guirnaldas
sobre mi
frente herida,
aunque
nunca mis redes pescarán
la oculta
pedrería
de tristeza
inconsciente que reluce
al fondo de
mi vida.
Pero mi
gran dolor trascendental
es to
dolor, encina.
Es el mismo
dolor de las estrellas
y de la
flor marchita.
Mis
lágrimas resbalan a la tierra
y, como tus
resinas,
corren
sobre las aguas del gran cauce
que va a la
noche fría.
Y nosotros
también resbalaremos,
yo con mis
pedrerías,
y tú plenas
las ramas de invisibles
bellotas
metafísicas.
No me
abandones nunca en mis pesares,
esquelética
amiga.
Cántame con
to boca vieja y casta
una canción
antigua,
con
palabras de tierra entrelazadas
en la azul
melodía.
Vuelvo otra
vez a echar las redes sobre
la fuente
de mi vida,
redes
hechas con hilos de esperanza,
nudos de
poesía,
y saco
piedras falsas entre un cieno
de pasiones
dormidas.
Con el sol
del otoño toda el agua
de mi
fontana vibra,
y noto que
sacando sus raíces
huye de mí
la encina.
INVOCACIÓN
AL LAUREL
1919.
A Pepe
Cienfuegos.
Por el
horizonte confuso y doliente
venía la
noche preñada de estrellas.
Yo, como el
barbudo mago de los cuentos,
sabía
lenguaje de flores y piedras.
Aprendí
secretos de melancolía,
dichos por
cipreses, ortigas y yedras;
supe del
ensueño por boca del nardo,
canté con
los lirios canciones serenas.
En el
bosque antiguo, lleno de negrura,
todos me
mostraban sus almas cual eran:
el pinar,
borracho de aroma y sonido;
los olivos
viejos, cargados de ciencia;
los álamos
muertos, nidales de hormigas;
el musgo,
nevado de blancas violetas.
Todo
hablaba dulce a mi corazón
temblando
en los hilos de sonora seda
con que el
agua envuelve las cosas paradas
como
telaraña de armonía eterna.
Las rosas
estaban soñando en la lira,
tejen las
encinas oros de leyendas,
y entre la
tristeza viril de los robles
dicen los
enebros temores de aldea.
Yo
comprendo toda la pasión del bosque;
ritmo de la
hoja ritmo de la estrella.
Mas
decidme, ¡oh cedros!, si mi corazón
dormirá en
los brazos de la luz perfecta.
Conozco la
lira que presientes, rosa;
formé su
cordaje con mi vida muerta.
¡Dime en
qué remanso podré abandonarla
como se
abandonan las pasiones viejas!
¡Conozco el
misterio que cantas, ciprés;
soy hermano
tuyo en noche y en pena;
tenemos la
entraña cuajada de nidos,
tú de
ruiseñores y yo de tristezas!
¡Conozco tu
encanto sin fin, padre olivo,
al darnos
la sangre que extraes de la Tierra;
como tú yo
extraigo con mi sentimiento
el óleo
bendito que tiene la idea!
Todos me
abrumáis con vuestras canciones;
yo sólo os
pregunto por la mía incierta;
ninguno
queréis sofocar las ansias
de este
fuego casto que el pecho me quema.
¡Oh laurel
divino, de alma inaccesible,
siempre
silencioso, lleno de nobleza!
¡Vierte en
mis oídos tu historia divina,
tu
sabiduría profunda y sincera!
¡Árbol que
produces frutos de silencio,
maestro de
besos y mago de orquestas,
formado del
cuerpo rosado de Dafne
con savia
potente de Apolo en tus venas!
¡Oh gran
sacerdote del saber antiguo!
¡Oh mudo
solemne cerrado a las quejas!
Todos tus
hermanos del bosque me hablan;
¡sólo tú,
severo, mi canción desprecias!
Acaso, ¡oh,
maestro del ritmo!, medites
lo inútil
del triste llorar del poeta.
Acaso tus
hojas, manchadas de luna,
pierdan la
ilusión de la primavera.
La dulzura
tenue del anochecer,
cual negro
rocío, tapizó la senda,
teniendo de
inmenso dosel a la noche,
que venía
grave, preñada de estrellas.
RITMO DE
OTOÑO
1920.
A Manuel
Ángeles.
Amargura
dorada en el paisaje,
el corazón
escucha.
En la
tristeza húmeda
el viento
dijo:
Yo soy
todo de estrellas derretidas,
sangre del
infinito.
Con mi roce
descubro los colores
de los
fondos dormidos.
Voy herido
de místicas miradas,
yo llevo
los suspiros
en burbujas
de sangre invisibles
hacia el
sereno triunfo
del Amor
inmortal lleno de noche.
Me conocen
los niños,
y me cuajo
en tristezas.
Sobre
cuentos de reinas y castillos
soy copa de
luz. Soy incensario
de cantos
desprendidos
que cayeron
envueltos en azules
transparencias del ritmo.
En mi alma
perdiéronse solemnes
carne y
alma de Cristo,
y finjo la
tristeza de la tarde
melancólico
y frío.
Soy la
eterna armonía de la Tierra,
el bosque
innumerable.
Llevo las
carabelas de los sueños
a lo
desconocido.
Y tengo la
amargura solitaria
de no saber
mi fin ni mi destino
Las
palabras del viento eran suaves,
con hondura
de lirios.
Mi corazón
durmióse en la tristeza
del
crepúsculo.
Sobre la
parda tierra de la estepa
los gusanos
dijeron sus delirios.
Soportamos
tristezas
al borde
del camino.
Sabemos de
las flores de los bosques,
del canto
monocorde de los grillos,
de la lira
sin cuerdas que pulsamos,
del oculto
sendero que seguimos.
Nuestro
ideal no llega a las estrellas,
es sereno,
sencillo;
quisiéramos
hacer miel, como abejas,
o tener
dulce voz o fuerte grito,
o fácil
caminar sobre las hierbas,
o senos
donde mamen nuestros hijos.
Dichosos
los que nacen mariposas
o tienen
luz de luna en su vestido.
¡Dichosos
los que cortan la rosa
y recogen
el trigo!
¡Dichosos
los que dudan de la Muerte
teniendo
Paraíso,
y el aire
que recorre lo que quiere
seguro de
infinito!
Dichosos
los gloriosos y los fuertes,
los que
jamás fueron compadecidos,
los que
bendijo y sonrió triunfante
el hermano
Francisco.
Pasamos
mucha pena
cruzando
los caminos.
Quisiéramos
saber lo que nos hablan
los álamos
del río-.
Y en la
muda tristeza de la tarde
respondióles el polvo del camino:
Dichosos,
¡oh, gusanos!, que tenéis
justa
conciencia de vosotros mismos,
y formas y
pasiones
y hogares
encendidos.
Yo en el
sol me disuelvo
siguiendo
al peregrino,
y cuando
pienso ya en la luz quedarme
caigo al
suelo dormido .
Los gusanos
lloraron y los árboles,
moviendo
sus cabezas pensativos,
dijeron:
El azul es imposible.
Creíamos
alcanzarlo cuando niños,
y
quisiéramos ser como las águilas
ahora que
estamos por el rayo heridos.
De las
águilas es todo el azul .
Y el águila
a lo lejos:
¡No, no es
mío!
Porque el
azul to tienen las estrellas
entre sus
claros brillos
Las
estrellas: Tampoco lo tenemos:
Está sobre
nosotros escondido .
Y la negra
distancia: El azul
lo tiene la
esperanza en su recinto .
Y la
esperanza dice quedamente
desde el
reino sombrío:
Vosotros
me inventasteis corazones
Y el
corazón: ¡Dios mío!
El otoño ha
dejado ya sin hojas
los álamos
del río.
El agua ha
adormecido en plata vieja
al polvo
del camino.
Los gusanos
se hunden soñolientos
en sus
hogares fríos.
El águila
se pierde en la montaña;
el viento
dice: "Soy eterno ritmo."
Se oyen las
nanas a las cunas pobres,
y el llanto
del rebaño en el aprisco.
La mojada
tristeza del paisaje
enseña como
un lirio
las arrugas
severas que dejaron
los ojos
pensadores de los siglos.
Y mientras
que descansan las estrellas
sobre el
azul dormido,
mi corazón
ve su ideal lejano
y pregunta:
¡Dios mío!
Pero, Dios
mío, ¿a quién?
¿Quién es
Dios mío?
¿Por qué
nuestra esperanza se adormece
y sentimos
el fracaso lírico
y los ojos
se cierran comprendiendo
todo el
azul?
Sobre el
paisaje viejo y el hogar humeante
quiero
lanzar mi grito,
sollozando
de mí como el gusano
deplora su
destino.
Pidiendo lo
del hombre, Amor inmenso
y azul como
los álamos del río.
Azul de
corazones y de fuerza,
el azul de
mí mismo,
que me
ponga en las manos la gran ave
que fuerce
al infinito.
Sin terror
y sin miedo ante la muerte
escarchado
de amor y de lirismo.
Aunque me
hiera el rayo como al árbol
y me quede
sin hojas y sin grito.
Ahora tengo
en la frente rosas blancas
y la copa
rebosando vino.
AIRE DE
NOCTURNO
1919.
Tengo mucho
miedo
de las
hojas muertas,
miedo de
los prados
llenos de
rocío.
Yo voy a
dormirme;
si no me
despiertas,
dejaré a tu
lado mi corazón frío.
¿Qué es eso
que suena
muy lejos,
amor? El
viento en las vidrieras,
¡amor mío!
Te puse
collares
con gemas
de aurora.
¿Por qué me
abandonas
en este
camino?
Si te vas
muy lejos
mi pájaro
llora
y la verde
viña
no dará su
vino.
¿Qué es eso
que suena
muy lejos,
amor? E1
viento en las vidrieras,
¡amor mío!
Tú no
sabrás nunca,
esfinge de
nieve,
lo mucho
que yo
te hubiera
querido
esas
madrugadas
cuando
tanto llueve
y en la
rama seca
se deshace
el nido.
¿Qué es eso
que suena
muy lejos,
amor? El
viento en las vidrieras,
¡amor mío!
NIDO
1919.
¿Qué es lo
que guardo en estos
momentos de
tristeza?
¡Ay, quién
tala mis bosques
dorados y
floridos!
¿Qué leo en
el espejo
de plata
conmovida
que la
aurora me ofrece
sobre el
agua del río?
¿Qué gran
olmo de idea
se ha
tronchado en mi bosque?
¿Qué lluvia
de silencio
me deja
estremecido?
Si a mi
amor dejé muerto
en la
ribera triste,
¿qué
zarzales me ocultan
algo recién
nacido?
OTRA
CANCIÓN
1919.
(Otoño.)
¡El sueño
se deshizo para siempre!
En la tarde
lluviosa
mi corazón
aprende
la tragedia
otoñal
que los
árboles llueven.
Y en la
dulce tristeza
del paisaje
que muere
mis voces
se quebraron.
El sueño se
deshizo para siempre.
¡Para
siempre! ¡Dios mío!
Va cayendo
la nieve
en el campo
desierto
de mi vida,
y teme
la ilusión,
que va lejos,
de helarse
o de perderse.
¡Cómo me
dice el agua
que el
sueño se deshizo para siempre!
¿El sueño
es infinito?
La niebla
lo sostiene,
y la niebla
es tan sólo
cansancio
de la nieve.
Mi ritmo va
contando
que el
sueño se deshizo para siempre.
Y en la
tarde brumosa
mi corazón
aprende
la tragedia
otoñal
que los
árboles llueven.
EL MACHO
CABRÍO
1919.
El rebaño
de cabras ha pasado
junto al
agua del río.
En la tarde
de rosa y de zafiro,
llena de
paz romántica,
yo miro
al gran
macho cabrío.
¡Salve,
demonio mudo!
Eres el más
intenso
animal.
Místico
eterno
del
infierno
carnal
¡Cuántos
encantos
tiene tu
barba,
tu frente
ancha,
rudo Don
Juan!
¡Qué gran
acento el de tu mirada
mefistofélica
y pasional!
Vas por los
campos
con tu
manada,
hecho un
eunuco
¡siendo un
sultán!.
Tu sed de
sexo
nunca se
apaga;
¡bien
aprendiste
del padre
Pan!
La cabra,
lenta te va
siguiendo,
enamorada
con humildad;
mas tus
pasiones son insaciables;
Grecia
vieja
te
comprenderá.
¡Oh ser de
hondas leyendas santas,
de ascetas
flacos y Satanás
con piedras
negras y cruces toscas,
con fieras
mansas y cuevas hondas
donde te
vieron entre la sombra
soplar la
llama
de lo
sexual!
¡Machos
cornudos
de bravas
barbas!
¡Resumen
negro a lo medieval!
Nacisteis
juntos con Filomnedes
entre la
espuma casta del mar,
y vuestras
bocas
la
acariciaron
bajo el
asombro del mundo astral.
Sois de los
bosques llenos de rosas
donde la
luz es huracán;
sois de los
prados de Anacreonte,
llenos con
sangre de lo inmortal.
¡Machos
cabríos!
Sois
metamorfosis
de viejos
sátiros
perdidos
ya.
Vais
derramando lujuria virgen
como no
tuvo otro animal.
¡Iluminados
del Mediodía!
Pararse en
firme
para
escuchar
que desde
el fondo de las campiñas
el gallo os
dice:
¡Salud!, al
pasar.
FIN DE
«LIBRO DE
POEMAS»