POESÍAS COMPLETAS

Antonio Machado

1875-1939


 

INDICE

SOLEDADES

I El viajero

II "He andado muchos caminos"

III "La plaza y los naranjos encendidos"

IV En el entierro de un amigo...

V Recuerdo infantil

VI "Fue una clara tarde, triste y soñolienta"

VII "El limonero lánguido suspende"

VIII "Yo escucho los cantos"

IX Orillas del Duero

X "A la desierta plaza"

XI "Yo voy soñando caminos"

XII "Amada, el aura dice"

XIII "Hacia un ocaso radiante"

XIV Cante hondo

XV "La calle en sombra. Ocultan los altos caserones"

XVI "Siempre fugitiva y siempre"

XVII Horizonte

XVIII El poeta

XIX “¡Verdes jardinillos!"

DEL CAMINO

XX Preludio

XXI "Daba el reloj a las doce y eran doce"

XXII "Sobre la tierra amarga"

XXIII "En la desnuda tierra del camino"

XXIV "El sol es un globo de fuego"

XXV "¡Tenue rumor de túnicas que pasan!"

XXVI "¡Oh, figuras del atrio, más humildes!"

XXVII "La tarde todavía"

XXVIII "Crear fiestas de amores"

XXIX "Arde en tus ojos un misterio, virgen"

XXX "Algunos lienzos del recuerdo tienen"

XXXI "Crece en la plaza en sombra"

XXXII "Las ascuas de un crepúsculo morado”

XXXIII "¿Mi amor? ¿Recuerdas, dime?"

XXXIV "Me dijo un alba de la primavera"

XXXV "Al borde del sendero un día nos sentamos"

XXXVI "Es una forma juvenil que un día"

XXXVII "¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja!"

CANCIONES

XXVIII "Abril florecía"

XXXIX Coplas elegiacas

XL Inventario galante

XLI "Me dijo una tarde"

XLII "La vida hoy tiene ritmo"

XLIII "Era una mañana y abril sonreía"

XLIV "El casco roído y verdoso"

XLV "El sueño bajo el sol que aturde y ciega"

HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES

XLVI La noria

XLVII El cadalso

XLVIII Las moscas

XLIX Elegía de un madrigal

L Acaso

LI Jardín

LII Fantasía de una noche de abril

LIII A un naranjo y a un limonero

LIV Los sueños malos

LV Hastío

LVI "Sonaba el reloj la una"

LVII Consejos

LVIII Glosa

LIX "Anoche cuando dormía"

LX "¿Mi corazón se ha dormido?"

GALERÍAS

LXI Introducción

LXII "Desgarrada la nube; el arco iris"

LXIII "Y era el demonio de mi sueño el ángel"

LXIV "Desde el umbral de un sueño me llamaron"

LXV Sueño infantil

LXVI "Y esos niños en hilera"

LXVII "Si yo fuera un poeta"

LXVIII "Llamó a mi corazón, un claro día"

LXIX "Hoy buscarás en vano"

LXX "Y nada importa ya que el vino de oro"

LXXI "Tocados de otros días"

LXXII "La casa tan querida"

LXXIII "Ante el pálido lienzo de la tarde"

LXXIV "Tarde tranquila, casi"

LXXV "Yo, como Anacreonte!"

LXXVI "¡Oh, tarde luminosa!"

LXXVII "Es una tarde cenicienta y mustia"

LXXVIII "¿Y ha de morir contigo el mundo mago?"

LXXIX "Desnuda está la tierra"

LXXX Campo

LXXXI A un viejo y distinguido señor

LXXXII Los sueños

LXXXIII "Guitarra del mesón que hoy suenas jota"

LXXXIV "El rojo sol de un sueño en el Oriente asoma"

LXXXV "La primavera besaba"

LXXXVI "Eran ayer mis dolores"

LXXXVII Renacimiento

LXXXVIII "Tal vez la mano, en sueños"

LXXXIX "Y podrás conocerte, recordando"

XC "Los árboles conservan"

XCI "Húmedo está, bajo el laurel, el banco"

VARIA

XCII "Pegasos, lindos pegasos"

XCIII "Deletreos de armonía"

XCIV "En medio de la plaza y sobre tosca piedra"

XCV Coplas mundanas

XCVI Sol de invierno

CAMPOS DE CASTILLA

XCVII Retrato

XCVIII A orillas del Duero

XCIX Por tierras de España

C El hospicio

CI El Dios ibero

CII Orillas del Duero

CIII Las encinas

CIV "¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo?”

CV En abril, las aguas mil

CVI Un loco

CVII Fantasía iconográfica

CVIII Un criminal

CIX Amanecer de otoño

CX En tren

CXI Noche de verano

CXII Pascua de resurrección

CXIII Campos de Soria

CXIV La tierra de Alvargonzález

CXV A un olmo seco

CXVI Recuerdos

CXVII Al maestro "Azorín" por su libro Castilla

CXVIII Caminos

CXIX "Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería"

CXX "Dice la esperanza: un día"

CXXI "Allá, en las tierras altas"

CXXII "Soñé que tú me llevabas"

CXXIII "Una noche de verano"

CXXIV "Al borrarse la nieve, se alejaron"

CXXV "En estos campos de la tierra mía"

CXXVI A José María Palacio

CXXVII Otro viaje

CXXVIII Poema de un día

CXXIX Noviembre

CXXX La saeta

CXXXI Del pasado efímero

CXXXII Los olivos

CXXXIII Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de don Guido

CXXXIV La mujer manchega

CXXXV El mañana efímero

CXXXVI Proverbios y cantares

CXXXVII Parábolas

CXXXVIII Mi bufón

ELOGIOS

CXXXIX A don Francisco Giner de los Ríos

CXL Al joven meditador José Ortega y Gasset

CXLI A Xavier Valcarce

CXLII Mariposa de la sierra

CXLIII Desde mi rincón

CXLIV Una España joven

CXLV España en paz

CXLVI "Esta leyenda en sabio romance campesino"

CXLVII Al maestro Rubén Darío

CXLVIII A la muerte de Rubén Darío

CXLVIX A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla

CL Mis poetas

CLI A don Miguel de Unamuno

CLII A Juan Ramón Jiménez

NUEVAS CANCIONES

CLIII Olivo del camino

CLIV Apuntes

CLV Hacia tierra baja

CLVI Galerías

CLVII La luna, la sombra y el bufón

CLVIII Canciones de tierras altas

CLIX Canciones

CLX Canciones del alto Duero

CLXI Proverbios y cantares

CLXII Parergon

CLXIII El viaje

CLXIV Glosando a Ronsard y otras rimas

CLXV Sonetos

CLXVI Viejas canciones

DE UN CANCIONERO APÓCRIFO

CLXVII Abel Martín

CLXVIII Juan de Mairena

CLXIX Ultimas lamentaciones de Abel Martín

CLXX Siesta

CLXXI A la manera de Juan de Mairena

CLXXII Los complementarios

CLXXIII Canciones a Guiomar

CLXXIV Otras canciones a Guiomar

CLXV Muerte de Abel Martín

CLXXVI Otro clima


  

SOLEDADES (1899-1907)

 

I

(EL VIAJERO)

Está en la sala familiar, sombría,

y entre nosotros, el querido hermano

que en el sueño infantil de un claro día

vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas,

un gris mechón sobre la angosta frente;

y la fría inquietud de sus miradas

revela un alma casi toda ausente.

Deshójanse las copas otoñales

del parque mustio y viejo.

La tarde, tras los húmedos cristales,

se pinta, y en el fondo del espejo.

El rostro del hermano se ilumina

suavemente. ¿Floridos desengaños

dorados por la tarde que declina?

¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿Lamentará la juventud perdida?

Lejos quedó —la pobre loba— muerta.

¿La blanca juventud nunca vivida

teme, que ha de cantar ante su puerta?

¿Sonríe al sol de oro,

de la tierra de un sueño no encontrada;

y ve su nave hender el mar sonoro,

de viento y luz la blanca vela henchida?

El ha visto las hojas otoñales,

amarillas, rodar, las olorosas

ramas del eucalipto, los rosales

que enseñan otra vez sus blancas rosas..

Y este dolor que añora o desconfía

el temblor de una lágrima reprime,

y un resto de viril hipocresía

en el semblante pálido se imprime.

Serio retrato en la pared clarea

todavía. Nosotros divagamos.

En la tristeza del hogar golpea

el tictac del reloj. Todos callamos.

 

II

He andado muchos caminos,

he abierto muchas veredas;

he navegado en cien mares,

y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto

caravanas de tristeza,

soberbios y melancólicos

borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño

que miran, callan, y piensan

que saben, porque no beben

el vino de las tabernas.

Mala gente que camina

y va apestando la tierra...

Y en todas partes he visto

gentes que danzan o juegan,

cuando pueden, y laboran

sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,

preguntan adonde llegan.

Cuando caminan, cabalgan

a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa

ni aun en los días de fiesta.

Donde hay vino, beben vino;

donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,

laboran, pasan y sueñan,

y en un día como tantos,

descansan bajo la tierra.

 

III

La plaza y los naranjos encendidos

con sus frutas redondas y risueñas.

Tumulto de pequeños colegiales

que, al salir en desorden de la escuela,

llenan el aire de la plaza en sombra

con la algazara de sus voces nuevas.

¡Alegría infantil en los rincones

de las ciudades muertas!...

¡Y algo nuestro de ayer, que todavía

vemos vagar por estas calles viejas!

 

IV

(EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO)

Tierra le dieron una tarde horrible

del mes de julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura,

había rosas de podridos pétalos,

entre geranios de áspera fragancia

y roja flor. El cielo

puro y azul. Corría

un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido,

pesadamente, descender hicieron

el ataúd al fondo de la fosa

los dos sepultureros...

Y al resonar sonó con recio golpe,

solemne, en el silencio.

Un golpe de ataúd en tierra es algo

perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían

los pesados terrones polvorientos...

El aire se llevaba

de la honda fosa el blanquecino aliento.

—Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos...

Definitivamente,

duerme un sueño tranquilo y verdadero.

 

V

(RECUERDO INFANTIL)

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil

va cantando la lección;

mil veces ciento, cien mil,

mil veces mil, un millón.

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

 

VI

Fue una clara tarde, triste y soñolienta...

tarde de verano. La hiedra asomaba

al muro del parque, negra y polvorienta...

La fuente sonaba.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;

con agrio ruido abrióse la puerta

de hierro mohoso y, al cerrarse, grave

golpeó el silencio de la tarde muerta.

En el solitario parque, la sonora

copla borbollante del agua cantora

me guía a la fuente. La fuente vertía

sobre el blanco mármol su monotonía.

La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,

un sueño lejano mi canto presente?

Fue una tarde lenta del lento verano.

Respondí a la fuente:

No recuerdo, hermana,

mas sé que tu copla presente es lejana.

Fue esta misma tarde: mi cristal vertía

como hoy sobre el mármol su monotonía.

¿Recuerdas, hermano? ... Los mirtos talares,

que ves, sombreaban los claros cantares

que escuchas. Del rubio color de la llama,

el fruto maduro pendía en la rama,

lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano? ..

Fue esta misma lenta tarde de verano.

—No sé qué me dice tu copla riente

de ensueños lejanos, hermana la fuente.

Yo sé que tu claro cristal de alegría

ya supo del árbol la fruta bermeja;

yo sé que es lejana la amargura mía

que sueña en la tarde de verano vieja.

Yo sé que tus bellos espejos cantores

copiaron antiguos delirios de amores:

mas cuéntame, fuente de lengua encantada,

cuéntame mi alegre leyenda olvidada.

—Yo no sé leyendas de antigua alegría,

sino historias viejas de melancolía.

Fue una clara tarde del lento verano..

Tú venías solo con tu pena, hermano;

tus labios besaron mi linfa serena,

y en la clara tarde, dijeron tu pena.

Dijeron tu pena tus labios que ardían;

la sed que ahora tienen, entonces tenían.

—Adiós para siempre la fuente sonora,

del parque dormido eterna cantora.

Adiós para siempre; tu monotonía,

fuente, es más amarga que la pena mía.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;

con agrio ruido abrióse la puerta

de hierro mohoso y, al cerrarse, grave

sonó en el silencio de la tarde muerta.

 

VII

El limonero lánguido suspende

una pálida rama polvorienta,

sobre el encanto de la fuente limpia,

y allá en el fondo sueñan

los frutos de oro...

Es una tarde clara,

casi de primavera,

tibia tarde de marzo

que el hálito de abril cercano lleva;

y estoy solo, en el patio silencioso,

buscando una ilusión cándida y vieja:

alguna sombra sobre el blanco muro,

algún recuerdo, en el pretil de piedra

de la fuente, dormido, o, en el aire,

algún vagar de túnica ligera.

En el ambiente de la tarde flota

ese aroma de ausencia.

que dice al alma luminosa: nunca,

y al corazón: espera.

Ese aroma que evoca los fantasmas

de las fragancias vírgenes y muertas.

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,

casi de primavera,

tarde sin flores, cuando me traías

el buen perfume de la hierbabuena,

y de la buena albahaca,

que tenía mi madre en sus macetas.

Que tú me viste hundir mis manos puras

en el agua serena,

para alcanzar los frutos encantados

que hoy en el fondo de la fuente sueñan...

Sí, te conozco, tarde alegre y clara,

casi de primavera.

 

VIII

Yo escucho los cantos

de viejas cadencias,

que los niños cantan

cuando en coro juegan,

y vierten en coro

sus almas que sueñan,

cual vierten sus aguas

las fuentes de piedra:

con monotonías

de risas eternas,

que no son alegres,

con lágrimas viejas,

que no son amargas

y dicen tristezas,

tristezas de amores

de antiguas leyendas.

En los labios niños,

las canciones llevan

confusa la historia

y clara la pena;

como clara el agua

lleva su conseja

de viejos amores,

que nunca se cuentan.

Jugando a la sombra

de una plaza vieja,

los niños cantaban...

La fuente de piedra

vertía su eterno

cristal de leyenda.

Cantaban los niños

canciones ingenuas,

de un algo que pasa

y que nunca llega:

la historia confusa

y clara la pena.

Seguía su cuento

la fuente serena;

borrada la historia,

contaba la pena.

 

IX

(ORILLAS DEL DUERO).

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.

Girando en torno a la torre y al caserón solitario,

y las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,

de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.

El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,

casi azules, primavera

se ve brotar en los finos

chopos de la carretera

y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.

El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,

azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,

y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía

sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!

 

X

A la desierta plaza

conduce un laberinto de callejas.

A un lado, el viejo paredón sombrío

de una ruinosa iglesia;

a otro lado, la tapia blanquecina

de un huerto de cipreses y palmeras,

y, frente a mí, la casa,

y en la casa la reja

ante el cristal que levemente empaña

su figurilla plácida y risueña.

Me apartaré. No quiero

llamar a tu ventana ... Primavera

viene —su veste blanca

flota en el aire de la plaza muerta—;

viene a encender las rosas

rojas de tus rosales... Quiero verla ...

 

XI

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!...

¿Adonde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero...

—La tarde cayendo está—,

"En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón. "

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando. Suena el viento

en los álamos del río.

La tarde más se obscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea,

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

"Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada. "

 

XII

Amada, el aura dice

tu pura veste blanca ...

No te verán mis ojos

¡mi corazón te aguarda!

El viento me ha traído

tu nombre en la mañana;

el eco de tus pasos

repite la montaña ...

No te verán, mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

En las sombrías torres

repican las campanas...

No te verán mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

Los golpes del martillo

dicen la negra caja;

y el sitio de la fosa,

los golpes de la azada...

No te verán mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

 

XIII

Hacia un ocaso radiante

caminaba el sol de estío,

y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,

tras de los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera

de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,

entre metal y madera,

que es la canción estival.

En una huerta sombría

giraban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía.

Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino,

absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: "¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa

toda desdén y armonía;

hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía

de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!"

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.

Lejos la ciudad dormía,

como cubierta de un mago fanal de oro transparente.

Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas

manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.

Yo caminaba cansado,

sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,

bajo los arcos del puente,

como si al pasar dijera:

"Apenas desamarrada

la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,

se canta: no somos nada.

Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera. "

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.

(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento,

en la tarde, a meditar...

¿Qué es esta gota en el viento

que grita al mar: soy el mar?

Vibraba el aire asordado

por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,

cual si estuviera sembrado

de campanitas de oro.

En el azul fulguraba

un lucero diamantino.

Cálido viento soplaba,

alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta,

hacia la ciudad volvía.

Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía.

 

XIV

(CANTE HONDO)

Yo meditaba absorto, devanando

los hilos del hastío y la tristeza,

cuando llegó a mi oído,

por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,

el plañir de una copla soñolienta,

quebrada por los trémolos sombríos

de las músicas magas de mi tierra.

... Y era el Amor, como una roja llama.

—Nerviosa mano en la vibrante cuerda

ponía un largo suspirar de oro,

que se trocaba en surtidor de estrellas—.

... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,

el paso largo, torva y esquelética,

—tal cuando yo era niño la soñaba—.

Y en la guitarra, resonante y trémula,

la brusca mano, al golpear, fingía

el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo

que el polvo barre y la ceniza avienta.

 

XV

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones

el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.

¿No ves, en el encanto del mirador florido,

óvalo rosado de un rostro conocido?

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,

surge o se apaga como daguerrotipo viejo.

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;

se extinguen lentamente los ecos del ocaso.

¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón ... ¿Es ella?

No puede ser... Camina... En el azul, la estrella.

 

XVI

Siempre fugitiva y siempre

cerca de mí, en negro manto

mal cubierto el desdeñoso

gesto de tu rostro pálido.

No sé adonde vas, ni dónde

tu virgen belleza tálamo

busca en la noche. No sé

qué sueños cierran tus párpados,

ni de quién haya entreabierto

tu lecho inhospitalario.

.............................................

Detén el paso, belleza

esquiva, detén el paso.

Besar quisiera la amarga,

amarga flor de tus labios.

 

XVII

(HORIZONTE)

En una tarde clara y amplia como el hastío,

cuando su lanza blande el tórrido verano,

copiaban el fantasma de un grave sueño mío

mil sombras en teoría, enhiestas, sobre el llano.

La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,

era un cristal de llamas, que al infinito viejo

iba, arrojando el grave soñar en la llanura...

Y yo sentí la espuela sonora de mi paso

repercutir lejana en el sangriento ocaso,

y más allá, la alegre canción de un alba pura.

 

XVIII

(EL POETA)

Para el libro La casa de la primavera

de Gregorio Martínez Sierra

Maldiciendo su destino

como Glauco, el dios marino,

mira, turbia la pupila

de llanto, el mar, que le debe su blanca virgen Scyla.

El sabe que un Dios más fuerte

con la sustancia inmortal está jugando a la muerta,

cual niño bárbaro. Él piensa

que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,

antes de perderse, gota

de mar en la mar inmensa.

En sueños oyó el acento de una palabra divina;

en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina,

sin odio ni amor, y el frío

soplo del olvido sabe, sobre un arenal de hastío.

Bajo las palmeras del oasis el agua buena

miró brotar de la arena;

y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros

animales carniceros...

Y supo cuánto es la vida hecha de sed y de dolor.

Y fue compasivo para el ciervo y el cazador,

para el ladrón y el robado,

para el pájaro azorado,

para el sanguinario azor.

Con el sabio amargo dijo: Vanidad de vanidades,

todo es negra vanidad;

y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:

sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.

Y viendo cómo lucían

miles de blancas estrellas,

pensaba que todas ellas

en su corazón ardían.

¡Noche de amor!

Y otra noche

sintió la mala tristeza

que enturbia la pura llama,

y el corazón que bosteza,

y el histrión que declama.

Y dijo: Las galerías

del alma que espera están

desiertas, mudas, vacías:

las blancas sombras se van.

Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado

del ayer. ¡Cuan bello era!

¡Qué hermosamente el pasado

fingía la primavera,

cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,

mísero fruto podrido,

que en el hueco acibarado

guarda el gusano escondido!

¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,

arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!

 

XIX

¡Verdes jardinillos,

claras plazoletas,

fuente verdinosa

donde el agua sueña,

donde el agua muda

resbala en la piedra!...

Las hojas de un verde

mustio, casi negras

de la acacia, el viento

de septiembre besa,

y se lleva algunas

amarillas, secas,

jugando, entre el polvo

blanco de la tierra.

Linda doncellita,

que el cántaro llenas

de agua transparente,

tú, al verme, no llevas

a los negros bucles

de tu cabellera,

distraídamente,

la mano morena,

ni, luego, en el limpio

cristal te contemplas...

Tú miras al aire

de la tarde bella,

mientras de agua clara

el cántaro llenas.


DEL CAMINO

 

XX

(PRELUDIO)

Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero

poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.

Acordaré las notas del órgano severo

al suspirar fragante del pífano de abril.

Madurarán su aroma las pomas otoñales,

la mirra y el incienso salmodiarán su olor;

exhalarán su fresco perfume los rosales,

bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.

Al grave acorde lento de música y aroma,

la sola y vieja y noble razón de mi rezar

levantará su vuelo suave de paloma,

y la palabra blanca se elevará al altar.

 

XXI

Daba el reloj las doce... y eran doce

golpes de azada en tierra...

...¡Mi hora! —grité—. ... El silencio

me respondió: —No temas;

tú no verás caer la última gota

que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía

sobre la orilla vieja,

y encontrarás una mañana pura

amarrada tu barca a otra ribera.

 

XXII

Sobre la tierra amarga,

caminos tiene el sueño

laberínticos, sendas tortuosas,

parques en flor y en sombra y en silencio

criptas hondas, escalas sobre estrellas;

retablos de esperanzas y recuerdos.

Figurillas que pasan y sonríen

—juguetes melancólicos de viejo—;

imágenes amigas,

a la vuelta florida del sendero,

y quimeras rosadas

que hacen camino ... lejos...

 

XXIII

En la desnuda tierra del camino

la hora florida brota,

espino solitario,

del valle humilde en la revuelta umbrosa.

El salmo verdadero

de tenue voz hoy torna

al corazón, y al labio,

la palabra quebrada y temblorosa.

Mis viejos mares duermen; se apagaron

sus espumas sonoras

sobre la playa estéril. La tormenta

camina lejos en la nube torva.

Vuelve la paz al cielo;

la brisa tutelar esparce aromas

otra vez sobre el campo, y aparece,

en la bendita soledad, tu sombra.

 

XXIV

El sol es un globo de fuego,

la luna es un disco morado.

Una blanca paloma se posa

en el alto ciprés centenario.

Los cuadros de mirtos parecen

de marchito velludo empolvado.

¡El jardín y la tarde tranquila!...

Suena el agua en la fuente de mármol.

 

XXV

¡Tenue rumor de túnicas que pasan

sobre la infértil tierra!...

¡Y lágrimas sonoras

de las campanas viejas!

Las ascuas mortecinas

del horizonte humean ...

Blancos fantasmas lares

van encendiendo estrellas.

—Abre el balcón. La hora

de una ilusión se acerca...

La tarde se ha dormido,

y las campanas sueñan.

 

XXVI

¡Oh, figuras del atrio, más humildes

cada día y lejanas:

mendigos harapientos

sobre marmóreas gradas;

miserables ungidos

de eternidades santas,

manos que surgen de los mantos viejos

y de las rotas capas!

¿Pasó por vuestro lado

una ilusión velada,

de la mañana luminosa y fría

en las horas más plácidas? ...

Sobre la negra túnica, su mano

era una rosa blanca...

 

XXVII

La tarde todavía

dará incienso de oro a tu plegaria,

y quizás el cenit de un nuevo día

amenguará tu sombra solitaria.

Mas no es tu fiesta el ultramar lejano,

sino la ermita junto al manso río;

no tu sandalia el soñoliento llano

pisará, ni la arena del hastío.

Muy cerca está, romero,

la tierra verde y santa y florecida

de tus sueños; muy cerca, peregrino

que desdeñas la sombra del sendero

y el agua del mesón en tu camino.

 

XXVIII

Crear fiestas de amores

en nuestro amor pensamos,

quemar nuevos aromas

en montes no pisados,

y guardar el secreto

de nuestros rostros pálidos,

porque en las bacanales de la vida

vacías nuestras copas conservamos,

mientras con eco de cristal y espuma

ríen los zumos de la vid dorados.

...................................................

Un pájaro escondido entre las ramas

del parque solitario,

silba burlón...

Nosotros exprimimos

la penumbra de un sueño en nuestro vaso ...

Y algo, que es tierra en nuestra carne, siente

la humedad del jardín como un halago.

 

XXIX

Arde en tus ojos un misterio, virgen

esquiva y compañera.

No sé si es odio o es amor la lumbre

inagotable de tu aljaba negra.

Conmigo irás mientras proyecte sombra

mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

—¿Eres la sed o el agua en mi camino?

Dime, virgen esquiva y compañera.

 

XXX

Algunos lienzos del recuerdo tienen

luz de jardín y soledad de campo

la placidez del sueño

en el paisaje familiar soñado.

Otros guardan las fiestas

de días aun lejanos;

figurillas sutiles

que pone un titerero en su retablo...

..................................................

Ante el balcón florido,

está la cita de un amor amargo.

Brilla la tarde en el resol bermejo...

La hiedra efunde de los muros blancos ..

A la revuelta de una calle en sombra,

un fantasma irrisorio besa un nardo.

 

XXXI

Crece en la plaza en sombra

el musgo, y en la piedra vieja y santa

de la iglesia. En el atrio hay un mendigo ..

Más vieja que la iglesia tiene el alma.

Sube muy lento, en las mañanas frías,

por la marmórea grada,

hasta un rincón de piedra... Allí aparece

su mano seca entre la rota capa.

Con las órbitas huecas de sus ojos

ha visto cómo pasan

las blancas sombras, en los claros días,

las blancas sombras de las horas santas.

 

XXXII

Las ascuas de un crepúsculo morado

detrás del negro cipresal humean...

En la glorieta en sombra está la fuente

con su alado y desnudo Amor de piedra,

que sueña mudo. En la marmórea taza

reposa el agua muerta.

 

XXXIII

¿Mi amor? ... ¿Recuerdas, dime,

aquellos juncos tiernos,

lánguidos y amarillos

que hay en el cauce seco? ...

¿Recuerdas la amapola

que calcinó el verano,

la amapola marchita,

negro crespón del campo? ...

¿Te acuerdas del sol yerto

y humilde, en la mañana,

que brilla y tiembla roto

sobre una fuente helada? ...

 

XXXIV

Me dijo un alba de la primavera:

Yo florecí en tu corazón sombrío

ha muchos años, caminante viejo

que no cortas las flores del camino.

Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda

el viejo aroma de mis viejos lirios?

¿Perfuman aún mis rosas la alba frente

del hada de tu sueño adamantino?

Respondí a la mañana:

Sólo tienen cristal los sueños míos.

Yo no conozco el hada de mis sueños;

ni sé si está mi corazón florido.

#¿NOMBRE?

que ha de romper el vaso cristalino,

quizás el hada te dará tus rosas,

mi corazón tus lirios.

 

XXXV

Al borde del sendero un día nos sentamos.

Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita

son las desesperantes posturas que tomamos

para aguardar.... Mas Ella no faltará a la cita.

 

XXXVI

Es una forma juvenil que un día

a nuestra casa llega.

Nosotros le decimos: ¿por qué tornas

a la morada vieja?

Ella abre la ventana, y todo el campo

en luz y aroma entra.

En el blanco sendero,

los troncos de los árboles negrean;

las hojas de sus copas

son humo verde que a lo lejos sueña.

Parece una laguna

el ancho río entre la blanca niebla

de la mañana. Por los montes cárdenos

camina otra quimera.

 

XXXVII

¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,

que me traes el retablo de mis sueños

siempre desierto y desolado, y sólo

con mi fantasma dentro,

mi pobre sombra triste

sobre la estepa y bajo el sol de fuego,

o soñando amarguras

en las voces de todos los misterios,

dime, si sabes, vieja amada, dime

si son mías las lágrimas que vierto!

Me respondió la noche:

Jamás me revelaste tu secreto.

Yo nunca supe, amado,

si eras tú ese fantasma de tu sueño,

ni averigüé si era su voz la tuya,

o era la voz de un histrión grotesco.

Dije a la noche: Amada mentirosa,

tú sabes mi secreto;

tú has visto la honda gruta

donde fabrica su cristal mi sueño,

y sabes que mis lágrimas son mías.

y sabes mi dolor, mi dolor viejo.

¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado,

yo no sé tu secreto,

aunque he visto vagar ese que dices

desolado fantasma, por tu sueño.

Yo me asomo a las almas cuando lloran

y escucho su hondo rezo,

humilde y solitario,

ese que llamas salmo verdadero;

pero en las hondas bóvedas del alma

no sé si el llanto es una voz o un eco.

Para escuchar tu queja de tus labios

yo te busqué en tu sueño,

y allí te vi vagando en un borroso

laberinto de espejos.

 


 

CANCIONES

 

XXXVIII

Abril florecía

frente a mi ventana.

Entre los jazmines

y las rosas blancas

de un balcón florido,

vi las dos hermanas.

La menor cosía,

la mayor hilaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas,

la más pequeñita,

risueña y rosada

—su aguja en el aire—,

miró a mi ventana.

La mayor seguía,

silenciosa y pálida,

el huso en su rueca

que el lino enroscaba.

Abril florecía

frente a mi ventana.

Una clara tarde

la mayor lloraba,

entre los jazmines

y las rosas blancas,

y ante el blanco lino

que en su rueca hilaba.

— ¿Qué tienes? —le dije—,

silenciosa y pálida,

señaló el vestido

que empezó la hermana.

En la negra túnica

la aguja brillaba;

sobre el blanco velo,

el dedal de plata.

Señaló a la tarde

de abril que soñaba,

mientras que se oía

tañer de campanas.

Y en la clara tarde

me enseñó sus lágrimas...

Abril florecía

frente a mi ventana.

Fue otro abril alegre

y otra tarde plácida.

El balcón florido

solitario estaba ...

Ni la pequeñita

risueña y rosada,

ni la hermana triste,

silenciosa y pálida,

ni la negra túnica,

ni la toca blanca ...

Tan sólo en el huso

el lino giraba

por mano invisible,

y en la obscura sala

la luna del limpio

espejo brillaba ...

Entre los jazmines

y las rosas blancas

del balcón florido,

me miré en la clara

luna del espejo

que lejos soñaba...

Abril florecía

frente a mi ventana.

 

XXXIX

(COPLAS ELEGIACAS)

¡Ay del que llega sediento

a ver el agua correr,

y dice: la sed que siento

no me la calma el beber!

¡Ay de quien bebe y, saciada

la sed, desprecia la vida:

moneda al tahúr prestada,

que sea al azar rendida!

Del iluso que suspira

bajo el orden soberano,

y del que sueña la lira

pitagórica en su mano.

¡Ay del noble peregrino

que se para a meditar,

después de largo camino

en el horror de llegar!

¡Ay de la melancolía

que llorando se consuela,

y de la melomanía

de un corazón de zarzuela!

¡Ay de nuestro ruiseñor,

si en una noche serena

se cura del mal de amor

que llora y canta sin pena!

¡De los jardines secretos,

de los pensiles soñados,

y de los sueños poblados

de propósitos discretos!

¡Ay del galán sin fortuna

que ronda a la luna bella;

de cuantos caen de la luna,

de cuantos se marchan a ella!

¡De quien el fruto prendido

en la rama no alcanzó,

de quien el fruto ha mordido

y el gusto amargo probó!

¡Y de nuestro amor primero

y de su fe mal pagada,

y, también, del verdadero

amante de nuestra amada!

 

XL

(INVENTARIO GALANTE)

Tus ojos me recuerdan

las noches de verano,

negras noches sin luna,

orilla al mar salado,

y el chispear de estrellas

del cielo negro y bajo.

Tus ojos me recuerdan.

las noches de verano.

Y tu morena carne,

los trigos requemados,

y el suspirar de fuego

de los maduros campos.

Tu hermana es clara y débil

como los juncos lánguidos,

como los sauces tristes,

como los linos glaucos.

Tu hermana es un lucero

en el azul lejano...

Y es alba y aura fría

sobre los pobres álamos

que en las orillas tiemblan

del río humilde y manso.

Tu hermana es un lucero

en el azul lejano.

De tu morena gracia,

de tu soñar gitano,

de tu mirar de sombra

quiero llenar mi vaso.

Me embriagaré una noche

de cielo negro y bajo,

para cantar contigo,

orilla al mar salado,

una canción que deje

cenizas en los labios ...

De tu mirar de sombra

quiero llenar mi vaso.

Para tu linda hermana

arrancaré los ramos

de florecillas nuevas

a los almendros blancos,

en un tranquilo y triste

alborear de marzo.

Los regaré con agua

de los arroyos claros,

los ataré con verdes

junquillos del remanso ...

Para tu linda hermana

yo haré un ramito blanco.

 

XLI

Me dijo una tarde

de la primavera:

Si buscas caminos

en flor en la tierra,

mata tus palabras

y oye tu alma vieja.

Que el mismo albo lino

que te vista, sea

tu traje de duelo,

tu traje de fiesta.

Ama tu alegría

y ama tu tristeza,

si buscas caminos

en flor en la tierra.

Respondí a la tarde

de la primavera:

Tú has dicho el secreto

que en mi alma reza:

Yo odio la alegría

por odio a la pena.

Mas antes que pise

tu florida senda,

quisiera traerte

muerta mi alma vieja.

 

XLII

La vida hoy tiene ritmo

de ondas que pasan,

de olitas temblorosas

que fluyen y se alcanzan.

La vida hoy tiene el ritmo de los ríos,

la risa de las aguas

que entre los verdes junquerales corren,

y entre las verdes cañas.

Sueño florido lleva el manso viento;

bulle la savia joven en las nuevas ramas;

tiemblan alas y frondas,

y la mirada sagital del águila

no encuentra presa... Treme el campo en sueños,

vibra el sol como un arpa.

¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros,

que por las selvas pasas

a la hora del cenit: tiemble en mi pecho

el oro de tu aljaba!

En tus labios florece la alegría

de los campos en flor; tu veste alada

aroman las primeras velloritas,

las violetas perfuman tus sandalias.

Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque,

arrebatados tras la corza rápida,

y los ágiles músculos rosados

de tus piernas silvestres entre verdes ramas.

¡Pasajera ilusión de ojos guerreros,

que por las selvas pasas

cuando la tierra reverdece y ríen

los ríos en las cañas!

¡Tiemble en mi pecho el oro

que llevas en tu aljaba!

 

XLIII

Era una mañana y abril sonreía.

Frente al horizonte dorado moría

la luna, muy blanca y opaca; tras ella,

cual tenue ligera quimera, corría

la nube que apenas enturbia una estrella.

.........................................................

Como sonreía la rosa mañana

al sol del Oriente abrí mi ventana;

y en mi triste alcoba penetró el Oriente

en canto de alondras, en risa de fuente

y en suave perfume de flora temprana.

Fue una clara tarde de melancolía.

Abril sonreía. Yo abrí las ventanas

de mi casa al viento... El viento traía

perfume de rosas, dolor de campanas...

Doblar de campanas lejanas, llorosas,

suave de rosas aromado aliento ...

... ¿Dónde están los huertos floridos de rosas?

¿Qué dicen las dulces campanas al viento?

Pregunté a la tarde de abril que moría:

¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?

La tarde de abril sonrió: La alegría

pasó por tu puerta —y luego, sombría:

Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

 

XLIV

El casco roído y verdoso

del viejo falucho

reposa en la arena...

La vela tronchada parece

que aun sueña en el sol y en el mar.

El mar hierve y canta ...

El mar es un sueño sonoro

bajo el sol de abril.

El mar hierve y ríe

con olas azules y espumas de leche y de plata,

el mar hierve y ríe

bajo el cielo azul.

El mar lactescente,

el mar rutilante,

que ríe en sus liras de plata sus risas azules...

¡Hierve y ríe el mar!...

El aire parece que duerme encantado

en la fúlgida niebla de sol blanquecino.

La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento

volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.

 

XLV

El sueño bajo el sol que aturde y ciega,

tórrido sueño en la hora de arrebol;

el río luminoso el aire surca;

esplende la montaña;

la tarde es polvo y sol.

El sibilante caracol del viento

ronco dormita en el remoto alcor;

emerge el sueño ingrave en la palmera,

luego se enciende en el naranjo en flor.

La estúpida cigüeña

su garabato escribe en el sopor

del molino parado; el toro abate

sobre la hierba la testuz feroz.

La verde, quieta espuma del ramaje

efunde sobre el blanco paredón,

lejano, inerte, del jardín sombrío,

dormido bajo el cielo fanfarrón.

Lejos, enfrente de la tarde roja,

refulge el ventanal del torreón.

 


 

HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES

LOS GRANDES INVENTOS

 

XLVI

(LA NORIA)

La tarde caía

triste y polvorienta.

El agua cantaba

su copla plebeya

en los cangilones

de la noria lenta.

Soñaba la mula,

¡pobre mula vieja!,

al compás de sombra

que en el agua suena.

La tarde caía

triste y polvorienta.

Yo no sé qué noble,

divino poeta,

unió a la amargura

de la eterna rueda

la dulce armonía

del agua que sueña,

y vendó tus ojos

¡pobre mula vieja!...

Mas sé que fue un noble,

divino poeta,

corazón maduro

de sombra y de ciencia.

 

XLVII

(EL CADALSO)

La aurora asomaba

lejana y siniestra.

El lienzo de Oriente

sangraba tragedias,

pintarrajeadas

con nubes grotescas.

En la vieja plaza

de una vieja aldea,

erguía su horrible

pavura esquelética

el tosco patíbulo

de fresca madera...

La aurora asomaba

lejana y siniestra.

 

XLVIII

(LAS MOSCAS)

Vosotras, las familiares,

inevitables golosas,

vosotras, moscas vulgares,

me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces

como abejas en abril,

viejas moscas pertinaces

sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío

en el salón familiar,

las claras tardes de estío

en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,

raudas moscas divertidas,

perseguidas

por amor de lo que vuela,

—que todo es volar— sonoras

rebotando en los cristales

en los días otoñales ...

Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia,

de mi juventud dorada;

de esta segunda inocencia,

que da en no creer en nada,

de siempre... Moscas vulgares,

que de puro familiares

no tendréis digno cantor:

yo sé que os habéis posado

sobre el juguete encantado,

sobre el librote cerrado,

sobre la carta de amor,

sobre los párpados yertos

de los muertos.

Inevitables golosas,

que ni labráis como abejas

ni brilláis cual mariposas;

pequeñitas, revoltosas;

vosotras, amigas viejas,

me evocáis todas las cosas.

 

XLIX

(ELEGÍA DE UN MADRIGAL)

Recuerdo que una tarde de soledad y hastío

¡oh tarde como tantas!, el alma mía era,

bajo el azul monótono, un ancho y terso río

que ni tenía un pobre juncal en su ribera.

¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia

que borra el misterioso azogue del cristal!

¡Oh el alma sin amores que el Universo copia

con un irremediable bostezo universal!

Quiso el poeta recordar a solas;

las ondas bien amadas, la luz de los cabellos

que él llamaba en sus rimas rubias olas.

Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...

Y un día —como tantos— al aspirar un día

aromas de una rosa que en el rosal se abría,

brotó como una llama la luz de los cabellos

que él en sus madrigales llamaba rubias olas,

brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos...

Y se alejó en silencio para llorar a solas.

 

L

(ACASO...)

Como atento no más a mi quimera

no reparaba en torno mío, un día

me sorprendió la fértil primavera

que en todo el ancho campo sonreía.

Brotaban verdes hojas,

de las hinchadas yemas del ramaje,

y flores amarillas, blancas, rojas,

alegraban la mancha del paisaje.

Y era una lluvia de saetas de oro,

el sol sobre las frondas juveniles;

del amplio río en el caudal sonoro

se miraban los álamos gentiles.

Tras de tanto camino es la primera

vez que miro brotar la primavera,

dije, y después, declamatoriamente:

— ¡Cuan tarde ya para la dicha mía!-

Y luego, al caminar, como quien siente

alas de otra ilusión: —Y todavía

¡yo alcanzaré mi juventud un día!

 

LI

(JARDÍN)

Lejos de tu jardín quema la tarde

inciensos de oro en purpurinas llamas,

tras el bosque de cobre y de ceniza.

En tu jardín hay dalias.

¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece

la obra de un peluquero,

con esa pobre palmerilla enana,

y ese cuadro de mirtos recortados...

y el naranjito en su tonel... El agua

de la fuente de piedra

no cesa de reír sobre la concha blanca.

 

LII

(FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL)

¿Sevilla? ... ¿Granada? ... La noche de luna,

blancas paredes y obscuras ventanas.

Cerrados postigos, corridas persianas ...

El cielo vestía su gasa de abril.

Un vino risueño me dijo el camino.

Yo escucho los áureos consejos del vino,

el vino es a veces escala de ensueño.

Abril y la noche y el vino risueño

ataron en coro su salmo de amor.

La calle copiaba, con sombra en el muro,

el paso fantasma y el sueño maduro

de apuesto embozado, galán caballero:

espada tendida, calado sombrero...

La luna vertía su blanco soñar.

Como un laberinto mi sueño torcía

de calle en calleja. Mi sombra seguía

de aquel laberinto la sierpe encantada,

en pos de una oculta plazuela cerrada.

La luna lloraba su dulce blancor.

La casa y la clara ventana florida,

de blancos jazmines y nardos prendida,

más blancos que el blanco soñar de la luna...

-"Señora, la hora, tal vez importuna...

¿Que espere? (La dueña se lleva el candil.)

Ya sé que sería quimera, señora,

mi sombra galante buscando a la aurora

en noches de estrellas y luna, si fuera

mentira la blanca nocturna quimera

que usurpa a la luna su trono de luz.

¡Oh dulce señora, más cándida y bella

que la solitaria matutina estrella

tan clara en el cielo! ¿Por qué silenciosa

oís mi nocturna querella amorosa?

¿Quién hizo, señora, cristal vuestra voz?...

La blanca quimera parece que sueña.

Acecha en la obscura estancia la dueña.

—Señora, si acaso otra sombra emboscada

teméis, en la sombra, fiad en mi espada...

Mi espada se ha visto a la luna brillar.

¿Acaso os parece mi gesto anacrónico?

El vuestro es, señora, sobrado lacónico.

¿Acaso os asombra mi sombra embozada,

de espada tendida y toca plumada?...

¿Seréis la cautiva del moro Gazul?

Dijéraislo, y pronto mi amor os diría

el son de mi guzla y la algarabía

más dulce que oyera ventana moruna

Mi guzla os dijera la noche de luna,

la noche de cándida luna de abril.

Dijera la clara cantiga de plata

del patio moruno, y la serenata

que lleva el aroma de floridas preces

a los miradores y a los ajimeces,

los salmos de un blanco fantasma lunar.

Dijera las danzas de trenzas lascivas,

las muelles cadencias de ensueños, las vivas

centellas de lánguidos rostros velados,

los tibios perfumes, los huertos cerrados;

dijera el aroma letal del harén.

Yo guardo, señora, en viejo salterio

también una copla de blanco misterio,

la copla más suave, más dulce y más sabia

que evoca las claras estrellas de Arabia

y aromas de un moro jardín andaluz.

Silencio... En la noche la paz de la luna

alumbra la blanca ventana moruna.

Silencio... Es el musgo que brota, y la hiedra

que lenta desgarra la tapia de piedra...

El llanto que vierte la luna de abril.

—Si sois una sombra de la primavera

blanca entre jazmines, o antigua quimera

soñada en las trovas de dulces cantores,

yo soy una sombra de viejos cantares,

y el signo de un álgebra vieja de amores.

Los gayos, lascivos decires mejores,

los árabes albos nocturnos soñares,

las coplas mundanas, los salmos talares,

poned en mis labios;

yo soy una sombra también del amor.

Ya muerta la luna, mi sueño volvía

por la retorcida, moruna calleja.

El sol en Oriente reía

su risa más vieja.

 

LIII

(A UN NARANJO Y A UN LIMONERO)

VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!

Medrosas tiritan tus hojas menguadas.

Naranjo en la corte, ¡qué pena de verte

con tus naranjitas secas y arrugadas!

Pobre limonero de fruto amarillo

cual pomo pulido de pálida cera,

¡qué pena mirarte, mísero arbolito

criado en mezquino tonel de madera!

De los claros bosques de la Andalucía,

¿quién os trajo a esta castellana tierra

que barren los vientos de la adusta sierra,

hijos de los campos de la tierra mía?

¡Gloria de los huertos, árbol limonero,

que enciendes los frutos de pálido oro,

y alumbras del negro cipresal austero

las quietas plegarias erguidas en coro;

y fresco naranjo del patio querido,

del campo risueño y el huerto soñado,

siempre en mi recuerdo maduro o florido

de frondas y aromas y frutos cargado!

 

LIV

(LOS SUEÑOS MALOS)

Está la plaza sombría;

muere el día.

Suenan lejos las campanas.

De balcones y ventanas

se iluminan las vidrieras,

con reflejos mortecinos,

como huesos blanquecinos

y borrosas calaveras.

En toda la tarde brilla

una luz de pesadilla.

Está el sol en el ocaso.

Suena el eco de mi paso.

—¿Eres tú? Ya te esperaba...

—No eres tú a quien yo buscaba.

 

LV

(HASTIO)

Pasan las horas de hastío

por la estancia familiar,

el amplio cuarto sombrío

donde yo empecé a soñar.

Del reloj arrinconado,

que en la penumbra clarea,

el tictac acompasado

odiosamente golpea.

Dice la monotonía

del agua clara al caer:

un día es como otro día;

hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita

el parque mustio y dorado...

¡Qué largamente ha llorado

toda la fronda marchita!

 

LVI

Sonaba el reloj la una,

dentro de mi cuarto. Era

triste la noche. La luna,

reluciente calavera,

ya del cenit declinado,

iba del ciprés del huerto

fríamente iluminado

el alto ramaje yerto.

Por la entreabierta ventana

llegaban a mis oídos

metálicos alaridos

de una música lejana.

Una música tristona,

una mazurca olvidada,

entre inocente y burlona,

mal tañida y mal soplada.

Y yo sentí el estupor

del alma cuando bosteza

el corazón, la cabeza,

y... morirse es lo mejor.

 

LVII

(CONSEJOS)

I

Este amor que quiere ser

acaso pronto será;

pero ¿cuándo ha de volver

lo que acaba de pasar?

Hoy dista mucho de ayer.

¡Ayer es Nunca jamás!

II

Moneda que está en la mano

quizá se deba guardar;

la monedita del alma

se pierde si no se da.

 

LVIII

(GLOSA)

Nuestros vidas son los ríos,

que van a dar a la mar,

que es el morir. ¡Gran cantar!

Entre los poetas míos

tiene Manrique un altar.

Dulce goce de vivir:

mala ciencia del pasar,

ciego huir a la mar.

Tras el pavor del morir

está el placer de llegar.

¡Gran placer!

Mas ¿y el horror de volver?

¡Gran pesar!

 

LIX

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di, ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mi,

manantial de nueva vida

de donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

LX

¿Mi corazón se ha dormido?

Colmenares de mis sueños

¿ya no labráis? ¿Está seca

la noria del pensamiento,

los cangilones vacíos,

girando, de sombra llenos?

No, mi corazón no duerme.

Está despierto, despierto.

Ni duerme ni sueña, mira,

los claros ojos abiertos,

señas lejanas y escucha

a orillas del gran silencio.

 


 

GALERÍAS

 

LXI

(INTRODUCCIÓN)

Leyendo un claro día

mis bien amados versos,

he visto en el profundo

espejo de mis sueños

que una verdad divina

temblando está de miedo,

y es una flor que quiere

echar su aroma al viento.

El alma del poeta

se orienta hacia el misterio.

Sólo el poeta puede

mirar lo que está lejos

dentro del alma, en turbio

y mago sol envuelto.

En esas galerías,

sin fondo, del recuerdo,

donde las pobres gentes

colgaron cual trofeo

el traje de una fiesta

apolillado y viejo,

allí el poeta sabe

el laborar eterno

mirar de las doradas

abejas de los sueños.

Poetas, con el alma

atenta al hondo cielo,

en la cruel batalla

o en el tranquilo huerto,

la nueva miel labramos

con los dolores viejos,

la veste blanca y pura

pacientemente hacemos,

y bajo el sol bruñimos

el fuerte arnés de hierro.

El alma que no sueña,

el enemigo espejo,

proyecta nuestra imagen

con un perfil grotesco.

Sentimos una ola

de sangre, en nuestro pecho,

que pasa... y sonreímos,

y a laborar volvemos.

 

LXII

Desgarrada la nube; el arco iris

brillando ya en el cielo,

y en un fanal de lluvia

y sol en el campo envuelto.

Desperté. ¿Quién enturbia

los mágicos cristales de mi sueño?

Mi corazón latía

atónito y disperso.

...¡El limonar florido,

el cipresal del huerto,

el prado verde, el sol, el agua, el iris...,

el agua en tus cabellos!...

Y todo en la memoria se perdía

como una pompa de jabón al viento.

 

LXIII

Y era el demonio de mi sueño, el ángel

más hermoso. Brillaban

como aceros los ojos victoriosos,

y las sangrientas llamas

de su antorcha alumbraron

la honda cripta del alma.

— ¿Vendrás conmigo? —No, jamás; las tumbas

y los muertos me espantan.

Pero la férrea mano

mi diestra atenazaba.

—Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño

cegado por la roja luminaria.

Y en la cripta sentí sonar cadenas,

y rebullir de fieras enjauladas.

 

LXIV

Desde el umbral de un sueño me llamaron...

Era la buena voz, la voz querida.

—Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?...

Llegó a mi corazón una caricia.

—Contigo siempre... Y avancé en mi sueño

por una larga, escueta galería,

sintiendo el roce de la veste pura

y el palpitar suave de la mano amiga.

 

LXV

(SUEÑO INFANTIL)

Una clara noche

de fiesta y de luna,

noche de mis sueños,

noche de alegría

—era luz de mi alma,

que hoy es bruma toda,

no eran mis cabellos

negros todavía—,

el hada más joven

me llevó en sus brazos

a la alegre fiesta

que en la plaza ardía.

So el chisporroteo

de las luminarias,

amor sus madejas

de danzas tejía.

Y en aquella noche

de fiesta y de luna,

noche de mis sueños,

noche de alegría,

el hada más joven

besaba mi frente...,

con su linda mano

su adiós me decía...

Todos los rosales

daban sus aromas,

todos los amores

amor entreabría.

 

LXVI

¡Y esos niños en hilera,

llevando el sol de la tarde

en sus velitas de cera!...

¡De amarilla calabaza,

en el azul, cómo sube

la luna, sobre la plaza!

Duro ceño.

Pirata, rubio africano,

barbitaheño.

Lleva un alfanje en la mano.

Estas figuras del sueño...

Donde las niñas cantan en corro,

en los jardines del limonar,

sobre la fuente, negro abejorro

pasa volando, zumba al volar.

Se oyó un bronco gruñir de abuelo

entre las claras voces sonar,

superflua nota de violoncelo

en los jardines del limonar.

Entre las cuatro blancas paredes,

cuando una mano cerró el balcón,

por los salones de sal-si-puedes

suena el rebato de su bordón.

Muda en el techo, quieta, ¿dormida?

la negra nota de angustia está,

y en la pradera verdiflorida

de un sueño niño volando va...

 

LXVII

Si yo fuera un poeta

galante cantaría

a vuestros ojos un cantar tan puro

como en el mármol blanco el agua limpia.

Y en una estrofa de agua

todo el cantar sería:

"Ya sé que no responden a mis ojos,

que ven y no preguntan cuando miran,

los vuestros claros, vuestros ojos tienen

la buena luz tranquila,

la buena luz del mundo en flor, que he visto

desde los brazos de mi madre un día. "

 

LXVIII

Llamó a mi corazón, un claro día,

con un perfume de jazmín, el viento

—A cambio de este aroma,

todo el aroma de tus rosas quiero.

—No tengo rosas; flores

en mi jardín no hay ya; todas han muerto.

Me llevaré los llantos de las fuentes,

las hojas amarillas y los mustios pétalos.

Y el viento huyó... Mi corazón sangraba

Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?

 

LXIX

Hoy buscarás en vano

a tu dolor consuelo.

Lleváronse tus hadas

el lino de tus sueños.

Está la fuente muda,

y está marchito el huerto.

Hoy sólo quedan lágrimas

para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!

 

LXX

Y nada importa ya que el vino de oro

rebose de tu copa cristalina,

o el agrio zumo enturbie el puro vaso...

Tú sabes, las secretas galerías

del alma, los caminos de los sueños,

y la tarde tranquila

donde van a morir... Allí te aguardan

las hadas silenciosas de la vida,

y hacia un jardín de eterna primavera

te llevarán un día.

 

LXXI

Tocados de otros días,

mustios encajes y marchitas sedas;

salterios arrumbados,

rincones de las salas polvorientas;

daguerrotipos turbios,

cartas que amarillean;

libracos no leídos

que guardan grises florecitas secas;

romanticismos muertos,

cursilerías viejas,

cosas de ayer que sois el alma, y cantos

y cuentos de la abuela!...

 

LXXII

La casa tan querida

donde habitaba ella,

sobre un montón de escombros arruinada

o derruida, enseña

el negro y carcomido

mal trabado esqueleto de madera.

La luna está vertiendo

su clara luz en sueños que platea

en las ventanas. Mal vestido y triste,

voy caminando por la calle vieja.

 

LXXIII

Ante el pálido lienzo de la tarde,

la iglesia, con sus torres afiladas

y el ancho campanario, en cuyos huecos

voltean suavemente las campanas,

alta y sombría, surge.

La estrella es una lágrima

en el azul celeste.

Bajo la estrella clara,

flota, vellón disperso,

una nube quimérica de plata.

 

LXXIV

Tarde tranquila, casi

con placidez de alma,

para ser joven, para haberlo sido

cuando Dios quiso, para

tener algunas alegrías... lejos,

y poder dulcemente recordarlas.

 

LXXV

Yo, como Anacreonte,

quiero cantar, reír y echar al viento

las sabias amarguras

y los graves consejos.

y quiero, sobre todo, emborracharme,

ya lo sabéis... ¡Grotesco!

Pura fe en el morir, pobre alegría

y macabro danzar antes de tiempo.

 

LXXVI

¡Oh tarde luminosa!

El aire está encantado.

La blanca cigüeña

dormita volando,

y las golondrinas se cruzan, tendidas

las alas agudas al viento dorado,

y en la tarde risueña se alejan

volando, soñando...

Y hay una que torna como la saeta,

las alas agudas tendidas al aire sombrío,

buscando su negro rincón del tejado.

La blanca cigüeña,

como un garabato,

tranquila y disforme, ¡tan disparatada!

sobre el campanario.

 

LXXVII

Es una tarde cenicienta y mustia,

destartalada, como el alma mía;

y es esta vieja angustia

que habita mi usual hipocondría.

La causa de esta angustia no consigo

ni vagamente comprender siquiera;

pero recuerdo y, recordando, digo:

—Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.

*

Y no es verdad, dolor, yo te conozco,

tú eres nostalgia de la vida buena

y soledad de corazón sombrío,

de barco sin naufragio y sin estrella.

Como perro olvidado que no tiene

huella ni olfato y yerra

por los caminos, sin camino, como

el niño que en la noche de una fiesta

se pierde entre el gentío

y el aire polvoriento y las candelas

chispeantes, atónito, y asombra

su corazón de música y de pena,

así voy yo, borracho melancólico,

guitarrista lunático, poeta,

y pobre hombre en sueños,

siempre buscando a Dios entre la niebla.

 

LXXVIII

¿Y ha de morir contigo el mundo

donde guarda el recuerdo

los hálitos más puros de la vida,

la blanca sombra del amor primero,

la voz que fue a tu corazón, la mano

que tú querías retener en sueños,

y todos los amores

que llegaron al alma, al hondo cielo?

¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,

la vieja vida en orden tuyo y nuevo?

¿Los yunques y crisoles de tu alma

trabajan para el polvo y para el viento?

 

LXXIC

Desnuda está la tierra,

y el alma aúlla al horizonte pálido

como loba famélica. ¿Qué buscas,

poeta, en el ocaso?

Amargo caminar, porque el camino

pesa en el corazón. ¡El viento helado,

y la noche que llega, y la amargura

de la distancia!... En el camino blanco

algunos yertos árboles negrean;

en los montes lejanos

hay oro y sangre ... El sol murió... ¿Qué buscas

poeta, en el ocaso?.

 

LXXX

(CAMPO)

La tarde está muriendo

como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes,

quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco

hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una

hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?... Entre los álamos de oro,

lejos, la sombra del amor te aguarda.

 

LXXXI

(A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR)

Te he visto, por el parque ceniciento

que los poetas aman

para llorar, cómo una noble sombra

vagar, envuelto en tu levita larga.

El talante cortés, ha tantos años

compuesto de una fiesta en la antesala,

¡qué bien tus pobres huesos

ceremoniosos guardan!

Yo te he visto, aspirando distraído,

con el aliento que la tierra exhala

—hoy tibia tarde en que las mustias hojas

húmedo viento arranca—,

del eucalipto verde

el frescor de las hojas perfumadas.

Y te he visto llevar la seca mano

a la perla que brilla en tu corbata.

 

LXXXII

(LOS SUEÑOS)

El hada más hermosa ha sonreído

al ver la lumbre de una estrella pálida,

que en hilo suave, blanco y silencioso

se enrosca al huso de su rubia hermana.

Y vuelve a sonreír, porque en su rueca

el hilo de los campos se enmaraña.

Tras la tenue cortina de la alcoba

está el jardín envuelto en luz dorada.

La cuna, casi en sombra. El niño duerme.

Dos hadas laboriosas lo acompañan,

hilando de los sueños los sutiles

copos en ruecas de marfil y plata.

 

LXXIII

Guitarra del mesón que hoy suenas jota,

mañana petenera,

según quien llega y tañe

las empolvadas cuerdas,

guitarra del mesón de los caminos,

no fuiste nunca, ni serás, poeta.

Tú eres alma que dice su armonía

solitaria a las almas pasajeras...

Y siempre que te escucha el caminante

sueña escuchar un aire de su tierra.

 

LXXXIV

El rojo sol de un sueño en el Oriente asoma.

Luz en sueños. ¿No tiemblas, andante peregrino?

Pasado el llano verde, en la florida loma,

acaso está el cercano final de tu camino.

Tú no verás del trigo la espiga sazonada

y de macizas pomas cargado el manzanar,

ni de la vid rugosa la uva aurirrosada

ha de exprimir su alegre licor en tu lagar.

Cuando el primer aroma exhalen los jazmines

y cuando más palpiten las rosas del amor,

una mañana de oro que alumbre los jardines,

¿no huirá, como una nube dispersa, el sueño en flor?

Campo recién florido y verde, ¡quién pudiera

soñar aún largo tiempo en estas pequeñitas

corolas azuladas que manchan la pradera,

y en esas diminutas primeras margaritas!

 

LXXXV

La primavera besaba

suavemente la arboleda,

y el verde nuevo brotaba

como una verde humareda.

Las nubes iban pasando

sobre el campo juvenil...

Yo vi en las hojas temblando

las frescas lluvias de abril.

Bajo ese almendro florido,

todo cargado de flor

—recordé—, yo he maldecido

mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida,

me he parado a meditar...

¡Juventud nunca vivida

quién te volviera a soñar!

 

LXXXVI

Eran ayer mis dolores

como gusanos de seda

que iban labrando capullos;

hoy son mariposas negras.

¡De cuántas flores amargas

ha sacado blanca cera!

¡Oh tiempo en que mis pesares

trabajaban como abejas!

Hoy son como avenas locas,

o cizaña en sementera,

como tizón en espiga,

como carcoma en madera.

¡Oh tiempo en que mis dolores

tenían lágrimas buenas,

y eran como agua de noria

que va regando una huerta!

Hoy son agua de torrente

que arranca el limo a la tierra.

Dolores que ayer hicieron

de mi corazón colmena,

hoy tratan mi corazón

como a una muralla vieja:

quieren derribarlo, y pronto,

al golpe de la piqueta.

 

LXXXVII

(RENACIMIENTO)

Galería del alma... ¡El alma niña!

Su clara luz risueña;

y la pequeña historia,

y la alegría de la vida nueva ...

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,

ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano

aquel latido de la mano buena

de nuestra madre... Y caminar en sueños

por amor de la mano que nos lleva.

*

En nuestras almas todo

por misteriosa mano se gobierna.

Incomprensibles, mudas,

nada sabemos de las almas nuestras.

Las más hondas palabras

del sabio nos enseñan,

lo que el silbar del viento cuando sopla,

o el sonar de las aguas cuando ruedan.

 

LXXXVIII

Tal vez la mano, en sueños,

del sembrador de estrellas,

hizo sonar la música olvidada

como una nota de la lira inmensa,

y la ola humilde a nuestros labios vino

de unas pocas palabras verdaderas.

 

LXXXIX

Y podrás conocerte, recordando

del pasado soñar los turbios lienzos,

en este día triste en que caminas

con los ojos abiertos.

De toda la memoria, sólo vale

el don preclaro de evocar los sueños.

 

XC

Los árboles conservan

verdes aun las copas,

pero del verde mustio

de las marchitas frondas.

El agua de la fuente,

sobre la piedra tosca

y de verdín cubierta,

resbala silenciosa.

Arrastra el viento algunas

amarillentas hojas.

¡El viento de la tarde

sobre la tierra en sombra!

 

XCI

Húmedo está, bajo el laurel, el banco

de verdinosa piedra;

lavó la lluvia, sobre el muro blanco,

las empolvadas hojas de la hiedra.

Del viento del otoño el tibio aliento

los céspedes undula, y la alameda

conversa con el viento...

¡el viento de la tarde en la arboleda!

Mientras el sol en el ocaso esplende

que los racimos de la vid orea,

y el buen burgués, en su balcón, enciende

la estoica pipa en que el tabaco humea,

voy recordando versos juveniles...

¿Qué fue de aquel mi corazón sonoro?

¿Será cierto que os vais, sombras gentiles,

huyendo entre los árboles de oro?

 


 

VARIA

 

XCII

Tournez, tournez, chevaus de bois.

VERLAINE.

Pegasos, lindos pegasos,

caballitos de madera.

....................................

Yo conocí, siendo niño,

la alegría de dar vueltas

sobre un corcel colorado,

en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento

chispeaban las candelas,

y la noche azul ardía

toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles

que cuestan una moneda

de cobre, lindos pegasos,

caballitos de madera!

 

XCIII

Deletreos de armonía

que ensaya inexperta mano.

Hastío. Cacofonía

del sempiterno piano

que yo de niño escuchaba

soñando... no sé con qué.

Con algo que no llegaba,

todo lo que ya se fue.

 

XCIV

En medio de la plaza y sobre tosca piedra,

el agua brota y brota. En el cercano huerto

eleva, tras el muro ceñido por la hiedra,

alto ciprés la mancha de su ramaje yerto.

La tarde está cayendo frente a los caserones

de la ancha plaza, en sueños. Relucen las vidrieras

con ecos mortecinos de sol. En los balcones

hay formas que parecen confusas calaveras.

La calma es infinita en la desierta plaza,

donde pasea el alma su traza de alma en pena.

El agua brota y brota en la marmórea taza.

En todo el aire en sombra no más que el agua suena.

 

XCV

(COPLAS MUNDANAS)

Poeta ayer, hoy triste y pobre

filósofo trasnochado,

tengo en monedas de cobre

el oro de ayer cambiada.

Sin placer y sin fortuna,

pasó como una quimera

mi juventud, la primera ...

la sola, no hay más que una:

la de dentro es la de fuera.

Pasó como un torbellino,

bohemia y aborrascada,

harta de coplas y vino,

mi juventud bien amada.

Y hoy miro a las galerías

del recuerdo, para hacer

aleluyas de elegías

desconsoladas de ayer.

¡Adiós, lágrimas cantoras,

lágrimas que alegremente

brotabais, como en la fuente

las limpias aguas sonoras!

¡Buenas lágrimas vertidas

por un amor juvenil,

cual frescas lluvias caídas

sobre los campos de abril!

No canta ya el ruiseñor

de cierta noche serena;

sanamos del mal de amor

que sabe llorar sin pena.

Poeta ayer, hoy triste y pobre

filósofo trasnochado,

tengo en monedas de cobre

el oro de ayer cambiado.

 

XCVI

(SOL DE INVIERNO)

Es mediodía. Un parque.

Invierno. Blancas sendas;

simétricos montículos

y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,

naranjos en maceta,

y en su tonel, pintado

de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,

para su capa vieja:

"¡El sol, esta hermosura

de sol!... Los niños juegan. "

El agua de la fuente

resbala, corre y sueña

lamiendo, casi muda,

la verdinosa piedra.

 


 

CAMPOS DE CASTILLA (1907-1917)

 

XCVII

(RETRATO)

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

XCVIII

(A ORILLAS DEL DUERO)

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.

Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,

buscando los recodos de sombra, lentamente.

A trechos me paraba para enjugar mi frente

y dar algún respiro al pecho jadeante;

o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante

y hacia la mano diestra vencido y apoyado

en un bastón, a guisa de pastoril cayado,

trepaba por los cerros que habitan las rapaces

aves de altura, hollando las hierbas montaraces

de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.

Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.

Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo

cruzaba solitario el puro azul del cielo.

Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,

y una redonda loma cual recamado escudo,

y cárdenos alcores sobre la parda tierra

—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,

las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero

para formar la corva ballesta de un arquero

en torno a Soria. —Soria es una barbacana,

hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.

Veía el horizonte cerrado por colinas

obscuras, coronadas de robles y de encinas;

desnudos peñascales, algún humilde prado

donde el merino pace y el toro, arrodillado

sobre la hierba, rumia; las márgenes del río

lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,

y, silenciosamente, lejanos pasajeros,

¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros,

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas

de piedra ensombrecerse las aguas plateadas

del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble

de Iberia y de Castilla.

¡Oh tierra triste y noble,

la de los altos llanos y yermos y roquedas,

de campos sin arados, regatos ni arboledas;

decrépitas ciudades, caminos sin mesones,

y atónitos palurdos sin danzas ni canciones

que aun van, abandonando el mortecino hogar,

como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.

¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada

recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?

Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;

cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.

¿Pasó? Sobre sus campos aun el fantasma yerra

de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,

madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.

Castilla no es aquella tan generosa un día,

cuando Mio Cid Rodrigo el de Vivar volvía,

ufano de su nueva fortuna, y su opulencia,

a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;

o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,

pedía la conquista de los inmensos ríos

indianos a la corte, la madre de soldados,

guerreros y adalides que han de tornar, cargados

de plata y oro, a España, en regios galeones,

para la presa cuervos, para la lid leones.

Filósofos nutridos de sopa de convento

contemplan impasibles el amplio firmamento;

y se les llega en sueños, como un rumor distante,

clamor de mercaderes de muelles de Levante,

no acudirán siquiera a preguntar: ¿qué pasa?

Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.

El sol va declinando. De la ciudad lejana

me llega un armonioso tañido de campana

—ya irán a su rosario las enlutadas viejas—.

De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;

me miran y se alejan, huyendo, y aparecen

de nuevo, ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.

Hacia el camino blanco está el mesón abierto

al campo ensombrecido y al pedregal desierto.

 

XCIX

(POR TIERRAS DE ESPAÑA)

El hombre de estos campos que incendia los pinares

y su despojo aguarda como botín de guerra,

antaño hubo raído los negros encinares,

talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;

la tempestad llevarse los limos de la tierra

por los sagrados ríos hacia los anchos mares;

y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,

pastores que conducen sus hordas de merinos

a Extremadura fértil, rebaños trashumantes

que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,

hundidos, recelosos, movibles; y trazadas

cual arco de ballesta, en el semblante enjuto

de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,

capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,

que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,

esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,

guarda su presa y libra la que el vecino alcanza;

ni para su infortunio ni goza su riqueza;

le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;

al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,

veréis agigantarse la forma de un arquero,

la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta

—no fue por estos campos el bíblico jardín—;

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.

 

C

(EL HOSPICIO)

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,

el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas

en donde los vencejos anidan en verano

y graznan en las noches de invierno las cornejas.

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones

de antigua fortaleza, el sórdido edificio

de grietados muros y sucios paredones,

es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Mientras el sol de enero su débil luz envía,

su triste luz velada sobre los campos yermos,

a un ventanuco asoman, al declinar el día,

algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,

a contemplar los montes azules de la sierra;

o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,

caer la blanca nieve sobre la fría tierra,

sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

 

CI

(EL DIOS IBERO)

Igual que el ballestero

tahúr de la cantiga,

tuviera una saeta el hombre ibero

para el Señor que apedreó la espiga

y malogró los frutos otoñales,

y un "gloria a ti" para el Señor que grana

centenos y trigales

que el pan bendito le darán mañana.

"Señor de la ruina,

adoro porque aguardo y porque temo:

con mi oración se inclina

hacia la tierra un corazón blasfemo.

¡Señor, por quien arranco el pan con pena,

sé tu poder, conozco mi cadena!

¡Oh dueño de la nube del estío

que la campiña arrasa,

del seco otoño, del helar tardío,

y del bochorno que la mies abrasa!

¡Señor del iris, sobre el campo verde

donde la oveja pace,

Señor del fruto que el gusano muerde

y de la choza que el turbión deshace,

tu soplo el fuego del hogar aviva,

tu lumbre da sazón al rubio grano,

y cuaja el hueso de la verde oliva,

la noche de San Juan, tu santa mano!

¡Oh dueño de fortuna y de pobreza,

ventura y malandanza,

que al rico das favores y pereza

y al pobre su fatiga y su esperanza!

¡Señor, Señor: en la voltaria rueda

del año he visto mi simiente echada,

corriendo igual albur que la moneda

del jugador en el azar sembrada!

¡Señor, hoy paternal, ayer cruento,

con doble faz de amor y de venganza,

a ti, en un dado de tahúr al viento

va mi oración, blasfemia y alabanza! "

Este que insulta a Dios en los altares,

no más atento al ceño del destino,

también soñó caminos en los mares

y dijo: es Dios sobre la mar camino.

¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra,

más allá de la suerte,

más allá de la tierra,

más allá de la mar y de la muerte?

¿No dio la encina ibera

para el fuego de Dios la buena rama,

que fue en la santa hoguera

de amor una con Dios en pura llama?

Mas hoy... ¡Qué importa un día!

Para los nuevos lares

estepas hay en la floresta umbría,

leña verde en los viejos encinares.

Aun larga patria espera

abrir el corvo arado sus besanas;

para el grano de Dios hay sementera

bajo cardos y abrojos y bardanas.

¡Qué importa un día! Está el ayer alerto

al mañana, mañana al infinito,

hombre de España, ni el pasado ha muerto,

ni está el mañana —ni el ayer— escrito.

¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?

Mi corazón aguarda

al hombre ibero de la recia mano,

que tallará en el roble castellano

el Dios adusto de la tierra parda.

 

CII

(ORILLAS DEL DUERO)

¡Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito!

¡Campillo amarillento,

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina!

¡Aquellos diminutos peguajales

de tierra dura y fría,

donde apuntan centenos y trigales

que el pan moreno nos darán un día!

Y otra vez roca y roca, pedregales

desnudos y pelados serrijones,

la tierra de las águilas caudales,

malezas y jarales,

hierbas monteses, zarzas y cambrones.

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla, tus decrépitas ciudades!

¡La agria melancolía

que puebla tus sombrías soledades!

¡Castilla varonil, adusta tierra.

Castilla del desdén contra la suerte,

Castilla del dolor y de la guerra,

tierra inmortal, Castilla de la muerte!

Era una tarde, cuando el campo huía

del sol, y en el asombro del planeta,

como un globo morado aparecía

la hermosa luna, amada del poeta.

En el cárdeno cielo violeta

alguna clara estrella fulguraba.

El aire ensombrecido

oreaba mis sienes, y acercaba

el murmullo del agua hasta mi oído.

Entre cerros de plomo y de ceniza

manchados de roídos encinares

y entre calvas roquedas de caliza,

iba a embestir los ocho tajamares

del puente el padre río,

que surca de Castilla el yermo frío.

¡Oh Duero, tu agua corre

y correrá mientras las nieves blancas

de enero el sol de mayo

haga fluir por hoces y barrancas,

mientras tengan las sierras su turbante

de nieve y de tormenta,

y brille el olifante

del sol, tras de la nube cenicienta!...

¿Y el viejo romancero

fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?

¿Acaso como tú y por siempre, Duero,

irá corriendo hacia la mar Castilla?

 

CIII

(LAS ENCINAS)

A los Sres. de Masriera

¡Encinares castellanos

en laderas y altozanos,

serrijones y colinas

llenos de obscura maleza

encinas, pardas encinas;

humildad y fortaleza!

Mientras que llenándoos va

el hacha de calvijares,

¿nadie cantaros sabrá,

encinares?

El roble es la guerra, el roble

dice el valor y el coraje,

rabia inmoble

en su torcido ramaje;

y es más rudo

que la encina, más nervudo,

más altivo y más señor.

El alto roble parece

que recalca y enmudece

su robustez como atleta

que, erguido, afinca en el suelo.

El pino es el mar y el cielo

y la montaña: el planeta.

La palmera es el desierto,

el sol y la lejanía:

la sed; una fuente fría

soñada en el campo yerto.

Las hayas son la leyenda.

Alguien, en las viejas hayas,

leía una historia horrenda

de crímenes y batallas.

¿Quién ha visto sin temblar

un hayedo en un pinar?

Los chopos son la ribera,

liras de la primavera,

Cerca del agua que fluye,

pasa y huye,

viva o lenta,

que se emboca turbulenta

o en remanso se dilata.

En su eterno escalofrío

copian del agua del río

las vivas ondas de plata.

De los parques las olmedas

son las buenas arboledas

que nos han visto jugar,

cuando eran nuestros cabellos

rubios y, con nieve en ellos,

nos han de ver meditar.

Tiene el manzano el olor

de su poma,

el eucalipto el aroma

de sus hojas, de su flor

el naranjo la fragancia;

y es del huerto

la elegancia

el ciprés obscuro y yerto.

¿Qué tienes tú, negra encina

campesina,

con tus ramas sin color

en el campo sin verdor;

con tu tronco ceniciento

sin esbeltez ni altiveza,

con tu vigor sin tormento,

y tu humildad que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda

nada brilla,

ni tu verdiobscura fronda

ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante

en tu porte, ni guerrero,

nada fiero

que aderece su talante.

Brotas derecha o torcida

con esa humildad que cede

sólo a la ley de la vida,

que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo

árbol en ti, parda encina.

Ya bajo el sol que calcina,

ya contra el hielo invernizo,

el bochorno y la borrasca,

el agosto y el enero,

los copos de la nevasca,

los hilos del aguacero,

siempre firme, siempre igual,

impasible, casta y buena,

¡oh tú, robusta y serena,

eterna encina rural

de los negros encinares

de la raya aragonesa

y las crestas militares

de la tierra pamplonesa;

encinas de Extremadura,

de Castilla, que hizo a España,

encinas de la llanura,

del cerro y de la montaña;

encinas del alto llano

que el joven Duero rodea,

y del Tajo que serpea

por el suelo toledano;

encinas de junto al mar

—en Santander—, encinar

que pones tu nota arisca,

como un castellano ceño,

en Córdoba la morisca,

y tú, encinar madrileño,

bajo Guadarrama frío,

tan hermoso, tan sombrío,

con tu adustez castellana

Corrigiendo,

la vanidad y el atuendo

y la hetiquez cortesana!...

Ya sé, encinas

campesinas

que os pintaron, con lebreles

elegantes y corceles,

los más egregios pinceles,

y os cantaron los poetas

augustales,

que os asordan escopetas

de cazadores reales;

mas sois el campo y el lar

y la sombra tutelar

de los buenos aldeanos

que visten parda estameña,

y que cortan vuestra leña

con sus manos.

CIV

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,

la sierra gris y blanca,

la sierra de mis tardes madrileñas

que yo veía en el azul pintada?

Por tus barrancos hondos

y por tus cumbres agrias,

mil Guadarramas y mil soles vienen,

cabalgando conmigo, a tus entrañas.

Camino de Balsaín, 1911

 

CV

(EN ABRIL, LAS AGUAS MIL)

Son de abril las aguas mil.

Sopla el viento achubascado,

y entre nublado y nublado

hay trozos de cielo añil.

Agua y sol. El iris brilla.

En una nube lejana,

zigzaguea

una centella amarilla.

La lluvia da en la ventana

y el cristal repiquetea.

A través de la neblina

que forma la lluvia fina,

se divisa un prado verde,

y un encinar se esfumina,

y una sierra gris se pierde.

Los hilos del aguacero

sesgan las nacientes frondas,

y agitan las turbias ondas

en el remanso del Duero.

Lloviendo está en los habares

y en las pardas sementeras;

hay sol en los encinares,

charcos por las carreteras.

Lluvia y sol. Ya se obscurece

el campo, ya se ilumina;

allí un cerro desaparece,

allá surge una colina.

Ya son claros, ya sombríos

los dispersos caseríos,

los lejanos torreones.

Hacia la sierra plomiza

van rodando en pelotones

nubes de guata y ceniza.

 

CVI

(UN LOCO)

Es una tarde mustia y desabrida

de un otoño sin frutos, en la tierra

estéril y raída

donde la sombra de un centauro yerra.

Por un camino en la árida llanura,

entre álamos marchitos,

a solas con su sombra y su locura

va el loco, hablando a gritos.

Lejos se ven sombríos estepares,

colinas con malezas y cambrones,

y ruinas de viejos encinares,

coronando los agrios serrijones.

El loco vocifera

a solas con su sombra y su quimera.

Es horrible y grotesca su figura:

flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,

ojos de calentura

iluminan su rostro demacrado.

Huye de la ciudad... Pobres maldades,

misérrimas virtudes y quehaceres

de chulos aburridos, y ruindades

de ociosos mercaderes.

Por los campos de Dios el loco avanza

tras la tierra esquelética y sequiza

—rojo de herrumbre y pardo de ceniza —

hay un sueño de lirio en lontananza.

Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!

— ¡carne triste y espíritu villano!—.

No fue por una trágica amargura

esta alma errante desgajada y rota;

purga un pecado ajeno: la cordura,

la terrible cordura del idiota.

 

CVII

(FANTASÍA ICONOGRÁFICA)

La calva prematura

brilla sobre la frente amplia y severa;

bajo la piel de pálida tersura

se trasluce la fina calavera.

Mentón agudo y pómulos marcados

por trazos de un punzón adamantino;

y de insólita púrpura manchados

los labios que soñara un florentino.

Mientras la boca sonreír parece,

los ojos perspicaces,

que un ceño pensativo empequeñece,

miran y ven, profundos y tenaces.

Tiene sobre la mesa un libro viejo

donde posa la mano distraída.

Al fondo de la cuadra, en el espejo,

una tarde dorada está dormida.

Montañas de violeta

y grisientos breñales,

la tierra que ama el santo y el poeta,

los buitres y las águilas caudales.

Del abierto balcón al blanco muro

va una franja de sol anaranjada

que inflama el aire, en el ambiente obscuro

que envuelve la armadura arrinconada.

 

CVIII

(UN CRIMINAL)

El acusado es pálido y lampiño.

Arde en sus ojos una fosca lumbre,

que repugna a su máscara de niño

y ademán de piadosa mansedumbre.

Conserva del obscuro seminario

el talante modesto y la costumbre

de mirar a la tierra o al breviario.

Devoto de María,

madre de pecadores,

por Burgos bachiller en teología,

presto a tomar las órdenes menores.

Fue su crimen atroz. Hartóse un día

de los textos profanos y divinos,

sintió pesar del tiempo que perdía

enderezando hipérbatons latinos.

Enamoróse de una hermosa niña,

subiósele el amor a la cabeza

como el zumo dorado de la viña,

y despertó su natural fiereza.

En sueños vio a sus padres —labradores

de mediano caudal— iluminados

del hogar por los rojos resplandores,

los campesinos rostros atezados.

Quiso heredar. ¡Oh guindos y nogales

del huerto familiar, verde y sombrío,

y doradas espigas candeales,

que colmarán las trojes del estío!

Y se acordó del hacha que pendía

en el muro luciente y afilada,

el hacha fuerte que la leña hacía

de la rama de roble cercenada.

........................................................

Frente al reo, los jueces con sus viejos

ropones enlutados;

y, una hilera de obscuros entrecejos

y de plebeyos rostros: los jurados.

El abogado defensor perora,

golpeando el pupitre con la mano;

emborrona papel un escribano,

mientras oye el fiscal, indiferente,

el alegato enfático y sonoro,

y repasa los autos judiciales

o, entre sus dedos, de las gafas de oro

acaricia los límpidos cristales.

Dice un ujier: "Va sin remedio al palo."

El joven cuervo la clemencia espera.

Un pueblo, carne de horca, la severa

justicia aguarda que castiga al malo.

 

CIX

(AMANECER DE OTOÑO)

A Julio Romero de Torres

Una larga carretera

entre grises peñascales,

y alguna humilde pradera

donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.

Está la tierra mojada

por las gotas del rocío,

y la alameda dorada,

hacia la curva del río.

Tras los montes de violeta

quebrado el primer albor;

a la espalda la escopeta,

entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

 

CX

(EN TREN)

Yo, para todo viaje

—siempre sobre la madera

de mi vagón de tercera—,

voy ligero de equipaje.

Si es de noche, porque no

acostumbro a dormir yo,

y de día, por mirar

los arbolitos pasar,

yo nunca duermo en el tren,

y, sin embargo, voy bien.

¡Este placer de alejarse!

Londres, Madrid, Ponferrada,

tan lindos... para marcharse.

Lo molesto es la llegada.

Luego, el tren, al caminar,

siempre nos hace soñar;

y casi, lo olvidamos

el jamelgo que montamos.

¡Oh el pollino

que sabe bien el camino!

¿Dónde estamos?

¿Dónde todos nos bajamos?

¡Frente a mí va una monjita

tan bonita!

Tiene esa expresión serena

que a la pena

da una esperanza infinita.

Y yo pienso: Tú eres buena;

porque diste tus amores

a Jesús; porque no quieres

ser madre de pecadores.

Mas tú eres

maternal,

bendita entre las mujeres,

madrecita virginal.

Algo en tu rostro es divino

bajo tus cofias de lino.

Tus mejillas

—esas rosas amarillas—

fueron rosadas, y, luego,

ardió en tus entrañas fuego;

y hoy, esposa de la Cruz,

ya eres luz, y sólo luz...

¡Todas las mujeres bellas

fueran, como tú, doncellas

en un convento a encerrarse!...

Y la niña que yo quiero,

¡ay!, preferirá casarse

con un mocito barbero.

El tren camina y camina,

y la máquina resuella,

y tose con tos ferina.

¡Vamos en una centella!

 

CXI

(NOCHE DE VERANO)

Es una hermosa noche de verano.

Tienen las altas casas

abiertos los balcones

del viejo pueblo a la anchurosa plaza.

En el amplio rectángulo desierto,

bancos de piedra, evónimos y acacias

simétricos dibujan

sus negras sombras en la arena blanca.

En el cenit, la luna, y en la torre,

la esfera del reloj iluminada.

Yo en este viejo pueblo paseando

solo, como un fantasma.

 

CXII

(PASCUA DE RESURRECCIÓN)

Mirad: el arco de la vida traza

el iris sobre el campo que verdea.

Buscad vuestros amores, doncellitas,

donde brota la fuente de la piedra.

En donde el agua ríe y sueña y pasa,

allí el romance del amor se cuenta.

¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,

atónitos, el sol de primavera,

ojos que vienen a la luz cerrados,

y que al partirse de la vida ciegan?

¿No beberán un día en vuestros senos

los que mañana labrarán la tierra?

¡Oh, celebrad este domingo claro,

madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!

Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.

Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas,

y escriben en las torres sus blancos garabatos.

Como esmeraldas lucen los muscos de las peñas.

Entre los robles muerden

los negros toros la menuda hierba,

y el pastor que apacienta los merinos

su pardo sayo en la montaña deja.

 

CXIII

(CAMPOS DE SORIA)

I

Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda .

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.

II

Las tierras labrantías,

como retazos de estameñas pardas,

el huertecillo, el abejar, los trozos

de verde obscuro en que el merino pasta,

entre plomizos peñascales, siembran

el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino,

parecen humear las yertas ramas

como un glauco vapor —las nuevas hojas—

y en las quiebras de valles y barrancas

blanquean los zarzales florecidos,

y brotan las violetas perfumadas.

III

Es el campo ondulado, y los caminos

ya ocultan los viajeros que cabalgan

en pardos borriquillos

ya al fondo de la tarde arrebolada

elevan las plebeyas figurillas,

que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo

desde los picos donde habita el águila,

son tornasoles de carmín y acero,

llanos plomizos, lomas plateadas,

circuidos por montes de violeta,

con las cumbres de nieve sonrosada.

IV

¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran

en un alcor, cuando el otoño empieza,

y entre las negras testas doblegadas

bajo el pesado yugo,

pende un cesto de juncos y retama,

que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas

arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,

en el oro fluido y verdinoso

del poniente, las sombras se agigantan.

V

La nieve. En el mesón al campo abierto

se ve el hogar donde la leña humea

y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,

alborotando en blancos torbellinos

la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,

cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose

cerca del fuego; su mechón de lana

la vieja hila, y una niña cose

verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero

que caminó sobre la blanca tierra,

y una noche perdió ruta y sendero,

y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío

y en la frente del viejo, de hosco ceño,

como un tachón sombrío

—tal el golpe de un hacha sobre un leño—.

La vieja mira al campo, cual si oyera

pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados

ha de correr con otras doncellitas

en los días azules y dorados,

cuando crecen las blancas margaritas.

VI

¡Soria fría, Soria pura,

cabeza de Extremadura,

con su castillo guerrero

arruinado, sobre el Duero;

con sus murallas roídas

y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores

soldados o cazadores;

de portales con escudos

de cien linajes hidalgos,

y de famélicos galgos,

de galgos flacos y agudos,

que pululan

por las sórdidas callejas,

y a la medianoche ululan,

cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana

de la Audiencia da la una.

Soria, ciudad castellana

¡tan bella! bajo la luna.

VII

¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, obscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!..

VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria —barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

IX

¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita,

me habéis llegado al alma,

¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino

que a Dios guardáis como cristianas viejas,

que el sol de España os llene

de alegría, del luz y de riqueza!

 

CXIV

(LA TIERRA DE ALVARGONZALEZ)

Al poeta Juan Ramón Jiménez

I

Siendo mozo Alvargonzález,

dueño de mediana hacienda,

que en otras tierras se dice

bienestar y aquí, opulencia,

en la feria de Berlanga

prendóse de una doncella,

y la tomó por mujer

al año de conocerla.

Muy ricas las bodas fueron,

y quien las vio las recuerda;

sonadas las tornabodas

que hizo Alvar en su aldea;

hubo gaitas, tamboriles,

flauta, bandurria y vihuela,

fuegos a la valenciana

y danza a la aragonesa.

II

Feliz vivió Alvargonzález

en el amor de su tierra.

Naciéronle tres varones,

que en el campo son riqueza,

y, ya crecidos, los puso,

uno a cultivar la huerta,

otro a cuidar los merinos,

y dio el menor a la Iglesia.

III

Mucha sangre de Caín

tiene la gente labriega,

y en el hogar campesino

armó la envidia pelea.

Casáronse los mayores;

tuvo Alvargonzález nueras,

que le trajeron cizaña,

antes que nietos le dieran.

La codicia de los campos

ve tras la muerte la herencia;

no goza de lo que tiene

por ansia de lo que espera.

El menor, que a los latines

prefería las doncellas

hermosas y no gustaba

de vestir por la cabeza,

colgó la sotana un día

y partió a lejanas tierras.

La madre lloró; y el padre

dióle bendición y herencia.

IV

Alvargonzález ya tiene

la adusta frente arrugada,

por la barba le platea

la sombra azul de la cara.

Una mañana de otoño

salió solo de su casa;

no llevaba sus lebreles,

agudos canes de caza;

iba triste y pensativo

por la alameda dorada;

anduvo largo camino

y llegó a una fuente clara.

Echóse en la tierra; puso

sobre una piedra la manta,

y a la vera de la fuente

durmió al arrullo del agua.

EL SUEÑO

I

Y Alvargonzález veía,

como Jacob, una escala

que iba de la tierra al cielo,

y oyó una voz que le hablaba.

Mas las hadas hilanderas,

entre las vedijas blancas

y vellones de oro, han puesto

un mechón de negra lana..

II

Tres niños están jugando

a la puerta de su casa;

entre los mayores brinca

un cuervo de negras alas.

La mujer vigila, cose

y, a ratos, sonríe y canta.

—Hijos, ¿qué hacéis? —les pregunta.

Ellos se miran y callan.

—Subid al monte, hijos míos,

y antes que la noche caiga,

con un brazado de estepas

hacedme una buena llama.

III

Sobre el lar de Alvargonzález

está la leña apilada;

el mayor quiere encenderla,

pero no brota la llama.

— Padre, la hoguera no prende,

está la estepa mojada.

Su hermano viene a ayudarle

y arroja astillas y ramas

sobre los troncos de roble;

pero el rescoldo se apaga.

Acude el menor, y enciende,

bajo la negra campana

de la cocina, una hoguera

que alumbra toda la casa.

IV

Alvargonzález levanta

en brazos al más pequeño

y en sus rodillas lo sienta:

—Tus manos hacen el fuego;

aunque el último naciste

tú eres en mi amor primero.

Los dos mayores se alejan

por los rincones del sueño.

Entre los dos fugitivos

reluce un hacha de hierro.

AQUELLA TARDE..

I

Sobre los campos desnudos,

la luna llena manchada

de un arrebol purpurino,

enorme globo asomaba.

Los hijos de Alvargonzález

silenciosos caminaban,

y han visto al padre dormido

junto de la fuente clara.

II

Tiene el padre entre las cejas

un ceño que le aborrasca

el rostro, un tachón sombrío

como la huella de un hacha.

Soñando está con sus hijos,

que sus hijos lo apuñalan;

y cuando despierta mira

que es cierto lo que soñaba.

III

A la vera de la fuente

quedó Alvargonzález muerto.

Tiene cuatro puñaladas

entre el costado y el pecho,

por donde la sangre brota,

más un hachazo en el cuello.

Cuenta la hazaña del campo

el agua clara corriendo,

mientras los dos asesinos

huyen hacia los hayedos.

Hasta la Laguna Negra,

bajo las fuentes del Duero,

llevan el muerto, dejando

detrás un rastro sangriento;

y en la laguna sin fondo,

que guarda bien los secretos,

con una piedra amarrada,

a los pies, tumba le dieron.

IV

Se encontró junto a la fuente

la manta de Alvargonzález,

y, camino del hayedo,

se vio un reguero de sangre.

Nadie de la aldea ha osado

a la laguna acercarse,

y el sondarla inútil fuera,

que es la laguna insondable.

Un buhonero, que cruzaba

aquellas tierras errante,

fue en Dauria acusado, preso

y muerto en garrote infame.

V

Pasados algunos meses,

la madre murió de pena.

Los que muerta la encontraron

dicen que las manos yertas

sobre su rostro tenía,

oculto el rostro con ellas.

VI

Los hijos de Alvargonzález

ya tienen majada y huerta,

campos de trigo y centeno

y prados de fina hierba;

en el olmo viejo, hendido

por el rayo, la colmena,

dos yuntas para el arado,

un mastín y mil ovejas.

OTROS DÍAS

I

Ya están las zarzas floridas

y los ciruelos blanquean;

ya las abejas doradas

liban para sus colmenas,

y en los nidos, que coronan

las torres de las iglesias,

asoman los garabatos

ganchudos de las cigüeñas.

Ya los olmos del camino

y chopos de las riberas

de los arroyos, que buscan

al padre Duero, verdean.

El cielo está azul, los montes

sin nieve son de violeta.

La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza;

muerto está quien la ha labrado,

mas no le cubre la tierra.

II

La hermosa tierra de España

adusta, fina y guerrera

Castilla, de largos ríos,

tiene un puñado de sierras

entre Soria y Burgos como

reductos de fortaleza,

como yelmos crestonados,

y Urbión es una cimera.

III

Los hijos de Alvargonzález,

por una empinada senda,

para tomar el camino

de Salduero a Corvaleda,

cabalgan en pardas mulas,

bajo el pinar de Vinuesa.

Van en busca de ganado

con que volver a su aldea,

y por tierra de pinares

larga jornada comienzan.

Van Duero arriba, dejando

atrás los arcos de piedra

del puente y el caserío

de la ociosa y opulenta

villa de indianos. El río,

al fondo del valle, suena,

y de las cabalgaduras

los cascos baten las piedras.

A la otra orilla del Duero

canta una voz lastimera:

"La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra. "

IV

Llegados son a un paraje

en donde el pinar se espesa,

y el mayor, que abre la marcha,

su parda mula espolea,

diciendo: —Démonos prisa;

porque son más de dos leguas

de pinar y hay que apurarlas

antes que la noche venga.

Dos hijos del campo, hechos

a quebradas y asperezas,

porque recuerdan un día

la tarde en el monte tiemblan.

Allá en lo espeso del bosque

otra vez la copla suena:

"La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra. "

V

Desde Salduero el camino

va al hilo de la ribera;

a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva,

y las rocas se aborrascan,

al par que el valle se estrecha.

Los fuertes pinos del bosque

con sus copas gigantescas,

y sus desnudas raíces

amarradas a las piedras;

los de troncos plateados

cuyas frondas azulean,

pinos jóvenes; los viejos,

cubiertos de blanca lepra,

musgos y líquenes canos

que el grueso tronco rodean,

colman el valle y se pierden

rebasando ambas laderas.

Juan, el mayor, dice: —Hermano,

si Blas Antonio apacienta

cerca de Urbión su vacada,

largo camino nos queda.

—Cuando hacia Urbión alarguemos

se puede acortar de vuelta,

tomando por el atajo,

hacia la Laguna Negra

y bajando por el puerto

de Santa Inés a Vinuesa.

— Mala tierra y peor camino.

Te juro que no quisiera

verlos otra vez. Cerremos

los tratos en Covaleda;

hagamos noche y, al alba,

volvámonos a la aldea

por este valle, que, a veces,

quien piensa atajar rodea.

Cerca del río cabalgan

los hermanos, y contemplan

cómo el bosque centenario,

al par que avanzan, aumenta,

y la roqueda del monte

el horizonte les cierra.

El agua, que va saltando,

parece que canta o cuenta:

"La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra. "

CASTIGO

I

Aunque la codicia tiene

redil que encierre la oveja,

trojes que guarden el trigo,

bolsas para la moneda,

y garras, no tiene manos

que sepan labrar la tierra.

Así, a un año de abundancia

siguió un año de pobreza.

II

En los sembrados crecieron

las amapolas sangrientas;

pudrió el tizón las espigas

de trigales y de avenas;

hielos tardíos mataron

en flor la fruta en la huerta,

y una mala hechicería

hizo enfermar las ovejas.

A los dos Alvargonzález

maldijo Dios en sus tierras,

y al año pobre siguieron

largos años de miseria.

III

Es una noche de invierno.

Cae la nieve en remolinos.

Los Alvargonzález velan

un fuego casi extinguido.

El pensamiento amarrado

tienen a un recuerdo mismo,

y en las ascuas mortecinas

del hogar los ojos fijos.

No tienen leña ni sueño.

Larga es la noche y el frío

arrecia. Un candil humea

en el muro ennegrecido.

El aire agita la llama,

que pone un fulgor rojizo

sobre las dos pensativas

testas de los asesinos.

El mayor de Alvargonzález,

lanzando un ronco suspiro,

rompe el silencio, exclamando:

— Hermano, ¡qué mal hicimos!

El viento la puerta bate,

hace temblar el postigo,

y suena en la chimenea

con hueco y largo bramido.

Después, el silencio vuelve,

y a intervalos el pabilo

del candil chisporrotea

en el aire aterecido.

El segundón dijo: —¡Hermano,

demos lo viejo al olvido!

EL VIAJERO

I

Es una noche de invierno.

Azota el viento las ramas

de los álamos. La nieve

ha puesto la tierra blanca.

Bajo la nevada, un hombre

por el camino cabalga;

va cubierto hasta los ojos,

embozado en negra capa.

Entrado en la aldea, busca

de Alvargonzález la casa,

y ante su puerta llegado,

sin echar pie a tierra, llama.

Los dos hermanos oyeron

una aldabada a la puerta,

y de una cabalgadura

los cascos sobre las piedras.

Ambos los ojos alzaron

llenos de espanto y sorpresa.

— ¿Quién es? Responda —gritaron.

—Miguel —respondieron fuera.

Era la voz del viajero

que partió a lejanas tierras.

III

Abierto el portón, entróse

a caballo el caballero

y echó pie a tierra. Venía

todo de nieve cubierto.

En brazos de sus hermanos

lloró algún rato en silencio.

Después dio el caballo al uno,

al otro, capa y sombrero,

y en la estancia campesina

buscó el arrimo del fuego.

IV

El menor de los hermanos,

que niño y aventurero

fue más allá de los mares

y hoy torna indiano opulento,

vestía con negro traje

de peludo terciopelo,

ajustado a la cintura

por ancho cinto de cuero.

Gruesa cadena formaba

un bucle de oro en su pecho.

Era un hombre alto y robusto,

con ojos grandes y negros

llenos de melancolía;

la tez de color moreno,

y sobre la frente comba

enmarañados cabellos;

el hijo que saca porte

señor de padre labriego,

a quien fortuna le debe

amor, poder y dinero.

De los tres Alvargonzález

era Miguel el más bello;

porque al mayor afeaba

el muy poblado entrecejo

bajo la frente mezquina,

y al segundo, los inquietos

ojos que mirar no saben

de frente, torvos y fieros.

V

Los tres hermanos contemplan

el triste hogar en silencio;

y con la noche cerrada

arrecia el frío y el viento.

—Hermanos, ¿no tenéis leña?

—dice Miguel.

—No tenemos

—responde el mayor.

Un hombre,

milagrosamente, ha abierto

la gruesa puerta cerrada

con doble barra de hierro.

El hombre que ha entrado tiene

el rostro del padre muerto.

Un halo de luz dorada

orla sus blancos cabellos.

Lleva un haz de leña al hombro

y empuña un hacha de hierro.

EL INDIANO

I

De aquellos campos malditos,

Miguel a sus dos hermanos

compró una parte, que mucho

caudal de América trajo,

y aun en tierra mala, el oro

luce mejor que enterrado,

y más en mano de pobres

que oculto en orza de barro.

Dióse a trabajar la tierra

con fe y tesón el indiano,

y a laborar los mayores

sus peguajales tornaron.

Ya con macizas espigas,

preñadas de rubios granos,

a los campos de Miguel

tornó el fecundo verano;

y ya de aldea en aldea

se cuenta como un milagro,

que los asesinos tienen

la maldición en sus campos.

Ya el pueblo canta una copla

que narra el crimen pasado:

"A la orilla de la fuente

lo asesinaron.

¡Qué mala muerte le dieron

los hijos malos!

En la laguna sin fondo

al padre muerto arrojaron.

No duerme bajo la tierra

el que la tierra ha labrado. "

II

Miguel, con sus dos lebreles

y armado de su escopeta,

hacia el azul de los montes,

en una tarde serena,

caminaba entre los verdes

chopos de la carretera,

y oyó una voz que cantaba:

"No tiene tumba en la tierra.

Entre los pinos del valle

del Revinuesa,

al padre muerto llevaron

hasta la Laguna Negra. "

LA CASA

I

La casa de Alvargonzález

era una casona vieja,

con cuatro estrechas ventanas,

separada de la aldea

cien pasos y entre dos olmos

que, gigantes centinelas,

sombra le dan en verano,

y en el otoño secas.

En casa de labradores,

gente aunque rica plebeya,

donde el hogar humeante

con sus escaños de piedra

se ve sin entrar, si tiene

abierta al campo la puerta.

Al arrimo del rescoldo

del hogar borbollonean

dos pucherillos de barro,

que a dos familias sustentan.

A diestra mano, la cuadra

y el corral; a la siniestra,

huerto y abejar, y, al fondo,

una gastada escalera,

que va a las habitaciones

partidas en dos viviendas.

Los Alvargonzález moran

con sus mujeres en ellas.

A ambas parejas que hubieron,

sin que lograrse pudieran,

dos hijos, sobrado espacio

les da la casa paterna.

En una estancia que tiene

luz al huerto, hay una mesa

con gruesa tabla de roble,

dos sillones de vaqueta;

colgado en el muro, un negro

ábaco de enormes cuentas,

y unas espuelas mohosas

sobre un arcón de madera.

Era una estancia olvidada

donde hoy Miguel se aposenta.

Y era allí donde los padres

veían en primavera

el huerto en flor, y en el cielo

de mayo, azul, la cigüeña

—cuando las rosas se abren

y los zarzales blanquean —

que enseñaba a sus hijuelos

a usar en las alas lentas.

Y en las noches del verano,

cuando la calor desvela,

desde la ventana al dulce

ruiseñor cantar oyeran.

Fue allí donde Alvargonzález,

del orgullo de su huerta

y del amor a los suyos,

sacó sueños de grandeza.

Cuando en brazos de la madre

vio la figura risueña

del primer hijo, bruñida

de rubio sol la cabeza,

del niño que levantaba

las codiciosas, pequeñas

manos a las rojas guindas

y a las moradas ciruelas,

o aquella tarde de otoño,

dorada, plácida y buena,

él pensó que ser podría

feliz el hombre en la tierra.

Hoy canta el pueblo una copla

que va de aldea en aldea:

"¡Oh casa de Alvargonzález,

qué malos días te esperan;

casa de los asesinos,

que nadie llame a tu puerta! "

II

Es una tarde de otoño.

En la alameda dorada

no quedan ya ruiseñores;

enmudeció la cigarra.

Las últimas golondrinas,

que no emprendieron la marcha,

morirán, y las cigüeñas

de sus nidos de retamas,

en torres y campanarios,

huyeron.

Sobre la casa

de Alvargonzález, los olmos

sus hojas que el viento arranca

van dejando. Todavía

las tres redondas acacias,

en el atrio de la iglesia,

conservan verdes sus ramas,

y las castañas de Indias

a intervalos se desgajan

cubiertas de sus erizos;

tiene el rosal rosas grana

otra vez, y en las praderas

brilla la alegre otoñada.

En laderas y en alcores,

en ribazos y cañadas,

el verde nuevo y la hierba,

aun del estío quemada,

alternan; los serrijones

pelados, las lomas calvas,

se coronan de plomizas

nubes apelotonadas;

y bajo el pinar gigante,

entre las marchitas zarzas

y amarillentos helechos,

corren las crecidas aguas

a engrosar el padre río

por canchales y barrancas.

Abunda en la tierra un gris

de plomo y azul de plata,

con manchas de roja herrumbre,

todo envuelto en luz violada.

¡Oh tierras de Alvargonzález,

en el corazón de España,

tierras pobres, tierras tristes,

tan tristes que tienen alma!

Páramo que cruza el lobo

aullando a la luna clara

de bosque a bosque, baldíos

llenos de peñas rodadas,

donde roída de buitres

brilla una osamenta blanca;

pobres campos solitarios

sin caminos ni posadas,

¡oh pobres campos malditos,

pobres campos de mi patria!

LA TIERRA

I

Una mañana de otoño,

cuando la tierra se labra,

Juan y el indiano aparejan

las dos yuntas de la casa.

Martín se quedó en el huerto

arrancando hierbas malas.

II

Una mañana de otoño,

cuando los campos se aran,

sobre un otero, que tiene

el cielo de la mañana

por fondo, la parda yunta

de Juan lentamente avanza.

Cardos, lampazos y abrojos,

avena loca y cizaña,

llenan la tierra maldita,

tenaz a pico y a escarda.

Del corvo arado de roble

la hundida reja trabaja

con vano esfuerzo; parece,

que al par que hiende la entraña

del campo y hace camino

se cierra otra vez la zanja.

"Cuando el asesino labre

será su labor pesada;

antes que un surco en la tierra,

tendrá una arruga en su cara. "

III

Martín, que estaba en la huerta

cavando, sobre su azada

quedó apoyado un momento;

frío sudor le bañaba

el rostro.

Por el Oriente,

la luna llena, manchada,

de un arrebol purpurino,

lucía tras de la tapia

del huerto.

Martín tenía

la sangre de horror helada.

La azada que hundió en la tierra

teñida de sangre estaba.

IV

En la tierra en que ha nacido

supo afincar el indiano;

por mujer a una doncella

rica y hermosa ha tomado.

La hacienda de Alvargonzález

ya es suya, que sus hermanos

todo le vendieron: casa,

huerto, colmenar y campo.

LOS ASESINOS

I

Juan y Martín, los mayores

de Alvargonzález, un día

pesada marcha emprendieron

con el alba, Duero arriba.

La estrella de la mañana

en el alto azul ardía.

Se iba tiñendo de rosa

la espesa y blanca neblina

de los valles y barrancos,

y algunas nubes plomizas

a Urbión, donde el Duero nace,

como un turbante ponían.

Se acercaban a la fuente.

El agua clara corría,

sonando cual si contara

una vieja historia, dicha

mil veces y que tuviera

mil veces que repetirla.

Agua que corre en el campo

dice en su monotonía:

Yo sé el crimen, ¿no es un crimen

cerca del agua, la vida?

Al pasar los dos hermanos

relataba el agua limpia:

"A la vera de la fuente

Alvargonzález dormía. "

II

—Anoche, cuando volvía

a casa —Juan a su hermano

dijo—, a la luz de la luna

era la huerta un milagro.

Lejos, entre los rosales,

divisé un hombre inclinado

hacia la tierra; brillaba

una hoz de plata en su mano.

Después irguióse y, volviendo

el rostro, dio algunos pasos

por el huerto, sin mirarme,

y a poco lo vi encorvado

otra vez sobre la tierra.

Tenía el cabello blanco.

La luna llena brillaba,

y era la huerta un milagro.

III

Pasado habían el puerto

de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

de noviembre, fría y parda.

Hacia la Laguna Negra

silenciosos caminan.

IV

Cuando la tarde caía,

entre las vetustas hayas

y los pinos centenarios,

un rojo sol se filtraba.

Era un paraje de bosque

y peñas aborrascadas;

aquí bocas que bostezan

o monstruos de fieras garras;

allí una informe joroba,

allá una grotesca panza,

torvos hocicos de fieras

y dentaduras melladas,

rocas y rocas, y troncos

y troncos, ramas y ramas.

En el hondón del barranco

la noche, el miedo y el agua.

V

Un lobo surgió, sus ojos

lucían como dos ascuas.

Era la noche, una noche

húmeda, obscura y cerrada.

Los dos hermanos quisieron

volver. La selva ululaba.

Cien ojos fieros ardían

en la selva, a sus espaldas.

Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra,

agua transparente y muda

que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan;

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas;

agua imposible que guarda

en su seno las estrellas.

¡Padre!, gritaron; al fondo

de la laguna serena

Cayeron, y el eco ¡padre!

repitió de peña en peña.

 

CXV

(A UN OLMO SECO)

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas de alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

Soria 1912

 

CXVI

(RECUERDOS)

¡Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales

cargados de perfume, y el campo enverdecido,

abiertos los jazmines, maduros los trigales,

azules las montañas y el olivar florido;

Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;

y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,

y los enjambres de oro, para libar sus mieles

dispersos en los campos, huir de sus colmenas;

yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,

barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;

y en sierras agrias sueño — ¡Urbión, sobre pinares!

¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—

Y pienso: Primavera, como un escalofrío

irá a cruzar el alto solar del romancero,

ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,

y la roqueda parda más de un zarzal en flor;

y a los rebaños blancos, por entre grises peñas,

hacia los altos prados conducirá el pastor.

¡Oh, en el azul, vosotras viajeras golondrinas

que vais al joven Duero, rebaños de merinos,

con rumbo hacia las altas praderas numantinas,

por las cañadas hondas y al sol de los caminos;

hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,

montañas, serrijones, lomazos, parameras,

en donde reina el águila, por donde busca el cuervo

su infecto expoliario; menudas sementeras

cual sayos cenicientos, casetas y majadas

entre desnuda roca, arroyos y hontanares

donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,

dispersos huertecillos, humildes abejares!...

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano

cercado de colinas y crestas militares,

alcores y roquedas del yermo castellano,

fantasmas de robledos y sombras de encinares!

En la desesperanza y en la melancolía

de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,

por los floridos valles, mi corazón te lleva.

En el tren, abril 1912

 

CXVII

(AL MAESTRO "AZORIN" POR SU LIBRO "CASTILLA")

La venta de Cidones está en la carretera

que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,

que llaman la Ruipérez, es una viejecita

que aviva el fuego donde borbolla la marmita.

Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto

—bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto—,

contempla silencioso la lumbre del hogar.

Se oye la marmita al fuego borbollar.

Sentado ante una mesa de pino, un caballero

escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,

dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.

El caballero es joven, vestido va de luto.

El viento frío azota los chopos del camino.

Se ve pasar de polvo un blanco remolino.

La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,

la mano en la mejilla, medita ensimismado.

Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,

la tarde habrá caído sobre la tierra parda

de Soria. Todavía los grises serrijones,

con ruina de encinares y mellas de aluviones,

las lomas azuladas, las agrias barranqueras,

picotas y colinas, ribazos y laderas

del páramo sombrío por donde cruza el Duero,

darán al sol de ocaso su resplandor de acero.

La venta se obscurece. El rojo lar humea.

La mecha de un mohoso candil arde y chispea.

El enlutado tiene clavados en el fuego

los ojos largo rato; se los enjuga luego

con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar

el son de la marmita, el ascua del hogar?

Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo

y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.

 

CXVIII

(CAMINOS)

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir, como un alfanje roto

y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen

envueltos en la niebla,

niebla de otoño, maternal; descansan

las rudas moles de su ser de piedra

en esta tibia tarde de noviembre,

tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido

los mustios olmos de la carretera,

levantando en rosados torbellinos

el polvo de la tierra.

La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos...

¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

 

CXIX

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón, y el mar.

 

CXX

Dice la esperanza: un día

la verás, si bien esperas.

Dice la desesperanza:

sólo tu amargura es ella.

Late, corazón... No todo

se lo ha tragado la tierra.

 

CXXI

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños...

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.

 

CXXII

Soñé que tú me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quién sabe

lo que se traga la tierra!

 

CXXIII

Una noche de verano

—estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa—

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

—ni siquiera me miró—,

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

¡Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón.

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

 

CXXIV

Al borrarse la nieve, se alejaron

los montes de la sierra.

La vega ha verdecido

al sol de abril, la vega

tiene la verde llama,

la vida, que no pesa;

y piensa el alma en una mariposa,

atlas del mundo, y sueña.

Con el ciruelo en flor y el campo verde,

con el glauco vapor de la ribera,

en torno de las ramas,

con las primeras zarzas que blanquean,

con este dulce soplo

que triunfa de la muerte y de la piedra,

esta amargura que me ahoga fluye

en esperanza de Ella...

 

CXXV

En estos campos de la tierra mía,

y extranjero en los campos de mi tierra

—yo tuve patria, donde corre el Duero

por entre grises peñas,

y fantasmas de viejos encinares,

allá en Castilla, mística y guerrera,

Castilla la gentil, humilde y brava,

Castilla del desdén y de la fuerza—,

en estos campos de mi Andalucía,

¡oh tierra en que nací!, cantar quisiera.

Tengo recuerdos de mi infancia, tengo

imágenes de luz y de palmeras,

y en una gloria de oro,

de lueñes campanarios con cigüeñas,

de ciudades con calles sin mujeres

bajo un cielo de añil, plazas desiertas

donde crecen naranjos encendidos

con sus frutas redondas y bermejas;

y en un huerto sombrío, el limonero

de ramas polvorientas

y pálidos limones amarillos,

que el agua clara de la fuente espeja,

un aroma de nardos y claveles

y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena;

imágenes de grises olivares

bajo un tórrido sol que aturde y ciega,

y azules y dispersas serranías

con arreboles de una tarde inmensa;

mas falta el hilo que el recuerdo anuda

el corazón, el ancla en su ribera,

o estas memorias no son alma. Tienen,

en sus abigarradas vestimentas,

señal de ser despojos del recuerdo,

la carga bruta que el recuerdo lleva.

Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,

los cuerpos virginales a la orilla vieja.

Lora del Río, 4 abril 1913

 

CXXVI

(A JOSÉ MARÍA PALACIO)

Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

Aun las acacias estarán desnudas

y nevados los montes en las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,

allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas

entre las grises peñas,

y blancas margaritas

entre la fina hierba?

por esos campanarios

ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,

y mulas pardas en las sementeras,

y labriegos que siembran los tardíos

con las lluvias de abril. Ya las abejas

libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelas en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra...

Baeza, 29 abril 1913

 

CXXVII

(OTRO VIAJE)

Ya en los campos de Jaén,

amanece. Corre el tren

por sus brillantes rieles,

devorando matorrales,

alcaceles,

terraplenes, pedregales,

olivares, caseríos,

praderas y cardizales,

montes y valles sombríos.

Tras la turbia ventanilla,

pasa la devanadera

del campo de primavera.

La luz en el techo brilla

de mi vagón de tercera.

Entre nubarrones blancos,

oro y grana;

la niebla de la mañana

huyendo por los barrancos.

¡Este insomne sueño mío!

¡Este frío

de un amanecer en vela!...

Resonante,

jadeante,

marcha el tren. El campo vuela.

Enfrente de mí, un señor

sobre su manta dormido;

un fraile y un cazador

—el perro a sus pies tendido—.

Yo contemplo mi equipaje,

mi viejo saco de cuero;

y recuerdo otro viaje

hacia las tierras del Duero.

Otro viaje de ayer

por la tierra castellana

— ¡pinos del amanecer

entre Almazán y Quintana!—,

¡Y alegría

de un viajar en compañía!

¡Y la unión

que ha roto la muerte un día!

¡Mano fría

que aprietas mi corazón!

Tren, camina, silba, humea,

acarrea

tu ejército de vagones,

ajetrea

maletas y corazones.

Soledad,

sequedad.

Tan pobre me estoy quedando

que ya ni siquiera estoy

conmigo, ni sé si voy

conmigo a solas viajando.

 

CXXVIII

(POEMA DE UN DÍA)

MEDITACIONES RURALES

He aquí ya, profesor

de lenguas vivas (ayer

maestro de gay-saber,

aprendiz de ruiseñor),

en un pueblo húmedo y frío,

destartalado y sombrío,

entre andaluz y manchego.

Invierno. Cerca del fuego.

Fuera llueve un agua fina,

que ora se trueca en neblina,

ora se torna aguanieve.

Fantástico labrador,

pienso en los campos. ¡Señor,

qué bien haces! Llueve, llueve

tu agua constante y menuda

sobre alcaceles y habares,

tu agua muda,

en viñedos y olivares.

Te bendecirán conmigo

los sembradores del trigo;

los que viven de coger

la aceituna;

los que esperan la fortuna

de comer;

los que hogaño,

como antaño,

tienen toda su moneda

en la rueda,

traidora rueda del año.

¡Llueve, llueve; tu neblina

que se torne en aguanieve,

y otra vez en agua fina!

¡Llueve, Señor, llueve, llueve!

En mi estancia, iluminada

por esta luz invernal,

—la tarde gris tamizada

por la lluvia y el cristal—,

sueño y medito.

Clarea

el reloj arrinconado,

y su tic-tac, olvidado

por repetido, golpea.

Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído.

Tic-tic, tic-tic... Siempre igual

monótono y aburrido.

Tic-tic, tic-tic, el latido

de un corazón de metal.

En estos pueblos, ¿se escucha

el latir del tiempo? No.

En estos pueblos se lucha

sin tregua con el reloj,

con esa monotonía

que mide un tiempo vacío.

Pero ¿tu hora es la mía?

¿Tu tiempo, reloj, el mío?

(Tic-tic, tic-tic...) Era un día

(Tic-tic, tic-tic) que pasó,

y lo que yo más quería

la muerte se lo llevó.

Lejos suena un clamoreo

de campanas...

Arrecia el repiqueteo

de la lluvia en las ventanas.

Fantástico labrador,

vuelvo a mis campos. ¡Señor,

cuánto te bendecirán

los sembradores del pan!

Señor, ¿no es tu lluvia ley,

en los campos que ara el buey,

y en los palacios del rey?

¡Oh, agua buena, deja vida

en tu huida!

¡Oh, tú, que vas gota a gota,

fuente a fuente y río a río,

como este tiempo de hastío

corriendo a la mar remota,

con cuanto quiere nacer,

cuanto espera

florecer

al sol de la primavera,

sé piadosa,

que mañana

serás espiga temprana,

prado verde, carne rosa,

y más: razón y locura

y amargura

de querer y no poder

creer, creer y creer!

Anochece;

el hilo de la bombilla

se enrojece,

luego brilla,

resplandece,

poco más que una cerilla.

Dios sabe dónde andarán

mis gafas... entre librotes,

revistas y papelotes,

¿quién las encuentra?... Aquí están.

Libros nuevos. Abro uno

de Unamuno.

¡Oh, el dilecto,

predilecto

de esta España que se agita,

porque nace o resucita!

Siempre te ha sido, ¡oh Rector

de Salamanca!, leal

este humilde profesor

de un instituto rural.

Ésa tu filosofía

que llamas diletantesca,

voltaria y funambulesca,

gran Don Miguel, es la mía.

Agua del buen manantial,

siempre viva,

fugitiva;

poesía, cosa cordial.

¿Constructora?

—No hay cimiento

ni en el alma ni el viento—.

Bogadora,

marinera,

hacia la mar sin ribera.

Enrique Bergson: Los datos

inmediatos

de la conciencia, ¿Esto es

otro embeleco francés?

Este Bergson es un tuno;

¿verdad, maestro Uhamuno?

Bergson no da como aquel

Immamuel

él volatín Inmortal;

este endiablado judío

ha hallado el libre albedrío

dentro de su mechinal.

No está mal:

cada sabio, su problema

y cada loco, su tema.

Algo importa

que en la vida mala y corta

que llevamos

libres o siervos seamos;

mas, si vamos

a la mar,

lo mismo nos han de dar.

¡Oh, estos pueblos! Reflexiones,

lecturas y acotaciones

pronto dan en lo que son:

bostezos de Salomón.

¿Todo es

soledad de soledades,

vanidad de vanidades,

que dijo el Eclesiastés?

Mi paraguas, mi sombrero,

mi gabán... El aguacero

amaina... Vámonos, pues.

Es de noche. Se platica

al fondo de una botica.

—Yo no sé,

Don José,

cómo son los liberales

tan perros, tan inmorales.

— ¡Oh, tranquilícese usté!

Pasados los carnavales;

vendrán los conservadores,

buenos administradores,

de su casa.

Todo llega y todo pasa.

Nada eterno:

ni gobierno

que perdure,

ni mal que cien años dure.

—Tras estos tiempos, vendrán

otros tiempos y otros y otros,

y lo mismo que nosotros

otros se jorobarán.

Así es la vida Don Juan.

—Es verdad, así es la vida.

—La cebada está crecida.

—Con estas lluvias...

Y van

las habas que es un primor.

—Cierto; para marzo, en flor.

Pero la escarcha, los hielos...

— Y además, los olivares

están pidiendo a los cielos

agua a torrentes.

— A mares.

¡Las fatigas, los sudores

que pasan los labradores!

En otro tiempo...

Llovía

también cuando Dios quería.

—Hasta mañana, señores.

Tic-tic, tic-tic... Ya pasó

un día como otro día,

dice la monotonía

del reló.

Sobre mi mesa Los datos

de la conciencia, inmediatos.

No está mal

este yo fundamental,

contingente y libre, a ratos,

creativo, original;

este yo que vive y siente

dentro la carne mortal,

¡ay!, por saltar impaciente

las bardas de su corral.

Baeza, 1918

 

CXXIX

(NOVIEMBRE 1913)

Un año más. El sembrador va echando

la semilla en los surcos de la tierra.

Dos lentas yuntas aran,

mientras pasan las nubes cenicientas

ensombreciendo el campo,

las pardas sementeras,

los grises olivares. Por el fondo

del valle el río el agua turbia lleva.

Tiene Cazorla nieve,

su montera, Aznaitin. Hacia Granada,

montes con sol, montes de sol y piedra.

 

CXXX

(LA SAETA)

¿Quién me presta una escalera,

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?

SAETA POPULAR

¡Oh, la saeta, el cantar

al Cristo de los gitanos,

siempre con sangre en las manos,

siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía,

y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!

 

CXXXI

(DEL PASADO EFÍMERO)

Este hombre del casino provinciano

que vio a Carancha recibir un día,

tiene mustia la tez, el pelo cano,

ojos velados por melancolía;

bajo el bigote, gris, labios de hastío,

y una triste expresión, que no es tristeza

sino algo más y menos: el vacío

del mundo en la oquedad de su cabeza.

Aun luce de corinto terciopelo

chaqueta y pantalón abotinado,

y un cordobés color de caramelo,

pulido y torneado.

Tres veces heredó; tres ha perdido

al monte su caudal: dos ha enviudado.

Sólo se anima ante el azar prohibido,

sobre el verde tapete reclinado,

o al evocar la tarde de un torero,

la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta

la hazaña de un gallardo bandolero,

o la proeza de un matón, sangrienta.

Bosteza de política banales

dicterios al gobierno reaccionario,

y augura que vendrán los liberales,

cual torna la cigüeña al campanario.

Un poco labrador, del cielo aguarda

y al cielo teme; alguna vez suspira,

pensando en su olivar, y al cielo mira

con ojo inquieto, si la lluvia tarda.

Lo demás, taciturno, hipocondríaco,

prisionero en la Arcadia del presente

le aburre; sólo el humo del tabaco,

simula algunas sombras en su frente.

Este hombre no es de ayer ni es de mañana,

sino de nunca; de la cepa hispana

no es el fruto maduro ni podrido,

es una fruta vana

de aquella España que pasó y no ha sido,

esa que hoy tiene la cabeza cana.

 

CXXXII

(LOS OLIVOS)

I

¡Viejos olivos sedientos

bajo el claro sol del día,

olivares polvorientos

del campo de Andalucía!

¡El campo andaluz, peinado

por el sol canicular,

de loma en loma rayado

de olvidar y de olvidar!

Son las tierras

soleadas,

anchas lomas, lueñes sierras

de olivares recamadas.

Mil senderos. Con sus machos,

abrumados de capachos,

van gañanes y arrieros.

De la venta del camino

a la puerta, soplan vino

trabucaires bandoleros!

Olivares y olivares

de loma en loma prendidos

cual bordados alamares.

Olivares coloridos

de una tarde anaranjada;

olivares rebruñidos

bajo la luna argentada.

Olivares centellados

en las tardes cenicientas,

bajo los cielos preñados

de tormentas...

Olivares, Dios os dé

los eneros

de aguaceros,

los agostos de agua al pie,

los vientos primaverales

vuestras flores racimadas;

y las lluvias otoñales,

vuestras olivas moradas.

Olivar, por cien caminos,

tus olivitas irán

caminando a cien molinos.

Ya darán

trabajo en las alquerías

a gañanes y braceros,

¡oh buenas frentes sombrías

bajo los anchos sombreros!...

¡Olivar y olivareros,

bosque y raza,

campo y plaza

de los fieles al terruño

y al arado y al molino,

de los que muestran el puño

al destino,

los benditos labradores,

los bandidos caballeros,

los señores

devotos y matuteros...

Ciudades y caseríos

en la margen de los ríos,

en los pliegues de la sierra!...

Venga Dios a los hogares

y a las almas de esta tierra

de olivares y olivares!

II

A dos leguas de Ubeda, la Torre

de Pero Gil, bajo este sol de fuego,

triste burgo de España. El coche rueda

entre grises olivos polvorientos.

Allá, el castillo heroico.

En la plaza, mendigos y chicuelos:

una orgía de harapos...

Pasamos frente al atrio del convento

de la Misericordia.

¡Los blancos muros, los cipreses negros!

¡Agria melancolía

como asperón de hierro

que raspa el corazón! ¡Amurallada

piedad, erguida en este basurero!...

Esta casa de Dios, decid, hermanos,

esta casa de Dios, ¿qué guarda dentro?

Y ese pálido joven,

asombrado y atento,

que parece mirarnos con la boca,

será el loco del pueblo,

de quien se dice: es Lucas,

Blas o Ginés, el tonto que tenemos.

Seguimos. Olivares. Los olivos

están en flor. El carricoche lento,

al paso de dos pencos matalones,

camina hacia Peal. Campos ubérrimos.

La tierra da lo suyo; el sol trabaja;

el hombre es para el suelo:

genera, siembra y labra

y su fatiga unce la tierra al cielo.

Nosotros enturbiamos

la fuente de la vida, el sol primero,

con nuestros ojos tristes,

con nuestro amargo rezo,

con nuestra mano ociosa,

con nuestro pensamiento

—se engendra en el pecado,

se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!—

Esta piedad erguida

sobre este burgo sórdido, sobre este basurero,

esta casa de Dios, decid, ¡oh santos

cañones de von Kluck, ¿qué guarda dentro?

 

CXXXIII

(LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO)

Al fin, una pulmonía

mató a don Guido, y están

las campanas todo el día

doblando por él ¡din-dán!

Murió don Guido, un señor

de mozo muy jaranero,

muy galán y algo torero;

de viejo, gran rezador.

Dicen que tuvo un serrallo

este señor de Sevilla;

que era diestro

en manejar el caballo,

y un maestro

en refrescar manzanilla.

Cuando mermó su riqueza,

era su monomanía

pensar que pensar debía

en asentar la cabeza.

Y asentóla

de una manera española,

que fue casarse con una

doncella de gran fortuna;

y repintar sus blasones,

hablar de las tradiciones

de su casa,

a escándalos y amoríos

poner tasa,

sordina a su desvaríos.

Gran pagano,

se hizo hermano

de una santa cofradía;

el Jueves Santo salía,

llevando un cirio en la mano

— ¡aquel trueno!—,

vestido de nazareno.

Hoy nos dice la campana

que han de llevarse mañana

al buen don Guido, muy serio,

camino del cementerio.

Buen don Guido, ya eres ido

y para siempre jamás...

Alguien dirá: ¿Qué dejaste?

Yo pregunto: ¿Qué llevaste

al mundo donde hoy estás?