Selección de poemas

Alexandr Pushkin

(Moscú, 1799 - 1837)


 

ÍNDICE 

A CHADAAEV

PIERDEN SU ESPESOR LAS NUBES...

AL MAR

CANCIÓN BÁQUICA

RECUERDO UN MILAGROSO INSTANTE / A ANNA P. KERN

NOCHE DE INVIERNO

A MI NIÑERA

A I. I. PUSCHIN

EL PROFETA

CAMINO INVERNAL

ARIÓN

EL ANTIAR

NO CANTES, NIÑA LINDA, EN MI PRESENCIA

EN LAS COLINAS DE GEORGIA

SÍ, YO OS AMÉ: Y EN MI ALMA DELIRANTE

MAÑANA INVERNAL

POR VOLVER A LAS COSTAS...

POR LAS COSTAS DE TU LEJANO PAÍS NATIVO

SI AÚN PASEO ENTRE EL TUMULTO

ADIÓS

ME ERIGÍ UN MONUMENTO

APÉNDICE

La muerte del poeta

 


 

A CHADAAEV

 

Muy poco tiempo la esperanza

de amor y gloria nos duró;

nuestra ilusión, en lontananza,

cual sueño o niebla se esfumó.

Mas hoy la llama aún guardamos;

debajo del poder fatal,

luchar queriendo contra el mal,

a Rusia, atentos, escuchamos.

Mientras tengamos pundonor,

mientras la libertad ansiemos,

¡el alma entera con ardor

a nuestra Patria consagremos!

Confía, amigo: brillará

la estrella del divino día,

que Rusia se despertará,

y, al derribar la monarquía,

¡los nombres nuestros grabará!

 

1818

 


 

PIERDEN SU ESPESOR LAS NUBES...

 

Pierden su espesor las nubes, que están siempre de camino;

ardes, lucero, muy triste, mi lucero vespertino;

tus rayos cubren de plata la llanura ya agostada,

la bahía somnolienta y la cima desolada;

me encanta tu débil luz en el alto firmamento;

ella despierta en mi ser mi dormido pensamiento.

Yo recuerdo tu nacer, mi lucero tutelar,

sobre el tranquilo país, donde todo es familiar,

donde álamos esbeltos envuelven aires muy puros,

donde dormitan los mirtos junto a cipreses oscuros

y la mar al mediodía emite dulce fragor.

Allí en los montes, en tiempos, pensando siempre en mi amor,

arrastraba sobre el mar mi pereza taciturna...

cuando mi choza envolvía la densa sombra nocturna...

y una doncella en lo oscuro cada noche te buscaba

y a todas sus amigas tu nombre les recordaba.

 

1820

 


 

AL MAR

 

¡Adiós, libérrimo elemento!

Contemplo por postrera vez

tus olas célicas al viento,

tu hermosura y altivez.

 

Cual queja triste de un amigo,

como su voz de despedida,

tu imperativo, mustio ruido

por vez postrera se avecina.

 

¡Límite ansiado de mi alma!

Por tus orillas en tinieblas

tan a menudo yo vagaba,

atormentado por mi idea.

 

¿Y no amé tu eco acaso,

todo el fragor de tus abismos,

y el silencio al ocaso,

y el arrebato advenedizo?

 

La barca fiel del pescador

que guardas tú, mar, por antojo,

roza el oleaje con valor,

mas desenfrenas tu enojo

y se hunde en banda la mejor.

 

No supe, al fin, abandonar

tu orilla inmóvil, aburrida,

ni alegre agradecerte, mar,

y por tus crestas orientar

mi tan poética huida.

Oí tu voz, encadenado,

en vano mi alma se partía:

de una pasión quedé encantado

y no abandoné tu orilla.

 

No lo lamento. ¿A dónde, es cierto,

quisiera, indolente, ir?

Un solo punto en tu desierto

me admiraría en el vivir.

 

Es el sepulcro de la gloria...

Reposa, fría, en el peñón,

aún solemne, la memoria:

allá moría Napoleón.

 

Murió sufriendo sin remedio,

y, como el trueno a la tormenta,

en pos de él se fue otro genio,

amo de nuestros pensamientos.

 

La libertad lloró su arte,

dejó el genio su aureola.

Oh, mar, conmueve hoy las olas,

el poeta siempre fue tu vate.

 

Tu imagen fue su distintivo,

tu alma lo forjó sensible,

igual que tú, hondo y sombrío,

también potente e invencible.

 

Quedó vacío el mundo... ¿A dónde

me llevarías, mar hermano?

El mismo sino al mundo ronda

doquier, al bien vigila oronda

la monarquía o el tirano.

 

¡Adiós, pues, mar! No he de olvidarme

de tu espléndida belleza,

y oiré al caer la tarde

tu voz, fragor que embelesa.

 

Al bosque, a la llanura hosca,

pleno de ti, me llevo ahora

tus claroscuros, golfos, rocas

y el murmullo de tus olas.

 

1824

 


 

CANCIÓN BÁQUICA

 

¿Por qué calla la voz de la alegría?

¡Suenen alto las báquicas canciones!

¡Y vivan las mujeres que sus dones

nos prodigan con amor y galanía!

Llenad la copa sin temor

y a su fondo argentino

al espumoso vino,

los anillos echad, prenda de amor!

Brindemos a una voz con ilusión:

¡Vivan las musas! ¡Viva la razón!

¡Arde, sol, con llama cegadora!

La lámpara al punto palidece

cuando su clara luz vierte la aurora.

Así falsa sapiencia desmerece

ante el sol inmortal de la verdad.

¡Viva la luz y no haya oscuridad!

 

1825


RECUERDO UN MILAGROSO INSTANTE

A ANNA P. KERN

 

Recuerdo un milagroso instante:

cual una efímera visión,

apareciste tú, radiante

y hermosa como la ilusión.

 

En las angustias y amargura,

en el bullicio mundanal,

soñaba con tu imagen pura,

tu voz de acento celestial.

 

En mi destierro, cada día

penaba, lleno de dolor;

sin Dios, sin vida me afligía

sin estro, lágrimas ni amor.

 

Mi alma despertó vibrante:

de nuevo, cual fugaz visión,

apareciste tú, radiante

y hermosa como la ilusión.

 

Y ahora el corazón cantante

de nuevo late con fervor,

pues tiene vida palpitante,

Dios, estro, lágrimas y amor.

 

1825

 


 

NOCHE DE INVIERNO

 

La tempestad agorera

el cielo cubre de armiño,

y aúlla como una fiera

o llora como hace un niño.

O mueve el desvencijado

techo de pajiza trama,

como un transeúnte extraviado

a nuestra ventana llama.

 

La choza que el viento agita

es sombría, triste, insana.

¿Por qué estás, mi viejecita,

tan callada en la ventana?

¿La tempestad con su aullido

tu alegría, amiga, seca,

o te adormece el zumbido

que al girar hace la rueca?

 

Bebamos, mi amiga buena.

¿Dónde el vaso, en qué rincón?

Bebamos por nuestra pena.

Se alegrará el corazón.

Cántame cómo el jilguero

a orillas del mar vivía,

cómo la niña en enero

agua del pozo cogía.

 

La tempestad agorera

el cielo cubre de armiño,

y aúlla como una fiera

o llora como hace un niño.

Bebamos, mi amiga buena.

¿Dónde el vaso, en qué rincón?

Bebamos por nuestra pena.

Se alegrará el corazón.

 

1825

 


 

A MI NIÑERA

 

Amiga de mis días pesarosos,

palomita, mi vieja compañera,

mucho ha que en pinares rumorosos

te consume la angustia de la espera.

Al pie de la ventana acomodada

dejas de hacer calceta a cada instante,

se detienen tus manos arrugadas,

centinela pareces anhelante:

miras por el portón —siempre está abierto—

el camino que corre tan lejano,

nostalgia vana y barrunto incierto

el corazón te oprimen con su mano.

Y te parece ver...

 

1826

 


 

A I. I. PUSCHIN

 

Primer amigo, amigo inapreciable,

la suerte fervoroso bendecí [bendije]

cuando en mi patio un día memorable

de nevasca inclemente, impenetrable,

de tu trineo el tintín al fin oí.

 

Y pido a la divina providencia,

pues yo con toda el alma lo deseo,

que oigas mi voz también con complacencia

e ilumine en las cuitas la existencia

con la luz de los días del liceo.

 

1826

 


EL PROFETA

 

Sediento de alma, yo sin fin

por el desierto me arrastraba,

y un extraño serafín

apareció en la encrucijada.

Su dedo frágil me rozó,

como en un sueño, las pupilas.

Igual que una águila intranquila

las dilaté, fatídico.

Luego el oído me tocó,

llenó mi alma de sonidos:

vuelo de ángeles divino,

temblor de cielos oí yo,

rumor de aguas y reptiles,

voces del valle con sus vides.

Luego arrancóme sin demora

mi pobre lengua pecadora,

tan maliciosa, impertinente,

y con su mano en sangre intacta

puso en mi boca estupefacta

una lengua sabia de serpiente.

De una estocada abrióme el pecho,

quitó el turbado corazón

y puso el fuego, un carbón

ardiente. Y caí, deshecho.

Y en el desierto que calcina

manifestó la voz divina:

"En pie, profeta, y ve y comprende,

mi voluntad será tu acervo,

recorre el mundo y con tu verbo

enciende el alma de la gente".

 

1826

 


CAMINO INVERNAL

 

La luna se abre camino

entre niebla vaporosa

y sobre el bosque mohíno

vierte su luz cavilosa.

 

Por invernal carretera

vuela una troika veloz,

y la esquila viajera

suena con tediosa voz.

 

En el cantar del cochero

se oye un algo muy afín:

ya un desenfreno altanero,

ya una tristeza sin fin.

 

Ni una luz, ni una chozuela,

sólo desamparo y frío,

y los hitos siempre en vela

en el camino vacío.

 

La tristeza me espolea...

Mañana te veré, amada,

y junto a la chimenea

en ti pondré la mirada.

 

Cuenta el tiempo la saeta,

medianoche nos ampara:

aleja a gente indiscreta,

pero nunca nos separa.

 

Triste yo me siento, Nina;

el cochero se ha callado,

la esquila suena cansina

y la luna se ha ocultado.

 

1826

 


 

ARIÓN

 

Muchos éramos. La vela

con afán izaban unos,

y otros, diestros y oportunos,

remaban con blanca estela.

Nuestro sabio timonel

gobernaba silencioso,

y, confiado y ocioso,

yo cantaba. Borrascoso,

el viento embistió a bajel.

Mató a todos su furor.

Yo, misterioso cantor,

fui arrastrado hasta un playón,

do canto mis himnos de antes

y mis ropas, humeantes,

seco al sol, bajo un peñón.

 

1827

 


 

EL ANTIAR

 

En el desierto yermo, avaro,

de suelo tórrido, candente,

está el antiar, vigía atento

y, en este mundo, solitario.

 

El genio de ávidas estepas

lo engendró, iracundo al menos,

regó sus hojas, ramas secas

y las raíces con veneno.

 

Éste carcome la corteza

y se derrite al mediodía;

cuando anochece, se espesa

cual transparente savia fría.

 

Ni una ave se acerca al ente,

ni el tigre: sólo el torbellino,

si roza el árbol de la muerte,

huye corrupto sin destino.

 

Vaga la nube y, piadosa,

moja las hojas soñolientas,

y ya la lluvia venenosa

corrompe la arena ardiente.

 

Un  hombre envió hacia el antiar,

autoritario y sereno,

a otro, que emprendió el andar

y trajo al alba el veneno.

 

Trajo el mortífero humor

y un montón de hojas marchitas.

Cubierta de helado sudor,

la frente pálida le ardía.

 

Volvió muy débil esa vez,

cayó en la choza de su amo,

murió el esclavo a los pies

del invencible soberano.

 

El zar entonces saturó

cada saeta de veneno

y muerte, muerte envió

a los vecinos extranjeros.

 

1828

 


 

NO CANTES, NIÑA LINDA, EN MI PRESENCIA

 

No cantes, niña linda, en mi presencia

canciones de Georgia entristecida,

que me hacen recordar con su cadencia

litorales lejanos y otra vida.

Me recuerdan a mí —¡triste fortuna!—

tus cánticos hirientes, tu voz bella,

las noches de la estepa, con su luna,

y la lejana faz de una doncella.

La imagen fantasmal, y tan amada,

olvido al ver tu rostro, que es divino.

Mas, si cantas, resurge de la nada

y ante mí de nuevo la imagino.

No cantes, niña linda, en mi presencia

canciones de Georgia entristecida,

que me hacen recordar con su cadencia

litorales lejanos y otra vida.

 

1828

 


 

EN LAS COLINAS DE GEORGIA

 

En las colinas de Georgia se posa

la niebla. Corre el río ante mí.

Estoy triste y sereno. Es luminosa

mi tristeza, que está llena de ti.

De ti, sólo de ti... Y nada clama

ni atormenta ni inquieta mi dolor.

El corazón arde de nuevo y ama,

que no puede vivir él sin amor.

 

1829

 


 

SÍ, YO OS AMÉ: Y EN MI ALMA DELIRANTE

 

Sí, yo os amé: y en mi alma delirante

aquel amor no se extinguió quizás.

Mas no tengáis temor en adelante:

no quiero ya afligiros nunca más.

 

Amé en silencio, lleno de amargura:

celoso fui, sufrí la timidez...

Amé de corazón, con tal ternura,

cual quiera Dios que os amen otra vez.

 

1829

 


 

MAÑANA INVERNAL

 

Sol y helada. ¡Qué belleza!

Sacúdete la pereza.

¡Despierta, amor, que ya es hora!

Abre los ojos, preciosa,

y sé estrella prodigiosa

que se funda con la Aurora.

 

La nevasca con su velo

ocultaba ayer el cielo,

y era la luna lejana

mancha tras nubes sombrías.

Muy triste tú parecías...

¡Mira hoy por la ventana!

 

Bajo el terso azul sin sombras

se extienden blancas alfombras;

brilla el río bajo el hielo;

allá el bosque recoleto

se perfila negro y neto;

la nieve sonríe al cielo...

 

Al cuarto da su calor

un ambarino fulgor.

Chisporrotea el hogar,

fluye libre el pensamiento.

¿Qué me dices si, al momento,

mando la yegua enganchar?

 

Por la nieve mañanera

será grata la carrera

de la yegua alborozada

en los campos ya dormidos,

los bosques antes tupidos

y la orilla tan amada.

 


 

1829

 

POR VOLVER A LAS COSTAS...

 

Por volver a las costas de la patria distante

tú dejaste el país que te era extraño.

En la hora sin olvido, triste, yo ante ti

lloré largo tiempo este gran daño.

Y allí mis manos frías procuraban parar

el tiempo y detenerte en la partida.

Mi sollozo imploraba no acabar

las ansias de la dura despedida.

 

Pero del beso amargo, sin auxilio,

arrancaste tu boca de la mía.

Desde el país sombrío de mi exilio

al tuyo me invitabas. Tú decías:

Cuando nos encontremos allí otra vez cautivos,

bajo el azul eterno de un cielo en esplendor,

a la sombra, oh amado, de los viejos olivos,

uniremos de nuevo los besos del amor.

 

Mas ¡ay!, en el país donde en el cielo dejan

su brillo azul los días sin olvido,

allí en donde las aguas los olivos reflejan,

tú en el último sueño te has dormido.

Tus penas, tu hermosura han ido dentro

de la urna funeraria allí a acabar,

Y allí también el beso del encuentro...

¡pero yo he de esperarlo, porque me lo has de dar!

 


1830

 

POR LAS COSTAS DE TU LEJANO PAÍS NATIVO

 

Por las costas de tu lejano país nativo

abandonaste esta tierra extranjera;

horas inolvidables y crueles

donde he llorado sin fin ante tus pies.

Con mis manos heladas

me aferré a ti;

gemí, implorándote

prolongar el tiempo del adiós.

Pero tus labios se desasieron

de mi abrazo estrecho.

Desde un país que fue tu sombrío exilio

querías que yo viniese a ti.

Decías: «Nos reencontraremos

bajo un cielo eternamente azul;

a la sombra de los olivos, de nuevo,

querido, nos reuniremos».

Pero, ¡ay!, en esos rincones en donde los cielos

brillan con el más bello azul,

donde las olas duermen por debajo de los acantilados,

te has dormido para la eternidad.

Tu belleza y tu dolor

en la tumba se han perdido.

Se ha esfumado también el beso tan esperado...

Pero lo espero: ¡me lo has prometido!

 


 

SI AÚN PASEO ENTRE EL TUMULTO

 

Si aún paseo entre el tumulto,

si escucho a nuestra juventud,

si en una iglesia estoy, no oculto

que me hundo en lúgubre inquietud.

 

Y pienso: Un tiempo viviremos.

Mas los que estamos hoy aquí

hacia lo eterno bajaremos:

la muerte espera, a ti y a mí.

 

Mirando a un roble solitario

diré: Me sobrevivirá,

igual que tanto aniversario

habrá sobrevivido ya.

 

Si a algún niñito lindo beso,

¡Adiós! —pensando siempre estoy—:

yo caigo y creces tú, por eso

te cedo el puesto y ya me voy.

 

Con pensamientos acompaño

hoy cada día, cada mes,

tratando de prever el año

en el que moriré después.

 

¿Veré en alguna lid mi muerte?

¿Quizás en viaje, o en el mar?

¿O en el vallejo aquel, por suerte,

mis restos han de reposar?

 

Pero aunque al cuerpo fenecido

le da lo mismo pudrirse,

más cerca del hogar querido

quisiera entonces yo dormir.

 

Que juegue junto a mi sepulcro

la joven vida con ardor,

y que el paisaje eterno y pulcro

brille impasible en su esplendor.

 

1829

 


 

ADIÓS

Me animo una última vez

a acariciar en espíritu tu imagen,

usando toda mi fuerza para reavivar un sueño,

complaciéndome, no sin tristeza y temor,

en recordar lo que fue nuestro amor.

 

Nuestros años huyeron, nuestros años han cambiado

y cambian todo, y nos cambian a nosotros mismos.

Para mí, que ayer nomás te cantaba,

hoy te has cubierto de una sombra sepulcral.

Para ti el amigo de ayer no es más que un fuego extinguido.

 

Acoge, oh compañera ya para siempre distante,

estos adioses que te dirige mi corazón;

acógelos como lo haría un amigo que estrecha a su amigo,

sin decir ni una palabra, ante el umbral de una prisión.

 


 

ME ERIGÍ UN MONUMENTO

Exegi monumentum

 

Me erigí un monumento milagroso y notable,

y en el camino recto que al pueblo hacia él le lleva

no ha de crecer la hierba. Su cúspide indomable

más que la alta columna de Alejandro se eleva.

 

No moriré del todo. Por la lira mi alma

pervivirá a mi polvo y escapará a la quieta

podredumbre. Famoso he de ser mientras sin calma

bajo la luna quede al menos un poeta.

 

Recorrerá mi fama toda la extensa Rusia.

Y no habrá, en cada idioma, quien mi nombre no sepa:

el finlandés, el nieto del eslavo, el tungús

salvaje, y el kalmuco amigo de la estepa.

 

Y seré por el pueblo querido en toda edad

por despertar los buenos sentimientos dormidos,

porque en mi cruel siglo canté a la Libertad,

porque imploré clemencia por todos los caídos.

 

Sé dócil al mandato de Dios, ¡oh Musa mía!:

no pidas la corona ni las injurias temas.

Elogios o calumnias acepta sin porfía,

y no entres con el tonto en discusión de temas.

 

1836

 


 

APÉNDICE

La muerte del poeta

Fragmento del poema La muerte del poeta, de Mijaíl Lérmontov, escrito en homenaje a Pushkin poco después del fatal duelo del 8 de febrero de 1837, en el que Alexánder Pushkin murió, a los 37 años de edad.

 

LA MUERTE DEL POETA 

 

¡Con sed de venganza y plomo en el pecho

cayó difamado del rumor,

inclinó la orgullosa cabeza!

 […....]

 

Callaron los mágicos sonidos,

las canciones ya no sonarán:

y estrecho y triste está su hogar,

sellados los labios del cantante.

¡Y ustedes, sucesores arrogantes

de la célebre hipocresía de sus gloriosos padres,

reparan fragmentos con el talón encadenado

jugando con la felicidad de estirpes ofendidas!

Ustedes, ególatra masa, junto al trono apiñada,

¡verdugos de la Gloria, la Libertad y el Genio!,

bajo la sombra de la ley se esconden

Y el juicio y la verdad —¡están callados!…

Mas, ejemplos de la perversidad,

existe el criterio divino:

espera el juicio terrible

al sonido del oro inalcanzable:

actos y pensamientos Él sabe por adelantado.

Y entonces será inútil acercarse a la maledicencia:

Esta vez no los protegerá.

¡Con sus oscuras sangres no podrán lavar

la sangre cristalina del poeta!

 

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